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En este artículo presentamos cuatro figuras dentro del conjunto del abrigo de La Vacada cuyas características estilísticas y convenciones gráficas permite descartar su pertenencia al arte levantino.
Sugerimos la posibilidad de que estas representaciones pudieran adscribirse a época protohistórica ya avanzada con evidentes influencias helenístico-romanas, enfatizando el contexto geográfico y cultural indígena, tanto celtibérico como ibérico, al que se asocian.
Se analizan algunos fragmentos cerámicos decorados numantinos e ibéricos como paralelos de las figuras estudiadas.
El abrigo de La Vacada (Castellote, Teruel) fue descubierto por Eduardo Ripoll en 1960 durante el transcurso de unas prospecciones por los alrededores de Santolea.
Un año después se publica la monografía arqueológica en la que se recogen los distintos yacimientos y estaciones con arte rupestre de la zona.
No obstante, y a pesar del buen trabajo de síntesis realizado por el propio Ripoll (1961), consideramos que se hacía necesario reestudiar el conjunto rupestre de La Vacada, estación poco conocida a pesar de la riqueza temática, estilística y figurativa que contiene (1).
La somera descripción de las figuras y el calco muy reducido en su tamaño aportado por el descubridor, así como la sorprendente falta de referencias a este importante conjunto en estudios posteriores (2) nos convenció de la necesidad de estudiar y calcar de nuevo las pinturas.
El proceso de calco se ejecutó sin intervenir directa-(*) Becario de F.P.U. Área de Prehistoria.
Ciencias de la Antigüedad.
Facultad de Filosofía y Letras.
(1) El proyecto de estudio del abrigo de La Vacada (expediente no 199/2003, Diputación General de Aragón) se integra en la realización de la Tesis Doctoral del firmante.
El estudio está siendo sufragado por el Grupo Consolidado (H07) dirigido por Pilar Utrilla y denominado "Los primeros pobladores del Valle del Ebro" al que estamos asociados.
(2) Las referencias al conjunto se limitan a meras alusiones puntuales, e incluso en la muy bien documentada Tesis Doctoral de María José Calvo el abrigo de La Vacada resulta ser el único para el que no se pudo realizar un nuevo calco, puesto que el conjunto ha permanecido cerrado, sin posibilidad de acceso, durante los últimos años.
Calvo, M.a J. 1993: El arte rupestre postpaleolítico en Aragón.
4 vols. Departamento de Ciencias de la Antigüedad.
Tesis Doctoral inédita. mente sobre aquéllas, realizando fotografías con cámaras réflex y digital, para trabajar posteriormente las imágenes digitalizadas con Adobe Photoshop 7.0.
Esta metodología ha dado buenos resultados en la realización de estudios como los de La Saltadora, Mas d'en Josep o Cavalls (Domingo y López 2002).
Se trata de un barranco en "V" con un pequeño arroyo que en los meses de poco calor zigzaguea por un fondo en el que encontramos algunos saltos de agua salpicados de juncos y una surgencia, la fuente Ballester, distante unos 100 m del abrigo (lám. I).
Frente al conjunto pictórico se encuentra el denominado Subidor de la Calzada, paso natural, hoy parcialmente acondicionado, que permite salvar sin dificultad el escarpado relieve del barranco para alcanzar la Sierra de Bordón.
De esta manera, se puede acceder desde el valle del Guadalope en la cuenca del Ebro a la vertiente de la sierra desde la que se alcanzan las cercanas tierras de Castellón.
No profundizaremos en la importancia del paisaje y de los accidentes naturales en relación con el arte rupestre, aspecto tratado en diversos trabajos (Martínez García 1998; Villaverde y Martínez Valle 2002; Martínez Bea 2003(3) y e.p.), pero re-(3) Martínez Bea, M. 2003: Aproximación al origen del arte levantino y tentativa de aplicación de los Sistemas de Información Geográfica a su estudio en el área de Santolea (Teruel).
Trabajo sulta interesante subrayar la existencia del abrigo decorado en las inmediaciones de este paso natural, controlando el tránsito por el mismo.
DESCRIPCIÓN DE LAS FIGURAS
Son cuatro las figuras que destacan dentro del presente estudio, y esto debido esencialmente al estilo, pero también a la temática.
Nos centraremos por tanto en una representación antropomorfa, dos zoomorfas y una en la que se puede vislumbrar claramente una forma de ánfora.
La representación de esta última (fig. 3) se ubica en el extremo derecho del abrigo, aparentemente aislada, y fue definida por Ripoll como una figura en forma de ánfora, de difícil identificación, que quizá representa una figura humana esquematizada (Ripoll 1961:24), de la misma manera que Dams la define como (...) vestiges d'une figure évoquant une amphora, qui pourrait également représenter un orant, aux bras levés (Dams 1984:56).
La parte conservada de la figura está perfectamente delimitada, por lo que no parece probable considerar que se correspondiera con una representación humana, ni siquiera esquemática.
No se aprecia una cabeza bien definida a la vez que la morfología del cuerpo y la disposición de lo que serían los brazos no concuerdan con las convenciones esquemáticas de este tipo de figuraciones, por no mencionar el hecho de que sería la única representación enteramente esquemática de un abrigo que contiene ochenta figuras.
El cuerpo de tendencia globular está afectado por un saltado de la pared de grandes dimensiones que no impide advertir la forma panzuda de la pieza.
En la parte inferior parece haberse representado el típico pie en forma de cono, mientras que en la superior se representó un cuello fino y largo terminado en un labio redondeado hasta el que llegarían unas asas alargadas.
Así pues, se reconoce la tipología típica de las ánforas vinarias greco-itálicas encontrando los paralelos más cercanos en las clasificadas dentro de las series Dressel 1 y Dressel 2/4.
Estas ánforas se corresponden con un tipo muy difundido por el Mediterráneo occidental, habiéndose imitado en numerosos talleres (Italia, Galia meridional, Cataluña...), con una cronología que iría desde el siglo III a.C. al I a.C. para las Dressel 1, y desde finales de la República hasta los dos primeros siglos del Imperio para las Dressel 2/4, perdurando imitaciones tardías de Marsella y Lyon hasta el siglo III d.C. (Leveau et al. 1993:109).
Resulta complicado establecer criterios puramente objetivos (fuera de la cronología relativa ya aludida) que ayuden a concretar el momento en el que se realizó la representación del ánfora.
Con todo, parece interesante destacar que desde finales del período republicano e inicios del Imperio la exportación de vino tarraconense, primero en ánforas Dressel 1 y más tarde en Dressel 2/4, 7-11, 28 y 30, hacia núcleos urbanos del interior ibérico adquiere una importancia notable (Leveau et al. 1993:111).
Cabe asimismo subrayar que, cercano al abrigo de La Vacada, se encuentra el yacimiento de La Guardia (Alcorisa) en el que se han hallado ánforas Dressel 1B (Beltrán 1980:224 y 225).
De manera que consideramos que esta representación se debería relacionar con el mundo indígena ya romanizado, o bien directamente con un contexto latino.
En este sentido y en el mismo marco ritual, los restos cerámicos aparecidos al pie del abrigo de la Cañada de Marco en Alcaine (Teruel) (vid infra nota 12), teniendo en cuenta que no se detecta un nivel de ocupación habitacional continuado ni estructuras latentes que así lo atestigüen, tal vez se podrían interpretar como ofrendas en un contexto para la obtención del Diploma de Estudios Avanzados (inédito).
Departamento de Ciencias de la Antigüedad.
Universidad de Zaragoza Fig. 3.
Calco y fotografía del ánfora.
Funcionalidad ritual que se puede constatar en otros abrigos considerados como "cuevas santuario" ibéricas, aspecto que han destacado algunos estudios como ocurre con la Cueva del Coscojar en Mora de Rubielos (Teruel) (Perales 1989:35-37).
Asimismo, podríamos destacar la representación de una escena pintada en un fragmento de kálathos procedente del poblado iberorromano de El Castelillo de Alloza datado a finales del siglo III y siglo II a.C. y en la que dos figuras masculinas enfrentadas sostienen un objeto cuya morfología podría recordarnos la de una ánfora (Maestro 1983(Maestro -1984(Maestro:113 y 1989:64):64), elemento que Maestro identifica como tal en un kálathos pintado del Cabezo de la Guardia (Alcorisa) en el que aparece nuevamente en posición medial entre dos hombres afrontados (Maestro 1989:62) interpretación que parecen asumir otros autores (Atrián y Martínez 1976; Beltrán 1976:281 nota 610; Marco 1983Marco -1984:79):79), si bien estas mismas figuraciones se han interpretado como brotes florales por algunos investigadores (Olmos 2000:72).
La ubicación marginal de la imagen anforiforme en el extremo del abrigo, su aparente aislamiento y su pequeño tamaño nos hace pensar que existían otras representaciones pictóricas en el momento en el que se realizó la figura aludida, aspecto que tratamos más adelante.
Con todo, esta figura puede tener un valor de fechación cronológica, siquiera relativa, que permitiría datar algunas de las figuras que tratamos más abajo, destacando el proceso de romanización en el que estaría imbuida la zona estudiada.
La primera de las figuras zoomorfas resulta sugerente en cuanto que supone un tema importante en el ámbito mediterráneo.
Se trata de la imagen de un bucráneo o cabeza de bóvido en perspectiva frontal con los cuernos en lira disimétricos y con las orejas del animal bien delimitadas (fig. 4), si bien la izquierda se halla parcialmente perdida.
Esta figura, de escasas dimensiones y de color carmín anaranjado, se ubica prácticamente en el centro geométrico del abrigo, a algo más de 4,5 m de la representación anterior; y a pesar de estar rodeada de otras figuraciones, no se observa ningún tipo de relación con éstas.
Cabe apuntar el hecho de que, a pesar de que las representaciones referidas se ubican en espacios diferenciados del abrigo, ambas se realizaron a la misma altura con respecto al suelo, es decir mantienen un eje horizontal de simetría.
Ésta no es una temática representada en el arte levantino, en el que las figuras de animales nunca se dejaron de completar, y en ningún caso se representa sólo la cabeza (4).
Así pues, en un contexto levantino tan sólo se ha podido hablar de figuras antropomorfas enmascaradas.
Así, en el abrigo V del Cingle de la Mola Remigia (Castellón) encontramos la famosa escena de dos antropomorfos disfrazados con elementos animalísticos, de manera que uno de ellos parece llevar puesta una máscara de bóvido (Ripoll 1963:24; Dams 1984).
De estilo algo más abstracto encontramos en el abrigo del Racó Molero (Castellón) una figura humana con cabeza de toro (Ripoll 1963:48) o la cavidad V del Torcal de las Bojadillas (Alonso y Grimal 1996:238), volviendo a aparecer esta misma temática (hombre enmascarado) en los abrigos del Molino de la Fuente y Las Bojadillas (Albacete), Peña del Escrito (Cuenca) o Los Letreros (Vélez Blanco), aunque con características más subnaturalistas o casi plenamente esquemáticas.
Para los casos tradicionalmente definidos como levantinos, este tipo de representaciones se han interpretado como disfraces para danzas religiosas (Ripoll 1963:53).
Representaciones rupestres pictóricas de bucráneos resultan muy escasas.
Tan sólo hemos podido constatar la existencia de esta temática en el Grupo B del abrigo de El Prado de Santa María (Soria), donde aparece representada una cabeza de animal (4) La representación de la parte por el todo en el arte levantino se constata en ejemplos muy escasos.
Así, en un antropomorfo (figura 2) del Torcal de las Bojadillas II (Albacete) sólo se esbozó el tocado o cabeza, ratificando este uso otro antropomorfo (figura 129) del Torcal de las Bojadillas I (Alonso y Grimal 1996:238).
En cuanto a los animales, encontramos un caso dudoso en la Cueva del Chopo (Obón, Teruel), en el que no es posible determinar si la parte no visible de un cérvido (figura 13) se ha perdido o nunca fue realizada, elemento constatable en la cierva de Los Estrechos II (Picazo et al. 2001(Picazo et al. -2002:65):65).
Sin embargo, las características estilísticas que la concretan no coinciden con las apuntadas para la figuración de La Vacada.
En el abrigo soriano la representación resulta más estilizada, menos naturalista, acorde con las otras figuraciones, seminaturalistas y esquemáticas, que decoran la cavidad.
Asimismo, resulta interesante destacar que de uno de los cuernos rectilíneos de la representación parece brotar una pequeña figura de tendencia globular y con un pequeño trazo horizontal y sinuoso en la parte superior que podría asimilarse a algún tipo de fruto.
Este detalle no resulta baladí, ya que esta misma asociación la encontramos en el abrigo de los Letreros (Vélez Blanco), en un contexto estilístico asimilable al que encontramos en El Prado de Santa María, donde encontramos un antropomorfo con grandes cuernos de macho cabrío de uno de los cuales pende lo que parece ser una especie de fruto o germinación vegetal.
No obstante, resulta interesante destacar la coincidencia temática, la pintura como técnica empleada en su realización y el contexto natural (abrigo al aire libre) al que se suscribe.
Por otra parte, el tema del bucráneo se imbuye de significado religioso en el mundo indígena peninsular y romano, y con especial fuerza en el ámbito de los sacrificios adquiriendo unas cualidades sobrenaturales (Marco 1978:48).
Las representaciones analizadas marcarían por tanto un lugar especial, sagrado aludiendo a una doble actividad ritual: el bucráneo relacionado con el sacrificio, y el ánfora vinculada al mundo de las libaciones.
A un metro del suelo del abrigo y a la derecha del bucráneo encontramos la representación más interesante del conjunto de figuras que presentamos al considerar que su clasificación dentro del arte celtibérico podría ser tenida en cuenta.
Se trata de la figura de un pequeño caballo (fig. 5) con una serie de convenciones que encontramos en las cerámicas pintadas de Numancia.
La figura, con evidentes síntomas de deterioro, presenta un cuerpo corto pero contundente en el que se aprecian las dos patas delanteras, relativamente cortas con respecto a las dimensiones del cuello, pero en las que se señalan los cascos de perfil.
La línea del vientre, bien perfilada, termina con el arranque de una única pata trasera parcialmente conservada.
En la parte alta de la grupa parece observarse la base de lo que podría corresponderse a la cola del animal, totalmente perdida.
Pero lo más destacable es sin duda la representación del cuello y cabeza del équido.
De esta última se marca la quijada del animal, de forma semicircular, a partir de la cual dos líneas paralelas configuran el morro que adquiere una morfología rectangular en su parte final.
El cuello, desproporcionado con respecto al resto del cuerpo, se repliega sobre sí mismo de forma que el hocico del caballo se dirige hacia abajo, recordando el perfil de un hipocampo.
Las convenciones empleadas en la realización de esta figura concuerdan con aquellas de las cerámicas numantinas (fig. 6), así como con algunas fíbulas zoomorfas de caballitos con o sin jinete que comparten convenciones estilísticas con la figura rupestre de La Vacada, y que según algunos se agrupan en el esquema de La Tène II (Lenerz-de Wilde 1986Wilde -1987)), si bien en estudios más recientes se considera que el origen de estas fíbulas no se llevaría más allá del siglo III a.C., alcanzando una gran fuerza en el siglo II a.C. para finalizar en época sertoriana (5) (Almagro-Gorbea y Torres 1999:39).
Esta tipología fibular se encuentra en Numancia pero también en otros yacimientos (6) como Clunia, Almaluez, Arcóbriga, La Osera, Herrera de los Navarros, La Hoya (Gil Zubillaga y Filloy 1990), o los de la Cueva de El Tejón y Monte Cantabria en La Rioja (Rodanés 1985).
(5) Acerca del debate sobre la cronología de estas fíbulas consultar los trabajos de Lenerz-de Wilde (1986Wilde ( -1987) ) y Argente (1990), Gil Zubillaga y Filloy (1990) en defensa de una datación antigua (desde el siglo V a.C.).
Entre las figuras del bucráneo y del ánfora ya analizadas, y casi equidistante a las mismas, encontramos la representación parcial de una figura antropomorfa cuya tipología nos hace ver en ella la figuración de un posible "guerrero" (fig. 7) definida por Ripoll como "figura femenina de perfil" basándose en la vestimenta que lleva (Ripoll 1961:22).
La figura se nos muestra de forma parcial debido a una importante grieta que ha hecho saltar masa pétrea haciendo desaparecer los brazos, parte de la cabeza y prácticamente todo el cuerpo de un antropomorfo en posición dextrógira.
La representación se divide en dos partes bien diferenciadas.
La primera se corresponde con la cabeza que no conserva la zona de la cara, pero en la que se adivina una morfología ovalada llegando hasta una inflexión que parece marcar el hombro izquierdo del individuo.
La zona inferior es la más interesante ya que a partir de su análisis podemos realizar un intento de clasificación de esta pintura.
El estrecho cuerpo se ensancha al llegar a las caderas comenzando lo que parece ser una especie de faldellín que le llega hasta las rodillas.
Un finísimo trazo oblicuo podría indicar la existencia de algún tipo de arma, tal vez una jabalina o espada, elemento atestiguado en el armamento de guerreros ibéricos y celtibéricos, éstos en cerámicas numantinas.
Por último, y en lo que queremos hacer mayor énfasis, aparecen representadas las dos piernas del antropomorfo en posición paralela entre sí y vistas de perfil (7), en las que se señalan unos pequeños pies y la musculatura de la pantorrilla estrechándose de forma notable a la altura de las rodillas, mientras que las líneas verticales que representan la parte delantera contribuyen a conformar una morfología que pudiera explicarse por ser unas verdaderas grebas las representadas, tal y como se puede apreciar en las figuras 8.1 y 8.2.
Esta convención, unida a la disposición tan característica de las extremidades, encuentra los paralelos más cercanos en las representaciones de guerreros pintados de las cerámicas de Numancia
Resulta difícil establecer criterios de interpretación concluyentes en el análisis del arte rupestre en general, y del prehistórico en particular.
Esta dificultad aumenta cuando nos encontramos ante conjuntos en los que resulta manifiesta la sucesiva acumulación de figuras en diferentes momentos.
Tal vez, la consideración del abrigo decorado como lugar especial a lo largo del tiempo hiciera que en un momento no anterior al siglo II a.C. se pintaran las representaciones aludidas (8).
Naturalmente, el significado original de las pinturas levantinas no se conocería ya cuando se realizaron las figuras descritas en este estudio, pero quedaba vivo todavía el recuerdo de un espacio significativo, la perduración de unas evocaciones, tal vez religiosas, del abrigo como lugar sagrado o especial, un carácter que parece imbuir a estos lugares y que perdura a lo largo de milenios (Picazo et al. 1993(Picazo et al. -1995)).
En este punto debemos hacer referencia a lo que se Sebastián denominó "escenas acumulativas" (Sebastián 1986(Sebastián -1987)).
Para la autora se trataría de la agrupación de figuras que no teniendo una unidad estilística, ni un mismo concepto técnico configurativo, evidencian una intencionalidad de incorporación a la actividad que se está significando, por parte de unas cuantas, o en ocasiones de una sola figura adicional (ídem 1986-1987:378).
Resulta evidente en determinados abrigos la voluntad del artista de incorporar nuevas figuras en relación con las preexistentes, tal y como ocurre en el abrigo de "El Cerrao" de Obón en el que una serie de arqueros filiformes rodean a otras dos figuras antropomorfas levantinas (Andreu et al. 1982); temática que se repite en el abrigo de Los Arqueros Negros en Alacón, donde una serie de pequeños arqueros filiformes de color negro rodean y se superponen a una figura humana en rojo a la que parecen dirigir sus arcos.
Con todo, creemos conveniente establecer una distinción que, aunque sutil, puede contener ciertas diferencias.
En el sugerente trabajo de Sebastián se consideran como "escenas acumulativas" algunos casos en los que se añaden figuras de estilos y momentos diversos, aun cuando aparentemente se presenten como figuras aisladas.
Este es el caso de la primera "escena" descrita por Sebastián para el abrigo de La Vacada en la que una figura antropomorfa se pintó sobre un desconchado que afectó a la figura de un bóvido anterior (Sebastián 1986(Sebastián -1987:380):380).
Una escena se caracterizaría porque las figuras que la componen comparten no sólo espacio, sino también y sobre todo la acción a la que Sebastián parece referirse al hablar de actitud o ritmo común (ídem 1986-1987:378).
En el ejemplo anterior, si bien las figuras se ubican en el mismo espacio no parecen compartir una actividad definida, como si ambas tuvieran distinto cometido.
No nos parece por tanto conveniente hablar de "escenas acumulativas" en todos los casos, sino más bien de meras "acumulaciones figurativas".
De manera que en el propio caso de La Vacada, las figuras centrales de toros pudieron perpetuar su valor simbólico.
Este hecho, que resulta de gran importancia, documenta el reaprovechamiento de un abrigo a lo largo del tiempo.
De esta manera se mantiene en el saber colectivo la creencia en lugares especiales, lo cual no implica necesariamente que tuviera la misma función, significado y finalidad en todo momento.
Resultan comunes los abrigos en los que se documenta la presencia de distintas fases decorativas, como ocurre en los abrigos de Arpán, Los Chaparros, Coquinera, Cañada de Marco, Tía Mona, Val del Charco del Agua Amarga, Minateda, Cueva Remigia, Cingle de Mola Remigia, La Sarga, Cueva del Chopo, Tío Modesto... por citar sólo algunos de los más destacados, si bien resultan más escasos aquellos en los que se puedan concretar, siquiera aproximadamente, el lapso cronológico en el que se efectuó alguna de las fases.
Sólo cuando acompañan a las figuras inscripciones u objetos, como la representación del ánfora definida con anterioridad, se puede determinar esa continuidad del espacio simbólico en momentos bastante delimitados.
Este es el caso del abrigo de Cogul en el que, junto a la famosa escena de "danza fálica" aludida por Almagro o más bien producto de la acumulación sucesiva y repetitiva de un mismo tema (parejas femeninas) (Almagro 1952:36; Sebastián 1986Sebastián -1987:378):378), encontramos inscripciones ibéricas y latinas.
Algunas de éstas expresan la función sagrada del abrigo en el momento en el que se realizaron, como la de SECVNDIO VO-TVM FECIT [Secundión hizo un voto] (Almagro 1952:46).
Asimismo, en el abrigo del Mas del Cingle (Ares del Maestre, Castellón) también se ha apuntado la existencia de epígrafes ibéricos junto a representaciones figurativas levantinas y esquemáticas (Viñas y Sarriá 1978; Viñas y Conde 1985).
El bóvido, junto a ciervos y cabras, es la temática animal más abundante dentro del arte levantino, y es la más representada en el propio abrigo de La Vacada con casi un 30% sobre el total de figuras.
No obstante, y como se ha podido comprobar, las convenciones empleadas en la realización del bucráneo se alejan de las típicamente levantinas.
Los paralelos temáticos más cercanos podríamos buscarlos por tanto en determinadas producciones celtibéricas, ibéricas y romanas.
El grado de naturalismo varía de unas piezas a otras, encontrando algún ejemplo en el que el bucráneo queda sugerido por los rasgos mínimos que permiten identificarlo como tal (fig. 9.2).
Encontramos representaciones de bucráneos pintados en cerámicas numantinas, aunque se alejan conceptual y estilísticamente de la de La Vacada, que siguiendo estos criterios encuentra una (9) Con respecto a la representación de la jarra número 1109 Wattenberg la define como una jarra de barro amarillento, quemada, con decoración pintada de tres perros muy geometrizados, en rojo orlados de negro, y cabeza de animal fantástico a cada lado del pico, a modo de ojos (Wattenberg 1963:209).
Tal vez pudiéramos ver en esa figura de "animal fantástico" una representación abstracta y frontal de un bucráneo polifemo y sin cuernos con la boca abierta vista de perfil, algo similar a lo que ocurre con la figuración cenital de un lobo con las fauces abiertas pintado en una cerámica numantina (Alfayé 2003:78).
En este sentido también podríamos citar el kálathos del Cabezo de la Guardia en Alcorisa (Teruel) en el que aparecen representados dos toros o bueyes tirando de un arado con la cabeza y cuernos vistos de frente y un único ojo en el centro (Maestro 1989:61). mayor proximidad con las más naturalistas representaciones romanas.
El significado y pervivencia religiosa de estas figuraciones se pone de manifiesto en piezas como una placa de bronce de Ercavica, datada entre finales del siglo I y principios del II, en la que se representan diferentes elementos que conforman el "equipamiento sacrificial" (fig. 10) y entre los que aparecen la representación de un bucráneo, como la víctima propiciatoria, y una jarra, probablemente para ofrecer libaciones (Curchin 2003:188-189), así como en las aras taurobólicas que durante el siglo IV subrayarán la persistencia de las costumbres religiosas tradicionales en la Tarraconense y zona aquitana (Uranga 1966; Marco 1997).
De este modo, el toro forma parte de un imaginario común mediterráneo desde época prehistórica apareciendo como símbolo de la vida y la muerte, fuerza guerrera, creador y destructor, guardián de tumbas y protector de los muertos, como poder apotropaico, con significación astral, objeto de un doble culto uránico y ctónico...
Por otra parte, la imagen del caballo en el mundo indígena antiguo está cargada de simbolismo, definiéndose como animal psicopompo, portador del espíritu del difunto o haciendo alusión a la posición social del finado en relación con las denominadas elites ecuestres (Blázquez 1977; Martín-Almagro y Torres 1999).
Resulta destacable la presencia de esta figura de caballo aparentemente aislada en el abrigo de La Vacada, pero es posible encontrar esta misma temática, caballos aislados, en algunas estelas ibéricas bajoaragonesas como las de Torre Gachero en Valderrobres y Valdetormo (Marco 1983(Marco -1984(Marco:91 y 1985:173):173), y resulta destacable el caballo grabado de la Fuente del Cabrerizo (Albarracín) estudiados por Breuil, Obermaier y Cabré que, a nuestro parecer, guarda semejanzas formales con determinadas representaciones de équidos aparecidos en estelas ibéricas y celtibéricas.
No obstante, resulta interesante destacar la presencia de las pinturas analizadas en una área fronteriza entre lo ibérico y lo celtibérico.
En este sentido y con respecto a la etnicidad de la zona merece ser destacada la referencia a los beribraces en la Ora Marítima (10) (Avieno 485) en donde se ubica a este pueblo en las sierras del levante hispano (11), siendo considerado por Schulten como un pueblo celta (12) que ocuparía una zona geográfica que coincidiría con las serranías en las que se ubica nuestro abrigo.
Sin embargo, el problema resulta más complicado y no es el objetivo del presente trabajo abordarlo, quedando por tanto para los especialistas en Historia Antigua.
Estudios recientes (Marco 2003) ubican a ausetanos del Ebro y edetanos (pueblos iberos) en un espacio geográfico próximo al que nos ocupa, si bien la situación hipotética de los turboletas (celtíberos) no quedaría alejada respecto del abrigo de La Vacada.
Con todo, y con más motivos en la zona geográfica en la que nos movemos, se debe insistir en la complejidad de las relaciones entre iberos y celtíberos en la línea de frontera entre estas dos etnias, aspecto que se pone de manifiesto en la inexistencia de una clara separación geográfica de las ins- (10) Schulten (1955), Schulten y Bosch-Gimpera (1935), González Ponce (1995) y Calderón Felices (2001).
(11) El escritor romano los define como un pueblo primitivo que basa su economía en la ganadería viviendo prácticamente de forma exclusiva de leche y queso graso, esencialmente ganaderos.
En este aspecto, cabe destacar el que las representaciones zoomorfas de La Vacada se correspondan en su mayoría con bóvidos.
(12) Asignación con la que se muestran de acuerdo otros autores como Bosch-Gimpera, García y Bellido o Wattenberg, aunque no está totalmente aceptado (Burillo 1998:29) cripciones iberas y celtíberas, cuestión que se intrinca aún más con la llegada efectiva del mundo romano, lo que referido a la lingüística ha permitido establecer el término de trilingüismo (Burillo 1998:130).
En definitiva, parece que se puede hablar de un contacto entre las dos etnias más importantes del sustrato indígena peninsular en la región turolense, principio ya señalado por Burillo (1997:229), de manera que a partir de éste se podría tratar de explicar las convenciones estilísticas presentes en las figuras de La Vacada y que encuentran paralelos tanto en el mundo ibero como en el celtíbero, lo cual resulta lógico, pues tampoco cabe pensar que las características estilísticas varíen en función de las etnias en cuyo contexto espacial surgen.
El contexto arqueológico inmediato al abrigo de La Vacada es prácticamente inexistente.
La roca desnuda define el suelo del abrigo sin que se haya conservado la más mínima acumulación de nivel arqueológico como se ha podido constar para otros abrigos (13).
No obstante, el trabajo de prospección de Ripoll dio resultados que, aunque escasos cuantitativamente, resultan de gran interés en este momento (14).
Así, comenta que en una fisura en la roca cercana al abrigo decorado, el Covacho del Subidor de la Calzada, y en un pequeño abrigo al pie del barranco, Covacho de la Fuente Ballester, se hallaron fragmentos de cerámica tosca de forma indeterminada mientras que al pie del primero encontró dos núcleos de sílex, dos hojitas sin retocar y una lasca con retoque y diversas lascas de sílex atípicas en el segundo (Ripoll 1961:26).
Bien es cierto que la descripción de los materiales no nos permite precisar la fechación de las propias piezas, aunque resulta interesante constatar su presencia en una zona cercana al abrigo con pinturas.
Aspecto éste en el que esperamos profundizar con una futura excavación de ambos covachos.
En los trabajos de prospección en los alrededores del pantano de Santolea (15), realizados en aquéllas zonas que se verán afectadas por el recrecimiento del mismo, se encontraron algunos yacimientos definidos como poblados con una cronología de Edad de Hierro o ibérica con cerámica a mano y pintada.
Uno de éstos, el del Cabezo del Puente, a escasos dos kilómetros del abrigo decorado, ha aportado fragmentos cerámicos a mano y a torno con decoraciones pintadas a base de semicírculos concéntricos y cordones digitados, cerámicas que se podrían llevar a un Ibérico Antiguo sin descartar la presencia de algunas de cronología anterior.
La toponimia juega un papel importante en los estudios celtibéricos, sobre todo orientada a la distribución de los pueblos a partir de antropónimos, teónimos y de la sufijación -briga y -dunum o el prefijo seg-o bel-para las ciudades celtíberas.
En este contexto queremos hacer referencia a la pequeña población de Luco de Bordón situada a unos 8 km en línea recta del abrigo de La Vacada.
Asimismo, el entorno geográfico en el que se inserta el abrigo mantiene los rasgos definitorios del santuario celtibérico (Marco 1986(Marco, 1987(Marco y 1999;;Lorrio 1997) al poderse definir como un locra sacra libera, santuario a cielo abierto (Marco 1986:745), y al estar relacionado con el agua que (13) En el abrigo de la Cañada de Marco la excavación arqueológica realizada al pie del mismo proporcionó 98 cuentas discoidales perforadas y 6 colgantes de tendencia ovalada, además de 27 fragmentos cerámicos de los que 11 eran de fabricación a mano (datables en un Bronce Final IIIB o I Edad del Hierro) y 17 a torno (dos vidriados y 15 ibéricos) (Picazo et al. 1993(Picazo et al. -1995)).
Al pie del abrigo de Ángel I, cercano a La Vacada, se ha documentado un importante yacimiento arqueológico con una amplia secuencia habitacional pero en la que no se refleja una continuidad más allá de un Neolítico Avanzado (Utrilla y Domingo 2001-2002; Utrilla et al. 2003).
(14) En la actualidad estamos preparando una nueva campaña de prospecciones y sondeos en los alrededores de Santolea, englobada en el proyecto dirigido por Pilar Utrilla "Santuarios rupestres frente a lugares de habitación" (BHA2001-1879), que nos permitan constatar la existencia de núcleos habitados relacionados con el arte rupestre, así como rastrear algunos topónimos interesantes y ampliar, en la medida de lo posible, las aportaciones de estudios anteriores.
(15) Los trabajos fueron llevados a cabo por R. Ma.
Moreno, M. Bueno y D. Pérez (Arqueotecnia) en 1999.
Los datos referidos se han obtenido del informe realizado para la DGA, al que hemos tenido acceso tras obtener el permiso de la Dirección General de Patrimonio de la DGA y a la amable disposición de J. Rey.
(16) Conjunto sobre el que un equipo, adscrito a al Grupo Consolidado de investigación "Hiberus", con el proyecto "Religión, escritura y sociedad en la Hispania céltica: el santuario de Peñalba de Villastar (Teruel)", está realizando una investigación que conjuga criterios de análisis histórico, lingüístico y arqueológico que aportará datos de gran interés para el conocimiento de la religiosidad indígena peninsular, (Alfayé 2003) y con el que se analizan también diversos yacimientos como la supuesta "piedra de sacrificios" de Monreal de Ariza (Alfayé et al. 2001(Alfayé et al. -2002)).
surge en forma de fuente a unos 100 metros del abrigo de La Vacada y que discurre como arroyo por el fondo del barranco.
La Historia es más que el Hecho ocurrido en el Tiempo, aunque determinar éste es una de las tareas básicas del pre-historiador.
Nuestra aportación no puede ser considerada como concluyente a partir de los rasgos estilísticos de las figuras humanas y zoomorfas y de su posible relación con la representación del ánfora, aunque se podrían realizar algunas apreciaciones de interés.
Así, como hemos visto en el apartado correspondiente, la figura del recipiente se dataría como muy antigua hacia el siglo III a.C. No obstante, considerando que es a finales de la República y principios del Imperio cuando adquiere mayor importancia la exportación de este tipo de ánfora vinaria desde la Tarraconense hacia el interior ibérico, parece más probable hacer encajar la representación rupestre aludida en un momento nunca anterior al siglo II a.C.
Asimismo, las cerámicas ibéricas turolenses con representaciones humanas y aparecidas en yacimientos cercanos a nuestro abrigo se llevan a una cronología que oscila entre el siglo III a.C. y mediados del I a.C., siendo el siglo II a.C. la fecha más generalizada para la mayoría (Maestro 1983(Maestro -1984:119):119), momento que se ajustaría al fenómeno de auge de los poblados ibéricos en esta zona.
Debemos tener en cuenta también el espectacular santuario de Peñalba de Villastar, ubicado casi en el limes oriental del área celtibérica, y cuya inscripción más importante se ha datado en el siglo I a.C., y al que ya nos hemos referido.
Consideramos que la temática, rasgos estilísticos y convenciones observables en las figuras que presentamos apuntan hacia una cronología protohistórica en el momento de su realización.
Este lugar sagrado no se podría comparar en importancia al relativamente próximo de Peñalba de Villastar, que constituye el mayor centro religioso rupestre de la Europa céltica.
Sin embargo, resulta notable la existencia del conjunto que presentamos en una zona geográfica fronteriza entre los territorios tradicionalmente considerados como ibérico y celtibérico.
Esta misma situación como santuario de frontera que sacraliza los límites del territorio ha sido definida para Peñalba de Villastar (Burillo 1997:235), un santuario de "convergencia" que atrae a gentes de civitates diversas, con funciones similares a los lugares neutros de "competición ritualizada" conocidos en Grecia y otros lugares (Marco 1996:88-90).
Y aunque el carácter agreste y "montaraz" del Maestrazgo turolense conviene más a una población celtibérica encaramada en las montañas del Sistema Ibérico que a una población ibera que prefiere asentarse en las más fértiles valles, hay que destacar que ni las etnias ni los grupos étnicos fueron unidades cerradas (ídem 1997:237).
En cuanto a la cronología, y a partir de la representación del ánfora, podríamos realizar un intento de fechación relativa que unido a las aportaciones arqueológicas y fuentes clásicas aludidas por Wattenberg (1963) y Romero (1976) abundarían en un momento relativamente tardío para el proceso decorativo pictórico celtibérico en particular e indígena en general, y que no se iniciaría antes del siglo II a.C.
Asimismo, el que estas figuraciones aparezcan compartiendo espacio con otras de filiación claramente levantinas nos remite necesariamente a la consideración de este abrigo como un lugar especial a lo largo del tiempo.
La preexistencia de representaciones levantinas podría haber inducido a la consideración del lugar como un espacio geográfico concreto que podría actuar como un verdadero omphalos.
Este "reaprovechamiento" protohistórico de elementos prehistóricos es aludido ya por Marco al estimar que las "construcciones megalíticas -cuya función original no se conocía-servirían a ceremonias oficiales" (Marco 1986:746), de manera que pensamos que ese "reciclaje simbólico" se daría también en las recreaciones pictóricas.
De igual interés resulta la observación realizada por Pérez Ballester (1992) en la que se destaca la coincidencia ecosistémica entre los santuarios con inscripciones rupestres y los abrigos con pinturas levantinas (citado por Burillo 1997:234).
A modo de conclusión y a tenor de lo expuesto en estas páginas observamos una serie de características en las representaciones analizadas que, en nuestra opinión, podrían ser calificadas como de época protohistórica ya avanzada con evidentes influencias helenístico-romanas:
-La convención estilística empleada en la realización del caballo (cuello curvo de tendencia cuadrangular en su base, trapezoidal en su continuación para terminar en un hocico recto) aparece en diversas cerámicas numantinas.
-La figura de bucráneo, ajena al mundo levantino, se atestigua también en cerámicas pintadas y apliques plásticos numantinos, si bien parece tener conexiones más claras con el mundo religioso greco-romano.
Esta figuración sugiere el significado ritual del propio abrigo.
-Para el antropomorfo nuevamente encontramos los paralelos más cercanos en el mundo indígena, tanto en las cerámicas pintadas de Numancia como en las ibéricas, sobre todo en el tratamiento de las piernas.
El delgado trazo oblicuo que parece colgar de la figura, y que interpretamos como un arma (espada o jabalina) excluiría su pertenencia al arte levantino.
-La importancia del ánfora radica no sólo en su singularidad temática dentro del arte rupestre sino también en la posibilidad de datación relativa que nos permite realizar sobre el conjunto de figuras estudiadas, y que, como hemos apuntado, no debería llevarse más allá del siglo II a.C.
-La adscripción "protohistórica" de algunas de las figuraciones de La Vacada se apoyaría no sólo en rasgos puramente estilísticos, sino también en la toponimia, subrayando la cercanía de Luco de Bordón como nombre posiblemente derivado del teónimo Lug(us), o por existencia de importantes yacimientos ibéricos en las cercanías (Cabezo de la Guardia en Alcorisa, Castelillo de Alloza...), así como por el hallazgo de cerámicas indígenas en las inmediaciones del área en la que se ubica el abrigo.
-La frontera entre el mundo celtibérico y el ibérico podría desplazarse de este modo hacia el este peninsular si tomamos en consideración el conjunto que presentamos así como el topónimo de Luco de Bordón ya apuntado por Marco y, en cualquier caso, esta área geográfica se destaca como una auténtica "zona bisagra" en la que las influencias ibéricas, celtibéricas y latinas entrarían en un sistema de retroalimentación recíproco visible no sólo en el famoso trilingüismo apuntado por algunos autores, sino también en cuestiones artísticas.
-Las pinturas rupestres que presentamos sólo ponen de manifiesto la complejidad del fenómeno indígena en el Valle del Ebro, así como la heterogeneidad del sustrato prerromano ya apuntada por diversos estudiosos (Almagro-Gorbea y Lorrio 1987:115).
Todo lo referido nos lleva a destacar la necesidad de seguir investigando en un campo y en un momento histórico para el que la colaboración entre distintos especialistas se hace más necesaria que nunca.
Valga como botón de muestra nuestro mas sincero agradecimiento por sus oportunos comentarios y observaciones a los Drs.
Jesús Picazo, Elena Maestro, José Antonio Hernández Vera, Francisco Burillo, Valentín Villaverde, Carlos Sáenz, a los Ldos.
Silvia Alfayé y Luis Fatás y especialmente a la Dra.
Francisco Marco y Gabriel Sopeña por la revisión crítica que sin duda ha enriquecido en gran medida el texto original. |
Con la publicación de su volumen 50, Trabajos de Prehistoria iniciaba una nueva etapa de renovación formal y de consolidación de las líneas editoriales iniciadas en su etapa anterior.
Con el presente volumen 51 este proceso de renovación se extiende a los criterios de producción de la revista, que deja de ser un anuario para convertirse en una publicación semestral.
Cada volumen de la revista estará constituido por dos números (1 y 2) que se publicarán en junio y diciembre del año correspondiente.
La paginación de cada número será correlativa.
En todo caso, la referencia bibliográfica a textos publicados en la revista deberá incluir, a partir de ahora, el volumen y el número (1).
Con esta iniciativa seguimos las tendencias de otras revistas de investigación internacionales.
La revista conservará su tradicional estructura con secciones diferenciadas de artículos de fondo, noticiario y crítica bibliográfica.
Naturalmente la nueva periodicidad abre nuevas posibilidades, especialmente en lo que se refiere a las dos últimas secciones.
En efecto, la sección de noticiario está concebida para dar salida a comunicaciones breves sobre resultados de investigación.
Este tipo de artículos constituyen uno de los elementos clave en el progreso de la investigación en una disciplina científica moderna, a condición, naturalmente, de que sea posible que esos resultados se comuniquen a medida que son producidos.
La práctica inexistencia de circunstancias favorables para el desarrollo de este tipo de literatura es, sin duda, una de las carencias estruc-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc)
turales de la Prehistoria española.
Como tal, no es más que una de las causas de un problema más general: la falta de fluidez en la comunicación de resultados de investigación de que adolece la Arqueología de nuestro país.
El investigador de la Prehistoria ibérica se encuentra constantemente con yacimientos excavados que no se han publicado nunca, o sólo fragmentariamente, con bolsas de datos retenidos durante largos años en espera de la culminación de tesis doctorales u otros trabajos académicos, y otros fenómenos similares que dificultan la documentación científica.
Toda esta información retenida durante mucho tiempo, crea una dislocación en la imagen científica de nuestra Prehistoria, por cuanto referencias imprecisas a estos datos no publicados suelen circular de manera informal por los canales paralelos de comunicación que vertebran nuestra comunidad científica.
De esta forma, sabemos por ejemplo que los datos de talo cual yacimiento son fundamentales para la resolución de un problema científico, pero no podemos saber en que sentido o medida.
Esta situación depende de varias causas.
Algunas son de tipo estructural como la escasez de medios de publicación, o las dificultades financieras tradicionales de nuestra arqueología.
El desarrollo en los últimos años de la "arqueología de gestión" ha agravado el problema, por cuanto la comunicación de resultados no figura entre sus prioridades.
Estamos convencidos de que la periodicidad semestral de la sección de noticiario será positiva para la superación de esta grave situación por lo que la experiencia supone en el establecimiento de pautas para la formación de una literatura de comunicación científica ágil en nuestro país.
Obviamente, el que esto sea así no sólo depende de la medida en que los comités de VI Trabajos de Prehistoria sean capaces de ajustar las líneas editoriales de la revista a las nuevas condiciones, sino también de la respuesta que la comunidad científica a la que la revista quiere representar de a estas nuevas posibilidades de comunicación.
La sección bibliográfica de la revista asimismo se beneficiará de la periodicidad semestral, en un sentido que también tiene que ver con un problema estructural de nuestra Prehistoria: la escasez de medios de información bibliográfica.
Los comités de Trabajos de Prehistoria se proponen en el futuro potenciar en este sentido la sección, reforzando sus contenidos informativos.
Para éllo, junto a las tradicionales recensiones críticas extensas, se inaugura en este número una subsección de publicaciones recibidas.
Las primeras seguirán, como hasta ahora, dedicándose a obras de especial relieve dentro de los diversos campos de las disciplina, y conservarán una orientación eminentemente crítica.
La segunda recogerá las referencias bibliográficas de las numerosas publicaciones que las editoriales y organismos de investigación vienen enviando a nuestra redacción, así como unas reseñas breves con contenido fundamentalmente orientativo de las seleccionadas por su interés destacado en los distintos campos de T. P., 51, no 1,1994 |
En este artículo se hace un análisis de la actuación político-administrativa, en arqueología, del Gobierno Autónomo de Andalucía, desde la consolidación del nuevo sistema político hasta la actualidad.
Se defiende la idea de que en 1985 se creó un Modelo de Intervención sumamente original, que ha sufrido en los últimos años tales transformaciones, que puede hablarse de que hoy existe un nuevo Modelo radicalmente diferente.
La relevancia del primero deriva de varias de sus características y de los mecanismos utilizados para su elaboración, muy distintos de los empleados en otras Comunidades Autónomas.
Y el conjunto del proceso tiene interés porque es fruto de la existencia en Andalucía, al menos hasta ahora, de la decisión de llevar a cabo una política arqueológica, y no tratar el tema sólo desde el punto de vista administrativo, y por aplicarse en la Comunidad mas extensa y posiblemente de mayor riqueza arqueológica de Espafta.
A finales de los años sesenta y principios de los setenta se inicia la transformación ideológica del sistema político instaurado por Franco, como correlato de los cambios materiales e ideológicos producidos en la propia sociedad española.
La desaparición de la dictadura y la instauración de la democracia (1975-7R) fue seguida a mediados de los ochenta por una transformación en profundidad de la estructura administrativa del Estado.
Frente al fuerte centralismo existente hasta ese momento, se crea lo que se ha denominado el "Sistema de las Autonomías".
El territorio se divide en 17 Comunidades Autónomas, de muy distinto tamaño y población, desde la mayor, Andalucía, que abarca las ocho provincias del Sur, hasta Comunidades con una sóla provincia como Murcia o Navarra, pero todas con gobiernos y parlamentos propios.
No todas tienen las mismas competencias, existiendo al menos dos "niveles".
Uno con "competencias plenas" formado por las "nacionalidades históricas" es decir, aquellas que durante la 11 República española (1933)(1934)(1935)(1936) tuvieron un Estatuto de Autonomía propio: Cataluña, País Vasco y Galicia, más Andalucía, donde se aprobó por referendum especial celebrado en 1980.
A partir de este momento el tratamiento de los problemas que plantea la arqueología (desde la investigación a la conservación) y los modelos de intervención (legislación, gestión, normas para la realización de actuaciones arqueológicas, etc.) se enfocan de forma diferente en cada una de las 17 Comunidades en función de las competencias transferidas, de los recursos económicos disponibles y del interés de los gobiernos autónomos en el tema, que difiere considerablemente de unos a otros, incluso entre los de Comunidades gobernadas por el mismo partido político (1).
En este marco, una de las razones para estudiar lo sucedido en el campo de la arqueología en Andalucía deriva precisamente de su gran (1) Ninguno de los partidos políticos españoles tiene en realidad una política definida o mínimamente coherente en materia de Patrimonio Histórico, lo que explica la escasa incidencia que este tema tiene en la política española.
De esta forma, la acción individual de los responsables del área en cada Comunidad tuvo en los primeros años una importancia decisiva en el diseño de cada modelo.
T. P., 51, no 1,1994 Vicente Salvatierra Cuenca tamaño, y de ser una de las zonas más ricas en yacimientos (Rodríguez y otros, 1993) al c? mbinarse extensión, territorios costeros y tICrras muy fértiles.
La arqueología en España antes del modelo autonómico
El inicio del cambio político o "primera fase de la transición" (1975)(1976)(1977)(1978) coincide con un aumento en el número de arqueólogos integrados en las diversas universidades y demás instituciones científicas españolas y con un cambio en la propia orientación de la disciplina, todo.10 cual afectó de forma importante, aunque diStinta en sus resultados, a sus divisiones temporales (Ruíz, Molinos y Hornos, 1986; Martínez Navarrete, 1989; Salvatierra, 1990).
La "segunda fase de la transición" es el periodo que va desde la aprobación de la Constitución en diciembre de 1978, al establecimiento del régimen de las autonomías.
Políticamente el periodo corresponde a los gobiernos conservadores de UCD y al primer gobierno del PSOE.
Su duración fue muy desigual en cada una de las Comunidades en lo que se refiere a la aprobación de los Estatutos de Autonomía y al traspaso de competencias (2).
Se trata de un periodo muy complejo, en el que la normativa general central fue dejando paso a la autonómica, con las contradicciones inherentes a tal situación.
La Dirección General de Bellas Artes, organismo responsable de la arqueología en el gobierno central, llevó a cabo una política de primar la investigación individualizada, al igual que había sucedido en las épocas anteriores.
En el plano de la gestión puede observarse cierta organización de las actividades de urgencia, alentándose la realización de estas en todo el territorio, aunque sin crear un cuerpo especializado y sin que esa política fuese acompañada de una adecuada dotación económica.
La arqueología urbana aparece por primera vez con cierta consistencia y mínima dotación económica (Arqueologia de las ciudades, 1985).
No hubo virtualmente una política de conservación o res-
(2) Los primeros Estatutos aprobados fueron los de Cataluña y País Vasco en 1979 y el último el de Castilla-La Mancha en febrero de 1983.
En lo que se refiere a Andalucía la aprobación del Estatuto se produjo en diciembre de 1981, mientras que el traspaso de las competencias en materia de arqueología y patrimonio no se completó hasta 1984.
Desde el primer momento el gobierno andaluz estuvo en manos del PSOE, con mayoría absoluta en todas las legislaturas.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tauración.
Finalmente, la difusión, se redujo a la colaboración en la financiación de algún congreso y al mantenimiento de una revista oficial de aparición irregular (Noticiario Arqueológico Hispánico), con lo que la publicación de los resultados de la investigación que se realiza será muy parcial y tardía.
No obstante, antes de la obtención de competencias en arqueología se producen diversas iniciativas de otros organismos político-administrativos (3) y de algunas universidades, tanto en la financiación de actividades como en el campo de la difusión, en este con publicaciones (Primeras jornadas, 1983; Arqueología del País Valenciano, 1985; Arqueología en Alicante, 1986 y Homenaje, 1986) que hasta cierto punto pueden considerarse como precursoras o puntos de partida de las Memorias que en la actualidad publican las Comunidades Autónomas, Diputaciones o Ayuntamientos.
La arqueología urbana tendrá una presencia importante, especialmente en algunas poblaciones como Zaragoza (Arqueología urbana, 1986; La Plaza de la Seo, 1989) y Tarragona (Els enterraments, 1987), auténticas precursoras en este campo, con independencia de la situación actual por la que atraviesan.
Teniendo en cuenta los pobres puntos de partida, los cambios experimentados en todo el país han sido en consecuencia muy profundos, aunque la política arqueológica de las Comunidades Autónomas ha diferido mucho de unas a otras.
Por lo que se refiere a Andalucía, debe distinguirse entre el proyecto general de intervención sobre el Patrimonio Histórico (Plan General de Bienes Culturales) y las líneas específicas del tratamiento de la arqueología (Modelo Andaluz de Arqueología, desde ahora MAA).
EL PLAN GENERAL DE BIENES CULTURALES DE ANDALUCÍA
En 1987 la Dirección General de Bellas Artes (luego de Bienes Culturales) empezó a tra-(3) La estructura político-administrativa queda formada en estos momentos además de por los organismos centrales, por el Gobierno Autónomo a nivel regional, las Diputaciones a nivel de la provincia y los Ayuntamientos a nivel local. hajar en la creación de una política global, un proyecto estratégico, creándose el Plan General de Bienes Culturales, que fue aprobado en 1989 por todos los grupos del Parlamento Andaluz.
El Plan contemplaba cuatro campos: Etnología, Arqueología, Bienes Muebles y Bienes Inmuebles (4), sobre los que debía actuarse en cinco grandes líneas: Investigación, Restauración, Conservación, Protección y Difusión.
Por otro lado, la propia concepción del Plan sugería que los distintos campos debían interrelacionarse, pero no se preveían mecanismos para lograrlo.
Así por ejemplo, nada garantizaba la presencia de la arqueología durante la intervención en los Bienes Inmuebles.
No obstante, es preciso advertir que se empezó a trabajar en la preparación del Plan General después de que en algunos campos hubiese comenzado a aplicarse una política concreta, caso de la arqueología, para la que desde 1985 venía desarrollándose un Modelo de intervención de rasgos originales.
El Plan lo que hizo fue incorporar esos elementos, sin establecer realmente fórmulas de integración, lo que quizá esté en el origen de algunas de sus disfunciones y contradicciones.
Las dificultades debían salvarse gracias a la estructura administrativa inicial, basada en que en cada provincia existía una única unidad de Bienes Culturales en la que estaban integrados el arqueólogo, el arquitecto y el historiador del arte, que en teoría debían trabajar coordinados (5), en vez de separarlos en departamentos casi estancos como sucede sobre todo en el modelo italiano.
En la realidad, la colaboración parece haber sido mas bien escasa y cada uno de los campos ha tenido un desarrollo autónomo, aunque muy desigual.
No entraremos ahora en cada uno de ellos aunque en determinados aspectos, sean inseparables de la arqueología.
EL MODELO ANDALUZ DE ARQUEOLOGÍA
Se trata de un sistema cuyo punto de partida se encuentra en las experiencias italianas, aun-(4) Campos recogidos en la Ley 16/1985 de 25 de junio del Patrimonio Histórico Español, desarrollada a su vez en algunos aspectos importantes por la propia ley del Patrimonio Histórico de Andalucía (Ley 1/1991 de 3 de julio).
Los bienes bibliográficos y documentales, contemplados también en la ley, tienen un tratamiento específico (5) Los etnólogos prácticamente no tenían papel en ese primer desarrollo.
T. P., 51,n" 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es que ha estado muy lejos de copiarlas.
El MAA está compuesto por el conjunto de estructuras de muy diferente tipo (ejecutivas, administrativas, consultivas) creadas para la intervención; pero en cierta forma también son inherentes al mismo las decisiones concretas que se tomaron para desarrollar la intervención y el propio sistema de llegar a tales decisiones.
Siempre se consideró que el marco nunca estaría completo y terminado, sino que estaba sujeto a las modificaciones sugeridas por la experiencia y por los dictados de la situación política.
Ello ha concedido al MAA una gran versatilidad, clave de sus éxitos iniciales y de las innovaciones introducidas, aunque también explica porqué algunos de los elementos de mayor interés del MAA han podido ser eliminados con facilidad, al cambiar las actitudes y los intereses políticos.
Las cantidades están expresadas en millones de pts. Las del año 1985 están obtenidas de la "Memoria de Gestión" publicada en el Anuario de Arqueología Andaluza de dicho año.
El resto procede de la sección "Fichas Técnicas", del volumen publicado en Huelva (Investigaciones, 1993).
Estas últimas cifras deben incrementarse, especialmente para los años 1986 y 1987, ya que algunos proyectos no consignan los datos de todos los años, y además muchos proyectos fueron cerrados entre 1987 y 1988 Y la mayoría de ellos no se presentaron en la citada reunión de Huelva.
Junto a todo ello no debe olvidarse que el apoyo político al Modelo se plasmó también en la concesión de unos presupuestos relativamente altos (Cuadro 1), especialmente si los comparamos con los de otras Comunidades.
En principio las cantidades destinadas a los Proyectos y a las Urgencias fueron globalmente simila-T.
Vicente ~ah'atierra Cuenca res, después la relación fue decantándose hacia estas últimas.
La filosofía del modelo La idea inicial era luchar contra las concepciones derivadas de la historia del arte, tanto en su variante de "objeto antiguo" como en la de "belleza", pero sobre todo contra las positivistas que marcan como objetivo último la mera descripción de objetos, y que limitan de forma importante las posibilidades de la arqueología como instrumento de investigación histórica (6).
Junto a ello destacaba una preocupación, al menos teórica, por la conservación del patrimonio excavado, y otra mucho más concreta por la difusión de los resultados, cortando con la costumbre de almacenar materiales sin estudiarlos que ha caracterizado tradicionalmente a la arqueología española.
Clarificando la forma de alcanzar estos objetivos, el presidente de la Comisión A. RuÍz (1989) indicaba que el MAA procuraba sustituir la actuación por el proyecto, la matriz secuencial, excavación-conservación, por otra estructural y dialéctica y la difusión selectiva, por la difusión social.
La primera ruptura es el terreno donde el MAA tiene sus mejores éxitos.
La formulación concreta, definida paulatinamente, consistió en diferenciar el Proyecto de las Actividades arqueológicas.
El Proyecto tiene que tener objetivos históricos claramente señalados, una programación plurianual y se concede por un máximo de seis años.
Las Actividades Arqueológicas Sistemáticas (Prospección superficial, Prospección con sondeos estratigráficos, Excavación sistemática, Estudio de materiales arqueológicos, documentación gráfica, actividades subacuáticas, restauración... ) (7) se solicitan cada año.
Para con ce-(6) La ideología personal de cada investigador tuvo escasa incidencia en el desarrollo inicial del modelo, como lo demuestra la variada composición de las distintas Comisiones de Arqueología.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es derse tiene que estar aprobado el proyecto, pero la aprobación de este no presupone la de las actividades, para las que se exige la correspondiente memoria, demostrar que se cuenta con el equipo adecuado, haber entregado para su publicación un informe con los resultados de las actividades realizadas el año anterior, etc.
La segunda ruptura pretendía deshacer buena parte de los planteamientos erróneos sobre las diferencias entre investigación y gestión, que llevaba a tratar las excavaciones de urgencia como intervenciones de segundo orden por no estar dirigidas por un proyecto de investigación, y a considerar como algo ajeno al trabajo arqueológico la conservación y la restauración.
Estos objetivos han estado lejos de alcanzarse (Salvatierra, 1994a).
La tercera ruptura, el conseguir romper con la difusión selectiva, es decir, la teoría de publicar "sólo lo importante" o "cuando los resultados estén completos", se procuró realizarla obligando, desde la propia Administración, a la presentación de los resultados de cada actuación a través de varias vías, con independencia de las propias a las que pudiera tener acceso cada investigador.
Estas vías oficiales a partir de 1987 se estructuran en tres: * Las Jornadas de Arqueología Andaluza, que se celebraban anualmente en el mes de enero (8) y donde todos los grupos que hubieran recibido autorización para la realización de actividades arqueológicas el año anterior debían exponer sus resultados.
Las excavaciones de urgencia, con independencia del presupuesto invertido en las mismas, han estado en la práctica ausentes de estas.
* El Anuario Arqueológico de Andalucía que recoge en tres volúmenes la memoria de gestión preparada por cada Delegación Provincial, y los resultados de las actividades sistemáticas y de urgencia.
* Las Memorias Finales de los Proyectos que deben realizarse tras un máximo de seis años de actividad de los mismos.
Posteriormente este tipo de publicación se ha hecho extensiva a las grandes excavaciones de urgencia.
Los primeros Proyectos finalizaron entre 1991 y 1992, y las memorias han sido solicitadas por la Dirección (8) A partir de 1994 parece que va a procurarse que las mismas tengan lugar en el último trimestre del año.
General, habiendosc interrumpido en consecuencia la mayoría de ellos.
Independientemente del mayor o menor éxito de esta política. no cabe duda de que se ha introducido un importante factor corrector a la búsqueda de una arqueología científica y orientada realmente a la reconstrucción de los procesos históricos, y a la conservación del Patrimonio Histórico.
Los pasos dados para construir el modelo y los cambios introducidos en el mismo hasta llegar a la situación actual, es lo que procuraremos describir a continuación.
El desarrollo del MAA comienza en 1984 con el Decreto de Creación de la Comisión Andaluza de Arqueología como órgano asesor de la política arqueológica de la Junta de Andalucía (9), la definición de la figura de los arqueólogos provinciales (desde ahora AP) y la publicación del Reglamento de Arqueología Andaluza (10).
La idea de que la investigación "pura" debía dirigir todo el proceso, se plasmó en la dependencia en que se situó a los AP de la Comisión de Arqueología, teniendo con esta encuentros periódicos en los que debían rendir cuentas de su actividad.
Se trataba sin duda de una importante contradicción, ya que se situaba a un órgano administrativo jerarquizado, en cierta dependencia de uno asesor.
Simultaneamente, y de modo paradójico, al AP se le asignó la función de controlar el correcto desarrollo de las excavaciones -incluidas, claro está, las de los miembros de la Comisión-, como inspectores de la Administración, con posibilidad de emitir informes negativos y recomendar la suspensión de permisos.
El "control" recíproco se reveló muy pronto escasamente operativo y generador de conflictos, y así mientras la "inspección" cayó en desuso rápidamente, los "encuentros" se eliminaron en 1988.
A lo largo de todo el periodo y después, se fomentan reuniones entre los arqueólogos provinciales, con el fin de intercambiar experiencias, homogeneizar en lo posible criterios de actuación, y que ellos mismos pudieran, a partir de su práctica, proponer elementos de desarrollo del modelo de gestión.
Aunque en esos momentos iniciales aún no es evidente, la propia configuración del MAA genera un divorcio entre investigación y gestión, sin que se prevean realmente mecanismos de integración.
En gran medida el prohlema reside en que, dehido a la exclusiva orientación investigadora de casi todos los arqueólogos, no se desarrolla realmente una teoría de la gestión (por ejemplo sobre acondicionamiento y uso de yacimientos), o sobre la conservación.
Prueha de ello es que el único mecanismo que se establece está dirigido a tratar de integrar los registros de las urgencias en la investigación, y consiste simplemente en asegurar la publicación de los informes provisionales de tales excavaciones.
No obstante, todas estas medidas indican que la Administración andaluza estaba realizando un serio esfuerzo para crear estructuras y normas capaces de abordar la cuestión del Patrimonio Arqueológico en sus diversas vertientes.
Como hemos dicho el Modelo no se consideró terminado tras la creación de la estructura administrativa y asesora, sino que desde el principio fueron introduciéndose modificaciones en el funcionamiento, a medida que la experiencia y la discusión aclaraba o ampliaba los conceptos iniciales.
Entre las decisiones más significativas tomadas en este periodo cabe citar:
a.-Reducción del número de Proyectos de Investigación, al afinarse las valoraciones de los trabajos realizados, y eliminar aquellos proyectos carentes de objetivos claros, de equipos solventes o suficientemente amplios, o de metodologías adecuadas.
b.-Exigencia de integración de todas las formas de intervención (especialmente prospección y estudio de materiales) y drástica reducción de las excavaciones.
T. P., 51, no 1,1994 c.-Limitación a un Proyecto por grupo de investigación en cada periodo, con una sóla excavación sistemática, y con la obligación de alternar anualmente la excavación y el estudio de los materiales.
d.-Incremento constante del presupuesto para las excavaciones de urgencia, que en 1988 supera claramente al de "investigación".
Esto permite contratar a arqueólogos para su realización, acabando con el voluntarismo dominante hasta entonces.
e.-Hasta 1987 las urgencias habían incluido pocas excavaciones urbanas, pero su número irá incrementándose rápidamente.
El desarrollo del modelo, sus indudables éxitos iniciales en diversos aspectos, y los relativamente elevados presupuestos, comparados con lo que siempre ha sido tradicional en nuestro país, produjeron una considerable ampliación del ámbito de intervención, lo que a su vez hizo que se manifestasen diversos problemas, de manera que las medidas que en un principio suponían un gran salto adelante, en 1988 van siendo insuficientes.
Entre las cuestiones que ahora se plantean, y que mayor proyección tendrán en los años siguientes pueden señalarse:
a.-El problema de la conservación y la restauración en los yacimientos arqueológicos.
En principio aquellos sobre los que deberían ejercerse tales actuaciones son por un lado los incluidos en los Proyectos de Investigación y por otro aquellos que estuviesen en peligro por cualquier causa.
Por lo que se refiere a los primeros, la administración, excepto en unos casos muy concretos, no dedica cantidades complementarias a estas cuestiones, ya que insiste en que la conservación debe ir incluida en el planteamiento de la actividad.
Pero desde el punto de vista de los investigadores, los presupuestos resultan demasiado ajustados para que sea posible dedicar parte de los mismos a esas tareas.
Paralelamente, los destinados globalmente para la protección y la conservación, a los que hipotéticamente podrían tener acceso los AP, son exclusivamente para restauraciones arquitectónicas, en las que la arqueología no juega ningún papel.
En esta situación los AP no disponen de dinero para intervenir, ni de medios para lograr que los investigadores inviertan en conservar.
A ello se En este marco, entre algunos de los AP se inicia la construcción de un discurso teórico, según el cual la contradicción del sistema debía resolverse mediante la eliminación de las actuaciones de "investigación pura", ya que la Comunidad no podía permitírselas, y porque las actuaciones orientadas por la gestión serían suficientes para cubrir las necesidades de los Proyectos que, para los mas radicales, deberían ajustarse a las necesidades marcadas desde la propia administración.
b.-La falta de clarificación de la situación laboral de los arqueólogos provinciales.
Hay una evidente indecisión de los responsables políticos acerca de la conveniencia o no de crear un cuerpo de funcionarios Conservadores del Patrimonio y de ampliar la plantilla para cubrir las necesidades en aumento.
En este marco empieza una tensa discusión a cerca de si es posible que se desarrolle una auténtica política de intervención, sobre todo en el campo de la protección y la conservación, sin que ello se plasme en la propia estructura administrativa.
c.-Los conflictos creados en las ciudades ante el incremento en el número de intervenciones.
Estos surgen ante actuaciones en solares que provocan la parálisis de grandes obras, unas de otras administraciones públicas (por ej. el aparcamiento que desea construir el Ayuntamiento de Córdoba en la Avenida de Gran Capitan (11)) y otras de empresas privadas (como el plan de urbanización del cerro de Los Alijares de Granada ( 12)).
Sólo los mayores llegan a alcanzar cierta relevancia y se salvan con negociaciones al máximo nivel; muchos otros se resuelven a nivel local o, simplemente, se cierran los ojos a la destrucción, tras valorar el costo del enfrentamiento en comparación con los elementos aparecidos.
Esta situación manifiesta la contradicción existente entre las tendencias que desean la conservación del patrimonio, considerado como un bién en sí, y las del desarrollismo y la especulación urbanística.
(11) Se trata de una de las avenidas centrales de la ciudad, que desemboca en el barrio antiguo.
Tras la decisión de que no se construyese, aceptada por el Ayuntamiento, este último procedió a enterrar los restos.
(12) Se encuentra por encima de La Alhambra, condicionando la visión de esta.
En la actualidad ha sido objeto de un proyecto de Reforma Interior dentro del Plan Especial del conjunto (Plan Especial, 1986). d).-La destrucción de patrimonio producida por el aumento de restauraciones en castillos y otros edificios históricos sin que se realice una investigación arqueológica previa.
A lo que se añade el incremento de las actuaciones en los mismos de Escuelas Taller, que sólo en ocasiones han contado con la dirección de un arqueólogo, y nunca con equipos especializados, pero sí con presupuestos mucho más elevados que los de cualquier excavación sistemática, y sin que se prevea el estudio del material obtenido.
En este marco, la evolución de la situación permite observar ya en 1988 dos debates claves.
Uno, sobre los problemas que genera la intervención.
El segundo, centrado en el tema no menos crucial de quién debe asumir el coste de dicha intervención.
Respecto al primero se advierten dos posturas claras.
Por un lado están quiénes apuestan por la gestión y la intervención consecuente, y que juegan al máximo con las posibilidades de actuación, dosificando las posibilidades de presión según los casos y coyunturas (13), y paralelamente procuran implicar en todo el proceso de actuaciones a los distintos grupos de investigación que trabajan en su zona.
La segunda línea, aunque habría que hablar más bien de extremo opuesto, la representan los que optan por un tratamiento "político", asumiendo que la arqueología de urgencia es conflictiva y que su papel, como miembros de la administración, es reducir al máximo el conflicto, por el medio que sea, incluso no interviniendo en absoluto.
Por lo que se refiere al segundo debate, para unos es la administración la que debe subvencionar las intervenciones, y sólo debe costearla el particular cuando este exija que su solar se excave inmediatamente, sin esperar "turno" (14).
Pero en cualquier caso los honorarios del ar-(13) Así se tiene en cuenta la capacidad económica de quién construye (ya que los promotores van desde la propia administración o las grandes empresas, hasta los particulares), el objetivo de la construcción (gran bloque de pisos para la venta, casa individual propia, etc), la importancia arqueológica de la zona teniendo en cuenta intervenciones anteriores en la proximidades, etc.
(14) Las excavaciones se efectúan a medida que va llegando el presupuesto, y según va solicitándose por el promotor o paralizándose la obra ante la aparición de restos.
El retraso en la provisión de fondos o el agotamiento del presupuesto disponible en un momento dado, conduce al establecimiento de una "cola" y por tanto de un "turno".
En numerosas ocasiones, el ahorro de tiempo puede compensar al promotor, que decide costear la excavación.
T. P., 51, n Q 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 4ueólogo debe abonarlos siempre la administración. reservándose así el derecho dc designar al espccialista.
Por el contrario, para otros, celosos protectores de la administración, todos los costes debe pagarlos el promotor.
Pero éste obtiene así una fuerza considerable a la hora de contratar al arqueólogo, la misma que el AP pierde para controlar las actuaciones de aquel.
Esta situación se produce en otras Comunidades, como la de Madrid. habiendose señalado repetidamente sus peligros (Domínguez y otros.
Esta compleja cuestión genera simultaneamente divisiones entre otros colectivos.
Para algunos de los directores de Proyecto de Investigación, el control de las urgencias se convierte en una cuestión de primer orden.
En teoría esta preocupación estaría producida por la necesidad de garantizar la calidad científica y por el problema de cómo incorporar el registro de las excavaciones de urgencia a los proyectos de investigación.
Pero en bastantes casos no debe olvidarse que el control de las urgencias supone el control, aunque indirecto, de un importante presupuesto y la posibilidad de que los arqueólogos sin trabajo remunerado, integrados en el grupo de investigación, cobren y se mantengan (Salvatierra, 1994b).
Esa misma circunstancia, que produce el surgimiento en cada provincia de un colectivo de arqueólogos que viven de las excavaciones de urgencia, da lugar entre muchos de ellos a la idea del arqueólogo profesional, realizándose diversos intentos de articulación entre los colectivos existentes.
No obstante, fracasan totalmente ante las profundas diferencias existentes entre ellos mismos, entre las que ocupa un lugar importante la división entre las dos opciones respecto al pago arriba señaladas.
c.-La Especificidad Medieval: A lo largo de toda esta fase, en la Comisión de Arqueología figuran dos medievalistas, que realizarán un notable esfuerzo para elevar el nivel del trabajo que se hacía en Andalucía, equiparándolo con las corrientes europeas actuales, línea no siempre bien entendida.
De esta forma, Andalucía es la primera Comunidad Autónoma donde la arqueología medieval recibe una atención similar a las áreas tradicionales, factor que aún está lejos de producirse en algunos otros territorios peninsulares.
Por otra parte, la mayoría de las intervenciones de urgencia tienden a concentrarse de modo natural en los núcleos urbanos, y casi todos estos proporcionan restos medievales, con lo que las excavaciones de esta época se multiplican.
Pero esta situación de aparente privilegio adquiere muy pronto aspectos preocupan tes.
Como hemos dicho, el incremento en los presupuestos de las urgencias hace que estas se conviertan en la fuente de recursos de los arqueólogos recién terminados, en la mayoría de los casos sin conocimientos ni interés por la época medieval y sus problemas (Salvatierra, 1994a y h). lo que lleva en algunas zonas a la destrucción sistemática de los restos postclásicos curiosamente siempre "mezclados", para llegar a "los niveles in sitll" -siempre romanos o anteriores-o, como "mal menor", a una más que deficiente documentación del registro.
La sorprendente falta de niveles medievales en la mayoría de las ciudades andaluzas, tal y como podría deducirse de los resúmenes contenidos en los volúmenes del Anuario Arqueológico de Andalucía de estos años, nos eximen de profundizar en la cuestión.
A principios de 1988 el modelo parece aún claramente positivo.
La mayoría de los problemas que surgen pueden achacarse a dificultades puntuales, o a errores subsanables.
Por lo que respecta a las contradicciones existentes, pese a la gravedad de algunas, la continuidad y profundización del debate parecen garantizar que se encontrarán soluciones adecuadas.
La mas grave de estas contradicciones es el falso dilema entre conservación y desarrollo, que conduce al conflicto.
Los que surgen a lo largo de estos primeros años se salvan negociando y con mayor o menor coste, lo que da la impresión de que no hay situaciones insalvables.
Pero la cuestión es en realidad un problema estructural, irresoluble en los parámetros en que está planteado.
La situación que finalmente precipitará la crisis arranca con la apariencia de un conflicto más en Octubre de 1987, al aparecer unas espectaculares murallas en la plaza de La Marina, en Málaga, y que inmediatamente empiezan a ser demolidas por el ayuntamiento (15).
La Dirección General paraliza las obras y se realiza (15) Málaga, Diario Sur 9-X-1987; Diario/6 9-X-1987 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es una amplia intervención arqueológica ( 16).
Tras comprobar la importancia de lo aún existente se tratará de llegar a un acuerdo entre las pretensiones municipales de construir un aparcamiento y la necesidad de conservar las importantes murallas.
El asunto se complica, produce enfrentamientos dentro del partido gobernante y finalmente el empeño en la conservación cuesta el puesto al Director General de Bienes Culturales, D. Bartolomé Ruíz, principal ideólogo e impulsor del MAA hasta ese momento(17).
De esta forma queda de manifiesto que la mayor debilidad del Modelo es que, en realidad, este no responde a una voluntad política expresa y asumida por los grupos políticos, ni a un desarrollo social profundo, sino que ha sido más bien resultado de un dejar hacer en un tema sobre el que el desconocimiento, la indiferencia y la ignorancia de la mayoría de los dirigentes políticos eran totales.
Pero en el momento en que se hace evidente que la conservación puede chocar no ya con los fuertes intereses económicos que rodean a toda intervención urbana, sino con los intereses particulares de la administración local, los grupos políticos no dudarán en actuar como se ha visto en el caso de Málaga, obviando la legislación existente a este respecto, no sólo la promulgada a nivel nacional, sino la propia de Andalucía que, en el caso del Patrimonio Histórico, fue aprobada prácticamente por unanimidad de todos los grupos políticos, los mismos que gobiernan los ayuntamientos.
A partir de ese momento, se hace evidente que la batalla por conservar restos arqueológicos sólo podrá librarse en Circunstancias muy específicas.
Hacia un nuevo modelo La sustitución de D. Bartolomé Ruíz se procura que sea lo menos traumática posible, y él (16) Málaga, Diario Sur 16-IV-19RR (17) Málaga, Diario Sur 26-V -1988.
Tras ello, y pese a las tajantes intrucciones en contra de la Consejería de Cultura, el Ayuntamiento siguió destruyendo la muralla, realizando el trabajo por la noche y tras cubrir esta con un toldo para que no se advirtiese.
Ante las denuncias, el Sr. alcalde D. Pedro Aparicio, afirmó que nada sabía del asunto, y que iba a "abrir una investigación" (Málaga, Diario Sur 22-1-1989) que parece que aún no ha concluido.
Por su parte la Dirección General de Bienes Culturales abrió expediente sancionador al Ayuntamiento (Málaga, Diario Sur 24-1-1989).
mismo realiza gestiones para impedir la dimisión en bloque de la Comisión de Arqueología, mientras se garantiza por parte de los responsables políticos. en especial por el nuevo Director General, D. José Guirao. la continuidad del modelo.
No obstante. muy pronto comenzará a desarrollarse un nuevo programa. y después, tras las elecciones autonómicas de 1990, se pone de manifiesto que el nuevo equipo de gobierno tiene planteamientos muy diferentes de los seguidos hasta entonces por lo que respecta al Patrimonio Arqueológico.
Algunos de los nuevos factores han supuesto en la práctica la liquidación de varios de los elementos más avanzados del MAA, y el inicio del camino hacia un nuevo modelo, aunque los pasos dados son todavía titubeantes y contradictonos.
A.-La reconversión de la Comisión de Arqueología Uno de los elementos más originales del Modelo era la Comisión Asesora, formada por arqueólogos independientes y a la que en la práctica se le reconocían amplías competencias, entre ellas el derecho -y prácticamente la obligación-de debatir todas las cuestiones referentes a la arqueología.
El propio desarrollo del modelo le fue restando paulatinamente funciones (intervención en monumentos, urgencias, etc), pero es en este momento cuando se produce un cambio radical de su papel.
En los primeros años, ante cada conflicto se convocaba a la Comisión al lugar y, tras el informe de la misma, se producía la negociación o la resolución, según los casos, del problema.
Ahora se prescinde de la Comisión para estas tareas, asumiendo el Director General el tema a partir del informe del arqueólogo provincial correspondiente o, en todo caso, con asesores elegidos al margen de la Comisión.
Con ello, en teoría, la situación se vuelve menos crispada, y aparentemente el desgaste político de la Comisión de Arqueología es menor, puesto que ya no es utilizada como "ariete" frente a las administraciones locales.
Además se refuerza el papel de la legislación como elemento decisivo en la actuación, con independencia de la valoración científica de los restos de que se trate.
Pero con la intervención de la Comisión la acción protectora se apoyaba en el dictamen de un grupo de especialistas seleccionados por su T. P., 51, n" 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es capacidad con anterioridad al surgimiento de cualquier problema, lo que proporcionaba fuerza a dicho dictamen.
Ello dificultaba la adopción de medidas exclusivamente "políticas", que por lo general suelen implicar la destrucción final de los restos de que se trate.
Con el nuevo sistema, por el contrario, esa limitación no existe y todo depende de la voluntad o fuerza política que en cada momento tenga el Director General.
Esta forma de operar se ha extendido a todos los temas, de forma que la Comisión ya no es en la práctica un órgano de debate y asesoramiento de la política arqueológica.
Sus casi únicas funciones son informar sobre los Proyectos de Investigación, recomendar la concesión de autorizaciones para los diferentes tipos de intervención y proponer la distribución de subvenciones.
La única decisión de cierta relevancia en estos años ha sido la creación, con cargo al presupuesto de excavaciones, de becas orientadas a la formación de arqueólogos en nuevos métodos y técnicas aplicables al patrimonio, cuya primera convocatoria es de 1991.
Factor sin duda positivo, aunque no se haya conseguido que dichas becas sean reconocidas a ningún nivel por la Consejería de Educación de la propia Junta de AndaluCÍa.
B.-El nuevo rumbo de la gestión Tras las numerosas dudas del periodo anterior, la Administración opta por crear el cuerpo de funcionarios de Conservación del Patrimonio, único para arqueólogos, arquitectos, historiadores del arte y etnólogos, retomando así los planteamientos, en el aspecto de unir los cuatro campos, del Plan General de Bienes Culturales.
Tras las mismas la división de Arqueología está integrada por seis personas (18).
Este escaso número, y la compleja situación por la que atraviesa la arqueología andaluza, hacen que este factor resulte secundario en los momentos actuales, aunque posiblemente será muy importante a largo plazo.
Para otros, sólo habría que documentar si los restos fuesen muy importantes y en consecuencia sólo habría que hacer el "seguimiento" de las obras.
Las diferencias se justifican en base al argumento de que cada ciudad presenta condiciones diferentes.
El Director General parece tomar la decisión de ser muy pragmático, y dejar que el AP local, que es quién mejor conoce su zona, actúe según sus criterios.
Esta opción, en principio perfectamente razonable y que parece desarrollar hasta cierto punto la situación anterior, provoca importantes disfunciones y tampoco soluciona la cuestión de las situaciones conflictivas ante grandes obras, dado que o bien el arqueólogo de turno procura minimizar la importancia de lo hallado o más generalmente los ayuntamientos se niegan a colaborar, haciéndose necesaria en uno y otro caso la intervención de la Dirección General.
De nuevo, Cercadillas sirve de magnífico ejemplo de esta política: falta de información inicial de la Delegación Provincial a la Dirección General sobre la importancia de los restos, paralización inmediata cuando al fin se conoce esta, trabas y objeciones del Excmo.
Ayuntamiento y fuerte inversión a lo largo de prácticamente dos años, para autorizar después la construcción de la estación (20).
No se adoptó ninguna medida sancionadora ni contra el AP, ni contra el Delegado Provincial, ambos responsables de la situación creada.
En consecuencia, tanto la destrucción del yacimiento de Cercadillas, como la amplia inversión realizada desde la Dirección General para documentar la fase romana, no son sino la clara expresión del "Nuevo Modelo", en lo positivo y en lo negativo, y lo que demuestra más cabalmente el agotamiento del "Antiguo".
El segundo cambio de política se produce a partir de 1992.
Consiste básicamente en la pérdida de autonomía de los AP a la hora de actuar; progresivamente la Dirección General va (20) Se ha afirmado repetidamente que el proyecto debía realizarse porque afectaba al A VE Y esta era una "cuestión de Estado".
El argumento es inaceptable ya que la Conservación del Patrimonio Histórico es un precepto constitucional (Art.
46) y está por encima de los intereses del gobierno de turno, por fundamentales que tales intereses sean para sus objetivos electorales.
Pero es que ni siquiera eso es cierto, ya que en la zona lo que va es la estación de Córdoba y fundamentalmente la playa de vías de la misma. asumiendo todas las decisiones en relación a la paralización de obras y sobre las excavaciones a realizar y el momento de ejecución de las mismas.
Hasta cierto punto con ello parece pretenderse que la información llegue realmente a la Dirección General en tiempo y forma, y que se eviten situaciones como las comentadas más arriba.
Pero es imposible desligar esta situación de la falta de liquidez económica de la Junta de Andalucía ( 21), que deja casi sin presupuesto a la arqueología durante 1992 y 1993.
Por ello no es de extrañar que, aunque se crea una normativa interna dirigida a agilizar las gestiones, el cambio suponga un mayor retraso a la hora de actuar y de que lleguen las escasas subvenciones aprobadas.
En esta situación, y con el precedente de Cercadillas, el problema del control de la calidad de las intervenciones de urgencias a que nos hemos referido antes, sigue agravándose y la arqueología urbana degenera, aunque en las Jornadas de Arqueología Andaluza de Huelva (Enero 1993) se decidiese que estaba en perfectas condiciones y que sólo había pequeños problemas.
Por otro lado, ninguno de estos cambios de política ha significado que ahora se vaya a intervenir en los ámbitos sobre los que antes no se actuaba, carencias que hemos descrito como los principales defectos del sistema en las primeras etapas.
En ese aspecto la situación seguirá igual, es decir, la arqueología sigue ausente de los monumentos en restauración, llegándose a extremos como el de que apenas pueda intervenirse en la Alcazaba de Málaga, pese a las importantes remociones de tierra.
Por otra parte, el control de los AP sobre las Escuelas Taller sólo se produce en algunos casos.
La transformación del MAA ha coincidido en el tiempo con la mencionada falta de liquidez de la Junta de Andalucía, pero también con el fin del periodo de seis años de duración de la mayoría de los Proyectos de investigación y, corno se señaló al principio. antes de optar a otro es necesaria la presentación y aprobación de la memoria final.
Ello ha concedido a la administración un amplio respiro que le ha permitido reducir drásticamente los presupuestos de arqueología de investigación, sin que haya habido excesivas quejas.
El que la Comisión haya visto limitadas sus competencias efectivas, y que la política seguida haya cambiado, tampoco ha producido mayores problemas, con la excepción de un par de dimisiones. por otra parte muy separadas en el tiempo.
Por lo que respecta a la gestión. está completándose el marco legislativo, con nuevas normas, documentos de trabajo y proyectos de reglamentos, como el de Actividades Arqueológicas al que ya hemos hecho referencia ( 22), con novedades como la exigencia de que los equipos de investigación cuenten con un arquitecto.
Puesto que he tenido ocasión de referirme a este texto recientemente, no volveré ahora sobre el mismo (Salvatierra, en prensa).
Están en fase de borrador los Reglamentos de Protección y Restauración.
Este último, según manifestaciones del Director General, incluirá la obligación de que en toda restauración actúe un arqueólogo.
Por último está la decisión de impulsar la informatización del registro arqueológico.
En otro plano, a principios de 1993 se sacaron a concurso los primeros proyectos urbanos, creados por la Dirección General, dirigidos a poner orden en el desbarajuste existente en las principales ciudades, tratando de forzar una coordinación entre los arqueólogos que realizan las urgencias, y procurando que se establezcan programas que racionalicen las investigaciones necesarias.
Esta cuestión puede relacionarse con la teoría de que la administración debe indicar a los investigadores cuales son sus prioridades, lo que sin duda es positivo, aunque depende de la estructura, fines, medios y límites con que se haga.
Por el momento el proyecto urbano y las urgencias a realizar, no parecen tener demasiada relación entre sí, y por lo que sabemos en cada ciudad se está enfocando desde una perspectiva diferente, lo que quizá sea enriquecedor, pero no sabemos si efectivo.
Parece claro que cuando menos puede darse un problema de competencias entre las del director del proyecto y del grupo de investigación que lo asume. y las del AP correspondiente, por no mencionar las que se reserva para sí la propia Dirección General.
En conclusión, en el terreno práctico, se ha creado un nuevo modelo de funcionamiento en el que el AP pasa de ser un agente activo en la toma de decisiones, a mero informante y emisor de propuestas, mientras que la Comisión Asesora pierde protagonismo.
Se trata por tanto de un aumento del centralismo y la jerarquización (también burocratización) administrativas.
Pero tamhién se han tomado algunas decisiones que pueden conducir a que de nuevo las urgencias pasen a estar controladas por los grupos de investigación, superponiendose al AP.
Parece evidente que esto es contradictorio entre si y a su vez con el desarrollo de un cuerpo de funcionarios de Conservación del Patrimonio.
La confusión sobre la situación existente se refleja, por otro lado, en los intentos que se producen en cada provincia por crear un 'modelo' propio, que van desde unas donde el Delegado Provincial prácticamente asume las competencias del AP aprovechándose de la debilidad de este, a otras donde se intenta recuperar la antigua idea de la Comisión Provincial que asesore al AP, o los nuevos intentos de articulación mediante empresas, de los que la universidad tampoco está ausente.
En suma, el modelo no está definido, ni la administración tiene claro hasta dónde o cómo debe intervenir.
Habrá que esperar a que pase la actual situación económica y tengan lugar las elecciones autonómicas previstas para el verano de 1994, para ver cual es realmente la estructura que se busca y si se intenta una nueva línea, o los actuales funcionarios quedan como "cuerpo a extinguir".
Por ahora sólo podemos concluir que el MAA de los años ochenta ha finalizado, y que estamos en un periodo de transición hacia uno que será bastante diferente.
El único elemento que permite ser "optimista" es el hecho de que al menos aún existe en Andalucía cierta preocupación por desarrollar una Política Arqueológica, aunque esta en los últimos años no haya sido precisamente satisfactoria.
ACIEN ALMANSA, M. (1994): "Política y arqueología ¿dependencia?".
Coloquio Problemas en Arqueología Medieval (Jaén 1993). |
Se exponen los principales resultados de un amplio proyecto de investigación etoarqueo1ógica llevado a cabo en Africa oriental.
Estos sirven de base para la interpretación del comportamiento de los predadores de sabana y estepa, con respecto al proceso de consumo de sus presas, creando al mismo tiempo un marco referencial de gran utilidad para la Tafonomía.
El comportamiento de los carnívoros se explica en términos de su variabilidad contextual, debida a la modificación de la presión selectiva según la dinámica trófica.
Por consiguiente, se discuten los principales patrones adaptativos de estos predadores y se pone especial énfasis en el papel jugado por la ecología en la conducta que exhibe cada uno de ellos.
Las principales cuestiones tratadas son las estrategias iniciales de consumo, los agentes y contextos que generan acumulaciones óseas, el espectro cinegético de cada carnívoro y los patrones de alteración ósea.
Como complemento innovador a estos temas, se
Cuestiones esenciales de la evolución de nuestra conducta dependen de una correcta interpretación tafonómica del registro arqueológico.
¿Fue el ser humano el único responsable del mismo?
Si no lo fue ¿qué orden de intervención ocupó?
¿Consiguió lo que allí aportó mediante caza o carroñeo?
¿Compartió el alimento con otros miembros de su grupo?
¿Cómo se distorsionó dicho registro tras su abandono por los homínidos?
Para disponer de la información que cada yacimiento contiene al respecto es imprescindible someterlo al tamiz de la Tafonomía, el cual nos informa de la presencia/ausencia de elementos óseos y su estado de alteración.
Pero una vez realizado este procedimiento, es necesario hacer inteligibles los datos obtenidos, dentro de un marco referencial en el que la Etología resulta esencial.
No podemos responder a ninguna de las preguntas formuladas si no conocemos el comportamiento de las distintas especies carnívoras en cada tipo de ecosistema y hábitat para saber qué cazan, qué productos dejan disponibles para ser aprovechados de modo secundario, cómo y quienes realizan un consumo terminal de ciertos restos, y por tanto distorsionan el patrón deposicional generado por otros agentes, procesos de desplazamiento y/o amontonamiento de huesos, etc...
De este modo, el estudio etológico orientado arqueológicamente resulta imprescindible para el Paleolítico y es también de gran utilidad para periodos posteriores en los que la inteligibilidad de los restos plantea menos problemas.
Esta necesidad de conocer los procesos biológicos que operan sobre los restos óseos, para poder interpretar las acumulaciones de huesos que forman parte del registro arqueológico plio-pleistocénico, ha provocado el estudio de dichos procesos de manera especial durante las últimas dos décadas.
A partir de semejantes investigaciones, se han elaborado marcos referen-T.
P., 51, n° 1,1994 Manuel Domínguez-Rodrigo ciales que, a la vez que han servido para interpretar, han impulsado el desarrollo e implantación de diversas técnicas analíticas tafonómicas.
Sin embargo, la parte clásica de estos estudiosque yo atribuiría a una primera fase en la investigación etoarqueológica-, adolece de serias carencias por diversas razones.
En primer lugar, por haberse centrado en especies carnívoras concretas, dejando al margen a otras (Binford, 1981; Brain, 1981) -en la actualidad, no hay trabajos sobre el comportamiento de leones y otros félidos (como el tigre) o licaones, chacales y la mayor parte de cánidos, en procesos de alteración ósea elementales-o En segundo lugar, por haber elaborado diagnosis de alteración y acum ulación de las especies estudiadas, a partir de conjuntos óseos ya formados (consideración estática), con lo que no se han controlado los factores que los han condicionado y, en algunos casos, su integridad.
Esto es lo que sucede, por ejemplo, con las acumulaciones de huesos atribuidas a leopardos en contextos cársticos, estando todas posiblemente "contaminadas" por otros agentes (en especial el puercoespín) (Brain, 1981; Bunn, 1982).
En tercer lugar, porque -debido a dicho enfoque estático-no se ha considerado la influencia de las condiciones del contexto ecológico en las conductas de los animales carnívoros y su margen de variación, con lo que este hecho repercute en la validez de las diagnosis elaboradas (Binford, 1981; Brain, 1981).
Y en cuarto y último lugar, porque se han sobrevalorado en algunos casos determinados tipos de análisis sobre otros, que en la actualidad o bien pueden refinarse con otros enfoques y métodos de investigación o bien se han transformado.
U na segunda fase en la investigación etoarqueológica -que corrige la mayor parte de estas carencias-podría situarse en la segunda mitad de la década de los ochenta, en la que los objetos de estudio se amplían.
El estudio de los agentes biológicos que acumulan huesos y sus formas de modificarlos ya no son el propósito central, sino que se investiga también otra serie de cuestiones; por ejemplo, la disponibilidad de carcasas en determinados medios y su acceso a través de estrategias oportunistas (Blumenschine, 1986), los procesos de muertes naturales en masa (con nuevas consideraciones) y los lugares preferenciales de acumulación ósea por efecto de predación en serie (Haynes, 1988a(Haynes,, 1988b)), etc...
Estas investigaciones y otras son posibles debido a que se considera ahora al contexto ecológico desde su propia variabilidad física y temporal, y se analizan procesos activos de formación (consideración dinámica) (Blumenschine & Marean, 1993).
Por ello surgen estudios sobre los tipos de huesos y su dispersión en distintos tipos de hábitats según la presión trófica (Blumenschine, 1989), sobre los modos de alteración diferencial de conjuntos óseos según el acceso primario/secundario a los mismos de los carnívoros (Blumenschine, 1988), y su distorsión tafonómica (Capaldo, 1990; Marean el alii, 1992), sobre procesos excepcionales de aprovechamiento de carcasas (Cavallo & Blumenschine, 1989), la variación de la presión trófica y el establecimiento de enclaves de ocupación prolongada (Cavallo, 1993), etc...
Dentro de esta línea de investigación se encuadra el presente trabajo, que pretende ser un resumen sucinto de un proyecto de investigación etoarqueológica que he realizado desde 1991 hasta 1993, en tres campañas sucesivas a lo largo de épocas distintas del año (Marzo-Abril, Julio-Agosto), en diversos parques y reservas naturales -yen sus áreas periféricas, que incluyo dentro de cada uno de ellos-de Kenia y Tanzania.
Estos han sido, por lo que concierne a este artículo y dependiendo del tipo de análisis, los siguientes: Masai Mara, Amboseli, Nakuru y Sibiloit en Kenia, y Serengeti en Tanzania (Fig. 1).
Estos parques y reservas fueron frecuentados con regularidad a lo largo de las tres campañas, salvo el Parque Natural de Sibiloit, que sólo fue visitado en la campaña Marzo-Abril de 1991.
En ellos he realizado observaciones directas sobre los procesos de captación primaria de carcasas por parte de distintas especies carnívoras (fase 1), tanto mediante estrategias cinegéticas (caza) como oportunistas (carroñeo), y acceso a las mismas de modo secundario, tras otro carnívoro (fase 2).
Dichas observaciones se llevaron a cabo a lo largo de diversas horas del día, y las realizadas en el Parque Natural del Serengeti también durante la noche a lo largo de 20 días.
En dicho trabajo pretendo tratar, a modo de resume n, los factores que intervienen en la movilización de restos y sus procesos de acumulación, y el estudio del espectro cinegético y de las formas de alteración ósea de los principales carnívoros de los ecosistemas africanos de sabana y estepa.
Con ello quiero no sólo realizar un trabajo de síntesis -obligado por la dificultad de publicar trabajos de este tipo con una orientación más concreta-, sino presentar información nueva.
Mi aportación más relevante, en este sentido, pretende ser el tratamiento etoarqueológico de la conducta del león, de la que hasta ahora poseía escasa información, y la presentación del análisis espacial de tipo micro aplicado a estas cuestiones, orientado evidentemente hacia el área tafonómica.
Para ello, he extraído información de un total de 39 asociaciones óseas generadas por acciones cinegéticas atribuidas a leones (24), guepardos (9) y leopardos (6).
LA ETOARQUEOLOGÍA COMO DISCIPLINA COMPLEMENTARIA DE LA TAFONOMÍA
Todo dato que un tafónomo obtiene a partir de sus análisis necesita hacerlo inteligible dentro de un marco referencial determinado.
Los estudios de los índices de representación esquelética, los perfiles de edad, la variedad taxonómica y los patrones de alteración ósea, por ejemplo, se realizan en función del referente de que ciertos procesos biológicos producen en la actualidad diagnosis concretas que ~irven para discriminar a los agentes responsables.
Sin embargo, sería un error considerar que la elaboración de dicho marco de referencia es parte integral de la disciplina tafonómica, dentro de su línea habitual de investigación.
Aunque análisis e interpretación se encuentran intrínsecamente relacionados por ser parte consustancial del mismo proceso inferencial, podría establecerse una distinción entre ambos en el seno de la Ta-T.
P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es fonomía, basada en que la parte analítica consiste -partiendo de un posicionamiento teórico previo-en el uso de métodos y técnicas de escrutinio, utilizados en una acumulación ósea con la finalidad de obtener una serie de datos, y la parte interpretativa, en el empleo de dichos datos para elaborar una explicación, basada en un conocimiento referencial anterior.
Considero, por consiguiente, que la creación de semejante marco de interpretación debe entenderse, pese a su innegable relación con la Tafonomía, como una disciplina propia.
La denominación que le corresponde es la de "Etoarqueología", puesto que si al estudio de los procesos generadores de un registro material realizado con etnias humanas modernas se le denomina "Etnoarqueología" -Etnología aplicada a nuestra disciplina-, el análisis de los mismos con otros agentes biológicos deberá hacerse desde la Etología -igualmente aplicada a la Arqueología-.
En ambos casos lo que se está haciendo es desarrollar la "teoría de alcance medio" (Binford, 1981), con el fin de ampliar y mejorar el marco interpretativo al que deben someterse los análisis tafonómicos y arqueológicos.
Los principales argumentos que se pueden utilizar para diferenciar a la Etoarqueología de la Tafonomía son que la primera se ocupa del estudio de procesos dinámicos cuyas causas y efectos son observables, es susceptible de experimentación, ya que pueden controlarse distintas variables, y el objeto de análisis es la variedad de resultados materiales de los comportamientos animales no antrópicos en sus contextos ecológicos.
El principal objetivo es, pues, ver cómo determinadas conductas (causas) producen resultados definidos (efectos).
La Tafonomía, en cambio, necesita hacer comprensibles tafocenosis, o lo que es igual, analizar acumulaciones óseas fósiles (efectos) para poder estar en disposición de averiguar su proceso de formación (causas).
El modo de actuación es, por consiguiente, inverso.
Por ello, se ocupa de secuencias estáticas, como son las tafocenosis, y no de procesos dinámicos, con lo que no sólo se desconocen de antemano las causas, sino que tampoco se puede acceder a las variables que condicionaron las conductas responsables de la formación de dichas acumulaciones óseas.
Para explicarlas, la Tafonomía necesita de la Etoarqueología -que la provee de marcos de referencia-, la cual a su vez es una disciplina autosuficiente, que no sólo debe dedicarse a la des-T.
Manuel Domínguez-Rodrigo cripción de conductas, sino a su explicación dentro de una dinámica ecológica contextua\.
Otra de las razones que apuntalan la diferenciación entre ambas disciplinas es la amplitud de campos, técnicas y objetos de estudio, que pueden resultar difícilmente abarcables desde una sola disciplina.
La principal carencia de la mayor parte de tafónomos es su escasa formación etológica, la cual les incapacita en muchos casos para interpretar los registros óseos que ellos mismos han analizado.
Semejante afirmación no debiera interpretarse como un reproche gratuito, puesto que esta situación no es sino el resultado de que la Tafonomía -entendida en su aspecto analítico-ya es de por sí lo suficientemente amplia como para que requiera la participación conjunta de varios especialistas.
La figura del supertafónomo capacitado para realizar por sí solo cualquier tipo de análisis es irrea\.
Si el tafónomo debe ser, dentro de la línea analítica, un especialista, no se le puede exigir que conozca en profundidad todos los procesos biológicos que se relacionan con las acumulaciones y alteraciones óseas, sólo accesibles a través de la Etología.
Estos, por otra parte, aún centrándose en la Etología de carnívoros, son tan amplios y dependen de variables tan diversas, que precisan de un esfuerzo que sólo se puede dispensar desde una disciplina a parte, como es el caso de la Etoarqueología.
Podría utilizarse del mismo modo, como argumento complementario a esta separación, la distinta procedencia de los enfoques que pueden amparar a una y otra disciplina.
Mientras que la Etoarqueología se basa en la Etología -estudio del comportamiento de los animales-, la Tafonomía, entendida en su vertiente analítica, se fundamenta en la Zoología -de ahí la denominación Zooarqueología-, centrada más en el análisis físico de los mismos.
Otra manera' de entender esta situación sería distinguir entre la Zooarqueología -como análisis del registro óseo-y la Etoarqueología -como interpretación del mismo-, dentro de un concepto de la Tafonomía más amplio, que abarcase en este caso ambas "subdisciplinas" y cumpliese su objetivo: analizar e interpretar palimpsestos.
Otorgándole, pues, un valor disciplinar, la Etoarqueología no sólo se ocupa del estudio del comportamiento de las especies carnívoras, como podría parecer más relevante para cumplir los fines tafonómicos expuestos, sino que incluye también en su área de investigación a (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es las especies herbívoras y sus procesos de adaptación y migración, para el estudio de procesos de muerte natural, catastrófica, etc...
Igualmente, su área de interés va más allá del estrictamente tafonómico.
La experimentación con chimpancés para evaluar capacidades y modos de talla de artefactos líticos (Toth & Schick, 1993), o los patrones de acumulación de restos en la reincidencia de la ocupación de determinados enclaves por parte de estos primates, también se encuadran dentro de la denominación "investigación etoarqueológica" (Sept, 1992).
El trabajo que presento a continuación, de clara orientación tafonómica, se basa en la utilización de distintas variables ecológicas para observar la variación de los procesos modificadores de las carcasas animales.
Algunos estudios anteriores, de indudable valor en esta disciplina, como los de Binford (1981) o Brain (1981), adolecen de una falta de consideración de las condiciones del contexto ecológico, las cuales influyen de manera determinante en cada uno de los tipos de conducta.
ESTRATEGIAS INICIALES DE CONSUMO: TIPOS Y CAUSAS DEL DESPLAZAMIENTO DE PRESAS
El modo en que una carcasa va a ser alterada en su proceso de desarticulación y aprovechamiento depende en primera instancia de la estrategia de consumo adoptada por el (los ) predador(es) que interviene(n) en la misma en su acceso primario.
La movilización de un animal capturado siempre supone un desgaste energético que sólo se rentabiliza en función de la disminución del riesgo de ser arrebatado por otro competidor.
Por esta razón, el consumo de una presa en el lugar de captura o su desplazamiento a otro sitio son dos opciones que responden a una misma estrategia subsistencial: la minimización del gasto energético y su consiguiente optimización.
El factor principal que condiciona semejante comportamiento es la posición que el animal carnívoro ocupa dentro de la dinámica trófica; es decir, su capacidad de retención de la presa y de disuasión frente a otros competidores.
Cuanto más elevada es dicha posición, menor es la probabilidad de que la presa sea desplazada.
Cuando se ocupa un puesto intermedio o bajo y es necesario un desplazamiento de la misma, éste suele ser radial y reducido, debido al criterio aludido de optimización de la energía invertida, ya que los traslados largos exigen un mayor desgaste e incrementan las probabilidades de encuentro con otros animales carnívoros.
Los factores que determinan la posición trófica de un predador son su dotación física y el tipo de organización social que mantiene.
Un preda- dor grande posee una mayor capacidad de protección de su presa que uno pequeño, y aquéllos que se organizan en grupos gregarios son más "fuertes" que los solitarios.
Tanto es así, que el tipo de relación social suele ser más importante que las características físicas.
Sirva como ejemplo el hecho de que las hienas y licaones (animales gregarios) pueden arrebatar la presa a un leopardo (animal solitario), pese a su mayor tamaño, al igual que sucede en el caso de los cuones (perros salvajes asiáticos) con respecto al tigre.
En dicho orden trófico, en la sabana y estepa africanas, el león (grande y gregario) ocupa una posición alta, hienas y licaones (de tamaño mediano, pero gregarios) se sitúan en un escalafón intermedio, seguidos en inferioridad de condiciones por el leopardo y el guepardo (de tamaño mediano y solitarios), y en un puesto más bajo se encuentran chacales y zorros (pequeños y poco gregarios).
Siguiendo el mismo orden de importancia, el segundo factor que interviene en el acto de consumo in situ de la presa o su desplazamiento es el tipo de hábitat y sus condiciones ecológicas y físicas.
En el ecosistema de sabana existen hábitats donde la presión trófica es elevada, debido al número y variedad de predadores -por ejemplo, las llanuras despejadas, que es donde se concentra la mayor parte de la biomasa herbívora-, y en donde algunos carnívoros de posición intermedia necesitan desplazar la presa, para consumirla, a lugares de menor riesgo.
Sin embargo, en otros hábitats -como los bosques aluviales-, la escasa presencia de predadores facilita más el consumo in situ de las presas y propicia menos desplazamientos.
Igualmente, la disposición o no de rasgos físicos del paisaje -árboles, arbustos, zonas de gramíneas altas, etc...influye en la existencia o ausencia de traslados y el alcance de los mismos.
Un tercer factor que condiciona el tipo de estrategia inicial de consumo de presas es el grado de disponibilidad estacional de recursos.
En determinadas zonas, la concentración y dis-T.
P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es persión cíclica de fauna herbívora -generalmente coincidente con periodos migratoriosprovoca que en ciertas épocas del año exista una abundancia de alimento lo suficientemente importante como para reducir el número de desplazamientos de presas o restos, aún tratándose de especies carnívoras de posición intermedia, residentes en hábitats en los que el resto del año existe una presión trófica elevada.
Teniendo en cuenta los criterios biológico -tipo de carnívoro y su modo de organización social-, ecológico -tipo de medio y sus características tróficasy temporal -ciertas épocas del año-, se puede entender mejor el comportamiento subsistencial de los predadores con respecto a la estrategia inicial empleada en el modo de aprovechamiento de sus presas.
Existe, no obstante, un elemento de juicio que debe añadirse a estos faCtores expuestos, ya que resulta de vital importancia para comprender la forma en que se realiza -cuando esto ocurre-el traslado de la presa.
El tipo de interacción social de una especie carnívora condiciona no sólo su posición en la escala trófica, sino también su manera de intervención y desplazamiento de una carcasa.
Todos los predadores gregarios mantienen una cohesión social de grupo, coordinada por uno o varios individuos jerarcas.
Esto propicia la cooperación de los miembros de un mismo grupo en la captura de presas.
Sin embargo, tras su obtención, lo que interviene es lo que yo he denominado criterio de maximización individual de la ingesta de alimento, según el cual -en términos selectivos darvinistas-, lo que se impone es que cada individuo optimice al máximo su inversión energética compitiendo con sus propios compañeros por los recursos obtenidos de manera colectiva.
Esto provoca que, mientras que los cazadores solitarios pueden desplazar sus presas intactas, los cazadores gregarios que efectúan algún traslado, lo hacen siempre tras un acto de consumo inicial, en el que se ha desarticulado la presa, y lo llevan a cabo a partir de determinados restos de la misma (Domínguez-Rodrigo, en prensa a).
Uno de los ejemplos más ilustrativos de la importancia del tipo de interacción social es el caso del guepardo.
Este félido suele vivir solo -incluyendo en este concepto a la hembra con sus crías, en el periodo reproductor-en un 60% de su población.
El resto lo constituyen agrupaciones de dos o tres machos que forman estructuras pseudo-gregarias, que condicionan la estrategia inicial de T. P., 51, n° 1, 1994 consumo: mientras que es frecuente que los individuos solitarios desplacen ligeramente su presa, los que residen en este tipo de grupos las consumen in situ, debido a la competencia entre ellos mismos y a su mayor capacidad de protección de la pieza.
Tres son, pues, las modalidades adoptadas en la estrategia inicial de consumo de los predadores con respecto a sus presas: consumo in situ, desplazamiento periférico y transporte sistemático (Domínguez-Rodrigo, en prensa b) (Figs.
Consumo in situ -Es la estrategia que supone un menor esfuerzo energético -sólo el de la aprehensión-y un mayor beneficio.
Por ello es el comportamiento más común entre los carnívoros de sabana.
Lo exhiben las especies que ocupan la posición trófica más elevada, como el león que, a la ventaja de ser el carnívoro más grande de este ecosistema, añade la particularidad de ser gregario.
Esto le capacita para defender su presa en todo tipo de hábitat; con lo cual, se puede permitir la táctica de desplazar a las crías al lugar donde la ha abatido y no a la inversa, como es más frecuente en otros predadores.
También es la solución que adoptan otras especies de organización social gregaria, como son las hienas y licaones.
En este caso, se debe a que opera en ellos el criterio de maximización individual del aprovechamiento de recursos, que les impulsa a devorar la presa en cuanto la capturan.
La estrategia que utilizan es la capaci- dad de consumir grandes cantidades de carne en poco tiempo.
Con ello no sólo se optimiza la ingesta de alimento de cada individuo con respecto a su compañero, sino que a nivel de grupo se reduce la probabilidad de perder la presa a favor de otros predadores.
Como no se tiene la capacidad de retención de la carcasa durante mucho tiempo -debido a que no ocupan una posición trófica similar a la delleón-, los licaones regurgitan parte de su contenido estomacal a sus crías posteriormente.
Las hienas, en cambio -debido al mismo motivo-, muestran una estrategia mixta, en la que tras un consumo inicial, desplazan algunos restos posteriormente a sus madrigueras y a otros enclaves.
Determinadas épocas del año -aquéllas en las que existe abundancia de alimento-propician también que en ciertas zonas algunos carnívoros, como las hienas, no desplacen restos -ni siquiera los que carroñean-, y que no realicen aporte ninguno a sus madrigueras.
Del mismo modo, en ciertos tipos de paisaje -algunos de ellos ligados también a la variación climática estacional-, predadores que desplazan con frecuencia sus presas de su lugar de obtención -como es el caso del guepardo en estepas o llanuras de hierba baja-, no lo hacen por no existir lugares apropiados o por no haber una presión trófica significativa -como ocurre con los leopardos que habitan los bosques aluviales densos-o nívmas que lo n: alit.¡¡n: LI kopan.Jo y la hiena.
El leopardo que hahita llanuras aluviales puede utilizar a veces en m;ís de una ocasión un mismo árbol para guardar sus presas. cuando la llanura que ocupa está muy desprovista de este tipo de vegetación.
Del mismo modo. cuando ocupa zonas amesetadas altas () áreas montanas y se instala en recintos cársticos. tamhién suek clcsplazar carcasas a semejantes rdugios.
Por otro lado. la hiLna realiza arortes de restos a las madrigueras. en determinadas épocas del año. tanto para alimentar a la rrogenie. como para aprovechar los individuos adultos el contenido cartilaginoso y medular de los huesos.
La diferencia de la hiena con respecto al leopardo es que ésta desplaza restos y no carcasas, debido a que al ser gregaria, sólo puede hacerlo tras un consumo inicial de la presa y porque mediante una estrategia carroñera sólo suele conseguir restos.
Los factores que intervienen en esta conducta son de carácter biológico -capacidad de acceso y asimilación de ciertos alimentos (hienas) y nutrir a las crÍas-y ecológico -caracterÍsticas del medio y presión trófica (leopardo )-.
Una vez comprendidas las tres estrategias, es necesario recapacitar sobre el efecto que éstas tienen en la acumulación postrera de restos óseos (Fig. 3) (Domínguez-Rodrigo, en prensa b).
El consumo in situ de la presa no provoca mayor concentración de huesos que los pertenecientes a la carcasa en cuestión -siempre que no proceda a continuación un acto de carroñeo destructivo y/o dispersor de carácter intensivo-, por resultar raramente coincidentes dos episodios cinegéticos sobre un mismo punto.
Del mismo modo, el desplazamiento periférico de las presas tampoco suele provocar la acumulación de restos que pertenezcan a más de un individuo, puesto que al ser un desplazamiento realizado próximo al lugar de obtención, éste dependerá siempre del sitio en que se consigue la presa.
En tres años sucesivos de estudio de docenas de asociaciones de huesos debidas tanto a acciones predatorias observadas, como a eventos de deposición natural y actos cinegéticos pasados, sólo en un caso coincidieron asociados huesos de dos individuos distintos en un mismo entorno de unos 200 m 2, sin ser una charca.
Entre los especímenes pertenecientes a ambos existía una fuerte diferencia en el estado de alteración debida a la exposición subaérea, lo cual indicaba una separación temporal rele- olvidar que los puntos periféricos a los que se desplazan las presas no son sino lugares de resguardo momentáneos, que no impiden el acceso a los restos por parte de otros carnívoros. sino que lo postponen lo suficiente para que un primer agente realice un consumo inicial.
Por estas mismas razones, el transporte reincidente que realiza el leopardo esporádicamente a un mismo árbol tampoco suele generar una acumulación ósea relevante.
Esto se debe a que dicha reincidencia ocurre en contextos ecológicos abiertos en los que la presión trófica es alta, por lo que tras la caída de los huesos del árbol al suelo, las hienas acostumbran a desplazarlos del sitio y/o consumirlos.
Sólo el transporte sistemático que realiza el leopardo a las cuevas y las acumulaciones que generan las hienas en sus madrigueras producen como resultado concentraciones importantes de huesos en porciones muy restringidas de terreno.
ACUMULACIONES ÓSEAS PRODUCIDAS POR PROCESOS EN AUSENCIA DE TRANSPORTE
El transporte sistemático de restos y carcasas que algunos carnívoros realizan no es la única forma natural de acumulación de huesos procedentes de varios individuos.
Existen determinados enclaves que facilitan la deposición de diversas carcasas en áreas relativamente reducidas.
Estos son los "lugares de predación en serie" y los "sitios de muerte en masa" (Haynes, 1988a(Haynes,, 1988b)).
Los lugares de predación en serie son puntos del paisaje en cuyo entorno inmediato tiene lugar una actividad cinegética intensa.
Estos lugares coinciden -indistintamente del tipo de ecosistema-en hábitats abiertos -lugar en donde se concentra la biomasa herbívora y las especies carnívoras-, en puntos que favorecen la caza de animales -la mayor parte de las veces de manera estacional-, como son las charcas y las torrenteras de las llanuras aluviales.
Esto se debe a que la necesidad de beber obliga a los animales, sobre todo en la época seca, a frecuentar las pocas charcas y otros lugares que mantienen agua, que son sitios que favorecen la presencia de carnívoros por la proximidad del agua y por la abundancia de animales que se concentra en su entorno.
Estos lugares de predación intensa se caracterizan (Fig. 4) por una densidad de huesos mucho más reducida que las acumulaciones úseas generadas por un transporte sistemático. por una mayor abundancia de elementos axiales dt:! esqueleto, por una suhrepresentación de animales de menos de ISO kg. de peso, por un número más reducido de individuos por área y por un patrón de dispersión y alteración de los huesos dife rente (vease más adelante).
En estos sitios resulta poco frecuente la superposición zonal en la acumulación de restos de individuos distintos.
Los lugares donde se generan acumulaciones debidas a un proceso de muerte en masacausadas por factores naturales, en los que la predación por parte de otros animales no interviene de manera relevante-, suelen ser enclaves cercanos a la sección proximal de llanuras aluviales, cauces hidraúlicos estacionales, y áreas empantanadas de humedad fluctuante.
Menos comunes son otros sitios en los que se amontonan restos por efecto, por ejemplo, de la caída de parte de una manada de herbívoros por un acantilado, que dependerá de la ubicación de éste.
Las razones de las muertes en masa en los lugares citados pueden ser varias: pero las más comunes son la situación ecológica en las épocas de sequía prolongada -estos sitios son los últimos reductos de agua (en su mayor parte sub- Ln el caso de los hiénidos la slluaci(')f1 es lit! eral11ente distinta, La hiena manchada inlL'r-~' iene sohre una amplia diversidad de especies (jiu. gacela. cehra. antílope. facócero. ctc,), No ohstante. en claro contraste con el león. mantiene una preferencia por los individuos jóvenes y por los mús viejos, En las acumulaciones de este tipo de hiénido existe una representación regular de animales de más de 125 kg, Esto no sucede con la hiena parda. cuya representatividad de elementos óseos pertenecientes a una fauna de esas dimensiones es más hien reducida. predominando en camhio los ungulados de tamaño pequeño y existiendo un número relevante de restos de papión, Otro hecho sorprendente en los hühitos de esta hiena es el aporte a las madrigueras de pequeños carnívoros (chacal. zorro, lince... ) que realiza sohre la carcasa entera y que suelen constituir del 40% al 50% de la acumulación ósea (Brain.
Esta circunstancia explica que el índice de representación de elementos del esqueleto sea distinto del de la hiena manchada. y que predominen en las especies pequeñas los elementos axiales por ser los apendiculares mucho más aprovechahles y más proclives a desaparecer.
Igualmente en las especies de mayor tamaño. casi siempre por dehajo de los 125 kg,, los elementos axiales aparecen con cierta relevancia, pero la situación se invierte y los huesos de las extremidades son preponderantes, como ocurre con la hiena manchada.
Estos índices tan elevados de predación sobre carnívoros en el caso de la hiena parda no se dan en otros tipos de predadores, los cuales. no obstante. tamhién interactúan cinegéticamente entre ellos mismos.
El león, por ejemplo. incluye entre sus presas a leopardos. guepardos. chacales, hienas e incluso a otros leones.
Algo similar ocurre con el resto de grandes carnívoros, quienes en su mayor parte cazan y son cazados por otros predadores.
En definitiva, las distintas especies de carnívoros establecen sus preferencias de caza en función de dos criterios: capacidad y necesidad, Cuanto mayor es el tamaño del carnívoro, mayor es su necesidad de ingesta cárnica diaria, con lo cual existe una convergencia entre dicha necesidad y la capacidad del carnívoro en cuestión en acceder a presas grandes. ya que su mayor dotación biológica así se lo permite.
Sin embargo, si esta aseveración es válida para los carnívoros hegemónicos, como es en la actuali-d~ld LI kUI1. lkhe "'Lr k' elllenlc matizada para lus earnÍ\llrU" I11Ldianu... puesto qUl' Ln éstos el criterio dL clpaeiddd "c Lstahkce en torno a dos factores: la pusihilid¡¡d lk captur,l en sí y la capacidad de puder trasLld,l!
Id presa obtenida, Por consiguiente. en los carní\uros intermedios e incluso en I()s menores. lo qUL cuenta es una necesidad de abastecimiLnto lll<Ís reducida y una capacidad de acceder a presas que sean transportahles, De ahí ljue el espectro taxonómico general del kopardo y del guepardo se encuentre en especies cuyo peso est<Í por debajo de 125 kg, De este modo las presas del leopardo son de mayor tamajio que las del guepardo. porque su capacidad física de traslado y su necesidad tambi é n son algo mayores (Frame.
Esta afirmación, en principio dirigida a los félidos resulta también aplicable -aunque con las dehidas correcciones-a los cánidos y hiénidos.
En este caso el tamaño corporal no determina el acceso a las presas grandes, como ocu-lTe entre las hienas manchadas y los licaones, sino el tamaíio del grupo, que es el que posibilita. en una cooperación gregaria. la ohtención de una víctima grande (criterio de capacidad) y que la justifica no por la facilidad o no de traslado -ya que és te, en el caso de los hiénidos. opera sohre partes del esqueleto y no sobre toda la carcasa-sino por el menester de abastecer a los varios miembros que conforman el grupo (criterio de necesidad).
De este modo. hienas manchadas y licaones, al ser los más gregarios y numerosos entre los cánidos y hiénidos de la sahana y estepa africanas, son los más capacitados para -y necesitados de-la captura de presas grandes.
Esto justifica la selección de presas de m eno res dimensiones por parte de animales como la hiena parda, bastante más pequeña y mucho menos gregaria, siendo poco común su aparición en grupo.
PATRONES DE ALTERACiÓN ÓSEA
El modo en que un predador consume su presa condiciona la gama de elementos que sohreviven a dicho proceso y su estado de alteración.
En términos generales, tres son las áreas de estudio en las que puede centrarse este tipo de investigación: el análisis porcentual de la representación ósea, el estado de cada hueso y la presencia y tipo de marcas de dientes.
A continuación exp()ndré los principales patwncs de alteración ()sea rcali/'ados a lo larg,o dd consumo lk las carcasas por parte de los grandes carnívoros africanos.
Este tipo de estudio lo he realizado principalmente en la reserva natural de Masai Mara (Kenia) y en el parque natural dd Sercngeti (Tanzania), sujetos a una variación cíclica de los recursos faunísticos, cuya regulación orográfica depende de procesos migratorios, por lo que el periodo de abundancia se sitúa a grandes rasgos en la época seca larga (Junio-Octuhrc) y el periodo de escasa en la época húmeda (Marzo-Mayo). dependiendo de la zona elegida en cualquiera de los sitios citados.
LEÓN (Fig. 5)-En lo que concierne al porcentaje de representación esquelética, éste suele ser muy elevado en cada elemento óseo, ya que el león sólo consume la carne y las vísceras y no altera los huesos hasta el extremo de hacerlos desaparecer o no identificables.
La excepción radica en el consumo de individuos juveniles o infantiles, en los que el índice de elementos axiales -vértebras, costillas y pelvis-, al igual que el de los huesos superiores de las extremidades, puede sufrir una ligera disminución, al experimentar un proceso de mayor deterioro.
El modo en que este félido altera los huesos de sus presas depende de factores ecológicotemporales.
Con respecto a éstos, en la época en la que los recursos abundan, los leones pueden dejar intactos los huesos de una carcasa, ya T. P., 51, n° 1,1994:\lanucl Bomíngut'z-Rodrigo que tra... eventrarla suelen consumir la carne de la sección ahdominal y lumhar y la de los cuartos traseros, dejando el resto de la pieza entera a disposición de los hui tres.
En esta circunstancia no queda ningún indicio. por el estado de los huesos, que demuestre dicha acción cinegética.
En casos normales, la destrucción ósea que llevan a cabo consiste en la apertura de la caja torácica en el acto de eventración, lo que conlleva la fragmentación de los extremos distales de las costillas en mayor o menor grado.
Del mismo modo. las apófisis superiores de las vértebras dorsales y las apófisis laterales de las vértebras lumbares suelen fragmentarse a distinta altura.
Uno de los patrones más curiosos que he podido documentar ha sido la aparente relación que existe entre los modos de alteración de los huesos axiales, dependiendo de la intensidad del proceso destructivo.
En las épocas de abundancia, los leones apenas alteran las carcasas -como acabo de mencionar-o, en caso positivo, lo hacen fracturando el tercio distal de las costillas y dejando intactas las apófisis vertebrales o quedando afectada tan sólo una porción reducida de sus extremos -proceso de alteración menor (AM)-.
En épocas de carestía o en circunstancias de intervención de manadas extensas de leones -a lo largo de todo el año-, el proceso de alteración es más fuerte (AF).
Las costillas pueden quedar reducidas hasta dos tercios de su longitud -permaneciendo la sección proximal-y las apófisis de las vértebras dorsales y lumbares experimentan idéntico efecto, quedando tan sólo la base que las une al cuerpo vertebral.
En este caso, hasta las vértebras cervicales resultan afectadas.
Cuando opera este proceso de alteración ósea fuerte (AF), las extremidades, que normalmente permanecen intactas, pueden aparecer con ligeras modificaciones: ausencia de la epífisis proximal del húmero y, en caso de que la presa sea menor de 150 kg. de peso, fracturació n de los estilopodios.
Por lo restante, los huesos apendiculares conservan su integridad.
Sin embargo, estos modos de alteración se pueden observar en huesos pertenecientes a presas de tamaño medio -superior a los 250 kg.-, pero no en aquellas pequeñas, menores de 100 kg. En este caso, el proceso de destrucción es mayor, pudiendo desaparecer la mayor parte del esqueleto axial -vértebras, costillas y pelvis-, aparecer el cráneo alterado -sobre todo en su parte frontal-o destrozar la escápula, que en los (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es individuos de especies mayores se consena. fracturar húmeros y fémures y. más raramente. alterar la tihia.
Con respecto a las marcas de dientes (1) que pueden aparecer en los distintos huesos. éstas son como detallo a continuación:
Perforaciones. -Suelcn ser raras y aparecen en cl cráneo -tanto en su sección superior. como en lateral-y en el ilión de la pelvis.
Excepcionalmente pueden ohservarse en las costillas.
Surcos. -Sumamente raros en los procesos de alteración menor (AM), pueden aparecer, en época de escasez de recursos -en la que las carcasas se procesan con más intensidad-, en húmeros y fémures (incluso en las trócleas), sobre todo de individuos de tamaño pequeño.
Menos frecuentes -pero desligados del criterio temporal-pueden ohservarse también en la pelvis.
Aparece, condicionado por las estrategias adoptadas frente a la disponibilidad de recursos, en húmeros y fémures, asociado a los surcos.
Suele ser más común la aparición de depresiones aisladas en estos huesos y a veces en las vértehras y en la sección superior de las tibias.
Extracción de tejido óseo. -Ocurre en los procesos de alteración ósea fuerte (AF) en las apófisis vértebrales, en las epífisis de los estilopodios -muy raro que aparezca en las epífisis de la tibia y, en menor grado, en la del radio-cúbito, a no ser que se trate de especies o individuos menores de 150 kg. de peso-, y en el ilión e isquión de la pelvis.
LEOPARDO (Fig. 5)-El índice de representación esquelética en los lugares donde genera acumulaciones por efecto de transporte sistemático muestra un porcentaje elevado de elementos óseos apendiculares -con respecto a la presencia original-y más reducido, en proporción, de huesos axiales -aunque similar a veces en el conjunto global-, en el que destacan vértebras y, sobre todo, costillas.
Los metápodos, radio-cúbitos y tibias -estos dos últimos a
(1) He optado por traducir los términos icnológicos anglosajones tal y como expongo a continuación: perforación (puncturc), depresión (pit), mordisqueo (pitting), surco (score) y extracción de tejido óseo (furrowing).
Esta última definición tal vez no es muy acertada, pero la considero más apropiada que "roído", más atribUIble a la acción de los roedores.
\cees en sus mitades distales. según el proceso d\..•"tructor-suelen estar hien representados, y los huesos superiores de las extremidades son más escasos. encontrándose muchas veces ausentes o hien muy alterados -con presencia de epífisis distal-. ¡\ este respecto. existe un sesgo a favor de la conservación en mejor estado del rémur con respecto al húmero.
Pelvis ji escápulas suelen estar poco representadas. siendo poco frecuente su aparición.
Cráneos y mandíhulas son, en camhio. los elementos más abundantes (Brain.
El patrón de alteración exhibido por este félido en los puntos a los que desplaza a sus presas, al igual que sucede con el guepardo, es más regular que el creado por el león.
En lo que concierne a los bóvidos, que comprenden la mayor parte de su alimentación, suele dejar intacta la sección inferior de las extremidades (metápodos, falanges... ) y el cráneo y la mandíbula.
La sección intermedia de las extremidades (tibia y radio-cúhito) puede resultar escasamente afectada o, en caso contrario. quedar fracturada por el tramo proximal de la diáfisis, desapareciendo las epífisis proximales.
Con respecto a los huesos axiales -pelvis, costillas y vértebras-, éstos pueden desaparecer casi por completo.
Lo único que queda menos alterado es la cabeza y, en menor grado, algunas vértebras cervicales.
Sin embargo, este tipo de alteración extrema no es la norma habitual.
Si se detalla este proceso de alteración, con respecto a la conducta del leopardo he observado dos grandes patrones de modificación ósea que no he podido relacionar con factores ecológicos de abundancia o escasez de recursos.
El proceso de alteración fuerte (AF) provoca una relación curiosa en la forma en que se modifican los huesos axiales y apendiculares.
Cuando ocurre, es frecuente que no existan apenas vértebras y costillas, la pelvis y la escápula desaparecen y las extremidades se alteran del modo señalado anteriormente: los estilopodios desaparecen y los zigopodios pueden mostrar una ligera modificación o ausencia de epífisis y metadiáfisis proximal.
En este caso el cráneo puede aparecer intacto o fragmentado.
En el extremo opuesto, el proceso de alteración menor (AM) favorece la conservación de restos axiales -las vértebras y, en menor medida, las costillas aparecen en proporciones significativasaunque la pelvis suele fracturarse a menudo y desaparecer, y los huesos apendiculares T. P., 51, n° 1,1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es sUekn encontrarsL' Intactus o en todo caso con alteraciones l1lellOrL'S en las epífisis, I.<ls apúfisis vertdHaks pUeden aparecn intactas -sohrL' toJ() las pertenecientes a las vértehras Jorsaleso fragmentadas.
U cr<Íneo y la mandíhula pueden mantenerse inalteraJns o ser fragmentaJos, Este tipo de proceso nwJ i ficador se Ja con m é1-'1m frL' cuencia en las especies mayores Jd espectro cinegético del leopardo: es Jecir. aquéllas sit uada" ent re los 70-1 5() kg. de peso, El proceso de alteración fuerte, en camhio. suele Jarse en carcasas más pequci'las.
Con respecto a las improntas g.el1eradas el1 la superficie ósea por tudo el pnlCeso de alteración,! consumo de la carcasa (marcas de dientes). éstas suelen ser escasas.
Tanto en las acumulaciones generadas por transporte sistemático. como por desplazamiento periférico sohre especímenes individuales. no sobrepasa normalmente el 25 o/.:, de todo el conjunto (Brain.
19~1: Domínguez-Rodrigo. en prensa h).
A nivel más específico. las marcas se uhican. según el tipo. como cletallo a continuación:
Perforaciones.-Suelen aparecer en el cráneo, indistintamente del proceso de alteración que opera sohre el resto de la carcasa.
También pueden observarse de manera esporádica en el ilión de la pelvis, cuando ésta no sufre un proceso destructor ahsoluto.
En el proceso AM pueden aparecer en la base de las apófisis de las vértehras dorsales: aún cuando esto no sea muy frecuente.
Surcos.-De distrihución más amplia, los surcos pueden ohservarse en la mandíhula, en el i1ión e isquión de la pelvis y, de manera aislada y ocasional, en la diáfisis de los estilopodios.
No es frecuente que la tihia muestre alguno, aunque sí el radio.
Cuando aparecen en estos huesos, suele ser en forma de escasas señales, próximas a las epífisis.
En un proceso AF sí pueden aparecer en mayores cantidades y a lo largo de la diáfisis.
En un proceso AF a veces se observan depresiones en las diáfisis de las tibias.
Extracción de tejido óseo.-Es la impronta más frecuente que realiza este tipo de predador.
Suele observarse mejor en procesos AM.
Aparece en las apófisis vertebrales, en el i1ión e isquión de la pelvis y en las epífisis proximales de estilopodios y zigopodios.
51, n U 1, 1994 "anud Uonllnguel-Rodrigll GUEPAKI)() (Fig,.'i)-hte animal suele "er tan reg.ular como el leopardo en los tipos de alteración ¡'¡sea que imprime a sus presas.
Comprendidas éstas dentro de la gama de hóvidos pequeños, el guepardo las modifica siguiendo un dohle patrón. mostrado a través de hóvidos más pequeños (gacelas Thompson) y hóvidos algo mayores (Impala).
El primero consiste en la destrucción del esqueleto axial. desapareciendo la práctica totalidad de vértehras y costillas. junto con la pelvis y escápula y quedando tan súlo la ca he/a -él veces fragmel1tada-y las extremidades. por lo general intactas o en las que el húmero tamhién ha desaparecido.
El otro modo de alteraciún. tamhién exhihido con algunas gacelas pero mejor ilustrado con el procesamiento de los impalas y otros hóvidos similares. consiste en la pervivencia de los huesos axiales, pero en estado de gran modificación.
Las costillas pueden quedar reducidas a más de la mitad de su longitud y las apófisis de las vértehras -sohre todo las lumbares-resultan fracturadas.
Pelvis y escápulas tamhién sohreviven al consumo y tanto los huesos del cráneo, como los de las extremidades quedan casi intactos.
En lo que concierne a las marcas de dientes, éstas aparecen aún con menor frecuencia que en el caso del leopardo:
Perforaciones.-Son muy raras, En mi estudio sólo he podido detectarlas y de manera excepcional en el ilión de la pelvis.
Surcos.-Igualmente poco frecuentes, pueden aparecer en los estilopodios.
Extracción de tejido ósco.-Al igual que en el caso del leopardo, es el tipo de impronta más frecuente.
Aparece en las apófisis vertebrales, en el ilión e isquión de la pelvis y, con menor frecuencia, en las epífisis proximales del fémur y húmero -sobre todo en este último-.
HIENAS (Fig. 5)-La representación esquelética presente en las acumulaciones óseas que las hienas manchadas generan en sus madrigueras, mediante el transporte sistemático de restos, se caracteriza por la abundancia de huesos pertenecientes a las extremidades y caheza y la ausencia de elementos axiales.
Abundan fémures y radios -con sesgo representativo de la epífisis distal-, húmeros y tibias -con sesgo representativo de la epífisis proximal-, metápodos y En lo que respecta a los patrones de alteración ósea. la captura de una presa por parte ue una manaua de hienas manchauas. sin tener en l'uenta su tamaño. resulta -si la manaua la componen méís de meuia uocena ue inuividuos-en la prüctica desaparición y uispersión de los huesos de la misma.
Paralelamente al proceso ue eventración. las hienas consumen y fracturan costillas y vértehras y acto seguiuo hacen lo mismo con la pelvis y escápulas.
Tras este acto inicial, la competencia de los miemhros del grupo resulta en la desarticulación ue la carcasa y la separación de las extremidades y de la cabeza -generalmente con algunas vértebras cervicales-del resto del esqueleto.
A continuación tiene lugar un acto de consumo secundario, en el que se aprovechan las epífisis de la mayor parte de los huesos apendiculares de la sección superior e intermedia de las extremidades y se fracturan algunas diáfisis o fragmentos largos dc las mismas.
Por lo general. los metápodos permanecen intactos en esta fase y pueden ser desplazados posteriormente.
La cabeza también se fractura. para ganar acceso al contenido interno.
Tras un proceso de estas características, la mayor parte de la carcasa desaparece.
Sin embargo, este tipo de proceso resulta más observable en épocas de escasez de recursos o épocas intermedias, en las que las hienas deambulan en números importantes y realizan actos cinegéticos.
En épocas de abundancia, las hienas experimentan en algunas zonas un curioso fenómeno: se escinden con mayor frecuencia y establecen grupos familiares reducidos.
En este momento -en el que no realizan aportes a las madrigueras-, en determinadas áreas la disposición de carroña les permite incluso hasta ser selectivas en el alimento obtenido mediante esta estrategia.
Al ser menos en número(frecuentemente una o dos), no causan el mismo efecto en las carcasas, y cuando acceden a una, si han podido carroñear suficiente en otro lugar, ni siquiera la tocan o aprovechan los restos escasos de carne que puedan quedar.
El tuétano óseo resulta, pues, de interés secundario.
Incluso puede verse, a pesar de su evidente predilección por los huesos axiales (Marean el alii, 1992), que el comportamiento subsistencial de estos hiénidos se vuelve en esta época más aleatorio, consumiendo el cartílago de algunas epífisis de lu... hu~:... ~)... apenuiculares y no alterando apenas lo... restus,t',i"lcs () cr<lnealcs.
Ln lo que cOI1Cierl1l' a las marcas de dientes, en un proceso de <Ilter; lciún fuerte COIllO el descrito no qucdan marcas p()rque casi no quedan huesos.
No ohstante. en las Intervenciones sohre carcasas meuiante <lctos de carroñeo, 0stas si pueuen observarse en frecuencias por lo generéil menores del 20'X, del conjunto (Blumenschine.
En su mayor partL' aparecen en las secciones finales ue las uiúfisis, generadas por el consumo de las epífisis (Blumenschine, I LJXX: Blull1enchine & Marcan, lLJLJ3).
En este tipo de contexto las marcas que aparecen son:
Pueden aparecer en el cráneo.
Surcos.-En las secciones finales de las diáfi-SIS.
Suelen aparecer depresiones aisladas asociadas a los surcos.
Extracción ue tejido óseo.-Relativamente frecuente; sohre touo en los huesos apendiculares cuyas epífisis no han siuo consumidas por completo.
El panorama de representación de marcas de dientes cambia de los lugares de predación o carroñeo a las acumulaciones creadas en las madrigueras.
En principio, el índice de representación es mucho más elevado. situandose entre un 60% -1 00%. con una media superior al ~O% (Blumenschine, 1988; Blumenschine & Marean, 1993).
Los tipos de marcas están mejor representados:
Surcos.-Aparecen en la mayor parte de los huesos, sobre todo a lo largo de la diáfisis de los huesos apendiculares.
Suelen mostrarse en gran número en porciones reducidas de hueso.
Aparece relacionado con los surcos.
A veces existen depresiones aisladas.
Extracción de tejido óseo.-Observable, al igual que en los lugares de carroñeo, en las epífisis que no se han consumido por completo.
CHACAL-No suele cazar -con excepción de individuos de gacelas Thompson juveniles e infantiles-y los huesos que altera proceden de carcasas abandonadas por otros carnívoros.
El proceso de alteración que efectúa en éstos suele ser leve.
Tiene predilección por los huesos apendiculares por ser más fáciles de desplazar, al no estar articulados como los restos axiales, y su forma de modificarlos es mordiendo el cartílago epifisario de huesos intactos y/o la diáfisis en los huesos en los que las epífisis ya han sido alteradas.
Las marcas de dientes que deja, por consiguiente, en la superficie de estos huesos se distinguen de las de otros agentes por aparecer con más frecuencia en las secciones centrales de las diáfisis.
PROCESOS DE DISPERSIÓN DE HUESOS Y SU ANÁLISIS ESPACIAL
Los agentes biológicos pueden modificar un conjunto óseo de dos maneras: alterando los huesos físicamente y dispersándolos.
La Tafonomía se ha centrado más en las distintas categorías analíticas del primero que del segundo aspecto, por disponer de un marco referencial que en el caso de los modelos de dispersión no existía hasta ahora.
Sin embargo, es posible establecer diagnosis válidas de discriminación de agentes a partir del análisis espacial de los restos de las carcasas.
A grandes rasgos, pueden diferenciarse dos niveles de análisis en este tipo de investigación.
El primero está dirigido al discernimiento de núcleos de densidad general -el objeto es descubrir los puntos de mayor incidencia en la utilización del espacio-y el segundo trata los cúmulos de densidad de atributos concretos -pretendiendo hacer inteligibles actividades y agentes determinados-o Para uno y otro tipo de análisis se carece en la actualidad de un marco conceptual que no sea estadístico y que se ocupe por lo tanto de no primar consideraciones cuantitativas sobre aproximaciones cualitativas al registro material.
El que aquí propongo brevemente -y que se amolda a semejante propósito-engloba a un conjunto somero, compuesto por las siguientes definiciones, que ya formulé en otro trabajo (Domínguez-Rodrigo, 1993):
ASOCIACIÓN SIGNIFICATIVA.-Concentración de objetos del mismo o distinto material, que se encuentran dispersos en un área tan delimitada que forman un amontonamiento singular, separado de los restantes por una o varias zonas de interconexión.
ÁREA SIGNIFICATIVA.-Recibe esta denominación una sección espacial dentro de un yacimiento, en la que confluyen o existen varias T. P., 51, n° 1,1994 Manuel Domínguez-Rodrigo asociaciones significativas o diversos conjuntos de relación.
CONJUNTO DE RELACIÓN.-Comprende el global de elementos pertenecientes a la misma o a distintas asociaciones significativas que se encuentran interrelacionados por compartir un mismo carácter.
Si el conjunto de relación se encuentra dentro de los márgenes de una asociación recibe el calificativo de "endógeno', y si lo hace fuera de ella -con una zona de interconexión o con otras asociaciones significativas-, se denomina "exógeno".
ZONA DE INTERCONEXIÓN.-(Zona intermedia).
Extensión irregular y variable que separa una asociación significativa de otra.
Se caracteriza por estar constituída por una ausencia de objetos o por una dispersión amplia de materiales, que implica una densidad de los mismos por unidad territorial sumamente baja, en comparación con las asociaciones significativas.
INTERSECCIÓN.-Solapamiento entre materiales de asociaciones próximas o entre conjuntos de relación cercanos.
La forma en que cada carnívoro dispersa los restos en un plano espacial depende básicamente del carácter de su organización social, del tipo de hábitat y del momento de acceso a los mismos (primario/secundario).
La dispersión diferencial de elementos óseos tiene lugar siguiendo el criterio de pérdida de densidad según se aleja uno del área focal de acumulación de huesos.
Siguiendo dicho criterio, y basándose en la observación de los procesos de desarticulación que operan en las carcasas durante y tras los actos cinegéticos, cabe diferenciar tres zonas de acumulación (Fig. 6a), tomando como referencia el lugar de deposición original de la carcasa -debida a la caza de un predador o a su muerte natural-o su punto de desplazamiento periférico:
Área A-Abarca un radio aproximado de 2 m. y suele ser la zona con mayor concentración de huesos.
Estos pueden comprender una carcasa completa o parcial.
En este último caso, los huesos acumulados son en su mayor parte axiales y cráneo-mandibulares.
Área B.-Posee un radio de 6 m., tomando como eje el punto central del área A. Al situarse en torno a la misma, posee una concentración de restos menor y éstos suelen ser de tipo apendicular, aunque en ocasiones algunos pueden ser de tipo axial y craneal. un radio aproximado de 12 m. tomando como eje el punto central del área A. En este área los huesos que aparecen -de manera dispersa-son de tipo apendicular, siendo menos frecuente que aparezca algún hueso axial o cráneo-mandibular.
Fuera de este área es posible la dispersión de huesos en una amplia zona periférica, que puede abarcar varias decenas de metros y que se denomina "zona de dispersión externa".
Desde una consideración de acceso primario a la presa, existen los siguientes modos de distribución ósea (Fig. 6c):
Modalidad 1: todos los restos se concentran en el área A.-Puede ser el resultado de la muerte natural del animal o de su captura por un félido.
Ocurre en el caso en que el leopardo' no traslada su presa, y en los guepardos solitarios y es una de las formas de aprovechamiento utilizada por los leones en cualquier tipo de hábitat, preferentemente los que ocupan las llanuras de gramíneas.
Modalidad 2: los restos se distribuyen en las áreas A y B.-En este caso, mientras los huesos axiales y craneales -junto con la mandíbulapermanecen en el área A, los apendiculares -y a veces también los cráneo-mandibulares, junto con algunas vértebras-pueden aparecer en el área B por efecto de la desarticulación de la carcasa.
Esto tiene lugar en cazadores gregarios y por ello es lo que ocurre en el caso de manadas de leones, de la intervención de tres o cuatro guepardos machos y, probablemente, de la acción de licaones, tal y como puede observarse en otros cánidos gregarios.
Modalidad 3: los restos se dispersan en las áreas A. B y c.-En este caso, lo mismo que en el anterior, los huesos axiales suelen permanecer en el área A, mientras que el cráneo, mandíbula y extremidades pueden aparecer distribuÍdos en las áreas B y C. También resulta frecuente que los huesos axiales se desplacen del área A a cualquiera de las otras dos, dejando dicha zona un tanto vacía.
Normalmente los restos que aparecen en las áreas B y e suelen distribuirse de manera radial, puesto que es el resultado de la acción de desarticulación debida a la competencia de los miembros del mismo grupo y lo que se intenta es desgajar una porción y desplazarla ligeramente del foco central para consumirla sin ser molestado.
Es el re-sultado de la intervención de predadores gregarios, como los leones, entre los félidos-esta modalidad no la he observado nunca en guepardos pseudo-gregarios-, los licaones, entre los cánidos, y las hienas manchadas, entre los hiénidos.
Sin embargo, la configuración espacial de unos restos debida a una acción de intervención primaria sobre una carcasa puede resultar ulteriormente modificada por una acción de inter- vención secundaria.
La mayor parte dt! este tipo de intervenciones oportunistas la llevan a cabo, por este orden, hienas y chacales.
A lo largo de mis observaciones de campo he podido constatar que, al igual que los félidos, las hienas muestran tres modalidades de dispersión de restos, que pueden aplicarse tanto en el consumo de sus presas -aunque raramente-, como en el aprovechamiento terminal de los restos dejados por otros predadores (Fig. 6c).
Estas son las siguientes: }O Alteración y consumo de restos en el lugar en el que los encuentran.
2° Movilización dentro de las áreas A, B Y C, generando sectores de acumulación de cierta densidad.
3° Movilización de restos fuera del área e, provocando su dispersión aislada.
En el primer caso, las hienas no alteran la modalidad de dispersión de una asociación significativa generada por otro agente, pero sí provocan la aparición de conjuntos de relación distintos, ateniendose a atributos complementarios como son los Índices de representación de elementos del esqueleto y las marcas de dientes.
La tendencia a consumir vértebras y pelvis y los segmentos epifisarios de los huesos apendiculares puede hacer que el número de restos craneales y axiales sea bajo y que exista un sesgo en la representación de los elementos óseos de las extremidades a favor de las secciones inferiores.
Del mismo modo, los conjuntos de relación de marc<!~ de dientes son determinantes no tanto por los índices de representación, que en estos casos oscilan sobre un espectro similar, sino por la abundancia relativa según el tipo de huesos.
En las intervenciones de hiénidos en acumulaciones ajenas, el número de marcas de dientes presentes en metápodos y zigopodios es más amplio que en las acumulaciones exclusivas de félidos.
Este tipo de comportamiento se manifiesta cuando interviene una sola hiena, ya que sin la presión ejercida por la competencia de otros compañeros y por los criterios jerárquicos de su modo de interacción social, puede procesar los huesos en el punto donde los encuentra.
En el segundo caso, las hienas provocan cierta alteración de los huesos, desplazando generalmente los restos del área A a las áreas B y e, pero de manera opuesta a como lo hacen otros carnívoros.
Mientras que éstos lo hacen de un modo radial, en el que la dispersión significa disgregación, las hienas pueden desplazar los T. P., 51, n° 1, 1994
Manuel Domínguez-Rodrigo restos generando una concentración sectorial en estas zonas periféricas (Fig. 6c).
Por supuesto que estas asociaciones significativas poseen conjuntos de relación en los que los elementos esqueléticos aparecen sesgados, del mismo modo que en la primera modalidad.
Sin embargo, una de las características de esta modalidad es que rompe la disposición de contrarios, típica de félidos, en la que mientras que el área A alberga restos craneales y axiales, las áreas periféricas sólo contienen huesos de las extremidades o cuando aparecen restos axiales, lo hacen en un patrón de dispersión abierta, en el que no sue-\en mezclarse elementos opuestos.
En esta segunda modalidad, las hienas también desplazan huesos craneales y axiales a las áreas B y e, pero lo hacen mezclándolos con los huesos apendiculares, generando conjuntos de densidad variable.
He observado que este comportamiento se manifiesta cuando intervienen dos o tres hienas en un conjunto óseo.
Esto puede deberse a que si bien la competencia es relajada, interponen no obstante un espacio pequeño entre ellas.
En última instancia, las hienas son los únicos carnívoros de sabana que desplazan restos con regularidad fuera del área e, lejos del lugar de deposición original de la carcasa (Fig. 6c), formando -al contrario del caso precedente-una dispersión que no produce un solapamiento de restos de ningún tipo.
Estos pueden aparecer en estado semi-intacto o procesados, con lo cual el número de fragmentos puede llegar a ser abundante.
Las distancias a que pueden deplazarse estos restos son variables y se extienden desde una veintena de metros del límite externo del área e hasta más de dos kilómetros.
Pero las hienas no son los únicos animales que desplazan huesos a las "zonas de dispersión externa".
Los chacales acostumbran hacerlo con asiduidad, en especial sobre huesos pertenecientes a las extremidades.
Del mismo modo, los leones que habitan las llanuras abiertas de sabanas y estepas arbustivas suelen recurrir a la estrategia de desplazar restos -generalmente apendiculares y, en menor grado, cranealesfuera del área e y a gran distancia (200-300 m.) del punto de deposición original, buscando la sombra de los arbustos.
Sin embargo, hasta aquí he expuesto sucintamente las formas de dispersión de restos pertenecientes a un sólo individuo.
Aunque en todo tipo de contextos ecológicos, las distintas (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es variantes de la dinámica trófica no propician rcgularmente la conjunción en una misma Lona reducida de elementos óseos pertenecientes a individuos distintos, puede darse el caso de que esto ocurra, sobre todo en puntos de transporte sistemático, lugares de predación en serie (00mínguez-Rodrigo, 1993) o enclaves de muerte en masa.
Desde un plano teórico existen cinco modos de contacto entre asociaciones significativas (2) distintas (Fig. 6b).
La primera de ellas implica la existencia de una zona intermedia o de interrelación, de dimensiones variables, que mantiene las asociaciones separadas (Configuración 1).
La segunda forma se establece a partir de la ausencia de zona de interrelación entre al menos dos asociaciones, entrando el área C de cada una en contacto (Configuración 2).
Dentro de este tipo de configuración, al igual que en las siguientes, existen diversas modalidades -A, B, C, etc... -, según el número de asociaciones intercomunicadas -2, 3, 4, etc..., respectivamente-o La tercera forma de conexión es que el área C de una asociación englobe al área B y C de la asociación opuesta (Configuración 3).
Una cuarta forma la constituye la unión de las áreas B de al menos dos asociaciones significativas diferentes, entrando el área C de cada una en conexión con todas las áreas de la asociación opuesta (Configuración 4).
La cuarta modalidad la forma la intromisión de las áreas A de asociaciones diferentes en las áreas B de cada una de ellas (Configuración 5).
La última forma la constituye, finalmente, la interconexión espacial de las áreas A de cada una de las asociaciones que intervienen (Configuración 6).
Si se combinan estas cinco configuraciones con cada una de las tres modalidades de dispersión que hemos visto en la sección anterior, existen, teóricamente, hasta treinta resultados distintos de combinaciones de tan solo dos asociaciones significativas.
Estas combinaciones pueden ser "homogéneas" si comparten el mismo tipo de modalidad de dispersión o "heterogéneas" si difieren entre sí.
Sin embargo, dentro de este abanico de posibilidades debe distinguirse entre la interconexión espacial de dos asociaciones -que indican los distintos tipos de configuración-y la interrelación de restos -mar-(2) Definiendo, en este caso, cada asociación significativa como el conjunto de densidad que se compone de los restos pertenecientes a un mismo individuo. cada por la presencia de huesos de asociaciones distintas en la zona en donde tiene lugar el contacto entre ambas-o En el primer caso podría hablarse de una configuración y modalidades de dispersión determinadas, con ausencia de intersecciones, y en segunda instancia, con existencia de las mismas.
En los lugares de predación en serie las configuraciones más frecuentes son las de tipo l y, en los casos de solapamiento de asociaciones significativas, las de tipo 2 y, más excepcionalmente, del 4 -aunquc sólo he documentado un caso de este tipo de configuración, es probable que procesos de aprovechamiento posteriores pudieran desbaratarla (Domínguez-Rodrigo, 1993)-(Fig. 7).
En los lugares de muerte en masa, aunque aún no se ha aplicado este tipo de análisis, los estudios realizados por Haynes (1988b) sugieren que el tipo de configuración más frecuente es el 1, con probabilidad de que el 2 y el 3 aparezcan de manera más esporádica.
Dada las escasas ocasiones en que las deposiciones naturales debidas a acciones cinegéticas o de muerte natural, a lugares de predación en serie o muerte en masa -salvo que sea un evento sincrónico-propician la acumulación de varios individuos en una porción muy reducida de terreno, el criterio más apropiado para distinguir deposiciones a nivel espacial es la delimitación de asociaciones significativas.
Sin embargo, en el caso hipotético de que éstas resulten difíciles de discernir, por encontrarse en una acumulación relevante -como es el caso de las concentraciones generadas por transporte sistemáticoen un área reducida, el siguiente paso que debe darse es la aplicación de análisis espaciales basados en "conjunlos de relación".
Este tipo de análisis, que relega el crilerio de densidad a un plano secundario, se basa en la detección espacial de delerminados atributos.
Los atributos que sirven para distinguir conjuntos son el taxonómico, el anatómico, el de estado de exposición subaérea y el de marcas de dientes o patrones de alteración.
El atributo taxonómico sirve para detectar la distrihución espacial de cada taxón depositado y el anatómico, para observar áreas de deposición/dispersión preferenciales.
Las mayores áreas de densidad involucran a huesos esencialmente axiales, mientras que las zonas de dispersión periféricas suelen mostrar especímenes óseos de carácter apendicular.
El atributo de exposición subaérea sirve para aproximarse al registro con la pretensión de dis-. cernir momentos de deposición y poder otorgarles un carácter temporal.
Normalmente, el establecimiento de estos conjuntos de relación debe realizarse utilizando varios atributos al mismo tiempo.
Puesto que los accesos primarios a los restos dejan una impronta espacial más fácil de detectar, el estudio de las alteraciones experimentadas por un conjunto óseo, debido a una intervención secundaria, debe hacerse empleando simultáneamente varios de estos criterios mencionados, que igualmente sirven para evaluar la dinámica deposicional y poder relacionar restos que se encuentran espacialmente separados.
Los experimentos realizados sobre los procesos de alteración de conjuntos antrópicos por una intervención secundaria de hiénidos han puesto de relieve que éstos alteran el porcentaje de representación anatómica generado por la deposición original, consumiendo elementos axiales y sesgando la representación de las epífisis (o fragmentos epifisarios) a favor de las diáfisis.. (o fragmentos diafisarios) (Marean el alii, 1992; Blumenschine & Marean, 1993).
También se ha observado que en dicho acto, las hienas dejan marcas de dientes -en un índice medio raramente superior al 20% (Blumenschine, 1988)-, en fragmentos metadiafisarios o epifisarios, cuando actúan sobre huesos largos fracturados por acción antrópica, no prestando atención a los fragmentos diafisarios (Blumenschine, 1988; Marean et alii, 1992).
La conjunción de estos criterios con el análisis espacial de los mismos es sumamente revelador, ya que no sólo se descubren dichos procesos, sino que se discierne la Distribución 2 (D2).-Ocurre cuando tras un acceso primario a la carcasa, la totalidad de los huesos se distribuyen en las áreas A y B. Los huesos que acceden al área B suelen pertenecer a las extremidades, aunque a veces también pueden pertenecer al cráneo y mandíbula.
Se debe a la caza de una presa por parte de leones y a un proceso Af.
Esta distribución se distinguiría de la Dla mediante el criterio de patrones de alteración -costillas y vértebras sufren una gran modificación-, para distinguirlo del creado por los chacales y, además, el criterio de representación anatómica, para diferenciarlo del generado por las hienas (Fig. 8).
Distribución 3 (D3).-Ocurre cuando tras un acceso primario a la carcasa, los huesos se distribuyen en las áreas A, B Y C. Idem a D2 (Fig. 8).
Distribución 4 (D4).-Ocurre cuando tras un acceso primario a la carcasa, los huesos se distribuyen de manera que el área A se despeja -casi queda ausente de restosy éstos aparecen dispersos por las áreas B y e, indistintamente de su carácter.
También se diferencia de las variantes D1a y D1b por los criterios de representación anatómica y de alteración ósea (Fig. 8).
No obstante, en un proceso de acceso secundario -intervención de hienas y/o chacales-estas tres modalidades de distribución (D2, D3 Y D4) pueden ofrecer variantes, según el alcance de dicho proceso.
La primera variante (D2a, D3a y D4a) consiste en una dinámica de alteración acompañada de escasa dispersión.
En este caso es detectable mediante conjuntos de relación basados en atributos de representación anatómica y patrones de alteración (Fig. 9).
La segunda variante (D2b, D3b Y D4b) supone un proceso de alteración más fuerte e implica la dispersión de restos dentro de las áreas B y e -de modo sectorial, si se trata de hienas (Domínguez-Rodrigo, 1993)-.
En este caso, el establecimiento de conjuntos de relación basados en los mismos atri- F1G.
Modalidades de dispersión espacial de restos por intervención inicial de leones e intervención secundaria de carroñeros y establecimiento de conjuntos de relación basados en la representación anatómica y en los patrones de alteración (fracturas y marcas de dientes).
Se muestran los modelos de escasa dispersión postdeposicional (D2a, D3a y D4a) y de dispersión postdeposicional más acusada (D2b, D3b Y D4b).
Clave: hueso cráneo-mandibular (c), hueso axial (a), hueso apendicular (e). epífisis (ep.) y diáfisis (d).
butos que la variante anterior es igual de válido (Fig. 9).
Una tercera variante (D2c, D3c y D4c) consiste en el mismo tipo de dispersión que la variante anterior, pero con traslado de huesos fuera del área e a diversas distancias.
La investigación etoarqueológica nos ha provisto en los últimos años de marcos referenciales, en su mayor parte orientados a los procesos de actuación primaria de los predadores -enfoque carnivorocentrista-para compensar los enfoques antropocéntricos, continuamente enriquecidos por las contribuciones realizadas desde la Etnoarqueología.
Sin embargo, aún resta bastante por hacer.
La disposición de marcos referenciales plurales que permitan concatenar procesos de intervención sucesivos es uno de los pasos que debe darse.
A este respecto, los trabajos de Blumenschine y Marean (1993) han supuesto una serie de aportaciones de extrema calidad, en el caso de los hiénidos.
Sin embargo, experimentación similar podría y debería llevarse a cabo con otros grupos de carnÍ-T.
La falta de investigación etoarqueológica de estos carnívoros supone un vacío referencial en el proceso interpretativo tafonómico de suma gravedad, por cuanto estos animales pudieron haber participado de manera significativa en la modificación y formación de los palimpsestos pleistocénicos europeos.
Gracias al trabajo realizado por algunos investigadores durante los últimos años, la mayor parte de ellos procedentes del campo arqueológico, somos capaces de comprender mejor en la actualidad algunos de los procesos causantes de determinadas alteraciones óseas diagnósticas, de gran valor para nuestros intereses tafonómicoso Además, poseemos un mejor conocimiento del comportamiento subsistencial de ciertos animales carnívoros, responsables en primera instancia de dichas alteraciones, y de sus causas.
Es de esperar que futuras aportaciones rellenen los vacíos que aún afectan a esta disciplina y que puedan realizar interesantes adelantos que mejoren el marco referencial al cual la Tafonomía tiene y tendrá que hacer alusión constante. |
El estudio de las figuras humanas del Paleolítico Superior muestra que las mujeres se representan con más frecuencia que los hombres.
Aparecen con morfologías muy diversas que reflejan su función vital y definen su identidad fisiológica.
Esta elección expresiva parece indicar que los artistas han querido llamar la atención sobre el papel engendrador o sexual de la mujer y lleva a |
El trabajo analiza la interacción funcional del conjunto de 28 asentamientos, en cueva, abrigo y al aire libre, conocidos en el nordeste de Cataluña, a partir de un enfoque del campo que pasa del marco estrictamente empírico hasta la creación de un marco interpretativo.
Los primeros grupos neolíticos presentan ya una producción de alimentos dentro de la más pura tradición de lo que entendemos como economía neolítica.
La cohesión intergrupal, en la que los sistemas de parentesco eran aún fuertes, hace que se mantengan, por una parte, las unidades culturales con una regionalización poco acusada, y las redes de intercambio tradicionales, que confieren a estos grupos un cierto autarquismo en la ob-
(1) Este artículo es una síntesis parcial de la tesis doctoral (Bosch, 1992) realizada como proyecto de recuperación, sistematización y ordenación del registro arqueológico del nordeste de Cataluña hasta el año 1991.
Palabras clave: Nl: olitico anti¡!uo.
Nordl: ste de Cataluña.
El objetivo fundamental del presente trabajo es el de profundizar en el registro arqueológico del nordeste de Cataluña, con el propósito de definir un modelo de interacción entre las primeras comunidades neolíticas y el medio ambiente que las albergó_ A pesar de ser un estudio sobre una zona muy concreta, se procura no caer en el particularismo regional, situando el inicio de las actividades productoras dentro del conjunto de la neolitización del Mediterráneo occidental.
Reducir el área de estudio sólo tiene sentido para poder profundizar sobre ella, pero esto no nos puede hacer perder de vista el punto de referencia general, en relación a un marco geográfico más amplio.
El territorio está delimitado por la cordillera de los Pirineos al norte, el mar Mediterráneo al este, las cordilleras Litoral y Prelitoral al sur, y la cordillera Transversal Catalana al oeste.
Dentro de los límites señalados, las primeras fases del Neolítico han sido escasamente documentadas hasta el momento en que 1.
Guilaine (1974) publicó su primera síntesis sobre el Neolítico en Cataluña, y J. Tarrús (1982) inició una extensa revisión de antiguas excavaciones que habían proporcionado cerámicas prehistóricas, en las comarcas gerundenses.
La década de los 80, y como continuación de este impulso inicial, sería pródiga en excavaciones destinadas a identificar el Neolítico en este territorio, siendo posible en la actualidad reconocer un total de 28 yacimientos arqueológicos que presentan restos atribuibies a las primeras fases del Neolítico (Fig. 1).
El número, aún siendo importante, continúa dejando profundos interrogantes, pero aporta nue-T.
vas perspectivas al conocimiento de la neolitizació n en el Mediterráneo occidental, lo que justifica la realización de esta nueva síntesis.
El conocimiento muy desigual de estos yacimientos obliga a fundamentar el estudio en los 1: Turó de les Corts(L'Escala.
Alt Emporda) 2: Mas Pinell (Torroella de Montgrf, 8aix Emporda) 3: Puig Mascaró (Torroella de Montgrf, 8aix Emporda) 4: La Fonollera (Torroella de Montgrí, 8aix Emporda) 5: La Bassa (Fonteta, Baix Emporda) ó: Cuva de la Sardineta (Calonge.
8aix Emporda) 7: Cova de la Barraca de N'Oller (Calonge, Baix Emporda) 8: Cova de I'Avellana (Calonge, 8aix Emporda) 9: Coves de Can Roca de Malvet (Sta.
Martí de Llé mana, Girones) 28: Cova del Pasteral (La Cellera de Ter, La Selva) (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es resultados de las excavaciones más recientes, a modo de eje vertebrador, subordinando a ellas las revisiones de fondos museísticos y colecciones privadas, que corresponden a antiguas excavaciones.
Los dos últimos citados se encuentran en fase de excavación, y aunque probablemente sean los dos yacimientos más interesantes, utilizaremos los datos disponibles con cierta precaución.
Algunos de ellos han precisado una nueva revisión, posterior a su última publicación.
Finalmente, algunos yacimientos son conocidos únicamente a partir de prospecciones o hallazgos ocasionales de objetos: Cova del Senglar (Bosch y Tarrús, 1981 b), La Codella (Buch y otros, 1990) y Mas Pinell (Pons y Tarrús, 1980).
En la Balma del Serrat del Pont (Alcalde, Molist y Toledo, 1990), la excavación actual no ha alcanzado todavía el nivel neolítico, conocido a través de una prospección.
El marco temporal está comprendido entre la segunda mitad del sexto milenio y finales de quinto A.C. en dataciones calibradas (2).
Un período de unos mil quinientos años, que
(2) Calibración de las dataciones a partir de las tablas de corrección del Grupo de Tucson (Klein, Lermann, Damon y Ralph, 1983). aharca desde la aparición de las primeras prácticas agrícolas y ganaderas. hasta la inflexión social y económica que éstas acabarán produciendo en las sociedades primitivas, fenómeno que cronológicamente se puede establecer en torno a la mitad del quinto milenio.
Como recurso que permita secuenciar el tiempo, y por tanto, relacionar cada fase evolutiva con una variable independiente, continuaremos utilizando una periodización hasada en diferentes fases de la decoración cerámica, por la mayor sensibilidad que este elemento muestra al cambio temporal (a partir de Guilaine, 1986; Bernabeu, 1989; Martín Colliga, 1990; Bosch y Tarrús, 1991 b).
Los intervalos cronológicos han sido obtenidos a partir de un tratamiento estadístico de las dataciones publicadas como válidas del Languedoc, Catalunya, Aragón y País Valenciano (Bosch, 1992):
A) Los niveles cerámicos más antiguos se caracterizan por la decoración cardial (5750-5200 A.c.) de huena parte de sus vasijas.
Este período, que en algunas zonas ha podido ser subdividido en fases a partir del porcentaje o motivo de estas decoraciones, por el momento lo hemos considerado de forma unitaria en el territorio analizado, aunque, muy probablemente, todos los yacimientos documentan únicamente sus últimas fases.
B) La gradual desaparición de las decoraciones cardiales da paso a un predominio de diferentes motivos impresos (punzón, espátula, uña, etc.) e incisos.
Estos motivos ya aparecían en la fase anterior, pero es ahora cuando alcanzan su máximo desarrollo.
La notable representación de esta fase en nuestros yacimientos nos ha permitido diferenciar una fase final (4900-4600 A.C.) caracterizada por una perduración de las cerámicas impresas -con ausencia de decoraciones cardiales-, pero con un neto predominio de las aplicaciones de cordones lisos y cerámicas no decoradas.
C) La sustitución de las decoraciones por el bruñido de las superficies cerámicas corresponde al período Montboló (4600-4000 A.C.), o Postcardial de estilo Montboló (Bosch y Tarrús, 1992).
Las formas cerámicas y la persistencia de algunas decoraciones (cordones lisos, incisiones) nos recuerdan su evolución de la fase anterior, pero en muchos aspectos económicos y culturales nos remite a un Neolítico evolucionado.
El estudio de las actividades humanas está directamente relacionado con la escala que se considera, tanto a nivel espacial como temporal.
La escala temporal está determinada por características comunes en la cultura material (períodos); mientras que para la escala espacial realizaremos un análisis en diferentes gradaciones, siguiendo esquemas que se remiten a los propuestos por K. W. Butzer (1989) y A. Beeching y otros (1989): realizando en primer lugar una determinación de la posible funcionalidad de cada sitio, su adaptación a un ecosistema natural y sus posibles interrelaciones con los yacimientos conocidos en la misma área, y finalmente, una generalización sobre los patrones de uso del territorio durante los diferentes períodos.
No es el objetivo de este análisis el determinar el origen de las prácticas de producción neolíticas, en primer lugar por la complejidad que el tema conlleva y, por otra parte, por las pocas facilidades que nos ofrece el registro, que consideramos aún muy incompleto en lo que se refiere a los precedentes.
FUNCIÓN DE LOS YACIMIENTOS
El territorio del nordeste de Cataluña es particularmente escaso en grandes cavidades naturales.
A pesar de ello, desde fines del siglo pasado se han excavado algunas cuevas en las que aparecen cerámicas atribuibles al primer Neolítico.
En ellas se documentan enterramientos, fosas de almacenamiento, o débiles niveles con escasas estructuras de hábitat.
La excavación de asentamientos al aire libre, en primer lugar el Puig Mascaró, y actualmente Plansallosa y La Draga, nos ofrecen una documentación completamente nueva, ya que aportan estructuras muy diversas y una proporción de restos materiales mucho más completa.
Estas diferencias en el registro plantean la posibilidad de que no todos los yacimientos se originaran en la práctica de una misma actividad, y que la identificación de esta última es fundamental para poder interpretar el modelo de adaptación al medio del sistema social y económico.
En el nivel actual de investigación, podemos analizar siete variables para profundizar en la funcionalidad de cada yacimiento: la utilización sepulcral, el contexto situacional, la estructura- ció n simple del espacio, la cultura material (cerámica y otros elementos) y los restos de alimentación (animales y vegetales).
Los conceptos utilizados son los de representación amplia y selectiva, entendiendo en el primero la existencia de todos o la mayor parte de tipos conocidos, y en el segundo, una reducción a un número determinado de tipos, o la infravaloración de alguno de ellos.
Evidentemente, partimos de una idea previa: en un hábitat principal deberían desarrollarse la mayor parte de las actividades, mientras que en uno secundario, éstas se reducirían de forma considerable.
Por tanto, el modelo de representación amplia lo marcarán yacimientos como Plansallosa y La Draga, y en relación a ellos valoramos los demás resultados.
En el caso de la cerámica (Cuadro 1); clasificamos los recipientes a partir de atributos aparentemente aleatorios, en vasos de grandes dimensiones (diámetro máximo> 30 cm.), medianas dimensiones (diámetro máximo entre 15-30 cm.), y pequeñas dimensiones (diámetro máximo< 15 cm.).
En este caso, la premisa utilizada es la de que la dimensión de los vasos está en relación con la función a que se destinan.
En el resto de los elementos de la cultura material (Cuadro 2), hemos optado por agrupar todos los artefactos en familias tipológicas a partir de criterios funcionales.
En el caso de la industria sobre piedra tallada se utilizan los cri- Sin embargo se ha optado por esta abstracción, ya que con el registro disponible era imposible profundizar en las cadenas operativas de las diferentes manufacturas así como en aspectos funcionales reales.
La aplicación de estas variables sobre los yacimientos vertebradores, nos proporciona (Cuadro 3) una subdivisión de éstos en, al menos, cinco grupos, a los que hemos considerado como hábitats principales, hábitats secundarios, almacenamientos, sepulcros, y finalmente, yaci-Cuadro 3.
Funcionalidad propuesta a partir de características situacionales y de la diferente representación de elementos de la cultura material (. representación amplia de tipos, * representación selectiva; • escasa o nula representación). mientos con escasa información y difícilmente catalogables.
Este primer estudio, que debería completarse con la aplicación de nuevos análisis (como por ejemplo la scdimentología), no resuelve todos los problemas de fondo, pero, al menos, aporta algunos datos susceptibles de interpretación: en algunos yacimientos se efectuaron muchas más actividades que en otros; y en estos últimos, se pudo llegar a una o varias funciones especializadas (almacenamiento, sepultura, estabulación, refugio, etc... ), que pueden complementar a los hábitats principales.
Hemos clasificado como tales a los yacimientos de La Draga, Plansallosa y Puig Mascaró, los dos primeros en curso de excavación y con extensiones superiores a los tres mil metros cuadrados, y el último de ellos conocido a partir de una excavación parcial, muy destruido por ocupaciones posteriores del Bronce final, y del período romano.
Aunque dispongamos de poca información, es posible que pudiéramos ampliar el conjunto con los de El Turó de les Corts y La Codella, el primero de ellos conocido por los materiales recuperados durante la excavación de la necrópolis del Parrallí, y el segundo, por obras de construcción.
La Draga es el asentamiento más antiguo, con una ocupación que se inicia en el período Cardial.
Plansallosa, aunque pueda iniciarse en un momento terminal de este período, documenta sobre todo el Epicardial, como el resto de los yacimientos citados.
Ninguno de ellos tiene continuidad en el Montboló.
Estos hábitats se ubican en tres tipos de medioambientes:
-Sobre pequeñas elevaciones en zonas de costa baja, cercanas a la desembocadura de los dos mayores cursos fluviales de la zona: Fluviá (Turó de les Corts) y Ter (Puig Mascaró).
-En la orilla de un lago de agua dulce, como el de Banyolas (La Draga) y posiblemente el antiguo lago de origen volcánico del Pla de la Pinya (La Codella).
-Sobre una antigua terraza, en el margen de un curso fluvial, como el río Llierca (Plansallosa).
En los tres medios podemos considerar como características comunes: la localización sobre terrenos llanos o muy ligeramente elevados, próximos a los cursos superficiales de agua T. P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es dulce: y el contacto entre áreas potencialmente agrícolas con otras de interés para una economía predadora (zonas pantanosas o forestales abruptas).
La estructuración simple del espacio continua siendo el principal objetivo en las intervenciones que actualmente se llevan a cabo en Plansallosa y La Draga, por lo que las conclusiones que podemos avanzar son totalmente provisionales:
En el Puig Mascaró. se pudo reconocer un conjunto de agujeros de poste, que delimitaban una amplia cubeta de forma oval, en el interior de la cual aparece un hogar.
En Plansallosa, aparecen construcciones a base de grandes guijarros, que forman bases ovales o circulares de suelos empedrados.
Los agujeros de poste corresponden a una cubierta vegetal.
Los hogares, se encuentran en el exterior de estas estructuras; de la misma forma que una fosa que contenía una gran jarra de almacenamiento, otras fosas rellenas de guijarros y restos de fauna, y un pequeño taller de manufacturas sobre roca pulimentada, en el que aparecieron cuatro esbozos en corneana junto a dos percutores de la misma roca, y un gran bloque de arenisca.
En el caso de La Draga, se puede observar un gran número de agujeros de poste en los que, de forma excepcional, por la superficialidad del nivel freático, se conserva la parte inferior de la madera.
La abundancia de postes no permite aislar directamente la superposición de estructuras aéreas, lo que será posible a través de la cronología relativa de cada tronco que proporciona el análisis dendrocronológico, que actualmente se está llevando a término.
De momento, sólo podemos constatar que las construcciones se realizaron directamente sobre el suelo, sin preparación previa; excepto en una estructura circular con el suelo enlosado con grandes bloques de travertino, rodeada por postes de madera, en la que se localizó un gran número de semillas carbonizadas de cereales.
Los hogares son muy numerosos, y concentrados en zonas concretas.
Como elementos de la cultura material, en la cerámica de Plansallosa y Puig Mascaró, observamos un predominio de los vasos de medianas dimensiones (aproximadamente la mitad de los efectivos), siendo también numerosos los de grandes dimensiones (un tercio) y más escasos T. P., 51, n° 1, 1994 tres primeras forman junto a En Pau el conjunto de abrigos conocido como Paratge del Rec1au-Viver, pero a diferencia de ella, los niveles postpaleolíticos estaban muy alterados.
El Bisbe es conocido únicamente por algunos materiales dispersos, y la Balma del Serrat del Pont es un abrigo con una interesante estratigrafía que se encuentra en estado de excavación.
Aunque sus estratigrafías se encuentran en la mayor parte de los casos muy alteradas, los yacimientos de El Reclau-Viver, En Pau, Mollet 111, L' Arbreda, y Balma del Serrat del Pont presentan cerámicas con decoración cardial.
El período Epicardial se puede reconocer en El Reclau-Viver, En Pau y Els Ermitons; mientras que el Montboló sólo es posible hacerlo en En Pau y El Bisbe.
En el contexto situacional, se mantienen algunas constantes en todas las cavidades: un acceso relativamente fácil, una abertura amplia, la proximidad de cursos fluviales y un suelo interior regular.
Pero su grado de habitabilidad dista mucho de ser considerado como óptimo, a partir de los siguientes criterios:
Muchas cavidades presentan una orientación de la abertura en dirección norte u oeste, tal como sucede en todas las cuevas del Paratge del Reclau-Viver (L' Arbreda, Mollet 111, En Pau, El Reclau-Viver), o en las del valle del Llierca (Els Ermitons, El Bisbe, Balma del Serrat del Pont).
Esta particularidad probablemente no sea fruto de una elección, sino que responde al hecho real de que no hay en la zona otras cavidades a elegir.
Por otra parte, y también relacionado con la insolación ha de considerarse el grado de humedad interior de las cavidades, actualmente muy elevado en la mayoría de ellas.
Los abrigos del Paratge del Reclau-Viver, durante el período Neolítico, ya habían perdido la mayor parte de la cubierta y el nivel de los sedimentos paleolíticos era lo suficientemente alto como para no dejar más que un pequeño espacio útil.
Algunas cuevas, sobre todo Els Ermitons y El Bisbe, se hallan en zonas muy abruptas, alejadas de las posibles tierras de labranza.
Estas características negativas pueden ayudarnos a comprender los débiles niveles ocupacionales que presentan, ya que probablemente ninguna de ellas cumplía con las condiciones necesarias para servir como hábitat estable a una comunidad neolítica.
El único yacimiento de estas características que ha permitido un análisis de fauna es la Cova deis Ermitons, en la cual puede observarse un neto predominio de los ovicápridos (91,5 %) (Maroto, 1985-6), documentados, sobre todo, por piezas dentarias.
Los únicos restos vegetales determinados corresponden a frutos procedentes de la recolección (bellotas) de la Cova d'En Pau.
Esta categoría ha sido reconocida a partir de la Cova 120, yacimiento excavado casi completamente, y de forma sistemática.
Podemos incluir Cova S'Espasa en la misma, a partir únicamente de una reciente revisión de sus materiales, ya que la excavación es antigua y llevada a término por un grupo espeleológico.
Las dos cuevas pueden situarse cronológicamente en el período Epicardial, siendo la Cova 120 probablemente posterior a S'Espasa, si nos atenemos a las decoraciones cerámicas.
Muy próximas en el espacio presentan una gran afinidad en las características de su emplazamiento: se trata de cavidades de proporciones medianas, con un nivel de humedad interior muy bajo.
La abertura se orienta en sentido Este.
El acceso es muy difícil, ya que la entrada de la cavidad se abre directamente en medio de T. P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es una pared rocosa.
Se encuentran en una zona muy abrupta, pero cercana de los cursos de agua y de las tierras potencialmente agrícolas.
La estructuración del espacio de la Cova 120 se compone de un conjunto de 11 fosas o silos excavados en el suelo de la cavidad, con diámetros próximos a los 100 cm. y profundidades comprendidas entre los 22 y los 48 cm. Las fosas servirían para almacenar cereales, bien sea directamente, o a través de un gran recipiente cerámico, como sucede en cinco de ellas.
Los vasos cerámicos más abundantes son los de grandes dimensiones, que llegan a superar claramente la mitad de los efectivos.
Los demás vasos aparecidos son medianos, ya que no aparece ningún ejemplo de vaso de pequeñas dimensiones.
El resto de elementos de la cultura material está escasamente representado.
La fauna es poco abundante, y al no aparecer en el interior de las fosas, difícilmente se puede atribuir a una aportación antrópica.
Por el contrario, las fosas sí contenían restos vegetales procedentes de labores agrícolas (cereales y leguminosas), documentándose las mismas especies citadas en La Draga y Plansallosa.
Es una categoría que podemos analizar a partir de las cuevas de L' Avellaner, el sepulcro de La Bassa y El Pasteral.
Los dos primeros yacimientos han sido objeto de una completa excavación realizada recientemente, mientras que El Pasteral corresponde a una antigua excavación, si bien el hallazgo de nuevos restos propició una actualización.
Esta categoría la podemos hacer extensible a cavidades excavadas desde antiguo, tales como Les Encantades, Els Encantats, Mariver y Bora TIma, en las que no han podido individualizarse un número importante de sepulcros de diferentes períodos prehistóricos; así como a la prospección reciente en El Senglar, en la que se documenta un nivel sepulcral.
Cronológicamente, L'Avellaner, Mariver y Bora Tuna, corresponden al período Epicardial.
Pasteral tiene una primera fase de sepulturas de este período, y una segunda en el Montboló.
Y finalmente, La Bassa, Els Encantats, Les Encantades y El Senglar, se sitúan en este último período.
Un aspecto sumamente importante es el hecho de que todos los sepulcros se encuentran T. P., 51, n° 1.
1994 los vasos, las proporciones obtenidas en las cuevas de Avellaner y Pasteral (II) nos muestran una identificación con las de los yacimientos de hábitat, sobre todo, cuando estos se encuentran en cuevas.
Otros objetos funerarios, como utensilios de hueso y piedra tallada, pueden ser explicados como ofrenda o pertenecer a la indumentaria habitual del fallecido.
Pero hay otros objetos, desigualmente representados, de explicación bastante más comprometida: lascas de sílex o cuarzo, incluso restos de talla, o fragmentos de molino.
En algunos sepulcros también son abundantes los restos de fauna, sobre todo en L' Avellaner donde, incluso, llegan a superar los antropológicos.
Entre los animales sepultados, destaca la presencia mayoritaria de ovicápridos, acompañados por su idos y animales silvestres (cérvidos, felinos, aves,... ), sorprendiendo la nula representación de bóvidos.
El depósito de estos restos en el sepulcro se realizó de tres formas diferentes: el animal entero, las extremidades, o una parte simbólica (cráneo o mandíbula).
En todos estos restos no existía ninguna señal de descarnamiento, y parece más que probable que se trate de una ofrenda alimentaria.
En el caso de El Pasteral, los restos son mucho más escasos, tratándose de partes simbólicas, como un caparazón de tortuga o un cuerno de bóvido.
Como ofrenda pueden interpretarse también las semillas de higo halladas en el interior de un vaso en el sepulcro de La Bassa.
Nos queda aún un grupo de yacimientos que, por la poca información que proporcionan, son de difícil interpretación.
En el caso de las cuevas de Malvet, Barraca de N'Oller, La Sardineta y L' Avellana se trata de pequeños abrigos bajo rocas graníticas erráticas.
En otros períodos, han sido documentadas sepulturas con las mismas características.
La Fonollera y Mas Pinell proporcionan una interesante ocupación del Bronce final y solamente algunos vestigios neolíticos.
Los podríamos considerar, como hemos hecho con La Codella, como asentamientos principales, ya que se encuentran al aire libre.
Sin embargo, su gran proximidad a Puig Mascaró, con el que podrían ser coetáneos, nos podría plantear la posibilidad de contemplar hábitats secundarios fuera de las cuevas.
El objetivo fundamental de una perspectiva contextual es el estudio del registro arqueológico en tanto que parte de un ecosistema humano en el que las comunidades neolíticas se interrelacionan con la trama medioambiental donde están integradas adaptativamente (Butzer 1989).
En este nivel, nos interesará establecer una interacción entre un sistema natural determinado y la estrategia de ocupación del territorio que desarrolló una población humana.
A partir del registro actual, podemos empezar a entrever algunas unidades territoriales.
Sin embargo, el desigual volumen de información que nos proporcionan, no nos permite profundizar en todos los casos, por lo que nos limitaremos a hacerlo sobre el modelo que nos ofrece el pequeño valle del Llierca, y en contraste con él, la zona de la desembocadura del río Ter, modelo para el que disponemos de un grado de información bastante menor, pero que nos muestra posibilidades adaptativas completamente diferentes.
El ejemplo del Valle de Llierca
Es ésta una zona que ofrece una unidad física perfectamente individualizable (Fig. 2); en la que durante la última década han coincidido varios programas de investigación; que ofrece un número bastante representativo y variado de yacimientos con una cronología similar; y aunque entendemos que el registro sigue siendo incompleto (no conocemos, por ejemplo, ningún sepulcro del Neolítico antiguo) es una de las zonas mejor prospectadas de todo el nordeste peninsular.
El valle del río Llierca está situado en el Prepirineo oriental.
El macizo de la Alta Garrotxa domina la mayor parte del territorio, siendo sus máximas altitudes el Puig de Comanegra (1556 m.) y el Puig de Bassegoda (1370 m.), que franquean la parte alta del valle.
Se trata de montañas calcáreas, con un relieve muy abrupto, y con frecuente karstificación.
El mejor acceso a las tierras altas se realiza a través de los valles fluviales.
En el tercio sur del territorio, con la unión del Llierca y el Fluviá, se crea un llano formado por materiales detríticos, sobre el que descansa la mayor parte de la actividad económica actual.
Los suelos predominantes son las tierras oscuras calcáreas, con diferentes tipos de textura.
Los análisis paleoambientales (Burjachs, 1988; Ros, 1985) determinan para el período Atlántico una cobertura arbórea importante, marcada por el predominio de los robledales, con otros árboles de importancia secundaria: el pino y la encina en las tierras más bajas; el avellano, el tilo y el enebro en las altitudes medias; y el pino albar, el abeto y el abedul en las altas.
En estas últimas, la cobertura arbórea sería mucho menos importante con un predominio de espacios abiertos, ocupados por herbáceas.
Con el nivel de información actual, parece ser que el principal hábitat del Neolítico antiguo en la zona es el poblado al aire libre de Plansallosa.
Si bien los trabajos arqueológicos no han descubierto más que una pequeña parte del mismo, los restos cerámicos aparecen sobre una vasta superficie de unos 3000 metros cuadrados.
La situación del asentamiento resulta francamente interesante, ya que se encuentra en un punto de contacto entre la montaña y el llano fluvial que se forma con la unión del T. P., 51, n° 1, 1994 Ángel Bosch Llore' Llierca y el Fluviá.
A nivel de comunicaciones, es un verdadero eje en el que se cruzan las rutas sur-norte de penetración a la Alta Garrotxa, y oeste-este, camino de trashumancia entre los pastos de los Pirineos y los de los llanos costeros.
Desde su posición, la población de PI ansallosa podía tener acceso directo a las tierras potencialmente agrícolas, que se inician en el mismo límite del yacimiento; así como a los recursos forestales y pastos de la Alta Garrotxa.
Esta segunda posibilidad es la que probablemente originaría los demás yacimientos arqueológicos.
La mejor ruta de penetración a las tierras altas es la que remonta el curso del río Llierca y continua por la riera de Sant Aniol.
Es sobre este curso, a unos 5 kilómetros en línea recta de Plansallosa, y a un poco más de una hora de camino, donde se encuentran las cuevas de Els Ermitons y El Bisbe, que se pueden considerar como hábitats secundarios (refugio, estabulación).
Cabe pensar, como lo demuestran los análisis polínicos de la Cova del Senglar, que las tierras más altas conservaban un prado natural, donde el bosque estaba en fase de instalación después de la última glaciación.
La actividad de pastoreo podría haber dificultado esta instalación desde el mismo Neolítico, haciendo que en la actualidad se continúen conservando los pastos.
La hipótesis consistiría, por tanto, en interpretar la utilización de estas cuevas por sectores de población de Plansallosa en desplazamiento, junto a rebaños de ovicápridos, a los prados de las cimas de las montañas.
Mucho más paradigmática nos resulta la explicación de las cavidades utilizadas como cuevas de almacenamiento, como la Cova 120 y S'Espasa, que fueron utilizadas para conservar cereales dentro de grandes vasijas, o introducidas directamente en silos.
Anteriormente hemos apuntado la posibilidad de que su utilización no fuera contemporánea, sino que S'Espasa antecediera a la Cova 120.
En el mismo Plansallosa han sido halladas vasijas cerámicas de grandes dimensiones, una de ellas en el interior de una pequeña fosa, idóneas para la conservación de cereales, que podían servir para garantizar la subsistencia anual.
Preguntarnos por el motivo que induciría a hacer otra reserva a unos 4 kilómetros de distancia, en el interior de cavidades de difícil acceso, es una cuestión fundamental para comprender la dinámica socioeconómica del sistema.
Una solución posible es la de considerar un almacenamiento de reserva, en prevención de posibles catástrofes como podría ser la pérdida de una recolección entera; o mejor, un almacenamiento específico para las semillas destinadas a la próxima siembra, en coexistencia con otro doméstico, en las proximidades de las estructuras de población, que conservaría y administraría los alimentos hasta la siguiente cosecha.
En este caso, la primera forma de almacenamiento podía ser objeto de una administración comunal.
Los suelos agrícolas de las inmediaciones de Plansallosa son adecuados para el cultivo de cereales.
La población neolítica podía elegir entre las tierras en pendiente que se encuentran en los márgenes del torrente de L'Estanyol, en las inmediaciones del yacimiento; o las del mismo llano del valle del Llierca, con tierras más profundas pero de buen drenaje por la superposición de estratos de arenas fluviales y guijarros.
Actualmente, en las dos zonas, el cultivo principal son los cereales.
El rendimiento positivo de trigos antiguos en la zona ha sido puesto de manifiesto en las experimentaciones de cultivo de trigo escanda (Alcalde y Buxó, 1989), repitiendo el mismo proceso de almacenamiento en la Cava 120, con óptimos resultados.
En lo referente a la ganadería, la propia situación de contacto entre el valle fluvial y las tierras altas de montaña podía ser suficiente para satisfacer las necesidades estacionales de pasto, sin tener que recurrir a largas trashumancias.
La gran proporción de restos de ovicápridos hallados en una cueva de acceso a la montaña, como es la de Els Ermitons, puede indicarnos que únicamente sería este ganado el que accedería a las tierras altas en busca de pastos, y que la consecuente disgregación estacional de la población está en función de un mejor aprovechamiento del territorio explotado por la comunidad.
La caza está representada, sobre todo, por los cérvidos, el buey y la cabra salvaje, y el jabalí.
La mayoría de estos animales encuentra su medio idóneo en las zonas boscosas, habiendo una preferencia por las zonas abruptas en el caso de la cabra.
De nuevo, la situación de contacto entre diferentes paisajes es la que permite acceder a la variabilidad de recursos.
Dentro del espectro de la recolección, el registro nos proporciona únicamente el aprovechamiento de bellotas, que procederían del robledal que cubriría la mayor parte de la hiozona.
Pero, seguramente, otras muchas plantas silvestres podrían haber sido aprovechadas.
Las materias primas utilizadas para la confección de útiles se encontrarían, en su mayor parte, dentro del área teórica de captación de 5 kilómetros.
El análisis de la pasta con que ha estado elaborada la cerámica demuestra la presencia de dos conjuntos (Aliaga y otros, 1992): el de los que contienen materiales calcáreos y basálticos, y el de los vasos que contienen materiales de origen granítico (mica y cuarzo), sin que se pueda demostrar la preferencia de una determinada pasta para la confección de formas concretas.
El primer conjunto, y más numeroso, se caracteriza por la presencia de basalto, roca que no aparece en el valle, y que exige un recorrido hasta el río Fluviá, en los límites del área de captación.
Por contra, los componentes graníticos, aunque raros en el valle, pueden ser obtenidos en el mismo Llierca, a partir de los guijarros o de partículas descompuestas de ellos que el río arrastra desde algunos afloramientos en las cabeceras de los cursos que confluyen en él.
La industria sobre piedra tallada se realiza mayoritariamente sobre un tipo de sílex de origen local, pudiéndose hallar un afloramiento a unos 4 kilómetros de Plansallosa, remontando el Llierca, en las proximidades de las cuevas S'Espasa, Ermitons y Bisbe.
También es posible recogerlo entre los guijarros que arrastra el río.
Se trata de un sílex de muy baja calidad, lo que, probablemente, obliga a abastecerse de otros materiales alógenos
Las bases de molino están realizadas, en gran parte, sobre basalto, y de forma minoritaria sobre rocas graníticas, areniscas y microconglomerados.
Se produce, por tanto, una afinidad con los componentes de las pastas cerámicas en la obtención de estos recursos.
También la corneana sería una roca local, originada por metamorfosis de contacto en los plegamientos alpinos de las cabeceras de los cursos que confluyen en el Llierca, y que se utiliza para la fabricación de útiles sobre roca pulimentada.
El proceso de fabricación podía haberse realizado en el mismo asentamiento de Plansallosa, donde se ha podido observar los restos de un pequeño taller doméstico.
La mayor parte de los objetos utilizados como ornamentación personal están confeccionados a partir de concha de molusco marino, T. P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es característica que afecta a todas las poblaciones neulíticas. incluso las del interior.
El valle del Llierca nos ofrece un buen ejemplo fechado en el período Epicardial, de una población del Neolítico antiguo que se adapta al medioamhiente a través de un asentamiento principal al aire libre y de otras ocupaciones secundarias en cueva.
Un modelo de estas características ya había sido propuesto en el Neolítico antiguo del sur de Francia por l.
Guilaine (1979) a propósito de la excavación de l'Abri lean-eros.
La escasa importancia cuantitativa de las materias primas importadas confirma el carácter marcadamente autosuficiente y poco especializado de su economía, ya que la mayor parte de los recursos podían ser obtenidos dentro de la área de captación teórica de 5 kilómetros.
A finales del Neolítico antiguo, durante el período Montboló, la estrategia de subsistencia empieza a transformarse.
El poblado de Plansallosa es desocupado y las únicas muestras de este período hay que buscarlas en las tierras más altas, en las cuevas de El Bisbe y El Senglar, esta última con un nivel sepulcral, cuyas pastas cerámicas no presentan componente basáltico, lo que indicaría su nula relación con las tierras bajas de La Garrotxa.
El valle del Llierca debió resultar insuficiente para adaptarse a las nuevas necesidades, y la población se trasladó a tierras con mejores posibilidades agrícolas.
De forma residual, algunos grupos ganaderos continuarían frecuentando las tierras altas, como lo demostraría el hecho de que sepultasen dentro de una cavidad de esta zona.
Esta evolución se haría más patente durante el Neolítico evolucionado, fase durante la cual se abandonarían la mayor parte de las actividades en el valle, ya que no aparecen documentos en el interior de ninguna cavidad del registro.
En períodos posteriores (Calcolítico, Bronce antiguo y medio) el valle volvería a ser objeto de algunas actividades, seguramente especializadas, pero sus cavidades naturales no volverían a tener una ocupación masiva hasta el Bronce final, con unos parámetros socioculturales totalmente distintos a los del Neolítico antiguo.
El ejemplo de la desembocadura del río Ter
La biozona se sitúa al sur del llano del Empordá, de origen tectónico y recubierto de ma-T.
P., 51, n° 1, 1994 Ángel Bosch Lloret teriales aluviales, estando delimitada por las montañas de Begur (329 m.) y el macizo del Montgrí (309 m.), y centrada por las desembocaduras de los ríos Ter y Daró.
Entre estos dos cursos fluviales aparece un grupo de pequeñas elevaciones de terreno, que no superan los 20 metros de altura, de origen terciario, formadas por conglomerados de areniscas y calizas.
El territorio puede dividirse en dos sectores: la franja húmeda litoral, formada por pequeñas albuferas y tierras emergidas, en los que se han formado prados naturales; y la zona interior, donde aparecen gruesas capas de sedimentos de origen fluvial, ricos en agua freática y de óptima calidad para el cultivo.
La vegetación durante el período Atlántico, según se desprende de los datos obtenidos en la estación lacustre de Sobrestany (Parra-Vergara, 1988), sería de tipo húmedo, con predominio del robledal y la presencia de avellano.
En la muestra, también aparecen encinas, alcornoques y pinos, que pueden indicarnos una vegetación más seca en las tierras emergidas.
La población neolítica se asentó sobre las pequeñas elevaciones terciarias que se encuentran entre las desembocaduras de los ríos Ter y Daró, tales como Puig Mascaró (15 m.), La Fono llera (18 m.) y Mas Pinell (15 m.)
El asentamiento mejor documentado, en el nivel actual de información, es el de Puig Mascaró, que ha sido objeto de una excavación sistemática, pero parcial.
Su distancia de las demás ocupaciones es de unos 900 metros de La Fonollera y 2 kilómetros de Mas Pinell.
No podemos establecer claras relaciones de jerarquía entre los yacimientos por el incompleto conocimiento de los mismos: La Fonollera sería posteriormente ocupado durante el Bronce final y la romanización, eliminándose la mayor parte de la documentación neolítica que podía poseer.
En relación al Mas Pinell, no disponemos, hasta el momento, más que del resultado de algunas prospecciones superficiales.
Se podría pensar en un poblamiento concentrado en uno de los promontorios, que utilizaría los demás para establecer centros de actividad doméstica, tales como establos, graneros, almacenes, etc...
Pero a diferencia del ejemplo proporcionado por el valle del Llierca, no se observa ninguna cavidad relacionable con estos asentamientos, máxime teniendo en cuenta que éstas son frecuentes en el macizo del Montgrí, y en algún caso, visibles desde los yacimientos del llano.
Finalmente, hay que considerar la evolución del llano deltaico ampurdanés, ya que según señalan algunos estudios recientes (Bach, 1989), durante el período Atlántico, la línea costera podía llegar hasta las mismas elevaciones ocupadas que, en algún caso, podían llegar a formar una pequeños islotes.
La variedad de la riqueza biótica de la zona es muy importante por el contacto entre diferentes ecosistemas.
A los recursos marinos podemos añadir los proporcionados por las albuferas, márgenes fluviales, tierras interiores, y zonas montañosas.
Las zonas potencialmente más aptas para el cultivo con una tecnología primitiva serían, probablemente, las mismas elevaciones terciarias, más que las tierras profundas interiores.
El ganado podía aprovechar las tierras emergentes de la zona de marisma, donde se forma un característico prado natural.
Tierras apropiadas para el pasto incluso en la actualidad, en la que se reciben las trashumancias invernales.
Desgraciadamente, las alteraciones producidas por ocupaciones posteriores, con la consiguiente mezcla de distintos períodos, no permite precisar la procedencia de recursos.
La estrategia de asentamiento que nos transmite el territorio de la desembocadura del río Ter presenta parámetros muy diferentes en comparación con el valle del L1ierca, que se pueden interpretar como un cambio en la interacción con un sistema natural diferente, que se refleja en el modelo adaptativo.
La información negativa que se desprende por la no utilización de las cavidades naturales del macizo del Montgrí puede representar un modelo de pastoreo alternativo, adaptado a las condiciones bióticas propias de las marismas, muy favorables a la creación de pastos; por contra, el cercano macizo del Montgrí, muy afectado por procesos de karstificación, presenta una cobertura vegetal escasa, pobre en recursos ganaderos.
y ORGANIZACIÓN SOCIAL En este nivel de análisis nos dispondremos a observar algunas actividades que nos permitan interrelacionar el conjunto del territorio analizado, sin excluir las posibles relaciones con otros cercanos 4.1.
Producción subsistencia) A) Las actividades agrícolas precisan de una tecnología adecuada, pero también de un territorio apto para su desarrollo.
Observando el registro de yacimientos disponibles, parece existir una relación directa entre las primeras comunidades cerealísticas y las tierras que presentan un suelo esencialmente alcalino.
Todos los asentamientos al aire libre se encuentran sobre suelo calcáreo, con una estructura física mediana, poco arcilloso, capaz de almacenar bien el agua y mantener una correcta transpiración, y con un PH ligeramente alcalino, características idóneas para el cultivo de cereales, especialmente el trigo.
Por el contrario, los terrenos con suelos ácidos, que ocupan abundantes parcelas del territorio, no presentan un sólo hábitat al aire libre, y las escasas muestras de ocupación pueden ser, simplemente, testimonios de alguna actividad complementaria.
Extensas zonas, como Les Alberes, no nos aportan un solo documento; Les Gavarres, únicamente algunos restos procedentes de abrigos graníticos bajo roca y, finalmente, Les Guilleries presentan tan sólo en sus límites, T. P., 51, n° 1,1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es la Cova del Pasteral. destinada a sepultura, en una zona de contacto con suelos calcáreos.
Los suelos ácidos posiblemente no estuvieran directamente ocupados, limitándose a ser objeto de otras formas de actividad.
No será hasta el Neolítico evolucionado, con un cambio tecnológico y una estrategia de subsistencia diferente, cuando pudo llevarse a término la colonización agrícola de estas tierras.
La importancia de la alimentación vegetal ha sido puesta en evidencia en el estudio sobre la dieta (análisis de Sr y Zn en el tejido óseo) realizado en 11 individuos de la Cova de I'Avellaner (Pérez i Pérez, 1991), en el que se pone de manifiesto una subsistencia fundamentalmente agrícola, o basada en productos de origen vegetal, con un aporte cárnico bastante bajo.
Estos resultados contrastan con el gran número de ovicápridos que aparecen en las sepulturas, y pueden ponerse en relación con la frecuencia de caries en las poblaciones neolíticas.
B) La ganadería durante el Neolítico antiguo debió gozar de una situación de complementariedad, sin que se pueda probar en ningún caso una auténtica especialización en su desarrollo.
Los rebaños debieron estar sujetos a las posibilidades dejadas por las prácticas agrícolas, sin que se puedan demostrar movimientos de trashumancia.
Esto no evita, no obstante, que pudieran desplazarse dentro de las zonas próximas al poblado, en pequeños movimientos estacionales, tal como podría demostrar el gran número de restos de ovicápridos de la Cova deis Ermitons, a escasa distancia de Plansallosa, en la ruta a los pastos que podía proporcionar, en verano, la Alta Garrotxa.
La situación pudo cambiar ya durante el período Montboló, como lo demuestran las sepulturas de la Cova del Senglar, en las tierras altas, en una zona sin posibilidades agrícolas.
Probablemente, el mantenimiento de una cierta movilidad del grupo dejaba abierto el camino hacia una mayor especialización ganadera, en el momento en que los poblados agrícolas comienzan a sacrificar la complementariedad de recursos por una producción agrícola superior.
Una economía poco especializada y que se nutre básicamente de su área de captación necesita explotar al máximo su entorno para abastecerse de materias primas destinadas a sus manu-T.
Podemos observar esta circunstancia en diferentes elementos de la cultura material: A) De entre las materias primas utilizadas en la industria sobre roca tallada, es ilustrativo observar la distribución de un sílex local que aparece en el macizo de la Alta Garrotxa.
Se trata de un material de uso limitado, ya que se presenta en pequeños nódulos de color marróngris-negro, y su talla no es siempre la más adecuada, especialmente si quiere obtenerse una lámina.
Su aprovechamiento es mayoritario en Plansallosa o la Cova 120, situados en las cercanías de las fuentes de origen, y muy raro en los demás yacimientos.
Es, por tanto, un material utilizado por los pobladores que no disponían en su área de captación de otra materia mejor, pero no era utilizado en los intercambios.
Los sílex de mejor calidad que aparecen en el territorio analizado, y que tratamos de forma conjunta por la dificultad de individualizarlos, presentan diferentes gamas de coloración: blanco, translúcido, marrón claro y rosa.
En el único afloramiento conocido, El Far, en las montañas del Sistema Transversal, aparece en casi todas sus coloraciones.
También se puede recoger, aunque escaso, en forma de guijarros en los ríos que drenan este sistema montañoso, y en particular en el Ser y el Brugent, por lo tanto, dentro de las áreas de captación de las cuevas de En Pau y L' Avellaner, yacimientos en los que es la materia más utilizada, exceptuando el cuarzo en el último de ellos.
En este caso, es la población del valle del Llierca la que queda fuera del abastecimiento directo de estas materias y, sin embargo, éstas aparecen en un número limitado, casi siempre destinados a útiles sobre soporte laminar.
Es posible que los lazos de intercambio entre comunidades vecinas aportaran este tipo de sílex a las zonas que no disponían de una materia comparable.
B) La materia prima mejor representada en la confección de utensilios sobre roca pulimentada, en los yacimientos analizados, es la corneana con biotita, roca de origen local, que se puede hallar en todos los plegamientos alpinos del Pirineo oriental, así como en las cordilleras Litoral y Prelitoral.
En Plansallosa hemos podido constatar la manufactura sobre esta roca en el propio hábitat.
Además, es la materia más utilizada en la mayor parte de los yacimientos neolíticos del norte de Cataluña, y se ha documentado su manufactura en algunos talleres su- perficiales de cronología incierta en Les Guilleríes (Bosch, 1984), Artesa de Segre o Peramola.
Exceptuando la corneana, las demás rocas pulimentadas durante el Neolítico antiguo nunca han aparecido en estado de esbozo, ni en otras manufacturas, y muchas de ellas pueden interpretarse como producto de intercambio y con un valor intrínseco superior al funcional.
El modelo configura una diferencia entre aquellos utensilios manufacturados en el propio asentamiento y los que son fruto de aportaciones exteriores.
Para valorar mejor este diseño, podríamos recurrir a los paralelos que nos ofrece la propia arqueología.
La utilización mayoritaria de productos locales aparece en todas las zonas donde se ha aplicado el análisis petrológico: dioritas en la Bretaña francesa, corneanas y microdioritas en el Bajo Languedoc, basalto y anfibolitas en Holanda y Noroeste de Alemania, etc...
Sin embargo, también se ha podido constatar un comercio que supera, en ocasiones, los 1000 kilómetros de distancia, incluso con centros de redistribución (Cummins, 1979).
Muy interesante nos resulta el ejemplo de la Bretaña francesa, donde ha podido hallarse un taller especializado en Plussulien (Le Roux, 1979), en cuya utilización se han determinado diferentes etapas:
Durante el Neolítico antiguo (4000-3600 A. C.), se constata la presencia humana sobre ellugar y el inicio de las primeras producciones, pero no será hasta el Neolítico medio (3600-3000 A.C.) cuando se desarrollará un taller especializado, cuyas producciones se dispersarán hasta el valle del Ródano o, incluso, el sur de Gran Bretaña.
Este ejemplo puede ayudarnos a clarificar la situación de las producciones en cornean a en nuestro territorio.
Así, durante el Neolítico antiguo, un poblado como Plansallosa muestra su propia producción en forma de pequeño taller doméstico.
Este tipo de producción estaría destinada primordialmente a satisfacer las propias necesidades, y sólo de forma esporádica a producir objetos de intercambio, ya que la corneana es una roca muy abundante en todo el territorio.
Por contra, los talleres especializados podrían corresponder a una fase más evolucionada, contemporánea al momento de máxima actividad de Plussulien.
El valor de los objetos sobre roca pulimentada como objeto de intercambio, y sus sucesivas reutilizaciones, ha sido puesto de manifiesto por numerosos autores, entre los que nos parece sugestiva la investigación de 1.
Hodder y P Lane (1982), en la que se demuestra la disminución de la longitud de los utensilios a medida que estos se alejan del centro de producción.
C) El análisis de materias primas en la cerámica, se encuentra aún en estado de gestación, y en una primera fase ha cubierto cuatro yacimientos seleccionados (Aliaga y otros, 1992), en los que ha podido diferenciar tres grupos de pastas diferentes:
El grupo 1, entre cuyos componentes destacan los granos de basalto, que se pueden relacionar con el aporte de la zona volcánica de La Garrotxa.
Las muestras de este grupo son mayoritarias en los yacimientos de Plansallosa y S'Espasa, situados en el valle del Llierca.
El área más cercana de suministro de basalto se encuentra a unos 5 kilómetros de Plansallosa y a 9 nueve de S'Espasa.
Por contra, no aparece en la Cava del Senglar, de cronología más reciente y situada en lo alto del macizo de la Alta Garrotxa, lo que parece desvincular este yacimiento con los del valle del Llierca.
Las muestras del grupo 2 están compuestas de cuarzo y rocas metamórficas, que se hallarían dentro de la red hídrica que procede del Pirineo y se corresponden de forma casi exclusiva con las muestras de la Cava de Senglar, y de forma minoritaria en las cerámicas de los yacimientos del valle del Llierca, río que también arrastra materiales metamórficos y graníticos.
Finalmente, el grupo 3, se caracteriza por la presencia de granos carbonatados y se encuentra representado mayoritariamente por la Cava d'En Pau, situada en una zona caliza.
Si bien, en esta cueva, se encontrarían algunas muestras pertenecientes a los otros dos grupos que pueden explicarse por los arrastres del río Fluviá que, a su paso por las proximidades de la cueva, ha recibido afluentes con diferentes tipos de aportes.
Del análisis de la producción cerámica de los distintos yacimientos, se constata una composición de las pastas que refleja la de las arenas fluviales cercanas, pero no necesariamente de las que lo son más, dependiendo de las cualidades intrínsecas de los materiales utilizados.
La mayor parte de los vasos cerámicos serían fabricados dentro del área de actividad de cada grupo, sin que se pueda certificar el intercambio de vasijas con un valor intrínseco superior.
Organización social y económica
Los análisis paleoeconómicos realizados ponen de relieve que la principal característica en la producción de alimentos es la complementariedad de recursos, ya sean agrícolas, ganaderos, o procedentes de una economía de prcdación.
Esta sería, por otra parte, la variable que define la elección de los asentamientos principales, en los que se ocupan territorios con una disponibilidad de tierras agrícolas limitada -poco profundas y con suelos calcáreos-, con la cercanía de buenos pastos naturales, y con destacados recursos naturales, suficientes para complementar la dieta por medio de la caza y la recolección.
Cuando ha sido posible profundizar en la ocupación de una zona, caso del valle del L1ierca, hemos podido comprobar que algunos yacimientos en cueva habían sido objeto de actividades concretas, sin que esto pueda interpretarse como una especialización intergrupal, sino como una parte del conjunto de actividades que una misma población desarrollaba sobre un territorio, con el objetivo de aprovechar al máximo sus recursos económicos.
En cuanto a la manufactura de bienes, el registro nos ofrece una producción sobre materias primas locales en la mayor parte del utillaje doméstico.
La excepción más notable es la del sílex, del que algunas zonas son carentes, así como la de algunas rocas pulimentadas y objetos de adorno, si bien estos últimos elementos pueden tener un carácter simbólico, y la etnografía ha documentado repetidamente su valor como objeto de intercambio en sociedades primitivas.
Sin embargo, por si solos, estos objetos no pueden servir como fundamento para argumentar la distribución a partir de núcleos especializados, sino que indican el mantenimiento de las redes de parentesco tradicionales que, por otra parte, posibilitan una cierta unidad cultural entre todas las poblaciones del Mediterráneo occidental.
El modelo propuesto puede llevarnos a la conclusión de que la adopción de la agricultura y la ganadería podía ser plenamente coherente con una economía de amplio espectro, posibilitando el mantenimiento de la organización social y económica de las últimas sociedades mesolíticas.
En este sentido, J. M. Vicent (1990) ha puesto de manifiesto que el uso de especies domésticas no aparece como una innovación, sino como una parte más de las estrategias de subsistencia de grupos que tratan de conservar su T. P., 51, n° 1,1994 para la supervivencia grupal cuando la obtención de recursos sufre una marcada estacionalidad, suponiendo el cultivo de cereales una cosecha concentrada en un corto espacio de tiempo, que ha de administrarse hasta la siguiente temporada.
Es posible, por tanto, que la jerarquización social se acrecentase desde el momento en que la alimentación empezó a basarse en los productos agrícolas, y más claramente en los cereales.
La apropiación de forma institucional, por parte de linajes de parentesco, de la administración de los bienes y de los medios de producción también puede reconocerse en la evolución de las prácticas funerarias (Lewthwaite, 1986; Meillassoux, 1987).
El punto de inflexión se encontraría en la formación de verdaderas tradiciones funerarias, como forma superadora de los sepulcros esporádicos (Vicent, 1990).
En la zona analizada, las sepulturas que conocemos corresponden a un momento avanzado del Neolítico antiguo, presentando ya durante el período Epicardialla forma de sepulcro colectivo en el interior de una cavidad natural.
El número de cuevas sepulcrales documentadas en este período (El Pasteral, L' Avellaner, Mariver) es aún poco importante, pero siendo la única forma conocida, nos puede indicar una auténtica tradición funeraria.
El carácter colectivo de estos sepulcros sugiere una identificación creciente entre los grupos humanos y el territorio sobre el que obtienen sus recursos económicos.
El patrón de asentamiento que hemos definido para el valle del Llierca, presenta un hábitat principal, en torno al cual la ocupación de las cavidades que se encuentran en el acceso a las zonas montañosas sugiere el mantenimiento de una cierta movilidad para las actividades ganaderas y de predación, en la explotación complementaria del territorio.
En este sentido, la adopción de una economía de producción pudo ser una estrategia conservadora, muy propia de las sociedades predadoras, pero la dependencia del grupo de la agricultura y la ganadería reduce considerablemente su movilidad, y probablemente, la población femenina, que se asocia más con el primer recurso, pudo haber conseguido una forma de vida sedentaria (Coudart, 1993), centrando en torno a un asentamiento estable el resto de las actividades del grupo.
Esta progresiva estabilización y un menor riesgo en las fuentes de recursos pudieron ser causas que modificaran el comportamiento limitador del crecimiento de la población, siendo éste uno de los factores determinantes del camhio cultural (Cohen, 1981).
Este fenómeno puede observarse indirectamente en la elección de los primeros asentamientos:
Como ya hemos señalado anteriormente, las primeras poblaciones neolíticas se establecen en territorios con suelos calcáreos, con posibilidades para complementar los recursos disponibles.
En este sentido, es interesante observar la ocupación de medioambientes con una gran riqueza biótica, como albuferas y lagos.
Una sobreexplotación de las actividades predadoras podía fácilmente alterar la situación de equilibrio con el medio, ya que un incremento en la alimentación de los silvestres supone la reducción de su productividad, y la subsistencia del grupo sólo podía ser resuelta por un aumento de la producción de los domésticos (Rindos, 1990) o por un cambio social (Bender, 1978), que forzosamente tenía que derivar hacia una mayor especialización.
De esta forma, cualquier aumento demográfico podía poner en peligro la continuidad de un modelo económico basado en la complementariedad de todos sus recursos, y sin embargo, el cambio cultural no se produjo de forma inmediata a la introducción de los domésticos.
Probablemente, la colonización de nuevas tierras por parte de efectivos disgregados del grupo original, en un territorio no plenamente ocupado, pudo haber servido para mantener con pocas modificaciones la organización social durante un millar de años.
La separación estacional del grupo principal es una estrategia bien documentada en sociedades que disponen de una estructura social igualitaria, constituidas en familias extensas más que nucleares, que forman unidades que pueden no ser permanentes sino secuenciales (Johnson, 1982).
Su continuación durante las primeras fases del Neolítico, como explicación de algunos asentamientos no agrícolas, ha sido puesta de manifiesto por J. Guilaine (1979) a propósito de L'Abri Jean-Cros, y puede hacerse extensible a otros yacimientos como La Grotte Lombard (Binder, 1991) o Cova del Frare (Martín Colliga y Estévez, 1992), y en el valle del Llierca, a cuevas como Els Ermitons o El Bisbe.
La existencia de esta estrategia económica, en caso de presión demográfica, pudo derivar de forma natural en la segregación de una parte del grupo que repite el mismo modelo económico en una zona no ocupada. fenómeno ampliamente documentado en sociedades no complejas (Binford, 1988: Shalins, 1984).
Sin embargo. es esta una solución que se corresponde con una fase pionera (Gallay, 1989: Mestres.
1992) que lleva a la plena ocupación del territorio, retardando el cambio socio-económico final al que se verán abocadas estas sociedades.
A medianos del quinto milenio (A.e.) se produce de forma gradual pero definitiva el cambio de tendencia en la evolución neolítica.
En estos momentos, la unidad cultural que se había mantenido en el occidente mediterráneo deja lugar a un conjunto de pequeñas unidades territoriales, que en nuestro territorio están representadas por el período Montboló.
Durante esta fase, los poblados epicardiales de nuestro registro son abandonados, probablemente porque el emplazamiento ya no era adecuado para un modelo económico que, no pudiendo resolver a través de la segmentación su inestabilidad interna, necesita aumentar la producción de alimentos a través de la especialización, produciéndose en consecuencia un profundo cambio social.
Se ocupan cuevas en el interior de grandes macizos montañosos, y en alguna de las ellas, como El Senglar, la utilización sepulcral sugiere la especialización ganadera en una zona sin potencial agrícola.
El único poblado conocido, Ca N'Isach (Tarrús y otros, 1992 a), ya a finales de este período, se encuentra en un emplazamiento dominante en la Serra de Roda, aunque cercano a albuferas costeras, en un suelo completamente granítico.
La tradición funeraria, en la que aún perduran los sepulcros colectivos en cueva, es la que mejor muestra la pérdida de la unidad cultural con la aparición de los primeros conjuntos megalíticos en zonas montañosas limítrofes al territorio analizado, tanto en el Cabrerés (Cruells, Castells y Molist, 1992) como en Les Alberes (Tarrús, 1990).
La construcción de estos sepulcros ha sido definida como un elemento de identificación territorial (Criado y otros, 1989), que podría relacionarse con una ocupación plena del territorio, y la aparición de los primeros conflictos intergrupales por su posesión, que se corresponde con una fase de estabilización.
Finalmente, la especialización en la producción de bienes pudo haber sufrido también una transformación importante con la potenciación de los intercambios.
Ilustrativo de este cambio puede ser el inicio de la explotación minera en T. P., 51, n° 1, 1994 Ángel Bosch Lloret Can Tintorer (Edo, Villalba y Blasco, 1991), en la costa central catalana, factoría especializada que aportará elementos ornamentales en variscita a la mayor parte de poblaciones del nordeste peninsular.
El Neolítico antiguo del nordeste de Cataluña se caracteriza por una ocupación del territorio centrada en poblados al aire libre, mientras que las cuevas son utilizadas de forma secundaria, en relación con alguna actividad complementaria: sepulcro, almacenamiento, refugio temporal, estabulación, etc...
El patrón de asentamiento debió tener como principal característica, la presencia de cursos superficiales de agua dulce, y el contacto entre diferentes elementos físicos, con la posibilidad de complementar los recursos obtenidos.
El valle del Llierca y el territorio de la desembocadura del río Ter nos ofrecen dos ejemplos distintos de la adaptación de estas sociedades a un territorio determinado, que confirman la fuerte dependencia al medio de estas sociedades.
El modelo económico debió estar basado en un profundo aprovechamiento del entorno inmediato, utilizando todos los recursos disponibles: agricultura, ganadería, actividades cinegéticas y recolectoras y aprovechamiento de la mayor parte de las materias primas en las manufacturas.
De esta forma, el volumen de intercambio con grupos vecinos debió ser relativamente bajo, y generalmente referido a productos con un alto valor simbólico, como los objetos sobre roca pulimentada o los adornos.
La cohesión intergrupal, en la que los sistemas de parentesco eran aún fuertes, hace que se mantengan, por una parte, las unidades culturales con una regionalización poco acusada, y las redes de intercambio tradicionales.
Este modelo pudo haber sobrevivido durante más de un milenio, con un territorio escasamente ocupado que podía absorber el crecimiento de la población, lo que debió empezar a ser preocupante en las primeras sociedades neolíticas.
Sin embargo, algunos elementos sugieren una creciente complejidad hacia modelos sociales más avanzados a partir del período Epicardial, como son los sepulcros colectivos y el almacenaje, probablemente comunal, en cueva.
Al finalizar el período Epicardial, las sociedades neolíticas del occidente del Mediterráneo habían perdido buena parte de la cohesión intergrupal de los primeros agricultores, desarrollándose numerosos grupos regionales.
En el nordeste de Cataluña, se inicia con entidad propia el período Montboló, que marca una aceleración de la línea evolutiva.
Los poblados epicardiales son abandonados, probablemente buscando un territorio que permita aumentar y especializar la producción para hacer frente a un crecimiento de la población que ya no puede ser absorbido por la colonización de nuevas tierras.
Sobre este punto, es notoria la construcción de los primeros sepulcros megalíticos, como elementos de identificación con un territorio, que conviven con otras formas sepulcrales "tradicionales", como son los sepulcros colectivos en cueva.
La celebración de esta reunión de trabajo.m el D.:partamcnt d'Arqueologia de la Universitat de Valencia durante el año en curso, tiene por objetivo potenciar el debate entre los diversos investigadores que trabajan en este campo, a fin de contrastar y discutir los distintos erUoques y trabajos que se llevan a cabo sobre el aprovisionamiento de recursos abióticos en el ámbito estatal. -------------------------------------- |
La noche donde tanteamos es demasiado oscura como para que nos asentemos a afirmar nada sobre ella: ni siquiera que está destinada a durar.
(LÉVI-STRAUSS, 1992: 282) RESUMEN Partiendo del estudio de un conjunto de hábitats de una zona de Galicia se define un nuevo tipo de yacimiento habitacional.
Esta definición sirve de base para una revisión del paisaje social de la Edad del Bronce en el Noroeste, en la cual se realizan algunas consideraciones sobre fenómenos que no se incluyen en el mundo de los hábitats (enterramientos y grabados rupestres), pero que, evidentemente, contribuyen a formar el conjunto del paisaje social.
El tema de este trabajo (1) es el paisaje durante la Edad del Bronce en Galicia.
Para tratar este asunto pretendemos recorrer un camino (1) Este trabajo se enmarca dentro de la línea de investigación en Arqueología del Paisaje que se desarrolla en la Universidad de Santiago (Departamento de Historia 1) a través del proyecto "A Culturización da Paisaxe Prehistórica", financiado en 1992 y 1993 por la D.x.P.H.D. de la Xunta de Galicia.
Quiero agradecer a mis compañeros del Grupo de trabajo en Arqueología del paisaje/Impacto Arqueológico en Obras Públicas las facilidades que me han dado para su realización, concretamente Anxo Rodriguez Paz ha preparado y delineado, con la solvencia que le caracteriza, la totalidad de la parte gráfica.
Es evidente que muchas de las ideas vertidas en el texto se benefician de los años de formación, trabajo, conversaciones y discusiones con Felipe Criado y el resto de mis compañeros.
También quiero agradecer especialmente a Felipe Criado y a Pilar Prieto que hayan revisado el texto haciéndome notar los muchos errores que en él se introducían.
de tres niveles distintos y simultáneos para a través de ellos, visitar Jugares nuevos y otros ya conocidos.
Estos niveles van de lo más concreto a lo general, o si se quiere, de lo más práctico a lo más conceptual.
En el primero de ellos, que presenta un carácter geográfico, se partirá de una zona de estudio concreta, la Sierra de O Bocelo y el Valle del río Furelos (Fig. 1), para visitar otras zonas de Galicia y del Norte de Portugal.
El segundo de los niveles de nuestro camino nos lleva a recorrer los hábitats de la Edad del Bronce, pero a lo largo de él nos encontraremos con otras manifestaciones de la época que completarán o matizarán la visión obtenida de aquellos.
Por último, el tercer nivel nos lleva a partir del paisaje para tratar de avanzar en el conocimiento de la sociedad y la cultura que lo construyó.
Es éste, sin duda, un plan complejo, ambicioso y, a la vez, difuso; pero sinceramente creemos que es la única forma de tratar con realidades, que en definitiva son también complejas, Fig. 1 Situación de la sierra de O Bocelo en el conjunto de Galicia y de la Península.
Con el conjunto de los tres niveles se pretende extraer una visión general que valore más los aspectos comunes que los diferenciadores, más el conjunto del camino que los hitos señeros.
Obviamente, no intentamos, y mucho menos de partida, que estemos tratando con una cuestión uniforme en un espacio determinado a lo largo de un período; es decir, no creemos que el paisaje de la Edad del Bronce en Galicia se constituya en los inicios de esta época con unas características concretas que permanezcan hasta el final de la misma.
Los elementos diferenciadores, acotadores y dinámicos existen y tienen una gran importancia, que debe ser valorada en su justa medida.
Sin embargo, si logramos encontrar un hilo conductor, será más fácil trabajar con esos aspectos de naturaleza más parcial.
El hilo conductor debe buscarse en los aspectos socio-culturales, y a ellos es más fácil llegar por medio del paisaje.
Sin embargo, el trabajo ha de adoptar una forma más concreta y manejable que la que se ha expuesto hasta aquí.
Por ello hemos preferido una estructura que permita conjugar los distintos niveles descritos con una exposición más lineal.
Como se ha señalado, el tema central de este trabajo es el paisaje de la Edad del Bronce en Galicia.
Para profundizar en su conocimiento hemos comenzado analizando un conjunto de yacimientos de la Sierra de O Bocelo y del Valle del Furelos, donde se definirá un nuevo tipo de yacimiento (2).
A continuación se realizará un comentario sobre los enterramientos de la Edad del Bronce localizados en esta zona, para así completar la visión del paisaje que nos ofrecen los hábitats.
Por último se comparará la realidad observada con ejemplos de otras zonas de Galicia y el Norte de Portugal, en la que se incluye un breve apunte sobre los grabados rupestres, fenómeno de naturaleza eminentemente espacial, que resulta imprescindible tomar en consideración a la hora de aproximarnos al paisaje de la Edad del Bronce en el Noroeste.
Nuestro presupuesto práctico fundamental es aceptar que los datos empíricos no son los que hacen progresar nuestro conocimiento me-
(2) Los trabajos realizados en los yacimientos de la Edad del Bronce se enmarcan en el proyecto general de Arqueología del paisaje en el área Bocelo-Furelos (Criado Boado et alii, 1991).
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es diante un mecanismo acumulativo de 'hechos objetivos', únicamente entendible desde un punto de vista positivista, sino el análisis y la reflexión sobre ellos.
Por lo tanto creemos imprescindible apuntar, siquiera sea de forma muy somera, la perspectiva adoptada en nuestra investigación y que no es otra que lo que se puede dar en llamar Arqueología del Paisaje.
Así pues debemos definir algunos conceptos básicos.
La concepción del paisaje que utilizaremos en este trabajo considera a éste como la objetivación de prácticas culturales desarrolladas socialmente (3), tanto de carácter material como imaginario, que se articulan dialécticamente con el medio (Criado Boado, 1993a).
Sin embargo, nuestro objetivo último, utópico deberíamos decir, no se centra exclusivamente en esas prácticas sino en la cultura misma.
En este aspecto es útil tener en cuenta la metáfora propuesta por Bourdieu (1991) que hace corresponder la cultura con la lengua y las prácticas, en su caso conducta, con el habla, es decir: las prácticas no constituyen en sí mismas la estructura cultural, sino que conforman una instancia distinta aunque relacionada con ella de una forma similar a como el habla se relaciona con la lengua (Fig. 2).
También debemos considerar que nosotros no accedemos directamente a las prácticas sino a un subconjunto de ellas, que se concretan en forma material, y que nos vienen dadas dentro del Registro Arqueológico.
Así pues no debemos olvidar que, cuando como arqueólogos iniciamos el trabajo, nos encontramos cuatro peldaños por debajo del punto al cual queremos llegar.
Como ha mostrado F. Criado (1993b), existen algunos posibles mecanismos que nos permiten pasar del nivel inicial al final sin perdidas de información, cuando se tratan directamente aspectos que, como la visibilidad, están determinados por el sistema de Saber-Poder y constituyen rasgos formales directos del fenómeno estudiado.
Sin embargo, en otros aspectos o niveles de significación, la pérdida de información es constante al pasar de un peldaño al siguiente.
El Registro Arqueológico no nos permite acceder al
(3) El concepto de objetivación de las prácticas está tomado originalmente del hermoso trabajo de Veyne.
1994: 94-97) conjunto de las prácticas materiales, éstas no representan el conjunto de las prácticas culturales, y éstas últimas no nos ofrecen en sí mismas todas las claves de la estructura o racionalidad cultural.
De todas formas como arqueólogos debemos intentar lograr un conocimiento del contexto cultural, para lo cual debemos recorrer el camino, ciertamente complicado, que acabamos de describir y que supone partir de una fracción de la realidad empírica para tratar de llegar a una síntesis significante por medio de la reconstrucción de un aspecto perteneciente al ámbito de la simplicidad conceptual (Lévi-Strauss, 1964).
Lo que acabamos de exponer resulta ciertamente difícil de llevar a la práctica, pero posee la enorme ventaja de atravesar los ámbitos de la realidad empírica, social, el contexto cultural, y ayudarnos a comprender mejor el conjunto de la cultura.
Tal y como se ha dicho, para rastrear la parte material de las prácticas culturales desarrolladas en sociedad, debemos partir del hecho de que actualmente éstas no son más que registro arqueológico.
Nuestra tarea es sacarlas a la luz partiendo de ese registro, y para ello creemos que la herramienta más adecuada es la descripción.
En este sentido concreto, descripción no tiene nada que ver con la función clásica de la labor descriptiva tal y como se aplica en la Arqueología Tradicional; antes bien, por descripción se debe entender un relato auto-contenido que dé cuenta de las características básicas del registro arqueológico de una forma que sea lo más coherente posible con las propias características de ese registro y que no suponga manipular éste por introducir principios de descripción extraños u opuestos a su propia lógica original.
Así pues, hablamos de descripción y no nos servimos de cualquier otro término que tal vez parecería más a la moda, para resaltar que uno de nuestros presupuestos básicos es intentar desprender al aparato analítico de matices interpretativos, dado que cualquier tipo de lectura interpretativa tiende a ser realizada siempre desde las bases de racionalidad actuales.
También hemos hecho uso de analogías'dé- biles' (Vattimo, 1990) con las cuales se introduce un principio de racionalidad distinto del nuestro a través de la multiplicidad de significaciones, y que se han revelado como una potente herramienta de trabajo.
En este caso se ha optado por observar la racionalidad implícita en el poblamiento tradicional y el poblamiento castreño para así obtener un contrapunto o marco de comparación con otras ajenas a la 'nuestra' y a la de la Edad del Bronce.
Hasta aquí los conceptos básicos que utilizaremos fundamentalmente en la primera parte del trabajo ya que, si bien se utilizarán de igual manera en la segunda, el grado de aproximación será menos intenso puesto que trataremos con una visión de tipo más general.
Así pues, la primera parte constará en primer lugar de una descripción del conjunto de los yacimientos (descripción 1) para, a continuación, realizar unas analogías con el poblamiento tradicional y el poblamiento castreño.
Más tarde volveremos al ámbito de la descripción, pero esta vez ampliando la escala al interior de los yacimientos (descripción 11), para acabar estableciendo un modelo coherente con las evidencias observadas en los anteriores apartados.
En este sentido el establecimiento del modelo intenta traspasar el ámbito de la cultura material y el paisaje para adentrarse en el de las prácticas y, en última instancia, en el de la cultura.
La segunda parte del trabajo tratará más bien de indagar en el contexto socio-cultural de la realidad observada a lo largo de la primera parte.
En este sentido revisaremos otras prácticas culturales de la Edad del Bronce gallega, fundamentalmente en lo que se refiere a la ocupación del espacio.
Esta lectura nos permitirá no sólo completar nuestro modelo adecuadamente, sino también profundizar en el estudio de la forma cultural de apropiación del paisaje de la Edad del Bronce en el Noroeste y, en definitiva, aproximarnos al conocimiento de estas sociedades.
T. P., 51, n° 1, 1994 Nuestro trabajo en la Sierra de O Bocelo, una vez realizada una prospección intensiva del conjunto de la zona de estudio (Criado Boado el alii, 1988y 1991), que ha permitido reunir un conjunto relativamente amplio de yacimientos habitacionales de la Edad del Bronce (Méndez Fernández, 1991; Criado Boado el alii, 1991), consistirá en tratar de averiguar la conformación de esos yacimientos y sus inter-relaciones, intentando determinar la racionalidad que preside su emplazamiento (Méndez Fernández, 1989y 1993a).
No es nuestra misión en este momento fechar cada uno de los yacimientos.
La cronología, en cambio, nos ayudará en su momento a aquilatar la definición espacial antes que limitarnos a dar una datación o a asignar cada yacimiento a un determinado periodo o fase (4).
Si observamos un mapa de distribución de los Puntos Arqueológicos (PAs) (Figs.
3,4, Y 5) de la época considerada, veremos que éstos pueden oscilar, si atendemos a los testimonios recuperados en cada uno de ellos, desde un único fragmento cerámico, hasta varios miles de fragmentos, además de líticos, estructuras, etc. Las actuaciones realizadas en ellos también son de distinto signo ya que varían, desde la simple prospección superficial, hasta las varias campañas de excavación, pasando por la prospección físico-química.
(4) La adscripción de los yacimientos considerados al Il milenio a.e. en nuestro caso no ha resultado especialmente conflictiva puesto que, en el umbral superior, la cultura material se diferenciaba claramente de la del primer milenio (representada por los yacimientos fortificados de la Edad del Hierro, que presentan su primera datación en la zona en 2650 ±lOO Bp y 2610 ±70 Bp (Acuña Castroviejo y Meijide Cameselle, 1991: 52); mientras que el umbral inferior venía representado por las cerámicas inciso-metopadas también claramente diferenciables en el aspecto formal y con un encuadre cronológico comúnmente aceptado de finales del III milenio a.e.
Todo lo recuperado en prospección enmarcable entre estos dos horizontes se sitúa de una forma u otra (en lo que a cerámicas decoradas se refiere) en lo que podemos llamar tradición campaniforme o, en cualquier caso, estilísticamente dentro de la 'campaniformidad' (Prieto Martfnez, 1993y Boast, 1994).
Lo primero que llama la atención en la distribución de estos PAs es su agrupamiento en lo que podemos denominar "Áreas de Acumulación" (AAs), dado que efectivamente los PAs se concentran de manera significativa en unas áreas y no en otras (Fig. 3).
Estos agrupamientos ocupan una unidad topográfica singular, lo que contribuye al efecto de acumulación.
Esta concurrencia de PAs en zonas concretas nos ofrece una primera definición de las áreas de acumulación, término que creemos se ajusta más a la realidad observada que el de yacimiento.
Para mayor comodidad y concreción trataremos a partir de este momento, únicamente con los yacimientos situados en un valle interior de la Sierra de O Bocelo.
El Valle del Pedriña es el valle interior más amplio dentro de la Sierra y el que aglutina una mayor cantidad de núcleos de población actuales; asimismo este valle I.:S el que ha ofrecido un mayor número de yacimientos de la época que nos ocupa.
Si tratamos de definir las unidades topográficas en las que se inscriben las áreas de acumulación, no sólo de forma cartográfica sino también visual, obtendremos como resultado que aquellas se instalan en pequeñas cuencas de recepción en cuyo fondo, generalmente, se sitúa una braña o pequeña turbera.
Así, encontramos ahora que nuestro término área de acumulación adquiere un nuevo significado, dado que además se refiere al efecto aglutinador de las cuencas en donde se agrupan los PAso Aplicando una serie de sencillas técnicas espaciales, que en modo alguno tratan de definir un territorio sino de describir el entorno en el que se sitúan los yacimientos, observamos una serie de hechos sintomáticos (Méndez Fernández, 1989).
En primer lugar, que la cuenca asociada se encuentra dentro de la línea isocrona de cinco minutos (Fig. 4).
Asimismo el área de visibilidad directa desde un punto intermedio a todos los PAs que conforma cada área de acumulación, coincide con los límites de la cuenca y con la isocrona de cinco minutos (Fig. 5).
Estos dos aspectos describen el entorno inmediato del yacimiento y nos confirman la estrecha relación existente entre los puntos correspondientes al área de acumulación y la cuenca.
En segundo lugar, dentro de la línea isoerona de diez minutos se encuentra un terreno de monte bajo bastante llano.
De hecho las zonas de aparición de material se sitúan en una zona próxima a la ruptura de pendiente entre la cuenca y la zona llana.
Las isocronas de diez minutos nos informan, además, sobre la relación de las AAs con las vías de tránsito secundarias (5), dado que aquellas se alargan en el sentido de la divisoria conectando todos los puntos considerados dentro del valle.
La visibilidad indirecta (6), por su parte, nos permite la intervisibilización de las AAs del valle interior así como el perímetro del mismo.
(5) Es decir, aquellas que nos permiten circular por el interior de una unidad topográfica de primer orden, en contraposición a las primarias que nos permitirían cruzar o salvar esas unidades topográficas principales.
(6) Entendida como la visibilidad obtenida desde un punto próximo al yacimiento en el que nos situaríamos si pretendiésemos tener una visión amplia (este punto en ningún caso se aleja más de cincuenta metros del yacimiento) T. P., 51, n° 1,1994 El mapa de polígonos nos permite reforzar la concepción de AAs como suma de dos tipos de terreno: la cuenca húmeda y la zona llana aneja, coincidiendo con la isocrona de diez minutos.
Aplicando al poblamiento tradicional un tratamiento similar al realizado para la Edad del Bronce, y cotejándolo con el de las AAs, nos encontramos con varios hechos significativos.
En primer lugar, las AAs y las aldeas actuales tienen una disposición parecida respecto al eje del valle pero no coincidente, es decir, nos encontramos con dos anillos concéntricos situados de forma periférica en relación al eje del río.
Por otro lado, las AAs aparecen en el límite de la isocrona de diez minutos de las aldeas actuales, o bien en su inmediata periferia (Fig. 6).
Todo el terreno incluido en este área isocrona está considerado etnográfica mente como de monte (7) y constituye un campo excelente para (7) El término monte no va unido en Galicia a terreno inculto, sino que más bien se refiere a un área de aprovechamiento extensivo agrícola y ganadero.
En estas zonas se llevan a cabo cultivos de rozas, además de constituir zonas de re-T.
En cuanto los terrenos de labradío (8) actuales se encuentran mayoritariamente dentro de la isocrona de los cinco minutos de las aldeas y en su ámbito de visibilidad directa (Fig. 7).
Por su parte, los castros se disponen de una forma distinta con respecto al valle, ya que los dos únicos existentes se sitúan sobre el eje mismo, muy próximos al río.
Por otro lado, estos yacimientos de la Edad del Hierro se encuentran en el ámbito de visibilidad de las aldeas e inmersos en las tierras de labradío.
De las consideraciones que se acaban de realizar sobre el poblamiento tradicional/castreño se pueden extraer una serie de consecuencias útiles para nuestro trabajo.
De modo sumario se puede señalar que tanto las aldeas actuales como los castros pertenecen al dominio del labradío, dada su estrecha relación con las tierras serva de toxo, fundamental para la elaboración de abono, y suponer un complemento importante para el mantenimiento de la cabaña ganadera.
(8) Con las tierras de labradío incluimos los prados tradicionales, ya que éstos se inscriben en el sistema de rotación de cultivos.
Por otro lado, en los últimos años se viene dando un proceso en el que los labradíos van siendo sustituidos por prados que se orientan hacia la producción lechera. dedicadas a esta actividad.
Sin embargo es necesario destacar que las AAs de la Edad del Bronce se emplazan en la periferia de esas zonas de labradío, y por tanto en el dominio del monte.
Por otro lado, tanto las aldeas actuales como las AAs tienen una relación similar respecto al valle, en lo que se refiere a su posición periférica.
La similitud entre ambas situaciones podría venir dada por el hecho de que en ambos momentos el valle fuese considerado como una unidad significativa (9).
Descripción interna de las Áreas de Acumulación (descripción 11)
Los datos que se tratarán en este apartado corresponden al yacimiento de A Lagoa, una de las AAs del Valle del Pedriña a las que hemos aludido.
Se trata del único yacimiento de sus características excavado con cierta extensión en el (9) Esta afirmación es válida y comprobable para el poblamiento actual, ya que el valle constituye una parroquia, sin embargo este tipo de concepción no es, lógicamente, extrapolable para el caso prehistórico. ámbito gallego (10).
Los datos aportados por A Lagoa son suficientes para establecer unos rasgos definitorios que se pueden extrapolar al resto de las áreas de acumulación de la Sierra puesto que, como se ha dicho, el patrón que éstas presentan, así como sus rasgos externos son absolutamente equiparables.
El área ocupada por el yacimiento se extiende por lo menos en 8 hectáreas.
Sin embargo, esta ocupación no es homogénea en toda la zona, sino que existen grandes y significativos vacíos, que hacen que no podamos hablar de una ocupación extensa y simultánea.
Las estructuras de habitación localizadas (Fig. 8), reflejan un tipo de asentamiento no permanente, con cabañas de materiales perecederos, y probables estructuras de cierre de ganado también realizadas a base de postes.
La impresión de no permanencia del poblamiento está reforzada por la (10) Los trabajos en A Lagoa se han realizado entre los años 1987 y 1992, e incluyeron una campaña de prospección, dos de sondeo y tres de excavación.
En total se han excavado más de 200 m 2 en dos P As diferentes.
En cuanto a la cultura material, si bien las cerámicas decoradas aparecidas se encuentran dentro de la tradición campaniforme o estilísticamente inscritas en la campaniformidad, presentan una variabilidad de tipos bastante amplia, si se estudia en conjunto la cerámica de todo el yacimiento.
Sin embargo no parece haber gran distancia estilística entre unos PAs y otros.
Por tanto no es posible aquí realizar una aproximación cronológica a cada uno de los estilos representados (13).
La datación tardía de la estructura del 45.01 puede resultar chocante en relación con las cerámicas campaniformes, sin embargo hemos de tener en cuenta que cada vez son más amplios los períodos atribuídos a este estilo cerámico (Boast, 1994 y Lull el alii, 1992: 92) (14).
Por último quisiéramos resaltar dos datos que presentan una gran relevancia, si bien necesitan algunas comprobaciones.
Se han localizado estructuras tipo pequeño foso que delimitarían ciertas áreas del yacimiento.
Por otro (11) Con lo cual hoy en día se puede observar un palimpsesto que carece de desarrollo vertical.
(12) Todas las dataciones se realizaron sobre muestras de carbón vegetal.
La línea evolutiva de los diferentes estilos campaniformes está en revisión en las Islas Británicas (lugar en el que se encontraban sólidamente establecidas desde los trabajos de Clarke en 1970) ya que no parece que sea sostenible a la luz de los últimos trabajos (Boast, 1993).
La cerámica de A Lagoa ha sido estudiada sistemáticamente por Prieto Martínez (1993a y b).
(14) En el último caso se atribuye un umbral inferior para el campaniforme peninsular de 1650-1450 AC. fecha en la que nos moveríamos si calibrásemos las dataciones recientes de A Lagoa. lado en un sector de excavación situado en las proximidades de uno de esos fosos, aparecen huellas de arado de tipo primitivo en el sustrato, que no se superponen con la ocupación principal del sector.
Ambos testimonios se hallan en desconexión estratigráfica con las estructuras datadas.
Esta desconexión estratigráfica no es un caso especial en estas estructuras, sino que todas las estructuras halladas se encuentran en estas mismas condiciones.
Sin embargo existen datos que parecen apoyar la adscripción del foso y las huellas de arado a la Prehistoria (Méndez Fernández, 1991: 184).
De todo lo expuesto se deriva, en primer lugar, que la ocupación periódica se ha reiterado a lo largo del tiempo en la misma cuenca, esto explicaría la naturaleza de las estructuras y la amplitud del período cronológico abarcado.
Nuestra denominación inicial de área de acumulación cobra una nueva dimensión, esta vez temporal.
Si se confirma la relación de los fosos con el yacimiento, nos encontramos ante un hecho de importancia capital, puesto que a pesar de lo episódico de la ocupación, se marca claramente el inicio de una parcelación del suelo que, en definitiva, supondría el inicio de algún tipo de propiedad de la tierra, de la cual no podemos precisar su alcance.
Esta indeterminación no resta importancia al hecho en sí de la parcelación, puesto que aunque sólo supusiese la separación del espacio de la vivienda del espacio del cultivo y de los animales, significaría ya una cesura fundamental con las sociedades anteriores.
Todo lo que llevamos dicho no nos aclara por qué las áreas de acumulación se instalan en esos lugares que hemos descrito y no en otros.
Este tipo de zonas son bastante abundantes en la parte media de la Sierra de O Bocelo, pero existen otras muchas posibilidades de emplazamiento, por lo que el patrón es suficientemente claro en lo que se refiere a este punto.
El factor que unifica el patrón de emplazamiento es la existencia de cuencas húmedas, normalmente con brañas en su base.
Sin embargo, no todas las brañas existían en la época de ocupación del yacimiento, de hecho algunas de ellas comenzaron a formarse a raíz de tal ocupación, probablemente a causa de la deforestación asociada detectada en los análisis. polínicos (Díaz Fierros el a/U, 1991; Díaz V áz-T.
P., 51, n° 1,1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es quez el alii, 1992) Pero esta cuestión no invalida el razonamiento, ya que el clima durante el subboreal era más frío y seco que en la actualidad (Criado Boado.
19X9). por lo que la sequía estival sería más aguda y el contraste entre la humedad de las cuencas de recepción (hoy brañas) y el resto del terreno más acusado.
Uno de los usos posibles de este tipo de cuencas sería el de la caza, dado que nos encontramos ante una zona atractiva para la práctica de la misma por sus buenas condiciones para encerrar y acosar el ganado.
Tal disposición la encontramos en los yacimientos paleolíticos (Cerqueiro Landín, 1989: 117), que se sitúan en torno a las brañas más amplias de la Sierra, a pesar de que también son las menos resguardadas.
Sin embargo, nuestras áreas de acumulación se localizan junto a brañas más resguardadas y con unas condiciones menos favorables para la caza.
En la actualidad (y más aún en el sistema tradicional) estas brañas tienen un uso específico, están destinadas a la reserva de pasto fresco de ganado vacuno (yen menor medida equino) durante el verano.
Esto viene motivado por la sequía estival que presenta el clima gallego.
Por lo tanto, tenemos una utilidad evidente en este tipo de zonas, que sería tanto más provechosa cuanto que el contraste entre cuenca húmeda y terreno seco fuese más acusado.
Si tenemos en cuenta que, dados los testimonios que se recogen en el resto de Europa, la revolución de los productos secundarios resulta de una importancia capital en la época que nos ocupa (Sherrat, 1981(Sherrat, y 1987;;Harrison y Moreno López, 1985), y que las áreas de acumulación no parecen ajenas a ella (recuérdense las huellas de arado en A Lagoa), podemos concluir que más que a la caza, la instalación en torno a cuencas húmedas está motivada por la necesidad de pasto fresco para el ganado.
Más concretamente debemos referirnos al ganado vacuno, y no porque no existiese una explotación de ovicápridos o équidos (cuestión más que posible, aunque no dispongamos de indicios sobre ella), sino porque el grupo de los bóvidos es el que presenta unas mayores exigencias de alimentación.
Por todo ello, consideramos que la ganadería de bóvidos resulta decisiva a la hora de la elección de un lugar de asentamiento en esta época.
Lo que acabamos de decir no implica que ésta sea la única razón a tener en T. P., 51, n° 1, 1994 Fidel Méndez I'emández cuenta a la hora de la elección, ni que la ganadería vacuna sea un monocultivo en esta cultura.
Concedemos un valor adicional a la ganadería vacuna y es el de servir de mecanismo de aplazamiento del recomo y de acumulación de plustrabajo.
Este mecanismo vendría dado, en uno de sus extremos, por la cantidad de trabajo necesaria para mantener una cabaña ganadera estable, en términos de labores estivales.
Este trabajo estaría destinado a producir el alimento necesario para el ganado durante el invierno.
En el otro polo, habría que incluir los rendimientos que se obtienen de ese trabajo (fuerza motriz para el tiro, leche, carne, piel, etc.), productos, todos ellos, que constituyen el retorno aplazado de la inversión realizada.
Hemos señalado anteriormente que la zona donde se encuentra el yacimiento se utiliza en la actualidad, y en el sistema agrario tradicional, para el cultivo de roza, que probablemente sería muy parecido a los prehistóricos (Criado Boado, 1989a), y aunque 'técnicamente' no resulta imposible el establecimiento de campos permanentes de labradío, esta zona no es la más apropiada para ello, y por tanto no se dan en la actualidad.
Las huellas de arado mencionadas son perfectamente compatibles con una agricultura de este tipo, ya que, si bien las rozas pueden definirse como una 'agricultura de azada', la presencia de un arado ligero permitiría la ampliación de la superficie trabajada.
Por otro lado, la agricultura de labradío propiamente dicha no se introduce en Galicia hasta la época castreña o, como mucho, en algunas zonas en la parte final de la Edad del Bronce.
Esta última afirmación se deriva del hecho obvio de que una agricultura de campos permanentes debe ir indisolublemente aparejada a un tipo de hábitat permanente.
El interés por el mantenimiento de una cabaña ganadera estable ha de tener una motivación suplementaria a la meramente alimenticia, dado que la cantidad de alimento necesario para sostener una vaca es superior al producido por ésta.
Las motivaciones suplementarias vendrían dadas, en nuestro caso, por la necesidad de una fuerza de tiro y probablemente por la existencia de algún tipo de abonado.
Estas dos cuestiones constituyen innovaciones tecnológicas de primer orden.
Ello no quiere decir que postulemos la existencia de una agricultura de labradío en estos momentos, al contra- rio, proponemos el salto de la agricultura de roza primitiva a sus extremos más refinados y, probablemente, a su límite tecnológico, que la hará desembocar al inicio de la Edad del Hierro en una agricultura de campos permanentes.
El tipo de agricultura que proponemos utiliza el mismo tipo de terreno que la realizada anteriormente, si bien puede abarcar, con la misma fuerza de trabajo, una extensión más amplia y obtener un mejor rendimiento durante más tiempo, gracias al abonado proporcionado por el ganado.
Sin embargo, al cabo de, como mucho, tres o cuatro temporadas, se agotarían las tierras y habría que dejar paso a un ciclo regenerador.
De ahí la no permanencia del hábitat y la imposibilidad del labradío.
Concepto de Área de Acumulación
Recapitulando todo lo expuesto sobre la áreas de acumulación, podemos definir éstas como zonas relacionadas con pequeñas cuencas húmedas, situadas en terrenos de monte, aptos para el cultivo de rozas.
Estas zonas suelen ser periféricas respecto al valle principal y estar vinculadas a líneas de desplazamiento secundarias.
La ocupación en estas áreas ha sido intermitente y recurrente a lo largo de todo el II milenio (15).
La causa de su especial emplazamiento podría venir dada por la proximidad de zonas de reserva de pasto fresco durante el verano tanto como por la presencia en su entorno inmediato de tierras aptas para el cultivo de rozas, el cual podría ser realizado con arado ligero.
En su conjunto, el yacimiento se habría formado debido a la ocupación reiterada de pequeños grupos que basarían su subsistencia en una agricultura primitiva, aunque más 'refinada' técnicamente que la de las comunidades del Neolítico Final, en la que se incluiría una cabaña ganadera estable, fundamental para el desarrollo de algunos aspectos de este sistema agrícola.
En este sentido se puede hablar de la progresiva constitución de la comunidad campesina que no se conformará plenamente hasta (15) No creemos que este poblamiento pueda ser definido como estacional dado que, según el modelo propuesto, la habitación se mantendría a lo largo de varios años, mientras que un tipo de hábitat estacional se vincula a actividades que se realizan en una estación concreta.
En este sentido urge una definición clara de tipos de poblamiento en el que se diferencien nítidamente términos como: nómada, itinerante, trashumante, estacional, etc que se habiten los primeros castros en la Edad del Hierro.
EL CONTEXTO INMEDIATO DE LAS ÁREAS DE ACUMULACIÓN
Las áreas de acumulación representan una forma de apropiación del espacio, pero en la misma sociedad en que se inscriben existen otras manifestaciones relacionadas con el espacio y el paisaje (v.g. enterramientos y grabados rupestres), que debemos tener en cuenta en nuestro modelo.
Esto nos permitirá, de paso, observar el contexto inmediato de las áreas de acumulación.
Con estos dos elementos estaremos en disposición de realizar una lectura más completa del contexto socio-cultural de las áreas de acumulación.
En O Bocelo disponemos de dos tipos de enterramientos distintos para esta época y dada la evidencia disponible para el resto de Galicia, incluiremos un tercero.
El primer tipo al que nos referiremos es el túmulo funerario de pequeño tamaño, no preeminente en el paisaje, probablemente de enterramiento individual.
En O Bocelo este tipo se encuentra representado por el PA 28 (Criado Boado et alii, 1991), su posible adscripción a la Edad del Bronce nos ha sido facilitada por uno de sus excavadores (Criado Boado, como per.)
El segundo tipo es la cista funeraria sin túmulo formando 'necrópolis' con pequeñas fosas también sin túmulo (Meijide Cameselle, 1992) (16).
Por último, cabe la posibilidad de que existan enterramientos secundarios en túmulos construidos en épocas anteriores (Calo Lourido y Sierra Rodríguez, 1983: 67; Rodríguez Casal, 1988: 72 y 1983), como ocurre en otras zonas de Galicia.
(16) La necrópolis está situada en la parte más baja del valle del Furelos, en contraposición a los hábitats que se encuentran en lo alto de la Sierra de O Bocelo.
T. P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Aunque no tt: nemos constancia de su estricta contemporaneidad. no es ésta la cuestión que nos ocupa en este momento. sino el encontrar un hilo conductor que nos informe acerca de su tendencia general.
Este hilo conductor es que precisamente no existe una tendencia general clara en lo que a un tipo de enterramiento concreto se refiere.
Sin embargo. sí existen unas características comunes a los tres: la disminución ostensible de la monumentalidad de cualquier tipo de construcción con respecto a situaciones anteriores, pudiendo interpretarse algunos casos, casi como estrategia de ocultación (caso de las cistas); y la generalización del enterramiento individual.
Podemos suponer que ambas tendencias coinciden en la conversión de los muertos del grupo en antepasados, frente a la consideración de ancestros de que deberían ser objeto en época megalítica (Criado Boado, 1989b).
Por otro lado, si tenemos en cuenta la proliferación de objetos 'de prestigio' durante esta época tales como joyas de oro (17) o armas (18), nos encontraremos con que los elementos designadores del individuo se multiplican, siendo la primera vez en la Prehistoria del Noroeste que aparece tal fenómeno.
Esto podría interpretarse como el inicio de la división social según el eje del poder (Clastres, 1981) de un mecanismo rector de la sociedad distinto de ella misma, pero también como el último intento desesperado de que tal no ocurra, negando al que se designa como individuo diferenciado del grupo social, la posibilidad de extender 'su poder' más allá de la muerte, relativizándolo de este modo en vida.
En este último sentido, no debemos olvidar la pérdida de monumentalidad y por tanto de la presencia constante del muerto entre los vivos, que se daba en las sociedades megalíticas.
El proceso de constitución del individuo, no sólo es totalmente coherente con el de la división social, sino que ambos 10 son con el de la constitu-(17) Éstas aparecen representadas en nuestra zona de estudio por el tesoro de Monte dos Mouros y un brazalete ga-Ilonado de oro (Melide, A Coruña) (López Cuevillas, 1933: 48-63; López Cuevillas y Bouza Brey, 1929: 30; Pérez Outeiriño, en prensa y Balseiro García, 1992) con paralelos y relaciones en el resto de Galicia y en toda el área atlántica (Monte agudo, 1953; Hernando Gonzalo, 1983; Ruiz-Gálvez Priego, 1979y 1984) (18) Se ha encontrado un puñal de espigo en un abrigo dentro de una de las áreas de acumulación de la sierra de O Bocelo.
T. P., 51, n° 1, 1994 Fidel Méndez Fernández ción de la spciedad campesina que observabamas en las Areas de Acumulación.
El comentario sobre los enterramientos nos ha permitido hacer un puente entre O Bocelo y el resto del Noroeste.
De esta forma podremos adentrarnos en el ámbito habitacional de la Edad del Bronce Gallega.
A este respecto los datos utilizables son parcos y se concentran en tres zonas geográficas fundamentales: la península del Morrazo y aledaños, el Norte de Portugal y la Sierra de O Bocelo.
Los datos provenientes de los recientes trabajos arqueológicos, realizados con motivo de la construcción de la red de gasificación de Galicia y del Oleoducto Coruña-Vigo, han permitido descubrir un número elevado de yacimientos de este momento, sin embargo. estos datos son hasta ahora fragmentarios y por 10 tanto no los utilizaremos in extenso (19).
Podemos realizar una primera relectura de algunos aspectos a partir de las claves que nos aporta el concepto de las Áreas de Acumulación.
La pregunta inmediata es la de si los yacimientos en, estas zonas son del mismo estilo que los de las Areas de Acumulación o no. El yacimiento del que existe mayor información es el de O Fixón en la Península de O Morrazo, el cual ha sido objeto de diversas actuaciones arqueológicas y publicaciones parciales (García-Lastra, 1984; Suárez Otero, 1986y 1993y López García, 1984).
También se ha localizado una aguja de cabeza enrollada perteneciente a la Edad del Bronce Final (Suárez Otero, 1986: 34).
El yacimiento está situado a escasa distancia del mar en el interior de una cuenca bastante amplia, en la base de la cual se encuentra una zona húmeda.
En la actualidad el relieve original está enmascarado por la presencia masiva de dunas.
Evidentemente esta zona costera en la que muchos aspectos del poblamiento pueden estar condicionados por la presencia del mar no es comparable a la que hemos estudiado anteriormente.
Sin embargo, nos interesa destacar tres (19) Esto trabajos fueron realizados en virtud de un acuerdo entre la Dirección Xeral do Patrimonio Histórico e documental de la Consellería de Cultura de la Xunta de Galicia y la Universidad de Santiago, y fueron financiados por la primera institución y la empresa CLH.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es puntos.
Por un lado, la vinculación del yacimiento con una cuenca más húmeda que su entorno.
Por otro lado, la recurrencia de la ocupación a lo largo del tiempo, ya que (dejando de lado la cuestión del nivel precampaniforme que no nos incumbe en estos momentos) parece que va desde la introducción del campaniforme hasta, por lo menos, la Edad del Bronce Medio (Suárez Otero, 1993), con indicios de que se mantenga hasta la Edad del Bronce Final (Suárez Otero, 1986: 34).
El último punto reseñable es la gran extensión del yacimiento.
A pesar de la amplia cronología del yacimiento, el registro estratigráfico no indica una sucesión progresiva en la ocupación, ni las estructuras localizadas (agujeros de poste, hogares, alguna pequeña fosa, etc. (García-Lastra, 1984y Suárez Otero, 1993» parecen tener la entidad suficiente para que podamos hablar de un hábitat permanente.
La extensa documentación de Alto da Caldeira/Tapado da Caldeira/Bouc;a do Frade en Baiao (Norte de Portugal) (Jorge, S., 1980a(Jorge, S., y b, 1981(Jorge, S., y 1988)), permite su utilización como ejemplo habitacional de otra región del Noroeste.
En una zona cuyos extremos están separados por seiscientos metros lineales (Jorge, S., 1981: 69) están documentadas ocupaciones en las que se encuentran representados grupos cerámicos como el campaniforme, Cogotas J, Baióes o los vasos de largo borde horizontal (Jorge, S., 1980(Jorge, S.,: 35 y ss. y 1988: 90): 90).
Por otro lado, las dataciones realizadas en el conjunto de la zona abarcan desde el 1340 a.e. hasta el 760 a.e.
Sin embargo, la ocupación podría extenderse más allá del arco cubierto por las dataciones disponibles hasta el momento (Jorge, S., 1980a: 46), puesto que parece que no se han detectado en excavación estructuras vinculadas con el material campaniforme, por 10 que, al menos, esta ocupación no está dentro de las dataciones obtenidas.
Estos dos ejemplos permiten mostrar cómo la recurrencia, que no permanencia, de la habitación en una misma zona resulta común a todos los hábitats mencionados.
En el caso de O Fixón creemos que el interés en volver reiteradamente al mismo lugar puede ser justificado (20) Cierto que en este arco están representadas tanto estructuras de habitación como funerarias, pero en cualquier caso, la cronología de los enterramientos sería aplicable a zonas habitacionales.
por la presencia de la zona húmeda aludida anteriormente que constituye una reserva evidente de pasto fresco durante el verano.
La cuestión parece discurrir por los mismos de rroteros en el caso portugués citado ya que el conjunto de la estación se sitúa en una zona flanqueada por cuencas de recepción de pequeños ríos (Jorge, S., 1980a: 29), que si no individualmente, sí en su conjunto pueden aportar una reserva de pasto más que suficiente para el mantenimiento de una cabaña ganadera estable.
Junto a estos ejemplos, tenemos otros en los que se documenta al menos una ocupación singular: O Casal (Moaña) (Peña Santos, 1993) o Portecelo (O Rosal), cuyos excavadores proponen que el hábitat "aunque no fuese permanente, tampoco sería ocasional o pasajero" (Cano Pan y Vázquez Varela, 1988: 186), rasgo con el que estamos plenamente de acuerdo para cada una de las ocupaciones singulares de las Áreas de Acumulación, pero que necesita ser modelizado.
Para completar la visión que acabamos de ofrecer sobre los hábitats de la Edad del Bronce debemos mencionar un tipo específico de yacimientos que se ha venido denominando como de "fosas abiertas en el xabre" (Jorge, S., 1988: 91).
Bouc;a do Frade (una de las zonas de la estación portuguesa mencionada) es uno de los paradigmas de este tipo de estaciones, aunque presenta una peculiaridad: es el único que por el momento se relaciona claramente con otros momentos de la Edad del Bronce.
Otros casos parecen, en principio, desvinculados de otras ocupaciones: O Casal (Moaña) (Peña Santos, 1993).
Si nos atenemos a los datos proporcionados por Bouc;a do Frade, hemos de convenir que la inexistencia de una relación entre las otras estaciones y otro tipo de ocupaciones de la Edad del Bronce (ya estén éstas vinculadas a cerámicas de tipo campaniforme o a cualquier otro tipo de conjunto cerámico del segundo milenio) es meramente circunstancial, ya que el entorno de las estaciones mencionadas no ha sido prospectado intensivamente (21) ni estos casos estudiados exhaustivamente.
Otro de los puntos que nos gustaría comentar en términos generales es el fenómeno de los grabados rupestres o petroglifos con una dispersión fundamentalmente costera y meridional (21) Término que no es equivalente a prospectar repetidas veces (Criado et alii, 1988(Criado et alii,, 1989(Criado et alii, Y 1991) ) T. P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es (Peña Santos y Vázquez Yare\a, 1979: 10), aunque con algunas prolongaciones en el Norte y el interior del país, que coinciden con zonas bien comunicadas naturalmente con la anterior.
O Bocelo queda en una situación marginal con respecto al área nuclear.
El marco cronológico de estas manifestaciones cubre el de nuestras áreas de acumulación dado que aquellos se han datado entre el Eneolítico y la Edad del Bronce Final (Peña Santos y Yázquez Varela, 1979: 100-6).
Dos son las cuestiones principales que se nos plantean.
En primer lugar, debemos definir cuál es el contexto arqueológico de los petroglifos y más concretamente su relación con hábitats y/o enterramientos.
Por otro lado, es necesario calibrar si el hecho de que los grabados rupestres se concentren en una zona restringida de Galicia tiene una correlación en la variación de otros aspectos (tipo de hábitat, base subsistencial, etc.), pudiendo evidenciar unas tradiciones culturales distintas.
Lo cierto es que las preguntas planteadas no tienen una respuesta unívoca, sino que el camino a seguir es en ambos casos multidireccional.
En relación con la primera cuestión, resulta un tópico implícito y no formulado en la bibliografía gallega sobre el tema, el que los petroglifas no presentan una correlación clara con ningún otro tipo de yacimientos, ya sean éstos hábitats, enterramientos, etc. Este hecho quizá esté motivado por la tradición investigadora de los grabados rupestres que se centra con casi total exclusividad en cuestiones estilísticas, relación de motivos, distribuciones de éstos y cronología.
Sin embargo, cada vez se van encontrando más casos de relación entre los petroglifos prehistóricos y otro tipo de yacimientos, que rompen la imagen unidimensional que teníamos del arte rupestre (22).
Sí existen los yacimientos habitacionales relacionados con los petroglifos, aunque sean por el momento pocos los yacimientos y parcos los datos.
Algunas referencias vinculan de forma genérica algún yacimiento a una estación concreta de arte rupestre:
A pesar de ello. y hablando en términos genéricos, es ésta una cuestión en la que la escasez (que no falta) de datos se combina con la ausencia de trabajos interpretativos al respecto para ofrecer como resultado el estancamiento en el conocimiento.
En 10 que se refiere a nuevos aportes de evidencia empírica. las labores de seguimiento y control arqueológico de la construcción del oleoducto Coruña-Yigo. nos han permitido documentar yacimientos habitacionales relacionados con grabados rupestres que resultan enormemente prometedores.
Sin embargo por mencionar casos de yacimientos conocidos, citaremos el de O Fixón, que constituye un caso claro de coincidencia espacial y cronológica entre yacimientos tipo A Lagoa y petroglifos.
La relación entre los grabados rupestres y el hábitat no se reduce a la mera proximidad (Suárez Otero, 1993).
Si ampliamos un tanto nuestra perspectiva respecto al yacimiento, veremos que existen grupos de grabados (Patiño Gómez y Nares Soliño, 1987: 24-6; Suárez Otero, 1979; García Alén y Peña Santos, 1981) que rodean la cuenca asociada, 10 cual refuerza la impresión de que, al menos para sus autores, es una unidad significativa.
Además de esto, las zonas sondeadas del yacimiento se sitúan muy próximas de los petroglifos de Mogüelos (Suárez Otero, 1993).
En éstos se representan dos escutiformes y un puñal que ha sido datado en una etapa avanzada de la Edad del Bronce (Peña Santos y Vázquez Yarela, 1979: 91).
Resumiendo, nos encontramos ante un yacimiento del estilo de las Áreas de Acumulación, con la particularidad de que la cuenca asociada está 'delimitada' por petroglifos que cronológicamente muy bien pudieran coincidir con el hábitat.
Respecto a la segunda pregunta planteada anteriormente, es obvio que la presencia o ausencia de petroglifos representa un acceso distinto al espacio (Criado Boado, 1993a: 32-4), dada la característica eminentemente visual y espacial de estas manifestaciones; en este sentido se puede afirmar que nos encontramos ante dos tradiciones distintas.
Sin embargo, los yacimientos tipo Área de Acumulación (AA) y las áreas con petroglifos no parecen responder a condicionantes absolutamente dispares, puesto que, como hemos visto, se dan casos de convivencia de unos y otros.
No queremos decir con esto que así se agoten, ni mucho menos, las posibles interpretaciones del problema, sino más bien al contrario, pues junto a esta lectura parcial pueden surgir otras muchas que poco a poco vayan eliminando el problema.
Es cierto que el entorno de los yacimientos del tipo de A Lagoa es muy apto para determinadas actividades relacionadas con el ganado, pero esta circunstancia no debe de hacernos olvidar el hecho de que también lo son para el desarrollo de una agricultura de azada o de arado ligero.
También se debe valorar el hecho de que tanto en A Lagoa como en otros yacimientos de su entorno geográfico y cronológico es común la aparición de molinos (por ejemplo en Fixón y Portecelo -véase Suárez Otero, 1993; Cano Pan y Vázquez Varela, 1988: 184).
Sacamos esto a colación dado que algunas interpretaciones del arte rupestre relacionan a éste con actividades venatorias, punto con el cual no estamos, en principio, en desacuerdo (23).
Lo que resultaría verdaderamente inverosímil sería considerar los grabados como la manifestación de una cultura entregada por entero a la caza y el pastoreo dadas las evidencias de cultivos (huellas de arado, polen de cereal datado en épocas anteriores a estos yacimientos, presencia de molinos en los yacimientos de estos momentos, etc.), las condiciones del emplazamiento y los datos registrados para la época en yacimientos peninsulares y europeos contemporáneos.
Creemos en cambio que, al menos una parte significativa de los petroglifos, se relacionan con yacimientos del tipo que hemos examinado en O Bocelo, y que por tanto su base subsistencial incluye, como componente fundamental, una agricultura de un tipo 'primitivo evolucionado' a la que se añadiría un componente ganadero que, en algunos aspectos, es fundamental aunque ello no implique un tamaño desmesurado de la cabaña, ni tan siquiera que el aprovechamiento directo (alimentario) del ganado suponga el primer orden dentro de la base subsistencial de la época.
Este modelo no es incompatible con un aprovechamiento, incluso intenso, de los recursos venatorios, aunque sí con una consideración exclusiva de éstos en términos de base subsistencial.
Pese a las correspondencias o paralelismos que se puedan estahlecer entre las diferentes situaciones que de forma fragmentaria se empiezan a documentar, los extremos estudiados para el conjunto de Galicia desemhocan en una conclusión clara: no existe un paisaje de la Edad del Bronce en Galicia, sino diversos paisajes que, en algunos casos, vienen dados por distintas comhinaciones de aspectos diferentes.
Comienza a ser urgente analizar estas variaciones de cara a estahlecer una comarcalización (24).
En el polo opuesto se ha podido ver que existen multitud de aspectos comunes a todos estos paisajes y que, en definitiva, en ocasiones resulta rentable remontarse sobre los aspectos parciales y diferenciadores para centrarse en aquellos otros que pueden informarnos acerca de las tendencias generales.
En definitiva, al final de nuestros caminos descubrimos que éstos unicamente nos conducían, como casi siempre, al inicio de muchos otros. |
El presente artículo describe una experiencia de reducción de hierro realizada en Dinamarca en una reproducción de horno vertical basada en hallazgos datados en la II Edad del Hierro danesa.
Igualmente, se realiza un encuadre teórico de dicha experiencia, tanto desde el punto de vista químico como del arqueológico, y se in-'luye un examen metalográfico del hierro obtenido cara (1) Quiero expresar mi agradecimiento a la Dirección
La reducción del hierro es uno de los aspectos al que se ha prestado más atención dentro del campo de la arqueometalurgia.
Se ha logrado alcanzar una serie de avances muy claros en el conocimiento de las técnicas de reducción en la Antigüedad, lo que no quiere decir, en absoluto, que este conocimiento sea suficiente ni esté exento de controversias.
Una de las vías más interesantes seguidas por la investigación ha sido la de la experimentación.
En este trabajo se pretende describir una de estas experiencias, en la que se tuvo la oportunidad de participar durante una visita de trabajo de seis meses al Departamento de Prehistoria de la Universidad de Aarhus (Dinamarca), centro que cuenta con una larga tradición en la realización de trabajos de arqueología experimental.
Consistió en una reducción de hierro empleando una reproducción de horno vertical (también llamados a veces, por traducción literal del inglés, horno de chimenea), realizada en la primavera de 1990 en el Museo de Moesgaard (Aarhus, Dinamarca).
Este experimento formaba parte de un proyecto más amplio dirigido por el profesor Joorgen Lund del Departamento de Prehistoria de la Universidad de Aarhus, quien habrá de publicar todos los datos cuantitativos relativos a esta práctica.
Por mi parte, una vez en España, realicé un estudio metalográfico del metal obtenido en el Laboratorio de Química Inorgánica de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Valladolid bajo la dirección del Dr. Jesús Martín Gil.
Se pretende ahora describir dicha experiencia enmarcándola en otros dos aspectos básicos: el teórico y el cultural.
Con todo ello, se quiere dar un encuadre que pueda servir de aproximación a la consecución de hierro metal en la Prehistoria, encuadre que, por su carácter técnico, puede ser válido no sólo para el Norte de Europa sino también para la Península Ibérica y, por tanto, puede complementar los todavía escasos estudios del hierro en España realizados desde el punto de vista de la arqueometría, como los de Keesmann y Niemayer (1989), Madroñero de la Cal (1989), Hernández y Murillo (1985), los recientemente publicados por la Universidad de Murcia (Arana et alii, 1993), o como el que están realizando desde Salamanca el Dr. Angel Esparza Arroyo T. P., 51, n° 1,1994 Francisco Javier Sarabia Herrero Y D. Javier Larrazábal Galarza en el N-O del Valle del Duero.
El artículo ha sido estructurado en tres partes (teórica, experimental y metalográfica) incluyéndose una serie de aclaraciones relativas a los fundamentos químicos de la reducción y al período histórico al que corresponden los modelos empleados para la reconstrucción.
PRINCIPIOS TEÓRICOS DE LA REDUCCIÓN
Se puede definir la reducción de diferentes formas de acuerdo con el punto de vista que se tome.
Propiamente, supone la ganancia de electrones por parte de una especie química (mientras que la oxidación sería la pérdida).
Puesto que en todos los compuestos de interés metalúrgico los metales se encuentran en estados de oxidación positivos, el proceso último a realizar es siempre una reducción.
Pero también puede decirse que la reducción es el proceso que implica la pérdida de moléculas de oxígeno por parte de compuestos que contengan átomos metálicos, o bien, simplemente, que es aquél proceso cuyo resultado es la consecución de metal puro a partir de un mineral.
Constituye, con la forja, una de las etapas fundamentales en que se puede estructurar la realización de manufacturas de hierro durante el Mundo Antiguo.
Una primera aclaración importante es que ambos procesos implican la producción de escoria (y, por tanto, su presencia en un yacimiento no basta para poder concluir que en él se realizasen procesos de reducción).
Las escorias primitivas suelen ser predominantemente fayalitas (2FeO.Si0 2, un silicato de hierro) con cantidades variables de wüstita (FeO) y una matriz vítrea, los tres con un eutéctico a 1170° C, que puede absorber pequeñas cantidades de elementos como MnO, CaO, A1 2 0 3, etc., que no modifican el punto más bajo de fusión en más de ± 50° C (Tylecote, 1986: 129 y 130).
El interés de las escorias es grande, ya que mientras la composición de los hierros en bruto suele ser bastante parecida independientemente del tipo de horno, la de las escorias sí que está más influída por el horno que por la composición original del mineral (Rostoker y Dvorak, 1990: 153).
Otro aspecto que no debe olvidarse es que la reducción no puede ser identificada con fusión.
La primera es un fenómeno químico que im-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es plica un cambio en la composición molecular, mientras que la segunda es un mero cambio de estado sin variación en la composición.
En el caso del hierro, nunca llegó a fundirse en el Viejo Mundo como muy pronto hasta la Edad Moderna (en general, hasta la Revolución Industrial).
No es el único caso de reducción en sólido que se dio en la Prehistoria: algunos autores (Budd el alii, 1992: 5) creen que el cobre también fue reducido en algunos momentos sin llegar a la licuación.
El hierro puede ser reducido a unos 800°C, muy por debajo de su punto de fusión (a 1536°C).
En estas condiciones, uno de los problemas principales es la ganga del mineral, que debe ser eliminada por medio de creación y licuación de escoria a altas temperaturas (unos 1l00°C).
Dado que la reducción tiene lugar por debajo del punto de fusión, el lingote de hierro bruto que se obtiene al final se produce por crecimiento de cristales de hierro en estado sólido.
Por ello es fundamental ir eliminando todo aquello que pueda impedir la formación de un único bloque de hierro (es decir, la ganga) y es también por este motivo que el resultado es una especie de esponja con inclusiones de escoria.
Algunos autores (Tylecote, 1986: 129) consideran que en los hornos más antiguos es gracias al hierro aportado por el propio mineral que la escoria bajaba su punto de fusión (sílica y alúmina, sus componentes principales, tienen una fusión en torno a los 1700°C) quedando por debajo de los 1200°C. Esto implica que gran parte del hierro pasaba a la escoria y, por tanto, según Tylecote, se trata de procedimientos muy ineficaces desde un punto de vista moderno, explicándose así que en el s. XVII y en adelante hubiera un comercio de escorias antiguas como mena: en ese momento, los hornos podían alcanzar temperaturas más altas y usar grandes cantidades de cal como fundente en vez del hierro, resultando una escoria con un punto de fusión en torno a los 1400°C.
Sin embargo, las suposiciones de Tylecote pueden dar lugar a confusión si se consideran aisladas.
Para intentar entender la naturaleza de los procesos que estamos comentando necesitamos considerar siquiera someramente una serie de principios de la Termodinámica Física.
Es fundamental tener presentes los diagramas de energía libre o de Ellingham (Fig. 1).
Los diagramas de Ellingham representan gráficamente las energías libres tipo de formación de óxidos metálicos a diferentes temperaturas.
En ellos se puede ver que, en general, la estabilidad termodinámica de los óxidos disminuye al aumentar la temperatura, al tiempo que se puede obtener una secuencia de estabilidad de los óxidos metálicos trazando una línea vertical a cualquier temperatura: un metal que forme un óxido metálico más estable aparecerá más abajo en el diagrama y será un agente reductor potencial para un óxido menos estable.
De todas formas, el oro y otros metales preciosos pueden existir nativos, y sus óxidos pueden ser reducidos sin que intervenga otro elemento simplemente por calentamiento a las temperaturas en que sus energías libres de formación se hacen iguales a cero.
Para entender la función de los agentes reductores hay que recordar que en una reacción redox (es decir, de oxidación-reducción) mientras un elemento se libera de moléculas de oxígeno y se reduce (en el caso que nos ocupa, el hierro), otro (generalmente el carbono) experimenta el fenómeno contrario y se oxida.
El carbono es el agente reductor más importante.
Es capaz de reducir cualquiera de los metales de interés en Arqueología con tal de que se proporcione una temperatura suficientemente alta.
También es necesario que éstos se encuentren formando óxidos y no sulfuros, ya que la entalpía de formación del disulfuro de carbono es endotérmica (mientras que los sulfuros metálicos son sólidos muy estables) lo que hace del carbono un agente muy poco adecuado para reducir sulfuros.
De todas formas, el oxígeno (que forma el 50% de la corteza terrestre) se encuentra naturalmente asociado con muchos metales y es fácil obtener óxidos metálicos de las menas naturales mediante un simple proceso de tostado o calcinación.
El carbono forma dos óxidos: el monóxido de carbono (CO), cuya formación se va haciendo más favorable con el aumento de la temperatura (lo que queda representado en el diagrama de Ellingham por una línea de pendiente negativa), y el dióxido de carbono (C0 2 ), más estable a bajas (con una línea de pendiente casi nula).
De ellos, el CO es el agente reductor más activo por debajo de los 760° C, mientras que a -"" -,:---F'"'---..-----;-k:;:::::y ",+1. f,, " "',..
1!:6;~>¡;--~p'" ¡:::'¡;;'.O' ~.?_:;::::.:::; 1"•0".L::. ---Ca"usda ------6masI --------::.:: Gilchrist (1989).
Los estados tipo son las fases puras condensadas y los gases a una atmósfera de presión.
Las escalas para los valores de P02 y CO/C0 2 están indicadas en el margen derecho y radiando hacia los focos marcados en el eje de Temperaturas.
Allí donde no se conocen los valores con exactitud, o donde su inclusión pudiera dar lugar a confusión, se indica el óxido con su fórmula en el valor aproximado de 00 a O °c.
T. P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es partir de esa temperatura lo es el C. Este hecho puede ser de gran utilidad para entender el funcionamiento de los hornos prehistóricos, aunque no debe caerse en el error de pensar que las cosas son tan sencillas: todo lo que estamos diciendo está basado en la termodinámica, y no tiene en cuenta otro gran número de factores como la cinética o la porosidad de los sólidos.
Con todo, podemos usar como referencia un modelo para la reducción moderna como el siguiente (Faust, 1986: 78):
El aire inducido, con una temperatura en torno a los 1000 0 C, reacciona con el carbón para producir monóxido de carbono.
La temperatura de la llama ronda los 2200 0 C. La formación del monóxido de carbono a partir del dióxido de carbono se completa aproximadamente un metro por encima de las toberas.
La reducción empieza en lo alto del horno, a una temperatura en torno a los 450 0 C. Primero, la hematita se reduce a magnetita, y a partir de aquí a wüstita.
La reducción se completa a temperaturas por debajo de los 900 0 C, lográndose reducir tan sólo el 65% del FeO (así se explica la riqueza de hierro de las escorias antiguas).
El resto de FeO se reduce por encima de los 1000 0 C (recuérdese que en la actualidad los altos hornos superan el punto de fusión del hierro, a 1.500 0 C) de acuerdo con la ecuación:
Al mismo tiempo, también es interesante recordar que, tal y como se deduce del examen de algunos hornos, a veces el proceso fue demasiado lejos, produciéndose cantidades considerables de carburo de hierro (Tylecote,1.987: 152)
LA REDUCCIÓN EXPERIMENTAL: ENCUADRE mSTÓRICO
Las fuentes fundamentales para el estudio de la metalurgia del hierro son las escorias (de re-ducción y de forja) y las piezas terminadas (Mc-Donnell, 1989: 373) pero ésto no debe hacernos olvidar la información que viene de los restos de hornos y de la arqueología experimental.
Esta última ha girado fundamentalmente en torno al cobre y hierro, mientras que se ha trabajado muy poco en otros campos como los otros metales o, aún menos, los minerales sulfurosos.
Los primeros trabajos se centraron fundamentalmente en el estudio del cobre.
Deben destacarse los de Cusishing, a finales del s. XIX, y los de Gowland, a principios del s. XX.
El examen de los restos romanos de trabajo de hierro en los años treinta motivó reconstrucciones que permitieran comprender ese material, estando entre las primeras las de Gilles en Alemania en los años cincuenta, seguido de Wynne y Tylecote en Inglaterra, al tiempo que en el campo de la Antropología se trataba de registrar técnicas de trabajo casi perdidas en Africa y Asia antes de que cayesen en el olvido.
De gran interés han sido las experiencias realizadas en Polonia, en Nova Slupia (Nosek, 1985: 166), y en Dinamarca, donde se ha llegado a crear una tradición cultural valiosa por sí misma.
Ambos centros han dejado bien claro que es necesario una gran habilidad y que la clave del éxito está en la manipulación del contenido.
La realización de éstos y otros trabajos sobre el hierro desde la 11 Guerra Mundial ha hecho aumentar considerablemente nuestra comprensión del problema, hasta el punto de que Tylecote y Merkel (1985: 13) llegaron a afirmar que para muchos es hoy más familiar la reducción del hierro que la del cobre.
Con todo, autores como Budd y otros (1992: 1), hablando de la reducción en los comienzos de la metalurgia, se quejan todavía del excesivo hincapié en los análisis puramente composicionales, lo que, por un lado, deja relativamente poco comprendidas las técnicas prehistóricas de manipulacion y extracción del metal y, por otro, da lugar a unos modelos que empiezan a resultar incompatibles con algunos de los trabajos que están volviendo a centrarse recientemente en la metalurgia extractiva y la producción de piezas.
TIPOS DE REDUCCIÓN Y TIPOLOGÍA DE HORNOS
Rostoker y Dvorak (1990: 153) reconocen tres procesos a lo largo de la historia para la T. P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es consecución de hierro bruto.
El primero, la fragua catalana, consiste en la reducción directa en fase sólida del mineral lográndose un metal con un alto contenido en carbón.
Este sistema pervivió en algunas regiones hasta el s. XX (aunque estaba ya en desuso en Europa y Norte América a mediados -finales del s. XIX).
Con el segundo tipo, con horno de afino, se lograba una colada de hierro fundido prácticamente descarburizado, por lo que sólo se desarrolló una vez que el paso de mineral de hierro a hierro colado fue comercial (se considera que el inicio de este tipo de producción a escala comercial en Europa es rastreable ya a inicios del s. XVI).
La tercera técnica fue el pudelado, desarrollada a finales del s. XVIII en Inglaterra y que desplazó a los otros dos sistemas.
Suponía un abaratamiento de costes en la obtención de un metal de primera fundición similar al obtenido por el segundo método.
Las condiciones del horno en que se efectúe la reducción (durante la Prehistoria, por supuesto del primer tipo descrito en el párrafo anterior) han de ser muy reductoras para evitar la reoxidación del hierro ya reducido.
Tanto es así, que es en ello en lo que se basa Tylecote (1986: 124) para explicar la aparición tardía del hierro en la historia de la metalurgia.
También según este autor (Tylecote, 1987: 151) esta exigencia, junto con el hecho de que el metal no llega a fundirse, no sólo da lugar a dificultades de trabajo sino tal vez incluso a una nueva filosofía en la que la forja era un requisito imprescindible para consolidar el hierro reducido y eliminar la escoria residual (frente a lo que pasaría a finales de la Edad del Bronce, momento en que poca forja habría sido necesaria), aunque ésto es algo todavía por evaluar propiamente.
En 1956, H. H. Coghlan publicó un intento de clasificación de estos hornos en base simplemente a un criterio morfológico (Coghlan, 1956: 86).
Él reconocía tres tipos: un horno formado por un simple hoyo en el suelo, un horno cupuliforme y el vertical.
También pensaba que habría que incluir la diferenciación entre ventilación inducida o forzada con fuelles.
De todas formas, él mismo reconocía que los últimos hallazgos suponían una cantidad confusa de tipos.
R. F. Cleere (1972) revisó esta clasificación, que ya daba bastantes problemas, entre ellos el de considerar la posibilidad de un hoyo abierto T. P., 51, nO 1, 1994 Francisco Javier Sarabia Herrero como horno, cuando los experimentos realizados por Tylecote en los años cincuenta demostraron ya que tan sólo cuando el hoyo estaba cubierto se podía llevar a cabo la reducción (Cleere, 1972: 10).
Si seguimos a Cleere (1972: 21 a 23), se puede encuadrar una descripción de un horno. especificando forma, emplazamiento del fuego y la manera de eliminar la escoria (ésta es probablemente su aportación principal).
La clasificación de Cleere (Fig. 2) consta de un complejo cuadro de grupos y subgrupos que tampoco llega a cuadrar totalmente (tal vez por su excesiva atención al aspecto formal de los hornos).
Distingue primero entre hornos sin y con sistema de extracción de escoria.
Los primeros caracterizados por no extraerse la escoria del horno durante el proceso, tener el hogar por debajo del suelo y funcionar con ventilación forzada; y los segundos por tener sistema de extracción de escoria, el hogar al nivel del suelo y constar de una superestructura.
Después, subdivide entre hornos con superestructura cilíndrica (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es o sin ella, para el primer caso, y cuatro subtipos en el segundo según tuvieran una superestructura cilíndrica o hemiesférica y según tuvieran o no ventilación por fuelles.
En principio, el tipo de los Montes de Santa Cruz sería el A-U de Cleere, mientras el caso de Moesgaard no acaba de encajar ya que no tiene salida de escoria al exterior, pero su zona de trabajo queda por encima de la superficie del suelo (y no por debajo, lo que constituye una de las características de los tipos A).
Tylecote (1987: 151) simplifica la clasificación, se limita a hablar de hornos de cuenco y vertical, y acepta tan sólo una diferenciación de tipos por tener o no salida de escoria al exterior.
Es una clasificación más genérica que la de Cleere pero que puede resultar más útil al dejar más sitio para consideraciones tecnológicas (que él no llega a incorporar, por otro lado).
De hecho, sus estudios permiten encuadrar mejor el tipo de horno con que se experimentó en Moesgaard.
En cualquier caso, no se puede esperar una única explicación válida para todos los casos, a pesar de que cuanto se diga debe poder corresponderse con la referencia única del comportamiento teórico de los materiales dado por las Ciencias Naturales.
No estamos sólo ante una difusión de tipos al estilo tradicional de la arqueología, sino que además tenemos una adecuación de técnicas aprendidas con distintas variantes locales (cuyos motivos pueden ser muy complejos ).
En su búsqueda de paralelos, Tylecote y Merkel (1985: 9) llegan a hablar de un "paralelismo interesante" entre hornos nórdicos y un tipo de horno de cuenco de los burundi, en Africa Oriental.
Pero no deja de quedar la duda de si no se tratará de un caso similar al que se podría hacer entre los hornos nórdicos y los verticales de los hoya, al NO de Tanzania (Schrnidt, 1983: 421), también con un parecido morfológico grande pero con sistemas de funcionamiento muy diferentes como pone de manifiesto el que el hierro se mantiene en estado sólido en el caso danés, mientras que se defiende la licuación en el caso africano (Schmidt, 1983: 425).
En definitiva, se trata de cuestiones de tecnología que dejan unas huellas muchas veces difíciles de interpretar, y que resultan cuando menos complejas de tratar desde un punto de vista tipológico tradicional, sin contar con su técnica de trabajo.
EL HORNO VERTICAL CON HOYO DE ESCORIA
En general, estos hornos se caracterizan por tener un escorial enterrado, en vez de una salida externa de escoria, sobre el que se encuentra una "chimenea" de arcilla refractaria que constituye el horno en sí.
La zona principal de combustión queda en la base de esta chimenea, por encima o ligéramente por debajo del nivel del suelo según el tipo concreto de horno de que se trate.
La reconstrucción con que se trabajó en Moesgaard (Fig. 3) consistía en un hoyo invasado de planta circular excavado en el suelo, cerrado por un anillo modelado en arcilla refractaria cuya función era permitir que la escoria fundida bajara al escorial al tiempo que mantenía el hierro ya reducido en la zona superior, facilitando así la separación de ambos (este estrangulamiento del espacio disponible no se ha encontrado en la documentación manejada sobre los otros tipos mencionados).
Por encima se construyó una chimenea troncocónica de ca.
1'10 m. de altura con cuatro perforaciones en la base de ca.
4 cm. de diámetro situadas en los extremos de los ejes ortogonales de la circunferencia de base.
En los hornos de este tipo, se deja que combustible y mineral, generalmente dispuestos en T. P., 51, na 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es estratos, vayan bajando juntos por la chimenea del horno (como punto de comparación, puede recordarse que el tipo de horno catalán trabaja con el mineral en un sitio y el combustible en otro, sin darse ningún tipo de alternancia).
Según Tylecote (1986: 130), una de las ventajas del horno vertical es que puede funcionar con corriente natural de tener la altura suficiente.
El principio es bien simple: el aire asciende por la diferencia de densidad que se produce entre el aire frío y el caliente; cuanto mayor sea la diferencia de temperatura y más alta sea la columna, mayor será el flujo que se consiga.
Haynes Cleere (1970) encontró que se puede alcanzar una temperatura de hasta 1150°C en el fondo de un horno de sección cuadrada de 22 cm. de lado y sólo 25 cm. de altura.
Ahora bien, el carbón y el mineral entorpecen la corriente, y hay que aumentar la altura para mantener el mismo flujo.
Tylecote da también como prueba de la bondad de ésto el que la mayoría de los hornos usados por los primitivos actuales tienen una altura de 2-3 m.
Por lo general, sólo se documenta arqueológicamente la parte enterrada, el hoyo, siempre relleno por un cilindro de escoria (la llamada schlackenklotz).
Tal vez el yacimiento más famoso con documentación de este tipo sea el de los Montes de Santa Cruz, al SO de Varsovia (Nosek, 1985).
Se trata de una enorme región de reducción de hierro (sometida a investigación sistemática desde 1955) que ha aportado cerca de 3.000 yacimientos relacionados con la reducción del hierro, cada uno con una media de unos 100 hornos (el yacimiento más grande tiene hasta 123).
Se han excavado unos 120 de ellos, fechándose en los primeros cuatro siglos de nuestra Era.
Las excavaciones han permitido determinar dos tipos de taller (Nosek, 1985: 165 a 166): en unos casos se trata de hornos pequeños distribuídos aleatoriamente entre los lugares de habitación.
En otros se trata de grandes zonas preparadas para la reducción: aquí, los yacimientos consisten en escoriales dispuestos paralelamente en filas generalmente con un espacio vacío en medio formando una especie de pasillo, y una media de tres hornos a cada lado de dicha zona libre.
El origen de estos escoriales está en la destrucción del horno para sacar el hierro bruto una vez terminada la reducción, dejándose la escoria in situ; para un nuevo proceso de reducción, se construía otro horno al lado de T. P., 51, nO 1, 1994 Francisco Javier Sarabia Herrero donde estuvo el anterior.
Otro yacimiento que ha proporcionado hornos muy similares a los polacos es Blansko, en Checoslovaquia (Souchopová, 1989: 150).
Sinembargo, este caso (que responde bastante bien al tipo A2 de Cleere) también pueden encontrarse diferencias, como las "abrazaderas de tobera" que, como se ve en Velkomoravske, funcionaban como una boca cónica que facilitab a la inserción de la tobera.
El caso danés es muy similar a los dos ya mencionados, como se puede deducir de las descripciones que se han ido dando.
Las reconstrucciones que se hacen hoy en Dinamarca están basadas en la que hizo Thomsen en 1963 (Fig. 3), modificada fundamentalmente reduciendo la profundidad y la forma del escorial.
Los hallazgos de hornos de este tipo se sitúan fundamentalmente en la zona Occidental de Jutlandia, claramente relacionados con la mayor concentración de limonita o hierro de pantano.
Un ejemplo de la excavación de estos hornos es el que da Liv Appel (1986) hablando del yacimiento de Maglegaard.
Su cronología los sitúa en los cuatro primeros siglos de nuestra era, al igual que otro tipo de horno, más pequeño, con planta de herradura y chimenea baja, y del que no hablaremos ya aquí, que se vincula con la explotación de menas de reducido tamaño esparcidas por otras zonas del suelo danés.
La experiencia realizada en Moesgaard se vincula, precisamente, al estudio e intento de comprensión de esos hallazgos de hornos verticales con hoyo de escoria.
Antes de describir la reducción experimental en la que se tuvo la oportunidad de participar, puede ser conveniente recordar algunos aspectos de la Edad del Hierro en Dinamarca, dado que el concepto que hay detrás de ella es muy diferente cronológica y culturalmente al que encierra para la Prehistoria Española.
Una referencia más amplia puede encontrarse en Joorgen Jensen (1982) o en Lone Hvass (1980); para aspectos puntuales puede usarse el diccionario arqueológico de Hedeager y Kristiansen (1985).
En sentido amplio, la Edad del Hierro (Jerna/der) se fecha entre el 500 a.e. y el 1050 d.e.
(Cristianización y unificación de Dinamarca), y suele dividirse de dos formas.
De acuerdo con una de ellas, se habla de cuatro períodos: el Preromano (500 a.e. hasta el cambio de Era), el R omano (hasta el 400 d.C.), el Germánico (hasta el 800 d.C.) y el Viquingo (800-1050 d.e. ). y de acuerdo con la otra, se agrupan esos cuatro períodos de dos en dos dando lugar a una Alta y Baja Edad del Hierro.
Nos centraremos en el primero de los períodos de esta segunda clasificación.
En torno al 500 a.C. parece detectarse una crisis que deja paso, en los siglos siguientes, a una sociedad agraria con un potencial considerable de expansión, identificándose para el cambio de Era en toda Dinamarca síntomas claros de crecimiento económico que culmina en los ss.
111 y IV con la aparición de aldeas formadas por granjas con una economía diversificada que proporcionaba buenas posibilidades para las actividades secundarias.
Uno de los cambios más importantes tuvo lugar en la estructura de las aldeas, de carácter móvil dentro de una área de explotación bien definida, lo que permitía una mejora de la tierra con la basura humana de la ocupación anterior (como puede verse en Groontoft, NO de Jutlandia).
El comercio también fue importante (Dinamarca estaba vinculada a una amplia red de intercambio desde el 11 Milenio a.e.), con competitividad entre centros locales, cambios de rutas comerciales y de focos de comercio paralelos a cambios de centros políticos y a numerosos intentos de unificación (este proceso dará lugar, ya en el Período Viquingo, a la aparición de los primeros centros urbanos con el consiguiente desarrollo de la actividad artesanal).
Otro aspecto destacable son las ofrendas, tanto de objetos (baste recordar el famoso caldero de Gundestrup) como sacrificios humanos.
En cuanto al hierro, las primeras huellas de minería se remontan a los ss.
Se trata de explotaciones de hierro de pantano, muy abundante en el Sur y Oeste de Jutlandia, introduciéndose un cambio fundamental en la metalurgia danesa, hasta entonces absolutamente falta de materia prima.
Durante los primeros cinco siglos de la Edad del Hierro, la extracción debió ser modesta, teniéndose que complementar con importaciones.
Al principio, se realizan sólo pequeños objetos como agujas; las fíbulas de hierro empiezan a aparecer hacia el 200-100 a.e., y no es hasta el cambio de Era que los objetos grandes empiezan a hacerse frecu entes.
El desarrollo de la producción de hierro tuvo lugar a partir del s. II d.e. en relación con mejoras técnicas como el horno vertical, que se seguirá usando hasta mediados del 1 Milenio.
Estos hornos suelen aparecer en grupos, como en Drengsted, donde se llegó a encontrar hasta doscientos de ellos.
LA REDUCCIÓN EXPERIMENTAL DE HIERRO
La experiencia de Moesgaard es similar a otras realizadas sobre hornos del mismo tipo en países como Checoslovaquia (Souchopová, 1989) o Polonia (Nosek, 1985), y, al igual que en estos casos, cubre no sólo un aspecto científico, sino también divulgativo y de entretenimiento (en Nosek, 1.985: 169 llega a tocar incluso lo publicitario).
El trabajo consistió en reducir mineral de hierro en dos hornos verticales forzando el soplo en uno con fuelles dobles y en otro con una bomba de aire.
Se empleó limonita como punto de partida (éste es el mineral empleado en la Prehistoria Danesa).
Esta se obtuvo en las tierras del Oeste de Jutlandia y se llevó a Moesgaard en bloques, tal y como los sacó la pala, y aún con restos de vegetación (recuérdese que se trata de mineralizaciones de superficie).
En los experimentos polacos (Nosek, 1985: 166) el mineral empleado fue hematita mezclada con dolomita, siderita y pyrita, mientras que en el caso checo (Shouchopová, 1989: 150) era limonita y hematita (encontradas en los alrededores de los yacimientos) mezcladas con mineral de alto contenido en hierro, proporcionado por una empresa moderna, para evitar un fracaso de la experiencia por pobreza de mena.
La primera labor fue proceder al tostado o calcinación del mineral.
Para ello se dispuso una plataforma de troncos en un espacio llano y abierto sobre la que se colocó el mineral cubierto con más leña, y se le prendió fuego.
Es decir, se procedió a un mero calentamiento del mineral en atmósfera oxidante.
Según Tylecote (1987: 53), es indiferente hacer el tostado sobre plataformas de leña al aire libre o bien en pequeñas hondonadas.
Después de la Edad Media, se usaron ya hornos más per-T.
P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es manentes para el tostado (ver, por ejemplo, Linsley y Hetherington, 1978), pero lo realmente importante es facilitar al máximo la corriente de aire (si bien no hace falta usar fuelles, ya que el rango de temperaturas necesario es de tan sólo 500-800• C).
Es difícil creer que en la Antigüedad se supiera lo que realmente pasaba durante la calcinación, pero sus beneficios son muy claros, y probablemente pueda considerarse como usual en la tecnología metalúrgica antigua.
Ya en el caso del cobre algunos minerales, como los sulfuros primarios con arsénico no pueden ser reducidos directamente sino que es necesario una calcinación que convierta los sulfuros en óxidos metálicos (Budd el alii, 1992: 4).
Por otro lado, los carbonatos también mejoran y se consigue el secado del mineral así como aumentar su porosidad (con lo que se permite una mejor penetración de los gases reductores).
Los bloques de mineral que se obtuvieron al final presentaban un aspecto poroso, seco y fácilmente deleznable.
Se procedió a desmenuzarlos con un martillo con el fin de conseguir fragmentos inferiores al tamaño de medio puño para facilitar la reducción, pero sin llegar a moler totalmente el mineral, ya que probablemente verterlo en polvo en vez de en bloques hubiera supuesto cegar el tiro del horno.
El otro elemento importante a preparar es el carbón.
En Moesgaard se buscó que éste fuera "pesado" (se usó madera de tilo).
En Polonia (Nosek, 1985: 167 y 168) se analizó el carbón que quedaba por debajo de las escorias y se determinó que se trataba de una mezcla de carbón obtenido de maderas duras como haya y roble y de coníferas como pino, abeto y alerce.
También se encontró carbón de álamo y tilo.
Posteriormente, la reducción experimental descrita por Nosek demostró que la proporción ideal de haya a pino era de 1:2, y que la de mineral a carbón era igualmente de 1:2.
Esto supone que era necesario contar con una gran cantidad de madera para poder disponer del carbón suficiente: seis veces el peso del carbón vegetal en madera (Waldbaum, 1989: 118).
Antes de iniciar la reducción, se hace necesario encender y precalentar el horno.
Simplemente se llenó el horno de paja que se prendió por arriba y por las cuatro toberas, alimentándose el fuego con algo de carbón durante cuatro horas (Nosek (1985: 167) comenta que ellos necesitaron doce).
Con ello se consiguió secar y T. P., 51, n° 1, 1994 Francisco Javier Sarabia Herr~ endurecer el horno así como ir aumentando la temperatura en su interior, antes de empezar a cargar realmente el horno.
Una vez bien seca la estructura, empezó el trabajo realmente relacionado con la reducción.
Primeramente, se siguió quemando carb ón hasta alcanzar temperaturas en torno a los 900• C en la base de la chimenea, y se dejó que el carbón bajase hasta dejar unos dos tercios del horno libres.
En ese momento se llenó completamente de mineral.
Cuando éste ya había bajado algo, se prendió fuego a los gases que salían por la boca de la chimenea (esta llam a quedó ya encendida durante todo el proceso), y una vez quedaron de nuevo dos tercios de espacio libre, se volvió a cargar completamente con carbón pero, a diferencia de la primera vez, se empleó aire forzado durante veinte -treinta minutos con el fin de aumentar la temperatura del horno hasta unos 1200• -1300 0 C (acelerándose también el ritmo de combustión del carbón) hasta volver a tener los dos tercios del espacio libres, tras lo que se paró el soplo forzado y se volvió a cargar el horno con carbón.
Se trabajó, por tanto, con una combinación de alimentación inducida y forzada de aire.
Nosek (1985: fig. 4) da una representación gráfica de las temperaturas medias dentro de las distintas zonas de un horno similar al descrito.
A partir de este momento, el ritmo de trabajo se estructuró en tres etapas.
Primeramente, se cargaba el horno de carbón que se dejaba consumir; después, se cargaba de mineral (ca.
10 Kg.) y, una vez había bajado dejando dos tercios de la chimenea libres, se volvía a cargar de carbón (ca.
Y se forzaba el tiro hasta que aquél se consumía.
Los períodos de tiro forzad o duraban unos veinte -treinta minutos, mientras que los períodos sin soplo podían durar entre tres y seis horas.
La intención era repetir ininterrumpidamente esta secuencia hasta que la escoria rebosase y cegara las piteras de alimentación de aire, pero en la práctica, el horno tuvo que ser apagado después de tres días de trabajo agotador.
Se habían empleado al final ca.
Hay varias razones para hacer todo ésto de esa forma.
El hierro reduce a temperaturas ligeramente inferiores a los 1000• C, difíciles de alcanzar en una estructura que no esté seca, por lo que es inútil intentar obtenerlas con cargas grandes de carbón hasta que no se ha cocido la arcilla del horno e, igualmente, no sirve de nada (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es verter mineral hasta que no se ha llegado a calentar toda la estructura a la temperatura de trabajo.
Por otro lado, es fundamental contar con una corriente de aire cargado de carbono, ya que es éste el agente reductor.
Esta era la utilidad de la llamarada: al crearse una fuente de calor en la zona superior se lograba absorber aire por la base a través de las piteras.
Esto bastaba para mantener las condiciones reductoras, pero para eliminar la escoria era necesario emplear fuelles con el fin de alcanzar temperaturas en torno a los 1200° C.
Antes de usar los fuelles, el mineral se ha ido reduciendo dando lugar a hierro metálico (que origina una lupia o esponja de hierro dulce por crecimiento de cristales en sólido de acuerdo con mecanismos de difusión atómica) y escoria sólida muy mezclada con éste.
Para separar lupia y escoria se fuerza el tiro aumentándo la temperatura lo suficiente para fundir ésta, con lo que baja al escorial por gravedad, mientras que el hierro, al no fundirse más que de manera excepcional, queda retenido por el estrangulamiento que sirve de boca al escorial.
El sistema de soplo forzado consistió para uno de los hornos en cuatro fuelles dobles dispuestos ortogonalmente alrededor del horno, con los boquereles horizontales y embocados hacia piteras de unos cinco centímetros de diámetro.
La conexión entre los boquereles y las piteras no era directa, sino que estaban separados unos veinte centímetros.
Este sistema de fuelles dobles permite conseguir sin excesivo esfuerzo un soplo fuerte y continuo de aire, lo que es bastante importante, ya que al estar las piteras enfrentadas dos a dos, la suspensión de la entrada de aire por una de ellas implicaba que el flujo proveniente de la opuesta saldría al exterior por ella, con los consiguientes riesgo y pérdida de calor.
En el otro horno, el sistema fue similar salvo que los cuatro fuelles dobles se sustituyeron por una bomba eléctrica de aire (resulta curioso reseñar que ésta proporcionaba una corriente menos intensa que los fuelles, lo que se tradujo en la consecución de temperaturas algo inferiores).
No hay muchas pruebas del empleo de estos fuelles, pero sí suficientes.
Ténganse en cuenta por ejemplo, aparte de la necesidad técnica, los hallazgos checos de boquereles para hornos similares al de Moesgaard descritos por Souchopová (1989: 160).
De todas formas, quedan aún cuestiones en el aire, como la de cuántos boquereles se emplearon en el caso checo (una cuestión importante para determinar el tipo de técnica de producción empleada).
Por otro lado, en Polonia se hacía entrar el aire inducido con una inclinación de 30° en relación a la generatriz del horno (de manera similar al caso checo), y se observó que la realización de un pequeño agujero de unos 2 cm. de diámetro en frente de la entrada del aire, justo por encima del nivel de la tobera, permitía la salida de algunos gases cuando se soplaba y se traducía en un aumento de la zona reductora (Nosek, 1985: 168 y fig. 5).
En Moesgarde, como se ha dicho, los fuelles estaban colocados horizontalmente y separados del horno, además de dispuestos dos a dos y soplando todos al mismo tiempo precisamente para evitar la salida de aire, lográndose reducir hierro igual que en el caso polaco.
Por otro lado, en una experiencia similar realizada en la Escuela de Ingeniería Técnica de Copenague (D.T.H.) se hicieron cuatro piteras pero sólo se usaron dos fuelles no enfrentados, con lo que hubo salida de gases pero no hubo reducción (con todo, en la D.T.H. se cometieron muchos errores y no puede saberse qué incidencia tuvo este detalle).
El aire se insuflaba frío, sin precalentamiento previo como en el caso (que no deja de ser controvertido) de los hornos africanos de los Haya (Schmidt, 1983: 425).
Una vez se dio por finalizado el proceso de reducción, se dejó enfriar el horno durante una semana, y se procedió a excavarlo a la manera tradicional.
El resultado fundamental es que se consiguió reducir hierro, con lo que se cumplió uno de los objetivos fundamentales.
Otra cuestión es la calidad de este hierro, de lo que hablaremos más adelante.
Terminada la experiencia, se realizó en España un estudio metalográfico de las muestras buscando fundamentalmente comprobar el resultado de la reducción y poder disponer de muestras de referencia que aplicar al estudio de las piezas históricas, ya que es muy difícil encontrar en los manuales metalográficos modernos ejemplos de metales con el tipo de defectos T. P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es que pueden surgir de un trabajo como el llevado a cabo.
Se tomaron cuatro muestras pensando en las cuatro fases fundamentales del proceso de reducción: el mineral, la reducción del hierro (FrI), la forja para la eliminación de restos de escoria (FrII), y la forja para la realización de piezas concretas (FrIII).
Por ello, se montaron para la realización de metalografías muestras de mineral, de la masa de hierro dulce, de hierro semimartilleado, y de una barra de hierro hecha en forja.
Poco es lo que se puede decir de la muestra mineral dentro de este artículo.
Por lo que ahora nos interesa, prácticamente sólo nos permite ilustrar esa fase del proceso.
Se trata de una limonita (junto con carbonatos y hematites, uno de los tipos fundamentales de mineral de hierro).
Limonita es una palabra general para los óxidos de hierro con agua (FeO.OH); son minerales indeterminados, precipitados de aguas ricas en hierro de pantanos y lagos, con contenidos varios de goetita, lepidocrocita, materia amorfa y otros minerales (como granos de cuarzo).
Abundan principalmente en las zonas húmedas de Europa, pero también se han identificado en España e Israel.
Es importante precisar aquí que, aunque en la bibliografía arqueológica se suele hablar de depósitos bien conocidos como Weald en Inglaterra o los Montes de Santa Cruz en Polonia, hay muchos más depósitos, muchas veces demasiado pobres para el uso moderno pero que pudieron ser usados en la Antigüedad.
Tylecote (1987: 53) llega a sugerir que, en ausencia de mejor cosa, puede que la gente primitiva se planteara usar minerales con un contenido en Fe de sólo un 1 %.
El propio mineral es el origen principal de impurezas tales como Ca, Al, Mg, Mn P, hierro mineral que pueden aparecer en el hierro reducido.
Este sale del horno con una estructura porosa, con los poros llenos de escoria, pero la escoria no aparece en el mineral, sino que es necesario que haya habido una reducción para poder encontrarla.
Una de las impurezas principales que aporta el mineral (Tylecote, 1987: 52) además de azufre y arsénico, es el fósforo.
Aparece en los metales reducidos en sólido, y puede endurecer y volver quebradizo el metal.
Hoy se consigue que pase a la escoria, pero en el proceso de reducción só-T.
P., 51, nO 1, 1994 Francisco Javier Sarabia Herrero lida aproximadamente un cuarto de la cantidad original en el mineral pasa a la masa metálica; teniendo en cuenta que el mineral puede llegar a tener hasta un 2% de P, ésto significa mucho P en el metal (Tylecote, 1987: 52).
El Manganeso no se reduce y pasa a la escoria, pero puede aparecer hasta un 2% de As en el metal.
Cu, Ni, Ag Y Au también pueden pasar al metal.
Por otro lado, los minerales de Hierro pueden ser óxidos o sulfatos, derivando muchos óxidos de los sulfuros.
Así, el azufre es un elemento residual en el hierro que puede llegar hasta el 1 %.
Según Tylecote (1987: 48) ésto puede ser sobrevalorado y considera que su presencia es más negativa en el hierro moderno (que ha pasado por una fase líquida, concentrándose en los límites de grano y aumentando la fragilidad del metal) que en el hierro prehistórico, obtenido por reducción en sólido, y que puede ser forjado aún con contenidos de S de hasta un 1'0% (aunque con cuidado).
II: a y b) la fase de hierro puede suponer el 80% y la escoria el 20%.
La fase de hierro es muy heterogénea, cambiante de mm a mm, con ferrita y perlita (la perlita está formada por lamellae de cementita, Fe3C, en hierro a, llamado ferrita), generalmente formando estructuras de Widmanstatten.
El contenido en carbono está probablemente entre el 0.2 a 0.4 (la ferrita contiene un O % C, la perlita 0.8).
La escoria está formada por dendritas de óxido de hierro (FeO) en una matriz obscura vidriosa conteniendo todas la mayor parte de las impurezas del mineral tales como calcio, potasio, aluminio, silício, manganeso, fósforo.
El horno vertical durante el proceso de reducción. • Lám. n.
Metalografías de las piezas de hierro.
A) Hierro dulce (100 X), matriz ferrítica con inclusiones de sulfuros "gris paloma" y escorias, zona de crecimiento irregular, lo que da idea de dos procesos de solidificación superpuestos: uno lento y otro más rápido.
B) Hierro dulce (140 X), ferrita y perlita formando una estructura WidmansUitten típica.
Escoria formada por dendritas de monóxido de hierro en matriz vidriosa, indicativo de un mal rendimiento en la reducción.
C) Hierro semiforjado (100 X), matriz ferrítica con escorias.
D) Hierro semiforjado (275 X), ferrita con escaso contenido en perlita, formas sinuosas que sugieren un alto contenido en fósforo.
E) Barra de hierro forjado (100 X), sulfuros "gris paloma" en una matriz ferrítica, pieza doblada que ha encerrado en su seno algunas impurezas o escorias.
F) Barra de hierro forjado (140 X), matriz ferrítica con inclusiones de escorias.
Bandas de óxidos de hierro de alta temperatura formados durante la forja.
T. P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tructura de la escoria hace pensar en una gran cantidad de hierro presente en la misma, lo que es indicativo de una reducción bastante pobre.
Por otro lado, dio la casualidad de que la muestra se tomó en una zona con mucho hierro, lo que puede dar una falsa impresión de homogeneidad.
11: c y d) hierro reducido ligéramente forjado.
Todavía rico en poros y con escoria rellenando dichos poros.
La fase de hierro ha cambiado: hay poca o ninguna perlita; la estructura presenta formas sinuosas de ferrita lo que sugiere un cOl: tenido alto en fósforo (por ejemplo, entre un 0.5 y un 1.5 %).
También el contenido en carbón es bajo en esta muestra.
El bajo contenido en carbono y el alto en fósforo sugieren que las muestras 2 y 3 vienen de zonas muy diferentes de la masa reducida original (lo que no deja de ser lógico).
La escoria presenta dendritas de FeO en una matriz obscura, vitrosa; no muestran evidencias de trabajo.
Aparecen marcas geométricas dejadas por gotas del ácido usado en la preparación de la muestra.
111: e y f) hierro forjado, casi sin escoria y doblado una vez.
Aparecen óxidos de hierro de alta temperatura, formados durante la forja; No hay impurezas, ya que se forman por la oxidación de hierro (FeO, Fe304' Fe20 3).
También aparecen escorias alargadas, no eliminadas por la forja pero sí deformadas según la dirección del martilleo.
Parece que se trata de ferrita con niveles alternos de fósforo (0.1 a 1.5 % P).
Hay gran cantidad de sulfuros (gotas de color gris paloma, no solubles en la matriz), cuyo origen puede estar en el carbón vegetal, que hacen que el metal sea quebradizo: es algo indeseable desde puntos de vista modernos.
A la vista de las metalografías, se puede concluir que el resultado no ha sido tan bueno como muchos de los hierros históricos.
Pongamos por ejemplo las referencias del Dr. McDonnell (1989: 375 y 376) a los hierros ingleses anteriores a la conquista normanda: los herreros tenían al menos cuatro tipos de hierro diferentes (aunque también es verdad que todos los hierros contenían escorias en mayor o menor T. P., 51, n° 1, 1994 Francisco Javier Sarabia Herrero medida).
Los tipos usados eran: hierro ferrítico «0' 1 de elementos aleados), hierro fosforo so (0'05-0'5% de P, lo que impide la difusión del C y por tanto la formación de acero, aumenta la dureza de la ferrita y hace más fragil el hierro, lo que pudo considerarse ventajoso en esos tiempos por la dureza) acero (con C como el principal elemento en aleación) y una cuarta categoría formada por la mezcla de esos tipos.
Un caso extremo de calidad lo da Schmidt (1983: 428, fig. 12): se trata de una pieza africana de hierro (un fragmento de posible brazalete) que iguala piezas europeas de los ss.
Es verdad que es difícil hacer comparaciones con este caso dada la gran diferencia de resultados y de tecnología, pero permite tener un punto de referencia y afirmar que se podía conseguir buen hierro en la Antigüedad.
Probablemente no debió de ser frecuente un hierro tan bueno como el que comenta Schmidt, pero tampoco debió de serlo uno tan malo como el que se consiguió en Moesgaard. |
Desde hace unas dos décadas, la búsqueda de la etnicidad a través de la cultura material viene disfrutando de un renovado auge en Arqueología.
Este proceso, unido al replanteamiento del concepto en las Ciencias Sociales, ha llevado a reconsiderar tanto la propia concepción del fenómeno como las posibilidades de explorarlo en grupos del pasado.
El presente artículo pretende contribuir a esta tarea de "repensar" la etnicidad a través de tres pasos.
Tras una aproximación historiográfi ca a la temática, una serie de conclusiones teórico-metodológicas permiten avanzar en la construcción de una "arqueología de la etnicidad".
Finalmente, se refl exiona sobre la Protohistoria, etapa en la que estas aproximaciones han generado mayor interés.
De todas las formas de identidad social existentes (Díaz Andreu et al. 2005) la etnicidad es, seguramente, la que mayor controversia genera desde los ensayos de Kossinna y su utilización por la Alemania nazi (Arnold 1990(Arnold, 1992;;Legendre et al. 2007; Fernández Götz 2009a).
Lo "étnico" se ha asociado en numerosas ocasiones al totalitarismo, a los esencialismos de sangre y, en defi nitiva, a una visión del pasado teñida de fuerte racismo.
Estas renovadas aproximaciones son el punto de partida para abordar los objetivos del artículo.
El primero es ofrecer una breve historiografía de las aproximaciones arqueológicas a la etnicidad desde los ensayos iniciales del Historicismo Cultural hasta las últimas aportaciones posprocesuales.
El segundo, plantear propuestas teó ricometodológicas derivadas de la redefi nición del propio concepto.
Por último, se apuntan algunas vías para el estudio de esta temática en la Protohistoria, seguramente el período donde ha despertado el mayor interés dentro de la arqueología española.
DEL ESENCIALISMO AL POSMODERNISMO: BREVE HISTORIOGRAFÍA DE LAS INTERPRETACIONES ÉTNICAS EN ARQUEOLOGÍA
Cuando se habla de 'etnicidad', uno de los principales problemas es que muchas veces se coincide en el uso del término, pero no en su conceptualización.
Los planteamientos esencialistas del denominado paradigma étnico-cultural partían de una equiparación simple y simplista entre 'pueblo','lengua' y 'cultura arqueológica'.
En cambio, las últimas propuestas derivadas de postulados posprocesuales destacan el carácter subjetivo, fl uido y situacional de la identidad étnica (Fig. 1).
Diseccionar y clarifi car las distintas signifi caciones a través del análisis historiográfico se antoja una tarea básica en la construcción de planteamientos teórico-metodológicos.
Las interpretaciones étnicas, entendidas tradicionalmente como la adscripción de restos materiales a 'tribus' o 'pueblos', han disfrutado de una larga y continuada trayectoria en la investigación arqueológica (Jones 1997; Brather 2004; Fernández Götz 2008).
Estas identifi caciones están ya presentes en los testimonios de autores como Tucídides o Tácito, pero fue a partir del Renacimiento, y muy especialmente del Romanticismo, cuando aumentó de forma signifi cativa el interés por atribuir elementos de la cultura material a pueblos históricamente conocidos (Sklenár 1983).
El desarrollo de la disciplina arqueológica daría su impulso defi nitivo a las interpretaciones étnicas (Meinander 1981).
Hacia fi nales del siglo XIX e inicios del XX las variaciones geográfi cas eran interpretadas cada vez más como expresiones de diferentes 'pueblos' prehistóricos.
Esta evolución se debió fundamentalmente a dos motivos.
El gran incremento de datos disponibles puso de manifi esto signifi cativas variaciones geográfi cas en el registro arqueológico que no podían ser explicadas únicamente a partir de la evolución unilineal.
A su vez, el auge generalizado del nacionalismo trataría de instrumentalizar la arqueología para delimitar las 'áreas culturales' y manifestar la 'grandeza cultural' de los respectivos pueblos que eran considerados la base de los distintos Estados-nación (Brather 2004: 19-26; Fernández Götz 2008: 22-25).
En este contexto cabe encuadrar la obra del arqueólogo alemán G. Kossinna, indisociablemente ligada a la historia de las interpretaciones étnicas (Veit 1989; Fernández Götz 2009a).
Desde un enfoque histórico y particularista, equiparaba de modo simplista 'pueblo','lengua' y 'cultura arqueológica' (Kossinna 1911).
Su paradigma étnico estaba basado en una visión esencialista de los grupos étnicos, concebidos como unidades estáticas y homogéneas.
Estos principios se sintetizan en su famoso axioma: "En todas las épocas, las provincias culturales arqueológicas que aparecen claramente delimitadas corresponden a pueblos o tribus muy concretos" (1) (Kossinna 1911: 3).
Los trabajos de Kossinna representan sólo 'la punta del iceberg' de un fenómeno mucho más global (Meinander 1981).
A nivel nacional e internacional infl uyeron incluso en arqueólogos muy distantes de sus planteamientos políticos e ideológicos, como Childe (1929) o Bosch Gimpera (1932).
Precisamente, la defi nición de cultura arqueológica de Childe (1929: V-VI) como un "conjunto constantemente recurrente de artefactos en el tiempo y en el espacio" contribuyó de forma decisiva a difundir una imagen de la Prehistoria como 'mosaico' de pueblos y culturas.
La instrumentalización nacionalista y racista de la Arqueología por regímenes totalitarios entre los que destaca la Alemania nacionalsocialista (Arnold 1990(Arnold, 1992(Arnold, 2006;;Legendre et al. 2007), explica en buena medida el descrédito de las interpretaciones étnicas tras el fi nal de la Segunda Guerra Mundial (Smolla 1979-80).
Sin embargo, el creciente escepticismo respecto a las interpretaciones étnicas no conllevó, en la práctica, su total abandono.
En muchos casos se sustituyó el término 'grupo étnico' por el más neutral de 'cultura arqueológica', sin una verdadera renovación de los principios subyacentes.
La New Archaeology, por su parte, destacó por su crítica a las visiones normativistas de la cultura (Binford 1962(Binford, 1965) ) y, por ende, a la ecuación tradicional entre culturas arqueológicas y grupos étnicos.
Las nuevas perspectivas reconocieron la multiplicidad de factores implicados en la variabilidad espacial del registro y desarrollaron nuevos marcos de análisis como la noción 'politética' de Clarke (1968).
No obstante, la arqueología procesual apenas profundizaría en la problemática étnica por considerarla obsoleta y propia de la denostada arqueología histórico-cultural.
Frente al escepticismo imperante en Arqueología, entre las décadas de 1950 y 1970 una serie de avances fundamentales en Antropología y Sociología llevarían a redefi nir el propio concepto de etnicidad.
Teniendo como telón de fondo el rápido proceso de descolonización, los trabajos de Moerman (1965), Barth (1969) o Glazer y Moynihan (1975) promovieron una visión de los grupos étnicos como fenómenos dinámicos y situacionales.
Esta evolución estuvo marcada por (1) Traducción de las citas literales procedentes del alemán y el inglés a cargo de los autores.
un debate entre perspectivas "primordialistas" e "instrumentalistas", diferenciadas por considerar la identidad étnica como una realidad a priori o a posteriori.
Así, mientras las aproximaciones primordialistas defi enden que el sentimiento de pertenencia a un grupo es innato, según las instrumentalistas la adopción de una identidad étnica puede venir dada por decisiones de tipo económico o político (Fernández Götz 2008: 65-76).
Uno de los aspectos más importantes de esta etapa fue la consolidación de una visión emic de la etnicidad, con la edición del libro Ethnic Groups and Boundaries (Barth 1969) como principal hito.
Según Barth, los grupos étnicos constituirían categorías de adscripción e identifi cación utilizadas por los actores mismos.
Además, y en contra de las conceptualizaciones tradicionales, las distinciones étnicas no resultarían del aislamiento, sino de la interacción entre grupos.
La redefi nición del concepto de etnicidad en las Ciencias Sociales, en un primer momento, apenas repercutió en las agendas de investigación arqueológica.
No sería hasta fi nales de la década de 1970 cuando, de la mano de investigaciones vinculadas al denominado "debate sobre el estilo", se intenta reconciliar la brecha entre aproximaciones antropológicas y arqueológicas.
Los trabajos etnoarqueológicos de Hodder (1982), Wiessner (1983) o Larick (1986) destacaron el papel activo del estilo en la expresión de la identidad y en la negociación de las relaciones sociales, reconociendo, además, que la expresión de la etnicidad podía estar restringida a un limitado elenco de atributos asociados con un referente étnico.
Especialmente relevante resultó el estudio de Hodder (1982) sobre los límites étnicos en el distrito de Baringo (Kenia), donde analizó el comportamiento de la etnicidad en un contexto de interacción fronteriza.
Según sus resultados el uso de la cultura material en la diferenciación entre grupos étnicos autoconscientes podía dar lugar a discontinuidades en la distribución de ciertos elementos del registro, abriendo la posibilidad de una identifi cación arqueológica.
Sin embargo, también apuntaron que algunos grupos podían elegir estrategias de asimilación y otros mantener una identidad étnica sin refl ejo en la cultura material, dando como resultado unos límites étnicos imperceptibles para los arqueólogos.
Los mencionados trabajos etnoarqueológicos ocurren durante los años 1980, cuando los estudios sobre etnicidad experimentan un discreto auge en Arqueología (Shennan 1989; Renfrew 1990; Olsen y Kobylinski 1991).
Entre ellos cabe destacar el volumen Archaeological Approaches to Cultural Identity (Shennan 1989).
En su introducción al mismo, Shennan (1989) planteará tres de los problemas que centrarán la atención de los investigadores durante la siguiente década: la conceptualización de la 'etnicidad'; la relación entre identidad étnica y cultura material, con una dura crítica a la ecuación entre culturas arqueológicas y grupos étnicos; y el alcance temporal del propio fenómeno, que el autor relaciona estrechamente con la emergencia de los 'Estados prístinos'.
El renovado interés por las cuestiones étnicas cristalizaría en el ethnic revival de la década de 1990, principalmente de la mano de dos factores.
Desde una perspectiva estrictamente arqueológica se desarrollan las corrientes posprocesuales con su énfasis en los procesos de negociación social.
A un nivel más amplio, la atención que acaparan los procesos identitarios en un mundo cada más globalizado (Hernando Gonzalo 2002; Jenkins 2004), donde los confl ictos étnicos y los debates en torno a fenómenos como la inmigración se encuentran a la orden del día (Eriksen 1993; Ramírez Goicoechea 2007).
A ello no es ajeno el fuerte auge de los estudios que analizan la interacción entre Arqueología y construcción de identidades contemporáneas, señalando los múltiples riesgos y distorsiones producidas tanto en el pasado como en el presente (Graves-Brown et al. 1996; Díaz-Andreu y Smith 2001; Rieckhoff y Sommer 2007).
Algunos autores llegan a rechazar las aproximaciones arqueológicas a la etnicidad por su posible instrumentalización con fi nes actuales.
A dicho argumento cabe contraponer que los análisis llevados a cabo por profesionales son preferibles a dejar este campo en manos de todo tipo de grupos de interés.
Pese a que las categorías étnicas han sido frecuentemente manipuladas con fi nes políticos, tenemos que ser conscientes de que si los arqueólogos no abordamos esta problemática mediante análisis rigurosos otros continuarán utilizándola con motivaciones ideológicas.
Los últimos años han estado marcados por un debate teórico entre el enfoque instrumental y las teorías posmodernas.
Las aproximaciones más innovadoras resultan deudoras de postulados procedentes de la sociología francesa, fundamentalmente de Bourdieu (1972Bourdieu (, 1980)), sin minusvalo-Sanchís 1999; Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís 2002) o Galaicos (González Ruibal 2006-07).
Finalmente, destacamos el análisis crítico y en muchos casos deconstructivo de conceptos como 'Celtas' (Ruiz Zapatero 2001, 2005; Díaz Santana 2003), las contribuciones llevadas a cabo en otros ámbitos como el mundo griego (Cardete del Olmo 2006, 2009) o la renovación de las visiones en relación con la 'romanización' (Jiménez Díez 2008).
Esta breve enumeración, ciertamente incompleta, sirve al menos para poner de manifi esto el interés que sigue generando la problemática hasta la actualidad.
RECONSIDERANDO LA ETNICIDAD EN ARQUEOLOGÍA: PROPUESTAS TEÓRICO-METODOLÓGICAS
Como consecuencia de la redefi nición del concepto, hoy en día existe un amplio consenso en que, aunque puede estar basada en parte en elementos heredados, la etnicidad es en última instancia un tema de autorreconocimiento de grupo y de autoidentidad.
Según autores como Hall (1998: 266-267), Cardete del Olmo (2009: 32) o Mac Sweeney (2009: 102) los dos criterios fundamentales de confi guración de la etnicidad serían la reclamación explícita de una relación de parentesco y la conciencia de compartir una misma historia, lo que está asociado a un territorio concreto actual, anterior o imaginado.
La identidad de los grupos étnicos se basa, por tanto, en buena medida sobre la noción de un pasado común (Hall 1998: 266-267).
La 'tradición' -o, mejor dicho, la 'creación' o 'invención' de la tradición (Hobsbawm y Ranger 1983)-se constituye de esta forma en un elemento fundamental de todo proceso de etnogénesis y de reelaboración de identidades colectivas.
A través de sus mitos de origen los grupos étnicos tratan de dar una apariencia 'natural' a procesos que son eminentemente culturales, construyendo narrativas legendarias que incluyen aspectos como una supuesta patria común, una batalla mitológica o una migración, por citar sólo algunos ejemplos (Smith 2008: 31).
La elaboración de genealogías fi cticias puede ser usada para justificar relaciones jerárquicas entre etnias y entre subgrupos de éstas.
Pero los orígenes míticos, lejos de ser estáticos, se encuentran sometidos a continuas redefi niciones y manipulaciones que permiten adaptarlos a las circunstancias de cada momento histórico (Derks y Roymans 2009: 7-8).
Su poder y vitalidad no deriva simplemente de las referencias al pasado, sino de la relevancia que poseen para el presente y el futuro del grupo (Gehrke 2000).
Estas renovadas perspectivas plantean notables difi cultades para cualquier aproximación arqueológica ya que, como indica Herbert (2003: 105), en última instancia se intenta inferir a partir de los restos materiales cómo las gentes del pasado "se pensaron como distintas" de otras.
Asimismo, toda asignación de etnicidad es en el fondo una simplifi cación: como cualquier categoría politética, sus límites son difusos (Ramírez Goicoechea 2007: 313).
No obstante, el reconocimiento de que las relaciones entre etnicidad y cultura material son mucho más complejas y problemáticas de lo que asumían los enfoques esencialistas del'paradigma étnico-cultural' no debe llevar a posicionamientos totalmente escépticos.
Desde nuestro punto de vista, existe futuro para una arqueología de la etnicidad, entendiendo ésta como una arqueología crítica 'en construcción' enmarcada en el estudio más amplio de la identidad en el pasado (Hernando Gonzalo 2002; Díaz-Andreu et al. 2005; Insoll 2007).
Es cierto que la tarea no resulta fácil y que las voces críticas deben ser bien atendidas (Brather 2004).
La posibilidad de que no existieran solapamientos entre cultura material, etnónimo y lengua es real, y refl eja la complejidad de relaciones entre las distintas esferas de la sociedad.
Pese a ello, la cultura material como elemento activo en la práctica social puede encontrarse también implicada en el reconocimiento y en la expresión de la etnicidad (Jones 1997: 117-118).
Los grupos étnicos pueden comunicar su identidad a través de elementos culturales consciente o inconscientemente seleccionados de un amplio repertorio cultural, lo cual deja abierta la puerta para una posible exploración arqueológica.
Un concepto clave para esta discusión, que está adquiriendo una creciente importancia en las Ciencias Sociales, es el de 'materialidad': las personas crean cultura material y la cultura material las crea a ellas simultáneamente (Miller 2005; González Ruibal 2007).
No se trata sólo de que la etnicidad pueda encontrar un refl ejo material, sino que la propia cultura material crea identidad a través de producción cerámica, utilización de elementos de adorno, visibilización de fronteras, construcción de santuarios, etc. (Cardete del Olmo 2006: 193).
Como parte esencial de las prácticas sociales dentro de los grupos, la cultura material participa activamente en la producción de representaciones discursivas de la identidad.
Los límites étnicos y culturales pueden no coincidir, pero la afi nidad de prácticas y experiencias proporcionan el núcleo sobre el que se construyen nuevos discursos de identidad en circunstancias históricas cambiantes (Jones 1998: 273).
Las construcciones identitarias y étnicas son procesos sociales, y como tales pueden dejar sus 'huellas' en el registro arqueológico (Cardete del Olmo 2009: 34); que seamos capaces de reconocerlas e interpretarlas correctamente es ya otra cuestión.
Defi nir con mayor precisión qué entendemos por 'etnicidad' y 'grupo étnico' resulta ciertamente complicado.
La mayor parte de las defi niciones al uso, o son demasiado restrictivas como para dar cuenta de la complejidad del fenómeno o su amplitud hace imposible distinguir la identidad étnica de otros tipos de identidad social.
Ante todo, hay que reconocer el carácter polifacético y por tanto enormemente difuso de la etnicidad.
Por ello, tan necesario como establecer defi niciones lo sufi cientemente rigurosas para asegurar el valor comparativo de los estudios en los distintos ámbitos (Ruby 2006: 59; Ruiz Zapatero 2009: 16-18), será profundizar en la variedad de niveles histórica y situacionalmente contingentes a los que puede hacer referencia la etnicidad.
Dicho esto, creemos útil presentar algunas de las defi niciones más relevantes de las últimas décadas.
Según Shennan (1989: 14) la etnicidad sería: "la identifi cación autoconsciente con un grupo determinado, basada, al menos en parte, en un área específi ca u origen común".
Pese a su brevedad, establece tres rasgos básicos de cualquier defi nición de etnicidad: la propia percepción del grupo que en defi nitiva es lo que genera el sentido de identidad, la delimitación del territorio del grupo étnico y, fi nalmente, la asunción cierta o inventada de una continuidad a partir de unos ancestros comunes.
Por su parte, Roymans (2004: 2) destaca la importancia de las dinámicas emic/etic al defi nir la identidad étnica como: "el resultado temporal de un proceso de desarrollo colectivo de auto-imágenes, actitudes y conducta que tiene lugar en el contexto de interacción entre aquellos directamente implicados y los que están fuera".
La conceptualización más completa se debe a Jones (1997: xiii), quien la defi ne como "aquel aspecto de la auto-conceptualización personal que resulta de la identifi cación con un grupo más amplio por oposición a otros sobre la base de una diferenciación cultural percibida y/o una descendencia común".
Un grupo étnico sería a su vez: "cualquier grupo de gente que se considera a sí mismo apartado de otros y/o es apartado por otros con los que interactúa o coexiste sobre la base de sus percepciones de diferenciación cultural y/o descendencia común".
Finalmente, esta autora defi ne la etnicidad como: "todos aquellos fenómenos sociales y psicológicos asociados con una identidad de grupo culturalmente construida.
El concepto de etnicidad se centra en las maneras por las que los procesos sociales y culturales se cruzan unos con otros en la identifi cación de grupos étnicos y la interacción entre ellos".
El sociólogo A. D. Smith (2008: 30-31) distingue dos usos del concepto de etnicidad, uno restringido basado fundamentalmente en los criterios de noción de descendencia común e historia compartida, y otro más amplio para el que propone una clasifi cación tripartita: 1) ethnic categories, 2) ethnic associations o ethnic networks y 3) ethnic communities o ethnies.
Las primeras serían 'constructos', a menudo realizados desde el exterior, que agruparían a poblaciones que comparten algún elemento cultural similar y tal vez una determinada área geográfi ca, pero que pueden carecer de nombre con el que designarse a sí mismas, de un mito de descendencia y de un sentido de solidaridad común.
Los ethnic networks presentan un cierto grado de actividades compartidas y de relaciones pero raramente unidad política, tendiendo a contar con un nombre colectivo, un mito de origen común y cierto grado de solidaridad, al menos entre las élites.
Las ethnic communities serían poblaciones con un nombre propio y autodefi nidas con mitos de origen y memorias históricas compartidas, elementos de cultura comunes y cierta solidaridad étnica.
Según Smith (2008: 33), mientras la caracterización de una colectividad por otras puede delinear una ethnic category, las ethnic communities requieren de clara autodefi nición.
Dejando de lado algunos detalles discutibles, la distinción de Smith resulta de notable interés, al proporcionar herramientas conceptuales muy valiosas para comprender casuísticas que no terminan de encajar desde una perspectiva más restringida, como veremos al tratar el caso de la Protohistoria.
Íntimamente ligado al concepto de etnicidad está el de etnogénesis, describible como el proceso de emergencia, formación y mantenimiento de un grupo étnico cuyos rasgos y características culturales lo diferencian de otros grupos vecinos.
Tres factores resultan claves a este respecto: la interacción social en un área geográfi ca determinada que genera el sentido de pertenencia a un colectivo; la conciencia de identidad común, de una misma descendencia real o fi cticia; y por último, la existencia de grupos limítrofes que se confi guran de la misma manera, frente a los cuales se afi rma la identidad.
Entre ellos se producen contactos intergrupales, competitividad y confl ictos y, por supuesto, cambios en los propios límites o zonas de frontera.
Como puede comprobarse, la etnicidad no es algo estático e inmanente, sino una categoría histórica con raíces en el seno de las propias prácticas sociales de los grupos (Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís 2002: 255): se trata de un proceso más que de una entidad.
Sin embargo, no por ello hay que asumir que las identidades étnicas tienen que reinventarse continuamente.
Este último planteamiento, basado en un instrumentalismo mal entendido y en la falta de perspectiva diacrónica de numerosos análisis antropológicos y sociológicos, en ocasiones lleva a negar la posibilidad de que pervivan grupos étnicos durante siglos.
Como en otros muchos casos, también aquí es recomendable una visión más equilibrada (Jenkins 1997: 51).
Es cierto que algunas etnias son creaciones efímeras determinadas por condicionamientos de tipo económico o político, pero también se conocen grupos étnicos que perviven considerables períodos de tiempo, lo cual no implica su inmovilismo: los Saamis o Mapuches del siglo XVIII no son los mismos que los del siglo XXI, pero eso no excluye una noción de continuidad en la identifi cación étnica.
Se trata, por tanto, de discernir el ritmo y el carácter de las transformaciones, teniendo siempre muy presente que la continuidad de un mismo nombre no signifi ca que su contenido haya permanecido inalterable.
Las defi niciones previas conciben la etnicidad como un concepto socialmente construido y dinámico, cuya vinculación con términos como 'raza' o 'sangre' tiene que ser vehementemente rechazado.
Además, dada esta condición no puede ser directamente inferida a partir de la genética (Mirza y Dungworth 1995), aun cuando ésta pueda resultar en un futuro de gran utilidad para la identifi cación de migraciones (Anthony 1990; Prien 2005) o individuos "foráneos" (Pollex et al. 2005), aspectos muy conectados con las interpretaciones étnicas.
Por tanto, aunque la paleogenética llegara a ser un elemento más de obtención de 'indicios' (Jones 2006), en nuestra opinión hay que mantener ciertas reservas ante los intentos de conceder 'certifi cados' de etnicidad pretérita a través del ADN o de los análisis de isótopos de estroncio (Knipper 2004).
Cualquier aproximación arqueológica a la etnicidad requiere una serie de consideraciones teórico-metodológicas previas (Fernández Götz 2009b).
La identidad étnica es sólo una más entre las distintas identidades existentes (Díaz-Andreu 1998; Díaz-Andreu et al. 2005), por lo que su estudio no puede desligarse de otros elementos básicos en la construcción social como la jerarquía, el poder, la edad o el género (Jones 1997: 85-86).
El concepto de "interseccionalidad" (Davis 2008), centrado en la interacción entre los diversos "ejes identitarios", ayuda a comprender la realidad en toda su complejidad, constituyendo una excelente herramienta teórica para una aproximación holística al estudio de la identidad en general y en sus distintas vertientes.
En un mismo grupo étnico es muy probable que los hombres expresen su identidad de forma diferente a las mujeres, o que las clases dirigentes se singularicen empleando marcadores culturales exclusivos (Hodder 1982; Smith 2003).
Esto resulta crucial en la búsqueda de posibles 'indicadores arqueológicos': un elemento que puede ser considerado característico de un grupo a su vez es posible que sólo fuera empleado por una parte del mismo en función de criterios de edad, género, estatus, etc.
La etnicidad es también una cuestión de grado: mientras algunos grupos son muy conscientes de su carácter independiente y distinto, y lo acentúan de todas las formas posibles (vestido, adorno personal, decoraciones, etc.), otros tienen menos conciencia de 'pertenencia' y no muestran especial preocupación en su diferenciación (Renfrew 1990: 177-178).
La fi liación étnica que ostenta un individuo puede variar en función de las circunstancias, el interlocutor y la situación e interactuar a su vez con tipos de identidad como el género, el estatus o la religión (Díaz-Andreu 1998: 205-206; Díaz-Andreu et al. 2005).
De este modo, nunca existe una sola identidad étnica, sino múltiples niveles superpuestos e integrados entre sí, y cuya importancia varía situacionalmente.
Distintos tipos de lealtades pueden escalonarse sin que tengan que ser percibidos como contradictorios (Jiménez Díez 2008: 356; Derks y Roymans 2009: 6).
Pero esto no quiere decir que las personas elijan libremente qué identidad étnica asumen en cada momento: su elección es situacional, pero dentro de un abanico de distintos niveles que en buena medida son dados (Sommer 2007: 71).
Además, esa capacidad individual de elección (Song 2003) difi ere entre las modernas sociedades urbanas y multiculturales y las tradicionales donde la identidad es mucho más relacional (Hernando Gonzalo 2002).
No afi rmamos que en las segundas las personas carezcan de capacidad de elección, sino que suele resultar menor.
La profundidad temporal del fenómeno de la etnicidad es un tema de gran complejidad (Fernández Götz 2008: 121-122), pues la refl exión y práctica de la alteridad/identidad étnica ni es exclusivamente occidental ni de nuestra Modernidad (Ramírez Goicoechea 2007: 131).
El término 'etnicidad' y las conceptualizaciones que realizamos de él son una elaboración reciente, un 'constructo' moderno, pero la realidad a la que hacen referencia constituye un hecho bien documentado desde la Antigüedad (Hutchinson y Smith 1996: 3; Jones 1997: 102; Smith 2003: 10-29; Smith 2008) (Fig. 2).
Por ello, resulta necesario rechazar aquellas perspectivas que consideran la etnicidad un fenómeno esencialmente contemporáneo, situando su aparición en el contexto del colonialismo europeo, equiparando grupos étnicos con naciones o incluso restringiendo la aplicación del término a sociedades posindustriales.
En estrecha vinculación con la cuestión anterior se encuentra el papel desempeñado por la etnicidad en las sociedades de la Antigüedad: ¿hasta qué punto era un factor relevante a la hora de defi nir la identidad de personas y comunidades?
Con toda seguridad, unidades de referencia como la familia, el oppidum, la aldea, la granja o el valle, así como formas de identidad social como el género, la profesión, la edad o la clase social, debieron constituir elementos mucho más signifi cativos en la vida cotidiana de la mayor parte de las personas que su pertenencia a un determinado grupo étnico.
Según Ramírez Goicoechea (2007: 173), la etnicidad, como principio ordenador, puede estructurar sólo algunas parcelas de la vida social o activarse exclusivamente para determinadas situaciones.
Sin embargo, esto no es óbice para que, especialmente en momentos de mayor tensión y competitividad entre los grupos, las identidades étnicas adquirieran gran protagonismo (Ruiz Zapatero 2009: 19-21).
En última instancia, los grupos étnicos son 'comunidades imaginadas' (Anderson 1983),'construcciones simbólicas' (Cohen 1985), pero esto no quiere decir que no se perciban como algo real por parte de sus miembros.
Los procesos de identifi cación étnica pueden resultar imaginados, pero no imaginarios (Jenkins 2002: 128).
El primer paso para la construcción de una arqueología de la etnicidad debe ser rechazar la ecuación entre 'cultura arqueológica' y 'grupo étnico' (Shennan 1989; Jones 1997; Sommer 2007; Fernández Götz 2008: 127), superando el lastre que se viene arrastrando desde los tiempos de Kossinna.
Para muchos autores la identifi cación de 'marcadores' individuales no constituye una metodología válida al estar basada en criterios 'subjetivos'.
Sin embargo, determinados elementos culturales concretos pueden informar, en ocasiones, más sobre identidad étnica que todo un conjunto de tipos arqueológicos.
Como han mostrado múltiples estudios antropológicos y etnoarqueológicos (Barth 1969; Hodder 1982; Wiessner 1983), la etnicidad es algo social y culturalmente creado, que convierte en símbolos identitarios conscientes o inconscientes únicamente a determinados aspectos de la cultura, no a todos.
Como a priori prácticamente cualquier elemento de la cultura material puede asumir, o no, una signifi cación étnica, no existen unos marcadores culturales 'objetivos' de etnicidad, aunque sí elementos que, en función de cada contexto específi co, teóricamente podrían vincularse con ella.
Por tanto, más que de 'criterios' de etnicidad habría que hablar de 'indicios' cuyo valor dependerá del contexto.
Desgraciadamente, buena parte de estos posibles indicadores, como la lengua, las leyes y costumbres, las danzas y música, el vestido o los adornos y colores (incluyendo peinados, pinturas corporales, tatuajes, escarifi caciones y otros elementos que pueden refl ejar tanto identidad individual como de grupo) rara vez dejan huella arqueológica (Fig. 3).
Otros, en cambio, son más susceptibles de ser analizados a través de la Arqueología, como por ejemplo la alimentación y la forma de preparar la comida, la variabilidad estilística de las decoraciones cerámicas, los patrones de asentamiento, la deposición de elementos de ajuar con arreglo a pautas normalizadas, el tipo de viviendas, la numismática, la iconografía o las inferencias relativas a la esfera religiosa.
La etnicidad a través de la cultura material se puede estudiar a partir de la estructuración de las relaciones entre personas y cosas, y no sólo a partir de las cosas en sí.
Es decir, considerando cómo se usa una cerámica, cómo se deposita una lanza en una tumba, cómo se estructura el espacio doméstico, etc. También el análisis arqueológico de las cadenas operativas merece mayor atención futura (Lemonnier 1986).
Finalmente contamos con la información que, en contextos concretos, pueden aportar las 'imágenes en negativo'.
Así, García Fernández (2007: 131) ha propuesto que entre los Turdetanos la propia ausencia de documentación genera una imagen en negativo que permite diferenciarles de sus veci- nos (Púnicos, Bastetanos, etc.) precisamente por lo que no tienen o, mejor dicho, por lo que no expresan o expresan de otra manera.
Por otra parte, según Gassowski (2003: 13) uno de los elementos 'tangibles' de la etnicidad goda sería la carencia de armas en los enterramientos.
La falta de aspectos de la cultura material que puedan ser considerados per se criterios 'inequívocos' u 'objetivos' de etnicidad no quiere decir que, dentro de cada contexto cultural específi co, la elección sea arbitraria o mecánica.
Muy al contrario, la expresión de la etnicidad a través de la cultura material está ligada a las disposiciones estructurales del habitus (Jones 1997: 120), afi rmación sustentada por trabajos etnoarqueológicos como los de Hodder (1982) o Larick (1986).
Dicho esto, una de las principales difi cultades es discernir los elementos materiales con signifi cación étnica de los que expresan formas distintas de identidad cultural.
Siguiendo de cerca las tesis de Jones (1997: 125-126), en nuestra opinión la única respuesta pasa por el análisis diacrónico de los contextos culturales a partir de una variedad de fuentes y clases de datos (véanse los ensayos prácticos de Smith 2003; Roymans 2004).
Sólo así será posible comprender la expresión de la identidad a través de la cultura material y su uso en la defi nición de límites étnicos.
Se tendrá siempre muy presente que los indicadores étnicos no están fi jados de forma permanente, sino sometidos a redefi niciones a lo largo del tiempo, y que un mismo elemento puede marcar diferentes tipos o facetas de la identidad, por lo que interpretaciones alternativas no son necesariamente excluyentes.
Valga señalar que ciertos tipos de fíbulas manifi estan a la vez una identidad compartida y una determinada posición social.
En esta labor no resulta determinante si los símbolos materiales fueron utilizados de forma consciente o inconsciente, ya que los elementos culturales seleccionados siempre habrían sido activos en la estructuración o re-estructuración del habitus y de la sociedad (Jones 1997: 118-119).
En este contexto resulta apropiada la refl exión de González Ruibal (2003: 137) de que la mayor parte de las cuestiones ideológicas en una sociedad quedan en el terreno de lo no verbalizado.
Por tanto, si bien debemos admitir que los grupos étnicos (ethnic communities, Smith 2008) precisan de una identifi cación autoconsciente, la posible expresión material de su identidad étnica puede ser, en muchos casos, inconsciente.
LA ETNICIDAD DESDE LA PERSPECTIVA DE LA PROTOHISTORIA
Las aproximaciones a la etnicidad se han venido centrando en la investigación de la Edad del Hierro, algo natural dado que la incipiente disponibilidad de textos y etnónimos ayuda a plantear la búsqueda de identidades étnicas en el registro arqueológico (Fernández Götz 2008: 133-137; Ruiz Zapatero 2009).
Adoptando una perspectiva europea, cabe diferenciar dos grandes tradiciones en la investigación protohistórica.
La denominada 'Hispania Céltica' quedaría, de alguna manera, en una posición intermedia.
Una cuestión básica en cualquier acercamiento es la 'escala' de análisis adoptada.
La etnicidad puede 'explorarse' a muy diversos niveles, desde regiones geográfi cas como el Noroeste hispano hasta una agrupación de tumbas en la necrópolis de una polis de la Magna Grecia.
Tradicionalmente, la investigación ha centrado su interés en macrocategorías (Grossgruppen) como 'Celtas','Germanos' o 'Iberos' (Lund 1998; Collis 2003; Brather 2004).
En cambio, permanecen en buena medida inexploradas las posibilidades de analizar los correlatos materiales de agrupaciones más reducidas (tribal ethnicities en Roymans 2004 o ethnic communities en Smith 2008), cuyas características podrían corresponderse mejor con lo que desde una perspectiva antropológica podríamos considerar como grupos étnicos en sentido estricto.
Por fortuna, vamos contando ya con algunos estudios modélicos como el de Roymans (2004) y con interesantes aproximaciones en esta dirección en la Península Ibérica (Ruiz Zapatero y Álvarez-Sanchís 2002; García Fernández 2007) (Fig. 4).
Los intentos citados llevan a refl exionar sobre los límites y posibilidades de los testimonios escritos sobre grupos étnicos.
El apoyo que supone contar con este tipo de informaciones aumenta la plausibilidad de cualquier propuesta que pretenda relacionar rasgos culturales y etnicidad.
De hecho, se acrecienta el consenso respecto a que los estudios arqueológicos sobre la identidad étnica necesitan el concurso de ciertas referencias literarias como punto de partida (Hall 1997(Hall, 2002;;Boissinot 1998; Roymans 2004; Derks y Roymans 2009; Ruiz Zapatero 2009), fundamentalmente para discernir la etnicidad de formas de identidad de grupo no construidas sobre una base étnica (Mac Sweeney 2009).
Es imposible concluir que a una cultura material homogénea corresponda un grado de etnicidad uniforme, ya que la correlación entre rasgos lingüísticos, cultura material y grupo étnico no siempre resulta operativa (Ruby 2006: 59).
Sin embargo, pese a su importancia, las informaciones escritas en ningún caso deben ser aceptadas de forma acrítica, precisándose del análisis minucioso de cada contexto específi co. Los problemas se incrementan notablemente cuando se trata de fuentes exoétnicas, es decir, externas al contexto cultural que describen, caso de los testimonios literarios grecolatinos sobre las poblaciones protohistóricas de la Península Ibérica o la Europa Templada.
Parece indudable que las descripciones de los autores clásicos, tan pródigas en imágenes estereotipadas del 'bárbaro' como prototipo del 'Otro', no proporcionan una visión 'objetiva' de las sociedades con las que interactuaron.
Junto a su carácter incompleto y frag mentario, la interpretatio del extranjero puede ignorar y/o falsear las situaciones reales y además las categorías etno-culturales empleadas por los observadores de tiempos pasados no son exactamente las mismas que se manejan actualmente en Antropología y Sociología (Ruiz Zapatero 2009: 18-19).
Como reacción, no son pocos los investigadores que cuestionan y aun niegan abiertamente la validez de las fuentes clásicas para el conocimiento de las sociedades protohistóricas, una solución que, a nuestro juicio, pretende buscar una salida fácil a problemas complejos.
Y es que, como defi ende González García (2007: 104): "desconfi ar de las fuentes no implica, como pretenden sus detractores, que haya que rechazarlas, que dejemos de utilizarlas".
Frente a las posturas poscoloniales más hipercríticas (cuyos excesos denuncian incluso autores como Woolf 2009), necesitamos una lectura contextual de los textos y una valoración de sus contenidos a partir del análisis de los factores que han actuado sobre su elaboración.
En esta tarea hay que valorar múltiples factores, como la época en que fueron escritos, el género literario al que pertenecían, el grado de conocimiento geográfi co y etnográfi co existente en cada momento, el contexto histórico de los autores, su formación literario/fi losófi ca, sus prejuicios ideológicos y políticos e incluso sus propios avatares biográfi cos (García Fernández 2007: 123).
Todo ello sin minusvalorar en ningún momento las difi cultades para contrastar datos históricos y arqueológicos, ya que es muy posible que ambos proporcionen perspectivas contradictorias, pero aun así complementarias, sobre la identidad en el pasado.
En defi nitiva, y pese a los problemas que plantean, los textos grecolatinos constituyen una fuente de primer orden para el conocimiento de las sociedades de fi nales de la Edad del Hierro y por ende también de su etnicidad (Champion 1985; Woolf 2009); renunciar a ellos constituiría un error similar a desechar el enorme caudal de informaciones escritas en el marco de la conquista hispana del continente americano.
Si seguimos la propuesta realizada por Smith (2008: 30-31), habremos de convenir en que cuando aparecen etnónimos en las fuentes escritas nos encontramos ante uno de los tres niveles descritos por este autor.
Se trata de discernir si estos nombres hacen referencia principalmente a categorizaciones externas aplicadas a poblaciones que carecen del sentido de autoconciencia que se les asigna desde fuera (ethnic categories) o si por el contrario los etnónimos refl ejan una identidad conscientemente asumida desde una perspectiva emic (ethnic communities).
Aun a riesgo de simplifi car una realidad mucho más compleja, y haciendo una interpretación de la clasifi cación aportada por Smith, podríamos decir que las ethnic categories corresponderían a la escala de macrocategorías como 'Celtas' o 'Germanos', ethnic networks a agrupaciones como Belgas o Etruscos y ethnic communities a entidades como Vettones, Eduos o Atenienses.
Cualquier aproximación a las ethnic communities enfrenta el problema de partida de que a menudo su existencia es conocida a través de fuentes exoétnicas (Plácido Suárez 2009; Woolf 2009).
Es bien conocido en contextos como el africano que, en principio, los grupos a quienes se aplican estas conceptualizaciones externas no tienen por qué asumirlas (Amselle y M'bokolo 2005).
Por tanto, se trata de intentar dilucidar, en la medida de lo posible, si las categorías étnicas recogidas en los textos grecolatinos eran 'constructos' impuestos desde el exterior o correspondían a realidades emic.
Entre los testimonios que pueden ofrecer más claves al respecto se encuentran los epigráfi cos, por desgracia tremendamente exiguos con anterioridad a la conquista romana.
No obstante, vamos contando ya con algunas referencias aisladas, entre las que destacamos dos inscripciones.
La primera es un grafi to con el nombre ELUVEITIE, escrito en caracteres etruscos sobre una cerámica hallada en Mantua (norte de Italia) y datada alrededor del 300 a.
Este gentilicio deriva claramente del etnónimo 'Helvecio' (Vitali y Kaenel 2000: 115-116), constituye el testimonio contemporáneo más antiguo sobre un grupo étnico galo (Collis 2003(Collis: 114, 2007: 525) y prueba la existencia de un cierto tipo de identidad helvecia ya en el siglo IV a.
Por otro lado, en el oppidum de Manching apareció, sobre un recipiente cerámico de los siglos II-I a.
Se trata de un nombre personal derivado del etnónimo 'Boios', una situación muy similar a la anterior.
Pese a su parquedad y carácter excepcional, estos y otros testimonios parecen indicar que al menos parte de los etnónimos transmitidos por las fuentes no eran una simple invención de los autores clásicos, sino que podrían refl ejar, en alguna medida, realidades indígenas.
Ello no excluye, por supuesto, la existencia de designa-ciones exógenas ajenas a las realidades locales, ni tampoco que las entidades étnicas transmitidas por las fuentes fueran sólo la escala superior de múltiples niveles identitarios superpuestos.
Las defi niciones exoétnicas no carecen de interés, dado que la contraposición con el 'Otro' es un elemento fundamental en los procesos formativos de la identidad étnica (Jiménez Díez 2008: 62; Cardete del Olmo 2009: 32), aunque queda mucho por profundizar en los procesos que genera la constante interacción entre auto-identifi cación y categorización por parte de otros grupos (Jenkins 1997; Ruby 2006: 40-41).
Partiendo de la base de que las perspectivas emic son el aspecto esencial de la identidad de las ethnic communities (Smith 2008: 33-34) -de ahí la importancia de contar con una etnicidad históricamente percibida y descrita (Derks y Roymans 2009: 7)-, también hay que reconocer que en su construcción y/o redefi nición pueden llegar a desempeñar un papel fundamental las aproximaciones externas (Smith 2003; Roymans 2004).
De hecho, en ocasiones, defi niciones exoétnicas acaban siendo asumidas por los propios grupos descritos (véanse por ejemplo, Beltrán Lloris 2004 y Burillo 2007 para el caso de los Celtíberos).
Si bien las construcciones étnicas de los contextos coloniales son con frecuencia creaciones de las potencias colonizadoras (Amselle y M'bokolo 2005) y siempre hay que tener muy en cuenta cómo los Estados en expansión van conformando, etiquetando y sellando la realidad de 'los Otros' (Scott 2009), las construcciones externas también pueden recorrer el camino inverso y acabar siendo aceptadas por las propias comunidades colonizadas como marco identitario (Álvarez Martí-Aguilar 2009: 89).
Las defi niciones etic constituyen, en defi nitiva, una parte esencial de la etnicidad: precisamente porque las identidades se construyen en función del 'Otro', las percepciones externas infl uyen sobre la percepción y defi nición de la propia identidad.
Por último, las perspectivas externas pueden permitir identifi car, en ocasiones, elementos culturales constitutivos de una determinada identidad étnica que no han sido conscientemente percibidos o asumidos por los propios actores.
Un aspecto sobre el que nos gustaría llamar la atención es la frecuente identifi cación entre procesos étnicos y políticos: no sólo no están en contradicción sino que se complementan perfectamente en los procesos de construcción colectiva, como muestran numerosos ejemplos del Mundo Antiguo (Cruz Andreotti y Mora Serrano 2004; Roymans 2004; Burillo 2007; Derks y Roymans 2009).
Las perspectivas instrumentalistas han puesto de relieve el importante papel que puede jugar la etnicidad a la hora de reforzar y preservar la cohesión de formaciones sociopolíticas.
Se ha argumentado incluso que la construcción de un grupo étnico precisa de un poder político que dé forma, fomente y sostenga el sentimiento étnico-genealógico y territorial (Cardete del Olmo 2006: 191-192, 2009: 32).
Ello, sin tener que ser necesariamente generalizable, parece perfectamente aplicable a numerosas entidades como las poleis griegas o las etnias galas (Eduos, Arvernos...), en las que era habitual la coincidencia entre el grupo étnico y el político.
Nos gustaría terminar estas refl exiones con una propuesta de análisis arqueológico estructurada en tres apartados, que por supuesto constituye sólo una de las múltiples formas posibles de aproximación al estudio de la etnicidad protohistórica (Fernández Götz 2008: 135-137; Ruiz Zapatero 2009: 19-23) (Fig. 5):
1) El análisis parte de un marco espacio-temporal para el cual contamos con referencias escritas sobre grupos étnicos, para establecer a partir de ahí una contrastación crítica entre la distribución de los elementos de la cultura material y los restantes tipos de fuentes disponibles.
En defi nitiva, se buscan posibles correlatos arqueológicos de una etnicidad textualmente defi nida, teniendo siempre muy presente que las informaciones de las fuentes literarias no dejan de ser aproximativas y que, sobre todo cuando se trata de descripciones exoétnicas, pueden contener importantes distorsiones.
Como ya se ha indicado, determinar su grado de plausibilidad precisa del análisis minucioso de cada contexto específi co. Resulta indispensable tomar como área de estudio un territorio que sobrepase signifi cativamente la extensión del grupo o grupos a analizar, así como un conocimiento lo más detallado posible de factores como la demografía, el tipo de organización social y las formas de subsistencia, comercio e intercambio entre los grupos.
El objetivo es de-terminar la existencia y funcionamiento de 'marcadores' étnicos individuales, rechazando así la tradicional y fallida asociación entre grupo étnico y cultura arqueológica.
La identifi cación de dichos elementos culturales específi cos requerirá siempre de una amplia y detallada discusión previa sobre las interpretaciones alternativas y/o complementarias que pueden proponerse para explicar sus pautas de distribución.
En esta tarea debemos tener en cuenta tanto los diversos niveles en los que se articula la identidad como los múltiples problemas derivados del uso de fuentes exoétnicas y la posibilidad real de que en ocasiones no se identifi que ningún indicador étnico.
Además, resaltamos que no se trata sólo de proponer adscripciones étnicas de ciertos elementos de la cultura material, sino sobre todo de lograr una mayor comprensión de los contextos políticos, económicos y religiosos en los cuales se insertan los procesos de construcción y transformación de la etnicidad.
2) En los casos donde haya sido posible determinar algún tipo de 'marcador étnico', el siguiente paso es intentar analizar de forma retrospectiva cómo se comportan los indicadores anteriormente defi nidos.
En teoría, algunos podrán ser seguidos en el tiempo, por lo que habrá que tratar de 'rastrear' su continuidad en el registro arqueológico; otros, en cambio, habrán desaparecido.
Al mismo tiempo entrarán en juego nuevos elementos de la cultura material que, analizados a su vez en áreas amplias, podrán sugerir diversos signifi cados, sin descartar que entre ellos se encuentre también el de un hipotético carácter como marcadores de etnicidad.
Este análisis se encuentra sujeto a dos importantes limitaciones: la continuidad de un elemento no implica necesariamente la continuidad en su signifi cado y función; y la profundidad temporal de la retrospectiva estará reducida, en el mejor de los casos, a unas pocas centurias.
3) Finalmente, en toda aproximación resultará imprescindible analizar cómo se articula la interrelación entre los diversos tipos de identidad social, así como el papel activo que desempeña la cultura material en la confi guración y negociación de la identidad étnica hacia el interior del grupo y en relación con otros grupos limítrofes.
La comparación con casos históricos, etnográficos y etnoarqueológicos no ofrecerá respuestas directas, pero puede aportar interesantes claves interpretativas.
En defi nitiva, estamos convencidos de que la exploración de identidades étnicas en la Edad del Hierro, pese a los múltiples problemas y limitaciones que plantea, presenta interesantes posibilidades de futuro.
Para su desarrollo consideramos fundamental realizar exhaustivos estudios arqueológicos de casos concretos, profundizar en la hermenéutica de los textos escritos y de modo constante contrastar y discutir los resultados con la conceptualización de la etnicidad en las distintas disciplinas sociales.
Además, habrá que tener muy en cuenta la dimensión demográfi ca de los grupos, el conocimiento de sus matrices socioeconómicas y la cronología de los procesos de etnogénesis a escala de generaciones humanas. |
La Etnoarqueología no ha sido habitualmente utilizada en España, probablemente por fa lta de reconocimiento de un nexo con un pasado remoto.
Sin embargo, consideramos que en ciertas áreas apartadas y con recursos limitados, han podido mantenerse formas de vida básicamente similares, al menos desde fines de la Edad del Hierro hasta hace relativamente poco tiempo.
Los testimonios ofrecidos por las personas que vivieron en esas condiciones son de gran ayuda para comprender y comparar la organización y el uso del paisaje a través del tiempo.
En este trabajo se analiza un área centrada en el Valle del Guadiana Menor, a partir de fuentes arqueológicas, medievales y recientes.
Al igual que ocurre en muchos otros países del ámbito mediterráneo (por referirnos sólo a nuestro entorno más inmediato), y debido en gran medida a una incorporación a un proceso de industrialización muy desigual y en general retardado, en España existen aún amplias zonas en las que las formas económicas y sociales del mundo rural tradicional se han mantenido hasta tiempos muy recientes.
Sólo a partir de los últimos treinta años estos lugares han empezado a romper su aislamiento, y han sufrido una fuerte transformación que ha implicado una radical modificación de los modos de vida de sus habitantes.
El núcleo fundamental de dichas formas de vida ha sido una economía campesina sumamente autárquica, unos recursos tecnológicos de carácter pre-industrial y una estrecha adaptación a un entorno ambiental que generalmente presenta fuertes limitaciones.
El valle del Guadiana Menor, zona en la que vamos a centrar nuestro estudio, ofrece todas estas características.
Desde 1983 se vienen realizando allí investigaciones arqueológicas en el contexto de un proyecto denominado "El poblamiento ibérico en el valle del Guadiana Menor", dirigido por los doctores Teresa Chapa Brunet y Juan Pereira Sieso, cuyo centro principal de intervención es la necrópolis y el poblado ibéricos de Los Castellones de Ceal (Hinojares, Jaén).
Diez años de excavaciones han facilitado un intenso contacto con las gentes del lugar.
A través de su testimonio y opiniones fue como empezamos a percibir la gran riqueza etnográfica que aún conservaba la región, y la participación de algunas de estas personas en los trabajos de campo nos sensibilizó además sobre el valor potencial de este patrimonio para la contrastación de problemas surgidos en el curso de la excavación arqueológica.
Las crecientes evidencias de una escasa modificación del medio natural en los últimos dos milenios fueron un incentivo más para plantear la posibilidad de que procesos adaptativos desarrollados en época ibérica pudieran ser mejor comprendidos a la luz del conocimiento de las adaptaciones propias de la vida rural tradicional que ahora se extingue.
A la hora de emprender nuestro estudio, y como esperamos argumentar suficientemente en el curso de este artículo, consideramos la aproximación metodológica de la Etnoarqueología como el camino más productivo y estimulante.
Se impone, antes de continuar, una breve reflexión sobre este concepto, que será al tiempo un intento de clarificación sobre nuestras expectativas y objetivos.
T. P., 51, nO 1, 1994 EN TORNO AL CONCEPTO DE ETNOARQUEOLOGIA Al compás de los sucesivos y acentuados movimientos pendulares que ha experimentado la teoría arqueológica desde sus inicios, la información etnográfica ha sido objeto de un tratamiento muy desigual.
Por encima de todo hay que resaltar la gran frecuencia con que se ha empleado para establecer analogías sin una seria consideración de los contextos ambientales, culturales e históricos de los datos que se pretendían extrapolar hacia el pasado.
Durante toda la década de los sesenta y setenta los planteamientos de la arqueología tradicional fueron sometidos a una intensa labor de crítica.
En el marco de la grave crisis que esta corriente provoca nace la necesidad de desarrollar nuevos puntos de referencia teórica, y la Etnoarqueología, que tiene como verdadero punto de arranque este momento, juega un importante papel al respecto al menos en dos sentidos principales.
En primer lugar, debido al notable cambio operado en los objetivos de la Arqueología, se produjo un gran vacío teórico que indujo a muchos a tomar prestados modelos e ideas directamente de la teoría antropológica (del mismo modo que se hizo con otras disciplinas como la Geografía o las Ciencias Naturales).
De este modo se crearon relaciones de dependencia (Gould, 1980: 2) en perjuicio de la vitalidad y validez de un enfoque específicamente arqueológico.
Ulteriores desarrollos por este camino han llevado a algunos arqueólogos a tom ar parte activa en la utilización de datos y procedimientos etnográficos, fomentando de este modo la creación de verdaderos estudios interdisciplinares.
Por otra parte, y en íntima relación con las mencionadas transformaciones, fueron planteados nuevos desafíos metodológicos, al cuestionarse la posibilidad de que la Arqueología lograra extraer del registro material pautas que aportaran información significativa sobre cualquier aspecto del comportamiento humano.
Así, autores como Schiffer (1976) o Binford (1977, 1981) (recogidos en Trigger, 1992: 336) han intentado tratar de un modo sistemático la especificidad de los datos arqueológicos, así como la creación de técnicas concretas para comprender las relaciones entre estos y los complejos sistemas humanos en funcion a-(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es miento.
Esto es lo que da sentido a la propuesta binfordiana del establecimiento de una Teoría de Alcance Medio, esto es, de sistemas para investigar de que modo factores adaptativos, culturales o no intencionales influyen en las distribuciones de artefactos documentadas por los arqueólogos.
Respecto a todo esto lo significativo para nosotros es que uno de los caminos trazados en esa dirección es un uso crítico de la información que aportan las sociedades vivas a través de la Etnoarqueología.
A partir de las líneas esbozadas durante el desarrollo y crisis de la "Nueva Arqueología", las publicaciones presentadas bajo el epígrafe de "Etnoarqueología" han sido muy abundantes.
En realidad, pueden hacerse infinidad de cosas con datos etnográficos en relación con información arqueológica que estan muy lejos de poderse denominar estudios etnoarqueológicos.
De hecho esta vasta bibliografía abarca una amplia gama de premisas teóricas, procedimientos y objetivos.
Los diversos intentos que han sido hechos para poner un poco de orden en todo este panorama van desde esfuerzos mas o menos "taxonómicos" (Stiles, 1977), hasta visiones ambiciosas que pretenden indagar sobre los principios filosóficos subyacentes a los principales trabajos etnoarqueológicos (David, 1992).
Su crítica excede por completo el espacio del que disponemos.
Bastará aquí decir que de entre todos los trabajos consultados nos llaman la atención los análisis de Susan Kent (1987), y Jorge Onrubia (1987), por cuanto ambos abordan dos cuestiones cruciales para la definición de la naturaleza de la Etnoarqueología, y por consiguiente para el tratamiento de la información etnográfica que hemos recopilado: la analogía y el uniformismo.
Respecto a la primera, ya numerosos autores han llamado la atención manifestando que la analogía nos ha llevado todo lo lejos que podía en el campo de la interpretación, añadiendo que esto ha sido bien poco (Gould, 1980: 36).
La propia Susan Kent (1987: 43) se expresa en términos contundentes afirmando que "la analogía etnográfica no es de ningún modo una explicación de nada".
Es mas, añadimos nosotros, el procedimiento analógico deja el campo abonado para la multiplicación de las asunciones previas, que lastran y fosilizan nuestro conocimiento.
Onrubia (1987: 61), por su parte, al igual que Kent percibe el carácter crucial que tiene la valoración de la analogía en la resolución de problemas arqueológicos y antropológicos en general, y en concreto en la validación del uso de información etnográfica, afirmando que: "en su uso adecuado radica la legitimación de su interés estratégico para el arqueólogo ".
Esta preocupación por el valor de la analogía queda plasmada en ocasiones en la apreciación de una escala en la que poder situar los ejercicios de analogía etnográfica en función de su fiabilidad, para cuya evaluación el principal criterio que se tiene en cuenta es la mayor o menor distancia espacio-temporal de los casos que se pretenden poner en relación.
Pero aunque formulemos tantos criterios restrictivos como queramos para dar como válidas conclusiones derivadas de su uso, la misma base conceptual de la analogía la coloca en un plano de debilidad teórica: continua o discontinua, sistemática o selectiva, una vez se ha perdido la conexión entre las culturas vivas que usamos como referente y las culturas del pasado, ambos tipos de analogía nos obligan a dar el mismo peligroso salto al asumir que las casillas en blanco del registro arqueológico pueden rellenarse con casos "análogos" del presente conocidos de un modo mas completo, procediendo así quizá (por reducción al absurdo) tan alegremente como los ingenieros genéticos de "Parque Jurásico", que reconstruían el ADN de seres extinguidos hace mas de 60 millones de años a partir de la fresca y viva materia prima aportada por anfibios actuales (1).
Desde este punto de vista la necesidad de la analogía dentro de un enfoque determinado define por exclusión lo que es Etnoarqueología.
Así la analogía cobraría sentido en iniciativas orientadas a crear reconstrucciones históricoculturales, o simplemente muestrarios de referencias etnográficas para el estudio descriptivo de rasgos concretos del registro arqueológico.
En contraste, un enfoque estrictamente etnoarqueológico, que es lo que nosotros perseguimos, no sólo no tendría por qué, sino que no debería depender de la analogía como núcleo.
Para generar un modelo explicativo de mayor alcance es preciso atender a nuestro segundo (1) Pensamos que el carácter "biológico" de este ejemplo lo hace doblemente significativo para lo que queremos decir.
T. P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es concepto clave: el uniformismo, según el cual: "los procesos en el pasado no fueron cualitativamente diferentes a los observados en el presente" (Kent, 1987: 43).
Ello implica valorar cuidadosamente los factores ambientales (entendidos en un sentido amplio, no restringidos al marco físico-natural) en los que se definen las formas de explotación económica, el desarrollo de medios tecnológicos o los patrones de distribución espacial.
De hecho la Etnoarqueología debe adoptar una perspectiva profundamente ecológica (Gould, 1980: cap. 3), es decir, debe tratar con sistemas complejos en los que numer? sas variables interactúan en múltiples direc-CiOnes.
No obstante, la validez del procedimiento analógico ha sido defendida también en este plano sistémico (Watson, 1980: 57) (2).
Con esto creemos que vamos llegando al fondo de la cuestión.
Una utilización contrastada de la analogía puede orientarnos en el manejo de ciertos conjuntos de rasgos que ponen en relación el presente con el pasado, pero las asociaciones y regularidades que percibimos en los hallazgos arqueológicos no se explican por sí mismas, no hay en ellas implícita una descripción de determinados procesos tecnológicos, intensidad de la explotación del medio o grado de especialización socio-económica.
Utilizando la ocurrente expresión de Gould (1980: 45-47), los artefactos (y ecofactos) no son "culpables de asociación" por el mero hecho de aparecer juntos.
En virtud de lo dicho, la analogía no nos ofrece por sí misma resultados concluyentes a un nivel de explicación mas abstracto (Kent, 1987), al cual sólo llegaremos a través de la comparación de los complejos sistemas de adaptación humana, independientemente de su posición espacio-temporal (por ejemplo, mediante la formulación de modelos), de modo que la cuestión no es tanto si nos sirve o no para algo la analogía, como para qué es necesaria y en función de ello qué objetivos, mas o menos amplios, están a nuestro alcance.
Resumiendo, aquello en lo que convergen los principales autores que han abordado el tema es en que el objetivo de la Etnoarqueología es contrastar hipótesis y modelos surgidos en el estudio de regularidades detectadas por la investigación arqueológica, con los datos etnográficos procedentes de sociedades actuales o (como en nuestro caso) del pasado más inmediato, intentando proponer qué adaptaciones humanas del presente, entendidas desde una perspectiva sistémica, son útiles para la comprensión de adaptaciones humanas del pasado.
A este nivel de explicación no hay contradicción entre enfoques tan opuestos como el neoevolucionismo de Binford (1978de Binford (, 1991, entre otros), entre otros), el estructuralismo (Kent, 1987) o la Arqueología simbólica y con textual de Hodder (1988, entre otros).
Por nuestra parte, queremos expresar nuestra postura dentro de este debate añadiendo que junto a las corrientes teóricas citadas, vemos una escasa presencia de otros planteamientos de base en Etnoarqueología.
Nos referimos al hecho de que las referencias explícitas al tratamiento de la organización social están prácticamente ausentes en la bibliografía etnoarqueológica (Vilá el alii, 1986).
Aún cuando se admitiese en ciertos casos la imposibilidad de alcanzar ese plano social, la comprensión de la interacción hombre-medio nos estaría dando, como mínimo, las condiciones objetivas en las que se desenvolvieron los procesos de producción en el pasado, y por tanto, información sobre la infraestructura económica sobre la que se construyen las relaciones sociales (Ruíz el alü, 1986).
La línea quedaría así al menos trazada a la espera de que desarrollos metodológicos ulteriores nos enseñen a superar las limitaciones para llegar a entender y explicar ya no só lo en términos de "pensamiento" (Hodder, 1988 entre otros), flujos energéticos o medios extrasomáticos de adaptación (White, 1949; Alcina Franch, 1989: 44).
Esta perspectiva social e histórica tiene especial importancia en el estudio de sociedades campesinas como la que nos ocupa, cuya organización autosuficiencia y óptimo aprovechamiento del entorno, junto con la respuesta adecuada a condicionantes políticos y sociales que emanan del exterior (rentas, propiedad de la tierra, poder político centralizado... ) son dos caras de la misma moneda (Wolf, 1982: 9-31), manifestándose esto con mayor o menor intensi-
EL TRABAJO DE CAMPO: METODOLOGÍA EMPLEADA
A continuación se expondrán las líneas esenciales del sistema adaptativo tradicional que hemos documentado en el valle del Guadiana Menor.
El material se obtuvo fundamentalmente durante dos campañas de trabajo etnográfico en los meses de septiembre de 1992 y 1993.
Dichos trabajos consistieron en la realización de entrevistas guiadas mediante cuestionarios temáticos a un total de treinta personas (19 de ellas varones y 11 mujeres), con una media de edad de 70 años.
No hemos establecido ningún criterio en la proporción por sexos.
Estos cuestionarios trataban por separado los temas de la economía agro-ganadera (tipos y proporción de las especies aprovechadas, fases del ciclo agrícola, estructura de la propiedad... ), y la vivienda (selección de materiales, grado de especialización de sus constructores, funcionalidad de las dependencias... ).
En las entrevistas hemos marcado como límite cronológico la década de los cincuenta (lo cual evidentemente determina la edad de nuestros informantes), ya que es en este momento cuando se acelera el proceso de transformación de la vida rural en la zona, debido entre otros factores, a la construcción de la primera carretera asfaltada que enlazó las poblaciones de Huesa e Hinojares, y que alteró por completo la antigua dinámica de comunicaciones y desplazamientos.
Además se inició una extensa recopilación de información gráfica sobre arquitectura, sistemas de aprovechamiento del medio, etc. (fotografía, dibujo a escala y cartografía).
Paralelamente está en curso una exhaustiva revisión del material documental referente a la evolución histórico-social de nuestra área de trabajo.
En ningún momento pretendemos con la exposición que sigue ofrecer un modelo explicativo definitivo y completo para las adaptaciones de época ibérica en el Guadiana Menor.
Simplemente, iniciamos con ella el tratamiento de todo un conjunto de datos muy alentadores en ese camino, un camino que promete ser largo y aún lleno de interrogantes.
Además, y con el objeto de mejorar la calidad de la información, en esta primera fase nos hemos centrado en los aspectos de subsistencia y economía como temas monográficos.
Sobre todo ello volveremos en el apartado de conclusiones.
La zona elegida para realizar el trabajo etnoarqueológico comprende un sector marginal de la llamada "Comarca de la Sierra de Cazorla" (3) que se extiende por la primera y más oriental de las depresiones transversales que cruzan las sierras subbéticas, coincidiendo con el Valle Medio-Bajo del Guadiana Menor, que le sirve de eje principal.
Se trata de una depresión estructural formada por la erosión remontante del mencionado río, origen del típico paisaje de band-lands de la zona, enmarcado por los macizos calcáreos de la Sierra de Cazorla al NE y de Mágina al SE (Higueras, 1961).
Administrativamente comprende las localidades de Hinojares, con la aldea de Cuenca; Huesa, con las aldeas de Arroyomolinos, Ceal y Chíllar, además de la aldea de Belerda (Quesada) (Fig. 1).
Situación del área de estudio y ubicación de las poblaciones: 1) Pozo Alcón.
13) Castellones de Cea!.
(3) La comarca de la Sierra de Cazorla está integrada por los términos municipales de Cazorla, Chilluevar, Hinojares, Huesa, la lruela, Peal de Becerro, Pozo Alcón, Quesada y Santo Tomé.
El patrón de asentamiento de esta zona ha sufrido transformaciones a lo largo del tiempo.
Durante la Edad del Bronce se eligen lugares elevados de difícil acceso, fácil defensa, buena visibilidad y amplio control del territorio, cerrando el acceso a las vegas (El Poblezuelo de Chíllar, Cerro Negro y Los Castellones de Ceal y Cuenca) (Sánchez, 1984).
En la Edad del Hierro, aunque no es una zona muy poblada, a juzgar por los datos de que disponemos, se eligen lugares estratégicos próximos a las áreas de explotación y al control de los pasos naturales.
El siglo VI a.e. marca el inicio de un asentamiento, los Castellones de Ceal, que va a tener su máximo desarrollo entre los ss.
Dentro del modelo de los oppida, este yacimiento podría englobarse en la categoría de pequeños poblados (cerca de 1 Ha), especializados en el control territorial.
Autosuficientes, pero no excedentarios, su relativa riqueza, e incluso a veces su propia existencia no se explicaría sino en función de una estrategía económica dirigida por los pobladores de otras áreas (Chapa, 1992: 318; Ruiz y Molinos, 1993).
No será sin embargo hasta época musulmana cuando se estructure el poblamiento que ha perdurado hasta hoy.
Así, Quesada, Huesa, Chíllar, Cuenca y Tíscar aparecen en las fuentes escritas desde el siglo IX al XIII como plazas fuertes que controlan el paisaje (Cruz, 1991: 7-9; Barceló et alii, 1989), de ahí que se elijan los E cerros con mayor intervisibilidad y fácil defensa, situándose los asentamientos en espacios que no resten superficie a los cultivos (Barceló, 1988: 62), como lo demuestran la aparición de restos arqueológicos medievales en la Cortijada de Chíllar, el Cerro de los Castellones d e Cuenca, La Peña Negra de Tíscar, etc.
Desde el s. XVI, una vez consolidada la reconquista, las poblaciones se sitúan en laderas, primando en su localización factores de tipo económico (explotación del entorno) y sobre todo, la facilidad de las comunicaciones, sin que intervenga ya el control defensivo.
De esta forma aparecen separados de los yacimientos, aunque siempre dentro del mismo territorio, como sucede en Ceal, Hinojares, Cuenca, Arroyomolinos y Huesa.
En la actualidad, la distribución espacial del poblamiento en el Valle Medio-Bajo del Guadiana Menor se estructura de manera jerárquica, en función de las divisiones administrativas, mas que del tamaño de los asentamientos.
Así tenemos villas (Quesada, Huesa Hinojares y Pozo Alcón), aldeas (Los Rosales, Cuenca, Arroyomolinos y Ceal), cortijadas (Chíllar, Atalayuela, Atochar, Rincón Alto, Rincón Bajo...; cortijos, majadas y chozos (este último no puede considerarse como vivienda).
Generalmente, los núcleos de población aparecen situados en las laderas junto a cauces fluviales.
Esta ubicación permite explicar las preferencias en la elección del lugar de asentamiento (Fig. 2): En primer lugar, se busca el control de la vega para su explotación agrícola, escogiéndose zonas algo elevadas, con las viviendas orientadas al río para conseguir, por una parte, el máximo aprovechamiento del valle y por otra, la protección del poblado de los vientos y de posibles riadas.
También es importante el control de pasos naturales, en una zona donde lo accidentado del terreno dificulta enormemente las comunicaciones.
Muy en relación con esto estaría la necesidad de puntos de descanso y abastecimiento cada cierto intervalo en las vías tradicionales de intercambio y circulación del ganado.
La distribución de los poblados por la ladera de los cerros obliga a una disposición aterrazada de las viviendas, solución natural al problema de la pendiente.
El sistema de terrazas se complementa con la construcción de muros de contención, que evitan el deslizamiento de tierras en epoca de lluvias.
Esto da lugar a un trazado urbano de calles transversales a la pendiente, adecuándose a las curvas de nivel.
Las viviendas se sitúan escalonadas, y a tramos se interrumpen para dejar paso a las empinadas calles que recorren el desnivel.
Este tipo de trama urbanística aparece tanto en poblaciones contemporáneas (Arroyomolinos, Hinojares, Cuenca, Ceal) como en poblados de época ibérica, no sólo de nuestra zona (Castellones de Ceal, Jaén), sino de otras áreas: Cerro de la Cruz, Córdoba (Vaquerizo, 1990); San Miguel de Liria, Valencia y Cabezo del Tío Pío, Murcia (Gusi y Olaria, 1984).
La casa es el centro de la vida familiar y la distribución de su espacio está condicionado por una actividad económica de subsistencia.
Los modelos son distintos si se trata de una "casa-bloque" o casa "urbana", en la que bajo un mismo techo se reúnen todos los elementos de explotación, o de una "casa disociada" -cortijo y majada-en la que se separa el alojamiento del almacén y la ganadería.
La adaptación de la vivienda a la topografía del terreno ha dado como resultado la aparición de distintas edificaciones dependiendo del constructor.
En los "lugares" estudiados hemos podido constatar la existencia de tres tipos de resi-dencia: casa, cueva y casa-cueva (4), aunque en este trabajo únicamente nos ocuparemos de las primeras, puesto que las dos últimas no son características de todas las poblaciones y no se han documentado arqueológicamente.
La "casa-bloque" tiene generalmente dos plantas; la inferior dedicada a la actividad ganadera (cuadras, chiqueras o pocilgas, gallinero) y la superior, a vivienda y almacén (cocina-hogar y dormitorios-graneros), aunque a veces en la parte inferior puede haber un dormitorio.
Además en ocasiones se dispone un tercer piso para almacenaje.
En los cortijos (Lám. lA) y majadas distinguimos en primer lugar la vivienda familiar, que (4) Estas construcciones han sido objeto de un estudio por A. Higueras (1961).
Los distintos tipos fijados por este autor no pueden aplicarse per se debido a la enorme variabilidad que ofrece la zona que estudiamos desde los puntos de vista orográfico, climático, agrícola y del sistema de propiedad. suele tener dos plantas (Fig. 3); en la inferior se localiza la cocina con el horno, y el dormitorio principal, y en la parte superior uno o dos dormitorios, utilizados también como graneros.
En segundo lugar tenemos la cuadra, a veces con una puerta de acceso directo.
Delante o detrás de la casa se sitúa el corral, en torno al cual se disponen las chiqueras, gallineros, leñeras y compartimentos para el ganado.
Del análisis del uso del espacio en las viviendas se deduce que hay estancias con una función muy definida: horno, establo, dormitorio principal, mientras que en otras ocasiones se produce un aprovechamiento para distintas funciones en el mismo espacio.
Por ejemplo, ya lo hemos visto, a veces el granero puede utilizarse como dormitorio, y en la cocina-hogar se realizan la mayoría de las actividades domésticas: se cocina, se almacenan víveres, se come, se guarda la vajilla, se recibe a los visitantes, se teje...
Además, también en el exterior se llevan a cabo actividades diversas: preparación de las conservas, matanzas, trabajo del esparto, etc. Esta es una cuestión de la que empezamos a tener indicios a partir del estudio microespacial de las viviendas del poblado ibérico, en algunas de cuyas habitaciones se documentan conjuntos cerámicos que hacen referencia a toda una gama de actividades domésticas en el sentido más amplio (transformación de alimentos, consumo, almacenaje... )
Los elementos tradicionalmente utilizados en la construcción los ofrece el entorno inmediato en cantidad y variedad suficiente, con el consiguiente ahorro de tiempo y medios.
Estos materiales se someten a un proceso mínimo de transformación, elaborándose sólo aquellos que no pueden emplearse en estado natural, como es el caso del yeso, la cal, el esparto y el barro para hacer adobes y tejas.
En líneas generales, existe una uniformidad en cuanto a técnicas y materiales de construcción en su uso para las diferentes partes de la casa.
Los muros exteriores son de mampostería irregular o de cantos de río, aunque en ocasiones se utiliza también el tapial.
En la selección de la piedra tiende a preferirse la caliza sobre la cuarcita, y en último lugar el basalto (5), que es empleado sobre todo en la cimentación.
Los mampuestos van trabados con una argamasa, resultante de mezclar barro, arena, yeso y cal, revocados con este mismo mortero y finalmente encalados.
Los muros interiores siempre están realizados con adobes, siendo asímismo enlucidos de yeso o cal.
La cubierta es a una o dos aguas, con tejas al exterior y cañas sobre vigas de madera (pino blanco, sabina o enebro) al interior; la sujeción de las vigas a las cañas y al barro se realiza con ramal de esparto; después se encala o se recubre de una fina capa de yeso para evitar que la humedad o los roedores la dañen.
La presencia de yeso también en los suelos evidencia la importancia de dicho elemento en la arquitectura.
En general se practican pocos vanos al exterior, dos o tres ventanas de pequeño tamaño, fundamentalmente destinados a la ventilación.
La puerta es de madera rústica de hoja única con dos batientes; ambas se atrancan con cerrojo, el cual se introduce en un agujero practicado directamente en la pared.
Todos estos datos sobre selección de materiales de construcción, distribución del espacio, etc. son pistas que esperamos sean orientativas para empezar a comprender la función y uso de los mismos elementos en el poblado ibérico de Castellones.
En los últimos años se ha producido una gran transformación de la vivienda, debido fundamentalmente al retorno de los emigrantes y a la introducción de nuevas técnicas y recursos.
Estas variaciones afectan no tanto al aspecto formal como al funcional: los espacios destinados a los animales (cuadras, pocilgas, gallineros... ) se han convertido en dormitorios, cuartos de baño o cobertizos para la maquinaria agrícola.
La base económica de estas poblaciones es un sistema mixto que combina agricultura, ganadería y recolección.
Sólo en algunos casos existe una clara diferencia entre agricultores y ganaderos.
Generalmente cada familia dispone de una pequeña huerta, en la que se cultivan hortalizas, legumbres y frutas, alguna parcela de secano, y unos pocos animales: un cerdo, una o A) Agricultura y ganadería Tomando como referencia la distancia existente entre el lugar de hábitat y la zona de explotación agrícola observamos tres categorías de terrenos, según su rentabilidad y el uso que se hace de ellos.
Los campos más próximos, situados entre la población y el cauce del río, son pequeñas extensiones de tierra de regadío dedicadas al cultivo de huerta, donde se plantan gran variedad de productos: lentejas, garbanzos, tomates, pepinos, pimientos, patatas, ajos, cebollas, maíz, frutales y olivar de regadío.
El tiempo empleado en llegar a ellas es de escasos minutos.
En el límite entre una huerta y otra se construyen chozos con ramas y palos, destinados al almacenamiento provisional de la cosecha durante la recolección (Lám.
En segundo lugar distinguimos los terrenos de labor dedicados al cultivo de secano, situados en zonas de escasa pendiente y cerros amesetados.
En ellos se da el cereal (trigo, cebada, centeno), el olivar de secano y, más recientemente, el almendro.
Alcanzar estas parcelas requiere desplazamientos de una media de una a dos horas de duración, que tradicionalmente se han hecho a pie o con caballerías.
Cuando las comunicaciones ofrecen una dificultad excesiva, es frecuente que algunas familias habiten de modo permanente en los cortijos, desplazándose hacia los pueblos para lo estrictamente necesario.
De hecho, algunos de nuestros informantes han pasado gran parte de su vida en dichos lugares.
En cuanto a la estructura de la propiedad, empezamos a percibir algunos contrastes, aunque no muy acusados, en la extensión de las tierras.
Desde luego una diferenciación cualitativa muy neta la establece la posesión de terrenos de regadío, que no está generalizada.
El resto del suelo, que constituye la mayor parte del territorio, es extremadamente abrupto, caracterizado por barrancos, yesares y cerros de greda.
Está poblado por vegetación xerófila (esparto, tomillo, romero, mejorana, etc.).
En las zonas más alejadas y de mayor altitud crecen pinos (albar, laricio, salgarreño).
Estas tierras sin cultivar, de propiedad comunal y hoy apenas explotadas, proporcionaron hasta hace unos años un importante complemento económico, al recolectarse en ellas plantas aro-T.
P., 51, nO 1, 1994 máticas y medicinales (tomillo, romero, lavanda, mejorana), gramíneas como el esparto, y madera.
El esparto ha sido un elemento económico fundamental pues de su venta se obtenían los medios necesarios para acceder a productos foráneos (calzado y vestido, vajilla doméstica... ).
La riqueza de esparto de la zona debe de haber hecho posible su explotación y comercialización desde época antigua.
Son muy abundantes los restos de esparto trenzado aparecidos en las excavaciones.
En los Castellones de Ceallo encontramos como elemento de sustentación de las ánforas (Chapa el alii, 1987: 353) y como parte integrante de la techumbre de las casas, al igual que hemos visto sucedía en las viviendas actuales.
Con estas fibras los habitantes de la zona elaboraban cuerdas, cestas, esparteñas, barjas, esteras, etc. Su explotación ha estado muy controlada hasta hace unos años en que ha dejado de recolectarse de forma sistemática.
Por otra parte, las hierbas aromáticas se han venido empleando para la elaboración de esencias, de aplicación en perfumería, cosmética y medicina.
Eran muy importantes las calderas existentes en Hinojares y Chíllar y en los últimos años se están desarrollando de nuevo en La base de la cabaña ganadera estaba constituida por rebaños de ovejas y cabras; éstos estaban formados por 500-600 cabezas.
Un ejemplo representativo de la estructura de la propiedad del ganado sería el documentado en Arroyomolinos, donde las cabezas de ganado se agrupaban en dos o tres rebaños, conducidos por un pastor; dentro de ellas, algunos propietarios principales poseían una media de 100, 150 cabezas, limitándose la propiedad de los otros a 10, 15 cabezas, que permanecían en el rebaño a cambio de la apropiación de las crías.
Quizá en este campo la diferenciación entre propietarios se hace mas neta que en la agricultura.
Dependiendo de la época del año había dos zonas de pasto; en el verano, y una vez recogida la cosecha, el ganado se llevaba a las rastrojeras y en el invierno y la primavera pastaban en la sierra.
Estos ganados raramente estaban estabulados; en la sierra pernoctaban al aire libre y en la campiña se encerraban para el sesteo y durante la noche en las majadas, donde se! habilitaba una estancia para el pastor.
En las épocas de mayor rigor climático (sequías, nevadas) los r~baños transhumaban a otras zonas más propi-cIas.
El principal aporte económico de estos ganados es su venta para aprovechamiento cárnico, bien a través de marchantes que recorrían las aldeas o bien directamente en las vecinas ferias de Baza, Guadix y más excepcionalmente en Ubeda.
Ocasionalmente se aprovechaba la carne de los animales que sufrían una muerte violenta.
La lana también se vendía, siendo una parte aprovechada para la confección de tejidos.
En resumen, la circulación del ganado ha sido una fuente de beneficios fundamental para poblaciones como Arroyomolinos, ubicadas en un punto intermedio de las rutas ganaderas que procedentes de Toya, conducían a la región andaluza de Baza y Guadix.
El camino tradicional iba de Quesada a Huesa, y desde alli pasando por Arroyomolinos e Hinojares alcanzaba Pozo Alcón, a partir de donde la ruta se bifurca, dirigiéndose un ramal hacia Huéscar y otro hacia la depresión de Guadix, lugar de donde provenían la mayoría de los marchantes de ganado.
El gran protagonismo de Arroyomolinos como punto intermedio en esta ruta puede comprobarse por las numerosas posadas que tuvo la al-dea (7 en la época de máximo esplendor).
Un importante punto de trabajo y discusión en el futuro será el planteamiento de la hipótesis de que el poblado ibérico de los Castellones pudo cumplir una función similar.
Respecto al ganado porcino, hay que reseñar su valor estratégico en la organización de la unidad doméstica campesina Por último, la caza y la pesca tienen cabida como complemento ocasional de la agricultura y la ganadería.
Se han cazado liebres, perdices, conejos, palomas, patos, cabra montesa, jabalí y gamos.
Se pescaban truchas, barbos y algunos otros peces, ademas del cangrejo de río.
Más frecuente ha sido y aún es la recolección de caracoles, muy abundantes en la zona.
En los análisis de fauna y flora efectuados en el yacimiento de Castellones de Ceal, aparecen representadas las mismas especies de animales y vegetales, tanto domesticadas como silvestres (Chapa, 1984;1993).
Los análisis polínicos y las flotaciones efectuadas han documentado restos de cebada y trigo, (cuya explotación es corroborada además por la abundancia de piedras de molino), lentejas, uvas y olivo, especialmente en las etapas finales del habitat, lo que queda confirmado por la existencia de molinos de aceite (Blanco, 1959: 98).
Otras especies vegetales aparecidas son los pinos, que eran empleados como material constructivo en las viviendas y como combustible en los ustrina de la necrópolis (donde aparecen ramas y piñas), fresnos, álamos y esparto.
En lo que a fauna se refiere, encontramos una gran variedad de especies, entre las que hay caballos, burros, vacas, ovejas, cabras, cerdos, ciervos, jabalíes, gamos, conejos y gallinas.
Algunos de estos animales (gallina y ovicápridos) están relacionados con el ritual funerario en la necrópolis (Chapa et alii, 1991).
Desafortunadamente no contamos aún con estudios porcentuales sobre la presencia de cada especímen.
No obstante podemos decir en líneas generales, que el ele-• mento dominante en la economía de Castellones parece haber sido la ganadería de ovicápridos (Ruíz y Molinos, 1993: cap. 3)
La producción de sal, yeso y cal han sido tradicionalmente actividades complementarias.
La sal es muy abundante en la zona y resulta indispensable tanto en la dieta humana como animal.
Se han documentado dos salinas -Ba- HA) (esta última en explotación al menos desde el s. XVII (6»-de las cuales sólo una se mantiene en funcionamiento.
La producción de ambas siempre ha cubierto con creces las necesidades de toda la comarca, por lo que el excedente se exporta hacia las provincias de Granada y Almería.
En el pasado, las salinas debieron ser puntos estratégicos controlados por los pobladores de estos territorios (sobre todo si tenemos en cuenta la importancia de la actividad ganadera).
Nuestras dos salinas tenían propiedades diferentes.
La del Mesto proporciona una sal muy fina que según testimonios de los diferentes informantes era perjudicial para el ganado.
Por el contrario, la Salina de Chíllar produce una sal más gorda, buena tanto para personas como para animales.
Como ya hemos visto, el yeso y la cal son materiales asociados a la construcción y se utilizan indistintamente en interiores y exteriores.
Para su elaboración existe gran abundancia natural de materia prima.
El proceso de fabricación del yeso requiere unas instalaciones de complejidad variable, según el volumen de producción.
Se han documentado desde simples agujeros en el suelo, fabricados ex profeso para la construcción de una vivienda concreta (Lam.
I1 -B) hasta yeseras que podríamos calificar como "industriales" dado su rendimiento más elevado y la mayor especialización de los trabajadores.
Las caleras y yeseras se han mantenido en actividad hasta hace pocos años.
Las encontramos abandonadas en Chíllar, Huesa y Cuenca.
Conocemos arqueológicamente en Castellones de Ceal un uso abundante del yeso para la fabricación de utensilios tales como tapaderas y pequeños recipentes y, ya lo vimos, para la construcción, tanto en la necrópolis como en el poblado.
Tal y como señalamos al finalizar la introducción teórica, aún estamos muy lejos de poder proponer resultados concluyentes para nuestro estudio.
No obstante, algunas cosas han quedado claras.
(6) Así lo atestigua el hallazgo de una moneda de bronce de Felipe IV.
Desde un punto de vista metodológico queremos insistir en que todas las críticas que hemos realizado respecto al uso de la analogía ni deben interpretarse como un rechazo frontal al empleo de este recurso, ni se contradicen con el ejercicio descriptivo que constituye el núcleo de este artículo.
Deberían verse mas bien como una llamada de atención sobre las incongruencias a las que podría llevamos su mal uso, básicamente una confusión de expectativas y objetivos a la que ya hemos aludido (ver pág. 113).
Hemos obtenido, por ejemplo, abundantes indicios respecto a la utilización de los mismos materiales de construcción en viviendas ibéricas y actuales, o sobre la presencia de las mismas especies vegetales y animales en ambos casos, pero entre estas primeras pistas y la reconstrucción de todo un sistema de subsistencia y relaciones sociales dista un abismo, que confiamos se vaya acortando progresivamente.
Por lo pronto, pensamos que el giro cualitativo está dado, desde el momento en que pretendemos emplear todo el cuerpo de información que hemos presentado, no como un mero recuento de ejemplos descriptivos que "ilumine" en aspectos concretos nuestro registro arqueológico, sino como plataforma para empezar a comprender la interacción que allí se ha desarrollado con el entorno así como con otras comunidades.
En cuanto a los resultados prácticos, creemos definitivamente confirmado que uno de los ejes básicos en tomo al cual ha de girar el planteamiento de hipótesis es la persistencia a lo largo del tiempo en la zona de acentuadas limitaciones ambientales, que confluyen en una estrecha interacción (áreas de cultivo muy reducidas, protagonismo del elemento ganadero, máxima autosuficencia).
No obstante -ya lo dijimos-el plano social no debe ser abandonado, y habrá que insistir más en las diferencias internas observadas en la propiedad de tierras y ganado, además de factores externos a estas comunidades campesinas (dependencias en la explotación de la tierra, vinculación a redes de intercambio... ).
En este último sentido será de enorme interés abordar el problema de la circulación de productos foráneos documentada en el yacimiento de Castellones teniendo presente el tipo de transportes y comunicaciones que ha dominado tradicionalmente en la zona, el grado de variedad de los productos intercambiados, distancias de los contactos...
Otro camino muy prometedor es el del análisis microespacial, en relación con la polifuncionalidad del espacio documentada etnográficamente.
La heterogeneidad y abundancia del contenido artefactual de muchas viviendas ibéricas ya ha sido valorado como posible indicador de la presencia de unidades familiares campesinas (Vaquerizo el alii, 1991: 182).
La observación de la distribución de los materiales en el poblado de Castellones empieza él aportar datos alentadores en esta dirección.
Lo que queda desde luego manifiesto a la luz de los diversos factores restrictivos analizados es que la escala de la actividad económica en el curso medio del Guadiana Menor presenta parámetros muy similares en la Segunda Edad del Hierro y en el mundo rural tradicional de, al menos, los últimos cien años.
Esta demarcación de la magnitud y naturaleza de los procesos que esperamos entender es de enorme importancia en el análisis arqueológico, y abre un interesante panorama hacia el futuro en la medida en que nos empieza a liberar de los indudables riesgos de distorsión que puede provocar (a menudo inconscientemente) la proyección de conceptos y categorías de nuestro entorno urbano e industrializado sobre el pasado, o mejor dicho y empezando a cambiar de terminología, sobre ese otro mundo, al que nosotros no pertenecemos.
Queremos expresar nuestro agradecimiento a los Drs.
Dñ a Teresa Chapa y D. Juan Pereira, por el apoyo prestado durante los trabajos de campo y la elaboración del texto, y a D. Antonio Uriarte, por su desinteresada colaboración.
También queremos reseñar la ayuda recibida de D. Marcelino Sánchez y Dña Cruz Sánchez.
Ya que sería demasiado prolijo citar aquí a todos y cada uno de nuestros informantes, sirva como prueba de reconocimiento a todos ellos el agradecimiento por su hospitalidad y cooperación a los vecindarios de Hinojares, Ceal, Chíllar, Cuenca y Huesa. |
El nivel 3 de Cova Eirós constituye, por el momento, el único depósito del Paleolítico Medio en estratigrafía de Galicia.
Cuenta con una datación absoluta que lo sitúa en la segunda mitad del Estadio Isotópico 5.
El conjunto lítico del yacimiento ha sido estudiado desde una perspectiva que combina el análisis de la producción, la gestión y el uso del utillaje.
La producción se aborda básicamente a partir de lecturas tecnológicas y el uso se deduce de observaciones microscópicas, ambas basadas en referenciales experimentales.
Los análisis realizados revelan un sistema complejo de gestión de las materias primas (cuarzo y cuarcita), la coexistencia de sistemas de talla variados y el desarrollo de procesos de trabajo sobre madera y piel.
Se documenta también el uso de elementos de proyectil fabricados sobre puntas Levallois.
La asociación de este conjunto de tareas sugiere que el yacimiento conoce asentamientos con cierto grado de estabilidad residencial.
El conjunto de comportamientos técnicos reconocidos, algunos de ellos realmente complejos, y la fuerte estructuración espacial en la gestión de los recursos suponen una prueba palpable de las capacidades organizativas y cognitivas de estas poblaciones neandertales.
La historiografía sobre el Paleolítico antiguo -Inferior y Medio-de Galicia ha producido resultados aún muy parciales por las características del registro pleistoceno y la relativa debilidad de la investigación en la región (Vázquez Varela Trab.
Las primeras excavaciones de E. Aguirre (1964) en As Gandaras de Budiño constituyen un punto de infl exión, así como los trabajos de J. Cano Pan y su equipo (1997; Cano Pan et al. 2000), que proporcionaron un marco cronológico general a partir de los estudios de los materiales recuperados en las terrazas del Miño.
La secuencia crono-cultural terminó por refutar la relativa modernidad -Pleistoceno Medio fi nal-de la ocupación de Galicia (Estévez y Vila 1999).
De hecho, se propuso un poblamiento durante el Pleistoceno Inferior a partir de los hallazgos en las terrazas altas del Miño (Cano Pan et al. 2000).
El contexto geológico gallego y sus dinámicas geomorfológicas difi cultan el depósito y conservación de secuencias estratigráfi cas al aire libre y apenas hay formaciones cársticas que puedan albergar cuevas.
El nivel 3 de Cova Eirós, objeto de este estudio, es por el momento el único nivel de Paleolítico Medio en estratigrafía excavado en Galicia.
El yacimiento está en el valle del Miño, en el límite occidental del ámbito típicamente cantábrico, en una montaña caliza con relieve abrupto que da paso, hacia el oeste, a unas regiones caracterizadas por relieves más suaves en un contexto granítico y con amplias cuencas interiores surcadas por ríos largos -Miño, Sil o Tambre-que drenan hacia el Atlántico.
En esta misma zona están las otras dos cuevas gallegas con ocupaciones paleolíticas, Valdavara y A Valiña (Fig. 1).
Cova Eirós se localiza en la parroquia de Vilavella, término municipal de Triacastela (Lugo), al pie de la Sierra de Ouribio, a media ladera del Monte Penedos y a unos 780 m.s.n.m.
La boca se abre al noroeste.
El vestíbulo de la cueva discurre en una galería de unos 20 m de longitud por 2 m de alto, cuyo recorrido total se estima en unos 104 m.
J. R. Vidal Romaní dio a conocer la cavidad tras una excavación paleontológica, en el fondo de la galería, en la que se recuperaron más de 4.000 restos de Ursus spelaeus (Grandal y Vidal 1991; Grandal 1993).
La secuencia arqueológica paleolítica se debe a la intervención llevada a cabo por J. Cano Pan en 1993, en el marco del "Proyecto Arqueológico Val do Sarria-Val do Mao" en busca de niveles arqueológicos del Pleistoceno u Holoceno temprano.
La excavación consistió en un sondeo de 1 m 2 en el vestíbulo, pegado a la pared este -según orientación teórica-donde se describen cinco niveles estratigráficos (Cano y Nogueira 1993).
A partir del estudio de la industria lítica se sugirió una cronología del Paleolítico Superior inicial para los niveles II y III y del Paleolítico Medio para el V. Según Nogueira (1997: 28), los denticulados y la talla Levallois del nivel V confi rmarían esa adscripción crono-cultural y "todavía más, nuestras sospechas de encontrarnos en esa etapa inicial del Paleolítico Superior" (para los niveles II y III).
Localización de Cova Eirós (Triacastela, Lugo), yacimiento del Paleolítico Medio, en la Península Ibérica y en su contexto geológico (adaptado de Santanach, 1994y Taboada y Silva 1999).
Se señalan los cercanos yacimientos paleolíticos en cueva de A Valiña y Valdavara.
En este artículo analizaremos la producción, gestión y uso del utillaje lítico del nivel 3 como partes de un proceso técnico que lleva desde la captación de la materia prima hasta el abandono del útil (Geneste 1991; Karlin 1991).
Esta información acerca de los comportamientos técnicos documenta aspectos sustanciales de la estructura económica y social de estos grupos, tales como la organización de las actividades en los asentamientos, la explotación del territorio o el aprovechamiento de los recursos.
A partir de los datos obtenidos del estudio de este conjunto lítico, nos aproximaremos a algunos de estos aspectos.
APROVISIONAMIENTO DE MATERIAS PRIMAS Y PRODUCCIÓN DEL UTILLAJE DE PIEDRA
Los sistemas de aprovisionamiento y producción del utillaje lítico muestran una gran variabilidad ya desde períodos antiguos del Paleolítico, un rasgo especialmente apreciado desde la renovación de los análisis tecnológicos en los años 1980 y 1990 (Boëda 1991).
Esta variabilidad se explica por las necesidades de utillaje generadas por estos grupos -los objetivos de la producción-y la disponibilidad de la materia prima: el tipo de roca, pero también, el tamaño de los bloques originales, sus cualidades cristalinas, la presencia o no de fi suras, etc. En una perspectiva más amplia, esta variabilidad está relacionada con las dinámicas históricas del período.
El estudio de la producción del nivel 3 de Cova Eirós incluye cuatro objetivos: 1) comprender los procesos de selección, captación y gestión de las materias primas, 2) reconocer los esquemas de fabricación y determinar su grado de complejidad, 3) identifi car los objetivos de la producción y 4) comprender cómo se ha organizado la gestión del utillaje.
Para su consecución se han estudiado los procesos técnicos, a partir de la identifi cación de las materias primas empleadas y de la lectura de los atributos tecnológicos de los restos tallados (Pelegrin et al. 1988; Boëda et al. 1990; Karlin 1991; Ibáñez y González Urquijo 1996; Terradas 2001; Baena y Cuartero 2006).
Esto nos permite reconstruir los procesos de fabricación del instrumental lítico y entender cómo se ha organizado esta actividad.
Las materias primas identifi cadas son cuarzo arenisca.
Si bien la variedad de materias primas empleadas es limitada, las diferencias en cuanto a las calidades a las que aludíamos deben ser tenidas en cuenta para comprender la gestión del utillaje desarrollada por los grupos humanos paleolíticos.
Como se aprecia en la Tabla 1 el grueso del conjunto está compuesto por lascas brutas (51,5%) y restos de talla (27,8%).
Sin embargo, aparecen todos los elementos de las diferentes fases de la cadena operativa de producción de soportes aunque en porcentajes muy desiguales y con las particularidades -sobre todo por materias primasque más adelante presentaremos. producción empleadas en la fabricación del instrumental lítico.
Las producciones Quina y bipolar se reconocen solo en cuarzo y la discoide solo en cuarcita.
El resto está tallado en cuarzo y cuarcita.
Contamos con cuatro núcleos, tres de pequeñas dimensiones y otro de formato algo mayor.
Todos son de cuarzo y están explotados a partir de estrategias muy diferentes.
Uno es de tipo micro levallois (36×31×13 mm), con tres extracciones centrípetas en lo que parece un comienzo de explotación.
El último negativo extraído de este núcleo es de 20×24 mm. La producción es de tipo Levallois pero sin preparación previa de la plataforma de golpeo.
Una relación de planos adecuada y una buena disposición de la superfi cie na tural la han hecho innecesaria.
La ausencia de preparación busca evitar la pérdida de masa, dado el reducido tamaño del volumen original.
La producción de soportes tan pequeños no necesitaría un acondicionamiento exhaustivo del núcleo por la menor exigencia técnica para la extracción de las lascas.
La preparación previa del volumen y de las plataformas de golpeo tiene sentido en las producciones Levallois de soportes más grandes donde el espesor, la sección y la longitud y delineación de los fi los son un elemento primordial para evitar accidentes.
La obtención de soportes de tipo Levallois menores de 2 cm no precisa El grupo de útiles retocados (Tab.
2A) -incluyendo las puntas-supone prácticamente el 20% del total.
Casi todas las piezas modifi cadas por retoque son de cuarzo.
Las lascas retocadas (1) son las más representadas, seguidas de raederas y puntas (Fig. 2: 3, cuarcita; 4 y 5, cuarzo).
También son relativamente frecuentes las piezas astilladas.
Dos aparecen sobre piezas con retoque denticulado previo en alguno de sus fi los conformando útiles dobles (Fig. 2: 7).
En el conjunto aparecen algunos becs (Fig. 2: 9 y 10) y tipos del Paleolítico Superior, como raspadores (Fig. 2: 8) o una truncadura.
El estudio de los núcleos y soportes (Tab.
2B) muestra la alta variabilidad de las estrategias de
(1) Las raederas, denticulados, etc., son lascas retocadas, sin embargo en este caso, el concepto de "lasca retocada" se emplea para referirse a lascas que presentan algún fi lo modificado por series de retoques que afectan a tramos cortos, que son poco invasivos o que apenas modifi can la delineación del fi lo y la morfología de la pieza.
Por ello no pueden ser englobadas en ninguno de los tipos convencionales. tanto control.
Esta explotación Levallois con un aprovechamiento de convexidades naturales (sin preparación o con preparaciones muy sumarias) ya se ha documentado en otros yacimientos de Paleolítico Medio europeo, algunos con producciones de cuarzo o cuarcita (2) (Ameloot- Van der Heijden 1993; Carrión y Baena 1999; Soressi 1999; Guette 2002).
La explotación de otros dos núcleos es de tipo unipolar a partir de una preparación restringida de las plataformas, aunque las dimensiones y morfología de los productos buscados presentan algunas diferencias.
El primero es de pequeño tamaño (34×37×22 mm) y presenta tres extracciones con restos de un facetado para preparación de la plataforma, restringido a la zona de la que parten los levantamientos.
Los soportes obtenidos son menores de 3 cm y más anchos que largos.
En el segundo (54×42×31 mm) se ha acondicionado la plataforma para obtener soportes alargados y de mayor formato.
No obstante aporta una información valiosa porque redunda en esa fabricación de soportes a partir de núcleos de pequeño tamaño y sin acondicionamiento previo de las plataformas donde la explotación comienza directamente sobre plataformas naturales.
La ausencia de preparaciones específi cas y el estadio tan inicial de la explotación impiden caracterizarla con más detalle. cm (n = 4) grosso modo (Fig. 3).
Posiblemente asociado al formato de los soportes encontramos diferencias en su modifi cación por retoque.
En el grupo de los de menos de 3 cm, el más numeroso, hay solo dos retocados (una lasca retocada y un raspador).
Todos los soportes de mayor formato han sido conformados a través de retoque excepto la única lasca de cuarcita.
Destacamos la producción Levallois dentro del conjunto general por su amplia variabilidad interna.
Hay, al menos, tres objetivos de produc-ción, con sus correspondientes organizaciones técnicas: lascas alargadas, productos de pequeño formato -con y sin preparación de plataformas-y puntas.
La producción de lascas alargadas o laminares se ha reconocido a través de un único soporte de cuarcita completo (61×44×10 mm, Fig. 2: 1).
Es una producción unipolar donde la plataforma ha sido convenientemente preparada, a través de facetado, para garantizar el control necesario para la obtención de los soportes.
Dos negativos unipolares previos son objetivo de la producción y tres acondicionan la cara de lascado.
Los elementos de producción Levallois centrípeta recurrente son dos lascas fracturadas de cuarcita (39×43×8 mm y 37×36×9 mm).
La producción microlevallois, ya evidenciada por un núcleo de cuarzo, se puede constatar también en dos lascas de cuarzo, de menos de 2 cm de longitud, con preparación de la plataforma de lascado y extracciones previas que muestran una explotación de tipo centrípeto recurrente.
Por último, se ha desarrollado una producción Levallois recurrente unipolar, orientada a la obtención de puntas.
Hay dos de cuarzo con fractura distal y una de cuarcita.
Se estima que la longitud inicial estaría entre los 3 y 3,5 cm. Este tipo de producción exige una detallada preparación de la cara de lascado y de la plataforma de golpeo.
Estas cuatro modalidades de explotación Levallois son independientes.
La de producción de puntas es tan específi ca y estandarizada que es difícil de comprender en un programa de producción abierto donde se puedan generar varios formatos de soportes.
La continuidad entre el unipolar y el centrípeto recurrente también es improbable porque un cambio de estrategia en el mismo núcleo implicaría una reducción sustancial de los soportes que no parece evidente en función de su tipometría.
La producción discoide, únicamente asociada a la cuarcita (n = 2), carece de plataformas corticales (talones lisos o diedros) pero al menos la pieza con restos de córtex en el lateral muestra que la explotación no está muy avanzada.
Se buscan productos de tamaño medio (entre 4 y 4,5 cm) y sección cuadrangular.
La producción Kombewa está presente en cuarzo y cuarcita, aunque en proporciones muy reducidas (n = 2).
En cuarcita muestra una cuidada preparación de las plataformas (con facetado de los talones), a pesar de que el producto es de pequeño formato (18×26×7 mm).
En este nivel, los objetivos de la producción Kombewa son muy similares a los buscados a partir de la producción microlevallois.
La producción Quina aparece en dos soportes completos (36×23×18 mm y 25×27×11 mm) con talones liso à pan y diedro asimétrico, respectivamente, y evidencias de cambio de los ejes de talla.
No es muy frecuente que se obtengan soportes tan pequeños y sin dorsos corticales en este tipo de producción.
Habitualmente, se buscan lascas de tamaño medio-grande -extraídas en series-, bastante espesas con secciones asimétricas y que capten fl ancos que funcionan como dorsos.
Una está retocada como raedera lateral, aunque sin retoque escamoso-escaleriforme.
Hay tres soportes más de cuarzo con negativos previos de tipo bipolar.
Uno conserva un talón machacado.
Otro se ha extraído a partir de un plano de fractura.
El último está fracturado por la zona proximal.
Estas evidencias sugieren una explotación bipolar sobre yunque, habitualmente asociada a la talla de cuarzo.
En la colección hay dos elementos más con talones machacados y negativos previos bipolares que pudieron haberse extraído a partir de una talla de este tipo.
LA GESTIÓN DE LA PRODUCCIÓN
Los soportes que proceden de explotaciones predeterminadas, además de diferencias técnicas, se individualizan por la materia prima, los rasgos morfotécnicos y el tipo de aprovechamiento.
Hay una gestión diferencial de la cuarcita y el cuarzo, manifestada en 1) el estadio en el que son aportadas al yacimiento, 2) el tamaño de los productos, 3) las estrategias de producción a las que se asocian o 4) el grado de modifi cación por retoque de los soportes.
En general, se aprecia un transporte de soportes fi nales en ambas materias primas y una producción de cuarzo in situ relacionada con un posible aprovisionamiento parcial en las inmediaciones de la cueva (ladera o río).
Esta idea se sustenta, básicamente, en los cuatro núcleos asociados a la obtención de soportes de pequeño tamaño y en los seis soportes de inicio de explotación o apertura de cara de lascado.
Su cara dorsal es totalmente cortical y la mayoría tienen entre 2 y 3 cm.
La importación de soportes fi nales estaría relacionada con su tamaño.
Como muestra la Figura 3, en el esquema unipolar se dan dos produc-ciones: una de soportes inferiores a 3 cm llevada a cabo in situ, algunos de los cuales se van a retocar (un raspador y una lasca retocada); y otra de soportes superiores a 4 cm) que se importan al yacimiento como productos fi nales, retocados en cuarzo o en bruto para la cuarcita.
El 96% de los soportes retocados son de cuarzo.
Parece seleccionarse para retoque los productos de mayor formato.
En términos absolutos las diferencias en el tamaño no son demasiado signifi cativas (30,3 mm de media en los retocados y 24,5 mm en los brutos) aunque hay que considerar la pérdida de masa que sufren en los procesos de conformación.
El grupo de retocados constituye casi el 20% del total de la colección.
Salvo una raedera sobre una lasca Quina, el resto son soportes de producción unipolar (28%) o de esquemas no específicos (68%).
Una parte importante de la gestión de la cuarcita tiene que ver con la obtención de unos soportes específi cos/predeterminados, poco espesos y con fi los brutos largos, que no se suelen retocar y que llegan al yacimiento como productos fi nales.
Ello concuerda con las características de la producción discoide y Levallois y con el hecho de que el 95% de los soportes retocados sean de cuarzo.
Una lasca de reavivado y otra de tipo Kombewa indicarían que esta materia prima también se habría utilizado para producir soportes posteriormente retocados/reavivados y lascas para su explotación como matrices.
Todo esto pone de manifi esto que la gestión de la cuarcita es más compleja de lo que parece a simple vista y que se asocia a explotaciones intensivas.
La producción Quina (representada en dos piezas) se asocia únicamente al cuarzo.
Este tipo de soportes, en general, están concebidos para ser retocados y empleados, probablemente, en ciclos de uso muy largos que incluirían un reavivado reiterativo de los fi los (Bourguignon 2001).
No obstante solo una de las dos está retocada.
A modo de conclusión, en la gestión del utillaje lítico del nivel 3 de Cova Eirós hay dos conjuntos diferenciados: una producción in situ en cuarzo de soportes de pequeño formato y otra de soportes importados obtenida con sistemas de talla predeterminados (Moncel et al. 2008) entre los que se incluyen casi todas las cuarcitas y una buena parte de los cuarzos (Duran y Soler 2006).
No responde a un modelo de gestión diferencial de las materias primas por su aptitud para la talla o para el uso: hay puntas de proyectil o productos Levallois, Quina y Kombewa en cuarzo y en cuarcita.
Lo que se da es una gestión diferencial según los sistemas de talla, con una especialización de la cuarcita pero una producción diversifi cada para el cuarzo.
La producción de lascas de pequeño formato, obtenidas con técnicas variadas (unipolares, Levallois, Kombewa) abunda en una estrategia cada vez mejor documentada en el Paleolítico Medio, al menos desde el estadio isotópico 5 (Moncel 2003 Como balance, destaca la importancia de los productos Levallois y la escasez de los discoidales, en contra de lo esperable para conjuntos basados en cuarzo (Fábregas et al. 2007; Fábregas et al. 2008).
En general se ha llevado a cabo una exhaustiva preparación de la plataforma de percusión -a través de facetado-y de la cara de lascado -con negativos centrípetos perimetrales para acentuar las convexidades.
Los datos cuantitativos y las características tecnomorfológicas revelan una producción de puntas Levallois altamente sistematizada, con soportes de dimensiones estandarizadas (anchuras entre 25 y 28 mm, espesores de 8 mm y longitudes estimadas, por las fracturas apicales, entre 30 y 35 mm), talladas en cuarzo y cuarcita.
LA FUNCIÓN DEL UTILLAJE
Planteamientos metodológicos y objetivos
Una de las cuestiones más importantes que defi nen el interés de los estudios funcionales es que completa la comprensión de las opciones técnicas tomadas en los procesos de producción y gestión del utillaje.
Además, nos remiten a otros procesos de producción y gestión en materias perecederas, como la piel o madera, sobre las que de otra forma solo podríamos conjeturar.
Este conjunto de informaciones nos acerca a los comportamientos económicos generales relativos a la funcionalidad de los asentamientos, la gestión del territorio o la captación de recursos.
En este marco, los objetivos principales del estudio funcional del nivel 3 de Cova Eirós son 4: a) comprobar las posibilidades de observación microscópica para estos contextos y en materias como la cuarcita y el cuarzo, b) conocer algunas de las actividades realizadas en el yacimiento, c) comprender mejor la función del asentamiento y d) estimar el grado de complejidad y de planifi cación de los comportamientos económicos, en el marco de la discusión sobre las formas de organización de las sociedades neandertales.
Un estudio funcional con máximas garantías requiere establecer un marco comparativo a través de un programa experimental (generado en unas condiciones controladas), en el que reconocer y caracterizar las huellas de uso.
Para el del nivel 3 de Cova Eirós (observación e interpretación de T. Lazuén) se han utilizado dos programas experimentales: uno para la cuarcita (J. F. Gibaja e I. Clemente) y otro para la cuarcita y cuarzo (T. Lazuén).
El cuarzo se ha recogido en la zona de la cueva, con el objeto de aumentar al máximo las similitudes entre la colección comparativa y la arqueológica.
Estos programas experimentales acogen más de 300 actividades que combinan diversas tareas, materias trabajadas y tiempos de trabajo, incluyendo la reproducción del uso de proyectiles de cuarzo y cuarcita.
El estudio funcional sobre cuarcitas o cuarzos no es exactamente una novedad, pero sigue siendo escaso, más aún si tratamos de contextos cronológicos antiguos: el de S. Beyries y H. Roche (1982) en los Carrières Thomas, C. Sussman (1987Sussman (, 1988) ) en Olduvai, R. K. Pant (1989) en l'Aragó, E. Carbonell et al. (1999) en TD6 de Atapuerca, B. Márquez et al. (1999) en Trinchera Galería, y B. Márquez y J. Baena (2002) en El Esquilleu.
Para conjuntos con otras materias primas y períodos más recientes, destacan por sus importantes aportes metodológicos los trabajos de H. Plisson (3), I. Clemente y J. Gibaja (2009) o Gibaja y Clemente (2009).
El hecho de que las características litológicas de estas dos rocas sean muy diferentes a las del sílex obviamente afecta a la percepción de las huellas de uso a nivel microscópico.
La cuarcita es una roca metamórfi ca compuesta por cristales de cuarzo, unidos entre sí por un cemento (matriz) fundamentalmente cuarzoso aunque, en ocasiones, y según el tipo, aparecen minerales accesorios como mica, feldespatos, granitos, etc. Provienen de la recristalización de las areniscas, por lo que son más duras y resistentes a las agresiones.
El cuarzo está compuesto por sílice.
Es cristalino en estado puro y puede adquirir distintas tonalidades en función de las impurezas que contenga.
Casi no presenta exfoliación y sus cristales no están cementados.
Los cristales en el cuarzo hialino y en la cuarcita son extremadamente duros y resistentes -más que el sílex o cualquier otra roca empleada en la Prehistoria como utillaje tallado (Huet 2006)-pero sus cualidades para la talla y para el uso dependen precisamente de las uniones entre los cristales.
La variabilidad es muy alta, pero algunos bloques de cuarcita y cuarzo de buena calidad proporcionan fi los tan cortantes y efi caces como las mejores rocas.
La difi cultad mayor en el análisis funcional de las cuarcitas está en la heterogeneidad de la textura y composición de la roca, formada por cemento y cristales.
A escala microtopográfi ca cada cristal se comporta de forma autónoma, en función de su orientación y posición por una parte, y de su distancia y relación con la zona activa, por otra.
Los cristales pueden sufrir corrosiones, estriaciones, desconchamientos y fracturas.
El cemento de la matriz suele resultar más blando que los cristales y registra unas alteraciones diferentes, en las que priman el redondeamiento y, en algunos casos, los pulidos.
Las huellas en cuarzo son bastante similares a las que se encuentran en los cristales de las cuarcitas o en rocas cristalinas como la obsidiana.
A pesar de las dudas de los años 1980 sobre las posibilidades de los análisis funcionales en cuarzo (Sussman 1985), el registro y la conservación de las huellas en esta materia prima parecen comparativamente mejores que en la cuarcita.
La determinación de las huellas de uso en rocas diferentes al sílex también se discute.
Según algunos autores los estudios funcionales de cuarcitas están poco desarrollados y, además, son bastante superfi ciales y tienden a utilizar modelos de huellas conocidos experimentalmente para el sílex (Gibaja et al. 2002).
Otros consideran que en un análisis traceológico estas materias primas suponen, en sí mismas, un condicionante negativo (Márquez y Baena 2002).
La lectura y documentación de las huellas de uso en cuarzo y, sobre todo, en cuarcita son muy complejas.
En el estado actual de la investigación, la confi anza en su determinación es más baja que en el sílex, por la ausencia de trabajos que reglen los patrones de uso asociados a las materias trabajadas.
Hasta ahora, el pulido desarrollado en sílex es el mejor tipo de evidencia para hacer estas determinaciones, gracias a su sistematización desde hace más de dos décadas (4) (González Urquijo e Ibáñez 1994).
Sin embargo, al no ser extrapolable a otros tipos de rocas algunas asociaciones tienden a ser algo más tentativas.
La conservación de las huellas es una ventaja cualitativa de estas materias primas sobre el sílex en el estudio funcional.
El sílex parece más frágil, sobre todo frente a las alteraciones químicas que provocan disoluciones más marcadas en las superfi cies, algo especialmente manifi esto en los conjuntos antiguos.
Respecto al estado de conservación y las posibilidades de observación de la muestra analizada hemos advertido cierta alteración debida al "lustre del suelo" que resultaría de acciones químicas o mecánicas dentro del propio sedimento (Levi-Sala 1996).
En el sílex esta alteración se manifi esta como un pulido característico que comienza por las aristas, fi los y zonas elevadas de la microtopografía, y lo hace indiferenciable de los micropulidos poco desarrollados generados por el trabajo sobre materias blandas.
Parece que los suelos ácidos favorecen la aparición de este tipo de alteración (Plisson y Mauger 1988; Lemorini 2000).
En rocas como el cuarzo o la cuarcita, con características de estructura y composición diferentes, este fenómeno se manifi esta básicamente en la aparición de estrías con orientaciones desordenadas, longitudes y anchuras muy variables y algunas otras fi guras de corrosión en la superfi cie de los cristales.
No obstante, el conjunto seleccionado presenta un bajo impacto de estas alteraciones, que han sido diferenciadas de las propias del uso por sus características y su situación.
En base a los objetivos generales del estudio hemos seleccionado una muestra de 19 piezas compuesta por lo que presumíamos como productos fi nales, ya sean útiles retocados o piezas procedentes de producciones específi cas.
Hemos desechado el material con alteraciones macros-(4) Véase n.
3. cópicas y los restos de talla.
De las 19 piezas seleccionadas, 11 presentan huellas de uso.
La observación de las piezas ha combinado un estereomicroscopio o una lupa binocular (Leica S8APO), con dispositivo zoom hasta 80 aumentos, y dos microscopios metalográfi cos (Leica DM 2500M y Leica DMLM), entre 50X a 500X, del Instituto de Prehistoria (IIIPC) de la Universidad de Cantabria.
Tras comprobar la ausencia de residuos asociados al uso o enmangue, se limpiaron los materiales, para eliminar adherencias postdeposicionales que pudiesen ocultar o falsear las trazas de uso.
Utilizamos agua y jabón y en algunos casos alcohol impregnado en un bastoncillo de algodón.
Para garantizar la conservación del material se ha evitado el uso de ácidos y bases.
En algunas macrofotografías con lupa binocular, especialmente de las puntas y de las piezas astilladas, se ha empleado humo de magnesio con el fi n de limitar los brillos característicos de este tipo de rocas.
Resultados de la observación
Los soportes se emplearon en el trabajo de piel seca, madera, carnicería y para cazar.
Hay cuatro soportes empleados en el trabajo de piel seca:
1) Raedera lateral conformada sobre un soporte de cuarzo de producción unipolar, con un retoque alternante en el lateral derecho.
El fi lo activo, de 43 mm de longitud, presenta una delineación ligeramente sinuosa y un ángulo abrupto entre 80° y 90°.
Su uso ha generado un patrón de huellas netamente diferenciadas en la cara ventral y en la dorsal del fi lo activo.
En la ventral, en los primeros momentos del trabajo se han producido algunos desconchados de pequeño tamaño (entre 50 y 100 μm) que, debido a la intensidad del trabajo y/o a lo abrasivo de la materia trabajada, han sido borrados en parte por el redondeamiento que ha producido el trabajo posterior.
En los bordes de los cristales más cercanos al fi lo estricto se observan estrías abundantes que invaden el interior de la pieza hasta 0,3-0,4 mm. Su dirección es fundamentalmente transversal, aunque aparecen algunas paralelas al fi lo (Fig. 4: A y B).
En la cara opuesta se acumulan desconchados de tamaño medio-grande, sin estrías ni redondeamiento.
Este conjunto de rastros describe un patrón típico de raspado en un solo sentido, donde la cara ventral sería la cara activa y de contacto.
El conjunto de huellas permite reconocer el trabajo sobre una materia muy abrasiva que hemos interpretado como piel seca.
La existencia de algunas estrías longitudinales indica que, en algún momento del procesado (probablemente al comienzo, cuando el fi lo está más vivo), se ha realizado algún trabajo puntual de corte, presumiblemente sobre la misma piel.
Como en el denticulado anterior, este instrumento ha sufrido una fase de reavivado importante.
Sin embargo, conserva restos del fi lo fósil con huellas de uso bastante intensas: un claro redondeamiento y embotamiento del fi lo original, con límites netos con las zonas reavivadas.
Este rejuvenecimiento del fi lo se evidencia tanto en el aspecto fresco del cristal como en las líneas de fractura concoide latentes, consecuencia de una percusión que no ha llegado a desprender la materia.
Dichas líneas diferencian la zona de fi lo estricto, machacada y con algunos microdesconchados (de entre 50 y 100 μm), y la que se encuentra un poco más hacia el interior de la pieza, algo estriada y resquebrajada pero sin ese grado de alteración (Fig. 4: C y D).
Este patrón de huellas evidencia un trabajo transversal sobre una materia muy abrasiva, que hemos determinado como raspado de piel seca.
3) Lasca de cuarcita, de gran formato (61×44×10 mm), fabricada mediante producción Levallois unipolar.
Las huellas de uso se localizan en la zona distal, con un frente de delineación convexa de 32 mm y ángulo entre 45° y 50°.
La zona activa está intensamente redondeada con huellas muy diferentes en las dos caras.
En la ventral, los cristales que se conservan presentan corrosión, fracturas y estrías profundas y una distribución gradual en función de la cercanía al fi lo estricto (Fig. 5).
En la dorsal (pasiva) se han generado desconchados de formato medio-grande, sin evidencias de estrías, corrosiones o redondeamiento.
Este conjunto de rastros describe un patrón típico de raspado en un solo sentido, siendo la cara ventral la activa y de contacto.
Permite reconocer el trabajo sobre una materia muy abrasiva que hemos interpretado como piel seca.
Una fractura, en la parte proximal del soporte, tiene aspecto de conformación específi ca para enmangue.
Estas adaptaciones se conocen en otros conjuntos del Paleolítico Medio, donde se han documentado huellas producidas por enman-gue (Márquez y Baena 2002; Carrión y Baena 2003).
4) Útil doble formado por una pieza astillada con un fi lo lateral denticulado, sobre soporte de cuarzo de producción unipolar (44×23×8 mm).
El fi lo denticulado mide 23 mm de longitud.
La pieza ha sufrido un proceso de reavivado que concentra las principales evidencias de uso en los restos del fi lo fósil, donde se aprecia un alto grado de redondeamiento.
El cristal se ha abrasionado en las zonas más cercanas al fi lo.
Hacia el interior, donde está mejor conservado, se agrupan estrías profundas y otras más superfi ciales (Fig. 6: B y C).
El rejuvenecimiento de la zona activa se deduce del estado del cristal y de las líneas de fractura concoide latentes, en zonas percutidas pero que no han terminado de desprenderse.
Posiblemente el fi lo previo, sobre el que se registran las huellas de uso, no sería denticulado -difícil de comprender para el trabajo sobre piel seca.
Desconocemos su delineación concreta pero son desconchados o esquirlamientos.
Hay poca fricción entre la materia trabajada y las superfi cies activas de los útiles por lo que no aparecen o no se conservan las zonas abrasionadas, estriadas o pulidas que suelen proporcionar las mejores evidencias diagnósticas sobre la materia trabajada.
El uso de cuñas puede relacionarse, excepcionalmente, con el acceso a la médula del hueso pero en general se asocia a trabajos más complejos que requieren precisión en la fractura porque los fragmentos (hueso o asta) se emplean como soporte para la fabricación de útiles (5).
Dado que estas labores no parecen propias del contexto que estudiamos, probablemente abrirían vástagos de madera de unos pocos centímetros de diámetro.
El tamaño y la terminación de los desconchados sugieren también un contacto poco traumático, con una materia semidura.
Hay un soporte asociado a un trabajo sobre madera: una raedera lateral fabricada sobre una lasca de producción Quina en cuarzo (36×23×18 mm).
La longitud del fi lo útil es de 31 mm con una delineación suavemente denticulada; el ángulo activo es robusto, en torno a 90°.
El patrón de huellas de desgaste es bastante complejo.
La arista del fi lo presenta numerosos desconchados de morfologías irregulares y terminaciones abruptas.
Se aprecian fracturas de los cristales, en cuyos bordes se han generado, en ocasiones, microdesconchados transversales de unas pocas decenas de micras de dimensión máxima.
En las zonas más cercanas al fi lo se concentran componentes lineales -estrías de fondo oscuro y corrosiones orientadas-que muestran una dirección transversal, aunque ligeramente oblicua, respecto al fi lo (Fig. 7: A).
Sugieren el raspado sobre una materia semidura, probablemente madera.
En algunas zonas del fi lo, parte de las huellas han sido eliminadas por extracciones de mayor tamaño que modifi can su distribución original.
Estas extracciones refl ejan un reavivado parcial del fi lo que, como vemos, provoca una fuerte alteración de las cualidades mordientes del fi lo original.
Hay un soporte empleado en el trabajo de carnicería, una lasca bruta de cuarcita de producción discoide (42×54×10 mm).
Presenta algunos microdesconchados (de no (5) Múgica, J. A. 1991: La industria ósea del Paleolítico Superior y Epipaleolítico del Pirineo Occidental.
Tesis doctoral, Universidad de Deusto, Bilbao. es probable que fuera recto.
El denticulado resultaría de una fase de reciclado del útil para desempeñar una función que, o bien no se llegó a realizar, o no generó rastros visibles.
Las huellas evidencian un trabajo en sentido transversal sobre una materia bastante abrasiva, que hemos asociado con el raspado de piel seca.
Los desconchados bifaciales asimétricos en los dos extremos del útil astillado indican una percusión oblicua (Fig. 6: A).
En la colección hay cuatro piezas de cuarzo, con el mismo tipo de alteraciones en los extremos del soporte.
Este patrón de huellas apunta al uso de la pieza como cincel, cuña o pieza intermediaria.
Nos remite a un trabajo sobre una materia semidura o dura, madera o tejidos óseos, para henderlas por percusión indirecta.
Discriminar ambas categorías es complicado cuando se trata de percusión (González Urquijo e Ibáñez 1994).
En estas tareas, la mayoría de las huellas generadas más de 50 μm), resquebrajamientos y microfracturas de los cristales en el borde del fi lo, así como algunas estrías aisladas orientadas en sentido longitudinal (Fig. 7: B) a todo lo largo del fi lo pero de forma bastante dispersa.
Este patrón, con cristales poco alterados pero con huellas traumáticas de percusión, alternadas con algunas estrías, caracteriza la carnicería primaria.
En este procesado, el contacto con la carne no es sencillo de determinar, porque genera rastros poco desarrollados y defi nitorios fácilmente enmascarables con la mínima alteración.
Pero durante el contacto esporádico con las partes esqueléticas del animal se forman huellas más claras.
Un examen tafonómico preliminar de los restos de macrofauna (Fábregas et al. 2010) ha apreciado marcas de corte en algunos huesos de ungulados.
Es habitual la asociación de estas tareas a soportes sin retocar con fi los más o menos agudos (Lemorini 2000; Gibaja 2007).
En el nivel 3 de Cova Eirós hay cinco puntas de proyectil: dos prácticamente completas, una fracturada y dos ápices.
Se han fabricado con cuarzo (n = 4) y cuarcita (n = 1).
No se ha podido determinar el esquema de fabricación de los ápices; las otras proceden de una producción de tipo Levallois recurrente unipolar específi ca para la obtención de puntas.
La arista distal está algo desviada del eje tecnológico y, por tanto, la punta entera también debería estarlo.
Conserva como huellas de uso una fractura con negativo en lengüeta que ha suprimido el tercio distal.
Ha generado rebabas hacia ambas caras, en especial hacia la dorsal (Fig. 8: B).
La fractura se ha retocado (Fig. 8: A), creando un fi lo convexo, para utilizar el soporte en una actividad que no ha podido ser determinada.
Está fracturada en la zona distal y proximal.
En la distal tiene tres fracturas escalonadas y rebabas hacia la cara ventral a lo largo de más de 0,5 cm (Fig. 8: C).
La fractura proximal se debe a un contacto brusco contra el astil por el impacto.
Presenta desconchados hacia la cara ventral de 3-4 mm de longitud con terminación afi nada (Fig. 8: D y E).
Su determinación como huella de impacto es menos concluyente debido a que desconchados de este tamaño, morfología y terminación pueden generarse por otros tipos de alteraciones.
Representa el positivo de una fractura burinante por impacto y muestra otra burinante de terminación abruptarefl ejada de unos 8 mm de longitud (Fig. 8: F).
5: ápice (16×11×6 mm) roto por un plano de fractura del cuarzo, en algún momento traumático como el contacto con la presa o la recuperación del vástago.
Tiene además desconchados de impacto en la zona distal, hacia las dos caras (Fig. 9).
Hacia la dorsal un largo desconchado escalonado de más de 1 cm siguiendo una arista de la cara dorsal.
Hacia la ventral hay otro ancho y plano de unos 7 mm.
Las características técnicas y morfológicas de estas puntas muestran claros rasgos de estandarización en la fabricación.
Dos de las tres más completas presentan, en el lateral mesoproximal del fi lo, una muesca que modifi ca su delineación original predeterminada para crear un entrante cóncavo.
Esta muesca puede estar relacionada con algunas modalidades de enmangue como las que sugiere J. J. Shea (1989) para las puntas Levallois de Kebara, Hayonim y Qafzeh, cuya parte proximal estaría asegurada al astil -para evitar torsiones-mediante tiras de fi bras vegetales o tendones.
Este acondicionamiento específi co, con muescas en las zonas proximales, también se ha sugerido como una preparación para el enmangue de las puntas Levallois en Umm-el-Tlel (Boëda et al. 1998, Fig. 14).
Todas las puntas presentan huellas de impactos más o menos severos.
De hecho, los dos ápices reconocidos son en sí mismos los positivos de las fracturas de impacto sufridas por sendas puntas.
Las trazas de los elementos de proyectil son desconchados laterales burinantes y distales en lengüeta, fracturas en escalón, otras en el ápice con rebabas que indican la dirección del golpe o fracturas y desconchados proximales, consecuencia del contacto brusco contra el astil en el impacto.
A ellas se añaden ocasionalmente las estrías de fondo plano u oscuro y los pulidos lineales.
Estas huellas se distinguen claramente de las de pisoteo (trampling) o de las postdeposicionales (Prost 1987; Shea y Klenck 1993; McBrearty et al. 1998).
Los estudios experimentales muestran de forma consistente que un porcentaje importante de las puntas no sufre alteraciones diagnósticas con un solo impacto.
Necesitan ser reutilizadas en varias ocasiones para que se genere una huella de fatiga.
Si no podemos documentar este tipo de rastros no podremos certifi car que se trata de elementos de proyectil. convexos -para el raspador y la lasca-.
El trabajo de la piel es un proceso técnico de características bastante complejas (Lemorini 1999).
Supone un despellejado cuidadoso de las presas abatidas, una limpieza con la piel aún fresca para evitar la putrefacción y una secuencia variable de tratamientos, que incluye raspados y cortes de la piel seca.
Este procesado se vincula con una gestión asimismo compleja porque el secado introduce un lapso temporal importante y, a menudo, el transporte de las pieles hasta el lugar donde van a ser tratadas.
La constatación de este proceso en la fase fi nal, de afi nado de la piel, no excluye que se haya trabajado sobre piel fresca.
Como ocurre con la carnicería secundaria, ese raspado es bastante difícil de documentar.
En general, deja en los instrumentos líticos unas huellas poco desarrolladas que pueden ser fácilmente enmascaradas por cualquier tipo de alteración.
Por ello, que la actividad esté poco representada en las colecciones no es un dato concluyente sobre la ausencia de esta fase en el yacimiento.
Como ya se ha advertido, las evidencias de trabajo de piel seca en un asentamiento nos remiten a tareas técnicamente complejas que suponen procesos de amplio alcance espacial y temporal, una importante inversión de esfuerzo, personal y utillaje y, en consecuencia, un alto grado de organización.
Este tipo de procesos técnicos llevados a cabo en tiempos diferidos y que implican una modifi cación o transformación del estado de la materia son la prueba más clara del nivel de complejidad al que nos referimos.
Las cuatro piezas astilladas de la colección apuntan a un trabajo de percusión indirecta, probablemente asociada al uso de madera.
Unidas a la raedera empleada para raspar madera, refl ejan un procesado sumario de esta materia leñosa, quizás asociado a la fabricación de mangos y astiles para utillaje compuesto.
Tres de las cinco puntas de proyectil corresponden a soportes de producción Levallois específi ca para puntas.
Sin embargo, este rasgo tecnomorfológico no permite deducir directamente la función de estos soportes.
Piezas cuyas características morfológicas anuncian a priori elementos de proyectil y que, en otros contextos, han funcionado como tales, resultan haber sido usadas en actividades de carnicería, piel o madera.
Los dos elementos de proyectil restantes correspon-den al extremo apical de sendas puntas.
Ya se ha explicado la vinculación del acondicionamiento en el lateral derecho de dos de las tres puntas Levallois para crear una concavidad con una conformación para enmangue.
Esto, unido a la fabricación de soportes predeterminados, remite a un comportamiento estandarizado, tanto desde el punto de vista de la producción como del acondicionamiento de estos útiles para ser usados.
Los dos extremos distales fracturados (ápices) solo se explican si entraron en el yacimiento clavados en una presa (Plisson y Geneste 1989).
Al no ser elementos reconfi gurables, de otra forma, no tendrían sentido en el sitio.
La existencia de utillaje de uso en carnicería primaria, que indicaría que parte del procesado inicial de recursos animales se llevarían a cabo en el yacimiento, avala también esta idea.
La propia presencia de elementos de proyectil plantea qué función cumple el yacimiento en las estrategias de explotación del territorio diseñadas por sus ocupantes.
En contextos cronológicos cercanos al que estudiamos, la baja proporción de puntas con fracturas de impacto se vincula con sitios residenciales (Villa et al. 2009).
Otras referencias arqueológicas y etnográfi cas sugieren lo contrario.
Los restos de los proyectiles usados se concentrarían en los lugares residenciales o más estables porque las labores de reacondicionamiento del armamento de caza se producen más a menudo allí, donde se centralizan las actividades más complejas (Geneste y Plisson 1993; Ibáñez y González Urquijo 1996).
En el nivel 3 de Cova Eirós llama la atención la alta proporción de elementos de proyectil con huellas de impacto.
Ello sugiere una acumulación de elementos desechados, es decir, un lugar de reposición de las puntas de proyectil gastadas.
Esta línea de investigación ha cobrado especial relevancia en el marco de la discusión en boga acerca de las capacidades cognitivas, e incluso físicas, de los neandertales.
Los testimonios de armamento compuesto en el nivel 3 de Cova Eirós nos remiten ineludiblemente a ella.
En la bibliografía científi ca ha sido recurrente la idea de que ni los sistemas técnicos, ni la organización social de los grupos neandertales estarían lo bastante desarrollados como para cazar de forma activa y sistemática.
Sin embargo, las evidencias arqueológicas ponen de manifi esto su capacidad para cazar gran variedad de piezas, incluidos los animales de gran talla a los que habitualmente aparecen asociados (Callow y Cornford 1986; Gaudzinski 2000; Roebroeks 2001).
La documentación de Cova Eirós que acabamos de presentar se suma a este creciente conjunto de referencias.
Todas muestran que los grupos neandertales no eran carroñeros secundarios ni cazadores limitados.
Para un período bastante antiguo, en el OIS 5, Cova Eirós proporciona evidencias directas concluyentes de actividad cazadora por la existencia de proyectiles de piedra usados e indirectas, pero no menos concluyentes, por la importante presencia de trabajo de piel seca.
La piel solo se puede trabajar si se accede a ella cuando se encuentra en buen estado -completa y sin haberse iniciado la putrefacción-.
Tales condiciones solo se consiguen de manera regular accediendo a las carcasas animales a través de la caza.
Los sistemas de producción de utillaje de piedra puestos en práctica en el nivel 3 de Cova Eirós refl ejan una gran riqueza técnica.
Hay estrategias de talla de tipo unipolar, bipolar, Quina, discoide, Kombewa y Levallois -en diversas variantes: centrípeto recurrente, unipolar, para puntas y microlevallois-.
Esta variabilidad responde a las condiciones de la materia prima disponible, a las características organizativas de los grupos refl ejadas en la gestión del utillaje y a las necesidades complejas de utillaje en el curso de las ocupaciones o de las actividades diseñadas desde ellas.
Estos factores desembocan en una gestión diferencial en la que se combinan, de forma bastante compleja, las materias primas, las técnicas de talla y la circulación de los productos.
Por una parte, un conjunto de utillaje importado -toda la cuarcita y una parte del cuarzo-y para el que se aplican sistemas de talla predeterminada como el Levallois, el Quina y el discoide y una parte de la producción unipolar en cuarzo para conseguir soportes grandes de morfologías regulares o predecibles.
Por otra parte, un utillaje basado en soportes de pequeño formato y producción local que aprovecha bloques de cuarzo de peor calidad con tallas unipolares, microlevallois con preparaciones mínimas o, de manera incidental, con talla Kombewa.
Los soportes han sido intensamente conformados por retoque, sobre todo los de cuarzo, aunque muchos de los soportes brutos introducidos han sido aprovechados sin preparaciones ulteriores.
Esto sugiere una planifi cación bastante cuidadosa en la circulación de estos soportes, con formatos y tamaños específi cos (Lemorini 2000).
El análisis microscópico de los materiales ha constatado una aceptable conservación de las huellas de uso.
El análisis traceológico permite detectar algunas de las actividades que se desarrollan en el asentamiento y, en consecuencia, son una parte relevante en la determinación de su función en las estrategias generales de explotación del territorio.
En Cova Eirós se reconocen actividades variadas y complejas, algunas relacionadas con la captación y el consumo alimenticio.
Otras, las más intensas y probablemente las principales en el asentamiento, están relacionadas con transformaciones tecnológicas y con la producción de objetos e instrumentos de madera y de piel.
El tipo de tareas evidenciadas supone una fuerte inversión de tiempo y esfuerzo y una gestión compleja del utillaje y del territorio en torno a este lugar.
El traslado de la materia prima, la importación de soportes ya conformados y la reutilización de algunos, empleados en actividades intensivas o sobre materias muy abrasivas (raspado de piel seca en este caso), implican una estructuración espacial en la gestión de los recursos (líticos y animales) y suponen una alta planifi cación de los trabajos del grupo.
Estas actividades son asociadas, habitualmente, a asentamientos con un cierto grado de estabilidad residencial.
La proporción de elementos de proyectil con huellas de uso abunda en esta determinación.
Este último rasgo dista de ser anecdótico en un contexto cronológico como el de Cova Eirós, en pleno OIS 5, más aún con las características de esta actividad cazadora refl ejada en la cueva, que está perfectamente integrada en el sistema técnico, con proyectiles de piedra conseguidos con estrategias de talla específi cas, con módulos estandarizados y dispositivos para el enmangue y con planifi cación para la reposición de las puntas fracturadas.
Esta actividad se orienta a la obtención de aportes importantes a la dieta y de materias primas que nutren procesados técnicos estratégicos como la elaboración de productos de piel.
Proyecto "Sondeo arqueológico en Cova Eirós y prospección arqueológica en el concello de Triacastela (Lugo)" (Xunta de Galicia, CD 102A 2008/418-0), investigadora principal Talía Lazuén, y proyecto "Ocupaciones humanas durante el Pleistoceno de la cuenca media del Miño" (MICINN, HUM/2007-63662), investigador principal Ramón Fábregas.
T. Lazuén agradece a Juan Gibaja, Ignacio Clemente (CSIC) y Jesús González Urquijo (Universidad de Cantabria) su apoyo durante el análisis funcional y el uso de las colecciones experimentales de sus laboratorios. |
TRABAJOS DE PREHISTORIA 61, n. o 2, 2004, pp. 127 a 140 SUSANA CONSUEGRA RODRÍGUEZ (*) M. a MAR GALLEGO GARCÍA (*) NURIA CASTAÑEDA CLEMENTE (*) RESUMEN La construcción de la autovía M-50 ha permitido documentar y conservar la primera explotación
nidad de Madrid, requirió la continuación de los trabajos.
Se trazaron al azar sobre la superficie de afección 60 sondeos de 2 × 1 m a fin de realizar en ellos la recogida y localización sistemática del material de superficie.
A la conclusión de dichos trabajos se comenzó el desbroce mecánico del área delimitada.
La retirada mecánica con control arqueológico del terreno vegetal dejó al descubierto los restos existentes de la superficie de afección que se vio ampliada a 24.000 m 2.
Los trabajos que dieron comienzo el 1 de septiembre de 2003, simultanearon desbroce mecánico, limpieza manual y excavación arqueológica, y concluyeron el 18 de marzo de 2004.
En febrero de 2004 se llevaron a cabo los trabajos de delimitación del yacimiento en la zona externa al proyecto constructivo a fin de conocer su extensión exacta.
El interés y excepcionalidad del yacimiento han provocado la modificación del trazado de la M-50 a su paso, así como el inicio de los trámites de declaración de B.I.C. por parte de la Dirección General de Patrimonio Histórico (1).
El yacimiento de Casa Montero ha sido localizado en el denominado tramo D de la M-50 que enlaza las carreteras N-II y N-III.
Se encuentra en el Término Municipal de Madrid, distrito de Vicálvaro, sobre los escarpes de la margen derecha del Jarama, en las inmediaciones de su confluencia con el río Henares.
Corona un cerro limitado por sendos barrancos al norte y sur, al este por la Vega del Jarama mientras hacia el oeste desciende suavemente formando una extensa llanada (Fig. 1).
Desde el punto de vista geológico, los depósitos más antiguos son Terciarios, concretamente del Mioceno medio, con una secuencia sedimentaria formada por un potente banco de yesos laminados gris-verdoso en la base y arcillas verdosas con intercalaciones de pequeños estratos calizos en la zona superior.
En la parte arcillosa de la secuencia aparecen varios horizontes continuos con abundancia de ópalo y sílex.
Se presentan con morfología variable que va desde pequeños nódulos arriñona-dos de tamaño disimétrico hasta bloques de varios metros de forma irregular, y calidad variable para la talla.
Sobre el sustrato terciario se disponen facies arenosas Pleistocenas con distinto desarrollo y grado de alteración.
En superficie, un potente estrato vegetal sella la secuencia geológica (2).
La limpieza y desbroce del área de afección dejaron al descubierto un total de 2690 estructuras subterráneas, distribuidas de forma muy heterogénea.
Una gran concentración en la zona centro oriental que se dispersa hacia el oeste y norte y, menos rotundamente, hacia el sur.
El volumen de restos indicó la conveniencia de realizar un muestreo de toda la superficie.
Éste se diseñó atendiendo a dos criterios: el aspecto de las estructuras en superficie y la necesidad de valorar toda la extensión.
Se reconocieron tres patrones de estructuras atendiendo a los siguientes caracteres: rellenos superiores, diámetro y comportamiento en planta.
Relleno superficial oscuro, orgánico, compacto con presencia esporádica de fragmentos cerámicos.
Diámetros variables que no superan los 2,00 m.
Existencia de agrupaciones y cortes entre fosas.
Relleno superficial muy arenoso, claro e inorgánico.
Presencia exclusiva de material lítico.
No se cortan con otras fosas.
Relleno superficial poco compacto, heterogéneo, inorgánico y estéril.
Diámetro máximo de entre 2 m y 9 m.
Cortan otras fosas de características distintas.
A excepción hecha de la zona oriental, por la que comenzó la excavación mientras se realizaba la limpieza y que se excavó de forma más exhaustiva, en el resto del área se hizo una selección, siguiendo los criterios expuestos.
En total se han excavado un total de 188 fosas.
Las estructuras excavadas hasta el momento han permitido constatar tres fases en el yacimiento: Neolítica, Bronce medio y contemporánea/actual
(1) En el momento de escribir estas líneas, se espera la aceptación del nuevo trazado por parte de la Dir.
Gral. de Carreteras del Ministerio de Fomento y, con ello, el inicio de nuevas actuaciones arqueológicas en el yacimiento.
Agradecemos el esfuerzo realizado, más allá de sus obligaciones, por parte de Belén Martínez, Pilar Mena e Inmaculada Rus del Servicio de Protección del Patrimonio Arqueológico de la Comunidad de Madrid.
Hacemos extensiva nuestra gratitud a Joan Bernabeu, Concepción Blasco, Carmen Cacho, Teresa Chapa, Felipe Criado, Pedro Díaz-del-Río, Michael Kunst, Pilar López, Rosario Lucas, Ma Isabel Martínez Navarrete, Teresa Orozco y Juan Ma Vicent, sin cuya ayuda hubiese sido impensable impedir la destrucción del yacimiento.
Por su apoyo continuo el resto de los compañeros de T.A.R., S.Coop.Mad. deberían compartir la autoría de estas páginas.
Elena Serrano, además, ha realizado los dibujos de cerámica que presentamos.
José L. Bezunartea, Pablo Pajares y Gregorio Rodríguez, responsables de la obra por parte de Ferrovial Agromán, mostraron en todo momento paciencia y espíritu de colaboración encomiables.
(2) La caracterización geomorfológica del yacimiento y su entorno está en proceso de estudio por parte del profesor Alfredo Pérez González y Sergio Bárez del Cueto del Dep. de Geodinámica de la Facultad de Ciencias Geológicas de la UCM.
Agradecemos el interés mostrado por el proyecto y sus continuas y acertadas indicaciones.
Algunas evidencias, además, indican la existencia de una fase más antigua correspondiente al Pleistoceno.
Durante la prospección superficial y la recogida sistemática de material se identificó un conjunto de piezas cuyo aspecto (pátina y alteraciones) y tipología indicaban su atribución antigua.
Posteriormente la realización de tres grandes zanjas para el estudio geológico de la zona norte y sobre todo el vaciado de ésta, han sacado a la luz la existencia de una secuencia, aún sin excavar, pero cuyo análisis preliminar la sitúa en el Pleistoceno superior.
Estos restos, situados en torno a 2 m de profundidad, tienen por el momento (3) una extensión máxima de 8 m 2.
Sobre el sustrato mioceno se observan dos posibles estructuras de combustión de reducido tamaño y con alteración térmica del sedimento.
No existe selección volumétrica ni huellas de rodamiento en el material lítico que aparece acompañando estas estructuras.
Están cubiertas por un estrato formado quizás en las márgenes de un pequeño curso de agua que desde el SO bañaría la zona.
Sella la secuencia un potente estrato de formación eólica, también con material lítico, que sufre posteriormente procesos edáficos.
Está representado por 49 fosas de planta circular y sección cilíndrica o troncocónica poco acusada.
Interpretadas como silos y cubetas de uso indeterminado, presentan un diámetro máximo de 2,02 m y profundidad de entre 0,08 m y 1,42 m.
Se concentran en la zona norte del yacimiento (47 estructuras) formando agrupaciones en las que las fosas se cortan lo que permite establecer la secuencia de uso, abandono y amortización.
Otras dos estructuras situadas en la zona central, junto al perfil este de la excavación, contenían sendas inhumaciones.
Entre los materiales recuperados en los rellenos de las fosas destaca la abundancia de cerámica, con presencia de recipientes carenados y ollas de perfil en "S" que facilitan la adscripción cronológica del conjunto.
El aprovechamiento reciente del sílex, y sobre todo de sepiolita, ha dejado sus evidencias en el yacimiento en forma de 6 fosas con diámetros de entre 1,20 m y 9 m, rellenos muy heterogéneos, poco compactos y presencia esporádica de materiales actuales (fragmentos de botellas de cristal, alambres o perdigones).
Se localizan preferentemente en los límites de la gran concentración de estructuras y en ocasiones cortan evidencias de las fases previas.
La fase II es cuantitativamente la mejor representada del yacimiento y la más singular en el contexto de la prehistoria peninsular, por lo que se describen de forma pormenorizada los restos correspondientes a la minería neolítica.
De las 2.690 estructuras localizadas en el área de excavación, 2.500 aproximadamente corresponden a pozos de extracción de sílex.
De ellos se han excavado 126 (5%), aunque se dejaron sin concluir 31 por motivos de seguridad.
El abundante conjunto de estructuras de extracción de sílex presenta dos características de importancia para el estudio e interpretación del yacimiento: el comportamiento monótono de los rasgos de los pozos (forma, rellenos, materiales) y la inexistencia de cortes entre estructuras de esta misma categoría.
Pese a la monotonía señalada, la profundidad y las cualidades de las paredes, hacen posible distinguir dos tipos de pozos que sin duda están en relación con las características del sílex extraído.
En la zona centro-este del yacimiento se concentran los pozos irregulares de 2,50 m de profundidad máxima y paredes sinuosas (Fig. 3).
En ellas se observan las oquedades dejadas por la extracción de nódulos de sílex que, en 9 casos, en las proxi-midades de la base, y como consecuencia de la proximidad de las estructuras, llegan a comunicar accidentalmente varios pozos sin que deban interpretarse como auténticas galerías.
Los pozos de tipo chimenea se documentan en toda la superficie del yacimiento (Fig. 4).
Tienen paredes regulares, de tendencia muy vertical con profundidades comprendidas entre 0,64 y 7,35 m.
La variabilidad formal de la boca permite establecer 3 subtipos: boca en embudo, en cubeta y cilíndrica.
En los dos primeros casos las bocas se abren hasta adquirir diámetros de entre 1,40 y 2,10 m, la zona superior de las estructuras poseen sección troncocónica y cilíndrica respectivamente.
A 1,30 m de profundidad máxima, generalmente centrada respecto a la boca, se inicia la perforación cilíndrica que desciende verticalmente.
La localización de los pozos con boca en embudo, siempre en zonas con estrato superficial poco compacto, hace pensar en los motivos de seguridad como causa de esta variedad.
Los pozos con boca en cubeta coinciden en general con afloramientos de sílex, por lo que po-drían relacionarse con un mayor aprovechamiento de estos recursos superficiales.
Los pozos cilíndricos, con diámetro máximo en la boca de 1,60 m, son los más numerosos y se distribuyen por todo el yacimiento.
En todos ellos las paredes descienden verticales sin apenas discontinuidades.
En 45 de los pozos excavados era posible observar las vetas de sílex atravesadas, hasta cuatro en un mismo pozo.
Éstas en general están recortadas al límite del diámetro del pozo, lo que indica el grado de aprovechamiento del recurso en el espacio explotado.
En raras ocasiones, las vetas superiores quedan colgadas a modo de auténticas "repisas", descendiendo la excavación hacia las más profundas.
En otros casos (8 pozos), son vastos nódulos, a veces con evidencias de grandes extracciones, los que quedan suspendidos de las paredes.
En 38 pozos se ha documentado la existencia de excavaciones laterales en cotas próximas a la base.
Son verdaderas "covachas" de forma irregular y dimensiones variables que permitirían, en momentos inmediatos al abandono de la extracción en el interior del pozo, el mayor aprovechamiento de la veta inferior.
Son estructuras de características idénticas a los pozos de extracción de boca cilíndrica pero cuya excavación fue abandonada, al alcanzar el estrato de limos verdosos que se localiza a muro de las vetas de sílex, sin localizar las arcillas en las que éstas se encuentran.
El proceso de excavación / extracción de los pozos
Hasta el momento son escasos los indicios aportados por el yacimiento sobre el proceso de excavación de los pozos y la extracción del sílex de su interior.
La simplicidad de las estructuras de extracción y especialmente su reducido diámetro y la alta compacidad de las arcillas en las que se excavó la práctica totalidad del desarrollo vertical de los pozos, facilitaría y reduciría los riesgos en su interior.
Los paralelos con otras explotaciones prehistóricas permiten aventurar el uso de escalas de madera o cuerda que, sin embargo, pudo ser sustituido por simples cuñas de madera que, con la ayuda de la pared opuesta, serían suficiente para hacer practicable el pozo.
En este sentido, contamos en el pozo 1156 con un conjunto de siete pates o pequeñas oquedades practicadas en la pared para el apoyo de los pies en las maniobras de descenso y ascenso.
Se distribuyen a razón de cinco en la zona nororiental del pozo y dos en la occidental.
La serie larga se dispone en dos hileras paralelas con los pates alternos a distancia regular (una zancada).
El pozo 2306, cuya excavación no pudo ser concluida, es un pozo de chimenea con boca en cubeta que presenta a 1,80 m de profundidad, en la zona de arranque del pozo vertical, dos oquedades enfrentadas en las paredes este y oeste aunque con una diferencia de cota de 0,20 m.
Tienen forma circular de 9 cm y 12 cm de diámetro respectivamente.
Hacia el fondo (se han alcanzado 4,46 m de profundidad) no se han documentado más orificios que pudieran identificarse como pates, por lo que se interpretan como sujeción para un travesaño que funcionaría a modo de polea de ayuda para la extracción de tierra y piedras del interior del pozo.
Otros indicios indirectos de los trabajos de explotación de sílex en Casa Montero proceden de las herramientas localizadas entre el copioso material lítico recuperado.
De las 30.000 piezas clasificadas hasta el momento, las herramientas suponen el 0,08% del conjunto.
Para su identificación se han utilizado tres criterios (morfología, volumen y presencia de huellas macroscópicas) que además permiten realizar la distinción entre herramientas para la excavación de los pozos -picos, mazas, cuñas, etc.-y la extracción de materias primas -grandes percutores-y las herramientas para el acondicionamiento del trabajo.
En el primer grupo se encontrarían las mazas, realizadas en cuarcita, de sección cuadrangular, con un peso aproximado de 1,5 k y dimensiones en torno a 13 × 8 × 8 cm (Fig. 5.1).
Se está trabajando en la hipótesis de que estas mazas golpeasen cuñas o picos de sílex que penetraran en la tierra a modo de cincel.
Aunque pendiente del estudio experimental, el conjunto de huellas localizado en el pozo 2330 podría responder a los trabajos extractivos mediante los picos descritos.
Se ha documentado un grupo de cinco surcos paralelos, ligeramente oblicuos a la boca, de sección en "V" y una longitud máxima de 20,9 cm. Un segundo conjunto de huellas, hallado en la estructura 1489, por el momento no se puede relacionar con ninguna de las herramientas identificadas.
Muestra, con disposición paralela a la boca, un grupo de dos series paralelas de cuatro y cinco pequeñas depresiones de sección en "U" y forma circular de 16 mm de diámetro y 12 mm de profundidad máxima.
En cuanto a las herramientas destinadas al acondicionamiento de los diferentes trabajos mineros, como mantenimiento y fabricación de enmangues, escalas, cordajes y otros, se documentan una serie de piezas configuradas mediante retoque sobre soportes espesos e irregulares, es decir, sobre fragmentos desechados de la producción lítica, como elementos de descortezado y desbastado, y fragmentos informes.
Estos objetos suelen ser denticulados (amplios y abruptos), raederas, raspadores y buriles.
Amortización de los pozos
Al igual que ocurre con la morfología de las estructuras, sus rellenos resultan extremadamente monótonos tanto en su composición como en su disposición.
La amortización de los pozos se realiza redepositando en ellos los mismos sedimentos extraídos -arcillas verdosas o grisáceas, en ocasiones con abundantes carbonatos-, más disgregados, sin aporte de materia orgánica pero con la incorporación de los residuos y desechos líticos producidos por la manufactura realizada junto a la estructura.
En efecto, una vez realizada la excavación del pozo, localizados los estratos deseados y extraídos los nódulos necesarios, en el exterior de la estructura, pero junto a ella, se llevaría a cabo una selección de los nódulos, unos serían probados, otros desechados sin más, y algunos desbastados, configurados y explotados.
Todos los desechos procedentes de estos trabajos serían arrojados al pozo, de ahí que la densidad de material lítico se concentre en la parte inferior del pozo.
De los 24 pozos, cuyo material ya se ha clasificado totalmente, en 15 el primer relleno acumula la cantidad mayor de material lítico del pozo, en 4 casos esto ocurre en el segundo relleno, 5 pozos presentan el volumen mayor de material lítico a partir del tercer estrato de relleno.
En general, la tendencia se hace más acusada si valoramos en conjunto los dos estratos de relleno inferiores: en 16 pozos ambos estratos superan el 50% del material del pozo y 10 de ellos contienen más del 75%.
La presencia de Bases Negativas (BNe) en los estratos de amortización es frecuente en 16 de los 24 pozos analizados, apuntándose como ligera tendencia su localización mayoritaria en los rellenos con más elevado porcentaje de restos líticos.
Más significativa es la distribución de las BNe en los pozos de tanteo.
De los pozos analizados, 7 son de tanteo.
Tan sólo 3 de éstos presentan en sus relleno BNe (42,85%) mientras en el 82,35% de los pozos de extracción (17 casos) se recuperan estos restos.
De forma ocasional se identifican estratos arenosos y estériles interpretados como depósitos naturales producidos durante la interrupción del proceso de colmatación intencionada de los pozos.
Algunos derrumbes producidos durante la amortización se reflejan en la estratigrafía mediante estratos arcillosos, amorfos y localizados preferentemente junto a las paredes.
Sistemáticamente en la parte superior de la secuencia se registran estratos arenosos, poco compactos, de espesor y extensión escasos que deben interpretarse como depósitos de origen natural que sellan definitivamente los pozos.
Las características y disposición de los estratos descritos inducen a plantear que la amortización de los pozos se produjo de forma inmediata a la conclusión de su uso y de forma continuada, siendo excepcionales las ocasiones en las que se interrumpió este proceso.
Sólo la parte superior de la secuencia muestra el carácter paulatino y no intencionado del cegado definitivo de los pozos.
Es importante señalar la existencia de estratos de alteración de las paredes de los pozos.
Aunque en fase de estudio, destacamos que en una decena de los pozos excavados se ha registrado un sedi-mento, entre las paredes del pozo y los estratos de amortización de la parte superior de la estructura, cuya composición, color y compacidad parecen resultar de la combinación de ambas (paredes y rellenos).
Se dispone adaptándose a la pared del pozo a modo de "enlucido", con un espesor que no rebasa los 25 cm, por lo que se descarta su carácter intencionado previo a la amortización.
Al estar documentados tanto en pozos irregulares como de chimenea con boca en embudo o cubeta, se deduce que su formación se ve favorecida por el diámetro mayor de la boca y paredes tendidas que faciliten la filtración y acumulación de humedad.
Como lugar de aprovisionamiento y explotación de materias primas, Casa Montero presenta un registro lítico extraordinariamente abundante (unas 31,6 Tm).
Debido a esta característica, se han documentado todas las categorías de la Cadena Operativa Lítica (Pelegrin 1995), excepto los productos laminares.
El objetivo principal de la explotación lítica de Casa Montero es la producción de soportes laminares según se desprende del análisis de remontajes, núcleos y productos de configuración.
En las explotaciones mineras de sílex documentadas en Europa el objetivo de la producción de láminas es minoritario con respecto a la producción de hachas pulidas.
Gracias al análisis de las proporciones de las categorías de la cadena operativa, se observa cómo el producto generado en Casa Montero es el que aparece peor representado lógicamente, ya que este segmento saldría del yacimiento.
Hay que señalar que los productos procedentes de la explotación neolítica del sílex suponen la mayor parte del registro lítico.
Entre las diferentes fases de la cadena operativa, las que más restos generan son las de desbastado y configuración de las superficies de talla.
Una observación a destacar es que, si bien la producción de láminas es el objetivo principal de la producción de Casa Montero, existen elementos que permiten afirmar la existencia de unas estrategias destinadas a la producción de lascas, obviamente con una finalidad diferente y aún por determinar, que podría hallarse en la necesidad de soportes diferentes.
La representación de núcleos que se ha recuperado en Casa Montero es un documento excepcional para el estudio de la tecnología lítica de este período, debido a su número y diversidad.
No sólo aparece una importante variedad de esquemas de explotación, sino que además se documentan en las diferentes etapas de trabajo: testado, inicio de desbastado, configuración, explotación y agotamiento.
La heterogeneidad de los nódulos propicia la aparición de obstáculos en la explotación de un nódulo como geodas o vetas que obligan a descartarlos en proceso de trabajo.
Para la producción de lascas se utilizan sistemas de explotación bifaciales con jerarquización o no de las superficies de talla.
Es decir, esquemas de configuración compleja con predeterminación de los productos: no se está buscando una lasca azarosa.
Para la producción principal de láminas la variedad se amplía, en principio, en función del soporte, dependiendo si se actúa sobre un riñón más o menos manejable o si se trabaja sobre una gran lasca.
Además de la manejabilidad, el soporte de Base Positiva ofrece ventajas como la de poseer filos que puedan hacer la función de cresta de inicio de la explotación.
Si el soporte de la explotación es un nódulo completo, los sistemas que se desarrollan son básicamente prismáticos a partir de la configuración de una cresta con trabajo bifacial y una mínima preparación de la plataforma de talla que va acondicionándose a medida que avanza la producción.
Las grandes lascas que posteriormente son explotadas se extraen de los nódulos de forma bifacial centrípeta sin jerarquización de las superficies de talla y de manera alternante.
Se ha documentado la utilización de grandes percutores de cuarcita de un diámetro máximo entre 11 a 20 cm y un peso medio de 1200 g.
Estas tareas se realizan en muchas ocasiones en el interior de los pozos durante el proceso de extracción de la materia prima.
El soporte de lasca, mucho más versátil, permite llevar a cabo la elección de diferentes esquemas de explotación.
Hasta el momento se han documentado tres: dos destinados al desarrollo de la lámina en volumen y uno al desarrollo de láminas en superficie.
El primer caso, se trata de un esquema de explotación similar al que se emplea sobre el trabajo de nódulos.
El trabajo se inicia con el acondicionamiento de una cresta unifacial, en este caso, determinada por el soporte, continúa con el acondicionamiento de la plataforma de talla, que suele localizarse en el talón de la lasca y concluye con la explotación propiamente dicha.
El segundo caso de explotación laminar en volumen a partir de una gran lasca, consiste en un acondicionamiento completo de la zona distal de la misma a modo de cresta semicircular.
Posteriormente se elimina la zona proximal en sentido transversal para acondicionar la plataforma de talla.
Por último, aprovechando las crestas obtenidas, se inicia la explotación.
La morfología de estos núcleos, muy estrechos, los hace particularmente adecuados para adaptarlos a un soporte que permita la talla por presión.
Por el momento contamos con un solo caso de este tipo de núcleos, pero el sistema de explotación se ha documentado de forma más amplia a través de los restos generados en la configuración de la plataforma de talla.
Por último, el sistema de explotación laminar en superficie a partir de grandes lascas que se ha documentado, consiste en una configuración inicial de la superficie de talla principal de manera bifacial, que genera dos aristas zigzagueantes convergentes (Fig. 5.3).
La superficie de talla debe ser convexa en sentido transversal y hacia la parte distal, como en el sistema levallois.
A diferencia de éste, en el caso que nos ocupa, la plataforma de talla se abre en sentido transversal.
Las láminas procedentes de este sistema de explotación son más anchas, con aristas transversales y extracciones bipolares.
Parece claro que estos soportes no están destinados a la elaboración de microlitos, sino a la obtención de un soporte resistente en una sola pieza.
Frente al volumen ingente de material lítico recuperado en el interior de los pozos, llama la atención la escasez de otro tipo de restos.
De hecho, se puede señalar esta ausencia generalizada de materiales arqueológicos no líticos y materia orgánica como otra de las características esenciales de la explotación minera de Casa Montero.
Se han documentado 1139 rellenos de pozo de los que 1041, un total de 82 pozos (65,07 %), no contienen resto alguno (cerámica, carbón, adobe, hueso, concha...) no lítico.
La cerámica se distribuye en 39 rellenos correspondientes a 23 pozos: 1 pozo de tanteo, 6 de tipo irregular, 16 de tipo chimenea, 4 de ellos con boca en cubeta y 12 cilíndricos.
Todos los tipos de pozo cuentan con representación cerámica en sus relle-nos, excepción hecha de los pozos de tipo chimenea con boca en embudo.
En ningún caso se han localizado recipientes completos, aunque sí varios fragmentos de la misma pieza distribuidos en rellenos diferentes del mismo pozo.
Este hecho, sumado a la buena conservación de las cerámicas y la frescura de las fracturas, indica la procedencia cercana de los recipientes e incluso la inmediatez de su rotura.
La totalidad de las cerámicas procedentes de los pozos de Casa Montero se caracteriza por la calidad de pastas y acabados.
Están bien representados los acabados bien bruñidos aunque son mayoritarios los fragmentos simplemente alisados y pastas bien cocidas en ambiente oxidante.
A pesar de lo limitado de la muestra, son significativos los fragmentos que por su forma o decoración permiten una clasificación tipológica y cronológica certera.
Tipologicamente están bien representados los recipientes profundos (clase C), de los tipos 13 a 15 (ollas, contenedores y orzas) de Bernabeu (1989: 31-50).
Se han documentado un asa de cinta vertical, una base cónica y labios simples redondeados y apuntados.
Las técnicas decorativas son variadas y se presentan combinadas en 4 recipientes: cordones con impresiones diversas, mamelones (apenas perceptibles más que al tacto) distribuidos sin orden aparente por el galbo, acanaladuras someras y almagra; otros fragmentos presentan cordones lisos externos bajo labio simple redondeado o ligeramente biselado, con restos de almagra.
Algunos rasgos del conjunto como los vasos ovoides, o la frecuencia (proporcional a la muestra) de almagra y cordones decorados, parecen ser exclusivos de los momentos más antiguos de la secuencia neolítica de La Vaquera (Torreiglesias, Segovia).
El repertorio de Casa Montero tendría su correspondencia con el horizonte Neolítico antiguo del yacimiento segoviano (segunda mitad del VI y primer tercio del V milenio -5500/4700 cal BC-) (Estremera 2003: 188).
El fragmento conservado tiene sección semicircular con un única superficie externa, bruñida y con tres suaves biseles que configuran cuatro facetas en el sentido longitudinal de la pieza.
La superficie conserva decoración realizada mediante incisiones someras.
Uno de los extremos, el superior, se curva hacia el exterior, mientras el opuesto lo hace, aunque más suavemente, hacia el interior.
En la zona de inflexión de la curvatura superior se hace visible un motivo soliforme formado, con seguridad, por tres trazos radiales, otro que aprovecha una irregularidad que recorre longitudinalmente toda la pieza y el último sobre una pequeña grieta.
La zona circular del motivo apenas queda indicada por un pequeño segmento de círculo en el tercio inferior derecho del mismo.
La parte izquierda presenta junto a la fractura una incisión oblicua que aunque segmentada alcanza el bisel central, sobre ella se disponen transversalmente tres trazos paralelos y cortos.
También en el lado izquierdo, un segmento de circulo sirve de partida a entre cuatro y seis incisiones cortas dispuestas radialmente.
Cerca del bisel central se observan incisiones cortas, paralelas y oblicuas sin aparente organización.
Junto a la fractura del lado derecho, otros dos grupos de trazos.
Por último, se ha recuperado carbón en 60 rellenos pertenecientes a 35 pozos (27,77%) que representan todas las variedades tipológicas descritas para estas estructuras.
La flotación del muestreo sistemático de los sedimentos excavados permitirá la recuperación de macro restos vegetales si existieran.
La correcta valoración de la explotación minera de Casa Montero pasa obviamente por la precisión del intervalo temporal en el que se realizó.
Los medios para determinar cronologías relativas del conjunto de pozos son, como hemos visto, inexistentes.
Los materiales que permiten una adscripción, aún aproximada, se reducen al exiguo conjunto cerámico que nos remite a los momentos iniciales del Neolítico de la Meseta.
El material lítico, aunque en una fase muy inicial de su estudio, puede apuntar ciertas consideraciones de relevancia para este asunto.
Pese a la localización de varias cadenas operativas, todas ellas parecen responder a modelos de factura y conceptos de estandarización que alejan el aprovechamiento del sílex de Casa Montero de etapas propias de la Edad del Bronce.
La ausencia de evidencias correspondientes al Calcolítico, en un entorno en el que éstas son especialmente abundantes, apoya la concesión de un uso "corto", constreñido al Neolítico, para la explotación minera del yacimiento.
Las dataciones absolutas realizadas sobre los carbones recuperados y a partir de las concentraciones polínicas (4) quizás permitan atenuar las dificultades que a este respecto puedan plantearse.
Además, el propio yacimiento ofrece, en las que se han señalado como características esenciales, las claves de su uso.
La denominada "monotonía" en las estructuras, la secuencia de las fosas y su distribución en planta, ofrecen la posibilidad de concebir los trabajos mineros de este yacimiento en un lapso temporal y con una organización propia de los primeros productores de la zona.
Es importante llamar de nuevo la atención sobre la similitud que, incluso antes de su excavación, presentan las es- (4) Agradecemos a Pilar López (Dpto. de Prehistoria.
Instituto de Historia del C.S.I.C. Madrid) la recuperación y tratamiento de las primeras muestras de polen para su datación absoluta. tructuras de explotación de sílex de Casa Montero, hasta el punto que permitió en los momentos iniciales de los trabajos el establecimiento de patrones de comportamiento / rasgos de las fosas, coincidentes tras la excavación con las fases reconocidas en el yacimiento.
Tras la excavación, la similitud de los pozos se hace más patente.
Tanto formalmente como en la sistemática de su amortización, todos los pozos excavados parecen responder a concepciones idénticas.
Desde el punto de vista morfológico las variaciones tipológicas entre las estructuras tienen su causa tanto en el comportamiento del sílex explotado como en las exigencias del propio terreno.
No obstante, salvo para los pozos de chimenea con boca en embudo, en los que hasta el momento no se ha recuperado ningún fragmento cerámico, los otros tipos cuentan con apoyo material para su adscripción.
Técnicamente, la excavación de los pozos no requiere innovaciones o usos distintos a los requeridos para solventar la obtención de otros recursos de carácter subsistencial.
La extracción de agua en Chipre con cronologías del X-IX milenio B.P. (Peltenburg 2003: 19-24) mediante pozos de características muy similares a los de Casa Montero o la relativa complejidad de las minas de Gavà (Bosch Argilagós y Estrada Martín 1996), ponen de manifiesto la suficiencia técnica de las comunidades que explotaron Casa Montero.
Algunas propiedades de los pozos responden a múltiples motivos entre los que se cuentan, sin duda, facilitar y dotar de seguridad los trabajos.
El reducido diámetro, especialmente del tramo profundo de los pozos, quizás responda al volumen de sílex requerido en cada incursión sin embargo, es imposible obviar hasta que punto este rasgo aporta estabilidad a la estructura y comodidad en las maniobras de ascenso y descenso.
La ausencia de excavaciones laterales a media altura, aunque ello suponga renunciar a la explotación exhaustiva de un recurso visible, responde también a consideraciones diversas que van desde asegurar los trabajos en el pozo hasta la creciente calidad de los niveles de sílex en profundidad.
La amortización inmediata y rápida, al menos de la parte más profunda de los pozos, y las similitudes entre sus secuencias internas, no hace sino indicar comportamientos adoptados para unas tareas habituales.
La sistemática de los trabajos realizados junto a la boca del pozo en proceso de excavación, acopio de tierras y el trabajo de inicial de selección, desbastado y explotación de nódulos responde obviamente al principio del mínimo esfuerzo pero también a la necesidad de cegar rápidamente la fosa.
En relación a este asunto, debieron establecerse unas normas para el "correcto abandono" de los pozos de forma que éstos se hicieran visibles para futuras extracciones.
Sólo esto y, lógicamente, la aceptación de una estrategia de explotación, justifican el hecho de que las embocaduras de los pozos, pese a su extrema cercanía, no se corten en ningún caso.
Este hecho, señalado como característica primordial de la explotación, argumenta definitivamente la explotación prehistórica por parte de comunidades con necesidades y soluciones concretas y que, por tanto, responden a patrones organizativos difíciles de aceptar para sociedades de complejidad creciente y dilatadas en el tiempo.
Por lo demás, la observación detenida de la planimetría de la explotación neolítica permite observar ciertas secuencias en la disposición de los pozos que, aunque sin estudiar por el momento, dará contenido al patrón o patrones de explotación adoptados (5).
El conocimiento excepcional del comportamiento del recurso extraído, en este caso el sílex, se pone de manifiesto en la propia forma de abordar la explotación.
El buzamiento y la discontinuidad de los niveles de bloques de sílex hacía poco recomendable, por el esfuerzo necesario, la excavación de trincheras o galerías desde la superficie.
Por otra parte, los estudios de identificación y caracterización de los tipos de sílex presentes en el yacimiento harán posible determinar, entre otras cuestiones, la exigencia de calidad requerida en el sílex extraído y explotado (6).
Otros asuntos de indudable trascendencia como la distribución de los soportes conformados en Casa Montero, la localización de los sitios de hábitat relacionados directamente con la explotación, la modelización geomorfológica de la mina y su entorno para su posible reconocimiento en otros lugares de la banda silícea del Tajo, son algunas de las propuestas que serán abordadas en futuros proyectos de investigación.
(5) Nuestro reconocimiento por estas observaciones a Juan Vicent (Dpto. de Prehistoria.
Instituto de Historia del CSIC) quien desde el primer momento hizo hincapié en estos aspectos de la investigación.
(6) M.a Ángeles Bustillo (Dpto. de Geología.
Museo Nacional de Ciencias Naturales.
CSIC) se ha hecho cargo de los trabajos de caracterización petrológica de los distintos recursos silicios existentes en el yacimiento y su entorno.
Agradecemos su inestimable y entusiasta colaboración desde el comienzo de los trabajos. |
Se estudian las características específicas de los principales lugares de culto del área ibérica. haciendo hincapié en su emplazamiento y en su relación con el territorio.
Se apunta una serie de rasgos comunes a algunos santuarios como su función religiosa. económica y política.
Durante la pasada década hemos asistido a una revisión y revitalización de los estudios sobre la cultura ibérica.
Los nuevos planteamientos han incidido, de una manera particular, en el estudio de los patrones de asentamiento y en la jerarquización del habitat y sus necrópolis.
Dentro de toda esta dinámica era necesario buscar también nuevos enfoques en el estudio de la religión ibérica en general. y de sus santuarios en particular.
La "New Archaeology" incluía en sus pretensiones la posibilidad de penetrar en este campo, como en cualquier otro (Binford, 1968: 21).
No obstante, la investigación suele adoptar ante este hecho las dos posturas tradicionales a las que hace referencia Renfrew (1985: 1) en su libro sobre el santuario de Philakopi: rechazo metodológico a su estudio, puesto que supone traspasar los límites de la pura inferencia arqueológica, o bien argumentar que toda aproximación es válida.
Estas mismas actitudes las encontramos con frecuencia reflejadas en el estudio de la religiosidad en época ibérica.
A pesar de la extensa bibliografía existente, el conocimiento que poseemos del tema es parcial y fragmentario.
Carecemos, por ejemplo, de una visión de con-lbC Junto tk l0" lu!!aTt.''' de ~:ult(l. ljue "1 exiqe. en (amolo. en otr<.I" úrea'" gC(lgr¡jfica~ y culturalt.:... afines.
Ante esta situaCIón parece lógico plante• arse cuál pudo ser el papel de la actividad religiosa en la estructura de la sociedad ih~rica.
Por ello. resulta necesario el desarrollo de una metodología que pueda constituir el soporte adecuado para el estudio de los restos arqueológicos de la "actividad religiosa".
Estos estudios deoen ser precedidos por la identificación de criteri()~ claros para reconocer tales actividades. documentarlas y analizarlas (Pascucci.
Entre los problemas de carácter general en el estudio de los santuarios de época ibérica. cabe destacar el hecho de que se trata. en su inmensa mayoría. de yacimientos excavados hace ya muchos años. de los que hemos perdido irremisiblemente información básica acerca de sus contextos arqueológicos.
Por otra parte. mu-tourd~ PnKlCt40 Tnrreira cho.... de ellos han proporcionado un numeroso material "artístico" (de manera destacable exvotos en bronce. piedra o terracota). con lo que durante años se ha ofrecido una visión bastante parcial al despreciar el resto de la cultura material.
En la mayoría de los casos tenemos. además. datos muy exiguos de sus restos arquitectónicos.
Por último. tampoco hasta el momento se ha establecido con claridad. cuál fué la relación existente entre los pohlados y los santuarios y su territorio.
Esto dificulta. a su vez. el estudio de las características proto-urbanas o rurales de los lugares de culto. de sus áreas de influencia. así como las causas que pudieran determinar la elección de un lugar como centro sagrado. y si la ocupación del territorio se articulaba a través del carácter religioso del paisaje o si, por el contrario. surge como parte de la ordenación del espacio de estas comunidades.
--------~~~------------~--------------~ Inlt.:ntaré analizar. a continuación. alguna~ de las características específicas de los principales lugares de culto ibéricos. haciendo hincapié en su emplazamiento y en su relación con el territorio.
No pretendo hacer una clasificación o inventario exhaustivo de todos los centros religiosos de época ibérica (Lucas.
1988), sino intentar ofrecer un panorama general de los principales lugares de culto agrupados por regiones geográficas (Fig. 1).
Tenemos que referirnos, en primer lugar, a los dos principales santuarios enclavados en la provincia de Jaén, Collado de los Jardines y Castellar de Santisteban.
Conocidos sobre todo, por haber proporcionado el mayor número de exvotos de bronce (Fig. 2: 3).
Ambos santuarios fueron descubiertos y expoliados a comienzos de siglo.
Calvo y Cabré (1917Cabré (,1918Cabré ( Y 1919) ) excavaron el santuario de Collado de los Jardines y Lantier (1917), por su parte, publicó un estudio muy completo de los materiales que pudo recopilar procedentes de Castellar.
Los dos santuarios se caracterizan por estar enclavados en parajes abruptos, en cuevas y junto a fuentes o manantiales.
CoUado de los Jardines (Sta.
Se halla situado en el desfiladero de Despeñaperros oculto entre imponentes riscos.
La cueva del santuario se encuentra en la pendiente de la montaña y en sus proximidades surge un manantial.
En este lugar realizaron Calvo y Cabré tres campañas de excavaciones en la segunda década del siglo.
Los resultados publicados en las memorias de excavación siguen siendo hoy en día nuestra principal, por no decir única, fuente de información a la hora de estudiar este yacimiento.
Las exploraciones en el poblado, ubicado en la cumbre del cerro y comunicado con el santuario por distintos caminos, permitieron descubrir abundantes escorias de metal, así como diversas figuritas de bronce.
Este poblado se encontraba amurallado y el santuario quedaría, por consiguiente, extramuros.
Lo más intere~antl: del hallazgo de la... ca... a~ fue la localización dI: restos de cri... ole... y de malcrial de fundición relacionados con la fahrlcación de los bronces.
Su cronología es muy imprecisa aunque. en mi opinión. la producción de exvotos es anterior a la de Castellar (Prados, 1992) Castellar de Santisteban (Los Altos del Sotillo.
A fines de la década de los cincuenta Fernández Chicarro (1957) llevó a cabo una prospección que no ofreció los resultados esperados.
En los últimos años un equipo dirigido por G. Nicolini ha realizado distintas campañas de excavación en el yacimiento.
El santuario se compone de un abrigo natural, del que en su momento debió manar agua, donde no se advierten trazas de transformación antrópica, a no ser un sistema de escaleras y rampas excavadas en la roca para permitir el acceso al interior.
El santuario plantea problemas de interés, como su origen que, en opinión de Nicolini, arranca por el estilo de algunos exvotos de fines del s. VII y según mis propios estudios representa una tradición tecnológica más evolucionada que la de Collado, lo mismo que su producción (Nico-Iini, 1969; Prados 1987).
Las secuencias estratigráficas obtenidas en las recientes excavaciones parecen documentar una etapa que corresponde a fines del IV o, sobre todo, al s. III a.e.
Creo que estas fechas encajan muy bien con algunas características de sus exvotos en bronce, como el hecho de que más del 40% de los mismos sean esquemáticos; el número mucho más limitado de "tipos" con respecto al santuario de Collado, etc. (Prados, en prensa a, b).
Se trata de un complejo, en el asentamiento de la Muela, cerca de Cástula.
La estructura, por el acabado de la construcción -con un magnífico mosaico de guijarros en blanco y negro de fines del s. VII. comienzos del VI a. e.-así como por su ubicación en la orilla del río Guadalimar, ha llevado a que se interprete como un recinto de culto para la práctica de ritos de banquetes, cuyos restos fueron con posterioridad recogidos en una "fosa de consagración" (Blázquez y Valiente, 1981: 202) El santuario se encuentra enclavado en un paraje elevado con fuentes manantiales en sus proximidades.
La zona estana densamente ponlada y bien comunicada. pues se situana junto a la vía ObuJco-Ulia.
El santuario de Torn: paredones se halla exactamente en el extremo sur de la ciudad, junto a la muralla, pero extramuros (Fig. 2: 2).
La topografía del terreno delata la presencia de un edificio de dimensiones reducidas, aunque de cierta importancia si nos fijamos en algunos fragmentos arquitectónicos.
En este promontorio se han recogido superficialmente los exvotos, todos ellos hechos en piedra.
El santuario se fecha en el s. 11 a. e.
Cabe señalar la presencia de exvotos en otros lugares, como el conjunto de relieves y grabados de équidos procedentes de Mesa de Luque en Córdoba.
El hallazgo plantea la posible existencia de un nuevo santuario ibérico en las cercanías del lugar (Cuadrado y Ruano, 1989).
En el mismo caso, bien como Depósito votivo, bien como santuario sin localizar, se encontraría El Cerro de los Infantes (Pinos Puente, Granada), del que sólo tenemos noticia de la aparición de un gran número de équidos en piedra, sin que existan restos constructivos (Rodríguez Oliva el alii, 1983).
O Torre de Benzalá (Torredonjimeno) donde tam- bién aparecieron exvotos (Ruano, 1987) y otros posibles lugares de la provincia de Jaén, como sugieren los exvotos de procedencia incierta del Museo de Jaén (Marín Ceballos y Belén, 1987).
Por último, el hallazgo en superficie de material de época ibérica en la llamada cueva de la Murcielaguina en el término municipal de Priego de Córdoba -entre el que se encuentra una cabecita tallada de piedra caliza-, lleva a plantear la existencia en Andalucía de cuevas santuario similares a las constatadas en Levante (Vaquerizo, 1985).
El conjunto ibérico de Coimbra del Barranco Ancho lo integran un poblado, un san-tuario ~ tre... nccr,•)poil....
La cronulogía del c... tanlecimiento inerieu ¡¡harca de...
En el santuario. dc... cuoierto lk forma casual en )'J7Y..,e han realizado unicamentc prospecciones superficiales {jUl' han dado como fruto la localización de una amplia seric dc exvotos de terracota en forma de caoezas humanas (Page el lllii.
El yacimiento está situado en una colina rocosa de baja altura.
Los restos de construcción son casi imperceptibles y los materiales hallados parecen indicar un centro de culto.
La cronología, sobre la base de la cerámica ática, se sitúa a fines del s. IV a.e.
Excavado por E. Cuadrado en los años 40, se encuentra en las proximidades del pueblo de Mula.
El santuario está en la cima del altozano que domina el poblado y la necrópolis, ésta última con más de 400 tumbas excavadas (Fig. 2: 1).
Sobre el santuario se edificó una villa romana con varias estancias.
El empedrado de un pequeño patio cubría los restos de un muro y una "favissae" que contenía los exvotos, constituídos, casi en su totalidad, por figuras de caballos.
Cuadrado fecha el santuario entre los ss.
El yacimiento se halla situado en las primeras estribaciones de la Sierra de Carrascoy.
El plano general del santuario ha llegado en muy mal estado.
Los exvotos se hallaron en la explanada en la que se supone que estaría emplazado el edificio de culto.
Ruiz Bremón defiende la existencia de una fuente, que hasta hace pocos años manaba a unos metros del eremitorio de La Luz y que hoy en día ha sido canalizada al interior del convento.
La época de máximo apogeo se situaría entre los ss.
La actual ermita de la Encarnación se encuentra en un altozano, y en sus alrededores apareció una serie de exvotos realizados en caliza local, en su mayoría figuras masculinas, que se han paralelizado con las andaluzas de Torreparedones, Torre de Benzalá y de La Bobadilla (Ramallo, 1993: 122-123).
Los sondeos estratigráficos han permitido documentar un mo- ----------------------------------------ll1~nt\l tk cultlJ IhnlC\l de crunologla impreci"a (cntn: 11I' " "....
Jo... estructura" con-... oliJada" del cerro (orn.:"pondcn ya a ~poca romana (Ruano y S(Jn N icolá....
Cu~vas Son varias la s localizadas en Murcia. especialmente al Norte. entre las que podemos citar "La cueva del Calor" y "Peña Rubia". en Cehegín.
"Las canteras". en Calasparra.
"Pelidego".!?n Jumilla. o " La Nariz". en lJmhría de Salchite.
Esta última ha sido ohJeto de un estudio detallado por parte de Lillo, Entre los materiales aparecidos en esta cueva destaca la urna denominada "La diosa de los lobos" (Fig. 3: 1).
La ocupación se situaría entre los ss.
Son muy numerosas y características de esta región las cuevas utilizadas con finalidad religiosa.
Podemos destacar La cova de les Dones; Les Maravelles o Villargordo del Cabriel en la provincia de Valencia.
Parece claro el carácter ritual de estos lugares alejados de cualquier poblado.
Muchas parecen haber sido utilizadas con este fin a lo largo de un período dilatado de tiempo, desde la Edad de Bronce hasta la Edad Media.
Entre sus materiales de época ibérica destacan sobre todo los pequeños vasos caliciformes (Fig. 3: 4).
También pueden aparecer fusayolas y huesos de animales.
Por su parte, tanto el metal como la cerámica de importacion aparecen muy esporádicamente.
En muchas de ellas debieron utilizar las aguas -sobre todo subterráneas-por su supuesto carácter salutífero.
También es frecuente el hallazgo de huesos y vasos cerámicos quemados.
Estas cuevas muestran una tendencia a la concentración en zonas con la posibilidad de distintas funciones, sobre todo según algunos autores, dependiendo de la presencia de agua o de estalactitas y estalagmitas (Aparicio, 1976-77; Gil-Mascarell, 1975; Tarradell, 1973; Martí, 1990).
La Serreta (Alcoy, Alicante) El poblado se levanta en lo alto de la sierra de Alcoy, en cuya extremidad más escarpada se erigió el santuario.
El poblado vive desde el s.
"in ~mharg(). parece que tuvo una larguísima perduraCión hasta e l Bajo Imperio. cuando el hahitat hahía dejado de exi stir hacía siglos.
Cabe. por tanto. suponer que fue su carácter sacro lo que le hizo prolongar su vida.
La mayor part!? de sus materiales son exvotos de terracota (Fig. 3: 2). muchos de los cuales representan figuras femeninas.
La cronología del santuario se situaría entre los ss. ll-l a. c., teniendo su apogeo Jurante los ss.
Santa Barbara (Vilavell, Castellón) y Muntaoya Frontera (Sagunto.
Valencia) Ambos se hallan localizados en lugares altos.
Parecen haber tenido una etapa de fundación pre-augústea y perduran a lo largo de todo el Imperio.
Es interesante señalar el posible carácter votivo de las monedas en época romana -muy presentes en ambos yacimientos-, que sustituirían a otras ofrendas de carácter más típicamente indígena.
Son frecuentes también los pebeteros.
Asímismo, en el Castillo de Guardamar del Segura (Alicante) se plantea la posible existencia de un santuario debido a la abundancia de pebeteros y a la ausencia de otros materiales más característicos de necrópolis o poblados (Abad, 1986).
Se trata de un conjunto de edificios localizados en el interior del poblado.
El primero, el llamado" A" (Fig. 2: 3), es un edificio rectangular con un pórtico con columnas que da acceso a tres cámaras y al fondo aparecen restos de dos cámaras más.
En su interior se documentan ánforas y el fragmento de una cabeza masculina.
Frente a él, al otro lado de la calle, se localiza un edificio rectangular, compartimentado en cuatro naves y con pequeños espacios al fondo que, por los restos de ánforas y vasijas, se interpreta como el almacén del templo.
Separado por otra estrecha calle, hacia el oeste aparece un tercer edificio de culto con planta cuadrada, en el que se ha localizado un altar de perfumes de tipo oriental (L1obregat, 1985).
San Miguel de Liria (Valencia)
En las últimas publicaciones acerca de este yacimiento se propone que los llamados "Departamentos 12, 13 Y 14" de este poblado corresponderían a un recinto sagrado (Fig. 2: 4).
No se trataría, por tanto, de una vivienda co- mun. \In\l lk un kmplo.;¡!t'.. tl!!uado ror la rre-\enela lk un " hl'll!p" en L"I Derartamento 14 ~ un deró.. ito \otl\O en el 12 De ésta forma. "e otorga un car;Íl "ter ritual a los conocido" \aso" cerámicos decorado" con figuras humanas. que reprt: sentan danDIs. escenas héticas. etc (Bond
Recogemos la rosihilidad apuntada por Nilrdstrom (1 % 7) de la existencia de un " edificio de culto" en esté lugar. ha\anJo "e en la espectacularidad de los re" to" anlui!t'ctúnicos Y en la eXistencia de huesos y ceniza\.
Ahad (llJXó) data este yacimiento entre los ss.
Algunos investigadores apuntan la posibilidad de individualizar una serie de espacios cultuales situados en el interior de los asentamientos, con una función claramente diferenciada de los santuarios o templos.
Podríamos mencionar los "departamentos I y 14", de I Puntal deis LLops. con concentraci6n de cabezas votivas. lucernas. etc: o el "()epartament 2" de Castellet de Bernabé. con un hogar ritual cuadrado (Bonet el alii.
1976: 20-24) CATALUÑA Cu~vas Son varias las cuevas localizadas en Cataluña que han podido ser utilizadas con fines rituales.
Se diferencian de las valencianas en que suelen estar constituídas por una sola sala, e n la que penetra la luz exterior sin dificultad.
Asimismo se diferencian por su cultura material. ya que en Cataluña encontramos vasos típicamente indígenas, como los "kalathos", y en muy poca proporción vasos pequeños de tipo caliciforme, y escasa cerámica de importación (de la Vega, 1987: Ruano, 1988).
Se trata de importantes edificios, siempre en el interior de los oppida, que han sido clasificados por sus excavadores como templos.
Podemos destacar, por ejemplo, los llamados "templos de UUastret", uno de los cuales m uestra dos columnas in antis en el pórtico: o el de "Molí d 'espigol" de Tornabous (Maluquer, 1986).
En Alorda Park" (Calafell), Barcelona, se ha documentado un edificio fechado a fines del S.V y durante el IV a.e., que no parece ser T. P., 51, n° 1.
1994 una estructura doméstica, ya que en su interior "e documentó un área de ofrendas rituales derosltadas en el pavimt: nto, así como un hogar (Sanmarll y Santacana, 1 YH7).
Por último, referirnos al "acimiento de La Moleta del Remei en Tarra!!ona. donde se han localizado dos importélntes edificios en la zona central del pohlado. fechados a fint.:s del s. V a.
"El Cerro de los Santos" (Montealegre del Castillo.
Se trata del gran santuario del interior.
Situado en la vía Heraklea, se encuentra aislado en una pequeña elevación, con restos constructivos muy perdidos.
El yacimiento se conoce desde el siglo pasado y a él pertenecen las famosas esculturas en piedra representando figuras masculinas y femeninas de oferentes, cabezas, etc.. que han dado lugar a una extensa hibliografía.
Del santuario apenas queda algún resto constructivo. como sillares, cornisas, fragmentos de un capitel, etc. Tampoco se conserva una estratigrafía arqueológica en el lugar, debido tanto a la erosión de los agentes naturales como a la acción antrópica.
Su cronología, por tanto. es imprecisa, aunque parece advertirse una destrucción en torno al s. 1 a. e.
El Cabezo de Azaila (Teruel)
Existe la posibilidad defendida por Cabré, de la existencia de un templo indígena extramuros del que procedería la conocida figura del toro de bronce con la roseta en la frente (Cabré, 1925: 4 y 8).
Beltrán (1976: 427), sin embargo, duda seriamente de la entidad del supuesto templo ibérico.
Marco Simón (1984: 77), por su parte, apunta la posibilidad de que pudiera tratarse de un culto doméstico.
Cueva del Coscojar (Mora de Rubielos, Teruel)
Las excavaciones realizadas en este yacimiento han sacado a la luz, junto a enterramientos eneolíticos, cerámica ibérica.
Se trata de vasijas con ofrendas; de formas caliciformes pequeñas: y páteras, que podrían atestiguar un ritual de libaciones en una cueva-santuario similar a las características del Levante (Marco Simon, 1984: 75-76).
La aparición de distintos exvotos de hronce. similares a los característicos de los santuarios oretanos. permite apuntar la posibilidad de que en el interior del poblado pudiera haher existido un lugar de culto. no sahemos si doméstico o colectivo.
En cualquier caso. tendremos que aguardar a los resultados de las excavaciones en curso (Caballero y Mena.
Toledo) Fuera del ámbito propiamente ibérico no queremos dejar de señalar la aparición de un relieve realizado en pasta de adobe. al que sus excavadores atribuyen un sentido funerario si bien se localizó en el contexto de una vivienda civil, cuyo significado exacto se nos escapa (Balmase da y Valiente.
Características, como hemos visto, de todo el área levantina, vemos cómo también empezamos a conocer su presencia en Andalucía.
Las cuevas pueden ser incluídas bajo el término de lugar sagrado de la naturaleza (Edlund.
Es decir, se trataría de lugares cuyas características intrínsecas señalan como sagrados y que son comunes a muchas religiones: montañas, cuevas, bosques, lugares relacionados con agua como ríos, manantiales, etc. En tanto que fenómeno de la naturaleza, las cuevas han sido utilizadas como lugar de habitación. enterramiento o refugio.
La presencia de objetos votivos, por tanto, las identifica como lugar sagrado, lo mismo que otros rasgos. como su relación con una fuente o manantial, nos proporcionan su contexto topográfico.
Debido a sus múltiples funciones las cuevas suelen tener un uso continuado, por lo que, en la mayoría de los casos, resulta difícil precisar su cronología.
Su función religiosa estaría vinculada, sobre todo, a pequeñas comunidades, en general, rurales.
También se ha de contemplar la posibilidad de que en lugares con agrupaciones de cuevas, cada una de ellas desarrollara una función específica (Rodríguez Alcalde y Chapa, en prensa) y que, algunas de ellas, por sus determinadas características, pudieran ser utilizadas también por una comunidad de ámbito urbano.,\'anfuar; Ol rurale,'!
Su ori~en "e hallaría en los lugares que acahamos de rnl' ncionar: hosques. ríos. etc, Por ello suelen encontrarse en parajes ahruptos. próximos a manantiak", () inclu.,o haher surgido a partir de una o varias cut: vas.
Fueron el foco de desarrollo de futuros santuarios frecuentados. sobre todo en un primer moml: nto. por hahitantes de pequeñas comunidades rurales.
Con los años evolucionan dehido a determinadas características. como su situación en caminos importantes. o por su emplazamiento en una zona rica en recursos naturales, Con el pasar del tiempo y el desarrollo de estos santuarios. se iría vinculando a ellos una población artesana que podía vivir. en parte y de forma temporal, cuando el ciclo agrícola lo permitiese, de la fabricación de exvotos en serie, que venderían a peregrinos que utilizasen estos santuarios. bien desde poblaciones próximas, bien en su camino hacia otros lugares.
Supondría, por tanto. una forma de riqueza añadida al desarrollo del poblado.
Prueba de ello, por ejemplo. la tenemos en los restos de crisoles hallados en el poblado de Collado de los Jardines.
Como prototipo de estos santuarios rurales que con posterioridad se desarrollan, tendríamos los ejemplos de Collado de los Jardines y Castellar de Santisteban, en Jaén.
Es posible que algunos santuarios rurales en origen. debido a diversas circunstancias -existencia de importantes recursos económicos, su conexión con cruces de caminos. etc-con el transcurso del tiempo dependieran cada vez más de un centro político.
En el caso concreto de los santuarios de Jaén creo que pudieron controlar también el desfiladero de Despeñaperros en su paso hacia la Meseta y sobre todo ejercer una influencia sobre el área minera.
RuÍz y Molinos (1993: 250), por su parte, los consideran santuarios étnico-rurales del grupo oretano,
Es un hecho constatado la aparición y consolidación de los santuarios en las proto-ciudades ibéricas (El Cigarralejo, Verdolay... ) cuyo florecimiento se da entre los ss.
C. Son santuarios directamente conectados con los poblados, Suelen situarse inmediatamente al exterior de la muralla del habitat o del límite natural, pero con fácil acceso desde la población, con T. P.• 51. n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es C);lr;¡, IUnCIOIK.•' rrtu.dl." de prOlL 'l' ChlTl y purrll -GICllln.
El h\,'dHl de que. \,'n ¡!cncral.
"1.' "", oclen con un manantial (l pequ\"ño ho'>que. expllcana su elección. pen>.,Iempre c()mo parte del propio desarrollo del, istema proto-urhano.
Es decir. los, antuarios de e... te tipo nacerían relacionado., con la., necesidades ideológica... de la propia estructura protourhana.
La pre... encia de agua no tendría una vinculación tan din.:cta con la naturaleza como en los... antuarios rurales.
Posiolemente haoría que ponerla en relación con lo., rito., lk purificaciún necesarios antes de entrar y sa lir del oppidu/1/. aunque es muy posiole que en determinados momentos. soore todo en una fase avanzada. a partir del s. 111 a.
C.. su principal función pudiera ser terapeútica.
Este uso parece corroborado por la presencia de exvotos anatómicos. y el hecho de que. en muchos casos, se trate de una fuente con depósitos votivos.
En Andalucía podríamos incluir en este grupo el santuario de Torreparedones. fechado en el s. 11 a.
C.. con su clásico emplazamiento extramuros.
El carácter proto-urhano de los principales santuarios murcianos queda reflejado en el triángulo poblado-necrópolis-santuario.
Se trataría de santuarios al servicio del oppidum.
Es posible que en ellos se adorase a la divinidad protectora del poblado.
El hecho, por ejemplo. de que en el Cigarralejo el mayor número de exvotos represente figuras de caballos. podría apoyar este supuesto.
La presencia de santuarios fuera de las ciudades sugiere que había muchas facetas de la cultura urbana que se realizaban fuera de los límites de la ciudad, según prescriben ciertos rituales.
Entre ellos destacar los que se refieren a la purificación, protección, expiación, fertilidad y ritos funerarios, cada uno realizado por separado o, en ocasiones, conjuntamente unos y otros.
En los santuarios extra urbanos, aquellos más alejados, parece evidente su papel de control de caminos.
Se localizan a lo largo de las vías, en puntos de cruce, que podrían relacionarse -como en el mundo etrusco o paleoveneto-con "ritos de paso" comunes a varias religiones: de la vida a la muerte, de la pubertad a la edad adulta, etc (Torelli, 1990; Colonna, 1985; Pascucci, 1990; Capuis, 1991).
Santuarios de ámbito territorial
Cabe destacar también el posible carácter "político-territorial" de algunos santuarios ex-T.
Apartados de lo... haoitats principale.,. rudían servir para reUnIón de diferentes puehlos con fines políticos y religiosos.
Tenemo., el ejemplo del santuario del Cerro de los Santos.
Situado en una importante ruta de caminos. equidistante de diversos centros de pohlaciún. posihlemente en relación con una organización supra-territorial. el santuario podría funCionar como punto de encuentro para sacrali/ar vínculos entre diversas comunidades (Ruano.
Sería un lugar donde los representantes -y de ahí el carácter elitista del santuario-de las diferentes comunidades pudieran reunirse con fines religiosos políticos y militares. para negociaciones que requiriesen la sanción de los dioses, mediante determinadas prácticas de purificación y sacrificios.
Tradicionalmente se había negado la existencia de éstos.
Sin embargo, la aparición de grandes edificios en el interior de los oppida «('ampello.
Alorda Park, etc), considerados templos por sus excavadores, hizo variar la cuestión.
Hoy en día, no obstante, la funcionalidad de estos edificios está de nuevo en revisión.
La polémica surgió a raíz de la excavación de lo que primero se interpretó como un gran santuario, "Cancho Roano", en Extremadura (Celestino y Jiménez, 1991 con toda la bibliografía referente a este yacimiento), en un área por tanto no propiamente ibérica y que en la actualidad Almagro-Gorbea (1992) interpreta como un posible palacio orientalizante, siguiendo el ejemplo de los palacios etruscos de Pogio Civitate en Murlo y de Acquarosa en Viterbo.
Ruíz y Molinos (1983: 191), por su parte, llegan más lejos al afirmar, respecto a otros edificios singulares (Alorda Park, Tornabous... ), que antes de su valoración como templos hay que tener en cuenta la posibilidad de que se tratara de residencias gentilicias.
Es muy posible que en los edificios más antiguos esté presente este carácter de residencia gentilicia, aunque también es verdad, como señalan estos mismos autores, que en este mundo aristocrático resulta difícil diferenciar entre lo sacro, y lo privado (Ruíz y Molinos, 1993: 189).
Sin embargo, hemos de tener claro que otros muchos edificios, identificados como templos y pertenecientes a una cronología mucho más avanzada, pudieron tener un papel religioso claramente definido.
Por último. quiero referirme a los pequeños recintos sagrados de ámbito doméstico.
Su aparición indica una función claramente dift: renciada de los santuarios o templos. representantes de la religión oficial.
Su utilización estaría vinculada a la práctica de ceremonias de carácter doméstico o familiar.
Quiero esbozar algunas cuestiones generales que pueden plantearse a partir del estudio de los santuarios ibéricos.
Parece lógico suponer que la sociedad ibérica desarrollara unos cultos colectivos que permitieran explicar su concepción del mundo. su relación con la naturaleza. sus deseos. esperanzas y angustias.
Resulta. sin embargo. muy complejo definir cuándo se producen los primeros indicios de "señalar" o "destacar" lo sagrado en el mundo ibérico.
Posiblemente algunos restos exiguos podrían pertenecer a lugares de culto del s. VI a.
C. Los santuarios relacionados con la naturaleza, cuevas. bosques, manantiales. etc. pudieron tener un origen anterior al desarrollo de la propia cultura ibérica.
Pensemos. por ejemplo, en las pinturas rupestres de la Edad del Bronce próximas a Collado de los Jardines; o en los materiales de diferentes épocas hallados en las cuevas valencianas, etc. Sin embargo. el gran desarrollo de los santuarios tuvo que producirse en un momento más avanzado.
Resulta difícil, por no decir imposible, precisar las cronologías sin tener datos fiables de las excavaciones.
Por tanto, voy a plantear sólo un hipotético desarrollo de los mismos. centrandome en el caso de los dos santuarios oretanos que conozco más a fondo a través del estudio de sus exvotos en bronce.
Algunos lugares sagrados de la naturaleza pudieron evolucionar por circunstancias diversas y acabar convirtiéndose en santuarios rurales o incluso extra urbanos, con un núcleo de población importante que, en parte, viviera de la riqueza generada por el propio santuario.
Este sería el caso de Collado de los Jardines.
Posiblemente este santuario se desarrolló a partir del s. V a. c., en principio con un componente aristocrático importante, como demuestra la propia iconografía de un gran número de los eX\(Jto... y otras offl: nda... depositaJas. tales como los broche... de cinturún. etc. En e... tos lugares podrían realizar... e. entn: otros. "rito... de iniciación" (Prados. en prensa b¡, Con el tiempo. se irían ••popularizando". y en ese sentido debemos entender la pre"encia de los exvotos esquemáticos y anatómico....
Estos últimos irían vinculados al desarrollo de los santuarios salutíferos. siendo tamhién una característica tardía. posihlemente a partir de la Baja Época.
Castellar. por su parle. representa un desarrollo mús tardío y mucho mús "provincial" y pobre que el santuario mayor. como demuestra la ausencia de figuras que representen jinetes; una "tipología" mucho más reducida en los exvotos; y por el hecho de que casi la mitad de éstos sean esquemáticos (Prados. en prensa a).
Por otra parte. la reanudación en los últimos años de las excavaciones en este yacimiento parecen confirmar esta posibilidad. con un desarrollo del santuario a partir sobre todo del s, 111 a.
C. (Nicolini el alii 19X7; Ruíz y Molinos.
Respecto a la cronología de los llamados "templos" ya se ha señalado también la posibilidad de que algunas de estas edificaciones antiguas. en realidad. pudieran ser residencias gentilicias.
Algunas de las cronologías más precisas nos indican un desarrollo de los santuarios a partir del s. IV (Cigarralejo, La Encarnación, La Escuera), y sobre todo del s, 111 (Castellar; La Luz... ) y del s. 11 a.
Por su parte las cuevas -y algunos de los grandes edificios o "templos" -presentan cronologías más imprecisas.
Muchos de estos lugares de culto perduran. además, en plena época romana.
Vemos, por tanto, cómo se perfila un desarrollo de los lugares de culto, en gran medida, a partir de la Plena Epoca y, sobre todo, de la última fase de la cultura ibérica.
¿ Qué funciones podríamos destacar de los santuarios?
En primer lugar hemos de entender algunos de estos lugares. junto con el evidente significado religioso, como auténticos centros económicos.
Es posible que ciertos santuarios jugaran un papel relevante en la circulación de la riqueza, como escenario de reconocido prestigio privado, donde el donante ofreciera objetos de lujo -aunque sólo una mínima parte haya llegado, hasta nosotros-, como substituto del ámbito funerario.
Quizá en este sentido podría analizarse el dato de Quesada (1989) de una menor jerarquización aparente Olmos (1991) de una ruta comercial griega relacionada con los santuarios, defendida por Maluquer (1985) y matizada por Domínguez Monedero (1985: 327-328), Es decir, la función económica quedaría reflejada también al tratarse de ccntros de desarrollo del comercio o de otra actividad económica importante, que atrajeran mercaderes y con la celebración, incluso. de grandes ferias y mercados.
Por otra parte. tampoco debe desdeñarse la posibilidad de que los santuarios administrasen sus propiedades o actuasen como garantes de cambios y transacciones comerciales (Chaves y García Vargas, 1991: 157).
Otro aspecto que cabría destacar respecto a los santuarios sería su dimensión cultural.
Se trataría de centros del saber donde pudiera, quizá, desarrollarse la escritura -posibilidad apuntada hace años por Maluquer (1968); o como caja de resonancia de la actividad artística de artesanos que, en algunos casos, se harían venir de lejos.
Tampoco podemos olvidar su dimensión po- lítica -señalada ya al hablar del Cerro de los Santoscomo lugar cuya principal función fuera permitir a las diferentes comunidades o a sus representantes reunirse con fines políticos y religiosos, para negociaciones que requiriesen la sanción de los dioses (como sabemos que ocurría, por ejemplo, en Fanum Vollumnae).
Por último, queremos destacar, una vez más. las funciones meramente religiosas.
Ya hemos visto cómo la presencia del agua es una constante.
Es muy normal que la existencia de una fuente o manantial, con buen agua, sea una de T.P.,51, nol, I994 las razoncs por la... qUt: los asentamientos se desarrollan en dcterminados lugares.
En muchos casos los sant uarios se convierten -o se originanen una fuente con depósitos votivos.
Ya hemos señalado su papel en los rituales de purificación antes de entrar al oppidum.
Tamhién sería clave su presencia en los santuarios terapeúticos.
Los aspectos rc\acionados con la fertilidad quedarían reflejados a través de la iconografía de muchos de los exvotos y ofrendas depositadas en los mismos (Prados. en prensa a).
Los santuarios situados junto -o próximos-a las entradas de los oppida tendrían una función protectora.
El significado de los ritos de paso, entendidos de forma glohal -de la muerte a la vida: de la infancia a la edad adulta, etc.-quedaría patente en muchos de estos santuarios.
Y en este sentido, quizá, habría también que ver los santuarios situados en los cruces de los caminos o en las vías de comunicación.
Los "ritos de paso" se celebrarían por la necesidad de ser "cruzados" por hombres y ganado, por lo que se exigiría la protección de los mismos y, por tanto, tamhién un ceremonial de "purificación".
Son muchos, y muy sugerentes, los aspectos que se derivan del estudio de los lugares de culto de época ibérica.
Sin embargo, nuestro conocimiento de los mismos es tan exiguo que apenas podemos esbozar algunas características generales.
Afortunadamente, pasó ya la época en que los santuarios se veían sólo como lugares que ofrecían "objetos de arte".
Por ello, creo que ha llegado el momento en que también en la cultura ibérica pueda desarrollarse un estudio de "los restos arqueológicos de la actividad religiosa" (Pascucci, 1990: 18; Cerrillo el alii, 1984) y, en definitiva, que pueda desarrollarse una arqueología del culto, como preconizaba hace pocos años Renfrew (1985), si bien en relación con todos los aspectos que permitan una mayor comprensión de la sociedad ibérica. |
La cuestión de la perspectiva mostrada por las representaciones animales paleolíticas ha interesado a los investigadores desde principios del siglo XX.
Tradicionalmente ha servido para argumentar un fenómeno de evolución lineal hacia la consecución de la maestría en la representación gráfi ca.
En las últimas décadas, este modelo evolucionista ha entrado en crisis, poniendo en duda lo anteriormente conocido en materia de perspectiva.
Para afrontar esta cuestión, hemos analizado de forma cuantitativa, positiva e individualizada algunas características de las fi guras zoomorfas de 11 conjuntos gráfi cos parietales.
Los resultados obtenidos abogan por la existencia de distintos grupos de conjuntos rupestres paleolíticos en el ámbito cantábrico.
Además, proponemos que las diferencias entre los comportamientos gráfi cos de estos grupos están directamente relacionados con la existencia de un marco cronológico distinto para cada uno de ellos.
La plasmación de la tercera dimensión en una representación gráfi ca bidimensional exige la adopción de uno o varios puntos de vista por parte del artista.
En el estudio del arte paleolítico tradicionalmente se ha defi nido una serie de "tipos de perspectiva".
Uno de los primeros autores que evaluó esta cuestión fue H. Breuil, que en algunos de sus trabajos iniciales anotaba los diferentes puntos de vista adoptados en una misma fi gura (Alcalde del Río et al. 1911: 58).
Posteriormente clasifi có la perspectiva mostrada por los cuernos de las fi guras zoomorfas en tres categorías: "torcida", "semi-torcida" y "correcta", cuya sucesión cronológica conducía a una progresiva complejidad y maestría en la expresión gráfi ca (Breuil 1952: 39).
Esta clasifi cación sólo quedaba más o menos implícita en sus valoraciones de las fi guras rupestres (Breuil 1952: 40).
A partir de la segunda mitad del siglo XX las teorías de A. Leroi-Gourhan se convierten en el nuevo paradigma de los especialistas en el arte rupestre paleolítico.
Su principal diferencia con Trab.
Ambos investigadores compartían una interpretación evolucionista del arte, por lo que explicaban las modifi caciones en materia de perspectiva como resultado de la progresiva adquisición de un mayor grado de "maestría" al representar la tercera dimensión (Leroi-Gourhan 1983: 34).
Según el tradicional esquema que llevaba "de lo simple a lo complejo", equiparaban los distintos tipos a estadios evolutivos en materia artística.
Leroi-Gourhan caracterizó cuatro "tipos de perspectiva" frecuentes en las fi guras animales del arte pleistoceno: "perfi l absoluto", "perspectiva biangular recta", "biangular oblicua" y "uniangular", si bien excepcionalmente puede hallarse alguna representación en perspectiva "biangular o pluriangular opuesta", como algún mamut de La Baume Latrone (Leroi-Gourhan 1983: 32).
Las implicaciones de este esquema evolucionista son difícilmente asumibles en la actualidad.
La evolución unilineal defendida por H. Breuil y A. Leroi-Gourhan presupone una continuidad de 30.000 años para el signifi cado y el contexto en que se produce el arte paleolítico (Conkey 1985: 301).
Además, desde comienzos de la década de 1990, nuevos conjuntos parietales (Chauvet, Cosquer, valle del Côa...) y revisiones de otros (Parpalló) no encajan en los esquemas de dichos investigadores franceses.
Nuestra propuesta se basa en un análisis comparativo que englobe a varias cavidades con arte rupestre paleolítico de la región cantábrica.
El objetivo es calibrar los factores que condicionan la utilización de los tipos de perspectiva en el Paleolítico superior.
La cuestión principal es evaluar si, como defi enden las interpretaciones tradicionales, las diferencias en la perspectiva de las fi guras, su esquema compositivo e, incluso, temática, se deben a una mejora secuencial en la capacidad expresiva, al mensaje que se quiere transmitir (ubicación en la cueva, visibilidad...), al procedimiento de ejecución (técnicas aditivas o sustractivas) o a la búsqueda de un tratamiento esquemático frente al realista, como parecen sugerir los últimos hallazgos franceses en la materia (Chauvet, Cosquer...).
Analizaremos de forma cuantitativa y positiva la información disponible sobre los conjuntos a estudiar del arte paleolítico cantábrico, a tenor de los avances en materia de datación no estilística.
Algunos trabajos (Fortea 1994; González Sainz y Gárate 2006) han tratado sumariamente los tipos de perspectiva y la ordenación temporal de los más característicos en la región cantábrica, pero sólo hace poco (en el trabajo de investigación de tercer ciclo de quien suscribe estas líneas) han sido objeto de un estudio específi co y de conjunto.
La principal novedad de este trabajo radica en trascender el estudio individualizado de santuarios aplicando la misma metodología de análisis a varios grupos de yacimientos con arte rupestre.
Esperamos que ello pueda ser de utilidad para incrementar nuestro conocimiento acerca del arte paleolítico cantábrico y, en la medida de lo posible, de sus autores.
Como en la región cantábrica, según los últimos recuentos (González Sainz 2007: 19), hay 114 conjuntos rupestres atribuibles al Paleolítico superior, se impone un muestreo.
Hemos seleccionado 11 conjuntos (Fig. 1) cuyas representaciones, por su alto grado de homogeneidad interna, son a priori sincrónicas.
Evitamos los conjuntos más complejos y con mayor variabilidad interna, en principio expresiva de un lapso temporal más amplio, como, por ejemplo, El Castillo, Tito Bustillo, Peña Candamo, etc. Hemos dividido los conjuntos estudiados en tres grupos según sus características formales, técnicas y estilísticas.
Está formado por conjuntos exteriores con grabado profundo.
Están muy concentrados en la cuenca media del río Nalón (Santo Adriano, La Viña, La Lluera, Los Torneiros, Cueva Molín...).
El resto se hallan más dispersos por el centro de la región (Chufín, Hornos de La Peña, Venta de la Perra, La Luz...).
F. J. Fortea los defi nió y estudió bien, denominándolos "santuarios exteriores cantábricos" (Fortea 1994: 203-204).
Se caracterizan por las representaciones de ciervas "de cabeza trilineal", así como de bisontes acéfalos asociados a ellas en algunos conjuntos como Chufín, Hornos de La Peña...
Fueron realizadas en su mayoría en paneles que reciben luz solar y habitualmente mediante la técnica del grabado profundo.
Incluye conjuntos interiores con representaciones realizadas mediante "tamponado", "trazo punteado" o "trazo digital", en color rojo o más rara vez en amarillo.
Emplearemos el primer término por ser el más tradicional y extendido, sin valorar ni discutir sus implicaciones técnicas.
Son santuarios típicamente cantábricos, algunos conocidos desde antiguo (Covalanas fue descubierta en 1903).
Recientemente se han analizado en profundidad y uno caracterizado de un modo exhaustivo (Gárate 2010).
Incluimos aquí los conjuntos típicamente magdalenienses, de los que disponemos de una mayor cantidad de información en la actualidad (número de dataciones absolutas, estudios, bibliografía...).
Poseen unas características comu-nes que permiten asignarlos a este grupo, sin embargo, la variabilidad interna (entre los distintos conjuntos o incluso entre representaciones del mismo conjunto en algunos casos) es mayor que en los otros grupos.
En contraposición con los anteriores, estos conjuntos comparten más elementos con los de otras zonas (Pirineos, Dordogne...).
En el ámbito cantábrico son ampliamente conocidos conjuntos como Santimamiñe, Cueva Urdiales, La Cullalvera, Ekain, la Covaciella, el "Gran Techo" de Altamira, atribuidos tradicionalmente al período Magdaleniense por analogía con las abundantes representaciones en soporte portátil de ese período.
Nuestra hipótesis de partida es que la homogeneidad técnica de las fi guras en cada grupo, ya destacada tradicionalmente, se ampliaría a una homogeneidad temática y estilística.
(1) González Sainz, C. y Ruiz Idarraga, R. (e.p.): Una nueva visita a Santimamiñe.
Precisiones en el conocimiento del conjunto parietal paleolítico.
Mapa de la costa cantábrica oriental con la ubicación de los conjuntos seleccionados para el estudio en la región cantábrica y la Península Ibérica: Torneiros y Santo Adriano (Santo Adriano, Asturias), Covaciella (Cabrales, Asturias), Chufín (Rionansa, Cantabria), Hornos de La Peña (San Felices de Buelna, Cantabria), La Pasiega (Puente Viesgo, Cantabria), Covalanas y Pondra (Ramales de la Victoria, Cantabria), Urdiales (Castro Urdiales, Cantabria), Arenaza (Galdames, Bizkaia) y Santimamiñe (Kortezubi, Bizkaia).
Se ha identifi cado la especie del animal representado, con algunas excepciones.
En el análisis de las representaciones de Cervus elaphus nos ha parecido relevante distinguir entre sexos.
En la mayoría de los casos el dimorfi smo sexual y los caracteres sexuales secundarios (cornamenta en los machos) aparecen plasmados, permitiendo esta distinción.
Además, como se ha destacado tradicionalmente, la cierva -no tanto el ciervotiene un papel muy relevante en el arte paleolítico cantábrico.
Por otro lado, cuando no se ha podido distinguir entre la fi gura de un uro (Bos primigenius) o un bisonte (Bison priscus), aunque sí que se trata de un animal de la subfamilia Bovinae, le asignamos la categoría "bóvido indeterminado".
Se consideran "cuadrúpedo indeterminado" las fi guras sin especie ni familia identifi cable.
En los conjuntos analizados, participan: caballo, ciervo, cierva, uro, bisonte, bóvido indeterminado, cabra, reno, oso, y cuadrúpedo indeterminado.
Hemos defi nido siete categorías (Fig. 2) para clasifi car el grado de integridad de las fi guras, es decir, las partes anatómicas representadas.
Figura completa (A): silueta completa, al menos con una extremidad por par.
No importa si carece de detalles internos (ojos, orejas, pelaje...).
Figura completa acéfala (Aa): la silueta carece de la cabeza.
Figura semi-completa (B): faltan las extremidades anteriores o las posteriores.
Figura semi-simplifi cada (C): la silueta carece de uno de los trenes (anterior o posterior) y de alguna otra zona anatómica, como la cabeza, el pecho, el vientre, la línea cérvico-dorsal o la nalga.
Figura simplifi cada (D): reducida a la cabeza y línea cérvico-dorsal, pudiendo también presentar parte de la nalga y/o de la zona pectoral.
Carece de las extremidades.
Otras partes aisladas (F): el artista sólo ha plasmado alguna de las partes anatómicas (una extremidad, una pezuña, unas astas, unos cuernos...).
Adoptamos las categorías defi nidas por Leroi-Gourhan (1983: 32-33) para describir los "tipos de perspectiva" (Fig. 3):
Perfi l absoluto: el animal está de perfi l.
Las partes anatómicas pares (extremidades, orejas, cuernos, astas...) se disponen en primer plano, lo que implica un "grado cero" de perspectiva.
Leroi-Gourhan consideraba este tipo la forma más simple -y por lo tanto más antigua-de representación de las fi guras animales.
No tiene equivalencia en la clasifi cación de Breuil.
Perspectiva biangular recta: el animal se dispone alternativamente de frente y de perfi l con un ángulo de separación de 90° entre ambos puntos de vista.
La silueta corporal se encuentra de perfi l, mientras que las partes anatómicas pares se representan de frente.
En realidad, A. Leroi-Gourhan sólo analizaba los tipos de perspectiva en los cuernos, astas u orejas, nunca en las extremidades.
Es característica del Estilo II y, por lo tanto, asimilable a fases antiguas del Paleolítico superior.
Este tipo equivale a la "perspectiva torcida" de H. Breuil.
Perspectiva biangular oblicua: en este caso, el ángulo formado entre la vista de la silueta corporal -representada de perfi l-y la de las partes anatómicas pares es de 45°.
A. Leroi-Gourhan consideraba que este tipo de perspectiva era característico de su Estilo III, enmarcado entre los períodos Solutrense y Magdaleniense inferior.
Fue defi nido por H. Breuil como "perspectiva semitorcida".
Perspectiva uniangular: fi gura y percepción visual del sujeto son idénticas.
Se trata de la "perfección en la restitución de la tercera dimensión" (Aujoulat 1993: 283).
Por ese mismo motivo, para A. Leroi-Gourhan este tipo de perspectiva constituye el culmen de milenios de evolución en materia de producción artística y por lo tanto caracteriza el Estilo IV, el último de ellos, que se desarrolla en la segunda parte del Magdaleniense.
El equivalente en la clasifi cación de H. Breuil es la "perspectiva correcta".
Como norma general, la perspectiva de cualquier fi gura es la que muestran todas sus partes anatómicas -en particular las pares-.
¿Pero qué ocurre cuando las distintas partes muestran diferentes tipos de perspectiva?
V. Villaverde (1994: 86) enfrentó este problema en su estudio de las plaquetas de Parpalló.
Hemos empleado su propuesta ya que creemos permite obtener resultados bastante fi ables.
Los criterios para establecer la perspectiva general son los siguientes.
Cuando la perspectiva biangular recta (BR) coincida con cualquier otra -biangular oblicua, perfi l absoluto o uniangular-, se la considerará como dominante; si la biangular oblicua (BO) coincide con otra (salvo la biangular recta) será la dominante.
Por último, si coincide la perspectiva uniangular (UN) con el perfi l absoluto (PA), se seleccionará la primera, reservando la categoría de perfi l absoluto para cuando no haya indicadores de perspectiva en ninguna parte anatómica de la fi gura.
Hemos transformado en porcentajes numéricos los datos de estos conjuntos referentes a la especie animal representada, el grado de integridad de la fi guras y la perspectiva (Tab.
1), introduciéndolos en un programa informático de estadística aplicada a la Paleontología y la Arqueología, el PAST® (Paleontological Statistics).
Posteriormente, hemos hecho un análisis multivariante de correspondencias (Fig. 4).
El objetivo de esta técnica estadística es transformar una tabla de frecuencias de aparición en una gráfi ca que facilite la interpretación de los datos (Barceló 2007: 124).
De este modo, se pueden observar las afi nidades y divergencias entre los yacimientos, valorando una suma de variables no relacionadas.
El análisis multivariante de correspondencias ha reafi rmado la pertinencia de nuestra división por grupos.
La temática animal, el tipo de perspectiva y el grado de integridad de las fi guras parecen estar en consonancia con las características técnicas y estilísticas que diferencian a los Grupos 1, 2 y 3.
A continuación detallamos la relación entre grupos y variables.
La mayor parte de las representaciones de estos conjuntos carecen completamente de indicadores de perspectiva (perfi l absoluto) y presentan algunas partes anatómicas de los animales (C o D).
El porcentaje de caballos es el mayor de los tres grupos (si bien es una especie que aparece en todos, lo que explica su posición central).
La especie predominante es la cierva, como en el Grupo 2 (se aprecia en la posición de este animal, casi equidistante entre ambos).
Sus animales presentan mayoritariamente una perspectiva biangular recta (BR) o biangular oblicua (BO).
Muestra un elevado número de fi guras con formatos completos o semi-completos (A, Aa y B), así como el mayor porcentaje de cabezas y partes anatómicas sueltas (E y F).
Dominan las ciervas (igual que en el Grupo 1) y las mayores diferencias con otros grupos corresponden a los altos porcentajes de ciervos y uros.
Las representaciones presentan mayoritariamente una perspectiva uniangular (UN).
También es el grupo con un mayor porcentaje de fi guras con todas o casi todas las partes anatómicas.
A diferencia de los dos grupos anteriores, predominan el bisonte y la cabra (identifi cados, aunque con porcentajes muy inferiores, en los conjuntos del Grupo 1).
Aparecen dos especies prácticamente inexistentes en los grupos anteriores: el reno y el oso.
Los tres grupos se hallan lo sufi cientemente distantes entre sí como para que no haya dudas sobre la pertenencia de algún conjunto a una u otra agrupación.
Es decir, el análisis de correspondencias refl eja con claridad que la división tripartita propuesta tiene una base fundamentada tanto en criterios técnico-artísticos como temáticos y estilísticos.
La distinción entre los tres grupos en función de la perspectiva, la temática y el grado de integridad de las fi guras puede tener relación con una cronología particular.
Es decir, la homogeneidad de cada agrupación podría ser refl ejo de una cierta homogeneidad cronológica entre los centros pertenecientes a cada uno de los grupos, al menos por oposición a los de otros grupos.
Interpretamos los análisis anteriores a partir de la información cronológica no estilística de que disponemos.
Información cronológica no estilística
Las dataciones de la cueva de Venta de la Perra (Bizkaia).
C. González Sainz (2000) argumentó satisfactoriamente la conveniencia de relacionar varios conjuntos de la región cantábrica.
Además de tratarse de conjuntos con grabados profundos realizados a la luz del día -lo cual ya permitiría establecer un cierto paralelismo-, identifi có una coherencia entre las fi guras arcaicas de bisontes acéfalos y las esquematizaciones de ciervas "de cabeza trilineal".
Ambos zoomorfos se asocian en conjuntos analizados, como los de Hornos de La Peña y Chufín.
Además, por separado, encontramos este tipo de bisontes en Venta de la Perra, La Luz y Los Murciélagos y las ciervas en un buen número de conjuntos de Cantabria y de la cuenca del Nalón, como Torneiros y Santo Adriano.
Los dos bisontes del interior de la cueva de Chufín son de idéntica factura y procedimiento técnico que el otro localizado en el exterior y otros, también a la luz del día en Hornos de La Peña, Los Murciélagos, La Luz y Venta de la Perra.
Por lo tanto, se puede defender que se hicieron fi guras en el interior de las cavidades en este horizonte artístico caracterizado básicamente por las exteriores (González Sainz 2000).
Recientemente hemos planteado la posibilidad de que las ciervas y los bisontes de estos tipos tengan una diferente distribución geográfi ca (Ruiz Redondo 2010).
Los bisontes acéfalos más occidentales -ligeramente diferentes de los de La Lluera y Santo Adriano-se encuentran en Chufín, en la cuenca del Nansa, mientras que las ciervas más orientales "de cabeza trilineal" se hallan en Hornos de La Peña, en la cuenca del Besaya.
Su correlación con los años radiocarbónicos establecería un término ante quem para los grabados de unos 22000 BP (Arias et al. 1998(Arias et al. -1999: 88): 88), por lo tanto, antes del fi nal del período Gravetiense.
Los conjuntos rupestres del Nalón (Asturias).
Aceptamos la homogeneidad entre los conjuntos pertenecientes a este Grupo 1 y otros de la cuenca del Nalón como La Lluera I y II y La Viña.
F. J. Fortea (1989Fortea (, 1992Fortea (, 1994) ) defi ende la existencia de dos horizontes gráfi cos consecutivos en los "santuarios exteriores" de la cuenca del Nalón.
El primero comprendería grabados de tipo lineal y el segundo, zoomorfos.
En el abrigo de La Viña, algunos grabados del primer horizon-te canalizaron una reconstrucción litoquímica sellada por un nivel auriñaciense, mientras que la caída por gelifracción de fragmentos grabados del segundo horizonte en el nivel VIb (Fortea 1992), estableció un término ante quem en el Gravetiense reciente para su datación.
Dataciones de la cueva de Pondra (Cantabria).
Se dataron por medio de termoluminiscencia (TL) varias costras estalagmíticas superpuestas e infrapuestas a representaciones animales.
Incluyen un amplio lapso temporal, pero resultan bastante coherentes entre sí.
Por tanto, la fi gura debió ejecu-tarse en algún momento del Gravetiense, probablemente antiguo, aunque sin poder precisarse con seguridad.
Esta datación es coherente con la de la primera fi gura, y situaría en el Gravetiense, como mínimo, las primeras representaciones del Grupo 2.
El panel principal de la zona IV de la cueva de La Garma (Cantabria).
En la zona IV de la Galería inferior se encuentra un panel complejo con superposiciones de fi guras.
En la base se identifi can un prótomo de uro y un ciervo y una cierva completos.
Por el número de extremidades (dos por par), la perspectiva de los cuernos y orejas (biangular recta) y la técnica empleada (trazo tamponado rojo), parecen paralelizables con las de los conjuntos del Grupo 2.
La cierva fue parcialmente cubierta por una costra estalagmítica con tres dataciones por U/Th, que la sitúan en un término ante quem en torno a 26.800 años (unos 24000 BP en años de radiocarbono) (González Sainz, com. pers.).
En la X campaña de excavación ( 2006), se halló un percutor de arenisca en el contacto entre los niveles Auriñaciense y Gravetiense.
Sobre dicho percutor se grabó con trazo simple y único un prótomo de cierva orientado a la izquierda (Aguirre Ruiz de Gopegi 2006: 124) (Fig. 5).
Esta pieza tiene gran interés y puede arrojar algo de luz sobre la datación del arte paleolítico cantábrico, ya que se localizó en un nivel con siete fechas radiocarbónicas coherentes entre sí, en torno al 27000 BP (Aguirre Ruiz de Gopegi, com. pers.).
La fi gura consta de cuello, cara, dos orejas y el arranque de la línea cervico-dorsal.
La forma de representación de la cara (triangular) y de las orejas, una como prolongación de la línea frontonasal y la otra de la línea cervico-dorsal y con un vacío entre ambas, es convencional entre las ciervas en tamponado rojo de varios conjuntos del Grupo 2 (La Pasiega A, Arenaza, Covalanas...).
Con esta evidencia, sumada a las anteriores, se podría proponer un origen ya a inicios del Gravetiense para los conjuntos con fi guras en tamponado rojo, lo que difi ere mucho de la tradicional datación de Leroi-Gourhan (1965) en el Magdaleniense inicial.
Este grupo es excepcional ya que disponemos de un buen número de dataciones directas por C14-AMS de algunas representaciones ejecutadas con carbón vegetal.
Así pues, contamos con bases fi ables para apoyar una cronología absoluta.
Entre los conjuntos seleccionados para nuestro estudio, algunas fi guras rupestres de Covaciella se han datado por este método en el Magdaleniense reciente (Fortea et al. 1995).
Como cabía esperar, el análisis de correspondencias ha revelado una clara afi nidad entre Covaciella y los conjuntos de Santimamiñe y Urdiales, lo que podría avalar una asignación cronológica similar.
La tabla 2 presenta dataciones directas (por el método del C14-AMS) de fi guras parietales zoomorfas de estilo magdaleniense de conjuntos cantábricos.
La cronología de los grupos: evaluación
Uno de los resultados del presente trabajo ha sido refrendar la pertinencia de las tres agrupaciones de centros rupestres cantábricos, defi nidas usualmente por aspectos técnicos, formales y estilísticos, incorporando la perspectiva de las fi guras, su grado de acabado y la temática animal.
Estos grupos se diferencian netamente entre sí y tienen un alto grado de homogeneidad y coherencia interna, más allá de la técnica con la que se representan los animales, y de su ubicación al interior o exterior de las cuevas.
Parece comprobado que los conjuntos del Grupo 3 se restringen al período entre el Magdaleniense medio (ca.
También resulta poco probable que algunos de los conjuntos de los Grupos 1 y 2 fueran realizados durante el Magdaleniense.
De hecho, con los datos de que disponemos tampoco hay pruebas evidentes de que alguno pudiera ser decorado incluso durante el Solutrense, si bien carecemos de argumentos defi nitivos que nos permitan rechazar esta posibilidad.
La mayor difi cultad se encuentra en la valoración cronológica de los Grupos 1 y 2.
Los análisis realizados hasta el momento son tan útiles como inexactos.
La imprecisión en la mayoría de los casos de las fechas obtenidas por TL y U/Th es de miles de años.
Por otro lado, no se fechan directamente los propios motivos, sino los recrecimientos calcíticos que los recubren, que establecen un término ante quem (y, en algunos casos como Pondra, también uno post quem), pero no una cronología directa de las representaciones.
Lo mismo ocurre con los fragmentos parietales decorados caídos en niveles estratigráfi cos bien datados, fechan el desprendimiento, pero no cuánto tiempo antes fueron realizados los motivos.
Por todo ello, la cierva de Antoliñako Koba cobra una cierta relevancia, al ofrecer un paralelismo entre una pieza de arte mobiliar y unas representaciones convencionales en arte parietal (Fig. 5).
Como el percutor fue grabado a comienzos del Gravetiense (en torno al 27000 BP), puede servir para afi nar un poco más los datos aportados por las dataciones de costras, con términos ante quem en torno al Gravetiense fi nal.
Estos paralelismos entre el arte mobiliar y el parietal ya han servido para establecer la cronología de motivos como las "ciervas estriadas" del Magdaleniense inferior cantábrico (Utrilla 1979) o las "cabras en visión frontal" del Magdaleniense reciente (González Sainz et al. 1985).
Sin embargo, la referida imprecisión en las dataciones de estos dos grupos provoca que los datos cronológicos se 'solapen'.
Ambos tipos de conjuntos pudieron decorarse en un amplio período del Paleolítico superior antiguo (entre el 36500 y el 21000 BP), en cualquier momento del Auriñaciense o el Gravetiense.
¿Pero este 'solapamiento' es real?, es decir, ¿ambos son sincrónicos en el ám- bito cantábrico?
¿O por el contrario, se debe exclusivamente a la escasa precisión resultante hasta ahora de nuestros métodos de análisis?
Creemos que existen dos hipótesis principales para interpretar las diferencias que muestran las representaciones de ambos grupos:
Fueron realizados por unos grupos humanos distanciados cronológicamente y con diferentes comportamientos simbólicos que se plasman en sus modos de expresión artística.
Los mismos grupos humanos decoraron sincrónicamente ambos tipos de conjuntos.
Las diferencias en la expresión gráfi ca se deben a una cuestión técnica (grabado frente a pintura) y/o funcional (santuarios exteriores frente a santuarios interiores).
Por lo tanto, las particularidades de los conjuntos con grafías zoomorfas punteadas mostrarían la adaptación de los "santuarios exteriores cantábricos" al cambio de técnica y ubicación.
Para intentar iluminar esta cuestión recurriremos de nuevo al análisis multivariante de correspondencias.
En esta ocasión incluiremos los datos de conjuntos o subconjuntos asimilados a cronologías antiguas con representaciones descritas como "arcaicas".
Se trata de la cueva de Micolón (Cantabria) y de las fi guras animales pintadas del Panel de las Manos de la cueva de El Castillo (Cantabria).
Para analizar los zoomorfos de Micolón nos remitimos a Gárate y González Sainz (2010), ya que incluyen algunas fi guras nuevas.
El resultado del análisis individual de las representaciones se muestra en la tabla 3.
Lo interesante de ambos conjuntos es que se pintaron en zonas interiores de las cavidades.
Nuestra hipótesis es que, si a pesar de sus diferencias técnicas y de ubicación con respecto a los conjuntos del Grupo 1, se aproximan más a ellos por criterios estilísticos (temática animal, grado de integridad, tipo de perspectiva...), nos decantaríamos por la hipótesis cronológica.
El análisis multivariante de correspondencias (Fig. 6) ha revelado una gran afi nidad entre Micolón, el Panel de las Manos de El Castillo y los conjuntos del Grupo 1.
El Panel de las Manos se encuentra más distanciado en la gráfi ca del resto de conjuntos de este grupo.
Este hecho se puede explicar por el alto porcentaje de bisontes representados (más del 80%).
Ya apuntamos que en los conjuntos del Grupo 1, la distribución temática parece seguir unas pautas geográfi cas.
Como el resto de conjuntos del grupo que hemos analizado están en la zona occidental, la componente "bisonte" provoca una ligera separación de este subconjunto.
Si hubiéramos incluido en nuestro análisis otros "santuarios exteriores cantábricos" de la cuenca del Asón (Venta de la Perra, La Luz...) probablemente se situarían muy próximos al Panel de las Manos, por el alto porcentaje de bisontes que contienen.
Estos resultados en cierto modo nos enfrentan con la hipótesis técnico-funcional que planteábamos con anterioridad.
Demuestran que la técnica y la ubicación de las representaciones no condicionan las diferencias observadas entre los Grupos 1 y 2 en materia de perspectiva y esquema compositivo.
Es decir, posiblemente ciertos conjuntos y subconjuntos interiores -como los analizados-pertenecen a un mismo horizonte gráfi co que los "santuarios exteriores cantábricos".
Tienen mayor afi nidad de estilo con éstos que con los conjuntos del Grupo 2.
Por lo tanto, nos decantamos por la hipótesis cronológica para explicar las diferencias entre los Grupos 1 y 2.
Hemos comparado nuestra propuesta cronológica con otras relativas al arte paleolítico cantábrico (Fig. 7).
La primera se asemeja a la cronología propuesta por A. Leroi-Gourhan (1965) para los conjuntos cantábricos.
La defi enden F. J. Fortea (1994Fortea (, 2001) ) o J. L. Sanchidrián (2001) que proponen un horizonte pre-fi gurativo bastante amplio: desde el comienzo del Paleolítico superior hasta las fases centrales del Gravetiense.
Durante este período, estos autores no admiten representaciones fi gurativas en el Cantábrico.
Sitúan las de nuestro Grupo 1 (horizonte II del Nalón) entre el Gravetiense avanzado y el Solutrense superior y las del Grupo 2 entre el Solutrense y el Magdaleniense inferior.
En la cronología del Grupo 3, que estos autores denominan "Arte del Magdaleniense medio y superior", coinciden las tres propuestas.
C. González Sainz defi ende en la última década la segunda ordenación.
Nuestra propuesta y la suya son similares, con algunas salvedades.
En primer lugar, sugiere una cronología más dilatada para los Grupos 1 y 2, que implica un mayor tiempo de coexistencia de ambos tipos de conjuntos.
Además, su máximo desarrollo se situaría en un momento más reciente -el Grupo 1 en el Gravetiense y el Grupo 2 en el Solutrense-que en nuestra propuesta.
Una última diferencia que, en realidad, es más bien de procedimiento, estriba en que este autor entiende todos los conjuntos interiores antiguos (fechados, como los de manos en negativo, o por ecos estilísticos con los conjuntos de grabados exteriores) en el vector que más ade-Fig.
Análisis multivariante de correspondencias que incluye a los conjuntos cántabros de Micolón (Rionansa) y el Panel de las Manos de la cueva de El Castillo (Puente Viesgo).
Los conjuntos estudiados se simbolizan mediante un triángulo y las agrupaciones de conjuntos observables se destacan con unas elipses. lante concluirá en los de abundante tamponado (nuestro Grupo 2).
En cambio, nosotros (valorando la asociación observada en el análisis multivariante) preferimos integrar algunos, como Chufín interior, el horizonte de los bisontes del Panel de las Manos de El Castillo, Micolón..., en nuestro Grupo 1, basándonos en datos cronoló gicos y en las características de sus fi guras zoo morfas.
A la luz de los datos anteriores, proponemos una sucesión temporal entre los grupos.
El Grupo 1 podría desarrollarse durante el período Auriñaciense.
Ello encajaría bien con los datos aportados por González Sainz (2000: 266) y con las evidencias estratigráfi cas de La Viña.
Los conjuntos del Grupo 2 se iniciarían en el Gravetiense antiguo.
No nos atrevemos a precisar su amplitud, que, en todo caso, no creemos llegara hasta los inicios del Magdaleniense como propuso Leroi-Gourhan para Covalanas.
Los conjuntos más antiguos del Grupo 1 se comenzaron a inicios del Paleolítico superior, en un momento inconcreto del Auriñaciense (ca.
35000 BP), y los más recientes en las fases centrales del período Gravetiense (ca.
Los primeros conjuntos del Grupo 2 -con un grado aceptable de certeza-se iniciaron con el Gravetiense (ca.
27000 BP) y creemos que los más recientes no fueron posteriores al Solutrense inferior (ca.
La posibilidad de que su desarrollo incluyera gran parte o la totalidad del tecno-complejo Solutrense no es desechable, pero faltan dataciones, directas e indirectas, para avalarla.
Los conjuntos del Grupo 3 tienen un marco cronológico mejor defi nido y más restringido, que abarca desde el Magdaleniense medio (ca.
En este esquema destaca claramente un vacío artístico entre las fases centrales del Solutrense (ca.
No contemplamos la posibilidad de que sea un vacío real, sino que es consecuencia de la selección de conjuntos para este estudio.
Existen uno o varios grupos de fi guras fechadas entre los Grupos 2 y 3.
Por ejemplo, los grabados de "ciervas estriadas" de Altamira o El Castillo.
Sus evidentes paralelos con otras de arte mobiliar bien contextualizadas permiten datarlas en el Magdaleniense inferior (Utrilla 1979).
También hay otras representaciones de difícil inclusión en nuestros Grupos y que tradicionalmente se han considerado solutrenses: por ejemplo, las del Panel 14 de Chufín (que pueden ser producto de la ocupación solutrense detectada en la excavación del vestíbulo), algunas de los conjuntos de Tito Bustillo, de las Galerías B y C de La Pasiega, de Las Chimeneas, de Altamira...
En ningún caso abogamos por la existencia de un lapso del Paleolítico superior en que se abandone la creación artística en el Cantábrico, es más, creemos que esta posibilidad sólo es asumible desde un punto de vista histórico-cultural que no compartimos.
El presente trabajo forma parte de una investigación dirigida por el Dr. César González Sainz y fi nanciada por una beca predoctoral de la Universidad de Cantabria.
Sus correcciones, las de David Cuenca Solana y Eduardo Palacio Pérez han contribuido a la mejora de este texto. |
El presente trabajo sintetiza los resultados obtenidos del análisis microscópico de 108 piezas grabadas procedentes de los niveles fechados en el Magdaleniense Medio de los yacimientos de Las Caldas (Asturias, España), La Garma Galería Inferior (Cantabria, España) e Isturitz (Pirineos Atlánticos, Francia).
El análisis efectuado, mediante lupa binocular y Microscopio Electrónico de Barrido, ha estado destinado a la reconstrucción de los procesos técnicos de ejecución de los motivos y nos ha permitido constatar una cierta uniformidad en las cadenas gestuales de realización de las fi guras en los sitios estudiados, así como diversos grados de experiencia en los autores de las representaciones artísticas.
Ambas constataciones nos permiten profundizar en la cuestión del aprendizaje y la transmisión del conocimiento en el seno de las sociedades magdalenienses.
Palabras clave: Arte mobiliar; Suroeste de Europa; Magdaleniense Medio; Tecnología; Arqueología experimental; Cadenas operativas.
La mayoría de estos trabajos han aplicado el concepto como un medio de profundizar en cuestiones de identidad cultural de las sociedades paleolíticas.
Las sucesiones gestuales de fabricación de los objetos se han entendido como un instrumento que facilita la comparación de las secuencias entre sí, con vistas a profundizar en su variabilidad diacrónica y regional.
Sin embargo, las implicaciones sociales de esta metodología de estudio han sido mucho menos desarrolladas, en especial en lo que se refi ere a la cuestión del aprendizaje y la transmisión del conocimiento, al ser ésta una faceta mucho más difícil de aprehender (Fritz 2004).
En nuestro trabajo, hemos analizado objetos de arte mobiliar procedentes de los niveles del Magdaleniense Medio de Las Caldas (Asturias), La Garma Galería Inferior (Cantabria) e Isturitz (Pirineos Atlánticos), mediante observación microscópica.
Buscamos identifi car los estigmas técnicos que nos permitan reconstruir cómo fueron realizadas las fi guras y las características de las ejecuciones.
Al mismo tiempo, la información obtenida del análisis técnico nos ha permitido profundizar en los sistemas de transmisión del conocimiento en las sociedades del Magdaleniense Medio, al ser posible distinguir las ejecuciones de artistas en diversos estadios de aprendizaje de las obras de grabadores expertos.
A lo largo de la historia de la disciplina, y al hilo de las excavaciones que desde fi nales del siglo XIX en la Región Cantábrica, los Pirineos y Aquitania, la gran homogeneidad del registro arqueológico del Magdaleniense Medio facilitó ya desde un momento muy temprano (Breuil 1912(Breuil, 1954;;Capitan y Peyrony 1928), su conceptualización como una identidad de signifi cado uniforme en una parte importante de Europa.
Su base es una panoplia de objetos, principalmente de la industria ósea y del arte mobiliar, como los protoarpones, los propulsores del tipo 3 y 4 (Cattelain 2005), las varillas semicilíndricas o los rodetes y contornos recortados, defi nidos a partir de criterios tipológicos y comunes en su mayoría a las regiones del suroeste europeo, que se han considerado como fósiles directores del mo mento.
En las últimas décadas, nuevos enfoques de investigación han complementado los datos aportados por la tipología de las industrias.
Los análisis de las cadenas operativas líticas y óseas (Cazals 2005; Cazals y Bracco 2007; Langlais 2007), así como los estudios sobre aprovisiona-(1) Calibración realizada mediante CalPal (2004) (Weninger et al. 2007). miento de materias primas líticas (Lacombe 2005; Tarriño 2006; Corchón et al. 2009) han refrendado las similitudes tipológicas en las industrias, poniendo de relieve los contactos entre la Región Cantábrica, los Pirineos y Aquitania.
Las analogías entre las obras de arte mobiliar del Magdaleniense Medio del suroeste de Francia y la España Cantábrica en soportes, estilo y convenciones de las representaciones fi gurativas y no fi gurativas, han sido puestas de relieve en numerosas ocasiones, especialmente a raíz de los descubrimientos del valle del Nalón en la década de 1980 (Fortea et al. 1989).
Dichas analogías han servido de base para que, en las últimos años, se hayan reiterado unos vínculos entre ambas regiones, cuya naturaleza resulta hasta la fecha difícil de precisar (Fritz et al. 2007; Sauvet et al. 2008; Rivero y Álvarez-Fernández 2009).
Para ahondar en las relaciones entre la Región Cantábrica y los Pirineos durante el Magdaleniense Medio hemos planteado una aproximación a las características técnicas de los objetos de arte mobiliar de una serie de yacimientos cantábricos (2), entre los que destacan Las Caldas (Asturias) (Corchón 2004; Corchón et al. 2005; Corchón et al. 2008) y La Garma Galería Inferior (Cantabria) (3), cuyo registro hemos comparado con el sitio de Isturitz (Pirineos Atlánticos), situado en la vertiente francesa de los Pirineos (Fig. 1).
Hemos estudiado un total de 108 piezas, de las cuales más de la mitad pertenecen a la rica colección de este último yacimiento, conservada en el Musée de l'Archéologie Nationale de Saint-Germain-en-Laye, fruto de las excavaciones de E. Passemard (1922de E. Passemard (, 1945) ) y R. de Saint-Périer (1930, 1936).
Se analizaron de manera preferente los objetos realizados sobre materias duras animales, soportes sobre los que los estigmas de tecnología pueden identifi carse con mayor facilidad, estudiando las características técnicas de 107
Se ha basado en dos parámetros: la reconstrucción experimental de los trazos fi gurativos o no fi gurativos, y la observación microscópica del material experimental y arqueológico, siguiendo un planteamiento ya desarrollado en trabajos anteriores sobre las cadenas operativas del grabado (D'Errico 1994; Fritz 1999; Rivero 2007).
El protocolo experimental ha reproducido distintos tipos de incisiones; simples lineares, incurvadas, en series y motivos fi gurativos (bisonte y caballo), sobre superfi cies óseas en diversos estadios de preparación: frescas, preparadas mediante raspado y abrasión, hervidas y meteorizadas.
Los soportes han incluido distintas especies ani-males; escápulas y costillas de bóvidos, vértebras de cérvido y astas de ciervo.
Se emplearon como utillaje buriles diedros de distintos tamaños y facturas, lascas simples y chuts de buril.
El análisis microscópico ha empleado la lupa binocular con sistema de adquisición de imagen incorporado y rango de aumentos de hasta 80x (4), y el Microscopio Electrónico de Barrido (MEB) (Zeiss DSM 940) sobre réplicas de los objetos aplicando elastómero y positivado de resina de poliuretano.
El MEB permite la observación del material con un rango de aumentos de hasta 10000x y con una profundidad de campo 300 veces superior a la de un microscopio óptico.
Por estas características es, hasta la fecha, el método de análisis más cualifi cado para la identifi cación de los estigmas técnicos en las obras de arte mobiliar.
Cuando las difi cultades de conservación y traslado de las piezas hacen imposible un estudio con este instrumento de análisis se ha empleado la lupa binocular, con menor rango de aumentos, pero que permite la observación directa del material arqueológico y es al mismo tiempo fácilmente transportable.
La experimentación y la observación microscópica han identifi cado los estigmas técnicos que permiten dilucidar los procesos de ejecución de las fi guras (Tab.
Estos estigmas fueron en gran medida ya defi nidos en los citados trabajos que reconstruyen las cadenas operativas del arte mobiliar y, de manera general, responden a dos cuestiones fundamentales: el orden de realización de los motivos y el sentido del gesto del grabador.
La reproducción experimental de los trazos y la observación del material arqueológico nos han permitido constatar y ampliar los estigmas conocidos, apreciando en algunos casos que las respuestas en la interacción del útil y el soporte varían en función del movimiento.
Esto es especialmente evidente en ciertos estigmas como los que identifi can el fi nal de trazo y que pueden presentar diversas morfologías si la incisión es interrumpida más o menos abruptamente (Fig. 2).
Un tercer grupo de estigmas informan sobre el grado de conocimiento del artista, ya que son (4) Microscopio estereoscópico Leica MZ 16 con zoom apocromático 16:1, con un rango de aumento de 7x a 115x y cámara digital incorporada Leica ICD.
Laboratorio de Prehistoria, Universidad de Salamanca.
Ataque de trazo Sentido del desplazamiento del útil y número de pasadas Fin de trazo Sentido del desplazamiento del útil y número de pasadas Escalones laterales Número de pasadas del útil Derrapes del útil Sentido del desplazamiento y grado de experiencia del autor Morfología de la incisión Sentido del desplazamiento del útil Superposiciones Orden de ejecución de los trazos Códigos de barras Identifi cación del útil Estrías parásitas Sentido del desplazamiento del útil.
Identifi cación del útil Cambios de inclinación de la mano y de la dirección del gesto Grado de experiencia del autor
Alteración en la presión de la mano Enganches del útil y accidentes del recorrido Sentido del desplazamiento del útil y grado de experiencia del autor
Estigmas identifi cados mediante análisis microscópico y la correspondiente información técnica que facilitan para reconstruir las secuencias operativas del grabado sobre materias duras animales y el grado de experiencia del grabador.
irregularidades generadas por un manejo inexperto del útil.
Destacan las difi cultades en la realización de trazos curvos, derivada de la resistencia de las fi bras óseas, que generan alteraciones en el trazo si los grabadores son poco experimentados (Fig. 3: a, b).
Otros elementos característicos de los artistas inexpertos son las difi cultades para profundizar un único surco, las salidas involuntarias del útil y los accidentes (Fig. 3: c, d).
El primer aspecto abordado en el análisis técnico ha sido la secuencia de realización de las representaciones.
Dentro de las fi gurativas hemos hecho especial hincapié en las animales, en especial en los cuadrúpedos, ya que constituyen más de la mitad de los motivos analizados, permitiendo comparar las secuencias de los yacimientos estudiados.
Para ello se han analizado las superposiciones y las direcciones del trazo, fruto de la orientación del gesto del grabador.
Atribuimos la fuerte homogeneidad identifi cada en las fi guras a que éstas se realizan siguiendo un orden prefi jado que atañe tanto al sentido del gesto como al esquema de ejecución de sus diferentes partes.
La cabeza se realiza en primer lugar, seguida por las líneas del pecho o del lomo.
La ausencia de superposición entre ellas no permitiría, en principio, dilucidar cuál de las dos partes de la fi gura se ha trazado posteriormente.
Se ha constatado que en ciertas fi guras analizadas se delinea a continuación la parte inferior del animal (pata delantera y vientre), para fi nalizar con la nalga y las patas traseras.
La superposición de las patas traseras sobre la línea del vientre determina esta secuencia (Fig. 4: a, b) que otros estudios sobre cadenas operativas en el arte mobiliar magdaleniense (Fritz 1999) han puesto asimismo en evidencia, atestiguándose en el 26 % de las fi guras completas estudiadas (Fig. 5: 1).
En otros casos la presencia de superposiciones en otras partes de la fi gura establece un orden alternativo: tras la cabeza se ha trazado sucesivamente la línea del lomo, la grupa, nalga, cola y pata trasera, la línea del pecho y la pata delantera, fi nalizando con el vientre.
Esta secuencia se constata por la superposición de la línea del vientre a la pata trasera.
Esta seriación es más numerosa que la anterior (el 48 % de las fi guras completas estudiadas) (Fig. 5: 2), y aparece en otras fi guraciones como los caballos pintados del Réseau Clastres de Niaux (Clottes 2010: 97) (Fig. 4: c, d).
Ambas cadenas gestuales se constatan en pocos ejemplares, ya que se conservan completas sólo 19 de las 77 representaciones de cuadrúpedos estudiadas.
Sin embargo, destacamos que las recurrencias en ambas secuencias se constatan en los yacimientos analizados por nosotros y, en el caso de la primera secuencia, por C. Fritz (1999: 51).
Su distinción no resulta, por tanto, ni de una especifi cidad regional, puesto que ambos esquemas técnicos aparecen en el registro del Magdaleniense Medio cántabro-pirenaico, ni del tipo de cuadrúpedo representado o el grado de elaboración de las fi guras.
Parece tratarse más propiamente de una elección del artista, probablemente relacionada con una mayor comodidad en la posición de la mano.
Tras el contorno se graban detalles internos, como los órganos sensoriales (45 de 50 fi guras).
Las representaciones fi nalizan con los despieces lineares y en tracitos cortos, éstos siempre en último lugar (63/66) (Fig. 5: 3, 4).
El análisis técnico ha mostrado que las representaciones de cuadrúpedos siguen igualmente unas pautas determinadas en la dirección del gesto.
En el 89% de las mismas se graba la cabeza en el sentido del perfi l, es decir, de izquierda a derecha en los perfi les derechos y de derecha a izquierda en los izquierdos, mientras que el resto del cuerpo se traza en dirección contraria (Fig. 5: 5).
Las patas y la cola se graban de arriba abajo, salvo en dos fi guras.
Este orden afecta a la delineación del contorno y de los atributos.
El ojo, nariz y boca se realizan por lo general siguiendo el sentido del perfi l, las orejas de arriba abajo (51 de 69) (Fig. 5: 6).
A menudo las series de trazos cortos paralelos que decoran el interior de las representaciones de herbívoros muestran direcciones inversas, lo que indica que para hacerlas se ha girado la pieza, y que constituyen, por tanto, el último paso del proceso decorativo (46 de 79) (Fig. 5: 7 y 6).
La profundidad de trazo es igualmente recurrente, ya que de manera habitual se ahonda más el contorno, con numerosas pasadas con el útil, existiendo una gradación hacia un menor repasado de los trazos al realizar los detalles internos, siendo las series de pelaje por lo general fruto de una única pasada del útil (67 de los 82 casos analizados) (Fig. 5: 8).
La gran homogeneidad en los detalles de las fi guras de cuadrúpedos evidencia que se sigue un esquema predeterminado (Fig. 6).
En la secuencia de las partes de las fi guras, las constataciones efectuadas podrían interpretarse como resultado de una lógica inherente al trazado de las fi guras animales.
En apariencia resulta coherente suponer que éstas comienzan por la cabeza para fi nalizar por la cola, sin que podamos considerar que es una característica específi ca de las obras artísticas del Magdaleniense Medio.
Para corroborar o desmentir esta suposición se está efectuando un programa experimental con distintos grabadores a fi n de determinar el orden seguido en la realización de los cuadrúpedos.
Las primeras observaciones experimentales apuntan a que, contradiciendo esta premisa apriorística, ciertos autores comienzan las fi guras por la grupa en lugar de por la cabeza.
Si examinamos desde esta misma perspectiva las representaciones no fi gurativas o geométricas, los patrones de superposición y dirección del gesto siguen una misma pauta normalizada, ya se trate de decoraciones simples como los ángulos o el zigzag, o más complejas como el reticulado o las espirales.
Estas últimas son características de las varillas del yacimiento de Isturitz.
En las representaciones más simples se aprecia con más fuerza este normativismo: las posibilidades de obtener el mismo motivo con diversas soluciones técnicas son más altas que en las fi guraciones Representación porcentual de las observaciones técnicas mencionadas en el texto.
Superposiciones: 1. de la pata trasera al vientre, 2. del vientre a la pata trasera, 3. de los detalles internos (nariz y boca) o externos (orejas) al contorno, 4. de los trazos cortos del pelaje al contorno o a los despieces lineares, 5. dirección normativa del contorno (sentido del perfi l para la cabeza y contrario para el cuerpo), 6. órganos sensoriales grabados en sentido del perfi l, 7. dirección inversa en las bandas de tracitos cortos, 8. mayor profundidad en el contorno que en los detalles internos y el pelaje.
El número de fi guras varía en función de las distintas informaciones ya que no todas las representaciones cuentan con la misma cantidad de detalles.
más elaboradas, pero es donde menos variaciones gestuales se producen.
El análisis de los llamados ángulos embutidos muestra su simetría técnica en todas las piezas estudiadas: dos trazos que divergen.
Siempre comienzan por el punto de intersección, grabándose en primer lugar el trazo izquierdo y posteriormente el derecho, si orientamos los ángulos con el vértice hacia arriba.
La secuencia gestual del motivo de los ángulos en hileras verticales muestra que se trazaban en primer lugar las incisiones izquierdas y posteriormente las derechas.
Técnicamente serían más propiamente dos hileras de tracitos cortos convergentes que series de ángulos embutidos (Fig. 7).
El análisis técnico de los reticulados, o decoraciones asimiladas como las bandas de trazos longitudinales y pequeñas incisiones transversa-les, muestra que son decoraciones en las que entrecruzan líneas oblicuas verticales y series de tracitos cortos horizontales.
Primero se realiza la serie de trazos largos verticales, grabada por lo general de arriba abajo y las incisiones cortas transversales se ajustan después de manera más o menos regular a los espacios intermedios, trazándose en sentidos diversos (Fig. 8).
Los datos aportados nos permiten apuntar una gran uniformidad en todo el registro estudiado en aspectos como la dirección del trazo, el orden genérico de su realización, el número de pasadas que confi guran las distintas partes de las representaciones fi gurativas y las secuencias gestuales de las decoraciones geométricas.
Esta normalización parece ser una de las características más destacadas del registro artístico del Magdaleniense Medio y comprende, a la vista de los datos, la Región Cantábrica y los Pirineos, así como Aquitania, si añadimos los resultados de C. Fritz (1999).
La observación microscópica informa no sólo acerca de cómo se han ejecutado los motivos.
Ciertos estigmas permiten además evaluar el grado de experiencia o inexperiencia del grabador.
Gracias a ellos, hemos identifi cado obras de artistas en diferentes estadios de conocimiento, que pueden asimilarse a distintas etapas en la adquisición de la destreza necesaria para grabar sobre materias duras animales.
En aquellas que pueden atribuirse a artistas expertos, concuerda el proyecto, el esquema conceptual y la ejecución.
Se constata en ellas una ausencia generalizada de accidentes, ya que éstos en su mayor parte están originados por la falta de experiencia en el manejo del útil.
La delineación de las fi guras, en las obras de grabadores expertos, presenta un encuadre y proporciones justas, y un desarrollo del motivo correcto.
Además destaca la profundidad de las incisiones, mayoritariamente de perfi les en V, V disimétrica y con el borde externo rebajado por raspado (relieve).
Este último corresponde a artistas expertos en la casi totalidad de los casos estudiados.
Igualmente, en las obras de grabadores que controlan el manejo del útil se aprecia que los perfi les de incisión se adecúan a las partes de las fi guras, buscando distintos efectos visuales (Fig. 9). des puntuales o bien desarrollos erróneos a causa de estos factores.
También puede considerarse, en algunos casos, que la factura imperfecta de los motivos es debida a una realización expeditiva, de ahí que utilicemos igualmente el término 'oportunista' para califi car las obras técnicamente intermedias (Tab.
Las diferencias entre las obras de artistas expertos e inexpertos no atañen únicamente a los aspectos técnicos, sino que afectan igualmente a la elección del tema.
Los artistas expertos abarcan todo el espectro de motivos fi gurativos o no fi gurativos.
En cambio, los grabadores inexpertos se enfocan de manera signifi cativa hacia las representaciones de équidos (Fig. 12), probablemente porque su delineado es más sencillo que el de los bóvidos o los cérvidos.
Igualmente, como el caballo constituye el tema predominante en el bestiario del arte paleolítico (Sauvet y Wlodarc zyk 2000-2001), es coherente suponer que su representación constituyera el primer 'objetivo' en el aprendizaje técnico.
Las tres categorías reseñadas se refi eren únicamente a las características técnicas de los motivos, sin tomar en consideración sus aspectos estéticos, más ligados a la habilidad para el dibujo del artista.
Estas características técnicas guardan únicamente relación con el manejo del útil y con el dominio de las difi cultades inherentes al tamaño del soporte y a la resistencia al grabado de la materia ósea e implican un conocimiento adquirido en cuanto a la amplitud, fuerza y orientación del gesto a realizar.
Tales habilidades únicamente pueden ser aprendidas a través de la experiencia, mientras que la facilidad mayor o menor para dibujar puede considerarse una característica innata y no es por tanto fácilmente mensurable en términos de aprendizaje.
LA ADQUISICIÓN DEL CONOCIMIENTO
Los datos aportados por el análisis técnico de las obras de arte mobiliar del Magdaleniense Medio cántabro-pirenaico muestran una gran homogeneidad en las secuencias gestuales de realización de los motivos.
Ello, ligado a la evidencia de la intervención de artistas en diversos estadios de aprendizaje, nos permite apuntar la hipótesis de la existencia de un sistema de transmisión del conocimiento entre las sociedades que habitaron la Región Cantábrica, los Pirineos y Aquitania entre el 14400 y el 13000 BP.
El análisis técnico pone en evidencia que los motivos responden a unas pautas prefi jadas, estilísticas y técnicas, que eran aprendidas por los grabadores y reproducidas según unos patrones muy estrictos.
La fuerte contrición técnica y formal en las representaciones fi gurativas y no fi gurativas se revela como un posible indicio del elevado grado de intervención al que estaría sujeto el artista magdaleniense, cuya producción se inscribiría dentro de un sistema de aprendizaje y transmisión de códigos fuertemente reglado.
Resta por precisar cómo se producía el aprendizaje técnico y a quién estaba destinado.
Los datos aportados por elementos del registro, como la industria lítica, nos aproximan a esta problemática.
La amplitud y buena conservación del material lítico en yacimientos como Pincevent o Étiolles han identifi cado las obras de talladores en diversos estadios de aprendizaje, así como establecido las pautas de producción de unos y otros en cuanto a la gestión de la materia prima y del espacio ocupado y la funcionalidad de las distintas partes del yacimiento (Pigeot 1988; Karlin 1991aKarlin, 1991b;;Olive 2004).
La gradación en el conocimiento evidenciada por el análisis tecnológico de la industria lítica se estima en función de las edades de los autores.
Las producciones inexpertas resultarían de tentativas infantiles destinadas al aprendizaje de los gestos y de los conceptos, realizadas sobre materias primas de peor calidad.
La fase intermedia correspondería a los individuos jóvenes, que habrían adquirido una parte de los mismos, sin llegar al dominio completo que se atribuye a los adultos.
En este proceso, la observación y la experimentación son los medios a través de los cuales se realiza el aprendizaje técnico.
En la producción lítica, la necesidad de alcanzar una rentabilidad en términos de economía de la materia prima y de obtener soportes específi cos destinados a convertirse en útiles justifi ca un aprendizaje cuyos destinatarios serían, en principio, la totalidad de los integrantes del grupo.
El arte, al no ser utilitario, puede considerarse fruto de una especialización paralela, tal vez destinada a unos individuos en concreto.
Es posible que, de ser así, la transmisión de los conocimientos se produjera únicamente si había unas aptitudes previas.
Sin embargo, la alusión, repetida en la bibliografía, a los artistas inhábiles o torpes, tanto en el arte parietal como mobiliar (Cartailhac y Breuil 1907; Capitan y Peyrony 1928), plantea igualmente la posibilidad de que no sólo los individuos con una facilidad innata realizaran obras Fig. 8.
Espátula grabada sobre costilla con dos representaciones femeninas, la poursuite amoureuse, del Magdaleniense Medio de Isturitz (Pirineos Atlánticos, Francia).
Análisis mediante Microscopio Electrónico de Barrido (MEB) de la secuencia gestual para la realización de los reticulados y decoraciones asimiladas: a. calco, b. montaje de micrografías de la cabeza de la mujer (10x), c. detalle del "collar" con fl echas señalando el esquema de ejecución (20x) (fotografías y calco: O. Rivero).
Como mencionábamos anteriormente, los estigmas técnicos permiten únicamente evaluar el grado de dominio del útil por parte del grabador y su capacidad para enfrentar las dificultades derivadas de la resistencia de la materia ósea, pero no su facilidad para dibujar.
Sin embargo, las producciones de los artistas que controlan con efi cacia el útil son siempre obras de gran calidad estética.
Esto parece contradecir la suposición de que la producción artística estuviera abierta a personas sin aptitudes previas.
La investigación realizada ha mostrado que, sobre soportes en materias duras animales, los artistas expertos actúan sobre objetos utilitarios u objetos de adorno, mientras que los grabadores más inexpertos lo hacen sobre los restos indeterminados, de un modo análogo a lo demostrado para la industria lítica.
Deducimos un escenario en el que los grabadores más inexpertos aprovecharían los restos óseos abandonados, en algunos casos meteorizados, que grabarían sin preparar previamente la superfi cie, con el único fi n de aprehender la interacción de la materia ósea y el útil.
En otros soportes, como las plaquetas, esta división resta por demostrar, al igual que sucede en el arte parietal.
La ausencia de contexto para la mayor parte de las obras de arte mobiliar exhumadas en las excavaciones de fi nales del siglo XIX y principios del siglo XX, como las de Isturitz, nos priva de datos a nivel intra-site, sobre la repartición espacial de los restos y su posible concentración en unas zonas u otras en función de la experiencia de los artistas.
Los datos relativos a la di-Fig.
Dos obras grabadas por autores expertos del Magdaleniense Medio de Isturitz (Pirineos Atlánticos, Francia).
Análisis mediante Microscopio Electrónico de Barrido (MEB) y lupa binocular: a. foto y calco de cabeza de reno sobre rodete de escápula, b. micrografía mostrando la calidad de la ejecución y la adecuación de los perfi les a las partes de la fi gura (relieve para el contorno, perfi l en V disimétrica para el orifi cio nasal y plano para los tracitos del despiece fronto-nasal, 12x), c. foto y calco de hueso de ave, d. montaje de micrografías de la cabeza del caballo, de dimensión inferior a 2,5 cm (MEB 10x), e. detalle de la hilera de tracitos que conforman la oreja.
Nótese la precisión del gesto, en trazos que no superan los 200 μm de anchura (MEB 50x) (fotografías y calcos: O. Rivero).
mensión inter-site nos muestran que, en los tres yacimientos estudiados, existen diferencias en la proporción entre grabadores expertos e inexpertos.
Las Caldas posee un elenco de obras de arte mobiliar que incluye un porcentaje relativamente elevado de realizaciones inexpertas (más de la mitad de las obras analizadas, si tenemos en cuenta las obras 'oportunistas').
Por el contrario, La Garma Galería Inferior posee únicamente obras de artistas con un alto grado de experiencia.
En el arte mobiliar de Isturitz destaca el elevado número de obras ejecutadas por grabadores muy expertos, siendo el porcentaje de obras de artistas en curso de aprendizaje relativamente pequeño.
Estos datos marcan una tendencia, que debe ser contrastada ampliando los análisis a las obras sobre soportes líticos, pero apuntan diferencias en la producción artística de estos yacimientos, lo cual puede ser un instrumento, unido a otras dis-ciplinas, para caracterizar y determinar la funcionalidad de los sitios.
Tal y como ha sido puesto de manifi esto en los estudios sobre cadenas operativas líticas, el saber-hacer (savoir-faire) se relaciona estrechamente con el sistema económico y social.
El grabado sobre materias duras animales implica un conjunto de conocimientos técnicos que nos permite, a través de la reconstrucción de las cadenas operativas, establecer conclusiones sobre los actores, y, a través de ellos, sobre la sociedad a la que pertenecían.
La dimensión propiamente cultural del arte posibilita, por ende, correlacionar estos datos con la información aportada por las características formales y estilísticas de las representaciones, en tanto en cuanto éstas nos aproximan a los mecanismos de transmisión, difusión o apropiación de los conceptos y/o modelos y, de este modo, a las
Grabador experto Grabador oportunista Grabador inexperto
Encuadre correcto Difi cultad de encuadre Encuadre defectuoso Ausencia de rectifi cación Rectifi caciones Rectifi caciones, difi cultad de delineado Ausencia de accidentes Accidentes: salidas del útil Accidentes: salidas del útil, cambios bruscos de dirección, enganches, derrapes Perfi l inciso en V, V disimétrica y en ángulo recto Perfi l inciso en V, V disimétrica y en ángulo recto Perfi l plano Incisión profunda (múltiples pasadas)
Incisión profunda y superfi cial
Incisión superfi cial (una o dos pasadas) Cadena operativa normativa Cadena operativa normativa Inversiones en la cadena operativa Con preparación del soporte Con preparación del soporte Sin preparación del soporte Soportes utilitarios y objetos de adorno Soportes utilitarios y objetos de adorno
Criterios para distinguir los conocimientos de los grabadores de arte mobiliar sobre materias duras animales del Magdaleniense Medio cántabro-pirenaico, según los datos presentados en el texto. relaciones entre los grupos que habitaron un determinado territorio.
En la investigación realizada hemos constatado la uniformidad técnica del arte mobiliar del Magdaleniense Medio cántabro-pirenaico, una unidad que podemos extender a Aquitania a la luz de trabajos precedentes (Fritz 1999).
Esta unifor- midad refl eja un sistema de transmisión de los códigos reglado, a través del cual se perpetúan los esquemas formales y técnicos que se distribuyen por las regiones del suroeste de Europa.
La constatación de una serie de estigmas que permiten evaluar el grado de experiencia de los artistas corrobora un régimen de transmisión del conocimiento y abre las puertas a nuevas consideraciones sobre el estatus de los artistas, la relación entre las obras mobiliares y parietales o la funcionalidad de los sitios, a través de las cuales poder aproximarnos a la caracterización de las sociedades magdalenienses. |
Las tumbas megalíticas en la región de Belas (Sintra, Portugal) y sus manifestaciones estéticas |
Las sendas de la memoria.
Sentido, espacio y reutilización de las estatuas-menhir en el noroeste de la Península Ibérica
El presente trabajo discute distintas propuestas interpretativas que han sido publicadas tras la aparición, en el noroeste de la Península Ibérica, de las llamadas estatuasmenhir.
Inicialmente se repasa la caracterización de estos monumentos y se analiza la regularidad que nos ha llevado a considerarlas parte de un mismo problema histórico.
Partiendo del estudio del contexto territorial y paisajístico analizamos la relación entre la localización de las estatuas-menhir y la movilidad en la zona de estudio.
Nuestro objetivo fi nal es plantear la posible pervivencia temporal de estos monumentos y explorar los procesos de variación de su sentido que se han podido generar en relación con los cambios de contexto y dinámica sociocultural.
Este artículo continúa un trabajo anterior (Fábrega-Álvarez et al. 2011) en el que, aplicando tecnologías-SIG (Sistemas de Información Geográfi ca), desarrollamos una metodología orientada a defi nir zonas de paso potenciales en el territorio y analizar la proximidad entre éstas y la localización de las estatuas-menhir del Sur de Galicia y Norte de Portugal.
Dicho estudio tenía como fi nalidad explorar el alcance de las interpretaciones que, hasta la fecha, habían puesto en relación la localización de estas piezas con zonas de tránsito.
En estas páginas profundizaremos en los resultados de estos análisis para discutir la signifi cación de estos monumentos en el paisaje.
Finalmente, y de acuerdo con estos mismos planteamientos, evaluaremos la pervivencia temporal de dichos monumentos así como los posibles procesos de cambio en las connotaciones que se han ido sucediendo sobre éstos.
El conjunto monumental al que nos referimos está compuesto por 13 (1) monolitos cuya característica común es su identifi cación como estatuas-menhir.
Representan una fi gura humana esculpida en forma tridimensional con o sin atributos decorativos (2).
(1) Recientemente ha aparecido una nueva pieza en el municipio de Castrelo do Val (Ourense) perteneciente a la zona de estudio.
No la hemos mencionado en el texto, por estar evaluado cuando se hizo público el hallazgo.
Presenta grabados similares a las estelas del suroeste peninsular, como el característico carro en perspectiva cenital o el escudo con escotadura.
El soporte sigue una concepción antropomórfi ca, como otras estatuas-menhir del noroeste de la Península Ibérica.
En este sentido, puede ser el producto de un fenómeno de hibridación.
Agradecemos la divulgación de las características de la estatua al arqueólogo Alberte Reboreda, responsable de la actuación en la que se encontró: http://verin-natural.blogspot.com/2011/05/ pedra-do-guerreiro.html (consulta 31-X-2011).
Esta serie de monumentos (Fig. 2 y Tab.
1; relación detallada en Fábrega-Álvarez et al. 2011) comparte el aspecto fálico de algunos, la frecuente representación de armas y de un motivo geométrico sub-rectangular de difícil interpretación: ¿símbolo estandarizado de poder, elemento de vestuario o ceremonial, parte trasera de la bando-
(3) Este fragmento presenta un escudo con escotadura que lo relaciona con las estelas de guerrero del suroeste peninsular; junto con el reciente hallazgo referenciado en la n.
1, serían los ejemplos más septentrionales de dicha tradición aparecidos, hasta el momento, en la Península Ibérica.
Hemos decidido incluirla en nuestro estudio a pesar de que sólo conservamos un fragmento de la misma, lo que imposibilita la caracterización de su soporte.
(4) Agradecemos a D. Cowell la información sobre esta pieza, depositada en el Museo de Arqueología y Numismática de Vila Real: http://museu.cm-vilareal.pt/index.php? option= com_content&view=article&id=62%3Aestatua-de-vilarinhoda-samard&Itemid=38 (consulta 31-X-2011).
(5) Agradecemos a Nuno Ribeiro la noticia sobre la aparición de la pieza: http://www.igespar.pt/pt/patrimonio/pesquisa/ geral/arqueologico-endovelico/sitios/?sid=sitios.resultados&sub sid=2185525 (consulta 31-X-2011).
Hemos decidido considerarla en el análisis a pesar de carecer de un estudio detallado de sus rasgos formales.
Características de las estatuas-menhir analizadas en el texto.
Del soporte conservado o conocido: dimensiones en cm (DM-altura/anchura/espesor), antropomorfi smo (AN) y forma fálica (FA).
De los motivos grabados: armas (AR) y motivo geométrico subrectangular (MGS).
De las reutilizaciones documentadas: en cierres de muro (CM), como marco divisorio (MD) o reubicada en zonas públicas como monumento (RM).
La información procede de la bibliografía referida y citada en el texto.
La estatua-menhir de Guilhado carece de un estudio formal del soporte y sus motivos.
lera o de implemento para la fi jación de correas de las armas, collar apotropaico, estola?
Este motivo también está en las estelas de Boulhosa (Viana do Castelo), Preixana (Lleida) o Tremedal de Tormes (Salamanca) (González García 2009a).
Estas características nos permiten agruparlas en una misma tradición.
Gran parte de las estatuasmenhir (Chaves, Faiões, São João de Ver, Muiño de San Pedro y Ermida) se pueden encuadrar, tipológicamente, en el tipo 2 del Norte de Portugal defi nido por Susana Oliveira Jorge (1986: I-B, 953-959).
Excepto la representación femenina de Ermida, recientemente reinterpretada como masculina con armadura (Bueno Ramírez et al. 2005a: 19), se las podría incluir en el subgrupo de estelas faliformes establecido por Almagro-Gorbea (1993: 126-128).
Las piezas de Muiño de San Pedro, Ermida, Faiões, Bouça y Chaves han sido datadas a partir de algunos de estos criterios formales y estilísticos en el Bronce Final o inicios de la Edad del Hierro.
Excluimos tres de las piezas mencionadas de nuestro análisis: Ermida, por su posible carácter femenino; Boulhosa y São João de Ver, por su lejanía a la zona de estudio (Fig. 1) donde se concentran los hallazgos.
La ausencia de contexto arqueológico ha sido una de las justifi caciones más frecuentes para señalar la difi cultad que presenta la interpretación de estas piezas.
Dicha justifi cación se ha visto reafi rmada por la dudosa localización de las estatuas como primaria u original.
Primaria o no, la localización de un elemento permite analizar su contexto arqueológico y geográfi co más reciente y, a partir del mismo, interpretar y dar sentido a esa pieza.
La renuncia al estudio del contexto de las estatuas viene dada en gran medida por la obsesión de la arqueología tradicional por adscribir toda manifestación a un período concreto y único.
Este hecho ha empobrecido el alcance de la interpretación de las estatuas que, como cualquier monumento, son concebidas por defi nición para trascender en el tiempo (Criado-Boado 1993).
Su localización y re-localización obedece a procesos socio-culturales, a los cuales podemos aproximarnos a partir de la contextualización territorial y paisajística que, en distintos momentos, pudieron haber adquirido (discusión en Arizaga Castro et al. 2006).
En defi nitiva, la arqueología como disciplina se ocupa de la cultura material que interpreta a partir de un registro realizado en el presente.
Otros modelos interpretativos contextualizan las estatuas a partir de su caracterización formal para adscribirlas a un período (casi siempre el más antiguo) en el que habrían desempeñado una función determinada y reconocida, ahora sí, a partir de su contexto arqueológico, geográfi co o territorial.
De ahí que, como indicamos, distintos autores relacionen los grabados sobre los soportes con el Bronce Final o el Hierro I. A partir de esta relación cronológica, otros nos remiten a su contexto geográfi co y arqueológico señalando la aparición de muchas estatuas en las proximidades de cursos de agua (Faiões, Chaves, Bouça, Muiño de San Pedro), caminos históricos o vías romanas (Muiño de San Pedro, Vilar de Santos, Tameirón o Marco por citar algunas).
Esto último llevó a interpretarlas como señalizadores de caminos (véase Fábrega-Álvarez et al. 2011, con bibliografía).
Estos caminos, en el caso de las piezas del grupo Chaves-Verín (Faiões, Chaves, Bouça y Muiño de San Pedro), habrían podido estructurar diferentes territorios (6) o relacionarse con la explotación de recursos minerales (Bettencourt 2005: 170) o ganaderos (Ruiz-Gálvez Priego 1998: 177-178).
A estas piezas se les ha concedido la misma función atribuida a manifestaciones culturales similares, como las estelas del suroeste de la Península Ibérica: hitos de señalización de caminos (interpretación también extrapolada para otros ámbitos peninsulares como Navarra: Bueno Ramírez et al. 2005a: 32-33) o de delimitación de fronteras (Ruiz-Gálvez Priego y Galán Domingo 1991: 260-269; Galán Domingo 1993).
Nuestro primer trabajo (cuya metodología y resultados se detallan en Fábrega-Álvarez et al. 2011) sobre este conjunto material desarrolló a través de tecnologías geográfi cas digitales (SIG), una metodología que nos aproximara a la relación entre la localización de las estatuas-menhir y la movilidad potencial en la zona.
Para ello partimos de la base, también apuntada por otros auto- (2011) sugieren un notable espesor temporal para la localización actual de Cruz de Cepos, la única estatua con registro estratigráfi co conocido.
Otros casos no permiten valorar dicho espesor pero sí la intención de ocupar un espacio y posición concreta en el paisaje rural a partir de su monumentalización (como sucede, al menos, en Marco).
El problema de la localización y contextualización de las estatuas lo es también de escala: en el modelo general (7) utilizado, los resultados serían idénticos aún variando la ubicación de cada estatua en un área de 8.000 m 2 en su torno.
Incluso podríamos ampliar notablemente esta área sin que los resultados variasen signifi cativamente.
La escala de análisis resiste cierto grado de incertidumbre sobre la situación del monumento.
En este sentido, se podría decir que lo que pretendemos es caracterizar la zona del terreno, donde se localiza el monumento, respecto a un territorio muy extenso.
Nuestros primeros análisis, basados en un modelo potencial de movilidad en el terreno a escala regional, constatan la proximidad (8) de las estatuas (salvo la de Tameirón que se caracteriza precisamente por su lejanía) a Zonas de Paso potenciales (ZP) (Figs.
Si bien esta proximidad es mucho más signifi cativa, estadísticamente, en unos casos que en otros (Figs.
Las ZP están caracterizadas por Líneas de Movilidad (LM) (Figs.
3 y 4 arriba) y Zonas de Alta Densidad via-(7) La base topográfi ca de los análisis de movilidad es un Modelo Digital de Elevaciones de 90 m de resolución, elaborado por la NASA en su misión Shuttle Radar Topography Mission del año 2000.
Este modelo constituye la base cartográfi ca de las fi guras en las que se representa la zona de estudio.
(8) Hemos defi nido la proximidad (Fábrega-Álvarez et al. 2011) en términos porcentuales, como aparece en las gráfi cas y en el texto.
La razón estriba en que, de esta forma, no infl uye la cantidad de vías o zonas de paso (ZP) defi nidas en relación a la superfi cie estudiada, a diferencia de considerar como valor la distancia (en cualquier caso estimable de forma aproximada en los mapas de situación).
El porcentaje indica la proporción de puntos más alejados a cada elemento referido que existe en la zona de estudio.
Por ejemplo, un 75% de proximidad entre una estatua y las ZP quiere decir que las 3/4 partes de los puntos están más alejados de las ZP que la estatua en cuestión.
Es decir, si situáramos un punto aleatoriamente en la zona de estudio, tendría un 75% de probabilidad de estar más alejado a las vías o ZP que la estatua referida.
En defi nitiva, porcentajes altos indican, probabilísticamente, relaciones signifi cativas de proximidad. ria (ZAD) (Figs.
3 y 4 tabs.) interpretables como zonas potenciales de cruce viario correspondientes con acumulaciones de entrecruzamientos de LM.
A veces las estatuas están próximas a lo que hemos llamado ZP principal (LM 1 y ZAD 1 en Figs.
3 completa y 4 tabs.), secundario (LM 2 y ZAD 2 en Figs.
3 completa y 4 tabs.) y terciario o de menor recurrencia (LM 3 y ZAD 3 en Figs.
Estas ZP obedecen a un criterio puramente fi siográfi co y biomecánico.
Es decir, son zonas que, por su situación (a partir de la idea de continuidad viaria) y características (defi nidas por su pendiente y encharcamiento), resultarían óptimas (en términos de esfuerzo) para que el ser humano (con o sin tracción animal y sin otros medios) transitara el territorio a una escala de referencia comarcal (tal y como defi ne la zona de estudio).
Es un modelo potencial e ideal, defi nido desde una estrategia analítica basada en la comparación que relativiza el uso de puntos de origen y destino (sobre este modelo y sus posibilidades véase Fábrega-Álvarez 2006; Llobera et al. 2011).
Podemos rastrear también la relación entre movilidad y estatuas-menhir a partir del contexto arqueológico.
Atendiendo a este hecho y retomando la consideración del lugar de aparición de las estatuas, debemos señalar que las de Samardã o Tojais (Alves y Reis 2011) se localizan próximas a monumentos megalíticos.
Esta vecindad también ha sido señalada en otros contextos de la Península Ibérica (para su conjunto: Bueno Ramírez et al. 2005b; para Navarra, Bueno Ramírez et al. 2005a: 14-30; para el suroeste peninsular: García Sanjuán et al. 2006).
En su estudio de las estelas de Almadén de la Plata, García Sanjuán et al. (2006: 147-150) han indicado que dicha proximidad se puede deber al deseo de conmemorar, mediante la colocación de estelas, espacios que desde antiguo habían sido sacralizados a través de la construcción de monumentos funerarios, sirviendo, a la vez, como delimitadoras de territorios entre comunidades.
Esta relación entre estelas, vías y zonas de paso vendría dada allí por su función como "elementos de señalización y monumentalización de determinados segmentos o puntos en vías de comunicación" (García Sanjuán et al. 2006: 149), conservando, en su integridad, su carácter de glorifi cación de los jefes de la élite guerrera y militar.
Dicho esto, debemos traer a colación la interpretación de los túmulos megalíticos del noroeste 3.
Situación de las estatuas-menhir en relación con las líneas de movilidad potencial calculadas (LM): principales (LM 1), secundarias (LM 2) y de menor recurrencia (LM 3) atendiendo al número de solapamientos desde distintas posiciones.
En la tabla la proximidad entre ellas se defi ne como el porcentaje de posiciones más alejadas en la zona de estudio referida a cada estatua-menhir en relación a LM.
Situación de las estatuas-menhir en relación con las zonas de alta densidad de líneas de movilidad (ZAD), interpretables, en cierta medida, como de alta potencialidad de entrecruzamientos viarios.
En la tabla la proximidad entre ellas se defi ne como el porcentaje de posiciones más alejadas en la zona de estudio referida a cada estatua-menhir en relación a ZAD. ibérico como hitos perceptivos en el tránsito y la movilidad territorial (Criado-Boado y Villoch Vázquez 1998).
Si esta interpretación resultase extrapolable al suroeste (como parecen sugerir otros trabajos en esta misma zona (9)), se podría defender una re-monumentalización (la estela) de un monumento (el túmulo megalítico) que, a su vez, pudo haber desempeñado una función fundamental para articular el tránsito en el paisaje.
En defi nitiva, las aparentes relaciones signifi cativas entre la localización de las estatuas-menhir y la movilidad no implican que estos monumentos desempeñaran la función de indicadores camineros.
Sobra citar la cantidad de elementos que podemos rastrear asociados a cualquier red viaria.
Al margen de esta relación entre el tránsito y las estatuas ¿podemos acceder a otro nivel interpretativo vinculado con el sentido socio-cultural de estos monumentos y su localización geográfi ca concreta?
El nexo establecido entre los monumentos que nos ocupan y la glorifi cación de las élites resulta de gran interés al interpretar socialmente el signifi cado de las estelas, tanto las del suroeste de la Península Ibérica como las del grupo galaicoportugués aquí estudiado.
Esta estatuaria, generalmente masculina, portadora de armas o de insignias de prestigio (como el motivo subrectangular en las piezas del noroeste, o los carros, instrumentos musicales, etc., de los ejemplares del suroeste) nos remite al proceso de jerarquización que conocieron las sociedades prehistóricas peninsulares desde el Neolítico hasta la Edad del Bronce (Harrison 2004: 165-178; Bueno Ramírez et al. 2005b).
El noroeste peninsular no quedó al margen de dicho proceso, tal y como indica la aparición, durante el Bronce Final, de una élite guerrera que parece apuntar a que dichos grupos estaban adoptando la confi guración de "sociedades con guerreros" (González García 2009a: 132-133 y 138-143, 2009b).
Estas aristocracias guerreras pudieron haber jugado en el noroeste un papel muy importante en la ubicación de las estatuas-menhir en zonas de paso o en límites entre territorios.
Se ha señalado (Jorge 1999: 122) que dicha ubicación puede dar cuenta del cambio ocurrido, desde el Bronce Final, en los mecanismos de representación del (9) Murrieta Flores, M. 2007: Mobility, transhumance and prehistoric landscape: A GIS approach to the archaeological landscape of Almadén de La Plata in Andalucía, Spain.
Las tumbas en las que, hasta entonces, habían sido glorifi cados los jefes se sustituyen por nuevos espacios de "heroización" de determinados individuos mediante ritos distintos al culto mortuorio.
Según Díaz-Guardamino Uribe (2006: 21-23), a través de estas nuevas prácticas rituales, pudo conmemorarse, en aquellos lugares señalados por las estatuas-menhir, a individuos ya fallecidos, sirviendo para conservar el recuerdo tanto del personaje individual como del grupo como colectivo social.
Incluso es posible, como apuntó Celestino Pérez (2001: 279) para las estelas del suroeste, que dichos monumentos no señalaran el enterramiento del personaje sino el lugar de su ritual funerario.
Teniendo en cuenta el posible carácter sacral y ritual de los espacios que señalan estas piezas, así como su posible papel de marcadores territoriales, se podría plantear que dichos espacios funcionaron como santuarios de frontera, homologables, en cierta medida, a los santuarios periféricos o fronterizos con los que las póleis griegas delimitaban su territorio (Polignac 1984: 42-49).
Existen, por tanto, otras hipótesis al margen de la consideración de las estatuas-menhir como señales viarias, que nos pueden ayudar a interpretar su localización en las proximidades de zonas de paso o vías.
Entre ellas podríamos indicar su posible papel como señalizadores de los recursos económicos de un área concreta, como ha indicado Nixon (2006: 102-103) en su análisis de los procedimientos de construcción del paisaje sagrado de Sphakia (Creta suroccidental).
Un aspecto destacado de estos monumentos es su especial pervivencia temporal.
Estas reutilizaciones y transformaciones no terminan aquí, por ejemplo, la pieza de Chaves documenta dos momentos en su transformación de menhir fálico a estatuamenhir, marcados por el grabado, en dos fases cronológicas distintas, de diversos atributos antropomorfos y armas (Jorge y Almeida 1980: 21).
En la ourensana de Muiño de San Pedro se ma- nifi esta, además de su transformación de menhir fálico a estatua-menhir, una tercera reutilización y transformación en epígrafe funerario mediante la inclusión de un texto en latín en época romana (Taboada Cid 1988-1989).
El fenómeno también se constata en otras áreas de la península: estelas de guerreros del suroeste de Ibahernando (Cáceres) y Chillón (Ciudad Real) (Fernández Ochoa y Zarzalejos Prieto 1994: 269).
Las piezas de Chaves y Muiño de San Pedro nos permiten profundizar en el signifi cado cultural de algunas de las reutilizaciones de este tipo de monumentos.
Ambas son adscribibles a una misma tradición, menhires fálicos convertidos posteriormente en estatuas-menhir, y área cultural, las dos aparecieron a pocos kilómetros de distancia a orillas del río Támega.
Su historia en época romana nos muestra cómo las sociedades prehistóricas o antiguas reinterpretan los restos del pasado.
El ejemplar de Chaves podría haber estado sometido a un proceso diferente a la reutilización como epígrafe del de Muiño de San Pedro.
Su transformación de menhir fálico en estatua-menhir nos permite suponer que debió estar dotado de signifi cado.
A pesar de ello, este monumento, según Jorge y Almeida (1980: 5), podría haber sido amortizado como material de construcción en el puente romano de Chaves, ya que aparece junto a éste en el lecho del río.
De acuerdo con ello se podría plantear que el monumento, en época romana, hubiera perdido su valor simbólico y cultural.
De esta forma pudo haber sido utilizado en el acondicionamiento del cauce y la construcción del puente romano o, simplemente, haber sido arrojado al río.
Tampoco es descartable que la estatua-menhir de Chaves fuera arrojada al río o amortizada en otro período, considerando los numerosos trabajos de mantenimiento y reestructuración que, usualmente, presentan puentes o vados a lo largo de la Historia.
Rechazamos que se tratara de una ofrenda al Támega, similar a las que se conocen en otros contextos europeos, como las Fontes Sequanae de la Galia (Aldhouse Green 1999: 11-25).
En Chaves, siguiendo una tendencia generalizada en el noroeste de la Península Ibérica (Meijide Cameselle 1988: 78-87), se documentan dos depósitos metálicos fl uviales: un collar articulado y un brazalete de oro del Bronce Final (Cardoso 1944) y un torques de oro de la II Edad del Hierro (Cardoso 1942).
En este mismo lugar también afl oran aguas minero-medicinales que lo convir-tieron en centro termal desde la Antigüedad, implícito en su nombre latino, Aquae Flaviae (Díez de Velasco 1998: 15 y 23-24; Silva et al. 2006Silva et al. -2007)).
Frente a los cientos o miles de exvotos y/o fragmentos conocidos en los santuarios franceses, en Chaves sólo se ha hallado la estatuamenhir en las aguas del Támega.
Pero ni en Chaves ni en gran parte del noroeste peninsular, hay indicios de cultos prerromanos vinculados con los afl oramientos de aguas termales (Díez de Velasco 1998: 121 y 142-146).
A partir de la interpretación de Jorge y Almeida (1980: 5) sobre la reutilización de la estatua de Chaves y de la transformación en epígrafe de Muiño de San Pedro, planteamos dos modelos hipotéticos de comportamiento con respecto al pasado en un mismo momento y área geográfi ca.
A la posible ruptura cultural implícita en la reutilización de la pieza de Chaves, en un entorno urbano fuertemente "romanizado", se contrapone la nueva resemantización de un elemento del pasado en Muiño de San Pedro.
Este fenómeno resulta comprensible en un área rural cuya mayor carga cultural indígena posibilitaba la asimilación o comprensión de este tipo de piezas por la población local.
En contextos como Chaves, un monumento de este tipo, ajeno a la cultura romana, podría haber perdido valor cultural o simbólico.
De ahí que sólo fuese apreciado como material para la construcción del puente o, simplemente, fuese amortizado, arrojándolo a las aguas del Támega.
La información de partida nos permite solamente contemplar esta posibilidad como una hipótesis de trabajo, cuya formulación resulta de interés para su futura contrastación con otros casos.
Desde una perspectiva paisajística señalamos las posibilidades monumentales que las estatuas pudieron haber jugado en un paisaje rural "romanizado", valorando la proximidad entre las vías romanas y la localización de las estatuas (10) (Fig. 5).
(10) Si las estatuas han sido reubicadas, se ha utilizado la primera localización documentada con claridad en la bibliografía.
Situación de las estatuas-menhir en relación con las distintas propuestas del viario romano en la zona de estudio.
La tabla muestra la proximidad porcentual entre estatuas-menhir, zonas potenciales de movilidad principal (LM 1 y ZAD 1) y propuestas de trazado de vías romanas en la zona de estudio.
La proximidad se defi ne como el porcentaje de posiciones más alejadas a cada estatua-menhir en relación a los elementos anteriores (LM 1, ZAD 1 y vías romanas).
La proximidad es especialmente manifi esta en las vías cuyo trazado está mejor documentado (Vilar de Santos, Muiño de San Pedro, Cruz de Cepos, Tojais y Marco, al menos), por la conservación de su traza o la presencia de miliarios o elementos constructivos como puentes.
Las distancias mayores corresponden bien a estatuas en tramos de vías mal documentados (Guilhado o Faiões) o a localizaciones de estatuas peor documentadas.
Sanches y Jorge (1987: 78), según referencias orales, apuntan para Bouça lugares de procedencia signifi cativamente más próximos a la vía XVII que la localización actual que hemos considerado.
Aún teniendo en cuenta lo anterior, la proximidad entre estatuas y las propuestas de trazado de las vías romanas es aún, en términos estadísticos, más signifi cativa que la que expresa su relación con ZP (Fig. 5 tab.).
En este sentido, el 82,41% de las localizaciones aleatorias de la zona de estudio están más alejadas de las vías que las estatuas-menhir, mientras el 71,62% de las localizaciones distan más de las ZP principales (LM 1 y ZAD 1) que las estatuas-menhir.
Lo anterior quiere decir que si situáramos un punto en la zona de estudio aleatoriamente, tendría un 10,79% más de posibilidades de estar más próximo que las estatuas-menhir respecto a las ZP principales que al viario romano.
En defi nitiva, la proximidad entre las estatuas y las vías romanas expresada porcentualmente es un 10,79% mayor que la proximidad entre estatuas y ZP.
Además, la proximidad de las estatuas-menhir a las vías romanas (la desviación estándar es del 15,4%) es bastante similar en los distintos monumentos y más parecida que la de cada estatua a las zonas de paso potenciales (la desviación estándar es del 27,44%).
Las vías romanas jugaron un papel fundamental en la vertebración del territorio.
No resulta difícil pensar que los elementos más próximos a las vías en términos de accesibilidad tuvieran una presencia destacada y en contraste con el resto del territorio.
Quizá la presencia de estos monumentos se manifestara también en términos perceptivos.
Para evaluarlo nos hemos basado en los casos que mejor documenten la localización de las estatuas como elementos monumentales y el trazado de la vía.
Partiendo de lo anterior y recurriendo a tecnología-SIG calculamos la visibilidad de las estatuas de Cruz de Cepos y Tojais desde el trazado de la vía XVII (Fig. 4 tab.).
Ambos monumentos son potencialmente visibles en términos topográfi cos. El tamaño de las estatuas es otro factor que afecta las posibilidades de percepción.
Desde la vía es posible que se identifi caran como soportes (más claramente la estatua de Tojais), y sobre todo se vieran con claridad los espacios inmediatos a ellas (la relación entre tamaño de los objetos, distancia y percepción en el paisaje ha sido tratada entre otros por Higuchi 1988).
Otra característica que describe esta relación es que el abanico de visibilización de ambos monumentos se orienta hacia la vía, lo cual parece reforzar la monumentalidad de las estatuas en el transcurso de la misma.
De momento, este modelo potencial que sirve para analizar las posibilidades perceptivas de estos monumentos en el paisaje confi rma la relación visual entre la estatua de Marco, también hincada, y el trazado de la vía romana que pasa a escasos metros (Lopes et al. 1994).
Ponemos en juego otro elemento viario signifi cativo en este paisaje rural.
En todo el Imperio romano los miliarios son un elemento fundamental para entender la monumentalidad viaria.
Especialmente en nuestra zona de estudio la vía XVIII agrupa la mayor concentración de miliarios del Imperio (Rodríguez Colmenero et al. 2004), mientras que la vía XVII y, en general, el entorno de Aquae Flaviae destaca por sus altas concentraciones con respecto a otras zonas del noroeste.
Los miliarios son monumentos que informan sobre la vía y conmemoran al emperador.
Como ya hemos argumentado, las estatuas también pudieron tener un sentido glorifi cador de la elite guerrera indígena.
En este sentido, podemos pensar en un modelo de asimilación de la tradición local que se manifi esta en las vías romanas que, convertidas en ejes fundamentales de articulación del territorio, glorifi can a partir de miliarios al emperador, mientras las estatuas siguen conmemorando a las elites indígenas.
Resulta signifi cativo el desequilibro potencial que se advierte desde el punto de vista monumental, ya que mientras los miliarios están al pie de la vía (muy visibles y accesibles) las estatuas quedan relegadas a un segundo plano (menos perceptibles y accesibles).
Llegados a este punto y teniendo en cuenta las evidencias que relacionan las estatuas-menhir con períodos anteriores, cabría preguntarse cómo interpretar la proximidad geográfi ca entre estatuas y vías romanas.
Podríamos pensar que la muestra (11 casos) no es signifi cativa o que el viario ro-mano reaprovecha o coincide en gran medida con el viario anterior.
Otra posibilidad sería la re-localización de las estatuas durante la "romanización".
Pudiera ser que aquellas estatuas que pierden su monumentalidad por estar alejadas de las vías (y por tanto del nuevo territorio) fueran amortizadas o destruidas.
Por supuesto, caben muchas más interpretaciones y es posible que ninguna explique por completo esta proximidad.
Pero es indudable el epígrafe romano en la estatua de Muiño de San Pedro y la relación significativa en términos estadísticos entre la localización de estos monumentos y las vías romanas.
Las reutilizaciones conocidas de estatuasmenhir no se detienen en la Antigüedad.
Destacamos la referencia en documentos medievales de siempre resultan visibles.
Ello nos permite pensar que se revisten de cierto sentido simbólico, posiblemente apotropaico, tal y como sucede con las piezas escultóricas conocidas como "cabezas cortadas" reutilizadas por la cultura campesina tradicional de este ámbito peninsular (Arizaga Castro et al. 2006: 119-121; sobre la problemática atribución de estas piezas a época prehistórica: Duceppe-Lamarre 2002: 291-292).
Nuevos usos derivan del infl ujo de la cultura de masas o de la cultura erudita sobre la cultura tradicional: la ubicación en un campo de fútbol, después de haber sido pintada, de la estela de Faiões (Almeida y Jorge 1979: 6-7), las monumentalizaciones, en espacios públicos y a iniciativa municipal, de las piezas de Bouça (Sanches y Jorge 1987: 78) y Tameirón (Rivas Quintás y Rodríguez Cruz 2002: 75), o el interés de los poderes públicos locales por su rápida musealización (depósito de la pieza de Samardã en el museo de Vila Real) (11).
EL SENTIDO DE LA REUTILIZACIÓN
Estas reutilizaciones y conservaciones se pueden interpretar como mecanismos para conservar el recuerdo, la memoria social, uno de los procedimientos mediante los cuales las sociedades logran comprender ese "país extraño" que, para ellas, supone el pasado (Lowenthal 1998: 271-274).
Actualmente podemos considerar superada la antigua dicotomía entre "sociedades frías o primitivas" y "sociedades calientes o civilizadas", aquéllas que anulan el devenir histórico o que lo convierten en motor de su desarrollo (Lévi-Strauss 1984: 355-390).
La diferencia entre ambas no estribaba en su negación o aceptación del pasado, sino en nuestra capacidad para reconstruirlo (Leach 1989: 34).
En las "sociedades frías", esa reconstrucción considerada como la sucesión de acontecimientos vividos, resulta difícil o incluso imposible.
No obstante, como ha apuntado Sahlins (2007: 67-79), podemos llegar a conocer la historia de esas sociedades, siempre y cuando la comprendamos como el estudio de la persistencia, a través del tiempo y dentro de un mismo sistema cultural, de una misma estructura y de los cambios que ésta ha conocido durante dicho período.
La reconstrucción de esa historia supone aproximarse a las formas de creación de recuerdo o memoria social desarrolladas por los grupos humanos antes de la creación de la escritura (Connerton 1989; Bradley 2002).
La memoria social oral, según el concepto griego de verdad (aletheia o ausencia de olvido, como indica su alfa privativa inicial), se puede llegar a convertir en verdad precisamente, porque implica no olvidar (Detienne 1983).
Distintas variedades de relatos orales crean este tipo de memoria: leyendas o tradiciones históricas (Vansina 1965), mitos que pueden conservar su carácter de explicación del pasado en contextos alfabetizados (Calame 1998: 132-149) o llegar a ser auténticas explicaciones históricas (Idoyaga Molina 1998).
Otro procedimiento usa objetos para materializar el recuerdo.
Este método, en ocasiones, puede emplear formas de grafi smo, que no de escritura como la Biblia Dakota que conserva, mediante dibujos y símbolos, el recuerdo de hazañas y grandes personajes del pasado (Severi 2007: 114-164).
También destaca la reutilización de monumentos a través de su resemantización.
Dichas reutilizaciones suelen implicar la realización de ritos junto a monumentos, que hacen presente el pasado, actualizándolo y dotándolo de sentido social.
Desempeñan la misma función del mito en los relatos orales que dan cuenta del pasado.
Esta identidad funcional entre mito y rito no debe sorprender si, siguiendo a Leach (1976: 33-36), consideramos que ambos transmiten un mismo mensaje simbólico a través de las palabras y el relato o mediante gestos y actos.
Los monumentos suelen vincularse con paisajes o elementos del paisaje que, por diversos motivos, han captado la atención de las sociedades (Gosden y Lock 1998: 4-6; Bradley 1998).
De esta forma, podemos explicar la génesis de relatos y narraciones, en muchos casos de origen mítico, y de actos rituales con los que se pretende dar cuenta del origen de dichos rasgos o monumentos, así como la reutilización y la consiguiente creación de un nuevo signifi cado cultural para muchos de ellos ya desde tiempos prehistóricos.
Es la misma lógica que caracteriza a los lugares sagrados de los aborígenes australianos: la asociación de un rasgo concreto del paisaje con un antepasado, un topónimo, un mito, un tótem y un ritual permite dar cuenta del Dreamtime (Glowczewski 2006: 978) como el tiempo no humano.
Los monumentos con ellos asociados se convierten, de ese modo, en mnemotopoi, en lugares del recuerdo (Rodríguez Mayorgas 2007: 48-54) que, en tradiciones como las de los malangan melanesios (Küchler 1993), no necesitan de ningún tipo de monumento para que sobreviva el recuerdo con ellos asociado.
Los signifi cados que adquieren estos monumentos (que también pueden ser salvajes: Criado-Boado 1993) no son estáticos, se adaptan a nuevas situaciones históricas y socioculturales que les otorgan un nuevo signifi cado (Holtorf 1998: 27; Blake 1998: 68).
Como consecuencia de dichos cambios, esos paisajes llegan a convertirse, incluso, en mecanismos de creación de esa forma de memoria social que es la memoria histórica en sociedades alfabetizadas (Stewart y Strathern 2003).
La conservación de la memoria social mediante la reutilización de monumentos es un mecanismo típico y muy frecuente en las sociedades orales.
Sin embargo, no es el único pues también existen ejemplos de construcción de formas atópicas o extraterritoriales de memoria social como el judaísmo mosaico (Assmann 1999(Assmann: 1017(Assmann -1018)).
En las sociedades prehistóricas, sólo podemos llegar a comprender de forma muy fragmentaria estas formas de creación de memoria social a través de la reutilización de monumentos.
La escritura posibilita el conocimiento de los mitos, tradiciones históricas o legendarias asociadas al proceso de cambio de los monumentos.
En las sociedades ágrafas contemporáneas, podemos llegar a él gracias al registro etnográfi co de las tradiciones orales (Vansina 1965: 187-204).
El noroeste de la Península Ibérica nos ofrece un buen ejemplo de este proceso de apropiación cultural de elementos del pasado: las múltiples tradiciones populares que vinculan a personajes míticos (mouros y mouras del campesinado gallego) con monumentos prehistóricos como túmulos megalíticos y castros (Aparicio Casado 2002; Arizaga Castro y Ayán Vila 2007: 452-457).
En muchas sociedades históricas se ha estudiado este tipo de fenómenos, por citar algunas mencionamos la Roma republicana (Rodríguez Mayorgas 2007: 11-68), la Inglaterra anglosajona (Williams 1998; Semple 1998), la Irlanda (Newman 1998) o la Escocia medievales (Driscoll 1998) o, incluso, el estado francés contemporáneo (Dietler 1998).
En las sociedades prehistóricas ignoramos estas tradiciones narrativas y, por ello, la interpretación que se puede hacer de este tipo de procesos es siempre más fragmentaria e hipotética (Van Dyke y Alcock 2003: 7-8, así como los diversos trabajos que recogen).
Pese a ello, la investigación prehistórica ha venido prestando recientemente mayor atención a la reutilización de materiales arqueológicos como procedimiento a través del cual las sociedades han explicado su pasado (desde una vertiente más teórica: Bradley 2002; casos concretos en: Hingley 1996Hingley, 2006Hingley, 2009;;Lorrio Alvarado y Montero Ruiz 2004; García Sanjuán 2005; García Sanjuán et al. 2007).
ESPACIOS, MONUMENTOS, CAMINOS Y RECUERDO
La vida de las estatuas-menhir no se puede limitar, como se ha señalado frecuentemente, a la Edad del Bronce.
La relación entre estatuas-menhir y ZP (Fábrega-Álvarez et al. 2011) no implica aceptar la hipótesis más generalizada con respecto al papel de las primeras como marcadores viales.
Las estatuas-menhir pudieron actuar como elementos de señalización y monumentalización de determinados espacios (destacables por su importancia ritual, por sus recursos, etc.) a los que dan acceso o que unen dichas rutas.
Esa vinculación podría haberse mantenido con posterioridad a la conquista romana como parece indicar la relación existente entre vías romanas y estatuas-menhir.
Las rutas podrían estar articulando el paisaje, uniendo entre sí espacios que, a juzgar por su posible uso ritual, podríamos considerar como sacralizados o sagrados (sobre la construcción de este tipo de paisajes Nixon 2006: 91-116).
Cada estatua-menhir actuaría como marcador y elemento de recuerdo de dichos espacios, constituyendo, posiblemente, un mnemotopo.
Es, incluso, hasta posible que el propio camino se haya constituido como un espacio sagrado o un espacio de recuerdo.
En el noroeste de la Península Ibérica numerosos indicios apuntan en esa dirección: la sacralidad de los cruces de caminos en el folklore tradicional gallego (Taboada Chivite 1975: 103-104) o los Lares Viales de la Gallaecia ro-mana, divinidades vinculadas con los caminos tras las que se ocultan dioses indígenas (Portela Filgueiras 1984: 163-167).
Muchas de las estatuas-menhir están asociadas geográfi camente a las vías romanas más monumentalizadas del Imperio.
La densidad de miliarios documentados en esta zona sorprende en el noroeste ibérico, donde la asunción de la cultura romana parece haber conservado una fuerte impronta cultural indígena.
Las estatuas-menhir, hitos de espacios socialmente signifi cativos de la memoria colectiva, podrían actuar como las iglesias y los iconos en el paisaje sagrado del suroeste de Creta: monumentos cuyas localizaciones informan a los habitantes sobre todo lo necesario del área en la que aquellos se alzan y sus capacidades.
Conocer los monumentos es conocer los espacios y su entorno, con sus características y posibilidades (Nixon 2006: 103-104).
Este conocimiento seguirá vigente mientras continúen en uso los monumentos y los espacios que señalan y, con ellos, su signifi cado social y el recuerdo colectivo que implican (Nixon 2006: 107).
Si dichos espacios y monumentos se pierden también desaparecerán el signifi cado social y el recuerdo colectivo, a pesar de que los paisajes sagrados presentan, en la larga duración, modelos recurrentes (Nixon 2006: 109-116).
En el noroeste de la Península Ibérica existen indicios de esta recurrencia entre paisajes sagrados distintos.
Así parece indicarlo la reutilización y reconversión de menhires fálicos en estatuas-menhir en la Edad del Bronce, la creación de una tradición de estatuas-menhir durante esta última etapa y su pervivencia a inicios de la Edad del Hierro o incluso en época romana, si aceptamos que el individuo recordado en el epígrafe de la pieza de Muiño de San Pedro era uno de esos jefes cuyo recuerdo se honraba, como parece haber sucedido en plena Edad del Bronce (González García 2009a: 138-143).
Ese modelo continuista es especialmente interesante en el cambio de era.
Además de esa inscripción latina está la relación territorial y paisajística entre las vías romanas y las estatuas-menhir aun cuando carezcan de inscripciones latinas.
Según García Sanjuán et al. (2007: 111): "la ideología religiosa romana implicó e involucró, con más frecuencia de lo que se ha supuesto hasta el momento, la asimilación, uso e integración de espacios y monumentos funerarios prehistóricos y por tanto de elementos (reales o supuestos) provenientes del pasado".
En el contexto cultural del noroeste ibérico en el cambio de era, la reutilización de estos monumentos y espacios (García Sanjuán et al. 2007: 123), se convierte en un mecanismo de afi rmación ideológica, resistencia cultural y cohesión social de las elites y/o comunidades indígenas frente al Imperio.
Junto con esta continuidad tenemos, igualmente en un ámbito temporal de larga duración, indicios de discontinuidad y de desaparición de estos paisajes y de la memoria social con ellos vinculada.
El primer testimonio es la pieza de Chaves, arrojada al río o utilizada como material constructivo del puente de Aquae Flaviae porque en el paisaje romano y urbano de dicha localidad ya no desempeñaba socialmente ningún papel.
Los restantes indicadores nos los ofrecen los usos dados a estas piezas en la sociedad campesina tradicional, deudora de un paisaje sagrado constituido por nuevos hitos (iglesias y santuarios) que sustituyeron a los antiguos marcadores sacrales.
A partir de este momento, las estatuas-menhir pasaron a servir como materiales constructivos a cuya decoración se otorgó cierta capacidad apotropaica.
Estos nuevos usos redefi nieron su relación con el paisaje y su integración en estructuras arquitectónicas tradicionales, como vallados (Guilhado, Tojais), puertas de vallados (Vilar de Santos) u otros tipos de construcción mucho más 'cosmopolita' como un campo de fútbol (Faiões).
Este proceso alcanza su auge por infl ujo de la cultura erudita sobre la popular con la constitución de algunas piezas en patrimonio histórico, su conversión en monumentos públicos (Bouça, Tameirón) o su musealización (Faiões, Chaves, Samardã, etc.).
A Elías López-Romero la revisión de este texto, así como a Anxo Rodríguez Paz la elaboración de la segunda fi gura.
Presentamos los resultados de los trabajos desarrollados en los últimos años por el Grup de Recerca en Arqueología Protohistòrica (GRAP) de la Universidad de Barcelona en el área del río Sénia, a caballo de Cataluña y el País Valenciano (1).
Permiten defi nir el patrón del poblamiento de esta zona durante el Primer Hierro.
Deducimos que los cinco yacimientos localizados formaron parte de una entidad político-territorial, que hemos denominado Complejo Sant Jaume.
Proponemos la existencia de una relación jerárquica entre ellos.
Palabras clave: Primer Hierro; Tierras del Sénia y del Ebro; Fenicios; Patrón de asentamiento.
(1) Este trabajo se enmarca en el proyecto HAR2008-04663/HIST del Grup de Recerca en Arqueologia Protohistòrica (GRAP) de la Universidad Barcelona, fi nanciado por el Ministerio de Ciencia e Innovación, y en el SGR2009-243 de la Generalitat de Catalunya.
Es también deudor de las ayudas otorgadas por el Departamento de Cultura de la Generalitat de Catalunya y los Ayuntamientos de Alcanar y de Ulldecona.
Los estudios sobre el poblamiento del Primer Hierro en el área catalana y zonas limítrofes están proporcionando en los últimos años avances importantes.
Las diversas actuaciones desarrolladas en puntos clave de este territorio (Ampurdán, Garrigas, Penedés, Vallés, Tierras del Ebro, Tierras del Sénia, Matarraña...) están poniendo al descubierto una realidad arqueológica rica, diversa y singular.
Ello está permitiendo reconstruir un panorama histórico mucho más complejo de lo que hasta hace bien poco concebíamos en todos los órdenes, incluyendo los patrones de asentamiento.
Este trabajo sintetiza el estudio del patrón de asentamiento identifi cado en una pequeña área de los territorios regados por el río Sénia, la situada inmediatamente al norte de su desembocadura.
En esta zona encontramos, entre mediados del siglo VII ane y los primeros años de la centuria siguiente, un conjunto de asentamientos caracterizados, entre otros aspectos, por su extrema proximidad y por sus aspectos arquitectónicos, urbanísticos y locacionales específi cos y diferenciados.
Inferimos las características de su patrón de asentamiento combinando la defi nición tipológica y funcional de cada uno de los núcleos con el análisis comparado de los atributos locacionales respectivos.
Aspiramos a describir con cierta profundidad las características del patrón de asentamiento, pero tan sólo realizamos algunos breves apuntes en relación al sistema sociopolítico que en último término lo justifi ca, por razones de extensión del texto.
UN TERRITORIO: LAS TIERRAS DEL RÍO SÉNIA
Diversos autores han defendido la coherencia geográfi ca de la región, de una superfi cie aproximada de 1.000 km 2 y delimitada por la costa mediterránea al Este, las sierras de Irta, Solá, Perdiguera y Garrotxa al Sur, los Ports de Beseit, la Sierra del Turmell y las Montañas de Benifassá al Oeste y las sierras de Godall y de Montsiá al Norte (Fig. 1) (Sancho 1979: 65).
El llano litoral de Vinaroz-Benicarló, de formación cuaternaria y surcado por diversos cursos de agua, ocupa buena parte de este espacio.
A caballo entre Cataluña y el País Valenciano, a menudo recibe la denominación local de 'Terres del Sénia'.
Las comunicaciones entre esta región y los territorios limítrofes son fáciles y ágiles, gracias a una serie de amplios corredores naturales orientados en sentido nordeste/sudoeste (depresiones de Alcalá, La Galera, Ulldecona y Les Coves) y dispuestos entre las sierras anteriormente apuntadas.
Por otro lado, la huella de la red hidrográfica regional facilita la comunicación transversal, entre la costa y el interior (Oliver 1993: 150).
Esta combinación de características constituye una base física excelente para el desarrollo de las sociedades humanas.
El estudio de las Tierras del Sénia tiene coherencia, también, en relación con la ocupación de esta región durante la Primera Edad del Hierro (Fig. 1), resultado de las intensas relaciones existentes entre los asentamientos.
De hecho, su escala es indudablemente humana: la línea de costa y el área de nacimiento del río Sénia distan tan sólo una treintena de km.
UN REGISTRO: LOS ASENTAMIENTOS
Durante el Primer Hierro documentamos en esta región un poblamiento numeroso y diverso.
Núcleos como El Puig de la Nau, La Moleta del Remei, Sant Jaume o El Puig de la Misericordia han sido objeto de numerosas campañas de excavación.
Desgraciadamente, en el resto de casos los datos disponibles son escasos, ya que proceden estrictamente de campañas de prospección o de localizaciones superfi ciales (Oliver 1992: 32).
Con todo, un vistazo a la distribución de puntos sobre el mapa de la región sugiere la existencia de diversas agrupaciones de asentamientos.
Asumiendo que éstas pueden resultar signifi cativas en términos sociales y políticos y que, por tanto, escondan lazos de relación y de dependencia entre los asentamientos, centramos el estudio en una de estas agrupaciones, la situada inmediatamente al norte de la desembocadura del río Sénia (Fig. 2).
Documentamos aquí cinco núcleos, to-Fig.
Núcleos de población del área de la desembocadura del río Sénia y principales accidentes geográfi cos. dos con una ocupación del Primer Hierro: Moleta del Remei y Sant Jaume en Alcanar y Ferradura, Cogula y Castell en Ulldecona.
Su extrema proximidad nos llevó en su momento a plantearnos que hubiera existido algún tipo de relación entre ellos, lo que desembocó en un estudio específi co (2).
El conocimiento que disponemos de cada uno de estos asentamientos es desigual (Fig. 3).
En los de mayores dimensiones (Moleta del Remei y Sant Jaume) se han llevado a cabo desde 1985 numerosas campañas de excavación, en el marco de un programa de investigación del GRAP de la Universidad de Barcelona (UB).
Entre los de dimensiones más reducidas encontramos La Ferradura, un asentamiento excavado en su momento en más de un 75% y en el cual se han reiniciado últimamente los trabajos de excavación, La Cogula, conocido de forma muy parcial y como resultado de las destrucciones que ha experimentado, y El Castell, del cual conocemos poca cosa más que su adscripción crono-cultural.
Sintetizamos a continuación sus aspectos defi nitorios esenciales.
La Ferradura es un pequeño asentamiento en altura (226 m.s.n.m.), levantado en el extremo septentrional de un saliente del sector meridional de la Sierra del Montsià.
Se sitúa a unos 100 m de altura respecto del entorno inmediato (Depresión de Ulldecona).
Presenta una única fase de ocupación, datada entre mediados del siglo VII y principios del VI ane.
Aquellos trabajos pusieron al descubierto 11 espacios (ámbitos seriados, orientados en sentido este-oeste) ocupando una extensión de 400 m 2 (Fig. 3b).
Maluquer excavó completamente los siete primeros.
En 2009 el GRAP reemprendió los trabajos de excavación.
El sistema de protección del asentamiento es sencillo: la preocupación defensiva es limitada.
Ello queda perfectamente ilustrado por su localización, a muy poca altura sobre su entorno inme-
Univ. de Barcelona, Dept. de Prehistoria, Historia Antigua i Arqueologia.
diato, y por la utilización de un muro de cierre simple y de poca anchura.
Por otro lado, el emplazamiento parece mantener una marcada relación con las vías regionales de comunicación que controla visualmente.
Ferradura ocupa la intersección de dos vías importantes, una regional y otra local.
La primera, el amplio y largo camino que dibuja la Hoya de Ulldecona en sentido norte-sur (ruta de la Hoya) y que comunica el área de la desembocadura del Ebro con el Llano de Vinaroz.
La segunda, la vía (ruta interior) que atraviesa oblicuamente el tercio meridional de la Sierra del Montsiá en sentido noroeste-sudeste y comunica la Hoya con la costa, pasando por las inmediaciones de Sant Jaume y de Moleta.
Respecto a su funcionalidad, sería posible considerar, como se ha propuesto, que se trata de un diminuto asentamiento de pastores (Memoria 1972: 16), o bien de un pequeño poblado autónomo de agricultores dedicados a explotar las tierras amplias y bajas de la Hoya.
Pueden proponerse, con todo, otras opciones, complementarias de las anteriores, insistiendo en la importante función estratégica que podría haber tenido el yacimiento en el control de las rutas y vías de la zona.
Otros trabajos que tratan con más o menos profundidad aspectos relacionados con este asentamiento, aparte de los ya mencionados, son: 1998 (3).
La Cogula se sitúa en el punto más alto (406 m.s.n.m., 256 m sobre el nivel de la Depresión de Ulldecona) y abrupto de la subunidad orográfi ca sobre la que se alza también, más al norte, La Ferradura.
La visibilidad desde su cima es excelente a corta, media y larga distancia.
Diversas destrucciones han afectado de forma intensa parte de las estructuras y de la estratigrafía.
Dispone de una única fase de ocupación (mediados del siglo VII a principios del VI ane) y su superfi cie es de unos 300 m 2.
Su localización resulta inverosímil en clave estrictamente económica, especialmente si consideramos una eventual explotación agrícola de su entorno.
La ocupación de cualquiera de los cerros más bajos y más suaves inmediatos, similares a los del resto de núcleos cercanos, habría asegurado, por proximidad y facilidad de acceso, un excelente control de los terrenos agrícolas.
Todo parece indicar, pues, que fue la excelente visibilidad del entorno desde la cima el factor determinante en el proceso de selección: desde aquí se controlan a la perfección los llanos de Vinaroz-Benicarló y de La Galera, así como la línea de costa.
Se ubica, además, relativamente cerca de lo que en aquellos momentos debía ser un importante nudo regional de comunicaciones: la intersección de la ruta de la Hoya con la ruta interior y con la vía este-oeste (ruta del Sénia).
Esta última, de marcado componente regional, conecta la zona de la desembocadura del río Sénia (y por tanto, la costa) con asentamientos construidos a lo largo de su curso (Moleta del Remei, Castell d'Ulldecona, Les Senioles) y, también, con el conjunto de núcleos de la zona del Bellestar (cerca del sector donde nace el río).
Su altura, la difi cultad de sus accesos, la orografía complicada en que se ubica, la excelente visibilidad desde su cima y sus dimensiones reducidas sugieren una función como atalaya.
En El Castell el hábitat protohistórico se ubicaba en la cima de un cerro de 256 m.s.n.m.
(110 m sobre el entorno), situado en el extremo sur de la Hoya de Ulldecona, en una posición bastante centrada en relación al eje de esta depresión.
Ocupado de manera reiterada a lo largo de diversos períodos prehistóricos e históricos, las evidencias muebles e inmuebles indican una ocupación protohistórica con fases del Primer Hierro y del Ibérico Pleno y Final.
El nivel de conocimiento de estas fases es muy reducido, siendo imposible por ahora delimitar la superfi cie y el aspecto de las ocupaciones (Garcia i Rubert et al. 2002: 171-184) (5).
Los pocos datos que barajamos hacen muy difícil defi nir la función del asentamiento.
Cabe suponer su relación con la explotación agraria de las tierras bajas de la Hoya.
Con todo, su localización, en un punto altamente estratégico, parece deberse también a la voluntad de controlar tanto la salida meridional de esta depresión como el cercano paso de la ruta del Sénia.
En la cima del cerro de La Moleta, con una altura de 209 m.s.n.m.
(100 m de altura relativa), se encuentra el poblado de la Moleta del Remei, localizado en las estribaciones meridionales de la Sierra de Montsià.
Es una montaña de no demasiada altura y amplia base, muy próxima a las tierras bajas costeras.
La cima del cerro, de forma pseudo-ovalada, es bastante llana, lo que permitió plantear un asentamiento de notables dimensiones para el período y la zona.
E. Ripoll dirigió los primeros trabajos de excavación de Moleta, realizados en 1961 por el Museo Arqueológico de Barcelona (actual Museu d'Arqueologia de Catalunya) (Pericot 1962: 288).
En 1985 R. Pallarès, F. Gracia y G. Munilla, de la UB, reemprendieron las excavaciones.
En total se identifi caron 66 espacios, entre ámbitos, zonas de paso y estructuras defensivas.
Hasta hace relativamente poco tiempo la superfi cie de ocupación admitida para La Moleta era de casi unos 3.000 m 2.
Esta cifra debe ser rectifi cada al alza, sumando 1.000 m 2 más como resultado de la última actualización, que incluye ya el nuevo barrio puesto al descubierto durante las obras de musealización (Garcia i Rubert 2004).
El grado de arrasamiento del yacimiento es muy alto.
Los trabajos agrícolas constituyen el principal factor de alteración, ya que hicieron desaparecer una parte importante de las estructuras y de los niveles arqueológicos.
Los datos indican, con todo, que La Moleta del Remei fue un importante poblado del Primer Hierro, y que tras un breve hiato habitacional se desarrolló en él una prolongada ocupación ibérica.
Los constructores escogieron un cerro de poca elevación, situado muy cerca de la costa (actualmente a 3,80 km de distancia) y en el extremo oriental de la Ruta del Sénia.
Erigieron un asentamiento de planta pseudo-ovalada, con una superfi cie de ocupación de unos 4.000 m 2 (Fig. 3c).
El planteamiento urbanístico constituye una ligera variante de la ya entonces vieja tradición de los poblados de plaza central, que en este caso recuerda, en la reconstrucción propuesta, una espiral.
Pretendiendo construir un núcleo de grandes dimensiones, se optó por edifi car en la parte más alta de la cima y también en la primera terraza de la vertiente occidental del cerro.
La mayor parte de los ámbitos de este período son de planta rectangular con una superfi cie media de unos 21 m 2 (7 × 3 m aprox.), y en general sin compartimentaciones internas.
En buena parte de ellos se disponen en el centro grandes hogueras circulares y cabe interpretarlos como espacios domésticos ocupados por familias nucleares.
Puntualmente, otros espacios fueron destinados a actividades de carácter especializado (talleres metalúrgicos, establos...).
La muralla que rodea el poblado, con una anchura media de 2 m, presenta una estructura general de paramentos múltiples.
El recinto no disponía de torres: la torre reconocible actualmente en Moleta es un añadido de época ibérica (Garcia i Rubert 2004).
Funcionalmente, interpretamos Moleta como un poblado, el lugar de residencia de diversas familias.
Sant Jaume es un asentamiento ubicado en la cima de un cerro de poca altura (224 m.s.n.m.) de las estribaciones meridionales de la Sierra del Montsiá.
De reducidas dimensiones (500 m 2 aprox.) y planta pseudo-circular, presenta un excelente estado de conservación (Fig. 4).
Hasta el momento ha sido excavado en torno al 35% del conjunto.
Dispone de una única fase de ocupación (mediados del siglo VII a principios del VI ane).
Una red de pasillos amplios y rectilíneos que dibujan ángulos rectos en los puntos de intersección vertebran diversos conjuntos de ámbitos que ocupan, de forma organizada y coherente, la totalidad del espacio interior del asentamiento.
La planta resulta extraña en el ámbito local y carece de paralelos en contextos coetáneos o anteriores.
Parece diseñada con el objetivo de organizar racionalmente el espacio interior defi niendo zonas (los conjuntos de ámbitos anteriormente mencionados) con funcionalidades diferenciadas: un área de almacenes y cuadras, una de talleres y, posiblemente, una propiamente doméstica.
Se trata de edifi cios de diferentes dimensiones, siempre de formato rectangular y con dos plantas.
El piso inferior parece destinado en algunos casos a cumplir la función de establo y en otros a la realización de tareas relacionadas con la transformación de productos agropecuarios.
El piso superior es reservado para el almacenaje de envases, productos manufacturados, materias primas y otros objetos.
Con todo, ninguno de los espacios excavados hasta el momento puede ser considerado un ámbito doméstico.
Su sistema defensivo conjuga tres elementos: una muralla de doble paramento de entre 1,50 y 4 m de ancho, una torre (T1) de extremo redondeado y un singular sistema de protección de la puerta con antemurales (Garcia i Rubert 2009b).
El simple hecho de presentar estructuras de fortifi cación ya resulta reseñable, al ser uno de los primeros asentamientos del nordeste de la Península Ibérica dotado de este tipo de elementos.
Aparte de la cerámica indígena, íntegramente realizada a mano, encontramos en el yacimiento un importante conjunto de cerámica fenicia a torno.
En este lote se incluyen los vasos de transporte y de almacenaje (ánforas T.10.1.2.1 y derivadas, pithoi, Cruz del Negro), ampliamente mayoritarios, y los elementos de vajilla (platos de borde ancho decorados con barniz rojo, platos de borde estrecho, boles carenados, vasos trípode, oenochoai).
En conjunto, los espacios del sector 1/norte estudiados hasta ahora (ámbitos A1, A3, A4, A5, A9, Acceso y vía C1) han proporcionado unos 14.000 fragmen-(6) Véase n.
2. tos cerámicos, de los cuales hasta un 30% corresponden a vasos fenicios.
Este último valor sitúa a Sant Jaume, junto con Aldovesta (Benifallet, Ribera d'Ebre) (Asensio et al. 1994-96; Mascort et al. 1991), como uno de los asentamientos del nordeste peninsular que muestra un mayor impacto de las relaciones comerciales con el mundo fenicio.
Pensamos que este núcleo desempeñó un papel esencial en este marco de relaciones.
Finalmente, apuntamos todavía la notable presencia en el yacimiento de productos y objetos a los que cabe otorgar la consideración de bienes de valor o prestigio, como el vino fenicio almacenado en las ánforas y diversos objetos realizados en bronce (simpulum, colgantes...) y en hierro (asador, cuchillo, hachas...).
Sant Jaume es interpretado en estos momentos como una gran casa aislada y fortifi cada.
La hipótesis descansa sobre las especiales características de sus estructuras arquitectónicas y de su conjunto mueble, la forma singular cómo se organiza y articula el espacio interno y también, en último término, la manera cómo el núcleo se relaciona con los asentamientos cercanos.
En tanto que casa, y ocupada por lo tanto esencialmente por una familia, su singularidad y monumentalidad nos ha llevado a proponer también que se trate del lugar de residencia de un grupo humano revestido en lo sociopolítico de tintes aristocráticos, en la medida que entendemos que el edifi cio es sede de un poder local que busca perpetuarse en el tiempo, mediante la transmisión de este poder por herencia (Garcia i Rubert et al. 2006).
En resumen, el listado funcional de los yacimientos incluye un par de puntos locales de con- trol (Ferradura y Castell), una atalaya con vocación de control regional (Cogula), un poblado (Moleta del Remei) y una gran casa fortifi cada (Sant Jaume).
Estos cinco núcleos son aparentemente erigidos de una vez, en un mismo horizonte del Primer Hierro.
Sus características formales y locacionales sugieren un elevado grado de interrelación entre ellos.
La valoración de esta propuesta, así como la identifi cación de las características del patrón de asentamiento, pasan por el análisis comparativo de estos rasgos.
Partimos de la idea que las comunidades que afrontan la ocupación de un territorio se ven siempre afectadas en sus decisiones por condicionantes de orden interno (objetivos, tradición, etc.) y externo (medio ambiente, entorno orográfi co, etc.)
Pretendemos identifi car cuáles fueron estos constreñimientos y cuál fue el resultado fi nal del proceso.
Los aspectos locacionales de orden geográfi co y orográfi co son esenciales en cualquier estudio de poblamiento.
A continuación analizamos estas características, tratando de identifi car puntos en común y coherencias de funcionamiento que nos permitan entender la naturaleza de las relaciones eventualmente existentes entre los asentamientos.
Alturas y características orográfi cas: las alturas absolutas de los yacimientos mantienen, mayoritariamente, una marcada coherencia general (Fig. 5).
En Ferradura, Moleta, Castell y Sant Jaume están comprendidas entre los 200 y los 270 m.
Sólo Cogula se desmarca, situándose por encima de los 400 m.
Los datos referentes a las alturas sobre el entorno inmediato resultan todavía más signifi cativos, ya que refuerzan lo que las alturas absolutas insinúan: las alturas relativas de los cuatros primeros asentamientos son prácticamente idénticas, con valores siempre alrededor de los 100 m, mientras que Cogula se eleva más de 250 m respecto de su entorno.
Parece claro que en relación a estos parámetros el criterio discriminatorio dominante fue el que apuntan los valores homogéneos del conjunto Moleta-Sant Jaume-Ferradura-Castell.
Se seleccionaron puntos con una altura absoluta discreta, circunstancia que todavía se presenta más restringida en términos de altura relativa.
Los cerros siempre disponen de al menos una vertiente con pendiente suave, mientras que el resto resultan por lo general mucho más abruptas.
Intuimos, pues, que para ubicar estos núcleos se buscaron siempre lugares en altura (con una fi nalidad eminentemente defensiva) pero teniendo especial cuidado en que ello no impidiera en ningún caso el acceso rápido y fácil, desde el asentamiento, a las zonas de cultivo inmediatas y a las vías de comunicación.
La Cogula se desmarca de este criterio general.
Este núcleo no sólo se sitúa a una gran altura absoluta, sino también sobre su entorno inmediato.
A esto se añade que el acceso a la cima resulta más complejo, ya que la pendiente es acusada y las vertientes abruptas.
La selección de esta ubicación da preeminencia a un criterio (el control visual regional) diferente a los valorados para la del resto de asentamientos.
Visibilidad: en este apartado volvemos a encontrar aspectos comunes y diferenciales, en términos similares a los del apartado anterior (Fig. 6).
En Moleta y en Sant Jaume la perspectiva general a media y larga distancia queda limitada por factores orográfi cos en la perspectiva septentrional.
Sin embargo, se dispone de una visión diáfana del conjunto de las tierras situadas entre el río Sénia y las estribaciones meridionales de la Sierra del Montsiá, de las tierras meridionales situadas más allá del Sénia y, también, de la línea costera hasta Peñíscola.
Desde Ferradura y Castell algunas características son similares, ya que las Sierras del Montsià y de Godall actúan igualmente como pantallas orográfi cas.
En cambio, la visibilidad es excelente en términos estrictamente locales, y de manera especial en relación a las vías de comunicación.
Esta cierta homogeneidad de nuevo se rompe cuando analizamos el asentamiento de Cogula.
La gran altura a la que se ubica comporta que la visibilidad desde el núcleo resulte excelente en todas las direcciones: Llano de la Galera, accesos meridional y septentrional a la Hoya de Ulldecona, conjunto del Llano de Vinaroz-Benicarló, línea de costa hasta Peñíscola, ruta del Sénia en su conjunto, Ports de Beseit, etc. La visibilidad a media y larga distancia (es decir, la perspectiva regional) parece la principal razón de ser de su ubicación.
En cambio, la visibilidad desde el resto de núcleos parece pensada en una clave mucho más local, tratando de cubrir aspectos de proximidad: contacto visual entre asentamientos, con-trol de las tierras de cultivo, control de las vías locales de comunicación y de la línea de costa...
Red de caminos: uno de los elementos esenciales para el control efectivo sobre un territorio es que sus comunicaciones internas sean fáciles (Royo 1984: 74).
Observamos en nuestro caso como las vías locales que comunican entre sí los asentamientos son, prácticamente en su totalidad, rápidas y sencillas, sin difi cultades orográfi cas dignas de ser reseñadas.
Las distancias entre los asentamientos y las características orográfi cas de las rutas permiten aproximarse a cualquiera de ellos de manera holgada en una misma jornada.
El estudio de la relación de estos asentamientos con las vías de comunicación reitera el esque-ma que parece agrupar por un lado Moleta, Sant Jaume, Ferradura y Castell y por otro Cogula (Fig. 2).
Los cuatro primeros quedan conectados entre sí de manera rápida por caminos que resiguen accidentes geográfi cos. Entre Sant Jaume y Moleta el camino es prácticamente llano, atravesando perpendicularmente los cursos bajos y suaves de los barrancos de Sant Jaume, Les Forques y Els Castellans.
De aquí, y una vez llegados a la Moleta, el camino de Valldepins permite salir de este territorio y entrar a la Hoya de Ulldecona, accediendo hasta El Castell siguiendo en paralelo, aunque a cierta distancia, el curso del Sénia.
Entre Sant Jaume y Ferradura el camino remonta fácilmente el Barranco de la Roca Roja y efectúa posteriormente un suave descenso a través del Barranco de la Bassa Blanca, hasta llegar a Ferradura.
Vías naturales rápidas y sencillas intercomunican entre sí los cuatro asentamientos.
En cambio, Cogula queda relativamente al margen de este entramado viario, y de nuevo muestra un comportamiento diferente.
La ruta de la Hoya es la vía más próxima, pero lo es tangencialmente, y sin que se intuya la intención de establecer una comunicación directa con ninguno de los otros asentamientos.
Aparentemente, Moleta, Ferradura, Castell y Sant Jaume se construyen en lugares seleccionados, entre otros aspectos, por su proximidad a determinadas vías de comunicación, circunstancia que se obvió en el caso de Cogula.
Recursos hídricos: los barrancos tienen una transcendencia capital para el análisis del poblamiento humano de la zona.
En muchos casos, marcan vías de comunicación entre núcleos.
En cambio, en el ámbito de los recursos hídricos conviene relativizar su importancia.
El agua corre muy esporádicamente por sus lechos, sobre todo durante la primavera y el otoño y a consecuencia de fuertes aguaceros.
En términos hídricos, conviene estudiar las tierras bajas costeras situadas en las inmediaciones de Moleta y de Sant Jaume como el extremo nororiental de una unidad geomorfológica mayor, el Llano de Vinaroz-Benicarló.
A lo largo y ancho de este llano encontramos diversos cursos de agua, como el río Cérvol, la Rambla de Cervera o río Sec, la Rambla de Alcalá, etc. Riachuelos, ríos y ramblas que discurren desde las sierras (especialmente los Ports de Beseit) hasta la costa, cruzando los llanos y corredores y drenando las tierras por donde pasan.
El Sénia es el curso de agua más importante de este territorio.
Nace en los Ports de Beseit-Montañas de Benifassà, en la vertiente contraria a la del punto de nacimiento del río Matarraña (Oliver 1994a: 45).
Como es habitual en los pequeños ríos mediterráneos, tiene su origen en una sierra paralela y próxima a la costa.
Su curso es esencialmente torrencial y su caudal es escaso (1,5 m 3 /s).
El uso hídrico actual del Sénia es insignifi cante.
A su poco caudal se añade que debido al tipo de terreno por el que transita buena parte de sus aguas se acaban perdiendo entre las diaclasas de la Sierra dels Ports, o en los conglomerados y graveras del piedemonte de Vinaroz-Benicarló, contribuyendo, bien es verdad, a la formación de un importante manto freático.
Debido a esta peculiaridad el subsuelo del Llano de Vinaroz-Benicarló acaba almacenando una gran reserva de agua (Sancho 1979: 118-121).
Esta red subterránea de agua potable ha sido explotada de manera ancestral con pozos y norias (no documentados en época protohistórica).
Ha dado lugar también a surgencias naturales, manantiales, balsas y fuentes en las tierras bajas.
Si bien la explotación descontrolada ha provocado actualmente un descenso notable del caudal disponible, diversas referencias antiguas dan fe de numerosas fuentes y balsas naturales distribuidas por todo este territorio (Oliver 1994a: 47).
Esta situación del llano se repite de manera similar, si bien por causas diferentes, en las sierras: tanto la de Godall como la del Montsiá son macizos de constitución caliza, caracterizados internamente por una estructura de tipo cárstico.
El agua circula con profusión por el interior de estas sierras, apareciendo en forma de fuentes naturales.
Aunque no tan numerosos como en el llano, los recursos hídricos están también aquí presentes, circunstancia de especial interés en relación a la ubicación de los asentamientos.
Resulta innegable, por tanto, la existencia en toda esta zona de un notable volumen de agua, indispensable para la vida de las comunidades protohistóricas.
Edafología: una parte del territorio situado inmediatamente al norte de la desembocadura del río está dominado por un paisaje de sierras, con litosuelos mayoritarios.
Puntualmente, algunos se han transformado en rendzinas que, en todo caso, no constituyen unos buenos suelos forestales.
De modo mucho más esporádico, y si la topografía lo permite, las rendzinas pueden evolucionar a suelos pardos, más fértiles, menos secos y más profundos, y que por tanto son mejores suelos forestales.
Sobre relieves más llanos, sobre todo en las partes más bajas de los relieves montañosos, estos suelos son incluso aprovechables para la agricultura.
Con carácter general en este tipo de terreno encontramos actualmente una vegetación de arbustos y matojos (donde destaca el palmito, Chamaerops humilis), así como una explotación agrícola en regresión, de secano, basada en el olivo y el algarrobo.
Aparte de, como decimos, los tramos más bajos de las estribaciones de las sierras, en función del tipo de suelo, de la fuerte pendiente y de la inexistencia durante este período protohistórico de determinadas técnicas agrícolas (como la construcción de bancales) que permitieran poner en funcionamiento con éxito estos ambientes, muy probablemente estas áreas montañosas no fueron utilizadas con fi nalidades agrícolas en el período que nos ocupa.
En el llano cuaternario (Llano de Vinaroz-Benicarló, Hoya de Ulldecona, etc.) la situación es justamente la contraria.
Encontramos una cubierta de suelos rojos y pardos, generalmente bastante gruesos.
Son suelos básicos, pesados y adhesivos, variadamente pedregosos y ricos en arcilla, que retienen nutrientes y agua y muestran una actividad benefi ciosa de los organismos.
Todavía hoy en día se desarrolla en algunos sectores un cultivo basado en el olivo, alternando a menor escala con algarrobos, vid y almendros.
En otros, en cambio, la implantación desde hace años del cultivo de árboles frutales, esencialmente cítricos, ha hecho retroceder los cultivos tradicionales.
En términos generales, las condiciones del sector costero de las inmediaciones de Moleta y de Sant Jaume y del sector de la Hoya de Ulldecona próximo a Ferradura, Cogula y Castell son excelentes para el desarrollo de una agricultura de secano.
Aunque se constata una importante presencia de sectores de sierra dentro de los territorios inmediatos a los yacimientos, la superficie de suelos explotables disponible dentro de las áreas de captación debió resultar completamente sufi ciente para garantizar la supervivencia de estas comunidades.
Distancia entre los asentamientos: se trata de un parámetro clave en este estudio.
Se resume en el hecho de que todos ellos están muy cercanos entre sí, circunstancia atribuible, a nuestro parecer, a la existencia de algún tipo de interrelación entre los núcleos.
1) cómo la máxima distancia (7,50 km) se da entre Castell y Sant Jaume.
El resto mantienen valores extremadamente bajos.
Otros: mencionamos un par de categorías más.
La primera es la proximidad general de los asentamientos a la costa, circunstancia que sugiere un poblamiento claramente relacionado con el mar.
El más alejado es El Castell, ubicado a 9,60 km en línea recta de la costa actual, y el más cercano Sant Jaume, a tan sólo 2 km. Por lo que respecta al resto, la Moleta se sitúa a 3,80 km, La Ferradura a 5,50 km y La Cogula a 4,80 km. Las relaciones comerciales con los navegantes fenicios no debieron ser en nada ajenas a esta circunstancia.
La segunda circunstancia se refi ere a dos aspectos claves en relación a las dimensiones de los núcleos: las notables diferencias que presentan las superfi cies de ocupación respectivas (Fig. 3) y el hecho particular de que en La Moleta del Remei, 4.000 m 2, estemos ante uno de los asentamientos del Primer Hierro de mayores dimensiones de todo el arco costero del nordeste de la Península Ibérica.
La calidad del registro arqueológico ha permitido acotar de manera notable la interpretación funcional de algunos de los núcleos.
Con esta base trataremos de profundizar en las características del patrón de asentamiento y de las razones profundas de su formato.
Un buen punto de inicio de la discusión es la interpretación del minúsculo núcleo de La Cogula como una atalaya.
Entre sus implicaciones, la más importante es la necesidad de identifi car un núcleo cercano de mayor entidad del cual pudiera depender.
Todos los demás núcleos cumplen la premisa de la proximidad: Cogula se encuentra a tan sólo 2,75 km en línea recta de Sant Jaume, a 2,10 km de Moleta, a 2,70 del Castell y a 3,50 km de Ferradura.
En cambio, no se cumple en todos los casos con otra premisa imprescindible para que una atalaya sea efectiva: el contacto visual directo con el núcleo referencial.
Ferradura queda del todo descartado, ya que este contacto no existe (Fig. 6).
Descartado Castell, por la distancia y su excentricidad territorial, Sant Jaume y Moleta restan como las únicas opciones realmente fi rmes.
Ambos presentan atributos similares, pero también otros que los diferencian.
En el apartado de las afi nidades cabe anotar especialmente su localización: situados sobre cerros suaves, están bien protegidos por las sierras que los rodean, abocados a unas tierras bajas y llanas excelentes para la agricultura de secano surcadas por barrancos y riachuelos y con buenos recursos hídricos, y próximos a importantes vías de comunicación locales y regionales.
Las diferencias son, con todo, substanciales.
El tipo de planta de Moleta responde a un modelo arquitectónico y urbanístico de larga implantación en amplios territorios del nordeste peninsular: el de los asentamientos cerrados con plaza o calle central.
Este planteamiento hunde sus raíces en prototipos documentados en las tierras del Segre-Cinca durante los primeros momentos del Bronce Final, como el del poblado de Genó (Aitona, el Segrià) (López 1999: 73; Maya et al. 1998), datado alrededor del siglo XI cal.
Sant Jaume, en cambio, como hemos visto anteriormente, no responde a este modelo.
Las diferencias en las estructuras defensivas también son notables: Sant Jaume presenta un aspecto fortificado (torre, murallas, defensas avanzadas) del cual carece Moleta.
Las dimensiones y formato de los ámbitos interiores también varían en uno y otro caso, y se aprecia como si bien en Moleta cabe considerarlos en la mayoría de casos como espacios de hábitat, no sucede lo mismo con los de Sant Jaume.
La superfi cie es uno de los pocos parámetros comparativos que habitualmente disponemos en los estudios protohistóricos para iniciar el análisis funcional de un asentamiento y su eventual inserción en un conjunto de poblamiento (Moret 1996: 133).
Sant Jaume es un asentamiento muy pequeño (500 m 2 ) mientras que Moleta (4.000 m 2 ) presenta unas notables dimensiones.
Una posible opción interpretativa pasaría por ordenarlos jerárquicamente (y, por tanto, ordenar su respectiva transcendencia social y política) en función exclusivamente del criterio de las superfi cies respectivas, estableciendo un orden de tipo decreciente (Hodder y Orton 1990: 28).
Este postulado funciona bien en el análisis de estrategias de ocupación del territorio emanadas de una organización sociopolítica que priorice la concentración de una parte importante de la población en un gran poblado que actúa asimismo como centro político, como la asociada al sistema oppidum de la Cultura Ibérica (Asensio y Martín 2004: 51; Grau 2002: 90; Sanmartí 2001Sanmartí: 111, 2002Sanmartí, 2004)).
Como Sant Jaume tiene unas dimensiones mucho menores que las de La Moleta, con la aplicación de estas premisas concluiríamos que el primero dependía del segundo y que Moleta habría ejercido las funciones de punto central en este territorio.
Retomando el hilo del que procedíamos, desde este mismo punto de vista Cogula dependería, en tanto que atalaya, de Moleta.
Esta opción no resulta, con todo, plenamente satisfactoria.
Los datos disponibles permiten explorar otras alternativas.
Recordemos que interpretamos Sant Jaume como una casa fortifi cada aislada.
Esta circunstancia supera la importancia del dato de las dimensiones al tratar de establecer su posición política en el conjunto.
Analizado este aspecto a la luz del resto de circunstancias apuntadas la interpretación más coherente consiste en aceptar que este asentamiento fuera la sede de un notable poder local.
La propuesta se fundamenta en aspectos como su potente y singular sistema de fortifi cación, el formato singular de su distribución arquitectónica y de su organización funcional interior y los almacenes con productos de valor que alberga.
Pensamos que es el punto central desde donde se controlaba y organizaba un territorio que incluía, al menos, los asentamientos aquí estudiados.
Su situación geográfi ca en este territorio (Fig. 2) es plenamente coherente con este planteamiento.
En clave interna, su ubicación favorece al ejercicio de un control local efi ciente, ya que se sitúa en el mismo corazón del pequeño territorio local que gestionaría, con un dominio absoluto de las rutas de comunicación.
Este control (al menos visual) podría proyectarse también, de forma efectiva, sobre las rutas y territorios de ámbito regional, gracias al contacto visual directo que Sant Jaume mantiene con la atalaya de La Cogula.
Otro hecho altamente signifi cativo es que permite disponer de un acceso directo y rápido a la costa, donde llegarían de forma más o menos periódica las mercancías fenicias.
En esta nueva propuesta de marco interpretativo Moleta ejercería las funciones de gran poblado, residencia del grueso de la comunidad.
Un grupo de personas y familias en el cual no parecen producirse excesivas diferencias de rango.
La aceptación de esta propuesta implica asumir que en estas tierras y durante este período las dimensiones de los núcleos de población no son un refl ejo lineal de su rango respectivo en el marco de la entidad sociopolítica en la que se integran.
Las circunstancias no permiten en este caso el ordenamiento jerárquico de los núcleos basado en la ecuación "mayor dimensión=mayor entidad": la centralidad política se localiza en realidad en uno de los asentamientos de menores dimensiones.
UNA ENTIDAD POLÍTICO-TERRITORIAL: EL COMPLEJO SANT JAUME
Entendemos por lo tanto que existió una notable relación de dependencia social y política entre Sant Jaume y La Moleta.
Dadas las características locacionales y formales de los asentamientos, resulta lógico pensar que ese control debía proyectarse igualmente sobre el resto de núcleos y el territorio que los acoge.
Un territorio vertebrado desde un núcleo central mediante el establecimiento en puntos estratégicos de núcleos de población dependientes, con formas diferenciadas y funciones especializadas y complementarias, directamente relacionado con la existencia de una marcada jerarquización.
Denominamos a esta entidad político-territorial, conformada por los cinco núcleos estudiados, Complex Sant Jaume (7) (en español, Complejo Sant Jaume, y a partir de ahora, CSJ).
Como opción a explorar en un futuro, no despreciamos la posibilidad de que hubieran formado parte de esta misma entidad política, de una u otra forma, otros asentamientos todavía no localizados situados también en este pequeño territorio, o incluso núcleos ubicados en otras áreas de esta misma región del Sénia.
Las funciones específi cas de cada núcleo resultan complementarias si adoptamos una perspectiva global.
Cogula sólo tiene razón de ser entendida como una atalaya, un punto de control y vigilancia regional, dependiente directamente de Sant Jaume, gran casa fortifi cada y centro político.
Moleta es el lugar de residencia de la mayor parte de esta comunidad de poblamiento.
Ferradura, situada justamente en el inicio de la Ruta interior, vigila y protege el acceso al camino interior que desde la Hoya de Ulldecona conduce hasta las mismas puertas de Sant Jaume y de Moleta.
Sobre El Castell hay poco que decir dado su precario estado de conservación, aunque su rio concreto y más inmediato que consideran propio, así como de sus límites políticos, resultado directo de haber vertebrado este territorio mediante la implantación de una serie de núcleos de entidad política diferencial (Nocete 1988: 129).
El pequeño territorio inmediato que de forma más evidente parece controlar esta comunidad local se enmarcaría a grandes trazos en los siguientes límites (Fig. 2): por el Oeste las estribaciones meridionales de la Sierra de Godall y por el Norte incluiría gran parte del tercio meridional de la Sierra del Montsiá, con La Ferradura y su territorio adyacente como referente último.
Por el Sur resta más difuso, pudiéndose aventurar que viniera marcado por el propio curso del río Sénia y por el Este el control llegaría hasta la misma línea de costa.
Así pues, el control territorial nuclear se extendería por una superfi cie mínima de unos 140 km 2.
Este planteamiento es de una transcendencia notable.
Su complejidad sociopolítica sorprende no tanto por sus características (en realidad, relativamente sencillas) como, sobre todo, por el lugar, el período y el contexto cultural concreto en que la documentamos.
Características que han sido identifi cadas en relación al poblamiento de este sector, como el patrón complejo de asentamiento, las distintas funciones asignadas a los asentamientos y la jerarquía entre los núcleos han servido de base, en el análisis de otras realidades arqueológicas, para defi nir territorios políticos en otros momentos históricos, como por ejemplo, y ya dentro del período ibérico, para tierras catalanas (Sanmartí 2004: 20).
Evidentemente, son notables las diferencias entre los territorios políticos defi nidos para el período ibérico y la entidad del que aquí proponemos, destacando su extensión (mucho mayor en los contextos ibéricos), el volumen de las poblaciones residentes y, sin duda, el grado de complejidad de los sistemas sociopolíticos de los cuales emanan.
La mera identifi cación de un territorio político en esta zona y durante este período resulta destacable, ya que por lo que respecta al nordeste peninsular se ha propuesto que el desarrollo de territorios políticos se produce a partir de la segunda mitad del siglo VI ane, dentro ya del período ibérico (Sanmartí 2004: 20).
Durante la Edad del Bronce, en toda esta área se intuye un proceso general de creciente territorialización, aunque con marcadas diferencias regionales (Albizuri et al. 2011: 11-12).
Parece limitarse, en el mejor de los casos, a una suerte de toma de conciencia, por parte de comunidades que ocupan pequeños poblados autónomos, del limitado territorio dispuesto alrededor del núcleo que cabe considerar como propio.
Esto parece más evidente en los territorios occidentales interiores (con presencia creciente de pequeños poblados estables ubicados en pequeños altozanos) que en la zona litoral y prelitoral, donde dominará en general un modelo de residencia familiar caracterizado por pequeñas granjas autónomas (López 2007: 101).
En el tramo fi nal del Ebro la evidencia es similar: un tipo de poblamiento de poca entidad, disperso y poco numeroso (Asensio et al. 1994(Asensio et al. -1996;;Noguera 2002), aparentemente sin estructuras sociopolíticas supralocales.
Durante el Primer Hierro se producirán, en general, cambios signifi cativos en múltiples aspectos (aumento de la demografía, expansión territorial, establecimiento de relaciones comerciales de ámbito mediterráneo y europeo, etc.), pero seguimos con muy pocos indicios que indiquen la eventual existencia de territorios políticos vertebrados de base polinuclear.
Según los datos, algunos territorios aparentemente despoblados o con una densidad muy baja de ocupación durante el Bronce Final (Tierras del Ebro, Tierras del Sénia, Penedés, Ampurdán) dispondrán a partir del Primer Hierro de una presencia notable de poblamiento, en algún caso acompañado también de cambios importantes en el planteamiento arquitectónico y en la entidad de los asentamientos.
En otros, en cambio, una cierta densidad de población constatada ya durante el Bronce Final se mantendrá o potenciará, como la zona del Segre-Cinca, el Bajo Aragón (valles del Matarraña, Algars, Guadalope...) o el Vallés (Albizuri et al. 2011: 12).
Pero salvo algunos trabajos puntuales que plantearon en su momento esta posibilidad para el Bajo Aragón (Burillo y Picazo 1994: 106), la imagen que en general se transmite (explícita o implícitamente) es la de una ocupación centrada en el poblado sociopolíticamente autónomo, sin presencia aparente de relaciones jerárquicas entre núcleos ni poderes supralocales (López 2007: 101 y 108; Moret et al. 2006: 236-237).
La posible concreción de territorios políticos parecidos al que aquí proponemos sólo parece poder identifi carse, de manera casi coetánea, en el caso del asentamiento fortifi cado de Els Vilars (Arbeca, Les Garrigues).
Los investigadores defi enden la aparición de jerarquías incipientes en la zona a partir aproximadamente del siglo VIII ane, plasmadas sobre el territorio en un modelo polinuclear caracterizado por la existencia de un centro político fortifi cado (Els Vilars), residencia de un jefe, del cual dependerían algunos núcleos menores cercanos (G. I.P. 2003: 256-260).
Hasta mediados del siglo VI ane, en los albores ya del período Ibérico Antiguo, no encontraremos nuevos modelos sociopolíticos de vertebración territorial de carácter polinuclear, ya sea a partir del modelo aristocrático de las casas-torre del Bajo Aragón, la Terra Alta y la Ribera d'Ebre (Moret et al. 2006: 244) o bien centrados alrededor de poblados/centros políticos de dimensiones ya muy notables, como el Puig de Sant Andreu (Ullastret, Empordà) (Martín 1995: 425; Sanmartí et al. 2006: 153).
Visto en perspectiva resulta evidente que el modelo político-territorial plurinuclear del CSJ representa en estos momentos un planteamiento precoz y original para esta zona.
Con todo, cabe pensar que muy probablemente esta singularidad es más aparente que real, y que la continuidad de la investigación permitirá identifi car fenómenos similares en otros conjuntos de poblamiento coetáneos del nordeste peninsular.
Esto podría suceder en los propios territorios regados por el Sénia, donde encontramos asentamientos como El Puig de la Misericòrdia (Vinaroz), extraordinariamente parecido formalmente a Sant Jaume y defi nido por A. Oliver (1994Oliver (, 2004) ) como una "casa fortifi cada", asociado a un poblado cercano y de dimensiones notablemente mayores como El Puig de la Nau de Benicarló.
SUMANDO ARGUMENTOS: UNA REFLEXIÓN SOBRE LAS ÁREAS DE CAPTACIÓN
El territorio de explotación de un asentamiento es defi nido por V. M. Fernández y G. Ruiz Zapatero (1984: 59) como el área directamente accesible a la explotación habitual de sus ocupantes, circunstancia mensurable en función del factor tiempo/distancia.
Según la convención más utilizada este área se extendería a un máximo de una hora de viaje a pie desde el núcleo, es decir, a unos 5 km alrededor (Dennell 1978; Fernández y Zapatero 1984: 60).
Se trata de territorios de explotación teóricos, y conviene ser muy prudentes al utilizar este parámetro en estudios de poblamiento.
En todo caso, podemos entenderlo como un parámetro de carácter exploratorio (Diloli 1998: 297), válido para realizar una aproximación general a las áreas que de manera verosímil podrían haber sido controladas/explotadas de forma directa por los asentamientos.
La plasmación gráfi ca del parámetro de los 5 km en torno a los diversos asentamientos del CSJ permite visualizar la superposición masiva de los respectivos territorios teóricos de explotación (Fig. 6).
De hecho, el territorio ideal de explotación de cada uno de ellos incluye, en la mayoría de casos, al resto de puntos habitados.
Si los diversos asentamientos hubieran tenido un funcionamiento autónomo, esta disposición habría comportado el rápido desarrollo de fuertes tensiones, resultado de las más que previsibles disputas por el acceso a las tierras de cultivo y a otros recursos esenciales.
Tanto la extrema proximidad de los asentamientos como la superposición casi total de los respectivos territorios teóricos de explotación representan potentes argumentos añadidos al resto de circunstancias ya expuestas.
Globalmente indican que no estamos ante asentamientos de funcionamiento autónomo sino relacionados de algún modo.
En último término, la probable participación de todos los asentamientos en una misma entidad político-territorial hace irrelevante la superposición extrema de sus territorios de explotación.
SOBRE EL EVENTUAL SISTEMA SOCIOPOLÍTICO DEL CSJ
Hemos descrito, a partir de los datos relativos a la defi nición del patrón de asentamiento, como en un momento datado aproximadamente a mediados del siglo VII ane una comunidad humana caracterizada por un nivel de organización sociopolítica notable coloniza, al parecer, este área de la desembocadura del río Sénia.
Analizaron sus virtudes y sus defectos desde el punto de vista geoestratégico, identifi caron los lugares de ubicación de los núcleos principales y decidieron cuántos asentamientos menores será necesario construir.
Edifi caron al menos cinco núcleos, muy próximos entre sí y de formato, dimensiones y funciones muy diferentes, situados la mayor parte de ellos en cimas con alturas absolutas y relativas discretas, en puntos cercanos a la línea de costa (circunstancia sin duda relacionada con el establecimiento de relaciones comerciales con el mundo fenicio, aspecto clave, a nuestro entender, de este proceso colonizador), asociados a excelentes vías de comunicación, a puntos de obtención de agua y a buenos suelos agrícolas.
Estos asentamientos conforman una comunidad local constituida en unidad política, una entidad político-territorial que hemos denominado Complejo Sant Jaume.
Resulta pertinente considerar original y de gran alcance el programa arquitectónico desplegado, en función del contexto cronocultural y del lugar en que se produce.
Este grupo se establece aquí desarrollando un programa arquitectónico y de ocupación del territorio (revelado por el análisis del patrón de asentamiento) global, ambicioso, organizado y coherente.
Entre sus objetivos creemos identifi car la voluntad de consolidar las incipientes relaciones comerciales establecidas probablemente poco antes con los navegantes fenicios, la intención de asegurarse una posición hegemónica en relación al control de estos contactos y a la entrada de productos exóticos a la zona y el mantenimiento y reproducción del sistema sociopolítico y económico en función del cual esta comunidad se organiza.
Añadir, también, la voluntad de fi jar unas relaciones físicas y visuales (distancias, comunicaciones, etc.) determinadas entre los núcleos, las cuales favorecieran el control del conjunto de la comunidad por parte de la élite.
Tras este análisis cabe concluir que la emergencia de liderazgos fuertes en esta región durante el Primer Hierro se concreta en la implantación de un modelo caracterizado, entre muchos otros aspectos, por la segregación residencial de un pequeño grupo de la sociedad respecto del resto (8).
La sociedad se divide físicamente en dos de manera desigual, tanto por lo que respecta al número de individuos como al rango de éstos.
La parte alta de la pirámide social pretende y consigue disponer de un espacio de hábitat propio, diferenciado, aislado y mayor que los del resto de la comunidad.
Conviene no olvidar que se trata también de un edifi cio extraordinariamente simbólico, resultado directo de su singular aspecto fortifi cado.
El modelo sociopolítico del CSJ parece similar en su esencia al que P. Moret propuso para explicar el sistema sociopolítico y económico asociado al fenómeno de las "casas-torre" del Ibérico Antiguo, identifi cadas en el Bajo Aragón, la Terra Alta y el Baix Ebre.
La "casa-torre", de manera similar al caso de Sant Jaume, es un tipo de vivienda aislada, con aspecto monumental y fortifi cado, donde residiría una familia (Moret 2002: 72; Moret et al. 2006: 63).
Según Moret (2001b), estos edifi cios, con el caso paradigmático del Tossal Montañés (Vall del Tormo, Matarraña), representarían como una aristocracia local emergente se singularizaría del resto de la comunidad, la cual debía ocupar otros núcleos cercanos dependientes (Moret 2001a: 100; Moret et al. 2006: 244) (9).
Las élites locales de uno y otro territorio optan, para concretar esta singularización y tratar de consolidar y reproducir los privilegios obtenidos, por desarrollar modelos y programas arquitectónicos (e incluso implementar patrones de asentamiento) de nuevo cuño.
Los dos ejemplos de edifi cios aislados presentan formatos muy diferentes entre sí (grandes residencias fortifi cadas en el Sénia durante el siglo VII ane, casas-torre en el Bajo Aragón durante el VI ane) como resulta-(8) Otros autores han aplicado el término "segregar" para referirse a la plasmación arquitectónica de modelos de organización social de tipo jefatura (Wagner 1990).
(9) El modelo de las casas-torre, magnífi camente defi nido en el plano teórico por P. Moret, merecería en los próximos años un análisis todavía más profundo si cabe, contemplando el estudio de uno de estos centros políticos y del conjunto de sus supuestos caseríos y poblados dependientes.
Ello redundaría en la correcta e integral contrastación de la propuesta, y en una mejor defi nición global del sistema de integración sociopolítica.
do probable de los parámetros diversos que condicionan su aparición: el territorio, el marco socioeconómico, la tradición histórica, la magnitud demográfi ca de las comunidades, los contactos más o menos intensos y directos con otras comunidades y/o culturas y la cronología.
Independientemente de su plasmación física última, comprobamos cómo los responsables tienen presente, en los dos casos, la necesidad de que el diseño de estos edifi cios incluya la utilización del lenguaje formal propio de las fortifi caciones y el aprovechamiento de su enorme potencial semiótico.
Su sola existencia es el mejor argumento para defender que en los dos casos estamos ante un fenómeno de esencia aristocrática.
Se diseña y en último término se edifi can casas fortifi cadas, que con toda probabilidad (y por el hecho de ser también casas, además de sedes de poder) han de albergar a aquél que en un momento puntual propone y consigue concretar su construcción y también a sus descendientes.
Ello implica que estos mismos personajes pretenden, algún día, transmitir a sus descendientes conjuntamente con esa casa aislada los privilegios sociales y políticos obtenidos a título personal y que precisamente habrían hecho factible que la poseyera y que la usara.
Sus características parecen indicar que como ha sido documentado antropológicamente en otras latitudes y momentos históricos (Henderson y Ostler 2005: 16), las élites políticas de la zona habían obtenido ya la capacidad de construir y conservar sus casas como lugares centrales en el contexto general de la comunidad.
Más aún: la propia residencia del jefe era un recurso material potencialmente heredable y había adoptado, al menos en el plano teórico, el rol institucional de transmitir el poder y la riqueza a través de las sucesivas generaciones.
En defi nitiva, estos edificios son con toda probabilidad auténticas expresiones físicas del fenómeno aristocrático emergente que los genera (Moret et al. 2006: 244), exaltación de la potencia y del prestigio del sector de la sociedad que los hizo erigir y que en último término los ocupó (Moret 1996: 300).
El formato arquitectónico de los núcleos de hábitat y el patrón de asentamiento, en tanto que plasmaciones físicas del orden organizativo sociopolítico que los produce, resultan esenciales en el análisis sistémico.
Los planteamientos urbanísticos y arquitectónicos de los diversos asentamientos que conforman el CSJ presentan un factor de diferenciación muy alto, circunstancia que se reproduce en la disposición sobre el territorio, y que desde nuestro punto de vista responde a la existencia de unas notables diferencias de rango en el seno de la sociedad.
Tanto en los sistemas de big man como en los de jefatura las poblaciones humanas pueden ocupar una diversidad de asentamientos aunque conformen una unidad política única (Johnson y Earle 2003: 133 y 257), circunstancia que podría utilizarse como argumento para defender como propio del CSJ el primero de los sistemas.
El caso que nos ocupa, con todo, se caracteriza especialmente por un parámetro diferenciador que permite descartar esta posibilidad, y es el hecho que la comunidad del CSJ no esté distribuida en los diversos asentamientos de forma igualitaria o pseudo-igualitaria: en uno de los asentamientos tan sólo reside la élite de la comunidad, un grupo posiblemente familiar, con un personaje principal al frente, al cual atribuimos la voluntad de transmitir a sus descendientes su situación de privilegio.
Se ha constatado (Harding 2003: 380-381; John son y Earle 2003: 278) que todas las características que atribuimos al CSJ (marcada diferencia de rango, carácter hereditario del poder, posible intento de institucionalización del poder, acceso diferencial a los bienes de valor, diferencias en la arquitectura y formato de los asentamientos en función del rango de los residentes, centralización, etc.) bastan para inferir que la forma básica de organización sociopolítica de entidades político-territoriales similares al Complejo Sant Jaume se aproxima a lo que es propio de los sistemas de jefatura.
En Sant Jaume, pues, pensamos que habría residido un jefe, muy probablemente de forma conjunta con su familia más cercana.
Bajo la etiqueta "jefatura" se esconden expresiones y esquemas sociopolíticos bastante variables, como los diversos estudios van haciendo cada vez más y más evidente (Carneiro 1981: 46; Chabal et al. 2004: 27; Earle 1991: 2).
El concepto de jefatura defi ne formas numerosas de organización de amplio espectro, que van desde las sociedades que justamente están evolucionando desde la colectividad propia de los sistemas de big-man a otras con un largo recorrido en el camino de convertirse en estado (Johnson y Earle 2003: 255).
Es decir, existen muchas posibles variantes, con un nivel de complejidad y unas magnitudes muy diversas.
La organización del CSJ parece situarse en el principio de esta horquilla de posibilidades, y pensamos que cabría defi nirla, por lo tanto, como una jefatura simple, de carácter incipiente/emergente.
La aparición de pequeñas jefaturas y la emergencia de los primeros comportamientos aristocráticos en el nordeste de la Península Ibérica durante el Primer Hierro es probablemente un fenómeno de desarrollo desigual y puntual, caracterizado por un bajo nivel de complejidad y por una alta inestabilidad.
En territorios cercanos al área del Sénia, como el curso bajo del río Ebro, no ha sido posible por ahora identifi car coetáneamente patrones de asentamiento complejos ni sistemas de integración sociopolítica similares a los que aquí estamos describiendo.
En cambio, comunidades localizadas en otras áreas más alejadas, como las del llano occidental catalán, desarrollan en momentos similares, y en función de fenómenos y circunstancias posiblemente muy diferentes a los que observamos coetáneamente en las tierras del Sénia, sistemas sociopolíticos que han sido también interpretados como jefaturas simples (G. I.P. 2003: 256-260; Junyent 2002: Fig. 3).
Hacia mediados del siglo VII ane, en el contexto cronocultural del Primer Hierro, documentamos en las tierras del río Sénia la implantación de diversas agrupaciones de núcleos de hábitat.
El estudio del patrón de asentamiento de la situada al norte de la desembocadura del Sénia, formada por los núcleos de Sant Jaume, Moleta del Remei, Ferradura, Cogula y Castell, pone de manifi esto la existencia de intensas relaciones sociopolíticas entre ellos.
Se caracteriza, en primer lugar, por la selección de unos puntos de ocupación muy cercanos entre sí.
La mayoría son erigidos en cimas con alturas absolutas y relativas discretas, muy cercanas a la costa y asociadas a excelentes vías de comunicación, a puntos de obtención de agua y a buenos suelos agrícolas.
Con todo, alguno de los núcleos (que presentan además formatos muy diferentes entre sí) no responde exactamente a la totalidad de este patrón (diverge especialmente el de La Cogula), y su localización específi ca parece responder al ejercicio de funcionalidades diferentes y complementarias.
Tipológicamente, en esta agrupación identifi camos un gran poblado (Moleta), un par de pequeños asentamientos orientados al control de rutas locales y regionales (Ferradura y Castell), una atalaya (Cogula) y una gran casa fortifi cada (Sant Jaume).
Todas estas características sugieren un notable grado de jerarquización entre los asentamientos y la defi nición de un territorio político.
A nuestro entender, esta jerarquización es la plasmación física de un sistema sociopolítico de tipo jefatura simple, cuyo centro político se ubicaría en el núcleo de Sant Jaume.
El territorio político más inmediato controlado desde este asentamiento incluiría la comunidad local conformada por él y por el resto de los asentamientos estudiados.
Denominamos a esta entidad político-territorial Complex Sant Jaume (Complejo Sant Jaume, CSJ).
Su génesis y desarrollo debieron depender de múltiples causas, aunque cabe asignar al establecimiento de contactos directos y estables con los comerciantes fenicios un papel esencial.
La existencia en la zona de un territorio político de base polinuclear regido por un sistema de jefatura simple representa, por su precocidad y excepcionalidad, una importante novedad en el marco del estudio de los patrones de asentamiento y de los sistemas sociales y políticos de las primeras etapas protohistóricas en el área del nordeste de la Península Ibérica.
Con todo, su aparente excepcionalidad puede desaparecer rápidamente a medida que futuras investigaciones permitan identifi car otros territorios políticos de características similares, coetáneos o incluso anteriores, en esta misma zona.
aportaciones al estudio de los patrones de asentamiento en el nordeste de la Península Ibérica durante la Primera Edad del Hierro. |
La Dolina de l'Esquerda de les Alzines constituye el primer yacimiento del Pleistoceno superior del macizo del Garraf que ha proporcionado abundantes restos líticos del Paleolítico.
Los caracteres de este conjunto así como los datos cronológicos no permiten ubicarlo en los grupos tipológicos del Paleolítico medio ni del superior.
La singularidad de esta nueva localidad radica en su ubicación en el interior de una dolina, un tipo de depósito poco habitual en el registro del Pleistoceno medio y superior de la Península Ibérica.
El yacimiento presenta un conjunto lítico homogéneo, del cual se han analizado 1.067 restos para este trabajo.
Predominan las estrategias de reducción de núcleos encaminadas a la producción de lascas y a la confi guración de artefactos con morfologías convergentes.
Destacamos también la presencia, aunque en escaso número, de artefactos habituales en los conjuntos del Paleolítico superior.
En esta misma área (Fig. 1) otras simas, dolinas y cuevas han proporcionado también abundantes restos de fauna e industria lítica del Pleistoceno superior (1).
El yacimiento se ubica en el interior de una dolina.
Los restos recuperados corresponden mayoritariamente a industria lítica que proviene de dos conjuntos diferenciados: uno, sin estratigrafía, con industria lítica (NR = 946) y cerámica prehistórica (NR = 9), procede de sedimentos extraídos por espeleólogos de la parte central de la dolina (2).
El segundo conjunto comprende industria lítica (NR = 121), cerámica (NR = 8) y carbones, recuperados in situ en la excavación de los niveles y sectores de la parte NE del relleno de la dolina (Fig. 2).
Durante las campañas efectuadas entre los años 2004 y 2009 se ha tamizado unos 48 m 3 de sedimento, procedente de las extracciones realizadas por los espeleólogos y se ha excavado unos 16 m 2 del relleno original en la parte central de la dolina.
El estudio de los restos recuperados así como la estratigrafía y excavación de la Dolina de l'Esquerda de les Alzines son coherentes y
Manuscrito inédito. demuestran una homogeneidad en el conjunto lítico que se presenta en este trabajo.
GEOLOGÍA, ESTRATIGRAFÍA Y CRONOLOGÍA DEL YACIMIENTO
La Dolina de l'Esquerda de les Alzines es una depresión en forma de cubeta desarrollada sobre las calizas del Cretácico inferior que forman la penillanura del macizo del Garraf.
La dolina en cuestión presenta unas dimensiones medias en comparación con otras de las mismas características.
Es de planta ovalada de 40 m de longitud por 30 m de anchura y un desnivel de 7 m entre la parte exterior más elevada y la central más profunda.
La potencia del relleno sedimentario varía en función de la morfología de la propia dolina con un máximo de 4,5 m en la parte central.
La morfología de la Dolina de l'Esquerda de les Alzines se adscribe a las dolinas con bajo índice de concavidad ya descritas en el macizo del Garraf (Montoriol y Muntan 1959), así como a los modelos de disolución (Ford y Williams 1989; Waltham et al. 2005).
En su interior, como es habitual en estos tipos de contextos, se ha desarrollado una red subterránea formada por cuatro simas, algunas de las cuales han provocado colapsos de sedimentos hacia el interior del karst.
L'Avenc Gran de les Alzines destaca por sus mayores dimensiones y proximidad al yacimiento arqueológico.
La apertura del acceso a esta sima ha provocado que una parte importante del yacimiento se haya destruido por la extracción de sedimento realizada por los espeleólogos.
La dolina ha sido dividida en cuatro sectores de intervención arqueológica.
Los datos estratigráfi cos proceden de estos sectores.
El Sector I y el Sector III se ubican en el centro de la dolina, donde han sido hallados los restos de industria lítica paleolítica (Fig. 3).
Del Sector II situado a unos 12 m del centro proceden los restos de cerámicas de la Edad del Bronce.
Finalmente, en el Sector IV se realizó un sondeo mecánico en el extremo suroeste de la dolina junto a la sima conocida como l'Avenc dels Arqueòlegs.
La base del yacimiento (niveles E, G1, I) son brechas y conglomerados cementados que se dis- ponen directamente sobre las calizas mesozoicas con una potencia entre 50 cm y 1 m.
Estos niveles buzan hacia la parte central de la dolina y se adscriben a un momento impreciso entre el Plioceno y el Pleistoceno medio.
Por encima se desarrollan niveles discordantes en base a lutitas compactadas con cantos, en porcentajes diferenciados, y 1 m de espesor aproximadamente.
En estas acumulaciones se distinguen dos momentos: uno estratigráfi camente más antiguo, con más cantos (nivel H) y separado mediante grandes bloques del segundo, más reciente, con dominio de fi nos y menos cantos (niveles C y C2).
Precisamente en este segundo nivel (C y C2) se halla la industria lítica paleolítica.
La separación en C y C2, aunque correspondan al mismo nivel, se ha establecido por la inexistencia de contacto físico entre ambos, debido a la extracción de sedi mentos por los espeleólogos.
El nivel C2 y los superiores han sido afectados parcial y posteriormente por combustiones, documentadas por un sedimento rubefactado y carbones, hecho que, junto a la baja tasa de sedimentación, ha provocado el probable rejuvenecimiento de la edad del nivel C2: 18.200 ± 1689 años BP mediante TL según el método de las dosis aditivas (Tab.
La fecha de este nivel ha sido obtenida también mediante la datación por TL de un sílex termoalterado procedente del nivel C, que ha proporcionado una edad de 22.744 ± 1605 años BP (Tab.
Cronológicamente los primeros niveles más recientes de la dolina se sitúan entre la Edad del Bronce y la Edad del Hierro (niveles D2, D1 y B1) con tan sólo nueve restos cerámicos.
Los niveles arqueológicos fi nales van desde época romana hasta el presente (niveles D, B).
En ellos se han recuperado restos aislados de fauna (Cervus elaphus y Bos taurus), así como carbones y las combustiones de las cuales proceden.
El techo de la secuencia estratigráfi ca está formado por los cantos subangulares del suelo actual de la dolina (nivel 1).
A causa del buzamiento producido por la morfología cóncava de la dolina, los niveles más recientes del Sector II se localizan casi en la superfi cie actual.
Los fragmentos cerámicos asociados a la industria lítica en el conjunto mezclado (NR = 8) se deben, muy probablemente, a la mezcla de los niveles por los espeleólogos.
En la excavación de los niveles paleolíticos C y C2, de donde proceden la totalidad de los restos en posición estratigráfi ca, no se han documentado cerámicas.
Éstos proceden del nivel B1 del Sector II, a 12 m de los sectores I-III del centro de la Dolina.
Dataciones de C 14 (AMS) y OSL/TL del yacimiento de la Dolina de l'Esquerda de les Alzines.
Los intervalos y calibración de las fechas de C 14 se han obtenido a partir del modelo CalPal_Hulu_Online (basado en Weninger y Jöris 2008).
Los sedimentos (niveles 1, B, B1, C, C2, D, E y H) mezclados por los espeleólogos y depositados en el exterior de la dolina son grandes bloques con escasa presencia de fi nos, probablemente por su lavado.
ANÁLISIS DE LA INDUSTRIA LÍTICA
El conjunto lítico analizado consta de 1.067 artefactos, que si bien no son todos los recuperados en el yacimiento (unos 2.000), son signifi cativos para comprender la tecnología desarrollada.
Hemos diferenciado los restos que proceden de la excavación, cuyo contexto estratigráfi co preciso y seguro se conoce (se analizan 121), y los procedentes del sedimento mezclado.
En este estudio se excluyen los artefactos confi gurados con extracciones inciertas por la elevada alteración posdeposicional.
La mayoría de los restos líticos se hallan fuertemente patinados e incluso deshidratados.
Los fenómenos de abra-sión de los bordes y de las aristas observados en algunas piezas, signifi can que han estado afectados por el agua y están en posición secundaria.
Además, parte del material presenta extracciones cuyas características (levantamientos marginales y discontinuos, normalmente de dirección alterna) podrían ser el efecto de procesos posdeposicionales.
En los porcentajes de agrupaciones de objetos por materias primas (Tab.
2) no se diferencia el conjunto procedente del nivel C-C2 del que procede de los sedimentos fuera de contexto.
Domina el cuarzo en ambos con un 66,1% de los efectivos en el conjunto excavado y un 58,6% en el mezclado.
Los porcentajes del resto de materiales (arenisca, caliza, cuarcita y rocas metamórfi cas) son mucho menos signifi cativos.
Encontramos rocas metamórfi cas sólo en el conjunto mezclado, si bien su porcentaje es muy reducido.
Las materias primas nos aportan la mayor información sobre la movilidad de los grupos humanos, tal y como han propuesto un buen nú mero de investigadores (Blades 1999; Feblot-Augustin 1993, 2008 (3); entre otros) en otras regiones.
Según un primer análisis macroscópico de las disponibles en el yacimiento éstas pueden tener orígenes muy diferenciados.
Abarcan desde los afl oramientos paleozoicos, con distintos grados de metamorfi zación, presentes en la orla del macizo del Garraf y de la sierra de Collserola, los conglomerados rojizos triásicos del Buntsandstein, conocidos en gran parte del macizo a las calizas mesozoicas del Garraf y los ríos y rieras próximos que cruzan todas estas unidades litológicas.
Si consideramos los afl oramientos primarios y secundarios potenciales el radio de aprovisionamiento del yacimiento se situaría entre los 3 y 12 km de la dolina.
Es difícil determinar con exactitud la procedencia de cuarzos y cuarcitas ya que afl oran en numerosas zonas, asociados tanto a los conglomerados del Buntsandstein como a los estratos del Paleozoico y son transportados por las distintas rieras hacia el Llobregat o el mar.
El estado de la corteza de estas materias primas podría ayudar a precisar la fuente de aprovisionamiento.
Sin embargo, como en los estratos del Triásico, hay cantos de cuarzo redondeados, como algunos de los localizados en el yacimiento, se puede confundir el área de captación de un aprovisionamiento primario como podrían ser los afl oramien- tos del Buntsandstein con uno secundario, como los ríos y rieras.
El yacimiento tiene unos índices muy elevados de cuarzo (se acercan al 60%) bien documentados en otras localidades catalanas, como l'Arbreda, con niveles de hasta el 75% (4); (Duran y Soler 2006) o la Roca dels Bous (Martínez et al. 1994).
En la Dolina de l'Esquerda de les Alzines están relacionados con la composición litológica del propio macizo y de su relieve.
Las calizas dominan en toda la zona central y oeste, mientras hay cuarzos y cuarcitas en toda la orla del litoral de levante, a una distancia mínima de unos 3 km del yacimiento.
El sílex tiene similitudes macroscópicas con el que se localiza en afl oramientos de la Depresión del Penedès, a unos 20 km. Este tipo de "sílex del Penedès" ha sido documentado en otros yacimientos al aire libre de la misma cuenca (Mir y Freixes 1987; Freixes 1997).
Forma parte también de las litologías del Abric Romaní (5), ya que se halla muy extendido en sus proximidades, tanto en las barras de conglomerados como en los ríos y rieras que drenan en la parte de la depresión próxima a la zona del Riudebitlles.
En este caso tampoco la corteza del material permite diferenciar entre una fuente primaria y secundaria.
El Llobregat transporta este tipo de sílex a través de su afl uente, el río Anoia.
La mayor proximidad del yacimiento al Llobregat (unos 10 km) que a los afl oramientos del Penedès (unos 20 km) podría sugerir un aprovisionamiento de sílex fl uvial.
(5) Gómez, B. 2007: Áreas de captación y estratégias de aprovisionamiento de rocas síliceas en el nivel L de l'Abric Romaní (Capellades, Barcelona) excavación de los niveles en posición estratigráfi ca, no se ha documentado el uso de jaspe o de sílex asociado a los afl oramientos del Morrot de Montjuïc (Barcelona).
La ausencia de jaspe en el yacimiento se puede relacionar con la propuesta cronológica de su explotación que se sitúa posterior al epipaleolítico a partir del yacimiento del Morrot (Carbonell et al. 1997).
Remarcamos que la mayoría de las litologías identifi cadas en el yacimiento (sílex, cuarzo, metamórfi cas y areniscas), están presentes en contextos primarios y secundarios.
Cuando disponemos de núcleos poco explotados o cantos, el estado de la corteza podría indicar un aprovisionamiento secundario, probablemente relacionado con el río Llobregat.
En la clasifi cación de la industria por categorías estructurales hemos considerado solamente las bases naturales, los núcleos, los artefactos confi gurados y los productos de talla.
Esta última categoría incluye todos los restos generados con la modifi cación de los objetos, sean lascas o sus fragmentos de lasca (Tab.
No se han apreciado diferencias substanciales entre el conjunto lítico procedente del nivel C-C2 y el de los sedimentos mezclados.
Los confi gurados representan entre un 7,5% y un 11,5% del total de los objetos.
Los núcleos tienen un porcentaje bajo, con unos índices máximos del 2,4% en el conjunto mezclado.
Las bases naturales testimoniales sólo se documentan en el conjunto mezclado.
El análisis de los núcleos, aunque sean pocos, nos informa sobre las estrategias de talla desarrolladas en el yacimiento (Fig. 4).
Hay un claro predominio de las estrategias dirigidas a la pro-ducción de lascas.
Sólo uno de los núcleos, recuperado en el conjunto mezclado, tiene morfología prismática con extracciones de tipo laminar.
El estudio de los productos de talla confi rma el carácter no laminar de la industria: sólo dos piezas tienen morfometría laminar, con índice de alargamiento superior a 2.
La mayor parte de los núcleos corresponden a estrategias de reducción bifacial centrípeta.
Los núcleos discoidales son el tipo de explotación más representado (10 de 24 núcleos identifi cados).
Algunos núcleos bifaciales jerarquizan las superfi cies de talla: una de las caras que sirve como superfi cie de explotación preferencial y la opuesta funciona como plano de preparación de los puntos de impacto.
Esta jerarquización facial permite incluir estos núcleos en las estrategias de talla levallois.
Finalmente, también hay núcleos multifaciales con morfologías poliédricas.
Si analizamos la industria según la Tipología Analítica (Laplace 1974) los artefactos retocados se distribuyen en función de la materia prima.
La mayor parte de las piezas retocadas están realizadas en sílex (11 de las 14 del conjunto excavado y 64 de las 71 del mezclado).
Ello parece indicar la selección preferencial de este tipo de material para la fabricación de artefactos confi gurados, sin descartar un sesgo debido a la difi cultad de identifi car los retoques en las piezas de cuarzo.
Destacamos la asociación entre las rocas menos representadas y los cantos tallados.
Este grupo incluye artefactos sobre arenisca, cuarcita, roca metamórfi ca y sílex.
Muchas de las piezas retocadas han sido difícilmente asimilables a cualquiera de los grupos tipológicos contemplados en el método de Laplace (1974), debiendo incluirlos en el grupo de objetos indiferenciados con retoques simples, abruptos o planos (Tab.
Hay 85 artefactos confi gurados incluyendo una pieza doble, con lo que el número de tipos primarios asciende a 86.
Observamos un predominio del retoque simple (48% de los tipos primarios), sobre el abrupto (un 28%), el resto de grupos tiene porcentajes muy bajos.
El grupo tipológico más representado es el de los simples indiferenciados (24,4%), seguido por los denticulados (22%) y los abruptos indiferenciados (20,9%).
Los artefactos típicos del Paleolítico superior son poco frecuentes, destacan los raspadores (hasta el 6,9% del total), de forma puntual los buriles (dentro del conjunto mezclado) y la truncadura.
Del resto de artefactos con posible signifi cado cronocultural señalamos un geométrico procedente del conjunto mezclado.
Buena parte de los artefactos confi gurados muestran morfologías convergentes creadas mediante el retoque.
Se quiere generalmente producir triedros distales.
Esta característica da coherencia al conjunto retocado y puede quedar enmascarada si nos fi jamos solamente en la distribución por tipos primarios y grupos tipológicos, ya que estos artefactos convergentes están en distintos grupos, clasifi cados como denticulados, perforadores y simples o abruptos indiferenciados.
Hasta los cantos tallados tienden a la morfología apuntada.
La variabilidad tipológica que muestra la tabla 4 en buena parte resulta del sistema de análisis y clasifi cación utilizado, ya que la tendencia a crear formas apuntadas singulariza el conjunto retocado (Fig. 5).
La intervención arqueológica y el estudio de los materiales líticos de la Dolina de l'Esquerda de les Alzines ponen de manifi esto la importancia que ha tenido durante la Prehistoria el medio forestal y las zonas elevadas del macizo kárstico del Garraf.
En la actualidad este espacio dispone de escasas condiciones de habitabilidad y se desconocía la existencia de yacimientos paleolí ticos.
La presencia humana en la dolina se documenta en dos momentos.
El primero, niveles B1 y D1, dispone de algunos restos de cerámicas prehistóricas del Bronce y de la Edad del Hierro.
Son niveles casi superfi ciales y en algunas zonas coinciden con el suelo actual de la dolina.
El segundo, niveles C y C2, localizado sólo en el centro de la dolina, tiene una fecha de ~22 ka BP, sin restos cerámicos y con industria lítica paleolítica.
El estudio de los materiales recuperados en los sedimentos extraídos por los espeleólogos verifi ca que están fuera de contexto estratigráfi co, pero presentan las mismas características que los procedentes de la excavación in situ (niveles C y C2).
El conjunto lítico de la Dolina de l'Esquerda de les Alzines presenta una baja estandarización, aunque se tiende en general a crear artefactos con morfologías convergentes de tipo triedro, con independencia de los grupos tipológicos.
Las estrategias de reducción de los núcleos buscan la obtención de lascas, con predominio de los métodos bifaciales de talla, especialmente discoidales, aunque se han identifi cado también núcleos jerarquizados de tipo levallois.
Los métodos laminares están prácticamente ausentes y casi no hay láminas.
Esta característica atípica diferencia el conjunto de los contextos regionales más próximos del Paleolítico medio y superior.
Las características del conjunto lítico hacen prácticamente imposible proponer una cronología del yacimiento más precisa que la obtenida a partir de la datación de TL ni una adscripción cultural.
La mayor parte de los restos resultan banales desde el punto de vista cronocultural.
La tecnología con talla discoidal y levallois es habitual en industrias de cronología antigua, como las del Paleolítico medio, sin embargo, en nuestro caso los elementos laminares proceden del conjunto mezclado y son muy escasos.
Sólo se ha documentado un núcleo en ágata con una morfología prismática y explotación de tendencia laminar.
Los raspadores, los buriles y el geométrico apuntarían a una cronología del yacimiento más próxima a la datación obtenida (Paleolítico superior) que a la asociación de la industria con los tecnocomplejos del Paleolítico medio.
No hay que descartar la presencia, muy puntual, de estos elementos, si bien forman parte mayoritariamente del conjunto mezclado.
De momento, a grandes rasgos y a excepción de algunos de estos elementos presentes en el conjunto mezclado, las características de los materiales recuperados en posición estratigráfi ca original son similares a las del conjunto mezclado desde el punto de vista litológico, técnico y tipológico.
Esto confi rmaría la hipótesis de que son muestras de un mismo conjunto y, en consecuencia, pueden servir para proponer la procedencia estratigráfi ca de las piezas sin contexto.
El conjunto se defi niría por ese carácter atípico de los confi gurados con morfologías apuntadas tipo triedro distal y la explotación de núcleos centrípetos para producir lascas.
Dos hipótesis cronoculturales podrían barajarse para la Dolina de l'Esquerda de les Alzines.
En primer lugar, que se tratara de un yacimiento del Paleolítico medio cuya datación por termoluminiscencia se halle rejuvenecida por la baja tasa de sedimentación del lugar y la afectación de incendios naturales posterior a la formación del yacimiento, y que por lo tanto la presencia de elementos del Paleolítico superior, mayoritariamente en el conjunto mezclado, se deba a un proceso de contaminación.
Se podría haber producido por dos factores: la baja tasa de sedimentación citada podría haber producido un palimpsesto en el relleno original.
El segundo factor explicaría que los elementos del Paleolítico superior que se encuentran mayoritariamente en el conjunto mezclado son el resultado de la mixtura de niveles distintos por los espeleólogos.
En el relleno original habría uno del Paleolítico superior muy residual, no documentado en la excavación y uno del Paleolítico medio documentado.
La segunda hipótesis cronocultural adscribiría el yacimiento a una facies atípica dentro del Paleolítico superior, justifi cada por los elementos propios de este momento junto a la talla levallois.
Partiendo de esta doble hipótesis, la fecha de ~22 ka nos permite situar esta localidad en un marco regional, aproximadamente de 1.000 km 2, donde un buen número de localidades han proporcionado restos del Paleolítico medio y supe-rior.
Si analizamos este marco desde una perspectiva más próxima, entre los 5 km y 15 km, para los contextos más antiguos del tecnocomplejo del Paleolítico medio, tenemos los conjuntos industriales de la Cova del Rinoceront (Daura et al. 2005), la Cova del Gegant (6) (Daura et al. 2010), la Cova del Coll Verdaguer (7), mientras que para los más recientes, dentro del Paleolítico superior, disponemos sólo del conjunto de la Terrasses de la Riera dels Canyars (Daura et al. 2009).
Sin embargo, la mayoría de los conjuntos líticos de estos contextos son incompletos, sin la totalidad de la cadena operativa, ni proceso de talla con un índice elevado de artefactos confi gurados, resultado de visitas esporádicas en los yacimientos donde se abandonan.
Estos conjuntos nos impiden comparar las industrias halladas en estas localidades con la de la Dolina de l'Esquerda de les Alzines.
Los yacimientos regionales con conjuntos líticos más completos donde poder ubicar los de la Dolina de l'Esquerda de les Alzines se hallan unos 30 km. Los ejemplos más claros para los tecnocomplejos del Paleolítico medio los encontramos en varios niveles del Abric Romaní (Vallverdú et al. 2005), mientras que para los del Paleolítico superior en la Balma de la Griera (Fullola et al. 1994; Cebrià et al. 2000) y el nivel superior del mismo Abric Romaní.
La funcionalidad del yacimiento, a partir de los datos disponibles, sin restos de fauna ni estructuras documentadas en la excavación, hace difícil relacionarlo con la propuesta para otras localidades de características similares.
La proximidad del yacimiento con el polje de Begues, probablemente inundable durante parte del Pleistoceno, podría ser el motivo de esta presencia humana en la dolina, debido a unas condiciones ecológicas favorables.
Las materias primas indican una movilidad de los grupos hacia el curso bajo del valle del Llobregat a través de la riera de Vallirana, con un aprovisionamiento de tipo re colector, en afl oramientos secundarios, de tipo oportunista y cercano al yacimiento.
La Dolina de l'Esquerda de les Alzines, a causa de su morfología cóncava, podría haber sido utilizada de manera puntual como lugar de protección por grupos que se desplazarían entre el Llobregat y los llanos de Begues.
El hallazgo de este nuevo yacimiento nos permite algunas inferencias sobre los yacimientos paleolíticos en el interior de dolinas.
Este tipo de registro ofrece buenas condiciones para la preservación de rellenos pleistocenos, si bien sus tasas de sedimentación son muy bajas, especialmente en las dolinas de disolución, y puede provocar palimpsestos en los conjuntos arqueológicos.
En las dolinas también se producen acumulaciones de agua debido a la impermeabilidad de las arcillas, en contraposición con las zonas calizas de los macizos kársticos, muy permeables.
Esta acumu lación de agua podría haber atraído durante el Paleolítico a los grupos humanos y la fauna, como ha sido propuesto para el yacimiento del Valle de las Orquídeas (Mosquera et al. 2007) o de la dolina de Cantalouette (Bourguignon et al. 2004).
Otros yacimientos arqueológicos en dolinas han sido interpretados desde otras perspectivas, como Orgnac 3 (SE de Francia).
Esta localidad ocupada durante los estadios isotópicos 8 y 9 fue utilizada en distintos momentos de su evolución geomorfológica: cavidad, abrigo y, fi nalmente, dolina.
Los trabajos realizados por Moncel (2003) en la región donde se encuentra este yacimiento (Moncel et al. 2005) evidencian que los grupos humanos frecuentaron las dolinas y las zonas kársticas durante el Paleolítico además de los tradicionales valles de los ríos.
Quizás en este contexto territorial debamos insertar la Dolina de l'Esquerda de les Alzines.
Finalmente, los hallazgos de carbones y sedimento rubefactado de cronología más reciente, pero sin materiales coetáneos asociados directamente, apuntaría a posibles incendios y/o combustiones naturales.
En la región francesa del Causses son conocidas dolinas con restos arqueológicos de Prehistoria reciente y otras donde sólo se acumulan carbones producidos por incendios naturales (Quilès et al. 2002).
EL YACIMIENTO DE LA DOLINA DE L 'ESQUERDA DE LES ALZINES EN EL CONTEXTO REGIONAL Y EN EL MARCO DE LAS INDUSTRIAS LÍTICAS ATÍPICAS DEL PALEOLÍTICO SUPERIOR
La contextualización cronocultural más amplia de la Dolina de l' Esquerda de les Alzines resulta complicada debido a las condiciones sedimentológicas de la dolina.
Tampoco el estudio del conjunto lítico permite su adscripción cronocultural más precisa que la fecha obtenida, ya que los elementos retocados sobre soportes no laminares no son frecuentes en complejos del Paleolítico superior.
Además, la escasa presencia de talla laminar indicaría una mixtura demasiado exclusiva y selectiva de esos elementos tan concretos, si se tratara de conjuntos mezclados, por lo que es probable que se trate de un mismo conjunto de difícil adscripción.
Las características del material lítico de la Dolina de l'Esquerda de les Alzines plantean la asignación de los materiales a una facies atípica de los tecnocomplejos del Paleolítico superior.
Esta hipótesis da pie a refl exionar sobre la signifi cación en la secuencia del Paleolítico superior de tecnocomplejos caracterizados por una producción dominante de lascas sin los artefactos considerados típicos del Paleolítico superior.
Algunas localidades de la Península Ibérica han proporcionado conjuntos líticos con dataciones propias del Paleolítico superior, pero que se alejan de las técnicas más comunes defi nidas para este período.
En general, estos conjuntos tienden a situarse en torno al Máximo Glacial, en fechas similares a los 22 ka obtenidos en la Dolina de l'Esquerda de les Alzines.
En este contexto citamos, por ejemplo, las industrias badegulienses de Parpalló (Aura 2007), especialmente las del horizonte B, que muestran un descenso signifi cativo de los útiles sobre soporte laminar, junto a un utillaje dominado por las piezas retocadas, las muescas-denticulados y las raederas.
Otros conjuntos datados en torno al Máximo Glacial exhiben también un aspecto poco acorde con lo que se espera del Paleolítico superior, como el Abrigo do Lagar Velho, con un conjunto del Gravetiense fi nal datado en 22.493 ± 107 BP (Almeida et al. 2008), cuyas cadenas operativas están orientadas a la producción de lascas a partir de las cuales se manufacturan principalmente muescas y denticulados.
Quizás debamos situar el yacimiento de la Dolina de l'Esquerda de les Alzines en este contexto.
En un entorno geográfi co más cercano, este fenómeno podría producirse también en sitios como la Fuente del Trucho, donde en un primer momento se defi nió una industria del Paleolítico superior de tipo arcaizante (Mir y Salas 2000), más propia del Paleolítico medio, pero asociada a dos fechas C 14 (AMS) de 19.060 ± 80 y 22.460 ± 150 BP.
Esta interpretación ha sido cuestionada a raíz de la reanudación de los trabajos en 2005 del yacimiento por Montes, Utrilla y Martínez-Bea (2007), quienes han reafi rmado el carácter musteriense del conjunto lítico y han atribuido las fechas a percolaciones procedentes de ocupaciones posteriores del Paleolítico superior.
De hecho, esos trabajos identifi caron un nivel revuelto con materiales del Paleolítico superior del que procede un hueso cuya datación de 20.800 ± 100 BP está en la línea de las publicadas por Mir y Salas (Montes et al. 2007).
En Cataluña, el nivel III de la Balma de la Griera (Calafell, Tarragona) proporcionó un conjunto lítico con problemas de adscripción cronocultural, asociado a una fecha de 21.255 ± 350 BP (Fullola et al. 1994).
La industria de la Griera se caracteriza por un índice laminar muy bajo y un predominio de raederas y denticulados en el utillaje retocado, con escasos artefactos típicos del Paleolítico superior (raspadores, elementos de dorso).
A partir de la fecha se adscribió al Gravetiense, si bien posteriormente se sugirió otra al Protosolutrense (Cebrià et al. 2000).
El conjunto del Roc de la Melca (Sant Aniol de Finestres, Girona) presenta ciertas similitudes con el de la Griera, a lo que hay que añadir una fecha de 20.900 ± 400 BP.
También aquí los denticulados y las raederas son los grupos tipológicos dominantes, aunque los útiles típicos del Paleolítico superior (raspadores, buriles y elementos de dorso) están mejor representados (Soler 1979(Soler -1980)).
Una localización al aire libre que muestra un fenómeno similar al de la Dolina de l'Esquerda de les Alzines es el Valle de las Orquídeas, en la Sierra de Atapuerca.
El conjunto del yacimiento en su mayor parte respondía a las cadenas operativas propias del Paleolítico medio, con técnica levallois, pero algunos artefactos aislados (dos raspadores atípicos, un posible buril, dos láminas retocadas) sugerían un componente del Paleolítico superior (Mosquera et al. 2007).
Se trataría, en cualquier caso, de un momento netamente anterior al representado en la Dolina de l'Esquerda de les Alzines.
Obviamente, yacimientos como la Dolina de l'Esquerda de les Alzines o el Valle de las Orquídeas no son los más idóneos para caracterizar los tecnocomplejos sobre lasca del Paleolítico superior.
La Dolina de l'Esquerda de les Alzines presenta incertidumbres cronológicas, provocadas por la baja sedimentación y la alteración de los sedimentos por diferentes incendios naturales.
Su historia tafonómica es compleja, resultado del buzamiento de los niveles, la baja tasa de sedimentación y el ligero desplazamiento de los artefactos recuperados a causa de la morfología de la dolina.
Ese desplazamiento se ha realizado en el propio interior de la depresión, ya que la dolina se halla en la cota más elevada de esta parte de la penillanura.
Estas incertidumbres aconsejan tratar con prudencia los datos procedentes de estos conjuntos.
No obstante, creemos que plantean una interesante línea de discusión a la espera de que se publiquen industrias de este tipo procedentes de contextos cronológicos y estratigráfi cos más fi ables.
12 C ratio Dosis Arqueol.
(Gy) Dosis Anual (mGy/ año) 14 C edad BP 14 C edad calibrada BP (1σ)
Conjunto excavación (nivel C y C2) Conjunto mezclado Total % |
Pontevedra), proporcionó unos resultados sorprendentes.
Aunque muy deteriorado, por diferentes factores, conservaba evidencias de una gran complejidad constructiva.
Dentro de su cámara megalítica apareció, junto con otros objetos pulidos, un conjunto de 35 cuentas dispuestas a modo de collar.
Se han estudiado todas, unas de color verde y otras de carácter orgánico, intercaladas entre ellas.
Los resultados del análisis arqueométrico mediante técnicas no-destructivas (difracción y fl uorescencia de Rayos X, espectroscopía de infrarrojos, microscopía óptica y electrónica de barrido ambiental, con microanálisis) muestran una naturaleza mineralógica basada en la variscita y el ámbar, así como unas características texturales y composicionales muy similares entre cada conjunto.
Se ha determinado y cuantifi cado asimismo la importancia de los fenómenos de alteración y disolución de estos objetos, debido a un ataque químico intenso durante el período de enterramiento.
Se discuten las posibles áreas fuente de procedencia de dichos materiales, en base a los datos geoquímicos obtenidos.
Las obras previstas en la zona provocaban la total destrucción del yacimiento, así como la completa alteración de su entorno inmediato.
La difi cultad de modifi car puntualmente el trazado de la línea ferroviaria, para alejarla del túmulo, unida al estado de deterioro del yacimiento, determinó su excavación integral, así como una intervención arqueológica sistemática, con sondeos en su entorno.
Una pista asfaltada había arrasado, aparentemente, todo el sector norte del túmulo, que mostraba la masa tumular muy rebajada debido a los trabajos agrícolas y forestales realizados durante años en la zona.
Una gran depresión, visible en lo que parecía el sector central del monumento, evidenciaba que había sido expoliado con anterioridad a la construcción de la pista asfaltada.
La agresión más reciente era un poste de tendido eléctrico colocado sobre el túmulo.
El avance de los trabajos de excavación permitió descubrir un yacimiento que poco tenía que ver con su aspecto superfi cial.
La pista asfaltada había seccionado únicamente un cuarto del túmulo, la masa tumular se conservaba en un relativo buen estado y la arquitectura del monumento era de una gran complejidad, con anillo perimetral, evidencias de dos momentos de tumulación, cámara y estructura de acceso (Fig. 2).
(1) La empresa encargada de este tramo de la L.A.V. Ourense-Santiago fue la UTE Docarbo.
El Administrador de Infraestructuras Ferroviarias (ADIF), promotor de las obras, fi nanció la totalidad de los trabajos arqueológicos.
Bajo el yacimiento, y rodeándolo, aparecieron una serie de estructuras excavadas en el sustrato que indicaban una clara actividad antrópica previa a la construcción del túmulo.
Elementos de este tipo están localizándose en los últimos años en Galicia, a medida que aumenta la superfi cie de intervención en el entorno de los túmulos (Vilaseco 2006).
Una zanja perimetral rodeaba al yacimiento, creando un círculo concéntrico a éste, situado a una distancia constante de unos 8 m de su base.
La zanja fue identifi cada durante los trabajos de control y seguimiento, una vez fi nalizada la excavación en área.
Presentaba una clara apertura en el sector este-sureste, mostrando en su interior, especialmente en la zona sur, una acumulación lineal de pequeñas piedras que formaban un anillo externo concéntrico al del túmulo.
La zanja estaba muy alterada y únicamente era identifi cable en el contacto con el sustrato.
Su impronta se perdía en los sectores más arrasados por trabajos agrícolas, pero, en cambio, se defi nía claramente bajo la pista asfaltada.
Dentro del espacio marcado por la zanja, y en algunos casos bajo la propia masa tumular, se localizaron otras zanjas y fosas de difícil interpretación.
En el interior de una de ellas que recorría longitudinalmente el sector sur del yacimiento apareció una bola de ocre.
Estaba cubierta por un material que era idéntico al substrato en el que estaba excavada.
Al sureste y este del túmulo se situaban dos zanjas tangenciales a él, de sección en U muy abierta.
En su base se dis- ponía una hilera de piedras de tamaño medio y en su interior se localizaron algunos líticos tallados.
Al noroeste del túmulo apareció una fosa de planta circular, rellena por piedras de pequeño tamaño que creaban una superfi cie plana dispuesta sobre una tierra con evidentes restos de combustión.
Parece una estructura tipo parrilla, similar a las localizadas en poblados prehistóricos gallegos como los de Monte dos Remedios (Fábregas et al. 2007), Gándara, Cartas de Vilar o Porto dos Valos, con una amplitud cronológica que abarca desde los inicios del Neolítico en la región hasta momentos avanzados del Calcolítico (Lima 2000).
Un anillo pétreo ceñía la base del túmulo y en algunos sectores se conservaban restos de una coraza que parece corresponderse con una primera fase de tumulación.
Los dos momentos de tumulación eran perfectamente visibles en la secuencia estratigráfi ca, especialmente en el sector oeste del túmulo.
La masa tumular estaba compuesta por tierras procedentes del entorno inmediato al yacimiento, con una increíble variedad de colores (rojos, amarillos o grises), que parecían prolongar, sobre la superfi cie del túmulo, la variedad existente en el propio sustrato, ya que su situación se correspondía fi elmente con su disposición sobre el terreno.
Bajo ellas, y directamente sobre el sustrato, se extendía un fi no nivel de una tierra de gran dureza que interpretamos como un horizonte de trabajo creado durante las labores de acondicionamiento de la zona en el momento de construcción del monumento.
En el interior del túmulo se conservaba una cámara megalítica, aparentemente intacta, que presentaba, además, una gran piedra al noreste de la entrada.
Esta piedra parece formar parte de una estructura de acceso que se extiende al este-sureste de la cámara.
Este posible acceso estaba constituido por dos líneas de piedras de mediano tamaño que fi nalizaban, frente a la entrada de la cámara, en una acumulación de piedras apoyada contra la gran piedra citada.
No parece presentar similitud con ninguna de las estructuras de acceso conocidas en el noroeste de la Península Ibérica (Vilaseco 1997/98).
La disposición de las piedras no parece garantizar un paso adecuado desde el exterior del túmulo hasta la cámara.
La cámara estaba integrada por cinco ortostatos que creaban un espacio abierto hacia el estesureste.
Su escasa altura otorgaba al monumento un cierto aspecto cistoide.
Los ortostatos estaban rodeados de una tierra arcillosa compactada, un contrafuerte térreo que fortalecía la estructura pétrea.
Este tipo de estructuras de refuerzo resultan habituales en el megalitismo noroccidental, aunque suelen realizarse en piedra.
La gran losa de cubierta apareció fracturada (Fig. 3).
Dos grandes pedazos ocupaban el interior de la cámara mientras que uno de menor tamaño permaneció in situ.
Estos restos estaban perfectamente tapados por tierra tumular perteneciente a la segunda fase de tumulación.
Su dureza contrastaba con la tierra suelta que llenaba el espacio de la cámara situado bajo el fragmento de cubierta conservado in situ.
Una vez retirada la cubierta del interior de la cámara pudo comprobarse que la piedra de cabecera y el quinto ortostato estaban realizados en un material de muy mala calidad, blando y metamorfi zado, con gran cantidad de micas.
Estas lajas posiblemente fuesen elegidas, en lugar del granito de mejor calidad del resto de ortostatos, por el intenso brillo que presentan.
El deterioro de dichas piedras complicaba la estabilidad de la cámara y parece haber sido la causa de la rotura de la cubierta cuando el monumento aún estaba en uso.
El interior de la cámara estaba aparentemente intacto: un fi no nivel de tierra de aspecto orgánico y pequeñas piedras planas lo cubrían.
Un nivel de piedras similar se ha constatado en otras intervenciones, como en la pequeña cámara, aparentemente intacta, del túmulo de Forno dos Mouros 5 (Mañana 2005), o en el dolmen de Fig. 3.
Detalle de la cámara del túmulo 1 de Chousa Nova con parte de la piedra de cubierta fracturada en su interior.
y está causado por la altísima acidez del terreno.
Teniendo en cuenta la disposición del ajuar podemos suponer que el cadáver fue colocado en decúbito supino, con el collar sobre el pecho; una lámina de azada se situaba a escasa distancia de su cabeza, en paralelo a la piedra de cabecera (Fig. 5A); un pequeño cincel próximo a su mano derecha (Fig. 5B) y por último, un gastado afi lador de piedra de forma rectangular, situado a sus pies, junto a la entrada de la cámara (Fig. 5C).
La posible disposición del cuerpo (Fig. 6), la presencia de un elemento pulido que por sus características y aparente falta de uso puede considerarse como de prestigio, junto a las cuentas de variscita, evocan vagamente los enterramientos del túmulo de Illade 0 (Vaquero 1999), monu-Fig.
Disposición de las cuentas del collar, durante el proceso de excavación de la cámara del túmulo 1 de Chousa Nova. mento que se remonta a un momento inicial del megalitismo gallego.
Los resultados de carbono 14 obtenidos hasta el momento para el túmulo 1 de Chousa Nova parecen refrendar esta similitud.
La situación, forma y dimensiones de estos pequeños troncos carbonizados impiden considerarlos un simple aporte casual.
Por el momento sólo se cuenta con otra datación procedente de un depósito de tierra con pequeños carbones localizado bajo la fosa de cimentación de la cámara, directamente sobre el sustrato.
Probablemente se trate de restos de una antigua raíz o algún tipo de intrusismo aportado, posiblemente de forma accidental, durante la construcción de la cámara.
La espectacularidad de los materiales recuperados, en comparación con la sobriedad habitual del registro megalítico galaico, unida a la excepcionalidad del ámbar en este contexto, aconsejó el análisis individual de cada elemento del ajuar.
Hemos utilizado métodos analíticos habituales en el estudio de industrias líticas, selectivos para cada tipo de cuenta.
En las variscitas se utilizó Difracción de rayos X y siempre de forma directa sobre el objeto, para que no fueran destructivos.
Igualmente se han realizado análisis químicos elementales cualitativos y cuantitativos directamente sobre las cuentas de variscita, mediante Espectrometría por Fluorescencia de rayos X WDXRF, utilizando el equipo Pioneer S-4 de los Servicios Centrales de Ciencia y Tecnología (SCCYT) de la Universidad de Cádiz.
Además, se usó la Microscopía Electrónica de barrido ambiental ESEM, concretamente un equipo Philips Quanta 200, de la UCA, operando en condiciones de Low vacuum, para las cuentas de variscita.
Microscopía óptica: todas las muestras han sido examinadas mediante estereomicroscopía óptica para el estudio de superfi cies, fenómenos de alteración, presencia de inclusiones minerales, alteraciones antrópicas de las cuentas (reciclado de cuentas de collar), desgastes asimétricos, etc. Todas estas observaciones han sido registradas digitalmente en una base de datos fotográfi ca de dichos materiales arqueológicos.
Difracción de rayos X: en especial el método de polvo policristalino, es ideal para la identificación de fases minerales o de compuestos orgánicos o inorgánicos.
Las muestras, que normalmente han de ser preparadas en polvo para esta técnica, en este caso y para hacer el análisis nodestructivo, fueron introducidas directamente en un difractómetro Bruker D-8 Advance, de la UCA, con ciertas modifi caciones en la confi guración de los portamuestras.
Los datos se han adquirido y procesado con el programa Diffract-Plus y EVA de BRUKER-AXS, identifi cando las fases minerales mediante las fi chas de la base de datos ASTM (American Society for Testing and Materials).
Se ha utilizado para los análisis radiación Cu Kα fi ltrada con Ni, monocromador de grafi to y rendijas fi jas, con ángulos de barrido 2 theta entre 5° y 50°.
Espectroscopía por Fluorescencia de rayos X (WDRXF): esta técnica de rayos X constituye un buen método para los análisis cuantitativos de elementos mayoritarios y minoritarios en muestras sólidas.
Igualmente se pueden estudiar, siempre que su tamaño lo permita (> 40 mm), en el equipo de la División de Rayos X de la UCA.
Se utilizó un Espectrómetro por Dispersión de Onda Secuencial (WDFRX), modelo S-4 Pioneer, de Bruker-AXS, con un tubo de Rh, operando a 4000 W y usando, bien el material pulverizado y prensado en un disco plano o bien un pellet, fundido en una "perla" de muestra en polvo, mezclada con el 50% de Li 2 B 4 O 7 y el 50% de LiBO 2.
Las "perlas" normalmente producen unos resultados analíticos más precisos que los pellets prensados o la muestra expuesta directamente, ya que esta técnica supera algunos de los problemas asociados con los efectos de superfi cie, de mineralogía o de variación del tamaño de partícula.
Dado que los análisis de estos materiales arqueológicos debían ser no-destructivos, en la mayoría de los casos hemos usado directamente la muestra arqueológica.
La única condición es que presentara una superfi cie plana.
Microscopía electrónica de barrido ambiental (ESEM): en esta variante de la técnica de análisis empleamos condiciones de trabajo de bajo vacío, lo que nos permite el uso de muestras sin metalizar.
Este factor ha sido importante, para preservar totalmente los materiales arqueológicos sin alteración.
Las muestras se montaron en portamuestras de aluminio, con cinta conductora doble adhesiva.
El equipo utilizado fue el citado microscopio Philips Quanta 200, trabajando a 22 KV y en modo Low Vacuum.
Espectroscopía por Energía Dispersiva de Rayos X (EDS): nos ha permitido obtener análisis puntuales de las muestras, simultáneamente a su observación mediante ESEM.
Se utilizó un equipo EDAX Genesis Spectrum, conectado al microscopio electrónico Quanta 200.
Espectroscopía de Infrarrojos por Transformada de Fourier (FTIR): esta técnica requiere tan sólo 2-3 mg de muestra y ha sido utilizada en el análisis de las cuentas de material orgánico que suponíamos de ámbar, tras un primer análisis visual y con estereomicroscopía.
La metodología ha sido la típica: elaboración de pastillas de 200 mg de KBr, fi namente molturadas en mortero de ágata, con 4 mg de muestra y perfectamente mez-cladas, para posteriormente ser prensadas a 12 Tm/cm 2, durante unos minutos.
Se ha utilizado un equipo de espectroscopía de infrarrojos por Transformada de Fourier, marca Bruker Alpha, en un modo IR transmitancia, para un intervalo de 450 y 4.000 cm -1.
Se realizaron cinco barridos por muestra, cuyos resultados fueron promediados, mediante el programa OPUS.
Los espectros de las 3 muestras de ámbar analizadas aparecen en la fi gura 7.
No descartamos futuros análisis mediante Espectroscopía Raman, Espectroscopía Infrarroja Directa (Teodor et al. 2010) o técnicas de Cromatografía con Pirolisis PY-GC-MS (Anderson et al. 1992), que permitan ampliar las informaciones sobre éstos u otros ámbares de la Península Ibérica que estudiamos en la actualidad.
Estos materiales que, como se ha comentado, se presentaron completamente alterados en la excavación, fueron consolidados y extraídos con el máximo cuidado, dado su delicado estado de con-Fig.
Espectros FTIR de tres de las cuentas de ámbar de Chousa Nova y detalle del "hombro báltico" en una muestra de ámbar báltico de Kaliningrado. servación.
Para estos análisis se utilizaron algunos de los pequeños fragmentos desprendidos de las cuentas y recuperados en su totalidad durante este delicado proceso de excavación, previa a su consolidación in situ.
La excavación del sector central del túmulo de Chousa Nova 1 localizó una pequeña cámara megalítica integrada por cinco ortostatos que creaban un espacio abierto hacia el este-sureste.
En su interior se encontraron los restos de una gran losa de cubierta completamente cubiertos por tierra de la segunda fase de tumulación del yacimiento.
Ello permite suponer un tapado intencional de la cámara con la cubierta ya fracturada.
Si la datación 4350-4240 Cal BC se confi rma en posteriores análisis C14 estaríamos ante una de las cámaras megalíticas más antiguas, de las localizadas hasta el momento, en el noroeste peninsular (Fábregas y Vilaseco 2006).
El interior de la cámara estaba aparentemente intacto, aislado por la tierra de la segunda tumulación y los fragmentos de la losa de cubierta.
El nivel de uso de la cámara estaba formado por un fi no depósito de tierra de aspecto orgánico y un nivel de pequeñas piedras planas.
En este nivel se localizó el ajuar, formado por un afi lador, un pequeño cincel y una lámina de azada que, tras su análisis mediante DRX directa, ha resultado ser de sillimanita (variedad fi brolita).
Ocupando el sector central de la cámara y bajo el nivel de pequeñas piedras planas, apareció un collar formado por cuentas de variscita y ámbar con diferentes tamaños y tipología.
La distribución de las cuentas aparentaba un collar colocado en su posible posición original, sobre un pecho humano (Fig. 4).
Sólo se conoce en la bibliografía europea un collar completo, con presencia simultánea de ambos materiales, en el dolmen de Alberite I, Villamartín, Cádiz (Domínguez-Bella y Morata 1995).
Las 6 cuentas de material ambarino, completamente deterioradas, fueron cuidadosamente recuperadas durante el proceso de excavación.
Sus tamaños son ligeramente superiores a las de variscita, oscilando entre los 3,2 cm y los 1,7 cm de longitud.
Dentro del conjunto se alternaban con cuentas de color verde de la zona baja y central del collar.
Durante la excavación fue muy difícil la identifi cación de la naturaleza de este material orgánico de aspecto terroso, si bien se pudo reconstruir la posición de cada cuenta, su forma y su tamaño.
El aspecto orgánico, su mal estado de conservación y su evidente similitud con elementos de ámbar aconsejó su extracción completa, junto con la tierra que las rodeaba, para facilitar su posterior consolidación y estudio arqueométrico.
Este material es desconocido hasta este momento en contextos tan antiguos del noroeste peninsular.
Se prepararon muestras de dichas cuentas y se analizaron mediante FTIR, resultando ser todas de ámbar e idénticas.
Pero falta el "hombro báltico", una infl exión característica, que defi ne una zona más o menos plana y casi horizontal, en la región de 1.200-1.300 cm -1 dentro del espectro de infrarrojos (Savkevich y Shaks 1964) (Fig. 7 arriba) y que aparece en exclusiva en los ámbares tipo succinita de los yacimientos de edad terciaria de la región del mar Báltico (Beck et al. 1965).
Como las cuentas no tienen una composición del tipo succinita, el ámbar no es de origen báltico.
Estos resultados son muy similares a los espectros de ámbares arqueológicos obtenidos en las cuentas de collar del citado dolmen de Alberite I, Villamartín, Cádiz (Ramos y Giles 1996; Domínguez-Bella y Morata 1995; Domínguez-Bella et al. 1998) identifi cados como simetita (Domínguez-Bella et al. 2001), así como a los aparecidos en yacimientos prehistóricos del megalitismo de Portugal (Vilaça et al. 2002: Fig. 7).
Se están comparando con otros ámbares arqueológicos de reciente aparición como los que estamos estudiando en la Bahía (Vijande 2009) y la Sierra de Cádiz.
En cambio, resultan algo diferentes o, al menos, no idénticos, a los ámbares arqueológicos y geológicos citados en la cornisa cantábrica (Álvarez Fernández et al. 2005).
El collar está compuesto, además, por 29 cuentas cilíndricas o barriliformes de color verde y verde-azulado, que tras su análisis directo mediante Difracción de rayos X han resultado ser todas de variscita tipo Messbach/Zamora (fi chas 00-025-0018 y 00-025-0019 JCPDS) con presencia de metavariscita y cuarzo (Fig. 8) (Arribas et te europeo y, en especial, en la Península Ibérica (Domínguez-Bella 2004) (2).
Los primeros resultados en elementos como Cr y V sugieren un origen en yacimientos del Oeste peninsular como Encinasola (Huelva) (Domínguez-Bella et al. 1998; Domínguez-Bella et al., 2003) (3) o la comarca de Aliste (Zamora) (Domínguez-Bella 2004), aún por precisar, en base a los análisis que ya están en fase de fi nalización y publicación.
La superfi cie de estas cuentas presenta una fuerte alteración, muy visible mediante su análisis con Microscopía óptica (Fig. 9A) y Microscopía electrónica de barrido (Fig. 9B).
En algunas cuentas se conservaron restos de la superfi cie original, lo que nos permitió cuantifi car la alteración a una profundidad en la muestra de unas 250 μm (Fig. 9B).
Se observan además fi suras e inclusiones de roca y minerales en algunas cuentas.
El color original es muy visible en las zonas de rotura de
Universidad Nacional Autónoma de México (URL en trámite).
Difractogramas de Rayos X de las cuentas de collar de variscita del túmulo 1 de Chousa Nova..
Los análisis no-destructivos mediante WDFRX directa refl ejan una homogeneidad de composición (Tab.
1) que nos indica un origen geológico común.
La estamos comparando actualmente con la de las muestras geológicas que hemos recogido los últimos 15 años en el suroes-una de ellas.
Aún más interesante es el proceso de reciclaje en otra, tras su rotura en época prehistórica, ejecutando un anillo ecuatorial por rebaje (detalle en Fig. 10A) para poder ser atada de nuevo en el collar.
La perforación de las cuentas fue por doble taladrado con broca prismática (Fig. 10B).
En las de mayor tamaño se ha observado un desgaste diferencial que pudo estar producido por el cordón del collar.
Ello resultaría de un uso muy prolongado del mismo o de un fallo en el proceso de perforación (Fig. 10C).
La disposición original del collar ha sido muy bien defi nida tras el proceso de excavación y registro con coordenadas UTM de cada una de las cuentas.
Las de variscita y ámbar se alternan, tal y como se observa en nuestra propuesta de reconstrucción (Fig. 11).
A modo de resumen, es importante subrayar que estamos ante un trabajo en curso y a la espera de la realización de nuevas analíticas.
Los resultados principales son:
-Se caracteriza arqueométricamente el mayor conjunto conocido de cuentas verdes de Galicia, resultando ser en su totalidad variscitas.
-En base a la bibliografía que conocemos, se trataría de la segunda cita europea de un collar recuperado in situ con una cronología del V milenio A.C., que combina cuentas de variscita y ámbar, componentes exclusivos del collar, a diferencia del de Alberite I, Villamartín, Cádiz.
-Se realizan análisis directos no-destructivos mediante FRX de muestras arqueológicas de variscita.
-Se establece el posible origen de las variscitas en yacimientos geológicos del occidente de la Península Ibérica.
-Se determinan aspectos tecnológicos en las cuentas de variscita (dobles perforaciones, huellas de uso) inéditos hasta la fecha, que confi rman la reutilización de este material como joya u objeto de prestigio, aun en el caso de que se fracturara durante su uso.
-Se constata un intenso proceso de alteración de los restos arqueológicos orgánicos e inorgánicos (desaparición total de restos óseos y fuerte alteración de ámbar y variscitas).
-Las cuentas de ámbar no proceden del Báltico.
Su origen posiblemente está en la Península Ibérica.
En general, están muy alteradas y son de colores rojizos.
Se han comparado estas muestras con ámbares geológicos de toda la Península Ibé-Fig.
Túmulo 1 de Chousa Nova: A. Vista de la superfi cie de una de las cuentas de variscita, representativa del alto grado de alteración superfi cial que presentan; B. Vista mediante ESEM de la superfi cie de la cuenta de variscita anterior.
rica, además de los referentes del Báltico.
No se tiene constancia hasta la fecha de ningún yacimiento geológico de ámbar en Galicia, lo que concuerda bastante bien con sus características geológicas.
Su posible origen debe ser, al menos, externo a este territorio.
-Se localiza en el noroeste peninsular el primer enterramiento megalítico sellado e intacto, dentro de una cámara no expoliada.
-En el interior del monumento había un enterramiento (recreado en la Fig. 6).
El individuo llevaba al cuello un collar.
A partir de la información arqueológica y arqueométrica obtenida, se propone una reconstrucción de su aspecto original (Fig. 11), basada en el registro tridimensional realizado durante la intervención, la posición de cada una de las cuentas, su tamaño, su estado de conservación en el momento de la excavación y su orden relativo dentro del collar.
El ADIF fi nanció íntegramente la excavación.
Los autores agradecen a todos los que con su trabajo hicieron posible la excavación de Chousa Nova 1 y a Ignacio Jaime Senín, arqueólogo de la Xunta de Galicia, Departamento Territorial de Lugo, la |
Este volumen, publicado por la Institución Milá y Fontanals (Barcelona), reúne trabajos que abordan, desde una perspectiva arqueológica, uno de los tópicos etnográfi cos que más controversia ha concitado desde que Franz Boas lo erigiera en el principal testigo de cargo contra el evolucionismo unilineal de su tiempo.
Las sociedades de la Costa Noroeste norteamericana (en adelante NWC, por las siglas inglesas, siguiendo a los editores del volumen) plantean una paradoja: son grupos cazadores-recolectores con rasgos de complejidad social que el paradigma evolucionista sólo atribuiría a sociedades agrarias, tanto en lo que se refi ere a su organización política como a la presencia aparente de instituciones como la esclavitud, entre otras.
Como señalan los editores en su introducción, la imagen etnográfi ca fabricada por Boas desafía el mito antropológico de los cazadores igualitarios organizados en "bandas".
La originalidad de la publicación no estriba sólo en este tema, que ha suscitado una larga bibliografía y tiene ecos en muchos de los debates teóricos de la antropología moderna, sino también en varios rasgos distintivos de la obra.
Primero, el tema se aborda desde una tradición de investigación completamente ajena a ese contexto, como es la que representa la arqueología de los cazadores-recolectores europeos.
En segundo lugar, la propia iniciativa editorial es poco frecuente en nuestro entorno: reunir en una serie española trabajos de especialistas extranjeros, canadienses en su mayor parte, para que expliquen al lector en lengua española sus resultados de investigación y/o sus planteamientos teóricos.
En tercer lugar, last but not least, el argumento unifi cador de estas contribuciones no es el mero deseo de presentar una visión de una arqueología ajena, sino un resultado parcial de un programa de investigación a largo plazo.
Este ha desplazado temporalmente la atención de los editores de su "medio natural" originario -el Paleolítico y Mesolítico europeos-a "casos de estudio" aparentemente exóticos: primero la Tierra de Fuego, durante casi veinte años y ahora esta NWC.
Los objetivos de este programa cubren dos niveles.
Vila y Estévez se plantean desde el principio un núcleo conceptual, formado por una ambiciosa propuesta teórica sobre los cazadores-recolectores construida sobre los fundamentos de la tradición del Materialismo Histórico.
Esta se concreta en la idea de un modo de producción cazador-recolector, entendido como la manera en la que las formas específi cas de producción y reproducción de estas sociedades se articulan como relaciones sociales, lo que determina una "contradicción fundamental", que explicaría su despliegue histórico.
Simplifi cando drásticamente, esta tesis postula que esas sociedades, por defi nición carentes de la posibilidad de incrementar la productividad de su base subsistencial, sólo pueden eludir la crisis demográfi ca mediante dispositivos de control de la reproducción, como la división sexual del trabajo y la "desvalorización" de las mujeres (pp. 14-15).
La transformación de esta propuesta en un programa de investigación para las sociedades cazadorasrecolectoras prehistóricas determina a su vez un segundo nivel metodológico, al plantear el acceso arqueológico a las relaciones sociales de producción de las mismas.
Para resolver la tensión entre las exigencias teóricas de su propuesta y las limitaciones intrínsecas del registro arqueológico, los autores adoptaron una perspectiva etnoarqueológica que, a partir del estudio arqueológico de sociedades etnográfi camente documentadas, permitiera desarrollar propuestas para una arqueología de las relaciones sociales de los cazadores-recolectores.
Este objetivo explica la trayectoria investigadora que se ha mencionado, y que impulsó a Vila y Estévez a aproximarse a los extremos del arco etnográfi co de los cazadores-recolectores seleccionando dos casos de estudio entre los grupos más "simples" (Tierra de Fuego) y más "complejos" (NWC) registrados por la Etnografía.
El primero requería una aproximación arqueológica directa, dada la escasez de trabajo previo en el área fueguina desde una perspectiva compatible con las exigencias del programa esbozado.
El de la NWC, por el contrario, permitía un acercamiento indirecto, considerando el volumen y calidad de la tradición arqueológica regional y el hecho de que son sociedades ampliamente estudiadas por los etnógrafos y antropólogos desde el siglo XIX.
Con este objetivo, los autores realizaron durante el año 2008 una estancia en las universidades Simon Fraser y British Columbia, en Vancouver, cuyo primer fruto es el volumen que ahora comentamos.
En él se recogen contribuciones de seis autores directamente comprometidos con la investigación arqueológica y antropológica en la costa NW, encuadradas por dos ensayos (introductorio y conclusivo) de Vila y Estévez.
El resultado es extraordinariamente informativo en lo que se refi ere tanto a la problemática arqueológica de la NWC y su trasfondo teórico, como en gran medida al panorama del pensamiento arqueológico contemporáneo sobre este tema.
La selección de contribuciones es muy inclusiva en temas y perspectivas teóricas, y debemos agradecer especialmente a los editores su amplitud de criterio.
La inclusión de resúmenes en inglés de todas las contribuciones facilitará su visibilidad en el contexto de los estudios sobre este tipo de sociedades.
Vila y Estévez abren el volumen con un extenso ensayo, iniciado con una presentación clara y concisa de su programa de investigación y sus principales hipótesis de trabajo.
A continuación se discuten con detalle las fuentes etno-históricas, desde las primeras expediciones científi cas en el siglo XVIII, y se ofrece un balance crítico de los problemas que plantea el registro etno-histórico y sus posibilidades para una investigación como la que requiere el programa teórico propuesto.
El mismo esquema se repite en su consideración general de las fuentes arqueológicas y las principales aproximaciones teóricas al registro que confi guran el debate sobre la NWC en el contexto de la investigación general sobre los cazadores-recolectores.
Este texto, independientemente de su propio valor informativo y crítico, es una excelente introducción a la obra, al articular muy claramente la pluralidad de visiones que se ofrecen al lector con los problemas fundamentales que plantea un caso de estudio tan complejo y trascendente.
A continuación una serie de contribuciones recorren un variado espectro de enfoques teóricos y temáticos.
Las dos primeras tienen visiones generales contrapuestas de la evolución social y cultural de las poblaciones de la NWC basadas en un enfoque ecológico-cultural.
R. G. Matson revisa y actualiza las perspectivas de la ecología cultural "clásica", con énfasis sobre el balance entre recursos y presión demográfi ca.
Por su parte, B. Hayden propone un enfoque de "ecología paleo-política" centrado en el papel de indi viduos activos en la promoción de las competencia social (aggrandizers).
Las siguientes se centran es aspectos más concretos, si bien sus aproximaciones teóricas y metodológicas son de interés general.
M. Blake propone un enfoque basado en al análisis de la movilidad y la interacción entre costa e interior.
Es interesante la proyección de sus conclusiones sobre los problemas que actualmente plantea la relación entre las comunidades originarias y el estado en lo que se refi ere a las reclamaciones de tierras por parte de las primeras.
El texto de B. Angelbeck, inicialmente centrado en el estudio de la guerra entre los Salísh, resulta ser la propuesta teórica más original, como subrayan los editores, por desarrollar un enfoque anarquista directamente procedente de Pierre Clastres.
C. Grier revisa las controversias entre las ramas "demográfi ca" y "social" de la tradición ecológico-cultural, ejemplifi cadas por las contribuciones de Matson y Hayden, a la luz de los resultados recientes de la household archaeology, y propone una reincorporación activa de las comunidades originarias a la investigación.
Por último M. Moss refl exiona, comparando casos de estudio de Alaska y la NWC, acerca de la perspectiva arqueológica sobre la subsistencia y su posible contribución a la resolución de los problemas actuales de las comunidades que habitan estas regiones.
El conjunto se cierra con un denso ensayo de Vila y Estévez.
Allí exponen su propia visión del desarrollo social y cultural de la NWC desde la perspectiva de su programa teórico, a la luz de una comparación sistemática con las sociedades de Tierra de Fuego y de una crítica de las explicaciones propuestas por los autores incluidos en el volumen y otros.
Al confrontar las secuencias de la NWC y Tierra de Fuego, Vila y Estévez destacan la similitud de las condiciones ambientales y las crisis recurrentes en un desarrollo paralelo que, sin embargo, divergirá a partir de la última de ellas (entre 4500 y 4100 BP para Tierra de Fuego y en torno a 3500 BP para NWC) (pp. 188-189).
El problema es dar cuenta de esta divergencia que desemboca en los rasgos tan claramente diferenciados en la organización social de las comunidades de la CNW.
Los autores remiten su propuesta explicativa a su hipótesis general sobre la contradicción fundamental del "modo de producción cazador-recolector".
Las poblaciones del NW resolvieron el desequilibrio población / recursos intensifi cando la producción a partir de un incremento de la dependencia de la pesca del salmón (y otras especies, como el arenque).
Esta solución requería un uso intensivo de mano de obra en el procesamiento de la pesca (no tanto en su obtención), una tarea asignada a las mujeres en el esquema tradicional de división sexual del trabajo.
Las especifi cidades de la organización social resultante se explican, a partir de este esquema, como una consecuencia de la dinámica desencadenada por la necesidad de expropiar la fuerza de trabajo femenina y controlar, al mismo tiempo, la reproducción social.
En conclusión, la obra es de gran interés, tanto por su valor informativo cuanto por sus estimulantes contenidos teóricos y los desafíos que el tema y su tratamiento plantean al debate teórico en Arqueología y Antropología.
Me referiré a algunos de ellos, a modo de refl exión fi nal.
La lectura de este conjunto de textos, que representan muy bien la diversidad teórica actual en el estudio de la NWC, pone de manifi esto, una vez más, la prevalencia del paradigma ecológico cultural en la base de la investigación sobre cazadores-Trab.
Es signifi cativo que, incluso en el enfoque declaradamente Materialista Dialéctico de Vila y Estévez la formulación nos remite al desequilibrio entre población y recursos como punto central en la explicación del proceso histórico.
Si bien estos autores introducen brillantemente la contradicción social en su argumentación, el resultado fi nal comparte con las propuestas que critican la estructura de una explicación funcional teleológica.
Esta convergencia no es extraña, si tenemos en cuenta que el enfoque de Vila y Estévez entronca directamente con Engels, y, por lo tanto con Morgan, pero cobra su dimensión problemática cuando la consideramos desde el punto de vista del posible uso comparativo de la NWC en la prehistoria ibérica.
Es evidente, al menos a mi juicio, que los posibles análogos de la organización social del "patrón NWC" no están entre los cazadores recolectores del Paleolítico y Mesolítico, sino en las primeras sociedades agrarias.
El énfasis en la tecnología básica de producción de alimentos, implícito en la propia noción de un "modo de producción cazador recolector", parece estar dejando fuera alguno de los factores cruciales que deberían ser evaluados.
Estas fueron, entre muchas, las discusiones suscitadas en el seminario que, con motivo de la presentación de la obra, organizaron los editores en Barcelona los días 14 y 15 de octubre de 2010, con la participación de la mayoría de los autores y otros investigadores, entre los que tuve la satisfacción de contarme.
La amplitud y el alcance de los debates surgidos da la medida de la relevancia del libro para los especialistas en el tema concreto de la NWC y para todos los prehistoriadores, arqueólogos y antropólogos.
Muestra también la fecundidad y empuje de un proyecto teórico y una práctica de investigación sostenida a largo plazo, modélica desde muchos puntos de vista.
Juan Manuel Vicent García.
Grupo de Investigación Prehistoria social y económica, Instituto de Historia, CCHS-CSIC.
[EMAIL] Esteban Álvarez-Fernández y Diana Rocío Carvajal-Contreras (eds.).
Munibe suplemento 31, Sociedad de Ciencias Aranzadi.
La Arqueomalacología se ha hecho mayor de edad y una demostración es el volumen que ahora comen-tamos.
No es que la disciplina pudiera considerarse joven.
Los primeros estudios de conchas de moluscos procedentes de contextos arqueológicos se remontan al nacimiento de la Arqueozoología o, incluso, de la propia Arqueología prehistórica.
Los trabajos de Worsaae en los concheros daneses, mediado el siglo XIX, suelen citarse entre los primeros que asignaban un papel destacado a los restos de origen animal en el estudio e interpretación de los yacimientos.
Compiten como obra fundacional con los que, aproximadamente en la misma época, Rütimeyer dedicaba a los huesos de vertebrados en las ocupaciones 'palafíticas' alpinas.
El propio crecimiento científi co y académico de la Arqueología relegó con rapidez los estudios botánicos y zoológicos, malacología incluida.
Ello resulta de su percepción errónea como "análisis especializados", sin vínculo directo -o no en primer término-con lo que eran los objetivos primordiales de la comunidad arqueológica: la caracterización de las edades y culturas a través de la evolución del aparato tecnológico y estilístico de las sociedades del pasado.
Sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XX, con el advenimiento de nuevas perspectivas epistemológicas como fundamentalmente la New Archaeology, dichas disciplinas especializadas fueron recuperando el protagonismo de los tiempos primigenios.
En las introducciones a las metodologías 'científi cas' de fi nales de los 1960 como, por ejemplo, la de Brothwell y Higgs (1969) cuatro artículos mostraban la potencialidad del estudio de las conchas en contextos arqueológicos para establecer cronologías, reconstruir el clima, la economía de subsistencia o la etnicidad de las poblaciones humanas.
A partir de ese momento, en España, como en el resto de la comunidad arqueológica internacional, la arqueomalacología va implantándose con altibajos, debidos a debates internos de carácter interpretativo y a circunstancias económicas y sociales generales.
Los recortes presupuestarios de las crisis siempre acaban afectando en 'efecto dominó' a aquellos campos que aun siguen percibiéndose como auxiliares, complementarios y, en defi nitiva,'prescindibles'.
Durante este tiempo, los arqueomalacólogos se han esforzado en lograr el reconocimiento de su especialidad como disciplina diferenciada, primero, respecto a la Arqueología, como vimos, y después respecto a la Arqueozoología.
Reivindican su condición de ciencia que requiere de métodos y planteamientos muchas veces distintos, o incluso específi cos, de los de otros estudios de conjuntos faunísticos procedentes de yacimientos arqueológicos.
La consecución de esta meta es relativamente reciente.
El libro que ahora reseñamos es fruto del grupo de trabajo de Arqueomalacología encuadrado en el International Council for Archaeozoology (ICAZ), con origen entre los años 1971 y 1976.
El grupo se establece Trab.
Desde su fundación, el ímpetu y las ganas de trabajo de los coordinadores y miembros del grupo de arqueomalacólogos del ICAZ han promovido reuniones casi bianuales.
Culminan ahora con la excelente publicación de la celebrada en Santander, en 2008(Cubas Morera 2009).
Sus editores, Esteban Álvarez-Fernández y Diana Rocío Carvajal-Contreras, compendian contribuciones de ámbito mundial.
Todos sus autores participaron en la reunión.
Los huecos en cronologías, territorios, grupos taxonómicos o aplicaciones metodológicas nos permiten observar cómo la comunidad arqueológica incorpora la Arqueomalacología, según la geografía y cronología de estudio.
La variedad de investigaciones es sorprendente.
Encontramos desde trabajos que inciden en los problemas y nuevas soluciones en la datación de carbonatos procedentes de conchas marinas hasta estudios centrados en aspectos más tafonómicos, como el análisis de las conchas como parte del material incluido en una matriz sedimentaria.
La compilación se decanta claramente por las aportaciones que se ocupan del uso tecnológico o, sobre todo, ornamental de los moluscos, frente a las muy minoritarias que los estudian como recurso alimenticio.
La obra incluye 30 artículos, en su mayoría, con un enfoque multidisciplinar.
Hay 3 claramente metodológicos, 7 se centran básicamente en los moluscos como alimento y 19 se orientan al uso ornamental.
Solo el que estudia la Cueva de Nerja trata de forma más o menos equilibrada el aprovechamiento de los moluscos como alimento y adorno, gracias a las posibilidades del registro allí recuperado y analizado.
La distribución de los trabajos por cronología y entornos geográfi cos y culturales es también muy signifi cativa.
Un total de 10 tratan contextos de cazadores-recolectores del Paleolítico superior y Holoceno inicial en la zona europea, con una especial atención a la Península Ibérica.
La obra podría considerarse casi como una puesta al día del registro de los objetos de ornamentación personal sobre concha entre el Paleolítico superior y el Epipaleolítico/Mesolítico en España.
Los artículos dedicados a fases más recientes de la Prehistoria en el Viejo Mundo se reducen a 3 aportaciones para el Neolítico, el Calcolítico y la Edad del Bronce en Europa y una cuarta sobre el Neolítico Precerámico en el Próximo Oriente.
Los períodos históricos en el contexto europeo se cubren con 4 trabajos.
Esta distribución por períodos, poco equilibrada, podría deberse en parte al azar, a las especialidades de los participantes del encuentro o a la selección de artículos publicados, pero más bien dibuja la percepción que existe entre los arqueólogos acerca de la importancia de los estudios arqueomalacológicos conforme nos acercamos a yacimientos con fechas más recientes.
Es, por tanto, una clara advertencia de la necesidad de reivindicar la conveniencia de tales estudios en todo el ámbito cronológico de la Arqueología.
Algo que sería importante considerar, y desconocemos, es si los moluscos terrestres y marinos son sistemáticamente recuperados en el panorama de la arqueología programada y de prevención.
Incluso interesaría conocer si su conservación y estudio están contemplados en las diferentes legislaciones que afectan al patrimonio.
Comentarios como "los caracoles seguramente son aportaciones no antrópicas, sin importancia" o "son las mismas especies que hay en la playa" lamentablemente, y por experiencia propia, puedo decir que siguen vigentes.
Destacamos también el impulso de la Arqueomalacología en el ámbito hispanoamericano.
Ello se refl eja en los trabajos presentados, especialmente de países como México o Argentina, relativos a diferentes períodos o de carácter etnoarqueológico.
Su grado de madurez seguramente está ligado al desarrollo de la Arqueozoología, en general, en ambos países.
De hecho México ha sido sede del congreso internacional del ICAZ y Argentina lo será próximamente.
Creemos que también es interesante destacar el hecho que la monografía se presente como un suplemento de Munibe.
Esta revista de la Sociedad de Ciencias Aranzadi ha sido un órgano de expresión y de difusión de la Arqueozoología en España, concretamente desde los pioneros trabajos de Jesús Altuna.
Finalizamos, haciendo hincapié en un aspecto que también debería ser objeto de refl exión entre los arqueomalacólogos: la progresiva ausencia de los estudios dedicados a los pulmonados terrestres como elementos directamente relacionados con la alimentación.
Es signifi cativo que, en las actas de la reunión anterior (Szabó y Quitmeyer 2008), ya no aparecieran estudios sobre caracoles terrestres.
Not only Food manifi esta la riqueza informativa de los moluscos en contextos arqueológicos de todas las regiones y períodos.
Su lectura es una muy buena introducción para quienes deseen aproximarse a las posibilidades metodológicas de la Arqueomalacología y a su vez una estupenda actualización de datos por lo que se refi ere a diversos ámbitos cronológicos y regionales.
La aparición de la monografía de David Russell Harris era un acontecimiento esperable dado que los intereses científi cos de este investigador recaen en el campo de estudio del origen y formación de la economía de producción en diferentes regiones de nuestro planeta y en los aspectos ecológicos de estos procesos.
Ya en 1996, en el libro recopilatorio ampliamente conocido, The Origins and Spread of Agriculture and Pastoralism in Eurasia, publicó un artículo integrando los testimonios sobre la etapa inicial de la agricultura en las áreas occidentales del Asia central y presentando la investigación realizada allí sobre los nuevos complejos arqueológicos.
La región que interesa a Harris, la parte occidental del Asia Central que abarca la zona de contacto entre el desierto de Karakum y el piedemonte del Kopet Dag al sur de Turkmenistán, representa para la mayoría de los especialistas un área marginal respecto a los territorios agrícolas mas antiguos del Asia sudoccidental.
Desde el Mesolítico, las condiciones ambientales en esta región favorecieron claramente a los cazadores y recolectores.
Pero precisamente allí los arqueólogos soviéticos descubrieron culturas neolíticas agrícolas cuyo origen remontan al VI milenio a.n.e.
Nos referimos a la cultura bien conocida de Dzheitun que representaba un enclave agrícola en el mundo de cazadores, pescadores y recolectores neolíticos de esta región.
Para Harris, un arqueólogo con perspectiva ecológica, esta situación se convirtió en una idee fi xe por el deseo de comprender y explicar cuándo y cómo aparecieron los cereales cultivados y los animales domésticos en el Asia Central occidental (el sur de Turkmenistán) en condiciones ambientales inestables.
Su revisión de los datos relativos a los restos de plantas y animales de los poblados neolíticos de las áreas septentrionales de Irán, Afganistán y los territorios
(1) Traducido del ruso por M.a Isabel Martínez Navarrete (Secretaria de Trabajos de Prehistoria) y Eugenia Sokolova (Fundación Alexander Pushkin, Madrid). limítrofes de la Unión Soviética, publicados en los años 1960-1980 del siglo pasado, ha puesto en evidencia que allí apenas se han desarrollado ni investigaciones, ni muestreos orientados hacia objetivos arqueobiológicos.
El estudio de los restos de plantas cul tivadas y de animales domésticos es más bien casual.
Además se constata la ausencia casi completa de fechas de C14 para los más antiguos de los yacimientos arqueológicos excavados entonces.
En el marco de las discusiones teóricas actuales sobre los auténticos escenarios de la "neolitización" Harris sugiere considerar todas las variantes posibles para el Asia Central occidental.
Las mas contradictorias son dos: 1) la distribución del complejo agro-ganadero del Próximo Oriente desde el suroeste a través de la meseta iraní y, 2) la aparición allí de manera independiente de la economía de producción como un "paquete agrícola" completo o como componentes aislados del mismo.
El autor esperaba obtener información arqueobiológica real para la confi rmación de un escenario u otro a partir de las excavaciones arqueológicas en poblados de la cultura Dzheitun.
De modo adicional se hicieron sondeos arqueológicos en un grupo de 8 abrigos rocosos y campamentos al aire libre en la región del gran lago Baljash y en 9 pequeños poblados y campamentos en los valles del Sumbar y Chaidir.
Precisamente los resultados de estas investigaciones multidisciplinares constituyen la parte mas importante de toda la monografía.
Ahora bien la información arqueobiológica obtenida por el equipo de Harris tiene dos partes, como en un proceso fotográfi co del siglo pasado: una positiva y otra negativa.
Por un lado, pudieron descubrir los niveles neolíticos mas antiguos del poblado Dzheitun y mediante una datación radiocarbónica directa confi rmar la pertenencia de las plantas cultivadas y de los animales domésticos encontrados allí a este horizonte cronológico.
No cabe la menor duda de que esto es un logro enorme.
Por otro lado el volumen de información arqueobiológica obtenida por los expertos resulta insufi ciente para su interpretación unívoca.
En opinión de Harris y de su equipo, la principal razón para ello reside en el carácter local de la recogida de materiales arqueobiológicos debido a la pequeña escala de las excavaciones.
Por ejemplo, los materiales osteológicos del poblado Dzheitun son muy escasos: en total unos 300 fragmentos óseos de mamíferos de talla mediana (de los cuales solo un 20% se han determinado a nivel específi co), además de 120 restos de pequeños roedores.
Tal situación convierte cualquier conclusión en hipotética, incluyendo la del predominio de las especies salvajes entre esos mamíferos y, por tanto, la del papel esencial de la caza en la economía de la población local.
Sin embargo los huesos de auténtica cabra Trab.
Prehist., 68, N.o 2, julio-diciembre 2011, pp. 381-393, ISSN: 0082-5638 doméstica pueden ser restos de descendientes de cabras salvajes de Bezoar (Capra aegagrus aegagrus), domesticadas allí, cuya área de distribución hasta hoy incluye los territorios del Kopet Dag.
De hecho según las investigaciones genéticas las cabras de Bezoar se consideran ancestros de las cabras domésticas.
A la vez, las investigaciones arqueobotánicas en Dzheitan no confi rmaron una de las hipótesis de Harris relativa a la posibilidad de una domesticación local de la cebada a la que también pueden apuntar algunas de las investigaciones genéticas actuales.
Todos los macrorrestos vegetales identifi cados allí (tanto grano como paja) pertenecían solo a variedades cultivadas de Hordeum vulgare, vestida y desnuda.
La ausencia total de antepasados silvestres de cebada en los materiales de Dzheitan hace, en nuestra opinión, que incluso el propio planteamiento de una domesticación local sea especulativo.
El reducido surtido de plantas cultivadas encontrado en el poblado Dzheitan, las principales de las cuales eran dos variedades de einkorn (una y dos fi las), la denominada "nueva especie de trigo vestido" y también la cebada vestida y desnuda, una vez más, tampoco contradice la hipótesis del "modelo externo".
De todo lo ofrecido al mundo por los granjeros del Próximo Oriente del "paquete agrícola" los agricultores locales (o quienes se volvieron locales) escogieron aquellas plantas que, en mayor medida, se aproximaban a las condiciones edáfi cas y climáticas del piedemonte del Kopet Dag.
Pero los hallazgos individuales, y discutidos por los autores, de emmer y trigo desnudo muestran, probablemente, que las gentes que llegaron para la ocupación de estos lugares en origen llevaron consigo un surtido mas amplio de plantas cultivadas.
Harris pareciera estar de acuerdo con que un aporte externo de todas las plantas cultivadas al sur de Turkmenistán fuera la situación histórica mas realista.
Pero el propio hecho de que en algunos capítulos del libro se preste especial atención a la probabilidad de la existencia de un hogar independiente de domesticación muestra que el autor, en resumen, no pierde la esperanza de encontrar un centro de domesticación de plantas y animales al Este de las montañas de los Zagros.
Desde nuestro punto de vista, incluso si las excavaciones en Dzheitan tuvieran muestras arqueobiológicas a mayor escala y mas amplias y los resultados no fueran tan contradictorios no permitirían pasar al análisis del origen y organización del sistema económico mas antiguo de la región estudiada, ya que los materiales de un único yacimiento simplemente no pueden resultar en reconstrucciones a gran escala de los procesos históricos, en especial, algunos como la aparición y consolidación de la economía productiva.
Para la clasifi cación de las características particulares y generales de la estructura económica es necesario conseguir puntos de referencia comparativos sobre los yacimientos neolíticos en Turkmenistán y en los territorios circundantes.
Se trata, en primer término, de emprender investigaciones arqueobiológicas complejas, análogas a las realizadas por el equipo de Harris.
Precisamente la ausencia en la actualidad de tales datos comparativos se ha convertido en el principal problema que impide al autor solventar las cuestiones que querría responder.
Así, en la monografía, es como si hubiera dos partes independientes una de otra.
Una presenta los resultados de las excavaciones de la fase mas antigua de existencia del poblado Dzheitun con la descripción de los métodos multidisciplinares actualizados de investigación que se han aplicado y con el análisis detallado de los resultados obtenidos.
La otra comprende las versiones teóricas del propio proceso de aparición de las plantas cultivadas y de los animales domésticos en el territorio de Turkmenistán meridional, cada una de las cuales puede explicar unas u otras particularidades de los datos arqueobiológicos obtenidos en Dzheitun, pero que no son tan comprehensivos como para convertirse en un fundamento consistente para sistematizar la base arqueológica de la reconstrucción de la economía productiva de la región.
Al terminar la discusión del libro se puede afi rmar que los arqueólogos y arqueobiólogos encontrarán en el muchos datos que serán de su interés.
Además de los resultados de las excavaciones en Dzheitun hallarán allí tanto una revisión de la investigación arqueológica en la región como una información detallada del estado actual del clima y la vegetación en Turkmenistán, discusiones sobre el clima del pasado y el origen de la agricultura, nuevas fechas radiocarbónicas que son puntos de referencia cronológicos para el estudio de los poblados de distintas culturas, un análisis de las hipótesis sobre las interrelaciones de los cazadores móviles y los ganaderos del desierto con las tribus asentadas en los valles de las fuentes del río Atrek y muchas, muchas cosas.
Lo principal es la comprensión de que las investigaciones multidisciplinares no son la sencilla combinación de los resultados del estudio de distintas categorías de materiales arqueológicos y biológicos sino un trabajo analítico complejo.
La arqueología española se ha incorporado habitualmente de forma tardía a los debates teóricos, metodológicos e interpretativos que se han fraguado en el contexto académico angloamericano.
Esta distancia temporal le ha permitido evitar sus frecuentes excesos (Gilman 2000: 34), aunque en muchos casos, el poso normativista de la academia ha fi ltrado los distintos elementos de las sucesivas tendencias interpretativas y creado productos híbridos que no siempre son fáciles de clasifi car.
El libro objeto de esta recensión es un buen ejemplo de ello.
Su subtítulo "Genealogía y signifi cado..." pone de manifi esto la singular combinación de las agendas histórico-cultural y postprocesual.
Recintos de Fosos es un volumen formalmente austero, con una calidad razonablemente buena de las fi guras y una impresión de fácil lectura, lo que se agradece dadas sus 588 páginas.
Además, es una edición muy oportuna por dos motivos.
En primer lugar porque desde principios de siglo se ha incrementado exponencialmente el número de yacimientos de la Prehistoria Reciente peninsular con fosos y, en segundo, porque han pasado al primer plano del debate tras no existir formalmente como objeto de investigación hasta fi nales del siglo XX (p. ej. véase Montero 1995).
El libro se estructura en cinco partes que articulan 11 capítulos.
La primera revisa la historia de las interpretaciones de los yacimientos de "fondos de cabaña" ("yacimientos negativos" en términos de los autores) del sur de la Península Ibérica, desde el siglo XIX hasta la de los propios autores.
Por una parte, concluyen que muchas de las propuestas de los clásicos del siglo XIX y principios del XX (Estácio da Veiga, Bonsor, Siret...) se han mantenido inalteradas hasta la actualidad, en particular las funcionales: fosas como silos y cabañas; restos de cultura material como basuras; estratigrafías "horizontales" como resultado de la erosión y el arrastre.
Por otra, critican el carácter localista de la mayor parte de las interpretaciones, que "condena a los constructores de yacimientos con fosos a vivir en un vacuum en el que apenas tuvieron contacto con el exterior, ni realizaron intercambios de objetos, ideas o personas, colaboraron o se enfrentaron con otros grupos" y que parcialmente (y a mi modo de ver de forma inexacta) achacan al exceso autoctonista de los años 80 (p.
En este libro, los autores se proponen socavar estos fundamentos, formulando una alternativa basada en cuatro pilares: la contextua-lización europea del fenómeno de los recintos de fosos; la negación del uso doméstico de zanjas y hoyos; la necesidad de separar el estudio de los recintos de fosos de los murados ("tipo Los Millares") y el llevar a primer plano el problema de la formación del registro arqueológico (p.
La segunda parte examina el registro arqueológico conocido de yacimientos con fosos para los valles del Guadiana y Guadalquivir y zonas limítrofes.
En los dos primeros capítulos abordan una revisión narrativa, cualitativa y crítica del registro de los 6 yacimientos quizás más representativos del fenómeno (La Pijotilla, Perdigões, Papa Uvas, Valencina de la Concepción, Martos y Marroquíes Bajos) y de otros 26 yacimientos con menor detalle.
Ésta hace afl orar el problema fundamental de la investigación a escala peninsular: la escasísima información contextual disponible de intervenciones frecuentemente pequeñas.
Por poner un ejemplo, de los 32 yacimientos tratados, 8 son con certeza "recintos" y sólo 2 -ninguno "recinto"-cuentan con publicaciones que puedan considerarse razonablemente completas (Papa Uvas y Martos).
El tercer capítulo sintetiza la crítica, establece tres fases para el fenómeno de los recintos (IV milenio, primera y segunda mitad del III) y discute aspectos del registro que destacan por ser especialmente signifi cativos: la presencia generalizada en fosos y hoyos de restos humanos y animales, completos o en porciones.
La tercera parte del volumen recoge y sintetiza las características formales que los autores consideran esenciales de los yacimientos con recintos de fosos europeos, siguiendo un orden regional y cronológico.
Enfatizan la existencia de una idea-fuerza, un "aire de familia" (p.
306) entre todos ellos, enfoque que consideran más revelador que destacar la más que evidente variabilidad ("una postura innecesariamente paralizadora", p.
306) de un registro arqueológico producido bajo circunstancias históricas heterogéneas.
Para explicar las similitudes y las diferencias, Márquez y Jiménez creen reconocer una tradición originaria del primer Neolítico europeo -la construcción de recintos de fosos-, difundida mediante oleadas e interpretada en distintas variantes formales, pero inteligible "de grupo a grupo y de generación a generación" (p.
La cuarta parte, "Abriendo las cajas negras", detalla críticamente la coherencia de las interpretaciones propuestas hasta la actualidad para explicar la función de zanjas y fosas y su correspondencia con el registro arqueológico, así como la manera en la que se ha explicado la formación del mismo.
El objetivo principal es la crítica a la interpretación "convencional", una lectura funcional (que no necesariamente funcionalista) que considera estos yacimientos como lugares de habitación cercados/cerrados con abundantes estructuras subterráneas de almacenaje que, por diversos procesos postdeposicionales, han perdido mayoritariamente los distintos suelos de ocupación.
Prehist., 68, N.o 2, julio-diciembre 2011, pp. 381-393, ISSN: 0082-5638 autores contraponen una propuesta más interpretativa: fosas y rellenos son el resultado de actos estructurados y signifi cativos, y los yacimientos sólo serán comprensibles si se abordan en estos términos.
Por último, "Signifi cado" incluye tres capítulos en los que desarrollan los aspectos más interpretativos de su propuesta.
Respecto a la formación de los yacimientos negativos, proponen la llamada "hipótesis de la reposición": el registro que nos ha llegado es el resultado de las acciones de oclusión e "invisibilización" de cualesquiera fueran las actividades desarrolladas en el lugar, las cuales habrían sido severamente enmascaradas por dicha práctica.
Estos yacimientos serían lugares ocupados recurrentemente por grupos no campesinos ("es decir, no atados al terreno económica o simbólicamente", p.
481), en los que se realizaron acciones condenadas a no perdurar pero significativas a nivel social y/o simbólico, "un medio para conseguir un fi n" (p.
Los recintos de fosos actuarían en este contexto como lugares de encuentro para estas poblaciones y, dadas las semejanzas que observan entre los registros, debieron contar con estrategias de gestión de residuos y prácticas de abandono similares.
En defi nitiva, la construcción y oclusión de estas arquitecturas efímeras favorecieron y escenifi caron "procesos temporales de agregación poblacional, con fi nes claramente políticos, económicos y sociales" (p.
Gran parte del debate en torno a la función de los yacimientos con recintos de fosos -que, no nos engañemos, es lo que con mayor frecuencia se debate-, es generalizable a la totalidad de los períodos y registros arqueológicos caracterizados por la presencia exclusiva de fosas no relacionadas estratigráfi camente, en los que es materialmente imposible abordar una household archaeology.
Como los autores de este libro ponen claramente de manifi esto, este tipo de registro es frecuente en distintos contextos geográfi cos e históricos.
El cuestionamiento de la domesticidad de algunos de ellos, desencadenado por el postprocesualismo británico en la década de los 80, ha tenido su primer impacto tras el descubrimiento generalizado de yacimientos con (y sin) fosos en buena parte de la Península Ibérica, y el gran mérito de este libro, y de sus autores, es que su lectura crítica permite reconocer con una claridad meridiana las fortalezas y debilidades de este enfoque.
Márquez y Jiménez son sensatos al creer que deberíamos conocer la temporalidad y la sucesión de las acciones que generaron estos palimpsestos arqueológicos antes de considerarlos lugares de habitación de grupos sedentarios (o móviles, para el caso), pero no nos dicen cómo hacerlo.
Sea como fuere, los autores de esta oportuna monografía desarrollan desde hace ya unos años trabajos de excavación en el extraordinario y complejo yacimiento de Perdigões (Márquez et al. 2011a; Márquez et al. 2011b), en donde previsiblemen-te deberán enfrentarse a esta objeción.
Como dicen los británicos, the proof of the pudding is in the eating.
Manuel Eleazar Costa Caramé.
Las producciones metálicas del III y II milenio Cal ANE en el Suroeste de la Península Ibérica.
Este libro recoge la investigación de tercer ciclo de Costa Caramé, becario Predoctoral del Programa Formación del Personal Universitario en Sevilla.
Forma parte de un proyecto doctoral sobre "La metalurgia y sus repercusiones económicas, sociales, políticas e ideológicas en las comunidades de la Edad del Cobre y de la Edad del Bronce del Suroeste de la P. Ibérica", dirigido por L. García Sanjuán y M.A. Hunt, inserto en el Grupo ATLAS (HUM-694).
La primera frase de la obra, "La metalurgia es una actividad productiva... siempre... considerada como un motor principal de los cambios socioeconómicos y culturales..." (p.
19), ya nos avanza que la relevancia que asigna a la metalurgia prehistórica va más allá de las conclusiones sobre la estadística artefactual que presenta.
Su objetivo es estudiar los materiales arqueológicos del suroeste peninsular relacionados con el Trab.
Una de sus virtudes es actualizar los datos dispersos y de difícil acceso en un corpus transfronterizo: Badajoz, Cádiz, Córdoba, Huelva, Sevilla (España), Beja, Évora, Faro, Portalegre y Setúbal (Portugal).
La deseable difusión de la investigación arqueometalúrgica en versión digital o a través de la red (catálogos on-line, SIG...) haría factible el acceso completo a catálogos no impresos como éste (2.788 objetos) y a la información gráfi ca, cuya escasez en esta obra (con un incómodo error en la numeración desde el gráfi co 105 al fi nal en este libro), contribuye a una cierta rigidez académica.
La "historia de la investigación" valora el Proyecto de Arqueometalurgia de la Península Ibérica a partir de los 1990 y no tanto los importantes avances lusos.
Destacamos los debidos al equipo multidisciplinar vinculado al Instituto Tecnológico e Nuclear y al CENIMAT/I3N de Lisboa, que materializan el deseo de Costa de "un estudio similar" en Portugal (p.
46), con el inicio de los programas EARLYMETAL (1) y AuCORRE (2).
El "estudio global" analiza los datos porcentuales del número mínimo de artefactos (NMA) por provincia, cronología, contexto y función de forma conjunta y separando la Edad del Cobre, la Edad del Bronce y el Bronce Final.
En el "estudio tipológico, morfométrico y arqueométrico" los grupos son funcionales y formales (listado en la p.
Cada uno cuenta con una breve caracterización, distribución geográfi ca y cronológica e información arqueométrica recopilada.
La estructura se repite siempre para facilitar la comparación.
El trasfondo del capítulo "conclusiones" es el debate sobre el modelo social durante el Calcolítico en el valle del Guadalquivir.
Las últimas tesis sobre la metalurgia prehistórica del Suroeste (Hunt 2003; Bayona 2008) y sus respectivos modelos sociales (García Sanjuán 1999; Arteaga Matute 2002), "más que agotar el tema de estudio, han servido para aumentar el interés" (p.
Costa pone en cuestión que la metalurgia a inicios del III milenio ANE tuviera allí una complejidad tecnológica, una especialización y una escala tan elevadas, que causara procesos de deforestación y polución de alcance regional.
Dicho paradigma implica un modelo de organización política supra-parental y la jerarquización del poblamiento en el valle del Guadalquivir, con poblados dependientes y especializados en minería y metalurgia, y grandes centros de poder que controlan los excedentes de los territorios circundantes y la fuerza de trabajo.
Su máxima expresión sería la interpretación del "barrio metalúrgico" de Valencina de la Concepción (Nocete et al. 2008).
ción divergente de Costa (Costa et al. 2010) sobre ese mismo registro afecta a la escala y especialización productiva, la desigualdad social o las estructuras jerárquicas y de poder.
Y esta lectura es consecuente con la evolución funcional diacrónica en los artefactos metálicos expuesta al fi nal de la obra.
Es una de las regiones peninsulares, junto al Sureste, donde se ha cuantifi cado un mayor número de "artefactos arqueometalúrgicos" (p.
También destaca la gran diversidad formal y el predominio de las herramientas y de herramientas-armas.
El autor se decanta por la funcionalidad doméstica de estos objetos y por una vinculación de las puntas de fl echa metálicas más con la caza que con la guerra, aunque lamenta la falta de estudios traceológicos.
De acuerdo con su idea de bajo nivel tecnológico de la metalurgia, argumenta que los contenidos de arsénico son debidos a su presencia en los minerales de origen, al igual que los de estaño en algunos de los primeros bronces, y no a una intencionalidad de aleación.
Pero es discutible que no hubiera fundición de oro durante la Edad del Cobre (pp. 162, 167), ya que aunque se trabaje oro aluvial, es necesaria una fusión previa para homogeneizarlo.
Por último, basado en el cálculo del impacto forestal sobre el medio de Montero (1994: 303), argumenta la sobredimensión de su degradación durante la Edad del Cobre.
La expresión más clara de la emergencia de una élite durante la Edad del Bronce (2200-1300 CAL ANE) sería la aparición de armas sensu stricto amortizadas en enterramientos individuales.
Su extensión manifestaría un proceso de jerarquización social en el que se disgregaron las relaciones de parentesco anteriores, como sostiene la lectura social de García Sanjuán (1999), antitética a las de los autores que se posicionan con Arteaga (2002).
La dinámica diferente del Bronce Final (1300-850 CAL ANE) se observa en el aumento sin precedentes de la diversidad de adornos y armas.
Mejora la producción orfebre y la de base cobre y se hacen armas con una capacidad de ataque corroborada analíticamente.
Por todo ello concluye que la producción del Bronce Final está orientada a realzar el estatus social y que solo es ahora cuando considera evidente el control sobre la materia prima (si no del proceso productivo).
Los signifi cativos datos sobre el peso (a nuestro entender, mucho más que el NMA) corroboran la masiva producción de bronce y de oro, en el contexto del Bronce Final del Noroeste peninsular ("563 Kg", p.
El contraste es, incluso, muy superior ya que la cifra se refi ere solo a las "hachas" gallegas (Comendador 1999).
Como interesada espectadora de ese debate desde el Noroeste, expreso mis reservas a la hora de consi-Trab.
Pero también resulta difícil asumir algunas conclusiones sobre la actividad metalúrgica y su contexto social a través de la sistematización de información arqueológica con alto grado de descontextualización y de programas analíticos incompletos.
Solo una investigación planifi cada puede dar más peso a una u otra alternativa.
Sin embargo, esto no menoscaba el interés del libro de Costa, de obligada consulta en el puzzle de la metalurgia prehistórica peninsular.
El objetivo general de la investigación no está explícito, pero los objetivos específi cos cumplidos aportan argumentos para un debate de fondo de mucha más amplitud, que es su principal aliciente y subvierte su tan solo aparente "inocencia".
Resulta poco habitual encontrar, en la actual Arqueología Protohistórica del Mediterráneo Central, un estudio tan completo, exhaustivo y multifocal como el que sobre los lingotes de cobre en forma de "piel de buey" nos presenta esta extraordinaria selección de especialistas.
El libro recoge la totalidad de lingotes oxhide recuperados en Sicilia, Córcega y Cerdeña y está llamado a convertirse en pieza esencial para la continuación de los estudios sobre este tipo de productos y sobre el comercio mediterráneo en la Edad del Bronce.
Los lingotes reconocidos suman ya más de 150, si bien los ejemplares completos son mucho menos numerosos (6), contrastando con algunos hallazgos orientales o egeos.
Pero, como señalan los editores en la introducción, el propósito de la obra va más allá del mero repertorio, abundando en aspectos como los contextos, la cronología, los análisis metalográfi cos, la iconografía, la metrología, etc. Todo ello sin olvidar los aspectos relacionados con el comercio y el trasiego de ideas y mercancías, si bien no son éstas las cuestiones que más atención han suscitado en esta ocasión.
Un conjunto de estudios sobre la presencia de lingotes en Oriente establece un magnífi co background introductorio.
El primer capítulo de Muhly a pesar de su título, Oxhide ingots in the Aegean and in Egypt, actúa más bien como una historia de la investigación.
Se señalan las etapas que ha atravesado el estudio de los lingotes, desde sus valoraciones como elementos premonetales (en virtud de su ya descartado isomorfi smo con la piel de toro), la importancia de los hallazgos de los pecios de Gelydonia y Uluburun, y la abundancia de análisis metálicos realizados desde ini-Trab.
En este campo, hay que destacar no solo la prioridad de los análisis de composición química, que detectaron prontamente la naturaleza cúprica de estos elementos, sino también la de otras técnicas más avanzadas, como los isótopos de plomo.
Los resultados, que apuntan hacia la obtención prácticamente de todo el material disponible en la zona minera de Apliki, provocan justifi cadas reticencias.
A pesar de esto, dada la indiscutible procedencia chipriota de estos lingotes, tanto Muhly como otros autores del libro atribuyen a las comunidades chipriotas un importante papel en las iniciativas comerciales por el Mediterráneo, siguiendo planteamientos ya formulados por A. y S. Sherratt.
Aunque los argumentos aportados son escasos, la idea no debe considerarse descartable y viene a incorporarse a las previas sobre el componente cretense o siriopalestino del comercio de materias primas en el Bronce Tardío.
A la corriente chipriota se une el trabajo de Kassianidou, el primer catálogo completo de los lingotes encontrados en Chipre.
La autora atribuye las diferencias cuantitativas con Cerdeña a la falta de actividad de campo, algo que en este caso resulta arduamente argumentable.
Las distintas tradiciones culturales, apreciables en los varios modos de concebir los depósitos, pueden ser factores explicativos de estas sorprendentes diferencias.
Igualmente oportuno resulta el capítulo de Papasavvas dedicado a los aspectos iconográfi cos. Si bien en algunas partes los lingotes pierden protagonismo en favor de otros elementos de las composiciones, en otras (como en el estudio de las deidades de bronce) se entra de lleno en el signifi cado de los mismos para concluir su importancia simbólica como representación de la riqueza minera de la isla y cómo la actividad productiva y metalúrgica del cobre se puso bajo la protección divina.
Al repasar el arte egipcio señala la posibilidad de que las comitivas tributarias pudieran estar representando individuos chipriotas, aunque, una vez más, el tema se plantea como sugerencia no descartable más que como hipótesis bien argumentada.
En el apartado del Mediterráneo Central, eje y leitmotiv de la obra, adquiere protagonismo la coordinación de Lo Schiavo, amparada por un nutrido grupo de especialistas de Sicilia y Cerdeña.
En el ámbito sículo destaca la revisión cronológica del depósito de la acrópolis de Lípari, donde Giumlia-Mair realiza por primera vez un estudio arqueometalúrgico.
Las formas de aparición de lingotes en este ambiente sugieren una relación con el comercio oriental distinta a la de Cerdeña.
Mientras la presencia de restos en las Eolias se atribuye a posibles tasas por la estancia en las islas de los mercaderes orientales, los depósitos sardos son interpretados en su mayoría como ocultaciones no recuperables, entre ellos los depósitos fundacionales hallados en algunas nuragas donde, excepcionalmente, se han localizado agrupados lingotes completos.
El ámbito sardo se trata con gran detenimiento, dado el alto desarrollo de los estudios sobre estos materiales en la isla.
Unas fi chas muy completas catalogan los hallazgos con apreciaciones sobre los contextos que, a veces, se complementan con apéndices donde aparecen datos referidos a intervenciones recientes o inéditas en los yacimientos.
Esta misma preeminencia de Cerdeña está presente en los trabajos fi nales, dedicados a la metrología y a la metalurgia.
Algunos resultados de los análisis requerirían una refl exión conjunta, como el prolijo estudio matemático de Lo Schiavo de los pesos de 135 fragmentos de distintos puntos de Cerdeña.
Los elevados índices de tolerancia aplicados en el estudio estadístico y las difi cultades técnicas que los análisis arqueometalúrgicos señalan para la fragmentación de los lingotes, demandan mucha prudencia al intentar relacionar estos fragmentos con sistemas de pesos y medidas.
Ello, sin embargo, no excluye la existencia y el uso de sistemas metrológicos en el Mediterráneo Central durante la época de expansión de los oxhide.
Una cosa es que estos estándares existieran y otra bien distinta que los lingotes y, sobre todo, sus particiones, tuvieran que sujetarse necesariamente a ellos.
Esa prudencia se trasluce en algunos de los trabajos dedicados a la metalurgia, uno de los aspectos vertebrales de la obra.
En el primero, Maddin refl exiona en torno a las limitaciones actuales de los análisis químicos para responder a algunas de las cuestiones que aún se suscitan, como la identifi cación de un lingote a partir de fragmentos distintos, las técnicas de troceado o la propia producción de cobre en Cerdeña.
Todo ello sin dejar de destacar los avances en esta materia en los últimos 30 años.
Menos escéptico se muestra Hauptmann, quien atribuye elevados índices de infalibilidad al método de los isótopos de plomo.
Conforme a los resultados obtenidos por estos análisis defi ende, para la práctica totalidad de los lingotes analizados, la procedencia del pequeño distrito minero de Apliki.
Es predecible que su explicación de esta sorprendente y cuestionada conclusión, centrada en la incidencia de la minería moderna sobre las labores antiguas, no bastará para cerrar el debate.
Los especialistas seguirán reticentes a aceptar que la mayor parte del cobre de Chipre producido en el Bronce Reciente se extrajera únicamente de este modesto distrito.
Más aceptable parece la explicación de otra de las sorprendentes constataciones de los análisis isotópicos: el cobre de los lingotes chipriotas no parece ser empleado en la elaboración de bronces nurágicos.
Ello puede ser debido a que su aportación cuantitativa a las aleaciones sea más bien escasa y siempre compartida con las fuentes de abastecimiento autóctonas de la isla.
Sin embargo esto contrasta con la ausencia constatada de labores mineras y metalúrgicas en la Cerdeña nurágica, abriendo una serie de interrogantes sobre el Trab.
Una de las mayores aportaciones de la obra es, sin duda, la inclusión de un CD con una extraordinaria y rica documentación, centrada en los aspectos metalográfi cos: 1.500 tomas de composición química, 380 de isótopos y 170 metalografías.
Este repertorio abundantísimo no solo agrupa muestras del Mediterráneo Central, sino la totalidad de analíticas de lingotes oxhide publicadas -destacan las 200 de Uluburun-lo cual constituye un enorme acierto.
Las tablas, en formato Excel, son muy completas y se complementan con la primera versión del archivo OXHIDE.
Recoge una serie de bases de datos interrelacionadas sobre la metalurgia de los lingotes, presentadas en soporte Access, fruto del extraordinario y meritorio esfuerzo de recopilación de Lo Schiavo y Farinetti.
La compilación reproduce algunos de los ya señalados desequilibrios en la información a favor de la documentación sarda, algo que, sin duda, podrá ir actualizándose en futuras versiones, como señala la autora del trabajo en su presentación.
Desde una perspectiva general, tal vez habría sido conveniente, en una obra de esta envergadura y tantos años de trabajo, un esfuerzo suplementario para uniformizar la presentación de los datos, la estructura de los capítulos y el aparato crítico.
El catálogo de lingotes y el tratamiento de las distintas áreas geográfi cas siguen modelos que podían haberse ajustado a una fórmula común.
Quizá habría resultado útil también unifi car la bibliografía en un solo listado, evitando las múltiples reiteraciones que, necesariamente, se producen en un tema tan específi co.
Desde una perspectiva occidental, se echan de menos referencias al papel de la Península Ibérica en el tema de los lingotes oxhide.
Su característica forma aparece en una serie cada día más numerosa de objetos y estructuras del I milenio (altares de Cancho Roano, Coria del Río, Carambolo...) que, tras los más recientes descubrimientos de Málaga, permiten un enlace directo con el mundo fenicio.
Por otro lado, la implicación del Lejano Oeste en las rutas del comercio de metales y materias primas del II milenio apenas es objeto de atención.
No obstante, en sentido estricto, ambos temas quedan al margen de la época en que se expandieron estos lingotes por el Mediterráneo, sin hallazgos, hasta la fecha, en la Península Ibérica.
Los elementos peninsulares en forma de "lingote chipriota" comienzan a desarrollarse a partir del siglo VIII, generando problemas de palingenesia que aún no han sido abordados por la arqueología española.
Las relaciones con el Mediterráneo Central empiezan a hacerse evidentes en las últimas etapas del Bronce Final, justamente, cuando estos productos ya no circulaban.
Esta obra estudia la producción de oro en la Península Ibérica por medio de la investigación arqueométrica, y tal y como se aclara en el capítulo introductorio, la publicación compila quince años de investigación acerca de un importante conjunto de hallazgos, 45 en total, y más de mil setecientos análisis realizados dentro del marco del Proyecto Au.
La estrategia metodológica implementada consistió en el establecimiento de un protocolo para la obtención de los datos por medio de técnicas arqueométricas, como la utilización del microscopio electrónico de barrido (MEB) y de un analizador EDS (espectrómetro de dispersión de energía), con el que se obtuvieron datos concernientes a las técnicas de manufactura utilizadas, patrones de uso y deterioro de los objetos de oro, y de la composición química de la aleaciones y de las soldaduras.
La utilización de análisis estadísticos complementa la estrategia metodológica.
Las pruebas estadísticas seleccionadas se orientaron al análisis de los datos que contestaran interrogantes planteadas por los investigadores, tales como: a) la relación existente entre la composición química de la soldadura y el resto del objeto y b) si la composición de la aleación varió en función de la temporalidad y las estructuras.
Se plantea entonces una estrategia de análisis de los datos tendentes a identifi car cambios tecnológicos ocurridos en la Península Ibérica dentro de un marco cronológico amplio.
Con esta publicación, concebida por los autores como un catálogo, se establece un modelo metodológico detrás del cual subyace la concepción de que las escogencias tecnológicas -manifi estas en los cambios ocurridos-son resultado de contextos de producción social específi cos.
El contenido de la obra se estructura en tres capítulos.
En el capítulo I se exponen los criterios para seleccionar la muestra de estudio así como los parámetros utilizados en la toma de datos por medio de MEB y EDS.
Los apartados acerca de las técnicas de Trab.
En el capítulo II se describe el tratamiento estadístico de los datos de composición elemental de los objetos, así como las conclusiones obtenidas de la interpretación de los resultados arrojados por este estudio estadístico.
Finalmente, la estructura expositiva de los datos del capítulo III, el de mayor extensión, responde al ordenamiento cronológico según los períodos abordados y a una distribución espacial de los hallazgos.
Se inicia con una síntesis de cada uno de los contextos de procedencia de las piezas estudiadas y se exponen las micrografías y los datos microanalíticos.
Hubiese sido enriquecedor, como complemento de este despliegue de información, la utilización de mapas de ubicación de los hallazgos en la Península Ibérica en cada uno de los períodos estudiados, para establecer una relación entre la distribución geográfi ca y temporal y la caracterización tecnológica.
La publicación, por la naturaleza del tema tratado y la manera en que se exponen los resultados, se convierte en una publicación especializada y de difícil comprensión aún para los arqueólogos que no cuentan con experiencia en la lectura de las micrografías, los datos composicionales y diagramas que acompañan los análisis estadísticos.
La incorporación de un apéndice a manera de glosario, con algunos de los conceptos que se expresan en los pies de las micrografías, hubiera sido otro complemento importante para la comprensión de las fotografías.
Conceptos como: "Mapping de composición Au-Ag" (N.o 4169); "Microrrechupes en la soldadura" (N.o 2618) y "Estructura dendrítica" (N.o 2612) son algunos de ellos.
Destacamos a continuación una serie de aspectos relevantes en el conjunto de esta obra.
Primero, que el hilo conductor de la investigación radica en la toma de datos bajo las mismas condiciones experimentales y en lo perentorio de conjugar el dato analítico con el estructural.
En este hecho radica la esencia del establecimiento del protocolo del Proyecto AU y el aporte metodológico de esta publicación.
Segundo, la selección de la muestra -con sus limitantes de acceso y tamaño acorde con el equipo utilizado-procuró tener una representación temporal y espacial de la producción metalúrgica de la Península Ibérica.
Aunque los autores reconocen la disparidad de la muestra en relación a períodos cronológicos y tipos de estructuras, la forma de exposición y análisis de los datos permite al lector atento y versado en la lectura de este tipo de información, visualizar continuidades y discontinuidades en las técnicas de manufactura empleadas.
De ahí, que la publicación efectivamente cumpla con el objetivo de constituirse en un catálogo de consulta para especialistas interesados en conocer la producción metalúrgica del área en estudio.
Como tercer punto, cabe señalar que la estructura de exposición de los resultados en el capítulo III, evidencia un protocolo de investigación que arrojó resultados que facilitan un análisis comparativo que trasciende la perspectiva tipológica.
Adicionalmente, la obtención de un corpus de resultados que pueden conectarse entre sí permite, por una parte, establecer una valoración crítica de los datos generados en términos de cambios tecnológicos y, por otra parte, abordar en un futuro las implicaciones socioeconómicas de estos cambios, objetivo fundamental de las aproximaciones arqueométricas.
El cuarto aspecto se relaciona con el hecho importante de que la investigación llevada a cabo por el equipo liderado por la Dra.
Perea está sustentada en un enfoque interdisciplinario y en el respaldo de un esfuerzo logístico que no siempre es fácil de conciliar.
Por esta razón, la obtención de fi nanciamiento en diferentes etapas de la investigación, ayudó a cumplir con los objetivos planteados por el Proyecto Au.
Un quinto y último aspecto a destacar es la trascendencia del Proyecto Au y de esta publicación.
La investigación emprendida y la publicación de este catálogo es, en primer lugar, un trabajo pionero por el establecimiento de una aproximación metodológica rigurosa y sostenida en relación al entendimiento de los procesos de manufactura y funcionalidad de ciertas producciones metalúrgicas en la Península Ibérica.
En segundo lugar, por esta particularidad pionera, se convierte esta publicación en una obra de consulta obligatoria para futuros trabajos en el campo del estudio tecnológico de la metalurgia.
En tercer lugar, y como corolario, parte de la propuesta metodológica planteada en esta obra está siendo aplicada a cerca de doscientas piezas procedentes de Colombia y Costa Rica, pertenecientes a la colección de oro prehispánico del Museo de América de Madrid (Proyecto "Aplica ciones y procedimientos MEB, IBA y SIG para una investigación arqueometalúrgica.
El caso del oro precolombino".
HAR2009-09298 Plan Nacional español I+D+i), con lo que se amplían los alcances propuestos en un inicio por los autores.
Felicitaciones a Alicia y a su equipo por aportar a los estudiosos de la metalurgia un excelente abordaje metodológico y una experiencia de vida tendiente a obtener resultados a largo plazo.
Fundación Museos Banco Central de Costa Rica.
Avenidas Central y Segunda, Calle 5. |
Se estudian restos humanos procedentes de yacimientos de la Cultura de El Argar con el objetivo de ampliar el conocimiento sobre la actividad física llevada a cabo por los individuos.
Se analizan tres tipos de marcadores: la artrosis, los marcadores de estrés músculo-esquelético y los traumatismos.
Los resultados obtenidos son coincidentes con el entorno y los terrenos en los que se ubicaron los asentamientos argáricos y señalan una clara diferencia entre sexos.
Aunque es imposible determinar la "profesión" de los individuos, sí se puede afirmar que los varones realizarían actividades que requerían fuerza muscular, caminar por terrenos duros y escarpados y en las que había riesgo de sufrir traumatismos.
Las mujeres, sin embargo, llevarían a cabo actividades centradas en el entorno doméstico.
En los últimos años y con la realización de nuevas excavaciones arqueológicas, se han venido ampliando las colecciones osteológicas de poblaciones adscritas a la denominada Cultura de El Argar.
El Laboratorio de Antropología Física de la Universidad de Granada inició, hace ya tiempo, un proyecto de investigación centrado en estas poblaciones, del que se han ido publicando algunos resultados parciales, sobre todo de aspectos relacionados con la salud-enfermedad, adaptaciones al medio y patrones de actividad.
Este último campo adquirió una cierta relevancia en las investigaciones antropológicas internacionales de la década de los noventa.
El número de publicaciones generadas ha sido especialmente alto pero cada vez se han hecho más frecuentes las críticas a este tipo de trabajos (Jurmain 2003; Kennedy 1998; Stirland 1991) sobre todo porque en muchas ocasiones se habían aventurado interpretaciones que no se sustentaban en bases sólidas y debidamente contrastadas.
Realmente es imposible conocer "la profesión" de un individuo a partir de su esqueleto y por tanto infe-rir la práctica de determinadas actividades por parte de una población.
Sin embargo, sí se pueden comparar entre sí poblaciones de las que se conozcan sus patrones económicos y culturales y su entorno medioambiental y comprobar si sus caracteres esqueléticos coinciden o no con dichos patrones (Hawkey y Merbs 1995).
De igual modo, dentro de una población determinada, se pueden comparar los esqueletos de varones y mujeres para observar si presentan diferencias atribuibles a la práctica de actividades físicas distintas.
Lo que no se podrá en ningún caso es afirmar, por ejemplo, que los hombres fueron mineros, carpinteros o guerreros, y las mujeres tejedoras o molineras.
Sólo se podrá valorar si sus patrones de actividad son similares o no.
Los asentamientos argáricos en la provincia de Granada ocupan lugares escarpados, desde los que se controla un amplio territorio, con defensas naturales completadas con murallas.
Los poblados se extienden por las laderas de los cerros mediante terrazas comunicadas entre sí por rampas o peldaños.
Las bases económicas radican en la agricultura y la ganadería, completadas, en algunas ocasiones, con la explotación minera.
Ya desde las excavaciones de los hermanos Siret se apreció la variedad de riqueza de los ajuares funerarios, que se atribuye a diferencias de estatus social, y la estrecha relación de determinados objetos con los enterramientos masculinos y femeninos.
Con estas premisas, se debería esperar que los esqueletos estudiados muestren caracteres coincidentes con lo agreste del terreno y la base económica rural agropecuaria.
Los distintos ajuares indicarían diferencias de género en cuanto al papel desempeñado por cada sexo dentro de la sociedad y, en tal caso, podrían reflejarse en los esqueletos.
Hay distintos marcadores cuyo estudio puede aportar información sobre la actividad física desempeñada, tales como la forma de la sección transversal de los huesos, el desarrollo de entesofitos, la presencia de determinados caracteres no métricos, tales como algunas carillas articulares, la presencia de artrosis o las lesiones traumáticas, pero siempre teniendo presente que la actividad física es sólo una causa contribuyente más y en ningún caso la exclusiva de su aparición y desarrollo.
En este trabajo se analizarán la presencia de artrosis, el desarrollo de marcadores musculoesqueléticos y la aparición de lesiones traumáticas con el objetivo de comprobar si los varones y mujeres argáricos llevaron a cabo actividades físicas diferentes o no. Se estudian similitudes y/o diferencias entre sexos biológicos que podrán aportar alguna información sobre si existieron o no diferencias de género entre los individuos de las poblaciones argáricas en cuanto a la división del trabajo.
Para este trabajo se han empleado restos esqueléticos hallados en contextos arqueológicos claramente datados en la Edad del Bronce y adscritos a la Cultura de El Argar, que se hallan depositados en el Laboratorio de Antropología Física de la Universidad de Granada.
Los materiales proceden de los siguientes yacimientos: Castellón Alto (Galera) -campañas de 1983 y 1989-, Fuente Amarga (Galera), Cerro de la Encina (Monachil), Cerro de la Virgen (Orce), Cuesta del Negro (Purullena), Puerto Lope (Moclín) y Terrera del Reloj (Dehesas de Guadix), todos ubicados en la provincia de Granada (Aguayo y Contreras 1981; Arribas et al. 1974; Molina y Pareja 1975; Molina et al. 1986; Rodríguez et al. 2000; Schule 1980) (Fig. 1).
Los restos seleccionados para el estudio corresponden a esqueletos más o menos completos, perfectamente individualizados, pertenecientes a sujetos adultos (mayores de 20 años) con sexo determinado por la morfología de la pelvis y del cráneo y funciones discriminantes del esqueleto postcraneal (Alemán et al. 1997; Ferembach et al. 1979 y Krogman e Iscan 1986).
1). la aparición de osteofitos, osteoesclerosis subcondral, osteoporosis y cavidades pseudoquísticas.
La edad es el factor más importante, pues suele aparecer a partir de los 40 años y, en las mujeres, especialmente tras la menopausia.
En su desarrollo inciden la sobrecarga articular (la obesidad y la práctica de determinadas actividades), factores genéticos y metabólicos (Aufderheide y Rodríguez 1998; Campillo 2001; Jurmain 2003).
Cuando no se puede determinar el origen de la afección, se denomina "artrosis primaria" y se considera como "secundaria" cuando su presencia puede relacionarse claramente con una causa previa, por ejemplo una lesión traumática.
Generalmente, no se le puede atribuir un origen, pues si bien es típica de edades avanzadas, y como tal un "marcador de buena salud", hay sujetos seniles que no la padecen.
De igual modo, tampoco se puede asociar en exclusiva a la práctica de actividades físicas y, en la clínica habitual, sólo se reconoce que determinados sujetos, deportistas de élite por ejemplo, tienen riesgo de sufrirla (Jurmain 2003).
Este riesgo se acentúa cuando existen lesiones previas y cuando el estrés sobre las articulaciones se inicia durante el periodo de crecimiento de un individuo, pues el cartílago es menos resistente a los microtraumas repetitivos que el de los sujetos adultos.
Durante las dos pasadas décadas, la artrosis se convirtió en el marcador de actividad por excelencia y se atribuyó su presencia en una articulación dada a la práctica de determinadas profesiones.
Sin embargo, no se tuvo muy en cuenta que la actividad es sólo un factor coadyuvante y, que en la práctica clínica actual, no se puede asociar la existencia de artrosis en una determinada articulación con el desempeño de una actividad específica.
En este trabajo se registra la artrosis con el criterio de presencia o ausencia por articulaciones o conjuntos articulares anatómicos y sólo con relación al sexo.
Las articulaciones son hombro, codo, muñeca, cadera, rodilla y tobillo, de manera que se marca como positiva la presencia de señales de artrosis en cualquiera de los huesos que componen la articulación.
Los conjuntos articulares son los sectores cervical, dorsal y lumbar de la columna vertebral y el total de articulaciones de la mano y del pie.
Se han calculado las frecuencias para varones y mujeres de cada articulación y conjunto y se comparan mediante el test χ 2.
Para realizar una comparación mediante un análisis multivariante con todas las articulaciones y conjuntos, se ha recurrido al empleo de la MMD (Mean Measure Distance), Como algunos de los caracteres estudiados (concretamente la artrosis y los marcadores de estrés musculoesquelético) presentan una clara vinculación con el incremento de la edad, se ha comprobado previamente mediante el test χ 2 si las muestras en cuanto al número de individuos por sexo y edad eran comparables o no. Se han establecido 4 muestras: varones adultos, varones maduros y seniles, mujeres adultas y mujeres maduras y seniles y se ha obtenido un valor χ 2 global = 0,16 con una probabilidad de 0,68.
Esta diferencia no es significativa porque es mayor de 0,05.
Estas cifras indican claramente que las muestras son comparables.
Por esta misma vinculación con la edad, no se ha llevado a cabo una correlación entre las variables estudiadas.
MARCADORES Y MÉTODOS DE ESTUDIO
La artrosis es la patología más abundante y más fácil de diagnosticar en esqueletos antiguos y por ello es la más conocida por los arqueólogos (Rogers y Waldron 1995).
Es una enfermedad crónica degenerativa que se origina con la destrucción del cartílago articular y continúa afectando al hueso con según la fórmula de C.A.B. Smith (Finnegan y Cooprider 1978).
Para obtener más detalles sobre la edad o la distribución por yacimientos, se puede consultar Jiménez Brobeil et al. 1995.
Con la expresión "Marcadores de estrés musculoesquelético" se hace referencia a los cambios que se observan en las inserciones de ligamentos y tendones (entesas) como consecuencia de un incremento en el desarrollo de los músculos.
Estos marcadores pueden caracterizarse por calcificación de las entesas y aparecen como crestas o espículas, denominadas entesofitos, o como surcos o zonas deprimidas (Knüsel 2000).
La presencia y desarrollo de estos marcadores depende en buena parte de la actividad física de cada individuo, pero no debe olvidarse que también están influidos por el sexo, edad, niveles hormonales y diferencias genéticas (Jurmain 2003; Wilczak 1998).
En principio, no podrían compararse poblaciones cuyo tamaño esquelético sea muy distinto o que presenten un acusado dimorfismo sexual (Wilczak 1998) porque sus patrones de desarrollo de marcadores pueden ser muy distintos según la robustez o gracilidad de sus huesos.
El desarrollo de los entesofitos aumenta con la edad y por ello se les considera una característica que denota la madurez del esqueleto (Mann y Murphy 1990).
Por esta razón, debe excluirse de los análisis a los individuos de edades avanzadas, ya que en una población con un número elevado de sujetos ancianos puede crearse la falsa apariencia de un fuerte desarrollo muscular.
El desarrollo de entesofitos es característico de una enfermedad degenerativa, la hiperostosis esquelética idiopática difusa (DISH) (Jankauskas 2003) y por ello también deben excluirse de los estudios de actividad los individuos afectados por esta patología.
Se han seleccionado 14 marcadores diferentes (Al Oumaoui et al. 2004) que reflejan las principales articulaciones del cuerpo, tal como recomiendan Peterson y Hawkey (1998) y que se valoran con carácter de presencia o ausencia.
Para evitar los problemas ocasionados por el incremento de su desarrollo con la edad, se han eliminado del estudio los individuos de más de 60 años y los sospechosos de haber padecido DISH.
En la tabla 2 se expone el listado de marcadores y los tendones, ligamentos y músculos con cuya actividad se relacio-na el desarrollo del marcador (Kennedy 1989; Mann y Murphy 1990).
Para cada sexo se han obtenido las frecuencias de presencia de cada uno de los marcadores y se comparan los porcentajes entre varones y mujeres mediante el test χ 2.
El conjunto de todos los marcadores se compara entre ambos sexos mediante la MMD.
Los traumatismos en general son lesiones provocadas por una fuerza externa.
Sobre el esqueleto son relativamente fáciles de observar e identificar y, tras la artrosis, constituyen la patología que se halla con más frecuencia.
Generalmente, se estudian fracturas o roturas en la continuidad del hueso, y luxaciones, que son dislocaciones de las superficies articulares.
Las causas de las fracturas son variadas.
Pueden ser espontáneas por sobrecarga o a consecuencia de una enfermedad propia del hueso, intencionales y fortuitas.
En las fortuitas el individuo puede estar en reposo sin realizar actividad física (por ejemplo, por la caída imprevista de un objeto) o realizando una actividad (Campillo 2001).
Los traumatismos craneales pueden ser fisuras, fracturas con o sin hundimiento de la bóveda, lesiones incisas y punzantes o erosiones (Campillo 2001).
Estas últimas son lesiones superficiales ocasionadas por contusiones fortuitas o intencionales.
La mayoría de fracturas y luxaciones del esqueleto postcraneal suelen producirse de manera fortuita por caídas o accidentes asociados a actividades de riesgo.
En general, el carácter fortuito o intencional de un traumatismo es difícil de valorar en un esqueleto, salvo que se aprecien claras señales de huellas de un objeto punzante o cortante.
En este estudio se han observado 53 varones y 53 mujeres.
En el cráneo se han contabilizado sólo las lesiones de claro origen traumático y se han descartado las de diagnóstico diferencial confuso.
En el esqueleto postcraneal se han señalado fracturas y luxaciones.
No se han incluido en este trabajo las lesiones traumáticas de la columna vertebral, que serán objeto de un estudio independiente.
En todos los casos señalados se confirmó el diagnóstico mediante radiografías.
En las tablas se consigna el número de individuos que presentan lesiones y se comparan las frecuencias masculinas y femeninas mediante el test χ 2.
En la figura 2 se representan los traumatismos de la bóveda craneal y se señala sobre un modelo el centro de las diferentes lesiones.
Como puede apreciarse en la tabla 3, en todas las articulaciones los varones presentan frecuencias de artrosis más altas que las que muestran las mujeres (ver Fig. 3), pero en el conjunto de los individuos, esta superioridad no resulta significativa.
En la co-lumna vertebral, las diferencias entre ambos sexos no son muy grandes y sólo en el sector dorsal se alcanza la significación estadística.
En el miembro superior los varones muestran una afectación del hombro acusadamente superior, mientras que en las restantes articulaciones, sobre todo en el codo, las diferencias entre sexos no son muy destacadas.
En el miembro inferior, los valores de los varones tampoco exceden de forma considerable a los de las mujeres, con la excepción del conjunto del pie, donde de nuevo, la diferencia resulta estadísticamente significativa.
Coincidiendo con otras poblaciones antiguas y modernas, el sector lumbar de la columna vertebral es la región más afectada, y figuran valores altos en la rodilla y bajos en los codos y tobillos (Bennike 85; Jurmain 1977; Ortner y Putschar 1981).
Sin embargo, destacan la frecuencia bastante baja de la articulación de la cadera y las de la columna dorsal y hombro de los varones, que son relativamente altas.
Aunque sólo figuran diferencias significativas en tres caracteres, el valor de MMD = 0,067085 (desviación Standard = 0,016319; P <0,05), indica que la hipótesis de identidad entre los dos sexos es rechazada.
En la tabla 4 se exponen las frecuencias halladas para cada marcador según el sexo de los individuos analizados.
En la figura 4 se representan gráficamente dichas frecuencias.
Los varones presentan cifras altas en el miembro superior y en el inferior, lo que señala que tuvieron un mayor desarrollo muscular.
Los marcadores con valores más altos del miembro superior son los correspondientes a los músculos pectoral mayor, supinador corto y redondo mayor.
El primero rota el húmero hacia den-Tab.
Marcadores de estrés músculo-esquelético. tro y eleva el tronco aproximándolo al brazo.
El segundo permite la supinación del antebrazo, es decir, su rotación de adentro hacia fuera.
El tercero es elevador del hombro y aductor del brazo.
Las mujeres presentan valores medianos de los marcadores del miembro superior, claramente inferiores a los de la serie masculina.
Las cifras más altas son las proporcionadas por la cresta del supinador y la tuberosidad bicipital del radio, donde inserta el bíceps, el músculo que dobla el antebrazo sobre el brazo.
En ambos sexos las frecuencias más bajas aparecen en el marcador del deltoides, músculo abductor o elevador del brazo, y en el olécranon, donde inserta el tríceps braquial, extensor del antebrazo sobre el brazo.
De todos modos, hay que recordar que los movimientos del hombro y del miembro superior responden a complejas interacciones musculares y que no puede afirmarse que, por ejemplo, los varones argáricos se dedicaran a segar el trigo por el hecho de que la acción del redondo mayor intervenga en los movimientos realizados al manejar una hoz.
Lo que sí hay que destacar son las diferencias entre las frecuencias de ambos sexos, que denotarían que los varones llevaron a cabo actividades físicas mucho más intensas que las realizadas por las mujeres.
Las diferencias alcanzan significación estadística en el marcador del redondo mayor y resultan altamente significativas en el del pectoral mayor y cresta del supinador.
Los marcadores del miembro inferior en los varones exhiben frecuencias medianas o altas.
Los valores más elevados son los correspondientes a la inserción del tendón de Aquiles y cuádriceps.
El primero corresponde a la inserción del tríceps sural, que extiende el tobillo y la rodilla y rinde su potencia máxima al dar impulso motriz en el último tiempo del paso (Kapandji 1984).
El segundo es un conjunto de fascículos musculosos que extiende la pierna sobre el muslo e interviene activamente durante la marcha cuando se adelanta un miembro para tomar contacto con el suelo (Kapandji 1984).
Dentro de las frecuencias halladas destaca la cifra relativamente alta del marcador del espolón.
Los músculos que insertan en la base del calcáneo permiten la adaptación de la bóveda plantar al terreno.
El crecimiento de un espolón se considera una entesopatía consecutiva a un sobreesfuerzo al caminar por terrenos pedregosos (Kapandji 1984).
A diferencia de los varones, las mujeres presentan frecuencias bajas o muy bajas de los marcadores del miembro inferior.
Los valores más altos también se hallan en la inserción del tendón de Aquiles y en el cuadriceps.
De igual modo, destaca el valor de la frecuencia del espolón.
En principio, ello sugiere una actividad similar en ambos sexos, pero realizada con intensidades muy diferentes.
Las diferencias entre frecuencias, mayores que las señaladas a nivel del miembro superior, son estadísticamente significativas en la línea poplítea de la tibia, el trocánter mayor del fémur y la rótula y altamente significativas en el trocánter menor y el tendón de Aquiles.
No alcanzan la significación, aunque se aproximan, los marcadores de las líneas poplítea y áspera.
Las diferencias señaladas a nivel de cada marcador se aprecian de igual modo tras la aplicación de la MMD, cuyo valor de 0,340428 y desviación Standard de 0,024055 (Probabilidad < 0,05) indica la disimilitud de ambas muestras.
En el cráneo se han señalado 19 lesiones que, con la excepción de una fractura de malar, otra de huesos propios de la nariz y una tercera de peñasco de temporal, corresponden al tipo de erosiones craneales.
Para tener más detalles sobre edad, forma y distribución de estos traumas, se puede consultar Botella et al.(1995).
Todas las lesiones muestran señales de supervivencia y se produjeron por impactos directos.
Once varones (20,75 %) muestran traumas en el cráneo frente a sólo dos mujeres (3,8%) y esta diferencia resulta estadísticamente significativa (P = 0,02).
La distribución de los traumatismos de la bóveda (Fig. 2) denota un claro predominio del frontal como lugar de ubicación de las lesiones y, sobre todo en los varones, en el lado derecho del mismo.
En este sexo, la muestra más amplia, la ubicación sobre el frontal es significativamente superior (P = 0,05) a la equivalente sobre el parietal y la del lado derecho sobre el izquierdo (P < 0,001).
Las lesiones señaladas en el esqueleto postcraneal son 24 fracturas y dos luxaciones.
Los individuos afectados son 19 (17,92% del total), once varones y ocho mujeres, de los cuales algunos presentan dos o incluso tres lesiones.
La clase de fractura más frecuente es la de tercio distal de radio (5,56% de las piezas), lo que coincide con la práctica clínica habitual (McRae 1988), seguida de la de costillas y clavícula (2,78 % de los ejemplares).
La mayoría de las lesiones responden a mecanismos que se producen en caídas accidentales.
Otras, producidas por impactos directos, pueden corresponder a agresiones o a accidentes, pero no es posible afirmar una causa u otra.
Ninguna lesión puede relacionarse con la osteoporosis senil.
A nivel de individuos, los varones presentan más traumatismos postcraneales que las mujeres, pero no se alcanza la significación estadística entre las frecuencias respectivas.
Sin embargo, si se analizan las fracturas por número de piezas, las mujeres, con 8 traumatismos de un total de 363 huesos estudiados (2,20%), presentan mayor número de lesiones que los varones (446 / 6 / 1,34%), pero, de nuevo, la diferencia no es significativa (P= 0,51).
En total se han observado 14 huesos lesionados entre un conjunto de 809 (clavículas, húmeros, radios, cúbitos, fémures, tibias y peronés), que suponen un 1.73 % de la muestra.
Las dos variables referentes a traumatismos se han unido a las once sobre la artrosis y a los quince marcadores de estrés musculoesquelético.
De esta forma, se han comparado ambos sexos mediante los 28 caracteres analizados.
Los resultados obtenidos del análisis de la artrosis son muy difíciles de interpretar, dado el carácter multifactorial de esta enfermedad.
Sólo se han podido comparar con los de la población medieval castellana de Villanueva de Soportillo (Burgos), que está estudiada con los mismos criterios (Souich et al. 1996).
De esta población no hay datos sobre la mano y el pie porque su deficiente conservación no permitía obtener una muestra con un mínimo de representatividad.
La población de Villanueva vivió de la agricultura en una zona llana y las mujeres participaron activamente en las labores del campo (Al Oumaoui et al. 2004).
Los valores de las dos poblaciones en ambos sexos son semejantes y tan sólo difieren claramente en la artrosis de cadera.
en qué consistieron dichas actividades, tal como ya se afirmaba en un trabajo anterior (Jiménez Brobeil et al. 1995).
Los resultados obtenidos del estudio de los marcadores, aunque muy claros, deben interpretarse con mucho cuidado, ya que como recuerda R. Jurmain (2003), la etiología de los entesofitos es múltiple y compleja.
Las posibles interpretaciones deben llevarse a cabo con análisis estadísticos y comparando con otras poblaciones.
En un estudio realizado por algunos de nosotros (Al Oumaoui et al. 2004) se han analizado algunas poblaciones prehistóricas y medievales de la Península Ibérica, entre ellas los argáricos.
En todas éstas, los varones tienen frecuencias más altas de entesofitos que las mujeres y ello podría atribuirse a que la testosterona influye en el desarrollo de estas calcificaciones (Jurmain 2003), pero las diferencias entre sexos son estadísticamente significativas en la mayoría de marcadores e incluso una serie femenina es similar a otras masculinas, con lo que realmente buena parte de las diferencias puede responder a las actividades desempeñadas.
Los valores del miembro superior masculinos y femeninos no difieren en exceso de los de las otras poblaciones peninsulares estudiadas, pero las distintas frecuencias nos permiten plantear que los varones argáricos llevaron a cabo actividades en las que emplearon mayor fuerza física que las mujeres.
En el miembro inferior sí se aprecian diferencias entre las poblaciones, pues se separan los que vivieron en zonas llanas de los que lo hicieron en áreas montañosas.
Los varones argáricos presentan un desarrollo elevado de marcadores del miembro inferior, especialmente del tendón de Aquiles, cuadriceps y espolón, que pueden explicarse por la deambulación sobre terrenos en pendiente y pedregosos.
Las mujeres argáricas presentan en general frecuencias más bajas del miembro inferior que las de las series femeninas de las restantes poblaciones, lo que indicaría una práctica de caminar menos intensa que la de las mujeres de otros grupos culturales.
Sin embargo, las argáricas exhiben la frecuencia más alta de espolón, que junto con los valores de los marcadores del tendón de Aquiles y cuadriceps, coincidirían con un hábitat montañoso.
Las diferencias más acusadas del miembro inferior entre varones y mujeres son precisamente las señaladas entre los argáricos.
Todo ello nos permitiría plantear en primer lugar que los argáricos, hombres y mujeres, presentan un desarrollo del miembro inferior coincidente con su hábitat en poblados en cerros escarpados.
En segundo lugar, que no caminaron de igual forma, lo que sugiere que las mujeres llevaron a cabo sus actividades principalmente en el entorno doméstico.
Las lesiones en el cráneo se han atribuido tradicionalmente a la violencia interpersonal y/o a accidentes.
Desde el trabajo sistemático de Ph.
Walker (1989) sobre indios del Canal de California, se han llevado a cabo varios proyectos sobre la presencia de lesiones craneales, principalmente orientados al estudio de la violencia (Martin y Frayer 1997).
En todas las poblaciones estudiadas, e incluso entre los grandes simios africanos, los varones superan claramente a las mujeres en la incidencia de lesiones craneofaciales y, por ello, incluso autores tan críticos como R. Jurmain (2003), reconocen que ello puede reflejar un patrón de comportamiento relacionado con agresiones interpersonales.
La mayoría de lesiones en el lado derecho del frontal de los varones argáricos, coincide con el patrón de los indios del Canal de California (Walker 1989(Walker y 1997) ) que se ha puesto en relación con la violencia interpersonal y, concretamente, con la utilización de mazas como armas.
El tipo de lesiones más frecuente en los cráneos argáricos, las erosiones, puede responder a lesiones tanto intencionales como accidentales y por ello, pese a la similitud con el patrón publicado por Ph.
Walker, no se puede considerar a la violencia interpersonal como la única causa de producción.
La preponderancia sobre el frontal de este tipo de lesiones está justificada porque es una zona que no está recubierta por músculo, y por lo tanto un trauma sobre ella facilita la lesión del periostio y la tabla externa (Campillo 2001).
Robb (1997), en su estudio sobre poblaciones prehistóricas italianas, considera que en las sociedades con estatus jerár-quico masculino y en las que se valoran culturalmente las armas y la violencia, esta última sufre una segregación de género.
En ese sentido, la presencia de lesiones, más que indicar la existencia de guerras, lo que denotaría es una clara diferenciación ocupacional de géneros.
Es decir, los varones llevarían a cabo actividades peligrosas o que requieran fuerza, tales como la cantería, minería, construcción o transporte y, por supuesto, las de carácter bélico.
La sociedad argárica ha sido considerada como "militarista" por los sistemas de defensa de sus poblados y la clara asociación de armas metálicas con los enterramientos masculinos.
Este patrón viene a coincidir con las tesis de Robb (1997), pero no se debe olvidar que las jerarquías argáricas parecen regirse más por el nivel de riqueza de los ajuares que por un dominio de un género sobre otro.
Mientras no se descubran más lesiones que, sin lugar a dudas, puedan atribuirse a violencia interpersonal, se puede afirmar que los varones argáricos practicaron actividades en las que tuvieron más riesgos de sufrir traumatismos que las que realizaron las mujeres.
Ahora bien, la frecuencia de traumatismos masculina (20,75%), que es muy alta y tan sólo comparable con el 24% de los varones del Canal de California (Walker 1989), indicaría que la violencia interpersonal no puede descartarse como una de esas actividades llevadas a cabo por los varones.
Sin embargo, ningún traumatismo del esqueleto postcraneal puede atribuirse con seguridad a episodios de violencia y, como ya se ha comentado más arriba, en su mayoría se explican por mecanismos de caídas.
La ausencia de diferencias significativas entre sexos apoya el carácter accidental de estas lesiones y denotaría que ambos sexos estuvieron expuestos por igual al riesgo de sufrir una caída.
No se debe olvidar que el tipo de fractura más frecuente, sobre todo en las mujeres, es el de tercio distal de radio, que suele producirse en una caída hacia delante con la mano extendida (Mc Rae 1988; Proubasta e Itarte 1985).
Resulta difícil comparar las frecuencias halladas en los argáricos con las de otras poblaciones por la diversidad de criterios utilizados en el estudio.
A nivel de individuos, la cifra del 17,92 % de los argáricos es igual a la de la población prehistórica de Kerma en el Sudán, cuyo patrón de fracturas se ha relacionado con la violencia y las agresiones intencionales (Judd 2004); asimismo, resulta muy similar a la del 19,4% del cementerio medieval rural británico de Raunds (Judd y Roberts 1999).
Sin embargo, es claramente superior al 4,7% y 5,5% de los cementerios medievales urbanos británicos de St. Helen y Blackfriars (Judd y Roberts 1999).
Para estas autoras, las diferencias de actividad entre el medio rural y el urbano en la Inglaterra medieval justificarían las distintas frecuencias y patrones de fracturas observados.
Por otra parte, la frecuencia de los argáricos resulta inferior al 32,88 % de la población sudanesa de Kulubnarti.
Esta última cifra se ha atribuido (Kilgore et al. 1997) al terreno especialmente duro, en el que se desenvolvieron estos individuos que sufrieron numerosas caídas accidentales y que presentan cifras altas de fracturas de antebrazo y tan sólo un 0,76% de lesiones en cráneo atribuibles a agresiones intencionales.
Si se comparan los resultados a nivel de piezas analizadas, la frecuencia de 1,73 % de los argáricos es similar al 1,8% de una población indígena de California (Jurmain 2001) y superior a la de daneses prehistóricos y medievales del 0,8% (Bennike 1985) y a las medievales británicas urbanas de St. Helen (0,8%) y Blackfriars (0,9%) (Judd y Roberts 1999).
En todas estas poblaciones los varones presentan frecuencias de traumatismos mayores que las de las mujeres, pero en ningún caso se alcanza la significación estadística.
En un estudio sobre la población guanche de Tenerife, C. Rodríguez (1995) comenta que las frecuencias de traumatismos postcraneales son mayores en el Sur que en el Norte y lo atribuye a accidentes por la deambulación en los terrenos especialmente duros y escarpados de la región meridional de la isla.
Aunque es muy difícil analizar los patrones de traumatismos de una población y valorar las interacciones entre el medio y su actividad, los resultados obtenidos no están en contra del hecho de poder atribuir las lesiones de los argáricos al entorno en el que se desenvolvieron.
Es decir, las frecuencias de traumatismos del esqueleto postcraneal halladas en hombres y mujeres, podrían explicarse perfectamente por la deambulación en el entorno montañoso en el que se ubicaron los poblados argáricos.
La hipótesis de Judd y Roberts (1999) de sufrir más caídas y accidentes en entornos rurales basados en la agricultura, frente al hábitat en ciudades, tampoco se contradice con los patrones económicos de la cultura de El Argar.
La ausencia de diferencias de afectación entre sexos corroboraría el carácter fortuito de la mayoría de las lesiones.
Con los resultados obtenidos con este trabajo se puede responder, en primer lugar, a la pregunta de si los esqueletos de los argáricos reflejan o no el entorno medioambiental en el que se desenvolvieron.
La artrosis no es un buen marcador de actividad y aunque las frecuencias señaladas no apoyan plenamente la hipótesis del hábitat en zonas montañosas, tampoco permiten rechazarla.
Los marcadores de estrés musculoesquelético del miembro inferior, sin embargo, sí son propios de un hábitat en un entorno duro y escarpado.
Este tipo de terrenos puede también justificar la frecuencia relativamente alta de traumatismos postcraneales, pues el riesgo de sufrir caídas es mayor en ellos que en los llanos.
En resumen, los rasgos señalados coinciden perfectamente con lo que se podría esperar a partir del entorno en el que se ubican los poblados argáricos.
De igual modo, los resultados son más propios de una población rural, con base económica agropecuaria, que de una urbana, con modos y medios de vida distintos.
Asimismo, se puede ofrecer una respuesta a si se aprecian o no diferencias de actividad entre los sexos que puedan atribuirse a diferencias de género.
Los patrones hallados en hombres y mujeres son distintos y ello se ha demostrado a nivel estadístico.
Según la artrosis, los varones probablemente llevaron a cabo actividades más intensas que las mujeres, centradas sobre todo en los hombros, sector dorsal de la columna y los pies.
La actividad muscular de los miembros superiores fue mucho más intensa entre los hombres, lo que coincide con los resultados del análisis de la artrosis.
De igual forma, el desarrollo del miembro inferior es mucho más acusado entre el sexo masculino.
Ello indicaría que los varones llevaron a cabo actividades en las que caminaron con más intensidad y por terrenos más duros que las mujeres.
Esto coincide con la mayor frecuencia de artrosis en los pies de los sujetos de sexo masculino.
Los traumatismos craneales apoyan, a su vez, que los varones realizaron actividades más peligrosas y que requieren más fuerza que las practicadas por las mujeres.
Todo ello permitiría deducir que los varones argáricos realizaron actividades que requerían fuerza muscular, caminar por terrenos duros y escarpados y que en ellas figuraba un cierto riesgo de sufrir traumatismos.
Las mujeres, por su parte, parecen haber realizado actividades centradas en el entorno doméstico, que requerían menor fuerza y caminar menos.
Es imposible, se vuelve a recordar, determinar la "profesión" de ningún individuo, pero los resultados obtenidos de los varones no están en contra de la práctica de la minería, construcción, transporte, pastoreo, trabajos agrícolas pesados e incluso de la "guerra", que se supone pudieron realizar los argáricos.
Los resultados de las mujeres señalan que sus actividades fueron claramente diferentes y no se puede rechazar que consistieran en las labores domésticas de preparación de los alimentos, trabajos textiles o agrícolas ligeros.
Las posibles diferencias de género que sugieren los ajuares funerarios hallados en los enterramientos argáricos se ven apoyadas por el hecho de que varones y mujeres realizaron actividades físicas distintas.
Con los marcadores analizados no se puede discutir sobre el papel que uno y otro sexo ejercieron ni sobre la posición que ocuparon en la sociedad argárica.
Los esqueletos pueden prestar información al respecto, pero ello constituiría el tema de otros trabajos. |
objetivo es completar la descripción morfométrica con un a interpretación tecnológica, a través de la observació n traceológica y la experime ntación.
Junto a éstas, la morfología y metría de cada pi eza han sido consideradas e n la iden tificación de sus usos; así, la adaptación de sus formas y dimensio nes a determinadas actividades ha contribuid o en la tarea de restituirlos al contexto tecnológico del que form aron parte.
Se propone tambié n un ejemplo de interdependencia entre el soporte óseo elegido por el artesa no, los atributos técnicos de los artefactos manufacturados a partir de dichos soportes y las actividad es a los qu e se des tinaron.
Todos lo s obje to s proceden de la ocupación neolítica final de un mismo yacimie nto, la Cueva de El Toro (provincia de Málaga), y presentan la particul aridad común de estar relacion ados con el trabajo de la arcill a.
La buena conservación de la industria ósea de esta yacimiento ha permitido, pues, ide nti ficar a lgun os compo ne ntes del utillaj e e mpl eado por los habitantes de esta cueva en un a fase concreta de su ocupación.
Palabras clave: Tecnología ósea.
En este trabajo se presenta una serie de piezas manufacturadas en hueso, algunas con morfología singular (placas), otras más comunes (biseles o alisadores y apuntados o punzones), procedentes de la Cueva de El Toro (Sierra de El Torcal, Antequera, provincia de Málaga), yacimiento estudiado en el proyecto de investigación dirigido por el Dr. D. Martín Socas (Departamento de Prehistoria, Antropología e Historia Antigua, Universidad de La Laguna) sobre el Neolítico y Edad del Cobre en la comarca de Antequera.
La ocupación prehistórica de esta T. P., 51, n° 1,1994 María Dolores Meneses Fernández cueva de habitación abarca desde el Neolítico medio hasta la Edad del Bronce (Fig. 1).
El interés de estas páginas es tratar estos artefactos óseos no sólo desde la vertiente tipológica y descriptiva, sino restituyéndolos al conjunto o, si se prefiere, al contexto del que fueron elemento integrante.
El estudio de la industria ósea de este yacimiento (Meneses, 1991) ha sido ampliado con una nueva etapa experimental concerniente al uso de ciertos útiles, teniendo en cuenta las fuentes informativas habituales en arqueología experimental: (1) los conocimientos publicados, en este caso no sólo sobre industria ósea sino también en tecnología cerámica prehistórica y etnográfica, (2) los datos derivados de la observación traceológica del material arqueológico y (3) la adecuación de la morfometría de las piezas a unas actividades u otras.
A partir de la observación traceológica del material arqueológico, y del uso sobre varios materiales de nuevas piezas de hueso reproducidas experimentalmente, se percibieron distintas alteraciones en las superficies de los artefactos bien conservados que, una vez comparadas con las huellas de las piezas experimentales, se relacionaron con ciertas actividades; entre ellas el trabajo de la arcilla.
La ausencia en la bibliografía de conjuntos óseos elaborados de yacimientos peninsulares con ocupaciones neolíticas y posteriores en los que se haya reconocido los útiles implicados en la industria cerámica, reva- loriza el interés de la serie de piezas presentadas a continuación.
El esquema de este trabajo se articula en torno a las múltiples características de cada objeto: morfología, metría, huellas de fabricación y de uso, y experimentación, sin que ello diluya la relevancia del rasgo común que da unidad a este estudio: la relación útiles óseos-alfarería.
A. Placa curva: Objeto de desarrollo longitudinal en curva irregular, con una perforación en uno de sus extremos; realizado sobre hueso largo o plano de rumiante (Fig. 2).
B. Doble-bisel: Objeto alargado con sendos biseles unifaciales en cada extremo; fabricado sobre costilla de rumiante, ambos biseles están localizados en la cara cóncava de ésta (Fig. 3 D. Apuntado: Objeto alargado con un extremo aguzado, realizado sobre metápodo o diáfisis de huesos largos de rumiante (Fig. 4 by d).
Localización geográfica y cronológica
A. Las placas curvas sólo han sido halladas hasta el momento en la Cueva de El Toro (1) (Martín el alii., 1987; Martín el aliL, en prensa).
(1) Las excavaciones arqueológicas de este yacimiento fueron efectuadas bajo la dirección del Dr. D. Martín Socas.
(2) Los números con los que se presenta cada pieza corresponden a sus números de inventario de excavación.
C. Placas: Pieza n° 6.050, Neolítico final (estrato III).
Pieza n° 37.623, nivel inferior del Neolítico final (estrato IIIB) (para las dataciones C14 v. supra).
D. Apuntados: De las dos piezas presentadas, la n° 1.249 (Fig. 4
DE LO DESCRIPTIVO: ESTUDIO MORFOMÉTRICO
A. PLACAS CURVAS Morfología La morfología de las tres piezas es la de una placa de sección aplanada y con desarrollo longitudinal en arco de círculo irregular.
1 a-a' y c-c'), con extremos proximales y fustes de tendencia rectilínea, y extremos distales curvos, frente a la pieza n° 1.043 (Fig. 2
Localizadas en todos los casos en la extremidad proximal, la de la pieza n° 1.042 (Fig. 2 a) tiene un diámetro mínimo de 3,6 mm. y máximo de 4,7 mm. El desgaste de su pared impide saber si su realización fue unifacial o bifacial.
El diámetro mínimo de la perforación de la pieza n° 1.043 (Fig. 2 b) es de 2,9 mm. y el máximo de 5 mm. El desgaste no permite saber si su realización fue unifacial o bifacial.
El diámetro mínimo de la perforación de la pieza n° 1.044 (Fig. 1 c) es de 2,8 mm. y el máximo de 4 mm. El escaso desgaste de la pared ha conservado la forma original de su perfil bitroncocónico, atestando su abertura desde ambas caras.
Morfología La morfología de ambos extremos, superior e inferior, es en arco de círculo y monobiselada; el fuste corresponde a la diáfisis de la costilla.
Morfología -Pieza nO 6.050 (Fig. 3 b): de desarrollo longitudinal ligeramente curvo, la morfología de la extremidad distal es de tendencia curva, monobiselada, de sección plana y con el extremo en arco de círculo.
La sección del fuste es también plana, mientras que la del extremo proximal es de tendencia rectangular.
Aunque recuperada quemada y fracturada, fue reconstruida completamente.
-Pieza n° 37.623 (Fig. 4 a): de desarrollo longitudinal de tendencia rectilínea, la sección a lo largo de toda la pieza es aplanada.
Salvo una porción recta del borde izquierdo, el resto de la silueta es irregular.
Morfología Los punzones constituyen uno de los tipos más comunes, sino el más común, de la industria ósea de la prehistoria reciente.
Siguiendo la nomenclatura y la tipología establecida por la Commission de Nomenclature sur I'Industrie de ['Os Préhistorique (1990: ficha 8), el apuntado indican las esquirlas extraidas por percusión, y la línea de puntos el borde con estrías de uso más marcadas • (b) apuntado sobre metatarso de ovis/capra; la flecha indica sinuosidades típicas de la silueta de una extremidad aguzada por raspado con filo de elemento lítico tallado • (c) astillas óseas similares a las usadas experimentalmente en la decoración de arcilla • (d) extremidad aguzada perteneciente a una pieza empleada en la decoración de cerámica por incisión.
nO 1.249 (Fig. 4 b) corresponde al tipo denominado poinr; on sur métapode fendu de petit rumi- nant (punzón sobre metápodo de pequeño rumiante hendido longitudinalmente).
-El nO 6.832 (Fig. 4 d) es un apuntado sobre radio de pequeño rumiante hendido longitudinalmente.
Sólo se ha recuperado la extremidad distal y una porción del fuste.
Estado de conservación fracturado y quemado.
DE LO DESCRIPTIVO E INTERPRETATIVO: ESTUDIO TÉCNICO Y FUNCIONAL
A. PLACAS CURVAS Materia prima-soporte Las tres piezas fueron realizadas con gran probabilidad sobre húmeros de mamífero de gran talla (buey o vaca) (Fig. 2, Lám.
Considerando, de un lado, la conformación de este hueso y, de otro, la identificación en las piezas arqueológicas de cavidades y rugosidades características de la cara interior o medular de los huesos largos, se puede establecer que la porción más idónea para extraer placas con forma curva son, en vista medial o interna, el cuerpo y la extremidad proximal anatómicas.
Técnicas de fabricación y experimentación
A pesar de que las únicas trazas de fabricación conservadas en los tres ejemplares sean estrías finas de pulimento, localizadas en la cara superior y orientadas oblícuamente (NW-SE) (3)
(3) La determinación de la orientación de las estrías de una pieza, respecto a su eje longitudinal o transversal, fue efectuada tras orientar la superficie portadora de cara al observador.
El interés de indicar la orientación es doble: precisar la cinemática de la acción y la mano que aprehendía el útil. respecto al eje longitudinal de la pieza, las características del soporte (pieza anatómica de gran robustez), el espesor y la forma curva de las placas permiten suponer que la técnica aplicada para su extracción debió de ser el ranurado.
Las estrías conservadas corresponderían a la fase final de la fabricación, esto es, al regularizado de las superficies externa e interna originales del hueso, especialmente de las rugosidades del tejido esponjoso.
Las estrías aisladas localizadas en la cara superior, orientadas transversalmente y oblícuamente respecto al eje longitudinal de la pieza nO 1.043 (Fig. 2, pieza b) son muy probablemente marcas de descarnamiento.
Para la reproducción experimental de piezas similares hemos empleado como soporte omóplatos de carnero y oveja (Lám.
11); el trabajo de huesos largos (tibia, fémur, radio y húmero) de buey o de vaca se reveló más dificultoso debido al grosor considerable de las paredes del hueso compacto.
En todos los casos el ranurado ha sido la técnica aplicada para la extracción de las placas, grabando primero la silueta de la pieza con la ayuda de un buril, con o sin piqueteado previo, y finalizando el ranurado con láminas y lascas no retocadas.
Detalle del borde convexo de la pieza n° 1.042; microestrías transversales al eje longitudinal de la placa, paralelas entre sí y asociadas a un lustre intenso de la superficie (51 x).
Los omóplatos permitieron el ranurado desde ambas caras.
Uso y experimentación Alteraciones de uso: Las huellas de uso de las piezas arqueológicas son (1) estrías localizadas en ambos bordes, el convexo y el cóncavo, orientadas trasversalmente al eje longitudinal de la pieza (Lám.
(2) el desgaste de los bordes convexo y cóncavo, formando un bisel de uso debido al roce Lám.
Detalle de las perforaciones de las placas curvas arqueológicas; las flechas indican restos de arcilla y almagra.
continuado con la materia trabajada;
(3) un lustre generalizado a toda la superficie, y (4) restos de almagra y arcilla adheridos a la superficie (Lám.
La perforación en la extremidad proximal facilitaba la sujeción y manejo de la placa en el interior de los recipientes, a la vez que permitía tenerlas atadas, impidiendo su pérdida.
La difícil fabricación de tales piezas a partir de huesos largos de mamíferos de gran talla, huesos de considerable grosor a los que se dio una forma nada sencilla de obtener, debió revalorizarlas, tratando su portador de no extraviarlas ni romperlas.
Experimentación: La utilización de diversas placas, algunas de morfometría similar a las arqueológicas, en el alisado de arcilla ha producido en la superficie estrías finas, un lustre más o menos intenso, dependiendo del grado de depuración de la arcilla, y el redondeado de bordes.
Las alteraciones de uso descritas, los bordes redondeados por el desgaste, las perforaciones también muy gastadas, la presencia de restos de arcilla y de almagra en la superficie, la coincidencia de los bordes curvos de las placas óseas con la curva de las paredes de ciertos vasos cerámicos del mismo estrato (Figs.
5 y 6), junto al hecho de que las tres piezas aparecieran juntas y asociadas a fragmentos de cerámica en el interior de la cueva, permiten relacionar su uso con la manufactura de recipientes cerámicos.
Tales objetos fueron utilizados sobre arcilla a modo de alisador, pero también debieron de utilizarse para dar forma o regularizar las paredes de recipientes cerámicos (4).
Las circunstancias del hallazgo de las tres placas óseas no dejan duda sobre su uso simultáneo, quizás por un mismo alfarero.
Se ha comprobado experimentalmente su efectividad en el modelado, regularizado y alisado de paredes y fondo de vasijas, sobre todo de las más abiertas; con el término "modelado" nos referimos a dar a la arcilla la forma del recipiente, y con "regularizado" a sellar, por ejemplo, cordones de arcilla superpuestos en la técnica de urdido.
La dificultad que entraña la fabricación de estas piezas en hueso largos de mamíferos de gran talla no debió favorecer su generalización, al menos en esta materia prima.
Materia prima-soporte El único ejemplar recuperado con la morfología descrita fue fabricado a partir de una costilla de mamífero de talla media, probablemente ovis/capra (Fig. 3 a).
Técnica de fabricación y experimentación
Las huellas identificadas son estrías marcadas ocasionadas por cortes aislados con filo de un elemento lítico tallado, localizadas en la cara cóncava o superior de la pieza y orientadas oblícuamente y transversalmente respecto al eje longitudinal de la misma.
El carácter aislado y la disposición irregular de estas estrías hacen pensar más en cortes de descarnización que en alteraciones de fabricación.
(4) Las cerámicas de la Cueva de El Toro han.sido es tudiadas por e l Dr. P. González Quintero (1990) (Departamento de Ciencias Históricas, Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, Islas Canarias) en el marco del proyecto de investigación arriba citado.
T. P., 51, n° 1, 1994 María Dolores Meneses Fernández Nosotros hemos reproducido tres piezas similares en forma y medidas, a partir de costillas de carnero y oveja.
Durante el biselado por abrasión de cada extremidad hemos comprobado la mayor facilidad de manipulación del soporte al localizarlos en la cara cóncava.
Esta facilidad hace pensar en la elección de la costilla como soporte idóneo para fabricar tal objeto.
Uso y experimentación Alteraciones de uso: Las huellas de uso de la pieza arqueológica consisten en (1) estrías finas localizadas en la superficie biselada de ambos extremos, orientadas oblícuamente (NW-SE) respecto al eje longitudinal de la misma, y (2) en restos de almagra incrustados en el tejido esponjoso.
Experimentación: El alisado o espatulado de arcilla húmeda produce, además del desgaste de las huellas de fabricación, un lustre acompañado de estrías finas y uniformes ocasionadas por los granos de la pasta.
Los extremos biselados de las piezas experimentales tenían una anchura en torno a los 2 cm.; si bien los dos biseles presentes en el ejemplar arqueológico pudieron ser realizados por abrasión, no se descarta un origen funcional; en todo caso, el uso borró las huellas dejadas por la técnica de manufactura.
La reproducción experimental de objetos similares permite comprender el porqué de la localización de los biseles en ambas extremidades de la cara cóncava y no de la convexa: el mejor manejo del soporte, tanto durante la realización de los biseles como de la utilización del objeto sobre las paredes de los recipientes cerámicos; la aprehensión de un objeto empleado en el tratamiento de las paredes de vasos de arcilla es más cómoda si es curvo, adaptándose a la palma de la mano.
La orientación de las estrías de las superficies biseladas indica un movimiento de tracción del objeto que monta oblícuamente la pared interna o externa de vaso, en relación al eje vertical de éste (Fig. 6 b).
Los doble-biseles son efectivos en el regularizado y alisado de paredes de recipientes de morfología variada.
Lo que podría parecer constricciones técnicas impuestas por el soporte óseo (localización obligada de los biseles en la cara cóncava de la costilla) se revela, tras la experimentación, como una elección más que probable de dicha pieza anatómica por el artesano, tanto por su curvatura natural, adaptable a la palma de la mano durante el biselado y la utilización, como por sus dimensiones, permitiendo el acondicionamiento de un frente activo biselado adecuado a la tarea a realizar.
C. PLACAS Materia prima-soporte -Pieza nO 6.050 (Fig. 3 b): Escápula de mamífero de gran talla, posiblemente de bovino.
-Pieza nO 37.623 (Fig. 4 a): Costilla de mamífero de talla media (ovis/capra).
Técnica de fabricación y experimentación -Pieza n° 6.050: Las huellas de fabricación son estrías marcadas ocasionadas por cortes efectuados con filo de elemento lítico tallado; están localizadas en la cara superior y se orien-tan oblícuamenete (NW-SE) respecto al eje longitudinal de la pieza.
La cara superior (la dibujada) y el borde izquierdo de la extremidad proximal fueron regularizados por abrasión.
-Pieza nO 37.623: Las huellas de fabricación son (1) muescas ocasionadas por episodios de percusión lanzada, localizadas a lo largo del perímetro de los bordes, aplicada para dividir la costilla, y (2) estrías de abrasión para regularizar la cara con tejido esponjoso (Fig. 4 a).
Uso -Pieza n° 6.050: Clasificada como «paleta», esta pieza presenta como único indicativo de su uso restos de almagra adheridos a su superficie, lo que permite asociarla, al menos, a la manipulación de esta substancia, de gran importancia a lo largo del Neolítico en el Sur de la Península Ibérica (ef Atoche, 1985Atoche,, 1986)). -Pieza nO 37.623: Las huellas de uso son estrías finas localizadas en los bordes, sobre todo en la porción recta y cara inferior, orientadas transversalmente y oblícuamente (NW-SE) respecto al eje longitudinal de la pieza (borde punteado en la Fig. 3 a).
Hay abundantes restos de almagra incrustados en el tejido esponjoso de la cara superior.
Las estrías se asemejan a las producidas durante el alisado de arcilla ya descritas al tratarse las placas curvas y el doble-bisel; el movimiento impreso a la pieza fue en dirección SW-NE respecto a su eje transversal.
Materia prima-soporte -Pieza nO 1.249: Metatarso de ovis/capra (Fig. 4 b).
Técnica de fabricación y experimentación -Pieza nO 1.249: Las huellas de fabricación son (1) estrías ocasionadas por el corte longitudinal del metatarso original con filo de elemento lítico tallado, localizadas a lo largo de ambos bordes, orientadas paralelamente al eje longitudinal de la pieza; (2) estrías de raspado con filo de elemento lítico tallado, localizadas en la cara inferior del fuste y extremo distal, orientadas paralelas al eje longitudinal de la pieza, formando facetas estrechas y largas; (3) ondulación derivada del aguzado por raspado con filo de elemento lítico tallado, localizada en el borde derecho del fuste distal (flecha en la Fig. 4 b); (4) estrías de pulimento, localizadas en el extremo proximal y orientadas oblícuamente (NW-SE) respecto al eje longitudinal de la pieza, y (5) "chattemarks" (5) localizadas en la extremidad distal y orientadas transversalmente respecto al eje longitudinal de la pieza.
-Pieza nO: 6.832: Las huellas de fabricación son (1) estrías ocasionadas por el corte longitudinal del radio original con filo de elemento lítico tallado, localizadas a lo largo de ambos bordes y orientadas paralelamente al eje longitudinal de la pieza; (2) estrías de raspado con filo de elemento lítico tallado, localizadas en el (5) Se entiende por «chattemarks» en traceología ósea las suaves marcas transversales a la dirección de la acción, ocasionadas por pequeños y contínuos rebotes del filo lítico tallado sobre el hueso raspado; rebotes a su vez debidos a la resistencia que opone la materia ósea trabajada al filo.
Son evidencia de la aplicación de la técnica del raspado.
T. P., 51, n° 1, 1994 borde derecho de la extremidad distal y en ambas caras, orientadas paralelamente al eje longitudinal de la pieza, y (3) estrías de pulimento localizadas en la cara superior y bordes de la extremidad distal, orientadas oblicuamente (SW-NE) respecto al eje longitudinal.
Uso y experimentación Alteraciones de uso: -Pieza nO 1.249: Las huellas de uso son (1) el desgaste de las estrías de aguzado de la extremidad distal, (2) lustre en la superficie de la extremidad distal, (3) muesca de astillado de la punta, (4) estrías finas localizadas en la extremidad distal orientadas oblícuamente respecto al eje longitudinal de la pieza y (5) restos de almagra en la superficie.
-Pieza nO 6.832: Las huellas de uso son (1) el desgaste de las estrías de aguzado de la extremidad distal, (2) estrías finas y cortas, localizadas en la extremidad distal y orientadas oblícuamente y transversalmente respecto al eje longitudinal de la pieza y (3) desgaste asimétrico de la punta hasta volverla roma.
Experimentación: Para la decoración de arcilla utilizamos astillas de hueso, productos de desecho de la fabricación de otros objetos; la morfología de éstas era similar a la de las piezas arqueológicas representadas en la figura 4 c.
Las alteraciones producidas en la superficie qel extremo activo, tras incidir repetidas veces la arcilla húmeda, fueron (1) finísimas estrías delimitadas al extremo, (2) el desgaste asimétrico de éste y (3) un lustre asociado.
Tales alteraciones de uso descartan el empleo de la pieza n° 1.249 en la perforación, por ejemplo, de pieles, dado que esta acción produce huellas diferentes en la superficie de la extremidad activa.
Según el aspecto de la superficie de esta extremidad y la forma roma adoptada por su borde distal, este apuntado debió de utilizarse en la decoración de cerámicas.
El desgaste asimétrico de la silueta de la punta y la formación de estrías no abarcan más de 2 ó 3 mm. desde el borde distal hacia el fuste; la posición inclinada sobre la pasta es lo que produce el embotado asimétrico de la punta.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es v.
DISCUSIÓN Y CONCLUSIONES Las informaciones etnográficas constituyen una fuente documental aprovechada también en el estudio de la industria ósea prehistórica, especialmente en lo que concierne al reconocimiento del uso de los útiles por comparación.
Considerando las analogías etnográficas en su justo valor -el de una fuente sugerente de hipótesis, y no como medio de validar la reconstrucción funcional propuesta aquí-, creemos oportuno añadir este comentario en el que se resumen algunos datos etnográficos a estimar.
Las piezas que quizás atraen más la atención por su excepcional morfología son las placas curvas.
Se ha ampliado la búsqueda de símiles prehistóricos y etnográficos más allá del espacio geográfico y cronológico en el que se inscribe la Cueva de El Toro.
Para los primeros, el rastreo bibliográfico no ha aportado yacimiento alguno de la prehistoria reciente de la Península Ibérica, ni de Europa en general, con piezas similares.
Para los segundos, la consulta de trabajos etnográficos sobre la tecnología cerámica de comunidades de ubicaciones geográfica y cronológica diversas ha confirmado la utilidad potencial de piezas con tal morfología, cuyo empleo se asemejaría al alisado de la pared interna de recipientes cerámicos con la ayuda del dedo índice flexionado (Fayole, 1992: 71-72, 75-77, figs. 29 n° 1 y 30 n° 4).
La mayoría de los trabajos editados sobre tecnología cerámica se centran en la «cerámica objeto acabado», obviando habitualmente los útiles implicados en su manufactura.
Esta limitación no ha facilitado documentar piezas asimilables morfométricamente a las arqueológicas presentadas aquí entre los útiles de hueso, madera u otra materia, empleados en la manufactura de cerámicas en diversas comunidades prehistóricas y actuales (cf. Gibson y Woods, 1990; Longacre, 1991).
Cuando se alude a los objetos empleados en la decoración de cerámica, los autores se ciñen a lo morfológico, no interesándose por sus características traceológicas.
Concluyendo, este estudio quiere constituir un ejemplo de la interdependencia entre la elección de los soportes óseos, los rasgos técnicos de los artefactos óseos en que derivaron y los usos a los que los destinó el hombre prehistórico.
Las condiciones bien documentadas del hallazgo de los objetos presentados, la ade-cuada conservación para su análisis traceológico y el conocimiento del material no óseo asociado en estratigrafía, en este caso el cerámico, han facilitado completar la fase descriptiva morfométrica.
Pero si bien la traceología no ha permitido la reconstrucción técnica total de todas las piezas (recordemos que la transformación intensa de las placas curvas borraron las alteraciones debidas a su fabricación, también irreconocibles en el bisel), las alteraciones de uso identificadas en las superficies de todas las piezas, la presencia de restos de almagra y arcilla adheridos a la superficie de alguna de ellas, la pertinencia de los resultados de la experimentación efectuada con las piezas reproducidas y, por último y en lo que concierne a las placas curvas, la morfología de los vasos cerámicos asociados en estratigrafía, parecen ser factores concluyentes a la hora de vincular esta serie de artefactos óseos a la manufactura de recipientes cerámicos.
Al Museo Arqueológico y Etnográfico de Tenerife y al Departamento de Prehistoria, Antropología e Historia Antigua de la Universidad de La Laguna (Tenerife). |
El objetivo de este trabajo es presentar la fecha de C-14 obtenida para la ocupación neolítica de los Abrigos del Pozo (Calasparra). que junto a las ya conocidas del Abrigo Grande II del Barranco de los Grajos (Cieza). suponen las únicas dataciones para el Neolítico de Murcia.
Este yacimiento plantea también las posibles relaciones entre el arte rupestre esquemático y el depósito arqueológico de la cavidad. con una ocupación muy prolongada durante diferentes momentos culturales.
Los primeros trabajos en los Abrigos del Pozo (Calasparra) se centraron en el estudio de las representaciones pictóricas de estilo esquemático (San Nicolás, 1986; San Nicolás y Martínez Sánchez, 1990), aunque ya desde su descubrimiento se señaló la presencia de algunos elementos de cultura material en el depósito de la cavidad.
Ante la posible existencia de niveles arqueológicos se realizó un sondeo estratigráfico, para intentar determinar las características físicas y la potencia del sedimento aluvial que, en determinados casos, estaba provocando el ocultamiento de algunas figuras.
Los trabajos fueron dirigidos por M. San Nicolás (1992 e.p.), al que agradecemos el habernos facilitado el acceso a los resultados de la excavación.
Los Abrigos del Pozo están delimitados por un alto escalón rocoso perpendicular al río y por un suave meandro que describe el río Segura.
Los dos abrigos se localizan en la ladera r\oroe'\tc dl: la Sierra dd Molino. en la margen derecha del Segura. a J m. sohre el nivel medIO del río y a 250 mS.n.m.
Una de las formas de morfología exokarstica más desarrollada son los profundos cañones del Segura. que comienzan en la Sierra del Molino y continúan en Los Almadenes.
El cañón ha hundido su cauce a más de 150 m.. donde el nivel de base obliga a los "ta/weg" a tener activa una violenta erosión lineal en todo su recorrido.
El paquete de calizas sobre el que actúa es cretácico. intensamente cuarteado y fisurado.
La disposición de la caliza en estratos facilita la ruptura de los mismos. formándose un perfil escalonado.
En estos tramos bajos se han labrado profundos abrigos. como es el caso de los Abrigos del Pozo. y el lecho está relleno de materiales arrastrados. donde se instala la vegetación arbustiva que en El Pozo es particularmente frondosa.
D. CARACfERIZACIÓN ESTRATIGRÁFlCA DE LA OCUPACIÓN NEOLÍTICA Y ANÁLISIS DEL MATERIAL ARQUEOLÓGICO
En el abrigo de mayores dimensiones, unos 30 m. de longitud y 9 m. de profundidad máxima, se localizan los paneles con arte rupestre U-V, y en él se realizó un sondeo de 3 m 2.
La información arqueológica aportada es muy parcial, dadas las reducidas dimensiones de la unidad de registro y la escasez del material arqueológico, referente en su totalidad a ele-T.
1994 Coewelo Martínez S'ncbez mentos de cultura material. estando ausente otro tipo de documentacion que permitiera inferir actividades suosistenciales.
No obstante. se trata de una cavidad de gran interés. ya que junto a la presencia de arte rupestre. se ha obtenido una fecha de C-14 para la fase neolítica y se ha documentado una secuencia de ocupación prolongada que futuros trabajos permitirán determinar con mayor precisión.
La secuencia cultural arrancaría del Paleolítico Superior final para continuar durante el Neolítico.
Con posterioridad. parece que se desarrollan un momento Calcolítico y otro de la Edad del Bronce.
Finalmente. y ya en época histórica. existe una ocupación romana y otra medieval islámica.
En este trabajo únicamente abordaremos el momento de hábitat neolítico. definido estratigráficamente como nivel V y VI.
El nivel V está formado por un sedimento de arenas de grano fino, con cantos pequeños de río y fragmentos de material calizo procedente de la erosión del abrigo.
La textura es suelta y presenta una tonalidad marrón clara.
Este nivel se distribuye de forma homogénea por toda la superficie de la unidad de excavación y presenta una potencia máxima de 15 cm. y mínima de 5 cm. La mayor parte del material arqueológico fue identificado en este nivel.
El nivel VI presenta un sedimento de matriz arenosa de grano muy fino, textura suelta, color marrón grisáceo, con abundantes fragmentos de carbón y restos de pigmento rojo muy mezclados con el sedimento.
La potencia de este nivel es de 10 cm. y el material arqueológico es muy escaso.
En este nivel se documentó un zona de hogar en la que se pudieron identificar diferentes sectores por las características físicas del sedimento.
Un primer sector delimita la zona externa del espacio de ocupación, identificado con un sedimento de matriz arenosa muy fina, de color marrón oscuro rojizo y afectado por la acción del fuego.
La zona interna de este espacio presenta un sedimento de matriz arenosa fina de color marrón claro, con algunas manchas blanquecinas, y otro sector formado por cenizas con abundantes restos de carbón y fragmentos de huesos quemados.
En esta zona interna se observó un espacio circular de unos 20 cm. de diámetro, formado por una gran cantidad de carbones muy fibrosos.
El espacio de ocupación presenta 1,20 m. de longitud y 0,60 m. de anchura, pero al no haberse ampliado el área de excavación no podemos conocer con exactitud (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es <¡us dimensiones totales.
Los estudios de fauna y de sedimentología aún no han concluido. pero con respecto a los primeros podemos señalar en un primer avance la presencia de lepóridos. ungulados y suidos.
El material arqueológico documentado en la ocupación neolítica de la cavidad es principalmente cerámico. aunque también está representada la industria lítica en sílex y en cuarcita. así como algunos elementos de adorno.
No se han observado diferencias relevantes entre los elementos de cultura material de los dos niveles identificados, por lo que el material se presenta de una forma general.
La muestra disponible es muy escasa y por ello no se han realizado estudios de porcentajes.
El índice de fragmentación del material cerámico es muy elevado y el número de fragmentos significativos muy escaso, por lo que es difícil precisar las formas de los recipientes cerámicos.
Estos. en los casos que se han podido observar, son de tendencia globular, a veces con cuello poco desarrollado, con bordes entrantes. abiertos o rectos y labios planos y redondeados.
Entre los elementos de prensión y suspensión encontramos mamelones y asas de cinta.
En cuanto a la factura. generalmente presentan pastas monocromas, aunque también las hay bicromas y con nervio de cocción, siendo su textura compacta y en menor proporción arenosa, con desgrasan tes de tamaño fino. medio y en algún caso grueso.
El tratamiento final de las superficies de las vasijas se realiza mediante acabados alisados de calidad media o fina, además de algunos espatulados.
Las cerámicas están mayoritariamente sin decorar, pero en ocasiones presentan decoraciones incisas, acanaladas e impresiones de instrumento y ungulaciones.
Los diseños ornamentales forman generalmente zig-zags, líneas paralelas y motivos en serie impresos, afectando en ocasiones al labio de las vasijas.
La industria lítica en cuarcita está representada por lascas sin retocar, restos de talla, cantos sin trabajar y algunos de ellos parcialmente desbastados.
Cuando la materia prima utilizada es el sílex, los productos de talla son láminas, generalmente con señales de uso y en muy pocas ocasiones retocadas con retoque lateral, continuo. ahrupto. directo y marginal.
Tamhién hay lascas. restos de talla y algún núcleo.
Entre los ohjdos de adorno. únicamente se han documentado hrazaletes en caliza blanca de sección cuadrangular.
En este sentido. hemos de destacar la presencia de un taller de brazaletes de caliza en la Cueva de la Serreta (Cieza), situada también en las inmediaciones del río Segura. documentado por la presencia de brazaletes en proceso de fabricación y otros totalmente elaborados (Martínez Sánchez.
El problema de la secuencia cultural neolítica de Murcia sigue planteado. ya que la mayor parte de la documentación de los yacimientos corresponden a indicios, siendo pocos los contextos estratigráficos que aportan evidencias de cierta entidad.
No obstante. el número de yacimientos se ha visto incrementado con el Abrigo de la Rogativa (Moratalla), el Peñón de Ricote (Ricote) la Cueva de la Serreta (Cieza) y la La fecha de los Abrigos del Pozo podría situarnos en un momento avanzado del Neolítico antiguo o quizás en un Neolítico medio, con el que podrían asociarse, de momento, la mayor parte de los yacimientos de Murcia.
Esta atribución cronológica y cultural es la que propone Martí Oliver (1991) para dos vasos de Lorca, sin procedencia precisa, depositados en el Museo de Prehistoria de Valencia.
Otro aspecto que plantea los Abrigos del Pozo es el de las relaciones, existentes sin duda, pero difíciles de precisar, entre el arte rupestre distribuido en cinco paneles y el depósito arqueológico.
Las representaciones presentan distintos grados de esquematismo y la temática está formada por cuadrúpedos, antropomorfos, puntiformes. barras, figuras de difícil interpretación (San Nicolás, 1986).
En este sentido, queremos resaltar la presencia de restos de pigmento mezclados con el sedimento del nivel VI neolítico.
En función del esquematismo que exhiben las pinturas. se han identificado dos grupos que muestran técnicas diferentes, relacionados en una primera aproximación cronológica con la ocupación Calcolítica o de la Edad del Bronce y con el hábitat neolítico (San Nicolás, 1992, e.p.).
El primero. representado en los paneles situados a 1,50 m. sobre el suelo actual, está resuelto mediante gruesos trazos de tinta plana.
El segundo, con dos figuraciones humanas, se encuentra a tan sólo 10 cm. del suelo, destacando una esquematización humana masculina del tipo denominado salamandra con una cabeza con dos apéndices laterales de los que salen largos y finos trazos verticales; la técnica es semejante a la empleada en el arte levantino naturalista.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es La posihle representacton de escenas en algunos de los pancles y la diversidad de técnicas. parecen mostrar ciertas conexiones entre ambos estilos que pueden entreverse en estos abrigos y en otros yacimientos con arte rupestre próximos como la Cueva de La Serreta.
Las Enredaderas y. un poco más alejados. en los abrigos del Barranco de los Grajos.
En general. parece que estamos ante una proximidad y no ante una ruptura entre estas dos formas artísticas en esta zona del Segura (San Nicolás y Martínez Sánchez.
1990). que revelarían una evolución no traumática para las poblaciones a las que habría que adscribir las manifestaciones pictóricas. |
El artículo fue remitido en su versión final el 13-IV-94. vings in North-west Spain.
El profesor Carlos Alonso del Real (1914Real ( -1993) ) en su contribución al homenaje a H. Breuil publicado en Barcelona (Alonso, 1964) dice que una buena forma de honrar a un maestro es contrastar y matizar su pensamiento con la aportación de nuevos logros.
Este trabajo se enmarca dentro de esta línea con la doble pre-lL' n'll in t.k l "xponl" r lo,;¡'Pl "cto" fu nJamt:n t ak" (kl pl'n\;tmll"nto \ Jcl metoJu dt.'1 proft:... or ~ hact.'r una aplica\.' itln Jel mi "mo con alguno" matices a un ca\o concreto: cl anülisis de una roca con grahado<.
El estudio del arll: rupestre fue uno de sus preferidos entre otros motivos porque lo consideraha un documento privilegiado para conocer aspectos importantes del pasado entre dios los de tipo social y slmhúlico.
En sus trahajo" t.'n los que.,igue las líneas de H. Breuil.
A. Laming Emperaire y A. Lcroi-Gourhan. con respc: to y autonomía. adopta los planteamientos de Panofsky (Alonso.
1975) Y recurre a paralelos etnológicos. etnohistóricos. folklóricos. arqueológicos e históricos para la interpretación de la obra de arte.
Alonso del Real concibe la Prehistoria como un período histórico en el que. a través del estudio arqueológico. de la visión interdisciplinar y holística se puede analizar el testimonio artístico como un segmento de la cultura a la que pertenece a la luz de la cual ha de entenderse y sobre algunos de cuyos aspectos ofrece información (Alonso.
En su búsqueda del mayor conocimiento posible sobre el pasado. en especial en los aspectos ideológicos. religiosos y sociales. recurre al empleo de modelos y métodos de diferentes escuelas a veces aparentemente contradictorias tales como la fenomenología de Mircea Eliade. el marxismo o la escuela histórico-cultural de Viena (Alonso.
Si bien emplea criterios de A. Leroi-Gourhan, usa teoría etnológicas aparentemente incompatibles con los principios de éste.
Su formación como humanista y su inquietud personal, para la cual nada humano era extraño, le lleva a emplear una amplia variedad de paralelos históricos y etnológicos en sus análisis, en los que trata de conocer numerosos aspectos del pasado a menudo poco tratados.
Esta labor, en la que se refleja el conocimiento de un gran número de culturas desde la América precolombina hasta Melanesia, se ve facilitada por sus dotes de políglota que le permiten manejar estudios y documentos originales en diversas lenguas desde el arameo hasta el ruso pasando por el quechua.
Como muestra de sus concepciones epistemológicas y metodológicas se ofrece de forma breve un ejemplo de su aplicación a la esta-T.
1994 clún ilrqucológica conocida como Auga da LIXt.' l.
Vincios. en d avuntamiento de Gon-Jomar. t.'n t.' 1 suroc: stt.' d~ la provincia de Pontevedra (Fig. 1).
El yacimiento de Auga da Laxe I es una gran roca granítica del Monte dos Arruidos en la falda occidental de la sierra do Galiñeiro, donde afloran numerosas rocas de buen tamaño en algunas de las cuales se han localizado diferentes tipos de grabados.
Es el caso de las tres denominadas Auga da Laxe 1I, lB Y IV con representaciones de armas situadas en un radio de menos de doscientos metros en torno a esta estación (Costas el alii, 1984).
La roca, de grano grueso, presenta en su parte superior varias pilas, en las que no se aprecia intervención humana, que retienen el agua de la lluvia.
Los grabados se presentan en la cara oriental de pendiente bastante pronunciada y forman un total de veintiséis compuesto por diez puñales o espadas cortas, una larga. seis alabardas, ocho escutiformes y algunos trazos cuya lectura no resulta posible debido a la erosión.
Estas armas están colocadas verticalmente en el sentido de la pendiente principal de la cara de la roca.
Da la impresión de que si no fueron hechas por una misma mano sí lo fueron respetando un canon, por la uniformidad del tamaño y de su posición a lo largo del conjunto (Fig. 2).
El yacimiento ha sido objeto de varias publicaciones y referencias (Costas el alii, 1984; Vázquez, 1990, 1993) Y es uno de los más llamativos de la región por el número de grabados, el tamaño de la roca y la impresión de conjunto realizado intencionalmente en un corto espacio de tiempo al comienzo de la Edad del Bronce. si bien cabe la posibilidad de que la gran espada sea posterior al resto de las figuras.
El análisis de los grabados prehistóricos al aire libre en Galicia se ha mostrado útil para la reconstrucción de aspectos de la sociedad de la primera parte de la Edad del Bronce.
La comparación de los objetos representados con los restantes componentes del registro arqueológico permite establecer hipótesis interpretativas sobre aspectos de la organización social y la ideología especialmente en lo relativo a la jerarquización de las comunidades y a la importancia de lo bélico (Vázquez, 1990, 1991, 1992).
Los grabados de armas tienden a aparecer disociados de los restantes y son los más figurativos.
En algunos puñales se puede apreciar la empuñadura separada de la hoja y su detallado bisel.
En varias alabardas se aprecia el biselado y el nervio central de la hoja.
Suelen formar composiciones que a menudo presentan un claro plan de organización en el que las armas se concentran en un espacio delimitado, orientadas en la misma dirección o bien en grupos afrontados.
Son unos de los pocos temas (jue se repn:-,>entan en la mayoría de las ocasiones a una escala igual o li~L"famenle superior a la natural.
En algún caso su tamañl) es muy superior a la figura humana (jue la porta como ocurre en A Pedra das Ferraduras de h: ntans.
Desde el punto de vista espacial se distinguen dos tipos de estaciones: uno compuesto por un reducido número de figuras que se encuentran en una roca poco visihle.
El otro lo integran aquellas que agrupan un conjunto mayor de armas en una roca de dimensiones más grandes y más visible en el paisaje: a menudo se hallan en un lugar en el que se puede asentar un colectivo humano numeroso con comodidad dando la impresión de que en algún momento servían de escenario a alguna actividad.
Estos rasgos que diferencian a las armas del conjunto de los grabados se pueden interpretar como modos de marcar su importancia y carácter peculiar.
En el registro arqueológico los ejemplares de armas aparecen en hallazgos descontextualizados, en cistas funerarias, en túmulos, en el interior de la cámara de un monumento megalítico de corredor, en la parte superior del túmulo de otro y en depósitos.
Atendiendo a la distribución específica para cada tipo para la provincia de Pontevedra recientemente estudiada (Comendador, 1992) se puede señalar que las nueve hachas planas aparecieron sin contexto claro, si bien una de ellas se encontraba en una grieta de una roca donde hay grabados; de las seis puntas Palmela, tres proceden de túmulos y tres no tienen referencia arqueológica clara; de los tres puñales de espigo uno procede de un túmulo y dos de una misma cista, la de Atios.
El análisis de la frecuencia de aparición de los diferentes tipos revela que en Galicia hay más de veintitrés hachas, más de diecinueve puntas Palmela, más de diecisiete puñales de espigo y una alabarda segura, la de Leiro, Rianxo, A Coruña y otra problemática en el depósito de Roufeiro, Sarreaus da Limia, Ourense (Meijide, 1991 ).
El contraste entre los objetos reales y sus representaciones viene marcado por la ausencia de grabados de hachas, de puntas Palmela y la abundancia de puñales en relación con las alabardas aunque en una proporción relativamente equilibrada muy lejos de la relación existente entre los objetos reales donde la relación sería T. P., 51, n° 1,1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Itrt,'-_ __ _ lk OIC": ISIt:!t' a uno (l olcl•l.,icll: a On....
De hecho cn alguna... ntaclone<, rupe<..tre 'l Oc Clcrto tamaño' ha\ un número mu\ parecido oc ambos tipos.
En-l.'stos oato.. se ap' recia la selección que efectúa el grabadur quien destaca algunos de los objetos y lo hace en unas proporciones muy diferentes a las de la realioad señalando de esta manera su importancia simbólica, Los ajuares contenidos en las cistas características del comienzo de la Edad del Bronce proporcionan datos que apoyan la existencia de una jcrarquización social en la que el aspecto bélico tenía un papd oc cierta importancia.
En una sola tumba. la de Atios.
Pontevedra. aparecen dos puñales. uno corto y otro largo. que a su vez están acompañados por dos cilindros de oro y dos joyas de plata.
Sólo en otra cista de la necrópolis de A Pedrosa en el sur de Ourense aparece una espiral de plata.
A Coruña se encontró un puñal y un vasito cerámico. en Fariñas un puñal largo, en Camota un puñal y un brazal de arquero. en la de As Antas un par de vasos cerámicos y puñal.
La máxima diferencia va de la cista de Budiño a una de Gandón donde se encuentran restos de un niño sin ajuar.
Estos datos apoyan la idea de la importancia de lo bélico y que la jerarquía social debía de estar señalada. como en la tumba de Budiño, por la posesión de joyas y armas (Vázquez.
Soluciones semejantes se encuentran en esta época en numerosas comunidades europeas en las que se comprueba por varios datos arqueológicos la fiabilidad de esta interpretación.
FUNCIÓN Y SIGNIFlCADO L Estado de la cuestión
En trabajos anteriores (Vázquez.
1992) se interpretó la presencia de grabados de armas y de las escasas escenas en las que aparece la figura humana como testimonio de una sociedad donde se proclama para legitimarla la idea de la importancia del varón, de sus actividades como la guerra, la caza y quizás el pastoreo y la de las armas y los guerreros.
Los temas representados reflejan los valores del varón y del guerrero propios de una sociedad orientada en cuanto al poder en torno al hombre, quizás de tipo patrilineal y patriarcal, como se documenta en otras culturas europeas de la Edad del Bronce.
T. P., 51, n° 1.1994 LI<, repre<,entaciones de armas se han inteprelado desde el punto de vista religioso como un posible testimonio de la hoplolatría.
Aquéllas podrían ser símbolos de los guerreros que las consagran a una figura religiosa vinculada con la guerra o bien representaciones de ésta de acuerdo con paralelos arqueológicos. etnológicos e históricos (Vázquez.
La posibilidad que aquí se desarrolla es la de considerar que Auga da Laxe y los yacimientos con grabados de armas del mismo tipo pueden, er lugares de celebración de rituales de agregación de guerreros.
La aportación de la etología humana
El análisis de los grabados desde la perspectiva de la etología humana. a pesar del recelo con que suele ser recibida por parte de algunos humanistas. también resulta provechoso. al menos, para generar hipótesis interpretativas a contrastar por otras ciencias sociales.
Si Auga da Laxe ha sido realizada de una vez o en un período de tiempo muy corto puede representar un conjunto de guerreros en un rito de afirmación agresivo, con las armas hacia arriba. en posición de mensaje coercitivo de amenaza que al tiempo recuerda rituales de saludo al extraño que llega a un territorio ajeno.
Encierra un mensaje doble. ambiguo, en el que se exhiben señales de amistad al tiempo que de afirmación del poderío del grupo relacionadas con la afirmación sobre el propio territorio (Eib-Eibesfeldt.
En este sentido el lector puede recordar las escenas de encuentro entre viajeros occidentales y grupos de otras culturas en la bibliografía y la filmografía. sobre todo, del género de aventuras y viajes en las que las poblaciones etnográficas salen armadas en un doble intento de acercamiento e intimidación..
Auga da Laxe podría estar marcando el límite del territorio de una comunidad o de un grupo concreto lo cual se ve apoyado por su proximidad a las vías de comunicación tradicionales de la zona.
Los grupos de guerreros
Las recientes investigaciones sobre los pueblos prerromanos del Noroeste de la Península han descubierto la existencia de grupos o cofradías de guerreros que encajan muy bien con las propias del mundo céltico continental e insular (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es y con los pueblos indoeuropeos en general (García, 1991).
Son grupos de guerreros autónomos o integrados en la tribu; que tienen un carácter marginal; practican la caza y la guerra, que suele ser de pillaje y de ostentación para adquirir estatus; están vinculados con una divinidad guerrera a la que ofrecen sacrificios, a veces en lugares sagrados específicos como grandes rocas en zonas marginales, en la tierra de nadie, en los límites de comunidades donde se celebran asambleas, fiestas religiosas, ritos iniciáticos y a veces reuniones sociales, administrativas, jurídicas y económicas.
Hay grupos que viven gran parte del año en los lugares marginales donde hacen la guerra, cazan y celebran ritos iniciáticos y otros, y a veces se integran en los poblados bajo la autoridad superior.
Algunos colectivos tienen carácter marginal y antisocial.
Así, por ejemplo, en la literatura irlandesa Fión recibe una educación marginal e iniciática, vive al aire libre en la montaña donde caza y lleva un tipo de vida en la que lo bélico se une con lo heroico y lo mágico (García, 1991 ).
Si bien estos rasgos de guerrero se detectan durante la Edad del Hierro en Europa Occidental y bastantes de ellos son comunes a las comunidades de guerreros indoeuropeos, no se puede extrapolar la existencia de este conjunto de rasgos al comienzo de la Edad del Bronce, aunque sí es posible usarlos como hipótesis de trabajo para analizar las rocas con grabados de annas y ver hasta qué punto pueden reflejarse en ellas algunas de las características citadas.
Auga da Laxe muestra un conjunto de atributos que encajan bien en el modelo descrito de comportamiento de los guerreros:
Roca de buen tamaño con grabados de un conjunto de armas que parecen reflejar, de un modo metafórico, mediante la metonimia de la parte por el todo, una reunión de guerreros.
Su posición en el saltus, una zona marginal con relación a las tierras más aptas para la producción de alimentos que desde ella se divisan.
La existencia de piletas naturales en las que se acumula el agua de la lluvia que pudieran haber sido utilizadas en los sacrificios.
Su posición en un lugar de comunicación, la vía de paso natural del valle a lo más montañoso, marginal e improductivo del territorio.
Un área de monte que puede servir como límite entre las comunid ades que se asientan en el fondo de los valles que se divisan desde allí.
Este conjunto de atributos encaja bien con el escenario y las prácticas de las cofradías de guerreros prerromanos. con el modelo irlandés en el que incluso se graban temas simbólicos en las rocas que constituyen lo esencial de los lugares sagrados (García, 1991) Y con el modelo indoeuropeo en general.
Por esto se puede afirmar que Auga da Laxe pudo servir de lugar de reunión de grupos de guerreros como los aludidos.
No se entra con ello en la cuestión de la fecha más antigua de la indoeuropeización de las instituciones sociales del territorio, ni por tanto se afirma que tuviesen ese carácter las gentes de la comarca del comienzo de la Edad del Bronce.
Además, es posible señalar de acuerdo con los datos etnográficos e históricos que muchas de las características de los guerreros indoeuropeos se dan en sociedades muy distantes en el espacio y el tiempo, como indica Lincoln (1991) al estudiar los paralelos existentes entre los indoiranios y los Nuer de Sudán.
Por ello, aunque los grabados de Auga da Laxe no estuviesen hechos por gentes de cultura indoeuropea, al menos algunas de sus características generales podrían ser coincidentes con las de ellos.
La comprobación de esta hipótesis de trabajo requiere un proyecto de investigación actualmente en marcha dedicado al estudio arqueológico del entorno de los petroglifos para detectar los posibles restos de la cultura material que hubiesen quedado después del conjunto de ceremonias realizadas en la zona.
Esta labor de tipo local ha de completarse con otra más amplia para aumentar, a través del registro arqueológico, nuestro conocimiento de los aspectos sociales e ideológicos de la época.
La hipótesis expuesta de Auga da Laxe como lugar de celebración de rituales de agregación a guerreros, parecidos a los de las cofradías de tipo indoeuropeo, se muestra fecunda a la hora de explicar el significado y función del yacimiento ya que, como se ha señalado, si bien es posible su lectura mediante el modelo indo-T.
P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es t: uropl..•p Lllllhlt:1l l', Inkrprt:1ahk a la lu/ Ol' la.., practica...
Ot: c:1 punlo de vi... ta dc: la c:!ologia humana rc... ulta coincidc: ntc: con el de los paralelos históricos y ct: lOlógicos por lo que las conclusiones derivada.. de la aplicación de cada uno de cllos. coincidc: ntes entfl: sí en lo esencial. se refuerzan y le dan un mayor grado oc prohahilidad a la interpretación.
Los conceptos epistc: mológicos y metodológicos de C. Alonso del Real. desarrollados y modificados por el autor. resultan útiles para interpretar la función y significado de los petroglifos y conocer aspectos de tipo simbólico. poco asequibles por medio de otros documentos de tipo arqueológico.
Esta aproximación converge en algunos puntos con planteamientos recientes de la arqueología que sigue el modelo anglosajón. lo cual muestra el aspecto moderno del método. en apariencia clásico. de C. Alonso del Real hasado en gran parte en corrientes y tendencias distintas.
De ellos resulta la conveniencia de la aplicación de diferentes modelos y métodos en la investigación. y la valoración de la tradición hispánica. entre otras europeas continentales y mediterráneas. a veces injustamente marginadas por aquellos que controlan los circuitos de producción y distribución de ciencia dentro del paradigma dominante.
Algunos círculos académicos que desconocen los logros de otras formas de aproximación al estudio del pasado actúan en la práctica como si ciencia fuese únicamente aquellos que ellos hacen dentro de su reducido universo de escuela con 10 cual. al no considerar otros sistemas de estudio, renuncian implícitamente a otro tipo de "verdad" o dicho más elegantemente no pueden disfrutar de los conocimientos de otros colegas.
Por todo ello. el pensamiento de C. Alonso del Real, como el de otros compañeros de su generación, se revela no sólo eficaz, y a pesar del paso del tiempo moderno. sino que sirve de ejemplo para reflexionar sobre la sociología del conocimiento en el campo de nuestra disciplina e invita a la búsqueda de la verdad a través de T. P.• 51. n° l. |
El lenguaje puede definirse como un sistema de comunicación de unos individuos con otros, en el que existe un transvase o intercambio de información.
En el caso de nuestra especie, éste se constituye en un sistema excepcional que, mediante el encadenamiento de conceptos e ideas regulados por una sintaxis y una semántica, transmite sensaciones, sentimientos, expresiones concretas y abstractas, con una riqueza y versatilidad no observadas en ninguna otra especie.
Es lo que se conoce como "lenguaje articulado".
En los últimos años, los especialistas en su estudio han ido tomando conciencia de que, además de ser un efectivo sistema de comunicación con los demás (lenguaje externo), resulta esencialmente y en primera instancia una vía de comunicación con uno mismo, pues es el modo en que nuestro pensamiento se encuentra codificado (lenguaje interno).
Tal vez esta cualidad es la que le convierte en excepcional, ya que sus características están intrínsecamente relacionadas con las de la conciencia humana.
Por ello, tomando al cerebro como el principal centro rector, cabe distinguir en nuestro lenguaje una base física -que se encarga de su exteriorización-y otra psicológica -que se ocupa de su formación-o Estas circunstancias las recoge el profesor Saban en su libro con un tratamiento desigual.
En él describe brillantemente los mecanismos fisiológicos que regulan la producción física del lenguaje; del órgano creador (el cerebro) al transmisor (aparato fonador). incluyendo algunos de los últimos avances de la Neurología en localización funcional, organización cortical y mecanismos de transmisión neuronal.
También se ocupa de las principales relaciones de la Psicología con el lenguaje, destacando los estudios de Psicología diferencial, cognitiva y sobre Psicogénesis. relacionando de modo adecuado ésta con los procesos de desarrollo.
Como complemento incluye de la misma manera un tratamiento del tema a partir de un enfoque lingüístico -desde su aspecto sincrónico y diacrónico-.
Sin embargo, el libro encuentra su principal carencia en la aplicación de algunos de estos criterios al registro fósil. con el objeto de encontrar el origen del lenguaje articulado en nuestro proceso evolutivo.
En dicha sección. que ocupa la parte final del libro, R. Saban hace uso de una información paleontológica muy poco actualizada y. en algunos casos, poco acertada -véase la afirmación de que el bipedismo se adquiere en el Pleistoceno inferior (p.
229) o las tablas de volumen encefálico (p.
A veces emplea también términos específicos que dentro del consenso académico son marginales (p. ej.: Homo palaeojavanicus).
Sobre el surgimiento del lenguaje, los investigadores actuales se reparten entre los que postulan un origen temprano de esta cualidad en los homínidos y aquellos que pretenden un comienzo tardío, atribuyéndola a un proceso brusco, parejo a la aparición de Homo sapiens sapiens.
Entre estos últimos se encuentra R. Saban.
Los partidarios de esta opción -algunos de ellos erigidos aún en la salvaguardia de una versión creacionista obsoleta-mantienen que determinados ragos observables en los restos fósiles de homínidos así lo indican.
Dos son los tipos de evidencias que pueden servir para estudiar la presencia activa del lenguaje
en 1", hdminldo' l 'xtlnt", 1;1:-' pr(l(eJl'ntt:, de la rl'(oO\trucClún de la or~anizaciún cerehral (a partir del anált "l' de In.., moldn cnJo(.•rane,¡k" y la, dl' la rn: on\trucl'I(ln del aparato fonador (a partir del t: studio de la morfulll~ia de la ha "l' delcr, inl 'o y la pll" lClnn dcl huc'o hlOlde,'.
En lo conccrnlcnlt: al primer aspecto.
R. Sahan utilt/a lo.. molde.., endocraneak.., de homínidos plio-plelstocénlCos para afirmar que sólo con la aparición de JI.. \111 '11' 11.\. \iJl 'il' fl.\..,urge un cerehro con una red vascular lo suficienll: menlt: compkja como para poder mantent:r un funcionamiento interno que propicie el knguaje.
No ohstantt:. el autor ohvia varios dato.., -algunos de lo.., cuak.., citaré a continuación-para defender un marco exegético "evolucionista" propio del siglo pasado, Para ello se sirve. como acaho de mencionar. de la complejidad de la red vascular meníngea y del volumen encefálico. para concluir que a mayor capacidéld craneal y complejidad vascular. k corresponde una mayor disposición hiológica de utilizar un lenguaje articulado.
A continuación utilint un argumento marginal inadecuado como es la comparación de estos elementos con 1m tipo" Jl' inJu"tria Iltlca en el rc!,!i, tro plio-pkistocénico. para concluir que la adquisició n dellenguaJl' articulado n un hl 'cho rú' lente (Plci"t(ll.'cno "uperior). que se hahría visto precedido por una fase de knguajt: \i..,ual y fondlco muy limitado (finak, del Pkl\toCl: no medio) y un episodio anterior más largo (plioceno y Pleistoceno inferior y medio) de un knguaje muy primitivo. próximo al de otros primates. exento de léxico () sintaxis y consistente en gestos manuaks y simples sonidos a imitación de otros animales.
Aún defendiendo la aparición del lenguaje articulado a fines del Pleistoceno.
R. Saban lo concibe como un modo de expresión muy limitado y onomatopéyico. que sólo adquiere mayor fluidez cuando el ser humano se vuelve sedentario (p.
En esta concepción evolutiva «volteriana". perfectamente legítima. considero que el autor no tiene en cuenta de manera suficiente dos hechos que él mismo recoge en su libro: que la primera fase hacia una complejización notable de la red vascular cerehral con respecto a los antropoides aparece en Horno habilis (KNM-ER 1470) Y que es precisamente con la aparición de óte. hace algo más de 2 m,a,. que se detectan en las paredes endocrancales las improntas de un área de Broca desarrollada en el lóbulo frontal y del área de Wernicke en el lóhulo temporal.
Estas dos áreas. exclusivas de nuestro género. son vitales para el proceso de emisión y recepción-comprensión. respectivamente. del lenguaje, Su aparición en una fecha tan temprana es un indicador. si no de la capacidad de lenguaje articulado de los primeros Horno -como defiende Tobias (1991) basándose en dichos ragos-. sí al menos de un modo de comunicación más activo y complejo que el observable en los primates superiores, Por otra parte. los estudios actuales demuestran que nuestra capacidad de lenguaje está íntimamente ligada al proceso de asimetría cerebral -un hemisferio (generalmente el derecho) más grande que el otro-y a su traducción en la lateralidad en la utilización de los brazos (diestros y zurdos).
Ninguno de estos dos elementos se advierte en otros primates.
La ausencia de lateralidad funcional se explica por la ausencia de asimetría en los hemisferios (Tomatis.
El estudio de los moldes endocraneales de los primeros miembros de nuestro género nos revela que estos homínidos (OH 7.
KNM-ER 1470) ya poseían una asimetría cerebral (Falk.
Además. el estudio de los procesos de talla en la elaboración de útiles líticos de este período señala a una más que probable lateralidad en el uso de las manos para dicha actividad, tal y como cabe esperar al existir una asimetría cerebral (Toth.
1985), Estos dos elementos suponen un mayor apoyo a la inferencia de una mayor complejidad comunicativa de los primeros Horno.
R. Saban no se ocupa suficientemente de la polémica. que aunque centrada en el neanderthal -tan de moda en la actualidad-podría extenderse a otros restos más antiguos. sobre la exclusión de otros homínidos no pertenecientes al morfotipo H. sapiens sapiens del dominio del lenguaje articulado. basándose en las observaciones no del cerebro. sino del aparato fonador.
Esta facción, liderada por Lieberman. sostiene que la posición elevada de la laringe en los otros homínidos les habría incapacitado para articular un lenguaje como el nuestro.
Sin embargo, el descubrimiento de un hueso hioides completo en el individuo de neanderthal de la cueva de Kebara (Israel) puso de relive su gran similitud con el hioides humano moderno y. por tanto. la ausencia de trabas en un uso lingüístico del mismo (Arensburg et alii, 1990).
Por otra parte. el análisis minucioso del hueso temporal y de la base del cráneo en los restos fósiles -en el que se basan los defensores de la ausencia de lenguaje en el neanderthal-pone de relieve que no se conserva el proceso estiloideo de dichos huesos -esencial para inferir la posición de la faringe y la laringe-, que en caso existir no se puede inferir con seguridad su trayectoria, y que su amplia variación intraespecífica hace relativa su utilidad diagnóstica (Wind.
Incluso aún en posesión de estos datos, sólo podríamos conocer la posición de la pequeña protuberancia del hueso hioides, pero no de la laringe, a no ser que se dispusiera del hueso hioides entero (Wind, 1981).
Por otro lado, cabe añadir que gran parte de las reconstrucciones que sitúan la laringe en una posición tan elevada conducen a imposibilidades mecánicas en T. P..
51. n° 1.1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es la disposición mandihular (Falk.
Ad~mü". olrm ~.,ludi(l'" c()mparatl\()~ del cráneo señalan que la laringe del neanderthal hahría ocupado una posición... imilar a la nue... lra actual (Lailman el/llil.
Sin emhargo. la mayor carencia que ad\"i~rto en el Iihro de R. Sanan. \ que hago ~xlcnsiva a la mayor parte de investigadores que tratan el origen del lenguaj~. es una au.,~ncia d~ 1(1 dimensiún psicológica y adaptativa que este sistema de comunicación tiene con n: specto al comportami~nto ~uh.,istencial y social humano.
No es por cllo extraño que los únicos que claman por una aproximación de ~:-,tc cariz a semejante cuestión provengan del área de la Psicología (Davidson & Nohle.
1\)1.).3) Y ~n menor medida de la Arqueología (Gowlett.
Los arqueólogos. como reveladores dc comportamientos pretéritos. podemos aportar a esta discusión marcos conductuales de los cuales pueden extraerse su alcance psicológico y su viahilidad con distintos modelos comunic(ltivos. ¡.Es posihle. por ejemplo. concehir un comportamiento humano de reciprocidad y división d~ lahor~s sin que medie un lenguaje articulado entre sus componentes'!
Otra de las graves carencias de este lihro es la práctica exclusión (sólo dedica el autor dos páginas) de un área tan prolífica y polémica como es el estudio del aprendizaje lingüístico y comunicativo entre los primates.
Las famosas investigaciones realizadas durante las dos últimas décadas. especialmente con chimpancés. promovieron la discusión sobre la capacidad verbal de estos antropoides. exagerando su alcance.
En la actualidad se sabe que éstos son capaces de hacer uso de algunos fonemas y símbolos de forma limitada y perfectamente comparable con la experimentación "pavloviana" de estímulo-recompensa realizada con otros mamíferos menores. pero no pueden engarzar palabras para formar frases simples y carecen de la capacidad de utilizar signos para elaborar términos intangibles o abstractos.
Aunque pueden ser la base del lenguaje gestual humano no verbal (Buring.
1993). en ningún momento manifiestan poseer la estructura básica de un lenguaje articulado (Hierro.
1986). ni pueden compararse (contra Lieberman.
1993) con la capacidad que exhiben las crías de nuestra especie a los 2-3 años de edad para desarrollar cualidad semejante (Wallman.
1992). siendo su sistema de comunicación distinto del nuestro.
Tal vez tenga mucho que ver la disposición cerebral y fonética de H. sapiens sapiens.
La acomodación del hioides al nivel de la cuarta cervical y la superación de los 700 cc. de volumen encefálico a partir de los dos años. junto con la formación de las primeras impresiones en la pared endocraneal de las áreas de Broca y Wernicke -como muy bien señala R. Saban en su libro-. explicaría que a partir de esta edad el lenguaje articulado surja en nuestra especie a modo de "explosión brusca. con un misterioso conocimiento innato de la sintaxis" (Lieberman.
Es curioso que estos rasgos. al menos los concernientes a organización y volumen cerebral. coincidan con la aparición del género Horno. al cual algunos estudios primatológicos y paleontológicos comparativos sobre tamaño cerebral. tamaño de grupo y capacidad comunicativa. le suponen un lenguaje más activo que el resto de primates (Aiello & Dunbar.
A pesar de todas estas cuestiones discutibles. el libro de R. Saban resulta de interés por el tono divulgativo adoptado y por la correcta exposición de los mecanismos fisiológicos y neuropsicológicos del habla.
Considero que es uno de los puntos de partida obligados para los que pretendan introducirse en un tema tan espinoso como es el origen y funcionamiento del lenguaje articulado.
Linda Manzanilla, la coordinadora de esta voluminosa publicación, cuenta con todo lo necesario para convertirse en una eficaz propagadora de la manera mexicana de hacer arqueología en México.
A su larga práctica de campo y de gabinete une sus fructíferas relaciones con el mundo académico anglosajón, que se expresan a menudo por la vía de escribir los artículos científicos en inglés y para revistas norteamericanas -lo que también significa que ella y muchos de sus colegas castellanoparlantes han acabado por admitir que nuestro idioma no siempre es el vehículo apropiado para la transmisión de unos conocimientos que se desea alcancen gran difusión y repercusión-, y también una amplísima visión de los problemas arqueológicos, como consecuencia sobre todo de sus investigaciones en distintas regiones del planeta, en Turquía yen Bolivia, por ejemplo.
En el caso que nos ocupa, Linda Manzanilla dirigió un equipo de excelentes profesionales entre los años 1985 y 1989 para llevar a cabo "el estudio anatómico (sic) de un conjunto residencial teotihuacano con la finalidad de determinar los patrones de actividades que dejaron sus residentes" (pág. 13).
No hace falta leer muchas más páginas del informe que ahora ve la luz para comprender que la elección del lugar (un grupo habitacional en Oztoyahualco, en el sector noroeste del valle de Teotihuacan) no estuvo tan ligada al esclarecimiento de "las características de la vida doméstica en el primer centro urbano del área" (pág. 20) como al deseo de poner a prueba cierta metodología que se suponía adecuada para obtener la mayor cantidad de información sobre las "actividades del pasado".
O quizá ambas razones pesaran lo mismo en el ánimo de los investigadores.
En tal sentido -en el sentido del uso que se hace de esa metodología, descrita tal vez demasiado brevemente entre las páginas 20 y 28, Y conceptualmente entremezclada con las referencias a las técnicas que se piensa idóneas para apuntalarla-, podríamos afirmar que tanto nos hallamos ante un magnífico ejemplo de "arqueología doméstica" como de "arqueología de experimentación" (que no absolutamente "experimental") porque se someten a prueba constantemente los procedimientos de análisis físicos y químicos puestos a punto en el Instituto de Investigaciones Antropológicas de la Uni-T.
P., 51, n° 1,1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es vcrsidad Nacional Autónoma de México. y que tan hueno~ re~uhad()~ han conseguido ya en sus aplicaciones a los sitios de Cobá (19M3-19M) Y Oxkintok (\ YX6-llN1 ). entre otro<;.
El equipo de Linda Manzanilla lleva más de una década entregado a las preocupaciones por encontrar las má~ finas técnicas para definir e interpretar analíticamente los datos del registro arqueológico referidos a las áreas de actividad de las unidades domésticas de habitación.
Este estudio sobre un "barrio" -puesto que uno de los ohjetivos manifiestos es averiguar si el grupo escogido de Oztoyahualco era algo semejante a los ca/pu/lin aztecas-de la Teotihuacan clásica es la brillante culminación de sus esfuerzos. y hay que considerarlo en paralelo con los intereses de la Dra.
Manzanilla por adentrarse en otros problemas de la inmensa ciudad. como los del urbanismo en sí. las cuevas bajo las estructuras arquitectónicas. o la ideología subyacente a los caracteres materiales más destacados.
Linda Manzanilla y sus colahoradores continúan los trahajos en Teotihuacan. y probablemente su proyecto es el más ambicioso. desde la perspectiva de las metas que se propone alcanzar. de los allí emprendidos después de Millon. pues el que puso en marcha el Instituto Nacional de Antropología e Historia en agosto de 1 <)80. hajo la coordinación de Rubén Cabrera Castro. no obedecía estrictamente a necesidades de investigación "sino que estaba condicionado por los trabajos a realizar para resolver los propósitos de dar una adecuada presentación de la Zona Arqueológica como Patrimonio del país" (Rubén Cabrera y otros.
México 1982. pág. 11). lastre que por lo general arrastran los proyectos mexicanos que se realizan en sitios de gran afluencia turística.
De los dos volúmenes con que cuenta la obra que comentamos. el primero está dedicado a las excavaciones y a los materiales arqueológicos recuperados en ellas. y el segundo reúne ocho estudios que entran de lleno en las cuestiones habitualmente denominadas "de laboratorio": química de suelos. macrofósiles botánicos y faunísticos. análisis osteológicos y estadísticos, en las que mejor se plasman las intenciones de los excavadores.
No obstante, en el primer volumen se aprecia muy bien la metodología, porque se organiza mediante una exposición alternada en la que a un capítulo de tipo arqueográfico sigue otro de tipo analítico. por ejemplo.
Linda Manzanilla escribe sobre los conjuntos residenciales teotihuacanos. y a continuación Luis Barba lo hace sobre los estudios geofísicos que llevaron a elegir el área de excavación.
Luego la autora hace la descripción arquitectónica de la unidad habitacional excavada, y a continuación se muestra el trabajo de todos los miembros del proyecto en la definición de las áreas de actividad. en el que se amalgaman hábilmente las descripciones y los resultados de los análisis de laboratorio.
Todo ello permite elaborar una línea argumental que integra los datos físicos, químicos, óseos, etcétera, allí donde se necesitan, con una fluidez que hace mucho más comprensible para el lector corriente el proceloso mundo de los fosfatos, los carbonatos, las epífisis distales y el polen de gramíneas.
En el capítulo VI se tratan las cerámicas encontradas en las excavaciones, y de nuevo se pone de manifiesto la importancia concedida a los análisis de laboratorio: estudios macroscópicos, pruebas químicas, propiedades mecánicas (dila tometría y ensayos de com presión e impacto), difracción de rayos X, espectrometría Mossbauer, y propiedades magnéticas.
Un asombroso arsenal de pruebas que permite un estudio tipológico difícilmente superable.
Los capítulos siguientes abordan la lítica, los pulidores de estuco, la industria de concha. hueso y asta. para terminar con dos dedicados a "Ideología y vida doméstica" (a cargo de Edith Ortiz Díaz) y a un "Ensayo de interpretación" (a cargo de Linda Manzanilla).
Lo que encontramos más sobresaliente de estos últimos es que ratifican algo que se sospechaba desde muy diferentes ángulos de las investigaciones en Teotihuacan, la muy probable "especialización" de los respectivos conjuntos habitacionales.
Es decir, hay grupos que tienen una arquitectura más "monumental" que otros, los hay con restos botánicos o faunísticos claramente superiores al promedio de los demás (raspadores para maguey en Tetitla, por ejemplo, lo que se puede interpretar como que allí se producían grandes cantidades de pulque).
Dicho de otra manera, "acceso diferencial a ciertos recursos... asociados con las ramas de la manufactura y el consumo ritual" (pág. 549).
Luis Barba y Agustín Ortiz encabezan la pléyade de expertos que tratan en el segundo volumen aspectos de la excavación en Oztoyahualco relacionados directamente con técnicas de análisis específicas.
Hay espacio, sin embargo, para que se introduzca un interesante artículo -se puede calificar así porque es similar al publicado por las mismas autoras en la revista Ancient Mesoamerica en 1991-sobre el extraordinario incensario hallado en la unidad doméstica, de los que se llaman tipo teatro por lo aparatoso de la ornamentación modelada y en relieve. que representa al parecer al "dios mariposa", tradicionalmente asociado en el centro de México con el fuego, la muerte y la fertilidad.
En resumen, el informe de los trabajos realizados bajo la dirección de Linda Manzanilla en Oztoyahualco cumple tres condiciones que creemos suficientes para acreditarlo como muy valioso.
En primer lugar, es un incontestable modelo de la viabilidad de las modernas técnicas de laboratorio y geofísicas para T. P., 51, na 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es la me jor JlluudaclIJn de lo., prohkma\ que plantea el regl V ) VIII después de Jesucristo), Y finalmente. traza con gran peflCla Id línea intermedia entre la fría descripción y las conjt'luras interpretativas: la documentación fundamental que contiene este libro es rica y abundante. pero también es muy importante el esfuerzo rcah/ado para huscar una correcta interpretación de los datos. interpretación sin la cual el trabajo de campo sólo daría lugar a una arqueología inerte.
En un área de 550 metros cuadrados. donde vivieron tn:s o cuatro familias..,e ha obtenido información sobre manipulación y consumo de alimentos. almacenamiento. destazamiento y desecho. manufactura y construcción. sectores dedicados al culto. prácticas funerarias y materias primas alóctonas, El aprovechamiento antropológico de esa información será ineludible cuando <,c pretenda perfilar el retrato de la., gentes que poblaron Teotihuacan y que contribuyeron a su grandeza.
Mucho ha llovido ya desde aquella reunión legendaria que tuvo lugar en 1956 por iniciativa de R. Oppenheimer (padre de la bomba H). en el Instituto de Estudios Avanzados de Princeton. entre arqueólogos y químicos nucleares.
Una reunión donde se planteaba por primera vez cuáles podían ser las posibilidades de los métodos nucleares en la resolución de problemas arqueológicos. intentando hacerlos más populares y de mayor utilidad a la comunidad científica norteamericana. en un momento de agitado debate sobre los principios nucleares que estaban siendo aplicados a la industria armamentística.
Esta reunión trajo consigo el inicio de una nueva vía de investigación en el campo de los estudios arqueométricos con la aplicación de las técnicas de activación neutrónica (NAA) en la caracterización de cerámicas arqueológicas.
Una técnica destructiva capaz de determinar y cuantificar los elementos químicos presentes en la muestra analizada y que permite. mediante el establecimiento de grupos composicionales de naturaleza estadística, la aproximación a problemas tecnológicos y de procedencia. importantes para reconocer patrones de intercambio o comercio así como pautas socio-económicas.
Mucho es el tiempo que de igual forma ha pasado y muchos los avances y discusiones que han tenido lugar desde aquellas primeras aplicaciones puestas en práctica desde el Brookhaven National Laboratory de Nueva York, al que pronto se le uniría el Lawrence Berkeley Laboratory de la Universidad de California. aunque si hemos de ser precisos en la estimación de este volumen quizás no sea más que otro escalón en la construcción de un proceso que se inició entonces.
No debe extrañarnos, por esto mismo, que en la dedicatoria aparezca el nombre de Edward Sayre, uno de los pioneros del Brookhaven.
Por otro lado, tampoco debe extrañarnos que sea editado por H. Neff, investigador perteneciente a uno de los equipos más dinámicos en la actualidad en relación al NAA como es la Universidad de Missouri.
Columbia, y como re- In velan ~ran parte de sus últimas aportaclonl.!s ccntrada~ L:n la prohkrnatlca 4ue suscita a la hora lk a~ignar cerámicas a locus ~eográficos detl.!rminados la conducta de lo.. altarnus I.!n la preparación dL: la.., past as (Ndf el ali;.
En buena medida. los programas de in\estlgacHm Lit: e..,tl.! equipo. junto a los des arrollados a finales de los 70 en o tras partes de Estados Unidos.
Universidad de Toronto). e Israel (Universidad Hebrea). derivan de los iniciados en los do~ lahoratorios mencionados anteriormente.
El volumen recopila los trabajos presentados a un symposium de la Sociedad Ar4uc()l ó~ica Norteamericana celebrado en 1991 y dedicado a este tipo de aplicaciones en el estudio de cl.! rámi cas arqueológicas.
Como es lógico. una obra colectiva de estas características puede ser un buen punto dI.! referencia para conocer el estado de la cuestión sobre este tema. aunque ha ya que tener en cuenta el contl.!xlO en el que surge. claramente relacionado con la tradición norteamericana y en cicrta medida a espaldas de lo que ocurre en una tradición como la europea.
En cste sentido. por ejemplo. destaca cl hecho de que ninguna de las aportaciones cite un importante trabajo editado recientemcnt e por el Research Laboratory de l Museo Británico (H ughes el ali;.
El libro se estructura en tres secciones contando además con una introducción historiográfica elaborada por el editor.
La primera se consagra por entero a la descripción y crítica de la técnica. con un excelente trabajo de M. Glascock (cap. 2).
La segunda integra aquellos trabajos (siete en total) que desarrollan metodologías específicas en su aplicación. destacando especialmente los llevados a cabo por el equipo de Neff en el estudio sistemático de las materias primas relacionadas con la elaboración de cerámica maya de la costa del Pacífico de Guatemala (cap. 5) y en la caracterización por separado mediante técnicas de disgregación ultrasónica del material arcilloso y de las inclusiones de cerámicas del período Hohokam del sur de Arizona (cap. 7).
En la tercera y última de las secciones se recogen aplicaciones arqueológicas recientes (siete también), en donde podemos destacar el trabajo de e.
Cagle de la Universidad de California, Santa Bárbara (cap. 19), reevaluando los trabajos de D. Peacock sobre los modos de producción de la cerámica tipo Glastonbury del suroeste de Inglaterra.
Al final de cada una de ellas existe un comentario realizado por reconocidos especialistas como Garman Harbottle.
El repertorio de materiales analizados es amplio y comprende tanto cerámicas norte (Pueblo.
Hohokam) y mesoamericanas (maya, azteca), como europeas (Glastonbury. majólicas italianas renacentistas), pasando por cerámicas mesopotámicas del 111 milenio a.e.
Conviene destacar que la gran mayoría de las aportaciones tienen como base analítica la activación y que se han realizado por colectivos que incluyen especialistas de diferentes disciplinas (químicos y físicos nucleares, arqueólogos y antropólogos), implicando por tanto a varias instituciones.
Sin embargo, si tenemos en cuenta que la cerámica es un material geológico que exige conocer bien la geología regional, se echa en falta la presencia de geólogos o geoquímicos. máxime pudiendo comprobar que en casi todos se han utilizado técnicas analíticas petrográficas complementarias como apoyo a la caracterización, lo cual sigue demostrando que ambas técnicas deben utilizarse de forma interrelacionada.
Por ello, muchas veces se ha criticado la falta de "elegancia" en estos estudios americanos debido a la ausencia de detalle en sus macro-muestreos en masa.
Con todo y a nuestro modo de ver, el libro es de una calidad incuestionable y mantiene en todo momento un alto rigor científico, demostrando que, a pesar de los años transcurridos, la activación sigue siendo viable en el análisis de cerámica arqueológica y que continúa siendo la técnica geoquímica más precisa.
A ello han contribuido de forma especial los avances desarrollados en la automatización de las rutinas; en los "standars", que hacen posible la compatibilización de los resultados obtenidos en laboratorios dife-. rentes y la creación de bases de datos con análisis procedentes de cerámicas arqueológicas; en el análisis sistemático de materias primas actuales como marco de referencia y apoyo a las caracterizaciones; o en el refinamiento de los métodos estadísticos en la creación y comparación de grupos composicionales.
Por otra parte, también se han desarrollado alternativas a esta técnica (caps. 6 y 19), en contrapartida a su disponibilidad y elevados costes económicos, mediante los análisis por ICPS, que sin duda serán una realidad más generalizada en los próximos años.
Por consiguiente, comentar un volumen como este dentro de una revista arqueológica española debe invitarnos a reflexionar de una manera profunda, sobre todo porque en nuestras publicaciones apenas se presta atención a la recensión de trabajos especializados sobre esta materia y porque los métodos de caracterización siguen sin desarrollarse de un modo extensivo como demuestra el que sólo un lote de cerámicas haya sido analizado mediante NAA (González-Vílchez el alii, 1985).
Con esto no queremos decir que la activación sea el único camino a seguir.
Somos conscientes de los problemas que conlleva el acceso a los reactores españoles.
Por ello a la pregunta: "¿Arqueología Nuclear?" debemos seguir respondiendo: "No, gra-T.
P., 51, n° 1,1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Cla' ••. pew eXI,>ten otrm mdodo<, gelKluimlco.,. aparte de 1m de carácter mineralógico. perfectamente viahle... (plt.' n\e<,e en la ICPS) con los cualc~ emprender programas integrados de caracterización.
Por lo tanto. un trahaJo de estas caracterí.,tica., puede'ier de mucha utilidad en una tradición arqueológica como la española si somos capaces de desarrollar un espíritu crítico ante los avances que se están produciendo fuera de nuestras fronteras.
Quizás de esta forma lleguemos a comprender que sólo hay un camino para avanzar en este tipo de aproximaciones. el de la colahoración entre especialistas de diferentes disciplinas y que. los esfuerzos. deben ser conjuntos.
Debemos ser capaces de superar cuanto antes la fase de estudios puntuales en la que se halla la analítica española. con equipos trabajando de manera dispersa y sin apenas contacto. para avanzar hacia estrategias comunes que nos permitan compatibilizar los resultados obtenidos por equipos diferentes y trazar aquellas líneas analíticas con mayor posibilidad de desarrollo.
Este aspecto va a exigir una mayor implicación de los arqueólogos en e'itos programas de investigación con el fin de poder llegar a interpretar de manera crítica y fiJeJi¡!.na lo., datos que estas técnicas producen.
La aparición de este nuevo volumen de la serie del Universo de las Formas publicada por la Editorial Gallimard de París supone una atractiva novedad por su contenido: el Arte Prehistórico post-paleolítico de Europa desde el Neolítico hasta el inicio de la historia escrita.
En él, su autor, el Prof. V. Kruta, evidencia su indiscutible autoridad en este campo al aunar sensibilidad estética, imprescindible en todo tipo de síntesis artística, y una reconocida esperiencia en el estudio del Arte como uno de los principales campos de las culturas protohistóricas.
En primer lugar, conviene destacar el acierto del tema, ya que entre el interés que despierta el Arte Paleolítico, en particular el Arte Rupestre, y la tradición de estudios de la Arqueología Clásica sobre las culturas de tipo urbano del área circunmediterránea, Europa ofrece una serie de círculos artísticos de enorme atractivo, pero mucho menos conocidos y estudiados, que este libro aborda con rigor y hace accesible al público culto deseoso de gozar e ilustrarse en estos campos del Arte.
Pero además, también hay que resaltar el esfuerzo que esta obra supone como síntesis de conjunto para dar una visión amplia y profunda sobre los aspectos artísticos de las culturas protohistóricas de Europa.
Este objetivo requiere un tratamiento interdis-T.
P., 51, n° 1,1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ciplinar. capaz de aunar estudios tan dispare... como la Arqucología Protohistórica. la Historia dl '1 Artl' Y la Historia de las Religiones. así como dar una interpretaclún Lk conllllltll,1 trahajos llevados a callo por t: spt:• cialistas de tantos países. especialidadt:s y tradicionl's de investigación Oc la actual Europa.
Por ello. el tí• tulo, que puede parecer una concesión a la moda "europdsta" de e"to<, último" año.... refleja la evidente realidad del campo estético y religioso de las culturas que conforman las raín:., de la ".uropa histórica.
En consecuencia. para comprender el interés de este Iihro hay que ll'nt:r prl'!->entl' qw: en estos campos del Arte, raramente tratados en obras de conjunto. las creaciones no sólo t: xpresan la c\oluciún de la sensibilidad estética, sino que constituyen también el único lenguaje que permite adentrar<,c. de forma objetiva, en la Historia del pensamiento. de la sociedad y de las creencias. campos tan atractivos y esenciales para el conocimiento histórico como difíciles de acceder por otros medios. lo que explica su creciente interés en la investigación reciente.
Es en este novedoso planteamit: nto donde destaca la pericia interdisciplinar del Prof. Kruta al penetrar en las claves de la estrecha interrelación entre el desarrollo de las formas y de la sensibilidad estética y la paralela evolución cultural. social e ideológica de la Europa Protohistórica.
La obra se estructura en dos partes, precedidas de un prólogo y seguidas de una serie de apartados dedicados a bibliografía, glosario de términos específicos, índice y procedencia de las numerosas ilustraciones.
El prólogo tiene el interés de exponer los principios y la metodología del autor: "En ausencia de textos, es en las imágenes donde se puede identificar... al menos las líneas esenciales del universo espiritual de las distintas poblaciones de la antigua Europa ".
La función del Arte en toda sociedad pre-o protourbana se relaciona esencialmente con la religión... es un "Ienguaje figurativo coherente con reglas definidas... distintas de nuestra tradición occidental heredera del Mundo Clásico" por lo que "la interpretación de una obra equivale a la de un texto en lengua y escritura desconocidas".
Por tanto, aunque no se llegue a comprender todo el sentido, "se puede aproximar a definir morfología y sintaxis y hacer estudios comparados de sus semejanzas y diferencias estructurales".
También explica la triple división "cronológica y conceptual" acertadamente adoptada a los estudios protohistóricos: aparición del Neolítico a partir del VII milenio a.e., generalización del metal en la Edad del Bronce a partir de fines del III milenio e introducción del hierro y de las colonizaciones mediterráneas en el I milenio a.e.
Por ello, el Arte "íntimamente ligado a la religión... contituye durante casi seis milenios,... desde la aparición de los primeros agricultores a... los pueblos históricos, el único testimonio directo de la formación progresiva de un universo mitológico del que las generaciones sucesivas de divinidades... sólo encuentran... un eco lejano y deformado en los textos literarios".
La Primera Parte comienza con una oportuna introducción sobre la relación entre forma, materia y función y dedica el 2° capítulo al Arte de los primeros agricultores europeos.
Particular interés se dedica a las figuras de divinidades neolíticas, el "ídolo de la diosa madre", creaciones plásticas que constituyen durante tres milenios el principal tema artístico, aunque también aparece la pareja, los primeros animales fabulosos, etc. Pero en el breve apartado dedicado al Arte Parietal es de lamentar la práctica ausencia de los grandes conjuntos del Arte Levantino de la Península Ibérica (A. Beltrán, "Da cacciatori ad allevatori.
Alicante 1988), éste incluso con correlaciones cerámicas (8.
Martí y M. Hernández, "El neolític valenciá.
Valencia 1988), cuya calidad estética es muy superior a Porto Badisco y otros yacimientos italianos sí mencionados (p.
321 s.), aunque ofrezcan un contexto conceptual y cronológico semejante.
El Capítulo 3 se dedica al Arte simbólico desarrollado del III a inicios de I milenio a.e., ciclo artístico que se relaciona en gran medida con las concepciones mitológicas de la Edad del Bronce.
El primer apartado se dedica a las estelas, que ofrecen armas y elementos de adorno.
Aunque para el autor se trata de divinidades, su contexto cada vez más individual y su iconografía evidencian una evolución hacia la personalización, resultado de una tendencia que reflejaría la heroización de las élites sociales, identificadas míticamente con la divinidad y cuyas representaciones adoptarían en un proceso, que, en las estelas de la Península Ibérica, se inicia a fines del III milenio y cristaliza definitivamente en los albores de la historia escrita.
Otro apartado se dedica al Arte Rupestre, reducido a los grandes conjuntos alpinos, aunque la perspectiva paneuropea de este campo artístico sólo se comprende si se analizan paralelamente los fenómenos semejantes del área escandinava y de la zona atlántica ibérica (véase, por ejemplo.
A. García Alén y A. de la Peña, "Grabados rupestres de la provincia de Pontevedra ".
La Coruña, 1980; A. M. Baptista, "Arte rupestre do norte de Portugal: una perspectiva".
Igualmente, cabría destacar más la desarrollada evolución de los últimos monumentos megalíticos de Occidente, que suponen una verdadera Arquitectura, capaz de resolver problemas tecnológicos al servicio de concepciones astronómicas muy elaboradas relacionadas con un complejo calendario cuyos últimos ecos pudieran verse en el mundo celta.
P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mamt: nh: ~U~t:,tl\(l n:... ulta el apartadu dedicado al "carro de Apolo". onginado t:n los carros con caballos. aves \' harcos ntuak" relacionado., con una dl"inidad solar ma<,cullna oit:n conocida en la mitología indoeuropcá y cuya coherenCia con 1m prinCipio., metodológicos de la oora es e\'idt: nte. <¡icndo un buen ejemplo de las posibilidades de los sólidos pnnclplos interpretativos en que se basa la obra, Un último apartado se dedica al toro. relacionado con la fecundidad. aunque no permita un análisis tan efectivo.
El capítulo 4 se refiere a la aparición de la figura humana en la l' mitad del último milenio a.c.. centrada en los bronces sardos y las representaciones y estelas funerarias.
Estos apartados constituyen el precedente del tema tratado en los capítulos 5 y 6. cuya importancia hay que resaltar por su concepción tan actual. ya que abordan el nuevo lenguaje figurativo llegado desde Oriente (siglos VIII-VII a.c.) yel consiguiente "descubrimiento de la narración" (siglos VI-V a.c.). que reflejan en el Arte los profundos cambios socio-ideológicos de las últimas etapas de la Protohistoria de Europa.
La valoración del mundo orientalizante de raíz ft: nicia en Italia y toda la Europa Meridional es una conquista de c\los último~ años. cuya, ig.nificación a nivel t: uropeo global está aun por determinar.
Pero a partir de muy inicios del I milenio. los contactos coloniales y su repercusión en todos los campos de la cultura indígena se dejan notar. surgiendo un arte específico en el que el autor destaca la aparición de temas como la animalística oriental. el "domador de animales". el árbol de la vida. asociado o no a temas zoomorfos en disposición heráldica, etc. Aunque muy centrado en Italia y el ámbito adriático (falta la necesaria relación con Grecia y Tartessos y referencias a su expansión nordalpina). la homogeneidad del repertorio lleva acertadamente al autor a suponer que los modelos se adoptaron "en el marco de un sistema de pensamiento en el que el significado de los distintos temas estaba perfectamente establecido". conclusión esencial confirmada por este tipo de estudios en la Península Ibérica y en cuya difusión la aparición de las élites indígenas vinculadas al comercio colonial jugaron un papel esencial.
Las raíces indígenas. la aparición de este repertorio de objetos cotidianos y los grandes conjuntos de bronces (en los que nos atreveríamos a incluir los ibéricos e itálicos "no-clásicos") son los apartados en que se estructura el capítulo.
El último capítulo de esta parte se dedica al "descubrimiento del arte narrativo" en los siglos VI-V a.e.
Tal vez sea esta parte la de mayor interés y novedad de la obra: los estímulos orientalizantes condujeron a la aparición de una amplia generalización de la iconografía por toda Europa. desde el Atlántico a las estepas orientales. o como indica el autor. de Iberia a los Cárpatos.
Este proceso supone el empleo sistemático de un lenguaje iconográfico al servicio de las élites surgidas y reforzadas por los intercambios coloniales en el que se enmarcan creaciones tan características como el arte de las sítulas y sus influjos en la zona itálica y centroeuropea. a los que se dedica un largo apartado.
En la Península Ibérica. su arte orientalizante. tratado con más brevedad. se considera de gran altura técnica pero sin originalidad en su lenguaje formal por la proximidad de la cultura tartésica al repertorio fenicio originario. hasta que Iberos y Celtíberos crearon su propio estilo cuyo apogeo el autor sitúa en los últimos siglos a.e.. aunque se reconozca la precocidad de obras como el soporte ritual de Calaceite o los relieves mitológicos de Pozo Moro.
El tercer foco creativo se sitúa en el Este de Europa. donde influjos orientalizantes y griegos desarrollan creaciones comparables al mundo de las sítulas. pero sobre metales nobles y con una originalidad de formas e iconografía que explica su capacidad de expresión vigente hasta crear en el siglo I a.e. el caldero de Gundestrup. que junto a la espada de Hallstatt constituyen las dos obras máximas de la iconografía narrativa céltica.
Este proceso culmina con la aparición de la cultura urbana. donde. como acertadamente señala Kruta en sus conclusiones. "lo narrado y lo representado. asociado a la escritura. resultan elementos indispensables para la cohesión de la comunidad y la conservación de su memoria". lo que explica. en última instancia. el predominio de la figura humana y cómo "la oposición entre el arte griego arcaico y clásico. actor de dicha innovación. y el arte céltico. heredero de las modas alusivas y simbólicas de expresión figurada en la antigua Europa. consagra un dualismo conceptual que ha marcado y condicionado hasta nuestros días la evolución del arte europeo".
La Segunda parte ofrece una visión general de la Protohistoria de Europa y de las técnicas de datación de las obras. entre las que cabría incluir la seriación tipológica.
Los apartados siguientes ofrecen una ampliación de la primera parte. con más documentación y dando el contexto cultural y mapas de situación de los yacimientos. en los que cabe corregir algún pequeño desliz como la copa argárica dibujada para la Cultura de los Millares (fig. 265).
Como conclusión. creemos que dentro de lo que es una obra para gran público como ésta. supone un acierto general a pesar de los puntos señalados.
Al gran interés de la temática se añade la equilibrada selección de piezas de toda Europa. magníficamente ilustradas.
Aunque se eche en falta una mayor presencia de su rico Arte Rupestre. es de destacar la representación de la Península Ibérica, hecho no habitual en obras de este tipo, con obras bien seleccionadas y actuales (Axtroki, espada del Guadalajara, casco de Leiro, estela de Solana de Cabañas. soporte de Calaceite, relieve de Pozo Moro. etc.), lo que evidencia el dominio T. P.• 51, n° 1.
1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es un personal del autor sohre las regiones apartadas en cuyo (On\IClmll.'nto tanto pesa la tradición "curocéntrica" de estos estudios.
Como resumen. creemos que es una ohra que supone un gran aunlD \' un indudable avance para la comprensión global de los ciclos artísticos de estos períodos de la Protohiqoria de Europa.
La apreciación estética de las obras no desdice de su interpretación iconográfica para profundi/ar en las claves que supone toda obra de arte primitivo. tanto sociológicas. tal vez las menos rl.'saltadas. como. en especial. las religiosas. muy bien comprendidas.
Por todo ello no queda sino felicitar al autor al haher log.rado una obra tan interesante para el especialista. al abrir nuevos y difíciles caminos a la investigación futura. como grata de leer para amantes del Arte y de la Arqueología.
En hreves palabras. estamos ante una ohra que supone para los especialistas en sociedades protohistóricas una seria reflexión sohre el valor del Arte como método histórico y para el público general la revelación de las creaciones menos conocidas de un artt' Europeo tan atractivo para nuestra sensibilidad actual.
Resulta difícil plantear la recensión de este libro. cuando acaba de publicarse otra del profesor Lorenzo Abad de la Universidad de Alicante. en la revista Arqrítica. puesto que obliga a realizar giros inevitables, con objeto de eludir repeticiones inútiles.
No obstante, hay un punto inicial, que señala Abad, en el que me gustaría insistir: nos encontramos ante la primera síntesis que se lleva a cabo sobre la cultura ibérica, después de la del profesor Arribas.
Sin olvidar la obra de Harrison "Spain at the Down of the History". cuya versión castellana data de 1989, y que aborda otros temas. aparte del propiamente ibérico.
Habría que añadir, sin embargo, que es también la primera síntesis que trata esta cultura desde el punto de vista de la renovación historiográfica que se da en nuestro país. en los estudios de Pre y Protohistoria. a partir de la segunda mitad de la década de los setenta.
Aspecto, éste, que se transluce tanto en la estructura. como en el contenido de la obra, donde, en general, priman los aspectos teóricos, sobre los descriptivos.
Así, el tradicional objeto/tipo se convierte en artefacto, el cual, inscrito en el marco de la estructura económica, pasa a ser un producto históricamente determinado; o, asímismo, la vivienda es la unidad mínima de producción y consumo.
Definiciones que nos advierten no sólo sobre la apuesta de los autores por una Arqueología histórica, no descriptiva (lo que queda patente en el subtítulo Análisis arqueológico de un proceso histórico), sino también, sobre la opción que se hace por el materialismo histórico; opción de ambos investigadores andaluces de sobra conocida por todos, pues cuenta en ellos con una larga trayectoria, de más de quince años, que proporciona una gran coherencia al conjunto de su obra.
Podemos decir que "Los Iberos" es, a la vez, fruto de años de trabajo, y un producto perfectamente engarzado en la dinámica de la investigación histórico-arqueológica de nuestro tiempo.
En el Coloquio de Arqueología Ibérica: las necrópolis, tuve la ocasión de señalar que si los años setenta habían sido los de la recuperación exhaustiva de datos, la década de los ochenta fue la de la discusión y la renovación, abriéndose ahora una nueva etapa, en la que se impone volver al trabajo de campo, para poder comprobar o refutar algunas de las hipótesis que se han ido elaborando estos últimos años, y de las que la presente obra es un buen ejemplo.
A propósito de esto, la segunda mitad de la misma es, por ello, la más atractiva.
La Historia se concibe como una disciplina global, sin compartimentar, y con un referente dialéctico que actúa como motor de los acontecimientos.
De esta base surge, por ejemplo. la crítica y la resolución de una de las discusiones más largas y queridas del neopositivismo anglosajón. sobre las sociedades no iguali-T.
P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es LIl' do, pnrllt 'W'''¡')jt: lI\O''tln ¡tnorJaJu, por A. JuJln, qUIl:n rl: a1i13 en realidad una síntl: si., de todo l:1 prllct:'o lunt: rano Para t: llo I.•Uenta con el 1nl:,lImahk compk'mento de análisi... antropológicos (G. Gre-\in) \ antraull,)!!lco., (L (írau l. que aportan \allo... a' mlorOlacione... al conjunto.
Es de resaltar el extraordinano CUidado con el que.. e documenta el comportamll: nto ritual. a través de cual podemos constatar de nuevo que las necrúpoJ¡" alher~(1n algo má, que l: ntcrramientos, y que dehen ser consideradas como espacio.., sacros l:n.. entido amplio. en lo.., que'ie desarrolla un complejo cl: remonial que incluye sacrificios y consumo de comida \ hehida en los funerales. elahoración y cuidado de las piras. construcción de sepulturas. dcposición continuada de ofrendas. y otras actividades que hacían de ellas un lugar vivo y en continua transformación.
El estudio de los restos escultóricos es otro de los aspectos principales del libro. si bien en las campañas nu induidas en esta memoria han seguido apareciendo talla... señeras como la "Dama del Cahezo Lucero". cuya importancia e... l: xcepcional.'\1I lo es meno,. en todo caso. que se haya podido definir un nuevo tipo de monumento funl'rarill I.•onsl, tente en plataforma.., coronada, por un cimacio de ovas y dardos. una cornisa de tipo gola y un enlo-,¡tdo..,onrl: el que..,e, ituana al meno.., una e... cultura.
Como mínimo, cuatro de estas plataformas sostenían figuras de toro. y quizás en algún caso una figura de león o esfinge se asociaba a una de aquellas.
Otro aspecto interesante es el hecho de que no recubren sino marginalmente alguna tumba, por lo que debe replantearse la identificación automática de estas estructuras con sepulturas individuales. primando su consideración como grandes conjuntos.
No en vano L10hregat prefiere comparar Cabezo Lucero con Porcuna antes que con cualquier otra cosa.
Un tercer apunte en este breve comentario debe resaltar las posibilidades de ofrecer una cronología para estas manifestaciones en torno a la transición entre los siglos V-IV a.e. o los primeros años de este último. así como la oportunidad de retomar el tema de las destrucciones voluntarias de cierta iconografía y su readaptación posterior en modelos algo diferentes.
El estudio de los vasos griegos merecerá sin duda también un análisis más detallado, ya que Rouillard presenta aquí una síntesis quizás excesivamente hreve para la importancia del conjunto.
Resulta llamativa la gran cantidad de cerámica ática recuperada en esta necrópolis, ya que son casi 700 los vasos catalogados, que fueron asociados al 63% de las tumbas. y arrojados en gran medida a las brasas de la pira como parte del procedimiento ritual.
En este amplio repertorio se incluyen piezas fuera de lo común. como los lécitos, cuya distribución hasta el momento era muy restringida.
A través de este material se puede empezar a pensar que las importaciones griegas fueron en realidad más frecuentes de lo que se creyó en un primer momento. al menos para esta zona costera, y su valoración como elemento excepcional de prestigio debería matizarse según la accesibilidad que las distintas zonas tuvieron a estos objetos de comercio.
En cualquier caso, su empleo sistemático en Cabezo Lucero nos habla. como bien reflejan los autores. del consumo de productos como aceite, y sobre todo vino, que fueron importantes en el funeral. y que son un elemento más de ostentación por parte de la comunidad y de los familiares del difunto, difícil de evaluar arqueológicamente cuando carecemos de excavaciones en extensión.
La posible localización de Alonis en las proximidades del Cabezo Lucero explicaría. según Rouillard. la proliferación de este tipo de materiales.
El estudio de las cerámicas ibéricas es un buen complemento al de la cerámica griega, ya que en pocas ocasiones se tiene la oportunidad de congregar un registro que arranca del primer tercio del s. V a.e.
Es llamativo en este sentido el conjunto de la tumba 75, de los más antiguos de la necrópolis y para el que e.
Aranegui encuentra paralelos en Andalucía, reforzando la idea de que en la formación de la cultura ibérica contestano-bastetana el componente andaluz fue importante.
La tipología que se ofrece presenta una cronología fiable. y por lo tanto servirá de marco de referencia, y será complemento de las que la propia Aranegui ha realizado en otras áreas y para diferentes momentos.
El mismo interés presentan las puntualizaciones que J. Uroz ha podido hacer acerca del armamento y los restantes objetos de metal.
Especialmente en el caso del primero, llama la atención el alto porcentaje de tumbas con armas, aproximadamente la mitad del total. lo cual nos habla de la importancia del distintivo guerrero en esta sociedad.
En este caso, parecen relacionarse preferentemente con sepulturas masculinas.
Estos objetos eran añadidos al final de la cremación siguiendo un modelo prefijado. y buscando una orientación preferente E/O en su deposición final.
La posible relación de las campanillas con el atalaje de caballos es una propuesta que deberá ser confirmada mediante ulteriores hallazgos.
El catálogo final ofrece una buena base de datos para la investigación posterior. si bien la comprensión de algunas de sus entradas no es inmediata.
Es importante resaltar que se incluyen aquí todas las informaciones relativas a la formación de cada sepultura. así como la atribución antropológica y el listado de materiales. acompañados por unos buenos dibujos y algunos planos y secciones.
La impresión general que transmite la obra es claramente favorable. dejando al lector expectante ante los resultados de las campañas siguientes. desarrolladas hasta 1989 bajo la dirección de Jodin.
Ouizás es este carácter provisional el que ha\d acuciado a lu., autores a preferir una pre "l' ntación del material antes que a la elaboración de hipótesi" Interprctatl\ a...,>ohre d yacimiento.
Desde que se popularizaron los presupuesto., de 1m que parle la "Arqueología de la Muerte". ha hahido un interés creciente por recuperar toda la información que permita extraer conclusiones de carácter social hasadas en el registro funerario.
Los resultados ohtenidos en un aprec¡,lhk número de yacimientos animaron a intentar aplicar esta metodología a las necrópolis ihC: ricas. tantll en a4Uella., excavadas de antiguo como en las que estaban siendo objeto de trahajos recientes. con la ventaja dquí de poder controlar al máximo la información.
Normalmente. los datos que se tienen en cuenta en este tipo de all<llisi., son: a) localización y estructura de la tumba: b) equipo funerario: e) sexo y edad del individuo enterrado.
Asimismo resulta imprescindible una huena información eronológica que permita estahlecer horizonte... válidos de comparación.
Las necrópolis ibéricas son difíciles de estudiar siguiendo estos parámetros. ya que recurrcntemcntc nos encontramos ante problemas que dificultan su valoración.
En primer lugar siempre carecemos de planos completos de las necrópolis. ya que las excavaciones con frecuencia son parciales por muy distintos motivos.
Ello impide diferenciar con seguridad las áreas centrales y las periféricas. lo que podría empicarse como un primer nivel de jerarquización.
En segundo lugar. la estructura de las tumbas no suele estar bien reflejada en las excavaciones antiguas. y aun hoyes un aspecto difícil de definir. debido a las imperfectas condiciones de conservación. como se aprecia claramente en el caso de Cabezo Lucero.
En tercer lugar los elementos constitutivos del ajuar funerario no se comportan conforme a los ordenados. jerárquicos y repetitivos modelos a través de los cuales se realizan los análisis sociales más ortodoxos. sino que se mueven en un margen de flexibilidad que llega incluso a desconcertar al investigador.
Finalmente. el uso sistemático de la cremación provoca que sólo en algunas sepulturas pueda reconocerse el sexo y la edad del individuo enterrado.
Cabezo Lucero ha sido detalladamente estudiado en este sentido. y sólo 16 de las 66 cremaciones analizadas pueden sexarse. mientras que la edad queda englobada en amplios grupos.
Finalmente. aunque establecer una cronología suele ser un problema en muchos yacimientos. éste quizás sea el menor de Cabezo Lucero. ya que su uso entre 475 y 330 a.e. queda bien atestiguado por la abundante presencia de cerámica ática.
Ante tantos inconvenientes. lo normal es resignarse a presentar la información de la forma más completa posible. y evitar propuestas consideradas como arriesgadas. edificadas sobre una evidencia incompleta y de múltiples lecturas.
Algo de eso se deja traslucir en esta monografía. en la que se ofrece al investigador un cuidadoso análisis del registro arqueológico. pero no un armazón interpretativo en el que se integren los datos obtenidos.
Una propuesta de lectura histórica fué presentada por C. Aranegui en otro lugar, y quizá otra sea planteada más adelante. cuando avancen más las excavaciones.
Por otra parte. el complemento que suponen las excavaciones antiguas y recientes en El Molar, La Escuera y El Oral permiten esbozar un marco diacrónico de funcionamiento territorial que presenta un gran interés.
Por el momento. podemos alegrarnos de contar con una aportación fundamental y renovadora de la visión sobre el comportamiento funerario ibérico.
De los 92 participantes inscritos, más de 70 estuvieron presentes. exponiendo 51 comunicaciones referidas a tres temas fundamentales.
-Tecnología aplicada a las materias duras animales en su contexto cronológico (presidentes de sesiones Zoja Abramova, Marcel Otte.
Victoria Cabrera Valdés y Amilcare Bietti). -Tipología y cronología de los objetos en materias duras animales (presidentes de sesiones Martin Oliva y Denis Ramseyer). -Función de los objetos en materias duras animales en su contexto cronológico y cultural (presidentes de sesiones Randall White.
La sesión inaugural se dedicó a la presentación de los avances de los Cuadernos Tipológicos de la Comisión de Nomenclatura de la Industria Ósea Prehistórica por Henriette Camps-Fabrer.
Esta presentación fue seguida de una discusión acerca de los objetivos de dicho proyecto, iniciado en 1974 con la creación de dicha Comisión y cuyas primeras publicaciones datan de 1988.
Frente a la consideración estrictamente analítica de las fichas tipológicas, desde la que su validez científica quiso ser cuestionada por un cierto sector de asistentes, su estimación como un instrumento de trabajo que proporciona un vocabulario base para las descripciones de los objetos y un panorama detallado de los diferentes tipos identificados en Europa pareció asumirse mayoritariamente.
Debe puntualizarse que, confeccionadas estas fichas siguiendo un esquema básico a respetar. cada autor puede presentar el tipo de objeto estudiado con la suficiente flexibilidad como para atender no sólo cuestiones morfométricas, y reparticiones geográficas y cronológicas, sino también las de orden técnico, funcional y metodológico (traceología y experimentación).
Esta flexibilidad está acorde con los progresos que el estudio de este material viene conociendo desde la creación de la Comisión de Nomenclatura, pero también con las posibilidades ofrecidas por colecciones exhumadas de antiguo de las que se disponen escasos datos, o por aquéllas más ricas en información obtenidas en excavaciones arqueológicas efectuadas con rigor y sistemática.
Los participantes procedentes de 16 países (Alemania, Bélgica, Corea del Sur, República Checa, Dinamarca, España, EE.UU. de Norteamérica, Francia, Holanda, Italia, Luxemburgo, Polonia, Rumania, Rusia, Suiza y Ucrania) tuvimos la oportunidad de exponer los resultados de los estudios de industrias óseas paleolíticas, neolíticas. caJcolíticas, de la Edad del Bronce y del Hierro de Eurasia y África.
La presentación de artefactos manufacturados en hueso, asta de ciervo y de reno, marfil de proboscídeos, dientes y conchas diversas hiz~ que la práctica totalidad de las materias duras animales fueran tratadas en las sucesivas comunicaciones.
Estas acabaron generalmente en un debate fructífero en su contenido por las especificaciones efectuadas por los autores en cuanto a dataciones, métodos de trabajo e interpretaciones tecnológicas y económicas de materiales y yacimientos; es de lamentar que éstas no fueran contempladas para su inclusión en la publicación de las actas.
Sin destacarse grandes innovaciones metodológicas, no dejó de reconocerse la progresiva consolidación de las líneas de investigación diferenciadas a lo largo de los años 70 y 80, concernientes a la tipología, técnicas de fabricación y usos de los objetos óseos, tafonomía, propiedades biomecánicas de las materias duras animales y al apoyo de la industria ósea a la determinación funcional de los asentamientos.
Quedó, pues, manifiesta la diversidad existente en el estudio de este material, superándose el enfoque tipológico en su vertiente tanto descriptiva como metodológica, predominante en encuentros anteriores.
Así, frente a trabajos centrados en lo formal y en la mera difusión de tipos de objetos contextualizados geográfica y culturalmente, se sitúan otros desarrollados desde la perspectiva tecnológica, interesándose en aspectos de la fabricación, tales como la explotación desigual de cada materia dura animal o ciertas técnicas de manufactura hasta ahora poco o nada analizadas, y modos de usos de los artefactos (siempre de reconocimiento más dificultoso).
Sin duda, los procesos tecnológicos o cadenas de operaciones en las que se insertan los objetos recuperados en las excavaciones, ideadas por los artesanos prehistóricos de áreas geográficas y culturales delimitadas, se revelan una de las facetas más exploradas de este material.
Desde una u otra óptica destacan las respuestas novedosas a viejas interrogantes, V.g. la definición de tipos próximos -cucharas, paletas, espátulas-, la interpretación técnico-funcional de otros -azagayas, descortezadores de madera, punzones con acanaladuras, recipientes de hueso de mamut, peines e instrumentos T. P., 51, n° 1, 1994 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mu.\jeales-.
O la elección por el hombre pn: histúrico JI: a-.ta dI: c~nido" o de hue.,o en función hil: l1 dI:... u... adecuaciones mecánicas al objeto a fabricar. bien de prl:,>IOI1I:" culturak,.
Curio"amente. las mamenta, l.k mamut en estado bruto aprovechadas para t:I acondicionamlL'nto de h;-íhitah pakolíticos. () las utilizada., como combustible. no suscitaron debate entre los asistentes... ohre'>u mdu'lon en la ddinición de industria ósea.
El arte mueble sumó cinco comunicaciones. generalmente centrada... en ¡¡'>pL'Ctos técnico,> y decorativos: los ensayos interpretativos estuvieron prácticamente ausentes.
El empleo dI: hue... m hUl11dllO'-para la fahricación de útiles y los adornos personales quedaron recogidos en una y dos intervencilll1c". re"pectivamente. más recapitulativas y expositivas que interpretativas.
La reconstrucción del gesto del artesano -posición y cinemática de manos. útiles empkados y'-,oportes trabajados-fue objeto de varias comunicaciones. insistiéndose en la necesidad de vincular t:I c..,tudio de las industrias óseas a las líticas y metálica asociadas.
Objetos con alteraciones antrópicas para unos y dudosas para otros aconsejan considerar los "... pectos tafonómicos al interpretar no sólo materiales óseos. sino también yacimientos de cronologías hajas.
La caracterización. interpretación y denominación de las alteraciones derivadas de la manufactura y del uso. junto a los sistemas de enmangue de determinadas a::axayas parecen requerir continuidad de debate y una posterior puesta en común entre los investigadores ocupados de la tecnología ósea.
La convención adoptada en el Coloquio de 1974 de reservar el término marfil a las defensas de elefantes e hipopótamo o. si acaso. de calificar esta materia con el nombre de la especie a la que pertenece. parece respetarse parcialmente. a tenor de su extensión a dientes de otras especies (defensas de jabalí lo más comúnmente).
No obstante. su aplicación a las defensas de proboscídeos y dientes de hipopotámidos resta la más concensuada.
Los colegas de países de la Europa Central y Oriental mostraron materiales aportados por sus yacimientos. a cuyas publicaciones había sido dificultoso acceder hasta hace poco tiempo.
Si bien estas tipologías óseas comienzan a abrirse al conocimiento general. las correpondientes a las etapas paleoamerindias y precolombinas de América del Norte.
Centro y Sur se resisten aún a este foro. al igual que las de otras regiones del globo.
Desde un balance altamente positivo. todos los organizadores y participantes se congratularon por este Simposio. deseándose que la prudente espera a respetar antes del próximo no sea tan dilatada como la anterior (17 años desde el Segundo Congreso Internacional y 10 desde la Tercera Reunión del Grupo de Trabajo n° 3 ocupado de la Industria Ósea Prehistórica Neolítica y de la Edad de los Metales).
Los resultados de las nuevas tendencias metodológicas atisbadas en los trabajos de investigación en curso de ciertos colegas. y la apertura hacia los países de Europa Central y Oriental deberán reflejarse en próximos reencuentros. |
Actas y ponencias relacionadas con la arqueología del occidente provincial toledano que abarcan desde el Paleolítico hasta época Bajomedieval.
Se Jernue... tra la utdJ(jad del tratamIento de la Imagen -en partICular de dm, JX)tentes paquetes de visuali-,anón (f)V-Wawe de PreL 'I"'l\ín Vi"ual ) el "I" tema AVS de Stellan-en el análi "is de repartición espacial de lo" re... tm dentro de un ni\t:1. a partIr de "U aplKaclón a la estructura de habitación nY I del yacimiento magdaleniense de Pincevent.
La falcata era el tipo de espada más habitual entre los guerreros ibéricos que habitaban la Península a la llegada de los romanos.
Su estudio permite analizar su forma concreta, decoración, origen y procedencia, y su importancia como objeto simbólico y como arma de guerra.
L. P. ROMERO CARNICERO, F.; SANZ MINGUEZ, C. y ESCUDERO NAVARRO, Z. (ed.): "Arqueología Vaccea: Estudios sobre el Mundo Prerromano en La Cuenca Media del Duero".
Junta de Castilla y León.
Consejería de Cultura y Turismo.
En esta obra se reúnen diversos artículos, de los cuales casi dos terceras partes tienen su origen en trabajos de campo dictados por las exigencias de la arqueología vaccea, al tiempo que sirven de homenaje al pionero de estos estudios, Federico Wattenberg. |
La continuidad y regularidad en la apari• ción de una revista especializada es casi excepcional en el terreno de la Prehistoria y constitu-. ye, por si misma, un acontecimiento científico.
El equipo editorial de Trabajos de Prehistoria ha querido subrayar esa excepcionalidad haciendo coincidir en 1993 la publicación de su volumen 50 con la de los índices completos de la Revista, el análisis bibliométrico de su contenido y la presentación de una nueva maqueta.
Contrariamente a los trabajos publicados en la mayoría de las revistas de otros campos científicos, el valor documental de los relativos a la Prehistoria tiene una larga pervivencia por cuanto dan a conocer nuevos materiales.
Así, la Revista supone un patrimonio intelectual irrenunciable y punto de referencia prácticamente obligado para los investigadores.
Desde su fundación en 1960, ha estado vinculada a la sección de Prehistoria del C.S.LC., primero como Instituto Español de Prehistoria y luego como Departamento de Prehistoria y Arqueología (1985)(1986)(1987) del e.
E. H. Y Departamento de Prehistoria (1988 a la actualidad) de dicho Centro.
La constante financiación del C.S.Le. en la que participan sucesivamente, a partir de 1987, la CAICYT y la DGICYT, ha garantizado la calidad editorial de la misma.
Trabajos de Prehistoria es una Revista especializada en Prehistoria y Protohistoria de España.
Durante sus treinta y tres años de vida, se ha ampliado el ámbito territorial al que se refieren los artículos al incrementar las obras de síntesis respecto a los estudios específicos.
Paralelamente han aumentado los trabajos sobre metodología (analítica, procedimientos de datación, estudios medio-ambientales) y teoría, reforzándose los aspectos críticos en las recensiones y abriéndose una sección de debate.
La propia temática de Trabajos de Prehistoria la sitúa en una posición competitiva en el panorama internacional, en el que se tiende a la creación de nuevas revistas como expresión de la creciente especialización de la disciplina, joven y en desarrollo.
En ese sentido, la composición de los Consejos de Redacción y Asesor ha sido diseñada no sólo atendiendo al prestigio de sus miembros sino también a su campo científico para cubrir todas las áreas que abarca la revista.
Además, como medio de expresión del Departamento de Prehistoria de un centro nacional de investigación, es una de las pocas revistas españolas de carácter general que acoge artículos de todas las regiones del país y que cubre todo el ámbito cronológico de la Pre y Protohistoria.
Esto la convierte en un importante foro de información y debate entre especialistas en un momento en el que la organización del Estado de las Autonomías está produciendo una peligrosa parcelación de la información y su limitación a marcos administrativos irrelevantes para el estudio del pasado.
La revista posee una alta calidad científica como demuestra su difusión internacional, el interés de los investigadores nacionales y extranjeros por publicar en élla y el hecho de ser una de las publicaciones especializadas españolas más frecuentemente citada en los repertorios bibliográficos nacionales e internacionales.
Tra- bajos de Prehistoria aparece recogida en el FRANCIS.
Bulletin Signaletique, Ulrich's, Indice Español de Humanidades y la B.D. ISOC, Repertorio de Arqueología Española (R.A.E.) e Indice Histórico Español.
Los sucesivos Comités de Redacción y Asesor de Trabajos de Prehistoria han primado los intercambios sobre las suscripciones, entendiendo que la misión social más importante de (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es VI una institución científica de carácter público es lograr la mayor difusión del conocimiento.
Esto ha permitido que, en la actualidad, llegue a 265 centros de investigación de España y de 39 países de todo el mundo a los que hay que añadir otro centenar incorporado a través de suscripciones.
Trabajos de Prehistoria ha permitido, gracias a los intercambios, la formación de una de las más importantes bibliotecas especializadas de España.
Cuenta con más de 10.500 monografías y 552 revistas, individualizadas en la red de Bibliotecas del e.S.LC. bajo el nombre de «Colección de Prehistoria» del C.S.I.e.
Por lo que respecta a la distribución, el aspecto cualitativo es el relevante desde un punto de vista científico.
Se trata de una revista espetializada que se encuentra en los principales centros universitarios, de investigación y de política arqueológica de su ámbito.
Está abierta, también, a las instituciones de alcance más restringido, convirtiéndose así en un factor de integración en la débilmente estructurada comunidad científica española.
La riqueza y variedad del patrimonio arqueológico español resulta fundamental para conocer la Prehistoria europea.
Buena prueba de ello es que, en diversos congresos internacionales celebrados en los últimos cinco años, la Península Ibérica ha sido una de las regiones europeas que ha merecido secciones específicas.
Trabajos de Prehistoria se ha encargado tradicionalmente de esta labor de difusión de la Prehistoria peninsular que adquiere actualmente mayor importancia por la progresiva desaparición de otras publicaciones especializadas.
Trabajos de Prehistoria ha logrado reflejar a través de sus páginas las tendencias científicas punteras de su especialidad.
Ha sido la primera revista española en la que se han publicado artículos con esa orientación metodológica y teórica, contribuyendo así de forma decisiva, y reconocida internacionalmente, a la renovación de la Prehistoria española.
Otro elemento vanguardista ha sido la apertura de sus páginas a los comentarios críticos suscitados por las opiniones vertidas en sus artículos.
La renovación. del diseño de Trabajos de Prehistoria que los Comités de Redacción y Asesor han creído conveniente hacer coincidir con la publicación de este volumen tiene un T. P.. nI) 50.
Busca un acercamiento a las nuevas tendencias manteniendo el carácter intrínseco de la misma y reforzando su identidad respecto a otras publicaciones periódicas del e.S.I.e. o de Prehistoria (1).
El formato manifiesta la continuidad respecto a la «nueva serie,) de Trabajos de Prehisto- ria, iniciada con el volumen 26 en 1969, y sigue las directrices fundamentales para la normalización de revistas científicas.
Continúan las secciones reservadas a los artículos de fondo, de noticiario y de recensiones y, últimamente, debate.
La renovación se centra en los demás aspectos del diseño.
La portada se ha modificado teniendo en cuenta el carácter científico de la Revista y para expresar de forma atractiva la renovación formal y de contenido.
Además, se busca dar relevancia tanto a cada volumen como a la inmediata identificación de la Revista en los estantes de una biblioteca o en los expositores de un librería.
En cuanto al texto, se han introducido dos columnas para mayor flexibilidad, salvo en la sección de recensiones que queda así individualizada.
La prioridad que se concede en la portada al nombre Trabajos de Prehistoria es compatible con la individualización de cada volumen, siguiendo una tendencia que se advierte en las revistas mas vanguardistas de las de su especialidad.
Dicha individualización busca expresar al exterior el carácter abierto de la línea editorial de nuestra revista que nos parece fundamental enfatizar.
En este caso se ha destacado la etnoarqueología.
Además se han incluido anuncios en la línea de las revistas científicas de mayor impacto.
La futura política editorial pretende mantener el contenido espacial y cronológico de la Revista.
En primer lugar, se publicarán las síntesis de Prehistoria y Protohistoria a nivel regional y supra-regional.
En coherencia con la necesidad de una mayor integración y circulación de información en la Prehistoria europea se preferirán especialmente las síntesis peninsulares que ofrezcan un gran interés a nivel internacional.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es EDITORIAL En ese sentido, Trabajos de Prehistoria quisiera reforzar su papel como revista difusora de la Prehistoria española a escala internacional en el futuro próximo.
Lo anterior no significa renunciar a la publicación de materiales arqueológicos y piezas excepcionales de cualquier área de España, que podrán encontrar en ella una adecuada divulgación por encima del interés local.
Tampoco se excluye la posibilidad de publicar trabajos relativos a otras áreas geográficas o a periodos cronológicos fuera de los límites convencionales de la Prehistoria europea, en función de su interés, evaluado según los siguientes criterios:
Areas como la cuenca mediterránea y Europa Occidental y Central, que por razones evidentes, tienen una conexión inmediata con la Prehistoria peninsular.
Otras regiones del mundo y períodos cronológicos que puedan tener interés comparativo en relación con problemas de la Prehistoria europea y mediterránea.
En segundo lugar, la Revista pretende con- tinuar siendo puntera en cuestiones de teoría y metodología arqueológica.
Siempre serán bien recibidos los artículos relacionados con la renovación de la disciplina.
Por ello también se prestará atención a trabajos que, sea cual sea su referente espacial o temporal, puedan tener relevancia teórica o metodológica.
Asimismo se quiere reforzar líneas de investigación como la arqueobotánica, la arqueometalurgia, la arqueología del paisaje o la reflexión teórico-metodológica en sentido estricto, ya iniciadas.
Además, ofrece sus páginas a aspectos casi inéditos en las publicaciones especializadas españolas: etnoarqueología, políticas arqueológicas, organización de las instituciones arqueológicas y política investigadora, problemas profesionales, temas de divulgación social... etc. El pasado no puede quedar apresado en la descripción e ilustración de objetos.
El pasado actúa, se emplea y se manipula en el presente yeso también debe ser objeto de investigación.
Todo ello no es posible sin la colaboración de los lectores y sin una evaluación por los Comités de Redacción y Asesor de los originales remitidos para su publicación en Trabajos de Prehistoria que garantice el rigor científico de su contenido.
En tercer lugar, se quiere seguir potenciando las recensiones críticas de obras relevantes de Prehistoria española, europea o mundiales, así como de teoría y metodología y estimular una participación plural.
En todo caso, nada de ésto tiene sentido sin el constante apoyo que los lectores vienen prestando a la revista, por lo que confiamos en que las nuevas líneas sean bien acogidas y Trabajos de Prehistoria cuente con las colaboraciones que la han consolidado como una de las Publicaciones punteras de su especialidad. |
La vida de Carlos Alonso del Real y Ramos (Madrid, 2 de mayo de 1914; Madrid, 11 enero 1993) transcurre entre las Universidades de Madrid (Complutense) y Galicia (Santiago de Compostela).
Estudia (1) en la Facultad de Filosofia y Letras de la Universidad Complutense, entre 1931 y 1936, licenciándose en Filología Clásica.
Su formación filológica era extraordinaria.
Sin embargo su investigación se encaminó fundamentalmente hacia una Prehistoria con orientación antropológica.
El período comprendido entre su licenciatura y su nombramiento como catedrático en 1955 sigue un «curso guadiánico» (Alonso del Real, 1984: 12).
En el segundo período, fue Director de la Sección de América Indígena y fundador del Aula de Cultura, dictando cursos de Antropología General (física y cultural).
Entre 1941 y 1955 actúa como Vicedirector y Conservador del Museo del «Seminario de Historia Primitiva del Hombre» y trabaja en el Museo de la Fuente del Berro (Excmo.
Ayuntamiento de Madrid), gracias a Julio Martínez Santa Olalla.
Fue (1) Las referencias principales sobre el autor pueden encontrarse en la entrevista realizada por la Revista de Arque%gla (39, 1984: 11-13), en el homenaje por sus 25 años de magisterio en la Universidad de Santiago, publicado en Gal/aecia (6, 1980: 7-(0), así como en su libro "La Prehistoria» (1991).
Hemos procurado completar y ampliar la bibliografia de la que excluimos recensiones y prólogos.
En esta última tenía asignadas las asignaturas de «Historia de las ideas políticas» e «Interpretación de la Historia».
Su segunda fase universitaria se inicia el 8 de febrero de 1955 cuando, en virtud de concurso-oposición -su lección magistral versó sobre la Prehistoria de OceanÍa-es nombrado Catedrático de «Prehistoria e Historia Universal de las Edades Antigua y Media y de Historia General de la Cultura (A. y M.)>> de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Santiago, tomando posesión el día 11 de marzo siguiente.
A petición propia pasa a desempeñar la Cátedra de «Prehistoria y Etnografia» a partir del curso 1967-68, siendo Director del Departamento de Prehistoria y Etnología, durante un período que concluye con su traslado a Madrid.
Realizó excavaciones y trabajos de campo en Marruecos, Santander (Cueva del Pendo), Galicia (Foz, Morrazo, Toén, Caurel).
Dirigió diversas tesinas y tesis y pronunció conferencias en Madrid, Valencia y Salamanca, así como en numerosos centros de Galicia.
En virtud de Concurso de Traslado, con fecha 10 de agosto de 1981 tomó posesión como Catedrático de «Prehistoria de España» en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense.
Es elegido Director del Departamento de Prehistoria elIde octubre de 1981, desempeñando dicho cargo hasta el 2 de mayo de 1984, fecha de su jubilación.
Esta tercera fase universitaria no supone ninguna interrupción de su actividad en la Universidad de Santiago de Compostela.
Hasta su fallecimiento, participará en las excavaciones emprendidas por sus antiguos alumnos (Proyectos de «As Pontes» y «El Bocelo», dirigidos por A. Casal y F. Criado, respectivamente), desarrollando una investigación específica sobre etnoarqueología en el segundo caso.
Publica fundamentalmente en las revistas gallegas y dirige tesis y tesinas de alumnos de dicha Universidad.
Su actividad en la Universidad Complutense es básicamente docente.
Impartió las asignaturas de «Prehistoria» y "Etnología de la Península Ibérica», así como cursos monográficos sobre "Prehistoria especulativa» y "Calendarios de la Resistencia» en la Facultad de Geografía e Historia.
La asignatura de Prehistoria correspondía al primer año de los estudios de primer ciclo y la explicaba "a retrotiempo», arrancando de la Edad del Hierro para terminar en el Paleolítico.
Nunca nadie antes, ni tampoco nadie después de él, escogió esta perspectiva diacrónica tan próxima a la sensibilidad de quienes, en la actualidad y desde una posición crítica, llaman la atención sobre la escritura del pasado desde las determinaciones del presente.
La «Etnología» era una de las materias obligatorias en la especialidad de Prehistoria.
Su experiencia de campo en Galicia introdujo una vitalidad en la enseñanza que incrementó el T. P.. n Q 50.
1993 Comité de Redacción número de alumnos «desviados» hacia la Etnología.
Sus cursos monográficos rompían varios convencionalismos.
Huían del contenido arqueográfico.
Tenían en cuenta versiones del pasado no académicas como las contenidas en fuentes míticas, sagradas o literarias e incorporaban información de territorios extraeuropeos.
Resultaba especialmente novedosa la referida al continente americano que, en esa Facultad, había quedado asignada al, entonces, Departamento de Antropología y Etnología de América, a cambio de la reserva del Viejo Mundo para el de Prehistoria.
Su afición al cine y la literatura y su interés por el influjo de estos medios de comunicación en la Prehistoria, configuraron su brillante discurso de despedida con ocasión de su jubilación en 1984.
Desde entonces, gracias a la gestión personal de los sucesivos decanos de la Facultad de Geografía e Historia, Ores.
José Estébanez Alvarez y Francisco Javier Portela Sandoval, y a propuesta del Departamento de Prehistoria, impartió cursos monográficos de doctorado, cuyos títulos expresan por sí mismos su original concepción de la disciplina: "Orígenes del Calendario» (1984-5); "Prehistoria e ideología» (1985-6); «Historia de la Prehistoria» (1986-7); "Patriarcado, matriarcado y andriarcado: tres mitos antropológico-sociales» (1987-8); «¿Desde cuándo la religión?» (1988-9); "La investigación prehistórica y sus cuestiones etnográficas en Galicia: origen, situación actual y perspectivas» (1991-2).
Para el curso 1992-93 estaba previsto el titulado «Tentativas de reconstrucción sociológica».
Esta orientación antropológica de la Pre-' historia, anticipada en su «Nueva Sociología de la Prehistoria» (1976), había estado totalmente excluida de las enseñanzas adscritas al Departamento de Prehistoria de esa Facultad hasta principios de los ochenta y, todavía en aquellos años, sólo era asumida por un reducido grupo de profesores jóvenes.
Su participación activa en la constitución de la Asociación Profesional de Arqueólogos de España con sede en el Departamento de Prehistoria de la Universidad Complutense (Presidente de la mesa electoral en la Junta General para escoger la primera Junta Directiva, 26-Il-1983; socio 11) tiene que ver con la defensa que siempre realizó de la Prehistoria como disciplina científica.
Carlos Alonso del Real, en su último libro (1991), señala la experiencia generacional y el magisterio «informal», personal, no académico de varios historiadores, lingüistas y filósofos como contribuciones importantes a su formación.
Durante su vida universitaria, la comunicación de esa experiencia generacional y un magisterio ejercido con ese carácter informal y un gran sentido del humor destacó por su originalidad frente al proceder fuertemente burocrático de sus colegas.
Como Julián San Valero nos recordaba, el propio Alonso del Real decía que «era tan anarcoide que hacía mala letra a máquina».
Podemos dar testimonio de éllo...
Su buena disposición a participar en proyectos académico satíricos queda de manifiesto en su «Tradición y plagio de Avellino Abelleira», incorporada al First International Congress'Ave- llino Abelleira and his time'.
Ponencias (Tórculo ed., Santiago de Compostela, mayo de 1990).
Su informalidad arrancaba de una asunción consciente de los límites del conocimiento que provocó, como es lógico, reacciones antitéticas.
Por un lado, el atractivo de su posición abierta, en un momento de enclaustramiento intelectual, marcó a quienes le trataron; por otro, su escepticismo le mantuvo alejado de los círculos de poder.
La huida de la formalidad burocrática a la que se ha aludido determina que los datos académicos resulten insuficientes para valorar su significación, en un doble sentido.
En primer lugar, el Dr. Alonso del Real mantenía una postura anti-administrativa militante.
Su resistencia a producir documentos que dejaran un registro permanente de sus actividades, su pasividad en relación con un reconocimiento oficial de su trabajo hace que la información accesible para valorar su trayectoria sea reducida.
Valga como ejemplo la absoluta ausencia de citas propias en sus obras.
En segundo lugar, su distanciamiento del poder académico se expresaba en la práctica de una tradición socrática de enseñanza que tópicamente se ha considerado muy española y por la cual, manejando cualquiera de los indicadores al uso para la elaboración de una historia de la Prehistoria, su figura quedaría muy oscurecida.
Estas circunstancias explican que las referencias que el Comité de Redacción de Trabajos de Prehistoria publica, en este homenaje a su memoria, no pretendan ser exhaustivas, ni siquiera suficientes para evaluar su trayectoria.
La influencia real de Carlos Alonso en la Prehistoria española hay que rastrearla más bien a través de quienes, por haberle tratado, podemos dar cuenta de su manera de concebir, producir y transmitir el conocimiento (2).
Ahora bien, esa relación nos permite dejar constancia también de que esa «otra manera» era sólo suya.
Ningún otro prehistoriador ha reunido en sí una experiencia vital y una formación tan amplia, profunda y variada, ni se ha comprometido tan intensamente con cada uno de los períodos históricos durante los cuales vivió.
Carlos parecía más único que cualquier otra persona.
Su experiencia generacional que el definía bajo la influencia del fascismo y el marxismo, la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial, le convertían en un testigo autorizado pero silencioso de la historia contemporánea europea y, sobre todo, española.
El magisterio reconocido de Ortega y Gasset, Eugenio d'Ors, Zubiri, García Morente, el Padre Schmidt, Dumezil, Levi-Strauss, Hesíodo, Comte, Darwin, Marx, entre otros, expresan la amplitud y profundidad de una formación intelectual, fundamentada en el contacto directo con algunas de las personalidades más representativas del pensamiento español de su época y
(2) Esta circunstancia hace que la colaboración que nos han prestado F. Criado Boado, J. M. Vázquez Vare1a, D. Fletcher Valls y Julián San Valero Aparisi haya sido. especialmente valiosa.
Les estamos muy agradecidos por ella.
El primero, entre otras muchas cosas, nos facilitó el contacto con el periódico A nosa terra que autorizó la inclusión en nuestro texto de la fotografía publicada en el artículo de Celso X. López Pazos, «Un mestre que repartía coñecimento.
Carlos Alonso del Real ven de morrer en Madrid...
Les agradecemos su receptividad a nuestra petición, así como a Juan Antonio Garda Castro, director de la Revista de Arqueología su ofrecimiento de los retratos en color de C. Alonso del Real que acompañaron la publicación de la entrevista ya citada.
D. Fletcher y J. San Valero nos transmitieron sus experiencias personales de los años compartidos en la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas y su apoyo al homenaje.
1993 en una lectura directa de las fuentes gracias a su manejo de todo tipo de lenguas vivas y muertas.
Pocos arqueólogos mejor que él podrán ser definidos como «intelectuales», ni podrán aludir a su conocimiento de los principales arqueólogos de la época (Menghin, Childe, Martínez Santa Olalla, Bosch Gimpera, Obermaier, Breuil, Leroi-Gourhan, Daniel... ).
Su respeto por la figura de V. Gordon Childe era un tema especialmente recurrente.
Como es fácil comprender, todo este trasfondo convierte al Dr. Alonso del Real en una persona radicalmente atípica en el contexto de la arqueología española.
Sabía hacer intervenir, por ejemplo, al psicoanálisis, el cine, el capitán Cook, la mitología australiana, Tito, Sir Mortimer Wheeler, los Vedas, Buffalo Bill, Wagner y el Popol Vugh en la comprensión de un determinado problema histórico.
La impresión de «desorden» que podía producir en el oyente esa multiplicidad de alusiones tan diversas era más aparente que real.
Sus clases y conferencias eran un ejemplo de claridad, organización, sistema y ajuste al tiempo disponible.
Siendo conscientes de que esa lectura del pasado estaba irremediablemente fuera de las posibilidades de cualquier otra persona, alguno de nosotros colaboramos en la materialización del libro que, con el título «La Prehistoria» (1991) transcribe uno de sus ciclos de conferencias.
Ahora con este homenaje queremos testimoniar también la enorme relevancia de la figura de Carlos Alonso del Real no sólo para la Prehistoria española, sino también para el conocimiento de esa otra intelectualidad con formación anterior a la Guerra Civil a la que los diferentes signos de la reciente historia del país han contribuido a oscurecer.
«Juventud en el mundo antiguo» (en colab. con J. Marías y M. Granoll).
«Sociología Pre y Protohistórica».
Instituto de T. P.. n Q 50.
«Realidad y leyenda de las Amazonas».
Colección Austral, Espasa Calpe.
«Esperando a los bárbaros».
«Sobre algunos problemas de hominización».
«Nueva Sociología de la Prehistoria».
Científica de Marruecos. /.
Cuestionarios de Etnología (J. Pérez de Barradas).
Lingüística (C. Alonso del Real) y Arqueología (J. Martínez Santa Olalla)>>.
«Etnología y filología clásica.
«Cuando un poeta inventó la prehistoria».
En Julio Martínez Santa Olalla (ed.): Corona de Estudios que la Sociedad Española de Antropología, Etnografía y Prehistoria dedica a sus mártires.
«Función social del arqueólogo».
Boletín Ar- queológico del Sudeste Español (BASE), 4-7, |
Este artículo analiza el contenido de la Revista Trabajos de Prehistoria (1960Prehistoria ( -1993) ) como una publicación representativa de la Prehistoria española de ese período con el objetivo de descubrir algunas de las tendencias generales de la disciplina.
Se han empleado criterios cuantitativos para definir la evolución temática, cronológica, subdisciplinar y espacial.
La coautoría y vinculación institucional de los autores permite evaluar las características de la comunidad científica: especializaciones, contactos personales y relaciones exteriores.
La documentación gráfica y el aparato bibliográfico se consideran como elementos significativos de los artículos.
Se ofrece, además, una aproximación al «factor de impacto» de la Revista.
Los resultados justifican el (.)
La comunicación de ideas y de los resultados de la investigación es uno de los ejes maestros de la vida profesional del científico.
Las revistas científicas son el elemento fundamental en este proceso.
Tanto su frecuencia de aparición como su regularidad garantizan la actualización del conocimiento en su ámbito de especialización.
Las revistas, además, reflejan una determinada permeabilidad y rapidez de respuesta a la evolución de dicho ámbito (Edwards, 1983: 413).
Su vinculación tradicional con una institución y, en cualquier caso, con un equipo editorial concreto determina la línea de cada una de ellas (Noble, 1989).
Estos hechos, observados diacrónicamente y con suficiente perspectiva, son fuente de primer orden para el análisis de las componentes histórica y sociológica de una rama del saber (Lumley, 1993; Hartley et alii, 1988).
Incluso con el crecimiento imparable de publicaciones periódicas cobra especial importancia la definición de la orientación de las revistas en los editoriales de sus primeros números (Feinman y Douglas Price, 1993).
La evaluación de una revista es complicada y puede abordarse desde muy diferentes perspectivas, siendo una de ellas la cuantitativa.
El análisis bibliométrico es uno de los instrumentos más útiles a este respecto.
A partir de unos parámetros previamente seleccionados (contenidos, autor, estudio formal...) se logra una pormenorizada descripción de la revista, cuya T. P.. n Q 50.
1993 interpretación permitirá definir su especificidad, la trayectoria experimentada por el correspondiente campo disciplinar, así como las relaciones de los científicos con su medio (Meadows, 1985; Mendon<;:a de Souza, 1985; Penaza y Pravdic, 1989).
En otros casos, se ha empleado para jerarquizar la producción científica tomando como base el número de citas de unas publicaciones en otras (Todorov y Ghlnzel, 1988; Furnham, 1990; Taubes, 1993).
Esta práctica, generalizada fuera de las Ciencias Humanas, es puesta en cuestión por los científicos de ese ámbito que opinan que la investigación no puede ser «medida» porque un problema de calidad no puede ser abordado con métodos cuantitativos.
Compartiendo el rechazo a ese reduccionismo, consideramos, sin embargo, que la completa ausencia de indicadores consensuados para medir los resultados de la investigación supone un riesgo aun mayor: ser evaluados desde la perspectiva de las llamadas «ciencias duras» (Finkenstaedt, 1990: 410).
Por otra parte, es cierto que la publicación no debe ser identificada con la investigación pero también lo es que esta última tiene que ser publicada para ser considerada como tal (Finkenstaedt, 1990: 411).
Es ahí donde reside, precisamente, lajustificación para una evaluación de carácter cuantitativo como imagen de uno de los componentes de la actividad científica.
En un momento de crisis económica como el actual, en el que los recortes presupuestarios plantean la necesidad de racionalizar tanto la adquisición de publicaciones en centros de investigación (Varela, 1993), como la política editorial de los mismos, adquiere mayor importancia el establecimiento de unos criterios explícitos de valoración.
Los estudios sobre publicaciones españolas en Ciencias Sociales y Humanidades (Villagrá, 1992: 3) son casi inexistentes y, por lo que sabemos, en Prehistoria y Arqueología por completo.
Este artículo considera la Prehistoria en los últimos treinta y tres años en España a través del análisis completo de Trabajos de Prehistoria (cincuenta volúmenes hasta la fecha), particularmente significativa por distintas razones.
Es de las pocas revistas científicas españolas exclusivamente dedicadas a la Prehistoria, está vinculada con el único centro nacionai de inves- Podemos decir, probablemente sin mentir, que estas circunstancias sitúan la Revista en una posición adecuada para evaluar el desarrollo de la Prehistoria en España y la convierten en un buen indicador de la permeabilidad de ese medio a la evolución internacional.
El análisis de la colección completa de Trabajos de Prehistoria requería contar con la correspondiente base de datos referencial, el manejo de clasificaciones y descriptores suficientes, así como el acceso a una red informática que permitiera el tratamiento del gran volumen de información generada.
Estas condiciones se han cubierto gracias a la colaboracíón con el CINDOC.
Este organismo cuenta con una base de datos que recoge las revistas españolas de Prehistoria y Arqueología de ámbito general y local desde el año 1975 dentro de su publicación <<lndice Español de Humanidades» (IEH).
Con ocasión de la publicación del volumen 50 de Trabajos de Prehistoria se han editado los índices de la misma, reajustando la base de datos de acuerdo con los objetivos del análisis bibliométrico por diversas razones.
La indización no era homogénea por los cambios de criterios introducidos por los diversos equipos que han intervenido en su realización desde que se inició.
Esta heterogeneidad afectaba tanto a la presencia o no de una cierta información (p.e. lugar de trabajo de cada autor, número de referencias bibliográficas por artículo... ) como al tipo de identificador o descriptor seleccionado.
En general los documentos más antiguos se analizan a un menor nivel de profundidad.
La estrategia adoptada implicó:
1. completar el vaciado de la Revista e indizar la totalidad de las recensiones no incluidas en la base de datos (1);
(1) Angel Rodríguez Alcalde realizó este trabajo en coordinación con M.a Jesús San Millán y José María Sánchez Nistal.
El primero es asimismo el autor de todas las figuras y tablas.
2. revisar la clasificación alfabética por autores introduciendo los nombres y el segundo apellido donde faltaban y eran conocidos con objeto de evitar reiteraciones; 3. fijar las características de la muestra.
Los volúmenes 1 a 25 (1960 a 1968) son monografías y, a partir del volumen 26 (1969), se establecen tres secciones (artículos de fondo, noticiario, recensiones ); 4. examinar la clasificación de los artículos según los epígrafes del IEH para, en su caso, afinar el criterio seguido en Prehistoria y Arqueología por los documentalistas (Trabajos, 1993: 3-4); 5. seleccionar los epígrafes clasificatorios que iban a manejarse en cada uno de los apartados del análisis y la forma como debían agruparse.
Seguimos en el texto la denominación que presentan dichos epígrafes en el IEH y la base de datos del CINDOC; 6. organizar la cuantificación de los datos y 7. redefinir la documentación gráfica del IEH.
8. esbozar un estudio del "factor de impacto» de Trabajos de Prehistoria.
En esta última, las secciones de artículos de fondo y noticiario aparecen unificadas por el CINDOC.
La de recensiones es objeto de un estudio específico ya que el contenido de los comentarios a libros y artículos no siempre es describible de acuerdo con los criterios de clasificación que se manejan para el resto de los documentos.
Para intentar reducir al máximo este problema, hemos seleccionado tres descriptores que agrupan las recensiones con un grado de precisión menor si bien suficiente para que el análisis bibliométrico de cada sección sea comparable: periodo, temática y lengua original de la obra.
La evolución diacrónica se establece por años y, ocasionalmente, por lustros en la N.S.
ANALISIS DE CONTENIDOS: PERIODOS, TEMAS Y AREAS GEOGRAFICAS
La muestra es la suma de artículos, no de temas, ya que cada artículo puede desarrollar varios y, si estos últimos fueran la base del análisis, los resultados podrían complicarse oscureciendo la evolución en la composición subdisciplinar de la Revista.
Los apéndices que aparecen firmados por distinto autor al del trabajo que complementan se incluyen en esta categoría de artículos, aunque no aparezcan individualizados en e1 índice de cada volumen.
mientas (Legislación y restauración); Historia de la Arqueología; Congresos, reuniones científicas, entrevistas (Historia de la Arqueología y Congresos).
Los resultados se presentan en la figura l.
Los epígrafes de «teoría y metodología» y «estudios diacrónicos y sin datar» engloban los artículos «irrelevantes» cronológicamente (17%) (3).
En el apartado «otras culturas» se incluyen los relativos a culturas extrapeninsulares fechadas pero cuya clasificación en los períodos establecidos dificultaría su búsqueda en un índice como el que usamos como referencia.
Los resultados definen muy claramente la época romana como límite temporal de la Revista: no llegan a un 5 % los artículos sobre esa época o las posteriores.
Por otro lado, 46 % se ocupan de Prehistoria y 21 % de Protohistoria.
La inclusión en la segunda de los documentos «Colonizaciones» y «Edad del Hierro y Mundo Ibérico» salva el problema que podría plantear, para la interpretación de los resultados, el solapamiento cronológico entre algunos de ellos.
Ahora bien, no pensamos que esos casos, ni los que pudieran darse por la sincronía entre los que se ocupan de la «Edad del Bronce» y de las «Colonizaciones» pudieran afectar dichos resultados significativamente.
En la Prehistoria, el número de estudios dedicados al Neolítico, Epipaleolítico o a la Edad del Bronce podría reflejar rasgos del registro arqueológico o de la investigación arqueológica en España (veáse 111.3) pero la importancia que tienen los de Paleolítico nos parece significativa.
En cuanto a la evolución experimentada por el tratamiento de los diferentes períodos (Fig. 2) se pueden observar unas tendencias generales relativamente claras a lo largo de las tres etapas individualizadas desde este punto de vista.
En una segunda etapa (aproximadamente entre 1975-1982) el equilibrio anterior se rompe en dos direcciones, por un lado, la fuerte presencia de artículos sobre Paleolítico y, por otro, de estudios sobre la Edad del Bronce.
En cierto sentido, el con te- nido de la Revista queda así polarizado entre los dos períodos citados.
A ello habría que añadir que, en 197H, se observa el inicio de una creciente importancia de los artículos sobre la Edad del Hierro que seguirá aumentando en la tercera etapa.
Primero se pierde el protagonismo de los estudios sobre Paleolítico, aunque con un cierto reforzamiento entre 1987 y 1989.
Segundo, asistimos a un crecimiento de los artículos sobre la Edad del Bronce y también, aunque en menor proporción, sobre Calcolítico.
Idéntico fenómeno se observa con los trabajos sobre la Edad del Hierro y Colonizaciones que, junto a los anteriores, son los «nuevos protagonistas» y muestran una fuerte inclinación de la Revista hacia los temas de la Prehistoria final.
En tercer lugar, hay que destacar la significativa incorporación de artículos sobre teoría arqueológica que, aunque escasos (ocho en total), suponen un cambio cualitativo en la orientación de la Revista, que también se advierte en el crecimiento de los relativos a metodología.
Por lo que se refiere a las recensiones, exclusivas de la N.S., son un total de 273 y se deben a 94 autores distintos (Fig. 3).
La diferencia mas notable de su temática respecto a la de los artículos estriba en que casi la mitad de las obras recensionadas son síntesis en sentido estricto o monografías de excavación (Estudios diacrónicos y sin datar, 36 %; Otras culturas, 12 %) frente a la importancia de los artículos sobre períodos específicos.
Por el contrario, las reseñas reproducen la especialización cronológica apuntada para los últimos.
Así las obras sobre la época romana o las posteriores suponen un 6 %, en tanto que las de Prehistoria (31 %) siguen doblando a las de Protohistoria (15 %).
En la Prehistoria, el tratamiento de cada uno de los períodos difiere en parte en ambas secciones.
Las recensiones sobre «Paleolítico» casi duplican a las del «Mundo Ibérico.
Edad del Hierro» y, junto con las de «Edad del Bronce», son un tercio del total.
En cambio, en los artículos, esa proporción corresponde a las que se ocupan de la «Edad del Bronce» y «Mundo Ibérico.
Los demás períodos reciben una atención semejante.
Es interesante destacar cómo las obras sobre «Teoría y Metodología», ocupando un lugar importante en las recensiones no tienen un peso muy superior en los artículos.
Resulta un fenómeno lógico dado que, a través de la literatura arqueológica extranjera, especialmente anglosajona, es como se ha incrementado el interés por las cuestiones teóricas en Prehistoria.
En ese sentido estas resefias pueden haber jugado un papel más importante del aparente, divulgando obras importantes o de temas poco conocidos entre los prehistoriadores espafioles.
La comprobación de este extremo requeriría un análisis exhaustivo de citas que debería hacerse en el futuro.
En primer lugár se pretende definir la composición subdisciplinar de la Revista en su conjunto y por períodos para identificarla frente T. P.. n Q 50.
1993 a otras publicaciones periódicas de Prehistoria y Arqueología, asi como para determinar si existen o no orientaciones metodológicas específicas y, en su caso, con que factores se vinculan.
En segundo lugar, dicha composición se estudia a lo largo del tiempo para aislar las fases de su evolución.
Para el primer objetivo se manejan ciertos epígrafes tanto de forma independiente como agrupados en tres grandes temas que serán también la base para el estudio de la evolución subdisciplinar:
A) estudios del medio; Asentamientos; Enterramientos; Antropología fisica; Economía y sociedad; Religión, culto.
B) industrias y útiles; industria lítica; industria ósea; industria cerámica; industria metálica.
C) arte; arte mueble; arte rupestre; escultura.
Además, para la composición subdisciplinar se tienen en cuenta otros epígrafes (Monedas, inscripciones; Numismática y epigrafia; Arqueología subacuática).
Finalmente presentamos los 242 sitios arqueológicos citados desglosados en: 3 abrigos; 9 castros; 76 cuevas; 7 depósitos; 17 necrópolis; 107 yacimientos; 3 pecios; 10 dólmenes; 4 túmulos y 4 monumentos sin clasificar.
Además hay referencias a 33 piezas concretas; 15 tesoros; 8 ídolos y 10 piezas sin clasificar.
Los resultados aparecen en la figura 4 y la tabla 1 y son significativos de la orientación de la Revista y de la propia tendencia general de la investigación.
Del total de 318 documentos clasificados en estos tres grandes temas, tres cuartas partes se incluyen en los Grupos A y B. En el Grupo A, los referidos a «Enterramientos» y «Estudios del Medio» son más de la mitad del total, en tanto que «Asentamientos» y «Economía/Sociedad» se reparten una cuarta parte y la restante, de forma bastante igualada, entre «Religión/Culto» y "Antropología Física».
La mayoría de los estudios dedicados a la reconstrucción ambiental publicados corresponden a los diacrónicos y a los referidos a los períodos más antiguos de la Prehistoria.
Es de resaltar la frecuente presencia de análisis generados por el Laboratorio de Palinología del Departamento de Prehistoria (CSIC) que, en estos aspectos, ha desarrollado una investigación puntera y de ámbito peninsular.
La aparición de sólo dos artículos de la Prehistoria reciente resulta comprensible, considerando la asunción tradicional de que la proximidad temporal implica identidad medioambiental.
Los "Enterramientos » son especialmente estudiados durante los períodos de la primera metalurgia (más de la mitad) y (,Edad del Hierro.
Mundo Ibérico» (una cuarta parte), a los que corresponden también los relativos a «Religión/Culto ».
Ahora bien, el reducido número de artículos con esa última temática (máximo cuatro) sugiere que el interés por lo funerario se centra en la posibilidad de contar con depósitos cerrados y elementos tipológicos para la periodización.
En ese sentido apuntan también los escasos análisis antropológicos publicados, por mucho que algo más de la mitad del total se encuadre en ese mismo lapso temporal.
La mayoría de los documentos sobre «Economía/Sociedad» se refieren a la «Edad del Bronce» (10) y «Edad del Hierro.
Considerando la desigual importancia de los estudios sobre industrias (34 y 26 respectivamente) y «Antropología Física» (2 en cada caso) en esas fases está claro que se está lejos todavía de estudiar los restos humanos como indicadores de grupos sociales y de las diferencias respecto a la salud y la nutrición entre sus miembros.
Atribuímos la ausencia de las etapas paleolítica y epipaleolítica en los estudios de «Economía/Sociedad» a la tradicional vinculación de los estudios faunísticos y botánicos con la reconstrucción ambiental pero no con el aprovechamiento humano.
Las diferencias en el tratamiento de los «Asentamientos» entre períodos parecen deberse más a las características de la muestra que a una orientación de la investigación.
Hay menos documentos de los períodos menos frecuentes y las oscilaciones entre los restantes no parecen significativas.
El capítulo de «Industrias/Utiles» está muy bien representado en todos los períodos, lo que, junto a los aspectos ya mencionados, refleja una tendencia «tipologista» en los estudios prehistóricos y da cabida a los materiales de época romana.
Las diferencias en este aspecto entre los distintos períodos pueden deberse al interés en establecer periodizaciones internas.
Así, por ejemplo, en el Calco lítico este capítulo es el 9 % frente al 30 % en la Edad del Bronce.
En cuanto al «Arte» es clara la importancia del Paleolítico (33 %) -totalmente predominante, además, en el caso de las manifestaciones parietales-, así como de la «Edad del Bronce» y de la,<Edad del Hierro.
Mundo Ibérico~~ (ambos 26 %) donde los documentos más frecuentes son, en cambio, sobre escultura.
Esto último sugiere un interés por las piezas excepcionales, no siempre contextualizadas, que coincide bien con la proporción de artículos tipológicos sobre esos períodos con respecto al total de los publicados en la Revista.
El comentario de la composición subdisciplinar a partir de la secuencia cultural completa la caracterización anterior.
El Paleolítico es la única fase donde los artículos de arte superan a los relativos a industrias y útiles que, por otro lado, son temática muy frecuente en la investigación de dicha fase.
Como se ha señalado, la falta de documentos sobre «Economía/Sociedad» se debe al exclusivo recurso a la Paleontología y a la Paleobotánica para la reconstrucción paleoambiental tanto en relación con la cronología como con el propio medio ambiente, interés que podría quedar también de manifiesto por los artículos sobre,(Asentamientos».
El escaso desarrollo del estudio del Epipaleolítico en la Revista es una tendencia general de la investigación española.
En este caso, su T. P.. nI! 50.
1993 consideración habitual como un simple corolario del Paleolítico viene reforzada por el hecho de que los artículos se refieran a la Región Cantábrica.
Aún así, que de los seis publicados haya tres sobre el medio podría traslucir una voluntad de separarlo del Paleolítico por contraste y, en último término, el recurso al cambio ambiental como explicación del cambio cultural.
Por el contrario, la situación del Neolítico debe explicarse, más bien, porque las zonas «clásicas» (Levante, Andalucía) tienen sus propias publicaciones y en las restantes, notoriamente la Meseta, apenas empieza a conocerse.
Las primeras fases metalúrgicas reciben un tratamiento muy similar por lo que se refiere al estudio del arte, sin embargo en el Calco lítico los estudios no tipológicos (Grupo A) son claramente mayoritarios (72 %), mientras en la Edad del Bronce están prácticamente igualados con los relativos a las distintas industrias.
El interés por el mundo funerario es determinante en la composición del grupo A calcolítico, en tanto que la temática «Economía/Sociedad» también es significativa en el correspondiente a la Edad del Bronce.
Ya se ha indicado la conexión entre la proporción de estudios tipológicos por períodos y el interés en su seriación interna.
Datos como la pertenencia a la Edad del Bronce del 40 % de los documentos sobre industria metálica publicados en la Revista y el 35 % de los que versan sobre industria cerámica son ilustrativos en este sentido.
Destacamos la escasa importancia de los temas medioambientales en estas primeras fases metalúrgicas que, además, en el caso de la Edad del Bronce (3 %) están generalmente desconectados de los de «Economía/Sociedad~~ (12 %).
En este aspecto se aproximan a lo que ocurre eri la Protohistoria (4 % en «Colonizaciones~~ y poco más del 1 % en «Edad del Hierro.
Las «Colonizaciones» están tratadas especialmente en relación con la tipología.
Esta preocupación cronológica también se advierte en el recurso a la «Numismática/Epigrafía» (cuatro), ya que faltan estudios económicos.
Mundo Ibérico» presenta un gran equilibrio entre los tres grupos temáticos, ocupando las industrias el primer lugar.
En el grupo A, el mundo funerario (enterramientos, antropología física, religión,
Descripción s ubdisciplinar y po r pe ríodos d el conjunto de la Revista Trabajos de Prehistoria.
culto) es el predominante y en las industrias, el metal.
El par de documentos sobre «Numismática/Epigrafía», uno sobre este período y otro sobre la época romana, son nuevos indicadores del límite cronológico superior del contenido de la Revista.
Como recordaremos, lo romano y medieval es anecdótico.
En el primer caso, los documentos se centran en la tipología (diez), el arte (uno) y la «Numismática/Epigrafía» (uno).
En el segundo, versan sobre enterramientos (tres) e industria metálica (uno).
Sólo hay cinco artículos de arqueología subacuática referidos a época romana y a «Co-Ionizaciones».
La evolución de la composición subdisciplinar aparecen por años en la figura 5 y agrupados por lustros en la tabla 2.
A partir de esa información pueden descubrirse algunas tendencias generales:
Los estudios englobados en el Grupo A tienen una relativa poca importancia en la primera etapa de la Revista y su presencia va creciendo a lo largo del tiempo.
En la última década, es el grupo de estudios más numeroso, con especial incidencia en Neolítico, Calcolítico y Edad del Bronce.
En cuanto al Grupo B, los trabajos mantienen una presencia importante durante toda la Revista con especial valor en la primera etapa y, sobre todo, en los períodos 1974-1983.
Aunque su número no desciende de manera importante en la última década, sí resulta significativo que su descenso sea paralelo al crecimiento del grupo A.
Los artículos del Grupo C son algo más importantes en los primeros años de la N.S. y, aun manteniendo una presencia casi permanente, tienden a descender ligeramente desde principios de los años ochenta.
Los seis trabajos sobre numismática y epigrafía son anteriores a 1975 y los correspondientes a la Edad del Hierro y Colonizaciones están indicando la preferencia por el tratamiento de estos períodos desde la metodología de la arqueología prehistórica.
La temática que hemos examinado responde a la formación universitaria de los prehistoriadores (Ruiz Zapatero, 1993: 58), salvo en la atención al Paleolítico y a los primeros períodos metalúrgicos, muy relativizada en aquélla por el
Se quiere definir el territorio del que se ocupan los artículos a partir de las Comunidades Autónomas y del país, así como ver su correlación con los años de publicación.
En el análisis cuantitativo no es posible obtener porcentajes reales al poderse repetir los topónimos en un mismo artículo.
Ahora bien, parece claro que la Península Ibérica se lleva más del 90 % de trabajos y de ellos, a su vez, más del 90 % son relativos a España donde los estudios con una amplia cobertura espacial (Mesetas, Región Cantábrica, litoral mediterráneo, etc.) suman 74 (17 %).
Por Comunidades (Fig. 6 Y Tabla 3), las más tratadas cuantitativamente son Andalucía, Castilla y León y Baleares y las menos La Rioja, Navarra y el País Vasco.
La información detallada por provincias españolas muestra su desigual representación (Fig. 7).
Por regla general, hay dos factores que condicionan la presencia de cada autonomía en las páginas de Trabajos de Prehistoria.
Uno es la tendencia general de la investigación (Fig. 8), ya que las Comunidades con mas trabajo de campo son las más reflejadas en los artículos.
Otro es el factor personal, dado que, como resulta inevitable (véase IV), la mayor vinculación de ciertos investigadores con los Departamentos de Prehistoria del CSIC o de la Universidad Complutense influye en la proporción de trabajos incluidos en la Revista.
Lo primero que llama la atención es la importancia de Andalucía durante todo el desarrollo de la misma.
Esto es lógico si consideramos que, por una parte, las provincias andaluzas son las que más permisos de intervención arqueológica recibían en números absolutos (Arqueología 1979(Arqueología, 1980(Arqueología, 1981(Arqueología, 1982)).
Por otra, los temas de Calcolítico, Edad del Bronce, Colonizaciones o Hierro Ibérico conforman una amplia temática de la Revista y es en Andalucía donde se producen algunas de las novedades más llamativas, en cuya investigación participaron, además, de forma activa varios de los miembros que constituyeron durante largo tiempo el Comité de Redacción.
En realidad, estos factores de carácter personal sirven para explicar también el peso de las diferentes Comunidades Autónomas.
En el caso de Castilla-León que presenta un alto número de trabajos, la proximidad geográfica se une a la notable presencia de alumnos de esta procedencia en la Universidad de Madrid.
Por otro lado, el hecho de que Baleares ocupe el tercer lugar se debe a que Cristóbal Veny, miembro del Departamento de Prehistoria del CSIC y director de la Revista (1981Revista ( -1989) ) siempre centró sus trabajos en la Prehistoria Insular, y esto a su vez incentivó otros relacionados con dicho territorio.
Estas mismas causas pueden apuntarse para Extremadura, un área investigada intensamente por Martín Almagro Basch, fundador y director de la Revista (1960Revista ( -1980)), y Martín Almagro Gorbea, Secretario de Redacción ( [1977][1978][1979][1980], y en la que, además, a menudo se han centrado discusiones científicas más generales sobre temas concretos, como megalitismo o estelas decoradas.
Finalmente, Asturias y Cantabria combinan la presencia de investigadores vinculados a los centros de Madrid con la línea abierta que la Revista siempre ha mantenido respecto a los temas relacionados con el Paleolítico Superior cantábrico.
La menor incidencia de trabajos sobre otras áreas se debe a causas diversas.
En el caso de Cataluña y la Comunidad Valenciana donde los permisos de excavación siempre fueron muy numerosos, existían publicaciones estables que canalizaban suficientemente una investigación muy centrada en su propio territorio, como sucedía también en Aragón.
Lo mismo puede decirse de la Región de Murcia, que sólo presenta un incremento notable en los últimos años, generado en buena parte por la proyección del CSIC en este área.
Las autonomías de Madrid y Castilla-La Mancha han sido poco tratadas en las páginas de Trabajos de Prehistoria, lo que refleja en cierta medida la escasa incidencia de la investigación en esta zona, así como la presencia de equipos ligados a otros centros, especialmente en este caso la Universidad Autónoma de Madrid.
Dentro de este marco se reflejan las novedades generadas por la excavaciones, y por:
Total anual de artículos publicados por la Revista Trabajos de Prehistoria referidos a las Comunidades Autónomas.
ejemplo Cuenca que era rá provincia donde se realizaban más intervenciones, con diferencia, es también la más frecuentemente citada en los artículos de la Revista.
Mientras que Galicia aparece de una forma continua, aunque escasa, las Comunidades Autónomas de Navarra, La Rioja y el País Vasco están apenas representadas, marcándose en este caso una desvinculación notable.
De nuevo las publicaciones de ámbito autonómico han servido aquí como cauce de un proceso investigador especialmente autónomo.
Es de señalar, en último lugar, la tendencia general de la Revista a publicar trabajos que superan los límites autonómicos, y a partir de 1985 ésto es un hecho muy claro, que evidencia el interés puesto en las síntesis y en las problemáticas de carácter general.
No llegan al 10 % los artículos que se ocupan de otros países (Fig. 9).
Se tratan todos los continentes excepto Oceanía, si bien de manera desigual.
Portugal inclina la balanza en favor del continente europeo (6 artículos generales y 52 de diferentes naciones).
Destacan los 21 africanos con 4 trabajos de carácter general y el resto por países, la mayoría de los cuales son T. P.. n Q 50.
Hay 9 sobre Asia y 8 sobre América latina con un artículo de ámbito supranacional en cada caso.
Existen, además, 41 documentos (9 % del total) sin topónimos, la mayoría estudios teóricos, metodológicos o descripción de piezas aisladas de museos españoles.
ANALISIS DEL AUTOR: ¿QUIEN Y CON QUIEN ESCRIBE?
Se pretende manejar el número de autores por artículo como índice del trabajo en equipo en la investigación científica, así como su evolución en la N.S. En segundo lugar, se estudia la nacionalidad de los autores y las instituciones con las que se vinculan, así como la evolución de la endogamia a partir de toda la información anterior.
La media de autores por artículo nunca llega a dos (1,08 en las monografías; 1,39 en la N.S.).
La coautoría en la Revista supone un 28,52 % y su tasa global -proporción entre artículos con más de un autor y número total de artículos-es de 0,269.
La valoración de estos resultados se ve dificultada, entre otras cosas, por la ausencia de análisis a partir de muestras análogas.
A título meramente indicativo, por referirse sólo a seis años y exclusivamente al mundo universitario, aunque con un volumen documental significativamente mayor, comentamos la media en las Ciencias Sociales anglosajonas (30-50 %) y españolas (14 %), así como la tasa global de coautoría (0,39) para estas últimas (Villagrá, 1992: 12-13).
Los datos de Trabajos de Prehistoria se ven, al tiempo, realzados tomando en cuenta que la coautoría es más habitual en monografias que en artículos.
El número de autores por artículo en la N.S. aparece en la tabla 4.
Los 295 artículos (70 %) con un firmante expresan el gran peso de la investigación individual frente a la de los T. P.. n Q 50.
1993 equipos, si bien la coautoría aumenta a lo largo del tiempo, siendo esta una tendencia constatada para las Humanidades en general (Finkenstaedt, 1990: 413).
Los tres años donde no hay artículos firmados por más de dos autores y, cuyo límite coincide, además, con la mitad de la muestra delimitan dos fases.
El máximo de coautoría corresponde a uno con cuatro firmantes, dos de los cuales significativamente son norteamericanos, y no hay ninguno que supere esa cifra.
Análisis espacial de la Revista Trabajos de Prehistoria: se representan con un número el total de artículos publicados sobre otros países europeos (Francia, Italia, Grecia, Chipre, U.R.S.S., Rumania), sobre Africa (Marruecos, Sahara occidental, Argelia, Libia, Egipto, Sudan, Mali, Guinea ecuatorial), Asia (Irán, Turquía, Yemen, Líbano, Palestina, Israel, Jordania, Indonesia) y América del Sur (Argentina, Chile).
al aumentar los de tres (23 %) y cuatro (12 %) y aparecer artículos con más firmantes.
El centro con el que se vincula cada autor se publica esporádicamente a partir de 1980 y de manera generalizada a partir de 1987 (p.e. en 1980 sólo consta uno).
Afortunadamente, gracias a la proximidad temporal, es posible conocer este dato de forma bastante completa desde el inicio de publicación de la Revista.
Esto permite advertir, por otro lado, que la información publicada es representativa y, por tanto, que nuestro comentario puede considerarse significativo.
Se relacionan a continuación esos centros, expresando la cifra el número de instituciones diferentes que aparecen en cada uno de los artículos.
En el caso de las Universidades, salvo indicación en contrario, las Facultades son de Humanidades: El peso de los autores españoles es evidente: 169 frente a la veintena de los pertenecientes a otros países europeos y americanos.
Ahora bien, considerando la totalidad de firmantes, 329 de los cuales 290 son españoles y 39 (12 %) extranjeros, la contribución porcentual de estos últimos (61 artículos, 14 %) es análoga a la que se observa en revistas científico-técnicas españolas entre 1982 y 1989 (Ortega el alii, 1992: 38) y resulta especialmente significativa si se tiene en cuenta la internacionalización de la temática en estas últimas.
La destacada participación de las Universidades respecto a la de otros centros tanto en España (20 Universidades, 4 Colegios, 10 Museos) como fuera de ella (11 Universidades, un museo y un centro nacional de investigación) concuerda con el protagonismo de la Universidad en el panorama científico de la disciplina (Ruiz Zapatero, 1993: 59).
La desproporción queda más clara si se tienen en cuenta los autores vinculados con la Universidad: 103 (incluyendo Colegios universitarios) en España y 17 en el extranjero.
Precisando más el análisis, es significativa la importancia de los centros madrileños respecto a los del resto del país: 106 (63 %).
El 54 % de ese total se distribuye entre las Universidades Complutense (38), Autónoma (12), de Alcalá de Henares (5) y UNED (2), en tanto que otro 33 % corresponde al CSIC y el 13'% restante a las demás instituciones.
Por el contrario, es clara la dispersión institucional en el caso de los autores de otras ciudades: 63 pertenecientes a 36 centros.
Esto coincide plenamente con los resultados obtenidos del análisis de la producción española en Ciencias Sociales en el ámbito de las universidades (Villagrá, 1992: 8-9), tanto en términos globales como relativos, y muestra la integración de la investigación prehistórica en el conjunto de las Humanidades.
Un aspecto interesante es el carácter de las propias instituciones. do, la menor participación de los autores citados a partir de esa fecha resulta expresiva de la apertura de la Revista a otras colaboraciones, si bien manteniendo el núcleo tradicional.
Para evaluar las características de esa apertura hemos completado la información publicada de las instituciones con las que se vinculan los autores (véase más arriba) con las fechas de aparición de los volúmenes correspondientes.
A ese respecto, y sin desdeñar la importancia de la falta de sistematicidad en la publicación del dato, creemos que los resultados son orientativos.
El dedicado en 1991 como homenaje a C. Veny Meliá, director de la Revista durante muchos años, es excepcional: 31 autores y 21 instituciones.
En cuanto a la colaboración extranjera, se publican 7 centros (9 autores) hasta 1986 y 9 (12 autores) a partir de entonces y hasta la actualidad.
V. ANALISIS FORMAL: UNA RADIOGRAFIA DE LA ESTRUCTURACION DE LA REVISTA
Se cuantifica anualmente el número de artículos, recensiones y referencias bibliográficas T. P.. nI! 50.
1993 -salvo el volumen 50, 1993-, así como la extensión de los artículos a partir de su número medio de páginas (N.S.) y el idioma de los artículos publicados y de las obras recensionadas.
En segundo lugar se evalúa a partir de un muestreo el material gráfico.
En la N.S. la media asciende a 17 siendo circunstanciales las variaciones entre volúmenes.
En cuanto a la extensión de los trabajos (Fig. 10), la media de páginas es de 33.
El volumen de 1980 marca un punto de inflexión entre la tendencia al aumento y al descenso de las mismas.
La primera es explicable por la progresiva consolidación de la Revista hasta dicho volumen.
Quizá la caida absoluta que se advierte en 1975 pueda deberse a la incertidumbre creada en el CSIC por el cambio político.
En el segundo caso, las limitaciones presupuestarias definen la trayectoria sólo interrumpida por los homenajes a Martín Almagro Basch (1984) y Cristóbal Veny Meliá (1991).
En general, se establece una relación inversa entre el número de artículos y su extensión.
Los artículos con referencias bibliográficas son 399, lo que representa el 93 % de los publicados (Tabla 5).
Esa media pasaría a 36 si se tomaran en cuenta todos los artículos.
Como la mayoría de los carentes de bibliografía son notas necrológicas, consideramos más real el primer dato y es el que utilizamos.
La elevada media de citas -sea cual sea el valor que se escoja-respecto a la de, las revistas científicas españolas (entre 7,7 y 28,6) (Ortega et alii, 1992: 32) se entiende por la diferente naturaleza de la investigación humanística y científico-técnica.
En la primera, la vida media de las citas es más prolongada, al tiempo que se manejan documentos mas variados -no prioritariamente artículos-y de diferentes disciplinas.
En cuanto al análisis interno de Trabajos de Prehistoria, la media de citas de las monografías es muy similar a la de la N.S. y todos los artículos incluyeron bibliografía.
En cuanto a la N.S. hemos distinguido dos períodos: ± ~rt. r.--l:-'-+-+',-' -= --. r.
Evolución anual del total de referencias por volumen, el número de artículos con referencias, la media de referencias por artículo y el total de artículos en la Revista Trabajos de Prehistoria.
Queda patente la notable reducción de artículos sin bibliografía, así como el aumento de referencias en los restantes.
En cuanto al idioma de los artículos publicados, sólo tres están en una lengua diferente del español -inglés 2 e italiano 1-siendo los dos primeros de autores españoles.
Otro elemento de información en lengua extranjera (inglés y, ocasionalmente, francés) son los resúmenes y palabras clave.
El 48 % de los idiomas originales de los libros reseñados (Fig. 2) corresponden a lenguas de la Península Ibérica con absoluto predominio del español, coincidiendo con los resultados del análisis espacial (véase 1I1.3.).
En cambio, la importancia de los restantes idiomas se puede explicar a partir de la especialización temática y cronológica ya comentada.
Es clara, por ejemplo, la conexión del francés con los estudios de Paleolítico -sobre todo del arte-y del italiano con los de Protohistoria mediterránea, en tanto que la mayoría de las obras de teoría y metodología están en inglés.
La tradición investigadora en la Península Ibérica del Instituto Arqueológico Alemán con sede en Madrid hace comprensible la presencia de la lengua alemana.
La valoración de la documentación gráfica merece un pequeño comentario introductorio.
La arqueología prehistórica siempre ha hecho un amplio uso de diferentes tipos de ilustración gráfica como parte de sus procedimientos descriptivos e interpretativos.
Sin embargo, a pesar de esta importancia, la «representación visual» en la literatura arqueológica sólo muy recientemente ha sido objeto explícito de atención (Moser, 1989(Moser, y 1992;;8akker, 1990; Gamble, 1992a).
De alguna manera la arqueología es una «ciencia visual no explícita» (Moser, en prensa) y es evidente que tiene un lenguaje visual propio que juega un papel importante en la elaboración de ideas, argumentos y afirmaciones sobre el pasado.
Las ilustraciones son teorías o, más exactamente, expresan argumentaciones arqueológicas sobre épocas pretéritas (Moser, 1992).
El lenguaje visual de las publicaciones arqueológicas se expresa de diferentes modos (Adkins y Adkins, 1989), cada uno de los cuales tiene sus propias referencias y capacidad de transmisión de información: dibujo de materiales arqueológicos (cerámicas, industria lítica, objetos metálicos), planos y mapas, diagramas, reconstrucciones idealizadas, fotografías, etc.
Todos son argumentos poderosos que pueden ser reproducidos, compartidos y comprendidos, porque se basan en un vocabulario icónico muy limitado (Gamble, 1992b: 427) y, por otro lado, es cierto que casi cualquier aspecto de la vida del pasado lleva, por si mismo, a su recreación en forma visual (Adkins y Adkins, 1989: 147).
C. Gamble (1992: 428) afirmar incluso que la relación entre el lenguaje visual y el escrito refleja estadios en el desarrollo teórico de la disciplina, como más adelante veremos.
Para el análisis de las ilustraciones aparecidas en Trabajos de Prehistoria dada la disparidad de criterios en las denominaciones de los materiales gráficos por parte de los investigadores y porque estamos convencidos del diferente valor visual de cada tipo de ilustración hemos optado por reducirlas todas a las siguientes categorías o tipos:
A. Dibujos a línea: 1.
Mapas y planos de yacimientos (planimetrías, secciones, estratigrafías, etc.); 3.
Mapas de dispersión; 4.
Reconstrucciones de útiles, de estructuras o escénicas B. Fotografías: l.
Paisajes, contexto de los yacimientos; 2.
Monumentos y detalles de excavación; 3.
Otros (metalografías, etc... ).
El segundo problema era que, para nuestros propósitos, cuantificar exactamente el número y tipo de ilustraciones de todos los volúmenes de la Revista era algo costoso, por lo que pensamos que con dos muestras de la N.S., una de la primera época y otra de los números más recientes podíamos establecer las características fundamentales del lenguaje visual y sus eventuales diferencias a lo largo del tiempo.
Para ello se han cuantificado, por un lado, los tipos T. P.. n Q 50.
Si pasamos a considerar la distribución de tipos de dibujos en la muestra de la primera época (Fig. 12 A) merece la pena destacar los siguientes hechos, dentro de una fuerte homogeneidad de los distintos volúmenes:
(a) el tipo de dibujo mas numeroso, con mucha diferencia, es el de materiales arqueológicos que, obviamente, incluye todo tipo de artefactos o materiales culturales muebles (74 % del total) (b) los mapas de dispersión y los diagramas son muy escasos, apenas algo más del 3 % en ambos casos; mientras que no existe ni una sola reconstrucción de ningún tipo La comparación con la muestra de los últimos años (Fig. 12 B) arroja variaciones importantes, aunque ahora la homogeneidad entre los distintos volúmenes no es tan acusada:
(a) aunque los dibujos de materiales arqueológicos siguen siendo los mas abundantes, su proporción ha descendido notablemente, quedando casi reducidos a la mitad del valor de la primera época (41 %) (b) no experimentan ninguna variación los mapas y documentación de los yacimientos (18 %) y (c) suben significativamente los porcentajes de los mapas de dispersión (16 %) y, sobre todo, de los diagramas (25 %).
Aunque sea a título testimonial cabe citar una reconstrucción de una estructura.
Veamos a continuación cuál es la situación con las fotografías.
Para la primera época (Fig. 12 C) es importante indicar, en primer lugar, que la proporción de fotografías sobre el total de ilustraciones es relativamente alta (31 %).
Por tipos de fotografías se debe destacar lo siguiente:
(a) la aplastante mayoría corresponde, aquí también, a los materiales arqueológicos (82 %).
Si estas características generales las comparamos con las de la muestra de los últimos años (Fig. 12 D), es signifícativo destacar cómo la proporción de fotografías sobre el total de ilustraciones ha descendido a la mitad en comparación con la primera época (15 %).
Por otra parte, la distribución de tipos de fotografía también ha experimentado algunas variaciones:. (a) aunque la mayoría sigue correspondiendo a materiales arqueológicos, su porcentaje ha decaido sustancialmente, representando ahora aproximadamente el 56 %.
(b) las fotografías de paisajes y contexto de yacimientos experimentan un ligero descenso (8 %) y, por contra, las de monumentos y detalles de excavación casi triplican su valor (19 %).
En el capítulo de diversos, la inclusión de macrofotografías de piezas metálicas o de un trabajo de arqueología experimental llegan a subir el valor hasta un 16 %.
Las diferencias observadas en los dos grupos de ilustraciones, dibujos y fotografías no son, ni mucho menos, casuales y creemos que tienen una lectura bastante clara a la luz de las claves señaladas al comienzo de este apartado.
El caso de los dibujos y las fotografías de la primera época (1969)(1970)(1971)(1972)(1973) representa un lenguaje visual que se adapta perfectamente a una arqueología fuertemente descriptiva, muy apegada a los objetos y con escasa elaboración teórica y metodológica (Martínez Navarrete, 1990).
Así hay que interpretar el peso aplastante de dibujos y fotografías de materiales, las segundas dando la impresión de que constituyen la máxima posibilidad de documentación gráfica con una intencionalidad fundamentalmente descriptiva.
La pobre utilización de mapas de dispersión y diagramas refleja bien, en cierto modo al menos, el escaso desarrollo teórico de la disciplina, mientras que el pequeño porcentaje de fotografías de excavación indica, de alguna T. P.. n Q SO.
1993 manera, la poca importancia concedida al contexto frente al objeto.
Los cambios que se advierten en las ilustraciones de los últimos números (1988-1 992) expresan visualmente los operados en la arqueología prehistórica española en la última década (Alcina, 1991; Lull, 1991) intentando una superación de los planteamientos tradicionales a través de diferentes aproximaciones alternativas.
En ese sentido, cobra significado la reducción general en las ilustraciones de los objetos arqueológicos y el aumento importante de los mapas de distribución y los diagramas, así como las fotografías que contextualizan las excavaciones.
La fotografía de piezas numéricamente ha caido mucho y tiene sentido en esa tendencia general que da prioridad a la interpretación y al contexto frente a la descripción y al objeto.
Las características de este nuevo lenguaje visual son realmente el correlato gráfico de unos trabajos que van trascendiendo los meros artefactos y van adquiriendo un cuerpo teórico-metodológico más elaborado, un especial valor simbólico pueden tener en ese sentido los diagramas.
En resumen, al nuevo discurso arqueológico que destilan los artículos de finales de los años 80 y comienzos de los 90 corresponde un nuevo lenguaje visual que modifica los valores de las categorías ilustradoras de comienzos de la década de los 70, ligadas, como hemos visto, a un discurso arqueológico escrito diferente. -CRONOLOGIA: Se ha estudiado la colección completa publicada (vols. I al 50) Nos.
• Administración: CSIC • Redacción: Museo Arqueológico Nacional.
• Impresión: GRAFICAS URPE, S. A. Rutina González, 14.
• Formato: Encuadernación rústica, cosida a hiJo.
(4) Agradecemos a Pilar García Santamaría, Jefa del Servicio de Publicaciones del CEH, su colaboración para presentar estos datos.
En cuanlo a la financiación. además de la habitual varios números han sido subvencionados en pane por la CAICYT (44, 1987CAICYT (44,: 45.
-DIFUSION: sin considerar librerías, ni particulares, se envían 148 revistas (entre intercambios y suscripciones) a centros de investigación, universidades, museos y organismos de la administración españoles y 192 a instituciones análogas de los siguientes países (Fig. 13). -ABSTRACT Presente de forma irregular la juicio de los autores) desde 1985.
• En Castellano, de forma irregular, desde el N° 44; 1987 • En Inglés y Castellano, obligatoriamente desde el N° 49.
UNA APROXIMACION AL FACTOR DE IMPACTO DE TRABAJOS DE PREHISTORIA
Otra valoración de Trabajos de Prehistoria es el estudio de su impacto a través del número de citas recibidas por los artículos de la misma respecto a los de otras revistas españolas.
Este empleo de la difusión medida por el factor de impacto para jerarquizar, cuantitativamente, la T. P.. n Q 50.
1993 producción científica sólo es válido como un elemento importante a añadir a otros parámetros, y no define por sí solo la calidad de una publicación.
Esta es la razón de que aparezca en este lugar, una vez finalizado el comentario interno de la Revista.
Se ha escogido (l.M.S.N.) el volumen publicado el año 1990 de ocho revistas (excepto Caesaraugusta del año 1991) seleccionadas aleatoriamente de entre las españolas especializadas en Prehistoria y Arqueología.
Se excluye de la muestra a Trabajos de Prehistoria para evitar que determine los resultados.
Se contabilizan las citas a revistas españolas (5) (no a congresos, monografías, tesis, revistas extranjeras, etc.).
No obstante su aleatoriedad, la muestra contiene, como veremos, seis de las revistas más citadas.
Están editadas en Madrid (A, G, H), Valencia (B), Vitoria (C), Salamanca (D), Huel-(5) Se incluyen entre éIlas Mélanges de la Casa de Velázquez (Madrid) y Madrider Mitteilungen (M.M.)
(Mainz, redacción en Madrid), publicaciones de referencia para el estudio de la Prehistoria y Arqueología peninsulares.
Archim t.'spañol de Arqueología (AEspAl, 63, 161-162, 1990 En total se citan 145 revistas distintas reflejo de la significación del ámbito local en la investigación prehistórica y arqueológica: El recurso a fuentes diversas y a publicaciones no especializadas y de limitada difusión explica la importancia de las revistas con una y dos citas.
Las revistas citadas más de 15 veces son ordenadas de más a menos: Las letras que encabezan las columnas se corresponden con las revistas analizadas y los números subrayados en la tabla con «autocitas».
Trabajos de Prehistoria es la única Revista de las 145, que ha sido citada en las ocho que constituyen la muestra.
El valor que esas referencias tienen en cada caso depende del contenido de la revista.
Así, por ejemplo, Archivo Español de Arqueología y Caesaraugusta se orientan más hacia la Arqueología clásica que hacia la Prehistoria, en tanto que Estudios de Arqueología Alavesa y Huelva Arqueológica son de ámbito local.
Por otro lado, Zephyrus se identifica más con Trabajos de Prehistoria por el carácter general de su contenido espacial y cronológico.
La buena representación en la serie «Excavaciones Arqueológicas en España» podría ser considerada muy positivamente ya que las monografias se tienen por un tipo de publicación mas importante que los artículos (Finkenstaedt, 1990: 415).
En este caso, no obstante, puede ser irrelevante al referirse a dos estudios cuya temática tiene gran peso en nuestra Revista.
Estos datos, aún siendo interesantes y significativos, no son sino un esbozo puntual y, por lo tanto, cualquier ejercicio de extrapolación u obtención de conclusiones sería muy arriesgado.
Para ese propósito sería necesario un examen más profundo.
CONCLUSIONES: RESUMEN DE UNA
TRA YECTORIA Trabajos de Prehistoria es una Revista especializada en Prehistoria y Protohistoria de la Península Ibérica y de las Islas Baleares.
Su periodicidad es anual y aparece con una regularidad que la destaca entre las publicaciones de su género.
Desde su creación en 1960 hasta la actualidad, se ha ampliado el ámbito territorial al que se refieren los artículos al incrementarse las obras de síntesis respecto a los estudios específicos.
Paralelamente aumentan los trabajos sobre metodología (analítica, procedimientos de datación, estudios medio-ambientales... ) y teoría.
En general, en su temática se constata un especial interés por los estudios tipológicos.
1993 análisis faunísticos y botánicos se concentran en los períodos más antiguos de la Prehistoria en relación con la reconstrucción ambiental y no económica ni social.
En la Prehistoria reciente la importancia de lo funerario se conecta con las posibilidades de los depósitos cerrados para la datación, prefiriéndose las industrias y el arte para abordar los aspectos sociológicos y económicos, en las contadas ocasiones en las que se hace.
Estos resultados pueden considerarse fiel reflejo de la formación académica de los prehistoriadores.
La conexión entre los autores relacionados con un centro de investigación y la Revista que publica éste es un hecho general que limita estructuralmente la colaboración externa.
Tra- bajos de Prehistoria no es una excepción aunque a partir de 1987 dicha colaboración se ha triplicado.
El trabajo en equipo es significativo si se toma como referencia alguno de los indicadores recientemente aparecidos para las ciencias sociales españolas, aunque todavía quede por debajo del nivel que alcanza en las anglosajonas y muy lejos de la coautoría en las publicaciones científico-técnicas.
En cuanto a la composición de los equipos, destaca la baja interdisciplinariedad: las colaboraciones ajenas a la arqueología aparecen individualizadas en forma de apéndices.
La participación española mayoritaria corresponde a las Universidades madrileñas como sucede en el resto de las Humanidades.
La contribución porcentual de autores extranjeros no desentona de la señalada para revistas españolas de ciencia y tecnología, con el factor añadido de que la investigación prehistórica se hace sobre una base territorial muy ajustada a los límites político-administrativos.
Por otra parte, el interés por la difusión exterior es creciente y se expresa, entre otras cosas, en la gestión de la presencia internacional de la revista y en su ajuste a las directrices para la normalización de revistas científicas.
El aparato crítico ha sido siempre muy importante en la Revista y tiene un desarrollo creciente, siendo insignificante el número de artículos que no incluyen bibliografía.
El número de recensiones no ha variado apreciablemente desde el inicio de la N.S. representando aproximadamente la mitad del de los T. P.• nO 50.
La amplitud de esta secclon se ha mantenido también constante.
Valoramos especialmente su intervención en la difusión de las obras sobre teoría y metodología que, gracias a ellas, aparecen en la Revista con anterioridad a que lo hagan los artículos sobre estos temas.
La documentación gráfica se identifica plenamente con el carácter tipológico de la mayoría de las colaboraciones.
Sin embargo en los últimos volúmenes aumentan los mapas de distribución y diagramas y las fotografías del proceso de excavación, como índice de las recientes tendencias que dan prioridad a la interpretación con textual frente a la descripción y el objeto.
Confiamos en que los resultados del análisis bibliométrico de Trabajos de Prehistoria hayan puesto de manifiesto las posibilidades de esta línea de investigación y la urgente necesidad de abordarla en el campo de las humanidades, al menos en una doble dirección, por un lado, como método de análisis de la caracterización y evolución de una disciplina.
Por otro lado, sería la base para intentar, a más largo plazo, la introducción de nuestras revistas de Prehistoria y Arqueología en los grandes Indices internacionales de citas, imprescindible para colocarnos en los estándares internacionales de divulgación y reconocimiento científico. |
En recuerdo de Carlos Alonso del Real quien enseñaba. a todos los que querían aprender. el curso de ese proyecto analftico y crítico que. en palabras de Lévi-Strauss. consiste en aproximar dominios de la realidad que la experiencia empírica no anima en principio a conciliar.
En este trabajo se plantea que los elementos que integran el registro arqueológico pueden ser definidos de acuerdo con las condiciones de visibilidad que manifiestan.
Desde el punto de vista defendido en este trabajo, estas condiciones de visibilidad están determinadas por la concepción espacial implícita en la acción social que produce esos diferentes elementos.
De este modo, se arguye que la descripción y análisis de las estrategias de visibilización existentes dentro de la acción social, pueden ser un recurso para interpretar el registro arqueológico y acceder a través de sus elementos al estudio de las diferentes racionalidades culturales que los generaron.
En relación con este argumento principal, se discuten complementariamente los conceptos de Cultura Material y de Registro Arqueológico, además de revisar parcialmente la problemática de la interpretación en Arqueología y de proponer para solventar ésta la necesidad de contextualizar el análisis arqueológico sobre modelos explícitos de racionalidad cultural distintos a los nuestros.
La formulación contenida en este trabajo se apura como contribución teórico-metodológica para la reconstrucción arqueológica de los paisajes sociales pretéritos.
(*) Departamento de Historia 1.
Las formulaciones que se plantean en este trabajo se basan en una serie de circunstancias del registro arqueológico que, siendo características esenciales y bien conocidas del mismo, no por ello dejan de tener una gran importancia y utilidad para el análisis de dicho registro y para la interpretación de la acción social que lo configuró.
Esas evidencias sugieren, de forma sintética, que la construcción de un paisaje social a través de elementos artificiales fue un acontecimiento cultural tan extraño y tardío en la mayor parte de las sociedades (pre)históricas, como tópico y, falsamente, universal para nuestra ideología moderna., Ese acontecimiento, por otra parte, es simultáneo y paralelo de la aparición de otros fenómenos que, en general, están vinculados a y/o vienen dados por la intensificación de la complejidad social: surgimiento de la tecnología como esfera especializada de actividad (Ingold, 1990), aparición de racionalidades económicas maximizadoras de la productividad, emergencia de formas monumentales de expresión del poder, despuntar de las primeras imágenes del tiempo como base de la tradición y la memoria social.
Desde ciertos puntos de vista, la ocurrencia de todos estos fenómenos y transformaciones implicó, de un modo u otro, un cambio en el patrón de racionalidad espacial de estas sociedades, que habría implicado asimismo la emergencia de nuevas formas de conceptualización del tiempo y' del espacio como correlatos básicos de las nuevas estrategias sociales de construcción del paisaje y de la realidad social (2).
(1) Este trabajo deriva de una ponencia presentada en la Conferencia sobre Interpretative Archaeologies organizada por I. Hodder y M. Shanks y celebrada en la Universidad de Cambridge en septiembre de 1991.
Esta versión se ha beneficiado de los comentarios recibidos a partir de esa presentación (publicada en Criado 1993a).
Asimismo debo reconocer el estímulo representado por las anotaciones de J. C. Bermejo Barrera, Grant Chambers, Almudena Hernando Maribel Martínez Navarrete y J. Vicent, además de lo~ compafieros con los que he trabajado en los últimos años en el proyecto Bocelo-Furelos y de los arqueólogos que en la Universidade de Santiago han seguido mis cursos de doctorado desde 1991.
(2) Esta argumentación se puede concretar si se consideran a la luz del registro antropológico, las diferentes concepciones y actitudes hacia el espacio documentadas en distintos tipos de complejos socio-culturales.
1993 Felipe Criado Boado Teniendo en cuenta estas observaciones, en otros puntos hemos postulado la coherencia entre formas no agresivas ni artificiales de construcción del paisaje, y el tipo de racionalidad cultural característica de sociedades primitivas que está contenida, de hecho, en el pensamiento salvaje (Lévi-Strauss, 1964).
En este sentido hemos intentado relacionar esa dinámica en los paisajes prehistóricos y antropológicos con una propuesta de (pre )historización del modelo levistrausiano de pensamiento salvaje-pensamiento domesticado (Criado, 1989a) (3).
De este modo se podría formular un modelo muy general cuyos contornos básicos opondrían las estrategias socio-culturales basadas en la compatibilidad entre naturaleza y sociedad, con aquellas basadas en la sobreimposición de la segunda a la primera (Criado, 1989by Criado et alii, 1989).
A pesar de las opiniones arqueológicas tradicionales al respecto, el punto de fisura entre ambas no se situaría en la Revolución Neolítica.
El fenómeno del Neolítico se debería entender, en cambio, como un acontecimiento inmerso en el primer tipo de racionalidad (4), mientras que se pasaría al segundo a través del afianzamiento del modo de vida campesino (Criado, 1989b; Vicent, 1990Vicent, y 1991)).
El objetivo de este trabajo es formular un modelo teórico-metodológico que, a través de tivas en este sentido todas las referencias relativas a la primada entre las sociedades primitivas (en el sentido tomado de Clastres, 1981) de formas de construcción de la realidad basadas en un pensamiento desarrollado en clave espacial, frente a la incorporación sucesiva de la dimensión temporal y del teleologismo de un tiempo lineal en sociedades complejas y en organizaciones estatales.
No es posible sintetizar aquí toda la bibliografia y discusión sobre estos planteamientos que, según hemos visto, se están convirtiendo en los últimos años en nuevos tópicos culturales arriesgándose con ello a empobrecer su valor interpretativo y critico; se puede consultar entre otros: Akhundov, 1986; Deloria, 1973: 73-80; Gould, 1992: 28 y ss; Lévi-Strauss, 1964y 1976; Oelschlaeger, 1991.
(3) Esta lectura plantea varios problemas ya que el pensamiento salvaje no puede ser historiado sin más en este sentido; para hacerlo, nuestra lectura diferencia entre una sintáxis salvaje (rasgos genéricos y abstractos) y una semántica salvaje (rasgos concretos históricos que caracterizan una forma peculiar de estar en el mundo), y mientras mantiene en la primera el sentido que confiere Lévi-Strauss al término penseé (Le. razón, véase U. Eco, 1968;D. Sperber, 1985), utiliza la segunda para comprender mejor sociedades concretas.
(4) Se puede ver una profunda revisión en este sentido sobre el problema del Neolítico en Hernando 1993. rasgos intrínsecos al registro arqueológico, permita leer y caracterizar éste de un modo que se corresponda con las exigencias del esquema interpretativo anterior.
Para ello se parte del convencimiento de que la definición de las condiciones de visibilidad del registro arqueológico y de la Cultura Material constituye uno de los recursos básicos de los que dispone el arqueólogo para interpretar la relación entre esas entidades y la realidad social dela que proceden.
A partir de ahí se intenta articular un modelo que, interrelacionando diferentes tipos de racionalidad cultural con diferentes formas de visibilización de la acción social y sus efectos, permita reconstruir los primeros partiendo del reflejo de los segundos en el registro arqueológico.
Nuestra intención es arriesgar una «metodología» que permita analizar los paisajes como producto socio-cultural a través de la Arqueología.
En este sentido, las propuestas teórico-metodológicas contenidas en este trabajo se completan y concretan en un artículo paralelo (Criado, 1993b) en la que se aplican los planteamientos de éste para intentar interpretar diferentes tipos de paisajes arqueológicos.
Todos estos argumentos se desarrollan a partir de una perspectiva materialista heterodoxa que, dado que cruza este trabajo en todas sus dimensiones, explicitamos brevemente a continuación descomponiéndola en sus cinco principios constitutivos fundamentales:
La realidad se produce a través del trabajo humano; este principio entronca con el pensamiento del joven Marx en el que la infraestructura fue originalmente entendida como el trabajo humano, y la superestructura como el resultado de esa acción (Berger et alii, 1986: 20 y ss).
Todo lo real está cruzado por una unidad material fundamental, lo que implica que entre todos los segmentos de la realidad existen relaciones de interdeterminación (Veyne, 1988).
La realidad no está constituida sólo por lo material, sino también por lo ideal o imaginario (Godelier, 1989); lo que define el carácter real de un fenómeno no es su cualidad flsica, sino su capacidad de producir efectos reales; este planteamiento representa lo que Foucault define como materialismo de lo incorpóreo (Foucault, 1980).
A menudo lo ideal es la condición infraestructural básica de lo material ya que las cosas, antes de ser practicadas, deben ser pensadas (Lévi-Strauss, 1972y Godelier, 1976).
Todo lo anterior determina que entre los diferentes códigos de una misma cultura existan relaciones de compatibilidad estructural que, en última instancia, deberían permitir que unos se pudiesen estudiar desde otros; este aserto constituye una de las bases del estructuralismo antropológico (Lévi-Strauss, 1968: 237 y ss).
Basándose en esos presupuestos, la discusion que se plantea a continuación intenta, además, proponer una conceptualización del registro arqueológico y del paisaje arqueológico que permita operar con los fenómenos implicados en ambos y producir conocimiento arqueológico.
Los temas que se tratan en este trabajo están relacionados directamente con los problemas filosóficos de la interpretación en Arqueología (véase el apartado 4).
Para empezar este trabajo, adoptaremos la definición (propuesta por Shanks y Tilley, 1987: 130) que entiende la Cultura Material como la objetificación del ser social.
Esta definición es útil porque implica que la transformación de la materia bruta en objeto cultural, al ser operada dentro de un determinado proceso de trabajo social y realizarse de acuerdo con unas categorías culturales específicas, recoge en dicho objeto una serie de rasgos que reflejan ese contexto socio-cultural (5).
Ahora bien, si somos coherentes con la perspectiva materialista antes expuesta, debemos reconocer que el rasgo anterior no es exclusivo de la Cultura Material, sino que también caracteriza cualquier otro proceso de la acción social, así como sus resultados.
En la medida en que estos resultados son la materia bruta que constituye el registro arqueológico, el análisis de éste (S) Evidentemente, tal y como han advertido todos los trabajos post-procesuales, estos reflejos no son directos ni traducen de forma inmediata las circunstancias sociales en las que la cultura material es producida; véase por ejemplo Hodder, 1982. también se deberá hacer manteniendo como uno de los principios orientadores básicos la observación anterior.
De este modo, el registro arqueológico se puede definir no sólo como el conjunto de elementos formales originados por la acción social pretérita, que restan después del efecto sobre ellos de procesos deposicionales y postdeposicionales de carácter natural y/o cultural, y que resultan accesibles al arqueólogo a través de una operación de análisis realizada dentro de un determinado contexto social e institucional, sino que además han sido configurados por orientaciones específicas del contexto sociocultural hacia la realidad circundante.
De este modo, en la formación del registro arqueológico intervienen tres instancias distintas: una social (p'retérita), otra fisica (o ambiental) y otra socioinstitucional (o contemporánea).
Este modelo de registro arqueológico supone que la Arqueología, en cuanto práctica disciplinar de estudio de ese registro, debe estar constituida por una teoría social, una teoría fisica y una teoría crítica.
Cada una de ellas estudia no sólo una de las tres instancias respectivas anteriores, sino además sus efectos y relaciones con las otras dos.
De este modo, la conjunción de todas ellas permitiría definir las condiciones de formación y representatividad del registro de carácter social, ambiental y disciplinar.
Aunque la importancia del contexto fisico y del institucional para la comprensión del registro arqueológico está fuera de duda, en este trabajo nos centraremos en su contexto social original con el objeto de proponer un modelo metodológico que permita valorar e interpretar ciertas dimensiones de aquél a partir de las dimensiones del registro arqueológico.
Este objetivo se integra dentro de nuestra línea de investigación en Arqueologia del Paisaje que, entendiendo éste como la objetificación de prácticas sociales de carácter material e imaginario, pretende reconstruir e interpretar los paisajes arqueológicos a partir de los objetos que los concretan.
Para desarrollar este proyecto de un modo que no solo atienda a la dimensión material del pai$aje social (en la que se ha centrado casi en exclusiva la Arqueología Espacial), sino que también incorpore su dimensión ideal o imaginaria, es necesario reconocer que T. P.. nO 50.
1993 Felipe Criado Boado todo objeto cultural reproduce una determinada racionalidad espacial.
En este sentido, el presente trabajo plantea 1) que, dentro de la primera de las instancias fundadoras del registro arqueológico, y formando parte de la racionalidad subyacente a los procesos de la acción social, se encuentra involucrada una voluntad de hacer que los procesos sociales y/o sus resultados sean más o menos visibles o invisibles a nivel social (6) y 2) que esto es así porque las condiciones de visibilidad de los resultados de la acción social son de hecho la objetificación de la concepción espacial vigente dentro del contexto cultural en que se desarrolla esa acción.
Esta presunción es bastante obvia en todos aquellos procesos sociales cuya función básica sólo se cumple si son vistos o, al contrario, si no lo son (rituales, exhibición del poder, ejercicios militares... ).
Asimismo, los resultados de la acción social, en la medida en que poseen una dimensión formal, también pueden ser influenciados de forma significativa por esta intención de enfatizar u ocultar su presencia y, a través de ellos, la de la propia acción o grupo social.
Ahora bien, los resultados de la acción social configuran dos grupos distintos cada uno de los cuales responderá de forma diferente al proceso anterior, ya que mientras en unos la dimensión formal es intrínseca a ellos, en los otros esta dimensión es extrínseca.
En el primer caso se encuentran los productos, que son el resultado material, intencional o no, de un proceso de trabajo o «producción» y que reunen a todos los elementos de Cultura Material.
Y en el segundo se encuentran los efectos de la acción social, esto es, los restos o «huellas» ocasionadas como resultados secundarios o indirectos, y ya sea de forma consciente o inconsciente, por dicha acción; este conjunto agrupa fundamental, aunque no exclusivamente, los efectos de las prácticas sociales sobre el entorno (Fig. 1).
En todos esos casos, denominaremos a este tipo de operación o rasgo de la acción social, voluntad de visibilidad, entendiendo por visibilidad el hecho de que los resultados de la acción social o la acción social misma, sean más, menos o nada conspícuos y visibles.
Si tenemos en cuenta la relación de compatibilidad y correspondencia entre la acción social y el ser social, debemos reconocer que, independientemente de que la acción social sea intencional (configurando entonces las prácticas sociales) o no intencional (tal cual ocurre en la vida social misma ( 7)) esa voluntad de visibilidad puede ser tanto consciente y explícita, como implícita o, incluso, inconsciente.
Con ello queremos decir que los protagonistas de una determinada acción en muchos casos pudieron no ser capaces de representarse a sí mismos esa voluntad de visibilidad (8), pero, en la medida en que en su contexto social operaban funciones ideológicas basadas en la visibilidad o invisibilidad del grupo, de la acción social o de un sector o clase determinada, el efecto de esa (7) Sobre esta diferenciación véase Bermejo, 1991: 23 y ss.
(8) Definición de acción intencional tomada de Kant y reformulada por Bermejo, 1991: 23. racionalidad cultural se hizo igualmente presente y somos nosotros mismos, en cambio, los que, si nos representamos la existencia de una determinada voluntad de visibilidad, somos capaces de entender y describir esa presencia.
En este mismo sentido, se debe tener en cuenta que la racionalidad de una determinada formación económico-social determina qué rasgos de ese grupo serán visibles o invisibles.
Esto, dicho de otro modo, quiere decir que no es previsible encontrar huellas de transformación de la naturaleza en una sociedad cazadora, ni restos que destaquen la permanencia del asentamiento en una comunidad móvil.
De este modo, el término voluntad no se debe entender en un sentido volitivo o intencional propio de la psicología de la individualidad que implique que la visibilidad responde a una intención consciente, sino que, antes bien, representa una circunstancia intrínseca, racional y no empírica de los procesos sociales que, en unos casos, es buscada intencionalmente por éstos, en otros es consustancial a ellos, y en otros, en fin, puede ser utilizada para, desde nuestra propia perspectiva, caracterizar esos procesos (9).
El primer supuesto 10 representaría (9) Esta utilización del término voluntad es una aplicación en nuestro caso del concepto de voluntad de saberpoder de Nietzsche y Foucault. claramente la aparición de un monumento conmemorativo que perpetúa un discurso ideológico de dominación, el segundo la comunicación icónica que se establecía a través de los complejos escultóricos del mundo medieval que, si bien no estaban expresamente preocupados por la visibilidad, para cumplir su función original tenían que ser visibles, y el tercero la falta de protagonismo de los grupos sociales dominados que, aunque sean totalmente ajenos a esta circunstancia, pueden ser caracterizados como invisibles representando de esta forma la racionalidad intrínseca a la estructura de dominación que se impone a esos grupos.
Si esto es así, entonces la operación de la voluntad de visibilización es un rasgo intrínseco de la acción social que determina su desarrollo y resultados y que, como modelo explícito, en unos casos (tal vez los menos) estaba ya presente en el contexto social que formó el. registro arqueológico, mientras en otros (los más) lo generamos nosotros para ordenar la evidencia arqueológica.
A pesar de esta diferencia, la utilización de este modelo dentro de la Arqueología está legitimada porque en ambos casos responde, desde nuestro punto de vista, a una lógica que es coherente con la que formó el registro analizado (lO).
De acuerdo, entonces, con ella y con la racionalidad cultural sobre la que se configura, es previsible que los diferentes elementos de Cultura Material y resultados de la acción social posean grados y formas diversas de visibilidad dentro de su contexto social.
En este sentido hablaremos de condiciones de visibilidad para referirnos a las características formales de la acción social que hacen que ésta o sus resultados sean más, menos o nada conspícuos y visibles.
Estas condiciones documentan la presencia y el efecto de una serie de formas distintas de exhibir y destacar tanto el proceso de objetivación del que deriva la Cultura Material y sus productos, como el proceso de orientación de la sociedad hacia el mundo y sus efectos.
(Esta argumentación se sintetiza de forma gráfica en la figura 2).
(10) Aunque los hechos que hemos citado más arriba justifican en parte est~ afirmación, en este punto radican los principales problemas prácticos y metodológicos, empiricos y teóricos, de nuestra propuesta; po. r esta razón los consideraremos a lo largo de este trabajo, particularmente en su última parte.
Ahora bien, llegados a este punto para no quedarnos en la vacuidad de una práctica meramente designativa, y para convertir estos planteamientos en una propuesta metodológica operativa, tenemos que plantearnos:
(i) ¿Cómo podemos reconocer y caracterizar las estrategias de visibilidad a través del registro arqueológico? (ap. 3.1).
(ii) ¿Cómo podemos reconstruir el tipo de voluntad de visibilidad que implican esas estrategias, y definir de qué modo esa voluntad forma parte de una racionalidad cultural específica? (ap. 3.2).
(iii) ¿Cómo podemos relacionar esa voluntad de visibilidad con situaciones históricas o formaciones sociales concretas? (ap. 3.3).
La solución de estas cuestiones supone recorrer en sentido inverso el modelo representado en el esquema 2.
Reconocimiento y definición de las estrategias de visibilización
Para resolver la primera cuestión anterior, hay que definir cómo operan, a través de qué mecanismos funcionan y, en definitiva, cuál es el régimen de existencia de las estrategias de visibilización.
Este se constituye a través de una combinación específica de elementos, dimensiones y recursos de carácter muy diferente (véase la figura 3).
Según la combinación que se adopte, se implementa un tipo u otro de estrategia de visibilización y, por lo tanto, se logran formas también distintas de visibilidad o invisibilidad.
Así, desde un punto de vista lógico, la existencia de una determinada estrategia de visibilización presupone en primer lugar haber optado entre un deseo de visibilizar o in visibilizar la acción social.
De acuerdo con las observaciones que realizamos más arriba, esta elección puede ser realizada de forma consciente (o intencional) o de forma inconsciente (esto es, respondiendo a la lógica intrínseca de la formación socio-cultural involucrada).
Esta misma dualidad, intrínseca a toda acción humana y social, se mantiene para todas las decisiones ulteriores que se adoptan en el proceso de construcción de la visibilidad, de ahí que el elenco de posibilidades se duplique (11).
A continuación, la voluntad anterior se objetiva a través de diferentes elementos.
Estos son la materia prima a partir de la cual se construye la visibilidad, y pueden ser esencialmente de tres tipos: productos de cultura material, efectos de la acción social o, incluso, prácticas sociales.
En un sentido dinámico, la (11) Para mantener la validez de esta afirmación, hay que desechar una teoría de la conciencia, muy impuesta sobre todo en el mundo anglosajón (véanse por ejemplo las opiniones de C. Renfrew en este sentido en Renfrew, 1987), según la cual toda actividad humana es siempre consciente e intencional; este planteamiento, que se concreta en la psicología conductista, es consecuencia de la estrategia dominante de constitución del individuo en las sociedades modernas como una identidad agente y consciente, lo que posibilita que siempre pueda ser responsable de sus actos.
Este proceso de individuación, que se encuentra particularmente en las sociedades sajonas, nórdicas y germánicas, y aparece en cambio más diluido en las latinas, ha construido el tipo de sujetos del que se nutren las democracias burguesas occidentales.
A pesar de que esta posición todavía es particularmente fuerte, la obra de Freud y el psicoanálisis han deconstruido radicalmente sus fundamentos. prioridad genética en la elección y uso de estas «materias primas» adopta un orden inverso al expuesto, es decir: primero se puede manifestar la visibilidad a través de las prácticas sociales, después a través de sus efectos y, por último, a través de la Cultura Material.
En este sentido, además, cada uno de estos elementos puede implicar la visibilidad del anterior.
Una vez movilizado un tipo de materia prima para expresar la visibilidad, se pueden decidir las dimensiones en las que ésta se proyecta que, desde nuestro punto de vista, son principalmente dos: proyección de la visibilidad en términos espaciales o en términos temporales.
Lo primero se refiere a una visibilidad que se expresa únicamente de forma episódica y de la que, por lo tanto, se puede decir que sólo se hace visible en el espacio, y lo segundo se aplica a una visibilidad que permanece como tal a través de un tiempo más o menos largo, esto es, que posee una duración.
Lógicamente, según sea la dimensión de ésta, se podrían aislar diferentes tipos de visibilidad temporal.
Por último, la construcción de la visibilidad implica asimismo la utilización de recursos específicos cuya utilización permite configurar el. carácter y dimensión de la visibilidad.
A través de ellos, por ejemplo, se puede lograr que un determinado acto cultural destaque en términos espaciales o, además, perviva a través del tiempo.
Dado que los recursos movilizados por las estrategias de visibilización dependen de las condiciones locales en las que éstas se aplican, no es posible enumerar el elenco de recursos posibles.
A pesar de ello, constituyen según su naturaleza dos familias principales: a un lado los que se basan en la reutilización de elementos naturales, y al otro los que implican una construcción artificial (12).
En su conjunto, si se cogen todas las posibilidades lógicas ofrecidas por la combinación de los cuatro niveles anteriores, y contando sólo con las opciones principales que se enumeraron en cada uno de ellos, sin contar tipos intermedios de visibilidad espacial y temporal o combinaciones de varios elementos dentro de una misma opción, se obtiene un total de 384 combinaciones posibles o, lo que es lo mismo, de estrategias de visibilización diferentes.
Obviamente, muchas de ellas de hecho no poseen practicidad alguna y son, en realidad, «casillas vacías» que se pueden prever desde un punto de vista lógico pero que no son opciones significativas por ser nulas en sí mismas.
En los gráficos adjuntos se plasman estas posibilidades y se ponen ejemplos que permiten ilustrar diferentes tipos de estrategias.
Sin embargo, a pesar de este elevado número de estrategias de visibilización posibles, podemos caracterizar cuatro fundamentales que, en principio, resumen los principales tipos de variaciones que se pueden encontrar entre ellas (la plasmación gráfica del régimen de existencia específico de cada una de ellas se puede ver en la figura 4).
En primer lugar tendríamos todas las situaciones caracterizadas por la falta absoluta de interés en destacar (u ocultar) conscientemente la presencia de la acción social y de sus resultados.
Este tipo de situaciones implican, sobre todo, la ausencia de una estrategia o voluntad de reconocer y visibilizar los productos sociales como tales productos.
Por esta razón se pueden denominar estrategias de carácter inhibidor.
La inhibición puede ser constatada porque no produce resultados intencionales, sean ellos productos o efectos, ni tampoco efectos no intencionales.
En cambio puede ocasionar productos no intencionales que son los que, en definitiva, se han incorporado al registro arqueológico y documentan la presencia de los grupos humanos en los que se registró esa ausencia que, dicho sea de paso, representan el grupo más abundante de sociedades sobre la tierra.
A continuación tendríamos un segundo grupo de estrategias que podemos denominar de ocultación, ya que lo que caracteriza a éstas es la existencia de una estrategia consciente para invisibilizar o enmascarar la presencia de la acción social y sus resultados.
La operación de este tipo de estrategias conduce a la ocultación de los productos sociales como tales productos, y se diferencia de la anterior en que mientras aquella conducía a un mero noreconocimiento de los mismos, ésta opera un rechazo explícito de su presencia.
En este sentido, las estrategias de ocultación no producen resultados intencionales, pero, en cambio, pueden generar efectos no intencionales y, en una escala menor respecto a los anteriores, productos.
Un tercer grupo de estrategias agrupa a aquellas que están caracterizadas por la existencia de una voluntad consciente de exhibir la presencia de los procesos o resultados de la acción social dentro del presente social.
Este tipo de estrategias conducen a una visibilidad proyectada espacialmente y a través de la cual se enfatiza la naturaleza de los productos sociales como tales productos.
Por esta razón pueden ser denominadas estrategias de exhibición.
Estas estrategias producen resultados intencionales de dimensión o carácter espacial; algunos de ellos, de forma no voluntaria, pueden adoptar asimismo dimensión temporal.
Además, de forma no intencional, pueden generar tanto productos como efectos de carácter temporal y espacial.
Por último tendríamos un tipo de estrategias de exhibición semejantes a las anteriores, pero caracterizadas porque en ellas los resultados o procesos sociales se proyectan, además, temporalmente.
Estas estrategias pretenden destacar la visibilidad de las creaciones sociales tanto dentro del presente social, como a través del tiempo, controlando y sobreponiéndose a éste.
En este sentido pueden ser definidas como estrategias de monumentalización.
La monumentalización produce resultados intencionales (tanto productos como efectos) de proyección espacial y temporal intencional.
Asímismo, puede dar lugar a resultados no intencionales que se proyecten en esas dos dimensiones.
El producto más representativo de este tipo de estrategias son los monumentos.
Desde la perspectiva de este trabajo, un monumento puede ser definido como un agregado de resultados intencionales concretados en un producto artificial visible en términos espaciales y que mantiene esta visibilidad a través del tiempo.
Ahora bien, plantear esta definición en un sentido unívoco, conduciría a ocultar que hay muchos tipos de monumentos distintos y que algunos de ellos no encajan dentro de esa propuesta.
Efectivamente, aunque hay creaciones culturales que no presentan la correlación y complementariedad entre los cuatro elementos que configuran un monumento (esto es: producto material -elemento artificial -visibilidad espacial -proyección temporal), desde el momento en que poseen una proyección espaciotemporal, deberían ser considerados como tipos específicos de monumentos.
En este sentido podríamos, sobre todo, destacar dos (véase la figura 5).
El primero estaría representado por elementos naturales, tales como rocas o accidentes. topográficos (colinas, cuevas... ), que son incor-
Interpretación de la voluntad de visibilidad
Hasta aquí, las propuestas que se han planteado no ofrecen más que un criterio de sistematización u ordenación del registro arqueológico.
Sin embargo, su rentabilidad corno instrumento de trabajo dentro de la Arqueología viene dada porque, a través de ellas, es posible reconstruir, primero, la presencia de una determinada voluntad de visibilidad e interpretar, después, los valores culturales implicados con ella.
Para ello hay que, ante todo, describir las condiciones de visibilidad de los resultados de la acción social partiendo de los rasgos formales y de las características contextuales presentes en los segmentos del registro arqueológico considerados.
Esta operación no consiste en presuponer un sentido presente en las estrategias de visibilización, sino en realizar un análisis formal que parte de una lógica operacional nuestra.
A esta labor se puede aplicar la matriz de construcción de la visibilidad, según se concretó en la figura 3.
Este modelo formal, además de servir para caracterizar las estrategias de visibilización presentes dentro de un determinado contexto a través de la descripción de su régimen de existencia (tal y como se practicó en la figura 4), se puede utilizar asímismo para describir los resultados producidos por una estrategia específica y, de este modo, ejemplificarla.
En la figura 6 se ilustra esta operación utilizando ejemplos procedentes de las diferentes estrategias de visibilización.
Pero además, la misma matriz anterior admite otra forma posible de ser utilizada como mecanismo para reconstruir la voluntad de visibilidad presente dentro de una determinada construcción cultural.
En este caso se aplica a la descripción de un elemento social concreto, sirviéndonos de ella para descomponer todas sus partes constitutivas y realizar un análisis interno que permita elucidar el proceso de visibilización impreso en él.
Esta forma de proceder se ilustra en la figura 7, donde se aplica para describir el tipo de visibilidad de los tres tipos de monumentos que se definieron más arriba.
Una vez realizada la descripción formal auto-contenida anterior, el siguiente nivel de análisis debe partir de la base de que la voluntad de visibilidad representada a través de cualquier tipo de estrategia de visibilización, implementa unos determinados conceptos de tiempo yespacio y que, en este sentido, es compatible no sólo con ellos, sino también con la actitud hacia el entorno y con la forma de concebir la relación entre sociedad y naturaleza presentes dentro del contexto social en el que se manifiesta.
Entre todos esos dominios se establece una regularidad que determina que cada voluntad de visibilidad distintiva refleje una racionalidad cultural específica y esté interrelacionada con las representaciones sociales y los discursos ideológicos, por cuanto esa voluntad y la estrategia que la actualiza constituyen ante todo mecanismos básicos de operación de ese tipo de discursos.
Si observamos la visibilidad de la acción humana, de la sociedad y, en definitiva, de los hombres y mujeres que emergen a través de cada estrategia de visibilización o invisibilización, podemos apurar, con el apoyo de analogías y referencias antropológicas como las que se comentaron al principio, el tipo de concepto de espacio y tiempo que subyace a los cuatro tipos generales de estrategias de visibilización que antes definimos.
Al hacer esto, nuestra interpretación introduce un sentido dentro del registro arqueológico.
Este sentido, sin embargo, deriva de los modelos antropológicos considerados al principio.
Volveremos en el último apartado sobre esta cueslión...
Contextualización de la voluntad y estrategias de visibilización
Las líneas de regularidad que se establecen entre una voluntad de visibilidad y un patrón de racionalidad espacial y cultural concreto, pueden ser interpretadas en dos sentidos diferentes, opuestos o complementarios.
Se pueden entender, en primer lugar, en sentido diacrónico e histórico, esto es: como una serie de construcciones culturales que se suceden unas a otras y caracterizan sociedades diferentes, sin que constituyan una secuencia evolutiva porque, dada la propia naturaleza de los hechos que implican, no puede existir evolución alguna que conduzca de una a otra.
Por otra parte se pueden interpretar en sentido sincrónico y social.
En este caso constituirían una serie de formas posibles y distintas de construir y expresar la identidad cultural, que pueden aparecer en situaciones históricas diferentes en función de las determinaciones y conflictos presentes en cada una de ellas.
Esta aparición puede ser aislada, en cuyo caso cada sociedad concreta sería caracterizada por una única voluntad de visibilidad, o combinadas entre sí y contribuyendo de este modo a representar los diferentes contextos o segmentos sociales ya canalizar, expresar o, recíprocamente, construir las tensiones y conflictos vigentes en esa sociedad.
Esta situación parece haber sido la más probable entre sociedades complejas, en las que el incremento de las diferencias sociales conduce a una multiplicación y fragmentación de las aspiraciones y expectativas de T. P.. nI!
Pero además, si tenemos en cuenta la universalidad de los procesos de construcción social del género y el hecho de que las primeras diferencias sociales se basaron en ellos, podemos suponer que la proliferación y combinación de estrategias de visibilidad distintas e incluso opuestas se dio de hecho en todas las sociedades, ya que las estrategias de visibilización/invisibilización jugaron un papel muy importante dentro de estos procesos.
El estudio de este tema sería tremendamente prometedor.
En un sentido muy generalizador y sin pretensiones de validez concreta (13), podríamos decir que la monumentalización de la Cultura Material caracteriza a una sociedad dividida en el sentido de P. Clastres (1981); a nivel arqueológico representa a las comunidades campesinas (14) y proto-estatales del neolítico tardío, esto es, sociedades en las que independientemente de la tecnología productiva que se utilice (agricultura, ganadería, explotación de recursos silvestres... ), la racionalidad productiva implementada tiende a la generación de excedentes para satisfacer el pago de tributos, sufragar la reproducción ampliada y constituir una reserva productiva; en este tipo de sociedades las estrategias de apropiación de la naturaleza conducen a la expropiación permanente de la tierra y a la constitución (siguiendo a T. Ingold, 1986) del paisaje como territorio; este fenómeno y los conceptos nuevos de tiempo y espacio que implican se reproducen en y a través de las (13) Para más detalles ver Criado, 1993b.
(14) Véase sobre este concepto la nota siguiente. estrategias de monumentalización; la ceremonialidad monumental es su mejor expresión.
Las estrategias de exhibición de la Cultura Material caracterizarían a sociedades en las cuales formas de subsistencia basadas en la maximización de la explotación de la naturaleza empiezan a introducir la ruptura entre el orden social y el natural; sin embargo estas sociedades, situadas todavía dentro de un contexto que se podría denominar salvaje y dotadas de un tipo de racionalidad subsistencial enfocada hacia la reproducción simple, controlan todavía esa ruptura; el arte post-glaciar sería un buen ejemplo de esta racionalidad cultural.
Las estrategias de ocultación caracterizarían a sociedades que, introducidas todavía en el orden de la naturaleza, no han experimentado todavía, ni corren peligro de experimentar, la ruptura entre ésta y la cultura; la relación entre esta situación y la que se observa directamente en el registro antropológico y se define como salvaje o primitiva, es un tema de estudio pendiente; el arte paleolítico sería en este caso su mejor expresión.
Las estrategias de inhibición habrían ocupado la mayor parte de la prehistoria humana, esto es, todo ese tiempo en el que el hombre todavía no creyó que fuese el dueño de la creación y del mundo; la fragilidad de las evidencias arqueológicas de esos momentos sería la mejor expresión de esta situación.
La generalización que acabamos de hacer es abusiva: oscurece la riqueza de matices y la simultaneidad de rasgos contradictorios que se pueden dar en una misma situación y, además, obvia los estadios intermedios.
Así, por ejemplo, estrategias de monumentalización hay muchas distintas y relacionadas con contextos diferentes; no es lo mismo la monumentalización de la muerte en momentos neolíticos que la del espacio fortificado doméstico o palacial en la sociedad del Hierro.
Es más, tal y como sugeríamos hace tiempo (Criado, 1989b), ciertas estrategias monumentales podrían ser entendidas como un recurso para evitar el desarrollo de la división dentro de la sociedad; es factible pensar que en sociedades campesinas vulnerables a la explotación, la construcción de monumentos sea un sistema no sólo para afianzar, sino para conjurar la institucionalización de la explotación.
De hecho, debajo de unos mismos rasgos genéricos aparentes, existen muchas formas campesinas diferentes.
Según sea su racionalidad productiva, su apropiación de los medios de producción y de la tierra, y sus estrategias de exclusión de los demás individuos de éstos, se podrían generar estrategias totalmente distintas de exhibición, de monumentalización o, incluso, se podría llegar a los primeros resultados monumentales ambiguos a través de las primeras (15).
En este contexto, la diferenciación entre tipos distintos de monumentos realizada más arriba permite, entre otras cosas, contribuir a aclarar un problema arqueológico tan importante como es el de los orígenes de la monumentalidad.
En efecto, si por una parte los primeros monumentos parecen el producto lógico de un pensamiento domesticado (Criado, 1989b), por otro la evidencia empírica contradice ese planteamiento al aportar ejemplos de actividad monumental entre grupos recolectores (verificados por ejemplo en Norteamérica y Australia).
Sobre esta base, se ha planteado recientemente que los monumentos megalíticos de la Europa Atlántica constituyen de hecho el primer acto de neolitización y que son anteriores a la plena adopción de modos domésticos de vida (Bradley, 1993y Thomas, 1991).
Creemos que una clarificación conceptual que considere la estrategia de visibilización implícita en los monumentos plenos, en los ambiguos y los salvajes permite observar hasta qué punto mientras los últimos son coherentes con una racionalidad salvaje, los segundos acompañan situaciones en las que se introduce una paulatina y, a menudo, inconsciente ruptura con el orden salvaje, y los primeros son coherentes con la plena domesticación del pensamiento y la sociedad.
(15) En todos estos casos el elemento crítico de la discusión es el propio concepto de campesinado.
En éste y otros trabajos adoptamos la definición que aporta T. Shanin (1987 y 1990): pequeños productores que con tecnología simple producen para su propio consumo y para pagar rentas a los detentadores del poder político y económico.
Sin embargo, las perspectivas sobre la economía política campesina que abre J. Vicent en su trabajo (m.s.) además de su interés intrínseco, tienen consecuencias claras para la correlación entre formaciones campesinas y estrategias de visibilización que realizamos aquí.
La consecuencia que sugieren las propuestas anteriores es, en cierta medida, adoptar una metáfora visual para entender el registro arqueológico.
Esta metáfora se constituiría sobre la base de que las condiciones de formación y representatividad de éste estarían determinadas, además de por factores que otros autores se han encargado de aclarar (Binford, 1989; Hodder, 1986Y Patrick, 1985), por la voluntad de visibilización.
Si esto es así, entonces la propia morfología del registro arqueológico, con sus limitaciones y carencias, se convertiría en núcleo de significación, ya que a través de aquella se revelaría una determinada voluntad de visibilidad! nherente a ese registro.
Los acontecimientos arqueológicos inexistentes pueden ser entendidos porque su inexistencia revela su íntima razón de ser.
En este sentido este modelo ofrece unas perspectivas profundamente diferentes de las que aportan las interpretaciones vigentes en la actualidad sobre el registro arqueológico: la metáfora física de la Nueva Arqueología y la metáfora textual de la Arqueología Post-Procesual (Patrik, 1985).
Admitiendo que la primera ha sido superada en gran medida por la segunda, lejos de reconocernos situados cómodamente en ésta, debemos apurar los análisis que, a su vez, nos permitan superarla.
En este sentido, la metáfora textual, aunque como mera metáfora (16) es válida y ha permitido el desarrollo teórico y crítico de la Arqueología durante la pasada década, ha sido incapaz de solventar el problema esencial que, en toda circunstancia, está implicado en cualquier operación de lectura: el problema de presuponer un sentido preexistente en el texto considerado que sería descubierto a través de la lectura.
Como es bien sabido, esta cuestión no plantea problema alguno a la Hermenéutica, que solventa esta dificultad planteando que la lectura constituye en realidad un acto interpretativo que, lejos de conducir a la obtención de una conciencia plena del texto, aumenta nuestra (16) Es decir, como un género de discurso que provoca un cambio en nuestra forma de ver las cosas a través de la fuerza que las palabras tienen para nosotros (Madison, 1990: 188).
1993 Felipe Criado Boado auto-conciencia del mundo a través de él.
Esta solución es, en principio, asumible cuando se cumple una condición básica: que el texto y su lector pertenezcan al mismo horizonte cultural y lingüístico, porque sólo dentro del mismo contexto la comprensión del primero se convierte en auto-comprensión del mundo por parte del segundo.
Lo que en cambio las orientaciones hermenéuticas en Arqueología, Antropología e Historia tienden a olvidar u ocultar es que, en estos casos, estando involucrados horizontes culturales radicalmente diferentes. la interpretación como auto-entendimiento no es posible, ya que entonces la auto-comprensión a través de un (pre-)texto es, al tiempo, tiranización de ese texto.
Desde una perspectiva estructuralista, el sentido de un signo se establece en función de las correlaciones que se establecen dentro del lenguaje con otros signos.
Sin embargo, dado que gran parte de esos signos están ausentes dentro del texto. entonces nunca se podrá descubrir el sentido original.
Este sólo podría ser presupuesto desde una instancia externa a la racionalidad que creó el texto o fenómeno que se interpreta.
Ahora bien, esa presuposición en realidad es la extensión e imposición a este texto-fenómeno de una subjetividad, de un principio de racionalidad externo a él y, por lo tanto, en principio diferente.
Así, cuando Derrida (por ejemplo) plantea que nada hay fuera del texto. no está diciendo tanto que no exista un significado en el mismo, cuanto que ese significado no está presente, que no existe ahora, ya que si existiera, ese significado sería de hecho un redoblamiento del contexto y del lector que enfrenta el texto; el significado sería, por lo tanto, la función de una operación de reificaciÓn subjetiva.
Es por esta razón que, tal y como toda la tradición estructuralista ha destacado, toda presunción de un sentido implícito conduce a re introducir y consolidar la filosofía de la conciencia (también denominada de la presencia o del espíritu), entendida ésta como la concepción moderna de la subjetividad y todo lo que ella implica, esto es, el mantenimiento de los valores tradicionales de sujeto, tiempo, Historia, universalidad...
En Arqueología el debate entre las dos posiciones ha ocupado los últimos años.
Aunque parece haberse saldado con una victoria provisional de la alternativa hermenéutica que reconstruye la Arqueología como práctica interpretativa (Shanks y Tilley, 1987), concediendo al otro lado únicamente que la interpretación tiene unos límites, establecidos fundamentalmente por los propios derechos del texto (17), que coartan la extensión arbitraria de una subjetividad gratuita (18), se ha escamoteado el hecho de que, desde una posición estructuralista, la Arqueología sencillamente no es posible.
En efecto, si tomamos en cuenta el carácter ausente de muchos de los signos que construyen el sentido, y advertimos por lo tanto la imposibilidad de reconstruir éste, debemos reconocer que nuestra disciplina nunca podría acceder al sentido de las cosas que estudia porque la mayor parte de los significados que conjugan ese sentido simplemente no están.
La única forma de solventar esta imposibilidad es a través de un exceso de subjetividad, que es el contenido en la función de reconstruir-suponer significados que no están presentes dentro del texto.
De ahí que la intención de este texto haya sido colaborar en la búsqueda de unas herramientas metodológicas que permita suponerreconstruir el sentido de una forma que no se legitime exclusivamente en la subjetividad.
Ahora bien, este mismo problema puede emerger en nuestra metáfora visual.
Porque, si presuponemos una voluntad de visibilidad, si interpretamos que ésta implica una cierta racionalidad, ¿hasta qué punto nuestra propuesta no está también imponiendo un sentido universal a todos los conjuntos de Cultura Material independientemente de su procedencia y contexto particular?, ¿hasta qué punto no estaríamos reconstruyendo un esquema evolucionista o taxonomía social típica de los discursos modernos que debería ser desechada dentro de una epistemología post-moderna?
En este sentido, es bastante obvio que la limitación esencial de la metáfora visual viene dada por que, en una medida que todavía no sabemos, y que es temprano para decidir, pare-(17) Como diría U. Eco, 1991.
(18) Asi lo postula I. Hodder (1991), intentando salir al paso de excesos hiper-subjetivistas que el desarrollo de la Arqueologia Con textual y Post-procesual habia propiciado y todavia mantiene.
Véanse, además, la critica de sus posiciones en Johnsen y Olsen, 1992. ciera recoger la ideología de la exhibición y de la visibilidad social que ha caracterizado a la voluntad de poder-saber de los 80 (19).
Si fuéramos ingénuos, podríamos argüir que estos problemas son ajenos a este texto porque (i) su intención explícita no va por ahí, y (ii) sus planteamientos y desarrollos básicos imposibilitan un desenlace en ese sentido.
Pero hace tiempo que se sabe que el texto está más allá de la intención de su autor (20), y por lo tanto para solventar la dificultad planteada hay que someter el texto a una disciplina diferente.
Así, desde un punto de vista práctico y metodológico, hemos intentado construir un método de trabajo que no se basa en una superinterpretación (21), sino que, concebido como el desarrollo de una intuición (22) (aquella según la cual la producción del registro arqueológico está cruzada por una voluntad de visibilidad), intenta desarrollar una descripción sistemática de la Cultura Material que permita trabajar con base en relaciones meramente formales.
Este sistema adopta una perspectiva nuestra para estudiar el registro arqueológico.
Y a partir de ahí la significación se alcanzaría, no a través de un proceso de lectura planteado como traducción de un sentido preexistente, sino a través (a) de la reordenación de esas relaciones formales, (b) de su conjugación con relaciones ilustradas en otros códigos del contexto socio-cultural, y (c) de su iluminación a través de modelos derivados de la teoría antropológica.
Sin embargo, este planteamiento, por más aséptico que mostrase ser en sus aplicaciones, tampoco sería suficiente para subvertir el riesgo del sentido.
Este, desde una perspectiva teórica e interpretativa, sólo se podría conjurar a través de una operación que nuestro planteamiento in-( 19) Véase la crítica de la cultura de la imagen en Eagleton, 1986: 134 y ss.
(21) En el sentido de que a través de ella se podria acceder a las superestructuras de las que, en sentido critico y peyorativo, habla R. Harland (1987) y en las que se resuelven a menudo los análisis estructuralistas burdos.
(22) En el sentido que le confiere Bermejo, 1991 (tomado de Kant), según el cual, una vez intuida la existencia de ese sentido, éste no puede ser descubierto con la intuición, sino razonando a partir de ella mediante conceptos derivados'del entendimiento. tenta aplicar, y en la que radica el éxito de la antropología estructural.
Esta operación consiste en fundamentar la práctica interpretativa no en un principio de racionalidad que reconstruye nuestra subjetividad, sino en la utilización de patrones de racionalidad y subjetividad diferentes.
Creemos que la Arqueología, situada ante el dilema anterior entre su reconversión subjetiva o su desaparición como disciplina, sólo puede aliviar en parte esa limitación y rebajar el riesgo subjetivo contenido en la presuposición de sentidos ausentes, fundamentando sus significados y modelos interpretativos en patrones de racionalidad y subjetividad que no sean exclusivamente los nuestros.
Dicho con otras palabras, ya'lue no hay nada fuera del texto, se trata de introducir dentro de él otros textos (23).
En esta operación creemos que ha fallado la mayor parte de la Arqueología Post-procesual ya que, habiéndose limitado a aceptar la imposibilidad de complementar los textos arqueológicos de esa forma, ha compensado ese déficit de sentido interno con un superavit de sentido externo, creado mediante operaciones que extienden sobre el registro arqueológico la subjetividad del arqueólogo y, con ella, el patrón de subjetividad moderno y occidental.
De esta forma, lo que en nuestro trabajo empieza siendo una perspectiva analítica nuestra, finalmente no es sólo nuestra, ya que mediante la imaginería conceptual derivada del trabajo fundamentalmente de Lévi-Strauss podemos concretarla partiendo de patrones de racionalidad antropológicos (24).
Al menos, los (23) En este sentido la Historia, que en principio se sitúa ante esta misma problemática, la solventa de una forma distinta ya que, toda vez que a través de los textos escritos y documentos históricos tiene acceso al sistema de discursos de la sociedad considerada, puede solventar este problema descubriendo mediante el análisis estructural o la semántica histórica el patrón de subjetividad implicado en esa sociedad y expresado, de un modo u otro, en esos discursos; ejemplos en este sentido lo ofrecen obras como Vernant, 1983o Vidal-Naquet, 1983.
(24) Lo que legitima la utilización de la obra de Lévi-Strauss es el hecho de que la misma constituye el trabajo más sólido que se haya realizado sobre la racionalidad del otro.
Creemos que estos resultados todavía no han sido incorporados suficientc: mente a la Arqueología, con las únicas excepciones de C. TiIley (1990) y nuestras propias tentativas en ese sentido.
Además de ello, también completan esta perspectiva los trabajos de autores como P. Clastres, M. Godelier, M. Sahlins o T. Ingold (1980Ingold ( y 1986)).
1993 Felipe Criado Boado datos y modelos que de él se derivan y que hemos comentado, nos permiten plantear la existencia de ese sentido como hipótesis de trabajo y, al tiempo, aportan buenas razones para creer en la legimitidad y utilidad de esa hipótesis.
De este modo, el método que se propone tendría la ventaja de responder a una lógica coherente con la que está documentada a través del registro antropológico y que depende de patrones de racionalidad cultural y subjetividad que no solo no son nuestros, sino que incluso subvierten algunos de los valores generales y tradicionales en los que los nuestros se han basado.
Precisamente por ello, a pesar de la coincidencia entre la metáfora visual y la ideología de la visibilidad social de los 80, la aplicación del modelo conduce a observaciones que contradicen e invierten el contexto de partida.
Todas estas propuestas son enunciadas en la conciencia de que, en caso de ser válidas, lo son a nivel global y no en cambio a nivel particular.
Sin embargo, ¿hemos escapado de los riesgos de la interpretación, de la conjura del sentido y de las estrategias de la subjetividad?
Es posible que no. Al final nada de hecho nos garantiza que el texto no haya, con todo, reproducido el modelo de subjetividad de partida (25) y se haya convertido de esta forma en otro instrumento útil al sistema.
Por ello, la única opción que tenemos es partir de una alternativa ética previa: aquella que consciente o deconstructivamente elige permanecer fuera del discurso, extender (citando a Foucault) una risa filosófica sobre el mismo una vez finalizado éste y, al mismo tiempo, apurar el riesgo de basar la práctica arqueológica en otras subjetividades, porque de este modo la Arqueología puede contribuir al proyecto urgente en la actual situación de crisis de construir nuevos patrones de subjetividad sobre los que contrastar la adaptación de la sociedad a la naturaleza y los fundamentos mismos de la realidad social.
Este programa, con sus objetivos y limitaciones, con sus certidumbres (pocas) y preguntas (constan-(25) Algunos críticos sugieren (y no faltan razones para sostener esta valoración) que tal es el desenlace de la Antropología Estructural de Lévi-Strauss, por cuanto a través de la misma se reproduciría el contexto y el subjetoobjeto de una cultura post-industrial; véanse en este sentido las pertinentes observaciones de Duvignaud, 1977. |
Los análisis sobre la evolución económica y social en el sudeste de la Península Ibérica durante el Calco lítico y la Edad del Bronce han llamado la atención de los investigadores desde los trabajos llevados a cabo por Siret en la región a partir de los últimos años del siglo XIX.
Su explicación presentaba algunos problemas, entre otros la indefinición de un sustrato cultural neolítico, lo que condujo a proponer hipótesis de carácter difusionista vinculadas a la
Los trabajos llevados a cabo por los hermanos Siret en el sudeste de la Península Ibérica identificaron una secuencia cultural que abarcaba un largo período comprendido entre los orígenes de la metalurgia y la época romana.
La ausencia en la zona de un claro sustrato neolítico les indujo, junto a otros investigadores, a proponer hipótesis de carácter colonial, muy gratas por otra parte a los presupuestos teóricos de la época, conforme a las cuales el comienzo de la metalurgia en la región se relacionaba con la llegada de gentes en busca de minerales y otras (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es materias básicas.
A partir de los años sesenta el modelo colonial entró en crisis y fue sustituido por nuevas explicaciones, sustentadas ahora en formulaciones teóricas partidarias de valorar la evolución interna frente a los factores exteriores, así como en análisis más minuciosos de todos aquellos objetos que habían sido indiscriminadamente utilizados para apoyar los contactos externos.
La supuesta ausencia de poblamiento neolítico en el sudeste peninsular había sido hasta entonces uno de los argumentos repetidamente utilizado en favor de las hipótesis colonialistas y difusionistas, e incluso cuando se identificó un yacimiento de esa época, como es el caso de El Gárcel (Siret, 1890), sus ceráriücas se interpretaron como prueba de contactos con poblaciones neolíticas norteafricanas, en la misma tradición utilizada para analizar otras producciones neolíticas occidentales.
Planteada en estos últimos años la investigación desde presupuestos teóricos muy distintos, parecía razonable que una de las líneas de trabajo a desarrollar fuera precisamente la que condujera a la verificación de la existencia del antecedente del Calcolítico local como punto de arranque del acelerado proceso cultural que se produce en el sudeste de la Península Ibérica durante el tercer milenio.
Por ello no deja de sorprender que en estas dos últimas décadas, época particularmente brillante y prolífica en lo que a investigación de las culturas metalúrgicas en la zona se refiere, el análisis de los antecedentes neolíticos en la región haya sido ignorado de forma casi sistemática.
Resulta paradójico que, en un momento en que toda esa investigación ha estado orientada a superar los esquemas tradicionales de corte colonial, los estudios dirigidos hacia la identificación del sustrato local hayan estado prácticamente ausentes.
Tal vez ello se deba a que el final del Neolítico, según los datos tradicionalmente manejados, parecía tener una presencia mínima y una cultura material escasa y poco relevante.
En efecto, en todos los esquemas propuestos con anterioridad a los años setenta, las dificultades derivadas de la ausencia de información pesaban sobremanera a la hora de plantear la existencia de una población neolítica de entidad, previa a la aparición de las primeras aldeas de corte calcolítico.
Ni en Almería ni en Murcia parecía existir ese Neolítico que se T. P.. n Q 50.
Las llanuras litorales de A1mería quedaban siempre fuera de las secuencias neolíticas típicas y aceptadas, por más que éstas pecasen en ocasiones de generalizaciones abusivas (Olaria, 1986: 34-135).
La ausencia de un Neolítico «clásico», como era el de la Cultura de las Cuevas con cerámica decorada, se sustituyó por las fases tempranas de la llamada Cultura de AlmerÍa.
Bosch Gimpera (1932y 1969) acuñó ese término para reunir aquellos materiales que, procedentes de los trabajos de los hermanos Siret en la zona, parecían pertenecer a un momento previo al esplendor de Los Millares y que representaban -en esa asimilación tan propia de la época entre culturas y yacimientos-El Gárcel y Tres Cabezos.
Por su parte el matrimonio Leisner (1943) rentabilizó la abundante documentación --generada por Siret en torno a los enterramientos.
En su secuencia la Fase I de la Cultura de AlmerÍa constituía la sustancia conservadora y neolítica sobre la que incidieron los colonizadores calcolíticos.
Esta propuesta, pese a haber sido construida sobre tumbas -de las que suele olvidarse que son contextos generalmente abiertos-, a su carácter gradualista y a sus fuertes solapamientos cronológicos, se instaló en la bibliografía y, con las lógicas reservas y ajustes (Tarradell, 1962(Tarradell, y 1963;;Pellicer, 1967; Blance, 1971), se mantuvo durante años y ha sido incluso objeto recurrente de revisión (Acosta y Cruz Auñón, 1981).
En definitiva durante los últimos 75 años los investigadores de la secuencia prehistórica del sureste han metido en un mismo cajón marcado «Cultura de Almería» tanto series que bien podrían pertenecer a un. momento final del Neolítico como series que serían del Cobre, pero que carecen de los elementos distintivos, siempre raros en contextos de habitación, de ese momento, como puntas de flecha de talla bifacial, útiles de cobre, etcétera.
Este problema se produce en parte porque la falta de precisiones estratigráficas en muchas de las excavaciones impide la identificación fiable de tipos fósiles que se puedan atribuir al Neolítico final.
Por ejemplo, la presencia de elementos geométricos en la industria lítica no puede considerarse prueba suficiente de su antigüedad.
Desenredar el razonamiento que subyace en las atribuciones concretas que se hayan propuesto para la "Cultura de Almería» queda fuera del marco de este trabajo.
Por otro lado, la actitud de investigadores e investigadoras respecto a tal cultura no deja de ser contradictoria.
Unos la aceptan, como por ejemplo Arribas y Malina (1979) cuando, al establecer la conocida secuencia estratigráfica de Montefrío, llenan de contenido a la Cultura de Almería y establecen su hasta entonces imposible relación con la Cultura de las Cuevas.
Un ejemplo característico de posición ambigua son los trabajos de Muñoz (1986).
Esta autora considera difícil entenderla como cultura, pero utiliza sus objetos representativos para definir un supuesto horizonte de cerámicas lisas por contraposición al de cerámicas decoradas.
La tendencia al uso de un concepto cultural de marcado carácter artificial es compartida por personas que trabajan desde enfoques tan diferentes como Chapman (1981), López (1988) o Gusi y Olaria (1991).
Indefiniciones que en muchas ocasiones provienen de la ausencia en la zona de un Neolítico anterior de cerámicas decoradas, ya que neolíticos finales con cerámicas lisas son perfectamente aceptados en otras áreas donde sí existe ocupación precedente, como por ejemplo el País Valenciano (Bernabeu, 1988).
En el momento actual de la investigación resulta bastante evidente que la aparición del Calcolítico no tiene en las distintas zonas del sudeste peninsular una base homogénea.
Para hacer frente a ese hecho se han propuesto en los últimos años diferentes explicaciones a partir del análisis de la dinámica de ocupación del territorio, los patrones de asentamiento o la potencialidad de los recursos en relación con un paisaje particularmente árido y de alto riesgo agrícola, en donde es necesaria una considerable inversión tecnológica para su ocupación estable y unas determinadas condiciones para su desarrollo económico y social.
Tales rasgos establecen diferencias que afectan a los procesos culturales, explicados bajo distintas hipótesis.
Gilman (1987; Gilman y Thornes, 1985), con su teoría de la intensificación agrícola y Chapman (1991), desde la óptica del desarrollo de la complejidad, constituyen dos claros exponentes de estas explicaciones, con sus novedades en el enfoque teórico, así como metodológicas e instrumentales.
CUARTILLAS: UN ESTABLECIMIENTO NEOLITICO EN LA CUENCA DE VERA Uno de los espacios del sudeste peninsular que puede aportar datos a la identificación del sustrato neolítico regional es la Cuenca de Vera, una comarca litoral al este de la provincia de Almería cerrada prácticamente al interior por un arco montañoso y atravesada por los ríos Almanzora, Antas y Aguas.
Dentro de ese proyecto tuvimos ocasión de realizar una corta campaña de excavación en el poblado de Cuartillas, motivada por el avance de una cantera, con la finalidad de verificar lo que restaba de un yacimiento explorado ya por Siret (1890).
A juzgar por la documentación transmitida, presentaba el atractivo de pertenecer a un momento mal conocido y más antiguo que el Ca1colítico local.
El yacimiento, situado sobre un cerro cerca del río Aguas y frente a la actual ciudad de Mojácar (Fig. 1 y Lám.
1), se encontraba afectado por la erosión y por la actuación de Siret en su terraza superior, una cubeta amesetada de forma aproximadamente oval que corona el cerro.
Allí planteamos un corte cuyo lado más largo cubre su eje este-oeste.
Se trata de una trinchera de 14 X 3 m. hacia el norte de la plataforma, el único sector incólume tras la actuación incontrolada de la empresa que abrió la cantera (Fig. 2).
El relleno arqueológico era reducido, y respondía a una ocupación de una sola fase perteneciente al Neolítico final.
El nivel se formó a expensas de la implantación y destrucción de unas instalaciones levantadas con escasísimas piedras, adobe o barro y made- ra.
De estas frágiles y perecederas estructuras sólo se conserva parte de su derrumbe -abundantes fragmentos de barro con improntas de troncos y ramas-en ambos extremos del corte, algunas piedras trabadas con arcilla gris y un hoyo de poste (Fig. 3).
El nivel está formado además por tierra de color marrón oscuro que rellena algunas cubetas de escaso fondo excavadas en las gravas y arcillas amarillentas que constituyen la superficie de la plataforma rocosa.
Asimismo, y realizados desde ese único nivel de ocupación, hay dos silos particularmente bien acondicionados en sus paredes y fondos.
Tales instalaciones se sitúan en los dos extremos del corte, donde el suelo originario presenta una cota central ligeramente más alta.
Al este, al pie de un reborde rocoso que debió T. P.. no 50.
1993 servir de protección al poblado, aparece sobre la roca natural un nivel de unos 30 cm. de potencia máxima de tierra color ocre oscuro y aspecto revuelto; al sur hay una concentración de fragmentos de adobe o barro relativamente considerable, fabricados en arcilla de color rosado muy decantada con diminutas partículas de mica.
Algunos presentan improntas de ramas simples y otros de un entramado ordenado que recuerda a la cestería.
Varios ejemplos se muestran en la figura 4, junto a fragmentos de cerámica que aparecieron dispersos, entre los que destacan algunos de «queseras».
Este nivel de derrumbe continúa hacia el oeste en torno a una cubeta de unos 2 m. de diámetro ligeramente excavada en las gravas, con un contorno nítido y regular y una profundidad máxima de 30 cm. En su límite noreste presenta un hoyo de poste bastante profundo conformado por piedras de tamaño mediano entre las que figura un fragmento de molino.
Todo el interior está relleno de una tierra de color castaño que contrasta con la más clara del exterior, donde aparecen fragmentos de barro pertenecientes al manteado de la estructura vegetal que debió constituir su alzada y de la que sólo restan las improntas, pues la conservación de materia orgánica en el yacimiento es mínima.
La cubeta, resto de un habitáculo o cobertizo, conservaba parte de su ajuar.
Así, una vasija muy fragmentada, pero que ha podido ser reconstruida, se situaba junto al hoyo de poste.
Es una olla de considerable tamaño, borde recto y sencillo, cuello bien definido y cerrado y panza globular bastante acusada.
Su pasta, de color ocre rosado, es depurada, está bien cocida y presenta menudos desgrasantes de esquistos y micas que se orientan sobre su superficie en virtud del tratamiento de alisado a que fue sometida.
En el cuello y parte superior del galbo lleva una decoración realizada con una incisión profunda y ancha, que desarrolla motivos irregulares de triángulos invertidos rellenos de líneas paralelas oblícuas y retículas en metopas (Fig. 5 y Lám.
Tanto su forma como su decoración son habituales en contextos andaluces o de la zona meridional valenciana, que repiten incluso ese trazado leve y descuidado en el dibujo.
Otra vasija de tamaño más reducido y carente de decoración estaba colocada en el interior del borde oeste de la cubeta.
Con un perfil en S y buenas calidades en su fabricación, presenta también ese característico color ocre pardo o rosado, propio de la mayoría de las producciones cerámicas del yacimiento.
El resto del relleno del fondo de la instalación circular contenía 66 fragmentos de cerámica de tamaño insuficiente para restituir sus formas.
Al norte de la instalación se localizó otro espacio que parece asociado a ella.
Se trata de un depósito de tierra de color castañoamarillenta muy compacta con límites poco definidos.
Ni sobre él ni en sus cercanías aparecen los fragmentos de barro que caracterizan, del resto de los espacios exteriores, al fondo de cabaña descrito.
Tiene una potencia homogénea de unos 15 cm. en los apenas dos metros de extensión recuperada y contenía una notable cantidad de materiales.
Entre ellos destaca una vasija globular de boca cerrada y gran tamaño, modelada con arcilla bastante depurada con desgrasan tes de esquisto muy triturados y notablemente bien cocida.
Su exterior, cuidadosamente alisado, presenta en la zona central de la panza un baquetón que indica' el punto de unión de las dos partes ~on que se modeló.
Junto a esta vasija (Fig. 6) aparecieron unos 50 fragmentos de cerámica, en su mayoría bordes de ollas o cuencos de diversos tamaños (Fig. 7).
Es de señalar la presencia en ocasiones de una aguada rojiza sobre sus superficies (Fig. 7, no 15 y 19).
También es interesante una clase de fuente (Fig. 7, no 22) que luego será típica en el
calco lítico de la zona, con gran diámetro, escasa altura y una característica flexión en el perfil exterior que marca un cambio en el tratamiento de la superficie, mucho peor en la zona inferior.
Son las mismas que se conocen en el Neolítico II del País Valenciano (Bernabeu, 1988: Fig. 41) y, como éstas de Cuartillas, están bastante alejadas de aquellas de carena baja y marcada de Montefrío II (Arribas y Molina, 1979: Fig. 5) o del Neolítico del Suroeste (Martín de la Cruz, 1985Cruz, y 1986)).
Otro de los fragmentos cerámicos aparecidos en ese nivel está decorado mediante espiga resuelta con fina incisión.
Pudo pertenecer a una gran vasija de paredes gruesas, lo que indica que las decoraciones aparecen en Cuartillas sobre toda suerte de recipientes, con frecuencia, como en el ejemplar que nos ocupa, incluso realizados en cerámica tosca, con gruesos desgrasan tes y descuidado tratamiento en sus superficies.
Los análisis de pastas de todas estas cerámicas reflejan, por otra parte, un tratamiento muy similar y las mismas composiciones en lo que atañe a arcillas y desgrasan tes para las diferentes formas y modelos encontrados.
Todo parece reflejar además que arcillas y desgrasan tes se recogían en las inmediaciones del yacimiento (Galván, 1991).
El resto de los espacios exteriores a la instalación no están caracterizados.
Bajo el nivel de color ocre aparece otro castaño y textura suelta que pierde potencia hacia el oeste, prueba de la escasa entidad de la ocupación.
Contiene algunos restos de fauna, material cerámico disperso, y se apoya directamente et alii, 1983), siempre hacia el Neolítico Final de las secuencias respectivas (Martí, 1985: 65).
Junto a estos cordones también es interesante marcar la presencia de algunos fragmentos de coladores que, al contra-rio de esas decoraciones plásticas citadas, no aparecen en Montefrío hasta la Fase III, ya calco lítica (Arribas y Molina, 1979: fig. 6).
La zona central del corte apenas presenta indicios de ocupación.
Bajo el suelo vegetal aparece la roca, donde se excavó otra cubeta.
En este caso no se trata de un sucinto rebaje para asiento de una instalación cubierta como la ya examinada, sino de un verdadero silo, con boca de 120 cm. de diámetro y profundidad máxima hacia los 45 cm. En el momento de abandono del sitio estaba colmatado y en desuso.
Su relleno se componía de tierras de color gris y textura suelta, algunas piedras de pequeño tamaño y unos 200 fragmentos cerámicos, en su mayor parte amorfos.
En la figura 8, no 41 y 45, se reproducen bordes de fuentes fabricadas en pastas poco decantadas con desgrasantes de esquisto y cuarzo de considerable tamaño y superficies alisadas.
De factura mucho más cuidada son las vasijas a las que pertenecieron los fragmentos con decoración de cordones aplicados, pastas depuradas, desgrasantes escasos y menudos y superficies alisadas.
Sobre el silo amortizado se dispusieron algunas piedras de mediano tamaño, entre las que figuraba un molino plano y dos molederas, así como una gran vasija (Fig. 9).
Se trata de una olla de paredes de tendencia recta y fondo ligeramente apuntado, con dos mamelones inmediatamente bajo el borde ligeramente biselado.
Su superficie interior está bien tratada, mientras que al exterior presenta una textura rugosa y una especie de baquetón cercano al fondo que indica donde se produjo la unión de las dos partes con que fue modelada.
Junto a ella aparecieron otros materiales más caracte-T.
1993 rísticos, como el vasito cilíndrico de carena baja -forma normalmente atribuida a los inicios del Calcolítico en la zona-o el borde de olla de cuello cilíndrico y decorado (Fig. 8, n o 53 y 51).
Estas dos piezas presentan una pasta más depurada que el resto de las cerámicas descritas, con desgrasan tes menudos entre los que está presente la mica y superficies tratadas con cuidado.
De características muy similares es la pequeña cazuela o cuenco de borde abierto (Fig. 8, no 55 y Lám.
11) con decoración pintada en rojo en sus dos superficies sobre una aguada de tono más claro.
Son particularmente nítidos los motivos de ondas que ostenta en el interior, en la línea de los que habitualmente aparecen en los yacimientos neolíticos citados.
Al Oeste del silo apareció sobre la tierra virgen el nivel de ocupación, formado por tierra de color castaño con algunas piedras menudas, escasos restos de fauna, 124 fragmentos cerámicos y una serie de piedras de buen tamaño agrupadas.
Se trata de un material muy destruido y disperso entre el que destacan varios fragmentos pertenecientes a una misma vasija (Fig. 10, no 57) de paredes relativamente finas que debió tener forma de «botella», a juzgar por su cuello cilíndrico y su panza marcadamente globular.
En la parte inferior del cuello y superior de la panza tiene una decoración de incisiones muy finas y vivas que se dispone en metopas y triángulos rellenos de líneas oblicuas.
Repite un esquema decorativo frecuente en cuevas malagueñas, granadinas o jienenses (Navarrete y Capel, 1977y Navarrete y Carrasco, 1978).
Otros fragmentos decorados de ese mismo nivel llevan un motivo decorativo similar.
De un pequeño fragmento de galbo (Fig. 10, no 62) destacan los trazos que bordean los triángulos, detalle decorativo peculiar y propio de los yacimientos citados.
En tal contexto es fácil encontrar asimismo diseños (Fig. 10, no 65) con semicírculos de incisiones paralelas, en este caso bastante romas, sobre una superficie engobada en rojo que, como el resto de los fragmentos que ostentan en el yacimiento este tratamiento, no llega a las calidades de los ejemplares de los poblados calcolíticos inmediatamente posteriores, donde son verdaderas almagras.
En lo que respecta a las cerámicas lisas destacan dos vasos de boca cerrada y un fondo casi plano de cazuela (Fig. 10, no 73, 74 y 67).
Junto a las cerámicas es de reseñar la presencia de una concha perforada, un fragmento de punzón de hueso y algunos fragmentos de pulseras o brazaletes de caliza y pizarra, de diferentes anchuras y secciones.
Estos brazaletes constituyen uno de los elementos utilizados como «fósiles directores» en las secuencias neolíticas andaluzas, aunque su presencia y cronologías en las cuevas parecen haber resistido a cualquier intento de periodizac~ón.
Mientras que en algunos yacimientos son propios del Neolítico antiguo, como en los excavados por Pellicer y Acosta en Andalucía occidental, en otros más orientales tienen su auge hacia el Neolítico medio, pero no son escasos al final de la secuencia, al igual que sucede hacia el País Valenciano o las llanuras litorales almerienses.
El segundo silo (Fig. 3) tiene forma aproximadamente oval con sus paredes excavadas regularmente en las gravas y arcillas y un fondo a dos niveles que hace pensar en dos silos realizados en momentos distintos.
Sió embargo, y aún en el caso en que eso hubiera sido así, su utilización final fue conjunta, aunque diferenciada: unas piedras planas entre arcilla ocre enlosan su mitad oeste, la menos profunda y cuyo relleno apenas proporcionó materiales; su zona este, por el contrario, contenía varias piezas muy características.
Una de ellas es una pesa de telar de forma cuadrangular realizada en barro depurado con desgrasan tes de esquisto muy molido y bien cocida.
Está modelada regularmente, con las superficies bien alisadas, lleva cuatro perforaciones abocinadas y su peso es considerable.
Junto a ella apareció otra pesa recortada en esquisto muy desgastada por el uso y de una sola perforación, y un canto oval de cuarcita con huellas de uso y de contacto con fuego (Fig. 11).
En esa zona se encontraron unos 200 fragmentos cerámicos.
Son los habituales bordes de ollas y fuentes con superficies alisadas y pertenecen, en general, a vasijas de gran tamaño.
Además de la cima, el poblamiento antiguo sobre el cerro de Cuartillas aprovechó varias plataformas naturales, algunas de ellas tal vez reforzadas con muros artificiales, dispuestas en distintos lugares y a diferentes cotas.
Muchos de estos espacios secundarios estaban afectados o se habían perdido a consecuencia de la explotación de la cantera.
Por lo general son superficies reducidas entre afloramientos rocosos que sirven de contención al depósito natural o arqueológico (Fig. 2).
Para documentar su posible utilización prehistórica, llevamos a cabo sondeos sobre dos terrazas situadas al suroeste y oeste de la plata- forma central, próximas a ella pero a una cota discretamente inferior.
La terraza situada hacia el suroeste mide unos cien metros cuadrados y está colgada sobre el amplio valle del río Aguas.
El terreno presenta actualmente un acusado desnivel y está delimitado por afloramientos rocosos.
En el sondeo no se documentó ninguna estructura, pero sí un relleno arqueológico formado por tres niveles.
De ellos presenta interés el último pues corresponde a un momento de ocupación bajo otro de contacto y escasa potencia, y uno superficial formado por materiales de arrastre.
Todos los hallazgos arqueológicos son homogéneos (Fig. 12).
En el nivel intermedio destaca la presencia de un vaso globular de pasta de color negro y textura porosa y poco depurada, con desgrasan tes de esquisto y cuarzo.
Las superficies, de color negro al interior y pardo al exterior, están muy bien alisadas.
La externa presenta una decoración de líneas incisas de sección acanalada muy suave dispuestas verti-T.
1993 calmente de forma irregular que acaba en trazos horizontales tras describir una curva (Fig. 12, no 78).
Asimismo es interesante la presencia de la parte inferior de un vaso de paredes verticales que se engrosa hacia el fondo (Fig. 12, no 82) y que recuerda el tipo de ánfora de El Gárcd (Siret, 1980).
Aparecen también cuencos de paredes relativamente finas (Fig. 12, no 81) y vasos rectos y gruesos que presentan en ocasiones decoración de mamelones (Fig. 12, no 87).
El nivel de ocupación de la terraza proporcionó cerámicas similares a las que aparecen en la zona superior del cerro, lo que indica su utilización sincrónica.
Se recogieron fragmentosde fuentes y cazuelas de paredes rectas y bajas con fondos planos (Fig. 12, no 88), que serán luego características de los yacimientos ca1colíticos.
Son frecuentes asimismo las ollas de forma globular de grandes dimensiones, con borde redondeado ligeramente entrante, paredes gruesas y superficies relativamente bien alisadas con asas de mamelón (Fig. 12, no 86 y 89).
También está representada la cerámica decorada (Fig. 12, no 80) con un fragmento de pared de cuenco que conserva el arranque de un asa de cinta situada muy próxima al borde.
La pasta presenta desgrasante de esquisto molido y en su superficie exterior lleva una decoración incisa a base de líneas continuas verticales y horizontales, sobre las que apoya un motivo sencillo vegetal.
Otro sondeo de 4 X 4 mts. se abrió en la terraza situada al oeste de la plataforma central.
A escasos centímetros de la superficie, y en dirección aproximada N-S apareció una estructura formada por una alineación doble de lajas de pizarra.
Mientras que en su extremo sur las lajas están colocadas casi verticalmente y el espacio interior aparece relleno de pequeños cantos, en su zona central las lajas van dispuestas de forma inclinada constituyendo tal vez un canal.
El depósito arqueológico está formado por materiales de arrastre.
Entre ellos aparecen fondos planos (Fig. 13, no 106 a 109), cazuelas de paredes rectas y bajas con borde ligeramente biselado (Fig. 13, no 105), vasos de paredes rectas o algo abiertas, otros con improntas digitales en el borde (Fig. 13, no 110 y 111) y una olla globular de borde redondeado y cuello recto, ligeramente abierto, pasta depurada con desgrasante muy molido y superficies cuidadas (Fig. 13, no 100).
1993 hacia el final del Neolítico en yacimientos al aire libre que continúan su desarrollo durante el Ca1colítico, como sucede, por ejemplo, en la Fase II de Montefrío (Arribas y Molina, 1979).
También se documentó un brazalete de mármol de sección rectangular (Fig. 13, no 92) similar a los que aparecen en yacimientos de la zona, como el Cabezo de La Raja Ortega (Siret, 1980), dos hachitas de piedra pulimentada (Fig. 13, n o 90 y 91) y un micro lito de sílex blanquecino (Fig. 13, no 93), así como un fragmento de pesa de barro con una perforación vertical y varios orificios realizados al exterior que no llegan a perforar la pieza (Fig. 13, no 94).
Mezclada con todos esos objetos, de indudable cronología neolítica, apareció una cinta metálica.
Se trata de un bronce recocido cuyo análisis espectro gráfico proporcionó la siguiente composición: Cantidades de Sn en la magnitud de las dos piezas reseñadas no son habituales ni siquiera en los yacimientos argáricos clásicos de la región, donde los objetos metálicos se sitúan en una media inferior al 8 %.
En contextos ca1colíticos los cobres sólo contienen Sn accidentalmente, y en cantidades nunca superiores al 1 %, como consecuencia del procesado de minerales de cobre en los que el estaño está presente de forma natural.
Sin embargo en conjuntos significativos de la Cuenca de Vera pertenecientes al Bronce Final no resulta difícil encontrar aleaciones cualitativa y cuantitativamente próximas a las registradas en esas dos piezas de Cuartillas.
Así, por ejemplo, los brazaletes de bronce de la tumba de Las Alparatas (Turre), conservados en la colección Siret, poseen en varios casos cantidades de estaño superiores al 10 %, sobrepasando incluso en uno de ellos el 20 %.
En contraste, de todo el material analizado procedente de El Argar sólo un crisol contiene un 8 % de Sn y en El Oficio tan sólo el 15 % de las piezas presentan estaño como para considerarlas auténticos bronces, y siempre en cantidades T. P.. no 50.
Las dos piezas metálicas de Cuartillas no pueden ser clasificadas por su tipología, pero cabría pensar que se trate en ambos casos de objetos pertenecientes al Bronce Final dada su composición metálica.
Tal supuesto implica reconocer una frecuentación del sitio en época posterior a la que sustancialmente identificamos para el yacimiento, algo que no debe sorprender pues es común a toda la zona.
Tumbas neolíticas o ca1colíticas contienen, por ejemplo, intrusiones en forma de incineraciones, con ajuares tipológicamente emparentables con los rituales de Campos de Urnas.
En esta misma línea de frecuentación del yacimiento en época postneolítica puede explicarse la presencia de una punta tipo Palmela que se conserva en la colección Aramburu de Mojácar.
Hallada sobre alguna de las terrazas de la ladera del cabezo, tiene forma lanceolada y su análisis mostró que se trata de un cobre casi puro (98,89 %) (Montero, 1992a). ~-------~--~---------------=~~~ ~------------1r------.-------------"
EL MODELO DE ASENTAMIENTO EN EL CURSO FINAL DEL RIO AGUAS
El entorno geográfico de Cuartillas explica las posibilidades de un asentamiento neolítico en condiciones bastante favorables (Fig. 14, no 4).
La aldea eligió una colina escarpada que se levanta unos sesenta o setenta metros sobre los terrenos aluviales del río Aguas.
Tiene forma alargada en dirección norte-sur y la ocupación humana se sitúa a mediodía, en el punto más próximo al río y con un amplio control visual sobre las posibles tierras de cultivo que se extienden a sus pies.
Se trata de un espacio muy apto para la agricultura, en la zona de inundación natural del río, con el nivel freático a pocos metros de profundidad y un depósito aluvial de considerable potencia formado predominantemente por arcillas.
La zona cultivable es muy amplia (Figs.
1 y 14, no 4); ocupa los pagos denominados «Campo de Mojácar» y «Caldero de Mojácar», al este y oeste respectivamente del yacimiento, así como la franja meridional entre la colina y el curso divagante del Aguas.
Resulta además factible aumentar el espacio útil a ambos lados del río en dirección oeste y, sobre todo hacia el sur, en una hondonada a los pies de la ciudad de Mojácar, donde una copiosa fuente asegura el regadío de varios centenares de metros cuadrados.
Los espacios aptos para los cultivos de secano son también extensos, sobre todo al norte del yacimiento, pero seguramente fueron innecesarios en época neolítica dado el previsible reducido tamaño de la población.
Otros testimonios arqueológicos confirman un modelo de aprovechamiento del territorio basado en la puesta en cultivo del espacio aluvial del río Aguas.
Dos pequeños asentamientos sobre elevaciones naturales en la margen derecha del río parece que no tienen más misión que contribuir al control de tal territorio.
Uno de ellos es Mojácar la Vieja (Fig. 14, no 2), un cerro aislado de 121 m. de cota situado a poco más de un Km. de distancia en línea recta al suroeste de Cuartillas.
Su ocupacion medieval y un abancalamiento de las laderas hacen que el yacimiento neolítico esté perdido, pero algunos hallazgos cerámicos prueban su existencia (Fig. 15, no 16).
Desde el cerro se controla toda la cuenca del Aguas hasta Cuartillas y también hacia el oeste por la margen meridional del río.
1993 Constituye, asimismo, un punto estratégico para adentrarse en Sierra Cabrera.
El otro yacimiento es el Cabezo de la Mata o de Guevara.
Se trata de una prolongación natural de la alineación costera de Sierra Cabrera (Fig. 14, no 3) sobre la ribera derecha del Aguas, que cierra prácticamente la cuenca del río hacia el mar y controla tanto el final de la llanura aluvial como la zona de regadío situada junto a Mojácar.
El lugar se ocupó sobre todo en época argárica, pero algunos fragmentos cerámicos demuestran la existencia de una instalación neolítica.
La implantación humana y el inicio de prácticas agrícolas en Cuartillas y otros yacimientos del tramo final del río Aguas queda patente en la transformación vegetal registrada a través del análisis polínico (Mariscal, 1991).
En la base del depósito arqueológico de Cuartillas se detectó una asociación de plantas que corresponde muy bien a las propias de una cubeta natural encharcada en determinadas épocas del año dentro de un clima cálido y seco.
Predominan el matorral y las malas hierbas, con presencia sensible de herbáceas humedales (37,43 %), en un entorno que aún no denota la existencia de cultivos.
Tales características pueden definir no solo al espacio de la meseta superior de Cuartillas sino también a la no muy lejana zona de desembocadura del Aguas, que aún en nuestros días conserva un reducido marjal formado a expensas de aguas estancadas que el leve curso del río deposita en su desembocadura cerrada por aportes litorales (1).
La evolución vegetal detectada en el yacimiento refleja la introducción de los cultivos en la zona.
Las gramíneas ocupan progresivamente el espectro palinológico hasta representar en su cima el 57,14 del total registrado.
Las plantas acuáticas desaparecen, sin duda como consecuencia de la ocupación humana de la colina, y
(1) La utilización de las áreas litorales en la zona de la dese mbocadura de estos ríos está sometida a discusión.
Bremen, 1988, pp. 28 Y ss.), mientras estudios geológicos actualmente en curso no parecen confirmar en todos los casos tales reconstrucciones paleográficas, y se inclinan más bien por la existencia de amplios marjales en el tramo final de estos ríos. se mantienen las Compositae, lo que confirma un clima mediterráneo semiárido muy similar al actual.
El palinograma detecta igualmente con claridad la reducción de las especies arbóreas: en la base del registro significan el 11,11 %, con presencia de betuláceas, cuprisáceas, salicáceas y coníferas; éstas últimas son las únicas que perviven al final con un índice del 3,3 %.
Pese a su escasez, debida tal vez a las características del yacimiento y la composición de sú sedimento, los restos de fauna demuestran la actividad ganadera en Cuartillas.
El mantenimiento de una cabaña ovicaprina en la zona, y aún de especies de mayor porte como cerdos o bóvidos, no debió representar un grave problema para sus habitantes neolíticos.
Además de las rastrojeras, se podían aprovechar las herbáceas existentes tanto sobre el relleno aluvial T. P.. no 50.
1993 --------------------------- como en las arcillas miocénicas que limitan por el norte la cuenca del Aguas; los ganados podrían también beneficiarse del marjal formado en la desembocadura del río y de los pastos de montaña en Sierra Cabrera.
Los marjales, como espacios para acudir regularmente con el ganado, presentan indudables ventajas, en particular la persistencia de vegetación y su salinidad.
La proximidad al yacimiento, con el control secundario del Cabezo de la Mata, permitiría su utilización cotidiana prácticamente durante todo el año.
Los pastos de Sierra Cabrera deben igualmente ser tenidos en cuenta, tal vez para su utilización temporal.
Establecimientos como el localizado en el Barranco Rus (Fig. 14, no 1) confirman tal actividad desde época neolítica T. P.. n Q 50.
1993 (Fig. 15, no 8), en un medio como el de Sierra Cabrera donde abundan las fuentes, los pastos se mantienen durante casi todo el verano y existen también posibilidades de caza, comprobadas en el yacimiento por la presencia de ciervo.
Otra prueba relevante del control del territorio inmediato al yacimiento la constituye la dispersión de las tumbas colectivas en las inmediaciones de Cuartillas.
Se sitúan sobre discretas elevaciones naturales que destacan en el relleno aluvial y fueron excavadas todas ellas por Siret.
Cuatro se distribuyen por el «Campo de Mojá-cap> y otras dos por el «Caldero de Mojácar» (Fig. 1).
Se trata en la mayoría de los casos de sepulturas de planta circular.
La tipología de T. P.. no SO.
1993 sus ajuares permite asegurar que fueron construidas en época neolítica, si bien no deben descartarse reutilizaciones posteriores, en algunos casos incluso hasta el Bronce Final.
La tumba más sencilla es la catalogada por Siret como Loma del Campo de Mojácar 3 (Leisner 1943: 58; Lám.
Se trata de una cámara poligonal de 2,50 m. de longitud construida con lajas y en cuyo interior se recogieron 30 inhumaciones.
Esta sepultura recuerda formalmente a otra situada algo más al norte, en el paraje denominado Cañada Flores (Leisner, 1943: 61; Lám.
33.16), que debe relacionarse con el Cabezo de la Raja Ortega, del que se hablará más adelante.
Dentro del Campo de Mojácar Siret excavó tres sepulturas más.
Dos de ellas son cámaras circulares y la tercera es de cúpula con corredor.
26.1) estaba construida con lajas verticales, tenía un diámetro de 6,50 m. aproximadamente y albergaba en su interior 80 individuos.
Su ajuar es neolítico.
La sepultura Loma del Campo de Mojácar 4, también citada en la bibliografía como Llano Manzano, es la que se sitúa más próxima al Cabezo de Cuartillas (Leisner, 1943: 58; Lám.
Se trata de una tumba circular muy pequeña, de unos 2 m. de diámetro aproximadamente, que contenía varios muertos y un ajuar formado por cerámicas neolíticas con decoración incisa pero también presencia de algunos elementos hechos en cobre, según los Leisner siguiendo a Siret.
26.2) presenta la planta teóricamente más evolucionada, con una cámara circular de unos 5 m. de diámetro construida a base de lajas verticales y corredor.
En su interior albergaba un centenar de muertos.
Las formas cerámicas depositadas en el ajuar son claramente neolíticas, lo que plantea el problema de la adscripción a esa época de una tumba tipológicamente evolucionada con cvpula y corredor de acceso.
En la zona del Caldero de Mojácar se localizan dos tumbas más.
No es posible clasificarla con exactitud pues sus ajuares no fueron recogidos por los Leisner, aunque sí consta la presencia de un brazalete metálico que debe corresponder a una intrusión.
Tiene una cámara circular de unos seis metros de diámetro excavada en el suelo y formada después con lajas, corredor de acceso y un conjunto de betilos al exterior.
La mayor parte de su ajuar parece claramente neolítico y al igual que Campo de Mojácar 2, plantea problemas similares para su clasificación.
LOS YACIMIENTOS NEOLITICOS DE LA CUENCA DE VERA: ALGUNAS CONSIDERACIONES GENERALES
El poblamiento neolítico documentado en el tramo final del río Aguas se repite en otros lugares de la Cuenca de Vera, aunque la información que poseemos para los restantes yacimientos no sea tan elocuente.
Por lo general los asentamientos detectados se sitúan también cerca de cauces fluviales, pero existen algunas excepciones.
La más clara es el Cabezo de la Raja Ortega, a algo más de dos kilométros al norte de Cuartillas y dentro de su posible zona de influencia.
Raja Ortega ocupa una cresta calcárea que se levanta unos cuarenta metros sobre el entorno inmediato (Fig. 14, no 5).
El espacio habitado no debió ser muy grande, además de complicada su utilización dada la pendiente.
En la prospección se encontraron muchos fragmentos de pulseras realizadas en piedra, de sección rectangular, una industria en sílex de tendencia geométrica y un único fragmento de cerámica decorada con motivos impresos de puntos (Fig. 15, no 30-37).
Raja Ortega controla un espacio apto para la ganadería, pero está lejos de tierras de regadío.
Podría interpretarse como un establecimiento secundario respecto de Cuartillas, en el límite septentrional de la llanura que se extiende entre ambos yacimientos, pero la relación no puede establecerse con claridad.
Con el Cabezo de la Raja Ortega sí conecta seguramente la citada sepultura de Cañada Flores, sobre el camino natural que relaciona el territorio de Cuartillas con la cuenca del río Antas.
Más característico y mejor documentado es el yacimiento de Cabecicos Negros, situado 79 so bre la margen izquierda del río Antas a casi dos Km. de su desembocadura actual pero muy cerca de la línea de costa en la antigüedad (Fig. 14, no 6).
A diferencia de Cuartillas, se trata de un yacimiento en llano que aprovecha una suave elevación sobre el cauce del río suficiente para librarle de las crecidas.
El poblado se extiende por una superficie de al menos 0,25 Has. yen parte aprovecha una hoya natural entre discretos afloramientos lamproÍticos que lo enmascaran y protegen del viento.
En la prospección se recogió un buen número de hojitas de sílex retocadas y fragmentos de cerámica decorados con técnicas de impresión e incisión (Fig. 15, no 9-15 y 17-29).
Su situación recuerda la de Cuartillas en lo que atañe a la posible estrategia alimentaria desarrollada, en el extremo oriental de una zona de regadío dispuesta a ambos lados del río Antas y cerca de terrenos miocénicos aptos para el pastoreo y el secano.
Su proximidad a la desembocadura del río y a un amplio marjal, formado al abrigo de la flecha litoral pleistocénica de Garrucha, facilitaría igualmente la existencia de pastos, así como la recolección de productos marinos.
Además la razonable distancia existente entre Cuartillas y Cabecicos Negros permite imaginar una hipotética coexistencia de ambas aldeas a partir de un sistema económico similar.
Algo parecido ocurre con los establecimientos neolíticos de Almizaraque, Las Herrerías y Las Heras, en este caso en la llanura aluvial del río Almanzora, al norte de los yacimientos anteriormente citados (Fig. 14, no 7, 8 y 9).
El primero de ellos, en el mismo lugar que el yacimiento calco lítico más conocido, se sitúa sobre un islote formado por gravas y cantos, resto de una terraza del río.
Los otros dos están en afloramientos terciarios y cuaternarios respectivamente que sobresalen sobre el depósito aluvial Holoceno.
La información es escasa para los tres, aunque suficiente.
De Almizaraque se conocen varias cerámicas neolíticas depositadas en la Colección Siret o procedentes del nivel más antiguo de las recientes excavaciones (Fig. 16, no 1-4).
Igualmente en la Colección Siret se guardan algunos fragmentos cerámicos neolíticos encontrados en Las Herrerías y en los «silos » excavados por Pedro Flores en el Cabezo de Las Heras, en cuyo interior apareció también una interesante industria lítica de carácter geométrico (Fig. 16, no 5-14).
La imagen de este conjunto de yacimientos es la de una ocupación estructurada a partir de pequeños establecimientos diseminados, aunque próximos entre sÍ, que aprovechan la amplia vega del Almanzora.
Este río en su desembocadura debió tener una zona de albufera de buen tamaño, similar por su formación y características a la del río Aguas.
Hasta hace unos años existía, en efecto, una laguna junto a Palomares que se alimentaba de una fuente natural y de la corriente del río y que se formaba a consecuencia del cierre de su desembocadura por aportes de origen litoral.
Visto en su globalidad el territorio del tramo final del río Almanzora constituye una repetición del descrito para el Aguas, idóneo en consecuencia para el desarrollo de la agricultura y la ganadería.
En la zona interior de la Cuenca de Vera existen varios indicios más de poblamiento neolítico.
El yacimiento más repetido en la bibliografía es El Gárcel, sobre el río Antas, en una plataforma natural de unos 0,70 Has. y a unos veinte metros de altura sobre el cauce.
Son de sobra conocidos sus materiales arqueológicos, utilizados durante mucho tiempo para definir la Cultura de A lmería en su fase antigua.
El Gárcel controla una estrecha vega de difícil aprovechamiento dada las crecidas del río, que se vuelve algo más ancha y practicable hacia el pueblo de Antas.
Algún fragmento cerámico procedente de Lugarico Viejo localizado en la colección Siret hace pensar en una posible ocupación neolítica de ese yacimiento, y lo mismo cabe decir para Tres Cabezos, sobre el río Almanzora frente a Cuevas.
Cerámicas de tipología neolítica han sido identificadas asimismo en Cortijo Gátar (Turre), Qurénima (Antas) (Fig. 15, no 1-7) y Pago del Guarda Jurado (Antas), pero la entidad de todos esos yacimientos es discutible y tan sólo pueden utilizarse como una confirmación más del poblamiento neolítico de la comarca.
La Cuenca de Vera, como es bien sabido, constituye uno de los espacios del sudeste peninsular donde se detecta con especial claridad el desarrollo cultural a lo largo del Calcolítico y la Edad del Bronce.
El conjunto de yacimientos neolíticos ahora identificados conforma su sustrato histórico más antiguo, sin olvidar antecedentes distantes de corte paleolítico y epipaleo- T. P.. no 50.
No parece descabellado pensar, por consiguiente, en una ocupación de la cuenca a fines del Neolítico que, según los datos arqueológicos disponibles, conecta con el Neolítico reciente característico de Andalucía oriental, donde pervive la tradición de las cerámicas decoradas de la Cultura de las Cuevas, conforme demuestran yacimientos como Montefrío n, La Carigüela, la Cueva del Coquino o la Cueva del Canjorro (Navarrete, 1986).
Dataciones absolutas sin calibrar para algunos yacimientos, sitúan su ocupación (Navarrete, M. el alii, 1991) entre fines del IV milenio y comienzos del siguiente.
Uno de los rasgos que se han señalado para ese Neolítico tardío es precisamente la sedentarización efectiva, vinculada en muchos casos a poblados al aire libre que suponen una primera y tímida concentración de población, frente a la ocupación discontinua u ocasional de las cuevas.
En el caso que nos ocupa, la constatación de todo ese proceso parece atada a la explotación de terrenos particularmente aptos para la agricultura, conforme demuestra la casi constante situación de las aldeas cerca de depósitos aluviales sin aparentes problemas de agua, con una economía agraria mixta en la que también está presente la ganadería.
Más discutible es asegurar el carácter estable y continuo de estas poblaciones en todos los casos.
El registro arqueológico del poblado de Cuartillas tiende a mostrar una ocupación de poca entidad y seguramente no muy larga duración, a juzgar por el tipo de elementos constructivos identificados y la potencia del depósito.
Todo haría pensar en un establecimiento breve si no fuera porque las tumbas colectivas que delimitan un primer espacio útil de aprovechamiento agrícola contienen el suficiente número de individuos en su interior como para sugerir una utilización prolongada.
Quizá se trate de un modo de asentamiento caracterizado por la permanencia sobre un determinado territorio aunque no en un mismo sitio.
Cuartillas, además, no está ocupada durante el Calco lítico: un gran poblado, Las Pilas a los pies de la ciudad de Mojácar, sustituye a la aldea neolítica trasladándose la población al otro lado del río Aguas, quizá sin discontinuidad, lo que explicaría la utilización extendida de algunas sepulturas de la zona, en cuyo interior se recogieron objetos que cabría fechar en época calcolítica.
La tumba de Loma de Belmonte Leisner, 1943: 59), cerca además del poblado de Las Pilas, es un buen ejemplo al respecto.
La constancia en el poblamiento, ya sea sobre el propio yacimiento o en sus inmediaciones, parece un hecho reiterado, aunque también se repita la imagen de las instalaciones neolíticas efímeras.
Es cierto que faltan todavía datos fiables procedentes de excavaciones sistemáticas, pero la insistencia en el uso del mismo espacio está clara, por ejemplo, en Cabecicos Negros, con indicios de presencia calcolítica en el sitio llamado El Pajarraco unos centenares de metros al este, o más aún en El Gárcel, con La Gerundia primero y El Argar después.
Donde mejor se ha podido constatar es en Almizaraque.
Los tres enclaves con hallazgos neolíticos se ocuparon después durante el Calcolítico: en Las Heras la necrópolis de la Encantada se superpuso a los silos anteriores, en Las Herrerías, Siret documentó varias casas calco líticas y en el poblado de Almizaraque las cerámicas neolíticas aparecen en el estrato más antiguo, sobre el que luego se desarrolla la amplia secuencia calcolítica.
Por el contrario el Cabezo de la Raja Ortega constituye un claro ejemplo de discontinuidad; tal vez ello sirva para proponer la hipótesis de su subsidiaridad respecto de Cuartillas, como lugar de pastos hacia el norte que luego, en época calcolítica, se encuentra ya demasiado alejado de Las Pilas y sin posibilidad de competir con la inmediata Sierra Cabrera.
De todo ello se deduce que, tanto en un análisis pormenorizado de cada espacio de la cuenca como de ella en su conjunto, las aldeas neolíticas son el precedente de la ocupación calcolítica, con un poblamiento continuo en muchos casos en donde es posible diferenciar las características sustanciales que corresponden a cada época.
Las aldeas neolíticas o bien son instalaciones que se abandonan por traslado de su población a asentamientos próximos, como parece suceder en Cuartillas o El Gárcel, o bien están formadas por un hábitat disperso de sitios de pequeño tamaño que se concentran en un poblado mayor, como ocurre en Almizaraque.
La imagen de escasa entidad y poca duración que, en ambos casos, transmiten los yacimientos neolíticos, puede deberse al rápido desarrollo que se experimenta en la zona hacia la concentración de población, así como al hecho de que la instalación neolítica se feche en un momento tardío.
En cualquier caso el incremento demo-gráfico resulta evidente al contrastar las aldeas neolíticas y las calcolíticas, como lo es también su proximidad cronológica deducida de la persistencia en el uso de las tumbas colectivas de inhumación, lo que, por otra parte, puede significar la inexistencia de rupturas en el sistema social.
Tampoco parece que haya cambios relevantes en lo que atañe a las estrategias alimentarias y a la relación entre asentamientos y zonas de aprovechamiento agrícola, si bien el aumento de población, detectado tanto en el mayor tamaño de los poblados que perduran como en la aparición de nuevos poblados calcolíticos de dimensiones apreciables, como es el caso de Zájara sobre el río Almanzora, debió obligar a una más inteligente explotación de los recursos, con las consecuencias que ello comporta para el control territorial.
La transición del Neolítico al Calcolítico tiene en su raíz una serie de cambios en la práctica agrícola desde un cultivo extensivo de la tierra a otro más intensivo, y en los patrones de asentamiento desde unas ocupaciones relativamente breves a otras más duraderas.
Los testimonios escasos y endebles del Neolítico final de la Cuenca de Vera representan quizá el momento preciso de la primera colonización agrícola de la zona árida del sureste, anteriormente vacía en términos arqueológicos.
El desarrollo inicial de una mayor intensidad agrícola hubiera hecho posible el establecimiento de unos asentamientos que todavía no tendrían el carácter aldeano y estable de sus sucesores calcolíticos.
No obstante el mantenimiento de la dualidad poblados en altura-poblados en el llano hace difícil deducir efectos relevantes en el plano de las relaciones entre las comunidades que ocuparon la Cuenca de Vera a lo largo del tercer milenio a.e.
ANALISIS DE LOS RESTOS OSEOS DEL YACIMIENTO DE CUARTILLAS PEDRO CASTAÑOS (*)
El estudio de la muestra ósea ha proporcionado 81 restos determinables que corresponden a un mínimo de 13 individuos con un peso total de 995 gramos (Tabla 1).
Los fragmentos indeterminables (525 gr.) representan un 34,5 % del (*) Museo Arqueológico, Etnográfico e Histórico Vasco.
Este dato indica el grado de fragmentación que presentan los huesos, típico de conjuntos que han sido objeto de consumo alimenticio.
Hay seis especies de Mamíferos presentes sin que se haya podido detectar resto alguno de A ve.
La escasez de la muestra impide cualquier porcentaje por su poca fiabilidad.
No obstante, es claro el predominio de tres cabañas domésticas: bovino, ovicaprino y porcino.
Se añade a la fauna doméstica el perro, aunque con frecuencia residual.
La fauna salvaje es escasa; su especie predominante es el ciervo, seguida a distancia por el conejo.
Los 14 restos de ganado vacuno representan un mínimo de tres individuos, dos adultos y uno juvenil que no alcanza los tres años y medio a juzgar por una epífisis distal del radio aún sin fusionar.
De los 36 restos atribuibles al ovicaprino sólo hay uno de oveja, sin que se haya podido asignar fragme nto alguno a la cabra.
Esto no implica la presencia exclusiva del ganado ovino ya que la casi totalidad de la muestra por razones anatómicas y de conservación ha quedado sin atribución específica.
La muestra indica la presencia de un mínimo de cuatro individuos, dos adultos y dos inmaduros.
Una mandíbula y un fémur están muy fragmentados y no ha sido posible obtener medidas.
La muestra es tan escasa que apenas pueden extraerse conclusiones fiables.
A lo sumo se pueden apuntar tendencias.
Se observa un predominio de las tres cabañas de Ungulados domésticos más frecuentes en toda la Península a partir del Neolítico.
En los yacimientos próximos de Almizaraque y Gatas se mantienen frecuencias similares de ovicaprino, bovino y cerdo.
La presencia del ciervo apunta hacia prácticas de caza como elemento complementario de la base de subsistencia de origen animal.
La ausencia de caballo presente en los otros dos asentamientos citados puede ser efecto de factores aleatorios propios de pequeñas muestras. |
DIONISIO URBINA (*) ÓSCAR GARCÍA VUELTA (**) CATALINA URQUIJO (*)
Las excavaciones realizadas durante los últimos 5 años en el recinto amurallado de Plaza de Moros están aportando interesantes datos sobre los sistemas de poblamiento de la Segunda Edad del Hierro en el Valle Medio del Tajo.
Comienzan ahora a ser conocidos aspectos de los hábitats carpetanos del Centro de la Península, así como los sistemas de defensa de sus poblados, su peculiar urbanismo y tecnología.
Las investigaciones arqueológicas en el yacimiento se iniciaron con el descubrimiento del lugar en 1994.
Plaza de Moros fue incluido junto a más de una treintena de enclaves en el estudio global sobre el poblamiento de la Segunda Edad del Hierro en la Mesa de Ocaña que iniciamos hace unos años (Urbina 1997(Urbina, 1998(Urbina, 2000)).
La Mesa de Ocaña se encuentra en la parte nororiental de la provincia de Toledo.
Ocupa una extensión de 1.500 Km 2, en su mayor parte formada por una superficie de páramo que limita al norte con la depresión terciaria de la Fosa del Tajo, y al Sur se separa de las llanuras manchegas por medio de un pequeño riachuelo llamado Arroyo Cedrón.
Está documentada históricamente la ocupación de las llanuras de la Mesa por un extenso bosque de encinas y quejigos, del que aún quedan grandes manchas en la parte Sur (Fig. 1).
En los trabajos de prospección en esta región se puso de manifiesto la existencia de una tipología dual de enclaves: unos amurallados (dispuestos sobre muelas o escarpes), y otros en llanura, sin estructuras defensivas apreciables.
Sin embargo, la relación cronológica precisa entre ambos tipos no se pudo establecer con precisión sobre la base de un registro formado casi exclusivamente por material de superficie.
Esta problemática, vigente desde entonces, aporta un contexto comarcal en el que se inscriben las excavaciones en Plaza de Moros; en aquel momento trabajamos sobre la hipótesis de dos sistemas de poblamiento sucesivos en el tiempo, correspondiendo el momento más temprano a los asentamientos en llanura, de los que contábamos ya con algunas necrópolis excavadas con altas cronologías desde el inicio de la Edad del Hierro (Almagro 1969; García Carrillo y Encinas 1990; Pereira et al. 2001).
Aunque el panorama arqueológico no ha variado mucho desde entonces, nuevos trabajos de prospección y sobre todo diversas excavaciones, han permitido afianzar la idea de una mayor antigüedad relativa de los asentamientos en llano, así como observar la paulatina emergencia de una realidad más compleja, representada por pequeños asentamientos sin amurallar, asociables tanto a los poblados amurallados como a los del llano.
De un lado, las excavaciones de lugares como el Hoyo de la Serna en Villarrubia de Santiago (Toledo), han permito asociar el contexto que definían las necrópolis de alta cronología: Esperillas, Madrigueras, Palomar de Pintado, con hábitats en llanura (Urbina et al. 2001).
Por otro, las investigaciones más recientes, como las realizadas para la elaboración de las Cartas Arqueológicas de los municipios de Villatobas y Santa Cruz de la Zarza (1), han permitido el descubrimiento de pequeños asentamientos de llanura en las inmediaciones de Plaza de Moros y otros recintos amurallados, como Peña de la Muela, en Santa Cruz de la Zarza.
Concretamente los asentamientos de La Vega, El Gredero y Arroyo del Taray, se sitúan apenas a un par de kms. de Plaza de Moros, mientras que Las Cas-tellanas y Cerro Moro, lo hacen a 1 y 2 kms. de Peña de la Muela.
Parece, por tanto, que no es posible asignar una transición lineal desde los núcleos en llanura, no fortificados, a los sistemas amurallados, existiendo probablemente tentativas más tempranas de estos últimos, cuya mayor antigüedad no podemos precisar, por el momento, en el espacio.
A este respecto, los indicios con los que contamos parecen indicar que se produce una ocupación progresiva y selectiva en determinados valles.
Así en el término de Villatobas, el poblamiento de la Edad del Hierro se desarrolla desde la cabecera del Arroyo del Valle, en donde se sitúa el yacimiento en llanura de Villatobas y la necrópolis del Cerro Colorado.
Posteriormente surgen pequeños asentamientos en llano aguas abajo del arroyo: La Vega y Barranco del Taray.
Finalmente aparece Plaza de Moros.
En el término de Santa Cruz de la Zarza, unos kms. más al Norte, ya en la Fosa del Tajo, el poblamiento se concentra de nuevo en la cabecera de un arroyo con el yacimiento de llanura de Fuente de la Calzada (Urbina 2000:74).
Posteriormente aparecen pequeños hábitats, también en llano y, probablemente, relacionados o dependientes de este primero, como son Los Villarejos o Cerro Moro, aguas abajo.
Finalmente aparece el recinto amurallado de la Peña de la Muela (Urbina 2000:72), aún más abajo en el cauce del mismo arroyo.
Al cabo, los asentamientos encastillados se convierten en el tipo de hábitat característico.
No conocemos la evolución que desde entonces corrieron (1) Los informes correspondientes se encuentran en la Consejería de Cultura de la Junta de Castilla-La Mancha. los yacimientos en llano, del mismo modo que tampoco podemos precisar con certeza el momento en el que los recintos amurallados pueden considerarse predominantes.
A modo de hipótesis, y por analogía con lo que parece ocurrir en otras zonas de la Península (Ruiz y Molinos 1993), situamos ese período hacia mediados del siglo IV a.n.e.
El yacimiento de Plaza de Moros forma parte pues de un sistema de poblamiento perfectamente articulado y homogéneo, del que es un elemento estándar.
Constituye el último eslabón de una sucesión de yacimientos sobre los escarpes de la margen derecha del arroyo Cedrón y sus afluentes, ya que más al Este y al Sur, el relieve plano de la región de La Mancha Alta no permite la existencia de este tipo de recintos, de clara topografía defensiva.
En la Mesa de Ocaña se han detectado dos grupos de yacimientos amurallados claramente diferenciados.
En primer lugar, los emplazados en la Fosa del Tajo, cuyas superficies oscilan entre 3,5 y 7 Has.
En segundo lugar, los del Valle del Cedrón (entre los que se encuentra Plaza de Moros) con extensiones más homogéneas, entre las 0,9 y 1,4 Has.
LOS SISTEMAS DEFENSIVOS EN PLAZA DE MOROS
Por su morfología topográfica y su emplazamiento, puede considerarse un ejemplo típico de poblado de la Plena Edad del Hierro (Moret 1996; Sierra 2002) muy difundido por toda la geografía Peninsular.
Se asienta en un espolón asomado a la confluencia del cauce de dos arroyos, sobre los que se eleva mediante taludes de fuerte pendiente.
En el istmo que da acceso al recinto, se construyeron dos fosos y una barrera o muralla, formada por dos torreones semicirculares, un modelo igualmente repetido en otros yacimientos, tanto de la comarca, como de amplias zonas de la Península.
Plaza de Moros es el yacimiento de la comarca en el que el relieve se adapta mejor a las necesidades defensivas.
Esto se traduce, en el paisaje, en la existencia de una península con un istmo de apenas 30 m. de ancho, que cierra completamente el acceso al recinto, de 1 Ha. de extensión.
Las paredes del cerro donde se ubica tienen un desnivel de 30 m. sobre el cauce de los arroyos, y sus pendientes llegan a alcanzar los 35o.
El perímetro de la península de Plaza de Moros se encontraba defendido por una pared de 1,2 m. de ancho, de la que sólo se conservan las hiladas inferiores de piedra, con bloques de gran tamaño en su base (2).
Los esfuerzos defensivos en el emplazamiento se centraron en el istmo, con la erección de los torreones.
Su técnica constructiva, a base de dos paredes (exterior e interior) de mampostería de piedras locales (calizas y areniscas) unidas en seco, con un espacio interior de hasta 5,5 m. de ancho, relleno con materiales de todo tipo (Urbina e.p.), tiene múltiples paralelos en toda la geografía peninsular.
Al pie de los torreones se dispone un primer foso, donde se ha practicado un sondeo.
Su forma es trapezoidal, con mayor pendiente al pie la muralla que en su cara exterior.
Tiene una profundidad máxima de 4 m. y una anchura en superficie de 7,2 m., medidas a las que hay que añadir un talud de 50o de pendiente y 1,2 m. de longitud desde la base de los torreones al comienzo del foso, de modo que la parte más alta de la barrera principal (a la que se le supone una altura de al menos 5 m.) se encontraba a 8 m. de altura desde el borde exterior del foso.
Un segundo foso se practicó a 32 m. del primero, aprovechando para ello el desnivel del terreno, de más de 2 m. en esa zona, en el punto en el que el istmo es más estrecho (3).
En el espacio entre am-Lám.
I. Topografía de Plaza de Moros.
Vuelo americano, 1956 (Servicio Cartográfico del Ejército).
(2) Aunque aún no se ha localizado la entrada al recinto, pensamos que ésta debió disponerse a buen seguro detrás de uno de los recodos que dibujan los lienzos de muralla lateral al unirse a los torreones, en un punto desde el que ya no sea visible desde el istmo.
(3) De este modo un supuesto atacante se encontraría una zanja de casi 10 m. de ancho cuya superficie de la cara interior se bos fosos, se han detectado también trazas de algún tipo de parapeto o pequeño foso.
No existe un estudio sistemático sobre los fosos de los poblados de la Edad del Hierro (González y Peña 1991; Gusi et al. 1991) aunque ya es común encontrar amplias reseñas en las publicaciones más modernas.
La cronología para estos sistemas adelantados de defensa está más en función de las concepciones de cada autor que de un estudio de su evolución tipológica.
Así, algunos autores defienden que los sistemas de barrera y doble foso son elementos importados de Grecia (Gracia Alonso 2000) y su cronología nunca es anterior al siglo III a.C. (Díes y Gimeno 1995), con un pleno desarrollo durante los siglos II y I a.C. Esta postura se contradice implícitamente con la asignación de una cronología tan antigua como el Hierro I para varios enclaves del valle Bajo del Ebro, de claras raíces autóctonas (Moret 1996: 125ss.).
En yacimientos de otras regiones, se ha constatado la existencia de dobles fosos, atribuibles a los s. V-IV a.C., como por ejemplo en Turó de Montgròs, Osona, Barcelona (Molist y Rovira 1993).
Sin negar las funciones tácticas de los fosos, no hay que olvidar tampoco el gran servicio que al ahorro de esfuerzo suponen a la hora de la construcción de las murallas, para las que son una excelente cantera (Moret 1996; Urbina 2000), extremo constatado a través de los análisis de rocas en yacimientos como el de Barchín del Hoyo, Cuenca (Sierra 2002), entre otros.
El yacimiento sufrió los efectos devastadores de un incendio que se ha constatado con mayor o menor virulencia en todas las áreas excavadas hasta el momento.
El efecto del fuego ha permitido que parte de las frágiles paredes de adobe se hayan conservado extraordinariamente bien, y gracias a ello se han podido documentar detalles urbanísticos y constructivos de gran interés.
Existen dos momentos de ocupación claramente diferenciados en la estratigrafía de las zonas excavadas, si bien debieron ser bastante próximos en el tiempo, pues no hemos detectado, hasta la fecha, diferencias apreciables en la cultura material de ambas fases.
En los primeros años de excavación en Plaza de Moros (4) las intervenciones se centraron al interior de la muralla principal o cara interna de los torreones.
Allí fueron descubiertas una serie de estancias rectangulares muy bien conservadas, dispuestas longitudinalmente al sentido de la muralla (Urquijo y Urbina 2001).
En la parte central hay una habitación de 7,2 × 2,8 m. con dos vanos o puertas.
La interior da acceso a sendos tramos de escaleras adosados a la cara interna de a muralla; éstos nacen de un escalón común, permitiendo acceder al interior de los dos torreones semicirculares, que forman el grueso de la barrera.
Sobre el suelo original se documenta la acumulación de capas de nivelación de 40 cm. de potencia hasta un nivel superior, más moderno, que rellenó el escalón común y cubrió dos peldaños de cada tramo de escaleras, habilitando un vano de 2 m. de ancho para el acceso a las mismas.
Otra puerta de igual ancho da paso desde esta habitación al interior del poblado.
A este momento pertenecen las paredes de adobe mejor conservadas del yacimiento, debido al incendió que fue la causa de la ruina de las estructuras y, al parecer, del abandono del lugar.
Aunque desconocemos por el momento el grado de alteración de las estructuras más antiguas, el sistema urbanístico general no parece verse modificado en esencia, las estancias rectangulares continúan articulándo- se con la barrera, manteniéndose la misma forma de acceso a los torreones.
La fragilidad de la gran cantidad de adobes descubiertos y la carencia de una metodología y presupuesto adecuados para su conservación nos decidió a suspender los trabajos en esta área hasta contar con medios más idóneos.
Comenzaron entonces los trabajos en el Area II, junto a la muralla lateral, al Oeste del poblado.
En ella, y a lo largo de varias campañas de excavación, se han descubierto diversas estancias con características técnicas similares a las de la mayoría de los poblados de estos momentos en el área Ibérica, a base de zócalos de piedras locales sin desbastar y alzados de adobe.
El estudio del urbanismo del Área II es más complejo, poniéndose aquí también de manifiesto los dos momentos de ocupación comentados.
El plan original se basa en una serie de estancias rectangulares similares a las del Area I, dispuestas en sentido longitudinal o transversal a la muralla.
Entre estas estancias y la muralla, se disponen unos espacios cuadrados de 2 × 2m., separados por tabiques de adobe.
La base de estas áreas está rellena de adobes hasta una altura difícil de precisar, debido a la erosión que afecta actualmente a la ladera, pero que en todo caso supera los 40 cm. de altura (5).
Las paredes que dividen las estancias rectangulares, de mayor entidad que los tabiques, con bases de piedra, se imbrican en la muralla y cortan su ancho.
La muralla lateral, de hecho, está construida por paños seccionados por estas paredes.
Este tipo de construcción aporta una mayor solidez a la obra, al evitar que las tensiones o defectos afecten a un lienzo de gran longitud.
Pero sus implicaciones van más allá de la mera habilidad constructiva; pensamos que el estudio de esta concepción es de (5) Estas estructuras podrían interpretarse como elementos de refuerzo de la propia muralla, que además pudieron servir a modo de altillo para las casas del interior, de forma similar, por ejemplo, a como se ha observado en el poblado de Los Molinicos, en Murcia (Lillo 1993:59).
Vista general del Área I. 1999. interés para al análisis de las dinámicas que llevaron a los pobladores del valle medio del Tajo de unos hábitats abiertos, en llano, a los encastillamientos de muelas y espolones.
Habría que interpretar que estos recintos amurallados se planean y conciben desde los asentamientos en llano, como un todo orgánico en respuesta a unas necesidades que se nos escapan por el momento.
Efectivamente, en la Mesa de Ocaña la mayoría de los recintos amurallado son ocupados ex novo (Urbina 1997(Urbina y 2000)), lo que implica que no sólo la elección del emplazamiento -conjugando las variables del relieve con los intereses defensivos-fue especialmente intencionada, sino que el diseño urbanístico general de estos espacios fue también preconcebido.
Más aún, es concebido mientras se habita en otro lugar.
No se trata de un sencillo esquema con la construcción de una muralla perimetral a la que se van adosando las casas que la utilizan como pared trasera, el cerramiento de un espacio que se rellena con módulos habitacionales más o menos estandarizados, ejemplos típicos de los primeros momentos de la Edad del Hierro en los poblados de calle central del Bajo Ebro o lugares más cercanos como El Ceremeño, en Guadalajara (Cerdeño y Juez 2002).
El ejemplo de Plaza de Moros señala que aquí la arquitectura presenta un diseño mucho más complejo, con la elaboración de un plan urbanístico que engloba, al menos, las estancias contiguas a la muralla perimetral (lo que representa un 40% del espacio del poblado) y las propias construcciones defensivas.
La muralla se construyó por tramos probablemente al mismo tiempo que las estancias que se adosan a ella, e intercalan sus muros, pero no se puede considerar a ésta una parte de las paredes de las casas, pues su grosor de 1,2 m. y el tamaño de sus piedras es significativamente mayor al de las paredes más gruesas de cualquier estancia.
Esta peculiaridad plantea numerosos interrogantes a la hora de interpretar el proceso constructivo, ya que es necesario que la muralla se vaya construyendo por tramos al mismo tiempo que se levantan las distintas estancias.
Pero estas estancias quedan diferenciadas claramente, ya que entre un y otra no existen paredes medianeras, sino que se construyen dos muros adosados con una pequeña separación entre ellos (Area II, Hab.
1 y 2), algo que no sucede en el Area I. Nos enfrentamos a la disyuntiva de plantear las obras de construcción del poblado como un trabajo común que, sin embargo, implica-ba la construcción de espacios muy diferenciados, o por el contrario, quizá, interpretar estos espacios como propios de células sociales cercanas a la familia nuclear.
En este supuesto cada célula o familia podría construir su propia estancia y el tramo de muralla que con ella se intercala, o bien la construcción de la muralla repartirse entre todos los habitantes del poblado.
Al igual que en el Area I, pero aquí con más nitidez, se observa una posterior subdivisión de los espacios rectangulares, a la vez que se añaden otros nuevos a modo de vestíbulos.
Tal compartimentación se produjo respetando los antiguos módulos, por lo que la disposición urbanística general apenas varía, aunque se hace más compleja.
Según los datos disponibles, la norma parece ser la irregularidad, con predominio de estancias cuadradas y poco cuidado en el trazado de ángulos rectos, tendiendo a la planta compleja donde no es inusual la existencia de muros adosados en lugar de paredes medianeras, como sucede, por ejemplo, en el Cerro de los Encaños, Cuenca, (Gómez 1986) o en el Cerrón de Illescas, Toledo (Valiente 1994).
Pero en general desconocemos la funcionalidad de la mayoría de las áreas, así como la articulación entre las mismas.
En Plaza de Moros constatamos la existencia de dos áreas de funcionalidad diferenciada.
En el Area I, al menos la estancia central ya comentada debe relacionarse con la vigilancia y defensa de los torreones que cierran el acceso al poblado.
El Area II presenta ciertos rasgos que permiten identificarla con espacios de carácter artesanal o ámbitos no específicos de vivienda.
Uno de ellos es la ausencia de huesos entre los restos exhumados (7), a la que hay que añadir la falta de hogares.
Otro es la existencia de unas cubetas de forma cónica practicadas bajo los suelos de cada habitación (H1, H2, H3 y H9) y recubiertas con yeso, y habría que aña-(6) Este panorama se verá enriquecido con la publicación completa del barrio excavado en el poblado de La Gavia, Vallecas, Madrid (Morín et al. e.p.).
(7) Los escasos restos de huesos recuperadosos en el yacimiento provienen en su totalidad del Area I. El estudio de los mismos ha sido realizado por Eva Orri y Jordi Nadal de Arqueocat/Serp.
dir aún la gran profusión de grandes recipientes documentados en este área (8).
En ambas áreas se constata la posterior adecuación de los espacios a la vida doméstica, con la construcción de un hogar en la habitación de acceso a las escaleras de los torreones en el Area I, y la amortización de las cubetas y erección de algún hogar, en el Area II.
Uno de los aspectos de mayor interés de las excavaciones en Plaza de Moros, era obtener una cronología absoluta que se pudiera extrapolar a los recintos amurallados de la Mesa de Ocaña y el valle del Tajo.
Así mismo, la obtención de unas fechas absolutas sería de gran valor para establecer los primeros paralelos sobre los que construir la secuencia material de la zona.
Es por ello que, apro-vechando la abundancia de madera carbonizada en el yacimiento, se realizaron dos análisis de C14.
Lamentablemente, los resultados de dichos análisis presentan problemas para su adecuada interpretación (9), y por tanto hemos de basarnos en la cultura material para intentar acercarnos a la cronología del sitio.
Como es frecuente en un lugar relativamente aislado, los objetos exhumados pertenecen en su mayoría a una cultura material de carácter eminentemente local.
Pocos esfuerzos se han realizado para caracterizar este tipo de producciones, aunque hace ya tiempo que E. Cuadrado apuntó una serie de datos en ese sentido (Cuadrado 1976-78).
(8) En este sentido se ha iniciado una línea de análisis de los fondos de los grandes recipientes encontrados en el área II, en colaboración con los laboratorios de Arqueocat S.L.
(9) Optamos por tanto, por no incluir en este trabajo los resultados de esas primeras dataciones radiocarbónicas, realizadas por el Laboratoire des Sciences du Climat et de l'Environnement del CNRS, Paris.
Queda pues pendiente la confirmación de estos datos, que por el momento abarcan fechas comprendidas entre los siglos IV y II a.
C, a la espera de nuevos análisis que permitan definir con una mayor precisión la periodización del yacimiento.
Estamos además a la espera de los primeros resultados sobre el arco paleomagnético de la Península Ibérica, para el que se extrajeron varias muestras de los adobes quemados de las paredes de la H1, Área I.
Con respecto a la cerámica, la mayor parte de la producción recuperada se fabricó a torno, aunque es necesaria una explicación al respecto.
Si en momentos anteriores los porcentajes entre cerámica a mano y a torno pueden ser cronológicamente significativos, desde un momento que sería necesario precisar con exactitud y puede situarse para esta zona, grosso modo, desde finales del siglo V a comienzos del IV a.
C., las vasijas a mano se corresponden exclusivamente con elementos de cocina, barros refractarios resistentes al fuego y cuyas proporciones permanecerán estables a lo largo de toda la Edad del Hierro.
Entre las producciones a torno destacan los grandes recipientes, especialmente las tinajas.
Estas presentan bien cuerpos alargados, similares a las más antiguas ánforas fenicias, bien a modo de grandes krateriscos con ancha panza y base estrecha.
Pueden contener hasta 100 l. en ambos tipos.
Las bases de todas ellas son rehundidas o en omphalos y los bordes de pico de ánade, los hombros curvos y a veces con moldura en el cuello.
Prácticamente la totalidad de las recuperadas están decoradas con pintura jaspeada sin engobe, o con un engobe anaranjado o rojizo bajo los tonos marrones oscuros e incluso negruzcos de la pintura a brocha.
"Jaspeadas" es la denominación que aplicó E. Cuadrado (1976-78:327) a unas decoraciones características de las cerámicas de la IIa Edad del Hierro en el Centro peninsular, que se concentran especialmente en el valle medio del Tajo, sobre todo en la mitad Sur de la provincia de Madrid, mitad Este de Toledo y tercio Oeste de Cuenca.
Se ha intentado identificar el área de dispersión de estas decoraciones con la de los carpetanos que aparecen en las fuentes clásicas (Valiente y Balmaseda 1983).
La decoración en sí es un engobe o pintura que oscila desde los tonos marrones claro a los marrones oscuro y negruzcos, cuya característica es que está aplicado con una especia de brocha o pincel basto que deja translucir los brochazos, de modo que partes de la vasija quedan cubiertas por el engobe o pintura y otras no, adquiriendo así el aspecto "jaspeado" que la ha dado el nombre.
A veces parece querer imitar las bandas de las decoraciones típicamente ibéricas, alternando el engobe marrón claro con franjas más oscuras.
Se aplica en general a todo tipo de vasijas y es con mucho la decoración predominante entre las producciones a torno en las regiones reseñadas.
Con respecto a la función de las tinajas, además de la obvia como contenedores de grano, habría que añadir la de contenedores de líquidos.
Se daría así explicación a la presencia de las citadas cubetas practicadas en los suelos de las habitaciones del Fig. 7.
Cerámicas de Plaza de Moros: 1.
Tinajilla con pintura jaspeada en negro.
Tinajilla con engobe naranja.
Pequeño cuenco sin decoración.
Cuenco de barniz rojo.
Cerámicas de Plaza de Moros.
Tinajilla con decoración jaspeada marrón claro.
Olla de cocina, a mano.
Tonelete con decoración jaspeada marrón claro.
Area II y a la carencia de pintura y engobe en las partes más bajas de estas tinajas, que se encajarían en estas cubetas para dar una mayor estabilidad al recipiente (10).
Llamamos urnas o tinajillas (Mata y Bonet 1992) a unos tipos similares, aunque de menor tamaño, casi exclusivamente de perfiles bitroncocónicos y con las mismas decoraciones, si bien en estos tipos se dan algunas decoraciones a base de líneas, bandas, melenas o semicírculos, en rojo sobre ejemplares de pastas más rojizas y alisados al exterior, que podríamos quizá considerar foráneos (11).
Su aspecto apenas difiere de las producciones ibéricas, a no ser porque los tonos con los que se realiza la decoración son algo más apagados que en La Mancha y Levante, como ya advierte Cuadrado (1976-78:327).
Finalmente, entre las formas de grandes dimensiones destacan los llamados toneles o toneletes ibéricos (Lillo 1979), vasijas cilíndricas con bocas laterales de las que se han documentado hasta una decena, decorados a base de jaspeados sin engobe.
En los ejemplares mejor conservados no se documentan las típicas asas, pero siempre las ondulaciones laterales, semi-pulidas por rozamiento, producido probablemente por cuerdas o sogas (12).
Otra de las formas más características del yacimiento son los caliciformes o cuencos.
Documentamos ejemplares de cuello acampanado y hombros bien marcados e incluso carenados, bien con decoración de líneas en tonos rojos, en la parte superior, sobre engobes rojizos o anaranjados cubriendo las 2/3 partes superiores de la pieza, bien grises o negros alisados, imitando las texturas del metal.
Este tipo de producciones presenta diversos tamaños, los mayores suelen estar pintados con base en omphalos y los más pequeños, grises, pueden presentar bases rehundidas o con pie anillado.
Los cuencos o escudillas están alisados, probablemente con espátula, presentando una superficie rosácea brillante y lisa.
Tienen pies anillados y su morfología varía desde las formas de tazón a las de verdaderos platos.
Entre los recipientes de menor tamaño están las cerámicas de barniz rojo púnico.
Se han recuperado botellitas de cuello truncado de diversos tamaños (formas "d" de Cuadrado), pequeños cuencos y/o escudillas (formas c) y pequeñas ollitas globulares.
El total, apenas alcanza un 2% de la producción cerámica del yacimiento (medida en n.o de vasijas).
Las producciones de barniz rojo púnico, aunque siempre halladas en escasas proporciones, aparecen en casi todos los yacimientos de la Edad del Hierro en la Cuenca Media del Tajo.
Éstas son especialmente abundantes en torno al Guadiana medio: Alarcos, Oreto (Fernández 1987).
Se acepta para estas producciones una cronología del siglo IV al II a.C. con una tendencia a situar el momento de mayor profusión en el siglo III a.C. (Cuadrado 1991; Fernández 1987).
En lo que respecta a materiales metálicos, hasta la campaña de 2003, se han localizado, en bronce, un total de 8 fíbulas (7 en el Área II), 5 de ellas anulares y 3 de La Tène, a las que hay que añadir un lote de 4 más, actualmente en paradero desconocido (una anular, otra de pie vuelto y dos de caballito).
De las fíbulas anulares, dos proceden de superficie y están incompletas, siendo difícil su precisión tipológica; otra es de timbal y otras dos, de navecilla normal convexa y resorte de charnela.
La cronología de estas piezas oscila entre el siglo IV y III a.C.
Fíbulas halladas en el yacimiento.
(10) Una cubeta construida con yeso o excavada en el suelo es una solución muy común en la cultura popular de amplias regiones peninsulares, para guardar las tinajas destinadas al agua de consumo, en la habitación principal de la casa, ya que estas cubetas otorgan mayor estabilidad al recipiente.
(11) La proporción de estas vasijas pintadas con decoraciones geométricas sobre el total de la producción a torno, es de un 8%.
(12) Aparte de la deducción lógica para estas formas como contenedores de líquidos, no habría que descartar también la utilidad de objetos muy similares para la fabricación de leche cortada por medio de vaivén, sujetos sobre dos cuerdas que penden del techo o una viga, de los que se conocen numerosos ejemplos etnológicos.
Dos de las fíbulas en paradero desconocido son ejemplares zoomorfos o de caballito, del tipo esquematizado de placa que propone González Zamora (1999:202), con una cronología del s. III a.C. De pie vuelto tenemos 5 piezas, una en paradero desconocido, de pie vuelto libre, con remate, al parecer serpentiforme (grupo 2 de Cuadrado), con resorte muy simplificado retorcido hacia el interior, que haría referencia a tipos antiguos de La Tène, con cronologías de primera mitad del s. IV a.C.
Del mismo momento, destacan otras dos fíbulas del Area II, tipo 2 de Cuadrado, o A3 de Argente, de La Tène Antigua 1C, con pie apoyado sobre el arco.
Se le asigna una cronología de finales del IV comienzos del III a.C.
La cronología que aporta el conjunto de fíbulas parece encuadrarse claramente en el siglo IV a.C., con algunos ejemplares algo posteriores, pero que en ningún caso nos llevarían más allá de la mitad del s. III a.C. (Urquijo y Urbina 2001).
Estas fechas están en consonancia con las aportadas por las producciones cerámicas de barniz rojo.
También hoy en paradero desconocido, sabemos de la existencia de una placa de cinturón de tipo ibérico, con decoración de damasquinados de plata, a base de círculos concéntricos.
Para este tipo de adornos, que se localizan en contextos variados, se asignan cronologías que van desde el siglo IV al II a.C. con mayor abundancia en la 2a mitad del IV a.C. (Cerdeño 1977).
Destacamos, así mismo, la aparición de dos fragmentos de braserillo de bronce, pertenecientes a dos recipientes distintos, correspondiendo respectivamente a un trozo de asa y al soporte de un asa rematado en manos muy esquemáticas (siendo el primero un hallazgo superficial en el Área I, y procediendo el segundo de la calle II, en el área II).
Hay que señalar que aunque es la primera vez que estas piezas se documentan en la región, no son extrañas en lugares tan dispares como Andalucía, Levante y estribaciones del Sistema Central, con amplias cronologías (Cuadrado 1966, en García Cano et al. 2002).
Aunque descrita sucintamente, la cultura material de Plaza de Moros es claramente propia de un horizonte encuadrable cronológicamente entre la mitad del siglo IV y el s.III a.C. Si pudiéramos hacerla extensible al resto de yacimientos amurallados de la misma tipología de la Mesa de Ocaña, significaría que las propuestas realizadas anteriormente (Urbina 2000) son en esencia correctas.
La evolución del poblamiento de la II Edad del Hierro en el Valle Medio del Tajo se iniciaría con los asentamientos en llano, a donde llegan las primeras cerámicas a torno y que también son el exponente de los primeros poblados plenamente sedentarios en la zona.
Se trata de asentamientos como los correspondientes a las necrópolis de Las Esperillas, en Santa Cruz de la Zarza, (García Carrillo y Encinas 1987), o la recién excavada necrópolis del Cerro Colorado, en Villatobas, en la Mesa de Ocaña, así como de otras más alejadas, como las primeras fases de Palomar de Pintado en Villafranca de los Caballeros (Pereira et al. 2001) y Las Madrigueras, en Carrascosa del Campo, Cuenca (Almagro 1969), o poblados como Hoyo de la Serna en Villarrubia de Santiago, o el yacimiento A de Arroyo Culebro, en Leganés, Madrid (Penedo 2001).
Estas cerámicas a torno expresarían la plasmación de los influjos mediterráneos, llegados desde Levante y Andalucía, que incidirían drásticamente en la economía indígena, ampliando su base de producción e introduciendo probablemente nuevos cultivos y técnicas, que ampliarán en general la capacidad de generación y transformación de productos de estas sociedades (Fernández Nieto 1999).
Posteriormente, y de forma paulatina, se van ocupando las márgenes de los respectivos valles, creando nuevos asentamientos más reducidos, aún sin preocupaciones defensivas.
Estos pequeños poblados, de marcado carácter agrícola, se documentan por ejemplo en emplazamientos como los de El Gredero, Arroyo del Taray o La Vega, en torno al arroyo cuya cabecera domina al poblado de Villatobas, o Las Castellanas y Cerro Moro, en torno al arroyo cuya cabecera ocupa Fuente de la Calzada, otro yacimiento en llanura en Santa Cruz de la Zarza (Urbina 2000: 74), y serían a su vez la expresión del incremento general de la producción o de los aprovechamientos del medio.
El siguiente paso en la evolución del poblamiento está reflejado en la emergencia de los recintos amurallados.
Éstos, si bien suponen un cambio drástico respecto a lo anterior (llegando probablemente muchos de ellos a sustituir a los primitivos núcleos centrales) son, en un principio, un reflejo de la evolución de los poblados del llano, aunque en una nueva dirección.
Los datos del urbanismo de Plaza de Moros analizados anteriormente, apuntan en la línea interpretativa que uno de nosotros indicó hace años (Urbina 2000:230ss), en el sentido de que estos recintos amurallados se proyectarían desde los núcleos de la llanura, en principio como estructuras de almacenaje y de disuasión en donde guardar los excedentes: cereales, ganado, y ubicar las pequeñas industrias de transformación cada vez más complejas y abundantes.
El recinto amurallado sería así concebido como un espacio artesal-industrial y/o de refugio, que deriva, quizá al tiempo que se generaliza el modelo, en un espacio habitado, en un poblado propiamente dicho.
Esta transformación es gradual y no muy larga en el tiempo, a juzgar por la secuencia estratigráfica de Plaza de Moros (13).
Este tipo de yacimientos parecen ser exclusivos un poco más tarde, cuando desde finales del siglo III tengamos noticias escritas con la llegada de púnicos y romanos a la zona.
Entonces las fuentes reflejan un clima de inseguridad endémica o al menos cíclica, en la que los recintos fortificados están plenamente justificados. |
LAS REPRESENTACIONES DE BULTO REDONDO EN EL MEGALITISMO DEL NOROESTE
A la memoria de C ristina F.
Las excavaciones de la última década en mega li tos ga llegos han proporcio nado una seri e de representaciones sobre ca ntos rodados, decorados tosca mente con incisiones o m uescas.
La mayoría ha n a pa recido colocadas en una especie de atrio prese nte en sepulturas de corredor qu e se datan de la 2.' mi tad del In milenio.
Algu nas de estas piezas recuerda n el motivo del «tatuaje fac ial », común en figuras calcolíticas del Sur de la Penínsul a Ibérica.
En un trabajo de síntesis publicado póstumamente, López Cuevillas (1959: 65) se hacía eco de la ausencia de obj etos idoliformes en el mundo megalítico del Noroeste peninsular, aseveración que hasta fec has muy recientes ha conservado plenamente su validez.
En efecto, a despecho del importante número de construcciones dolménicas que ostentaban en sus ortostatos decoración a base de grabados o, menos frecuentemente, pinturas (Shee, 1981; Rodríguez Casal, 1990), las representaciones exentas eran extraordinariamente escasas y su situación con textual estaba mal documentada: una figura antropomorfa de Paredes de Abaixo (Lugo), un betilo simple del túmulo 2 de Abelleira (Lugo) o un posible ídolo-cilindro de A Caeira (Pontevedra) (Fábregas, 1991).
La rareza de esta clase de manifestaciones se constataba también en otras áreas megalíticas próximas geográficamente como Asturias, donde sólo se puede citar una pieza en el dolmen de BaradaL (Jordá, 1977: 184), así como en el Norte de Portugal donde a la escultura antropomor[;\ recuperada en el dolmen K de Alijó (Vila Real) (Botelho 1898), sólo se podrían añadir tal vez las mal publicadas representaciones de Cova da Moura (Viana do Castelo) (Viana, 1953).
Sin embargo, el panorama descrito se ha modificado significativamente en el curso de la última década, pues la intensificación de las excavaciones efectuadas en yacimientos megalíticos del Noroeste ha permitido descubrir un ya importante elenco de figuras que en ciertos casos poseen un carácter más o menos acusadamente antropomórfico.
En otro lugar (Fábregas, 1991, fig. 30) hemos efectuado una primera tentativa de ordenación de esta categoría de artefactos, clasificándolos en 7 grupos con sus correspondientes variantes.
El presente trabajo se centra en el estudio pormenorizado de los grupos 1 al 3 de dicha clasificación, con mucho los más representativos numéricamente, y que muestran además una serie de particularidades en lo referente a su distribución geográfica -casi exclusivamente gallega en la actualidad-, contexto de aparición y características morfotécnicas (Fig. 1).
Hemos evitado en el encabezamiento de este trabajo el término ídolo, habitualmente empleado por los más diversos autores al referirse a esta abigarrada categoría de artefactos.
Aunque ese concepto se ha aplicado generalmente con un sentido más amplio que el de representación de la divinidad, creemos más prudente no encorsetar de partida una realidad material compleja desde el punto de vista formal y todavía mal conocida por lo que al Noroeste se refiere.
1993 De las tres grandes categorías que vamos a tratar a continuación (Fig. 2), es ésta la que presenta una caracterización más problemática por cuanto no consiste más que en simples cantos rodados, cuya condición artefactual viene señalada como veremos más adelante por circunstancias contextuales.
Sus características morfométricas presentan no obstante ciertas regularidades: se trata de guijarros, generalmente de sección aplanada y con una silueta ovoidal, triangular o elíptica, más raramente cuadrangular.
En dos ejemplares de adscripción más discutible al grupo 1 se documenta una forma estrangulada (tipo la).
Las 34 piezas que podemos encuadrar con cierta seguridad en el otro tipo (lb) provienen de tres sepulcros de corredor (23 de ellas de Cava da Maura -Argalo, Noia).
La mayoría (58 %) de éstas mide entre 10 y 20 cm. de longitud, situándose bajo el primer valor otro 27 %, y parecen haber sido objeto de un proceso de selección, tomando en cuenta las variables longitud y anchura, que muestran un grado apreciable de correlación (r = + 0'79) (Fábregas, 1991, fig. 31).
Aunque no dispone-mos de análisis petrográficos, la materia prima empleada consiste, al igual que sucede entre los otros dos grupos de artefactos, en rocas graníticas o metamórficas con una visible esquistosidad.
Guijarros decorados de tipo Argalo Las piezas pertenecientes a este grupo presentan grandes concomitancias en cuanto a forma y proporciones con las de la categoría anterior: el soporte es en todos los casos a base de cantos rodados de granito o rocas metamórficas generalmente esquistosas y hay un cierto predominio de las siluetas elípticas (12 casos), ovoides y triangulares (11 y 8 casos, respectivamente).
El índice de longitud/anchura (1'7) es idéntico al del grupo precedente, mostrando así una preferencia por formas no excesivamente longilíneas.
Aunque las piezas entre 10 y 20 cm. de longitud siguen constituyendo la mayoría (59 %), en contraste con los guijarros del grupo l, ningún ejemplar baja de los 10 cm. de largo.
El único elemento diferenciador de las piezas del grupo II con respecto a los simples guijarros del grupo l son las someras modificaciones efectuadas sobre el soporte original, afectando a veces exclusivamente al contorno de la pieza, mientras en otras ocasiones se decora toscamente una o ambas caras.
Dado que el trabajo efectuado sobre el canto rodado es tan escaso que apenas altera su forma y proporciones y estas variables son por tanto -dentro de ciertos límites-aleatorias, hemos optado por emplear como criterio discriminante de los distintos tipos los aspectos técnicos y organizativos de la decoración que presentan:
Tipo lla (4 ejemplares en otros tantos yacimientos): se caracteriza por presentar en ambas caras una decoración a base de líneas incisas, que arrancan desde el tercio superior de la pieza y convergen hacia el centro de ésta.
El número de trazos puede variar incluso entre una y otra faceta de un mismo artefacto o afectar apenas a los bordes de la pieza (mamoa da Touta).
La técnica empleada consiste en hacer pasar una y otra vez un objeto agudo y ciertamente duro (una lasca de cuarzo o sílex con un filo de las características adecuadas sería más que suficiente para ejecutar la tarea) hasta conseguir formar un surco de sección en «V» (Lám.
1, 1: detalle de la decoración de la figura no 23 de Cova da Moura -Argalo, Noia).
La ejecución no es demasiado regular ni parece apreciarse en cualquiera de estas figuras una preocupación por la simetría, aún dentro de una mIsma cara.
En el curso de un experimento realizamos dos' incisiones de las mismas características que las detectadas sobre las figuras del tipo I1a en un tiempo de unos 20 minutos, utilizando como soporte un canto rodado de granito y como instrumento grabador una lasca de cuarzo lechoso fracturada al efecto.
Tipo llb (19 ejemplares procedentes de 2 yacimientos): es el más numeroso y muestra cierta variabilidad.
Se caracteriza por poseer T. P.. no 50.
1993 Ramón Fábregas Valearee dos escotaduras poco profundas, situadas dentro del tercio superior del canto rodado, normalmente más estrecho o apuntado.
En el subtipo Ilbl (dos ejemplares) tan sólo aparecen las mencionadas escotaduras (Fig. 3,3), mientras que en el subtipo Ilb2 (dieciséis casos) éstas se prolongan dentro de las caras de la pieza en forma de leves acanaladuras que convergen hacia el centro (Fig. 3, 4), llegando a unirse eventualmente.
A menudo, esos surcos están más desarrollados en una cara que en la opuesta y en un caso esta disimetría se lleva hasta el extremo de que las acanaladuras convergentes son sustituídas en una de las caras por un simple surco horizontal (subtipo Ilb3).
Técnicamente -y las siguientes consideraciones son igualmente válidas para los tipos I1c y I1d-, tanto las escotaduras como los surcos están conseguidos mediante repicado que se complementa las más de las veces con una mínima regularización, aunque en alguna ocasión se aprecia un pulimento propiamente dicho.
Las muescas y las acanaladuras podrían haberse obtenido mediante un simple percutor de piedra con una forma algo apuntada, como se deduce de la observación de algunas piezas peor acabadas.
No obstante, las huellas de impacto observables en un surco inacabado de la figura no 31 de Cova da Moura (Argalo, Noia) (Lám.
1, 2) plantean por su forma y hondura la posibilidad del uso de un instrumento metálico, hipótesis que desde luego tendría importantes implicaciones.
En la misma sesión experimental a la que ya aludimos más atrás, efectuamos un ensayo de elaboración de un guijarro del tipo I1bl.
Con ese fin utilizamos un canto rodado de granito de sección elíptica, al cual mediante repicado se le tallaron sendas escotaduras que se continuaban sobre una cara en forma de leves acanaladuras, labor en la que se invirtieron 15 minutos, empleando como percutor un guijarro de cuarzo con una forma angulosa.
Otros cinco minutos fueron necesarios para regularizar las muescas y los surcos por abrasión con un pequeño guijarro de granito.
Tipo lle (16 ejemplares en dos yacimientos): sus integrantes se caracterizan por sus mayores dimensiones (sólo dos bajan de los 20 cm. de longitud) y por poseer dos escotaduras en cada lado de la pieza, obtenidas mediante repicado,. que en ocasiones se combina con incisión o pulimento.
Si dividimos el artefacto axial mente en dos partes aproximadamente iguales, las escotaduras mencionadas tienden a localizarse en uno de los sectores así definidos, aunque en algunos ejemplares éstas aparecen repartidas por parejas a uno y otro lado de la línea central.
Con pocas excepciones, el par de escotaduras superiores (1) -o de una forma más aséptica, las más próximas a un extremo de la figura en cuestión-están más elaboradas o, en su caso, se prolongan en acanaladuras de mayor longitud.
Asimismo, al igual que ya señalábamos entre los ejemplares del grupo IIb, la decoración aparece más desarrollada en una de las caras de la pieza.
El subtipo lIcI (7 casos), se caracteriza porque la decoración se circunscribe prácticamente a las escotaduras de los bordes, sin prolongarse en forma de acanaladuras sobre las caras (Fig. 4, 1).
Las representaciones del subtipo lIc2 (7 casos) poseen largas acanaladuras convergentes en una o en ambas caras y entre éstas se cuentan ejemplares de gran tamaño (Lám.
Las escotaduras en algunas piezas de este grupo son particularmente profundas y el repicado se complementa con un pulimentado posterior.
El subtipo lId, con sólo una pieza, sustituye en una de las caras las acanaladuras convergentes «superiores» por un simple trazo horizontal.
El subtipo Ilc4 (un ejemplar) constituye un desarrollo peculiar, pues en él las 4 acanaladuras llegan a contactar en el centro de una cara, formando un motivo en aspa, mientras en la opuesta se disponen en dos líneas paralelas.
Tipo lId (2 ejemplares en un yacimiento): posee tres escotaduras a cada lado, prolongándose dentro de las caras en otras tantas acanaladuras convergentes, obtenidas mediante repicado.
Más allá de la mera diferencia en cuanto a la técnica de decoración existente entre el tipo IIa y todos los demás, hay que resaltar el hecho de que en ciertas variantes de los tipos IIb o IIc, la talla de escotaduras en los laterales del (1) Los datos suministrados por las excavaciones de Parxubeira y Dombate sugieren que la decoración, o la parte en que ésta presenta un mayor desarrollo se localiza casi siempre en la mitad superior de la pieza, cuando ésta aparece colocada verticalmente. guijarro parece sugerir de forma sucinta un despiece anatómico (cabeza/cuerpo; cabeza/tronco/extremidades inferiores), algo que ya encontramos claramente plasmado en representaciones de nuestro grupo In, las cuales aparecen en dos yacimientos junto con las anteriores.
Una amplia mayoría (30) de los guijarros decorados de tipo Argalo provienen del yacimiento epónimo (Cava da Maura, Argalo, Noia), habiéndose recuperado en el sepulcro de corredor de Dombate (Borneiro, Cabana) otros 8 y repartiéndose 3 piezas más en otras tantas sepulturas megalíticas.
A los anteriores, todos ellos procedentes de contextos funerarios, habría que agregar un ejemplar del tipo nc3, elaborado sobre un canto rodado de granito, que apareció de forma casual en un yacimiento al aire libre (As Forcadas, Cangas) (Suárez, 1990).
A diferencia de los dos grupos tratados anteriormente, el soporte empleado no consiste ya en cantos rodados sino en lajas de rocas graníticas o metamórficas que han sido sumariamente regularizadas en su contorno, mediante repicado u -ocasionalmente-pulimento, complementado con escotaduras, a fin de dotar a la figura de unos rasgos antropomórficos más o menos esquemáticos.
Son siempre de grandes dimensiones, pasando de los 30 cm. en todos los casos en que se conservan completas, y hasta ahora sólo se documentan en dos yacimientos.
Atendiendo a su morfología y proporciones, hemos distinguido dos variedades:
Tipo lIJa o variante Parxubeira (4 ejemplares): presenta bastantes similitudes con los subtipos IIcl y IIc2, por lo que con los datos disponibles ahora mismo, no podemos excluir que se trate de una versión local y más elaborada de éstos.
No obstante, este grupo de piezas, aparecidas todas ellas en A Mina de Parxubeira, posee una serie de peculiaridades que permiten delimitarlo con claridad: grandes dimensiones (entre 38 y 49 cm. de longitud), sección muy aplanada, elaboración sobre lajas que son repicadas y parcialmente pulidas, configurando mediante escotaduras una silueta con despiece de ciertas partes (cabeza, hombros) ( Lám.
En contraste con este mayor naturalismo, no existe una pareja preocupación por decorar la superficie del objeto.
Tipo JlIb o variante Dombate (4 ejemplares, más uno dudoso, muy fragmentado): a esta variedad, documentada exclusivamente en dicha sepultura, pertenecen los ejemplares mejor terminados y aquéllos que por sus rasgos y proporciones -más canónicas-permiten apreciar un claro afán de reproducir esquemáticamente una figura antropomorfa.
Para ello se recurre a modelar el contorno de la pieza mediante repicado, a la vez que con profundas escotaduras se enfatiza la separación entre cabeza, tronco y extremidades inferiores, llegando incluso en la pieza no 10 a sugerir ciertos rasgos faciales (el grueso grano de la roca no autoriza mayores disquisiciones) a través de leves"rehundidos (2).
(2) Queremos hacer público nu estro agradeci miento al arqueólogo responsable de la excavación de Dombate, D. José María Bell o Diéguez, el cual nos facilitó el estudio de los materiales.
DISTRIBUCION GEOGRAFICA y CONTEXTO ARQUEOLOGICO
Si examinamos la localización de las representaciones de los grupos 1 a III (Fig. 1) destaca inmediatamente el carácter predominantemente costero de los hallazgos, que se producen bien en la misma llanura litoral o en las primeras estribaciones de las serranías volcadas sobre ésta, a unas cotas siempre inferiores a los 400 m.
De esta pauta se separa con claridad el túmulo de Touta que se encuentra a más de 700 m. de altitud, en la sierra de Aboboreira, situada bastante hacia el interior, si bien flanqueada por un curso fluvial tan importante como el Duero.
Desde luego podría argüirse que esta distribución tan sesgada está motivada por la mayor densidad de las investigaciones efectuadas en las zonas costeras.
De todos modos, aunque cabe esperar que el aumento de los trabajos arqueológicos en las comarcas centro orientales del Noroeste pueda conducir a nuevos descubrimientos de representaciones votivas, creemos que la disparidad costa-interior señalada responde probablemente a una situación real en el pasado.
Ello vendría indicado no sólo por la falta de hallazgos asimilables a los grupos 1 a III en recientes excavaciones científicas llevadas a cabo en comarcas interiores de Galicia y Norte de Portugal, sino también por el paralelo descubrimiento de objetos cultuales de características muy distintivas en algunos de estos últimos yacimientos (Fábregas, 1991).
Centrándonos en las circunstancias contextuales de los yacimientos en los que se han hallado figuras de los grupos 1 a 111, se aprecia de nuevo una marcada homogeneidad por cuanto cinco de un total de seis se corresponden con túmulos megalíticos.
La única excepción está representada por As Forcadas que parece ser un asentamiento al aire libre, pero que tratándose de un hallazgo casual nos obliga a ser prudentes a la hora de caracterizarlo (Suárez, 1990).
Del resto de los yacimientos, cuatro son sepulcros de corredor de grandes dimensiones, tres de los cuales (Dombate, Cova da Moura y Mina da Parxubeira) fueron objeto de excavaciones en fechas recientes, mientras un cuarto (Axeitos) sólo ha proporcionado un hallazgo fortuito de un guijarro del tipo lIa.
El último yacimiento tumular (mamoa da Touta) se significa con relación al resto, puesto que se trata de un dolmen poligonal posiblemente cerrado, habiendo aparecido un solitario guijarro de tipo lIa, muy poco elaborado, colocado intencionalmente entre los bloques de cuarzo que componían la coraza superficial cerca de la periferia del monumento, en la zanja Este (Gonc; alves, 1988: 67).
Los tres sepulcros de corredor excavados se distinguen, al margen de sus proporciones, por presentar estructuras complejas de acceso a la construcción ortostática, consistentes en áreas, en ocasiones con empedrados, disponiéndose entre el final del corredor y el perímetro del túmulo.
En todos los casos, las representaciones cultuales aparecieron en las zonas más exteriores de esa especie de atrios, y en los dos ejemplos mejor documentados (Dombate y Parxubeira) dichas figuras habían sido colocadas en posición vertical, alineándose transversalmente con relación al eje del corredor (Lám.
No se aprecia una clara diferencia entre los piezas hubiesen estado expuestas a la intemperie durante algún tiempo, a partir de la observación de la pátina diferencial que se aprecia sobre las caras de algunas figuras.
El mayor cuidado y extensión de la decoración en una de las caras (¿la dispuesta hacia el exterior?) de los guijarros de tipo Argalo podría obedecer a esa misma circunstancia.
Con relación al origen de la materia prima empleada, se puede afirmar genéricamente que se trata de rocas comunes en las respectivas zonas.
Concretamente en el caso de los ejemplares de Cova da Moura, no se encuentran en los terrenos inmediatos al túmulo los cantos rodados necesarios, pero sí en el cauce de un arroyo situado a menos de un cuarto de hora de camino desde dicho monumento.
Las informaciones disponibles en la actualidad sobre los yacimientos en que han aparecido rep resentaciones de los grupos 1 a III nos permiten trazar un esbozo de su ubicación cronológica, que a grandes líneas se correspondería con la segunda mitad del III milenio, en fechas no calibradas.
Esta propuesta se sustenta por una parte en las dataciones radiocarbónicas obtenidas en una estructura de tipo atrio detectada en el sepulcro de corredor de Cha de Parada 1 (Baiao, Portugal) (3), semejante a las que han proporcionado hall azgos de objetos cultuales.
Precisamente, el análisis de unos carbones recuperados a un lado del atrio de Dombate ha dado 4 fechas muy coherentes internamente (en torn o al 2500 a.c.), que en nuestra opinión podrían ofrecer una datación post quem para el empleo de dicha área (4).
Por otra parte, los materiales tanto líticos como cerámicos hallados en las sepulturas de Parxubeira, Cova
(4) La información sobre las fechas de Carbono 14 nos fue proporcionada por el excavador de ese monumento, J. M. Bello Diéguez, con quien hemos comentado además la problemática contextual de esos resultados.
da Moura y Dombate indican con claridad que éstas se encuentran en plena utilización durante los momentos más avanzados del III milenio, de lo que da muestra por ejemplo la abundante aparición de campaniformes en todas ellas.
El posible asentamiento litoral de As Forcadas, con cerámicas del Calcolítico tanto campaniforme como precampaniforme (Suárez, 1986) vendría a apuntalar esa adscripción tardía para las representaciones que estamos estudiando (específicamente las del grupo II).
Las cámaras poligonales simples como la de mamoa da Touta, si bien pertenecen a una tradición antigua que se remonta al IV milenio a.c., muestran una acreditada pervivencia en el conjunto del Noroeste (Fábregas, 1988).
La aparición de un fragmento cerámico con decoración peinada bajo el túmulo podría señalar su construcción dentro ya del III milenio, aunque en todo caso la deposición del guijarro tipo Argalo sobre su coraza podría haberse producido con bastante posterioridad a la erección de la sepultura.
Para el establecimiento de una cronología relativa de las representaciones de bulto redondo en el megalitismo gallego no disponemos en la actualidad de datos fidedignos aunque, como veremos más adelante, cabe la posibilidad de que los guijarros del grupo 1 provengan de una tradición local más antigua.
No obstante, la aparición conjunta de varios tipos diferentes en tres sepulturas sin que se aprecien discontinuidades de orden estratigráfico parece sugerir una coetaneidad, al menos parcial, entre todos ellos (5).
A esta impresión contribuiría la capilaridad que se puede observar entre los distintos grupos y variantes: así algunos de los guijarros decorados de tipo lIcl o lIc2 presentan notables semejanzas con las figuras del tipo IIIa, mientras que ciertas piezas del tipo IIbl prácticamente no presentan modificaciones sobre el guijarro que hace de soporte.
Por último, como un ejemplo de esa continuidad entre las distintas variantes de representaciones, podríamos citar el caso de un ejemplar del tipo IIb3 hallado en Dombate, que está elaborado sobre un guijarro (5) Sin embargo, no podemos descartar que la disposición en que encontramos estas piezas sea tan sólo el corolario final de una utilización precedente más o menos prolongada, con una cierta diacronía entre algunas de las va ri antes an tes de que finalmente fuesen depositadas juntas.
1993 presentando de forma natural un aspecto claramente antropomórfico.
El encuadre cultural y cronológico de las representaciones que estamos analizando, especialmente las integrantes de nuestro grupo II, no se puede realizar adecuadamente sin valorar su vinculación con realidades presentes más allá del Noroeste peninsular, siendo las más relevantes a este respecto aquéllas procedentes del Calco lítico del Sur de la Península Ibérica.
En efecto, en las regiones meridionales peninsulares encontramos algunos referentes bastante claros, tanto por lo que se refiere al soporte como a la clase de decoración que presentan los guijarros de tipo Argalo.
En cuanto al primer aspecto, hay que mencionar los llamados ídolos tipo El Garcel, elaborados habitualmente' sobre guijarros de forma ovalada, a los que se les practicaron dos escotaduras en su parte media o superior (Almagro Gorbea, 1973: 27-32), dándoles así una morfología similar a la de los guijarros de tipo Argalo, en especial los de la variante IIbl (Fig. 3, 3).
Las dimensiones de los primeros (entre 2 y 7 cm. de longitud) son sin embargo mucho menores que las de los ejemplares gallegos, aunque se conoce alguna pieza aislada de mayor tamaño, sobrepasando los 20 cm. de largo (Marqués y Ferrer, 1976) (Fig. 3, 1).
Si bien los ido los de El Garcel se encuentran prácticamente limitados al mundo millarense, algunos ejemplares rebasan ampliamente ese círculo, apareciendo en la Sub meseta Sur o en el centro de Portugal: así tenemos referencias del hallazgo de tres piezas asimilables a ese tipo en la necrópolis megalítica de Lomba do Canho (Arganil, Coimbra) (Nunes, 1957) y de otras cuatro en el poblado calcolítico de Los Castillos (Las Herencias, Toledo) (Alvaro et alii, 1988).
De todos modos, la solución formal que estamos analizando (guijarro con escotaduras) es de tal sencillez que, sin descartar totalmente una génesis meridional, hay que considerar la posibilidad de que las representaciones del grupo II, más concretamente el soporte empleado, hundan sus raíces en tradiciones regionales más antiguas, tal vez neolíticas.
En algunas sepulturas tu mulares de Galicia y Norte de Portugal, cuya construcción data de los finales del IV milenio en fechas convencionales (v.g.
1993 Ramón Fábregas Valcarce cantos rodados, que en el caso de la mamoa 3 de Pena Mosqueira (Mogadouro, Braganc;:a) estaban impregnados de ocre (Sanches, 1987(Sanches, y 1989)).
En monumentos verosímilmente posteriores como el de Outeiro (Baiao, Oporto) esta costumbre se hace incluso más patente, pues aquí se depositan 32 guijarros de cuarcita en la periferia del túmulo (Faro et alii, 1988).
Todavía habría que traer a colación otras referencias más antiguas y peor contrastadas, acerca de la aparición en túmulos de guijarros de procedencia alógena y que no muestran señales de utilización (v.g.
Lejos de ser esta aniconia algo aislado y exclusivo del N 0roeste, podría constituir una tradición propia del megalitismo en el Norte peninsular (ver al respecto Jordá, 1977: 195) o, incluso, en otras regiones atlánticas donde se documenta asimismo la deposición en contextos sepulcrales de simples cantos rodados (v.g.
Los datos que acabamos de mencionar sustentarían la hipótesis de que desde fecha temprana ciertos cantos rodados en contextos funerarios del Noroeste estarían dotados de un contenido simbólico cuyos alcances no podemos precisar en la actualidad.
Sobre esta situación vendrían a incidir estímulos foráneos que tenderían a dotar a estos artefactos de un mayor contenido iconográfico, ya fuese completando la forma natural mediante escotaduras o trazando sobre las caras de la pieza una decoración cuyo motivo más simple y repetido consiste en un par de líneas oblicuas convergentes.
Es precisamente la presencia de este tema lo que con más fuerza invoca la existencia de conexiones con el mundo calcolítico meridional.
En efecto, el motivo consistente en una o varias líneas curvilíneas convergiendo desde los lados hacia el centro de la pieza, aparece con gran frecuencia en una amplia gama de ídolos calcolíticos, particularmente los cilindros decorados repartidos por las comarcas suroccidentales de la Península (Almagro, 1973: 122-142) (Figs.
3, 2 y 5, 1), pero asimismo en ídolos-placa con (6) También en diversos yac imientos del Sureste, entre el Neolítico y la Protohistoria más reciente, se documenta la aparición de ídolos naturales de piedra que morfológicamente recuerdan a los del tipo Garcel (Molina y Molina, 1990). decoración antropomorfa o de oculados y en algunos ídolos falange (ibidem: 181-186 y 153-154).
La evidencia suministrada por las figuras más naturalistas parece apoyar la hipótesis de que se trata de una representación de tatuajes faciales (Fig. 5, 2), con frecuencia asociados al tema oculado (Figs.
Por otra parte, la aparición aislada en muchas figuras de la decoración de líneas convergentes (Fig. 5, 1) indicaría a nuestro entender el fuerte simbolismo contenido en esos trazos, el cual bastaría por si mismo para dotar de significado a una placa o cilindro de piedra o, como en el caso que nos ocupa, a un sencillo guijarro.
Cabe considerar al mismo tiempo que unos motivos presentes en variados contextos y cuya distribución geográfica es tan amplia, pueden haber sufrido en los distintos lugares donde aparecen reinterpretaciones o evoluciones desde el modelo y/ o simbolismo originales, en función de tradiciones o dinámicas culturales propias, algo que ha sido apuntado para el occidente peninsular (Hurtado, 1978: 360) y que de hecho se produce en el caso de las figuras del megalitismo del Noroeste, las cuales (grupo II) sobre un soporte muy característico (canto rodado) muestran una versión esquematizada de la temática oculada, reducida aquí a las líneas convergentes, combinadas o no con escotaduras practicadas sobre el contorno de la pieza.
Debemos resaltar que esta simplificación no es fruto del desconocimiento o ausencia de la versión canónica del motivo mencionado en esta región peninsular, pues éste hace su aparición en cerámicas de asentamientos calcolíticos como San Lourenc;:o (Chaves, Vila Real -S.
La cronología del motivo a base de líneas convergentes es poco precisa, por cuanto muchos de los artefactos que lo ostentan han aparecido sin un contexto estratigráfico claro.
No obstante, los escasos datos disponibles señalan que su aparición o generalización se produce desde mediados del III milenio en adelante, en una etapa desarrollada del Calcolítico meridional.
Así lo indican las pocas dataciones que con mayor o menor verosimilitud pueden asociarse con dichas manifestaciones: en el Cerro de la Cabeza (Valencina de la Concepción, Sevilla) tendríamos un terminus ante quem en torno al 2100 a.e. para las piezas allí recuperadas (Fernández y Oliva, 1980: 4243).
La etapa precampaniforme del poblado de La Pijotilla (Badajoz) se data mediante el radiocarbono hacia el 2400 a.
C. (Hurtado, 1981: 88), fecha que muy bien podría asignársele a un ídolo-cilindro de Zambujal (Torres Yedras, Extremadura portuguesa) decorado con líneas dobles convergentes, que según los excavadores pertenecería a la fase antigua del yacimiento (Sangmeister y Schubart, 1981: 268 y 282; Sangmeister et alii, 1966: 16).
Otro cilindro de características semejantes fue recuperado entre el ajuar del tholos de Praia das Mac;:ás, para el que se dispone de una fecha radiocarbónica (1700 ± 60 a.e.) que probablemente sirve para datar una antigua destrucción del monumento (Leisner et alii, 1969: 85-86; (7) Info rm ació n a mablemente fac ilitada p or su excavadora M. de J es ús Sanches.
Estas indicaciones de orden cronológico no contradicen en principio las que se apuntaban más atrás para las figuras del Noroeste ni la datación que se asigna al vaso con motivo oculado de San Lourenvo, hallado en un nivel correspondiente a los últimos compases del III milenio (en fechas convencionales) (S. Jorge, 1986: 388).
Resta por dilucidar la cuestión de la pervivencia de ese tema dentro del Calco lítico más tardío en el Noroeste, ya sea sobre soporte cerámico o en representaciones de bulto redondo, algo que con los datos arqueológicos en la mano no podemos afirmar ni desmentir en la actualidad.
Ya aludimos a la aparición de cerámicas campaniformes en la mayoría de los yacimientos megalíticos que han suministrado figuras con decoración simbólica, pero no estamos en condiciones de precisar la cronología relativa de las primeras respecto a las segundas, al igual que sucede con el vaso oculado recuperado en el nivel más reciente del poblado de San Lourenvo (S. Jorge, 1986: 388).
En tres de los sepulcros megalíticos (Parxubeira, Dombate y Cova da Moura) las representaciones de bulto redondo han aparecido concentradas en áreas muy concretas, situadas al final del corredor, abriéndose a modo de atrio entre éste y el límite exterior del túmulo.
Esta localización invoca de nuevo estructuras presentes en el Calcolítico meridional, más concretamente en el Sureste.
En la necrópolis de Los Millares un total de siete sepulturas han proporcionado betilos, los cuales aparecieron agrupados en pequeños recintos delimitados mediante lajas, cerca del exterior del túmulo y en las inmediaciones de la entrada al corredor, pudiendo en unos casos haber estado visibles mientras que en otros habrían sido enterrados (Leisner, 1943, láms.
En algunas sepulturas mejor conservadas se ha podido detectar la existencia de un vestíbulo (Vorhoj), delimitado mediante lí- neas de piedras y abriéndose en forma trapezoidal desde la entrada del corredor, siendo en esa área donde se situaría el recinto que albergaba los beti10s.
Esa clase de estructuras, anejas al túmulo propiamente dicho y de probable finalidad cultual, han sido identificadas en otros T. P.. no 50.
Más al Norte, las excavaciones llevadas a cabo recientemente en el sepulcro de corredor no 1 de Moinhos do Vento, sirvieron para detectar un atrio empedrado, situado en el espacio que se abre frente al corredor del monumento (Martínez, 1983: 3).
Sería en esta zona donde según las informaciones de Nunes yacía uno de los ídolos de tipo El Garcel y de donde provendrían los otros dos -hallados en las inmediaciones del monumento-, removidos de su emplazamiento original por la reciente apertura de un camino (Nunes, 1957: 196-197; Martínez, 1983: 3).
Fuera de la Península Ibérica hallamos en el gran túmulo de Knowth algunos de los elementos que hemos estado comentando: algo más de una docena de cantos rodados de forma ovoide se disponían verticalmente y en fila, frente a la entrada del corredor de la sepultura Oeste (Eogan, 1986: 179 y 208).
Un «ídolo-betilo » de piedra sin decoración apareció junto a la entrada al corredor de Newgrange, en el seno de una pequeña estructura (O'Kelly, 1982: 186).
Por su parte, la ubicación de los posibles betilos (también de forma ovoide) en el cairn de Ballynoe es más dispersa, ya que aparecen alrededor del túmulo en sus lados NE y SE (Groenman y Butler, 1976: 80).
A la vista de las coincidencias señaladas sería tentador pensar en una dispersión desde el Sur peninsular de rituales vinculados a las áreas de entrada a las sepulturas colectivas, tal y como sugiere Eogan (1990) para los ejemplos irlandeses.
Aunque en el caso del Noroeste nos encontramos ante diversos indicios de la llegada de elementos meridionales desde mediados del III milenio, creemos que el énfasis puesto en las zonas de acceso a las sepulturas, tanto aquí como en otras provincias megalíticas ibéricas o europeas, puede estar más bien relacionado con cambios de índole socioeconómica en las correspondientes comunidades, que llevan a subrayar el carácter colectivo del enterramiento tumular, incrementando a menudo la monumentalidad de las construcciones y al mismo tiempo la complejidad del ceremonial asociado a éstas.
A lo largo de las páginas precedentes hemos tratado de dar una visión de las características, cronología y condiciones de aparición de una serie de representaciones que aparecen asociadas en varios yacimientos de índole funeraria del Noroeste.
Al mismo tiempo hemos señalado las concomitancias de diverso orden que se observan entre estas manifestaciones en su conjunto y sus semejantes en otras áreas de la Península.
Por último creemos que es necesario diseñar en la medida de lo posible las líneas de desarrollo que pueden advertirse dentro de los distintos grupos de figuras objeto de análisis.
Admitiendo como razonable, a la vista de las informaciones disponibles, que el motivo de líneas convergentes tiene su inspiración en modelos presentes en el Centro y Sur de Portugal, cabe considerar que las representaciones de tipo IIa (Figs.
4, 2 y 4, 3) constituyen la versión más fiel de aquéllos, eso si, con un mayor grado de esquematismo y empleando un soporte peculiar (canto rodado) que muy bien puede insertarse en una tradición propia del Norte peninsular.
La elaboración de escotaduras en el contorno de muchos guijarros plantea la posibilidad de una influencia de las figuras de tipo El Garcel, pero en cualquier caso este modelo de decoración adquiere unos marcados visos de originalidad, a tenor de la creciente complejidad, inherente a la multiplicación de las escotaduras (tipo IId) y su interacción con el motivo de líneas convergentes, que de ser una simplificación del tatuaje facial puede pasar a representar las extremidades superiores.
El conjunto parece apuntar hacia una reinterpretación y elaboración autóctonas de ambas temáticas en una dirección que, aún dentro del esquematismo tan caro a estas representaciones, camina hacia un todavía sumario despiece anatómico cabeza-cuerpo -insinuado por ejemplo en la transformación de las líneas oblicuas convergentes en una simple acanaladura horizontal (tipos IIb3 y IIc3)-, en línea con cierto antropomorfismo, más patente en las representaciones de los tipos IIc2 y 1Ic3.
Precisamente las figuras antropomórficas de Parxubeira (Lám.
11, 2) pueden significar el estadio más desarrollado en ese creciente naturalismo, potenciando aquí el modelado de la pieza en un sentido más escultórico pero, en contraste con los guijarros de tipo IIc2 y IIc3, prescindiendo del contenido si mbólico implícito en las líneas convergentes.
La variante Dombate dentro del grupo 111 muestra en su marcada división cabeza-tronco-extremidades y en las proporciones longilíneas, unas características que en nuestra opinión singularizan estas figuras, aproximándolas a esculturas antropomórficas del tipo de brazos cruzados, presentes en yacimientos calcolíticos como Valencina de la Concepción (Fig. 5, 2) o La Pijotilla.
Se distancian, no obstante, de estos referentes meridionales por su mayor tamaño y por la ausencia de detalle anatómico y de decoración.
Carecemos de cronologías absolutas o relativas que nos autoricen a contemplar las tendencias formales comentadas en un plano diacrónico, y ya aludíamos más atrás a los argumentos de orden morfológico y estratigráfico que abogarían por una coetaneidad, al menos parcial, de las distintas representaciones consideradas, lo cual no obsta para que los guijarros del grupo 1 puedan vincularse eventualmente a una tradición más antigua que las piezas del tipo Argalo, o que las figuras de caracteres más antropomórficos posiblemente se incorporen al acervo megalítico del Noroeste en un momento algo posterior.
La concentración en las comarcas costeras de una serie de representaciones cultuales con unos referentes más o menos claros en el Calcolítico meridional, no es en modo alguno fruto del azar o de unos influjos vagamente definidos, si no que se enmarca a nuestro entender en un contexto de desarrollo socioeconómico que afecta al conjunto del Noroeste, sobre todo desde mediados del 111 milenio, patente en un posible incremento demográfico, unido a la extensión de los asentamientos hacia zonas de menor altitud que podría deberse a cierta intensificación agrícola (S. Jorge, 1988: 86; Criado, 1989: 120; Fábregas, 1991), todo lo cual va acompañado de un aumento de los intercambios de materias primas alóctonas.
En este contexto las áreas litorales, favorecidas tal vez por su mejor accesibilidad ya sea por vía terrestre o marítima y por la posibilidad de explotar una gama más T. P.. no 50.
1993 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es amplia de recursos (8), presentan una dinámica específica evidenciada (Fábregas, 1990: 137), por ejemplo, en la mayor riqueza de los ajuares megalíticos costeros en puntas de flecha o grandes hojas de sílex, elaboradas con un material que habría de ser importado desde largas distancias.
Si acudimos a otros apartados de la cultura material, nos encontramos con que en las comarcas atlánticas (Minho, Douro litoral, costa pontevedresa) adquiere una particular relevancia durante los últimos siglos del III milenio una variedad cerámica (genéricamente denominada de tipo Penha), cuya abigarrada decoración remite claramente a patrones estilisticos propios del Calcolítico de la Extremadura portuguesa (S. Jorge, 1986: 136-137).
A la hora de evaluar el papel que habrían jugado las representaciones estudiadas, debemos tener en cuenta que los tres yacimientos mejor estudiados y más importantes desde el punto de vista cuantitativo consistían en sepulcros de corredor y que estas piezas aparecieron no en el recinto ortostático (el panteón propiamente dicho), sino en zonas exteriores a éste.
Una deducción obvia de esta circunstancia es que esas figuras tenían un carácter distinto de las ofrendas que integran el ajuar funerario sensu strictu, y su significación en el contexto del ceremonial funerario podía estar orientada tanto hacia los individuos depositados en la sepultura como hacia la sociedad en su conjunto, tanto más si estas representaciones hubiesen permanecido expuestas al aire libre.
En el caso concreto de los guijarros de tipo Argalo, la presencia en ellos del motivo de líneas convergentes, asociado como hemos visto al motivo oculado, autorizaría a pensar en una extensión hacia el Noroeste de un entramado simbólico existente en el Sur de la Península, girando en torno a la denominada diosa de los ojos (9), con fuertes concomitancias mediterráneas (Hurtado, 1978; Fernández y Oliva, 1980).
Debemos alertar, sin embargo, ante los peligros de extrapolar símbo-(8) Aquí hay que recordar asentamie ntos calcolíticos en pl e na lín ea costera como Forcadas o Lavapés (Ca ngas, Pontevedra: Suá rez, 1986; Peña, 1984), o el excavado recie ntemente en el islo te de Guidoiro Areoso (Vilanova de Arousa, Po ntevedra), do nde además se localizó un co nchero da tado en el 2070 ± 40 be.
(9) Con tod o, las evidencias so bre las que desca nsa su ca racterizació n como di vinidad no so n a la hora de la verdad demasiado sólidas.
1993 Ramón Fábregas Valcarce los y creencias religiosas desde sociedades con una economía desarrollada y diversificada, con poblados fortificados y signos de jerarquización a otras, como las del Noroeste, con un grado de complejidad bastante menor.
Por otra parte, sería un error interpretar unívocamente la temática oculada como algo vinculado exclusivamente al mundo funerario, pues tenemos documentada en el Sur su aparición en contextos domésticos, algo que también podría darse en el Noroeste.
La variabilidad que se denota en las representaciones de bulto redondo encontradas en los sepulcros de corredor de Galicia, podría indicar una multiplicidad de significados y aquí habría que señalar el inequívoco carácter masculino de ciertas esculturas antropomorfas del Sur de la Península, con las que hemos relacionado a los integrantes de nuestra variante Dombate.
En cuanto a los guijarros del grupo r, carentes de cualquier clase de manipulación, cabe preguntarse si pueden equipararse a los idoliformes de los grupos II y 1I1, o bien si representan algo distinto, a los inhumados por ejemplo, como se ha propuesto a veces para los betilos del Sureste (Leisner, 1943: 487).
Estas y otras cuestiones todavía no resueltas ponen de manifiesto lo enigmático de unas manifestaciones culturales que sólo en fechas recientes han venido a nuestro conocimiento. |
La importancia del comercio marítimo en épocas históricas ha servido como modelo para la interpretación de la prehistoria mediterránea.
Para los normativistas que prevalecieron hasta recientemente, cualquier parecido particular entre conjuntos arqueológicos podría ser prueba de un comercio de ideas.
Al restringir el término comercio a intercambios cuantificables, los procesualistas han sostenido que el desarrollo prehistórico de cada región del Mediterráneo era autónomo, un punto de vista quizás demasiado limitado.
Los enfoques de tipo sistema mundial brindan la oportunidad de dar un peso procesual a los contactos entre las sociedades, pero sólo funcionan cuando hay una valoración adecuada de la estructura social y económica tanto del centro como de la periferia.
(1) Una versión preliminar de este artículo fue presentada a la 25 Conferencia Chacmool en Calgary (Alberta, Canadá) en noviembre de 1992.
El texto que aquí se publica ha sido traducido por M.a 1.
Martinez Navarrete y revisado por el autor.
Cuando la historia comienza en la Europa mediterránea, lo hace como resultado directo de un «contacto»: los griegos han desarrollado su alfabeto a partir de modelos fenicios.
El fuerte paralelismo en el desenvolvimiento de los asentamientos urbanos en Grecia e Italia durante el s. VIII y en España durante el s. vn tiene lugar bajo auspicios orientalizantes.
Estos florecimientos del inicio de la Edad del Hierro implicaron un proceso en el cual la importación de bienes y la emulación de estilos de origen fenicio y egipcio (a través de intermediarios fenicios) jugaron una no pequeña parte.
A comienzos del Primer Milenio a.
C. el comercio marítimo de bienes e ideas estaba tan en funcionamiento que convertiría al Mediterráneo en el centro del mundo occidental civilizado hasta mediados del Segundo Milenio A. D. No es de extrañar, por tanto, que los prehistoriadores del mundo mediterráneo usaran la importancia históricamente documentada de contacto corno un modelo con el cual explicar la variabilidad de la evidencia del Neolítico, la Eaad del Cobre y la Edad del Bronce.
Se asumía que los cambios en el registro arqueológico de una región particular eqm el resultado de la llegada de nuevos elementos del exterior.
Incluso un rápido examen de las ilustraciones de las publicaciones sobre yacimientos arqueológicos de otras regiones proporcionaría los paralelos requeridos para los materiales propios.
Cuanto más al occidente del Mediterráneo trabajara uno, más amplio era el abanico geográfico de los paralelos que uno podía trazar.
Aquéllos de nosotros que nos ocuparnos de la Península Ibérica somos perfectamente conscientes del patrón resultante en la investigación.
Virtualmente cada elemento estilística mente distintivo o funcionalmente significativo del registro arqueológico prehistórico tardío ha sido atribuido en algún momento, por algún investigador, a un origen oriental.
En la Edad del Bronce, los paralelos propuestos consistían predominantemente en rasgos estilísticos bastante específicos que se concentraban en el Egeo y Anatolia.
En el caso de la Edad del Cobre, el énfasis de la discusión se cambió hacia rasgos más funcionales y más amplios (metalurgia del cobre, enterramiento colectivo en tumbas de cámara, poblados fortificados con bastiones), aunque algunos paralelos particulares, bastante más extensamente distribuidos que para la Edad del Bronce, completarían la argumentación.
En el caso del Neolítico, la llegada demostrable de domesticados de Próximo Oriente disminuyó, pero no eliminó totalmente, la necesidad de defender la importancia de la difusión oriental sobre bases estilísticas especiales.
Diversos autores han discutido con energía los diferentes centros originarios propues~os y las rutas a T. P.. nO 50.
1993 Antonio Gilman Guill~n través de las cuales las influencias se extendieron, pero prestaron relativamente poca atención a los mecanismos de su transmisión.
Así, los excavadores de Los Millares o de Zambujal fueron muy conscientes de que aquellos yacimientos carecían de los rasgos concluyentemente coloniales de Ampurias o Toscanos, pero esto no les impidió denominar también colonias a sus yacimientos de la Edad del Cobre.
Los colonos (o mercaderes o misioneros o prospectores) podían ser sugeridos como agentes difusores, pero, en el marco normativista, eran las propias ideas, no el carácter del agente por el cual las ideas eran transmitidas, las que eran de importancia primordial.
Todos estaban de acuerdo en que el «contacto» era la clave del cambio cultural.
Este consenso fue barrido por Colin Renfrew, cuyo liderazgo ha sido el principal responsable del establecimiento de un enfoque procesualmente orientado para reemplazar al caótic:o normativismo que acabo de describir.
El enfoque de Renfrew implicó diversas reformas de la práctica interpretativa previa.
En primer lugar, los marcos cronológicos tuvieron que ser construidos primordialmente sobre la base de las determinaciones radiocarbónicas (Renfrew, 1973); las dataciones cruzadas tipológicas estarían restringidas a semejanzas claramente documentadas y muy específicas entre regiones adyacentes.
Esto evitaría la circularidad característica de los argumentos cronológicos previos, en los que la datación de las culturas arqueológicas prehistóricas descansaba sobre los contactos asumidos entre ellas, más que sobre correspondencias repetidas y detalladas entre sus respectivos inventarios.
(En ausencia de cualquier datación absoluta excepto las históricas, la única esperanza de asignar fechas seguras a las culturas prehistóricas tardías del Mediterráneo central y occidental residía en asumir que eran posteriores al 3000 a.
C.; había que encontrar objetos, y se encontraron, cuya inspiración oriental confirmara este marco).
En segundo lugar, a falta de semejanzas estilísticas tan detalladas y complejas que pusieran de manifiesto un origen artesano común, el tráfico entre regiones tenía que establecerse por la atribución positiva de materias primas a fuentes particulares, por ejemplo mediante las señas de elementos traza distintivos (Renfrew el alii, 1965(Renfrew el alii,, 1968;;Renfrew & Peacey, 1968).
En tercer lugar, la discusión sobre la naturaleza de dicho tráfico debía ser emprendida en términos de modelos explícitos, preferentemente cuantitativos que ofrecerían cierta esperanza de distinguir entre los diferentes tipos de intercambio (Renfrew, 1977).
En ausencia de un volumen adecuado de bienes intercambiados, por supuesto, los problemas de muestreo obviarían modelos de ese tipo, y se asumiría la independencia regional.
El establecimiento de esas líneas directrices analíticas ha resultado en una reducción radical del alcance del «contacto» reconocido entre las regiones mediterráneas durante la Prehistoria.
Habiendo sido excluidas las semejanzas generales y las coincidencias ocasionales que los normativistas habían usado para conectar regiones, cada área diferente ha llegado a ser considerada independiente en cuanto a su desarrollo.
En la Península Ibérica, algo de marfil del Norte de Africa (Harrison & Gilman, 1977) es importado en las Edades del Cobre y del Bronce, y dos fragmentos cerámicos micénicos han sido hallados en un contexto de la Edad del Bronce Final (Martín de la Cruz, 1988), pero no se ha encontrado un volumen sustancial de importaciones claramente documentadas del Mediterráneo oriental hasta bien avanzado el Primer Milenio a.
C. En Italia, las importaciones claras más antiguas desde Grecia se datan en el s. XVI a.
C., apareciendo un volumen significativo de comercio sólo en el s. XIV (Smith, 1987).
Una doble cronología cruzada entre Creta y el Próximo Oriente no es posible con anterioridad al s. XX a.
C. Antes de esa época (Renfrew, 1972: 211-217), sólo tiene lugar un goteo de importaciones unidireccionales desde Egipto.
Esas fechas indican claramente, por ejemplo, que una tecnología tan significativa como la metalurgia del cobre, la pieza central del difusionismo previo, se habría desarrollado independientemente en Iberia, Italia, y el Egeo.
En cada una de esas áreas, la necesidad común de las élites emergentes del 111 milenio a.
C. de concentrar, almacenar, y exhibir su riqueza habría llevado a una solución también común.
Por supuesto, en la concepción moderna el intercambio no está excluido por completo como fuerza significativa en el desarrollo prehistórico tardío del Mediterráneo.
Renfrew (1972) da gran importancia al «efecto multiplicador» que habría provocado la emulación competitiva de las élites en las regiones.
La «interacción entre unidades políticas paritarias» (<<peer polity interaction») (Renfrew & Cherry, 1986) es concebida, sin embargo, como un fenómeno primordialmente intrari,!gional.
Las trayectorias evolutivas de cada ri,!gión diferente se mantendrían sustancialmente independientes.
El autonomismo del punto de vista de los arqueólogos procesuales de la Prehistoria del Mediterráneo corre paralelo a la opinión dominante sobre el papel del comercio en épo<:a clásica, que destaca, en palabras de Keith Hopkins (1983: XI):
"la autosuficiencia celular de la economía antigua; cada granja, cada distrito, cada región cultivaba y hacia casi todo lo que necesitaba.
La base principal de la riqueza era la agricultura...
La escala del transporte interregional era muy pequeña.
El transporte terrestre era demasiado caro, excepto para el acarreo de bienes de lujo.
Incluso por mar, el comercio constituía solo una proporción muy pequeña de la producción bruta».
Andrew y Susan Sherratt (1991: 352) comentan que, «en los últimos años, esta actitud ha salido reforzada por efecto de la Nueva...
Arqueología, que era especialmente hostil a las vagas "influencias" exteriores sobre asuntos tan básicos como la organización social».
En mi opinión, el efecto sigue más bien otra dirección.
Los historiadores sociales del Mundo Antiguo facilitaron a los procesualistas un terminus sub quo que los prehistoriadores sociales estaban obligados a respetar en sus reconstrucciones de épocas más antiguas y más sencillas.
Si el comercio (es decir, un contacto arqueológicamente documeritable) era de escala reducida en época clásica, tenía que haber sido virtualmente insignificante en los períodos anteriores.
Inevitablemente, la nueva ortodoxia proci,!sualista no ha demostrado ser convincente por completo.
Los normativistas supervivientes, por T. P.. n g 50.
1993 supuesto, nunca han sido persuadidos: la revisión de las cronologías cortas requerida por la evidencia del radiocarbono simplemente ha provocado que los estudiosos de la vieja escuela reorientaran su búsqueda de paralelos a segmentos más antiguos de las secuencias del Mediterráneo oriental (p. e., Schüle, 1986).
Muchos prehistoriadores que aceptan la verdad global del revisionismo procesualista han mantenido dudas bastante legítimas, sin embargo, sobre las versiones más radicales de autonomismo.
Las élites emergentes de la Edad del Bronce en Europa ciertamente conservaron amplias redes de emulación y apoyo mutuo -la amplia distribución de estilos particulares de recipientes para beber y de armas refleja claramente esto-, y ~ veces esas redes parecen intersectarse con las esferas de sus equivalentes en el Mediterráneo oriental.
Ciertamente algunos elementos de los inventarios de los enterramientos de las élites durante la Edad del Bronce europea tienen reminiscencias de sus análogos egeos.
Como Kristian Kristiansen (1991: 27), a quien difícilmente puede considerarse un tradicionalista obstinado, indica: «Los jefes supremos (2) controlaban un intercambio elitista a larga distancia de metales, bienes de prestigio, y conocimiento exótico conexo.
C. estaba ligada a un complejo ideológico y militar de guerreros aristocráticos que se extendieron desde el área micénica y el Asia Menor por Europa central y Escandinavia.
Estaba caracterizado por atributos principalmente novedosos que incluían carros de guerra, taburetes, navajas de afeitar, y pinzas».
N o sería dificil imaginar la propuesta de un argumento similar para explicar las copas y diademas encontradas en las tumbas argáricas de una fecha algo más antigua.
Sería injusto, en mi opinión, descartar tales reivindicaciones de la significación del Mediterráneo oriental para la Europa bárbara como meros ejemplos de la reincidencia idealista del postmodernismo.
Subsiste, sin embargo, la pregunta: ¿cómo edificar una construcción explicativa que de cuenta de tales similaridades aparentes sin retroceder simplemente a las antiguas oscuras (2) "Paramount chiefs» en el original en inglés.
1993 Antonio Gilman Guill';n,<influencias» (ahora redefinidas no menos oscuramente como «inspiraciones»)1 Ciertamente podemos aceptar las observaciones de Mary Helms (1988) sobre «la autoridad del conocimiento lejano» para conferir distinción y legitimidad a los miembros de una élite, y como está demostrado que el ámbar báltico llega hasta el Mediterráneo, cabría esperar algún flujo de información en dirección contraria.
Sin embargo, hasta que el volumen de intercambio no fuera suficiente para dejar un registro arqueológico sustancial, estaría injustificado suponer que existiera una interdependencia materialmente significativa.
Los jefes en Europa central y septentrional, o en la Península Ibérica, pueden haber usado objetos esotéricos del Mediterráneo oriental para demostrar su superioridad al vulgo, pero dada una base material para tal superioridad, si los modelos foráneos particulares usados para justificarla hubieran estado ausentes, el ejercicio de su poder por la élite apenas se habría visto obstaculizado: otros símbolos y justificaciones podrían haber sido preparadas a partir de inspiraciones foráneas diferentes e igualmente ténues, o podrían haber sido totalmente inventadas.
No se puede dar ningún pew procesual a lo que Manuel Fernández-Miranda (1991: 89) califica como «contactos de tipo diverso y más dificil de detectar [que] ocurre[n] a lo largo... de la Edad del Bronce».
En la prehistoria mediterránea el esfuerzo más prometedor para situar el contacto en un contexto procesual ha sido la aplicación de la teoría de los sistemas mundiales o del centroperiferia.
La visión general de Gordon Childe de la relación entre el Próximo Oriente y Europa durante la época prehistórica fue, por supuesto, una primera versión del enfoque de los sistemas mundiales.
Childe era muy consciente, sin embargo, de que la explicación que proponía del desarrollo de la Edad del Cobre y la Edad del Bronce europeas estaba más sostenida por m lógica y coherencia internas que por una evidencia real.
El podía argumentar que «los poblados costeros, representados por los cementerios [de tumbas de cámara], habían sido establecidos principalmente allí donde las colo-nias griegas en Occidente fueron realmente situadas en época histórica; así el cementerio de Paestum podía realmente pertenecer al precursor prehistórico de Cumae..., aquél cercano a Aries al precursor de Marsella» (Childe, 1958: 117), pero inmediatamente admitía que, «si los prospectores y mercaderes del Egeo ayudaron a fundar las colonias de la Edad del Bronce [en el Mediterráneo occidental], no llevaron con ellos un equipamiento material e ideológico completo, ni mantuvieron unos contactos con sus patrias que les mantuvieran abastecidos con sus manufacturas como hicieron los colonos griegos históricos» (Ibid.: 177-178).
Childe presumiblemente encontró su escenario explicativo global lo suficientemente convincente como para que la casi completa ausencia de confirmación empírica pudiera ser excusada.
En general, Childe no estaba muy preocupado por los problemas de medir las variables sociales manejando evidencia arqueológica, pero el efecto de esta negligencia fue hacer indistinguible, en lo que a los hechos se refiere, su teoría esencialmente procesual de las relaciones entre el Próximo Oriente y Europa, de una explicación difusionista, normativista de los mismos fenómenos.
Cuando a los conjuntos de similaridades se les concedía el mismo peso como evidencia que a las importaciones, las ideas adoptadas del exterior, y no las interacciones sociales que dirigían la transmisión, eran claramente las que provocaban el cambio cultural: los bárbaros adoptarían elementos culturales de sus vecinos civilizados porque aquellos elementos eran, de algún modo, intrínsecamente mejores.
Las teorías de sistemas mundiales que no especifican los procesos que ligan el centro y la periferia (p. e., Frank, 1993), todavía ahora, pueden generar una incoherencia y especulación dignas de los peores excesos del normativismo tradicional.
Incluso en el caso de la Edad del Bronce egea, donde la existencia de intercambio con el Próximo Oriente era demostrable manejando los criterios más exigentes, la ausencia de una explicación precisa de cómo se organizaba ese intercambio hacia posible que los procesualistas (p. e., Halstead & O'Shea, 1982) construyeran un escenario autonomista para la aparición de los palacios minoicos y micénicos.
Estos serían centros de redistribución interna y de almacenamiento social que organizarían y garantizarían un sistema económico intensificado e internamente especializado.
El comercio exterior a larga distancia sería una actividad consistente en «intercambios no documentados que tienen lugar sobre una base irregular y oportunista, a través de la cual artículos artesanales... fueron exportados como "regalos de huésped" como devolución por materias primas» (Halstead, 1988: 526), en el mejor de los casos, un asunto de importancia secundaria.
En el caso del Egeo, este punto de vista ya no puede sostenerse.
Primero, tenemos análisis detallados, basados en textos, de las operaciones de las economías palaciegas en la Edad del Bronce del Próximo Oriente.
Como Mario Li- verani (1987: 69) indica, el «sistema de producción monopolística y de comercio interregional intensivo estaba ligado al sistema político... con contactos llevados a cabo al más alto nivel político», principalmente el palacio.
Era un sistema en el que los artesanos y mercaderes operaban como especialistas vinculados (Brumfiel & Earle, 1987) al servicio de los monarcas que trataban con unos y otros en términos de «reciprocidad y hermandad» (Liverani, 1987: 67).
En segundo lugar, tenemos la evidencia de los naufragios de la Edad del Bronce en el Cabo Gelidonya y Ulu Burun (Bass, 1991).
Como Anthony Snodgrass (1991: 18) comenta, aquellos barcos sólo pudieron haber tenido como destino un palacio: el cobre y el estaño de la carga del de Ulu Burun «probablemente habrían facilitado el bronce suficiente para equipar todo el ejército de un rey micénico»; supera cinco veces la cantidad de bronce citada en las tabletas de Pilos, y estaba acompañada de defensas de elefante, huevos de avestruz, plata, oro, y vasijas de faienza, los regalos personales que habrían acompañado los intercambios entre los hermanos reales.
En tercer lugar, contamos con la evidencia arqueológica y textual de los propios palacios egeos.
Esta evidencia deja claro que éstos eran réplicas a pequeña escala de sus equivalentes en el Próximo Oriente.
Los palacios controlaban las operaciones agrícolas que estaban orientadas hacia la producción de bienes de lujo (vino, lana para tejidos, aceite de oliva para perfume) y disponían de los servicios de especialistas vinculados, dedicados a esa producción.
Controlaban también la producción del metal recibido a través de los intercambios de regalos T. P.. n Q 50.
Los únicos datos que nos faltan son las cartas dirigidas por los gobernantes de los palacios egeos a sus equivalentes egipcios o próximo-orientales.
Todos los rasgos que dan a la Edad del Bronce tardía del Egeo su carácter «complejo» son rasgos asociados específicamente con los palacios, cuyos gobernantes fueron capaces de aumentar grandemente los excedentes que podían obtener por tributos en especie comprometiéndose en intercambios de riqueza con sus equivalentes próximo-orientales más poderosos.
Los palacios eran tan completamente próximo-orientales que, cuando el sistema de intercambio de riqueza reventó como una burbuja y los palacios desaparecieron, no quedó memoria de ellos en las tradiciones históricas &I: iegas. v El éxito de un enfoque de centro-periferia para explicar gran parte de lo que caracteriza la Edad del Bronce minoico-micénica puede servir para mostrarnos lo que está faltando en otros casos donde se aplica una jerga de sistemas mundiales.
Como mínimo, la influencia del centro sobre la periferia tiene que ser lo bastante fuerte para alterar sustancialmente el curso de la historia de la periferia.
El contacto con el Próximo Oriente provocó en las élites egeas más que un simple cambio en sus patrones de consumo y ostentación: alteró de manera importante sus estrategias fundamentales de explotación (Gilman, 1991).
En contraste, cuando los micénicos se implicaron comercialmente con el Mediterráneo central, las instituciones sociales nativas no cambiaron significativamente.
En Cerdeña, por ejemplo, la trayectoria nurágica no fue sustancialmente alterada ni cuando las importaciones micénicas aparecieron, ni cuando desaparecieron (Webster, 1991).
Más allá, la Edad del Bronce egea podía haber facilitado (mediante mecanismos que son imposibles de especificar) la inspiración para algunos accesorios de las élites, pero el desarrollo de la Edad del Bronce en la Europa bárbara fue esencialmente independiente del Egeo: cuando el sistema palacial se colapsó, apenas hubo diferencia.
La Europa bárbara no era el Tercer Mundo del Egeo; no era periférico, sino externo.
1993 Antonio Gilman Guillén Del mismo modo es dificil interpretar los florecimientos del inicio de la Edad del Hierro que he citado al comienzo de este artículo como fenómenos dependientes de los estímulos de centros orientales más desarrollados.
En Grecia e Italia, al menos, aspectos críticos de la transformación de la Edad del Hierro estaban en pleno funcionamiento antes de las fases totalmente orientalizantes de las secuencias durante los siglos VII e inicio del VI.
La metalurgia del hierro se generaliza.
La mayor disponibilidad y menor coste de instrumentos cortantes eficaces habría incrementado la productividad tecnológica en todos los aspectos, desde la agricultura a la producción artesanal.
Como Childe (1942: 183) resaltaba, el hierro «democratizó la agricultura, la industria y también la guerra».
Igualmente importante fue que el hierro «subvirtió los sistemas [de comercio] basados en la adquisición y circulación de bronce...
También hizo que el control de los metales preciosos fuera incluso más importante» (Sherratt & Sherratt, 1993: 362).
En la Edad del Bronce, la aplicación de la metalurgia a necesidades prácticas había sido frenada por la función central del metal, controlado por la élite, como medio de concentrar y exhibir riqueza.
En la Edad del Hierro, la metalurgia práctica quedó desligada de la riqueza, con amplias consecuencias tecnológicas.
Quizá la más significativa de esas consecuencias fuera el desarrollo de una agricultura esencialmente moderna.
En Grecia, por ejemplo, el cultivo del olivo sólo comienza a alcanzar ~u importancia actual durante la Edad Oscura postmicénica (Runnels & Hansen, 1986): En Italia, la completa implantación del policultivo mediterráneo probablemente empieza en la Edad del Hierro inicial (Barker, 1985: 82).
Tanto fuertes incrementos en las densidades de población, como el establecimiento de verdaderas ciudades parecen ya haber iniciado su desarrollo posterior en torno al s. VIII en Grecia (Snodgrass, 1980) y Etruria (Potter, 1979).
La evidencia funeraria (Morris, 1987) sugiere con fuerza que las instituciones políticas características y las divisiones en clases sociales de la ciudad estado clásica tienen sus raíces en las fases iniciales de la Edad del Hierro de Grecia.
Sin duda, los contactos con los mercaderes del Próximo Oriente tuvieron lugar en Grecia durante todo el Protogeométrico y el Geométrico, pero, como Ian Morris (1987: 203) indica, "ciertamente nada sugiere que la Grecia del s. VIII deba ser vista como un área periférica de un sistema mundial».
Casi cabe decir otro tanto de la Italia Protovillanoviana y Villanoviana.
La evidencia indica que en Grecia, como en Italia, los mercaderes orientales establecieron sus operaciones en las áreas donde los desarrollos sociales y económicos pre-existentes habían creado una demanda para sus ofertas.
En España, el tema es mucho menos claro.
Por un lado, una escuela de pensamiento ha visto el desarrollo ibérico como el resultado de influencias fenicias sobre una población indígena relativamente sin evolucionar.
Carlos González Wagner proporciona una lúcida explicación de cómo serían caracterizados de acuerdo con ella los grupos del final de la Edad del Bronce en la Iberia meridional:
"una forma doméstica de producción... encaminada más al aprovisionamiento que al comercio lucrativo, que funciona en un estado de anarquía primitiva, debidamente corregida por los vínculos de parentesco... y la reciprocidad que éstos suponen» (González Wagner, 1983: 9).
Estas tribus o pequeñas jefaturas se verían estimuladas hacia la empresa comercial y el rápido cambio social por la introducción fenicia de la metalurgia avanzada.
Un punto de vista similar es propuesto por Richard Harrison que señala «la pobreza tecnológica», «la clara falta de riqueza acumulada para atraer a los comerciantes lejanos», «las densidades de población relativamente bajas, las pequeñas aldeas normalmente sin defensa» como evidencia de que «Iberia al final de la Edad del Bronce no era El Dorado» (Harrison, 1988: 40).
Subyacente a estas opiniones está la noción de que El Argar es sucedido por una «edad oscura» de involución hacia condiciones económicas más simples y sociales menos jerárquicas (cf. Lull, 1983: 456-457).
Por otro lado están quienes sitúan las raíces de la expansión del inicio de la Edad del Hierro en la red comercial indígena de la Edad del Bronce Atlántica.
La evidencia firme del comercio fenicio en Iberia se fecha en el s. VUI (Aubet Semmler, 1986), en tanto que una red de intercambio que conectaba Andalucía con el Mediterráneo central habría estado funcionando al menos un siglo antes (Ruiz-Gálvez, 1986;F ernández-Miranda, 1991).
Desde esta perspectiva, pues: "El comercio y la aculturación fenicia actuaron sobre [una] compleja estructura socioeconómica, caracterizada por la rivalidad en el interior de las élit~s por alcanzar mayores cotas de prestigio...
Los fenicios se aprovecharon de ese peculiar contexto, sin que llegaran a crear un orden económico nuevo» (Barceló, 1992: 269).
Implícita en esta opinión está una visión de la economía y la sociedad de la Edad del Bronce post-argárica completamente diferente.
Una agricultura más productiva, una industria metalúrgica más sofisticada y a mayor escala, y un sistema más estable de jerarquía social (ya no debilitada por el persistente conflicto entre comunidades característica de la Edad del Bronce más antigua) serían los requisitos previos al establecimiento de la red de intercambio atlántico (cf. Lull et alU, 1992: 247-249).
Los paralelos entre el caso ibérico y sus análogos italianos y griegos pueden dar algún fundamento a la segunda de esas versiones, pero la evidencia sobre la organización económica y social que fundamentaría adecuadamente una u otra todavía tiene que ser desarrollada.
El impacto de los eontactos fenicios y griegos durante el Primer Milenio en Iberia sólo puede proponerse en un ámbito que dé primacia explicativa al marco político y económico del intercambio.
Se ha hecho un trabajo sólido para lograr una comprensión empíricamente fundamentada de la economía política del núcleo del sistema mundial mediterráneo (p. e., Frankenstein, 1979): aquél trabajo todavía tiene que ser emprendido para la periferia mediterránea occi-'dental. |
BARBARA REGINA ARMBRUSTER (*) RESUMEN La tecnología del oro durante el Bronce Atlántico se explica a la lu z de la investigación etno-arqueológica y experimental.
Los fulbés, un pueblo semi nómada de Malí, conservan una antigua y rica tradición en la producción de orfebrería que puede tomarse como fuente de procesos técnicos antiguos, hoy ya desaparecidos en nu es tro entorno europeo.
La autora defiende el empleo del método experimental en arqueología, además de la validez de las analogías funcionales y etnológicas para la reinterpretación de explicaciones tecnológicas inco rrectas que se han dado por supuestas en demasiadas ocasiones.
Malí es un país del Africa Occidental (Fig. 1) con una rica tradición, que ha producido una orfebrería única en su género.
Aún hoy se puede seguir aquí todo el circuito de la elaboración de metales preciosos con métodos antiguos: desde la extracción del oro en ricas y productivas minas, pasando por la producción de herramientas de orfebre hasta llegar a la fabricación de ornamentos en los talleres orfebres.
Entre los numerosos trabajos de orfebrería, resultan de especial interés en los aspectos estético, técnico e histórico las joyas de los fulbés, un pueblo seminómada y ganadero en el delta interior del río Níger.
Algunas piezas de oro, estilística y técnicamente comparables, se conocían ya en Europa Occidental durante la Edad del Bronce.
También son comparables con los aros más recientes del Africa Occidental los collares torsionados en bronce de la Edad,~\, 1-... _,,1*.
1;------------_____ del Hierro Antiguo en Europa Central y Septentrional.
Mediante una investigación etnoarqueológica se ha podido reconstruir la fabricación de estos ornamentos (2).
La analogía en la técnica artesanal sirve como modelo explicativo
(2) Los aspectos de la metalu rgia tradicio nal aqu í descritos fueron es tudiados du ra nte va ri as esta ncias de la auto ra (1986/87/88) en Malí.
Aprend í el ofi cio co n los orfebres y trabajé co n herreros, mineros y fundid ores de bronce.
El tern a fue objeto de investigació n de un estudio deta llado so bre recientes técnicas meta lúrgicas en Africa Occidental (Armbruster y DillhOfer, 1988) y sobre técnicas de los metalúrgicos prehistóricos (Armbruster, 1989, con a mplios datos bibliográfi cos, pp. 19 1-2 10).
Tenemos qu e limita rnos aquí a un breve res um en de los res ul tados esenciales de estas o bservaciones.
1993 para comprender mejor las técnicas de la orfebrería prehistórica, de la que sólo conocemos sus productos.
LOS AROS DE ORO TORSIONADOS DE LA EDAD DE BRONCE
Las joyas torsionadas se presentan en formas, tamaños y secciones diferentes.
Se interpretan como adornos para la cintura, el cuello o las orejas (Armstrong, 1920: torques, 20.21, PI.
La sección del cuerpo del aro y el acabado de sus extremos responden al empleo de dos técnicas determinadas, respectivamente.
Todas estas joyas tienen -como sus predecesoras de bronce (Evans, 1881: Figs.
Las formas macizas, para cuya fabricación se requieren considerables cantidades de oro, no se pueden conectar fácilmente con la tradición de los trabajos orfebres en chapa, tales como lúnulas o soles, de la Edad del Bronce Antiguo.
Su aparición en las Islas Británicas se interpreta como una reacción a la influencia continental procedente del Norte de Europa, la cual incitó a los orfebres a romper con su < <linear geometric sheet style» de la Edad del Bronce Antiguo y a desarrollar formas propias con piezas macizas importadas (Taylor, 1980: 60; Catálogo de Colonia, 1983: 1).
Dado que los hallazgos de piezas de oro de esta época en las Islas Británicas so n especialmente numerosos, y para su fabricación eran necesarias considerables cantidades de oro, se sospecha que se habían abierto nuevos filones, o que se habían desarrollado mejores métodos de extracción.
Los aros de oro de Francia noroccidental y occidental se ponen en relación con los torques de las Islas Británicas (Taylor, 1980: 62).
El hallazgo de Francia suroccidental (Carcassone, Departament del Aude) (Fig. 3) apunta, segun C. Hawkes (1961), a una conexión con el Mediterráneo.
La orfebrería europea occidental de finales del segundo milenio antes de Cristo se caracteriza por los aros con torsión y el abandono de la decoración ornamental; sin embargo, no dejan de aparecer también otras formas T. P.. no 50.
1993 ornamentales en oro, tales como anillos compuestos, pequeñas láminas lisas, brazaletes laminares lisos o estriados, pulseras abiertas, sin adornar, de sección redonda o romboidal (Eogan, 1964: 279, fig. 6; Taylor, 1980: tab.
A comienzos de la Edad del Hierro, aparecen collares de bronce de vueltas alternas: los «wendelringe».
Cronológicamente, son más recientes que las joyas de oro torsionadas, y su ámbito de expansión abarca Europa Central y Septentrional.
La técnica de fabricación de estos collares de bronce en espiral de sección cruciforme con lóbulos muy pronunciados y de aros de oro a partir de una barra torsionada con perfil cruciforme es la misma (Armbruster, 1989: 135-161).
Fueron martillados a partir de una pieza por conformado sin arranque de virutas y sin soldadura.
LAS HERRAMIENTAS DE ORFEBRE DEL BRONCE FINAL
Entre los hallazgos de la Edad del Bronce, aparecen menos herramientas para trabajar el metal que adornos fabricados con ellas.
Lamentablemente, los hallazgos de herramientas de los primeros metalúrgicos se conocen sólo en unos pocos depósitos, en hallazgos aislados; y prácticamente nada procedente de asentamientqs o tumbas (3).
Hay dos depósitos, sin embargo, de los que se conocen utensilios de artesanos del metal que podrían haber servido para la fabricación de aros torsionados.
En el depósito de Fresné-la-Mere, Departamento de Calvados (Eogan, 1967: fig. 8) se han asociado un torques de sección cruciforme y una pulsera de oro con varios objetos de bronce, dos de los cuales podrían interpretarse como el martillo y el yunque de un orfebre (Fig. 3).
En el depósito de herramientas irlandés de Bishopsland, Condado de Kildare (Eogan, 1964: fig. 5), encontramos un yunque, tres martillos de cubo, dos cinceles, un punzón y una virola (Fig. 4).
Cronológicamente, estos depósitos pertenecen, al igual que los aros de oro torsionados, al final de la Edad del Bronce.
Los yunques de ambos depósitos pueden compararse tipológicamente con los utensilios de los orfebres malíes, ya que presentan un ángulo de salida menor de 90° HIPOTESIS SOBRE LA TECNICA DE FABRICACION Muchos autores han escrito sobre la fabricación de los aros torsionados de sección cruciforme, pero pocos han comprendido el proceso (4).
Entre las propuestas se presentan gran cantidad de opiniones que describen los siguientes modos de fabricación: vaciado por el método
Mediante la colaboración entre arqueólogos y técnicos se han logrado resultados aceptables.
Los únicos experimentos sistemáticos y acertados los emprendió M. Pietsch (1964), aunque ya V. Cohausen (1885/86: 176-177) había descrito la fabricación de los «wendelringe» como trabajo de martillo.
Proverbio africano (Anquetil, 1977: 10) Todavía hoy, las joyas torsionadas comparables morfológica y técnicamente con las de la Edad del Bronce (Zeltner, 1931: 45.
Eluere, 1980/81) forman parte del vestido de las mujeres del Africa Occidental.
En Malí resulta posible todavía seguir los diferentes aspectos de la orfebrería tradicional: extracción de oro, talleres de orfebrería, herramientas, técnicas, simbolismo y el modo de llevar los aros de oro, así como también sus imitaciones.
LA MINERIA DE ORO TRADICIONAL EN MALI (ARMBRUSTER, 1992) Los buscadores de oro en la zona fronteriza entre Malí y Guinea Conakry viven a unos 10 (4) tracci ón funicular; (5) desmenuzado del material aurífero; (6) transporte sobre la cabeza; (7) elevación de agua;
(8) lavado en pozas de agua con cáscaras de calabaza.
yendo la tierra y lavando el material que contiene oro con una cáscara de calabaza, mientras están de pie en un hoyo con agua hasta las rodillas.
Los mineros venden oro en polvo a comerciantes del oro, que revenden el metal precioso en el delta interior del Níger, en Bamaco, y a traficantes europeos.
La mayor parte del oro de Malí está destinado a la exportación; solamente una parte insignificante se trabaja en los talleres de orfebrería locales.
Sin embargo, a menudo, también antiguas joyas van a parar al crisol.
Más de veinte etnias viven en este estado interior del Africa Occidental en los márgenes meridionales del Sahara, nómadas o semisedentarias, ganaderos, pescadores y campesinos sedentarios.
Cada grupo étnico tiene sus propios artesanos, entre los cuales orfebres y herreros pertenecen a una casta profesional endogámica.
Correspondiendo con la tradición ornamental de su respectiva etnia, están especializados en determinados materiales y técnicas de fabricación.
1993 Según la forma de las joyas, es posible distinguir la pertenencia étnica de las mujeres, así como reconocer su estado civil y posición social.
Son las mujeres de los fulbés, los songhay y los bozo las que llevan grandes pendientes de seccion cruciforme como parte de su vestimenta (Lám.
Pueden llegar a pesar 400 gr. cada par.
Los pesados pendientes, con hojuelas a modo de alas, no solo se sujetan en los lóbulos de la oreja, sino que también se sostienen con un hilo que pasa por la cabeza.
Los pequeños aros torsionados de sección cuadrada están muy extendidos y los llevan mujeres de muchas etnias.
Al contrario que los aros de sección cruciforme que sólo aparecen como pendientes de orejas, aquéllos se llevan de modos diversos.
Los aros prehistóricos comparables se interpretan a menudo como adorno para las orejas.
En la multiplicidad de modos de llevarlos en Malí se hace evidente que también sean imaginables otras posibilidades, tales como adorno para la nariz, el cuello, el pelo o las sienes.
En el tabique nasal se lleva un único anillo torsionado, o también a modo de dije en la frente o en el collar.
En Malí pueden distinguirse hasta 20 aros para colgar del pabellón de la oreja.
Como adorno entrelazado en artísticos peinados, su número no tiene límite (Lám.
Además de estas joyas de oro, son muy aprecia-a b Lá m.
I. Mujeres fulb és ataviadas como Diafarabé.
Cuentas de á mba r, mo nedas de pla ta, a ros a pa rtir de una barra doblada, en el pelo, nariz y orejas, así como grandes pendientes de lóbulos pronunciados.
das las de filigrana soldada en hilo y lámina.
Muchos orfebres dominan también la técnica de soldadura.
A menudo se llevan combinadas ambas formas de adorno, las soldadas y las martilladas.
Otros componentes ornamentales son diferentes cadenas de plata o latón, collares de cuentas de cristal, de ámbar y monedas de plata.
El tatuaje y el vestido se consideran también parte del ornamento de una persona.
En Malí, las mujeres fabrican imitaciones de los aros forjados y torsionados en arcilla, hilo y paja.
La forma de la luna en cuarto creciente parece tener tal fuerza simbólica que las mujeres que no pueden permitirse una joya de metal llevan joyas tradicionales hechas en materiales no preciosos.
Se fabrican también imitaciones de filigrana en paja.
Han llegado a ser especialmente conocidas las réplicas producidas en el norte del país, elaboradas a partir de paja alheñada sobre un núcleo de cera de abeja (Lhote, 1946; Gabus, 1982: 302-317).
Este adorno se denomina «oro de Timbuctu ».
De todos modos, más frecuentemente que las imitaciones de paja se llevan réplicas de «aros torsionados» de arcilla pintada de amarillo, de los cuales existe un modelo correspondiente a cada tipo.
Vistos desde una cierta distancia, las joyas de arcilla se asemejan mucho a los originales.
En Africa Occidental, los talleres se sitúan en diversos lugares: tiendas de campaña, casas o cabañas, en un patio interior, al borde de la carretera o en el mercado, en medio de una aldea o a las afueras.
Existen además artesanos ambulantes que se establecen en un lugar al aire libre por un tiempo.
Los conocimientos de la orfebrería se transmiten de padres a hijos, o a otros miembros masculinos de la familia.
Las esposas de los orfebres trabajan a menudo como alfareras.
Donde mejor puede observarse la fabricación de los aros de oro torsionados es en el delta interior del Niger, en las ciudades de Djénné o Mopti (5) (Gardi, 1985: 270-297).
En el taller de orfebre, los puestos de trabajo se encuentran a ras de suelo (Fig. 6).
(S) Para la inves tigación se encargaron en 1987 varios tipos de aros de oro en el taller de Bamoye Yattara (Songhay), Mopti.
El orfebre que lo realizó fue Seikou Konipo.
Posición de trabajo para el forjado de la barra cuadrada.
U na esterilla o una piel sirven para sentarse.
El yunque se introduce en una traviesa de madera sujeta a su vez al suelo.
El lugar central es el horno cavado en la tierra, con fuelles de saco, de tambor, o de ventilador (Cline, 1939: 103).
El fuelle lo maneja el aprendiz.
Para poner al rojo las piezas, además del horno, hay pequeños hornillos de carbón vegetal fabricados en alambre de hierro, atizados con un abanico.
Los crisoles de cerámica los hace el propio orfebre.
El molde de vaciado para el lingote, fabricado localmente, se hace también de arcilla.
Sin embargo, hoy se suelen utilizar moldes de hierro colado importados.
Para fabricar los aros de oro tradicionales hay en el inventario de herramientas distintas tenazas, martillos, yunques, cinceles, punzones, buriles, palos y giramachos.
Para la producción de la filigrana y el granulado hay además limas, una lámpara de soldar y un soplador.
Si bien en muchos casos el orfebre está en condiciones de forjar sus propias herramientas, es, sin embargo, el herrero, quien fabrica habitualmente las herramientas del orfebre.
Las piedras de afilar, las cenizas y la arena del suelo del taller sirven para alisar y pulir las joyas.
Para el tratamiento de la superficie hay en cada taller varios cuencos con baños de tintura y limpieza.
El orfebre necesita una piedra de toque de pizarra (Moore y Oddy, 1985) Y una balanza de brazos, a fin de examinar los compo-T.
1993 Bárbara Regina Armbruster nentes de la aleación del oro y pesar el material de partida y el producto final.
El precio se calcula en función del peso de la aleación de metal precioso trabajado.
FABRICACION DE AROS TORSIONADOS CON PERFIL CRUCIFORME (6)
El material de partida para los pendientes de los fulbés es un lingote de oro de una aleación 750/000.
En una cazuela de barro se funde oro y plata fina en una proporción de 3: 1, y se vacía en una lingotera.
Para un par de pendientes, del lingote se separa un trozo correspondiente de 33 gr. Con un pesado martillo se transforma el trozo en un prisma cuadrangular de sección cuadrada (4 X 4 mm.)
El oro se trabaja en frío.
Pero durante todo el proceso de transformar el lingote en joya (Figs.
7-9f) es preciso volver a recocer varias veces, a fin de hacer forjable el metal, que se vuelve duro y quebradizo al darle forma.
Después de recocer, el metal se enfría en agua o en arena.
Cuando el artesano olvida el recocido, aparecen grietas y la pieza tiene que ser fundida de nuevo.
La secuencia de la transformación de la barra de sección cuadrada hasta el producto final se ve en la figura 7.
Para fabricar dos pendientes, se parte la barra de oro cuadrangular por el centro a fin de obtener dos piezas de igual peso, que luego se trabajan paralelamente.
Después se acanalan los cuatro lados planos de la barra trazando con un cincel una estría de 1,7 mm aproximadamente a lo largo del centro de la cara, pero sin llegar a tocar los extremos (Fig. 8a).
La sección tiene ahora forma de hoja de trébol (Fig. 7b).
El orfebre pone entonces la barra acanalada en horizontal, junto al borde del yunque, y quita con un martillo especial el material que encuentra entre las estrías hechas con el cicel (Figs.
El martillo y el yunque forman un ángulo menor de 90°, para que el metal entre las estrías y las láminas pueda ser trabajado.
Después se forja el metal en el borde del yunque (Fig. 9a).
Durante este largo proceso hay que recocer varias veces.
En cuanto las láminas han cr==='--_ _ _ _ _ -3a O Fig. 7.
Fabricación de a ros de lóbulos pronunciados de sección cruciform e: a) barra cuadrada; b) es tría hecha con el cincel; c) bordes rebajados; d) láminas rebajadas y forjadas; e) fase avanzada de forjado; f) torsionado alrededor del eje; g) form a de media luna; h) producto final.
alcanzado el tamaño previsto, se coge la pieza por sus extremos con dos tenazas y se gira alrededor de su eje central (Fig. 9b).
Se pueden obtener así láminas en forma de ala.
Con unas tenazas, un martillo redondo y un yunque de ángulos agudos se ponen derechas las láminas y se les da la forma deseada (Figs.
Luego, el orfebre dobla la pieza hasta darle forma de media luna, aplastándola y extendiéndola.
Después de que se hayan forjado los extremos en hilos cuadrangulares, para colgarlos de las orejas, y se hayan doblado en el yunque con un punzón redondo (Figs. ge-f), el pendiente ha alcanzado su forma definitiva.
A fin de dar a la joya una brillantez aún más especial, se trabajan los cantos de la lámina con pequeños golpes de cincel.
Para ello, el pie sirve como superficie para golpear y se hace con el mango del martillo.
Como se ha dado forma al oro sin arranque de virutas, no se pierde nada de material.
El tratamiento de la superficie comienza por el lijado.
Con la mano, se frota arena fina y humeda del suelo del taller.
Con ayuda de una tira de paño, húmeda e impregnada de esta arena, se puede limar entre las láminas.
Los dedos del pie y una mano mantienen tensa la tira, mientras la otra sujeta el pendiente para limar.
Por último, las joyas ya acabadas se decapan, se tiñen y se pesan.
Para el decapaje en Malí se utiliza una mezcla de sal de cocma, tamarindo y limón, con algo de agua.
El tiempo de trabajo para fabricar estos pendientes de 33 gr. es de 4 horas y media.
AROS DE SECCION CUADRADA (Fig. 10) Los aros que se llevan como pendientes, en el cuello, el pelo o la nariz se hacen a partir de una barra cuadrangular, que puede haber sido estriada en la mitad de sus caras.
Cada par de pendientes puede alcanzar de 10 gr. hasta 150 gr. o más.
Para fabricar estos pesados y macizos aros, dos orfebres tienen que torsionar la resistente barra cuadrangular con dos giramachos aplicando mucha fuerza.
Llamamos giramachos o terraja a dos placas oblongas de hierro con agujeros cuadrados (Armbruster, 1993: 63).
Tras haber colocado y ajustado los giramachos en la sección de la barra, uno de los artesanos sujeta fuertemente el giramachos inferior en un tronco de madera, mientras el otro dobla el segundo.
Entretanto, hay que recocer a menudo, ya que la barra se endurece enormemente por la deformación.
Después de haber doblado y recocido alternativamente durante largo tiempo, la barra tiene un aspecto como de rosca.
Se forjan luego los extremos, dándoles forma cónica y se golpea la barra con instrumentos de madera hasta obtener el aro deseado.
En aros más pequeños no es necesario el giramachos para la torsión, ya que basta con las tenazas, sin hacer palanca.
En este caso, la barra cuadrangular martillada se torsiona igualmente con ayuda de dos tenazas, o bien, se hace una estría con el cincel en el centro de los lados antes de la torsión.
Después se hacen los extremos cónicos, y se le da a la barra recta forma de aro, doblándola y golpeándola con martillos de madera y metal sobre una base de madera (comparar con los ejemplares de Lisboa en la Fig. 3a-d).
Las coincidencias en el aspecto y fabricación de los actuales aros de oro del Africa Occidental y las joyas europeo occidentales de la Edad del Bronce son evidentes.
Resulta natural, por tanto, hacer una comparación sobre una base tipológica y técnica.
En cualquier caso, los trabajos de orfebrería morfológicamente comparables están tan alejados geográfica y cronológicamente que no se puede forzar ninguna conclusión sobre continuidad o divergencia.
Estas técnicas pueden surgir independientemente en diferentes ámbitos temporales y geográficos.
La primera descripción diferente de las técnicas artesanales del Sudán Occidental fue una oportunidad para los arqueólogos de aprender, a partir de la etnografía, algo sobre los procedimientos artesanales, acentuándose las afinidades tipológicas de los aros torsionados de oro con los aros en espiral (Zeltner, 1915: 219).
Ya a fines del siglo XIX y comienzos del XX (Evans, 1881: 393; Armstrong, 1920: 38) se compararon los aros de oro torsionados de la Edad del Bronce con aros de Africa.
Eluere (1980/ 81) señaló la afinidad tipológica y tecnológica de seis aros torsionados de Senegal con joyas de la Edad del Bronce.
Estos aros senegaleses fueron a parar en 1886 a la colección del Musée des Antiquités Nationales, Saint-Germainen-Laye, donde están expuestos en la sala de arqueología comparada (catálogo Archéologie comparée, 1982: 45, no 84.050).
Los pendientes de oro de barra torsionada de los depósitos franceses de Lanrivoaré, Departament Finistere (Eluere, 1982: fig. 171) y de Carcassone, Departament Aude (Eogan, 1967: fig. 7) son piezas que se pueden comparar exactamente con los aros de oro de Africa Occidental de sección cuadrada; los pendientes irlandeses de Castlereagh, Condado de Roscommon, con los de perfil cruciforme.
Encontramos a menudo curiosas afirmaciones sobre cuestiones de técnica artesanal en la prehistoria, lo cual hace evidente qué difícil resulta a los arqueólogos consultar con especialistas en estas cuestiones, y más aún hacerse ellos mismos expertos en ellas.
Las hipótesis citadas más arriba sobre el método para la producción de los aros en espiral y de los torques ilustran la capacidad y límites de los arqueólogos en el tema del trabajo del metal.
Para reconstruir técnicas que hoy carecen de aplicación alguna entre nosotros, resulta inevitable hacer experimentos y/o buscar analogías funcionales como modelos explicativos.
Estos deben examinarse críticamente y, si es posible, llevarse a efecto adaptándose a las correspondientes condiciones prehistóricas.
Podemos enumerar formas de cultura material que, en apariencia, función y fabricación, siguen vivas hoy en nuestro entorno cultural, o que al menos están documentadas históricamente, y a partir de ellas referirnos al material arqueológico encontrado (S molla, 1964: 31; Hodder, 1982: 12).
Para describir artefactos prehistóricos que nos son desconocidos es preciso encontrar conceptos actuales.
A menudo, el arqueólogo aplica, inconscientemente a veces, paralelos de trasfondo contemporáneo.
En su obra «Th e present past», Hodder hace una dura crítica a muchos de sus colegas T. P..'--' _--'-_--'-_---J' Fig. lO.
Malí, 1987: a) Pendiente de lóbulos pronunciados; b) Aro a partir de una barra doblada.
que trasladan características de las sociedades actuales a contextos prehistóricos, y considera por ello que esta analogía es aplicable sólo con reservas.
Con los métodos tradicionales, el arqueólogo puede describir, ordenar comparativamente y diseñar ciclos y mapas de dispersión, pero el fondo y los procesos mentales siguen estando ocultos para él.
Con ayuda de los métodos de las ciencias naturales, se pueden analizar los hallazgos, obteniendo resultados inequívocos.
Los métodos de otras disciplinas ajenas ayudan a plantear modelos de interpretación y hacer más probable una posibilidad entre muchás (Strahm, 1985: 167).
Los' mejores resultados en relación con la arqueología experimental y la analogía funcional parél' invesfigar las posibilidades y probabilidades del pa"sado no transmitido por escrito se han alcanzado en el ámbito de la tecnología (Crawford, 1982: 6).
Precisamente para los primeros trabajos en metal, de los que tenemos documentados muchos objetos pero pocas herramientas, pueden esperarse interesantes resultados.
R. J. Forbes (1950), en «Metallurgy in Antiquity», toma de las ciencias naturales y de la etnología argumentos para la reconstrucción de la metalurgia más antigua.
M. J. Rowlands (1971: 210-221) enfatiza el valor de los datos etnográficos para un amplio espectro de interpretaciones posibles de la metalurgia prehistórica (sobre métodos de fabricación, obtención de la materia prima, organización, estatus, especialización, intercambios y migraciones).
Para las técnicas de fabricación de joyas se han propuesto reiteradamente analogías con talleres recientes.
Así lo hace, por ejemplo, A. Goetze (1913) sobre la técnica de vaciado de las T. P.. n Q 50.
1993 Bárbara Regina Armbruster cadenas en bronce de la Edad de Bronce.
Propone como modelo explicativo los moldes de vaciado actuales y el modo de fabricación de cadenas similares en Malasia, cuyos eslabones se vacían unos en otros.
Como analogía para la fabricación de pulseras de vidrio celtas, M. Korfmann (1966) describió el trabajo de los artesanos en Hebron, Jordania, que fabrican todavía en la actualidad pulseras semejantes, dejando claro que además de la observación detallada de los métodos de fabricación de productos artesanales, también el mobiliario de los talleres, la organización, la tradición familiar, etc. pueden proporcionar importante información para el arqueólogo.
Por el contrario, A..
Pietzsch (1964: 9) constató: «Sin embargo, nadie puede estar hoy de nuestra parte cuando queremos juzgar -dotados de todos nuestros conocimientos técnicos y adelantos-el trabajo técnico de la antigüedad.
Tenemos que revivirlo trabajando nosotros mismos, sin modelos, en las condiciones dadas ».
La posibilidad de una colaboración entre diferentes disciplinas, como la prehistoria y etnología, para el estudio de estas cuestiones, se ha discutido vehementemente en los últimos años.
También el desarrollo de la «New Archaeology» ha contribuído a formular nuevamente el concepto de analogía y a discutir sus posibilidades y límites (Eggert, 1978).
Es en el conjunto terminológico de esta discusión donde hay que colocar conceptos como «arqueología experimental» (Coles, 1979; Experimentelle Archaologie, 1991; Devermann y Fansa, 1992), «etnoarqueología» (aclaración de concepto, con divergencias de interpretación, en Hodder, 1982: 28 ss y Smolla, 1988: 127 s.), «co mparación actualista» (Ziegert, 1980: 56.
El diálogo so bre el significado y uso de analogías al plantear argumentaciones etnoarqueológicas ha sido tratado críticamente por A. Gould y P. J. Watson (1982: 355-400).
El enfrentamiento sobre el concepto de analogía se debatió más tarde, en «La reacción contra la analogía» (Wylie, 1985: 63-107).
Este debate es particularmente crítico con la trasposición directa de fenómenos sociales y económicos de un contexto etnológico para interpretar contextos prehistóricos.
En el marco de este estudio técnico, no se ha podido profundizar en cuestiones sociales ni económicas sobre la artesanía del oro o la posición del orfebre, ni tampoco en el contenido simbólico, la tradición e innovación de la producción de joyas.
Estas cuestiones, sin embargo, son tan importantes como los aspectos técnicos del trabajo del metal.
Los artefactos arqueológicos, ya se interpreten como joyas, útiles u objetos de uso corriente, llevan consigo numerosa información.
Para interpretar una joya es preciso tratar también la cuestión de su origen.
Así, debe identificarse también el material y las fuentes de materias primas, los métodos de extracción, así como el comercio de adquisición de metales, y cuestiones similares.
En cuanto a la fabricación, es preciso conocer las herramientas que corresponden a la técnica empleada.
Pero la ejecución de una joya no solo exige el material de partida y un taller equipado, sino, sobre todo, un artesano con los conocimientos de los tipos de joyas, las técnicas de trabajo y la destreza práctica.
El aprendizaje de técnicas de orfebrería supone un artesanado organizado y consciente de su tradición.
Los orfebres pueden trabajar permanentemente en un sitio si tienen encargos suficientes.
Pero también pueden coger sus herramientas y, como artesanos ambulantes, propagar por amplios espacios geográficos sus conocimientos técnicos y tipológicos.
También es posible que reciban nuevas influencias durante sus años de peregrinaje y las introduzcan luego en su región de origen.
La transmisión de formas depende de su contenido simbólico y la apreciación de su valor dentro de un entorno social.
Las joyas no solo se llevan como un objeto de prestigio sino que informan sobre el estado civil, la edad y la pertenencia étnica.
Hay que tener en cuenta que casi nunca se lleva un solo elemento ornamental.
Es posible adornarse con una combinación de piezas diferentes, confeccionadas además con materiales distintos, y que se llevan en diferentes partes del cuerpo, en el pelo y en el vestido.
El corte y el color del vestido, al igual que el peinado, forman parte también de lo ornamental.
La creación en los diversos ámbitos del artesanado, que en la prehistoria aún no se habían dividido entre arte y artesanía, tiene una relación directa con el contexto social.
La continuidad en la tipología de las joyas está en relación con la continuidad y la cohesión de una sociedad tradicional.
Además, para la innovación en el ámbito de las joyas, es preciso tener en cuenta factores como el cambio social.
Una joya sólo se fabricará cuando lo permitan las condiciones económicas y el acceso a las fuentes de materia prima.
Esperemos que estas complejas cuestiones sobre artesanado sigan documentándose y analizándose en futuros trabajos. |
Este artículo defiende la urgente necesidad de evaluar críticamente las asunciones básicas manejadas por los arqueólogos de la Edad del Hierro en toda Europa.
Sugiere que los marcos explicativos e interpretativos existentes son, en el mejor de los casos, inadecuados para comprender la evidencia arqueológica real sobre el período.
En el peor, están reproduciendo todavía las ideologías nacionalistas y racistas decimonónicas (p. e. las preocupaciones por los "Celtas», los "Iberos», etc.).
A partir de ejemplos de Gran Bretaña, y las Repúblicas Checa y Eslovaca, sostenemos que la evidencia arqueológica sobre la Edad del Hierro claramente no encaja con nuestras suposiciones modernas y eurocéntricas sobre lo que el período debería haber sido.
Se sugiere que la arqueología de la Edad del Hierro tiene que reconocer la diferencia del pasado, el hecho de que las sociedades prehistóricas en Europa pudieron haber tenido formas de organización social, visiones del mundo y economías muy diferentes a las de la Historia europea posterior.
Esto significa la puesta en cuestión crítica de la evidencia arqueológica y estar abierto a la posibilidad de que las interpretaciones existentes sean erróneas (p. e. recalcando el impacto de la Economía Mundial Mediterránea, el que los Oppida eran centros urbanos, o que los datos del poblamiento y subsistencia puede ser comprendidos de manera adecuada en términos capitalistas/funcionalistas modernos, etc.).
Los estudios de la Edad del Hierro, en cuanto tales, sólo pueden ser una "Arqueología Contextual».
(1) Traducido por M.I Isabel Martínez Navarrete y revisado por los autores.
¡La Edad del Hierro es aburrida, sobre todo si la comparamos con los períodos más antiguos de la Prehistoria, que son estimulantes y apasionantes!
Esta reacción ante el estudio de la Edad del Hierro europea, común entre los estudiantes, ilustra el abismo existente entre los distintos enfoques británicos en Prehistoria, y resulta particularmente clara al contrastar los objetivos, enfoques y asunciones empleadas por los autores británicos en el estudio de las Edades del Neo-líticolBronce con sus equivalentes en el de la Edad del Hierro.
Aunque los enfoques de la Prehistoria en su conjunto se trastocaron durante los sesenta, sólo los correspondientes a las primeras perdieron realmente su inocencia (Clarke, 1973), y han continuado participando en una gran variedad de debates teóricos durante las dos últimas décadas, y siendo transformados por ellos.
En este artículo intentaremos averiguar qué se esconde bajo esta fractura, y sostendremos que los estudios sobre la Edad del Hierro sólo pueden revitalizarse mediante un proceso de evaluación crítica, de auto-examen y de empleo de ideas que son moneda corriente en el estudio de la Prehistoria más antigua.
Semejante cambio de percepción es vital, si queremos sacar todo el partido posible a la amplia base de datos accesible a los arqueólogos de la Edad del Hierro, un volumen de material mayor que el que ha promovido una variedad de interpretaciones tan amplia como la que se refiere a los períodos más antiguos de la Prehistoria.
La perspectiva adoptada en este trabajo puede ser descrita como específicamente británica en cuanto a su orientación, y nuestra intención es contribuir a un debate mutuamente beneficioso con otras escuelas nacionales y regionales de Arqueología.
El tema de la diferencia es central para el objetivo de este artículo.
El pasado puede ser conceptualizado de formas muy variadas, muy habitualmente como «el mismo~~ o «el otro» (Ricoeur, 1981; Thomas, 1990).
Lo característico es ver al Neolític. o como diferente, otro y, consiguientemente, como problemático.
¿Pero, realmente este es el caso?
Al considerar esta cuestión es esencial centrarse en cómo los períodos prehistóricos han sido imaginados, exponer las asunciones raramente articuladas y las ideas preconcebidas que se esconden en el trabajo de los arqueólogos, y establecer así una arqueología reflexiva y autocrítica (Shanks y Tilley, 1987).
Esto no lo concebimos solamente como una reflexión trascendental, sino también como un estímulo para un examen crítico de nuestra propia historia de la disciplina.
Argumentaremos que los arquec)logos que estudian la Edad del Hierro deberían prestar mucha atención a los desarrollos recientes en los estudios sobre el Neolítico y la Edad del Bronce donde nociones tales como ideología, hábito, deposición estructurada y contexto han generado poderosos y nuevos enfoques para nuestra comprensión del registro arqueológico.
Con todo, esto no significa recetar ciégamente estos métodos, terminologías u orientaciones; significa más bien inducir la adopción de una predisposición favorable de ánimo que debe aparecer cuando, al intentar usar el registro arqueológico para aprender sobre el pasado, nos enfrentamos con la posibilidad de un pasado muy diferente de aquél que nuestro sentido común esperaba o permitía.
Esta no ha sido una característica de la arqueología de la Edad del Hierro ni en Gran Bretaña, ni en ningún otro lugar de Europa.
La necesidad de una Arqueología más crítica y auto-consciente ha ganado terreno a partir de algunas críticas recientes a la forma como los arqueólogos europeos han concebido el pasado, o han escrito sobre él (Shanks y Tilley, 1987; Hodder, 1991) y esto es particularmente aplicable al caso de la Prehistoria final (Rowlands, 1986, 1987; Hill, 1989; Cumberpatch, 1991).
Ha habido una marcada tendencia a asumir una cierta universalidad de experiencia que ha tenido el efecto de crear una visión del pasado durante nuestra Edad del Hierro, según la cual, compartíamos esas características únicas que se adscriben a la Europa moderna.
Este es un pasado europeo al que nuestros valores socio-culturales históricamente especificos y nuestras nociones de sentido común se consideran aplicables, en resumen, un pasado familiar.
En el actual clima ideológico, la escritura de tales pasados debería ser reconocida como el acto abiertamente político que es (cf. Dennell, en prensa).
Para los practicantes de la arqueología desafiar la imposición de semejante pasado significa reconocer tanto la diferencia representada en el registro arqueológico como su propia capacidad para hablar acerca de la realidad pasada en su conjunto, y no simplemente sobre temas tales como subsistencia e intercambio.
Un enfoque de este tipo en Arqueología tampoco debe ser un simple ejercicio de enamoramiento narcisista que signifique nada más que una proyección de las preocupaciones actuales al pasado.
El registro arqueológico a menudo es lo suficientemente completo para permitir un diálogo entre pasado y presente, teoría y datos.
Esto es concebir la Arqueología como un ejercicio hermenéutico, en el que la comprensión emerge dentro de un círculo o espiral, una oscilación constante de proyección: corrección, parte: todo, el mismo: el otro, presente: pasado (Shanks y Tilley, 1987: 103-114).
No se trata de defender un modelo de contrastación, una metodología científica como la sugerida para la arqueología de la Edad del Hierro (y muchas otras) en los últimos veinte años.
Los intentos de separar «los hechos» de «la interpretación» llevan o. a la esterilidad de una recolección obses.iva de datos, el destino de gran parte de la Arqu~ología en la tradición alemana (Collis, 1984; Cumberpatch, 1991), o a la perpetuación de'unas explicaciones inocentes, basadas en el sentido común y, en último término, etnocéntricas para fenómenos culturales complejos.
Una Arqueología reflexiva y crítica enfrenta esta cuestión intentando examinar el silencioso «otro no escrito» del texto arqueológico.
Concebir la Arqueología como una disciplina en la tradición hermenéutica (Bauman, 1978; Hodder, 1991) no es considerarla simplemente descriptiva sino, sobre todo, prescriptiva, permitiendo la identificación de los problemas y debilidades operantes en el círculo hermeneútico.
Históricamente, en gran parte de Europa, la arqueología de la Edad del Hierro ha permitido que dominara el diálogo unidireccional entre uno mismo: el otro, el todo: la parte.
El diálogo entre el todo: la parte es concebido como un asunto unidireccional, donde las interpretaciones están determinadas de arriba abajo.
Como en la estructura piramidal de los modelos tradicionales de la sociedad ((céltica» y de su poblamiento jerarquizado (p. ej. Cunliffe, 1986: 169), las partes están determinadas por el todo.
Los estudios adicionales de tales partes (religión, trabajo del metal, cría de ganado, etc) sirven para colorear, para rellenar lo que ya se sabe; raras veces está permitido poner en cuestión la ortodoxia establecida.
Igualmente, la relación paradójica entre presente: pasado, identidad: diferencia tiene un lado mutilado, es un diálogo donde raramente se permite la contribución del pasado como diferencia.
Dado que podemos reflexionar críticamente sobre nuestras propias asunciones, ¿por qué los arqueólogos de la Edad del Hierro no lo hemos hecho?
Quizá es porque, cuando leemos el pasado distante, nunca estamos libres de nuestros pasados personales, somos miembros de una tradición académica e intelectual a pesar de nuestra consciencia de élla o nuestro deseo de adoptar una posición radical en relación con élla.
Participamos de una forma de ver, hacer y decir que constituye una parte de nuestra cultura y, a través de nuestra participación, la perpetuamos.
Nuestra actitud no hace nada por cambiar el poder que los pasados estudios acerca de La Edad del Hierro tienen sobre nosotros.
No podemos salir de nosotros mismos y programarnos de nuevo, aunque sólo sea porque dependemos de datos recogidos y, lo que es más importante, de definiciones del tema creadas en el pasado.
Las tradiciones sin embargo no son inmóviles y podemos reflexionar sobre los supuestos a través de los cuales estudiamos la Edad del Hierro y evaluarlos críticamente y, al hacerlo así, podemos aprender a entender y a expresar el pasado de nuevo.
Pero, ¿por qué nuestra tradición ha sido más conservadora que radical?
Es por una familiaridad que ((sutilmente convierte lo anticipado en inevitable, en aceptable» (Shils, 1981: 198).
Tal familiaridad en la arqueología de la Edad del Hierro tiene un impacto que es doble; una relación incestuosa de familiaridad al concebir la Edad del Hierro como familiar.
LA EDAD DEL HIERRO FAMILIAR
En el resto del artículo examinaremos algunas de las suposiciones variadas pero interconectadas que han estructurado la arqueología de la Edad del Hierro mediante una interrelación a menudo confusa y autorreferenciada de sentido común y «pseudohechos» (2) (Millett, 1990: XVI) para producir un pasado familiar y seguro.
Algunos autores (Collis, 1984; Champion, 1987; Merriman, 1987; Cumberpatch, 1989; Taylor, 1991) las han criticado de modo efectivo enfatizando la importancia que tiene en éll~s una visión histórica del período que subraya una continuidad linear con el pasado.
Es una arqueología que ha proporcionado descripciones que s.on, primero y sobre todo, históricas, que enfahzan la proximidad cronológica de los períodos «históricos» posteriores, unas cuantas referencias literarias dispersas, un sentimiento de que muchos de nosotros descendemos directamente de las gentes de la Edad del Hierro y, sobre todo, la imagen familiar de los «Celtas» (Chapman, 1992).
Los estudios «célticos» y de la Edad del ~ierr? prerromana han sido, en gran medida, sInómmos desde el comienzo del siglo XVIII, con la consecuencia de que los arqueólogos de la Edad del Hierro sólo recientemente han comenzado a poner en cuestión esa identificación, e incluso hoy en día dicha actitud está tod~vía restringida a una minoría.
Esto quiere decIr que nuestros yacimientos y textos raramente están habitados por «gente de la Edad del H~erro» sino por «Celtas», pueblos que resultan compartir no sólo la misma lengua sino también la misma organización social' religión, espíritu y esencia.'
Los «Celtas» nos son inmediatamente familiares y su sombra borra la diferencia en la Edad del Hierro.
Su creación debe mucho a las tensiones y ~onfusión en Europa a mediados y ~na! es del siglo XIX y a su apropiación, quizá SIn Igual, por una colección diversa de ideolo-~í~s, incluyendo el individualismo y el Romanticismo, el nacionalismo y el imperialismo.
Para grupos minoritarios en las Islas Británicas, como los galeses, irlandeses y escoceses, representaron a los antepasados que fueron
(2) Nota de la traductora: "factoids» en el texto original.
1993 capaces de vivir libres del yugo anglo-sajón, mIentras que para los ingleses fueron, bajo la denominación de antiguos britanos, los defensores de la isla contra el imperialismo romano.
Como el autor de novelas de aventura, G. A. Henty, hizo notar en «Beric el britano», publicada entre 1894 y 1896, «Es... grato creer que con la sangre sajona, danesa y normanda en nuestras venas, todavía mantenemos una gra~ mezcla con la de los valientes guerreros que combatieron tan valerosamente contra César y que se rebelar~>n con Boadicea en un esfuerzo desesperado para hbrarse del opresivo dominio de Roma» (nd: vl).
Las estatuas erigidas a Boadicea en Inglaterra y a Vercingetorix en Francia testimonian el poder de esas figuras cuasi-históricas y su papel en los mitos nacionalistas que sustentaron l~ expansión imperial de Gran Bretaña y Francia.
Creados como los primeros pueblos de Eur? pa ~ccidental ~o.n nombre propio, esta famlltar Imagen «celtIca» no es, ni ha sido nunca, p~opiedad exclusiva de ios arqueólogos en el sentido en que lo fue el «Pueblo Campanif? rn~e».
Más bien la palabra tiene resonancia y sIgmficado para la mayoría de los europeos occidentales, ~mplicando una unidad que, a pesar de los Intentos para desenmarañar las definiciones específicas a las que podía aplicarse (p. ej. Renfrew, 1987: 225), representa una mezcla fluida dentro de la cual los diferentes significados se desbordan y se entretejen inextrincablemente.
Pero éste es un pasado creado a nuestra propia imagen (Merriman, 1987): porque la Edad del Hierro era percibida como «céltica» poca falta hacía que la viéramos como el período que realmente era.
La Edad del Hierro, tomando prestada la frase de Shils, había sido convertida en «céltica» en el curso del tiempo pasando de lo anticipado, a lo inevitable, y de ahí a lo aceptable.
El «hecho» de que el período fuera «céltico» facilita unos medios «objetivos» para examinar el registro arqueológico (Clarke, 1972; Crurnley, 1974).
Como una sociedad y religión «célticas» (p. ej. Cunliffe, 1983ej.
Cunliffe,, 1984 a y b; a y b; Hingley, 1984; Wa.it, 1985) son invocadas para explicar el registro arqueológico, ese registro nunca se usa para poner en duda las suposiciones subyacen-tes.
El diálogo es unidireccional.
El contexto "céltico» no sólo es poderoso porque es emotivo, si no porque es total.
Le permite a uno, simultáneamente, describir la estructura de las creencias y explicar las minucias del registro arqueológico.
El contexto «céltico» ha negado la diferencia durante la Edad del Hierro: porque el pasado es «céltico», no ha hecho falta buscar evidencia arqueológica sobre la naturaleza de la vida y de la sociedad durante ese período.
En lugar de ello, la arqueología simplemente ha servido para ilustrar el libro de historia «céltica».
Discutir la percepción de los estudiantes de que la Edad del Hierro es aburrida es poner en cuestión la Edad del Hierro «céltica».
Sostenemos que la «celticidad» es ilusoria.
La «sociedad céltica» nunca existió (Collis, 1985).
Lo que es peor, una arqueología de los Celtas es, en nuestra opinión, una arqueología fundamentalmente racista.
Los relatos familiares de la organización social y religión «célticas» están sacados de una selección de fuentes literarias diversas en cuanto a su lugar, tiempo y contexto originario.
Cada una de ellas, individualmente, requiere una interpretación cuidadosa en su propio contexto, antes de que sea ni siquiera considerada la posibilidad de combinar fuentes tan ampliamente diferentes.
El'(celtismo» o la «celticidad» dependen de una forma platónica, una esencia constante a pesar del cambio en la apariencia y las circunstancias externas; una esencia que, en última instancia, descansa en conceptos nacionalistas y racistas decimonónicos de etnicidad.
Sin embargo no es precisamente la «celticidad» de una Edad del Hierro «celta» la que sirve para reforzar la noción de un pasado familiar.
La idea de una continuidad linear tanto dentro de la Edad del Hierro como a partir de ella tiene por resultado una visión del período como una proyección hacia atrás del pasado más reciente (Hill, en prensa).
Esto asigna una posición de privilegio, como fuente de analogía, a la historia europea posterior.
Desde el inicio de la arqueología de la Edad del Hierro, el propósito de extender hacia atrás la historia de los pueblos europeos conocidos es particularmente clara en los paralelos eurocéntricos usados para explicar el período.
Las analogías con la Europa feudal de la Alta Edad 1.31 Media (veáse claramente en términos tales como Furstensítz y Adelsitz) pueden ser usadas sin escrúpulo, a menudo con la suposición explícita de que Europa era esencialmente la misma antes y después del período romano.
Esta posición ha sido adoptada explícitamente por Peta Wells (1984: 198, 205), e implícitamente por muchos otros autores.
Suposiciones similares toman en consideración una «continuidad» e:n las estructuras de parentesco entre la Alta Edad Media y la Edad del Hierro en Europa (Gosden, 1985).
Otro tanto cabe decir de la marcada ausencia del uso de paralelos etnográficos en la arqueología de la Edad del Hierro a pesar de su uso frecuente en otras ramas de la Arqueología.
El hecho de que no deba sentirse necesidad de utilizar tales recursos, y la reacción con la que se han encontrado los pocos usuarios (Gosden, 1985; Reynolds, 1985) enfatizan, de nuevo, la profundamente enraizada suposición de una Edad del Hierro específicamente europea, cuyos partidarios tienen dificultad en reconocer incluso la posibilidad de un pasado radicalmente diferente.
De igual importancia para limitar nuestra comprensión de la Edad del Hierro es el intento tanto de escribir Arqueología como Historia ("pseudo-historia» étnica ('con cerámica») cuanto la general atracción del texto escrito sobre la inferencia arqueológica.
Los relatos escritos se perciben como más verdaderos en situaciones donde aplican directamente un sentido ampliado que en situaciones donde no lo hacen.
Los relatos escritos son, a la vez, más atractivos, inmediatos y familiares, ofreciendo una intimidad y detalle que la Arqueología, supuestamente, no puede ofrecer.
Desde este punto de vista, la Edad del Hierro es afortunada al estar en el «Umbral de la Historia».
A pesar de sus limitaciones, los textos escritos proporcionan ideas que la arqueología sucia por si misma no puede tener la esperanza de facilitar (Harding, 1974: 4).
El resultado es una mala utilización de las fuentes escritas posteriores y de nociones generalizadas respecto a los «Celtas» y a la «sociedad céltica»; es una opción atractiva y fácil.
Implica una escasa necesidad de desarrollar, o utilizar de forma completa, el registro arqueológico, y ni siquiera tal necesidad es clara para los practicantes de esa pseudo-arqueología.
En una situación semejante, la búsqueda de similarida-des «célticas», la suposición de una «sociedad céltica» y los argumentos en favor de continuidades a largo plazo, pueden concebirse como un intento de mantener la Edad del Hierro, como un umbral de la Historia, y de evitar sumergirla en la Prehistoria.
Un aspecto curioso de este historicismo es que, en ninguna otra parte de la arqueología europea, los practicantes de la arqueología «fantástica» están tan próximos a los practicantes de la «arqueología ortodoxa».
Los primeros son capaces de escribir trabajos que se asemejan a los de los académicos «ortodoxos».
La diferencia entre unos y otros reside, simplemente, en que la aceptación elemental de los principios de correspondencia y coherencia (HOOder, 1991: 100) permite que estos últimos sean evaluados críticamente.
Así las suposiciones silenciosas y generales a partir de las cuales la Edad del Hierro ha sido percibida han borrado incluso la posibilidad de un tipo diferente de Edad del Hierro.
Irónicamente, podemos concluir que una rama de la Arqueología que es considerada a menudo como ateórica y muy empírica ha sido demasiado teórica.
Ideas preconcebidas y suposiciones no revisadas han sobredeterminado nuestros puntos de vista sobre el período, y han creado un visión muy pesimista de las propias capacidades de la Arqueología para dar luz sobre todos los aspectos del pasado.
UNA EDAD DEL HIERRO DIFERENTE
Nuestro argumento, perfilado en la primera parte de este artículo, enfatiza la necesidad de un acercamiento más crítico y reflexivo a nuestras silenciosas ideas preconcebidas, y reclama un enfoque más contextual tanto de las exiguas fuentes literarias como del rico registro arqueológico.
Esto significa poner un mayor énfasis en el registro arqueológico en nuestro encuentro con la diferencia del pasado.
Sin embargo no son exactamente nuestras suposiciones más generales sobre el período las que crean un cuadro familiar de la Edad del Hierro, sino también nuestras acríticas ideas preconcebidas sobre los detalles de la Arqu~ología que se fijan en un registro doméstico y fuertemente domesticado.
Generalmente hemos percibido nuestros datos como no problemáticos, asumiendo que los funerarios y, especialmente, los domésticos pueden hablar por si mismos (Champion, 1987: 106).
Esto queda reforzado en parte por el acercamiento general al período, particularmente en Gran Bretaña, mediante una acusada división entre un registro arqueológico monumental para el Neolítico y la Edad del Bronce y otro doméstico para la Edad del Hierro.
También ha sido importante la generalizada suposición de que lo cotidiano es indiscutible, pasivo y funcional.
Un registro arqueológico doméstico, por lo general, se percibe a la vez como accesible, comprensible y familiar.
Puede concebirse como el producto de gentes como nosotros (o, al menos, como nuestros recientes [¡medievales!] antepasados campesinos) que quizás vivieron en casas de forma diferente y usaron vasijas de forma diferente, pero que no eran diferentes en sus necesidades y perspectiva.
Esta identificación asigna el papel de superstición y folclore a lo que no resulta familiar en la cultura campesina europea, lo cual sería visto en situaciones noeuropeas como ritual, simbólico, y como expresión de una cosmología diferente.
La reconstrucción de la dieta, la subsistencia y la organización espacial a partir de «basura~~ y agujeros de poste no es problemática.
En este mundo conocido de familias simples y ampliadas, con sus fosos y cercas para encerrar animales y para dejarlos fuera, lo diferencial del pasado reside en el modo como esas unidades están organizadas (Hill, 1993 b).
Es precisamente la estructura social y económica pasada la que es distinta, una sociedad tribal o feudal más que una compleja sociedad estatal.
Los dirigentes pueden cambiar, los romanos llegan y se van, pero la gente común sigue siendo esencialmente la mis~ ma. La gente de la Edad del Hierro se limita a responder representando sencillamente su papel.
Además muchas explicaciones, especialmente de orden y de lugar central, ofrecen paisajes y sociedades extrañamente despobladas.
Son los asentamientos y los sub-sistemas los que interactúan, se comunican y cambian, no los habitantes (Barrett, 1989).
¿Pero es el registro arqueológico de •la Edad del Hierro tan sencillo como tales reconstrucciones nos harían creer?
¿Son Little Woodbury, Danebury, Hodde, Manching o Aulnat tan domesticados o familiares como nos gustaría pensar?
¿No son, quizás, a su manera tan diferentes y «otros» como el Neolítico?
Tomemos, por ejemplo, la clásica granja tipo Little Woodbury (Bersu, 1940).
Tales granjas nos son, quizás, muy familiares gracias a numerosos informes de excavación, relatos en los manuales, fotografías y películas de modelos y reconstrucciones, en especial los puntos de vista casi obligatorios de Butser.
Los rasgos de tales asentamientos son tan familiares que están fuera de discusión.
Las casas redondas, y los fosos de cierre tienen funciones obvias, y aunque las justificaciones para interpretar cuatro postes y pozos como dispositivos de almacenamiento se repiten normalmente, es más para completar lo que todos sabemos y para estar de acuerdo en que lo son. iAdemás podemos invocar experimentos científicos para probarlo!
Se ha sentido poca necesidad de comprender la estructura del registro arqueológico de la Edad del Hierro cuyo gran volumen, comparado con el de períodos más antiguos, crea una falsa sensación de seguridad representativa.
Se ensayan explicaciones funcionales simples pero faltan las cuestiones fundamentales.
Así, al discutir la organización espacial, la disposición de la basura, las actividades artesanales o la economía, asumimos una relación directa, totalizante, entre la Arqueología y las realidades sociales pasadas.
El resultado es la percepción de una esfera doméstica indiscutible en la vida diaria (Barrett, 1989).
Este registro doméstico, simplemente porque es doméstico y no obviamente ritual, se considera no problemático.
Cuando se combinan con estudios etnográficos del espacio y la basura (p. ej. Hodder, 1982; Moore, 1986; Bourdieu, 1990), desafían nuestras suposiciones racionales y funcionales, la noción de un registro simplemente representativo y, en última instancia, las categorías de sentido común que alegremente asumimos como universales.
Una alternativa a tal enfoque de «sentido común» es una «arqueología de contraposición» (3) que busca la diferencia en nuestro pasado.
(3) Nota de. la traductora: «contrastive» en el texto original.
Un ejemplo de esto es la gran cantidad de hallazgos en asentamientos de tipo Little Woodbury, residuos, parecería, de la familiar vida diaria.
¿Pero puede verse la basura como una categoría amorfa y sencilla?
Una parte muy pequeña del desperdiclO producido en un sitio llega a incorporarse cm algún momento, al registro arqueológico.
La mayoría de los hallazgos de un asentamiento tipo Little Woodbury proceden de pozos de almacenamiento en desuso.
Estimaciones simples relativas a la frecuencia con la que los pozos pudieron haber sido abiertos, y a las cantidades totales de material depositadas cada año, son sorprendentemente escasas (Hill, 1989).
Usando la década de vida estimada para un pozo de almacenamiento (Cunliffe, 1984a: 557), durante la Edad del Hierro Media, un pozo es rellenable aproximadamente cada cinco años en Gussage Allí Saints y Winnall Down, y entre cuatro y cinco anualmente en Danebury (Hill, 1993: 10).
Las densidades' de hallazgos son igualmente muy bajas: 1.3-0.6 bordes se perdieron al año en Winnall Down (Hill, 1989).
Esto sirve para recalcar 10 reducidos que son nuestros aparentemente grandes conjuntos de hallazgos de la Edad del Hierro.
La deposición en contextos arqueológicamente recuperables no era un acontecimiento diario, ni anual.
Esto ha sido reconocido por Maltby (1985: 55), que ha defendido, usando analogías etnográficas, que el enterramiento deliberado de grandes cantidades de desechos de matanza (del tipo que es común en pozos y fosos) estaba asociado probablemente con ocasiones especiales y festejos.
Todavía invoca argumentos funcionales para sugerir por qué tales concentraciones se encontraron en pozos periféricos y fosos de cierre en Winnall Down, principalmente la necesidad de depositar la basura fétida lejos de las áreas donde se vive, aunque no hay una razón a priori por la cual eso deba ser así (Hodder, 1982: 155-167).
Así grandes cantidades de restos de matanza, resultado probablemente de festividades especiales, fueron vertidas en pozos y fosos cuyo relleno no era un acontecimiento diario.
Era un suceso inusual, si no un evento especial, dada la importancia del almacenamiento en los yacimientos de Wessex y la presencia de humanos, animales y otros «'depósitos especiales» (Cunliffe, 1983: 157)
El reconocimiento y la interpretación de tales depósitos son controvertidos, aunque tal escepticismo tiene más que ver con nuestras expectativas de una Edad del Hierro familiar y domesticada.
Tomado en su conjunto, el patrón que adoptan los depósitos especiales y su propia presencia sugieren que los contenidos de los pozos no son (.basura normal» (Hill, 1993a, b).
Esto tiene importantes implicaciones, en cuanto desafia la correlación directa de los hallazgos con las actividades económicas o sociales pasadas.
Lo que es más importante destruye la idea de un registro doméstico seguro, familiar, esencialmente moderno.
Dicho francamente, la gente estaba haciendo algo «bastante •. extrafio» con sus pozos durante la Edad del Hierro en Wessex, algo que es comparable (en términos generales) con la «rareza» de la deposición neolítica.
Tales observaciones resaltan la necesidad de reconsiderar el registro arqueológico de la Edad del Hierro, reconociendo que la gente de esa época no era como nosotros.
No podemos seguir tratando el registro como si no fuera problemático, y tenemos que dejar de aislar 10 «otro» (restos humanos) como «rituah>, o de justificar lo menos descaradamente «otro» (animales y «depósitos especiales»), reconociendo en cambio las implicaciones que esos depósitos tienen en relación con la aparente «basura normal» encontrada en contextos similares.
Este estudio describe específicamente la situación durante la Edad del Hierro en el sur de Inglaterra, y aunque los detalles precisos es poco probable que se repitan en otras partes, parece muy probable que estudios críticos parecidos realizados en otras partes de Europa revelen un pasado igualmente diferente a partir del que ha sido establecido por la «sabiduría heredada».
Puede ser un ejemplo la discusión y debate durante los últimos cincuenta afios que ha tratado de demostrar que los Oppida del La Tlme Final son ciudades y cuadran con cualquier definición de ciudad que se defendiera.
Al poseer las primeras ciudades de Europa, los Celtas eran situados en una posición ancestral (un concepto que discutiremos más abajo) en relación con los pueblos posteriores de Europa.
Por muy extrafios que esos grandes sitios cercados T. P.. n Q SO.
1993 pudieran, en principio, parecer eran representados simplemente como versiones de ciudades medievales amuralladas, el lugar del artesanado y la producción en masa de bienes para el campo que los rodea.
Tales conclusiones son esbozadas en ausencia de estudios amplios sobre, por ejemplo, el papel jugado por los asentamientos abiertos en la extracción y fundición de las menas metálicas o de la producción cerámica (Cumberpatch, 1991); sin embargo crean un clima conveniente para una historia evolutiva de la Civilización Europea.
A muchos especialistas de la Edad del Hierro europea parece importarles poco que las raíces de esta historia hayan sido ampliamente atacadas por antropólogos y arqueólogos que trabajan sobre el Neolítico y la Edad del Bronce, puesto que, para esos especialistas, la Edad del Hierro céltica sigue siendo la flor más delicada de la Europa Bárbara.
Una explicación del abismo entre la perspectiva arqueológica sobre la Edad del Hierro y sobre el Neolítico/Edad del Bronce es el contraste entre un registro ritual «extrafio» y otro doméstico «normal».
Ha sido mucho más fác: il discutir ritual, simbolismo, ideología y poder a partir de los datos monumentales de los períodos citados en segundo lugar que a partir del registro (.doméstico» de la Edad del Hierro.
El reconocimiento del espacio doméstico «como un texto» y del componente activo de la actuación humana (p. ej. Barrett, 1988; Barrett el alii, 1991; Bourdieu, 1977Bourdieu,, 1990;;Hodder, 1986Hodder,, 1987;;Moore, 1986), permite (y, realmente, demanda) un nuevo enfoque que evite la mutilante división entre lo ritual/lo secular y lo doméstico/lo no-doméstiw y contemple el registro arqueológico de una forma que una indisolublemente lo ideal y lo práctico.
Esto significa concebir la cultura material como un elemento activo en las relaciones sociales, y no como un simple reflejo de las mismas, y como un elemento crítico en la construcción de una realidad muy diferente de la que nos es propia.
Los pozos y fosos no son contenedores convenientemente vacíos y neutrales en los que se encuentran los conjuntos faunísticos y cerámicos, sino que ellos mismos eran parte de un texto espacial simbólicamente constituido.
Wessex pudo ser excepcional por sus pozos, pero, sea en Little Woodbury, Assen- Al poner en duda la cómoda división entre lo sagrado y lo profano, rechazamos la noción de una Religión Céltica que pueda ser comprendida a partir de un puñado de mitos y leyendas entresacados de las prácticas religiosas eclécticas del Imperio Romano y los registros de leyendas hechos por los monjes cristianos muchos cientos de años después de la construcción de los primeros oppida.
¿Por qué a fines del siglo 11 A. C. resulta importante cercar no sólo ciertos asentamientos sino también algunos sitios rituales (Viereckschanzen)?
¿Por qué algunos de los más tardíos, como Gournay, contienen abundantes depósitos extraños y deliberados, mientras otros, como Msecke Zehrovice y Markvatice, son tan estériles que casi son anónimos?
En tanto que es improbable que un reciclado sin fin de un puñado de textos escritos resuelva tales cuestiones, es posible que la consideración de nociones que impliquen el uso simbólico del espacio y la manipulación significativa de la cultura material puedan proporcionar ideas inesperadas.
Quizás los estudios sobre la Edad del Hierro son aburridos porque la Edad del Hierro era realmente aburrida.
Hemos buscado historias emocionantes, concentrándonos en el contacto mediterráneo, los guerreros, la migración de tribus, las tumbas ricas, los Celtas y los oppida.
Pero la mayoría de Europa durante ese período estaba compuesta esencialmente por sombrías comunidades agrarias.
Cuando nos centramos en tales comunidades, en su interacción y contacto, todavía subsiste el peligro de que nuestras explicaciones recurran a relatos que contemplan a las Sociedades como unidad de análisis, como una serie de fuerzas determinadas con su propia vida.
Las Sociedades no existen independientemente de sus miembros, dependen de las acciones de la gente para su reproducción y cambio mediante la forma como los humanos ocuparon rutinariamente su mundo y actuaron sobre él en el tiempo y en el espacio, en la vida cotidiana (Barrett, 1988(Barrett,, 1989;;Barret et alii, 1991).
En este artículo hemos defendido que la arqueología de la Edad del Hierro necesita volverse más «prehistórica» (es decir, postprocesual) en cuanto a su naturaleza.
Las suposiciones dominantes, y los prejuicios que determinan cómo contemplamos tradicionalmente nuestro período han creado una visión en gran parte historicista del pasado donde la analogía con las situaciones posteriores, escritas, ha sido siempre privilegiada respecto a los intentos de usar el registro arqueológico en sí mismo.
Ello ha dado lugar a una visión muy pesimista de lo que puede decirse a partir de él.
La arqueología del Neolítico y de la Edad del Bronce, sin las trabas de una visión «histórica», ha tenido que estar más abierta a sus datos, a manejar cada parte del registro para todos los aspectos de la cultura y la sociedad pasadas no sólo los escalones inferiores de la «Escalera de Inferencia» de Hawkes (1954).
La arqueología de la Edad del Hierro ha producido un pasado más familiar que el ofrecido por la Prehistoria más antigua, y miedo a que, saltando hacia la Prehistoria, la pérdida de la inocencia tenga como resultado erlebnis: una experiencia como acontecimiento aislado de un contexto significativo, una información desconectada (cf. Benjamin, en Shanks y Tilley, 1987: 18-19).
Al subrayar lo «otro» podría existir el peligro de una pérdida de significado o, al menos, el estancamiento de ciertas ramas del estructuralismo, pero sólo si dejamos de reconocer que no vivimos dentro de un horizonte cerrado, ni único.
Esto excluye el ideal de una aplicación total del pasado, pero implica una tensión entre lo propio y lo ajeno; una paradoja de otredad (4) (Ricoeur, 1981: 61-62).
Hay peligro de «pérdida de sentido» si lo otro, lo diferente se subraya en exceso.
Sin embargo este dificilmente parece un problema para los estudios de la Edad del Hierro donde no puede evitarse la fuerte tradición eurocéntrica.
A este respecto, nuestra paradoja de otredad es mucho más intrigante y compleja.
La gente de la Edad del Hierro (no «los Celtas.» compartieron diferentes cosmologías, percepciones de} espacio, y lo que es más importante, (4) Nota de la traductora: «otherness» en el texto orÍginal.
Pero, al proyectar nuestro ideal familiar, eurocéntrico, afrontamos un pasado en el que parece haber objetos familiares; ciudades, monedas, granjas, y campos, y una falta de lo abiertamente ritual con lo que nos tropezamos en los períodos más antiguos (en lugar de ello, tenemos una «Religión Céltica» de la que normalmente se habla en relación con la de Grecia y Roma).
Pero esos rasgos están en fase de llegar a ser.
Esos rasgos podían parecer familiares, pero la gente de la Edad del Hierro vivía en sus propios mundos de significado, y la semejanza es engañosa.
Esto sugiere que tenemos que concebir situaciones donde tales rasgos puedan ser organizados en un mundo muy distinto.
Para estar abiertos a la posibilidad de una Edad del Hierro diferente necesitamos ser tan críticos con la complaciente atribución de privilegio a unas analogías con nuestro desarrollo cultural posterior (p. ej. Gosden, 1985) establecidas como si fueran más relevantes que las analogías con etnografias específicas, como con las generalidades extraidas de ellas.
Las últimas pueden actuar como un desafio, una incitación que nos ayude a reconocer en nuestros datos patrones que no habíamos esperado que estuvieran allí.
No tienen que emplearse para hundir la Edad del Hierro bajo generalidades producidas a partir de la Etnografia.
Precisamente no se trata de escribir el mismo pasado u otro, el nuestro o el suyo.
Es posible concebir una Europa que no es nuestra Europa.
Concebir una Edad del Hierro distinta es desafiar la naturaleza genealógica de nuestros estudios.
En una genealogía buscamos en el pasado lo que es nuestro, ya que esta posesión es la que da valor al pasado.
Como genealogía de la Europa moderna, la arqueología de La Edad del Hierro ha buscado los orígenes de lo que es distintivo de esa Europa en el Primer Milenio A. C. y, consiguientemente, ha producido visiones del período que son, en gran parte, fantasías contemporáneas.
Michel Foucault ha ofrecido una genealogía diferente que investiga críticamente los orígenes y desarrollo de nuestras suposiciones europeo-occidentales más básicas.
Al criticar nuestra comprensión de sentido común del pasado,"'criticamos las categorías de pensamiento cuyos orígenes estamos intentando comprender (Rowlands, 1987: 746).
1993 proceso doble al implicar una crítica de las suposiciones actuales que moldean un pasado familiar y un reconocimiento positivo de la diferencia del pasado, mediante la utilización de todas las ventajas de nuestra amplia base de datos sobre la Edad del Hierro.
El resultado será una historia crítica de la arqueología de la Edad del Hierro, y un acercamiento crítico a las prácticas cotidianas durante ese período que son accesibles a través del registro.
Así, resaltando la diferencia de la Edad del Hierro, conseguimos tanto una comprensión más completa de lo que sucedió en el pasado, como desafiar lo que está sucediendo en el presente al subvertir la legitimidad de esas ideologías y nociones contemporáneas que suponemos que son verdades universales. |
IN FLUENCIA FENICIA EN LA ARQUITECTURA ANTIGUA DE NIEBLA (HUELVA) PHOENICIAN INFLUENCES ON THE ANCIENT ARCHITECTURE OF NIEBLA (HUELVA) MARIA BELEN (*) JOSE LUIS ESCACENA (*)
Las excavaciones practicadas en Niebla (provincia de Huelva, Espa ña) junto a la «Puerta de Sevilla» han descubierto un ¡ell protohistórico sobre el que se as ienta la ciudad actual.
D os de los edifi cios encontrados destaca n por sus técn icas de clara inspiració n fenicia.
El prese nte trabajo aborda el estudio tipol ógico de dichas obras, así como su cronología, enmarcá ndo las en el contexto de la colo nizació n fe ni cia del Mediterrá neo occidenta l y reflexionando sobre su significado en los procesos de aculturació n ex perime ntados por la Penínsul a Ibérica durante la Edad del Hierro.
A poco de comenzar el 1 Milenio a. c., las aldeas del Bajo Guadalquivir empezaron a experimentar importantes transformaciones, que supusieron con el tiempo la implantación de una auténtica estructura urbana.
Los investigadores están de acuerdo en que todos estos cambios, que afectaron a la configuración de los poblados en una amplia región del sur y sureste de la Península Ibérica, están relacionados con la presencia de gentes procedentes del Mediterráneo oriental (cf. Almagro y otros, 1990: 284; Bendala, 1989: 141; González Prats, 1983: 272; Ros Sala, 1989: 164).
Primero se vio que a partir de la segunda mitad del siglo VIII a.
C. empezaban a difundirse concepciones nuevas del espacio doméstico.
Las cabañas circulares tradicionales, dispersas por todo el área del poblado, se iban paulatinamente substituyendo por viviendas de muros rectos, rectangulares o cuadradas, alineadas ordenadamente en manzanas abiertas a calles o plazas, según los modelos implantados en las colonias fenicias de la costa mediterránea andaluza desde la primera mitad de dicho siglo (Aubet, 1986: 18).
Después se fueron documentando en los poblados de las tierras interiores del Guadalquivir los mismos sistemas de fortificación que en los asentamientos coloniales.
El foso de sección triangular de Toscanos (Niemeyer, 1986: 116) presenta analogías con el que se halló posteriormente en el Castillo de Doña Blanca (Ruiz Mata, 1988: 41) (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es y con los más recientes de Carmona (Cardenete y Lineros, 1990: 269-270, fotos 2 y 3, lám. 4).
Pero, aunque poco a poco se van añadiendo nuevos datos, seguimos sin saber gran cosa de la arquitectura del período que transcurre entre el siglo VIII a.
C. y la decadencia del mundo tartésico, a fines del siglo VI a.
C. El panorama empeora si pretendemos indagar en aspectos más específicos.
Empezamos a comprobar que no sólo se trasplantan los modelos conceptuales de las ciudades, las casas o los palacios orientales, sino también las técnicas de construcción; pero está todavía por hacer un estudio pormenorizado de tales técnicas y, en general, ni siquiera contamos con descripciones adecuadas que permitan distinguir las diferentes tradiciones constructivas.
El trabajo que presentamos no pasa de ser una modesta aportación para la investigación de estas cuestiones.
Su objetivo es dar a conocer la existencia en el yacimiento de Niebla (Huelva) de estructuras construidas con técnicas de tradición fenicia (Belén, 1986: 272 ss. y láms.
I-III; Belén y Escacena, e.p.) (1).
LAS INVESTIGACIONES ARQUEOLOGICAS EN NIEBLA
Niebla está situada en la provincia de Huelva, a unos 30 kms. de esta última ciudad (Fig. 1.1).
Rodeada aún por la muralla medieval, se alza sobre un cerro flan quedo en sus lados oriental y meridional por el río Tinto (Fig. 1.2).
La comarca es de relieve suave, con alturas de no más de 150 mts. y con tierras fértiles que permiten un buen aprovechamiento agropecuario.
Al norte del término municipal afloran las (1) Los autores agradecen la colaboración del prof. R. de Balbín, autor de la mayo r pa rte de las fotos que ilustran este tra bajo, y de Milagrosa Sánchez Andréu que pasó a tinta los dibujos sobre originales de M. Belén.
Las condiciones estratégicas y el potencial económico de su entorno explican que el lugar se poblara con relativa continuidad ya desde el Calcolítico.
Niebla constituye un auténtico cruce de caminos donde interfieren rutas que discurren en sentido norte-sur con otras que van de este a oeste.
Según la tradición y la documentación arqueológica, dispuso de embarcadero fluvial en época antigua.
Por ser escala en la vía de salida del mineral de Riotinto hacia el Atlántico por el puerto de Huelva, ha constituido punto de mira para conquistadores durante toda su historia.
La vida continuada sobre la terraza natural primitiva ha originado un auténtico tel! sobre el que reposa la población actual.
Algunas investigaciones permiten reconstruir a grandes rasgos las etapas más antiguas de la historia de Niebla.
Consta que la zona se ocupó al menos desde el Paleolítico Medio (Vallespí y otros, 1986: 44 y 52-54), período al que siguió un vacío poblacional documentado en el resto de los tiempos pleistocénicos, como de hecho parece que sucedió en gran parte de Andalucía occidental (Fortea, 1986: 68-73).
Empieza a tenerse, no obstante, mayor conocimiento del Neolítico, gracias sobre todo al yacimiento de La Dehesa, en la cercana localidad de Lucena Del Puerto (Piñón y Bueno, 1985: 110-115).
Para la fase calcolítica, Niebla y sus alrededores han suministrado una valiosa información, a la vez que monumentos megalíticos como el Dolmen de Soto (Obermaier, 1924) y el tholos de El Moro (Garrido y Orta, 1967).
En la propia Niebla, las covachas de Los Bermejales contenían niveles de ocupación de estos tiempos (Whishaw, inédito: cap. 2,p.
12), a los que tal vez haya que atribuir también las cuevas artificiales del Cabezo Gordo (Garrido, 1971: 10).
Al sur de la ciudad, en la finca denominada La Ruiza, se ha documentado asimismo un enterramiento del Bronce pleno (Del Amo, 1975: 175), contemporáneo de unas problemáticas inhumaciones enpithoi paralelizadas con las argáricas (Jurado, 1934: 183).
Pero la etapa histórica de Niebla que aquí nos puede resultar más interesante es la protohistórica.
A ella pertenecen los ajuares recuperados en el túmulo funerario de El Palmarón (García y T. P.. no 50.
Excavaciones recientes sugieren que Niebla nació como núcleo urbano propiamente dicho hacia el siglo VII a.
En conjunto, toda la documentación hasta ahora rescatada indica que, si bien pudo haber en Niebla un poblamiento anterior al de época tartésica según revelan los dispersos datos del Cobre y del Bronce, sólo a partir de la primera Edad del Hierro existió en ese punto del Tinto una población estable y con aparente continuidad poblacional hasta hoy.
Por tanto, desde los testimonios del Bronce pleno hasta estos otros de la fase tartésica, la comarca de Niebla participó con toda seguridad de un vacío poblacional que tiene un reflejo más amplio en casi toda Andalucía occidental (Escacena y Belén, 1991: 24-26) y que marca un fuerte hiato en la cadena cultural de la Edad del Bronce, dejando de momento sin base sólida un supuesto origen local del mundo tartésico precolonial (Belén y Escacena, 1992).
Esta problemática ha sido recogida recientemente por Bendala (1990: 19-23) para explicar parecidos fenómenos observados en el área extremeña.
El hallazgo de cerámica con decoración incisa y digitada en Los Bermejales (Blanco y Luzón, 1975: 244) demuestra el ancho perímetro de la Niebla tartésica y, en consecuencia, el apogeo experimentado por la población durante la primera Edad del Hierro.
Si los altibajos de la ciudad han estado ligados estrechamente a las circunstancias de explotación de la cuenca minera de Riotinto, el auge de que gozó en su más antigua protohistoria debe relacionarse tal vez con el control de la ruta de salida del mineral desde la sierra hacia el puerto de Huelva (Fernández Jurado, 1986: 168-169; Ruiz Mata, 1989: 242).
De hecho, Niebla pudo haber compartido con Huelva la centralización de los recursos mineros de la región (Blanco y Rothenberg, 1981: 19).
Si a esto se une la existencia de fértiles campos en sus alrededores, se obtienen circunstancias ideales para el nacimiento de una aristocracia que tal vez tuvo en el sepulcro de El Palmarón una de sus manifestaciones en torno T. P.. n Q 50.
1993 María Belén y José Luis Escacena a la muerte más importantes.
La ocupación de la ciudad durante la segunda Edad del Hierro dejó huellas evidentes en la secuencia estratigráfica (Belén y Escacena, e.p.;Belén y otros, 1983).
No obstante, la documentación disponible no habla con claridad de la recesión económica ni de otros múltiples aspectos de la crisis que afectó a finales del siglo VI a.
La posibilidad de que, aun de forma residual, se siguieran explotando los metales de Riotinto durante la fase turdetana, ofrecería una explicación satisfactoria a la superación de una etapa de vacas flacas generalizada que acabó con el esplendor del que la Baja Andalucía había gozado durante los tiempos orientalizantes.
La Niebla romana volvió a conocer un florecimiento espectacular, de nuevo al compás de las importantes actividades minero-metalúrgicas del área de Riotinto.
En este sentido, se ha escrito que, en la provincia de Huelva, sólo esta comarca de la tierra llana habría experimentado una verdadera y profunda romanización (Blanco y Rothenberg, 1981: 14-15).
La información arqueológica de esta etapa empezó a recopilarse a través de hallazgos numismáticos ya en el siglo XVII al menos (Caro, 1634: 213-214), y ha sido sistematizada en un trabajo de síntesis sobre la provincia de Huelva (Luzón, 1975a(Luzón, y 1975b)).
LAS CONSTRUCCIONES DE TRADICION FENICIA EN NIEBLA: CARACTERISTICAS y CONTEXTO ESTRATIGRAFICO
Las estructuras que estudiamos en este artículo se hallaron en varias campañas de excavación llevadas a cabo entre 1978 y 1982 junto a la entrada a la ciudad llamada «Puerta de Sevilla», en un solar que ya había sido sondeado parcialmente con anterioridad (Garrido y Orta, 1975b: 257 y lám. 196).
La zona está cerrada al norte por la cerca almorávide, y por su flanco oriental cae en talud casi vertical hasta el río Tinto (Fig. 1.2).
1) Cata 8, aspecto general.
2) Cata 4, muros de técnica orienta l (excavación del Prof. R. de Balbín).
Se abrieron en total diez cuadrículas.
De ellas se obtuvo una secuencia de gran complejidad debido a las contínuas reocupaciones del sitio desde su primera fundación como hábitat,.Y sobre todo porque en muchas ocasiones se habían llevado a cabo remociones de los estratos antiguos desde los niveles de época medieval.
De todos los cortes practicados, las obras que ahora nos importan corresponden a la cata 8, la que hasta la fecha ha sido estudiada con mayor detenimiento (Belén y Escacena, e.p.).
En la zona meridional de dicha cata, un muro fabricado a base de la alternancia de paños de mampostería con otros de sillería -al que se denominó muro no 5-, servía de articulación a dos fases de construcción romanas.
Esta última reutilización supone que en el siglo I d.
C. la estructura original ya había caido en desuso.
El Muro 5 discurre en una longitud de 10 mts. en sentido NW-SE, casi perpendicular a la muralla almoravide, y tiene 0,55 mts. de T. P.. no 50.
En el extremo norte ha sido cortado por remociones medievales; pero en el opuesto, la construcción continúa bajo la zona no excavada.
Antes de perderse en el testigo, pudimos comprobar que el muro cambiaba de orientación y se prolongaba en sentido W-E ( Lám.
Su construcción combina paños de sillares tallados en caliza de cantera local, de 1,20 X 0,55 X 0,55 mts., y aparejo de piedra irregular de tamaño medio.
A veces los sillares constituyen auténticos pilares formados por superposición de hiladas de un único bloque colocado a soga (Fig. 2, Lám.
II,1), y otras se distribuyen de forma menos sistemática en hiladas de uno o dos sillares, a soga o a tizón (Fig. 2, Lám.
Además, el aparejo de mampostería se ha tratado de forma diferente según las caras.
En la que mira hacia el borde oriental del tell, que suponemos la exterior, las piedras se superponen en seco (Fig. 2).
La cara opuesta queda en gran parte oculta por las construcciones que se adosaron a la estructura en época romana, pero el único tramo visto corresponde a un paño de mampostería tratado de una forma mucho más cuidada; las piedras han sido'retocadas para obtener una pared lisa y los huecos entre mampuestos se han rellenado minuciosamente con otras piedras irregulares de pequeño tamaño asentadas con barro.
El resultado es una obra de gran solidez y aspecto cuidado (Lám.
En otras zonas del solar documentamos muros construidos en ambas caras con esta técnica, en tanto que el interior se rellena de piedras de menor tamaño (Belén y otros, 1983: 975; BelÉn, 1986: láms.
Este muro 5, que aparentemente carece de zanja de cimentación, asienta de forma inmediata sobre construcciones anteriores de unos 70 cms. de anchura, que discurren paralelas entre sí en sentido E-O y, por tanto, perpendiculares a aquél.
Los muros más antiguos, que corresponden a una misma habitación de 3 X 4 mts., fueron manipulados para adaptarlos a su nueva función de cimientos parciales de la estructura 5.
La remodelación se observa con claridad en el caso del que llamamos muro no 18, ya que sobre él se encajó un sillar lo suficientemente bien acoplado como para producir la sensación de que fue esta estructura no 18 la que se adosó a la no 5, y no al revés.
A mayor profundidad, la base del muro 5 apoya también sobre el no 28.
La cimentación, ligeramente más ancha que el propio muro, llega a profundizar entre 0,90 y 1,10 mts., según las zonas (Fig. 2).
Se inicia por encima de la hilada superior de los muros 18 y 21, coincidiendo en algunos tramos con el primero de los sillares de cada pilar.
A partir de aquí se levantan 4 hiladas de sillares con una altura de 2,30 mts.
Los muros 18 y 21, que proporcionan asiento al muro 5, corresponden a estructuras de habitación más antiguas pavimentadas con finas capas de tierra apisonada o con gravilla.
El primero de ellos es una pared medianera entre dos estancias que quizá estuvieron en su día comunicadas.
En relacion con la más meridional de las dos debe ponerse el muro no 24, del que sólo se ha conservado un tramo de 1,50 mts. de longitud y 0,90 de altura, adosado a la pared oriental de la Cata 8.
No disponía de conexiones claras con otras estructuras.
En un extremo, el muro había sido cortado por remociones romanas y medievales; en el opuesto, posiblemente hiciera esquina con el no 21, a través de un sector de este último desmontado después de su abandono.
Sin embargo, las técnicas usadas en la fabricación de uno y otro son diferentes.
El muro no 24, que es el único que ahora nos importa por lo que se refiere a este conjunto, está levantado con piedras calizas de tamaño mediano cuya cara externa ha sido trabajada hasta conseguir una superficie plana y regular.
Los huecos que quedan entre los distintos mampuestos se rellenaron sistemáticamente con otras piedrecillas mucho más pequeñas que, a modo de cuñas apretadamente, encajadas, contribuyen a dar cohesión, solidez y regularidad a la obra (Lám.
Por las razones expuestas no podemos establecer con precisión el contexto estratigráfico que se relaciona con el origen de esta estructura muraria, pero dado que la misma parece tener cierta relación estructural con el muro 21, y éste a su vez con el 18 y con el 25, se debió construir con toda probabilidad en una fecha comprendida entre los últimos moméntos de colmatación del nivel VII y los primeros del VI.
Por lo que se refiere a la época de utilización de estas construcciones, hay que señalar que los niveles II y III constituyen las acumulaciones estratigráficas correspondientes a la destrucción de los edificios romanos nacidos en torno al muro 5.
En consecuencia, la cronología de ambas capas debe ser considerada también la del final de esa estructura no 5.
Al oeste de la misma se había construído una habitación pavimentada con un mosaico cuya fecha debe llevarse a los siglos II y III d.
Al este en cambio, la estancia romana que había sido levantada en el nivel IV se destruye en la segunda mitad del siglo 1 de la Era.
Pero interesa más aquí analizar los datos que otorguen una cronología inicial para esta estructura.
Las características de la estratigrafía obtenida en esta cuadrÍCula certifican que dicho muro se construyó a partir del nivel V, en el que se hallaron incluso los desechos de retocar in situ los sillares.
A veces, la base de la obra llega hasta el nivel VII, pero esto debe ser considerado T. P.. no 50.
1993 producto de la cimentación de la misma a más profunda cota en algún que otro punto, en función sobre todo de la búsqueda de un suelo firme donde asentarla.
La V es una potente capa de arcillas de color rojo acastañado, en parte compuesta por la destrucción de otras paredes de adobe anteriores superpuestas a los muros 18 y 21, que, como hemos indicado, habían sido desmontadas para que sirvieran parcialmente de basamento al muro 5.
Entre el barro salido de la destrucción de esos adobes se halló parte de un tronco quemado del que se pudieron obtener dos muestras radiocarbónicas, que suministraron las fechas de 150 y 140 a.
C., una cronología parcialmente confirmada, como a continuación se verá, por los materiales cerámicos más modernos.
En realidad, la capa V constituye un paquete de relleno y nivelación que explica la heterogeneidad cronológica de los tiestos hallados en él.
Se encontraron fragmentos de recipientes cerámicos fabricados a mano, procedentes con toda seguridad de la remoción de sectores del hábitat más antiguo, y trozos de platos de la especie «gris de occidente», ambos conjuntos decorados a veces con retícula bruñida.
A su vez, también la cerámica a torno pintada refleja esta mezcla de especies alfareras y de tipos de vasos con diversas dataciones.
Pero los testimonios más recientes de este estrato aconsejan fecharlo a mediados del siglo II a.
En efecto, entre los elementos más modernos destacan por su innegable personalidad los «platos de pescado » (Fig. 3: 1 y 2), que siguen prototipos griegos extendidos por el Mediterráneo sólo a partir de los siglos Vy IV a. c., y que en la Península Ibérica aparecen cuando se hacen evidentes las influencias helénicas (Luzón, 1973: 34-35 y 56).
1993 María Belén y José Luis Escacena ~:. •.......... ).::":;;;:';':' r;n;~:!;0th~e, tj;~?1~;!;+:~~!ltt~j" Algunos fragmentos de ánforas procedentes de este contexto estratigráfico pertenecen a tipos que, en los casos más recientes (Fig. 3: 4 y 5), se fechan en la segunda mitad del siglo 111 a.
De todos estos testimonios se deduce que, al menos en teoría, el nivel V podría corresponder tanto a la segunda mitad del siglo 111 como a casi todo el 11 a. c., de forma que la inclinación que hemos mostrado hacia la fecha más precisa suministrada por el C-14 se debe a que los niveles que cierran por arriba y por abajo esta capa estratigráfica restringen la datación de la misma a mediados del siglo 11 a.
En cuanto al muro 24, ya advertimos antes que puede ser contextualizado, sólo con relativa precisión, entre los niveles VI y VII, de manera que serían las fechas fronterizas entre ambas capas las que permitirían ofrecer una datación aproximada para dicha construcción.
Analizando la estratigrafía de arriba hacia abajo, según el proceso lógico de excavación, la capa VI debería centrarse en la segunda mitad del siglo 111 a.
C. según la documentación que contiene.
Además de algún fragmento de cerámica común, que analizamos más adelante, los que proporcionan mejor cronología pertenecen a dos conjuntos: vasos pintados de estilo turdetano y ánforas.
Los paralelos más recientes para esta forma se han recuperado, con fecha relativamente precisa, en Itálica, donde llegan a mediados del siglo 1 a.
Un segundo recipiente de cerámica pintada que aparece en este nivel es un plato de labio caido más o menos desarrollado (Fig. 3: 12-14).
Los fragmentos de borde conservados son suficientes para reconocer la forma completa, que corresponde a la no 2 de la clasificación llevada a cabo para los materiales de Mesas de Asta por Cuadrado (1962: fig. 4: 1-2).
Por su origen y cronología, el tipo ha sido también llamado T. P.. no 50.
Se trata de un recipiente muy típico de Andalucía occidental (Escacena, 1987b: 240), donde comienza a mediados del siglo VI a.
Debemos señalar en tercer lugar, a pesar de la pequeñez del fragmento, la presencia en este estrato de un tema decorativo que se ha definido como «segmentos » o «sectores» de círculos concéntricos (Fig. 3: 6).
Es un motivo que, por lo que se refiere a Andalucía y contando sólo con la documentación bien fechada, aparece por primera vez en Cástulo durante la primera mitad del siglo V a.
En conjunto, y por lo que hoy sabemos, esta decoración pervivió al menos hasta el siglo 1 d.
C. en todo el sur peninsular, porque existen exponentes con esta fecha tardía en Villaricos (Astruc, 1951: lám. XXVI: 2), en Córdoba (De Los Santos, 1955: láms.
Si se tiene presente que tanto en la provincia de Huelva como en el Bajo Guadalquivir este tema ornamental de la cerámica afectó sobre todo a la vajilla de los siglos III y II a.
C. (Escacena, 1987b: 978), su presencia en este estrato de Niebla sugeriría tal vez una datación de fines del siglo 111 a.
C. o, como mucho, de comienzos del siguiente.
Por último, el «plato de pescado » bícromo de este nivel (Fig. 4: 1) tiene sus paralelos más estrechos en el depósito cerámico de Alhonoz (López Palomo, 1979: fig. 9: 1-2), que debe fecharse, según hemos apuntado antes, a fines del siglo III o a comienzos del II a.
En cuanto al segundo grupo, es decir, a las ánforas (Fig. 4: 2-5), puede relacionarse con piezas del estrato II de La Tiñosa (Belén y Fernández-Miranda, 1978: fig. 22: 2 y 4) y con ejemplares que en el Macareno se llevan a la segunda mitad del siglo III y a la primera del II Un último testimonio de esta capa arroja cierta precisión cronológica, porque no se conocen paralelos para el pequeño cuenco-lucerna que lleva carena próxima al borde (Fig. 4: 7) con anterioridad a fines del siglo III a.
La presencia de cerámica ática en el nivel VII es sin duda la circunstancia que más precisa la cronología de esta capa y de los materiales en ella contenidos.
Son fragmentos de dos kylikes de figuras rojas (Fig. 4: 6 y 8) que tienen una fecha de la primera mitad del siglo IV a.
C. De hecho, el repaso general de la cerámica turdetana de este nivel que a continuación abordamos no contradice en absoluto esta asignación cronológica.
Ya hemos comentado al estudiar los ejemplares del nivel VI que los cuencos en forma de casquete esférico (Fig. 5: 1-3) pueden tener perfecta cabida en este marco temporal.
Lo mismo ocurre con el vaso de baquetón en el hombro (Fig. 5: 4), que en este caso muestra estrechos paralelismos, debido al perfil anguloso de dicha moldura, con la mayor parte de los ejemplares de Andalucía occidental, donde el tipo resulta especialmente abundante (Escacena, 1987b: 616).
Otros materiales pintados arrojan poca luz al estudio cronológico de este nivel estratigráfico (Fig. 5: 5 y 7).
Las ánforas de esta capa (Fig. 5: 6) responden al tipo llamado «Carmona» por A. Rodero (1990: fig. puede situarse estratigráficamente entre los niveles VI y VII, podría haberse construido en una fecha en torno al 300 a.
C. por citar una datación centrada entre las posibilidades extremas que ofrecen esas dos capas.
El muro 5 y los muros de pilares
La técnica de construcción del muro 5 como característica del mundo fenicio, se conoce bien desde la publicación del trabajo de J. Elayi (1980) sobre todo (cf. también Stern, 1977y Sharon, 1987).
Con múltiples variantes, el muro de pilares se utiliza en una amplia zona del Próximo Oriente (Elayi, 1980: 176) y en los territorios del Mediterráneo Central y Occidental en los que la presencia fenicia fue importante T. P.. no 50.
De unos años acá, las excavaciones arqueológicas han permitido documentar construcciones similares en el Bajo Guadalquivir y, en general, en el Suroeste de la Península Ibérica.
Los ejemplos son de momento escasos y de cronología dispar.
En la primera mitad del siglo VIII a.
C. (Fernández Jurado, 1986-89: 170) se fecha el lienzo de muro que colmata una pequeña vaguada en el Cabezo de San Pedro de Huelva.
Consta de un pilar con sillares de caliza, colocados en hiladas alternativas a soga y tizón, al cual se adosan dos paramentos de mampuestos de pizarra.
En opinión de los excavadores, debió levantarse para contener las tierras del cerro, evitando que se desprendiesen sobre la zona de hábitat que ocupaba la ladera (Fernández Jurado, 1986-89: 170).
Otros autores admiten también esta posibilidad, pero tampoco descartan que pudiera tratarse de un tramo del recinto defensivo que rodearía la parte más alta del cabezo de San Pedro (Fernández-Miranda, 1986: 236).
Al margen del problema de su funcionalidad, la obra se ha interpretado como un regalo introductorio de mercado hecho por los fenicios para una comunidad local cuyas élites controlarían las ricas explotaciones mineras de la provincia (Fernández Jurado, 1988-89: 286).
En 1987 se documentó en un solar de la ciudad de Carmona (Sevilla) un tramo de 4 mts. de longitud de un muro de 1,10 mts. de ancho.
Está construido con un pilar de sillares colocados a soga y tizón, intercalado con paños de mampostería.
El muro presenta la particularidad de que los mampuestos han sido retocados hasta conseguir una cara plana, y calzados con piedras mas pequeñas; el resultado es una pared regular y de buena fábrica.
Toda la piedra utilizada es calcaren ita de cantera local.
Esta estructura, para la que se supone función defensiva, se fecha en el siglo VI a.
C. (Cardenete y otros, 1990: 261 y 263) y constituye, de momento, el ejemplo más antiguo del empleo combinado en una misma construcción de las dos técnicas descritas en relación con el muro 5 de Niebla.
Sin ser idéntica, la estructura se aproxima a la que Elayi (1980: fig. 2a) incluye en su tipo B regular.
El análisis de las dimensiones de estos muros permite hacer algunas observaciones de interés.
El de Niebla tiene 0,55 mts. de ancho.
En su opinión, esta medida es la del codo real de los caldeas, que los fenicios hicieron suyo y difundieron en sus colonias occidentales (2).
Los ejemplos que el autor documenta en Marruecos están fechados entre el siglo III a.
C. y mediados del I d.
La anchura del muro de Carmona es exactamente el doble (1,10 mts.) y de los sillares utilizados en su construcción, uno responde también a la misma unidad de medida, pues tiene 0,56 mts. de anchura y 1,38 de longitud, que equivale a 2,5 veces 0,55 (Cardenete y otros, 1990) (3).
El gran muro de Toscanos construído en época imperial romana, pero con materiales supuestamente reutilizados de edificios más antiguos (Niemeyer, 1982: 103-106), está hecho con bloques tallados de alturas comprendidas entre 0,45 y 0,48 mts.
La coincidencia de una medida en torno a 0,46 mts. podría sugerir que se ha utilizado en estos casos una misma unidad.
En el urbanismo más antiguo de Volubilis está bien documentado el empleo de un módulo de 0,46 mts, que se utiliza sobre todo en elementos de columnas (Jodin, 1975: 73), es decir, en estructuras de desarrollo vertical.
No sería de extrañar que la altura de los bloques de las construcciones que estamos mencionando se rigiera por el mismo sistema metrológico (5).
Querríamos aludir, por último, a la gran pervivencia del muro de pilares en el sur de la
(2) E l auto r distingue en el sistema metroló gico de las ciuda des púnicas d e Ma rru ecos un codo chico d e 0,46 metros y un codo gra nd e d e 0,55 metros.
(5) Aunque nos hemos referido sólo a las construcciones de sill a res, qu eremos a no ta r que la utilización de estos pa trones de medidas es más a mplia.
Sirva de ejemplo la menció n de los muros d e Cho rreras co n grosores que van d e 0,45 a 0,55 mts.: Aubet y o tros.
En la propia Niebla, M. del Amo documentó una fase de construcción de época romana imperial con edificaciones hechas de forma similar; la única diferencia está en que los tramos son mas cortos, los pilares se forman por la superposición de un único sillar cuadrado y los espacios entre pilares son muy regulares (6).
En Carmona se conocen también muros construidos en el siglo I d.
Otros ejemplos igualmente de época romana se conocen en los yacimientos de Peñaflor (Keay, 1991: 281, lám. 2) y de Cerro del Mar (7).
Aunque en las colonias fenicias de la costa de Málaga no se ha documentado hasta el momento el empleo de IT.luros de pilares, el último de los ejemplos citados permite suponer que esta tradición constructiva se conocía ya con anterioridad en la zona, si no desde los tiempos fundacionales, si por las fechas en que estas técnicas alcanzan mayor difusión, que en el sur de la Península Ibérica, como en el resto del Mediterráneo y en Oriente (Elayi, 1980: 180), es a partir del siglo VI a.
C. El mismo fenómeno de pervivencia de un tipo de construcción emparentado con el muro de pilares de tradición fenicia, se conoce en la arquitectura del Norte de Africa durante la época romana (Elayi, 1980: 179).
La técnica constructiva del muro 24
Hasta hace poco no se conocían conjuntos arquitectónicos importantes que permitieran apreciar que la técnica con que se ejecutó el muro 24, y el paño visto de la cara occidental del muro 5, no podía entenderse como un simple recurso de albañilería encaminado a conseguir una fábrica más sólida, sino que el resultado final es consecuencia del conocimiento de unas tradiciones constructivas bien definidas.
Hoy sabemos que el origen de estas tradiciones hay que buscarlo en el Próximo Oriente, y que su implantación en el extremo más occidental del Mediterráneo está relacionado, como sucede con los muros de pilares, con la colonización fenicia.
En ese ámbito pueden encontrarse los mejores paralelos para los muros de Niebla (8).
24, 29a y 34a), nos ilustran sobre el uso de paramentos de mampostería regular calzada con piedras pequeñas tanto en construcciones civiles como militares.
En Mozia, un paño intercalado entre pilares monolíticos fechado en un momento antiguo del siglo VI a.
C. documenta la utilización de este tipo de mampostería en las colonias del Mediterráneo Central (Ciasca, 1986: 226 y fig. 57).
En Andalucía, los ejemplos mas claros de que por las mismas fechas se habían ya construído algunas obras con esa fábrica están en Carmona.
En 1980, un equipo de la Universidad de Sevilla dirigido por el profesor M. Pellicer realizó excavaciones junto al so ndeo practicado a fines de los años cincuenta por Carriazo y Raddatz (1960), en el lugar conocido como Raso de Santa Ana.
En estos trabajos se documentó un muro para el que se calculó un ancho de 0,80 mts. y que se conservaba en una altura de casi 3 mts.
En su construcción se utilizaron piedras de calcarenita local « (... ) colocadas horizontalmente, aunque en ocasiones preparadas, no están escuadradas, oscilando sus ejes entre 0,15 y 0,40 mts» (Pellicer y Amores, 1985: 72, láms.
Las ilustracio nes permiten comprobar que la preparación a que se refieren los autores ha consistido en retocar la cara externa de las piedras para conseguir una superficie plana y regular; asimismo, puede observarse que los mampuestos están calzados con piedra más pequeña y que su cimentación es algo más ancha que el propio muro y de factura más grosera.
La construcción se ha fechado en los primeros años del siglo VI a.
También pudimos reconocer personalmente un muro hecho con idéntica técnica en otro solar próximo excavado en 1987 (Gil de los Reyes y (8) A la hora de buscar paralelos, hemos tenido más en cuenta el aspecto ge nera l de la obra que los detalles, pues la solu ción de calzar piedras co n guij arros es tan elemental que, atendiend o sólo a es te hecho y no al resultado, podríamos encontrar ejempl os en cualquier sitio y en cualquier época.
1993 María Belén y José Luis Escacena otros, 1990) (9), situado en la misma plaza y vecino de aquel otro en que se halló el tantas veces ya citado muro de pilares cuyos tramos de mampostería también se construyeron de la misma forma.
Pero sin ninguna duda el mejor ejemplo lo tenemos en el Castillo de Doña Blanca, un poblado fenicio fundado a principios del siglo Villa.
A lo largo del siglo IV a.
C., se produce en el asentamiento una reordenación urbanística que supone también la implantación de técnicas de construcción que no se emplean en el lugar durante la fase más antigua.
Estas técnicas, que siguen en uso hasta el final del poblado en los últimos años del siglo 111 a. c., son las mismas que documentamos en Niebla, y los edificios de ambos yacimientos son tan parecidos, que resulta inevitable suponerlos resultado de los mismos estímulos.
Aunque la documentación que poseemos para este último es mucho más escasa, comprobamos que en los dos poblados se construyen de idéntica forma las murallas, los almacenes y las casas (cf. Ruiz Mata, 1987: 364) (lO).
Por último, creemos encontrar similitudes entre los ejemplos mencionados y los restos de una casa del siglo 111 a.
Niebla probaría la perduración de esta tradición constructiva hasta mediados del 11 a.
El trabaj o que hemos presentado no pasa de ser una aportación modesta a la investigación de la influencia fenicia sobre la arquitectura prerromana en Andalucía occidental.
Pero el ejemplo de Niebla plantea problemas importan-(9) De es tas excavacio nes se ha ofrecido un breve informe en el que no tenía cabida la descripción pormenorizada de las distintas estructuras de co nst ru cción, p ero pensamos que el muro que vimos en nuestra visi ta a la excavació n debe se r el que las a utoras llama n 31 A, que fechan entre «el último cuarto del siglo VI y la primera mitad del V a.C " y describen, precisa mente, con las mism as palabras que utili za n Pellice r y Amores pa ra referirse al hallado en el corte CA-801 A (Cf.
(10) La técnica de co nstrucción que anali zamos está mejor representada en otros sond eos del solar de la Puerta de Sevilla, cuyas excavaciones dirigió R. de Balbín.
Estos trabajos está n todavía pendi entes de estudi o y por ell o desconocemos en qué momento de la vida de la ciudad se erigieron estas ed ificaciones.
tes relacionados con el tiempo durante el cual se ejercen esas influencias y con el supuesto proceso aculturador que resulta del contacto entre extranjeros y poblaciones autóctonas.
En primer lugar cabe preguntarse cuándo se produjo la introducción de los conocimientos técnicos que implica la fabricación de paredes como las que hemos analizado.
Para el muro de pilares conocemos precedentes fechados en el siglo VIlla.
C. en Huelva y en el siglo VI a.
Estos ejemplos más antiguos permitirían suponer que a lo largo de unos 500 años se habrían ido transmitiendo los conocimientos que asegurarían la perduración de esta tradición constructora en Andalucía occidental.
Distinto es el caso de las obras de mampostería regular como el muro 24.
Aunque es una técnica bien conocida en las ciudades del Próximo Oriente, no encontramos en la bibliografía temática de la Península Ibérica referencias al hallazgo de muros de construcción similar fechados durante el Período Orientalizante, aunque, en nuestra opinión, existen ejemplos inequívocos en Carmona, datados desde los primeros años del siglo VI a.
C. Podría suceder que la ausencia de documentación no fuera real, y que, existiendo ejemplos, hubieran pasado desapercibidos por no resaltarse en la descripción los rasgos que caracterizan a los muros así construidos de cualquier otra obra que recurra también al empleo de ripios para calzar los mampuestos.
Quizá en algún caso, la escasa entidad de los restos conservados haya impedido identificar el tipo de fábrica a que nos referimos, puesto que en muchas ocasiones de las estructuras originarias no encontramos más que la cimentación, y esta parte de la construcción hemos comprobado que se trata de forma mucho menos cuidada que las paredes.
Pero parece significativo que en un asentamiento fenicio como el Castillo de Doña Blanca (Ruiz Mata, 1988: 41), esta forma de levantar los edificios aparezca como novedad con la remodelación urbanística de la última fase del poblado fechada durante los siglos IV-III a.
Sorprende asimismo la gran unificación de las técnicas de construcción (JI) En cualquier caso, habrá que esperar a la publicació n de la síntesis que sobre las distintas campa ñas de excavació n prepara actualmente el profesor Ruiz Mata, para saber en qué mo mento preciso se impla ntan estas técnicas en el poblado.
a lo largo de toda la etapa, pues, como ya se ha comentado, las casas, los almacenes o las murallas de la ciudad fueron construidos de idéntico modo.
La misma fábrica presentan las edificaciones del poblado que se funda en la primera mitad del siglo IV a.
C. sobre la vecina Sierra de San Cristóbal, dominando el amplio estuario del Guadalete (12), y, como acabamos de indicar, también en los poblados del Bajo Guadalquivir creemos poder rastrear esta tradición constructiva hasta el siglo III a.
De momento, la documentación que poseemos es escasa, pero no podemos pasar por alto la coincidencia entre los datos que hemos comentado y el proceso de implantación de las técnicas de construcción fenicia en los territorios orientales y en las colonias del Mediterráneo Central.
En el caso de los muros de pilares, los mejor estudiados, sabemos que, aún siendo conocidos desde fines de la Edad del Bronce, primero en las ciudades sirias del norte y después en las fenicias, progresivamente también en Palestina (Braemer, 1982: 120 y 140), el apogeo de su uso se produce entre los siglos VI-III a. c., y sobre todo durante el V-IV a. c.; ésta es también la época de su mayor difusión en los territorios coloniales (Elayi, 1980: 176 y 180).
I1, 2), representa sin duda el ejemplo más antiguo para esta tradición constructiva en el Mediterráneo Occidental, pero hoy por hoy constituye la excepción a la regla.
Posiblemente, la implantación de los paramentos mixtos de sillares y mampuestos sea sólo la manifestación más clara e identificable por ahora de un proceso más amplio de difusión de esquemas arquitectónicos y tradiciones constructivas de origen oriental, que expli• caría la introducción por las fechas citadas en las tierras del sur de la Península de otros modelos de urbanismo y formas de edificar novedosas.
Problema diferente y de mayor complejidad es explicar cómo se produjo el proceso de implantación de todos estos conocimientos en nuestra región.
Hasta hace pocos años se sostenía que la
(1 2) Agradecemos la información al profesor D. Rui z Ma ta, director de las excavaciones qu e se lleva n a cabo en a mbos yacimientos.
1993 relación comercial con los fenicios había provocado tal grado de aculturación en los indígenas del Valle del Guadalquivir y del Suroeste, que sin ser fenicios podrían parecerlo.
Más recientemente se han ido flexibilizando las posiciones iniciales y, junto al modelo tradicional, se ofrecen ahora otras alternativas de interpretación del fenómeno colonial que permiten abordar con esquemas menos rígidos los problemas de interacción cultural en las dos comunidades (González Wagner, 1986: 144 y ss.).
Estos otros modelos que defienden formas de contacto directo e, incluso, una estrecha vecindad entre comunidades orientales y autóctonos en las tierras de Andalucía occidental (González Wagner, 1986: 150-152), permiten explicar con más coherencia el proceso de aculturación, pero, a la vez, obligan a reflexionar sobre cómo se detecta en el registro arqueológico la presencia de esas comunidades de origen oriental establecidas en los centros minerometalúrgicos de la región de Huelva o en las fértiles tierras de la región de Carmona (González Wagner, 1986: 151).
Porque, de aceptar tales supuestos téoricos, habría que suponer que al menos algunos de los rasgos que los investigadores hemos interpretado como pruebas de una profunda aculturación de las comunidades autoctonas, podrían ser las manifestaciones de la presencia estable de esas comunidades foráneas.
En coherencia con su propia hipótesis, González Wagner (1986: 146-147) interpreta la Cruz del Negro (Carmona) como un cementerio de agricultores orientales.
En el caso que nos ocupa, el contacto directo y prolongado entre las dos comunidades explicaría de forma menos forzada la existencia de técnicas de construcción de tan clara tradición fenicia en los yacimientos que hemos examinado del área de Huelva y de Carmona.
En otras ocasiones (Belén, 1986: 274), ya nos mostramos poco partidarios de sostener que el contacto esporádico con grupos de comerciantes extranjeros consiguiera cambiar las tradiciones arquitectónicas de la población local.
Las influencias en aspectos arquitectónicos dicen otros autores (13) implican la llegada de grupos de pobla-(13) A propósito del muro de San Pedro (Huelva) precisamente P. Leriche puntua liza a P. Rouillard que « (... ) no se pued e ha blar de infl uencia en ma teria de a rquitectura sin que esto implique la llegada d e nuevas pobla ciones que impo nen su mo d o d e co nstrucció n o d e equipos técnicos» (Leriche y Trézin y (ed s.), 1986: 422).
1993 María Belén y José Luis Escacena ción O al menos, de técnicos.
Ahora bien, en la línea iniciada por Gonzalez Wagner, si aceptamos que hay fenicios conviviendo en los mismos núcleos de población con los autóctonos, consideramos prioritario el problema de identificar a los habitantes de una casa o de un poblado de corte fenicio y discutir después, si procede, cómo una familia local, o toda una comunidad cambió sus costumbres y llegó a vivir de forma tan parecida a la de un fenicio.
En estos momentos nos inquieta pensar que, en la investigación de la influencia fenicia en Andalucía occidental, como se dice en nuestra tierra, hayamos comenzado a construir la casa por el tejado. |
SOLIFERREA DE LA EDAD DEL HIERRO EN LA PENINSULA IBERICA (1) lRON AGE SOLIFERREA FROM THE lBERlAN PENlNSULA FERNANDO QUESADA SANZ (*) RESUMEN Este artículo plantea un análisis global del soliferreum.
Se propone que apareció al norte de los Pirineos y que llegó a la Península Ibérica, juntocon otros tipos de armas, en el s. VI a.
C. Se presenta un sistema de clasificación, mapas de distribución actualizados y un catálogo de piezas.
Se analizan sus características funcionales y las similitudes y diferencias con otras armas.
Cuestiones terminológicas El soliferreum es una de las armas más características del armamento prerromano peninsular.
Se trata de una lanza diseñada -al igual que el pilum-como arma arrojadiza pesada a corta distancia.
A diferencia de las lanzas, picas o jabalinas normales, que unen una punta metálica corta a un largo astil de madera, el soliferreum consiste en una sola pieza de metal forjado.
De ahí su denominación latina (p. ej. Liv.
XXXIV,14) Y su equivalente griego saunion olosideros (crauvíov ÓAOCJt0lÍP0C;) empleado por Diodoro (V, 34) al describir el armamento de los lusitanos.
En la bibliografia científica se ha producido en ocasiones cierta confusión terminológica al denominar los soliferrea exhumados en yaci-' mientos, sobre todo al tratar de utilizar un nombre griego o latino.
Frente al término hoy generalizado, hace algunos años O. y J. Taffanel (1958Taffanel (, 1960) ) Y Giry (1965) usaron la aséptica denominación ((javelot tout en fer»; Piette y Sacazze (1899: 13) habían empleado mucho antes el vocablo gaesum, mientras que otros autores utilizaron saunion a secas (a partir de Diodoro, V, 34).
Algún investigador ha usado también el término a nuestro juicio confuso de ((grandes lances en fer» (Mohen, 1980a: 66).
En algunos trabajos antiguos se produce cierta confusión entre pilum y soliferreum.
Esto nos ha creado algunos problemas para precisar el tipo de arma cuando en Diarios de campo o publicaciones antiguas no se ilustra la pieza a que se hace referencia.
Para evitar mezclar dos tipos de arma diferentes, hemos creado una categoría imprecisa que abreviamos Indet.
So/./ PiI. «( Indeterminado S oliferreum-pilum» ) que agrupa las armas cuya denominación nos ofrece dudas y aquellas en tan mal estado que no es posible saber si se trata de una parte pequeña de un soliferreum o de la mayor parte de un pilum.
Las piezas seguras se catalogan en la Tabla I (y Fig. 4) y las dudosas en la Tabla II (y Fig. 5).
No cabe hoy confundir ambos tipos: el soliferreum es por definición totalmente metálico, mientras que el pilum tiene un corto astil de madera y una larga espiga férrea terminada en punta corta y maciza.
Es posible que el origen de ambos tipos esté relacionado, bien porque ambos aparecieran en la(s) misma(s) zona(s), bien porque respondieran en lugares diferentes (p. ej. Sur de Francia e Italia) a necesidades similares.
En efecto, uno de los aspectos más debatidos por lo que se refiere a estas dos armas es el de su relación funcional y de origen.
En una lanza normal, es el cubo de enmangue de la moharra el que debe mejorar la sujeción al astil y la solidez del conjunto.
Con todo, es fácil que la parte de madera se parta al chocar con un escudo o que sea cortada por un tajo del enemigo (Couissin, 1926: 16).
Por tanto, es conveniente alargar la parte metálica para mejorar la resistencia.
Además, en el caso de una lanza arrojadiza o mixta, si se alarga la parte metálica se aumenta además su peso, y por tanto se favorece la capacidad de penetración del arma.
Couissin (1926: 16 ss.) veía en elpilum y soliferreum intentos de resolver estas cuestiones (resistencia y capacidad de penetración) y Schulten (1943Schulten (: 1344) llegó a pensar que en la P. Ibérica se produjo una evolución desde las lanzas normale.s hacia pila cortos (¿semiphalarica?), pila'largos y finalmente soliferrea, entendidos como la última fase lógica de evolución.
Dicha hipótesis no puede mantenerse hoy, T. P.. nI! 50.
1993 Fernando Quesada Sanz 1!08-In• porque -como veremos-los soliferrea más antiguos, del Sur de Francia, convivieron con gaesa/pila y con puntas de lanza.
Hipótesis opuesta es la que en 1969 sostuvo Schule (1969: 114), quien propuso que los solife-"ea fueron sustituidos por pila, que según él se asociaban en Iberia a materiales tardíos (espadas de La Tene, puñales dobleglobulares).
El propio autor reconocía las dificultades de su hipótesis, dado que -como él mismo recuerda-también se asocian pila a espadas de tipo Aguilar de Anguita en necrópolis antiguas como Alpanseque.
A esto, cabe añadir, debe sumarse la presencia conjunta de pila y soliferrea en necrópolis antiguas como Aguilar de Anguita, o incluso muy antiguas como Perelada.
Aunque los dos tipos de arma que estudiamos cumplen una función similar, su presencia es más simultánea que sucesiva.
Puede incluso que el soliferreum (s. VI a.
C. al menos) sea anterior en muchas zonas al pilum (¿s. Va.
La longitud total de las armas que estudiamos, cuando se han conservado completas, es muy constante: oscila casi siempre en torno a los dos metros (Fig. 1) aunque ocasionalmente se den piezas muy grandes o muy pequeñas (Max.
Por tanto, también aquí se manifiesta, como en las espadas (Cabré de Morán, 1990; Quesada, 1991), una marcada tendencia a que las armas peninsulares sean más pequefias que las del norte de los Pirineos.
Aunque habitualmente no es posible utilizar el peso como criterio a la hora de estudiar las armas, en el caso de algunos so/iferrea excepcionalmente bien conservados -en especial los de Almedinilla, Córdoba-hemos podido tomar algunos datos (sobre ocho piezas en total), cuyo peso medio es de.683 gr. (peso máx. 800 gr. mín. 620 gr.).
La punta de los soliferrea es típica del disefio de un arma arrojadiza pesada penetrante.
Es por lo general muy corta (Láms.
1 y 11) pero lo más importante es que la anchura de las aletas -cuando existen-es escasa, lo que prima la capacidad aerodinámica del arma y su penetración, aun en detrimento de la anchura de la herida que causa (Fig. 2).
Las puntas de las armas ibéricas oscilan entre los 4.3 y los 17 cm. de longitud máxima -esta última es excepcional-; la longitud media es de sólo 8.4 cm. Un 54 % de los soliferrea tienen puntas de entre 6 y 9 cm.; un 85 % de entre 6 y 13 cm. La correlación entre la longitud de las puntas y la total del arma es muy baja (r = 0.3), salvo en los casos extremos de los so/iferrea más largos y más cortos, de modo que no parece haber relación constante entre la longitud total de un soliferreum y la de su punta.
La forma de la punta es, junto con la de la empuñadura, el criterio de distinción tipológica más preciso.
Ha sido empleado por Cuadrado (1989: 66) para su clasificación en tres tipos, que resulta incompleta por referirse sólo a los ejemplares del Cigarralejo.
Nosotros hemos distinguido en total siete tipos de punta, que reproducimos en la figura 2.
La escasez de soliferrea datados con precisión y que a la vez se hayan restaurado dificulta la tarea de tratar de observar una evolución cronológica y/o una diferenciación regional.
Los conjuntos de Almedinilla y Alcacer do Sal carecen de contexto, mientras b e d que los del Cigarralejo y Cabecico, los más numerosos, están muy mal conservados, lo que dificulta la clasificación.
Aún así, se pueden realizar algunas observaciones.
Los soliferrea del Sur de Francia presentan una amplia variedad de puntas.
Una de ellas (pieza de Avezac Prat) se parece al tipo 6 aunque con aletas de tipo más arcaico, mientras que otras corresponden a los tipos 2A y 2B.
No es cierto que en Iberia todas las puntas sean barbadas (tipo 3), frente a las puntas francesas de base redondeada, como indica Pons i Brun (1984(: 234, citando a Vilá, 1975)), puesto que en En la P. Ibérica, y según se aprecia en la figura 3A, el tipo de punta más frecuente (43 % del total) es el Tipo 3, punta con aletas salientes que actúan como anzuelo (Lám. lB).
Predomina especialmente en la región 3 del mapa de la figura 3 (Bastetania a grandes rasgos), pero esto puede deberse a su abundancia en Almedinilla, cuya cronología es debatible dada la ausencia de contextos cerrados.
A continuación domina el tipo 2A, similar pero sin aletas arponadas, cuya dispersión es mucho mayor, abarcando también la Meseta.
Mucho mas infrecuentes son los tipos 2B (11 %) y 1 (11 %), este último extremadamente simplificado, pues se conforma con fabricar la punta a partir del propio astil aguzado.
ID), 5 y 6 (Lám. le) son muy raros, predominando en los dos grandes yacimientos de Murcia (Cabecico del Tesoro y Cigarralejo).
Del tipo 6 sólo conocemos un ejemplar seguro en Almedinilla.
Se aprecia con cierta claridad una evolución desde las puntas complejas y desarrolladas de los soliferrea del Sur de Francia (datados en el s. VI a.
C., vid. infra) hasta los modelos ibéricos que, conservando en ocasiones hojas de aletas desarrolladas, tienden a reducirse y simplificarse.
Sin embargo, no es por ahora factible probar estadísticamente tal cambio, por falta de un número suficiente de ejemplares.
Por lo que se refiere a la Península Ibérica, se observa en conjunto que la mayor variedad de puntas y los tipos más cuidados aparecen en la Alta Andalucía y Sureste, mientras que en la Meseta sólo se dan los tipos 2A y 2B, más simplificados y estandarizados, aunque no tan sencillos como el tipo 1 (extremo aguzado), poco frecuente e incluso dudoso.
Aparte de la conservación, nuestro principal problema es la escasez de puntas clasificables con precisión en la costa mediterránea, desde Cataluña a Alicante.
Allí es precisamente donde sería más importante contar con datos precisos, para estudiar la posible penetración de este tipo de arma desde el norte.
Aún así, la tipología de las puntas y sobre todo de las empuñaduras de los soliferrea de la bastante antigua necrópolis de Mianes (Maluquer, 1987: paralelos norpirenaicos.
Pueden compararse estrechamente las piezas languedocienses y aquitanas (Mohen, 1980: pI.
El astil de los soliferrea es una barra forjada, lo suficientemente flexible como para que los astiles, doblados y enrollados ritualmente en la antigüedad, fueran enderezados de nuevo al poco de su hallazgo sin que se fracturaran, como ocurrió con los de Almedinilla hoy expuestos en el Museo de Córdoba.
Se trata de un hierro forjado a golpes, lo que determina que su sección varíe mucho según los ejemplares, e incluso según el punto de un astil donde tomemos la sección, que podrá ser cuadrada, redonda, poligonal irregular, etc. Por ello no es rentable hacer un análisis tipológico de la sección del asta.
Esta suele medir en torno a 1.5 cm. de diámetro, aunque también esta dimensión varía según el punto en que se tome la medida y el grado de corrosión del metal.
Por supuesto, si el soliferreum no ha sido restaurado, la hinchazón y exfoliación hilbituales aumentan mucho el diámetro, haciendo la medición inútil.
El extremo opuesto a la punta carece lógicamente de regatón, pero es habitual que el astil de metal se adelgace y remate en punta no excesivamente aguda, a veces forjada para adoptar una sección cuadrangular.
Más útil resulta analizar las empuñaduras, cuya tipología recogemos en la figura 2.
La anchura normal del astil es quizá escasa para conseguir un agarre sólido, eficaz y un equilibrio que asegure un lanzamiento potente y preciso del soliferreum.
Para ello, y también para decorar un arma por lo demás muy sencilla, los artesanos ibéricos desarrollaron diversos tipos de empuñadura, derivados aparentemente de los tipos del norte de los Pirineos.
Es posible que, como ocurre en las lanzas, se empleara en los soliferrea algún método para engrosar la parte empuñada, que como hemos dicho viene a coincidir con el centro de gravedad del arma.
Es más probable que se utilizara una cuerda o tira de cuero enrollada, que absorbiera el sudor de la palma de la mano y evitara que el arma resbalase, tal como sabemos que se hacía con las lanzas en Grecia y Etruria.
I1B) es el más sencillo y uno de los más comunes.
Continúa simplemente la línea del astil, con un engrosamiento apenas perceptible, y a veces sólo se distingue porque T. P.. n Q 50.
1993 Fernando Quesada Sanz adopta sección cuadrada o romboidal frente a la circular del resto del asta.
En las piezas peor conservadas es posible que empuñaduras de otros tipos más complejos queden enmascaradas y puedan entonces ser clasificadas como «F--.
Conocemos ejemplares bastante seguros de este tipo en lugares diversos (ver distribución por regiones en la figura 3B).
No hay una cronología especialmente antigua o reciente para los ejemplares de este tipo.
El tipo A corresponde a una empuñadura engrosada simple, sin molduras o resaltes que limiten la zona del puño.
Al igual que en el tipo F, se distingue muchas veces porque adopta sección poligonal (cuadrada, romboidal, hexagonal).
Este tipo sencillo es a la vez, con mucho, el más frecuente (51 % de los ejemplares, ver Fig. 3B), seguido del F (29 %).
Entre ambos grupos suman el 80 % de los soliferrea peninsulares cuya empuñadura es determinable.
Los demás tipos están representados por muy pocas piezas (entre 1 y 3 ejemplares), y reflejan variantes más complicadas, entre las que destaca el tipo B (un ejemplar de Tozar-MocHn, Schule, 1969: Taf.
El tipo El sólo aparece al Norte de los Pirineos, donde es el modelo predominante (Figs.
El C aparece en Andalucía (Almedinilla, Schule, 1969: Taf.
En la Meseta sólo se dan, en apariencia, las empuñaduras más simples (tipos A y F).
Como en el caso de algunas falcatas, puede tratarse de producciones locales de imitación o de imp0rtaciones de piezas no especialmente lujosas.
D. Un sistema de clasificación
Una Tipología realmente útil de soliferrea debería en primer lugar combinar las características de puntas y empuñaduras, permitiendo una descripción sintética y a la vez completa del arma.
Esa es tarea relativamente sencilla, como veremos.
En segundo lugar, e idealmente, una Tipología debería revelar patrones cronológicos, regionales o evolutivos.
Eso es mucho más dificil de conseguir, quizá porque no sea del todo posible.
En el Cuadro 1 hemos recogido, en matriz de doble entrada, la asociación de los diversos tipos de punta con los diversos tipos de empufiadura que se dan en los soliferrea peninsulares y aquitano-languedocienses.
Se aprecia de inmediato que no se dan todas las variantes posibles.
De las 49 asociaciones teóricamente factibles, se producen en realidad en la P. Ibérica sólo 15 (un 31 %), y de ellas, sólo cuatro ocurren en más de dos ocasiones y siete en dos o más ocasiones, de modo que ocho variantes solo se producen una vez.
¿Cómo interpretar ese cuadro?
Por un lado, 15 variantes de 49 posibles son en realidad muchas para un conjunto de sólo 34 ejemplares con punta y empuñadura conservadas.
No parece haber un número reducido de tipos que asocien sistemáticamente un tipo de punta con un tipo de empufiadura, sino que se producen combinaciones casi al azar, aunque en general a tipos complejos de punta corresponden las empufiaduras más elaboradas, y a la inversa.
N o seguimos la tipología de tres tipos propuesta por Lillo Carpio (1986: 556), que no analiza muchas de las distintas combinaciones que se producen.
Ahora bien, aunque no haya una serie definida de tipos, hay cuatro que son lo suficientemente frecuentes en comparación con el resto como para llamar la atención: 1.
Estas asociaciones habituales agrupan sin embargo los tipos más frecuentes de punta y empufiadura, de modo que posiblemente no reflejan «tipos» bien definidos, sino la ley de probabilidades.
Más significativa es la frecuencia con que los ejemplares norpirenaicos tienen empufiaduras de tipo D/E 1 con puntas de hoja ancha de tipo 2A, 2B Y 3, lo que permite hablar de una tipología -antigua, del s. VI a.
C.-mucho más homogénea que la de los ejemplares de la P. Ibérica.
Esto se revelará importante cuando analizemos la cuestión del origen del solife"eum ibérico.
A la vista de estos resultados, caben dos posibilidades de creación de una tipología.
Podríamos proponer cuatro o siete tipos con las asociaciones más frecuentes de punta/empuñadura, y considerar las otras once u ocho variantes como casos aislados.
Creemos sin embargo que tal clasificación no tendría validez alguna, porque ni describiría todos los materiales ya existentes -por no hablar de los que aparezcan en el futuro-ni tendría validez cronológica o geográfica.
Por consiguiente, optamos por una segunda opción, que reduce por ahora la Tipología a una Tipografía fundamentalmente descriptiva, disefiada para clasificar los ejemplares conocidos y recoger los nuevos que vayan apareciendo para aumentar la muestra disponible.
Se trata simplemente de definir cada soliferreum primero por su tipo de punta y luego por el tipo de empufiadura, afiadiendo además una letra minúscula para indicar la sección de ésta última (Fig. 2).
De este modo, un arma de tipo 3-Da tiene una punta de tipo 3 (aletas arponadas) con empufiadura de tipo Da (limitada por bolas y sección circular).
Una punta de tipo 2B-E2d tendrá punta de tipo 2B, empufiadura de tipo E2 con sección de tipo d (esto es, punta con nervio y alas, empufiadura limitada por moldura simple y con sección exagonal).
Esta es la clasificación empleada en la Tabla 1.
Tiene la ventaja de ser muy flexible, porque refleja la gran variabilidad existente y permite un fácil crecimiento según aparezcan nuevos ejemplares.
La principal dificultad que plantea el estudio de los soliferrea peninsulares es que los principales conjuntos, o están muy mal conservados (Cabecico, Cigarralejo), o pertenecen a excavaciones muy antiguas de las que no se conservan contextos cerrados (Alcacer do Sal, Almedinilla, Illora), lo que impide su datación ni siquiera aproximada.
Por tanto, hemos de trabajar con un número reducido de ejemplares mejor fechados.
A. Los soliferrea más antiguos
Los soliferrea aparecen como un arma ibérica en fechas bastante antiguas, y se docu-T.
1993 mentan en tumbas antes incluso que la falcata, cuyos ejemplares más antiguos no son anteriores al 400 a.
C. (iconografía aparte, puesto que la falcata se documenta ya en las esculturas de Porcuna, de principios del s. V a.
Encontramos soliferrea fechables con seguridad dentro de la primera mitad del s. V a.
Durante la segunda mitad de esa centuria se documentan también en el «punto» 91, y quizá en el 86.
Muy a finales del s. V y sobre todo durante el primer tercio del s. IV a.
C. los soliferrea se hacen muy frecuentes en el Sureste (Cabezo Lucero, Cigarralejo, Cabecico del Tesoro), y en Granada (Mirador de Rolando, Galera) o Almería (Villaricos).
En el estado actual de nuestros conoci- El panorama descrito varía en las zonas costeras del Levante peninsular: si al sur del río Seg~r:a sólo es posible documentar soliferrea anteriores al 400 a.
C. en Cabezo Lucero, en cambio en las regiones del Levante septentrional encontraremos cierta cantidad de soliferrea fechables dentro de la primera mitad del s. V a.
Finalmente, hay casi con seguridad restos de hasta cinco soliferrea en Perelada (Pons i Brun, 1984: 234 y Lám.
10), yacimiento cuya cronología ha sido discutida por la aparición de un vaso de barniz negro que hoy se considera una intrusión de otro yacimiento, y que debe oscilar entre el s. VII y entrado el s. V a.
Por lo que se refiere a las áreas no costeras de la Península, los testimonios más antiguos de la Meseta parecen los once ejemplares que, según el marqués de Cerralbo, se hallaron en Aguilar de Anguita (Aguilera y Gamboa, 1916: 58), una necrópolis antigua, gran parte de cuyas tumbas deben datarse dentro del s. V a.
Por tanto, los datos hoy ex istentes parecen indicar qu e los soliferrea más a ntiguos de la P. Ibérica se documentan, a fines del s. VI a.
C., en las regiones costeras de Cataluña y Levante septentrional, más que en la zona andaluza o del Sureste.
Esta conclusión es tanto más sorprendente si consideramos que no coincide con la obtenida para otras armas ibéricas antiguas, como las armas de frontón o la faleata, cuyos. ejemplos más antiguos so n meridionales (Quesada, 1991: 1444 ss.).
En consecuencia, debemos a nalizar también el panorama al norte de los Pirineos para obtener una visión global.
Los datos actuales indican que los soliferrea norpirenaicos son más antiguos que los de la P. Ibérica.
La mayoría de ellos se fecha a lo largo del s. VI a.
C. los soliferrea parecen extinguirse en los yacimientos norpirenaicos, mientras que se hacen abundantes en los yacimientos ibéricos levantinos (Cami del Bosquet, La Albufereta, La Bastida, La Serreta, Novelda, Los Nietos... ), del Sureste (Cabecico, Cigarralejo, Coimbra del Barranco Ancho, El Tesorico de Hellín, Cabezo del Tío Pío... ) y de Andalucía Oriental (Baza, Galera, Mirador de Rolando, Almedinilla) y también en el interior de la Península (La Osera, El Raso de Candeleda... ).
El marqués de Cerralbo creyó que los soliferrea de Aguilar de Anguita eran más antiguos que los de Almedinilla o Avezac-Prat, por su mayor simplicidad morfológica (Aguilera y Gamboa, 1916: 37-38).
Según su opinión, el mayor refinamiento sería indicio de modernidad.
Nosotros creemos más probable que la variedad tipológica -en cuanto a la riqueza de detalles y cuidado de elaboración-se deba a la existencia de talleres regionales más que a cuestiones de cronología.
Los ejemplares meseteños, tanto los antiguos alcarreños de Aguilar de Anguita, como los tardíos de la necrópolis abulense del Raso de Candeleda, son en general más simples que los andaluces o aquitanos, cuyas puntas y empuñaduras son por lo general más elaboradas.
B. Los ejemplares más recientes
Por lo que se refiere a las fechas más tardías en que se documentan so/iferrea, cabe referirse a dos zonas: el ámbito ibérico y la Meseta.
En Quesada, 1989), que indican que este arma llegó a utilizarse durante el período de las Guerras Púnicas e incluso después.
En el otro extremo de la Península, el ejemplar enrollado hallado en el Prado de S. Sebastián (Sevilla) debe ser muy tardío, pero no contamos con contexto para probarlo (Fernández Chicarro, 1951).
Por lo que se refiere a la Meseta, Taracena (1927: 19) aludía a unos vástagos de hierro de lzana «que bien pudieran haber pertenecido al arma llamada por Tito Livio so/iferreum»). si ello fuera cierto, dicha pieza se fecharía en el s. I a.
C. o incluso después; no obstante, no hemos podido estudiar los fragmentos directamente, pero dudamos -como Taracena-de que pertenezcan a so/iferrea.
Si descontamos estos restos, los únicos ejemplares seguros con datación relativamente baja proceden del Raso de Candeleda (Sep. 64 -fines del s. IV-, Sep. 63 -fines IV o ppios. s. 111 a.
No conocemos ejemplares seguros en yacimientos del s. 11 a.
C. (Taracena, 1954: 265), pero eso no significa que necesariamente el so/iferreum fuera descartado en dicha centuria, como quiso Bruhn de Hoffmayer (1972: 50), porque la evidencia literaria habla claramente de la perduración de su uso.
La cita referida a un momento más antiguo del uso hispano de so/iferrea es de Tito Livio y se refiere al 195 a.
C. En ella, Livio describe la represión de la revuelta del 195 a.
C. a cargo de Catón, y en un momento dado comenta «u1 emissis so/iferreis fa/aricisque gladios strinxe-run1)).
19.9), nos proporciona la siguiente referencia, según la cual Perseo fue herido en Pydna (168 a.
C.) por un %sideros, quizá arrojado por hipotéticos auxiliares iberos de Paulo Emilio (Schulten y Bosch, 1935: 230); estos mismos autores opinan sin embargo que este %sideros pudo ser también un pilum mal descrito.
Ambas referencias, las más antiguas que recogen las fuentes, ya serían posteriores a la casi totalidad de los so/iferrea conocidos en yacimientos ibéricos.
Sin embargo, contamos con citas precisas más tardías aún.
La más clara es de Apiano (Be//.
Narra que en el 38 a. c., durante la batalla naval de Cumas, el general Menécrates -partidario de S. Pompeyo-fue alcanzado por un so/iferreum ibérico de punta barbada: «Menecrates ton meron akontio polig/ochini Iberikoi %sideroi »).
Es interesante que Apiano especifique que se trata de un arma ibérica con punta terminada en varias aletas, las cuales impidieron que se pudiera extraer del muslo herido, porque en efecto algún so/iferreum ibérico (p. ej. Lám.
I.C) tiene una punta de la forma descrita.
Los datos arqueológicos indican pues que el so/iferreum se usó hasta avanzado el s. 11 o quizá incluso el I a.
C., mientras que las fuentes nos confirman que todavía se empleaba en el 38 a.
C. Debe por tanto desecharse la hipótesis de Schule (1969) que no llevaba los so/iferrea más allá de mediados del s. IV a.
C., porque la evidencia arqueológica y documental desborda ampliamente esa fecha hacia épocas más recientes, como ya ha indicado F. Fernández (1986: 799), al estudiar los so/iferrea del Raso de Candeleda.
EL PROBLEMA DEL ORIGEN A. Teorias propuestas
Algunos investigadores han defendido un origen y procedencia «celta)) del so/iferreum.
Es el caso de Sandars (1913: 69) que basó su suposición en la existencia de los so/iferrea de Avezac Prat.
Bosch Gimpera (1944: 138), de forma coherente con su postura general, sostuvo también un origen celta.
La teoría más coherente propuesta hasta ahora para defender un origen celta es sin embargo la de Latorre (1979: 160-161) quien por un lado alude a la influencia céltica documentada en diversos yacimientos castellonenses, y luego, sobre la base de la distribución por él documentada de soliferrea en yacimientos levantinos, señala la mayor presencia de éste arma en los yacimientos septentrionales (17 en Castellón frente a sólo 2 en La Albufereta de Alicante).
Uniendo ambos elementos, postula Latorre un origen celta del soliferreum.
En otro lugar (Quesada, 1989b: 117) hemos comentado el defecto básico de esta hipótesis: trata de un fenómeno global (la procedencia del soliferreum) y sin embargo basa su análisis en un estudio de la distribución de este arma que excluye tanto el extremo N. de la Península como el Sur.
Es un ejemplo clásico de lo que denominamos «el efecto del zoom».
Si nos fijamos en la figura 4 y acercamos la vista hasta ver sólo Levante, desde Tarragona al Júcar, se apreciará una mayor densidad de hallazgos al Norte, de acuerdo con la distribución de Latorre.
Pero si ahora nos alejamos, e incluimos una franja que incluya desde los Pirineos hasta Almería, el panorama cambia radicalmente: deberíamos suponer, sobre la base de los puntos en el mapa, un origen meridional.
Si nos alejamos otra vez, e incluimos el Sur de Francia, el panorama varía de nuevo por completo, más aún si tenemos en cuenta la cronología especialmente antigua de los ejemplares franceses.
Como en su momento escribimos (Quesada, 1989b: 117), la razón propuesta para el origen del arma (su supuesta concentración en Caste1l6n) resulta refutada, aunque no necesariamente ocurre lo mismo con la propia hipótesis, que puede ser defendida con otros criterios.
Otros autores han defendido una evolución peninsular local del soliferreum, sobre todo Schulten (1914-31: 217), quien siempre defendió el origen hispano del pilum y del soliferreum, por lo que enfatizó la autoctonía del tipo y su fecha antigua de Drigen.
En esta línea se encuentra recientemente P. Lillo Carpio (1986: 555), quien insiste en lo cuestionable de las diversas teorías sobre el origen para luego afirmar: «pese T. P.. n ll 50.
1993 Fernando Quesada Sanz a ello, las revisadas cronologías de la Alta Andalucía y los perfeccionados ejemplares procedentes de esta zona parecen indicar un prototipo turdetano ».
Por último, Dechelette (1927: 659) no conocía soliferrea entre galos o ilirios, sino pila de larga punta y cubo metálicos para enmangar a un astil de madera.
Explicaba entonces las definiciones de Pollux y Hesiquio (que describían el gaesum galo como olosidero) como una confusión de los lexicógrafos, enfatizando de manera implícita el origen hispano del soliferreum al describirlo en un apartado dedicado a los celtíberos.
Según este autor, la presencia de ejemplares de soliferrea en Aquitania, junto a su falta entre los Celtas de la Galia (Mohen, 1980a dirá «falta al N. del Garona»), es para él indicio claro de que debe buscarse el punto de partida en España (Menghin, 1948-49: 21).
Partiendo de la escasez de ejemplares franceses -lo que ya no se sostiene-, Menghin mira hacia otro lugar, y recala en el Norte de Africa.
Según su análisis, el sistema de empufiadura de los soliferrea que señala el asidero mediante rodetes y regruesamiento (nuestros tipos C2, O y E) «parece ser característico de las astas de lanza en el Africa Occidental, mientras que me resulta desconocido por completo en Europa»; a continuación cita Menghin nuevos paralelos en los banots tinerfefios, y resucita la idea de las relaciones entre el N. de Africa y la P. Ibérica.
Paralelos semejantes son hallados por Menghin en las puntas de aletas barbadas (con Togo).
El autor presenta entonces dos hipótesis alternativas: a) el prototipo de lanza en madera con regruesamiento y rodentes en la empufiadura y punta con barbas llegó a la P. Ibérica en una fecha imprecisa, y ya aquí fue fabricada en hierro «bien por los iberos, bien por los celtas».
b) El prototipo de soliferreum, ya en hierro, fue introducido en la P. Ibérica por los cartagineses.
Esta explicación, aunque sugestiva, presenta cuatro dificultades: 1) No conocemos so/iferrea cartagineses, ni referencias a ellos en fuentes.
2) Los so/iferrea con rodetes son mucho más típicos de Aquitania/Languedoc durante el s. VI, que de la P. Ibérica (especialmente en el Sur, donde sólo aparecen en Almedinilla).
3) Se trataría de una rara influencia africana en una cultura que a sus tradiciones indígenas añadió influencias celtas, helénicas y fenopúnicas, pero no africanas.
La intervención de un intermediario púnico choca con la primera dificultad ya citada.
4) La búsqueda de paralelos de lanzas con puntas barbadas y empuñaduras regruesadas no se debe limitar a Africa, puestos a buscar.
Podemos hallar piezas muy similares en otros muchos lugares exóticos y desde luego improbables como origen, por ejemplo en las lanzas con bolas en el astil y punta barbada de los aborígenes australianos (Feest, 1980: Fig. 4).
Pueden citarse paralelos aún más cercanos tipológicamente al so/iferreum pero de dudosa relación, como el sang, lanza rajput de la India, a veces hecha totalmente de hierro o con punta muy larga y empuñadura limitada por rodetes.
Se usaba sobre todo montando camellos en el desierto (Stone, 1934: 538 y Fig. 690); o las lanzas del Assam (India) con punta barbada y empuñadura adelgazada en el centro y engrosada a los lados (Stone, 1934: Fig. 742.6).
No creemos en suma, que la idea de Menghin se pueda sostener.
Un importante grupo de autores, por fin, se muestra indeciso.
Es el caso de Fletcher (1960: 58), quien insiste en que el soliferreum es un arma conocida por muchos pueblos mediterráneos.
Schule (1969: 114) no entra en el problema del origen del arma, aunque recalca su presencia «significativa» en Aquitania y Languedoc.
B. Distribución y procedencia.
Asociados directamente al problema de la procedencia del soliferreum están los de su cronología más antigua y su distribución.
La figura 4 recoge la distribución conocida de soliferrea en la P. Ibérica y Francia, mientras que la figura 5 recoge los fragmentos indeterminados de soliferreum o pilum.
Se aprecia de inmediato que la figura 5 no aporta nada realmente nuevo a la distribución de soliferrea seguros, salvo añadir un número superior de armas.
Por tanto, podemos trabajar directamente sobre la figura 4 (armas seguras) en la confianza de que las dudosas no alteran el panorama.
Es evidente en cambio lo mucho que ha cambiado el panorama de soliferrea conocidos en comparación con la distribución publicada por Schule en 1969 (Karte 27).
Lo primero que llama la atención es que la distribución de soliferrea en la P. Ibérica es -en apariencia y en un primer vistazo-muy similar a la de la fa1cata (Quesada, 1992: Fig. 29).
Sin embargo, un análisis más detenido revela importantes diferencias, no sólo por la mayor frecuencia de hallazgos dispersos de fa1catas, sino por el mayor peso relativo de soliferrea en la Meseta Oriental y Occidental.
Por tanto, ésta es un arma característica del ámbito ibérico pero también del interior, en mucha mayor medida que la falcata.
De hecho, el soliferreum abunda en Aguilar de Anguita (Guadalajara) y Raso de Cande leda (Avila), yacimientos ambos representativos de sus respectivas regiones y períodos, donde la fa1cata tiene en cambio una aparición meramente testimonial.
Sin embargo, la novedad de la distribución actualizada del soliferreum es el gran número de ejemplares que se han hallado de Francia al Sur del Garona (Mohen, 1980a: Fig. 125) tanto en Aquitania (Avezac-Prat, Ger, Ossun, Mont de Marsan, etc.) como en el Languedoc (Les Peyros,.
De hecho, el principal problema de las teorías de Menghin y otros autores opuestos al origen céltico es que ellos conocían muy pocos ejemplares de soliferrea norpirenaicos (tres o cuatro), cuando hoy conocemos al menos una treintena (dos o más en Enserune, dos en Ger, dos en Avezac Prat, uno en Corno Lauzo, uno en Gran Bassin 11, dos en Les Peyros; dos en S. Julian de Pezenas, varios en la colección Ruand, uno en Chazelles, uno en Montreal-du-Ger (Drouillet), uno en Aubagnan, seis en las cercanías de Mont-de-Marsan, dos o más en Ger, varios en Pontacq, tres en Ossun, etc. (Barruol, 1976; Oechelette, 1927; Giry, 1965; Jannoray, 1955; Louis y Taffanel, 1958; Mohen 1976 y 1980; Piette y Sacazze, 1899; Solier, Rancoule y Passelac, 1976; Taffanel, 1960).
Si además observamos la datación de los soliferrea en las distintas zonas de distribución, vemos que los ejemplares más antiguos son siempre los del Sur de Francia, datados dentro del s. VI a.
C. -a excepción de los del yacimiento de Enserune-.
Estas piezas presentan además una mayor homogeneidad tipológica que las hispanas, sobre todo en las empuñaduras.
Casi con seguridad deban datarse también en la segunda mitad del s. VI o muy a principios de} V a.
C.los soliferrea de Perelada (Gerona) y Can Canyis (Tarragona) (Tabla 1), mientras que los de Mianes (Bajo Ebro) (y quizá también los de Aguilar de Anguita) se datan con bastante seguridad dentro del s. V a.
C. Más al Sur del Ebro los ejemplares más antiguos son, como se ha dicho, los de Cabezo Lucero, datables en la primera mitad del s. V a.
C. Este cuadro nos permite elaborar una hipótesis de corte difusionista local -modelo que ha caido en un descrédito a nuestro juicio excesivo y de carácter pendular.
Creemos probable que a partir de fines del s. V el soliferreum se extendiera por todo el territorio ibérico del Sureste y Alta Andalucía, quizá remontando luego la costa levantina hacia el Norte, en un reflujo de sentido contrario a su primera difusión, para llegar junto con algunas falcatas al oppidum languedociense de Enserune, en una región donde los soliferrea habían desaparecido a fines del s. VI a.
C. En la Meseta pudo mantenerse una tradición de fabricación de soliferrea iniciada en Aguilar de Anguita, o bien reavivarse en el s. IV a.
C. por influencia del ámbito ibérico.
N o coincidimos por tanto con la línea de pensamiento que considera que los soliferrea languedocienses son prueba de la influencia de los pueblos ibéricos más allá de los Pirineos (en primer lugar, Schulten, 1914-1931, n, p.
217, en último, Fernánd~z Gomez, 1986: 798), por la razón a nuestro entender concluyente de que los ejemplares franceses son los más antiguos de todos, y porque se aprecia un avance en la T. P.. n" 50.
1993 Fernando Quesada Sanz difusión del tipo de sentido Norte-Sur y no al revés.
De este cuadro cronológico se deduce que la historia del soliferreum está inicialmente más ligada a las espadas rectas de tipo I y n (tipos (Aquitano» y (Echauri» de Cabré, Quesada, 1991: 616 ss., Cabré de Morán, 1990: 206 ss.) procedentes del Norte de los Pirineos a lo largo del s. VI a.
C. que a las armas ibéricas del Sur (falcatas y espadas de frontón).
Sin embargo, y a diferencia de las espadas de antenas, que no acabaron de cuajar en el ambiente ibérico, el soliferreum sí fue adoptado por los pueblos contestanos, bastetanos y del Levante, de modo que se convirtió en un arma tan propia del ámbito ibérico como del meseteño, perdurando en la P. Ibérica incluso cuando el tipo cayó en desuso en Languedoc y Aquitania.
Hay además otros detalles que fortalecen la impresión de estrecha relación de las necrópolis en que aparecen los primeros soliferrea peninsulares con el ambiente aquitanolanguedociense.
Así, en la Sep. 27 de Mianes se asociaba un soliferreum a una fibula de tipo Navarro-Aquitano (Maluquer, 1987: 128); en el conjunto de Can Canyis aparecen grebas metálicas muy relacionadas con otras del norte de los Pirineos (Oehn, 1988 passim); en Aguilar de Anguita aparecen espadas de tipo aquitano (nuestro tipo 1, tipo ((Arcachon» de M. E. Cabré).
Todo indica pues que durante el s. VI a.
C. entró en Iberia por el norte una serie de elementos de panoplia (espadas de antenas, soliferrea, grebas, alguna coraza metálica del tipo de la de Calaceite), al tiempo que por el Sur estaban llegando otros tipos procedentes del ambiente mediterráneo (falcatas, discos coraza, espadas de frontón)..
Frente a la limitada variedad tipológica de los soliferrea norpirenaicos, los peninsulares adoptaron una gran variedad formal, aunque en general tendieron a simplificar y abaratar los prototipos originales, en especial en la zona de la empuñadura, que pasó a ser sobre todo de los tipos A y F frente a los tipos O y E predominantes en el Sur de Francia (vid. supra y Cuadro 1).
En resumidas cuentas, creemos que el soliferreum ibérico procede del Languedoc/ Aquita- nia.
Carecemos de datos para abordar el problema de su origen último, pero bien podría ser esa misma zona.
El origen podría ser itálico, pero la ausencia de ejemplares en esa Península nos hace dudarlo, pese a que S. Pompeyo se refiera a un origen osco (itálico, al Sur del Lacio).
No vamos a entrar ahora en detalle en ese tema, pero no parece que los pueblos oscos y samnitas conocieran dicho arma.
Al menos, no es citada por trabajos específicos sobre el armamento de estos pueblos (Saulnier, 1983; Weege, 1909).
Grosse (en FHA VIII) (1959: 135) no recoge paralelos itálicos; en cartas personales citadas por Schulten (1943Schulten (: 1348)), Weege niega la existencia de pila en la región osca, y el propio Schulten (1943Schulten (: 1348) ) afirma que no se conocen soliferrea en el Sur de Italia.
N o parece además que el soliferreum fuera un arma conocida de los itálicos o de los griegos posteriores, pues de otro modo no les habrá llamado tanto la atención en la P. Ibérica, como reflejan los textos a ella referidos.
EL SOLIFERREUM EN LAS FUENTES LITERARIAS La existencia de la lanza «toda de hierro» entre los pueblos peninsulares está atestiguada sin lugar a dudas por la documentación literaria, casi mejor que cualquier otro tipo de arma hispana.
Las referencias son las siguientes, ordenadas cronológicamente por autores, no por el suceso al que se refieren):
-Diodoro Siculo (V, 34) habla de los lusitanos indicando que «usan también unos dardos todos de hierro en forma de anzuelo» (sauniois olosiderois ankistrodesi).
Curiosamente, el texto compañero de Estrabón -ambos autores beben de Posidonio-sólo cita el akontion, sin especificar tipo.
El arma no es necesariamente ibérica, aunque existe esa posibilidad porque P. Emilio había estado en Hispania y pudo tener auxiliares iberos (cf. Schulten y Bosch Gimpera, 1935: 230).
También puede ocurrir (ibidem) que Plutarco se refiriera a pilum de larga espiga metálica.
En tal caso, hay que ser cuidadoso, porque en ciertas ocasiones incluso el término aparente-mente preciso olosideros pudo utilizarse con sentido más amplio, incluyendo el pilum.
C. Menécrates, general de Sexto Pompeyo, es herido por un olosideros descrito explícitamente como ibérico y con punta barbada.
Contamos además con otras noticias que, sin referirse al ámbito ibérico, constituyen aportaciones importantes por contener elementos de definición.
Según Menghin, Hesiquio lo traduce también por akontion barbarikon, «jabalina o dardo bárbaro».
Los términos soliferreum y su equivalente griego olosideros no presentan aparentemente problemas (salvo usos imprecisos, como el posible de Plutarco).
Más complicado es el término empleado por Diodoro, saunion.
Es posible que saunion sea un término general, precisado por olosideron, porque saunion a secas es empleado por otros autores con diferente significado; es el caso de Dionisio de Halicarnaso (IV, 17), quien en su reconstrucción del orden censitario del ejército romano serviano armaba a las cuatro primeras clases con dory, lanza empuñada equivalente al hasta de la descripción de Livio (1, 34), pero a la quinta -los más pobres-los• dotaba con saunion y sphendona.
No cabe pensar que la quinta clase pudiera permitirse lanzas de hierro, sino simplemente jabalinas, así que sau- nion debe significar en Dionisio una jabalina equivalente al verutum.
Saunion %sideron en Diodoro es, en cambio, un soliferreum.
La identificación que hizo Sandars (l913a: 68) de saunion con soliferreum es incorrecta: la fuente debe especificar saunion olosideron para que esa identificación sea positiva.
El problema se complica porque Menghin (1948-49) introduce un nuevo posible sinónimo: (Daremberg y Saglio, 1873-1917, s. v. gaesum), aunque no necesariamente olosídero como quiere S. Reinach en el mismo Dictionnaire...
De hecho, y como ese mismo autor demuestra, la voz gaesum acabó siendo utilizada para armas de diversos pueblos, momentos y tipos, como se deduce de la recopilación de citas presentada por Reinach (en Daremberg y Saglio, 1873-1917).
Por último, Schulten y Bosch Gimpera (1935: 85) En resumen, y como ocurre con otros tipos de armas, vemos que las fuentes son muy inconsistentes en la definición de los tipos, por lo que los intentos de asociar un nombre/un arma concreta están a menudo abocados al fracaso; solamente la voz soJiferreum/oJosideros, autodescriptiva, se escapa en parte a la regla.
IMPRECISION DE LA ICONOGRAFIA
Por lo que se refiere a la iconografía, resulta evidente la extrema dificultad de distinguir, en la pintura vascular o escultura,.una lanza de madera de un soJiferreum.
Esto impide emplear algunas posibles representaciones de Liria como prueba de uso tardío.
Creemos pues que no es aceptable identificar algunas jabalinas con amentum de Liria como soJiferrea, según propuso Bruhn de Hoffmayer (1972: 31).
En general, mantenemos (contra Presedo, 1986: 204) que en casi ningún tipo de representación hasta ahora conocida es posible diferenciar un soJiferreum de otros tipos de arma con astil, con la posible y dudosa excepción en la estela turolense de Valle rías (Quesada, 1991: Lám.
Muy problemático también es el caso de la estela de Ampurias, quizá procedente de la necrópolis de la Muralla NE o de la de Portitxol, publicada por E. Sanmarti (1983) Y datada por él, de forma tentativa pero verosimil, en el s. VI a.
C. En la interpretación de este autor, la espiral rematada en punta que adorna las dos caras de la estela sería la representación de uno de los soliferrea metálicos que en el s. VI aparecen en Languedoc y P. Ibérica sistemáticamente doblados dentro de las tumbas.
Podemos aceptar -con reservas-la hipótesis del soliferreum, que implica entre otras cosas que se grabó fuera de la tumba el arma inutilizada simbólicamente, lo que plantea alguna cuestión ulterior de sumo interés, puesto que en la iconografia antigua muy rara vez un arma no se representa potencialmente activa.
Si el problema era de escala, hubiera bastado con reducir el tamaño de la representación para que la lanza cupiera.
Tampoco creemos posible distinguir solife- rrea de lanzas o jabalinas en las monedas, tal y como ha propuesto Guadan (1979: 67) para quien las lanzas/jabalinas representadas en denarios de Ikalgusken, Emerita y de Galba serían representaciones de soliferrea.
Esta última referencia coincide con la de Sandars (1913: 70), quien escribía ya entonces que no conocía ninguna imagen clara de soliferreum a no ser -quizá-en la citada moneda de Galba.
En cuanto a los exvotos, Nicolini (1969: 182) llega a conclusiones idénticas a la nuestra.
VALORACION FUNCIONAL DEL SOLIFERREUM
Como ya hemos dicho en otra ocasión (Quesada, 1989a: i, 310), el soliferreum es un arma que, empuñada, resulta perfectamente equilibrada, con una sensación de peso que desmiente su aparente fragilidad.
De hecho, y como indica Couissin (1926: 16), fue un resultado de la constante experimentación para evitar la fragilidad del astil de madera, intento del que también surgió el pilum.
Desde este punto de vista, es concebible que una idea similar haya podido surgir espontáneamente en lugares diferentes (Italia, Francia, P. Ibérica, Africa).
La longitud de la punta del soliferreum es normalmente corta, pero lo más importante es que la anchura de las aletas -cuando existenes escasa, lo que prima la capacidad aerodinámica del arma y su penetración, aun en detrimento de la anchura de la herida causada.
Para aumentar entonces el desgarramiento, y a falta de anchura en la hoja, se recurre ocasionalmente a la adición de arpones o «barbas» a la punta.
El efecto de esta capacidad penetrante, potenciada por el peso del astil metálico y la estrechez de la punta, combinada con la capacidad de desgarrar los tejidos musculares y herir arterias -por las barbas y aletas-hace que el soliferreum sea un arma potencialmente muy peligrosa.
Diseñada como arma arrojadiza, su tamaño y peso la hacen comparable al pilum, como arma pensada para ser arrojada a corta distancia, inmediatamente antes del choque cuerpo a cuerpo.
Fue así, con seguridad, un arma muy efectiva, especialmente en distancias cortas, cuando su peso, concentrado en una punta pequeña, permitía una capacidad de penetración muy grande (Treviño, 1986: 37).
Sólo un autor, que sepamos, ha dudado del carácter arrojadizo del soliferreum.
P. Paris (1936: 37) escribió, a propósito de los de Aguilar de Anguita, que ((parece dificil que el combatiente se decidiera a lanzar a lo lejos, y a perder, un dardo de este tipo, del que no podía llevar consigo -en el mejor de los casos-mas que unas pocas piezas. [... ].
La así llamada jabalina ¿no será entonces una lanza ligera cuya punta sirviera por ejemplo para detener un caballo lanzado a la carga pinchando en sus ollares?».
Cabe refutar ésta hipótesis de varios modos.
Por un lado, las fuentes aluden específicamente a su carácter de arma arrojadiza y no empuñada, como se ha visto ya en detalle.
Por otro lado, para detener una supuesta carga de caballería• hace falta un arma mucho más larga, más resistente y más contundente que un soliferreum de 1.80-2.0 m.; lo que hace falta es una pica larga de cuatro o más metros, con punta grande de metal capaz de herir gravemente a una bestia del tamaño de un caballo lanzada al galope, y con un asta sólida capaz de resistir tal choque; esa fue el arma que para funciones similares -entre otras-escogieron los falangitas macedonios, los piqueros suizos y los picas-secas españoles del Renacimiento.
Por último, el soli- ferreum no fue un arma diseñada para contra-rrestar la amenaza de cargas de caballería simplemente porque, como hemos planteado en otros trabajos (Quesada, 1992: 236 ss.), no se producían tales cargas «al estilo de Azincourt».
No seguimos, por otro lado, a Sandars Es también posible que el so/iferreum se arrojara a gran distancia -incluso como una jabalina-, pero lo dudamos.
El texto habitualmente citado para probarlo (Diodoro, V, 34, por Sandars, 1913: 69) no afirma tal cosa.
Aparte de que el párrafo en cuestión cita a los Lusitanos pero no a los Celtíberos, Diodoro no usa el termino «soliferreum» colocado por Sandar s entre paréntesis, porque Diodoro escribe en griego.
Más aún, tampoco usa el equivalente griego «%sideros~~ que ha empleado poco antes, sino que utiliza un término más genérico: akontion, referido a jabalinas o armas arrojadizas, pero no específicamente al soliferreum.
No hay prueba alguna de que los iberos utilizaran un propulsor de cuerda o amentum en los so/iferrea.
Sandars (1913: 70) dudaba que se usara, basándose en la estructura de la empuñadura de los so/iferrea, que en todo caso no impediría necesariamente su empleo; Guadan en cambio (1979: 47) da como probado su uso, lo que tampoco es seguro.
La asociación iconográfica de soliferreum y amentum en las monedas que dicho autor cita (vid. supra) es por el contrario muy discutible.
Creemos que el amentum fue utilizado por los iberos en jabalinas con astil de madera, pero no en el mucho más pesado soliferreum, o en todo caso no habitualmente.
Tampoco podemos coincidir con Guadan (1979: 47) en que el soldado ibérico llevara habitualmente dos so/iferrea, para arrojar uno y T. P.. nI! 50.
Aunque efectivamente los romanos llegaron a utilizar un pi/um pesado y otro ligero, la evidencia de la P. Ibérica apunta a que normalmente nunca se asocian dos so/iferrea en un mismo ajuar funerario, sino a lo sumo un so/iferreum o un pi/um y una punta de lanza no diseñada como arma arrojadiza.
La evidencia estadística es clara en el Cabecico del Tesoro (Quesada, 1989a: ii, 42-43) y se mantiene por lo general en todos los yacimientos.
EL CONTEXTO FUNERARIO: SOLIFERREA DOBLADOS Los soliferrea aparecen doblados casi sistemáticamente de formas diferentes (en «lazo», en «ocho», etc. Lám.
3 y 5; Villaricos, Sep. 443); en el Cabezo del Tío Pío los soliferrea aparecieron partidos en trozos regulares (San Valero y Fletcher, 1947: 49).
Estas son en realidad excepciones que confirman la regla, pero nos sirven para abundar en la cuestión.
Si en general se acepta para otras armas (falcatas, lanzas) una intencionalidad simbólico-ritual en la inutilización -no sólo doblado-de las armas ¿por qué suponer otra intención para los soliferrea?
Creemos que los soliferrea se doblaban sobre todo por razones rituales, como las demás armas, según hemos argumentado con mayor detalle en otro lugar (Quesada, 1989a: i, 227 ss.).
El soliferreum apareció probablemente en el Sur de Francia a lo largo del s. VI a.
C., y dentro de dicho siglo llegó a la Península Ibérica junto con tipos de espada de antenas y algunos tipos de lanza.
Es posible seguir la progresión de este arma hacia el Sureste, donde llegó en el s. Va.
C. si no antes, para convertirse en una de las armas más características del mundo ibérico durante los siglos IV-IlI a.
En el ámbito ibérico del Sureste-Alta Andalucía, y también a lo largo de la costa levantina hasta la desembocadura del Ebro, predominó a lo largo de los siglos VI-Va. e. un tipo concreto de lanzas muy largas -más de 40 cm.-, de hoja estrecha y nervio grueso, pesadas, con largo regatón de 20 cm. o mas.
Era un tipo apto para el combate cuerpo a cuerpo individual de guerreros muy bien armados y protegidos, o para la lucha en formación, pero no tanto para una táctica de guerrillas.
Dichas lanzas se acompañaban a menudo de otras más pequeñas -incluso muy pequeñas-útiles como armas arrojadizas.
Esta debía ser el arma ofensiva principal del guerrero ibérico de los ss.
VI-V a. e., que se acompañaría de una falcata o espada de frontón, y en ocasiones especiales, de un puñal.
En Levante y Cataluña la lanza podría ser acompañada o sustituida por un soliferreum o un pilum, que posiblemente no se extendió al Sureste y Alta Andalucía hasta un momento ligeramente más avanzado.
Al tiempo que aparecía en el Sureste, el soliferreum llegó a la Meseta Oriental junto con las más antiguas espadas de antenas y lanzas de tipo pesado.
En esta zona aparecen estos tipos en yacimientos antiguos (Aguilar de Anguita, Alpanseque, Prados Rendondos), para perdurar y transformarse en fases ulteriores.
En este artículo se ha propuesto una clasificación tipológica coherente de soliferrea que da cuenta de patrones de distribución diferenciados.
En general, los modelos languedocienses y aquitanos son más homogéneos y cuidados en su tipología, (empuñaduras de rodetes) mientras que los soliferrea meseteños parecen versiones más simplificadas y toscas que los ibéricos (donde se alcanza la mayor variabilidad).
El soliferreum es, a diferencia de otros tipos de armas, fácilmente identificable en las fuentes literarias.
Por ello podemos determinar con ciertas garantías que seguía en uso durante el último tercio del s. 1 a.
C. en el ámbito ibérico, turdetano y meseteño.
Pese a lo que se ha afirmado, no es un arma propia exclusivamente de infantería ligera, como tampoco lo es el pilum, y se pudo utilizar perfectamente dentro de tropas que combatieran en formación.
No es probable que se empleara con amentum.
El soliferreum es un arma arrojadiza pesada similar en su función al pilum pesado romano, y tiene una notable capacidad perforante que lo hace especialmente útil contra tropas con protección corporal. |
DE LA ESCULTURA FUNERARIA IBERICA
TERESA CHAPA BRUNET (*) RESUMEN En este trabajo se revisa la consideración generalizada de que toda la escultura ibérica an tigua fue destruida activamente como fruto de un cambio socia l.
Se resaltan ciertos aspectos de continuidad y se p ropone que muchos monumentos pudieron sufrir más un proceso de aba ndo no y ruin a que un aba timiento violento.
Uno de los aspectos más llamativos de la sociedad ibérica es el empleo de la escultura como elemento de decoración simbólica en los monumentos funerarios.
Seres humanos, monstruos y animales so n utilizados como habitantes del más allá, un mundo en el que el difunto demuestra sin posible duda su condición diferente.
Todo ello conforma una iconografía que supone un documento de carácter excepcional sobre la ideología y la religión ibéricas.
Pero tampoco es menos sorprendente el hecho de que las estatuas estén por lo general fragmentadas en pequeños pedazos, de ma nera que sólo excepcionalmente encontramos piezas completas o reco nstruibles.
En la mayoría de los casos garras, torsos, cuellos, cuartos traseros o patas, son los únicos elementos conservados.
Estas roturas no siempre son debidas al paso del tiempo o a los rigores del entorno.
Las fracturas denotan una intencionalidad en reducir a simple cascajo lo que en su día fueron grandes esculturas completas.
Los fragmentos de piedra son empleados como material de relleno en tumbas más tardías, sin que adquieran en éstas ninguna significación especial.
Este hecho implica dos importantes consecuencias: a) Las construcciones que estaban decoradas o rematadas con esculturas no han sido por tanto encontradas in situ, y resulta difícil tanto recomponer los monumentos a los (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es que pertenecieron como precisar una cronología fiable.
En el primer caso la torre de Pozo Moro resultó una pieza clave para entender la posición de los relieves y los animales de esquina, y como consecuencia de ello se reparó en otros elementos arquitectónicos que podían haber cumplido el papel de los pilares-estela en el mundo helénico (Almagro Gorbea, 1983).
En el aspecto cronológico, fue precisamente en la necrópolis de El Cigarralejo donde se constató la reutilización de esculturas en tumbas fechadas a finales del s. V a.
C. (Cuadrado, 1984), y con ello se zanjó parcialmente la discusión sobre la cronología antigua o reciente de estos materiales.
Sin embargo, lejos de proporcionar una fecha concreta, lo que se ofrecía era un límite ante quem para las estatuas reutilizadas.
b) El aprovechamiento de las piezas en construcciones funerarias posteriores desarrolló la sospecha de que su tiempo de vigencia había sido corto y su final violento, desarrollándose un amplio fenómeno de rechazo que habría provocado su destrucción más que su simple abandono.
La repetida constatación de este hecho y la falta de secuencias cronológicas detalladas llevaron a pensar que el ataque a los monumentos funerarios había sido simultáneo en gran parte del territorio ibérico, y tenía por tanto una causa común.
Hoy día sabemos que el fenómeno es más complejo y diverso de lo que en un principio se creyó, y merece la pena, dado el estado actual de la cuestión, realizar unas breves consideraciones sobre el mismo.
LAS RAZONES DE LA DESTRUCCION ESCULTORICA
El concepto de destrucción sistemática ha sido muy tratado en la bibliografía, y asumido como un hecho indiscutible, si bien su naturaleza y cronología han variado sustancialmente.
Ya hemos señalado que excavaciones como las de El Cigarralejo obligaron a cambiar esas propuestas, pues las esculturas se reaprovecharon ya a fines del s. V a. c., antes del tratado romano-cartaginés del 348 a.
C. Desde entonces, T. P.. no 50.
Para Rouillard (1986: 349;1991: 358), el factor de rechazo contra la élite se inscribiría en un intento de conservar la identidad indígena frente a unos símbolos foráneos no comprendidos ni aceptados.
La idea de un período general de crisis durante el s. V a.
C. es asumida por casi todos los investigadores, quienes la relacionan de una forma directa con el rechazo de los antiguos símbolos mediante una actitud iconoclasta (Burillo, 1989-90).
Sólo ocasionalmente se ha indicado que las reutilizaciones pudieron producirse empleando como material constructivo fragmentos rotos mucho tiempo antes, y por lo tanto pertenecientes a monumentos arruinados por el paso del tiempo, y no desmontados con intención de destruir (Quesada, 1989: 24; Almagro Gorbea, 1983, quien extiende la cronología de este fenómeno y propone múltiples causas para el mismo).
Mi intención es insistir en esta postura, haciendo notar que si bien la destrucción parece clara en algunos lugares, en otros es más bien el olvido, la ruina y la falta de vigencia lo que provocó su fragmentación y empleo en sepulturas más recientes.
Para ello se han escogido una serie de ejemplos que serán descritos buscando aquellos detalles que sean más ilustrativos sobre este fenómeno.
La lista de necrópolis que han proporcionado fragmentos escultóricos es muy amplia (Cuadrado, 1986; Ruano, 1987; García Gelabert y Blázquez, 1992, nota 36), pero en este aspecto he sido muy selectiva, puesto que la acumulación de información no ayudaba a un mejor análisis del problema.
Las necrópolis que se van a citar han sido, por tanto, escogidas conscientemente entre un conjunto más amplio, con vistas a la brevedad de esta exposición.
Entre ellas se busca cubrir el espacio de la Alta Andalucía y el Sureste, áreas clave en el nacimiento y desarrollo de las manifestaciones escultóricas (Fig. 1).
Las primeras noticias del descubrimiento de este lugar dieron la impresión de estar ante la destrucción intencionada de un macro-conjunto escultórico, el más complejo conocido hasta la fecha.
En una gran zanja que profundizaba hasta las margas de base del cerro se habían introducido innumerables fragmentos escultóricos para ser luego tapados con losas.
La conservación era buena « ••• a pesar de las mutilaciones debidas a la fragmentación intenciona~ a que fueron sometidas» (González Navarrete, Arteaga y Unguetti, 1980).
Las que no fueron protegidas por la zanja quedaron sueltas y fueron afectadas por la erosión, siendo empleadas algunas en el cierre de sepulturas posteriores, como una tumba de cámara que se encontró ya violada (Torrecillas, 1985).
La destrucción intencionada ha sido puesta en tela de juicio por la detallada investigación de Negueruela (1990: 305), quien no ha encontrado huellas de ataque violento en la zona del cuello, lo que sería lógico en una acción de este tipo.
Las fracturas de las piezas son achacables en cierta medida al proceso de fabricación de las mismas, así co mo a su empleo, ulterior T. P.. no 50.
1993 escondrijo y sucesos postdeposicionales, ya que la arenisca empleada es muy deleznable.
El corto o nulo espacio de tiempo en el que debieron estar en uso es, sin embargo, un buen exponente de que no tuvieron un período de vigencia significativo, fuere cual fuere su finalidad, funeraria o cultual.
Este final se fecha dentro de la primera mitad del s. V a.
Egido de San Sebastián (La Guardia, Jaén)
En esta necrópolis los trabajos se emprendieron específicamente por la posibilidad que se ofrecía de asociar esculturas funerarias con los monumentos a los que pertenecieron.
La campaña de 1959, llevada a cabo por Blanco y del Nido, y publicada casi de inmediato, permitió apreciar que las esculturas no habían sido troceadas y aprovechadas como material de relleno de otras tumbas.
De hecho, se resalta la posibilidad de que su emplazamiento fuera el original, y se ofrecen precisiones arqueológicas dirigidas a confirmar esta propuesta.
Los. fragmentos escultóricos, sin embargo, estaban sueltos o vinculados a restos de muros, pero no a estructuras concretas.
Cerca de ellos sólo aparecieron cremaciones en hoyo, de construcción sencilla (Blanco, 1959) (Fig. 2).
La campaña de 1960 cambió algo esta apreciación.
Los leones se interpretan ahora como troceados voluntariamente, y diseminados por toda la necrópolis.
En la tumba 19, una fosa revestida de piedra y cubierta de losas, se emplearon unas garras de león como elemento de relleno.
Estacar de Robarinas (Cástulo, Jaén)
Los diferentes trabajos llevados a cabo en esta importante necrópolis han proporcionado siempre restos escultóricos.
Algunos están reutilizados como parte de los empedrados tumulares allí reconocidos.
Es el caso de una cabeza de toro y un cuello de caballo, que presentan huellas de haber sido golpeados contundentemente (García Gelabert y Blázquez, 1988: 231-2).
Otros están reutilizados en los ajuares, como una pezuña de caballo o bóvido (García Gela-T.
En otros casos, sin embargo, los fragmento s se conservaban caídos junto a los laterales de grandes sepulturas.
En el corte II de la campaña de 1973 había restos de escultura y arquitectura en los laterales de un gran túmulo (Fig. 3).
Por otra parte, en el corte I de 1976 aparecieron otros fragmentos junto al lado oeste de un túmulo escalonado, en cuyo centro se situaba una amplia fosa revestida de lajas de caliza (Blázquez y Remesal, 1979: 353 y 363).
Los autores piensan que este último grupo correspondió efectivamente a la tumba, sufriendo una destrucción activa que se vincula a la violación de la fosa interior: «Todo hace suponer que en esta cara del monumento había un grupo escultórico con estos animales, y que en el momento de su destrucción fue cuando alguien penetró en la cámara por el ángulo noroeste» (Blázquez y Remesal, 1979: 363).
Estas piezas no llegaron a ser reutilizadas, como las descritas en primer lugar (García Gelabert y Blázquez, 1992: 460).
Los Villares (Hoya Gonzalo, Albacete)
Este yacimiento, detalladamente excavado, ha permitido la recuperación de varios elementos arquitectónicos y escultóricos, tres de los cuales representan jinetes, y dos más a felinos, si bien la colección debió ser más amplia (Blánquez, 1992: 251).
Al menos dos de los jinetes se asociaban aún a las tumbas para las que fueron diseñados.
La sepultura 18 se cubría con un guerrero a caballo, al estilo de los del Cerrillo Blanco de Porcuna.
Su cronología estaría alrededor de 490 a.
C. Por su parte, el túmulo 20 cubría el silicernium, en el que se arrojó una amplia vajilla de piezas importadas, fechadas a fines del s. V a.
C. La cubierta soporta una escultura de jinete sin armas que monta a un esquemático caballo (Blánquez, 1992: 257).
La destrucción de estas esculturas se considera producto de una acción voluntaria: «Su uso perduró hasta el primer cuarto del s. IV a.
C., en que se destruyeron en éste y otros muchos yacimientos» (Blánquez, 1991: 23).
Uno de los monumentos de mejor conservación es el hallado en la necrópolis del Poblado, correspondiente al asentamiento de Coimbra del Barranco Ancho.
La pieza consiste en un bloque prismático decorado con relieves y re-matado por un toro situado sobre un soporte con guerreros.
Aunque fue atribuido en un principio a la sepultura 22 (Muñoz Amilibia, 1987: 233), posteriormente se relacionó con un empedrado de grandes dimensiones, la sepultura 70 (Iniesta, Page y García Cano, 1987), fechándose hacia la mitad del s. IV a.
Otro monumento del mismo tipo hallado en El Prado, también en Jumilla, fue encontrado «... desmontado, incompleto y fuera de su contexto originario» (Lillo, 1990: 143), si bien se propone su reutilización en una especie de «estanque» de posible carácter ritual.
Este suceso se produciría a fines del s. 111 a.
C., más de un siglo después de la fecha asignada para la construcción del monumento.
El Cigarralejo (Mula, Murcia)
Los fragmentos tallados que han sido recuperados en esta necrópolis son muchos y de distinta naturaleza, ya que están presentes tanto los elementos arquitectónicos como las esculturas zoomorfas y humanas, en bulto redondo o altorrelieve (Cuadrado, 1984).
Estos restos pueden aparecer sueltos entre la tierra que cubre los enterramientos, o aprovechados como material de relleno de los empedrados tumulares.
Este empleo secundario se produce durante toda la vida de la necrópolis, ya que se atestigua en tumbas cuya cronología oscila entre 425 y 100 a.
C. Debemos pensar, por tanto, en dos posibilidades: o bien que los monumentos desaparecieron antes del final del s. V a.
C., y que sus trozos fueron reaprovechados durante largo tiempo, o bien que la construcción y destrucción de los mismos fue más progresiva, lo que explicaría su empleo en distintas épocas.
Las excavaciones más recientes han seguido proporcionando estos fragmentos, pero sin aportar datos T. P.. no 50.
Sólo en una ocasión se lanza la propuesta -no confirmada-de que algunos restos correspondientes a un pilar funerario pertenecieran a la sepultura 489, cuyo ajuar estaría compuesto por un fondo de crátera ática fechable por tanto en la primera mitad del s. IV a.
Nada impide pensar, por lo tanto, en que ambas posibilidades -destrucción inicial/destrucción progresivapuedan mantenerse, a pesar de que la primera de ellas es segura para gran parte del material, como señala su excavador (Cuadrado, 1986).
Cabecico del Tesoro (Verdolay, Murcia)
Las excavaciones en este lugar pusieron de manifiesto el reaprovechamiento de fragmentos escultóricos y arquitectónicos en casi una treintena de tumbas.
Su ruptura se consideró intencional, relacionándose con las campañas de Amílcar en el 237 a.
Las revisiones posteriores, sin embargo, han movido a reconsiderar tanto la cronología como la naturaleza de estas reutilizaciones.
La mayor parte de los monumentos escultóricos debió de pertenecer a una fase antigua, previa a la formalizacion más amplia de la necrópolis.
Esta segunda etapa se fecharía al menos a fines del s. V, ya que aparecen trozos esculpidos rellenando tumbas de la primera parte del s. IV a.
Sin embargo, la reutilización prosigue al menos hasta fines del s. II a. c., momento en el cual también desciende bruscamente el número de sepulturas documentadas (Sánchez Meseguer y Quesada, 1992: 355).
Los fragmentos son pequeños y están rodados, habiéndose encontrado algunos fuera de las tumbas, entre la tierra.
Por lo tanto, parece que el origen funerario de este lugar se relaciona con unos monumentos iniciales que parecen haber perdido su sentido en los comienzos del s. IV a. c., y cuyas ruinas son re aprovechadas durante varios siglos para entibar las urnas introducidas en los hoyos.
Se desconoce por completo cualquier dato sobre ese nivel de base, y por tanto no se puede valorar con certeza si esas construcciones antiguas fueron abatidas o simplemente cayeron en desuso.
Cabezo Lucero (Guardamar del Segura, Alicante)
El yacimiento, conocido de antiguo por sus esculturas y materiales arqueológicos, fue de nuevo objeto de investigación a partir de 1980, la cual corrió a cargo de un equipo hispanofrancés.
Este ha sacado a la luz una importante documentación funeraria, con 95 puntos en los que se practicaron enterramientos (Aranegui, 1992: 170).
Las esculturas documentadas fueron numerosas, y salvo alguna excepción, se encontraban en extremo fracturadas, por lo que los investigadores coinciden en hablar de una destrucción que fechan en los primeros decenios del s. IV a.
Las figuras de animales se alzarían sobre plataformas cuya relación con las tumbas no es evidente (Llobregat y J odin, 1990: 110).
También la Dama hallada en 1987, dentro de la cuadrícula A-VII, había sido «triturada», por emplear el expresivo término de los autores de su estudio, a pesar de haberse realizado en una fecha posterior, ya que la cronología que se le atribuye es dentro del primer cuarto del s. IV a.
La propuesta, por tanto, es de una destrucción activa, que probablemente tuvo al menos dos momentos, pero afectó a todo el material escultórico de la necrópolis.
Otros importantísimos yacimientos, como Elche (Ramos Fernández, 1974), Corral de Saus (Fletcher y P1a, 1977; Aparicio, 1984; Almagro Garbea, 1987), Hoya de Santa Ana (Sánchez Jiménez, 1943), Llano de la Consolación (Fernández de Avilés, 1953), etc., han sido recogidos en otros trabajos (Cuadrado, 1986; Ruano, 1987; Rouillard, 1986), y su revisión no aportaría elementos de juicio significativos o diferentes a los ya expuestos, por lo que, aun siendo conscientes de su relevancia, hemos preferido limitar los ejemplos y agilizar así su discusión.
IMPLICACIONES DEL CAMBIO SOCIAL EN LA VALORACION DE LA ESCULTURA FUNERARIA
Si contemplamos la evol ución de los monumentos funerarios observaremos ciertos rasgos, tanto internos como contextuales, que nos permiten valorar ese significativo cambio.
El inicio de las construcciones monumentales puede situarse a fines del s. VI, o período Ibérico 11, según una clasificación fundamentada en la evolución cerámica, pero utilizable en términos más generales (Ruíz y Molinos, 1993: 97).
En esta etapa y en los primeros compases del s. V a. c., podemos observar algunas características que dejan traslucir el fundamento y la intención de la iconografía funeraria y de las sepulturas a las que pertenecían estas representaciones.
En cuanto a la iconografía, en estos momentos iniciales es preciso destacar el empleo de figuras correspondientes a mundos fantásticos o irreales, que se caracterizan por conjugar elementos de distintos animales, como los grifos, o elementos zoomorfos y humanos, como las esfinges o las sirenas.
A veces extrañas escenas de sacrificio, como en Pozo Moro, nos revelan un mundo más allá de lo cotidiano, en el que el hombre está a merced de peligrosas criaturas de gran poder (Almagro Garbea, 1978).
En este ambiente, sin embargo, hay un personaje que no sólo sobrevive, sino que salva los numerosos peligros con victorias sobre estos seres infernales.
Su carácter sobrepasa, por tanto, al de los simples mortales, puesto que supera con éxito las pruebas del más allá, y entra así probablemente en el mundo de los héroes.
El personaje enterrado se apropió individualmente de ese relato, vinculándose con él de una forma directa, y protegiéndose con la figura del león, representativo del noble espíritu de esta persona.
Su poder fue suficiente para canalizar una fuerte inversión colectiva: canteros, escultores, ajuar de lujo, etc., y su perduración se plasmó en el uso continuado de este espacio a lo largo del tiempo, aunque esta vinculación pudiera no ser consciente en etapas más tardías.
TJ n segundo caso es el de Porcuna.
La fórmula compositiva es de fuertes raÍCes mediterráneas (Chapa, 1984: 227-8), pero en esta ocasión cabe destacar cómo, al contrario que en otras representaciones paralelas, el personaje va desarmado, lo que añade un punto más al valor y la fuerza de este hombre singular.
Otros felinos se asociaban a esta composición escultó-T.
1993 rica, la más ambiciosa de las conocidas hasta el momento en el contexto ibérico.
Destaca también aquí el conjunto de guerreros que recuerda la victoria de un bando que ha cogido por sorpresa a otro, lo que supone un factor clave para la victoria (Negueruela, 1990).
Un triunfo histórico y un triunfo mítico que son transmitidos al espectador con el lenguaje de las imágenes.
Otros conjuntos, como los de El Cigarralejo, La Guardia o Cabezo Lucero, en los que seres míticos y humanos conviven en una dimensión que transciende el mundo real, debieron representar a su manera una misma concepción del más allá, en donde sólo unos personajes excepcionales pueden incluirse.
Otros monumentos más sencillos, como el primero de Los Villares (Blánquez, 1992: 257), pudieron ser versiones más reducidas o subsidiarias de ese concepto básico, revelando centros secundarios, y quizás dependientes de una organización jerarquizada territorialmente.
Las sepulturas en las que se inscriben estas representaciones son prácticamente únicas en su contexto, y son las que generan el espacio funerario, haciendo de éste un espacio sagrado.
En Pozo Moro este proceso parece bien atestiguado (Almagro Gorbea, 1983), y en otros lugares es también apreciable, puesto que los restos de estas construcciones fúnebres se han encontrado formando parte del material de relleno de túmulos más tardíos, y es previsible que su recogida fuera realizada en áreas inmediatas.
Toda sepultura busca en cierta medida preservar algo del difunto.
El empleo de la cremación nos indica que la conservación del cuerpo no es deseada, por lo que la intención es más la de asegurar la presencia del difunto en el más allá y recordar las acciones que justifican este tránsito privilegiado.
En esta primera etapa tenemos en el cuadrante sudoriental de la Península muy pocas sepulturas en comparación con épocas posteriores, lo que convierte al ritual funerario en un tratamiento extremadamente selectivo.
Estamos por tanto en un mundo en el que un solo personaje asume el poder y accede a la inversión de unos conocimientos y un trabajo colectivo, así como a la amortización de un ajuar y la transmisión de un mensaje que justifica su posición y busca una perduración en el T. P.. no 50.
A través del monumento funerario se pretende legitimizar una posición de privilegio que no quiere ser efímera, y que se justifica en el carácter sobrehumano de los antepasados.
Almagro Gorbea (1992: 45) señala que en esta etapa se produciría la transformación de la cúspide social desde una monarquía sacra de raíces orientalizantes -representada en el monumento de Pozo Moro-a una monarquía de carácter heróico -representada en el monumento de Porcuna-o Se entra así en una etapa de jerarquización más marcada, en la que por el momento hay una exclusividad patente en el acceso a estos bienes.
Este esquema va a entrar en conflicto con el que se va a desarrollar a lo largo del s.V a.
C., cuando la intensificación de la producción y de los contactos comerciales provoquen una extensión del poder a sectores más amplios de la sociedad, fomentándose la aparición de una aristocracia cuya red de dependencias es más compleja.
Durante este s. V a. c., por lo tanto, se produce un cambio importante, apreciable tanto en la reorganización de los asentamientos alrededor del oppidum (Ruiz y Molinos, 1993: 262), como en el establecimiento de una jerarquización de éstos, complementando áreas de producción y áreas de paso.
La escultura no desaparece, pero se hace menos frecuente y sobre todo menos espectacular.
El monumento de Pozo Moro, una vez arruinado por sus deficiencias constructivas, no recibe una atención especial, aunque tampoco es destruido activamente (vide contra Cuadrado, 1987a: 195).
Simplemente, su entorno va quedando cubierto de sepulturas tumulares que ocasionalmente emplean alguno de los elementos escultóricos antiguos (Almagro Gorbea, como pers.).
No hay agresión, pero tampoco devoción al monarca que construyó tan llamativo monumento.
La capacidad de acumular bienes de prestigio está ahora mucho más extendida, puesto que la producción se intensifica, y los objetos importados, como la cerámica ática, los perfumes, el vino, etc., parecen ser elementos de más fácil acceso.
Contra la simplicidad de una concentración extrema del poder, se opone un esquema más complejo, en el que los príncipes aristócratas y las personas con ellos relacionadas -familiares, fieles, dependientes-acceden a un ritual antes exclusivo, y cambian el lenguaje exterior de las (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es imágenes por el atesoramiento de bienes en el interior de la tumba, resaltando el carácter privado de esas posesiones.
C. se producen en Cigarralejo unos 200 enterramientos (Cuadrado, 1987b), lo que evidencia un claro cambio de actitud respecto a épocas anteriores.
Esto no significa que todos los habitantes de la zona pudieran acceder a que su cadáver fuera quemado, puesto que probablemente hubo amplios grupos en régimen de servidumbre que no llegaron a enterrarse en las necrópolis mayores (Sánchez Meseguer y Quesada, 1992: 374-5).
Tampoco debe afirmarse que este cambio supuso un abandono radical en el uso de la escultura, y las magníficas piezas de Coimbra (Muñoz Amilibia, 1987) o Baza (Presedo, 1982) están ahí para corroborarlo.
En ambas se busca, como antes, una relación «especial» del difunto con la divinidad.
De hecho, parte de la producción de leones, toros, jinetes, etc., puede fecharse dentro del s. IV a. c., lo que implica una continuidad en el uso de estas manifestaciones, así como de los talleres que las producían.
Puede aventurarse, por tanto, que hubo una transformación en las estructuras de dominio y en la relación de los sectores sociales, así como en la gestión económica.
La producción agrícola, ganadera, minera y artesanal sufren un incremento notable, que se aprecia tanto en los registros de los asentamientos como en la cantidad de objetos que son depositados en las tumbas, y que por tanto, son «prescindibles».
Las aristocracias controlan la producción y el comercio a gran escala, mediante la vinculación entre los centros principales y los secundarios, en los que surgen jefes que mantienen alianzas o relaciones de colaboración/dependencia con los núcleos mayores.
Estos dirigentes locales asumen poder, puesto que de ellos depende, en cierta medida, el funcionamiento del sistema, y el marco de relaciones sociales se amplía, con el resultado de una aparente atomización (Domínguez Monedero, 1986: 325; Ruiz, 1990: 20).
Por otra parte, la riqueza de estos propietarios que asumen el poder político empieza a demostrarse tanto o más en el área de lo cotidiano que en el ritual funerario.
En otro lugar ya señalamos que los metales preciosos -oro y plata-no estaban apenas representados en las tumbas, cuando nos consta que las vajillas y los aderezos abundaban en el sur y sureste peninsular (Chapa y Pereira, 1991).
Estos elementos, que suponen un valor seguro a lo largo del tiempo, no revelan una disponibilidad estrictamente personal, sino un bien familiar, que se atesora para ser transmitido por generaciones.
La estructura familiar de los aristócratas queda en estos momentos bien patente como esquema organizativo del núcleo dirigente.
El despliegue de ostentación se abre a otros campos, como la vivienda, los enseres y los bienes de consumo, que no son más que refrendos materiales de circuitos de poder más amplios.
En el campo de lo religioso, el fenómeno de los santuarios va a adquirir una importancia creciente, desbancando progresivamente a los cementerios como lugares de demostración de estatus (Chapa, 1990).
En resumen, parece reafirmarse que a lo largo del s. V a.
C. se produce una profunda trasformación relacionada con una estructura económica más compleja, en la que la intensificación de la producción y el comercio precisan de una bien planificada interacción territorial.
Todo ello implica la llegada al poder de sectores más amplios, que son las aristocracias locales, ligadas entre sí por vínculos de dependencia, quizás expresados a menudo mediante lazos de parentesco.
Las grandes obras escultóricas de la primera fase desaparecen, como desaparece también un poder excesivamente centralizado, pero a mi juicio la reacción contra esas manifestaciones simbólicas no siempre fue activa.
Resulta difícil distinguir si un monumento funerario decorado con esculturas ha sido derruido a pico o si, por el contrario, sus elementos han sido troceados tras la ruina del edificio.
Ambas cosas debieron suceder, pero es preciso resaltar esta segunda opción, hasta el momento poco valorada.
Todas estas construcciones fúnebres han sido realizadas en piedra arenisca, fácil de trabajar pero muy alterable por las circunstancias ambientales (Negueruela, 1990).
El viento, el agua y las oscilaciones térmicas provocaron grandes erosiones, y si muchas de estas piezas se han conservado en buenas condiciones es, precisamente, porque cayeron y/o fueron enterradas, ya que los fragmentos que han permanecido en superficie han sufrido un deterioro tal que los hace irreconocibles.
La falta de cimentación, la escasa calidad construc-T.
1993 tiva O las adversas condiciones del entorno pudieron provocar la caída o la ruina de estas representaciones en un tiempo relativamente corto.
Cástulo, La Guardia, Pozo Moro, Coimbra y Cabecico del Tesoro son posibles ejemplos de reaprovechamiento de un material arruinado.
Es claro que un fragmento caído ya labrado será escogido e incluso buscado preferentemente para realizar otras construcciones, cor~á ndolo o troceándolo aún más si conviene a esos fines.
Esto es un hecho habitual en nuestra experiencia cotidiana.
Así pues, ciertas edificaciones, con sus correspondientes esculturas, pudieron ser objeto de ensañamiento por cualquiera de las razones que se han expuesto en los estudios centrados en este tema.
Es cierto que los enfrentamientos entre pueblos eran un hecho, y que durante el s. V se producen significativas transformaciones internas.
Sin embargo, también hay que resaltar que ésto no tuvo por qué ser un hecho generalizado, y que la adopción de otras formas de expresión funeraria no debió ir siempre vinculado a un rechazo activo de la simbología anterior, máxime cuando ésta no llega a abandonarse totalmente.
La caída en el olvido y la irrelevancia social eran ya suficientes muestras de que los tiempos habían cambiado. |
A partir de l aná lisis espacial de la producción metalúrgica de dos castros prerroma nos as tures se establece la ex istencia de un artesano meta lúrgico a tiempo completo, que actúa como suministrado r de todo el poblado desde una unidad de ocupación.
Se determina su posición social y su desarrollo tecnológico, así como el ámbito de su producción.
También se discuten las posibilidades de abastecimiento de materias primas y los fenómenos interactivos dentro del á mbito de la Cultura Castreña del NW.
A modo de contraste, se anali za el cambio que experimenta la producción metalúrgica en dos yacimientos cercanos de época romana cuando la zo na ha entrado ya dentro de un nuevo sistema de ocupación, a raíz de la explotación intensiva de sus recursos auríferos.
D entro de un proyecto a escala regional que estamos llevando a cabo en el Suroeste de León (Fig. 1) y cuya finalidad última es el conocimiento de las transformaciones sociales producidas en las poblaciones indígenas por el contacto romano, hemos tenido ocasión de caracterizar a las comunidades prerromanas astures que ocuparon la zona en los dos siglos anteriores al cambio de Era.
El hecho de que uno de los aspectos más interesa ntes de lo que hasta el momento hemos documentado sobre ellas lo constituya su metalurgia, nos lleva a plantear este trabajo.
Los astures prerromanos son poblaciones castreñas, es decir, su tipo de asentamiento es el castro.
Estos castros se situan en emplazamientos muy selectivos de topografía muy regular y constituyen recintos bien delimitados natural y artificialmente.
Son de tamaño reducido -nunca sobrepasan las 2 Ha.-y albergaban a comunidades también reducidas.
Sin embargo, son la unidad básica de ocupación del territorio hasta sus últimas consecuencias sociales.
Es decir, cada castro es una comunidad social independiente que desarrolla de forma autárquica una economía de subsistencia de base agropecuaria.
Esta falta de cohesión entre los diversos castros tiene su reverso en la organización del espacio interior de cada uno de ellos.
En efecto, existe una fuerte interdependencia social y económica entre las unidades de ocupación que componen el asentamiento, cuyo carácter cerrado queda aún más de manifiesto en la importancia de los elementos constructivos que lo delimitan -ya sean parapetos, murallas o fo sos-, dotados así de un significado sociocultural que transciende lo meramente defensivo.
Por otro lado, son comunidades que se mantienen en un relativo aislamiento de otros grupos culturales cercanos.
Así se explica, por ejemplo, que sólo con la presencia romana se T. P.. n Q 50.
1993 introduzca en la zona el molino circular o la cerámica a torno de tipo celtibérico.
Sin embargo, este menor desarrollo técnico p ermite establecer un basculamiento de la zona hacia el CÍrculo de la Cultura Castreña gallega, si n necesidad de preconizar arcaismos atribuidos, en ocasiones abusivamente, a zonas retiradas.
En dos de esos castros prerromanos leoneses, tan sucintamente definidos, hemos realizado excavaciones.
El primero de ell os es La Corona de Corporales (1).
Está situado en la cima de una colina so bre el curso alto del río Eria, al pie de la vertiente sur de la Sierra del Teleno, en la comarca leonesa de la Cabrera Alta; muy cerca por tanto de la divisoria entre las cuencas del Duero y del Sil y de uno de los pasos de comunicación entre la Meseta y Galicia.
El segundo es El Castrelín de San Juan de Paluezas (2), so bre la margen izquierda del río Sil.
Se emplaza en un espolón definido por dos encajados arroyos desde el que se domina casi todo El Bierzo.
Su lado sur, el único relativamente accesible, se prolonga en un paisaje alomado has ta el paso natural de estas tierras sobre el Sil a la Subfosa de Las Médulas.
En ambos castros ha sido puesta al descubierto la suficiente exte nsión de su núcleo edificado para entender cómo su espacio interno se organiza por medio de las más arriba citadas unidades de ocupació n.
Estas unidades pueden quedar definidas co mo la estructura mínima desde el punto de vista espacial, eco nómico y social de esa comunidad que es el castro.
Es decir, es el instrumento por medio del cual se desarrolla el espacio construido, la unidad básica de producció n y el núcleo social menor.
Están compuestas por un conjunto de construcciones (1) Las memorias de las excavaciones rea li za d as en este ase nta miento castreño han sido publicadas ya, así como algunos trabajos de analítica espacial sobre el propio yacimiento y so bre el territorio en que se integra: F. (2) En es te yaci mi ento se ha n rea li zado dos cortas campañas de excavación en 1990 y en 199 1.
Esos trabajos se integran en el Proyecto de investigación «Zona Arqueológica de Las Médulas» que se rea li za en el Centro de Estudios Históricos del CS IC y está subvencionado por la J unta de Castilla y León.
Una noticia preliminar sobre el Proyecto puede verse en: F.-J. Sánchez-Pa lencia, M. D. Fernández-Posse, J. Fernández Manza no, Y. Alva rez y L. F. López, 1990.
Situación de la Zona Arqueológica de Las Médulas en el Noroeste peninsular.
de diferente funcionalidad y características que van desde los espacios estrictamente domésticos de cocina y vivienda hasta los anejos de trabajo, los almacenes o los espacios abiertos más o menos acondicionados.
Estos conjuntos, cuya independencia espacial es siempre muy marcada, tienen una composición muy diferente, tanto por el número de construcciones que los forman como por la cantidad de espacio útil o disponible.
Como vemos en la figura 2, en La Corona de Corporales excavamos al menos 6 unidades de ocupación, mientras que en El Castrelín de San Juan de Paluezas, en donde aún no se han finalizado los trabajos de campo, contamos ya con 4 (Fig. 3).
Algo que también ha quedado claro en el curso de esas excavaciones son las diversas tendencias en la actividad económica que presentan las unidades de ocupación, diferenciación funcional que es, además, complementaria dentro del poblado.
En el caso de La Corona el poder establecer esas conclusiones ha sido favo-recido por las especiales circunstancias de su destrucción y abandono: se trata de un castro destruido violentamente de forma que ha quedado fijado, bajo los derrumbes provocados de las techumbres y paredes, el nivel de ocupación en su último momento de uso.
Hemos situado la destrucción de este asentamiento en el curso de los enfrentamientos de romanos e indígenas durante los episodios que culminaron con la integración del Noroeste en el mundo romano.
Un proceso de destrucción muy diferente presenta El Castrelín, ya que su abandono se produjo en unas condiciones de tranquilidad que permitió a sus habitantes llevar consigo la mayor parte de los enseres en uso o efectuar sobre ellos una exhaustiva selección.
Nuestra hipótesis en este caso es que se trata de un castro desalojado.
De esta forma mientras que en La Corona el análisis del tipo y distribución de los hallazgos permite fijar con cierta garantías la funcionalidad de los espacios, en El Castrelín -en el que además se suma la dificultad de ser T. P.. un poblado de más larga y más intensa vida constructiva-esto resulta a veces más complicado.
De todas formas, utilizando el modelo de ordenación espacial tan netamente definido en La Corona y los datos qu e proporcionan algunos de los espacios residuales de El Castrelín, como son los de vertido, hemos podido subsanar algunas carencias derivadas de su abandono y su lenta destrucción posterior.
LA METALURGIA COM O ACTIVIDAD ESPECIALIZADA EN L O S CASTROS PRERROMANO S
En La Corona de Corporales una de sus unidades de ocupación refleja de forma expresiva, en sus características y materiales, la actividad económica desarrollada por sus ocupantes.
Se trata de una vivienda, la construcción 11 de T. P.. no 50.
1993 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es la figura 2, sus talleres y espacios anejos en los que existía una dedicación prioritaria a las labores metalúrgicas.
Esta unidad de ocupación está compuesta por tres construcciones, un espacio semicubierto y todo un entorno de espacios abiertos y libres sobre los que claramente ejercía un uso continuo y exclusivo.
No vamos a repetir los datos que se refieren a su excavación, para los que remitimos a los trabajos antes citados, pero sí queremos recordar brevemente algunas de sus características constructivas.
La vivienda 11, cuya funcionalidad atestiguan hogar, mobiliario y ajuar, fue levantada exenta.
A su lado sureste se adosó otra habitación, la 12, de mayor tamaño y forma muy aproximadamente rectangular, en cuya fachada suroriental se abría el umbral.
Esta especie de gran vestíbulo se utilizó como anejo/taller y estaba dotado de una instalación, donde eventualmente se hacía fuego, y de un pequeño espacio enlosado.
Sus materiales, entre los que abundan los metálicos y la escoria, confirman su funcionalidad.
Ambas construcciones tuvieron una cubierta unitaria, presumiblemente a dos aguas, sobre muros alzados totalmente en piedra.
Al noroeste de la habitacion-vivienda y separada de ella por un estrecho caleyo que no supera el medio metro de anchura, se encuentra la tercera de las construcciones.
Es una pequeña habitación de forma cuadrada y muros estrechos e irregulares.
Esas y otras deficiencias de su estructura hicieron necesarios, pese a su reducido tamaño, algunos pies derechos para el apoyo de su cubierta.
Probablemente su alzada no fuera totalmente de piedra e, incluso, cabe pensar que se tratase solamente de un alto zócalo.
Es decir, estamos ante un cobertizo donde se realizaban unas funciones muy específicas.
Así lo indican la presencia en su pavimento de dos hoyos de fundición, la acumulación de madera -que se utilizaría como combustible-y los materiales encontrados en su interior.
Este taller anejo a las dos construcciones se completa con una instalación situada en su lado nororiental y bien delimitada por cuatro postes que debieron suje-. tar una cubierta ligera.
Bajo este techado, tallado en la roca y con algunas piedras de calzo, existe. un tercer hoyo de fundición y una gruesa piedra e plana.
Tanto en el cobertizo como en este último espacio semicubierto que hemos llamado D, la escoria era abundante.
1993 Todo el espaciO abierto al noreste de la construcción 12 hasta los muros de la 14 y 15, de un lado, y la «calle» que se forma al sureste entre las mismas construcciones, de otro, fueron ambientes utilizados por la unidad de ocupación que examinamos (Fig. 2).
Que así fue, lo indica la notable cantidad de escoria, la cerámica desechada reutilizada en labores de fundición y otros hallazgos más específicos, como los fragmentos de crisol, que de allí proceden.
De igual forma, otros espacios libres situados al sureste de esta unidad de ocupacióp. metalúrgica fueron utilizados como zona de vertido por sus ocupantes.
Todas estas construcciones que hemos descrito brevemente, revelan en su disposición espacial y en los materiales asociados una integración unitaria nada común que marca netamente su independencia de las demás construcciones, por más que éstas las rodeen casi totalmente y de forma apretada.
Esta independencia queda de manifiesto en circunstancias tan expresivas como el que el frágil y reducido cobertizo 13 no se apoye, como sería lógico, en el muro sureste de la construcción 9 y que, por el contrario, este provista de su propio muro, aunque realmente adosado a aquél (Fig. 2); o que, en los espacios exteriores de la unidad de ocupación que estudiamos, la escoria recogida supere los 100 Kg. mientras que, por ejemplo, en el espacio al que abre su umbral la vivienda 14 no haya aparecido un sólo fragmento.
Es más, no deja de ser notable, en el sentido de establecer una clara y exclusiva orientación metalúrgica a esta unidad, que en todo el resto del poblado no aparecieran más que dos o tres fragmentos de escoria.
Instalaciones interiores y materiales diferencian de forma evidente a esta unidad de ocupación de las otras que han sido excavadas en La Corona de Corporales; sin embargo muchas de sus características constructivas o la disposición espacial de algunos de los elementos que la integran son similares, por no decir idénticos, que en el resto.
Para analizar esas semejanzas o diferencias, hemos reunido algunos datos en la tabla 1.
A la izquierda de la tabla vemos como el número de construcciones que forman la unidad de ocupación que ahora nos interesa no es ni may.or ni menor que el resto, por más que sea unidades.
De esta forma, aunque la composición de cada unidad de ocupación en lo que se refiere al tipo de espacio es muy diversa, queremos subrayar esa ausencia de almacén y esa presencia de doble taller en la unidad metalúrgica, circunstancia que la diferencia en especial de las demás.
Esta diferencia encuentra una expresión más clara cuando analizamos las superficies disponibles para cada funcionalidad en cada unidad de ocupación.
Así, las viviendas poseen una superficie media de 16 m 2, siendo precisamente la construcción 11 una de las más reducidas (13,70 m 2 ), sobre todo cuando tenemos en cuenta que dos unidades de ocupación, las de las viviendas 3 y 8, tienen anejos de habitación.
Con ésto, el espacio destinado a la vida doméstica en la que ahora nos interesa se situaría entre los más bajos; y ello aún teniendo en T. P.. no 50.
1993 cuenta la posibilidad de que al menos parte del taller de la construcción 12 se utilizase para tal fin.
Lo que queremos hacer observar es que esta unidad metalúrgica no dispone de mayor cantidad de espacio para vivienda que las demás, considerando la disponibilidad de ese tipo de espacio como indicativo del «nivel de vida» de sus ocupantes.
Por el contrario, es ella la que dispone de un mayor espacio construido destinado a taller, con 34 m 2 frente a los 25 que posee, por ejemplo, la construcción 4.
Diferencia que no haría más que incrementarse si unimos a los anejos utilizados como taller aquellos espacios abiertos -patios, corrales, o instalaciones semicubiertas-bien acotados y caracterizados, claramente atribuibles a cada unidad de ocupación.
En resumen: la unidad de ocupación metalúrgica presenta, frente a un espacio comparativamente reducido dedicado a habitación, un valor alto -el más alto de todas las unidadespara el espacio destinado a trabajo, a la vez que carece del utilizable como almacén.
Esa necesidad de espacio disponible como taller o lugar de trabajo queda aún más de manifiesto si seguimos atendiendo a los datos presentados en la misma tabla, donde aparecen también los espacios exteriores claramente relacionados con cada una de las construcciones y dentro de sus correspondientes unidades de ocupación.
Vemos así como la de la vivienda 11 domina o ejerce su influencia directa sobre los amplios espacios libres que la rodean, según prueban los hallazgos particularmente característicos antes citados.
Espacios que pese a su amplitud no estuvieron destinados a la libre circulación, al contrario de lo que incluso sucede con otros más reducidos, por ejemplo el espacio B, que lleva en la tabla la calificación de «libre».
También en la tabla 1 hemos registrado algunos tipos de hallazgos de cada construcción y cada espacio.
Son elementos significativos o determinantes en el contexto que interesa a este estudio.
Sin embargo, podemos citar otros.
Así, dentro del ajuar cerámico de la unidad metalúrgica, 10 vasijas aparecieron en la construcción/vivienda y ese ajuar no está en absoluto fuera de la media del resto de construcciones con igual funcionalidad.
O también que la gran cantidad de material cerámico, fragmentado y disperso, aparecido en los cobertizos y espacios T. P.. n Q 50.
1993 anexos de esta unidad, no es más que material utilizado en las tareas específicas de fundición.
No ha de extrañar esta vinculación entre cerámica y metalurgia puesto que todavía se está empleando el tipo de vasija-horno para la transformación del mineral de cobre junto al de estaño.
Este horma primitivo, empleado desde época calcolítica, sigue siendo efectivo a pesar de su carácter rudimentario.
Sin embargo, su escasa vida útil requiere el empleo frecuente de vasijas nuevas, y la recuperación de la masa metálica, su fragmentación.
Como tal materia prima, se recogía y acumulaba en los espacios de influencia de la unidad.
Esta utilización queda reflejada en la casilla de la tabla donde registramos los hallazgos de fragmentos cerámicos con escarificación o vitrificación, que pertenecieron generalmente a ollas de paredes no muy gruesas y con abundantes desgrasantes de pizarra en su pasta.
Estos fragmentos con adherencias metálicas es un tipo de hallazgos exclusivo de los talleres y dependencias de la unidad metalúrgica, no apareciendo ni en su vivienda, ni en ningún otro lugar del poblado.
Igual dispersión, como ya dijimos, presenta la escoria, aunque en algunos sectores puntuales de los espacios de vertido de la unidad metalúrgica, como en la esquina oriental de la construcción 12, aparece amontonada.
También es notable la diferencia de objetos metálicos que presenta la unidad metalúrgica respecto a las demás, aunque siempre dentro de la parquedad con que este tipo de material aparece en el yacimiento.
Sin embargo, una gran parte de ellos no son más que desechos casi inidentificables y de tamaño menudo, como trozos de clavos, placas, varillas, etc., que en su mayor parte son de hierro y más excepcionalmente de bronce.
Estos últimos pudieran ser material amortizable.
Contrariamente a esta neta localización de la mayor parte de los hallazgos metálicos o relacionados con las labores de fundición, los hallazgos líticos (3) aparecen en el poblado con relativa profusión y lo hacen en casi todos los espacios y construcciones.
Sin embargo su distribución espacial no deja, por su parte, de ser
(3) Reco rdaremos qu e el reperto ri o de utillaje lítico en La Coro na consta de m olinos, todos ell os del tipo ba rquiforme o pla no, afil aderas, molederas, machacadores, esferas, fu sayolas y algún otro útil de funcio nalidad poco clar a. significativa.
En primer lugar destaca su ausencia en las construcciones calificadas de almacenes; en segundo término la frecuencia y variedad de este tipo de útiles, particularmente en la construcción 4, unidas a otros testimonios permiten interpretarla como taller lítico.
Junto a estas evidencias puede marcarse otra menos llamativa pero igual de significativa, como es la ausencia de molino (4) en la vivienda de la unidad metalúrgica frente a la presencia de al menos un ejemplar de este tipo en buen estado de uso en las otras unidades.
Las diferencias y similitudes que hemos ido marcando entre la unidad de ocupación metalúrgica y las restantes del poblado permiten presentarla con una clara orientación ocupacional.
De esta forma, si se admite que las construcciones que denominamos «almacenes» son el reflejo de la producción de alimentos en el registro arqueológico de La Corona, la ausencia en la unidad objeto de este trabajo de este tipo de dependencia permitiría suponer que el trabajo metalúrgico eximía a sus ocupantes de la producción agropecuaria.
En ese sentido, es interesante señalar una cierta relación entre el tamaño de los almacenes y la tendencia económica de la unidad a que pertenecen.
Así se explicarían las reducidas dimensiones del almacén 6, correspondiente a la unidad de ocupación de la vivienda 3 que, como ya hemos comentado, posee un taller de piezas líticas.
También es significativo que el espacio dedicado al trabajo en la unidad de ocupación que ahora nos interesa sea mucho más amplio que en las demás.
La presencia de un doble taller, cuando las otras tienen sólo una o ninguna construcción dedicada a tal fin, y la de una serie de espacios utilizados para almacenar materia prima (desechos metálicos para reciclar, madera para combustible, etc.) o como vertedero (de escoria, cerámica escorificada, crisoles, etc.) parece indicar que sus ocupantes se dedicaban al trabajo metalúrgico a tiempo completo, sirviéndose de los excedentes agrícolas/ganaderos y otros productos de recolección del resto de los habitantes del poblado.
Esto nos lleva al artesano metalúrgico, figura recurrente en los estudios de las socieda-(4) Solamente en la construcción/ taller 12 apareció un fragmento de molino, pero inutilizado como tal y reutilizado como pequeña afiladera. des de la Edad del Hierro europea y al que tradicionalmente se le ha adjudicado un papel social significativo como especialista dotado de prestigio (Clarke, 1979: 319).
No en vano la producción y control de objetos metálicos se consideran a menudo determinantes en el desarrollo de los procesos sociales.
No parece ser este el caso del metalúrgico de La Corona de Corporales, cuyo prestigio no se refleja en ningún extremo del registro arqueológico.
Como hemos visto, lo que se desprende del análisis funcional y espacial de nuestras excavaciones en el yacimiento no permite relacionarlo con una distribución diferencial de la riqueza: su espacio habitable, las características constructivas de su unidad de ocupación y, sobre todo, su ajuar doméstico son similares a los de las otras unidades.
La única diferencia, el disponer de un mayor espacio de influencia, se explica perfectamente por las propias características de su trabajo.
Puede concluirse por tanto que, al menos en aquellos aspectos que reflejan más directamente el nivel de vida en un poblado, la disponibilidad de riqueza o prestigio social de la unidad metalúrgica parece ser idéntica a las demás.
Otros autores, como Rowlands (1971), presentan a los metalúrgicos de las comunidades de base económica agropecuaria como especialistas, pero siempre a tiempo parcial.
Es decir, prioritariamente ocupados en la producción de alimentos y desarrollando su trabajo especializado en momentos libres o lentos del ciclo agrícola.
Tampoco esta imagen cuadra con los datos obtenidos en La Corona de Corporales, donde en la unidad metalúrgica sólo parece realizarse el trabajo especializado y a tiempo completo.
En este sentido tampoco es aplicable la idea de Wells (1988: 26) de que una vez que la base de subsistencia de una sociedad esta asegurada se puede permitir que algunos de sus miembros se dediquen a actividades no relacionadas con ella.
Según ésto, la mayor parte de estas comunidades prerromanas estarían formadas por agricultores que realizaban otras labores -como ésta de la producción de metal-sólo en su tiempo libre.
La figura de un artesano metalúrgico que desarrolla esa única actividad, según sugiere el registro arqueológico de La Corona, no nos parece, sin embargo, extraña en el tipo de sociedad que representan estos castros.
1993 producción suficiente para el abastecimiento de útiles metálicos al pequeño grupo humano que lo ocupa y que se intercambia por productos agrícolas dentro de esa misma comunidad, es un planteamiento que encaja muy bien con la sociedad cerrada y autosuficiente que define la arqueología para estas comunidades de astures prerromanos.
Comunidades ajenas a conceptos de rentabilidad en términos moderr.os y que evidentemente se mantenían fuera de sistemas comerciales más amplios u organizados.
Por otra parte la producción metálica, especialmente de hierro, necesaria para cubrir las necesidades de la comunidad, no es una tarea menor, y necesita gran cantidad de tiempo.
Los cálculos experimentales para completar una fundición de hierro se sitúan en unas 12 horas (Nosek, 1985: 167-68), y la cantidad de metal obtenido no es grande dada la limitada capacidad de los hornos de la época.
A ese tiempo hay que añadir la preparación y acondicionamiento del horno y el nada breve trabajo de forja posterior para dar forma al objeto.
Además, la función utilitaria del hierro exige una producción continuada de sustitución y reparación de herramientas.
También conviene considerar que el metalúrgico trabaja tanto el hierro para las herramientas, como el cobre/bronce para objetos personales y de adorno, por lo que su tiempo de actividad queda cubierto plenamente con esta tarea, a la que podrían añadirse labores extractivas, especialmente de mineral de cobre, cuya metalurgia parece ser más selectiva por el tipo de objetos a la que se dedica.
El alto grado de conservación del contexto real observable, producida por una destrucción súbita en La Corona de Corporales -aunque siempre dentro de las normales limitaciones de ese tipo de analítica espacial-, permite esas propuestas sobre la figura del metalúrgico y su ámbito de trabajo.
El caso de El Castrelín, como ya apuntamos, es muy diferente.
En este segundo castro la deposición de abandono obliga a interpretar, sobre todo, las conductas de rechazo implícitas en lo que suponemos fue un desalojo simultáneo de sus habitantes.
Sin embargo, la fácil extrapolación del modelo de ordenación funcional del espacio de aquel castro a éste, la excavación de un vertedero, por decirlo así, especializado en metalurgia y algunos hallazgos especiales, como son, por ejemplo, T. P.. n Q 50.
1993 unos moldes cerámicos de fundición para un determinado tipo de sítulas, nos permiten completar algunos datos sobre la materia de este trabajo.
En la figura 3 y en la tabla 2 vemos como es viable una determinación de las diversas unidades de ocupación en el sector excavado, así como la caracterización funcional de muchas de las construcciones que las componen.
Sin embargo, ninguna de ellas puede claramente ser diferenciada como metalúrgica en virtud de sus componentes de ajuar o de su mobiliario.
Sobre todo, porque la mayor parte de los espacios presentan entre sus hallazgos algún elemento relacionado con las labores metalúrgicas, ya sea en sus propios niveles de ocupación o en sus espacios exteriores de vertido.
En este sentido El Castrelín está muy lejos de la expresiva dirpersión de elementos como la escoria, los fragmentos de crisolo la cerámica con adherencias metálicas o escorificada, en La Corona de Corporales.
Sin embargo, algunas construcciones presentan una relativamente abundante proporción de ese tipo de restos de fundicion.
Así sucede, por ejemplo, con el taller 13, una pequeña dependencia que se adosa a la vivienda 1 en un momento posterior a la construcción de la citada vivienda y su almacén y próximo ya al del abandono del poblado.
También esta pequeña construcción fue levantada con porterioridad a la formación del basurero especializado al que hemos hecho alusión y cuyos vertidos deben proceder de una unidad de ocupación próxima, aún no excavada.
El espacio utilizado como lugar de vertido por esa todavía no identificada unidad metalúrgica se situa entre el paramento interno de la muralla y la construcción 5.
Una amplia superficie de la que parte, una vez colmatado el basurero, sirvió para ampliar la unidad de la construcción citada con la vivienda 7 y el anejo 4.
Es decir, el vertedero no era utilizado como tal en la fase constructi va que representa el abandono del poblado.
Circunstancia que, por un lado dificultará su adscripción como espacio de influencia a una determinada unidad de ocupación, pero que, por otro, ha permitido que llegue a nosotros íntegro.
El vertedero G es un espacio de cierta duración que ocupa una extensión de algo más (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es cantidad cercana a los 14 Kg.), de pequeños objetos de bronce y de fragme ntos de moldes de fundición cerámicos.
Estos restos pertenecen unos a la metalurgia del hierro y otros a la de base cobre, al igual que ocurría en La Corona de Corporales.
El mero hecho de la funcionalidad de vertedero de ese espacio G inhabilita toda comparación con los reflejados en la tabla 2, dedicados a vivienda, trabajo o almacén.
Sin embargo contamos con otros basureros que permiten esa comparación.
En todos ellos los restos de fundición o de escoria vertidos son insignificantes, a excepción quizás del espacio A que, a efectos de contraste, hemos reflejado en dicha tabla.
Aunque no se trata estrictamente de un vertedero -es un espacio libre de uso comúny su depósito es producto de todo el período de ocupación de El Castrelín, el hecho de que fuese utilizado recurrentemente como lugar de vertido de desperdicios, permite esa comparación: el montante de escoria, relativamente cercana a la recogida en el basurero metalúrgico, queda T. P.. no 50.
1993 minimizada por los escasos fragmentos de cerámica escorificada y otros restos metálicos o de fundición, evidenciando la especialización del espacio G. Esa especialización dellugarde vertido permite plantear, lógicamente, la del lugar de trabajo de donde proceden los desechos en él contenidos, reproduciéndose así el modelo de La Corona en el que una unidad de ocupación se dedica exclusivamente a la metalurgia.
De esta manera, son extensibles a este segundo castro las precisiones que sobre el artesano que la ocupaba que hemos comentado más arriba.
En los dos yacimientos los materiales hallados en estos espacios, muy distintos en funcionalidad pero producto ambos de una misma actividad metalúrgica, ilustran aspectos de la producción y de la tecnología del metal empleadas por estas poblaciones inmediatamente anteriores a la presencia romana en la zona.
Y lo que destaca en primer lugar es la escasa presencia de útiles o restos de fundición de bronce frente al número de útiles y, sobre todo, de escoria de hierro.
Esto indica una manera muy distinta de acceder y producir uno y otro metal.
Veamos en primer lugar el bronce.
La metalurgia del cobre y sus aleaciones se desarrolló en ambos poblados de forma autosuficiente, y con un carácter de abastecimiento local poco especializado en la producción.
La presencia de materiales que cubren todas las fases del trabajo metalúrgico permite reconstruir con cierta fiabilidad la tecnología empleada, gracias a la información complementaria que nos ofrecen los análisis cuantitativos realizados a una muestra de esos materiales.
Las composiciones de algunas piezas de La Corona de Corporales fueron publicadas oportunamente (Fernández-Posse y Sánchez Palencia, 1988: 251), sin embargo, circunstancias ajenas a nuestra voluntad han impedido aumentar la muestra analizada; del Castrelín, por el contrario, se han realizado 70 análisis.
Aunque gran parte de los datos manejados corresponden, pues, a este último yacimiento, las similitudes apreciadas en los materiales estudiados permiten suponer una T. P.. no 50.
1993 base tecnológica idéntica que incluso puede ser extrapolable de forma general a otras zonas vecinas de la Cultura Castreña.
El primer rasgo que apunta hacia el autoabastecimiento y a una producción de carácter local es el tipo de horno empleado en la reducción del mineral.
El uso de vasijas, sin elementos diferenciadores de otras producciones cerámicas, como hornos, a pesar de utilizar otros tipos más complejos necesarios para la producción del hierro, indica el poco esfuerzo e interés que se dedica a esta tarea.
La vasija-horno es el sistema más primitivo y rudimentario para realizar la transformación inicial del mineral, y se puede emplear en cualquier parte ya que no requiere trabajos de preparación o áreas de acondicionamiento especiales.
En estas vasijas, en ocasiones, se obtiene tras el proceso cobre metálico, pero también se mezcla mineral de cobre con mineral de estaño para realizar una reducción conjunta, y obtener de este modo la aleación de bronce.
Este modo de alear metales es también el más simple, pero tiene el inconveniente de que permite un menor control sobre las proporciones de los metales y la calidad de la aleación.
De esta tarea de transformación realizada en los poblados se deduce el trabajo directo con los minerales, tanto de cobre como de estaño, sobre cuyos recursos disponibles se hablará más adelante.
Por tanto, no puede proponerse comercio de metal en bruto.
Las barritas-lingote de sección romboidal o cuadrada recogidas en ambos yacimientos, dos de La Corona de Corporales y seis del Castrelín -de las que podemos ver algunos ejemplos en la figura 4-, no tienen una función comercial, sino que se usan para cubrir las necesidades del trabajo metalúrgico local.
Lo poco normalizado de sus formas, tamaños, pesos y aleaciones expresan lo lejos que está la metalurgia de estas poblaciones de un sistema de circulación del bronce organizado y a cierta escala, en donde tales lingotes pudieran tener un valor de cambio.
Por el contrario, son más propios de un medio económico poco integrado y de corto alcance, en donde representarían una forma cómoda de almacenar el metal.
Estas barras pueden fabricarse con el metal bruto obtenido de la transformación del mineral, o más probablemente mediante el reciclaje de piezas manufacturadas inutilizadas, que se refunden juntas y el metal obtenido se alma- guarda en forma de estas barras.
La tización del metal cobra sentido cuando cena orva que aparece en los espacios metalúr-reamor~scritos diseminado como objetos menuse obse:S o menos fragmentados y siempre usagicos dcdemás, si aceptamos esta práctica de dos má'echar el metal, no ha de extrañarnos dos.
A La Corona de Corporales las piezas de reapro, no sobrepasen demasiado la docena, de que en' además, diez pertenecen a la unidad de bronce ión metalúrgica.
Esta mínima presencia las que nce se incrementa muy ligeramente si ocupacos una serie de pequeños fragmentos de broificables y los dos pequeños lingotes.
En añadiffirelín, el número de piezas es algo más inident; ro de igual forma la mayor parte son El Castllenudas y fragmentadas, lingotes y pealto pPlaterial reaprovechable cuyo estado de piez~s, tación no permite saber a que tipo de objeto queño 1 fragmen pertenecieron.
Casi todas proceden del vertedero especializado.
Evidentemente el número de hallazgos de bronce en cada castro ha de ponerse en relación, además de con la ya citada diferente funcionalidad de los espacios que los han proporcionado, con la superficie excavada en cada yacimiento y, sobre todo, con sus muy diferentes tipos de abandono.
No hay que olvidar que en La Corona tenemos «todo » el bronce de que se disponía en el momento inmediato a su destrucción, y en El Castrelín fue, como material preciado que era, presumiblem~nte retirado al producirse su desalojo; lo que manifiesta una mayor riqueza relativa de este último castro.
Por otro lado, la notable presencia de material de desecho -todo se reciclaba-en ambos yacimientos, indica hasta que punto era valorado este metal en la economía de estos asentamientos prerromanos.
1993 Frente a ese corto número de piezas de bronce, sorprende lo que podríamos denominar su variabilidad.
Además y con frecuencia, suelen ser objetos de adorno personal de aceptable factura, como plaquitas finamente decoradas, asas de vasijas, anillos y aretes o alguna fíbula (Fig. 4).
Es •decir, el bronce ha trascendido lo utilitario para reducirse a un papel de cierto prestigio, que adquiere tanto por la presencia del hierro para la fabricación de útiles y herramientas, como por su propia escasez.
La composición de los objetos es, también, muy variada, incluso dentro del mismo tipo de pieza, lo que indica una falta de homogeneidad o criterio de fabricación general, que debe obedecer más a criterios socioeconómicos que tecnológicos.
Contamos con 22 análisis de objetos del Castrelín y tres de La Corona (ver Apéndice), excluidas las barras-lingote.
Si tomamos como ejemplo los anillos y aretes, elementos claramente dedicados a una función de adorno personal, de los 5 analizados en El Castrelín tres son de bronce y dos de cobre.
Entre los anillos de bronce, con diferente proporción de estaño, uno de ellos lleva también impurezas muy altas de arsénico y antimonio, y otro puede considerarsae bronce plomado; de los fabricados en cobre, uno es en realidad cobre arsenicado.
Esta diversidad podría explicarse por el diferente tipo de metal utilizado, es decir, o metal nuevo, o fabricado a partir del metal reciclado entregado por el cliente, o de la disponibilidad de estaño en función de las posibilidades del usuario o comprador del objeto.
En el caso de los fragmentos laminares, podría pensarse a tenor de los análisis que existe una mayor normalización en la producción, con el empleo de bronces binarios Cu-Sn en torno al 10-15 % Sn, sin embargo, tres de las cinco piezas clasificadas de este modo se recuperaron en el mismo contexto -el Vertedero G-y deben ser en realidad fragmentos de una misma pieza destinada a la refundición.
Por tanto, si las consideramos como una sola, tendríamos dos láminas de bronce y una de cobre, criterio insuficiente para establecer una norma o tendencia.
El resto de materiales analizados de ambos yacimientos son piezas sueltas, unas de cobre con arsénico y/o antimonio, algún bronce pobre difícil de clasificar, otros bronces binarios o bronces plomados con proporción variable de T. P.. no 50.
En resumen, lo más destacado del conjunto de análisis es la variación en las composiciones y el uso de cobre o cobre arsenicado y/o antimoniado en considerable proporción entre los materiales del Castrelín para las fechas en que nos encontramos y en el tipo de objeto en que se usan.
Finalmente cabe comentar a favor de la fabricación local de las piezas, la relación directa que se puede hacer entre las composiciones de los objetos elaborados, y las producciones que se obtendrían de los restos de actividad metalúrgica recuperados.
En ellos aparecen también una gran diversidad de opciones, desde adherencias de vasijas-horno donde se procesó cobre con arsénico y antimonio, otras de bronce con elevadas impurezas de arsénico y antimonio, o restos de fundición metálicos de horno y gotas de crisol de cobre, bronce binario y ternario.
Todas las composiciones de los objetos analizados tienen más o menos una relación próxima con alguno de los restos metalúrgicos de los poblados, por lo que es asumible sin ningún tipo de riesgo su manufactura local.
Los procedimientos seguidos en el trabajo metalúrgico que se acaba de describir resultan muy propios de la organización económica y social que atribuimos a estos artesanos astures prerromanos que trabajaban de forma independiente en comunidades también independientes, sin que ninguna de ellas fuera un centro productivo que surtiese, siquiera de materia prima, a las demás.
Hasta ahora hemos hablado de una metalurgia exageradamente local en donde la producción metálica del bronce no alcanza siquiera la escala regional.
Sin embargo, es precisamente esta actividad la que nos va a permitir situar la zona que estudiamos en un contexto cultural más amplio.
Ya hemos mencionado la existencia de numerosos fragmentos de un determinado tipo de molde cerámico para fabricar sítulas en el Vertedero especializado de El Castrelín (Lám.
1) que, aunque no aparecen en La Corona de Corporales, sí lo hacen en una ampli a zona gallega.
Lo primero se acomoda bien a la organización poco integrada de estas comunidades; lo segundo nos está hablando de unos contactos e intercambios en el seno de un ámbito regional extenso, ya que este tipo de sítula, además de unas características fijas e (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es incluso repetitivas, ofrece una amplia dispersión en castros del Occidente gallego y portugués (Carballo, 1983) y empieza ahora a documentarse en el territorio astur.
Lo que Renfrew (1986: 1) ha denominado «sistema de interacción entre iguales», resulta particularmente apropiado a esta situación prerromana de contactos entre castros absolutamente independientes.
Pero quizas sea posible definir o afinar el carácter de esa interacción. esa similitud con el hecho de que en ese mismo c¡lstro gallego, y en unas fechas incluso algo más antiguas que las de El Castrelín, hay molinos circulares que no aparecen en los castros prerromanos leoneses excavados por nosotros, donde son siempre planos y, por lo tanto, mucho menos rentables.
Los contactos o intercambios parecen, por lo tanto, no tener lugar en el más simple nivel de los medios de producción agropecuaria; es decir, en un tipo de objeto tan abundante, utilitario y cotid iano como son los molinos de mano, pero sí en esa manufactura de especial significación y difícil factura que son las sítulas.
La interacción entre estas poblaciones castreñas del Noroeste parece, pues, obedecer a conductas diferenciales según el ámbito de los objetos, quedando patente en la esfera simbólica-religiosa, como ya apuntamos en alguna otra ocasión (Fernández-Posse y Sánchez-Palencia, 1988: 240), pero no en la tecnológica o metalúrgica.
Las sítulas son una clase muy especial de objeto, siempre con una connotación ritual y de prestigio.
Eso, que es quizás también el motivo de que el tipo esté tan normalizado, ayuda a entender que estamos ante una interacción en el dominio de lo simbólico o de lo religioso.
Sobre todo cuando vemos hasta que punto son iguales los moldes de sítulas de El Castrelín y el aparecido en el Castro da Forca -por citar un ejemplo de castro gallego bien y recientemente publicado-, cerca de la desembocadura del río Miño (Carballo, 1987: fig. 50).
Y contrastamos T. P..
El que las sítulas a que nos referimos esten representadas en El Castrelín y en otros cuantos castros gallegos por los moldes utilizados para su fabricación, abre, evidentemente, nuevas perspectivas.
El contraste entre la metalurgia humilde, con empleo de piezas de cobre, donde no se cuidan las aleaciones, y con hornos rudimentarios que en definitiva está indicando un bajo nivel tecnológico, y la manufactura de esos objetos en cierto modo sofisticados y de minuciosos motivos decorativos, es patente.
Su fabricación implica el necesario conocimiento técnico para colar finas placas de metal profusamente decoradas y unirlas con remaches dando forma a la vasija, lo que vuelve a poner de manifiesto los contrastes de la figura del metalúrgico en estas sociedades castreñas.
Dos tipos de producciones tan diferentes parecen adaptarse bien al esquema numerosas veces planteado para la metalurgia de esta época que propone la existencia de dos tipos de metalúrgicos (por ejemplo, Wells, 1990: 60-62 que incluye bibliografía sobre el tema): uno local que producía herramientas y objetos comunes en cada poblado y otro itinerante que hacía circular lingotes, objetos de lujo realizados en centros de producción especiales, innovaciones técnicas y, sería nuestro caso, moldes.
División algo artificial que, además, en El Castrelín choca con el inconveniente de que tales moldes son, asimismo, de fabricación local.
En efecto, en un estudio de 34 muestras de estos moldes, cerámicas y arcillas del yacimiento, realizado por la Dra.
Virginia Galván, en el que utilizó análisis de Fluorescencia de Rayos X para obtener las composiciones geoquímicas y análisis discriminante relativo a óxidos mayoritarios y minoritarios en el tratamiento de esos datos, permite observar la correspondencia geoquímica entre las cerámicas más cotidianas de segura fabricación local y los moldes de sítulas.
Tampoco es necesario recurrir a un artesano más especializado para fabricar objetos sofisticados.
Como ya se indicó anteriormente el que los rasgos generales de la metalurgia sean rudimentarios no quiere decir desconocimiento T. P.. no 50.
1993 de la misma, puesto que la producción de hierro dota de ese nivel al metalúrgico.
La mayor o menor habilidad o calidad de una producción creemos está en relación con el interés del artesano para atender la demanda de sus clientes.
Al igual que puede fabricar simples anillos de cobre, también hace fíbulas de fundición en molde, como la encontrada en El Castrelín, claramente de producción local ya que se trata de un metal no depurado con altas tasas de arsénico y antimonio, probablemente obtenido de un mineral también del entorno por las características de las impurezas presentes en el metal.
Por tanto, si era capaz de fabricar una fíbula, también tenía capacidad para fabricar sítulas, de las que por desgracia no tenemos ningún fragmento en el yacimiento que pudiera ser analizado para afirmar su relación con el resto de las producciones locales.
La única información suministrada por los fragmentos de molde es el análisis cualitativo realizado, que indica la presencia de cobre y plomo, lo que señala la utilización de una aleación plomada.
Si la metalurgia es autóctona parece lógico que también lo sean las materias primas.
Una posibilidad de obtención de cobre la tenían los pobladores de estos castros en los filones de cuarzo aurífero de la Serie de los Cabos, donde hay abundantes sulfuros con contenido en cobre (calcopirita) y donde hemos documentado la existencia de enriquecimientos secundarios, tipo carbonatos y óxidos, en sus afloramientos.
Darían un rendimiento suficiente para la escala artesanal y las necesidades limitadas y sin alcance comercial de cada taller metalúrgico.
En el caso de El Castrelín contamos con un indicio interesante en el núcleo muy próximo de La Campañana, con plata, plomo, zinc y cobre en dominio carbonatado y lo suficientemente interesante para haber dado lugar en la actualidad a varias concesiones mineras.
En algunos tramos de esta mineralización la asociación Pb-Zn da paso a otra Pb-Cu, que debió ser aprovechada en la antigüedad según demuestran los analisis de materiales analizados, donde aparecen cantidades elevadas de plomo como elemento residual de la transformación del mineral al ser mucho más volátil que el cobre.
El mineral utilizado debió ser un compuesto polimetálico, que junto al cobre y plomo llevara determinadas cantidades de antimonio y también de arsénico, que no T. P.. no 50.
1993 deben extrañar dada la riqueza de la zona en antimonio, al que habitualmente se asocia el arsénico.
La abundancia de impurezas de estos elementos (Pb, Sb y As), tanto en los objetos como en los restos de actividad metalúrgica debidas a la falta de refinado del metal en bruto y a unas condiciones rudimentarias de transformación en vasijas-horno, permite suponer el tipo de mineral empleado a pesar de no contar con ningún fragmento de mineral entre los restos estudiados.
El estaño, como el oro -que por el momento no ha aparecido en los dos yacimientos castreños que estudiamos pero que seguramente existió-, era fácilmente obtenible en el lavado de las arenas de los placeres.
La posibilidad de su obtención estaba, pues, en los ríos que proceden de los yacimientos de casiterita de la zona de Rubiana (Orense), inmediatamente al oeste de Las Médulas, o incluso de los yacimientos estanníferos más complejos de las inmediaciones de Ponferrada, con menor probabilidad.
La plata, en cambio, está presente en los dos castros objeto de este trabajo.
En El Castrelín se reduce a unas gotas adheridas al interior de unas cerámicas.
La composición de esta plata (PA3365-67) con cantidades elevadas de plomo y algo de cobre, nos indican que se trata todavía de una plata en proceso de refinado, es decir, que se estaba realizando un proceso del que por el momento desconocemos su funcionamiento, similar a una copelación, pero diferente a lo tradicionalmente empleado ya que usa un tipo de recipiente cerámico distinto.
Otros análisis presentan cantidades de hierro y estaño que complican aún más la comprensión de este sistema de obtención de plata, que tiene una vez más un carácter local de aprovechamiento de las galenas asociadas al cobre cercanas al yacimiento.
En La Corona, por el contrario, se trata de una pieza, una espiral de chapa de ese metal sobre alma de bronce con remates de glóbulos apiñados, aunque es probable que su presencia allí sea resultado de comercio.
Su tipología se acomoda bien a la joyería en plata celtibérica tardía, presente en varios tesoros zamoranos (Delibes y Martín Valls, 1982), y a piezas similares, en oro, de Lugo y Orense (Sánchez-Palencia y Fernández-Posse, 1985: 318-319 y fig. 8).
Los sulfuros de plata/plomo son frecuentes en la zona, conociéndose explotacio-nes antiguas de plomo argentífero como La Esperanza, citada por Madoz en Corporales, o en Ponferrada, beneficiadas por «una sociedad Verciana», en la vertiente septentrional de los Montes Aquilianos (Madoz, 1945-50, S.V. Corporales y Ponferrada).
En la actualidad estudios de geología local ponen de manifiesto la presencia de suficientes yacimientos de galena para cubrir la escasa demanda de estas comunidades.
En definitiva existe en la zona un notable equilibrio entre el acceso a los recursos potenciales minerales, la tecnología utilizada y la escala de la producción de los metales examinados.
Por el contrario, el hierro parece producto de una minería extractiva tanto más intensa cuanto mayor fuera la demanda de útiles de este material en cada uno de los poblados.
Los principales indicios de mineralización de hierro en la zona tienen un claro control estructural.
Su alineación se sigue muy bien desde la cuenca del Eria -donde se trata de areniscas ferruginosas y oolitos de hierro-y el Teleno, a cuyo pie se sitúa Corporales, hasta alcanzar la cuenca del Cabrera, donde numerosas poblaciones mantuvieron herrerías hasta el siglo pasado y son frecuentes las pequeñas explotaciones como la de Valdecorrales en Llamas.
Las brechas ferruginosas son también fáciles de seguir en la subfosa de Las Médulas, donde se asienta El Castrelín.
Contienen limonitas, hematites y oligisto.
Chana de Borrenes (La) y Ponferrada) se refiere a una «mina de hierro llamada Venera» en la localidad de Chana que surtía a las herrerías de Monte de Valdueza y Pombriego.
Esa misma brecha ferruginosa se detecta con especial claridad entre Pardellán (en Orense, al otro lado del Sil) y Castroquilame (sobre el Cabrera).
Es decir, el acceso a estas mineralizaciones de hierro para los dos castros objeto de nuestro estudio no era en absoluto dificultoso manteniéndose siempre en distancias menores a los 5 Km.
El número de piezas de hierro recuperadas en los dos castros superan en mucho a las de bronce, aunque -exceptuando algunas herramientas-también son en su mayoría objetos de pequeño tamaño.
Pero donde se marca claramente la diferencia entre las dos producciones es en la cantidad de escoria: En La Corona. supera los 100 Kg. yen El Castrelín, además de los más de 40 recogidos en todo el sector excavado de la figura 4, hay que contar con otros 60 Kg. de un pequeño sondeo realizado en un segundo recinto que posee este castro.
La producción siderúrgica se muestra, por su lado, algo diferente en ambos castros.
No tanto en la cantidad de objetos -que sus muy distintos tipos de deposición desvirtúan-sino en el modo de producción: en La Corona de Corporales parece evidente que en la unidad de ocupación metalúrgica se realizaban las dos industrias, bronce y hierro, de una forma espacialmente muy concreta y en unas instalaciones de gran entidad.
Pero tal taller metalúrgico y sus espacios de vertido ocupaban una zona dentro de la trama urbana del núcleo edificado.
En El Castrelín el hecho de que el vertedero G recoja en su casi totalidad productos de la manufactura de bronce y que grandes masas de escoria de hierro aparezcan en un segundo recinto secundario abre la posibilidad de que amb.as producciones estuvieran en algún momento espacialmente diferenciadas.
El motivo de tal diferenciación está en la evidente incomodidad que para el núcleo densamente construido del recinto principal suponía la presencia de una fundición de hierro, con el peligro de fuego, gase~~. y olores que naturalmente genera.
Este trasládo fuera del caserío permite plantear, a su vez, un volumen de producción más alto en este último castro.
Tal hipótesis parece quedar justificada en otras observaciones referentes a las propias instalaciones de la fundición y forja así como a la dispersión de los vertidos y escorias.
En La Corona en el interior del pequeño cobertizo 13 y en un patio cubierto adyacente a él, unos «hoyos » de fundición de no más de medio metro de diametro y otro tanto de profundidad parecen haber sido todo el dispositivo disponible para generar la escoria vertida en los espacios inmediatos; concentrada en ellos, es toda la que, al parecer, se produjo mientras el poblado funcionó como tal (Fig. 2).
En El Castrelín la escoria aparece mucho más dispersa.
Incluso se utiliza en la solera de algunos espacios comunes o de tránsito mezclada a guijarro para facilitar su drenaje, al igual que aparece formando parte de una especie de «rudus » de que en ocasiones están provistos los pavimentos de las construcciones.
Pero, sobre todo, la diferencia del modo T. P.. no 50.
1993 de producción de hierro entre ambos castros está en el tipo de instalación: en el citado sondeo del recinto secundario de El Castrelín aparecen estructuras cubiertas por un potente estrato de arcilla rojiza.
Quizas correspondan a instalaciones metalúrgicas sobre las que, una vez inutilizadas, se vertieron los 60 Kg. de escoria más arriba citados.
Evidentemente lo reducido de la excavación en esa área marginal del castro no permite todavía ajustar su significación, pero sí mantener las diferencias de nivel en la producción del hierro propuestas.
Nos ilustran sobre el proceso de esa metalurgia, además de la escoria y las manufacturas, varios productos registrados en ambos castros: la torta de hierro de La Corona y una gran masa esponjosa de 11,5 Kg. que fue utilizada para, junto a otras piedras, rellenar o clausurar un espacio en una de las reformas constructivas de las varias que se detectan durante la vida del Castrelín.
Puede concluirse que la producción metalúrgica de estas comunidades prerromanas debió cubrir básicamente sus necesidades, quedando evidenciado como toda ella, con excepciones realmente ocasionales, era local.
El metal así fabricado se intercambiaría presumiblemente dentro de la propia comunidad que es el castro por productos agrícolas y de equipo, dentro de un sistema de circulación simple y cerrado que no debió casi nunca sobrepasar el propio recinto. y en este sentido podemos decir que se trata de una producción evidentemente autárquica.
Esas peculiaridades se compaginan perfectamente con la independencia, de un lado y la economía de autosuficiencia, de otro, del modelo de asentamiento que presentan los castros prerromanos de la zona y que no hace más que ratificar el aislamiento que manifiesta cada uno de ellos en su patrón de ocupación del territorio (Fernández-Posse y Sánchez-Palencia, 1988: 222-224).
EL IMPACTO ROMANO: AVANCE TECNOLOGICO y ESPECIALIZACION DE LOS ASENTAMIENTOS
Ya dijimos al inicio de este trabajo que el proyecto en que se inscribe estudia el cambio provocado en estas poblaciones, cuya metalurgia T. P.. n Q 50.
1993 acabamos de examinar, por la presencia romana.
Por lo tanto parece útil hacer, siquiera como mecanismo de contraste, alguna alusión final a la metalurgia de la zona una vez se ha efectuado la integración de las comunidades prerromanas en el sistema romano.
Esa presencia romana produce una ruptura en el desarrollo indígena, reorganizándose la zona y sus habitantes en función de una nueva actividad económica: la minería romana del oro que, además de su propio desenvolvimiento planificado y dirigido en un amplio territorio, produce una intensificación en la explotación del resto de sus diferentes recursos.
Ese cambio económico genera una fuerte transformación en las estructuras sociales y organizativas de las poblaciones prerromanas que pierden paulatinamente aquella característica de agruparse en organizaciones territoriales independientes y se integran progresivamente en patrones organizativos más amplios y complejos, viéndose obligadas a participar en tareas económicas de índole común.
No entraremos aquí en los factores del cambio y en sus indicadores arqueológicos, lo que evidentemente necesitaría un espacio desproporcionado a la finalidad de este trabajo, pero dos o tres pormenores son imprescindibles para comprender el cambio que la presencia romana provoca en la producción del bronce y del hi erro.
En primer término, el cambio de modelo de ocupación del territorio entre época prerromana y romana: a unque continúe vigente el tipo de asentamiento castreño, se pasa de un sistema de núcleos independientes, con una ocupación del territorio selectiva y de clara orientación agropecuaria, a otro de asentamientos integrados, funcionalmente diferenciados y complementarios que permiten una explotación intensiva y extensiva de los recursos de la zona (Fig. 5).
En segundo término tiene lugar la aparición de unos nuevos asentamientos no castreños.
Su razón de ser está en que un tipo de actividad como esa minería del oro a gran escala es impensable sin una infraestructura de abastecimiento específico.
Es decir, además de la organización y mantenimiento de las explotaciones y de la mano de obra en ellas ocupada, fue necesario arbitrar el suministro de un notable vo lumen de materias primas imprescindibles para las labores técnicas (hierro para las herramientas, madera, etc.) y su transformación.
Finalmente también es interesa nte se ñalar que en la estructura interna de esos asentamientos -sean castros o no-van a terminar desapareciendo las unidades de ocupación, como expresión espacial qu e eran de una determinada organizació n social.
Y la interdependencia funcional o complementaridad que entre ellas existía dentro del poblado terminará por manifestarse, en época romana, en el territorio, ésto es, entre unos asentamientos y otros.
En definitiva, la escala del sistema pasa a ser regional.
En ese nuevo sistema implantado por la administración romana también contamos, como para la etapa prerromana, con dos yacimientos excavados en donde se realizaban labores metalúrgicas que vienen precisamente a ilustrar los tipos de asentamientos definidos suci ntamente en los párrafos anteriores.
Uno de ellos es un castro -El Castro de Corporalessituado a poco más de 1 Km. de La Corona prerromana.
El segundo se trata precisamente de uno de esos nuevos ase ntamientos de infraestructura: el llamado, aunque no lo es, Castro de Orellán, situado en Borrenes y distante de El Castrelín unos 6 Km.
El Castro de Corporales, con dos fases que abarcan todo el primer siglo después del cambio de Era y los primeros años del segundo, expresa en su registro arqueológico una clara continuidad con La Corona: las técnicas constructivas, la mayor parte de sus aj uares domésticos, su dieta alimenticia, no han sufrido apenas modifi-T.
1993 caciones; pero la ordenación del espacio varía sensible y progresivamente.
Y un claro ejemplo de ello es precisamente la instalación metalúrgica.
Ya no se trata de que esa actividad sea asumida por una de las muchas unidades de ocupación, sino que se sitúa y pertenece a los espacios comunes o de servicios.
De forma que queda superado el modo de producción doméstica.
Y así, en un castro cuyo caserío se dispone en terrazas con una distribución regularizada de acuerdo con unos ejes ortogonales, el taller metalúrgico se dispone en su terraza más alta y exigua, fuera, por tanto, del núcleo de habitación.
Orellán, un establecimiento situado en la ladera de un alto cerro denominado El Castro, es un claro ejemplo de tipo de asentamiento de infraestructura con funcionalidad diferenciada.
Ya no es una determinada zona del yacimiento la específica como lugar de actividad metalúrgica, es el propio asentamiento.
Es más, es muy probable que su situación esté muy directamente determinada por dos factores: de un lado, por la especial función que realizaba con respecto a la gran mina de oro de Las Médulas, ya que en todo el cerro, y sobre todo en una de sus laderas donde se localiza un extenso escorial, existe una fuerte concentración de desechos metalúrgicos.
De otro, a su pie existe una brecha ferrosa, la citada más arriba y conocida en la actualidad como el Veneiro, que aflora y ha sido explotada en diversas épocas.
Parece claro que las principales actividades que en Orellán se desarrollaban iban desde el beneficio de ese mineral de hierro a la fabricación, basicamente, del instrumental utilizado en la minería del oro.
Nuestros trabajos en este último yacimiento no han pasado de unos sondeos preliminares, pero podemos decir que se trata de un asentamiento que estaba en funcionamiento hacia la mitad del siglo 1 d.
C., momento en que -como en El Castro de Corporales-el utillaje doméstico de sus habitantes no se diferencia todavía apenas del de El Castrelín, con altos porcentajes de cerámica indígena castreña en relación a la romana, pero con una estructura interna y, sobre todo, con una función en el conjunto de la ocupación y explotación del territorio diametralmente opuesta a la prerromana.
Entre esos cambios no es el menor la organización de la minería no aurífera o la estrategia de los modos T. P.. no 50.
1993 de producción de los metales de ella derivados, pero lo que ahora nos interesa, es si se ha producido entre las dos metalurgias -y sobre todo en la del bronce-un cambio tecnológico.
Aunque el número de materiales de cobre/bronce no es todavía numeroso, las l3 piezas analizadas procedentes de Orellán permiten disponer de un conjunto de composiciones para comparar con los materiales de los castros prerromanos.
Al margen de la aparición de latones en el poblado romano, se aprecia un rasgo de interés sobre el modo de trabajar el metal en la zona como es la reducción de impurezas de arsénico.
En efecto, la tecnología que se practica en época romana introduce un cambio sobre el período anterior en el modo de producir el cobre como metal de base de las aleaciones, que consigue eliminar la presencia de arsénico como consecuencia de una utilización de hornos de reducción y temperaturas de trabajo más elevadas y constantes que las que se podían obtener con el empleo de los recipientes cerámicos ya comentados.
Una situación similar se produce entre la metalurgia prerromana y romana de Camerton (Cowell, 1990: 77-78) donde los materiales de la Edad del Hierro tienden a tener mayor concentración de arsénico, níquel y cobalto que los romanos, en los que el arsénico llega casi a desaparecer.
La explicación a estas diferencias la atribuye Cowell a un cambio en el origen del mineral, que se considera importado en época romana.
Sin embargo, no creemos que ésta pueda ser la explicación correcta en el caso de la región leonesa (Fig. 6), sino que habría que atribuirlo más bien a un avance técnico.
El arcaismo tecnológico detectado en la fase anterior a la romanización produce un metal con elevadas impurezas de arsénico y antimonio, que son fácilmente eliminables con el empleo de los hornos romanos que logran temperaturas más elevadas y que sin duda se utilizan cuando se trata de producciones más comercializadas, frente a la producción doméstica autosuficiente.
Si la explicación dada para la eliminación de una mayor cantidad de impurezas de arsénico en el metal es correcta, debería esperarse que esto mismo sucediera con las impurezas de antimonio, cuyo comportamiento y volatilidad con altas temperaturas es similar al del arsénico.
En los análisis de los materiales de Orellán desaparece, como ya se ha comentado, el arsé- nico, pero el antimo nio mantiene aún en bastantes casos proporciones relativamente elevadas, superiores al 0,25 %, aunque no se alcanzan valores tan elevados como en los materiales del Castrelín.
Esta menor presencia de antimonio, pero manteniendo proporciones elevadas, no queda todavía satisfactoriamente explicada si procediese del mineral de cobre.
Ahora bien, estas piezas suelen estar realizadas con una aleación de bronce, donde además del cobre participa el estaño en proporción variable.
El antimonio puede asociarse también a este elemento en el mineral e introducirse por lo tanto en la composición del metal.
La mineralogía del Sn es compleja y, aunque la casiterita es el óxido y mineral más frecuente, a bajas temperaturas se forman sulfuros entre los que se encuentran sistemás complejos como el que forma el estaño con Sb y Pb (Martín-Izard, 1991: 228).
En consecuencia, cabría pensar que el antimonio que se detecta en estos materiales procede del estaño aleado y por tanto ha de pensarse en un aprovechamiento de minerales sulfurados que debieron ser explotados mediante trabajo de minería, en contraposición con la posibilidad de la explotación de la casiterita mediante la técnica de bateo en época prerromana.
En definitiva, vemos como una de las actividades económicas más concretas que se realizan, en la zona, como es la producción T. P., n Q 50.
1993 metalúrgica del bronce y del hierro, cambia de forma notablemente radical a raíz de la presencia romana en la Zona Arqueológica de Las Médulas.
Esa metalurgia prerromana, descuidada y de bajo nivel tecnológico, que produce manufacturas de gran variabilidad en sus componentes y en procesos poco controlados, desaparece para dar lugar a productos más depurados.
Pero donde realmente se produce una auténtica transformación es en los aspectos que se refieren al modo y a la escala de esa producción: mientras que en los castros prerromanos se trata siempre de producciones escasas y artesanas que cubren exclusivamente la demanda interna, los asentamientos romanos experimentarán una fuerte intensificación de la producción metalúrgica -con un volumen de escoriales lejos ya de esa producción artesanal-y con un marcado cambio de escala.
Mientras la metalurgia prerromana jamás supera ese núcleo de producción autárquica que es el castro, en época romana aparecen asentamientos que son indudablemente centros de esa manufactura, es decir, cuya actividad preferencial -quizás podría decirse que exclusiva-es la producción de metal.
Esos asentamientos marcadamente diferenciados en su funcionalidad cubren así las necesidades de instrumental metálico de todos aquellos otros que se organizan en torno a las explotaciones de oro, al mantenimiento de su infraestructura y su mano de obra, en un sistema de ocupación y explotación del territorio evidentemente planificado y de fuerte rentabilidad económica. |
La aplicación de análisis químicos a las áreas de actividad responde a la necesidad de una precisa definición funcional de tales espacios para la propuesta de conclusiones de tipo social, económico, ideológico, etc. Para cumplir este objetivo se proponen dos fases de análisis complementarias, una experimental y otra puramente arqueológica.
El uso de análisis químicos en Arqueología se presenta como un apoyo más en la investigación de esta disciplina.
En este sentido, la Sección Departamental de Prehistoria de la Facultad de Humanidades de Jaén y el Proyecto de Investigación «El Mundo Ibérico en la Campiña de Jaén», dirigido por Arturo Ruiz y Manuel Molinos (Ruiz, 1990), están aplicando de manera experimental las técnicas químicas como complemento del estudio microespacial que dicho proyecto realiza en el yacimiento Cerro de Plaza de Armas de Puente Tablas, Jaén (Ruiz y Molinos, 1988).
Se pretende en un principio la elaboración de una batería de análisis de aplicación sistemática en yacimientos arqueológicos, mediante un proceso de experimentación que permita la selección de indicadores químicos característicos de funciones y acti-' vidades específicas llevadas a cabo en cerámicas y pavimentos.
El objetivo final sería definir y determinar la función de las áreas de actividad y clasificar los espacios que integran con criterios económicos, sociales, ideológicos, etc., contribuyendo así a una definición más exacta del yacimiento estudiado.
Entre las experiencias que de una manera más o menos concreta se aproximan al planteamiento anterior y pueden servirnos de referencia podemos citar, por ejemplo, la llevada a cabo en el desierto del Neguev por el Instituto de Arqueología de la Universidad de Tel Aviv sobre la fase persa de Tell Beer-Sheba (Goffer y Beit-Arieth, 1983) que permitió identificar zonas dedicadas a la fabricación de abono; los estudios de áreas de actividad pertenecientes a conjuntos habitacionales estucados en Teotihuacán y Cobá por el Instituto de Investigaciones Antropológicas de México (Manzanilla y Barba, 1990).
En Europa, son de gran interés los resultados obtenidos por Conway (1984) en el asentamiento de época romana en Cefn Graenog en el Norte de Gales, diferenciando zonas de almacenaje, con suelos de tierra apisonada, de otras de tipo doméstico, con pavimentos de barro, y aplicando para el estudio de los datos químicos el análisis de tendencias.
En Polonia, en el. yacimiento neolítico de la cultura Linear de Olszanica, se llevaron a cabo análisis de nitrógeno tanto en el interior como en el exterior de una casa con el fin de demostrar la ocupación conjunta del tal espacio por animales y personas.
Los resultados indicaron que los niveles de nitrógeno en el interior de la casa eran más altos que en el espacio circundante, lo cual podría dar validez a la hipótesis planteada.
No obstante, al tratarse de una sola casa, no parece posible hacer una generalización mientras no se realice el análisis de otros espacios habitacionales (Milisauskas, 1978).
En el ámbito funerario, la mejor definición de áreas dedicadas a inhumaciones donde no quedan restos visibles es un objetivo que ya se ha propuesto y que ha ofrecido datos de gran valor.
Este planteamiento parte del estudio de la tumba Anglo-Sajona del yacimiento de Mucking, en Essex, Inglaterra (Keeley el alii, 1977), en la cual gracias a los análisis de fosfato y manganeso pudo verificarse la presencia de un individuo.
En cuanto a las cerámicas, se ha prestado hasta el momento más atención a los análisis de pastas (Hughes el alii, 1991) que a los estudios dirigidos hacia su contenido, no obstante, se han establecido aproximaciones en este sentido como la llevada a cabo por G. Duma (1972) en Hungría sobre cerámicas que abarcan períodos que van desd~ el Neolítico Final hasta el siglo XVI, al mismo tiempo que de manera experimental este mismo autor ha realizado pruebas con recipientes actuales con diferentes grados T. P.. n ll 50.
1993 Alberto Sánchez Vizcaino de cocción con el fin de determinar la influencia de ésta en la retención de sustancias orgánicas.
Una vez establecido el objetivo de la investigación, los pasos siguientes serán la conceptualización de ésta, cúales son los condicionantes que pueden mediatizar su desarrollo, y la metodología y analítica aplicables.
Como ya se ha indicado, el área de actividad es el espacio sobre el que se desarrollará la mayor parte del trabajo, por lo tanto conviene tener claro su significado.
Aquélla ha sido definida como la unidad espacial mínima del registro arqueológico en la que las acciones sociales quedan impresas.
Un área de actividad sería la concentración y asociación de materias primas, instrumentos y desechos en volúmenes específicos que reflejan acciones particulares (Manzanilla, 1990).
Desde este punto de vista, la aplicación de análisis químicos a los pavimentos y cerámicas a ellos asociadas en las áreas de actividad permitiría en un primer momento su identificación como zonas de consumo, cocina, almacenaje, descanso, estabulación y trabajo.
Debe también tenerse en cuenta que el área de actividad puede coincidir o no con la estructura excavada; esto significa que es posible la delimitación de varias áreas en un mismo espacio, por lo que la interpretación de los resultados tendería a ser más compleja.
A. Ruiz y M. Molinos (1990), buscando una práctica microespacial más definida y encaminada hacia la delimitación de áreas de actividad, han planteado el concepto de coyuntura cero (Ruiz el alii, 1986).
Esta sería producto de una situación de abandono, sin embargo contiene restos de un sistema de actividades definido por el proceso de deposición del que la coyuntura de abandono es su último momento.
Tales restos constituyen la historia temporal de la estructura que se excava.
Dicho de otro modo, hasta la coyuntura de abandono existe un proceso de transformación intradeposicional que desplaza los restos por efecto de la propia vida que se desarrolla en cada estructura.
Tras el final de una ocupación comenzaría la acción de los procesos postdeposicionales que pueden ser de dos tipos: neoconstructivos y destructivos o de abandono.
El primero sería produc~o de ocupaciones posteriores que, además de formar parte de un nuevo proceso postdeposicional, afectan por medio de la construcción de pavimentos, excavación de fosas, etc., a la fase anterior.
El segundo tipo de proceso se refiere a elementos que formaron parte de la coyuntura cero como paredes y techumbres caídas, que deben ser objeto de estudio sedimentológico y estratigráfico independiente pero que el análisis microespacial debe recomponer.
Dentro de este aparato conceptual los análisis químicos pueden actuar de diferentes maneras y según las siguientes situaciones: a) En el estudio de la coyuntura de abandono.
Siendo éste el momento final de ocupación de una estructura quedarán reflejadas en él las últimas actividades llevadas a cabo. b) En el estudio de la coyuntura cero.
En relación con lo anterior se trataría de diferenciar las actividades ejecutadas en el último momento de ocupación de otra~ que se hubieran podido desarrollar en períodos anteriores de la vida de la estructura.
Este sería un objetivo a largo plazo para los análisis químicos, ya que en principio parece complejo poder diferenciar temporalmente las huellas químicas de actividades humanas realizadas en el mismo espacio. c) En los procesos postdeposicionales de abandono o destrucción.
En este caso el objetivo sería ayudar a la identificación de aquellas unidades sedimentarias que se correspondieran con las caídas de los tabiques y techumbres.
Para cumplir este objetivo, habría que profundizar en la composición química de los materiales de construcción y posteriormente definir una serie de análisis identificativos.
Antes de exponer la estrategia de trabajo, conviene hacer referencia por separado a tres factores que, en mayor o menor medida, estarán siempre presentes en la investigación y condicionarán sus resultados.
La metodología que a continuación se mostrará intentará superar los problemas que tales factores generan.
Es fundamental para llegar a conclusiones de tipo funcional que las estructuras muestreadas estén excavadas al completo con el fin de observar la distribución espacial de los indicadores químicos.
Además, si es posible, sería interesante la excavación y muestreo de espacios de características diversas con el fin de establecer comparaciones que contribuyan a la definición del yacimiento.
En el caso de las cerámicas es evidente que esta condición no influye en los I resultados de los análisis.
Clases de pavimento y cerámicas/ condiciones de conservación/filiación cultural
Un pavimento bien elaborado y con capacidad de absorción, en aceptable estado de conservación y temporalmente más cercano, tiene muchas posibilidades de ser analizado con éxito.
No obstante, aunque la conjunción de estas tres condiciones no será posible en gran parte de los casos, no puede descartarse a priori ningún tipo de yacimiento.
No cabe duda que entre un yacimiento Paleolítico y uno de época medieval existirá siempre la tendencia a esperar mejores resultados de este último por cuanto la calidad de los pavimentos tiende, en general, a ser mejor, sin embargo, deben ser las conclusiones de la investigación quienes así lo indiquen.
En el caso de los recipientes cerámicos, es igualmente válida la apreciación anterior si bien la temperatura de cocción puede suponer otro escollo ya que, a mayor temperatura, menor será la porosidad y, por consiguiente, disminuirá la absorción de sustancias orgánicas (Duma, 1972).
Inconsistencia de los indicadores quimicos
Es éste un punto importante, y estrechamente relacionado con el anterior, ya que no siempre será posible obtener resultados a causa de la progresiva desaparición de los pavimentos y cerámicas de los indicadores funcionales orgánicos e inorgánicos.
El tipo de actividad, su intensidad, y factores postdeposicionales y de conservación presentan entonces una relación T. P.. nI! 50.
1993 directa con el éxito de las pruebas químicas ya que de ellos depende en gran parte la resistencia de las sustancias químicas.
La solución para tales problemas puede residir en la experimentación con distintos tipos de análisis en situaciones y yacimientos diversos con el fin de poder aplicar de manera sistemática una serie de técnicas de análisis.
La manera de conseguir ésto puede alcanzarse mediante la experimentación en estructuras deshabitadas recientemente o sobre comunidades que conservan pautas de comportamiento del pasado.
De esta. manera, y con las oportunas precauciones, conoceríamos la actividad, sus restos químicos y el comportamiento de éstos (Barba y Ortiz, 1991).
Así mismo, es posible la reproducción de las condiciones de uso de pavimentos y cerámicas mediante la utilización de recipientes donde se controle periódicamente su contenido, y la elaboración de pavimentos de distinto tipo en los que se vayan vertiendo sustancias conocidas para el posterior análisis.
Hasta el momento, el Departamento de Prehistoria ha puesto en práctica esta última línea junto al estudio de estructuras habitacionales recientemente deshabitadas.
De esta manera la estrategia de investigación presenta dos fases: una experimental y otra puramente arqueológica, ambas con su procedimiento de análisis.
Como ya se ha indicado, por vía experimental se pretende conseguir una selección de análisis químicos que deberán ser corroborados en el campo arqueológico.
En este sentido se está procediendo de la siguiente forma:
Selección de recipientes cerámicos actuales y su llenado con vino y aceite, libres de aditamentos, durante un período de tiempo determinado.
Posteriormente se procede tomando una muestra para su análisis y enterrando parte del recipiente.
Con esto se pretende controlar, por una parte cuál es el indicador químico que más caracteriza a esas sustancias, y por otra T. P.. n Q SO.
1993 Alberto Sánchez Vizcaino cómo le afecta el proceso de enterramiento.
En el futuro se ampliaría la gama de contenidos, clases de recipientes, arcillas, tiempos de reposo y enterramiento, etc.
Elaboración de pavimentos de diferente tipo que reproduzcan los de carácter arqueológico.
En principio se han elegido tres clases, barro, tierra apisonada y calo yeso, con los que se tendría una representación amplia de los tipos de pavimentos que pueden localizarse en un yacimiento.
Al igual que con la cerámica se les irían aplicando diferentes sustancias y se procedería de manera similar: muestreo, análisis y enterramiento para un posterior control analítico Dentro de este campo de los pavimentos, se ha muestreado además una parte del terreno situado junto al Campus Universitario de Jaén dedicado a la instalación de casetas de feria, y sobre el que el Departamento de Prehistoria está realizando un estudio microespacial.
Presenta la ventaja de que las casetas han dejado la impronta de su ubicación y de que el suelo sobre el que se instalaron fue elaborado para tal fin, con lo cual es posible realizar análisis químicos dirigidos a la delimitación e identificación de actividades.
Una vez establecido un conjunto de pruebas analíticas se buscará su contrastación con la realidad arqueológica.
Será ésta la que nos diga de manera definitiva si el indicador químico es el adecuado, de lo contrario habría que volver a la fase experimental en busca de otro.
Es también muy importante en esta parte de la investigación evitar interferencias por lo que habría que tener en cuenta una serie de factores flsicoquímicos y culturales (Woods, 1975):
Factores flsico-químicos: Presencia natural de los elementos químicos analizados, historia erosiva del lugar, historia climática del área, condiciones del suelo durante la recogida de las muestras (húmedo/seco, blando/duro,... ), y complejo de condiciones fisicas que mediatizaron el establecimiento, crecimiento, declinar y abandono en el lugar estudiado.
Factores culturales: Un conocimiento de las culturas que han habitado el área de estudio debería incluir, a ser posible, la disposición de los asentamientos, su composición interna y tamaño, tipos de estructuras, uso de la tierra (por ejemplo, si es agrícola, qué clase de fertilizantes se usaron, su cantidad y duración,... ), y volumen y tipo de cultivos y animales domésticos.
Las posibilidades de aplicación de técnicas analíticas cualitativas y cuantitativas son múltiples; un uso combinado de ellas puede permitirnos una mayor agilidad en la investigación.
Las técnicas cualitativas podrán utilizarse cuando se pretenda una simple verificación de la presencia o ausencia de determinadas sustancias, mientras que las de tipo cuantitativo indicarán la cantidad exacta de un determinado indicador.
Entre estas últimas pueden utilizarse la fragmentación (Eidt, 1984) u otras técnicas colorimétricas (Cavanaugh el alii, 1988) para la determinación de fosfatos, mientras que la fluorescencia de rayos X, además de su aplicación a los estudios de pastas, podría ser aplicable a la determinación de otros elementos inorgánicos (Goffer, 1980).
Para la identificación de restos orgánicos, tanto en pavimentos como en cerámicas, la cromatografia de gases puede ser un instrumento de trabajo muy válido.
Deseo agradecer a los miembros de la Sección Departamental de Prehistoria y Arqueología de la Facultad de Humanidades de Jaén los consejos y opiniones expuestos sobre este artículo.
Así mismo quiero mostrar mi reconocimiento a los integrantes del Laboratorio de Prospecciones Arqueológicas del Instituto de Investigaciones Antropológicas de México y, en especial, a Luis Barba y Agustín Ortiz, cuyo trabajo me dejaron conocer y que ha sido de gran ayuda en el planteamiento de esta investigación. |
Conocer el tipo de información que aportan los macrorrestos vegetales, las formas en las que pueden pervivir en el registro arqueológico y la naturaleza del sedimento, incrementan la calidad y utilidad de los resultados.
El artículo trata de evaluar los puntos clave a la hora de planificar la estrategia de muestreo y el sistema de recuperación más adecuado para un yacimiento antes de iniciar el trabajo de campo.
El término macrorresto vegetal es amplio y hace referencia a cualquier resto o parte de una planta, cuyo tamaño es igual o superior a 0.5 mm. Bajo este vocablo se agrupan pues las estructuras florales, tallos, hojas, órganos subterráneos, frutos y semillas.
De los dos últimos se ocupa específicamente la Carpología.
Los restos de plantas preservados en contextos arqueológicos representan una mínima parte de los depositados en origen, pero aún así proporcionan información muy útil acerca del aprovechamiento que las comunidades antiguas hicieron de los recursos vegetales y de su entorno.
Con su estudio se pretende inferir actividades como la producción, recolección o consumo y establecer patrones de plantas característicos de una zona geográfica o período cultural (Arnanz, 1991).
Estos patrones permiten observar posibles relaciones entre yacimientos, la movilidad de los recursos vegetales a través del paisaje o los cambios a 10 largo de una secuencia temporal (van der Veen, 1992).
Uno de los mayores problemas con que nos enfrentamos a la hora de recuperar macrorrestos vegetales es la propia composición del material orgánico, fácilmente degradable por la acción de microorganismos o de los distintos agentes erosivos.
Por tanto, es conveniente conocer, en la medida de lo posible, los procesos por los cuales este tipo de material puede pervivir en el registro arqueológico, puesto que de ello depende en gran medida la técnica de recuperación a emplear.
FACTORES QUE INTERVIENEN EN LA PRESERVACION
Ciertas especies de plantas se encuentran raramente representadas en el registro arqueológico y otras están ausentes por completo (Wilson, 1984), a pesar de tener sospechas • razonables de su utilización por el hombre.
La frecuencia con que recuperamos restos de una determinada especie depende en gran medida de su grado de conservación, en el que influyen distintos factores agrupados en tres grandes bloques:
-Factores inherentes a la propia planta, como el contenido en agua, su composición bioquímica y su estructura interna.
-Factores naturales que incluyen el tipo de su suelo, el clima, la erosión, etc.
-Factores humanos, que son los relacionados con actividades propias del hombre, como el tostado de granos, el empleo de combustible vegetal, la elaboración de adobes y cerámicas donde los restos de plantas se utilizan como entrabados o degrasantes, etc.
Teniendo en cuenta estos factores los macrorrestos vegetales pueden pervivir bajo diferentes formas: como esqueletos de sílice, carbonizados, desecados, congelados, en terrenos anegados bajo condiciones anaeróbicas, en coprolitos o como improntas en cerámicas y adobes, (una información más extensa puede encontrarse en Helbaek, 1980; Shackley, 1988; Renfrew, 1973; Renfrew el am, 1976; Green, 1979; Ford, ~979; Hally, 1981; Buxó, 1990; Rivera el am, 1991).
De todas estas condiciones de preservación, la más frecuente en los países de Europa meridional es la carbonización.
RECUPERACION DE MACRORRESTOS VEGETALES
La recuperación de macrorrestos se halla estrechamente ligada a su preservación y conservación, así como a las características del propio yacimiento.
Ante todo, debe hacerse una planificación a priori sobre la estrategia que va a emplearse, teniendo en cuenta el tipo y tamaño de excavación, la disponibilidad de agua, el volumen de sedimento a tratar, la naturaleza del suelo y la dispersión o concentración de macrorrestos.
Sea cual sea el método elegido, procurará aplicarse en consonancia con el trabajo de campo.
Una cuestión a tener en cuenta es la representatividad del conjunto de macrorrestos obtenido en una excavación (ver van der Veen et am, 1982).
Lo ideal sería poder recoger la población total de los restos de plantas presentes en un yacimiento, labor realmente muy dificil sino imposible de realizar.
Para minimizar el problema debemos recurrir al muestreo.
La forma como las muestras son seleccionadas va a influir en la cuantificación y posterior interpretación de los resultados.
La estrategia de muestreo más apropiada para un yacimiento concreto debe elegirse conjuntamente entre el especialista en macrorrestos y el director de la excavación.
Como es dificil de antemano determinar que estructuras van a proporcionar restos vegetales, por regla general, y exceptuando los conjuntos cerrados de los que se recoge el "lOO % del contenido, se extrae sedimento de todos los contextos arqueológicos procurando que el volumen para analizar represente al menos el 20 % del total, con un mínimo de 20 l. por muestra.
En el caso de que un nivel no alcance esta cantidad, se procesará todo el sedimento como si de un conjunto cerrado se tratase.
No conviene que el porcentaje de tierra de las diferentes muestras fluctúe drásticamente ya que afectaría a la comparación de los resultados (Pearsall, 1989).
En determinadas áreas o estructuras, la probabilidad de recuperar macrorrestos es ma-yor que en otras, tal es el caso de agujeros de poste, el entorno de los hogares, el interior de recipientes, silos o pozos de basura o las zonas de almacenaje y transformación de alimentos.
En otras ocasiones, bien porque el yacimiento es demasiado grande o porque se está practicando un sondeo estratigráfico, conviene emplear otras estrategias.
En el primer caso se utiliza un muestreo al azar (van der Veen, 1982).
Aleatoriamente se elige una serie de puntos de los que se extrae una porción de sedimento, siempre con un volumen constante (en torno a 20 1.), que será el que posteriormente se procese.
Este procedimiento sirve para localizar las zonas que pueden proporcionar macrorrestos, pero no para obtener resultados cuantitativos.
El muestreo por columnas está indicado en aquellos casos en los que queramos determinar posibles cambios en los usos vegetales a lo largo de una secuencia estratigráfica.
El sistema de recogida es similar al empleado por la palinología, pero con cantidades de sedimento lógicamente mayores, y que estarán en función de la potencia y amplitud del corte.
Ya se ha comentado que la elección del método de extracción depende en gran medida de las características del yacimiento y de la naturaleza de su sedimento.
Atendiendo a ésto pueden emplearse diferentes técnicas para la recuperación de los macrorrestos vegetales.
El problema estriba en que no pueden compararse cuantitativamente los resultados cuando los procesos de recuperación son diferentes (Struever, 1968).
Hay que decidir pues a priori cual de ellos conviene aplicar.
En el caso de concentraciones de materiales botánicos en un nivelo contexto cerrado, éstos pueden recogerse directamente con ayuda de paletas o pinzas, guardándolos en recipientes rígidos debidamente etiquetados.
La ventaja es que se aprecia su relación con otros artefactos y puede profundizarse en el muestreo.
Los inconvenientes, las semillas o restos más pequeños pueden llegar a perderse.
Si no hay concentraciones apreciables podemos recurrir a otras técnicas como son el tamizado bien en seco o con agua y la flotación, manual o mecánica.
El tamizado en seco se realiza mediante una columna de cuatro cribas colocadas en orden decreciente, con una luz de malla de 5 mm. la más gruesa y 0.5 mm. la más fina.
Es una técnica apropiada para yacimientos en zonas áridas, en los que el agua puede hacer estallar los restos carbonizados.
Es igualmente útil para recuperar coprolitos, materiales desecados o bien como una alternativa a la técnica de flotación cuando ésta no puede aplicarse.
Los inconvenientes radican en que es un método muy lento para procesar grandes volúmenes de tierra, debido al tamaño de las mallas, y a que puede producirse abrasión en los materiales, especialmente en los carbonizados.
El cribado con agua se hace utilizando los mismos tamices que en el caso anterior, pero colocando el sedimento bajo un chorro suave de agua.
De esta forma se eliminan los limos que enmascaran los macrorrestos más pequeños a la hora de seleccionarlos bajo el binocular.
Está especialmente indicado para terrenos muy arcillosos (Wagner, 1988) o con materiales anegados (Keeley, 1978).
El principio de flotación es muy simple y se basa en la diferencia de densidad de los materiales.
Mediante el empleo de un líquido separador, generalmente agua, se consigue que los restos orgánicos, menos densos que el medio, floten en la superficie, mientras que los más densos se depositen en el fondo.
Esta técnica está especialmente indicada para terrenos secos, de arenas margosas sueltas, con restos carbonizados los cuales contienen aire encerrado en sus estructuras microscópicas, por lo que su densidad aparente es muy baja.
La forma más sencilla es la flotación manual, que consiste en introducir en un recipiente con agua el sedimento seco y desmenuzado, el cual después de removerlo suavemente se deja reposar.
Al cabo de unos instantes los restos que flotan se recogen con un tamiz de 0.5 mm. El proceso se repite sucesivamente hasta observar que a la superficie del agua no afloran más restos.
Posteriormente se dejan secar a la sombra, lejos de fuentes de calor y se guardan en cajas o tubos rígidos debidamente etiquetados.
Esta técnica se emplea normalmente para volúmenes pequeños y puede realizarse tanto en el propio yacimiento como en el laboratorio.
Algunos autores describen modificaciones del método consistentes en añadir al agua disoluciones de cloruro de zinc o tetracloruro de carbono (Renfrew el alii, 1976; Bodner y Row-leU, 1980; Struever, 1968; Helbaek, 1969), con el fin de incrementar la densidad del medio y así recuperar restos relativamente densos que de otra forma no flotarían.
El mismo fin persigue el empleo de líquidos hidrófobos, como el aceite'de parafina (Cooper y Osbourne, 1967).
En términos generales, la flotación con líquidos distintos del agua tienen inconvenientes tales como su toxicidad, coste elevado, los pequeños volúmenes que pueden manejarse o el hecho de que tras el tratamiento químico sea necesario preservar los macrorrestos en alcohol u otros conservantes, puesto que su desecación los destruiría (Keeley, 1978).
Queda por tanto reducida su aplicación al entorno del laboratorio para. muestras pequeñas, de sedimentos dificiles y/o aplicaciones específicas.
La flotación mecánica cuenta por un lado con la ventaja de poder procesar grandes cantidades de sedimento en un espacio relativamente breve de tiempo, y por otro que puede efectuarse en la mayor parte de los suelos arqueológicos peninsulares, en donde los macrorrestos vegetales en estado de carbonización son los más frecuentes.
Es por ello que se considera el método más recomendable y en el que haremos más hincapié, teniendo en cuenta una serie de limitaciones que veremos más adelante.
Se han descrito varios sistemas de flotación que utilizan dispositivos mecánicos, los cuales intentan acortar tiempo en la manipulación del sedimento y obtener la máxima efectividad en la recuperación de macrorrestos.
Tanto en el trabajo de Pearsall (1989), como en el de Wagner (1988) puede encontrarse una recopilación de estos sistemas con su descripción correspondiente y ampllas referencias bibliográficas.
En líneas generales, una máquina de flotación puede construirse por un precio relativa-T.
1993 mente módico y con materiales muy asequibles.
El sistema consta de tres elementos fundamentales: un recipiente para el agua en el que se efectúa la separación, un sistema de presión para inyectar agua en el recipiente y un juego de mallas o cedazos para recoger tanto la fracción ligera como la pesada.
En cuanto al primer elemento, cualquier recipiente plástico o metálico, con un tamaño adecuado al volumen de sedimento a procesar puede servir.
Una solución es emplear un bidón del tipo de los usados para lubricantes (200-225 1.), pues tienen capacidad suficiente para manejar muestras de 5 a 7 1. de una vez, a la par que resulta manejable.
Un tubo acodado, enroscado al bidón por la parte inferior y rematado en un difusor, es un sistema sencillo y útil para forzar agua a presión por debajo, ayudando a la flotación de los macrorrestos y favoreciendo la recogida del sobrenadante.
El agua a presión puede proporcionarse dotando al sistema de una bomba de gasolina, que la extrae directamente de una corriente de agua o de otro depósito.
Puede sustituirse esta bomba por un compresor de aire, pero entonces hay que disponer de una fuente de agua continua, para mantener el nivel de la misma en el bidón.
Los compresores de gases encarecen el sistema y complican su utilización.
A la hora de empezar la flotación, el sedimento se vierte dentro del tanque sobre una rejilla o malla de 0.5 mm. de luz, sujeta al borde del recipiente.
Al accionar la bomba, los macrorrestos comienzan a flotar y arrastrados por el agua son vertidos al exterior, a través de un orificio, cayendo sobre un cedazo o tela de nylon (así mismo de 0.5 mm.) montada sobre un bastidor.
La fracción pesada de la muestra queda depositada en la malla interior del tanque la cual se retira antes de proceder con la siguiente muestra.
El sistema descrito, empleado por el Departamento de Prehistoria del C.E.H., es una combinación de criba de agua y flotación, puesto que la fracción pesada, libre de limos, puede revisarse procediendo a recuperar macrorrestos más densos que no hayan flotado, u otros materiales líticos, óseos, etc. La fracción ligera obtenida por flotación se deja secar lentamente y se almacena en recipientes para su posterior estudio.
En las etiquetas debe indicarse además del yaclmlento y los datos de contexto, el volumen de sedimento original de la muestra y el tamaño de mallas utilizado.
La técnica de flotación presenta una serie de puntos críticos que deben tenerse en cuenta para tratar de corregir al máximo las desviaciones provocadas por la manipulación y los cambios en el entorno fisico-químico de los macrorrestos.
Como cualquier otro sistema de recuperación, supone una alteración drástica de las condiciones en las que los restos quedaron depositados, pudiendo provocar su destrucción sino se procede con cuidado.
El material carbonizado puede estallar al contacto directo con el agua, por lo que algunos autores recomiendan humedecer por capilaridad el sedimento muy seco antes de procesarlo (Buxó, 1990).
No obstante hay que evitar hidratarlo demasiado ya que el aire atrapado en las micro-celdillas de la estructura interna del resto puede ser desplazado por agua e impedir su flotación.
Por esta razón no es una técnica recomendable para recuperar macrorrestos en suelos anegados (Shackley, 1988) ni para depósitos en arcillas extremadamente húmedas (Pearsall, 1989).
El secado de los restos después de haberlos procesado en agua, debe hacerse lentamente, lejos de corrientes de aire y focos de calor, sobre tela o papel secante, evitando una manipulación brusca que pueda dañarlos.
Para conocer la efectividad del sistema de flotación empleado y los sesgos introducidos en la recuperación es imprescindible realizar un test de cada tipo de suelo, incluso dentro de un mismo yacimiento debido a los múltiples factores que posibilitan la deposición diferencial de los macrorrestos.
La forma más sencilla es añadir un número conocido de semillas carbonizadas en laboratorio (semillas control) a una de las muestras de sedimento que va a procesarse (Wagner, 1982).
Terminado el proceso se analizan las muestras y se hace un recuento del número de semillas control recuperadas, observando así mismo su estado de conservación.
Los resultados se expresan en porcentajes que indican la efectividad del sistema de flotación, constituyendo así una base comparativa entre distintos contextos y/o yacimientos.
En resumen, los procedimientos para recuperar macrorrestos vegetales procedentes de contextos arqueológicos son relativamente sencillos.
El estudio previo de las características del yacimiento y la planificación de estrategias de muestreo determinarán que sistema de extracción conviene emplear, mejorando de esta forma la calidad de los resultados paleobotánicos. |
Los vasos campaniformes suelen relacionarse con el consumo de bebidas alcohólicas durante la celebración de banquetes ceremoniales de exaltación masculina.
Si bien las analíticas de residuos han identificado cerveza e hidromiel en unos cuantos ejemplares, no todos los campaniformes desempeñaron esta misma función.
Algunos hicieron las veces de vasijas-horno para reducir el mineral de cobre, en otros se han detectado restos de alimentos y también se emplearon como urnas funerarias.
A pesar de esta diversidad de usos, creemos que existe una conexión ideológica entre ellos, de tal manera que habría que considerar a los campaniformes como una cerámica singular con un carácter ritual, destinada a actividades que conllevan algún tipo de transformación.
En el transcurso de las recientes intervenciones arqueológicas acometidas en la villa romana bajoimperial que comparten los términos municipales de Almenara de Adaja y Puras, al sur de la provincia de Valladolid, se ha localizado un "campo de hoyos" prehistórico cuyos materiales, aún en fase de estudio, cubren un dilatado marco temporal desde el Calcolítico Final a la Edad del Hierro.
Una de estas estructuras ha deparado un importante lote de cerámicas campaniformes entre las que se encuentra un cuenco en el que las analíticas de residuos sugieren la presencia de hidromiel.
Esta circunstancia nos da pie a reflexionar sobre la funcionalidad de la cerámica campaniforme a la que tradicionalmente se ha relacionado con el consumo de bebidas alcohólicas, algo que vendría a respaldar el cuenco que presentamos, pero que a la vista de los resultados aportados por otros ejemplares, igualmente pudo desempeñar otras funciones, según invita a pensar la heterogeneidad de sus contenidos (1).
El cuenco con hidromiel de Almenara de Adaja y las circunstancias del hallazgo
Las actuaciones promovidas por la Diputación Provincial de Valladolid desde finales de los años 90 en el yacimiento arqueológico de La Calzadilla (*) Departamento de Prehistoria, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Valladolid, Plaza del Campus, s/n, 47011 Valladolid.
(1) Este trabajo es una versión de una comunicación presentada en el IV Congreso de Arqueología Peninsular, celebrado en Faro (Portugal) del 14 al 19 de septiembre de 2004.
(Almenara de Adaja, Valladolid) con el fin de musealizar la villa bajoimperial existente han llevado a la identificación de un "campo de hoyos" en la periferia S y SW del establecimiento romano.
En el sobrado centenar de estructuras allí socavadas se distribuye una nutrida colección de materiales prehistóricos de época campaniforme, Edad del Bronce (fases Cogeces y Cogotas I) y Hierro I (horizonte Soto), que vienen a confirmar la trayectoria ocupacional de este enclave propuesta años atrás por Balado (1989), a partir del estudio tipológico de las piezas prehistóricas recuperadas en sus inmediaciones desde los años 70 pero carentes de contexto.
Nuestro cuenco fue localizado en el interior de una fosa campaniforme actualmente sellada por el edificio que acoge al Museo de las Villas Romanas.
Junto a él se reunió una notable muestra de cerámicas Ciempozuelos, entre las que destaca un cuenco con decoración simbólica de ciervos, algunas de tipo Puntillado geométrico y otros elementos de prestigio (una aguja de coser y varias espátulas óseas, un hacha pulimentada), que se habrían depositado en el transcurso de alguna celebración ritual encaminada a dar sepultura al par de costillas humanas documentadas en el fondo de este hoyo, que cuenta con una fecha de 1750 ± 80 a.C. (GrN-27817 = 3700 ± 80 BP) (Delibes y Guerra 2004).
Nuestra pieza, que se conserva prácticamente completa, es un pequeño recipiente de fondo muy ligeramente rehundido, apenas insinuando un umbo, que mide 12 cm. de diámetro por 4,5 cm. de altura.
Dispuesta bajo el borde, la decoración, realizada mediante trazos incisos e impresos, consiste en una cenefa delimitada por tres líneas incisas paralelas jalonadas por pequeñas incisiones verticales, que enmarcan un espacio central en el que discurre un doble zig-zag (Fig. 1).
Las analíticas de residuos efectuadas por los Dres.
J. Juan-Tresserras y J. C. Matamala sobre tres muestras cerámicas campaniformes recuperadas en esta fosa han deparado resultados positivos en el caso de este cuenco.
Para ello se han aplicado varios procedimientos: observación microscópica combinada en lupa binocular Olympus BX51M, microscopía electrónica de barrido con un modelo Hitachi 3200 y un modelo Cambridge S-120 con microanalizador de Rayos X (EDX) incorporado, y la técnica combinada de cromatografía de gases/espectometría de masas con un cromatógrafo de gases modelo Hewlett Packard 5890 y un espectómetro de masas Hewlett Packard 5970.
El estudio de los residuos microscópicos ha permitido caracterizar fitolitos de las espiguillas de gramíneas festucoides y tres esqueletos silíceos, dos de los cuales corresponden al tipo cebada (Hordeum vulgare L.), y también se han identificado algunos agregados de gránulos de almidón del tipo Triticeae fuertemente alterados, en tres de los cuales se aprecian los efectos del ataque enzimático característico de los residuos de bebidas fermentadas elaboradas con cereales (Tab.
En cuanto a los residuos orgánicos, se ha determinado la presencia de cera de abeja (ácido cerótico), si bien no se puede precisar si este hecho responde a su empleo como impermeabilizador del recipiente o como producto allí recogido, o si evidencia la presencia de miel.
A pesar de la falta de residuos específicos y teniendo en cuenta los resultados obtenidos en otros yacimientos prehistóricos (Matamala y Juan-Tresserras 2003), estos investigadores proponen que este cuenco pudo contener algún producto fermentado elaborado con cereales (cerveza) con adición de miel o hidromiel, que se sirvieron en él ambos preparados alcohólicos en diferentes ocasiones, o que su interior se trató con cera.
La cerámica campaniforme, ¿vajilla singular o alfarería común?
Una de las mayores dificultades que se presentan a la hora de valorar el significado del Horizonte campaniforme deriva de su propia definición, ya que ningún otro período de la Prehistoria europea viene singularizado exclusivamente por un elemento de la cultura material.
De entre todas las piezas que conforman este equipamiento es su distintiva cerámica no sólo la más representativa sino la que realmente permite adscribir con seguridad a este momento las restantes debido a que, en ocasiones, ante la ausencia de producciones vasculares resulta imposible concretar la atribución cronocultural de ciertos artefactos que perdurarán en la Edad del Bronce, por ejemplo, los puñales de lengüeta.
La coexistencia de recipientes campaniformes de gran calidad y reducida capacidad junto a otros más groseros posiblemente usados en tareas de almacenamiento y, fundamentalmente, el hecho de que aparezcan tanto en contextos domésticos como en tumbas ricamente pertrechadas y espacios rituales, caso de los henges en las Islas Británicas (Bradley 1984: 79-82), no hace sino complicar la cuestión debido a que, a diferencia del resto de los artículos que integran el package campaniforme de los que, a la vista de su valor intrínseco, no se duda de su función como bienes de prestigio e, incluso, como símbolos de estatus, la supuesta condición singular de la vajilla campaniforme está sujeta a debate (Salanova 1998).
No es de extrañar, por tanto, que existan dos corrientes contrapuestas: por un lado, hay quien la considera una cerámica común destinada a tareas cotidianas, cuya manufactura se cuida al máximo en caso de formar parte de los ajuares funerarios (Boast 1995; Case 1995), mientras que para otros autores se trata de una vajilla fina, claramente diferenciada de otros recipientes coetáneos no tan cuidados (Delibes 1995; Parker Pearson 1995).
Los análisis de pastas y de técnicas decorativas han permitido reconocer ciertas diferencias en la manufactura de estas producciones en función del contexto al que van destinadas.
Mientras que en las tumbas prima la decoración y el acabado final de la pieza, su apariencia, en definitiva, la tendencia se invierte en los asentamientos, donde se presta una atención especial a la calidad de las pastas, quedan-Tab.
Resultados del análisis arqueobotánico (fitolitos y almidones) del interior de un cuenco campaniforme del yacimiento de La Calzadilla (Almenara de Adaja, Valladolid).
Además, ésta se ajusta a unos patrones más rígidos en los enterramientos, mientras que en los contextos habitacionales los temas son más originales (Salanova 2001: 99).
De este modo, podría entenderse que los recipientes campaniformes recuperados en ambientes domésticos se emplearon en tareas cotidianas mientras que los depositados en tumbas -en muchos casos, elaborados especialmente para ser utilizados en el transcurso de las ceremonias sepulcrales, lo que indicaría una intencionalidad clara de distinguir el contexto al que van destinados-se reservaron para alguna función ritual.
Sin embargo, hay ciertos detalles que nos llevan a cuestionar la validez de este modelo.
Sistemáticamente, se ha tendido a establecer una dicotomía funcional a la hora de interpretar los yacimientos, de tal manera que en los asentamientos se llevarían a cabo las actividades cotidianas (habitación, tareas económicas, relaciones sociales, etc.) mientras que las prácticas rituales quedarían confinadas a los sepulcros, limitándose a los ritos fúnebres.
Desde esta perspectiva resulta muy difícil valorar la función de la cerámica campaniforme ya que ¿cómo explicar que un mismo tipo de objeto aparezca tanto en poblados (esfera doméstica) como en tumbas y lugares ceremoniales (esfera ritual) cuando estas circunstancias deberían ser mutuamente excluyentes?
A la vista de los numerosos testimonios que ilustran la ritualización de la esfera doméstica, Bradley defiende la celebración de prácticas ceremoniales en este escenario -aunque ciertamente éstas se proyecten de manera más acusada en los ambientes sepulcrales-de ahí la presencia de artefactos similares en ambos contextos.
En su opinión, resulta erróneo mantener la tradicional separación entre espacios rituales y domésticos, ya que numerosos ejemplos etnográficos demuestran que los rituales están continuamente presentes en la actividad cotidiana de los pueblos primitivos, y seguramente algo parecido ocurriría durante la Prehistoria.
Centrándonos en la cerámica campaniforme, debemos tener en cuenta además otras circunstancias:
1) Rápida difusión y vasta distribución geográfica: la cerámica campaniforme se difunde por el territorio europeo en un corto lapso temporal y, tras cumplir cualquiera que fuera su cometido, desaparece de los repertorios materiales sin apenas legar elemento morfológico o decorativo alguno a las producciones cerámicas de la Edad del Bronce, a modo de paréntesis en las tradiciones alfareras locales (2).
Por ejemplo, en Centroeuropa puede apreciarse una continuidad cultural entre la Begleitkeramik de tradición indígena y la cerámica de Unetice (Turek y Peška 2001: 426), y en las Islas Británicas, la producción de recipientes de gran cabida como los de la Grooved Ware se retomará con los Food Vessels.
2) Convivencia con los barros de tradición local: la adopción de la vajilla campaniforme por parte de las comunidades del III milenio AC. no implica el cese de las producciones indígenas, por el contrario, éstas siguen elaborándose pujantemente y, de hecho, son más abundantes cuantitativamente en los repertorios cerámicos de este momento, lo que ha motivado que algunos estudiosos juzguen más acertado hablar de "cerámica de acompañamiento" con relación a la alfarería campaniforme (van der Beek y Fokkens 2001: 306).
Por todo ello, nos mostramos partidarios de otorgar a los barros campaniformes un significado especial, incluso a aquellos recipientes de dimensiones colosales y considerable grosor, posiblemente tinajas, tan característicos de los yacimientos del curso medio del Ebro, como Somaén (Barandiarán 1975), que suelen considerarse producciones domésticas.
La cerámica campaniforme se convirtió en el referente funerario por excelencia de las comunidades del III milenio A.C. Si partimos del supuesto que la finalidad de los bagajes fúnebres es resaltar la posición social del difunto, la inclusión en ellos de unas piezas corrientes y habituales no tendría razón de ser, lo que llevó a elegir una alfarería profusamente decorada en la que la inversión de trabajo destinada a su manufactura compensaría el empleo de materias primas locales y justificaría su presencia junto a los restantes artículos del package campaniforme elaborados con materiales exóticos y codiciados, en ocasiones de procedencia foránea (Clarke 1976); por el contrario, los barros de tradición local, por cualquiera que fuera el motivo, no reunían los requisitos adecuados para desempe-
(2) En algunas regiones europeas, la vajilla campaniforme guarda una estrecha relación tipológica y ornamental con la cerámica de los sustratos calcolíticos previos como ocurre en la Península Ibérica, fundamentalmente en el estuario del Tajo (Harrison 1977), o en los Países Bajos (Lanting y van der Waals 1976), sugiriendo un proceso de evolución interna que ha servido para explicar el origen del campaniforme y situar su cuna en ambos puntos, pero lo cierto es que el barroquismo decorativo característico del campaniforme se perderá por completo durante la Edad del Bronce en ambos territorios, siguiendo una tendencia común al resto de Europa (El Argar, Polada, Unetice).
ñar esta misma función.
Cabría preguntarse, entonces, qué es lo que confirió a estas producciones su especial condición, qué es lo que hizo que las tumbas más suntuosas de este momento, como Fuente Olmedo (Martín Valls y Delibes 1989) o Amesbury (Fitzpatrick 2002) incluyeran vajilla campaniforme, por lo que vamos a centrar nuestra atención en los contenidos con la esperanza de hallar algún indicio que permita arrojar algo de luz a esta tan debatida cuestión.
Posibles usos de las cerámicas campaniformes
Tradicionalmente, la función de la vajilla campaniforme se ha puesto en relación con la ingesta de líquidos, enmarcando su presencia en el transcurso de ceremonias de exaltación masculina, como induce a pensar la naturaleza de los restantes artículos que componen el set campaniforme vinculados al mundo de la guerra y la caza.
El propio nombre que recibe su pieza más distintiva (vaso, vase, beaker, becher) presupone su uso como recipiente para beber, algo muy acorde con su capacidad media que tiende a situarse entre los 500 cc. y los 1250 cc.
(Case 1995: 56) y, de hecho, en los ajuares funerarios Ciempozuelos se observa cierta relación y regularidad de proporciones entre los recipientes de su distintiva triada cerámica (Delibes 1977: 89-90).
Todo ello parece apoyar la propuesta de Burgess y Shennan (1976), según la cual la vastísima dispersión geográfica del equipamiento campaniforme constituiría la manifestación arqueológica de la propagación de un culto de libación supuestamente centrado en el consumo de bebidas alcohólicas.
Las primeras analíticas de contenidos vinieron a confirmar estas hipótesis, gracias al descubrimiento de hidromiel en el vaso depositado en la cista 1 de Ashgrove, en Escocia, como parte del ajuar fúnebre del varón allí inhumado (Dickson 1978), de ahí que pronto se estableciera una conexión entre esta alfarería y preparados alcohólicos del tipo cerveza o hidromiel (Harrison 1980: 69, 104-5).
Y andando el tiempo, Sherratt (1987) daría una vuelta más a la tuerca al proponer el consumo de marihuana entre las elites campaniformes, perpetuando una costumbre iniciada por otros grupos neolíticos y calcolíticos europeos cuyas cerámicas se caracterizan por la decoración de cuerdas -motivo ornamental conseguido, en su opinión, mediante la impresión de fibras de Cannabis, como una forma de subrayar la importancia de esta planta para estas comunidades-que los campaniformes plasmarían en las variedades cordadas.
Desde entonces, la nómina de vasos campaniformes que han deparado evidencias similares ha ido en aumento.
Ahora bien, otros ejemplares confirman su utilización en una variada de gama de actividades que no guardan ninguna vinculación aparente con el consumo de líquidos (Fig. 2), lo que nos lleva a barajar otras opciones.
CONTENEDORES DE BEBIDAS ALCOHÓLICAS
Aparte del cuenco de Almenara y de la pieza de Ashgrove, se ha descubierto la presencia de bebidas alcohólicas en otros vasos campaniformes (Fig. 3).
El solar hispano está siendo especialmente prolífico en cuanto a documentos similares, a juzgar por los resultados de las investigaciones sobre residuos de contenidos llevadas a cabo por J. Juan-Tresseras y J.C. Matamala (Matamala y Juan-Tresserras 2003).
Centrándonos en aquellos procedentes de contextos campaniformes, fue un vaso de estilo internacional depositado en la cueva sepulcral del Calvari d'Amposta, en Tarragona, donde por vez primera se detectó cerveza, cuya capacidad embriagante en este caso se habría potenciado con la adición de alguna planta alucinógena de la familia de las solanáceas, según invita a pensar el hallazgo del alcaloide hiosciamina en la muestra (Fábregas 2001: 64).
También de la variante marítima eran los tres vasos con trazas de cerveza recuperados entre los ajuares de los dos enterramientos campaniformes completos del Túmulo de la Sima, en Miño de Medinaceli, Soria, al igual que el ejemplar de la cercana tumba de La Peña de la Abuela, Ambrona, Soria, con residuos de esta misma bebida (Rojo et al. 2005).
Recientemente hemos tenido noticia del hallazgo de alcohol en otros campaniformes de la Península.
En el yacimiento de La Loma de la Tejería, en Albarracín, Teruel (3), un pequeño campamento minero estacional relacionado con la metalurgia del cobre (Rodríguez y Montero 2003), un par de fragmentos correspondientes al estilo Ciempozuelos
(3) Esta información nos ha sido facilitada por el Dr. Ignacio Montero Ruiz quien nos ha permitido citarla en este trabajo y generosamente ha puesto a nuestra disposición materiales inéditos sobre este yacimiento, los cuales fueron presentados en el Congreso Internacional de la Cerveza en la Prehistoria y la Antigüedad, celebrado a comienzos de octubre de 2004 en Barcelona. conservaban respectivamente restos de cerveza y trazas de oxalato (Lám.
I) lo que constituye un hecho novedoso al tratarse de un contexto claramente no funerario, rompiendo la tendencia mostrada hasta el momento por los restantes enclaves, como, de hecho, nuevamente se produce en la necrópolis de cuevas artificiales del Valle de las Higueras, en Huecas, Toledo (Bueno et al. 2000) donde también se ha detectado cerveza (4) en un cuenco Ciempo-zuelos hallado en uno de los nichos de la cueva 3 (e hidromiel en una pieza lisa procedente de la antecámara de la misma cavidad) (Bueno et al. 2005; Bueno et al. e.p.).
Por otra parte, no debe olvidarse que junto a las (4) Agradecemos a la Dra.
Primitiva Bueno Ramírez que nos haya comunicado esta noticia, presentada asimismo en el citado congreso sobre la cerveza, y que nos haya proporcionado datos sobre este yacimiento.
formas más distintivas de este equipamiento cerámico, aparecen otras indudablemente destinadas al servicio y consumo de líquidos, como las copas y fruteros del mediodía peninsular, las copas cónicas de Jutlandia, o las jarras con un asa de las Islas Británicas y norte y centro de Europa.
SERVICIO DE ALIMENTOS Y TAREAS DE ALMACENAJE
A pesar de no haber podido precisarse la naturaleza de su contenido ni haberse detectado trazas de materia orgánica, en uno de los enterramientos en fosa del túmulo de Barnack (Cambridgeshire, Inglaterra), una sustancia viscosa de color amarillento, de consistencia similar a una papilla a decir de su excavador, rezumaba del vaso campaniforme depositado a los pies del varón allí inhumado, alcanzando sus pies (Donaldson 1977: 208, 227, 230, fig. 8).
Lo mismo puede decirse del residuo orgánico adherido en el interior del pequeño vaso alojado en otro mayor, recuperado en Yarnton, a unos 5 km. al NW de Oxford (Case 1995: 63).
En la cista 2 de Broomend, en Aberdeen, Escocia, se encontró un cucharón de asta dentro de un vaso campa-Fig.
Algunos de los recipientes campaniformes en los que se han detectado restos de bebidas alcohólicas: 1, La Calzadilla (Almenara de Adaja, Valladolid); 2, Ashgrove (Henshall 1963-4); 3, Túmulo de la Sima, fase 3: vasos del ajuar correspondiente al enterramiento 1 (arriba) y vaso del ajuar correspondiente al enterramiento 2 (abajo) (Rojo et al. 2005); 4, La Peña de la Abuela (Rojo et al. 2005). niforme, quizás porque su contenido fueran unas gachas (Sheperd 1986: 10) como induce a pensar la alusión de su descubridor a una sustancia negruzca y algunos huesos descompuestos (Davidson 1869: 117); y nuevamente en Escocia, el vaso cordado procedente de Tusculum, North Berwick, presentaba una costra de color negro incrustada en su pared interna (Cree 1908: 271).
En los Países Bajos se conocen vasos campaniformes con restos carbonizados de alimentos adheridos a sus paredes, como se observa en Aartswoud I (Scholten y de Vries-Metz 1981: 117, 128).
Esta circunstancia, unida a la ausencia de documentos a favor de relacionar estos recipientes con la ingesta de líquidos, hace pensar que en esta región los campaniformes pudieron servir para la preparación y consumo de alimentos (van der Beek y Fokkens 2001: 305).
En todo caso, ello no contradice la condición singular que defendemos para esta alfarería, la cual pudo alojar comidas selectas reservadas a determinados individuos y, de hecho, los análisis paleonutricionales de las poblaciones inhumadas en los yacimientos de abulenses de Aldeagordillo, de adscripción campaniforme (1740 ± 50 a.C.; 1725 ± 35 a.C.), y El Tomillar, atribuido al Bronce Antiguo (1830 ± 100 a.C.; 1880 ± 95 a.C.), revelan diferencias en los patrones alimenticios: en ambos se observa un elevado consumo de productos vegetales pero en Aldeagordillo la ingesta de proteínas animales es superior a la de El Tomillar (Trancho et al. 1996).
Se podría pensar, entonces, en la utilización de vajilla campaniforme en el transcurso de ceremonias y banquetes rituales.
En este sentido, conviene recordar el hallazgo en el túmulo 1 de Irthlingborough, en la región inglesa de Northamptonshire de una impresionante acumulación de huesos de ganado, próxima a los dos centenares de individuos, que apuntan a la celebración de un festín en honor del varón allí inhumado (Davis y Payne 1993), como igualmente parece indicar la presencia de piezas selectas de carne en algunas tumbas campaniformes centroeuropeas (Harrison 1980: 55).
Desde una perspectiva similar, habría que considerar esas masivas tinajas campaniformes a las que aludíamos anteriormente, a las que por su capacidad suele vincularse con tareas de almacenamiento.
En las sociedades prehistóricas, el control sobre los excedentes agrícolas confería un enorme poder, estableciéndose una estrecha relación entre la intensificación de la producción y la estratificación social porque, a pesar del papel jugado por los bienes de prestigio en la consolidación de las minorías hegemónicas, lo cierto es que es mediante el control sobre las actividades de subsistencia, bien sobre la fuerza de trabajo o bien sobre los medios de producción, que ciertos individuos logran adquirir una posición destacada (Barker y Gamble 1985), ya que de ellos depende la decisión de repartirlos equitativamente o beneficiar a sujetos determinados.
VASIJAS DE REDUCCIÓN DEL MINERAL DE COBRE
Una de las hipótesis que se barajaron a la hora de encontrar una explicación a la rápida difusión del campaniforme fue la de su vinculación a la expansión de la metalurgia del cobre, no en vano es en este momento cuando ciertas regiones europeas se inician en esta actividad, caso de las Islas Británicas (Harrison 1980: 70).
Así, la explotación de la mina de cobre de Ross Island, Killarney (Co. Kerry, Irlanda) coincide precisamente con la aparición de cerámica campaniforme (O ́Brien 1995), lo cual vendría en apoyo de esta propuesta.
Asimismo, en varios asentamientos de la Península Ibérica las cerámicas campaniformes se concentran, curiosamente, en áreas destinadas a la transformación del mineral de cobre, como ocurre en Zambujal (Torres Vedras, Portugal) (Kunst 1987: 188-189) o El Ventorro (Villaverde, Madrid) (Priego y Quero 1992), y en otros enclaves se han documentado también indicios de tareas metalúrgicas en niveles campa-Lám.
Fragmento de un recipiente Ciempozuelos con trazas de cerveza recuperado en La Loma de la Tejería, Albarracín, Teruel.
(Fotografía realizada por Óscar García Vuelta y cedida por Ignacio Montero Ruiz).
niformes, caso del Arenero de Soto en Perales del Río (Rovira 1989) o del Camino de la Yesera (Gómez 1998), ambos en la localidad madrileña de Getafe.
En este sentido, conviene recordar que La Loma de la Tejería es un asentamiento minero campaniforme vinculado a la metalurgia del cobre (Almagro y Collado 1981; Rodríguez y Montero 2003).
No obstante, lo cierto es que en gran parte de Europa, ya existía una floreciente metalurgia durante el calcolítico precampaniforme y, ahora tampoco se producen innovaciones significativas en este campo por lo que la propagación de ésta no debe considerarse como el motor de la difusión campaniforme, sino más bien una consecuencia.
En cualquier caso, nos parece interesante el hecho de que, en algunas ocasiones, se hayan empleado cerámicas campaniformes como vasos de reducción del mineral de cobre (Fig. 4).
Precisamente fue en una de las cabañas de El Ventorro donde por vez primera se documentó esta circunstancia, al aparecer dos fragmentos de estilo Ciempozuelos con escorificaciones en su cara interna
A pesar de que conocemos pocos ejemplos que ilustran esta práctica, no creemos que se trate de un hecho fortuito (Fig. 5).
En el complejo monumental de Barrow Hills, Radley, situado a unos 5 km. al S de Oxford, un vaso campaniforme albergaba una inhumación parcial correspondiente a un neonato, a la que acompañaba una pequeña cantidad de huesos cremados de un individuo infantil de unos 2-3 años (Barclay y Halpin 1999: 56) y en la gruta 3 del complejo funerario de Palmela, un curioso vaso marítimo con decoración puntillada e incisa, alojaba un fémur y una vértebra humanas (Cardoso 2001: 150.
Aún más inusual es el caso de las minas de sílex de Church Hill, Findon, Sussex, en donde un vaso campaniforme cobijaba una cremación acompañada de un par de hachas de sílex (Curwen 1937: 121), o el del túmulo 3 de Carvinack, en Tregavethan, Cornualles con otra cremación (Dudley 1964: 437).
Posiblemente deberíamos incluir aquí el recipiente cerámico aparecido a comienzos del siglo XIX en la localidad irlandesa de Drumstaple, Co. Derry, con huesos y cenizas en su interior, además de una pieza que siguiendo la descripción que se incluye en un relato de la época que se hace eco de este descubrimiento, cabría interpretar como un brazal de arquero (Harbison 1977: 7).
Estos hallazgos indican que las ceremonias fú-nebres de las gentes campaniformes no quedaban confinadas exclusivamente a las tumbas propiamente dichas, sino que, al menos en aquellos casos en los que estas no acogían inhumaciones completas, se desenvolvían también en varios escenarios en los que se llevaban a cabo esos otros tratamientos de los cadáveres.
De este modo, aunque la inhumación fue el ritual funerario campaniforme por excelencia, debemos reconocer la pluralidad de prácticas mortuorias entre estas gentes.
La elección de una u otra venía determinada, fundamentalmente por el peso de la tradición local, pero es igualmente posible que factores como la edad y, esencialmente, la condición social del difunto también influyeran en la decisión, de ahí que el citado vaso de Barrow Hills que custodiaba una inhumación parcial correspondiente a un neonato y una cremación de otro individuo infantil, apareciera en una fosa simple fechada en la misma época, que contenía el esqueleto de un niño de unos 4-5 años (Barclay y Halpin 1999).
El papel simbólico de la vajilla campaniforme como instrumento de transformación
Los resultados aportados por las analíticas de contenidos de recipientes campaniformes (Tabla 2) únicamente permiten afirmar que esta vajilla se destinó a una variada gama de actividades que, en apariencia, no parecen guardar relación entre sí, cumpliendo las veces de vasos para el consumo de alcohol y drogas, servicio de alimentos (¿de comidas selectas?), crisoles de fundición y urnas funerarias.
Pero, tras esta diversidad de funciones creemos atisbar un elemento en común y es la idea de transformación que se oculta como telón de fondo.
Comenzando por su relación con bebidas alcohólicas, debemos tener presente que para las sociedades calcolíticas europeas el alcohol era un producto valioso y escaso, cuya elaboración exigía desviar parte de los cereales y frutos con alto contenido en azúcar, que de otro modo se habrían destinado a satisfacer las necesidades alimenticias del grupo.
En este sentido, las bebidas alcohólicas jugaron el mismo papel que otros bienes de prestigio, siendo monopolizadas por las minorías hegemónicas quienes las consumirían en el transcurso de banquetes rituales destinados a exaltar el estatus social de los anfitriones, como parte de sus estrategias legitimadoras (Joffe 1998).
Por tanto, lejos de tratarse de un consumo lúdico, habría que situar el empleo de sustancias embriagantes durante la Prehistoria en un marco ritual, como los contextos de los hallazgos inducen a pensar (Koch 2003), ya que permiten al consumidor evadirse de la realidad cotidiana y modificar momentáneamente su estado de consciencia ordinario, lo que quizá fuera interpretado por las comunidades prehistóricas como una comunicación con el mundo sobrenatural (Guerra 2006), al igual que ocurre entre muchos pueblos primitivos actuales.
Así, los vasos campaniformes harían las veces de cálices ceremoniales para distribuir y consumir bebidas alcohólicas, en algunos casos reforzadas con potentes alucinógenos (Calvari d ́Amposta), entre una minoría selecta de la comunidad en el transcurso de reuniones solemnes de carácter ritual, posiblemente relacionadas con la Tab.
Contenidos identificados en cerámicas campaniformes.
idea de tránsito y regeneración, según invitan a pensar los contextos de los hallazgos: ritos fúnebres, actividades metalúrgicas, y seguramente también ritos de paso, pactos con otros grupos, etc.
Con un valor simbólico, entonces, cabría interpretar la elección de vasos campaniformes para servir como urnas funerarias.
Del mismo modo que permitían evadirse de la realidad cuando contenían bebidas alcohólicas, se buscaba que acompañaran también al difunto en su viaje al otro mundo, a modo de instrumentos psicopompos, de ahí que se convirtieran en un artículo imprescindible de los ajuares fúnebres de las comunidades del III milenio A.C. En el caso de los ejemplares relacionados con el trabajo del cobre haciendo las veces de crisoles de reducción, es posible que se aprovecharan recipientes deteriorados y fuera de uso (Alcalde et al. 1998: 95), debido a que este proceso suele finalizar con la rotura final de las piezas para la obtención del producto (Rovira y Ambert 2002: 97) aunque esta posibilidad debe ser tomada con cautela, a juzgar por los indicios que apuntan a que grandes fragmentos campaniformes, posiblemente debido a la especial condición de este tipo de recipientes como objetos singulares, pudieron cumplir la función de reliquias (Woodward 2002).
Según otras opiniones, su vinculación a tareas metalúrgicas es indicativa de que estos recipientes no gozaban de estatus particular alguno (Alcalde et al. 2001: 710) ya que su supuesto valor simbólico no supondría ninguna mejora ni añadiría ventaja alguna a esta tarea (Alcalde et al. 1998: 95).
A nuestro modo de ver, la elección de esta vajilla con este fin habría sido un hecho totalmente intencionado, de hecho, resulta bastante inusual encontrar crisoles decorados (Harrison et al. 1975: 273).
Tampoco debe pasarse por alto el halo mágico-religioso que envuelve las actividades mineras y metalúrgicas en el seno de las sociedades primitivas (Budd y Taylor 1995) entre las cuales, los especialistas dedicados a estas actividades se embarcan en toda una serie de ritos propiciatorios para poder cumplir con éxito el descubrimiento de las vetas y, fundamentalmente, la transformación del mineral en metal (Eliade 1959).
Por lo que respecta a su relación con tareas domésticas, creemos que la vajilla campaniforme pudo destinarse al servicio de alimentos especiales que incluyeran ingredientes no demasiado habituales en la dieta de estas poblaciones, como piezas selectas de carne, que se consumirían en el transcurso de banquetes ceremoniales, de ahí su vinculación a ciertos depósitos rituales de animales del Norte de Europa y las Islas Británicas, aunque habrá que esperar a contar con nuevas analíticas de residuos para confirmar este extremo.
Los recipientes de mayores dimensiones, en cambio, debieron servir para el almacenamiento de los excedentes de la producción agrícola.
Parece lógico pensar que estas grandes tinajas se colocarían en espacios apartados y no demasiado transitados, por lo que la importante inversión de trabajo destinada a su manufactura no respondería entonces a fines exclusivamente ornamentales, sino que quizás tuviera una función simbólica con fines propiciatorios (regeneración, multiplicación de la cosecha).
De hecho, varios testimonios arqueológicos apuntan a la existencia de un vínculo entre el cultivo de la tierra y la muerte, como la reutilización de silos para albergar enterramientos o las marcas de arado en túmulos (Bradley 2005: capítulo 1), por lo que el empleo de la vajilla funeraria por excelencia de las comunidades del III milenio A.C. para tareas de almacenaje del grano, estaría en esta misma línea.
En este caso, además, su control, no por el recipiente en sí sino por sus contenidos, otorgaría un enorme poder económico y social, sembrando el germen de las estructuras de desigualdad y dominación, por lo que juzgamos que no debemos estimar el valor de la vajilla campaniforme únicamente por el contexto de los hallazgos o la capacidad de las piezas, sino por la función a la que estarían destinadas.
Posiblemente con el paso del tiempo y su adopción por grupos tan dispares, el significado original de la cerámica campaniforme se fue diluyendo y, paulatinamente fue sustituida por nuevos recipientes: la vajilla metálica para el servicio de alimentos y bebidas alcohólicas y los grandes pithoi para almacenamiento y como urnas fúnebres, forma en la que también parece observarse esa idea de regeneración.
Los resultados aportados por los análisis de contenidos de recipientes campaniformes llevados a cabo hasta la fecha permiten relacionar estas producciones con una variada gama de actividades.
En algunos casos, se ha determinado la presencia de bebidas alcohólicas, lo que vendría en auxilio de las propuestas tradicionales sobre la funcionalidad de esta cerámica, a la que igualmente habría que vincular con el servicio de alimentos, la reducción del mineral de cobre y la deposición de los cadáveres, sin que pueda asignarse tampoco una función concreta a cada uno de los estilos decorativos.
Así, en la Península Ibérica, se han detectado bebidas alcohólicas en vasos Marítimos (Calvari d ́Amposta, Túmulo de la Sima, Peña de la Abuela) y en recipientes Ciempozuelos (Almenara de Adaja, Loma de la Tejería, Valle de las Higueras); contamos con evidencias que ilustran el empleo de campaniformes como crisoles de reducción, tanto correspondientes al estilo Marítimo (El Acebuchal) como a diferentes estilos regionales: Ciempozuelos (El Ventorro), Carmona (El Acebuchal), Pirenaico (Bauma del Serrat del Pont); y, por el momento, el único ejemplar del territorio peninsular amortizado como urna funeraria (Palmela) es un curioso vaso que imita los patrones decorativos del estilo marítimo recurriendo a la incisión para lograrlo.
Pero tras esta aparente anarquía funcional, se observa una sutil conexión simbólica que insinúa una idea de transformación y regeneración en las actividades a la que se asocian los recipientes campaniformes.
Deseamos expresar nuestra gratitud a la Dra.
Margarita Sánchez Simón, directora de las excavaciones de la villa romana de Almenara-Puras, por las facilidades prestadas a la hora de abordar el estudio de este cuenco, el cual tuvimos ocasión de recuperar personalmente en una breve intervención llevada a cabo junto al Dr. Germán Delibes de Castro, a quien agradecemos sus comentarios y su inestimable ayuda en la preparación de este trabajo.
La Diputación de Valladolid ha sufragado generosamente los gastos derivados de las analíticas y del estudio de los materiales recuperados en esta fosa.
Juan-Tresserras y J. C. Matamala se hicieron cargo de las analíticas de residuos.
Nuestro más sincero agradecimiento al Dr. Ignacio Montero Ruiz por su colaboración, al poner amablemente a nuestra disposición datos aún inéditos sobre la Loma de la Tejería que él mismo presentó en el Congreso Internacional de la Cerveza en la Prehistoria y la Antigüedad (Barcelona, 3-5 octubre 2004) y darnos todo tipo de facilidades para citarlos aquí.
Asimismo, queremos agradecer a la Dra.
Primitiva Bueno Ramírez la información aportada sobre el hallazgo de cerveza en la necrópolis del Valle de las Higueras, noticia que se dio a conocer en ese mismo congreso. |
RECENSIONES Y CRÓNICA CIENTÍFICA
VICENTE L. SALAVERT FABIANI; FRANCISCO PELAYO LÓPEZ Y RODOLFO GOZALO GUTIÉ-RREZ (2003): Los inicios de la prehistoria en la España del siglo XIX: Juan Vilanova y Piera y la antigüedad del hombre.
Instituto de Historia de la Ciencia y Documentación (CSIC-Universidad de Valencia).
Colección "Clásicos Españoles de Historia de la Medicina y de la Ciencia".
Recientemente ha aparecido este CD-ROM que se enmarca en el desarrollo del proyecto titulado "Digitalización del Archivo Rodrigo Pertegás y de las obras manuscritas, Biblioteca Médica Hispano-Lusitana y Biblioteca Quirúrgica Hispano-Lusitana, de León Sánchez Quintanar y la publicación de clásicos científicos españoles".
Reúne dos facsímiles de dos de las obras más significativas de Juan Vilanova y Piera sobre Arqueología prehistórica española: Origen, naturaleza y antigüedad del hombre (Madrid, Imp. de la Cía de impresores y libreros del Reino, 1872, 446 pp.) y su Discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia que trató sobre Protohistoria ibérica (Madrid, Imp.
A. Pérez Dubrull 1889, 136 pp.), con contestación de Antonio Cánovas del Castillo, presidente en ese momento de la Real Academia de la Historia.
Asimismo, contiene un extenso estudio introductorio (150 pp.) realizado por Vicente L. Salavert Fabiani; Francisco Pelayo López y Rodolfo Gozalo Gutiérrez.
En este estudio, hay un hipervínculo al facsímil del artículo de Vilanova "La cátedra de Prehistoria del Ateneo y su censor Revilla" publicado en Revista Europea en 1876, en el que se muestran los agrios debates científicos e ideológicos por los que tuvo que pasar Vilanova en su defensa de los estudios prehistóricos y de la forma en que los concebía.
Cada una de las obras está en archivos independientes en formato pdf, incluyéndose también el programa Acrobat Reader 5.0 para su lectura, por si éste no estuviese previamente instalado en el ordenador donde se van a leer los archivos.
El CD-ROM se autoinstala fácilmente y funciona mediante un autoejecutable de Macromedia Flash Player.
Juan Vilanova y Piera (1821-1893) fue durante el último tercio del s. XIX el máximo impulsor de los estudios prehistóricos en España, al menos hasta la llegada de los hermanos Siret, cuyos descubrimientos empezaron a ser conocidos a principios de la década de los 80.
Se podría considerar a Vilanova como el continuador de los estudios prehistóricos que, en España, se habían iniciado gracias a la labor incansable de Casiano de Prado (1797Prado ( -1866)).
Vilanova fue uno de los científicos españoles más importantes del s. XIX, destacando en innumerables facetas, especialmente en Geología y Paleontología, en las que en los últimos años se le está empezando a hacer justicia.
Por el contrario, siempre se le ha reconocido su labor, no sólo dentro del ámbito científico sino también en amplias capas de la población, como prehistoriador por la defensa que hizo de la autenticidad y antigüedad de las pinturas de Altamira, cuando la inmensa mayoría de los prehistoriadores, tanto europeos como españoles, no las admitían.
Sin embargo, su labor como prehistoriador español no se ciñó exclusivamente a este tema, fue también gran defensor de la existencia del "Mesolítico" como etapa intermedia entre el Paleolítico y el Neolítico; y de la "Edad del Cobre", como periodo intermedio entre el Neolítico y la Edad del Bronce.
Además, representó un importante papel como divulgador de la entonces incipiente ciencia prehistórica, cuando ésta era atacada por la mayoría de los conservadores, que se mostraban especialmente combativos con el evolucionismo por el denominado "miedo al mono".
Tampoco contó con el apoyo de la mayoría de los evolucionistas y progresistas, quienes frecuentemente recelaron de él, fundamentalmente por el conservadurismo militante de Vilanova.
Todo ello explicaría muchos de los problemas a los que tuvo que hacer frente Vilanova a lo largo de su vida, pues fue atacado por conservadores y progresistas.
Nos podemos hacer idea de la trascendencia del contenido de este CD-ROM si tenemos en cuenta que hasta ahora no existía una publicación facsímil de las obras de Vilanova que en él se contienen, y de las dificultades que muchas veces hay para consultarlas.
En este sentido, sólo podemos citar una excepción parcial, el facsímil que la editorial París-Valencia editó en 1995 sobre Lo prehistórico en España de Vilanova, que fue publicado en 1872 como separata del primer tomo de los Anales de la Sociedad Española de Historia Natural y que no es sino un resumen del Apéndice sobre "Prehistórico Español" (pp. 346-443) que se encuentra en Origen, Naturaleza y Antigüedad del Hombre.
Este Apéndice fue la primera obra de síntesis sobre prehistoria española, en la que el autor recogía y actualizaba las aportaciones que ya había realizado previamente y que se encontraban dispersas en numerosos artículos, escritos todos ellos en menos de diez años en periódicos y revistas tales como Las Provincias, Las Novedades, Boletín-Revista de la Universidad de Madrid, El Restaurador Farmacéutico o la Revista de Sanidad Militar y General de Ciencias Médicas.
El grueso de la obra le sirvió para dar una panorámica de conjunto sobre la situación de los conocimientos que sobre Prehistoria existían en esos momentos en Europa.
La segunda de las obras, Protohistoria ibérica, es su discurso de ingreso en la Real Academia de la His-toria.
La escribió sólo cuatro años antes de su muerte dándose la paradoja de que Vilanova fue académico de la Real Academia de Medicina, de la de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales y de la de Historia y justo de esta última academia a la que tenía más deseo de pertenecer, y quizás más méritos, fue la última en la que ingresó, ya pocos años antes de su muerte.
La entrada de Vilanova hay que circunscribirla dentro del interés de Cánovas del Castillo de hacer una Historia de España al estilo de las historias realizadas en otros países, que sí englobaban los tiempos prehistóricos, teniendo como autores a los académicos de número de la institución.
Toda vez que durante muchos años se había tenido exquisito cuidado en no admitir a ningún miembro que pudiera relacionarse con los estudios prehistóricos se buscó al más destacado en ese campo, es decir a Vilanova.
Aún así, unos días antes de su recepción participó en el I Congreso Católico Español en el que Vilanova mantuvo una animada disputa con el Arzobispo de Sevilla, Ceferino González.
Vilanova defendió la validez de los estudios prehistóricos frente a aquellos que las desdeñaban desde las filas eclesiásticas, logrando al final un cambio en la actitud del Arzobispo.
La elección de estas dos obras es muy afortunada, pues por medio de ellas podemos contrastar qué ideas mantuvo su autor desde el principio, es decir qué es lo que formó parte de su corpus ideológico más profundo y cuáles fue cambiando a través de los años.
De entre los elementos que permanecieron inmutables podemos destacar: su conservadurismo impregnado de eclecticismo; el uso del término protohistórico con el que englobaba a todo lo que en la actualidad se clasifica como prehistórico y como protohistórico (con ello evitaba el problema terminológico existente aun hoy en día, por el que muchos denominan prehistórico al periodo que cubre desde que aparece el ser humano hasta la Edad del Hierro, mientras que otros utilicen el mismo término para hablar de aquellos momentos en los que el ser humano no poblaba la Tierra); y la defensa del autoctonismo, frente al difusionismo imperante en Europa y que se manifiesta en el alegato de la existencia de periodos intermedios como son el Mesolítico o el Calcolítico.
Estos periodos, que la comunidad científica hoy acepta sin mayor problema, no sucedía así en Europa en la segunda mitad del s. XIX, sino de forma muy marginal, y de hecho Lubbock no admitió nunca el Mesolítico; y Luis Siret, por ejemplo, tampoco llegó a admitir la existencia del Calcolítico como paso previo a la Edad del Bronce, y eso que murió ya en el segundo tercio del s. XX, en 1934.
Como elementos en los que fue variando su forma de percibir la Prehistoria debemos destacar en primer lugar el uso de las estaciones-tipo, que en 1872 hacía tres años que Mortillet ya las había dado a conocer, y en segundo lugar el reconocimiento de la existencia del hombre terciario, que al principio aceptó entusiásticamente y que fue poco a poco descartando.
Un tercer elemento digno de comentario es la introducción que hacen Vicente L. Salavert Fabiani; Francisco Pelayo López y Rodolfo Gozalo Gutiérrez.
Es-tos tres historiadores de la ciencia ya han acometido el estudio de la figura de Vilanova en otras ocasiones, lo que sin duda se nota, pues hacen importantes aportaciones para el conocimiento de la figura del sabio valenciano contextualizándolo en la coyuntura política, científica e ideológica del momento.
También en el campo de la Historia de la Arqueología merecen destacarse sus múltiples contribuciones, como la explicación de la ruptura de la colaboración entre Vilanova y Tubino a partir de 1875 tras la Restauración Borbónica.
Por otra parte, plantean un buen número de elementos de discusión, algunos que comparto, otros, no tanto, pero que en cualquier caso enriquecen sobremanera el estudio de la figura de Vilanova y, a través de ella, el conocimiento de la ciencia y más concretamente de la Arqueología prehistórica de su tiempo.
Aún así se nota que ninguno de ellos es un historiador de la Arqueología, como lo demuestra el hecho de que aunque mencionan varias veces el cráneo de Neandertal y de su importancia, cuando hablan de "los restos encontrados en el valle del Neander" parece que asumen las tesis de Virchow sobre los mismos (p.
Asimismo, en contra de lo expresado por los autores, a pesar de haber escrito Vilanova en su Manual de Geología (1860-61) algunas palabras sobre los estudios prehistóricos que se estaban haciendo en Europa, no podemos decir que Vilanova fuera hasta 1864 un prehistoriador, como por ejemplo sí lo era Casiano de Prado y muchos otros en Europa.
Y es que, a diferencia de éstos, en los primeros años de la década de los 60 Vilanova no buscaba activamente piezas que confirmaran la contemporaneidad de los seres humanos con especies animales ya desaparecidas.
El cambio de actitud vino supeditado al que hicieron en 1863 geólogos de la talla de Elie de Beaumont a quien seguía fielmente en muchos de sus postulados.
Por último, comentar que no se puede decir que la obra Viaje científico a Dinamarca y Suecia (Madrid, 1871) de Vilanova y Tubino fuese escrita en su mayor parte o en su totalidad por Vilanova (p.
55), ya que la introducción y las biografías que se incluyen al final se encuentran mayoritariamente en Escritos prehistóricos (Madrid, 1868) o en el artículo "Historia y progresos de la Arqueología prehistórica" (Museo Español de Antigüedades I: 1-21) que firma Tubino en solitario.
En suma, podemos decir que este CD ROM contiene el facsímil de dos de las obras sobre prehistoria más importantes de Vilanova, complementadas con un interesante estudio introductorio, recomendándose su lectura si se quiere profundizar en el conocimiento de la situación de los estudios prehistóricos en España en el siglo XIX en su contexto científico, social, institucional e ideológico.
Sociedad Española de Historia de la Arqueología.
28350-Ciempozuelos (Madrid) Correo electrónico: [EMAIL] A. W. JOHNSON; T. K EARLE: La evolución de las sociedades humanas.
Desde los grupos cazadores-recolectores al estado agrario, Ariel Prehistoria, Barcelona, 2003, 451 pp., 13 figs., 9 tablas.
[Traducción del original en inglés The Evolution of Human Societies: From Forager Group to Agrarian State, Stanford University Press, Stanford, 1987].
La serie editorial Ariel Prehistoria ha sacado al mercado la traducción en castellano de esta verdadera obra clásica de la antropología social y política, utilizada por sucesivas generaciones de arqueólogos europeos como manual sobre el que apoyar aquellos argumentos que requieren otras formas de mirar el registro arqueológico.
En su versión actual, tres lustros después de su primera edición, es indudable la madurez alcanzada por el planteamiento teórico, notablemente aclarado y contrastado con nuevos casos.
A pesar de lo que en principio pudiera esperarse de un libro con semejante título, la obra que vamos a comentar no trata tanto de la evolución social de la Humanidad en toda su amplitud, como de una lectura de la misma a partir de una evidencia repartida en el espacio y en el tiempo, pero claramente centrada en las 'sociedades intermedias', es decir, en aquellas comunidades que grosso modo, no son ni grupos cazadoresrecolectores ni formaciones prototributarias.
El volumen es fruto de la colaboración entre Allen Johnson, un etnógrafo especialista en grupos indígenas amazónicos, y Timothy Earle, un arqueólogo muy conocido en nuestro ámbito académico por sus estudios en torno a las sociedades de jefatura y la teorización sobre las estrategias de economía política en grupos preindustriales.
La propuesta de ambos investigadores se basa en una concepción amplia de la materia que es objeto de la Antropología como Ciencia Social.
Por ello, aunque la evidencia empírica en que se apoya su teoría pertenece a ejemplos etnográficos, su modelo explicativo puede aplicarse perfectamente a casos prehistóricos, y de ahí su flexibilidad y fecundidad, que invita a una lectura reflexiva por parte de los arqueólogos.
Se trata de una obra de síntesis y vocación divulgativa, donde se integran los recientes enfoques de la antropología económica con el neoevolucionismo social, en un ensayo que pretende ser, en expresión de los autores, una ecología política de las sociedades humanas.
Es de justicia reconocer que la teorización sobre los procesos sociales explicados queda simplificada en este libro, pues en obras recientes se ha ampliado y matizado sensiblemente el argumento (Earle 1997(Earle, 2002)).
A grandes rasgos podemos esbozar que el complejo proceso de la evolución social es abordado por los autores desde las específicas dinámicas de la economía política, mediante el riguroso análisis de un conjunto heterogéneo de procesos sociales, precisamente aquellos experimentados por comunidades que presentan características ambiguas dentro de las tipologías evolucionistas al uso.
Tal empresa comienza con un capítulo teórico o Introducción, donde se condensa el modelo de funcionamiento social que será puesto a prueba en los si-guientes apartados.
Para ello resulta fundamental distinguir entre la economía de subsistencia, o satisfacción de las necesidades materiales básicas en la esfera doméstica, y la economía política, verdadera piedra angular de la obra, como conjunto de actuaciones complementarias de la anterior, y dirigidas a solucionar los problemas que trascienden el estricto marco familiar.
El argumento parte de considerar que la economía de subsistencia se caracteriza por su estabilidad y conservadurismo, por lo que la evolución social ha de aprenderse desde los cambios, mucho más dinámicos, de la esfera política.
Al tratarse de un trabajo evolucionista y de enfoque procesual, los autores han de construir una tipología que ordene y dé sentido a la evidencia, y en este sentido, la obra ofrece gran interés, pues se prescinde de los patrones o esquemas de clasificación al uso para ensayar uno propio, aunque lógicamente en sintonía con aquellos.
En el libro se propone un esquema unilineal flexible, en el que cada entidad se establece según el grado de organización social y política de la economía, es decir, según modalidades transculturales de satisfacer las necesidades materiales (la economía de subsistencia / ámbito doméstico) y de codificar y formalizar la gestión de los problemas económicos a nivel suprafamiliar (o economía política).
Con ello podemos apreciar un cambio progresivo en la concepción diacrónica de las sociedades humanas, pues si los primeros esquemas evolucionistas primaban los argumentos tecnológicos, como el de Thomsen (Edad de la Piedra / Edad del Bronce / Edad del Hierro) o el más perfeccionado de Lubbock (Paleolítico / Neolítico / Bronce / Hierro), progresivamente se han ido creando otros más gené-ricos, basados en argumentos sincréticos, aunque parciales, como los que encontramos en la actual bibliografía especializada, que atienden a las prácticas económicas y al grado de sedentarización (cazadores-recolectores nómadas / pastores y horticultores de azada semi-itinerantes / agricultores sedentarios) o al grado de integración política y económica (bandas / tribus / jefaturas / estados).
Parece pues que la tendencia en la investigación ha desviado progresivamente su atención desde los indicadores tecno-económicos a los sociales, y concretamente hacia las formas de organización social de la producción, en sentido amplio.
Dentro de este marco intelectual, los autores, desde una perspectiva materialista y ecológica, consideran que la constante interacción entre la presión demográfica y el desarrollo tecnológico es uno de los principales motores del proceso evolutivo, pues al incidir en la producción de subsistencia marca la tendencia de las dinámicas del cambio.
Si bien por la importancia concedida al factor demográfico y a las posibilidades y condicionantes del medio se trata de un argumento claramente funcionalista, expuesto con una excelente claridad conceptual, su desarrollo concreto aplica una matriz conceptual más amplia y crítica con el evolucionismo clásico, patente en cuestiones candentes como las diferentes formas que adoptan las estrategias de poder, en la línea de trabajo de Earle (1989,1991,1997).
El modelo teórico establece que la misma naturaleza dinámica de las sociedades precisa, una vez satisfechas las necesidades de subsistencia, actuaciones dirigidas a su conservación y continua readaptación a condiciones cambiantes, dando lugar a tres claros procesos interrelacionados, propios de la esfera supradoméstica.
En primer lugar supone una intensificación, con varias modalidades posibles (comercio, nuevas tecnologías, cooperación para gestionar el riesgo, etc.), pues mientras la economía de subsistencia busca minimizar el esfuerzo invertido en cubrir las necesidades, el ámbito político requiere del imprescindible excedente que financie las instituciones comunitarias e intercomunitarias.
Ello implica, en segundo lugar, un proceso de estratificación, pues emergen sectores que dirigen y coordinan tales instituciones y progresivamente se diferencian del resto de la comunidad.
Junto a ello, en tercer lugar, se observa un proceso paralelo de integración, que trata de inhibir la tendencia de las unidades sociales autónomas a disgregarse.
Las familias se someterán a los sacrificios que impone la vida comunitaria, y financiarán los costosos ceremoniales y festines competitivos mientras los beneficios de la participación en tales soluciones a sus dificultades superen el coste que supondría permanecer al margen.
Este denso modelo teórico se argumenta sobre diecinueve casos etnográficos, presentados en los siguientes capítulos, a los que se dedica el resto del volumen.
Según el esquema evolutivo propuesto, los ejemplos se ordenan en tres grandes grupos, que corresponden a las tres partes en que se estructura la obra, esto es; el grupo familiar, el grupo local y la entidad política regional.
Al comienzo de cada una de las partes se sintetizan las características sociales y económicas de los grupos inscritos en esa taxonomía, y se establece la correspondencia entre los procesos concretos que se presentan y el modelo explicativo general.
Esta forma de plantear el problema permite apreciar que cada una de esas tres designaciones o categorías tiene su reflejo material en una dilatada variedad de procesos históricos concretos, es decir, cada uno de esos tres grupos contiene diversas posibilidades de evolución multilineal.
Los casos particulares quedan subsumidos dentro de una categoría general, y el modelo teórico muestra su adecuación a un registro sumamente heterogéneo.
Resulta significativo al respecto, observar cómo los indicadores utilizados en otros esquemas de ordenación evolutiva presentan serias dificultades para establecer equivalencias reales, especialmente entre determinadas prácticas subsistenciales y los grados de evolución sociopolítica que se les suele asignar.
Los casos etnográficos reunidos en esta obra, aunque seleccionados ex profeso, son así de difícil acomodo en los esquemas taxonómicos clásicos, sugieren plantearnos estas cuestiones de forma crítica y previenen contra asunciones simplistas y poco reflexivas.
En efecto, las mismas estrategias económicas (caza-recolección, agricultura, pastoralismo), son tratadas como meros tipos adaptativos, empleados en sociedades muy diversas entre sí.
De este modo puede concebirse que entre los cazado-res-recolectores del Paleolítico Superior pudieran conformarse formaciones sociales con muy diverso grado de evolución sociopolítica, desde comunidades de nivel familiar, pasando por grupos locales o agregaciones de tipo 'gran hombre' e incluso jerarquías, dependiendo de circunstancias históricas concretas.
Un apartado muy atractivo del libro es el de contenido empírico, cuya lectura permite concretar las ideas aclaradas previamente, y donde se pone a prueba la validez de la tesis mantenida.
En la Primera Parte los autores ofrecen cuatro ejemplos de grupos de nivel familiar, entre los que se distingue entre comunidades sin técnicas de domesticación (shoshone y! kung) y aquellas que utilizan pastoralismo u horticultura (nganasan y machiguenga).
Estas sociedades de débil densidad demográfica y bajo nivel tecnológico, que utilizan los recursos de forma oportunista, se sustentan en unas relaciones de producción parentelares que sólo puntualmente superan el ámbito doméstico, y aunque el liderazgo es eventual y efímero, las manifestaciones ceremoniales pueden alcanzar gran complejidad, como probablemente ocurrió entre los grupos magdalenienses.
La Segunda Parte versa sobre las comunidades de nivel local, en gran medida equiparables a la categorías clásicas de tribu y jefatura, e incluye dos subgrupos que dan cuenta de la gran variabilidad de procesos polimórficos que presenta el registro social.
Entre los grupos acéfalos se incluye a los yanomami, los esquimales de Alaska, los tsemba y los turkana, y entre las agrupaciones coordinadas por un 'gran hombre' se traen a colación los indios del Noroeste norteamericano, los enga y los kirguises.
Se trata de grupos relativamente sedentarios y territoriales, con imperiosas necesidades de intensificación productiva (como muestra el uso de algunas tecnologías desarrolladas), una fuerte integración política entre las familias (que implica la construcción de instituciones sociales como el linaje y el clan), un liderazgo que coordina y persuade pero que no controla los medios de producción, y un extenso ceremonial que reafirma la identidad comunitaria.
La presentación de esta amplia muestra de 'sociedades intermedias', pasa por valorar las muy diversas estrategias de emergencia del liderazgo en sociedades preclasistas, remarcando una vez más lo impreciso del término 'jefatura', tanto según criterios funcionalistas como marxistas.
Haciendo una leve referencia al debate sobre realidades sociales que entrarían en esta categoría durante la Prehistoria reciente peninsular, hemos de indicar que ciertos enfoques críticos actuales precisamente tratan de evitar las limitaciones conceptuales del evolucionismo clásico, y enfatizan la posibilidad de admitir relaciones sociales de explotación no clasista dentro de sociedades agrarias segmentarias (p.e.
Parece muy adecuado el enfoque integrador que adoptan Johnson y Earle sobre el debatido asunto de la complejidad social.
Los dirigentes son vistos a medio camino entre los trepadores/gánsters de Fried y los gestores eficientes de Service.
Los autores opinan que las jerarquías responden a un poder otorgado por la comunidad acuciada por la necesidad, pero que en frecuentes ocasiones estos individuos utilizan su privilegiada posición para beneficiar sus propios intereses.
En esencia, se trata de una lógica similar a la que estamos acostumbrados en nuestra sociedad.
Por último, en la Tercera Parte se abordan aquellas sociedades políticamente más integradas y de producción subsistencial más intensificada, según una clasificación que divide los casos entre los cacicazgos (isleños Trobriand, grupos hawaianos y basseri iraníes), los estados primigenios (formaciones políticas de Francia y Japón medievales, imperio incaico) y el Estadonación, con grupos agrarios campesinos (aparceros boaventurenses, campesinos de Taitou y Kali Loro).
La obra se cierra con un capítulo en el que se reflexiona sobre la aplicación de la tesis, mantenida para otras manifestaciones sociales, sobre nuestra propia realidad tardocapitalista o 'postindustrial'.
En definitiva, lejos de constituir un manual antropológico convencional, el ensayo de Johnson y Earle resulta una obra sugerente, de lectura amena y entre cuyas páginas se despliega una sólida aproximación teórica, cotejada con una sustanciosa muestra etnográfica.
Su traducción al castellano redundará sin duda en un mayor conocimiento de su contenido.
Como comprobarán cuantos se acerquen a este libro, el esfuerzo invertido en su lectura queda al finalizar el mismo sobradamente compensado.
Este libro ofrece una revisión del conjunto rupestre del Abric II de la Cova dels Cavalls.
Un yacimiento con un relevante papel en la investigación del ciclo artístico levantino y, en la actualidad, acaso el más emblemático de la amplia concentración del barranco de La Valltorta.
La documentación actualizada y el posterior análisis facilitan importantes precisiones en distintos aspectos, destacando acaso las referidas a las ampliaciones y modificaciones del dispositivo iconográfico.
Al final del libro se ofrece una amplia discusión sobre los aspectos más abiertos en la actualidad en el campo del arte levantino.
La revisión de la Cova dels Cavalls forma parte de un proyecto de investigación más amplio, que pretende una aproximación al desarrollo de la Prehistoria y de la actividad gráfica en la zona Valltorta-Gasulla.
El objetivo no estriba solo en el análisis interno del documento gráfico, detallado y actualizado metodológicamente, sino que también pretende abordar este en relación a las peculiaridades del territorio y al poblamiento prehistórico de la zona, apoyándose en este caso, más allá de la intención en abstracto, en un amplio programa de prospección y estudio de diferentes yacimientos y conjuntos rupestres de la comarca, actualmente en curso.
Ambos aspectos, la documentación y análisis actualizados, y el contraste regional, son bien pertinentes en el campo de estudio de las artes prehistóricas peninsulares, y quizá más del arte levantino, cuya investigación tradicional a menudo se percibe algo escorada hacia una ordenación cronológica vinculada a los contenidos iconográficos, y apoyada en una documentación de campo muy desigual, en buena parte realizada a principios del siglo XX.
En coherencia con tal intento, esta primera entrega sobre la Cova dels Cavalls es obra de un equipo de investigadores, de experiencia muy contrastada en algunos casos, que afronta objetivos diversos en los sucesivos capítulos.
Tras una Introducción de los coordinadores, referida al enmarque del trabajo y objetivos generales, R. Martínez Valle aborda la investigación y avatares del yacimiento, que, como en otros sitios más o menos emblemáticos, ha sido campo de batalla entre distintos posicionamientos y, también, grupos de poder.
Son aquí de especial interés los procesos de degradación del dispositivo rupestre y, por lo positivo, los nuevos planteamientos y trabajos en curso a partir de la creación del Museu de la Valltorta, en 1994.
Por su parte, P.M. Guillem Calatayud se encarga del estudio del marco geográfico y de una aproximación a la evolución del paisaje de la zona.
Es un trabajo que, en varios aspectos, puede considerarse complementario de la información proporcionada sobre la Valltorta actual en los estimables capítulos iniciales del libro dirigido por R.Viñas en 1982, pero más preciso y pormenorizado en lo referido a la conformación histórica de ese territorio y paisaje.
El contexto arqueológico regional, al que se enfrentan J. Fernández López de Pablo, P.M. Guillem Calatayud, R. Martínez Valle y R.M. García Robles, refleja el notable enriquecimiento arqueológico de una zona ya tradicionalmente densa en hallazgos (se ordenan hasta 44 yacimientos sobre el tramo superior del Riu de les Coves, en la depresión Tirig-Barona).
Se trata de sitios de muy distinta entidad y categoría funcional.
La información actual, que lógicamente es también muy dispar en lo referido al grado de conocimiento de esos yacimientos, se organiza sobre un esquema temporal que se apoya sobre todo en trabajos de J. Bernabeu: desde el Epipaleolítico microlaminar a la fase campanifome y al bronce (y pasando por el Epipaleolítico geométrico, Neolítico I (antiguo y medio) y II (final y Eneolítico).
Destacan los autores, en el poblamiento prehistórico de la zona, la relevancia de esa fase Neolítico II (anunciada por algunas novedades como el retoque plano, o las cuevas sepulcrales, en varios casos de inhumación múltiple), que muestra un claro incremento del número de yacimientos, especialmente de superficie, y de su variabilidad.
Al tiempo, aprecian una mayor vinculación espacial con zonas aptas para el cultivo, y en proximidad de la Llacuna d ́Albocàsser.
Tales cambios, y los mismos contextos funerarios con inhumación múltiple, son indicativos de una mayor estabilidad en el hábitat, interpretada por los autores dentro de un proceso de colonización agrícola que, en breve plazo, implicará la ocupación efectiva y estable de ese territorio.
La relevancia de los conjuntos rupestres prehistóricos en ese territorio se ha incrementado con las prospecciones recientes (se apuntan otros 23 sitios con manifestaciones parietales en ese tramo superior).
Al grupo tradicional de conjuntos se añaden ahora abundantes novedades de arte levantino.
El estudio en curso de estos sitios apunta una amplia variabilidad en sus contenidos y caracteres, y una distribución espacial y patrones de ubicación más diversos que los valorados tradicionalmente (con una cierta polarización en el Barranc de la Valltorta).
Los conjuntos esquemáticos son escasos, y hasta el momento al menos, un tanto peculiares en esa zona (no hay composiciones complejas, y faltan motivos característicos como soliformes y oculados...).
Ello no favorece precisamente su evaluación temporal, como conclusión del ciclo levantino o como una expresión sincrónica, aún pendiente.
Ese panorama artístico se ha enriquecido recientemente con otros tipos de conjuntos, como los abrigos rupestres con grabados de Abric d ́en Melià, y otros dos nuevos: uno en la Rambla Carbonera y otro en el Riu de les Coves.
Estos sitios, que empiezan a ser estudiados ahora, contienen pequeñas representaciones grabadas de zoomorfos entre 3 y 30 cm, de cuerpos alargados y estilizados rellenos con una suerte de estriado.
Como posibilidad de más peso sugieren los autores su correspondencia con las poblaciones del Epipaleolítico microlaminar, aunque es un tema aún abierto.
La zona aún depara otras clases de conjuntos rupestres: cerca de Cova dels Cavalls se han hallado grabados al líneas naturales y de suelo, aristas e irregularidades que han podido condicionar la representación, o la extensión de los desconches y otras alteraciones, que son aspectos tratados en la evaluación de cada motivo; y filtrar más adelante este tipo de información gráfica en los montajes que acompañan al estudio de la composición.
En cuanto al análisis del conjunto rupestre de Cavalls, las peculiaridades del ciclo artístico levantino empujan a los autores a centrarse en una descripción y evaluación de agrupaciones y escenas, esencialmente orientada a precisar los motivos integrados y a su lectura, y a definir los rasgos estilísticos y compositivos de las mismas.
Ello les permite abordar con rigor uno de los aspectos de mayor interés en Cavalls, la existencia de distintas fases de construcción de esas composiciones, con una pertinente discusión ahora sobre el mantenimiento o modificación del sentido de las mismas.
En algunas agrupaciones, varias superposiciones entre motivos y la diversidad de procedimientos estilísticos indican una adición compositiva en fases diferenciadas.
A partir de criterios formales en la plasmación de la figura humana (proporción corporal entre tronco y piernas, grado de naturalismo / estilización, modelado y otros detalles), los autores proponen unas pocas variantes (sobre todo cercanas, respecto a los trabajos anteriores en el yacimiento, a lo planteado por Obermaier y Wernert), expresivas de distintas fases de construcción de los lienzos.
Estos elementos secuenciales pueden facilitar una aproximación al desarrollo del arte levantino en esa zona geográfica en la medida en que se reconocen en otros conjuntos rupestres, en la actualidad más abundantes y mejor conocidos que en 1919 o 1982.
La relativa escasez de representaciones animales en Cavalls, y el hecho de que casi todas correspondan a la conocida escena de caza, y sean a todas luces sincrónicas, dificulta vincular con precisión las variantes en la representación humana y su organización temporal, con las animales.
Un objetivo que, mejor que en conjuntos rupestres concretos, puede ser más accesible en agrupaciones de yacimientos de carácter local o comarcal, y con planteamientos como los explicitados para los trabajos actualmente en curso en la zona Valltorta-Gasulla.
En todo caso, no escapa a los autores, y es un aspecto de gran interés, el diferente alcance de las variantes en la representación humana y animal en el arte levantino de la zona.
Resulta lógico que los aspectos referidos a la descripción y lectura iconográfica actualizada de las distintas agrupaciones, y a sus ritmos de construcción, hayan polarizado el interés de los autores y de las conclusiones obtenidas.
La contrapartida estriba en que quedan en sombra cuestiones como el contexto espacial del sitio o las condiciones del trabajo y procedimientos técnicos.
Más en concreto nos referimos a aspectos como la accesibilidad del abrigo, amplitud de la plataforma sobre la que se trabaja (al modo en que la ofrecen Obermaier y Wernert 1919: fig.32 en p.
53, con indicación sobre el plano de la situación de las agrupaciones de motivos numerados), de su capacidad de albergue, criterios de selección de lienzos, posturas de trabajo y alturas sobre el suelo, visibilidad u ocultación de la temática, tipometría, procedimientos de dibujo y aplicación del color (con pigmentos netamente diferentes en algunas figuras)...
Todos ellos son aspectos a los que se alude en diferentes capítulos del trabajo, pero acaso merecedores de un tratamiento más específico.
En las Consideraciones finales, V. Villaverde y R. Martínez Valle ofrecen, a partir de la documentación de Cavalls y de otros conjuntos rupestres de la zona, una prolija, documentada y -para quienes observamos el asunto de lejos-esclarecedora discusión respecto de muchos de los aspectos más candentes en la investigación del arte levantino.
Los autores, que en último término se preocupan más por la cronología del fenómeno, la posible compartimentación de su desarrollo en esa comarca, y su entronque cultural, parten de una revisión de los paralelos mobiliares propuestos en los últimos años y de la documentación sobre superposiciones específicamente en el ámbito levantino, incluyendo los temas de componente lineal y carácter no figurativo infrapuestos a representaciones levantinas.
Sin animo de resumir las múltiples facetas de la discusión, defienden la ruptura entre el ciclo levantino y otras artes anteriores de tradición paleolítica, exponiendo sensatas dudas respecto a la hipotética etapa inicial solo con animales.
Reafirman la cronología neolítica del fenómeno levantino (incluidos probablemente los motivos en zig-zag infrapuestos en ocasiones), mostrándose proclives a considerar una larga trayectoria, a partir de la segunda mitad del VI milenio cal BC y hasta la primera mitad del IV (apoyándose en los paralelos arqueológicos con determinados objetos, y la misma variedad de formas de representación de la figura humana...), y que abarca pues la mayor parte de la evolución del Neolítico.
Consideran que la misma temática y la distribución geográfica de lo levantino son acordes con su consideración como fenómeno subsidiario del proceso de neolitización de la zona, y obra de grupos "muy vinculados a la explotación de territorios en los que la agricultura debió desempeñar un papel marginal, y donde la explotación de los recursos silvestres adquirió un papel de primera magnitud".
Esto es, se sitúan algo más cerca de la línea interpretativa que parte de autores como Fortea y Aura (1987), y luego Bernabeu (1999) -el grueso de la producción artística levantina se atribuye al sustrato de tradición epipaleolítica que se neolitiza-, o la misma P. Utrilla, que a la de quienes plantean, al menos en áreas más meridionales, un desarrollo vinculado únicamente con la evolución interna del Neolítico (Martí y Juan-Canilles 2002).
Por lo demás, insisten de manera muy pertinente, como vía de superación, en la documentación actualizada, con atención a los ritmos de construcción de los dispositivos a partir del análisis estilístico y superposiciones, y en el análisis integrado con los modos de vida de los contextos arqueológicos en que se inscriben estos conjuntos rupestres.
La bondad y buen oficio de los contenidos se despliegan, finalmente, en una magnífica edición, acorde con la mejor tradición valenciana, que destaca por la calidad del aparato gráfico (hasta 187 figuras, muchas de ellas subdivididas, incluyendo mapas, calcos, fotografías en color), entre otros aspectos.
La investigación de base, y esa misma publicación son, finalmente, resultado de una inteligente colaboración entre diversas entidades de esa región: el Museu La Cueva de La Vaquera fue durante algún tiempo el único referente para el Neolítico interior.
Caracterizado por cerámicas impresas, acanaladas y algunas aguadas a la almagra, el suyo se consideraba tardío y vinculado a los grupos andaluces (Zamora 1976).
Se le unirían luego otros testimonios como el polémico yacimiento de Verdelpino.
Desde entonces, el panorama del Neolítico de la Meseta se ha enriquecido considerablemente (no tanto el número de secuencias estratigráficas).
Más antiguo de lo sospechado, con una considerable densidad de poblamiento, los paralelos de sus materiales se amplían a Extremadura o valle del Ebro.
Que su origen sea fruto de una colonización habrá de ser confirmado ya que son posibles otras hipótesis para explicarlo.
En esta monografía se ha querido dar respuesta a los múltiples interrogantes planteados aún para el Neolítico interior, abordando la investigación de La Vaquera desde una perspectiva global e integradora y estudiando con igual énfasis que la cultura material, las evidencias relativas a la fauna, restos vegetales o fuentes de aprovisionamiento de materias primas.
El resultado es un trabajo verdaderamente exhaustivo y de calidad que supera los límites de una memoria.
El capítulo I supone un breve recorrido por la investigación del Neolítico interior, que finaliza con la 2003) para yacimientos de Ambrona reducen considerablemente el desfase con las zonas costeras.
El modelo propuesto para la cueva en el capítulo VIII indica una ocupación de carácter estacional en los meses más cálidos del año, vinculada al pastoreo de ovicápridos y a la búsqueda de pastos frescos por comunidades dotadas de una alta movilidad y asentadas el resto del año en la campiña.
La clave de la ocupación de La Vaquera radica en la disponibilidad de recursos que ofrece la confluencia de los valles de los ríos Pirón y Viejo y el fácil acceso a las fuentes de las materias primas básicas.
El análisis polínico indica para el Neolítico una formación arbórea abierta y amplios espacios colonizados por matorrales de tipo arbustivo y espinoso.
Cerealia y Fabaceae no aparecen hasta la Fase II de la secuencia (Neolítico reciente).
Sin embargo, desde el Neolítico antiguo se documentan granos de trigos desnudos (Triticum aestivum/durum), dominantes en las tres fases, frente a los vestidos y la cebada (Hordeum vulgare).
Las leguminosas (Vicia y Lens), escasas, se encuentran en un Neolítico Antiguo Evolucionado.
Este tipo de restos no fue hallado en la intervención inicial de A. Zamora.
El análisis antracológico, por su parte, revela la explotación de las especies más cercanas a la cueva con mayores ventajas como combustible (pino y roble).
Los recursos de origen animal fueron suministrados tanto por la caza como por la ganadería, a diferencia del absoluto predominio de ésta que se desprendía de estudio inicial de fauna llevado a cabo por E. Soto (en Zamora 1976: 35-47).
La caza estuvo favorecida por la riqueza cinegética de la zona y por la especial situación de la cueva (control del paso de los animales por ambos valles y del abrevadero coincidente con el actual vado).
En el Neolítico de La Vaquera parece darse un proceso de diversificación de la cabaña ganadera, siempre con predominio de los ovicápridos, orientada al consumo cárnico y a la producción de leche (¿consumo de productos lácteos?).
El ganado bovino y porcino aparece avanzado el Neolítico.
Por lo que se refiere a las materias primas, y éste es un apartado de especial interés, Ma S. Estremera cree que el sílex pudo ser recogido en afloramientos del N de Segovia o del valle del Duratón.
Hacia la Fase III, otras materias primas (calcedonia y cuarzo hialino) se obtendrían en el SW de la provincia y en diferentes localidades próximas a la Sierra.
La autora reitera que se eligió la posición centralizada de La Vaquera en la franja que bordea la vertiente norte del Sistema Central por las posibilidades de aprovisionamiento de las referidas materias.
La Sierra no debió constituir una barrera para estas comunidades.
La cercanía de muchos de los asentamientos a los principales pasos de montaña favorecería el intercambio de bienes e ideas entre los grupos neolíticos de ambos lados del Sistema Central.
En sentido parecido, nos habíamos pronunciado J. Barrio y yo misma (2002), a propósito de algunos yacimientos madrileños.
Ma S. Estremera propone que la cueva pudo ser uno entre varios hábitats estacionales utilizados de manera recurrente, trasladándose éste al exterior de la misma a partir de la Fase II, quizá al pequeño yacimiento de Fuente Nueva, datado en la transición del Neolítico al Calcolítico, situado en la otra orilla del río Viejo, prácticamente enfrente de la cueva.
El proceso de neolitización de la Submeseta norte se examina en el capítulo IX, enfatizando su antigüedad (primera mitad del V milenio para su inicio), pero también la escasez de estudios en profundidad y el desconocimiento del sustrato epipaleolítico.
Éste impide a Ma S. Estremera aplicar cualquiera de los modelos de neolitización que otorgan a los epipaleolíticos un papel activo.
Sin embargo, sí lo hace en el caso del modelo dual, defendiendo una colonización de las tierras del Duero por pequeños grupos procedentes del País Valenciano, Andalucía y fachada atlántica portuguesa, portadores de todo el bagaje neolítico hallado aquí desde el inicio, que encuentran en el interior un amplio territorio virgen sin competencia con comunidades mesolíticas.
Sería una expansión irregular y selectiva, seguramente por los valles de los grandes ríos y sus afluentes, motivada quizá por la presión demográfica, El que ocupó La Vaquera pudo ser un grupo de raigambre meridional, llegado por la margen derecha del Tajo y a través de los pasos de la sierra a las llanuras deshabitadas de la Meseta norte.
El Neolítico interior sería el resultado de la fusión de prácticas e ideas importadas desde las citadas áreas, en un proceso rápido, ocupándose primero el reborde montañoso de la Submeseta norte para expandirse después por el llano.
No obstante, se deja la puerta abierta a la existencia de eventuales procesos de aculturación que habrían de probarse con más datos sobre el Epipaleolítico, actitud muy prudente teniendo en cuenta los ya existentes que permiten esperar un catálogo más nutrido de yacimientos de este periodo, de forma similar a lo sucedido con los neolíticos, y que harían posibles otras explicaciones para la neolitización de la Meseta.
Esta visión del proceso se valora, en el Epílogo, como una de las aportaciones primordiales, pero también la documentación paleoambiental y paleoeconómica, complemento clave para el establecimiento del modelo ofrecido.
Con todo algunas cuestiones quedan abiertas: la determinación de áreas de actividad en la cueva y de áreas culturales propias, entre otras.
Finalmente, se incluyen el inventario de los materiales y los informes técnicos de los análisis practicados, además de la abundante bibliografía consultada que se refleja en la exhaustiva contrastación de los datos obtenidos en la cueva con los de otros yacimientos neolíticos peninsulares.
En definitiva, la publicación de esta monografía supone un considerable esfuerzo y una importante aportación al conocimiento del Neolítico interior, contribuyendo a establecer matices en su evolución que ya se dejan entrever en la propia secuencia de La Vaquera.
Este trabajo constituye el tomo 12, sección VI (puñales), de la serie alemana Prähistorische Bronzefunde, y presenta el corpus del material arqueológico metálico de puñales, espadas y alabardas de la Península Ibérica, así como un estudio tipológico y cronológico, con su documentación gráfica.
El marco temporal se extiende desde los inicios de la metalurgia en el Calcolítico, hasta finales del Bronce Medio, comprendiendo los actuales territorios de España y Portugal.
Se estructura con una larga introducción, a la que sigue la presentación del material en forma de catálogo ordenado por tipos, y toda la información detallada de cada grupo: funcionalidad, datación, asociaciones y distribución geográfica, así como resúmenes muy útiles en alemán, portugués y español.
La estructura de este enorme corpus es fiel a la establecida por la propia serie Prähistorische Bronzefunde (PBF), que tiene como finalidad la publicación de los hallazgos arqueológicos prehistóricos europeos en cobre y bronce por grupos de artefactos y regiones, dentro de un marco cronológico que va desde los inicios de la metalurgia, en el IV milenio a.C., hasta el siglo VI a.C. Esta serie, publicada mayoritariamente en alemán, supone una herramienta de investigación para el estudio comparativo en la Europa prehistórica, con una visión de larga duración.
Actualmente, la serie alemana con base en Frankfurt, cuenta con 146 publicaciones, divididas en 19 secciones.
El catálogo de hallazgos de este volumen contiene 1760 piezas con 200 representaciones gráficas del grupo puñales-espadas-alabardas.
Su ordenación por tipos, con identificación numerada de cada objeto, el apartado de ilustraciones y los listados complementarios, suponen una herramienta de trabajo de gran valor para el lector interesado.
Además, la sistemática organización de los datos permite un acceso rápido a toda la información disponible.
El método de clasificación tipológica se basa fundamentalmente en los rasgos morfológicos referidos a la zona del enmangue, por ejemplo, el número de remaches, sus características formales y las posibles "estratigrafías" formadas por la superposición de sucesivos enmangues en la misma pieza, así como la forma de la zona proximal de la hoja.
La morfología y contorno de la propia hoja sólo se tienen en cuenta en un segundo lugar debido al hecho de las reutilizaciones y transformaciones secundarias de uso.
La bibliografía es muy amplia (págs. 476-507), recogiendo títulos especilizados hasta 1995, año en que se presentó como Tesis Doctoral.
Desafortunadamente, los títulos publicados en los últimos ocho años transcurridos hasta su publicación actual se recogen en muy contadas ocasiones.
Varios listados diferentes facilitan la identificación de objetos por su lugar de hallazgo, por su tipología, o por su localización actual.
Otros listados se refieren a las claves de las abreviaturas; esta práctica de utilizar abreviaturas propias del autor es algo que, aunque se justifica por la envergadura de la obra, no siempre facilita la lectura de la misma.
Un listado numérico (págs. 473-474) hace referencia a los datos analíticos del proyecto alemán Studien zu den Anfängen der Metallurgie (SAM) con la composición elemental de algunas de las piezas recogidas en el catálogo.
Además, un asterisco marca las piezas del catálogo que han sido analizadas y recogidas en la bibliografía hasta 1995.
La organización jerárquica de la división taxonómica permite la integración de nuevos hallazgos a esta tipología.
La lámina 195 recoge el esquema de la evolución tipo-cronológica de las distintas formas de hojas desde el Calcolítico a finales del Bronce Medio.
Existen addenda et corrigenda de este tomo en: D. Brandherm, "Porteurs des hallebards?" en: H.J. Beier (ed.)
La introducción comienza con aspectos básicos como datos climáticos y topográficos, y la división geográfica y cultural de la Península Ibérica.
Se resalta la importancia de la división del espacio para comprender la distribución de los hallazgos y de las tendencias en la evolución diacrónica de las hojas dentro del territorio.
También se contemplan los recursos, su accesibilidad, y la explotación minera del cobre en ciertas regiones, así como el emplazamiento estratégico de los asentamientos en función de los recursos, la proximidad costera o la cercanía a las redes fluviales.
Sigue una reflexión crítica de las fuentes historio-gráficas, desde el hallazgo más antiguo de hojas en una mina de plata de Gudalcanal, Sevilla, en la segunda mitad del XVI, o la investigación fundamental de los hermanos Siret, hasta los trabajos recientes de los años noventa del siglo XX.
Se destaca la situación poco homogénea de la investigación y las diferencias en el número de hallazgos según las distintas áreas peninsulares, debido a los diferentes desarrollos regionales.
Por ejemplo, las numerosas necrópolis de la cultura de El Argar suponen una excepción, ya que otras zonas están escasamente representadas, entre otras razones por la ausencia de explotación agraria actual y de modificaciones artificiales de los cursos de agua.
La extracción de turba, una importante fuente de hallazgos arqueológicos en los paises más septentrionales, no es significativa en la Peninsula.
El Sistema Cronológico (esquema resumen en la fig. 2).
La terminología de Brandherm sólo se basa parcialmente en la terminología convencional.
Su esquema cronológico se ha adaptado a las condiciones resultantes de su investigación, y así, efectúa modificaciones sobre los términos utilizados tradicionalmente por Schubart y Arteaga.
Se prescinde de la división del Calcolítico según el esquema tripartito para las culturas de Vila Nova de Sâo Pedro y Los Millares porque carece de fundamento fiable.
Igualmente se prescinde de la diferenciación bipartita entre Argar A y B de Blance para el Sureste.
El término Calcolítico se aplica a los contextos pre-campaniformes, mientras que los hallazgos campaniformes se sitúan en un Bronce Antiguo.
Brandherm argumenta que no existe ruptura cultural entre el inicio del Campaniforme y el comienzo de la Edad del Bronce.
La propuesta terminológica se ajusta a una estricta distinción entre horizontes cronológicos, prescindiendo de ideas sobre un desarrollo cultural evolucionista en fases, y es la siguiente.
Al Calcolítico (Steinkupferzeit), que no está dividido, sigue la Edad del Bronce (Ibz=Iberische Bronzezeit o Edad del Bronce Ibérica) dividida en dos grandes fases: Edad del Bronce Inicial (Ältere Bronzezeit), que incluye La Edad del Bronce antiguo (Frühbronzezeit) (IBzA) y el Bronce medio (Mittelbronzezeit) (IBzB), y el Bronce Reciente (Jüngere Bronzezeit) que incluye el Bronce tardío (Spätbronzezeit) (IBzC) y el Bronce Final (Endbronzezeit) (IBzD).
El Bronce Antiguo y el Bronce Medio aún se subdividen respectivamente en cuatro [(subfáse la más antigua (älteste) (IBzA 1a), subfáse más antigua (ältere) (IBzA 1b), más reciente (jüngere) (IBzA 2a) y la más reciente (jüngste) (IBzA 2b)] y dos fases [el Bronce medio más antiguo (ältere) (IBzB 1) y el Bronce medio más reciente (jüngere) (IBzB 2)].
Este esquema, reflejado en la figura 2, se basa en yacimientos polifásicos con ocupaciones de larga duración como Los Castillejos (LC), Cerro de la Virgen (CV), Fuente Álamo (FA), Zambujal (Za), Monclín (Mo) y Monturque (Mt).
Las huellas que presentan muchas de las hojas, correspondientes a una utilización continuada, sobre todo las observadas en la zona del enmangue, junto a las modificaciones debidas al uso, como el afilado, la renovación de enmangues y otros arreglos, constituyen un patrón tipológico importante a la hora de establecer un sistema cruzado de cronología relativa para la Península Ibérica.
Estas observaciones permiten, además, la ordenación cronológica de la morfología de las hojas según la secuencia de estas huellas del enmangue que después van a servir de elemento comparativo.
Al margen de las frecuentes modificaciones secundarias de la hoja, el autor confirma, según la investigación anterior había establecido ya, que las hojas largas y estrechas son características de la fase avanzada del Bronce Inicial.
Por el contrario, las hojas triangulares que se venían considerando características de armas antiguas, parece que tienen una circulación más prolongada de lo previsto.
Las peculiares características de la secuencia de huellas de enmangue han permitido establecer relaciones cronológicas directas, aún dentro de tipos bien definidos por elementos técnicos, como las hojas argáricas con remaches y las hojas de lengüeta de otras regiones.
El presente trabajo caracteriza perfectamente el material arqueológico de una cultura según los rasgos establecidos; por ejemplo, muestra cómo las hojas del área nuclear argárica, en Almería y Murcia, presentan unas características diferentes a las de las hojas del área de Granada y Jaén, o a las de áreas más septentrionales.
Se observa un cierto conservadurismo en el material de la Meseta y de ciertas regiones atlánticas, donde las formas tradicionales del Calcolítico mantienen su vigencia hasta el Bronce Medio.
La utilización de hojas de lengüeta perdura a lo largo de casi todo el Bronce Inicial, cuando se debían conocer ya otras formas de enmangue, lo que demuestra su elección intencionada.
Mediante el ejemplo de una hoja tipo Rumédon procedente de Pinhal dos Melos (Beira Alta), el autor nos muestra cómo se modificó mediante cincel la zona del enmangue, inicialmentre preparada para remaches, hasta conseguir una lengüeta.
Otro ejemplo que demuestra la preferencia intencionada de la lengüeta y el rechazo de los remaches, es el conjunto de materiales del círculo funerario Vilavella-Atios, donde los remaches están ausentes, hecho sorprendente sobre todo porque las hojas con remaches debieron conocerse en la zona del noroeste peninsular a través de las relaciones atlánticas con las Islas Británicas y Bretaña.
Las comparaciones regionales presentan patrones de comportamiento significativos, como la homogeneidad de tipos en la Meseta o cuenca del Guadalquivir, que contrasta con la heterogeneidad de las zonas costeras.
El autor concluye que la uniformidad del interior se debe al tipo de economía y modo de vida transhumante en relación con los sistemas de comunicación, en tanto que en las zonas costeras se observa una organización espacial a menor escala, resultado de modos diferentes de intercambio y redes de contacto.
Concluye, además, que en la zona del noroeste existían redes de intercambio independientes para los diferentes tipos de objeto.
En el estudio comparativo de las hojas peninsulares con las de otras regiones europeas, Brandherm encuentra semejanzas entre las hojas de lengüeta pronunciada más antiguas, cuyos primeros ejemplos aparecen con cerámica campaniforme, y los hallazgos de la región danubiana; de ello deduce un origen foráneo.
Por el contrario, serían de origen local las hojas de lengüeta tipo Ciempozuelo.
Aunque también para estas últimas existen paralelos centroeuropeos, el autor señala su distribución específica y su relación con otros tipos de hojas.
Este tipo de comparaciones y paralelos danubianos y circumalpinos genera problemas de paralelización cronológica; por ejemplo, las similitudes entre las tumbas principescas de la cultura de Aunjetitz y las tumbas ricas de El Argar no justificarían nunca la existencia de relaciones directas.
Igualmente genera problemas la paralelización con los grupos del ámbito atlántico.
Solamente parece posible una sincronización de las hojas del Bronce Medio más antiguo con el horizonte Arreton Down británico.
El siguiente apartado se dedica a tratar cuestiones de fabricación y huellas de modificaciones secundarias, considerando el objeto como "socio-facto", y teniendo muy en cuenta el desarrollo tipológico, se tratan temas de uso y función social.
En estos aspectos funcionales se separan los puñales, espadas y cuchillos de las alabardas; se distingue entre unidades funcionales como objetos de tocador, cuchillos, armas para pinchar, armas para cortar y armas de prestigio, aunque no siempre es evidente una funcionalidad unívoca, ya que gran parte del material ha sufrido modificaciones secundarias en la forma de la hoja y del enmangue.
Parece difícil determinar la diferencia entre cuchillos y puñales, y las hojas pequeñas se excluyen del grupo de armas.
El autor destaca aquellos pocos casos en los que es posible determinar exactamente la función de la hoja como herramienta para cortar carne, comprobado a través del contexto del hallazgo en tumbas con huesos de animales que presentan huellas de corte.
El autor propone un modelo funcional para las alabardas basado en analogías procedentes de fuentes históricas chinas que describen la utilización de alabardas para decapitar o cortar miembros del adversario durante el combate.
En este sentido, el autor interpreta la estela de Viana do Cruzeiro, Quinta da Veiga, como la de un guerrero que lleva una banda de protección en el cuello en un combate con este tipo de arma.
Por supuesto, entre las alabardas existen armas de prestigio que no parecen útiles para combatir.
Su forma de deposición presenta algunas particularidades que difieren del resto de las hojas.
Brandherm destaca las diferencias tipológicas regionales y los cambios en la forma de deposición a lo largo del Bronce Inicial, así como la cantidad y concentración de hallazgos y la destrucción intencionada del extremo distal en algunos ejemplares.
Las formas de deposición en el norte de Portugal, por ejemplo, parecen estar en relación con fuentes o cursos de agua.
En comparación con los depósitos de otras regiones europeas, en la Península Ibérica desconocemos el fenómeno de la acumulación de grandes cantidades de armas, de donde se deduce que la producción, distribución y valor del metal, así como los sistemas de comunicación, transcurren por otros derroteros.
En general, parece que la Península Ibérica se diferencia de otras regiones en su desarrollo y en la adopción de nuevas influencias y corrientes culturales foráneas.
Esta posición fuertemente conservadora se muestra también en la tardía adopción de la aleación cobre-estaño, así como la de nuevos elementos tipológicos.
La tecnología compleja de fundición y la generalización del bronce solamente se hace patente durante el Bronce Reciente, momento en el que los diferentes grupos del Bronce Inicial son sustituidos por otros.
Despues de la larga introducción sigue el corpus de materiales, en forma de catálogo descriptivo y explicativo, con sus respectivas láminas, ordenado según criterios formales.
Las láminas 1 a 110 presentan hojas en aleación de base cobre, y una de serpentina, así como láminas de revestimiento de enmangue en oro y pomos de hueso y cuerna.
La lámina 111 muestra moldes de fundición en piedra para la fabricación de hojas.
Las láminas 112 a 121 muestra representaciones de puñales, espadas y alabardas sobre estelas o en arte rupestre.
Los mapas de distribución de los distintos grupos de artefactos figuran en las láminas 122 a 166.
Las láminas 167 a 190 presentan conjuntos de hallazgos con hojas, resaltando el contexto y las asociaciones en inventarios de tumbas o depósitos.
Las láminas 190 a 194 complementan a las anteriores con representaciones sobre estelas en piedra que aportan información sobre el modo de llevar las armas.
Finalmente, la lámina 195 es una visión de conjunto con el esquema tipológico-cronológico del desarrollo del material estudiado.
Queremos destacar que el autor ha documentado personalmente la mayoría de las hojas recogidas en el presente trabajo, en varios viajes de investigación a Museos y colecciones; además recoge aquellos materiales hoy desaparecidos (págs. 435-444).
Este trabajo personal y las observaciones detalladas de las huellas de fabricación, modificaciones secundarias y secuencias de huellas sobre el enmangue, asegura una información y documentación homogénea y detallada, haciendo de este volumen una herramienta de comparación fiable.
Los dibujos e ilustraciones, en su mayor parte realizados por el personal de la PBF sobre esquemas del autor, son de gran calidad.
Todos los objetos están representados a escala 2:5 con vista frontal y dos secciones.
Para esta ordenación el autor recurre fundamentalmente a las características de la zona del enmangue y en menor medida a la forma de la hoja, estableciendo una terminología propia para las distintas formas de huellas que identifica (figura 3): omega baja; omega; omega alta; arco; cerradura; omega trapezoidal; omega triangular; arco bajo; omega con ángulo; doble omega; circular.
En el esquema de la figura 4 se representan ejemplos con la secuencia de superposiciones de huellas en los enmangues de algunos objetos.
El resumen comparativo de la figura 5 contiene las periodizaciones tradicionales establecidas por distintos autores, con su tipología y terminología respectivas.
Se distingue así entre hojas con entalladuras, con lengüeta y con placa de enmangue, para puñales, espadas y alabardas, según Siret, Leisner y Leisner, Cuadrado, Blance, Carrasco Rus y otros, y Lull.
Análogamente, las alabardas se representan en la figura 6, según Cuadrado, Schickler, Blance, Schubart, Lull y Carrasco Rus y otros.
Como resumen diremos que el volumen comentado, dedicado al estudio en profundidad de la cultura material de la Edad del Bronce en las distintas regiones de la Península Ibérica, tiene como objetivo fundamental la elaboración de una tipología y una cronología sin olvidar aspectos culturales y geográficos.
En esta publicación se presenta por primera vez un corpus completo de este material metálico con ilustraciones que han sido realizadas a la vista de cada uno de los objetos, lo que avala el profundo conocimiento que posee el autor, no sólo del material sino de la problemática de la Edad del Bronce en nuestro territorio y fuera de él.
Además del carácter exhaustivo del trabajo, destacamos la novedad de considerar las huellas de fabricación y las modificaciones secundarias de los enmangues como parte de los datos a tener en cuenta, ya que las propuestas anteriores se limitaban al estudio de los grupos regionales.
Los trabajos más recientes sobre la metalurgia en la Península se han centrado en menor medida en el estudio del material arqueológico y su clasificación tipológica, y han hecho hincapié en las reflexiones teóricas en torno a los contextos socioeconómicos.
La división propuesta al separar puñales de alabardas y las nuevas ideas intepretativas sobre el desarrollo de este grupo, con toda la información detallada para cada artefacto, es el objetivo cumplido con creces por el autor.
Por el contrario, las divisiones y subdivisiones de tipos no están suficientemente claras; en todo caso, creo que el material no justifica una atomización tan extremadamente detallada, lo que parece reflejar la opinión personal del autor, más que una realidad arqueológica.
El lector tiene la posibilidad, al menos, de comprobar la propuesta tipológica en el corpus.
El presente volumen ofrece una ingente cantidad de materiales de los actuales territorios de España y Portugal en lengua alemana, lo que no es norma pero sí mayoría en el conjunto de los corpus publicados por la colección PBF.
Debemos lamentar la dificultad que supone su difusión ante el hecho de que gran parte de los investigadores españoles y portugueses no dominen esta lengua.
El presente libro recoge la publicación de las actas del 1 Congreso de Análisis Funcional de España y Portugal celebrado en Barcelona en noviembre de 2001.
Por iniciativa de los editores se reunió a los especialistas peninsulares en el tema con el fin de potenciar el conocimiento mutuo y desarrollar estas líneas de investigación que ofrecen datos y perspectivas de gran interés en el estudio de la Prehistoria.
La rápida publicación de la reunión permite además dar visibilidad al resto de investigadores ajenos al análisis funcional de los avances y resultados conseguidos por este grupo de investigadores y, sobre todo, mostrar las potencialidades que esta metodología arqueológica posee.
Es de destacar el esfuerzo por evitar la denominación "huellas de uso", término que limita el contenido del Análisis Funcional en el sentido amplio que la reunión quiso ofrecer y que los editores explican en el primero de los 29 artículos que contiene el libro.
En él se enumeran claramente finalidad y contenidos en un texto bilingüe (español e inglés), por lo que los comentarios siguientes pretenden únicamente destacar algunos de los muchos elementos de interés, aún a pesar de la perspectiva pesimista que Assumpció Vila realiza en su revisión historiográfica (capítulo 2).
Aunque de manera desigual, es posible encontrar aplicaciones a muy distintas materias primas empleadas para fabricar los objetos.
En todas ellas queda clara la necesidad de la experimentación y el uso de referencias etnográficas para interpretar los rasgos observados; interpretación que no siempre es concluyente y precisa, pero que sin duda supone un paso más en el conocimiento de las actividades económicas de los grupos humanos en el pasado.
He indicado anteriormente la variedad de materias primas implicadas, pero el término no incluye los propios restos humanos que también registran las actividades físicas que generaron productos determinados y que presentan modificaciones consecuencia del trabajo realizado (capítulos 10 y 28).
Aunque la principal aplicación hasta la fecha ha sido la industria lítica, sobre todo en sociedades cazadoras-recolectoras, como claramente queda reflejado en la recopilación bibliográfica realizada por Ignacio Clemente (capítulo 29) también el análisis funcional tiene su aplicación en las sociedades productoras.
Uno de los principales elementos en estas últimas es sin duda la cerámica, pero poco sabemos de la función y uso de estos contenedores.
La investigación arqueométrica ha centrado su interés en aspectos de tecnología de fabricación y procedencia de la materia prima, y las clasificaciones tipológicas aplican nombres análogos a los actuales.
Xavier Clop (capítulo 24) aborda el tema tratando de superar las limitaciones actuales consecuencia de planteamientos excesivamente tipológicos y señala el interés que los análisis arqueométricos tie-nen al proporcionar la descripción de las cualidades físicas del material, básica para cualquier intento de explicación funcional.
Estos estudios pueden, además, contrastarse a través del análisis de residuos que permite identificar las sustancias que contuvieron los recipientes.
En el libro sólo un trabajo (capítulo 9) utiliza las posibilidades del análisis de residuos, centrado en una mano de molino, aunque su aplicación en España tienen claros antecedentes (por ejemplo Juan-Tresserras 1997 (1) y trabajos posteriores del mismo autor) no recogidos en la recopilación bibliográfica del capítulo 29.
Sin duda, como apuntan Clemente, Risch y Zurro la combinación de los análisis de residuos con los de huellas de uso tendrá cada vez más presencia en la literatura arqueológica y no sólo del material macrolítico al que se dedica su trabajo.
Hoy día es viable poder identificar restos de sangre y su adscripción, humana o no, en el instrumental lítico (Kooyman et al. 1992; Eisele et al. 1995), análisis que podrían aplicarse, por ejemplo, a las puntas de flecha que se recuperan en determinados sepulcros colectivos y que podrían deber su presencia al quedar alojadas en los cuerpos de individuos muertos.
Este es el caso que se plantea en el sepulcro de Dos Rius (capítulo 23) donde se reconoce el uso de puntas de flecha a través de fracturas de impacto.
Otro pequeño grupo, sin embargo, aparece en perfecto estado y con alta calidad de ejecución.
Los autores justifican la posible dualidad explicativa (ajuar-herida) de la presencia de estas puntas de flecha, valorando también la opción de deposición como ajuar de piezas usadas.
El metal, otro de los materiales de gran peso en el registro arqueológico, ha contado con pocos estudios previos orientados a definir el uso real de las piezas.
Como bien señala Carmen Gutiérrez (capítulo 25) la función se presupone a partir de la morfología del objeto, sin embargo hay muchas lagunas en esta definición genérica, como por ejemplo la distinción entre puñal y cuchillo o entre punta de flecha y de jabalina (caso de las Palmela).
Los problemas de pátina y corrosiones limitan la aplicación del análisis funcional solo parcialmente, ya que existen suficientes indicios visuales (deformaciones, desgastes, reparaciones, me-lladuras...) para identificar su uso aunque la discriminación concreta de las actividades sea en general más improbable.
En este sentido cabe reivindicar el papel que tiene la metalografía (Rovira y Gómez Ramos 2003) como herramienta para visualizar huellas de actividad y deducir algunos rasgos sobre la dureza de la materia sobre la que se actuó.
La experimentación es la base de los otros dos trabajos que también se refieren al metal.
Para que los resultados obtenidos sean válidos es necesario un correcto planteamiento de partida y quizás este es el déficit del trabajo de Corina Liesau con las sierras.
La composi-ción del metal no es el único ni el principal factor que afecta a sus propiedades mecánicas.
Utilizar una plancha laminada de cobre puro enmascara la realidad de la manufactura prehistórica donde los problemas de porosidad e inclusiones de óxido suelen ser elevados (la frecuencia puede verse en el reciente estudio de Rovira y Gómez Ramos 2003) restando homogeneidad al producto final.
Pero el principal problema radica en la falta de valor comparativo de los resultados obtenidos si se quiere medir la efectividad superior o no de un metal sobre otro.
En igualdad de condiciones un bronce al 10 % siempre será más duro que un cobre arsenicado al 2%.
Como los manuales de metalurgia dicen, el trabajo de forja endurece siempre el metal, más cuanto mayor sea la reducción de espesor.
El experimento publicado compara un cobre de plancha laminada, un cobre arsenicado fundido e intensamente forjado (reducción del 50 %) y un bronce fundido (sin tratamiento mecánico).
Por tanto el resultado, aunque para los editores resulte sorprendente, no puede cuestionar "las explicaciones convencionales de la sustitución de una aleación por otra"(p.10).
Por usar una frase coloquial y desde un punto de vista mecánico se ha querido comparar uno de los mejores cobre arsenicados con uno de los peores bronces.
Si en la manufactura de la sierra de bronce se hubiera reducido su espesor en el mismo porcentaje que la de cobre arsenicado su dureza pasaría de entorno a los 100 HV (76 HR, plenamente coincidente con la aleación del 10 % Sn en contra del comentario de la autora) a cerca de los 250 HV (valores estimados a partir de los datos de Tylecote 1976), frente a los 140 HV que tiene la arsenicada.
Sin embargo, los resultados obtenidos hacen reflexionar sobre las funciones de estas herramientas: ¿pudo merecer la pena dedicar más de 20 minutos a cortar una rama de olivo (una de las materias elegidas para la experimentación) de solo 3,5 cm de diámetro?
Teniendo en cuenta las longitudes de hoja del material arqueológico conocido y que las pocas sierras de la Edad del Bronce hasta ahora estudiadas presentan durezas muy heterogéneas, con valores medios entre 80-120 HV, no parece que serrar madera fuera el uso preferente.
La replica experimental de la espada de La Perla (Madrid) (capítulo 27) vuelve a incidir en la importancia del trabajo de forja en la elaboración de herramientas o armas, y la combinación de ésta y el recocido para evitar la fractura.
Otro punto vital para el correcto funcionamiento es el enmangue, tema poco valorado en la literatura sobre metales prehistóricos.
Hay que destacar que los remaches de puñales, espadas y alabardas son siempre de sección circular, y no cuadrangulares, que según los autores garantizan una mejor fijación.
Por último, es interesante el tipo de doblez que se genera en la hoja de la espada cuando el golpe es penetrante, ya que ese tipo de curvatura se identifica en ejemplares del Depósito de Puertollano (Fernández y Rodríguez 2002).
Finalmente, la aplicación de nuevas tecnologías informáticas como el tratamiento digital de imagen tiene su cabida como herramienta para objetivar las huellas de trabajo.
Los capítulos 6 y 7 abordan las posibilidades de estos estudios aplicados al sílex y rocas volcánicas respectivamente.
Es importante reconocer el diferente tratamiento estadístico que cada una de las materias primas requiere para obtener resultados positivos, lo que implica la necesidad de realizar para cada una de ellas trabajos de contrastación de cada uno de los atributos que describan los elementos de textura.
Este trabajo previo es imprescindible al igual que ha sido y es la experimentación para el reconocimiento de huellas de uso.
La aplicación del tratamiento estadístico en las imágenes digitales no es original y se ha utilizado en numerosas investigaciones arqueológicas, y según la bibliografía aportada en estos capítulos del libro hay publicaciones con más de una década de antigüedad (Grace 1989) incluso en España (Vila y Gallart 1991).
El desarrollo del software y hardware en esta última década ha agilizado las posibilidades de cálculo y sobre todo de obtención de imágenes digitales, pero los medios disponibles no lo son todo.
Coincido en la valoración de Roberto Risch (p 21) de que el análisis funcional tiene mucho que aportar a la investigación arqueológica.
Confiemos en que el deseo de los editores de continuidad futura de las líneas de investigación abiertas sea cumplido y que pronto podamos tener la convocatoria del segundo Congreso, y que este cuente con un mayor número de aportaciones.
Entre las últimas aportaciones a la serie de Estudios prehispánicos que publica la Dirección General de Patrimonio Histórico del Gobierno de Canarias se encuentra la monografía Arte rupestre de la Prehistoria de las Islas Canarias, realizada por tres investigadores que cuentan con una notable producción escrita a sus espaldas: Alfredo Mederos Martín, Vicente Valencia Afonso y Gabriel Escribano Cobo.
De los tres autores, Vicente Valencia posee cierta experiencia en el estudio de los grabados rupestres de Canarias.
Los otros dos autores, aunque han publicado algunos trabajos sobre el tema, han trabajado más en otras líneas de investigación, por lo general en artículos firmados en colaboración, que abarcan buena parte de los temas que ofrece la Prehistoria canaria, en una dispersión investigadora que no tiene precedentes en la historiografía canaria.
El objetivo principal de esta obra debemos adivinarlo a través del prólogo que realiza Antonio Beltrán (pp. 15-22), ya que el estudio carece del exigible capítulo introductorio en el que se definan los límites del trabajo, principales objetivos y estado actual de la investigación sobre el tema.
Señala el veterano Catedrático de la Universidad de Zaragoza que la obra es una síntesis de una de las manifestaciones culturales más interesantes del Archipiélago Canario.
Lo que sucede es que, para los que acostumbramos a acercarnos a las novedades editoriales con el ánimo de leer nuevas propuestas sobre viejos temas, esta obra constituye una absoluta decepción, y aporta muy poco a lo que otros autores explicaron en la monografía Manifestaciones rupestres de las Islas Canarias, publicada por la propia Dirección General de Patrimonio Histórico en 1996.
Para empezar, el título del libro es discutible (en parte la introducción de Beltrán incide en alguno de los aspectos problemáticos que éste encierra), aunque no menos discutible es la propia estructura de la obra.
Como ya hemos señalado anteriormente, carece de una obligada introducción en la que sus autores justifiquen la necesidad de esta obra, sus límites, metodología y, lo que es más importante, el estado actual del tema estudiado.
Los autores prefieren empezar la obra con un primer capítulo dedicado a "los precursores" (pp. 23-55), que es tanto como decir las referencias escritas sobre los grabados rupestres de Canarias desde Leonardo Torriani (siglo XVI), hasta una fecha indeterminada, que aunque los autores no precisan, podríamos situar, a tenor de lo leído en este libro, a mediados del siglo XX.
A este capítulo sigue otro que, de forma un tanto brusca, rompe con el hilo argumental, al centrarse en los aspectos relativos a la legislación, conservación y difusión de los grabados rupestres de.
En este capítulo, si cabe más que en otros, consideramos que sobra el afán descriptivo y falta un análisis de las causas que explican el grave deterioro que éste está sufriendo dicho patrimonio, particularmente los grabados rupestres, y las soluciones alternativas que proponen los autores para solucionar el problema.
Pasado el trance de explicar los aspectos legislativos, conservacionistas y de difusión del patrimonio arqueológico canario, los autores nos introducen en un capítulo dedicado al estudio de los lugares utilizados por las poblaciones prehispánicas de Canarias para realizar la mayor parte de los grabados e inscripciones rupestres, mezclando la información arqueológica con las referencias escritas en lo que los historiadores canarios solemos llamar "Crónicas" (pp. 81-101).
Sigue a éste el capítulo dedicado a los aspectos tecnológicos de los grabados (soportes, técnicas de ejecución y pátinas), que los autores liquidan en poco más de quince páginas, repletas de ilustraciones (pp. 103-118).
En el quinto capítulo de la obra se resumen los principales motivos representados en los grabados, siguiendo la clasificación tradicional de motivos geométricos, figurativos y alfabéticos (pp. 119-135), aunque inexplicablemente estos últimos aparecen analizados en un capítulo aparte, el sexto, dedicado a los grabados alfabéticos (pp. 137-159).
Más discutible aún es la presencia de dos capítulos en el cuerpo central del trabajo, dedicados a las estelas decoradas (pp. 161-173) y a los ídolos y betilos (pp. 175-207), sobre todo este último, cuando los autores hasta ese momento sólo han prestado atención a los grabados y letreros alfabéticos.
Se nos antoja como un capítulo introducido en última instancia en el que, sin orden ni concierto, se listan los testimonios conocidos de esculturas en piedra, incluidos objetos tan controvertidos como la totémica (para algunos) piedra zanata.
El noveno capítulo (pp. 209-221) está dedicado a las cuevas pintadas de Gran Canaria, pese a que el título escogido para denominarlo ("Cuevas pintadas", aunque en el índice de la obra aparece simplemente como "Pinturas"), podrá inducir a cualquier lector poco informado que éstas también existen en otras islas Llegados a este punto, y después de más de doscientas páginas de descripción, parafraseado e intercontextualización (que diría Racionero), de lo que otros autores han dicho con mejores palabras y más argumentos, alcanzamos el obligado capítulo dedicado a las conclusiones (pp. 223-306).
Sorprende el abultado número de páginas, más de ochenta, dedicadas a las conclusiones del estudio.
Sin embargo, una lectura atenta nos confirma que se trata de un nuevo capítulo dedicado a la descripción de las interpretaciones y cronologías que se han realizado sobre los grabados rupestres en la segunda mitad del siglo XX.
Dicho en otras palabras, en el capítulo de las conclusiones los autores del libro enlazan con la redacción del primer capítulo de la obra y se ocupan ahora, en el último capítulo, del repaso historiográfico más reciente.
Sólo las dos últimas páginas de este capítulo (pp. 304-306), tituladas bajo el epígrafe de "Epílogo" (sic), nos ofre-cen las reflexiones personales de los autores de la obra, parte de cuya complejidad queda bien plasmada en este párrafo que citamos a continuación, conservando la puntuación original: "Como tercera premisa, antes que un trabajo erudito e interpretativo para especialistas de unas manifestaciones artísticas y religiosas, a cuya interpretación última resulta, de momento, imposible trascender, y por tanto demostrar científicamente, y de cuyo significado los cronistas y primeros historiadores coetáneos a la conquista tampoco nos dan información útil que nos ilumine, tratamos de mostrar que la Historia de la Arqueología en Canarias, por el interés que siempre ha despertado el Arte Rupestre, ha girado de una manera constante alrededor de él, por su propia espectacularidad en comparación con otras manifestaciones arqueológicas más cotidianas de los aborígenes canarios, siendo raro que un especialista de la Prehistoria de Canarias, tanto español __ sea canario o peninsular __ como extranjero, no los haya valorado, en particular por las implicaciones cronológicas que se deducía antes del descubrimiento de la datación por carbono 14 en 1949 y las primeras fechas obtenidas para Canarias a partir de mediados de los años sesenta del siglo XX" (pp. 305-306).
Cierra la obra una amplia bibliografía de más de veinte páginas (pp. 307-324), seguida de una útil recopilación de artículos publicados en la prensa canaria sobre el Arte Rupestre de las islas (pp. 325-349), posiblemente la mejor contribución de este libro para los investigadores, habida cuenta del protagonismo que ha tenido la prensa escrita en la investigación arqueológica en Canarias, incluso en épocas recientes.
No menos interesante es el abultado número de ilustraciones que posee este libro de 349 páginas.
En efecto, la obra tiene casi trescientas ilustraciones, la mayoría de ellas a todo color, de las cuales 131 son a toda página (el 37,53 % del libro) y 85 ocupan media página (el 24,35 % del libro).
En suma, dejando a un lado el prólogo de Antonio Beltrán y la bibliografía, sólo hay dos páginas de toda la obra, precisamente las dedicadas al "Epílogo" antes aludido, que carecen de una sola ilustración.
Esto, que podría constituir uno de los aspectos más interesantes del libro, se torna en discutible cuando se observa que la mayoría de las ilustraciones ya ha sido publicada en otras monografías y colecciones editadas por la propia Dirección General de Patrimonio Histórico.
Más discutible aún es la galería de retratos que jalona las páginas de la obra (en total, 27 fotografías), entre los que incluyen los de pioneros como Verneau o Chil y Naranjo, junto con estudiosos del pasado siglo como Elías Serra o Juan Álvarez Delgado, y algunos investigadores en activo.
Mención aparte merece el retrato oficial de Rodolfo Virgilio Afonso Hernández, a la sazón Director General de Patrimonio Histórico, entre noviembre de 2001 y julio de 2003, si no es para testimoniar la gratitud de los autores por haber respaldado la publicación de esta obra (la segunda publicada, en menos de uno año, por Alfredo Mederos y Gabriel Escribano en la colección de Estudios prehispánicos).
Finalmen-te, no acertamos a comprender la obsesión por reproducir las portadas de libros (17 fotografías más) suficientemente conocidos por los investigadores, entre otras cosas porque la mayoría de ellos han sido publicados en los últimos veinte años.
Sin embargo, el mayor problema de las ilustraciones de este libro no radica en su excesivo número, ni en su discutible interés para el tema que se estudia en la obra (por ejemplo, la de la página 54, entre otras), sino en el hecho de que la mayoría de ellas carezcan de una escala gráfica que permita al lector hacerse una idea cabal de las dimensiones de un grabado, del tamaño de unos caracteres esgrafiados sobre la piedra o de un ídolo de piedra.
Los autores podrán esgrimir en su defensa que la mayoría de las ilustraciones son obra de otros autores o que pertenecen al archivo fotográfico de la Dirección General de Patrimonio, pero ello no es óbice para que en un estudio que aspira a ser una obra de referencia se incluyan estos elementos de normalización en la ciencia arqueológica.
Viendo esta obra nos vienen a la mente las palabras que el agudo Serra Ràfols le dedicaba a Sebastián Jiménez Sánchez al reseñar en la Revista de Historia Canaria una de sus obras, lamentando la costumbre del arqueólogo grancanario por publicar los dibujos y fotografías de las piezas estudiadas sin contar con ninguna referencia gráfica de su tamaño.
Ahora, pasado el tiempo del amateurismo en la investigación arqueológica, se hace necesario cuidar este tipo de detalles, máxime cuando las dimensiones de los materiales estudiados no están explicitadas en el texto que acompañan las ilustraciones (o viceversa).
Peor aún es que se hayan colado en la obra errores que sonrojarían a cualquier investigador, como sucede en la página 155 del libro, donde se reproduce a página completa una fotografía con el siguiente pie: "Inscripción líbica de Tejeleita (Valverde, El Hierro)".
Dejando a un lado, por no extendernos más, la obsesión de los autores por desterrar el concepto de escritura líbico-bereber, unánimemente aceptado por la comunidad científica internacional, lo que debe descartarse es que dicha fotografía reproduzca una "inscripción líbica" (sic).
En efecto, basta con girar 90o la fotografía para poder leer con claridad el texto esgrafiado en tiempos recientes por alguien que visitó el lugar antes que los autores: "Yo las vi" (con acento gráfico incluido).
En suma, la monografía Arte rupestre de la Prehistoria de las Islas Canarias, publicada por el Gobierno de Canarias sin escatimar recursos, aporta muy poco a la investigación científica sobre el Arte Rupestre de las Islas Canarias, en la medida en que constituye un collage de trabajos ya publicados por otros autores, acompañado de un aparato gráfico que, por innecesario, se nos antoja excesivo en una obra publicada a expensas del erario público.
Todos coincidimos en que Canarias necesita una mayor implicación de sus autoridades políticas en la gestión y defensa de su Patrimonio Histórico, pero la publicación de obras como ésta no constituye la mejor muestra de que ello se esté haciendo.
Somos conscientes de que, en los tiempos que corren, son muchos los investigadores que se ven en la necesidad de publicar cuanto pueden, debido a la enfermiza costumbre de algunos evaluadores y tribunales de oposición por confundir cantidad con calidad.
Sin embargo, organismos públicos como la Dirección General de Patrimonio Histórico del Gobierno de Canarias, deberían cuidar mucho la línea editorial de sus colecciones, utilizando criterios como el peer review y el arbitraje externo, que tan buenos resultados producen en aquellas revistas científicas que los aplican.
Sólo de esta forma defectos formales y de fondo como los analizados en esta reseña podrían haberse corregido en esta monografía.
O podría haberse evitado a las arcas públicas la edición de una obra absolutamente prescindible.
Si se me permite la excentricidad, recomendaría al lector o lectora potencial de este libro que, por una vez, empiece las cosas por el final e inicie su lectura echando un vistazo a las tres últimas páginas.
Ahí encontrará una útil referencia descriptiva de los 23 volúmenes monográficos (Cuadernos y Cuadernos Técnicos) que el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico (organismo de la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía) lleva publicados desde 1992.
Si consideramos que, en los doce años transcurridos desde entonces, esta institución ha venido publicando además su Boletín con una periodicidad que en los últimos tiempos ha sido trimestral, nos daremos cuenta de la extraordinaria contribución que las publicaciones del IAPH vienen realizando dentro del campo de la gestión del Patrimonio Histórico en nuestro país (y no estoy teniendo en cuenta otras publicaciones monográficas más ocasionales no incluidas en las dos series antes citadas).
Creo que de esta forma se podrá contextualizar de forma adecuada el tema y contenidos del volumen Territorio y Patrimonio.
Los Paisajes Andaluces, una obra colectiva que recoge las aportaciones realizadas por una serie amplia de especialistas en distintos campos técnicos, científicos y artísticos en una reunión celebrada en octubre de 2001 en Sevilla, dentro de una serie de publicaciones anteriores relativas a temas como la catalogación, conservación, intervención o difusión del Patrimonio Histórico.
Una primera particularidad del libro es que, como el título especifica bien claramente (y en este aspecto no llama a engaño), su ámbito de referencia se circunscribe a Andalucía, tanto por la experiencia y filiación profesional de sus autores y autoras como por los temas tratados.
En cierto sentido ello puede restar inte-rés a especialistas o colegas de otras regiones españolas o de otros países (algunas de las contribuciones tratan temas específicamente andaluces), pero creo que, en honor a la verdad, ello no debe ser necesariamente así.
Con alguna excepción concreta, la mayor parte de los capítulos del libro abordan cuestiones con un suficiente nivel de generalización como para que el lector o lectora no interesado en la casuística patrimonial andaluza encuentre vetas intelectuales lo suficientemente amplias como para abrir sus propias galerías de inspiración, reflexión y crítica.
La segunda característica de este libro que debe ser destacada es la heterogeneidad de temas y de enfoques que presenta.
Por una parte, hay varias aportaciones que comparten de forma genérica un interés por el problema de la inserción del paisaje (en su acepción patrimonial) dentro del ámbito de la ordenación territorial, esto es, en el marco de una problemática fundamentalmente política, legal y administrativa.
Un segundo grupo de contribuciones se interesa por la reconstrucción de determinados aspectos paisajísticos en periodos históricos recientes (época medieval, moderna y contemporánea) con aportaciones de historiadoras e historiadores del arte.
Finalmente, un tercer grupo de trabajos están enfocados desde la óptica de la visión artística de los paisajes andaluces ("miradas creativas").
Así, el libro asume una amplia transdisciplinariedad que va más allá de lo estrictamente académico o científico, realizando una audaz propuesta de diálogo entre investigación científica y creación artística.
Ciertamente, por tanto, no se trata de un volumen centrado en el Patrimonio Arqueológico, ni en la Arqueología ni en la Prehistoria: las dos primeras son abordadas en algunos de los trabajos de forma más o menos directa, aunque no así la tercera, que destaca precisamente por su ausencia, lo que, como espero argumentar a continuación, creo que constituye uno de los principales defectos del libro.
En el primero de sus bloques temáticos ("los paisajes andaluces y su valor patrimonial") encontramos una serie de reflexiones relativas a la integración de los elementos patrimoniales y los paisajes culturales en la dinámica de explotación y uso de un territorio que, como el andaluz, no solo muestra una importante complejidad de partida por su extensión y diversidad física y humana, sino que está además marcado en la coyuntura histórica actual por poderosos intereses económicos (inmobiliarios y agro-industriales) y por complejas dinámicas sociológicas.
En este sentido, tanto F. Zoido (p.
33) plantean las bases de un enfoque sostenible abogando, ante todo, por una gestión de los elementos patrimoniales del paisaje que parta de la forma de vida de sus propios habitantes actuales.
Algo que, no por parecer perfectamente razonable, resulta menos complejo de llevar a la práctica: como afirma Salmerón, "los problemas [de la gestión de los paisajes culturales] deben ser atendidos con herramientas de gestión adecuadas para ofrecer una verdadera apuesta para sus usuarios [o] de lo contrario aparecerá otro tipo de paisaje banalizado, socialmente despojado."
La complejidad de la tarea es, evidentemente, formidable, con implicaciones epistemológicas, socioeconómicas, legales y jurídicas de muy distinto tipo y de gran alcance.
Para encontrar un botón de muestra de las diferencias de enfoque que pueden darse no hay que ir demasiado lejos.
Así, para mejorar la calidad de ordenación y gestión de los paisajes andaluces, Zoido propone que, en primer lugar, se considere al paisaje "por sí mismo, sin confundirlo con los otros hechos a los que generalmente se asocia, como los ecosistemas o el patrimonio cultural" (p.
Si al paisaje se "restan" los ecosistemas y el patrimonio cultural ¿qué queda?
Desde el punto de vista del análisis arqueológico es difícil no ver en muchos de los paisajes de una región como Andalucía (con un poblamiento humano de gran antigüedad e intensidad) todo un "patrimonio cultural".
La intensidad de la manipulación ecológica, con prolongados fenómenos de introducción y extinción de especies vegetales y animales, procesos de clareamiento y deforestación con tecnologías cada vez más agresivas, y con la articulación de infraestructuras agropecuarias (terrazas, canalizaciones, desmontes, vías de paso), durante varios miles de años, hacen del cultural un componente tan inherentemente asociado a la noción de paisaje, que resulta imposible entender cómo se puede gestionar éste separándolo de aquél.
Quizás un ejemplo fácilmente comprensible para la experiencia empírica de la Geografía derive de las investigaciones geo-arqueológicas que en el último decenio han puesto de manifiesto hasta qué punto las líneas de costa de la Andalucía actual son en parte producto y resultado de procesos de sedimentación en parte potenciados por las actividades agrarias que las comunidades humanas llevan a cabo cada vez con mayor intensidad e impacto a partir del Neolítico (Arteaga Matute y Hoffmann 1999).
A este respecto, como prehistoriador, entiendo que una debilidad importante del planteamiento propuesto en esta sección del libro deriva de la ausencia de un verdadero enfoque diacrónico de la génesis y formación de los paisajes andaluces actuales.
La teoría geográfica sobre las relaciones grupo-medio tiende a infra-estimar efectos que la acción humana ha tenido sobre sus entornos, abordando el problema sin la necesaria diacronía -un ejemplo en Cloke y otros (1991).
Pasando al segundo de los bloques temáticos del libro ("fundamentos históricos de los paisajes andaluces y de su percepción"), encontramos dos trabajos relativos a los paisajes medievales (F. Roldán Castro y M. Valor Piechotta), un tercero dedicado a la imagen renacentista de los paisajes andaluces (A. Morales), y un cuarto dedicado a la visión de Andalucía desde los viajeros ilustrados (A. López Ontiveros).
En realidad, estos cuatro trabajos, como también los que plantean J. Fernández Lacomba y M. A. Vázquez Medel en la siguiente sección ("miradas creativas") comparten claramente su interés por lo que me atrevería a decir constituye uno de los temas predilectos de la historiografía tradicional andaluza, esto es, el de la imagen proyectada por Andalucía en los viajeros y visitantes extranjeros en épocas históricas recientes.
Trátese de un geógrafo como al-Idrisi en el siglo XII, de un dibujante como J. Hoefnagel en el XVI, de un viajero como R. Ford en el XIX, o de una intelectual como M. Yourcenar en el XX, la imagen de los paisajes andaluces ha ejercido en los visitantes un efecto fascinador a lo largo de los siglos.
Por mucho que se trate de un tema que ha generado una enorme literatura también en relación con la cultural española en general (Núñez Florencio 2001), el hecho de que ocupe un espacio más bien desproporcionado dentro de este libro invitaría a algunas reflexiones.
Me limitaré, sin embargo, a constatar únicamente el candor rayano en el narcisismo y la autocomplacencia con que el asunto es abordado por varios de los autores del libro.
Tan solo en el trabajo de M. A. Vázquez Medel encontramos un esfuerzo sincero por contrapesar las "loas" y "exaltaciones" de los paisajes andaluces según las "miradas" (confortablemente distanciadas) de los visitantes extranjeros, con otros enfoques que se detienen con más aplomo en aspectos paisajísticos menos idílicos tales como la pobreza, el atraso o la ignorancia de sus pobladores.
El tercero y último de los apartados del libro ("miradas creativas sobre los paisajes andaluces") ofrece una oportunidad de aproximarse a los planteamientos que los creadores de formas y sensaciones artísticas pueden proponer con respecto al tema del libro.
La interesante discusión planteada por J. Fernández Lacomba en la primera parte de su trabajo (en la segunda insiste en el tema de la imagen de Andalucía entre los viajeros, solapándose de hecho con los contenidos de la sección anterior) se sitúa dentro de las premisas epistemológicas del discurso fenomenológico: "para que un paisaje exista la primera condición es nuestra propia mirada, la segunda condición es nuestro espíritu, nuestro talante o condición psicológica..." (p.
Se trata de un planteamiento familiar en la literatura arqueológica de la última década, según el cual, como es bien sabido, los fenómenos estudiados (no solo el paisaje) son, esencialmente, actos radicalmente subjetivos de conciencia y de apreciación estética.
Incluso reconociendo la aportación y el valor que este enfoque ha tenido en nuestra disciplina, es difícil aceptar el tipo de reduccionismo al absurdo, de corte tautológico, implícito en la premisa de que el paisaje es "un acto mental" (p.
¿No es posible, en última instancia, reducir todas las cosas humanas a actos mentales de percepción y conocimiento?
¿En qué ayuda semejante premisa en la construcción de un conocimiento relativo a un mundo real que existe ahí fuera, con total independencia de nuestras sinapsis y neurotransmisores?
En conjunto, creo, se trata de una obra interesante, con un planteamiento original, que incluso en sus carencias (por ejemplo la total ausencia de la Prehistoria), nos ayuda a entender un poco mejor las fortalezas y debilidades del conocimiento científico y legal que la sociedad actual está produciendo sobre los paisajes y territorios que se extienden por nuestro pasado. |
En este trabajo se analizan los sedimentos arqueológicos de cuatro túmulos megalíticos, encuadrados cronológicamente, entre el V y el 111 milenio a.
C., situados en la provincia de Lugo.
Tras considerar la vegetación actual, se estudian las secuencias obtenidas a partir de los diagramas polinicos, sumándose estos resultados, a los obtenidos por Ramil Rego en 1992 para las sierras septentrionales de esta provincia.
El propósito de este trabajo es continuar con la aproximación al estudio de la paleoflora regional de Galicia, iniciado en la década de los 40, y donde los análisis polínicos han tornado un gran auge a partir de los años 80.
En este caso se trata del análisis de cuatro paleosuelos pertenecientes a túmulos, sin una cronología precisa, pero que se encuadran en el fenómeno tu mular gallego, con dataciones aproximadas entre el 4200 y el 2500 a.
C. (Criado Boado, comunicación personal (Fig. 1).
Recientes estudios llevados a cabo en las Sierras Septentrionales de la provincia de Lugo, tanto en turberas como en yacimientos arqueológicos, nos aproximan, cada vez más, a poder establecer la relación entre ambos tipos de depósitos.
El análisis de las secuencias que aquí se presentan, servirá para completar los datos anteriores.
EL MEDIO 1) El medio fisico El río Ladra nace en la Sierra de Carba, desembocando en el río Parga, afluente, a su T. P.. no 50.
Pilar López y J. Antonio López vez, del Miño.
La altitud del valle está en torno a los 800 metros.
Su base se asienta en materiales silúricos y cámbricos, con rocas ácidas intrusivas (granitos y granodioritas).
Su substrato geológico influye fuertemente en los caracteres geomorfológicos y edáficos.
Con las características geológicas y el clima atlántico, el suelo de las cuencas tiende a formar suelos oligotróficos oscuros, con horizontes A, fuertes y ricos en humus.
Este tipo de suelo puede ser fácilmente encontrado en áreas con una geomorfología favorable, llanas, o en fondos de valle.
En las zonas de ladera, la roca madre se sitúa próxima a la superficie, formando suelos húmedos, de tipo Ranker, pasando de los horizontes A a C.
2) Corología y bioclimatologia
Siguiendo la división de Rivas Martínez (1978b), la zona estudiada pertenece a la región Eurosiberiana, provincia Cántabro-Atlántica, sectores Galaico-Portugués y Galaico-Asturiano.
Siguiendo la división de Sainz-Ollero y Hernández Bermejo (1985), el territorio pertenece a la provincia Oeste-Herciniana (o Cántabro Pirenaica), subprovincia Galaico Sanabriense, sector Galaico-Portugués.
En términos bioclimáticos, la cuenca del río Ladra está dividida entre los estratos de montaña y los de colina (Rivas Martínez, 1987b).
3) Vegetación actual Para citar los táxones, hemos usado la nomenclatura de Tutin (en Walters y Weeb, 1964-1980).
La nomenclatura sintaxonómica seguida es la de Rivas Martínez el alii (1978a) y Rivas Martínez (1979).
La especie arbórea más común en todo el territorio, y que caracteriza la vegetación es Quercus robur L., dominando la zona dos asociaciones fundamentales: a) Es esta la asociación climácica de la parte superior de la cuenca, que se desarrolla en el sustrato montañoso del sector Galaico-Portugués, propuesta por Rivas Martínez (1978a).
Se trata de un bosque desarrollado en suelos ácidos oligotróficos, pobres en su base, generalmente profundos y de fácil podzolidación, bajo la influencia del humus.
Tiende a ser un espeso bosque cuando, unido al Quercus robur L. aparece Quercus pyrenaica Willd, formando un bosque mixto, donde son frecuentes los híbridos.
Aparecen numerosos caméfitos perennes, particularmente Vaccinium myrtillus L. En el momento actual este bosque está reducido a pequeñas manchas mezcladas con matorrales en los bordes, sustituyendo a los abedulares, habiendo cedido la mayor parte de su territorio potencial a los páramos.
Estos bosques están bordeados por matorrales de genista, siendo comunes los siguientes táxones: Cytissus striatus (Hill) Rothm., Cytissus scoparius (L.)
Kuhn. b) Como el río Ladra desciende a alturas más bajas penetra desde el estrato montano al colino.
En las áreas más altas de este estrato, y en transición al primero, la vegetación potencial es de bosque Galaico-Asturiano de robles.
El Blechnum spicant (L.)
Roth fern. crece en suelos ácidos, requiriendo un ombroclima húmedo.
Se trata de un espeso bosque de robles que no permite el desarrollo de estratos de arbustos.
En el subsuelo se localizan Saxífraga spathularis Brot., Viola riviniana Reichenb., y Blechnum spicant (L.).
En suelos más profundos y húmedos se localizan avellanos, fresnos, alisos, nogales y abedules, formando bosques mixtos de transición.
Estas áreas de suelos más profundos son, usualmente, transformadas por el hombre en prados (Dalda González, 1972).
Este bosque tiene un borde dominado por genista: Cytisus striatus (Hill) Rothm., C. scoparius (L.)
En términos de vegetación real este bosque es únicamente una pequeña sección de su potencial global, siendo sustituido por páramos, ca-racterizados por Agrostis capillaris L., Trifo/ium repens L. y Sieg/ingia decumbens (L.)
Unido a estas comunidades potenciales, encontramos otros bosques de carácter serial o edafófilo.
Como bosque serial encontramos los abedulares en la parte alta de la cuenca del Ladra, reemplazando al robledal con arándanos: Vaccinio-Quercetum rohoris P. Silva, Rozeira y Fontes, 1950.
La escasez de bosques climácicos hace que estos abedulares sean más abundantes que los robledales.
Generalmente están bien estructurados con muchos árboles jóvenes, no más altos de 6-8 metros, y con señales de fuegos frecuentes.
Las especies más comunes son: Betula puhescens Enrh., Quercus robur L., Castanea sativa Miller e l/ex aquifo/ium L., junto a abundantes arbustos que incluyen diferentes géneros de Ericaceas, Genista y diferentes tipos de zarzas, favorecidos por las buenas condiciones de luz en los pisos inferiores de estos bosques.
Los bosques riparios gallegos están en proceso de estudio y clasificación (Izco, 1987), por lo que no usaremos una terminología fitosociológica cuando nos refiramos a ellos.
Es dificil encontrarlos bien conservados por su localización en áreas de suelos fértiles y profundos, usadas por el hombre, relegando el bosque original a estrechas bandas de vegetación.
En este último tipo de bosque, destacamos la presencia de: Fraxinus exce/sior L. y A/nus glutinosa (L.)
Gaertner, así como de Betula puhescens Enrh., Sa/ix atrocinerea Brot., y Frangula alnus Miller.
Entre las formaciones forestales resultantes de la actividad humana destacamos, en primer lugar, los castañares.
Este árbol ha sido considerado tradicionalmente en la literatura botánica como introducido en la Península Ibérica por los romanos.
Recientes estudios han apuntado la hipótesis de su carácter indígena desde el Terciario en determinados hábitats (Guillé n Oterino, 1984; Sánchez Goñi, 1986, 1987; Garcia Antón et alii., 1990).
Al margen de este debate, es bien conocido que el hombre favoreció el desarrollo del castañar desde que su fruto fué el alimento básico para sí mismo y para el ganado, hasta que la patata fue introducida, siendo todavía usado con altos beneficios económicos.
Podemos diferenciar entre souto: bosque
Los análisis que presentamos a continuación han sido efectuados sobre sedimentos arqueológicos de cuatro yacimientos: Chao Mazos, Medorras do Cal, Carabulla y Fonte Vilar (Fig. 1).
Las muestras fueron tomadas en una única columna estratigráfica cada 5 cm.
El tratamiento químico utilizado en todas las muestras ha sido el que denominamos clásico, siguiendo el protocolo descrito por uno de nosotros (López, 1989), utilizando una cantidad T. P.• n ll 50.
La concentración polínica se ha realizado con líquido denso, Thoulet (Goeury y Beaulieu, 1979) El montaje de las láminas se ha hecho con cubres de 50 X 24 mm. con glicerina, a fin de facilitar el movimiento de los palinomorfos de cara a una mejor identificación.
Se han contabilizado un número mínimo de 100 granos, en los casos que ha sido posible.
La determinación polínica se ha efectuado con ayuda de la palinoteca del Departamento de Prehistoria, además de la bibliografía más habitual: Moore andWeeb 1978 y 1992; Erdtman's, 1992.
ESTUDIO DE LOS YACIMIENTOS ARQUEOLOGICOS
Chao Mazos a) Datos arqueológicos
Es un túmulo de grandes proporciones (30 m. de diámetro y 2 de altura), situado en una superficie plana elevada sobre las cotas más altas de la zona de estudio.
Presenta una cámara megalítica poligonal bien conservada, aparentemente sin corredor y que no sobresale por encima del túmulo.
En función de este último dato y de su posición cartográfica, se podría hipotetizar que representa un monumento primitivo dentro del fenómeno megalítico gallego, situable en su fase inicial, en torno a finales del cuarto milenio a.
C. o en la transición entre el cuarto y tercer milenio en cronología sin calibrar.
Calibrado se podría poner a principios del cuarto milenio.
(Criado Boado, comunicación personal). b) Resultados polínicos (Fig. 2)
Se ha realizado el muestreo entre los 20 y los 35 cm. de profundidad.
Pueden diferenciarse, por tanto, tres episodios de la historia evolutiva de la vegetación, que corresponde básicamente al bosque templado de roble con avellano.
En la muestra más antigua, el A.P. representa un 77 % del total, presentándose Quercus con valores inferiores al 5 % siendo la especie arbórea dominante el avellano (Corylus), con valores superiores al 55 %.
En ambientes de humedad edáfica alta, preferentemente en áreas de ribera, la dominancia corresponde al aliso (Alnus) y al álamo (Populus).
Ante esta situación, y teniendo en cuenta que el matorral de sustitución (Ericaceae) constituye un 12 % del N.A.P., y que la presencia de helechos encuentra su máximo en este nivel más antiguo, podría deducirse que la vegetación circundante al yacimiento podría corresponder, cronológicamente, con el período Subboreal, caracterizado por continuas oscilaciones climáticas con enfriamiento y disminución de las temperaturas, y aumento de las precipitaciones.
La mayor humedad ambiental viene indicada por los máximos porcentajes de Polypodium y otros helechos, además de por la presencia de Rubiaceae; y ese enfriamiento característico del Subboreal es coincidente con el máximo valor que alcanzan los porcentajes de Poaceae.
En la siguiente muestra (25-30 cm.), se aprecia una débil tendencia de recuperación del roble (Quercus robur), a la vez que se mantienen los niveles de Corylus y caen los de Ericaceae, con lo que puede interpretarse como una ligera suavización de la temperatura, descendiendo por ello los porcentajes de Poaceae, y ganándole terreno el robledal al matorral.
Los valores de Alnus y Popu/us se mantienen constantes, mientras que se denota la disminución de la aparición de esporas de Polypodium.
En el último estadío (20-25 cm.), se aprecia un importante descenso del porcentaje de A.P. Desaparece Quercus y caen los valores de Cory-/us, Alnus y Popu/us, mientras aumentan de manera considerable los valores de Ericaceae (brezales) y Labiatae, representantes de las sucesivas etapas de sustitución del robledal.
Además, es relevante señalar como aparecen Chichoriae, Anthemideae, Fabaceae y Juncaceae, todas ellas relacionadas con la intervención humana en el medio.
También aumentan los valores de Po/ypodium y triletes.
Todos estos hechos llevarían a pensar que el entorno del yacimiento pudo estar poblado con anterioridad al período Subboreal, cuando las condiciones climáticas lo propiciaban, de ahí la importante degradación que el bosque presenta en el período Subboreal, que es al que corresponde el diagrama polínico estudiado, y en el que el enfriamiento climático desplazaría a los supuestos pobladores, por lo que el entorno quedaría en situación de abandono, denotándose por ello una progresiva recuperación del bosque.
Sin embargo, parece ser que una vez avanzado este período, en momentos de mayor temperatura, el hombre vuelve a aprovechar esta zona, hasta el punto de que su presión hace desaparecer definitivamente el bosque de robles, reconvirtiendo el suelo en pastos de aprovechamiento agrícola.
Medorras do Cal a) Datos arqueológicos
Es un túmulo de grandes proporciones (unos 22 m. de diámetro 1,70 de altura), situado sobre un collado por el que se accede, desde una zona de valle poblado (en épocas prehistóricas) y en la actualidad, hacia el interior de un sistema montañoso, abrupto e inhóspito totalmente despoblado.
No conserva restos de cámara, aunque las proporciones del cono de violación hacen pensar que originalmente poseyó algún tipo de estructura pétrea.
En arquitectura tumular y condiciones de emplazamiento es un monumento semejante a los ejemplares más típicos del megalitismo gallego.
Se podría arriesgar, de forma totalmente intuitiva, una cronología en términos calibrados, situada entre el 4100 y el 3700 a.
C., pero esta valoración debe ser tomada con la consideración que merecen las observaciones de carácter hipotético (Criado Boado, comunicación personal). b) Datos polínicos (Fig. 3) Han sido tomadas 3 muestras entre los 85 y los 100 cm. de profundidad.
En una visión general, el diagrama indica que la vegetación del entorno corresponde a distintas fases evolutivas de la serie colina del robledal acidófilo.
Es patente la gran regresión de este tipo de bosque, ya que el porcentaje de polen arbóreo (A.P.) en ningún momento supera el 20 %, representando el polen de Quercus tan solo un escaso 5 %.
Por el contrario, aparece casi de un modo continuo, un 80 % de N.A.P., correspondiendo principalmente a Ericaceae, y concretamente a distintas especies de brezos, que constituyen el matorral de sustitución tras la degradación del robledal.
La efimera aparición de Pinus en el nivel más antiguo descarta su localización in situ, significando su presencia la probable existencia de algún pinar en las inmediaciones del yacimiento.
De modo similar podría interpretarse la presencia de Fagus, representando el 1-2 % del A.P., que revelaría su existencia local, pero quizás no in situ.
En todo caso, los escasos porcentajes que suponen los pólenes de haya, nos hacen descartar la idea de la posible existencia de un haye.do, por lo menos, en la zona de localización del yacimiento, aunque hay que tener en cuenta que los niveles de haya son detectables a lo largo de todo el perfil, lo cual es T. P.. n ll SO.
1993 Pilar López y J. Antonio López realmente significativo.
Por otro lado, la presencia de hayedos constituye un dato valioso a la hora de establecer la cronología de las muestras del yacimiento, ya que el haya es un buen indicador bioc1imático para determinar el período en que se enmarca la vegetación del entorno.
Esta aparece en Galicia en el período Subboreal, en el que las condiciones climáticas se hacen más rigurosas, debido fundamentalmente al enfriamiento térmico y al aumento de humedad ambiental, fruto del incremento de las precipitaciones.
No obstante, dicha presencia queda relegada al extremo más oriental en contacto con las cordilleras cantábricas, allí donde el haya «tuvo tiempo» para instalarse, no estando presente en el resto de Galicia.
Por ello, su presencia de manera continua a lo largo del diagrama polinico estudiado puede interpretarse de dos formas, teniendo siempre en cuenta los bajos porcentajes detectados: a) el polen de Fagus es anemófilo, por lo que su procedencia a partir de zonas lejanas al yacimiento explicaría su escasísima presencia en el diagrama; b) el haya quedaría refugiada tras el último período glaciar en zonas más humedas y de clima más suave, de modo relíctico, tal como puede suponerse su presencia en el interior del Quercetum mixtum, acompañando al resto de especies pla- nocaducifolias constituyentes de tal tipo de bosque.
La presencia de Polypodium y otros helechos puede indicar la existencia de humedad ambiental alta en el momento de estudio.
La vegetación riparia estaría representada por el aliso (A Inus), aunque este siempre en bajos porcentajes (cercanos al 2 %), acompañado de Ranunculaceae, Polypodium...
Es relevante observar la correlación evolutiva existente entre la variación de los porcentajes de A.P. y Ericaceae.
En la segunda muestra (90-95 cm.) se observa un ligero aumento en el porcentaje de A.P., debido fundamentalmente al aumento de los niveles de Corylus y la aparición de Juniperus (enebros o sabinas rastreros).
Los niveles de plantas ruderales tipo Chichoriae son muy bajos (inferiores al 2 %), dato que unido a su sistema de polinización (entomófila) hacen pensar que su presencia es realmente bastante escasa, habiendo sido desplaza- dos por la progresión de los brezales Ericaceae y Fabaceae.
La tercera muestra (85-90 cm.) supone la única representación de A.P. próxima al 10 %, en la que la presencia del roble (Quercus) se mantiene constante, pero en valores mínimos; a la vez que se nota la disminución en los niveles de avellano (Corylus), en favor de una mayor expansión del matorral sustitutorio (brezal), que aquí alcanza su máximo de un 85 % del N.A.P. Como conclusión puede decirse que la vegetación que cabría esperar en el momento estudiado en el diagrama sería la representada por el robledal mixto, siendo Quercus robur y Corylus, junto con algún haya, las especies presentes, aunque de este tipo de bosque sólo puedan ponerse de manifiesto algún que otro pie de árbol, más bien disperso, siendo por ello la vegetación dominante, la representada por las etapas degradativas del bosque, predominantemente brezales.
Parece ser, como si el bosque hubiera estado sometido a una gran presión en períodos anteriores de mayor suavidad climática, y tras el abandono de ésta, hubiera existido una colonización por medio del matorral de sustitución en las zonas deforestadas del antiguo robledal.
Con todo lo anterior, podríamos datar cronológicamente el diagrama dentro del período Subboreal, denotándose ante todo los efectos de una previa deforestación.
Carabulla a) Datos arqueológicos
Se sitúa en el inicio de la vertiente de una pequeña dorsal topográfica, próximo a tierras de cultivo actual.
No conserva cámara, pero en función del tipo de violación y de los datos recogidos entre los vecinos, parece que tuvo una cámara megalítica clara que fue desmantelada en fecha reciente.
En este caso no hay datos suficientes para poder hacer una adscripción cronológica concreta (Criado Boado, comunicación personal). b) Resultados polínicos (Fig. 4) Se llevó a cabo la toma de un total de 8 muestras, desde los 120 a los 150 cm. de profundidad.
De manera general, una primera visión del diagrama revela los altos porcentajes que alcanza el avellano (Corylus) a lo largo de él, crecientes desde los 142 cm. (20 %) hasta los 120 (50 %).
Es igualmente denotable la presencia de polen de pino (Pinus), el cual alcanza valores de hasta un 30 % a los 145 cm. para luego bajar hasta los inferiores al 10 %, que mantiene, no obstante, continuos a lo largo de todo el perfil, lo que es indicativo de que su presencia es natural y no Esta primera zona estaría caracterizada por un ligero enfriamiento ambiental, que provocaría el retroceso del robledal mixto (Quercetum mixtum) en favor de la progresión de los pinares.
No obstante, ciertas especies de óptimos templados, como el nogal (Juglans), se mantienen de manera relíctica en ciertos enclaves tales como la aliseda o el propio robledal que perdura siempre a resguardo de dicha disminución de las temperaturas, lo que provocaría, de manera similar, ese ligero aumento que se detecta en los porcentajes de avellano.
Igualmente, es de notable la presencia puntual del haya (Fagus) a los 145-150 cm. apoyando de nuevo esa idea de enfriamiento ambiental.
Los niveles de aliso (Ainus) son bajos, no superiores al 4 %, lo mismo que le ocurre a
Poiypodium, triletes y monoletes, lo que parece indicar que la humedad ambiental y edáfica no eran muy altas.
1993 Hay que destacar los máximos porcentajes que alcanzan Rubiaceae (10 %), Anthemideae (24 %) y Poaceae a los 145-150 cm., favorecidos posiblemente por el susodicho enfriamiento.
Zona 11: 139-120 cm., caracterizada por detectables procesos de antropización, remarcados posiblemente en la quema del bosque.
Tales procesos vendrían definidos por un inicial aumento de los jarales (Cistaceae), que alcanzan su máximo a los 139-142 cm. llegando a un 8 %; y tras la consiguiente degradación, aún mayor, del suelo, un progreso espectacular de los brezales (Ericaceae: Erica y Calluna) cuyos niveles llegan hasta el 40 % del N.A.P. a los 133-136 cm. El pinar incipiente, que iniciaba su desarrollo en contra del robledal, se verá sustituido por etapas degradativas tras ser quemado el bosque, prosperando en primera instancia los jarales, acompañados de Cichoriae, Campanulaceae, etc; y a medida que la degradación se hace mayor, incluyendo la del suelo, prosperan de forma importante los brezales, acompañados de especies ruderales (Poaceae, Borraginaceae), así como de otras que se desarrollan tras procesos de quema y tala: Aspho- delus (presenta un máximo, coincidiendo con los niveles, igualmente máximos, de Ericaceae) y el helecho común (Pteridium aquilinum).
No obstante, se denotan dos momentos en los que la quema y la consiguiente degradación del bosque son mayores, alternándose con pequeños estadíos de recuperación del mismo: a los 133-136 cm., en los que los porcentajes de Ericaceae y Asphodeius son máximos, coincidiendo con una bajada, en los hasta ese momento, crecientes niveles de Coryius; y a los 127-130 cm., donde tras la quema anterior, que afectó incluso a los brezales, se detectan nuevos máximos de Asphodelus y triletes (Pterídíum), lo que indica el nuevo proceso de quema.
Los niveles de Quercus continúan igual que en la zona 1, siempre por debajo del 5 %,10 que indica su presencia residual, en ciertos enclaves más templados, donde sustituye al pinar; aunque deba competir, no obstante, con el progreso del avellano.
A favor de esta situación más templada, pueden progresar ciertas especies más termófilas, tales como el olmo (Ulmus) (aparece a los 127-130 cm.) y Polypodium (progresa muy poco, debido a la escasa humedad ambiental).
Tanto Juníperos como monoletes, experimentan un máximo en el nivel más alto del diagrama (120-127 cm.), al igual que Anthemi- deae, Fabaceae y triletes; posiblemente a favor de la degradación del bosque.
No se detecta aún una clara actividad antrópica de tipo agrícola, pues no hay presencia de pólenes de Cerealia, aunque sí queda reflejado el aclareo del bosque mediante quema, y la consiguiente degradación del suelo, así como un aumento de especies ruderales.
La aparición de Rumex (127-130 cm.) es indicadora de esa actividad humana incipiente, dentro del ámbito agrícola, que se basaría en un sistema de tala del bosque mediante el fuego, consiguiendo así mayor área de terreno para el cultivo, en el que inicialmente prosperarían Asphodellus y Pteridium.
Esto explicaría los bajos porcentajes de pino, de Quercus (aunque éste sea posiblemente de carácter residual) y los altos porcentajes de especies propias de etapas degradativas del bosque, tipo jarales o brezales.
El haya (Fagus), que ya aparecería en la zona 1, está presente de nuevo a los 133-136 cm., lo que indica el mantenimiento de esas condiciones de baja temperatura ya iniciadas con anterioridad.
Su presencia además, coincide con mínimos porcentajes de Corylus.
No obstante, el haya no alcanza valores muy altos como para poder considerar la existencia de un hayedo, aunque su posterior dominio fuera en zonas de baja altitud, tipo montañas medias, sobre todo en el NW.
El avellano, no obstante, mantiene unos niveles altos a lo largo de todo el perfil, progresando éstos a medida que la temperatura bajó, en contra del avance del robledal.
El abedul (Betula) es detectable a los 120-127 cm., muy puntualmente, y no en otros momentos del diagrama.
Su presencia puede venir indicada por el progreso de la aliseda, o bien, aparecer como acompañante del haya o del pino.
El aliso (Alnus) presenta en toda la zona 11 un progresivo aumento de sus niveles, llegando a un máximo de un 12 % entre los 133-127 cm., indicativo de ese empeoramiento climático.
Es un árbol que se puede encontrar en el interior de los bosques caducifolíos atlánticos, también de los mediterráneos, requiriendo ambientes frescos y protegidos, casi siempre a la umbría, allí donde el clima se hace más templado.
Su aparición puntual puede deberse a su inclusión en el sotobosque del propio pinar, del robledal o acompañando al haya, aunque no sería nada raro que estuviera presente en la propia aliseda.
Finalmente es remarcable la presencia, a lo largo de todo el perfil, y en distintos momentos, de especies acuáticas, de aguas de curso lento, remansadas: Utriculariaceae (142-145 cm.), plantas carnívoras de aguas poco profundas; Nympheaceae (nenúfares) que aparecen a los 142-145 cm. y 127-130 cm. coincidiendo con máximo desarrollo de la aliseda; y Haloragina- ceae (Myriophyllum), plantas sumergidas que aparecen a los 130-133 cm. A los 120-127 cm. se denota la presencia de Sanguisorba (Rosaceae), indicadora de condiciones de mayor humedad, lo que puede interpretarse como una ligera mejoría de las temperaturas, ya la final del diagrama, coincidiendo con niveles relativamente más altos de Polypodium.
Como conclusión, dataríamos el diagrama estudiado durante el período Subboreal, en base a la aparición del haya (Fagus), aunque sea de manera muy puntual, a lo largo de distintos momentos del perfil.
El avellano progresa igualmente, indicando ese ya consabido enfriamiento de la temperatura, propio de este período, al igual que ocurre con diagramas polínicos estudiados en Cantabria.
La otra característica climática propia del Subboreal, el aumento de las precipitaciones, vendría definida por el aumento progresivo de los niveles de aliso.
No obstante, ese' posible aumento de humedad no queda bien marcado, si exceptuamos el momento final del diagrama, pues el progreso del aliso puede venir igualmente definido, y es lo más posible, por el enfriamiento climático; progreso semejante al que experimenta el haya en el resto de Europa, Cantabria y Pirineos.
Un aumento en las precipitaciones impediría en cierta forma que las especies acuáticas antes nombradas pudieran asentarse, pues el aumento del caudal del río se lo impediría, por ser propias de aguas más o menos tranquilas, de corrientes lentas.
No se detectan especies de ambientes más termófilos, tales como el arce (Acer), el chopo (Populus) o el tilo (Tilia), que nos marcarían el período Atlántico o finales del Boreal, ni siquiera una cierta progresión del robledal, por lo que suponemos que la datación del diagrama, incluyéndolo dentro del período Subboreal, es la adecuada.
La presencia de especies propias de procesos de quema, datados éstos a finales del Atlántico para la zona de Galicia, apoyan de nuevo tal cronología.
Fonte Vilar a) Datos arqueológicos
Túmulo de grandes dimensiones (24 m. de diámetro y 1,80 de altura) tiene una cámara megalítica bien conservada, de tipo poligonal desarrollado, con corredor en V de un solo tramo y que sobresale por encima de la masa tumular.
La cámara tiene unos 3 m. de largo y (originalmente) debió tener unos 3,40 de ancho.
Este tipo de monumento se puede adscribir tipológicamente, y con bastante seguridad, a la primera mitad del tercer milenio a.
C. (2700-2500 sin calibrar) o segunda mitad del cuarto milenio en cronología calibrada, toda vez que parece bastante seguro, en Galicia y Norte de Portugal, que las cámaras megalíticas desarrolladas ocupan un cronología intermedia y avanzada, bien definida, dentro del mundo megalítico (Criado Boado, comunicación personal). b) Resultados polinicos (Fig. 5) Se tomaron un total de 11 muestras, entre los 70 y los 130 cm. La primera impresión que ofrece el diagrama son las fluctuaciones que experimentan los porcentajes de A.P., alcanzando, alternativamente, máximos y mínimos.
Hemos subdividido el diagrama en tres zonas, caracterizadas por la preponderancia de tres táxones arbóreos como son el pino, el abedul y el haya.
Zona 1: 130-100 cm., caracterizada por altos porcentajes de Polypodium, que llegan a alcanzar el 125 % del polen no arbóreo.
Entre los árboles destaca la presencia de Fagus y Salix.
El haya, que a los 130 cm. presenta un máximo de 6 %, va reduciendo su porcentaje al mínimo, junto a la desaparición de Quercus robur y Pinus.
Estos tres hechos coinciden con el progreso del sauce (Salix) que llega hasta un 36 % del AP, produciéndose unos pequeños maxlmos de Anthemideae y Asphodel/us.
Con todo ello, se podría pensar que la reducción sufrida en los porcentajes arbóreos, podría deberse al efecto del fuego sobre la vegetación, hecho, que a su vez viene contrastado en los valores de especies pioneras tras la quema: Asphodel/us, Cistaceae, Ericaceae, así como el fuerte incremento del sauce, colonizador de los claros abiertos en el bosque.
A partir de los 115 cm. se aprecia un aumento del roble, junto al abedul (Betula), y a la recuperación de los valores de Alnus y Fagus.
Las condiciones de humedad del momento vienen marcadas por los fuertes valores de helechos Polypodium, triletes y monoletes, del sauce, Alisma y Lycopodium.
El haya también se vería favorecida por este clima húmedo, por lo que podría formar parte del Quercetum mixtum, acompañando al roble y al avellano.
En ningún caso podría suponerse la existencia de un hayedo, ya que los valores de Fagus nunca llegan a superar el 6 %, si bien, su presencia es continua a lo largo del diagrama.
En los momentos finales de esta zona 1, se detecta la presencia de unos centímetros de una gran pobreza polínica, desapareciendo la mayoría de las especies: aliso, haya, avellano, roble, gramíneas, etc. Es de señalar la disminución espectacular de los porcentajes de Salix, desde el 36 % hasta valores nulos a los 100 cm., coincidiendo con los altos porcentajes de Erica- ceas (brezales), que alcanzan el 69 % del polen no arbóreo.
Este hecho vendría explicado por el desplazamiento del sauce por los brezales, compitiendo ambos por ocupar los aclarados del bosque, viéndose favorecidos estos últimos por los procesos de destrucción del suelo.
La conclusión que puede sacarse, de todo lo anteriormente expuesto, sería que Salix es la especie pionera en un principio, a través de las «fases de sauces~~, favoreciendo el desarrollo del robledal mixto a lo largo del Subboreal.
Este cede su lugar a otro conjunto de especies que colonizan los claros del bosque.
Estas están formadas por Asphodellus, jaras (Cistaceae), y, sobre todo por brezales Erica y Cal/una, características de la vegetación serial, que se desarrolla después de los incendios.
Zona 11: 100-85 cm., caracterizada por un inicial progreso del bosque, aunque con oscilaciones, denotándose la nueva aparición del roble Quercus robur, que aparece y desaparece alternativamente, alcanzando valores máximos de un 4 %.
El haya reaparece a los 100 cm., para ver aumentar sus niveles hasta un 4 % a los 85 cm., que suponen el máximo del valor alcanzado por esta especie.
Han desaparecido especies que estaban presentes en la zona anterior como son Alnus, Pinus, Betula o Salix.
La existencia de unos niveles de pobreza polínica (85-90 cm), nos impide determinar, con precisión, la evolución seguida por el Quercetum mixtum, aunque puede apreciarse una ligera recuperación del avellano.
Los valores de Ericaceae se mantienen cercanos al 50 %, si bien en un principio, y tras la zona 1, disminuyen hasta el 33 % a los 95-100 cm. En la muestra superior se produce un aumento hasta el 54 %.
Curiosamente, este aumento en los valores porcentuales de los brezos, coincide con máximos de especies consideradas nitrófilas: Anthemideae, Carduaceae, Ci- choriae.
Son de destacar los altos porcentajes que alcanzan estas últimas, hasta un 40 % del N.A.P., siendo también detectables especies pioneras tras el fuego, como Asphodellus, entre los 100 y los 85 cm. Es por ello que ahora sí podría suponerse la progresión del fuego, consecuencia de la actuación del hombre.
La aparición puntual de Labiatae, Convolvulaceae y Rubiaceae, también nitrófilas, apoya la idea de la fuerte influencia del hombre sobre la vegetación.
Zona III: 85-70 cm., caracterizada por la recuperación del bosque tras el fuego, denotándose por ello nuevos valores de avellano y roble.
No obstante, tanto el roble como el haya ven disminuir sus porcentajes hasta valores mínimos, cercanos al 2 %, lo que es indicativo de la situación en que se encuentra el bosque tras la intervención humana, sin la cual, podría haberse recuperado.
Se denotan bajos valores de aliso (Alnus), así como un rápido incremento de los porcentajes de sauces (Salix), indicativos de la recuperación de la aliseda, así como de la actividad pionera del bosque.
Los niveles de Ericaceae van disminuyendo, pasando progresivamente de un 70 % a un 44 %, indicando la lenta recuperación del bosque.
Son también reducidos los valores de nitrófilas: Anthemideae y Carduacea e, alcanzando un 2 % a los 75-80 cm., siendo más importantes los de Cichoriae, que llegan a alcanzar hasta un 24 %, a los 70-75 cm. Es por ello que se ha de suponer que la actividad humana continúa desde la zona anterior, por lo que la recuperación del bosque se hace inviable.
Hay que remarcar la disminución de los valores de Juncaceae, Polypodium y tri/etes, que si en la zona II alcanzaban valores altos, en ésta ven disminuir sus niveles hasta casi cero, indicando la disminución de la humedad, lo que favorece el desarrollo del robledal con avellano y sauce, y el progreso del. aliso.
Hay que anotar la presencia del castaño, muy puntual, a los 80-85 cm. Este árbol, propio de zonas boscosas frescas, acompaña al roble en el interior del Quercetum mixtum.
Como conclusión, podemos señalar que la aparición continua del haya (Fagus) es indicativa (le un clima suave y húmedo.
Los procesos antrópicos, que llevan consigo la tala y deforestación del bosque, quedan datados en Galicia, y más concretamente en la provincia de Lugo, en las fechas en las que se desarrollan este tipo de construcciones (Ramil Rego, 1992).
Tras el estudio, ya mencionado, realizado por Ramil Rego en 1992 sobre las Sierras Septentrionales de Lugo, muy próximas, por otra parte, a la cuenca del río Ladra, podemos tratar de situar estos cuatro yacimientos en alguna de las fases holocenas propuestas por el autor (XCH-4 a XCH-17).
En líneas generales, sefiala el incremento de Corylus, en la que denomina, XCH-6, alcanzando su mayor apogeo en la XCH-7 que determina el inicio de un período de hegemonía del robledal: el predominio de las masas forestales viene dado por una amplia variedad de táxones arbóreos: Corylus, Quercus, Alnus, Po- pulus, siendo, en general, poco importante la presencia de gimnospermas como Pinus o Juniperus.'
El comienzo del detrimento arbóreo (XCH-10), fechado, aproximadamente en el 3000 a.
C., es respuesta a la presión antrópica sobre el medio.
A pesar, de ello, en los diagramas de las Sierras Septentrionales de Lugo, continúa la importancia de la vegetación arbórea, principalmente de Quercus y Corylus, aunque su T. P.. n ll 50.
1993 Pilar López y J. Antonio López porcentaje es menor, como lo es el de las Cyperaceae, y otros táxones hidrófilos, aumentando la presencia de Ericaceae, Asteraceae, Poaceae.
La escasa presencia de pinos puede deberse a aportes extralocales, o de áreas más alejadas.
La generalización de este detrimento arbóreo es anterior a la aparición de polen de cereal, aunque aparezcan táxones acompañantes a los cultivos, indicadores de actividades agropastoriles (Asteraceae, Rubiaceae, Fabaceae), manteniéndose la vegetación rupícula (Polypodium, Filicales).
Esta recuperación arbórea momentánea, se ve sustituida por la expansión del brezal y las repoblaciones forestales a base de pinos y eucaliptus.
En cuanto a la presencia de Fagus (XCH-12), se fecha en torno al 3.680 BP en Montes del Buio, de forma continua, si bien hay presencia puntual en fechas anteriores en los diagramas polínicos de la Serra de la Estrela en Portugal.
La caída en la representación arbórea (XCH-13) es definida por Ramit Rego como «estepa cultural», coincidiendo con el desarrollo de los procesos deforestado res que llevan a la reducción del porcentaje arbóreo, y al aumento de las Ericaceas, situando esta etapa en torno al 2600 BP.
Teniendo en cuenta estos datos, podemos situar los yacimientos analizados entre las zonas XCH-7 y 13.
El de Carabulla y Chao Mazos, y la zona I de Ponte Vitar, con predominio arbóreo claro, pueden situarse en las denominadas zonas 7 y 8, donde Cory/us, Quercus y Alnus, forman un conjunto arbóreo importante, quedando registrada la presencia del hombre.
Las zonas 11 y III de Ponte Vitar pueden incluirse en las zonas 10 y 12 de Ramil Rego, mientras Medorras do Cal quedaría englobado en la 13, con presencia continua de sinantrópicas (Fabaceae, Asteraceae, Ranunculaceae). |
En este trabajo abordamos el estudio de una serie de piezas fabricadas en oro inscritas en la temática orientalizante, descubiertas recientemente en Villanueva de la Vera (eáceres).
Su original configuración, estilo, técnica y cualidad, puesta en relación con el entorno del hallazgo, muestran hasta qué punto existen desarrollos locales de la orfebrería que hasta ahora sólo parecía que podía tener lugar en núcleos de profundo enraizamiento colonial.
Hacia el siglo VIII a. c., los pueblos que habitan en la región extremeña entran en una fase de transformación en sus esquemas socioculturales, posiblemente a expensas del influjo ejercido por los pueblos colonizadores que procedentes de las costas del Mediterráneo Oriental, se asientan en el sur de la Península Ibérica.
Este proceso que nace en primer lugar del intercambio de artículos de comercio e industria que se establece entre los colonos y la población indígena es a la vez el responsable de la asimilación de una serie de prácticas que alcanzan todas las esferas de la vida de aquéllas gentes; pero mientras que, en algunos casos, donde el contacto es más directo se llega casi a una aculturación, en otros se mantienen unos rasgos de continuidad con respecto a períodos precedentes.
Conjuntos como el de las joyas de Villa-nueva de la Vera que aquí presentamos constituyen un ejemplo válido de lo que acabamos de señalar, más que una evidencia que sumar a otras ya conocidas.
Su valor intrínseco, las cualidades físico-químicas, la forma en que fueron concebidas, las circunstancias que rodean su descubrimiento, etc. aportan nuevos testimonios sobre el momento en que las técnicas orientalizantes hacen acto de presencia en la Península, al mismo tiempo que nos ayudan a conocer las vías por las que se introducen y otros aspectos relacionados con la metalurgia del oro.
Los hallazgos tuvieron lugar por separado y de forma casual cada vez que se llevaban a cabo tareas de roturación en una tierra conocida como La Cañada de Pajares en Villa nueva de la Vera (Cáceres) (1).
Además de las joyas se recogieron gran cantidad de objetos consistentes en bronces, hierros, vidrios, cerámicas, etc. que agrupados dentro de un contexto cronológico muy amplio, representan de forma bastante completa la secuencia de ocupación de un yacimiento que abarca desde el Bronce Final a la Edad del Hierro (2) (Fig. 1).
ESTUDIO DESCRIPTIVO: TECNICA y MORFOLOGIA
Para obtener una mejor visión de los hallazgos y apreciar el notable valor cultural que encierran analizaremos algunas de las piezas
(1) Las piezas que aquí se detallan y otras que se reservan para un posterior estudio fueron encontradas por D. Manuel Andrés González durante los trabajos agrícolas desarrollados a lo largo de varios años en una tierra de su propiedad situada en la Cañada de Pajares, una finca perteneciente al término de Villanueva de la Vera (Cáceres).
Dado el interés y el valor que estas tenían, aconsejamos al descubridor que las ofreciera, según lo establecido por la Ley del Patrimonio Histórico Español, a la Junta de Extremadura, hasta que ésta decidiera sobre su valor y destino.
Realizadas las oportunas gestiones en 1989, dicho organismo dictaminó a favor de la compra de las mismas, encargando su adquisición a la Consejería de Educación y Cultura, quien desde entonces las custodia.
En un futuro se espera que pasen a formar parte de los fondos del Museo provincial de Cáceres, donde hay depositados otros objetos que D. Manuel Andrés ha ido donando.
(2) De la Edad del Hierro en concreto, tuvimos ocasión de examinar en otro tnibajo un lote de material procedente de una necrópolis que se perfila como un apéndice de la cultura meseteña de El Raso y Cogotas (González el alii, 1990).
1993 siguiendo un orden relativo a su valor material y funcional.
De todos los objetos, una gran placa decorada o arracada de oro (Lám.
1) se presenta como el más valioso de los hasta ahora recuperados, pues reune en sí misma complicados elementos de gran arraigo dentro de la orfebrería oriental a través de los cuales, el orive nos muestra su depurada técnica y el gusto por la ornamentación recargada.
Dichos elementos van montados sobre una banda de forma rectangular alargada, cuyo anverso y reverso han sido dispuestos desigualmente con los dos extremos cortados en semicírculo.
En el anverso, un hilo sogueado enmarcado por dos lisos delimita el perímetro de la lámina.
En su interior se inscriben veintidós parejas de crecientes con discos astrales separados por crecientes lisos enfrentados.
Los espacios libres intermedios y el perfil de los motivos están rellenos por un granulado densamente distribuido.
En el reverso, dos prótomos flanquean una cresta de palmetas y treinta y ocho pares de flores.
Dicha cresta se compone de arriba a abajo de una orla de hilos enrollados sobre una cápsula a modo de jaulillas, de la que nace una palmeta de cuenco muy cerrada con volutas vueltas hacia el interior.
De la lengüeta resultante sobresale un vástago retorcido y los brazos más abiertos de otra palmeta.
Del ábaco en que se insertan los extremos de la última palmeta surgen a la vez pares de flores de loto con collarín de muelle por cáliz..
Los remates de los extremos se componen de unos prótomos o cabezas construidas a partir de una fina lámina repujada y soldada por sus bordes, de modo que deja su interior hueco; sobre las mismas hay dibujado un rostro casi imperceptible que guarda una expresión severa; en él se aprecian unos ojos alargados bajo un prominente arco supraciliar, una nariz ancha y unos pómulos aplanados, enmarcado todo dentro de un óvalo cerrado por unos bucles característicos del peinado hathórico.
A través del cuello se engasta en una columna de dos fustes.
Del superior sobresalen trucción de las joyas que presentan un espesor o un volumen, pues contribuye, haya o no una placa superior o «alto» de decoración, a la solidez de la pieza.
El «alto» es normalmente la parte visible del aderezo, y caso de existir sería la placa que lleva los decorados granulados.
Frecuentemente soldado por los extremos, la soldadura se disimula con la presencia de hilos sogueados, etc. A veces es más pequeño que el fondo y no lo cubre enteramente como en las placas del Carambolo.
Normalmente la placa que hace de «fondo» es más espesa que la placa del «alto».
En nuestro caso, no hay 10 que en otras piezas se llama fondo-obturación, dado que presenta decoración en las dos caras.
En lo referente a la manipulación por el orfebre, señalar que en el análisis se observan estrías del bruñido en los bordes para eliminar las marcas de percutores o martillos y porosidades abundantes que dejan suponer una fusión previa del metal para llegar a la aleación.
Hay además señales de que la soldadura de los motivos arborescentes debió hacerse apoyada de plano sobre el horno de forma uniforme.
No sería posible de otro modo considerar que de esta pieza haya sido soldada a soplete cada árbol, porque la placa no habría podido soportar tantos recalentamientos sin traer a la superficie la plata escabuyendo el oro hacia la parte más alejada de la llama.
Es un problema que se presenta cada día cuando se intentan reproducir joyas antiguas sobre una «peluca» de joyero.
El fuego que han debido de emplear para homogeneizar la soldadura en el momento de fusión ha debido conseguirse con brasas de carbón vegetal animadas por la traida de aire con las toberas procurando eliminar la llama para evitar la fusión de las partes que componen la aleación y el distendimiento de una placa respecto a otra.
Sobre su concepción resulta muy arriesgado aún emitir un juicio seguro, pues desconocemos si la pieza se compuso como joya única o en conjunto con otra o varias más.
En estas circunstancias, el contraste particular de los contenidos tecno-morfológicos (placa y granulado) por un lado y los iconográficos (creciente y disco astral, árbol de palmetas y lotos, prótomos, rosetas) por otro, constituye el único sistema capaz de aportar indicios para su clasificación además de proporCIOnarnos una visión distinta pero conjugable de sus orígenes.
Por una parte, los ornamentos festoneados de filigrana y repujados están presentes en el tesoro de Serradilla (Cáceres) (Almagro Gorbea, 1977: 226), y por otra nos orientan hacia el Mediterráneo donde son especialmente característicos en Tharros, en Cartago, en Etruria y en ciertas joyas de Rodas, donde en algunas tumbas de este enclave de las Cícladas, encontramos calcos exactos de la lámina soporte en forma de bandas o diademas.
A veces la similitud es tan grande que el festón sogueado de enmarque aparece fielmente reproducido.
Ilustraciones con este tipo de láminas pueden encontrarse en los catálogos de joyería antigua de Marshall (1911: Lám.
105), quienes las designan con el nombre de «pale gold band» -Granulado La técnica del granulado ha gozado de gran celebridad y tradición en el Mediterráneo, datando su conocimiento de mediados del tercer milenio.
Había sido utilizada en la ornamentación de joyas del célebre tesoro de Príamo encontrado por Schliemann en Troya, y joyas egipcias de Daschur, durante la XII dinastía (Blázquez, 1978: 226) y en las ciudades de la costa de Palestina, donde comienza a ser aplicada frecuentemente a partir del segundo milenio a.
Es una técnica que se presenta por sí sola al orive desde los primeros intentos de fundido de metal sobre un lecho de carbón vegetal del que salen directamente los gránulos formados.
Por ello, no es forzosa la copia de otros lugares, aunque la coincidencia de decoración de ciertos productos de importación en talleres del occidente les haya impulsado a perfeccionar y exagerar la abundancia de gránulos.
Sabemos que obtendrá su popularización probablemente un milenio más tarde de la mano de mercaderes jonios, rodios o chipriotas, pero al igual que otras técnicas, su depuración y perfeccionamiento las alcanzará en los talleres etruscos, quienes le imprimen un sello particular barroquizante, en el que aúnan una excelente artificiosidad y gusto.
1993 En joyas como las de Villanueva, no pueden explicarse las labores sin reparar en los modelos del mundo itálico; en ambos casos, los diferentes dibujos y motivos van recalcados por filas de pequeños gránulos que aprovechan los resaltes del repujado.
A pesar de ello hay detalles que las diferencian, como el recargamiento decorativo, la irregular distribución de los gránulos o el grosor de los mismos, que no alcanza el grado de miniaturización de las piezas de Etruria.
Fenómeno semejante se verifica en algunas piezas del tesoro de Aliseda, por lo que hemos de admitir, como ya señaló Blanco (1956: 32) que hay una interpretación de motivos del repertorio oriental, en los talleres occidentales promovida por artesanos de extracción local, no.fenicios, pues estos últimos habrían aplicado la técnica, tal y como se usaba en Oriente.
-Creciente y disco astral
No hay una opinión concreta que traduzca el significado iconológico del disco inserto en el centro del creciente, pues mientras algunos autores como P. Cintas (1946: 94) creen que se trata de una fusión del planeta Venus con la Luna, otros mantienen que lo corriente es que el disco represente al sol, a una estrella o a la misma luna llena.
La forma de lengüeta que adopta el astro en la lámina de Villanueva, parece derivar de la forma circular original que apreciamos en enclaves púnicos y etruscos; aunque lo curioso es observar el paralelismo de la misma con los amuletos acorazonados presentes en joyas, terracotas y esculturas en piedra, algunas de las cuales son muestras de la perduración de estos motivos a lo largo de los siglos (3).
De yacimientos como Aliseda (Cáceres), proceden amuletos lunares y acorazonados de semejante diseño a los que aquí nos ocupan, aunque en el primer caso son de bulto redondo.
Así pues, el origen de estos objetos tiene una probada antigüedad, y aunque su difusión parece haber correspondido a los Fenicios, no debemos olvidar que en la Península Ibérica
(3) De los bustos de la Dama de Baza, la Dama de Elche o la Dama del Cabezo Lucero cuelgan collares con amuletos acorazonados (bulas o bullas), aunque la evolución temporal les ha dotado de una mayor riqueza y complejidad.
1993 existen precedentes de representaciones lunares en determinadas joyas y probablemente en las estelas-guijarro del Bronce.
En el mundo púnico hay una perduración de la tradición de símbolos lunares como atestiguan los ejemplares de Villaricos, Herrerías (Almería), Cádiz, las terracotas de la necrópolis del Puig des Molíns (Ibiza) y las estelas de los tofet cartagineses en Túnez; sin embargo, la pervivencia es mucho mayor.
Un documento como «Las Etimologías», nos confirma el uso que se hace de los amuletos en forma de luna allá por el s. VII (San Isidoro de Sevilla, XIX, 31, 7), en tanto que otros trabajos ilustran sobre su pervivencia secular dentro del universo de creencias populares (Ramón, 1952: 28).
-Las rosetas Los remates de hilos enrollados sobre una cápsula de cada uno de los árboles de la arracada cuentan con escasos paralelos dentro del mundo orientalizante.
En la Península, sólo tres ejemplares poseen este tipo de decoración, un pendiente y la diadema de Aliseda (Mélida, 1921: 418), y otro pendiente extremeño sin procedencia concreta (Blázquez, 1963: 9-10, Lám, III) y la diadema de Jávea (Mélida, 1905).
Fuera de la Península, esta técnica ha sido utilizada por los etruscos con el añadido a veces, de una sarta de gránulos en cada uno de los alambres de la roseta.
-El árbol de palmetas y lotos Tal vez son los motivos más comunes y abundantes.
Sus esquemas están presentes en el arte oriental casi desde sus orígenes, su simbolismo incluye un carácter sacro.
Estéticamente cada representación del árbol sagrado varía sensiblemente una de otra, dependiendo de la vía de difusión.
Por ejemplo, la palmeta adoptada en Fenicia es de procedencia chipriota (Dussaud, 1908: 102), quienes a su vez retuvieron elementos de la cultura egipcia, abstrayéndolos y esquematizándolos.
La utilización tanto de las flores como de las palmetas no se ciñe a ningún material concreto.
Su celebridad fue tal que llegó a desvirtuar el significado original, convirtiéndose poco a poco en un motivo de relleno.
En este sentido la joya de Villanueva pasa por ser un modelo clásico, en el que el orfebre tuvo que reproducir con volumen, lo que normalmente veía en grabados y repujados.
Esa dificultad adicional obligó a cerrar la primera palmeta y a disponer la restante de forma que no difuminara la concepción original ni tampoco la solidez y adherencia.
El valor de su elaboración radica también en la fidelidad que rinde al canon peninsular, en el que se evidencia una resistencia a utilizar toda palmeta que no sea la de cuenco (Blanco, 1960: 21).
Una muestra pueden ser los marfiles de la Cruz del Negro, inspirados en modelos samaritanos, la diadema de la Peña Negra de Crevillente (Blázquez, 1983: 360), la joya de Galera, la arracada de Baiao, etc. En otro plano de la comparación podemos situar a los prototipos de Sines, donde de la esfera del pendiente nacen doce flores de loto (Blázquez, 1978: 227) y particularmente a dos piezas del tesoro de Aliseda, en concreto al cinturón y a un pendiente.
El primero por la combinación de palmetas y grifos como elemento decorativo y el segundo por sus cuatro elementos -flores de loto, palmetas de cuenco, lengüeta y corona de hilos enrollados-que se repiten en la joya de Villanueva.
El modelo iconográfico de Villanueva puede considerarse como la representación de un personaje femenino con un peinado inspirado en imágenes egipcias de la diosa Hathor difundido por todo el Mediterráneo (4).
No podemos afirmar con rotundidad que (4) Hathor con el tiempo se identifica con Isis, resultando en sus funciones específicas estrictamente análoga a la Ischtar mesopotámica y a la Astarté fenicia.
No tiene por consiguiente nada de particular que reuna en sí todos los elementos de la fecundidad y que encarne de hecho las concepciones generales en el Próximo Oriente atribuidas a la gran Madre que desde el Neolítico aparece arraigada en las sociedades agrícolas como protectora de los cultivos, de la fecundidad y se enlace en determinadas regiones con el culto solar (Blázquez, 1957: 158-159).
En todas las zonas adyacentes a este fenómeno la asimilación de estas ideas se ilustra perfectamente y las mismas figuritas de diosas locales de la fecundidad aparecen tocadas con el peinado hathórico. las dos caras representadas en la arracada sean la imagen de alguna diosa, pues carecemos de medios directos de identificación, a no ser que concedamos el valor de atributos a las flores de loto asociadas a ella.
En ese caso, nos hallaríamos ante una representación de una diosa equivalente a la «Quadesh-Ashtart-Anat», mejor conocida por Astarté, con numerosos paralelos en Oriente y en la misma Península Ibérica, donde la encontraremos desde el primer momento de la colonización.
Así se explica que, en un período relativamente corto, se produzca por parte de la población autóctona una asimilación de deidades foráneas, en su mayor parte procedentes del panteón semita.
Una de las razones que puede explicar esta aceptación es que los comerciantes hayan utilizado representaciones cuyo ámbito de creencias y cosmos litúrgico se identifiquen de una manera lo más aproximada posible con los cultos que existían de antemano en la Península.
Algunas de las nuevas deidades sufrirán un proceso evolutivo y sincrético, como la diosa «Shepesh» sirio-cananea de los bronces del Berrueco (Salamanca) y Calzadizos de Ca strofrío (Avila) (Blázquez.
Otras en tanto conservarán su pureza original, en una línea más clásica que sintoniza con las imágenes de Villanueva; las más características se hallaron en Carambolo (Sevilla) (Chicarro, 1964: 105), en Galera (Granada), Cástulo (Jaén) (Blanco, 1963: 67) y Pozo Moro (Albacete).
En cuanto a la utilización de las cabezas como remates, podemos citar numerosos ejemplos, pues es habitual recurrir a los mismos.
C.), los encontramos en extremos de collares, en pendientes (Higgins, 1962: Lám.
4 y 16) o repasar la orfebrería etrusca, donde se utiliza en fíbulas, pectorales o brazaletes, algunos como el de la necrópolis de Vetulonia (Carducci, 1962: Lám.
3, 5 y 7) con cabezas tocadas del típico peinado hathórico.
Por último, señalar que la columna a la cual se unen las imágenes, resulta de la esquematización de una palmera, cuyas copas están simbolizadas por las volutas de un capitel eólico, cuya evo-T.
Con estas consideraciones resulta muy difícil decidir si la pieza tuvo un carácter utilitario o funcional por 10 que hay que recordar que otras, entre las que se incluyen algunos torques y armas, como el puñal con la hoja dorada de Belmeque (Perea, 1990: 278), parecen haber sido concebidas como objetos de valor votivo, ritual o de prestigio.
Queda por tanto un margen de duda sobre el uso o destino que tuvo, ya que si tenemos en cuenta la primera finalidad, parece posible por su factura y esa conformación de pieza bifacial, que se tratase de una gran arracada circular que emparejada con otra u otras más, colgaría de ambos lados de la cabeza a modo de pequeños rodetes mediante una cadena sujeta por encima del pabellón auricular.
Sin embargo, detalles como la perfecta equidistancia entre las flores de loto que impiden una posterior curvatura sugieren otra conformación.
Si miramos la pieza desde un sentido opuesto, esto es, los árboles con sus ramas de lotos hacia arriba, reteniendo la placa en la que se insertan las representaciónes astrales de crecientes y disco, obtendremos una visión cosmológica, en la que dichos árboles con palmetas sustentan la bóveda celeste.
En este caso, los prótomos estarían relacionados con una divinidad de tipo astral y cerraría el ciclo de la vida que estaría representado en su totalidad.
Sería tal vez un atisbo creíble de la concepción teológica del universo tartésico.
Otra pieza representativa en el contexto arqueológico de Villanueva es una placa de oro de apenas 18 mm. de long. por 14 mm. de ancho, decorada con un animal mítico (Fig. 2.
La lámina, casi un pan de oro, ha sido repujada desde el anverso hasta marcar una serie de aspas, gránulos y un pequeño rectángulo en el que se inscribe el referido animal.
Fue taladrada en sus ángulos para facilitar la inserción de pequeños clavos con los que fijarla a un tejido o cuero, tal y como puede observarse en el cinturón de Aliseda, donde animales semejantes también se encuentran presentes ( Mélida.
Este ser mitológico, forzado por el reducido espacio en el que se ve obligado a trabajar el artista y los instrumentos que éste debió de emplear, presenta una acentuada esquematización.
La cabeza casi ovalada debemos suponer que es de ave, aunque por el modo en que está trazada, no permite precisar con certeza su naturaleza, si bien cabe descartar que se trate de una rapaz, pues el pico se curva ligeramente hacia arriba.
Del pico abierto surge una lengua toscamente marcada.
El ojo, de forma almendrada y grandes dimensiones, se inserta en el centro de la cabeza ocupando una buena parte de ésta.
Un atributo interesante, por su escasez dentro de la iconografía ibérica, es la protuberancia frontal levemente destacada por la limitación del marco, y tras ésta una oreja puntiaguda, únicamente perceptible bajo una lente.
El cuello, separado por un collarino de la cabeza, se alarga hacia el cuerpo mediante un haz de líneas tubulares.
La simplificación del tronco plantea dificultades de identificación, aunque es de suponer que se trate de un felino, al menos las garras de las extremidades están perfectamente modeladas.
Los restantes atributos decorativos utilizados en la placa, son un granulado desordenado y aspas como las reproducidas en la diadema de la Peña Negra.
Ambos sirven de relleno al marco de la pieza.
En concreto, estas aspas o cruces de San Andrés sugieren un arraigo en las tradiciones de trabajo del oro más antiguas, o bien un contacto cultural más fuerte con la Meseta o el norte de la Península, donde su empleo es mucho más frecuente que en las piezas de características típicamente orientalizantes de otros yacimientos puramente tartésicos Aunque el grifo de Villanueva no acusa la perfección de otros ejemplares, pueden advertirse ciertas semejanzas con otras del entorno peninsular, aproximándose iconográficamente a las reproducidas en placas de marfil como las descubiertas en el túmulo del Bencarrón y Santa Lucía (Sevilla) (Blanco, 1960: 110); en ambas localidades, tanto la disposición de la cabeza, como el collarino, la estructura tubiforme, etc., coinciden con la de Villanueva.
Es, sin embargo, el mundo oriental, el que de nuevo ofrece verdaderos paralelos, incluidos los de aquellos grifos que poseen prominencia frontal.
El uso que se le dio a la pieza parece claro, una vez hemos podido comprobar la coincidencia de módulo y función con las placas que forman el cinturón del tesoro de Aliseda, donde se conjugan escenas del héroe mítico Gilgamés luchando con un león y otros grifos alados.
Así pues, este tipo de imagen, tanto la de Aliseda como la de Sines (Portugal), tiene una misión esencialmente decorativa.
El hecho de haberlas usado en ajuares funerarios (Brandt, 1973: 78), les otorga también cualidades profilácticas que convierten en talismán a aquello que las porta.
La joya posee numerosas características de producción local, avaladas por las particularidades estilísticas y el escaso cuidado que' el orive mantiene en la adecuación del canon que rige las representaciones de estos animales; tal vez por desconocimiento de éste o porque imita a partir de copias ya deformadas.
Hay que tener presente que los motivos que llegan a occidente a través del comercio fenicio de los ss.
C. no son ya imágenes fieles a sus prototipos iniciales, sino que se presentan bajo formas diversas, resultantes de la evolución figurativa producto del tiempo y las corrientes artísticas predominantes (Brandt, 1973: 78).
Nazm y otras piezas aúreas
De la misma procedencia que la a rracada y el grifo son otras piezas, en concreto un nazm o nazem y alguna s lá minas de oro de tamaño tan ínfimo que resulta difícil su reconstrucción (Fig. 2.
Del nazm sabemos que apareció en el interior de una urna de barro arrancada y rota por la reja de un arado.
Tiene forma de aro ligeramente amorcillado y es tan sencillo como los que penden de la nariz y orejas de las figuritas de barro de las necrópolis del Puig des Molins o el de Medellín.
Entre las otras láminas de oro, resalta una sobre la que hay grabada una cara muy esquemática y un círculo con un punto inscrito en el centro y otra con un granulado muy fino que recuerda técnicas itálicas.
Los análisis llevados a cabo sobre sendas muestras extraidas de la arracada y el nazem fueron efectuados en dos laboratorios diferentes arrojando ambos unos resultados casi idénticos, sobre todo en el percentil de metales elementales que los integraban.
La primera muestra de la placa, sometida a un análisis superficial espectrométrico de fluorescencia de rayos X por el Departamento de Bienes Muebles del ICRBC, reveló un contenido equivalente al 66,75 % de oro, un 28,00 % de plata, un 5,20 % de cobre y un 0,05 % de otros que no se especifican.
La otra muestra, extraida del nazem, enviada a uno de los laboratorios técnicos del C.N.R.S. ( 5) arroja resultados paralelos con un 66,72 % de oro, 24,80 % de plata, 3,25 % de cobre, 1,35 % de estaño, 0,28 de hierro y un 0,06 % de otros metales o metaloides que tampoco se especifican en el análisis (Fig. 3).
En ambos casos, el oro empleado era del tipo 1 b según las categorías de Stuttgart, habiendo sufrido un proceso de aleación con otros metales, hasta crear una variedad deno- minada oro claro; parámetro que no explica su origen geológico, sino de acrisolación, ya que las cantidades de cobre que contienen las piezas, no existen en la naturaleza en un mineral aurífero, e implican un uso técnico voluntario.
Si se tiene en cuenta que el oro funde a 1.063° y que un simple añadido de un 4 % de cobre hace bajar la temperatura de fusión a 855°, se obtiene una de las primera ventajas de éste trabajo técnico.
La misma misión tiene la adición de plata que hace descender un poco más la temperatura de fusión y le da una mayor flexibilidad para el martillado y el estirado, trabajo que según el barrido del espectrógrafo, fue hecho en frío despues del martillado.
El estaño tiene otro cometido parecido a la plata y sirve además de reductor, extrayendo el oxígeno durante la combustión, cuando probablemente se añade también el oro.
De esta similitud, una de las primeras conclusiones que se extrae es que ambas piezas, y las restantes por añadidura, tienen un origen común, que bien puede localizarse en el área de Villanueva de la Vera, siendo varios los argumentos, aparte de los relacionados con las cualidades estéticas de las piezas, que avalan esta hipótesis.
El primero puede ponerse en relación con la existencia de filones de cuarzo lechoso muy duros con intrusiones de vetas auríferas presentes en el macizo paleozoico de Gredas.
Estos filones, demasiado cortos para ser explotados con garantía de rentabilidad, son erosionados por los arroyos que T. P.. n Q 50.
1993 descienden por las caras de la montaña hacia la plataforma sobre la que se asienta La Vera y el valle del Tiétar; en estos tramos donde se produce un cambio en la pendiente los materiales con mayor peso y densidad se van decantando y pasan a formar los depósitos o placeres, donde se recogen las pepitas.
Tanto en el análisis de las piezas, como en el que posteriormente se hizo de las cerámicas del yacimiento, pudo determinarse un origen filoniano para el oro utilizado en Villanueva.
En el caso de las cerámicas, la presencia de « pailletes» de arrastre de tipo fluvial y algunas minipepitas detectadas al realizar una separación de elementos previa a un análisis de termoluminiscencia ( 6), confirman la existencia en las inmediaciones del lugar donde se hallan los restos arqueológicos de uno de estos filones, presumiblemente en una diabasa rica en cuarzo que, como consecuencia de una intensa meteorización, se ha transformado en arcillas.
Sobre esas arcillas aprovechadas para la fabricación local de vasijas, se habría realizado previamente un trabajo de cernido y bateado para separar el oro que entrase en composición.
Si tenemos en cuenta que en la zona existen, además, otras vetas de minerales que contiene." casiteritas, arsenopiritas, calcopiritas y galenas, a veces en paragénesis con el oro, el laboreo es posible que se tradujera en una actividad industrial de fundición, alrededor de la cual se instaló un taller.
Las pruebas de esta afirmación no se remiten sólo a datos especulativos de índole geológica, sino que dentro de un pequeño radio en torno al lugar donde se produjo el hallazgo de las piezas de oro, recogimos dos toberas de arcilla adaptadas con el propósito de regular la entrada de aire en los hornos durante la combustión, varios punzones y agujas especialmente diseñados para el trabajo de grabado repujado sobre planchas de metal, un plato de balanza, un carrete de trefilar fabricado en bes y un parahuso cilíndrico de arenisca, con una escotadura sobre la que se enrollaban hilos (6) Los análisis de Termoluminiscencia han sido efectuados por ARCHEODAT A, Empresa privada de Francine Wolf, Rue de Saints P.eres, 7505 París, en el laboratorio d.e la Universidad de Rennes.
Los resultados fueron postenormente contrastados por cromatografia al carbono en el departamento de Química y Física de la Facultad de Ciencias de Puerto Real (Cádiz).
de metal para fabricar cadenetas, con muestras de roce de elemento cortante en el lateral derecho y en la cara delantera.
Por otra parte, es lógico deducir que, a expensas de una mayor disponibilidad de recursos metalíferos, se desarrollara una actividad metalúrgica en Villa nueva, donde un artesanado orienta su producción hacia piezas que son del gusto de una sociedad en plena evolución que demanda nuevas formas.
Ese cambio en la moda repercute también en la orfebrería, donde se pasa de fabricar pesadas y macizas joyas a otras de menor peso, laminares, huecas, recargadas, etc, con la firma iconográfica de oriente.
Los talleres locales por tanto no desaparecen, sino que continuan si cabe más diversificados y cada vez más especializados.
Hallazgos, como los del depósito de Cabezo Araya (Cáceres), compuesto por numerosas piezas de bronce y un lingote de oro, parecen demostrar que, si antes orfebres y broncistas eran la misma persona, en la etapa orientalizante ya se puede hablar de una especialidad independiente de otras actividades metalúrgicas, debido al aumento de la producción, a la diversidad, a la dificultad de nuevos tipos y variantes, pero sobre todo a la aparición de técnicas más complejas que, como es logico, «sólo pudieron adquirirse a través de una relación personal entre artesanos locales y extranjeros.
Así cobra sentido una producción de características y personalidad peculiares, sin necesidad de recurrir a supuestas importaciones que los talleres fenicios no reflejan, salvo en casos concretos» (Perea, 1990: 280).
Desde hace algún tiempo se ha puesto de relieve, gracias al estudio microanalítico de las soldaduras sobre piezas con decoración de filigrana y granulado, la procedencia de un taller indígena de las piezas del tesoro de Aliseda, y no de Cádiz, como se señalaba tradicionalmente (Perea, 1990: 280).
También se apuntó la falta de homogeneidad en las piezas del citado tesoro, pero se probaron elementos de conexión con las de Segura de León (Enriquez et alii, 1985) y Serradilla.
Ambas no serían del mismo taller, pero es seguro que proceden de un área con la misma filiación artesanal, en la que participa sin lugar a dudas Villanueva.
Resulta tentadora la idea de concentrar en un único taller las piezas extremeñas, pero tal afirmación es fácilmente puesta en tela de juicio a tenor de los resultados en porcentajes de aleación, al menos entre los que conocemos de Villanueva de la Vera y Aliseda (Nicolini, 1990: 32); en esta última por ejemplo, el mayor índice de plata no sobrepasa en contenido el 21 % y ésto, tan sólo en un ejemplar de sortija el resto de los que corresponden a la variedad 1 b de oro quedan por debajo del 15 % de plata y el 3 % de cobre, para ir descendiendo en las otras variedades de 2b y 2a hasta el 2 % de plata.
Son datos que apuntalan una vez más la idea de un taller instalado en las faldas de Gredos, pues porcentajes de plata y cobre tan altos como los detectados en las piezas de Villa nueva son algo inusual en el panorama de la orfebrería peninsular, tanto, que constituyen unas señas de identidad propias de un orive que, más que alterar la ley del metal principal, pretende corregir los defectos a que puede dar lugar la fusión de un metal con características particulares.
Puede incluso ser una manifestación de arcaismo en la manufacturación de joyas, si recordamos que en la fabricación de torques como los de Lebucao (Portugal), se emplean con frecuencia hasta un 50 % de pista y un 10 % de cobre, no obstante, dado que los cobres aleados con cargas superiores al 3 % de la pieza son numerosos, debemos pensar también en la posibilidad de un añadido con el fin de aumentar la solidez de la obra, más que a corregir los fuertes contenidos de plata.
Son muy pocas las piezas que se acercan en contenidos de aleación a los de la arracada y el nazem de Villanueva, pudiendo delimitarse un área de aproximación porcentual, en el cuadrante medio portugués; piezas como las de Baiao y Afife, elevan su porcentaje de plata al 25 y 30 %, y el de cobre al 2,5 %.
Las de Sines y el Alto Alentejo registran de 20 a 25 % de plata y de 4 a 5 % de cobre.
También encontraremos parecidas proporciones en piezas de Trayamar, Almuñecar y Cádiz, pero el número con respecto a otros registros generales en la misma área es cuantitativamente menor que en el cuadrante lusitano.
Es probable que estemos en ciernes de hablar de una organización artesanal regular-mente definida hacia la mitad oeste peninsular, en la que se observan unos rasgos que atañen a las técnicas de aleación, a la iconografía, evidentemente relacionados con el fenómeno oriental, pero anclados también en las tradiciones metalúrgicas anteriores.
Baste señalar como colofón que las joyas que normalmente aparecen en enclaves coloniales como Cádiz o Trayamar son siempre de reducido tamaño y técnica cuidada, en las que prima, según la opinión de A. Perea (1990: 279), «el detalle iconográfico, de sentido mágico o religioso, sobre lo ornamental».
Esta autora entiende además, que esas diferencias entre lo colonial y lo indígena radican más en lo conceptual.
Por poner un ejemplo «ninguna de las grandes joyas que tradicionalmente han definido la orfebrería tartésica, como arracadas, diademas, cinturones o brazaletes tiene paralelo en la producción fenicia peninsular; todas son de gran tamaño y complejidad compositiva donde sólo el detalle ornamental e iconográfico forma parte del repertorio oriental» (Perea, 1990: 279).
Un aspecto interesante que quedaría por dilucidar sería el fin para el que se reservaron estas piezas, es decir, si proceden realmente de un hábitat o de enterramientos arrasados.
Al respecto podemos decir que ambos espacios han sido detectados en nuestro trabajo de prospección y, aunque nuestro conocimiento sobre los mismos alberga grandes lagunas derivadas de la ausencia total de excavaciones, hemos podido recabar un caudal de información que amplía nuestra visión sobre el sustrato en que debió desarrollarse el horizonte definido por los objetos descritos.
En lo concerniente a las necrópolis, hemos podido localizar varias sepulturas con estructuras tumulares, donde lo único sobresaliente, aparte del montículo en sí, son una serie de cercos de piedra para la contención de la tierra.
En relación con ellas se encontraron diversas piezas que pueden catalogarse de ofrendas, en el caso de una copa de bronce y de elementos de ajuar, en el del nazem de oro.
Este dato nos pone en antecedentes sobre uno T. P.. n Q 50.
1993 de los ritos posibles de enterramientos, relacionados con la cremación de cadáveres y su ulterior deposición en recipientes cerámicos o metálicos, una costumbre que tendrá continuación en la zona hasta el s. IV o III a.
Sin embargo, los hallazgos en estas circunstancias impiden un tratamiento riguroso del asunto, pues cabría situar por el contexto el arranque de este rito funerario en los últimos compases del Bronce Final y pensar que se establece una coexistencia con otro ritual, también de incineración, pero con una fórmula diferente.
Al respecto nos ilustra un túmulo en la Garganta de Minchones, donde se recogió el primer jarro de Villanueva.
En este lugar, según testigos presenciales, el objeto en cuestión, se halló revuelto entre un nivel de tierra y cenizas reposando sobre un enlucido artificial de cantos rodados.
Nada se recuerda sobre estructuras o paramentos de delimitación o cobertura, por lo que hemos de suponer que tanto el ajuar como el difunto fueron depositados sobre un zócalo previo a la instalación de la pira, para servir de ustrinum crematorio.
El estado de fusión y deterioro que presentan muchas de las piezas, derretidas o soldadas a veces unas con otras vendría a corroborar esta práctica.
Otra de las cuestiones que nos queda por conocer y que podría resolverse en el curso de las actuales excavaciones, sería la de la organización y estructuración social de los enterramientos de cara a identificar posibles rangos y jerarquías.
En este sentido lo que sí parece acertado apuntar es que, al igual que en Aliseda (Almagro Garbea, 1977: 220), las joyas de Villanueva pudieron adornar a un personaje femenino, con un estatus especial, quizá un personaje perteneciente a una clase con prestigio político o casta sacerdotal; algo, si no es especular demasiado, cercano a lo que se reflejará en la iconografía del mundo ibérico, en las populares esculturas de «Damas».
La cronología del conjunto puede fijarse gracias a la gran variedad de objetos con los que contamos, en la segunda mitad del s. VII a.
C. y principios del s. VI a.
C. Sólo una panoplia de objetos como una punta de lanza y algunas cerámicas podrían retraer las fechas a fines del s. VIII a.
C. pero estos quedan netamente separados, según lo que hemos expuesto de aquéllos que se hallan imbuidos dentro de la cultura tartésica orientalizante.
Otro problema que hemos intentado resolver aquí es la procedencia de los objetos y el material con que estan fabricados.
Al respecto hemos aducido pruebas que testimonian una labor de artesanos locales, orientada sobre todo a la confección de joyas, para cuya elaboración, ya hemos visto que la zona cuenta con bastantes recursos que explican, en parte, la elección del asentamiento.
Esta dinámica, en la que se relacionan los importantes yacimientos minerales con asentamientos del Bronce Final al Período Orientalizante, fue especialmente significativa para Extremadura (Fig. 1) si se compara con otras regiones peninsulares en estos mismos períodos e incluso en posteriores.
En ello harán hincapié las fuentes antiguas, cuando se refieran a los placeres del «aurifer Tagus» (7) y de algunos de sus afluentes, bastando echar una ojeada al mapa metalogenético de Extremadura para confirmar la veracidad de dichos asertos y constatar el gran potencial mineral de éstas áreas.
Por último interesa considerar por la importancia que tiene de cara a las relaciones culturales y comerciales, el trazado de las vías de difusión y comunicación.
Recientemente Alvarez y Gil (1988), han diseñado, a través del análisis de yacimientos y restos materiales, la existencia de una serie de vías prerromanas en Extremadura, algunas de las cuales parecen remontarse a la etapa de las colonizaciones.
La más importante según ellos, une la Meseta con la desembocadura del Guadiana a través de una depresión producida por la falla de Plasencia (8) poniendo los Jugares que encuentra a su paso en relación con (7) Strabón, «Geographica», III, 2-5; Plinio, «Naturalis Historiae», XXXIII,78, XXXIV, Recientemente se han puesto al descubierto junto al río Erjas, canales y estanques para la decantación de oro revuelto con aluviones, para cuya disgregación se recurrió al procedimiento de «arrugia o ruina montium».
Las explotaciones, que datan al menos del s. I a. c., están siendo continuadas en la actualidad.
(8) A lo largo de la falla de Plasencia se localizan yacimientos mineros de oro y casiterita a los que hay que unir otros de naturaleza arqueológica, baste citar los nombres de Azougada, Sagrajas, Aliseda, Araya, Alconetar, etc., para darnos cuenta de la importancia que pudo desempeñar este camino natural. los pueblos del suroeste de Portugal y la costa onubense.
La segunda coincidiría aproximadamente con la posterior Vía de la Plata, en la que algunos autores creen ver un viejo camino tartésico que comunicaría el Norte de la Península con las zonas mineras del sur de Andalucía (Blázqucz, 1974: 95; Almagro Gorbea, 1977: 229).
En ambos casos, Extremadura aparece como una región de transición, donde determinados núcleos actuarían como agentes difusores de productos coloniales.
Un claro ejemplo lo constituye Medellín, cuya actuación como centro redistribuidor (Almagro Gorbea;1977: 500), resultaría comprensible por su estratégica situación, entre la Baja Andalucía y las zonas más apartadas de la Alta Extremadura papel que, en nuestra opinión, desempeñaría de forma parecida el núcleo de Villanueva de la Vera conectando las áreas mencionadas con la Meseta.
De este modo pareée entonces comprobada, durante el Período Orientalizante, la existencia de una red comercial y de contactos entre la costa y el interior.
Así se explica la penetración de mercancías de este comercio oriental, tales como vidrios, joyas, bronces, etc., al norte del mediodía peninsular.
En la ruta del Norte, el hecho de que los caminos converjan en la dirección de Villanueva, se debe a condicionantes propios del terreno, siendo el más importante por su altura y continuidad el Sistema Central, que obliga a los que quieran acceder al Este de la Meseta a penetrar por el valle del Tiétar, para bordear las laderas meridionales de Gredos y así franquearlo por el peligroso paso de Talaveruela, o el más accesible de El Pico.
Volvemos por tanto, sobre la importancia que desempeñó Villanueva en esta ruta, en la que se comprueban los parametros de la actuación colonial de asimilación de una población quizá a través de fórmulas religiosas e ideológicas.
La ausencia aparente de fortificaciones rechaza el carácter hostil de unas gentes que parecen verdaderamente impregnadas e integradas en el ámbito colonial.
El hallazgo de arracadas, jarros rituales, cuentas de collar, vidrios, braseros, cerámicas, etc. anuncian la existencia de un núcleo de población impor-T.
1993 tante desde el que, a su vez, se difunden objetos como la figura etrusca y el ungüentario de vidrio de El Raso (Fernández, 1986: 559) u otros objetos dispersos por las provincias de Avila, Salamanca y Toledo.
El mismo F. Fernández (1986), reconoce la perduración de este camino, por el que habrían de llegar más tarde las cerámicas campanienses encontradas en la necrópolis de El Raso.
En resumen, todos los puntos tratados aquí, orfebrería, yacimientos, vías, recursos geológicos, etc. nos muestran hasta qué punto esta región quedaba vinculada a la órbita tartésica, y más concretamente a esas factorías donde artistas venidos de oriente mostrarían una nueva línea en el trabajo del bronce, marfil, oro, etc. a artesanos que posteriormente generalizarían esos modelos y técnicas.
Al modo de ver de algunos investigadores, sólo ciudades con un profundo enraizamento colonial pudieron desempeñar ese papel, pero lo cierto es que el hallazgo de herramientas propias de orive y el tratamiento de muchas de las piezas apunta hacia desarrollos locales como parece documentarse ya en Villanueva de la Vera. |
DETERMINACION DELAMICROESTRUCTURA y MICROANALISIS (SEM/EDX) DE VIDRI OS PROCEDENTES DE CUEVAS DE MALLORCA Y MENORCA
(1) Comunicación presentada al XVI Congreso Internacional del Vidrio.
La traducción al inglés ha sido revisada por A. Gilman para su pu blicación.
(*) Instituto de Cerámica y Vidrio.
Laboratorio de Microscopía Electrónica (CSIC).
En los últimos años la aplicación de los métodos físicoquímicos de caracterización de materiales modernos al estudio de materiales antiguos es un campo de investigación de creciente interés para los arqueólogos.
Este nuevo campo de investigación en Ciencia de los Materiales se viene denominando con el nombre de Arqueometría.
Por lo tanto, muchas cuestiones sobre el origen y manufactura de los vidrios antiguos pueden resolverse usando los mismos métodos de análisis y de caracterización microestructural que se aplican normalmente a vidrios especiales o avanzados.
La isla de Mallorca ha sido en el pasado un lugar de paso y de encuentro de diferentes culturas.
Se han encontrado vidrios transparentes, opalescentes y coloreados en diferentes in vestigaciones arqueológicas llevadas a cabo en esta isla del Mediterráneo.
Para conocer la composición y microestructura de algunos vidrios encontrados en cuevas de Ma llorca y Menorca se ha realizado, pues, un estudio arqueo métrico por las técnicas de: Difracción de rayos X (DRX); microscopía electrónica de Transmisión (MET), microscopía electrónica de barrido y microanálisis por disp ersión de energías de rayos X (MEB/EDX), análisis térmico diferencial (ATD) y micrClscopía de calefacción (HSM).
Algunos de estos vidrios también contienen un alto porcentaje de plomo.
La superficie decorada, el color azul y las otras características de estos vidrios que muestran su superficie altamente corroída por MEB han sido también analizados y discu tidos. |
jugado un importante papel en un primer momento, frente a la extensión del Servicio de Arqueología (E. Riu).
Las ponencias y comunicaciones que se refieren a asuntos generales son nueve y ocupan la mayor parte del libro.
La lectura de las actas de estas 1 Jornadas, que ven la luz con casi seis años de retraso, resulta doblemente útil para todos los que nos interesamos por el presente y el futuro del Patrimonio arqueólogico; primero, porque concentra en no demasiadas páginas la larga lista de problemas que afectan a una profesión -la de arqueólogo-que sólo existe porque una minoría se empeña en ello, pero que no contaba entonces -ni cuenta ahora-con el respaldo social ni administrativo necesario para dejar de ser un germen o incluso sólo un deseo; segundo, porque estas actas se publican casi al mismo tiempo que se celebran en Barcelona las II Jornadas.
La comparación entre ambos conjuntos de palabras y denuncias nos muestra el lento movimiento -a veces en retroceso-que se ha producido en estos seis años, lo que nos lleva a buscar explicaciones en una prospección siempre exasperante.
En Marzo de 1987, el grupo de arqueólogos de la Comisión del Patrimonio del Colegio Oficial de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias de Cataluña reunió a 180 personas -el 82 % catalanas-en el Centro Cívico de las Cocheras de Sants de Barcelona para hablar, reflexionar y discutir sobre el entonces incipiente problema del ejercicio profesional de la Arqueología.
Se trataba de una iniciativa pionera y sin precedentes en Europa.
Apenas dos años antes se había aprobado la Ley de Patrimonio Histórico Español y se había finalizado el proceso de transferencias en materia de Cultura a las Comunidades Autónomas.
La multiplicación de administraciones responsables había dado pie a toda una oleada de nuevas posibilidades para el ejercicio de la Arqueología.
Expresiones insólitas para este campo, como «empresas», «sociedades limitadas», «cooperativas», «gestión», «intervención» o «prevención», estaban comenzando a esbozar un ambiente diferente, separado de la Universidad y de los Museos -los hogares tradicionales de los arqueólogos-, y repleto de problemas: ausencia de titulación específica, formación inadecuada, nula incidencia social, desigualdad y diversidad en las reglamentaciones comunitarias, escasez de Servicios de Arqueología en los Municipios o en las Diputaciones, falta de coordinación supracomunitaria, desconocimiento de temas tan básicos como los fiscales o los de higiene y seguridad en el trabajo...
De todo ello se habló en Barcelona y estas actas quedan como testimonio de una época concreta en la que por encima de todas las dificultades se respiraba un aire de esperanza, como si realmente la sociedad estuviera a punto de demandar, apoyar y dinamizar tal profesión.
Las dos representaciones extranjeras -francesa e italiana-vinieron a decirnos que ellos no se encontraban mucho mejor y que todos estábamos en el mismo barco.
Los catalanes concentraron sus esfuerzos y nos presentaron con claridad sus procedimientos y problemas: los relativos al Servicio de Arqueología de la Generalitat (J. Peiret) y los del Servicio del Patrimonio arquitectónico de la Diputación de Barcelona (A. González).
Con la ciudad de Tarragona como fondo nos enteramos de hasta qué punto un Plan General de Ordenación Urbana puede convertirse en un instrumento de trabajo para los profesionales de la Arqueología (E. Terré), y de cuáles eran los sueños del Taller-Escuela de Arqueología (X. Dupré).
Antes, en el preámbulo, tenemos la oportunidad de comprender la movilización de los arqueólogos catalanes, desde 1978, a través de una singular e interesantísima historia Comienza hablando de las necesidades primarias del ser humano: comida, cobijo y abrigo (cultura material) en contraposición con las necesidades secundarias: «aspiraciones intelectuales» y los «temores.. (cultura de lo inmaterial).
Las semejanzas con los postulados estructuralistas de Lévi-Strauss acaban aquí.
Pese a plantearse la generación de nuevas necesidades básicas más y más complejas, según vamos asegurando la consecución de las anteriores, en vez de considerarlo como un continuum de cambio de la estructura cultural subyacente, lo plasma como el resultado, primero de un fenómeno mixto de evolución unilineal y difusión, y después como un proceso de evolución multilineal y difusión en el que la transmisión de cultura material puede ser, aunque no lo explique, de algún modo separado del fenomeno cultural per se.
Este planteamiento de evolucionismo-difusionismo marcará el sentido del discurso, haciéndolo partir geográficamente del Proximo Oriente, origen del «todo cultural», que favorecerá a Europa (la del Norte y del Centro, básicamente) hasta que ésta alcanza altos niveles de complejidad cultural, que culminan en el XVIII, momento en que se produce un vuelco y es Europa la que se siente en la obligación moral de «exportar su avanzado modelo cultural».
Resulta tan curiosa como obsoleta esta justificación, tan Eurocéntrica, del papel de nuestra civilización en el resto del mundo.
En la parte dedicada a la Prehistoria, su explicación dI' los procesos descritos están claramente anticuados o son erróneos (<<el uso de otras piedras aparte del sílex o de útiles de hueso es claramente tardío, ya en época Neolítica», p.
35), las fechas que aporta superadas o puestas en tela de juicio (<<3.000 a.e. para el origen de la agricultura en la Península Ibérica», p.
47) Y las definiciones de los horizontes culturales nos llevan a una peligrosa simplificación (Edad de los Metales, por ejemplo, englobando un sinfín de fenómenos y grupos socioculturales distintos).
Se contradice a sí mismo cuando niega la posibilidad de la evolución cultural autónoma del hombre Paleolítico y Neolítico europeo del que dice no aportó «ninguna invención importante» (p.
27), Y que hace las cosas sin ser consciente de la mejora que suponen, aunque desarrolló el «arte de la talla de sílex hasta extremos insuperables» (p.
34), afirmando más adelante que todos los hombres estaban igualmente dotados mental y físicamente, por lo que es imposible no pensar en la misma respuesta en distintos lugares.
Dedica una buena parte del libro a la importancia de la comparación de las unidades habitacionales, sin importarle demasiado las diferencias no solo cronológicas sino ambientales, ya que, pese a ser un especialista en geografia histórica, en ningún momento plantea la relación entre necesidades del entorno físico, entorno sociocultural y respuesta adaptativa, salvo en el caso de la descripción de los materiales constructivos de los que apunta se utilizaban aquellos que se tenían en el entorno.
Así relaciona toda la fase agrícola de la Prehistoria, el mundo rural antiguo y el medieval (sobre todo la Europa nórdica, a la que define como reducto vivo del pasado).
El paso por el mundo medieval lo completa con una detallada descripción de calamidades: plagas, hambre y enfermedades, que nos transportan, sin una clara visión del proceso evolutivo (si exceptuamos sus menciones al espíritu luchador del ser humano), hasta los inicios de la era moderna, de la que parece existir una única realidad y razón: la industrialización.
Resumiendo, nos encontramos con un tratamiento desigual de las distintas partes del libro.
En la parte dedicada a la Prehistoria e Historia Antigua intenta plantear las bases teóricas de su discurso y desarrollar la idea expresada con el título, pero el tradicionalismo del método de análisis y del planteamiento teórico, el fallido intento de aplicar una visión antropológica, o al menos etnográfica, el rechazo frontal del materialismo, y una inexplicable carencia de datos contrastados, conforman una amalgama difícil de digerir.
La situación se simplifica cuando entramos en el campo de las sociedades estatales, donde el autor abandona esta indefinición para entrar en un hilo historicista tradicional que no abandonará en las siguientes partes de la obra: la descripción de la polis y el desarrollo de la ganadería y la agricultura en el mundo griego, todo según el relato de las fuentes, el trazado de la ciudad y la casa romana, las villas rurales, los poblados del inicio del medioevo, la reordenación del poder por el señor feudal y su reflejo en las áreas rurales y los trabajos agrícola-ganaderos, la historia pura y dura de las plagas y epidemias y por último el renacer de una sociedad, foco de emanación cultural, origen de la industrialización.
La bibliografía nos presenta un conjunto de obras que define como de interés para el estudio de la cultura material, básicamente de los años 70 y 80, discutibles en cuanto a su utilidad para la temática que propone.
Además, al revisar las notas encontramos las verdaderas fuentes de documentación de la obra, siendo el período 1940-1960 al que se recurre.
Echamos en falta referencias a otros autores, ya clásicos, que se han significado en el estudio de la cultura material y su relación con el fenómeno "Cultura» como C. Marx, A. Carandini, H. Hodges, P. Rice, R. Beals y H. Hoijer, o incluso el mismo M. Harris.
Si hablamos sobre la historia de la vida cotidiana, que el autor confunde con cultura material, estamos hablando de todo lo que se relaciona tanto con las clases no dominantes y con el mundo rural, como con el quehacer ciudadano diario de un gran señor, lejos de toda gesta; todo, por tanto, es vida cotidiana.
En este contexto, la obra de P. S. Wells, Granjas, aldeas y ciudades.
Comercio y orígenes del urbanismo en la Protohistoria europea (1984), nos parece una conseguida síntesis de lo pretendido con la obra reseñada.
En fin, nos hallamos ante una obra peculiar en el plano divulgativo, pese a las carencias de su primera parte, que puede servir al lector profano para ver la evolución de algunas culturas europeas desde tiempos tempranos, con la ventaja de no cargarle con una asfixiante acumulación de fechas y nombres.
Sin embargo para el investigador, aparte de las evocaciones de la obra de S. N. Kramer La Historia empieza en Sumer (1958), la única aportación de esta obra es el asombro que produce su reciente aparición en el mercado, en una editorial del prestigio de Crítica y en una colección dirigida por un historiador, marxiano, de la talla de Fontana.
Finalizamos con una frase del autor que nos ha impactado sobremanera, y que puede no ser la más definitoria del libro, pero personalmente la consideramos altamente significativa: «La cerámica y alfarería. la pintura. el dibujo y el grabado de escenas de caza en las paredes de las cuevas y sobre pedazos de hueso tal vez fuesen formas de magia simpática. pero demuestran también que había tiempo y ganas de dedicarse a otras cosas» (p.
El volumen que comentamos reune los trabajos encomendados en 1990 a los principales prehistoriadores que trabajan en el Africa Nororiental, con el fin de que resumieran el estado de la investigación hasta la fecha y como preparación del congreso de Dymaczewwo (Poznan, Polonia) de 1992.
Aunque el resultado obtenido es desigual, con enfoques y amplitudes diferentes de los trabajos -algo lógico al ser producto de investigadores de distintas naciones y escuelas que trabajan en áreas no menos dispares-y se echan en falta regiones (p.e.
Etiopía), y otras más nucleares apenas están recogidas (p.e.
Sudán central), se puede considerar este libro, quinto de una excelente serie de la Universidad de Colonia dedicada a la Prehistoria africana, como la mejor introducción actual a las primeras culturas de esta región, llamada a completar y reemplazar en parte a otras síntesis ya algo desfasadas (Willians y Faure 1980; Clase 1987).
El Paleolítico del Norte y Este de Africa cuenta con una representación mayor en el volumen, además de ser expuesto de forma más global en las síntesis de los diferentes períodos.
Los avances de la investigación reciente se registran, al igual que ocurre en otras zonas, en el refinamiento cronológico producto de la aplicación de técnicas que superan los problemas del carbono-14 (en especial, la serie del Uranio) y en los estudios de tipo ecológico sobre yacimientos en contexto primario (sobre todo en el valle del Nilo) que sobrepasan el enfoque meramente tipológico.
La síntesis sobre el Paleolítico inferior del Norte de Africa y el Sahara fue encargada a John Desmond Clark (Univ. de Berkeley), uno de los fundadores de la prehistoria africana desde sus trabajos, ya lejanos en T. P.. n Q 50, 1993 el tiempo, en Sudáfrica y Africa Oriental.
El autor debe constatar de nuevo el sorprendente contraste entre la escasa información disponible sobre esta región y la riqueza y antigüedad de los datos en el Africa Oriental y Meridional: sólo se conoce un «suelo de habitación», del Ache\ense Superior, en todo el Norte de Africa, excavado en Nubia durante la campaña de los años sesenta (Arkin 8).
Parece necesario, por tanto, seguir utilizando las clásicas secuencias de Biberson y otros investigadores franceses para el Maghreb y el Sahara, basadas en seriaciones tipológicas y faunísticas de yacimientos en contextos secundarios, y apenas revisadas por los trabajos más recientes.
Las nuevas fechas de Uranio se refieren a contextos en general ya tardíos (Achelense Superior), con mucho los más abundantes, y únicamente la de la cantera de Thomas 1 (Casablanca), > 700.000 bp, parece confirmar las altas cronologías propuestas tradicionalmente para las industrias de cantos trahajados de la región.
El Paleolítico Medio es examinado por Fred Wendorf y Romuald Schild, directores de la misión combinada de Estados Unidos y Polonia que desde los años sesenta ha investigado con mayor intensidad y mejores resultados el Paleolítico y Neolítico del valle del Nilo y el Sahara oriental (Wendorf 1968; Wendorf y Schild 1976;1980; Wendorf, Schild y Close 1980;1984;1986).
Su capítulo se completa con el siguiente, de Schild, Wendorf y Angela E. Clase, que resume los estudios más recientes, en especial basados en la correlación de los núcleos marinos y los depósitos terrestres, sobre los cambios climáticos en la región durante el Pleistoceno Superior.
La novedad más llamativa se refiere a la periodización climática y cultural del Sahara: al contrario de la tesis tradicional aún sostenida por algunos, que proponía un intervalo húmedo entre 35.000 y 20.000 bp, se defiende que esta inmensa región tuvo un clima hiper-árido, que hizo imposible la ocupación humana, durante todo el período entre 75-70.000 y 12.000 bp.
Como consecuencia, el Ateriense sahariano debe ser mucho más antiguo de 10 que se creía y se le puede situar en el último interglaciar (las fechas radiocarbónicas conocidas hasta ahora, en torno a 40-30.000 bp, eran en realidad infinitas, como se ha visto por el reprocesado de algunas muestras de carbonatos).
No obstante, los autores admiten, sin demasiado convencimiento, la posibilidad de una perduración del Ateriense en el Maghreb, basada no sólo en el C-14 sino también en la presencia de algunos elementos del Paleolítico Superior unidos a los aterienses en algunos yacimientos.
En el valle del Nilo el Ateriense se registra en muy contadas ocasiones con cronología del interglaciar, siendo luego sustituido por un Musteriense que en Nubia presenta una variante regional (definida por la talla frecuente de puntas Levallois), tal vez relacionada con el Paleolítico Medio de Sudán y Etiopia, muy mal conocido, y del Africa central (presencia de lanceolados bifaciales que recuerdan el Sangoense-Lupenbiense).
De interés son también los diferentes tipos de explotación lítica observados en el valle del Nilo (útiles en talleres), Sahara oriental (utiles elaborados en talleres y llevados a orillas de lagos) y el Maghreb (útiles elaborados en los campamentos), aunque la explicación de tal diferencia se pospone por el momento.
Los autores apenas entran en el tema de los restos humanos (Jebel Irhoud, Dar es Soltan, etc.), cuya clasificación (relacionados con el neandertal o con el Homo s. sapiens local posterior, tipo Mechta) sigue siendo problemática.
En el trabajo siguiente, el más extenso del volumen, Pierre M. Vermeersch (Univ. de Lovaina), director del equipo belga que investiga el Paleolítico del valle del Nilo egipcio, expone los conocimientos actuales sobre las industrias del Paleolítico Superior de Africa del Norte y Oriental, incluyendo zonas no tratadas en las restantes síntesis, como Tanzania o Zaire, e incluso de fuera del continente pero muy próximas, como el Negev (Israel).
Lo último se justifica porque es ahí donde se encuentra uno de los yacimientos clave para entender la transición del Paleolítico Medio al Superior, Boker Tachtit (Marks, 1983), en cuya estratigrafía, entre c.
42.000 bp, se aprecia la progresiva sustitución de los útiles sobre lasca por los útiles sobre lámina, y la talla Levallois por La laminar.
Por desgracia, en el resto del área estudiada no existe ningún yacimiento de este tipo, apareciendo las industrias laminares de forma más o menos repentina (al contrario del sur del continente, donde a 10 largo de la Midd/e Stone Age se van acentuando los caracteres laminares e incluso microlíticos: industrias Howieson's Poort y post-H.
Con todo, en las industrias del Paleolítico Superior en el valle del Nilo existen elementos «antiguos», como la talla LevaLlois ocasional, o el curioso y particular fenómeno de la talla tipo Halfa, que consiste en preparar una lasca Levallois mediante levantamientos laminares o micro-laminares en el extremo distal.
Para Vermeersch, y en contra de Wendorf y SchiLd, algunos yacimientos e industrias con esos elementos (Gemaiense, primeras fases del HaLfiense), por otra parte no bien fechados y en contextos dudosos de posible mezcla, deben ser separados del resto de industrias (todas posteriores a c.
21.000 bp) y considerarse como indicios de una transición producida en fechas más antiguas aún sin determinar.
El problema de la transición se complica además por el hecho de que entre aproximadamente 30.000 y 20.000 bp apenas existen hallazgos en todo el Norte de Africa.
Con el Sahara vacío de ocupación humana, en el Maghreb la posible explicación sería la dudosa perduración, como vimos, del Ateriense, mientras que la industria Dabbense de Libia, de grandes láminas de dorso y fechada en Haua Fteah entre 38-32.000 y 18.000 bp, sr conoce en muy pocos sitios y no se parece apenas a ninguna otra cultura de ésta o adyacentes regiones.
Algo parecido ocurre en el valle del Nilo, donde la misión belga ha registrado dos yacimientos, Nazlet Khater 4 (c.
25.000 bp), el primero de ellos una mina subterránea de sílex con un enterramiento mechtoide, que podrían ser de transición pero cuya industria atípica hace difícil cualquier comparación.
A partir de 21-20.000 bp es cuando se registran las culturas características del Paleolítico Superior, en el Maghreb (Iberomauritano, cuyo yacimiento más antiguo conocido, Tamar Hat en Argelia, entre 20.600 y 16.100 bp, presenta tal abundancia de restos de cabra que ha hecho proponer un posible inicio de domesticación, no aceptado en general por la mayoría de los autores) y sobre todo en el valle del Nilo.
En esta última zona la importancia de la investigación de lo faraónico por un lado, y los pobres resultados de principios de siglo, que ofrecían una imagen de eu/ de sae cultural «<del Levalloiso-musteriense se pasaba directamente al Neolítico»), produjeron un retraso considerable en la investigación del Paleolítico, que no empezó propiamente hasta los trabajos de la Combined Prehistorie Expedition de Wendorf y Schild durante la campaña de Nubia en los años sesenta, y su continuación inmediata en el Nilo egipcio.
El resultado fue, con todo, espectacular, mostrando la gran variedad de culturas líticas que se asentaron en las orillas del río, cuya riqueza tecnológica desmentía las anteriores acusaciones de conservadurismo, y cuyo carácter local y de corta duración cronológica dio origen a la que es quizás la más larga serie de términos culturales de toda la prehistoria para una misma región: Gemaiense, Fakhuriense, Kubbaniense, Halfiense, ldfuense, Ballaniense, Silsiliense, Afiense, Sebiliense (la única industria conocida previamente), Qadiense, Isnense, Shamarkiense, Elkabiense y Qaruniense.
Todas ellas se dan entre 21.000 y 8.000 bp, más o menos en el orden expuesto, aunque muchas son contemporáneas en distintas zonas, y no resulta fácil en absoluto la deducción de posibles filiaciones evolutivas de unas con otras.
Las diferencias en los porcentajes de tipos de talla, núcleos y útiles (menos el extraño Sebiliense, todas son laminares o micro-laminares en una zona donde abunda la piedra cristalina de buena calidad, apareciendo los microlitos. y geométricos sólo al final de la secuencia) y que no existan apenas indicios de estacionalidad, son los hechos que provocaron en sus descubridores la distinta denominación para cada una de estas industrias, que por lo tanto deberían ser consideradas como obra de distintos grupos humanos.
Se ha propuesto en ocasiones la llegada de esos grupos desde diversas zonas del Sahara (lo que explicaría tanta diferencia) a causa de la progresiva aridez, pero no se conoce en el desierto ninguna industria parecida en esa época (ni tampoco distinta, por otro lado), existiendo sin embargo ciertas relaciones con el Iberomauritano y Capsiense del Maghreb (como el retoque Ouchtata), aproximadamente contemporáneos (¿un complejo iberomauritano básico origen de todo?).
Lo que sí está claro es que se adaptaron totalmente al medio ambiente fluvial (ni/olie adjustment de Wendorf) mediante una economía de pesca además de la caza, y que la recolección vegetal era muy importante, según indica el alto número de morteros registrados, pero la idea de una agricultura establecida ya en el Kubbaniense, c.
19-17.000 bp, propuesta por Wendorf y sus colaboradores (1980) ha sido luego desmentida por análisis directo de los granos por AMS.
Otros fenómenos dignos de resaltar durante este período son la prueba del ahumado de la pesca según métodos todavía hoy utilizados en el lago Chad (sitio de Makhadma-4, c.
13.000 bp), y el descubrimiento de una de las necrópolis más antiguas conocidas (Jebel Sahaba, industria qadiense, c.
13-12.000 bp) con muestras de muerte violenta en la mayoría de sus esqueletos de tipo mechtoide (apenas tratado por Vermeersch, ver Wendorf 1968).
A partir de 12.000 bp se registra un descenso brusco del número de yacimientos en el Nilo (ver Hassan en Willians y Faure 1980), tal vez resultado de conflictos entre los grupos y reducción demográfica, o por un comportamiento irregular del río (el wi/d Ni/e) que produjo la destrucción de los sitios cercanos al cauce.
Pero hacia esa época se produce un hecho más importante, la vuelta transitoria del Sahara a condiciones húmedas que hicieron posible un asentamiento humano muy intenso durante la primera mitad del Holoceno, analizado en el volumen por Angela E. Clase (Univ. de Dallas), quien resume los trabajos de la misión combinada en el desierto occidental egipcio, y Barbara Barich (Univ. de Roma), exponiendo los últimos resultados obtenidos en el resto del Sahara.
En el suroeste de Egipto, hoy una de las zonas más áridas de la tierra, existieron una serie de lagos estacionales entre 12 y 5.500 bp (Nabta Playa, Bir Kiseiba, Bir Tarfawi), donde la ocupación humana comenzó hacia 9.500 bp, tal vez por grupos procedentes del Nilo.
El punto importante reside aquí en la propuesta por parte del equipo americano-polaco de que esos grupos ya eran productores de alimentos, concretamente pastores de ganado bovino, aunque los restos óseos no muestran diferencia con los animales todavía salvajes.
El argumento se llama «ecológico» y se basa en que con la escasa precipitación existente (menos de 50 mm anuales) dichos animales sólo podían ser provistos de agua llevándolos de uno a otro lago, o mediante pozos (se han encontrado numerosos restos) cuando aquéllos se secaban.
El problema está en si se puede llamar a esto «Neolítico», o simplemente un cierto «control cultural.. de los animales, presente en otras culturas ya desde el Paleolítico final.
La primera posición es apoyada también por Achilles Gautier, máximo especialista en fauna norteafricana (p.e. en Clase 1987: 177), pero rechazada por otras renombradas firmas, como Andrew B. Smith (1984) o Alfred Muzzolini (1989), con argumentos que A. E. Clase no recoge en el trabajo que comentamos.
En los yacimientos del desierto occidental también se registraron restos de vegetales silvestres comestibles (los mismos que hoy todavía consumen las poblaciones nómadas del Sahara, estudiados recientemente por J. R. Harlan), y de cerámica con la típica decoración impresa del Sahara y Sudán, con algunos fragmentos en los sitios de cronología más antigua (9.500 bp).
La escasez de los fragmentos y su elaborada decoración hace pensar a Clase que su finalidad no fuera utilitaria sino de prestigio social, pero este interesante argumento choca con los datos de otros yacimientos del Sahara o Sudán central, donde desde el inicio Ce.
El siguiente trabajo, de Barbara Barich, sobre las ocupaciones holocénicas del Sahara central y occidental, se podría calificar de decepcionante sino fuera por la dificultad de tal tarea dc síntesis.
A pesar de la larga investigación en el área, o tal vez precisamente por ello, de la mayoría de las zonas y períodos sólo se dispone de la secuencia cronológico-cultural o simplemente de los datos tipológicos, resultado lógico, por otra parte, de la orientación teórica de los equipos, en general franceses, y del momento en que se realizaron muchos de los trabajos, la época colonial.
Por ello, Barich se limita a exponer, de forma demasiado sucinta por desgracia, los resultados más recientes en áreas reducidas, como los suyos propios en el Tadrart Acacus (Libia), con presencia cerámica desde c.
8.500 bp (en Niger desde 9.300 bp) y el interesante hecho de que las comunidades se hicieron más estables, abandonando la estacionalidad e intensificando la recolección vegetal de mijo, durante el intervalo más árido registrado entre c.
También se recogen los trabajos en Mauritania, donde se detecta en la costa un modelo de explotación marina desde el VII milenio bp, y en el interior se ha podido estudiar la progresiva complejidad social del sistema de asentamientos en la región de Dhar Tichit, de forma continua hasta la llegada de los metales con los grupos proto-bereberes (trabajos de Augustin Hall).
(Para una visión de conjunto de las fases más antiguas, pre-pastorales, en el Sahara y Nilo, ver el amplio estudio de Elena Garcea, 1991).
La lectura de los tres últimos trabajos del volumen, de Michal Kobusiewicz, co-organizador de los congresos de Poznan (Krzyzaniak y Kobusiewiecz, 1984;1989), sobre el Neolítico y Predinástico egipcios; de Francis Geus (Univ. de Lille) sobre el Neolítico de la Baja Nubia; y de Lech Krzyzaniak (Museo de Poznan) sobre el Neolítico del Sudán central, produce un cierto desencanto por su parcialidad en el tratamiento de la ingente información disponible, o del mismo tema elegido (Geus).
Sobre la Prehistoria final del valle del Nilo en Egipto se recogen de forma sumaria las últimas investigaciones, destacando la nueva periodización del Neolítico de Fayum (antiguo Fayum A de Caton-Thompson; el Fayum B se considera hoy una mezcla de Qaruniense y Fayum A) en Fayumiense (c.
Lo interesante de dicha división radica en que en la primera fase las influencias exteriores provienen del Próximo Oriente, mientras en la segunda se detectan las del Sahara (probablemente por el retorno al río de los ocupantes de los oasis que antes vimos); de esta manera, la solución del problema del origen del Neolítico egipcio, de gran dificultad por el vacío que existe en el registro entre c.
7.000 y 6.000 bp (de nuevo explicable por un agudo y largo estiaje), comienza a decantarse hacia fenómenos de difusión desde el núcleo principal del Levante, al menos en la zona del Delta.
(Para una síntesis global sobre el tema, en especial la transición hacia el sistema estatal, ver Hassan, 1988).
El trabajo de Geus presenta un cierto interés historiográfico, puesto que revisa el conjunto de publicaciones sobre una zona, la Baja Nubia, cuya investigación se clausuró en los años sesenta tras la inundación por el lago de la presa alta de Aswan, y un tema, el Neolítico, con rasgos problemáticos y mal definidos que han hecho que prácticamente no se haya vuelto a tratar desde entonces.
A pesar de un cierto estilo de inventario (separando por ejemplo los trabajos en Egipto y Sudán, cuando se trata de una zona homogénea), y de la escasez de opiniones personales, la síntesis ofrece datos valiosos, como la evaluación de las antiguas excavaciones de Myers en Abka o la defensa de la asignación que hizo Nordstrom, luego olvidada, de la Khartoum Variantcon el Mesolítico de Jartum y del Akiense con el Neolítico de Shaheinab, ambas importantes fases culturales del Sudán central.
Esas mismas fases son las tratadas por Krzyzaniak en el último artículo del volumen, demasiado breve -aunque se remite a una síntesis amplia publicada en polaco en 1992-y centrado en la propia excavación T. Poo n Q 50.
1993 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es del autor en Kadero (Neolítico inicial, c.
6.000-5.000 bp), con el interesante descubrimiento Jc tumbas con grandes diferencias de ajuar indicativas del inicio de la diferenciación social.
Tamhién se critica la manera en general demasiado sumaria como se realizan las prospecciones en la zona, lo que resulta en un conocimiento limitado a los grandes yacimientos-base ignorándose otros de ocupación estacional (pero ver resultados recientes en este sentido en Fernández et alii.
En resumen, se puede decir de este volumen, por otra parte presentado con la calidad a que nos tienen acostumbrados las ediciones alemanas, que cumple con su título, proyectando una «nueva luz» sobre el pasado de la región.
Sin embargo, no es toda la luz que hubiera podido hacerse.
Como lamenta Rudolph Kuper en la introducción, no se recogen los importantes trabajos de la misión francesa en varias necrópolis del Neolítico Final en el Sudán central y septentrional, todavía sin publicar en su mayor parte, ni los de la misión italo-americana en el Sudán oriental, donde existen restos de culturas con un grado de organización muy avanzado desde el IV milenio A.e.
(Mahal Teglinos cerca de Kassala); tampoco existen en el volumen referencias al arte rupestre sahariano y nubio, aunque es cierto que los trabajos recientes sobre el tema son escasos.
De lamentar es también que los mismos organizadores del encuentro no hayan introducido una síntesis de sus propios trabajos, un extenso proyecto en el desierto al oeste del Nilo entre Egipto y Sudán (B.O.S.: Besiedlungsgeschichte der Ost-Sahara), dado que el volumen ya aparecido (Kuper, 1989) y otros en preparación en esta misma serie se publican en idioma alemán.
Por último, señalar con tristeza la ausencia de investigadores originarios de la región como autores en este volumen, a pesar de su cada vez más activa participación en trabajos y publicaciones recientes.
Por desgracia, varias décadas después de la descolonización, la Prehistoria africana sigue en manos de sus antiguas metrópolis.
«En la arqueología, la muerte está omnipresente».
De esta manera, la primera frase de «La Préhistoire de la mort» resume, sin duda alguna, el por qué de la importancia del tema, y, por lo tanto, el interés de los Ii\nos de P. Binant que ahora presentamos.
Ha sido dificil durante mucho tiempo, encajar y estudiar con todo rigor el tema de la muerte y sus ritos en los inicios de la prehistoria.
La ausencia en este momento cultural de evidencias externas de envergadura, así como la falta de pistas en los niveles de ocupación humana que alerten sobre la existencia de enterramientos, unidas a las particulares condiciones que debe tener el suelo para conservarlos, han hecho que los enterramientos se hayan constituido en hitos en lugar de en uno más de los mensajes cotidianos que nos brinda el registro arqueológico paleolítico.
Los prehistoriadores, los arqueólogos en general, perseguimos a través del estudio de los restos que dejaron nuestros antepasados comprender cómo organizaban sus recursos, entender sus relaciones con otros pueblos, su aprovechamiento del medio, asimilar, en fin, su forma de vida.
A través de los datos que se extraen de todo tipo de vestigios de su cotidianeidad pretendemos llegar a conocerlos, pero esto se torna más dificil cuando lo que intentamos es aproximarnos a sus ideas y creencias, a su propia espiritualidad.
Y el camino para llegar a esto, si lo hay, es encontrando al hombre tal y como el mismo hombre lo dejó.
Ajuares, adornos de especies, formas, colores y asociaciones determinadas y repetidas una y otra vez, ofrendas funerarias, ritos de inhumación... son los testigos mudos de esa vida espiritual que añoramos conocer, y a la que Pascale Binant nos acerca en estos dos libros planteados por él mismo como complementarios El primero de la serie, «La Préhistoire de la mort» es ante todo sorprendente.
Y sorprende porque nos lleva por el tema de la muerte desdramatizándola pero sin perder nunca el hilo de su trascendencia.
Además, lo que podría haber sido tan solo un glosario interminable de datos arqueológicos, consigue Binant convertirlo en un texto apasionante y directo del que resulta dificil abstraerse.
Algo que ya pueden intuir aquellos que acostumbran a mirar antes que nada el índice y que se van a encontrar con capítulos tan sugestivos como «en pantalones y camisa», «la maleta de viaje» o «los colores de la muerte».
Pascale Binant organiza el contenido de dos maneras complementarias y claramente diferenciadas: estructurado en tres grandes bloques, desarrolla a lo largo de sus capítulos todas las circunstancias y vestigios relativos a la muerte, planteándolos como idea general que aborda de forma clara y, ante todo, amena, utilizando los datos concretos de cada enterramiento como punto de partida y como ejemplo, pero no desarrollándolos en extensión, lo que deja para las ideas que surgen del cotejo, que en forma de cuadros sinópticos, se brindan de todos los datos de los enterramientos conocidos.
Así, nos acerca y nos ilustra sobre los tipos de sepulturas, las asociaciones de cadáveres, los ajuares funerarios, sus asociaciones y significados, la presencia de restos tanto animales como botánicos, los adornos y los restos de ritos o acciones que se han llevado a cabo en las sepulturas.
El texto aporta y desarrolla las conclusiones de cada una de las ideas que plantea, y es a lo largo de cada capítulo donde deben buscarse los puntos clave, dado que pocas conclusiones se nos ofrecen al final de la obra ya que como Binant advierte, sugerir cualquier modelo no sería más que una reducción ya que no existe la «sepultura tipo» si bien el renombre de ciertos descubrimientos contribuye a forjar estereotipos.
Lo cierto es que precisamente en la diversidad radica la riqueza de este estudio.
Al texto hay que añadir los numerosos cuadros, esquemas, mapas y dibujos que dejan constancia de los detalles.
Es de agradecer este planteamiento dual que nos permite disponer al mismo tiempo de la información T. P.. nI! 50.
1993 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es concreta y facilita que nos podamos extender en conocer sus ideas sobre la complejidad de las asociaciones intrínsecas a los enterramientos y demás «galas dc la muerte".
Conviene recordar aquí, que no es esta la primera obra general sobre las sepulturas prehistóricas, pues ya en 1986 Fabienne May publicó «Les sépultures préhistoriques».
Este trabajo, planteado justo al contrario que la obra de Binant, presenta en forma de desarrollo los avatares, detalles, historias, ajuares, estudios y eitas bibliográficas sobre cada enterramiento, reservando los esquemas, y las conclusiones para los cuadros sinópticos.
Es en esta obra donde podemos conocer todos los datos precisos y extensos, y contrastar los distintos estudios que ha habido sobre el tema y que su autora recoge en larguísimas citas bibliográficas.
El manejo de ambas obras facilitará, a nuestro juicio, una visión completísima del mundo funerario del paleolítico.
Complemento éste que Pascale Binant nos propone en su libro «Les sépultures paleolithiques» que no es, sino en formato de texto telegráfico lo que se nos decía en los cuadros sinópticos de su primera obra.
De todos modos el autor no llama a engaño y advierte desde un principio que toda referencia de orden general o analítico, así como cuadros sinópticos y dibujos hay que buscarlos en «La Préhistoire de la mort».
Dividido en tres grandes bloques que geográficamente abarcan a Europa (Francia, Bélgica, Italia, Gran Bretaña, Alemania, España, Croacia, República Checa, República Eslovaca, Hungría) y a la C.E.I, se recogen las sepulturas del Paleolítico Medio, Superior, y las inciertas de este último momento.
En esta segunda obra, el autor propone una «ficha tipo» lo más sencilla posible que recoge, de cada uno de los enterramientos, sucintos datos sobre su localización geográfica, principales excavaciones y estratigrafía, así como la atribución cultural de las sepulturas, su estructura, la presencia de adornos o ajuar, restos animales, colorantes y apenas nada más, para terminar con un listado bibliográfico concreto sobre cada una.
Creemos que no es éste, ni por planteamiento ni por desarrollo, justo complemento a una obra como «La Préhistoire de la mort» tan bien resuelta, densa pero accesible, llena de ideas sugestivas y frescas aportaciones, extensa y concreta a un tiempo, que no debe buscar más complemento en «Les sépultures paleolithiques» que el de una bibliografía concreta y puesta al día.
El libro cuyo título se reseña es la materialización de uno de los deseos que tenía desde hace años Lawrence Straus: plasmar su concepción de la investigación en un área regional.
Por su formación en la Universidad de Chicago se declara positivista y materialista dentro de la corriente de la Arqueología procesual.
Ha seguido esta orientación de la investigación durante su carrera profesional en la Universidad de Nuevo Méjico.
Sus estudios siempre se dirigen hacia el conocimiento de las causas del cambio en las formas de vida de los cazadores-recolectores y de la variabilidad industrial utilizando para ello un enfoque paleoecológico y tecnofuncional.
De todos modos, considera que esos sesgos en la forma de desarrollar sus investigaciones fueron moderados por sus familiares del SW francés que eran prehistoriadores aficionados.
Es importante decir que a lo largo de su carrera sIempre ha sido muy claro exponiendo la corriente teórica en la que ~e encuadra.
El planteamiento de Straus ha sido explorar las adaptaciones de los grupos humanos a los medios ambientes cambiantes de la región Cantábrica a lo largo del Pleistoceno Superior y el Holoceno inicial, teniendo en cuenta que el término «medio ambiente» no sólo se refiere al medio físico, sino también a los medios social y demográfico.
Se ha basado para ello en los estudios anteriores y actuales de investigadores españoles, y además ha usado los resultados de los análisis obtenidos a partir de las Ciencias Naturales que han llevado a cabo los colegas franceses, vascos, americanos y algunos españoles.
Una idea importante en la que insiste en el libro es que la Prehistoria de la región Cantábrica, o de cualquier otra, tiene que ser entendida en sus propios términos.
Hacer comparaciones con los sistemas adaptativos d e otras regiones es, por supuesto, muy instructivo y válido.
Sin embargo encajar -el autor utiliza el término jitlingel registro de esta región en el de otra (como p.e.
Perigord) se ha convertido en una empresa bastante improductiva en este estadio de la investigación.
Con estas consideraciones critica nuevamente, pues ya lo ha hecho en otras ocasiones, la interpretación filogenética de la Prehistoria, o lo que es lo mismo: el paradigma histórico-cultural tan arraigado aún en nuestro país, principalmente por la influencia francesa.
En cambio, justifica continuar usando los términos Achelense.
Musteriense. etc., para poder entenderse con otros colegas, y como términos descriptivos pero cambiando su significado.
Según el enfoque antropológico, dejan de tener connotaciones culturales y étnicas, y, no tienen ninguna validez temporal.
Lo que interesa es el grupo humano, el ambiente y los recursos, no sólo los restos líticos.
Aquí creo importante señalar su idea de yacimiento: lugar de ocupación humana donde se tratan de interpretar los problemas antropológicos (Straus y Clark, 1986).
El libro, como dice Straus al inicio de la Introducción, va dirigido a los estudiantes de paleoantropología de habla inglesa y a todos los interesados en la Prehistoria de la Edad de la Piedra, o antigua.
Reflexiona y anota, al hilo de lo anterior, que no ha habido una síntesis de la Prehistoria cantábrica en inglés desde 1924, cuando Obermaier publicó Fossil Man in Spain.
Además critica la falta de estudios regionales y estratigráficos amplios entre los españoles así como la falta de ambiente crítico y de discusión.
Escribió su obra teniendo en la mente dos objetivos fundamentales y relacionados entre sí.
El primero consistía en producir una síntesis de nuestro conocimiento actual del desarrollo de las adaptaciones humanas a lo largo de la Edad de Piedra en una región particularmente bien estudiada del SW europeo, como lo es la Cantábrica; y el segundo era proporcionar, a los estadounidenses y británicos, una contrapartida al sesgo francés (particularmente Perigord) en la presentación del registro paleolítico.
Dado que la mayor parte del libro trata de los sistemas adaptativos de los cazadores-recolectores, los cuales fueron más o menos territorialmente extensivos, el estudio es regional aunque teniendo en cuenta diferencias subregionales en litología y topografía.
Este enfoque regional de la Prehistoria Cantábrica -que recoge la perspectiva de los arqueólogos españoles y de la escuela de Chicago-está en línea con el énfasis nuevo que se da a los estudios sobre Paleolítico.
Los estudios sobre cazadores-recolectores, según Straus -en mayor medida que los estudios sobre los agricultores y pastores que deben ser más locales por su mayor sedeIltarismo-deben enfocarse hacia las adaptaciones al medio a escala regional.
Según lo desarrollado anteriormente, Straus considera la adaptación al medio, la funcionalidad, así como las diferencias en las materias primas, las causantes de la variabilidad entre los registros arqueológicos.
Asimismo, deja claro en todo el libro que explica el cambio en los sistemas de subsistencia y socio-culturales por medio de la Intensificación en la obtención de recursos.
Esta siempre se plasma en forma de Diversificación y Especialización en los recursos que se aprovechan del entorno para cubrir las necesidades alimenticias.
La presión demográfica es el motor del cambio.
El contenido del libro puede dividirse en tres partes: la primera que es teórica, con la Introducción y el apartado 2 que recoge la Historia de la investigación en esta región; la segunda que es práctica e incluye desde el apartado 3 al 9, que muestra el desarrollo socioeconómico y cultural desde el Pleistoceno medio hasta el inicio del Holoceno.
Cada uno de estos apartados se ha realizado basándose en las características climáticas (periodos glaciares e interglaciares o en los estadios de isótopos de oxígeno) y están compuestos, en general, por los mismos puntos: registro, cronología, asentamiento, modo de subsistencia, materias primas, características de los conjuntos artefactuales, estructuras y conclusiones.
En esta parte se aprecia el interés de Straus por las transiciones.
Deja claro que a lo largo de toda esta fase de la Prehistoria hay continuidad.
Las transiciones son importantes pero no llevan consigo cambios bruscos.
El desarrollo es gradual.
Se dan cambios en los artefactos que se usan y en su tecnología, a veces por las diferencias en calidad y abundancia de las mFiterias primas, pero las rupturas no son tan claras como se pensaba hace algunos años.
Se han registrado solapamientos entre los distintos sistemas de adaptación (p.e.
Musteriense- Paleolítico superior inicial, Magdaleniense-/:jJipaleolítico, etc.), además de variabilidades funcionales como, por ejemplo, la que muestran, según Straus, el Aziliensc y el Asturiense, dejando de lado su relación filogenética anterior.
Tiene especial importancia el apartado 7 sobre el arte, donde aborda las últimas corrientes interpretativas.
Algunos investigadores consideran las cuevas con arte como lugares de reunión social, es decir con utilidad antropológica en los que las distintas bandas encontrarían información sobre los animales de los alrededores y sus hábitos.
Otros piensan que serían memorias de los ambientes naturales que servirían para instruir a las generaciones posteriores.
También los hay que hacen hincapié en el papel educativo del arte, sobre todo por mostrar las diferentes estrategias y tácticas de caza (arte ideomorfo, pp. 185 Y 186).
Por otra parte, en relación con la desaparición paulatina del arte durante el Azi/iense esgrime una hipótesis plausible: el cambio en las estrategias de caza, ahora por medio de grupos pequeños, unido a la reducción del territorio de las bandas locales provocaría que la necesidad y la frecuencia de los contactos entre éstas fuesen menores, por lo tanto no haría falta comunicarse mediante el arte.
y por último, la tercera parte está constituida por las «Reflexiones», donde Straus vuelve a mencionar los objetivos del libro y sus tendencias interpretativas (funcionalismo, materialismo cultural y procesualismo), la importancia que da a los compromisos y relaciones sociales para explicar aspectos del cambio adaptativo y del arte, pero considerando de todos modos que la subsistencia y la tecnología son cimientos sobre los que se sustentan los fenómenos sociológicos e ideológicos.
Añade que, según su punto de vista, los cambios adaptativos a lo largo del tiempo tendieron a tener efectos acumulativos y retrospectivamente parecen direccionales.
Sin embargo habría algunos intentos fallidos los cuales suelen ser invisibles en el registro arqueológico.
Pero las personas siempre desarrollaron modos de vida en total sintonía con los medios físicos que habitaban.
Al final escribe sobre una serie de necesidades que deberían cubrirse para continuar las investigaciones paleoantropológicas en la región Cantábrica.
Cierra el texto expresando su deseo de haber salido airoso al contar (<la historia» de cómo las personas continuamente se reajustaron a las circunstancias para sobrevivir en esta región del norte peninsular, según las condiciones de cada periodo.
Las tres últimas líneas son un acicate para la investigación arqueológica.
Según mi opinión, los deseos e intenciones de Lawrence Straus se han cumplido con este libro que, como síntesis de la vida de los cazadores-recolectores de la Cornisa Cantábrica, servirá de referencia a los estudiantes así como a los investigadores del Pleistoceno y la transición al Holoceno, no sólo en esta zona, sino en cualquier otra.
Es mi deseo terminar esta recensión agradeciendo a Lawrence Straus sus enseñanzas y enviándole mi respeto y admiración por su labor dentro de la Antropología prehistórica.
La arqueología descriptiva es, además de descriptiva, fundamentalmente aburrida.
Por fortuna desde hace algo más de una década las cosas han cambiado bastante en la arqueología prehistórica española, aunque a veces, algunos al menos, sigamos aburriéndonos terriblemente.
Los artículos, monografías, libros, memorias T. P.. n Q 50, 1993 de excavación de ámbito local y loealistas -muy respetables y necesarias por otro lado-sepultan literalmente los pocos trabajos que introducen bocanadas de aire fresco en el panorama de la Prehistoria española.
Por eso un libro como éste es, de entrada, especialmente bien recibido.
Para empezar ofrece una recopilación de trabajos estructurados por un eje temático y no cronológico-geográfico: la subsistencia y la economía en la Prehistoria de España y Portugal.
Los 15 trabajos, si dejamos aparte la introducción del editor, responden a las conferencias impartidas en un Curso de Verano en la Universidad de Cantabria en 1991.
En medio de la polémica existente sobre estos Cursos de Verano, multiplicados hasta la saciedad por todos los puntos del país, este! libro ofrece argumentos mas que sobrados para su defensa.
En primer lugar constituye un excelente ejemplo de cómo rentabilizar al máximo una Reunión o Curso de Verano traduciéndolo en una publicación interesante, lo que por otro lado debería hacernos reflexionar sobre tantos Coloquios, Seminarios o Cursos que nunca llegan a publicarse, la mayor parte de las veces porque, incomprensiblemente, ese objetivo no figura en sus propósitos iniciales.
Aunque no deberíamos olvidar, lógicamente, que la inteligente elección del tema y de los participantes constituye el requisito previo para que tenga sentido la publicación de los resultados de cualquier Reunión.
En segundo lugar, este libro es un buen ejemplo también de lo que las editoriales universitarias pueden y deben hacer: compaginar la publicación especializada con libros más generales y de mayor audiencia para no abandonar estos últimos en las manos exclusivas de las editoriales comerciales (Sanchez Paso, 1992).
A continuación no resisto ya decir que el libro tiene un marcado aire anglosajón, muy claro desde la e, structuración temática y el papel central del editor, hasta la atractiva portada y el propio título, que a mi personalmente me gusta, a pesar de que figuren en él unos animales inexistentes.
En mi opinión y hasta donde conozco, desde este punto de vista, es el libro más logrado de los publicados en los últimos años.
El concepto de subsistencia y economía prehistórica ha sufrido evoluciones importantes desde los trabajos pioneros de G. Clark en los años 40 y 50, los enfoques ecológicos de los arqueólogos estadounidenses y el grupo «Paleoeconomy» de Cambridge de los 70.
Me atrevería a esquematizar que hoy día existen al menos los siguientes niveles de análisis: el más elevado de los modelos teóricos de organización socio-económica; el intermedio de la Arqueología Espacial, la Arqueología del Paisaje, la Etnoarqueología o la Arqueología Experimental y el más bajo, pero en muchos aspectos el más prometedor y complejo, de la Arqueología Analítica, que va desde los aspectos más tradicionales de los análisis faunísticos y los polínicos, carpológicos y antracológicos y los de la arqueometría, como los análisis de materias primas para determinar procedencias, identificación de tecnologías empleadas, etc... hasta otros apenas iniciados aquí como los análisis de contenido en estroncio de los huesos humanos para caracterizar dietas, de gran interés en el futuro.
Luego existe otro problema importante ¿Cómo relacionar información de los sitios con el marco regional en el que están insertos?
¿Cómo combinar los datos arqueológicos «on site» con los datos «off-site»?
Sin duda, como en varios aspectos ilustran los diversos artículos, en la Prehistoria española estamos todavía en una etapa inicial de la Arqueología económica, pero lo importante es marcar líneas fructíferas de investigación futura, y en este sentido la mayoría de las contribuciones son muy interesantes.
Por períodos resulta más abundante la oferta de «elefantes» y «ciervos», es decir Paleolítico y Epipaleolítico, con ocho estudios, aunque ciertamente dos de ellos abordan el tema del «tránsito» a la producción de alimentos, mientras que los «ovicápridos» cuentan con seis trabajos de los que solamente uno corresponde a la Protohistoria final, por lo que, de alguna manera -tal vez por celebrarse el curso en Cantabria como reconoce el editor-son pocas «ovejas o cabras» para el Bronce Final y la Edad del Hierro.
Por áreas predominan las visiones de conjunto a escala regional con mayor peso de Cantabria, las regiones mediter: ráneas y la fachada atlántica, dos están más centrados a nivel de microregión y uno, el de Paleolítico Inferior, recoge todo el ámbito peninsular.
Por último el trabajo de G. A. Clark «La migración como una noexplicación en la arqueología Paleolítica» no tiene formalmente relación directa con el contenido de la Reunión.
La reflexión de M. Santonja sobre la adaptación al medio en el Paleolítico Inferior creo que es uno de los más interesantes, en buena medida porque conjuga juiciosamente una excelente formación tradicional -en el más noble sentido de la expresión-con las nuevas aproximaciones de la arqueología anglosajona pleistocénica.
Algunas de sus ideas sobre los procesos de formación del registro arqueológico trascienden claramente el marco cronológico al que están referidas.
El soporte básico del resto de estudios paleolíticos -los análisis faunísticos-quizás necesitaría ampliar sus planteamientos teórico-metodológicos y recoger más ideas interesantes que brinqan la etología y la antropología; en este sentido el artículo que presta mayor atención a estas cuestiones es el de F. Bernaldo de Quirós sobre las estrategias económicas en el Pleistoceno Superior de la región cantábrica.
Creciente atención habrá que prestar a la aproximación tafonómica.
Muy interesantes y complementarios son los trabajos de P. Arias y M. R. González Morales sobre la «translclon» Epipaleolítico-Neolítico en la zona cantábrica.
El primero plantea, muy críticamente, que la acumulación de datos nuevos no implica necesariamente un mejor conocimiento de la organización económica.
Por otra parte sabemos poco sobre técnicas y estrategias de caza y también habría que decir que hay pocos esfuerzos por crear un marco referencial para plantear su estudio.
Introduce además un análisis detallado de los patrones de asentamiento -como hace también el trabajo de J. Zilhao en el caso del Paleolítico-Mesolítico en el área entre el Tajo y el Mondego-que abre algunas incógnitas como, por ejemplo, si existe alguna relación entre la frecuencia de especies y el factor distancia al mar.
Su planteamiento sobre la introducción de la ganadería en la zona, en ocasiones en porcentajes equilibrados con la caza, como algo coherente con el fundamento del sistema subsistencial anterior -diversificar recursos para evitar los riesgos de la especialización-resulta muy convincente.
Y todo el trabajo es ciertamente, como pretende, una contribución a iniciar una discusión seria sobre bases nuevas.
En el redil de los «ovicápridos» A. Martín y B. Martí exponen unas buenas visiones de conjunto sobre el Neolítico Catalán y del País Valenciano respectivamente, mientras J. L. Maya ofrece una completa síntesis de los datos del Nordeste peninsular entre el Calcolítico y el final de la Edad del Bronce, en la que merece la pena destacar un completo listado de fechas radiocarbónicas en el que se dan a conocer algunas dataciones nuevas.
Por último el trabajo de T. Chapa sobre la economía ibérica en la Alta Andalucía pone de manifiesto la dificultad de correlacionar la información de las fuentes con la arqueológica, debido al retraso con el que se están afrontando estos temas y presenta un buen marco teórico en el que resulta evidente que son muchas las investigaciones analíticas que deben realizarse para conocer las bases subsistenciales.
En cierto modo da la impresión de que, en estos períodos próximos a la historia, se asume un modelo ganadero y agrícola genérico que traslada al pasado formas organizativas de sociedades agropecuarias tradicionales sin más problemas.
Es preciso abrir con mayor intensidad investigaciones específicas sobre estos aspectos.
La maquetación y presentación de figuras es elegante aunque pueden señalarse algunos errores tipográficos y algunas ausencias de referencias en las listas bibliográficas.
El libro está bien producido y cuidado en los detalles de edición.
En suma, se trata de una obra original en el contexto de la Prehistoria española que merece la lectura atenta de los especialistas y al mismo tiempo ofrece unos textos de síntesis útiles para utilizar como puntos de partida de debate en las asignaturas de la especialidad de Prehistoria.
Por último dejar constancia de que merecería la pena que, con igual acierto, se continuara la iniciativa en próximas reuniones, tal y como se suscitó en ésta.
El avance que en los últimos quince años se ha producido en los estudios dedicados a las Edades del Cobre, Bronce y Hierro ha hecho que el conocimiento de los procesos metalúrgicos sea una necesidad para el arqueólogo que ya no puede contentarse con enviar una muestra de metal al físico o químico de turno y esperar a recibir el informe técnico correspondiente; informe que se incluía tal cual en las memorias de excavación, pero que no se integraba en la síntesis final.
Toda una generación de arqueólogos españoles hemos tenido la suerte de formarnos en esta materia a través de los libros, artículos y manuales de R. F. Tylecote (fallecido en 1990), profesor de metalurgia en la Universidad de Newcastle upon Tyne, editor de la revista Historical Meta/lurgy, y profesor honorario de Arqueometalurgia en el Instituto de Arqueología de Londres, donde por primera vez, desde 1979, se imparte esta asignatura como disciplina académica.
El término arquenmetalurgia fue acuñado y empleado por Tylecote a raíz de su colaboración con Beno Rothenberg en las excavaciones de Timna, en el Sinaí, a partir de 1978 (1).
El trabajo de Tylecote tenía, sin embargo, precedentes importantes.
No debemos olvidar la excelente obra de H. H. Coghlan publicada en 1951 (Notes on the Prehistoric Meta/lurgy 01 Copper and Bronze in the Old World) reeditada y revisada en 1962 y 1975.
Su formación académica era la ingeniería, interesándose posteriormente por la arqueología.
Finalmente debemos citar la obra pionera de A. Lucas, químico de formación, egiptólogo de profesión (Andent Egyptian Materials and Industries) que se publica en 1926, con cuatro reediciones, la última aumentada por su alumno J. R. Harris en 1962.
La aparición de un manual de Paleometalurgia (galicismo al que los franceses no deben renunciar), traducido al castellano y con clara vocación pedagógica no puede ser sino bien recibido por especialistas y estudiantes.
Además, nos encontramos en este caso ante un arqueólogo cuya actividad profesional se ha centrado en cuestiones técnicas de la Edad del Bronce y Hierro, por lo que sería lógico esperar una mayor afinidad y entendimiento de cuestiones y problemas relacionados con nuestra profesión.
En cualquier caso, la crítica que me corresponde hacer no puede dejar de tener una referencia, que es el legado Tylecote, y el propio Mohen reconoce en el prólogo su propia deuda con el personaje al que conoció en 1980.
Esta crítica se puede estructurar en dos ámbitos: forma y contenido, inseparables entre sí para el público de habla española, al tratarse de una traducción, y ya que el primero afecta a la comprensión del segundo.
Comenzaré por un breve repaso de ese contenido, dejando las cuestiones formales para el final.
La aproximación al tema se hace siguiendo la línea tradicional tecnológico-cultural de las tres Edades: Cobre, Bronce y Hierro, para cubrir el contenido de 7 capítulos.
Los dos primeros sirven de introducción refiriéndose a la historia de la investigación, fuentes antiguas y medievales, conocimientos y estadios tecnológicos pre-metalúrgicos, aproximación a.Ia minería y metodología analítica.
Nada que objetar como visión general, ciertamente resumida y sintética, pero coherente con el espacio reservado al resto de los capítulos.
Sólo cabría hacer una observación al panorama que presenta sobre el estado de la investigación y trabajos en curso, bastante parcial y decantado en exceso hacia Francia.
Por ejemplo, sobre los estudios de minería en la Península Ibérica se cita únicamente los trabajos de C. Domergue en Toulouse (pág. 34).
El capítulo 3 se refiere al Cobre.
Toda la primera parte está dedicada a cuestiones tecnológicas, analíticas y químicas; y la segunda a los diferentes hallazgos regionales que prueban la práctica temprana de la metalurgia, con referencias al continente europeo, subcontinente indo-pakistani, Africa negra y Nuevo Mundo.
Salvo Europa, este enfoque globalizador resulta en unas referencias meramente anecdóticas sobre la metalurgia en otros continentes.
En cuanto al apartado dedicado a la Península Ibérica, que lo hay (págs. 88-89), toda la problemática de los inicios de la metalurgia se reduce a la mención de las mismas de Río Tinto, sin referencia bibliográfica alguna.
Creo que este planteamiento es grave, no por un falso afán nacionalista, sino porque se ha elegido precisamente uno de los documentos más controvertidos desde el punto de vista científico para ilustrar la metalurgia peninsular en la Edad del Cobre.
Todo lo referente a las aleaciones de base cobre se trata en el capítulo 4, con una pequeña referencia al oro.
Se abordan todas las cuestiones físico-químicas que atañen al comportamiento de las distintas aleaciones que se han identificado en la antigüedad, los métodos de trabajado y los hallazgos que han servido para documentar talleres, formas y métodos en distintas zonas culturales.
Sobre todo se dedican varios apartados al problema del estaño.
El capítulo 5 es una consecuencia de los dos anteriores puesto que se refiere a los aspectos regionales de aquellas cuestiones técnicas ya tratadas.
Así, se hace un repaso a la metalurgia del Egipto faraónico, del Próximo Oriente, Europa, Asia y América.
Sin entrar en las inevitables repeticiones en que se incurre al sintetizar lo que en detalle, y desde el punto de vista técnico, ya se ha relatado con anterioridad, este capítulo cae en una generalización simplista y, por ende, deformadora.
Y como muestra baste un botón: «Las técnicas egipcias de la orfebrería son como las del metal en general, similares a las que encontramos en el Próximo y (1) Una relación completa de la obra publicada por Tylecote se puede encontrar en «Historical Metallurgy», 25, 1, Medio Oriente». (pág. 139).
Dentro del apartado dedicado a Europa, uno de los más completos y mejor documentados, me produjo una gran frustración el subapartado que el autor titula «Difusión marítima del metal» (págs. 152-154).
Pensé encontrar en él la síntesis y conclusión de los hallazgos arqueológicos que documentan la actividad comercial marítima, pero no fué así, puesto que se trata de la detallada descripción del pecio del cabo Gelidonia, del pecio de Ulu Burum, y con menor detalle en cuanto a contenido y situación de las piezas en el fondo marino, el de Rochelongue.
Tampoco puedo dejar de mencionar el hecho de que el apartado dedicado al continente americano se despache con una sola cita bibliográfica, un artículo de H. Lechtman de 1980; eso sí, citado en dos ocasiones (págs. 161 y 164).
No soy de las personas que piensan que la validez o calidad de un estudio científico pueda medirse en términos de citas bibliográficas, pero existe un mínimo de documentación que debe aportarse al lector, aunque se trate de estudiantes de primer curso de carrera o de aficionados que nunca llegarán a hacer uso de esas citas.
Con el capítulo 6 entramos ya en la Edad del Hierro.
La primera parte está dedicada a explicar los principios de la forja.
Se trata de un resumen del proceso tecnológico expuesto de manera concisa, clara y eficaz, apoyado por una documentación gráfica que completa el texto escrito.
Comparativamente, las explicaciones del proceso tecnológico en los capítulos dedicados a la metalurgia del bronce resultan farragosas.
El resto del capítulo se dedica a reseñar los hallazgos y características de los objetos de hierro en Oriente, Europa, Africa y Asia.
También se incluye un pequeño apartado sobre los objetos de bronce durante la Edad del Hierro, así como la metalurgia del plomo argentífero de Laurion y la orfebrería.
Solamente quiero señalar, como en los capítulos anteriores, la referencia a la Península Ibérica, y como en ellos a mi juicio desafortunada, puesto que citar Cortes de Navarra (pág. 178) sin hacer mención de Toscanos para documentar el primer hierro peninsular es cuanto menos parcial.
Finalmente el capítulo 7, a modo de conclusión, relaciona los aspectos técnicos con los sociales.
Se esbozan temas como la «Organización del trabajo metalúrgico» o los «Status sociales de los metalúrgicos prehistóricos».
Para ilustrar estos temas se han buscado trabajos de investigación de algunos autores que sirvan de ejemplo.
En el caso de la organización artesanal se ha escogido el trabajo que durante años ha desarrollado E. Tchernykh (en transcripción castellana Chernij) en el Instituto de Arqueología de la Academia de Ciencias de Rusia, y se proponen como modelo las categorías arqueológicas por él establecidas que incluyen los conceptos de "Centro» y «Provincia» metalúrgica (se puede consultar en castellano: E. Chernij y otros.
El sistema de la provincia metalúrgica circumpóntica, en T. P. 47, 1990).
Entre todas las opciones posibles no creo que la elección haya sido la más acertada para el tipo de lectores a los que parece ir dirigido este manual, ni por la metodología empleada en el trabajo del investigador ruso, ni por la validez de sus conclusiones como modelo, ni por la accesibilidad a una bibliografía mayoritariamente en ruso, o en el mejor de los casos en alemán.
Entraré ahora en las cuestiones formales.
No soy, desde luego, especialista traductora pero mis conocimientos del francés, y sobre todo del castellano y del tema que trata el libro son criterio suficiente, al menos, para apuntar una serie de cuestiones.
La drástica literalidad con la que se ha acometido la traducción provoca en el lector un continuo estado de desasosiego, con frases tales como: «Las composiciones de los objetos de los bronces de los moldes de bronce de la edad del Bronce... » (pág. 126); a partir de un original poco afortunado: «Les compositions des bronzes des maules en bronze de I' Age du bronze... »
Para mayor inri en la traducción castellana se ha colado una errata.
Me puedo imaginar, pero no estoy muy segura de lo que se quiere decir con el término «épocas subcontemporáneas» (en francés «époques subcontemporaines») (pág. 191); o con estos otros: «elevada técnica» (pág. 61) y «tamaño moderado» (pág. 138) (en francés «haute technicité» y «taille modeste» respectivamente).
Lo que si sé es lo que se ha querido decir, pero no se ha dicho en la pág. 99 donde dice: «... hasta el 25 %, que es el límite de la unión cobre-arsénico» cuando debiera decir «... que es el límite de la solubilidad... ».
También quiero hacer notar que en castellano solo el hierro meteorítico admite la adjetivación que indica su procedencia, y el hierro no meteorítico es hierro a secas y no «hierro terrestre», como tampoco se puede hablar de «metalurgia del hierro terrestre» puesto que habría, entonces, que contraponer una «metalurgia del hierro meteorítico» o quizá «celeste».
Pero en cualquier caso, la «metalurgia del hierro», sea cual sea, se denomina «siderurgia».
Podría seguir citando, no ya cuestiones opinables de traducción, sino errores sintácticos y gramaticales, como loismos: «se lo conoce... », «se lo ha llamado... », «se lo hacía saltar... » (págs. 48, 101 y 137 respectivamente); galicismos; demandar por pedir o requerir, proveniente por procedente; o simple desconocimiento de la palabra que se traduce, por ejemplo «tréfiliere» traducida por «trefilador» (pág. 224), que además se define en el léxico incluido al final del libro como «... placa en la que hay un agujero del mismo diámetro del hilo que se quiere obtener... »
Este artilugio se denomina «hilera» en castellano.
No citaré más ejemplos para no aburrir al lector.
1993 Finalmente sólo me queda comentar la bibliografía.
Correcta en su contenido, adolece sin embargo de graves errores de cita o edición.
Todas las anotaciones, aclaraciones y abreviaturas empleadas en el listado bibliográfico permanecen en el original francés.
No existe relación entre el cúmulo de datos y referencias aportado por el texto y la bibliografía incluida.
En el prólogo de la edición española se dice que «el autor se ha propuesto redactar un libro de divulgación e introducción a la paleometalurgia».
El momento, desde luego, es el más oportuno, cuando existe una gran demanda de manuales sobre temas objeto de especialidades académicas; y estoy segura de que éste tendrá éxito, y también estoy segura de que su éxito será fructífero.
Pero también tengo que decir dos cosas.
Primera, que un agregado de datos no hace un buen manual, por más que aquéllos sean numerosos y estén primorosamente ordenados.
Y segunda, que la colaboración interdisciplinar entre arquéolagos, físicos y metalurgistas tiene que continuar su andadura como hasta ahora, juntos pero no revueltos.
Ni un físico será capaz, todavía de escribir un buen libro sobre arqueología, ni un arquéologo lo hará sobre física.
La tradición académica actual es demasiado corta para que la especialidad en arqueometalurgia (o paleometalurgia como prefieren los franceses) tenga una entidad propia con suficiente categoría científica.
En un futuro la tendrá.
Un manual, o cualquier libro, no se termina con la labor del autor, continúa con la del traductor y finaliza con la del editor.
Esta colaboración tripartita parece que no ha existido en el caso que nos ocupa.
Es una verdadera pena porque todos ellos, y no sólo nosotros los lectores, salimos perjudicados.
En su reseña para Antiquity.
Andrew Sherratt (1993: 458) ha calificado esta obra como uno de los trabajos fundamentales en la Prehistoria de finales del siglo veinte.
Una parte de los méritos que justifican esta declaración son evidentes por si mismos: la obra del profesor Chernij permite por vez primera el acceso de los especialistas occidentales a una masa impresionante de evidencia sobre la metalurgia inicial en todo el territorio de la antigua URSS.
No sólo eso: esta evidencia es el resultado de un proceso de investigación coherente e incluso metodológicamente modélico, desarrollado durante más de veinte años por el equipo dirigido por el profesor Chernij primero en el Laboratorio de Análisis Espectral y luego en el grupo de metalurgia y minería antiguas del Laboratorio de Métodos Científico-naturales aplicados a la Arqueología, ambos pertenecientes al Instituto de Arqueología de Moscú de la Academia de Ciencias de Rusia (hasta 1991 de la Unión Soviética).
Hay que decir que el trabajo de Chernij al frente de estos organismos supo aprovechar las ventajas de la peculiar institucionalización de la investigación soviética, que otorgaba un papel jerárquicamente central (y por lo tanto ventajas de extraterritorialidad) a los centros de la Academia de la Unión.
De este modo, los datos contenidos en esta obra constituyen la casi totalidad de la evidencia metalográfica existente para una región que, como no deja de subrayar Sherratt, representa nada menos que una sexta parte de las tierras emergidas.
Por supuesto existen aspectos discutibles, como en toda síntesis arqueológica de semejante amplitud, por ejemplo, los que señala Sherratt en las metodologías analíticas, o en la cronología absoluta.
Pero, desde el punto de vista arqueológico, es un trabajo fundamentalmente honesto, que proporciona al lector las claves suficientes para elaborar un punto de vista crítico.
En suma, se trata de un corpus enorme de datos arqueológicos de primera mano, producidos bajo condiciones homogéneas de estricto control metodológico. y expuestos de una forma sistemática.
Todo ello, y sin tener en cuenta ninguna otra circunstancia, hace de la obra un punto de referencia indiscutible para toda la Prehistoria del Viejo Mundo.
Nada de esto, sin embargo, agota el interés de la obra.
Por encima de su propio valor como síntesis arqueológica, Ancient melallurgy in lhe USSR representa un ambicioso proyecto intelectual, y despliega toda una serie de concepciones originales de la Historia y de la aportación de la arqueología al conocimiento del pasado, al mismo tiempo que ofrece una sugerente síntesis histórica de la prehistoria reciente de una gran parte de Eurasia.
Es precisamente en dos de estos aspectos no estrictamente arqueográficos de entre los muchos que este libro suscita, donde me vaya centrar.
En primer lugar quiero comentar la metodología arqueológica de Chernij, en especial la forma en la que su trabajo arqueográfico se articula con un pensamiento y unos objetivos históricos.
En segundo lugar quiero proponer un contexto de lectura para este libro, en conexión con el emergente debate sobre el «sistema mundial de la Edad del Bronce».
Como señala Philip Kohl (1992: xvii) en su introducción, el proyecto de Chernij es una préhistoire tolale o globale que transciende la mera descripción de los procesos metalúrgicos, que son su objeto inmediato, para ofrecernos una síntesis histórica innovadora del Calco lítico y la Edad del Bronce en una vasta porción de Eurasia que ocupa desde los Balcanes al Oeste hasta Mongolia en el Este (Ibídem: xv).
Es decir, la descripción puramente arqueológica de los artefactos metálicos, de la distribución en el tiempo y el espacio de sus morfologías y composiciones, de sus rasgos tecnológicos y las fuentes de sus materias primas, está articulada de tal manera que se resuelve ante nuestros ojos en una gran narrativa histórica totalizante, de la que emerge la imagen de un único y vasto proceso integrado para toda la Edad del Bronce del Viejo Mundo.
Esta conclusión global que se desprende del conjunto del trabajo constituye por si sola, en palabras de Kohl (ibidem), un reto para los prehistoriadores que se ocupan de la Edad del Bronce en Europa y Asia.
La forma en la que se produce esta transición entre el análisis arqueológico y la síntesis histórica es del máximo interés metodológico.
El principio subyacente en el programa de Chernij ha sido claramente formulado por Kohl (1992: xvi): «focus on a single class of materials -metals-over a vast area and time range reveals patterns previously unappreciated».
Son estos patrones, en su irreductible naturaleza de testimonios arqueológicos los que requieren una explicación.
La representación de estos patrones de variabilidad metalúrgica requiere la formación de criterios y categorías analíticas.
Chernij delimita varios niveles complementarios de integración de la variación (pág. 7):
(1) tipos y categorías de artefactos; (2) medios tecnológicos de producción; (3) características físico-químicas del cobre o bronce usados; (4) organización social de la producción (vid. también Chernij el alii.
La articulación de estas categorías de variación da lugar al reconocimiento de patrones concomitantes que pueden integrarse a varios niveles.
En primer lugar, los «focos metalúrgicos», es decir, unidades definidas de producción de metal y manufactura (<<focos metalúrgicos» propiamente dichos) o sólo de manufactura de materiales importados (<<metalworking focuses»).
La noción de «foco», se refiere a la comunidad de patrones en los índices de variación enumerados, y no es coextensiva necesariamente con una sola «cultura arqueológica».
Desde el punto de vista histórico, un foco metalúrgico puede agrupar varias comunidades histórico-culturales que comparten tradiciones metalúrgicas comunes y tienen acceso a las mismas fuentes de materia prima, de forma directa o interpuesta.
La identificación de estos focos permite, por otra parte, la observación de patrones compartidos parcial o totalmente por un cierto número de ellos, a lo largo de amplios territorios y durante períodos de tiempo muy dilatados.
Surge así el concepto central de «provincia metalúrgica», como agrupación de «focos metalúrgicos» cuyos productos comparten un grado suficiente de identidad morfológica, tecnológica y metalográfica, como consecuencia de diferentes procesos de interacción que afectan a la producción metálica (págs. 8 y ss.).
Las "provincias metalúrgicas», por último, no coinciden con los estadios generales de desarrollo supuestamente recogidos por la periodización convencional de la Edad del Bronce, sino que atraviesan dicha periodización.
Así, por ejemplo, la «provincia cárpato-baIcánica» se desarrolla dentro de los límites de la Edad del Cobre, mientras que la circumpóntica es descrita a través del Bronce Antiguo (capítulo 3) y Medio (capítulo 4).
El núcleo de la metodología que propone Chernij es, pues, la delimitación y descripción diacrónica de T. P.. no 50.
1993 "focos» y "provincias », a partir de la aplicación de criterios suficientemente precisos de representación de la variación (morfológica, tecnológica, metalográfica) y sus patrones espacio-temporales.
Estos conceptos y criterios se exponen de manera clara y concisa en el primer capítulo del libro, y son sometidos a una reevaluación interpretativa en el décimo y último.
En los capítulos intermedios se aplican consecuentemente al territorio de la antigua URSS y las áreas de Europa y Asia vinculadas con los desarrollos metalúrgicos que en él se produjeron.
El esquema es muy riguroso: la descripción de una provincia se hace siempre a partir de las formaciones histórico-culturales que la componen.
A continuación se establecen y analizan los rasgos compartidos por todas éllas con respecto a la producción metalúrgica.
Por último se estudia la dinámica de los procesos desde una perspectiva histórica.
Este esquema se aplica a la «provincia cárpato-balcánica», que sólo tiene en la URSS una presencia periférica (capítulo 2), a la «provincia circumpóntiea", cuyo extenso desarrollo requiere tres capítulos (3 a 5) más otro (6) para sus periferias externas, y, más brevemente a las provincias que se desarrollan durante el Bronce Final: la Euroasiática (capítulos 7 y 8), la Europea (8) y las de Asia Central, Irano-afgana y Caucásica (9).
Los conceptos de «foco» y «provincia» no son, sin embargo, meras categorías clasificatorias, unidades de integración de la información arqueológica de rango más general que las «culturas arqueológicas».
Chernij insiste en su carácter de auténticas formaciones históricas, en cuanto resultado de interacciones entre comunidades reales.
No se trata del resultado de clasificaciones ex post Jacto. sino de «fenómenos» que son descubiertos a través de la aplicación de criterios uniformes a la evidencia arqueológica (ibídem).
El discurso arqueológico de Chernij, alcanza así densidad histórica, y los resultados de la investigación se transforman directamente en problemas de interpretación histórica.
En primer término, como motor constante de todo el proceso investigador, subsiste el problema central de la naturaleza misma de las «provincias» y «focos» con respecto a las formaciones histórico-culturales que intervienen en su existencia como procesos reales.
Este cuestión no tiene una respuesta única, pero en cualquier caso requiere un pensamiento teórico sobre la articulación de la metalurgia incipiente en los procesos de cambio social, económico y cultural.
El reconocimiento de la importancia del metal y sus implicaciones en estas instancias del proceso histórico, en cuanto factor de producción, medio de acumulación de valor, mercancía, innovación tecnológica, etc. (págs. 4-5; también pp. 308-309), es por lo tanto el argumento subyacente en toda la metodología de las «provincias metalúrgicas».
Una segunda cuestión relevante, muy ligada con la anterior, surge al contemplar la trayectoria histórica de las «provincias metalúrgicas».
De la misma manera que éstas existen en la medida en que pueden ser materialmente identificadas (pág. 8), la observación de sus trayectorias históricas da lugar al «descubrimiento» de procesos de expansión y contracción, florecimiento y colapso.
No sólo eso, sino que además puede observarse que tanto la formación como el colapso de las «provincias metalúrgicas» parecen ocurrir de una forma relativamente rápida a lo largo de inmensas regiones, afectando a numerosas formaciones históricoculturales.
Chernij no se limita a constatar estos hechos, sino que los sitúa en la base de su interpretación general del problema de la naturaleza de sus «provincias metalúrgicas», y, en última instancia, de su pensamiento histórico, como paradigma de toda una teoría de la dinámica de las transformaciones socio-culturales.
Además de leer el apretado esbozo de esta teoría que ocupa el último capítulo del libro, el lector de habla castellana puede recurrir a la presentación de estas ideas en Chernij, 1993.
Al margen de la propia fuerza de las concepciones de Chernij, lo que a mi juicio hace especialmente provocativo su discurso teórico es su explícito y declarado normativismo.
En efecto, la obra de Chernij constituye un ejemplo único en los tiempos recientes de un ambicioso intento de interpretación histórica global del registro arqueológico basado en el reconocimiento explícito de la importancia del «factor normativo» en la dinámica del cambio social y cultural (págs. 298 y ss.).
Chernij no es sin embargo un «normativista cultural», en el sentido de los arqueólogos tradicionales occidentales.
Sus interpretaciones sobre la formación y el fin de las «provincias metalúrgicas» no se refieren a vagas generalizaciones sobre «influencias» o evolución cultural.
Se trata más bien de un «normativista histórico», para el que el «factor normativo» desempeña un papel bastante parecido al que se supone a la «superestructura» en la tradición marxista (ver por ejemplo pág. 299).
Chernij mantiene que la introducción de la metalurgia modifica el patrón precedente de cambio sociocultural, al anudar varios procesos en un sólo complejo de transformaciones sociales, económicas e ideológicas (págs. 307 y ss.).
En primer lugar, la metalurgia es determinada por y determina a los procesos de incremento de la desigualdad social.
Al mismo tiempo contribuye al establecimiento de redes de intercambio a larga distancia que, como consecuencia de la propia dinámica socio-política, se transforman en procesos de interdependencia, que vinculan a distintos focos en interacciones del tipo centro-periferia, cuya expresión real son trayectorias político-militares.
Este tipo de procesos constituyen el sustrato histórico de las «provincias metalúrgicas», que son el precipitado arqueológico de esta esfera de interacciones entre formaciones sociales.
La alteración del estatu quo político, demográfico o económico en algún lugar de las extensas redes de interacción que soportan una «provincia» puede dar lugar, bajo ciertas condiciones, a una reacción en cadena que ponga fin a unas pautas largamente preexistentes, en un proceso relativamente rápido:
Por último, al contemplar en conjunto el despliegue de las trayectorias históricas de las sucesivas provincias metalúrgicas que ocupan el Viejo Mundo durante lo que Chernij llama Temprana Edad del Metal (Early Metal Age [EMA]), es decir, el Calcolítico y la Edad del Bronce de las periodizaciones convencionales, es posible descubrir interacciones entre éllas.
El resultado de esta máxima integración es reconstruir la EMA como un sólo proceso histórico global cuyo argumento central es la interacción entre las formaciones sociales agrarias asentadas en la franja meridional de tierras templadas y los pueblos nómadas que ocupan el cinturón de las estepas que limita con ella por el Norte.
La infraestructura de este proceso es la aparición de la metalurgia y la domesticación del caballo.
Ambas innovaciones, ocurridas entre los milenios cuarto y quinto dan lugar al establecimiento de un patrón típico de interacción global entre los dos dominios geográficos citados, cuyos productos históricos son los diversos procesos de formación del estado (Mesopotamia, China, el Valle del Indo) y la correlativa emergencia de grandes formaciones sociales de base pastoril y nómada en el cinturón de estepas.
Esta dialéctica histórica entre las primeras civilizaciones y los «bárbaros» del Norte, cuya manifestación más evidente son los ciclos periódicos de-emigraciones masivas y desestabilizadoras, ha sido señalada con frecuencia (por ejemplo, en Wolf, 1987) como una estructura fundante del escenario histórico del Viejo Mundo.
Uno de los principales méritos del trabajo que comentamos es mostrar, siguiendo el hilo conductor de la metalurgia, como incluso este mismo rasgo aparentemente estructural ha sido históricamente generado en el curso del mismo proceso que condujo a la génesis de las grandes formaciones estatales arcaicas.
En fin, parafraseando a Kohl (1992: xiv), podemos decir que es posible discrepar de las interpretaciones de Chernij o de sus planteamientos teóricos, es posible discutir aspectos concretos de sus «provincias metalúrgicas», pero lo que no es posible es dejar de tener en cuenta en el futuro sus resultados.
Ningún especialista en las primeras etapas metalúrgicas podrá ya seguir manteniendo pautas de trabajo basadas en la escala regional, ignorando el denso tejido de interacciones que operan a escala eurasiática.
Afortunadamente, esto parece ser una tendencia actual de la Prehistoria del Viejo Mundo.
En efecto, durante la última década, en relación con la crisis de los paradigmas evolucionistas y funcionalistas, se ha registrado una sostenida tendencia hacia la revalorización de las «relaciones exteriores» en la explicación del desarrollo de las sociedades antiguas (vid. Gilman, 1993).
En algunos casos (tal vez en España) esto ha podido suponer un poco de vida de ultratumba para el obsoleto difusionismo tradicional.
Pero por lo general el debate ha enriquecido el panorama de la Prehistoria con la incorporación de importantes discusiones teóricas, como la generada por la aplicación a las etapas arcaicas de la Historia Social de la «teoría de los sistemas mundiales» y otras formas de la Teoría de la Dependencia (vid. Dore, 1984).
La trascendencia de este debate ha rebasado con mucho el propio campo de la Prehistoria y de la Historia Antigua, involucrando a la propia Teoría de la Dependencia en una discusión sobre la génesis histórica del moderno sistema mundial.
Ya no se trata, por lo tanto, de una discusión entre prehistoriadores sobre la aplicabilidad a la Edad del Bronce de modelos de centro-periferia, o conceptos como el de «economía mundo», «subdesarrollo» o «intercambio desigual» (vid. por ejemplo los trabajos recogidos en Rowlands, Larsen y Kristiansen (eds.), 1987 o en Schortman y Urban (eds.), 1992).
Más bien empieza a ocurrir que en dicha aplicabilidad se deciden cuestiones importantes sobre los propios conceptos y modelos de la teoría de referencia.
Esto ha dado lugar a que algunos de los mismos teóricos de la Dependencia se interesen directamente por la Edad del Bronce.
Este es el caso de A. Gunder Frank, quien acaba de publicar un polémico artículo (I993) en el que las referencias a la obra de Chernij son abundantes y decisivas.
¿En qué sentido puede resultar crucial el caso de la Edad del Bronce para la Teoría de la Dependencia en cuanto teoría del capitalismo avanzado?
Esto resulta transparente en las declaraciones de intenciones de Frank: en la existencia o no de un auténtico sistema -mundial durante la Edad del Bronce, es decir, en la T. P.. nI:! 50.
1993 m~dida en que la Edad del Bronce del Viejo Mundo se deje describir como un proceso único en el que las rlistintas trayectorias regionales están ligadas entre si por relaciones de dependencia, transferencia de excedentes, formación de capital comercial, etc., se podrá afirmar la prioridad del mercado como institución central en la historia de la eivilización.
Frank llega aún más lejos al afirmar que «el moderno Sistema Mundial comenzó hace 5000 años» (Gillis y Frank, 1990: 19); es decir: en la Edad del Bronce no hubo un sistema mundial centrado en Asia suroccidental. como propone Kohl (1989), sino que este fue el principio del Moderno Sistema Mundial.
El mercado, el intercambio desigual y otras instituciones que creíamos vinculadas al modo de producción capitalista, serían por lo tanto consustanciales a las sociedades complejas: «the motor driving force al' the World System development since its beginning» (Gillis y Frank, 1990: 19).
La insistcncia en la prioridad del intercambio y en la continuidad entre el Sistema Mundial de la Edad del Bronce (en adelante SMEB) y el moderno sistema mundial capitalista (desde ahora MSM), tienen que ver con la oposición fundamental en el seno de la Teoría de la Dependencia, entre los «circulacionistas » como Frank, y otros autores, como Amin o Emmanuel, que mantienen el énfasis sobre las relaciones sociales de producción, y por lo tanto sobre el papel de la explotación de clase (vid. Taylor, 1984; Dore, 1984).
Dentro de esta polémica, Frank plantea su reconstrucción del SMEB como expediente para eludir una de las principales inconsistencias que lastran su postura circulacionista: al desestimar el papel de las relaciones de clase en la generación de excedentes (vale decir, los procesos internos en el «centro» y las «periferias») las relaciones de división internacional del trabajo deben darse por supuestas.
La teoría no puede dar cuenta de éllas: hay un centro y unas periferias históricamente dadas a partir de las cuales se genera un intercambio desigual.
Se puede explicar como funciona el MSM, pero no su origen.
La hipótesis clásica de Wallerstein (1974 y 1980) viene a decir que el MSM es inseparable del capitalismo que se genera como un proceso interno en la periferia de una de las «economías mundo» precapitalistas y genera su propia reestructuración de la división internacional del trabajo.
La hipótesis de Frank por el contrario trata de mostrar el MSM como una continuación de un proceso que se retrotrae a los orígenes mismos de la civilización.
En el debate sobre el SM EB están por lo tanto en juego algunos problemas básicos de la teoría de la dependencia, del debate fundamental de la Antropología económica entre sustantivismo y formalismo y, en general, como meta-problema básico de la teoría social desde Adam Smith, la cuestión de la legitimaciónnaturalización del capitalismo.
En este contexto el libro de Chernij cobra un interés inusitado del que da testimonio la atención de la que le han hecho objeto algunos de los protagonistas más relevantes del debate, como Kohl, Sherratt o Frank y sus críticos.
Resulta sorprendente que una obra gestada a lo largo de tantas déeadas de minucioso trabajo empírico se sitúe nada más aparecer en el centro de la más importante diseusión internacional en su disciplina.
En cualquier caso, no es este lugar para desarrollar las implicaciones de la obra de Chernij con respecto a esta cuestión, sino tan sólo de llamar la atención del lector sobre uno de los varios contextos en los que la obra tiene un valor transcendente.
Sobre todas las cosas, se trata de un ejemplo palmario de cómo el trabajo del arqueólogo puede proyectarse mucho más allá de los estrechos límites de un rutinario empirismo, sin renunciar por éllo a la especificidad empírica de la disciplina.
PALOMA GONZALEZ MARCEN, VICENTE LULL y ROBERT RISCH: «Arqueología de Europa.
2250Europa. -1200 a.e.: a.e.: una introducción a la "Edad del Bronce"" (Historia Universal, Prehistoria, no 6).
A todo profesor que da un ciclo de conferencias sobre un tema particular se le puede considerar sospechoso de estar a punto de acometer un manual: el tema 10 tiene pensado y organizado y sólo le hace falta encender el magnetófono para tener el borrador de su libro casi completo.
El paso de la lección al capítulo puede parecer fácil, pero no deja de ser complicado, sin embargo.
El conferenciante debe ser interesante, si es posible brillante, para incitar a sus alumnos a leer y aprender, mientras que el autor de un vademécum ha de ser responsable y útil, aunque quizás aburrido, para inducir a un colega a que lo exija a sus propios alumnos como lectura: este sólo puede permitirse especular sobre su tema si sabe que sus alumnos tienen en sus manos lecturas fiables que suplan las lagunas que inevitablemente acompañarán a sus ocurrencias.
La obra de Vicente Lull y sus discípulos tiene elementos novedosos e interesantes, como es de esperar de uno de los arqueólogos más originales de su gegeración, pero le falta el lastre de erudición deseable en un libro de texto.
La primera parte de este volumen se dedica a asuntos cronológicos.
Los autores arguyen con toda razón que la estructura cronológica de la Edad del Bronce debe asentarse sobre fundamentos objetivos, independientes del material cultural que ha de organizarse temporalmente.
Demuestran claramente la circularidad casi inevitable en la cual se han envuelto las cronologías tradicionales basadas sobre paralelos cruzados: los prehistoriadores han elegido los elementos significativos para sus cronologías según las conclusiones a las cuales querían llegar.
Lull, González Marcén y Risch proponen lógicamente asentar la cronología del Bronce sobre el radiocarbono, y a este efecto presentan listas regionales de más de mil muestras de todo el continente, «las dataciones que cre[en] más significativas de la época que estudi[an]» (p.
Ahora bien, está claro que el valor de una determinación de C-14 no es mayor que la integridad de su contexto, pero los autores no parecen haber tomado una actitud suficientemente crítica sobre la procedencia de los datos que ofrecen.
Dos ejemplos pueden servir para ilustrar las dificultades que presentan los procedimientos que están en la base de la cronología propuesta en este libro.
Uno de los yacimientos que aparece en la lista de fechas para el Mediterráneo occidental es Almizaraque.
Los autores citan las muestras KN-73, CSIC-269 y UGRA-I64 (las tres de este yacimiento que han dado determinaciones posteriores al 4000 bp), de las cuales sólo la última está publicada como procedente de un contexto excavado fiable (Delibes el a/ii, 19H6).
Sin embargo. excluyen una decena de fechas publicadas para este yacimiento que son anteriores al 4000 bp.
Naturalmente, es po~ible que haya una fase de la ocupación de este yacimiento que caiga dentro del marco cronológico que interesa a los autores, pero los datos aquí presentados no pueden demostrarlo.
El poblado, según su excavador (Fernández Gómez,19H6). es un castro prerromano, y UGRA-16H es la única muestra de las diez publicadas para este yacimiento que ha dado una determinación que podría ser de la Edad del Bronce.
La existencia en El Raso de una fase del Bronce (que el excavador no ha reconocido sobre el terreno) de ninguna manera puede constatarse a hase de una muestra, quizás a berrante por toda una serie de posibles razones.
Estos dos ejemplos (a los cuales se podrían añadir muchos más) sugieren que los autores de este libro creen en la fiabilidad intrínseca de las fechas C-14, sean lo que sean sus contextos.
Con tal manejo de los datos quizás se evite la circularidad de los procedimientos comparativos tradicionales, pero dificilmente se va a poder construir una cronología detallada y científicamente fiable.
De hecho los autores construyen para toda Europa una cronología tan depauperada como la secuencia tradicional aceptada para la Península Ibérica: hay un Bronce antiguo (anterior al 1600 a.c.) y un Bronce reciente (posterior a esa fecha).
Indudablemente no se puede llegar a más mediante un estudio descontextualizado de los dato~ del radiocarbono, pero el resultado es que el análisis cronológico en este libro acaba justo donde uno hubiera esperado que empezara.
La segunda mitad del libro consiste en dos capítulos que resumen los registros funerarios y domésticos y las pautas económicas y sociales en las diversas regiones de Europa, en cada uno de los dos apartados cronológicos indicados.
En 140 páginas esta vuelta resulta demasiado vertiginosa tanto para presentar recensiones sistemáticas del registro y de su bibliografía como para desarrollar modelos de la dinámica histórica de las muy diversas trayectorias atestiguadas en las varias partes del continente.
Inevitablemente, las aseveraciones de los autores son demasiado rápidas y numerosas para poder ser persuasivas.
El siguiente párrafo, sobre uno de los temas que los autores mejor dominan, es típico: «A partir del 1650 A.C., la sociedad argárica presenta signos de desestabilización en sus fundamentos político-ideológicos y en las relaciones económicas en que basaba su reproducción.
La alteración de las formas productivas subsistenciales, el trasvase de mano de obra al sector secundario, la deforestación intensiva y agotamiento de los campos y probables conflictos internos pudieron conducir, en torno al 1500 A.C., a una crisis irreversible» (p.
¿Qué indicios hay de que la intensificación progresiva de la producción artesanal en el curso de la trayectoria argárica llegara a niveles críticos para su propia sustentación?
¿Qué datos paleobotánicos o geomorfológicos sugieren una degradación decisiva del medio durante el siglo XVI a.c.?
Los autores no pueden decírnoslo en tan breve espacio, pero lo que yo sé del registro arqueológico del sureste me hace dudar que estas aserciones puedan verificarse adecuadamente.
La lectura de página tras página en las cuales los autores no distinguen entre las hipótesis que encuentran mayor y menor apoyo en el registro conduce a una crisis generalizada de confianza.
En sus conferencias, un profesor brillante puede deslumbrar a sus alumnos, pero en un manual la misma retórica tiene menos efecto.
Cada uno de estos volúmenes tiene un significado muy distinto dentro de los estudios de cerámica arqueológica.
Sin embargo, ambos tienen un nexo común que los une, es decir, los dos constituyen una importante aportación en el desarrollo general de una teoría y metodología específicas de la cerámica.
Así, el libro de C. M. Sinopoli está concebido como una introducción general al tema en forma de manual, especialmente orientado para estudiantes de arqueología; mientras que el volumen editado por A. P. Middleton e 1.
C. Freestone, tiene la intención de ser una puesta en común o estado de la cuestión sobre uno de los métodos de caracterización de cerámicas arqueológicas que más atención ha recibido por parte de los investigadores en los últimos quince o veinte años, el método petrográfico.
A pesar de que la «Nueva Arqueología» supuso a partir de los años 60 una renovación del pensamiento arqueológico en el ámbito anglosajón, y en consecuencia fueron postuladas toda una serie de nuevas perspectivas de estudio de los restos del pasado, no fue precisamente en el campo de los estudios cerámicos donde se prestó más atención al desarrollo de una teoría arqueológica, o más específicamente, al desarrollo de una teoría cerámica que abordara las relaciones existentes entre cerámica, cultura y sociedad (Amold, 1985: 11).
Debemos esperar hasta la década de los 80, si exceptuamos el libro de Shepard largamente utilizado en las universidades norteamericanas como manual desde su primera publicación en los años 50 (Shepard, 1956), para encontrarnos con una verdadera proliferación de trabajos que tratan de hacer una síntesis de los estudios que se han llevado a cabo sobre cerámicas arqueológicas intentando desarrollar un corpus teórico-metodológico, partiendo de un buen conocimiento de los aspectos tecnológicos, con el cual unificar los principios, terminología y técnicas del análisis cerámico independientemente de cuales sean las perspectivas conceptuales con las que se aborden los datos (Rye, 1981; Van der Leeuw y Pritchard, 1984; Anderson, 1984; Arnold, 1985; Nelson, 1985; Rice, 1987; Kolb, 1988; fuera del ámbito anglosajón Cuomo di Caprio, 1985).
No obstante, si bien es verdad este objetivo todavía está lejos de alcanzarse ya que por el momento hay cuestiones de índole teórica apenas esbozadas derivadas de la falta de aproximaciones integradas que interpreten los datos cerámicos en conexión con el resto de los aspectos socioculturales del pasado (Amold, 1985: 2).
En este sentido, podemos incluir el trabajo de Sinopoli, joven investigadora de la Universidad de Wisconsin (Milwaukee) cuya labor arqueológica se ha centrado principalmente en el estudio de la producción cerámica medieval del Sur de la India, dentro de esta línea.
El libro está dividido en dos partes bien definidas.
En la primera se tratan todos aquellos temas relacionados con la tecnología y el proceso de manufacturación de la cerámica, desde la recogida de las materias primas hasta su cocción (cap. 2), para pasar más tarde a discutir las técnicas analíticas de muestreo, clasificación y tipología (cap. 3).
En la segunda parte, tras una interesante introducción sobre el papel que pueden jugar en los estudios cerámicos la analogía etnográfica y los trabajos etnográficos orientados arqueológicamente (etnoarqueología), se hace un repaso sobre algunas de las cuestiones que pueden formularse al material cerámico y los modos de aproximarse a ellas: cronológicas (cap. 4); sobre uso, producción y distribución (cap. 5); sobre organización social (cap. 6); o sobre organización política (cap. 7).
El trabajo concluye con un capítulo en donde se evalúan las diferentes direcciones que se vislumbran en un futuro dentro del análisis e interpretación de los datos cerámicos (cap. 8), junto con un apéndice introductorio de las técnicas estadísticas susceptibles de ser usadas con este material.
Por último. ofrece un glosario de términos cerámicos como ya viene siendo habitual en este tipo de trabajos.
En nuestra opinión, la segunda parte es la que más interés ofrece y la que puede resultar más sugerente.
La autora ha optado por un sistema de exposición bastante coherente en términos didácticos.
Una breve introducción sobre cada uno de los temas, seguida a continuación de un comentario de uno o varios de los trabajos más sobresalientes que se han realizado, una discusión de los logros y cuestiones que todavía no ha resuelto y un listado final de lectura~ adicionales.
Partiendo de la base de que el análisis arqueológico consiste en evaluar modelos sobre el pasado y de que existen múltiples fuentes para formularlos (etnografía, información histórica, conocimiento antropológico, etc.).
C. M. Sinopoli nos va mostrando qué tipo de información puede ofrecernos el estudio de la cerámica basándose en el conocimiento antropológico y en el valor de los argumentos analógicos como fuente desde la cual proponer preguntas al material cerámico.
De esta forma, las cerámicas nos pueden revelar datos importantes sobre organización social, economía, estructura política o ideología.
Hay un par de cuestiones en las que insiste especialmente a lo largo de todo el libro.
Es importante que las preguntas se formulan desde un posicionamiento teórico que integre la cerámica en su contexto.
Por un lado, en su contexto material, 10 cual implica que su estudio no quede aislado del de otras producciones materiales; y por otro, en su contexto cultural y social, que se relaciona con el anterior y que implica asimismo que la cerámica es un objeto producido, usado y desechado social y cultural mente (pp. 161-162).
Esto se traduce igualmente en que es necesario un esfuerzo por integrar las interpretaciones cerámicas, dificil debido a la cada vez mayor especialización y compartimentación que experimentan en la actualidad los estudios sobre cerámicas arqueológicas, en el seno de interpretaciones globales (p.
La valoración que podemos hacer de este trabajo debe considerarse en relación a tres aspectos: su valoración como manual y, por consiguiente, como libro de síntesis; su relación con otros trabajos similares dentro de la tradición arqueológica norteamericana; y el significado que puede tener en una tradición arqueológica como la española.
Teniendo en cuenta el público potencial al que está dirigido pensamos que hay capítulos, como el referido a las técnicas de manufactura, que no se tocan de una manera profunda, o cuyo desarrollo está supeditado a la mera exposición de alguna de las aproximaciones más notables al tema, como en los que se trata el estudio de la organización social y política a través de las cerámicas.
A nuestro modo de ver y aún siendo conscientes de que se trata de un manual, son unas partes que en resumen presentan un resultado bastante poco crítico y que no benefician en absoluto a la labor que en primera instancia debe cumplir un manual, esto es, el hacer pensar en términos arqueológicos a los estudiantes que se incorporan a la disciplina.
En todo caso, siempre se podría recurrir a la lectura directa de los originales.
Por otro lado, sin que ello suponga menospreciar la calidad que sin duda tiene este volumen, no alcanza la profundidad de otros trabajos en su misma línea, como puede ser el caso de los Rye (1981) sobre cuestiones tecnológicas, Arnold (1985) centrado en la producción cerámica en contextos etnográficos, o Rice (1987) auténtico libro de referencia para todo lo relacionado con cerámica arqueológica.
Vitelli, en la crítica que hace de él para Antiquity reflexionaba sobre la capacidad de la autora para emprender un trabajo de estas características dada su «juventud» profesional (Vitelli, 1992), cuestiones en las que un recensionista del otro lado del Atlántico tiene poco que decir, máxime desde una tradición arqueológica como la española, aunque sí podría apuntar que un libro de síntesis como el que nos ocupa resulta valioso ya que no existe ningún libro teórico-metodológico sobre este tema en lengua española y que en buena medida tanto los propios arqueólogos como las editoriales deberían tomar buena nota de ello a la hora de seleccionar criterios pará publicar o traducir.
El amplio volumen que editan A. P. Middleton e 1.
C. Freestone está consagrado enteramente a las técnicas de análisis petrográfico de cerámicas arqueológicas.
Este tipo de analítica consiste básicamente en el examen a través de un microscopio petrográfico de láminas delgadas obtenidas de la propia cerámica.
Con ello se intentan caracterizar mineralógicamente las inclusiones presentes en la matriz arcillosa en forma de desgrasantes (ya sean naturales o añadidos intencionadamente) así como determinar sus características texturales, proporcionando dos tipos de información: tecnológica (tratamiento de superficies, temperatura de cocción, etc.) y procedencia de materias primas (García Heras y Olaetxea, 1992).
Podemos decir, por tanto, que su naturaleza es eminentemente metodológica ya que se alza como un arma bastante eficaz para los arqueólogos a la hora de aproximarse a preguntas planteadas a los materiales cerámicos sobre tecnología, producción, distribución, comercio e intercambio.
Lo primero que hay que destacar en este trabajo es el vigor y la viabilidad que aún hoy, tras más de treinta años, presenta un método de análisis cerámico como es el petrográfíco.
Yeso, lo demuestra extensamente un volumen como este, fruto de la segunda reunión propuesta por el Research Laboratory del Museo Británico de Londres celebrada en Noviembre de 1987 y dedicada por entero a este tema, en donde podemos comprobar que la aproximación goza de muy buena salud.
No ha sido precisamente una casualidad que la reunión la convocase esta institución y en esta fecha.
Primero, porque se trata de uno de los laboratorios, con A. P. Middleton e I. C. Freestone a la cabeza, que más interés ha mostrado en el desarrollo de esta técnica en el continente europeo a lo largo de la última década (Middleton el alii, 1985; Freestone, 1987); y segundo, porque en esa fecha se cumplían siete años desde que tuvo lugar la primera reunión sobre el tema en Diciembre de 1980 en este mismo marco (Freestone el alií, 1982) y diecisiete desde que Peacok publicó la primera revisión sobre éste (Peacock, 1970).
Se trata, por tanto, de un volumen sobre estado de la cuestión, o lo que es lo mismo de síntesis, avalado por la intención de los editores de convocar periódicamente a los principales especialistas en el tema para que discutan sobre los problemas y avances que presenta este método de análisis y emitan un diagnóstico sobre su futuro.
Quizás pueda resultar, dentro de la investigación arqueológica española, un tanto sorprendente que se dedique tanto esfuerzo al desarrollo de una técnica analítica, teniendo en cuenta la infraestructura que por el momento presenta nuestra investigación ante este tipo de métodos (Vila y Estévez, 1989).
Sin embargo, fuera de nuestras fronteras, y especialmente en la tradición anglosajona, un método como el análisis petrográfico tiene ya una larga experiencia detrás debido a los buenos resultados que ha ofrecido en la resolución de problemas arqueológicos.
Algunas de sus técnicas constituyen ya una rutina en muchos programas de investigación.
Por este motivo, no es extraño que en la última década hayan proliferado trabajos de estas características, no sólo sobre petrografía sino también sobre otras técnicas de análisis cerámico (Hughes, 1981; Freestone el alli, 1982; Olin y Franklin, 1982; Kempe y Harvey, 1983) y que aparezcan como técnicas habituales de análisis en algunas de las síntesis generales sobre cerámica que hemos comentado anteriormente (Shepard, 1956; Anderson, 1984; Cuomo di Caprio, 1985; Rice, 1987), incluido el libro de Sinopoli (pp. 56-59 y 112-114).
Como ocurre en cualquier obra colectiva, las aportaciones de los diferentes especialistas tienen un carácter desigual, aunque en este caso presentan en conjunto un buen nivel dada la experiencia profesional de la mayoría de ellos en este campo.
El volumen cuenta con dos tipos de aportaciones.
Aplicaciones concretas a problemas cerámicos de determinados períodos y propuestas metodológicas relacionadas con aspectos puntuales del análisis petrográfico.
Entre las primeras destacan los trabajos de I. M. Barnett, de la Universidad de Boston (Massachusetts) sobre cerámica neolítica de Andorra; del francés J. C. Echallier, del Centro de Investigación Arqueológica de Valbonne sobre cerámicas del Hierro de Le Pegue; de la británica A. Sheridan sobre cerámica neolítica irlandesa; o los trabajos realizados sobre ánforas romanas por D. P. S. Peacock sobre la producción tunecina y por D. F. Williams sobre hallazgos británicos, ambos pertenecientes a uno de los centros más dinámicos en este tipo de analítica desde sus comienzos, el departamento de arqueología de la Universidad de Southampton del Reino Unido.
En cuanto a las propuestas metodológicas las más interesantes nos han parecido las desarrolladas por N. R. Fieller y P. T. Nicholson de la Universidad de Sheffield (Reino Unido) e 1.
K. Whitbread del Instituto de Tecnología de Cambridge (Massachusetts) ideando programas informáticos para cuantificar los datos petrográficos, o la aportación de A. J. Matthew, A. J. Woods y C. Oliver de la Universidad de Leicester (Reino Unido), confeccionado cartas de estimación visual de porcentajes para las inclusiones.
El volumen finaliza con unas conclusiones redactadas por 1.
Hay también una contribución española, la realizada por A. Gutiérrez de la Universidad de Zaragoza en colaboración con C. Gerrard del museo de Cirencester (Reino Unido) ya publicada en castellano (Gerrard y Gutiérrez, 1988) sobre cerámicas medievales y modernas de Aragón.
Aunque el trabajo presenta algunos de. los problemas que ya hemos planteado en otro lugar sobre las aproximaciones españolas (García Heras, 1992; García Heras y Olaetxea, 1992), resulta interesante el uso que hacen de los datos etnográficos como apoyo a la caracterización de sus cerámicas.
A lo largo de las páginas de este volumen se dejan entrever algunos de los problemas latentes dentro de este método de análisis cerámico.
El que sin duda mayor preocupación muestra por parte de los investigadores es el relacionado con el análisis textural de las partículas presentes en la matriz arcillosa y su posterior cuantificación, debido a que en estos años ha demostrado ser bastante eficaz cuando había dificultades para discriminar producciones con inclusiones mineralógicas muy homogéneas desde que lo utilizara por primera vez Peacock (1971).
Los artículos que se han centrado en ello buscan reducir el tiempo empleado en efectuar los conteos y ganar en precisión aplicando programas informáticos, tanto estadísticos como de análisis de imágenes digitalizadas.
No obstante, este aspecto todavía constituye todo un reto ya que es necesaria una importante inversión tecnológica que no siempre está acorde con la importancia de los problemas que se T. P.. n Q 50.
De ahí, el interés que a nuestro modo de ver pueden tener las cartas de estimación visual publicadas aquí, ya que hasta ahora las existentes no estaban adaptadas para el análisis cerámico.
En cualquier caso, su precisión no está aún muy aceptada.
Otro de los problemas en los que han incidido algunos de los participantes nos parece mucho más importante y tiene mucho más que ver con el desarrollo de los estudios cerámicos en general, la conexión de los resultados con la teoría.
Un problema que deriva de la falta de un marco teórico al que antes hacíamos referencia.
De todas formas, es importante resaltar que en la mayor parte de los casos que conforman este volumen los análisis se han efectuado intentando resolver problemas concretos formulados desde diferentes perspectivas conceptuales y por supuesto integrados dentro de una interpretación global.
Esto quiere decir que los análisis petrográficos no hablan por sí mismos si antes no se plantean las preguntas adecuadas.
Hay otra serie de problemas apuntados por 1.
C. Freestone en las conclusiones, COffi<) pueden ser la necesidad de unificar criterios en las descripciones de las muestras (en este trabajo no hay dos autores que utilicen un mismo modelo) o en el establecimiento de una terminología común que haga más accesibles los argumentos petrográficos o las audiencias arqueológicas.
Mientras que existen otros de extraordinaria importancia en nuestra opinión que apenas son tratados por ninguno de los especialistas (excepto por C. S. Allen de la Universidad de Nottingham) como es el problema de las alteraciones post-deposicionales que pueden sufrir en sus componentes algunas cerámicas.
No obstante, esta obra también demuestra que se han producido avances importantes sobre todo en estos últimos años, como refleja el hecho de que en una amplia mayoría de las aplicaciones aquí presentadas se parte del estudio integral de una determinada región geográfica, teniendo en cuenta tanto el conjunto de cerámicas arqueológicas, ya procedan de excavación o prospección, como las arcillas susceptibles de uso en el pasado.
Esto último significa que empieza a ser una constante la recogida sistemática de muestras actuales de arcilla que ayuden a contrastar los resultados de la caracterización y que mediante la experimentación se conozcan mejor algunos de los procesos tecnológicos que tuvieron lugar en su elaboración.
A todo ello se une el estudio etnográfico de los alfares de dicha región en los casos en que todavía existen, introducido por Peacock (1982), como guía para realizar ambas tareas.
Desde luego, y en nuestra opinión es una de las claves que puede justificar la importancia de este trabajo colectivo, lo que sí que demuestra es que el análisis petrográfico se alza como un método con capacidades cualitativas y semi-cuantitativas eficaz, rápido y económico, y con ciertas ventajas frente a otros métodos de análisis de procedencia de cerámicas arqueológicas por su valor predictivo, ya que no son necesarios productos del área de origen para establecer comparaciones.
En definitiva, estos dos buenos trabajos deben invitarnos a reflexionar.
La cerámica del pasado no habla por si misma.
Debemos ser nosotros los que la hagamos hablar, no sólo escuchando lo que nos quiere decir sobre su forma, su decoración y su cronología, sino sobre otros muchos aspectos que nos interesan sobremanera.
Si hay algo que nos pueden enseñar estos volúmenes es la necesidad de repensar la cerámica en su contexto de producción, de uso y de deposición, y que debemos ser los propios arqueólogos los que ideemos los métodos de aproximación a estos fenómenos.
No sólo desde la teoría, sino también con la práctica, como demuestra el segundo de los trabajos, en el que la mayoría de los análisis se ha realizado por arqueólogos.
En el futuro no podemos seguir esperando que nuestros problemas se resuelvan cuando otros especialistas decidan acercarse a ellos. algunos casos la llevan al error, sin mantener una distancia de seguridad en sus apreciaciones sobre una escultura que conoce indirectamente.
El primer problema es cómo la pieza aparece contextualizada por la autora a pesar de que no tiene ninguna información sobre el particular.
Se trata de una propuesta absolutamente arriesgada, sin base ni fundamento lógico, que nos creemos en la obligación de corregir.
Para Hernández (1992: 374-379) la escultura que representa un carnero pudo aparecer en la Dehesa El Carneril, en el término municipal de Monterrubio, a 30 kms. del núcleo urbano, próxima al Zújar.
Se trata de un ejercicio puramente especulativo, apoyado, sin duda, en el topónimo: son los problemas que ocasiona la distancia.
Si, como en buena lógica piensa, la escultura debió aparecer en el entorno de Monterrubio es contradictorio que ese entorno se sitúe nada menos que a 30 kms. al norte de Monterrubio de la Serena.
Es posible que el capricho histórico que supone que Monterrubio tenga una parte de su término municipal entre los de Castuera, Cabeza del Buey y Esparragosa de Lares, algo que hay que achacar a las azarosas andanzas de la Orden Militar de Alcántara por la Real Dehesa de La Serena, haya confundido a Hernández.
Lo cierto es que entre la Dehesa El Carneril, ciertamente perteneciente a Monterrubio, y el pueblo de Monterrubio están los términos municipales de Benquerencia y Cabeza del Buey, y entre ambos sitios, muchos kilómetros de distancia.
Pensar que un topónimo como El Carneril pudiera tener relación más o menos directa con la escultura de carnero que nos ocupa es una propuesta poco afortunada, habida cuenta de que si La Serena tiene algo que la caracterice son las ovejas (y con ellas, los carneros), por lo que es más fácil buscar el origen del topónimo en razones más próximas.
Ignoramos las circunstancias en que F. Hernández entró en contacto con la escultura y las razones por las que no le fue permitido su estudio.
No obstante no podemos menos que agradecer la extraordinaria amabilidad de la familia de D. Eduardo Tena que, como propietarios del carnero, fueron todo generosidad y amabilidad a la hora de permitirnos trabajar sobre la pieza, que tenemos en estudio (2).
Así, sabemos por José Tena que la escultura apareció hará unos 20 años mientras se araba en la finca La Data, a unos 2 kms. de Monterrubio de la Serena en un paraje de suaves lomas próximo a las sierras de Monterrubio, por lo que carecen de sentido las especulaciones contextualizadoras..
En cuanto a la escultura en sí, existen algunos detalles que, por razones obvias, se le escapan a la autora en la descripción de la pieza.
Es cierto que el modelado de la escultura es muy esquemático, pero no 10 es que esté poco cuidado.
Esquematismo y falta calidad no tienen por qué ir asociados.
El carnero está tallado en un bloque de piedra caliza, muy abundante por la zona, y se encuentra echado, mirando al frente, aunque con la cabeza y los miembros delanteros más altos que el plano de los cuartos traseros.
La parte inferior de la pieza no es que sea plana (Hernández, 1992: 374) sino que realmente está formada por una especie de plinto o pedestal, irregular y de mal asiento, que apunta posiblemente a que la escultura fuera parte, como bien sugiere Hernández, del remate de algún pilar o estela.
Por lo que respecta a las patas del animal, éstas fueron talladas de forma muy esquemática del tal suerte que además de resultar muy delgadas destacan poco sobre el cuerpo y acaban perdiéndose por la zona del lomo.
Las pezuñas aparecen señaladas con un pequeño abultamiento, que incluso puede apreciarse en las fotografías que maneja F. Hernández, aunque este detalle le pasa inadvertido.
El carnero de Teba (Málaga) (Fernández Ruiz, 1978) también tiene las pezuñas esbozadas con un tratamiento muy semejante a las del carnero de Monterrubio.
El cuello se encuentra delimitado por las patas delanteras, que señalan un pequeño rebaje a partir de ellas hasta la cabeza.
Este rebaje viene, además, diferenciado con respecto al resto de la escultura en que rompe el plano inclinado que proyectaba el cuerpo echado del animal, de tal forma que ahora, por la parte superior, pretende conseguir un plano horizontal.
De esta manera se consigue la proyección de la cabeza del animal, a través de su cuello, hacia adelante.
Resulta difícil, por las muchas rozaduras que tiene la escultura, precisar si existe algún tipo de trabajo en la zona del cuello que pretendiera representar el rizado de la lana del carnero.
Es posible que esto ocurra, sobre todo si tomamos como indicio la existencia de un ligero rebaje en torno al trazado de los cuernos, lo que sitúa entre éstos y las patas delanteras un pequeño resalte, con líneas incisas, que puede ser la lana.
Algo parecido ocurre en la superficie de la cuerna, donde pueden verse algunas incisiones que debieron dar a la cornamenta su rugosidad característica.
Este detalle se encuentra presente en el carnero del Museo Arqueológico de Córdoba, en el que se han marcado las nervaturas del cuerno mediante líneas cruzadas marcando rombos que se extienden incluso por la testuz (Chapa, 1986).
(2) Las medidas básicas de la escultura, que no se proporcionan, son: Longitud: 39 ems.; Altura de plinto a cuernos: 23 ems., de plinto a rabo: 14 ems.; Anchura del lomo: 10 máx./8 min.; Perímetro cuello: 44 ems.; Peso: 12 kgs.
Existen, además, otros elementos de importancia para el conocimiento de la escultura que no se refieren o aparecen de forma imprecisa.
Así, hay que destacar el hecho de que las orejas sean redondas y no mús o menos apuntadas, como suele ser frecuente en la plástica ibérica en el grupo de caprinos (Chapa, 1995).
Ojos sólo conserva uno que viene señalado por una incisión ovalada, no circular.
Lo mismo ocurre con el rabo, que está bien definido como una banda de 12 cms. de longitud que se estrecha hacia abajo.
ConsideracIOnes, en fin, que podrían extenderse a rasgos como el hocico del animal, los orificios nasales, el morro, la asimetría de planos o la ausencia de genitales.
Sobre el contexto arqueológico de la escultura, precisar que al parecer se halló aislada, sin relación con otros materiales o elementos arquitectónicos.
La prospección de La Data resultó negativa: no hay ningún resto arqueológico en la finca.
El yacimiento más inmediato relacionable con el carnero por su cronología y secuencia cultural es un recinto fortificado en la cima de una de las sierras pr ximas.
Se trata de una obra de cierta envergadura, dentro de lo que tipológicamente hemos definido como Recintos en altura, una construcción con bloques de tipo ciclópeo, rectangular, levantada en una altura dominante sobre el entorno, en este caso el valle que comunica La Serena y la provincia de Córdoba (Ortiz, 1990).
Tanto por la misma factura de la pieza como por sus paralelos, proponemos una cronología situada en una banda que no iría más allá de mediados del Ir a. de C. hasta mediados del I a. de c., es decir, en un contexto ya romano aunque esculpida a partir de una base cultural y material de indudables raíces indígenas.
Esto sitúa a la pieza en la etapa de pleno apogeo de los recintos de La Serena (Ortiz, 1991), es decir, en los momentos en que se inicia el declinar de la Il Edad del Hierro y aparece la presencia romana en la zona.
Sobre el análisis comparativo de Hernández en el artículo que nos ocupa, nada que objetar que no sea la escasa atención que se ha prestado al momento final de la plástica ibérica, allí donde se sitúa el carnero de Monterrubio.
Es muy interesante el trabajo en lo que se refiere a la iconografía del carnero a lo largo del primer milenio, aunque realmente poco en común tienen los morillos con representaciones de carneros o el exvoto del Collado de los Jardines con la escultura de Monterrubio.
No hay límites temporales cuando trabajamos en la esfera simbólica y nos ocupamos de buscar antecedentes a cualquier tema iconográfico.
Sin embargo el carnero de Monterrubio está directamente relacionado con el carnero de Teba y con el del Museo Arqueológico de Córdoba (del que no hay que olvidar que se ignora su procedencia) lo que acota su tiempo, orígenes y secuencia.
El parcial y breve análisis de que son objeto las representaciones de carnero en piedra nos lleva a considerar que el artículo, cuando menos, está desajustado.
Hubiera resultado coherente presentarlo como un estudio de la iconografía del carnero, donde hubiera tenido su papel el ejemplar de Monterrubio de la Serena.
Al hacerlo a la inversa, sin embargo, el interés de la escultura extremeña queda diluido en un conjunto de consideraciones no siempre estrechamente relacionadas con ella.
En Extremadura la escultura de Monterrubio es pieza única (3), teniendo en el león de Magacela (Jiménez el alii, 1950) la más próxima escultura zoomorfa.
En lo que respecta a la función no entramos en un análisis detallado, por no alargar en exceso nuestras consideraciones, pero apostamos por una lectura más práctica que la meramente simbólica, aquella que viene dada por el contexto cultural y económico de la zona donde se halló la escultura, relacionándola con zonas de pastoreo, pasos de ganado o lugares de interés estratégico.
Acogiéndonos al derecho de réplica que nos permite Trabajos de Prehistoria, quisiéramos hacer algunas precisiones a las «apostillas» que Pablo Ortiz Romero presenta en relación con nuestro artículo.
En primer lugar, hemos de decir que las fotografías llegaron a nuestro poder hace cuatro años a través de una tercera persona que nos comunicó la imposibilidad de acceder directamente a la pieza.
Inmediatamente, nos pusimos en contacto epistolar con quien, supuestamente, había realizado las fotografías, con el fin de recabar toda la información necesaria que nos permitiera estudiarla directamente.
Sin embargo, en ningún momento tuvimos contestación a nuestra solicitud, por lo que no pudimos saber con certeza dónde se encontraba depositada ésta y quién la tenía en su poder.
Ahora bien, si como afirma Ortiz, la escultura apareció hace 20 años y era propiedad de la familia Tena, nos resulta un tanto extraño que, hasta estos momentos, no se haya facilitado el acceso a la misma para su publicación.
En todo caso, si después de realizar todas nuestras diligencias y sin tener conocimiento de que otra persona sí tenía acceso a la misma y estaba estudiándola, alguien opinara que estamos haciendo «arqueología de gabinete», nos permitiríamos afirmar que la creación de esta situación parece más bien ser fruto del más puro obscurantismo provinciano decimonónico, que de falta de rigor científico por nuestra parte.
Prueba de ello es que, aún pudiendo haberla publicado en números anteriores de la Revista, nos resistimos a hacerlo con la esperanza de poder examinar la pieza personalmente.
Por otra parte, no estamos de acuerdo con Ortiz cuando afirma que no hacemos el «suficiente hincapié» en la situación en que fue escrito nuestro artículo «llevando en algunos casos al error», porque lo primero que expusimos fue que «hemos de destacar que desconocemos los datos exactos sobre el origen y descubrimiento de la pieza a la que no se nos ha permitido acceder directamente» (pp. 374-375).
Sin embargo, le agradecemos los detalles que aporta sobre la descripción del carnero, los datos de sus medidas y de su localización geográfica, a las que nada tenemos que objetar si su información oral es exacta.
Por el contrario, no coincidimos con él cuando afirma que nuestra contextualización de la pieza se hace «sin base ni fundamento lógico», puesto que, según los pocos datos de que disponíamos, intentamos buscar su procedencia a través de los topónimos del lugar que, evidentemente, en muchas ocasiones nos ofrecen diversas referencias arqueológicas.
No obstante, dado que afirma que se encontró «aislada y sin relación alguna con otros materiales», y puesto que toda la zona se caracteriza por la presencia de abundante ganado ovicáprido, no vemos tanto problema para situarla donde lo hacemos dado que estimar como «capricho histórico» el que parte del término municipal de Monterrubio se encuentre entre el de Castuera, Cabeza del Buey y Esparragosa de Lares sin más datos históricos precisos, es pura especulación.
Insistimos, por tanto, que hemos situado la pieza en un marco bastante afín al que apareció realmente, hecho que no desfigura significativamente su contextualización hasta el punto de que Ortiz llegue a asegurar que dichas referencias «son pura especulación carente de sentido».
En todo caso, en relación al contexto estratégico del carnero nos gustaría saber por qué, si Ortiz ya conocía la pieza cuando publicó los Recintos Tipo Torre de la Serena (1991), que él opina están en relación directa con ella, no hizo referencia alguna a ello y explicó detalladamente sus consideraciones sobre el tema.
Respecto a la descripción de la escultura, si como mantiene el autor «es cierto que el modelado de la escultura es muy esquemático, pero no lo es que esté poco cuidado», nos extraña que compare dicha pieza con la de Teba donde se dice textualmente que presenta «un aspecto de obra mal acabada, grosera, que evidencia torpezas técnicas propias de una escultura todavía no madura» (Fernández, 1978: 172).
No entendemos qué pretende Rubio decir cuando afirma que nuestro artículo «está desajustado».
Si se refiere a que deberíamos haber prestado mayor atención a las esculturas en piedra, tenemos que responder que poco más podemos añadir a los trabajos realizados en esta línea por Chapa (1980Chapa ( y 1986)).
Y, en todo caso, si Ortiz había realizado un trabajo in extenso sobre este apartado donde aportaba novedades dignas de consideración, no nos explicamos que haya retirado un artículo sobre el carnero que, según parece, ya tenía en imprenta cuando salió el nuestro.
Por esta razón, nuestro propósito fue realizar un trabajo comparativo de dichas representaciones, sin que por ello nuestra pieza quede diluida, puesto que, al aparecer sin contexto alguno, necesariamente teníamos que remitirnos a otros ejemplares de esta misma tipología.
En cuanto al supuesto error de localización de la escultura al situarla en el mapa, pensamos que al realizarlo a dicha escala, no deja de ser algo insignificante que en nada altera su ubicación real ni, necesariamente, confunde al posible lector.
A nuestro entender, decir que la lectura simbólica que nosotros hacemos no tiene en cuenta el contexto cultural y económico de la zona resulta una afirmación puramente gratuita dado que incidimos expresamente en el hecho del paso de ganado trashumante y en la importancia de la vía de comunicación entre Extremadura y Andalucía (p.
Dentro de las referencias hechas a la cronología, opinamos que pretender precisar con detalle el momento final de la escultura ibérica y el inicio de la plena romanización resulta, cuando menos, excesivamente aventurado si no se aportan datos precisos y concretos.
En este aspecto, coincidimos con Bendala (1979: 42) cuando afirma que el sustrato prerromano perdura en una actitud competitiva con las distintas visiones originarias de Roma en el momento de plasmar su cultura material.
En definitiva, con la publicación de dicha pieza sólo hemos pretendido darla a conocer porque sabíamos de su existencia desde hacia tiempo y de la imposibilidad de acercarse a ella para poder estudiarla y publicarla.
En todo momento fuimos conscientes de que estábamos asumiendo ciertos riesgos al no poder examinarla directamente, pero de ninguna manera pretendimos hacer elucubraciones acientíficas ni entrar en competencia con nuestros excelentes amigos arqueólogos extremeños.
Tal vez, si se va cambiando en dirección hacia una nueva mentalidad más abierta con respecto a la importancia de nuestro patrimonio cultural y arqueológico, evitaremos en lo sucesivo que una pieza conocida como la de Monterrubio de la Serena tarde en ser publicada más de veinte años.
Esperemos que así sea por el mejor futuro del patrimonio cultural extremeño.
FRANCISCA HERNANDEZ HERNANDEZ Departamento de Prehistoria Facultad de Geografía e Historia Universidad Complutense Madrid BENDALA GALÁN, M. (1981): «La etapa final de la cultura Ibero-Turdetana y el impacto romanizador...
La Baja Epoca de la Cultura Ibérica.
Asociación Española de Amigos de la Arqueología: 33-48.
CHAPA BRUNET, T. (1980): «La Escultura Zoomorfa Ibérica en piedra».
Editorial de la Universidad Complutense.
Madrid, 2 vols. -(1986): «Influjos griegos en la escultura zoomorfa Ibérica...
FERNÁNDEZ RUIZ, J. (1978): «Una escultura zoomorfa ibérica en Teba (Málaga)>>.
ORTlZ ROMERO, P. (1991): «Excavaciones y sondeos en los recintos tipo Torre de La Serena».
Actas de las I Jornadas de Prehistoria y Arqueología de Extremadura: 302-317. |
En este articulo se desarrollan, de modo sumario, los tres apartados que cabe destacar por su papel en la protección del Patrimonio Histórico en general y Arqueológico en particular.
1 o Protección legal.
Se comenta aquí desde la propia definición de Patrimonio Arqueológico por parte de la Ley 16 / 85, hasta el Reglamento sobre Evaluación del Impacto Ambiental de las Obras Públicas publicado por el MOPU en 1988, pasando por supuesto por las recientes Leyes sobre Patrimonio publicadas por algunas Comunidades Autónomas.
Se hace especial alusión al Título XIll del Código Penal.
Estrechamente ligada a la política de las Comunidades Autónomas, destaca como un aspecto cuyo ritmo de importancia y de incidencia se ha multiplicado enormemente en los últimos años.
De todos los factores que lo conforman, se insiste aquí en los relativos al conocimiento del propio Patrimonio Arqueológico a través de la confección de adecuados inventarios.
Destacada como la más importante de las tres, se proponen una serie de líneas a seguir y de medidas a tomar para evitar que su puesta en práctica, poco atractiva por lo que supone de inversión a muy largo plazo, no la convierta de inmediato en un fracaso.
Facultad de Geografía e Historia.
Universidad Complutense de Madrid.
Cuando en 1985 se aprobó la Ley del Patrimonio Histórico Español. los ciudadanos encontramos en nuestras manos un documento ambicioso que, de manera general, nos venía grande.
Y no era sólo por su contenido, fundamentalmente proteccionista, sino sobre todo por el hecho de carecer de una mínima infraestructura que pennitiera ponerlo en práctica.
En los casi siete años transcurridos desde entonces se han hecho muchas cosas; la mayoria de las Comunidades Autónomas han conseguido abrirse camino en la asunción de esas difíciles competencias y un buen número de profesionales ha encontrado un espacio apropiado para el desarrollo de sus esfuerzos.
Sin embargo, nó hay más remedio que afrontar el hecho de que aún quedan enormes huecos por rellenar y que, en muchas ocasiones, la especificidad del Patrimonio Histórico parece oponerse con ahínco a nuestros comunes y vulgares deseos de 4<mejora» en la calidad de la vida.
La ley anterior, de 1933, fue sin duda un magnífico texto legal, muy avanzado para su momento, que nunca gozó del conocimiento popular ni se puso en práctica en su totalidad.
Si en 1985 los ciudadanos de este país podíamos tener alguna esperanza de que las cosas fueran por otros caminos, era porque contábamos con una serie de factores que habían modificado o estaban modificando el ambiente patrimonialista en toda Europa y muy especialmente en España.
De todos ellos, quiero destacar tres: en primer lugar, la asunción de las competencias en materia de cultura por parte de las Comunidades Autónomas, que elevó a dieciocho los Organismos Administrativos responsables básicos; en segundo lugar, el lento pero finne cambio de ideas respecto a los Bienes Culturales que se produce en Europa desde la década de los setenta, con consecuencias como la reocupación/restauración de los cascos urbanos antiguos y la socialización generalizada de los elementos patrimoniales.
El tercer factor que quiero destacar, aunque pueda darse -y de hecho se dé-en otros tipos de Patrimonio, resulta básico para comprender el Arqueológico: desde 1970 hasta hoy, la Arqueología ha modificado sus estatutos epistemológicos y ha reconstruido sus cimientos.
El interés centrado en la valoración de los objetos aislados ha sido sustituido por la importancia de los contextos, y los ejes diacrónicos que la sustentaron como ciencia durante varias décadas están siendo completados con los sincrónicos.
Una ojeada al artículo 40 de la Ley 16/85 servirá para ilustrarnos sobre este aspecto: en é.l se define el Patrimonio Arqueológico como... «todos los bienes históricos... susceptibles de ser estudiados con metodología arqueológica»...
Será por lo tanto el alcance de esta metodología el que sirva para delimitar este Patrimonio.
Y como cada estudiante sabe, con metodología arqueológica puede estudiarse cualquier obra humana, sin limitación temporal ni geográfica.
Centrándome ya en este 4<particular» tipo de Patrimonio (de ahora en adelante P.A.), un análisis de los mecanismos de protección que he podido conocer a lo largo de mi experiencia en este campo me lleva a reunirlos en tres ámbitos que desarrollaré de modo independiente y por orden de interés creciente: mecanismos legales, preventivos y educativos. el punto de partida de cualquier protección, la mejor herramienta -sobre todo cuando es indiscutible-para los trabajadores del P.A. Sin embargo los coloco en primer lugar -el menor en mi particular gradación de interés-porque no son más que palabras escritas mientras no sean conocidas, asumidas y practicadas por la sociedad a la que van dirigidas.
Nuestras leyes se encabezan con una frase clásica: «A todos los que la presente vieren y entendieren».
Supongo que en los demás casos también, pero en lo que respecto a la Ley del Patrimonio Histórico, el término «todos,. de ese encabezamiento debe significar exactamente eso: es necesario que los ciudadanos la conozcan y la valoren, porque la conservación y el acrecentamiento a que nos obliga no pueden ser tarea de unos pocos.
No bastamos para una empresa tan ambiciosa.
En los últimos años se ha multiplicado la cantidad de textos relacionados con el Patrimonio.
Al objeto de concretar mi discurso, he elegido sólo cinco -cuatro ya publicados, uno en proyectopara comentar brevemente..
La Ley del Patrimonio Histórico Español
En el entrañable preámbulo, que cualquier interesado en el Patrimonio Histórico deberla leer muy despacio, existe una frase que me gusta subrayar:... «los bienes que lo integran se han convertido en patrimoniales debido exclusivamente a la acción social que cumplen,....
El uso del verbo cumplir en presente no parece pasar de un buen deseo.
Pero la frase nos sirve perfectamente para ilustrar y apoyar las muchas actividades a las que debemos enfrentarnos los profesionales del Patrimonio en cualquiera de sus vertientes.
Nuestro éxito -el éxito de nuestro legado-será el cumplimiento pleno de su acción social.
Los caminos para ello, siempre difíciles, los estamos construyendo ahora, entre todos.
El artículo cuarto, que define «expolio», es también digno de una lectura lenta:... «cualquier acción u omisión que ponga en peligro de pérdida o destrucción todos o alguno de los valores de los bienes que integran el Patrimonio Histórico Españolo perturbe el cumplimiento de su función social,..
De acuerdo con esa definición, pocas deben ser las Administraciones que no están cometiendo el delito definido y, al menos en nuestros suelos, muy escasas las obras públicas o privadas que no puedan ser también consideradas culpables.
Las medidas de protección establecidas en esta Ley sirven poco a nuestro P.A. enterrado, ese gran desconocido.
Su descubrimiento, por lo general, es traumático.
Después de la destrucción, poco queda por proteger, casi nada que pueda ser declarado B.le. y en cuanto a estos últimos, de nada sirve hacer declaraciones que no van ser tenidas en cuenta, por ejemplo, en el trazado de una nueva carretera.
En realidad, todos tenemos conciencia de estos fallos.
Más que denunciarlos, lo que ya se viene haciendo desde hace tiempo, hay que trabajar para impedirlos.
Según esta Ley, los yacimientos arqueológicos declarados B.lC., por su condición de inmuebles, tienen que ser objeto de un Plan Especial de Protección (art. 20.1).
Si miramos nuestros terntorios, veremos cuán escasamente se ha cumplido esa obligación; es más, en muchos casos, ni siquiera el propio Municipio donde se encuentra es consciente de ella.
Todos sabemos la célebre frase de que el desconocimiento de la Ley no exime de su cumplimiento; sin embargo, la inconsciencia, en este caso, no la sufren personas que pueden protestar y luchar por sus derechos: la sufren con mudez los restos del pasado, esos desconocidos cimientos de nuestra propia entidad como seres sociales.
Ojalá que nuestro trabajo sirva, al menos, para hacerlos gritar fuerte y alto.
Legislación de las Comunidades Autónomas
En los últimos meses tres Comunidades Autónomas han publicado sus propias Leyes de Patrimonio:
Como es lógico, ninguna de estas tres Leyes supera el marco de la Ley general 16/85.
No obstante, resulta interesante su lectura, sobre todo para comprobar la inclusión en ellas de detalles nuevos, claramente destinados a facilitar la protección del P.H. -o Cultural en el País Vasco-.
Desde un punto de vista general, los tres textos resultan bastante parecidos; así, por ejemplo, el artículo 4 de cada uno de ellos se dedica a insistir en el papel a desempeñar por los Ayuntamientos en la protección del Patrimonio, tema éste que ya se planteaba en la Ley 16/85 y que continúa siendo, en la mayoria de los casos prácticos, una utopía.
Por lo que respecta al Patrimonio Arqueológico, aparece junto al Etnográfico en Castilla-La Mancha (Título segundo), parcialmente aislado en el País Vasco (Título ID, capítulo IV), y separado por completo en Andalucía (Título VI).
Las innovaciones de detalles -como la creación de las nuevas figuras de Conjunto Arqueológico -en Andalucía-, o Parque Arqueológico -en las otras dos-, o la mención específica de los Proyectos de Evaluación de Impacto Ambiental, de los que trataré en otro apartado de este artículo, no hacen sino contribuir, de un modo más o menos directo, a la protección mínima de este particular tipo de Patrimonio.
Hay una cuestión en tres de las Leyes que he mencionado hasta ahora -la general 16/85, la de Castilla-La Mancha y la del País Vasco-que me parece necesario comentar y que se refiere a la curiosa consideración del «Patrimonio paleontológico», que, al menos en mi opinión, no hace más que entorpecer la ya dífícil comprensión de los textos legales y, sobre todo, la de la ciencia arqueológica.
Me gustaría comenzar por dejar claro un aspecto: los textos legales que estoy examinando definen el Patrimonio Arqueológico como «los bienes... cuyo estudio requiera la aplicación de la metodología arqueológica».
La Arqueología -la metodología arqueológica-es la ciencia de la reconstrucción de las culturas del pasado y su objeto de estudio es la vida de los seres humanos, desde su origen hasta ayer.
Ni los trilobites del Paleozoico, ni los dinosaurios del Secundario -por poner dos ejemplos ampliamente conocidos-tiene absolutamente nada que ver con la historia humana.
La consideración de la Paleontología entre las múltiples disciplinas que pueden colaborar con la Arqueología se limita estrictamente al análisis de los restos fósiles como <(jtems» arqueológicos, es decir, por el papel que puedan jugar en la cultura humana en su más amplia concepción.
En este contexto, introducir subrepticiamente las «actividades paleontológicas» -como es el caso de la Ley del País Vasco, en su artículo 45.1-no produce más que ruido epistemológico y confusión presupuestaria; en ningún caso contribuye a la protección del Patrimonio Arqueológico.
El Título xm de nuestro vigente Código Penal, denominado «contra la propiedad», establece como agravante la pertenencia de lo dañado al Patrimonio Histórico.
Sin embargo, para que un delito de expolio pueda ser considerado como «robo con fuerza en las cosas» (art. 506), es necesario que lo dañado exceda de 30.000 pesetas en su valoración.
Como todos sabemos, un objeto arqueológico aislado difícilmente puede alcanzar tal valor, por lo que sólo para casos muy excepcionales este artículo llegará a tener validez práctica.
Lo mismo ocurre con las razones para definir delitos administrativos: la base es su valoración crematística.
Para solventar esta rémora creo necesario insistir en el valor de los contextos: cuando un yacimiento arqueológico es objeto de expolio, el delito debe evaluarse sobre la totalidad del sitio, que es, en realidad lo que se ha dañado, y no sólo sobre el trozo de mosaico o el fragmento de cerámica que el expoliador enseña en el mejor de los casos.
Por otra parte, son ya varias las voces que se oyen solicitando una reforma del Código Penal en Fundamentalmente preocupado por la conservación medioambiental. se define como un conjunto de estudios y sistemas técnicos que permiten estimar los efectos que la ejecución de un determinado proyecto, obra o actividad causa sobre el medio ambiente.
Por lo que respecta a su contenido, el artículo 6 dice:... ~debe comprender, al menos, la estimación de los efectos sobre la población humana, la fauna, la flora, la vegetación, la gea, el suelo, el agua, el aire, el clima, el paisaje y la estructura y función de los ecosistemas presentes en el área previsiblemente afectada.
Asimismo, debe comprender la estimación de la incidencia que el proyecto, obra o actividad tiene sobre los elementos que componen el Patrimonio Histórico Español, sobre las relaciones sociales y las condiciones de sosiego público, tales como ruidos, vibraciones, olores y emisiones luminosas y la de cualquier otra incidencia ambiental derivada de su ejecución».
He querido que conste el texto entero porque el orden en el que se ha colocado lo que hay que tener en cuenta es ejemplar: desde la población humana -lo más importante-, hasta los olores y las luces -lo menos-, el P.H.E. está situado entre la estructura de los ecosistemas y las relaciones sociales.
Sin la menor duda, un sitio perfecto.
A continuación, este Real Decreto enumera las actividades necesarias para el logro de esta evaluación y ya no vuelve a nombrar el P.H.E. Incluido dentro del ((ambiente», será esta última palabra la que se repita de forma contínua.
Se establecen cuestiones tales como la obligación de la Administración de poner a disposición del titular del proyecto los informes y documentación que obren en su poder.
Por lo que respecta a lo que nos interesa, esto significa que los Organismos competentes en P.H. deberán poseer una documentación exhaustiva sobre la localización y el estado de los Bienes Culturales para ponerla a disposición de los titulares de los proyectos de Evaluación de Impacto Ambiental.
Esta es una razón más, y desde luego muy importante, para acelerar la consecución de dos cuestiones bastante difíciles: por un lado, la confección de adecuados inventarios; por otro la colaboración estrecha y no subordinada entre Cultura y Obras Públicas.
De las nuevas Leyes emanadas de las Comunidades Autónomas, a las que antes hice referencia, sólo la de Andalucía se refiere específicamente a este tema, en su Art.
Por primera vez en nuestra legislación, un Real Decreto obliga a Cultura y Obras Públic~ a mantener buenas relaciones.
Está en nuestras manos, como de costumbre, conseguir que esa utopía se convierta en algo más que simples palabras escritas.
La profesionallzaclón de los Arqueólogos
La Ley 16/85, en su artículo 42.1 habla de los «requisitos de profesionalidad» exigibles en todo trabajo arqueológico y exactamente la misma frase utiliza la Ley de Castilla-La Mancha (Art.
La del País Vasco la convierte en negativa cuando, en su Art.
45.6, dice que las Diputaciones Forales deberán denegar las autorizaciones para realizar actividades arqueológicas en los casos en que no concurra la capacitación profesional adecuada.
Por su parte, la Ley de Andalucía se compromete a determinar reglamentariamente la titulación o acreditación profesional necesaria para solicitar autorización para realizar actividades arqueolÓgicas.
Ni de una manera ni de otra es éste un tema fácil.
Como todos saben, no existe en ninguna Universidad de nuestro país una Licenciatura o Diplomatura denominada «Arqueología~, lo que significa que, por no tratarse de una «profesión titulada-, no podemos acogernos al artículo 36 de la Constitución Española sobre el derecho a colegiación y nonnativa propia.
Desde 1983, la Asociación Profesional de Arqueólogos de España (APAE; sus estatutos fueron publicados en la Revista de Arqueologia, número 30) ha estado trabajando en un proyecto: el Decreto para regular el ejercicio de la profesión arqueológica.
Tras años de discusión, fue presentado al Ministerio de Cultura en 1987.
En este borrador, además de definirse la profesión y delimitarse los estudios exigibles para su ejercicio, se establecen una serie de deberes y derechos de los profesionales, de carácter muy amplio, y teniendo como guía la conservación, investigación y difusión del P.A. Ante la ausencia de una respuesta, la Junta Directiva de la APAE se entrevistó con el Ministro de Cultura en febrero de 1992, consiguiendo, al menos, una promesa firme de respuesta concreta (comentario publicado en la Revista de Arqueología, número 132).
En países europeos con problemas similares, como el caso de Italia, proyectos de regulación semejantes, que comenzaron más tarde a discutirse, están mucho más adelantados.
Sin duda existen muchos otros textos legales que merecerian un comentario: la Ley del Suelo, la Ley sobre Medio Ambiente y Espacios Naturales protegidos, la Ley de Costas, la de Propiedad Intelectual...
Todos ellos y muchos más importan de un modo u otro al P.A., sin olvidar la incidencia futura en este partícular tipo de Patrimonio de acuerdos europeos como el de la abolición de las fronteras a partir del primer día del año 1993.
Pero las exigencias del espacio me obligan a no alargarme en ellos.
y no quiero tenninar este capítulo sin recordar su título: los textos legales están para ser vistos y entendidos.
LA PREVENCION y CONSERVACION DEL PATRIMONIO ARQUEOLOGICO
Estrechamente ligada a la política arqueológica de los Organismos competentes, este apartado es, en estos momentos, el más favorecido por iniciativas y proyectos.
Entre nosotros comienza a perfilarse una dicotomía que, por la experiencia de otros países europeos, puede llegar a ser negativa para el propio P.A. Se trata de esa diferencia a veces exagerada entre Arqueología de investigación y Arqueología de gestión.
Mientras que para la primera, de fonna general, la concesión de autorizaciones es muy exigente, no lo es tanto •para la segunda: ni se realizan proyectos previos ni se tiene en cuenta la conservación ni la difusión de los trabajos, siempre que éstos entran en el apartado «de urgencia».
Es necesario tener muy presente que cualquier intervención arqueológica, del tipo que sea, sólo tendrá sentido si logra cumplir la acción social a la que se refiere el fragmento antes comentado de la Ley 16/85.
El rápido, «salvamento,. de materiales descontextualizados que van a parar sin preámbulos a los almacenes de un Museo, en el mejor de los casos, no sirve para nada.
Y muy pocas Administraciones han comprendido esto.
La solución no es fácil, pero puedo resumirla en una frase: conseguir que las «urgencias» no existan -o, al menos, que sean mínimas-o Para ello, tenemos ante nosotros el amplio campo de la «polítíca preventiva-, con interesantes antecedentes en Europa que pueden servirnos de guía.
Se trata de conseguir un conocimiento tan completo de las posibilidades arqueológicas de nuestros territorios que. ante cualquier remoción de tierra que haya de realizarse. sea posible prevenir los hallazgos.
Para ello. las cartas arqueológicas son el punto de partida. pero no lo son todo.
No podemos olvidar que estamos tratando con un Patrimonio invisible en muchos casos, enterrado a veces muy profundamente.
La experiencia adquirida durante un siglo de investigaciones permite hoy poseer unos criterios para la demarcación de zonas con más o menos posibilidades de hallazgos.
Por lo que respecta a las áreas urbanas. debemos enfrentarnos a un fenómeno propio de la http://tp.revistas.csic.es cultura occidental: la reocupaClon continua de los lugares de hábitat.
Así, son pocas las ciudades que no tengan, bajo la arquitectura emergente, arquitectura enterrada.
Por ello mismo, durante decenios de destrucción y de sorpresas se han estado acumulando en los archivos los documentos de una historia a trompicones.
Hay que sacarlos, ordenarlos, estudiarlos, dibujar líneas que unan muros, que completen estructuras, de modo que sea posible trazar los planos del invisible urbanismo del pasado.
Si esto se consigue, cualquier obra que se acometa sabrá de antemano qué es lo que va a encontrar y a qué profundidad.
En estos casos -desde luego ideales entre nosotros-, no habrá lugar para las «urgencias>!.
En cuanto a las zonas rurales, hay que comenzar por aislar y señalar claramente lo ya conocido, excavado, publicado y destruido; después, proceder a poner en juego los conocimientos científicos que hoy se sobre costumbres antiguas de hábitats y realizar prospecciones sistemáticas modernas.
Será posible entonces marcar en un mapa zonas de diferentes colores -de diferentes peligros-y conseguir que cada Municipio tenga este plano colgado en la Alcaldía.
Así, cuando se solicite autorización para cualquier obra, los responsables podrán echar una ojeada al mapa y saber qué es lo que deben hacer con exactitud (nada complicado: conceder la autorización o Uamar al Organismo responsable de la Provincia o territorio).
Todo esto, que sobre el papel parece tan fácil, no lo es: requiere años de trabajo y de concienciación y, sobre todo, necesita la presencia de una serie de Arqueólogos al servicio de cada Comunidad, de cada Diputación y de cada Ayuntamiento.
En los casos de grandes obras públicas de carácter inter-comunitario o incluso inter-provincial, los esfuerzos deben aunarse y hacerse compatibles.
Para eUo, existe una condición inapelable: la estrecha colaboración entre Cultura y Obras Públicas.
El proyecto sobre Impacto Ambiental al que antes aludí no es más que un tímido primer paso en un camino excesivamente lleno de dificultades, en el que se produce el choque entre los lógicos deseos de adecuadas infraestructuras y la necesidad de salvaguardar un riquísimo P.A. Hasta ahora, la batalla la está ganando lo primero y los restos destruidos para siempre son innumerables.
Para lo que queda tenemos la oportunidad hoy de hacerlo de otro modo.
EDUCACION E INFORMACION AL SERVICIO DEL PATRIMONIO ARQUEOLOGICO
Como indiqué al principio, éste es -al menos en mi opinión-, el mecanismo más importante y efectivo de todos.
Creo que es también el más barato.
Sin embargo, cuenta con una caracteristica muy negativa; se trata de una inversión a largo plazo.
Sus frutos van a recogerlos, cuando mucho, nuestros nietos.
Y esto parece ir en contra de nuestros occidentales deseos de rapidez.
Hoy por hoy, la educación sobre el P.H. apenas existe.
Si se revisan los textos de «Sociales>! de la E.G.B. se observará que este concepto no aparece.
Por supuesto, se destaca la beUeza y monumentalidad de algunas catedrales o palacios, pero nada más.
Y lo que necesitamos, lo que necesita nuestro P.H., es una revolución profunda en los sentimientos: que los ciudadanos se identifiquen, a través del conocimiento, con sus Bienes Culturales; que defiendan con todos los medios a su alcance lo que tienen; que los propietarios de tierras dond~ se producen hallazgos arqueológicos sean los primeros en dar la voz de alarma y conseguir que esos hallazgos se conviertan en historia; que los propios anticuarios denuncien ofertas de apariencia dudosa -todas las arqueológicas, desde luego-... y un largo etc.
Para todo ello, es necesario comenzar por crear un ambiente educativo e informativo favorable, dirigido principalmente a tres sectores:
1 Q Los ciudadanos en general: se llega a ellos desde la infancia introduciendo en los textos obligatorios de EGB, BUP y Escuelas Profesionales, los conceptos adecuados sobre el P.H. Pero no son sólo los niños los que interesan.
También debemos trabajar en los centros educativos de mayores, en las Asociaciones de Padres y, sobre todo, en las Escuelas de Magisterio.
Por su parte, T. P., 1992, nI! 49 los arqueólogos que dirigen proyectos de campo deben ocuparse de que la localidad donde se ubica el objeto de su investigación conozca perfectamente qué es lo que está haciendo y qué pretende con ello.
El esfuerzo a realizar se limita a una serie de conferencias, vídeos o exposiciones de pequeña envergadura en el propio Ayuntamiento de esa localidad, e incluso la disposición de un horario concreto para las visitas al sitio.
Respecto a este tema, me gusta poner de ejemplo lo que realizaron unos cuantos en los años 70/80 sobre el Medio Ambiente: cuando mi generación pasó por la escuela, salía de ella sin el menor conocimiento sobre la Ecología de nuestras regiones.
Hoy día, los niños están concienciados de una forma bien diferente: saben cuales son los árboles que les rodean y los quieren -incluso los plantan con su nombre-o Saben qué es lo que pueden hacer para protegerlos... y hasta lo hacen.
Con el Patrimonio Histórico se podria seguir tal vez un camino ya conocido.
2 Q Cuerpos de Vigilancia o Seguridad.
Parece evidente que todos los colectivos que se dedican a estas actividades -Policías, Guardia Civil, Guardias Municipales, Vigilantes de Bosques, de jardines o espacíos protegidos, etc.-deberían conocer la existencia de las Leyes del P.H., en qué modo les afecta y qué es lo que pueden hacer -que siempre es much~ para ayudar a su cumplimiento.
Como en la mayoría de los casos hay que comenzar desde cero, se impone la presencia de técnicos. en P.H. en los cursillos de perfeccionamiento que se organizan periódicamente para estos colectivos.
Muchos arqueólogos deberán modificar sus discursos para adaptarse a este difícil y comprometido tipo de difusión.
3 Q Profesionales y Funcionarios.
Buena mayoría de ellos no conoce la existencia ni el contenido de las Leyes del P.H., y basta una ojeada a nuestros medios masivos de difusión para comprobarlo.
Incluso estamentos aparentemente especializados, como abogados o arquitectos, conservan ideas anticuadas: la creencia en la naturaleza de la Arqueología como afición y no como profesión, la importancia mítica del objeto aislado y el culto al coleccíonismo, la ausencia de interés social por los elementos históricos y sobre todo arqueológicos, etc. Frente a todo ello, las actuaciones posibles resultan bastante más difíciles.
Sólo partiendo de iniciativas estatales podría conseguirse un control sobre la adecuación de los discursos periodísticos a través, por ejemplo, de la Televisión.
Porque no es sólo necesario que la gente conozca qué es el Patrimonio Histórico, lo que significa para su propia entidad como seres sociales y el hecho de que el expolio es un delito contra la comunidad.
También hace falta conseguir que una valoración positiva de los Bienes Culturales vuelva del revés las mentalidades: no se trata de que las Leyes y los Decretos obliguen a unos ciudadanos, en contra de su voluntad, a trabajar por la conservación y cuidado de los Bienes, sino que los propios cíudadanos lleguen a ir por delante de las Leyes y los Decretos en este trabajo.
Para proteger, hay que valorar.
Para valorar, hay que conocer.
Para conocer, debemos informar.
En nosotros, los que de un modo u otro trabajamos para el Patrimonio Histórico, recae, en definitiva, esta responsabilidad.
Ojalá, ahora que somos conscientes de ella, tengamos el valor suficiente como para llevarla por buen camino.
análisis del Impacto Ambiental En |
RESUMEN Pese a la multiplicación y mejora de los estudios basados en la prospección y los notables intentos por diseñar un esquema de trabajo para los proyectos de «Arqueología Territorial», se echa en falta en la generalidad de los trabajos un verdadero apartado en el que se recoja el planteamiento de la prospección y se realice un análisis de su desarrollo.
Nuestro objetivo en este artÍCulo es precisamente llamar la atención sobre esta carencia y proponer una serie de parámetros para el análisis de la prospección: número de recorridos, horario de localización, circunstancias y cronología de los haUazgps, el factor experiencia, la productividad y los resultados obtenidos en las diferentes áreas topográfico-ecológicas.
La prospección de superficie como método de recogida de material arqueológico o de descubrimiento de yacimientos ha sido una de las dos facetas de los trabajos de investigación arqueológica prácticamente desde el comienzo de éstos.
Sin embargo, hasta fechas recientes, los planteamientos de la Arqueología determinaron la infravaloración de la prospección frente a la excavación.
Tres fueron las circunstancias que, de la mano de la New Archaeology durante los años 60 y fundamentalmente en el ámbito anglosajón, permitieron ~descubrif» el interés que por si misma ofrece:
1) El traslado de la atención de los investigadores de los materiales arqueológicos y las piezas más o menos excepcionales hacia los yacimientos y contextos más amplios (ambientales y territoriales) de los que forman parte.
2) El replanteo de los objetivos y función de la propia ~Arqueología de Investigación» que, consciente de que la excavación implica la destrucción de los yacimientos, impulsó la búsqueda de. procedimientos no destructivos.
3) El desarrollo de la llamada ~Arqueología de Gestiól1ll, cuyas necesidades impulsaron la búsqueda y el perfeccionamiento de metodologías de trabajo más ágiles y económicas.
Estos tres condicionantes recientemente implantados, se han sumado en nuestro País a otras tantas circunstancias que han contribuido a acelerar el proceso:
1) Por un lado, un acusado cambio legislativo que, a través de la «Ley de Patrimonio Histórico Español», no sólo define el Patrimonio Arqueológico y lo incluye en el núcleo tradicional del Patrimonio Histórico, sino que, además, muestra una clara preocupación por su disfrute, conservación y acrecentamiento (Ley 16/85, Preámbulo, Art.
2) Por otro, un acelerado proceso de modernización de la infraestructura urbana, de transporte y de obras públicas, que ha demandado urgentes intervenciones arqueológicas que no siempre podían ser satisfechas mediante el tradicional sistema de excavación.
3) En tercer lugar, una circunstancia que, además, es tema de debate e incluso polémica en la actualidad: el aumento de los costes económicos de los trabajos arqueológicos, que afectan en mayor medida a la excavación.
Así esta serie de factores han contribuido a que, por un lado, se produzca la multiplicación de proyectos y estudios basados en la prospección y, por otro, a la constatación de la validez práctica de ésta y de otra serie de técnicas complementarias (fotointerpretación, prospección del subsuelo, test químicos, sondeos mecánicos, etc.) como metodologías básicas de trabajo.
Sin embargo, no todo el camino está andado; pese al notable aumento del número de trabajos (baste aludir a los múltiples proyectos relacionados con la gestión del patrimonio arqueológico: prospección del trazado de autovías, gasoductos, oleoductos, tendidos ferroviarios, etc. o los Planes de Inventario Arqueológico Provincial) no hay una clara evolución de los planteamientos.
Sirva como ejemplo la circunstancia de que, ante la necesidad de obtener resultados inmediatos, se insiste en la tradicional prospección selectiva o en la costosísima prospección intensiva, desconociendo sistemas de muestreo que podrían constituir la mejor alternativa a determinadas campañas de urgencia imposibles de realizar a fondo por las premuras de tiempo (las precisadas por la realización de obras públicas, singularmente pantanos), el paso previo a la planificación de campañas amplias o como sistema de comprobación de los resultados obtenidos sin necesidad de reprospectar in extenso.
Además, y aún cuando existen notables intentos de diseñar y definir un esquema de trabajo para la prospección (Ruiz, 1983(Ruiz, y 1988;;Fernández, 1985; Ruiz y Burillo, 1988), se echa en falta en la mayor parte de las publicaciones un verdadero apartado que explicite las características y la metodología del sistema empleado, permita realizar comparaciones objetivas de los resultados obtenidos en diferentes campañas, proporcione una base sólida para la lectura crítica de los trabajos y un punto de referencia experímentado para la aplicación de este método a nuevos proyectos.
Nuestro objetivo en este artículo es llamar la atención sobre estas carencias y proponer, si no como modelo, sí, al menos, como ejemplo de análisis el que nosotros mismos hemos realizado en un reciente proyecto basado en la prospección.
Así recogemos, en primer lugar, los pasos que precedieron al definitivo planteamiento de la misma y, en un segundo bloque, el análisis de su desarrollo y resultados.
EL PLANTEAMIENTO DE LA PROSPECCION
Seleccionamos como área de prospeCClon el espacio situado al N. del lÍo Duero y al O. del Pisuerga que queda incluido en la provincia de Valladolid (1) (Cabo, 1987; Tejero, 1988).
Este área ocupa prácticamente la mitad central y occidental de la provincia.
Aparece delimitado al S. y E., respectivamente, por los valles de los lÍos epónimos y. al N. Y O. por los limites administrativos de Valladolid (Fig. 1).
Enclavado en el tramo medio del valle del Duero, su superficie aparece caractelÍzada por un paisaje de amplias llanuras en el que el único contraste apreciable es el que opone las fonnas suaves de las campiñas y los valles al ascenso súbito a la superficie de los páramos.
Se trata, además, de un paisaje fuertemente humanizado, una vasta planicie dedicada al cultivo extensivo de cereales de secano en la que no quedan muchos lugares donde descansar la vista: retazos de coníferas en las laderas, algunas cintas de chopos, sauces y olmos en las riberas y rodales de frondosas, cada vez más oprímidas, en el páramo.
Este amplio marco -son 3.692 km 2 -se compartimenta en 3 espacios naturales que constituyen unidades ambientales y paisajísticas perfectamente definidas:
Al NO. de la zona estudiada.
Ocupa una superficie de 2.232 km 2 predominantemente horizontal que, sin embargo, ofrece una pendiente continua de S. a N. que la lleva desde los 720 hasta los 780-800 m.
Se caracteriza por el dominio de las arcillas miocenas, que detenninan la notable unifonnidad de sus formas topográficas: exiguos valles y amplios interfluvios en sentido meridiano cortados transversalmente por arroyos afluentes que parcelan la superficie de la campiña en lomas, colinas y vallonadas cóncavas.
Los suelos, con algún enclave salino, son muy aptos para el laboreo agrícola, lo cual ha determinado la reducción del bosque esclerófilo climácico a rodales que ocupan áreas marginales o acompañan ala vegetación que prospera al amparo de las riberas.
El páramo de 4/Los Montes Torozos».
Ocupa una superficie de 1.061 km 2 en el sector central del interfluvio.
Aparece como una plataforma que destaca unos 100-150 m. respecto de las campiñas y valles circundantes, cuya superficie, completamente horizontal, es surcada por escasos cursos fluviales y cuyos bordes, generalmente abruptos, marcan un frente festoneado en el que son frecuentes cerros testigo, muelas y espigones.
En este medio se han desarrollado suelos pardo-caliciformes que favorecieron el desarrollo de un bosque enciniego y que no han sido puestos en cultivo hasta época contemporánea.
Los valles de los ríos Duero y Pisuerga.
Sus 403 km 2 de superficie delimitan por el S. el ár~a del interfluvio.
Se trata de extensos valles de fondo plano cuyos límites vienen marcados por la vega
(1) Como casi siempre, las razones económicas determinaron que se impusiese el criterio arbitrario (Ruiz, 1983: 11) a la hora de seleccionar la zona de estudio (provincia de Valladolid), sin embargo, se procuró que, en la medida de lo posible, ésta coincidiese con una unidad geográfica amplia • T. P., 1992, n ll 49 LUIS CARLOS SAN MIGUEL MATE aluvial y las terrazas fluviales.
Ofrecen ricos suelos secularmente utilizados para los cultivos agrícolas que, de modo diferencial, aprovechan los sucesivos escalones que marcan las terrazas.
De este modo, nos encontraríamos con yacimientos fácilmente perceptibles por las dimensiones, concentraciones y tipo de materíal que proporcionasen.
El planteamiento de la prospección
Determinados el área y la hipótesis de trabajo, se escoglO como estrategia de prospeccJOn un sistema de muestreo probabilístico (Fernández, 1985).
A priori esta decisión podría parecer arriesgada ya que cuando se trata de establecer patrones de asentamiento de un territorio determinado parece conveniente la aplicación de sistemas de cobertura total.
Dos circunstancias aconsejaron, sin embargo, la adopción de la estrategia finalmente empleada: por un lado, el hecho de que la prospección con un grado de intensidad aceptable de los más 3.500 km 2 que abarca nuestro territorio exigía una inversión de tiempo y dinero muy lejos del alcance de las posibilidades del proyecto.
Por otra parte, las propias características de los yacimientos objeto de estudio, siempre fácilmente perceptibles.
Con este planteamiento, el muestreo probabilístico se ofrecía como la mejor de las alternativas posibles con vista a obtener una información representativa y efectiva (2).
La determinación de la fracción de muestreo, la selección de los elementos muestreales y la valoración de los posibles errores asociados se beneficiaron de las circunstancias de que durante dos campañas sucesivas inmediatamente anteríores a las nuestras se hubieran realizado trabajos de prospección en la zona y que, paralelamente, para el Inventario Arqueológico de la provincia de Valladolid, se estuviese prospectando este mismo área.
Así fue seleccionada una fracción de muestreo de 200 km 2 repartida en unidades de transet (3) que, a su vez, muestreamos prospectando un 30 96 de su superficie.
Además de ello, llevamos a cabo una primera fase de trabajo de campo inspeccionando selectivamente la totalidad de los emplazamientos en los que la bibliografía citaba la existencia de materiales celtibérícos.
Las Unidades de muestreo
Esta fase de la prospección se concibió como un muestreo estratificado (Fernández, 1985: 9).
En función de ello distribuimos cuatro unidades de 50 km 2 en las diferentes áreas naturales en que se compartimenta la zana: valle del Duero (<<Tordesillas»), valle de Pisuerga «(Valoria»), Tarazas «<La Mudarra») y Tierra de Campos (<<Mayorga»).
El muestreo se organizó de acuerdo con criterios estratigráficos, dividiendo el medio conforme a pautas topográfico-ecológicas que se articulan siempre en función de los cursos fluviales -sobre la
(2) Pese a que no deje de cuestionarse el grado de fiabilidad del procedimiento (Ruiz y Burillo, 1988: 49, Read, 1986) si que se admite la existencia de una relación directa entre el tamaño de la fracción y la representatividad de los datos, considerándose muy eficaz cuando el porcentaje e5ó superior al 50 %.
(3) Preferimos unidades de muestreo más próximas al sistema de secciones o transets que af de cuadros por dos razones: porque es habitual que se produzca un cieno desplazamiento de la trayectoria proyectada y que este error aumente en relación directa con el número de recorridos (Fernández, 1985: 15) y porque proporcionan un mayor área de cobenura.
(4) Realizando tres recorridos diarios (consideramos que cada uno incluye una trayectoria de ida y otra de vuelta) con un espaciamiento medio de lOO m. entre cada uno de los prospectores se cubren 3 km 2, de manera que los 15 Km2 que consideramos como porcentaje especialmente válido (30 96)!;e prospectarian en cinco jornadas.
T. P., 1992, n D 49 vega, en la zona de ladera y en los interfluvios (páramo o campiña)-pero considerando tanto el trabajo como los resultados independientemente.
La información obtenida se sintetizó en una ficha que incorpora, además de los datos referidos a los yacimientos, otros sobre la prospección (tipo de tiempo, topografía, condiciones del terreno, etc.) con el fin de inferir conclusiones personales sobre el trabajo (ej. un prospector experimentado en Paleolítico encuentra más yacimientos paleolíticos) y de poder dar a conocer el proceso del trabajo y no solo sus resultados finales.
EL ANALISIS DE LA PROSPECCION y DE SUS RESULTADOS
Si ya lamentábamos anteriormente no encontrar en los primeros capítulos de los trabajos de ~Arqueología Tenitoriab referencias verdaderamente precisas a sus planteamientos y caracteristicas, no es tampoco infrecuente observar que las conclusiones de las distintas campañas de prospección centran su interés en los resultados de las mismas, margínando -en el mejor de los casos-la información sobre los procedimientos y circunstancias en que éstos se desarrollaron.
Sin embargo, la ampliación de las dimensiones de los proyectos, la multiplicación de su' número (5) y una cierta perspectiva histórica que nos previene sobre las inevitables revisiones a que han de ser sl)metidos los resultados de los trabajos de prospección, aconsejan, al menos, recopilar este tipo de información.
Es más, si consideramos la multitud de factores externos que inciden en la prospección (climatología, condiciones del terreno, incidencias, experiencia del equipo... ) y la gran variación que sufren entre jornadas -no digamos entre campañas-, hemos de concluir que si queremos hacer un análisis verdaderamente científico, tan importantes serán los datos referidos a la planificación y realización de los trabajos como la consideración de las características y el número de los hallazgos.
En nuestro caso, el análisis de los resultados y del desarrollo de la prospección se realizó únicamente sobre la segunda de las fases de la misma.
Esta, como ya se ha indicado, debía proporcionarnos sin necesidad de inspeccionar toda la superficie objeto de estudio una información contrastable con los datos de la bibliografía (6) y los obtenidos en la primera fase de la prospección y, en segundo lugar, un margen de confianza estadísticamente aceptable acerca de nuestro conocimiento del número y caracteres de los asentamientos de época celtibérica.
De esta manera, el análisis de la prospección perseguía dos objetivos: por un lado, detectar las distorsiones que sus propias características (intensidad, localización de las unidades, etc.), y los factores externos (número de prospectores, circunstancias del terreno, etc.) pudiesen introducir y, luego, contrastar de modo meramente indicativo sus resultados con los que proporcionan los trabajos de prospección realizados en la zona hasta el momento.
Circunstancias y factores que Incidieron en la prospección
lA intensidad de la prospección
Optamos por una separación media de 100 m. entre los prospectores, distancia que teóricamente no discrimina los yacimientos de pequeñas dimensiones y los hallazgos aislados, pero suficiente para los objetivos propuestos.
(5) Es el caso, por ejemplo, de los Planes de Inventario Arqueológico Provincial o de las campañas de prospección de urgencia determi~adas por la realización de grandes obras de infraestructura de obras públicas o urbanística, en los que con gran frecuencia el estudio científico de los datos obtenidos es realizado por personas que no participaron en los trabajos de campo.
(6) Consíderamos únicamente los trabajos más modernos (Palol y Wattemberg, 1974; Mañanes, 1979Mañanes, y 1983) ) ya que recogen prácticamente la totalidad de las referencias de la bibliografía anterior y realizaron una labor de campo bastante sistemática. " "" ",,
Número de recorridos (7)
En nuestro caso, relacionamos este factor con el número de hallazgos, observando cómo se establece una correlación positiva entre ambos: a mayor número de recorridos mayor número de hallazgos.
Sin embargo, ésta no sigue una pauta numéria uniforme e incluso el valor se hace negativo en la unidad de Tordesillas (Fig. 2d).
¿Qué viene ésto a indicar?
Si consideramos que las caracteristicas de la prospección no son la variable que condiciona los resultados, ya que éstas son similares en las cuatro unidades (se sigue un mismo sistema con idéntico espaciamiento entre los prospectores y se trata del mismo equipo), obtenemos dos conclusiones:
1) Las diferencias existentes se explican por el diferente número de yacimientos que pueden localizarse en cada una de las cuatro unidades naturales.
Evidentemente, la fracción de muestreo y la intensidad de la prospección hacen que estos.resultados sean meramente indicativos.
Sin embargo, los porcentajes del muestreo ofrecen unos datos más objetivos que los que pueden extraerse de la bibliografía (al conocer las variables que actuaron sobre ellos).
Por otro lado, es muy significativo el hecho de que sus valores no se contradigan con los de los trabajos anteriores.
2) La segunda conclusión es que parece observarse un umbral (en torno a 5-6 hallazgos) a partir del cual el aumento del número de recorridos no implica necesariamente el de localizaciones (Fig. 2d).
Es decir, existen indicios para inferir la existencia de una ley de rendimientos decrecientes (Fernández, 1985: 13) que encuentra un punto de equilibrio en torno a los 6 recorridos y los 5-6 hallazgos.
Horario de localización de los hallazgos
La gráfica general (Fig. 2d) muestra una clara tendencia a la concentración de los hallazgos en las horas de la mañana (entre las 9 y las 14 horas).
En ello sin duda inciden tres factores: 1) La luz (8) que, salvo en las primeras horas de la mañana, en las que es muy rasante, resulta mucho más adecuada que la de la tarde.
2) La humedad del suelo, que permite distinguir con mayor facilidad la cerámica.
3) El menor cansancio de los miembros del equipo, lo cual se traduce en una mayor aten~ión.
Aún dentro de las horas de la mañana existen diferencias: así hay un máximo entre las 10 y las 11 (que coincide con el momento en el que la escarcha se ha derretido y ha humedecido la superficie del suelo), un mínimo entre las 9 y las 10 (con el suelo aún helado y la luz rasante) y un porcentaje uniforme entre las 11 y las 14 horas (aunque con un leve descanso entre las 11 y las 12 que sin duda refleja la parada de 25-35 minutos que se realizó para tomar un bocadillo).
Las horas de la tarde, con el intermedio de la comida (habitualmente entre las 14:30 y las 15:30) ofrecen un rendimiento muy inferior y progresivamente descendente, cuyo máximo, entre las 16 y 17 horas, coincide con los últimos momentos de los que las condiciones de luz y temperatura son convenientes.
(7) La variación existente en el número de recorridos realizados en las diferentes unidades se debe al hecho de que, en determinados casos, se decidió realizar algún recorrido más. variando la línea de las trayectorias.
(8) La prospección fue realizada durante los meses de diciembre a marzo.
Circunstancias de los hallazgos (Fig. 2a)
La mayoria de los hallazgos (el 86,94 %) se produjo dentro de las trayectorias del recorrido sistemático de ellos, un 90,62 % corresponde a yacimientos.
Esto viene a indicar: por un lado, una cierta «disciplina» en el proceso de la prospección y, por otro, una falta de experiencia que hizo que los prospectores no se animasen a inspeccionar determinados emplazamientos dentro de la banda de prospección que debían cubrir y prefiriesen, mejor, seguir la línea que marcaban los 100 m. de espaciamiento entre cada miembro del equipo.
Además, el hecho de que el mayor porcentaje de los hallazgos aislados se produjese fuera del recorrido sistemático y que únicamente el 9,37 % de los yacimientos se localizase en estas circunstancias evidencia que la mayor parte de estas localizaciones fueron fruto del azar.
Debe tenerse en cuenta que la prospección fue realizada por un equipo de 5 personas de las que la mayoria (tres o cuatro personas) carecía de experiencia (9).
Si bien es cierto que la progresiva adquisición de práctica contribuyó a agilizar el desarrollo de los trabajos, este factor tuvo escasa incidencia en los resultados finales y así los valores están prácticamente a la par: la localización de yacimientos se reparte al 50 % mientras que un 66,66 % de los hallazgos aislados fue realizado por miembros con experiencia (Fig. 2a).
Cualitativamente las diferencias son ya más marcadas, toda vez que las caracteristicas y cronologías de los hallazgos ponen de manifiesto cómo a los miembros con menos experiencia corresponden los hallazgos más evidentes.
Atendiendo a los gráficos (Fig. 3) vemos cómo, en primer lugar, los prospectores no experimentados localizaron un número elevado de yacimientos, mientras que el de los hallazgos aislados ya es bastante menor.
Por otro lado, al considerar la cronología de los hallazgos, comprobamos cómo los descubrimientos más numerosos (si excluimos a los Prehistóricos indeterminados) corresponden a época romana y medieval, justamente aquellos que, por sus caracteristicas, son más perceptibles.
Se trata de porcentajes bajos, pero no muy diferentes a los obtenidos por los prospectores con experiencia.
Más significativo es el elevado porcentaje de Prehistóricos indeterminados (teóricamente los más difíciles).
Sin embargo, ha de tenerse en cuenta el elevado tanto por ciento final de hallazgos con esta atribución (13,26 %) y la circunstancia de que todos los prospectores sin experiencia habían realizado trabajos de restauración de material arqueológico con cerámica hecha a mano.
La cronología de los hallazgos
Valorando el tanto por ciento de los hallazgos por cronologías, observamos cómo, de modo muy destacado, los mayores porcentajes corresponden a los Prehistóricos indeterminados (22,05 96) y Medievales (20,58 96) y que, a partir de estos dos grupos, los valores son progresivamente menores: Modernos (14,70 %), Contemporáneos (10,32 %), Romanos (8,82 %), Tardorromanos (7,3596), Edad del Bronce (5,88 %), Visigodo (2,94 %), P Edad del Hierro (2,94 %), Celtibéricos (2,94 %) y Prehistóricos sin cerámica (2,94 %).
El análisis de los gráficos de la figura 4 pone de manifiesto cómo los resultados son bastante (9) En todos los casos se valora como experiencia la colaboración en trabajos de prospección, sin considerar la participación en campañas de excavación o los trabajos de restauración de material arqueológico.
Debe indicarse también que todos los prospectores habían realizado trabajos de tratamiento de material arqueológico con cerámica hecha a mano. homogéneos en las tres unidades (10) de tal manera que los valores altos y medios corresponden a hallazgos Prehistóricos indeterminados, Medievales, Modernos, Contemporáneos, Romanos y Tardorromanos en las tres unidades, mientras que los valores mínimos son los de aquéllos que se producen únicamente en alguna de éllas.
Esta uniformidad se rompe en el caso de los hallazgos Romanos y Tardorromanos que mantienen un valor medio en la gráfica y, sin embargo, no se localizaron en las unidades de los valles.
Si comparamos estos porcentajes con los obtenidos de la bibliografía (Fig. 5) observamos cómo hay ciertos puntos de coincidencia, aunque el detalle es bien diferente: así se mantiene la norma observada que hace que los mayores valores correspondan a aquellas cronologías que se documentan en las tres áreas naturales y que los mínimos respondan a aquellos hallazgos que se producen en alguna de ellas.
Sin embargo, al considerar los porcentajes por cronologías, vemos como éstos difieren notablemente de los nuestros: ausencia de yacimientos Modernos y Contemporáneos, predominio de los Medievales (37,69 %), Romanos (29,71 %) Y un discreto tanto por ciento de los Prehistóricos indeterminados (9,65 %).
Sin entrar en valoraciones sobre cuál de los dos gráficos ofrece un panorama más próximo a la realidad, está claro que las diferencias existentes entre ambos marcan la distinta concepción de una prospección cuyos resultados muestran un predominio absoluto de aquellos yacimientos cuyas caracteristicas les hacen fácilmente distinguibles (aún sin formación arqueológica) y traducen la aplicación de una técnica de prospección selectiva probablemente guiada por las referencias de los habitantes de la localidad.
La evaluación de los resultados de la prospección de las unidades de muestreo deberia hacerse teniendo presentes los datos de otras campañas.
Sin embargo, la falta de este tipo de referencias en los trabajos llevados a cabo hasta el momento en la zona determina que únicamente podamos efectuar una valoración comentada de la información obtenida.
Se realizaron un total de 38 hallazgos de los que 32 corresponden a yacimientos y 6 a objetos aislados (Fig. 2b).
Esta es casi cinco veces y media superior a la obtenida por el conjunto de los trabajos realizados anteriormente en este territorio.
Por otro lado, debe indicarse que del total de los hallazgos realizados únicamente 4 se citaban en la bibliografía.
Los resultados obtenidos en las distintas áreas topográfico-ecológicas
Si a duras penas contábamos antes con algún tipo de referencia que pudiésemos utilizar para contrastar los resultados obtenidos, no encontramos ninguna que nos sirva para comparar los (10) Para este capítulo hemos preferido considerar los resultados por unidades naturales (con lo que se unifican las del vaDe del Duero y vaDe de Pisuerga) en vez de por unidades de prospección. con el fin de obtener valores comparables, aunque sea de modo aproximado. con los que porporciona la bibliografía.
(11) El término lo aplicamos con el mismo sigificado que lo hacen Gonzalo Ruiz y Francisco Burillo (1988: 50).
Porcentaje total de hallazgos por cronologías
Porcentaje de hallazgos por cronologías en los Va lles
J5r --------------------------------v~~--------- porcentajes en las distintas áreas topográfico-ecológicas; de esta manera únicamente podemos sumar algún comentario a los datos de las tablas y los gráficos (Cuadro 1; Fig. 2c):
1) Se observa una clara tendencia a la concentración de los asentamientos en las zonas de valle (42,11 %) Y ladera (36,84 %), en tanto que sólo un 21,05 % de los hallazgos se produce en las zonas de interfluvio.
2) Más significativos resultan los porcentajes al considerar la localización de los hallazgos por cronologías; así se observan dos grupos bien definidos: el prehistórico, que mayoritariamente se produce en las zonas de valle y ladera, y los de época histórica que, a partir de los yacimientos romanos, rompen esta curva de tendencia y muestran una norma de localización menos definida, distribuyéndose por zonas tan diferentes desde el punto de vista del aprovechamiento del medio como son el valle, las laderas y las zonas de interfluvio.
EXPERIENCIA I CRONOLOGIA Totalidad de las unidades de muestreo |
RESUMEN En este trabajo se realiza una revisión critica de las principales teorias relacionadas' con el proceso de aparición y subsiguiente éxito evolutivo del género Horno.
Se analiza asimismo la evidencia más reciente procedente del registro paleoantropológico, para establecer la interrelación entre los factores biológicos y culturales implicados en dicho proceso.
Se sugiere que la evidencia del registro paleoantropológico presumiblemente relacionado con los primeros representantes del género Horno puede explicarse básicamente desde la consideración de un reforzamiento de los lazos sociales en el seno del grupo, relacionado con el abandono de una sociedad jerárquica hacia una sociedad cooperativa.
Este cambio no implica necesariamente, pero tampoco excluye la posibilidad de formación de núcleos familiares estables, y probablemente surgió como resultado de un cambio biológico consistente en una disminución de la n Colaborador Científico.
('> Museo Nacional de Ciencias Naturales. |
RESUMEN Sintetizamos el conocimiento actual sobre el poblamiento de Europa durante el Paleolítico inferior, empleando datos de repertorios líticos, así como evidencia geocronológica, biogeográfica y paleogeográfica.
Los vestigios humanos más antiguos pertenecen a un horizonte no-Achelense con una edad entre 0.90 y 0.55 ma. Buscando el origen geográfico y los caminos de dispersión hasta Europa, identificamos tres alternativas: a través del corredor del Levante, del estrecho de Gibraltar O, más improbablemente, por un camino de tipo filtro desde Asia Central.
No existen pruebas definitivas para ninguna de esas alternativas pero hay un apoyo empírico más coherente para la hipótesis de Asia Central. donde existe también un repertorio no-Achelense.
Según esta alternativa, la colonización de Europa coincide con un importante cambio en la fauna pleistocénica, la dispersión del final del Villafranquiense/Galeriense, la cual también se originó en Asia Central.
Oinghai and Inner Mongolia). |
Pedro Ángel: Yacimiento arqueológico Camesa-Rebolledo.
Guía para su conocimiento.
Con- sejería de Cultura Turismo y Deporte. |
lOSE ALCINA FRANCH n RESUMEN En este ensayo, el autor, partiendo de los presupuestos de la arqueologia americanista.
explícitamente antropológica, traza un bosquejo crítico del desarrollo del debate teórico promovido en España durante los últimos veinte años. por los más inquietos arqueólogos españoles quienes tratan de renovar aquellos planteamientos teóricos como punto de partida para renovar la Arqueologia en su conjunto.
Se presta una especial atención a los problemas de arqueologia vs. prehistoria; arqueologia como antropologia o como historia; normativismo e historicismo o particularismo; materialismo cultural vs. materialismo dialéctico; arqueologias post-modernas. etc. |
SERIACION CULTURAL DE LOS MATERIALES DEL COVAL DEN PEP RAVE (SOLLER, MALLORCA).
JAU ME COLL CONESA n RESUMEN El autor estudia los elementos materiales aparecidos en el Coval den Pep Rave auxiliado por los resultados de la excavación de urgencia realizada en 1980, concluyendo que la ocupación prehistórica pertenece a dos horizontes culturales.
El más antiguo calcolítico, en contexto de habitación, y posiblemente datable en momentos anteriores a la difusión de las cerámicas incisas.
El segundo corresponde a una necrópolis talaiótica del Bronce Final donde se demuestra una cierta perduración de los ritos funerarios del Bronce Medio balear.
Desde el descubrimiento en 1969 del abrigo del Coval den Pep Rave, sus materiales han sido divulgados e interpretados parcialmente.
En síntesis, su descubridor y primer excavador indicaba que se trataba de un yacimiento funerario perteneciente a la Edad del Bronce con abundantes vasos carenados de base plana, punzones y colgantes de hueso (Enseñat, 1971; Enseñat, 1973).
La excavación coetánea del primer yacimiento funerario del período Talaiótico Antiguo plenamente |
MATERIALES DE LA CUEVA DE SON BAUZA (MALLORCA) POR FRANCISCO LUIS FRONTAN FERNANDEZ n RESUMEN El yacimiento arqueológico de Son Bauzá (Mallorca) es una cueva natural utilizada como lugar de enterramiento en época prerromana.
Descubierta en 1929, fue parcialmente excavada y expoliada y desde entonces aparece citada abundantemente en la bibliografía entre las principales necrópolis de la Edad del Hierro mallorquina (Talayótico m o Pos-Talayótico, según los autores).
Sin embargo, gran parte de los materiales arqueológicos conservados de este yacimiento permanecían inéditos o publicados con imprecisión.
Presentamos ahora el conjunto de todos ellos así como de la información existente en cuanto al contexto en que aparecieron.
El yacimiento arqueológico de Son Bauzá es una cueva natural situada junto a la finca del mismo nombre, cerca de Establiments (Palma de Mallorca).
El acceso se realiza por la carretera local de Palma a Esporles; poco antes de llegar al Km.
10 hay un camino de tierra a la derecha que conduce a una casa a cuya espalda se sitúa la cueva, en la ladera meridional del monte, a unos 150 m. de altura sobre el nivel del mar.
n Licenciado en Prehistoria y Arqueología por la Universidad Autónoma de Madrid.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas |
Baleares) que a lo largo de los años se han ido desarrollando, y cómo han estado siempre conectados con las diversas corrientes generales de estudios de la romanidad.
El interés por conocer qué ocurrió en la isla de Mallorca durante la época romana no surge de forma espontánea, si no que es el fruto de un proceso cuyo origen se remonta a las primeras inquietudes que despertaron en el hombre los vestigios de su pasado.
Esta preocupación queda ya reflejada en el siglo XVI con las observaciones más bien de tipo fantástico que sobre las construcciones prehistóricas loan Binimelis (1539-1616) narró, en su Nueva historia de la Isla de Mallorca:. n Pahua de Mallorca. ( •• ) Opto. de Prehistoria y Arqueología.
(1) Los autores de este artículo queremos destacar la labor tanto humana como investigadora que para Baleares el Padre |
LUCIA MANCA DEMURTAS SEBASTIANO DEMURTAS RESUMEN Definimos c~\mo protonuraghi con cámara «naviforme» aquellos nuraghi caracterizados por un corredor o espacio principal que, por ampliación de las paredes laterales, se transforma en cámara Esta presenta la parte posterior en forma de ábside semicircular y la cubierta en ojiva.
El tipo, ya examinado por nosotros en el ámbito de un análisis general, aunque preliminar, sobre los protonuraghi, parece, por el momento, preludiar. en una propuesta de evolución arquitectónica, al nuraghe en tholos.
Nuestro análisis no intenta fijar los puntos cronológicos en el interior del paso evolutivo aunque parece presumible que la creación y la difusión de este tipo de monumento pueda encuadrarse entre el Bronce antiguo y el Bronce medio teniendo en cuenta también los datos materiales adquiridos hasta ahora.
Aunque sin infravalorar un posible aporte externo en la definición del tholos, parece igualmente evidente que la aceptación de tal modelo arquitectónico no pudo ser tan contrastante con la experiencia ya adquirida.
Palabras clave Protonuraghi con cámara «naviforme». |
RESUMEN La falta de estudios relacionados con una arqueogeografía del territorio cultural del grupo social de Los Millares no permite valorar debidamente las interrelaciones estrechas existentes entre una estructura socio-económica y el medio geográfico en donde se desarrolla.
Aún a pesar de los escasos datos paleoambientales que se poseen de los distintos asentamientos pertenecientes a la Cultura de Los Millares, los autores piensan que existió una mayor pluviosidad, así como también una más amplia cobertura forestal en todo el territorio de la Andalucía oriental y Murcia, y por tanto una climatología y paisaje geográfico distintos al actual.
Por otro lado, la historia de la investigación en la Geografía, se polarizó desde sus orígenes en torno a quienes deseaban que esta disciplina se conectase estrechamente con la antropología y la historia, y de aquellos otros autores que creían que su estudio debía incidir en aspectos puramente fisiográficos, independientemente de la acción humana en el medio natural.
También se subraya la falta de una mayor cooperación entre arqueólogos y geógrafos a la hora de enfocar conjuntamente problemas de investigación en áreas territoriales ocupadas durante los períodos culturales desarrollados a lo largo del Holoceno.
Por otra parte, la aparición de la Arqueología Espacial como corriente de investigación ligada a la geografía del territorio y laS" distintas posiciones ideológicas y metodológícas de la arqueología prehistórica, muchas veces muy semejantes a las suscitadas entre los geógrafos, permiten paralelizar muchos aspectos de ambas disciplinas, ligadas estrechamente a las ciencias de la Tierra y el Hombre.
On souligne aussi l 'absence d' une coopération entre les archéologues el les géo- En el estado actual de la investigación prehistórica, la eS~•.lsez de estudios no sólo generales, sino también monográficos o específicos con respecto a una paleogeografía o arqueogeografía cultural de la región sud oriental de la Península Ibérica que nos informe respecto del medio natural donde se desarrolló la cultura de Los Millares a lo largo del m milenio, agrava considerablemente la visión y comprensión del desarrollo real de dicha formación socio-económica (Cuenca y Walker, 1977).
La cooperación interdisciplinar de diversas especialidades provenientes del campo de las Ciencias de la Tierra, como puedan ser la sedimentología, pedología, arqueogeomorfología, arqueo botánica, antracología, carpología, palinología y arqueozoología, entre otras, permiten reconstruir modelos destinados al estudio de la fisiografía y el medio natural dentro de la geografía humana, especialmente en los campos de la arqueogeografía, antropogeografía-geografía cultural. y geografía socialgeografía morfológica o etnográfica, todos los cuales dentro de sus diversos posicionamientos ideológicos, proporcionan nuevas conceptualizaciones y valiosos esquemas de trabajo a los prehistoriadores.
Evidentemente no podemos participar en la polémica epistemológica e ideológica existllnte entre las distintas concepciones en liza, dentro de las corrientes actuales de los geógrafos, con el fin de establecer los paradigmas necesarios en la geografía humana o social contemporánea, pero sí, como arqueólogos, hemos de estar plenamente de acuerdo con quienes propugnan que la geografía se convierta en una morfología del paisaje cultural. como ya preconizaba Hettner (1927), y cuya modelación provendría de la actividad de los grupos sociales humanos.
El geógrafo francés Vidal de la Blache (1911) señala por primera vez la concepción ecológicocultural de la geografía, dentro de la cual se deberá estudiar la Tierra como el asentamiento del hombre y los modos de vida que se han desarrollado en ella, en una palabra, estudiarla como resultado del enfrentamiento del hombre con la naturaleza que lo rodea.
La arqueología ter: ntorial o espacial no deja de ser la consecuencia lógica de tales concepciones, cuyo objetivo no es sino enmarcar dentro de un método, tanto a la arquelogía como a la geografía T. P., 1991, n l 148 |
RESUMEN Durante los trabajos de excavación llevados a cabo recientemente en el poblado argárico de Fuente Alamo (Cuevas de Almanzora; Almería) ha sido descubierto un nuevo tipo de estelas «antropomorfaslt, desconocido hasta el momento en la Península Ibérica.
La discusión del contexto arqueológico y el análisis morfométrico y material de estas estelas aportan una serie de reflexiones sobre su significado cultural y simbólico.
En el presente trabajo queremos dar a conocer un grupo de estelas «antropomorfas» de carácter peculiar.
Proceden de las excavaciones arqueológicas que el Instituto Arqueológico Alemán lleva a cabo, desde 1977, en el poblado argárico de Fuente Alamo (Almena) (Siret y Siret, 1890; Schubart y Arteaga, 1978; Schubart et alli, 1988Schubart et alli,, 1989)).
Los primeros dos hallazgos, aparecidos en la campaña de 1979, fueron decisivos para identificar estos items como «estelas antropormorfas» en relación a contextos funerarios.
El fragmento de una de ellas fue descubierto durante la campaña de 1988.
Finalmente, durante el estudio del material lítico de Fuente Alamo llevado a cabo por uno de los autores (R. R) en 1989 fueron reconocidos por Matilde Ruiz Parra los fragmentos correspondientes a una cuarta estela.
A continuación se expone la contextualización arqueológica de los cuatro ítem s, así como su descripción morfométrica para expresar por último nuestras reflexiones acerca de su posible significado. |
La Prehistoria ibérica de la segunda mitad del siglo XX ya no cuenta con la aguda y crítica observación de uno de sus investigadores fundamentales: el Prof. Francisco Jordá Cerdá falleció en Madrid el día 10 de septiembre de 2004.
Vivió de joven y muy de cerca episodios de guerra y prisión, con dificultades personales y de profesionalización añadidas.
Circunstancias difíciles que, posiblemente, pudieron ser sobrellevadas mejor gracias a un cierto optimismo escéptico y a la saludable ironía que cultivó con la naturalidad de los que la poseen.
En alguna ocasión rememoró sus primeras excursiones con Camilo Visedo, fundador del Museu Arqueològic de su Alcoi natal, como eslabón inicial de su interés por la Prehistoria.
Pero sólo tras su excarcelación y regreso a Valencia en 1943, se incorporó al círculo de 'colaboradores' del Servi-
Sus trabajos aquí se organizan sobre tres ejes: la secuencia industrial del Paleolítico cantábrico, el análisis estilístico del Arte paleolítico y la Prehistoria reciente asturiana.
Estas líneas son desarrolladas a partir de nuevos estudios y trabajos en una larga lista de yacimientos: Cueva de la Lloseta, Cueto de la Mina, El Conde, Les Pedroses, Cierro y Cova Rosa, la necrópolis tumular de Campiello, los castros de San Chuis y de Coaña o la ciudad romana de Lancia (León).
Su estancia en Asturias coincide con la finalización de su tesis doctoral sobre El Solutrense en España y sus problemas, defendida en la Universidad Central de Madrid en 1954 y su primera vincu- El Prof. Jordá fue, tras lo escrito por H. Obermaier, el primer investigador que llegó a profundizar en las relaciones entre el Paleolítico mediterráneo y cantábrico, desarrollando una perspectiva regional asentada sobre estudios y excavaciones en ambas regiones y entregando varios trabajos sobre un tema tan actual como la transición Paleolítico Medio y Superior.
Sobre la base de este conocimiento directo de ambas áreas buscó elementos de contextualización del Arte Paleolítico, ofreciendo una secuencia estilística y cronológica alternativa a la propuesta por H. Breuil.
A esta conocimiento directo y poco común de la Prehistoria peninsular se unió una conciencia poco acomodaticia, escasamente convencional y una voluntad firme en la defensa de sus propuestas -como ocurrió frente a las posiciones de H. Breuil, P. Bosch Gimpera o L. Pericot en torno a la cuestión de la cronología del Arte Levantino y Esquemático-que, además, nunca llegaron a perdurar como posiciones dogmáticas o de escuela por su propia capacidad de revisión.
Siempre se consideró más 'prehistoriador' que arqueólogo, quizás por cercanía y reivindicación de aquella generación de prehistoriadores y cuaternaristas que iniciaron el siglo XX con un compromiso por la renovación de la ciencia española, aspiración que a partir de 1936 se vio truncada por guerras y miserias.
El paso del tiempo permitirá evaluar la profunda influencia de una obra abierta a la exploración de nuevas lecturas; aunque para ello, quizás, debamos propiciar entre los estudiantes actuales y futuros ciertas dosis de ese escepticismo que permitió al Prof. Jordá observar su tiempo con lucidez y naturalidad críticas (1). |
RESUMEN El tcsorillo que se ha denominado de Valdeobispo (Cáceres, Extremadura) está constituido por un collar y cuatro brazaletes de oro macizo, cuya tipología lo relaciona con la orfebreria del Bronce final caracterizada por el influjo de las corrientes metalúrgicas atlánticas.
La pieza más interesante es el collar, muy parecido a los de los tesoros de Bcrzocana y Baioes.
No hace demasiado tiempo que se hizo tristemente famoso un tesorillo de joyas de oro pertenecientes a la Edad del Bronce, supuestamente encontrado en el término municipal de Valdeobipso (Cáceres).
Hoy todavía colea el asunto de la desaparición de las piezas, denunciada por sus propietarios, y acciones judiciales dictadas para tratar de esclarecer los hechos continúan su curso.
A pesar de ello, parece muy difícil que las piezas puedan ser recuperadas y por este motivo queremos dar a conocer los datos que sobre ellas tenemos, con una pequeña valoración de su importancia e interés como documento histórico y cultural.
Pero antes de centrar nuestra atención en el llamado tesoro de Valdeobispo, hay que dejar constancia del esfuerzo realizado por diversas personas para que las piezas pudieran pasar a ser custodiadas en un centro museológico con la mayor rapidez posible.
De manera muy especial D. José M. Alvarez y D. Guillermo Kurtz, directores de los museos de Mérida y Badajoz, quienes colaboraron con nosotros en el intento de que la administración fuera ágil y adquiriese enseguida el tesorillo.
Porque el caso fue que después de diversas negociaciones con intermediarios -se sabía de |
RESUMEN Durante todo el Pleistoceno, las principales, islas del Mediterráneo fueron áreas efectivamente aisladas, no ligadas a la tierra firme por puentes terrestres continuos.
Durante las máximas regresiones, brazos de mar, más o menos estrechos, dividían los bloques insulares desde penínsulas que se prolongaban desde la tierra firme.
El aislamiento está documentado también por el carácter endémico de la fauna.
Se puede proponer como hipótesis que las rutas de llegada estén ligadas a la posibilidad de tránsito a través de los canales marinos con costas a la vista, mediante una forma de navegación rudimentaria o casual no organizada.
Desde el Paleolítico Inferior, en Sicilia o en Cerdeña, está documentada la presencia humana con industrias cuyo origen continental es reconocible.
En Cerdeña, apareceria documentada en el Tardiglacial una forma de endemismo debida al aislamiento.
Las industrias preneolíticas de Córcega y de Chipre son comparables con otras continentales del área mediterránea y hacen proponer como hipótesis que anteriormente al Neolítico haya nacido una forma de navegación a larga distancia sin costas a la vista.
Las recientes adquisiciones relativas a la palcogeografía, a la paleontología y a la arqueología prehistórica de las áreas insulares en el Mediterráneo permiten describir un cuadro del poblamiento humano en las islas ya suficientemente caracterizado en su problemática, aunque todavía bastante incompleto por falta de datos (t).
El problema del poblamiento de las islas está ligado a la posibilidad de tránsito desde tierra firme, a las correlaciones entre poblamiento humano y faunas insulares y al reconocimiento en el continente de grupos originarios de las industrias líticas insulares.
El área mediterránea, como veremos, presenta una amplia variabilidad de situaciones, de ahí que se prefiera ilustrar la problemática separadamente para cada una de las islas mayores, dejando de lado aquéllas que durante el Pleistoceno han estado alguna vez unidas a tierra firme en la fase de regresión marina (archipiélago toscano, Egadi, Capri), así como aquéllas que no han conocido nunca la acción del hombre sino a partir de la colonización neolítica (Malta.
Baleares, islas Eólicas, archipiélago Egeo) (2).
Un denominador común a todos los ambientes insulares es la presencia de faunas endémicas que, en ausencia de depredadores y por consiguiente también del hombre, están representados solamente por algunas especies (elefante. hipopótamos, ciervos, tortugas, roedores) que muestran en, condiciones de aislamiento una especialización con desarrollo de enanismo para los grandes mamÍferos y episodios de gigantismo para los pequeños mamíferos (Sondaar.
Casos análogos son conocidos en otros ambientes insulares (Indonesia, Japón, Filipinas).
Este fenómeno está interpretado hoy no como el resultado de fenómenos degenerativos de pequeñas comunidades aisladas. sino como adaptaciones a los ambientes aislados, según un esquema de evolución paralela por el cual los procesos de adaptación son siempre los mismos en condiciones ambientales similares.
Además. a esto hay que añadir que las especies que volvemos a encontrar en los ambientes insulares son casi siempre las mismas y todas, en particulares condiciones, pueden cruzar brazos de mar más o menos anchos.
Cuando las islas aún no han sido anexionadas a tierra firme por un puente terrestre, su población faunística no incluye algunos animales que son, en cambio, frecuentes en las faunas continentales, como los Perisodáctilos (3).
El mar, pues, según el modelo de ((dispersión de obstáculos» elaborado por G. G. Simpson, ha tenido la función de filtro selectivo en las posibilidades de tránsito desde tierra firme a las islas, permitiendo solamente a las especies más idóneas alcanzar nuevos ambientes, más limitados pero sin depredadores y otros competidores (Sondaar, 1987).
Después de haber señalado los puntos más importantes del problema paleontológico, que es el soporte fundamental para el argumento en cuestión, revisaremos los principales episodi~s de poblamiento humano en las islas de Mediterráneo.
El problema de la insularidad de Sicilia es bastante complejo: en el momento actual los resultados paleogeográficos, paleontológicos y arqueológicos no concuerdan.
Su aislamiento durante el Pleistoceno está ligado a la función y a la morfología del estrecho que la separa de la costa calabresa.
Tal canal parece haber quedado abierto desde el final del Pleistoceno, sin posibilidad de un puente terrestre ni siquiera en las máximas regresiones.
A pesar de esto, Sicilia aparece a los ojos de los (1) El argumento de este trabajo fue objeto de discusión con ocasión del Congreso, Internacional «EarIy man in island environmenh (Oliena, 1988).
El progreso de la investigación y los nuevos resultados obtenidos desde entonces justifican esta nueva intervención (Martini y Ulzega. en prensa).
(2) En el archipiélago griego solamente Creta, de la cual trataremos más adelante, nunca ha estado ligada a tierra firme.
Las otras islas han teAido, durante el Pleistoceno, conexiones periódicas (Rodas, Kalimnos, Kos, Cícladas) o continuas (Chios) con la península griega o con Asia Menor; Kythera fue probablemente una isla no lejos de la costa.
Para ulteriores detalles paleogeográficos y paleontológicos Dermitzakis y Sondaar, 1979.
(3) Una importante caracteristica, aunque no exclusiva. de los ciervos, hipopótamos y elefantes es la de vivir en manadas, condición que puede garantizar la supervivencia después del desembarque en ambientes insulares. arqueólogos como una especie de apéndice de la península italiana (4).
En efecto, aparte de un vacío de amplia duración correspondiente al Musteriense y al Paleolítico superior arcaico, volvemos a encontrar en la isla casi toda la secuencia de las producciones paleolíticas, tal y como se conoce en el continente.
Sicilia es también la única isla del Mediterráneo que hasta hoy ha proporcionado los restos del más antiguo poblamiento humano, la Pebble Culture.
De ella tenemos evidencias en más de una localidad de la isla.
En el sitio de Casa Biondi, cerca de Realmonte (Agrigento), la llegada del hombre podria ser fechada, con fundamentos geológicos y pedológicos, a fines del Günz-Mindel o principios del MindeJ, de acuerdo con la cronología de otras áreas peninsulares.
Esta cultura se desarrolla luego en una facies posterior con elementos más pequeños, tal vez durante el Mindel (Casa Biondi, Faro Rossello, Capo Bianco).
Están atestiguadas también las indu.:>lrias sin bifaces, con elementos de tipo clactoniense, aunque sin datos estratigráficos, ni paleontológicos, geológicos y geomorfológicos.
Las industrias encontradas en el sureste de la isla parecen relacionarse, sobre bases tipológicas, con el Clactoniense peninsular más arcaico o, por lo menos, parecen distintas de aquéllas más evolucionadas del Riss.
Escasos son los restos de la producción achelense representada, sin embargo, por algunos bifaces aislados en la provincia de Agrigento.
Como ya hemos señalado, después de las producciones post-achelenses, tenemos aproximadamente 150 años de vacío hasta el interpleniglacial würmiense; tal vacío podría ser debido a la casualidad de investigaciones y descubrimientos pero podría también indicar un largo episodio de aislamiento sin una presencia humana.
Siguiendo esta última hipótesis estamos tentados de introducir en este arco cronológico los episodios de faunas endémicas (Elephas falconeri de tipo Spinagallo y Hippopotamus «pentlandi»); sin embargo tal interpretación parece contradecirse con las fechas obtenidas por el método de la racemización que atribuye a la fauna de lipo Spinagallo una edad comprendida entre 550-450.000 años y a la otra una edad aproximada de 300-200.000 años o bien 130.000, si tenemos en cuenta la playa tirreniense externa de la cueva de S. Teodoro.
La divergencia entre las fechas de las evidencias paleontológicas y arqueológicas plantea un problema, a no ser que se plantee como hipótesis, tal y como propone A. Palma di Cesnola (1988), una cronologia muy antigua para el Clactoniense siciliano y se inserte la difusión de los elefantes enanos de Spinagallo entre el final del propio Clactoniense y el Achelense.
Más problemática aún parece ser la correlación cronológica entre la fauna endémica enana de S. Teodoro y la producción achelense.
A partir del Auriñaciense, en Sicilia está documentada la presencia humana de una manera continua hasta el Neolítico, con la sola excepción del Gravetiense.
Las producciones del Paleolítico Superior son todas de tipo continental y solamente algunos aspectos son indicativos de fisonomías regionales.
Particularmente frecuente es el Epigravetiense final (Segre-Vigliardi, 1983), no podemos decir si por una difusión de grupos humanos realmente más compacta respecto al pasado o más bien por un factor casual de las investigaciones.
Para este ciclo poseemos también algunos datos paleontológicos, que muestran la presencia• durante el Epigravetiense final de faunas de tipo continental (Bos primigenius, Cervus elaphus, Equus hydruntinus y a veces también Canis lupus, Vulpes vulves, Crocuta spelaea).
El hombre ha vivido en la isla, parece, de una manera continua sin solución de continuidad también durante el mesolítico (facies sauvetemense en la cueva de Uzzo) hasta el Neolítico.
En Base a los datos paleontológicos arriba expuestos podríamos pensar contactos intermitentes con posibilidad de tránsito, vía tierra, desde la tierra firme a la isla, sobre todo a partir del segundo pleniglacial würmiense; sin embargo, los resultados geomorfológicos y las evidencias neotectónicas parecen indicar para Sicilia una condición de total insularidad.
(4) La definición es de A. Palma di Cesnola que la emplea en su comunicación sobre el poblamiento antiguo de Sicilia. en el Congreso de Oliena (Palma di Cesnola, 1988).
A tal comunica, ción nos referimos en este trabajo en lo que concierne a datos arqueológicos.
En el momento actual está suficientemente claro el cuadro general de la evolución geomorfológica de las áras costeras y de las plataformas actualmente sumergidas, durante las fases regresivas y transgresivas de la última parte del Pleistoceno Medio y del Pleistoceno Superior (Fig. 1).
Nos referimos aquí a los principales datos morfológicos, prescindiendo de una exposición anterior más exhaustiva (Klein Hofmeijer el ali~ 1987-88).
Las investigaciones realizadas se refieren a niveles marinos hasta un máximo de más o menos -130 m. debajo del nivel actual.
Indicios de niveles marinos en profundidades superiores no pueden ser atribuidos con seguridad a variaciones eustáticas del nivel del mar y son difícilmente fechables.
A éstos se agregan variaciones menores, con subidas y bajadas a cuotas intermedias, también con largos tiempos de detención (por ejemplo -40/50 m. alrededor de los 45.000 años B.P.).
Con las máximas regresiones se han dado importantes variaciones en la fisonomía del Tirreno: el bloque corso-sardo constituye una única tierra emergida; desde Toscana, se prolonga hacia Córcega una península, constituida por el actual archipiélago toscano.
Se trata de un especie de ((puente» terrestre interrumpido por un canal con un anchura media de veinte millas, reducido a cinco en el extremo norte entre el Cabo Corso y Capraia.
Este estrecho canal era prácticamente un mar cerrado con largos períodos de calma de movimiento ondoso, debido a los vientos dominantes occidentales, documentados por la disposición y por la extensión de los campos de dunas pleistocénicas de las costas actuales.
Desde un lado del canal se veía la orilla opuesta.
La insularidad del bloque corso-sardo, cuya génesis remonta al Mioceno, ha sido potencialmente reducida durante las máximas regresiones: durante estos momentos un estrecho canal podía ser fácilmente cruzado hasta con una forma rudimentaria de navegación.
Estas observaciones paleogeográficas están avaladas por las evidencias paleontológicas (Sondaar, 1987: Klein Hofmeijer el alii, 1987-88) en una fase inicial del Pleistoceno Medio en Cerdeña se produce una substancial modificación de la población faunística, con la sustitución de la fauna Nesogoral por la Tyrrhenicola.
La existencia de un filtro selectivo, individualizable en el brazo de mar entre Cabo Corso y Capraia, se demuestra con el hecho de que no todas las especies continentales sino solamente algunas (Cervus y Cynolherium) alcanzaron la isla.
La presencia de depredadores (queremos decir del hombre, pues el Cynotherium era de tamaño muy reducido) está atestiguada por el Megaceros cazioti que no es enano.
Desde el Pleistoceno Medio inicial en adelante se observa en la fauna un equilibrio que será interrumpido solamente con la llegada de las poblaciones neolíticas y la introducción de la fauna doméstica.
Una posibilidad de tránsito desde el continente a la isla aparece documentada también por los resultados de algunos análisis palinológicos; en Nuraghe Casteddu (Bertolani Marchetti, 1988) se ha observado la presencia de una flora que «podría coincidir con las glaciaciones del Pleistoceno»; se trata de especies que pueden haber sido introducidas en ambiente insular aprovechando los momentos de máxima emersión de las plataformas durante una fase no reciente del Paleolítico Inferior.
Los datos arriba expuestos concuerdan también con la documentación arqueológica, según la cual se puede fechar en el Pleistoceno Medio la llegada del hombre a Cerdeña (Martini, 1988 y también la bibliografía anterior).
El más antiguo poblamiento humano hasta ahora conocido está ligado a la difusión del Clactoniense arcaico, conocido por la industria no ((jn situ» del Riu Altana (facies protolevalloisiense) (Martini y Palma di Cesnola, 1988) (Fig. 2) y por aquélla ((in situ» de Sa Coa de Sa Multa (Martini y Pitzalis, datos inéditos) (Fig. 3), ambos en el territorio de Sassari (al Norte de la isla).
Las analogías con industrias del Gargano, Abruzzo y Emilia permiten reconocer en complejos continentales el origen de esta producción insular.
Este estadio industrial está lamentablemente representado en la península por industrias no «in sitult de las cuales tenemos escasos datos geológicos y geomorfológicos y ninguno de tipo paleontológico y paleobotánico.
Este 4<philumlt está datado en el Mindel sobre la base de evidencias geopedológicas en Italia septentrional.
En un momento más avanzado del Pleistoceno Medio se desarrolla el segundo estadio industrial reconocido en Cerdeña, el Clactoniense más evolucionado, representado en el «atelieo lítico rissiense de Sa Pedrosa-Pantallinu (Sassari) (Arca el alii, 1982; Martini y Pitzalis, 1988; Martini, 1988) (Fig. 4).
La industria, ¡(in situ», está contenida en un suelo sobre una terraza, la cual según la geomorfología local está fechada en el Riss y según el análisis pedológico seria genéricamente prewürmiense (5).
Su presencia en la isla ha sido explicada con dos hipótesis (Martini.
Las analogías con algunos grupos continentales permiten la hipótesis de la difusión sobre vastas áreas (Abruzzo, Campania, Toscana, Ve neto, Lombardía... ) de esta facies que habria alcanzado también Cerdeña mediante el paso, durante el máximo regresivo al final del Pleistoceno Medio, del canal Córcega-Capraia.
En este período, la posibilidad de tránsito está documentada por la migración de poblaciones florísticas: la presencia de Pinus laricio en Córcega se ha puesto en relación con la documentada en Amiata en el último interglacial (Bertolani Marchetti, 1988)..
La hipótesis de un nuevo paso al final del Pleistoceno Medio parece contrastar con el hecho de que ninguna nueva especie faunística llega a sustituir o incrementar la Tyrrhenicola llegada a la isla a principios del Pleistoceno Medio, pero, en realidad, este fenómeno puede ser de importancia secundaria en cuanto que podemos pensar que otras faunas hayan intentado llegar a la isla, pero que aquélla ya instalada se haya demostrado más fuerte, no permitiéndole la supervivencia.
La segunda hipótesis supone una condición de insularidad sin nuevos aportes humanos y, por tanto, un fenómeno de convergencia tecno-tipológica entre la industria de Sa Pedrosa y el filón continental.
Además tenemos que admitir para el área sarda una derivación directa entre Clactoniense arcaico y Clactoniense más evolucionado (derivación aún no demostrada en el continente).
Esto nos deja admitir como hipótesis que grupos humanos clactonienses insulares y peninsulares, distantes y sin contactos entre ellos, partiendo desde el mismo estadio industrial han alcanzado luego el mismo estadio industrial sucesivo o, por lo menos, estadios muy similares.
Actualmente las dos hipótesis sobre el origen de Clactoniense menos arcaico (difusión del continente mediante cruzamiento del brazo de mar Córcega-Capraia; derivación del Clactoniense más arcaico en condiciones de insularidad y fenómeno de convergencia con la tierra firme) nos parecen igualmente probables.
La supervivencia de grupos humanos estables en Cerdeña habría podido estar asegurada en teoría, por la numerosa población de Prolagus presente en la isla, con alto ritmo reproductivo y posible abastecedor de elevados aportes proteínicos.
A partir de este presupuesto no se puede excluir que, en el futuro, se pueda colmar el gran vacío que separa la industria Clactoniense de aquélla tardopleistocénica de Grotta Corbeddu (Fig. 5)..
En este sitio, actualmente todavía sujeto a investigaciones (KIein Hofmeijer el alii, 1987-88), se ha puesto en evidencia una secuencia tardopleistocénica y de inicio del Holoceno, superpuesta por niveles del Neolítico Antiguo y Medio.
Los resultados preliminares relativos a las industrias líticas han evidenciado la presencia de una producción (14-12 mil años B.P.) en sílice y más frecuentemente en caliza silicificada caracterizada por una tecnología muy indiferenciada con raro empleo del ((débitage» organizado, complemento al uso más generalizado de soportes naturales, también la tipología es muy genérica y está desprovista de los instrumentos que caracterizan en el continente los complejos del Paleolítico Superior.
Se encuentran en Grotta Corbeddu y son casi esencialmente raederas y piezas astilladas, trabajadas raramente con una técnica de retoque cuidadosa y continua.
(5) Bini, comunicación personal sobre datos inéditos.
A un momento apenas mas avanzado (alrededor del 9.000 B.P. aproximadamente) pertenece la industria del nivel 2 de Sala 2, lamentablemente demasiado escasa para una definición concluyente.
Esta está asocida en ese nivel con algunos restos fósiles humanos (un temporal y un maxilar), presentando según los autores una morfología particular del Horno sapiens, que ha sido interpretada como probable señal de endemismo, de una especialización debida al aislamiento en la isla de un grupo humano.
La suma de los principales caracteres de los restos fósiles (tubérculo articular amplio y chato, pómulo robusto, anchos alvéolos de los molares), sugiere una morfologia especializada por un uso particularmente pesado del aparato masticador (Sppor y Sondaar, 1985; Spoor, 1988).
Los datos arqueológicos y antropológicos, unidos al carácter endémico de la fauna insular, hacen proponer la hipótesis de la presencia en Cerdeña, alrededor de los 13.500 años B.P. y hasta la colonización neolítica, de un hombre con caracteristicas físicas particulares (quizás signo de endemismo), con un régimen económico basado en la caza de una fauna endémica, autor de un instrumental poco especializado que no parece comparable al de las industrias continentales.
Esta sugestiva hipótesis, basada por ahora en el único specimen de Grotta Corbedu, necesita de ulteriores confirmaciones que solamente nuevos hallazgos análogos podrán dar.
Permanece todavía el hecho que, negando la posibilidad de un ende mismo sardo en el Tardiglacial deberíamos admitir, sin tener todavía hasta hoy documentación, que, alrededor de 14-13.000 años B.P., el hombre era ya dueño de una navegación a larga distancia sin costas a la vista, pues en tal período Cerdeña y Córcega se encontraban en una condición de insularidad parecida a la actual.
Deberíamos, además, buscar una explicación a la presencia de un equilibrio faunístico endémico, equilibrio que será descompuesto solamente con la colonización neolítica.
En Córcega no se han señalado hasta ahora vestigios de poblamiento humano paleolítico; las evidencias arqueológicas más antiguas son industrias líticas estratigráficamente anteriores al Neolítico (entre el IX milenio B.P.) y provisionalmente clasificadas con el término de «Preneolítico» (de Lanfrachi y Weiss, 1971Weiss, y 1973;;de Lanfrachi, 1976de Lanfrachi, y 1988)).
Se trata de industrias (Araguina Sennola, Curacchiaghiu) de tamaño medio, frecuentemente de espesor elevado, ricas en denticulados, sin instrumentos de dorso.
No parecen comparables a la industria ligeramente más antigua de la Grotta Corbeddu.
Los inhumados tienen caracteres antropológicos de tipo H sapiens sapiens sin caracteres endémicos.
Este hecho parecería sostener la hipótesis (Guilaine, 1976: Atzeni, 1987) de aportes desde el continente a las islas, vía marítima en un momento inmediatamente anterior al Neolítico.
El origen de estas industrias tiene aún que ser establecido con certeza, pero todavía en la actualidad no se excluye que éstas puedan ser relacionadas con las industrias postglaciares recogidas recientemente en la Cueva de la Serratura en Marina di Camerota (Martini, 1989 y datos inéditos), con aquéllas inmediatamente anteriores al Neolítico de la Cueva de la Madonna-nivel IX, tt.
Las divergencias sustanciales del ((Preneolítico» con las industrias locales neolíticas (Martini, 1988) hacen excluir la eventualidad de una neolitización en el mismo lugar (Camps, 1979).
La ausencia de documentación arqueológica y la presencia de una fauna endémica enana del Pleistoceno hacen pensar en un total aislamiento de Creta hasta el Neolítico (Demitzakis y Sondaar, 1979).
Recientemente Facchini y Giusberti (1988) nos han señalado la presencia de restos humanos encontrados en el siglo pasado en Kinia, englobados en una brecha cementada, fechada con el método Protoactinio/Uranio en 51.000 + 12.000 años B.P.; tales restos han sido atribuidos a H sapiens sapiens con algunos caracteres arcaicos.
Los análisis de polen del bloque terroso indican un ambiente preholoceno (Accorsi y Bandini Mazzanti, 1988).
Este hallazgo plantea una serie de T. P., 1992, nI! 49 interrogantes: ¿cuáles fueron las modalidades de llegada del hombre a Creta?
¿Cómo explicar la presencia en la isla de una fauna endémica y de un poblamiento humano?
Creta, así como la isla de Chipre, a la cual aludiremos más adelante, siempre quedó separada del continente por trechos de mar más o menos cortos, pero con una profundidad superior a -200 m. respecto al nivel del mar actual. esto quiere decir -70--80 m. aproximadamente más respecto al máximo regresivo wünniense.
Además, en este área del Mediterráneo no se conocen evidencias neotectónicas, ni vulcanológicas o sedimentológicas que justifiquen importantes movimientos de la platafonna terrestre, que pennitan la emersión.
En el marco egeo se conocen movimientos tectónicos del orden de algunos metros, así como en épocas recientes.
Pero ni siquiera movimientos de decenas de metros, no documentados, habrian podido incidir en el aislamiento (6).
Una posibilidad de tránsito puede haber sido desde el Peloponeso a Creta durante las máximas regresiones, superando una serie de estrechos brazos de mar (Fig. 6): Elefónissos (km. 10, profundidad -262 m.), Antikythera-Creta (km. 9, profundidad -300 m.).
Ligeramente mayores son las distancias entre Creta y el Dodecaneso en dirección a la costa turca y más numerosos aún habrían sido los brazos de mar cruzados: Mannaris-Rodos (km. 12, profundidad -300 m.), Rodos-Stenon Karpathou (km. 16, profundidad -730 m.), Stenon Karpathou-N.
En conclusión, vista la paleogeografía del área Creta-Peloponeso meridional-Dodecaneso y visto que la fauna de Creta es endémica y está representada solamente por escasas especies enanas, debemos excluir una posibilidad de tránsito desde tierra finne a la isla sobre un puente continuo; por el contrario, no se puede excluir, tal y como hemos planteado a modo de hipótesis, la colonización del bloque corso-sardo en el Pleistoceno Medio, que, con una fonna cualquiera de navegación, grupos humanos hayan eventualmente podido alcanzar la isla.
De todas maneras, el hombre de Kania debería ser considerado un visitante ocasional, pues no parece haber incidido sobre el equilibrio faunístico endémico.
Este habria sido seguramente interrumpido y modificado si la instalación humana hubiese tenido carácter de estabilidad y de continuidad, fenómeno que se verifica solamente con la colonización neolítica.
Para Chipre no tenemos evidencias arqueológicas hasta inicios del Holoceno (Le Brun el alii, 1987; Palma di Cesnola, 1988), de acuerdo con las evidencias paleontológicas que muestran la existencia en la isla durante todo el Pleistoceno de una fauna endémica enana (Sondaar, 1977(Sondaar, y 1987)).
El aislamiento de Chipre del continente remonta al Mioceno y está documentado por las distancias a la costa turca y por la profundidad de los canales también durante los máximos regresivos (Fig. 7): al Norte de Cabo Kormakiti-Anamur (km. 54, profundidad -710 m.); banco de Mersin -llanura de Mersin (km. 19,.
En Akrotiri-Aetokremnos, en el sur de la isla, se ha señalado una presencia humana anterior al más antiguo nivel del Neolítico precerámico local (Davis, 1988; Sirnmons el alii, 1988); fechado alrededor de 9.000 años aproximadamente B.P., lo que lo convierte en el yacimiento arqueológico más antiguo de la isla, interpretado como el indicio de la llegada del hombre, responsable probablemente de la extinción de la fauna enana.
La actividad humana parece documentada por una cierta selección de los huesos animales y por su combustión; hasta hoy no se tienen noticias sobre su industria lítica.
(6) Debe ser comprobada la hipótesis (Facchini y Giusberti, 1988) de conexiones temporales con el continente por la combinación de oscilaciones eustáticas glaciales y de fenómenos tectónicos, propuesta tomando como referencia Angelier, 1977 Mayores indicaciones se tienen (Le Brun el alii, 1987) para el Neolítico precerámico.
Este, como es notonu, está fechado más o menos alrededor del VIII milenio s.P. (7) y está en relación con poblaciunes dedicadas a la agricultura, a la cría y a la caza, organizadas en aldeas con viviendas estructuradas.
Dentro de la cultura material, que comprende también los recipientes en piedra, la industria lítica está compuesta principalmente por lascas, obtenidas con una técnica no predeterminada, a excepción quizás de algunos soportes, definidos por los Autores, de técnica Levallois y puestos en relación con raros núcleos discoidales.
Es una industria tipológicamente bastante indiferenciada, representada sobre todo por escotaduras y por raederas denticuladas, raros buriles, raspadores, algún pico y soportes puntiagudos, tal vez láminas.
Si prescindimos de la presencia de algunos instrumentos definidos, como los ~~pics él face plane~ (8), la fisonomía general de la industria parece similar por muchos aspectos tecno-tipométricos y tipológicos a aquélla del preneolítico corso, incluyendo el estilo indiferenciado, ~peu expressive culturellement» (Cauvin, 1984 para la industria de Khirokitia), y la ausencia de elementos tipológicos significativos que puedan ponerla en relación con las industrias continentales_ La presencia en la isla durante el Pleistoceno de una típica fauna insular endémica llega a refutar la hipótesis (Watkins, 1973) de un origen local del Neolítico precerámico chipriota como •evolución en el lugar a partir de conjuntos más antiguos todavía no conocidos.
Más aceptable parece, en cambio, la hipótesis de la llegada por mar desde el continente de poblaciones a las cuales se debe la extinción de la fauna endémica y la introducción de las nuevas especies faunísticas (9).
No tenemos que olvidar que las industrias chipriotas comprenden, aunque escasos, algunos elementos en obsidiana y que, sobre la base de las evidencias de Franchthi (Perlés, 1979(Perlés,, y 1987)), hombres y materias primas parecen ya circular en el Mediterráneo durante el XI milenio B.P., como atestiguaría la presencia de obsidiana de la isla de Melos en industrias continentales.
Las principales islas del Mediterráneo fueron durante todo el Pleistoceno áreas efectivamente aisladas, no ligadas a tierra firme por puentes terrestres continuos.
Durante las máximas regresiones, brazos de mar, más o menos estrechos, dividían los bloques insulares a partir de penínsulas que se prolongaban desde tierra firme o desde islotes cercanos.
No tenemos evidencias neotectónicas, ni vulcanológicas, ni sedimentológicas que justifiquen importantes movimientos de fondo del mar que permitan su inmersión.
El aislamiento está documentado por el carácter endémico de la fauna, representada por algunas especies que, en ausencia de instalaciones humanas estables y duraderas, muestran Garacteres de adaptación con desarrollo del enanismo o del gigantismo.
Desde el Paleolítico Inferior en Sicilia y en Cerdeña está documentada la presencia humana con industrias de las cuales se puede reconocer el origen continental.
Se puede plantear como hipótesis (7) Según los autores, algunos amplios márgenes de error de las dataciones radiométricas o ciertas discordancias entre los datos estratigráficos y la larga duración de los asentamientos, que las dataciones mismas parecerían indicar, sugieren utilizar estas últimas con discreción.
(8) El ejemplar figurado en Le Brun, 1987 por Cape Andreas Kastros (Fig. 16, n Q 13), en realidad, parecería una punta gruesa alargada (9) Algunos autores han adelantado hipótesis sobre las rutas de llegada a Chipre, basándose o sobre algunas afinidades culturales (ritos funerarios) o de cultura material (representación esquemática de la figura humana) o más aún no hallando contradicción entre la presencia de sitios preneolíticos en Chipre y un modelo teórico de migraciones desde el Este hacia el Oeste.
R. Charles (1962) pensó en aportes desde los Balcanes a través de Tesalia, Macedonia y Cilicia; N. Stanley Price (1977, a.b) ve, en cambio, un origen desde el oriente, ubicado en los movimientos de grupos humanos que, en la segunda mitad del IX milenio B.P., abandonan las zonas semiárídas y se instalan en áreas más húmedas a lo largo de la costa mediterránea.
En realidad, todas las distintas hipótesis -para explicaciones más detalladas consultar Le Brun, 1987-, muestran una cierta fragilidad. que las rutas de llegada estén ligadas a la posibilidad de una forma de navegación rudimentaria no organizada a través de los estrechos canales con costas a la vista.
Particularmente problemática resulta la situación de Sicilia donde, a partir del segundo Pleniglacial würmiense, a las industrias líticas de tipo continental, se asocia una fauna, también con carnívoros, incapaz de cruzar cursos de agua profundos.
En Cerdeña aparecería documentada en el Tardiglacial una forma de endemismo debida al aislamiento y a la falta de aportes desde tierra firme.
La ausencia en Córcega y en Chipre de industrias pleistocénicas, la presencia aquí de industrias preneolíticas como indicadores cronológicos del más antiguo poblamiento humano, una posible comparación entre tales industrias y otras continentales, el aislamiento de la tierra firme en condiciones de insularidad similares a las actuales; todos estos elementos hacen avanzar la hipótesis que, en el primer Holoceno, antes del Neolítico, haya nacido una forma de navegación a larga distancia sin costas a la vista.
Esta hipótesis ampliaria la posibilidad ya apuntada por C. Perlés de una circulación marítima ya iniciada en el XI milenio B.P.
Si los estudios en curso tuviesen que aceptar la legitimidad de una comparación entre el Preneolítico corso, el Neolítico precerámico chipriota, las industrias postglaciales no hipermicrolíticas de Marina di Camerota, de Praia a Mare y del Circeo (todas comprendidas por el C 14 entre la segunda mitad del X milenio y el inicio del VID B.P.), podríamos intentar una definición de un aspecto industrial todavía prácticamente desconocido.
La posición cronoestratigráfica de tal facies está clara en la cueva de la Serratura, donde está superpuesta estratigráficamente al Mesolítico de facies sauveterriense.
Denominadores comunes a las varias industrias parecen ser la utilización de soportes de pequeñas y medias dimensiones, un repertorio tipológico bastante monótono e indiferenciado con Sustrato predominante, sobre todo por el alto aporte de denticulados, la ausencia o extrema rareza de microlitos e hipermicrolitos con dorso y la ausencia de puntas de flechas con retoques plano.
A estos caracteres tecno-tipológicos comunes se añaden otros peculiares. de cada industria: una técnica del ((débitage» tal vez más predeterminada (Chipre) o menos (Córcega, Marina di Carne rota, Praia, Circeo), la elección preferencial de soportes sobre pequeños guijarros (Circeo), la incidencia variable de la laminaridad (más evidente quizás en Chipre) y de soportes espesos (probablemente más acentuado en Praia y en Marina di Camerota), la presencia, aunque rara, de algunos tipos significativos con variantes (armaduras de tipo sauveterriense en Praia, en Marina di Camerota y en el Circeo, una probable ((meche de forét» en cap Andreas-Kastros en Chipre) (10).
Todas las industrias tirrenienses parecen poseer elementos tecno-tipológicos que pueden relacionarse con las industrias tardopaleolíticas y epipaleolíticas de la península italíana (Epigravetiense) (11), la industria de Chipre no parece relacionarse con facies del Cercano Oriente (Kebariese geométrico, Mushabiense, del Paleolítico Superior final turco) (12), ni tampoco con las industrias mesolíticas europeas o del Levante.
A esta facies podría pertenecer también la industria postglacial de Sota Palou cerca de Girona (Carbonell, 1985), de la cual ha sido publicada una documentación iconográfica y de análisis tipológico insuficiente para una evaluación más profunda.
Las <meches de forNo en la literatura francesa (en general, picos y puntas de dorso con retoque directo e inverso con extremidad desgastada o lustrada y sección en diedro o triedro) actualmente no parecen anteriores a las primeras industrias neolíticas (Ronchitelli y Sarti, 1984).
(11) Consultar las distintas contribuciones presentadas en el Coloquio Internacional de Siena «La position taxonomique et chronologique des industries ti pointes ti dos autour de la Méditerranée européene», Rivista di Scienze Preistoriche, xxxvm, 1-2, 1983.
(12) Perlés, 1987, para un enfoque general de estas industrias y su bibliografía; ver además González Echegaray, 1978 y varias contribuciones en Cauvin y Sanlaville (eds.), 1981.
Bastará con recordar algunos datos esenciales.
El antiguo Kebariense geométrico A, que llega hasta más o menos 11.000 años antes del presente, presenta en general un fuerte desarrollo de fonnas geométricas, trapecios pero también más raramente triángulos y segmentos.
El Mushabiense, contemporáneo al precedente se distingue por la frecuencia de laminillas con dorso y por el empleo sistemático sobre ellas de la técnica del microburil.
En Turquía, el horizonte neolítico de Beldibi (estrato B) mantiene Jos microlitos geométricos (segmentos, triángulos) ya presentes en el estrato C, interpretado como un horizonte mesolítico o un Paleolítico Superior tardío.
Tales observaciones hacen pensar en una producción bastante similar a aquélla de la que se trata; la posición geográfica de Grecia, además, podria ser de gran importancia en el estudio de los primeros contactos marítimos entre las varias áreas del Mediterráneo (Fig. 8).
Además de la definición de la facies industrial lítica (la cerámica no es conocida en los sitios tratados), el reconocimiento y la comparación de los regímenes económicos son de fundamental importancia para la inserción de las industrias en un conjunto cultural O/-iginario.
Lamentablemente, los datos disponibles son todavía escasos; en Córcega la economía preneolítica no conoce la agricultura y la cría; en el Riparo Blanc parece atestiguado un régimen económico especializado en la utilización de moluscos sobre todo marinos (para estos dos últimos yacimientos tenemos, como se sabe, solamente noticias preliminares); para la Cueva de la Serratura las investigaciones paleobotánicas y arqueozoológicas están todavía en curso; en Chipre, están documentadas sea la primera (como en el Neolítico precerámico en Iraq, en Siria, en Jordania, en Turquía) sea el segundo (así como en Grecia).
El cuadro que podría derivarse de estas comparaciones muestra una cierta disparidad de regimenes económicos, sobre todo en referencia a la evolucionada economía chipriota, pero en realidad esta diferencia tiene que ser evaluada en el ámbito de la precocidad de afirmación en el Mediterráneo Oriental y en el Cercano y Medio Oriente del sedentarismo, de la organización en aldeas y en el correspondiente nacimiento de una economía productiva. |
Edad del Bronce por una marcada ausencia de sepulturas.
Esto es en realidad una norma común al mundo atlántico de toda Europa occidental, donde la desaparición de tumbas después del Bronce Medio es más antigua conforme más al norte.
En el presente trabajo se aborda el estudio de las sepulturas consideradas del Bronce Final, y se llega a demostrar que se trata de atribuciones que no resisten una revisión critica profunda.
En consecuencia, la ausencia de enterramientos debe explicarse elaborando hipótesis distintas a la búsqueda de necrópolis entendidas al estilo tradicional.
La fachada atlántica peninsular participa durante la última etapa de la Edad del Bronce de un complejo sistema de relaciones que facilitan su comunicación no sólo con el resto de los países de la costa atlántica europea, sino también con el Mediterráneo (Ruiz-Gálvez, 1986: 9 ss.;1987: 261; Coffyn, 1985: 147 ss.).
El dinamismo de estas relaciones es tal que se ha llegado a hablar de un Bronce Internacional Atlántico (Champion y otros, 1984: 223).
Se insiste, sin embargo, en que bajo la aparente homogeneidad cultural que ofrece en este momento la amplia dispersión de manufacturas metálicas vinculadas a los distintos focos metalúrgicos, existe una gran diversidad cultural en estos territorios y que, en consecuencia, no puede hablarse de la existencia de una cultura atlántica (Ruiz-Gálvez, 1985: 481;1987: 251, 253 y 261), sino, a lo sumo, de equipos tecnológicos comunes o similares que hay que interpretar como manifestaciones de un fenómeno de comunicación y transmisión por vía de contactos comerciales, sobre todo, del que participan grupos diferentes de la fachada atlántica europea a lo largo de toda la Edad del Bronce.
M. Ruiz-Gálvez (1987: 252) ha dejado claro que tanto la tecnología como los modelos de esta metalurgia atlántica no hacen más que reproducir prototipos centroeuropeos.
Sin embargo, las «solidaridades atlánticas» (Coffyn, 1985: 13 ss.) podrian haber significado algo más que un trasiego de tecnología metalúrgica.
La suposición de que las relaciones entre los distintos grupos que habitaron la fachada atlántica europea propiciaron también la difusión de ideas relativas al campo animológico, como defendió ya en su día M. Ruiz-Gálvez (1984: 256), ha estimulado la elaboración de este trabajo, que parte de la reflexión sobre el carácter verdaderamente excepcional de las manifestaciones funerarias del Bronce Final en toda la fachada atlántica peninsular.
Se inserta éste en un proyecto de estudio de las costumbres funerarias en Andalucía occidental durante el Bronce Final subvencionado por la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía.
En esta ocasión nos limitaremos a examinar la documentación relativa a las costumbres funerarias del Bronce Final para ver qué información puede utilizarse fiablemente para elaborar un corpus teórico de normas sobre los rituales que giran en tomo a la muerte y qué otros conviene desechar por no corresponder con propiedad a este periodo.
El análisis que haremos a continuación se centra en la documentación funeraria relativa al periodo que transcurre entre el 1200 y el 750 a. c., y espacialmente abarca la fachada atlántica peninsular desde Galicia al Bajo Guadalquivir, tierras que participan del fenómeno cultural que llamamos Bronce Atlántico.
Este fenómeno se manifiesta en la existencia de vínculos comunes entre todos los grupos comprendidos en esta amplia región sin que ninguno de ellos pierda su propia personalidad.
No olvidamos, sin embargo, la existencia de gentes cuyas formas de vida y actividades económicas no se avienen al modelo paradigmático establecido para las comunidades de lo que se ha dado en llamar Bronce Atlántico (Vázquez Varela y Cano, 1988: 285), pero el problema que discutimos tiene que ver, sobre todo, con estas últimas.
Al intentar esbozar, aún someramente, la vida de estos grupos, tropezamos con la dificultad de analizar una información totalmente fragmentaria basada en materiales desprovistos de contexto que no permiten elaborar un cuadro evolutivo coherente desde el principio al final de esta larga etapa.
Este inconveniente no ha impedido a algunos autores intentar la caracterización de horizontes culturales que enseguida se mostraron inconsistentes (Savory, 1951: 333 y ss.).
Estos grupos no están, pues, bien configurados y muchas veces se definen exclusivamente a partir de la cerámica que utilizan.
Sólo teniendo en cuenta estas observaciones resulta lícito hablar de círculos culturales.
Enumeraremos a continuación de forma sucinta los más importantes.
En la región costera comprendida entre los rios Miño y Duero se configura un círculo de cerámicas incisas que los especialistas denominan tipo Penha, con las cuales se emparentan también otras halladas en algunos castros del sur de Galicia (Calo y Sierra, 1983: 55 y ss., Figs.
Hacia el interior de esta región las cerámicas incisas ya no siguen tan de cerca la tradición de Penha' (Calo y Sierra, 1983: 61). |
EDUARDO GALAN DOMINGO (.0) RESUMEN Este trabajo plantea la interpretación de las Estelas del Suroeste no como tumbas, sino como hitos de referencia, visibles en el paisaje y que marcan recursos y vías de paso, necesarios para quienes, como ganaderos y comerciantes, se desplazen por el territorio.
Muchas de ellas parecen emplazarse en la intersección de dos zonas ecológicas complementarias, e incluso marcar límites territoriales.
Las estelas decoradas o de guerrero son uno de los elementos más representativos del Bronce Final de la región suroccidental de la Península Ibérica.
A partir el primer y magnífico Corpus realizado por Almagro Basch (1966), repetidos ensayos (Pingel, 1974; Varela y Pinho, 1977; Almagro Garbea, 1977; Barceló, 1989) han analizado desde distintas ópticas su carácter formal y la combinación de atributos con una visión evolutiva que atribuía por lo general una mayor antigüedad a |
RESUMEN El artículo se refiere al estudio de un grupo de ánforas cuyo origen puede situarse al oeste del Estrecho de Gibraltar (Andalucía y/o Marruecos), y con una cronología que abarca desde el siglo VI al 11 a. de C. |
LOURDES PRADOS TORREIRA n RESUMEN Estudio y catalogación de los llamados exvotos anatómicos (piernas, dentaduras, ojos, brazos, etc.), en bronce, procedentes del santuario ibérico de Despeñaperros, que se hallan en el Museo Arqueológico Nacional.
Se establecen paralelos etnográficos con los exvotos similares contemporáneos y se revisa su aparición en otros santuarios ibéricos.
Cuando se escribe sobre un tema relacionado con la religión es frecuente adoptar una de las dos posturas extremas a las que hace referencia Renfrew en su libro sobre el santuario de Philakopi: el rechazo metodológico a su estudio, dado que supone traspasar los límites de la pura inferencia arqueológica, o bien considerar que toda aproximación es válida y posible (Renfrew, 1985: 1).
Estas mismas actitudes las encontramos con frecuencia reflejadas en el estudio de la religiosidad en época ibérica donde, a pesar de la extensa bibliografía existente (Blázquez, 1983; Lucas, 1981, etc.), nuestro conocimiento sobre el tema es parcial y fragmentario.
En concreto, el estudio de los santuarios adolece de una falta de visión de conjunto del tipo de las que existen para otras áreas |
ANTONIO MADRIGAL BELINCHON n M. a TERESA LOPEZ TRAPERO (') RESUMEN Se presenta aquí una tumba ibérica cuya estructura consta de madera, adobes y piedra.
Contiene los huesos cremados de un individuo masculino adulto, incluido en una urna y acompañado, entre otras cosas, por tres vasos.
Sobre el techo de madera se depositaron platos y huevos de gallina como ofrenda ritual.
Se hace especial hincapié en el sistema constructivo de la sepultura.
El yacimiento de Los Castellones de Ceal (Fig. 1) viene siendo excavado de forma sistemática desde 1985, dentro del Proyecto «Poblamiento Ibérico en la Cuenca del Guadiana Menor (Jaén)>>, dirigido por T. Chapa y J. Pereira, con autorización y subvención de la Junta de Andalucía.
Su descubrimiento se efectuó en 1950, al desarrollarse las obras de construcción de una carretera entre Huesa e Hinojares.
C. Fernández Chicarro llevó a cabo allí varias campañas entre 1955 y 1960, cuyos resultados sólo se publicaron parcialmente.
El volumen intacto del yacimiento y la buena |
La vida social se produce.
La vida social es anterior al hecho de pensarla.
Basándose en elementos procedentes del socialismo utópico, la economía británica y, sobre todo, la filosofía de Hegel, Marx propuso categorías dialécticas para pensar y explicar cómo se produce la vida social, y nosotros en ella.
En este artículo se exponen las líneas básicas del pensamiento de Marx a partir de una lectura y análisis de sus propios textos, y se argumenta la pertinencia de la relación entre dicho pensamiento y la investigación de la sociedad a partir de los objetos materiales que la hicieron posible: la investigación arqueológica.
¿Qué hace un arqueólogo hablando de Marx?
Alguien podría preguntarse si no sería mejor un filósofo o un economista.
¿Por qué desde la arqueología?, ¿por qué partir de las cosas físicas, nuestras cosas físicas?
Los arqueólogos trabajamos sobre cosas tangibles que constituyen la síntesis concreta de las relaciones sociales.
Han sido producidas por la relación entre seres humanos, y entre éstos y la naturaleza.
Las cosas materiales son perfectos indicadores de esa relación y del estado y el estadio de dicha relación.
Constituyen el rastro de migas de pan que nos indica la salida del bosque confuso, oscuro e inabarcable, que nos estremecía en nuestros primeros cuentos o, si se prefiere, el tejido del hilo de Ariadna en la historia interminable del conocer y del conocernos.
Los objetos arqueológicos no son otra cosa que aquellos restos del mundo social a los que una disciplina errática y titubeante como la nuestra, quizás como todas, prestó atención y capturó de un mundo repleto de ellos, un mundo que probablemente reiría esa selección, si pudiera.
Los objetos de que nos apropiamos o que recuperamos para el mundo suelen ser considerados relevantes por los arqueólogos, generalmente sin mediar explicación que justifique tal prejuicio.
En cualquier caso, no importa cuáles sean los afortunados en salir del silencio de lo real para incorporarse al sentido de lo percibido; sean cuales fueren, constituyen la relación social misma objetivada:
(1) Este trabajo resume dos de las contribuciones que presenté en Santiago de Compostela, en el marco de un seminario sobre Arqueología y Marxismo organizado por el IEGPS (CSIC).
El encuentro fue planteado como un diálogo para cotejar los diversos puntos de vista de dos admiradores de Marx, Antonio Gilman y yo mismo.
Lamentablemente no ha sido posible satisfacer el propósito inicial de presentar conjuntamente nuestras contribuciones.
No obstante, y gracias a la oportunidad que me brinda TP, aprovecho la ocasión para dar a conocer, al menos, lo esencial de mi aportación al encuentro.
Vicente Lull son y no son a la vez aquéllo que compartieron y guardaron o, si se prefiere, aquéllo que cancelaron y superaron.
Los objetos arqueológicos, como todos los objetos, no son meramente productos, y menos lo son de una pertinaz voluntad social metafísica.
Tampoco pueden ser considerados resultado exclusivo de las posibilidades materiales de las sociedades.
En suma, no son meros productos pasivos ni tampoco instrumentos sumisos en manos habilidosas que median en la producción social, sino sujetos determinantes que habilitan gestos, pensamientos y acciones que marcarán el rumbo y la instrucción de nuevas manos y pensamientos, pensamientos que se erigirán en punto de partida del conocimiento de una historia que colaboran activamente a construir.
Los objetos han sido hechos con la misma intensidad con la que nos hacen (2).
La relación Marx, materialismo, dialéctica histórica y arqueología parecería constituir y delinear el sentido de nuestra opción investigadora y justificar toda esta charla que versa sobre Arqueología y Marxismo.
Sin embargo, antes de continuar debemos aclarar que el binomio Marx-Arqueología no tiene por objeto domar los objetos arqueológicos desde una perspectiva dada, pues contra los criterios positivistas o empiristas y mecánicos los objetos se rebelan y trascienden cualquier dimensión conceptual única (exclusiva) que pretenda agotarlos.
Los objetos arqueológicos abarcan todas las dimensiones de lo social, desde la material hasta la estética; responden a requisitos certeros, sean económicos, sociales, políticos o morales; manifiestan las prácticas que los procuraron y las que colaboraron a edificar; vacían o llenan de contenido la vida social.
Se muestran conservadores o revolucionarios pero, ante todo, y para la desesperación de muchos arqueólogos, son sinceros, se niegan sistemáticamente a ser tomados en vano y a ser sustituidos por ideas que pretendan suplantarles (conceptos que desean usurpar su lugar).
Al final, vuelven a mostrar inexorablemente el camino de su realidad y acaban con todas las perspectivas interesadas de una investigación histórica (generalmente sobreinterpretada), porque, ante todo, los objetos son verdaderos y constituyen el referente más fiable al que debemos mirar (y del que podemos tirar para entender nuestra existencia).
Los objetos son efectivos, conforman la auténtica otredad que nos constituye como sujetos y que evita que ocupemos el lugar de los objetos pacientes que sólo existen en las mentes alienadas.
Los objetos, a diferencia de las palabras, concretan hechos, son fruto de relaciones, medien o no palabras en ellas.
Los objetos obligan a las palabras a ponerse en marcha y trabajar.
Con la palabra todo se puede decir, aunque al final todo pueda quedar como antes de empezar a hablar.
Las palabras sirven para todos y para todo, son básicamente afectivas y, por sí mismas, no cambian las cosas efectivamente.
Suelen caminar metafórica y condicionalmente.
Las palabras necesitan hacerse cuerpo.
Por eso se pronuncian.
Sin embargo, el cuerpo al que aspiran está modelado antes por la relación (a la vez cuerpo y lugar imposible de suplantar, aunque referente de lo que se puede o se quiere decir, y del silencio de la vida, que le da a la palabra el criterio necesario).
Por eso, la palabra necesita ser compartida para mostrarse y, a la vez, decir algo de la relación que la genera, facilita, ampara o rechaza; la palabra necesita ser compartida para hacerse relación.
La relación es la voz del silencio que da lugar a la palabra.
Porque no le bastaban las palabras ni las cosas por sí mismas y porque entendía que el significado de los sujetos y los objetos variaba al paso de las relaciones humanas, integradas en un proceso histórico social de todas y cada una de las sociedades.
Porque entendía que la materialidad social constituía el lugar de encuentro físico y metafísico en términos crudos, el principio y el fin (objetivo), el ámbito real del mundo humano.
Ante la insatisfacción que producía la interminable redundancia de la reflexión del pensamiento ensimismado (3) y contra la mecánica física e inapelable del estar a merced del mundo en su proceso implacable de caída libre, Marx adopta la inversión materialista de Feuerbach desprendiendo de ella todo mecanismo contemplativo, perezoso y
(2) Marx nos recuerda en su Introducción a la Contribución crítica de la Economía política de 1857 que «La producción no produce, pues, solamente un objeto para el sujeto, sino también un sujeto para el objeto", y que "no es, por tanto, sólo el acto final por el que el producto deviene producto, sino también otro, por el que el producto deviene productor" (1857/1989: 188-189).
(3) Algo parecido a lo que nos toca vivir hoy en día gracias a las llamadas a la autorreflexión como medio para liberar y revitalizar la arqueología, y también a la tendencia de tomar el pensamiento arqueológico de otros como objeto de nuestra reflexión...¿arqueológica aún?
En suma, situaciones ambas, en el siglo XIX o en el XXI, que tienen en común el que «el ombligo dicta la agenda». cobarde, y nos habla de la praxis constituyente de razón con la misma fuerza e interés que postula por la razón grávida de praxis.
Por ello el punto de partida marxiano considera que el pensamiento es producido socialmente y es a esa génesis a la que debemos atender en primer lugar.
La vida es anterior al hecho de pensarla, la vida es objetiva.
Aunque pensar aparente ser cosa de sujetos, el sujeto mismo no se construye a sí mismo.
El sujeto es construido en conciencia cuando su propia consciencia está en construcción fuera de sí.
Lo que hace objetivo al sujeto tampoco es su voluntad, sino aquello que la precede: las condiciones objetivas de la vida social que contribuyeron estructuralmente a edificar el sujeto social.
No se debe entender con ello que sólo somos un recipiente neutro que se llena, sino que el recipiente (yo-nosotrostodos) que nos comprende se construye también a partir de materia social.
Para el materialismo, el mundo está compuesto exclusivamente de objetos sensibles, aunque no necesariamente tangibles (los conceptos, proposiciones, categorías y teorías no son físicos) integrados en sistemas materiales.
Todos los sistemas materiales son cambiantes y, por tanto, cambiables.
Todo objeto material está involucrado en algún proceso.
La materia es dinámica, la transforman o se transforma.
Marx convendría que una teoría es materialista cuando en su génesis, constitución e implicaciones median referentes reales y materiales, da cuenta de ellos y pretende transformarlos.
Ahí tenemos los arqueólogos un anclaje definitivo que hay que aprovechar.
Las materias del pasado fueron los actores, el público y el teatro de la vida real y de las representaciones que los seres humanos hicieron de ella en otros tiempos y lugares.
Como historiadores, deseamos ver y conocer esa obra gracias a la arqueología, y asistimos a ella con la expectativa de que aquellos objetos, además de hablar de nosotros en cierta manera, como todas las cosas humanas, nos guiarán hacia los otros.
Los otros, aquéllos que nos esperan en forma de objetos, materia e imágenes todavía ocultas bajo tierra o encarceladas en vitrinas heladas que difícilmente permiten adivinar el trato que sufrieron, el cuerpo que constituyeron y el lugar que ocuparon en la sociedad; esos objetos nos propondrán incluso lo que representaron, y hasta nos veremos obligados a atender lo que evocan en nosotros, desde la emoción hasta el conocimiento.
Probablemente nos asustemos cuando no nos veamos tras aquéllo que manifiestan o cuando descubramos lo poco que nos nombran, a pesar de que seamos nosotros los únicos que les interrogamos; o quizás nos regocijemos cuando insinúen alguno de nuestros sentidos o conserven algo que nos es común.
Esa oportunidad no nos la podemos perder.
El primer ámbito del que emerge y, para mí, el más importante, es el que concluyó Hegel.
Marx surge de la tradición del idealismo filosófico alemán en la versión dialéctica hegeliana y la de sus críticos, los neohegelianos, sobre todo Feuerbach con su inversión dialéctica y su materialismo light.
El comienzo de la subversión de Marx consiste en proponer una cama redonda aparentemente imposible entre la filosofía alemana y otros dos ámbitos aparentemente contradictorios: el socialismo utópico francés y la economía política británica.
Marx aprovecha el impulso de todas estas tendencias para cuestionarlas, darles la vuelta y efectuar una crítica certera a estos tres posicionamientos, precisamente por ser sólo posicionamientos, elucubraciones del pensar que dejan las cosas como estaban o las aceptan tal cual se cree que son.
Marx otorga a la dialéctica una dimensión desconocida hasta entonces, le da cuerpo material, y aplica una crítica dinámica a todos los lugares transitados por la burguesía, que pasa de convertirse en revolucionaria a finales del siglo XVIII a reaccionaria en los albores del nuevo siglo.
Las piernas con las que camina Marx concretan dialéctica y materialismo en una fusión que, al avanzar, las trasciende.
Su obra está protagonizada por un ser cuya existencia precede y exige toda consciencia, un ser que debe negarse para avanzar, y negar luego esa negación para saberse; no para restaurar el sentido social original sino para revolucionarlo (4).
En un escenario de lucha de clases, el protagonista será el proletariado, constituido por todo aquel que nada tiene que perder, pues privado de su propio ser permanece encadenado a las necesidades de otro.
El proletariado constituía el sujeto social más capacitado para cambiar las cosas, porque componía la mayoría social y ocupaba el lugar más alejado del beneficio social.
Se trata, aunque no lo parezca, del mismo proletariado que, tras mejorar sus condiciones de vida gracias a una lucha tenaz, ha detenido (4) «Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de diferentes modos; aquí se trata de transformarlo» Marx (1845Marx ( / 1988: 590): 590).
su andadura hacia la libertad real tras infundados e inducidos deseos de libertad formal, y que probablemente reemprenda la marcha después de la mascarada que le ha privado del papel revolucionario en la historia que Marx le otorgaba.
EL MARXISMO ES MÁS QUE MARX
Incluso diría que más que lo que él mismo suponía.
Es más que una filosofía, pues supone la superación de la filosofía especulativa y anuncia el fin de la misma.
Propone en su lugar una ciencia a partir de un giro radical desde el idealismo especulativo al materialismo realista.
Pero es más que una ciencia, porque para conocer la realidad atiende a la dialéctica de la materia en su despliegue, en su historia.
Aunque pueda parangonarse con una ciencia realista, pues todo es realidad de un movimiento del que hay que dar cuenta, el marxismo no entiende la realidad como naturalismo, sino como sociedad que construye su propia naturaleza, a la vez que procede de la naturaleza misma, siempre guardándose y siempre superándose mutuamente.
El marxismo presupone, por tanto, una ciencia objetiva, dado que el lugar del objeto es el lugar de nuestra propia conciencia, pero no parte de la realidad sólo para conocerla, sino para transformarla.
Su objetivo no es el desarrollo del pensamiento, sino del vivir social todo.
Por ahí se constituye en una política.
Pero también es más que una política, pues procede de las posibilidades materiales del conocer en cada momento histórico.
Por eso, entiende la política no a partir de supuestas esencias de lo humano o del espíritu que a modo de imperativos éticos de lo justo, lo bueno, lo recto, se dicen sin poder mostrarse, sino desde la praxis.
Una política que procede de la praxis social para vislumbrar, dado el caso, y proponer, cuando sea posible, soluciones mediante una acción revolucionaria capaz de transformar el mundo.
Cualquier marxismo se ve a sí mismo dentro de ese moverse de la realidad social; inmerso en esa dialéctica del devenir y observa que todo cambia y se supera guardándose, al modo de Hegel.
Es la conciencia real de ese despliegue y, a la vez, el despliegue mismo.
El marxismo se propone todo, y, en consecuencia, no puede quedar reducido a una filosofía de la praxis que derive otra vez en filosofía, política, ética o ciencia, que constituyen únicamente aspectos de una realidad social todavía por conocer.
El marxismo atiende a la propia realidad en movimiento diciéndose a sí misma, situando el concepto en su lugar, detrás de los elementos y de los lugares o ámbitos que lo producen.
El marxismo está cargado de razón, pero no de una razón especulativa que nos ilumina para girar nuestras vidas, sino de una razón anclada en la realidad social que la produce, y que por ello permite (procura las condiciones para) superar las dificultades que la sinrazón va materializando.
Por ello, si alguien supone que el marxismo es una razón para la praxis, debe presuponer también que la razón es un lugar producido por la realidad social, ya que sólo así puede resultar propicia para trasformarla.
Al hilo de lo anterior, debe quedar claro que el marxismo no es una doctrina, aunque muchos deseen que lo sea.
No parte de una serie de preceptos que ubican a la idea o al deber-ser precediendo al ser y a la existencia, y que únicamente reclaman disciplina de él.
El marxismo coloca a la vida social en el origen de su reflexión y procura distinguir nítidamente, aislar lo que hay de especulativo en el juego de las palabras, mientras se afana por dar cuenta del linaje del sentido material de las oraciones que las palabras intentan componer.
"No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia" (Marx y Engels 1845-46/1988: 18); la vida en tanto materia manifestándose cuando el Verbo no había nacido y procurando luego su advenimiento.
¿QUÉ PODEMOS APRENDER LOS HISTORIADORES DEL MARXISMO?
La historia siempre supera situaciones sin dejarlas totalmente de lado.
La historia no es un criterio o noción de devenir que camina inexorablemente por encima de los seres humanos respondiendo a no se sabe qué causalidades o casualidades, ideas o espíritus.
La historia está más cerca y a la vez es más concreta; la historia somos nosotros haciéndonos mutuamente, produciéndonos y produciendo la vida social al incorporar a ella todo aquello con lo que topamos.
Para muchos historiadores, Marx facilita simplemente una teoría del camino de la Historia, una especie de "resumen del recorrido" que, como todos los modelos, idealistas por definición, se tira con el paso del tiempo al cubo de las hojas de ruta de obligado incumplimiento.
No es una teoría del camino lo que Marx nos proporciona, sino un método susceptible de dar cuenta de cómo y por qué nos pro-ducimos socialmente en cada momento, y en qué se diferencian nuestras maneras de realizarnos, diferenciarnos y moldearnos.
Marx y Engels ya advirtieron en La ideología alemana que las premisas de las que partían no eran arbitrarias, ni dogmáticas, sino premisas reales: "son los individuos reales, su acción y sus condiciones materiales de vida, tanto las que se han encontrado ya hechas como las engendradas por su propia acción" (Marx y Engels 1845-46/1988: 11).
Somos los humanos los que producimos nuestras realidades: "al producir sus medios de vida, el hombre produce indirectamente su propia vida material" (Marx y Engels 1845-46/1988: 17).
La historia, en todos sus desarrollos, está formada por "las distintas generaciones de individuos que mantienen relaciones mutuas (...), (están) condicionados en su existencia física por quienes los han precedido (...), (y) recogen las fuerzas de producción y las formas de intercambio por ellos acumuladas, llegando de ese modo a sus propias relaciones mutuas" (Marx y Engels 1845-46/1988: 500) (5).
La historia nos produce y a la vez se reproduce con y a través de nosotros, si bien constituimos también renovadas fuerzas productivas, medios de producción originales y objetos de trabajo mutuo de los que la vida social antes carecía.
Por ello, en esa nueva andadura de nuestra historia, experimentamos distintos modos de respuesta a las nuevas exigencias y necesidades que nuestra presencia proporciona y con las que inevitablemente nos topamos luego.
Incorporamos, como sociedad, otros modos de producir para sobrevivir mutuamente, e intentamos superar con ellos las contradicciones materiales precedentes.
A su paso, vamos comprendiendo que el propio entendimiento sigue el mismo proceso y respeta las mismas pausas y vibraciones que cualquier otra producción de la realidad social: "La producción de las ideas, las representaciones y la conciencia aparecen, al principio, directamente entrelazadas con la actividad y el trato material de los hombres, como el lenguaje de la vida real" (Marx y Engels 1845-46/1988: 17).
La historia se produce a partir de las condiciones objetivas acumuladas y expresadas por quienes nos precedieron, por las necesidades que aquéllos engendraron y satisficieron y por la producción de otras soluciones y relaciones que generamos en ese mismo y cambiante universo tangible, real y pensable que habitamos y que pretendemos conocer para darle sentido a nuestra propia existencia.
Con el paso del tiempo se amontonan el trabajo acumulado, las relaciones reales y las ideologías, deseos, ilusiones o desengaños, mientras la producción de la historia misma avanza firme y pertinaz desde lo concreto de su realización.
Para los idealistas, el ser humano pasa de honesto a ladrón, de trabajador a propietario con la misma sencillez que pasa de niño a adulto, de estar triste a reír.
El ser humano es toda esa expresión contenida y está facultado para todo lo que manifestará, y aunque la manifestación no se produzca, el idealismo la presiente.
A los idealistas les ocupa más que un niño será adulto que les preocupa el que llegue a serlo.
Acostumbrados a homologar lo vivido con lo pensado, tienden a ignorar con la misma precisión que aquel niño puede morir.
Los idealistas nos han convencido de la fuerza de la idea para escapar de la inevitabilidad de la muerte, y cuando aceptamos la propuesta de las ideas infinitas caemos en el abismo de la eternidad, de lo inefable, de los conceptos clave del cónclave de las categorías absolutistas.
Las categorías marxistas son dinámicas.
Cobran sentido y se expresan en la realidad, en la actividad, y no a partir de una estructura formal definitoria y definitiva.
La actividad social misma establece la ocupación que los objetos y los sujetos sociales asumen en cada uno de los momentos y lugares en los que se realizan (como objetos de trabajo -OT-, fuerza de trabajo -FT-, medios de producción -MP-o bien como productos -P-).
Las categorías marxistas intentan mostrar esos momentos y lugares de la producción sin prejuzgar que deban atravesar algún orden prefijado ni obedecer a ningún nombre propio.
El nombre es una instantánea que fija para nosotros la realidad en una posición y situación (postura y disposición) dadas, insuficientes para captar el movimiento, la dinámica de la cosa.
Esa foto que disparamos para incorporar-nos el mundo, puede alterar nuestros sentidos hasta el punto de que otorguen a nuestra capacidad de fotografiar (y de construir cámaras fotográficas cada vez más precisas) el protagonismo del origen de la realidad, o peor todavía, dárselo a la idea, esa esencia fantasmagórica que dis-curre por nuestro cuerpo utilizándolo como cámara fotográfica particular para retratar los paisajes que ella disponga.
Marx no utilizaba categorías en el sentido ejecutivo de cosas exclusivamente nuestras que aportamos al mundo, y que al final se confunden con las otras cosas, cosas tangibles y sensibles, que aquéllas intentaron hacer comprensibles.
Para él, decir categorías no era fijar categóricamente significados, ni fijar significados consistía en darles un contenido positivo y estático.
Las categorías marxistas intentan seguir el paso de aquellas otras cosas en su transcurrir, en su realidad.
Dan autoridad a la realidad y no se someten al poder de la idea.
Deberemos estar atentos, pues las categorías pueden hacernos confundir la perspectiva estática de su manifestación con las actividades que refieren y que cobran sentido en la relación productora de objetos y sujetos, y en la producción que esos agentes procuran a su vez.
Es la actividad la que determina en qué momento de su desarrollo cada cosa está manifestándose categóricamente.
Es la producción la que reparte lugar y actividad a objetos y sujetos sociales, y la que da contenido a las categorías marxistas.
Así, el objeto de trabajo no es el absoluto que los fisiócratas proponían al ser tierra o al ser humano.
El barro es un objeto de trabajo para el ceramista como lo es el mineral para el metalúrgico, pero ambas materias primas son un producto a su vez para el cantero que extrae esos recursos de la tierra, una tierra que actúa como objeto de trabajo y también como medio de producción para el campesino o para el rentista.
La mujer es objeto de trabajo en la gestación como el esclavo en manos del amo y, a la vez y en otro momento, ambos constituyen medios de producción para el macho dominante o para el capitalista.
Los medios de producción no son exclusivamente las herramientas, también lo son la renta para el capital y el capital para el burgués.
Una misma cosa puede atravesar todas las categorías.
La tierra es un objeto de trabajo para el campesino y su principal medio de producción, pero la tierra también es una fuerza de trabajo, como el agua o la lluvia si las apreciamos así en algún momento de la historia.
Por otra parte, la tierra es siempre un producto de sí misma en su actualización permanente.
Los seres humanos, física y emocionalmente, somos un producto social y constituimos la fuerza de trabajo imprescindible de toda sociedad humana.
En otros momentos seremos un medio de producción para el empresario o el objeto de trabajo de los cazadores de esclavos.
Un cuchillo, tra-dicionalmente un medio de producción, ocupa el lugar de un objeto de trabajo cuando reavivamos sus filos en una operación de mantenimiento necesaria para que continúe siendo cuchillo.
Además, un cuchillo es por definición un producto y sus filos pueden servir para medir el estado de la fuerza de trabajo.
Las categorías marxistas no componen el solipsismo de que todo remite a todo, porque todo permanece contenido en el sujeto consciente.
En ellas, el todo remitido nunca ocupa ni atiende completamente al todo remitente, pues entre ambos no acontece una intención sino que se efectúa una relación activa y pasiva que los transforma, diluye y trasciende.
Se trata de categorías que adquieren las distintas dimensiones de lo real.
Pretenden decirse mostrando los diversos momentos que los sujetos y objetos procuran y asumen en el despliegue de las propias actividades productivas, tan afectados por el despliegue mismo como determinantes al fin.
Marx no pretendía elaborar una nueva representación del mundo, ni ofrecer categorías estáticas que antepusieran la filosofía a la historia.
Las categorías marxianas son siempre categorías históricas; son en tanto se manifiestan históricamente.
Ellas mismas sufren las modificaciones de ese ajuste con lo real.
El interés de Marx consistía en deducir de lo material aquellas categorías sociales que mostraran ajustadamente su despliegue, implicasen historia y se refiriesen a ella.
Así, "modo de producción", "formación económico-social", "relaciones sociales de producción", "formas de propiedad" o "fuerzas productivas" constituyen recipientes dinámicos que la historia colma según su despliegue y el del proceso del conocimiento marxiano.
Las preguntas que pretendían plantear y responder eran bien concretas: ¿cómo operamos los seres humanos en la vida social?, ¿bajo qué condiciones y necesidades?, ¿cómo producimos nuestra vida material?, ¿qué tareas nos relacionan efectiva y concretamente?, ¿de qué lugar emergen nuestras ideas y símbolos?, ¿qué actividades atesoran desarrollos estéticos? ¿qué condiciones podemos superar y bajo qué fuerzas?, ¿cuál es el lugar de lo político en cada momento?
Las categorías marxianas apelan a lo concreto que aluden, y no a la lógica formal que las reviste.
Como veremos inmediatamente, las categorías marxianas cambian de denominación y/o carácter a lo largo de la propia obra de Marx.
Dado que su objetivo era comprender el contenido real de la historia manteniéndose ajeno a toda valoración ética o estética, sus conceptos pretenden seguir el paso que aquélla obliga.
Para ello, deben abandonar toda presunción especulativa del deber ser.
Es la misma historia la que pronuncia sus categorías.
Sin embargo, Marx nos confunde en ocasiones como cuando utiliza como recursos retóricos ciertos conceptos que no han alcanzado todavía la precisión y concreción de obras posteriores.
En cualquier caso, se trata de un problema irrelevante si lo comparamos con los debates categoriales o categóricos del marxismo del siglo XX (6).
Una rápida ojeada a estas categorías ilustra lo que acabo de reseñar.
Hasta 1844, Marx considera el trabajo, en tanto actividad vital esencial del "hombre", el concepto clave de lo humano.
Poco a poco, con la atemperación del naturalismo y el humanismo latentes en los Manuscritos de París, el concepto va a refugiarse en la producción.
Con La ideología alemana (1845-46), producir se convierte en el ámbito social real que recubre al trabajo determinado, perdiendo éste su carga esencialista y expresando, al amparo de la producción, una actividad social efectiva y concreta.
La producción, a partir de 1857 con la Introducción a la Crítica de la economía política y los Grundrisse (1857-58), es definitivamente más real y social que esencial o genérico era el trabajo en 1844.
La producción subraya además que es la sociedad la protagonista de su producción real y efectiva, frente al esencialismo de nuestra especie representado por el hombre genérico feuerbachiano.
El trabajo entendido como esencia vital humana alude a todas las actividades realizadas por hombres o mujeres, individual o socialmente; es decir, cualquier actividad humana puede llegar a entenderse como sinónimo de trabajo.
En cambio, si el trabajo se implica y explica en el universo de la producción social, hay que concluir que esa misma producción es la que le otorga el sentido social al trabajo y no al revés.
De ahí que Marx viera necesario adjetivar a partir de ese momento el trabajo ("trabajo social", "trabajo socialmente necesario"; incluso acuña "trabajo productivo", redundancia aparente, que no real).
El papel definitorio y genérico del trabajo como lo humano necesita de la producción para adquirir el carácter social e histórico de su realización. medios de vida de la gente en condiciones históricas concretas y por una clase definida de individuos.
Marx rompe así definitivamente el hilo metafísico de su dependencia hegeliana.
Formas de propiedad / modos de producción
El tercer binomio que ejemplifica todavía mejor el aterrizaje marxiano en la realidad concreta de la vida material y el definitivo adiós a vocablos aliñados de connotaciones inmutables y volitivas, es el formado por la traslación inmediata entre formas de propiedad/modos de producción.
Ambas categorías son utilizadas por Marx para distinguir etapas concretas del despliegue de la historia.
Sin embargo, la segunda da el contenido a la primera, aunque la primera se utilice desafortunadamente para denominar el objeto de estudio.
En 1845, denomina Formas de propiedad (7) a los diferentes estados y estadios de la división del trabajo (8), que a su vez dependen del modo de producirse la sociedad misma (9).
Diez años más tarde (Grundrisse) matiza las formas precapitalistas sugeridas cambiando la denominación de "tribal" por la de "comunitaria", y reconsiderándola como una forma de apropiación y utilización comunitaria del suelo.
Esta utilización tendría una segunda expresión en las formas asiáticas, caracterizadas, esta vez, por un propietario supremo o único situado emblemáticamente por encima de las pequeñas comunidades, a modo de una unidad soberana a la que le corres-ponde por completo el producto excedente del trabajo social.
Se trata de una propiedad que se caracteriza paradójicamente por una ausencia legal de propiedad.
La segunda forma de propiedad presupone también a la comunidad como su sustrato, pero la propiedad comunitaria ya esta aquí separada de la propiedad privada y su fundamento no está en el campo, sino en la ciudad; el campo se presenta como territorio de la ciudad.
Se trata de una comunidad guerrera de propietarios y de predominio urbano.
Es polimórfica y presenta muchas variantes locales, aunque la mayoría de las aseveraciones marxianas tengan por base a Grecia y Roma.
La tercera forma de propiedad corresponde a lo que reconocemos como feudal y que contiene procesos específicos en los que el campo vuelve a constituirse en el punto de partida.
La comunidad es reunión, no unión.
En ella, la propiedad pública es simple complemento de la propiedad individual.
La propiedad del individuo no está mediada por la comunidad; es la comunidad la que existe en cuanto relación de sujetos independientes.
En toda la propuesta marxiana, los Modos de producción se convierten en el fundamento de las formas de propiedad, aunque éstas sirvan para denominarlos.
Las formas de propiedad tienen el defecto de enfatizar como definitivo y definitorio de las sociedades el ámbito juridico-político, mientras que los modos de producción otorgan el protagonismo a la esfera económico-social de la cual emergen aquéllas.
¿Cómo se produce el paso de la historia?
¿Se puede hablar de lógica de la historia?
Desde la perspectiva marxista, la historia se debe a algo y procura algo y, por tanto, exige empiria para observar y teoría para explicar.
Los acontecimientos históricos despliegan (desarrollan) una lógica interna.
Los hechos, vistos desde esta perspectiva, no acontecen aleatoriamente o mediante concatenaciones circunstanciales e igualmente fortuitas, sino que son producto de las condiciones materiales y situaciones concretas en las que expresa su propio desarrollo.
Como todo producto, la historia consume un objeto de exigencia y de necesidad.
Tanto si son producidos como si se producen, los acontecimientos históricos responden a una exigencia social que los hace necesarios y que es ajena a voluntades particulares.
(7) La primera forma de propiedad es la tribu, la segunda (que alude a Grecia y Roma) está representada por la antigua propiedad comunal y estatal, y la tercera corresponde a la propiedad feudal o por estamentos (Marx y Engels 1845-46/1988: 13-16).
(8) "Cada etapa de la división del trabajo determina también las relaciones de los individuos entre sí, en lo tocante al material, el instrumento y el producto del trabajo" (Marx y Engels 1845-46/1988: 13).
(9) "Este modo de producción no debe considerarse solamente en el sentido de la reproducción de la existencia física de los individuos.
Es ya más bien un determinado modo de la actividad de estos individuos, un determinado modo de manifestar su vida, un determinado modo de vida de los mismos.
Los individuos tal y como manifiestan su vida.
Lo que son coincide, por consiguiente con su producción, tanto con lo que producen como con el modo en cómo producen.
"Nos encontramos con el hecho de que, a determinados individuos que se dedican a un determinado modo a la producción, contraen entre sí estas relaciones sociales y políticas.
La observación empírica tiene que poner de relieve en cada caso concreto, empíricamente y sin ninguna clase de embaucamiento y especulación, la relación existente entre la estructura social y política y la producción" (Marx y Engels 1845-46/1988: 17).
Si la historia fuera simplemente una sucesión de hechos, sólo exigiría un estudio empírico que se reduciría a la crónica y que haría innecesario el método.
Para el marxismo, el despliegue de los acontecimientos es el que manifiesta una lógica; no es la lógica la que obliga el curso de la historia.
El proceso de la historia trabaja desde unas condiciones que a su vez generan efectos y así secuencialmente, obligada parcialmente por unos factores determinantes que la decantan hacia diversos rumbos.
Un estadio de la historia es, por tanto, un producto necesario del estadio anterior que portaba en su seno los factores que hicieron necesaria su superación.
La historia es un proceso general con estadios y momentos particulares según el modo de operar de las condiciones objetivas materiales y subjetivas resultantes de la sociedad como un todo.
Para el marxismo, el factor principal es el modo de operar mismo o modo de producción que determina en última instancia las soluciones sociales particulares.
La historia no responde a un proceso exclusivo, aunque existan factores determinantes en todo cambio social cuya intervención obliga a seguir ciertos itinerarios; fundamentalmente, para Marx, la historia es la historia de la lucha de clases.
Probablemente, la formación del capitalismo sea el modo de operar más sencillo de explicar, pues se trata de un modo de producción que emerge en unas condiciones y relaciones sociales feudales contradictorias que, poco a poco, cobraron autonomía y relevancia a consecuencia de los diferentes flujos de las fuerzas productivas atesoradas por una burguesía emergente.
Este fue el mundo que Marx investigó durante buena parte de su vida y que culminó en El Capital.
El esquema de la formación del capital puede resumirse, en pocas palabras, aludiendo a un cambio en las condiciones materiales de la producción (transformaciones en las fuerzas productivas -FFPP-), que combinaron mal con unas relaciones sociales de producción (RSP) preexistentes y agotadas.
El capital vindicó el fin de los privilegios feudales y, por otro lado, exigió participar en el acceso desigual y en la concentración de la riqueza, hasta que las condiciones objetivas de la vida material se capitalizaron en otras manos, las suyas.
La burguesía adquirió así la capacidad de demandar trabajo asalariado y asaltar el poder político en condiciones antes inexistentes.
De esta manera, el capitalismo, en tanto modo de producción específico, muestra que los primeros cambios se produjeron en la infraestructura de lo social (la base mate-rial) y provocaron a corto y medio plazo cambios sustanciales en las ideas filosóficas, morales y políticas, caldo de cultivo necesario para el asalto efectivo al poder.
Este análisis de la realidad procede de ciertas premisas que fueron tomadas por Marx de la Filosofía de la Historia de Hegel, antes de ser evaluadas y criticadas.
El historiador contempla el despliegue fáctico para reflexionar y razonar sobre el proceso de esa inacabable sucesión de acontecimientos, estados, situaciones, grupos e individuos que van variando o cambiando al ritmo que se destruyen y construyen.
La historia, por ello, es dialéctica; va permaneciendo al ritmo que procura su propia superación.
Sin embargo, también resulta teleológica, pues apunta hacia la libertad del espíritu que toma forma en la aspiración de los seres humanos de sentirse libres.
En Hegel, la libertad a la que se aspira se diluye en libertad para pensar.
La libertad a que se alude (10), difícilmente supone libertad para elegir la vida, ni tampoco reclamar las condiciones materiales para vivirla.
Quizás Hegel pensó que en momentos de máxima racionalidad, una vez desplazados los egoísmos y las pasiones al ámbito de los medios de producción de libertades, los seres humanos no extraerían beneficios particulares, ni disfrutarían con la explotación y el sufrimiento de los otros.
Para Hegel, la historia es un proceso que se despliega a sí mismo; es el proceso del ser en tanto espíritu que retorna a sí mismo tras realizarse (obtener conciencia de lo real).
Su realización está en la mediación (11) (en lo que no es) que se hace necesaria para ese retorno.
Así, la historia constituye el proceso real a partir del cual el espíritu cobrará autoconciencia.
Si efectuamos la inversión hegeliana, como hizo Marx siguiendo a Feuerbach, y cambiamos el sujeto de la historia hegeliana, el espíritu, por el sujeto real marxiano, los seres humanos (tal y como producen su vida) (12), resulta fácil entre-(10) Desde Kant y para todo el idealismo posterior, la libertad para pensar es el requisito para acceder a la libertad para obrar.
Así lo transmite Hegel y abre el optimismo político de que las ideas, realizadas en palabras, pueden cambiar las cosas.
El hilo se estira imprudentemente con los neohegelianos y, ya deshilachado, desconcertado y prescindiendo de objetivos, se integra en las interpretaciones posmodernas.
(11) Ese es el contenido hegeliano de Entfremdung (alienación).
(12) Poco se habla de la influencia fichteana en Marx y, cuando se hace, casi siempre se alude exclusivamente a cuestiones de Estado y Sociedad.
Pero Fichte ya sugería desde 1794 que ver que, aunque la perspectiva del análisis ha cambiado radicalmente, el entramado dialéctico hegeliano se mantiene como armazón de la propuesta marxiana sin menoscabar la original perspectiva que inaugura Marx, incluso frente a Feuerbach.
Marx abraza la dialéctica porque la realidad es la dialéctica misma, y ejercitar la dialéctica es el único modo de conocerla.
La realidad es dinámica y todas las categorías del pensamiento, en consecuencia, también.
El pensar está zurcido a la realidad y ambos se mueven dialécticamente.
La realidad se autorreproduce en el ámbito social a partir de la producción de éste.
La producción decide las relaciones sociales con la misma intensidad que éstas la reproducen y hacen frente a las condiciones naturales específicas, productoras y producidas, que se nutren de las distintas maneras con que se afronta esa tarea y que van cambiando junto a aquélla.
Aunque las maneras de producir pusieron el rumbo, las maneras de pensar tienen mucho que decir en el eterno dilema de mantenerlo o cuestionarlo.
Ambas caminan juntas, se gestan y nutren de los pies a la cabeza en el mismo camino.
Las maneras de pensar tienden a comprender primero y luego a justificar las maneras de producir que las gestaron, sobre todo si esa producción nos sostiene y nos realiza materialmente y subjeti-vamente.
Sin embargo, cuando son otros los que se realizan mediante un modo de operar específico, esas mismas maneras de producir nos niegan, e igualmente, tendemos a negarlas.
Por ello, no sólo son las maneras de producir, sino la sociedad en cuanto a esas maneras, los protagonistas de esa determinación.
Son las maneras de producir sociedad lo que socializa las maneras de pensar la sociedad.
Si una relación social particular se multiplica y se expande, y esa relación se hace común, el disfrute o beneficio que se obtenga de la misma afirmará o negará sus valores y se pensará o no en ellos según el lugar desde el que se sufra o beneficie esa producción.
La sociedad, en tanto real, y las maneras en cuanto formas de la realidad, fundamentan dos pensamientos: el que afirma y el que niega la producción.
Kant decía que la insociable sociabilidad (13) es el origen del Estado inevitable, una provocativa inducción del somos así.
Marx supera a Kant y prescinde de la intuición errada al considerar que esa pretendida naturaleza humana la hemos fabricado socialmente, pues nos hacemos de todas las formas posibles y por eso estamos así en cada modo de producción, y en ningún caso somos así.
¿CÓMO SE PRODUCE LA SOCIEDAD?
La primera cuestión para dilucidar es ésta: la sociedad se produce, no se muestra o acontece ahí como lamentan los existencialistas; el acontecer mismo también se produce.
El acontecer es (ocurre en) la actividad de la materia.
No hay protagonismos en esa producción primera, pero sí factores, condiciones y secuencia de presencias: los factores y las condiciones primigenias son los materiales que procuran realidad al acontecer y a lo que acontece, y la secuencia se concreta al paso de la manifestación de las presencias materiales empujadas a la realidad por la actividad misma que las engendra.
La materia en movimiento se produce y nos produce.
Es el punto de partida, el origen.
El intenso y extenso encuentro de la conciencia con el mundo tampoco acontece simplemente.
Ese las relaciones sociales eran relaciones dialécticas entre individuos y entre ellos y lo colectivo, de alguna manera instituido como tal (en grupos, naciones o estados).
Fichte entendía los actos sociales como relación de experiencias, creencias y conocimientos, como transpersonales y característicos de todo lo que es social y moral.
En oposición a las concepciones individualistas de Rousseau y Kant, él fue el primero en descubrir la realidad de lo social y en llamar la atención sobre el aspecto colectivo de los actos sociales; el primero en descubrir la intervención de los nosotros, de los grupos, de las naciones, en tanto que sujetos colectivos, del conocimiento y de la moralidad.
Aunque Fichte siempre aluda a la realidad social y al ideal moral como un todo, lo social constituye la categoría integradora, pues "la sociedad es una meta en sí.
Gracias a ella se produce un perfeccionamiento de la especie".
La actividad creadora de la humanidad/sociedad se manifiesta en la Acción-Acto, una participación social que precede a la conciencia y la procura.
La participación en lo transpersonal es la característica de todo lo que es social y moral, y no puede ser reducida a una separación o identificación entre el yo, el otro y nosotros (véase al respecto Gurvitch 1965: 63-73).
El idealismo había tratado la actividad humana de una manera abstracta, mientras que el materialismo burgués se interesaba básicamente por el aspecto sensible que capta el objeto.
Marx, en cambio, concede a la actividad social aquel carácter que insinuaba Fichte (participación en lo transpersonal, conciencia basada en la acción), pero iba más allá al desprender de él su modo subjetivo y entender la praxis como una actividad primariamente objetiva (aquéllo que se produce y se manifiesta allí, con nosotros dentro).
La primera aportación en esa dirección se puede rastrear en aquella participación fichteana que, aunque se diluya entre consideraciones de intencionalidad y aspiración volitivas y románticas, no deja de sorprendernos como referente primigenio de la praxis marxiana.
(13) Kant, en 1784Kant, en (2000: 46-47): 46-47), entiende como insociable sociabilidad el antagonismo de los hombres, una inclinación a formar sociedad que va unida a una resistencia constante que amenaza continuamente en disolverla.
Esta disposición reside en la naturaleza del hombre, cuya inclinación para vivir en sociedad y ser reconocido en ella choca con el querer disponer de todo como le plazca.
No puede prescindir de unos congéneres a los que tampoco soporta.
acontecimiento también se produce y tiene su historia, una historia de la que desconocemos cómo y por qué tuvo comienzo.
Pero algo sabemos de cuando atendimos al mundo por primera vez.
Difícil es tomar conciencia de algo cuando no se recuerda, pero los otros vienen en nuestra ayuda y gracias a ellos evocamos aquella mirada.
El hecho de encontrar ahí a la sociedad cuando atendemos al mundo por vez primera no define el encuentro ni su proceso de existencia.
Nuestra primera mirada es todavía una mirada indistinta y borrosa, de corto alcance, que restringe el mundo al tacto, evidencia de la que hasta cierto punto no nos desprenderemos jamás.
Un tacto que poco a poco va enfocando el escenario y produciendo el primer balbuceo de la conciencia.
La sensibilidad de lo otro acude con premura y mayor definición que la conciencia de sí.
Antes de cobrar conciencia, el escenario al que atendemos nos parece natural, no sabemos de otro.
La naturaleza, como mundo integrado, invade todos los pliegues que nos constituyen.
Los animales incorporamos una mayor movilidad y nuestro trasiego produce nuevas redes de articulación de la materia, anteriormente imposibles.
Sobre ese material orgánico y sensible se constituye la primera intuición de la conciencia: la escisión de la otredad o el apercibimiento de un extraño ser discriminador que parece definir todo lo que nos rodea, la naturaleza.
El escenario de la naturaleza que percibimos extraño y distante, próximo y distinto, disonante e íntimo, extrañamente propio y a la vez otra cosa y otro ámbito, permanecerá para siempre el lugar de nuestra mirada.
Un lugar que primero deificamos y luego replegamos y restringimos a nuestra medida, medida que se confunde con nuestra mirada.
Una mirada inevitablemente mediada que, cuanto más próxima al escenario, más discriminatoria se manifiesta y, cuanto más alejada de la representación de la materia en el mundo, más ilusoria deviene y pretende suplantar con la imaginación lo que los sentidos se manifiestan incapaces de evaluar.
La mirada, ahora, es una mirada mediada por esa realidad; cuanto más próxima, más analiza y deja de ver el conjunto; cuando más alejada, más sueña lo que es incapaz de sentir.
En ella se observan los polos (empirismo e idealismo) del conocimiento vulgar.
El primero sólo ve cosas, el segundo sólo la idea de las cosas.
El primero proporciona la certeza sensible, la opinión que se mira al ombligo ignorante, el engaño de la apariencia.
El segundo, se cree la mirada que es, incapaz de salir de sí y autorreferenciada, y se construye una mirada abstraída, distraída del objeto y concentrada en el sujeto; incapaz de observar con nitidez el escenario en el que las cosas se producen y las cosas que producen el escenario; replegada en su propio ensimismamiento y alejada del lugar que la produjo.
Toda mirada bipolar tiene por objeto afirmarse contra el otro hasta que al fin se manifiesta incompetente para dar el paso definitivo, el paso del discernimiento sensible al criterio de la noción social.
Esa mirada no basta para saber o saber-se.
Ella misma procede de miradas sociales que crean opinión y proponen ideologías al ser acumuladas mediante palabras oportunistas que la actualizan perpetuamente.
El criterio social se construye en nosotros, en tanto comunidad, al ritmo de la producción de la vida social y en la cantidad y cualidades que ésta oferta.
La producción social provoca distintas formas de entendimiento y conocimiento con la posibilidad e intensidad como con las que edifica casas y cosas, cuchillos y gobiernos, políticas y estéticas.
La sociedad total es un conglomerado de elementos, formas y funciones con objetos y sujetos sociales en construcción, que producen y se autorreproducen sobre el sustrato material del trabajo acumulado (14) y que incorporan sus propias posibilidades actualizadas.
El despliegue de la noción no es independiente al de los agentes de la producción y a su historia.
La noción se produjo y materializó en trabajo acumulado y se actualiza en los agentes, con ellos y para ellos.
En cada momento de su producción, la noción conoce lo que puede saber y, por ello, es conciencia reintegrada (reintegra la conciencia) a la vida real que la precede y la auspicia.
La noción engendra conocimiento cuando sabe la historia del proceso material que la colocó ahí.
La noción se muestra así capaz de ubicar el lugar de los factores y las condiciones de la vida social.
FACTORES Y CONDICIONES DE LA PRODUCCIÓN DE LA VIDA SOCIAL
La naturaleza produce toda clase de cosas y situaciones.
Cosas individuales o relacionales en tesi-turas disgregadoras, integradoras o terminales.
Las cosas e individuos, sus relaciones y situaciones, en tanto factores de la producción de la vida social, contribuyen (a partir de ellos, con ellos, contra ellos o por ellos) a que se produzca sociedad, a la vez que toman cuerpo y se realizan en ese proceso protagonizado por la actividad social.
Estos factores, una vez mediados socialmente, devienen sujetos y objetos sociales que se erigen en las condiciones materiales del desarrollo de la propia vida social.
Dado que una condición es una propiedad de las cosas, éstas, como los individuos mediados socialmente, se convierten en agentes sociales al socializar las relaciones de apropiación de la naturaleza y al naturalizar esa misma relación de apropiación (Fig. 1).
EL DESPLIEGUE DE LAS FUERZAS PRODUCTIVAS
Los sujetos y los objetos sociales (15), como condiciones de la vida social y a la vez productos de la misma, ejercen la actividad propia de las fuerzas productivas (FFPP) ocupando en la producción distintos lugares: objetos de trabajo (OT), fuerzas de trabajo (FT), medios de producción (MP) o productos (P).
Tanto los objetos como los sujetos sociales cobran indistintamente esas dimensiones según el despliegue histórico concreto de las FFPP.
Las FFPP procuran la producción misma (son lo que produce y lo producido) y adquieren en cada momento de su manifestación aquellas dimensiones.
Las FFPP no configuran un circuito de retroalimentación, sino un sistema dialéctico de superación en el que OT 1 +FT 1 +MP 1 proporcionan P 1 que se constituye en un nuevo OT, punto de partida de otra secuencia de implicaciones (OT 2 +FT 2 +MP 2 =P 2 ), y así sucesivamente en un movimiento espiral permanentemente abierto aunque no necesariamente progresivo (Fig. 2).
No es extraño que el desarrollo de las FFPP ocupara en Marx el lugar central del desarrollo social y se constituyera en causa, determinación o condición última de la vida social.
Las FFPP expresan la determinación y la posibilidad material de existencia misma de los sujetos y objetos sociales hasta el punto de resultar difícil ubicar el papel concreto que juegan en la producción que amparan y procuran.
De hecho, toda actividad particular aporta a la producción general las FFPP que ella misma actualiza permanentemente ( 16).
La producción misma es la principal FP de cualquier comunidad que pretenda constituir realidad y permanecer siendo.
Algunas propuestas neomarxistas han sucumbido a la tentación humanista de situar las relaciones sociales de producción (RSP) al mismo o incluso superior nivel de relevancia que las FFPP en la constitución del modo de producción de las sociedades.
Sugieren que ambas categorías expresan mediante una autoimplicación dialéctica un modo de producción determinado en casos y momentos concretos de la historia (17).
Entienden que las (16) Toda actividad es una fuerza productiva de la producción.
(17) Se suele olvidar que las relaciones sociales a las que Marx se refirió por primera vez fueron denominadas restringidamente RSP son características de las relaciones entre sujetos (individuos/sociedad) que soportan la organización social del trabajo, mientras se olvidan de las verdaderas relaciones sociales que procura la actividad misma del trabajo y que preceden y exceden a la mera organización.
Las FFPP son consideradas a su vez como características de las relaciones entre sujetos y objetos (sociedad/naturaleza).
Esta concepción reduce las FFPP a tecnologías, manifestaciones concretas del mundo laboral, como si las tecnologías no expresaran a su vez las relaciones entre sujetos que suponen y comprenden a los objetos que procuran tales tecnologías, a la vez que establecen otras relaciones no tecnológicas que actúan también como FFPP de la vida social.
En otras palabras, las RSP y las FFPP neomarxistas convergen en la historia desde distintos ámbitos de gestación.
Las RSP (relaciones sujeto-sujeto) serían las que determinan trabajo y convivencia desde un lugar ubicado fuera de la producción misma (sic), mientras que sus FFPP (relaciones sujeto-objeto) traducirían desarrollos materiales, obviando que la producción de cosas es productora también de relaciones sociales.
Se trata de lecturas que sobreinterpretan algún texto marxiano (18) y olvidan que las RSP están insertas en las FFPP, son ellas mismas FFPP.
Son condición necesaria, pero no suficiente (19) para dar cuenta de las FFPP (20).
Las FFPP, al contener en su seno las relaciones sociales, no sólo procuran materias sino nociones, criterios, cuentos y fantasías, encaminados a reproducir la vida social y que no debemos confundir con tecnologías, a menos que queramos reducir toda actividad social a la actividad laboral (21).
Las RSP están contenidas en las FFPP y poco tienen que ver con el azar de las decisiones individuales.
Se trata de RSP concretas que reproducen la sociedad en los sentidos que las FFPP permiten.
Las FFPP constituyen el ámbito real donde la variable RSP cobra realidad, el soporte en el que se expresan y el universo que las excede, al comprenderlas y posibilitarlas.
La producción es la actividad en que las FFPP se manifiestan, la actividad que nos consume y nos alimenta.
Vivimos en producción permanente.
La producción se expresa en las coordenadas que permiten las FFPP, en tanto límites y posibilidades de la realidad misma de la producción.
La producción reintegra las FFPP sociales y las transforma en objetos individuales de consumo.
Dado que la sociedad se produce de todas las formas posibles, reducir la producción al factor económico implica simplificar la realidad social y explicar su historia a partir de lo que aparentan ser sus elementos constitutivos individuales, sin advertir que la adición de los mismos no implica relación y, por tanto, no constituye, cuerpo social alguno.
La vida social no es un producto alienado de su producción.
La vida social es la propia producción de sí misma.
Toda producción social aporta mucho más que el producto logrado, entidad incapaz de expresarla con nitidez.
El producto acabado nunca manifiesta certeramente la producción concreta que lo procuró, aquéllo que se encuentra un poco en todos los productos y en ninguno totalmente.
Me refiero a la producción social misma que transciende la mecánica concreta de los materiales y que, en cambio, contagia a la totalidad de los objetos y sujetos sociales, imprimiendo en todos y en ninguno el sello de esa manera concreta de convivir y relacionarnos.
La producción de nuestra propia vida individual se produce relacionalmente.
Los humanos somos engendrados mediante una relación social básica sujeto-sujeto que cambiará probablemente cuando nuevas relaciones sujeto-objeto proporcionen otras vías de reproducción biológica.
Además, la producción social de nuestra vida expresa, desde el comienzo, una participación desigual de los sexos.
Una diferencia biológica de partida que suele olvidarse convenientemente y que retomaremos más adelante.
Alrededor de esta producción emerge toda la producción social.
La producción total de una sociedad se efectúa mediante diversas prácticas y relaciones sociales específicas en forma de actividades, trabajos o tareas concretas que aportan nuevos sujetos y objetos, nuevas FFPP, a una sociedad que los consume para cobrar las energías necesarias que le permitan reiniciar un nuevo ciclo productivo y continuar su andadura.
Es aquéllo que concreta formas, funciones y cosas (situaciones, relaciones y objetos), que permite que vivamos y convivamos o que nos maten; aquéllo que produce lo aparente y lo real; aquéllo que edifica los materiales, el lenguaje, el concepto y el criterio, los significados y el sentido de nuestra vida en cada momento de la historia.
Toda producción, en tanto relación efectiva entre objetos y sujetos, incluye unas relaciones de producción subjetivas y objetivas que se manifiestan a la luz de la producción misma, relaciones que se manifestarán en las formas, maneras y posibilidades que la producción permita.
La producción social aporta, por fin, productos de todo tipo (cosas y conceptos) con los que pretende cubrir las necesidades del consumo individual de sus miembros, necesidades que han sido recreadas socialmente a partir del umbral mínimo de la subsistencia de la vida misma.
La primera conclusión que podemos extraer de la producción es que acontece en un ámbito social de relaciones ( 22), cuyo objeto no es otro que man-tener activos a los sujetos sociales proporcionándoles los medios consuntivos que requieren.
La producción es social en un primer momento porque es relacional e individual en el último, el del consumo.
Estos dos polos de la producción expresan una oposición socio/individual muy marcada que requiere de una mediación para ser superada: la distribución.
Para ilustrar cómo se pudo llegar a tender ese puente de equilibrio entre lo producido socialmente y lo consumido individualmente, utilizaremos la información arqueológica.
Gracias a la investigación prehistórica denominamos caza por acoso a una de las primeras actividades humanas para la obtención de alimentos y que aún se sigue practicando en lugares remotos o adornando pasatiempos anacrónicos.
Podemos incluso imaginarnos, gracias a las evidencias acumuladas, al pequeño grupo que participa colectivamente en esa tarea que le reportará el abastecimiento de la energía perdida.
La fuerza invertida colectivamente permitirá cobrar la presa para reponer las energías gastadas.
En las proximidades o en el lugar donde concluyeron su trabajo participarán de los beneficios del producto a la manera que la producción misma dictaminó: conjuntamente.
Difícilmente será excluido en el momento individual del consumo a nadie que haya participado en el momento social de la producción.
Entre ambos momentos, el festín compartido no requerirá de reparto alguno, sino que bastará con la presencia de los comensales.
La distribución del alimento, al estar subsumida en la participación en la actividad, se adecuará al ritmo de esa realidad social productora y producida.
La participación en la producción determina la repartición.
La distribución no existe como tal; más bien es una especie de adistribución oportunista.
Nadie le puede negar nada a nadie (Fig. 3).
La división de tareas y la división social del trabajo
La participación de los sujetos sociales en diferentes tareas supone el primer indicio de escisión de las esferas económica y social, antes invisibles.
La división técnica del trabajo acontece, según diversos factores contingentes, en el seno de sociedades comunitarias, aquéllas cuyos mecanismos de distribución representan un correlato de la participación en la producción, como la de nuestro ejemplo anterior.
La formación social resultante, ante el giro de la producción, no cambia sus prácticas habituales, ya que la comunidad, en tanto trabajo social acumulado, puede poner trabas a una asimetría en el acceso a los recursos, más acorde con los nuevos tiempos marcados por la producción de universos particulares segmentados en diversas actividades, aunque integrados en la misma comunidad.
Los mecanismos de distribución continuarán siendo aquéllos que determinaron la repartición indiferenciada del producto (los que constituyeron la comunidad misma), aunque la distancia en las relaciones sociales se vaya ahondando cada vez más.
Las viejas formas sociales se mantendrán mientras la comunidad no entre en una crisis provocada por las nuevas formas económicas que hagan perder realidad y sentido a aquéllas.
La vida comunitaria y cooperativa anterior que edificó unas RSP comunitarias choca en las nuevas formas de producir con protagonistas de ámbitos particulares diversos en el mismo mundo compartido.
Estos nuevos campos de la producción con sus recién inauguradas esferas de relación particulares y con sus productos diversificados exigen la presencia de la distribución para llegar a todos los integrantes de la comunidad.
Ha hecho acto de presencia la contradicción entre la producción total, ahora segmentada en universos particulares de expresión, y unas relaciones de distribución heredadas, cargadas de mecanismos paritarios cada vez más alejados de las maneras concretas en las que se realiza la producción.
Este desajuste irá abriendo el campo de las relaciones sociales hacia lugares alejados de las actividades económicas, a la vez que redimensionará las relaciones sociales extraeconómicas resultantes como nuevas FFPP específicas en la construcción de la vida social.
La división de tareas no llegará a desarticular la estructura social de la que parte (no devendrá social) hasta que la contradicción no se exprese materialmente.
Mientras la distribución continúe anclada en los márgenes que determina la producción constitutiva de esa sociedad, ahora sólo social (antes económico-social), el colectivo podrá seguir reproduciéndose sin superar la contradicción, y esa ilusión de futuro anclada en la realidad del pasado producirá mecanismos sociales e ideológicos que se escaparán de la esfera estrictamente económica, aunque procedan de ella y de sus necesidades.
Así, mientras se produce segmentariamente en esa esfera ( 23), el campo social, distanciándose de la economía en sentido estricto, intenta producir sociedad con unos alimentos que no se bastan solos para sobrevivir materialmente.
La división de tareas no supone necesariamente un cambio social dirigido al acceso desigual del consumo individual que reclaman las actividades diferenciadas, siempre que la comunidad apele a su primera constitución.
Las relaciones sociales de la producción, aunque abiertas ahora a distintas actividades, continuarán aplicando a los individuos de toda la sociedad los mismos recursos.
La realidad del sujeto social en cuanto a su participación en el producto global no cambia en cantidad, pero en calidad varía, se enriquece y se cuestiona (con un tímido no es así).
Se ha producido una aceleración progresiva en la constitución del sujeto social que recibe su parte correspondiente de una producción que no reconoce propia de su trabajo, pero sí de su comunidad.
El nuevo sujeto social se beneficia de dos mundos.
Por una parte, del particular y subjetivo de su realización concreta, gracias a la tarea y relaciones en las que está inserto, y, por otra, del abstracto de la actividad de los otros que sabe concreto por los productos ajenos procedentes de actividades en las que no participa (que desconoce efectivamente).
Con la distribución, el individuo cobra una dimensión subjetiva de lo social que amplía su universo particular de intereses al que le reducía el mundo de su actividad; dimensión facilitada por las nuevas relaciones que procura la diversidad (el distinto papel de los agentes en la sociedad y de su relación con los objetos).
Este retorno del consumo individual a la producción social mediado por la (23) Para dar sentido a estas relaciones sociales en el seno de la distribución, Marx veía en ellas relaciones de intercambio (véase nota 6); es decir, presuponía que la distribución era el lugar donde el intercambio de toda relación social se producía. distribución social constituye para el sujeto una primera noción del ámbito político, que se manifiesta deudora del desarrollo de la división social del trabajo, un ámbito nuevo que añade diferencias de experiencias y pensamientos (gesta ideologías contrapuestas, manifiesta simbolismos distintos de los universos particulares, incorpora nuevas percepciones y valores y desarrolla nuevas formas de comunicación).
El retorno a la producción social desde este nuevo individuo se produce ahora desde un lugar diferente al tradicional y desde un sujeto que posee ahora una conciencia subjetiva y privativa de lo social (conciencia de la diferencia) que, en contraste con las otras, procura el advenimiento del ámbito estrictamente político de la sociedad.
La distribución que emerge de la división social del trabajo genera el lugar de la política, de la ética, el arte y las ideologías (Fig. 4).
Tienen cabida en él nuevas historias, pues lo que le sucede a la comunidad ya no es una sola cosa, sino muchas; no todos sus miembros producen activa y colectivamente una comunidad, sino una historia plural con unos sujetos que viven con gente que no trabaja con ellos y quieren saber de la gente que vive a su lado, pero no con ellos.
Ese intercambio social de la distribución dará lugar a esa primera relación política que, junto a la producción de individuos (24), abocará en una asociación de comunidades, ampliándose a la vez relaciones e intercambios.
Cuando las relaciones sociales se separan de la actividad laboral que las produce, las comunidades humanas se abren a nuevas expresiones y experiencias sociales.
Allí donde el trabajo social, la producción, se ha diversificado en un contexto en el que los sujetos y los objetos sociales permanecen unidos en el reparto y diferenciados en la participación, se amplía el horizonte de la producción y se redimensiona la valoración de lo social hacia caminos insospechados.Cuando los mecanismos sociales no responden al modo de su producción, la distribución tiene que vérselas por primera vez con el deber ser.
Con la distribución y las nuevas relaciones objetivas y subjetivas que engendra, se incorporan a la sociedad valoraciones contrapuestas, opiniones diversas y se vive incluso de modos diferentes.
Las nuevas relaciones dan paso a la cooperación o a los agravios.
Nace una historia plural que atiende esa manifestación de diferencias, que puede abolir el universo común sobre el que se ha construido.
Los sujetos, ahora también políticos, intentan maniobrar en cómo debe producirse la vida social, maniobras que implementarán estrategias y dividirán más los ámbitos de la producción/consumo, y que siempre fracasarán si no toman en consideración los límites y las posibilidades que demarcan las FFPP.
Este retorno del consumo individual a la producción social, mediado ahora por la política, puede adquirir también un feo giro.
El individuo, consciente del papel de los otros y del suyo propio en la sociedad, sabedor de su lugar particular, puede contribuir a la reproducción social conjunta o, por el contrario, vindicar la realidad presente, evidenciar la contradicción marcada por desigualdades en la aportación que la nueva producción misma expresa.
Es el paso para reclamar, junto con otros que se encuentran en la misma situación (un mismo universo particular de percepciones), que están siendo perjudicados por un bien común en el que creen colaborar en mayor medida.
Con esa posibilidad, alterna la contraria explicativa: es probable que el divorcio o cambio de signo en la producción, que quizás deberíamos denominar políticas de la producción, se deba a agentes sociales que están siendo beneficiados por la distribución cooperativa, igualitaria y colectivista, cuando su trabajo perdió peso en la reproducción del grupo.
Ahora (quizás desde el Neolítico en ciertos lugares...) estos individuos cuentan con las condiciones objetivas suficientes (cargados de armas y tiempo libre) para dar sentido a sus vidas reclamando un lugar antes (24) El matrimonio pasa por ser la primera institución política, al menos abstractamente.
Marx insistió en 1844 en la naturalidad social de esa actividad primigenia (entre hombre y mujer), concretamente en los Manuscritos de París, también denominados Manuscritos: economía y filosofía.
Marx insistió, por otra parte, que el fin esencial de la producción es la existencia del hombre (Marx 1844(Marx /1968: 165): 165), que procede de la intensidad y posibilidad material de aquella relación.
impensado, la apropiación por la fuerza de los sujetos y los objetos sociales producidos mayoritariamente por otros y fundamentalmente por otras.
Sea como fuere, los caminos concretos que la producción social toma deben ser investigados en la historia y no determinados desde ninguna teoría social.
Con la división social del trabajo se inició un camino sin retorno en el desarrollo de las sociedades.
El momento en el que la división ya alcanza todos los ámbitos de la producción abre las puertas de la sociedad a diversas patologías (desde la desigualdad a la explotación).
Para Marx, la división social del trabajo se produce cuando la división de tareas se enreda contradictoriamente con las relaciones sociales preexistentes y las adecúa a los nuevos tiempos.
Se trata de contradicciones que, cuando las superamos, nos fortalecen, pero cuando no podemos con ellas dejan muchos muertos por el camino.
Ahí comienzan las manifestaciones del individuo contra la sociedad (25), de la propiedad, el excedente, la explotación o la división en clases.
LAS TRES PRODUCCIONES DE LA VIDA SOCIAL
En 1996, en el marco de una publicación conjunta, sugerimos las que considerábamos las tres producciones primordiales de la vida social (26): la producción básica, la producción de objetos y la producción de mantenimiento de los sujetos y los objetos sociales.
Esta matización a la propuesta marxiana original respondía básicamente a una doble motivación.
La primera residía en restablecer el punto de partida social en la reproducción biológica o producción básica (27), la que consumiendo las FFPP acumuladas por nuestra especie estaba destinada a proporcionar la posibilidad de la sociedad misma.
Los individuos pueden ser considerados sociales en tanto expresan el resultado de una relación que les prece-de y se erigen en medios de la reproducción futura.
Por ello, la reproducción biológica debía ser considerada trabajo social y constituir la dimensión primera de la vida social.
El segundo motivo procedía del ocultamiento generalizado del protagonismo de la mujer en dicha producción, acompañado de un silencio interesado en cuanto a que esa disimetría entre los sexos provoca desigualdades reales (28) que se suelen parapetar tras algunos eufemismos como naturalidad o neutralidad de la reproducción.
La producción de objetos integra la consecución de alimentos y la fabricación de implementos que tenían su origen en las necesidades nutricionales y de cobijo, y los medios para superarlas.
El abanico nombrado por esta producción abarca la mayoría de las actividades tradicionalmente consideradas económicas y destinadas al uso, amortización o consumo de objetos sociales; objetos destinados a ello o que median para lograr otros que satisfagan las necesidades sociales, exigencias de las relaciones sociales para permanecer manifestándose.
La producción de mantenimiento pretendía incluir todas aquellas manifestaciones de la vida social que, aun siendo productivas, quedaban silenciadas por la economía política tradicional y en la mayoría de las teorías económicas actuales.
Nuevamente, se trataba de sacar a la luz otra evidencia.
Muchos colectivos sociales, básicamente formados por mujeres, se hallaban detrás de la mayoría de las actividades de mantenimiento de objetos y sujetos.
Ese detrás se diluía en servicios o en trabajos no reconocidos socialmente, desde la formación de los sujetos sociales en la infancia y adolescencia, al cuidado de los ancianos o las labores de mantenimiento de infraestructuras y de medios de producción.
La calidad de la vida social depende en gran parte de la producción de mantenimiento, mientras que desde presupuestos políticos interesados se ha negado el papel primordial que representa.
Actualmente, y en la que es para muchos la mejor de las sociedades, la sociedad neoliberal capitalista, puede observarse que esta situación, lejos de mejorar, se reproduce exponencialmente tras la ocultación y el ahorro de los costes laborales que implica el (25) En 1690, Locke (1985: 39) resumió el fundamento del ensalzamiento del individuo frente a la sociedad, al reconocer como propiedad exclusiva el fruto de su trabajo e ignorar intencionadamente el peso del trabajo acumulado por el esfuerzo de todos.
El individuo parte para él de una tabla rasa social permanente.
Esta apología de (falsa) igualdad de oportunidades pasa por silenciar que los individuos poseen un umbral de salida desigual sancionado por la herencia, institución que reparte privilegios disimétricos en las condiciones materiales de partida.
(26) Se trataba de un texto presentado al Congreso de Arqueología Social Iberoamericana celebrado en La Rábida (Huelva) y que fue publicado por vez primera en México y, posteriormente, en España (Castro et al. 1998(Castro et al. y 2001)).
(27) Al hilo de lo que Marx ya sugirió en dos ocasiones en Los Manuscritos de París (1844): "La demanda de hombres regula necesariamente la producción de hombres, como ocurre con cualquier otra mercancía" (las cursivas son suyas) (1844/1968: 52) y que el fin esencial de la producción es la existencia del hombre (1844/1968: 165).
(28) "Sólo el sobretrabajo de las mujeres permite un incremento de la producción de hombres y mujeres" (Castro et al. 2001: 18). trabajo doméstico.
Probablemente, en los inicios del desarrollo social facilitó su ocultación el hecho de que las actividades de mantenimiento aparentan depender de los sujetos y objetos facilitados por las otras dos producciones de la vida social, al constituir sus productos (sujetos y objetos sociales) la materia prima de la producción de mantenimiento, pero en la actualidad ningún análisis económico ajustado puede desatender esa realidad.
La noción de lo producido acompaña a todas las actividades productivas e incorpora a la producción y sus cometidos su comprensión misma.
Es por ello que el conocimiento y su producción no constituyen una cuarta producción.
El conocimiento de lo que se produce acompaña a la actividad misma.
La noción de producción parece abstracta, algo que navega por encima de los objetos y objetivos producidos y productivos cuando por el contrario es bien concreta y está más acá, en la misma actividad productiva, ella misma ámbito de conocimiento replicante, de sujetos, objetos, fines, recursos y necesidades.
El lenguaje, factor decisivo en el conocimiento, también es un producto social relacional.
Sin relación no hay lenguaje, ni conceptos sin actividad.
El conocimiento y su producción no constituyen una producción exclusiva, sino ligada a las actividades sociales que lo proporcionan.
Si la producción posibilita la vida social, las prácticas sociales la concretan.
Las prácticas sociales son la expresión activa de la producción de la vida social, la manera y los lugares donde se expresa esa producción, el acontecer de la producción en sociedad.
Si la producción de la vida social implica actividades de algún tipo, las prácticas manifiestan los elementos decisivos constructores de esos tipos.
Representan y expresan la realización de la producción de la vida social en el mundo concreto de su actuación.
Las prácticas son actividades concretas, el cómo (la manera) y el dónde (el lugar) del por qué de la producción de la vida social y que, a la vez, otorga contenido histórico a ese porqué.
Las prácticas sociales son la manifestación histórica de una producción que, sin esa expresión, no hubiera existido.
Es la apariencia real de algo que se expresa materialmente de esa forma y constituyen la expresión fenoménica de los modos de reproducción social.
Las prácticas sociales establecen y restablecen los lugares que ocupan las relaciones entre los agentes sociales (sujetos y objetos), el trabajo acumulado y las contingencias que pueda brindar la mate-ria.
Si la producción social determina en última instancia las condiciones objetivas, a la par que conforma las condiciones subjetivas de los sujetos sociales, las prácticas sociales ponen en juego "realmente" aquellos puntos de partida y ponen en cuestión los límites de las posibilidades de la producción social: las prácticas requieren la producción para ser posibles y la producción necesita practicarse para realizarse.
Las prácticas sociales manifiestan desde las sociedades concretas el desarrollo de los modos de operar de la sociedad en general.
Producción y prácticas representan dos planos necesarios de la investigación histórica.
Dado que las sociedades pueden distanciarse en sus prácticas sociales y aproximarse en la producción social que las define, la investigación no debe descuidar el estudio de las manifestaciones por el de las causas ni viceversa, porque ambas establecen una relación dialéctica.
En otras palabras o en conceptos menores, la producción trata de las estrategias de la vida social, mientras que las prácticas expresarían las tácticas reales que se ejecutan y que, a su vez, transforman las estrategias mediante su propia actividad.
Ya dijimos en otro lugar (Castro et al. 1996) que la investigación social tiene, por tanto, dos líneas de interés: (1) la producción social como soporte de la vida social y (2) las prácticas sociales mediante las que se expresa y que, como actividad real, modifica.
En cualquier caso, la investigación histórica debe evitar que las numerosas formas de expresión o prácticas sociales se confundan con los escasos modos de producir lo social e intentar explicar, si es posible, qué abanico de relaciones se abren o pueden tener cabida en un modo de producción social.
La producción de la vida social en su operar se manifiesta en prácticas concretas.
Prácticas que pueden entenderse como un producto de la situación y relaciones de las FFPP y que como tal producto se consume o se integra en el trabajo acumulado socialmente.
Las prácticas sociales son los medios o instrumentos de la producción social (hay muchas maneras de producir filos para cortar, muchas maneras de cortar y muchas dimensiones del cortar; el cortar mismo cobra el papel de asesinar cuando siega una vida).
La producción depende de su uso social y este uso se materializa en la práctica.
Las prácticas sociales constituyen experiencias relacionales entre sujetos y objetos sociales, y dan como resultado vivencias, convivencias y conciencias.
Estas experiencias se construyen desde tres ámbitos primordiales: socioparental, socioeconómico y sociopolítico.
Las prácticas socio-parentales incluyen actividades destinadas a la gestación, al amamantamiento, a la realización de aquellas tareas relacionadas con el mantenimiento de la fuerza de trabajo de una comunidad (en particular, de aquellos individuos que, por impedimentos físicos, son incapaces de valerse por sí mismos temporal o permanentemente, como los niños y los enfermos) y a la formación de niños y niñas en tanto que hombres y mujeres, en lo que constituye la primera socialización de la condición sexual de los sujetos sociales.
Si las actividades enumeradas se hallan realizadas por individuos ajenos a la esfera socio-parental, las prácticas resultantes son consideradas socio-políticas (infra).
Las prácticas socio-parentales implican, por tanto, la producción básica y la producción de mantenimiento de los individuos sociales.
Cuando esas prácticas, denominadas generalmente tareas domésticas, recaen en individuos ajenos a la esfera socio-parental, son consideradas socioeconómicas (servicios y hospitales) o políticas (escuelas).
Las prácticas socio-parentales implican la producción básica y una producción de mantenimiento de los individuos sociales realizadas en el ámbito privado.
Suelen constituir un lugar para la explotación de la mujer, más que un lugar de realización.
Estas prácticas suelen realizar tareas no reconocidas laboral y políticamente en las sociedades patriarcales.
Todas las fuerzas productivas se resumen a las de la mujer (FT, el OT y el MP en la gestación y, a su vez, FT primordial para el mantenimiento de sujetos).
Las prácticas socio-económicas constituyen actividades vinculadas con la producción de objetos sociales y con la producción de mantenimiento de los mismos.
Suministran alimentos e implementos a la sociedad.
Los productos de estas prácticas son arteusos y artefactos (Lull 1988) que exigen saberes sociales específicos y habilidades que pueden ser adquiridas en cualquiera de los tres ámbitos de prácticas.
Las prácticas socio-políticas son las que, mediante acuerdos o imposiciones, están destinadas a establecer las formas políticas e ideológicas de ordenación social.
Este ámbito afecta en cierta medida a los otros dos cuando se origina en la sociedad la división técnica del trabajo y totalmente cuando se instaura definitivamente la división social que engendra excedente, propiedad y explotación.
En esta situación, las prácticas políticas protagonizan el devenir de la sociedad y llegan a determinar el cauce por el que deben desarrollarse los otros dos ámbitos de prácticas.
Construyen para ello ideologías adecuadas que alejan definitivamente al individuo del ámbito original de sus relaciones, llegando a establecer un campo políticamente correcto como único reconocido y tolerado.
El Estado liberal constituye la institución que realizará el divorcio definitivo entre el hacer y el pensar, al proponer la libertad formal sobre la libertad real relacional.
Al fin, y en tanto principio, la producción de la vida social en su operar compone y manifiesta prácticas concretas que siembran el mundo de materiales tangibles y sensibles.
La arqueología cuenta con los materiales suficientes para establecer las prácticas sociales que contienen y expresan los objetos y, a la vez, para sugerir el universo de las producciones por el que pudieron ser llevadas a cabo tales prácticas y adquirir las formas que manifiestan.
Dejo constancia del agradecimiento a mis compañeros Rafael Micó, Cristina Rihuete Herrada y Robert Risch por la lectura crítica y los valiosos comentarios que realizaron a este texto, de cuyos eventuales errores u omisiones no tienen, por supuesto, ninguna culpa. |
(7), por lo que podemos asegurar su pCl1ellencia al menos a la plimera mitad de este siglo IV a. e., con las consiguientes consecuencias sobre la perduración de este tipo de materiales áticos, que en este caso parecen estar vinculados a las pertenencias del propio difunto, primero en vida y luego en la muerte.
ESTUDIO DE LAS CREMACIONES DE LA SEPULTURA 11/145 DE LOS CASTELLONES DE CEAL POR JOS E M. REVERTE COMA n RESUMEN Se estudian los reslos quemados de un varón adulto correspondiente a una tumba ibérica.
Distribuidos fuer'a de la urna se encontraron restos faunÍslicos y humanos también quemados.
mm.; espesor: lO mm. Se puede apreciar por estos fragmentos que tenía un cráneo de fuerte espesor.
Los dientes suturales están sinostosados por su cara endocraneal.
En la zona diploica se ven fundidos y rotos por la explosión del cráneo por la acción del calor.
42 fragmentos de bóveda sin dientes (FTPO).
El mayor mide 92 mm.; espesor: 6-10 mm. El tamaño de los fragmentos es inhabitual en las cremaciones estudiadas hasta ahora.
La P.O.!. muestra 13 mm. de espesor a su nivel (occipital).
Apófisis mastoides izquierda grande, rugosa, de varón con porción petrosa de temporal adherida.
Fragmento de base de cráneo con agujero vascular.
ESPLANOCRANEO: Hemimandíbula derecha con efecto de cuarteamiento por el calor.
Conserva raíz de 1 o molar in situ.
Es excepcional quen en las cremaciones se pueda determinar el índice de rama.
Fragmento de mandíbula (parte media) con gran apófisis propia de varón con gran musculatura masaticatoria.
Maxilar superior derecho con alvéolos abiertos por pérdida de dientes post-morten.
In situ quedan las raíces de los tres molares.
Conservaba toda la dentadura en el momento de la muerte.
CONCLUSIONES: Escasos restos óseos humanos y animales (de ovicaprino y cordero), entre los que pueden detectarse algunos de adulto (varón de 30-40 años), y otros femeninos o juveniles de edad indeterminada.
Son muy escasos y pequeños los fragmentos para poder determinar biotipología.
No se ha podido determinar patología ósea en ninguna de los fragmentos estudiados.
LOS RESTOS ANIMALES RECUPERADOS |
LA CERAMICA IBERO-CELTICA DE BARNIZ ROJO POR E. CUADRADO RESUMEN Revisión y puesta al día de la cerámica de barniz rojo a partir del artículo publicado por el mismo autor en 1969.
Se constata la extensión geográfica de los hallazgos y se incluye un tercer grupo denominado ((cerámica ibero-céltica» aparecida en yacimientos de fines del siglo IV y del III a. |
Basándonos en los téonimos y en sus estudios se hace una disquisición sobre la religión, la vida espiritual de las poblaciones celtas, del norte y celtíberas. |
RESUMEN El trabajo tiene por objeto dar una lectura aproximada de tres fragmentos de mosaicos, conservados en el Museo Arqueológico de Córdoba, de confusa interpretación.
La autora aporta nuevos datos para la posible identificación de las figuras que decoran los medallones circulares, a través del estudio iconográfico de las mismas y de su situación en las esquinas del pavimento, llegando a la conclusión de que se trata de una representación abstracta de las Estaciones que, en esta ocasión, son evocadas mediante personajes sacados de la mitología. |
RESUMEN Se presentan diversos ejemplares de balanzas y romanas de bronce, localizados unos en los mercados de antigüedades de Sevilla y conservados otros en su Museo Arqueológico, analizándose su estructura y las variaciones que presentan sus barras graduadas.
Se completa el estudio con una selección de pesas y contrapesos de la misma procedencia. |
RESUMEN La importancia que la Criptogamia debe tener como fuente auxiliar de la Arqueología, queda de manifiesto por el numeroso número de datos que desde la Ecología y la Palinología nos facilitan las criptógamas.
La relación entre éstas y el hombre ha sido puesta de manifiesto en distintas culturas, por lo que su utilización en estudios paleoambientales puede jugar un papel sumamente interesante para delimitar con mayor precisión el hábitat en que se desenvolvió el hombre. |
LA TALLA LITICA EN ATAPUERCA (BURGOS)
RESUMEN Este trabajo presenta fundamentalmente un estudio de los núcleos (BNIG neutras) recuperados en las excavaciones de los yacimientos mesopleistocenos de Atapuerca (Burgos).
Se analizan y estudian los métodos de talla utilizados y las relaciones técnicas que existen entre éstos y sus productos, las lascas (BP).
Por otra parte, se pretende una aproximación a las diferencias diacrónicas observadas en los rellenos, que, en alguno de los yacimientos, cubren la práctica totalidad del Pleistoceno Medio.
Por último, se extrae una serie de conclusiones de tipo tecnológico que nos ayudan a caracterizar el periodo registrado en los yacimientos.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es Topográfi cam ente es una suave elevación ala rgada y arqueada (Lám.
I. A), constituida principalm ente por calizas del Cretácico Superior que buzan al SW y W en la mitad meridional -en la que se desarrolla el ka rst dond e se sitúan los yacimientos-, y po r un anticlinal de dirección E-W dond e a floran areniscas y gravas del Cretácico Inferior, en el extremo septentrional.
El terreno circundante a la Sierra se compone fundam entalmente de arcillas, m argas y rañas neógenas, características de toda la c uenca y de las llanuras aluviales c ua terna rias de los cursos fluviales (Zazo el alii, 1987).
Los yacimientos de la Sierra de Atapuerca (Aguirre el alii, 1987) se encuentra n en cavidades kársticas.
Podemos distinguir dos grupos: yacimientos de la Trinchera y los de Cueva Mayor (Fig. 2).
Los primeros son cavida des actualmente al descubierto, debido a la construcción a principios de este siglo de una lin ea de ferrocarril, poco después desma ntelada.
La Cueva Mayor parece haber sido obj eto de oc upacio nes pre y protohistóricas entre las que des taca la mesopleistocen a, avala da por el h a llazgo en la llam ada Sima de los Huesos de, a l m enos, 17 indi viduos (Bermúdez d e Castro, co municación personal) (1 ) de la linea filogenética a ntenea ndertal (Rosas, 1987; Rosas el alii, 1991).
De ellos, y siguiendo al primer a utor, uno es infa ntil, cua tro son juveniles o ad olescentes, siete son adultos jóvenes y cinco son adultos.
Se ha podido determinar el sexo para catorce de esos individuos, de tal manera que habria nueve hembras y cinco machos.
El origen de esta extraordinaria acumulación esta aún por dilucidar.
Asociados a los restos humanos se hallan seis especies de carnívoros, contrastando con la ausencia total de herbívoros y de restos de actividades humanas.
La primera excavación fue realizada por el Prof. F. Jordá, T. Torres y N. Sánchez a finales de la década de los años 60, sobre lo que hoy denominamos TG.
En 1978 el Prof. E. Aguirre retoma la excavación del yacimiento, ampliando las prospecciones, muestreos y excavaciones a todo el área de la Trinchera del Ferrocarril, y organiza un equipo de investigación constituido por arqueólogos, paleontólogos y geólogos, que continúa los trabajos hasta la actualidad.
A partir de los primeros años quedaron localizados los siguientes yacimientos:
-Gran Oolina (TO) y el Penal (TP) que corresponden a un mismo conducto, actualmente dividido por el vaciado de la obra férrea.
-Complejo Tres Simas (TS), formado por Galena (TG), Tres Simas Boca Norte (TN) y Covacha de los Zarpazos (TZ), todas pertenecientes a la misma cavidad.
Hoy por hoy, los rellenos mejor conocidos son los de TD y TG-TN.
El primero alcanza una potencia de 19 m.
El depósito de la Oolina (Lám. l.
B) está dividido en 4 unidades sedimentarias y 11 niveles -numerados de base a techo-, la mayor parte fosilíferos y con restos arqueológicos a partir de TD4, muy cercano al límite Matuyama/Brunhes.
A unos 4 m. de la base conocida (TD3) se halla el primer depósito fosilífero, correspondiente a complejos Cromerienses.
En él se ha detectado la inversión paleomagnética Matuyama/Brunhes, que marca la transición convencional entre el Pleistoceno inferior y el medio (± 700.000 años).
El último depósito (TD11) parece responder a las fases finales del Pleistoceno medio.
El otro gran depósito lo constituye el complejo TZ-TG-TN (Lám. n.
A) situado a unos 25 m. de TD, en el cual los depósitos horizontales de TG provienen, según las fases, de TZ -en la actualidad sólo explorada-y del conducto vertical TN.
La cavidad TG-TN permanece cerrada durante gran parte del Pleistoceno Medio, abriéndose tras la formación de un complejo estalagmítico (TG4) datado en -317.6 ± 60 ka (ESR) y >= 350 ka de U-Series (Grün y Aguirre, 1987).
A partir de TN3 encontramos depósitos fosilíferos y, con algún vacío, arqueológicos.
En la Tabla 1 se muestra un cuadro provisional de las correlaciones entre los diferentes niveles de cada depósito (Aguirre, como pers.).
Tras la primera excavación de Jordá, Torres y Sánchez, la extensión a excavar en TG quedó reducida a unos 18 m 2 • Son estériles algo más de 1 m. superior y los 6 m. superiores de TN (Bermúdez de Castro, 1990).
A la espera de estudios más profundos y especializados, actualmente en realización, se ha de considerar la existencia de 13 suelos de utilización humana en TG-TN (Lám.
En el caso de TG-TN, tanto el sedimento como la posición de los restos refleja un escaso o poco significativo movimiento post-deposicionaJ.
Se trata de asociaciones faunísticas e industriales en las que el escaso número de efectivos líticos, la gran cantidad de restos óseos -principalmente de ciervo, dominando los jóvenes, y caballos, representado en todas las edades-unido a la escasez de huellas de descamado, todo ello hace pensar en un aprovechamiento faunístico puntual y en una presencia humana de corta duración y reiterada (Diez Fernández- Lomana, como pers.) (3).
El último de los yacimientos de la Trinchera es la Sima del Elefante (TE), que es un conducto vertical situado a unos 300 m. al sur de los yacimientos anteriormente mencionados.
En él se han realizado muestreos para su datación geocronológica.v recogida de fósiles y piezas líticas expuestas por la erosión en el corte (Bermúdez de Castro, 1990).
Esquema provisional de las correlaciones entre los diferentes niveles de cada depósito en los yacimientos de la Trinchera (Agulrre, como pers.
Para la comprensión tanto del conjunto industrial como de los suelos de utilización humana de los yacimientos, conviene recordar que parte de los depósitos fueron vaciados y puestos al descubierto por la antigua construcción del ferrocarril.
Esto significa que grandes áreas de los depósitos originales han sido destruidas, por lo que hoy por hoy no podemos evaluar su importancia o marginalidad respecto al total de los que se conservan.
Un hecho a destacar es la relativa escasez de industria recuperada en las excavaciones, probablemente relacionado con la funcionalidad de las ocupaciones (Carbonell el alii, 1987a).
Contamos con un conjunto de 733 piezas, de las cuales 353 pertenecen a TG-TN, 348 a TD y el resto (32 se distribuye entre los muestreos realizados en los otros yacimientos (TZ, TP, TE y Trinchera), sin determinar.
En este trabajo nos referiremos exclusivamente al material recuperado en tres de los yacimientos: Complejo Galeria-Tres Simas (TG-TN) y Gran Dolina (TD).
El material (701 piezas) se ha diferenciado por grandes paquetes de niveles sedimentarios:
(3) C. Diez Fdez.-Lomana forma parte del equipo investigador de Atapuerca desde 1980 y es especialista en estudios zooarqueológicos, tema principal de la Tesis Doctoral que recientemente ha presentado.
Niveles superiores de TD (TD 10 y 11) Y sus correlativos en TG (TG 1 0-12) Y en TN (TN6-9); este conjunto ha sido excavado sistemáticamente desde 1981 y de él proviene la mayor parte de la industria (656 piezas).
Se corresponde con un momento final del Pleistoceno Medio.
Niveles medios-superiores de TD (TD7 -9) con sus correlativos en TG (niveles inferiores sin determinar-nivel TG9) y en TN (TNI-S).
Se trata de 9 piezas procedentes de los niveles TGS/6 y TN2.
Niveles medios-inferiores de TD (TDS y 6).
La caída de un bloque de sedimento correspondiente a estos niveles proporcionó un conjunto de 26 piezas y puso al descubierto otras 6 en el corte.
La cronología general de este conjunto se calcula en torno a los 450.000 años.
Niveles inferiores de TD (TDI-4), posiblemente sin paralelo en TG-TN.
La excavación del nivel TD4 -inmediatamente por encima del límite Matuyama/Brunhes (Carracedo el alii, 1987)-a partir de la campaña de 1990 ha proporcionado otras 4 piezas líticas.
El estudio de la industria lítica de Atapuerca se realiza mediante el Sistema Analítico (Carbonell el alii, 1983; Carbonell, 1987, Carbonell el alii, 1987by Carbonell el alii, 1992), que ofrece varios niveles de estudio, entre los que se encuentra el llamado nivel estructural, que sitúa a la pieza en su cadena de producción, asignándole una categoría estructural, dependiendo de la posición en la que se encuentre.
La Fig. 3 nos ilustra sobre la cadena de producción y la formación de las cinco categorías estructurales fundamentales.
En este trabajo no trataremos las BP2G, por lo que nos referiremos a las BP I G como BP, simplemente.
Por otra parte, nos hemos visto obligados a incluir el grupo de Fragmentos Indeterminados, debido al mal estado de conservación en el que se encuentra gran parte de la industria de Atapuerca.
La distribución y representación de las categorías estructurales por yacimientos quedan reflejadas en la Tabla II.
Existe un claro predominio en todos los yacimientos estudiados de las Bases Positivas (BP), seguidas de la BN2G o lascas modificadas (Fig. 4A) (4).
DIstrIbución y representación de las categorías estruc• turales que fonnan el conjunto lítico de los yad• mientos de TG• TN Y TD de Atapuerca.
Las cifras en negrita son los efectivos reales.
A 8U derecha, los porcentajes de cada categoría en el total de los efec• tlvos de cada yacimiento.
El sílex presenta fundamentalmente dos modalidades: sílex errático y nódulos de cueva.
El primero se presenta en grandes bloques diseminados por las antiguas terrazas del rio Arlanzón (5).
Este tipo de sílex se presenta generalmente en mal estado de conservación, incluso irrecuperable en algunas ocasiones.
El 94 96 de los objetos de sílex corresponden a este tipo.
La otra modalidad, utilizada en una baja proporción (6 96), es sílex nodular, de una textura muy fina y de buena calidad, que se encuentra con relativa abundancia en afloramientos de algunas cuevas cercanas (Galería del Sílex en Cueva Mayor).
El predominio de sílex errático se hace patente en todas las categorías estructurales (Tabla llI),
(4) Se excluye el grupo de Indeterminados.
(5) Para una visión geomorfológica de la zona, ver Zazo et tlli~ 1987. excepto en las Bases (B), que lógicamente corresponden a materiales más resistentes, como la cuarcita.
De hecho, se ha documentado la existencia en muchas de estas Bases de fracturas y signos erosivos provocados probablemente por su utilización como percutores y machacadores.
Pese al reducido número de efectivos, se han podido observar una serie de pautas claras en la confección de los objetos líticos de Atapuerca.
El análisis de estas pautas se ha realizado sobre las Bases Positivas, Bases Negativas de Primera Generación y Bases Negativas de Segunda Generación.
Las BP y BN l G son las categoIÍas estruct urales que mantienen una relación más estrecha y directa entre sí y con el tema tratado, pues entre las dos contienen toda la información sobre la talla.
Las BN2G, por su parte, pueden conservar la información referente a las caracteIÍsticas del soporte (BP) sobre el cual están hechas.
Sólo en este sentido son analizadas aquí.
Contamos con un total de 50 BN t G para TD y TG-TN, más 8 fragmentos de los que sólo puede determinarse la materia prima y otras 5 piezas en las que existen dudas sobre su posible origen natural.
Se trata fundamentalmente de cantos de cuarcita y arenisca, indudablemente transportados por el hombre, aunque posiblemente no modificados por él. sino por otros agentes postdeposicionales.
Existen además 5 piezas que realmente son BN2G, aunque talladas y explotadas como si fueran BN t G, sin presentar caracteres -retoque, por ejemplo-que lleven a incluirlas entre los instrumentos.
Así, pues, las estudiaremos como si fueran BNtG.
De las 55 piezas que estudiamos de TD y TG-TN, 38 pueden ser consideradas claramente como BN t G neutras (núcleos).
Esto no excluye que algunas de ellas presenten un segmento retocado, debido probablemente a su utilización en una función más directa, una vez finalizada la secuencia de talla.
Las otras t 7 BN t G han sido consideradas como BN t G no neutras, entre las que se ha incluido las piezas de difícil caracterización.
En este trabajo sólo se estudiarán las BNt G neutras; es decir, aquéllas cuya función primaria es la producción de BP (lascas).
Entiéndase que este análisis se efectúa sobre la pieza y que ésta presenta sólo la secuencia de talla inmediatamente anterior a su abandono.
La presencia regular de un tipo de BN 1 G Y la morfología y caracteres técnicos de la BP producto permiten inferir la existencia de un tipo de talla «estandao), repetida al menos durante gran parte de la secuencia.
Cinco aspectos permiten analizar, a nuestro JUICIO, el tipo de talla llevado a cabo sobre una BNIG (Mosquera, 1989): la disposición de los levantamientos, la configuración de los puntos de impacto, el número y disposición relativa de las plataformas de percusión, la inclinación de las extracciones en la superficie de lascado respecto a la plataforma de percusión y las morfologías finales.
La ordenación supeditada de los cuatro primeros factores conlleva una morfología final específica.
Son, por tanto, aspectos fundamentales para el análisis, por lo que pasamos a explicarlos a continuación.
La disposición de los levantamientos se refiere a la posición relativa de éstos durante la secuencia de talla.
Existen dos alternativas: disposición no adyacente (ver Fig. 6D) Y disposición adyacente (Figs.
Esta última, a su vez, puede presentarse como disposición adyacente respecto a las caras de las lascas (Fig. 5A) o respecto a sus aristas (Fig. 5B).
Como puede observarse en las mencionadas figuras, la diferencia entre ambos modelos reside en que en el primer caso cada BP se ha de situar detrás de la anterior (talla en Volumen) -como es el caso de la talla en «tranches» (Brézillon, 1968)-y en el segundo, cada pieza se ha de situar al lado de la anterior (talla Marginal).
En este último caso se trata de una forma de talla en la cual se levanta la periferia de la BNIG.
La configuración de los puntos de impacto puede ser rectilinea (Fig. 6A), en espiral (Fig. 6B), alterna (Fig. 6C) o no manifiesta (Fig. 6D).
cc"""") r m Durante la talla de una BN!
G pueden utilizarse una, dos o más plataformas de percusión.
En un caso típico como el representado en la figura 6C consid eramos que se han utilizado dos plataformas de percusión contiguas, dispuestas para la talla de modo opuesto.
Esta figura representaría una talla Marginal y bifacial.
La inclinación de las extracciones se refiere al ángulo entre plataforma de percusión y superficie de lascado.
Como ya se ha mencionado, la morfología final específica de cada núcleo depende de las diferentes combinaciones que se realicen con estos cuatro factores.
De esta forma, cualquier tipo de BNIG puede ser explicada, incluso aquéllas de las que no conocemos su finalidad última.
Un chopping-tool, por ejemplo, puede ser técnicamente descrito (Figs, IOB y D; 12B Y D) como una BN!
G (canto en este caso) sometido a una talla Marginal, con configuración alterna de los puntos de impacto, con dos plataformas de percusión con tiguas y dispuestas para la talla de modo opuesto y con negativos Planos o Simples respecto a la plataforma de percusión.
Las combinaciones más evidentes y com unes se explican a continuación.
A. Disposición No-Adyacente de los levantamientos.
Son levantamientos independientes unos de otros (Fig. 6D).
T P., 1992, no 49 a) Talla en Volumen: Cada leva ntamiento se sitúa detrás del previo.
La configuración de los puntos de impacto puede ser rectilínea (Fig. 8) Y alterna (Fig. 9).
Esta última con una plataforma de perc usión ha sido identificada por los a utores de este trabajo en el yacimiento del Pleistoceno Medio de Aridos (Madrid).
b) Talla Marginal: cada levantamiento se sitúa alIado del previo.
La configuración de los puntos de impacto puede ser rectilinea (Fig. 10), espiral (Fig. 11) o alterna (Fig. 12).
Las morfologías que incorporan una plataforma de percusión usua lm ente modifican sólo una cara; so n los unifaciales.
Aqu ellas con dos pla taformas de percusión modifican norm almente dos caras y son los bifaciales.
La configuración rectilín ea de los puntos de impacto (Fig. 10) presenta morfologías muy conocidas; e.g. instrumentos sobre canto unifaciales y bifaciales y morfologías ortogonales de núcleos.
La configuración en espiral de los puntos de impac to (Fig. 11 ) puede verse en unifaciales planos (Fig. 11 A), discoides, bifaces y bifaciales planos (Fig. 11B), núcleos piramidales (Fig. 11 C), núcleos bipiramidales (Fig. lID), núcl eos prism áticos (Fig. 11E y 11F) y núcleos poliédricos (Fig. 11F).
La co nfiguració n alterna de los puntos de impacto (Fig. 12) produce morfologías similares a las representadas en la figura 11.
Se refiere a las secuencias de talla en las que están presentes dj ferentes patrones de levantamientos.
Así, por ejemplo, una secuencia de talla Marginal en la que la disposición de los puntos de impacto es rectilínea en un primer momento y en espiral al final.
Incluye otros patron es en los qu e se da la talla Marginal.
Por ejemplo, los esferoides y núcleos poliédricos en los que un levantamiento ha sido utilizado como plataforma de percusión del siguiente.
La configuración de los puntos de impacto posiblem ente será diferente en cada caso.
Pertenecen a este grupo dos tipos de piezas: aquéllas con un único levantamiento, cuyo origen natural o antrópico es difícil de evaluar, y aquellas piezas modificadas que muestran un patrón generalizado de talla, excepto para unos pocos leva ntamientos.
Técnicas de talla como la Levallois y la Kombewa se sitúan en este grupo.
La técnica Levallois (Fig. 13) podría ser descrita como un m étodo de talla Margin al centrípeto y bifacial con inclinación Plana d e los levantamie ntos en una cara y Simple o Abrupta en la otra.
La configuración d e los puntos de impacto es espiral.
Cuando el núcleo está prepara do -núcleo en caparazón de tortuga-el patrón de talla cambia y algunas lascas son levantadas según el patrón de talla en Volumen -cada leva ntamiento se sitúa detrás del previo-, normalmente con una config uración alterna de los puntos de impacto.
Estos últimos levantamientos son las ll amadas lascas Levallois y representan un cambio en el patrón de talla utilizado; esto es, son levantamientos aisla dos respecto al patrón generalizado en el resto de la secuencia.
Por ello, consideramos estas técnicas como casos específicos de determin ados métodos de talla.
LAS BNIG DE ATAPUERCA
Al m enos el 70 9ó de la BNl G ne utras recuperadas presen ta n una disposición adyacente de los levantamientos respecto a las aristas de las BP; es decir, una talla Marginal.
Este tipo de ta lla se ha podido ide ntifica r repetidamente en los niveles excavados, que son los superiores en el conjunto de los rellenos cársticos.
A continuació n se expo ndrá n las características de es tas piezas, atendi endo a su pertene nc ia a los co njuntos de niveles previamente es pecificados. l.
Conjunto de niveles superiores (TG-TN / TD).
De las 47 BN 1 G que forman parte de estos conjuntos, 32 son claramente neutras, mientras que otras 15 presentan problemas de asignación.
El 87,S % de las BN 1 G neutras son bif aciales y el 12.5 % restante, unif acialcs.
Ambos grupos participan de un índice muy alto de talla Marginal. asegurado en 26 piezas (81,2 lJo) Y dudoso en otras 6 (l8,7 %).
No se ha identificado ningún ejemplar claro de talla en Volumen.
Un hecho a destacar es la alta presencia entre los bifaciales con talla marginal de una cara con levantamientos Planos, mientras que la otra lus tiene Simples (Lám.
Estu ocurre en 20 de 24 piezas; las otras 4 presentan en ambas caras levantamientos Simples.
En general, la cara de levantamientus Planos refleja, o bien negativus con cunfiguración circular de lus puntus de impacto, u bien negativus con configuración rectilínea.
En este último caso. se trata de una doble hilera upuesta de levantamientos Planos y rectilíneos.
Los negativos de la cara opuesta -Simples con tendencia Abrupta-presentan una orientación convergente.
Aparentemente, la cara plana parece haberse utilizado como plataforma de percusión preparada y la inclinada como superficie de lascado, por lo que la configuración de los puntos de impacto de las caras Simples puede ser circular con alternancias puntuales con la otra cara, con el fin de regularizar la plataforma de percusión.
Es usual que la cara de levantamientos Planos contenga menor número de negativos que la cara opuesta.
Otro hecho a destacar es que 7 de las BN I G bifaciales presentan un engrosamiento distal natural o utilizado en ocasiones como tercera plataforma de percusión.
Esto genera morfologías finales muy similares a las documentadas por algunas BN2G (lascas retocadas).
Las semejanzas entre las categorias estructurales serán comentadas más adelante.
Dentro de este gran subconjunto de BN I G con talla Marginal y bifacial. existen algunas piezas que responden a las caracteristicas generales comentadas, pero presentan una asimetría sagital muv fuerte debidu al desajuste espacial entre las dos caras.
Finalmente, existen 6 BNIG -correspondientes también a los niveles superiores-que no responden con suficiente claridad a los modelos presentados.
Probablemente se trate de talla Marginal.
Suelen reflejar la utilización de dos plataformas de percusión contiguas pero no opuestas, lo que deriva en la formación de dos aristas sagitales y una morfología final cúbica.
Todo ello, unido al escaso número de levantamientos, hace pensar que son fragmentos de otras BNIG de mayores dimensiones, aprovechados tras la fractura.
Las morfologías de las BN I G correspondientes al más generalizado tipo de talla -Marginal, centripeto y bifacial-son multiangulares y circulares para la vista horizontal y bicónicas o cónicas para la morfología sagital y transversal.
La forma horizontal suele presentar cuatro o cinco ángulos para las piezas de tamaño medio y grande (más de 60 mm.) y de más de cinco ángulos -consideradas como circulares-para las menores.
La media de sus dimensiones es de 61,59 X 4,05X 32,61 mm. Las caracteristicas técnicas de la única BN I G correspondiente al Conjunto de niveles mediosuperiores (TG-TN) no difiere de las vistas hasta el momento.
Conjunto de niveles medio-inferiores.
Existe otro tipo de BNIG neutras aparecidas en los niveles medios-inferiores del relleno de TD.
Se trata de 4 piezas.
Dos de ellas, de grandes dimensiones (200 X 150 X 100 mm., aprox.), son de sílex errático, presentan una morfología cúbica y no reflejan unas pautas organizadas de extracción de BP, por lo que en origen pudieron ser talladas repetidamente según una disposición no adyacente de los levantamientos.
Al margen de ello, muy bien puede tratarse de una reducción de masa correspondiente a las primeras fases de la talla Marginal, más generalizada al menos en los niveles superiores (Lám. m.
Las otras 2 piezas, ambas de cuarcita, están parcialmente talladas.
El tipo de talla que presentan es Marginal y la orientación de los levantamientos es ligeramente convergente, lo que indica un modelo de talla similar al de los niveles superiores.
Conjunto de niveles inferiores.
En contraposición al gran conjunto de talla Marginal. sólo una BNIG -correspondiente a los niveles inferiores de TD, por encima del límite Matuyama/Bruhnes-T.
P., 1992, n Q 49 presenta una disposición adyacente en los levantamientos respecto a las caras de la BP (Talla en Volumen).
Se trata de una gran BNIG de cuarcita (114 X 77 X 102 mm.) sobre la que se efectuaron seis levantamientos, cada uno detrás del anterior, desde una sola plataforma de percusión.
Los dos primeros atravesaron todo el espesor de la pieza (102 mm.), mientras que los cuatro restantes quedaron reflejados, lo que motivó la formación de una superficie de lascado convexa, la consiguiente dificultad de tallarla y, finalmente, el abandono de la pieza (Lám.
Otras 2 BNIG neutras forman parte de este conjunto, unifacial en su totalidad, v compuesto exclusivamente por piezas de cuarcita.
Amhas presentan escasos levantamientos, a veces discontinuos.
LAS BP Y BN2G DE AT APUERCA
Es obvio que el tipo de talla repercute directamente sobre las características de las Bases Positivas que se produzcan.
Por ello, pretendemos contrastar el modelo de talla reconocido en las BNIG de Atapuerca, con los rasgos técnicos de las BP y BN2G recuperadas.
De modo general. las BP y BN2G contienen infonnación de una serie de caracteres cuyo análisis permite su sistematiza-'ción: forma de la cara ventral; cantidad de córtex del talón, forma horizontal y frontal del mismo, facetaje y tipo; cantidad de córtex, forma sagital, horizontal y transversal de la cara dorsal. así como el número de inclinación de los levantamientos previos a la extracción; ángulo de lascado, etc. (Carbonell, 1987).
Dentro del análisis de estos caracteres, vados de ellos y su asociación resultan, a nuestro juicio, de mayor importancia para el tema tratado.
Estos son el tipo de cara talonar y facetaje; la forma frontal de esta misma cara, el número y diseño de las nervaduras dorsales y la morfología horizontal de la pieza; por último, la orientación de los levantamientos previos a la extracción de la lasca.
En Atapuerca, la cara talonar es de tipo plataforma, generalmente de gran tamaño, excepto en un pequeño conjunto de piezas con talones pequeños (10 mm. aprox.) de morfología oval.
Las BP y BN2G de grandes plataformas talonares se caracterizan especialmente por dos aspectos: en primer lugar, la amplitud de las facetas y la existencia de ángulos relativamente agudos entre ellas, lo cual induce a confundir facetas de la plataforma talonar con lados de la pieza; en segundo lugar, presentan una fuerte nervadura en la delimitación entre cara talonar y cara dorsal.
Nervadura y facetas corresponden a una parte de la arista sagital (nervadura) de la BN 1 G bifacial y a pequeñas áreas de la plataforma de percusión (facetas) adyacentes a dicha arista levantado todo con la extracción de la Base Positiva.
El tamaño de estas plataformas talonares es tal que su amplitud suele coincidir con el mayor espesor de la pieza.
De hecho, muchas de ellas presentan series de retoques en la nervadura cara talonar-cara dorsal, realizados posiblemente con el fin de adelgazar a la pieza.
Las piezas se distdbuyen en tres subgrupos -coincidentes a grandes rasgos con los grupos de tamaño-atendiendo a las morfologías, que en general son de tipo trapezoidal (38 %), cuadrangular (26 %) y triangular (32,6 %):
BP Y BN2G de pequeño formato (hasta 30 mm.).
A este grupo pertenecen el 36 % de las piezas recuperadas en ambos yacimientos.
La mayor parte de ellas presentan morfologías trapezoidales, con una o ninguna nervadura dorsal y con fuertes charnelas.
Muchas de ellas pueden identificarse como BP-esquirlas de talla, aunque algunas fueron seleccionadas para ser retocadas.
(6) A. Martín Nájera es Directora del Museo Pérez Comendador-Leroux de Hervás (Cáceres) y del Museo Etnográfico Textil Provincial de Plasencia (Cáceres).
Realizó su Tesis de Licenciatura (1986) sobre el análisis técnico de la industria lítica de los yacimientos de la Sierra de Atapuerca.
T. P., 1992, n 2 49 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es 2.
B). constituyen el 43,7 % de los efedivos y presentan varias morfologías: a) morfulogía trapezoidal que, como en el caso anterior, pueden tener una o ninguna nervadura dorsal.
Algunas de ellas fueron también seleccionadas para ser retocadas. b) morfología cuadrangular, asociada a caras dorsales que presentan nervaduras cruzadas.
Estas piezas son el producto de levantar una superficie plana de la BNtG, tallada previamente de modo Marginal centrípeto.
Otro tipu de BP y BN2G tiene formatos igualmente cuadrangulares. pero los negativos que presentan en sus caras dorsales son subparalelos.
Pueden tener dos o tres nervaduras.
Estas, junto con las formas triangulares -con un~ nervadura longitudinal. a veces desviada-son las piezas resultantes de la extracción sistemática de BP de la superficie de lascado (cara de la BNt G con levantamientos Simples y Abruptos).
La única diferencia entre ellas es que las triangulares levantaron una purción de BN t G con una nervadura, mientras que la purción de las cuadrangulares incluía varias.
Así, pues la morfología de la lasca depende de la cantidad y disposición de las nervaduras que levante.
BP Y BN2G de gran formato (más de 60 mm.; generalmente, más de 80 mm.)
A este grupo pertenece el 20,2 % de los efectivos.
Como las otras, presentan morfologías trapezoidales y triangulares, aunque en muchos casos no se aprecia la forma original debido a la fuerte modificación que sufrieron tras su extracción.
En general, son más anchas que largas y poseen una nervadura que cruza la pieza en diagonal en las de menor espesor (Lám.
C.2) y a lo largo del eje longitudinal de la pieza en las más gruesas (Lám.
Estas últimas son las utilizadas para la manufactura de grandes útiles como bifaces, hendedores,...
Su plataforma talonar continúa siendo bifacetada o multifacetada, lo cual indica preparación previa a su extracción.
Este tipo de BP proviene pusiblemente de los prímeros levantamientos efectuados sobre el nódulo.
El hecho de que no haya aparecido en los niveles superiores ninguna BN1G de una dimensión suficiente como para presentar negativos de estas grandes BP y la presencia de dos grandes BN 1 G globulares en los niveles medios, nos lleva a suponer que ambos tipos de núcleos pueden corresponder al mismo «estandan> de talla, pero a diferentes etapas de la secuencia; así, los núcleos de los niveles más modernos serían trabajados pusteriormente mediante la explotación centripeta bifacial documentada tan ampliamente.
Hemos visto que la talla lítica en Atapuerca puede modelizarse de la siguiente manera.
La forma de talla normalmente es Marginal bifacial con levantamientos Planos, Simples y Abruptos, mediante la cual se producen varios tipus de BP, la mayoria cortas, procedentes de la explotación de la superficie de lascado con levantamientos Simples, y otras que resultan del levantamiento de las caras opuestas, con extracciones Planas.
Una de las caracteristicas más significativas de las BP producto de la talla Marginal es su morfología trapezoidal y triangular.
Las primeras pueden no tener nervaduras dorsales y presentar fuertes charnelas, o tener una o dos nervaduras de dirección longitudinal o desviada respecto al eje de la pieza.
Las segundas suelen presentar una arista longitudinal.
Ambos tipus documentan una orientación subparalela en los negativos de sus caras dorsales.
Por su parte, las BP producto de levantar la cara de la BN1G con extracciones centripetas Planas, presentan tres o más nervaduras cruzadas y una morfología cuadrangular-circular.
Por último existe una serie de grandes BP (la mayoria aprovechadas para la manufactura de grandes útiles como bifaces, hendedores, etc.), también de morfología trapezoidal o triangular, cortas y anchas y con una arista dorsal muy marcada.-:-desviada o no-que actúa siempre como eje T. P., 1992, n ll 49 longitudinal de la pieza a retocar.
Este último grupo, junto con grandes fragmentos de regularización de plataformas de percusión, se cree provienen de los primeros levantamientos efectuados sobre grandes bloques de sílex errático.
Estos levantamientos aprovecharian las aristas abruptas que naturalmente presentan estos bloques y corresponderian a las primeras fases de la secuencia de explotación periférica, manifiesta en los yacimientos de Atapuerca.
En general. existe una presencia importante (67 %) de transformación en Bases Negativas de Segunda Generación de las BP con una o más nervaduras en sus caras dorsales.
Por otra parte, hemos considerado otra serie de puntos a tener en cuenta para la caracterización general de la explotación en estos yacimientos:
Polaridad Se documenta mayoritariamente una polaridad convergente (orientación de los levantamientos hacia un punto) en los niveles superiores.
El muestreo sobre los niveles mediosinferiores del relleno de TD ha procurado la obtención de dos grandes BNIG que no presentan una polaridad manifiesta o unívoca, mientras que otras dos reflejan al menos una tendencia convergente.
Por último, un único ejemplar documenta polaridad longitudinal y talla en volumen, y pertenece a los niveles inferiores, más antiguos, del relleno de TD.
Se puede observar que sobre el conjunto industrial de Atapuerca domina el concepto de transversalidad.
Esto es, la mayoria de los objetos poseen formas no apuntadas, excepto en el caso de algunas BN2G (bifaces, por ejemplo).
El resto -BP, BN2G e incluso BNIG neutras retocadas-participan del hecho de poseer morfologías cuadrangulares, pentagonales, etc. Esto estaria en consonancia con la funcionalidad de las ocupaciones, dirigida supuestamente a la manipulación de alimentos dentro de las cavidades.
Existe otra caracteristica en la industria de Atapuerca y es su gran homogeneidad, visible en el carácter de transversalidad generalizado, en el tipo de talla sistemáticamente reiterado y, sobre todo, en la similitud entre las categorias estructurales elaboradas.
Ejemplo de ello es que incluso el aspecto global de varias BN2G (5 piezas) se confunde con el de las BNl G, debido a la utilización en ambas de métodos de talla, configuración y modificación, similares.
El grado de aprovechamiento de la materia prima en Atapuerca parece haber sido muy fuerte.
Por ejemplo, no existe una selección de BP por tamaños para ser transformadas en BN2G.
Existen muestras de esta última categoría desde 15 mm. hasta los grandes útiles sobre lasca (entre 130 y 50 mm. de longitud).
Como aproximación, pensamos que el grado de aprovechamiento puede deducirse por la apreciación conjunta del carácter de facialidad del núcleo (unifacial. bifacial. multifacial), unido a la cantidad de superficie modificada en el mismo y unido, igualmente, a la diferencia de tamaño entre los últimos negativos de una BNl G y el de los levantamientos que podrían seguir obteniéndose..
De esto modo, observamos un grado de aprovechamiento muy fuerte para el Conjunto de niveles superiores, ya que la mayoria de las BNIG neutras son bifaciales (289 sobre 32); además 20 mantienen un grado de explotación muy alto, por presentar toda la superficie modificada y una dimensión media de los núcleos de 50,69 X 38,21 X 28,27 mm.; 8 piezas sufrieron una modificación media y sólo 4 están escasamente explotadas, ya que el tamaño de los negativos que muestran sus caras de lascado es menor que el de las BP que puedan potencialmente obtenerse.
Pese al reducido número de efectivos, en los Conjuntos de niveles medio-inferiores (4 piezas) e inferiores (3 piezas) -representados exclusivamente en TD-, es significativo que ambos grupos posean un tamaño medio de sus BNIG neutras mucho mayor que el obtenido para el Conjunto de niveles superiores.
Para el Conjunto medio-inferior esta media es de 150,79 X 107,59 X 70,41 mm. De las 4 piezas, 2 son bifaciales y 2 unifaciales, con lo que la modificación de la superficie disminuye en relación a los niveles superiores.
Además, todas pueden ser consideradas como escasamente explotadas, pues el tamaño medio de los negativos está muy por debajo del potencial T. P., 1992, n ll 49 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es del núcleo abandonado.
Algo similar ocurre con el Conjunto de niveles inferiores de TO, en el que el tamaño medio es de 99,33 X 69 X 55,33, los 3 efectos son unifaciales y se presentan poco explotados.
Un aspecto importante respecto a las diferencias entre los conjuntos es la utilización aparentemente selectiva de la materia prima.
Aunque sujeto al posible sesgo provocado por la escasez de datos actual, no deja de ser significativo que la cuarcita, utilizada en un 26 96 de las BNI G de los niveles superiores de TD y TG-TN, en los medios e inferiores adquiere una significación del 71,4 96.
Igualmente interesante es que sólo 3 de las 10 BN 1 G realizadas sobre arenisca puedan ser identificadas como BNIG neutras.
Parece que la utilización de este material en la producción de BNIG iría encaminada a la obtención de instrumentos, más que a la de núcleos.
De todos los caracteres comentados a lo largo de este trabajo, varios aspectos tecnológicos inducen a encuadrar la industria de los niveles superiores en la cadena operativa achelense: presencia constante de bifaciales totalmente modificados, arístas frontales irregulares y sinuosas, asimetría sagital, presencia de útiles muy gruesos, producción de grandes BP y reiteración de morfologías trapezoidales y cuadrangulares.
No obstante, existe otra serie de caracteres técnicos muy significativos a la hora de concretar el proceso evolutivo tecnológico: utilización regular de método de talla bifacial Marginal y en espiral que confiere a los núcleos su aspecto cónico; presencia de una orientación de los negativos mayoritariamente convergente provocada por la talla Marginal centripeta; abundante presencia de morfologías multiangulares con tendencia a la circularidad en las BNIG neutras y, por último, una gran homogeneidad de todas las categorías estructurales elaboradas.
Todos estos rasgos serán característicos de las industrias del Pleistoceno superior inicial.
Por todo ello, y en consonancia con el estudio global de la industria (Carbonell el alii, 1987c), el proceso de explotación lítico reflejado hasta el momento en los niveles superiores de los rellenos de Atapuerca, debe encuadrarse en un momento final de la cadena operativa achelense.
Los autores firmantes deseamos expresar nuestro agradecimiento al Prof. Emiliano Aguirre por la ayuda que nos ha prestado en todo momento, indispensable para el conocimiento de los contextos geológico, cronológico y paleontológíco de los yacimientos.
Este trabajo ha sido subvencionado por el Proyecto Atapuerca, NQ PB90.0126.603.01 de la DGCYT y en parte (M. M.) por una beca de Formación de Personal Investigador de la Comunidad de Madrid, a través de su Plan Regional de Investigación. |
El Corpus de Arte Rupestre Levantino (1971Levantino ( -1976) ) es una recopilación de fotografías a color e información contextual sobre las tres cuartas partes de las pinturas conocidas en el arco mediterráneo español, cuya calidad todavía no se ha superado.
La reconstrucción de su génesis se basa en bibliografía, archivos e historia oral cuyo valor para la historia de la ciencia se reivindica.
La conexión de su trayectoria con las de sus creadores, el prehistoriador M. Almagro Basch y el fotógrafo F. Gil Carles, pone en evidencia el contexto institucional, personal y económico de la investigación durante el franquismo.
Se destacan las aportaciones de Almagro en relación con el estudio, documentación y protección del arte y al recurrir a un suministrador externo dentro de un proyecto científico.
La formación de Gil Carles, sus actividades y sistemática original de registro, presentadas aquí por primera vez, le caracterizan como primer fotógrafo español de patrimonio.
El artículo expresa cómo la confluencia de ambas personalidades hicieron del CARL el único archivo fotográfico español a escala suprarregional sistemático y con criterios explícitos.
ción contextual sobre las tres cuartas partes de las pinturas conocidas hasta 1976, la mayor parte conjuntos clásicos.
Continúa la tradición científica positivista que en el siglo XX se concreta, por ejemplo, en la Carta Arqueológica de España y el Corpus Vasorum Hispanorum (González Reyero 2004; Olmos 1999).
El CARL resultó de la confluencia de dos personalidades típicas del franquismo y complementarias: Martín Almagro Basch (Tramacastilla 1911-Madrid 1984) y Fernando Gil Carles (Barcelona 1915-Valencia 1980), ambos muy concernidos por la documentación del arte rupestre prehistórico.
Con una brillante e ininterrumpida trayectoria académica, diversificó su investigación en temas relevantes para cuyo tratamiento sus obras siguen siendo referencia, como sus contribuciones al estudio del arte rupestre peninsular y africano (Almagro 1944b(Almagro, 1946(Almagro, 1960d(Almagro, 1968(Almagro, 1969(Almagro, 1971a(Almagro, 1971b; Almagro y Almagro 1968).
En este artículo nos centraremos en las relativas al arte levantino.
No obstante somos conscientes de que la variedad de sus intereses dificulta una valoración exacta de lo que significó el arte rupestre en su trayectoria científica.
Almagro presentó en este tema dos vertientes relativamente independientes: la investigadora, centrada en la defensa de la cronología mesolítica, y la documental, que concretó en la creación del CARL.
Mantuvo la primera línea hasta el fin del debate en la década de los 60, y la segunda durante toda su vida.
La documentación venía ligada a la conservación de las pinturas en peligro de destrucción y a la creación de un repertorio iconográfico fidedigno, que sirviera de base científica a su estudio.
Esta preocupación fue recurrente en su gestión en museos, universidades, administración y centros del CSIC y se alivió a comienzos de la década de los 70, cuando pudo llevar a efecto ese proyecto.
Como corresponde a la situación política del franquismo, el CARL fue planteado y gestionado por Almagro con un fuerte carácter individual desde dos instituciones de la administración central del Estado en las que tuvo importantes responsabilidades: la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas y el Instituto Español de Prehistoria (CSIC).
La obra, personalidad y la propia imagen de Fernando Gil Carles, fotógrafo del Corpus, son prácticamente desconocidas (Piñón 1982: 231; Fortea y Aura 1987: 98; Martínez Valle 2000: 74) ya que, salvo en la exposición organizada por Aparicio (1982), en las realizadas en la Consellería de Cultura de Valencia (1995) para informar de la apertura del Museo de la Valltorta y en el propio Museo (1996), donde se presentaron sus fotografías, no hubo ningún tipo de publicación.
Sus estudios universitarios fueron ajenos a su dedicación profesional a la fotografía a la que llega desde una formación autodidacta, experimental y bibliográfica.
Trabajó en Valencia, en su empresa familiar, sobre temas de naturaleza, historia y otros de carácter comercial, siendo uno de los introductores de la fotografía a color en España.
Tras los encargos del Museo de Prehistoria del Servicio de Investigación Prehistórica de la Diputación Provincial (S.I.P.), en los años 1960, que le pusieron en contacto con Luis Pericot García y Domingo Fletcher Valls, diseñó el proyecto de Corpus de Arte Rupestre Levantino para el que, finalmente, encontró financiación recurriendo a Almagro.
Su finalización coincidió, por tanto, con la transición al régimen democrático y una descentralización del Estado que implicó, con bastante rapidez, la transferencia de las competencias en la gestión de la arqueología a las comunidades autónomas.
En ese momento de indefinición no era fácil conseguir la importante financiación necesaria para la publicación del CARL.
Martín Almagro contaba ya con 64 años y había perdido gran parte de su peso político.
Fernando Gil Carles tenía 60 años.
Ambos fallecieron poco después.
El Corpus y la documentación conexa permanecieron custodiados en el Dpto. de Prehistoria del Instituto de Historia, heredero del Instituto Español de Prehistoria, que Almagro fundó y dirigió hasta su jubilación y, por tanto, el último centro del CSIC desde el que Almagro dirigió el proyecto.
El CARL ha sido inventariado, preservado en condiciones que garantizan su conservación, digitalizado y publicado en Internet [URL]. csic.es/AAR/).
Su revalorización, con la que este artículo está también comprometido, ha puesto en evidencia que sigue siendo el más importante archivo iconográfico de arte levantino.
Sin duda el hecho de que el Corpus haya tardado 30 años en publicarse es la razón fundamental de la invisibilidad académica de Fernando Gil Carles y de su iniciativa.
La difusión del repertorio permite considerar a su autor el primer fotógrafo español de patrimonio, creador del único archivo fotográfico de arte rupestre de la Península Ibérica sistemático y con criterios explícitos (J. Latova, comunicación personal).
Los especialistas en arte prehistórico suelen ser, a la vez, los responsables de la documentación.
Las excepciones más notables se vinculan con la desaparecida Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas (C.I.P.P.): Juan Cabré Aguiló, cuya condición de experto arqueólogo y fotógrafo especializado acaba de destacarse (González Reyero 2004), y Francisco Benítez Mellado (Hernández-Pacheco 1959a), un dibujante experimentado en la copia de pinturas rupestres (Hernández-Pacheco 1956: 40).
Además, tradicionalmente se ha sobrevalorado el dibujo y los calcos respecto a la fotografía en la documentación del arte (Moneva 1993) sin que el reciente interés patrimonial por los archivos fotográficos (González Reyero 2004) acabe de llegar a la de temática arqueológica de los últimos 60 años.
Por todo ello pensamos que la presentación de Fernando Gil Carles constituye por sí misma una aportación novedosa y muy significativa del artículo.
El que el CARL haya permanecido inédito ha ocultado también el papel pionero de Martín Almagro al recurrir a un suministrador externo dentro de un proyecto científico (J. Latova, comunicación personal).
Esa estrategia sólo se generalizará en arqueología tras la transferencia de las competencias a las administraciones autonómicas.
Una última aportación del artículo atañe a la historiografía de la ciencia en ese periodo tan cercano.
Las dificultades derivadas de la dispersión y multiplicidad de fuentes (publicaciones, correspondencia administrativa y personal, fotografías, manuscritos...) y de su carácter incompleto (Olmos 1993: 46) se han paliado sólo en parte al concentrarnos en las iniciativas encaminadas a la creación de un Corpus de pinturas rupestres.
La proximidad temporal perjudica la catalogación de los documentos que, en ocasiones, aún no se han transferido al archivo.
No siempre hemos podido optar entre las inexactitudes, reiteraciones y contradicciones advertidas entre ellos.
Llamamos la atención sobre este problema de especial gravedad cuando se rastrea una actividad intensa y prolongada como la de Martín Almagro, desarrollada en instituciones diversas pero, a menudo, conectadas de hecho (Moure 1999: 63).
Así, la documentación generada en una institución puede encontrarse en otra: por ejemplo la correspondiente a su periodo en la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas pasó, al menos en parte, al edificio del Museo Arqueológico Nacional, según Almagro escribió en 1968 a Salvador Vilaseca.
En cuanto a Gil Carles, la información directa de dos de los firmantes ha sido, simplemente, imprescindible.
Su autora tuvo la amabilidad de dejarla consultar a una de nosotros (MIMN).
El texto trasluce la trascendencia de las redes personales en el desarrollo del CARL.
La centralización de responsabilidades institucionales y de representación científica en una minoría de académicos se corresponde con la política autoritaria del régimen franquista que imbricaba estrechamente la vida de las instituciones con la de sus promotores y funcionarios.
Además, sobre todo en los primeros momentos, esa concentración de poder reflejaba también la escasez real de personas preparadas y respondía a una estrategia expresa de optimización de recursos destinada a contrarrestar las dificultades derivadas de la precariedad económica y del aislamiento (Marcos Pous 1993: 86 y 93).
La realización del Corpus refleja bien la debilidad de este contexto científico: la dependencia de iniciativas individuales expuestas a imponderables que ni siquiera la posición de Almagro y el entusiasmo de Gil Carles consiguieron superar.
Currículum de Martín Almagro Basch.
Se licenció en Filosofía y Letras, Sección de Historia, en 1932 y se doctoró en 1935, en ambos casos con Premio Extraordinario.
Fue alumno y profesor ayudante en la Cátedra del Dr. Hugo Obermaier, y Secretario del Seminario de Prehistoria de dicha Facultad (1932Facultad ( -1935)).
También en 1935 ingresó por oposición en el Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos.
En su solicitud a la Junta para la Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas para completar su formación señaló entre sus méritos el ha- Almagro polarizó el desacuerdo con la datación paleolítica de las pinturas que encabezaban ambos autores y que asumía Pere Bosch Gimpera, alineándose con Eduardo Hernández-Pacheco, "Jefe de Trabajos" de la Comisión, en su asignación al Mesolítico (4).
Pericot, alumno principal de Bosch Gimpera, había acudido en 1933 a su llamada para poner en marcha la Universidad Autónoma de Barcelona, donde ocupó la Cátedra de Etnología (Cebriá 1999: 11).
Almagro y Pericot trabajaron juntos durante toda la estancia del primero en Barcelona, manteniendo el contacto después.
Almagro llegó a la ciudad en 1939, siendo todavía militar, para hacerse cargo de la dirección del Museo Arqueológico de Barcelona, vinculado al Servicio de Investigaciones Arqueológicas de la Diputación Provincial (Almagro 1940: 216) y de la Cátedra de Prehistoria e Historia Antigua Universal y de España de la Universidad de Barcelona, primero como agregado y luego por concurso de traslado en 1943, vacantes tras el exilio de Pere Bosch Gimpera (VVAA 1999: 8).
Su rápida reasignación buscaba "mostrar al mundo científico cómo en España [continuaban] las tareas interrumpidas por la revolución" (Anónimo 1939: 2-3).
Almagro codirigió con Pericot el Instituto de Prehistoria Mediterránea (CSIC) (Anónimo 1947(Anónimo -1948: 378): 378), además de dirigir, entre otros, las sucesivas secciones de los centros madrileños del CSIC con sede en el Museo, en cuyas tareas participó también Pericot.
Almagro aprovechó la estructura arqueológica creada por Bosch Gimpera y sus redes personales articuladas en torno a Pericot.
Como 'Comisario General', sustituyó las figuras de los responsables comarcales por las de 'comisarios' locales, provinciales y de zona, cargo que ocupó Pericot para Cataluña y Baleares durante muchos años (VVAA 1999: 8).
Cuando en 1954 Almagro se trasladó a la Universidad de Madrid al ganar por oposición la cátedra, Pericot ocupó hasta su jubilación la que aquél dejó vacante en Barcelona (Cebrià 1999: 11).
La debatida cuestión de la cronología orientó su investigación sobre el arte levantino (Almagro 1944a), mediando Pericot entre Almagro, por un lado, y Breuil y Bosch, por otro (Cebrià 1991: 13).
(4) La conexión entre Almagro y Hernández-Pacheco posiblemente se formalizara cuando el primero fue "Profesor Honorario del Museo Nacional de Ciencias Naturales Agregado al Laboratorio y Sección de Geología del mismo" (Museo Arqueológico Nacional Expte 1956/131P).
Además publicó su primera síntesis regional (Almagro 1956) (5).
En relación con la conservación del arte, expuesto al vandalismo desde antiguo, ya en 1935 tomó la iniciativa de cerrar algunos abrigos de Albarracín (Teruel) (Beltrán 1950: 328).
Pero la estrategia más generalizada al respecto fue la copia de las pinturas.
Inspirado en el ya mencionado plan de Obermaier y Frobenius, Almagro inició muy pronto un programa de dibujo de las estaciones del noreste de la Península Ibérica.
Primero estudió y catalogó el arte rupestre de Tarragona y trabajó en el de Teruel con financiación del Patrimonio Artístico Nacional a través del Marqués de Lozoya y Francisco Iñiguez (Almagro 1944a: 32).
Durante los años 1950, y según las Memorias, dirigió la tarea, indistintamente, a través de tres de los centros del CSIC conectados, a su vez, con el Museo y la Universidad.
Desde el Instituto de Prehistoria Mediterránea, Almagro contó con el dibujante Benítez Mellado (1959: 27-28), procedente de la desaparecida C.I.P.P., para repetir las copias en Cogul (Lérida) y realizar las de Alacón y Bezas (Teruel) (Anónimo 1951: 141).
Con la ayuda de la Diputación, desde el Instituto de Estudios Turolenses hizo trabajo de campo en el Covacho del Arquero de los Callejones Cerrados, en el Cabrerizo y en los abrigos de Bezas (Almagro 1953a), y excavó en Huerto de las Tajadas (Bezas) y "en los varios abrigos con pinturas rupestres del término municipal" de Alacón (Anónimo 1952: 390-391, Almagro 1953a).
A mediados de los 50, desde la jefatura del Dpto. de Prehistoria del Instituto 'Rodrigo Caro' de Arqueología y Prehistoria abordó con Eduardo Ripoll el Corpus de pinturas rupestres del Levante español, primer antecedente explícito del CARL.
Las actividades conexas con este repertorio de "considerable adelanto en su preparación" incluyeron copias de estaciones no especificadas de Castellón y Villar del Humo (Cuenca), Caídas del Salbime (Mazaleón, Teruel) y prospecciones en "Tivissa, Perelló, Cardó y Bajo Aragón" (Anónimo 1958: 251).
Almagro se trasladó a Madrid en 1954 para ocupar la Cátedra de Historia Primitiva del Hombre "Prehistoria" y la Cátedra de Etnología en la Universidad.
Ese traslado supuso, a su vez, el del Dpto. de Prehistoria del CSIC, primero a la sede central del Instituto Rodrigo Caro (Anónimo 1959: 309) (6) y, en 1956, al Museo Arqueológico Nacional cuando accedió a una plaza de conservador, en un claro ejemplo de la asociación entre trayectorias personales e institucionales y proceso de especialización científica (Martínez Navarrete 2002: 369).
Sus intereses en relación con el arte levantino no variaron si bien orientó la defensa de su cronología postpaleolítica hacia congresos (Almagro 1957(Almagro, 1960a(Almagro, 1962(Almagro, 1964;;VI Congreso Internacional del INQUA, Varsovia 1961), revistas internacionales (Almagro 1958(Almagro, 1960b(Almagro, 1960c) ) La preocupación por la proyección fuera de España de este estilo artístico se reflejó también en la organización del IV Congreso Internacional de Ciencias Prehistóricas y Protohistóricas (Madrid, abril de 1954) (Beltrán 1956: XXIII, XXIX; Ripoll 1955Ripoll -1956: 307): 307), significativo exponente de la apertura al exterior del régimen, que se acompañó de excursiones (7) y exposiciones.
Otras iniciativas suyas similares en años posteriores fueron la organización de diversas exposiciones de calcos del artista inglés Douglas Mazonowicz entre 1965 y 1967 en varias ciudades españolas.
En el extranjero destaca su participación en las exposiciones de arte rupestre de Florencia y Londres.
A la primera (1957), organizada por P. Graziosi del Instituto de Paletnología de la Universidad de Florencia, en el Palazzo Strozzi de esa ciudad, envió calcos de abrigos de Cogul, Albarracín, Ares del Maestre, Bicorp, Alacón, Alcañiz, Minateda, Alpera, Dos Aguas y Morella la Vella (Anónimo 1959: 310).
A la segunda (1960), en la Saint Georges Gallery y en el Instituto de Arqueología de la Universidad de Londres, Pericot y Ripoll llevaron "calcos de (...)
Además, a mediados de los 50, Almagro negoció con el director Th.
L. Rowe y los productores de Renaissance Films, Ch.
J. y L. Garrigan, una difusión cinematográfica internacional en Eastmancolor del arte levantino que resultó fallida.
En relación con la conservación Almagro continuó la doble estrategia ya iniciada.
Primero el cerramiento con rejas desde el Instituto de Estudios Turolenses (IET) (8) y con la colaboración del Gobernador Civil y Jefe Provincial del Movimiento -en "las pinturas rupestres de los abrigos de 'La Losilla' (9) y 'La cueva de Doña Clotilde' en Albarracín" (Teruel) (Anónimo 1960: 368)-, medidas que también tomó desde la Comisaría General de Excavaciones Arqueológicas (Tab.
En segundo lugar, con especial intensidad en la segunda mitad de los años 50, prosiguió el 'Corpus de pinturas rupestres del Levante español' con trabajos propios y de colaboradores de los centros asociados al CSIC de Valencia (Fletcher, Alcácer) y Barcelona (Ripoll, Bergés).
Para el Corpus se hicieron "excursiones a las cuevas del Pajarón, en el término de Pajaroncill[o]; a Nerpio, en el término de Yeste (Albacete)", se "reconstruyeron" pinturas de Dos Aguas y se copiaron las de Tortosillas (Ayora, Valencia) y Morella la Vella (Castellón) (Anónimo 1959: 309).
En 1959 Almagro ya hizo gestiones con Graziosi para que la editorial Sansoni publicara el Corpus.
En 1957, también desde el IET, Almagro introdujo la importante innovación de la fotografía a color en las pinturas de Albarracín, Bezas y Tormón (Anónimo 1959: 737), adelantando la opción por esta técnica que definiría al CARL.
Todavía es sólo un tanteo, por la dificultad de "encontrar en España buen material y buenas fotografías y quien las realice", como comenta Almagro a H. Kühn (carta 25-2-1958).
Ese año, García Guinea y Bergés exploraron "Nerpio, concluyendo las copias y descripciones de los conjuntos conocidos y aportando un nuevo conjunto, del Abrigo de Taibilla (10), de pinturas rupestres esquemáticas, que igualmente copiaron en su totalidad" (Anónimo 1960: 123-124), como las de Cuenca (Anónimo 1961: 85).
Otras referencias a la "preparación y archivo del Corpus de Arte rupestre español en colaboración con la Cátedra de Prehistoria de la Universidad de Madrid" aparecen en documentación del ADCH del CSIC de 1966.
Contexto familiar y formación
II) tuvo una infancia feliz que terminó a los 14 años cuando murió su padre, Manuel Gil Quinzá, militar de carrera, casado con María Luz Carles Peiró, miembro de la familia fundadora de la Banca Carles.
Combinó dos intereses: la naturaleza y la fotografía.
Con la primera se familiarizó durante sus vacaciones en el campo y como alumno de los profesores Barcia y Morote, entre otros, del Instituto Luis Vives de Valencia, donde acabó el Bachillerato.
Heredó la afición por la fotografía de su padre junto con su lectura preferida: el libro de J. Muffone (1926), compendio del saber fotográfico de la época.
A los 16 años construyó una cámara oscura que, a través de un orificio sin objetivo y con un obturador simple, impresionaba placas de cristal emulsionado de 4,5 × 6 cm. Compartió esa atracción por la fotografía y por el naciente cinematógrafo con su hermano menor Alfredo y sus primos.
Trabajo de campo (...)
Se impulsará el cerramiento con reja de hierro del mayor número de covachos y abrigos con pinturas rupestres de nuestra provincia".
(9) Son los abrigos de 'Los Toros' del Prado del Navazo y la Cocinilla del Obispo (Piñón 1982: 27).
(10) En el Dpto. de Prehistoria del CSIC se conservan fotografías en blanco y negro de pinturas de estilo levantino de los "Abrigos de las Fuentes del Taibilla o Covachos de las Palomas (Nerpio, Albacete)" procedentes del laboratorio fotográfico de la Universidad Complutense.
Al no conseguir que su tío Juan Gil, notario, le costeara los estudios de Ingeniería Industrial en Barcelona, cursó el primer año de Biología en Valencia, para acabar matriculándose en Medicina con la idea de ser médico forense.
Al tercer año, cuando iba a compaginar sus estudios dando clases de Química en una academia, comenzó la Guerra Civil.
La víspera de su incorporación al Ejército de la II República conoció a Isabel Esteban Ferri, su futura mujer y madre de sus 6 hijos.
Tras una breve instrucción fue destinado a la sección de zapadoresminadores, de la 39 Brigada mixta, con la que participó en la defensa de Madrid.
Al cabo de unos meses fue nombrado Jefe de Sanidad de la 13a Brigada del I Batallón y, en reconocimiento a su labor, propuesto a teniente.
Recorrió los frentes de Guadalajara y Teruel.
Al terminar la guerra pasó unas semanas en la plaza de toros de Teruel y unos días en la de Valencia, a la sazón campos de prisioneros.
Durante los tres años subsiguientes de milicias, de los que se licenció como alférez de complemento, se escapaba del cuartel al atardecer para trabajar toda la noche en el taller fotográfico y volver al amanecer.
Los primeros años de posguerra, Gil Carles intentó otros caminos, sin olvidar la fotografía.
Trabajó en las oficinas de Regiones Devastadas y entre enero de 1942 y noviembre de 1943 estuvo dado de alta en el Colegio de Practicantes en Medicina y Cirugía.
Fotografía industrial y cultural
Junto con su primo Joaquín Paluzié Gil-Costas, fundó Cinematografía Documental (1941 a 1947), una productora de documentales.
Elaboraron los guiones: "Insectos", "Nómadas del Desierto", "Santa Cruz de Mar Pequeña (Ifni)" y "Nieve en Gredos", del que filmaron algunos cientos de metros de película.
En 1943 su hermano Alfredo y él fundaron Fotografía Industrial Alfer, cuya actividad duró varios años.
A su vez, con su primo Alberto Carles rodó un documental sobre los Picos de Europa (1945).
Sin embargo, como consecuencia de la instauración en 1943 por el Gobierno con carácter obligatorio del Noticiario Documental (NODO) en las salas de cine, desistieron del empeño.
Entonces exploró nuevos campos como la fotografía aérea y estereoscópica y desarrolló una serie de clichés animados.
Elaboró un sistema de fotocopia por contacto sobre material sensible a la luz solar que aplicó a la confección de "fichas técnicas" (vide infra), notas de entrega, facturas, etc., poniendo la fotografía al servicio del fotógrafo.
Rodó varias cortos para publicidad en la década de los 50 y, con ayuda del dibujante Manuel Mellado Jimenez, 16 películas de dibujos animados infantiles para la empresa Payá Hermanos S.A., de las que se vendieron 208.000 copias entre 1957 y 1960.
En la década de los 60 escribió los guiones y realizó más de 40 series didácticas de diapositivas color de 35 mm sobre naturaleza y Prehistoria.
De ellas el Ministerio de Educación y Ciencia adquirió 87.000 unidades.
Infatigable exhibió las series en una de las Ferias de Muestras de Barcelona y por Colegios e Institutos.
En este momento contactó ya con Fletcher en el Museo de Prehistoria de la Diputación de Valencia y, bajo su dirección, hizo 12 series solicitadas por universidades y museos de otros países europeos.
En La labor del SIP y su Lám.
Fernando Gil Carles en enero de 1968, ante su inminente viaje a América del Sur.
Foto Alfredo Gil Esteban.
Museo de aquellos años se menciona la fotografía de los fondos pero no a los autores.
Mención especial merece su taller, una respuesta imaginativa a las dificultades de importación impuestas por el régimen autárquico.
Era un espacio multifuncional, a la vez laboratorio, estudio, archivo, despacho, cuarto-de-inventos (Lám.
III), resultante de años de aplicaciones diferentes de la fotografía.
Contenía ampliadoras, esmaltadoras, la truca de animación para realizar las películas de cine infantil, empalmadoras, cortadores de papel, prensas, visores de transparencias, cuarto oscuro, pilas de lavado, cubetas, termómetros, botellas de productos químicos, secadoras, archivadores, grandes mesas de trabajo, temporizadores, cuadros eléctricos, la máquina de escribir y cientos de libros.
Todo un sinfín de artilugios para facilitar el trabajo de laboratorio y preparar el de campo se superponía, guardando un sorprendente orden, en un espacio relativamente pequeño.
Gil Carles fabricaba los instrumentos de trabajo con la ayuda inestimable del señor Pepe, mecánico;'el Cojito', herrero; Juan, carpintero, sin olvidar el auxilio de cristaleros y dibujantes (11).
Elaboró clichés para publicidad en las salas de cine: 50.311 unidades, según sus propias anotaciones.
Aparte de todo el proceso propiamente fotográfico, estos clichés se coloreaban pacientemente a mano sobre la imagen emulsionada con soporte de cristal.
También en el laboratorio copiaba en papel muestrarios de muebles, cerámica, artículos de complemento, etc.
Desde principios de los 60 realizó transparencias a color para su publicación en editoriales españolas (Salvat, Plaza & Janés, Labor, Santillana), francesas (Hatier y Larousse) o la estadounidense Harpoer & Row; también para el Centre International de Documentation et Diffusion d'Histoire Naturelle Jacaná, y para el archivo fotográfico Afrique Photo, Amérique Photo et Asie Photo y Editions Rencontre de París y para Ica Press, de Río de Janeiro.
Viajó por toda la Península Ibérica sacando a la luz la riqueza artística y cultural de los siglos precedentes.
El interés por la botánica, alimentado en su época de estudiante de Biología y compartido con su hermano Alfredo (12), le llevó a confeccionar su pro-pio herbario, siguiendo a P. Font Quer (1962), G. Bonnier y G. de Layens (1966), y a publicar a toda plana fotografías de flora y fauna, como las del primer suplemento dominical en color de la prensa, editado por La Vanguardia (16/V/1971).
Creó un archivo de más de 600 fichas de botánica (Lám.
IV) y más de 300 de fauna con sus correspondientes fotografías.
Antes de cualquier trabajo, F. Gil Carles se informaba con las obras más recientes: hablaba francés y traducía alemán e inglés.
Sus fichas y anotaciones técnicas dejaban constancia de cómo se efectuaron cada uno de los fotogramas y de su contenido, acompañando sus trabajos fotográficos de abundante documentación.
Veía la fotografía como un medio para mostrarnos en todo su valor la lucha del espíritu humano tal y como queda reflejada en sus realizaciones.
¿Seríamos capaces de reconstruir por nosotros mismos nuestra civilización sin contar con las aportaciones de nuestros antecesores? preguntaba.
En febrero de 1968 sobrevoló el Atlántico hacia América del Sur, donde en seis meses recorrió, desde Maracaibo hasta Ushuaia, todos los países del subcontinente americano (Lám.
Allí se sintió fuertemente atraído tanto por las huellas vivas de la herencia hispana como por la persistencia de las culturas indígenas que reflejó en sus fotografías.
(11) Desgraciadamente se ha perdido la memoria de los apellidos.
(12) Alfredo Gil Carles se aficionó a disecar insectos.
A lo largo de su vida completó una importante colección que actualmente se conserva en el Museo de Historia Natural de Caracas, donde emigró en la posguerra.
Círculo de cálculo de diafragma diseñado por Fernando Gil Carles en 1977.
De arriba abajo: ficha arqueológica, anverso y reverso; ficha técnica de campo, anverso y reverso; ficha técnica de taller, anverso y reverso (Foto J.M. Gil-Carles).
El Plan General para la Reproducción Fotográfica del Arte Pictórico Rupestre
En el Museo de Prehistoria de Valencia, entonces sito en la plaza de Manises, no lejos de su domicilio, reprodujo las primeras pinturas prehistóri-cas (16/XI/1962): la valiosa colección de plaquetas de la Cova de Parpalló.
Allí conoció a Luis Pericot, director de las excavaciones y estudioso de las plaquetas cuyos grandes conocimientos y experiencia fueron un más para Fernando Gil Carles.
El pez de la cueva de la Pileta, en Benaoján (Málaga), es su primera reproducción fotográfica del arte rupestre parietal, según sus propias anotaciones (16/ IV/1967).
Le entusiasmaban las tareas de campo que inició en el Cingle de la Mola Remigia, en Valltorta (Castellón), en La Sarga (Alicante) o en los abrigos de la Araña (Valencia), donde "la figura humana, el arquero, la mujer, los animales, útiles y arcos, escenas domésticas, de caza, danza, lucha", le hicieron interpelarse por "la psiquis de aquel lejano antecesor nuestro, su mentalidad, su vida, su hábitat, sus comunidades y problemas".
Entre trabajos de campo y gestiones en el Museo, se documentaba en la completa biblioteca del S.I.P. Al volver de América concibió la idea general del Corpus de arte pictórico rupestre.
Una vez perfilado el proyecto quedaba pendiente perfeccionar la técnica de reproducción fotográfica y conseguir la financiación.
Lo primero se logró con las nuevas películas que iban apareciendo en el mercado profesional, con las que experimentó en el taller la técnica de reproducción fotográfica que emplearía en las paredes de abrigos y covachas.
Así sometió algunas de las plaquetas de Parpalló a diferentes pruebas de luz, polarizada, infrarroja o ultravioleta para lograr extraer toda la magia de colores y formas.
Antes de acometer la zona de Albarracín, repitió numerosos ensayos de pintura sobre un canto de rodeno.
En cuanto a la financiación, la magnitud del proyecto requería el soporte económico de una fundación o un estamento público.
Por ello se dirigió a D. Fletcher, director del Museo de Prehistoria y del S.I.P, a quien los trabajos previos le parecieron interesantes pero carecía de recursos económicos suficientes para afrontar el proyecto.
Le puso en contacto con los catedráticos de Prehistoria, Eduardo Ripoll (Universidad Autónoma de Barcelona) (13) y Francisco Jordá (Universidad de Salamanca), alumno de Pericot, quienes le alentaron a seguir buscando financiación.
Fletcher le encaminó, entonces, a Madrid con una carta de presentación para Martín Almagro Basch, nombrado Inspector General de Excavaciones Arqueológicas.
El contacto entre Martín Almagro y Fernando Gil Carles para la puesta en práctica del Corpus fue siempre resultado de entrevistas mantenidas en el domicilio de Almagro en Albarracín ( 14), en Tramacastilla y en el Museo Arqueológico Nacional, de las que Gil Carles tomaba notas.
De ahí la escasez de documentos conservados y la importancia de la información facilitada por uno de nosotros (JMGC), participante en la realización del Corpus.
La notable excepción son dos versiones, fechadas en marzo y abril de 1971, de un "Plan general para la reproducción fotográfica de los yacimientos con pinturas rupestres de 'Arte Levantino' que [F. Gil Carles propone] para su examen y debida ordenación, si lo estima de interés, a D. Martín Almagro Basch" (15).
La diferencia entre ellas reside en el tratamiento de los derechos de autor.
EL CORPUS DEL ARTE RUPESTRE LEVANTINO
Martín Almagro Basch se comprometió inmediatamente con el proyecto en su conjunto, que se ejecutó por etapas, entre junio de 1971 y febrero de 1976, habitualmente con salidas al campo entre primavera y otoño.
Pero, como indicamos, la documentación sobre las fases de trabajo en el Corpus es escasa.
La primera (1971 y 1972) El proyecto inicial previó reproducir las pinturas conocidas en Lérida, Tarragona, Teruel, Castellón de la Plana, Cuenca, Valencia, Alicante, Murcia, Albacete y Almería, pero el trabajo se interrumpió al empezar el abrigo de Minateda, y cuando estaban en preparación los conjuntos de Nerpio (Albacete) y Moratalla (Nerpio).
Los períodos de paralización en el campo debidos a la falta de presupuesto se aprovecharon para el estudio y preparación de las siguientes etapas, así como para reflexionar y replantear los métodos de (13) En 1997, siendo Presidente de la Reial Acadèmia de les Bones Lletres de Barcelona encargó a uno de nosotros (JMGC) la realización para este estamento de una exposición sobre Fernando Gil Carles que, finalmente, no se llevó a cabo por falta de tiempo.
(14) Aprovechando que la familia Gil Carles tenía a su vez una casa de campo en Bezas.
(15) Se conservan en el Dpto. de Prehistoria del Instituto de Historia del CSIC.
Incluyen textos, diapositivas a color, positivos blanco y negro y calcos en papel vegetal.
(16) La entrega de 1976 se incluyó en el presupuesto del año anterior como parte del informe final. trabajo, tanto en el aspecto científico como en el técnico-fotográfico, pues la financiación incluía los trabajos de campo -y su preparación-y de laboratorio, así como la redacción de informes.
La documentación generada se presentó en forma de maqueta ("album") para la futura publicación del CARL.
El proyecto implicó la dedicación a tiempo completo de Fernando Gil Carles durante cinco años.
Componían el equipo Fernando Gil Carles y sus hijos: desde junio de 1971 el ayudante fue Fernando y, desde julio de 1972, José Manuel.
El trabajo de campo en la Valltorta lo hicieron juntos.
Les asistieron los guardas de las pinturas: Federico Barreda en el Barranco de la Gasulla, Jesús Marconell en los abrigos de Albarracín y Serafín Adell en el Barranco de la Valltorta (Lám.
Sólo en Gasulla y Polvorín (Castellón) Almagro hizo que Gil Carles fuera acompañado de los arqueólogos Francisco Gusi y Carmen Olaria.
La tarea de Almagro que tenemos documentada es administrativa.
Además de conseguir la financiación, Almagro gestionó los permisos de la Inspección General de Excavaciones para fotografiar los abrigos y, en su caso, las credenciales que pudieran ser requeridas por las Autoridades Civiles y la Guardia Civil.
Decidió también el orden en el que se iba a emprender el trabajo -de norte a sur-sólo interrumpido por imprevistos, como el descubrimiento de las pinturas del Camino Arrastradero (Albarracín, Teruel) cuya reproducción fotográfica consideró prioritaria (Almagro 1974).
El diseño concreto de la documentación fue original de Fernando Gil Carles y en él merecen especial atención las fichas arqueológicas de campo y las fichas técnicas (Lám.
IV), plantillas impresas meticulosamente ideadas por él, que se rellenaban a lápiz.
Los epígrafes de las fichas arqueológicas son el carné de identidad de cada figura: motivo, tamaño, color, conservación, brillantez, tono de la piedra, calco, arqueólogo que asiste y observaciones, que fueron aumentando con el tiempo, mejorando la información.
Además las fichas se iban rehaciendo hasta el final del trabajo, cuando en el taller se contrastaban con las fotos definitivas.
En las fichas técnicas se anotaban todos los datos sobre las tomas fotográficas (17) como distancias focales, un procedimiento totalmente original.
Estos datos son valiosísimos ya que, combinados con las medidas entre los rasgos específicos de cada figura, permiten reconstruir su tamaño salvando el uso problemático de escalas.
En las tomas generales de los abrigos Gil Carles, como los pioneros de la fotografía arqueológica (González Reyero 2004: 64), utilizaba una persona como escala.
Una vez elegido el abrigo o conjunto de abrigos a fotografiar, y contando con los correspondientes permisos, Gil Carles consultaba en el S.I.P. la bibliografía existente, orientado por D. Fletcher Valls.
Una vez recabada la información, se visitaba el lugar para tomar contacto personal con el alcalde, guarda o propietario de las tierras donde estaban las pinturas, elegir el campamento base y calcular los Lám.
V. El equipo de Fernando Gil Carles en acción en la Cueva Grande del Puntal (Barranco de la Valltorta, Castellón, octubre de 1973).
De izquierda a derecha: Jose Manuel sostiene en la mano el desplegable para paralelismo, Fernando sobre la escalera fotografía con cámara Praktisix con anular Hasselblad y Serafín Adell garantiza el equilibrio.
Junto a su pie derecho está el pulverizador de agua destilada.
Del trípode Linhof cuelgan condensador y baterías.
El paño negro para proteger la cámara descansa sobre una piedra.
Foto Fernando Gil Esteban. días de estancia.
En este reconocimiento inicial, apoyado en las hojas topográficas a escala 1:25.000 ó 1:50.000, se anotaban los datos del itinerario, del acceso, de las condiciones y orientación del abrigo y cualquier otro elemento que agilizara el posterior trabajo, determinando el material de apoyo necesario (escaleras, paños, trípodes y andamios).
Todo ello informaba el cálculo del presupuesto y de la provisión de fondos.
Resueltos todos los preliminares, se comenzaba la exploración exhaustiva del paño pintado y aledaños, guiados por los calcos que habían podido conseguir.
Se concretaba la ficha del abrigo y de cada figura, a la vez que se decidía cada toma: detalles, figuras, conjuntos o "cuadrículas".
Las "cuadrículas" estaban destinadas a dar idea de la situación relativa de unas figuras respecto de las otras.
Así cuando no existían calcos o eran inexactos, se formaban cuadros de unos 50 × 50 cm superpuestos parcialmente para formar un mosaico completo de la pared pintada.
Las distorsiones debidas al relieve de la pared de roca se superaban mediante una línea horizontal y con medición de figuras significativas al efecto.
La precisión de las restituciones fue aumentando en el curso de la documentación.
Cada figura se fotografiaba por tamaño, de menor a mayor, terminando con la cuadrícula.
Los exteriores se fotografiaban cuando la luz era más adecuada, interrumpiendo si era preciso otras tareas.
La media de instantáneas por día de trabajo en el campo fue de siete, lo que da idea de la meticulosidad de su ejecución y de su calidad técnica, muy avanzada para la época.
Las paredes rocosas se mojaban con un pulverizador para la localización, fichado y fotografiado (Tab.
Gil Carles utilizó sistemáticamente la técnica de doble polarización de la luz o disposición de filtros en la fuente luminosa (flash circular o antorchas) y en el objetivo de la cámara.
En la primera se fijan los filtros de corrección de color y un polarizador y, en el objetivo, un filtro ultravioleta y otro polarizador en posición perpendicular al primero.
Girando uno de los filtros hasta conseguir la polarización de la luz se logra una penetración en la superficie de la roca superior a la del ojo humano, evitando los brillos que se producen al pulverizar con agua destilada.
Esta técnica se combinaba con la colocación de paneles o telas negras para impedir la luz solar directa o la excesiva luminosidad.
El uso de cámaras con obturador de cortinilla exigía una sincronización de flash de 1/30 de segundo o de 1/15 si hacía frío.
La dificultad aumentaba al fotografiar superficies más extensas.
Por esta razón las instantáneas de conjuntos o cuadrículas del yacimiento debían realizarse caída la tarde o ya de noche.
Durante su digitalización (Vicent 1994; Vicent et al. 1997) aparecía una sobrecarga de azul, consecuencia del flash anular de tungsteno.
Tras el revelado se estudiaba el contraste de las diapositivas mediante filtros Wratten números 11,13,15,16,25,58 o sin filtro alguno, según convenía, para destacar cada una de las figuras al hacer los contratipos en negativo B/N destinados al copiado en papel.
Se medía la luminosidad de cada diapositiva, utilizando una truca, una cámara 9 × 12 Mark, un objetivo Angulon 90 mm y chasis 6 × 7 cm para iluminar un flash Sumpak 107.
De los negativos B/N de exteriores y de las cuadrículas se hacían copias 9 × 12 y a partir de ellas se seleccionaban, corregían y marcaban los encuadres para su copiado definitivo.
La redacción de los informes finales o 'albumes' implicaba confeccionar planos de situación mediante pantógrafo y cartografía, hacer croquis en papel milimetrado para situar las figuras y rotular con letras adhesivas los títulos y las señalizaciones en las ampliaciones de exteriores.
Gil Carles se ayudaba de sus fichas y notas elaboradas a lo largo del proceso para escribir el informe con el siguiente guión: descripción física y geológica del paraje donde se ubicaba el abrigo, itinerario de acceso, reseña del yacimiento a partir de la bibliografía conocida, estado de conservación de las pinturas, descripción de los paños pintados, figuras y detalles de las mismas especialmente significativos, y comparación con otros abrigos, incluyendo inter- pretaciones sobre determinadas escenas.
Esta fase final exigía, normalmente, más del doble del tiempo que la del trabajo de campo.
En cada entrega, Almagro supervisaba los albumes y orientaba a Gil Carles sobre la siguiente.
El cambio en los criterios de elaboración del CARL se manifiesta en la mejora del formato, visible en los 87 ejemplares que conserva el CSIC.
En total Fernando Gil Carles y sus hijos fotografiaron 95 estaciones de arte rupestre con sus correspondientes abrigos (2.766 fichas correlativas o 2.717 figuras perfectamente individualizadas), y un total de 153 unidades (Fig. 1 La singularidad del CARL es doble: incluye la mayor y más exhaustiva información iconográfica fotográfica a color (18) publicada, innovación debida a la participación de Fernando Gil Carles en el programa, y lo que es más importante, dicha infor-mación la recoge un solo autor con procedimientos altamente sistematizados, lo que garantiza unas condiciones normalizadas de registro.
Además de las minuciosas fotografías de representaciones, Gil Carles reprodujo adecuadamente todas las estaciones en su entorno, con fotografías muy generales de los parajes en que se enclavaban y también de la morfología específica de cada abrigo.
A diferencia de las iniciativas previas (19), por primera vez, Gil Carles saca del pintoresquismo las fotos generales equiparándolas con la documentación científica de las pinturas.
El conocimiento completo de la metodología de trabajo de Fernando Gil Carles, en parte invisible en los propios resultados del CARL, así como sus propias fotografías avaladas por expertos (Fortea y Aura 1987: 98; J. Latova, comunicación personal) prueban que fue un fotógrafo científico de primera calidad.
Destacamos que la preocupación de Gil Carles por la sistematización de las instantáneas y la contextualización de las imágenes se produce en un momento en el que aún primaban los calcos y la falta de regularidad en el registro, lo que le convierte en pionero y referencia para la fotografía arqueológica española.
Su metodología autodidacta superó con mucho las orientaciones recibidas de los especialistas en arte rupestre de la época (L. Pericot, D. Fletcher, M. Almagro, E. Ripoll...) y contenidas en la bibliografía especializada que consultó en la importante biblioteca del S.I.P.
Todas las innovaciones técnicas y de registro aportadas por Fernando Gil Carles encontraron un receptor y promotor adecuado en Martín Almagro Basch, un reconocido especialista en el tema, para quien la conservación del arte rupestre, junto con las interpretaciones y las cronologías, había sido una constante preocupación, al igual que para Gil Carles.
Todavía hoy el Corpus es un proyecto con un ámbito territorial de aplicación, un desarrollo temporal, un compromiso con tecnologías novedosas y un enfoque sistemático e innovador nada habituales.
La conservación y la documentación fidedigna del arte rupestre van de la mano.
En los primeros (18) Cabré practicó ya en 1911 la fotografía en color en el contexto de la reproducción de pinturas rupestres siguiendo sugerencias de H. Breuil.
La importancia que ambos concedieron a esta técnica como base de posteriores investigaciones les llevó al punto de repetir los viajes para lograr una mejor documentación (González Reyero 2004: 58).
Sin embargo la fotografía en color mantuvo su carácter experimental.
Probablemente las dificultades políticas, económicas y sociales por las que atravesó España durante gran parte del siglo XX explican el retraso en su generalización, que requería equipos, películas y laboratorios costosos y, en las condiciones autárquicas del franquismo, no siempre accesibles.
(19) Y. Seoane Veiga, Propuesta metodológica para el registro del arte rupestre gallego.
Trabajo de investigación inédito.
Facultad de Geografía e Historia.
Universidad de Santiago de Compostela, 2004: 204. momentos Almagro utilizó como método de documentación primordial el calco y el dibujo, ya que contaba con la colaboración de Benítez Mellado, dibujante de la C.I.P.P. No nos constan valoraciones de Almagro sobre el calco o la fotografía como métodos de documentación, aunque es evidente que consideró calcos, dibujos y acuarelas suficientemente fiables durante gran parte de su trayectoria, sobre todo tras su evaluación por investigadores respetados (Almagro 1952a: 8).
Dejó constancia en las Memorias del CSIC de varias décadas de copiado y dibujo de pinturas, a través de los distintos institutos provinciales.
En este sentido parece que el Corpus, tal como lo concibió originalmente Almagro, era una colección de calcos.
Las fotografías a color de pinturas de Albarracín, Bezas y Tormón (Anónimo 1959, vide supra) quedaron como experimento sin continuidad, probablemente por su alto coste.
Sin duda la calidad del proyecto de documentación fotográfica presentado por Gil Carles a Almagro y la mayor financiación disponible explican que, finalmente, acabara encomendando el proyecto a un fotógrafo.
La mayor diferencia entre el Corpus de Arte Rupestre Levantino que Almagro concibió originalmente y el que resultó fue más allá de la técnica de reproducción: en realidad, la sistemática del registro fotográfico llevaba implícita la posibilidad de un proyecto cualitativamente distinto, donde la observación no requería el conocimiento previo del arte inherente a la documentación por calcos e incluía información sobre el soporte.
Almagro se ocupó básicamente de movilizar recursos para el desplazamiento y el trabajo de campo de dibujantes y después fotógrafos.
La fuerte centralización política y la limitada financiación disponible hicieron de Almagro, que contaba con destacados cargos tanto en la administración como en la academia, la clave imprescindible para llevar el proyecto adelante.
Pero otros factores personales y fortuitos influyen en la ciencia y, en este caso, la convergencia de las dos personalidades objeto de este artículo, que demostraron ser complementarias, está también en la raíz del éxito de un proyecto que décadas después sigue estando plenamente vigente.
Tras la finalización del CARL, Almagro inició gestiones para la publicación, reivindicando que se trataba de "un trabajo notable por su amplitud y por ser el primero que sobre este tema se ha realizado, que incluye los últimos hallazgos de arte rupestre de la zona" (Anónimo 1976: 75).
Sin embargo posteriormente le comunicó a Fernando Gil Carles su deseo de ocuparse del estudio y publicación del CARL tras su jubilación (1981), como culminación del trabajo de una vida.
Su muerte lo impidió hasta 30 años después.
El CARL es un ejemplo de cómo, cuando los proyectos se personalizan, la desaparición de sus promotores lleva aparejado su abandono.
La trascendencia del CARL como archivo arqueológico está fuera de duda.
En este sentido es urgente reivindicar la tarea de los fotógrafos científicos y de tantos otros especialistas comprometidos con la elaboración del registro arqueológico.
La circunstancia de que el rastro de ciertas personalidades decisivas en la adquisición de conocimiento arqueológico se constate en documentos que nos son muy cercanos puede llevarnos a no sentirnos concernidos por su supervivencia.
Confiamos en que los datos que ha aportado este artículo sobre la memoria conservada de Fernando Gil Carles muestren las ventajas de invertir esa tendencia.
Sus propios comentarios en la memoria del proyecto de publicación del Corpus dan una buena idea de lo que significa ese ingente trabajo que suele permanecer oculto: "Mi labor, durante cinco años, en la obtención de un 'Corpus general de Arte Rupestre Levantino' (...), llevó mis andanzas por un centenar de yacimientos y trabajé exhaustivamente cerca de 150 covachas (es decir, aproximadamente los 3/4 de la totalidad del Rupestre Levantino).
Los miles de figuras estudiadas, fichadas y reproducidas fotográficamente, que significan así mismo miles de horas de paciente dedicación al tema, me proporcionaron el necesario cariño y la suficiente capacidad para proponer y trazar el esquema de este trabajo...
No olvidemos que pronto o tarde las pinturas irán desapareciendo de los abrigos y de no dejar una constancia clara de su estudio, las generaciones venideras, ni las podrán ver en su autenticidad, ni podrán tener una exacta noción de ellas".
Valoramos por último que Almagro siempre concibiera la documentación del arte levantino a escala peninsular, único marco en el que se le puede dar sentido (Cruz Berrocal ep).
Esta concepción y, sobre todo, la capacidad de gestión para ponerla en práctica, sólo se ha podido aproximar 20 años después.
Así, tras la descentralización administrativa del estado, el Ministerio de Cultura y las autonomías con pinturas postpaleolíticas de estilo levantino, esquemático y macroesquemático (Hernández Herrero 2000; VVAA 2002) gestionaron la inclusión del Arte Rupestre del Arco Mediterráneo de la Península Ibérica en la lista del Patrimonio Mundial (Comité del Patrimonio Mundial de la UNESCO, Kyoto, 30/XI a 5/XII/1998).
La coordinación entre las comunidades autónomas y la concepción unitaria de una manifestación arqueológica con distribución supracomunitaria se retroalimentan en uno de los programas mejor definidos y con potencial visibilidad internacional del estado de las autonomías.
El proyecto ha ampliado el número de estaciones recogidas en el CARL, aunque, hoy por hoy, no ha mejorado la documentación gráfica que Martín Almagro Basch y Fernando Gil Carles elaboraron.
Agradecemos a José Latova Fernández-Luna, fotógrafo especializado en la temática patrimonial y en el arte rupestre prehistórico, responsable de la digitalización de las imágenes de F. Gil Carles, sus valoraciones de Fernando Gil Carles y Martín Almagro Basch.
También agradecemos a Salvador Rovira y Josefina Martínez su gestión y su información, respectivamente, sobre la actividad administrativa de Almagro.
A Samuel Ruiz Carmona su ayuda incondicional en la consulta del Archivo del Centro de Humanidades del CSIC (ADCH).
A Ma Jesús de Pedro Michó y a Inocencio Sarrión (Museo de Prehistoria del S.I.P.) el contacto con la familia Gil Carles.
A Inmaculada de Pablo y Joaquín Díaz, del Gabinete Jurídico y del Centro de Investigación y Documentación Educativa, respectivamente, del Ministerio de Educación y Ciencia, su ayuda en la consulta de los archivos de la administración.
A Pilar Martín Nieto del Archivo del Museo Arqueológico Nacional.
A Carmen González Alonso del Archivo Central del Ministerio de Cultura, la investigación realizada sobre el expediente de Martín Almagro.
A Rosa Ma Rivera del Archivo Central del CSIC.
A Yolanda Seoane Veiga que nos dejara consultar su trabajo de investigación, y a Jose Antonio García Solano su trabajo de digitalización de archivos y consulta de documentos.
A Antonio Gilman Guillén la traducción al inglés del resumen y palabras clave.
A Michael Kunst, del Instituto Arqueológico Alemán (Madrid), sus precisiones sobre la arqueología alemana de la época.
BIBLIOGRAFÍA ALMAGRO BASCH, M. 1940: "Memoria de la actividad del Servicio de Investigación Arqueológica durante el año 1939.
Instituto de Estudios Africanos, CSIC.
Barcelona. -1947a: "El arte rupestre levantino español".
Manual de Historia Universal.
Historia Universal del Arte Hispánico.
Madrid: 65-90. -1949: "Un nuevo grupo de pinturas rupestres en Albarracín:'La Cueva de Doña Clotilde'".
Cartagena. -1951b: "Nuevas pinturas rupestres naturalistas".
Instituto de Estudios Ilerdenses.
Lérida. -1952b: "Tres nuevos covachos con pintura en la comarca de Albarracín".
Zaragoza. -1953a: "Tres nuevos covachos con pintura en la comarca de Albarracín".
En Prehistoria del Bajo Aragón.
Instituto de Estudios Turolenses.
INQUA V Congreso Internacional (Madrid -Barcelona 1957).
Exposiciones en el palacio de la Virreina: 9-13. |
el primero conocido y excavado en la zona del Alto Duero-en su entorno arqueológico y ambiental, buscando una a proximación al modelo de poblamiento.
Se analiza la documentación m ega litica en conexión con el poblamiento neolitico-calcolitico y su medio, buscando las característi cas constru ctivas y de territorialidad del fenómeno dolménico en esta zona.
Finalmente se plantea la relación de este megalitismo con los focos de la Meseta y Valle del Ebro.
En la síntesis de Maluquer sobre la Meseta Norte (Maluquer, 1960) ya se establecían diferencias zonales del comportamiento cultural en relación con el fenómeno m egalítico; así los extremos Suroeste y Noreste eran focos con arquitectura megalítica -la ausencia de hallazgos en el centro de la cuenca del Duero permitía hablar de su aparente vacío-, en las restantes zonas del reborde montañoso y, concretamente en la zona suroriental, tierras de Segovia y Soria, se implantaba el n Opto. de Prehistoria.
Ortega lo cita de una manera vaga e imprecisa, aludiendo a «la evidencia de un enterramiento dolménico del que afloraban maltrechos vestigios», proporcionando una fotografía aérea con su situación incorrecta (Ortega, 1986: 7).
PLANTEAMIENTO DE LA EXCAVACION
Los trabajos de excavación se llevaron a cabo en dos fases cronológicas, realizadas en los meses de septiembre de 1986 y marzo de 1987.
Estos fueron posibles gracias a la colaboración de los alumnos y alumnas de Prehistoria del Colegio Universitario de Soria: Angélica Lafuente, Oscar Arellano, Montserrat Lerín, Agustín Ruiz, María Jesús Tarancón, Monserrat Ballano, María del Mar San Juán, Elena Heras, Ana l.
Ayllón, Juana Aldea, Marisa Millán, Carmen Vázquez, Gerardo Pascual y Carmen Jiménez de la Un iversidad Autónoma de Madrid.
Los dibujos han sido realizados por María de los Angeles Arlegui y Javier del Campo.
La primera fase se centró en la cámara y el corredor, practicando en los lados de éste cortes longitudinales de mayor anchura, para conocer las características del túmulo, así como la solución constructiva empleada en ambos.
La segunda Fase se dirigió a determinar la articulación del inicio del corredor con el túmulo.
La alteración de la cámara no impidió un control minucioso de su excavación y de cada uno de los materiales aparecidos -tomando los datos métricos particulares en relación a la cuadrícula establecida-; también se cribó toda la tierra -controlada por metro cuadrado-por una malla de cinco milímetros.
El control vertical se ejerció a través de una estratigrafía artificial con niveles de 5 cms.
LA ESTRUCTURA DEL DOLMEN
Las características constructivas y soluciones técnicas de este monumento están condicionadas por el tamaño de los bloques, la resistencia y Fragmentación de la aren isca cementada de esta zona, con la que está construido (Fig. 3).
Consta de una cámara circular, bien centrada en el túmulo, con diámetros de 3 ms., en dirección E-SE, y de 2,80 ms. N-S, formada por seis grandes bloques de piedra dispuestos apaisadamente.
Los dos de mayor tamaño, 2 ms. y 1,64 ms., cierran el Frente y, posiblemente, el más pequeño debió elegirse por su forma curvada.
Los otros cuatro, de menores dimensiones -entre 1,08 y 1,36 ms.-, se disponen a ambos lados de aqué llos.
Uno de estos está reForzado por un segundo ortos tato posterior (Fig. 4).
La altura máxima de los bloques oscila entre 75 y 95 cms. -las cabeceras no son regulares, existiendo diferencias de hasta 30 cms. en un mismo bloque-, con un grosor aproximado de 30 cms.
Para conseguir un mejor ajuste de estos bloques se realizó o aprovechó un entall e, entre 25 y 30 cms., en la roca de base, que los calzaba en su parte exterior.
La cubierta, ahora desaparecida, debió realizarse con grandes lajas de piedra, a la que corresponderían algunas halladas fuera de la cámara y otra caída en el interior, de 1,18 ms. de largo por 0,56 ms. de ancho.
Esta cubrición está indicada también por el dintel de la entrada, que, aunque caído, conservaba en sus extremos muescas para su ajuste, como correspondencia en los ortos tatos de la entrada, como se ha observado en otros monumentos (López Plaza, 1982: 2).
Para conseguir mayor altura en la cámara se aprovechó el desnivel del propio manto natural, con una pendiente de 20 cms., hasta un hoyo a 22 cms., todavía más profundo, que afecta sólo a parte del suelo, alcanzando en este punto una altura máxima de 1,24 ms.
A la cámara se accede a través de un corredor, orientado E-SE y de trazado ligeramente curvado; en algunas zonas se aprecian ligeros entalles en el manto natural, posiblemente consecuencia de un marcado inicial de su trazado y/o para calzar las piedras; tiene unos 0,70 m. de ancho y 7,5 ms. de largo, dispuesto por tanto a modo de radio y pasillo de acceso a la cámara desde el mismo límite del túmulo.
T P, 1992, n o 49 Está construido, a diferencia de la cámara, sin emparedar, ya que las pi edras de proporciones reducidas -unos 0,25 ms. de ancho y 0,12 m s. de grueso, con una altura m áxima de 0,80 ms. junto a la cámara-, que lo delimitaban, en núm ero de 16 a cada lado y en disposición imbricada, corresponden propiam ente a l túmulo.
A lo largo del corredor se pudieron reconocer tres lajas dispuestas transversalmente al eje del pasillo, segm entá ndolo en el mismo número de tramos.
La primera -de 86 cms. de anchura por 76 de altura máxima-se sitúa en el mismo inicio del corredor, a 7 ms. de la cámara; a los 5 ms. de la entra da se dispone la más trabajada y de mayor tamaño, se trata de una gran laja de 1,06 m. de alto y 0,72 m. de a ncho, recortada semicirc ularm ente en su parte s uperior; finalmente una tercera pi edra, como la del inicio, interrumpe el camino a 2 ms. de la cámara.
En la base de es tas laj as se observan un as pied ras más pequeñas, que debieron servir para calzarlas y mantenerlas verticales, que junto a las características y dim ensiones del pasillo, permiten pensar en un corredor sin cubrición.
Los cortes practicados en el túmulo circ ular de unos 18 m s. de diám etro -es tá, no obstante, muy alterado por el a rado y los amontonamientos de pi edras-muestra n que estaba construido un tan to irregularm ente.
Así, uno de éllos presenta, e n un radio de 5 ms. de la cámara, la misma disposición de piedras imbricadas com enta da a l habl ar del corredor, proporcionando de este modo co ntrafuerte y s ustento a los ortostatos de la cámara; el relleno de los 2,4 ms. exteriores se com pletaba con simples pi edras de forma irregular.
Los huecos se rellenaron de tierra y sólo superficialm en te se acusa n pequeños encanchad os, qu e se confunden co n los a montonamie ntos más recientes.
Por el contrario, en el otro corte está a usente la estru ctura imbricada y sola m ente, en dos zonas -junto a los ortostatos de la cámara y a unos 5 ms. de ésta-se acusan piedras de mayor tamaño, como refuerzo; el resto del relleno se hace a base de un nivel inferior, de unos 40 cms. de potencia, fo rm ado por ti e rra co mpac ta de color marrón oscuro con piedras de mediano y pequeño tamaño; un segundo nivel más superficial, de unos 30 c m s., es de tierra algo más clara y suelta con abundantes pi edras pequ eñas, qu e se generalizan por toda la superficie, a modo de e ncanchado uniform e, rem ata ndo la superficie del túmul o (Fig. 5).
LA ALTERACION ESTRATIGRAFICA y SU INFORMACION
El estado de alteración de la cámara no permitió docum entar nin guna zo na in tacta.
No obstante, la di sposición de los restos en la remoción genera l todavía posibilita ex traer algun as referencias sobre la deposición zonal de los ajuares.
Los materiales localizados se co nce ntra n e n la cámara, en su entra da o tra mo final del corredor y zonas próximas del túmulo (Fig. 6).
Las demás áreas excavadas proporcionaron escasos hallazgos y en posición muy superficial.
Los restos líticos (6 1,3 %) son más frecuentes qu e los cerámicos (38,7 %).
Las cerám icas se co ncentra n sobre la propia entra da y una pequeña zona situada a su izquie rda, que afecta al interior de la cámara, pero, so bre todo, al túmulo; es decir, básicamente fuera de la cámara, lo qu e permite pensar qu e se practi caron inhumaciones, con este tipo de ajuar, directamente sobre el túmulo.
La presencia de la cerámica campaniforme -tipo Ciempozuelos y puntillada geométrica-en estos enterra mientos indicaría n el momento final del uso sistemático de este monumento funerario (Fig. 7).
El m aterial lítico, po r el co ntrario, ofrece un a distribución más generalizadas sobre la cámara y la zona de en trada; las piezas recogidas en el resto del corredor y túmulo son superficiales y carecen de signifi cación.
Por tanto, los ajuares básicam ente líticos, dada su regular intensidad, debieron ocupar de forma generalizada la cám ara.
Ade más, los objetos de tipología más antigua -microlitos y hacha de sección circular, protegidos por la gran laja de cubierta caída-se recogieron en lo más profundo de la cám ara, evidenciando que las deposiciones se fueron realizando desd e la ca becera a la zona de la entrada.
La lectura vertical de los restos avala lo ap untado anteriorm ente; así, las cerámicas del túmulo aparecen a menor profundidad, con una mayor intensidad entre 155 y 170 cm. En el corredor y la cámara se advierten dos concentraciones cerámicas: una más superficial, relacionada con la del túm ulo -ofrece menos consistencia en la cámara-, y otra inferior, coincid ente, en ambos sitios, con el suelo de base y en la cámara, además, con el nivel de mayor acum ulación de restos líticos, entre 185 y 220 cms., que se documentan básicamente a lo largo de todo su relleno (Fig. 8).
LOS REST OS DE AJUAR Y OTROS
Analizamos en este apartado los restos hallados en la excavaClOn del dolmen y los recogidos superficialmente en un a amplia extensión en torno al monumento, por su posible relación, bien por ser materiales dispersados al vaciar la cámara o producto de las actividades de los usua!"ios del monumento.
Pero, también podrían corresponder a un lugar utilizado con a nteriorida d a la construcción del dolmen.
LOS RESTOS HALLADOS EN LA EXCAV ACION
Los trabajos de excavación proporcionaron 572 piezas, repartidas entre 258 restos líticos tallados, h ach a pulimentada y 314 fragmentos de cerám ica; a esto hay que añadir 6 crista les de roca y varios centenares de pequeñas piritas férricas h exagona les.
Está realizada en sílex de colores blancos o varian tes grisáceas, de procedencia terciaria, similar al de la mayoría de las industrias de éste área.
Las 258 piezas se distribuyen de la siguiente manera: 45 lascas y lasquitas, 47 lám in as y laminitas sin retoque, 43 restos nucleiforme, 73 restos de talla, 32 fragmentos in formes y 18 útiles o piezas tipológicas (Fig. 9).
Por lo tanto, técnicamente la industria se compone de lascas y láminas, con un ligero predominio de las últimas, que también se mantiene en los soportes de los útiles (12 sobre lá mina y 6 sobre lasca).
Las láminas son de secciones triangulares o trapezoidales, regulares y de pequeños tamaños.
No se a dvierte córtex, es decir básicamente son piezas de tercer orden, con los talones en general suprin1idos y alg unos puntiformes y facetados.
El análisis tipológico de los 17 útiles se desglosa de la siguiente manera: 1 raspador simple realizado sobre lasca, 1 lasca retocada, 1 pieza con muesca y 3 denticulados (sobre lámina o lasca), 1 lámina con borde abatido, 4 lámmas con retoque contin uo, 4 microlitos geométricos (trapeciotriángulo, trapecio, segmento y otro fragmento sin posible especificación) y 2 microburiles (Figs.
Solamente se recogió un hacha de color grisáceo, de forma trian gular alargada, sección ovoide y filo convexo con melladuras, centrado en su zona di stal; sus la dos son redondeados y el talón, que remata en punta, está ligeramente desviado.
Está fabricada en pizarra de color gris claro, de la que existen importantes afloramientos en la próxima Sierra de la Demanda y en el corredor de Calatayud, dond e destacan los focos de Viver de la Sierra y Embid de Ariza, ya en la c uenca del Ebro..'.
Los fragmentos cerámicos recogidos son 210, de los que 195 son lisos (92,85 96) Y 15 decorados (7,14 96); presentan, por lo general, paredes bien alisadas e incluso bruñidas de tonos reductores y oxidantes, a veces ambos mezclados en el mismo vaso y los degrasantes son gruesos, básicamente cuarcíticos (Fig. 12).
Solamente 37 fragmentos permiten una reconstrucción de sus características formales o decorativas, aportando 5 vasos globulares de borde entrante simple, 3 cuencos profundos de borde engrosado -dos de ellos llevan digitaciones en la parte superior del borde-, 3 vasos de forma campaniforme, 2 cuencos hemisféricos, 2 fragmentos carenados y 3 corresponden a formas de mediano tamaño, de borde saliente, con los que posiblemente hay que relacionar 3 fondos planos y los 2 fragmentos con pezón.
Los decorados están constituidos por 1 fragmento con cordón, 2 con pezón, 2 bordes con digitaciones -representan el 2,38 96 del conjunto de la cerámica-y los campaniformes, con el 4,76 96, son los más abundantes (Fig. 13).
De los diez fragmentos campaniformes, ocho corresponden al tipo Ciempozuelos y dos al puntillado geométrico, que aparecen frecuentemente asociados.
Los esquemas decorativos incisos permiten atribuirlos a tres o cuatro vasos -tres piezas, al menos, corresponden a un mismo c uenco de borde entrante-, que ofrecen motivos clásicos, como frisos horizontales de líneas oblicuas dispuestas en ambos sentidos, grupos de líneas verticales, espacios puntillados, banda reticulada y triángulos rellenos de líneas.
Finalmente, los dos fragmentos puntillados geométricos son de paredes más finas -uno corresponde a un pequeño cuenco-y los motivos son líneas simples o triangulares.
Tanto las cerámicas campaniformes, como el conjunto de cerámicas lisas, encajan bien en un momento avanzado del Calcolítico de esta zona, en el que son habituales, como aquí, los vasos globulares de borde entrante que irán perdiendo importancia en el Bronce Antiguo, momento en el que se desarrollarán las vasijas de mediano y gran tamaño con cuellos y bordes vueltos.
Así mismo, la escasez o ausencia de decoraciones de cordones con impresiones digitales, ungulares y las carenas en hombrera medias-altas, que caracterizarán también ese momento más reciente, inciden en la misma atribución.
Cerámicas decoradas ________ _
Prismas de cuarzo y piritas hexagonales
La presencia de prismas de cristal de roca o cuarzo son bien conocidos en los ajuares de los dólmenes portugu eses (Leisner, 1951), del Noroeste (Rodríguez Casal, 1979: 107), la Meseta (Delibes y Santonja, 1986: 171) Y País Vasco (Apellaniz, 1973: 194), aunque poco se pueda decir de su uso y/ o significado, ya que junto a un posible empleo utilitario, se les ha considerado sobre todo como elementos de adorno o votivos (Delibes y Santonja, 1986: 171; Fábregas, 1983: 8).
Aunque lo normal es el hallazgo de prismas sin ningun tipo de trabajo, en algunos dólmenes han aparecido ejemplares retocados para conseguir el aguzamiento de uno o de los dos extremos y en algunos sitios se ha podido documentar su uso como colgante por conservar en unos casos (Charavines, en Francia) restos de brea en uno de sus extremos para su sujeción y en otros (Anta Grande de Comenda de Igreja, Alentejo) una ranura labrada con esta finalidad (Fábregas, 1983: 10).
Se hallaron también cientos de piritas h exago nales, que inicialmente las relacionamos con los vidriados cupríferos que cubrían a algunas piedras del relleno de la cámara -podrían proceder de algún tejar moderno, existente en es te lugar, al que alude su topónimo-, pero los análisis, realizados por el Dr. Rovira, demostraron su componente férrico.
Afloramientos de estas piritas hemos docum entado e n la parte superior de la sierra en la que se sitúa el dolm en.
Pensamos en la posibilidad de relacionar la ausencia de cuentas de collar, a pesar del cribado de toda la tierra, con la presencia de estos hexágonos.
LOS RESTOS HALLADOS EN SUPERFICIE
En una superficie, de unos 300 ms. por 100 ms., en torno al dolmen, se recogieron unas 429 piezas, qu e mostraban una gran dispersión, propiciada por haber estado destinada, en otro tiempo, a campo de cultivo.
La materia prima, características de talla y retoque coinciden con lo apuntado para Jos restos hallados en el dolm en (Fig. 14).
Los 429 elementos se distribuyen e n 63 lascas sin retoque, 22 láminas sin retoque y 5 laminillas sin retoqu e; 37 fragmentos procedentes de núcleos y otros 227 restos de talla (alcanzan un 52 %); más un total de 75 útiles (Fig. 9).
En este co njunto destaca la representación de las lascas frente a las láminas, que por el contrario se invierte si consideramos los retocados, lo que también se observa en los útiles (43 sobre lámina y 32 sobre lasca).
El análisis tipológico de las 75 piezas con retoque proporciona 5 raspadores, 6 buriles, 2 raclettes, 13 muescas, 3 elementos de hoz, 2 lascas retocadas, 1 lasca de borde abatido, 35 lá minas retocadas, 2 láminas de borde abatido, 5 microlitos geom étricos -básicamente trapecios-y un elem ento puntiform e.
HALLAZGOS PROXIMOS AL DOLMEN: APUNTES SOBRE EL POBLAMIENTO
La prospección, realizada en la zona próxima al dolmen, que afecta a los terminas de Castilfrío y Carrascosa de la Sierra -se cubrió totalmente un entorno de 3 kms. de radio-, permitió localizar varios yacimientos y hallazgos sueltos relacionables con el momento o alguno d e los momentos de utilización de este monumento (Fig. 2).
A estos datos hay que añadir la localización de otro posible dolmen, próximo a la carretera de Carrascosa a Almajano, es decir a unos 6 kms. de distancia del Alto de la Tejera (agradecemos esta noticia al Dr. Rojo, Profesor del Departamento de Prehistoria del C.U. de Soria).
Estos lugares, que comentamos a continuación, nos permiten considerar las características de habitación y ocupación del grupo constructor del monumento.
Está situado en el páramo cortado por el Río Chico, junto al pueblo de Carrascosa, ligeram ente por debajo de los 1.100 ms. de altura.
Aquí el aprovechamiento del suelo es algo más diversificado, ya que existen terrenos potenciales de actividad agrícola, aunque el predominio del pasto y matorral para aprovechamiento ganadero es manifiesto.
Este lugar puede estar relacionado con el segundo dolmen de Carrascosa, citado anteriormente, ya que se encuentra sólo a un kilómetro de distancia.
El silex recogido es de características similares al del dolmen objeto de estudio, de tonos blancos y variantes grisáceas.
Se recogieron 74 piezas, de las que 50 corresponden a restos de talla.
Se observa en este conjunto un predominio de las láminas (17 fragmentos y 1 entera) sobre las lascas (solamente 3), así como una tendencia a lo microlaminar -aspecto también evidenciado en los restos de talla-o Los útiles son 4, un denticulado, dos lascas con muesca y una pieza que muestra un lado con retoque cubriente (Fig. 15).
En una zona situa da por encima del dolmen del Alto de la Tejera, proxlma a los 1.400 ms., únicamente apta para el aprovechamiento ganadero y cazador, D. Carlos Alvarez, localizó una punta lítica en sílex de tipo foliáceo ovalado y retoque bifacial plano c ubriente con su extremo distal roto; mide 28,5 mms. de largo, por 14 mms. de ancho, utilizando como soporte un fragmento de lá mina.
Este tipo de puntas está bien generalizado en los horizontes calcoliticos tanto de la Meseta, como del Valle del Ebro y País Vasco (Fig. 15).
CASTILFRIO DE LA SIERRA
Próximos al dolmen, en la pendiente que desciende al pueblo de Castilfrío, a un a distancia entre uno y dos kilómetros, se han localizado tres sitios (La Viñuela, Las Cuatro Callejas y Casarejos) con elementos líticos y cerámicos que admiten una correspondencia cronológica con los hallados en la excavación.
Es el más bajo, a unos 1.220 ms. y próximo a Castilfrío.
En una pequeña superficie, de unos 60 ms. por 30 ms., de un campo cultivado de mayores dimensiones, qu e ocupa una ligera depresión, se recogieron 30 fragmentos de cerámica -cabe destacar uno con cordón, un cuenco de pared recta, un tercero con incisiones anchas y profundas-y algunas lascas (Fig. 15).
Está situado inmedjatamente encima de La Viñuela, a unos 1.240 ms., sobre una amplia plataforma destaca da, dond e se inician los primeros cultivos, con caída hacia Castilfrío y continuando la pendiente ascendente en su lado contrario.
Se recogieron, en un a superficie de 500 por 200 m s. -su visibilidad es deficiente ya que solamente pequeñas calvas permiten recoger materiales-110 restos de sílex, 4 fragmentos de cerámica y un pequeño fragmento de una hacha pulimentada.
Entre los materiales liticos se diferencian láminas y laminitas, algunas retocadas, y lascas con retoques abruptos, laminares y muescas, así como un segm ento microlitico con retoque a doble bisel, que nos permite relacionar este lugar con los materiales más antiguos que se han hallado en el dolm en, así como un fragmento con retoque plano de posible punta (Fig. 15).
Está situado a una altura de unos 1.280 ms., en una elevación paralela a la del dolmen pero m enos destacada, separadas ambas por el arroyo Merda ncho.
Es una zona llena de cerrad as para el ganado, por la qu e pasa un cordel de acceso a la sierra y existe también un contad ero de ganado.
Se recogieron restos dispersos de sílex, unos 34, láminas y laminitas, así como lascas con retoques denticulados y muescas e incluso alguna lasca presenta retoques laminares (Fig. 15).
APROXIMACION AL MODELO DE POBLAMIENTO
En estos cuatro yacimientos observamos por las características de sus materiales una diferenciación que puede ser cronológica pero también funcional.
El yacimiento m ás apto para el asentamiento es el de las Cuatro Callejas, situado en una zona al pie de monte, protegida por el Norte y en contacto con las primeras tierras susceptibles de c ultivo.
La elección reiterada de este lugar para habitación estaría apoyada en la amplia dispersión de sus restos.
Por otro lado, es el que ofrece un conjunto más abundante y diversifi cado, con predominio del m a terial lítico, pero con presencia de cerámicas y un fragmento de hacha pulimentada.
También posibilita una mayor identificación de útiles, e incluso algunos proporcionan cierta concreción cronológica, como el segmento microlito.
El yacimiento de Casarejos, con restos solo de material lítico y en lugar elevado, parece vinculado a una activ id ad específica, ya qu e junto a las láminas y la minitas para cortar, tenemos lascas con retoques denticulados y muescas que nos hablan de trabajos en m adera, junto a algunas lascas con retoques laminares, relacionadas quizá con la preparación de flechas para la actividad cazadora, evidenciada también en la punta de la Mata.
La Viñuela, con su escasa superficie y predominio de la ce rámica -algunos fragmentos decorados-sobre el escaso material lítico, muestra ta mbién un carácter dife renciado, aunque su proximidad a Las Cuatro Callejas permitiría co nectarla con esta am plia zona de ocupación.
Otro lugar co n evid encias mayores por el número y características de sus materiales, así como por s u emplaza miento para establecer lugares de habitación o asentamiento sería el de Canto Blanco, junto a Carrascosa, a unque éste pudiera estar en relación con otro posible dolm en, muy destrozado, del que dista un kilómetro.
A pesar de la dificultad, dada la escasez de datos, hemos intentado articular estos lugares de habitación o actividad co n el dolmen estudiado.
El monumento del Alto de la Tejera ocupa una posición relativamente alejada del lugar o lugares de asentamiento, predominando en su emplazamiento la elección de un lugar destacado y de am plio dominio visual, sobre la proximidad a los lugares de habitación, coincidiendo a su vez con una dem arcación territorial vigente en el momento actual, entre los términos de Carrascosa y Castilfrío.
Por lo tanto, este dolm en además de su contenido ritual funerario, aparece como hito o referencia de y para sus constructores pensado m ás en su visualización por los vecinos, al no ser observable su estructura tumular desde estos lugares de habitació n o actividad; pero, en este sentido, habrá que valorar en qué m edida el lugar es destacado o significado por el monumento o a la inversa; en este caso, sería la prominencia saliente y destacada, que ocupa el dolm en, el elem ento referencial tanto para unos como para otros.
Nos preguntamos, si la construcción de este dolmen y otros -símbolo del pasado histórico común del grupo o grupos-en este lugar pudo estar también condicionada por la existencia con anterioridad de un asentamiento, relacionado co n los grupos pioneros que iniciaron la ocupación sistemática de esta zona, que en un segundo momento fue necesario reorganizar y adecuar sobre las referencias tanto al pasado común de los miembros del grupo como a esa ocupación inicial.
Si utilizam os como referencia la fuerza de trabajo invertida en la construcción de este monumento -transporte de los ortos ta tos, extracción, labra y leva ntamiento del túmulo-par a inferir el número de personas de estos grupos, como se h a pla nteado en difer entes trabajos, y más concretamente el necesario para mover los ortostatos de mayor tam a ño, por ser los que precisa n un número concreto de individuos para su extracción, traslado y disposición (Re nfrew 1973(Re nfrew y 1984: 73-75;: 73-75; Bello et a lii, 1984: 31-43), tenemos qu e convenir qu e la co nstr ucción de este do lm en pudo realizarse con un número no muy elevado de personas.
La posible cantera de do nd e se extrajero n los bloqu es se sitúa en la misma pla taforma del m onum ento.
Los tra bajos se vería n favorecidos por la clisposición de los estratos de es tas areniscas cementadas en vertical, qu e, al exfoliarse en a nchas pl anchas, solamente exigir ían el esfuerzo de cortarlos por la única zo na de unión a la roca m adre.
Las dimension es y masa de las losas m ayores escasam ente superan la ton elada.
Al movimiento de esta m asa hay que a ñadir su transpo rte desde unos 200 ms., con ligera pendi ente de s ubida, en el qu e pudieron utilizar el a rrastre directo o po r elevació n so bre plata form a de m a dera, pero difícilme nte rodillos dadas las car acterísticas irregul ares del terreno.
Asumiendo los cálculos reali zados par a Galicia (Bello et alli, 1984), qu e ti enen e n c ue nta ta nto los da tos de carácter ex perim ental, realizados en r elació n con monumentos europeos y am eri ca nos, com o los etnográ fi cos e hi stó ri cos, el número necesario de personas, para tras ladar los bloques más pesados de la cám ara oscilaría ent re 14 y 18 personas, e n caso de utilizar el sistema de arr astre directo o el tra nspo rte por elevació n.
Si admitimos que solamente partic ipa ría n e n estos tra bajos los va ron es adultos, y aplicando el coeficiente aproximati vo de 4,5 por cada un o, es ta ría implicad a en la constru cció n del dolm en un a po blación total de 63 a 8 1 pe rsonas.
El proble ma es precisar si corresponde n a un único grupo o a va ri os; lo prim ero entra ría en contradi cció n co n el pa pel de cohesió n intergrupal que se defi end e para estos monum entos, lo que llevaría a conte mpl ar -más e n consona ncia con las características econó micas de la zo na-núcleos poblacio na les pequ eños, sobre todo si los co mpara mos co n lo establ ecido pa ra Ga li cia (Bell o et alii, 1984: 55; Co rral, 1989-90: 62-3), sobre supu esto a provechamiento aglicola, de varios cientos de personas; no o bstante, también para áreas de c ultivo, R enfrew consideró grupos de 20 a 100 individuos, en ma rcos territoria les de unos 10 km 2 (Renfrew, 1984: 75).
CARACTERISTICAS DEL FENOMENO DOLMENICO EN LA PROVINCIA DE SORIA
Las evidencias megalíticas qu e conocemos de esta zon a son tod avía escasas, pero el panorama está cambiando, ya qu e en los últim os a ños al dolm e n de Ca rrascos a se ha n venido a unir o tros c ua tro hallazgos dolm énicos.
Po r tanto, cabe esperar que la búsqueda sistemática de es tos monumen tos proporcionará en los aíi os sucesivos un a um ento consid erable de los mism os.
Al m argen de los d a tos, qu e a porten la excavació n y estudio de estos nuevos h alla zgos -San Gregorio y Poba r, a dem ás del mencionado de Carrascosa-, e n el momento actual nuestra info rm ació n más segura se redu ce a la fosa tumula r colectiva hallada en el Cem enterio de los Moros de Vald egeña y excavada a fin ales del siglo pasado (Benito, 1892); a la noticia de un túmulo con enterramientos, excavado en parte por el Marqués de Cerralbo, en FuencaLiente de Meclina (Taracen a 1941: 64-65), localizado por nosotros en el lugar denomina do La Alber ca donde se pueden reconocer desmonta dos los posibles ortosta tos.
Por otro lado, la revisió n de los ma teriales y características del hallazgo en La Losilla de Noviercas y Aguav iva de la Vega nos han llevado a considerar la posibilidad de su procedencia dolménica o de fosas tumular es (Jirneno, 1988); ta mbi én los restos hallados en Las Hiruelas de Debanos permiten esta suposición.
Finalmente hemos poclido recoger informació n verbal de la T P, 1992, no 49 existencia de un túmulo en Los Hitales de Langosta -documentados su restos liticos (Carnicero, 1985: 80)-, que fue desmontado al realizar un camino de concentración parcelaria.
No obstante, en los enterramientos colectivos conocidos, se advierten ya una serie de pautas, como su preferencia por el reborde montañoso oriental y, sobre todo, en el sector Noreste del Sistema Ibérico.
Algunos megalitos sorianos ocupan lugares destacados en relación con el terreno circundante y amplia visibilidad, como ha quedado de manifiesto en el dolmen de Carrascos a, aunque también existen ejemplos en zonas llanas y de escasa visib ilidad, como los de San Gregario.
El resto de los e nterramie ntos se sitúan en ambientes de menor altura, ocupando en todos los casos una posición de piedemonte, como los de Valdegeña, Noviercas y Fuencaliente de Medina y aunque su situación es menos prominente, es tando dispuestos por debajo de media ladera, no obstante dominan ampliamente los vúiles del Rituerto, Araviana y Jalón respectivamente, por el contrario el supuesto de Aguaviva de la Vega estaría emplazado en el extremo de una amplia paramera, con algunas alturas próximas superiores, dominando el inicio de la depresión de la c uenca del Jalón.
Aunque, hay qu e valorar el peso de la actividad ganad era de los constructores del dolmen de Carrascosa, ya que las condiciones ambientales de su entorno son apropiadas para este tipo de activ id ad -por encima de los l.300 ms. de altu ra-; sin embargo, conviene no olvidar que los posibles lugares de ocupación se ubican próximos a las zonas susceptibles de c ultivo, bastante alejadas del dolm en -a más de tres kilóm etros y cien m etros por de bajo-, es decir en un ambiente más diversificado.
Los re'stantes enterramientos reseñados se encuentran próximos a terrenos fértil es, e n contacto también con amb ie nte de monte bajo y en muchos casos próximos o dominando corrientes fluviales de cierta importancia (Aguaviva de la Vega, Fue ncalie nte), lo que nos hace pensar en un a base de subsistencia algo más diversificada, con peso específico de la agric ultu ra, junto a la caza y la ganadería.
Esta aparente dualidad de los emplazamie ntos también se observa en otras zonas, así en el País Vasco se ha difere nciado entre «dólm e nes de montaña» y «dólmenes de valle» (Apellaniz, 1973) y en cualq ui e r caso se estima qu e, e n ge neral, la mayoría de los e nclaves se sitúan e n zonas favo rables para la o btención de recursos y medios de subsistenc ia (Andrés, 1987: 152).
Pero no ocurre lo mismo a l otro lado de la Meseta, en la penilla nura salmantina, en donde se ha acuñado la expresión «de fondo de valle» (Delibes y Santonja, 1986) pa ra definir el ambiente ecológICO en el que se sitúan sus monumentos, no obstante las característi cas de los suelos blandos y profundos de esta zona permiten un doble aprovechamiento agrícola y ga nad ero.
Otro aspecto a considerar es la posibilidad de establecer relación entre los distintos tipos de monumentos y su situación amb iental -la ausencia de datos sobre las características constructivas de la mayo ría de los enterrami entos nos permiten hace r pocas precisiones a l respecto-; contamos con un dolm en de corredor seguro, el de Carrascosa, y otro, probable, en Fuencaliente de Medina, también conocemos un único enterramiento colectivo en fosa en Valdege ña, desconociendo las características de las es tructuras de los posibles de Noviercas y Aguaviva de la Vega, aunque probablemente fueran similares a este último.
Por ta nto, a prim era vista, podría pensa rse en estructuras megaliticas para las zonas altas y de aprovechamiento ganadero y de fosas no megalíticas para los terrenos más diversificados y con posibilidades de aprovechamiento ganadero, pero los nuevos dólm enes hallados y su situación no permiten mantener este planteamiento.
No obstante, en este sentido conviene recordar cómo los túmulos colectivos no megaliticos que se conocen en la Meseta Norte -Sanzoles en Zamora, Villanueva de los Caballeros en Valladolid, Osorno en Palencia-se as ientan en terrenos bajos, junto a cursos fluviales y en áreas decididamente agrícolas; por el contrario, las zonas consideradas tradicionalmente como de gran arraigo megalítico ocupan zonas margin ales y montañosas (Burgos, País Vasco, penillanura Zamorano-Salmantina, Norte de Portugal).
LOS ENTERRAMIENTOS Y EL POBLAMIENTO NEOLITICO-CALCOLITICO
El inicio del primer poblamiento sistemático y con co ntinuidad en esta zona tiene base neolitica y se dispone en el reborde mon tañoso Ibérico y Central, sobre todo e n el primero (Fig. 16).
Está caracterizado por una serie de yacimientos con microlitos geom étricos de tipo estacional como Peña Calarizo de Langosto, La Atalaya de Renieblas (Carnicero, 1985: 124), El Chozo Redondo de SueLlacabras, El Sillar, La Mina, Los Terreros y El Ruejo de Debanos (Carnicero, 1985: 38 ss.), Peña la Moza de Paredes Royas (Borobio, 1985: 102; Carnicero, 1985: 109 ss.), zona de Tiermes y La Pedriza de Ligos (Jimeno y Fernández, 1985: 161-165).
Las caracteristicas apuntadas para el poblam iento a nterior se mantendrán y desarrollarán a lo largo del Caleolítico, continuidad también acusada en las construcciones funerarias.
A este momento hay que atribuir un grupo de asentamientos -parecen algo más recientes que los anteriores o al menos se desconocen en ellos microlitos geom étricos-co mo Renieblas n, La Tejera de Gomara, un lu gar desconocido de Villar del Campo, del que se co nservan materiales e n el Museo Numantino, y en Peña Toscal de Debanos, con puntas foliác eas y romboidales; son ya relativa m ente frecuentes en estos yacimientos la prese ncia de cerámica y útiles pulimentados (Carnicero, 1985).
Hay que citar fina lm ente o tro grupo de hallazgos co mo Aguaviva de la Vega, Alto de la Tejería de Debanos (Carnicero, 1985: 27 y 50), Cerro del Hombre Muerto de Aleon aba (Borobio, 1985: 14 y 15; Carnicero, 1985: 32-33), El Castillejo de Garray y La Mesta en Renieblas (Jimeno y Fernández, 1986), por las características de sus conjuntos en los que está n presentes las puntas liticas pedunculadas y de pedúnculo y a letas, así como útiles pulimentados y cerámicas, entre las que destacan las campa niform es.
Estos yacimientos con industria lítica de s uperficie se co ncentra n fundamentalmente en el reborde montañoso, sola me nte algunos se sitúa n en las parameras centrales.
Es frec uente la proximidad de unos hall azgos a otros, configurando agrupa mientos, en los qu e se diferencian uno o más de m ayor entidad; así como asenta mientos e n alto junto a otros en zo nas bajas, incluso con materiales que parecen sin crónicos.
Estas caractetisticas de poblamie nto, a unque por un lado reflejan cierta alternan cia en los lugares de poblac ió n, por o tro indican que ésta ti ene lugar en un mi smo territorio.
De esta manera, la distribu ción de los dólm enes se vin c ula con la del poblamie nto neolitico-caleolítico, relacioná ndose co n aqu ellos agrupami entos qu e indica n una ocupació n más estable y con mayor control del territorio.
Los dólmenes se disponen a lin eada mente con el poblamie nto a lo largo del reborde pero oc upando un a situació n margin a l y adela nta da hacia el grupo sigui e nte, lo qu e puede indicar un carácter de limi tador o referencial entre los territo rios de los diferentes grupos.
DOLMENES y TERRITORIO EN LA SERRANIA SORIANA
Independientemente de una posición más o menos destacada, la re ferencia común, para los mo num entos conoc idos e n esta región, es su situació n en la lín ea de contacto entre dos zonas difere nciadas, la del reborde mon tañ oso, más ga nadera, y las tierras o zonas centrales del Duero y Rituerto, m ás susceptibles de a provech am iento agrícola.
Esta localización, en el inicio o piedemonte del rebo rd e montañoso, sugeriría pl a ntear la relación de los enterram ientos co n es ta dualida d de dominios a mbien tales, es decir un tipo de señalización de demarcación económica, pero la valoració n de otros factores permite ma tizar esta impresión inicial.
Este carácter de hito se vería apoyado también por coincidir estos enterramientos, frecuentemente, co n aq uellos puntos de referencia natural y/ o histórica, que han sido consid erados o tenidos en cuenta a la hora de realizar divisiones territoriales en los diferentes momentos históricos; así, es frecuente su relación con mojones o limites de términos municipales actuales (mantenedores de referencias divisorias trad icionales) y con caminos antiguos.
La relación de los dólm enes con caminos ha atraído la atención de la investigación (Germont, 1980) e incluso se ha llegado a plantear la posibilidad de reconstruir la red de comunicaciones de época megalítica por la situación de los dólmenes (Bello et alii, 1982: 158).
No obstante, hay que admitir que los caminos, por ser lugares de uso común de paso, pueden claramente tener tambi én o muchas veces ejercer cierto carácter limítrofe o diferenciador y, además, erigirse e n los lugares más indicados para situar señalizaciones o marcas territorial es -pero ello no supone que sean los únicos sitios-, que informen a los viandantes por qué territorio transitan y quien ejerce el control de sus actividades y transacciones.
Algunos intentos de vincular al m egalitismo con los caminos llevaban implícito la práctica, por estos grupos, de una actividad ganadera trashumante, admitiendo incluso las rutas de larga distancia, de acuerdo con los modelos medievales y modernos conocidos (Higgs, 1976: 168).
Pero se ha planteado la necesidad de precisar es tos datos a través de estudios locales o regionales -e n la búsqueda de una situación más exacta y mayor precisión cartográfica-, viniendo a demostrar como esta supuesta asociación en la Peníns ula entre monum entos y rutas ganaderas se difumina (Chapman, 1979: 150-2; Davidson, 1980: 144-7; Chapman, 1983: 35), siendo escasos los túmulos dispuestos a lo largo de las vías ganaderas, sobre todo, en puntos que representen un control directo y, cuando lo hace n, es porque pueden c umplir una función territorial más amplia (Cara y Rodríguez, 1987: 243).
Independientemente de la dificultad, qu e se plantea a la hora de ide ntificar la tram a viaria megalítica, enmascarada por la maraña de co municaciones generada a lo largo del ti empo (Cara y Rodríg uez, 1987: 237) -además esta zona será un foco bás ico en la trashumancia de la Mesta-, hay que indicar que los dólm enes en la Serranía Soriana no mu estran un a te nd encia clara al control de los caminos o, al menos, que este aspecto no es especialmente decisivo para s u ubicación, ya que la proximidad de algunas tumbas a cam in os es co ntrarres tada por la lejanía de otras.
A esto, cabe añadir que esos caminos no coinciden con las cañadas y cordeles de las largas rutas ga nad eras ge neradas por la Mesta a partir de la Edad Media.
El posible enterrami e nto de los Hitales de Langosta estaría próximo junto a l camino que por la margen izquierda del Duero comuni ca la zona Noroccidental con la Central, paso posteriorm en te de la vía romana municipa l del Alto Duero, qu e desde Numantia por Visontium penetraba en tie rras burgalesas.
Un segundo dolmen in édito de Carrascosa -tambi én en el mojón con e l término de La Losillase ubica en cerro destacado sobre la actua l carretera -desde Almajano a Maga ña-y antiguo camino natural qu e remonta la Sierra por el pu erto de Pobar.
Finalmente, un tercer dolmen, el de la Casa Fuerte de San Gregario, se dispone igualme nte en una zona limítrofe, coincidiendo con el río Zarranzano; justo en donde la actual carretera -antiguo camino natural-, que comunica la región de l Valle con la zona de Almajano, vadea el citado río.
Pero junto a estos, tenemos también enterram ientos que están al margen de caminos o, al menos, de aq uéllos que tienen una cierta incidencia en el ámbito comarcal -las comunicaciones e n el mome nto que nos ocupa debían de tener eminentemente este carácter (Bello et allí, 1982: 158)-, como el dolmen aquí es tudiado, o el del Cem e nterio de los Moros de Vald eje ña o los posibles d e La Losilla de Novi ercas, Aguaviva de la Vega y el de La Alberca de Fuencalie nte de Medina, qu e aunque no lejos de la importante ruta de comunicación del valle del Jalón, queda, no obstante, marginal.
Otro aspecto a considerar de estos monumentos es su vis ibilidad.
En este se ntido, hay qu e distinguir el campo visual del dolm en y las zonas o puntos desde donde se visualiza.
Los dólm e nes se dispon e n para ser contemplados desde las zonas más bajas agrícolas y que a su vez dominan visualmente -a su vez son controlados desde las zonas mas elevadas, situadas a s u espalda-, índepe ndientemente de su mutua referencia, indicada por su frecuente intervisibilidad.
Para obtener una mayo r información sobre la articulación de monumentos y poblamiento e n el marco territorial, hemos aplicado los polígo nos de Thiessen.
En la plasmación de este modelo teórico hemos tenido en cuenta toda la información disponible, tanto la de los monumentos bien docum entados, como la de aquellos túmulos conocidos por referencias indirectas -d estruidos por diferentes actuaciones en el campo-y / o a partir del estudio de sus materiales (Fig. 16).
Los territorios teóricos resultantes, determinados en función de los enterramientos, acogen al monumento y al poblamiento relacionado por proximidad con éste.
Los territorios, así d elimitados T. P, 1992, no 49 en la Serranía Norte, se disponen en ambas verti entes de los sistemas montañosos, tratando de abarcar desde las prim eras zonas bajas, más susceptibles de aprovechamiento agrícola, hasta las zonas altas de la Sierra, idón eas para pastos.
El límite superior de estos dominios vendría señalado por la lín ea de c umbres de los montes Toranzos-Madero-Almuerzo, qu e son divisoria de las cuencas del Duero y Ebro.
Esta delimitación condiciona la orientación y el cam po visual de los dólmenes de un a y otra vertiente.
Esta característica de aprovechamiento diversificado está implícita también en los dólmenes occidentales d e la Meseta, cuando se indica s u preferencia por las tierras llanas, relativamente húmedas, bastante a ptas para el cultivo y la ganadería (López Plaza, 1982: 1-2; Delibes y Santonja, 1986: 135-6).
La disposición del dolm en del Alto de la Tejera coin cidiría con la conflu encia angular de las sierras de San Miguel y Alba -zona de pastos de altura por excelencia-, que ocupa el centro elevado de este ma rco norteño, en medio de dos vías de acceso signifi cadas, el m encionado puerto de Pobar y el conocido pue rto de Oncala, en su flan co occidental.
Se ha destacado o in sistido en que los dólm enes está n situados en sitios prominentes del relieve, dom inando una a mpli a panorámica, de esta mane ra los túmulos no solo sería n enterramientos sino también un mojón o hito, un punto de referencia en el paisaje, centro agrupador integrador de la co mun idad qu e lo construyó (Renfrew, 1976: 208-1 1).
Pero este papel destacado en el paisaje no lo tiene n todos los dólm enes, ya que frente a los sobresali entes de Carrascosa, tenemos el de San Gregario en zona lla na, nad a destacado o escasame nte visible, a no ser por el resalte tumular.
Por otro lado, la posic ió n de es tos monum entos co n los yacimie ntos co nocid os O poblamiento no ocupan una posición ce ntra l, sino desplazada.
El a nálisis de los dólmenes co n los lugares de asentamiento y/ o actividad, así como su dis posición en el mar co econó mi co y ambiental unido a su peso religioso-ritual, nos ll eva a hacer una interpretación integradora.
Los dó lmenes o la primera arquitectura mo num ental de esta zona pud iero n juga r un significativo papel en una doble direcció n, por un lado como referencia tradicional e id eológica de los grupos qu e ahora se asientan si temáticam ente y con co ntinu idad en esta zona, quizás tras una ocupación inicial; por otro su co nstru cción -como inversión de tra bajo colectivo-y lo qu e simboliza -identificación con el pasado histó ri co común, refo rzada a veces co n la ubi cació n del dolmen sobre asentamientos pio neros-co ntribuirá a la consolid ació n social, política y económica de los difer entes grupos qu e se reparten el territo rio.
A s u vez, es posible en tender que el monum ento con compo nentes id eológicos y econó micos sirva de hito o punto de referencia ide ntificador para los mi embros del grupo a l que pertenece, pero a su vez sea ta mbi én el di stintivo externo.
De es ta ma ne ra, la disposic ión y di stribución de es tos mo numentos en el espacio nos pueden transmitir la co ncepció n de territorialidad, aprovecham iento, a rticulación e integra ción de los dife rentes grupos en el espacio, es decir e l orden humano sobre el m ed io o tipo de pa isaje (Criado, 1989: 84).
Los asentamientos de es tas co munida des magaLíticas conllevaba n dentro de sus plan tea mi entos territoriales el control de los recursos de las zo nas de trá nsito del reborde montañoso a las llanadas cer ealistas -de aprovechamiento diversificado-, qu e se mos traban más aseq uibles a sus posibilidades es tra tégicas y desa rrollo tec nológico.
Así e n esta zo na interm edia practi cará n ta nto un aprovechamiento ga nadero, qu e co nllevaría un co mpone nte de trashumancia local o zonal -situación en lugares de subid a a las alturas serranas, controlando el acceso a los pastos de vera no-, compleme ntado con una explotación agrícola de las ti e rras más proximas a los lugares de habitación, así co mo el aporte de la caza.
EL MEGALITISMO DE LA ZONA SORIANA Y SU ARTICULACION CON LOS FOCOS MESETEÑOS y DEL VALLE DEL EBRO
Más recientemente se ha centrado el esfuerzo en establecer algunos eslabones a través de la Meseta, como el dolmen de Simancas y el Miradero de Villanueva de los Caballeros (Valladolid), así como en encontrar elementos de relación entre sus ajuares, lo que ha permitido reparar en los ídolos espátulas, comunes para Burgos-Alava y los enterramientos de Valladolid, pero ausentes en el foco portugués y el grupo segontino (Delibes et alii, 1982(Delibes et alii,, 1986(Delibes et alii,, 1987)).
Estos nu evos datos, así como los proporcionados por los trabajos en los dólmenes de Alava y Rioja, han llevado a interpretar el fenómeno m egalítico en esta zona, sin rechazar la incidencia portuguesa, como un proceso más complejo y con bases de diferenciación regional, como ocurre con el grupo antiguo de San Martín-El Miradero -zona Centro-Este de la Meseta, Alava y Riojapropuesto por Delibes, caracterizado por la presencia del citado ídolo espátula de hueso (Delibes et alii, 1987: 187-97).
El dolmen de Carrascos a por su proximidad quedaría incluido en este horizonte antiguo comenta do, momento avalado por la presencia de algunos microlitos geométricos trapecios; no obstante, la falta del característico ídolo-espátula (lo qu e no resulta raro por la alteración sufrida por el dolmen, en el que no se ha hallado ningún resto óseo) y algunas sem ejanzas con el dolmen de Las Cortes no nos permiten una atribución segura a esta facies (Fig. 17).
Si ate ndemos a las características constructivas y tipológicas del monumento encontramos una gran afinidad con el grupo burgalés (Delibes et alii, 1982(Delibes et alii,, 1986(Delibes et alii, Y 1987;;Campillo, 1984) y con El Portillo de las Cortes (Osuna, 1975).
Así, como aquéllos, presenta una cámara de tendencia circular, con dimension es y proporciones frecuentes en aquel grupo (Fig. 18), al igual que corredor largo a modo de radio, a veces no bien alineado, sino curvo como ocurre en Ciella (Delibes et alii, 1982), y con orientación E-SE (Fig. 3), un tanto diferente de la de los riojanos y de los del País Vasco, que se dirigen mayoritariamente hacia el Sur (Delibes y Santonja 1986: 162).
También, la disposición y la altura de las piedras inclinadas, montando unas sobre otras, de la estructura tumular encuentra semejanza en el dolmen del Prado de las Cruces de Bernuy-Salinero de Avila (Fabian, 1991).
El monumen to de Las Cortes -junto con los de Abadón de Anguita, Pinilla de Alcolea del Pinar y Garbajosa, constituyen el grupo seguntino-presenta características constructivas bastante similares al de Carrascosa, como la di sposic ión apaisada de los ortostatos en la cámara, similares dimensiones de diámetro de cámara y corredor -con la misma orientación-así como escasa altura d e la cámara, en torno al metro (Osuna, 1975: 281-2).
Un elemento docum entado en los dólme nes del País Vasco y Rioja es la presencia de galerías segmentadas -Txabola de la Hechicera (Apellaniz y Fernández Medrana, 1978), Peciña (Osaba, 1965), El Encinal (Apellaniz, 1973: 190)-, que difícilmente se observan en los burgaleses, aunque algunas piedras transversales aparecidas e n corredores, como los de Ciella y Las Arnillas han se rvido para especular sobre es te aspecto (Delibes et alii, 1982(Delibes et alii,: 171 y 1986: 14): 14).
Esta segm entación e ntendemos que a parece clara en el dolmen de Carrascosa, por la disposición en el corredor de tres piedras transversales, que dividen éste en otros tantos tramos de 2, 3 y 2 ms., y aunque pudiera ser poco clara la situada al inicio del corredor, no hay duda sobre las otras dos.
En este sentido, quedaría probado cómo la presencia de estas segmentaciones no se restringen a los dólmenes riojanos y del País Vasco.
Por otro lado, los pocos datos que tenemos so bre el fenómeno megalítico en esta zona, todos ellos en el reborde montañoso, desde el valle del Jalón hasta la Serrania Norte -Fuencaliente de Medina, Valdejeña, Carrascosa, San Gregorio-son jalones suficientes para poder conectar el grupo seguntino con el grupo norteño burgalés y riojano, a los que la base geográfica y económica del reborde montañoso les proporcionaría elementos de unión y con los jalones que representan los más r ecientes hallazgos de dólmenes en Segovia y Avila (Fabian, 1988(Fabian, y 1991) ) viene a ser una zona de conexión y contacto con el foco occidental. |
RESUMEN La investigación sobre la Edad del Bronce ha otorgado, en general, una gran importancia a la metalurgia como factor explicativo de la complejidad social detectada en este periodo, y a ello no ha escapado la cultura de El Argar, ubicada en el Sudeste de la Península.
Sin embargo, hasta el momento no se había realizado ningún estudio que evaluara cuantitativamente el registro arqueológico y estudiara la tecnología metalúrgica.
Los resultados obtenidos permiten apreciar la escasa entidad de la metalurgia desde el punto de vista eqmómico y rechazar la importancia otorgada a esta actividad en la interpretación cultural.
El estudio tecnológico muestra una evolución local y paulatina de la metalurgia, con escaso desarrollo en relación a las cuIturas europeas contemporáneas.
La investigación en la prehistoria europea presenta un marcado carácter tecnológico, puesto de manifiesto en la misma periodización cultural, basada en la propuesta inicial del sistema de las Tres Edades ideado el siglo pasado por Thomsen.
Asociado al concepto evolucionista de progreso, el desarrollo tecnológico se presenta como una de las constantes en el devenir histórico de la humanidad, lo que permite la base para establecer una secuencia cronológica y definir el nivel de desarrollo en el que se encuentra cada grupo.
Dentro de esta concepción, la aparición de la metalurgia representa uno de los grandes avances y cambios que experimenta el conocimiento humano, puesto que constituye una tecnología que permite no sólo cambiar la naturaleza sino transformarla.
La metalurgia, a diferencia de la industria lítica o cerámica, consigue un producto final completamente diferente, tanto física como químicamente, de la materia prima utilizada inicialmente.
A pesar de la importancia que tiene la tecnología en el desarrollo cultural no basta por sí misma para explicar los cambios y transformaciones sufridos por las culturas prehistóricas.
En contra de una visión simplista que asumía que el conocimiento de una determinada técnica suponía la inmediata aplicación de la misma y el desarrollo de sus máximas posibilidades, la adopción de una tecnología, así como el aprovechamiento de sus potencialidades depende de su aceptación social (Renfrew, 1978; McGlade y McGlade, 1989), además de las propias precondiciones tecnológicas.
En otras palabras, las ventajas potenciales que se pueden derivar del conocimiento de una determinada tecnología solo pueden producirse dentro de un contexto social y económico favorable; el conocimiento tecnológico no implica necesariamente su desarrollo inmediato, sino que puede permanecer latente hasta que la sociedad encuentre los incentivos adecuados para aprovecharlo asumiendo los riesgos iniciales que comporta.
Esa dependencia del modo de aceptación e integración social significa que una misma invención no producirá siempre los mismos efectos innovadores ni las mismas transformaciones culturales.
En el caso de la metalurgia, su aparición y desarrollo en Europa occidental se encuentra asociada a un proceso de creciente complejidad social, aspectos ambos que definen lo que constituye la «Edad del Bronce».
Esta contemporaneidad de sucesos ha permitido establecer una relación causal que normalmente hace depender la una de la otra, otorgando al metal un papel determinante en la explicación cultural (Champion et alii, 1988: 283 y 287) debido a la correlación positiva que se observa entre cambio tecnológico y transformación social.
Los cambios sociales y económicos que genera la actividad metalúrgica son profundos, puesto que su conocimiento implica la acumulación de excedentes, especialistas a tiempo completo y comercio, junto a una estructura social jerarquizada con unos grupos o élites capaces de controlar el sistema (Sherrat, 1976).
En este modelo explicativo de la jerarquización de la sociedad europea, en el que se acepta que la explotación del metal fue un factor clave, resaltan como consecuencia de ello la especialización a tiempo completo de lps metalúrgicos y las relaciones comerciales que se establecen con los productos metálicos, así como el control de los recursos.
En la Península Ibérica, los estudios sobre el Calcolítico y la Edad del Bronce, representada en el Sudeste por la Cultura de El Argar, también han estado fuertemente condicionados en sus planteamientos por el papel predominante que se ha atribuido a la metalurgia.
Un breve repaso historiográfico nos permite apreciar un denominador común para las diferentes hipótesis establecidas, y esta es la interpretación cultural articulada en torno a la actividad metalúrgica como una explicación causal primaria, aunque con diferente perspectiva en cuanto al origen de la invención.
De este modo, en el modelo colonial propuesto por la investigación histórico positivista, dominante en la mayor parte del siglo XX, la causa y justificación de la colonización o de las relaciones comerciales que se establecen. desde el Mediterráneo oriental con la Península Ibérica, tanto en el período calcolítico como argárico, se encuentran en la explotación y aprovechamiento de los recursos minerales peninsulares, lo que determina la introducción del conocimiento metalúrgico por difusión (Siret, 1913; Martínez Santa Olalla et alii, 1947; Blance, 1961; Arribas, 1967; Savory, 1968 1976).
Por otra parte, las hipótesis autoctonistas generadas dentro del denominado enfoque integrado de la cultura (Chapman, 1984; Lull, 1983), aunque a diferencia del modelo colonial admiten una evolución local y rechazan las relaciones externas como causa explicativa, aceptan como uno de los elementos que intervienen en la complejidad social que se detecta en esos periodos una actividad metalúrgica desarrollada, transponiendo los modelos culturales generados o bien en el Próximo Oriente o en otras regiones europeas donde también se detecta una creciente diferenciación social en la Edad del Bronce (Champion el alii, 1988).
Tan solo las hipótesis de Gilman (1976Gilman (, 1987a y b) y b) relegan la metalurgia a un papel secundario, y ofrecen una explicación alternativa para la adquisición del poder de las élites mediante la intensificación del trabajo agricola.
A pesar de la importancia otorgada a la actividad metalúrgica, se presenta la paradoja de que muy pocos esfuerzos se han realizado por conocer la realidad que muestra el registro arqueológico, por lo que se ha producido una asimilación de numerosas ideas sin la necesaria y correspondiente contrastación o valoración critica.
Esta falta de investigación puede quedar sintetizada en dos ejemplos claros.
El primero es el conocimiento sobre la propia tecnología metalúrgica, que desde el centenario trabajo de los hermanos Siret (1890) no ha vuelto a ser tratado con aportaciones novedosas hasta hace menos de una década, a excepción del macro proyecto europeo de escasos resultados en cuanto a explicaciones tecnológicas de Junghans, Sangmeister y Schr(jder (1960y 1968).
El segundo ejemplo es la minería prehistórica, aspecto completamente olvidado y marginado de la investigación, pese a ser una de las cuestiones claves y que podía haber demostrado la intensidad de la actividad metalúrgica si esta hubiera existido.
Ante esta situación se hacía necesaria una investigación arqueometalúrgica que aclarara el panorama y ofreciera las argumentaciones validas y los datos suficientes para conocer el grado de desarrollo, nivel alcanzado y evolución seguida por la metalurgia desde el Calcolítico hasta época argárica.
Además tendria también que integrar esos conocimientos en una explicación cultural coherente, reafirmando o rechazando las ideas previamente aceptadas.
Esta investigación se planteó con tres líneas de trabajo complementarias: estudio de los recursos minerales, estudio de la tecnología y cuantificación del registro arqueológico.
RECURSOS MINERALES DE COBRE
El estudio de los recursos minerales de cobre se ha centrado en la zona de la Cuenca de Vera, puesto que su realización en todo el área del Sudeste solo es posible conseguirla a medio o largo plazo con la intensidad que la investigación requiere.
Sin embargo, la región elegida reúne unas características particulares apropiadas para los fines que se persiguen debido al elevado nivel de estudios e información arqueológica disponible, y como tradicional zona nuclear en el desarrollo de la denominada cultura de El Argar.
Mediante prospección de campo, planificada con la ayuda de las fuentes históricas, se han localizado diversas mineralizaciones de cobre.
Con estos resultados no se pretende afirmar que sean estos los únicos minerales que pudo utilizar el hombre prehistórico, dado que la intensa actividad minera ejercida desde el segundo tercio del siglo XIX y que ha transformado especialmente Sierra Almagrera y Herrerías ha hecho desaparecer antiguas mineralizaciones y ha limitado parcialmente los resultados.
Se trata, no obstante, de un estudio de recursos potenciales que con la ayuda de la caracterización compositiva mediante el análisis químico permite hacer algunas observaciones en relación con la composición de los objetos de metal y restos metalúrgicos conocidos, y una valoración de las posibilidades del espacio geográfico.
Probablemente en un futuro se puedan localizar nuevos recursos en lugares concretos de las zonas potenciales, lo cual únicamente corroboraría la accesibilidad y la gran riqueza que presenta la Cuenca de Vera en pequeñas mineralizaciones (Fig. 1), no rentables actualmente pero satisfactorias para las necesidades durante las primeras edades del metal, como ya comentara Siret (1890: 507).
A pesar de ello, la diferente caracterización compositiva de los minerales (Tabla 1) permite individualizar algunos metalotectos y
La investigación tecnológica se ha realizado a través de la metalografía microscoplca y del análisis cuantitativo con la técnica no destructiva de espectrometría por fluorescencia de rayos X, con el equipo del lC.R.B.C., del Ministerio de Cultura, dentro del proyecto de Arqueometalurgia de la Península Ibérica (Apéndice 1).
También se han recopilado aquellos análisis publicados por otros laboratorios y se ha realizado una valoración critica sobre su fiabilidad y posible utilización en un estudio de conjunto.
La falta de precisión de unos' y los errores de otros, debidos a la realización por laboratorios no especializados en arqueometalurgia, obligan al manejo de los análisis del British Museum y del Programa de Arqueometalurgia para los estudios sobre composiciones.
En algunos casos, como los análisis realizados por Junghans, Sangmeister y Schroder (1960Y 1968) o los de Siret (1890), pueden aprovecharse para la evaluación de la presencia de bronces, pero no para la diferenciación entre cobres y cobres arsenicados o para el estudio de los elementos minoritarios.
Los restos de actividad metalúrgica, aparte de no ser numerosos, tampoco indican cambios sustanciales entre la tecnología empleada durante Calcolítico y la Edad del Bronce, aunque sí se produce una depuración y dominio en las técnicas de trabajo con el paso del tiempo, por lo cual todo lo que se comenta a continuación afecta en general a ambos períodos.
Metalurgia extractiva y materia prima.
Llama la atención en primer lugar la falta de evidencias directas de minería prehistórica, que puede ser explicada por tres razones: A) abundancia de recursos naturales de cobre, B) escasa entidad de la producción metalúrgica y C) destrucción de los vestigios por trabajos modernos.
La abundancia posibilita la utilización de recursos minerales diferentes, lo cual evita los trabajos intensivos en un determinado lugar que podrían dejar huella reconocible, al tiempo que también hace más fácil el trabajo de extracción al no tener que resolver problemas técnicos como iluminación, entibado, acceso, etc. La diversidad de explotación de recursos se manifiesta en la Cuenca de Vera, donde los minerales empleados en los distintos yacimientos señalan un aprovechamiento de mineralizaciones diferentes.
El caso más claro y llamativo lo constituyen Almizaraque y Herrerías, cuya proximidad geográfica acentúa aún más el diferente aprovechamiento de recursos en períodos distintos,. determinado analíticamente por la presencia de elevadas cantidades de plomo en el mineral de Herrerías y detectado en los objetos de metal analizados, frente a su ausencia tanto en el mineral como en el metal de Almizaraque.
Si a esto unimos el escaso volumen del metal consumido, según la cuantificación realizada, se acierta a comprender mejor la ausencia de restos de minería prehistórica.
Actividades de transformación: tres son los rasgos príncipales a destacar.
El primero y quizás el más llamativo lo constituye la simplicidad de los hornos, ya que éstos son vasijas cerámicas, iguales a las demás, generalmente de tendencia abierta y que no requieren ninguna preparación especial, en cuyo interior se mezclan el combustible y el mineral, y funcionan sin aporte térmico exterior (Delibes et alii, 1991: 306-7).
Otro aspecto interesante, ya demostrado por Craddock y Meeks (1987), es la mínima producción de escoria con esta tecnología primitiva, debido al tipo de mineral con poca ganga, las relativamente bajas temperaturas con las que se trabaja y las pobres condiciones de reducción de las vasijas-horno.
Bajo estas condiciones se obtienen minerales parcialmente reducidos, algunas gotillas o nódulos de cobre metálico y muy escasa producción de escoria.
El tercer elemento a destacar es que todos los restos de transformación se encuentran en las unidades de habitat (Tabla 2a y b), lo cual indica que no se trabaja a pie de mina sino en los poblados, a donde se transporta el mineral en bruto.
Al igual que ocurría en la actividad de transformación los restos arqueológicos se encuentran siempre en el interior de los poblados y, en la mayoría de los casos tanto de época calcolítica como argárica, aparecen los moldes y crisoles junto con aquellos otros restos (Tabla 2a y b).
Este hecho nos indica que no existe una separación o especialización de actividades entre yacimientos, y ante la falta de otras pruebas, como lingotes, tampoco se puede hablar de comercialización de metal en bruto.
Además, como ya se señaló anteriormente para la Cuenca de Vera, el estudio de las composiciones de los objetos permite deducir el aprovechamiento de recursos diferentes para cada yacimiento (Tabla 3), lo cual está en contra de la comercialización y control de la materia prima.
Ello, no obstante, no impide el intercambio de determinados objetos pero, sin duda, se está muy lejos de una producción comercializada.
Los estudios sobre los modelos de transformación desde la materia prima al objeto elaborado muestran la falta de control en las condiciones de trabajo por parte del metalúrgico, y la posibilidad de obtención de cobres arsenicados de forma natural con el mineral a su disposición (Delibes et alii, 1989), al igual que empieza a demostrarse en otras zonas europeas (Gale et alii, 1985) y por estudios experimentales (Pollard et alli, 1990).
La falta de intencionalidad en la producción de cobres arsenicados, en contra de lo expuesto por Harrison y Craddock (1981) Y Hook y otros (1987), se ve apoyada, además, por el estudio realizado por tipos, áreas geográficas, yacimientos y cronología de los materiales analizados cuantitativamente (Tabla 4 y 5) (Montero, 1992: 446-483), que muestra distribuciones irregulares y aleatorias debido a las características particulares del mineral empleado y a las condiciones de trabajo fuera del control del metalúrgico.
Aleaciones intencionadas no se consiguen hasta época argárica con el uso de los bronces, y de la adición de cobre a la plata, aunque por desgracia no se puede por el momento determinar con precisión el inicio de estas prácticas.
Si atendemos a los datos disponibles en otras regiones peninsulares para el caso del bronce, quizá no pueda situarse su aparición mucho antes de la mitad del II milenio a.
C. (Rovira, Montero y Consuegra, e.p.).
El uso del bronce es todavía limitado, puesto que menos del 20 96 de las herramientas o herramientas-armas son una aleación Cu-Sn, y la única excepción son los adornos donde se alcanza el 50 96 de los objetos analizados, aunque la muestra estudiada es pequeña.
En cuanto a la plata puede considerarse también una innovación desarrollada durante época argárica.
La existencia de plata nativa en la zona, especialmente en Herrerías, y el aprovechamiento de los cloruros de plata podría abastecer la demanda argárica, ya que por el momento no existen pruebas objetivas del conocimiento de la técnica de copelación para estas fechas.
Las metalografías realizadas dentro del Proyecto de Arqueometalurgia, junto con la docena hecha en el British Museum a materiales de Los Millares y El Malagón (Hook et alii, 1991), son hasta el momento la única información disponible para conocer las técnicas de trabajo, y aunque escasas en número, son lo suficientemente ilustrativas y permiten esbozar el grado de evolución técnica que se produce entre el Calcolítico y El Argar.
Tanto en un periodo como en otro se mantienen problemas de desgaseo del molde, y la presencia de burbujas gaseosas e inclusiones de escoria y óxido cuproso señalan unas condiciones rudimentarias y de bajo control en la fabricación de los objetos.
Durante el CaIcolítico se trabaja las piezas a martillo y sólo se emplea de forma esporádica y sin un dominio completo el recocido, ya que casi siempre que aparece suele ser muy leve.
El uso de la técnica de recocido podría empezar a desarrollarse a partir del Calcolítico pleno o en sus momentos finales.
En época argárica se observa un mayor dominio tanto de la forja como del recocido que es empleado más racionalmente en la fabricación de las piezas.
La diferencia en los tratamientos aplicados para la fabricación de punzones en ambas épocas muestra la evolución y mayor dominio tecnológico que se va alcanzando con el paso del tiempo, en un desarrollo lento y que parece autóctono, ya que no hay cambios bruscos en el nivel tecnológico.
En resumen, la metalurgia del Sudeste puede contemplarse como un proceso continuo de innovación, producto de errores o experimentación, y cuyo resultado final es una experiencia acumulada, pero donde todavía se trabaja en condiciones rudimentarias y de bajo control sobre el producto final, y con influencias externas escasas tanto tipológica como técnicamente.
Los criterios elegidos para la cuantificación de los objetos de metal son: m~rfológico, funcional, cronológico y de contexto.
El criterio morfológico define a cada una de las piezas por su forma general, pero sin tener en cuenta las variantes morfométricas que son consideradas secundarias, puesto que los detalles y particularidades en el tamaño son desde el punto de vista tecnológico de poca significación y utilidad interpretativa para explicar cambios relevantes del comportamiento humano (Torrence y Van der Leeuw, 1989: 4).
Los tipos de objetos definidos son punzones, cinceles, sierras, cuchillos o puñales (hojas, de lengüeta, con escotaduras y con remaches), puntas de flecha (lanceoladas, con hombro marcado y con aletas), espadas, alabardas, hachas planas, anillos o pendientes, brazaletes, diademas y cuentas de collar, láminas, remaches, mangos.
Según el criterio funcional, los tipos de objetos se clasifican en: herramientas (punzones, cinceles, sierras), herramientas-armas (cuchillos o puñales, hachas, puntas de flecha), armas (espadas y alabardas), adornos (anillos o pendientes, brazaletes, diademas, cuentas), y de complemento (remaches, mangos, láminas, botones).
Sin embargo, en la cuantificación, en el grupo de complemento no se integran los remaches que forman parte de las piezas ya que no se estudian por separado.
Cronológicamente sólo se diferencia entre Calcolítico y Argar, ya que las subdivisiones internas hoy por hoy resultan conflictivas, tanto en la diferenciación entre un Calcolítico Pre y Campaniforme (Martínez Navarrete, 1989: 298-336), y la falta de criterio en la subdivisión entre Argar A y B demostrada por Lull (1983), como por la falta de buenas dataciones.
En el contexto arqueológico de las piezas sólo se puede distinguir entre su presencia en poblados o habitat y como ajuar funerario.
Sin embargo, la práctica de enterramiento dentro del poblado durante época argárica y el desmedido interés por el estudio de las sepulturas en detrimento del habitat limitan su aplicación en este período.
El principal problema de la cuantificación reside en que no siempre es posible ajustar todos los casos a los criterios de clasificación definidos, debido sobre todo a la falta de precisión en la descripción de materiales o de la información disponible.
Las limitaciones y la forma en que se han solucionado para el caso en estudio se exponen a continuación.
La falta de precisión en la información disponible de los distintos objetos, y especialmente en el número exacto de los mismos cuando únicamente se menciona la presencia genérica, se ha solucionado con el concepto «número mínimo de objetos».
En aquellos casos en que la enumeración utilice el plural o palabras como «varios» se contabilizan para la cuantificación dos objetos de cada tipo.
Unicamente cuando se emplea la estructura de un plural genérico como «han aparecido diversos objetos como punzones, hachas, puñales y anillos» el número mínimo considerado es de un objeto para cada tipo, ya que es notoria la tendencia a generalizar y el uso del plural genérico no conlleva necesariamente la pluralidad particular de cada uno de los tipos de objetos relacionados.
En los casos en que se citan varios fragmentos de punzón o de objetos indeterminados, sólo se contabiliza como uno ya que no podemos asegurar ni el número, ni que correspondan todos a piezas distintas..
Otro gran problema en la cuantificación ha sido el empleo del criterio cronológico debido a la falta de contexto de algunas piezas.
En los casos de tipos de objetos exclusivos de una determinada fase, la falta de contexto queda suplida por la referencia que ofrece la tipología.
El caso más claro lo constituyen los puñales, alabardas o espadas de remaches que pertenecen al periodo argárico.
Sin embargo, otros objetos como los punzones o las puntas lanceoladas no tienen por sí mismos una definición cronológica.
En las sepulturas megalíticas calcolíticas existen bastantes casos de intrusiones argáricas que dificultan la separación de elementos de ambas fases, además de provocar la inseguridad en su datación.
Los casos más frecuentes son:
1.-El resto del ajuar de la sepultura no permite asegurar a qué periodo pertenece, por lo que se acepta el principio general de cronología calcolítica para las sepulturas y para el material asociado.
2.-Presencia de algunos elementos argáricos.
En este caso, ante la imposibilidad de distinguir a que periodo pueden pertenecer los objetos de cronología no definida, se adopta para todo el conjunto la cronología más reciente.
3.-Cuando el ajuar es ambiguo, pero se dispone de análisis químico de algún objeto y éste es de bronce o plata, por criterio tecnológico pertenece a un momento argárico, por lo que todo el conjunto se clasifica en ese período.
Un caso singular lo constituyen algunas sepulturas granadinas de Los Eriales.
Presentan ajuares con elementos argáricos, pero también puntas de flecha tipo Palmela o lanceoladas.
La cuestión estriba en que, por los datos conocidos en época argárica, las puntas de flecha no aparecen nunca en el ajuar de las sepulturas.
Aceptar este hecho significa que cualquier punta de flecha en un dolmen debería ser calcolítica, sin embargo, en Los Eriales se producen otras circunstancias anómalas respecto a los rasgos típicos de enterramiento argárico que plantean la posibilidad de que la presencia de las puntas de flecha sea uno más de los rasgos anómalos de época argárica.
Ante esta disyuntiva, y dado el bajo número de casos afectados, se mantienen al margen de la cuantificación cronológica.
A partir de la información recopilada y teniendo en cuenta los criterios expuestos anteriormente, se ha elaborado la tabla de datos cuantificada que a continuación se comenta.
Conviene recordar a la hora de interpretar y utilizar esta información que los valores ofrecidos no deben aceptarse como absolutos y definitivos, sino más bien reflejan una tendencia general que considero fiable por el volumen de la información manejada.
Sin embargo, los valores porcentuales concretos se encuentran sujetos a las modificaciones que pueden ocasionar los datos incompletos publicados, los actualmente T. P., 1992, n 2 49 inéditos en bibliografía pero conocidos por los investigadores que han tenido a su cargo los trabajos de excavación, los que irán apareciendo por descubrimientos y excavaciones futuras, o simplemente por el uso de otros criterios de clasificación en los casos dudosos.
En ningún caso se contabilizan los remaches como objetos independientes.
Por períodos cronológicos el reparto aparece en la tabla 6.
Los materiales sin clasificar incluyen las ocho puntas tipo Palmela de los dólmenes granadinos de Los Eriales y Las Peñuelas, halladas en contextos argáricos, por los motivos anteriormente citados.
Entre los materiales argáricos está incluido por tipología el puñal de dos remaches de la tumba número 28 de Los Millares.
La diadema de oro de Ceheguín o Caravaca es el único objeto de este metal no clasificado por las dudas y discusiones que se mantienen sobre su cronología (San Nicolás, 1988: 76).
La comparación de cifras con los valores totales proporciona una relación de 4,92 veces más objetos metálicos argáricos que calcolíticos, relación que desciende a 4,15 veces si nos fijamos sólo en los objetos de base cobre.
Estas proporciones hay que observarlas bajo la perspectiva de la gran influencia que ejerce el yacimiento de El Argar, en el que se han cuantificado 1.498 objetos, repartidos en 1.310 de base cobre, 185 de plata y 3 de oro, lo que representa el 51,87 96 de todos los objetos argáricos conocidos.
Si la comparación se establece prescindiendo del yacimiento con mayor número de objetos en cada período (Los Millares y El Argar), los valores quedarían en 489 objetos calcolíticos y 1.390 argáricos, con una proporción de tan solo 2,84 veces más de objetos argáricos de metal, y 2,25 veces de objetos de base cobre.
La repartición geográfica de los objetos de metal en las áreas estudiadas aparece en la tabla 7.
La distribución es bastante heterogénea, especialmente en época argárica donde la influencia del yacimiento de El Argar y de otros importantes como El Oficio y Fuente Alamo en la misma Cuenca de Vera provocan una gran concentración de objetos de metal en esa zona (71.87 96 de todos los materiales argáricos).
Otra circunstancia anómala es la presencia de un mayor número de objetos de época calcolítica que argárica en el resto de la provincia de Almería.
Esta vez la causa se puede achacar a la influencia del yacimiento de Los Millares.
En resumen, por la cuantificación general y por zonas geográficas no se puede hablar de un incremento espectacular en la producción de metal en época argárica, a excepción de en la propia Cuenca de Vera, en relación con el período calcolítico precedente.
Si atendemos a la distribución por tipos de objetos expuesta en la tabla 8 se observan algunos cambios entre los dos períodos en estudio.
Durante el Calcolítico el porcentaje mayor de objetos corresponde a las herramientas con el 60,5 96, mientras que los adornos no alcanzan el 10 96.
En época argárica se invierte la representatividad de estos grupos, siendo superior al 5096 los adornos y menos del 16 % las herramientas.
En ambos períodos las herramientas-armas mantienen un porcentaje similar, siendo el de armas muy bajo, inferíor al 2 %, en época argáríca.
El objeto de base cobre más frecuente y característico de época calcolítica es, sin duda, el punzón (Tabla 9), que representa algo más del 50 % de los objetos; no se conocen objetos de plata y tampoco está representado el grupo de armas (alabardas y espadas).
Para el periodo argárico, los tipos más frecuentes de base cobre son los anillos con casi un 30 %, ya sean simples o en espiral, y los puñales con el 24 %, normalmente de remaches.
Como tercer elemento argáríco característico se puede considerar el punzón.
Los anillos, con un 75 %, constituyen el tipo más frecuente y repetido entre los objetos de plata.
La cuantificación de los objetos, según el contexto en el que aparecen, puede realizarse con precisión en el periodo calcolítico debido a la separación espacial de las áreas de habitación y las sepulturas.
Sin embargo, durante el período argárico, el enterramiento dentro de la misma unidad de habitat y la existencia de sepulturas violadas y contextos confusos contaminan la cuantificación.
Tampoco conviene olvidar la atención preferencial que la investigación de los enterramientos ha tenido frente al estudio del habitat y que conduce a que muchos yacimientos argáricos sólo se conozcan por sus sepulturas.
No obstante, es posible discernir algunas tendencias en cuanto a la utilización de los objetos de metal.
Durante el Calcolítico aparecen más objetos en las sepulturas que en los poblados (Tabla 10).
Sin embargo, las diferencias en el tipo de objeto encontrado en uno u otro contexto son pequeñas, si exceptuamos una distribución desproporcionada entre el número de hachas, mayor en las sepulturas, y el número de puñales, con mayor presencia en poblados, y el que la mayoria de los objetos de adorno correspondan a contextos funerarios.
Si se comparan los tipos funcionales establecidos (Tabla 11), según el contexto en que aparecen, se aprecia la homogeneidad en la distribución general en cuanto a los valores porcentuales relativos, a excepción de ]a desviación de los adornos, que se concentran en las tumbas.
Para el periodo argárico no se ha cuantificado, por los problemas antes comentados, pero se observa que todos los cinceles y sierras aparecen en los poblados y nunca en las sepulturas.
Del mismo modo, las puntas de flecha tampoco forman parte del ajuar en los enterramientos, si exceptuamos los dos casos de El Argar y El Oficio que pueden ser intrusiones ajenas al momento del enterramiento.
El resto de los tipos se encuentra con mayor o menor frecuencia en los enterramientos, en donde los adornos constituyen numéricamente el mayor conjunto.
Esta diferente distribución de determinados tipos de objetos en el contexto funerario, entre el Calcolítico y El Argar, puede ser interpretado como un cambio en la mentalidad de las sociedades y en la funcionalidad de los objetos de metal.
Así, durante el Calcolítico las herramientas cumplen su función utilitaria en los trabajos correspondientes y se incluyen en las sepulturas como un bien personal del difunto, adquiriendo su valor por la materia prima con la que están fabricadas, es decir, el metal, independientemente del tipo de objeto.
En el mundo argárico, las sierras y cinceles siguen utilizándose como herramientas en proporción similar al período calcolítico, según se desprende de la frecuencia absoluta, pero carecen del valor de prestigio que adquieren otros tipos como los adornos, hachas y puñales, que son los que ahora se incluyen en las sepulturas.
En consecuencia, el valor no se encuentra exclusivamente en la materia prima como en el período calcolítico, sino también en el tipo de objeto fabricado y en lo que representa.
Calcular el peso de metal conocido con cierta exactitud resulta una labor muy difícil.
Las limitaciones principales se deben a que normalmente no se especifica en las publicaciones el peso de cada uno de los objetos, por lo que sólo se dispone de una serie muy reducida que incluye los materiales estudiados por Leira (1986) en su Memoria de Licenciatura sobre Las Peñuelas, y algunos de los objetos analizados en el Programa de Arqueometalurgia, ademas de algunos materiales publicados por Siret (1890) detallados individualmente.
A través de esta serie de pesos podemos obtener un valor medio teórico que usar como referencia, mientras que en los tipos que carecemos de cualquier medida individual los valores proporcionados por Siret junto a la estimación aproximada en función del tamaño del objeto y los valores de objetos de otras regiones nos permiten calcular el peso medio teórico.
La variabilidad de peso en los objetos de un mismo tipo condiciona aún más la fiabilidad general de las medias obtenidas, y así tenemos por ejemplo puñales que pesan 91,52 gr., como uno de los de Hoya de la Matanza, o 86,84 gr., como el de la tumba 244 de El Oficio, y otros de menos de 10 gr., como uno de Las Angosturas o de Las Peñuelas; punzones grandes como el de la sepultura 8 de Los Millares de 7,3 gr. y otros más pequeños de menos de 1 gr.; o hachas planas que oscilan desde (Siret, 1890: 500).
En los anillos y brazaletes el peso cambia entre los que son espirales o de una sola vuelta, pero como no se dispone de una cuantificación que detalle el número de cada tipo, hay que asumir el valor medio de referencia como representativo ya que en él se incluyen también algunos anillos espirales.
No obstante, para el cálculo total se utiliza un peso teórico que se ha elegido redondeando los valores medios de la serie de pesos.
La aproximación teórica, a falta de mayores precisiones, puede servir de referencia para comparar la situación entre los dos períodos bajo estudio.
De acuerdo con los valores teóricos de la tabla 12 y la frecuencia de cada uno de los tipos obtenidos en la tabla 9, obtendríamos 28,495 Kg. de metal de época calcolítica y 95,466 Kg. de metal argárico, más 2,562 Kg. de Los valores de referencia de la tabla 12 pueden considerarse en general sobrevalorados si comparamos el peso teórico de metal en el yacimiento de El Argar con los datos aportados por Siret (1890) y recogidos por Chapman (t 990: 165).
Debido a que las hachas constituyen los objetos más pesados, una ligera variación en el peso teórico medio produce significativos cambios cuantitativos.
De este modo, si en vez de 400 gr. de peso medio consideramos los 200 gr. que cita Siret para las hachas de El Argar (1890: 501) tendríamos 14,6 Kg menos, quedando en este caso los valores por debajo de los estimados por Siret para todo el yacimiento.
Sea cual sea el grado de precisión de estos valores medios, lo que sí es evidente es que la valoración del peso de metal introduce varios cambios en relación a la importancia cultural del metal obtenida de la frecuencia de objetos, ya que son las herramientas-armas las que consumen mayor cantidad de materia prima, tanto en época calcolítica como argárica.
Si comparamos el porcentaje que suponen los adornos y herramientas-armas argáricas según la frecuencia de objetos y el porcentaje de metal consumido se observa una gran desproporción según se aplique un criterio u otro: En resumen, además de la baja frecuencia de objetos cuantificados, los tipos más numerosos son los que consumen menos metal, y en consecuencia el uso real de materia prima es menor de lo que por la frecuencia podría suponerse.
INTERPRETACION CULTURAL DE LA METALURGIA
Una vez conocidos los rasgos que caracterizan la actividad metalúrgica podemos pasar a comentar los dos aspectos principales que la historiografía debate: el origen de la invención y su influencia social y económica en el desarrollo cultural.
Invención de la metalurgia
En relación al origen de la metalurgia, todos los indicios apuntan hacia un desarrollo local autóctono.
Los tres argumentos que se manejan son: 1) Ausencia de contactos con culturas metalúrgicas que posibiliten el difusionismo en momentos iniciales.
Una argumentación detallada que justifique esta afirmación excede el espacio disponible de este artículo, pero sin embargo baste hacer dos referencias generales como son el aislamiento cultural del Sudeste peninsular en relación a otras culturas mediterráneas (Champion et alii, 1988), y la falta de contactos a través del ((colonialismo» (Renfrew, 1967).
2) Primitivismo tecnológico en el Sudeste y diferente grado de desarrollo y evolución tecnológica en relación con las culturas metalúrgicas contemporáneas.
Este primitivismo tecnológico queda manifiesto en la ausencia de aleaciones intencionadas y bajo control en el proceso de producción, ausencia de técnicas complementarias de tratamiento mecánico y térmico en los momentos iniciales, reproducción de formas simples, escasa variedad formal y técnicas de transformación y fundición poco depuradas y nada complejas.
3) Continuismo cultural, que se observa entre el Neolítico Final y el Calcolítico y, por supuesto, entre éste y la Edad del Bronce, aceptado por la mayoría de los investigadores actuales (Gilman, 1976; Lull, 1983; Molina, 1983; Ruiz Gálvez, 1984; Fernández-Posse, 1987; Chapman, 1990), así como la existencia de las precondiciones tecnológicas necesarias para desarrollar la metalurgia.
Para un posible desarrollo independiente de la metalurgia es necesario que se cumplan, al menos, dos requisitos: existencia de recursos naturales o materia prima y capacidad tecnológica.
El primer requisito, la existencia de materia prima, se cumple y no supone ninguna limitación al desarrollo, puesto que físicamente el mineral de cobre se encuentra al alcance de los pobladores, y además con abundancia y facilidad de acceso.
La prospección realizada en la Cuenca de Vera sirve de demostración a este punto, con diversidad de mineralizaciones, la gran mayoría de ellas en altitudes inferiores a 400 m. y próximas tanto a yacimientos neolíticos como a los calcolíticos.
Aunque faltan estudios completos y detallados de otras zonas o comarcas, las similitudes geológiCas, las referencias y noticias históricas, otros trabajos inéditos que he podido realizar parcialmente en AIcolea y V élez Rubio apuntan en la misma dirección.
La necesidad, en toda evolución local independiente, del uso del cobre nativo como primer paso en el desarrollo de la metalurgia, como sugieren Coghlan (1951: 39) y Wertime (1964: 1.260), resulta discutible.
La identificación del cobre nativo es analíticamente imposible de conseguir en la mayoría de los casos.
Coghlan (1962) y Maddin, Ettech y Muhly (1980) han estudiado el problema de la identificación de útiles fabricados con cobre nativo, y llegan a la conclusión de que no hay criterios que permitan distinguirlos de los objetos elaborados a partir de fundición de minerales de cobre de gran pureza, como algunas malaquitas e incluso sulfuros.
Tan sólo aquellos objetos de cobre nativo trabajados únicamente por martillado en frío podrían diferenciarse del resto e identificarse con cierta seguridad.
El grado de pureza no sirve como elemento discriminante, ya que se detectan otros elementos en cobres nativos (Patterson, 1971; Rapp, 1982).
Tampoco son determinantes ni la microestructura cristalina, ni la presencia de partículas de cobre oxidadas, puesto que los trata- mientos térmicos alteran la naturaleza original del cobre nativo.
Recientemente Maddin (1991), a través del estudio estadístico comparativo de impurezas presentes en los cobres nativos de la zona y la composición de los objetos, sugiere que los primeros objetos de metal de Cayónü Tepesi pudieran estar fabricados con cobre nativo, pero el modelo comparativo de impurezas utilizado es tan sólo orientativo, puesto que no hay que olvidar que, junto al cobre nativo, aparecen óxidos y carbonatos que pueden verse afectados por un modelo similar de impurezas.
De este modo, es muy posible que en el Próximo y Medio Oriente se utilizara el metal nativo como un primer paso que pusiera en contacto al hombre con el metal, puesto que además los depósitos de Talmessi-Anarak en Irán o los de Ergani Maden en Turquía (Tylecote, 1981: 44) disponen de abundante metal nativo y se encuentran próximos a yacimientos con objetos de metal anteriores al VI milenio a.
C. Pero que en el Próximo Oriente la evolución haya seguido este camino no significa que sea un paso obligatorio para el inicio de la metalurgia en cualquier otra zona.
En los Balcanes se ha argumentado también a favor del uso del cobre nativo en la primera metalurgia, pero al mismo tiempo se contempla la posibilidad del empleo de minerales desde el primer momento debido a la aparición de malaquita en algunos yacimientos (Chapman y Tylecote, 1983), las formas complejas de los objetos, la intensidad de la explotación minera y e! rápido desarrollo en general de la metalurgia (Jovanovic, 1980).
En cualquier caso, en la zona de!
Sudeste de la Península no es posible ni afirmar ni negar que el cobre en estado nativo supusiera el primer contacto con e! metal, si bien conviene reseñar que se conoce cobre nativo tanto en minas de Lorca, como en la Sierra de Cartagena y en La Carrasquilla, en la provincia de Murcia, y en la misma Sierra Almagrera en la Cuenca de Vera (Galán y Mirete, 1979).
Un argumento en contra de la utilización del metal en estado nativo, aunque no de modo determinante, podemos encontrarlo en las técnicas de fabricación de objetos.
Tradicionalmente se ha aceptado, a partir de las ideas de Coghlan (1951) Y Wertime (1964Y Wertime (: 1290)), que los pasos seguidos en el desarrollo e innovación de la metalurgia desde el conocimiento del cobre nativo hasta la reducción y transformación del mineral eran: 1) martillado en frío, 2) recocido, 3) fundición, 4) reducción del mineral.
Esta evolución determina que la técnica del recocido sea anterior a la reducción del mineral.
Sin embargo, por los datos que conocemos en el Sudeste, el aprovechamiento de minerales de cobre aparece en los momentos iniciales, mientras que el recocido, según las metalografías realizadas tanto en el British Museum (Hook et alii, 1991) como en el Programa de Arqueometalurgia, sólo se documenta en un momento más avanzado, hacia finales del Calco lítico, y sin un completo dominio de la técnica como consecuencia de un descubrimiento paulatino y experimental.
Si esto es así, la secuencia diseñada por Coghlan y Wertime para el Próximo y Medio Oriente no es aplicable a la metalurgia del Sudeste de la Península Ibérica y no es necesario que el cobre nativo sea el primer metal conocido en la región.
La segunda precondición, capacidad tecnológica suficiente para desarrollar la metalurgia, también se cumple en e!
La transformación del mineral técnicamente tan sólo exige un cierto dominio del fuego para alcanzar unas determinadas temperaturas.
El uso de la pirotecnología en la manufactura de cerámicas, que antecede cronológicamente con mucho al primer metal, pone a disposición las condiciones técnicas primarias.
De este modo, y puesto que la reducción del mineral de cobre en forma de carbonatos se produce entre los 700-800 oC (Coghlan, 1951: 28) queda dentro del margen de las temperaturas utilizadas para la cocción de la cerámica.
Ahora bien, una vez obtenido el metal, para su fundición y colado se necesita una temperatura mayor, ya que el cobre puro funde a 1.083 oC.
La arqueología experimental (Happ, 1988) demuestra que con toberas de caña que incrementen la ventilación se pueden alcanzar temperaturas suficientes.
Por otra parte, la ausencia de hornos complejos y el uso de recipientes cerámicos sin caracteristicas especiales confirman que los elementos necesarios para fundir el mineral y el metal se encuentran en las sociedades del Neolítico Final y Calcolítico inicial.
¿Cómo se produjo el proceso de invención?
La pregunta carece de una respuesta precisa, ya que es imposible disponer de elementos concretos que puedan servir de base para constatarla, Sin embargo son posibles algunas reflexiones orientativas.
El descubrimiento inicial en el Sudeste, ante la ausencia de elementos que prueben el necesario contacto directo con otras culturas metalúrgicas, puede haber sido fruto del azar y de la experimentación, dentro de un contexto de familiaridad con el entorno, que hemos definido con unas características de abundancia y fácil acceso al mineral.
Como señalan J. y J. M. McGlade (1989: 282-83), la innovación no es necesariamente un proceso deliberado y completamente racional, sino que muchos son efectos no planeados o no queridos como resultado del azar o de la conjunción de circunstancias fortuitas de anteriores tecnologías e ideas.
Shennan (1989: 334-35) entiende también que en la variación cultural intervienen los errores por azar que surgen del proceso de imitación y repetición cultural de un proceso, como resultado de fallos en la memoria o errores no intencionados en la reproducción del fenómeno.
Ahora bien, la cuestión se centra en cuáles son las condiciones sociales o económicas que potencian la experimentación o que permiten el interés en una nueva invención y posibilitan su desarrollo.
Y la respuesta puede encontrarse, según Vicent (1989), en el creciente desarrollo de elementos socio-ideotécnicos que se detecta en el Neolítico por el aumento de objetos de procedencia distante, escasos o muy elaborados, categorías en las que se puede clasificar al metal.
El estímulo social necesario para investigar está presente en las culturas inmediatamente anteriores al surgimiento de la invención y una vez conseguida ésta potencian la innovación.
En la Cuenca de Vera, donde sí se detecta un crecimiento mayor, los estudios sobre materia prima permiten rechazar la dependencia económica y la organización social y política en torno a la explotación de este recurso.
Como ya se señaló, las características del mineral y los resultados de los análisis químicos de los objetos muestran una utilización de materia prima diferente para cada yacimiento y siempre en relación con los recursos disponibles más próximos a cada uno de ellos.
Además, la presenc.ia en la mayoría de los yacimientos argáricos con restos de actividad metalúrgica de todo el proceso completo argumenta a favor de una tendencia hacia el autoabastecimiento en esta actividad económica, que puede considerarse como secundaria en el nivel subsistencial.
Esa tendencia hacia el autoabastecimiento se contradice con la propuesta general de Lull (1983), de Schubart y Arteaga (1986) para el caso de Fuente Alamo, y de Ayala, Polo y Ortiz (1989) para la comarca de Lorca, a propósito de la existencia de centros mineros o de producción especializados que establecen relaciones comerciales con la materia prima o con el metal, en función de unas actividades económicas complementarias.
La supuesta complementariedad entre asentamientos como El Argar, El Oficio, Fuente Alamo, Gatas o Herrerías, basada en un intercambio de mineral por cereal o productos agrícolas, y la centralización en la producción de objetos de metal puede rechazarse, tanto por la ficticia ausencia de labores de transformación en el yacimiento de El Argar, como por la utilización en cada uno de los yacimientos de recursos diferentes.
La abundancia y accesibilidad del mineral son rasgos contrarios a la consideración del cobre como recurso crítico y limitado, cuyo control puede permitir un dominio, subordinación o dependencia de otros asentamientos, situación que no se produce en la Cuenca de Vera, donde, como se ha visto, existe la mayor producción conocida de metal, y probablemente tampoco en otras comarcas de la región.
La manufactura de objetos nunca aparece como actividad de especialistas a tiempo completo, sino más bien como complementaria.
Todo el proceso de transformación y elaboración se realiza en los poblados, como demuestra la presencia de minerales y escorias, y siempre fuera de los lugares de extracción.
La escasa producción, la abundancia de recursos y la ausencia de huellas de minería prehistórica inducen a pensar que no se realizaron grandes inversiones de trabajo en las minas tales como entibaciones, sistemas de drenaje, iluminación o ventilación que deban ser mantenidas o requieran un cuidado especial por parte de la comunidad, ni tampoco una especialización en el trabajo minero.
Por tanto, no se aprecia división del trabajo, ni dentro de las actividades metalúrgicas, ni en relación con otras actividades económicas primarias.
La escasa entidad del trabajo minero y de la producción metalúrgica hacen pensar en una actividad esporádica, como ya propuso Gilman (1976Gilman (, 1987a y b) y b), no sujeta a una reglamentación, de escasa relevancia en el conjunto de las actividades y que se realiza cuando se considera más oportuno o se dispone de tiempo libre para ello.
La rentabilidad económica de la producción metalúrgica no parece ser un aspecto que se tenga en cuenta, puesto que no hay una valoración del coste del transporte de la materia prima a los poblados.
Si como se defiende, la actividad extractiva se realizara esporádicamente y nunca con un fin de intercambio comercial, ya sea de la materia prima o de los productos elaborados, la explotación no excedería de unos pocos kilos anuales que, ante la ventaja de la proximidad espacial poblado-mina, se trasladarían sin evaluación del esfuerzo por la comodidad de realizar la reducción y fabricación en el lugar y momento más adecuado.
Si, por el contrario, la actividad metalúrgica tuviera mayor importancia en la economía y la demanda fuera superior, se plantearía la posibilidad de reducir el mineral a pie de mina para ahorrar costes, no sólo por el traslado del peso muerto de la ganga, sino también del combustible necesario en la primera reducción, con el fin de optimizar al máximo la producción.
Pero además tampoco se percibe en el registro arqueológico ninguna tendencia ni mejora tecnológica de gran alcance que apoye una producción especializada, ni reglada comercialmente.
Si hubiera un comercio a gran escala, no sería lógico transportar la materia prima en bruto, sino el metal.
La existencia de un comercio obligaría al desarrollo de lingotes o formas estandarizadas para una medición y transporte más cómodo, pero hasta el momento no hay ninguna evidencia arqueológica que pueda apoyarlo.
La ausencia de elementos que regulen el comercio y la tendencia al autoabastecimiento de la Cuenca de Vera no niega que pueda existir un intercambio de algunos objetos como regalos, o la adquisición por parte de yacimientos sin recursos minerales próximos a cambio de otras materias, pero difícilmente puede considerarse como elemento de comercio estable o regular a cambio de productos primarios.
Lo rudimentaria que se manifiesta la metalurgia en época argárica en relación a las culturas contemporáneas, su aislamiento cultural, además de su retraso en la incorporación de la aleación con estaño y la ausencia de elementos como lingotes de metal que permitieran la comercialización, se aprecian tanto en el diferente volumen de metal como en la tipología de los objetos puesta de manifiesto por Chapman (1984) de los que se mencionan, en síntesis, los rasgos principales generales evitando citar casos concretos.
No puede negarse lá posibilidad de relaciones externas en El Argar mediante limitados contactos que produzcan imitación de algunas formas como los remaches o las alabardas, pero estos son muy esporádicos porque no se reproducen ni llegan innumerables formas corrientes en penodos contemporáneos de la Edad del Bronce mediterránea y europea.
En general, en El Argar faltan la mayona de los elementos tipológicos complejos que aparecen en casi todas las otras culturas: no existe la decoración en objetos como puñales, hachas o brazaletes; los puñales nunca llevan mangos de metal; no se fabrican recipientes con láminas de metal; las agujas o punzones carecen de diferentes terminaciones o remates; apenas hay oro y en plata sólo se fabrican un número muy limitado de formas.
Estos elementos ausentes de la cultura de El Argar no constituyen objetos excepcionales en Europa, sino que son los habituales, y por aportar un único dato que permita, a la vez, observar el escaso volumen de metal empleado en El Argar se puede mencionar que, en el sur de Inglaterra, se conocen unas 200 hachas decoradas (Leese y Needham, 1986) y más de 1.000 hachas en los depósitos del Bronce Antiguo, en Inglaterra (Needham, 1988), frente a las 139 cuantificadas en toda la Cultura de El Argar para un tiempo y superficie de terreno mucho mayor que los ejemplos citados.
Otro aspecto que también carece de coherencia bajo estos planteamientos es la expansión argárica hacia tierras interiores justificada por la búsqueda de nuevos recursos minerales.
Los argumentos son, otra vez, los mismos: la metalurgia no es una actividad económica suficientemente desarrollada que cree esa necesidad, ni es creíble un agotamiento de recursos para necesitar buscar otros mucho más lejos, y tampoco se detectan síntomas de comercialización.
U no tras otro, los argumentos sustentados sobre la base del metal como actividad principal se desmoronan, y así ecológicamente hablando tampoco se puede atribuir a la metalurgia de estos períodos una transformación del paisaje.
Primero porque no se producen grandes desmontes ni escoriales que afecten al entorno, y segundo porque tampoco hay un volumen de actividad tan grande que pueda significar una deforestación de las regiones, ya que el consumo de leña no es superior a cualquier otra actividad doméstica o constructiva.
Bajo este punto de vista, la hipótesis de la crisis argárica establecida por Lull resulta muy discutible, ya que es poco probable que una actividad secundaria pueda afectar de tal forma a toda la sociedad y degradar el medio de forma irreversible, y no resulta convincente el agotamiento de recursos minerales en una región tan rica.
Para hacer más palpable la casi nula repercusión ambiental que representa la actividad metalúrgica prehistórica se puede hacer una reconstrucción teórica que, mediante el manejo de las condiciones más desfavorables, permita solventar la posible utilización del argumento de la escasa representatividad del registro arqueológico disponible recogido durante cien años de investigación.
Partiendo de los datos recopilados, y manejando cifras redondas, tendnamos que para la fabricación del metal hasta hoy cuantificado bastaría con talar poco más de un árbol al año, o lo que es lo mismo, aceptando las condiciones actuales del medio en la Cuenca de Vera, y mediante el cálculo de la productividad forestal potencial, significa que con menos de una hectárea de bosque se puede abastecer la demanda de combustible de toda la metalurgia argárica sin romper el equilibrio ecológico de esa hectárea, e incluso admitiría una producción casi tres veces superior a la estimada.
Aunque no conozcamos la representatividad de la muestra arqueológica, el consumo de madera para la producción metalúrgica está muy lejos del punto de equilibrio en que empezaría a producirse una deforestación irreversible del medio.
En resumen, todas las explicaciones causales relacionadas con la metalurgia deben ser sustituidas por otras alternativas, y colocar al metal en su justo valor.
Bajo estas consideraciones, resulta difícil pensar que la formación y consolidación de una élite esté basada en una actividad minoritaria, no vital para la subsistencia, y sin que pueda ejercer un control sobre la materia prima.
La diferenciación social hay que buscarla en la intensificación de otras actividades como puede ser la agricultura, sobre la que depende la subsistencia real de las personas y de la comunidad.
Por ello las hipótesis de Gilman (l9S7a y b) cobran fuerza como alternativa viable a la interpretación de la dinámica cultural del Sudeste, al considerar que las clases dirigentes obtuvieron sus rentas mediante la recaudación de arriendos sobre los campesinos que controlaban, asociada a las intensificaciones de la producción subsistencial como pueden ser las explotaciones de los productos secundarios de la |
http://tp.revistas.csic.es 422 RECENSIONES secuencia estratigráfica con materiales muy atomizados, pero con indudable filiación preibérica destacando la presencia en su fosa de fundación junto a cerámicas a mano y abundantes lascas de silex una pequeña lámina de hierro.
La continuación de este muro pudo estudiarse en extensión en la carnparla de 1985 con la excavación de la tumba 70 (Fig. 1), que lo reutilizaba a lo Largo de una de sus caras perimetrales, vislwnbrándose su continuación por debajo de la tumba principesca nI! 1.
En la publicación de la tumba 70 avanzamos una posible interpretación de este mun." ('nmo Ima muraUa del Bronce Final, lo que nos pare{;c aceptable a nivel de hipótesis si tenemos en cuenta, que no se relaciona con estructura alguna transversal, que presenta un aparejo en buena medida ciclópeo. que detennina en la estratigrafía general de la necrópolis UII claro escalón entre tos supuestos espacios fitra y extramuros y que topográficamente obedece a una lógica defensiva al cerrar la entrada desde la vaguada de acceso al yacimiento a la ladera donde se ubicará el Poblado, que en época ibérica trasladará su línea de mliralla a un pumo mas alto de dicha pendiente aunque COIl idéntica orientación,
En el número 47 de esta revista se publicó un trabajo de María Milagrosa Ros Sala (1990) sobre las cazuelas carenadas aparecidas en la necrópolis del «Poblado», en el que se vierten ciertas valoraciones sobre la documentación planimétrica de la tumba 70 que excavamos en 1985 y la interpretación de algunos aspectos de la misma que efectuamos en la publicación monográfica editada en 1987 (lniesta, Page del Pozo y Garcia Cano, 1987).
Sin querer entrar en polémica sobre el fondo del artículo que nos parece adecuado, si consideramos conveniente precisar, por su interés para una correcta interpretación de las distintas fases de ocupación del yacimiento y del contexto de los materiales estudiados por la dra. Ros, algunos datos sobre la procedencia de las cerámicas y la secuencia estratigráfica en la que se inserta.
Los trabajos en el yacimiento se iniciaron de forma sistemática por la Universidad de Murcia a partir de 1977 bajo la dirección de la Dra.
Muñoz Amilibia y nuestra desde 1984, contando con un equipo de investigación homogéneo del que lamentablemente nunca formó parte la dra. Ros.
En 1983 le fueron proporcionadas no obstante para su estudio las cerámicas del Bronce Final aparecidas en esta necrópolis hasta esa fecha, materiales que aún permanecen en su poder.
Si bien había algunos datos aislados sobre la existencia de fases de ocupación previas a la facies ibérica del yacimiento, los primeros testimonios más definidos se obtuvieron en la campaña de 1982 en la necrópolis del «Poblado» al limpiar por su cara suroeste el túmulo principesco no l.
En la cuadrícula 1-2-3-4 se constató bajo el nivel de necrópolis ihérica de fase plena, un nivel anterior al uso como cementerio del área adscribible a un Bronce Final Pleno.
Entre los materiales aparecidos en este nivel y campaña se encuentran al menos dos de las piezas reproducidas por Ros Sala (1990: fig. 2) (1), quien erróneamente las asigna a la campaña de 1983 y las considera como a todo el conjunto publicado aparecidas «bajo zócalo de la tumba principesca n Q 1».
En la campaña de 1983 se limpió el ángulo norte del túmulo principesco n Q 1, volviendo a identificarse un nivel previo a la fase ibérica exterior al túmulo en el ángulo 6 del cuadro 2-6-E-E' en el que se documentaron junto a cazuelas carenadas como el no NB-4234, vasos de fondo plano como los no NB-4345 y 4346 entre otros.
Bajo el túmulo tanto en el cuadro 26-E-E' como en el 2-6-W-W' el estrato superior de los niveles anteriores al período ibérico se encontraba alterado por las remociones hechas para introducir las incineraciones ibéricas, produciendo un estrato que en ambos cortes se identificó como estrato III en el que había cerámicas pertenecientes a ambos momentos, no llegando a excavarse los niveles del Bronce Final inalterados.
De los materiales exhumados pueden señalarse junto a bordes de cazuelas carenadas, grandes vasos con tetones y otros carenados, vasos de fondo plano y vasos con decoración de ungulaciones sobre el labio del borde o en cordones aplicados no 4247,4354,4365,4370 y 4378.
También en esta campaña se identificó un gran muro reutilizado en los zócalos de la tumba principesca nI! 1 y sepultura 70 que se relacionaba con el nivel del Bronce Final documentado en 1982.
Una estratigrafía efectuada en el «pasillo» entre los encachados de ambas tumbas proporcionó para el exterior de este muro una
(1) Corresponden respectivamente a las piezas numeradas como l/COI y 3/COI.
Aunque en este trabajo no se citan los números de inventario general de la necrópolis con iban sigladas las ct'rámicas y no contamos con el material hemos podido identificarlas con los no NB-2766 y 2767 aparecidos el 20.7.82. arqueológico en nuestro pais ha tenido, en primer lugar, una vertiente docente de importancia (el gran valor de la enseñanza en la carrera pmfesional de J. Alcina puede contrastarse en su reseña bibliográfica, aparecida en Anthropos, 1987).
La defensa de la arqueología antwpológica, la necesidad de un marco epistemológico en que asentar las bases para una arqueología científica, la intwducción de análisis etnológicos y etnohistól"Ícos en el trabajo arqueológico, son argumentos utilizados por el pwfesor Alcina en sus clases de la Universidad ya desde los años setenta.
Estos principios fueron expuestos también en importantes artículos (Alcina, 1973(Alcina,, 1974(Alcina,, 1975) ) y aplicados en un ambicioso proyecto de investigación dirigido por él mismo en Ecuador (Alcina, 1979).
Finalmente, y cerrando el ciclo de docencia e investigación, en las revistas de los órganos de difusión del Departamento de Antropología Americana de la Universidad Complutense es donde aparece con toda claridad la impronta innovadora, cuando se publican entre 1970 y 1973, sobre todo en Cuadernos de Antropología Social y Etnulogía, una serie de artículos programáticos de los autores de la «revolución» científica producida en la década anterior (trabajos de Binford, Chang, Fdtz y Plog, Klejn, McWhite, Palerm, Sanders, Steward, Trigger, WiIley, Wittfogel, ete.).
Han pasado ya casi dos décadas desde que Alcina, y otros con él, introdujeron en nuestro país el conocimiento de las «nuevas» tendencias en arqueología.
Por tanto, como él mismo dice, los ensayos que constituyen el libro aquí reseñado ya no son novedad.
Pero, paradójicamente, también tiene razón cuando escríbe que «hablar de "arqueologia antropológica" en España, hoy, puede parecer todavía "revolucionarío" o, si se quiere, "escandaloso".
Es algo así como empezar a echar piedras en un estanque tranquilo» (p.
Porque la situación general de la investigación arqueológica (dejando de lado la llamada arqueología «clásica», que sigue derroteros muy diferentes, y.centrándonos en la prehistódca) está todavía bastante lejana de los cambios y desarrollos que los artículos de Alcina preconizaban en los años setenta -al menos en los aspectos teóricos que son, al fin, los que definen el cientifismo de una disciplina.
Aunque quizá ahora el estanque no está ya tan tranquilo; uno de los objetivos dd autor es «inquietarlo» y hacer ver a la comunidad de arqueólogos españoles el «desfase» en que su manera de desarrollar el trabajo se encuentra con respecto a las cordentes vivas en otros países. estadística.
Las escasas contribuciones antropológicas que han llegado a nuestra arqueología lo han sido a través del «filtro)) europeo, y una rama tan importante como la etno-arqueología, por las posibilidades de generalización cultural que posee, prácticamente es inexistente entre nosotros.
La obra que sirve de base a los anteriores comentarios procede, como su autor indica (p.
9), de varios cursos desarrollados en la Universidad, y a los estudiantes va dirigida en cuanto trata de ser una síntesis de la situación actual de la materia en la que se están iniciando, y de cómo se ha llegado hasta ella.
Pero, si en este sentido pretende ser un manual (y lo es notablemente claro), sus objetivos no son de introducción general a los contenidos, técnicas y conocimientos fundamentales de la arqueología.
Se trata de exponer una serie de corrientes teóricas que operan en la actualidad y que movilizan considerablemente a nuestra ciencia.
Alcina estructura su exposición en dos partes, separadas por un interludio.
En la primera (caps. 1 al VII) se opta por guiar el discurso a través del hilo histórico: qué ha sido la arqueología científica desde sus orígenes en el siglo XIX hasta los tiempos actuales: cómo, en opinión del autor, se ha ido produciendo la acumulación de conocimientos y perspectivas en el estudio arqueológico hasta llegar a la época post-moderna.
En la segunda parte (caps. VIII al Xll) este discurso diacrónico se complementa con el análisis del estado de la cuestión en determinados métodos o ámbitos importantes de la investigación (tipología, difusión, ecología cultural, analogías etnográficas, arqueología espacial, etc.).
El recurso a la historia disciplinar es justificado por el autor como el más adecuado para comprender el estadio actual del pensamiento arqueológico, ya que la exposición de las grandes líneas teóricas y su sucesiva modificación a lo largo del tiempo ayudan a comprender el proceso de acumulación y depuración de los conocimi~ntos del que, en definitiva, es producto la ciencia de nuestros días.
Es bastante frecuente utilizar la historia para introducir desarrollos sobre teoría y metodología actual de las ciencias, como lo es rastrear los principios, líneas o paradigmas presentes hacia atrás en el tiempo.
Es evidente que, en el caso que nos ocupa, la arqueología antropológica o científica tiene bases importantes en arqueologías anteriores, además de en otras ciencias, y que desde los orígenes de la materia como conocimiento sistemático puede rastrearse una línea de cientifismo, junto a otras de carácter más estético, historicista, etc.
Ahora bien, debe quedar claro que con tal procedimiento se discrimina desde un principio una parte del pasado y, por tanto, lo que se hace no es historia, con el objeto de conocerlo en su integridad, sino instrumentalizar una parte de ella con fines presentistas.
Quede ésto dicho como advertencia frente a quienes puedan considerar que estamos ante un libro de historia de la arqueología, lo cual no es cierto porque, en primer lugar, se dedica comparativamente poco espacio a los períodos anteriores al contemporáneo (últimos cuarenta años), y en segundo lugar, pero más importante, porque los aspectos históricos se seleccionan a partir del presente, que es a lo que el autor dedica su interés.
Otro de los aspectos interesantes de la obra es la introducción que hace, en el panorama histórico mencionado, de otras comunidades científicas distintas a las que estamos acostumbrados a ver en exclusiva.
La especialización del autor en arqueología americana otorga a todo el libro un perfil -apreciable incluso en el tratamiento de los origenes de la disciplina en el siglo XVI-distinto al habitual para los arqueólogos especializados en el Viejo Mundo.
Pero lo destacable es su visión integradora, en la que no sólo se consideran los focos centrales del desarrollo científico, sino también algunos avances autónomos, adaptados a las circunstancias propias de comunidades como las ibero-americanas, y las relaciones constantes entre estas áreas «periféricas)) y las centrales.
El capítulo VI -la arqueología social (pp. 88-113), uno de los más largos y detallados-nos introduce en el panorama general de las tendencias actuales, que muestran los serios intentos teóricos que los arqueólogos latinoamericanos han hecho para renovar, desde bases marxistas, la arqueología de sus respectivos países.
En el tono general del libro se observa, por tanto, y sin llegar al tópico anti-colonialísmo intelectual de ciertos círculos, una total falta de complejos con respecto a la tradición anglo-americana que, por muy importante que sea, no es la única ni tiene porqué ser adoptada miméticamente -siempre con el desfase temporal correspondiente-por el resto de las comunidades.
No es por ello un detalle formal ni irrelevante observar tantos nombres hispanos, junto a los anglosajones, en la amplia bibliografía del libro, sino simplemente prueba de una visión personal que, lejos de cualquier tipo de arrogancia nacionalista, desearíamos ver con más frecuencia en nuestros escritos.
Para terminar, quisiera recalcar el carácter que Arqueología antropológica tiene de cierre de un ciclo, importante ciclo científico iniciado por J. Alcina hace ya tiempo.
Como él mismo señala, puede que haya lugar para una posterior revisión: es claro que siempre hay segundas partes, e incluso terceras, que ya otros harán por nosotros.
Algo parecido a este libro necesitaríamos de forma urgente en la arqueología española, donde el profesor Alcina, o alguien tan capacitado como él, sintetice las líneas fundamentales seguidas por nuestra disciplina en la época contemporánea.
Analizar la historia de la humanidad no es una tarea fácil y más cuando se intenta en seiscientas páginas compilar la información conocida sobre los tres últimos millones de años.
Robert J. Wenke emprende este trabajo con «la esperanza de ayudar a los lectores a verse a sí mismos en relación a las grandes transformaciones revolucionarias de nuestro pasado: (1) la evolución de la «cultura», las primeras formaciones sociales y el empleo de las primeras herramientas por parte de nuestros ancestros (oo.); (2) la aparición de «nosotros», los Horno sapiens (oo.); (3) la evolución de la ~~agricultura» (oo.), y (4) la emergencia de la «complejidad» social y cultural en las primeras y grandes civilizaciones de la antigüedad» (Wenke, 1990: pp. v-vi).
En estos cuatro objetivos se resume el desarrollo de toda la argumentación, a los que se añade, a modo de introducción, una breve historia de la investigación arqueológica (entendida ésta en su acepción inglesa) y una iniciación a los métodos arqueológicos.
Como cierre se especifica cuáles son los diferentes enfoques desde los que se acomete en la actualidad el estudio arqueológico, la justificación de su estudio y su futuro.
No es común encontrar compendios de esta envergadura, en los que, además, su elaboración por un solo especialista provea de una coherencia interna inusual a la obra.
Por ello no son de extrañar las múltiples reediciones que ha experimentado el libro, tres en una década y los cambios que el mismo autor confiesa haber experimentado en la concepción del mismo.
En esta tercera edición R. J. Wenke suaviza el evolucionismo ecológico cultural seguido en las dos versiones anteriores, en el que se enfatiza la importancia de los factores económicos, tecnológicos, demográficos y ecológicos en el estudio del pasado.
Aunque se mantienen en gran parte todavía este enfoque, refleja la pérdida de fe en las interpretaciones deterministas tecno-ambientales que perseguían hacer de la arqueología una ciencia empírica de la historia, fundamentalmente económica e inmersa en una enorme sofisticación cuantitativa.
Wenke cree todavía que, a pesar de que la arqueología pueda representar el estudio de un pasado que nosotros mismos creamos, tal como defienden los arqueólogos postprocesuales, se puede abordar su análisis con el formato de una ciencia empírica.
La biografía de R. J. Wenke influye en el desarrollo de la obra en varios aspectos.
El autor es catedrático de Antropología -ciencia que en Estados Unidos engloba a la arqueología-en la Universidad de Washington.
Ha trabajado en varios países, Holanda, Italia, Turquía, Irán, México, Egipto y Estados Unidos, sobre problemas relacionados con la aparición de las sociedades complejas.
La tradición disciplinar en la que se halla inmerso y su especialización se reflejan en la importancia dada a la arqueología americana, a la que se dedica cuatro capítulos, y a la descripción del surgimiento de las sociedades complejas, tema que ocupa aproximadamente la mitad del volumen.
El desarrollo de la argumentación del libro es ordenado, pero habria que resaltar varias insuficiencias que, a mi juicio, no desmerecen la importancia de la obra.
La ausencia -porque casi sin problemas se podria emplear esta palabra-más significativa la representa el escaso énfasis en el análisis de las sociedades tribales y las jefaturas, puesto que da la impresión de que la transición de las sociedades de bandas a las estatales se produce http://tp.revistas.csic.es de forma inmediata.
La conexión directa que se establece entre la aparición de la agricultura y el surgimiento de las sociedades complejas, que para el autor son casi sinónimas a las formaciones estatales (ver, por ejemplo, pp. 277-279), refleja una concepción del estudio de la prehistoria reciente como un mero apéndice en el análisis de las sociedades estatales coetáneas.
Esto explica la evolución argumental que guía en general el trabajo, en la que todo parece conducir a los primeros estados y, en concreto, de algunos capítulos como el que trata de los «Estados secundarios del Viejo Mundo».
En éste, sólo después de describir las civilizaciones de Grecia y el oeste de Anatolia, el autor retrocede en el tiempo para explicar la secuencia del resto de Europa, Africa y la periferia Euroasiática.
En cierta manera, de forma no explícita, parece subyacer una concepción de la prehistoria europea en la que su desarrollo proviene «ex Oriente».
Una estructura similar se sigue en la narración sobre la arqueología americana.
A partir de la entrada de los primeros contingentes humanos en el continente, el siguiente paso lo constituye describir el desarrollo de los estados mesoamericanos y andinos.
En último lugar se dedica un capítulo a las sociedades norteamericanas coetáneas que no llegaron a constituir formaciones estatales.
En otro orden de menor importancia, ya que ocupa un lugar secundario en el trabajo, hay que destacar en el primer capítulo el silencio con el que el autor considera todo tipo de arqueología distinta a la anglosajona, de tal manera que, por ejemplo, no se cita entre las páginas 29 a 33 el enfoque estructuralista entre los que tuvieron importancia entre 1969 y 1990 (lo que no es inhabitual entre los investigadores de formación norteamericana y británica (Trigger, 1990).
Se presta igualmente poca atención a las nuevas tendencias, de las que, aunque se recogen algunas de sus aportaciones en el apartado citado, ni siquiera se la denomina como un enfoque en sí, aunque el autor, a lo largo de la obra, demuestre el conocimiento de la misma (Wenke, 1990: p.
La necesidad de realizar obras de síntesis al tipo de la que se está comentando parece que ha encontrado en estos últimos años su eco en España, donde habria que resaltar la labor a este ¡-especto de la editorial Síntesis.
Dos son los trabajos aparecidos hasta el momento, el que Víctor Fernández Martínez realiza sobre Teoría y método en arqueología (Fernández, 1989) y el de M.a Angeles Quera\, De los primeros seres humanos (Querol, 1991).
Estos dos libros escritos por autores españoles se han concebido con una década de diferencia a la primera redacción de la obra de Wenke, lo que es buen indicador del proceso de acercamiento de algunos de nuestros investigadores a la arqueología anglosajona.
Por esta razón parece adecuado establecer una comparación entre la publicación de Wenke y las de Fernández y Quero\.
En cuanto al contenido, las dos últimas son menos ambiciosas, puesto que la primera (Fernández, 1989) correspondería a los dos primeros capítulos del volumen de Wenke, y la de Angeles Querol (1991) lo haria de los tres siguientes.
Desde un punto de vista formal, los tres trabajos muestrfln un deseo de resultar asequibles al gran público, abandonando para ello en lo posible el lenguaje académico, tendencia más marcada en los dos españoles que en Wenke.
Por último, aunque los tres autores subrayan la importancia del enfoque teórico que cada arqueólogo mantiene y en su influencia en el desarrollo de sus investigaciones, ni Fernández (1989) ni Querol (1991) explicitan de forma clara sus puntos de vista, aunque quizá una lectura pausada pueda dar claves sobre los mismos (Fernández, 1989: p.
Sin embargo, estos detalles no empañan la novedad que suponen en nuestro país trabajos de síntesis de este calibre.
Un último aspecto a destacar de forma muy positiva en el libro de Wenke es la gran cantidad de bibliografía empleada.
Sin embargo, el áutor muestra una dependencia abusiva de la literatura anglosajona, aun cuando engloba en su obra una gran diversidad de países con investigadores respetables.
Así, entre aproximadamente unos tres millares de títulos citados, apenas una decena están escritos en francés y alguno en alemán.
El caso que de alguna manera puede afectarnos en mayor medida es la ausencia de citas a autores hispano-hablantes en temas que pareceria necesario hacerlo, como en el capítulo referido a la evolución de la civilización mesoamericana, en el que los únicos autores de estas características citados son los asequibles en lengua inglesa, como Fray Bernardino de Sahagún.
La realización de obras de conjunto del estilo de la de Wenke es necesaria para la comunicación y puesta al día sobre el estado de la investigación al público no necesariamente especializado.
Es de esperar en este sentido que continúe la reciente iniciativa de editoriales españolas como Síntesis, y se publiquen nuevos compendios sobre los distintos temas que brindan los diversos aspectos de la arqueología.
No es frecuente que un trabajo que abre una nueva línea de investigación pueda convertirse en un clásico de ella.
Este es el caso del interesante libro, fruto de varios años de reflexión y de un trabajo minucioso, que nos propone un grupo de investigadores coordinados por R. R. Newell.
Los objetos de adorno del Mesolítico no han suscitado nunca el interés que ha sido reservado a sus hermanos paleolíticos.
La publicación de estos objetos mesolíticos en artículos sobre la industria lítica de cada asentamiento ha dispersado a mentido la información.
Las síntesis regionales sobre ellos han sido escasas.
Por consiguiente, la recogida exhaustiva de toda la información concerniente a los objetos de adorno del Mesolítico europeo podia parecer una difícil tarea.
La consideración de todas las piezas de ornamentación descubiertas en Europa occidental y central, desde España hasta los países eslavos, se convierte en el medio para llevar a cabo una investigación original sobre la identificación de los grupos étnicos del Mesolítico.
La hipótesis de base sobre la que se funda este trabajo se apoya en una constatación hecha en varias ocasiones durante el estudio de las comunidades de cazadores-recolectores actuales y subactuales: las variaciones en la elección de los soportes utilizados para la fabricación de los objetos de adorno y el estilo en su realización son el reflejo del mecanismo de autoidentificación de los grupos étnicos.
«Consideramos los elementos de adorno mesolíticos como insignias de pertenencia a un grupo y como los signos del orden interno y de la estructura de esas sociedades.
Analizando las distribuciones de esos signos en el espacio y en el tiempo, se pueden identificar las fronteras sociales, étnicas y lingüísticas de esas sociedades que los han realizado, utilizado y atribuido un significado cultural».
El intervalo de tiempo al que la investigación se aplica es el atribuido tradicionalmente al Mesolítico' (desde 8.300 B. C. al principio del Neolítico en cada región considerada).
Esta elección tiene la ventaja de hacer coincidir los primeros objetos analizados con el brusco cambio climático correspondiente al final del Dryas reciente.
El inconveniente principal es evidentemente la exclusión de las facies epipaleolíticas (Aziliense, Federmesser, Ahrensbourgien, Epigravetiense final).
Está claro que a medida que las facies culturales muestren menos interrupción con el Mesolítico, como por ejemplo el caso del Epigravetiense italiano, la elección de los autores será más discutible ya que cortará una realidad cultural en curso de evolución.
Siguiendo un planteamiento epistemológico, tan querido del mundo anglosajón, los autores se dedican a crear un modelo predictivo para el análisis que aplicarán al material arqueológico.
La revisión de los criterios de definición y de identificación de los grupos humanos viviendo de la caza y de la recolección parece indicar que el idioma constituye el mejor medio de diferenciación y de autoidentificación.
La lingüística revela la existencia de tres unidades sociales y culturales integradas las unas en las otras.
Los grupos de caza (hunting groups) o unidades de subsistencia primaria (primary subsistance units) muestran generalmente una plasticidad adaptativa en cuanto a su dimensión y a la posibilidad de fundirse con otros grupos.
La unidad de integración superior es la banda.
Este grupo de individuos, oscilando entre 20 y 150, se reconoce como perteneciente a una misma T. P., 1991, no 48 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es unidad cultural ocupando un territorio definido, practicando la exogamia y poseyendo una leve diferenciación social.
El elemento de identificación de la tribu, la unidad de integración más alta, es la utilización de un idioma común o de un conjunto de dialectos mutuamente comprensibles.
Los datos etnográficos sugieren por cada tribu un número de bandas que varía entre 7 y 17 con una duración de vida entorno a 7 siglos.
La familia lingüística (language group o language-area-network), formada por tribus que hablan idiomas parecidos, no implica ningún mecanismo de autoidentificación y puede desarrollarse en un período que va de 2.000 a 8.000 años.
Los territorios propios de la banda y la tribu son también considerados basándose en una rica documentación, extraída de los estudios sobre los territorios ocupados por las tribus de los indios de América.
Estos datos son comprobados estadísticamente con vistas a medir los límites de variabilidad de los espacios ocupados por una tribu o «tipo».
El territorio de la tribu es difícil de conocer ya que su dimensión depende de la cantidad de bandas que lo componen.
No obstante, pueden desprenderse ciertas constantes que abren nuevos horizontes a los estudios de los pueblos cazadores-recolectores holocenos.
Ciertamente, las consideraciones a las que llegan los autores se convertirán en los próximos años en hipótesis de trabajo para muchos prehistoriadores europeos.
Antes de comenzar el análisis del material arqueológico se establece una clave interpretativa compuesta por tres postulados y varios corolarios.
Se asume como postulado, por ejemplo, que los adornos característicos a la vez del final del Paleolítico superior y del Mesolítico no tendrán el mismo valor en el análisis que los típicos únicamente del Mesolítico.
Igualmente, se asume que una distribución espacial de adornos inferior o superior al área de dispersión natural de la materia prima debe tener necesariamente un significado cultural.
Se acepta también que el modelo de sociedad elaborado al principio del análisis, derivado esencialmente del estudio etnográfico de las poblaciones de los indios de América, es un modelo válido para la identificación de grupos étnicos mesolíticos.
Si se rechazan estos postulados, los resultados del análisis no tendrán ningún valor.
La representatividad estadística de los objetos de ornamentación descubiertos hasta ahora es examinada con respecto al país, al año de excavación, a los diversos tipos de adornos encontrados.
La elección de las variables en el estudio analítico de las piezas arqueológicas es desgraciadamente limitada debido a que los objetos han sido estudiados exclusivamente a través de las ilustraciones ofrecidas en la literatura.
Por consiguiente, las variables morfológicas, métricas y de atribución específica están privilegiadas.
Del aspecto técnico sólo se tiene en cuenta el modo de sujeción (incisión, muesca, perforación natural o artificial en el eje mayor o menor de la pieza).
El análisis de los datos pone en evidencia una distribución cuadrimodal para la distancia de dispersión máxima de los diferentes tipos de adorno.
Ciento veinticinco, seiscientos veinticinco, mil trescientos setenta y cinco y dos mil seiscientos kilómetros son las distancias medias expresadas por esos valores.
Las áreas correspondientes a estos radios pueden traducir las unidades constitutivas (grupo de caza, banda, tribu, familia lingüística) del modelo propuesto al principio del estudio.
Para probar esta hipótesis se realiza, en primer lugar, un análisis de cluster con el fin de dividir el material en subconjuntos homogéneos a nivel cronológico.
En segundo lugar, el territorio europeo se compartimenta en hexágonos cada uno de 6 km. de radio.
Esto permite saber si se pueden localizar correlaciones espaciales entre los diferentes tipos de adornos.
A través de estos datos se establecen unidades analíticas de base (Basic Analytical Units, B.A. U.).
Los mapas de distribución constituyen también una base para probar los postulados emitidos al principio de la investigación.
La jerarquización de las unidades según el modelo de organización socio-espacial propuesto sugiere una división del territorio europeo durante el Mesolítico en dos familias lingüísticas.
La primera (Western Language Family) engloba el Noroeste de Europa en la primera parte de Mesolítico y se extiende al Norte de España y a Portugal en la segunda parte del Mesolítico.
Al menos dos tribus constituirían esta área, la tribu de Nassa y la de Patella.
La ~~Continental Language Family», abarcando desde Dinamarca hasta el centro de Italia y la España pirenaica y mediterránea tendría una tendencia a englobar en el Mesolítico reciente toda la costa mediterránea española.
Las tres tribus que la compondrian serian la del Ambar, la del Jabalí y la de Columbella.
Varias bandas pertenecerían a cada tribu de las dos familias lingüísticas (banda del canino de nutria, del incisivo de jabalí, del canino de ciervo... ).
¿Estos resultados deben ser percibidos como el hallazgo de una realidad paleoetnológica o simplemente como la posible aplicación arqueológica de un modelo eminentemente teórico?
Es evidente, como ya lo admiten los autores en las conclusiones, que sus proposiciones quieren ser al mismo tiempo una hipótesis exploratoria y un tema de debate.
A pesar del notable esfuerzo de claridad que convierte este trabajo en una reflexión metodológica antes que en un trabajo de análísis, los complejos métodos estadísticos utlilizados no permitirán a todos los prehistoríadores seguir las proezas estadísticas a las cuales los datos son sometidos.
Además, el modelo arqueológico no encaja perfectamente con el modelo predictivo.
Este último implicaria de 1,62 a 18,33 tribus por familia lingüística con una media de 5,49, valor muy por encima de las tribus identificadas por el análisis del material arqueológico.
Sin embargo, esta obra ofrece una clave para introducirse en la complejidad de los intercambios culturales y T. p., 1991, nI! 48 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es sociales que han movido el mundo Mesolítico.• La importancia de los factores culturales en la elección de la organización espacial de los grupos étnicos son sobrevaloradas en relación a los factores de adaptación ecológica.
Es indudable que a través del planteamiento seguido se percibe una nueva línea de investigación, paralela al análisis tradicional de la industria lítica y capaz de verificar las hipótesis formuladas por su estudio.
Queda claro también que el Paleolítico superior espera todavía un estudio de la misma calidad.
Seria injusto hacer de una mera cuestión de estilo el argumento principal de la critica de un texto científico, si no fuera porque en este caso el estilo tiene un protagonismo deliberado en el discurso científico (y digo aquí científico en un sentido estrictamente contextual, sin ninguna connotación metodológica más allá del hecho de que el libro está dirigido evidentemente a una comunidad disciplinar).
La voluntad de estilo parece tender a suplantar al compromiso teórico en una parte de la reciente producción de algunas escuelas post-procesuales.
En muchos casos esto ha significado una proliferación de logomaquias de título más o menos ingenioso y de poco o ningún interés desde el punto de vista del conocimiento racional del pasado y del presente o desde el de la elaboración de un pensamiento crítico sobre la sociedad y la Historia, que son. a mi juicio, los objetivos irrenunciables de la Arqueología en el mundo de hoy.
No es este el caso del libro de Hodder, por cuanto bajo una retórica un tanto irritante y con frecuencia narcisista existen ideas valiosas y un discurso coherente y a veces iluminador sobre problemas importantes.
Para llegar a esto, sin embargo, el lector (al menos aquel que no busque en la obra una experiencia literaria sino intelectual, o se aproxima a ella como parte de sus obligaciones académicas o profesionales, y por tanto con poco ánimo para elucubraciones subjetivistas) se verá obligado a no tomar demasiado en serío las dudas del autor sobre su posición ontológica con respecto a la obra y su objeto, de las que puede dar idea el comienzo del segundo capítulo: «Catal Hüyük and 1, we bring each other into existence.
Sin embargo, el problema de este libro y en general de la llamada «arqueología contextuab, es que estos circunloquios no son mera literatura yuxtapuesta al discurso teórico, sino la instancia legitimadora de éste.
El autor, por lo tanto, es la clave del texto, puesto que este no se refiere a objetos o problemas externos, sino a su propia experiencia de éstos.
La «arqueología contextua!» comienza proponiendo una aproximación textual al registro arqueológico para terminar transformando al arqueólogo no ya en su intérprete, sino en su autor.
De aquí que Hodder se apreste a la gran empresa de construir su propia visión del comienzo de la agricultura en Europa (pues tal es el referente arqueológico convencional de esta obra) pertrechado fundamentalmente con recursos literarios, más bien que conceptuales.
El primero de estos es una imagen brillante, «la domesticación de la sociedad», a través de la cual Hodder trata de llevar a cabo una inversión total de las visiones tradicionales del problema.
Estas conceden, casi sin excepción, un papel predominante a las transformaciones tecno-económicas.
Este punto de vista constituye la base de un cierto sentido común materialista ampliamente dominante en el discurso académico sobre la T. P., 1991, n ll 48 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es cuestión.
La transformación de las superestructuras ideológicas y simbólicas es contemplada en este contexto como la consecuencia de la transformación de las condiciones materiales de existencia.
El punto de vista propuesto por Hodder es el reverso de este enfoque consensual materialista.
Esto queda de manifiesto en la expresión de la sustancia del enfoque en términos materialistas, que el autor nos brinda como un detalle más de su complicado «encaje de bolillos» literario-conceptual: dt is possible, as Duby as argued is another study of long term processes, in Medieval Europe, that the superestructure can at times act as infraestructure, playing a dominant role?» (p.
La «domesticación» no es un mero proceso biológico y tecno-económico, sino una «idea» que vehicula un «discurso de dominación», una metafora política.
Sólo en la medida en que éste discurso es aplicado a la propia sociedad lo será luego a las plantas y animales.
Es decir, la transformación de las estructuras simbólicas precede ontológica y lógicamente a la de las estructuras sociales y económicas.
Este proceso predominante de transformación de las estructuras simbólicas consiste en la «domesticación» del individuo y la sociedad, es decir, su introducción en el ámbito de un discurso de poder destinado a crear crecientes lazos de dependencia dentro de unidades sociales cada vez más amplias y cohesionadas.
El dispositivo simbólico mediante el cual se verifica este proceso, y al mismo tiempo la clave material de su «lectura» arqueológica es identificado por Hodder bajo una noción que constituye en sí misma el reverso «simbólico» del concepto materialista de «modo doméstico de producción»: la «domus», la casa no en cuanto mera vivienda, sino en cuanto sede de los procesos productivos, reproductivos y afectivos que dan existencia a un grupo humano.
La noción de «domus» -cuya fuerza procede en gran parte de sus asociaciones verbales, como reconoce el propio Hodder (pp. 44 Y ss)-desempeña su papel central en el proceso en cuanto locus de la oposición básica entre naturaleza y cultura sobre la que reposa todo el discurso de poder metaforizado en la «domesticación», tal como la entiende Hodder.
Esta oposición básica se reproduce simbólicamente en toda una serie de estructuras que pueden ser «leídas» arqueológicamente: salvaje-doméstico, muerte-vida, masculinofemenino, etc. Según ésto, el despliegue de la domesticación de la sociedad puede ser seguido a través de la lectura simbólica de la disposición interna de los objetos en la vivienda (decoración mural. hogares y hornos, objetos mobiliares, vasijas, silos, tumbas), de la propia ordenación de la misma y su dialéctica topológica (delante-detrás, luz-sombra, Este-Oeste) y de las relaciones con otras unidades habitacionales dentro del asentamiento, así como las de este con el paisaje (oposición domus-agrios).
La domus funciona como una metáfora de la estrategia social.
Por lo tanto, al desentrañar las claves de su desarrollo estamos reconstruyendo la totalidad del proceso social metaforizado.
Hodder articuló estos recursos interpretativos en su~ trabajos sobre Catal Hüyük, lugar en el que como es sabido el componente simbólico es evidente e i!1cluso espectacular.
El resto del trabajo es concebido como un intento de identificar los mismos elementos en el registro arqueológico (con frecuencia mucho más parco en manifestacioness «simbólicas») del Sureste de Europa, Europa Central y Escandinavia de lo cual se seguiría el carácter universal y abstracto de los mismos.
La mayor parte del libro consiste, pues, en una minuciosa revisión bibliográfica del registro arqueológico de estas regiones, en el que se van identificando los elementos que pueden sostener la interpretación.
En este sentido, la obra cobra un gran interés al margen de sus contenidos teóricos, por cuanto proporciona una importante cantidad de información sobre aspectos del registro que frecuentemente pasan desapercibidos a nuestros ojos de prosaicos materiálistas.
No deja de ser llamativo, no obstante, que el desarrollo diacrónico de las estructuras centradas en la domus, según es reconstruido por Hodder, encaje casi perfectamente en la estructura del registro arqueológico tradicional.
Así, el Neolítico antiguo, el Neolítico medio y final y el Calcolítico de la periodización convencional (con sus diversas fases y grupos culturales regionales) no sólo no son puestos en cuestión por el nuevo enfoque aplicado, sino que designan fases coherentes del desarrollo de las estructuras simbólicas (vid. pp. 294 y ss.).
Esta coincidencia me infunde la sospecha de que la «lectura simbólica» del registro no se refiere tanto a los contextos singulares, que legitimamente son los únicos objetos posibles de interpretación, cuanto a los «paquetes arqueológicos» que han servido a los arqueólogos para elaborar sus «culturas» y «fases culturales».
Queda, como siempre, la duda de si estos «paquetes» representan estados reales de cosas en el pasado o son un mero reflejo de los criterios de orden introducidos por la arqueología tradicional en el registro.
El libro de Hodder no aporta gran cosa a esta cuestión central.
En conexión con lo anterior, la elaboración interpretativa de la evidencia choca con las obvias limitaciones, procedentes de carácter de la información disponible, con frecuencia carente de garantías arqueológicas, máxime para unos objetivos analíticos tan «finos».
Hodder es perfectamente consciente de esto, pero a veces resuelve el problema de una manera un tanto expeditiva, por lo que el lector tiene a menudo la sensación de que las interpretaciones no se refieren al registro arqueológico tal y como es (con sus drásticas limitaciones), sino como debiera ser en el supuesto de que el autor esté en lo cierto.
Sirva como ejemplo la advertencia que precede a la investigación sobre el Sureste de Europa y su sorprendente conclusión: <d sahall be arguing that the artifacts found within the houses give clues as the nature of the domus.
En cualquier caso, más allá de las objeciones empíricas el principal problema es que carecemos de unos criterios explícitos y estables que nos permitan determinar la relevancia real de estos patrones y estos principios.
Uno tiene la sensación de que la Arqueología contextual se mueve entre la trivialidad y la arbitrariedad.
Sin duda es trivial decir que la presencia de enterramientos en las casas es una metáfora de la «domesticación de la muerte», pero también es arbitrario: ¿por qué metáfora y no metonimia?
Falta en el libro de Hodder toda la riqueza del pensamiento contemporáneo sobre el lenguaje y lo simbólico, desde Wittgenstein hasta Barthes, desde Lacan a Adorno.
El empeño del libro es sin duda foucaultiano, pero todo parece reducirse a manierismo estilístico.
Es posible que la noción de «arqueología» de Foucault sea un camino futuro para la Arqueología, pero por el momento debemos seguir esperando.
Nada de esto debe hacer suponer que el libro no merece ser leído.
Ya se ha dicho que está lleno de ideas importantes e iluminadoras.
Unicamente, a mi juicio, debemos ser muy criticos con las pretensiones excesivas de una forma un tanto superficial de apropiación de la «vanguardia» que oculta una manera bastante tradicional de hacer las cosas.
R. W. Champan y A. Gilman son los impulsores y responsables de la nueva alternativa teórica que analiza la secuencia cultural del Sudeste peninsular desde el Neolítico a la etapa del El Argar como resultado de una evolución social de carácter indígena y autónomo (Arribas y Molina, 1984: 75).
La importancia de este área para la Prehistoria europea y peninsular ha sido reconocida desde 1880.
Su elección como tema de estudio por estos autores explica, entre otros factores, su protagonismo en la renovación de la investigación prehistórica española iniciada en la década de los setenta (Martínez Navarrete, 1989: 224).
Este obra es una magnífica oportunidad para conocer y valorar la trayectoria del primero.
Desde su primer trabajo (1976), queda enmarcada explicitamente en una orientación procesual, comparativa.
En este, Chapman se propone contribuir a la critica a la arqueología post-procesual, mostrando las posibilidades de conocimiento de una investigación guiada por la posición teórica antitética (p.
Al ser una obra de tesis en la que la El libro se edita en una colección destinada a presentar a un público amplio los desarrollos de la arqueología.
En este caso, se estudía la aparición de la complejidad durante el III y 11 milenios a.
C. en tres provincias del Sureste español (201 pp.) por su interés intrínseco y como aportación para un estudio comparativo con el proceso que tiene lugar en el Egeo (8 pp).
A este fin se contextualiza en la trayectoria histórica peninsular (12 pp.) y en la de otras culturas contemporáneas de La Mancha (7 pp.), Portugal meridional (10 pp.), el sureste de Francia (2 pp.), la península italiana (2 pp.)
Y las islas del Mediterráneo central y occidental (5 pp.).
Además la obra es una contribución al debate sobre la arqueología como disciplina.
Los diferentes aspectos ocupan una extensión también desigual en sus once capítulos.
El primero define la posición teórica del autor, centrada en el estudio de la evolución cultural a partir de las variables de adaptación, intensificación, escala del sistema, innovación tecnológica, complejidad, interacción e integración (17 pp.).
El segundo expone el marco teórico -historia cultural difusionista-tradicional en la prehistoria ibérica (17 pp.), puesto en cuestión por la evidencia de la cronología absoluta y por objeciones teóricas en el tercero (19 pp.).
C. en cuatro períodos: de transición al Neolítico, Neolítico, Calcolítico y Edad del Bronce (43 pp.).
En el quinto capítulo argumenta el valor crítico de las variables de intensificación y adaptación en el origen de la complejidad cultural en el Sudeste, teniendo en cuenta el grado de aridez del medio ambiente contemporáneo y los eventuales cambios que hubiera experimentado en el pasado (44 pp.).
En el sexto revisa los cinco modelos propuestos (Chapman, Gilman, Lull, Mathers y Ramos) para la explicación de dicho proceso (9 pp.).
Otras variables como la escala del sistema cultural (su amplitud, el tamaño y densidad de la población y la innovación tecnológica (principalmente la metalurgia), la complejidad y, en menor medida, la interacción e integración, se estudian en el séptimo (19 pp.) y el octavo (42 pp.).
El noveno contrapone el potencial explicativo de los cinco modelos mencionados sobre la base de argumentos teóricos y empíricos.
A partir de ahí se esbozan las líneas futuras de investigación (9 pp.).
El décimo compara el registro arqueológico del Sudeste con el de las citadas áreas peninsulares y del Mediterráneo occidental en relación con la intensificación e interacción (48 pp.).
El último enfatiza las diferencias entre los focos occidentales y el del Egeo tanto en la escala de la innovación tecnológica como en el grado en que controlan el comercio a larga distancia.
Se destaca el interés intrínseco del estudio de los focos culturales occidentales, así como de un estudio comparativo entre ellos y con relación al Egeo (4 pp.).
Por mi formación, no puedo decir si el libro llegaría a la audiencia a la que va destinado, pero sí que su lectura no sólo es, fácil sino muy entretenida, condiciones raras entre los nuestros.
El propósito de la obra se refuerza por recursos literarios y gráficos.
Los capítulos se encadenan mediante unos epígrafes introductorios que contextualizan su temática en el programa global de la obra y otros finales que recapitulan los puntos fundamentales de la discusión e introducen los siguientes.
La documentación gráfica está muy cuidada.
De las 271 páginas de exposición, cerca de un 16 % se reservan a fotografías de yacimientos y dibujos a la línea.
En estos últimos hay un número proporcional de mapas, planos y reproducción de piezas arqueológicas y una menor representación de gráficos.
A su vez, los cuadros ocupan en torno a un 8 % de las páginas.
Se indica siempre la fuente de la base. documental, precaución que puede faltar en las publicaciones españolas.
La mayoría de los mapas son oríginales como la totalidad de los gráficos y los cuadros (salvo uno).
Pero además, gran parte de la publicada ha sido reelaborada por el autor. _ La bibliografía merece un comentario específico.
Comprende algo más de medio millar de títulos, actualizados hasta 1987.
Un 66,2 % versan sobre España y un 5,2 % sobre Portugal y están mayoritariamente escritas por autores de dichas nacionalidades (62,9 % Y 81,4 %, respectivamente), lo que es un buen exponente del conocimiento por Chapman de la información primaria.
Esa información se evalúa doblemente.
De modo claro y conciso se establece el estado de la cuestión en cada caso (dataciones, estratigrafías, fauna, contextos... ).
Se detallan los procedimientos para examinar y articular los indicadores arqueológicos de las variables relevantes (d. cuadro 26, p.
En cuanto a las cuestiones de fondo, define (p.
4) su posición procesual como (funcionah~ por oposición a «funcionalista» en la medida en que no acepta que cualquier rasgo sea adaptativo, el mantenimiento del equilibrio sea una caracteristica del sistema y el cambio cultural tenga una causa exógena.
En relación con la explicación de ese cambio se reivindica un análisis de la variabilidad (a escala regional), de comunidad local, de unidad doméstica y funeraria) que contrasta con posiciones previas en las que el papel concedido a un factor, el control de agua, parecía relegar el de los demás.
Ese interés por la explicación de lo específico es una de las reacciones de los investigadores «funcional»/«istas~~ a las críticas efectuadas desde La consideración eJe la variabilidad no alcanza al examen de las relaciones sociales, cruciales para quienes abordan la investigación desde el materialismo histórico (d.
Vicent, 1990 para un tema tan «ecologizado» como el de la aparición de la producción de alimentos), ni tampoco a lo ideológico y simbólico sobre cuya relevancia para la interpretación del pasado parece haberse alcanzado un amplio consenso.
De ahí que el carácter más abierto de la actual propuesta de Chapman no suponga ninguna fractura con respecto al resto de su obra.
En realidad, el lector está sobradamente advertido de la justificación teórica de las variables escogidas y de los datos disponibles para su confirmación o refutación (p.
Pienso que la investigación sobre el inicio de la complejidad social en la Península se veria seriamente promovida si tal ejemplo cundiera.
En ese sentido, me congratulo de que nuestra Prehistoria sea tema de la reflexión del autor.
Durante el invierno 1980/81 tuve la oportunidad de seguir un seminario sobre depósitos y hallazgos en las aguas en el Departamento de Prehistoria de la Universidad de Frankfurt.
Por esas mismas fechas descubrí un magnífico artículo de Torbrügge (1971), donde analizaba la tradición de hallazgos en las aguas en Centroeuropa, entre el Neolítico y la Edad Media y sus distintos significados a lo largo del tiempo.
Ambas circunstancias y muy especialmente el artículo antes citado, despertaron mi interés por un fenómeno ampliamente conocido en Europa Central y Nórdica pero raramente estudiado en la Península Ibérica, donde, en las escasas ocasiones en que la intencionalidad de tal fenómeno era reconocida, se atríbuía de modo más o menos vago a un culto a las aguas, cuyo origen y significado no se especificaba y que servía indistintamente para explicar tanto hallazgos prehistóricos como de época romana o altomedieval (López Cuavillas, 1957; Monteagudo, 1957; Blázquez, 1957Blázquez,, 1968Blázquez, Y 1975) ) o, en otros casos, para reforzar el carácter indoeuropeo de alguna región de la Península, dentro del esquema duméziliano (García, 1985).
Pero, ¿el gesto de arrojar armas y otros objetos en las aguas simbolizaba lo mismo en la Edad del Bronce que en la Edad Media?
¿Era idéntica la intención del cántabro que, según Suetonio, ofrendaba hachas a las aguas de los lagos, que la del griego que depositaba su casco en las aguas de la ría de Huelva o del Guadalete?
¿Tenían el mismo valor simbólico espadas y cascos, hachas y lanzas?
¿Por qué siempre armas o adornos y nunca útiles?
¿Por qué reiteradamente en unos ríos y no en otros?
¿Por qué en determinados puntos de esos ríos y no a lo largo de todo su recorrido?...
Nadie hasta la fecha se ha planteado estas cuestiones.
Pero no sólo aquí, sino en general en todas aquellas regiones en que tales fenómenos se producen, donde la respuesta es siempre única: en unos casos, como testimonio de intenso tráfico fluvial por algunos nos y, como consecuencia de ello, de fortuitos naufragios (Mohen, 1977: 201).
En otros, como ofrendas votivas o religiosas (Levi, 1982; Stjernquist, 1987) cuyos motivos y significados no siempre se investigan.
Unicamente el mencionado artículo de Torbrügge planteaba la posibilidad de ver distintas interpretaciones en esta práctica de acuerdo con su contexto, contenido y las diferentes épocas de deposición y muy especialmente apuntaba a la posible interpretación funeraria de algunos de los hallazgos fluviales de la Edad del Bronce.
El libro que ahora reseño sigue en cierto sentido la linea ya iniciada por Torbrügge pero va mucho más allá, pues es un ambicioso estudio que aborda desde una amplia perspectiva el cambiante fenómeno de la deposición y ocultación de objetos de valor sagrado o profano a lo largo de cuatro mil años de historia, desde inicios del Neolítico a fines de la Edad del Hierro, en una amplia región: Europa Noroccidental.
Ello permite a su autor analizar el fenómeno de los escondrijos y depósitos votivos no como un fenómeno único y con idéntica explicación, independientemente del espacio y el tiempo en que se producen, sino como reflejo de las diferentes estrategias de manipulación y consumo de las sociedades que produjeron tan singular registro arqueológico.
Es, pues, un estudio realizado desde la óptica de la Arqueología Social, enfoque bajo el que está concebida igualmente toda la producción científica del autor.
No vaya detallar el contenido de cada uno de los cinco capítulos en que está estructurado el libro.
Invito al lector a que se adentre por sí mismo en su recorrido, bajo el sugerente reto interpretativo que plantea Bradley al inicio del mismo, al reflexionar sobre dos antiguos y bellísimos textos literarios medievales nacidos en dos regiones con vieja y prolongada tradición de hallazgos en las aguas: La muerte del Rey Arturo y Los Nibelungos.
Si el primero puede entenderse como un rito de paso y con la asociación de la deposición de armas en las aguas y la muerte, en el segundo la conexión entre objetos valiosos y el agua es la misma pero no así su significado, porque lo que aquí pretende Hagen es ocultar su tesoro para recuperarlo después, si bien, como sabemos, finalmente no lo consiga.
Como vemos, el contexto de hallazgo en ambos casos es el mismo, pero su significado es, por el contrario, muy diferente.
¿Cómo apreciar desde el punto de vista arqueológico tales diferencias?
La respuesta para Bradley radica en saber valorar tales objetos dentro de las estrategias sociales en que se produjeron y usaron, las cuales variaron a lo largo del tiempo, y cómo en el contexto de tales estrategias algunos de ellos adquirieron un valor simbólico y fueron socialmente manipulados.
Para ello se vale de dos instrumentos de análisis cuyo empleo, así como la razón que le ha movido a concebir el libro de la forma en que lo ha hecho y no de otra, se justifican explícitamente en el último capítulo del libro, por lo cual me detendré algo más en su comentario.
Estas vías de análisis son, en primer lugar, la «longue durée' h, de la escuela francesa de los Annales, en su aplicación a la Arqueologia porque, en palabras de Bradley (p.
193), «un estudio que considera el cambiante carácter de un conjunto de prácticas tradicionales a lo largo de cuatro milenios necesariamente concierne a lo que se ha llamado "Historia de larga duración'; pero no simplemente porque estudie una larga secuencia.", sino porque describe las vías por las que prácticas culturales fueron modeladas y modificadas por seres vivos, para los cuales constituían los ejes de su mundo social».
En segundo lugar, la «Arqueología con textual», porque de acuerdo con el autor (p.
192), «sólo estudiando estos depósitos en relación con su trasfondo más amplio podrán apreciarse tales cambios»..
Seria equivocado, sin embargo, hacer una lectura estrictamente literal de ello y deducir en consecuencia la adscripción de Bradley a la escuela post-procesual.
Por el contrario, su concepto de la Arqueología parece bastante alejado del de algunos de los representantes de esa postura (pp. 192 y 193.
Se trata más bien de una utilización pragmática de unas herramientas útiles para investigar el aspecto simbólico de un registro arqueológico de carácter muy especial, cuyo uso y significado varía con el transcurso cronológico y los diferentes contextos en que aparece, aunque siempre sea posible establecer un nexo de unión a lo largo del tiempo en una tradición ampliamente establecida en la Prehistoria del Noroeste europeo.
Tal vez nos choque un tal pragmatismo, pero no así en Gran Bretaña, donde comienza a percibirse un cierto hastío por la polémica procesualistas/postprocesualistas.
Ello es, por otra parte, coherente con el tipo de Arqueología que el propio autor afirma practicar (véase Rowlands/Bradley / Godsen, 1987: 560): la contrastación de teorías generales con datos específicos.
En otro orden de cosas, me gustaría también señalar algunos aspectos formales del libro que me parecen igualmente dignos de comentario.
Algo muy característico de la Arqueología de habla anglosajona, y muy en especial de la británica, es el interés tanto por el fondo como por la forma, por el continente tanto como por el contenido de los libros, que se refleja por lo general en la búsqueda de cuidadas y atractivas portadas e ilustraciones interiores que, en cierto sentido, actúan como gancho o reclamo de un potencial lector.
Este libro no es la excepción.
El estilo literarío es cuidado, como lo son también las citas textuales que preceden y dan nombre a cada uno de los capítulos del libro que introducen literariamente al tema objeto de discusión.
Idéntica intención rememorativa de un pasado poético y casi magtco parece desprenderse del grabado victoriano escogido para la portada, alusivo a la muerte del Rey Arturo y a la Dama del Lago.
Hace año y medio, cuando el autor tuvo la gentileza de dejarme el manuscrito, le comenté, tras su lectura, que me parecía provocativo, en el sentido inglés del término.
Hoy, tras una segunda y más detenida lectura, mi opinión no ha variado.
A mí personalmente me ofrece sugestivas interpretaciones para un registro arqueológico como el del Occidente Atlántico, que carece de tumbas arqueológicamente identificables en el Bronce Final, e incluso antes en algunas regiones.
Donde los rios que vierten al Atlántico concentran la mayoria de las espadas del Bronce Final. localizadas éstas en muchos casos significativamente en los vados y cuyos equivalentes funerarios femeninos podrian ser algunos de los torques depositados en tierra.
Y donde el mayor depósito metálico del Bronce Final, la Ría de Huelva es seguramente no un naufragio, sino una ofrenda intencionada por el carácter de su contenido y porque, como el propio Bradley me indicaba, algunas de las lanzas conservan aún el astíl de madera, lo que permitió que flotaran en la superficie el tiempo suficiente como para haber sido recuperadas, caso de que su pérdida hubiera sido accidental, en lugar de intencionada (véase al respecto Hooper & O'Connors 1976).
Pero aun siendo los más conocidos, los de la Edad del Bronce no son los únicos hallazgos de carácter ritual documentados en la Península Ibérica.
¿Se animará alguien tras la lectura de este libro a abordar, tal vez como Tesis Doctoral, el estudio de este fenómeno en nuestro suelo?
ELUERE, Christiane: Secrets o{ Ancient Gold (versión original francesa: Les secrets de lor antique).
Pudiera parecer por el título y la lujosa presentación de este libro que nos encontramos ante una de esas obras esteticistas y efectistas, pero carentes de contenido, que suelen llenar las librerias unos días antes de las fiestas de Navidad.
Afortunadamente no es éste el caso que nos ocupa, aunque sean evidentes ciertas concesiones editoriales para hacer más «digerible» una obra que tiene por base muchos años de investigación sobre el tema.
Ciertamente el oro en la Antigüedad ha despertado en todas las épocas un interés general. alimentado desde el campo científico por el desconocimiento de las técnicas que se emplearon para su trabajo, y desde el divulgativo por las esporádicas noticias de hallazgos de tesoros enterrados.
En ambos casos el resultado ha sido más que negativo; en primer lugar porque la falta de una investigación realmente científica sobre el trabajo del oro ha tenido como consecuencia la creación de una mitología en torno a la existencia de secretos técnicos perdidos ya para siempre; y en segundo lugar, porque el afán de lucro ha motivado el expolio de una gran parte del patrimonio mundial en este tipo de obras de arte y documentos arqueológicos de nuestro pasado.
Hace ya varios años que Christiane Eluere viene dedicando gran parte de su labor investigadora al estudio de la metalurgia del oro, desde los trabajos inciales sobre el oro del Calcolítico francés (Ch.
Bulletin de la Société Préhistorique Fran~aise, 71,1977), pasando por la Edad del Bronce (ibid.: Les ors préhistoriques, París, 1982), hasta los más recientes que abarcan gran parte del ámbito europeo durante la Edad del Hierro (ibid.: L'Or des eeltes, Friburgo, 1987), por citar únicamente las obras más destacadas.
A su actividad debemos los que nos dedicamos a estos temas, la convocatoria de uno de los pocos Congresos Internacionales sobre tecnología del oro que se vienen celebrando bianualmente en el Museo Nacional de Saint Germain-en-Laye, así como la organización de exposiciones que han marcado hitos en la investigación (Le premier Or de l'Humanité en Bulgarie, V millénaire, Catálogo, París, 1989).
La obra que ahora nos ocupa cubre un marco geográfico amplísimo, pues, salvo el continente australiano, todas las tierras del Viejo y Nuevo Mundo, además de Africa, están contempladas de una u otra manera.
Este carácter casi universal de la obra es causa ineludible de una falta de homogeneidad en el tratamiento de los distintos apartados.
La mayor cantidad de información, tanto en lo referente al número de piezas como al conocimiento de los contextos en los que se han encontrado, procede de Europa, el Mediterráneo, Egipto y Asia Occidental.
Por el contrario, el oro precolombino ha llegado a nosotros en su mayor parte descontextualizado; y en lo que respecta al Lejano Oriente y Africa subsahariana, el número de piezas es muy escaso.
El marco temporal queda algo desdibujado, pues el limite final de la obra está en función de la documentación existente para cada tema o en las características de la zona tratada.
Asi, una buena parte de los datos en los que se basa la investigación proce, de de fuentes escritas clásicas, medievales e incluso renacentistas tales como Herodoto, Estrabón, Plinio, Teófilo y Agricola, además de autores árabes y manuscritos chinos de varias épocas.
La orfebrería precolombina tiene su reflejo literario en algunas crónicas españolas y fuentes alemanas del siglo XVII.
El contenido de la obra se ha organizado en dos grandes bloques, uno de orientación histórica, al que corresponden los cinco primeros capítulos, y otro de enfoque técnico, al que se le dedican los capítulos sexto a noveno.
El capítulo primero nos introduce en el tema mediante un recorrido por los grandes descubrimientos a lo largo del tiempo, desde los violadores de tumbas de todas las épocas, pasando por los «crimenes de los Conquistadores» (p.
12), hasta llegar a los hallazgos arqueológicos del siglo XIX, patrocinados por la realeza europea y los trabajos actuales en las ricas tumbas principescas de la zona de los kurganes en el Mar Negro.
En el capítulo II el oro se contempla a través de la mente del hombre en la Antigüedad: en todo ámbito geográficocultural cuya metalurgia haya empleado el oro han surgido mitos y leyendas sobre el origen y propiedades del oro; para los aztecas, el oro era el excremento de los dioses; en Ghana se recolectaba, puesto que crecía como las raíces de las plantas.
El capítulo m nos da una visión sintética de la aparición del trabajo del oro en las distintas zonas.
Se incorporan los más recientes hallazgos que suponen un cambio respecto a la visión tradicional que comenzaba con las tumbas reales de Ur del m milenio; ahora sabemos que los primeros ejemplos de una orfebrería ciertamente avanzada proceden de la región de Bulgaria, donde la necrópolis de Varna ha proporcionado ricos ajuares con oro fechados a mediados del V milenio.
Otro hallazgo reciente procede de Israel. donde T. P., 1991, n ll 48 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es apareció un depósito de lingotes de oro y electro fechado a comienzos del IV milenio.
En el capítulo IV volvemos al punto de vista de los protagonistas, y nos relata las primeras «fiebres de! oro», un resumen de la historia de la explotación del oro aluvial y de mina, del desarrollo de las grandes rutas y de la evolución de valor de este metal.
Finalmente, el capítulo V investiga la figura del orfebre y su entorno social.
El segundo bloque de la obra se dedica enteramente a los aspectos técnicos de la metalurgia del oro. lEn opinión de la autora la práctica de la aleación y refinado del oro fue un paso decisivo que hizo posible nuevos avances técnicos; a estos procesos está dedicado todo el capítulo VI, donde se describen técnicas de refino como la copelación y cementación, y aleaciones tan conocidas como la tumbaga americana o e! shakudo japonés.
El capítulo VII describe las técnicas de conformado empleadas en la Antigüedad: por un lado, el batido y martillado de panes y láminas de oro y la fabricación de hilos, y por otro, los diferentes métodos de vaciar en molde piezas macizas o huecas.
El capítulo VID describe las técnicas de unión, tanto mecánicas -remachado, doblado, cosido--como aquellas que requieren el empleo y control del calor -unión en fase sólida, soldadura con aporte de material soldan te, etc.-. Para terminar, el capítulo IX revisa todos los métodos de ornamentación de una pieza, desde los más elementales y con frecuencia los más antiguos como el repujado, estampado o cortado, pasando por el tratamiento de superficies como e! dorado, hasta los más sofisticados como las múltiples variedades de filigrana, granulado y policromía.
Las páginas finales del libro incluyen un apéndice con todas las denominaciones de la palabra ccoro» y sus variedades en las distintas lenguas que abarca el estudio, así como una tabla cronológica de la aparición de los procesos técnicos en cada ámbito geográfico-cultural.
El libro en su conjunto es una documentadísima puesta al día de los conocimientos actuales sobre orfebería antigua.
Tiene además el valor de incorporar las más recientes investigaciones de la autora en e! campo tecnológico, con el empleo de análisis y observaciones topográficas de piezas mediante microscopio electrónico de barrido, método que afortunadamente va adquiriendo carácter habitual en la investigación arqueológica.
La documentación gráfica, de excelente calidad, ha sido seleccionada con sumo cuidado, escogiendo aquellas piezas más representativas o menos conocidas, y los pies de fotos completan y aclaran el texto de los distintos capítulos.
Sin embargo, el especialista o el lector exigente siente cierta frustración al comprobar que las únicas notas bibliográficas a pie de página son aquellas referidas a las acotaciones de las fuentes literarias empleadas; y lo que es más grave, la bibliografía orientativa citada al final de la obra, sumamente reducida y de carácter muy general, no suple la ausencia de referencias para un trabajo que en muchos de los apartados se reduce a una enumeración de yacimientos arqueológicos o piezas específicas, cuando no de cifras (por ejemplo, en p.
71), donde el lector tiene que hacer continuos actos de fe sin posibilidad de controversia.
En cuanto al contenido, nada se puede objetar al bloque de enfoque técnico, tema en el que me consta la competencia de la autora, salvo por una cierta tendencia a la generalización a partir de datos particulares.
Así, por ejemplo, en lo referente a la soldadura mediante sales de cobre como material soldante (p.
167) es prematura la afirmación de que fue un método generalizado en la Antigüedad.
Tal afirmación se basa en un número muy reducido de datos analíticos y en textos latinos, ambos de controvertida interpretación.
Otras lecturas (por ejemplo, A. Perea: ccEstudio microscópico y microanalítico de las soldaduras y otros procesos técnicos en la orfebrería prehistórica del Sur de la Península Ibérica», Trabajos de Prehistoria, 47, 1990) parecen apuntar al empleo de otros métodos de soldadura, con y sin aporte de material soldan te, en lo que parece ser una regionalización tecnológica, por otro lado nada sorprendente.
El bloque de orientación histórica adolece de cierta superficialidad y sensacionalismo en la exposición, fruto sin duda de la escasez de datos por un lado, y de la amplitud y envergadura de los temas tratados por otro.
En mi opinión, la historia de la orfebrería en los distintos centros del Asia Occidental desde e!
IV milenio hasta época helenística hubiesen merecido algo más de las tres páginas que se le dedican; lo mismo puede decirse de la orfebrería egipcia, que se despacha en seis párrafos.
El propio título del libro hace referencia a unos secretos que no son tales, sino un vacío en la investigación científica que poco a poco parece que va llenándose.
Coincido plenamente con la autora en que la evolución tecnológica de la metalurgia de! oro está esencialmente ligada a la historia de la sociedad en la que se desarrolla, a la forma que esa sociedad tiene de consumir bienes, a su organización política y a su clima intelectual.
Por ello, este libro colabora de una manera decisiva en el conocimiento de nuestro pasado y en la misma medida nos hace ver con diferente perspectiva el presente.
Al cabo de cuatro años, y gracias al buen hacer del Instituto de Conservación y Restauración de Bienes Culturales, tenemos en nuestras manos la publicación de las Actas de este Coloquio Internacional tan oportuno y necesario en su momento.
Como todo aquello que es largamente esperado, cuando llega produce un sentimiento de' frustación difícil de evitar, pero ello debe achacarse sin duda a falsas expectativas creadas con el paso del tiempo.
La justificación del encuentro era obvia.
En un momento en el que España se incorporaba al grupo de países que habían planteado de una manera científica la investigación sobre minería y metalurgia antiguas, parecía de todo punto oportuno reunir a los especialistas que pudieran aportar novedades y a la vez, dar a conocer el estado de la cuestión de nuestras recientes investigaciones.
La participación incluyó representantes de nueve países, además de España (Gran Bretaña, Francia, Italia, R.F. de Alemania, Grecia, Polonia, Checoslovaquia, Yugoslavia y Rumania).
Según indica C. Domergue en la introducción, se trataba de hacer un balance sobre los trabajos realizados por arqueólogos, geólogos, físicos, historiadores, etc., confrontar sus métodos y resultados.
Creo que resultará de utilidad al lector la enumeración completa de los temas tratados en cada jornada; puesto que la organización de la publicación se atiene a las comunicaciones tal cual se efectuaron, con la transcripción final del coloquio y debate entablado, en un orden a la vez temático y cronológico, Primera Sesión: Los comienzos de la Minería y Metalurgia, El Calcolítico en los Balcanes, Jordania, las Cícladas y Sureste de la Península Ibéríca centran las comunicaciones.
Las minas de Rudna Glava y Ai Bunar siguen siendo los yacimientos paradigmáticos, junto con la zona jordana de Wadi Arabah donde la composición de escorias es la base de caracterización de los depósitos minerales.
El matrimonio Gale-Stos-Gale explica el método analítico de las isótopos del plomo que está dando resultados espectaculares en la zona de Egeo sobre procedencia del mineral.
En lo referente a la Península la investigación tiene dos vertientes: el estudio de la actividad minera en Río Tinto, y los análisis cuantitativos sobre objetos trabajados y restos de actividad metalúrgica en la zona de Granada y Almería que aclaran ciertos aspectos tecnológicos y organizativos hasta ahora planteados de una manera hipotética, Segunda Sesión: El Hierro.
La investigación en este campo está todavía en sus comienzos.
La tecnología a través de los restos de hornos y muy escasos análisis es todo lo que da de sí este difícil material.
Tercera Sesión: La Península Ibérica.
Visión de síntesis sobre la minerometalurgia en Asturias-León, y cuenca del Ebro, la tecnología de la plata tartésica y una comunicación sobre tratamiento estadístico de los datos completan el pobre panorama peninsular.
Cuarta Sesión: Grecia, Etruria, Galia.
El trabajo de campo para la identificación de minas ha centrado hasta el momento el proyecto del Deutsches Bergbau Museum en Thasos y Siphnos, mientras que en lo referente a Etruria las comunicaciones se orientaron a dar una visión históríca del estado de la cuestión que todavía carece de elementos analíticos para abordar un enfoque de mayor envergadura.
En el macizo central francés se está llevando a cabo un proyecto que centra su investigación en la búsqueda de pruebas sobre explotaciones mineras de época romana.
Quinta Sesión: El Oro.
Dentro ya del volumen n, la investigación sobre este metal comienza a dar unos frutos hasta hace poco insospechados.
Los enfoques son muy diversos, desde el estudio históríco de las fuentes y datos arqueológicos en tomo al origen del oro griego y romano, hasta la metodología empleada por el Centre des Recherches Numismatiques del C.N.R.S. basada en el análisis de elementos traza por activación neutrónica.
Las comunicaciones españolas se centraron en la explotación de los yacimientos auríferos del N.O. peninsular en época romana.
Sexta Sesión: Técnicas Mineras y Metalúrgicas: textos históricos y arqueología.
Salvo la comunicación de Conophagos sobre procesos de concentración del mineral, las restantes se refirieron a la interpretación de textos antiguos: problema de las denominaciones en la filología latina, la "Re Metallica" de Agricola, y nuevos textos de alquimistas griegos.
Séptima y Octava Sesiones: Aspectos sociales y administrativos.
Las comunicaciones se basaron en su totalidad en la interpretación de fuentes epigráficas o numismáticas romanas.
Los temas tratados se refieren a T. P., 1991, nI! 48 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es las concesiones mineras. organización. explotación y administración de minas. así como a las oscilaciones económicas reflejadas en la moneda.
Como vemos el marco cronológico del Coloquio era amplio, desde el Calcolítico hasta época romana imperial e incluso más allá.
Lo mismo que la temática, desde aspectos puramente arqueológicos, pasando por los tecnológicos, hasta la visión histórica de síntesis.
Quizá por ello se echen más en falta ciertas ausencias y vacíos.
Nos hubiera gustado una mayor dedicación a los aspectos metodológicos.
Los avances en las técnicas analíticas han sido espectaculares en los últimos diez años. y no siempre es fácil para el arqueólogo o el historiador acceder a una información de este tipo asequible y aplicable a su campo de estudio.
En este sentido valoramos la labor de divulgación que desarrolla el ya mencionado tándem Gale-Stos-Gale de la Universidad de Oxford por dar a conocer el sistema de los isótopos del plomo, método que. a pesar de sus limitaciones, todavia es insuficientemente conocido. valorado y aplicado.
Lo mismo se puede decir de los análisis por activación neutrónica, realizados por el equipo liderado por Barrandon, de una alta precisión y prácticamente desconocidos en nuestro país dentro del ámbito arqueológico.
Echamos en falta la participación de investigadores que están desarrollando un trabajo puntero, por ejemplo en el ámbito de la metalurgia del hierro.
En este mismo año se celebra el Congreso sobre los inicios de la siderurgia mediterránea en Piombino (aunque no se publicará hasta 1988).
Salvo contadas excepciones, la idea que transmite el coloquio es de reacción frente a los macroproyectos desarrollados en los años 60-70 basados en el mayor número posible de análisis espectrográficos sobre material arqueológico, tales como el patrocinado por el R6misch-Germanisches Zentral Museum de Mainz, en otro tiempo paradigmático.
Sus controvertidos resultados produjeron, en un primer momento, el retraimiento de la investigación, y posteriormente un replanteamiento en su orientación.
Actualmente se tiende a potenciar los estudios regionales, áreas de aprovechamiento económico, e incluso aquellos limitados a un sólo yacimiento.
A este respecto se puede destacar el que se viene desarrollando en el poblado calcolítico de Almizaraque y cuyos primeros resultados se dan a conocer en las Actas.
También el patrocinado por las Universidades de Granada y Palma en colaboración con investigadores del Laboratorio del Museo Británico y la Universidad de Londres, dentro de la zona del Sureste.
Es en esta zona donde se concentran actualmente las investigaciones españolas, y muchas de las extranjeras, por su privilegiado protagonismo en el origen de la metalurgia en el Mediterráneo occidental; lo mismo que Río Tinto lo es en cuanto a la mineria.
Sin embargo, es mucho lo que falta por hacer en otros ámbitos peninsulares, Según se desprende del conjunto de las comunicaciones se tiende a primar el estudio tecnológico de la fase de preparación de materias primas -obtención del mineral, tratamiento y elaboración de la aleación-en detrimento de la fase de transformación y acabado del objeto.
Esta tendencia es, por otra parte, general. y probablemente se deba a la dificultad en la obtención de permisos para la manipulación de los objetos arqueológicos depositados en los museos; situación que en nuestro país raya en ocasiones en lo obsesivo.
La falta de dotaciones para equipar a los museos con una mínima infraestructura que permita la realización de análisis metalográficos elementales, es otra de las causas que dificultan la investigación.
Se recurre al traslado de las piezas a laboratorios de apoyo, o en su caso, a la colaboración directa con equipos extranjeros que, en la fase de prospección y excavación, depositan el material en sus centros de investigación para proceder al análisis y estudio.
La colaboración entre investigadores de distintos países es siempre fructífera y deseable, pero también seria deseable que nuestros museos y centros de investigación estuvieran decorosamente equipados para los retos de la investigación actual.
La publicación de estas Actas puede que no despierte pasiones desatadas, pero tiene la enorme virtud de poner en su justo medio una línea de investigación que se empieza a recorrer sin grandes avances pero también sin grandes retrocesos.
Era necesario llegar a este aparente equilibrio para avanzar.
No siempre resulta grato realizar un trabajo de análisis sobre la bibliografía más reciente, pero en otras ocasiones es un verdadero placer reseñar un libro cuya lectura y aportaciones al conocimiento de un tema son indudables.
Este es el caso del volumen objeto de este comentario, fruto a su vez de la Tesis Doctoral de su autor.
Desde el momento del hallazgo de los espectaculares conjuntos escultóricos de Porcuna se estableció esa ambigua situación a la que muchas veces se someten los nuevos descubrimientos, respetando una supuesta propiedad intelectual que deja de ser válida cuando ésta no conduce a una divulgación pronta y eficaz de los mismos.
Las esculturas del Cerrillo Blanco fueron celosamente guardadas durante largo tiempo, y sólo fueron objeto de estudios parciales hasta su publicación, básicamente fotográfica, por parte de J. A. González Navarrete (1987), quien dejó el campo abierto a otros especialistas, al menos doce años después de la aparición de estas piezas.
Se había realizado para entonces una reconstrucción parcial de estos conjuntos, que por su calidad y envergadura necesitaban de una nueva profundización mediante un estudio detallista y ambicioso a la vez.
No fue ésta la primera intención del autor, quien tomó como un deber, más que como un tema de investigación, finalizar la reconstrucción posible de estos monumentos con el fin de facilitar tanto su exposición al público como su libre acceso a los estudiosos.
Sin embargo, su propia tarea le hizo consciente de la necesidad de emprender un trabajo que él estaba en buenas condiciones de realizar, por su preparación y contacto continuo con las esculturas.
Por tanto, desechó otros temas de Tesis ya planteados y asumió este análisis que tanta falta hacía.
El libro comienza recopilando la información arqueológica que rodea a las esculturas, y que ciertamente es exigua y desordenada.
Sólo se confirma la presencia de enterramientos ibéricos de distintas épocas y de una zanja en la que se dispusieron parte de las tallas.
Tras plantear algunas de las cuestiones que quedan abiertas. sobre la plástica de estos momentos, se pasa al estudio pormenorizado del «conjunto de los guerreros», lo que sin duda constituye el núcleo principal del trabajo.
Las estatuas, que creíamos conocer por las fotografías de González Navarrete, han sido objeto de un estudio exhaustivo que ha permitido reconstruir mejor a los personajes, identificar adecuadamente algunos de sus elementos, e interpretar la escena sugestivamente como un ataque-sorpresa.
Poco a poco, detalle a detalle, el autor hace gala de una capacidad de observación poco común, descubriendo gorros de cimera que antes habían sido considerados como carcaj s, elementos inéditos de protección del torso bajo las corazas, posibles faldellines de cuero o cota de malla, etc. Todo su planteamiento, dividiendo el grupo en dos bandos, astutos vencedores y sorprendidos vencidos, es coherente con la representación de las esculturas.
Finalmente, se revisa el resto de los conjuntos que fueron también recuperados en el lugar, y de los que se desconoce la filiación que puedan tener entre sí y con el grupo de los guerreros.
La máxima del trabajo, varias veces repetida, es la prudencia, que lleva a Negueruela a ceñirse escuetamente a lo observable yana levantar vuelos interpretativos o crono-estilísticos.
Sin embargo, la inevitable búsqueda de paralelos conduce una y otra vez al área jonia, con cuyos patrones -directamente o a través del mundo etrusco-parecen haber estado familiarizados los escultores.
En cualquier caso, la temática es compleja y las T. P., 1991, n ll 48 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es edificaciones a las que pudieron pertenecer estas obras son aún un completo misterio, tanto en lo relativo a su forma como a su función, si bien se ofrecen aquí una serie de posibilidades enormemente sugestivas.
Las figuras se fechan en la primera mitad del siglo V a.
C., y el autor se pregunta por su correlato arqueológico.
¿Dónde están las sepulturas de los guerreros que portaban los pectorales y los cascos de cimera?
Aquí creo obligado resaltar la omisión de un capítulo que pudiera haber sido de sumo interés, y que por lo tanto queda aún pendiente.
Me refiero al trabajo de contextualización de las estatuas en su momento histórico local. que aunque mal conocido, cada vez se muestra más coherente con estas ostentosas manifestaciones de poder.
En cualquier caso, las prospecciones llevadas a cabo en la campiña de Jaén reflejan un complejo siglo VI y una estructuración fuertemente militarizada enfrentando a la vega y la campiña, con fases sucesivas en las que Ipolca (Porcuna) mantendrá siempre un papel central.
Pero volviendo al problema de las sepulturas contemporáneas, es cierto que los inicios del siglo V no son pródigos en registros funerarios.
La distribución de fines del siglo VI con tumbas en Cerro Alcalá, Cástula, Castellones de Ceal, Puente del Obispo, etc., parece sufrir un cambio en el siglo V y no cuajar hasta la transición al siglo IV.
Es de suponer un fallo en el registro arqueológico o, más bien, en la propia formalización de las necrópolis, donde en esta fecha son más frecuentes las tumbas monumentales que las sencillas, y la riqueza exterior -torres esculpidas, complejas escenificaciones exentas-más que la interior.
Esas armas no parecen haber sido objeto de amortización en un ajuar funerario, lo que sólo llegará con la «generalización» de este uso a comienzos del siglo IV y el consiguiente empobrecimiento arquitectónico.
Negueruela muestra, en cualquier caso, la mejor y más fecunda forma de estudio analítico y estilístico, en unos conjuntos que por sí mismos ofrecen más riqueza que muchos ajuares sepulcrales.
Las afirmaciones que se vierten en esta obra están siempre sólidamente argumentadas, en una línea que rompe con la investigación intuitiva y superficial que ha marcado muchos de los estudios sobre la plástica ibérica y que tuvo ocasión de actuar también sobre estos monumentos.
La consideración en un trabajo previo de los cascos de los guerreros de Ipolca como «típicamente lusitanos» (?) es un buen botón de muestra recogido por el propio autor.
En definitiva. estamos ante una obra sólida que permite al investigador trabajar sobre las esculturas de Porcuna con conocimiento de causa, en el convencimiento de que está ante un trabajo honrado e ingeniosamente argumentado.
Hay que señalar que se hubiera agradecido a la editorial la inclusión de un mayor número de láminas y figuras. ya que para la lectura adecuada de este libro es inevitable tener siempre delante las fotografías de González Navarrete.
Asimismo, queda ahora un importante capítulo pendiente, como es el de la restauración y montaje de las esculturas en el Museo de Jaén, labor que se augura tan compleja como imprescindible para dar a conocer esta ejemplar muestra de arte ibérico que, casi veinte años después de su descubrimiento inicial, aún nos sigue sorprendiendo.
Se presenta en este trabajo una propuesta de interpretación sobre el origen y desarrollo del mundo ibérico en e!
Suroeste, siguiendo la doble vía que el estado actual de la investigación sobre el mundo funerario ibérico, hace poco menos que inevitable; la revisión de las necrópolis excavadas de antiguo, nunca publicadas de modo sistemático, caso de la necrópolis de la Hoya de Santa Ana, y la excavación de nuevas necrópolis, caso de la necrópolis de Los Villares, de la que se presentan y analizan los resultados de las tres primeras campañas de excavación entre los años 1983, 1984 y 1986.
El estudio se articula en 7 capítulos: I Marco Geográfico.
11 Vías de comunicación.
ID El momento preibérico, e! sustrato indígena.
IV El problema étnico.
V La necrópolis de Los Villares.
VI La Hoya de Santa Ana.
Historiografía de! yacimiento y VII Conclusiones, al que se adjunta el análisis antropológico y paleopatológico de los restos cremados, documentados durante las campañas de 1983 y 1984 en Los Villares; destacando en el conjunto como núcleo de mayor interés los capítulos 11, V y VD.
En e! primero de ellos, se plantea la delimitación de las vías de comunicación prerromanas del Sureste Meseteño, a partir del estudio de las rutas de trashumancia y el de las vías romanas, basándose en el factor consensuado de «continuidad», según el cual la red de caminos hasta época moderna se basaba con pocas alteraciones en la red viaria romana, y a su vez esta, aprovecha una serie de caminos anteriores, algunos de gran antigüedad.
De! estudio que realiza el autor siguiendo este doble enfoque, presenta como conclusiones que son dos los principales ejes de comunicación en el área estudiada: El Este-Oeste, correspondiente al trazado de la Vía Augusta, que superpone a una vía anterior, que el autor denomina Vía Heraklea, que valora como el camino natural más fácil para llegar a Valencia desde el Curso Medio del Guadalquivir: mientras que el segundo eje de orientación Norte-Sur, estana representado por la vía Complutum-Cartagonova.
El análisis conjunto de estas dos vías evidencia una mayor relación de los yacimientos ibéricos más antiguos de la zona con el primero de ellos, lo que le lleva a proponer la Vía Heraklea, como e! «primer y mayor elemento favorecedor de la cultura ibérica».
En el capítulo V, se presentan los resultados obtenidos hasta el año 1986 en la necrópolis ibérica de Los Villares (Hoya Gonzalo, Albacete), que han pernMtido documentar una serie de tumbas en un contexto estratigráfico significativo, cuyos detalles son expuestos quizás con excesiva minuciosidad.
Los resultados obtenidos permiten reconstruir 3 Fases de utilización, en un ámbito cronológico que iria desde mediados del siglo VI hasta los inicios del siglo IV a. d.
C., sin interrupciones sobresalientes.
La FASE 1, que corresponde al momento más antiguo, se caracteriza por la presencia exclusiva de tumbas en hoyo sin ningún tipo de cubrición especial.
La FASE D supone e! momento de mayor auge de la necrópolis. en la que el autor distingue tres momentos sucesivos: a) Con tumbas en hoyo anteriores a la construcción de estructuras tumulares. b) Aparecen tumbas de estructura tumular, orientadas con respecto a los puntos cardinales, y con una distribución regular.
A estas tumbas se asocian también tUIDbas en hoyo. c) Se documentan tumbas en hoyo, porteriores a los túmulos, cuya construcción en ocasiones afectó a alguno de estos túmulos.
En la FASE ID, última de la utilización de la necrópolis, la mayoria de las estructuras de la FASE 11 están cubiertas, reduciéndose el número de enterramientos.
Se completa e! capítulo con el análisis de las estructuras tumulares para pasar a la descripción de una selección de 10 tumbas ((representativas del yacimiento y, por ellos, apuntalan arqueológicamente nuestras tesis», que sin embargo no se explicitan.
El capítulo VD de Conclusiones, se organiza en torno a tres apartados: a) El análisis de las estructuras tumulares en el mundo ibérico. b) El mundo funerario ibérico. c) Las colonizaciones en Occidente y la formación de la cultura ibérica en las tierras del interior de la Península.
En lo que se refiere al primer apartado, se reafirman las tesis del Almagro Garbea, sobre el paisaje funerario de!
Sureste: con una cierta uniformidad cronológica para e! inicio de este tipo de necrópolis, que junto con la antigüedad de los materiales importados, y el mantenimiento de relaciones entre la costa alicantina y el interior, «apuntan hacia la importancia de la costa levantina en el proceso formativo y posterior desarrollo de la población T. P., 1991, n Q 48 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es ibérica del Sureste de la Meseta».
Se pasa a continuación a analizar las características de las tumbas de empedrado tumular, para las que tras una breve revisión, se acaba aceptando las tesis de Almagro Garbea que las atribuye paralelos formales en Licia y Grecia En el segundo apartado, se desarrolla el análisis paleodemográfico de las cremaciones de Los Villares, en el que destaca, la mayor proporción de hombres frente a mujeres (6 a 4), con el máximo índice de mortalidad entre los 40 y 50 años y un promedio de vida de 38 años.
La relación de estos datos con los ajuares y tumbas, no parecen señalar de manera clara una correlación con el sexo del difunto.
Así el enterramiento en hoyo, que es el más frecuente en la necrópolis, se emplea indistintamente para hombre, mujeres y niños.
El tipo de urna cineraría, pintada o sin pintar, tampoco parece servir para establecer diferencias de sexo, si bien parece documentarse una tendencia de los enterramientos masculinos a utilizar recipientes cerámicos pintados.
En el análisis de los ajuares, tampoco aparecen elementos claramente masculinos o femeninos y sólo las campan itas de bronce, podrían ser indicadores de enterramientos infantiles.
Destaca la explicación de que la asociación en dos casos de restos infantiles con los de una mujer, sean el ejemplo «de homicidio voluntario de la criatura al no poder, el entorno social. responsabilizarse de su alimentación (lactancia prolongada), algo frecuente todavía en determinadas sociedades atrasadas».
Este ejemplo parece algo exagerado, máxime cuando en un caso se trata de un individuo de 4 años, y que la dependencia de los hijos respecto a la madre propicia que las enfermedades de la madre incidan de modo directo en los hijos.
Cabría considerar esta explicación como una manifestación inconsciente de la valoración que el autor hace del emergente horízonte ibérico del Sureste.
Su proceso de desarrollo se enmarca en el cambio de eje económico que supone en el siglo VI el agotamiernto de la capacidad de explotación de la plata del S.O., y la potenciación de la Alta Andalucía, lo que incidió en el Sureste de la Meseta, donde según el autor «el sustrato indígena preexistente con un evidente poso oríentalizante, e influencias hallstátticas a través del Norte de la Meseta, reaccionó incorporándose a los nuevos ritmos del progreso cultural».
Este «progreso culturalll se detecta en la aparición de materíales importados, como los arybaUos de fayenza de la Fase 1, procedentes del comercio focense, que a partir de la Fase II se verá reforzado, por la politica comercial ampurítana, responsable de los materíales importados que según el autor, demuestran la aceptación social del ritual griego del symposium desde mediados del siglo V a. d.
C., asociado a la élite dominante, y que en la Fase II se extenderá a las capas más bajas, como se constata por la aparición de copas tipo Cástula en tumbas en hoyo.
Como conclusión final, el autor señala que el mundo ibérico de la Meseta Sudoriental, era una sociedad helenizada, donde el elemento colonizador griego-foceo jugó un papel determinante, transformando aspectos fundamentales de la población indígena preexistente como las tumbas (túmulos) los ritos (symposium), escultura etc., que se debió iniciar en el siglo VI a. d.
C. y para finales del mismo siglo ya estaba definido en sus aspectos más representativos.
Algunas de las objeciones que se pueden señalar vendrian del contraste entre la extensión del estudio y los criterios de «lógica prudencia de costo y espacio», que aconsejan reducir la investigación desarrollada, en un trabajo que comparte de modo irregular aspectos de una Tesis Doctoral. una memoria de excavaciones, y un ejercicio de síntesis.
Y mientras el capítulo del marco geográfico, tiene escasa proyección en el trabajo; el apartado de la Historiografía, no se presenta por la «lógica prudencia de costo y espacio» siendo uno de los de mayor interés, ya que el autor, en la selección y valoración critica que hace de la investigación precedente, define su posición teórica, los problemas que considera de mayor interés, y la orientación del trabajo que presenta.
En el capítulo dedicado a la necrópolis de Los Villares, presenta la descripción minuciosa de la estratigrafía de 13 cuadriculas, aspecto más propio de una memoria de excavaciones.
Por lo que se refiere a los aspectos documentales de las 10 tumbas seleccionadas, se describen sus características, con un resumen del inventario de los elementos, para pasar a continuación a la descripción de cada uno de dichos elementos, ofreciendo por un lado un exceso de información, que incluye el nI! de inventario de la excavación y del Museo de Albacete, o las medidas y el dibujo de las piedras que calzan algunas urnas, mientras que por otro lado no se completa la documentación con el dibujo de la planta de la tumba y la distribución de los elementos del ajuar, aspecto importante a la hora de analizar los rituales funerarios.
Una solución factible y operativa, por la claridad de la documentación, hubiera sido la inclusión de las fotografías de las tumbas que aparecen al final del libro, acompañando a las descripciones de las mismas, pero esto solo hubiera sido posible para la mitad de las tumbas seleccionadas, ya que de las restantes no se ha incluido documentación fotográfica.
Parece que'se produce un conflicto entre la selección de la información para un ejercicio de síntesis, y la preocupación por demostrar que el proceso de documentación ha sido riguroso, y se opta por una acumulación irregular de información, con carencias significativas, y con criterios discutibles, como el usado para seleccionar T. P., 1991, nI! 48 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es las fotografías de las piezas cerámicas ibéricas, ya que de las siete que se presentan, prácticamente todas documentan el mismo tipo formal.
Un ejemplo a seguir para muchos de nosotros, lo podemos ver en las normas y criterios de publicación que siguen los autores anglosajones, como en el caso del trabajo de eunliffe sobre el poblado fortificado de la Edad de Hierro de Danbury (1986), en el que se realiza una síntesis perfecta de la dinámica histórica, organización interna, actividades económicas, etc., de un asentamiento complejo, que fue excavado con rigor, circunstancia que se trasluce a los largo de la publicación y la perfecta complementación gráfica, distribuida apropiadamente en los distintos capítulos.
En el caso que nos ocupa, independientemente de que se acepte o no el criterio de selección de una «muestra representativa» de las tumbas estudiadas, la inclusión de una Matriz Harris, con los correspondientes símbolos, según los tipos de tumbas, importaciones y volumen/riqueza de los ajuares, aportaría un volumen de información de gran interés y revalorizaria sin duda este avance de la necrópolis de Los ViIlares.
En cuanto al capítulo de las Conclusiones, llama la atención que no se aborde la reconstrucción de la estructura y dinámica interna de la sociedad que usó la necrópolis de Los Villares, en la línea de los trabajos que desde los años 70, configuran la llamada Arqueología de la Muerte.
Se hacen algunas referencias a la utilización de la necrópolis por un sector de la sociedad, pero no se acaban de desarrollar sus implicaciones, lo mismo que ante la casi total ausencia de armas en las tumbas presentadas.
Esta sociedad según la propuesta del autor, se caracterizaba por su fuerte helenización, proceso iniciado a mediados del siglo VI a. d. e., lo que se argumenta en base a los paralelos tipológicos de 3 aryballos de fayenza, que justificarían el gran impacto de la colonización focense, y a continuación a partir de, a nuestro juicio, una errónea interpretación, los vasos áticos que aparecen en los contextos funerarios ibéricos, se presentan como el argumento decisivo de la helenización de la comunidad ibérica.
Llama la atención que el autor considere que la presencia de piezas griegas de tipologías, y en número impensables en el contexto funerario griego, sean el argumento que justifica la profunda helenización del mundo ibérico del Sureste de la Meseta, cuando otros autores dedicados a la investigación de la influencia griega en la Península, Olmos, Cabrera, Sánchez, valoran estos materiales en sentido opuesto, como la manifestación de la personalidad de la cultura ibérica que recibe una serie de influencias que son re elaboradas según sus normas e ideología, en un proceso similar al experimentado por las comunidades autóctonas de Italia y las costas del Mar Negro.
Resumiendo, el interés de los conjuntos funerarios presentados, avivado por una interesante línea de investigación sobre las vías de comunicación, se ve mermado por una presentación de concepción «tradicional» en el análisis de los datos, que se articulan en el marco de una valoración historiográfica del emergente horizonte ibérico, como propio de «sociedades atrasadas» que precisaron del impacto civilizador helénico, para su desarrollo y consolidación entre las sociedades civilizadas del Mediterráneo.
La Revue International d'Archéozoologie publica un monográfico recogiendo los trabajos presentados con motivo del Congreso Internacional celebrado en Burdeos en 1986.
La amplitud de esta obra llevó a los editores de la revista a su compartimentación en diversos volúmenes; éste que comentamos corresponde al año 1988, si bien fue publicado en 1989.
Los nuevos caminos que en la actualidad sigue la Arqueología obligan a tener muy presentes las ciencias que hasta ahora han venido considerándose como auxiliares.
Algunas de estas «ciencias auxiliares» constituyen hoy un T. P., 1991, n Q 48 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es complejo corpus teórico y práctico, presentándose como verdaderas disciplinas autónomas.
En este ámbito surge la publicación de obras como ésta, dedicada íntegramente a la Arqueozoología.
El presente volumen incluye trabajos de más de una veintena de autores de distintos países y, en general, de formación zoológica.
Se trata, en algunos casos, de los especialistas más relevantes en este campo y entre los que afortunadamente hay firmas españolas.
Asimismo, la obra cuenta con un destacado comité editorial que siguiendo el mismo esquema reúne a investigadores de una decena de países.
En el aspecto puramente formal, este volumen se presenta en formato pequeño, si bien se anuncia un cambio a este respecto.
Los trabajos están mayoritariamente escritos en inglés, con un breve resumen en esta lengua y otro algo más extenso en francés; se indican igualmente las palabras claves de referencia.
Cabe destacar el elevadísimo precio de la obra, pese a la subvención ministerial francesa.
Este volumen se presenta dividido en ocho apartados.
El primer bloque recoge trabajos metodológicos; el segundo, aspectos concretos de algunas especies; el tercer apartado recoge una comunicación bajo el epígrafe del papel humano en la formación de estos conjuntos faunísticos; seguidamente se recogen comunicaciones sobre estrategias, estacionalidad, marcas y técnicas de descame; aspectos sociales y estudios regionales.
Si bien esta compartimentación resulta bastante arbitraria.
El primer apartado tiene un carácter más general al recoger aspectos metodológicos, cuya aplicación puede ser válida para toda la comunidad científica.
Atiende esencialmente a las cuestiones relativas a la identificación, ya sea de especie, sexo o edad, aspectos estadísticos e interpretación de las fracturaciones.
En general, se insiste en la matización de métodos conocidos en el deseo de que un perfeccionamiento mejore los resultados actuales: por ejemplo, en el caso de la diferenciación entre suidos domésticos y silvestres (Payne y Bull, pp. 27 a 67).
Estos estudios se basan en muchos casos en experiencias de laboratorio (estudios sobre animales actuales), para después extrapolar resultados en el campo arqueológico.
Estas extrapolaciones son problemáticas, ya que no se conocen bien las razas antiguas, lo que se ve agravado en nuestro país al partir siempre de fauna centroeuropea.
También se discuten los problemas de pérdida de información y se propone otro método de cuantificación (C. Münzel, pp. 93 a 111); pero éste resulta sumamente complejo, más aún si se atiende a las figuras.
Al tratarse de un trabajo sobre restos españoles, merece especial mención la comunicación de A. Morales (pp. 111 a 153).
Se analizan aquí las distintas fragmentaciones como índices culturales; partiendo de tres yacimientos (uno romano y dos medievales) y del conjunto de más frecuente aparición, esto es, los ungulados.
Los resultados obtenidos son indudablemente interesantes y seria deseable que un aumento de los ejemplos a estudiar permitiesen su confirmación.
La aplicación de dichos patrones se propone para los periodos cronológicos más próximos ante la imprecisión y desgarro que producen las herramientas de descame de fases anteriores y por lo cual suacción sobre el hueso es más difícil de apreciar.
Es, pues, deseable que se profundice igualmente en el análisis de estos aspectos durante fases prehistóricas, adaptando debidamente el método.
El resto de la obra presenta comunicaciones muy diversas, algunas con carácter eminentemente zoológico o ecológico y escasa relación con la arqueología, como es el caso del trabajo de E. Iregren (pp. 165 a 181), sobre el oso pardo.
Otras tienen una mayor proximidad al campo tradicionalmente arqueológico, como es el caso del estudio de A. Eastham (pp. 243 a 253), quien analiza las representaciones animalísticas del arte Paleolítico; atribuciones siempre difíciles de asegurar.
En conjunto, cabe destacar el interés por los primeros indicios de domesticación (J. D. Vigne y M. Ch.
Marinval-Vigne, pp. 153 a 165), apoyando una proto-domesticación de los cánidos en la cuenca de París ya en contextos mesolíticos.
Recordemos que ya en Eralla, J. Altuna y K Mariekurrena Munibe, 37, 1985), señalan la presencia de posibles perros en contextos del Magdaleniense Inferior.
Son muchos los autores que parten para su estudio de conjuntos neolíticos aunque no traten directamente el tema de los inicios de la domesticación.
Por último, un grupo de trabajos refleja estudios globales para diversas áreas geográficas.
Hay que destacar el número total de restos sobre el que se trabaja, generalmente muy superior al que podemos encontrar en los análisis que se vienen realizando en nuestros yacimientos.
Es de esperar que dichas cifras se vayan incrementando rápidamente, tanto en lo que respecta al número de estudios como al espacio muestral de éstos.
En conjunto, se aprecian pocos errores en el texto (alguna imprecisión en las citas bibliográficas mencionadas pero no reflejadas en la relación) y la documentación gráfica es abundante, tanto en lo que respecta a tablas como a dibujos de los restos óseos; siempre interesantes ante la dificultad de expresar algunos aspectos con palabras o bien para precisar cuestiones tan debatidas como la indicación exacta de las medidas que se están tomando del hueso.
La utilización de procedimientos informáticos se limita todavía a paquetes estadísticos, pero recordemos que el proceso se ha visto progresivamente acelerado en los últimos años.
Dentro del conjunto de publicaciones arqueozoológicas de los últimos años podemos encuadrar ésta en el grupo de obras dirigidas principalmente a especialistas en la materia: frente a otras como La Arqueología de los animales, |
RESUMEN La práctica inexistencia de datos sobre actividades metalúrgicas prehistóricas en Málaga y el vacío investigador que sobre este aspecto existía en la provincia habían creado un estado de opinión entre los prehistoriadores locales tendente a considerar como de origen extraprovincial la totalidad de los artefactos metálicos prehistóricos recuperados.
Como resultado de un proyecto subvenciondo por la Junta de Andalucía, estos datos que faltaban comienzan ahora a ser recuperados, y se puede empezar a trazar un esbozo general del desarrollo e importancia socieconómica que este grupo de tecnologías tuvieron en los diversos ambientes geográficos de la provincia de Málaga durante la prehistoria.
territorial restringido: la provincia de Málaga.
Esta, aun no constando de un carácter geográfico unitario, se nos impone como unidad administrativa real y a la cual hemos limitado nuestra actividad prospectora.
El interés en avanzar en el conocimiento de la prehistoria de sus diversas regiones naturales se justifica por su propia situación: nos encontramos entre dos focos culturales potentes y relativamente bien conocidos (el sureste y el suroeste) que polarizan la atención de los estudiosos.
Estos dos focos, y las relaciones que entre ellos existen, han de condicionar, necesariamente, su existencia durante la prehistoria reciente.
Situada entre ambas zonas, nuestra provincia ha sido acertadamente definida como un «hinterland», lo que explicaría su ecléctica caracterización cultural, pero es también un zona con años de retraso en la investigación.
Una de las parcelas de la investigación que más impulso necesita es la de la arqueometalurgia, pues, aunque nunca ha dejado de prestársele atención, la ayuda que le otorgan recientemente las ciencias auxiliares y los modernos planteamientos metodológicos (Montero, 1989) la han convertido en una herramienta especialmente útil para el conocimiento de la prehistoria reciente, y han surgido entre los prehistoriadores del sur peninsular, diversos programas de investigación orientados en este sentido.
En realidad en una época que debe su nombre, precisamente, al descubrimiento de la explotación y trabajo del metal, es necesario conocer el alcance y repercusión reales que estas prácticas tuvieron en la importante evolución de las estructuras socio-económicas y políticas.
El debate sobre este punto alcanza un alto grado de conceptualización, y se fundamenta en las premisas teóricas de las que parte cada autor, de acuerdo con las cuales elaboran distintos modelos explicativos, pero las aportaciones de base para la construcción de grandes y sólidas teorias de carácter general las constituyen las investigaciones zonales exhaustivas y rigurosas.
Conscientes de estas carencias, los firmantes de este artículo se han propuesto acometer un estudio a largo plazo sobre la metalurgia prehistórica en la provincia de Málaga cuyos resultados no modificarán las posiciones del debate, pero arrojarán luz sobre la evolución de los procesos sociales y económicos en este ámbito concreto, dotando a aquél de nuevos datos que amplíen su base documental.
Los estudiosos, al afrontar el problema del origen de la metalurgia a nivel global, han adoptado diversas posturas que fluctúan entre dos extremos: considerar un origen único o múltiple de esta tecnología.
La parte más fecunda de esta discusión recae sobre Wertime y Renfrew (Muhly, 1988: 15-16), quienes ya debatieron la cuestión en el Congreso Internacional de Pre y Protohistoria de Belgrado en 1971.
Otra cuestión debatida ha sido la consideración de si, bien con un origen único o múltiple, las técnicas metalúrgicas han seguido una secuencia progresiva unificada de pasos o estados en el progreso tecnológico.
En este aspecto, la mayoria de los autores se decantan por un desarrollo progresivo similar (que no idéntico) de los distintos focos de origen que admiten, aunque no faltan voces disonantes que abogan por la posibilidad de desarrollar vías a menudo únicas en el tiempo y en el espacio de trabajar y manipular el ambiente (Muhly, 1988: 2).
Son muchos los autores que postulan este desarrollo progresivo avalado en líneas generales por el registro arqueológico, entre los cuales podriamos destacar en primer lugar a Wertime (1964), cuya sistematización para el Próximo Oriente ha sido aceptada por el propio Renfrew (1986a: 187-188).
Por su parte, Jovanovic (1980) plantea un desarrollo parecido para la metalurgia balcánica que es también generalmente aceptado.
El fenómeno de la invención de la metalurgia va unido, en todos los casos, a la existencia de un metal característico cuyas propiedades le convierten en objeto preferente de explotación: el cobre.
Efectivamente, se piensa que por ser el más abundante de los metales que se dan de forma nativa, químicamente puros, en la naturaleza, pudo ser conocido en el curso de la Prehistoria.
Sus propiedades de plasticidad y acritud lo hicieron útil, y cuando el incremento del consumo hizo escasear las pepitas de cobre nativo, la tecnología metalúrgica dio el paso decisivo de la explotación de los minerales cupríferos.
De éstos, los más fáciles de aprovechar son los carbonatos (azurita y malaquita), que requieren únicamente la reducción de la mena, para lo cual basta con utilizar hornos simples, de los que disponen por entonces todas las culturas cerámicas (Renfrew, 1986a: 190).
Las aleaciones con arsénico y estaño y el uso de moldes revelan progresivos avances tecnoló- gicos, que hacen posible la adaptación del objeto a su función y una mayor variedad de formas.
Posteriormente se usaron los sulfuros (Champion et alii, 1988: 204 y 227), como la calcopirita, que contienen más cobre que los oxidados, pero de más difícil obtención, necesitando un proceso previo de tueste, que consiste en la oxidación del mineral, para poder ser posteriormente reducidos.
En el momento en que se centran nuestras investigaciones, la metalurgia del cobre se encuentra en una etapa embrionaria caracterizada por el aprovechamiento de las menas metálicas más fácilmente beneficiables.
Es decir, habremos de centrar nuestra atención en los afloramientos de azurita y malaquita existentes en la provincia.
No podemos, pues, comenzar estos planteamientos de carácter general sin hacer una introducción geológica que valore la importancia y localización de los carbonatos de cobre existentes en la misma, ya que ésta ha de ser, necesariamente, la base de toda argumentación.
Las mineralizaciones de cobre en la provincia de Málaga se restringen a dos dominios geológicos en calidad de metalotectos: el Complejo Maláguide y los macizos ultrabásicos de Málaga (Fig. 1 superior izquierda).
El Complejo Maláguide corresponde a las zonas internas de las Cordilleras Béticas, localizándose geográficamente como un abanico de unos 1 S km. de radio centrado en la ciudad de Málaga.
Sus constituyentes litológicos son bastante homogéneos en toda la cordillera, predominando los paleozoicos (filitas, grauwackas, areniscas y calizas), coronados por formaciones detríticas atribuidas al Permo-Trias (areniscas, limos y conglomerados rojos), que dan paso a sucesiones mesozoicas y cenozoicas (principalmente de naturaleza carbonatada).
Las mineralizaciones de cobre son características del Complejo Maláguide, y se ponen de manifiesto como indicios de cobre por toda su extensión, pudiendo alcanzar en zonas puntuales el rango de yacimientos.
La mineralización arma sobre micasquistos y filitas del paleozoico bajo la morfología de pequeños filan cilios de cuarzo lechoso, siguiendo la foliación del plano axial del conjunto estructural y también con carácter diseminado dentro de esta misma roca, llegando a impregnar las areniscas del Permo-Trias debido a un lixiviado de los materiales paleozoicos por soluciones descendentes.
El sulfuro más abundante en los filones es la calcopirita, aunque también aparecen pequeñas cantidades de galena, covellina y calcosina.
La calcopirita se encuentra en muchas ocasiones alterada a hematites, goetita y limonita como minerales de hierro, a malaquita y azurita como carbonatos de cobre y, en raras ocasiones, a calcantita como sulfato de cobre.
La malaquita y la azurita, más la primera que la segunda, son los productos de alteración del cobre más abundantes.
Se encuentran en relación con la calcopirita de los filones de cuarzo o de carácter diseminado en la roca caja o impregnando areniscas del Permo-Trias.
Los rellenos suelen ser de menos de 2-3 mm., o mayores cuando se hallan en íntimo contacto con los sulfuros de cobre.
La azurita aparece como microcristales cuando se halla en relación con fracturas.
La malaquita es amorfa (1).
Los macizos ultrabásicos de Málaga corresponden a las masas peridotíticas de Ronda, Ojén y Carratraca.
Hay otras masas dispersas, pero con poca extensión geográfica.
La composición litológica de los macizos está caracterizada por la presencia de hazburguitas, lerzolitas, dunitas, piroxenitas y serpentinitas principalmente.
Las mineralizaciones están siempre en relación con este tipo de rocas.
Las mineralizaciones principales son las de níquel y cromo, siendo la niquelita y la cromita los minerales fundamentales.
Hay otro tipo de mineralizaciones accesorias que se encuentran en relación con éstas últimas, pudiéndose convertir en principales si logran
(1) Datos obtenidos por observación directa, por los geólogos del equipo. a causa de la inexistencia de estudios mineralógicos en este complejo.. al S.W. del macizo de Ronda, y las impregnaciones de carbonatos de cobre que rellenan pequeñas agrupaciones de fracturas de las peridotitas en forma de «stock-works», que se encuentran en el área del Guadalmansa (macizo de Ronda) (IGME, 1981).
Los principales interrogantes que tiene planteada la investigación arqueometalúrgica en nuestra provincia vienen determinados por la escasez de los datos materiales, y son los siguientes:
La primera cuestión a dilucidar, partiendo desde la base, es si existió realmente una metalurgia local prehistórica en Málaga.
La pregunta no es ociosa si tenemos en cuenta que hasta hace poco tiempo se desconocía cualquier dato que pudiese sugerirla; se mencionaba la proximidad, observada sobre el mapa geológico, de afloramientos de cobre a determinados asentamientos, pero se admitía la falta de estudios que pusieran en relación a ambos, por lo que no se podía asegurar la producción de objetos metálicos por parte de estas poblaciones (Ferrer, 1987: 26).
Domergue (1987: 355) en su, demasiado ambicioso, catálogo de minas y fundiciones antiguas de la Península Ibérica no menciona para la provincia de Málaga ningún punto de extracción minera atribuible a la antigüedad, salvo una mina de galena argentífera situada en el macizo de Ojén (Fig. 1 superior izquierda) de la cual no menciona filiación, lo que contrasta con la alta densidad de minas censadas en otras provincias cercanas.
Incluso el más reciente y profundo trabajo de investigación sobre las Edades del Cobre y el Bronce en Málaga consideraba, basándose en los datos disponibles hasta el momento, que las poblaciones locales «no debieron (... ) basar su economía en la búsqueda y explotación del cobre sino que se beneficiarian de él por trueque, ya que (... ) las posibles explotaciones aparecen aisladas sin asentamientos ni necrópolis con los que puedan ponerse en relación directa» (Fernández, 1987: 31).
Considerar de origen extraprovincial todas las piezas metálicas recuperadas en Málaga (2) (Fig. 1 derecha) es hoy día, arriesgado, pues las pruebas de que disponemos son indicios razonablemente fundados de una actividad minera: consisten en varias explotaciones mineras de subsistencia, resto de mena metálica y de fundición recuperados en superficie en diversos asentamientos prehistóricos.
Entre las colecciones particulares y los Museos existen también indicios de actividades metalúrgicas en los yacimientos malagueños: se han recuperado mazas de minero en el término municipal de Monda (material de difícil ubicación concreta), en los fondos de Museo Arqueológico Provincial de Málaga se encuentra otra, de procedencia incierta, y también se menciona su presencia en Montecorto (Vallespí y Cabrero, 1980-81: 56) hay, además, un crisol con adherencias metálicas, perteneciente al poblado de La Peña de Los Enamorados (Antequera) (Fig. 5) y otro recuperado durante unas excavaciones de urgencia en el casco urbano de Ronda, además de un molde para espadas también del mismo casco urbano (Amo, 1983).
Aclarado afirmativamente con un margen suficiente de probabilidad este primer interrogante, surgen en seguida otros dos: ¿Dónde y cuándo se desarrolló esta metalurgia?
(2) Para dar agilidad al texto y no prolongarlo en exceso, el catálogu de piezas metálicas recuperadas en la provincia se ha estructurado en forma de cuadros, ofreciendo las principales caracteristicas de cada pieza.
En dichos cuadros figuran los siguientes datos: a) Tipología, respetando la clasificación de cada autor. b) Yacimiento del que procede la pieza. c) Metal dominante en que está fabricada la pieza (perceptible a simple vista).
Los datos referentes a análisis de componentes metálicos, que nos aportan valiosa información, no han sido incluidos en los cuadros por lo exiguo de su número.
Dicha información se indica mediante combinaciones de asteriscos situados junto a la pieza analizada.
Las combinaciones pueden ser las siguientes: (") = As/e) = Fe, Br, Au, Cu, Ni / C OO ) = Fe, As/(:¡f) = As, Ag, Au / (If:¡f) = As, Ag, Fe, ln.
Pasamos a en um erar a contin ución los ase ntamientos y minas sobre los que se apoya nuestra argum entación (3); mencionaremos unos y otras con brevedad por estar descritos en las respectivas memorias de prospección, a publicar por la Junta de Anda lucía en sus correspondientes a nuarios (Rodríguez et alii, en prensa; Fernández et alii, e n prensa (a)).
El Cerro de Los Peñones (Baldomero y Ferrer, 1990; Baldomero y Rodríguez, en prensa; Rodríg uez et alii, en prensa) se enc uentra situado en el térm in o municiral de Colm enar, muv ce rca del lími te Necrópolis dolménica de la Era del Cura.
(3) Hemos de agrad ecer a nuestros compañ eros José Antonio Santa ma ría, Antonio Soto y Concepció n Marril, así com o a José Trujillo, su ayuda en las labores de prospección y las racilidad es concedidas pa ra e l estud io de un a parte d el mate ri al in éd ito qu e aquí se expo ne.
T P., 1992, no 49 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es norte del complejo Maláguid e (Fig. 2), fue descubierto durante una prospección superficial realizada en 1988 codirigida por uno de los firmantes de este artíc ulo.
El yacimiento se sitúa en la cumbre del cerro, rodeado por su cara norte por los restos de un a construcción defensiva de apariencia prehistórica realizada a base de mampostería, con pequeños huecos cuad rang ulares a modo de saeteras; este sistema defensivo se complem enta por el sur con unos estratos calcáreos verticales que h acen innecesaria la continuación de la muralla.
Fuera de este recinto existen otras estructuras de piedra no relacionables culturalme nte co n la primera.
El yacimiento está sin excavar.
Por los materiales recogidos podemos establecer la sec uencia cultural del yacimiento como sigue: una eta pa de Cobre pleno con campa nifo rme de estilo marítimo y diversos tipos de platos y fuentes de borde engrosado, otra de Cobre Tardío-Final y una tercera de Bronce Antiguo / Pleno.
Existió, además, una utilización parcial del yacimiento en época ibérica, a unque ambos hábitats están separados físicamente, sin que haya m ezcla de m ateriales.
En este yacimiento, y correspondi endo a la fase prehistórica, se han recuperado c ua tro fragmentos de roca con m alaquita, todos de origen alóctono.
También proceden de este poblado un hacha metálica de filo ondulado y complejo sistem a de enma ngue, una punta de palmela, un remache y diversos restos de metal reutilizable (Fig. 3) (material in édito).
Este asenta miento pudo ex plotar entre otras, la muy cercana mina de Casacara, qu e luego describiremos.
Situado en e l término mun icipal de Almogía (Fig. 1 inferior derecha), también bordeando la formación Ma láguide.
Se co noce desde 1985 (Recio et alii, 1986; Rodríguez et alii, en prensa), aunque se enc uentra sin excavar.
No cuenta aún con ningún estudio monográfico publicado, a unqu e existe uno en vías de realización.
Se trata de un asenta mien to mu cho m ás extenso que el anterior, un cerro amplio, amesetado, qu e avanza so bre un m ea ndro del río Campanillas do mina ndo perfectamente esta vía de comunicación norte-s ur.
Su único acceso se abre por el Este ya que, en los de más frentes, ofrece unos in expugna bles farallones calcáreos.
Su período de oc upació n comi enza en el Cobre Pleno (4), aquí más patente y que nos podría llevar a hablar de que ésta pudo ser su fase decisiva d e desarrollo y co ntinúa durante el Cobre Tardio-Final.
Existen tamb ién pru ebas de un a débil oc upación dura nte el Bronce Reciente sin torno.
Conservamos de este asenta miento ab und a ntes fragmentos d e malaquita sobre distin tos soportes.
De este yacimie nto procede n también dos cuchillos de cobre, además de varios fragmentos de objetos de co bre y un a gota de fundición (material inédito) (Fig. 4).
Una de sus fuentes de aprov isiona miento pudo haber sido la mina del Lagar de los Huescas, qu e describiremos más abajo.
Se enclava en el término municipa l de Cútar, en el extremo oriental del Maláguide (Fig. 1 inferior derecha), posee, pues, una buena ubicación con respecto a los recursos minero-metalúrgicos.
Se conoce de antiguo y, como res ultado de ello, ha soporta do un intenso expolio sobre s u necr ópolis y asentamiento.
Se trata d e una impresionante roca de natu raleza caliza, en cuya cima amesetada se situó un asentamien to en el que diversos a utores han reconocid o una fase neolítica, otra de Cobre Pleno, una tercera de Tardío-Final (5) y una última de Bronce Pleno.
Su prospección nos deparó también un frag m ento de roca con trazas de malaquita.
Los objetos m etálicos de este yacimiento son escasos: con seguridad conocemos sólo un pequeño puñal -inédito-fracturado por la empuñadura (Fig. 4).
Gran (1981: 360), por su parte, m enciona una información recogida por él mismo sobre posibles hallazgos de hachas planas de bronce, material qu e, de existir, no pudo examinar.
(4) Es de destacar la presencia de cerámica cam pa niform e de estilo marítimo.
(5) Con presencia de cerá mica ca mpaniforme de estilo Ciempozuelos. --e E ------------- (B) Cu chillo de El Castillejo (Almogía).
(C) Puñal de escotaduras de la Peña de Los Enamorados, ladera Oeste (Anl equera).
(E) pequeño puñal de remaches de Cerro Carda (Casabermeja).
(F) Punta de palmela de El Pei1ón de Solís (Villan ueva del Rosario).
(G) Cota de fundición de El Cas lillejo (Almogía).
(H) Fragm ento de hoja de sierra de El Castillejo (Almogía).
Este yacimiento, que permanece sin excavar, con una fase de Cobre Tardío-Final (6) que puede prolongarse hasta el Bronce Antiguo o Pleno, nos ha deparado malaquita en el perímetro de su pobladu, además de dos objetos de cobre: una punta de palmela (Marqués, 1986) y un pequeño puñal de remaches inédito (Fig. 4).
Su cercanía al poblado Lus Peñunes plantea interesantes prublemas sobre el modelo de aprupiación de recursus metálicus desarrollados por ambos asentamientos, pues pudieron haherse abastecido de las mismas fuentes de mineral.
Se encuentra en el término municipal de Málaga, bordeando el Maláguide por el suroeste (Fig. 1 inferior derecha).
También se conoce de antiguo.
Es uno de los pocos yacimientos de los mencionados que cuenta con excavación sistemática (Baldomero et alii, 1985; Ferrer et alii, 1990).
Se trata de un asentamiento en ladera del Bronce Pleno, con indicios de una fase anterior de Bronce Antiguo, extenso y rico, bien situado con respecto al cauce del río Campanillas, y formando parte del ambiente de la Bahía de Málaga.
En él hemos recuperado en superficie restos de fundición y de mineral sin procesar; además tanto su excavación como el expolio a que ha sido sometido han deparado objetus metálicos en cobre, oro y plata.
Para él se ha mencionado ya la posibilidad de una explotación minera de fuerte desarrollu (Baldomero et alii, 1985: 127).
CERRO DE LOS ASPERONES
Situado en el término municipal de Málaga, bordea por el suroeste el manto Maláguide (Fig. inferior derecha).
Se trata de un asentamiento en ladera adscríbible a un Cobre Pleno (Fernández et aHi, en prensa (a»; se encuentra casi completamente arrasado, por lo que los datos que se han podido recuperar de él son escasos.
Conservamos, eso sí, muestras de malaquita sobre arenisca.
Es un asentamiento situado en los aledaños de la ciudad de Málaga (Fig. 1 inferior derecha), sobre un pequeño cerro que mira al Mediterráneo, bordeando el límite sur y marítimo del Maláguide (Fernández, 1987; Baldomero et alii, 1988).
En él se ha realizado una excavación con carácter de urgencia, que ha puesto de manifiesto la existencia de dos fases de habitación con características bastante homogéneas, si bien ciertas diferencias entre éllas pueden sugerir una definición de la fase 1 como Cobre Tardío, mientras que la fase TI se encuadraría en un Bronce Antiguo (Fernández, 1987: 596).
El yacimiento cuenta con 2 piezas de metal recuperadas durante la campaña de excavaciones: una punta pedunculada y una lezna (Baldomero et aHi, 1988: 160).
Fernández (1987: 590) menciona la posibilidad, con mucha cautela pues no es partidario de esta hipótesis, de poner en relación a este asentamiento con las mineralizaciones de cobre que existen en sus cercanías.
La sugerencia es valiosa, pues el yacimiento, aunque no ha proporcionado datos que apoyen fehacientemente la existencia de un proceso metalúrgico, debe ser tenido en cuenta a este respecto, con carácter provisional y a la espera de nuevos datos que confirmen o desmientan la hipótesis.
(6) Se menciona la presencia de una fuente con decoración campaniforme de tipo Palmela.
El poblado del Llano de La Virgen (Marqués, 1984; Fernández, 1987) se sitúa en el término municipal de Coín (Fig. 1 inferior derecha), junto al río Pereilas, tributario del Guadalhorce, y enclavado en las cercanías del macizo peridotítico de Ojén, que posee, como ya hemos visto, mineralizaciones de cobre.
Es un paraje que, a juicio de sus excavadores, constituye una vía de comunicación secundaria, casi un «fondo de saco» (Fernández, 1987: 520).
En él se han desarrollado 4 campañas de excavaciones que han proporcionado un buen conocimiento de su estratigrafía.
Las fases de ocupación documentadas son las siguientes: Cobre Tardío (estrato V), Cobre Final (estrato IV), Bronce Antiguo (estrato I1I), Bronce Pleno (estrato ll) y Bronce Final (estrato 1).
De ellas, han proporcionado objetos metáJi:::os la fase de Cobre Tardío y la de Bronce Pleno, y hay que mencionar, además, la presencia de escoria en superficie y afloramientos de mineral de cobre a 3 km. del yacimiento (Marqués, 1984: 149).
Estos datos (amablemente proporcionados por el Departamento de Prehistoria de la Universidad de Málaga) son suficientes, a falta de otros más precisos desde el punto de vista arqueometalúrgico, para incluir cautelarmente al Llano de la Virgen entre los asentamientos prehistóricos con posible actividad minero-metalúrgica.
En el casco urbano de Ronda (Fig. 1 inferior derecha), se ha excavado lo que parece ser un lugar de trabajo especializado en la metalurgia perteneciente a un Bronce Antiguo/Pleno (Aguayo et alii, 1985: 237) y recuperado un molde para espadas que corresponde a un período avanzado del Bronce -siglo VII- (Ferrer y Marqués, 1986: 255).
LA PEÑA DE LOS ENAMORADOS
Es una imponente roca caliza, de relieve muy particular, que se levanta en la fértil vega de Antequera (Fig. 1 inferior derecha), a pocos kilómetros de los dólmenes de Menga, Viera y Romeral, y rodeado de muchos otros yacimientos arqueológicos que nos inducen a pensar en una densa ocupación de la zona durante la prehistoria reciente.
Sus laderas han servido de lugar de habitación y de necrópolis a diversas culturas (Moreno, 1982; Suárez et alii, en prensa), sustentando una importante población durante las Edades del Cobre y el Bronce.
Nos interesa, en especial, la ladera oeste, donde hemos podido documentar, en superficie, estructuras de cabañas de planta circular con poste central, y diversos indicios de interés arqueometalúrgico cuales son: dos puñales de remaches procedentes de una colección particular, un punzón de sección cuadrangular (Figs.
4 y 5) y más de una docena de fragmentos de piezas metálicas de fractura antigua y tan alterada como la superficie de la pieza, además de un crisol que conserva en su fondo adherencias de restos de fundición (Fig. 5) (todo este material está inédito).
Las fases prehistóricas documentadas en este poblado, según los datos de superficie, son: una primera ocupación durante la Edad de Cobre Pleno, una segunda durante el Cobre Tardío-Final (7) y otra durante el Bronce Pleno.
La tipología de la mayor parte de los objetos metálicos recuperados (al menos de los tipologables, pues los fragmentos son de difícil adscripción a un tipo concreto) relaciona más las evidencias de metalurgia (autóctona o no) con esta última etapa, pero no podemos descartar a priori que parte del material no tipologable proceda de las etapas de la Edad del Cobre.
Existe una última fase de ocupación prehistórica durante el Bronce Reciente sin torno, aunque ésta se documenta sólo en un área muy concreta del yacimiento (ladera sur) sin que parezca guardar relación con los hallazgos aquí mencionados.
La actividad metalúrgica de este poblado debió adoptar formas de producción distintas a las de los que hemos reseñado anteriormente pues su distancia al metalotecto es superior, y se podría descartar la existencia de un sistema de apropiación de recursos metálicos directo.
Por contra, la presencia de procesos metalúrgicos locales, en poblados alejados de las minas supone un intercambio de mineral reducido o bien un control de las comunicaciones y medios de transporte desarrollados (Lull, 1983: 445).
Como todas las que vamos a describir, se encuentra en el dominio geológico del Bético de Málaga o Complejo Maláguide.
Se sitúa en el término municipal de Colmenar, cerca de los poblados del Cerro de los Peñones y Cerro García (Fig. 2).
Se trata de una trinchera con paralelos muy claros en Huelva (Rothenberg y Blanco, 1981: 41, 59-60), que ha sido reutilizada y rota parcialmente por una explotación moderna que ha enmascarado su morfología y arrasado, en su mayoría, los vestigios materiales de sus antiguos explotadores que, aunque presentes, son escasos.
Arma sobre una serie de filitas y grauwackas con diques de cuarzo del Devónico-Carbonífero.
MINA DEL LAGAR DE LOS HUESCAS
Se sitúa en la misma roca encajante que la mina de Casacara y, como ella, a corta distancia de un asentamiento, El Castillejo, que tiene mineral de cobre en superficie.
La actividad humana está constituida por dos cavidades de factura muy antigua, que horadan la franja carbonatada del filón de cuarzo, no excesivamente rica, pero quizás suficiente para una economía prehistórica.
Se encuentran situadas a pocos metros del asentamiento del mismo nombre, y en los terrenos de su extensa necrópolis.
La mayor es una explotación a cielo abierto que constituye la entrada de la mina, y de la que arrancan varias galerías de características desconocidas, pues el relleno sedimentario impide su estudio.
De sus cercanías proceden las únicas muestras de escoria de que disponemos con certeza.
Junto a ésta hemos localizado varios pequeños aprovechamientos mineros, más bien sondeos que auténticas explotaciones.
Junto a estas minas tenemos otras explotaciones mineras que están más alejadas de un asentamiento prehistórico y cuya asignación a una época concreta es aún dudosa.
Su estudio en profundidad aportará nuevos datos en un sentido o en otro.
La naturaleza geológica del terreno nos fuerza, como ya hemos visto, a buscar los asentamientos con posible actividad minera en los límites del Maláguide y sus cercanías (puntos ubicados según otras varias prioridades y desde los que se pudieran emprender expediciones para trabajos de extracción temporales), así como en los macizos ultrabásicos de Ronda, Ojén y Carratraca.
Los datos de que disponemos y que han sido expuestos más arriba lo confirman, pero sin duda existen otros yacimientos en similares circunstancias que futuras prospecciones descubrirán.
Precisar un momento cronológico de la Edad del Cobre para el origen de esta metalurgia local es ya un tema más complejo.
Serán necesarias excavaciones sistemáticas que determinen este aspecto.
No obstante, hay que señalar la coexistencia, en la mayoría de los asentamientos, de mineral de cobre y cerámica campaniforme; cuál sea la relación entre ambos elementos es materia abierta a discusión, pues al carecer, en gran medida, de excavaciones sistemáticas no podemos aseverar sin sombra de duda, su coetaneidad pero como hipótesis de trabajo sí parece válido establecer un cierto nivel de sincronía entre la aparición o el auge de esta metalurgia y el campaniforme en la provincia de Málaga.
No menos importante es la evaluación de los afloramientos de carbonatos de cobre de que dispone el Maláguide.
Conocer justamente la calidad, extensión y dispersión de los filones y en particular de las explotaciones mineras prehistóricas es de vital importancia para valorar el volumen de extracción que pudo soportar el Maláguide y la relevancia de este foco productor.
En otro plano más teórico cabría preguntarse acerca del estado social de las poblaciones de la Edad del Cobre en Málaga, los factores socioeconómicos y políticos que permitieron la implantación local de la metalurgia y la forma en que ésta se integra en el sistema de producción de la comunidad, así como la importancia real de los objetos de metal y la metalurgia en el desarrollo de los procesos sociales locales durante el Cobre y el Bronce.
Es ésta una cuestión debatida desde que Gordon Childe atribuyó a los metalúrgicos europeos un carácter social propio, considerándolos profesionales a tiempo completo, independientes e itinerantes, que vivían fuera del sistema comunitario (Wells, 1988: 17-19).
El modelo de Childe ha recibido importantes críticas de los estudiosos.
Rpwlands (1971) basándose en ejemplos etnográficos se muestra partidario de un sistema productor que integre la actividad metalúrgica en el resto de las actividades de la comunidad.
Los metalúrgicos serían así miembros plenamente integrados en el grupo, especialistas a tiempo parcial, ocupados sobre todo en la producción de alimentos, y dedicados a la metalurgia en aquellos períodos en que el ciclo agrícola era más lento.
Otros autores, como Milisauskas (1978) y Wells (1988: 17-20) se deciden por este modelo integrador como más ajustado a lo que las excavaciones van poniendo de manifiesto para la Edad del Cobre europea, ya que durante el Bronce sí parece estar documentada la existencia de metalúrgicos itinerantes (Wells, 1988: 60).
Por lo que se refiere al sur de la Península Ibérica, algunos estudiosos han elegido este modelo para explicar el sistema productivo de las comunidades calcolíticas, que parece responder a lo que la documentación arqueológica muestra.
Sus investigaciones se centran actualmente en dos importantes yacimientos: Los Millares y El Malagón.
En Los Millares (Santa Fe de Mondújar, Almería) se han documentado todos los tipos de hallazgos esperados para la existencia de una producción artesanal (Evans, 1978: 115): amplios talleres rectangulares, zonas de reducción del mineral y áreas de almacenamiento (Arribas et alii, 1985(Arribas et alii,, 1989: 72;: 72; Hook et alii, 1987: 150).
El poblado de El Malagón (Cullar-Baza, Granada) (Arribas y Molina, 1978, 1984; De la Torre et alii, 1984; Arribas, 1896; Hook et alii, 1987: 151; Arribas et alii, 1989: 74) es de excepcional importancia para la arqueometalurgia por tratarse de un poblado tipo de prospectores pertenecientes al horizonte Millares I y vinculado directamente con éste, cuya función principal parece haber sido la extracción de mineral de cobre, y en el que se documenta todo el proceso metalúrgico, desde la extracción del mineral (a partir de los filones localizados a pocos metros del asentamiento) (Arribas y Molina, 1984: 98; de la Torre, 1984: 133 y 141; Arribas, 1986: 164) hasta el beneficio de la mena y la fusión del metal para reálizar piezas.
Con esto y otros datos, F. Molina cree poder demostrar, con evidencias tajantes, la existencia de una creciente división sectorial del trabajo.
Otros investigadores, tomando como base las excavaciones realizadas en Almizaraque (Almería), en el cual se documenta todo el proceso de elaboración de la minería y la metalurgia del cobre, llegan a distintas conclusiones.
En contraste con el proceso ocurrido en los Balcanes, donde la envergadura de las labores mineras testimonian una explotación especializada por parte de las gentes de la cultura de Vin<;a, en la Península Ibérica durante el Calcolítico, «oo. la sensación que se percibe es más bien la de un trabajo artesanal socialmente indiscriminado, destinado a satisfacer las necesidades de cada grupo humano asentado sobre un territorio dado» (Delibes et alii, 1989: 90).
Desde este punt9 de vista, no parece que la metalurgia fuera distintivo de un grupo social dominante, sino una actividad ordinaria, destinada a proveer de utensilios a las mismas personas que los fabricaban.
Existen otros yacimientos que pueden aportar datos de interés sobre la metalurgia surpeninsular, algunos de ellos excavados de antiguo, como es el caso del Cerro de las Canteras (V élez Blanco, Almería) (Arribas et alii, 1978: 92), y otros cuyo interés principal radica en ser objeto de proyectos de investigación actuales, que contemplan, con especial interés y modernas metodologías, la problemática de la metalurgia prehistórica, tal es el caso de Gatas (Turre, Almería) (Chapman et alii, 1986(Chapman et alii, y 1987;;Castro et alii, 1987) y Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén) (Nocete et alii, 1986; Contreras et alii, 1986Contreras et alii, y 1987)).
En la provincia de Málaga no contamos aún con yacimientos que ofrezcan tantos y tan valiosos datos sobre el proceso metalúrgico como Los Millares, El Malagón o Almizaraque, pero ciertos asentamientos, aún sin excavar, como los que se ubican en la Depresión de Colmenar, el Cerro de La Peluca, en el ambiente de la bahía de Málaga, y la Peña de los Enamorados, en la vega de Antequera, pueden, a la vista de lo que conocemos de ellos hasta el momento, llegar a constituirse en piezas fundamentales para la comprensión de la metalurgia prehistórica.
También debemos considerar la procedencia concreta de los objetos de metal recuperados en los yacimientos de la provincia (que suman ya una respetable cantidad), su carácter autóctono o de importación.
Es ésta una cuestión independiente de la existencia de un centro productor local; el panorama comercial debió ser lo bastante complejo como para permitir la interacción de distintos focos de influencia.
Efectivamente, la identificación del lugar de procedencia (o su asignación, con cierta probabilidad de acierto, a un centro productor mediante la similitud de la composición de la pieza con las asociaciones minerales dominantes en un área) de unos determinados objetos no debe hacernos olvidar un posible origen múltiple del conjunto de objetos metálicos recuperados en un yacimiento (esta situación de convergencia se hace más probable cuando más avanzamos en el tiempo).
Conocer su lugar de procedencia mediante los oportunos análisis puede servirnos para definir estrategias de apropiación de recursos si éste es de origen local y para establecer rutas de comercialización intergrupales, relaciones de origen e influencias con los focos metalúrgicos peninsulares y completar hipótesis sobre patrones de difusión de tecnologías y canales de comercialización de productos si el objeto resulta ser importado.
Este método se basa en la premisa, señalada por Craddock (1985: 18), de que la composición de los elementos traza no se ve afectada durante el paso de mineral a metal o sigue unas leyes determinables, pero existe un obstáculo importante que puede restarle validez.
Los trabajos de Rovira (Delibes et alii, 1989: 87) han demostrado que «... no puede abordarse un estudio de procedencia basado en exclusiva en las concentraciones observadas en minerales y metales», pues como demuestran las experiencias de laboratorio, la composición de los elementos traza se ve profundamente afectada en el proceso de fundición.
Respecto a la otra opción, Tylecote (1977) y Rovira (Delites et alii, 1989) han demostrado que la alteración que experimentan los minerales en el proceso está sujeta a variables relacionadas con las condiciones de trabajo de las fundiciones prehistóricas, que son propias de cada centro productor.
Complica el panorama el proceso de empobrecimiento de la concentración de arsénico que se observa tras cada refundición del cobre arsenicado.
Este fenómeno, y su trascendencia para los estudios de procedencia, ha sido ampliamente reseñado en la bibliografía científica, además, el trabajo de forja en caliente también ocasiona pérdidas de arsénico y antimonio (Delibes et alii, 1989: 88)..
Otro interrogante se plantea con relación a las técnicas metalúrgicas empleadas tanto en las piezas que puedan provenir de la provincia como en las que son producto del comercio con el exterior: la ya mencionada carencia casi total de análisis de piezas (sólo se poseen análisis de fluorescencia de rayos X para el ajuar metálico de la cueva artificial 9 de la Necrópolis de Alcaide, Antequera, Málaga) (Marqués, 1983: 160) y los espectrográficos de Berdichewsky sobre la misma necrópolis (1964: 10 1-128) y la ausencia de hornos y otras estructuras para el beneficio o fundición del metal así como desechos de fundición nos obliga a fijar nuestra atención de los datos que al respecto aportan las investigaciones llevadas a cabo en el sureste y suroeste, siendo necesario indicar no obstante que, según los mencionados análisis del ajuar metálico de la cueva 9 de Alcaide, en las piezas de cobre se detecta también la presencia de arsénico, sin indicar porcentaje.
El aspecto más debatido respecto a las cuestiones tecnológicas es el del uso del cobre arsenicado durante el Calcolítico (Hook et alií, 1987: 149).
La presencia de arsénico en las piezas de cobre es indiscutible pero la polémica surge al valorar como intencional o no la adición de éste.
La adición intencional del arsénico para dar dureza a la pieza, defendida por Arribas y Molina para el Sudeste, basándose en el análisis de una muestra representativa de piezas metálicas, fragmentos de escoria, mineral y crisoles (Hook et alii, 1987(Hook et alii,: 1565)), contrasta con la opinión de Rovira (Delibes et alii: 1989: 89 y 95), para quien esta intencionalidad no está nada clara, inclinándose a considerar los altos contenidos en arsénico de las piezas de Almizaraque como producto de la presencia, muy abundante, de minerales polimetálicos, ya que dentro del yacimiento no se ha localizado realgar ni oropimente, minerales de arsénico muy abundantes en la región y considerados como los que pueden ser utilizados con efectividad en una fabricación intencional de cobre arsenical.
Por lo que respecta a la cultura contemporánea de Vila Nova de Sao Pedro, la adición intencional de arsénico se contempla como una posibilidad más que fundada, por su alto contenido en todas las piezas (Harrison et aHi, 1981: 161), repitiéndose, también en este aspecto, el fenómeno emulativo advertido en otras manifestaciones culturales.
Restringiéndonos a la producción local, estamos en la misma situación con respecto al tratamiento d~ la mena y los tipos de hornos utilizados.
Muy mal documentados en el sur de la Península y ausentes aún (o sin posibilidad de relacionarlos positivamente con la metalurgia) en el territorio de la provincia de Málaga, es Blanco quien nos ilustra sobre este particular mediante los restos encontrados en Masegoso (Huelva) y sus similitudes con los del Sinaí: «... un simple hoyo excavado en el suelo, rodeado de un murete de piedra y ventilado mediante un fuelle de piel de cabra o de otro animal» (Blanco: 1984: 1 03).
Por otra parte, para Craddock (1989: 179) los hornos prehistóricos casi nunca sobreviven intactos, pues han de ser rotos para extraer el metal, y Rovira (Delibes et alii, 1989: 88) señala la posibilidad, comprobada hace años (Tylecote, 1974), de fundir mineral de cobre en recipientes cerámicos utilizados como cámaras de reducción dentro del horno, que será así una estructura mucho más endeble.
El uso de esta técnica se documenta mediante restos de cerámica gruesa y de factura tosca con adherencias de cobre en sus paredes internas, y podría ser una explicación a la carencia que de ellos tenemos.
El hecho de encontrar en Asperones, Los Peñones, Cerro García, El Castillejo y Peña de Hierro la mena metálica puede sugerir un sistema de apropiación de recursos (favorecido por su excelente ubicación respecto a ellos) en el que se transporta el mineral al asentamiento sin que éste sufra alteraciones en el lugar de extracción.
Por contra, la carencia -hasta el momentode mena, unido a la existencia de crisoles y restos de fundición en un poblado como la Peña de los Enamorados, situado a una considerable distancia del metalotecto adecuado para la explotación de carbonatos de cobre, induce a pensar en una obtención del cobre (en lingotes o en piezas) a través del comercio, y posiblemente, a juzgar por la cantidad de fragmentos de objetos metálicos que proceden de allí, en una reutilización de las piezas mediante nuevas fundiciones.
Un sistema parecido ha sido sugerido para un grupo de asentamientos situados en la baja campiña cordobesa, región vecina de la Depresión de Antequera y bien conectada con ella que, al ser deficitaria en determinadas materias primas, hubo de generar, para su obtención, un sistema de intercambio dirigido (Carrillero y Martínez, 1985: 196).
En cuanto al proceso de trabajo del metal posterior a la fundición, cabe preguntarse la proporción y distribución espacial y temporal del uso de técnicas de molde y el batido en frío o mediante ciclos de martillado y recalentamiento (Chapman et alii, 1987: 211).
Los experimentos realizados (Carrasco et alii, 1986: 74) demuestran que uno de los inconveniente del cobre es su viscosidad en estado de fusión, que produce burbujas y atascos, lo que obliga a utilizar formas simples y moldes abiertos, que producen una superficie plana por el lado que el molde no cubre.
El molde bivalvo cobra especial importancia cuantlo se descubre la aleación con estaño, que produce un metal más fluido. obtenerlos del análisis de las piezas conservadas.
La respuesta a todas estas cuestiones aportaría muchos datos sobre la evolución local de la tecnología metalúrgica.
La ausencia de base documental para responder cumplidamente a estos interrogantes pone de manifiesto las carencias de nuestro panorama arqueometalúrgico.
El tratamiento de todos estos problemas exige, pues, un plan de actuaciones específicas que aporte los datos de base de los que aún carecemos.
Para ello hemos esbozado un proyecto estructurado en distintas fases, subvencionado por la Junta de Andalucía, cuyos resultados parciales son los que aquí exponemos.
Las líneas de referencia en que nos movemos nos vienen facilitadas por los resultados que la investigación arqueometalúrgica ha obtenido en la región andaluza.
Con todos estos datos se pueden avanzar hipótesis sobre los sistemas de suministro de recursos metalíferos restringiéndonos primero a yacimientos y momentos culturales concretos, planteando posteriormente unos modelos de apropiación de estos recursos a nivel regional que contemplen dinámicas estructurales.
Ellos nos imponen unas hipótesis de trabajo que debemos contemplar en espera de poder contar con datos más precisos.
El panorama actual para nuestra provincia, integrando lo que sabemos por el estado de la investigación en el sureste y suroeste con los escasos datos de primera mano que poseemos, podemos sintetizarlo de la siguiente manera:
No ofrece dudas la consideración de un origen extra provincial para las primeras piezas de metal que se conocieron en Málaga durante la prehistoria.
Si hacemos caso a los planteamientos actuales de la investigación, que extienden la influencia del bajo Guadalquivir hasta la Depresión de Guadix (Arribas, 1986: 162), nos debemos inclinar a pensar que éstas tienen su origen inmediato en las vecinas campiñas sevillana y cordobesa, más que en las ricas minas de Huelva.
Aunque en éstas se ha documentado poca extracción calcolítica (Rothenberg y Blanco, 1981: 35-52), se admite la existencia, desde mediados del III milenio, de una metalurgia consolidada en la región (Pellicer y Hurtado, 1980: 18), pero la existencia del núcleo metalúrgico sevillano-cordobés, muy importante y más cercano, nos obliga a tenerlo en consideración.
En las campiñas sevillana y cordobesa, también a mediados del III milenio, se atestiguan actividades metalúrgicas de importancia (Carrilero y Martínez, 1985: 221); estas poblaciones pudieron tener acceso, a través del Genil y sin grandes dificultades, hasta la vega de Antequera, de la misma manera que debieron tenerlo hacia la vecina zona de Loja (Granada), donde se atestigua la metalurgia desde época precampaniforme (Carrasco et alii, 1986: 71; Hook et alii, 1987: 152), difundiendo el uso de objetos metálicos.
Un hito importante en este tránsito debió ser el asentamiento de la Loma del Toro, en Palenciana (Córdoba), encaramado sobre un recodo del Genil, a menos de 5 kilómetros del límite de la provincia, y donde se han recuperado escorias metálicas y restos de un crisol.
La zona de la Serranía de Ronda, por su parte, pudo haber recibido las piezas de cobre, así como las técnicas metalúrgicas, directamente desde las poblaciones del Guadalquivir (Aguayo et alii, 1987: 237).
Tras la aceptación social de la mercancía y una vez creadas las condiciones necesarias para soportar la innovación metalúrgica (Mohen, 1990: 204) se adoptarian las técnicas de producción de metal.
Por las determinaciones geológicas ya expresadas, el foco minero-metalúrgico fundamental de la provincia se extendería por el Maláguide, que es la mineralización caracteristica y principal, y el macizo ultrabásico de Ronda, con mineralizaciones secundarias.
Los asentamientos que los explotaron debieron situarse preferentemente en el Maláguide o sus cercanías (en el primer caso estarían el Cerro de La Peluca y Asperones, y en el segundo Peñones, Cerro García, Castillejo y Peña de Hierro).
En la Depresión de Ronda podríamos mencionar, únicamente, la posibilidad de actividades metalúrgicas en el casco urbano de Ronda, durante el Cobre Antiguo y la certeza de esta actividad en el mismo yacimiento para el Bronce Antiguo/Plena (Aguayo et alii, 1987: 237).
Se complica así e! panorama: a la importación de piezas metálicas (que sin duda no se paralizó) se sumarían, seguramente en época campaniforme, los dos nuevos focos de producción, que generarían flujos comerciales en sentido contrario que cubrirían ciertas zonas de influencia e interferirían con el antiguo limitando su alcance.
Cuáles sean estas zonas de influencia está aún por determinar; podriamos considerar que la Vega de Antequera sigue manteniendo sus contactos con la campiña sevillano-cordobesa atestiguados culturalmente a través de diversos yacimientos (Arribas y Molina, 1978: 18; Ferrer y Marqués, 1986: 252; Fernández, 1986: 200) y que el núcleo rondeño surte, parcialmente, a los asentamientos de la Serranía.
Las barreras naturales pueden actuar como divisorias o límites teóricos, estableciendo una zona que comprendería la Cuenca del Vélez, Montes de Málaga, Depresión de Colmenar y Cuenca de!
Guadalhorce, delimitada por la Sierra Tejeda-Almijara, Sierras de Alhama y las estribaciones orientales de la Serranía de Ronda que constituiría la zona de influencia parcial de esta nueva metalurgia de origen maláguide.
Seria posible complicar e! modelo si incluimos las influencias, ya en el Bronce Pleno, de los focos metalúrgicos de El Argar, que utilizarian el paso de Los Alazores, que conecta Granada con el alto Vélez y la Depresión de Colmenar.
Estas influencias se documentan por la aceptación de sus modelos culturales y sociales en mayor o menor grado por parte del sustrato calcolítico.
Este influjo se percibe, incluso, en la necrópolis de La Angostura (Ronda, Malaga) (Marqués y Aguado, 1977: 464), en el oeste de la provincia, donde parece ya escasa, porque durante el Bronce Pleno y Final la Serranía de Ronda parece estar vinculada con los núcleos del Bronce del suroeste de una manera tan fuerte que el horizonte del Bronce Final puede ser, según Aguayo: «un asentamiento de avanzada de las poblaciones del Bajo Guadalquivir» (Ferrer y Marqués, 1986: 255).
Desconocemos datos que demuestren la explotación minera prehistórica de los macizos de Carratraca y Ojén, pero no hay que desechar la hipótesis de su posible aprovechamiento.
Por otra parte, queda clara la dependencia de la zona oriental de la provincia del foco cultural del sureste (Ferrer y Marqués, 1986: 255).
Esta zona aportaría, pues, material de procedencia oriental junto con el autóctono.
Por lo que se refiere al Bronce Reciente, fuera ya del periodo que centra nuestra atención, mencionaremos sólo unos datos.
El panorama es mucho más complicado, pues entramos en un mundo donde las relaciones comerciales se tornan muy intensas y rebasan los límites de la Península Ibérica.
La documentación disponible nos muestra a los yacimientos malacitanos incluidos en las tendencias generales de la época, que otorgan a la zona meridional de la Península un papel muy importante en la producción metalúrgica (Suárez, en prensa).
Prueba de esta actividad son los hallazgos de Peñanegra (Crevillente) (González et alii, 1990) y la evidencia de metalurgia en el Cerro de la Mora, en el área de la Alta Andalucía (Carrasco et alii, 1981(Carrasco et alii,, 1989)).
Los últimos estudios tienden a considerar los indígenas tartésicos como intermediarios del Bronce Atlántico con la isla de Cerdeña, llegando éstos a desarrollar su propia metalurgia y tipos característicos, espoleados por estas relaciones con el Mediterráneo.
El molde para fundición de espadas, tipo Sa Idda, de Ronda debe localizarse en este contexto, exportándose las piezas, posiblemente, a través de los fáciles contactos con la costa atlántica, o quizás para comercializarlas con los colonos orientales (Carrasco et alii, 1989: 242).
No obstante, el volumen de producción metalúrgica, claramente inferior al foco de Huelva y al del sureste, nos hacen pensar en estas áreas como periféricas y subsidiarias de ellos.
Basándonos en esta teoria podemos identificar, por lo que se refiere a la metalurgia y esperando que puedan obtenerse relaciones con otras formas de producción y comercio, tres zonas de diferente consideración económica dentro de la provincia: la zona de los productores-explotadores (aunque queda por demostrar si producían realmente suficiente metal para la exportación), del Maláguide, independientes y desligados en sus necesidades de cobre de las líneas comerciales trazadas por las comunidades del S.W., autoabasteciéndose a sí mismos y quizás a una pequeña zona de influencia.
La zona de la Serranía de Ronda, productora de metal muy vinculada al bajo Guadalquivir, y la zona norte de la provincia, que carece de recursos metalíferos y satisface sus necesidades mediante el comercio con la campiña sevillano-cordobesa (estas líneas comerciales y de transmlslon cultural serían muy antiguas) añadiendo un tenue comercio con las nueva zonas productoras.
En esta última zona, debieron surgir pronto procesos de reciclaje del metal usado, como el que se produce en la Peña de Los Enamorados (Antequera, Málaga) y en Guta (Castro del Río, Córdoba), que propiciarían su propio comercio de transformación (Carrilero y Martínez, 1985: 213).
Si ello es cierto, habría que distinguir geográficamente cuatro zonas más o menos imbricadas: una zona corta de influencia del Maláguide, donde las piezas metálicas serían, a partir de cierto momento, mayoritariamente de origen maláguide; otra zona, más amplia abastecida por el Bajo Guadalquivir y la campiña sevillano-cordobesa, y una tercera zona, de contacto entre ambas coronas de influencia, donde ambos focos se confunden y mezclan en alcance comercial y donde, presumiblemente, las piezas metálicas recuperadas procedentes de ambas zonas serían porcentualmente similares, con las debidas reservas.
La cuarta zona, la rondeña, más aislada geográficamente de las anteriores, no interferiría demasiado en este esquema, aunque hay también que suponerle cierta capacidad de influir sobre los comportamientos económicos de sus vecinos orientales.
A lo largo de este proceso podemos también rastraer un cambio de las líneas comerciales que recorren la provincia durante el Cobre y el Bronce: de un patrón de difusión comercial único (generalizando, aunque sean varias las procedencias de las piezas del S.W.) en sentido oeste-este y penetrando por el N.W. de la provincia por una o varias vías y diversificándose después para cubrir todo el territorio habitado, pasamos a un comercio metalúrgico más complejo, un patrón de difusión múltiple con rutas comerciales que parten del Maláguide y abastecen sus cercanías y que, por fuerza, modifican el comportamiento de su competidor limitando su alcance (si bien no conocemos actualmente esta limitación, sí es lícito suponer que existió un descenso en la demanda -si no un cese casi total-en el Maláguide propiamente dicho y asentamientos adyacentes.
Estas nuevas rutas comerciales, que invierten el sentido del comercio del cobre, serán sin duda aprovechadas como vehículo para distintos productos de intercambio así como para difundir influencias de dominio, convirtiendo a los asentamientos de la zona del Maláguide en áreas de relativa acumulación de riqueza (si las piezas metálicas tienen el valor de prestigio que actualmente se les atribuye y siempre en función de la abundancia de sus recursos y su explotación, que debemos valorar).
Por lo tanto, si la riqueza y el prestigio que se derivan del aprovechamiento del metal se pueden traducir en la potenciación de ciertas poblaciones como focos de influencia política y económica en un marco regional restringido, podríamos aventurar la hipótesis de que, a lo largo del Cobre Tardío y Final y del Bronce, los asentamientos del Maláguide y sus cercanías (en definitiva los que posean un sistema de apropiación de recursos metalíferos más efectivo) pasan de ser simples poblaciones aculturadas a núcleos con capacidad potencial para influir en los comportamientos sociales y económicos de sus vecinos.
Un apoyo a esta teoría puede ser la riqueza e importancia que muestra en el Bronce el asentamiento del Cerro de La Peluca un asentamiento con una población importante según se observa por su amplitud y por la extensión de su necrópolis, en cuyas cistas se han encontrado objetos de oro, plata y cobre (8).
En este planteamiento subyace una determinada interpretación sobre el origen y alcance de la metalurgia en el mundo prehistórico, que es aquélla que asume que el origen del proceso de diferenciación social debe ser anterior a la incidencia (o invención) de la metalurgia en cada región, pues, sin este ambiente propicio, quizá no hubiera sido posible distraer de las actividades de subsistencia a los trabajadores que la labor de minería requiere.
La simple posesión de útiles de cobre por sí misma no sería suficiente para dar a la élite un monopolio decisivo de la fuerza, y por tanto es difícil suponer que fuera la metalurgia el condicionante fundamental de la aparición de élites en las comunidades prehistóricas (Gilman y Thornes, 1985: 32 y 183; Arribas y Molina, 1984: 76) pero, si bien el metal comienza siendo sólo un exponente de los cambios sociales, se convierte después en una causa al ser aceptado como bien de prestigio (y susceptible de ser objeto de comercio) por estas comunidades; entra así a formar parte de un sistema de «feed-back» en el que |
RESUMEN Se presenta aquí el hallazgo realizado entre 1983 y 1985 en La Peña Negra de un taller metalúrgico en donde se obtenían diversas piezas metálicas (espadas, puntas de lanza, hachas, hoces, agujas, etc.) con aleaciones binarias y ternarias, encuadrables en el Bronce Final Atlántico III (900-700 a.
El preciso contexto arqueológico y la situación en pleno Sudeste confieren a este hallazgo especial relevancia para conocer el comercio mediterráneo de estos tipos a través de sardos y fenicios.
El objeto de este trabajo (1) fue ofrecer la primicia sobre uno de los hallazgos más importantes efectuado en el curso de las excavaciones que venimos realizando en el yacimiento de La Peña Negra desde 1976.
La excepcional entidad del descubrimiento y su directa vinculación con la metalurgia del Bronce Final Atlántico nos indujo a darlo a conocer en el Congreso-Homenaje a F. L. Cuevillas, celebrado en Orense en 1986, en donde concurrían prestigiosos especialistas sobre el tema.
n Departamento de Prehistoria.
(1) El presente texto recoge la comunicación presentada en 1986 al Homenaje a F. L. López Cuevillas celebrado en Orense y allí constituyó una auténtica primicia.
Como quiera que las Actas del Congreso no van a ser publicadas, con algunas modificaciones se presenta ahora en esta revista a cuya dirección quedo muy reconocido.
Desde el inicio de las in vestigaciones en la Sierra de Crev iUe nte nos llam ó la atención la magnitud del asenta mi ento de época protohistórica instala do en y alrededor de La Peña Negra (Fig. 1).
Por ta nto, uno de los prin cipales problem as pla nteados desde el principio residía en ll egar a dilucid ar la causa de semeja nte aglomeración hum a na.
Evidenteme nte, la existencia de metales fu e la hipótesis de m ayo r peso, pero a pesar de las no ticias referidas a la existencia de cobre y pla ta en el lugar, el registro arqueológico hasta 1983 no pudo co nfirmar este punto.
Han sid o los trabajos desarrollados en el Sector n del yacimiento durante 1983 a 1985, y pos terio rmente en 1987, los que han puesto de relieve la importancia de la metalurgia para el gra n poblado del Bronce Final, explicándonos por fin si no la úni ca, al m enos una de las más importantes razones de la instalación de estas gentes en el siglo IX a.
En este registro a rqueológico se detectó una amplia viviend a con una pequeña estr u ctura circular de arcilla roja en su interior, proporcionándonos una abundante m asa de escorias metálicas, carbones y moldes rotos en su exterior (Lá m.
Esta a uténtica escombrera de la fundi ción proporcionó un característico co ntexto a rqueológico de la fase Peña Negra 1 del que se ofrece una selección cer ámica en la Fig. 4.
F IG. l.-Localización del poblado de La Peña Negra (Crev illente, Alican te).
T. P, 1992, no 49 Una aportación paralela al conocimiento de la paleometalurgia en este lugar se producía, por un lado, con la valoración de unas piezas metálicas en forma de barras planas rectangulares que conservaban su mazarota de fundición, hallados sobre todo en la fase orientalizante del yacimiento (Peña Negra II), que relacionamos con piezas similares procedentes del conocido depósito de La Alcudia de Elche, del Tabaiá de Aspe y de Formentera.
Proponíamos un comercio específico de estas piezas de cobre puro, bronce y plomo en el Sudeste y su definitiva valoración no como una variante de las hachas de apéndices laterales -que así venían siendo identificadas-sino como unidades monetales (González, 1985).
Y, por otro lado, con el descubrimiento, debajo del nivel de cremaciones correspondientes al poblado del Bronce Final, de un poblado calcolítico del tipo Almizaraque-Cabezo del Plomo que debió instalarse en la zona para el aprovechamiento temprano del cobre de la Sierra de Crevillente como lo atestiguan la abundancia de objetos de metal y la presencia de dos toberas halladas en las excavaciones en curso (González, 1986).
El conjunto metalúrgico viene definido, en primer lugar, por la vivienda (Fig. 2) en donde se desarrolló tal actividad.
Con los tramos de la misma recuperados se ha podido reconstruir su forma que arroja una planta ovalada con muros rectilíneos o, si se quiere, una planta rectangular con ángulos curvos.
Estos se componen de un zócalo a base de doble hilera de piedras hincadas, dispuestas verticalmente, dejando una cubeta central que se rellena con tierra y pequeñas piedras.
Posteriormente, la estructura se enlucía con una gruesa capa de arcilla roja que enmascaraba semejante zócalo, confiriendo al conjunto un aspecto de paredes de arcilla en todo su alzado.
El grosor del muro es de 1 m. y las dimensiones de la vivienda serían de 8 X 4,5 m.
Su tipología es característica del Sudeste (Contreras, 1982) con paralelos muy claros en el Cerro de Cabezuelos (Ubeda) y El Peñón de la Reina (Alboloduy).
En el interior de esta vivienda se instaló el horno de fundición construido con un anillo de arcilla roja apelmazada de 0,60 m. de diámetro que dejaba un hueco central de 2 cm para la introducción del combustible y posteriormente del crisol.
Próxima al ángulo occidental de este taller metalúrgico se había construido una plataforma de arcilla de forma cuadrangular con ángulos romos y que presentaba una entalladura semicircular y un agujero en el mismo eje.
La localización de varias pesas de telar de barro crudo a su alrededor delata la función de semejante mesa, una actividad contradictoria con la que se llevaba a cabo no muy lejos.
El suelo de la casa había sido objeto de numerosos remozados originando un espeso pavimento compuesto por más de una treintena de finas lechadas de caolín, pudiendo servir de indicador cronológico si pensamos que -como sucede en el ámbito rural actual-anual,¡nente se procedería a un encalado de la vivienda.
En el área inmedita al horno de fundición, el pavimento mostraba evidentes huellas de la acción térmica allí desarrollada.
Es de destacar la presencia, en lo que sería el ángulo meridional de la casa, de una inhumación realizada debajo del pavimento, correspondiente a un recién nacido.
Del mismo modo, hacia el ángulo septentrional yacía un pequeño ovicáprido sin cabeza (González, 1990: 94).
El interior de este recinto no ha proporcionado resto alguno de escorias, ni de moldes, lo que unido al constante remozado del pavimento apunta hacia una preocupación expresa por mantener el habitáculo limpio.
Todos los restos de su actividad, por el contrario, se han hallado en el espacio exterior inmediato a la casa, formándose así una escombrera.
Aquí se realizaría el vertido del caldo metálico en los moldes hincados en el suelo.
El contenido en óxidos y carbonatos de cobre es tan elevado en el estrato correspondiente que buena parte de los restos faunísticos han adquirido una intensa coloración verdosa.
Este depósito exterior se componía de numerosas capas de cenizas y carbón alternando con otras de arcilla y todas proporcionaron los restos metalúrgicos: abundantes escorias, mazas para triturar mineral y más de cuatrocientos fragmentos de moldes, todos ellos rotos.
En esta escombrera se hallaron, asimismo, restos de un objeto de hierro.
Los moldes pueden agruparse en dos grandes categorías.
La primera, minoritaria, incluye aquéllos de arenisca en donde el objeto ha sido labrado.
Las piezas fabricadas son siempre hachas.
La segunda, que comprende casi toda la documentación, viene determinada por moldes de arcilla.
Estos moldes, en donde se fundieron espadas, puntas de lanza, agujas y otros objetos aún no identificados por el alto grado de fragmentación, ofreéen un núcleo muy compacto de color negro T. P., 1992, nI! 49 rodeado de otra capa de color rojizo y una envoltura externa m ás deleznable de color cr ema que constituia la capa que cerraba el núcleo que te nia impresa la pieza que se pretendía obtener.
La reconstrucción que permiten algunos nos han permitido identifi car determinadas piezas: a rmas y útil es.
Por lo que respecta a las primeras, varios fragm entos conforman buen a pa rte -unos 40 cm.-de una espada de filos rectos y paralelos, con una anchura de 4 cm. y sección romboidal sin ne rvio central que, en unión de otro fragm ento correspondiente al apéndice proximal en T de la lengüeta, nos sitúa tipológicamete a nte una espada atlántica del tipo de la Ría de Huelva (Fig. 3).
Un pequeño canalículo existente en dicho a péndice en modo alguno pued e interpreta rse como botón cilindrico, pues no está labrado y no es m ás que una salida de gases.
Otro fragm ento de espada con s uave nervio central, así como varias piezas que presenta n una termin ación discoidal pla na labrada, podría n encajar dentro de la tipología de las espadas de Vénat-Ro nd a-Sa Idd a.::;:;:;:;:::;::;:;:::;:;'.:-:-:.. -: -:....::-:;::: Varios fragmentos han conformado un tipo muy característico de punta de lanza: una punta con potente nervio o cubo y con aletas estrechas romboidales, conservándose incluso el cono de arcilla que lograba el tubo central.
No sabemos si el resto de los moldes de lanza pertenecen al mismo tipo o tendrían alerones normales, siendo puntas foliáceas.
Dentro del apartado de los útiles, los trabajos de 1983-85 proporcionaron tres fragmentos de moldes de arenisca en los que había labrado la parte inferior, correspondiente al filo, de hachas.
Su incompleto estado no permitía adscribirlas a un tipo específico, si bien la escasa profundidad del labrado nos indujo a pensar en hachas de apéndices laterales mejor que de talón y anillas.
En efecto, la ampliación del Corte en 1987 nos confirmó nuestra suposición, obteniéndose entonces una valva completa de un molde y fragmento de otras en donde se apreciaban claramente los apéndices laterales superiores.
Igualmente, poseemos la parte posterior de una valva de arenisca en donde el objeto labrado es una hoz, presentando nerviaciones longitudinales y otras cortas transversales al eje en la base o enmangue.
La constatación de este tipo de útil explicaría la ausencia de elementos dentados de sílex en el yacimiento que, sin embargo, se encuentran en otros yacimientos del Bronce Final del Sudeste.
El volumen mayoritario de moldes viene constituido por el grupo destinado a la obtención de agujas, casi todas de cabeza esférica o plana y con una longitud aproximada de 20 cm. Algún fragmento encierra aún el vástago de una de estas agujas.
Al lado de estos moldes, disponemos de otros en donde se obtenían brazaletes de filamento circular y en un caso de ancha cinta con decoración de nervios y espigas, este último quizá destinado a fundirse en oro.
Junto a los moldes se recogió algo más de un kilo de escoria.
Unido a los restos de metal adheridos a ciertos moldes, ha posibilitado los estudios metalográficos.
Para esta comunicación original se efectuaron unos análisis preliminares a cargo de D. Ricardo Mora, Ingeniero-Jefe de los Laboratorios de la empresa INESPAL, cuyos resultados se incluyen en la siguiente tabla: Estos resultados indican la presencia de dos aleaciones claramente diferenciadas: una de hronce ternario con plomo y sin arsénico y otra de bronce binario con arsénico.
Los análisis, realizados con posterioridad por D. Salvador Rovira Llorens y por el Dr. Galván y la Srta.
Galván del lnstit uto de Edafología y Biología Vegetal del CSIC, han permitido mayores precisiones que indican el elevado nivel tecnológico de los fundidores de Peña Negra I (González-Ruiz Gálvez, 1987y 1989; Ruiz Gálvez, 1990).
Veamos ahora la situación estratigráfica, la relación contextua) y la cronología interna de esta documentación metalúrgica.
En cuanto a la posición estratigráfica de la vivienda, en el registro de 1983-85 quedó situada en el estrato lIa que cerraba la secuencia del depósito del Bronce Final de la terraza baja del corte E. Esta vivienda de ángulos curvo~ y paredes rectilíneas sellaba una vivienda circular con paredes de arcilla roja perteneciente al estrato IIb y, a su vez, ésta hacía lo propio con un fondo de cabaña del estrato IIc, recortado sobre el caolín de base.
El techo del depósito vino constituido entonces por el nivel correspondiente a la etapa orientalizante del yacimiento (nivel 1, PN 11) que integraba cinco estratos con tres fases arquitectónicas (González, 1989: 468;1990: 33).
No obstante, la campaña de 1987 realizada como ampliación del Corte E contribuyó a esclarecer aún más la situación estratigráfica de nuestro taller metalúrgico.
Así, en dos de los Cortes practicados se consiguió detectar una fase de actividad por encima de la vivienda en cuestión y de su escombrera.
En esta fase terminal (IIa 1), sobre varios pavimentos que sellaban la escombrera de la fundición, se exhumaron los restos de un telar con numerosas pesas de barro crudo con escotadura superior.
De este momento procede un soberbio fragmento de cerámica decorada con retícula bruñida.
El material arqueológico asociado al taller de fundidor viene representado casi exclusivamente por cerámicas (Fig. 4).
Hay un hecho ampliamente comprobado en las sucesivas campañas, como es la homogeneidad ceramológica a lo largo de todo el depósito del Bronce Final.
En principio, pues, nos impide utilizar dicha documentación para afinar cronologías.
Las formas y decoraciones características no sufren modificación alguna de los estratos basales a los superiores, indicándonos sencillamente un microtiempo que sólo es capaz de contemplar la mera sucesión de viviendas sin venir acompasado por un cambio cualitativo en la cultura material.
Toda la cerámica está fabricada a mano y cuenta con una precisa caracterización (González, 1983) de la que destacamos las especies bruñidas decoradas con técnicas de incrustación y pintura.
Venimos insistiendo desde hace tiempo en que este ambiente cultural que nos ofrece PN I representa un mundo claramente diferenciado del fenómeno de los Campos de Urnas e inmerso, por el contrario, en la compleja dinámica cultural de los ambientes meridionales de la Península Ibérica -Tartessos-que en el Sudeste sintetiza los aportes atlánticos, mediterráneos y meseteños (Cogotas 1).
La cronología propia de PN I abarca desde 900/850 a 700 a. c., fecha a partir de la cual el yacimiento accede a una nueva etapa -Hierro Antiguo-en consonancia con el fenómeno orientalizante tartéssico, que finaliza de forma violenta en una convulsión que llevó al traste a la floreciente ciudad de PN 11 hacia principios del siglo VI a.
En el registro de 1987, el Corte G nos proporcionó un dato de sumo interés a este respecto.
Se detectó la cara externa de una vivienda del tipo de la que en el Corte E prodigó la actividad metalúrgica.
Junto a este muro se excavó un depósito de basuras estratificado.
Aquí el estrato de base subyacente al zócalo de esa otra vivienda deparó el hallazgo de una fíbula de codo de tipo sículo, datable en el siglo IX a. c., lo que significaría el terminus post quem de la cronología que nos interesa.
Ya en el basurero que generó dicha vivienda del Corte G se halló una fíbula de doble resorte, que es preciso datar en el VIII a.
C, sin existir depósito alguno correspondiente a PN 11, que en esta zona había sido arrasado ya de antiguo.
Por lo tanto, una datación entre 780 y 740 parece convenir a nuestro taller metalúrgico, si bien es preciso admitir que semejante actividad debe darse en PN I desde el principio de la instalación de estas gentes en la Sierra de Crevillente.
Nos quedaría, por último, un análisis externo de la metalurgia de PN I Y su valoración en el marco del Bronce Final Atlántico peninsular.
Subyace una cuestión previa como es la importancia y excepcionalidad de este conjunto metalúrgico tanto por su propia entidad como por hallarse en plena fachada mediterránea.
Unicamente podemos manejar un taller parecido, con moldes de arcilla de idéntica forma y tipología, en la fachada atlántica francesa, el de Fort Harrouard (Sorel-Moussel, Eure-et-Loir) que ha dado a conocer J. P. Mohen (1984; Mohen-Bailloud, 1987).
Allí se fundían igualmente espadas, puntas de lanza y agujas, como también hachas de talón, labradas en el mismo tipo de moldes cilíndricos con embocadura cónica que en el poblado protohistórico alicantino.
En la Península ibérica, un hallazgo similar se sitúa en el yacimiento vallisoletano del Soto de Medinilla, enclave que muestra demasiadas concomitancias con Peña Negra pese a la distancia que separa a ambos: la presencia de viviendas de arcilla circulares, formas cerámicas y decoraciones idénticas y, ahora, una metalurgia emparentada.
Llama la atención la sección levemente romboidal, sin nerviación, en la hoja de la espada tipo Ría de Huelva de nuestro conjunto.
Este tipo de hoja, no obstante, venía apareciendo desde el Bronce Final I ya en el propia espada tipo Ballintober de Herrerías (Coffyn, 1985: lám. VI, 1) o en la del tipo R6snoen de Saint-Sever (Coffyn, 1985: fig. 30, 1), continuándose en algunas espadas pistiliformes de los depósitos de Saint-Denis-de-Pile (Coffyn, 1985: fig. 38, 2) y de Uchamp (Coffyn, 1985: fig. 34, 9), así como en la espada de Bella Vista, Sevilla (Coffyn, 1985: lám. XI, 1) o en el puñal de Cabañas de Juarros, Burgos (Fernández, 1985: fig. 7, 3).
En el Bronce Final III varias armas ofrecerán sección romboidal en sus hojas: espada corta de Tineo, Asturias (Coffyn, 1985: Lám.
XXXV, 4), puñal del depósito de Porto de Concelho, Mac; ao (Coffyn, 1985: Lám.
XLVIII, 5), el puñal de lengüeta perforada del depósito de Huerta de Arriba en Burgos (Fernández, 1986: fig. 6,4) o aquéllos del depósito de Vénat (Coffyn-Gómez-Mohen, 1981: Láms.
El tipo de aguja mejor documentado pertenece a la categoría con pequeña cabeza globular, muy común en Francia, cuya cronología se sitúa en el Bronce Final II y IlI, con varios ejemplares en Fort Harrouard.
Los moldes de arenisca para obtener hachas de apéndices laterales nos sitúan ante un tipo de útiles con función de hacha o escoplo de inspiración oriental (Coffyn, 1985: 299; Fernández, 1986: 75) y de transmisión, como las fíbulas de codo, mediterránea.
Los ejemplares peninsulares vienen situándose, indistintamente, en el Bronce Final 11 y I1I, o en el Bronce Final I (1100-850 a.
Tanto la fíbula de codo del Corte G como este tipo de hacha constituirían las piezas de tradición más arcaica del conjunto de ejemplares que llegaron o se fabricaron en Crevillente.
Por su parte, el fragmento de hoz labrada en uno de los moldes recuperados en 1987 apunta hacia los ejemplares de tipo Rocanes mejor que al tipo Castropo!, pues carece de la espiga saliente característica de este último tipo (Coffyn, 1985: 408).
Un molde similar al de Peña Negra es precisamente aquél hallado en el Casal de Rocanes (Mac White, 1951: fig. 22) que, junto con los instrumentos metálicos, propició la diferenciación entre los tipos portugueses y asturianos.
La presencia de moldes de hoces en Peña Negra debe de valorarse en su justo grado, tanto por aparecer en una zona de la Península -la fachada mediterránea-carente de semejantes útiles, como por explicar la ausencia en el registro arqueológico de elementos dentados de sílex muy comunes, como antes indicamos, en otros yacimientos del Bronce Final del Sudeste (Cerro de la Encina, El Peñón de la Reina).
Tipológicamente, la cronología que se deriva de las armas y útiles que se fundían en Crevillente viene a coincidir con las fechas propuestas para el contexto arqueológico de Peña Negra l.
Si la identificación de algunas improntas de botones cilíndricos como representantes de apéndices terminales de empuñaduras de espada resultara correcta, nos hallaríamos ante una convivencia del tipo señalado de la Ría de Huelva con el tipo de Vénat (Coffyn-Gómez-Mohen, 1981: fig. 14 y lám. 3, 2).
T. p" 1992, n ll 49 La entidad de esta última metalurgia vendría a corroborada por la presencia de puntas de lanza con alerones romboidales o losángicos, no obstante también presentes en Huelva.
Así, pues este afortunado hallazgo -que con plena seguridad se verá incrementado en futuras excavaciones en el Sector Il del yacimiento-viene a cuestionar la tesis del estancamiento metalúrgico del Sudeste en época postargárica y el desplazamiento del foco de metal al Sudoeste (Bosch Gimpera, 1954: 50; Eiroa, 1986: 374).
Bien es verdad que este renacer de la actividad metalúrgica coincide con los inicios del Bronce Final ID (c.
C.), siendo el momento en que proliferan los hallazgos en el área oriental de Tartessos: espadas tipo Ría de Huelva de Córdoba, río Guadalimar, del tipo Vénat en Dalías, Alboloduy, Cástula, molde de Ronda, puñales tipo El Oficio, hachas de talón con dos anillas (Totana) y el molde de hacha de apéndices laterales de Verdolay.
La presencia de este taller de fundición en pleno Sudeste sirve además para ver en esta zona geográfica un avance de la irradiación de la metalurgia tipo Vénat hacia el Mediterráneo central, explicándose mejor hallazgos como el depósito sardo de Sa Idda (Taramelli, 1921).
El taller de Peña Negra resulta, por otro lado, un exponente fiel de la corriente comercial que desde los siglos X-IX a.
C. existe entre Cerdeña y la Península Ibérica.
Las hoces de tipo portugués o Rocanes que se producían también en Crevillente, curiosamente sólo aparecen fuera de la Península ibérica en el depósito de Monte Sa Idda (Ruiz-Gálvez, 1986: 15).
La fíbula de codo del estrato basal del Corte G de 1987 es similar a los ejemplares de Huelva y de San Román de la Hornija, cuya llegada a Occidente es preciso atribuir a esta corriente comercial que aporta dichas piezas desde la Península Itálica, Sicilia y Córcega (Ruiz-Gálvez, 1986: 11).
Las hachas de apéndices laterales, que cuentan con numerosos ejemplares en la Península Ibérica (Monteagudo, 1977, 135 ss.) son extrañas al grupo de V énat conociéndose más ampliamente en Cerdeña, Sicilia y Península Itálica.
La presencia de cuatro moldes en Peña Negra y de otro en Verdolay (Murcia), otorgan al Sudeste un papel de primer orden en la fabricación de estas piezas.
No sé si incluso cabría la posibilidad de asimilar a las pequeñas cuchillas que aparecen en Cerdeña (Ruiz-Gálvez, 1986: 15) aquél objeto de bronce que publicamos en 1983 calificado de adorno por sus paralelos en el SE francés (González, 1983: 77, fig. 19), cuyos representantes ibéricos se hallarían en Tartessos (Herrera, Saladares, Peña Negra).
Es decir, nos hallamos ante un foco metalúrgico que surge en pleno Sudeste a partir del siglo IX y que en uno de los talleres detectados, datable en el siglo VIIl a. c., nos ofrece un conjunto tipológico que ilustra ese trasiego comercial marítimo indicado por Ruiz-Gálvez entre la metalurgia de Vénat, la portuguesa y la sarda.
La ubicación de este foco en el Sudeste se debe, no en vano, a que constituye la cabeza de puente de la ruta de las islas que debió de funcionar mucho antes de la llegada de los comerciantes fenicios.
La canalización de esta producción -puesto que se data en pleno siglo VIII a. c.parece haber estado en manos fenicias, habida cuenta de su masiva presencia en los puertos comerciales de nuestro litoral peninsular a partir del 800 a.
C. Precisamente a esta oferta indígena de metales respondería, en buena medida, la instalación del puerto fenicio de la desembocadura del río Segura (González, 1990a: 12;1990b).
De la producción que podemos deducir hubo en el yacimiento del Bronce Final, apenas disponemos de débiles muestras en los registros efectuados hasta hoy tanto en el propio poblado como en su correspondiente necrópolis: da la sensación de que es una producción destinada al exterior.
Llegados a este punto, deberíamos de volver sobre aquella problemática que planteamos en 1985 en torno a la existencia de un patrón monetal en este área del Sudeste (González, 1985).
En primer lugar, la intervención fenicia parece segura en todo este proceso, siendo especialmente significativo el depósito de Formentera.
En segundo lugar, una matización cronológica ha sido posible merced a los trabajos de 1986 en el Sector VII (González-Ruiz, 1991).
Así ha sido posible situar el funcionamiento de estas piezas monetales desde mediados del siglo VIII a.
C., originándose pues en la época en que todavía estaban activos los talleres del Bronce Final como respuesta a un complejo sistema comercial que se estableció en estas tierras alicantinas, como sucediera en el área atlántica en el caso de las hachas de cubo armoricanas (Briard, 1985: 333).
Esta actividad metalúgica tiene otra vía de valoración como factor desencadenan te y determinante del interés del mundo fenicio hacia la costa alicantina.
Con anterioridad a los trabajos que propiciaron el descubrimiento de este conjunto metalúrgico, las importaciones fenicias habían sido detectadas únicamente en las últimas fases de Peña Negra 1, es decir a finales del siglo vm a.
C. Los nuevos trabajos llevados a cabo entre 1983 y 1987 en el Sector n han podido documentar varios objetos de procedencia fenicia o canalizados por ellos, registrándose a lo largo de toda la secuencia estratigráfica del Bronce Final.
Ello resulta ilustrativo en el Corte G antes mencionado.
Así, en el estrato de base, dos fíbulas de codo estaban acompañadas por fragmentos de brazaletes de marfil.
El estrato superior, generado por la actividad de una vivienda del tipo de la metalúrgica del Corte F, proporcionó una fíbula de doble resorte junto a una cuenta de fayenza.
Mientras, en el área del Corte G afectada por la fundición y, sobre todo, en el Corte F, numerosas cuentas de fayenza azul clara y de pasta vítrea de color azul marino y negro se hallaron acompañando a los diversos moldes y escorias metálicas.
Es decir, que desde la segunda mitad del siglo IX a. c., diversos objetos mediterráneos fueron llevados al poblado metalúrgico de Peña Negra I por la actividad comercial de los fenicios, en unos momentos previos a su definitivo asentamiento en nuestras costas.
Los documentos, pues, procedentes del estrato de base del registro de Peña Negra se convertirían así en uno de los escasos exponentes de esa fase precolonial en que los agentes fenicios tantean las posibilidades económicas del territorio hispano antes de su primer asentamiento en firme.
Hasta aquí hemos visto las implicaciones marítimas -atlánticas y mediterráneas-de la metalurgia aparecida en Crevillente.
Pero no haríamos honor a a la verdad si no relacionáramos este conjunto del Sudeste con otros peninsulares.
Ya hemos señalado el sospechoso parentesco que guardan La Peña Negra y el Soto de Medinilla.
Si a ello agregamos la existencia de un taller de fundidores en el castro soriano de El Royo (Eiroa, 1981) Y del depósito del río J úcar en Alarcón (Cuenca), que cuenta con un hacha de apéndices laterales y punta de lanza de alerones romboidales disimétricos, un camino de difusión interior se nos conforma.
En el artículo redactado como balance de diez años de excavaciones en el yacimiento protohistórico de Peña Negra incluido en el Homenaje al Prof. Maluquer (González, 1986 e.p.) insistíamos en la existencia de una corriente cultural por la Meseta Oriental que homogenizaba realizaciones materiales y funerarias en el tránsito del Bronce Final al Hierro Antiguo.
Así se explicarían las concomitancias entre el Cerro de San Antonio (Blasco, Lucas, Alonso, 1991) Y La Peña Negra.
Toda vez que la documentación funeraria que estamos obteniendo de la necrópolis de cremación de PN I en Les Moreres obliga a una asimilación a los patrones del Sudeste de conjuntos como el de Villa Pato en Munera (Albacete).
Uno de los tipos cerámicos más característicos de Setefilla-Peña Negra, por otro lado, se vuelve a encontrar en el conjunto de Reillo, en Cuenca.
O lo que es lo mismo: existe un recorrido interior a través de Sudeste-Albacete-Cuenca-Guadalajara-Madrid-Soria-Valladolid que explica todas estas concomitancias culturales y tecnológicas: viviendas circulares de arcilla en Soto y Peña Negra; los mismos tipos cerámicos carenados y la misma decoración incisa y pintada en Soto-San Antonio-Peña Negra; el conjunto de cerámicas pintadas bicromas comunes a estos ambientes y, por otro lado, una similar metalurgia basada en la tecnología de los moldes de arcilla.
Que este camino responde a una actividad de cabañas ganaderas trashumantes que se desplazan a través de tal eje, cada día está más demostrado.
Por último, debemos subrayar el hallazgo, dentro del conjunto metalúrgico que analizamos, de un fragmento de hierro correspondiente a un objeto indeterminado, posiblemente un cuchillo.
Ello nos emplaza ante la problemática de la introducción de los primeros objetos de hierro en los ambientes indígenas del Bronce Final, que ya planteara con anterioridad el Tesoro de Villena, datable en los siglos IX-vm a.
En la totalidad de los hallazgos indígenas, la aparición del hierro se produce, como muy pronto, a principios del siglo vn a.
C. Ya hizo suficiente hincapié en ello el Prof. Maluquer en la presentación del Coloquio sobre la Edad del Hierro en la Meseta Norte (Maluquer, 1986-87).
Unicamente Vinarragell podría haber deparado un cuchillo de hierro en el siglo vln a. de la misma época que el hierro del Tesoro de Villena serian los fragmentos de hierro recientemente redescubiertos en el depósito de la Ría de Huelva.
En los ambientes de Campos de Urnas, los primeros objetos de hierro acompañan a otro elemento de importación -la fíbula de doble resorte-y para ambos es preciso buscar el mismo origen.
Arteaga ya reconoció el interés de los colonos orientales por los recursos de hierro de la Península Ibérica (Arteaga, 1977: 23;1982: 150), pero han sido los hallazgos siderúrgicos realizados en Toscanos (Niemeyer, 1982: 116) y en el Morro de la Mezquitilla (Schubart, 1985) los que prueban la elaboración de objetos con el nuevo metal en los puertos comerciales fenicios desde principios del siglo VIlla.
La actividad siderúrgica, sea producción sea abastecimiento de mineral, está atestiguada en ambientes orientalizantes: el Castillar de Librilla y el Cerro de Santa Catalina de Verdolay en Murcia (Ros Sala, 1989), La Torrassa en Vall d'Uxó, Castellón (Oliver et alii, 1984: 71) y parece explicar los hallazgos de objetos fenicios a lo largo del Palancia (Plá-Bonet, e.p.).
Un objeto de hierro, datable en el siglo VIII a.
C., habria llegado pues, al enclave de la Sierra de Crevillente al lado de otros objetos de importación corno los brazaletes de marfil y las cuentas de collar de pasta vítrea y fayenza. |
UNA INTERPRETACION SOCIOECONOMICA DEL BRONCE FINAL EN EL SUDOESTE DE LA PENINSULA IBBRICA POR JU AN A. BARCELO n RESUMEN En este artículo pretendo estudiar las transformaciones socioeconómicas en el Sudoeste de la Península Ibérica durante el Bronce Final o Bronce Reciente -los dos términos son sinónimos en este trabajo-.
Se trata del análisis de un caso histórico específico que proporciona interesante información para la ulterior verificación de algunas de las Teorias usadas para interpretar la transición de las economías de subsistencia «Tribales» a la Estratificación Social.
He intentado demostrar que en el Sudoeste de la Península Ibérica durante el Bronce Final. la introducción de una tecnología foránea (el auténtico bronce) y el inicio de nuevas redes de intercambio causaron una profunda transformación del Orden Social,
INTRODUCCION: De las Sociedades «Tribales» a las Sociedades de «Clases» El principal rasgo distintivo de una Sociedad de Clases es el control y el dominio de los medios de producción, así como de los canales de redistribución del excedente por parte de un pequeño grupo de los miembros de la comunidad, de forma tal que los «derechos» para ese control son transmitidos por herencia.
Este tipo de organización social es opuesto a una Sociedad de Roles de Privilegio (o caudillaje-jefatura), en donde algunas funciones sociales están definidas ritualmente (simbólicamente, esto es, de forma ceno evidente»), a causa de un contenido ideológico que trasciende la esfera de la producción.
En este contexto, el control de los medios de producción por parte de las élites está mediatizado por la influencia de la Comunidad como un todo (a través del parentesco, obligaciones políticas, ceremonias, etc.).
La reproducción de esa estructura social está basada en una dialéctica recíproca entre un Personaje socialmente magnificado y una Comunidad que le magnifica: cuanto más necesario para la supervivencia del grupo es el rol o la función social desempeñada por ese personaje, mayores serán sus privilegios y deberes.
Por el contrario, en una Sociedad de Clases, la reproducción del orden social está basada en las capacidades de coerción de las clases dominantes.
Esta Sociedad de Roles de Privilegio no es exactamente la misma estructura llamada Sociedad Tribal en la bibliografía antropológica.
La primera explica un contexto social en transición, sin relaciones de producción equilibradas; la segunda es una expresión para determinar economías de subsistencia en las que el Control Social no se lleva a cabo mediante el control de los medios de producción.
Esas Sociedades Tribales suelen ser descritas como un tipo de orden social caracterizado por su estructuración en torno a clanes, esto es, un grupo social en el interior del cual el matrimonio está prohibido y que poseen la tierra (medio de producción) de forma colectiva.
El Prestigio y el Poaer se dejan en manos de un Gran-Hombre, que adquiere renombre en una especie de meritocracia que implica el intercambio competitivo de regalos entre los clanes, si bien la reciprocidad entre el jefe y la tribu (conjunto de clanes) es algo generalizado (Sahlins, 1968; Gluckman, 1978; Braun, y Plog, 1982; Gregory 1982).
Económicamente hablando, una Sociedad Tribal está caracterizada por:
-La propiedad de la tierra es colectiva en su mayor parte.
El acceso a los medios de producción depende, por tanto, de la pertenencia a la comunidad.
-La organización cooperativa del trabajo es común y mucho más desarrollada que en la Historia reciente.
Las relaciones entre las unidades domésticas permiten la circulación del excedente de la producción, así como del excedente de fuerza de trabajo.
-El frecuente intercambio de mujeres (exogamia) y de regalos asegura la amplia circulación de las subsistencias en la comunidad.
-Por encima de todo, la producción estaba dirigida a la creación de valores de uso, si bien el esquema de las relaciones sociales de producción aparece dominado por consideraciones de parentesco, políticas y religiosas que dan origen a las representaciones ideológicas de las relaciones entre los individuos y sus condiciones materiales de existencia.
-El intercambio de regalos es un intercambio no-comercial de cosas inalienables, entre individuos que se encuentran en un estado de dependencia recíproca.
Satisface ciertas necesidades políticas e ideológicas por encima de la subsistencia estricta.
Constituye una forma de reproducción social.
-El intercambio de mercancías en una Sociedad de Clases establece relaciones cuantitativas objetivas entre los objetos negociados, mientras que en el intercambio de regalos en una Sociedad Tribal se establece una relación personal cualitativa entre los sujetos.
La motivación del que da un regalo es precisamente la opuesta a la del comerciante: mientras que este último maximiza los ingresos netos, el primero maximiza los gastos netos.
El objetivo del comerciante es acumular beneficios, mientras que el propósito de un jefe tribal cuando da un regalo a alguien es adquirir un gran número de gente (deudores de regalos) que le esté obligada y por tanto, mantener un cierto dominio sobre ellos.
-En una economía de intercambios comerciales, los métodos de la producción predominan, en tanto que en una Economía Tribal lo importante son los métodos de consumo.
T. P., 1992, n l1 49 -Producción, Consumo, Intercambio y Redistribución están afectados de forma peculiar por el entorno social y político.
Hay algunos antropólogos que consideran que una Sociedad Tribal tiende por su propia naturaleza hacia una estructura social jerarquizada, esto es, que esconde en su estructura profunda un Sistema de Roles de Privilegio, si bien la falta de acumulación económica no permite la concentración del Poder.
Para esos autores, cuando las condiciones tecnológicas permiten la aceleración de la producción de excedentes, el sistema social evoluciona internamente hacia una forma de «Estado Asiático» (Friedman, 1975, d. la discusión teórica en Kahn, 1981, Y ejemplos etnográficos que contradicen esa postura en Netting, Wilk y Arnould, 1984).
Uno de los puntos más importantes en la argumentación de Friedman es que la necesidad de cooperación económica no es la causa de la existencia de linajes igualitarios en una Sociedad Tribal, ya que las relaciones dentro de un grupo social no están fijadas por necesidades tecnológicas (o ecológicas).
Por tanto, si ni la «Cooperacióm>, ni la.<Igualdad» son consecuencias económicas directas, entonces, ni la «Desigualdad», ni el «Dominio de los medios de producción» serán consecuencias directas de unas alteraciones económicas, sino el resultado de un cambio en el orden social que es, a su vez, el resultado de un realineamiento de las Relaciones de Producción.
Es decir, se trata de un proceso circular de causas y efectos.
M. M. Dow ha demostrado este hecho en una comparación estadística de la Intensificación Agrícola (una alteración económica) y la Especialización Artesanal (un cambio social) en 131 sociedades pre-capitalistas: entre los efectos recíprocos, sólo el efecto desde la Especialización artesanal a la Intensificación Agrícola era estadísticamente significativo; no obstante, la estabilidad de las estimaciones de los efectos recíprocos en los tres subconjuntos geográficos analizados sugiere que el efecto de la Intensificación Agrícola a la Especialización Artesanal es débil, pero no nulo (Dow, 1985).
La proliferación de recursos económicos alternativos en las comunidades rurales modernas en proceso de transición hacia el capitalismo (Comas y Assier-Andrieu, 1988) es también un resultado de la peculiar influencia del contexto social en su base económica.
La Especialización Artesanal, como un requisito para la División Social del Tf"abajo, constituye la transformación fundamental para explicar el origen de la Estratificación Social.
De acuerdo con la teoría social de Agnes Heller, en un sistema tribal cada individuo tiene una vinculación específica con el grupo social como un todo; tras la aparición de la División Social del Trabajo, la gente pierde ese tipo de relaciones y se circunscribe a las relaciones con su propia clase.
En las sociedades precapitalistas, todas las relaciones sociales estaban establecidas a través de la mediación de la Comunidad; cuando la cohesión de la comunidad decayó, cuando la homogeneidad intra-grupo ya no fue un punto de referencia para la orientación de sus miembros, los individuos empezaron a definir su identidad social por medio de su posición en el proceso de trabajo (Heller, 1970).
La Especialización Artesanal y la División Social del Trabajo no deben ser consideradas conse-. cuencias directas de una transformación económica simple, sino de un proceso con causas sociales, particular a cada caso histórico.
La apropiación de excedente por parte de ciertas élites sería también una consecuencia del desarrollo de la Especialización Artesanal en actividades no productivas: para reproducir una organización social con tales roles no productivos (y, en consecuencia, privilegiados), sería necesario aumentar el volumen de la producción (aparición del excedente) y destinarlo a la reproducción de tal rol (Friedman, 1975).
En comunidades en las que el tamaño y la escala de la producción es elástica (Sociedades Tribales), la producción de ese excedente puede ajustarse a los recursos internos, ya que éstos varían durante el ciclo de desarrollo; pero cuando la producción no puede ser reducida o expandida a medida que los recursos de trabajo varían (un resultado de la Especialización Artesanal en actividades no-productivas), son necesarias estrategias T. P., 1992, n ll 49 de expansión para atraer fuerza de trabajo: la consecuencia obvia es el desarrollo de la Estraficación Social.
Este proceso ha sido descrito, de hecho, como la aparición de un «Modo de Producción Tributario» (Wolf, 1966), caracterizado por el paulatino aumento del Poder Político y la dominación sobre una fuerza de trabajo de naturaleza agraria, y distinta a una división en clases en la que un segmento de la población produce excedentes y otro posee los medios de producción.
Dado que la estructura básica de Sociedad Tribal aún no ha sido superada, el control de los medios de producción no proporciona la base para la estratificación, sino que ésta procede del acceso diferencial o del control sobre los medios de intercambio (Smith, 1975; Hodges, 1988).
Para explicar el origen del ~~Dominio de los Medios de Producción» necesitamos entender la particular dependencia de un Grupo Doméstico con Economía de Subsistencia con respecto a otros Grupos Domésticos para la reproducción social y no sólo para la reproducción económica (subsistencia): el Poder radica en el control de los medios de reproducción y no en el de los medios de Producción (Meillassoux, 1975).
Si el intercambio (de mujeres y/o regalos) es el más importante de los medios de reproducción, y no existe la propiedad privada, nadie tiene derechos durables sobre las cosas; como resultado, los objetos (o las mujeres) nunca están completamente separadas de los hombres que las han intercambiado: «el intercambio de regalos es un intercambio de cosas inalienables entre personas que están en un estado de reciproca dependencia» (Gregory, 1982;d. una definición opuesta en Cheal, 1987).
Pero cuando la especialización del trabajo empieza a afectar a la cohesión social, aparecen la rivalidad y la competencia como factores causales del origen de acumulación del excedente: la dependencia reciproca se transforma en un intercambio desequilibrado.
Por eso, el intercambio de regalos es una de las formas en que las relaciones de dominación y control se establecen en una estructura social basada en la organización en clanes: el estatus económico de la élite está considerado como dependiente de su control de la distribución y del intercambio y no de la producción.
Se puede resumir este modelo teórico de transición de las Economías «Tribales» a la Estratificación Social diciendo que, en ciertas circunstancias particulares, la pérdida de cohesión social conlleva el reforzamiento de la especialización artesanal, la producción del excedente, la rivalidad, la competencia, la División Social del Trabajo y el control de los medios de reproducción (canales de intercambio).
Por eso, el reforzamiento de las relaciones de dependencia dentro del grupo (a través de los intercambios de regalos) ha de ser visto como el resultado de estrategias económicas (diversificación de la producción para evitar la intensificación en malas condiciones ecológicas y/o tecnológicas) y estrategias reproductivas (diversificación de la producción para asegurar el intercambio de mujeres/regalos/subsistencias entre varios grupos).
Con ayuda de este modelo hipotético, podemos empezar el estudio de un caso histórico particular: el Sudoeste de la Península Ibérica durante el Bronce Final.
Se empezará el análisis presentando el momento final del desarrollo histórico, esto es, la sociedad plenamente estratificada del siglo VII a.
C. Una vez estudiada la «forma» concreta que adoptó ese proto-estado, se intentará representar'el proceso histórico que más verosímilmente llevó a una tal organización social.
LOS ORIGENES DE LA ESTRATIFlCACION SOCIAL EN EL SIGLO VII a.
Para que las grandes inversiones de los Imperios Orientales en materia de comercio a larga distancia fuesen rentables, era necesario un intercambio a gran escala con los pueblos nativos del occidente (Ruiz Mata, 1984; Aubet, 1986Aubet,, 1987Aubet,, 1987a;;Gasull, 1986).
Este hecho transformó la naturaleza de los intercambios tradicionales indígenas de objetos de bronce al aumentar el volumen de lo intercambiado, así como transformó la estructura de la producción y la distribución de los bienes no directamente ligados a la subsistencia.
Este cambio se caracterizó por la transición de una actividad productiva basada en la agricultura/ ganadería (Subsistencia) a otra basada en la minería.
La demanda de metal por parte de los Fenicios (López Palomo, 1981; Fernández Jurado, 1986, 1989; Fernández Jurado y Ruiz Mata, 1985) obligó a la concentración de las unidades de producción más allá del control de las comunidades locales, obligando a la reorientación del sistema político de esas comunidades (González Wagner, 1983, 1986).
Toda Colonización implica siempre intercambio desigual. apropiación de un producto valioso a cambio de otro sin valor.
Los fenicios daban vino, aceites finos y baratijas a cambio de grandes cantidades de plata.
Parece evidente suponer que este comercio estaba estructurado en torno a unas relaciones de desequilibrio entre ambas partes.
No se trataría, por tanto, de un comercio de mercancías en el sentido moderno del término, debido al diferente valor dado a los productos intercambiados: para los nativos el metal tenía un valor de uso y de intercambio muy diferente al que tenía para los fenicios; las baratijas tenían más valor para los nativos como símbolos de identidad social (escasez de bienes «exóticos»), que para los fenicios, que sólo consideraban su coste (muy bajo) de producción.
No obstante, tampoco se trataría del «intercambio de regalos» típico de las Sociedades Tribales (se retenía la propiedad de las cosas intercambiadas), si bien estaban implicadas relaciones de dependencia, tal y como si se hubiese adoptado la forma de un intercambio de regalos.
Este es el punto fundamental: el intercambio entre Fenicios e Indígenas tenía la forma de un intercambio de regalos porque usaba los canales tradicionales de intercambio, aunque no tenía una naturaleza tradicional Los objetos fenicios podían tener, parcialmente, la naturaleza de mercancías (d.
Fernández Jurado, 1989), pero adoptaban la apariencia de regalos cuando empezaban a circular por los canales indígenas de intercambio.
La «mercantilizacióm> otorgó a los objetos orientales un valor de intercambio, retenido cuando esos mismos objetos eran transmitidos como regalos.
El Sistema Colonial Fenicio, si lo que pretendía era extraer un beneficio de su interacción con los indígenas, debía aprovechar la estructura tradicional que encontró: la única posibilidad de intercambio era utilizando los canales indígenas, no imponiendo unos nuevos.
Las Relaciones Sociales y los Medios de Reproducción de las comunidades autóctonas no variaron, pues eran los elementos substanciales de una Economía Tribal, basada en las relaciones de dependencia derivada del intercambio de regalos.
Es por ello por lo que no poseemos evidencia de un cambio en las actividades económicas (de subsistencia) con anterioridad al siglo VI a. c., cuando el patrón de asentamiento se transformó, caracterizándose por la despoblación rural, la jerarquización territorial y la concentración humana en pocos centros.
Esta tendencia ha sido interpretada en términos de una reorganización política y económica inmediatamente antes del origen del urbanismo pleno (Ruiz Rodríguez y Molinos, 1984; Ruiz Rodríguez et al., 1985).
Sin embargo, no se trata de un proceso homogéneo, pues en ciertas áreas del Bajo Guadalquivir, la tierra agrícola era compartida equitativamente, sin trazas de despoblación o concentración; en otras áreas de la misma región (Las Marismas) es posible descubrir la concentración de la población en grandes centros cerca de la línea de costa (Escacena, 1984).
Con anterioridad al siglo VI a.
C., es decir, durante el Período Orientalizante y el momento de máxima influencia fenicia, el patrón de asentamiento siguió siendo el mismo que durante el Calcolítico y la Edad del Bronce (Amores y Rodríguez Temiño, 1984) lo cual es una evidencia de la perduración del sistema económico indígena, no transformado por el comercio oriental (González Wagner, 1986).
Ahora bien, el hecho de que el sistema de relaciones de producción no cambiara en el momento de máxima influencia fenicia no significa que fuese particul~rmente estable.
El sistema indígena se hallaba bajo tensión, en una condición de rivalidad interna entre unos Roles Sociales Privilegiados que eran imprescindibles para el mantenimiento de la red indígena de intercambios.
Un hecho importante que sirve de verificación empírica a esa hipótesis es la distribución de las ~(tumbas aristocráticas» del Período Orientalizante (siglo VII a.
C.) coincidente con los lugares estratégicos para el control de las rutas hacia las fuentes de recursos (Aubet, 1984; Ruiz Delgado, 1989).
Los fenicios se aprovecharon de esta situación social.
Ellos reforzaron y aceleraron la transformación larvada de la estructura socioeconómica al desarrollar más y más los canales tradicionales de intercambio favoreciendo un aumento drástico del volumen de la producción de metal.
Sólo con ayuda de esta hipótesis es posible entender el proceso hacia la urbanización y la Sociedad de Clases (Ruiz Rodríguez, 1977; Arteaga, 1985; González Wagner, 1986).
La aparición de una «aristocracia nativa», por tanto, sólo es posible a partir del 650 a. c., es decir, un siglo después de la primera llegada de objetos orientales «exóticos» a las cosas ibéricas: el incremento de la producción nosubsistencial aceleró la concentración del poder de las élites y la aparición de la Estratificación Social, cuyos orígenes deben ser rastreados en el desequilibrio en las relaciones de intercambio.
Una hipótesis alternativa ha sido formulada por varios autores (González Wagner, 1983; Escacena, 1989; Ruiz Delgado, 1989), quienes consideran que las razones del proceso hacia la urbanización y la Sociedad de Clases han de buscarse en la colonización por parte de los fenicios de las tierras del interior.
A estos «colonos» corresponderian ciertos ritos funerarios de origen «oriental», y ellos serian los destinatarios de muchas de las piezas encontradas, que en modo alguno deberían ser tratadas de baratijas.
El volumen actual de datos arqueológicos, sin embargo, no permite dar a esta hipótesis una respuesta categórica.
C. es un momento de importantes transformaciones sociales en toda la Península Ibérica, en cierto sentido, siempre ligadas al comercio oriental.
En el centro de la Península, por ejemplo, es éste el momento de un importante cambio en la estrategia económica (el complejo Soto de Medinilla) que conduciría a una sociedad plenamente estratificada a partir del siglo V a.
La presencia de «tumbas aristocráticas» al modo orientalizante (El Carpio: Pereira y Alvaro, 1988; Pereira, 1989) ha de ellltenderse, al igual que las meridionales, como el testimonio de un evidente desequilibrio en las relaciones de intercambio, antes que como la constatación de un proto-Estado plenamente configurado en los siglos VII-VI a.
C. En el Noroeste de la Península Ibérica se identifica un proceso muy semejante de transición hacia la Sociedad de Clases (Ruiz Zapatero, 1983/1984; Ruiz Zapatero y Fernández Martínez, 1985; Rovira y Santacana, 1989).
¿Por qué se produjo un cambio tan radical en un momento específico y, simultáneamente, en diversas áreas culturales?
En parte, la colonización fenicia (y griega) debió haber sido la causa de la transformación en el Sur y el Levante, pero no en la Meseta en donde no hay testimonios de la presencia de colonos orientales, sino importaciones llegadas desde el sur.
La única explicación posible es que los grupos meridionales aculturados desempeñaron el papel de centros activos de difusión para las aparentemente menos desarrolladas comunidades del Norte y el Centro peninsulares.
La circulación de las cerámicas de importación y de los bienes orientales verifica esta hipótesis (Almagro Garbea, 1977; Fernández Rodríguez, 1987; Pereira y Alvaro, 1988).
Es importante señalar que la dispersión de esos objetos es idéntica a la dispersión de los objetos de valor (armas, joyería, cerámica de lujo) durante el Bronce Final, antes de la Colonización Fenicia.
La conclusión es obvia: al margen de los canales de intercambio fenicios, las comunidades nativas meridionales mantenían sus propias redes de intercambio con las regiones septentrionales, y esas redes estaban constituidas sobre las que estaban ya activas en la Edad del Bronce (Ruiz Mata, 1989).
De aquí habría que deducir que las comunidades indígenas no estaban en una Economía estricta de Subsistencia antes de la llegada de los Fenicios.
No acepto la hipótesis de Frankestein (1979), González Wagner (1983, en un trabajo posterior 1986, matiza esta opinión) o Júdice Gamito (1989) acerca del nivel subdesarrollado de la metalurgia en esas comunidades.
El Sudoeste de la Península Ibérica estaba comercialmente, ya que no culturalmente, unido con el Atlántico y con el Mediterráneo Central durante el Bronce Final, con anterioridad a la llegada de los colonos orientales. y las particulares transformaciones de los siglos VII-VI a.
C., que anuncian ya la estructura de un proto-Estado, fueron una consecuencia de la decadencia de la estructura social tradicional; una decadencia que había empezado tres siglos antes, y que no era el resultado de una pretendida Precolonización, como afirman Almagro Garbea (1983) o J údice Gamito (1989).
EL BRONCE FINAL Y LA TRANSFORMACION DE LAS SOCIEDADES TRADICIONALES
Que la «aristocracia nativa» no apareciese hasta bien entrado el siglo VII a. c., o que no haya testimonios de una organización sociopolítica proto-estatal con anterioridad al siglo VI a. c., no significa que las comunidades del Bronce Final en el Sudoeste de la Península Ibérica estuvieran caracterizadas por una estructura social igualitaria.
La Desigualdad Social no es lo mismo que una Sociedad estratificada o Sociedad de Clases, tal y como hemos visto en el primer apartado.
Se trata de dos formas distintas de estructura social, relacionadas históricamente en tanto en cuanto una es causa de la segunda.
De esta cuestión se trata en esta parte del trabajo.
La mayor dificultad para llevar a cabo ese análisis es la carencia de datos relevantes: la falta de tumbas y la no constancia de los rituales funerarios correspondientes a esta época.
Después de las claras evidencias funerarias durante la mayor parte de la Edad del Bronce, la ausencia de tumbas atribuibles al Bronce Final ya no puede ser interpretada como una laguna de la investigación empírica, sino como una característica de esas sociedades: algún tipo de tratamiento destructivo del cadáver, restringiendo las tumbas a ciertas élites específicas.
Es significativo que en la fase evolutiva siguiente de las prácticas funerarias se perpetuara esta diferencia: cremación del cadáver para la mayor parte de la población, e inhumación para las élites. intercambio comercial La Península Ibérica acababa de entrar en la red tradicional de intercambios que vinculaba el área del Mar del Norte con la Europa Central, justo en un momento en que se constata un importante cambio en la procedencia del metal: un incremento en el uso de metal ibérico, y una disminución del centroeuropeo (Rowlands, 1980; Northover, 1982).
La magnitud de ciertos depósitos debe ponerse en relación con alguna forma de comercio a larga distancia y, lo que es más importante, a gran escala.
Hallazgos como los de la Ría de Huelva, Moor Sand y Langdon Bay (Muckelroy, 1981; McGrail, 1983; Needham y Dean, 1987; Ruiz Gálvez, 1986, n.p.) no pueden ser entendidos en un contexto de regalos reciprocas, sino que entran de lleno en la definición de intercambio comercial.
Los objetos de bronce durante el Bronce Pleno aparecían sólo en tumbas, o bien son hallazgos aislados.
No hay depósitos con anterioridad a la aparición de la metalurgia atlántica, ca.
Es por eso por lo que creo que es posible interpretar la naturaleza de la transformación experimentada en la Península Ibérica durante el Bronce Final como un aumento cuantitativo y cualitativo (diversidad) en los intercambios de objetos métalicos.
El Bronce Final en el Sudoeste fue un periodo de expansión agricola (d.
Amores, 1982; Ruiz Delgado, 1985) yeso se refleja en el considerable aumento en el uso del metal para las actividades cotidianas y por un descenso en la producción de artefactos de sílex.
La demanda de metal, tanto materia prima como útiles acabados, aumentó.
Pero ese incremento provocó un importante cambio en la valoración de esos elementos, que de símbolos de prestigio pasaron a convertirse en simples utensilios.
En otras palabras, el tradicional intercambio de hachas y espadas, como símbolos de identidad social, se transformó en un intercambio comercial de artefactos metálicos, en el que el bronce alcanzó la categoría de mercancía.
Ahora bien, este intercambio no puede ser caracterizado plenamente recurriendo a la definición de intercambio comercial, aunque responda a alguna de sus características.
M. J. Rowlands (1980) ha descrito la competencia existente durante el Bronce Final entre comunidades de diverso tamaño y poder para obtener ventaja política y/o económica de las relaciones de intercambio locales e interregionales.
A medida que los contactos a larga distancia aumentaban, las relaciones políticas aumentaron en rivalidad y competencia, lo que influyó a su vez en la reorganización e intensificación de la producción y provocó un aumento en la velocidad de circulación de los bienes que justificaban esos contactos (Rowlands, 1984; Renfrew, 1986).
Es fácil comprender que, en esas circunstancias, diferentes grupos mantenían relaciones «comerciales» para poder intercambiar bienes específicos y que intercambiaban bienes para poder mantener relaciones políticas.
Un modo de intercambio recíproco sería el fundamento y el prerrequisito de un intercambio comercial.
Pero, ¿eran los intercambios de materias primas los que aseguraban las relaciones políticas entre comunidades espacialmente alejadas?
¿Eran el resultado de un intercambio previo de regalo recíproco entre Jefes que creaba los canales por los que circulaba el tráfico de materia prima?
Si esas dos hipótesis fuesen ciertas, sería posible distinguir dos canales de intercambio diferentes, pero paralelos: los depósitos utilitarios estarían ligados a la gestión de la oferta/demanda de metal, mientras que en los depósitos «votivos» se concentrarían los objetos de lujo.
En el sudoeste de la Península Ibérica hay una clara diferencia en la distribución de esos materiales: fíbulas y espadas por ejemplo, nunca aparecen en los depósitos «utilitarios», sino en los escasísmos enterramientos hasta hoy identificados (Ro~a do Meio), aisladas (en el lecho de ciertos ríos, d.
Ruiz-Gálvez, en prensa) o grabadas en las Estelas Decoradas.
Las redes de intercambio del sudoeste ibérico en el final de la Edad del Bronce no sólo son explicables recurriendo a sus componentes ((comercial» y «(recíproco».
En cierto sentido, podemos decir que el intercambio de objetos de bronce estaba regulado y controlado por prácticas redistributivas, de las cuales los depósitos pueden ser una evidencia.
Hay tres explicaciones clásicas para las funciones socioeconómicas de tales acumulaciones de metal: 1) acumulación de productos para evitar la oscilación en el volumen de la oferta en específicos momentos del ciclo económico; es decir, para disponer de un stock suficiente de materiales con que satisfacer la demanda cuando las actividades de subsistencia limitaban la producción metalúrgica (d.
2) el resultado material de ciertas prácticas rituales colectivas con el fin de incrementar la cohesión social (Levy, 1982; Bradley, 1988).
3) los depósitos no serían una acumulación con un objetivo «redistributivo», sino la destrucción deliberada de material valioso, para sacar de la circulación el excedente de producción y mantener su valor de intercambio.
Creo que esas explicaciones no son contradictorias.
Todas ellas implican un cierto control en la redistribución de los artefactos metálicos entre y dentro de los grupos sociales, en el sentido propuesto por Pryor (1977): el concepto de transferencia céntrica o no céntrica.
Sin embargo, hay que tener en cuenta que la heterogeneidad de los depósitos de la Edad del Bronce sería una señal de la existencia de diferentes procesos de formación: no hay una única interpretación que explique esas acumulaciones, sino una noción general -control y/o redistribución-con diferentes aplicaciones y objetivos según los casos: igualdad social (almacenamiento simple) o desigualdad (rentas en un sistema prefeudal, o «destrucción» del excedente para limitar los intercambios entre élites particulares).
Los objetivos de esa redistribución serían sociales, económicos e ideológicos: ciertas prácticas rituales servirían de superestructura para las actividades económicas en el momento en que debutaban las primeras formas de control socioeconómico (Peoples, 1987).
La naturaleza de las élltes sociales
¿Cómo sería el sistema social que esa economía de intercambios implicaba?
Su primera característica es la inestabilidad de las relaciones sociales, como resultado de las condiciones de competencia (inicialmente restringida a la competencia entre comunidades).
En el interior de esas comunidades, por su parte, no hay evidencia que sostenga la hipótesis de una estructura social estratificada durante el Bronce Final, en la que ciertas clases dominantes controlasen rigidamente los intercambios (no se han podido identificar todavía las trazas de una acumulación de riqueza).
De ahí que sea preferible considerar el intercambio de objetos de bronce y la aparición de depósitos no como el resultado de una «moderna» economía comercial, sino como la consecuencia de la mercantilización inicial de una economía tribal.
La necesidad de regular los intercambios con el fin de mantener la reproducción social provocó el aumento de la competencia interna (entre linajes de parentesco y/o funciones sociales privilegiadas en una Sociedad de Roles de Privilegio).
Sin embargo, la competencia interna o externa no podía superar ciertos límites (la regulación de los intercambios nunca llegaba al control efectivo de los mismos) ante el riesgo de colapsar la red de intercambios, el más importante de los medios de reproducción para un grupo social en una Economía Tribal.
El Conflicto es evitado y sustituido por la rivalidad en la ostentación y la manifestación de la riqueza.
Por esa razón, cuanto mayor era el volumen de metal intercambiado y más desarrolladas estaban las redes de intercambio, mayor era la competencia para beneficiarse de ellas, y más necesarios eran los intercambios recíprocos para regularlas.
Ahora bien, ¿hasta qué punto podemos hablar de una relación causal entre el desarrollo de la complejidad sociopolítica y el florecimiento de los intercambios que trasciende los límites sociales locales?
En esta cuestión, acepto parcialmente la hipótesis de Schortman:
«cuando las sociedades aumentan en complejidad, requieren mayores cantidades de input externo en forma de bienes para proveer a una población en aumento y satisfacer las necesidades de T. P., 1992, nI! 49 estatus-diferenciación de las clases sociales en desarrollo.
El resultado es una presión concomitante sobre ciertos segmentos de esas poblaciones para establecer uniones perdurables con sus homólogos en las otras sociedades que proporcionan el acceso a esos bienes.
La manera más efectiva de forjar esas uniones es a través del establecimiento de señas de identidad semejantes que unen a todos aquellos en intenso contacto, especialmente, a la élite en desarrollo.
El proceso de formación de la identidad a su vez, se nutre en el desarrollo local, a medida que el monopolio del comercio proporciona a la élite el control de los recursos escasos no locales, lo cual refuerza su preeminencia social y las solidaridades, La identidad supralocal de las élites puede ser un resultado regular concomitante al aumento de la complejidad social local (Schortman, 1989: 60).
Es decir, de acuerdo con esta hipótesis, el aumento de la complejidad social fue la causa de la intensificación de los intercambios de metal, y no viceversa.
Sin embargo, durante el Bronce Final en la Península Ibérica, el intercambio de artefactos de bronce no ha de ser considerado como un fenómeno de colonización, en donde la fácil disponibilidad de bienes de importación transcendiera las redes de intercambio tradicionales.
Tampoco es producto de un desarrollo interno de la diversificación social que obligara a incrementar las necesidades de objetos valiosos para mantener las identidades de estatus.
En esta región, el problema es algo más complejo.
Es importante señalar que, aunque el intercambio de objetos manufacturados entre comunidades debió ser importante, las evidencias metalúrgicas en el Sudoeste de la Península Ibérica señalan que todas las comunidades producían sus propios artefactos.
Por consiguiente, las transformaciones antes aludidas deben ser consideradas como producto de la difusión de una nueva tecnología -y los efectos que ello supone-antes que como resultado de los intercambios de objetos manufacturados a gran escala.
No obstante, dado que no son muchos los testimonios de comercialización directa de la materia prima, es posible que ésta fuese conseguida por la refundición de objetos manufacturados en circulación lo cual conllevaria a su vez una mayor efectividad en la transmisión de nuevas tecnologías y tipologías.
De ser esto cierto, se explicaría perfectamente la pérdida de valor experimentada por los objetos metálicos, que de ítem s sociotécnicos durante el Bronce Pleno pasaron a valorarse exclusivamente por su contenido en materia prima y la posibilidad de fabricar con ellos nuevos útiles.
Es decir, la repentina difusión de nuevas técnicas metalúrgicas (el bronce de estaño, que sustituyó al cobre arsenicado) facilitó el aumento de la producción de esos útiles, lo cual afectó directamente a su valoración social que estaba basada, exclusivamente, en la escasez de materia prima y en lo poco desarrollado de la tecnología (no existía una estructura social que impusiera una valoración, sino meras limitaciones técnicas).
En términos más generales, la entrada de una mayor cantidad de productos en las redes de intercambio; la imposibilidad de restringir esos intercambios a unos pocos personajes a causa de la gran disponibilidad de los objetos; la expansión de la red social para evitar las limitaciones de parentesco y/o geográficas; la decadencia de las relaciones de parentesco a causa el florecimientó de intercambios más allá de los mecanismos tradicionales de regulación... todo ello entró en contradicción con la necesidad de reproducir la estructura social (Sahlins, 1972; Spence, 1982; Hodges, 1988).
Se hizo necesario cambiar la valoración de los nuevos productos: los artefactos de bronce perdieron su valor sociotécnico y fueron considerados tan sólo por su valor de uso.
La pérdida de valor de los objetos de bronce fue, ciertamente, paulatina.
En un momento relativamente tardío como el siglo VII a. c., cuando todavía no hay vestigios de control estricto de los medios de producción, aún se usan las espadas como símbolo de identidad.
Lo que caracteriza al Bronce Final, desde el punto de vista de la organización sociopolítica, son más los efectos de la fácil disponibilidad de metal y no tanto los de su pérdida total de valor sociotécnico.
La mera posesión de metal Y':l no será suficiente para medir el prestigio de un individuo, sino la posesión de ciertos útiles en particular (armas).
Esta fase del proceso es analizable en el conjunto de Estelas Decoradas.
El análisis estadístico de esos materiales (Barceló, 1989(Barceló,, 1990) ) muestran una excesiva dispersión de la representación geomé- trica de las 39 variables y 57 casos considerados, lo cual supone la falta de un modelo estadístico uniforme para el conjunto de datos.
De ahí se deduce que las hipótesis tradicionales sobre la significatividad histórica y/o geográfica de los «tipos» clásicos no es operativa: la variabilidad individual de las estelas no es explicable por el efecto de la simple evolución cronológica o por la existencia de grupos regionales.
La opción que resta -una vez demostrada la idoneidad de la representación matemática-es interpretar esa falta de regularidad en el patrón iconográfico, como un resultado de la variabilidad social y la falta de una fórmula estable de identidad para las élites sociales: la variabilidad formal de las Estelas es el resultado de la falta de cohesión social entre las élites representadas por esas mismas Estelas (cf. la argumentación detallada en Barceló, 1990).
Si aceptamos que las Estelas tradicionalmente englobadas en el tipo TIA (estructura iconográfica repetitiva: presencia exclusiva de escudo, lanza y espada) son más antiguas que las restantes (en función de la tipología de la espada) sería posible esquematizar el proceso como sigue: las primeras Estelas estarían circunscritas regionalmente a una pequeña región (valle del Tajo) y mostrarían la primera aparición de la metalurgia atlántica (ca.
Las Elites Sociales serían internamente homogéneas, sin evidencias de rivalidad, conflicto o desigualdad.
La llegada de objetos de origen centromediterráneo ((espejiformes», fíbulas,... ) marcaría la transformación de esa estructura social equilibrada: cuanto mayor es la aparición de esos objetos, mayor es la variabilidad individual y la falta de un modelo estadístico entre los tipos morfológicos, geográficos y cronológicos.
En definitiva quizás fuese posible distinguir dos evoluciones distintas, según se considerasen los sistemas de intercambio con el Mediterráneo Central (que parecen generar un mayor desarrollo de la desigualdad) o con el Círculo Atlántico.
No obstante, hay que considerar que las Estelas Decoradas del Sudoeste no proporcionan información acerca de la naturaleza de las élites sociales de todo el Sudoeste: son monumentos atríbuibles a las comunidades del interior, aparentemente más atrasadas que las de la costa, en donde el proceso de transformación hacia la Sociedad de Clases sería mucho más rápido.
La posible expansión del fenómeno de las Estelas hacia el sur (y no hacia el Norte, como se había llegado a decir) serviría de apoyo a esta hipótesis.
UNA DESCRIPCION GENERAL DEL PROCESO HISTORICO
El comercio y la aculturación fenicia actuaron sobre esta compleja estructura socioeconómica, caracterizada por la rívalidad en el interior de las élites sociales por alcanzar mayores cotas de prestigio.
Como resultado de la aculturación, sin embargo, las relaciones sociales de producción no experimentaron una transformación en su naturaleza.
El orden social permaneció igual porque era imprescindible para mantener las redes de intercambio tradicionales.
Los fenicios se aprovecharon de ese peculiar contexto, sin que llegaran a crear un orden económico nuevo (no obstante, cf. la interpretación opuesta en Júdice Gamito, 1989).
En general, el proceso puede ser resumido como una aceleración en el rítmo de los intercambios en tres fases: la prímera tras la introducción de la metalurgia atlántica (ca.
C.), la segunda tras la llegada de los intercambios con el Mediterráneo Central (ca.
C.) y la tercera tras la colonización fenicia.
Los tres momentos no fueron iguales en cantidad y calidad; lo único que fue similar fue el aumento del volumen y la velocidad de circulación de los intercambios, que superó el umbral de autoreproducción de las redes tradicionales.
Como consecuencia, sólo aquellos canales sociales de intercambio y aquellas élites ligadas a esos canales experimentaron ciertas alteraciones; la base social y subsistencial permaneció igual desde el Calcolítico hasta los siglos VI-V a.
C. No obstante, los cambios en la velocidad y volumen de los intercambios provocaron ciertas transformaciones sociales que, a la larga, impondrían un nuevo orden social.
Si recordamos las ocho características de una Economía Tribal, enumeradas en el primer apartado, podremos definir qué contextos sociales y económicos fueron afectados: T. P., 1992, nO 49 -La tierra siguió siendo de propiedad comunal.
El acceso a la tierra también era colectivo.
Todos los datos a nuestra disposición muestran la falta de cambios en la organización espacial de las actividades de subsistencia.
Dado que la propiedad de la tierra era la principal forma de establecer relaciones de producción en aquellas comunidades, es posible deducir la persistencia del orden tradicional.
No obstante, se produjeron cambios en la propiedad de los recursos no subsistenciales (Minería), en donde las relaciones de dominación parecen claras: pobreza de los asentamientos mineros comparada con la riqueza de los agrícolas (d.
El ejercicio del poder en las actividades de subsistencia no influyó directamente en el orden social tradicional porque la reproducción social era posible al margen de las relaciones de dominación.
~ -Decadencia de la organización colectiva del trabajo.
Las aceleraciones sucesivas en los intercambios de regalos provocaron la alteración de la Especialización Artesanal, con el fin de diversificar la producción de regalos; la consecuencia fue un aumento en la División Social del Trabajo.
Las desigualdades sociales dentro de los grupos aumentaron.
Las relaciones entre las distintas unidades domésticas se mantuvieron gracias a la expansión de la red de intercambios, pero tales intercambios perdieron su carácter recíproco y empezaron a adquirír la forma de relaciones de poder y dominación entre comunidades.
Las relaciones de Regalo/Deuda entre las élites sociales crearon los canales para esas «nuevas» relaciones sociales (d. la hipótesis de Schortman).
-La circulación de alimentos y mujeres permaneció sin cambios.
Desgraciadamente, es imposible constatar una conexión entre las evidencias de los intercambios de subsistencias y los intercambios de regalos.
De acuerdo con la hipótesis de Schortman, el contacto entre sociedades habría aumentado en tales circunstancias, si bien las evidencias en el sudoeste de la Península Ibérica son muy ambiguas al respecto: la polémica primera fase del Bronce Final, caracterizada por fortificaciones relacionadas con cerámica Cogotas I (Amores, 1979(Amores, /1980;;Amores y Rodríguez Hidalgo, 1984/1985) podría entenderse quizás, no como un aumento de los intercambios, sino como una expansión militar desde la Meseta.
Las evidencias arqueológicas del intercambio recíproco y del botín de guerra son prácticamente indiferenciables.
La ausencia de contextos arqueológicos claros para ese Bronce Final Inicial hace imposible cualquier conclusión.
-La producción se destinaba a la creación del valor de intercambio, por encima de lo destinado al valor de uso.
La diferencia en cantidad entre el Bronce Pleno y el Bronce Final es tan grande que el florecimiento de la producción metalúrgica podrá ser utilizado como evidencia para esta hipótesis.
Este hecho es una consecuencia del desarrollo de la Especialización Artesanal y de la División Social del Trabajo.
El resultado final fue la lenta transformación de las actividades económicas y de la naturaleza de las relaciones de intercambio; las relaciones tradicionales de regalo/deuda no podían subsistir en un contexto en el que los regalos de prestigio eran tan fácilmente obtenibles.
-La expansión de las redes de intercambio y la transformación del valor subjetivo de los objetos de metal provocó un aumento simultáneo de la demanda y de la oferta de metal.
Se trata de una hipótesis contraria a la Teoría Marxista del Valor: el incremento de valor de intercambio no estaba producido por un aumento en la cantidad de trabajo necesaria para la fabricación de esos ítems sociotécnicos, sino que se trataba de un incremento y transformación de la naturaleza social de la demanda (Godelier, 1958; Appadurai, 1986).
A ello se le uniría la difusión de una Especialización Artesanal causada por el incremento del volumen y velocidad de la circulación de regalos y, por vez primera, mercancías para poder fabricar regalos.
Las Relaciones Sociales de Producción no se transformaron por esa realineación del sistema económico, si bien se empezaron a registrar cambios en la forma de expresión de las identidades sociales: preludiaba una crisis en los valores sociales que sólo podría ser resuelta por un control efectivo de los medios de producción.
-El incremento en el intercambio comercial estaba aún rígidamente delimitado por un previo intercambio de regalos entre las élites sociales que servía de regulador.
En ausencia de circunstancias favorables para ejercer el control y el poder, el propósito de las élites sociales fue la ostentación y el intercambio de bienes sociotécnicos como una forma de incrementar las relaciones de dominio.
El aumento de la cantidad y velocidad de circulación de los regalos y la inicial aparición de una serie limitada de mercancías (metal), no causó directamente la Estratificación Social, pero provocó un contexto favorable a su evolución.
-A pesar del incremento de la producción, la estructura económica aún estaba dominada por los métodos de consumo, ya que el incremento se debía a la Diversidad Social (Especialización Artesanal y División Social del Trabajo).
Rovira y Santacana (1989) suponen que un aumento de la producción como ésta debió provocar la acumulación del excedente y, que esa acumulación permitió un cambio en los métodos de producción directamente responsable del liderazgo social y de un poder coercitivo concomitante.
Esta hipótesis es, esencialmente, correcta, pero quizá demasiado simple: la Estratificación Social sólo puede aparecer en grandes comunidades con producción de excedentes, es decir, que el aumento de la producción es un prerrequisito y no una causa.
Las razones para el desarrollo de la Estratificación Social y el origen de un «Modo de Producción Tributario» han de ser estudiadas a partir de los cambios en la naturaleza social de la demanda y no en las variaciones de la oferta: «los cambios bruscos en el consumo, si no están inspirados y regulados por los que detentan el Poder, pronto llegan a amenazarles» (Appadurai, 1986).
-Producción, Consumo, Intercambio y Redistribución aparecen todavía deformados y afectados de forma particular por los entornos sociales, políticos y culturales.
Las actividades económicas no presentan aún una apariencia «racional».
Agradezco a los profesores María Eugenia Aubet, Germán Delibes, Manuel Fernández Miranda, Milagros Gil-Mascarell, Tim Ingold, Vicente Lull, Miquel Molist y Marisa Ruiz Gálvez sus críticas y comentarios a una versión anterior de éste trabajo.
La investigación ha sido realizada gracias a la concesión de una Beca Predoctoral del Plan Nacional de Formación del Personal Investigador.
Cualquier error u omisión son de mi entera responsabilidad. |
Orientalizante que nos permite analizar el grado de contactos y relaciones que mantiene el yacimiento con el foco semita asentado en el Sur Peninsular durante los s. VII y VI a.
efectuó en 1985 un corte estratigráfico aún no concluido en su totalidad (Chaves y de la Bandera, 1988 b: 372) y el llamado «MONTEMOUN» (sector NQ 1), atendiendo al nombre del cortijo donde se encuentra este último, de coordenadas 5° 20' 6" Long.
Las tres últimas intervenciones se han dedicado al conocimiento de la planimetría y disposición urbana del poblado, fundamentalmente en su Período Orientalizante, gracias a la excavación en extensión horizontal (algunas de las conclusiones de esos trabajos, pudieron ser conocidas a lo largo de su comunicación al 11 Congresso Internazionale di Sludi Fenici e Punici de 1987).
De esta forma, y a partir de los últimos estudios practicados, ofrecemos una nueva secuencia estratigráfica que complementa las revisiones anteriores y servirá de referencia para trabajos posteriores sobre la zona:
-Fase 1: Bronce Final, fechado en el s. IX a.
C. por los materiales cerámicos bruñidos y toscos del fondo de cabaña excavado en la roca, detectado en el sondeo de 1981.
-Fase 11: Bronce Final Precolonial del s. vm a. c., relacionado con una estructura circular. documentada en la campaña de 1987 bajo el «Edificio A».
-Fase m: Período Orientalizante de Montemolín: A. S. VII a.
C. Período de ocupación de los «Edificios A», «B», y parte del «C».
Sus materiales continúan la tradición anterior en sus cerámicas a mano, y surgen nuevos tipos a torno como las grises, pintadas figurativas o de barniz rojo.
B. Primera mitad del s. VI a.
C. Ocupación del nuevo «Edificio D» y final del «ü>.
Predominio de las cerámicas pintadas figurativas orientalizantes.
Subfase de Transición m/B-IV.
Mediados del s. VI a.
C. Marca el final de la utilización del «Edificio D» en el Orientalizante Pleno, constatado por un nivel de incendio, y el comienzo de las refacciones de este edificio.
-Fase IV: Segunda mitad del s. VI inicios del s. V a. c., marca el Período Protoibérico del yacimiento, acoge las últimas refacciones del «Edificio D», y de las cerámicas grises, siendo más numerosos los fragmentos pintados y comunes a torno.
C. Ocupación de estructuras ibéricas.
Con el estudio de estas cerámicas grises pretendemos llenar un vacío en los trabajos tipológicos del momento orientalizante del yacimiento, atendiendo a materiales con suficiente entidad como para dar una muestra de la importancia del poblado y su integración en la corriente de influencias y contactos con las nuevas ideas procedentes del Mediterráneo.
EL MOMENTO ORIENTALIZANTE EN MONTEMOLIN
Tras los primeros sondeos, se acometió la excavación en horizontal del yacimiento, con la que se ha pretendido dar un paso más en el conocimiento urbanístico de estos poblados, de los que, desgraciadamente, sólo conocemos sondeos y cortes estratigráficos en su mayoría, que no permiten ver el desarrollo poblacional de estos centros (2).
(2) Sondeos en La Mesa de Setefilla (Aubet et alii, 1983), El Cerro Macareno (Pellicer et alii, 1983) o Los Quemados (Luzón y Ruiz, 1973) por poner sólo unos ejemplos.
Este período abarca eminentemente la fase III del yacimiento y en su identificación se han centrado los últimos trabajos de campo en el sector No 1 del poblado.
Su ocupación, en este momento, se ve reflejada por la aparición de unas estructuras arquitectónicas de construcción y orientación variadas (Figs.
J y 2): -El denominado como «Edificio B», de planta rectangular, sería el más antiguo de esta fase, con una base de piedras menudas sobre la que se alzan sus paredes de adobe formando esquinas en ángulo recto.
Se encuentra en la zona SE. del yacimiento y presenta una orientación NW -SE.
Destacan los cuencos bruñidos, cerámicas toscas a mano, y alguna pintada con decoración de molinetes.
Su fundación se da en el tránsito del s. VIII al VII a.
C. (paralelos en Mezquitilla), y su destrucción a mediados del s. VII a.
C. para la construcción de otro edificio que se le superpondrá (Chaves y de la Bandera, 1991: 706).
-En el sector NW, contamos con el «Edificio A» de planta oval y orientación perpendicular al «B».
Su construcción es algo posterior a la estructura ya mencionada.
El acceso a este edificio se practicaba por el NE, y se refiere a una construcción de paredes de tapial sobre zócalos de piedra y banco también de tapial corrido en su cabecera (Chaves y de la Bandera, 1988: 373).
Entre sus materiales destacan cerámicas de tradición indígena del Bronce Final, como las bruñidas, y otras producciones a torno como ánforas de saco o del tipo Cruz del Negro, que nos sitúan su ocupación desde los inicios del s. VII a principios del VI a.
-Tras la nivelación a mediados del s. VII a. c., que se efectuó sobre las ruinas del «Edificio B», se procedió a la construcción, en el mismo sitio, de otro edificio, el «Ü), de orientación similar al «A» con el que convive en esta Fase ID A. Presenta planta cuadrada, y zócalo de piedras (a veces ciclópeas) sobre el que se levantan paredes de adobes.
Entre sus materiales, siguen los de técnica bruñida, y cerámicas a torno con decoración figurativa de motivos florales o zoomorfos, con cronologías que permiten evidenciar su ocupación durante parte del s. VI a.
-El último edificio del que tenemos constancia en este período será el «D», de planta rectangular, y construido a base de zócalo de piedra y paredes de adobes sobre las ruinas del «Edificio A».
Marca el comienzo de la fase ID B del yacimiento a principios del s. VI a. c., aunque su uso perdurará en la fase IV.
Presenta un poyete de adobe sobre el que estarían situadas las vasijas cerámicas (Chaves y de la Bandera, 1991: 708).
Destaca el predominio de las pintadas, con temas vegetales y zoomorfos, como los de toros y grifos pasantes entre campos de flores (Chaves y de la Bandera, 1991: 708; ibid. 1988a: 375).
En definitiva, el yacimiento de Montemolín nos muestra una fase de contactos con los elementos semitas, evidenciada tanto en el uso de cerámicas fabricadas con técnicas orientales, como en la adopción de formas arquitectónicas propias de la costa siria-fenicia de los ss.
ESTADO DE LA CUESTION
La Cerámica Gris es uno de los elementos a torno, junto a las piezas de barniz rojo y vasos pintados, más característicos de las producciones cerámicas orientalizantes, no por ello exenta de polémica en cuanto al tema de su origen, cronología o técnica de fabricación, cuestiones que han sido abordadas por una serie de investigadores (Aranegui, 1975; Belén, 1976; Roos, 1982) en un intento de clarificar estos problemas.
Las consecuencias que podemos entresacar de estos trabajos se cifran en un origen oriental para estas cerámicas, centrado en la zona de Asia Menor (Villard, 1960: 51), y traídas a la Península a partir de un doble foco difusor, el semítico en la zona meridional (primeras muestras aparecidas en el contexto colonial del s. VID a.
C. en el yacimiento malagueño de Toscanos), y el factor griego en la llamada gris eolia, focea o ampuritana en el nordeste peninsular dentro ya de un s. VI a.
Junto a ésto, otro factor a considerar será la tradición existente en los focos culturales del Bronce Final del Sur Peninsular en la fabricación de cerámicas en ambientes reductores (las cerámicas bruñidas), que permitirán la rápida difusión de la nueva técnica del torno rápido en esta variante de la cerámica gris, tomando entre sus modelos, tanto las piezas de clara procedencia colonial (imitación de platos de barniz rojo), como las viejas cazuelas carenadas a mano, propias de los momentos anteriores (Pérez, 1991: 30).
Con todo, este tipo cerámico no suplanta a las típicas bruñidas, que conviven con ellas hasta momentos muy tardíos en yacimientos como Montemolín (Chaves y de la Bandera, 1988a: 372).
Atendiendo a esta cerámica gris del Sur peninsular, Roos (1982: 65-70) ha distinguido cuatro fases en su desarrollo interno: l.
Primera mitad del s. VIII a.
C. Primeros contactos de las poblaciones fenicias costeras con su hinterland malagueño.
Segunda mitad del s. VIII a.
C. Comenzarán las primeras producciones locales de este tipo de cerámicas.
C. Su uso y fabricación se generaliza por todos los poblados orientalizantes, apareciendo también en sus necrópolis.
C. Se asiste a una transformación cultural hacia nuevos modelos que desembocarán en un Horizonte Ibérico.
En yacimientos como Cerro Macareno se aprecia la fabricación de otras especies de cerámicas grises, locales, de peor calidad que las anteriores (Pellicer et alii, 1983:'79).
El estudio realizado sobre las cerámicas grises aparecidas en el yacimiento de Montemolín ha permitido destacar un conjunto de cinco tipos distintos de recipientes, con una serie de subtipos y variantes.
Además hay que tener en cuenta que existen fragmentos amorfos y pertenecientes a distintos tipos de fondos en estas cerámicas, pero hemos basado la tipología atendiendo tan solo a los fragmentos significativos, añadiendo, además, el conjunto perteneciente a sus tapaderas.
Platos (Fig. 3) Conjunto de platos de borde convexo, dentro de los cuales se pueden distinguir seis subtipos con sus variantes: lA.
El perfil del' plato presenta carena alta suavemente marcada y el borde exvasado es de extremo redondeado.
Se distingue un fragmento como variante de extremo apuntado.
En este subtipo, el borde exvasado está claramente diferenciado del resto del cuerpo por un engrosamiento convexo externo.
Se da una variante de extremo redondeado más acusado. l e Borde convexo estrecho, y carena alta marcada. lD.
Presenta una carena media y borde convexo ancho.
Ofrece una variante con un perfil más suave sin marcar tanto la carena.
Corresponden platos de pared inclinada y borde vuelto de labio plano.
Presenta variante con pequeña acanaladura exterior diferenciando el borde del resto del cuerpo del plato. lF.
Subtipo representado por un único ejemplar, que presenta un carena alta marcada, interior y exteriormente, y borde exvasado apuntado con serie de acanaladuras exteriores.
Este tipo comprende la forma más simple del plato, o cuenco de perfil hemisférico, o troncocónico con variada gama de labio, lo cual ha permitido distinguir dos tipos con algunas variantes entre ellos.
Presentan un labio redondeado, en una terminación simple.
A él pertenecen un total de 25 piezas, distinguiendo tres variantes por la terminación del borde.
En la variante A.1 el labio redondeado presenta un engrosamiento exterior, como queriendo iniciar una carena alta exterior.
En la variante A.2 el cuenco es de labio redondeado, grueso, de pared homogénea, pero inicia en su extremo un ligero cambio de dirección, marcada al interior y al exterior.
La variante A.3, sigue el perfil del prototipo pero el borde es, por el contrario, biselado al exterior.
Presenta en el borde, o labio, un engrosamiento interior muy marcado, produciendo una sección convexa al interior.
En la variante B.l., el engrosamiento interno es muy marcado y redondeado, en contraste con la dirección continua de la línea de pared externa.
Se puede distinguir así de la variante B.2, que presenta engrosamiento interior, pero marcado exteriormente por un' cambio de dirección en la línea de pared externa.
Otra variante, B.3, presenta el engrosamiento interior claramente diferenciado de la pared externa, produciéndose unión de ambas, en ángulo apuntado.
Una cuarta variante, B.4, ofrece un borde engrosado de corte triangular apuntado.
Cuenco carenado Presentan una carena marcada y borde ligeramente saliente.
Según la disposición de la carena se distinguen dos subtipos: liLA.
Carena alta (Fig. 3) próxima al borde, que se perfila cóncavo y ligeramente saliente.
Hay que señalar dos variantes: A.1, con borde de tendencia más vertical que el prototipo, y A.2, con el borde plano y abierto, así como una pared más gruesa. lILB.
Presentan una carena ligeramente más baja y con los bordes verticales.
Se pueden igualmente diferenciar como variantes el BJ, cuyo borde tiende a exvasarse y la carena es ligeramente más alta que el prototipo; y la variante B.2, cuyo borde se ha rematado apuntado (Fig. 4).
Cuenco de paredes rectas (Fig. 4) Hemos incluido en este tipo unos vasos abiertos que bien pueden corresponder a cuencos carenados pero de paredes rectas y de borde indicado exteriormente, casi estrangulado.
Tan sólo se cuenta con tres piezas.
Debido a la escasa incidencia, y a lo escaso del fragmento, existe la duda de que igualmente pudieran corresponder a vasos cerrados.
Nosotros, sin embargo nos inclinamos preferentemente por fragmentos de cuencos, no sólo por la carena sino por los diámetros de boca.
Tipo V. Vasos cerrados (Fig. 4) Pertenecen a este tipo aquellas piezas que indican una pertenencia a vasos cerrados de cuello más o menos exvasado.
Aunque su número no es elevado, un total de 11 representaciones, por las dimensiones e inclinación del cuello distinguimos:
Responde al tipo de urna de cuello corto estrangulado y borde recto saliente, con una varia nte, de borde vertical con pequ eña acanaladura exterior.
En este conjunto, el perfil del cuello es más o m enos vertical pero el borde se marca más exvasado, pudiendo llegar a ser casi horizontal.
Presenta una inclinación del cuello similar al anterior, pero el borde se delimita y marca más con un perfil triangular, o bi en se alarga horizontalmente.
Varios (Fig. 4) Hemos marcado este tipo para aquellas piezas que no encajan de una manera más o menos clara en los tipos anteriores.
Contamos con un fragmento cuyo perfil parece corresponder a un vaso cerrado de cuello cilíndrico (botella).
En este caso, la pared externa va decorada con tres acanaladuras horizontales.
Tapaderas (Fig. 4) Dentro del conjunto de piezas con esta función se han distinguido dos tipos:
A. aquéllos que tienen un borde engrosado de sección circular, y la zona de contacto con el cuerpo lineal (Fig. 4.
B. aquellas otras que tienen el borde engrosado pero de sección oval, dejando una zona plana para el cerramiento con el cuerpo del vaso (Fig. 4.
Están presentes en yacimientos tanto coloniales, en el caso de Toscanos (Roos, 1982: 60), como en yacimientos tartésicos de la zona onubense, como Riotinto o El Aljaraque (Blanco et alii, 1970: 26; Blázquez et alii, 1969-70: Fig. 3), en estratos y fases fechados por sus excavadores entre mediados del s. VII y la primera mitad del s. VI a.
En Montemolín, esta forma es propia del Orientalizante Final del yacimiento (Fases I1I/B y IV) con cronologías centradas en el s. VI a.
C. y fase de ocupación del «Edificio D», donde fueron encontradas todas las piezas.
Los platos del Tipo LB: pertenecen a un tipo característico de nuestro yacimiento, poblado donde únicamente hemos constatado su presencia, al menos en la forma tan acusada que presentan en el cuadro tipológico.
Aparecen a finales del s. VII a.
C., con un ejemplar recogido en el «Edificio A» en el tránsito de la Fase IIII A a la I1I/B. El resto de las piezas pertenecen al s. VI a.
C. (Fases III/B, y IV, ocupación del «Edificio D»), perdurando en el período siguiente como cerámica pintada, bajo la forma LE de la tipología ibérica del poblado (García et aHi, 1989: 222).
Para algunos autores como Roos (1982: 58) deriva de los platos semitas de barniz rojo, por ello, no es raro encontrarlos en yacimientos coloniales como Toscanos o Mezquitilla con altas cronologías de fines del s. VIII a.
C., siendo más frecuentes en el s. VII a.
En el resto de los yacimientos donde aparecen, van asociados a estratos fechados en torno a los s. VII Y VI a.
XXV), con cronologías del s. VID-VII a.
C. En Montemolin, tanto el tipo como su variante son propios de la primera mitad del s. VI a.
C. (ocupación del «Edificio D»).
Los platos del Tipo lE: en el resto de yacimientos donde hemos localizado ejemplares d e esta forma, suelen aparecer con asas llamadas «de espuerta», no conservadas en los escasos fragmentos recogidos en Montemolin.
Aparecen pues en la fase de habitación de los «Edificios A» y «D» (no podemos evaluar si la pieza fruto del nivel de saqueo ibérico perteneció al «Edificio B» o «ü> de este sector).
La variante E.1, es propia de la Fase IV del poblado, fechado en este caso en la segunda mitad del s. VI a.
Platos del Tipo IF: Como sucedió con el Tipo I.B, este plato con acanaladuras parece ser propio de Montemolín, ya que hasta el momento, no lo hemos detectado en el resto de estratigrafías consultadas.
Apareció en el tránsito del Orientalizante al Período Protoibérico, en un estrato fechado a mediados del s. VI a. c., perteneciente al «Edificio D».
Tipo /1' Como bien dice González Prats (1983: 190), en sus dos variantes muestran los tipos más característicos de la producción cerámica gris en los yacimientos protohistóricos del Sur Peninsular.
Son formas que perduran desde las primeras manifestaciones a mano bruñidas del Bronce Final, hasta la derivación de las Cerámicas Grises en un momento tardío, siendo frecuentes en cerámicas comunes o pintadas ibéricas (Garcia et aHí, 1989: 223).
Cuencos del Tipo llA: Responden a los tipos 20 A Y D de Caro (1986: 734) está presente en yacimientos con cronologías entre mediados del s. VII y principios del s. V a. c., como en Carmona (Caro, 1986: 740), de manera semejante a lo que ocurre en Montemolín.
Cuencos del Tipo lIB.'
Semejantes al anterior salvo por el engrosamiento interno característico de sus bordes.
Se corresponden con los tipos 20 B de Caro (1986: 734) Podemos avanzar que son formas típicas de los s. VII y VI a.
En Montemolín tenemos algunos ejemplos del estrato m/ A del s. VII a.
C., correspondientes a los «Edificios A» y «B», aunque la mayor parte de los fragmentos encontrados corresponden a niveles de la Fase m/B de primera mitad del s. VI a. c., y en menor medida, la Fase IV de la segunda mitad de ese s. VI a.
C., aunque perdurarán con la Fase V del yacimiento como pintadas o cerámicas comunes (Garcia et alii, 1989: 221, Fig. 1, I1E).
La variante B.3, semejante a la 20 C de Caro (1986: 734), pertenece a la Fase IV de Montemolín, y fue recogida en la excavación del «Edificio D»..
Los ejemplos de este tipo cerámico suelen aparecer en niveles antiguos de los yacimientos Orientalizantes ya que asimilan una forma muy usual entre sus vajillas de cerámicas bruñidas del Bronce Final.
En Montemolín aparece en las Fases m/B y IV, ambas del s. VI a. c., aunque su variante A.l. la tenemos constatada en un nivel de la Fase mi A del «Edificio B», en el s. VII a.
C. Referir que este tipo cerámico,. en ejemplares bruñidos, es de los más típicos del yacimiento, y está presente en el período orientalizante del poblado acompañando a las producciones grises a torno (Chaves y de la Bandera, 1988a: 371).
En Montemolín, se dan en niveles correspondientes a la Fase IV, con cronologías de la segunda mitad del s. VI a.
C. Cuencos carenados del Tipo W: No aparecen reflejados en los cuadros tipológicos mencionados, aunque podemos apreciar algunas similitudes con los cuencos del tipo B.2. de Crevillente (González Prats, 1983: 159).
En el estrato V del Cerro de la Cabeza (Sevilla), también encontramos cuencos carenados de paredes verticales similares a los de nuestro yacimiento pero en la variedad de cerámica pintada, no gris, y fechados a principios del s. VI a.
En Montemolín se da como una forma tardía, en niveles de la Fase IV, de la segunda mitad del s.
VI a. c., y en los correspondientes al saqueo posterior del sector oriental.
Forma que tenemos representada tanto en necrópolis del hinterland tartésico como Medellín, en la Fase I de A. Lorrio (1988-89: 304), como en algunos poblados de la zona tartésica y levantina como el estrato m de Carmona (Carriazo-Raddatz, 1960: Fig. 8).
Estos vasos cerrados, atribuibles tradicionalmente a urnas en el caso de las necrópolis y a ollas en los poblados, están presentes en Montemolín desde sus fases más antiguas como cerámicas a mano, y perduran hasta época ibérica bajo la forma IX de García (1989: 232), decoradas con bandas y líneas de pintura.
Como cerámica gris, tenemos atestiguada su presencia en niveles correspondientes a las Fases m/B y IV del yacimiento, con cronologías centradas en el s. VI a.
C. en el sector de habitación del «Edificio D».
Al igual que el tipo anterior, esta forma cerámica suele funcionar como urna en las necrópolis tartésicas, y así la vemos en el Túmulo A de Setefilla (Caro, 1986: 545).
En el resto de los poblados, aparecen en contextos tanto del s. VII como del VI a.
En Montemolín, se comporta de una forma irregular, muy repartido por la estratigrafía del yacimiento.
Lo vemos en la fase de ocupación del «Edificio A» (1111 A) y del «Edificio D» (III/B), así como entre los niveles saqueados de época posterior en el sector oriental, sin que podamos atribuirlo con claridad a la fase de habitación del «Edificio B» o «C».
En poblados también constatamos su presencia en el estrato m de Carmona (Carriazo-Raddatz, 1960: Fig. 6), así como en Montemolín, donde aparece en niveles de ocupación del «Edificio C» (Fase m/B) y del ((Edificio D» (Fase IV), con cronologías de ambas mitades del s. VI a.
Vaso del Tipo VI' Posible botella con acanaladuras correspondiente a la Fase III/B de primera mitad del s. VI a.
C. de Montemolín «((Edificio D»).
No hemos encontrado ninguna pieza que pueda servirnos de paralelo exacto para nuestro ejemplar.
Tenemos, constancia en Toscanos de una vasija de paredes decoradas con acanaladuras similares, aunque presenta una orientación distinta a nuestro vaso (Roos, 1982: 60, Forma 4).
Las Tapaderas: En Montemolín, los vasos que han sido utilizados para este fin, son propios de los últimos momentos del orientalizante del poblado.
Aparecen en estratos de la Fase IV, de segunda mitad del s. VI a.
C., y en niveles fruto del saqueo posterior detectado en la Fase V. Sólo un fragmento pudo considerarse como procedente de la Fase III/B, aunque en sus momentos finales, tendentes a la mitad del s. VI a.
Centrándonos en el yacimiento de Montemolín, y analizando los datos estadísticos que se extraen de su estudio, podemos concluir en la preferencia de los habitantes de este poblado por la adopción de estos nuevos tipos en formas claramente abiertas platos y cuencos (91,9 96), sobre las formas cerradas, preferentemente ollas (8,1 96).
Este gusto por las formas abiertas no es exclusivo de nuestro yacimiento, ya que es una práctica común en la mayoría de asentamientos donde aparecen estas cerámicas (Caro, 1986: 767).
En Montemolín, las viejas producciones a mano con impresiones digitales o tratamiento alisado o cepillado que ya estaban presentes desde la Fase n, perviven en las fases orientalizantes del yacimiento para desempeñar las funciones propias de las cerámicas de cocina, por lo que las nuevas formas grises tendrán poco éxito en este sentido (Chaves y de la Bandera, 1984: 146).
Otro tanto podría decirse con respecto a las otras formas fabricadas a mano desde el Bronce Final, las cerámicas bruñidas, que no dejan de estar presentes en los niveles correspondientes a las Fases ID y IV del yacimiento, y las cerámicas gríses (menores en número), no parecen sustituir a la vajilla bruñida como sucede en otros yacimientos (González Prats, 1983: 272), compartiendo algunos.tipos como las formas n y ID que coexisten realizadas en ambas técnicas hasta el final de la Fase IV (Chaves y de la Bandera, 1984: Fig. 5.10).
Con todo, parece que el grado de aceptación de estas cerámicas bajo sus formas abiertas fue mucho mayor, al igual que en el resto de yacimientos orientalizantes peninsulares (González Prats, 1983: 190), siendo los cuencos en general (Tipos n, ID y IV) los más utilizados en el poblado, alcanzando un 66,9 96 frente al 33,1 96 de los platos (tipo 1), y destacando sobremanera entre los cuencos, el tipo n, hemisférico con un 86,8 96.
Como vemos, son interesantes los datos resultantes, ya que confirman, por un lado, el peso de la tradición indígena en la continuada Fabricación y utilización de ciertas formas a mano, que no pierden su vigencia ante los nuevos aportes materiales fruto de los contactos con los nuevos elementos «colonizadores» procedentes de ambientes semitas, y por otro, la preferencia por los cuencos hemisféricos como soportes de estas nuevas cerámicas a torno, imitando en algunos casos formas ya preexistentes con las que conviven en esta nueva fase, que no hacen sino corroborar lo que sucede prácticamente en la mayoria de los yacimientos del área tartésica.
Pero más interesantes serán los datos que extraigamos del estudio de estos porcentajes en el desarrollo cronológico del yacimiento.
En Montemolín, la cerámica gris se encuentra fundamentalmente en las Fases ID y IV del yacimiento, y pervive, escasamente representada, en los niveles del saqueo posterior en época ibérica, por lo que no rechazamos una posible perduración de algunos tipos dentro ya del s. V a.
C., junto al material típicamente ibérico.
El inicio de estas producciones coincide con la aparición y rápido incremento de las formas realizadas a torno, ánforas sobre todo, algunas con decoración figurativa como molinetes pintados (Chaves y de la Bandera, 1984: 150), y en un momento en el que las relaciones con los enclaves de carácter oriental son estables en el entorno de yacimientos tartésicos semejantes a Montemolín.
Atendiendo a las formas más representativas del poblado en su variante gris, los platos y los cuencos (Tipos I y 11) están presentes ya desde los primeros momentos de la Fase III!
A. Los cuencos hemisféricos (81,8 96) son el tipo más utilizado en este estrato frente a los dos fragmentos (18,2 96) pertenecientes a los platos de este periodo, que además aparecen en el tránsito a la fase siguiente, ya del s. VI a.
Por tanto, el material característico del s. vn a.
C. en Montemolín parece corresponderse con una producción de cerámicas masivamente a mano y con el inicio de la aparición (no sabemos hasta el mom~ntos si también fabrícación) de formas grises que ya existen en sus variantes bruñidas y que, por ello, podrían ser fácilmente aceptadas por sus pobladores.
Habría que señalar también el dato importante de la situación de estas cerámicas dentro de la zona excavada, constatando que salvo dos piezas, el resto fue hallado en los niveles de utilización Será la Fase HI/B de la primera mitad del s. VI a. c., la que marque el apogeo de estas cerámicas en cuanto a su utilización en el yacimiento.
Asistimos a una disminución del porcentaje de los cuencos del tipo H que, aunque más numerosos (34 fragmentos), sólo alcanzan el 57,6 % al ser comparados con los platos, que marcan ahora un 42,4 %.
En cuanto a su distribución espacial, se produce un fenómeno semejante al observado en el periodo anterior.
Solo dos fragmentos fueron hallados en el entorno constructivo del «Edificio C», perteneciendo el resto de ejemplares documentados, a los niveles de ocupación del «Edificio D», tanto en esta Fase I1IIB, como en la siguiente, IV, donde los porcentajes entre platos y cuencos hemisféricos se reparten de forma iguajada con un 50 % para cada uno de ellos.
De la valoración de estos datos, podríamos extraer una serie de consideraciones, o reflexiones, como las siguientes:
-La variante de cerámica denominada como Gris de Occidente, se da en Montemolín en las fases propiamente orientalizantes del yacimiento, en un momento del s. VII a.
C., en el que son frecuentes en el resto de los poblados del área tartésica fruto del contacto con los centros semitas instalados en el Sur peninsular.
-Predominio absoluto de las formas abiertas en la cerámica gris (91,9 %), motivado quizás, como ya hemos indicado, por el peso de la tradición en la producción de vasijas de cocina, donde el gusto por los motivos digitados o incisos en cerámicas a mano, pervive hasta épocas muy avanzadas en el poblado, desplazando el uso de estas nuevas técnicas hacia modelos que se copian (aunque no sustituyen) de los productos bruñidos, fundamentalmente bajo la forma de cuencos.
-El Tipo n, cuenco hemisférico, es el más numeroso, y aparece repartido por toda la estratigrafía del yacimiento en sus fases orientalizantes.
Si analizamos el comportamiento de este grupo cerámico en el resto de yacimientos donde es frecuente su utilización, apreciamos algunas notas problemáticas: en el área tartésica, en poblados como el Cerro de la Cabeza (Santiponce, Sevilla), por ejemplo, los platos grises suelen ser los más antiguos y más numerosos, y sólo a finales del s. VII a.
C. se verán desplazados por los cuencos, forma que domina en el espectro cerámico gris tlel s. VI a.
Por otro lado, ya González Prats (1983: 195) había indicado esta preferencia y la mayor antigüedad de su forma B.5. (plato) en ambientes indígenas, frente a los establecimientos coloniales semitas, donde su tipo BA. (cuenco) era la forma común en cerámicas grises de los ss.
C., y en donde los platos, al igual que en nuestro yacimiento, hacían su aparición a finales del s. vn y principios del VI a.
Si atendiéramos a esta sugerencia, la problemática de Montemolín nos plantearía una serie de interrogantes de difícil solución por el momento.
Los cuencos grises de l\1ontemolín serían fruto de un contacto más íntimo con los pobladores coloniales, como plantearían también otra serie de elementos como los paralelos del «Edificio B» con plantas fenicias como las de Mezquitilla.
De esta forma, el comportamiento similar en cuanto a la distribución de cerámicas grises permitiría, como en el caso de Crevillente, suponer la presencia real de alfareros orientales en el poblado (González Prats y Pina, 1983: 125), hecho tampoco descartado por las excavadoras de Montemolín (Chaves y de la Bandera, 1991: 714).
Sin embargo, cómo podríamos explicar otras circunstancias como la escasa representatividad de otras producciones como las cerámicas de engobe o barniz rojo (que se encuentran en un estudio más detallado en estos momentos), entre las cuales no se dan las típicas formas a las que nos tienen acostumbrados los yacimientos malagueños, como los platos u oinochoes.
Acaso serían sustituidas por las pintadas figurativas, que sí cuentan con un volumen y calidad contrastadas, cerámicas que, por otro lado, tampoco son características de los enclaves semitas costeros.
O habría que atender, como refiere González Prats (1983: 196), al componente griego como factor a tener en cuenta en algunas producciones, como en los platos grises de Guadalhorce, que relaciona con los ejemplares del sur de Francia, aunque canalizados por medio de los fenicios.
De esta forma, podríamos explicar la situación irregular de Montemolín respecto a los poblados vecinos si atendiéramos a la instalación en el yacimiento de elementos alóctonos de procedencia oríental de muy diversa índole, responsables unos de las cerámicas figurativas (Chaves y de la Bandera, 1989, e.p.) y otros de las producciones de carácter semita.
Con todo, nos adentraríamos en una serie de hipótesis, que aunque plantean cuestiones interesantes, necesitarían para su verificación, tanto del aporte de nuevos datos procedentes de las excavaciones de estos poblados orientalizantes del Sur Peninsular, como del análisis de las pastas cerámicas grises de Montemolín, para comprobar la posible filiación oriental de algunos platos como se da en Crevillente (González Prats y Pina, 1983: 121).
Por último, otro dato interesante que resalta al efectuar el estudio espacial de los hallazgos de cerámicas grises en el yacimiento es la importancia que adquiere la zona de ocupación del «Edificio A», que ya presenta muestra de uso en épocas anteriores, y que en las Fases I1I/B y IV lo será en forma del «Edificio D», ya de planta rectangular.
De este área destacada del resto por la singularidad "de sus componentes arquitectónicos, y ser el punto más elevado del entorno, procede la mayor parte de la cerámica considerada como gris, así como otros tipos figurados de alta calidad, y de barniz rojo, que permiten considerar a esta zona como área privilegiada de función no muy clara hasta el momento pero que denota un papel predominante en la vida del poblado desde su fundación.
Nuevas excavaciones, así como el estudio de otros componentes materiales del yacimiento, permitirán en su momento corroborar las hipótesis aquí planteadas, así como la vinculación y relación del poblado con el resto de asentamientos que conforman el Complejo Cultural Tartésico del Bajo Guadalquivir. |
RESUMEN La excavación de la necrópolis celtibérica de Carratiermes ha proporcionado hasta el presente importante información sobre este tipo de yacimientos; los resultados confirman en parte los datos establecidos hace años, mientras que, por otro lado, ofrecen nuevas perspectivas para el conocimiento de tales estaciones.
Tal vez, la aportación más interesante y novedosa sea la que se refiere al momento protoceltibérico y la diferenciación en él de dos tipos distintos de ajuares funerarios.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es I señalan autores precedentes, indicando al respecto lo siguiente «... este conjunto de hallazgos no autoriza a fecha más dilatada que entre el siglo IV-UI y el año 97 antes de J. c.»
(Taracena, 1941: 108); sin embargo, no hace mención al lugar que ocupa la necrópolis celtibérica.
Ya no existen más noticias sobre el tema hasta 1975-76, fecha en la que, el entonces guarda del yacimiento, D. Doroteo García Yagüe, recuperó diversos objetos de distintas parcelas en las que se extiende la necrópolis de Carratiermes, cuando se llevaban a cabo tareas agrícolas.
Este suceso nos posibilitó realizar unos sondeos en el mes de abril de 1977, cuyos resultados no fueron todo lo satisfactorios que deseábamos, aunque, sin embargo, permitieron corroborar la existencia en aquel lugar del cementerio celtibérico de la Tiermes prerromana (Argente Oliver y Díaz Díaz, 1979).
Poco tiempo después, se publicó un ajuar que presumiblemente procedía de Carratiermes y cuya composición responde a un momento avanzado de utilización de la necrópolis (Ruiz Zapatero y Núñez García, 1981).
A partir de este momento ya no hay otra información que incorpore datos sobre la necrópolis de Carratiermes, pues sólo las campañas de excavación, efectuadas desde 1986 hasta la fecha, constituyen la fuente que permite ir conociendo las características peculiares del cementerio.
Los trabajos de campo que se han efectuado en Tiermes, durante el período de 1975-1986 (Fig. 3), trataron de reconocer diversos aspectos de la ciudad romana (Argente Oliver y Díaz Díaz, 1990), dejando en segundo plano la investigación en Carratiermes; sin embargo, y debido al expolio realizado por clandestinos en 1985, trasladamos el centro de actividad de las campañas efectuadas entre 1986-1991 a este punto del yacimiento de Tiermes, recuperando una información muy importante, que se ha dado a conocer recientemente en diversos trabajos (Argente Oliver, Díaz Díaz y Bescós Corral, en prensa).
CARACTERISTICAS DE LA FASE PROTOCELTIBERICA.
Expuestos los datos generales sobre Carratiermes, vamos a referirnos ahora a la etapa de formación que culminará, a partir del siglo IV a. c., en el período que se conoce como Cultura Celtibérica Plena.
La fase protoceltibérica se corresponde con el primer Hierro en la zona, desde el momento de los influjos de los Campos de Urnas del Hierro del valle del Ebro hasta la celtiberización inicial, con la aparición, como elemento tecnológico fundamental, del torno.
El término fue propuesto por primera vez por Ruiz Zapatero y Lomo Alvarado (1982) para designar este grupo de necrópolis, refiriéndose a las antiguas del Alto Jalón.
Términos análogos usados son principalmente los de necrópolis de Hallstatt (Aguilera y Gamboa, 1916) necrópolis posthallstátticas (Bosch Gimpera, 1921); Primer Hierro de la Meseta y sus inmediaciones (Cabre Aguiló;1930: 30-33); periodo 1 de la cultura celtibérica (García-Soto Mateos, 1990).
Casi el primero de estos términos es el de necrópolis posthallstátticas, que fue criticado por su inexactitud, ya al poco tiempo de su proposición (Cabré Aguiló, 1930: 32-33).
Pretendemos demostrar la adecuación del término de protoceltibérico a la realidad arqueológica que se observa en la necrópolis celtibérica de Carratiermes.
Asimismo, últimamente se tiende a diferenciar la existencia de una fase de transición entre las dos edades clásicas del Hierro y en este sentido aparecen los términos de Cogotas Ua, cuando se quiere aplicar al Oriente de la Meseta (Martín Valls, 1986-87); protoarévaco (Romero Carnicero, 1982), en paralelo con el término protovacceo de Wattemberg (1959) y con el mismo sentido; o el periodo U de García-Soto Mateos (1990a).
Sin embargo, este momento no está todavía lo suficientemente bien definido en la Meseta Oriental, ni siquiera en la amplia necrópolis de Carratiermes.
Los diferentes elementos de ajuar funerario de la fase protoceltibérica continuarán en gran medida en la fase celtibérica -sobre todo al comienzo de la misma-, tal como lo hemos verificado en Carratiermes, pero tienen su origen en un momento claramente anterior.
La continuidad parcial es perfectamente distinguible, tanto en Carratiermes como en otras necrópolis, caso de la de Ucero.
• 246.,42 3.-Dislribución de los diversos lipos de enlerramienlOS de la fase prolocellibérica.
Cuadrados: lumbas proloceltibéricas; círculos: lumbas cellibéricas.
Formas rellenas: ajuares de adornos; Formas vacías; ajuares de armas.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es (García-Soto Mateos, 1981y 1990a), por citar un yacimiento en curso de investigación y próximo geográficamente al nuestro.
Expuestas las notas precedentes, vamos a examinar a continuación los elementos materiales que configuran la fase protoceltibérica en Carratiermes, que pueden generalizarse a las demás necrópolis conocidas en el área, entre las que existen diferencias no sustantivas.
MATERIALES PROPIOS O ADJUDICABLES A LA FASE PROTOCELTIBERICA
Dada la continuidad material entre las fases protoceltibérica y celtibérica, es la concurrencia de los tipos iniciales en las tumbas lo que las define como pertenecientes a la fase protoceltibérica y permiten diferenciarla.
Hay también una serie de piezas exclusivas, cuya presencia indica claramente la adscripción de la tumba a la fase celtibérica; es el caso de las fíbulas de doble resorte de tipo 3D; las anulares hispánicas evolucionadas, tipos 6C y 60; o los modelos de pie vuelto con torrecilla, las zoomorfas, tipos 8A2 y 8B 1, entre otros (Argente Oliver, 1989: 118 y ss.; 154-188 y 217 y ss.); y sobre todo, la cerámica a torno, que nos facilita, en un ambiente de necrópolis, referencias a un cambio tecnológico itnportante, a diferencia del resto del material que nos lo ofrece simplemente desde el punto de vista morfológico.
La cerámica a peine, aunque no existe claramente delimitada en el horizonte protoarévaco (Romero Carnicero, 1984a y en prensa su última evaluación sobre el tema), sí parece indicar el momento de transición entre el final de la fase protoceltibérica y la celtibérica inicial, dado que se halla en conjuntos cerrados mayoritariamente con ausencia de cerámica a torno, y también en otros de datación celtibérica.
Expuestas estas ideas, pasamos a revisar los materiales representativos del momento cronológico que estudiamos, y cuya presencia en Carratiermes ha sido registrada en los inventarios.
Podemos hacer la división usual entre las formas de superficies pulidas y tamaño pequeño o medio y aquellas con tratamiento menos cuidado y mayor tamaño.
La forma de urna a mano casi exclusiva es el cuenco (Fig. 4, 1 y 2).
Aparece en la mayoría de las necrópolis de esta zona, aunque en poca cantidad y a ella debe hacer referencia Aguilera y Gamboa cuando habla de un grupo de cerámicas de Aguilar de Anguita «oo. negras, y de un barro tan malísimo que se deshacían al sacarlas y es dificilísimo de reconstruir... »
(Aguilera y Gamboa, obra inédita; tomo ID: 22).
Su variabilidad es grande, pudiendo ser desde de paredes rectas a convexas, con borde recto a reentrante.
Sus bases pueden ser planas, ligeramente rehundidas o con umbos.
En su totalidad, el tratamiento exterior es muy cuidado, pudiendo ser espatulado o bruñido en la pared externa, y que se continua, a veces, por parte de la interna, adquiriendo en una última fase de cocción un tono negro intenso y brillante.
Las paredes -en la mayor parte de los casos-se van estrechando desde la base hasta el labio.
La cocción es mayoritariamente de nervio de cocción, tanto oxidante como reductor, siendo escasa la cocción reductora e inexistente la oxidante en esta forma, apareciendo más frecuentemente la reductora en el momento más tardío.
Los exteriores son negros u ocres muy oscuros; predomina el degrasante de mica blanca con algo de cuarzo.
Son de tamaño pequeño (unos doce centímetros como altura máxima), con mayor diámetro de boca que altura.
La distribución de estas piezas en el tipo de yacimientos que nos ocupa es amplia, pero en el valle del Ebro y_ en lo que nos ha llegado de las formas cerámicas de las necrópolis antiguas, no parece ser la forma mayoritaria.
En la necrópolis de Las Cogotas (Cabré Aguiló, 1932) sí aparece en tan gran cantidad como lo hace en Tiermes, aunque allí se halla frecuentemente asociada con la decoración a peine, siendo m ucho menos frecuente ésto en Carratiermes.
Respecto a la cronología de estas piezas, en la necrópolis de Luzaga (Díaz Díaz, 1976: 468-477) no aparecen las cerámicas de paredes abiertas y base plana y en la de La Atalaya (la necrópolis de Cortes de Navarra) (Maluquer de Motes, 1957) el cuenco se presenta siempre co n bases pla nas o ligeram ente rehundidas.
Dado que el yacimiento de Luzaga tiene una cronología clara a partir del s. IV a.
C. -incluso mediada dicha centuria-y el de La Atalaya termina con la aparición de la cerámica a torno en la zona (a mediados del IV a.
C.), las formas de cuenco de bases pla nas pueden corresponder a la fase protoceltibérica para esta zona.
De todos modos, la sencillez del modelo hace probable su pervivencia en la fase celtibérica.
Form as tron cocónicas y de tendencia hemiesférica aparecen asocia das en Las Ma drigu eras (Alm agro Gorbea, 1969: 107, lám. XIX) a los estratos IV y III, co n una cronología d el s.
VI, todo el V y principios del IV a. c., y en Navarra (Castiella, 1977) perten ece a la form a 7, que se corresponde con el cuenco genérico, con una cronología muy amplia, alcanzando la segund a Edad de Hierro.
Podríam os suponer pues, para esta forma sin decoración, una cronología con límite de m edia dos del IV a.
C., sin poder descartar pervivencias.
El res to de las form as a parecen en mucha m enor cantid ad y pocas veces en contex to de tumba.
Entre ellas, podem os cita r el cu enco de borde cilínd rico y pa redes troncocó nicas, que se puede paralelizar con la form a 3 de Rom ero (l 984b), qu e en Carra tierm es presenta una serie de trazos in cisos oblícuos en la carena (Fig. 4, 3).
La fo rm a de cuenco de pa redes convexas y la bio levemente exvasado se relaciona con la cerámica de So to II de Pago de Gorrita (Valladolid) y apa rece también en Roa (Burgos), pero m ás directa m ente con la form a 2 de la Cultura de los Cas tros (Fig. 4, 4; Rom ero Carnicero, 1980: 146, fig. 2,5 e ID.
La no 6 (Fig. 4), inventariada en la tumba 272, es un cuenco oxidante de forma cóncavo-convexa de gran diámetro que corresponde a esta fase por el ajuar de pectoral de espirales y collar de cuentas que posee.
Las formas sin pulir son escasas, debido al caracter ritual del material en la necrópolis; aparecen restos de formas de bordes cóncavos de tratamiento, como mucho, alisado, con degrasante medio y grueso, de cuarzo y cocción reductora con exterior ocre claro (Fig. 4, 6).
Estas piezas presentan frecuentemente bandas de trazos oblícuos y cordones digitados o de trazos incisos.
Los fragmentos que poseemos se pueden relacionar con la forma I de Castiella (1977) dentro de su grupo de las cerámicas sin pulir.
En el inventario de piezas metálicas que se puede establecer en los ajuares protoceltibéricos de Carratiermes destacan, entre otros, ciertos elementos importantes, tanto por sus características morfológicas como cronológicas; es el caso de las fíbulas, broches de cinturón y pectorales.
Van a ser ellos los que permitan obtener la información que nos facilita establecer unas bases para la mejor comprensión de la etapa protoceltibérica.
Es uno de los objetos más frecuentes en las necrópolis de nuestro estudio; por su relevancia como elemento de estatus personal, unido a su sensibilidad tipológica para el cambio cronológico y cultural, ha sido considerado desde siempre de la mayor importancia para la clasificación y datación temporal de los conjuntos y yacimientos en donde aparece.
En este sentido, y una vez que revisemos las piezas inventariadas en Carratiermes como correspondientes a la fase protoceltibérica, comprobaremos que las fíbulas aportan una información de suma importancia, en orden a la datación de los conjuntos que clasificamos en la fase que ahora estudiamos.
En el inventario de fíbulas de Carratiermes, las que incluimos en la etapa protoceltibérica ofrecen una variedad importante de modelos y tipos, todos ellos pertenecientes a un período cronológico similar.
En los ajuares de dicha necrópolis, suelen existir uno, dos, tres y hasta cuatro de estos objetos.
Todos se datan entre fines del siglo VI a.
C. y la centuría siguiente, a excepción de uno de los tipos, el 6B, que tiene una cronología muy amplia, pues abarca hasta el siglo I d. c.; sin embargo, las piezas que ahora se incluyen no ofrecen dudas en cuanto a su adscripción, a un primer momento de fabricación del tipo.
Lo expresado es válido tanto para los ajuares de adornos como para los de armas; en ambos, se registran los mismos modelos de fíbulas y broches de cinturón -como luego veremos-, piezas que siempre suelen aparecer relacionadas en los ajuares, tal como se ha indicado en estudios precedentes.
4.2.B. Broches de cinturón
En la necrópolis de Carratiermes contamos con un nutrido número de ejemplares de este tipo de piezas, ofreciéndonos el dato de que tan sólo son frecuentes en el período protoceltibérico, hallándose prácticamente ausentes los tipos de broches de cinturón con datación en la etapa celtibérica plena, tal como se ha puesto de relieve en un estudio reciente (Alonso Lubias, en prensa).
La mayoría de los ejemplares de Carratiermes pertenecen a la producción denominada «céltica», y los tipos registrados son los de uno y tres garfios, con escotaduras cerradas (Figs.
El número más importante queda enmarcado en el tipo O-ID de Cerdeño, tanto en sus variantes de un garfio como de tres, conociendo un sólo ejemplar de cuatro garfios y ninguno de dos (menos frecuentes) (Cerdeño Serrano, 1978).
Por lo que respecta a las hembras, se registran dos tipos: el serpentiforme (Figs.
En cuanto a la técnica decorativa, los broches de cinturón de Carratiermes tienen características similares a los inventariados en la Meseta Norte, con motivos incisos y sucesión de puntos en relieve o granetti, desarrollados a lo largo del contorno de la pieza y en su parte central, nunca en los garfios, por lo que respecta a las piezas machos; en cuanto a las hembras, en los casos en que aparece (los de tipo rectangular), la decoración es similar.
Del total de piezas inventariadas en Carratiermes, una buena parte se hallaron en ajuares conservados in situ, mientras que otro lote, no tan importante numéricamente, se encontraba fuera de su contexto inicial.
En la figura 14, se observa, en la relación de objetos por tumbas, cómo los broches de cinturón ~ catalogan tanto en los ajuares de guerrero como en los de adornos de bronce, a la vez que en todos ellos existen pectorales o restos de los mismos; en este mismo sentido, aunque hay un mayor número total de fíbulas, siempre suelen coincidir éstas en aquellos mobiliaríos en los que se inventarían broches de cinturón.
En el recuento de los ajuares que relacionamos en la figura 14, se deduce que el 38 96 de los ajuares de guerrero poseen en su inventario broches de cinturón, mientras que en los de piezas de bronce se eleva al 62 96; lógicamente estos porcentajes hay que tomarlos con la necesaria precaución que implica el tamaño de la muestra, además de encontrarse la necrópolis todavía en proceso de excavación, pero que entendemos resultan claramente significativos.
Es muy posible que los porcentajes establecidos varíen en el estudio final de la necrópolis, estableciéndose una relación bastante más igualitaria entre ambos grupos.
Dentro de los conjuntos de adornos, destacan por su naturaleza, conservación y precisa identificación las piezas que denominamos «pectorales», y de los que hasta el presente solamente se conocían algunos ejemplares aislados y/o piezas sueltas de los mismos, pero que, a juzgar por los restos hallados en Carratiermes, debieron ser relativamente frecuentes en el mundo celtibérico, dependiendo siempre de la importancia social que alcanzó el individuo propietario de estas piezas.
El término fue ya utilizado al estudiar algunos conjuntos de las necrópolis de Alpanseque (Cabré de Morán y Morán Cabré, 1975; Fernández Galiano y Valiente Malla, 1982; García-Soto, 1990b; Séhüle, 1969).
Además, consideramos a estos objetos de sumo interés, pues resultan ser una de las expresiones más características de la etapa protoceltibérica; se trata de elementos que pertenecen claramente a la etapa de plenitud, dentro de lo que se considera previo al mundo celtibérico, aunque algunas piezas lleguen a estar presentes con cerámicas a torno, particularidad que indica ya la fase celtibérica plena, pudiendo datar entonces ciertos pectorales en una cronología más moderna (Argente Oliver, Díaz Díaz, y Bescós Corral, en prensa; García Soto-Mateos, 1990b).
En estos objetos se pueden distinguir diversos modelos, que han podido ser identificados tanto por los hallazgos de Carratiermes como por los ejemplos, aunque no tan completos, de diferentes yacimientos, principalmente aquéllos que se integran en la llamada «Colección Cerralbo»; por otro lado, la distinciÓn que hacemos se relaciona con los ejemplares identificados en diferentes áreas de Europa.
Los tipos que señalaremos a continuación son distintos, incluso, según estimamos, en cuanto a su funcionalidad.
Los modelos que se advierten son dos: los constituidos por placas, ya sean circulares o rectangulares, y los espiraliformes, realizados con alambres de bronce, que rematan en espirales a lo largo del vástago central en que se desarrollan.
En el primer caso, se suelen añadir otros elementos metálicos que completan la ornamentación de la pieza resultante.
Así, pues, y teniendo en cuenta lo dicho, distinguimos dos modelos, que son generalizables a toda la zona celtibérica:
El objeto consta de cinco piezas: el vástago, las espirales, la aguja, los colgantes helicoidales y los de anteojos.
El primero consiste en un alambre enrollado sobre una varilla de bronce o -en escasos ejemplares-de hierro.
Junto a la varilla se disponen los extremos laminares de las espirales que así quedan fijadas por el arrollamiento general del eje.
Las espirales varian de 4 a 12 con una disposición tendente a la simetría sobre y bajo el vástago.
De las espirales de la línea inferior penden, por medio de colgantes helicoidales (de 6 a 8 por cada espiral), unas espirales dobles (<<anteojos»).
Por último, la aguja es de sección circular salvo uno de sus extremos que se aplana para enrollarlo en el centro del vástago (Fig. 9).
Por lo que respecta al origen de los pectorales de espirales, Cabré-Morán (1975) estiman que, para las fíbulas de espirales, las representaciones más antiguas se hallan en Oriente, en los alfileres tetralobulados, realizados en hilo de oro y procedentes de la Troya del m milenio (Cabre-Morán, 1975).
De allí pasarían a Grecia y luego al Mediterráneo, llegando hasta Italia y Europa Central.
C. Sin embargo, este tipo no se extiende más allá de la zona comprendida entre el Báltico y el Mar Negro (Gimbutas, 1965).
Así las cosas, los predecesores más cercanos a nuestras fíbulas de espirales corresponderian a la cultura del periodo hallstáttico y al vilanoviano.
Es lo más probable que los pectorales de nuestra Meseta Oriental sean una evolución de la fíbula de espirales, ampliamente extendida por Italia, encontrándose bien representada, en el tipo de vástago con 4 espirales, en la necrópolis de Este, y que son asignadas de un modo general a la fase II (Ha B3), con una cronología entre el 800 y el 700 a.
Son aquellos que se constituyen a partir de una placa de bronce; a ella se le añaden diferentes complementos, tanto por encima como por debajo de la misma (Fig. 6; Lám.
En cuanto al modelo, se puede generalizar que se componen de tres partes: la central, que es la placa rectangular en sí, mientras que la superior e inferior llevan los elementos complementarios de adorno de la pieza, que son sencillas campanillas (la inferior) y una placa recortada (la superior) en la que se ejecutan dos círculos o bien se sustituyen por otras tantas espirales.
La placa recortada se sujeta a la parte central por medio de dos remaches, mientras que las espirales lo hacen con un pequeño y fino alambre.
En el centro de la parte superior del pectoral se coloca la aguja, que permite sujetar la pieza en el soporte correspondiente.
Aún es posible añadir un tercer tipo, que se distingue porque la parte superior, unida la placa rectangular, es simplemente una plancha que se dobla para su sujeción en la prenda correspondiente.
A los modelos de placa de la Celtiberia, Schüle les atribuye un nacimiento itálico (Schüle, 1969: 111 y mapas 31 y 32), siendo el paralelo más próximo los pect, orales de la cultura Picena, en la costa adriática en el centro de la península italiana, con una cronología del s. VIII (1 Edad del Hierro).
Hay que señalar que los modelos picenos, siendo los más parecidos a los nuestros, son exclusivos de su zona, no registrándose en el resto de la Península Itálica (Trump, 1966).
El camino de introducción, para el modelo particular, es poco claro, ya que no aparecen los modelos de placa más que en la zona celtibérica de Soria y Guadalajara.
Puede ser por el valle del Ebro, donde se documentan, y aparecen los colgantes cónicos (<<campanillas») y los colgantes helicoidales: pequeños vástagos recubiertos de alambre en la necrópolis de Can Canyis (Período IV de Vilaseca) (Vilaseca Anguera, 1963) aunque allí se registran como partes de collares en los que ellos son los elementos principales.
Se dan también los colgantes cónicos y las cadenillas en la necrópolis castellonense de Solivella (Fletcher Valls, 1965) donde parecen corresponder a collares más que a un pectoral.
Respecto al significado de estas piezas podemos ver que entre las piezas del Museo de Ascoli encontramos pectorales de placa con una representación, en la parte superior, de una diosa con caballos y, colgando de la placa en sí, representaciones humanas esquemáticas (Randall, Mc Iver, 1927) de modo que podríamos atribuirle un significado religioso a estas piezas, aparte de su función de diferenciación social.
Este tipo de piezas se podría poner en relación con los colgantes de cadenillas, los cuales aparecen asociados a las placas en la zona Picena y, en nuestra zona, en la necrópolis de Ciares y en la de Torresabiñán, con una cronología del s. IV.
Los distintos elementos que forman el adorno, los colgantes helicoidales y las espirales se presentan asociados a distintos elementos sustentantes: fíbulas, láminas de bronce, placas o cadenas; también aparecen asociados entre sí y a otros tipos de colgantes, como cadenillas, aros simples o geminados y vástagos.
Se trataría así de una serie de elementos de adorno femenino, los cuales se conjugarian en distintas asociaciones, cambiándose campanillas por cadenas o por vástagos helicoidales.
De este modo la correspondencia entre las placas de pectoral de la zona pie en a y las celtibéricas, podría ser una relación casual dentro de un adorno polimórfico.
Lo contrario, la coherencia formal entre ambas zonas (también posible) implicaría una ilación directa entre el pueblo comercial de la costa adriática (los picenos) y la costa española.
Hay una ausencia de espadas o puñales, siendo características las lanzas, por lo común bastante largas, de nervio muy marcado en ángulo respecto al plano de la hoja, sea el nervio plano (Fig. 12, 5028) o curvo (Fig. 11, 3933); los filos son rectos y el entronque del filo con el mango en ángulo recto y esquinas redondeadas.
Este tipo de lanzas no existen en la necrópolis de Las Cogotas, donde aparecen los tipos que en Tiermes se corresponden con los inicios de la fase celtibérica y la celtibérica: las lanceoladas de nervio en arista o las de sección rómbica; y tampoco aparecen en la más antigua de Chamartín de la Sierra.
En la necrópolis de Altillo de Cerropozo las lanzas de nervio circular corresponden a los ajuares antiguos, luego se mezclan con las de sección rómbica, y el final de la evolución (con las espadas) se da en las lanzas de nervio en arista.
La longitud de este tipo de lanzas señala hacia tipos más antiguos, así como su nervio resaltado, que luego tiende a difuminarse en las lanzas de nervio en arista o en las de sección rómbica.
Las espadas, al menos en Carratiermes, parecen corresponder a la parte inicial celtibérica o final de la protoceltibérica, sin que ello niegue que en otras partes, como afirma Cabré-Morán, puedan iniciarse en el s. V.
DESCRIPCION DE LOS AJUARES PROTOCELTIBERICOS
Expuestos los materiales más significativos que corresponden a la fase protoceltibérica, por lo que a Carratiermes se refiere, vamos a expresar la asociación que existe entre los mismos, y para ello nos basamos en los ajuares excavados.
Estos conjuntos suelen estar formados por unas piezas características:, fíbula, broche de cinturón, pectoral, pulsera, collares de cuentas de pasta vítrea y, como único objeto fabricado en hierro, un cuchillo de hoja curva, entendido como una pieza multifuncional, pero nunca considerado exclusivamente como arma, aunque en casos extremos pueda ser utilizada como tal.
De todas las piezas que componen estos ajuares. contamos con el apoyo cronológico de dos. que últimamente han sido estudiados en profundidad; nos referimos a los broches de cinturón (Cerdeño Serrano, 1978) y las fíbulas (Argente Oliver, 1974y 1989).
Un tercer objeto. el pectoral, constituye, aun no contando para él con datos cronológicos como en los casos anteriores, otro elemento diferenciador de los individuos que conformaron esta sociedad y que caracteriza a los ajuares de bronce de la etapa que denominamos protoceltibérica.
Más adelante examinaremos la datación que ofrecen las piezas señaladas. permitiendo dicha circunstancia señalar las fechas en las que pueden situarse los conjuntos.
Los objetos relacionados ofrecen una unidad de conjunto que les distingue frente a otros ajuares de la misma o parecida datación hallados en la necrópolis; ésto identifica, a la vez, una categoría social y económica, pues viene a ser, por un lado, la representación de miembros de una condición social elevada y, por otro, una posición económica fuerte. ya que todos los objetos que se inventarían señalan una situación de poder frente a la mayoría de su sociedad.
Las tumbas con ajuar de bronce se disponen junto a otras que, gozando de la misma datación que proponemos, presentan un sentido diferente y corresponde, a juzgar por los objetos inventariados en ellas, a individuos del estamento de guerreros; no obstante, las piezas recuperadas señalan ciertas diferencias con los ajuares de la élite militar de fechas posteriores.
En el estado actual de la investigación, el mobiliario del guerrero protoceltibérico se caracteriza por presentar, como norma general, las siguientes piezas: puntas de lanza de gran tamaño -suelen sobrepasar los 50 y 60 cms. de longitud total-, con fuerte nervadura central; regatones, con tamaño en relación a las puntas de lanza; en ciertos casos, bocados de caballo; cuchillo de hoja curva; fíbula, de bronce o hierro. (en este último material serán menos frecuentes en etapas posteriores); broches de cinturón, en su mayoría de tres garfios y escotaduras cerradas, del tipo D.m.3 de la tipología de Cerdeño (Cerdeño Serrano, 1978), aunque también se han inventariado broches de un sólo garfio y escotaduras cerradas.
Por lo que respecta a otro tipo de armas, caso de las espadas o puñales, hay que decir que no son características de la fase protoceltibérica, sino que corresponden a las siguientes centurias, dentro ya del mundo celtibérico pleno.
Esta circunstancia se revela claramente en Carratiermes.
Algunos conjuntos presentan piezas poco frecuentes, como es el caso de calderos de bronce, que se encuentran aplastados con clara intencionalidad, y que se registran, en el inventario actual, en dos tumbas -números 321 y 327-o un cazo de bronce -tumba núm. 362-, lo que permite pensar, si el porcentaje se mantiene en trabajos futuros, en una importación de piezas de origen más lejano que las registradas más frecuentemente en los ajuares ya excavados.
Frente a estos mobiliarios ricos aparecen toda una serie de ajuares más pobres, que con frecuencia plantean dudas en la adscripción cronológica, caso de los que sólo presentan la urna de tipo de cuenco que posee una gran perviven cia.
EJEMPLOS DE AJUARES MET ALICOS PROTOCELTIBERICOS EN LA NECROPOLIS DE CARRATIERMES
Diversos ejemplos podrían traerse a colación entre los ya excavados en Carratiermes; sin embargo, hemos elegido cinco de ellos que permitan ofrecer las características de los dos tipos establecidos -de guerrero y de individuo civil-y que sirvan de modelo para trabajos futuros en el área de la Celtiberia estricta.
Presentamos los ajuares que identificamos con los números 235 y 291; ambos son dos exponentes precisos de las características reseñadas para este tipo de ajuares.
La estructura funeraria en donde se localizó el ajuar era de hoyo realiiado en el nivel ID -correspondiente al conglomerado natural en matriz arenosa-o Encima del hoyo quedaban restos de la cobertera pétrea que cubría la concavidad o pozo; la tierra alrededor de la estructura era negra.
El ajuar inventariado consta de las siguientes piezas: _ Pectoral de placa. _ Restos de pectoral espiraliforme. _ Fíbula de doble resorte, tipo 3C Argente. _ Anillo de fíbula anular hispánica. _ Fíbula de pie vuelto, tipo 7B Argente _ Hembra de broche de cinturón, tipo serpentiforme. _ Tres pasadores de bronce para s uj eción del broche de cinturón. _ Fragmentos de pulseras de bronce, algunos con decoración incisa en una de sus caras. _ Cuentas de collar de pasta vítrea, color amarillo, muy deterioradas por acción del fuego. _ Cuchillo de hoj a curva, de hierro.
No se inventa rió urna; tan sólo algunos fragmentos de cerámica oxidante y reductora se hallaron en la parte superior del hoyo y entre la cobertera pétrea.
Se encontró en un hoyo-rebaje, encima del cual había una cobertera de piedras, con un a pequeña ca pa de pizarras.
No se registró vasij a alguna, así como tampoco estela ni restos óseos.
Consta de las siguientes piezas:
-Restos de un segundo pectoral espiraliforme.
-Fragm entos de pectoral de placa; conserva alguna de las campa nillas que completa n la pieza.
-Fíbula de pie vuelto, tipo 7B Argente.
-Broche de cinturón, de tres garfios y escotaduras cerradas.
-Hembra de broche de cinturón, tipo serpentiform e. -Collar completo de pequeñas cuentas de bronce, con un total de 2.247 piezas, con una longitud total que se aproxima a los 3,5 metros. -Restos de cuentas de collar de pasta vítrea.
-Dos cuchillos de hoja curva, de hierro.
-Restos metálicos, sin poder indicar función concreta.
En este apartado señalamos tres conjuntos -números 302, 3 t 9 Y 327 del inventario general de tumbas de Carratiermes-, que recogen la idea del ajuar de guerrero, y en los que se identifican los objetos propios de esta época caracterizándose, como ya se ha dicho, por la ausencia de espadas, puñales y otras armas, que identifican otros momentos cronológicos del mundo celtibérico.
Corresponde al tipo de estructura que denominamos de rebaje poco profundo, sin llegar a ser hoyo; rompe también el III nivel de la necrópolis, constituido por el conglomerado natural de matriz arenosa.
Pertenece a la variante con cobertera pétrea, ya que, aunque no se encontraba in situ, existían restos de la misma alrededor del rebaje.
El conjunto de las piezas estaba unido por una fina lámina de bronce.
No se halló restos de vasija cerámica ni de estela pétrea; sí, en cambio, quedaban los restos óseos incinerados.
El inventario de objetos es el siguiente:
-Broche de cinturón de tres garfios con escotaduras cerradas.
-Hembra de broche de cinturón, tipo serpentiforme.
-Dos puntas de lanza de hierro.
-Un regatón de hierro.
-Restos de un bocado de caballo.
-Lámina de bronce, de sección muy fina y forma rectangular alargada.
-Fragmento de varilla de bronce, de sección circular.
La estructura del enterramiento es un hoyo realizado en el conglomerado natural; el ajuar se depositó en dirección norte-sur, y se hallaba tapado por una losa pétrea que cubría parte de la boca del hoyo.
Encima de éste había tierra oscura y fragmentos de hueso.
En sus proximidades se localizaron fragmentos de cerámica, procedente de arrastre de otros puntos de la necrópolis.
-Punta de lanza larga con nervio de sección circular.
-Broche de cinturón de tres garfios, escotaduras cerradas y decoración incisa. -Hembra serpentiforme.
-Fíbula de tipo 7.A de Argente.
Es tal vez uno de los conjuntos más expresivos y completos de la necrópolis de Carratiermes, tanto en lo que se refiere a estructura como a elementos del ajuar.
El tipo de enterramiento corresponde al de rebaje poco profundo en el conglomerado natural, con cobertera pétrea.
No obstante, añade un elemento más, el de la estela, que se hallaba colocada in situ, directamente sobre las piezas del ajuar; alrededor de aquélla, se disponía la cobertera pétrea.
A la estela, aunque se encontraba en el lugar original, le faltaba parte de su altura total, cercenada por los arados al realizar sus tareas.
El ajuar se disponía en línea, con orientación norte-sur, como es frecuente observar en muchos de los enterramientos excavados.
El inventario de piezas es el siguiente:
-Fíbula anular hispánica, tipo 6B de Argente.
-Broche de cinturón, posiblemente de tres garfios y escotaduras cerradas; no se puede afirmar con claridad, ya que está muy estropeado por la acción del fuego. -Fragmento de hembra de broche de cinturón, tipo serpentiforme.
-Restos de una pieza de bronce, posiblemente de un caldero, que se halló plegado y estaba muy afectado por la acción del fuego, impidiendo un correcto tratamiento de restauración.
Asa de bronce, pudiera corresponder a la pieza anterior.
Punta de lanza de hierro, de proporciones amplias.
Punta de lanza de menor tamaño.
Cuatro regatones de hierro; uno de ellos decorado a base de un sogueado que recorre su longitud.
Dos cuchillos de hierro de hoja curva.
Bocado de caballo de hierro.
Diversas piezas de hierro de uso indeterminado.
TIPOLOGIA DE LOS ENTERRAMIENTOS
La organización funeraria registrada en Carratiermes se caracteriza por el uso de diferentes sistemas y formas físicas de enterramiento, que expresamos a continuación.
Predomina el uso de la piedra arenisca gruesa frente al uso de la caliza que se va imponiendo en las fases sucesivas:
Hoyo realizado en la matriz arenosa existente en el área que ocupa la necrópolis; está parcial o totalmente relleno de tierra negra, procedente de la incineración.
Los huesos de la cremación aparecen ordenados en el hoyo en un lado.
Además se presenta el ajuar que, por regla general, consta de piezas fabricadas en bronce, a excepción del cuchillo de hoja curva.
Suelen estar cubiertos y rellenos en gran parte por piedras, principalmente areniscas.
Aparece claramente descrito por Taracena (Argente Oliver, 1988: t. n: nota 554; transcripción de Taracena Aguirre, inédito) en el diario de la excavación de Almaluez.
Urna con los huesos cremados y el ajuar.
Aparecen protegidas con piedras alrededor y, en ocasiones, tapadas por otra piedra.
El ajuar puede estar introducido en la urna o en el exterior de ella.
Estela con tumbas asociadas: aunque bien identificado en Carratiermes, no disponemos de muchos ejemplos, ya que, con el transcurso del tiempo y la acción de las tareas agricolas, se han................
A "eto lt perdido o alterado las estructuras.
Se trata de un conjunto de urnas cinerarias cubiertas con piedras de mediano tamaño que se encuentran cobijadas bajo una estela.
Siempre se hallan caídas y son de piedra caliza o arenisca, superando en ocasiones el metro y medio.
Por debajo del nivel de las urnas, que se apoya en el de grava, se encuentran excavados rebajes con el ajuar metálico, ya sea de armas o de bronces.
Hemos de observar que la deposición de las urnas no seria coetánea, conteniendo enterramientos de momentos distintos.
En ocasiones se aprecia un ajuar bajo la estela, que deberia corresponder al enterramiento principal.
Urna con los huesos solamente y sin ajuar, puede corresponder a tumbas deterioradas por las labores agricolas o por los enterramientos posteriores.
Hay casos en los que el ajuar metálico del difunto se deposita directamente en el suelo natural del lugar, sin conservar, ni tan siquiera en sus proximidades, estructura funeraria total o parcial; solamente las piezas identifican el enterramiento.
Esta información es la que se puede observar en diferentes ejemplos; sin embargo, podemos estimar que lo que nos ha llegado es solamente parte de un todo, faltando no sólo la urna con los restos de la incineración, sino las piedras que conformaban la estructura que protegía el conjunto.
Lo que decimos, queda avalado por la excavación de otras tumbas en que se ha conservado integramente la estructura y el ajuar.
La pérdida de esta parte se debe a la intervención posterior de los aparatos agricolas, que han destruído y dispersado una parte del total.
Por otra parte, en esta zona es más frecuente el hoyo, que presenta exclusivamente los huesos, sin ajuar de ningún tipo.
DISTRIBUCION TOPOGRAFICA DE LOS AJUARES PROTOCELTIBERICOS
La zona excavada en Carratiermes es todavía pequeña en comparación con la superficie total por la que suponemos se extendió la misma; no obstante, se puede indicar algunos datos que creemos pueden ser válidos si, cuando se prosigan los trabajos, continúan en la misma proporción que hasta ahora (Fig. 3).
En la situación actual, se puede señalar que las estructuras protoceltibéricas, tanto las que presentan ajuar de bronce como de guerrero, ocupan unos límites superficiales concretos, en lo que debemos considerar el interior del área a partir de la cual se extiende y dispersa el cementerio, repartiéndose en su entorno los enterramientos de cronología posterior.
Aunque todavía no estamos en posición de afirmar si la expansión de la necrópolis se hizo a partir de un punto, sí es cierto que existe una estratigrafía horizontal, no habiendo detectado superposición de estructuras funerarias.
Ignoramos también la amplitud del área protoceltibérica en relación a la de etapas posteriores, pero, a partir de los datos confirmados hasta el presente, sí parece diferenciarse una menor ocupación superficial, si para esta consideración nos basamos en el total de las tumbas ya excavadas -superan las 643-, no correspondiendo más de un 25 96 a las que pueden situarse en la primera parte de ocupación del cementerio; no obstante, lo único que parece seguro es que alrededor de las estructuras más antiguas se van fijando las que se ubican posteriormente, abriéndose en todas las orientaciones y formando grupos, ya que existen vacíos entre las tumbas excavadas, no pudiendo todavía asegurar si responden a grupos con un lazo de unión determinado -familiar o de otra índole-o simplemente se debe a permitir la existencia de áreas abiertas para poder transitar.
Finalmente, hemos de reseñar que el área ocupada por la zona protoceltibérica es la que mayor densidad de estelas de piedra ha proporcionado, siendo su ausencia casi total entre las estructuras de fechas posteriores.
Las estelas suelen hallarse fuera de su primitiva ubicación, caídas sobre las estructuras pétreas o encima de los ajuares; no obstante, algunas de ellas se han localizado in situ, aunque han perdido buena parte de su altura, ya que han sido rotas o seccionadas por acciones posteriores.
Las estelas, en los casos que se conservan intactas, se sitúan encima del ajuar metálico o sirven para separar la urna y las piezas que constituyen el mobiliario del difunto.
CRONOLOGIA DE LOS AJUARES PROTOCELTIBERICOS
La cronología para las fíbulas de Carratiermes en la etapa protoceltibérica, y dentro de los mobiliarios que relacionamos en el cuadro número 2, se centra en un período general del 575-400 a.
c., y en él se incluyen los diferentes tipos correspondientes a la fase protoceltibérica: 3B (550-425 a.
En cuanto a la datación que nos ofrecen los broches, quedan incluidas en un período concreto, que abarca desde el 550 al 400 a.
C. Los ejemplares de Carratiermes corresponden a los siguientes tipos, según la clasificación de Cerdeño: C.V. 1 a (550-450 a.
La cerámica de Carratiermes nos da un ambiente general de Hierro 1, aunque gran parte de ella pueda pervivir en sus formas con la llegada del torno.
Todos los elementos de ajuar que hemos venido mencionando entroncan claramente en el período entre mediados o fines del s. VI a.
C. o inicios del V, hasta la primera mitad del IV a.
La pervivencia con los materiales considerados celtibéricos (la cerámica a torno, las espadas de antenas atrofiadas, las fíbulas anulares hispánicas evolucionadas, etc... ) demuestra que no hay un momento de ruptura entre lo protoceltibérico y el celtibérico inicial.
Sin embargo, ésto no implica que no se produzcan cambios importantes de una fase a otra: la aparición del torno, la generalización de las espadas y las modificaciones formales y tecnológicas en la elaboración de los objetos del ajuar.
Estos cambios son atribuidos por la arqueología tradicional a aportaciones de población, sea ibérica (Schulten, Taracena) o céltica (Bosch, Wattemberg).
El fenómeno de los movimientos de pueblos es un mecanismo bien establecido para este tipo de sociedades, relacionado con la superpoblación coyuntural y se encuentra documentado en las fuentes y explicado para este tipo de sociedades del Hierro (Champion, 1985).
A pesar de lo anterior, el cambio cultural en la Península no puede ser achacado de un modo generalizado a estas «invasiones» -por otro lado probables-o Junto a una invasión céltica, tanto en la zona Aquitana como en el valle del Ebro (Mohen, 1980; Burillo Mozota, 1987: 85-6), parece desarrollarse también un proceso de progresivo aumento de la influencia ibérica.
Taracena -desarrollando la idea de Schulten-propone la llegada de población ibérica (Taracena Aguirre, 1941: 16) que se veria en los cambios de poblamiento, en algunos niveles de destrucción y en el crecimiento de la cultura material de influencia ibérica.
En el estado actual de la cuestión, se tiende a establecer la cronología, los cambios, en relación al poblamiento, las necrópolis y la tipología del material (Romero Carnicero, 1984a; García-Soto Mateos, 1990a), más que a establecer modelos explicativos (un inicio, con un apunte sobre la Meseta Oriental en Burillo Mozota, 1987: 83-85) Respecto a la diferenciación social existe una evidente gradación entre las tumbas ricas, las cuales poseen incluso enterramientos asociados, y las más pobres, en las que no existe ni urna ni ajuar.
Aceptando la hipótesis de que la riqueza del ajuar refleja la posición social del difunto, tenemos en Carratiermes una gradación social clara, más acusada que en la fase celtibérica.
Esta diferenciación social no debe exagerarse, toda vez que la información de los poblados no ofrece unas viviendas destacadas de las demás, ni se dan en la zona celtibérica los ricos enterramientos de la cultura ibérica.
La riqueza y la entidad de las ciudades del sur permiten el establecimiento de la jerarquía mediante relaciones más directamente económicas que en la Meseta, en la que primarían los lazos sociales como, por ejemplo, el control de la distribución de los bienes de prestigio (Bienes con Valor de Intercambio Social en Frankenstein y Rowlands, 1978).
T. p., 1992, n ll 49 Las afirmaciones que aquí hemos efectuado son, si no provisionales, al menos únicamente preliminares y previas al estudio en profundidad de los materiales, su asociación y su distribución en el terreno.
Será entonces, sumadas a los resultados de las excavaciones en curso de estudio (Fuensaúco, Zarranzano, la necrópolis de Ucero, las necrópolis y poblados de Guadalajara) cuando se obtenga el cuadro completo de la evolución de la cultura celtibérica desde sus inicios.
Nota P.S.: El presente estudio ha sido elaborado en base a los datos obtenidos tras la campaña de 1989.
Actualmente el número de tumbas se ha visto incrementado en casi 200, por lo que, para una actualización sobre el tema, será necesario acudir a los datos que figurarán en la correspondiente memoria de excavación.
Sólo destacar la aparición de una serie de tumbas con pequeñas urnas carenadas y umbito a las que acompañan, como ajuar metálico, fíbulas de doble resorte de puente de cinta; de resorte bilateral sin pie vuelto, del tipo 2.111 de Mohen (1980); del tipo 4 y 5 de Argente (1989).
Por último, señalar la presencia de broches de cinturón de un garfio con escotaduras abiertas, aparecidos en tumba, uno de ellos decorados con incisiones gruesas. |
RESUMEN La copa Cástula es una de las formas áticas de barniz negro más abundante en los yacimientos peninsulares desde la costa atlántica hasta Ampurias.
Su cronología es en la Península Ibérica algo posterior a la propuesta para At enas.
No aparecen hasta algo después de mediados del siglo V y probablemente se continúan fabricando hasta el primer cuarto del IV a.
C. No experimentan durante casi un siglo de producción ninguna variación formal, sin embargo sí se pueden ver diferencias en el tratamiento de la decoración exterior y del fondo externo.
Se proponen aquí fundamentalmente dos tipos de la segunda mitad del siglo V y primer cuarto del IV a.
C. La diferencia cronológica con las halladas en Atenas se explica como una adaptación de los talleres áticos a la demanda de los clientes ibéricos.
Los artesanos atenienses continúan fabricando copas Cástulo para la exportación cuando en Atenas se han dejado ya de utilizar las copas de pie bajo al ser sustituidas por una forma muy popular en Atenas y que sin embargo en muchos yacimientos ibéricos peninsulares casi no aparece: los cántaros.
Entre las producciones de los talleres áticos las copas, figuradas o barnizadas, son una de las formas más populares en Atenas y más exportadas a todo el Mediterráneo.
En la Península Ibérica son muy apreciadas en el mundo indígena, especialmente entre los iberos de Andalucía Oriental, donde estos vasos de cuerpo ancho, poco profundo y dotados de dos asas son sin duda las importaciones áticas más frecuentes, tanto en ajuares funerarios como en contextos de hábitat (1).
Las copas áticas que aparecen en la Península son casi en su totalidad copas de pie bajo o stemless en la terminología del Agora (Sparkes y Taleott, 1970: 98) más aptas para un comercio marítimo -y luego terrestre-de larga distancia.
Su robustez, y sobre todo la supresión de la zona más débil del vaso: el tallo, aseguraban un mayor kérdos, ganancia, a los mercaderes que se arriesgaban a viajar hasta Occidente.
Estos vasos fácilmente apila bIes en el barco, llegan a la Península Ibérica desde algo después de mediados del siglo V hasta aproximadamente mediados del IV a.
Las copas de figuras rojas son relativamente frecuentes ya en el siglo V, pero es en la primera mitad del IV, sobre todo hacia el segundo cuarto o mediados de siglo, cuando las copas de figuras rojas, las clasificadas por Beazley como del grupo de Viena 116 (1968: ARV2, 1526-7), llegan masivamente al mercado indígena peninsular, más concretamente al andaluz.
Ante esta invasión de copas figuradas, las totalmente barnizadas casi desaparecen completamente, sin embargo fue precisamente un tipo de copa de barniz negro, las «bautizadas» por Shefton (1982b: 403) como copas Cástulo las que en un primer momento abrieron el mercado indígena a este tipo de vasos áticos.
Son de estas kylikes de barniz negro de las que queremos ocuparnos aquí.
Entre las copas de barniz negro, las copas Cástulo son sin duda las más frecuentes en la Península.
Los otros dos tipos que se documentan: las copas de borde recto y las de la clase delicada son mucho menos abundantes.
La cronología de estas copas de barniz negro -de los tres tipos-no suele bajar más allá del primer cuarto del siglo IV.
Empiezan a aparecer en torno a la segunda mitad del siglo V y se dejan de fabricar en los talleres áticos ante la presión de un nuevo vaso de barniz negro que se hará muy popular: los kántharoi (Sparkes y Taleott, 1970: 103).
Aunque en el área levantina y aún en el sureste peninsular, el kántharos de barniz negro es un vaso frecuente entre las importaciones áticas, en la zona andaluza, sin embargo, los cántaros no van a ser los sustitutos de las copas, puesto que casi no aparecen.
Serán los bolsales, en el segundo cuarto del siglo IV, los vasos de barniz negro que llegan a este área en lugar de las copas de barniz negro.
Pero sobre todo la «invasión» de kylikes de figuras rojas de rápida ejecución y decoraciones repetitivas, las ya citadas copas del grupo de Viena 116 (Cf.
Rouillard, 1975) desplazan en los ajuares funerarios y en los poblados a las copas de barniz negro que en este momento casi han desaparecido totalmente.
Las copas Cástulo tienen un cuerpo poco profundo y muy ancho, con el labio cóncavo al exterior y recto -limitado por una ancha acanaladura-al interior.
Dos robustas asas horizontales arrancan justo por debajo del labio y llegan normalmente hasta la altura del borde.
El pie, de anillo, se pega directamente al cuenco y está dividido en el tercio superior por una acanaladura; así la parte superior es más pequeña y angulosa y la inferior más grande y redondeada (Fig. 1).
Este tipo de copas reciben en el Agora el nombre de Insel lip (Sparkes y Taleott, 1970: 10 1-2) refiriéndose a lo que es sin duda su característica más peculiar: un labio cóncavo al exterior y marcado con una moldura interna al interior.
Así las denomina M. Picazo (1977: 102) en su estudio sobre las cerámicas de Ullastret «copas con labio cóncavo y moldura interna».
El tipo es tan frecuente en la Península Ibérica que B. B. Shefton (1982b: 403) decidió dar a esas kylikes un nombre y las bautizó con el término copas Cástulo debido a su abundancia en este yacimiento andaluz.
Estas copas barnizadas son normalmente lisas, sin ningún tipo de decoración incisa, estampillada o figurada, aunque hay algunas excepciones fuera del ámbito peninsular (Sparkes y Taleott, 1970: 102, notas 17 y 19).
En el Agora de Atenas no son muy frecuentes y sin embargo, invaden el (1) Según hemos podido comprobar entre los materiales de las recientes excavaciones de Puentctablas, dirigidas por elDr.
Arturo Ruiz y del poblado de Castellones de Ceal. dirigida por los Dres.
Teresa Chapa y Juan Pt! rcira, a quienes agradecemos aquí su amabilidad al cedernos los materiales áticos para nuestro t! studio.
T. P., 1992, n ll 49 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es mercado mediterráneo.
Son las importaciones, como señala Shefton (1982b: 403 ), que llegan m ás lejos en el mundo antiguo, desde la zona de Kiev o el Sur de Salzburgo -los únicos objetos griegos encontrados en estos contextos-hasta el Mediterráneo occidental.
Son muy abundantes en el sur de Italia, aparecen también en el norte de Africa y son las copas de barniz negro más habituales en los yacimientos peninsulares.
Aparecen no sólo en lugares costeros, sino en el interior peninsular ya que la solid ez de s u forma permite largos viajes terrestres (Cf. p.e.
Son importaciones m ás frecuentes en lugares «indígenas» que en ciudades griegas (sobre la distribución de estas copas, d.
Es precisamente su robustez quizá su característica más señalada frente a otros vasos griegos.
Y como señala She fton (1982b: 403) estas copas podían superar no sólo un largo viaje por todo el Mediterrán eo sino que «they would also survive being dropped on the floor in th e course of a dr unken barbaria n banquet or indeed when used as weapons during brawls on such occasions».
Podía quizá conservarse en el ámbito doméstico durante una o m ás generaciones antes de formar parte del ajuar de una tumba.
El problema fundamental que plantean estas copas es el de su cronología.
Parece que en el Mediterráneo oriental y en Atenas la fecha propuesta por Sparkes y Talcott en su estudio sobre los materiales del Agora (1970: 101, no 469-6) es válida: segundo cuarto del siglo V hasta el 425, aunque señalan que, al menos las figuradas, pueden llegar hasta el primer cuarto del siglo IV a.
C. En la Península Ibérica, sin embargo, las más antiguas no se pueden fechar más allá de mediados del siglo V y se documentan en contextos muy tardíos incluso de mediados del siglo IV (p.e. en Orleyl, d.
El «problema cronológico» de las copas Cástulo es complejo ya que, al parecer, se fabrican durante casi un siglo sin aparente variación.
En la Península Ibérica las primeras copas de este tipo no se pueden fechar antes de mediados del V, aunque en el Mediterráneo oriental se documenten en una fecha más antigua.
La aparente continuidad en las características formales del tipo no ayudan a los arqueólogos a determinar una fecha concreta, sobre todo cuando la copa aparece aislada o en un contexto difícil de datar.
Y esto es relativamente frecuente ya que comienzan a aparecer en un momento en que aún en muchos yacimientos indígenas peninsulares no se ha generalizado la presencia de vasos áticos.
Así vemos cómo copas Cástulo se fechan en un mismo yacimiento en el tercer cuarto del siglo V o en el primer cuarto del IV sin que sepamos en muchos ~asos con claridad la razón.
Vamos a analizar algún ejemplo de cronologías a nuestro juicio equivocadas.
La confusión o la imprecisión en la datación de las cerámicas áticas es desgraciadamente más frecuente de lo que se supone, sobre todo en tipos poco claros o poco definidos como son las copas Cástulo.
Pero estos errores cronológicos se convierten en graves cuando son retomados por otros autores que, a su vez, los utilizan como paralelo para fechar otros contextos arqueológicos.
Este es el caso de las copas Cástulo halladas en el cerro Macareno.
A veces se han dado las fechas propuestas por los autores de la excavación como válidas y se han utilizado como argumento para corroborar las fechas antiguas del Agora de Atenas.
Serían las copas Cástula más antiguas de la Península Ibérica.
En el cerro Macareno aparecen dos copas Cástula en estratigrafía y que se han fechado con casi un siglo de diferencia: la más tardía en el nivel 13 se fecha a fines del siglo V o principios del IV (Pellicer y otros, 1983: 56, fig. 43).
Aparece asociada a dos fragmentos de pared de cratera de campana que podrían ir bien con una datación de principos del siglo IV o de la primera mitad del IV a.
C. No se describe en la publicación si esta copa Cástula está totalmente barnizada o tiene el panel entre las asas en reserva, detalle que, como se verá después, sí puede tener un valor cronológico.
La confusión de la cronología de esta copa Cástula la comprendemos unas líneas más abajo, cuando paralelizan este vaso con una copa C publicada por Trías (1967, lám. 123, 1), fechada a comienzos del siglo V. Esta copa Cástulo del nivel 16 tiene -como se puede observar en el dibujo (fig. 52)-el lado externo del pie barnizado, que normalmente está reservado en las más antiguas.
Los otros fragmentos áticos con los que aparece asociada en el mismo nivel son el asa de una cratera de campana y dos fragmentos de barniz negro, probablemente del mismo vaso (Pellicer y otros, 1983, no 435 y no 439-440 en fig. 52), que creo que corresponden a un cuenco de un asa, onehandler en la terminología del Agora, y cuya cronología debe ser de principios del siglo IV a.
En otros casos, las razones por las que se atribuye determinada fecha antigua o tardía a las copas Cástulo descontextualizadas no están en absoluto claras.
Así vemos por ejemplo, en el catálogo de G. Trías, copas Cástulo idénticas -con el panel de las asas reservado y la misma decoración en el fondo externo-que unas veces fecha a principios del siglo IV (1967: 273-4, 1 y 2, lám. 144,2 y 3) y otras en la primera mitad del siglo V a.
En la evoludón formal de la copa, tal como tamaño mayor o menor del labio, diferencias en el diámetro de la boca o del pie, mayor o menor profundidad del cuenco, etc., no encontramos una evolución clara que nos ayude a precisar una cronología.
Pero al igual que en otras formas de Las copas más antiguas, por ejemplo las recogidas por Sparkes y Talcott (1970, no 469-471) entre los materiales del Agora de Atenas, tienen el panel de las asas y el interior de éstas en reserva, el exterior del pie está también siempre reservado y el interior barnizado.
El fondo externo sólo está decorado por un simple circulito con punto central (v. fig. 1, 1, donde la única banda barnizada corresponde al lado interno del pie).
En el estudio que hemos realizado de los materiales áticos de Andalucía (Sánchez, 1991) son pocos los contextos seguros en los que encontramos una copa de este tipo.
A este tipo pertenece por ejemplo la copa de la fig. 1, 1, que se halló en la tumba de Galera junto con la figurita que se conoce con el nombre de la dama de Galera.
Otra copa similar de este mismo tipo aparece en un contexto de mediados del V fechada por cerámica ática, en la tumba 11 ó 34 de Galera junto con una cratera de ca.
Copas Cástulo parecidas aparecen también asociadas a contextos cronológicamente similares esto es, del tercer o último cuarto del siglo V, en otros yacimientos peninsulares como Huelva (Fernández-Jurado y Cabrera, 1987) o Zalamea (Maluquer, 1987).
Más tarde la tendencia que se puede observar en todas las formas de barniz negro de cubrir las zonas reservadas del exterior del vaso también se puede seguir en las copas Cástula.
Se barnizan las asas, el panel entre éstas y el lado externo del pie.
Este grupo de copas tienen pues el exterior totalmente barnizado, pero aún conservan la misma decoración en el fondo externo, en el que sólo está barnizado el lado interno del pie y circulito con punto en el centro del fondo.
A este tipo pertenece, por ejemplo, una copa de Cástulo que apareció asociada a otras copas Cástulo y a copas de barniz negro de labio recto (Arribas y Malina, 1968-9: 164, fig. 11, 1, lám. 2).
La cronología de este tipo debe ser de muy finales del siglo V o principios del IV a.
C. En este momento se fechan unos fragmentos procedentes de las excavaciones de Málaga (Gran Aymerich, 1987: 171, fig. 2, 2 y 3).
Las últimas copas Cástula que aparecen en la Península tienen el exterior totalmente barnizado y la decoración del fondo externo se ha complicado un poco al incluir una ancha banda barnizada entre el pie y la decoración central de círculo -o círculos-y punto (Fig. 1, 2 y 3).
Estas son, sin duda, las últimas copas Cástula que se importan a la Península y aparecen en gran número en el yacimiento del que toman el nombre.
Su cronología no debe ir más allá del primer cuarto del siglo IV.
De este tipo son también las halladas en Ullastret con el fondo decorado con uno o dos círculos y punto y que M. Picaza (1977: 102-3) fecha también a principios del siglo IV a.
La tendencia durante el segundo cuarto del IV en muchos vasos de barniz negro es barnizar totalmente el fondo externo, no así en las copas, que se siguen decorando con alternancia, pero añadiendo cada vez más bandas y círculos barnizados.
En las copas Cástulo más tardías el fondo se suele decorar con una ancha banda barnizada -a lo sumo dos-con círculo y punto, pero la decoración del fondo no alcanza nunca las elaboradas decoraciones de los fondos de copas posteriores al primer cuarto de siglo, por ejemplo de las ya citadas copas del grupo de Viena 116 (ef.
La ausencia total de estos vasos en un amplio y representativo conjunto de mediados del siglo IV, como el pecio del Sec (Cerdá, 1987), creo que es un dato más para fechar el cese de su fabricación hacia finales del primer cuarto del siglo IV.
Los casos -muy aislados-en que copas Cástulo aparecen asociadas a piezas de mediados del siglo (p.e. en Orleyl, V. Lázaro Mengod y otros, 1981: 32, 59, figs. 16 y 17), se deben explicar como perduraciones, fenómeno frecuente en la cerámica ática, tanto figurada como barnizada.
Por tanto se pueden distinguir al menos dos tipos entre las copas Cástulo que ayuden a aclarar un poco la confusión cronológica.
El primero, de la segunda mitad del siglo V, quizá del último tercio, es una copa con el interior de las asas, el panel entre éstas y el lado externo del pie en reserva; el fondo decorado simplemente con circulito y punto central.
El segundo tipo que como muy tarde se debe fechar en el primer cuarto del IV, estaría totalmente barnizado al exterior y en el fondo externo se habría complicado algo la decoración, incluyendo una o dos bandas barnizadas entre el pie y el círculo con punto central.
Entre ambos tipos pueden hallarse tipos intermedios: uno, que quizá aún se debe fechar en el último tercio del siglo V a.
C. es en el que ya se barniza el T. P., 1992, nI! 49 panel entre las asas aunque continúan teniendo el lado externo del pie en reserva y el fondo decorado como las copas más antiguas con círculo y punto.
Otra variante, probablemente algo más moderna, es la copa que tiene el exterior totalmente barnizado pero que conserva la decoración 4Cantigua» en el fondo externo, esto es, fondo reservado con circulito y punto central.
Las copas Cástula estudiadas por Sparkes y Talcott en Atenas corresponden al primer tipo.
La diferencia cronológica de las copas halladas en el Mediterráneo oriental y occidental creo que quizá se puede explicar como una adaptación de los talleres áticos al gusto de su lejana clientela occidental.
El éxito de estas copas en el mundo ibérico provoca probablemente que algunos artesanos continúen fabricando el vaso para su exportación, en un momento en que, en el mercado ateniense, las copas tipo Cástulo ya no se utilizan.
Esto explicaria la aparición en la Península Ibérica de tipos más evolucionados, que quizá se fabrican hacia fines del siglo V y principios del IV y de los que no encontramos ejemplares en el Mediterráneo oriental.
Los talleres áticos exportaban a sus clientes bárbaros producciones que probablemente se ajustaban en mayor o menor medida a la idiosincrasia del pueblo a las que iban destinadas.
Así, por ejemplo, en el área del mar Negro la forma más importada es la pélice que aparece decorada con motivos iconográficos determinados, como grifomaquias, amazonomaquias, temas del ciclo de Afrodita o incluso geranomaquias -luchas de grullas y pigmeos-, estas últimas prácticamente atlsentes del repertorio iconográfico de los vasos áticos fuera de esta zona.
La adaptación en la producción de los talleres áticos a un determinado gusto o al nuevo uso de los vasos áticos de su clientela ibérica ya ha sido señalado por nosotros en otro lugar (Sánchez, t99tb) para las copas de figuras rojas o para determinadas asociaciones de vasos: crateras de campana y páteras de borde saliente.
Otras veces se puede rastrear una adaptación más concreta.
El artesano ático incluso se cdnspira» en una forma local para agradar a sus compradores indígenas.
Este seria el caso de una jarra ática procedente de la Tracia búlgara que M. Reho paraleliza no sin razón con formas locales.
La forma insólita de este vaso ático y su decoración: un joven jinete vestido a la moda tracia «potrebbero far pensare ad una precisa destinazione della brocchetta al mercato tracia» (Reho 1990: 31, lám. 16 a-b).
Este no es el caso de las producciones áticas del extremo Occidente, es decir, los artesanos áticos no varian la forma o la decoración de una forma clara para ajustarse al gusto del comprador indígena occidental, al menos no han sido atestiguadas todavía.
Sin embargo ya en el área de Cataluña y Languedoc también M. Picazo y P. Rouillard (1976) señalaron la existencia de determinados vasos: los escifos de guirnaldas que aparecen distribuidos en gran cantidad en esta zona.
Quizá el artesano ateniense modifique, en nuestra opinión, en algunas ocasiones el tamaño de los vasos -tal vez vendidos en lotes-y se ajuste así de alguna manera a la nueva utilización funeraria que tendrán en el mundo ibérico (Sánchez, 1991b).
La distribución mayoritaria en la Península Ibérica o en algunas zonas concretas del mundo ibérico, de determinadas formas o tipos de vasos -caso de los escifos de guirnaldas ya mencionados-o de determinados pintores, que aparecen sino exclusivamente en la Península, sí la mayor parte de su producción -como seria el caso de algunos pintores del grupo de Telos en Andalucia-nos hace pensar que unas formas de vasos eran preferidas a otras y así lo entendieron probablemente los intermediarios que traían estos productos hasta la costa peninsular, y que elegían entre la variada oferta de los alfares atenienses, el taller o talleres que mejor pudieran adaptarse al gusto o necesidades de sus lejanos clientes del otro extremo del Mediterráneo. |
RESUMEN Se lleva a cabo un experimento de corte de árboles con un hacha fabricada «ex profeso», de características similares a ejemplares recuperados en contextos arqueológicos de Galicia.
A pesar de que el enmangue se reveló poco seguro, el hacha efectuó el trabajo con notable eficacia y sin acusar un desgaste significativo.
La introducción y generalización de la economía de producción en muchas regiones de Europa va acompañada de una significativa reducción de las áreas boscosas, con el fin de ampliar las superficies aptas para la puesta en cultivo o facilitar la expansión de plantas para alimentar a los animales.
En este proceso de deforestación juega un papel fundamental el fuego, pero también las hachas pulimentadas, empleadas en la tala de los árboles o en el anillado de éstos (remoción de la capa de cambium en la periferia del tronco, provocando así la muerte de la planta).
Por todo ello nO es de extrañar que en los registros arqueológicos de yacimientos neolíticos adquiera un papel relevante esta clase de útiles pulimentados, así como tipos morfotipológicamente próximos (v.g. azuelas).
La región Noroeste de la Península no es una excepción a esta pauta y en los ajuares tumulares (casi la única representación conocida en la actualidad de las poblaciones neolíticas locales) son las hachas el elemento más universalmente distribuido, así como de los más significativos desde el punto de vista cuantitativo (Fábregas, 1991).
Teniendo en cuenta lo anterior, no es de extrañar que, ya en los comienzos mismos de la ciencia prehistórica, algunos autores se interrogasen sobre la función o la eficiencia de un utillaje pulimen-(') Departamento de Historia 1, Area de Prehistoria.
Universidad de Santiago de Compostela.
tado tan llamativo y frecuente en los registros arqueológicos desde el Neolítico.
La respuesta a estas cuestiones vino dada mediante la comparación con herramientas actuales empleadas tanto por poblaciones primitivas como en nuestra propia cultura, así como a través de la experimentación con réplicas o piezas originales.
En este último método se destacan desde un principio los arqueólogos anglosajones y de la Europa septentrional, arrancando desde las tempranas observaciones efectuadas por Nilsson (1868) en los años 40 del siglo pasado, pasando por las experiencias de Sehested (1884) o Quente (1914) hasta llegar a Sonnenfeld (1962) u Olausson (1982, 1982-83).
Son especialmente interesantes los experimentos de tala efectuados en el bosque de Draved durante la década de los cincuenta, dentro de un proyecto de dimensiones más amplias destinado a investigar las antiguas técnicas agricolas (Iversen, 1956; J0rgensen, 1985).
A este respecto, hay que citar también los trabajos experimentales llevados a cabo por un equipo de la Universidad de Durham (Harding y y oung, 1979).
El estudio complementario del desgaste sobre las hachas experimentales y la eventual identificación de las huellas de uso producidas ha sido comparativamente escaso (Olausson, Sonnenfeld), y los autores se limitaron comúnmente a la detección de estrías u otros estigmas de utilización, interpretándolos funcionalmente a la luz de paralelos etnográficos o de la «lógica».
Semenov (1981: 237) recurre en buena medida a la comparación con herramientas metálicas actuales cuando aborda la cuestión del empleo de los diversos útiles pulimentados.
El método de Semenov, pionero en todos los órdenes del análisis funcional, ha sido seguido por un gran número de investigadores (Detev, 1960; Kantman 1969-70; Delibes, 1974; Roodenberg, 1982), si bien otros (Cauvin, 1968: 24, Stelc y Malina, 1970: 52) han señalado la dificultad de distinguir las modificaciones superficiales producidas por el proceso de pulimento o reafilado de aquéllas originadas por la utilización, en tanto que algunos investigadores han puesto de relieve la carga de subjetividad que con frecuencia impregna las descripciones del microdesgaste sobre el utillaje de piedra pulida (Madsen, 1984: 56).
En este primer experimento de tala que hemos llevado a cabo se ha utilizado un hacha fabricada expresamente, cuyas características morfotipológicas la asemejan a un tipo común en contextos tumulares o domésticos del Noroeste peninsular.
Este trabajo pretendía verificar la eficacia de esta clase de utensilios, así como observar la aparición de desgaste, cuantificando éste.
En otro lugar (Fábregas, 1991), hemos expuesto en detalle los resultados del análisis microscópico de la pieza con posterioridad a su empleo, por lo que aquí nos limitaremos a mencionar genéricamente las alteraciones observadas mediante un microscopio binocular de luz incidente (usando entre 50x y 200x).
La pieza utilizada está hecha de una roca (greenstone), formada a partir de un proceso de metamorfismo regional.
Sus características morfológicas son las siguientes:
Aristas: convergentes y curvilíneas.
Zona activa: convexa simétrica.
Talón: redondeado y apuntado.
Acabado: pulimentado integral total (Fig. 1).
En el proceso de elaboración del hacha se necesitó aproximadamente media hora para lograr la fonna general del artefacto mediante percusión.
A continuación se procedió al picoteado y pulimento de éste, utilizando como agentes abrasivos arena yagua, tareas que requirieron un total de seis horas.
El mango del hacha estaba hecho en madera de fresno y tenía una longitud total de 609 mm. por una anchura máxima de 58 mm. y un grosor también máximo de 44 mm. Estas dos últimas magnitudes fueron tomadas en el punto donde se h~bía practicado un orificio, de 61 mm, de profundidad, destinado a encajar el hacha; el peso del mango era de 464 grs. Fue realizado en un tiempo de cuatro horas recurriendo para ello a herramientas metálicas, y tanto la madera empleada como el diseño general se corresponden con modelos arqueológicos recuperados en el Centro y Norte de Europa (Müller-Beck, 1963: http://tp.revistas.csic.es J0rgensen, 1983: fig. 11).
El hacha fu e introducida en el alvéolo (Lá m.
1, 1) Y fijada dentro de éste mediante una combinación de resina de pino y cera de abejas (1).
El árbol escogido para la tala fue el aliso europeo (A lnus glutinosa), especie de hoja perenne presente en toda la Europa atlántica, en tierras húmedas, con frecuencia en las márgenes de los ríos, de porte rectilineo, alcanzando unos 10m. de altura por término medio.
Su madera es de d ureza mediana y resistente a la humedad, siendo preferida en Galicia para la fabricación d e los tradicionales zuecos, pero también usada en la elaboración de muebles, para cerrar las fincas o simplemente como combustible.
Hasta el momento no tenemos pruebas de la utilización de esta especie arbórea en época prehistórica, entre otras razon es por la habitualmente mala conservación del material orgánico debido a las condiciones medioambientales, pero su presencia es muy frecuente en los registros polínicos de gran número de yacimientos arqueológicos gallegos (Aira et alü, 1989).
El experimento tuvo lugar en una finca particular del país de Gales durante un día del mes de Junio de 1985, co n una temperatura atmosférica e n torno a los 18° y gran humedad.
El corte de los árboles fue practicado a una altura de aproxim adam ente 1 m. sobre el nivel del suelo y la técnica utilizada fue la recomendada por diversos especialistas (Müller-Beck, 1965: 179; J0rgensen, 1985: 30), es decir un golpe administrado no con toda la fuerza del hombro, intentando penetrar profundamente, com o se realizaría con un hach a de acero, sino actua ndo fundamentalmente con la articula- (1) Quiero agradecer a John Lord, d el Museo de Grime's Graves (Norfolk, Inglaterra) y a Ma rk Newcomer (lnsti tute of Archaeology, Londres) la elaboración del hacha y su mango, respectivamente.
Un reconoc imiento especial d ebo a Roger Grace por ha berme permitido Uevar a cabo el trabajo de tala en la finca de su propiedad.
1, 2); por otra parte la hoja debe golpear el tronco en un ángulo lo más agudo posible, extrayendo virutas alargadas transversalmente (Lám.
Tan sólo se cronometró el tiempo de trabajo efectivo y no el empleado en descansar.
En la primera parte del experimento se procedió a la corta de un tronco de 12 cm. de diámetro en 61 minutos.
El árbol cayó cuando el tajo había penetrado 8 cm. en línea recta y se habían practicado algunos cortes complementarios a los lados (en esta última tarea se invirtieron 5 minutos).
No se observaba desgaste en el filo del hacha a simple vista.
A continuación, se efectuó la corta de un tronco de 18 cm. de diámetro en 60 minutos.
El árbol cayó cuando el hacha había penetrado a una profundidad de sólo 7 cm, y tras haberse practicado cortes laterales durante cinco minutos (Lám.
La razón de esta mayor rapidez en relación con el experimento anterior estriba en que el tronco presentaba una inclinación natural que ayudaba a derribarlo una vez que el corte había alcanzado esas dimensiones, simplemente con la fuerza conjunta de dos hombres.
El hacha todavía presentaba el filo en perfectas condiciones.
Por último, se inició el corte de un tronco de 15 cm. de diámetro.
A los 13 minutos del comienzo el hacha se salió del alvéolo, observándose una grieta en este último.
Se intentó reparar el útil fijándolo mediante una cuña de madera con lo que pudo continuarse la labor durante otros 3. minutos más.
Cuando se abandonó el experimento, el corte había progresado 6 cm. en el interior del árbol (Lám. m, 1).
El hacha seguía sin mostrar un desgaste aparente aunque si se observaba un tenue lustre en las áreas inmediatas al filo (Fig. 1 y Lám. m, 2).
En el momento de evaluar la eficacia del hacha de piedra pulida debemos tomar en consideración varios factores que influyen en el resultado final del experimento: para empezar lo limitado de éste debido a los problemas con el enmangue; en segundo lugar la inexperiencia del «leñador» que explica lo dilatado de los tiempos requeridos para acometer la tarea, tiempos que fueron significativamente reducidos en el tercer experimento (6 cm. en 16 min., o sea 2'6 minutos por centímetro, media que en el primer experimento era de 7 minutos por centímetro aproximadamente).
La incidencia que, en el desarrollo de este tipo de experimentos, tiene el factor experiencia y familiaridad con las particularidades mecánicas y tecnológicas del hacha de piedra ha sido señalada entre otros por Sillitoe (1979: 151).
Hay que destacar que el desgaste visible a nivel microscópico fue muy escaso y en cualquier caso menor del previsto a tenor de las características de la pieza.
Desde luego se puede alegar justificadamente que la ausencia de desgaste carece de significación dado el breve tiempo que el hacha fue utilizada.
Sin embargo, en otros experimentos con hachas de piedra pulida (diorita y anfibolita), si bien empleadas sobre madera más dura (roble), se produjo una significativa abrasión del filo al cabo de un corto espacio de tiempo (entre 5 y 21 minutos de trabajo) (Olausson, 1982-83: 42 y 44).
Por otra parte, se podría esperar que la inexperiencia del que suscribe en este tipo de tareas provocara una mayor usura del filo debido a un impulso excesivo o a errores en el ángulo de incidencia del hacha sobre el tronco..
A lo largo del experimento ha quedado patente la relevancia que tiene un adecuado enmangue para la consecución de una herramienta eficiente.
En el caso presente, creemos que hubiese sido necesario probablemente un mayor grosor de la zona del mango donde se insertaba el hacha con la finalidad de evitar el astillado del alvéolo.
A este respecto, Harding y Young plantean la conveniencia de que el plano del alvéolo se disponga de forma ortogonal respecto a los anillos de la madera, aunque las observaciones efectuadas en Seeberg parecen indicar lo contrario (Olausson, 1982: 44).
Otra posibilidad para evitar la rotura del mango es la apuntada por J0rgensen (1985: 25), haciendo que sólo los lados del hacha estén en estrecho contacto con la vaina, mientras se deja un espacio entre esta última y las caras de la pieza.
La acción c: iel hacha configuró sobre el tronco del árbol un corte de una forma muy peculiar, con un perfil transversal en triángulo rectángulo, estando la base en la parte inferior del tajo.
Esta particular disposición es muy similar a la documentada en postes recuperados en Burgélschisee-Süd (Suiza) (MüIler-Beck, 1963: 130 y fig. 276).
La razón para que los cortes practicados en el árbol sean T. P., 1992, n ll 49 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es tan abiertos estriba en la necesidad de evitar que el hacha quede atascada en el tajo con el consiguiente peligro de fractura de aquella.
Con anterioridad a su utilización, el hacha fue examinada bajo el microscopio, aunque con cierta dificultad debido a que el enmangue hacia incómoda su colocación en el porta.
Utilizando entre 50x y l00x se pudo observar la existencia de finas estrias perpendiculares al filo prolongándose más allá de la zona activa.
A todo lo ancho de la superficie de la pieza destacaban pequeñas áreas pulimentadas y el filo aparecía en buen estado, con sólo algunas microlascas visibles.
Tras la utilización, podía observarse a simple vista la presencia de residuos orgánicos (savia o pequeñas fibras leñosas) en un área que llegaba aproximadamente hasta unos 35 mm. de distancia del filo.
Por otra parte, se detectaba una zona lustrosa yendo a lo largo del corte en una banda con un mayor desarrollo hacia uno de los vértices de éste, donde alcanzaba unos 7 mm. de anchura.
Dicha pátina brillante era algo más marcada y extensa en una de las caras (Fig. 1).
Hay que resaltar que la asimetria tanto en la distribución sobre cada faceta del filo como entre ambas facetas concuerda con la mecánica de utilización del hacha, pues al incidir ésta sobre la madera en un ángulo bastante agudo, una de las caras de la zona activa está en contacto más prolongado con la materia trabajada, mientras que el desplazamiento aproximadamente semicircular que sigue la herramienta en el curso de su empleo hace que el filo se interne dentro de la madera más profundamente por uno de sus extremos.
El análisis microscópico se vio complicado a causa de dos circunstancias: el tamaño de la pieza, excesivo para trabajar con holgura, y la incurvación de la superficie del hacha, lo cual hacía muy difícil una visión nítida, incluso con pocos aumentos.
Se procedió previamente a limpiar las caras del hacha, sumergiendo ésta en un tanque ultrasónico durante 60 minutos y pasando a continuación un algodón, impregnado en alcohol metílico.
El corte estaba en buen estado aunque algo machacado y con algunos lascados.
En la zona activa, donde el lustre se apreciaba a simple vista, aparecía pulimento, a veces con una estructuración lineal perpendicular al filo y se distinguían asimismo finas estrias entrecruzándose, aunque con una orientación genéricamente oblícua respecto al corte.
Dada la clara persistencia de restos orgánicos en las inmediaciones de la zona activa, procedimos a sumergir la pieza en una solución de detergente enzimático, durante sendos periodos de 1 hora cada uno, separados por observaciones microscópicas.
Tras dicha limpieza solo se observaba micropulidos en las partes más altas de la superficie, una disposición que se correspende más bien con el roce contra un material duro que con madera.
En otras palabras, las alteraciones señaladas en esas zonas serian probablemente el resultado del pulimento previo de la pieza, hipótesis que se refuerza al documentar observaciones idénticas en áreas alejadas del filo, en pleno centro del hacha.
El carácter de primer ensayo de este experimento y lo limitado de su duración nos obligan a ser prudentes en cuanto a los resultados alcanzados, pero permiten avanzar algunas propuestas y observaciones de orden general:
Un trabajo de tala durante corto tiempo y sobre una madera de dureza media no produjo un nivel significativo de desgaste sobre el filo y zonas adyacentes, sea a nivel macroscópico o incluso microscópico, esto a pesar de habernos movido dentro de un umbral que alcanzaba los 200 aumentos.
La patina brillante, visible después de la utilización en las inmediaciones del corte, se distribuía a lo largo de éste de una forma asimétrica, acorde con la mecánica del uso de un hacha taladora, según diversos autores.
Por otro lado una vez efectuada una limpieza, este lustre desapareció por completo, demostrándose de esa forma que no era consecuencia de un proceso de abrasión de la capa superficial del hacha sino que probablemente se había formado por residuos orgánicos amalgamados por la combinación del calor y presión resultantes del impacto o roce de la zona activa sobre la madera.
Pudimos reconocer la existencia de estrías, a veces dispuestas de forma oblicua en relación al eje de la pieza, con anterioridad a su utilización efectiva; asimismo se hallaban algunos microlascados previos.
Esto hace necesario el establecimiento de criterios discriminantes, basados en experimentación con réplicas actuales para definir, si ello es factible, cuáles de esas caracteristicas son debidas al uso y cuáles al proceso de manufactura.
A tal fin es absolutamente imprescindible llevar a cabo observaciones a nivel macro y microscópico del utillaje experimental antes de proceder a su utilización.
--1 2 l.-Hacha enmangada, antes de su utilización.
El Dr. Newcom er mas/randa la lécnica ulilizada para cortar un árbol con un hacha de piedra pulida. |
JOSÉ MANUEL MAÍLLO FERNÁNDEZ (*)
El Chatelperroniense de Cueva Morín (nivel 10) es el nivel más importante de este periodo en la Península Ibérica.
En este trabajo realizamos el estudio de la producción laminar de dicho nivel para poder identificar los métodos y objetivos de dicha producción, los cuales corresponden a una concepción prismática uni/bipolar destinada a la confección de puntas de Chatelperrón.
En un paso posterior, se compara dicho conjunto con el resto de yacimientos chatelperronienses peninsulares y franceses.
El estudio del Chatelperroniense en la Península Ibérica adolece de la existencia de yacimientos con un conjunto industrial lítico lo suficientemente abundante como para realizar estudios de carácter tecnológico de manera exhaustiva.
Esta realidad queda reflejada en el hecho de que la mayoría de las secuencias chatelperronienses son atribuidas a este conjunto industrial a raíz de la aparición de puntas de Chatelperrón en mayor o menor número.
Aspecto que no deja de ser paradójico en un momento en el que la disciplina parecía haber superado el concepto de "fósil guía".
En este contexto, Cueva Morín aporta, sin duda, el conjunto lítico más numeroso y característico de todo el Chatelperroniense peninsular, lo que lo hace especialmente sensible al estudio tecnológico severo, lo que nos permite, no sólo, conocer la caracterización tecno-tipológica de este conjunto industrial, sino también las modalidades y métodos de explotación lítica.
En este sentido, abordamos la caracterización de la explotación de soportes laminares, al considerarlo como elemento sensible para conocer las modalidades, preferencias y objetivos de los chatelperronienses de Cueva Morín y permitirnos una buena base comparativa con otros yacimientos de Francia.
Está situada en Villanueva de Villaescusa (Cantabria) y es conocida también como Mazo Moril o cueva del Rey.
Se ubica en una pequeña colina de (*) Personal Investigador.
Dpto. de Prehistoria y Arqueología Antigua, UNED, c/ Senda del Rey, 7.
Dedicado a Victoria Cabrera Valdés
T. P., 62, n. o 1, 2005 formación urgoniana en la cuenca de drenaje del Solía, a sesenta metros sobre el nivel del mar y a seis kilómetros de la línea actual de costa (Fig. 1).
La entrada de la cavidad está orientada hacia el noroeste, prolongándose a continuación en dirección sureste para terminar hacia el suroeste.
La altura de la entrada es de dos metros (González Echegaray y Freeman 1971: 6).
La cueva fue dada a conocer por H. Obermaier y P. Wermet en 1910.
Dos años más tarde, en 1912, J. Carballo y P. Sierra realizan un pequeño sondeo que queda inédito.
O. Cendrero publicará más tarde algunos de los materiales extraídos del área de excavación de estos investigadores (Cendrero 1915).
Entre 1917 y 1919, J. Carballo retoma los trabajos en la cueva y realizará la que podemos considerar como primera intervención seria en el yacimiento.
Durante esta intervención se excavan los niveles correspondientes al Paleolítico superior y dos niveles del Paleolítico medio (Carballo 1923).
En 1918, al término de la primera campaña, J. Carballo invita al Conde de la Vega del Sella a excavar el yacimiento tras la finalización de las campañas del primero.
Estas nuevas intervenciones en Cueva Morín son rápidamente dadas a conocer a la comunidad científica (Vega del Sella 1921).
No es hasta 1966 cuando se retoman los trabajos en este yacimiento, trabajos que durarán hasta 1969.
Lo lleva a cabo un equipo hispano-americano dirigido por el Prof. J. González Echegaray y L. G. Freeman (González Echegaray y Freeman 1971a;1973a;1978).
Esta intervención aportó a la Prehistoria española dos aspectos de gran importancia.
Por un lado, la aplicación de métodos de excavación modernos y, por otro lado, la primera secuencia completa entre el Paleolítico medio y el superior en nuestro país.
Esta secuencia estratigráfica revelaría la presencia de un nivel Chatelperroniense y, por tanto, la solución al debate en torno al auriñacomusteriense (González Echegaray 1969, Moure Romanillo 1969-70).
La secuencia estratigráfica que presenta el yacimiento se compone de 22 niveles, cuyas atribuciones industriales son las siguientes: Nivel 1: Aziliense; nivel 2: Magdaleniense; nivel 3: Solutrense superior; nivel 4 y 5b: Gravetiense; nivel 5a: Auriñaciense evolucionado; niveles 6 y 7: Auriñaciense antiguo; niveles 8 y 9: Auriñaciense arcaico; nivel 10: Chatelperroniense; niveles 11 a 17: Musteriense; niveles 18 a 21: estériles; nivel 22: Musteriense.
El carácter chatelperroniense de su industria viene definido tras el estudio de las 308 piezas retocadas estudiadas por nosotros y los trabajos precedentes (González Echegaray 1971b;1973b; Arrizabalaga 1995) (1).
El conjunto está dominado por las piezas de sustrato (raederas, denticulados y muescas) con 166 ejemplares, lo que equivale a un 53,8% del conjunto retocado.
Son también relevantes las piezas de retoque continuo (15,5%) y los raspadores (8,1%); mientras que buriles y piezas de dorso presentan valores más discretos (3,8% y 5,5% respectivamente).
En cuanto a los índices de la industria (Sonneville-Bordes y Perrot 1953), los raspadores destacan frente a los buriles (IG = 7,7; IB = 3,9); de éstos últimos los diedros dominan frente a los de truncatura que no están representados en la colección (Ibd = 2,6; Ibdes = 66,6).
Los raspadores auriñaciense son los más numerosos (Iga = 3,9; Igaes = 85,7).
Entre los grupos, el Perigordiense es ligeramente mayor al Auriñaciense (GP = 6,49; GA = 4,87).
Se han estudiado un total de 10373 restos líticos correspondientes a este nivel (Tab.
1), de los que la mayoría corresponden a debris y restos de talla (n = 8836).
Desde el punto de vista de los soportes, la industria está dominada por las lascas (n = 946), mientras que las hojas y las hojitas presentan valores más discretos (n = 110 y 85 respectivamente).
(1) Maíllo Fernández, J. M. 2003: La Transición Paleolítico Medio-Superior en Cantabria: análisis tecnológico de la industria lítica de Cueva Morín.
La producción de lascas se realiza bajo esquemas operativos de tipo discoide y la de hojas bajos esquemas operativos de tipo prismático que serán descritos en los apartados siguientes.
Entre los soportes retocados la dinámica se repite ya que el conjunto está claramente dominado por las lascas (183/308), mientras que las hojas y las hojitas (n = 34 y 10 respectivamente) se ven superadas por otras categorías como son los soportes naturales: tectoclastos, plaquetas o cantos.
La fauna en este nivel es escasa, entorno a unos 26 restos que corresponden a un NMI de cinco ejemplares, de los que dos serían de Cevus elaphus, dos de gran bóvido y uno de Equus caballus (Altuna 1971: cuadro 42).
Esta datación indirecta ubica al nivel en estudio dentro de un momento antiguo del Chatelperroniense.
La producción laminar en este nivel es importante, aunque más desde un punto de vista cualitativo que cuantitativo.
Las hojas están representadas por 111 ejemplares de las que 35 están retocadas.
Por su parte, las hojitas son 85, de las que tan sólo 10 están retocadas.
Los núcleos correspondientes a los diferentes esquemas están representados en la tabla 2.
Inventario de piezas estudiadas en el nivel 10 de Cueva Morín.
El conjunto está compuesto por 76 soportes.
Litológicamente está dominado por el sílex, que supone un 86,4% de las hojas (n = 66), seguido a mucha distancia por la arenisca y la caliza con casi un 4% cada una y de manera anecdótica por la cuarcita, la ofita y el oligisto.
Tipométricamente, presentan una longitud media de 42 mm. Con una variabilidad que oscila entre 32 y 54 mm. La anchura media es de 15,63 mm, con una horquilla comprendida entre 10 y 32 mm y con un espesor de 6,28 mm de promedio, con valores que oscilan entre 2 y 14 mm. Más de la mitad de los soportes son no corticales (56,5%) y un 26,3% presenta menos de un tercio.
Tan sólo un 4% presenta córtex en toda su superficie.
El sílex es la única materia prima que está representada en todas las categorías.
El resto de materias primas presenta sus efectivos sin córtex, o con menos de un tercio, como es la dinámica general del nivel.
La representación de talones es muy variada (Fig. 2), aunque destacan los lisos seguidos de los corticales, los diedros y los puntiformes.
Resulta interesante resaltar los filiformes y el grupo de los facetados (rectos, convexos y someros).
Los talones no están demasiado preparados, el 15,79% mediante pequeñas extracciones y el 9,21% unen esta modalidad a la abrasión.
En el 75% de los ejemplares no ha podido ser identificado.
Las hojas presentan, como norma general, dos o tres negativos en su cara dorsal (26% y 30% respectivamente), aunque también es importante la representación de aquellas piezas con 4 y 5 (15% y 13% respectivamente).
Dichos negativos son en su mayoría de dirección proximal, paralelos al eje de la piezas (76,32%).
Es interesante destacar que aunque en una proporción débil (2,63%) los negativos de dirección bipolar igualan a los de dirección convergente.
En un 13% de los soportes no han podido ser identificadas las direcciones.
Las secciones de las hojas son trapezoidales (64,4%) o triangulares (35,5%); presentan en conjunto una alta regularidad de aristas y rectitud de los bordes (más del 40% en ambos casos) y nula o débil curvatura del perfil (42,1% y 17,1% respectivamente).
En cuanto a la torsión, y pese a que en el 56% de los casos no ha podido ser identificada, el conjunto presenta una tendencia a la no torsión (17,11%), pese a que la mayoría de los soportes identificados presentan este atributo de forma ligera (23,68%), y tan sólo el 2,6% de manera desarrollada.
Son 35 ejemplares, dominadas, desde un punto de vista litológico, por el empleo masivo del sílex (88,2%), seguido de la cuarcita y la caliza.
Dichos ejemplares, en su mayoría no presentan córtex sobre su cara dorsal (79,4%), o menos de un tercio (8,8%), volviendo a ser el sílex la única materia prima con todas las categorías representadas.
Los talones se reducen mucho en cuanto a las categorías representadas (Fig. 2), además dos tercios de los soportes no presentan este atributo.
De las piezas que lo poseen destacan los lisos, los facetados rectos y los corticales.
Sólo el 17,65% de los talones presenta preparación en el anverso, y éste únicamente se realiza mediante la modalidad de pequeñas extracciones y abrasión.
Los soportes retocados presentan más negativos
Son un total de 75 ejemplares, donde el 92% está compuesto por sílex, existiendo algún ejemplar en cuarcita y en ofita (tres hojitas respectivamente).
Casi tres cuartas partes no presentan córtex, siendo el sílex la única materia prima en la que existen otras categorías, aunque con valores moderados, destacando tan sólo las que presentan menos de un tercio de cortex (17,3%).
En cuanto a las dimensiones del conjunto, la longitud media de los soportes enteros es de 24,1 mm con una variabilidad que oscila entre 16 y 41 mm. La anchura presenta un promedio de 10,1 mm, con una horquilla entre 4 y 18 mm y, por último la anchura presenta una media de 3,93 mm con valores que oscilan entre 2 y 10 mm.
La gran mayoría de los soportes no presentan talón (42%).
En el resto dominan los lisos con un 33,3%, seguido por los diedros y corticales (8% respectivamente); por último estarían representados los facetado rectos, filiformes y los puntiformes.
Es importante destacar que un 12% de los anversos están preparados mediante la conjunción de pequeñas extracciones y abrasión.
La segunda modalidad, la abrasión, sólo es empleada en un 1,33%.
Las hojitas brutas presentan en su cara dorsal de forma mayoritaria dos negativos (41,33%), o tres (29,33%), con direcciones proximales (74%) o convergentes.
Las secciones son triangulares (53%), dominando sobre las trapezoidales.
El conjunto presenta poca o nula torsión (37% y 33% respectivamente) y sus perfiles longitudinales son rectilíneos o ligeramente curvos en su tercio distal.
El conjunto es muy exiguo, compuesto, tan sólo, por diez piezas.
Está dominado exclusivamente por el sílex, la mitad no presentan córtex, pero hay que destacar la importancia de las que poseen córtex, sobre todo las totalmente corticales (2 de 10 piezas).
Tipométricamente, presentan dimensiones similares a las hojitas brutas: la anchura media es de 10,2 mm con valores que oscilan entre 6 y 13 mm y un espesor de 4,7 mm. Los valores de la longitud no son tomados en cuenta al estar todos los soportes fracturados.
La mitad del conjunto no presenta talón y entre los que sí lo conservan destacan los lisos (2/10).
Sólo dos piezas presentan preparación en el anverso mediante dos modalidades: pequeñas extracciones y ésta en unión con la abrasión.
Las caras dorsales presentan pocos negativos, como ya ocurriese en los soportes brutos, concretamente dos (6/10) y las direcciones son proximales en aquellas hojitas en donde han podido ser identificadas.
Las secciones son triangulares (6/ 10), sin torsión o ligeramente torsas (8/10), no curvas (6/10) y presentan una regularidad y una rectitud buena.
Comparación entre los soportes laminares brutos y retocados
Entre las hojas brutas y retocadas existen interesantes aspectos que caben ser destacados:
-Tipométricamente son ligeramente mayores las hojas brutas (42 a 40 mm), pero en anchura y espesor son iguales, por lo tanto, si existe una elección diferencial por aspectos métricos, ésta es muy atenuada.
-Se seleccionan piezas sin córtex para ser retocadas (79,4% retocadas frente a 56,5% en las brutas).
-En relación con esto último estaría la elección, para retocar, de aquellos soportes que más número de negativos y estandarización presentan.
-Resulta muy importante la importancia que toman las hojas con negativos bipolares entre el conjunto retocado; pasan de un discreto 2,6% en los soportes brutos a un 23,5% entre los retocados.
-Esta dinámica entra en conflicto con el ligero aumento de la curvatura distal entre las hojas retocadas (de 15,8% al 23,5%).
-Disminuye la torsión en el material retocado, pero siempre con mayor representatividad de los soportes con ligera torsión.
Entre las hojitas los aspectos a destacar son los siguientes:
-La proporción de soportes retocados frente a los no retocados es extremadamente baja (11,76%) y anecdótica en todo el conjunto retocado (3,2%).
-La escasa importancia de este tipo de soportes en el conjunto se observa con el tratamiento en su selección.
Así, por ejemplo, no hay selección de soportes con menos córtex, con talones o el anverso preparado, etc.
-Todas las hojitas, retocadas o no, presentan pocos negativos en el anverso y casi todos de dirección convergente, lo que puede indicar una obtención no específica o accesoria de este tipo de soportes, como más adelante comprobaremos.
Comparación entre hojas y hojitas
Revisando los apartados anteriores, podemos comprobar que no existen diferencias apreciables entre las hojas y las hojitas más allá de las meramente métricas.
Sin embargo, si analizamos detenidamente esta característica, observamos como tanto la anchura como el espesor de estos soportes representan una curva unimodal, lo que nos apoya a la hora de interpretar el conjunto de hojitas como un continuum del débitage de hojas (Figs.
Ambos conjuntos, como se explica a continuación, representan el resultado de la explotación de varios esquemas operativos de los que las hojitas son el resultado del final de la explotación o bien se obtienen de forma fortuita durante la explotación de hojas.
El papel que representan estos últimos soportes, a raíz de la observación del material retocado, es muy marginal.
Tan sólo hemos identificado un núcleo específico de hojitas reaprovechando la fractura diametral de un núcleo discoide (figura 5:5).
El desarrollo del débitage
Uno a partir de núcleos de morfología prismática de gestión unipolar y otro desde una gestión bipolar.
Esquema I: prismáticos bipolares
Nuestro conjunto de elementos que evidencian un débitage bipolar está compuesto por seis núcleos (uno de ellos de explotación "oportunista") y un buen número de soportes laminares.
Todos los núcleos que poseemos están elaborados sobre sílex (Fig. 5: 3, 4, 5).
Los soportes en origen son cantos (n = 2), tectoclastos (n = 3) o indeterminados.
La mise en forme es simple y condicionada, en algunos casos, por la morfología original del soporte elegido.
Dos posibilidades son aplicadas para el inicio de la explotación: la hoja de tipo cortical o de entame o la cresta de núcleo.
Pensamos que ésta última es la modalidad más empleada, tanto por los restos de las mismas hallados en la colección como por la morfología inicial de los núcleos.
Se realiza en la convergencia entre uno de los flancos y la futura tabla, existiendo ejemplos de crestas de núcleo totales y parciales, que acondicionan la totalidad de la longitud de la tabla o tan sólo una parte (Fig. 6: 1-4, 6, 7).
La mayoría tiene preparación en uno de los lados (derecho o izquierdo) siendo el otro el plano natural (Fig. 6: 2, 4, 6, 7).
Aunque también existen piezas corticales que presentan negativos bipolares (Fig. 5: 6).
Esta preparación se ve favorecida o condicionada por la morfología de los flancos.
Hemos comentado arriba que muchos de los soportes son tectoclastos.
Estos soportes de morfologías rectangulares son aptos para realizar una explotación de tipo laminar a partir de su cara más estrecha, como así ha ocurrido en este nivel.
Los flancos se disponen de forma perpendicular en relación con la futura tabla, encajando desde el inicio la producción de la misma, favoreciendo una somera preparación del núcleo.
Estos flancos conformados mediante planos naturales se mantienen en casi todos los núcleos conservados, al menos en uno de los laterales, ya que no faltan también evidencias, aunque no muy numerosas, de la elaboración de elementos de acondicionamiento del núcleo, tal es el caso de tres núcleos que presentan restos de crestas laterales.
La parte posterior de los núcleos apenas se prepara y conserva la superficie original, ya sea cortex, ya plano natural.
El plano de percusión se confecciona mediante extracciones del tipo tableta o semitableta de núcleo.
La elaboración del mismo se efectúa mediante la percusión desde la tabla lo que genera un ángulo oblicuo entre ésta y el plano de percusión (fig. 5: 3-5).
En algún que otro caso la percusión se realiza desde el flanco (Fig. 5: 4).
Las tablas son rectangulares en casi todos los casos, en otros son triangulares, debido a accidentes durante el transcurso de la explotación.
No poseen una gran curvatura y presentan una longitud media de 41,5 mm y una anchura de 29,5 mm. Las extracciones se organizan sobre el eje del soporte, es decir, sobre el lado de mayor longitud.
Los negativos que se observan son relativamente cortos y anchos, aparentando, en alguna ocasión, lascas laminares.
El débitage del núcleo responde a una gestión bipolar.
Los soportes extraídos responden a una misma estrategia extractiva (Fig. 5: 1, 2, 7).
La mayoría presentan una disposición paralela al eje de la tabla.
Los negativos anteriores refuerzan esta dinámica, siendo éstos muy estandarizados.
Son soportes no muy largos y relativamente anchos.
La extracción media mayor, visible en los núcleos, es de 34,8 mm de largo por 11,5 mm de ancho.
Algunos de estos soportes presentan un lateral cortical debido a la apertura de la tabla y reavivado del cintrado del núcleo.
Los soportes extraídos son de perfil rectilíneo, sin curvatura y de morfología rectangular.
Habitualmente, dichas extracciones no ocupan la totalidad de la tabla.
Al ser la gestión del núcleo bipolar, existe una alternancia en la dirección de los soportes extraídos.
Uno de los planos de percusión obtendrá soportes de mayor tamaño, que podríamos definir como "principales" y que son los verdaderos soportes buscados.
Por su parte, la función del otro plano de percusión es la obtención de soportes laminares de similares características, pero de menor tamaño y que estarían orientados a mantener la zona basal de la tabla en condiciones óptimas para la explotación (Fig. 7).
Los reavivados de la tabla se realizan, sobre todo, a partir de neocrestas, totales o parciales.
Aprovechan, al igual que ocurría al inicio de la explotación, la confluencia entre un flanco y la tabla.
Su función es doble, por un lado adecúan la morfología de la tabla en cuanto a su curvatura y, por otro, eliminan y corrigen posibles estigmas de accidentes de talla.
En la mayoría de los casos manteniendo los limites de la tabla desde el inicio hasta el final de la explotación, pero existe algún ejemplo (Fig. 5: 4), en la que la tabla se ha prolongado hacia uno de los flancos, siendo, por tanto, semienvolvente.
Las cornisas de los núcleos presentan un frecuente trabajo de acondicionamiento llevando a cabo la regularización de las mismas mediante pequeñas extracciones y, en menor medida, abrasión.
En cuanto a las técnicas empleadas en este esquema operativo, comentar que existen evidencias, tanto en los soportes como en los núcleos del empleo de dos técnicas: la percusión directa con percutor blando y la percusión directa con percutor duro.
Esta alternancia de técnicas no es nueva en niveles chatelperronienses y puede variar depen-diendo de los soportes que se busquen, así se puede emplear este tipo de técnica al inicio del débitage o para obtener soportes espesos (Pelegrin 1995: 252).
En Morín, además, se ha empleado en las últimas secuencias de explotación de los núcleos.
El abandono de la explotación está ligado, en los núcleos de este esquema operativo, a la ausencia de un carenado y cintrado adecuados, así como a accidentes de talla, que, unidos al pequeño volumen de los núcleos, hacen inviable un reacondicionamiento.
Las últimas extracciones obtenidas en estos núcleos antes del abandono evidencian un descuido paulatino de la condiciones óptimas para el débitage (Fig. 5: 4).
Esquema II: prismáticos unipolares
Los núcleos que se adscriben a este esquema son catorce, a los que debemos añadir ocho de gestión "oportunista".
La mayoría están realizados sobre sílex, aunque hay dos sobre cuarcita.
Fase de mise en forme Los soportes sobre los que se elaboran los núcleos son variados, pero destacan los cantos y los tectoclastos.
Existen además núcleos sobre chunck, plaqueta o lasca.
La mise en forme es sencilla, existiendo una adecuación importante del soporte al tipo de explotación que se va a realizar.
Al igual que ocurría en el esquema bipolar, la tabla está muy marcada por los flancos, sobre todo cuando ésta es rectangular y estrecha (Fig. 8: 3).
El inicio de la explotación comienza a partir de lascas de entame y de crestas de núcleo.
Las tablas presentan de forma mayoritaria una morfología rectangular, existiendo algún caso en la que es cuadrada (n = 2) o triangular (n = 1).
Tanto los flancos como la parte posterior del núcleo apenas se prepara para la explotación, solamente en un núcleo existe una cresta posterior.
Los planos de percusión se crean a partir de grandes extracciones del tipo de semitableta, que son reavivadas en el transcurso de la explotación.
Éstos se obtienen realizando la percusión en la tabla del núcleo, lo que genera una convexidad más óptima y con menos riesgos de accidentes de talla (Fig. 8: 2, 3).
Existe también algún caso en el que esta percusión se realiza sobre uno de los flancos (Fig. 8: 1).
Todos lo núcleos presentan una única tabla de explotación.
Ésta es explotada mediante una entame, cuando el soporte es un canto, o una cresta, cuando es cúbico (tectoclasto).
La pieza de entame o cortical inicia la explotación de la tabla que se va abriendo hacia los flancos.
Cuando el inicio viene dado por una cresta, la tabla se abre desde uno de los flancos hacia el contrario.
Las tablas se orientan en el eje longitudinal del soporte empleado, es decir, sobre su lado más largo.
Los negativos mayores encontrados en los núcleos presentan una dimensiones medias de 30,5 mm de longitud por 18, 6 mm de espesor.
Fase de débitage pleno
La gestión del débitage es unipolar.
Los soportes obtenidos en estos núcleos, a raíz del estudio de los negativos de los mismos, son hojas rectilíneas con cierta curvatura en su tercio distal (Fig. 9).
Las hojas tendrían una anchura importante, ya que en algunos núcleos se observan negativos de auténticas lascas laminares (Fig. 8: 1).
Los soportes son extraídos de forma paralela al eje de la tabla, como norma general, sobre todo en aquellos en el que la tabla está muy marcada por los flancos (Fig. 8: 3).
Sin embargo, en aquellos núcleos sobre canto y con tablas más anchas o que pueden ser ampliadas durante el transcurso del débitage, esta disposición puede ser convergente, debido a la extracción de soportes en la confluencia entre la tabla y uno de los flancos, presentando, dichas hojas, en uno de sus laterales, restos de córtex o plano natural.
La utilidad de este tipo de soportes es la de reavivar sólo el cintrado del núcleo.
Por tanto, disponemos de unos soportes rectilíneos que pueden ser ligeramente curvos en su parte distal, junto a unos soportes extraídos en la con- fluencia de la tabla con el flanco y que sirven para reacondicionar las características morfotécnicas de la tabla.
Debemos aclarar que este no es el único modo de reavivado de la tabla, ya que no debemos mitigar el papel, probablemente más importante, a juzgar por el número de restos, de las neocrestas, ya totales, ya parciales, en la dinámica de débitage.
En ocasiones se emplean también flancos de núcleo (Fig. 6: 5).
Así pues, disponemos de tres modalidades, de la que una, las neocrestas, ha sido tomada como preferencia.
El número de negativos reflejados en la tabla es escaso (la mitad de la muestra tiene menos de cinco negativos) y sólo uno sobrepasa la decena.
Este hecho junto a la escasa mise en forme, el escaso cuidado de los planos de percusión, de la regularización de cornisas, etc, nos lleva a pensar que existen dos grupos de explotación unipolar.
Por un lado, los núcleos con auténtica puesta en juego de todos los condicionantes necesarios para un correcto desarrollo de una explotación lítica y, por otro, aquellos en las que estas características son algo más descuidadas.
Este último conjunto estaría entre los verdaderos núcleos unipolares y los denominados "oportunistas".
Los núcleos con mayor recurrencia (más número de negativos) presentan una preparación mediante pequeñas extracciones y abrasión que regularizan la superficie del núcleo (Fig. 8: 1, 2).
Como en el anterior esquema, existe una alternancia en la técnica empleada.
Por un lado la percusión directa con percutor blando y, por otra, la percusión directa con percutor duro.
Ambas se pueden alternar, pero observamos como la percusión dura ha sido la modalidad elegida en las últimas fases de explotación de los núcleos, debido, seguramente, a que las condiciones morfotécnicas del núcleo se hallan desdibujadas.
El abandono de la explotación viene dada por errores y accidentes de talla que hacen inviable la misma.
El caso más común es el reflejado, como, por ejemplo, el núcleo de la figura 8: 1, en donde debido a la organización del débitage de manera paralela a la tabla no se ha podido corregir el carenado del mismo.
Otros abandonos debidos a accidentes de talla pueden verse en las figuras 8:3; 6:9.
Recapitulando la información sobre los esquemas operativos laminares de este nivel debemos destacar los siguientes puntos.
-Existen dos esquemas laminares de morfología prismática, uno de gestión unipolar y otro bipolar.
Éste último resulta el más relevante desde una perspectiva cualitativa.
-Los soportes obtenidos en los núcleos de gestión bipolar son hojas rectilíneas de espesor variable que han sido ampliamente retocadas.
-Los soportes obtenidos mediante la gestión unipolar podrían ser muy similares a los bipolares sobre todo en aquellos núcleos en los que la dirección del débitage es siempre paralela.
Cuando esto no ocurre encontramos soportes convergentes orientados hacia el centro de la tabla y que tienen la función de corregir el cintrado de la misma.
Este tipo de modalidad la encontramos en núcleos sobre canto.
-El objetivo de la producción laminar son las hojas.
Las hojitas se encuentran en menor medida y pueden ser obtenidas por intercalado o en el estado final de explotación de los unipolares.
Sea como fuese, el papel económico de dichos soportes es prácticamente nulo (Fig. 9: 9-10, 13, 15).
GESTIÓN DE LOS SOPORTES LAMINA-RES RETOCADOS
El conjunto de soportes retocados del nivel 10 está claramente dominado por las piezas de sustrato que son 166 piezas, lo que equivale al 53,8% de la muestra (tabla 3).
Dentro de este conjunto son las raederas y los denticulados las dominantes.
Destaca también el grupo de las piezas con retoque continuo (15,5%) y los raspadores (8,11%).
Los buriles y las piezas de dorso presentan valores más discretos (3,8% y 5,5% respectivamente) como se puede comprobar en las figuras 10 y 11.
En el conjunto destacan los raspadores frente a los buriles (IG = 7,79; IB = 3,89).
De entre estos últimos dominan los diedros (Ibd = 2,59; Ibdes = 66,6) ya que no existen los buriles sobre truncatura.
Los raspadores de tipo auriñaciense son los más numerosos (Iga = 3,89; Igaes = 85,71) y es destacable que no existe ninguno sobre hoja.
En lo referente a los grupos, el Perigordiense destaca ligeramente sobre el Auriñaciense (GP = 6,49; GA = 4,87).
El papel de los soportes laminares
Cuantitativamente su papel es muy limitado, siendo, tan sólo, el 11% de los soportes retocados, Tab.
Lista tipológica del nivel 10.
es decir, 34 piezas están confeccionados sobre hojas, 5 piezas sobre lasca laminar (1,6%) y diez sobre hojita (3,2%).
La mayoría de estos soportes se destinan a la confección de piezas con retoque lateral en uno o dos lados (n = 17/34).
El segundo grupo, más significativo que el anterior por sus implicaciones, es el de las puntas de Chatelperrón y los bordes rebajados (fig. 10: 1-10).
Un total de 9 hojas son transformadas en puntas de Chatelperrón, a las que debemos añadir otras dos sobre lasca laminar.
En el resto de grupos la presencia de las hojas es bastante más marginal.
Así encontramos tres raederas sobre hoja, un buril sobre rotura, un perforador, un denticulado sobre lasca laminar y una trucatura.
Destaca la ausencia casi total de raspadores sobre hojas a excepción de un raspador sobre hoja auriñaciense confeccionado sobre lasca laminar.
En cuanto a las hojitas, tres de ellas son piezas con retoque lateral, tres son hojitas Dufour y una ha sido clasificada como diverso.
Dos de ellas han sido transformadas en piezas de dorso rebajado.
Las puntas de Chatelperrón
Se trata de trece piezas, todas ellas sobre soporte laminar, a excepción de una sobre lasca y otra sobre soporte natural (Fig. 10: 1-10).
Tipométricamente no destacan sobre el resto de hojas retocadas, tan sólo la longitud media de soportes enteros y fracturados es mayor (34,1 mm frente a 30,4 mm de las hojas retocadas).
Cuatro de las puntas de Chatelperrón poseen negativos bipolares, en alguna de ellas bien desarrollados (Fig. 10: 1-3, 5), el resto presenta negativos de dirección unipolar.
Esto no significa que el resto de piezas no fuesen obtenidas mediante métodos bipolares, ya que éstos han podido ser eliminados en la confección del retoque (Fig. 7.1).
Tan sólo tres ejemplares presentan un perfil curvo.
Los soportes presentan una regularidad y rectitud buenas.
Al contrario de lo que ocurre con otro tipo de piezas características de otros momentos del Paleolítico superior (punta de la Gravette, puntas de muesca), las puntas de Chatelperrón adolecen de estudios experimentales y de huellas de uso sobre su funcionalidad.
La hipótesis, ya clásica, es la propuesta por Leroi-Gourhan para Arcy-sur-Cure por la que dichas piezas serían cuchillos que se emplearían enmangados en su tercio proximal (Fig. 12).
Dicha hipótesis se apoya en cierto retoque de uso que presentan en los dos tercios distales de su filo y de algunos ejemplares con muescas en el tercio proximal provocadas por el enmangue (Leroi-Gourhan y Leroi-Gourhan 1965) y que parece ser corroborado por los estudios traceológicos preliminares sobre el material del yacimiento (Plisson y Schmider 1990).
Entre los ejemplares estudiados por nosotros en el nivel 10 de Cueva Morín encontramos como la mayoría de estas piezas presentan retoques de uso en el filo opuesto al dorso, pero no hemos distinguido ninguna muesca en el tercio proximal.
Por el contrario, sí hemos visto como algunas puntas de Chatelperrón presentan fractura en lengüeta en su parte proximal, lo que nos podría acercar a una posible utilización de este tipo de piezas como verdaderas puntas y no como cuchillos.
Además, los ejemplares con este tipo de fractura son los más típicos y estandarizados (Fig. 10: 2).
Sin embargo, somos conscientes que, con los datos manejados, sólo se puede formular este hecho como una mera hipótesis al no disponer, ni de trabajos sobre el material arqueológico, ni de réplicas experimentales.
La mise en forme de los núcleos laminares de este nivel no es muy elaborada, existiendo una gran adecuación morfológica entre éste y el tipo de explotación al que va a ser sometido.
Para la explotación laminar la elaboración de crestas de núcleo (sobre uno de sus lados) se presenta como la modalidad más empleada, frente a otras de similares características como la entame.
Esta opción se ve reforzada o condicionada por la naturaleza del soporte empleado.
Efectivamente, el uso de soportes de morfología cúbica o rectangular favorece el empleo de crestas de núcleo para el inicio del débitage, mientras que las morfologías ovoides favorecen las entames.
Aunque pueda parecer que una limitación morfológica anula la valoración de las crestas como la modalidad preferida entre otras similares, el estudio de los niveles correspondientes al Auriñaciense arcaico refuta esta idea ya que las crestas apenas son empleadas sea cual sea la morfología del soporte empleado como núcleo (Maíllo Fernández e.p.).
Son raros los casos en los que se realizan crestas en otros lugares del núcleo (zona lateral o posterior) para reforzar y acentuar la morfología del núcleo.
Esta preferencia por las crestas se ve reflejada también en la fase de remise en forme o reacondicionamiento.
Efectivamente, la modalidad más empleada para llevar a cabo estas actividades son las neocrestas de núcleo, totales o parciales, frente a otras modalidades posibles como los flancos de núcleo que apenas sí están representadas en el conjunto.
Los planos de percusión en la producción laminar están confeccionados mediante la extracción de grandes lascas tipo tableta o semitableta de núcleo.
En menor caso se mantiene la superficie natural.
El reavivado del mismo es frecuente como atestiguan los núcleos conservados de este nivel.
El uso de las tabletas de núcleo para preparar/ reacondicionar el plano de percusión es la única modalidad empleada en este nivel, aunque existan otras de similares características como, por ejemplo, realizar varias extracciones de pequeño tamaño.
Por tanto, nos encontramos ante una preferencia clara para los artesanos de este nivel.
En el débitage laminar existen dos modalidades o modos de gestión de los núcleos: unipolar y bipolar.
Se organiza en torno al lado de mayor longitud y se desarrolla en el más estrecho indicando la búsqueda de soportes rectilíneos y regulares.
La percusión directa es la única empleada en sus dos vertientes: dura y blanda.
La primera es empleada en las fases de mise en forme y en la fase final de explotación para obtener los últimos soportes, tal vez forzando las condiciones angulares gracias a este tipo de percusión.
Por su lado, la percusión directa con percutor blando está atestiguada en la mayoría de los soportes laminares en los que se ha podido identificar el tipo de técnica.
Como ocurre en otros yacimientos, existen evidencias, aunque no claras ni sistemáticas, del empleo de otras técnicas como la percusión directa durablanda (Pelegrin 1995: 252).
La presencia de núcleos en su estado final de explotación mitigan la posibilidad de una comprensión real de la ejecución de la talla en este nivel.
Sin embargo, para la producción laminar disponemos de otros elementos que nos permiten una aproximación a este hecho.
Estos son los diferentes productos de acondicionamiento como las crestas o neocrestas de núcleos extraídas sin problemas del núcleo así como la baja proporción de accidentes de talla (reflejados y sobrepasados para la producción laminar).
Todo ello nos lleva a sugerir una destreza óptima para el tipo de débitage desarrollado.
Bien es cierto, que existe un importante número de núcleos que hemos denominado "oportunistas".
Este tipo de núcleos reproducen de una forma burda los parámetros desarrollados en los núcleos laminares, sea cual sea el tipo de gestión.
Conocer el lugar exacto en el sistema económico de este tipo de núcleos es difícil.
Dos son las hipótesis más plausibles: 1) Podría tratarse de un aprovechamiento de cualquier soporte para obtener productos de débitage, frente a una carestía importante de materia prima en el entorno geográfico de este grupo y 2) Este tipo de soportes podría ser el resultado de las actividades de aprendizaje por emulación de los individuos más jóvenes del grupo.
Tras el estudio de los soportes del conjunto lítico, su regularidad y cuidado de ejecución, pensamos que los soportes extraídos de este tipo de núcleos están fuera de la economía del grupo.
Además, la materia prima se localiza fácilmente en el entorno del yacimiento, con limitaciones de módulo y calidad, pero próxi-ma y relativamente abundante, lo que apoya la segunda hipótesis como la más acertada.
Las intenciones del débitage
En lo referente a la producción laminar, la obtención de hojas rectilíneas, homogéneas se convierte en la intención principal.
Estas hojas son empleadas en la confección de puntas de Chatelperrón más o menos estandarizadas.
Este tipo de soportes no sólo son obtenidos a partir de los núcleos de gestión bipolar, sino que también, aunque en menor medida, a partir de los de gestión unipolar.
El resto de la producción laminar se encamina a la elaboración de piezas con retoque lateral o piezas de dorso.
No puede asegurarse que exista un débitage específico de hojitas, ya que éstas son escasas en el conjunto retocado.
Creemos que la aparición de este tipo de soportes está en relación con el desarrollo del débitage laminar de hojas y que forma parte del estadio final de explotación de estos núcleos, aunque en algún caso existe una explotación específica de hojitas muy marginal y discreta.
La gestión del utillaje
El elemento que identifica este nivel es el empleo de las hojas para realizar puntas de Chatelperrón ya que es la única categoría tipológica que está confeccionada de forma mayoritaria con un tipo de soportes específico (hojas), que además son en muchos casos el resultado de la explotación bipolar de los núcleos.
En el resto de categorías las hojas no parecen tener un papel tan determinante y son las lascas los soportes más comunes en la mayoría de las mismas.
EL CHATELPERRONIENSE DE CUEVA MORÍN EN SU CONTEXTO REGIONAL
Son pocos los yacimientos chatelperronienses en la Península Ibérica y ninguno de ellos tiene la entidad como para ser sometido a un estudio tecnológico severo.
Labeko Koba o Ekain (Arrizabalaga y Altuna 2000; Arrizabalaga et al. 2003; Altuna y Merino 1984) serían los referentes en el norte de la Península.
En Galicia encontramos A Valiña (Llana y Soto 1991; Villar 1991;1997; Villar y Llana 2001), aunque el conjunto lítico no es lo suficientemente característico como pudiéramos pensar (2), presentando serias dudas sobre su adscripción cultural, tanto por sus dataciones, su industria ósea e industria lítica (Fernández Rodríguez 2000/2001).
En Cantabria disponemos de El Pendo (González Echegaray 1980), con un pequeño conjunto (nivel VIII) interestratificado entre dos niveles de auriñaciense arcaico, cuya homogeneidad ha sido, desde hace tiempo, puesta en entredicho (Hoyos y Laville 1982) y que recientes trabajos no han resuelto para este periodo que nos ocupa (Montes y Sanguino 2001).
Como hemos contado, ninguno de los yacimientos peninsulares puede compararse con Cueva Morín desde un punto de vista tecnológico.
Otros yacimientos adscritos al Chatelperroniense son el nivel I de la cueva de El Cudón cuya excavación sin control obliga a poner en cuarentena la colección recuperada, en todo caso demasiado exigua, entorno a 170 piezas (Bernaldo de Quirós 1982) (3).
Por tanto, tenemos que realizar la comparación del Chatelperroniense de Cueva Morín con los yacimientos franceses, más numerosos y con mayor registro lítico.
Aunque también son pocos los que poseen más de un nivel en su estratigrafía, se ha propuesto una evolución diacrónica de dicho periodo histórico basado, sobre todo, en los yacimientos de Saint Césaire y Quinçay (Levêque 1979-80;1987;1993a).
Esta seriación se basa en la pervivencia de elementos de origen musteriense con aquellos típicos del Paleolítico superior.
Chatelperroniense arcaico, caracterizado por numerosos elementos de sustrato (raederas, denticulados, bifaces), asociados a buriles, raspadores sobre hoja y piezas de dorso.
Chatelperroniense antiguo, que presenta gran número de piezas de dorso (20-30%), con retoque unipolar y con un equilibrio entre buriles y raspadores.
Chatelperroniense evolucionado, con menor porcentaje de puntas de dorso y menos curvas que en anteriores momentos, con mayor proporción de raspadores frente a los buriles.
Chatelperroniense de caracteres regresivos, con escasos elementos de dorso y de mala factura.
Esta seriación se pone en duda cuando comparamos los conjuntos industriales Eojp sup de Saint- Césaire con el EN de Quinçay.
Ambos niveles, según los análisis polínicos serían contemporáneos y pertenecerían al Chatelperroniense antiguo, aunque existe una gran diferencia tanto tecnológica como tipológica entre ambos conjuntos.
Así, EN de Quinçay posee un 34,9% de puntas de Chatelperrón frente al 5% de Eojp sup de Saint Césaire (más acorde con la seriación propuesta), mientras que en el primero de ellos, tampoco existe el necesario equilibrio entre raspadores y buriles (8,3 de I.B. frente a 12,8 de I.G.).
Antes este tipo de circunstancias, los propios investigadores advierten que esta seriación no debe tomarse de forma rígida, al admitir de forma abierta que la variabilidad interna del Chatelperroniense puede ser debida a diferentes elementos de tipo cultural o económico (Levêque 1993b; Guilbaud 1993).
Sin embargo, otros investigadores plantean problemas de base ya que los elementos musterienses no deberían tenerse en cuenta como definidores chatelperroniense, ya que aparecen en los conjuntos de forma aleatoria sin importar su cronología (Pelegrin 1995).
El chatelperroniense de Cueva Morín, que presenta una datación indirecta para este nivel comprendida entre el 39.770 ± 730 BP del nivel 11 y 36.590 ± 770 BP del nivel 8 (Maíllo Fernández et al. 2001) corresponde por esta cronología a las primeras etapas del Chatelperroniense.
Si correspondiera al arcaico encajaría muy bien el gran número de piezas de sustrato.
Sin embargo, apenas si hay buriles y no existe ningún raspador sobre hoja.
Si lo clasificáramos como antiguo no encajaría el porcentaje de puntas de Chatelperrón (4,2 %), demasiado bajo según la seriación propuesta, como tampoco tendría cabida la gran proporción de piezas de sustrato que existe en dicha colección.
Por lo tanto, no podemos admitir para Cueva Morín la seriación arriba propuesta.
En cuanto a los paralelos tecnológicos, encontramos en Dordoña los yacimientos de Roc-de-Combe (nivel 8) y La Côte (nivel III) donde la producción laminar se efectúa a partir de núcleos de morfología prismática y gestión bipolar, con inicio de la explotación a partir de crestas de núcleo en uno de los lados en posición antero-lateral.
Los planos de percusión se realizan y reavivan a partir de tabletas de núcleo (Pelegrin 1995).
En este débitage bipolar uno de los planos serviría para obtener las hojas buscadas, mientras que el otro se emplearía como reavivado y acondicionado de la tabla.
Estas hojas bipolares están destinadas a realizar puntas de Chatelperrón.
Este hecho, también está atestiguado en yacimientos con poca laminaridad como el nivel Eojp sup de Saint Césaire (Lêveque 1993), o, como hemos visto más arriba, en Cueva Morín.
Esta tendencia general de débitage bipolar a partir de núcleos prismáticos presenta algunas excepciones.
En el yacimiento de Les Tambourets, la mayoría de los núcleos presentan una morfología prismática y una gestión unipolar (Bricker y Laville 1977).
Este esquema operativo puede estar en relación con el hecho de que existen pocas puntas de Chatelperrón en la colección (tal vez ligadas a la producción bipolar), al igual que ocurre en Cueva Morín.
La producción de hojitas sólo es sistemática en La Côte (nivel III), aunque la encontramos también en Roc-de-Combe o Cueva Morín con núcleos específicos, aunque la importancia en la producción lítica es muy débil en todos los yacimientos.
De acuerdo con las páginas anteriores, podemos observar una serie de puntos de discusión sobre la producción laminar en el Chatelperroniense de Cueva Morín y su contexto. a) El Chatelperroniense en la Península Ibérica presenta ocupaciones de escasa entidad si exceptuamos Cueva Morín.
La mayoría de los yacimientos presentan una escasez dramática de efectivos y sólo la aparición de puntas de Chatelperrón vincula estos yacimientos con este periodo, como ocurre en Ekain X. En otras ocasiones éstas son dudosas (como A Valiña o Cudón) o presentan problemas estratigráficos (El Pendo).
Por lo que tan sólo Cueva Morín y Labeko Koba IX, aunque con escaso material, son significativos de este periodo en el Norte de la Península Ibérica. b) La producción laminar más destacada es la de morfología prismática y gestión bipolar, vinculada a la elaboración de puntas de Chatelperrón.
Sin embargo, la producción laminar más numerosa está vinculada a núcleos de morfología prismática y gestión unipolar, lo que pone en relación a Cueva Morín con yacimientos como Les Tambourets. c) En relación con el punto anterior, la producción bipolar y la elaboración de puntas de Chatelperrón en Cueva Morín, Quinçay En (Chatelperroniense antiguo) y Les Tambourets (Chatelperroniense evolucionado), junto con las diferencias a nivel tecnológico entre el nivel En de Quinçay y Eojp sup de Saint Césaire (en principio contemporáneos) contradice la seriación propuesta para este periodo.
d) La producción de hojitas es casi anecdótica en casi todos los yacimientos, lo que puede servir como un elemento diferenciador con respecto al Auriñaciense arcaico y antiguo. e) Estas diferencias tecnológicas y tipológicas pueden corresponder a elementos económicos o culturales más que cronológicos.
A Victoria Cabrera y Federico Bernaldo de Quirós, Álvaro Arrizabalaga, François Bon, David Ortega y Jacques Pelegrin por las innumerables horas de discusión.
D. Sonneville-Bordes la posibilidad de estudiar el material de Roc-de-Combe, así como al personal del Museé National de Prehistoire de Les Eyzies (muy especialmente a A. Morala y A. Turq).
Por último al personal del Museo de Prehistoria y Arqueología de Cantabria, especialmente a Amparo López, por las facilidades prestadas para la realización de este trabajo. |
RESUMEN( 1) El ídolo del Hoyo de la Gándara es un motivo esquemático grabado sobre una cara plana vertical de un gran bloque errático de origen glaciar, a partir de un afloramiento madre de conglomerados cuarzosos.
Aunque no muestra signos antropomorfos evidentes, la calificación de «ídolo» tiene que ver con el estrecho paralelismo de formas que mantiene con otros motivos así descritos, como son los del Collado de Sejos (Cantabria), el de Peña Tú (Asturias) y el de Tabuyo del Monte (León).
A diferencia de esquemas cronológicos que sostienen cierta diacronía entre estos ejemplos, y a falta de otros datos arqueológicos, en este artículo se analiza y valora la gran similitud de su complejo iconográfico.
Esta circunstancia lleva a considerar un único momento prehistórico de realización o, cuando menos, un común «estado estacionario» de convenciones ideográficas, adscribible, por el análisis de los tipos de armas que acompañan a alguno de los motivos, a los inicios de la Edad dd Bronce.
(c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es I El reconocimiento del ídolo del Hoyo de la Gándara se encuadra dentro de los resultados de campo del proyecto «Fenómeno Megalítico en Cantabria», llevado a cabo por el Area de Prehistoria y Arqueología del Opto. de Ciencias Históricas de la Universidad de Cantabria bajo la dirección de Julio Fernández Manzano.
Su descubrimiento tuvo lugar en el verano de 1988, en el transcurso de trabajos de prospección realizados en la zona de Rionansa, tendentes a verificar distintos testimonios de los vecinos del cercano pueblo de San Sebastián de Garabandal que hacían referencia a manifestaciones consideradas por ellos como antiguas (2).
El grabado se localiza en el lugar denominado ((Hoyo de la Gándara» a unos 790 mts. s.n.m., en el municipio de Rionansa, cerca del pueblo de San Sebastián y en las coordenadas U.TN. UN835806 (3).
La ladera septentrional de Peña Sagra (2.042 mts.), en la que se sitúa el grabado, es un excelente ejemplo de valle de morfología glaciar en el que se pueden observar, hoy en día, diferentes formaciones morrénicas bien conservadas.
Entre los depósitos glaciares, fluvioglaciares y de ladera destacan infinidad de bloques erráticos de conglomerados cuarzosos arrancados en los pisos superiores de una secuencia triásica que se ve completada en los inferiores por grandes bancadas de areniscas rojizas (4).
El ídolo se dibuja sobre una cara plana vertical de uno de esos bloques dispersos por la ladera, identificable, en este caso, porque inmediato a él circula una tuberia de canalización de los Saltos del Nansa.
Su superficie no parece tener ningún signo de labrado o de acondicionamiento previo.
• En cuanto al motivo en sí, se trata de un grabado de diseño rectangular subdividido internamente en nueve pisos horizontales en cuyo interior se desarrollan series continuas de zig-zags.
Los laterales aparecen flanqueados por sendas calles, una de las cuales, a modo de remate en la parte superior, se cierra en arco, determinando así el décimo piso de la representación.
No debe desestimarse, y así se intuye de la prolongación hacia arriba de los trazos verticales más externos, que el diseño continuara en una bancada superior del conglomerado hoy desaparecida.
El surco de grabado es de sección en ((U» plana con un grosor medio de unos 20 mm. (Fig.
Nos encontramos ante una manifestación más a añadir a las que globalmente quedan encuadradas en el concepto «arte esquemático».
No siendo este el momento de tratar la problemática general que tan manido término encierra, sí resulta oportuno recordar alguna de las cuestiones que, sobre ídolos antropomorfos y estatuas-menhir de iconografías afines, han sido tratadas en los últimos tiempos en el marco geográfico de la Cornisa.
De ello se desprende una toma de postura inicial tendente a relacionar el ídolo del Hoyo de la Gándara con los motivos aparecidos en los ortostatos del Collado de Sejos, en la cabecera de los rios Nansa y Saja (Cantabria), a unos 1.500 mts. de altitud (Bueno Ramírez y otros, 1985) o en el afloramiento natural de Peña Tú, en el extremo de una de las Sierras Planas del oriente de Asturias (Bueno y Fernández Miranda, 1981).
Con estos comparte la disposición general de sus formas: un rectángulo de lado largo en vertical y remate curvo que es dividido internamente en pisos horizontales y que permanece aislado o encerrado por varias bandas que recorren su perímetro.
Además, resulta interesante advertir eierta homogeneidad en la relación interna largo-ancho, tanto como la similitud de sus dimensiones absolutas (5).
La distancia iconográfica entre ellos viene marcada por la diferente profusión de ornamentos en su interior -aunque con motivos repetidos en todos los diseños-y por el mayor o menor grado de explicitación de caracteres estrictamente antropomorfos (nariz, ojos, etc.)
Tomando estos aspectos globalmente podríamos decir que el grabado del Hoyo de la Gándara queda a mitad del camino entre la simplicidad de Sejos y el mayor barroquismo de Peña Tu (Fig. 2).
(2) Queremos agradecer desde aquí la ayuda anónima e indispensable de los vecinos de San Sebastián de Garabandal sin la cual no hubiera sido posible documentar este hallazgo.
De la misma manera agradecemos sincéramente la colaboración de Roberto Ontañón en la factura de los calcos del motivo.
Este es un esqu em a que se repite, así mismo, en el motivo de la lastra pizarrosa de Tabuyo del Monte (León) -de incierto contexto arqueológico o situación geográfica precisa (Almagro Basch, 1982)-con la qu e diversos autores han relacionado los grabados antes citados y que a nosotros nos servirá de complemento en el intento de contextualización del conjunto.
HIPOTESIS CRONOLOGICAS EN LA HISTORIA DE LA INVESTIGACION
Independientemente de su cercanía iconográfi ca dentro de la relativa complejidad de los motivos, el otro punto de inter és qu e ofrecen estas m anifestaciones es la posibilidad de especificación de su cronología a partir de la determinación de los tipos m etálicos graba dos junto a los ídolos.
Sobre estos aspectos, y siguiendo el devenir de las publicaciones, podemos recordar que Hernández Pacheco, Cabré y Vega del Sella definía n el arma de Peña Tú como de «hoja ancha y forma triangular alargada.
El m ango corto y grueso, de contorno redondeado destacando cin co puntos pintados en rojo que forman un arco co ncéntrico con el borde superior de la hoja» (Hernández Pacheco y otros, 1914: 15).
Estos puntos se interpretan como clavos de remache del mango.
Estos autores sitúan la representación de Peña Tú dentro de lo que en ese momento se entendía como Edad del Cobre.
A modo de comparación muestran una figura con una serie de puñales del Sureste y Portugal entre las que se encuentran algunos ejemplares de Fuente Alama, Quinta da Agua Branca o el Argar.
Más adelante, con la publicación de la estela de Tabuyo del Monte, Almagro Basch encuentra un paralelo directo con Peña Tú tanto en lo que respecta a la apariencia general de los ídolos como en la forma de asociación con armas.
En el caso de Tabuyo, además de una espada fue grabada una «tosca alabarda de hoja trianguliforme con un largo astil» (Almagro Basch, 1982: 108).
Junto a éste, y como ya apuntaran Hernández Pacheco, Cabré y Vega del Sella, se establece un paralelo iconográfico con las placas decoradas dolménicas del oeste peninsular.
Almagro Garbea ve en el arma de Peña Tú un diseño comparable a las espadas cortas de hoja triangular y remaches reunidas en un tipo que denomina I variante C que se desarrolla en etapas del Bronce Antiguo o Medio (Almagro Garbea, 1972: 70-71), aunque no descarta la posibilidad de una cronología más antigua en el caso de Peña Tú.
En la revisión del panel en el año 1981 por parte de Bueno Ramírez y Fernández Miranda el arma queda definida como de lengüeta «muy señalada» y estructura triangular en la hoja.
Datos en 19s que estos autores observan una influencia campaniforme que se une a otra técnica «claramente posterior» como es la de los remaches de sujeción de la hoja (1981: 482).
Idéntica componente campaniforme señalan para las representaciones del puñal de Tabuyo así como el de la estela de Longroiva.
Tras las excavaciones que realizan Bueno Ramírez, Piñón Varela y Prados Torreira en el Collado de Sejos, quedan documentadas dos nuevas representaciones antropomorfas de claro aire Peña Tú.
En una de ellas y de igual forma que en aquél, vuelve a grabarse un puñal.
Estos mismos autores señalan la estrecha relación con el ídolo asturiano, así como con otras representaciones pintadas en abrigos o grabadas en soportes mobiliares (como es la alusión conocida a los ídolos placa portugueses... ).
Sin embargo, en este caso, el puñal grabado se define como de hoja triangular y espigo dentro de la tradición campaniforme ((sin que sea posible observar influencias de una metalurgia posterior» (1985: 46); es decir, en el que no aparece ningún signo de remaches o clavos para el enmangue.
En el mismo trabajo se establece una sistemática general para las estelas antropomorfas en la que se distinguen tres fases: una primera que componen los motivos antropomorfos que no En fechas recientes Balbín Behrmann ha publicado un amplio e interesante estudio sobre el arte megalítico y esquemático de la Cornisa en el que se hace, obviamente, alusión a las representaciones de Peña Tú y Sejos.
Entre ellas establece una relación ((bajo todos los conceptos» situándolas en un ambiente plenamente megalítico.
Su hipótesis cronológica se apoya en dos cuestiones esencialmente: por una parte en la definición del tipo de soporte de las estelas de Sejos, entendiéndolas individualmente como menhires y, en su forma de asociación, denominando al conjunto como cromlech.
Por otra parte defiende una cronología temprana para ambos casos tras una redefinición de los grabados de sus puñales.
Sobre el de Peña Tú apunta que ((el piqueteado que marca los clavos del puñal es claramente reciente» (Balbín Behrmann, 1989: 29), con lo que añade un detalle que en descripciones anteriores no se menciona.
Tanto Hernández Pacheco, Cabré y Vega del Sella (1914: 15) como Bueno y Fernández Miranda (1981: 457) tienen alusiones concretas al uso exclusivo de pintura roja en la realización de lo que se interpreta como los remaches de la hoja.
Por otra parte Balbín menciona la idea de que la pintura de esos mismos remaches puede ser coetánea al grabado ((O posterior sin que sepamos cuanto».
Señala, además, los problemas de apreciación del tono primitivo de la pintura por alteraciones de visitantes en épocas recientes -por tiznado superficial de los surcos de grabado-que le lleva a plantear dudas sobre la coetaneidad de todo lo pintado o, por lo menos, la improbabilidad actual de verificación de ese hecho.
Con ello propone la posibilidad de una larga serie de intervenciones de grabadores y pintores sobre la superficie del peñasco que podría dar lugar, en caso extremo, a una sucesión ídolo-puñal-puntuaciones-antropomorfos, etc. En definitiva, para Balbín Behrmann no existen elementos que aparten al ídolo de ambientes megalíticos propiamente dichos.
Buena medida de ello lo daría la relación espacial que Peña Tú mantiene con los monumentos de la Sierra Plana de Vidiago -relación ya señalada desde los tiempos de las excavaciones de Menéndez (Fernández Menéndez, 1924: 30).
Con ello el autor marca una separación teórica entre este ambiente, al que pertenece el diseño del ídolo antropomorfo, y el del puñal grabado junto a él.
VALORACION DE HIPOTESIS y PROPUESTAS FINALES
No se puede decir por tanto, que se carezca de hipótesis de partida a la hora de dar contexto cronológico y cultural a la nueva representación cántabra del Hoyo de la Gándara.
Si se tratara meramente de sumarse a alguna de ellas, nuestra elección tendría que decidir entre la fase 1: Picu Berrubia, Fresnedo, Sejos J, de estelas antropomorfas sin armas que plantean Bueno y otros (1985: 46), o la asociación Peña Tú/Sejos n en ambientes megalíticos como propone Balbin Behrmann (1989: 41), o la dualidad Peña Tú/Tabuyo del Monte en los inicios de la Edad del Bronce que defiende Almagro (1972: 70).
Sin embargo, y con todo, debemos señalar alguna cuestión respecto de estos extremos.
La discusión sobre el momento cronológico de los tipos metálicos grabados en Sejos y Peña Tú se circunscribe esencialmen~e a la consideración de la existencia o no de remaches y lengüetas en las hojas de esas armas.
Otro aspecto sobre el que los autores observan un acuerdo implícito es la tosquedad o arcaismo que refleja el perfil triangular de la hoja, circunstancia que ha despejado la posibilidad de considerar cronologías más tardías (Almagro Gorbea, 1976: 470; Bueno y Fernández Miranda, 1981: 462)..
No obstante, a primera vista llama la atención la seguridad con la que en algunas descripciones T. P., 1992, n ll 49 se hace referencia a la presencia de lengüetas o espigos en los puñales.
En este sentido es lógico pensar que el grabado que ha llegado hasta nosotros nos muestra una reproducción del arma completa, y no sólo la parte metálica del mismo -como normalmente nos encontramos en los registros arqueológicos.
Es decir, aún conociendo la solución tecnológica de insertar o embutir el espigo de metal de un puñal en un forro más plástico -de materiales perecederos normalmentelo más verosímil es pensar que lo que se observa en una reproducción grabada de tal motivo es la forma externa de la empuñadura.
Tanto si el puñal hubiera sido elaborado con esa técnica de enmangue, como si se hubiera optado por remachar el mismo en la hoja o si de una técnica mixta se tratara, el resultado final vendría a ser similar en una reproducción grabada de estas características.
Bien es verdad que, en etapas más tardías de la Edad del Bronce, empuñaduras mucho más desarrolladas -como pudiera ser el caso de la espada de Guadalajara-mostrarían su particular perfil en cualquier reproducción grabada o pintada.
En la descrípción de Bueno y Fernández Miranda sobre Peña Tú la alusión a estos extremos es bastante concisa: en este caso hablan de una lengüeta «muy señalada».
Ahora bien, siendo aceptable valorar la posibilidad de que el arma que se ha querído representar estuviera dotado de lengüeta y remaches -por ejemplo de un tipo similar al que ellos mismos citan aparecido en Gumial (1981: • 462-464)-cualquier análisis visual del motivo choca necesaríamente con el perfil físico del mango útil, pudiéndose únicamente aseverar o inquirir cuestiones acerca de la presencia de remaches en la hoja.
Es ésta la valoración que hacen Hemández Pacheco, Cabré y Vega del Sella en sus comentarios sobre Peña Tú.
Estos autores nos invitan a reconocer en la figura tipos metálicos de remaches sin lengüeta «siempre que idealmente la despojemos del mango» (1914: 15).
Sin embargo, la ausencia de signos de clavos en la representación de Sejos puede inclinarnos a pensar que, en este caso, sí se utilizó una lengüeta para fijar el mango.
No obstante en un razonamiento de este tipo puede deducirse cierta deformación profesional por parte del observador/prehistoriador.
En principio, analizamos unas armas que acompañan a ídolos de iconos similares.
El hecho de que en una de éstas -por lo demás de aspecto también similar entre sí-no aparezcan unos puntos en el extremo de su hoja, en verdad puede costarle caro, a los ojos del investigador.
Es decir, ¿Debemos pensar que cuando en una representación de estas características -insistimos que estamos hablando de arte esquemático-no han sido indicados signos de remaches es que necesariamente el original no los llevaba?
No es lógico suponer una consciencia del artista como personaje del Eneolítico o de la Edad del Bronce en el sentido de que estuviera pendiente de llevar al diseño sus remaches para no ser confundido con armas de generaciones anteriores.
A nuestro modo de ver debe considerarse un detalle menor, «elemental» para aquellos, aunque importante en la reconstrucción antropológica del investigador.
Un espíritu similar es observable en el enfoque que defiende la hipótesis en vitud de la cual el panel de Peña Tú responde a una sucesión de intervenciones diacrónicas en un margen temporal desconocido para nosotros.
En el caso de Peña Tú hemos visto que Balbín Behrmann lo plan~ea, por ejemplo, para distanciar el grabado del puñal respecto de la pintura de sus remaches.
El razonamiento da cabida, en una situación «idea!», a que el grabado del contorno se realizara en un momento anterior a la utilización de remaches y, algún siglo después, otro visitador fijara con pintura unos puntos que le identificaban culturalmente.
Más difícil se hace asumir la idea de que este segundo momento fuera resultado de un acto espontáneo de un habitante del lugar.
Nosotros nos sentimos más identificados con la idea de complementaríedad sincrónica de lo pintado y lo grabado como defienden tanto Hernández Pacheco, Cabré y Vega del Sella (1914: 21-22) como Bueno y Fernández Miranda (1981: 464).
Respecto a esto último, y enlazando con cuestiones anteríores, resulta interesante advertir que los remaches sean una parte del diseño en la que exclusivamente se ha utilizado pintura -'-siempre y cuando dejemos de lado la alusión a la existencia de piqueteado bajo ella, que cita Balbín.
Sejos carece de pintura y carece, a su vez, de remaches.
En este sentido, debemos tener en cuenta que lo que hoy se observa en las superficies de estos ortos tatos como en la de los demás, no es sino una faceta empobrecida de un motivo original mucho más impactante.
Tanto es así que no resulta T. P., 1992, n ll 49 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es arriesgado considerar que esos iconos, además de grabados, en origen necesariamente estuvieron acompañados de un soporte pictórico.
De esta manera se excusa a nuestros ojos el esfuerzo invertido en su factura y su nula espectacularidad actual.
Por ello, podríamos considerar el caso de Peña Tú como de afortunada excepción frente a una norma de paneles yermos de pintura tras su degradación histórica.
Si en Peña Tú ésta hubiera sucumbido al paso del tiempo hoy desconoceriamas la existencia de remaches en el motivo, como quizás ha podido suceder con Sejos (Fig. 3).
Otro aspecto ha de valorarse a la hora de determinar qué tipo de puñal representa el motivo de Sejos.
Al indicar la posibilidad de que se trate de un puñal de lengüeta campaniforme nos pueden estar pasando por la cabeza ejemplares del tipo reconocido en Villabuena del Puente (Zamora), 1974: 30-31), por poner dos ejemplos.
Sin embargo debemos recordar que las escasas versiones cantábricas de este tipo son de dimensiones mucho más reducidas (6) y aún tomando el grabado como lo que es -una representación-, hemos de tener en cuenta que tal imagen amplía 3 ó 4 veces el supuesto original.
Esa deformación es mucho más amplia que el estrecho margen porcentual que le resta al puñal de Sejos para tener las dimensiones del puñal de Peña Tú.
Por último hemos de hacer alusión a la consideración del Conjunto de Sejos como cromlech.
Dentro de los términos coloquiales que utiliza la sistemática megalítica europea, indudablemente el que más sufre en su importación a contextos peninsulares o, más concretamente, a los de la Cornisa, es el de cromlech.
En poco se parece lo definido aquí con ese término y estructuras del tipo de las reconocidas en la Bretaña francesa o en el sur de Inglaterra (Guilaine, 1980: 79; Bur! 1979) (7).
Si a ello añadimos que las manifestaciones que han sido identificadas como tales -por ejemplo en el País Vasco (Blot, 1974)--ofrecen fechas de períodos muy tardíos ya en plena Edad del Hierro, podemos considerar que su uso en la Península se torna bastante engañoso y su base semántica queda definida pobremente.
Por lo demás estamos de acuerdo con las apreciaciones que expone María Teresa Andrés (1978: 109 y ss.) a este respecto, indicándonos que bajo ese término se, han venido agrupando manifestaciones que poco tienen que ver en su origen e incluso en su morfología.
Sería aceptable utilizar una terminología «local» que se adapte mejor a la realidad observada y que nos desvincule de conceptos foráneos cargados de particulares consideraciones cronológicas y funcionales que aquí pueden ser tenidas como prejuiciosas.
Como ejemplo, puede ser válido aceptar el topónimo vasco «baraltz» para agrupar esos círculos con cenizas adscribibles en esa regíón a la Edad del Hierro.
Por contra el «cromlech» de Sejos cumple mejor con el referente inicial del término.
Es una asociación de ortos tatos hincados -no específicamente un círculo-que limitan un espacio de funcionalidad no definida, descartándose las posibilidades de habitat o sepulcro.
Incluso en la actualidad es posible establecer una asociación espacial con otras manifestaciones megalíticas, al menos con una estructura tumular (8).
No obstante, y suponiendo que los grabados se hicieron a la vez que se levantaron las piedras, el conjunto pertenecería a una etapa ya metálica.
Es decir, a un momento cronológico en el que se siguen utilizando monumentos megalíticos para inhumar individuos -junto a cuevas, abrigos o meras fosas-pero en el que ya no se levantan estructuras de nueva planta.
No se trataría estrictamente de un ambiente megalítico sino más bien de una fase tardía con elementos considerados «intrusivos» por algunos autores (9).
En resumen, frente a toda esta abundancia de especificaciones cronológicas que implica considerar una amplia diacronía temporal para los cinco ídolos antropomorfos, valoramos la similitud iconográfica del conjunto.
Similitud que no termina con el modo de esquematización, ni con la homogeneidad de sus dimensiones absolutas o de relación interna largo-ancho, sino con la, también, similar relación de dimensiones ídolo-puñal.
Todo ello nos hace pensar en alguna forma de atadura (6) Los que se conocen en la actualidad en la Cornisa son el ejemplar de Aitzbitarte IV de 11,5 cms.
(7) En la actualidad deberiamos considerar esta serie de términos bretones o gaélicos (menhir, dolmen, cromlech) como últimos testigos de una época romántica de aproximación a la fenomenología megalítica que con el desarrollo científico de la disciplina han quedado manifiestamente desfasados y, por ello, deben ser sustituidos en favor de una terminología más especializada.
A nuestro modo de ver, es la manifestación que con mayor probabilidad puede ser adscribible a momentos prehistóricos de todas las que rodean el entorno de los cinco ortostatos, las cuales son referidas, de forma genérica, por aquellos autores en sus trabajos.
(9) El término, sino acuñado, sí era utilizado por Maluquer para definir el «hiatus» que se observaba entre las deposiciones con ajuares microilticos y aquellas que incluían elementos campaniformes (Maluquer de Motes, 1974: 87).
Tanto en el sepulcro de San Martin como en el de Peña Guerra II se apreciaba un estado de semirruina entre ambas fases.
La misma consideración se señala en algún trabajo de G. Delibes sobre ambientes campaniformes en la Meseta (Delibes de Castro, 1977).
Sin embargo, recientemente rectifica esta visión para fundamentar, junto con M. Santonja, una idea de continuidad o de último estadio de utilización indígena de este tipo de sepulcros al menos en la Meseta occidental (Delibes y Santonja, 1987: 173 y ss.). a cánones de fondo naturalista, ya que en un diseño fundamentalmente abstracto, más cercano al concepto de símbolo, tal relación se vería diluida en los diferentes motivos.
Esta propuesta de asimilación debe mantener, necesariamente, una variable de sincronía en el tiempo.
La identificación de su momento cronológico ha de basarse, en esencia y a falta de otros datos arqueológicos, en la adecuada valoración de los siguientes puntos: por una parte en la caracterización del puñal de Peña Tú como de remaches y hoja triangular.
Por otra en la probable adscripción al tipo Carrapatas de la alabarda grabada en Tabuyo y que Harrison (1974: 88) sitúa en los siglos XVIII y XVII antes de la Era.
Es decir, debemos considerar como fechas más probables para estas representaciones, los inicios de la Edad del Bronce.
Es verdad que puede resultar arriesgado formular hipótesis cronológicas para manifestaciones que, como la del Hoyo de la Gándara, sólo son contextualizables a partir de paralelos formales.
Otro inconveniente es la carencia de una sistemática general para las etapas metálicas en Cantabria.
Con todo, en este momento de la investigación puede resultar válido primar esa similitud formal de los motivos en detrimento de consideraciones que hoy por hoy deben tenerse como de rango menor.
Sin duda una base documental más amplia en el futuro aportará mayor luz a estos extremos. |
RESUMEN Presentamos los primeros resultados del estudio sobre la fauna del yacimiento de Puntarrón Chico, Beniaján (Murcia).
Entre los restos, hemos identificado dos especies salvajes (Cervus elaphus y Oryctolagus cuniculus) y cinco domésticas (Bos taurus, Sus scrofa, Capra hircus, Ovis aries y Canis /amiliaris).
Palabras clave Cultura Argáriea.
Por su parte, en el vecino poblado de Ifre (Lorca) los restos de fauna pertenecen a ciervo, cabra, cerdo, liebre, perro, pez huesudo y antílope.
Otros datos aislados, referidos únicamente a las especies y sin descripción alguna del material, completan nuestros conocimientos sobre la fauna del período argárico en Murcia.
De la Cierva y Cuadrado (1945) recuperan en la Almoloya de Mula-Pliego restos de cérvidos, bóvidos, suidos, roedores, algún felino y ave.
En la Bastida de Totana, Incharraundieta (1950) constata la existencia de ciervo y en este mismo yacimiento, Santaolalla (1947) documenta otras especies como son bóvidos, cápridos, suidos y algunos restos de roedor.
En el Cabezo de las Viñas (Lorca), Ayala (1979Ayala (, 1982) ) identifica ovi-cápridos, jabalí y conejo.
Finalmente, Lull (1983) documenta cabra salvaje en el poblado del Cabezo Negro de U géjar, en Lorca.
Esta pobreza de datos en la investigación y, sobre todo, las limitaciones que nos imponen, nos ha llevado a plantearnos la necesidad de realizar los análisis osteológicos de fauna de los yacimientos ya excavados y sentar así las bases para trabajos futuros.
A ello responde este breve informe, en el que ofrecemos unos primeros resultados del estudio de los restos de fauna del poblado argárico del Puntarrón Chico de Beniaján (Murcia).
El yacimiento del Puntarrón Chico se localiza sobre un pequeño cabezo arcilloso de apenas 250 ms. de altitud s.n.m., en una posición muy estratégica sobre la Rambla del Puerto del Garruchal, paso natural de primer orden a través del sistema montañoso de Carrascoy entre la Vega Media del Segura y el Campo de Cartagena y la costa.
En los años 1962 y 1963 se realizan labores arqueológicas de excavación (García, 1964), centradas en la parte Norte del poblado, que ponen al descubierto un urbanismo escalonado en terrazas con construcciones de planta angular de muros de mamposteria trabados con tierra de láguena, bajo los que se localiza un total de 23 sepulturas, 19 enterramientos en cista y 4 en urna (Fig. 1).
La estratigrafía documentada, descrita por su excavador, está compuesta por tres niveles diferentes, a partir de los cuales se determinan dos fases de ocupación.
El Nivel Superior es estéril arqueológicamente.
El Nivel Intermedio proporciona la mayor parte de los materiales argáricos, junto con las construcciones y los enterramientos (excepto dos de ellos).
El tercer Nivel, el Inferior hay que vincularlo a un estadio más antiguo del yacimiento y a él se asocian materiales extraños a las estaciones argáricas como son las asas de tetón de sección circular (Lull, 1983: 342) y los numerosos fragmentos campaniformes hallados, además de dos enterramientos.
Esta secuencia se aprecia claramente en la habitación IX, en la que en el Nivel Intermedio apareció un hogar semicircular formado por cantos adosados al muro Sur de la vivienda, mientras que en el Nivel Inferior se exhumó un vaso de perfil en S.
La cronología apuntada por García Sandoval es la de 1700-1500 a. c., para el inicio y final de la ocupación del poblado.
Los restos óseos de fauna que hemos analizado pertenecen únicamente al llamado Nivel Intermedio, argárico.
Ello responde a que entre los materiales de la excavación depositados en el Museo Arqueológico de Murcia sólo figuraban los de este nivel, sin que podamos determinar si el Nivel Inferior documentado muy puntualmente en el espacio excavado, proporcionó muestras de fauna.
J unto a la bibliografía especializada (Pales et alii, 1971; Barona, 1976; Popesko, 1981; Nickel, 1986), hemos utilizado como apoyo la Colección Comparativa existente en el Departamento de Anatomía y Embriología de la Facultad de Veterinaria de la Universidad de Murcia.
Por la escasez de material y el estado tan fragmentado que presenta no se ha realizado cálculo alguno de biomasa.
Las mediciones se han tomado con calibres manuales y la distinción entre los restos de cabra y oveja se ha basado en las diferencias osteológicas constatadas por Boessneck (1980).
Sobre el total de huesos recuperados hemos id entificado hasta siete especies animales. cinco domésticas y dos silvestres.
En la Tabla 1 resumimos los porcentajes totales y parciales de restos identificados en cada una de estas cabañas. con el Núm ero mínimo de Individuos de las mismas.
Los restos pertenecientes a esta especie son 1 fragmento de la base del cráneo, 2 fragmentos de maxilar, apófisis coronoides y 1 apófisis comual como huesos del esqueleto cefálico; junto a estos, 2 molares, 1 fragmento de vértebra lumbar, 1 fragmento de costilla, 6 fragmentos de húmero, 4 fragmentos de radio, 1 metacarpiano, 3 falanges distales, 2 fragmentos de tibia y 1 astrágalo.
Según la disposición en el esqueleto, los restos analizados son 2 fragmentos de mandíbula, 2 premolares, 3 molares, 2 incisivos, 1 canino, 1 cúbito, 1 fragmento de fémur, 1 tibia y 1 calcáneo.
Las medidas tomadas son: Cúbito: AP 2,4 Tibia: AP 3,1
Los restos claramente identificables como de esta especie han sido 1 fragmento de la bóveda del cráneo, 1 fragmento de mandíbula, 2 apófisis comuales, 1 atlas, 1 fragmento de metacarpiano, 1 falange proximal y 1 falange media.
El excepcional buen estado de conservación del atlas nos ha permitido determinar el sexo del animal al que pertenecía, en este caso hembra.
El material de esta especie está integrado por 1 húmero.
1 calcáneo y 3 astrágalos.
Las medidas obtenidas han sido:
Presentamos en un solo grupo todos aquellos huesos que. por su estado de deterioro. no han podido ser adscritos a una especie concreta de una manera fiable.
Según la disposición en el esqueleto son 3 fragmentos de la bóveda del cráneo, 4 fragmentos de mandíbula.
1 fragmento de atlas.
15 fragmentos de costillas.
1 fragmento de escápula.
7 fragmentos de húmero.
1 radio, 2 fragmentos de metacarpiano.
3 fragmentos de fémur.
9 fragmentos de tibia y 1 centrocuartal.
Tan solo hemos identificado dos restos de esta especie animal.
Son 1 fragmento de la bóveda craneana y fragmento de cúbito.
No hemos podido obtener ninguna medida.
El material analizado está formado por 1 fragmento de mandíbula.
1 fragmento de apófisis comual.
1 fragmento de tibia.
1 fragmento de metatarsiano y 1 calcáneo.
Los restos estudiados han sido. de acuerdo con su disposición esquelética.
1 fragmento de cráneo.
3 fragmentos de mandíbula.
1 fragmento de radio, 2 cúbitos, 1 fragmento de coxal, 1 fragmento de fémur y 1 tibia.
Algunas de las mediciones efectuadas son: Húmero: AmD 0,3; AD 0,8 Fémur: AD 1,2 Tibia: LM 9; AP 1,4; AmD 0,6; AD 1,1 T. P., 1992, n ll 49 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es
Aunque sea obligada cierta prudencia a la hora de interpretar los datos obtenidos en trabajos de este tipo (Morales, 1990), no deja de ser necesaria dicha interpretación para otorgar valor a esos datos y posibilitar un acercamiento, quizás un tanto limitado, a la estructura económica de una comunidad concreta.
En el caso que nos ocupa, la argárica del Puntarrón Chico, en la que varios aspectos resultan del mayor interés.
La localización serrana del poblado condiciona en gran medida las labores agrícolas, puesto que en el espacio circundante más próximo al yacimiento (tomamos hasta 2 kms. de radio) las zonas favorables para estas labores son prácticamente inexistentes.
Es preciso sobrepasar las Sierras de Columbares y de Altaona para encontrar amplios espacios en los que desarrollar esa agricultura.
La ausencia, de otra parte, de instrumentos relacionados con la misma parece inferir que esta actividad no fue practicada plenamente por los habitantes del poblado.
En los resultados publicados sobre las excavaciones realizadas se menciona tan sólo la presencia de una hoja de cuchillo y de un diente de hoz, ambos de sílex (García 1964: 113), lo que en modo alguno puede ser considerado como evidencia de una actividad agrícola plena.
Sin embargo, durante esos trabajos arqueológicos sí se recuperó un elevado número de molinos "de piedra, concretamente 55 sólo en la 2. a campaña de excavaciones (Ibídem).
Estos hechos, ausencia de útiles agrícolas de un lado y relativa abundancia de molinos de otro, parecen apoyar la idea de que el grano, producido en otros centros menores más cercanos a las zonas llanas, era posteriormente llevado al poblado del Puntarrón Chico y desde allí, distribuido.
En lo referente a la ganadería, integrada por ovi-cápridos, vacuno y cerdo no debió alcanzar un volumen considerable si nos atenemos al corto número de restos recuperados.
No obstante, apelando a la prudencia a la que hacíamos referencia, no debemos ser tajantes en esta afirmación puesto que sospechamos que gran parte de culpa de ese reducido número de restos obtenidos la tenga el propio modo de recolección de las muestras.
En cambio, sí podemos concluir, atendiendo a las fusiones epifisarias que se revelan como uno de los criterios más fiables a la hora de establecer la edad juvenil o adulta de los individuos (Morales, 1990: 261), que la mayor parte de los restos pertenecen a animales de edad joven, de lo cual puede desprenderse su consumo prioritario como carne.
El ganado vacuno bien podría haber sido empleado como animal de tiro, pero la ya aludida falta de evidencias materiales y lo reducido de los espacios idóneos para la agricultura, unido a la edad juvenil de los miembros de esta cabaña, nos hacen pensar que también eran criados para,' en corto plazo, ser sacrificados y producir carne.
La caza tampoco parece haber sido una de las actividades más prodigadas por los pobladores del Puntarrón Chico, aún considerando las, a priori, buenas posibilidades que oferta el marco físico en el que se inscribe.
Así parece corroborarlo el bajo porcentaje de huesos de animales silvestres, 19,1 96, y la ausencia de útiles relacionados con esa actividad entre los recuperados en los trabajos arqueológicos.
En otro orden de cosas, el control del paso natural que constituye la Rambla del Puerto del Garruchal se muestra como el factor determinante para la ubicación del poblado.
La importancia de esta vía de comunicación entre la Vega Media del Segura y la costa aumenta si tenemos en cuenta que es el camino más directo con el que enlazar los núcleos cupríferos del interior, en la Sierra de Orihuela, y las vetas de estaño localizadas en la zona costera de Cartagena-La Unión (Fig. 2).
En yacimientos interiores, como es el caso de Cobatillas la Vieja, han aparecido moldes de fundición, testigos palpables de que se funde metal, y en el propio Puntarrón Chico se exhumaron objetos de cobre, en concreto dos puñales y tres punzones, y un molde de fundición para leznas (García, 1964: 107 Y 113).
Actualmente carecemos de datos suficientes para explicar las relaciones entre aquellos poblados que próximos a las minas de cobre, como son Monteagudo o Cobatillas la Vieja, podían actuar como abastecedores de este mineral y aquéllos otros que, situados estratégicamente, debieron ejercer algún tipo de control en ese trasiego de mineral, sobre todo, del proveniente de la costa.
En el Puntarrón Chico, la presencia de molin os de piedra, cuando faltan otros testimonios d e los trabajos agrícolas y la existencia de moldes de fundición y objetos de cobre, estando relativamente alejado de las minas de cobre y basta nte m ás respecto de las de esta ño, solo puede e ntenderse si aceptamos que tanto el gr ano como el mineral eran llevados a él desde otros centros productores, favorecido por su situación estratégica.
Esta ordenación del poblamiento, tendente a conseguir un m áxim o aprovechamiento d e los distintos recursos que el medio ofrece, llevaría implicita la aceptación de un poder superior d entro de ese espacio, un poblado de los que Schubart (1986) denomina «tipo ciudad».
En la c uenca media del Segura, enclaves como los ya citados de Monteagudo, Cobatillas o el mismo Puntarrón Chico bien pudieron desempeñar esta func ión, si bien los estudios parciales desarrollados hasta el momento en la zona no nos permiten profundizar más en la cuestión.
Sin duda, futuros trabajos sistemáticos, ta nto de prospecció n com o de excavación, permitirán sacar a la luz ese compl ejo mundo de relaciones y dependencias, constatadas e n otras co marcas como la de Almanzora-Antas-Aguas (Schubart et alü, 1986), arrojando de este modo informac ió n sob re la dinám ica eco nómica-social de las comunidades argáricas ase ntadas en cs tc área del Segura.
2.-Lucali;:.aóúl1 de lus yacúllie lll us Illellciunadus en el lexlO y de las velas de cobre y es/año más próximas al Punlarrón Chico: l.
Cobalillas la Vieja; 3.
Cerro de las Viñas; 6. |
RESUMEN En 1986 a parecía en Las Cogotas una cabeza de caballo, en barro cocido, cuyo interés es destaca ble en el ámbito de la Meseta Norte, dentro de la figuración zoomorfa, siendo un importante exponente de este tipo de representaciones plásticas producidas durante la Segunda Edad del Hierro.
El barro está bien modelado cuidando mucho su aspecto externo salvo en la parte inferior que, al no quedar visible, aparece descuidada en su elaboración observándose al menos tres incisiones que no llegaron a rematar el trabajo dejándolo bastante incompleto.
La boca fue realizada por medio de incisiones horizontales, dos en el lado derecho, una en el izquierdo y otra en el centro (2).
Los ollares, el morro aparece parcialmente fracturado, se hicieron con un objeto punzante, probablemente el mismo que sirvió para hacer las incisiones de la boca, pudiéndose notar dos impresiones grandes que forman los ollares y otras dos más pequeñas junto a las anteriores.
Los ojos, tratados de modo escultórico, son una de las partes más conseguidas del animal.
El ojo derecho se ha perdido casi completamente aunque aún puede apreciarse.
El izquierdo, m ejor conservado, consigue un gran realismo resaltando la zona del globo ocular y el párpado que lo circunda por toda la parte superior y algo por la inferior.
Por la parte posterior de la figurilla pueden verse dos planos de fractura, uno por encima de los ojos, hecho por el cual no aparecen las orejas y otro por detrás de la mandíbula, de mayor tamaño que el primero (Fig. 2).
A simple vista puede pensarse que la cabeza formara parte de una figura exenta, pero el hecho de tener dos planos de fractura puede sugerirnos la hipótesis de que la pieza hubiera estado adherida a un objeto de mayor tamaño que su propio cuerpo, con lo que podría tratarse de un prótomo (3).
Su hallazgo se produjo en un basurero antiguo qu e posteriormente se utilizó como testar de las cerámicas a torno producidas por un alfar próximo (Fig. 3), por lo que pensamos que la fecha aprox imada de utilización para el área donde se encontró la cabeza de caballo estaría en torno al siglo ID a. c., cronología que vendría dada por su asociación con las cerámicas a torno producidas por dicho alfar., --------FIG. l.-Plano del Castro de Las Cago/as con localización de los hallazgos de figuras zoomorfas.
(2) Todas las referencias a las figuras zoomorfas es tán hechas mirando las piezas frontalmente.
En cuan to a las cerámicas localizadas a m a no, hemos identificado varias formas entre las que destacan vasos de paredes rectas (Fig. 3: 1), c uencos (Fig. 3: 2) y fragmentos de base de grandes recipi entes (Fig. 3: 3).
También existen fragmentos de galbo decorados medi a nte impresiones, con representación de tem as solares, o incisos, estan do alg unos de ellos realizados «a peine» (Fig. 3: 4, S, 6 Y 7).
Con los fragmentos a torno hemos intentado un a clasificación en grupos tipológicos muy amplios, pues en la mayoría de los casos el tamaño de los fragmentos no permite una ordenación más rigurosa (4).
Por el mismo motivo no h emos podido esta blecer los porcentajes relativos a cada uno de los tipos.
En total han resultado cuatro grupos cuyas características generales son las sigui entes: el tipo uno estaría compuesto por formas de plato co n borde ligerame nte entrante (Fig. 3: 8).
De este tipo se conserva un fragm ento de galbo co n engobe rojo en toda la superficie externa y bandas concé ntricas del mismo color sobre fo nd o gris en el interior (Fig. 3: 16).
El segundo tipo está integrado por cerámicas c uyas característi cas principa les son los bordes exvasados y pa red es finas (Fig. 3: 9).
El tercer tipo lo forman vasos de bordes exvasados con paredes entrantes y cuello cóncavo (Fig. 3: 10).
El cuarto tipo se caracteriza por tener bordes en forma de cabeza de ánade, más o menos desarrollados, y c uello cóncavo (Fig. 3: 11 ).
En c uanto a los fo nd os y pies, existen fon dos planos de paredes gruesas (Fig. 3: 12), fondos con umbo (Fig. 3: 13), pies a nula res redondeados (Fig. 3: 14) y pies a ltos de copa (Fig. 3: 15).
Relacio nado con las decoraciones de la cerámica a torno destacan a lgunos fragmen tos pintados co n círculos concéntri cos (Fig. 3: 17) y lín eas paralelas (Fig. 3: 18).
También a parecen cerámicas estampilladas co n motivos de «sigmas», tetralo bulados, aspas en marcadas en tetralo bulados y círc ulos partidos (Fig. 3: 19,20,21 Y 22).
Durante la últim a campa ña de excavació n ll evada a ca bo en Las Cogotas, realizada en octubre de 1990, a pareció, no muy lejos de la figura que presentamos en este es tudi o (a unos 7 m.), un frag mento de lo que pudiera ser un morillo rematado con el c uello y parte de la cabeza de un ca ballo.
La pieza a pareció en un contexto de hogares junto a otros fragm entos cerámicos.
El posible mori ll o se encuentra ac tu a lment e en estud io, por lo que no ha sid o in c luid o en es te tra ha jo.
2,, t",- De las antiguas excavaciones realizadas por Cabré en Las Cogotas proceden otras dos figuras de animales prácticamente inéditas, pues de una de ellas contamos sólo con una breve descripción y de la otra existe una fotografía en la que apenas puede reconocerse (Cabré, 1930: 74 y Lám.
La primera de ellas es un remate de asa y fue interpretada como «... una cabeza de serpiente... »
La forma triangular de la cabeza, su modelado con líneas angulosas y el hecho de ser la prolongación de un asa con sección circular confirman en cierto modo la hipótesis de un reptil, pero no debemos pasar por alto que, a ambos lados, la cabeza presenta unas zonas fracturadas que podrían interpretarse como el arranque de una posible cornamenta de bóvido del tipo de las conocidas en Numancia (Wattenberg, 1963: Fig. 453).
La pieza presenta un cuidado aspecto externo y decoración pintada en rojo muy oscuro -casi negro-en torno a las zonas fract uradas y representando los ojos.
La cocción de la pieza es oxidante y el color rojizo-anaranjado.
Su procedencia exacta se desconoce sabiendo únicamente que proviene del castro, sin más referencias al respecto (Fig. 4).
LID) es un cuerpo incompleto de animal, probablemen te un bóvido, de pequeño tamaño, siendo sus medidas 230 mm. de altura y 650 mm. de longit ud máxima conservada.
Es de cocción oxidante, color gris-anaranjado y pasta bien decantada, sin apenas desgrasantes.
La pieza se obtuvo por medio de cortes de cuchillo antes de la cocción, al igual que las figuras de Langa de Duero (Taracena, 1929: Lám.
X) y por su parte inferior se observa una honda grieta que no llegó a taparse durante el acabado.
Es muy probable que se trate de una fig ura exenta, pero dado su estado -sin cabeza y sin extremidades delanteras-es difícil precisar este aspecto.
Lo que sí puede asegurarse es su procedencia pues la figura fue encontrada en la casa número 9 del castro (Fig. 1, lugar señalado con un circulo negro), con lo que podríamos contextualizarla dentro de un ambiente doméstico (Fig. 5).
Aparte de estas representaciones animalisticas, Cabré recoge en la memoria de excavación del castro «... una cabeza incompleta de ciervo modelada en barro rojizo-amarillento... » que Rotonda Nicolau halló en Las Cogotas durante unas excavaciones realizadas en 1882 (Cabré, 1930: 13-15).
La pieza actualmente se encuentra en paradero desconocido, no existiendo documentación alguna sobre ella, aunq ue por la descripción parece tratarse de un prótomo, quizá de équido o más probablemente bóvido, pues la posibilidad de reconocer la figura de un ciervo es un tanto improbable ¿ccc:~.. _'.. si pensamos que la corn amenta no aparecería conservada.
Su procedencia es muy dudosa, si b ien debemos considerar que fue h allada en el castro.
En la necró polis de Las Cogotas también existen fig uras zoomor fas, un a en concreto.
Se trata de un «vaso biberón, en form a de pája ro, de ba rro... rojizo... »
LIV) d e la tumba 161, a unq ue lo más probable es que pertenezca a la 160 por su proximida d a ella y por carecer de huesos en s u in terior tratándose, creem os, de un vaso de ofrendas.
En r elación con las figuras zoomorfas de Las Cogotas están las representaciones plásticas de a nimales que hemos hall ado en la bibliografía de diversos yacimientos del ámbito de la Meseta Norte dura nte la Segunda Eda d del Hierro, que presenta mos en la fi gura 6 por áreas culturales destacando en cada lugar la presencia de tres grupos significativos, que atiend en al aspecto formal de las fig uracio nes.
En lo refe rente a este tipo de fig uraciones zoom orfas, podemos observar que, fun c ionalme nte, presenta n diversas lectu ras dependi endo de los contextos do nde apa recen.
Las piezas aparecid as en co ntex tos fun era ri os s upon en una mínima pa rte (1 9,5 1 %), com parándolas co n las e ncontradas en áreas de pob lado (80,49 %).
Las primer as hacen re ferencia a vasos rituales o de ofrendas, ha ll ados en El Raso y Las Cogotas, c uyo carácter religioso pa rece evidente, y a los exvotos de Aguilar de Ang uita, El Raso y los prótom os de Palla ntia.
De las representacion es localizadas e n po blados, a lgun as, como en el caso de un a pieza de Las Cogotas o las de Las Arribillas, a parecen e n a mbi entes domésticos que dota n a estas fig uras de un valor cotidia no, el m ism o que tendría n a lgunas de las encontradas en Numa ncia, consid eradas com o posibles juguetes por Wa ttenberg (1963: 42).
E n las zonas de necrópoli s las aves so n la es pecie que a pa rece más represe ntad a (9,75 %), seguid a po r los équid os (7,32 %) y en meno r m edid a por los ovicápridos (2,44 %).
E n á reas de poblado existe mayor variedad de especies, siendo las más representadas las de equidos (36,58 %) Y bóvid os (2 4,39 96).
Las aves y los suidos a pa recen co n un 4,88 % cada un a, seguidas fin a lmente, por un grupo de a nim ales co mpuesto por perro, leó n, serpiente y ciervo, qu e s upon en el 2,44 % del tota l, cada u no de ellos.
En c ua nto a la impo rta ncia de las especies en general, destacare mos la prese ncia de las dos q ue En lo que se refiere a la cronologia d e las figuras zoomorfas y teniendo en cu enta las fechas dadas para ellas por los diferentes autores, cabría destacar una cierta uniformidad en el área vaccea y el área celtibérica, con fechas que oscilan entre los siglos ll-I a. c., en contraposición a las fechas dadas para los hallazgos del área vettona que estarían en torno a los siglos IV-ID a. c., como es el caso d e la pieza que presentamos.
Así, mientras que para las representaciones vacceas y celtibéricas habría que buscar un origen en el Bajo Aragón y Levante, para las del t erritorio vettón, más antiguas, el origen lo hallaremos en zonas meridionales.
Además, el área vettona es el foco principal de producción de verracos, h echo que influiría notablemente en la ela boración de terracotas. |
RESUMEN Presentamos el estudio de una nueva escultura de carnero en piedra, hallada en Monterrubio de la Serena (Badajoz).
Si desde el punto de vista formal hay que relacionarla con la escultura Ibérica andaluza, su valoración simbólica nos lleva a compararla con otras representaciones plásticas encontradas en diversos contextos culturales.
Estos se asocian, frecuentemente, a ritos funerarios y religiosos, pudiendo simbolizar el tránsito del ámbito de la muerte a la vida o escenas de sacrificios ofrecidos a la divinidad.
Dichos ritos tienen su origen en el Mediterráneo Oriental y se extenderán a lo largo del 1 Milenio en la Península Ibérica.
dentro de dicho grupo temático, dado que los ejemplares conocidos hasta el momento no rebasan la cuenca del Guadalquivir (Chapa, 1986: Fig. 50).
En nuestro estudio sobre «La escultura zoomorfa de la Meseta» (Hernández, 1982), observábamos cómo las esculturas de «verracos» se extienden hasta la provincia de Cáceres, siendo Madrigalejos el punto más meridional.
Su ausencia en la provincia de Badajoz donde, por otra parte, se han documentado esculturas de leones en Magacela y Mérida (Chapa, 1986: 110-117), evidencia, una vez más, las diversas influencias que confluyen en la región Extremeña a lo largo del primer milenio.
Viene a corroborar este hecho el hallazgo de la escultura del león encontrada en Aldihuela (Cáceres) (Gonzalez Cordero et alii, 1988, 22; García-Hoz y Martínez, 1990: 12-13).
Si bien su temática es propia del mundo Ibérico, por su concepción formal hay que relacionarlo con el mundo de los ((verracos)~.
En las siguientes páginas vamos a describir la pieza de Monterrubio de la Serena y, a continuación, hemos creído oportuno ofrecer una visión de conjunto de las diversas manifestaciones plásticas en las que aparece dicho modelo iconográfico a fin de conocer su posible significación social y cultural.
LOCALIZACION GEOGRAFICA En primer lugar, hemos de destacar que desconocemos los datos exactos sobre el origen y descubrimiento de esta pieza.
El hecho de que actualmente se encuentre en el municipio de Monterrubio de la Serena (Badajoz), hace pensar que su procedencia puede situarse en el entorno del mismo.
Dentro de este término municipal y, a unos 30 km. al norte, se halla la dehesa ((El Carneril» que limita por su parte septentrional con la cuenca del Zújar (Fig. 1).
En esta zona existió un vado, hoy cubierto por el pantano del mismo nombre, muy utilizado desde antiguo como paso de ganado transhumante y como importante vía de comunicación entre Extremadura y Andalucía.
Como puntos importantes de este antiguo camino, podemos citar Medellín y Cancho Roano quienes han proporcionado una serie de elementos orientalizantes que documentan la existencia de esta vía de comunicación entre Extremadura y la provincia de Córdoba (Hoja no 780.
Toda esta zona forma parte de la Penillanura Extremeña.
Es una región de tradición ganadera con abundantes dehesas de monte, matorral y pastizales.
Dentro de la cabaña ganadera, la oveja ha debido jugar un papel importante puesto que los datos actuales dan una representación muy alta de esta especie, con una producción que llega a alcanzar hasta el 95, 3 96 (Campos, 1984: 71).
DESCRIPCION DE LA PIEZA
Se trata de una escultura exenta que representa a un carnero en posición estática mirando al frente.
Su modelado es muy esquemático y poco cuidado, resaltando sus rasgos más representativos.
Su cabeza aparece separada del cuerpo por un estrecho cuello.
La parte derecha está bien conservada, apreciándose en ella el ojo formado por un pequeño círculo inciso.
La oreja, de forma casi circular y con un pequeño orificio central, se encuentra muy resaltada.
El cuerno, enroscado hacia atrás, forma un amplio círculo.
Su lado izquierdo aparece muy fragmentado, por lo que apenas se observa ningún rasgo específico.
La boca, posiblemente, estuviera señalada por una pequeña incisión sin que podamos precisar más datos sobre su parte frontal.
Aparecen resaltados los cuartos traseros y delanteros, muy trabajados sobre el bloque de piedra.
Los miembros se muestran doblados hacia atrás y adelante, respectivamente, adoptando una postura de reposo sobre sus extremidades.
La parte inferior de esta pieza es plana, por lo que nos hace pensar que pudo estar colocada sobre algún tipo de soporte (Fig. 2 y Lám.
Comparándola con otras esculturas de las mismas características, creemos que pudo formar parte de un pequeño monumento constituido por un pilar rematado por dicha escultura.
El hecho T. P., 1992, n ll 49 de no habérsenos permitido acceder directamente a la pieza, nos impide ofrecer más detalles de los qu e pueden observarse en la fotografía, que tan amablemente nos han proporcionado.
ESTUDIO COMPARATIVO CON OTRAS MANIFESTACIONES PLASTICAS
Dado que contamos con diversas representaciones de carnero en arcilla, bronce y piedra, creemos conveniente incluirlas dentro de un mismo marco comparativo que nos haga conocer el contexto cultural en que aparecen, a fin de obtener una mayor información sobre su significado dentro del ámbito Penins ular.
Se incluye n en este apartado una serie de piezas que, genéricamente, podemos de finir como de uso doméstico, independientemente del valor simbólico que puedan tener.
Se trata de morillos, tapaderas y algún recip iente cerámico hallados e n diversos yacim ientos penins ul ares, cuyo mayor interés es que aportan una serie de datos so bre su contexto.
En el yacimiento de Peña Negra (Crevillente, Alicante), apareció una pequeña cabeza de carnero en el nivel ITa del corte D. Su excavador (González, 1983: 76) interpreta este apéndice bien como perteneciente a un morillo o a un vaso decorado basándose, sobre todo, en la bicromía rojo-amarillo qu e prese nta el rostro d e la figura, muy semejante al de algunas cazuelas halla das en este mismo yacimiento.
En la región catalana so n frecuentes este tipo de hallazgos, entre los que se enc uentran los morillos de la llia d'e n Reixach (Ullastret) (Pujol, 1989: Lám.
A éstos, habría que añadir las tres tapaderas a mano con asas en forma de doble cabeza de carnero, halladas en el Castellet de Bañolas d e Tivisa (Tarragona) (Vilaseca et alü, 1949: Lám.
El hallazgo de diversos morillos en el yacimiento de Cortes de Nava rra, uno de ellos re matado en ca beza de carnero, llevó a Maluquer de Motes a elaborar un estudio detallado sobre s u evoluc ión, signifi cado y posibles relaciones con otros elementos extrapeninsulares (Maluquer de Motes, 1963: Fig. 2).
El mismo tema ico nográfico aparece representado en un morillo y un asa de tapadera del yacimiento de Reíllo IT (Cuenca), lugar considerado como sa ntuario, dond e se realizarían una serie de c ultos.
Así, el carn ero esta ría relacionado co n cultos ganaderos, mientras que la serpiente, que a parece asociada al moti vo a nterior, se interpreta co mo un principio protector del hogar (Maderuelo y Pastor,198\: 172).
Sin embargo, este nivel presenta serias dific ultad es de interpretación (Maderuelo v Pas tor, 1981: 165).
Otro de los hallazgos procede de Montemolin (Marchena, Sevilla).
Consiste en una cabeza de carnero que corresponde, posiblemente, al extremo de un morillo.
Apareció en el estrato m, nivel II (Chaves y de la Bandera, 1984: Fig. S, 20).
Pieza interesante, aunque desconocemos datos sobre su contexto, es el asa criomorfa de una jarra de Molinos (Museo Provincial de Teruel) (Fatás et alii, 1989: 125).
Se trata de un apéndice en forma de cabeza de carnero cuyo rasgo más característico es la representación de los cuernos.
Este ejemplar se asemeja bastante al vaso zoomorfo de la necrópolis de Puig des Molins (Ibiza) (Bendala, 1987: 167) y a las dos cabezas de carnero que se encuentran en el Museo Arqueológico de Barcelona y en el Museo Municipal de Valencia (Almagro, 1980: 295) (Fig. 1).
La mayoria de estas piezas proceden de poblados, a excepción de las de Reíllo II, cuyo carácter de santuario no está bien documentado.
Sin embargo, se han dado diversas interpretaciones para los morillos zoomorfos, considerados por algunos autores como piezas rituales relacionadas con cultos vinculados al animal representado.
El hecho de que el morillo de Reíllo presente en su lado izquierdo señales de haber estado expuesto al fuego y que el ejemplar de Reixach aparezca asociado a un hogar, documentan su función doméstica, independientemente de que se les pueda atribuir también algún valor simbólico, hecho que explicaría la existencia de diferentes temas iconográficos.
En este sentido, estamos de acuerdo con Maluquer cuando afirma que la evolución y transformación del morillo se debe más a determinados cambios en la estructura del hogar, que al propio uso funcional o votivo de los mismos.
Así, del hogar central se pasa al hogar adosado a una de las paredes y, como consecuencia, el morillo adopta una forma asimétrica, terminando uno de los extremos en un prótomo zoomorfo (Maluquer de Motes, 1965: 32), cambio que tiene lugar entre los siglos VII y VI a. de C.
Algunas de estas piezas ofrecen una importante información sobre su contexto cultural.
Así, la cabecita de Peña Negra se halló dentro de un horizonte del Bronce Final IIIA, datado entre la segunda mitad del siglo VIII y primer cuarto del siglo VII a. de C. (González, 1983: 120).
Este es definido por su autor como «una mixtificación de ambientes tartésicos e indoeuropeos, se traduce en un fértil cultivo sobre el que incidirán las nuevas corrientes e influencias de tipo oriental que van a marcar y caracterizar el desarrollo de la fase orientalizante de Peña Negra 11» (González, 1983: 271).
La pieza de Montemolín (Marchen a, Sevilla) se encontró en el estrato III, fase 2, en un horizonte en contacto con el mundo de las colonizaciones, cuya cronología abarca desde mediados del siglo VII al VI s. de C. (Chaves y de la Bandera, 1984: 155).
Estas altas cronologías no nos permiten relacionar, al menos temporalmente, dichas piezas con las halladas en la otra parte de los Pirineos donde los morillos zoomorfos alcanzan cronologías más recientes que las expuestas anteriormente.
Su desarrollo hay que encuadrarlo desde mediados del siglo III a. de C. hasta época imperial romana (Maluquer de Motes, 1985: 31).
Dataciones semejantes ofrecen algunas piezas cerámicas centroeuropeas, como los vasos con asas rematadas en cabezas de carnero de la tumba 40 de Kosad (Hungría) del siglo III a. de C. (1 Celti, 1991: 313), o las copias del alero de terracota del lecho del río Erdre en Nantes, del siglo 1 a. de C. (1 Celti, 1991: 420).
Incluimos en este grupo una serie de objetos realizados en bronce en los que aparece, nuevamente, dicho motivo iconográfico.
Puede tratarse de la figura entera del carnero o de un elemento decorativo de algunos objetos,' ya sean éstos considerados aisladamente o formando parte de escenas o composiciones.
Entre las piezas exentas, se encuentra un pequeño colgante de la necrópolis de Can Canys (Banyeres, Tarragona) (Vilaseca, 1963: Fig. 4).
El cuerpo del animal es alargado y de forma casi cilíndrica, destacando como rasgo más distintivo los cuernos.
Piezas semejantes son los carne ritos que adornaban cinturones o collares femeninos hallados en la necrópolis de Mianes (Santa Bárbara, Tarragona) en las tumbas 17, 34 y 40 (Maluquer de Motes, 1987: Fig. 11), el amuleto de bronce del vaclmlento de Les Umbríes (Maluquer de Motes, 1987: 149) y el de Torre Monfort (Benasal) (Maluquer de Motes, 1987: 150).
De ejecución bastante esquemática es el pequeño exvoto de carnero procedente de Collado de los Jardines (Jaén) (Prados, 1988: 88).
De un contexto ritual y funerario, proceden las cabezas de carnero que rematan las asas de un recipiente de bronce hallado en la Cañada de Ruiz Sánchez (Carmona, Sevilla) (Cuadrado, 1966: Lám.
Igualmente, formarían parte de otras piezas las cabecitas en bronce de la colección Júdice (Júdice, 1983: Fig. 1) Y Morán (Maluquer de Motes, 1958: Lám.
El primero guarda grandes semejanzas con algunos «rhyta» griegos (Jacobstaal, 1962: Fig. 221), considerándose obra de un artista clásico de la segunda mitad del siglo VI a. de C. Aunque no se conoce el lugar exacto de esta cabeza, se cree que procede del sur de la Península Ibérica.
Menor valor artístico posee la cabeza de carnero del rhyton de Azougada, obra claramente indígena (Júdice, 1983: Fig. 15).
Al igual que en la estatuaria en piedra, existen escenas de sacrificios, como la que representa el mango de un asador de bronce procedente de Jaén, cuyo personaje está sacrificando un cordero (Almagro, 1988: 51), o la de los exvotos de Castelo de Moreira (Portugal) e Instituto de Valencia de Don Juán (Blázquez, 1975: 63), así como una de las composiciones de la crátera de Tivisa (Blázquez, 1983: Fig. 114).
Completaria este apartado el colgante-estuche, hallado en una necrópolis de Cádiz que representa al dios Amón-Ra (Perea, 1989: 66) (Fig. 1).
Este escaso número de piezas hay que relacionarlo con una serie de prácticas rituales, tal como se deduce de los ambientes funerario o religiosos de donde proceden, bien como elemento de adorno o como exvoto.
En ellas se observa una cierta evolución artística, desde piezas de buena calidad como los ejemplares de Cañada de Ruiz Sánchez fechados entre los siglos VII-VI a. de C. (Cuadrado, 1966: 12), y el de la colección JÚdice.
Posiblemente, también debemos considerar de influencia griega el asador ritual de Jaén, del segundo cuarto del siglo V a. de C. (Almagro, 1988: 51), momento en el que, según Maluquer, hay que colocar los colgantes procedentes de la necrópolis de Mianes (Santa Bárbara, Tarragona) (Maluquer de Motes, 1987: 167).
Nos encontraríamos en los momentos iniciales de la formación de la cultura ibérica en esta zona.
El momento final de este tipo de representaciones indígenas habría que situarlo a partir de los siglos IV-ID a. de C., fecha dada para algunos exvotos como el de Collado de los Jardines (Iberos, 1983: 97), o los del Instituto de Valencia de Don Juan y Castelo do Moreira.
En esta evolución artística podemos observar cómo estos elementos foráneos fenicio-púnicos y griegos van integrándose gradualmente en los contextos indígenas, cuya expresión plástica nos aproxima a un mejor conocimiento de las creencias y rituales de la población peninsular en los momentos inmediatos a la romanización.
Las referencias más cercanas a la pieza objeto de nuestro estudio, son las esculturas aFldaluzas en piedra, tema que ha sido desarrollado por Teresa Chapa (1980) y, posteriormente, revisado por ella misma (Chapa, 1986).
Efectivamente, dentro de este marco geográfico es donde vamos a encontrar una serie de manifestaciones plásticas con dicho tema iconográfico.
Este se nos muestra con diferencias morfológicas apreciables, tales como esculturas exentas con la figura del animal entero y prótomos.
A veces, la misma temática aparece formando escenas o composiciones exentas o en bajorrelieves.
El ejemplar de Monterrubio guarda grandes semejanzas con los de Córdoba y Teba (Málaga).
En ellos, se observa la figura entera y en posición estática y en reposo, empleando siempre los mismos convencionalismos, incluso al resaltar las extremidades.
Mayor cuidado se observa al diseñar los rasgos de la cabeza, especialmente, los cuernos, como medio de destacar la diferenciación sexual de esta especie. -.Esta intencionalidad puede interpretarse en los prótomos de El Coronil y Osuna en Sevilla, así como en el de Las Quinientas, en Jerez de la Frontera (Cádiz).
En las escenas de sacrificio, el carnero aparece siempre como vÍCtima de un animal -generalmente un carnívoro-, o del hombre.
Una de las composiciones más frecuentes es la del león
devorando al carnero, como el de Utrera (Sevilla), Cerro de Alcalá (Jaén) y Bornos (Cádiz).
Conjuntos singulares son los de jabalí-carnero, como el de Cartima (Málaga) y el de la loba-carnero de Baena (Córdoba).
No faltan las composiciones cuyo protagonista principal es el hombre.
En el relieve de Estepa (Sevilla), se aprecia la escena de sacrificio en la que un hombre sujeta por los cuernos al animal, mientras otro tiene el brazo derecho levantado en actitud de matarlo.
Menor fuerza expresiva, posiblemente debido a su mal estado de conservación, es la que ofrece la pequeña escultura de La Guardia (Jaén), en la que se observa un brazo humano sujetando al animal por los cuernos.
Podemos incluir en este apartado dos esculturas de pequeño tamaño, consideradas como exvotos.
Una de ellas, procede del Cerro de los Santos.
Se trata de una figura de carnero muy mutilada, en la que se representa los vellones de lana por medio de circulitos que dan apariencia granulosa a la superficie del cuerpo (Jiménez Navarro, 1943: Fig. Il).
La otra es el pequeño carnero procedente de Osuna (García y Bellido, 1943: Fig. 71).
De todo ello, pueden extraerse varias conclusiones.
Desde el punto de vista iconográfico, el número de estas representaciones es bastante inferior al que ofrecen otros grupos dentro del mundo Ibérico, como caballos, toros, etc. También su distribución espacial es mucho más restringida, reduciéndose a la zona andaluza, a excepción del ejemplar de Monterrubio y del exvoto del Cerro de los Santos.
Sin embargo, este exiguo número de piezas queda contrarrestado con la variedad de formas y matices expresadas en el diseño de cada una de ellas, que nos ayudan a realizar una mejor valoración e interpretación de las mismas.
Gran parte de estas esculturas son hallazgos aislados.
Sin restar importancia al valor artístico y simbólico que «per se» tienen, algunos estudios han aportado bastante luz sobre la función de dichas piezas dentro de un contexto determinado (Almagro, 1983).
Hoy, sabemos que todas estas esculturas formaban parte de monumentos funerarios de mayor o menor categoría: monumentos turriformes, pilares-estelas, etc. Y, por tanto, son portadores de un simbolismo especial dentro del conjunto.
Por otra parte, no se duda del gran valor económico que esta especie tuvo dentro de los modos de producción de la época, proporcionando leche, carne y lana.
Además, el carnero es símbolo de fecundidad y procreación, concepto que contrasta con su relación con el mundo de la muerte.
Todas estas figuras, siempre representadas de forma estática, víctimas de otros animales o personas humanas, formarían parte de un ritual o culto sacrificial en el que se sincretizarían conceptos antagónicos de muerte y vida a través de su poder fecundador.
En el caso del ejemplar de Monterrubio, aún carecemos de datos que confirmen su relación con contextos funerarios, dado que, hasta el momento presente, no se han documentado en la región Extremeña ninguna necrópolis con este tipo de estructuras.
Por ello, apuntamos la posibilidad de que pudiera tratarse de un hito de carácter apotropaico situado estratégicamente en un paso o zona de ganados, con el fin de protegerlos.
En este sentido, nos parece importante conocer el lugar exacto de su procedencia.
Nosotros apuntábamos más arriba que pudiera situarse en la finca que aún en día, conserva el topónimo de «El Carneril».
SIGNIFICACION SOCIO•CULTURAL y SIMBOLICA
Al intentar elaborar una síntesis y revisión de las diversas manifestaciones plásticas de este tema iconográfico, cuyo protagonista principal es el carnero, nos llama poderosamente la atención el reducido número de piezas que hemos encontrado y que, a nuestro parecer, contrasta con la importancia que esta especie tuvo entre las poblaciones peninsulares.
Este estaba considerado como recurso básico de su alimentación, al aportar abundante cantidad de leche, carne y lana.
Su carácter doméstico y cercano pudo influir en favor de otras reproducciones similares de toros o caballos.
Cabe pensar, sin embargo, que éstas gozasen de más valor simbólico y, por ello, tuviesen mayor arraigo en la población.
Los restos faunísticos encontrados en las excavaciones T. P., 1992, n ll 49 arqueológicas documentan, con bastante frecuencia, el uso doméstico de esta especie.
Ello nos lleva a pensar en las diversas interpretaciones posibles a partir de un elemento material determinado.
Por otra parte, los hallazgos estudiados muestran una amplia dispersión en las zonas mediterránea y andaluza, con alguna penetración en puntos del interior de la Península Ibérica.
El estudio de estas piezas nos lleva a valorar, una vez más, las consecuencias que el impacto colonial tuvo en la Península Ibérica tanto en la vida material como espiritual de la sociedad.
Esta fue integrando y asimilando dichas aportaciones dentro de un proceso gradual que perdurará hasta la romanización.
En cuanto al ámbito espiritual, estos estímulos incorporarian nuevas ideas y creencias de difícil interpretación.
Fruto de este impacto colonial hay que considerar las piezas más antiguas de Peña Negra y Montemolín, así como los apéndices de carnero del recipiente ritual de la Cañada de Ruiz Sánchez en Carmona y la placa A-26 del túmulo J de Acebuchal, decorada con una figura de carnero (Aubet, 1980: Fig. 12), motivo poco frecuente en los marfiles andaluces.
Para Aubet, el carnero de Acebuchal constituye la adaptación occidental de un tema oriental fenicio, donde suele representarse en forma de animal fantástico ((esfinge-carnero», portando la doble corona egipcia.
Igualmente, afirma que se desconoce con exactitud el significado simbólico de este animal que, posiblemente, representa en Oriente a Baal Hammón o al emblema solar, oriundo de la iconografía egipcia (Aubet, 1980: 66).
La presencia en la paleta de Acebuchal del carnero desprovisto de sus atributos religiosos y reales lo interpreta como un simple elemento decorativo.
La presencia de estos atributos reales sólo aparece en el colgante de Cádiz, cuya tapadera en forma de cabeza de carnero representa al dios Amón-Ra (Perea, 1989: 66).
Un eco de estas manifestaciones serían el vaso zoomorfo con cabeza de carnero de carácter votivo hallado en la necrópolis de Puig des Molins (Ibiza) (Bendala, 1987: 167), el apéndice de Teruel y las dos cabezas de carnero que pueden corresponder también a un típico recipiente ritual, y que se encuentran actualmente en el Museo Arqueológico de Barcelona yen el Museo Municipal de Valencia (Almagro, 1980: 295).
Para Bendala, estos recipientes de arte popular tienen un carácter simbólico más que formal y representan un arte púnico de gran eclecticismo, con aportaciones egipcias que van acercándose cada vez más a los modos y patrones griegos (Bendala, 1987: 156).
Estas influencias del Mediterráneo Oriental y de Egipto son asumidas por las primeras manifestaciones del arte griego, donde ya está presente este tema iconográfico.
Así podemos comprobarlo en la estatuilla de bronce que representa a un hombre portando un carnero sobre sus hombros (Boardman, 1991: Fig. 54), fechado a finales del siglo VII a. de C. Dicho tema se extenderá a gran parte de Europa como se documenta en los diversos objetos rituales hallados en tumbas o santuarios como el Rhyton de Kleinaspergle (1 Celti, 1991: 178), o la crátera de Leontini (Júdice, 1983: Fig. 10).
Estos modelos formales, posiblemente, tendrían diversas interpretaciones culturales.
Hemos de resaltar que, de algunas de estas piezas, conocemos su contexto, hecho que nos permite acercanos al mundo de las creencias religiosas.
Pensamos que es significativo y que posee una cierta intencionalidad el que se represente, en una gran mayoría de casos, solamente la, cabeza con los cuernos bien realzados como muestra de su energía reproductora y símbolo de fecundidad.
En la Península Ibérica, la gran mayoría de estas representaciones aparecen en contextos funerarios.
En consecuencia, dado el poder fecundante del carnero, éste podría simbolizar el tránsito del ámbito de la muerte a la vida.
La misma fuerza procreadora puede deducirse de las escenas en las que el carnero aparece como víctima de fieras y de seres humanos.
Según Olmos, en estas escenas se escondería un rito de raíz común ((el de la ofrenda sangrante con la muerte fecundadora que vincula enérgicamente el "allí" y el "aquí" sobre el altar o la tumba» (Olmos, 1986: 17).
En este sentido, el Antiguo y Nuevo Testamento nos ofrecen elementos muy elocuentes sobre la simbología del cordero aplicada a la figura del Mesías Jesús.
Los exvotos en piedra o bronce constituirían elementos externos de culto como expresión de sus creencias religiosas.
Los textos son parcos en este tipo de manifestaciones.
Apiano en su tratado «Sobre Iberia», al narrar la muerte de Viriato, dice que (do quemaron sobre una pira muy elevada y ofrecieron muchos sacrificos en su honor» (Apiano, VI,75).
Desconocemos si se trata de sacrificios humanos o de animales.
La inscripción de Cabe~o das Fraguas en Portugal, de la segunda mitad del siglo II a. de C., menciona una «suovetaurilia» (sacrificio de toro, cerdo y cordero) a unas deidades indígenas (Blázquez, 1975: 144).
También hemos podido documentar restos de ovicápridos en algunas urnas de las necrópolis del poblado de Villasviejas (Botija, Cáceres).
Hecho que confirma la presencia del carnero dentro del ámbito del ritual funerario.
Por otra parte, a través de las escenas de sacrificio de algunos exvotos, podemos conocer en qué consistía el tipo de ritual.
Este se realizaba con la presencia de personas humanas.
Una de ellas actuaba como oficiante.
Los animales eran sacrificados y el recipiente servía para recoger la sangre de las víctimas.
Todo ello nos recuerda los sacrificios de la religión griega (Verneant, 1991: 49).
Todo lo expuesto anteriormente pretende ser un intento de aproximación a las diversas lecturas simbólicas subyacentes en un elemento cultural determinado.
En nuestro caso, hemos tratado de contextualizar la figura del carnero dentro del mundo ideológico de la cultura indígena peninsular, a partir de las diversas influencias que ha ido recibiendo a lo largo de su historia.
Estas tendrán un fuerte desarrollo, especialmente, durante el helenismo, momento al que pertenecen la mayoría de las esculturas en piedra que hemos estudiado y que se integraron, más profundamente, en los momentos finales de la cultura Ibérica. |
La incansable actividad de 1.
Hodder nos ofrece esta vez un volumen en el que se reunen una serie de análisis acerca de la situación de la Arqueología en diferentes países europeos.
Su iniciativa, como editor del libro, consiste en proporcionar una visión «desde dentro» de los principios teóricos que regulan la enseñanza y la práctica de la Arqueología en cada nación, así como sus condicionantes históricos y políticos.
Para ello, Hodder ha tenido el acierto de contar con especialistas locales, que no nos aseguran una objetividad -es un libro de opinión-pero sí una visión menos superficial y más comprometida de la que se esperaria de aquellos especialistas extranjeros que, aún trabajando en estos países, pertenecen a otros círculos académicos.
El libro tiene un marcado interés coyuntural, y aborda por vez primera la inevitable conjunción que empieza a producirse en la investigación de los distintos paises europeos, en los que a todos los niveles las fronteras van siendo más implícitas que evidentes.
Adelantándose a este hecho, el editor plantea ya la posible existencia de una arqueología continental, cuya personalídad debe forjarse en la comprensión de una enriquecedora diversidad y en la voluntad de individualización frente al entorno norteamericano y al dogmatismo soviético.
Hodder intenta desterrar de esta arqueología europea tanto las concepciones positivistas como las'Procesuales, ofreciendo una alternativa arqueológica que, según él. debe ser histórica en su énfasis, marxista en la orientación y social en su construcción.
España (Vázquez Varela y Risch), Italia (d'Agostino), Grecia (Kotsakis), Francia (Cleuziou, Coudart, Demoule y Schnapp), Gran Bretaña (Champion), Escandinavia (Myhre), Alemania (Htirke), Polonia (Kobylinski), Checoslovaquia (Neustupny) y Hungria (Laszlovszky y Siklódy) son los países representados en esta particular revisión, y aunque resultaria muy instructivo resumir cada una de las aportaciones, parece más indicado extraer aquellos rasgos que parecen marcar significativamente el rumbo de esta hipotética arqueología comunitaria, en la que por el momento se aprecia más una desigualdad ante el debate teórico que una convergencia entre iguales.
Varios de los países analizados han pasado por situaciones de totalitarismo político, lo que en unos casos ha instrumentalizado la investigación, y en otros ha promovido la ausencia de planteamientos explícitos, y el desarrollo de un trabajo empírico aparentemente ciego.
La estructura académica ha sido muy rigida en estos casos, y no ha favorecido el debate ni la competencia, cerrándose a los cambios o a las innovaciones internas o externas.
De esta forma, la de estos países ha sido una arqueología personalista, marcada por las capacidades, intereses y tendencias de ciertos investigadores, más que por escuelas o instituciones.
Las mayores diferencias en estos casos residen en la calidad de la investigación empírica, en unos casos más extensa y detallista que en otros.
La progresiva ((tolerancia» institucional a partir de los años setenta ha permitido, sin embargo, la aparición de grupos o individualidades que suponen una nueva sensibilización ante los planteamientos teóricos, y una posición critica ante el positivismo tradicional.
Estas experiencias son muy distintas en otras naciones, como Gran Bretaña o los países nórdicos, donde el debate es un uso bien enraizado en la tradición académica, y donde, especialmente en el segundo caso, la línea esbozada por Hodder como modelo parece estar sólidamente implantada desde hace tiempo.
La bibliografía escandinava sobre método, recogida por Myhre, asombra por su número y diversidad.
Desde otra perspectiva, la propia experiencia italiana nos aporta una rica tradición en la que positivismo, fascismo y marxismo van (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es muy elevado, y puede servir de espejo de la intencionalidad europea.
Se trata, por tanto, de la formalización de un nuevo panorama de la arqueología en Europa, en el que la movilidad y la competitividad van a entrar en un juego en el que hasta ahora dominaban el estatismo y la ausencia de crítica.
Este panorama es nuevo, y la dificultad de su formalización reside tanto en el rumbo que adopte la arqueología como en el peso que ésta consiga tener en los niveles de enseñanza, gestión y política, en definitiva, en cómo resuelva su difícil compromiso social.
Las experiencias enormemente diferentes de cada país no cabe duda de que pueden configurar nuevas tendencias distintas a las procesuales o a las post-procesuales que han marcado la investigación «occidental».
En cualquier caso, y como también señala H3: rke, el futuro promete ser mucho más interesante que el pasado reciente.
superponiéndose e imbricando fuertemente la ideología con el discurso empmco.
Por su lado, los autores franceses señalan cómo la arqueología puede reducirse a un tipologismo exacerbado a pesar de convivir en un contexto en el que abundan las escuelas de pensamiento relacionadas con la historia o la antropología.
Estos «poderososll pasados son, sin embargo, asumidos y analizados con vistas a formar un debate abierto en el que se cuente con todos aquellos que sintonicen con la necesidad de configurar una dinámica de trabajo en la que la discusión teórica bien fundamentada sea el principal nexo de unión.
Podria pensarse que la entrada en este grupo supone una aceptación in cuestionada de los sistemas de trabajo de la arqueología anglosajona.
Sin embargo, en el libro se hace notar cómo en los diversos países las grandes síntesis de los arqueólogos británicos se han forjado en muchos casos sin consultar ni la bibliografía local ni el material de primera mano, lo que ha generado una justificada desconfianza.
Es cierto que, cuando hablamos del «aislamiento» de los especialistas en zonas alejadas de los principales centros de investigación, habria que hacer notar que muchas veces son éstos los que no han prestado atención alguna a los logros científicos de aquellas áreas.
Pero el análisis del pasado efectuado en este libro es sólo una reflexión que, en realidad, tiene como intención prepararse para el nuevo marco que regirá la arqueología europea en un futuro más o menos inmediato, y en el cual el «estiloll nórdico-sajón parece abrirse a colegas de otros países que, por el momento, deben participar en posición de desventaja -renuncia al propio idioma, lejanía de los centros de discusión, dificultad de recursos, I etc.-, sintiéndose más invitados que miembros de pleno derecho en este prestigioso círculo.
La finalidad parece clara: en un momento en el que los proyectos de investigación y de gestión del Patrimonio van a regirse a nivel continental, es necesario crear un grupo lo suficientemente amplio y ejecutivo como para acceder a la conformación de una alternativa frente a las estructuras más tradicionales.
Algunas líneas de trabajo práctico han sido ya expuestas por Kristiansen (1990: «National archaeology in the age of European integration».
La creación del Grupo de Arqueología Teórica o la incipiente Asociación Europea de Arqueólogos parecen ir en este sentido.
Se contaba con síntesis regionales sobre la Prehistoria e Historia Antigua de Portugal publicadas en los ochenta.
Faltaba, en cambio, una obra de conjunto que actualizara los recientes desarrollos de la Arqueologia en ese país.
Damos la bienvenida a esta primera propuesta.
El libro tiene tres partes de tratamiento desigual en cuanto a la extensión y documentación complementaria, así como a las orientaciones de los autores.
La primera, la Prehistoria, consta de un capítulo sobre los primeros habitantes (59 pp.)
Y cuatro sobre los periodos post-paleolíticos (180 pp.).
La segunda corresponde a la Edad del Hierro (82 pp.)
Y la tercera al dominio romano (144 pp.).
Las cuestiones interpretativas se circunscriben a la Prehistoria post-paleolítica, inserta en la problemática de las ciencias sociales y ambientales (pp. 254).
El resto de la obra es historiográfica.
La división tripartita en Prehistoria, Protohistoria e Historia Antigua corre siempre riesgos de desigualdad en el tratamiento; las dos primeras o son «arqueológicas» o no son.
La última puede existir sin la Arqueologia, y este libro es una prueba.
La lectura de la parte dedicada a la presencia romana aunque, como en nuestro caso, se realice desde una visión no especializada -dato éste que usaremos, junto con el de la propia especialización de esta revista, para justificar el hecho de que este comentario se centre en las dos primeras partes del libro-nos demuestra una distancia que parece excesiva para una misma obra.
El mundo romano se estudia como si su interacción con el mundo indígena no se hubiera producido o no hubiera sido significativa.
Así son los aspectos políticos (p.
345) e institucionales los resaltados, siendo limitadas y tangenciales las alusiones a las sociedades autóctonas.
El capítulo de «Los primeros habitantes», firmado por J. P. Cunha Ribeiro, está marcado por el impresionante peso que, en Portugal, ha llegado a alcanzar la «tradicióm sobre los estudios de Paleolíti<¡o.
La primera razón es sin duda la temprana llegada de Breuil, quien publicó sobre Paleolitico portugués entre 1918 y 1959.
Una figura de su importancia y más de 40 años de trabajo, no tienen más remedio que dejar impronta.
Esta se concretó en G. Zbyszewski, geólogo que aprendió de Breuil, publicó con él y como él ha continuado haciéndolo del mismo modo hasta hoy.
La influencia de ambos autores ha sido tan fuerte que incluso las nuevas generaciones, con declaraciones de principios opuestas a Breuil, caen en los mismos vicios, c-uestionados y superados en los demás países hace décadas: ausencia de enfoques teóricos o metodológicos, uso de términos equívocos como in situ y «en place,., consideración de «suelos arqueológicos» para superficies de terrazas de rios, agrupación de industrias líticas por «pátinas» o «rodamientos», incluso por «materias primas,., y un largo etc. bastante descorazonador.
Ribeiro se enfrenta a este cúmulo de antiguas antigüedades con cierta valentía, y pretende sacar algo claro de todo ello, pero las conclusiones a las que va llegando no pueden impedir que el lector se plantee la inutilidad de un siglo de investigaciones.
Para el Paleolítico más reciente es también recurrente el empleo de los fósiles directores como base para las atribuciones culturales y cronológicas, con una casi total ausencia de verdaderos lugares de ocupación.
Aún así, el francés Roche, en los años sesenta y setenta, demostró la existencia en Portugal de todas las fases del Paleolítico Superior definidas en Francia.
Ya en los ochenta, un portugués de la nueva generación revisa las colecciones y concluye que prácticamente todo es «Solutrense».
Ante esto, no hay más remedio que volver a preguntamos sobre la validez de los datos de base, y comprobar que los yacimientos que fueron descubiertos y «prepublicados» a principios de siglo, no han sido reexcavados, que los planteamientos no se han modificado, y que los mejores de Portugal se han limitado a revisar colecciones de contexto inexistente.
Las excepciones, demasiado escasas y llenas de particularismos (muchas Tesis y trabajos de curso fotocopiados sin publicar), no le permiten a Ribeiro lucirse todo lo que hubiera querido.
Al final del texto, el autor reconoce su pobreza y apbya su utopía de futuro en «dataciones precisas».
Pero http://tp.revistas.csic.es nos preguntamos qué es lo que podrían llegar a datar sino montones de piedras talladas que tal vez nada tuvieron que ver unas con otras y que, si lo tuvieron, si tuvieron contexto, lo perdieron hace tiempo.
Los capítulos de S. Oliveira Jorge plantean una novedosa lectura funcionalista de la secuencia arqueológica tradicional.
C.), el medio ambiente es un factor determinante en las respuestas culturales entendidas como adaptación (p.
La neolitización se explica siguiendo a Zvelebil y Rowley-Conwy.
Ahora bien, la falta de pruebas más allá de las tipológicas (cerámica o útiles relacionados con las actividades agrícolas) para identificar ese proceso lleva a concederles el valor de indicadores económicos (p.
La regionalización actual de Portugal, con el potencial agrícola de cada zona (p.
109), Y no el modo específico de explotación económica y social de los grupos que las ocupan, sirve para explicar las estrategias de poblamiento y subsistencia.
Las asimetrías resultantes (p.
121) provocan en las zonas más fértiles un crecimiento demográfico que favorece la ascensión de linajes.
Su interacción supra-regional es la fuente de la desigualdad y competencia que definen las condiciones sociales de los siguientes períodos (p.
En ellas, el rasgo más característico es la creciente importancia concedida al comercio para el poblamiento y la consolidación de élites progresivamente individualizadas, así como la ampliación de su ámbito a las redes de intercambio atlánticas, primero, y mediterráneas, después (pp. 213 Y 236).
Esta interpretación de la Prehistoria va acompañada de una puesta al día de la información arqueológica que deja clara las dificultades que existen para su confrontación con la secuencia evolutiva expuesta.
Cuando hay algunas posibilidades de lograrla, tampoco parece poder escaparse del planteamiento previo por la polisemia de los indicadores arqueológicos.
Así la proliferación de comunidades con distinta identidad cultural (p.
167) puede no verse acompañada de rupturas significativas en la cultura material (p.
Pero, por otro lado, en grupos que ocupan áreas contiguas y están siempre en contacto, la cultura material puede ser o diferente por la necesidad de preservar a toda costa su respectiva autonomía cultural (p.
191) o, alternativamente, presentar una falsa unidad para, de forma paradójica, «disimulan> su especificidad cultural (p.
No vamos a entrar a discutir la conveniencia de una orientación ecologicista.
Ahora bien, siendo ella la adoptada, se echa en falta una discusión diacrónica sobre la escala del ecosistema a tener en cuenta, sobre todo cuando lo que se define es un proceso creciente de centralización política y de especialización funcional.
Todo ello contrasta con el interés en la compartimentación cronológica.
Ni el registro arqueológico disponible, ni su lectura en clave de «arqueología social» justifican las fases propuestas (p.
En la segunda parte del libro, A. Coelho de Ferreira da Silva distingue una Primera y Segunda Edad del Hierro que estudia en dos áreas divididas por el río Tajo (p.
263), diferenciadas en principio por el grado de incidencia en cada caso del reino de Tartesos y de las colonizaciones fenicia, púnica, itálica y romana, así como la de los grupos meseteños.
Se acompaña por la búsqueda de textos de autores clásicos que apoyen tanto las transformaciones (p.
355), como la identificación de las distintas etnias.
De modo general, resalta la desigualdad notoria entre los diferentes autores, manifiesta en el tratamiento ideológico, en el lenguaje empleado, en las conclusiones, en el peso concedido a la investigación pasada y en los esfuerzos por superar la identificación entre cronología y cultura.
En este sentido, estamos muy de acuerdo con V. O. Jorge cuando, en una recensión de los capítulos 2, 3, 4 Y 5 (p.
252), concluye que el cuadro que se consigue trazar es más del dominio de lo plausible que de lo científicamente validable.
Tal vez ese esfuerzo sea uno de los rasgos más positivos de este libro.
Es clara su utilidad para todos aquellos que pretendan conocer los períodos más antiguos de la Historia de Portugal.
Se evitan las listas de yacimientos y materiales tan generalizadas en las obras de conjunto, buscando una lectura distinta del registro.
Esta experiencia deja planteados problemas como el valor que debe concederse a la variabilidad regional, el tratamiento que merece la sincronía entre distintos grupos culturales con el mismo o diferente grado de complejidad o el manejo en Arqueología de las fuentes literarias.
Además queda patente la dificultad de utilizar unos datos escasos, dispersos, descontextualizados y seleccionados con distintos criterios para explicar con éxito una secuencia evolutiva desde una perspectiva moderna.
Uno de los legados más apreciables -y sin embargo más problemáticos-de la «Nueva Arqueología» es la tendencia hacia una concepción autotrascendente del trabajo arqueológico.
La insistencia en una legitimación filosófica del conocimiento arqueológico y la concepción de éste como parte de un saber generalizador y universalista (la Antropología), fomentaron la inclinación de los autores más comprometidos a presentar su trabajo arqueológico enfatizando su valor como experiencia epistemológica, su contribución al conocimiento de las leyes universales del comportamiento humano, o ambas cosas a la vez.
En cualquiera de estos casos, el sentido de la producción arqueológica no se agota en los objetivos inmediatos de ésta (el estudio de un yacimiento, una fase o área cultural, un problema técnico, etc.), sino que viene dado desde fuera: desde el campo de la Filosofía de la Ciencia o el de la teoría antropológica.
Desde el punto de vista de las prácticas editoriales, esta tendencia contribuyó a generalizar la publicación de libros colectivos, cuyas contribuciones venían agrupadas bajo lemas muy distintos de los tradicionales motivos histórico-culturales.
El libro editado por G. A. Clark participa plenamente de esta tradición.
En primera instancia, las numerosas contribuciones que lo forman responden a un objetivo puramente arqueológico: presentar trabajos recientes sobre el paleolítico y mesolítico de la cuenca mediterránea.
Pero ya desde el título se informa al lector de que el sentido de la selección no se agota aquí.
El referente real del libro no es la prehistoria pre-neolítica del Mediterráneo, sino la propia investigación sobre ella.
Es decir, el tema arqueológico es más un pretexto para una aproximación critica a la investigación prehistórica que un mero tópico empírico para un volumen informativo sobre «el estado actual de los conocimientos».
El motivo central de esta aproximación critica son los «sesgos teóricos» (theoretical biases) que los arqueólogos imprimen a sus visiones del pasado, a partir de los puntos de vista que mantienen sobre determinadas cuestiones fundamentales de su trabajo.
De acuerdo con el ensayo introductorio del editor (pág. 7), estas cuestiones van desde asunciones generales sobre «la naturaleza de la cultura y el comportamiento humano en el pasado» hasta «diferentes visiones de los procesos diagenéticos que han transformado los registros arqueológicos y paleontológicos», pasando por diferencias en la sistemática empleada para abordar los problemas de investigación.
La noción de «sesgo teórico» que da sentido al libro está subordinada al concepto kuhniano de «paradigma», que forma el núcleo filosófico del proyecto e incluso el tema explícito de varios artículos.
Esta vinculación con la concepción kuhniana de la investigación científica y su historia, explica en gran parte la orientación de la obra y, como veremos, algunas de sus limitaciones.
En primer término, la «concepción paradigmática» del desarrollo de la arqueología informa el enfoque critico del libro.
La historia de la arqueología es concebida como un proceso kuhniano de «revolución científica», en el cuál un «paradigma científico» se opone a sus predecesores «metafísicos».
De acuerdo con la tradición neoarqueológica, el primero se identifica con la arqueología neo-positivista «(científica» o «procesuah» y el segundo con el «paradigma histórico-cultural».
Naturalmente, la situación a comienzos de los años noventa no es la misma que en los tiempos del ascenso de la <<nueva arqueología».
El neopositivismo arqueológico, entendido como la conjunción de una visión epistemológica cientifista de la metodología arqueológica y una teoria funcionalista (en sentido amplio) de la cultura, ha conquistado la posición de «paradigma dominante», al menos en el mundo académico anglo-sajón (más que en el de la práctica arqueológica).
Paradójicamente, esto no ha significado la erradicación del «paradigma histórico-cultural», que de una forma u otra sigue siendo la norma de la gran masa de la práctica arqueológíca.
Por otra parte, la propia posición dominante del procesualismo ha suscitado su transformación en objeto de una nueva crítica (la «critica radical») y su predominio es puesto en cuestión por nuevos «paradigmas emergentes».
Por último, el paradigma procesual no ha conquistado la misma posición dominante en la Europa continental, donde la investigación es aún dirigida por formas del paradigma tradicional de manera casi indiscutida.
Esto es especialmente así en el caso de los estudios sobre el palj! olítico franco-ibérico, en los que la tradición francesa T. P., 1992, n ll 49 desempeña funciones paradigmáticas de forma muy sólida, ejerciendo una resistencia muy superior a la que el procesualismo ha encontrado en el campo de la prehistoria reciente.
En consecuencia, el «paradigma científicoll requiere una «defensa», y más aún en el caso de arqueólogos procesualistas norteamericanos que escriben sobre el paleolítico de Europa occidental.
En este sentido, el libro forma parte de una amplia reacción del procesualismo, de la que puede ser ejemplo, en lo que se refiere a la Prehistoria reciente del Mediterráneo, el recientemente publicado Emerging Complexity de R. W. Chapman, en cuya introducción podemos leer similares declaraciones defensivas.
Esta defensa debe ser tanto teórica como práctica.
El procesualismo no se puede mantener solamente denunciando las insuficiencias más obvias de la tradición histórico-cultural y del normativismo.
Debe mostrar su capacidad positiva para resolver los problemas de la investigación tal como están realmente planteados en cada área de interés, lo que en estrictos términos kuhnianos seria «reducir las anomalías» de los demás paradigmas a «aplicaciones» del propio.
Este es el enfoque de Perspectives on the past: en palabras del editor, el libro constituye una muestra y una defensa de una cierta forma de arqueologia moderna, que ve este campo como una empresa científica que es parte del legado positivista de la ciencia occidental (pág. 18).
En este sentido, constituye una «respuesta moderada a la critica radical y a la profusión de arqueologias "alternativas"» (Ibídem).
De acuerdo con estas ideas, expuestas por G. A. Clark en su introducción, el libro (que tiene su origen en un simposio celebrado en 1988 en Phoenix, Atizona, bajo los auspicios de la Society for American Archaeology) se estructura en cuatro partes: una «general», en la que se tratan problemas teóricos y metodológicos que afectan al propio enfoque de la arqueología de los cazadores-recolectores en el Viejo Mundo, y otras tres de carácter • regional, en las que se agrupan diversos estudios de caso con criterios geográficos: área franco-ibérica, Italia-Chipre y la fachada mediterránea del Oriente Próximo.
La primera parte, bajo el título de «Paradigmatic biases in hunter-gatherer research,., recoge cuatro ensayos de carácter general, que abordan la definición de la investigación sobre los cazadores-recolectores en el ámbito mediterráneo como un campo de confrontación paradigmática.
En dos de los casos (los artículos de G. A. Clark y L. G. Strauss) esta caracterización toma la forma de un autoexamen de los autores acerca de su experiencia en la confrontación de su formación antropológica y su orientación positivista y funcionalista con campos de estudio y series de datos estructuradas de acuerdo con presupuestos historicistas y criterios estrictamente morfo-tipológicos.
El ejemplo típico de esta confrontación puede encontrarse en el siguiente párrafo de Strauss (pág. 60):
Una gran parte de los problemas tratados en el libro pueden reducirse a los términos de este ejemplo: el enfoque morfo-tipológico europeo da lugar a anomalías, como las pleanteadas por el «problema solutrense».
La recuperación de un enfoque funcional del registro arqueológico «reduce» estas anomalías a situaciones predictibles y bajo estricto control teórico.
Así, la imposibilidad de una organización cronológica consistente del solutrense franco-cantábrico resulta comprensible cuando se adopta una interpretación tecno-funcional de la variabilidad lítica.
El problema, como ya se ha dicho, es que la totalidad del campo de estudio de la prehistoria europea continental está estructurado -no sólo en lo que se refiere a la interpretación histórica de la evidencia, sino a la propia evidencia-conforme a patrones de investigación que dificultan la aplícación directa de un enfoque tecno-funcional y adaptativo-ecológico.
Una parte del esfuerzo debe dedicarse, por lo tanto, a la caracterización y la critica de esos paradigmas que los autores del libro no dudan en calificar de «indígenas».
Como veremos, la elección del término es bastante reveladora de la percepción de la situación que impregna la mayor parte de los artículos.
El trabajo de J. R. Sackett, con el que concluye la «parte genera],. de la obra, es un esfuerzo sistemático por presentar el núcleo paradigmático de la tradición europea en una perspectiva histórica.
Este núcleo se encuentra en la tradición francesa de estudios paleolíticos y ha sido caracterizado por Strauss y Clark como «paradigma filogenética-.
Lo que es el Paleolítico europeo, y las resistencias que presenta a su «reducción,. por el paradigma procesual, se explican en gran parte por la historia de la tradición francesa que arranca de Breuil.
Los rasgos fundamentales del paradigma filogenético, tal como ha sido caracterizado por Clark y Strauss, son cuatro (pág. 111): (1) universalidad de la secuencia industrial clásica del Perigord.
(2) el objetivo de la investigación es el establecimiento de un esquema taxonómico que contiene una secuencia temporal unilineal de fases industriales.
(3) estas fases están «norrnativamente» construidas como agregados de rasgos.
(4) se asume que estas fases industriales son etno-culturalmente significativas, es decir, que son la expresión material de grupos étnicos específicos.
Las consecuencias de la intervención de estos principios en la dirección de la investigación no se refieren tan sólo al énfasis en una práctica clasificatoria escolástica (pág. I JO), sino que determinan fuertemente los resultados de esta práctica.
Así, por ejemplo, la adopción de un enfoque normativo en la segregación de fases industriales, dentro de un marco rigidamente unilineal, otorga a la variabilidad lítica un significado casi exclusivamente cronológico (pág. 111), como ilustra el caso citado del «problema solutrense».
En su artículo, Sackett hace un esfuerzo considerable para criticar las simplificaciones de esta reconstrucción de la tradición paradigmática francesa.
Para él. el paradigma filogenético no es una mera versión 4rench style» del «norrnativismo» antropológico tal como lo caracterizó Binford en su critica.
En realidad, este equívoco es el principal obstáculo para una comprensión de la prehistoria europea por parte de los procesualistas norteamericanos.
Se trata, más bien, de una forma diferente de concebir la investigación prehistórica, a partir de su parentesco genético con la paleontologia.
Las nociones vitalistas a priori sobre la evolución tecnológica, que para Clark y Strauss fundamenta el paradigma filogenético, como parte de su naturaleza metafísica y precientífica, esconden en realidad, para Sackett, una metáfora orgánica para la evolución cultural.
En consecuencia, las entidades taxonómicas producidas por los prehistoriadores franceses no tienen un significado etno-cultural inmediato, sino que se remiten analógicamente a los ~~phyla» de los paleontólogos, bajo una terrninologia sólo superficialmente etnológica, pero vacía de contenido antropológico:
La tesis de Sackett es, pues, que las dificultades de articulación entre las tradiciones americana y europea provienen de un problema básico de «sentido», producido por aproximaciones radicalmente diversas en su origen.
Los prehistoriadores americanos se conciben a sí mismos como antropólogos, mientras que los europeos tienden a trabajar como si fuesen paleontólogos.
De aquí la importancia de conceptos como el de 40ssil directeur» que resultan prácticamente ininteligibles fuera de la tradición europea.
Pero estas divergencias afectan más al uso que unos y otros hacen de un acerbo terminológico común: «cultura», «tribu», «estilo», «función»...
La aproximación de Sackett es muy reveladora, en lo que tiene de crítica de la propia percepción de los prehistoriadores antropológicos norteamericanos, de una serie de «sesgos teóricos» que operan por debajo de la propia consciencia explicitada en el libro.
Este hecho queda más claro cuando analízamos las partes subsiguientes del mismo, dedicadas a estudios de caso agrupados regionalmente.
Por razones de espacio no puedo referirme con detalle a cada una de estas partes, por lo que me limitaré a comentar la segunda, titulada «Paradigms for the Franco-iberian Paleo/ithic and Meso/ithic».
Esta segunda parte recoge cinco artículos de los que sólo uno (el de M. González Morales) ha sido encargado a un prehistoriador «indígena», y otro (el de H. J. Dibble y A. Debénath) es un trabajo de colaboración «interparadigmática».
Esta escasa presencia de «indígenas» es una característica del libro, y se diría que su papel es meramente testimonial (al margen del valor intrínseco de sus aportaciones): cada parte tiene su propio «indígena» (A. Bieti para Italia y Bar Yosef para Próximo Oriente) pero resulta aún más llamativa la escasa presencia bibliográfica de las tradiciones autóctonas.
Si el propósito general del libro era forzar a los autores a explicitar sus propios sesgos teóricos (palabras del editor en la pág. 411), puede decirse que uno de los más evidentes es su indiferencia por la producción de sus colegas de las regiones en las que trabajan y por sus tradiciones de investigación.
En muchos casos, los problemas se discuten al margen de toda referencia a estas tradiciones.
Así, por ejemplo, en el artículo que abre la segunda parte, C. M. Barton discute la cuestión de la variabilidad lítica en el Paleolítico Medío desde una perspectiva general, oponiendo sus propias alternativas a lo que denomina «paradigma industrial».
Esta discusión se ilustra con un «iberian case study compared», en el que se trata la variabilidad lítica diferencial de los conjuntos industriales procedentes de «tierras altas» y «bajas».
Desgraciadamente esta T. P., 1992, n Q 49 variabilidad no es referida a ningún yacimiento, ni tiene mayor precisión geográfica, y el autor sólo se remite a sus propios trabajos para describirla.
¿Debemos suponer que ningún autor español o francés ha dicho nunca nada de interés sobre este tema?
Quienes «desde dentro» somos muy criticos con respecto a nuestra propia tradición estamos dispuestos a creerlo, pero, en cualquier caso, no me parece que debamos aceptarlo como algo dado, que no requiere explicación alguna.
La situación es algo más suave en el caso del artículo firmado por F. B. Harrold, en el que se discute el problema de la transición entre el Paleolítico Medio y el Superior en el Sudoeste de Francia.
Las tradiciones francesa y americana se refieren a universos conceptuales tan diferentes que, incluso al tratar de un mismo problema (la transición Paleolítico Medio/Superior) en términos de una misma contraposición formal (continuidad/discontinuidad), se remiten a diferentes planos de la realidad.
Los prehistoriadores franceses enfocan la cuestión desde una óptica taxonómica, que les hace más proclives a aceptar implícitamente modelos rupturistas y a aceptar las vinculaciones del cambio cultural con el cambio biológico.
Por su parte, los prehistoriadores norteamericanos tienden a abordar la cuestión desde la perspectiva de los cambios en la conducta humana, lo que provoca una mayor inclinación a modelos de continuidad.
En cualquier caso, Harrold es optimista con respecto a las posibilidades de acuerdo interparadigmático potencial, derivados del contacto entre ambas tradiciones (pág. 174).
Una ilustración de las posibilidades de este acuerdo es ofrecida en el artículo firmado por H. J. Dibble y A. Debénath.
La experiencia de estos autores es que los paradigmas americano y francés pueden funcionar como complementarios en el marco de proyectos de colaboración.
El artículo de P. G. Chase trata también el problema de la transición entre el Paleolítico Medio y el Superior, esta vez desde el punto de las prácticas de subsistencia, y muestra otra posible situación de contacto interparadigmático.
La propia ausencia de toda referencia a tradiciones de investigación locales o a sus resultados es significativa en relación con el problema que se viene discutiendo: la prehistoria europea no se ha visto impelida a tratar el problema de los cambios en las estrategias subsistenciales.
El silencio es pues el único comentario posible a la posición del «sustrato indígena» en lo que se refiere a esta cuestión.
Un caso completamente distinto es el representado por la contribución de l.
Davidson, en la que la critica al «paradigma indígena» es un objetivo explícito.
En este caso el autor se refiere a su propia experiencia en el trabajo sobre el final del Paleolítico Superior en España.
Su opinión sobre el tema queda bastante explícita en el título de su artículo: «A great thick cloud of dust)), que tiene su origen en una cita cervantina.
La fijación de los marcos de trabajo de los prehistoriadores españoles, directamente derivados de los franceses (pág. 199), en parámetros histórico culturales y morfo-tipológicos, para los que el principal componente de la variabilidad en el registro arqueológico es el tiempo, provoca paradojas como la presencia en amplias zonas del interior de España de testimonios art[sticos del Paleolítico Superior sin que existan testimonios de las industrias esperables desde el punto de vista del paradigma tradicional.
Naturalmente, esto sólo resulta paradójico desde el punto de vista «indígena», al igual que ocurre con las contradicciones entre las dataciones radiocarbónicas y las cronotipologías tradicionales.
Davidson reclama el abandono del paradigma tradicional, no sólo en lo que se refiere a «entidades fantásticas)), como el Solutrense considerado como «cultura)), sino en lo que se refiere a los.métodos mismos de investigación, clasificación, representación e interpretación de la variabilidad arqueológica (pág. 202).
Esto es, al fin y al cabo, lo que exige un «cambio de paradigma)) en el sentido kuhniano.
Probablemente, la vehemencia con la que Davidson llama al abandono de las tradiciones indígenas es fruto de su experiencia directa del carácter evidentemente refractario de la Prehistoria española ante los enfoques tecno-funcionales.
Los prehistoriadores locales son vistos como quijotes que imaginan poderosos ejércitos fantásticos bajo la espesa nube de polvo levantada por simples ovejas sobre el camino.
Si aceptamos la analogía, podemos imaginar los sentimientos de los prehistoriadores norteamericanos, reducidos a la humilde condición de sensatos escuderos, al ver a sus anfitriones lanzarse contra rebaños de ovejas pertrechados de una armadura bordesiana.
La prueba de que esto no es totalmente así la encontramos en la única aportación indígena a esta segunda parte.
El artículo de M. González Morales discute algunos aspectos de la transición del Paleolítico Superior al Mesolítico en el área Cantábrica.
La discusión se plantea como una crítica al modelo funcionalista de Clark y Strauss y sus resultados empíricos, especialmente en lo que se refiere a la cuestión de las relaciones entre el aziliense y el asturiense.
Esta crítica no revela incomprensión del paradigma procesual, sino que demuestra la capacidad de transformación de la tradición europea.
González Morales critica el modelo de continuidad evolucionista desde la perspectiva no ya de meras consideraciones taxonómicas sino de un modelo rupturista basado en proposiciones tomadas del marxismo estructural.
Lo interesante es comprobar cómo esta crítica reproduce las líneas de fuerza de la contraposición paradigmática, sin que quepa considerarla una mera repetición de planteamientos anteriores.
A mi juicio, esto revela algo sobre el mismo planteamiento del libro: la insuficiencia de la representación paradigmática de la situación levantada por los procesualistas norteamericanos ante la real complejidad de los discursos arqueológicos del contexto europeo.
La oposición de González Morales a Clark y Strauss se estructura en torno a la dicotomía naturalismo/historicismo.
No se critica la interpretación tecno-funcional de la variabilidad arqueológica, ni el enfoque ecológico para la interpretación de las pautas de subsistencia, sino el reduccionismo del modelo de la presión demográfica para el cambio cultural, invocado en última instancia por toda explicación funcionalista, y la omisión de lo social y lo ideológico, de la historia en suma, en el discurso procesual.
Quizás los prehistoriadores indígenas pudiéramos un día considerarnos legitimados para ver a algunos de nuestros colegas procesualistas como neo-quijotes que, vistiendo una armadura binfordiana, se lanzan sobre el polvo de la historia, imaginando bajo él fantásticos ejércitos de sistemas naturalmente autorregulados, en lugar de simples hombres y mujeres, con sus creencias, deseos y conflictos.
En cualquier caso, el libro que comentamos queda como un testimonio importante, que debe hacer reflexionar a los paleolitistas indígenas sobre su forma de entender la investigación.
Más allá de algunos aspectos incómodos -yo diria una cierta sospecha de imperialismo, latente en las valoraciones del contexto europeo por estos procesualistas norteamericanos que explican su trabajo a otros procesualistas norteamericanos-el libro ofrece un valioso espejo en el que el inmovilismo indefendible de muchos de nuestros prehistoriadores debe contemplarse.
JUAN MANUEL VICENT GARCIA Departamento de Prehistoria.
Centro de Estudios Históricos.
Estudos Arqueológicos de Oeiras.
Cámara Municipal de Oeiras.
Atendiendo a uno de los objetivos perseguidos por el comité de redacción de Trabajos de Prehistoria en esta sección de la revista, tengo la oportunidad de presentar el primer volumen de una serie recién llegada al proceloso mundo de las publicaciones arqueológicas.
Me resulta grato servir de reflejo a su aparición por varias razones: en primer lugar, por el simple hecho, siempre merecedor del aplauso, de la propia existencia de un nuevo órgano de difusión de las investigaciones y necesidades del patrimonio arqueológico en cualquier lugar del mundo.
Pero además, porque ese lugar es Portugal.
El panorama editorial dedicado a la Arqueología en ese país, parece moverse en estos momentos en una -esperemos que circunstancial-languídez, provocada entre otras cosas, por la dolorosa desaparición de publicaciones tan prestigiosas y tradicionales como la Revista de Guimarlles o los persistentes retrasos de otras como Setúbal Arqueológica u O Arqueólogo Portugués.
De esta manera, la situación de la arqueología portuguesa, ya de por sí dificultosa por la escasez de medios y contactos con el exterior, se ve progresivamente empeorada y casi conducida al aislamiento y olvido, pues la presencia visible, audible o legible en la comunidad científica internacional es, en sí misma, una de las condiciones sine qua non para la interrelación.
Creo que en el párrafo anterior se contienen los dos niveles desde los que cabe realizar la crítica a los Estudos Arqueológicos de Oeiras (E.A.D.): 1) por un lado. el de la publicación en sí misma, como órgano de expresión de la investigación, dir usión social y defensa de una parte del patrimonio portugués, y 2) por otro, el T. P., 1992, n ll 49 del interés que, desde España como un punto de Europa desde el que nos hacemos eco de su aparición, puede despertar.
1) la falta de una red editorial activa explica la inexistencia de información arqueológica actualizada sobre Portugal, así como el escaso estímulo con que se pueden encontrar los investigadores verdaderamente conscientes de la función social de su trabajo.
Este es, sin sduda, el caso del Dr. Joao Luis Cardoso, coordinador y responsable científico de la serie. en su calidad de coordinador general del Centro de Estudos Arqueológicos del Ayuntamiento de Oeiras.
Hay que agradecer al Dr. Cardoso la revitalización de los estudios arqueológicos en ese municipio y la puntual y precisa publicación de sus resultados. de lo que se convierte en nueva prueba la presente publicación.
Los E.A.o. están pensados como serie que incluirá tanto números monográficos (éste es el carácter de los dos primeros volúmenes) como números integrados por distintos artículos referidos siempre a la arqueología en el Municipio de Oeiras.
Se prevee una periodicidad bianual, con lo que la actualidad de sus informaciones puede constituirse en uno de sus principales atractivos y eficaces instrumentos para la salvaguarda del patrimonio de la zona.
Es evidente la posibilidad que dicho enfoque brinda para la exposición detallada de sus problemas y necesidades lo que puede contribuir a la mejor dedicación de los fondos presupuestarios disponibles, así como a la profundización en aspectos de la investigación que. de otro modo. quedarían quizás sin cubrir.
Este es el caso, por ejemplo, del segundo volumen, dedicado exclusivamente al estudio de los restos humanos prehistóricos encontrados en el Municipio.
Su presentación es, por otra parte de reseñable calidad, tanto por la del papel que le sirve de base como por la de las ilustraciones que acompañan al texto.
El formato, de tipo medio, se hace cómodo y manejable para el lector, y la caja utilizada. que deja extensos márgenes en todos los sentidos. libera la lectura de la concentrada presión de otros textos.
Por último. me gustaría detener mi comentario, en este primer nivel del análisis, en el volumen que inaugura la serie y que sirve de fondo a estas líneas.
Porque no pueden dejar de señalarse los indudables aciertos de 1.
L. Cardoso en la elección del fondo y la forma del tema monográfico al que se dedica: el yacimiento de Lecia.
La cámara Municipal de Oeiras viene apoyando. desde su inicio, los trabajos que dicho investigador dirige en el yacimiento calcolítico de Leceia, de enorme interés por la secuencia cultural Neolítico Final!
Calcolítico Pleno que presenta. y por sus estructuras defensivas y hallazgos de diverso tipo.
Pues bien, el vol. 1 de los E.A.O. no sólo nos ofrece una nueva posibilidad de aumentar nuestra información sobre el yacimiento, sino que, además. persigue otros importantes objetivos que. a mi juicio, son los que conceden una originalidad e importancia exclusiva y diferente al trabajo.
Se trata de una reimpresión comentada de la Memoria original presentada por Carlos Ribeiro a la Academia Real de las Ciencias de Lisboa sobre la «estación humana de Leceia~ en 1878, que presenta el valor histórico de haber sido la primera monografía publicada en Portugal sobre un poblado prehistórico.
En consecuencia. el volumen 1 de los E.A.o. es, sobre todo, un homenaje.
Homenaje sin duda merecido a un hombre al que puede considerarse fundador de la Arqueología Portuguesa y que, a juzgar por la claridad de juicio de sus escritos, no ha dejado nunca de ser uno de sus principales representantes.
Sirva de muestra, por ejemplo, la siguiente observación de Ribeiro, realizada, recuérdese, en fechas tan iniciales para la Prehistoria como 1878: «Estamos (... ) convencidos de que no son las formas de los instrumentos y las armas de piedra, al menos en Portugal, las que caracterizan de una manera segura cualquier período: es la fauna, las circunstancias del hallazgo, de los objetos recogidos y el criterio que preside la exploración, el que puede servir de guía en la determinación de la edad de los objetos~ (pág. 17 original de Ribeiro, pág. 43 vol. actual).
Creo que, en estos días de renovación de planteamientos, rechazos viscerales de aquéllos que no se comparten y, sobre todo, atención centrada en las más recientes y sorprendentes innovaciones, las más de las veces de origen foráneo. deben aplaudirse los gestos de recuerdo agradecido y admirativo que los homenajes representan.
Es cierto que en Portugal los planteamientos teóricos se han mantenido prácticamente inamovibles desde que Ribeiro desarrolló su trabajo.
Es cierto. por tanto, que la investigación portuguesa actual puede considerarse prácticamente su «heredera», sin mayores conflictos en la trayectoria -cual sería el caso de diversos sectores españoles-, pero no por ello pierde en absoluto valor el gesto.
Este además, resulta especialmente atrayente, pues el Dr. Cardoso ha respetado, estrictamente, no sólo el fondo, sino también la «forma» del texto original.
Es decir, en la reimpresión se reproduce fotográficamente el texto inicial para, mediante llamadas situadas fuera de la caja del original, y por tanto en los márgenes del texto actual, realizar todo tipo de observaciones sobre las descripciones y opiniones de Ribeiro.
El formato se convierte así en uno de los atractivos de este primer volumen, integrado por lo que podrían ser tres secciones distintas: la primera acogería la introducción realizada por el Presidente de la Cámara de Oeiras y la nota f(bio-bibliográfica~ del general Ribeiro, a cargo de su destacado colega y colaborador G. Zbyszewski y del T. P., 1992, nO 49 propio Cardoso.
Una segunda sección seria la constituida por la reproducción, casi facsímil, de la memoria de Leceia de 1878, y una última seria la integrada por los 200 comentarios que Cardoso ha considerado oportuno realizar sobre el trabajo de Ribeiro.
Así pues, la originalidad de! planteamiento parece fuera de dudas y su resultado es que al valor científico que pueda tener la obra se añade uno histórico que no nos es frecuente.
Puede decirse, en resumen, que los E.A.O. presentan indudables valores que seria deseable sirvieran de guía y ejemplos a otros municipios portugueses a la hora de proteger y difundir su patrimonio histórico.
2) Ahora bien, a mi juicio, las publicaciones de carácter regional corren el riesgo de reducir sus objetivos de conocimiento a aspectos particulares de la cultura, desconectados de planteamientos de interés global.
Y pienso que uno de los problemas más acuciantes de la práctica de la disciplina en Portugal es, justamente, su desconexión de las corrientes teóricas y marginalidad con respecto a los problemas generales a los que se enfrenta la Arqueología en otros ámbitos geográficos.
Portugal cuenta con yacimientos del máximo interés y con arqueólogos de gran capacidad -Leceia y J. L. Cardoso son, respectivamente, buenos ejemplos de ambos-que podrian hacer grandes contribuciones al desarrollo de la disciplina.
Sin embargo, la orientación exclusivamente particularista de sus profesionales limita e! interés que sus investigaciones puedan tener para el resto de la comunidad científica, pues no se conectan los problemas tratados a discusiones actualizadas.
De esta manera, el interés de la serie se ve reducido para los profesionales de otra zonas, pues la información que se ofrece está seleccionada desde el marco en e! que se obtiene, y la posibilidad de utilización para tratar problemas generales se ve mermada por su propio carácter.
Esta seria la única critica que los E.A.o. me podrían sugerir, dado el planteamiento y desarrollo de este primer volumen.
Pero de nuevo, la cuestión rebasa e! ámbito particular al que se supone afecta este comentario, para aplicarse de manera global a las publicaciones periódicas portuguesas y al estado de la disciplina en ese país.
Así pues, quizá sea lo mejor concluir manifestando de nuevo mi respeto y admiración por e! trabajo de J. L.
Cardoso y la conciencia científico-social, tan poco frecuente, del Municipio de Oeiras, y deseando una larga y ritmica vida a la serie que ahora se inicia.
ALMUDENA HERNANDO GONZALO Departamento de Prehistoria.
Catálogo de la exposición «Le premier or de l' humanité en Bulgarie.
Lo que sigue es un comentario, apretado y escaso, de un conjunto de productos generados con ocasión de una exposición.
Hay veces en que el esfuerzo invertido en gestiones tales como la organización de las salas o la tramitación del préstamo y transporte de las piezas parecen agotar las posibilidades de los organizadores de una muestra.
Pero hay otras en las que casi pareciera que ésa se convierte en una simple excusa a partir de la cual organizar una serie de actos de, al menos similar interés y atractivo que el de la propia exposición.
Sin ninguna duda, éste último es el caso de la titulada «El primer oro dl' la humanidad en Bulgaria, Sil Milenio», celebrada, mediante la T. P., 1992, n ll 49 colaboración de los gobiernos búlgaro y francés, en el Museo de Antigüedades Nacionales de Saint-Germain-en Laye, de Paris, entre elide enero y el 30 de abril de 1989.
Christiane Eluére, conservadora de dicho museo, tuvo a su cargo la organización de la exposición, la preparación del Catálogo de las piezas exhibidas y la coordinación de un coloquio internacional sobre «El descubrimiento del metal» que, coincidiendo con los primeros días de la muestra, se celebró igualmente en Paris entre el 19 Y el 21 de enero de 1989.
Las Actas de este coloquio sólo han visto la luz en los últimos días de 1991, razón por la cual se ha esperado hasta ahora para poder comentar conjuntamente la otra obra generada por la exposición, su catálogo.
Porque, efectivamente, ambas publicaciones merecen un comentario y una difusión.
A pesar de su distinto carácter, obligado por las diferencias de público a las que van destinadas, consiguen, sin embargo, un perfecto engranaje y una difícil complementariedad.
Comenzaré por comentar el catálogo en virtud de la mayor antigüedad de su publicación.
En París se pudieron contemplar, durante más de cuatro meses, piezas excepcionales procedentes de 13 museos búlgaros, correspondientes a yacimientos del Calcolítico final, fechados alrededor del V milenio (en fechas calibradas).
El principal foco de atención fue, por lógicos motivos, la famosa necrópolis de Varna, situada al noroeste del Mar Negro y de la que, en los trabajos que desde 1972 llevan realizando sobre todo H. Todorova e 1.
Varna estableció lazos estrechos con la cultura de Belgrado en Besarabia y con el conjunto cultural de Cucuteni-Tripolje (fase antigua) de Moldavia y Ucrania del Sur, pero constituye sólo uno de los tres grandes • conjuntos culturales que en ese tiempo tienen a Bulgaria como escenario de su desarrollo.
Los otros dos son el de Krivodol-Salcuta-Bubanj, que además de Bulgaria occidental se extiende por el NO de Rumania, Serbia del este y parte del Norte de Grecia; entre sus principales indicadores de actividad metalúrgica cuenta con la famosa mina serbia de Roudna-Glava.
Y el de Kodjadermen-Gumelnitsa-Karanovo VI, que engloba el Sureste de Rumania y Tracia, además del Noroeste de Bulgaria.
En este caso, la principal fuente de metal es la mina de Ain-Bunar al Norte de Tracia.
En todas ellas se desarrolló durante el V milenio una sociedad altamente estructurada como prueban sus tumbas, la destacadísima industria minera del cobre -si se compara con otras zonas de Europa-y una artesanía especializada del oro, objeto de atención prioritario en esta exposición.
Además de sus tells y otros lugares de habitats, han sido excavados importantes lugares de culto, como el del pueblo de Dolnoslav, en la región de Plovdiv, o los hallados en los cementerios de Dourankoulak o Devnja.
Y para no dejar lugar a dudas sobre la importancia de este foco cultural europeo, se han llegado a encontrar restos de una proto-escritura, posiblemente de origen independiente.
Todo ello tuvo cabida en la exposición.
Quiero decir que su contenido es realmente más amplio de lo que su título parece indicar.
No se trata de una exhibición de las primeras piezas de oro de este territorio, sino de una amplia gama de destacados tipos materiales que sirven para evidenciar el altísimo grado de desarrollo y complejidad que, en esas fechas precoces, vivía el Suroeste europeo.
Eluére ha sabido, además, elaborar como catálogo una obra de enorme interés tanto para el lector especializado como para el público en general, pues está integrada por tres secciones distintas: 1) La primera, titulada «La más antigua civilización de Europa», consta de 10 artículos redactados por los máximos especialistas -H.
Mohen, V. Nikolov, la misma Eluére o C. Renfrew entre otros-que abordan el tema desde perspectivas distintas -la Historia de la Investigación en Bulgaria, la contribución francesa a dicha investigación, las características culturales del final del Calco lítico en Bulgaria, el contexto social de la primera metalurgia, la mitologia que traslucen los hallazgos o el análisis del primer oro-.
Con ello se consigue, evidentemente, una información exhaustiva y variada, pero no dispersa, sobre un foco principal de interés.
2) La segunda es el Catálogo propiamente dicho, dividido a su vez en distintas secciones que reflejan la organización espacial de la exposición, y que se agrupan en dos amplios grupos temáticos: «Pueblos y centros culturales» y «La muerte».
No se reproducen fotográficamente las 359 piezas exhibidas, pero las cerca de 170 fotografías que contiene constituyen una completa muestra de la totalidad.
3) La Tercera está constituida por los llamados «Documentos», textos relativamente breves en los que se abordan, de manera sintética y muy esclarecedora, variados aspectos relativos a la cuestión, como la secuencia cronológica de la zona y su relación con las de territorios vecinos, la protoescritura, alimentación y paleoeconomía, los tells de Karanovo, etc., etc.
El Catálogo facilita una visión clara y completa sobre el contexto cultural en que aparecen las primeras piezas de orfebrería en Bulgaria, y su formato y maquetación hacen que la información no sólo sea rica y muy interesante para los especialistas, sino, además, accesible y atractiva para el público en general.
Se consiguen aunar con ello, dos objetivos a menudo considerados incompatibles lo que convierte este catálogo en recomendable modelo sobre «cómo aprovechar al máximo las posibilidades de una exposición».
Pero los organizadores de la misma supieron hacer aún más rentable el evento, al organizar a su alrededor un Coloquio Internacional. al que acudieron 80 especialistas de Europa y el Próximo Oriente, sobre «El Descubrimiento del Metal».
Ampliando de esta manera e! espectro temático, se conseguía completar a la vez que actualizar e! tema que servía de fondo al montaje de la exposición: e! nacimiento de la metalurgia y la orfebrería y la naturaleza y efectos de la relación cultural que mantuvieron en esa época Europa Sudoriental y e!
La necrópolis de Varna constituyó, de nuevo, uno de los focos de atención, dada la trascendencia que reviste a la hora de analizar cualquiera de esos aspectos.
Las Actas de esta reunión han sido publicadas en la serie «Millénaires» de la ed. Picard, con la par1icipación de los Amigos de!
Museo de las Antigüedades Nacionales.
Están divididas en cuatro secciones «geográficas»: la primera incluye 5 artículos relativos al oro y el cobre de Varna y al Calcolítico búlgaro en general.
La segunda acoge 10 participaciones sobre el inicio de la metalurgia en Europa Central.
Las 12 que integran la tercera afectan al área de!
Oeste y Suroeste europeo, mientras que las 9 que constituyen la cuarta y última, giran en torno al Mediterráneo Oriental y e!
El nivel general de las participaciones es excelente, contándose entre ellas firmas de primera fila, tales como las de Ivanov, Poplin, Jovanovic, Mohen, Briard, Craddock, Tylecote -a quien se dedican las actas, en homenaje póstumo-, Guilaine, Muhly, Seferiades, Chernykh, Hauptmann, etc, etc., etc. Merece la pena destacar la triple participación española, a cargo de A. Perea, G. De! ibes (et alii) y A. Rodriguez Casal, relativas a diferentes aspectos del inicio de la metalurgia u orfebrería en la mitad meridional de la Península Ibérica, el yacimiento de Almizaraque en e!
Sureste de la Península Ibérica, o e! centro y sur de Portugal, respectivamente.
Entre los rasgos más positivos de esta entrega, publicada bajo formato de libro -sin que nada sugiera en la portada que se pueda tratar de las actas de un coloquio, imagino que por razones de mercado editorial-, podrían destacarse, a mi juicio, los siguientes:
En primer lugar, supone una perfecta actualización de! estado de la cuestión en todos los sectores europeos, fundamentalmente en los más críticos.
La obra se convierte, desde ahora, en referencia obligada para tratar el tema de la aparición de la metalurgia en Europa y sus conexiones con e!
Por otro lado, supone la renovación de algunos planteamientos tradicionales, básicos a la hora de contemplar los fuertes procesos de cambio cultural que provocaron e! desarrollo metalúrgico.
Pues, a la vista de la información que de estas actas se desprende, parece existir más autonomía en e! surgimiento de la metalurgia en diversas zonas europeas, de la aceptada hasta ahora.
Al margen de otros comentarios (v., p. ej., la comunicación de Servelle sobre el SO francés o la de Guilaine sobre la zona mediterránea francesa), resultan contundentes las conclusiones a las que conduce la investigación que está llevando a cabo Craddock (p.
197): «Las implicaciones de esta investigación y de otros trabajos en Europa sugieren que la metalurgia se desarolló independientemente, utilizando tecnologías diferentes, en diversos centros separados».
En su opinión (pp. 206-7): «Se está generalizando la evidencia de que el cobre se fundió primero en Europa Central y Occidental a través de métodos muy distintos en el I1I-I1 M. B.e., y lo que es más significativo, muy diferentes de los procesos de fundido, altamente reductores, contemporáneos en e!
Próximo y Medio Oriente, donde ya llevaban en uso casi un milenio.
Seguramente, si el conocimiento se hubiera extendido hacia Europa occidental desde e!
Este los prospectores o metalúrgicos habrían utilizado su propia tecnología contemporánea en lugar de regresar a un proceso mucho más primitivo.
La simplicidad y diversidad de los varios procesos de la Edad del Bronce europea sugieren descubrimiento y evolución independiente en diversos centros».
Así pues la obra es de necesaria consulta para cualquier interesado en el origen de la metalurgia europea.
Sin embargo, y sin desmerecer en absoluto su valor general y fundamental, me gustaría señalar algunos aspectos que considero problemáticos.
El primero de ellos, que podría contemplarse también desde su polo positivo, se deriva del propio carácter de la convocatoria, dedicada a un sólo aspecto cultural.
Quiero decir que, en mi opinión, en muchos casos se presta excesiva -o mejor exclusiva-atención a la metalurgia en sí, sin atender a otros aspectos socio-económicos del contexto cultural en que se inserta su aparición, o de sus precedentes.
La aparición de la metalurgia parece considerarse en general, a veces explícitamente (v.
267, p. ej), ((el hecho esencial» cuando, a mi juicio, no constituye sino uno más de los rasgos que demuestran el afianzamiento de una tendencia a la progresiva complejidad, presente desde siempre en el registro arqueólogico.
Hay sin embargo, una serie de excepciones que no puedo dejar de destacar.
Por ejemplo, me parece muy acertada la intervención de M. Seferiades (pp. 325-330) sobre «Piedra tallada y metalurgia», en la que se insiste en la necesidad de prestar mayor atención a la industria en sílex y obsidiana si se pretende comprender realmente la Primera Edad del Metal, pues también estas materias primas eran utilizadas para fabricar objetos de prestigio.
De hecho, a su juicio, en Varna parece cOI1templarse (mna encarnizada lucha entre artesanos del sílex y artesanos del cobre».
En el mismo sentido, considero de interés la propuesta de Mohen para analizar las T. P., 1992, n Q 49 sepulturas de los artesanos metalúrgicos del comienzo de las Edades del Metal en Europa.
Aunque fechadas, en general, en un momento avanzado de final del Calcolítico o del Bronce Antiguo en toda Europa, sin duda pueden revelar aspectos interesantes, todavía desconocidos, de la valoración social contemporánea de esa actividad.
La aportación de J. D. Muhly trata aspectos socio-económicos en relación con la metalurgia, y referido a España, el artículo de A. Perea intenta resumir, igualmente, las distintas propuestas que diversos autores han elaborado sobre las causas de su aparición en nuestro suelo.
A. Hauptmann presenta, por su parte, un claro resumen de los primeros hallazgos metálicos en el Próximo Oriente, pero además insiste en la posibilidad de que las fases metalúrgicas iniciales no produjeran restos significativos de escorias, lo que puede llevar a falsas conclusiones a la hora de establecer una secuencia cronológica comparativa entre los desarrollos de las diversas zonas.
Así pues, sin pretender negar los aspectos positivos del enfoque puntual de este congreso, pues sólo de esta manera se llegan a «exprimiD) todas las fuentes de información, creo que seria conveniente engranar el descubrimiento del metal dentro de un largo y complejo proceso de cambio cultural, única manera de comprender su verdadero peso específico dentro de ese cambio.
Por otro lado, creo que hubiera sido deseable, ya que la publicación de las actas no ha sido coetánea ni inmediata a la celebración del coloquio, que se hubiera reflejado éste en realidad.
Me refiero con ello a las discusiones que, sin duda, suscitaron algunos temas entre los especialistas, y que a veces resultan enormemente ilustrativas.
También hubiera sido partidaria de homogeneizar el tipo de dataciones absolutas a lo largo de los distintos t trabajos, ya que en algunos la referencia cronológica se hace a fechas calibradas y en otros a dataciones de C-14 no calibrado, sensiblemente inferiores, como se sabe.
Sorprendentemente, además, este problema fue solucionado en la publicación del Catálogo, añadiendo, entre paréntesis, la fecha calibrada en caso de no serlo la citada, lo que hace más difícil explicar su presencia en el caso de las Actas.
Por último, se deja notar, igualmente, la ausencia de unanimidad terminológica en ciertas cuestiones importantes como la denominación del primer periodo con metal, Eneolítico para los investigadores búlgaros y algunos centroeuropeos y Calcolítico para el resto.
Posiblemente, fuera una de las cuestiones discutidas en el congreso, pero en cualquier caso, no queda constancia de ello.
A modo de resumen puede decirse que, a pesar de algunas pequeñas objeciones que a mi juicio pudieran hacerse a la publicación de estas actas, el conjunto general de los trabajos generados por la exposición «El primer oro de la humanidad en Bulgaria.
5 11 M», y la propia organización de ésta pueden servir de intachable ejemplo de una labor llevada hasta sus últimas consecuencias en beneficio del mundo académico, y lo que es más importante, de la sociedad en general.
La habilidad para compaginar ambas esferas de interés, la capacidad para programar dicha labor y la lucidez para desarrollarla, podrían ser los rasgos que con más nitidez traslucen esta exposición y sus reflejos editoriales.
Estos, además, desde el punto de vista estrictamente profesional, pasan a convertirse en una de las futuras referencias obligadas de la investigación sobre el origen de la metalurgia. población del Sudeste de la Península Ibérica durante la Edad del Bronce.
Para aquéllos que no estén familiarizados con la geografía peninsular no sólo se señala la localización de los yacimientos en el espacio, sino también la situación de los mismos dentro del esquema cronológico del Sudeste.
El estudio considera los principales métodos utilizados en la actualidad a la hora de efectuar un análisis poblacional sobre muestras osteológicas prehistóricas, exceptuando aquéllos más costosos tales como radiología, histología, análisis de elementos traza o determinación química del sexo.
Abarca desde el análisis morfológico de la variabilidad intra-e inter-grupal. pasando por la paleopatología, hasta el análisis detallado de la paleodemografía.
Cabe destacar además la inclusión de algo tan inesperado para el antropólogo, aunque sin duda necesario, como es la presentación de la posición histórico-cultural de las dos series estudiadas (El Argar y El Oficio).
Todos estos aspectos lo convierten en una obra fundamental para todo aquél que trabaje en este campo o esté interesado en sus resultados.
En cuanto al regístro de los restos óseos, únicamente se echa a faltar una indicación precisa acerca de la manera en que han sido atribuidos los restos óseos estudiados a la numeración original de las tumbas de Siret, y una evaluación del grado de fiabilidad de dicha correspondencia.
En el capítulo correspondiente a la determinación sexual se destaca expresamente que ésta se hizo independientemente de los ajuares.
No seria necesaria esta precisión acerca de la independencia entre la determinación antropológica y el registro arqueológico, si no se hubiesen producido casos en los que la adscripción sexual no se ha fundamentado en las evidencias osteológicas (R6sing, 1976).
Los ajuares han tenido para otros autores el peso de un determinante biológico.
La importancia de esta independencia de criterios queda manifiesta en el análisis del enterramiento individual con daga procedente de la necrópolis merovingia de Kirchheim/Ries (Baden-Württemberg).
La insistencia del antropólogo en la determinación biológica desembocó en una nueva valoración de la «incómoda)) daga, que inmediatamente los arqueólogos transformaron en una lanzadera de telar.
Como ya ha sido mencionado, la analítica empleada responde al standard general de los análisis antropológicos modernos.
Por ello mismo, resulta necesario apuntar algunos comentarios críticos sobre la bibliografía citada por Kunter respecto a los estudios de materiales óseos de edad y sexo desconocidos, y a la variabilidad de los sistemas de caracterización.
Así, por ejemplo, las «Empfehlungen europaischer AnthropologeOl) -recomendaciones de los antropólogos europeos- (Ferembach el al, 1979) basadas en el congreso sobre paleo-demografía realizado en Sarospatak (Hungria) en 1978, fueron rechazadas precisamente por aquellos asistentes especializados en osteología humana de forma exclusiva e intensiva.
Por ejemplo, cabe objetar que, en estas «Empfehlungeo», la determinación de sexo y edad no se basa en el estudio de muestras de referencia de personas con edad y sexo conocido, como habría sido imprescindible, sino exclusivamente a partir de restos óseos prehistóricos.
A los estudios desarrollados sobre muestras de referencia pertenecen los criterios de edad basados en las suturas craneanas (R6sing, 1977), o en la estructura esponjosa de las extremidades propuesto por Aksádi y Nemeskéry (1970).
Entre los rasgos sexualmente determinantes, se citan algunos cuyo valor de diferenciación es escaso o nulo.
Por ello no puede sorprender que, en la literatura utilizada por Kunter, se le de al diagnóstico sexual basado en criterios morfológicos un valor inferior que al estadístico, a pesar de que, precisamente, una contribución de Menk en el citado congreso mostró que el antropólogo experimentado alcanza con el método morfológico mayores niveles de precisión en sus determinaciones de cráneos con referencia conocida, que a partir del análisis estadístico.
Sería excesivo en el marco de esta recensión dilucidar criticamente todos los trabajos, en cuanto a sus garantías de aplicabilidad, que hacen referencia a los métodos aquí empleados.
Meramente cabría indicar que precisamente el trabajo de Perizonius (1984), utilizado por Kunter, no ha encontrado apoyo entre los antropólogos como criterio para la determinación de edad a partir de las suturas craneanas, sí, en cambio, el trabajo de Hajnis y Novak (1976), que explícitamente no fue realizado con el fin de alcanzar una aproximación entre edad calendárica y edad biológica, en base a las suturas cranean'as.
Las líneas generales de crítica metodológica hasta aquí desarrolladas sobre los criterios de diferenciación sexual y de edad utilizados en la obra de Kunter, únicamente, pretenden señalar posibles grados de incertidumbre en estos parámetros principales y en los análisis realizados a partir de ellos.
En las páginas donde se menciona la homogeneidad morfológica de la muestra (lntra-group-variability = Binnenanalyse) (pp. 48 y 71) no se ofrecen, sin embargo, los valores obtenidos a partir del cálculo de homogeneidad.
Los comentarios «comunidad de reproducción cerrada)) (p.
51) o «... después de comprobar la varianza homogénea... )) sugieren, más bien, que se trata de una población biológicamente «normal», que excluye la endogamia y más aún el incesto.
A pesar de que se cita el coeficiente de variación V = s/x lOO, no se calcula el «scaling-coefficiente)) se resultante, que habría sido el indicador más seguro para una valoración de endogamia o incluso incesto.
Esta ausencia tampoco puede ser súbsanada por la reproducción gráfica del análisis de Kunter aborda sólo de forma muy breve la tipologia idealista de la antropologia tradicional, hoy biológicamente inadmisible, quizá para poder realizar una comparación con trabajos más antiguos.
En este sentido le resultaba imprescindible subrayar explícitamente (p.
52) que con esta tipologia solo se estaba aportando información acerca de la.calidad formal,. de la muestra estudiada, y no sobre la.procedencia,. de la población.
La referencia al dimorfismo sexual es irrelevante en este contexto, ya que las mujeres, como es sabido, presentan básicamente dimensiones medias más reducidas, debido a su homozigosis para el cromosoma sexual.
La causa de esta diferencia biológica pre-programada resulta de la falta de información genética respecto al crecimiento localizada en el cromosoma Y. Por ello, todas las diferencias de talla entre hombres y mujeres serán altamente significativas.
Por lo tanto, los elevados valores de estatura que se observan para las mujeres de esta muestra son casuales.
Actualmente la utilización del ordenador y de los test estadísticos correspondientes permite reducir, en un tiempo relativamente corto, grandes cantidades de datos a un número de variables aparentemente abarcables.
Sin embargo, este proceder también puede conducir, como ocurre en este trabajo, a una valoración incorrecta del potencial explicativo de los métodos estadísticos.
Para someter las muestras aquí publicadas a una comparación morfológica, se utilizan series de datos procedentes de 35 muestran de diferentes periodos y regiones.
La diferencia temporal entre la muestra más antigua (Mugem) y la más reciente (Islas Canarias) es, como mínimo, • de 5.000 años, es decir aproximadamente de 200 generaciones.
La distancia espacial entre los puntos más alejados alcanza en dirección E-W casi 5.000 km (Chipre-Islas Canarias) y en dirección N-S unos 2.000 km (Bohemia-Sicilia), excluyendo incluso la distancia entre Bohemia y las Islas Canarias.
No se tienen en cuenta ni diferencias climatológicas, ni barreras geográficas, ni líneas divisorias lingüísticas a pesar de que Kunter hace referencia expresa al efecto modificador de los factores «peristáticos» (exógenos) en cuanto a la morfología.
Al menos desde los trabajos de Creel (1968), todo especialista crítico debería ser consciente de la imposibilidad de interpretar tales comparaciones globales de una forma biológicamente plausible.
Por ello se ha propuesto seleccionar las series comparativas de tal forma, que tiempo y espacio quedasen situados en un marco biológicamente aceptable (Czarnetzki, 1971).
Ello significa que el número de generaciones debería ser elegido con el fin de que los cambios en las frecuencias genéticas resultasen abarcables, de la misma manera que la distancia geográfica debería serlo en cuanto a la corriente o al flujo genético posible.
Además de estos aspectos sobre genética poblacional, las condiciones de comparación elegidas por el autor tienen unas consecuencias estadísticas específicas, debido a la reducción de los datos individuales y a su representación en dos dimensiones.
Se eligió un espacio multidimensional cuyas dimensiones particulares (distancia entre cada una de las muestras estudiadas), sin embargo, no son reproducidas.
Por el contrario, cabe destacar la reproducción de tod¿s los datos individuales de las series estudiadas, los referidos a las muestras y los valores medios considerados en el análisis de Penrose.
La presentación de todas las distancias Penrose, calculadas, habría facilitado determinar el grado de pérdida de información resultante de la reducción del espacio multidimensional n 2 -(n 2 + n)/2 a otro bidimensional (análisis cluster de secuencias duales).
Las dificultades interpretativas de la comparación entre muestras no sólo surgen de los factores de influencia peristáticos inabarcables, del tamaño de la muestra, de errores de cálculo y similares, sino también de la selección de muestras realizada.
Sin embargo, estas dificultades no se deben en ningún caso al método empleado.
Además, parecen estar más relacionadas en su origen con un factor genético que con los factores citados, los cuales dificultan una interpretación de la comparación efectuada.
Este factor genético se caracteriza esencialmente por los conceptos de «series muestreadas» versus «comunidades de reproducción».
Ambos conceptos están sometidos, en cuanto a la composición de su pool genético, a regularidades diferentes.
Cabe partir, en príncipio, de que la variabilidad en su serie muestrada está caracterizada por un número diferente de alelas presentes y que es mayor en el pool genético comprendido que en una comunidad de reproducción.
Por lo tanto, no se cumplen las condiciones básicas para una buena comparación estadística, ya que los totales comparados se han formado bajo condiciones diferentes.
Sólo se podría hacer una excepción en aquellos casos en que una serie muestrada cumpliese las condiciones previas de una comunidad de reproducción, con lo cual dejaría de ser una auténtica serie muestreada.
Las extensas investigaciones de Morant (1935) confirmaron este postulado biológico para las valoraciones estadísticas.
En relación a este trabajo cabe mencionar otro aspecto específico, aunque no sea exclusivo de este estudio.
En la página 73; Kunter hace la siguiente observación: «... el tronco racial homogéneo de los países limítrofes con el Mediterráneo: el ámbito formal de los mediterráneos».
En el sentido tipológico-idealista, que denota el uso del término «tronco racial,., el autor caracteriza un representante tipo de una subespecie en el sentido zoológicosistemático.
Incomprensiblemente sigue apareciendo en la literatura antropológica el concepto «tronco racial» sin considerar que, a menudo, se está haciendo referencia únicamente a poblaciones regionales.
Sólo bajo esta premisa se deben entender las citas anteriores, así como las valoraciones resultantes en el trabajo de Kunter.
Exceptuando su predominancia habitual en la literatura francesa, en los trabajos antropológicos recientes se constata una creciente importancia del análisis del esqueleto post-craneal.
Por ello mismo, resulta especialmente de agradecer el capítulo que aquí se le dedica.
Este análisis, como se señala también en esta obra, permite un mejor acercamiento a las diversas condiciones de vida de la sociedad estudiada.
Se echa a faltar la observación de determinadas apófisis en las articulaciones (como las caracteristicas de los jinetes, o las caracteristicas de posición en cuclillas, etc.), de la curvatura ventral de la diáfisis femoral. del desarrollo de la Tu be rositas deltoidea y de relieves de inserciones musculares similares.
Por el contrario, la densidad relativa de la Cavitas medul/aris, junto con una Compacta relativamente fuerte se valoran como indicio de cargas físicas elevadas.
No obstante, falta la precisión de que este factor es, en gran medida, dependiente de la edad del individuo.
Es sabido que la actividad osteoclástica aumenta con la edad, aunque varie entre individuos. en relación a la actividad osteoblástica.
Sólo de este fenómeno depende la ampliación de la Cavitas medul/aris y. con ello, la reducción de la Compacta.
Este proceso natural puede ser retardado meramente por una carga física alta y prolongada. o acelerado debido a la inactividad.
En consecuencia, la Compacta suele ser gruesa en los individuos jóvenes y más fina en los adultos.
Otro aspecto positivo de este trabajo es el registro de los llamados «rasgos discretos» o. mejor. de las caracteristicas epigenéticas.
Este hecho supone una innovación de cara al futuro ya que. hasta el momento, este sistema de caracterización había sido escasamente considerado en las series prehistóricas de la Península Ibérica.
Por ello mismo. tampoco era posible realizar un análisis comparativo con otras series.
De todas formas. no puede obviarse que un análisis donde se releva la variable sexo habría aportado información adicional, a pesar de la ausencia de una formación sexualmente específica de estos rasgos.
Posiblemente, se habría logrado obtener indicios sobre las relaciones de parentesco a partir de diferencias marcadas en el pool genético de mujeres y hombres respectivamente.
La publicación de la frecuencia uni y bilateral de los rasgos epigenéticos simétricos, habría facilitado una mejor estimación del valor umbral.
Según el estado actual de los conocimientos sobre la distribución de frecuencias de las características epigenéticas, los tres rasgos destacados como específicos de poblaciones (p.
81 arriba) no se pueden mantener como tales.
Además de hacer una valoración de conjunto. habría sido importante incluir los rasgos epigenéticos en el registro osteológico por individuos. hecho que redundaría en beneficio de futuros trabajos antropológicos sobre poblaciones argáricas.
La mayoría de los trabajos antropológicos carece a priori de datos referentes al tamaño de los dientes, a pesar de que éstos se utilizan ocasionalmente como rasgos definitorios de sexo.
Es por ello que la presentación de esta información resulta de gran valor.
El amplio número de datos individuales y las buenas condiciones de conservación de los dientes permiten. en parte. llevar a cabo un análisis cuantitativo y métrico de una población con un alto grado de fiabilidad.
En cuanto al estudio de las evidencias paleopatológicas, Kunter pone especial énfasis en las alteraciones causadas por acciones violentas, tal y como era de esperar conociendo su trayectoría en este campo.
Al parecer, no fue posible realizar las radiografías necesarias para verificar los diagnósticos.
Además, falta en las lesiones craneales una descripción del estado de la Tabu/a interna.
Por ello es imposible decidir si se trata de alteraciones producidas por fracturas cicatrizadas o bien de procesos os.teoclásticos debidos a lesiones en las partes blandas de la cabeza.
En base a la documentación fotográfica, los diagnósticos no siempre parecen convincentes, como por ejemplo, la explicación de la fractura del Proc. z.ygomaticus (no transversalis) en el Os z.ygomaticum izquierdo (Láms. la y 19b) como resultado de un golpe de maza, apoyándose en Rasing (1990).
En el mundo del. boxeo es sabido que un puñetazo seco puede causar la misma fractura de esta parte ósea, extremadamente delgada.
Se echa de menos, en este caso, una indicación sobre la causa de la curación observada, ya que, normalmente, el Proc. zygomaticus vuelve a su posición lateral original por la contracción del M. temporalis, mientras que el M. massetericus puede desplazarlo en dirección distal.
16a), hoy Collum anatomicum, no se explica únicamente por su posición específica después de la curación, como resultado de una ((agresión directa» en forma de golpe.
Más probablemente, parece deberse a una epifiseólisis sufrida durante la infancia como consecuencia de una presión indirecta, por ejemplo debido al efecto de salvar una caída, apoyando las manos, con luxación de la articulación del hombro.
Sólo a título de ejemplo comentaremos el fémur reproducido en la lámina 16c.
En este caso, los rasgos patológicos reproducidos fotográficamente indican más bien la existencia de un Callus luxado con pseudoartrosis u osteomalacia, pudiéndose excluir como diagnóstico cualquier tipo de osteomielitis dada la presencia de límites marcados.
No se incide sobre la posible existencia de una reacción del periostio.
Paralelamente a la descripción de cuadros patológicos concretos para la reconstrucción del cuadro patológico de las poblaciones estudiadas, se aborda, sobre todo,'el tema de la aparición y frecuencia de hiperostosis y T. p., 1992, n ll 49 artrosis.
Sin cm bargo, y a pesar de que las hiperostosis craneales son de génesis diversa, no se realiza, por ejemplo, una diferenciación entre esponjosas, vasculares u osteofitarias.
Posiblemente, la Hyperostosis frontalis interna podría describirse como «engrosamiento de la pared craneal», ya que se hace referencia al desequilibrio entre las gonadropinas.
Tampoco se han tratado las valoraciones de diagnosis diferencial respecto a la intervención de enfermedades infecciosas o a trastornos endocrinos innatos.
Sería demasiado extenso entrar aquí, de forma crítica y en la misma profundidad, en cada uno de los cuadros patológicos, bien se trate de enfermedades degenerativas de la columna vertebral. en las que faltan, por ejemplo, la observación de cavidades osteolíticas (Morbus Scheuermann o enfermedad de Scheuermann), o de procesos artríticos.
Así, no se diferencia entre aquellos procesos artríticos inflamatorios causados por una postura incorrecta, por sobrecarga (dependiente del trabajo físico) o por esfuerzos constantes (en relación con la edad).
Bastante más detallado es el estudio de la estomatologia.
Destaca especialmente la inclusión del análisis de una muestra de agua actual, algo excepcional. ya que indica el esfuerzo por realizar una investigación profunda, usual también en otros trabajos de este autor.
Sin embargo, cabe remarcar también en este caso que, en general. los aspectos particulares expuestos: anomalías situacionales, sarro, abrasión, etc. se tratan de forma global.
Entre otros aspectos, no se discute la influencia de anomalías posicionales en el desarrollo de paradontitis o sarro, y ni siquiera se considera la posibilidad de una correlación entre los tres factores relacionados.
Dicha discrepancia sólo es inteligible si se valoran las • frecuencias individuales.
Se constata que el valor ofrecido en el texto se basa en un príncipio diferente (frecuencia de caries en el maxilar, más la mandíbula, es decir 10/619).
A pesar de que se enfatiza expresamente que no fue posible constatar paradontosis, esta peculiaridad no se discute en relación a algunos individuos mayores de 60 años.
Esto resulta contradictorio con la discusión sobre un «cambio en el metabolismo, especialmente del balance hormonaL» (p.
88) dependiente de la edad, cambio que con seguridad debería haber provocado, a través de la osteoporosis, una degradación del Limbus alveolaris, es decir, una paradontosis.
En la exposición sobre las consecuencias del contenido mineral del agua potable sobre la caries, habría resultado interesante una comparación estadística con las poblaciones actuales en la región.
Ello habría contríbuido a reforzar más la explicación sobre los bajos índices de caríosidad en la población argárica, que la idea generalizada en la actualidad de que los fluorudos previenen la aparición de caries.
La discusión acerca del origen de las hipoplasias por un lado y de las hiperostosis esponjosas por el otro, resulta contradictoria en sí misma.
Para la génesis de ambos fenómenos se considera la posibilidad de un cambio en la alimentación, sustituyéndose la leche materna (330 I.E. vitamina A + beta-carotina) por leche de cabra (120 I.E. vitamina A + beta-carotina).
Dado que la frecuencia de las hipoplasias (36/293) oscila alrededor del 12 96, debería constatarse un valor similar de hiperostosis esponjosas.
De hecho, estas últimas sólo alcanzan un valor del 0,6 96.
Las hiperostosis esponjosas deberían ser especialmente frecuentes en el grupo de Infans 1, según la edad predicha por la hipótesis del autor para su formación.
Sin embargo, según los datos publicados, están ausentes tanto en Infans I como en Infans n, a pesar de que sean precisamente estos grupos de edad donde aparecen de forma especialmente marcada anemias infecciosas y nutritivas.
Por lo tanto, no puede tratarse de un error de observación.
Un argumento adicional en contra de una relación entre ambas reacciones patológicas (hipoplasias e hiperostosis) es el hecho de que, precisamente debido a la ((pérdida de inmunidad» (p.
96), cabria esperar unos mayores valores de mortalidad especialmente entre Infans I y n, ya que ambas patologias reducen la activación del sistema de autoinmunidad y, por tanto, hacen que los individuos sean más propensos a contraer enfermedades infecciosas.
Al parecer, se ha pasado por alto que una anemia producida por la ingestión de leche de cabra sólo puede ser observada en aquellos casos en los que ésta constituye la única fuente de alimentación.
En relación a los análisis de elementos traza y a las conclusiones extraídas de ellos con respecto al momento de lactancia, la consideración de la posibilidad de un cambio entre leche materna y leche de cabra, plantea nuevos problemas precisamente para esta nueva dirección que se ha abierto en la antropología y mantiene los resultados, hasta aquí alcanzados, a un nivel relativo.
En lo que respecta a las hipoplasias no estaría de más algún comentario acerca de las líneas de crecimiento intermitentes (líneas de Harrys), ya que éstas pueden detectarse no sólo radiológica, sino también macroscópicamente en los huesos fracturados.
Al parecer, estas líneas no están correlaciopadas temporalmente de forma directa con las hipoplasias pero, en cualquier caso, denotan señales de inhibición del crecimiento provocadas por enfermedades o períodos de alimentación deficiente durante las fases de desarrollo.
De la descripción realizada por Kunter no se puede deducir si realmente estas líneas no estaban presentes o si, simplemente, no fueron analizadas.
De acuerdo con las tendencias actuales, se presta una gran atención al análisis paleo-demográfico.
De él se espera, en la mayoría de los trabajos antropológicos actuales, un conocimiento más profundo de las formas y condiciones de vida de las sociedades prehistóricas.
Kunter destaca acertadamente y de manera introductoria a este capítulo las premisas indispensables para la definición de parámetros paleodemográficos.
Por ello, indica con gran cautela que el material disponible «no cumple de manera ideal» las condiciones para este tipo de estudio paleodemográfico exhaustivo.
A continuación se menciona, además, la premisa decisiva que supone la existencia de una población estacionaria.
Con ello, Kunter ha citado aquellos factores que reducen, a un nivel científicamente más aceptable y adecuado, la frecuente sobrevaloración de los parámetros paleo-demográficos.
A partir de estas premisas mencionadas y de la cautela resultante, pueden valorarse los cálculos realizados en la medida en que siguen los métodos desarrollados por Acsádi y Nemeskéry (1970).
De manera diferente cabe juzgar, sin embargo, los procedimientos del cálculo de índices de corrección para la mortalidad infantil observada.
Estos parten del apriorismo de que siempre existen, en principio, errores en el registro y/o la valoración de dichos grupos de edad.
Cabe tener en cuenta que, en los métodos de cálculo utilizados normalmente en la bibliografía, los valores resultantes sólo se ajustan si, para la población prehistórica considerada, se cumplen unas condiciones de vida idénticas o muy similares a las de la muestra de referencia utilizada en la corrección.
Los factores de corrección de la obra de Boucquet y Masset (1977), citada, se basan en poblaciones de bajo nivel social ubicadas entre el siglo xvm d. c. y la época reciente en Portugal.
Por lo tanto, estas muestras de referencia pertenecen, en un sentido amplio, al momento inicial de la industrialización, caracterizada por una enorme carga de polución medioambiental, condiciones de hábitat deficientes en entornos urbanos o periurbanos con alto riesgo de infección, además de una atención médica deficiente.
Una segunda categoria de datos de corrección se refiere a las poblaciones actuales que, supuestamente, se encuentran a un mismo nivel socio-económico que las poblaciones prehistóricas correspondientes.
La complejidad de los factores que determinan la mortalidad infantil en estas poblaciones de referencia actuales no permite, ni siquiera de forma aproximada, una analogía con las condiciones prehistóricas.
Diferencias considerables entre la mortalidad infantil (véase el trabajo citado de Langenscheidt, 1985) en poblaciones recientes, contemporáneas y del mismo espacio geográfico, son otro indicio del cuidado que se ha de poner en el uso y, más aún, en la interpretación de este tipo de correcciones.
En la aplicación de los índices de corrección, que puede verse en la bibliografía citada por Kunter, no son evaluados en absoluto los resultados de las investigaciones sobre la incidencia de las condiciones de higiene en las pautas de mortalidad.
En esta especialidad se coincide en que tienen que haber existido épocas con niveles de virulencia de intensidad variable que, incluso, siguen produciéndose en la actualidad.
Este resultado significa, pues, que bajo las mismas condiciones externas, este factor por sí sólo aumenta o reduce los índices de mortalidad de una población.
Además, los resultados extraídos a partir de la paleopatología en relación a la aplicación de los índices de corrección a los datos de mortalidad, se tienen en cuenta sólo de manera escasa.
Esta información permitirla, con las cautelas pertinentes, deducir el grado de conocimiento y tratamiento médico existente en las poblaciones.
En caso de contar con información de este tipo tal y como sucede para los alamanes de época merovingia (Württemberg), se puede partir de la idea de que el cuidado natal y post-natal puede prevenir los riesgos de infección.
Debido a que el autor ha realizado trabajos pioneros precisamente en este campo, resulta todavía más sorprendente que este aspecto no sea recogido en la digresión sobre la interpretación de los resultados paleodemográficos.
La conclusión de Kunter (p.
113), de que las «condiciones prehistóricas son... como la época moderna... », no resulta convincente a la luz de los aspectos comentados.
Este es sobre todo el caso en cuanto a la comparación que se pretende establecer con los resultados de Schulz (1985Schulz (, 1987)), ya que, entre El Argar y El Oficio, Kunter no constata las mismas condiciones, incluso si se obtuviera información adicional a partir de métodos mencionados tales como radiología, histología y Scanning Electron Microscopy.
Además, en los análisis paleopatológicos se suele constatar que métodos considerados «más precisos» verifican, y sólo ocasionalmente falsean las observaciones macroscópicas previas.
La comparación sólo seria lícita si las condiciones de vida fuesen aproximadamente parecidas en las muestras referenciales.
Para éllo, sin embargo, faltan los puntos de referencia necesarios.
Este sería sin duda alguna un nuevo campo de interés a abordar por los prehistoriadores para obtener, junto con la antropología física, inferencias paleo-demográficas más interesantes y apoyadas en bases más sólidas que las proporcionadas por la mayoría de los trabajos paleo-demográficos actuales.
Si se resumen, por lo tanto, las correcciones aportadas aquí de manera general sobre los datos paleodemográficos, las posibilidades de interpretación y enunciado a partir de ellos se restríngen considerablemente hasta un nivel de probabilidad reducida, no determinable con exactitud por medios estadísticos.
Esto mismo es válido también para los cálculos del tamaño de la población o la tasa de fertilidad.
Pocas veces se realiza el esfuerzo por determinar posibles estructuras sociales y definir, en términos antropológicos, las diferencias entre estos grupos.
En este sentido, la obra de Kunter no representa ninguna excepción.
Para el análisis paleodemográfico se tienen en cuenta estas diferencias, pero no en relación a la T. P., 1992, nI! 49 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es morfología.
Esto es comprensible debido a que los datos disponibles no son lo bastante amplios como para fundamentar los enunciados correspondientes.
Sin embargo, no se discute en qué medida la diferencia establecida por Kunter entre un grupo social más elevado, con ajuar metálico, y otro más bajo, sin este tipo de material, está justificada desde el punto de vista arqueológico (ver, en cambio, la propuesta de Lull y Estévez, 1986).
La constatación de diferencias sociales, tanto desde una perspectiva antropológica como arqueológica, pudo realizarse para poblaciones de Alamanes, de época merovingia, en Württemberg (Czarnetzki et al, 1983).
Las diferencias antropológicas se correspondían también con las observaciones realizadas entre clases sociales de poblaciones modernas (Schumacher y Knussmann, 1978).
Mientras Kunter, en base a su subdivisión establecida a partir de la presencia o ausencia de objetos de metal en las tumbas argáricas, únicamente constata grupos de edad, los datos aportados para las criaturas sugieren un mayor cuidado precisamente de este grupo de edad entre las clases sociales ~más altas».
De ello se deduciria que, justamente en estos grupos, se producirian mayores niveles de mortalidad entre la población adulta, tal y como queda reflejado en los porcentajes.
Por ello, los histogramas aportados podrian interpretarse como reflejo de diferencias sociales, más que estrictamente como una cuestión de edad en la distribución del metal en los ajuares.
De todas formas, cabe considerar la validez de usar la presencia de metal en las tumbas como criterio exclusivo de diferenciación social.
Otros tipos de ajuar, especialmente la cerámica, o la importancia de los contenedores quedan sin discutir.
Por lo tanto, la conclusión de que no existen marcadas diferencias sociales entre las poblaciones argáricas, sino exclusivamente grupos de edad, no puede ser aceptada en base a esta línea de argumentación.
Finalmente, parece importante comentar el significado de los enterramientos individuales y múltiples.
Kunter simplemente señala la frecuencia en la que aparecen las diferentes combinaciones.
Incluso pasa por alto las posibilidades de efectuar un análisis de parentesco, algo que comienza a ser bastante frecuente, independientemente del valor que se le quiera otorgar en el estado actual de la investigación.
Precisamente, trabajos recientes han demostrado que en las Minutiae (variantes menores y mayores que, por lo general, son escasas en las muestras) existe la posibilidad de evaluar, a partir de la coincidencia de estas variantes escasas, indicios de parentesco.
Sin embargo, cabe tener en cuenta que su ausencia no equivale a una demostración negativa.
Una razón para la omisión de tales tipos de estudios podria verse en publicaciones tales como la de R6sing (1984) o en las recientes aportaciones de Herrmann (Reunión de Antropólogos Alemanes Binz/Rügen, 1991) que, al parecer, no conocen de manera suficiente la evolución hereditaria de estos rasgos caracteristicos (d.
Los aspectos positivos y negativos del trabajo de Kunter no son de tanto peso como podria sugerir, a primera vista, la critica metodológica esbozada aquí a un nivel general.
Se ha querido resaltar también que los análisis de Kunter sobrepasan con mucho, en algunos aspectos, el nivel observado normalmente en publicaciones monográficas sobre material antropológico.
Es por ello que los elementos de critica y los aspectos deficitarios del trabajo señalados aquí, deben ser entendidos, no tanto como un mero ejercicio de critica, sino como una propuesta de líneas de investigación para futuros trabajos paleoantropológicos. de la ciudad y, por consiguiente, dependerían de la misma, desde el punto de vista religioso, político y social.
Se trataría, por tanto, de una extensión de las manifestaciones religiosas de la ciudad.
Desde el punto de vista arquitectónico los santuaríos extraurbanos más relevantes serían los templos situados en las fronteras entre los territorios de las colonias griegas de Magna Grecia.
Como «santuarios fronterizos» representarían los intereses políticos de cada colonia pero servirian, asimismo, para enfatizar el carácter gríego del territorio.
Debido a su localización, junto a ríos y promontorios, estos templos serían no sólo visibles, sino que también proporcionarían un espacio neutral como lugar de reunión entre diferentes grupos coloniales y, quizá, no sólo de griegos.
En el caso de Gravisca se trataría de un santuario portuario fundado por griegos para cultos griegos pero con carácter etrusco posterior, como demuestran las dedicatorias, vinculado a Tarquinia como ciudad portuaria.
En Etruria, los santuarios extra-urbanos equivalentes, representarían los intereses y necesidades de las diferentes comunidades.
Del mismo modo, en esta región, los llamados ((santuarios políticos», a diferencia de los santuarios fronterizos de Magna Grecia, no tomarian la forma arquitectónica de los templos urbanos extramuros.
La función principal de estos santuarios sería proporcionar un buen lugar de reunión y encuentro para los representantes de las comunidades próximas, donde incluso podrían residir durante períodos limitados de tiempo.
El aspecto religioso estaría ligado a procesiones, banquetes, competiciones, etc.
4° Por último, los «santurlos extramuros», localizados en las inmediaciones de la ciudad.
Vinculados, en general, al agua y a la purificación, por lo que las exigencias del ritual del culto serían suficientes para justificar su emplazamiento.
La autora se inclina por la interpretación de Pogio Civitate como santuarío, alineada con las tesis de Caputo (1970), Cristofani (1975), Staccioli (1970), etc. Para ella, se trataría de un lugar de encuentro ritual de gentes de áreas próximas y así, los frisos decorativos servirían para destacar el papel del edificio como lugar de reunión, con carácter político, más importante de la zona.
Defiende, por tanto, su interpretación como sede de una confederación religiosa.
Hoy en día, sin embargo, parece que cobra mayor relieve su interpretación como residencia dinástica de tipo palacial (Torelli 1985), lo mismo que ha ocurrido con Acquarossa.
En la P. Ibérica contamos también con un caso similar en Cancho Roano interpretado primero como santuario (Maluquer, 1981(Maluquer,, 1987) ) Y últimamente como edificio de caráter palacial (Almagro-Garbea et alii 1991).
Respecto a la propia interpretación de los santuarios parece muy sugerente su clasificación (el papel de las aguas, los bosques, caminos, etc... ).
Quizá su visión del mundo etrusco, como sociedad eminentemente urbana, donde la ciudad domina el campo, sea excesiva, infravalorando el peso del mundo rural que debió jugar un papel más destacado con sus formas de expresión religiosa propias, eminentemente pobres y, por ello, más difíciles de rastrear arqueológicamente.
Independientemente de algunas interpretaciones polémicas, resulta envidiable la visión general que se ofrece sobre los santuarios etruscos y de Magna Grecia, habida cuenta del estado tan embrionario en el que nos encontramos en los estudios sobre este campo en la P. Ibérica.
Para aquellos interesados en el mundo de la metalurgia prehistórica, particularmente en la del oro, existen dos hitos que marcan el transcurso de la investigación actual: el primero fue la obra de A. Hartmann sobre datos analíticos de los oros peninsulares, publicada en 1982; el segundo es este libro que me cabe el placer de comentar.
Su gestación es prolongada; la idea parte de 1966, como dice el autor en su prólogo, y va madurando hasta 1985, fecha de actualización de datos.
La larga espera hasta su edición se debe sin duda a lo voluminoso y complejo de la obra, de tal manera que no exagero si la califico de enciclopédica.
Llegado este punto tendré que justificarme.
El propio título aclara la estructura de la obra y a la vez plantea cuestiones conceptuales importantes.
Título y subtítulo son partes bien diferenciadas que hubieran podido publicarse de manera independiente, sin perder por ello su validez.
La parte «Techniques des Ors Antiques» es la recopilación exhaustiva de la investigación pasada y presente sobre el tema.
En seis largos capítulos se expone el conocimiento actual sobre las técnicas de orfebrería prerromanas en todo el Mediterráneo y Próximo Oriente, con apartados específicos aplicados a la Península Ibérica que salen del marco cronológico estricto establecido -siglos VII a IV a.
Aborda asuntos polémicos como el origen del metal y las distintas interpretaciones de los análisis de A. Hartmann; establece origen y fechas para las primeras piezas moldeadas peninsulares; ordena y define todas las técnicas de base laminar; identifica modos de trabajar el hilo de filigrana; describe el granulado; reconstruye los elementos de la joya; y un largo etcétera que sería tedioso enumerar.
No voy a comentar el debate sobre la cuestión analítica, que ya abordé in extenso en otro lugar (Perea, 1991), puesto que coincido en lo básico con el autor, aunque personalmente soy bastante más escéptica que él en cuanto a la validez de la línea de investigación emprendida por el laboratorio de Stuttgart en sus planteamientos actuales.
Sí quiero, en aras del debate científico, polemizar sobre algunos aspectos relacionados con la tecnología prehistórica peninsular.
No creo que el problema de la aparición del trabajo del oro deba restringirse a su asociación o no con la cerámica campaniforme, pero me es difícil aceptar la tradicional perdurabiliad de una hipótesis según la cual las láminas decoradas se fabricaron mediante la utilización de cerámica~ campaniformes como matriz (p.
66), con lo cual ambos materiales quedan indefectiblemente asociados.
Tecnológicamente, el método propuesto es inviable o poco práctico y arqueológicamente la asociación es más que dudosa, si existe (Perea, 1991: 51-54, cuadro 1; Pingel, 1986).
Esto no impide mi acuerdo en que la generalización del empleo del oro, como símbolo de estatus o prestigio, sea un fenómeno campaniforme.
De extraordinario interés me parece la posibilidad de distinguir entre un batido «primitivo o vertical» y un batido «progresivo» en la fabricación de láminas de oro, base técnica de muchas de las realizaciones de la orfebrería antigua (capítulo m, 1 parte).
Sin embargo, la práctica del pulido posterior impide la permanencia de las huellas que identifican uno \.l otro método, haciendo inviable la distinción salvo para las etapas iniciales de la metalurgia del oro -Calcolítico y Edad del Bronce-.
Este mismo problema de superposición de huellas se plantea en el caso del fundido o moldedo (capítulo n, I parte).
Aquí la cuestión es determinar cuando podemos considerar una pieza fabricada en molde (pág. 50).
En mi opinión, moldeado del cobre y moldeado del oro son T. P., 1992, n ll 49 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es sincrónicos, como sincrónica debe ser la metalurgia de ambos metales.
El trabajo del metal en sus primeras etapas se basaba en mayor medida en el martillado para dar forma a una pieza; pero siempre se parte de un fundido inicial de la porción de metal que se va a amplear, y aquí quiero dar fe nuevamente de mi escepticismo en cuanto al trabajo directo de la pepita de oro encontrada en el río.
¿Hasta qué punto ese fundido inicial puede conformar la morfología definitiva de la pieza? o en otras palabras, ¿qué cantidad de trabajo de martillado ha necesitado el material fundido para adquirir la forma deseada? creo que es una cuestión de límites, y por ello, hasta cierto punto arbitraria.
El paso de una tecnología basada mayoritariamente en el martillado a otra exclusivamente de moldeo no puede establecerse en un momento determinado porque se trata de un proceso y no de un invento.
En el capítulo dedicado a la fabricación de hilo para la filigrana (capítulo IV, 1 parte) se describen un buen número de técnicas, algunas de las cuales requieren el empleo de la hilera.
Sin entrar en la polémica de la existencia de semejante artilugio en época prerromana, creo más prudente evitar el término «hilo trefilado» por el más aséptico de «hilo alisado» que el autor emplea ocasionalmente.
La identificación de una determinada técnica en la fabricación de hilos es una tarea compleja que sólo ha empezado a estudiarse muy recientemente.
La observación de las piezas con lupa binocular es un prímer paso que debe completarse con métodos que permitan un mayor distanciamiento de lo opinable o subjetivo.
Así, el microscopio electrónico ofrece esta posibilidad como el propio autor apunta (p.
Ejemplo de que la investigación todavía está en sus inicios es nuestro fructífero desacuerdo en cuanto al sistema de fabricación de los hilos en el taller de • (Perea, 1990).
Lo mismo cabe decir de las técnicas de soldadura en el granulado (capítulo V, I parte); los análisis realizados son contadísimos y sus resultados objeto de diversas interpretaciones.
Por ello, creo que opinar sobre el método de soldadura empleado en determinadas piezas, sobre la base de su aspecto o color superficial y careciendo de datos analíticos, es cuanto menos arríesgado.
El bloque dedicado a «La bijouterie ibérique du VII au IV siecle» comprende tres partes: catálogo y tipología de las piezas (III parte); descripción de los yacimientos arqueológicos y grupos en que ha quedado ordenada la joyería ibérica (Il parte); finalmente un estudio iconográfico (IV parte).
El término (!ibérico», según el empleo que hace el autor tiene un significado ambiguo y poco habitual.
Por un lado se refiere exclusivamente al ámbito geográfico de Iberia, pero por otro, concierne a aquellas realizaciones propias del ámbito de desarrollo de la cultura ibéríca peninsular: Levante y S.O. a partir del siglo VI-Va.
C. Sin embargo, a la hora de establecer una cronología relativa para los I<tesoros» distingue dos grandes etapas: una época arcaica, desde el siglo VII a mediados del V, y una época media posterior (p.
Al pasar a términos más generales, incluyendo todas las piezas recogidas en su catálogo, propone una ordenación tripartita, con distintas denominaciones (p.
C.; un segundo arcaísmo, (<ibérico antiguo» o «tartésico tardío» entre el 560 y el 440; y una época media o (<ibérico pleno» entre el 440 y el 260, con una segunda fase hasta la romanización.
Esta ordenación se completa con otra basada en grupos geográficos, al modo de la que hizo Raddatz (1969) para los tesoros peninsulares, cuyo sentido no acaba de quedar perfectamente claro.
En el caso de Cádiz sí parece claro que grupo geográfico es equivalente a taller o centro de producción, pero no así en otros.
Por ejemplo, el grupo (<ibérico propiamente dicho» se caracteriza precisamente por su heterogeneidad (p.
244), argumentando su unidad en la existencia de un tipo de pieza, boucles d'oreille a liga tu re, que a mi entender no puede ser significativo porque, primero, es una creación originaria del mundo fenicio-púnico, segundo, su dispersión geográfica va más allá de los límites fijados para este grupo, y tercero, su cronología se extiende más allá y más acá de la época media a la que pretenden caracterizar.
Creo que el estudio geográfico debiera haberse limitado a los mapas de dispersión puesto que, tal como queda planteado, confunde más que ayuda al lector; y en todo caso, plantear separadamente la cuestión de la existencia e identificación de talleres.
La propuesta de cronología absoluta es el aspecto más innovador de este enjundioso estudio, y por ello una de las que suscitará mayor polémica.
El criterio fundamental es el contexto arqueológico para aquellos contados casos en que existe.
El segundo, y casi exclusivo, criterio empleado es el tecnológico sobre la base del modelo difusionista: «... la réalité de cette diffusion est indéniable... » (p.
623); esta declaración de principios tan radical es, en mi opinión, ciertamente discutible.
Finalmente, se apoya en paralelos formales y estilísticos.
Uno de los aciertos que me parece importante señalar, porque marca la ausencia de prejuicios con la que se ha abordado este estudio, es la valoración de conjunto de la orfebrería peninsular: «... l 'Ibérie s' inscrivant parmi les centres de création au méme titre que l'Etrurie ou la Grece continentale... » p.
Así por ejemplo, la producción áurea de Cádiz se contempla desde una perspectiva que arroja mayor luz a la corta visión tradicional: la supuesta dependencia de Cartago no es tal, sino que por el contrario, fue Cádiz el centro difusor de muchas de las innovaciones técnicas y tipológicas (p.
Por lo que respecta a los contactos con Etruria, no serian anteriores al siglo VI a.
C. puesto que el autor toma, en este caso, como referente cronológico las piezas etruscas para situar las ibéricas, y no al contrario...
Argumenta que el granulado de fondo presente en algunas piezas de Aliseda no puede ser una innovación tecnológica peninsular (p.
157) y que en Etruria éste sólo aparece en el último cuarto del siglo VI; por ello, fecha el cinturón y los brazaletes de Aliseda a partir de ese momento (p.
No veo la razón por la que no se pueda pensar en creaciones independientes cuando el granulado de fondo etrusco y el peninsular presentan aspectos formales y técnicos muy diferentes, y cuando la creatividad y originalidad de los talleres locales está suficientemente probada; en cualquier caso, la influencia etrusca se puede rastrear con bastante anterioridad en la Península; por ejemplo, la lámina de Peña Negra, Crevillcntc, con palmetas y ánades estampadas tiene estrechos paralelos formales iconográficos y técnico!> de la producción etrusca de finales del siglo VII a.
Otra de las razones empleadas por el autor para rebajar la fecha de algunas piezas de Aliseda es de carácter iconográfico.
La palmeta cerrada, o de cuenco, sería caracteristica del segundo arcaísmo, posterior a mediados del siglo VI, porque así se fecha en Aliseda (p.
Es un argumento circular que no se sostiene.
Sin embargo, como el propio autor apunta, la palmeta de cuenco está presente en la iconografía peninsular hacia el siglo VII a.
C. en los marfiles del Bajo Guadalquivir e incluso en el escarabeo de amatista del propio conjunto de Aliseda, pieza que sí fecha entre los siglos VII-VI a.
C. en mi opinión, no hay ningún dato o argumento de peso que justifique llevar el grueso de las piezas de Aliseda hasta finales del VI, por el contrario existen toda una serie de indicios encadenados que aconsejarían situar el conjunto a inicios del siglo VI a. c., como fecha más tardía, y con piezas desde luego más antiguas (Perea, 1991: 210-211).
Tampoco me parece prudente atomizar las fechas de cada una de las piezas del conjunto del Cortijo de Ebora (Evora) (p.
C. (anillos de sello).
Ni el contexto arqueológico, ni la técnica, ni la tipología justifican esta enorme dispersión cronológica que propone, aun entendiendo con el autor que todas las piezas de un tesoro no tienen necesariamente que fecharse en el mismo mamen te.
En este asunto de la cronologia de un material tan especial como el oro hay que tener en cuenta que ciertas diferencias morfológicas o técnicas, e incluso estilísticas, no siempre deben achacarse a una supuesta diacronía sino que existen, aunque no seamos capaces de identificarlas, diferencias de taller e incluso de artesanos.
Por lo que respecta al catálogo, no pretende ser exhaustivo sino orientativo.
Los criterios selectivos del autor han sido los de representar todos los tipos y subtipos que ha identificado, y el de la c~lidad de las piezas.
El contenido de cada ficha es un completo resumen que incluye descripción técnica, iconográfica y argumentación cronológica.
Sólo quiero precisar algunas cuestiones que me parecen de importancia.
Las piezas nI! 276 a, b, c, que denomina «elementos articulados» son en realidad pendientes etruscos del tipo denominado «a baúle», tanto por tipología como por fabrícación, y así lo argumenté ya en otra ocasión (Perea, 1986a); no se pueden considerar piezas de fabricación peninsular puesto que además proceden de un heterogéneo conjunto de joyas compradas en el mercado de antigüedades.
La famosa «abeja de Cádiz» (nI! 269) creo que tampoco tiene cabida en este catálogo, en primer lugar porque sus características están en mejor acuerdo con una orfebrería de época romana que ibérica (Perea, 1986: not~ 66 a pie de p.) y en segundo porque según los rasgos anatómicos se asemeja más a una mosca que a una abeja.
La demora entre la finalización del estudio y la publicación es causa de ciertas ausencias que en ese tiempo han cambiado el panorama de la investigación.
Son hallazgos de la suficiente entidad como para dar noticia aquí.
Otro hallazgo de importancia ha sido el del conjunto de Segura de León (Badajoz) que matiza y completa el panorama de la orfebrería extremeña (Las piezas de oro de Segura de León..., 1985; Berrocal, 1989).
La IV parte del libro se dedica a la iconografía.
Constituye una guía completa de temas e imágenes en el mundo de la orfebrería.
Confieso mi incapacidad para abordar este asunto desde una perspectiva critica y lo dejo, por tanto, en manos de quienes puedan y quieran hacerlo porque me parece de la suficiente importancia como para dedicarle tiempo y espacio.
No renuncio, sin embargo, a señalar aquellos puntos que me han sorprendido.
Por ejemplo, en un afán, a mi modo de ver desmedido, por encontrar sentido a todo tipo de formas ornamentales el autor interpreta como representaciones esquematizadas del disco solar alado el registro inferior de las piezas en forma de lengüeta en la diadema'de Ebora (Evora) (pp. 562-563).
O bien, las semiesferas T. P., 1992, nI! 49 La razón del interés suscitado por el libro, se debe a su autor: Georges Henri Riviere, uno de los grandes impulsores de la Museología como ciencia y como vocación social tras la Segunda Guerra Mundial.
Una segunda razón son su título y subtítulo que hacen preveer que nos encontram~s ante un manual, una obra susceptible de ser utilizada como libro de texto.
Sin embargo ya veremos que esta apreciación, sin ser falsa no es del todo exacta.
La edición de esta obra de lujo está patrocinada por la «Asociación de Amigos de Georges Henri Rivierelt, depositaria de sus archivos, por ello el libro es un contínuo homenaje al museólogo: dedica un amplio espacio a su biografía recogíendo su relación con el mundo intelectual y social contemporáneo, sus creaciones esenciales siempre ligadas a sus cargos y una amplia bibliografía de sus escritos desde 1926 a 1987.
Georges Henri Riviere, director del Museo Nacional de Artes y Ediciones Populares de Paris hasta su jubilación en 1967, fue de 1970 a 1982 director de la Escuela del Louvre.
Colaboró en la creación del ICOM dentro de la UNESCO, institución que dirigíó de 1948 a 1966 y de la que fue consejero hasta su muerte.
Paralelamente fue redactor de la revista NouvelLes de I1COM y formó parte del Comité de redacción de Museum Su posición le permitió ser el máximo impulsor del «Ecomuseo como fruto del pasado, el presente, el futuro, la geología, el clima y la historia, los valores y las producciones de los hombres,. y animó en varias ocasiones la idea de que el ICOM publicase un completo «Curso de Museología», proyecto que sigue en marcha dentro de este organismo.
La principal característica de este tratado sobre museología, estriba en la forma en que ha sido realizado.
Recoge las enseñanzas de G. H. Riviere durante sus años como director de la Escuela del Louvre, de eUas sólo quedaban textos policopiados que variaban de año en año en una continua puesta al día y que ya eran mencionadas en los escrítos sobre museología elaborados por autores españoles (León, 1982; Salas, 1980).
Los textos han sido redactados por sus discipulos, coordinados por Hélene Weiss, quien explica la forma en que se han revisado y cotejado durante dos años los apuntes de clase de los alumnos asistentes a la Escuela y se han enviado cuestionarios a discípulos relevantes sobre temas concretos museológicos a fin de conocer su opinión y por la cercanía de las respuestas establecer la pervivencia del «espíritu de Riviere».
La exposición que se hace del plan metodológico de la obra y del establecimiento de su contenido, nos parece del máximo interés ya que justifica la sorprendente concisión de los textos, seleccionados mediante un sistema que podríamos considerar de trabajo de campo etnográfico, no en vano era la disciplina científica por la que mayor interés mostraba el autor.
El plan de la obra, al margen de los apartados dedicados al inspirador del contenido, se adecúa al programa de los Cursos de Museología del Louvre, mientras él los dirigíó, bajo cuatro amplios epígrafes «Museo y Sociedad», «Museo y Patrimonio», «Museo, instrumento de educación y cultura», «La institucíón museistica».
La mayoria de los tratados sobre museos comienzan con la definición de los términos¡ «museo», «museología» y «museografía», y éste no es una excepción.
La peculiaridad es que presenta una evolución de los vocablos en la que el propio Riviere participó y que lleva intrínseca el afán de acercar cada vez más la cultura a la sociedad y a su entorno.
La clasificación según Riviere de los diversos tipos de museos, es un desarrollo de la del ICOM, pretende ser exhaustiva y ha sido recogída en nuestro país por diversos autores que contemplan también otras posibilidades.
Resaltamos la diferenciación entre «museos multidisciplinares»: museos mixtos, conjunto de museos unidisciplinares sin relación, como ocurre en la mayoría de los museos locales y «museos interdisciplinares», de tema único tratado en todos sus aspectos.
Se ejemplifica a lo largo de todos los capítulos pero siempre haciendo mayor hincapié en los «ecomuseos», como ejemplo de museo interdísciplinar y de finalidad didáctica.
Como complement.o, H. Weiss muestra una serie de imágenes de distintos museos con diferentes ubicaciones, disciplinas, propiedad, etc., con el fin de que el lector puede establecer su propia clasificación.
Esta es un efectiva técnica escolar que obliga al alumno a observar, establecer comparaciones y extraer conclusiones.
La política cultura de los museos, según su pertenencia al mundo capitalista, socialista o tercermundista, resulta en la fecha actual demasiado simplista por razones conocidas para todos.
Un apartado que merece especial mención por su actualidad es el dedicado a la documentación.
Redactado sobre textos de Yvonne Oddon, desaparecida en 1982, esboza las lineas directrices que debe seguir dentro del museo una pieza desde su ingreso hasta su puesta disposición del público.
Apunta, sin desarrollar, la ayuda que la informática puede prestar al museólogo e investigador.
Este aspecto ha sido estudiado en los últimos años entre otros por la Museum Documentation Association (Light et al., 1986), el Servei de Museus de la Generalitat de Catalyunya (Generalitat, 1987(Generalitat, -1989) ) Y el Ministerio de Cultura.
La obra en conjunto, más que aportar soluciones aporta ideas de actuación y líneas directrices básicas de conservación, documentación, política educativa y cqltural, organización y distribución interna y arquitectónica del espacio museístico y breves nociones sobre gestión administrativa y del personal.
Destaca que cada museo es T. P., 1992, n" 49 diferente dependiendu de su disciplina, tamañu, ubicación, etc. y que tanto la planificación estructural cumo la de urgencia en las políticas de adquisiciones e investigación deben ir ligadas y son la base del Museo, pues determinan la previsión de ampliación de almacenes u salas de reserva, el espacio destinado a recepción de piezas y su registro, su documentación, su exposición y difusión al público y las medidas preventinas y de cunservación con que deba equiparse el centro; siempre, repetimus, acorde con las características y ubjetivos del Museu.
Subrayamos y apoyamos la relación intrínseca de las políticas de adquisición e investigación ya que desde algunos ámbitos de la Administración se ha intentado implantar una tendencia, que separa la investigación de todos los demás aspectos que entran en la definición de «museo», que el propio Reglamento de Museos de Titularidad Estatal (España, 1987) hace suya.
Esta polémica inclinación cunduciría a que la única misión de lus museus y su personal sea preparar las piezas museísticas lu mejor posible, para que desde la Universidad las estudien y desde los Estudios de Diseño las expongan.
Interdisciplinaridad no debe significar abandono de funciones, sino coordinación de las mismas.
A lo largo de toda la obra se mencionan y muestran ejemplos gráficus, positivos y negativos, de diversas tendencias arquitectónicas, expositivas y tipológicas.
Estas citas aluden mayoritariamente a casos franceses, pero también a otras naciones y continentes, no en vano se trata de textos para la escuela museológica francesa.
La única referencia a la trayectoria museística española es a las colecciones de especímenes de la Naturaleza de Toledo y Sevilla en el siglo XI, ni siquiera se cita el Museo del Prado junto al resto de los europeos creadus en similares fechas.
E! capítulo final de la obra escrito por André Desvallées, sigue el espíritu de puesta al día de Riviere, pues se dedica a la «Museología tras G. H. Riviere» en el que enfatiza las actuales tendencias en las que predomina la exposición temporal sobre la permanente.
El capítulo dedicado a la bibliografía esencial y actualizada hasta 1987, recoge obras francesas y algunas escritas en habla inglesa.
En nuestro país la publicación de temas relativus al mundo de lus museos se la debemos, en las últimas décadas, a la Asuciación de Archiverus, Bibliutecarios, Documentalistas, a la colección «Cultura y Comunicación» del Ministerio de Cultura y a lus Museos de Cataluña.
«La Muséologie» recoge enseñanzas impartidas en la Escuela del Luuvre, la cual comenzó su andadura en 1882 con el estandarte de pionera en las enseñanzas relativas a los temas museugráficos y documentación de las piezas, sin embargo en España existía ya la Escuela de Diplomática en la que se formaban los Facultativos del Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos.
Desde 1987, la Escuela del Louvre ha sido transformada en una Escuela de Patrimonio (Sainte-Marie, 1987), con la finalidad de educar en la gestión y conservación en cualquier tipo de Patrimonio Históríco, en la línea de actuaciones que se ha seguido en algunas Comunidades Autónomas de nuestro país como Cataluña o Andalucía y que, en algún momento, se pensó en el Ministerio de Cultura.
El relevo en las enseñanzas museísticas en Europa ha sido tomado por el Departamento de Estudios Museológicos de la Universidad de Leicester, Reino Unido (Lewis, 1987), que ha editado varios manuales de museología (Kavanagh, 1990; Pe arce, 1990) con deseos de universalidad.
Dentro de las enseñanzas museológicas que se imparten en nuestro país destacamos el Master de Museología de la Universidad Complutense, con un profesorado variable, ligado al mundo de la Universidad y los museos, pero sin que hasta el momento, se haya planteado la publicación de trabajos de elaboración y teoría propias, al estilo del comentado. o último número de Trabajos de Prehistoria apresenta urna extensa recensilo bibliográfica -tem cerca de 7 páginas-sobre um trabalho, relativamente recente, por mim publicado.
Un cordial saludo, Carlos G. Wagner».
399) erro absolutamente básico e elementar.
E evidente que o seu raciocinio se caracteriza, essencialmente, pelo prazer sofista da argumenta l, no entanto, o próprio e G. Wagner diz isso mesmo em 1988 e em rela(lw aos mesmos povoodos: «Además de que las comunicaciones con el interior se ven seriamente • dificultadas por las montañas que se extienden a pocos kilómetros de la costa, el hinterland inmediato no refleja, ni mucho menos, la existencia de un intenso tráfico comercial.
Por otra parte, no se comprende bien la necesidad de tantos asentamientos contiguos destinados hipotéticamente a dar salida a los productos del interior, mientras que un comercio puramente local es difícilmente concebible dada la ausencia de importantes centros de población autóctona» (González Wagner, 1988: 424) Entlw como é? os argumentos só silo válidos e inteligentes se usados por González Wagner?!
Nao passamos todos de simples positivistas. |
que tiene por objeto la documentación del arh.: rupestre de la región.
Las figuras paleolíticas de Covalanas forman un conjunto sincrónico y ordenado que emplea la técnica del tamponado y otros procedimientos pictóricos próximos a la misma.
A partir del análisis estilístico de las figuraciones y de los signos. y de comparaciones con otros santuarios mejor fechados se estima que puede pertenecer a un momento avanzado del Solutrense Cantábrico.
cambio:-, intmducidos l'l1 10:-' planteamiento:-, Illl'lodológicos de la il1\estigación sobre d arte parietal paleolítico obligan a una recugida exhaustiva de infurmación directa a partir de los originales, mediante la utilización de las técnicas actualmente disponibles.
Desarrollo de los trabajos U na de las primeras deficiencias que pudilllos observar a la hora de abordar la revisión de las pinturas de la CUl'va de Covalanas fue la carencia de un plano topográfico correcto de la misma.
La topografía originalmente publicada, obra de Alcalde del Rio (1906: Es\.
1; Alcalde dd Río, Breuil y Sierra 1911: 15) era manifiestamente inexacta, como se podía com probar en una simple observación visual en la cueva, y no permitía tener una idea precisa de la distribución de las figuras.
Más aún, la segunda galería, situada al norte de la conocida por sus pinturas, era completamente diferente en su desarrollo.
El detalle incluido en la obra de Leroi-Gourhan (\ 971: 277), por su carácter esquemático, tampoco subsanaba esta deficiencia.
Por ello se acometió la tarea de realizar un nuevo plano completo, incluyendo todas las galerías de la cueva, con la posición exacta de las pinturas y otros restos de coloración.
Tras un primer reconocimiento de detalle se tomaron varias series de fotografías de las pinturas, tanto en diapositivas de color convencional como infrarrojas (iluminando con flash electrónico y lámparas de incandescencia).
A partir de ellas se realizaron las reproducciones de las figuras, manteniendo el control de las dimensiones a través de las series de medidas tomadas in situ.
El trabajo, en su conjunto, ha sido desarrollado por un equipo del Area de Prehistoria del Departamento de Ciencias Históricas de la Universidad de Cantabria bajo la dirección de los firmantes de este artículo y con la participación de varios estudiantes y postgraduados adscritos al mismo.
La topografía ha sido realizada por E. Torres Casio, del Speleo Club Cántabro Universitario.
La campaña fue financiada con una subvención de la Consejería de Cultura, Educación y Deporte de la Diputación Regional de Cantabria, que asimismo concedió el correspondiente permiso para los trabajos.
Las pinturas de la Cueva de Covalanas fueron descubiertas por Hermilio Alcalde del Río y Lorenzo Sierra (<<uno a continuación de otro y separadamente», como precisa éste último) el 11 de septiembre de 1903, en el curso de una de sus campañas de exploración por la zona (Alcalde del Río 1906: 43; Sierra 1908: 140).
Solamente dos días después localizaron igualmente las pinturas de la Cueva de La Haza, y de la lectura de las referencias de estos autores conocemos que también exploraron con detenimiento la boca y galería de la Cueva del Mirón, bajo Covalanas, y otras cavidades de la zona de la hoy día llamada «Pared del Eco» (Alcalde del Río 1906: 46; Alcalde del Río, Breul y Sierra, 1911: 10-11; Sierra 1908: 140).
Resulta interesante señalar que Sierro cita en ese mismo lugar que Covalanas era también conocida como Cueva de Las Herramientas, denominación hoy día desaparecida de hecho.
Las referencias al posible yacimiento arqueológico de la entrada son poco precisas.
Se habla de unas limitadas excavaciones con hallazgos similares a los de La Haza: algunos «cantos trabajados y utilizados» a los que se atribuye una cronología paleolítica, así como restos de cerámica que evidenciaban la frecuentación de la cueva hasta épocas recientes (Alcalde del Río 1906: 46; Alcalde del Río, Breuil y Sierra, 1911: 22).
Sierra, por su parte, es algo más preciso, señalando el hallazgo de algunos útiles líticos, restos óseos de oso, ciervo y jabalí, así como un fragmento de cerámica.
En el Museo Regional de Prehistoria de Santander se conserva algo de material lítico y paleontológico -éste último identificado por A. Morales Muñiz, de la Universidad Autónoma de Madrid-, conjunto muy poco diagnóstico que no aporta nada a la cronología de la ocupación.
El relleno dL o la entrada de la cueva fue eliminado cuando se rebajó d ni\"l~1 del suelo. \ por tanto no es posible efectuar ninguna comprobación en este sentido.
Como en el caso de La Haza -y de otras cuevas de Cantabria-ese acondiciunamiento supuso la radical alteración de la furma de accesu al intel"Íur de la cueva. que huy se hace de pie. frente a los datus de los autures antiguos que señalaban la necesidad de penetrar encorvados (Alcalde del Río.
Las inter'venciunes humanas recientes debieron incluir numerosos grafitos en las paredes. que fueron posteriormente sometidos. en fecha desconocida, a una limpieza tan minuciosa como destructiva: esta verdadera dallllwtio 1I11.'1I1Oriae ha supuesto d piqueteado de zonas a veces amplias de la pared, en casos inmediatas a las propias pinturas; esos piqueteados y raspados incluso han sido «revocados» claramente con balTO en algunas ocasiones para producir un decto visual menos lIar.lativo.
Por otro lado. esta intervención ha sido netamente selectiva: se han eliminado los grafitos, pero también parece posible que lo hayan sido los puntos o trazos de color negro y textura carbonosa que son frecuentes en toda la cueva, especialmente a la entrada, pero faltan por completo en la zona de las figuras.
Los restos de pintura y trazos rojos, que aparentemente han sido respetados, pero no siempre.
Por ejemplo, el signo AA ha sido borrado casi por completo.
Por fortuna, nunca llegó a instalarse la luz eléctrica en Covalanas, pero el hecho de que el suelo natural de la zona de las pinturas se haya mantenido seguramente a la misma altura que estaba en el Paleolítico ha dejado las mismas a una altura completamente accesible, que si bien permite reconstruir hipotéticamente la perspectiva y efecto visual de los autores, ha supuesto también el inevitable roce de los visitantes con las figuras, lo cual es especialmente notorio en los salientes, o a la entrada del llamado divertículo (paredes C y D), donde el frotamiento ha hecho desaparecer parte de la pintura.
La cueva de Covalanas está situada en la ladera del Monte Haza o Pando, que domina la margen derecha dd río Calera, a unos centenares de metros aguas arriba de su confluencia con el Gándara.
Los caracteres de la zona y sus yacimientos prehistóricos ya han sido descritos en otra ocasión anterior por nosotros (Moure, González Sáinz y González Morales 1987: 59-71 y mapa en Fig. 1; González Morales y Moure Romanillo, 1989), por lo cual no entraremos en más detalles al respecto.
Solamente es importante señalar la estratégica posición que ocupan tanto El Mirón como Covalanas, dominando completamente el fondo del valle y la confluencia de los ríos, y a la vez el paso obligado por el. curso del Calera hacia Lanestosa y su estrecho valle, por donde aún corre el antiguo camino real hacia Burgos; en segundo lugar, su presencia como elemento destacado y perfectamente visible desde un amplio territorio, con lo que ello pudiera tener que ver con su elección como lugar donde realizar este grupo tan singular de representaciones pictóricas.
Seguramente que no es ajeno a tal situación estratégica el que, según los autores antiguos, durante las acciones de las guerras carlistas (a las que Ramales de la Victoria debe la segunda parte de su nombre), la boca del Mirón se fortificara, llegándose a instalar en ella un cañón (Alcalde del Río, Breuil y Sierra, 1911: 11)
Descripción de la cueva
Covalanas está formada, en realidad, por dos galerías independientes que se abren a un porche http://tp.revistas.csic.es común de modestas dimensiones v visera pocu profunda.
A unas decenas de metros al Oeste se sitúa otro abrigo o covachu, algo más amplio, alineado con la dirección de la gak'ría de las pinturas, pero que no parece haber cumunicadu cun ella, al menos en un pasado reciente (ver planu en Fig. 2).
La galaía derecha en el sentidu de entrada, o galel"Ía de las pinturas, tiene una trayecturia relativamente rectilínea, cun variaciunes moderadas en anchura.
Su perfil transversal es disimétrico, predominando en altura la pared derecha de la galería, en tanto que en la izquierda el techo se mantiene relativamente más bajo.
El suelo, como antes se indicaba, ha sido rebajado en toda la zona de entrada, en ocasiunes en más de un metro de espesur.
Peru a medida que se penetra en la cueva se percibe en las marcas de depósitos arcillusos sobre las parL'des que el nivel del suelo iba bajando rápidamente hacia el interior, hasta coincidir con la superficie actual a una veintena de metrus de la entrada.
A lus 70 m. la galería se estrecha considerablemente v se bifurca en dos conductos principales, que a su vez se ramifican nuevamente determinando una especie de laberinto final donde buena parte de las gateras son infranqueables, y por supuesto de proporciones mucho más reducidas que la galería de entrada.
En la pared izquierda, justo antes del estrechamiento, se sitúa en un conducto paralelo, a un nivel algo superior con respecto al suelo de la galería, que es el usualmente denominado «divertículo».
La cueva presenta escasas formas de reconstrucción litoquímica: son de destacar algunas columnas aisladas en la zona inicial de la galería y algunas banderas en las zonas altas, junto a los techos.
Las formaciones parietales tampoco son muy abundantes, pero es evidente que algunas neoformaciones han cubierto parcialmente las pinturas paleolíticas.
La galería izquierda difiere sensiblemente en su desarrollo del plano publicado por Alcalde del Río, sobre todo en lo que se refiere a la orientación de la amplia galería del fondo.
En toda ella son más frecuentes las formaciones e igualmente se aprecian en las paredes restos de trazos negros, como los que abundan en la zona inicial de la galel "Ía de las pintur" as.
No entramos en una descripción más detallada de la galeria por caer fuera de los objetivos del presente trabajo.
Hay dos tipos de evidencias parietales en Covalanas: de una parte las representaciones paleolíticas, sistemáticamente en color rojo; de otro lado, son muy abundantes los restos de coloración negra, que se reducen a pequeños trazos con carbón vegetal, puntos y líneas de escasa longitud.
La dispersión topográfica de unos y otros restos es bien distinta.
Las representaciones paleolíticas se concentran esencialmente en un área de unos 12 m. de longitud, sobre la galería principal y un divertículo anejo de orientación paralela a esa galeria (Fig. 3).
Se trata de un área profunda, casi terminal, cuyo inicio se sitúa a unos 65 m. de la entrada a la cavidad.
Fuera de este área, tan sólo encontramos una posible línea cérvico-dorsal (D. 1), y algunos restos de color rojo muy perdidos (Fa), en ambos casos, situados en zonas terminales, de acceso más difícil.
Los restos de coloración negra por el contrario, se distribuyen más aleatoriamente por toda la cavidad, incluida la galería izquierda, donde no hay representaciones rojas.
Descripción de las pinturas paleolíticas
Seguiremos un orden meramente topográfico, comenzando por las representaciones de la pared 2.-Plano de la Cueva de Covalanas. con indicación de la zona ampliada en lig.
3.-Ampliación de lo. zona decorada, con indicación del desarrollo de las figuraciones.
-" http://tp.revistas.csic.es derecha de la galeria prim: ipal (A), desde el punto más cercano a la entrada de la cueva.
Continuamos con las figuras de la pared izquierda (B). y luego con las del divertículo abierto en el lateral izquierdo de la galeria principal (Paredes C y D).
Por último se incluyen algunas representaciones en sectores de fondo (E, sobre una ramificación lateral mu~' estrecha, ~' F, al fondo de la galería principal).
Hemos numerado consecutivamente las representaciones de cada una de esas paredes o zonas (A.I, 2, 3... ), reservando letras para las evidencias parietales más difíciles de interpretar, como las manchas informes, los restos minimos de coloración etc. (A.a, b... ).
Pared A. / (Panel primeru) ~Fig. 4 Y Lám. lb) I A. a.
Pocos metros antes de llegar a la zona de representaciones, puede observarse toda una serie de restos desvaídos de pintura roja en una concavidad de la pared derecha.
Aunque no puede excluirse que se trate de restos de una figuración, más bien parecen pruebas de los utensilios y, Colorantes usados, o restos de su limpieza.
A.J Cierva en rojo, de contorno completo en origen.
Actualmente se sigue bien la cabeza con dos orejas, línea cérvico-dorsal hasta la cola, cuello, línea pectoral y ventral.
De las extremidades anteriores, que aprovechan los bordes de una concavidad natural, no quedan sino tenues restos de pintura.
De otro lado, la línea del vientre se ha hecho coincidir con el límite entre dos zonas de la roca-soporte de diferente textura y coloración: más grisácea y lisa en la concavidad donde se aloja el vientre, más rugosa y amarillenta en el exterior de la figuración.
El trazo de contorno es tamponado yuxtapuesto en casi toda la figura, con mínima distancia entre puntos en la cabeza, orejas y cuello.
En el otro extremo, en la grupa, los puntos se han separado algo.más.
Por último, la línea ventral se ha realizado en tamponado convencional, o discontinuo.
En composición destaca la cara apuntada, las orejas en prolongación de líneas frontal y cervical, o el cuello' muy alargado.
Presenta raspados recientes en la zona ventral.
Cierva inacabada en rojo.
Se compone de cabeza apuntada, orejas en V, línea cérvicodorsal e inicio de la pectoral.
El trazo es tamponado yuxtapuesto en toda la parte anterior, y discontinuo en la zona dorsal.
Destaca el trazo ligeramente ampliado de la línea frontal, a la altura del ojo.
Frente a la cierva anterior (A.I, en el mismo panel), cabe destacar la correlación entre lo inacabado de A.2 y su trazo tamponado discontinuo más claro en zona dorsal.
Se advierten limpiezas de la pared junto a líneas de cabeza y cuello.
Es una de las figuraciones más complejas de Covalanas, tanto en su composición -la cierva vuelve la cabeza hacia atrás, y el interior del cuerpo está muy articulado-como en las técnicas empleadas -tintas planas, distintos tipos de trazos pintados, y grabado--.
En origen parece que estuvo completa, pero hoy son difíciles de apreciar la oreja izquierda y los cuartos traseros.
En principio todo el contorno se ha realizado en trazo tamponado yuxtapuesto muy estrecho, casi continuo.
Sólo encontramos tamponado convencional en la extremidad anterior más adelantada.
En algunas zonas se aplicó además tinta plana, muy intensa en la cabeza y parte anterior del cuello; más abajo, se advierte hoy una tinta plana muy diluida (que puede estar corrida), y algunas bandas más intensas en la parte baja del cuello.
También es muy intensa una banda de despiece desde los cuartos anteriores hasta la cruz.
Por último se realizó otra banda en tinta plana desde el lomo al vientre, donde es más ancha.
Otra modalidad técnica, difícil de distinguir de lo anterior, son los trazos ampliados en anchura de los cuartos ~nteriores, y de la parte interna de la extremidad posterior izquierda de la cierva (representada algo adelantada para dar profundidad a la figuración).
Por último, se ha precisado la línea de la barbilla ~ parte del cuello con trazos grabados simples repetidos.
También este último hecho permite relacionar esta figura con varias ciervas de la Galería A de La Pasiega.
Está mu~ alterada pur lavados (sobre el lomo, en tuda la zona ventral de la figura ~ en sus cuartos traseros), v repicadus (en cuartos traseros).
Restus de pintura ruja sobre el lomo de cierva A. 3, de unos 12 cm. de longitud máxima conservada.
Ho~ están casi burradus pur raspadus ~ limpiezas varias de la pared.
En el calcu de H. Breuil parece tratarse de un signo de tipu cuadrangular alargadu, en tinta plana.
A.S. Cierva completa en rojo.
Tudu el contorno en trazo tampunado yuxtapuestu, indicándose dos orejas en V, la nuez subre la línea del cuello, y el inicio de la cola.
Las extremidades, como en cierva A.3, están tratadas de forma distinta.
Las anteriores son simples líneas en V invertida, mientras que en los cuartos traseros se ha empleado el trazo ampliado en el contorno de la pata que está en segundo plano -y adelantada-para dar profundidad a la figuración.
Se advierten raspados por todas partes alrededor de la figura, y también en su interior.
Además, una línea negra -probablemente de carburo-se superpone a una de las patas delanteras.
Cierva en rojo compuesta de línea frontal y pectoral, dos orejas en V, y línea cérvico-dorsal completa.
El trazo es tamponado yuxtapuesto en orejas y zona cervical, y discontinuo en el resto.
Toda la parte superior está muy afectada por raspados y limpiezas de la pared.
Es probable que en origen la línea frontal fuera más nítida -yen tamponado yuxtapuesto-, e incluso que se marcara la línea de la barbilla como indica el calco de Breuil, que hoy no se aprecia.
Cierva en rojo, compuesta de línea frontal de la cara muy perdida, dos orejas en V en tamponado yuxtapuesto, y línea cérvico-dorsal en tamponado discontinuo.
El lomo se cruza con el de la figura A.6, pero no se puede apreciar el orden de ejecución.
La figura está afectada por las mismas zonas de raspado que citábamos en cierva A.6, particularmente tuda la zona frontal de la cara.
A.B. Cierva en rojo de contorno completo, a excepclon de las patas delanteras que no se indicaron.
La línea frontal de la cara, orejas y nuca en tamponado yuxtapuesto.
El resto de la figuración (línea cérvico-dorsal, grupa, cuartos traseros, línea ventral, pectoral y barbilla) en tamponado discontinuo muy líquido.
Además de la nuez, destaca la realización de las orejas, muy cortas, mediante prolongación de líneas frontal y cervical..
Cabe destacar de nuevo la jerarquización de zonas a representar que se repite en Covalanas y otras cavidades cantábricas.
O cómo la ausencia, en este caso, de extremidades delanteras, se correlaciona con el mejor acabado de las traseras en aquellas figuras que presentan las cuatro extremidades.
De igual forma, el mejor acabado técnico de la cabeza, frente a la zona dorsal o ventral.
La conservación de la figura es bastante buena, aunque también aquí se observamos alteraciones: un tracito negro pintado en la zona de la escápula, e inmediatamente debajo, una zona picada.
Cierva >. completa en rojo, de realización técnica compleja.
Al tamponado yuxtapuesto de casi toda la figura escapan dos líneas en tamponado discontinuo que articulan el interior de la figura partiendo de la cruz, o el trazo simple empleado en los cuartos traseros, que ha sido ampliado en determinadas zonas (para conformar el codo por ejemplo), o restringido en otras (en el pie, ligeramente apuntado.).
También enco.ntramo.s un trazo simple co.ntinuo., en rujo. diluido., en la grupa de la cierva: so.bre ese trazo. previo. se punteó el co.nto.rno. co.n tampo.nado. disco.ntinuo..
El tampo.nado. yuxtapuesto. de la mayo.r parte del co.nto.rno. también se amplía en determinadas partes, tratando. de co.nseguir un cierto. vo.lumen (así en la zo.na cervical y do.rsal. o. en la barbilla) (Lám.
Además del despiece escapular, destaca la realización del o.jo. -un punto. simple-, u o.tros detalles co.mo. el adelantamiento. de las do.s o.rejas, que so.n prolo.ngación en ángulo de líneas frontal y cervical.
Desgraciadamente parece darse una cierta co.rrespondencia entre co.mplejidad técnica o grado de acabado de la figuración, e intensidad de su alteración po.sterior.
En la figura que tratamos se aprecia un punto. negro de 3 mm. en la cruz, por encima de la pintura roja (es el mismo pigmento. de las representacio.nes «esquemático-abstractas»).
También hay inevitables limpiezas a base de raspados en el interior del cuerpo, en lo.s cuartos anteriores y en la zo.na de la cabeza, y auténticos repicado.s en la grupa.
Con presumible posterioridad a estas limpiezas de pintadas, se han ejecutado. algunas manchas con carburo sobre el mo.rro y barbilla.
Cierva en rojo. muy sencilla.
Consta de línea frontal de la cara, dos orejas en V, y línea cérvico-dorsal co.mpleta.
Por su parte inferio.r se ha detallado la barbilla, parte inferio.r del cuello y línea pecto.ral.
Casi toda la figura se realizó en tamponado discontinuo; tan sólo es yuxtapuesto claro en el inicio. de las orejas y zona de la nuca.
Como en otras figuras, la separación de los puntos es mayor en el dorso y grupa (Lám.
La cabeza presenta una cierta co.mplejidad, quizá po.r ser la zo.na más alterada de la figuración.
Hay un manchón ro.jo que pudiera interpretarse como. ojo; también una línea roja muy fina que sobresale de la figura desde la barbilla.
Por último se ha indicado. la nuez.
De una parte, las lineas de la cara están algo perdidas por pequeñas escorrentías en esa zona.
De otro ladu, se advierten zonas repiqueteadas por debajo de la cara, o raspadas sobre la misma grupa del animal.
Por último, ha~' algunos grabados modernos cruzando el lomo de la figura, u marcas de dedus cun arcilla sobre la misma linea pt•ctoral.
A.I J. Caballu en rojo completo, a excepción de los cuartos delanteros, nu indicados.
La cabeza v casi todo el cunturno se realizó con tamponado yuxtapuesto, ampliadu hasta furmar casi una tinta plana en determinadas zonas.
Sólo en la línea dorsal y en la ventral se empleó el tampunado discuntinuu (Lám. lIIb).
La cabeza está muv detallada. aunque la pintura se ha curridu en algunas zonas.
Se indica la boca, el ojo -un punto resaltado por dos trazos en ángulo en su parte inferior-y dos orejas en V. También se ha realizado una línea de despiece longitudinal. desde el labio inferior al inicio del cuello, que modula la forma del masetero: en esa zona se aúnan en trazo ampliado esta línea de despiece y la inferior del contorno.
A partir de aquí parten en ángulo la línea inferior del cuello -ligeramente ampliada en su inici~ y la pectoral.
Sobre la línea cervical se ha representado una espléndida crinera mediante trazos en tamponado.generalmente discontinuo, casi «hachures» en algunos casos.
Crinera y línea cervical finalizan en la cruz, bien marcada.
En la grupa e inicio de la cola se ha empleado un doble trazo paralelo.
La cola se prolonga en trazo tamponado yuxtapuesto simple, rodeando un pequeño pilón estalagmítico.
Los cuartos traseros, por último, se han realizado mediante tamponado yuxtapuesto ampliado.
En ambas extremidades se detalla el casco redondeado y los dedos posteriores atrofiados de la pezuña.
Prescindiendo ya de detallar las zonas donde se han efectuado «limpiezas», se advierten precipitaciones blancuzcas de carbonatos sobre la crinera, o cierta acumulación de hollín en la parte posterior, donde la pared forma repisa.
A otras causas, desde luego, responde un trazo en pintura plástica negra sobre la pata posterior.
Pequeño trazo rojo en tamponado yuxtapuesto, ligeramente ampliado en su zona medial.
Se sitúa a la derecha de los cuartos traseros del caballo A.ll, y aunque su orientación es vertical. no parece tratarse del extremo de la cola del caballo, de la que está demasiado alejado.
Cierva incompleta en rojo en posición vertical.
Consta de una cabeza apuntada, dos orejas en V y línea cérvico-dorsal; todo ello en tamponado muy yuxtapuesto, difícil de distinguir del trazo simple y único.
Cabe resaltar en la cabeza la ampliación del trazo de la barbilla, o un trazo muy perdido en la zona del ojo.
De otra parte, parece haberse aprovechado una depresión natural de la pared como línea anterior del cuello y pectoral.
La conservación en este caso es prácticamente perfecta.
Cierva incompleta en rojo, compuesta de cabeza, dos orejas en V desplazadas hacia atrás y línea cérvico-dorsal, todo ello en tamponado yuxtapuesto.
El trazo está algo ampliado en la barbilla, empalmando con la nuca y separando por tanto la cabeza del tronco, a manera de «despiece».
La conservación es muy deficiente.
En la grupa, la línea roja está recortada por concrecciones calcáreas blanquecinas.
En la cabeza y por debajo de ella, se advierten restos de pintura roja deslavados desde arriba.
Por debajo del cuello puede observarse una línea roja que parece responder a la canalización del pigmento lavado en la figuración.
Por último deben indicarse algunos restos de pintura roja a unos 15 cm. por encima del lomo, muy afectados por concreciones y picados de la pared.
Cabeza de cierva en rojo.
Quizá en origen la figuración estuvo más completa, pero la zona que correspondería al tronco del animal está muy afectada por concrccciones.
La organización de la cabeza y el procedimiento técnico son idénticos al de la figura situada más arriba (A.14); orejas en V, morro abierto, y un trazo separando la cara del cuello, todo dio en trazo vuxtapuesto estrecho.
La conservación de la cabeza es buena, pero la figura está afectada por concreciones ya en la pal1c posterior del cuello.
Debe indicarse un trazo doble, que delimita el exterior de la oreja más adelantada, probablemente grabado en nuestros días.
Cabeza de cierva en rojo, muy alterada por formaciones estalagmíticas superpuestas.
La figuración consta de una línea frontal de la cara, dos orejas en V, inicio de la línea cervical y parte anterior del cuello.
La cabeza pudo estar más completa, pero la zona de la barbilla está totalmente concrecionada.
L. máx. conservada: 19; L. frontal: 9 cm.
Signo de forma rectangular en tinta plana roja, de 18,5 por 31 cm. aproximadamente.
Se encuentra muy afectado por precipitaciones estalagmíticas blancuzcas verticales, sobre todo en su parte inferior.
Reno en rojo, prácticamente completo si incluimos la forma de un accidente natural aprovechado para situar el lomo, la grupa e inicio de la cola.
La cabeza es de perfil cuadrangular, con una línea de despiece en maxilar inferior y ojo yuxtapuesto a la línea frontal de la cara; las astas se ha representado muy cortas, mediante dos líneas casi paralelas.
También se ha realizado un despiece ventral, y otro dorsal de forma triangular, desde la zona de la cruz a las extremidades anteriores.
Los cuartos anteriores y posteriores por su parte se sitúan en dos planos.
Técnicamente, toda la figura se realizó mediante tamponado yuxtapuesto, a excepción de las líneas de despiece facial y ventral, en tamponado convencional.
De otro lado, se aprecia una ligera ampliación del trazo, como en otras figuras de Covalanas, en la línea de la barbilla y frontal de la cara, o en la extremidad posterior que está en segundo plano.
Por último, se han realizado algunas líneas rojas muy finas, simples y continuas, junto al comienzo de los cuartos anteriores, sobresaliendo hacia el exterior.
Agrupamos aquí toda una serie de puntos situados en las inmediaciones del reno descrito.
De una parte, son muy claros cinco puntos rojos situados bajo el vientre de esa figura.
Algo más tenues, se localizan algunos pequeños puntos o restos de píntura frente a la cara de la figur"ación.
Posible bóvido en rojo, realizado en posición invertída.
Consta de una cabeza apuntada, dos cuernos ¡ncurvados hacia abaju, línea cérvicu-dursal. y parte anterior de la pectoral.
Sobre todo estas dos últimas están muy alteradas por concreciones.
Todos los trazos en tamponado yuxtapuesto.
Cierva en rojo completa.
Se ha representado una cara apuntada y cerrada, con un punto simple como ojo.
Las dos orejas son prolongación de la línea frontal y de la cervical.
Además, consta de línea cérvico-dorsal prolongada en cola corta, nalga, línea pectoral, con una nuez muy J; Jlarcada en el cuello, cuatro extremidades rectilíneas, y dos líneas paralelas (en despiece) en la zona ventral.
Casi toda la figura se realizó mediante trazo tamponado yuxtapuesto.
En la zona dorsal incluso se ha repasado con un doble trazo.
Sólo en el vientre se empleó el tamponado convencional.
Está muy desvaída la pintura de la zona ventral y sobre todo de los cuartos traseros.
Un trazo de pintura negra plástica sobre una de las patas anteriores, es quizá la alteración humana más reciente, junto a raspados sobre la pared entre B.3. y B.4.
Consta de cabeza apuntada, abierta en su parte anterior, dos orejas prolongando las líneas frontal y cervical, línea cérvico-dorsal completa -con la cruz indicaday prolongada en una cola muy corta, línea de nalga y dos extremidades traseras.
Además, línea pectoral, extremidades anteriores rectilíneas -y entrecruzadas en su inicio-y línea ventral.
El trazo es tamponado yuxtapuesto en cabeza y zonas próximas: orejas, cerviz y parte anterior del cuello.
El resto en tamponado convencional.
L. máx.: 84; L. frontal: 14; Alt. en cruz: 37 cm. Presenta raspados recientes en la zona ventral.
Un punto de color rojo oscuro, nítido, a 154 cm. del suelo y a 185 a la derecha de la cierva B.5.
A partir de ahí, y más a la derecha, se ven marcas difusas en rojo alteradas por el piqueteado.
Al extremo elevado, en el reborde que delimita la pared, manchas rojizas de mayor extensión en las oquedades, dado que es zona de arroyada de agua, etc. En horizontal, a 265 cm. del punto, a la derecha, y a 169 cm. del suelo hay un par de posibles restos de puntuaciones rojizas y a 23 cm. por encima otro resto de pintura roja, y a 40 cm., justo al borde del saliente de la pared, un resto algo mayor, pero también muy difuso, de pintura roja.
Zona C / (Panel sexto) (Fig. 9 y Lám.
Si excluimos una barbilla en tamponado convencional. todo el contorno se realizó en tamponado yuxtapuesto, algo ampliado en los cuartos traseros.
Destacan en la composición las dos orejas en V, o la indicación del ojo -un punto simple-, de la nuez, y de la cola, que prolonga la línea dorsal.
Igualmente, la prolongación de la línea de barbilla para dibujar el maxilar, o un trazo rojo situado sobre el inicio de las extremidades delanteras que no sabemos e2.
Cierva en rojo prácticamente completa, a falta de las extremidades anteriores.
El contorno varia desde el trazo simple continuo -en la cabt.'za-, al tamponado \'uxtapuesto, en ocasiones ligeramente ampliado (línea cérvico-dorsal, grupa, extremidad posterior ~. línea ventral).
La línea pectoral también comienza con tamponado ~uxtapuesto para finalizar con otro más separado.
Aunque no tenemos total seguridad, creemos que esta figura se completó con grabados simples repetidos, muv finos, que delimitan la línea inferior de la cabeza y el morro.
A resaltar la indicación del ojo, la nuez muy marcada, dos orejas en prolongación de líneas frontal ~ cervical, o algunos restos de pintura en el interior, que podrían corresponder a una línea de despiece separando la cabeza del tronco.
Signo rectangular, de 8 por 24 cm. en tinta plana roja.
Signo rectangular, de 8 por 22 cm. en tinta plana roja.
ea Agrupados aquí algunos restos pintura roja que no conforman figuración inteligible, situados en la pared C, en las cercanías de las representaciones descritas.
En primer lugar, una serie de trazos rojos, cortos y oblicuos, de unos 2 cm. de longitud.
A unos 40 cm. del signo superior, y 34 del inferior, hay restos de pintura roja que parecen formar un motivo circular u oval, aunque es difícil precisarlo dado que la conservación de la pintura es muy mala.
A unos 8 cm. en diagonal hacia la derecha y hacia arriba hay restos de pintura roja en las oquedades de la pared.
A unos 14 cm. a la derecha y ligeramente por debajo de los anteriores hay otros restos de color más difusos.
Cierva en rojo, completa si exceptuamos el tren posterior.
Toda ella en tamponado yuxtapuesto, ligeramente ampliado en algunas zonas (así en la línea de la barbilla, prolongada para separar la cabeza del cuello).
También presenta un despiece escapular, con restos de color desde la cruz hasta el tren anterior.
Destaca por último la indicación del ojo en el centro de la cara, de la cola, separada de la línea de grupa, o dos orejas rectilíneas, separadas desde su inicio.
Sobre la pared D se advierten numerosos restos de color, que en algún caso parecen corresponder a signos, hoy difícilmente recuperables.
Los restos, que detallamos a continuación, se extienden por el lienzo a la izquierda de la cierva D.I.:
-un punto negro a 89 cm. sobre el suelo y a 87 cm. en diagonal desde el morro de cierva D.I.
-ligeramente por debajo de ese punto negro, se aprecian mínimos restos de color rojo, además muy difusos.
-A unos 45 cm. más a la izquierda, y a 160 sobre el suelo, quedan restos de trazos de color rojo-anaranjado" que parecen formar un motivo cerrado, de forma ovalada, y con doble línea concéntrica, quizá con un saliente en diagonal hacia la derecha y arriba.
-A unos 130 cm. de la cierva D.1., y a 7 cm. en diagonal desde el punto negro, se aprecian restos de un trazo rojo horizontal, con restos muy perdidos de pintura a su alrededor. -Siguiendo en la misma pared, a 68 cm. en horizontal del punto negro,:v a 76 cm. dd suelo, hay restos de pintura rojo-anaranjada que parecen corresponder a un motivo cerrado similar a los descritos como ((vulvas».. -Unos 20 cm. por debajo, y a la derecha del anterior, se parecían pequeños restos de pintura del mismo color, cubriendo una superficie de unos 12 por 12 cm.
-Restos de pintura de color rojo más oscuro, bajo una grieta de la pan~d situada a por encima de los dos últimos restos descritos.
-A 18 cm. a la izquieda del posible signo cerrado antes descrito, ~' a 109 cm. sobre el suelo, se aprecian restos difusos de pintura roja oscura en un área de 8 por 5 cm.
-Restos de trazos de color rojo oscuro, situados 38 cm. a la izquierda del mismo signo, y entre 107 Y 122 cm. sobre el suelo.
-A unos 80 cm. hacia la izquierda, y a unos 30 cm. sobre el nivel de éstos últimos hay un trazo corto vertical. difuso, de 3 cm.
-A unos 33 cm. por encima, se aprecian restos de pintura de color rojo-anaranjado, quizá también parte de algún signo.
Línea roja en taponado yuxtapuesto excepto en su parte derecha, donde las puntuaciones se separan.
Pudiera interpretarse, quizá, como parte cérvico-dorsal de una figuración animal que nunca llegó a concretarse.
En la zona terminal de la galería principal se aprecian manchas de color y algunos tracitos difusos sobre la pared derecha.
Algunos metros más al interior, una vez sobrepasado un boquete que comunica con un conducto paralelo al principal, por su izquierda, pueden observarse también manchas y pequeños trazos de pintura roja sobre el techo.
Covalanas han sido documentadas 22 representaciones de animales, cinco signos seguros y dos probables y varias puntuaciones y trazos sueltos.
Las figuraciones inventariadas corresponden a las siguientes especies: 18 ciervas, dos caballos, un bóvido y un posible reno.
Con ciertas matizaciones que se incluyen a continuación, el bestiario paleolítico de Covalanas no desentona dentro del arte rupestre cantábrico.
Como pued~ verse, la cierva predomina ampliamente (18 de las 22 figuras), lo que corresponde con su importancia en el resto de la región.
Aunque a nuestro 1110du de ver la identificación de las ciervas nu ofrece ninguna duda más allá de lo razonable. conviene recordar algunas diferencias de criterio surgidas entre lus primeros investigadores de Covalanas.
H. Alcalde del Río interpreta la escena del tercer panel como un grupu de lubos atacandu a un caballo, en la que los cánidus salvajes corresponderían a las figuras A.14, A.15, A.16 (v tal vez la A.I O) de nuestro inventario (Alcalde del Río, 1906: 44).
Este fue sin duda un punto de desacuerdu cun H. Breuil y L. Sierra en Les cavemes de la Région Ca l1/abrique, que de manera tan hunesta como ecléctica incurporaron a su textu (Alcalde del Ríu, Breuil y Sierra, 1911: 18).
El segundo cérvido de atribución controvertida es el indicado con la sigla A.9.
La posibilidad de duda, también señalada pur Alcalde del Río, Breuil y, aunque presumiblemente debida al segundu, se debe a las propurciones y a algunos detalles de la figura, que animan a sugerir que se trate, más que de una cierva, de un reno durante la época de muda.
En efecto, el canon y el contorno de la figura se aleja bastante del resto del panel y de la que la acompaña en la composición (número A.8): cuerpo macizo, hocico ancho y no apuntado, cuartos traseros angulosos, y línea de despiece escapular.
No obstante, la propia variabilidad ya observada de las ciervas de Covalanas y la evidente asociación compositiva con otra figura cuya atribución no ofrece dudas, anima a mantener la clasificación como cierva.
Hay que reconocer que los propios autores sugieren su clasificación comu reno con bastantes reservas, apuntando que «sena preciso no exagerar la confianza en un dibujo hecho por artistas, sinceros sin duda, pero de una habilidad frecuentemente inconstante».
Con similar escepticismo se manifiestan 1.
Pero sin duda el animal más discutido entre los representados en las pinturas de Covalanas es el señalado con el número B.l, sobre la pared izquierda de la cueva.
Alcalde del Río, Breuil y Sierra no parecen tener dudas al clasificarlo cumo Bos, basándose en el perfil esbelto y alargado de la cabeza y en la posición de los cuernos, que parten de la frente dirigidos hacia adelante (Alcalde del Río, 1906: 44-45; Alcalde del Río, Breuil y Sierra, 1911: 20-21).
La misma opinión «buey de formas ligeras» aparece años después en nuevos trabajos de H. Breuil (1952: 347).
Por su parte, Leroi-Gourhan (1971: 277) lo presenta como un posible ciervo, ubicado en la parte anterior del Santuario (A en su plano) en asociación con una hilera formada por cuatro puntos.
Aunque el dibujo a mano alzada -presumiblemente realizado por H. Breuil-no coincide exactamente con lo que hemos podido observar en la realidad, los dos trazos considerados como cuernos son un argumento en contra de nuestra interpretación: desde luego no pueden ser unas astas de cérvido, pero tampoco se encuentran en el lugar correspondiente a las de los bóvidos.
Tanto si se trata de una especie como de la otra, esa posición tan atípica puede deberse a la limitación del espacJo como consecuencia del accidente natural utilizado para completar la figura, y de las neoformaciones que se localizan sobre su cabeza..
Por nuestra parte, ya en el trabajo de documentación sobre la cueva de La Haza (Moure Romanillo, González Sáinz y González Morales, 1987: 80-81) aportamos una serie de argumentos a favor de su clasificación como reno (proporciones generales, cruz muy marcada, morro cuadrado, etc.).
Además, el accidente natural utilizado con línea cérvico-dorsal y cuartos traseros incorpora una formación que sugiere la característica cola corta propia de los cérvidos, lo que parece excluir la interpretación de los primeros estudiosos de la cueva.
También refuerzan nuestra opinión algunas convenciones propias de las representaciones pintadas de reno, como los despieces escapular y ventral.
No hay que olvidar que la mayor parte de las referencias estilísticas sobre la especie proceden de representaciones de tipo figurativo analítico del estilo IV, y que son escasas las de episodios anteriores.
Finalmente, uno de los argumentos más sólidos es el evidente paralelismo de ésta figura con el reno de La Haza, también adaptado parcialmente a la forma natural de la pared y que conserva además las inconfundibles astas de un cérvido.
Los signos cons tituye n otro de los grupos d e temas fund a me nta les d e Covala nas, e n este caso po r su elevado va lor crono lógico.
Básica me nte podemos ha bla r de c u a tro gra nd es g rupos: signos ce rrados e n tinta pl a na, puntuacio nes, trazos cortos y cerrados vacíos.
Cua tro de los cerrados en tinta pla na son clara m e nte rec ta ng ulares ca racte rís ti cos del es til o ID, los señalad os con los núm eros AA, A.17, C.3 y CA.
La m ism a téc ni ca a parece e n el referenciado como A.12 (ex tremo d e la cola del ca ba llo), a unqu e no se le pueda as ignar un a forma precisa.
H ay puntuacio nes a islad as o en grupos e n varios puntos de la galería: un a hil e ra de c inco b ajo el vie ntre d el re no B.I, otros se ñalizados co mo B.a en el pl a no, un par e n la ga le ría fin a l, próximo a la línea cérvico-dorsal de ca ba ll o E. I y va ri os s ueltos con diferent es ubicaciones.
Po r sus posibl es implicacion es en la da tac ió n del co njunto, convi e ne m a tiza r alguna de las a preciac ion es d e A. Lero i-Go urh a n refe re ntes a un grupo d e b asto ncillos s itu ados e n la parte s uperior izquierd a d e la esce na d e las cie rvas qu e rodea n a l ca ballo (Le roi -Go urh a n, 197 1: 110).
La rev isió n efectuad a so bre este tra m o de pa red indi ca, s in luga r a dud as, qu e se tra ta de un signo c uadra ng ular rell e no de tinta pl a na ya seña lado po r Bre uil, qu e corres po nd e co n el núm ero A.1 7 d e nu es tro in ve nta rio.
El e rror d e registro proced e sin dud a de un a se rie d e prec ipitacio nes de calcita q ue divid e n ve rtica lm e nte el signo, y que produ ce n la impresió n de qu e se tra ta de va rias rayas d e pintu ra roja ind epe ndi entes.
A. Leroi-Gou r ha n ins iste en el diferente valor de las puntuaciones e n fun ción d e su núm e ro, agrupac ió n y ubi cación.
Es rela tiva me nte co mún la di sposició n e n hil era bajo el vie ntre de ciertos a nimal es, como suced e e n la fi g ura B-I, a unqu e e n o pinió n el a utor cit ado sea más frec u e nte e n asoc iació n con u ros y ca ba ll os, o se ña lando el co mi e nzo y el final de las á reas deco radas (Leroi -Gourh a n 1971: 277-278).
E n otros yacimie ntos s u di sposición e n zo nas d e bif urac ión o acceso a dive rtíc ulos puede represe nta r un c ie rto pa pel co mo re fe re ncia o indi ca tivo topográ fico (Ba lbín Behrm a nn y Moure Ro ma nill o, 198 1: 32).
Fina lm ente, y de nu evo sig ui e nd o indi cacio nes d e Leroi-Go urh a n ( 1932: 58) la prese ncia de un pequ eño signo e n forma de «v » en el interior d el d arse d e la figu ra B-I tal vez pued a se r interpretada como un a herid a.
Covala nas prese nta dos tipos d e rep resentac io nes pa ri eta les, un o cl ara m e nte pa leolítico y otro de c ro no logía ind ete rmin ad a, ej ec utados e n pintu ra roja y negra respectiva m e nte.
El prime ro, qu e es e l obj etivo úni co del presente tra bajo, ha sido presentado d e ma ne ra consta nte e n la bibliografía com o un co njunto homogéneo caracterizado po r el e mpl eo d e la téc ni ca pic tórica d el ta mponado, de la q ue, junto a la vecina c ueva de La H aza, de alg un a manera constituía el ej empl o máximo.
El tra bajo d e doc um e ntac ión rea li zado ha pe rmitid o un a náli sis más d etall a do d e los procedimie ntos pi ctó ricos e mpl eados y de s u a pli cació n y repartición e n las di fere ntes fi gu ras.
En a lgun as d e ella se ha o bservado, además, sec tores grabad os q ue hasta a hora ha bía n pasado desa pe rcibidos.
Efec tiva me nte, el color utilizado e n las pinturas pa leolíti cas d e Covala nas es sie mpre el rojo, a unque a l me nos co n dos ma tices d e to na lid ad y con un procedimi e nto d e ejecuci ón m enos homogéneo d e lo qu e tradi ciona lm e nt e se ha pre te ndid o.
La coloración roja inte nsa es la misma e n tod as las fig uracio nes de a nim a les y e n todos los signos e n tinta pla na, y se prese nta en una tonalid ad más s uave, próxim a a l sepia, e n el trazo qu e corta el c u ello de la cie rva núm e ro B-14 y e n los signos y trazos D-1 Y C-10.
Los procedimie ntos d e a pli cación d e la pintura ha n sido aislad os e n c ua tro grupos, que como vere mos se utiliza n e n las distintas figuras y partes d e las mism as de un a m a nera no aleatoria:
Se trata de un a lí nea continu a obte nid a mediante la apli cación T P., 1990, no 47 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es sucesiva de tam pones solapados unos con otros, de manera que se dibuja un trazo de perfil y límites irregulares en el que no pueden a islarse las puntuac iones.
Como su nombre indica consiste en la apli cación de lín eas de puntos separados entre sí.
-Tra zo continuo obtenido mediante el convencional desplazamien tos del in st rum en to utilizado pa ra pintar.
Ocas ionalmente, este trazo a parece a mpliado o ensanchado.
-Tinta plana, qu e es un a ex te nsión ho mogénea del color hac ia e! interior d e la figura.
Está prese nte en el co ntorno de la cabeza e inicio de! cuello de las ciervas núm eros A-3 y C-2, que sign ifi cativam en te son las únicas en que la parte anterior parece en tinta plana.
También de forma ocasional se aprovec han acc id entes naturales de la pa red para co mpl eta r fi guras o para suge rir el e ntorno d e las mismas.
En el posible reno señalado co n la referencia B.I se utiliza un reborde de la roca para represe ntar el dorso e incluso en nuestra opinión la cola, que en caso de se r aceptada como tal s ugiere claramente un cérvido.
La pata delantera de la cierva A.I coin cide co n una fractura ve rti ca l repasada co n pintura, y en la pareja de cie rvas formada por las figuras A.8 y A.9, un grieta actú a como suelo nat ura l.
En la cierva A.I se ha hec ho coin cidir la lín ea del vientre con el límite e ntre dos zonas de pared co n diferente tex tura y coloración.
Como se ha indicado, el empl eo de los diferentes procedimientos de ejec ución se adec úa a determinados esqu e mas qu e de ben ser ex pli cados.
Ante todo, hay una clara diferencia e n el tratam iento de las fi guras de mayor tama ño (por encim a de los 70 c m.) y de las d e dim ens ion es más red ucidas.
En las prim eras se utiliza s iempre un a técnica mixta, con e mpleo de procedimientos más co mpl ejos que pe rmite n un a representación porm e nori zada e n la parte anterior d el cue rpo, y en especia l e n la cabeza.
Den tro de este primer grupo también hay un tratamiento difere nte en tres parejas de ciervas (A.I -A.2, A.8-A.9 Y B.3-BA) por un lado, y en el caba llo A.I 1 Y el re no B.I por otro.
Todas las figuras indicadas mira n hacia la izq ui erda, tanto las situadas en la pared derecha, y por ello orientadas hacia el fondo de la cueva, como la de la pared izqu ierda, que consig uientemen te apunta n hacia la e ntrada.
Las cabezas han sido realizadas en tam ponando yuxtapuesto, in corporando en ocasion es un a a mpli ac ión o prolongación de l trazo por detrás del maxilar: por el co ntrario, en el resto del c uerpo se emplea e! ta mpon a ndo discontinuo.
El tratamiento más cuidado de l tren anterior y de los d eta lles de la ca beza es una consta nte en el arte rupestre pa leolítico d e diferentes épocas, incluso en los estil os más evolu cionados.
Resulta especialmente frecuente en las figuras de mayor ta maño, sin que sie mpre pueda ex plicarse por limitac iones en e! campo manual.
A título de ejemplo puede a ludirse a los grabados de la «Ga lería d e los caball o$) de la cueva de Tito Bustillo (Balbín Behrm a nn y Moure Rom a nillo, 1980): las figuras más peq ueñas in corpora n d etalles de la totalidad d el c uerpo, mi entras qu e alguna de las mayores, e n co ncreto el único bóvido del bloque, presenta un a ca beza porme norizada, co n ojo, lacrimal, ollares y boca, que co ntrasta con un tren pos terior bastante simplifica do.
En el caso qu e nos ocupa, el tam año y accesibilidad d e las parejas de ciervas d e la pared derecha excluye n que el difere nte tratamie nto d e cada parte d el c uerpo se deba a limitac iones en el cam po manual, qu e podía ser perfecta m en te co ntrolado desde el suelo original de la c ueva.
La ejec uc ión de las cabezas y la orientación ya indicadas indica al menos tres cosas: qu e todas estas figuras fueron diseñadas d e izquierda a d ~rech a, qu e se siguió un esq uem a co mpositi vo constante en que lo fundamental era el tratamiento de la ca beza, y que el pintor o pintores era n di estros.
Muy distinto d esd e un punto de vista técnico es el proced imiento seguid o en las otras dos figuras mayores, el caballo y el posible reno.
Aunque e n ambos casos las cabezas incorporan todos los detalles (ojo, despiece d e maxilar, boca l, no se observa un desequilibrio importa nte con respecto al resto del cuerpo.
Los c uartos traseros del ca ballo, co n ambas patas diferenciadas en plano \ la cola. se realizaron en trazo continuo ampliado y en tinta plana.
En el reno los despieces escapular y ventral reflejan un especial interés por la reproducción fidedigna de algunos de los elementos identificativos del animal.
Las figuras menores utilizan, por el contrario, un único procedimiento de ejecución y se disponen con diferentes orientaciones -a la derecha, a la izquierda o incluso invertidas-, con independencia de que estén completas o no.
El empleo de técnicas mixtas es ocasional.
En los cuartos traseros de la cierva A.9 se observa la superposición de una línea de tamponado discontinuo a un trazo ancho y bien definido, lo que no refuerza precisamente la teoría tradicional sobre evolución de técnicas.
Como ya se ha indicado, el grabado de trazo simple se asocia a la tinta plana en la cabeza y el inicio del cuello de otras dos ciervas, la que ocupa la posición central en el segundo panel (número A.3) y una de las del divertículo C (número C.2).
Composición y articulación del espacio
Uno de los más antiguos tópicos relativos al arte rupestre paleolítico es la ausencia de cualquier intención compositiva, presentándolo como una suma o yuxtaposición de figuras sin relación entre sí.
Sin embargo, si entendemos composición como la suma ordenada de varios elementos para intentar reproducir un deterfl1inado efecto, es obvio que se trata de un esquema presente en el arte del Paleolítico Superior.
Una visión superficial de alguno de los principales yacimientos (Lascaux, Rouffignac, Font de Gaume, etc.) hace resaltar la presencia de escenas de carácter narrativo en el sentido más clásico, a las que hay que sumar otros numerosos conjuntos figurativos en que los temas se disponen de acuerdo con ciertas pautas que intentan reproducir sucesos de la realidad: superposiciones sincrónicas como recurso de perspectiva, composiciones ((estilísticas» formadas por grupos de cabezas de animales, etc.
En el caso concreto de Covalanas, ya Leroi-Gourhan señalaba el carácter ideal de la caverna, con un desarrollo en corredor en el que los hombres quisieron materializar algo coherente mediante un esquema compositivo que buscaba la representación en dos planos sucesivos (Leroi-Gourhan, 1971: 80 y 122).
En nuestra opinión la existencia de ese esquema general es cuando menos defendible.
No obstante, a un nivel más detallado podemos hablar de varias escenas con un menor número de componentes, organizadas en parejas y en grupos. la existencia real de asociación entre las figuras mencionadas se apoya en cuestiones de índole topográfica (yuxtaposición estrecha), estilística (la coincidencia entre ellas de los caracteres de diseño antes mencionado), de técnica y de tamaño.
Las escenas formadas por una pareja de animales se disponen en hilera en la parte superior de los paneles de la pared derecha (figuras A.I-A.2, A.8-A.9 Y A.13-A.14), a dos alturas en yuxtaposición amplia estrecha en la pared izquierda (figuras B.4 y B.5), y afrontadas en el diverticulo indicado con la letra C en el plano (figuras C.l y C.2).
Las parejas de la galeria principal responden al esquema simple con tamponado yuxtapuesto en la cabeza y discontinuo en el resto del cuerpo, mientras que las del divertículo emplean técnicas mas complejas, con tintas planas, despieces y empleo del grabado en uno de los casos.
Tal vez sea indicativo el hecho de que a las dos ciervas afrontadas de la zona C les falten las patas anteriores.
En las composiciones de la galería principal el esquema que se sigue es el de dos líneas paralelas y oblicuas, mientras que en el divertículo C podemos hablar de composición simétrica a partir de un eje inclinado.
Los grupos en que interviene un número mayor de figuras aparecen en los paneles clásicos más conocidos de Covalanas: el de las ciervas con la cabeza levantada o vuelta del segundo panel y las que rodean al caballo en el tercero.
En el primero de los paneles parece evidente una intención compositiva, con vari~s individuos volviendo o levantando la cabeza como si existiese algún motivo de atención.
Es importante subrayar que entre los diferentes elementos que forman parte de esta El tercer panel. en que se encuentra el caballo. es de interpretación más compleja.
A pesar de ser figuras incompletas. la disposición de las ciervas sugiere una cierta animación; lo difícil es buscar el trasfondo narrativo, si es que existe, del grupo.
La interpretación de Alcalde del Río. de una escena que representa un grupo de lobos atacando un caballo, podría dar una explicación al panel. pero tal identificación no parece defendible.
Excluida ésta. sólo restan tres posibles respuestas: que las figuras no tengan relación entre sí (o que la tengan las ciervas y no el caballu), que se trate de la traducción de un suceso real. o que una vez más estemos ante algo simbólico.
Existe la posibilidad de que ciervos y caballos aparecan ocasionalmente juntos en la naturaleza. y la diferencia de escala explicarse por el tradicional recurso de perspectiva.
Sólo en un caso puede hablarse de figuras en posición inverosímil: el único bóvido de la cueva. referenciado con el número B.2.
Como se ha descrito. se encuentra con las patas dirigidas hacia arriba.
La dirección vertical de la pared excluye que la posición sea indiferente a la hora de contemplarla, por lo que sin duda se trata de algo intencional. aunque no estemos en situación de interpretarlo.
Apenas conocemos conjuntos parietales donde la impresión de sincronía sea tan inmediata como en Covalanas.
Tanto por la organización topográfica de las figuraciones, como por las técnicas, convenciones y estilo empleados. parece claro que estamos ante un conjunto realizado en breve periodo de tiempo, si no de una sola vez.
Respecto a su cronología, apenas hemos encontrado nuevos elementos de juicio en nuestro trabajo, que esencialmente se orientaba a la documentación exhaustiva del conjunto.
Por ello, mantenemos en lo esencial el esquema cronológico que proponíamos al estudiar el vecino yacimiento de La Haza (Moure, González Sáinz y González Morales 1987: 89-91).
En ese trabajo considerábamos un momento intermedio en el desarrollo temporal del «Estilo nI» en la región Cantábrica, tanto para La Haza como para Arenaza y Covalanas, quizá inmediatamente anteriores a aquélla.
Estas tres cavidades se consideraban también ligeramente más antiguas que Pasiega A, con figuras animales de estilo algo más depurado, y signos tal vez más avanzados (cuadrangulares en arco conopial).
En relación a la secuencia industrial, proponíamos la asociación de estos conjuntos al Solutrense Cantábrico en base sobre todo a los restos industriales de algunos de ellos.
Tan sólo contamos ahora con un mínimo indicio nuevo, valorable en términos cronológicos: los grabados que rematan la tinta plana de la cabeza de al menos dos ciervas de Covalanas.
Es un' tratamiento idéntico al que encontramos en algunas figuras de Pasiega A (precisamente las más complejas técnica y formalmente, también en tinta plana), y ello nos obliga a relativizar aún más el valor de nuestras conclusiones cronológicas, o a destacar la enorme continuidad que encontramos en la zona central y occidental de la región, en algunos procedimientos técnicos, temas y tratamiento, desde aproximadamente los inicios del Solutrense (c.
20.000 BP) hasta el final Magdaleniense Inferior clásico (c.
14.400 BP), quizá el periodo más espectacular, y de mayor personalidad artística de ese área. |
estratégico considerable, controlándose desde la cueva uno de los pocos valles que unen un surco elevado situado en la vertiente meridional de la Sierra de Cuera con el fondo del valle del río Cares.
La existencia de vestigios prehistóricos en Los Canes fue detectada por D. Gregorio Gil Alvarez, quien hacia 1973 descubrió grabados supuestamente paleolíticos en la galería del final de la cavidad (Arias, Gil, Martínez y Pérez, 1981).
En 1980, mientras estudiábamos los grabados, advertimos la presencia de restos de industria y fauna holocénica en el vestíbulo de la cueva.
Por ello, en 1985 se realizó un sondeo en Los Canes, dentro de un programa de exploración de la Depresión Prelitoral del Oriente de Asturias encaminado a la localización de niveles epi paleolíticos, neolíticos y calcolíticos (Arias y Pérez, 1990).
La localización en esos trabajos del borde de una sepultura prehistórica exigió el inicio de un proyecto de excavación sistemática del vestíbulo de la cueva que está aún en marcha (1) (Arias y Pérez, 1990, en prensa a-e, Roselló, en prensa).
(1) La puesta en práctica de este proyecto de investigación no habría sido posible sin la generosa colaboración de los licenciados y estudiantes de las Universidades de Cantabría, Oeusto, Oviedo y Complutense que han participado en los trabajos de campo.
Para este'artículo hemos de reconocer muy particularmente la aportación de O. Luis C. Teira Mayolini, del Opto, de Ciencias Históricas de la Universida~ de Cantabría, a quien se deben las figuras 3 y 6, y D. Roberto Ontañón Peredo, del Centro Nacional de Investigaciones Arqueológicas Submarinas de Cartagena, que realizó las figuras 2 y 4, Tampoco podemos olvidar la hospitalaria acogida de todo el pueblo de Arangas, y muy especialmente de su alcaldesa de barrio, O,• M,a Avelina Sánchez Santos.
T. P., 1990, nO 47 Las investigaciunes dectuadas hasta ahura han permitidu constatar la l 'xislL' ncia en Los Canes de un depósito muy complejo.
Las fases más antiguas de ocupación humana corresponden a niveles datables probablemente en el Tardiglacial o inicios del Holoceno (estratos 6, 7 \' 8), cubienos por una potente costra estalagmítica.
Tras una larga interrupción en el uso de la cueva se abrieron en esos estratos paleolíticos o azilienses al menos cinco fosas prehistóricas (estructuras 1-V).
Al finalizar la campaña de 1989 se había terminado la excavación de las tres fosas más recientes, de las que una de ellas (IV) era un simple ho~' o relleno de restos líticos.v óseos, piedras.v tierra y las otras dos (1 y 1I) eran sepulturas.
En este artículo nos centraremos en la descripción y valoración de las dos tumbas excavadas (estructuras 1 y ll), cuyo contenido arqueológico permite albergar esperanzas de que contribuyan a esclarecer algunos de los problemas implicados en el estudio de la neolitización de la región cantábrica.
LOS ENTERRAMIENTOS I Y 11 DE LA CUEVA DE LOS CANES
El lugar ocupado por los enterramientos, el vestíbulo exterior de la cueva, es una angosta sala de unos 7 m. de longitud por 2 m. de anchura y poco más de 1,5 m. de altura, abierta aproximadamente hacia el ESE (Fig. 2).
Debido a su estrechez, ambas estructuras ocupaban toda la anchura de la galeria en sus tramos respectivos, pudiéndose observar dos secuencias estratigráficas.
En la zona de la entrada, sobre un estrato estéril arqueológicamente (10, formado por tierra de color pardo claro, con grandes bloques de caliza) se situaba en algunos lugares otro nivel estéril similar sin apenas piedras (9) y en otros una capa arcillosa de color marrón con industrias aún no caracterizadas (6).
En este conjunto de estratos se habían abierto dos cubetas, una rellena por tierra muy suelta, arenosa, de un color que variaba del marrón oscuro al ocre, con escasos restos de fauna e industria prehistóricas (estrato E), y otra más reciente que corresponde a la estructura II.
En el relleno de dicha estructura se distinguieron cuatro capas con un perfil de fondo de saco.
Las tres superiores (A-C) presentaban una matriz de tierra de color pardo claro, siendo la de la inferior (D) algo más oscura y bastante más compacta.
La capa superior (A) (hasta 30 cm. de potencia) presentaba abundantes cantos angulosos de caliza de pequeño tamaño.
La siguiente (B) (10-20 cm. de espesor) incluía bloques de caliza de mayor tamaño.
Todas las capas del relleno de la estructura II eran ricas en restos faunísticos e' industriales, dispuestos anárquicamente, salvo el fondo de la capa D, inmediatamente encima de los huesos humanos, donde la densidad de indicios arqueológicos era mucho menor y los presentes parecían haber sido colocados intencionalmente.
En la zona central del vestíbulo (cuadros El, E2, FI y F2) (Fig. 3) la base de la estratigrafía la constituían el estrato 10 y un nivel muy suelto de tierra gris ocura-negra, con abundantes cantos
(2) Como se podrá advertir a lo largo de este apartado, la denominación de los estratos no establece una relación plenamente satisfactoria entre el orden numérico o alfabético y la cronología.
La razón de ello es que el nombre de los estratos se ha ido estableciendo según avanzaba la excavación y la realidad de la historia de la ocupación de la cueva ha sido más complicada de lo que se podía prever.
La diferencia entre unos estratos a los que se les nombra con letras y otros con números permite distinguir las ocupaciones posteriores y anteriores a la costra estalagmitica que marca el final de la ocupación de la cueva en el Tardiglacial-Holoceno Antiguo y sobre la que se abren las estructuras postazilienses.
Obviamente, es necesario reorganizar la denominación de los estratos de Los Canes, pero creemos qué lo más prudente será esperar a la finalización de los trabajos de -campo para no crear más confusión. angulosos e industria y fauna prehistóricas, datable probablemente en el Tardiglacial (7).
Sobre este estrato se conservaban restos de una costra estalagmítica de unos 15 cm. de potencia.
Este conjunto había sido excavado por varias fosas (Arias y Pérez, en prensa-e), cuyos rellenos, de más antiguo a más moderno, eran los estratos I (tierra de color marrón claro, bastante compacta, con numerosas piedras de tamaño moderado), G (pequeño testigo de una capa de tierra de color gris ceniciento, muy suelta, con can titos angulosos), y F. Este último era el resto conservado de la estructura l.
Se trataba de una capa de tierra muy suelta, de color grisáceo oscuro, rica en can titos angulosos y en caracoles de tierra.
En su fondo apareció un esqueleto humano.
Rellenaba el fondo de una cubeta abierta en su extremidad N.O. en la costra estalagmítica y el estrato 7 y en la s.a. en niveles holocénicos (G e 1) que en su mayor parte alcanzaba el estrato 10.
Su potencia máxima era de unos 30 cm..
Sobre el estrato F se distinguieron una serie de capas, interpretadas como rellenos antrópicos posteriores.
De más antigua a más moderna: l (arcillosa, de color ocre claro, bastante compacta y con algunas piedras de pequeño tamaño; 2-10 cm, de potencia), Y (arena muy fina de color gris oscuro; 7-8 cm.), X (arenosa de color pardo oscuro; 1-2 cm.), W (arenosa de color gris claro; hasta 3 cm.), e (la misma de la estructura TI) y V (nivel muy heterogéneo en color y textura, con abundantes cantos de caliza y fragmentos de concreción estalagmítica.
Rellena una pequeña cubeta de unos 8 cm. de profundidad abierta en los estratos l, X, W y C).
El estudio de la disposición de las capas descritas parece indicar la existencia de varias fases de erosión y relleno, probablemente antrópicas.
A una primera fase de arrasamiento de la estructura 1 le habria seguido la deposición del estrato l.
Por su parte, la serie Y -W rellenaría una cubeta abierta en los estratos anteriores y habría sido ~rosionada a su vez antes de la deposición de la capa C. V, por último, constituiría el relleno de una pequeña oquedad abierta en C.
Esta secuencia parece resolver la relación estratigráfica entre las dos estructuras.
La superposición del estrato C a las capas que cubren la destrucción de la parte superior del F asegura la posterioridad de la estructura n con respecto a la 1.
A partir de las secuencias estratigráficas descritas se puede defender la siguiente sucesión de hechos en la utilización prehistórica de la cueva.
Comenzaria por una primera fase de ocupación (¿habitat?), datable en el Tardiglacial o los comienzos del Holoceno, en la que se deposita un conjunto de niveles en el vestíbulo de la cueva.
Posteriormente, tales niveles son sellados por una costra estalagmítica.
En una segunda fase de la actividad humana se abren sucesivos hoyos, de los cuales los dos más recientes (1 y TI) son sepulturas individuales.
Su apertura remueve totalmente el relleno de la zona central, quedando de la costra estalagmítica y de los niveles anteriores únicamente pequeños testigos pegados a las paredes.
La estructura I se abre en otras estructuras holocénicas más antiguas y en la parte reciente de la secuencia tardiglacial.
Posteriormente es arrasada en su parte superior.
Más tarde se abre una tumba de mayores dimensiones (TI) que corta los niveles que cubren la zona intacta de la tumba 1.
En el relleno de esta nueva sepultura se incluyen restos de costra estalagmítica, industria y huesos humanos procedentes de la destrucción de los niveles anteriores.
1) La más antigua de las dos tumbas excavadas se situaba cerca del centro del vestíbulo, en un lugar en que un gran bloque unido a la pared por una costra estalagmítica estrecha considerablemente la cueva (cuadros El, E2, FI y F2).
Toda la parte superior de la estructura se había perdido, conservándose únicamente el fondo de la misma (estrato F).
Sus dimensiones eran muy reducidas.
Era un agujero de unos 108 X 50 cm. en el fondo, encajado entre el gran bloque unido a la pared meridional de la cueva y la pared septentrional.
Su orientación era sureste-noroeste, aproximadamente, siendo paralelo el eje alargado de la tumba al de la propia caverna.
No había ningún indicio de más acondicionamiento que la propia apertura del hoyo.
El cádaver, correspondiente a un individuo de sexo femenino y talla muy reducida (Garralda, comunicación verbal), había sido depositado en decúbido supino.
La posición de los pies, posados de plano junto a las caderas (el talón izquierdo fue hallado a 6 cm. de la cabeza del fémur y el derecho pegado a ella), permitía inferir que las piernas, de cuyos huesos sólo se conservaban las cabezas de ambos fémures, habían estado flexionadas, con las rodillas a un nivel superior al del resto del cuerpo.
Como hemos señalado en otro lugar (Arias y Pérez, en prensa-a), es muy probable que la desaparición de fémures, tibas y peronés se deba a la destrucción de la parte superior del relleno de la tumba por los ocupantes prehistóricos responsables de la deposición del estrato Z.
El resto del esqueleto se encontró en conexión anatómica y en buen estado de conservación, excepto unos pocos huesecillos de los pies, perdidos, algún hueso poco resistente que se descompuso o se fragmentó demasiado para ser reconocido en una primera inspección (esternón) y algunas de las vértebras, deshechas por una pequeña madriguera que atravesaba oblicuamente la tumba desde el hombro izquierdo a la parte derecha de la pelvis del cadáver.
El cráneo estaba ligeramente incorporado y ladeado hacia su derecha, de manera que cubria las primeras vértebras.
Los brazos estaban extendidos a lo largo del cuerpo.
El codo derecho se flexionaba ligeramente para dejar la mano sobre la cadera (los huesos de esta mano fueron removidos por la acción de raíces), mientras el antebrazo izquierdo cruzaba el vientre, habiendo estado la mano • izquierda (cuyos huesos estaba algo dispersos a causas de las raíces y de la madriguera que citábamos más arriba) posada sobre el antebrazo derecho, por encima de la cadera.
Junto al cadáver se 1 <:a1izaron algunos restos que podrían ser considerados un depósito intencional, máxime si tenemos en cuenta la pobreza arqueológica del nivel F: una escápula de ciervo, colocada casi ver1icalmente junto al pie derecho. apoyada en el gran bloque unido a la pared. una costilla de ungulado. hallada encima del hombro izquierdo. ~' tres caninos de ciervo perforados. pegados al lado exterior del pie izquierdo.
No se ha encontrado en el relleno de la sepultura ningún otro útil óseo. ni cerámica. ni más industria lítica que restos de talla.
El rasgo más destacado del relleno de la tumba (nivel F) era la extraordinaria abundancia de caracoles dc ticlTa (en su mayoria Cepa ea nemoralv,). llegando a ser en algunos puntos un verdadero conchero.
No parece que estuviera organizado internamente. pues se observó un número considerable de piezas planas o alargadas situadas de canto en varias direcciones. así como abundantes fragmentos de costra estalagmítica rota. todo lo cual sugiere un amontonamiento rápido de tierra y piedras sobre el esqueleto.
La gran riqueza en restos malacológicos de la tumba 1 es uno de los rasgos más interesantes del registro arqueológico de la cueva de Los Canes.
En nuestra opinión. está claro su carácter intencional.
En el caso de las conchas marinas es evidente que fueron traídas de lejos al yacimiento.
En el de los caracoles de tierra parece probable que hayan sido depositados por el hombre.
Diversos autores han puesto de relieve que muchas concentraciones de estos moluscos en yacimientos arqueológicos se pueden deber a procesos naturales de acumulación (Barandiarán, 1947; Guilaine, 1979; André, 1979 y Barandiarán Maestu, 1983).
Pero dichos procesos precisan la existencia de fases de abandono del yadmiento, en las que los caracoles puedan entrar masivamente y quedar enterrados sin que el pisoteo los destroce.
Nada de eso es compatible con lo que sabemos del nivel F. Según hemos visto, este estrato parece ser producto del relleno artificial de una fosa en un tiempo de unos minutos o como máximo unas horas.
La única manera coherente de explicar la presencia de los caracoles como ajena a la voluntad humana seria apelando a una hipotética gran densidad en el lugar de origen de la tierra, lo que tampoco es verosímil, ya que toda o la mayor parte de la tierra del nivel F parece proceder de la propia cueva -como indican los fragmentos de costra estalagmítica-y ningún nivel de Los Canes es tan rico en conchas.
Todo ello al margen de que incluso así seria difícil justificar su conservación enteros después del proceso de cavado, transporte y deposición de la tierra.
Por tanto, creemos que es posible que la extraordinaria riqueza en moluscos del nivel F se deba a una acción deliberada de los constructores de la estructura, relacionada sin duda con su carácter funerario.
Descripción e interpretación del enterramiento
-La tumba II es una fosa de planta ovalada que mide en el fondo 1,6 m. x 0,75 m.
Se sitúa junto a la boca de la cueva (cuadros Bl, Cl, DI, B2 y C2).
Es un profundo hoyo (85 cm. en lo que se há conservado) excavado en los niveles estériles de su entrada (9 y 10) y parte de la secuencia tardiglacial.
En algunos sectores del borde de la fosa había una serie de bloques de caliza aparentemente colocados.
El relleno estaba compuesto por cuatro capas bien diferenciadas (A-D), según hemos descrito en el apartado 2.1. del presente trabajo.
Conviene recordar, por su gran interés para la interpretación del ajuar de la sepultura, la brusca disminución de la densidad de restos líticos y óseos del nivel D al llegar a los restos humanos.
Estos descansaban en una tierra prácticamente libre de más indicios arqueológicos que colgantes y ciertos restos de fauna e industria muy destacados que comentaremos más adelante.
Hemos de señalar, asimismo, que las piezas industriales y faunísticas de la parte de D por encima de la osamenta humana aparecían orientadas en planos diversos, con un buen porcentaje de ellas hincadas vertical u oblicuamente.
Parece esto Il1ás propio de materiales caídos accidentalmente en la fosa o arrastrados con la tierra con que se la tapó que de un depósito intencional..9 En el fundo del huyu se hallaba depositadu un esqueletu casi cumpleto':>' una pequeña parte de otru ~Fig. 4).
Lus huesus del primero estaban en su mayuria en su pusición anatómica.
El cuerpo estaha tumbadu en la dirección del eje más largo de la tumba (aproximadamente S.E.-N.O.), con la caheza en la parte suroriental.
Su posición era ligeramente lateral, apo,:>,ada sobre el hombro izquierdu, cun lus brazus extendidus a lu largo del cuerpo y las piernas flexionadas.
Tres partes del esqueletu estaban desplazadas de su posición anatómica:
El cráneo -al que le faltaba la cara y estaba rotu, comprimido lateralmente pur un gran bloque de unos 60 cm. de longitud, que le había golpeado directamente-estaba situado.unos 10 cm. a la izquierda de las vttrtebras cervicales.
Las vértebras dorsales y lumbares no estaban en su lugar, apareciendo detrás de la cabeza un grupo de vértebras en conexión anatómica que podrian proceder de ese sector de la columna vertebral.
Las caderas, con el fémur derecho aún en conexión, estaban giradas en sentido inverso al de las agujas de un reloj, con la parte inferior mirando hacia el suroeste.
Además de esto, gran parte de las costillas y de las vértebras dorsales estaban aplastadas por el bloque que quebró el cráneo.
Asimismo, los huesos de las manos estaban desordenados, aunque se recogieron casi todos en la misma zona.
Por último, hemos de reseñar la aparición de un buen número de piezas dentarias delante del cráneo.
Uno de los datos más notables que ha proporcionado la excavación de esta tumba ha sido la evidencia del enterramiento de restos de otro individuo en esta misma estructura.
Entre el cráneo de la sepultura que acabamos de describir y el extremo oriental de la fosa se descubrieron dos pies, orientados en la misma dirección pero sentido inverso que el esqueleto completo.
Podría tener relación con este hallazgo la localización de varios dientes por debajo de los pies del primer individuo.
Señalemos también que a 4 cm. del húmero izquierdo del esqueleto más completo apareció una rótula, para cuya atribución a un individuo u otro habrá que esperar la finalización del estudio antropológico en curso.
La distinción precisa entre el ajuar y las piezas caídas accidentalmente o arrastradas con la tierra es muy difícil en la mayor parte de la estructura n.
Tal como señalábamos más arriba, parece poco probable que la mayor parte de los restos localizados en el relleno de la tumba, y aun en el estrato D, formaran parte de un verdadero depósito intencional.
No obstante, hay una serie de piezas que se separan del resto, tanto por su excepcionalidad tipológica como por su localización, y que, por ello, es verosímil que sean parte del ajuar: Dos testuces de cabra, localizadas sobre el fémur izquierdo.
Un conjunto formado por un punzón en hueso muy largo, un bastón perforado con orificio oval (figura 6 y lámina ll) y un canto rodado, hallados detrás del cráneo.
Un canto rodado de forma oval de 15 cm. de longitud, aparecido a la derecha del antebrazo derecho.
Un conjunto de conchas perforadas -Trivia europaea y un ejemplar muy pequeño de Littorina obtussatarecogido en torno al cráneo.
Un incisivo de ciervo perforado hallado junto al talón derecho del esqueleto completo.
Una concha perforada de Cyprina islandica (Imaz, cQl11unicación verbal) pegada de occipital.
Asimismo se ha de hacer notar la presencia de algunos ejemplares de los géneros Cepa ea y Patella entre los huesos, aunque su carácter de ajuar no es tan seguro como el de los anteriores, pues eran bastante frecuentes en todo el nivel D. No obstante, como al nivel del esqueleto prácticamente desaparecían las lascas y huesos de animales, cabe pensar que la aparición de las conchas junto a los restos humanos podría no ser casual.
La disposición de los huesos humanos en la tumba deja abiertos dos problemas de difícil resolución:
el sentido de la presencia de restos de más de un individuo. la descolocación de parle del esqueleto completo.
Ante el primer problema caben al menos tres vías de explicación: l.
La estructura II seria un sepulcro colectivo en el que se habrian depositado restos de varios individuos enterrados previamente en otro lugar.
La tumba habría sido reutilizada y los pies del lado oriental y los dientes del occidental procederían de un individuo sepultado anteriormente, cuyos restos habrían sido extraídos para enterrar otro cadáver.
Su conservación en la tumba se debería al pequeño tamaño de los dientes y a la posición inmediata al borde de la fosa de los pies, que había facilitado el que quedaran tapados en caso de no vaciarse completamente el relleno de la sepultura antigua.
Los restos distintos del esqueleto completo formarían parte de una ofrenda.
La primera hipótesis tiene a su favor el relativo desorden del esqueleto principal.
Sin embargo parece poco probable, pues no nos hallamos ante un conjunto de restos variados de diversos individuos, sino ante un cuerpo completo y parles mínimas de otro.
Además, los huesos de los pies aislados están en conexión anatómica, lo que implica que fueron enterrados antes de la descomposición de los ligamentos.
Señalemos, por último, que sólo han aparecido los huesos habituales en enterramientos colectivos secundaríos (cráneos, huesos largos) para el esqueleto completo y que los hallados además de él, los huesecillos de los pies, están precisamente entre las parles anatómicas peor representadas en tal tipo de sepulturas.
La hipótesis segunda, por el contrarío, es bastante coherente con la información disponible.
Parece evidente que el enterramiento de la estructura 11 de Los Canes no es una tumba colectiva, sino una individual en la que hay algunos restos de otro cadáver.
La posición de los pies y los dientes abonan la suposición de que estos últimos proceden de otro enterramiento individual anteríor.
Por otra parte, la práctica de extraer restos ya descompuestos para abrir nuevas tumbas podría estar confirmada por la aparíción de huesos humanos aislados en el relleno de la propia tumba II y en los de la estructura 1 y anteriores.
La tercera hipótesis es imposible de verificar mientras no existan paralelos de una práctica de ese tipo.
Tampoco es refutable, pero parece más compleja y por tanto menos verosímil que la segunda, que al menos tiene la ventaja de referirse únicamente a procesos bastante simples y comunes a los usos funerarios de cualquier época.
La cuestión del desorden del esqueleto completo es más difícil de solucionar.
Las explicaciones más evidentes podrían ser:
-Carácter secundario del enterramiento: el cadaver habría sido sepultado en estado de semidescomposición, con lo que al arrojarlo en la tumba y someterlo a las presiones del relleno de la misma se ha~rían descolocado algunas parles.
-Remoción parcial por animales cavadores de madrígueras: los huesos habrían sido descolocados por la apertura de madrigueras en la tierra removida de la tumba.
Posteriormente las galerías se habrian rellenado de la misma tierra del nivelO y se habrian hecho indistinguibles del mismo.
Reapertura de la tumba por grupos humanos.
La sepultura podría haber sido rccxcavada para depositar otro cadáver o con otro fin, interrumpiéndose dicho trabajo al encontrarse unos restos humanos (¿en descomposición?) y tapándose inmediatamente de nuevo el sepulcro, lo que no habria impedido la remoción parcial de la parte central del esqueleto, que sería la p."imera en ser alcanzada por la excavación.
La primera hipótesis no es contradictoria con los datos disponibles, aunque la organización del esqueleto es poco habitual para un enterramiento secundario, en los que los huesos suelen estar mucho más desordenados.
Habría que pensar, por tanto, en el depósito de unos restos cuyas partes blandas estarían sólo parcialmente descompuestas, y quizá envueltos para su traslado en un tejido o en un féretro, única manera de garantizar que unos restos lo bastante deteriorados como para quedar en la posición en que los encontramos pudieran ser movidos sin destrozarse.
La segunda hipótesis resulta la más improbable.
Tendrían que ser enormes las galerías para permitir la remoción de la pelvis.
Además, los destrozos de los animales suelen consistir más bien en destrucción de huesos que en su traslado, máxime cuando nos referimos a partes tan frágiles como vértebras y caderas.
La tercera, por último, es compatible con los datos observados, aunque debemos señalar que no resulta muy verosímil que la apertura de un hoyo con herramienta pesada dé lugar únicamente a una descolocación de los huesos en vez de a su rotura.
Por otra parte el relleno de la estructura II estaba cuidadosamente organizado en capas de distinto carácter, lo que no parece excesivamente coherente con la hipótesis de una cubrición apresurada por parte de unos excavadores sorprendidos por la aparición de un cadáver.
Por consiguiente, ninguna de las tres hipótesis es rechazable totalmente, aunque la que plantea menos dificultades es la primera, por lo que la consideraremos la más probable.
Las industrias de la estructura 1I
Las industrias recogidas en la estructura II plantean serios problemas para su interpretación.
La disposición desordenada de la mayor parte de ellas hace pensar que no son piezas depositadas intencionadamente, sino arrojadas en la fosa con la tierra que cubria el esqueleto.
La evidencia de que la estructura II debió de abrirse en los estratos tardiglaciales de la cueva o en estructuras más tardías abiertas en ellos nos indica que parte de esas industrias podría ser mucho más antigua que dicha estructura.
Ello se vería confirmado por el estilo claramente paleolítico de muchas de las piezas y por la aparición junto a ellas de restos de micromamíferos extinguidos antes•del Würm IV (Pemán, comunicaciqn verbal).
Por consiguiente, parece que la tierra con que se cubrió el cadáver principal de la estructura 11 procedía de la misma cueva y que con ella cayeron en la tumba numerosas piezas paleolíticas o epipaleolíticas, además de algunas otras contemporáneas o no muy alejadas en el tiempo de la misma.
Por ello, sólo podremos considerar piezas de cronología segura y constitutivas de un ajuar las pocas que aparecieron claramente asociadas al esqueleto en el fondo de la tumba.
Las demás deberán ser valoradas con precauciones, concediendo más atención a piezas como los microlitos geométicos, los microburiles o las cerámicas -probablemente contemporáneas del enterramiento-que a raspadores o azagayas, que muy bien podrían proceder originalmente de las capas tardiglaciales del depósito.
Hemos clasificado la colección de piezas líticas retocadas de Los Canes con arreglo a dos sistemas tipológicos: el propuesto por Fortea (1973) para el Epipaleolítico Mediterráneo español y la tipología analítica de G. Laplace (1974), en la versión del coloquio de Marsella de 1972.
Puede resultar llamativo el uso de más de una lista tipológica.
No se trata de una mera filigrana metodológica.
Cada una de ellas se basa en criterios distintos y, por tanto, proporciona información de un género diferente.
Por otra parte, el estudio de la colección de Los Canes no se ha planificado como algo aislado, sino que está pensado para poder compararla con otras coetáneas de la regIon cantábrica, por lo que interesaba ampliar la base de la comparación, muy restringida si sólo clasificábamos las industrias con un tipo de criterio.
La tipología de Fortea, aunque concebida para las industrias epi paleolíticas mediterráneas, resulta muy apropiada para la clasificación del utillaje retocado del Epipaleolítico, el Neolítico y el Calcolítico de amplias áreas de la Península.
Por ello, su uso se ha extendido notablemente en los últimos años.
Se trata de un sistema muy útil para ordenar el material retocado en grupos tipológicos, establecidos en base a criterios diversos, pero hastante significativos de algunos aspectos técnicos y estilísticos.
Ofrece también una clasificación muy detallada de las hojitas de dorso y de los microlitos geométricos, al tiempo que aísla tipos importantes, como las piezas con retoque invasor.
El sistema tipológico analítico de G. Laplace tiene la ventaja de estar apoyado en unos criterios racionales y jerarquizados que reducen al mínimo el papel de la subjetividad del analista en la clasificación de materiales que no se ajustan con precisión a los tipos definidos, problema muy grave en tipologías concebidas de otra forma.
La contrapartida de esta indudable ventaja es que esta técnica de clasificación no proporciona apenas información acerca de cuestiones estilísticas y morfológicas relevantes y que con ella se diluye la identidad de útiles de gran interés como los microlitos geométricos (y muy particularmente los fabricados con retoque en doble bisel).
La clasificación de las piezas líticas retocadas de la estructura n según la lista de Fortea es (3): En su mayoria están talladas en sílex de variedades de poca calidad localizables cerca del
(3) Algunos de los buriles múltiples estudiados en esta colección eran inclasificables siguiendo estrictamente las definiciones de Fortea, al incluir tipos -en truncadura y simples, no existiendo en la lista propuesta más posibilidad que el buril múltiple en truncadura (B6e) y el buril múltiple simple (85).
Por ello, ante el carácter abierto de esta tipología. hemos optado por añadir un tipo al grupo de los buriles: B9 (buril múltiple compuesto).
T. P., 1990, n ll 47 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es yacimiento (Arias, 1987).
Los índices por grupos tipológícos son los siguientes, aunque, insistimos, no ~e les debe conceder demasiado valor:
Dentro del conjunto, lo más relevante desde el punto de vista tipológico y de adscripción cronoestratigráfica son los microlitos geométricos, los microburiles y una pieza con muescas enfrentadas muy particular.
Hasta ahora se han recogido en la cueva de Los Canes veinte microlitos geométricos (Fig. 5), de los que dieciocho proceden de la estructura 11 y los otros dos de las estructuras anteriores a la l.
Los microlitos de la estructura 11 se caracterizan por su pequeño tamaño (alguno no supera el PABLO ARIAS CABAL v CARLOS PEREZ SUAREZ centímetro de longitud) v por su gran variedad tipológica y técnica, que los reparte en siete tipos distintos de la lista de Fortea.
Doce de ellos están tallados exclusivamente con retoque abrupto, cuatro con retoque en doble bisel y las dos piezas restantes (un triangulo de cuarzo y un trapecio roto) presentan retoque abrupto en un lado y en doble bisel en el otro.
Tres son segmentos de círculu, siete trapecios':' J" los otros ocho triángulos.
El retoque en doble bisel se utiliza únicamente en los segmentos (uno) y los triángulos (tres solu y uno combinado con abruptu).
En los trapecios dicho retoque aparece únicamente en una pieza dudosa e incompleta.
Tanto en trapecios como en triángulos son abundantes las piezas con ladus cóncavos.
Otro dato interesante es la escasa calidad de las materias primas en que está fabricada parte de estas piezas.
Ocho están realizadas en sílex negro procedente de las calizas de montaña namurienses, dos en sílex de radiolarios de las calizas de la base del carbonífero local (en ambos casos se trata de tipos de silex muy poco apropiados para la talla) y tres en cuarzo.
Las tres piezas de sílex (una de ellas de radiolarios) incluidas en el grupo de los microburiles se clasifican en el tipo M3 (microburil de Krukowski).
Dicho tipo podria corresponder a accidentes de talla en la fabricación de hojitas de dorso (Bordes, 1957), por lo que su aparición no implica necesariamente un uso deliberado de la técnica de microburil.
Señalemos, no obstante, que en la campaña de 1989 se recogió un verdadero microburil (tipo M 1 de Fortea) en la estructura IV.
Por último, hemos de citar una pieza, recogida en el nivel C, con buenos paralelos formales en el Cantábrico oriental.
Es una hoja con dos muescas muy profundas opuestas, indistinguible morfológicamente de un interesante conjunto de hojas estranguladas que hemos tenido la ocasión de estudiar en el nivel IV de la cueva vizcaína de Santimamiñe (Arias, 1990).
Veamos una clasificación del mismo conjunto de acuerdo con la versión del Coloquio de Marsella de la tipología analítica: Según se puede ver, esta colección destaca por el dominio de los abruptos, seguidos de cerca de los simples.
Ni los planos ni los esquirlados están representados.
El índice de los sobreelevados no es más que testimonial.
Por lo que se refiere a otros tipos de útiles líticos, hemos de mencionar un percutor doble en un canto de cuarcita.
La industria ósea es muy escasa.
No obstante, se han localizado dos piezas de gran interés tipológico: un bastón perforado en asta de ciervo y un punzón fabricado en un hueso largo de ungulado.
El bastón (Fig. 6 Y Lám.
Está entero, aunque roto en dos mitades por la zona de la perforación.
La superficie está muy erosionada.
Por su parte, el punzón (Fig. 6) es una pieza de 181 x 11 x 9 mm., de sección circular, cuidadosamente aguzada en un lado.
Conserva en el extremo proximal el canal del hueso en el que está fabricada.
Apareció completa, pero rota en cuatro fragmentos.
Además de éstas se recogieron otras tres piezas óseas trabajadas en el relleno de la tumba, todas eUas en la parte superior.
Por ello no se puede garantizar su contemporaneidad con el enterramiento.
Se trata de un fragmento de hueso aguzado y dos fragmentos distales de puntas de asta, una de ellas con una perforación central que sugiere que fue transformada en colgante.
Las excavaciones de la cueva de Los Canes proporcionaron hasta el final de la campaña de 1988 92 fragmentos de cerámica (Fig. 5), correspondientes a unas nueve especies.
Todas ellas proceden del relleno de la estructura II o del nivel E (anterior a dicha estructura).
Se caracterizan por la tosquedad de las pastas, las formas simples (bordes rectos, en algún caso cuello, fondos curvos o planos) y la ausencia de enlucidos exteriores.
Por lo general son lisas, presentando los únicos fragmentos decorados series de acanaladuras paralelas horizontales, verticales u oblicuas cortándose en algunos puntos.
La única forma reconstruible en su mayor parte es un frasco o pequeña botella.
Se trata de una vasija cilíndrica con fondo redondeado y, posiblemente, cuello muy marcado, de unos 30-35 mm. de-diámetro y al menos 80 mm. de altura, fabricada en arcilla con numerosos fragmentitos de carbón, de conchas (Patella y Cepa ea) y aun de sílex.
Para terminar, hemos de mencionar la nutrida colección de colgantes que ha proporcionado esta tumba, gran parte de ellos asociados al esqueleto principal.
La mayoría son conchas marinas perforadas.
En el área inmediata al cráneo se localizaron numerosas conchas perforadas de Trivia europaea, una de Littorina obtussata y otra de Cyprina islandica.
En otras zonas del relleno se recuperaron más ejemplares perforados de Trivio. europaea e incluso uno de Monodonta lineata y un fragmento perforado de Patella sp.
Como señalábamos en el apartado anterior, junto al pie derecho del esqueleto se encontró un canino de cierva perforado.
VALORACION DE LAS EVIDENCIAS
Desde la perspectiva que nos interesa en este artículo, lo más relevante de lo que acabamos de describir es la aportación de estas tumbas al estudio de la transición del Epipaleolítico al Neolítico de la región.
Parece clara la adscripción de la sepultura de la estructura II a una fase antigua del Neolítico regional.
Según hemos tratado de justificar más detalladamente en otro lugar (Arias, 1990), para esta afirmación nos apoyamos en determinados rasgos del material hallado en ella (fundamentalmente la aparición de microlitos geométricos con retoque en doble bisel), su paralelismo con la (Arias, 1990(Arias, y 1991)).
Dicha fase, en la que se incluirian, además de Los Canes y Marizulo, el nivel III de Santimamiñe, Kobaederra, el nivel 1 del Tarrerón, el nivel B de Atxeta, los concheros' con cerámica de la costa de L1anes y Ridadedeva y el yacimiento de Mouligna, se podria fechar, a partir de alguna datación radiocarbónica y de la cronología de algunos de sus elementos arqueológicos, en torno a 4300•3900 cal B.e.
Algo más antiguo parece el Neolítico de cerámicas impresas no cardiales del estrato IC2 de Arenaza (Apellániz y Altuna, 1975), pero el carácter aislado de los datos ofrecidos por este interesante yacimiento impide generalizar a todo el Cantábrico tal horizonte, no documentado, de todas formas, en el sector occidental de la región.
La estructura 1 es imposible de datar por el momento.
Los restos arqueológicos localizados junto al esqueleto humano no permiten aventurar su cronología.
Señalemos, de todas formas, que el empleo de un mismo espacio funerario y las evidentes analogías entre ambos enterramientos nos hacen suponer que no está excesivamente alejado en el tiempo de la estructura ll.
Esto no quiere decir necesariamente que la estructura 1 sea neolítica, pues en su contenido no se ha hallado ninguno de los indicios de neolitización admitidos generalmente (restos de especies domésticas, cerámica), por lo que no se puede descartar su adscripción al Epipaleolítico final.
No obstante, la pobreza del conjunto rescatado relativiza el valor de cualquier datación basada en consideraciones arqueológicas.
Por tanto, la estructura 1 de Los Canes debe ser encuadrada provisionalmente en el Epipaleolíticio final o el Neolítico inicial de la región, es decir, en torno a mediados del V milenio a. e., en cronología calibrada.
Habrá que esperar, por consiguiente, a que el radiocarbono (4) o la excavación de las estructuras anteriores a la 1 resuelvan la clasificación de esta tumba para valorar la relevancia de la analogía entre las dos sepulturas excavadas hasta ahora en Los Canes.
No obstante, la propia estructura II nos ofrece indicios bastante solidos de que el Neolítico inicial representado en ella hunde parte de sus raíces en el Epipaleolítico avanzado del oriente de Asturias.
Si estudiamos atentamente las características de esta sepultura, resulta evidente que, tanto en la concepción del enterramiento como en la de los ajuares, Los Canes II podría estar emparentada con la tradición funeraria del' Epipaleolítico de la región, representada por la tumba aziliense de Los Azules (Femández-Tresguerres, 1976) y la asturiense del Molino de Gasparín (Carballo, 1926).
Se trata de fosas abiertas en cuevas o abrígos, en cuyo fondo se deposita un único individuo.
Están tapadas por un túmulo con capas más o menos ordenadas de piedras y tierra.
En ocasiones existe un cerco de piedras en torno a la fosa.
Los ajuares incluyen restos de fauna (con fuerte presencia de moluscos marinos -aun en los yacimientos alejados de la costa, como Los Azules y Los Canes-y terrestres), utillaje como el que aparece en los yacimientos de habitación coetáneos, elementos de adorno o ritual (colgantes, cantos pintados) y restos de ocre.
Más evidente aún es el significado de uno de los elementos más conspicuos del ajuar de la estructura 11 de Los Cant's: el bastón perforado.
Tipológicamente es indudable su paralelismo con los de los niveles asturienses de las cuevas de Fonfría v Tres Calabres (L1anes, Asturias) (Vega del Sella, 1923).
Se trata de un tipo de bastón perforado mu~' particular, daramente distinguible de los del Paleolítico Superior.
Su aparición se documenta hasta ahora (Fig. 7) en esos yacimientos asturienses ~. en un par de contextos del País Vasco, uno mal conocido ~. el otro aún no publicado: respectivamente la cueva de Logalan y el asentamiento al aire libre de Herriko Barra.
Parece probable que se haya localizado otro en el nivel IV (Epipaleolítico geométrico) de la cueva de Santimamiñe.
7.-Distribución geográfica de los bastones perforados del tipo del hallado en la estructura 11 de la cueva de Los Canes.
Clave 1: Trescalabres, 2: Fonfría, 3: Los Canes, 4; Logalan.
El bastón de Logalan (Trucíos, Vizcaya) fue descubierto en 1975 por espeleólogos que realizaron una cata «fuera del portal y al exterioo> de la cueva.
La pieza que nos interesa se encontró, no obstante, dentro ella, al cavar para facilitar el paso por una gatera (Alvarez, 1977).
Al parecer, el bastón «estaba con unas lapas.
A 2,5 m. de distancia apareció, en una cata superficial, un fragmento de cerámica lisa, así como tres lascas de sílex y restos de cremación de huesos y varios dientes de cérvidos y una tibia humana» (Nolte, 1977).
Es una pieza de 122 mm. de largo, con perforación oval lateral.
Herriko Barra es un yacimiento al aire libre situado en la villa guipuzcoana de Zarauz, junto a la costa actual.
Fue objeto de una excavación de urgencia a cargo de 1.
El yacimiento consta de «un único nivel de unos 20 cm. de espesor, compuesto por tierra arenosa negruzca, rica en materia orgánica, macrorrestos vegetales y animales y útiles prehistóricos» (Armendáriz, 1988).
Entre estos últimos destacan una veintena de microlitos geométricos de sílex con retoque en doble -bisel, algunos raspadores y un bastón que, según nos ha comunicado amablemente A. Armendáriz, es similar a los de Fonfria y Tres Calabres.
Como apunta este investigador, la industria parece del Neolítico inicial, aunque «la completa ausencia de cerámica y domesticación sugieren una más probable atribución al Mesolítico final» (Armendáriz, 1988).
Por lo que se refiere a Santimamiñe, debemos recordar la alusión de Aranzadi, Barandiarán y Eguren (1931) a una «horquilla de tipo asturiense)) en el conchero.
Las fotografías publicadas en la memoria de excavación muestran un fragmento de asta con una gran perforación oval, asimilable a los bastones de Fonfria y Tres Calabres, tal como parecen sugerir los excavadores al referirse al Asturicnse.
En la actualidad la pieza está en paradero desconocido.
A la vista de los paralelos que acabamos de revisar, se comprueba la adscripción de este tipo de bastones, en los casos en que hay datos suficientes (Fonfria, Tres Calabres, y Santimaniñe), al Epipaleolítico avanzado de la región cantábrica.
Su aparición en la tumba de la cueva de Los Canes constituye un dato de inestimable valor para documentar la existencia de vínculos entre el Epipaleolítico avanzado local y el primer Neolítico de la región.
Destaquemos el hecho de que la pieza de tipología epipaleolítica no ha aparecido abandonada de cualquier manera, sino depositada en un lugar relevante de una estructura de indudable valor simbólico.
A este respecto podria convenir recordar un caso similar de la misma comarca, aunque aún más notable por su mayor alejamiento temporal del Epipaleolítico: la aparición de picos asturienses en los sepulcros megalíticos calcolíticos de la Sierra Plana de La Borbolla (L1anes), de los que al menos uno apareció en una estructura central intacta (Fernández Menéndez, 1927: 315.
Véase también Arias, en prensa y Arias y Pérez, en prensa-d).
Los indicios de vinculación del Neolítico de este yacimiento cabraliego con el Epipaleolítico de la costa del E. de Asturias no son hechos aislados.
Como uno de nosotros ha tratado de mostrar en su tesis doctoral (Arias, 1990), el Neolítico inicial de la región cantábrica se presenta como un conjunto de facies industriales estrechamente relacionadas con los complejos del final del Epipaleolítico que las preceden (Asturiense en el Cantábrico occidental.
Epipaleolítico geométrico tipo Santimamiñe IV o Epipaleolítico tipo Atxeta C en el Cantábrico oriental).
La comparación de los restos de talla de las colecciones líticas del Epipaleolítico y el Neolítico de la región permite detectar una gran similitud en las técnicas de talla y las tendencias en los patrones de uso de las materias primas.
Más llamativo es el hecho de que, clasificando las piezas retocadas con arreglo a las tipologías de Fortea y Laplace, las estructuras industriales de ambos conjuntos resulten prácticamente idénticas.
De hecho, en la mayoría de los yacimientos con estratos de ambos periodos, la aplicación de la prueba del Xl a las industrias líticas, clasificadas tanto según Fortea como según Laplace, confirmó con holgura la hipótesis nula, es decir, que las diferencias no eran significativas estadísticamente (Arias, 1990).
El paralelismo entre las industrias epipaleolíticas y neolíticas no se agota en la distribución de grupos tipológico s o de órdenes modales, sino que diversos tipos líticos relevantes, como los picos asturienses o unas piezas muy particulares con' retoque inverso profundo, aparece en ambos periodos.
Por último, hemos de destacar que las industrias óseas epipaleolíticas y neolíticas son idénticas, tanto en el área occidental como en la oriental de la región.
Todo ello parece demostrar de forma indudable la existencia de fuertes vínculos entre el Epipaleolítico y el Neolítico inicial de la región.
El análisis de estructras funerarias como la tumba n de Los Canes y la sepultura individual de Marizulo (con bastantes puntos de contacto con la tradición epipaleolítica regional) y la constatación de que el arte mobiliar del Epipaleolítico postaziliense cantábrico (canto pintado con colorante rojo del Asturiense de Mazaculos) es idéntico al del Neolítico (placas y cantos pintados de los niveles con cerámica de Mazaculos, estrato m de Santimamiñe y nivel neolítico de Lumentxa) parecen confirmar de forma bastante fiable las conclusiones obtenidas a partir del análisis del utillaje lítico y óseo.
No todo son parecidos, desde luego.
Entre el Epipaleolítico y el Neolítico cantábricos existen algunas diferencias significativas desde el punto de vista tecnológico y tipológico, aunque hemos de poner de relieve que su presencia en las colecciones es porcentualmente poco relevante.
Nos referimos básicamente a ciertas novedades (algunas de las cuales se documentan, entre otros lugares, en la tumba 1I de Los Canes) como los microlitos geométricos con retoque en doble bisel, las hachas pulimentadas.., la cerámica.
Hemos de destacar el hecho de que no existen indicios de que dichas novedades ha..,an sido inventadas en la región, al tiempo que diversos paralelismos con d Neolítico de la parte alta y media del valle del Ebro permiten postular la llegada al Cantábrico de la ma..,or parte de ellas desde esa zona.
La información arqueológica resumida en los párrafos precedentes nos ha permitido caracterizar la neolitización de la región cantábrica como un conjunto de procesos simultáneos, similares e interrelacionados de aculturación de las poblaciones indígenas de cazadores y recolectores, vinculados a contactos con grupos ya neolitizados del Alto Ebro (Arias, 1990(Arias, v 1991)).
La neolitización del Cantábrico es un problema abierto.
De hecho, su estudio para el conjunto de la región no se había abordado hasta los últimos años.
Por ello, son muchos los puntos oscuros, pocas las excavaciones modernas, demasiadas las comarcas para las que se cuenta con poca o ninguna información fiable.
En consecuencia, el esquema que resumimos en el apartado anterior no puede pretender -ni pretende ser-más que un punto de partida, inseguro y revisable, para, por medio de su critica, seguir avanzando en el conocimiento de uno de los problemas más relevantes de la Historia regional.
En este contexto, datos como los aportados por un depósito tan rico y tan bien conservado como Los Canes son de una importancia primordial.
Todavía es un poco pronto para efectuar una valoración definitiva de este yacimiento.
Es preciso esperar a la excavación de las estructuras anteriores a la 1, a que se terminen los análisis de diversos especialistas (5) y a que se reciban las primeras dataciones absolutas para contar con una base suficiente para ello.
No obstante, creemos que no es una exageración caracterizar las sepulturas de Los Canes como una de los elementos básicos con que contamos actualmente para documentar la neolitización del sector occidental del Cantábrico.
Esperamos que el gran desarrollo que está experimentando en los últimos años la investigación arqueológica en España propicie nuevos trabajos acerca del Epipaleolítico y el Neolítico cantábricos.
A nuestro entender, es un campo de trabajo que ofrece posibilidades.
Es muy probable que la exploración de otras zonas de la región proporcione nuevos yacimientos.
Por otra parte, en muchos de los ya conocidos se pueden atisbar amplias perspectivas para la investigación de campo o la revisión de los restos de excavaciones antiguas, sin olvidar las posibilidades que ofrece la reinterpretación de los datos ya publicados.
Por nuestra parte, con este trabajo pretendemos despertar el interés por estas cuestiones y realizar una valoración provisional de algunos indicios que pueden contribuir a que, paulatinamente, se vaya resolviendo parte de los muchos problemas que plantea la reconstrucción de los procesos de cambio desde las últimas sociedades de cazadores y recolectores a las primeras comunidades del Cantábrico que incluían en su sistema económico la agricultura y la ganaderia.
Es éste el objetivo fundamental de las investigaciones arqueológicas que se están efectuando en la cueva de Los Canes.
M. O. Garralda, del Opto. de Biología Animal de la Universidad Complutense de Madrid, está realizando el estudio antropológico. el Or.
P. Castaños, del Museo Arqueológico, Etnográfico e Histórico Vasco de Bilbao, estudia los mamíferos grandes y medianos, E. Pemán, de la Sociedad de Ciencias Aranzadi de San Sebastián, los micromamíferos, la Ora.
E. RoseUó, del Opto. de Biolo¡ía de la Universidad Autónoma de Madrid, los peces y M. Imaz, de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, los moluscos marinos; P. Uzquiano, del Laboratoire de Paléobotanique de la U.S.T.L. (Montpellier), se encarga del estudio antracológico.
A todos ellos queremos expresarles nuestro agradecimiento por su colaboración en este programa de investigación.
Baslón perforado de la eslruclura I! de la cueva de Los Canes. |
RESUMEN La Provincia Metalúrgica Circumpóntica r~presentaba un sistema de centros de producción de cobre, bronces arsenicales y objetos de bronce de morfología similar, estrechamente interconectados_ Este amplio sistema jugó sin duda, un papel central en el Viejo Mundo durante más de un milenio y medio (desde la mitad del IV al inicio del 11 milenio a.
C.) abarcando las culturas de las Edades del Bronce Antiguo y Medio en el territorio de la mitad meridional de Europa oriental. el Cáucaso, Asia Menor y la región Cárpato-Balcánica.
Se estudia el problema de la morfología y la tecnología de la producción en el marco de unas amplias relaciones, la dinámica de desarrollo de diferentes sistemas culturales y productivos, su formación bastante rápida y su destrucción fortuita.
Además se han examinado las cuestiones relativas a la funcionalidad de la producción metalúrgica dentro de las fronteras de la Provincia y el retroceso evidente de la metalurgia en Asia Menor y Próximo Oriente desde la mitad del segundo milenio a.
Palabras clave Pro\im: ia Cin: umpúntil•a.
Bronl'l: Antiguo, Brom'c Medio, análisis cspectral. metalurgia, oro. cohre, bronce, tipología, La Provincia Metalúrgica Circumpóntica (PMC) era un sistema de centros de producción \' de trabajo del metal interconectados de modo bastante estrecho.
Cubría un área amplia que incluía la parte meridional de Europa oriental. el Cáucaso, Asia Menor, la región Cárpato-Balcánica y, muy probablemente, se extendía incluso más hacia el Sur.
Cronológicamente abarcaba un largo período, extendiéndose durante las Edades del Bronce Antiguo (EBA) y Medio (EBM): en la EBA aproximadamente desde la mitad o el tercer cuarto del cuarto milenio a. c., hasta mediados del tercer milenio a.
C. Al final de la EBM, en los siglos XVIII y XVII a. c., el sistema se desintegró por completo.
Este marco estaba determinado por las fechas de C 14 calibradas que eran especialmente útiles para las fases más antiguas de la Provincia.
En el caso de la EBM (en torno a mediados del tercer milenio), la PMC experimentó una transformación clara, evidente en los procesos de manufáctura y en la morfología de las producciones, las características étnicas y culturales de la población y en la esfera de la acción territorial.
Más tarde, diferentes aspectos de la misma fueron objeto de discusión en cierto número de artículos y capítulos de monografías referidas a la historia de la metalurgia más antigua de Eurasia y también a l~s problemas de historia general conectados con ella, como los concernientes a la paleolingüística (Cernych 1982, 1983, Chernij 1977, 1978a, 1978b, 1980, 1987; Chernij y Avilova 1988).
Entre tanto, la continuidad en la investigación permitió advertir que estábamos tratando con un sistema particularmente complejo con respecto a sus componentes étnicos y socioculturales.
En las Edades del Bronce Antiguo y Medio constituía, de hecho, el núcleo de las culturas euroasiáticas.
Ha quedado claro que una enorme cantidad de cobre y bronce era reducida, fundida en moldes y procesada en los centros de la PMC y que fue producido un gran número de artefactos de plata y oro.
Naturalmente, todos los materiales requerían un estudio detallado, varios tipos de análisis y, en general, abordar dicho estudio mediante un método específico.
Antes de seguir con una breve exposición de los descubrimientos de nuestra investigación relacionados con el sistema como un todo, hay que formular algunas definiciones y proposiciones metodológicas importantes.
Discutiremos aquí, en particular, los principios aplicados a la identificación de las provincias metalúrgicas que, naturalmente, pueden usarse para identificar entidades análogas en otra parte.
La SERIE morfológicamente unificada de artefactos metálicos es el signo más destacado de parentesco entre los centros de producción (núcleos).
Nos hemos concentrado, primero y sobre todo, en la categoría de UTILES y ARMAS.
Esta categoría es el principal indicador en cada provincia.
Frecuentemente los adornos, los artefactos rituales y simbólicos, etc. reflejaban otros aspectos sociales, por ejemplo, las características etnoculturales y el nivel de desarrollo social.
Una condición indispensable era tener en cuenta la presencia de una norma más o menos establecida y, en principio, una serie unificada de categorías.
Los grupos de categorías similares de útiles y armas metálicas encontrados en numerosos centros se valoraron más que los hallazgos individuales de artefactos que pertenecían a tipos muy parecidos entre sí.
Al mismo tiempo, cualquiera de los conjuntos podía contener un mayor o menor número de indicadores.
La semejanza en los procesos de manufactura empleados en las categorías más importantes de útiles, armas y, en parte, adornos es un principio igualmente importante, aunque menos evidente.
Los moldes de fundición y las series de análisis metalográficos son los que proporcionan la mayor cantidad de información.
Como resultado, un investigador normalmente trata con un cierto número de métodos de manufactura normalizados para el fundido en molde o el martillado de los objetos de metal, métodos que quedan en evidencia en todos los núcleos (o, al menos, en el central).
La naturaleza de las ALEACIONES DE COBRE artificiales usadas en un núcleo individual juega un papel menos importante en la identificación de sistemas de centros de producción interconectados.
No sólo una tradición sino también la posibilidad de conseguir determinadas menas minerales (casiterita o realgar) o endurecedores (estano, arsénico, etc.), obtenidos a veces de minas y regiones metalúrgicas alejadas, hacen más practicable producir un tipo definido de aleaciones que las consideraciones acerca de sus ventajas tecnológicas, como en el caso de los bronces con estano o arsénico.
Por el contrario, la preferencia por una serie unificada morfológicamente o por un proceso de manufactura dependía poco o nada de la accesibilidad y la calidad de las materias primas (presuponemos que el artesano tenía c<libertad de elección»).
EL PRINCIPIO DE LA CONTINUIDAD TERRITORIAL Y CRONOLOGICA.
Uno puede suponer que la unidad morfológica y tecnológica en los centros de producción de:: la Provincia dependía principalmente de la interacción estrecha y constante entre la gente y los grupos de artesanos integrados en las estructuras sociales.
Parece como si esos vínculos estuvieran orientados principalmente hacia el interior del sistema.
Los contactos con el mundo exterior eran considerablemente menos significativos.
Esto explica probablemente por qué los centros de producción que mostraban rasgos similares formaban cccadenas» y ccconjuntos» continuos.
Fuera de sus límites espaciales otras cccadenas» se integraban en una provincia vecina (si la había).
Los mecanismos tradicionales se fueron pasando de generación en generación dando lugar así a un sistema con una continuidad cronológica.
Por tanto los centros de la Provincia no podían ser separados unos de otros espacial o temporalmente.
A veces, también eran importantes otros rasgos menos significativos -uno de ellos sería las formas organizativas de la fabricación metalúrgica-de los que no nos ocuparemos por falta de espacio.
Debido a la limitación impuesta a la extensión del artÍCulo debemos restringirnos a la descripción de la MACROESTRUCTURA de la Provincia, es decir, a la de sus partes principales (tanto desde el punto de vista cronológico, como territorial).
Una descripción de sus microestructuras daría lugar a una monografía voluminosa; por tanto, las cuestiones correspondientes a los niveles inferiores de la investigación quedarán fuera del objetivo del artículo.
Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que los autores creen que su investigación está incompleta en cierto número de aspectos muy importantes.
Uno de ellos son los límites meridionales de la Provincia que pueden verse en los mapas (Figs.
Mientras la totalidad de los materiales del Egeo, Siria-Palestina y Mesopotamia no sea estudiada con todo detalle, la correlación entre las numerosas series de objetos metálicos de las regiones meridionales aquí enumeradas y las regiones septentrionales (cuyos centros creemos que formaron parte de la PMC) seguirá siendo vaga.
Hasta ahora no hay una base de datos completa en la región Cárpato-Balcánica, una de las que resulta clave en la Provincia.
Esto no puede dejar de afectar nuestras conclusiones y queda reflejado en las figuras.
REGIONES Y ZONAS GEOGRAFICAS
El patrón etnocultural de las entidades sociales que formaban la PMC era extremadamente fragmentario.
Esto estaba determinado, en primer lugar, por su vasto territorio que incluía regiones con condiciones ecológicas y geográficas variadas.
Jncluso si consideramos sus fronteras territoriales durante la EBA (excluyendo las regiones más meridionales), la Provincia cubría hasta 3.000.000 siendo sus valles adecuados para la ocupación humana.
Las mayores agrupaciones de yacimientos pertenecientes a varias culturas se hallaban precisamente en estos valles.
Al ocuparnos de los materiales de la PMC, hemos creído conveniente identificar cinco zonas principales.
Tres de ellas están situadas en la región meridional: el Transcáucaso (dentro de las fronteras soviéticas), Asia Menor (dentro de las fronteras de Turquía) y la región Cárpato-Balcánica.
En la última, hemos tenido en cuenta principalmente los hallazgos que proceden de las regiones en la latitud de los Montes Ródope (incluyendo Grecia septentrional -Tesalia y Macedonia-).
En la región septentrional, hemos identificado dos zonas desiguales: el Cáucaso septentrional que es comparativamente pequeña y el sur de Europa oriental que abarca el territorio más amplio.
La primera incluía la región montañosa y las regiones de piedemonte al norte de la Cordillera del Cáucaso con los valles de los nos Kuban y Terek.
La última comprendía las áreas de estepa y bosque-estepa de la Rusia europea habitadas por las denominadas «culturas kurganas».
En la EMB, su frontera avanzó marcadamente hacia el Norte..
Las estadístÍl: as de hallazgos metálicos de algunos de esos territorios (véase abajo) requerían una clasificación incluso más detallada. por tanto creímos nl'cesalio identifkar tres sub-zonas específicas en el sur de Europa oriental.
E"tas son la estepa a lo largo de las costas del Azov \' del Caspio (las áreas de pÍl'demontt.' de la estepa caucásica y la estepa de los cursos inferiores del Don y del Volga); el Mar Negro septentrional.v el área del Azov (principalmente en d territorio ucraniano) v la cuenca Volga-Ural (el Volga superior v medio.v el Ural meridional).
Cada una de esas cinco zonas principales v de las tres sub-zonas estaba determinada tanto por su geografía como por la presencia en las mismas de grupos de culturas emparentadas que pueden distinguirse relativamente de las de sus vecmas.
GRUPOS DE CULTURAS y SITIOS ARQUEOLOGICOS
Dos grandes bloques de culturas arqueológicas corresponden a esas dos regiones geográficas.
La población cuya cultura se denomina normalmente «cultura kurgana» vivía en la septentrional (estepa.v bosque-estepa).
Aquí topamos a veces con cementerios no tumulares (Fig. 1).
Tradicionalmente los arqueólogos clasifican esta población entre los criadores de ganado vacuno que estaban siempre en movimiento y desconocían prácticamente el cultivo de la tierra.
Dicha tradición está basada en el hecho de que los sitios funerarios superan considerablemente a los poblados.
En conjunto, lo más frecuente en los bordes meridional (el piedemonte del Cáucaso) y occidental era encontrar poblados relativamente escasos.
En las estepas del Volga-Don, hasta el momento, sólo se han identificado débiles huellas de una vida sedentaria.
Debe hacerse notar aquí que la base analítica para reconstruir correctamente las economías de la población de la estepa parece ser todavía inadecuada.
La entidad cultural denominada «con tumbas de POZO» era la más extendida en la región estépica septentrional durante la EBA.
Sus sitios kurganos pueden ser identificados por toda el amplia área que se extiende desde el sur de los Trans-Urales al noroeste de la costa del Mar Negro (Merpert 1974; Arqueología 1985: 336-353).
Los arqueólogos de los países balcánicos creen que los sitios kurganos de los amplios valles del curso inferior y medio del Danubio pertenecían también a la entidad «con tumbas de poZO>l (Praistorija 1979: 381-416; Ecsedy 1979).
Hay motivos, sin embargo, para relacionar muchos de ellos con un periodo posterior (por ejemplo, la EBM).
Los kurganes y poblados de la cultura de tipo Kemi-Oba, cuya población enterraba sus muertos en cistas de piedra y madera, se han encontrado en Crimea y las regiones más meridionales de Ucrania.
La denominada «cultura Usatovo» (designada así por una gran necrópolis descubierta en la aldea de Usatovo), en la estepa al noroeste del Mar Negro, pertenecía al mismo tipo de culturas.
La «cultura arqueológica Maikop» (Munchaev 1975: 197-335) es probablemente la mejor conocida de las culturas kurganas.
Sus yacimientos pueden encontrarse en el Cáucaso septentrional con excepción de su parte oriental (Daguestán).
Este era el borde suroriental de las culturas kurganas que se diferenciaba por sus ajuares funerarios especialmente ricos.
En algunas de las culturas pueden rastrearse rasgos individuales de la «entidad cultural Tripolye» del Calcolítico.
Sus yacimientos funerarios (cementerios no-tumulares y ritual de incineración) en Sofiyevka, Krasny Khutor, etc. fueron descubiertos a lo largo del curso medio del Dnieper (Arqueología 1985: 247-249).
En la EBM, la cultura material y espiritual de la gente que vivía en las zonas de la estepa y bosque-estepa experimentó considerables cambios.
Otras entidades aparecieron en lugar de, prácticamente, todas •las culturas enumeradas arriba.
Sus sitios, sin embargo, mostraban claros rasgos de las culturas preexistentes.
Una entidad de tipo caucásico septentrional apareció en los yacimientos de la «cultura Maikop>l.
Los grandes enterramientos kurganos con suntuosos ajuares funerarios «reales>l dejaron de existir.
Los artefactos encontrados en los enterramientos de esa época eran (Markovin 1960).
No se hall descubierto poblados.
La entidad «con tumbas de poZO» que había ocupado un territorio extraordinariamente amplio cedió su lugar a otras entidades más o menos similares como la de «PoItavka» en el área Volga-Ural y la de «las tumbas de catacumba» (Arqueología ) 985: 403-420) en la estepa v bosqueestepa entre el Don y el Dniester y, quizá, más hacia el Oeste, hasta alcanzar el Danubio.
La PMC fue empujada hacia el Norte, donde alcanzó la frontera meridional del cint urón forestal (la cuenca superior e inferior del Volga), gracias a la población perteneciente a la «cultura de tipo Fatyanovo-Balanovo» (Krainov ) 972), que había penetrado en Europa oriental desde el Oeste y el suroeste.
Formaban parte del bloque cultural de la cerámica cordada europea.
Esta entidad cultural nunca llegó a ser una parte integral de la PMC: la serie morfológica de los hallazgos metálicos procedentes de las necrópolis no-tumulares y kurganas es considerablemente más pobre.
Otro cambio notable tuvo lugar durante la EBM: las culturas kurganas avanzaron hacia el Sur, hacia el Transcáucaso (d.
Probablemente en esa época era el área donde se encontraban esas entidades con un cultivo de la tierra muy original, descritas con reservas como criadoras de vacuno.
Los túmulos más ricos y grandes pertenecen a esta periferia suroriental.
Estos últimos formaron las «culturas de tipo Martkopi-Bedeni» (Dedabrichvili 1979; Yaparidze 1983) en el Transcáucaso central y oriental (la fase EBM más antigua).
En la fase final del mismo período, dieron lugar a las famosas tumbas kurganas de tipo Trialeti (Kuftin 1941).
En la parte occidental de la misma región, los arqueólogos descubrieron kurganes (los Sachkhere, Tasartsis-gora y otros) (Yaparidze 1976).
El esquema cronológico general (Fig. 3) muestra la distribución temporal de todas las culturas y entidades culturales principales tanto del bloque kurgano (septentrional) como del meridional.
La serie de culturas denominada provisionalmente aquí «meridional» abarcaba un amplio territorio entre el Transcáucaso y Anatolia oriental hasta los Balcanes y la cuenca carpática.
Compartían muchos rasgos: el carácter sedentario de la población con asentamientos con múltiples niveles (tells o tepes); la vajilla cerámica y la actividad económica principal que era un cultivo de la tierra combinado con la cria de vacuno, etc. Aquí es muy raro que los arqueólogos se esfuercen en identificar culturas específicas, a diferencia de los que ocurre con la arqueología de la zona septentrional.
El Transcáucaso y Anatolia oriental son los únicos lugares donde los yacimientos de habitación y funerarios de la «cultura Kuro-Arax» de la EBA son investigados en detalle.
En la mayoría de los casos, los arqueólogos prefieren concentrarse en los niveles individuales para esbozar secuencias o continuidades cronológicas.
El esquema cronológico general (Fig. 3) muestra los poblados y necrópolis mayores y más significativos, desde el punto de vista de los estudios del metal, en Asia Menor y los Balcanes y su correla~ión con los períodos cronológicos clave (3).
(3) Ponemos en práctica un enfoque diferente al ocuparnos del límite entre la EBA y la EBM ya que, por ejemplo, en Asia Menor, los yacimientos se comparan de acuerdo con el tratamiento tradicional de la periodización.
Así, el período que comprende Troya U-Ill y Alacahüyük tipo Ill, etc. se relaciona con el estadio más antiguo de la EBM.
Uno de los puntos más importantes y difíciles, cuando se consideraba cualquier comparación, era la identificación de esos dos importantes niveles cronológicos (EBA y EBM) que están directa y estrechamente conectados con las dos regiones geográficas incluidas en la PMC.
Esto es lo más importante de todo, ya que estamos tratando con dos bloques de entidades totalmente diferentes prácticamente en todos los aspectos de su cultura espiritual y material.
Los complejos metálico y tecnológico son las únicas excepciones a ese respecto.
La hase de nuestra investigación está constit uida por datos más o menos fiahles y completos de unos 32.000-33.000 ar1cfactos morfológicamente definidos, que pertenecen a las culturas v vacimientos individuales de la PMC.
La mayoría de ellos eran de oro v también de cubre ~' sus aleaciones <la correlación entre ellos se discute abajo).
El principio más general que nos guió al recoger los materiales relacionados con las regiones arriba mencionadas era EN LA MEDIDA DE LO POSIBLE APROVECHAR todos los artefactos metálicos.
Tuvimos en cuenta las piezas de los museos arqueológicos y otras instituciones similares de muchos países.
Hemos hecho el uso más completo posible de todas las publicaciones de objetos metálicos dispersas en libros, artículos e informes de expediciones.
Pusimos especial empeño en revisar cualquier posible información sobre objetos metálicos encontrados fuera de la U.R.S.S., en países donde teníamos un acceso limitado a las muestras de los museos.
En contraste, no nos propusimos este objetivo al ocuparnos del bloque cultural septentrional, ya que las numerosas muestras de los museos eran bastante representativas.
Creemos que hemos valorado de un 60 a un 80 por ciento de todos los objetos metálicos conocidos en 1987 que procedían de los centros metalúrgicos y de trabajo del metal de la PMC (la única posible excepción es la región Cárpato-Balcánica).
Aplicamos principios similares cuando nos ocupamos de la composición química del primer metal: contamos principalmente con los archivos (publicados e inéditos) del laboratorio de análisis espectral del Instituto de Arqueología de Moscú y de los análisis espectrales de los laboratorios de los grupos histórico-metalúrgicos alemanes que aparecieron en trabajos ampliamente conocidos (Otto y WiUer 1952; J unghans, Sangmeister y Schroder 1960Schroder, 1968;;Esin 1969).
Las series analíticas de otros lugares (Tbilisi, Baku, etc.) también fueron usadas (Tavadze, Sakvarelidze 1959; Abesadze et al. 1958; Selimjanov 1960 y otros trabajos).
Volvamos ahora a las características básicas del metal de la PMC.
LOS METALES PRINCIPALES Y EL PROBLEMA DEL ORO
Cobre, oro, plata, plomo y algunos otros metales fueron reducidos y usados en la Provincia.
Cobre y oro eran los principales, en tanto que los objetos de plata eran mucho menos frecuentes.
El hecho más obvio es que algunos de los centros produjeron una cantidad de objetos de oro mucho mayor que otros.
La figura 4 da una idea de su distribución regional.
Durante la EBA, el Cáucaso septentrional era el líder en lo que se refiere al número de los mismos, mientras en la EBM los yacimientos de Asia Menor y el Transcáucaso proporcionaron prácticamente todos los conocidos.
Exactamente igual que en el Cáucaso septentrional durante la EBA, aquí también las piezas de oro eran considerablemente más frecuentes que las de bronce (Fig. 4).
Como en el caso de los yacimientos de las EBA y EBM, en la parte meridional de Europa oriental y en los Cárpatos balcánicos no hubo prácticamente objetos hechos de metales preciosos: tales hallazgos son extremadamente raros.
Es interesante destacar que el mayor volumen de objetos de oro de la región Cárpato-Balcánica fechados en el Calcolítico (finales del quinto-inicios del cuarto milenio A. C.) estaba concentrado en el famoso cementerio de Varna.
En los periodos finales, cuando esta región llegó a ser parte de la PMC allí casi no había oro.
Los hallazgos de este metal reaparecieron sólo en la Edad del Bronce Final (siglos XVI-XV A.C.).
Prácticamente todos los correspondientes a la, PMC provienen de los enterramientos y tesoros reales (Troya), que han proporcionado más del 90 por ciento de los adornos y objetos rituales cncontrados en el tCITitorio de la Provincia.
Allí ha. \' pocos complejos ricos \ todos cllos han sido cstudiados bastante bien.
Grandes colecciones de dichos objetos proceden de los enterramientos kurganos extraordinariamente ricos de la famosa ((cultura Maikop» del Cáucaso septentrional, fechada en la EBA: en Maikop, Novosvobodnaia, Nalchick, etc. Sin embargo el mayor número es el del tesoro denominado Staromishastovskaia, en el río Kuban.
Muy probablemente no era sino un conjunto de ofrendas funerarias de uno o más enterramientos «reales» de la ((cultura Maikop» (Munchaev 1975: 225).
En el Transcáucaso, tales piezas provienen de cicr-to número de complejos antiguos de la EBM que pueden ser relacionados con una ((cultura de tipo Martkopi-Bedeni» (los mayores kur'ganes se encuentra en la aldea Tsnori en Georgia oriental).
Las colecciones más sig~ificativas de adornos de oro y plata.v vasos ceremoniales son las de los enterramientos en túmulos de piedra de Trialeti o bien de otros hallados en la misma localidad pertenecientes a la ((cultura Trialeti».
El mayor de los complejos de esta cultura vio la luz recientemente en 1988.
Se encontró en Armenia, no lejos de Erevan.
Unos dos mil objetos de oro, incluyendo preciosos campaniformes decorados, vinieron de un kurgan destruido en parte de Karashamb.
En Asia Menor, los artefactos de oro salieron principalmente de las ((tumbas reales» de Alacahüyük.
La mayoría de ellos, sin embargo, formaban parte del famoso «tesoro de Príamo» (unos 16.000-17.000 adornos y otros objetos) obtenido en los niveles de la EBM de Troya U-lII.
Es más, en conjunto, sólo 25 (!) yacimientos tenían, al menos, 20 objetos de oro (6 en la EBA y 19 en la EBM).
Uno no puede por menos que extrañarse del gran número de objetos de oro que proceden de la PMC en las EBA y EBM.
En realidad, si se considera el peso, se usó más cobre para fundir en molde y martillar las piezas fechadas en ese mismo período.
Pero uno debe tener presente que el oro es infinitamente más difícil de obtener y que sus recursos minerales son mucho más escasos que los de cobre.
La energía social acumulada usada para producir oro era extraordinariamente grande, quizás incluso mayor que la empleada para extraer el cobre de las minas.
No es casual que, según las fuentes escritas del periodo Babilónico antiguo e incluso todavía más antiguas, la correlación entre los precios del oro y el cobre fuera, por término medio, de 1: 1.000.
En otras palabras, una cuenta de un gramo podía ser tan preciosa como dos o tres hachas de combate durante la EBM.
Teniendo en cuenta esos factores, decidimos abandonar la forma tradicional de tomar en consideración las cuentas y otros adornos (como una unidad), incluyendo en nuestra investigación cada uno de los hallazgos de oro individualmente (4).
A pesar del hecho de que cierto número de yacimientos de la PMC eran muy ricos en objetos de oro nos concentramos sobre todo en el cobre y sus principales aleaciones.
Después de todo, este metal determinó las tendencias clave y la aparición de la metalurgia y el trabajo del metal en la Provincia.
No hay duda de que los hallazgos de cobre y bronce en conjunto son los más representativos por lo que se refiere a sus funciones y morfología.
Se encontraron por toda la Provincia, lo que les diferencia en gran medida de los complejos con piezas de oro.
Tres grupos químico-metalúrgicos principales de tipos de aleación estaban en uso en los centros de producción de la PMC: cobre «puro», bronces arsenicales y bronces-estaño.
Basamos nuestras conclusiones en unos 5.000 análisis espectrales cuantitativos de objetos metálicos antiguos (de un (4) El tema del oro en la PMC es muy especifico y requiere un trat amiento especial.
Debe incluir no sólo la morfología, sino también la composición química, las menas y otros problemas.
Debe prestarse también atención a lo que se conoce como los «centros que viajaban en el espacio y en el tiempo». donde se concentraba la masa de la riqueza.
Esto puede verse en la figura 4.
El problema de la localización de los centros militares y administrativos y su movimiento merece asimismo consideración.
Para mayores detalles, véase el artículo de E. N. Chernij ~Ancient Gold. in the Circumpontic Area (Sth-3rd mili. a.C.)) que apareció en la documentación del symposium ~Découverte du metal» (Saint Germain-en•Laye.
Más de 1.000 análisis se relacionan con materiales de la EBA, el resto con otros de la EBM.
Aproximadamente dos tercios de los análisis corrl 'sponden a metal del bloqul' sl'ptentrional, procedl 'nte de las culturas dl' la estepa y n01'<.1caucásicas que ocupaban los principall 's pt' liodos cronológicos.
El grado de conocimiento que tenernos de la composición química del mdal que provenía de las culturas de la estepa del mediodía de la Europa oriental l'S mucho mayor (más del 90 por ciento) que el correspondiente a las culturas de la pal1e meridional de la Provincia.
Este grado nunca l'xcede del 30 ó 40 por ciento de la cantidad total de hallazgos introducidos en la base de datos.
El cobre, puro desde el punto de vista de la metalurgia, no muestra claros signos de aleación intencional.
Las aleaciones donde la concentración de arsénico varía de fracciones de un uno por ciento a un 10-15 por ciento y, en casos anómalos, hasta un 25-30 por ciento están clasificadas como bronces arsenicales.
La dara correlación entre la función del objeto y los métodos de manufactura, por un lado, y la cantidad de arsénico en la aleación, por otro, es evidente en la mayoria de los casos.
Esto indica que las aleaciones de cobre arsenical se hicieron deliberadamente.
Por regla general. la concentración de arsénico en las usadas para producir pendientes, medallones y otros adornos era mucho más alta que en las destinadas a los útiles y herramientas, especialmente. en aquellas usadas para golpear (corno las hachas de combate).
Los resultados estadísticos revelan una diferencia considerable.
En las aleaciones, el arsénico a veces llegaba asociado con otras mezclas: o con una pequeña concentración de estaño o, por ejemplo, con níquel.
Este era mucho más evidente en el metal de la «cultura Maikop» donde los bronces de tipo Cu + As + Ni constituían un porcentaje elevado respecto a los de todas las demás aleaciones.
En nuestras investigaciones más detalladas llegamos a una clasificación más pormenorizada de las mismas.
Aquí creemos que podemos pasar por alto muchas mezclas de importancia secundaria y concentrarnos en los bronces arsenicales.
Esto explica por qué en la figura S, que muestra la distribución de elementos, los bronces arsenicales están descritos como Cu + As:+-... y los bronces con estaño como Cu + Sn +...
Cuando nos ocupamos de aleaciones de estaño artificiales, nos encontramos con casos en los que probablemente han sido añadidos otros elementos.
En todas las ocasiones, nos orientamos hacia las adiciones principales.
Debe hacerse notar aquí que las más frecuentes eran probablemente las aleaciones ternarias de los tipos Cu + As + Sn y Cu + Sn + As.
La figura S, que ilustra la distribución de esos tipos de aleaciones entre los principales períodos cronológicos y regiones, testimonia que los bronces arsenicales eran un líder incontestado prácticamente en todas las áreas (con la excepción de la región Cárpato-Balcánica) durante la EBA y la EBM.
El Transcáucaso y el Caúcaso septentrional dan cuenta de la mayor parte de esas aleaciones (95 a 99 por ciento); en Asia Menor suponían las tres cuartas partes de todo el metal, mientras que en el cinturón estépico de Europa oriental las había en un 60 por ciento de las muestras durante la EBA y en un 77 por ciento durante la EBM.
Los bronces con estaño estaban escasamente representados en el bloque meridional durante la EBA.
En la EBM su número había crecido considerablemente en el Sur y declinado notablemente en el Norte.
En la cuenca carpática el cobre metalúrgicamente «puro» formaba el grupo principal.
Durante la EBA, su cantidad era importante en las culturas de las estepas y declinó en el periodo más tardío.
6-9) dan una idea más detallada de la distribución de las muestras de los diferentes grupos.
Cuando se analicen, se debe tener presente que hemos estudiado un número desigual de las mismas en cada región: el correspondiente al bloque meridional era mucho menor que el del septentrional.
La conclusión principal, sin embargo, es bastante clara: la distribución de aleaciones no: sigue ningún patrón estricto y no está contenida dentro de fronteras rígidas.
Hemos demostrado que los objetos hechos durante la EBM con cobre «puro» eran definitivamente más frecuentes en los cinturones de estepa y bosque-estepa de Europa oriental y en los Cárpatos (Fig. 7).
A pesar de todo, pueden hallarse también ahí artefactos hechos con bronces arsenicales.
Además, los últimos están en clara ventaja en la mayoría de las regiones (la única excepción es el borde más septentrional de la PMC).
En la EBM, en la región crecieron incluso de forma más explícita debido a que allí predominaba el cobre «(puro» (Fig. 9).
E~to asimismo estuvo conectado con una notable extensión del territorio de la PMC, cuando la parte meridional del cinturón forestal de Europa oriental llegó a ser parte de la Provincia.
En el Cáucaso, los objetos de cobre «(puro» eran muy raros.
LA MORFOLOGIA DEL COMPLEJO PRINCIPAL DE LA PMC
Según nuestra clasificación funcional, todos los objetos metálicos encontrados en una colección más o menos amplia pueden ser divididos en ocho clases clave: 1.-útHes y armas; 2.-adornos; 3.- Los útiles. armas y adornos (clases 1 y 2) constituyen la mayor parte de los objetos.
En cualquier región en la que se consideraron conjuntamente formaban el 80 a 85 por ciento del total. alcanzando en algunos sitios el 97-99 por ciento.
Nuestro diagrama de la figura 10. por tanto, agrupa las piezas de todas las demás clases bajo la denominación general de «otros».
En la EBA. la correspondiente a los útiles y armas claramente predominaba en la región Cárpato-Balcánica, en el cinturón estépico de Europa oriental y en el Cáucaso septentrional.
Una cantidad mucho mayor (50 a 55 por ciento) de joyeria procedía de los yacimientos del Transcáucaso y de Asia Menor con útiles y armas que suponían el 40 por ciento de todos los hallazgos.
En la EBM (Fig. lO), la situación en Asia Menor, el Transcáucaso y, especialmente, en el Cáucaso septentrional aparentemente se invirtió.
De ahí que una conclusión. según parece. correcta sería la de que la orientación de la producción en esas áreas cambió.
Sin embargo esos cambios pueden ser explicadus también pUl' un evidente trasladu hacia el Sur de lus \acimientus cun gran número de alhajas de oro.
No nos resistimos a repetir qUL' en la EBM L'staban limitadus al Transcáucasu v Asia Menur.
En otras palabras. los adornos de uro «excluyeron» a los objetus de bronce, Simultáneamente. los procesos de «exclusión» tomaron una dirección opuesta: el gran número de adornos de oro en los kurganes de la «cultura Maikop». datados en la EBA. dieron lugar. durante la EBM. a la igualmente numerosa joyería <.le cobre.
No habia prácticamente objl 'tos de oro en las tumbas de la entidad cultural dL' l ClUcaso sepll: ntrional (Fig. 4), Volvamos ahora al estereotipo diagnóstico de las categorías en la clase de los «útiles y armas» (Figs.
11 \ 12), L' S decir. a la serie morfológica que determinó, L'n gran medida, el cuadro de la producción de metal en los centros principales de la Provincia: 1) hachas de combate tubulares; 2) hachas planas; 3) cuchillos y puñales (en su mavoría con empuñadura de lengül'ta); 4) cinceles con empuñadura en espigo (de hojas rectas o curvas); 5) punzones de sección rectangular con o sin topes en los espigos; 6) ganchos de enmangue tubular (simple o doble); 7) puntas de lanza con espigo (las tubulares aparecieron en la EBM).
En cada una de las regiones principales. la serie mostraba seis o las siete categorias, siendo la única excepción, durante la Edad del Bronce, la región • Cárpato-Balcánica donde sólo se han encontrado cinco.
Ocasionalmente, los hallazgos pertenecían a otras categorias.
Su número era insignificante en comparación con la masa total de productos metálicos.
Durante la EBA, en Asia Menor, superaba un quinto de la misma; en la región Cárpato-Balcánica había otras categorías de útiles y armas distintas a las enumeradas arriba (Fig. 11).
Una situación similar existió, durante la EBM, en los centros de producción (Fig. 12).
Algunos de los cambios tenían una explicación muy simple.
Por ejemplo, durante la EBM, en Asia Menor, la contribución de las «otras» categorias se incrementó mucho; simultáneamente, la cantidad de punzones descendió proporcionalmente (d.
Al mismo tiempo, las agujas que eran funcionalmente muy parecidas a los punzones empezaron a usarse con más frecuencia que estos últimos.
En consecuencia, la contribución de la categoría «otros» que incluía las agujas aumentó.
La categoria de las hachas de combate tubulares era probablemente la más típica de muchos centros de producción de la PMC Eran el tipo mú'> l11asi\ () de arma \ ulla parte considerable de lodo el cobre reducido se usó para hacedas, Al mismo ticmpu. a juzgar por el lugar en el que normalmente se encuentran, en las tumbas reales 111:1.. ril.a,>, \ p()r su representación en los estanda/'tes asiáticos occidentales, las hachas de combate eran 111\() dc lo,> símholos de poder más prestigiosos, Su distribución geográfica en la EBA (Fig. 13) \, l 'specialllll' nk, en la EBM (Fig. 14) muestra de forma muy precisa los contornos de la Provincia, El análisis del mapa revela que, durante la EBA, las hachas tuhl1lare,> eran un fenómeno extraordinariamente raro en Asia Menor.
Por ejemplo, el depósito Yusufeli prucedl' del valle del río <;:oroh que es adyacente al Transcáucaso (Fig. 13), mientras que el único hallazgo seguro de la Edad del Bronce Antiguo proviene de Anatolia ceno'al. Aquí el puesto de esta categoría fue ocupado por la de las puntas de lanza foliáceas ~' las «bavonctas» que eran bastante raras en las partes septentrional y occidental de la provincia (Fig. 15 cambios en los centros meridionales: las hachas de combate llegaron a ser un hallazgo frecuente en los complejos de Asia Menor (Fig. 14) Y Asia occidentaL Seguramente uno puede suponer, a partir de esta conexión, que la génesis de las formas y tecnologías de este importante tipo de arma dentro de la PMC pudo estar parcialmente conectada con los centros septentrionales.
Nos gustaria llamar la atención sobre un detalle sumamente específico de numerosos artefactos que pertenecían a diferentes categorias y evidente en muchas piezas hechas en la mayoría de los centros de la PMC.
Pensamos en un engrosamiento rectangular de la sección que jugaba el papel de un tope para los espigos de los punzones, los cinceles y las puntas de lanza, destinado a hacer más segura la unión, con el mango (Figs.
De esta forma, la distribución de objetos tanto entre categorías como entre periodos cronológicos sólo puso de manifiesto ciertas diferencias en la contribución de esta o aquélla categoría en alguna de las regiones principales.
En cambio, no hubo cambios sustanciales en las propias series de categorías y el complejo mantuvo su naturaleza.
Esto merece especial atención.
El hecho de que durante la EBM el complejo de útiles y armas permaneciera sin modificaciones, en principio, no implica que seamos incapaces de distinguir los artefactos de las dos principales épocas por sus formas.
En primer lugar, la variabilidad tipológica de esta clase de objetos se incrementó grandemente.
Así, mientras las hachas tubulares del período del Bronce Antiguo sólo mostraban seis tipos fundamentales, pertenecientes a diferentes regiones, durante la Edad del Bronce Medio había más de setenta de dicha categoría de objetos.
La variabilidad morfológica de los cuchillos, los puñales, las puntas de lanza \' las hachas planas de ese últimu pL'ríudo era tuda\'ía mavor.
Ni que decir tiene que sólo se reproducen en las figuras lus tipos más representativus de cada categoría (5).
TECNOLOGIA DEL TRABAJO DEL METAL
Es mucho más dificil hacerse una idea acerca de los ml'todos de manufactura empleados en la PMC que resumir lo que sabemos sobre la morfología de los artdactos o sobre las aleaciones usadas.
Las series ml.'lalográficas son menos sistt: máticas \' abarcan una gama más amplia de muestras que los análisis tipológicos o espectrales.
Los análisis metalográficos de las «culturas de Usatovo)) (Rindina y Konkova 1982), ((de la tumba de POZO)), «de la tumba de catacumba», ((de Maikop» y de algunas otras culturas de la Edad del Bronce Antiguo del Transcáucaso (Tavadze y Sakvarelidze 1959) testimonian que el método de fundición en molde de útiles en hueco estaba muy difundido.
El acabado se hacía mediante martillaclo.
Nuestros estudios de los moldes de fundición de las hachas de combate tubulares -las más r típicas de todas las categorias de la PMC-han proporcionado una información mucho más valiosa acerca de los métodos más antiguos de fundición y de sus tendencias de desarrollo.
Hoy han visto la luz aproximadamente un centenar de moldes de todos los tipos de hachas tubulares y unas setecientas de dichas armas.
Esto permite una reconstrucción más o menos segura de la tecnología de fundición.
Se han identificado siete tipos principales de moldes de fundición (Fig. 16).
El rasgo distintivo básico era e! orificio a través del cual e! metal fundido era vertido en el molde doble.
Un cono de llenado amplio era típico de los moldes de los Tipos 1 y n, cuando una de las valvas del molde permanecía abierta.
Tipo I era la valva de! molde que configuraba la cara inferior del artefacto y en el del Tipo Ha era la de la cara superior.
Estos tipos pueden encontrarse en los yacimientos de la PMC más antiguos.
Lo mismo cabe decir sobre los artefactos hechos a partir de dichos moldes sea cual fuere la región de donde procedieran: el Transcáucaso, el cinturón de estepa de Europa oriental o la región Cárpato-Balcánica.
Las tendencias de desarrollo del diseño de los moldes eran bastante claras e independientes de la región: los artesanos intentaban hacer el hueco interior del molde tan pequeño como fuera posible y verter el metal en él, a través de un cono de llenado especialmente diseñado, en la cara inferior (Tipo 1II) o superior (Tipo IV).
Estc diseño introdujo cierta variabilidad en la morfología de las hachas tubulares: e! cuerpo adquirió una forma arqueada, el cubo se hizo más grande, etc. Estos moldes de fundición se pusieron en uso durante las fases iniciales de la EBM, aunque la tecnología se extendió también a las fases más tardías (como en el Tipo I1b).
En el siguiente estadio, se inventaron moldes de fundición totalmente cerrados (Tipos V, VI Y VII), en los que los estrechos conos de llenado se situaban en e! borde, en la parte inferior de! cubo o en el extremo.
La morfología de esos objetos era especialmente variada.
Era precisamente el nuevo diseño de los moldes de fundición el que determinaba la variabilidad tipológica de la categoria, prácticamente en todos los centros, durante la EBM.
En los estadios más tardíos, cuando tipos similares de hachas aparecieron en muchas regiones, los productos eran fácilmente distinguibles.
El tipo VI es muy típico de la región Cárpato-Balcánica; el Tipo V del Cáucaso septentrional y Europa oriental; el Tipo lla era más frecuente en el Transcáucaso, Anatolia y, probablemente, en (5) Naturalmente. esto sólo es una parte insignificante de las subdivisiones morfológicas que hemos identificado en el curso de nuestros estu! iios y que hemos denominado _grupos tipológicos •.
Por la falta de espacio no explicamos en dt: laHe las muchas variantes de las subdivisiones, aunque los patrones tipológicos de ciertas regiones han aparecido ya en la bibliografía especializada (cf., por ejemplo, Ch~mij 1970; Avilova y Chernij 1988, etc.).
Las distinciones morfológicas entre regiones, incluso en sus líneas más generales, han qüedado fuera del propósito de este artículo, si bien son numerosas y bastante ilustrativas.
Como es lógico, cada región o centro tenía su propia serie específica de grupos tipológicos pero esto se refiere, sobre todo, a las microestructuras de la Provincia.
Otro tanto ocurre con los análisis morfológicos de numerosas joyas.
Ni unos ni otros, se discuten aquí.
Los artesanos de otros sistemas de producción que se configuraron después que la PMC hubiera dejado de existir tomaron prestados diseños similares.
Esto puede advertirse en la Provincia Metalúrgica Eurásica de la EBF, cuyos fabricantes de piezas metálicas usaron los Tipos V y VII de moldes de fundición.
REGIONES GEOGRAFICAS DE PRODUCCION DE METAL Y ARTEFACTOS
No sólo los paisajes diferían en las dos principales regiones geográficas de la Provincia.
Lo que era más importante incluso era la riqueza exclusiva de las zonas meridionales en recursos minerales: menas de cobre, oro, plata, arsénico, etc. Completadas con suelos ricos, un clima agradable y una flora y fauna variadas, las condiciones del bloque meridional de las culturas agrícolas-criadoras de vacuno part'cían Sl.'r mucho más favorabll.'s qUl.' las qUt' l.'ncontraban sus vl.'cinas sl.'ptentrionales, Una ausencia casi total de cobre y otros depósitos en los territorios de las culturas kurganas v emparentadas hadan a los norteños prácticamente dependientes IX)!' completo de las importaciones metálicas.
De hecho, el Sur era el único lugar donde el cobre \' los bronces eran reducidos.
El mapa (Fig. 17) así lo evidencia.
Muestra la dístribución de los centros mineros y metalúrgicos de la PMC en los que la extracción de esos minerales tuvo lugar o fue pmbable.
Un encadenamiento de depósitos que, en algunos casos, habían sido explotados durante el Cakolítico unía el Transcáucaso \' los Cárpatos.
Tales eran, por ejemplo, las minas de Ai Bunar v Rudna Glava.
Europa oriental era mucho más pobre en menas: los criadores de vacuno septentrionales lcnían a su disposición los depósitos de areniscas con bajos contenidos en cobre de la cuenca del Donec (Ucrania oriental) y numerosos depósitos similares en el área occidental de los Urales (\a periferia nomriental de las culturas kurganas).
La evidencia más digna de crédito de la minería en la cuenca del Donec se fecha en la EBF.
Los Urales es la única región donde hay pruebas directas e indirectas de explotación minera de las menas de baja calidad en una fecha tan temprana como la EBA.
Eumpa oriental y sus culturas más antiguas (especialmente las fechadas en la Edad del Bmnce) dan la oportunidad de rastrear las fuentes de los metales no-férreos allí importados.
En los Primt: rus Períudus Metalúrgicus, en nueve de cada diez casos, el metal pudo haber sidu lIevadu allí desde alguna de las amplias zunas muntañusas mineras \ Illetalúrgicas siguientes: d Cáucaso, la región Cárpatu-Balcánica ~ lus Urales.
Los análisis L 'Spl' ctrales a gran escala tl'stimoniaron que el metal se importaba a veces de regiones remutas: Kazakhstan, Altai, dc.
Lus centros mineros de Asia Menur fueron, probablemente, par1e del pron'so.
Tradiciunalmente se usaron análisis espectrales de numerosas muestras de metal ubtenidu lucalmente, una clasificación de las mismas según la máxima proximidad de sus cumposiciunes químicas (un tipu de análisis de cunglumeradus) \' una cumparación de lus resultados con las caracteristicas químicas correspondientes al cubre que se creía era d del lugar original de reducción del metal (una afirmación de identidad basada l'n una prubabilidad esta dística) pa ra determinar las fuentes del metal importadu en Europa oriental.
Se debe tener en cuenta que es fácil distinguir las características químicas del cobre ~ del bronce que provienen de centros mineros ~ metalúrgicos diferentes.
Esto es especialmente gráfico, cuando discutimos el problema en el contexto de los materiales arqueológicos o de unas muestras metálicas que sabemos sun sincrónicas.
El cobre ~ los bronces de la PMC no son una excepción.
Los primerísimos análisis espectrales a gran escala revelaron el papel tan importante jugado por los centros mineros y metalúrgicos de la Transcaucasia.
Abastecieron al Cáucaso septentrional ~ a las regiones septentrionales y noroccidentales de Europa oriental con bronces arsenicales (Chernij 1966).
Más tarde, la intervención de los centros cárpato-ba\cánicos en la exportación de metal a la frontera oriental (a Europa oriental durante las EBA y EBM) se hace más clara (Chernij 1978 a).
La composición química del metal reducido a partir de las areniscas cupríferas de los Urales nos permitió determinar con bastante precisión la contribución del metal «local» (a las culturas kurganas).
Resulta evidente que los bronces arsenicales fueron exportados principalmente desde el Transcáucaso a través de la Cordillera del Caúcaso.
Al mismo tiempo, las areniscas cupríferas de los Urales prácticamente nunca (en las EBA y EBM) fueron aleadas con arsénico.
Gran número de depósitos de ca\copirrotina y otros de cobre de calidad bastante baja se encuentran en las vertientes septentrional y meridional de la Cordillera del Cáucaso a elevada altitud.
En muchos de ellos se han descubierto minas antiguas de cobre (Las minas de cobre 1988: 4-t 8) Y también de antimonio y arsénico.
En la ma~oría de los casos, sin embargo, las trazas de mineria están fechadas en la Edad del Bronce Final (entre la mitad del segundo milenio y el inicio del primero A. C.) e incluso más tarde.
No hay rastros de minería más antigua o, al menos, son insignificantes.
Todo ello nos lleva a concluir que, durante la EBA y la EBM, las gentes nordcaucásicas usaron cobre importado y que la actividad minera a gran escala fue puesta en marcha sólo durante la Edad del Bronce Final.
De este modo, el cobre fue reducido exclusivamente dentro de los límites del bloque meridional y exportado hacia el Norte a las gentes de las culturas kurganas.
El análisis espectral ha mostrado que no más de un 10 por ciento de las muestras durante la EBA podía asociarse con el cobre «septentrional» de los Urales, que se usó principalmente en la región del Volga-Ural (Fig. 7).
Como hemos apuntado ya, el cobre de los Urales pertenecía al grupo de los metalúrgicamente «puroS» y, como norma, no estaba asociado a los bronces arsenicales.
El cobre «puro» de Ucrania occidental y la cuenca del Dnieper procedente de las fuentes de mineral de los Ba\canes y los Cárpatos, donde gran parte del mismo era reducido, diferia del cobre de los Urales.
De ello se sigue que los criadores de vacuno de la estepa dependían de los centros metalúrgicos meridionales.
Esta situación se prolongó prácticamente sin modificación hasta la EBM.
Los cambios acrecentaron incluso la dependencia de las culturas septentrionales del abastecimiento desde el Sur.
El cobre de los Urales da cuenta de casi el 5 por ciento del metal obtenido por las culturas kurganas y ello a pesar de un notable incremento de la mineria en los Urales occidentales.
Este tipo de cobre estaba concentrado principalmente a lo largo de los bordes septentrionales hasta la cuenca alta del Volga (Fig. 9).
Como la cantidad de bronces arsenicales aumentó varias veces, la significación del metal en Europa oriental declinó.
Mientras el grueso del cobre era reducido en el Sur, los artefactos eran fundidos en moldes y martillados por todo el territorio de la Provincia.
Esto se manifesta gráficamente en los rasgos morfológicos evidentemente específicos de muchos de los centros de trabajo del metal.
Todo el conjunto de productos, sin embargo, mantenía los estereotipos arriba esbozados, Miles de moldes de todo tipo que fueron usados para fundir útiles v barras están dispersos tanto por las regiones mineras como por aquéllas otras sin menas.
Es muy interesante advertir que, en las regiones donde no se extraía el cobre v donde se practicaba el trabajo del metal, el número de moldes de fundición era el mismo que en las otras, Parece que la tesis de que los territorios septentrionales (principalmente los de las culturas kurganas) dependían del Sur {;ultivador de la tierra v productor de metal ha encontrado su completa fundamentación.
Más aún, el cálculo de la contribución del metal importado v producido localmente le da mavor peso.
Al mismo tiempo la estadística sugiere una conclusión paradójica: en muchas ocasiones, los yacimientos de los criadores de vacuno septentrionales contienen más objetos de metal que los de los agricultores meridionales.
Para resolver este enigma necesitamos nuevos análisis de nuestros datos., LA EXPORTACION DE METAL Y EL PROBLEMA DE LA ccDIVISION INTERNACIONAL DEL TRABAJO»
Del bloque cultural meridional proceden unos 760 objetos de bronce fechados en la EBA.
En el caso del septentrional, la cifra es de 660.
Sin embargo, en la EBM la brecha se hace considerable: 4.360 objetos provienen de las culturas kurganas del Norte y 2.740 del Sur.
Las cifras facilitan una información inesperada que da que pensar sobre la escala de las exportaciones a la frontera septentrional.
Resulta apropiado recordar aquí que nuestras estimaciones se basan en unas 5.000 muestras sometidas a análisis espectral.
Creemos que proporcionan un cuadro exacto de la distribución de los grupos químicos a través del territorio de la Provincia y que sus resultados, por tanto, pueden ser generalizados al material que no ha sido todavía analizado.
Entre 60 y 65 objetos (del total de 1.420 fechados en la EBA) fueron fundidos en molde y martillados a partir de cobre de los Urales: esto supone aproximadamente un 10 por ciento de toda la colección metálica de las culturas septentrionales.
Se deduce que 1.350-1.360 objetos más fueron fabricados a partir de metal reducido en los centros metalúrgicos al Sur de la Cordillera del Cáucaso y, en parte, en la región Cárpato-Balcánica.
De esta forma, más de un 45 por ciento del cobre reducido en el Sur era exportado al Norte (600 muestras de un total de 1.350).
Esta es una contribución importante.
Durante la EBM se vuelve incluso mayor alcanzando un 60 por ciento.
En las colecciones septentrionales, sólo un 5 por ciento del cobre (ó 210 objetos entre 4.360) proceden de los Urales.
El número total de piezas realizadas a partir de cobre meridional llegó a unas 6.900, de las cuales unas 4.150 estaban hechas con metal importado desde el Sur.
En otras palabras, mientras durante la EBA casi la mitad del cobre reducido en el área de las culturas agrícolas-criadoras de vacuno era importado por el Norte, en la EBM ese proceso se intensificó hasta alcanzar a más de la mitad de la cantidad total.
Surgieron así ideas concretas a propósito del grado de estrecha interconexión entre el Sur (cmetalúrgico» y el Norte c<trabajador del metal,. que estuvo en funcionamiento durante un milenio y medio por lo menos.
Se trataba de un tipo de «división internacional del trabajo» que había llegado a ser practicable cuando la metalurgia fue descubierta.
Parece que tenemos información fiable sobre las vías por las que el metal llegaba al Norte.
El cobre y los bronces de los centros cárpato-balcánicos pudieron ser introducidos en la zona cultural europea a lo largo del amplio frente de contactos que discurre a través de la estepa de la costa noroccidentahiel Mar Negro, la cuenca danubiana y Moldavia hasta el cinturón de bosque-estepa de la cuenca del Dniester y la región del piedemonte carpático.
El grueso del cobre que había sido importado desde fa región Cárpato-Balcánica fue encontrado en la zona de contacto y en las áreas orientales que la bordeaban.
El «puente caucásico» era el factor más significativo a pesar de su T. p., 1990, nI! 47 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es altitud aparentemente formidable.
Los resultados de una sl'ric rnasi\'a de análisis espectrales ~ la abundancia de metal en la región del Cáucaso septentrional (\"I.~'anSl' los dctalks abajo) testimonian que el «puente» fue usado activamente.
A través del Cáucaso septentl'ional \' de sus culturas, el metal era enviado hacia el Norte.
De este modo, d mctaltranscaucásico (\', probablemente, anatolio) llegó a estar ampliamente distribuido en la estepa v bosque-estepa europeas.
Alcanzó Ucrania occidental donde se mezcló, en diferentes grados en varias localidades, con los complejos de cobre cárpato-balcánicos.
Otro aspecto más merece comentario: un índice de la densidad de hallazgos de cobre ~' bronce por unidad de territorio.
La necesidad de tal índice viene dada por los diferentes tamaños de cada una de las regiones estudiadas (6).
Los resultados pueden verse en el histograma (Fig. 18).
En ciertos casos, son paradójicos.
Durante la EBA, el Caúcaso septentrional que no tenía menas propias era cuatro veces más rico en hallazgos de bronce que Asia Menor y 1,7 veces más que el Transcaúcaso, siendo las dos últimas las fuentes de aprovisionamiento de metal de las culturas nordcaucásicas (las culturas «Maikop» y las de la estepa sincrónicas), Las entidades nordpónticas cuentan, por término medio, con colecciones mucho más considerables de bronces que las de Asia Menor y son ligeramente más pobres que las del Caúcaso septentrional.
Durante la EBM, el fenómeno nordcaucásico llegó a ser todavía más impresionante: el número de artefactos de bronce allí encontrados se había multiplicado por trece.
El desajuste entre este índice del Cáucaso septentrional y el de sus vecinos meridionales se volvió incluso mayor: 7,5 con respeto al Transcáucaso y 9 con respecto a Asia Menor.
Esto ocurrió a pesar de un notable incremento en la producción en esas regiones.
La estepa entre los Mares de Azov y Caspio y las estribaciones del Cáucaso muestra una dinámica incluso mayor: de 1,5 hallazgos por 10.000 Km2 en la EBA a 37 en la EBM.
Esta es otra prueba de que las regiones mineras no eran necesariamente ricas en hallazgos metálicos y de que la abundancia de los mismos se daba en sitios a miles de kilómetros de distancia de las fuentes.
Otro ejemplo es la región de extracción de mineral de los Urales meridionales y su vecina occidental, el curso medio del Volga.
Mostraban el índice de densidad más bajo de toda Europa oriental, tanto para la EBA como para la EBM (Fig. 18), a pesar del hecho de que los mineros de los Urales abastecían a sus vecinos surorientales.
Hasta aquí no puede deducirse ninguna regla, aunque el propio fenómeno parece significativo.
Creemos que el lector se hará la pregunta que nos ha inquietado durante algún tiempo: ¿nuestras colecciones son suficientemente representativas?
¿Que pasaría si sólo se hubiera tenido en cuenta una parte desdeñable de los hallazgos de Asia Menor?
Sin embargo, habríamos necesitado una colección procedente de Asia Menor nueve veces mayor para cubrir el vacío entre su índice y el del Cáucaso septentrional durante la EBM.
En lugar de los 1.560 objetos conocidos hoy, la colección deberia haber tenido unos 15.000 artefactos, lo que es prácticamente imposible.
Además, durante la EBM, los índices para Asia Menor y el Transcáucaso están bastante próximos (no dudamos de la representatividad de nuestra colección transcaucásica).
Juzgamos necesario llamar la atención sobre el ~~puente nord-caucásico» a través del cual ~l metal meridional alcanzó el Norte.
Uno tiene la impresión de que era una especie de filtro y de intermediario.
Era precisamente por ello por lo que el metal en tránsito se quedaba en la región en grandes cantidades, primero en las tumbas de las ~~culturas Maikop» y, más tarde, durante la EBM, en la entidad arqueológica del Cáucaso septentrional.
Nuestras consideraciones acerca de los equivalentes en el comercio (especialmente en el caso del metal que las culturas kurganas obtenían principalmente por trueque) están limitadas por la (6) El cálculo estimado de los tamaños de las regiones (expresado en miles de kilómetros cuadrados) Que proporcionaron los artefactos de cobre y bronce considerados en el artículo es el siguiente: Asia Menor -750; el Transcáucaso -190; el Cáucaso septentrional-160; los Balcanes septentrionales y los Cárpatos -600-650.
Como ya se ha mencionado, el sur de la vasta región europea oriental se dividió en tres sub-zonas: la estepa de las estribaciones del Cáucaso y de las costas del Azov y del Caspio -200, los Urales meridionales y el curso medio del Volga -400 durante la EBA y 700-750 durante la EBM (incluyendo el curso alto del Volga), el área nord-póntica y la costa del Mar de.
En términos generales, los territorios de ambos bloques culturales son iguales. naturaleza de los datos relevantes.
Dehido a la falta de inlormaciún arqueozoológica nu podemos decir si el ganado vacuno estaba implicado en el intercamhio pUl' I,•uequc.
Tampocu tenemos datos ddinitivos para otros productos.
Esos prohlemas no se han identilicado ni, cunsiguientemente, estudiado.
Sólo podemos suponer que pudieron haber existido otras formas dc contacto: incautaciones militares, pago de tributo, o pago de mercenarios.
Todos esos prohlemas requieren investigaciones específicas.
LOS OBJETIVOS FUNCIONALES DE LA PRODUCCION DE METAL
Nuestras indagaciones sobre el amplio (en términos tanto espaciales como temporales) sistema de metalurgia, trueque e interacciones han dado lugar a un problema más general y altamente comprometido: ¿cuáles eran los propósitos de la producción metalúrgica y sus prioridades?
Como norma, la actividad productiva humana sirve a dos esferas de vital importancia.
La primera de ellas puede llamarse utilitaria.
Canaliza la energía social destinada a mantener el nivel fisiológico vital de la existencia diaria.
La segunda canaliza la energía dirigida a la vida espiritual de la sociedad.
Siendo opuestas en muchos aspectos, las dos esferas están estrechamente interconectadas, pudiendo considerarse que la frontera entre ellas es vaga y condicional.
En muchas ocasiones es muy difícil de determinar.
El producto final y la cantidad de energía social requerida para producirlo son los principales criterios para tales valoraciones.
A veces, la respuesta es evidente por sí misma, como en el caso de clases funcionalmente opuestas, como las de útiles y adornos.
Sin embargo, la comparación de las armas con las numerosas categorias que pertenecen a una esfera u otra plantea dificultades, ya que no siempre las acciones militares se hacian para proteger al organismo social.
La mayoría de las veces las guerras se hacian por símbolos para probar la grandeza y el poder de la población propia, para demostrar una superioridad no sólo física, sino también moral sobre vecinos cercanos y lejanos y para hacer valer el poder de los dioses propios...
Esos objetivos simbólicos (que los pueblos antiguos y sociedades no tan antiguas creían atractivos) requerian un sacrificio humano que no resultaba un obstáculo.
Esta es la razón por la cual, en lo que se refiere a sus funciones, el arma debe considerarse aparte de los útiles.
La tarea llega a ser mucho más complicada cuando es necesario clasificar la gran cantidad de útiles encontrados en las tumbas: su localización en un enterramiento les dota inmediatamente de significación simbólica.
La cuestión de si los muertos usaron los útiles durante su vida o si los útiles eran fabricados especialmente para la vida del más allá y eran una especie de «tarjeta de visita» del muerto en el mundo de las sombras (lo que era el caso a menudo) es irrelevante aquí.
Debemos identificar los útiles que proceden de los niveles domésticos y probablemente de los escondrijos para calcular, más o menos correctamente, el nivel de energía productiva social desplegada en un objetivo utilitario.
Es difícil determinar si los hallazgos aislados que no provienen de complejosdefinidos se han manufacturado con propósitos funcionales, ya que algunos de ellos pudieron ser originalmente ofrendas funerarias.
Por otra parte, la frontera entre útiles y armas no siempre está clara.
Lejos de creer que nuestros cálculos son exactos, esperamos que provoquen una reflexión.
Clasificamos las hachas tubulares, las puntas de lanza y los grandes puñales-cuchillos entre la sub-clase de las armas (la clase de útiles y armas).
No hemos tomado una decisión sobre las hachas planas, aunque aquí las contabilizamos entre los útiles.
Los pequeños cuchillos, cinceles, ganchos y otras categorías (agujas, por ejemplo) pueden considerarse útiles.
Es importante para nuestros cálculos un análisis de los datos estadísticos que se encuentran en los cuadros correspondientes y muestran no sólo la correlación entre objetos que pertenecen a diferentes clases (Fig. 10), sino también a la categoría de útiles y armas (Figs.
Otro cuadro (Fig. 19) expresa cómo estaban distribuidos los objetos entre los cuatro tipos clave de yacimientos que estaban presentes prácticamente en cada l'egión importante: 1) poblados; 2) enterramientos;..-,..
3) depósitos; 4) hallazgos individualt:s. Así, en Asia Menor prácticaml 'ntl' tudos lus hallazgos fechados en la EBA proceden de poblados, siendo clasificado sólo un 40 por ~il'ntu en la categoría de útiles y armas.
Los útiles suponen casi las tres cuartas partes en su propia clasl' (dc útiks v armas), aunque su contribución a la colección total de objetos de bronce (qUl' tambit:'1I inclU\l' adornos y otras categorías) no es grande (en torno a un cuarto).
Durante la EBM, la cantidad de piezas utilitarias decreció, aunque el número de útiles y armas de bronce llegó a ser un poco l11a\or.
La principal causa de este fenómeno es un considerable incr•emento de los objetos metálicos entre las ofrendas funerarias.
No debemos olvidar tampoco que una gran cantidad de joyería de oro, procedente también de. vacimientos de Asia Menor, no se tiene en cuenta en nuestros cálculos.
Las culturas kurganas tienen un lugar por derecho propio: la absoluta mayoría de los hallazgos metálicos de todas las clases funcionales proceden de enterramientos.
La conclusión es que prácticamente todos los objetos metálicos se usaron para propósitos simbólicos.
No hay manera de determinar la contribución real de las piezas utilitarias.
Esto es así en el caso de las entidades culturales del mediodía de Europa oriental y el Cáucaso septentrional durante la EBA y EBM Y el Transcáucaso, durante la EBM.
La situación en la región Cárpato-Balcánica durante la EBA era en muchos aspectos bastante diferente: el metal procedía de poblados prácticamente en todas partes.
Los útiles predominaban (más de un 55-60 por ciento) en tanto que las armas suponían sólo un 40-45 por ciento.
Durante la EBM este patrón cambió y los objetos simbólicos eran la mayoría, aunque de modo menos evidente que en las culturas kurganas vecinas.
En conjunto, sin embargo, la cantidad de objetos utilitarios (útiles) es sorprendentemente baja durante los periodos de las EBA y EBM (en el número total de objetos de cobre y bronce tenidos en cuenta).
Esta cantidad no supera un 10 ó t 5 por ciento.
Se debe tener también presente que no tomamos en consideración las joyas de oro, ni los objetos religiosos, aunque la minoría del oro era terriblemente consumidora de energía.
Además, durante la EBM, llegó a ser mucho más evidente la tendencia hacia una mayor cantidad de objetos simbólicos.
Esto significa que los cambios iban más allá de la producción de metal y afectaban probablemente también a las estructuras socio-culturales.
Una de las evidencias más gráficas de esta tendencia era un movimiento hacia el Sur de las tumbas «reales» -al Transcáucaso donde se han descubierto grandes necrópolis kurganas y hacia Asia Menor con sus no menos suntuosos enterramientos no tumulares de Alaca y Horoz-Tepe-.
Parece que transformaciones más profundas y extensas habían provocado esos cambios.
El primero había dado nacimiento asimismo a la brillante tradición de las tumbas reales en Asia occidental (el cementerio real de Ur, etc.).
Las grandes riquezas iban destinadas precisamente a esas construcciones rituales: oro, plata y piedras preciosas.
Sin embargo poco puede decirse sobre sus origenes.
A medida que pasó el tiempo, la «carga simbólica» del trabajo del metal continuó creciendo apreciablemente.
Incluso esos cálculos groseros son bastante ilustrativos.
En primer lugar, socavan la opinión (o mito) ampliamente txtendida, corriente en los escritos de sociología (filosofía) histórica, de que la metalurgia y el trabajo del metal iban encaminados exclusivamente a la esfera utilitaria y a una mayor productividad del trabajo, etc. Nuestros cálculos muestran que la población de la gran mayoria de las culturas que formaban parte del amplio sistema de la PMC estaba interesada, primero y sobre todo, en hacer bastantes objetos para la denominada esfera simbólica, lo que es especialmente cierto en el caso de las entidades kurganas.
Una parte importante de la energía social que es, con todo, difícil de estimar se empleaba en abastecer a los muertos para su vida en el otro mundo.
Esto era evidente en las tumbas «reales» y en muchos enterramientos «comunes» también.
Una gran cantidad del metal producido se empleaba en armas macizas (como las hachas).
LOS IMPULSOS FORMATIVOS Y LAS DINAMICAS DE DESARROLLO
El dt'sarrollo de la macroestructura de la PMC queda mejor ilustrado durante la EBA v EBM, los dos principales estadios cronológicos.
Pueden ser subdivididos también en períodos más cortos, una operación que requiere un anTcamiento diferente a la masa de material.
Ya hemos debatido muchos de los rasgos clave dc cada uno de los estadios principales.
Algunos otros deben discutirse brevemente aquí.
El proceso de formación de la PMC fue rápido.
Las fechas C14 h: stimonian que todo el complejo metalúrgico tomó forma en la región principal hacia la segunda mitad del cuarto milenio A. C. Una fecha más exacta podria ser, probablemente, el tercer cuarto del mismo milenio.
Es una tarea difícil identificar los centros más antiguos y más modernos de trabajo del metal que usaron métodos similares por todo el territorio de la Provincia durante la EBA.
Una comparación muestra, sin embargo, que la mayoria de los sistemas que se parecen se configuraron en breve tiempo.
Durante el período del Bronce Antiguo, los centros metalúrgicos y de trabajo del metal de.ambos bloques etnoculturales mostraban una estrecha semejanza.
Tal afirmación está basada en la morfología de los tipos y en el número limitado de los propios tipos (lo que tenemos presente aquí son, precisamente, tipos y no categorías diagnósticas), en los diseños idénticos de los moldes de fundición y en la composición de las aleaciones usadas con más frecuencia en la mayoría de las regiones.
Los adornos de bronce eran comparativamente raros, mientras que los objetos de oro estaban restringidos principalmente a los complejos «reales» Maikop.
Durante el período del Bronce Medio, la tecnología de fundición en molde sufrió considerables cambios y el número de variantes tipológicas de las categorías clave de útiles y armas se incrementó grandemente.
El papel y variedad de los adornos de bronce se amplió en gran medida.
En ese período, la morfología de tales objetos permitía esbozar cierto número de zonas de trabajo del metal dentro de la vasta Provincia.
No sólo su tipología era bastante demostrativa, sino también la tecnología de fundición en molde (el caso de las hachas tubulares).
La aparíción de bronces-estaño y su concentración en el bloque cultural meridional (como el oro, nunca fueron exportados al Norte) proporciona la base para distinguir grupos emparentados de centros.
Todos esos fueron los cambios culturales sincrónicos que afectaron al sistema relativamente unificado de la primera época.
Durante la EBM, las «suturas» entre amplias zonas individuales llegaron a ser bastante evidentes.
Eran las fronteras de las nuevas provincias en las que se desintegraría la PMC, durante la Edad del Bronce Final.
Las modificaciones estructurales conllevarían el declive futuro del sistema y esbozarian los contornos de las nuevas comunidades.
En la EBM se produjo una ruptura en la metalurgia de la Provincia.
Basamos nuestra suposición en el incremento considerable del número de hallazgos de bronce de todas las categorías en todas las regiones.
Por término medio, el número de objetos en la Provincia, durante la EBM, era cinco veces el de la EBA (7).
En las diferentes regiones, el salto tuvo diverso alcance en lo que se refiere a las cifras exactas: en Asia Menor aumentaron unas cinco veces; en el Transcáucaso, unas tres; en los Balcanes y los Transcárpatos, unas dos veces y media, y en el mediodía de Europa oriental tres.
El Cáucaso septentrional donde el número de bronces casi se multiplicó por trece respecto a la EBA «rompió todos los records», a ese respecto.
Toda la Provincia, con los centros de producción dispersos por la totalidad del amplio territorio, se estaba moviendo en la misma dirección a un ritmo uniforme.
Hoy tenemos una idea muy vaga acerca de por qué esta extensa área comenzó a constituirse como un sistema a un ritmo tan rápido.
En realidad, es el enigma habitual en situaciones similares.
El enfoque tradicional buscaba las causas de cambio fuera del sistema: ya fuera que los impulsos emanaran del periodo precedente, o ya fueran sincrónicos y oríginados en las tierras vecinas.
Por lo gem: ral, sin embargo, tales explicaciones son insuficientes.
Hacen lalta causas internas para que estereotipos de manufactura similar lleguen a estar tan extendidos: la~ culturas v sus centros de fabricación del metal deben desarrollarse lo suficienll.' para aceptar la nueva serie de formas (basadas, frecuentemente, en tecnologías ajenas) y debe haber una Ill'cesidad (cuva causa no está bastanll.' clara) de emplear esos estereotipos duranll.' largo tiempo.
Este tema, extraordinariamente comprometido y prácticamente sin ninguna tradición de debate arqueológiL'o, no puede ser discutido en los límites de un artículo: una exposición comprimida por necesidad no contri huiría a su correcta comprensión.
Vamos a abordar, por tanto, la cuestión de los impulsos externos.
Sería lógico concentrarse en los dos.tipos metalúrgicos del período precedente, el Calcolítico.
El primero era típico del sistema de la Provincia Metalúrgica Cárpato-Balcánica caracterizado por un nivel inusualmente alto de producción minera y metalúrgica (Chernij 1978 a: 163-165).
En comparación con el de la PMC fue un sistema de corta vida que se desintegró sin ninguna razón discernible (del mismo modo que se había formado).
Sería natural buscar en él los orígenes de la PMC, al menos, de los centros de los Balcanes septentrionales y los Cárpatos (el hogar de la producción metalúrgica durante el CalcoUtico).
Una gran parte de los rasgos comparados muestra, sin embargo, que los estereotipos antiguos fueron más bien rechazados que continuados, durante la EBA.
El análisis morfológico de la serie de categorías, los procesos de manufactura y la composición de las aleaciones nos dicen lo mismo.
En realidad, algunos de los rasgos dejaron sus huellas, en particular, en los centros cárpato-balcánicos: producción de armas pesadas, una considerable cantidad de artefactos hechos de cobre «puro», predominio de útiles y armas, una parte comparativamente pequeña de hallazgos procedentes de necrópolis, etc. En conjunto, sin embargo, eran dos complejos diferentes.
El otro tipo dedicado a la fabricación de piezas metálicas durante el Calcolítico se concentró en las áreas pioneras en el uso del metal en el Viejo Mundo: Asia Menor y Próximo Oriente.
Aquí el contraste entre los estereotipos de la PMC y los del período precedente es bastante evidente.
Se han heredado detalles insignificantes, circunstanciales (como punzones con topes, algunos de los cuales nos llegan desde el Calcolítico de Anatolia e incluso del Irán).
El primer intento de empleo de lo que se consideran bronces arsenicales artificiales se fecha en el mismo período.
En conjunto, la Provincia mostraba un estereotipo morfológico y tecnológico que difería del de sus predecesores y del de sus pobremente desarrollados vecinos.
Cualquier nueva investigación requeriría inevitablemente una identificación de las regiones (en la propia PMC) donde la aparición de nuevas formas y tecnologías pudo haber sido probable.
Lo que resulta especialmente necesario es un análisis en profundidad de las causas internas que deben ser contempladas, teniendo como telón de fondo las interconexiones culturales activas y a largo plazo entre los dos bloques.
MODELOS Y PARADOJAS DEL DESARROLLO DE LA PRODUCCION DE OBJETOS METALICOS
En conclusión, ofrecemos una revisión amplia de la dinámica de la manufactura metálica desde el momento en que el cobre fue utilizado por primera vez allí hasta los primeros estadios de la Edad de Hierro o. en otras palabras, desde los predecesores de las culturas de la Provincia hasta las que las reemplazaron.
Tomemos tres regiones -Asia Menor, el Transcáucaso y los Cárpatos-Balcanes-las principales áreas mineras y metalúrgicas de la Provincia.
Cada una de ellas desarrolló sus propias vías de producción de metal.
Asia Menor fue el lugar donde los objetos de cobre de uso diario hicieron su aparición en culturas acerámicas (Cayonü-tepesi y primeros niveles de Catalhüyük, octavo-séptimo milenio A. C.).
Sin embargo, hasta el cuarto milenio A. C. el progreso metalúrgico fue asombrosamente lento.
Los primeros cuarenta siglos de manufactura metálica dejaron un número desdeñable de artefactos metálicos en los asentamientos; prácticamente tampoco habia turmas distintas.
Ninguna otra región (incluyendo las que se toman aqui a efectos compal'ati\(J~) mostraba trazas de una primera producción minera y metalúrgica combinada con un progreso (si lo hubo) tan extremadamente lento.
Este es un rasgo bastante original.
Hay otro resultado aún más chocante de los estudios sobre la manufactura metálica en Asia Menor: durante la EBF tanto la minel'ia como la metalurgia decaen bruscamente (Fig. 20).
Este hecho se basa en cálculos en los que están implicados todos los datos \ resulta todavia más sorprendente si se tiene en cuenta que, en ese momento, los hit itas eran los poderosos dirigentes de Asia Menor.
Otro elemento a favor de nuestra conclusión es que entre los siglos XVI \ XII A. C. no surgieron nuevos procesos de manufactura, ni nuevas aleaciones (el trabajo dd metal se basaba en los bronces arsenicales del período anterior).
Quedaba en evidencia un proceso inverso al del complejo morfológico de los primeros centros de la Provincia, volviéndose las variantes tipológicas de las categorias de instrumentos, armas y adornos progresivamente más pobres (Avilova y Chernij 1988).
Este fenómeno puede ser explicado en parte por las numerosas referencias al hierro en las fuentes escritas hititas.
Quizás simplemente éste desplazó al bronce.
Comparando las fuentes arqueológicas (algo que está bastante justificado) se observa que los yacimientos de Asia Menor no ofrecen más objetos de hierro que sus contemporáneos, por ejemplo, de Europa oriental.
Estos últimos proporcionaron series representativas de objetos de hierro.
Con el telón de fondo de la situación en las regiones vecinas, para las que hay bastantes datos, estas dos paradojas de Asia Menor resultan aún más llamativas.
En el Oeste, la mineria y la metalurgia mostraron un crecimiento rápido y sin precedentes: en el Calcolítico surgió una Provincia Metalúrgica Cárpato-Balcánica original y poderosa.
Se fecha a fines del quinto e inicios del cuarto milenio A. C. No hay series tan antiguas de cobre en los Balcanes.
La complicada tecnología de fundición en molde de armas e instrumentos macizos, la minería a gran escala (Ai Bunar y otros) y una gran cantidad de oro (Varna) aparecieron como de la nada.
No hay otro fenómeno similar en todo el Viejo Mundo.
Es bastante evidente otra paradoja: en la EBA, cuando la PMC comenzó a configurarse en su forma final. un brusco declive de la producción metálica en la región Cárpato-Balcánica siguió a una desintegración de la Provincia Calcolítica (Fig. 20).
Esto, que recientemente ha sido considerado improbable, ha sido discutido ya en los círculos académicos.
Un análisis de los datos básicos muestra que la mineria y la metalurgia del Cáucaso siguieron un curso más lógico y siempre estuvieron en vanguardia con un aumento constante de objetos.
No había hallazgos metálicos en los poblados del octavo y séptimo milenios A. c., ni tampoco anteriores a la última mitad del quinto milenio A. C. Una vez que el Cáucaso quedó incluido en la PMC, sus centros siguieron la pauta dinámica general.
Tras su declive surgió una entidad mucho más pequeña y aislada: la Provincia Metalúrgica Caucásica de la EBF.
La capacidad de producción de objetos metálicos en sus confines fue algo impresionante: miles de piezas llegaron desde loS' yacimientos transcaucásicos y nordcaucásicos: «culturas de Koban», «Kolchida», «Cáucaso central» y otras.
Indudablemente, ningún investigador se hubiera asombrado si esta riqueza en objetos de bronce hubiera procedido del Imperio Hitita colindante.
Hoy, sin embargo, apenas hemos recogido información de unas 700 piezas de bronce, una suma que es incomparable con las colecciones caucásicas.
La morfología y la tecnología de fundición en molde experimentaron drásticos cambios en las Provincias Metalúrgicas Caucásica y Europea (la de los Balcanes septentrionales se convirtió en la periferia suroriental de esta última).
El alcance de la manufactura metálica y la minería en la Provincia Europea también fue considerablemente superior (Fig. 20).
Esta tendencia se hizo evidente en la mayoria de las regiones septentrionales de Eurasia.
Una dinámica interior inadecuada y una adherencia rígida a muchos de los complejos tipológicos más antiguos salen a la luz; cuando comparamos la PMC con sus predecesoras Aquí están nuestras respuestas más u menus convincentes a l'Íertu número de preguntas importantes.
Todavía muchus utros problemas están esperandu que se les tenga en cuenta y su alcance bosqueja la dirección de los estudius futuros.
Creemos que, inclusu mediante su mera identificación, hemos sentado las bases para discusiones futuras. |
RESUMEN La complejidad de las técnicas de la filigrana y el granulado en la orfebrería Peninsular requiere un estudio microscópico y microanalítico para conocer su naturaleza.
Este estudio se ha realizado mediante un microscopio electrónico de barrido (MEB) dotado con un sistema de microanálisis por dispersión de energías.
La versatilidad de este equipo, así como su carácter no destructivo, facilitó la caracterización de las técnicas de soldadura en oro y un mejor conocimiento de otras técnicas metalúrgicas a lo largo de un periodo que abarca desde el Calcolítico hasta época prerromana.
Sin embargo, la mayoría de la muestra pertenece al período Orientalizante e Ibérico, lo que ha permitido determinar los rasgos del taller de Cádiz y la identificación de otros dos talleres en Extremadura y Andalucía.
Esta investigación ha tenido como objetivo evitar extraer conclusiones a partir de una muestra excesivamente reducida y, por tanto, no representativa.
Se han analizado algo más de
La investigación de la orfebreria prehistórica en nuestro país se ha desarrollado por unos derroteros estrictamente estilísticos y tipológicos, al margen de los estudios técnicos sobre la metalurgia del cobn.' y bronce, como si el oro respondiera a un comportamiento físico distinto de aquellos.
El uso abusivo de las cualidades de maleabilidad v ductilidad fue el argumento que justificaba la inexistencia del ciclo metalúrgico durante las primeras etapas del uso de los metales: la metalurgia extractiva no se desarrolla hasta época romana y la fusión del oro no se practica hasta la etapa argárica.
El oro aluvial, la pepita de oro, resuelve \' evita todos los engorrosos problemas metalúrgicos que se le podían plantear al artesano calcolítico que, sin embargo, era capaz de extraer, reducir, fundir e incluso moldear el cobre.
La del oro ha sido una metalurgia «menor de edad» durante toda la Prehistoria Peninsular.
En 1970 y 1982 aparecen los dos volúmenes que Hartmann dedica al análisis espectográfico de los oros europeos dentro del programa de investigación alemán, desarrollado en Stuttgart y publicado en la serie Studien zu den An/angen der Metallurgie.
El proyecto alemán creó grandes expectativas en cuestiones tales como el origen de la materia prima y redes de distribución que no llegaron a cumplirse, o cuanto menos se cumplieron parcialmente puesto que en muchos casos sus conclusiones entraban en franca contradicción con los datos arqueológicos (Tvlecote 1970; Harbison 1971;' Raftery 1971; Coles 1973).
El segundo volumen (Hartmann 1980), que incluye los oros de la Península Ibérica, no causó gran impacto en nuestro país.
Salvo el excelente resumen critico publicado por Ruiz-Gálvez en 1985, la investigación alemana no ha producido ninguna reacción entre los investigadores españoles.
El trabajo de Hartmann, sin embargo, supuso la «mayoria de edad,. y la plena incorporación del oro a los estudios sobre metalurgia prehistórica.
Desde 1970 la investigación europea se centra en la búsqueda de alternativas y en un replanteamiento de los problemas a resolver que se ve posibilitado gracias al ensayo de métodos analíticos no destructivos.
Este nuevo enfoque se ocupará con preferencia de los problemas tecnológicos que plantea el oro, sobre todo aquellos referidos a las soldaduras, retomando así la línea iniciada por H. Maryon a principios de siglo desde los laboratorios del Museo Británico (Maryon 1912).
Pero no es hasta la década de los 80 cuando se empiezan a utilizar métodos como el microscopio electrónico de barrido (MEB) que llevaba ya años prestando servicios en el campo de la industria (Parrini, Formigli, Mello 1982; Mello, Parrini, Formigli 1983).
Investigaciones posteriores incluyen ya el MEB como arma de trabajo indispensable para el estudio de un material cuyo valor intrínseco dificulta el empleo de métodos destructivos (Oddy, Meeks, Ogden, 1983-84; Le Goffic, Eluere, Duval, 1986; Duval, Eluere, 1987).
Sin embargo, la escasa disponibilidad de equipos y el alto coste de este tipo de análisis son algunas de las causas que han hecho que los estudios tecnológicos de la orfebrería prerromana sean minoritarios en Europa y practicamente inexistentes en nuestro país.
El objetivo del presente trabajo ha sido la determinación de los distintos procesos técnicos de fabricación, en especial el de las soldaduras sobre filigrana y granulado.
La hipótesis de partida planteaba la posibilidad de identificar distintos talleres, establecer corrientes tecnológicas, y en definitiva, confirmar o refutar algunas de las conclusiones establecidas a través del estudio arqueológico de las piezas (Perea, en prensa).
Las razones por las que se dio prioridad a estas dos técnicas ornamentales -filigrana y granulado-están por una parte en la complejidad de su proceso de fabricación, y por otra, en la diversidad de soluciones que se ofrecen, de tal manera que parecen buenos elementos de caracterización.
Existen, sin embargo, una serie de condicionantes debidos al incipiente estado de la investigación en este campo.
Carecemos de puntos de referencia suficientes para establecer un estudio comparativo entre las técnicas empleadas en la orfebrería peninsular y la de otros ámbitos geográficos y culturales, lo que supone todavía una cierta limitación a cuantas conclusiones podamos extraer.
METODOLOGIA y CARACTERISTICAS DE LA MUESTRA
El examen de las piezas se ha realizado en el microscopio electrónico de barridu de la Unidad de Metalurgia Física del Centro Nacional de lnvcstigaciont's Metalúrgicas (CENIM, Madrid) como laboratorio asociado del Ministerio de Cultura \' de acuerdo al convenio firmado entre ambos organismos.
La versatilidad y variedad de información que se puede obtener con el MEB han sido las razones principales para su elección como método más adecuado de estudio, dadas las peculiaridades de la muestra y los fines propuestos.
En primer lugar se procedió al estudio topográfico de las piezas en el microscopio, un JEOL-JXA 840, para observar los modos de fabricación, huellas de trabajado y otros detalles de corrosión y desgaste no apreciables a simple vista o mediante microscopio óptico.
La imagen del MEB se obtiene al enviar un haz de electrones sobre la muestra y hacerlo desplazar sobre ella; la señal de electrones secundarios emitida se registra mediante un detector y se envía a una pantalla de televisión.
Las ventajas que ofrecen son el poder de resolución y la profundidad de foco, tanto a bajos como altos aumentos.
En segundo lugar, la caracterización química de las muestras se realizó en la misma unidad provista con dos espectrómetros; en nuestro caso se utilizó el sistema de microanálisis por dispersión de energías, LINK AN 10000.
Este método se basa en la identificación de las señales de rayos X emitidas por la muestra al ser pombardeada por el haz de electrones.
La conversión de los valores de intensidad recibida a concentración en % en masa, se realiza mediante un programa de cálculo denominado ZAF.
El método descrito es totalmente no destructivo.
La única preparación que recibieron las piezas fue una limpieza por ultrasonidos en agua jabonosa y secado en alcohol, que no altera en absoluto la superficie, ya que la mayoria de ellas se encontraban con bastante suciedad -polvo y tierra del yacimiento.
En aquellos casos en los que la muestra contenía restos de pasta vítrea, se procedió a su examen sin limpieza previa para preservar este material.
Las condiciones óptimas de trabajo para cualquier análisis espectrográfico son una muestra plana y pulida, por lo que los resultados, en nuestro caso, vienen afectados por diversos errores debidos a la naturaleza irregular de las superficies y a la existencia de posibles capas de óxidos en algunas piezas que presentaban un alma de otro metal, por ejemplo cobre.
Para evitar en lo posible estos inconvenientes se utilizó un programa de corrección de resultados denominado ZAF-PB, de la firma LINK, que compensa las variaciones de intensidad de rayos X cuando se trabaja sobre una superficie de topografía irregular.
De todas maneras, es necesario señalar que un microanálisis sólo es totalmente cuantitativo sobre muestras preparadas metalográficamente, y ésto se debe tener en cuenta a la hora de interpretar los resultados.
Se consideró oportuno, dadas las limitaciones mencionadas, preparar en laboratorio una serie de muestras experimentales, realizadas bajo distintas condiciones, así como el examen de al menos una sección pulida de una de las piezas originales ya analizadas sin preparación metalográfica; para lo que fue necesario obtener un permiso especial del Ministerio de Cultura.
Ello nos permitió comparar los resultados, y comprobar que el método de corrección ZAF-PB se ajustaba con suficiente precisión a los datos obtenidos con el programa ZAF4 empleado sobre muestras planas y pulidas (Perea, Adeva, Aballe, en prensa).
Otros trabajos complementarios que se realizaron fueron varias preparaciones metalográficas sobre fragmentos de piezas -una lámina y un hilo--para conocer su microestructura; además del análisis de composición de substancias de relleno.
El estudio ha intentado evitar el riesgo de extraer conclusiones generales a partir de una muestra tan pequeña que no pudiera considerarse representativa del conjunto.
Se han examinado 64 piezas, además de los trabajos experimentales r.ealizados en laboratorio, para lo que fue necesario el traslado de aproximadamente un centenar procedentes de los Museos Arqueológicos de Cádiz, Sevilla y Nacional dc Madrid (1); las muestras desechadas no reunían las condiciones adecuadas para su cstudio.
La selcn: ión ha estado condicionada por muy diversos factores: Tamaño del portamuestras del MEB (3 cm. 0).
Acuerdos con los directorcs de los Museos para la cesión temporal.
Cambios y errores de piezas con respecto a la selección solicitada.
Estado de conservación de las mismas; algunas presentaban grandes focos de óxidos procedentes de un alma metálica.
El conjunto cubre un amplio marco cronológico y cultural, desde el Calcolítico al siglo 111 a. c., aunque la mayor parte de las piezas pertenecen a la etapa orientalizante e ibérica, puesto que es a partir de este momento cuando se empiezan a realizar soldaduras en filigrana y granulado.
Se han incluido en el estudio dos fragmentos de pendientes etruscos, del tipo denominado a baule y un medallón fragmentado con decoración figurada, de origen probablemente rodio, que aunque no pertenecen a la orfebreria peninsular son elementos inestimables de comparación.
Estas últimas piezas, junto con otras de procedencia desconocida se conservan en el Museo Arqueológico Nacional 'y tradicionalmente se han publicado como procedentes de Extremadu' ra (Blázquez, 1963).
El total de microanálisis realizados se acerca a un promedio de 10 tomas espectrográficas por muestra, dependiendo de la complejidad de la misma y la accesibilidad de sus distintos componentes -hilos, glóbulos, láminas, elementos de suspensión, etc. En general, se ha tendido a obtener tres tomas de cada componente individualizado y otras tantas de las áreas de soldadura cuando existe, así como a documentar micrográficamente cada zona analizada de manera que exista una referencia gráfica de su morfología.
Otras micrografías muestran zonas no analizadas, con el fin de determinar métodos de fabricación, procesos de deterioro u otras incidencias que se consideraron de interés.
A continuación resumo los datos de interés de cada pieza en el siguiente orden: código de identificación; descripción sucinta; lugar de procedencia; cronología; nota bibliográfica: -AC02: anilla de sección ovalada realizada en lámina sobre cobre.
Bonsor 1899: 26, 29, figs. 7-9. -ACOO4: pendiente fusiforme de sección en sector de círculo, fragmentado, realizado en lámina sobre cobre.
-ALOO2: fragmento de hilo de sección circular.
-ALOO3: fragmento de arracada compuesto por piezas laminares en forma de peón de ajedrez.
-ALS02: pieza en forma de halcón perteneciente a la crestería de una arracada fusiforme; realizada en doble lámina con decoración en granulado.
-ALS03: colgante esféríco realizado en lámina con decoración en filigrana, granulado y calados.
-ALS04: pieza cuadrangular perteneciente a una diadema articulada de extremos triangulares; realizada en lámina con decoración en filigrana al aire, granulado y pasta vítrea.
ALSOS: cálgante en forma de cabeza de serpiente con tapadera plana en la parte superior; realizado en -ALS06: anillu de sellu ovalado con representación de jinete; aro con decoraciún oc filigrana v granuladu.
-ALS07: pendiente anular de cierre en gancho realizado en hilu; lleva insertados dos colgantes esféricos de lámina.
-CAOO 1: tU/U/liS en forma de casco rematado en botún; realizadu en lámina con decoraciún puntillada v seis perforaciunes.
-CAZ01: medallón cun entalladura triangular inferior v decoración egiptizante (sacrul1l. l/reus, disco solar alado y disco enmarcadu por creciente), realizadu sobre lámina con apliques v granulado, carrete de suspensión.
-CAZ02: medallón cun roseta inscrita y carrete de suspensión; realizado en lámina con decoración en filigrana y pasta vítrea.
-CAZ03: colgante astral realizado en lámina con decoración granulada y carrete de suspensión.
-CAZ04: colgante esférico realizado en lámina cun decuración en filigrana y sistema de suspensión en arco.
-CAZOS: sortija con engaste troncocónico en lámina con decoración granulada; aro de filigrana.
Cádiz, probablemente de la necrópolis antigua.
-CAZ06: colgante con representación de Ptah-pateco, macizo, sistema de suspensión en arco.
-CAZ7B: cuenta de perfil curvo convexo, realizada en lámina estriada con remates de hilo en los extremos.
-CAZ08: aro pequeño de desarrollu en espiral, realizado en lámina sobre cobre, con decoración en filigrana en forma de cordón suelto.
C. -GALOI: colgante ovalado realizado en lámina con decoración granulada.
-GAL02: arracada de racimo realizada en granulado al aire, Necrópolis de Tutugi (Galera, Granada).
-GAL03: pendiente anular cerrado realizado en cobre dorado.
Necrópolis de Tutugi (Galera, Granada).
-JAOI: pulsera de hilos trenzados.
-LOOI: fragmento de torques anular. macizo, con decoración incisa.
Lora del Río (Sevilla).
-MAOOI: fragmento de lámina de revestimiento, lisa.
Dólmen de Matarrubilla (Sevilla).
-MAOO2: fragmento de lámina de revestimiento con decoración repujada.
Oólmen de Matarrubilla (Sevilla).
-POOl: medallón con figura de grifo sobre fondo laminar granulado.
-POO2: colgante en forma de palmeta realizado en lámina con decoración granulada.
Jau/e, realizado en lámina con decoración en filigrana, gránulos y pasta vítrea.
-Poo4: colgante lengüeta realizado en lámina con decoración en filigrana y granulado.
-POO5: colgante palmeta con alveolo en forma de lágrima, realízado en lámina con decoración granulada.
-Poo6: fragmento de pendiente a ha u le, realizado en lámina con decoración en filigrana, gránulos y pasta vítrea.
-PD07: medallón fragmentado realizado en lámina con decoración repujada representando un ojo central. y figura de caballo, falo, escorpión, motivos vegetales y otros no identificados organizados concéntricamente.
-TOY01: arracada fusiforme doble, realizada en lámina con decoración de cenefa de cordones e hilo enrollado en los extremos; conserva parte del enganche en un •\!xtremo.
Necrópolis de Tugía (Toya, Jaén).
La siguiente tabla se ha organizado en seis columnas con el siguiente contenido, La Columna Código del espectro que consta de las primeras letras del yacimiento de procedencia de la muestra, o PO si se desconoce el lugar exacto; número de identificación para distinguirla de otras piezas del mismo yacimiento; potencial acelerador con el que se ha trabajado -20 kV; finalmente el número o letra de orden del espectro correspondiente.
Descripción de la zona analizada.
Las soldaduras se abrevian mediante el siguiente código: glóbulo/hilo, glóbulo/glóbulo, etc, que significa área de unión entre ambos componentes, 3. a, 4.y S.-Columnas Conversión de los valores de intensidad recibida a concentración en 96 en masa mediante el programa de cálculo ZAF-PB para muestras sin preparación y ZAF4 para muestras pulidas.
En la tercera columna se recogen los 96 de Ag, en la cuarta los 96 de Cu, y en la quinta otros elementos que puedan aparecer.
Estos resultados no han sido normalizados, puesto que resulta más correcto indicar los porcentajes tal como se obtienen mediante el programa de cálculo correspondiente, Al tratarse de materiales de base oro, donde este elemento es mayoritario, salvo excepciones, el porcentaje de Au debe entenderse como resto a 100.
Como ya se indicó, se han realizado varias tomas espectrográficas en distintos puntos de la misma zona que se quería caracterizar químicamente.
Los valores obtenidos presentan distintos grados de variación en las cifras obtenidas, dependiendo de la posición relativa entre el punto analizado y el detector, puesto que existen alteraciones topográficas, Hemos considerado oportuno dar todas ellas en vez de valores medios para ilustrar las dificultades de una toma de muestras sobre piezas sin preparación metalográfica.
El código fe + significa trazas de este elemento no cuantificables.
Para facilitar la lectura del listado, cada pieza analizada se ha encabezado con su código de identificación, descripción sucinta y lugar de procedencia.
Están organizadas por orden alfabético, y al final del listado se recogen los trabajos experim'entales realizados en el laboratorio (TRAB, SOL).
St! ha documentado la fabricación dt! hilos de sección circular mediante martillado en dos piezas procedentes de Alcalá dd Río y en un medallón con roseta inscrita dt!
Cádiz; éste último estaba ensartado en d demento de suspensión, Se han podido observar secciones fragmentadas de estos hilos y las huellas de trabajado en forma de aristas en la superficie.
Sobre el fragmento de Alcalá del Río (ALOO2) se realizó una preparación metalográfica donde se determinó la sección poligonal que indica un trabajo por martillado, excluyendo la posibilidad de un trefilado.
En una sección pulida y atacada aparece una estructura de granos grandes, debida probablemente a un recocido a alta temperatura, así como bandas de deformación de la última operación de martillado.
Los análisis realizados sobre la sección sin preparar y la sección pulida muestran valores semejantes en cuanto al porcentaje de Ag, si bien en el primer caso disminuye considerablemente el contenido de Cu, debido a un ataque preferente de este último elemento bajo las condiciones del yacimiento.
Por su parte, el análisis de la superficie del hilo muestra valores muy inferiores tanto en Ag como en Cu debido a los mismos fenómenos de oxidación superficial.
Todos estos hilos macizos se emplearon como elementos complementarios de las piezas, pero nunca para la decoración en filigrana, ya que presentan un diámetro relativamente grueso, inadecuado para ese trabajo.
También muestran daras huellas de martillado los extremos afinados, hasta formar hilo, de los pendientes anulares, tanto huecos como macizos.
Los boceles empleados en la filigrana son hilos de sección cilTular, huecos, rl'alizados a partir de una fina tira de lámina que se torsiona sobre sí misma hasta formar un tubo.
Este proceso de fabricación deja una costura helicoidal a lo largo de toda la superficie, más u menos abierta según el grado de torsión a que se haya sometido: este sistema permite conseguir diánll'trlJs mucho más reducidos que mediante un simple martillado.
En la ma~'or pal1e de las micrografías donde aparecen hilos de este tipo se pueden observar estas huellas helicoidales, aunque L'n algunas son apenas pen: eptibles debido al desgaste o a una fusión superficial dumnlt: el proceso de calentamiento para realizar las soldaduras.
Son bien patentes en la diadema de Aliseda; en el sistema de suspensión del colgante con representación de Ptah-pateco; en varios de los aros pequeños de desarrollo en espiral de Cádiz; en el hilo de sujeción de la arracada circular de Cádiz, en un colgante con dos círculos v lágrima central de Ebura; en la arracada fusiforme de Ebora; en el colgante de cadena en forma de nudo hercúleo de la misma procedencia (Lám. la); en una cuenta de perfil angular convexo de la misma procedencia (Lám.
[Vd); en una pendiente anular de gancho de Villaricos.
En dos casos se ha podido observar la sección hueca sobre una zona de rotura del hilo, como aparece en la lámina lb.
En el caso de la pulsera de Jávea, que presenta unos hilos de mayor grosor que los mencionados más arriba se empleó el mismo sistema de fabricación, probablemente por la ventaja que ofrece de ahorro de metal.
Si una vez conseguido el bocel mediante el procedimiento descrito se continúa torsionando el hilo, empiezan a producirse deformaciones en la superficie (fenómenos de estricción) hasta que aparece una profunda arista o línea helicoidal, más o menos abierta según el grado de torsión, como puede observarse en la Lámina le, pertenecientes a la arracada semicircular de Cádiz.
El mismo tipo de hilo aparece en los aros pequeños de desarrollo en espiral del mismo yacimiento.
Si aún después de este proceso se continúa con la torsión, las aristas comienzan a unirse, resultando una superficie más compacta, dividida en segmentos de forma aproximadamente troncocónica (Lámina Id, segundo hilo desde la zona inferior).
Este último grado de torsión produce un tipo de hilo cuyo aspecto puede llegar a ser muy similar al de un bocel moldurado imitando granulado, que explicaremos a continuación, sobre todo si se encuentra muy desgastado por uso, como ocurre en zonas de la misma pieza de Cádiz antes mencionada.
Hay que tener en cuenta que el resultado de la fabricación por torsión de estos hilos puede llegar a ser muy diferente según el grosor de la lámina de la que se ha partido para la realización del bocel inicial.
En alguna ocasión se ha apuntado la posibilidad que en la fabricación de los hilos torsionados se hubiera partido de un hilo de sección cuadrangular (Oddy 1977: fig. 5).
Sin embargo, no es éste el caso de las piezas que nos ocupan, puesto que en muchos de los ejemplos estudiados se observan todavía rastros de la costura helicoidal que prueban un proceso a partir de un bocel.
Por el contrario, en los dos fragmentos de pendientes a baule de origen etrusco, sí se ha observado el empleo de hilos de sección cuadrangular torsionados.
El hilo moldurado imitanto granulado parte igualmente de un bocel cuya superficie se divide en segmentos que semejan una sarta de gránulos.
Todos los ejemplos se han documentado, casi con exclusividad, sobre piezas gaditanas como un medallón con roseta inscrita, un colgante esférico (Lám. lIa), aros de desarrollo en espiral y arracada circular.
Se ha discutido mucho sobre el método de fabricación de este tipo de hilo.
La teoría más aceptada se basa en las descripciones recogidas en el ensayo del siglo XII De diversis Artibus del monje Teófilo (Thouvenin 1971: 102 y ss.), según las cuales se obtiene rodando un bocel sobre una superficie plana mediante el empleo de una herramienta de borde ligeramente cortante que va marcando estrías en su superficie.
Según el filo de esta herramienta sea simple o doble, se consiguen estrías más o menos regulares (Ogden 1982: Fig. 4: 38).
Es difícil probar o refutar semejante teoría, no obstante factible, puesto que la mayoría de estos hilos se encuentran muy desgastados, pero en cualquier caso hay que diferenciarlos de los realizados por sucesivas torsiones, que ofrecen segmentos de forma troncocónica.
Los hilos de cinta no presentan ninguna particularidad técnica digna de mención.
Están fabrícados por martillado \' se emplearon l: on prderenóa en aquellos l: asos en que la filigrana se dispone al aire, como en la arracada semiórcular de Cádiz (Lám. lIb), o en otros en los que el motivo delimitado estuvo relleno de esmalte o pasta vítrea, como es un colgante con dos círculos y lágrima central de Ebora, pues la sección rectangular que presentan facilita este tipo de decoracíón.
En la última pieza mencionada no se han conservado restos de este material, pero el hecho de que la lámina de base en esta zona presente un fuerte ataque generalizado de la superficie con corrosión prcferentt: en los límites de grano (Lám. lIc), donde los análisis muestran un acusado descenso del contenido en plata v cobre, pareCl' avalar la hipótesis.
La fusión de la pasta vítrea y posterior solidificación crearon tensiones que provocaron estos fenómenos, debidos a los diferentes coeficientes de expansión de ambos materiales.
Más compleja es la fabricación de la ónta moldurada en la zona superior.
Aparece en un medallón con roseta inscrita de Cádiz, en los aros de desarrollo en espiral de la misma procedencia (Lám. lId), en la arracada circular igualmente de Cádiz, en el colgante alado de Ebora y en los dos fragmentos de pendientes a baule.
Para su fabricación se ha partido de un bocel torsionado que posteriormente se ha martillado hasta formar un hilo de sección rectangular, en cuyos bordes menores quedan marcadas las aristas helicoidales.
El aspecto de la zona moldurada presenta variantes según el grado de torsión del bocel inicial.
Así por ejemplo, en el medallón con roseta de Cádiz parece que se partió de un torsionado simple, como se observa en la Lámina lIla; mientras que en uno de los aros de desarrollo en espiral, el moldurado presenta segmentos troncocónicos característicos de una doble torsión (Lám.
La funcionalidad de este tipo de hilo, además de la puramente ornamental, fue la misma que la de los hilos de cinta, pues su altura permite el relleno con pasta vítrea, por lo menos en las rosetas de los medallones y las arracadas órculares de Cádiz, donde sí se han documentado restos ya descompuestos.
También se utilizaron para formar los pedestales cilíndricos donde se sitúan glóbulos en los aros de desarrollo en espiral (Lám. lId).
Una variante de la cinta moldurada es la que se empleó en un fragmento de filigrana al aire procedente de Aliseda (Lám. mc) y en el aro de una sortija con engaste troncocónico de Cádiz.
En este caso se ha partido de un cordón -dos boceles unidos retorcidos sobre sí mismos-ligeramente martillado hasta conseguir una sección rectangular.
En el caso de la pieza de Cádiz, varios cordones así dispuestos se soldaron a una lámina de base para formar el aro de la sortija.
Las caracteristicas del granulado en las piezas estudiadas son bastantes heterogéneas.
Tomando como parámetros descriptivos el diámetro, forma y regularidad de las esferas, así como el aspecto de los cuellos de soldadura, se han podido observar las siguientes particularidades.
Dentro del conjunto de la muestra existe una gran variabilidad en cuanto al tamaño, que abarca cifras aproximadas entre 0,23 y 1,8 mm. de diámetro.
Este intervalo, aparentemente reducido, es bastante amplio si tenemos en cuenta las mágnitudes en las que nos movemos.
Para hacernos una idea de las variaciones observadas en el trabajo de granulado dentro del ámbito mediterráneo, desde la aparición de esta técnica, apuntamos las siguientes cifras recogidas por Wolters (1983: 19-20): en la orfebrería de Troya II g.
C.) se consiguen diámetros de hasta 0,25 mm. Los gránulos de menor diámetro registrado aparecen únicamente en el granulado etrusco denominado en polvo, a partir del siglo VII a.
C., con 0,14 mm. Dentro de otros ámbitos geográfico-culturales, el granulado de la órfebrería de Ur oscila alrededor de 0,7 mm.; en China (dinastía Tang, siglos VIIvm d.
C.) oscila entre 0,5 y 1 mm.; y finalmente los gránulos en la orfebrería de la cultura La Tolita (Ecuador, 500 a. c., 500 d.
C.) varían entre 0,6 v 0,8 mm. Por supuesto existen decoraciones con esferas de diámetros más grandes que los mencionados, pero a partir de cifras de varios milímetros va no se considera una verdadera labor de granulado..
Agrupando la muestra por yacimientos de procedencia, SL' ha obsL'r\'ado que dentro de Aliseda las cifras oscilan entre 0,3 y 0,6 mm. Los diámetros más pequeños pertenecen a los gránulos de la pieza en forma de halcón perteneciente a una de las arracadas v los mús grandes al colgante en forma de serpiente, aunque en este caso la deformación que presentan dehido al desgaste posiblemente enmascare las cifras.
Todos tienen una forma perfectamente L'sfL:'rica \ regular en tamaño dentro de cada pieza.
Aparecen cuellos de soldadura poco desarrollados pLTO perfectamente definidos (Lám. llld) que unen los glóbulos entre sí.v a la lámina de base.
Unicamente en el fragmento de la arracada en forma de halcón se ha obsevado una soldadura poco limpia que ha llegado a empastar todo d tercio inferior de las esferas, probablemente;: debido a un exceso de temperatura o de material soldante; lo mismo ocurre en algunas zonas dd colgante serpiente.
En Cádiz es donde se observa la mayor variabilidad de tamaños, puesto que la muestra abarca un período cronológico muy amplio.
Por dIo dividiremos las piezas en dos grupos, aquellas pertenecientes al período orientalizante -necrópolis antigua-y las del período púnico -necrópolis dd siglo IV a. c.- (Perea 1985(Perea, 1986)).
En cuanto a las primeras, que incluyen un medallón con decoración egiptizante, un colgante astral y una sortija con engaste troncocónico, el tamaño de los gránulos oscila ente 0,45 y 0,56 mm., siendo los más grandes los de la sortija (Lám.
Las formas son esféricas y regulares dentro de cada pieza, aunque todas se encuentran afectadas en grado semejante por el uso.
Aparecen cuellos poco desarrollados pero definidos (Lám.
IVa) y generalmente presentan una grieta en las uniones laterales entre glóbulos, ya que en esta zona se acumulan tensiones.
Las piezas gaditanas dd periodo púnico presentan un granulado de caracteristicas muy diferentes puesto que sólo se emplea la disposición aislada, con esferas cuyos diámetros oscilan entre 0,91 y 1,42 mm., casi doble tamaño de las dd período anterior.
Son esferas muy regulares dentro de cada pieza de superficies muy homogéneas.
Los cuellos de las soldaduras son difícilmente observables, ya que se di ponen siempre en combinación con hilos de filigrana, unidos por la base pero nunca lateralmente entre sí (Lám.
En cualquier caso son soldaduras limpias y realizadas con pericia.
Con respecto al conjunto del Cortijo de Ebora, la variabilidad de los diámetros oscila entre 0,32 y 0,48 mm. La esfericidad y regularidad en los tamaños es bastante heterogénea dentro de cada pieza.
Por ejemplo, en la pieza de la diadema con decoración en forma de máscara los gránulos son muy irregulares; los que rematan las piezas cilíndricas de la cresteria de la arracada tienen una forma prácticamente ovalada; los más homogéneos son los que aparecen en la cuenta de perfil angular convexo.
En cuanto a las soldaduras, presentan un cuello bien definido en las uniones laterales entre glóbulos con grietas como las que habíamos visto en las piezas gaditanas de época orientalizante.
El material soldante empasta algo más la superficie de las esferas cuando éstas se disponen de forma masiva, como en la cuenta mencionada.
Procedente de Tutugi (Galera) es un colgante ovalado que presenta una decoración con dos' series de gránulos de diferentes tamaños.
La serie de mayor diámetro tiene valores que oscilan entre 0,42 y 0,49 mm. y su forma es bastante irregular, pues frente a algunos perfectamente esféricos se encuentra otros de superficie muy deformada.
La serie de menor tamaño se dispone masivamente en la zona inferior de la pieza; sus diámetros oscilan alrededor de 0,25 mm., casi la mitad que los de la serie anterior, y su forma es muy irregular (Lám.
Por el contrario las soldaduras son especialmente limpias puesto que en la disposición masiva, si bien se han desarrollado algunos cuellos laterales, la mayoría de los glóbulos están unidos únicamente a la lámina de base.
La zona del reverso se encontraba cortada -se trata de un corte limpio realizado intencionalmente y en la actualidad, sin que tengamos noticias de este hecho que tuvo una clara finalidad de estudiar la sección de la pieza-por lo que se pudo observar una sección de las soldaduras como vemos en la Lámina Ve.
Se puede ver que prácticamente no existen cuellos entre los glóbulos y la lámina de base.
La arracada de racimo de este mismo vacimientu presenta un granuladu al aire con diámetrus medios en torno a 1,8 cm. v esferas hastante deformadas.
En esta técnica los gránulos se sueldan entre sí, sin lámina de hase, por lo qUL' se ha empleado mayor cantidad de material suldante que ha llegado a empastar las esferas deformándolas.
Finalmente se ha estudiado una serie de piezas de procedencia descunocida, que tradiciunalmente se han puhlicadu como procedentes de Extremadura, sin que sepamos el lugar de procedencia exacto de ninguna.
El gr'anulado de todas ellas entra dentro de lus diámetros más reducidos pero más irregulares ent re sí.
El medallón con figura de grifo presenta un granuladu masivo que uscila entre 0,23 y 0,42 mm de diámetro.
Su superficie se encuentra muy ddurmada (Lám.
Vd) y se dispunen de forma arracimada, montados unos encima de otros.
Las soldaduras responden a la misma irregularidad de los elementos unidos.
Estas observaciones se hacen extensivas al colgante lengüeta cuyos gránulos presentan diámetros entre 0,26 y 0,45 mm.
Las otras dos piezas de este conjunto tienen un granulado dispuesto linealmente, también de caracteristicas muy irregulares.
Los diámetros oscilan entre 0,25 y 0,4 mm. en el colgante en forma de palmeta con lágrima central, y entre 0,22 y 0,43 mm. en el colgante en forma de palmeta simple (Lám.
El tema de la clasificación del granuladu ha sido uno de los vanos intentos de los arqueólogos por facilitar su estudio.
Una de las propuestas que causó mayor impacto en su momento fue la de D. L. Caroll (1974) según la cual se podían establecer tres tipos de granulado según su tamaño, lo que determinaba automáticamente la técnica de soldadura empleada y el aspecto de la superficie de las esferas.
Sin embargo, su estudio se basó únicamente en trabajos experimentales de laboratoriu, y finalmente la clasificación propuesta ha resultado inviable ya que sus hipótesis no se cumplen sobre las piezas originales (Parrini y otros 1982; Wolters 1983: 21).
Otro de los temas que se han intentado resolver ha sido la determinación del método empleado en la obtención de las esferas, que sin embargo no es una cuestión que plantee problemas técnicos complejos.
En cualquier caso existen numerosas soluciones posibles, con resultados similares, por lo que es imposible llegar a conocer el proceso seguido en cada caso.
Los métodos propuestos se remiten invariablemente a los descritos por autores de tratados técnicos antiguos, como Plinio, y renacentistas cumo Biringuccio, Agricola, Cellini, etc. (Wolters 1981: 124-25; Ibíd.
1983: 45 y ss.); se basan en el hecho de que una pequeña partícula metálica adquiere forma esférica cuando se funde, debido a la tensión superficial.
Los mismus autores recogen los adhesivos empleados para mantener los gránulos en posición antes de proceder a la soldadura, a base de substancias orgánicas como goma arábiga, resinas, cola de pescado, etc.
Todos estos procesos de preparación no ofrecen otra dificultad técnica que la habilidad del artesano adquirida con la práctica.
En cuanto al granulado etrusco denominado en polvo, por el pequeño diámetro de sus esferas, aparece representado en algunas pizas peninsulares -arracadas de Santiago de la Espada y un fragmento procedente de Covalta-ninguna de las cuales ha podido ser analizada con el MEB (2).
No obstante, la obtención de este tipo de gránulos no ofrece dificultades insalvables si tenemos en cuenta que en la orfebrería mediterránea se fabricaban normalmente panes de oro de grosor micrométrico, a partir de los que se pueden obtener pequeños fragmentos metálicos para fundir (Formigli en: Cristofani, Martelli 1985: 328), sin falta de recurrir, como en alguna ocasión se ha apuntado (Wolters 1981: 125; Ibíd 1983: 46), a una limalla metálica cuya obtención requiere una fina lima de acero.
(2) Las arracadas de Santiago de la Espada se conservaban en el Instituto Valencia de Don Juan de Madrid, de donde rueron robadas hace ya varios años.
Hasta la fecha no se han realizado análisis sobre piezas de orfebrería peninsular, aunque tenemos algunos datos de piezas de diversa procedencia.
Según la ínter'prelación de los datos analíticos obtenidos en distintas ocasiones, se han documentado los siguientt:s ml'lodos dc soldadura en piezas originales procedentes del ámbito europeo y mediterráneo (3):
-Soldadura sin aporte de material soldante, basada en los distintos puntos de fusión de los elementos a unir.
Soldadura por difusión en fase sólida, calentando por debajo del punto de fusión.
Soldadura con aporte de aleación soldan te de composición Au / Ag / Cu.
Soldadura mediante sales de cobre.
Según nuestros resultados micronalíticos se pueden hacer las siguientes consideraciones, agrupando la muestra por yacimientos de procedencia.
La anilla y el pendiente fusiforme de El Acebuchal (AC02, AC04) no pudieron someterse a limpieza mediante ultrasonidos debido al grado de deterioro del alma de cobre.
Los resultados obtenidos en la zona de unión de la lámina de recubrimiento presentan un ligero incremento del contenido en Ag; por el contrario, el contenido de Cu presenta valores erráticos que no son significativos debido a la contaminación del relleno.
En estas condiciones es difícil asegurar la existencia de una soldadura en la zona de unión.
Sí se resolvió mediante soldadura la unión de las dos láminas simétricas a partir de las que se formó una de las piezas de la arracada de Alcalá del Río (AL003).
En esta zona se observan algunas grietas y una corrosión selectiva de Cu.
Los análisis de la soldadura presentan, por tanto, un ligero aumento del porcentaje de Ag, aunque el de Cu mantiene valores semejantes a los de la lámina.
Hay que hacer notar que en toda la superficie de la pieza aparecen picaduras en donde los análisis reflejan el fuerte descenso tanto de Ag como de Cu.
Por el contrario, en una zona donde se pudo acceder a la sección de la lámina, que mostraba una rotura dúctil, se obtienen valores más altos en ambos elementos.
La muestra procedente de Aliseda es bastante heterogénea en lo que a la composición de las soldaduras se refiere, diferenciándose tres series de piezas que pasamos a comentar.
l.-Serie La constituye el caso del fragmento de filigrana al aire (ALSOl).
La composición de los hilos de esta pieza presenta altos contenidos en plata que se sitúan en un valor medio del 61 96, por lo que es un caso especial dentro de la totalidad de la muestra.
El proceso de soldadura debió realizarse en condiciones poco homogéneas, pues hay zonas en las que la temperatura llegó a fundir casi por completo los hilos, produciendo una masa informe (Lám.
Los análisis muestran en las zonas de soldadura un notable incremento del porcent3.je de Ag, mientras que el Cu permanece dentro de los márgenes obtenidos para los hilos.
En algunas zonas se han detectado manchas de distinta coloración; en ellas el contenido de Ag disminuye notablemente y se detecta azufre, lo que supone la presencia de sulfuros de plata.
(3) Una descripción detallada de los análisis realizados-hasta la fecha sobre piezas de origen europeo se puede ver en: Perca, Adeva, Aballe (en prensa).
2.-Serie Está constituida por tres objetos, un colgante esférico (ALS03), una de las piezas de la diadema (ALS04) y un anillo de sello ovalado con decoración de.iinek (ALS06).
En las tres piezas destaca el hecho de que en su fabricadón se ha empleado un oro de gran pureza, sobre todo en el colgante donde no se ha detectado presencia de Ag.
Las zonas de soldadura presentan un incremento del contenido en Cu, mientras que la plata no aparece, o si lo hace es dentro de los límites de la composición de los distintos componentes de la pieza analizados individualmente.
En la lámina Vlb se ha podido observar una estructura dendrítica que indica un proceso de fusión en la zona de soldadura, probablemente con material de aporte de composición Au/Cu; mientras que en otras se ha observado un ataque generalizado de la superficie.
En la pieza ALS04 se ha detectado titanio en una zona alrededor de la soldadura entre glóbulo e hilo.
Su presencia probablemente se deba a la contaminación del esmalte o pasta vítrea que se encontraba en el interior del hilo dispuesto en muelle, ya que este elemento debió formar parte de los pigmentos utilizados.
Incluye otras tres piezas, un halcón procedente de una de las arracadas (ALS02), un colgante en forma de prótomo de serpiente (ALSOS) y un pendiente anular con dos colgantes esféricos (ALS07).
En esta serie las soldaduras muestran un incremento tanto en los procentajes de Ag como en los de Cu.
Esto se hace más patente sobre todo en la última pieza, ya que se trata de una soldadura basta, entre la esfera del colgante y el sistema de suspensión y requiere menos cuidados que una soldadura de filigrana o granulado.
En la Lámina VIc se puede ver la estructura dendrítica de la aleación Aul Ag/Cu.
La misma estructura se observa en las soldaduras del colgante serpiente, así como un ataque generalizado de la superficie.
En la muestra ALS02, aparecen poros en forma de cráteres en las zonas de soldadura (Lám.
VId) producidos por desprendimientos gaseosos en el momento de la solidificación.
Es posible que le exceso de material soldan te observado en esta pieza, ya comentado más arriba, sea la causa de este defecto.
Las tensiones provocadas en la zona produjeron a su vez una corrosión en los límites de grano.
En el conjunto de Cádiz se puede diferenciar claramente entre las piezas del periodo orientalizante y las púnicas.
Dentro de las primeras se incluye un medallón con decoración egiptizante (CAZOl), un colgante astral (CAZ03), una sortja de engaste troncocónico (CAZOS) y una arracada semicircular (CAZ 1 O).
Todas ellas se caracterizan por estar fabricadas en un oro de alto contenido en plata, con valores que llegan hasta el 4S %, excepto en la sortija que son siempre inferiores al 20 %.
Los resultados microanalíticos obtenidos en las zonas de soldadura no presentan variaciones claras con respecto al metal de base; todos ellos han dado valores muy homogéneos, con cifras muy bajas para el Cu excepto en la sortija donde alcanzan un 8 %.
Sin embargo, se han documentado estructuras dendríticas muy claras en el colgante astral.
En la interpretación de estos datos habría que tener en cuenta que todas estas piezas presentan una superficie muy deteriorada donde es frecuente encontrar zonas de corrosión generalizada y en los límites de grano, así como deformaciones debidas a un exceso de temperatura.
En este sentido, los glóbulos de la sortija aparecen ciertamente deformados debido a un desgaste por uso, pero también es posible que a esa deformación haya contríbuido un fuerte calentamiento que produjo su fusión parcial, pues aparecen prácticamente' embebidos en el metal de base, como se observa en la lámina VlIa.
La lámina presenta zonas fragmentadas en los límites de las soldaduras y se ha podido observar la estructura en cúpulas de una rotura dúctil.
En cuanto al período punteo se han estudiado 15 muestras, un medallón con roseta inscrita (CAZ02), un colgante esféríco (CAZ04), otro con representación de Ptah-pateco (CAZOó), una cuenta de perfil curvo convexo (CAZ7B) y otra separadora (CAZ20), seis aros de desarrollo en espiral (CAZ08, CAZ 13, CAZ 14, CAZ 15, CAZ 16, CAZ 18), dos pendientes anulares abiertos con hilo enrollado en los extremos (CAZ09, CAZ 12), un fragmento de lámina del engaste de un anillo giratorio que presenta la huella de una soldadura donde iría sujeta la anilla para encajar el extremo del aro (CAZ 11) Y una arracada circular (CAZ 19).
Comparándolas con las piezas de la etapa oríentalizante destaca el hecho de que están fabricadas a partir de un oro de mayor pureza que no llega a sobrepasar el 18 % de Ag, con un contenido en Cu en torno al 2 96; incluso el pendiente anular abierto CAZ09 presenta un oro casi puro.
En general, los resultados obtenidos en las zonas de soldadura muestran un incremendo de los contenidos tanto de Ag como de Cu.
Las estructuras dendríticas, producto de la fusión y posterior solidificación del material soldante, aparecen claras en la mayoría de las piezas, así como algunos poros debidos a un exceso de gases.
Sin embargo, la muestra no es totalmente homogénea pues ocurren fenómenos como los descritos en las piezas del período anterior.
Por ejemplo, en las muestras CAZ 13 y CAZ 14 no se han observado varíaciones de composición en las zonas soldadas, aunque las formaciones dendriticas se encuentran perfectamente localizadas en esas áreas; por su parte, en las muestras CAZ 15 Y CAZ 16, el incremento de Ag aparece claramente diferenciado en unas soldaduras pero no en otras, dentro de la misma pieza; finalmente, en la muestra CAZ20 sólo se observa un incremento del porcentaje de Cu, permaneciendo la plata dentro de los márgenes del material de base.
Los ciclos térmicos que sufríeron las piezas, así como los procesos de difusión y oxidación estarían en la base de los fenómenos observados, cuya última explicación no me corresponde hacer.
Por último, en los dos pendientes anulares no se han observado soldaduras, en el caso de la muestra CAZ09 por: que el hilo deformado de los meandros no permitió acceder a estas zonas, y en CAZ 12 porque probablemente no exista, ya que no era necesarío realizarla para sujetar el hilo enrollado que aparece en los extremos.
Del conjunto de Ebora se han examinado seis muestras que presentaban soldaduras, un colgante con círculos y lágríma central (EBOOI), un colgante alado (EBOO2), una pieza perteneciente a la diadema con decoración en forma de máscara (EBOO3), una arracada fusiforme (EBOOS), las rosetas enlazadas en una cadena en forma de nudo hercúleo (EBOO6) y una cuenta de perfil angular convexo (EBOO7).
La tendencia general de las soldaduras es a un incremento del contenido en Ag, mientras que el Cu sólo aumenta claramente en la muestra EB002.
Hay que tener en cuenta ciertas particularidades de la fabricación de algunas piezas.
Los dos colgantes (EBOOl, EBOO2) presentan una lámina, prolongación de la anilla de suspensión, soldada por el reverso y realizada de una manera poco cuidada, de manera que la lámina de base en esta zona aparece frecuentemente contaminada por el materíal soldante, tal y como reflejan los valores de la plata; se han podido observar estructuras dendríticas, así como poros producidos por los gases.
En el caso del apéndice triangular de la arracada fusiforme y las rosetas de la cadena (EBOO5, EBOO6) un exceso de temperatura ha producido un deteríoro generalizado y posiblemente un cambio en la composición del metal de base por difusión del materíal soldante, lo que enmascara en cierta medida los resultados analíticos.
Esto ha provocado una corrosión que en algunos casos llega a formar grandes picaduras.
También se han observado poros en las zonas de unión.
Procedente de Tutugi (GALERA) se han estudiado dos piezas de muy diferentes características, un colgante ovalado (GALOl) y una arracada de racimo (GAL02).
De la primera se han podido realizar microanálisis en varias soldaduras de la pieza tal cual se encontraba y en una sección pulida de la unión de los glÓbulos a la lámina de base (Lám.
V c); el método seguido en el último caso fue barrer la sección desde la zona superior del glóbulo hasta la inferior de la lámina, a intervalos regulares.
Los resultados así obtenidos (GALOIP) son bien elocuentes y parecen mostrar una soldadura por difusión en fase sólida, esto es, sin aporte de materíal soldante.
El reducido tamaño de los cuellos de soldadura y la limpieza de las uniones que se observa en la micrografía parecen ser el resultado de este método de unton. que por otro lado es el que se practica habitualmente en la actualidad para este tipo de trabajos.
La comparación de los resultados entre los microanálisis sobre la muestra pulida.. sin pulir. reflejan las dificultades de un análisis realizado en estas últimas condiciones, donde el efecto más claro es la corrosión selectiva del cobre.
En cuanto a la muestra GAL02, la zona de soldadura de un racimo de gránulos al aire, sin lámina de hase. presenta un notable v claro incremento de en los porcentajes de Ag..., Cu.
La pieza sufrió una rotura en esta zona que fue reparada lógicamente con una soldadura blanda, empleando una aleación de Pb/ Sn que volvió a fracturarse.
Del heterogéneo conjunto de posible procedencia extremeña se han seleccionado siete piezas, entre las que se encuentran dos fragmentos de pendientes etruscos a baule (P003, P006) (Perea 1986 a: 318-t 9)..., u n medallón con decoración figurada de probable origen rodio (P007).
Entre las piezas de posible origen peninsular está un medallón con grifo (POO 1), un colgante en forma de palmeta (Poo2), un colgante lengüeta (PD04) y otra palmeta con lágrima central (POOS).
Los dos pendientes etruscos se destacan del conjunto por emplear en su fabricación un material de alto contenido en Ag, en torno al 30 %.
Las soldaduras analizadas presentan un claro aumento de los porcentajes de Ag, mientras que los de Cu permanecen dentro de los márgenes del material de base.
El medallón P007 parte de un material de menor contenido en plata, en torno al S % Y presenta una anilla soldada en el ('everso, para la que claramente se utilizó una aleación de mayor porcentaje en Ag.
La pieza se encuentra muy deteriorada y presenta numerosas grietas intergranulares en las zonas trabajadas mediante repujado y estampillas.
El resto de las piezas se han fabricado a partir de un oro con bajos contenidos en plata, destacando sobre todo la muestra PooS por tratarse de un oro casi puro.
Las soldaduras de este colgante muestran un incremento notable del contenido en Cu, mientras que la plata está ausente.
Lo mismo ocurre en las muestras POOl y Poo2 cuyas soldaduras muestran una corrosión generalizada, que probablemente haya tenido el efecto de disminuir los valores obtenidos para el Cu.
Por el contrario, la muestra PD04 presenta mayores contenidos de Ag en las zonas soldadas, sin cambios aparentes en el Cu.
Procedentes de rugia, Toya, se han analizado dos piezas, una arracada fusiforme doble con cenefa de cordones (TOYO 1) Y un pendiente anular abierto con crestería de tres esferas espaciadas (rOY02).
En la primera no se han detectado cambios de composición en las zonas de aparente soldadura, probablemente debido a que no se accedió a ellas por estar situadas en la zona inferior de los gruesos cordones que forman la cenefa de hilos.
En cuanto a la segunda, rOY02, las zonas de soldadura presentan mayores porcentajes de Cu, mientras que la plata no varía.
Se ha observado una estructura dendritica en la zona.
La única pieza analizada de VilIaricos (VILO 1) es un pendiente anular de gancho, cuyo cuerpo está formado por la unión de varios cordones.
No se han detectado cambios de composición en estas zonas, aunque en la Lámina VIIb se pueden observar las deformaciones debidas a una fusión superficial de la pieza.
Lo más probable es que la unión se haya realizado sin aporte de material soldante.
Por último comentaré brevemente los resultados obtenidos en los trabajos experimentales realizados, ya que su estudio detallado será publicado en breve en una colaboración con los miembros del laboratorio del CENIM (Perea, Adeva, Aballe, en prensa).
Se prepararon dos aleaciones ternarias de composición Au/20 % Ag/O,S % Cu y Au/S % Ag/I % Cu, así como una aleación eutéctica Ag/2,1 % Cu, con las que se fabricaron láminas, un hilo y varios glóbulos para la realización de distintas soldaduras.
Según el r..esuItado de los análisis se comprobó que con el método de correción ZAF-PB se obtienen cifras más acordes a la composición nominal de la aleación sobre muestras sin pulir.
Los métodos de soldadura empleados fueron: a) soldadura sin aporte de material soldante, calentando por debajo del punto de fusión; b) soldadura con aporte de aleación; c) soldadura mediante aleación eutéctica.
En todos los casos se utilizó un adhesivo orgánico para la sujeción de los componentes, y una llama reductora; los resultados se recogen bajo los epígrafes TRAB y SOL.
El aspecto de los cuellos en las zonas soldadas es similar al observado en las piezas antiguas.
Igualmente se realizaron soldaduras empleando sales (carbonado y acetato) y óxido (rojo) de cobre; sólo en el caso del acetato se produjo una unión, pero en ella no se formó ningún cuello, como tampoco se formó con el método a).
Son muy elocuentes los resultados de la muestra SOL5.
Después de someterla a un tratamiento térmico de tres días a 400 oC se produjo un enriquecimiento de Cu en la zona de unión.
En los mapas de distribución de rayos X las señales de cobre y oxígeno muestran un incremento en estos dos elementos; la segregación y oxidación se produjo sin duda debido al tratamiento térmico recibido.
Estas transformaciones metalúrgicas son fenómenos de difícil explicación, pero hay que tenerlos en cuenta a la hora de interpretar los resultados, sobre todo en aquellos casos en los que se ha defendido el uso de sales de cobre en la realización de soldaduras.
OTROS PROCESOS TECNlCOS DOCUMENTADOS
La única pieza perteneciente al Calcolitico que ha sido examinada fueron unos fragmentos de lámina procedentes del dólmen de Matarrubilla (MAOO 1, MAOO2).
El oro empleado en su fabricación es muy puro, pues no se ha encontrado Cu y los contenidos en Ag no sobrepasan el 2 96.
Uno de los fragmentos se preparó metalográficamente; la sección pulida y atacada que podemos ver en la Lámina VIIc muestra una estructura homogénea bien recristalizada, con un tamaño de grano entre 20-50 micras que puede indicar una recristalización dinámica -durante el batido-o en todo caso recocidos a temperaturas no muy altas.
El espesor de la lámina oscila entre 0,05 y 0,09 mm. y la superficie presenta huellas de un fino acabado abrasivo.
El pulido por abrasión se observa en muchas de las piezas a lo largo de todo el marco cronológico comprendido en este estudio.
En otros casos estas huellas son menos visibles debido a los distintos procesos del deterioro, sobre todo el desgaste por rozamiento que llega a presentar un aspecto bruñido de las superficies.
El proceso de deterioro más espectacular es el desgaste por uso en las piezas que presentan decoración en filigrana y granulado, que ya hemos ido comentando.
En algunos casos las huellas son relativamente generalizadas como ocurre en el colgante astral de Cádiz (Lám.
VIIa), y en otros es muy selectivo, en función de la morfología del objeto, como en el medallón con roseta inscrita del mismo yacimiento, que ha llegado a difuminar por completo la topografía del hilo moldurado situado en el borde (Lám.
Finalmente, otro proceso de deterioro que aparece frecuentemente es aquél producido por un• calentamiento excesivo de la pieza, como en el caso de la arracada semicircular de Cádiz (Lám.
I1b) y en el fragmento de filigrana de Aliseda.
Además de las deformaciones superficiales, aparecen grietas y picaduras de corrosión generalizadas.
Ello es indicativo de la dificultad que supone el control de las temperaturas en los procesos térmicos, mediante el único método disponible en la época, el color que va adquiriendo el metal y la propia experiencia.
El sistema de cortado de las láminas se ha documentado en un fragmento del engaste de un anillo giratorio (CAZ 11).
En la lámina Villa se observa la huella biselada de un corte realizado mediante cincel o un sistema de guillotina.
Ya comentamos en otra ocasión que aquellas piezas laminares, huecas, de cierto volúmen, se rellenaban con alguna substancia que les diera consistencia.
Se ha realizado un análisis de los restos de este relleno en una arracada fusiforme procedente de Tugia (TOY03); los elementos encontrados parecen indicar que se trataba de una arena muy fina.
La misma pieza presentaba en la zona de las anillas de enganche una al: umuladón de óxidos procedentes al pareu:n de un sistema de sujeción realizado en cobre, como han puesto de manifi~sto los análisis en esta zona (TOYOI).
Esto explil:a porqué en muy pül: as arr"acadas se conserva este elemento, salvo en los pül: os l: asos en que éste es de oro.
Otro relleno analizado l: ualitativamente fue el núcleo interior en una cuenta calada (EB008) l: uyos resultados parel: en indil: ar que se trata de pasta vítrea.
Entre los eSl: asos ejemplos del empleo de la tél: nil:a del dorado se ha podido examinar un pl.•ndiente anular prol: edente de Tutugi (GAL03).
Está fabricado a partir de un aro de cobre cubierto con pan de uro del que quedaban eSl: asos restos.
Los análisis realizados no han detectado trazas de mercurio PO'" lo que hay que descartar la posibilidad de un dorado al fuego.
Se pudo determinar el grosor aproximado del pan de oro en una pequeña escama que sobresalía de la superficie.
Estimando que la inclinación de la misma es de 45 o con respecto al plano, se ha calculado un espesor de 0,4 micras.
En cuanto a los procesos decorativos, destacan las incisiones realizadas mediante cincelado.
En un fragmento de torques del Bronce Final, procedente de Lora del Río (LOOO 1), la decoración central presenta un dibujo en espiga de trazos muy regulares, con un grosor de 0,5-1 mm. y una profundidad similar; en los extremos las incisiones son transversales al eje de la pieza, mucho más irregulares y profundas, y en ellas se pueden observar los sucesivos golpes de martillo para la realización del trazo (Lám.
Su aspecto indica claramente que se ha producido un arranque de material, y que la herramienta empleada era de filo cortante.
Por ell: ontrario, las incisiones observadas en la decoración de los anillos de sello procedentes de Aliseda, Ebora y Villaricos, son mucho más superficiales y la herramienta va desplazando el metal hacia los lados, sin extraer material de la incisión.
En los ejemplares de Aliseda y Ebora, la técnica empleada es de trazo continuo, en donde la huella, a grandes aumentos, presenta un aspecto de estela rayada (Lám.
VIllc); mientras que en el ejemplar de Villaricos se ha empleado una técnica más desarrollada, denominada a trémolo, que se consigue haciendo rotar el cincel a un lado y otro según se avanza a golpes de martillo.
La habilidad del artesano que decoró esta pieza se hace patente en la absoluta regularidad de los trazos (Lám.
En los fondos de todas estas incisiones se produce siempre una fuerte corrosión generalizada, que ofrece un aspecto granuloso, en ocasiones con corrosión intergranular debido a las tensiones del trabajado.
Huellas similares a las descritas se han encontrado en zonas retocadas a cincel del colgante con representación de Ptah-pateco de Cádiz, para destacar los rasgos anatómicos de la cara de la figura central y las alas de la figura de Isis en la zona del reverso.
Con la misma técnica se dio forma, por el reverso, a la lámina del colgante con dos círculos y lágrima central de Ebora y a las alas del colgante de la misma procedencia.
En estos dos últimos casos se trata de un repujado, al trabajar con punzón romo sobre una superficie flexible, deformando la lámina hasta conseguir el volumen deseado.
El tútuli de El Castañuelo aparece decorado en el borde mediante puntillado; pequeñas depresiones circulares realizadas mediante un golpe de punzón romo.
La pieza probablemente fue embutida, y las tensiones creadas por el trabajado han deteriorado toda la superficie, que presenta un aspecto cuarteado y mate debido al agrietamiento.
El examen de. un amplio conjunto de piezas de orfebrería mediante microscopio electrónico de ba~rido, se ha revelado de gran utilidad por cuanto ha permitido un estudio microanalítico y T. P., 1990, n!l 47 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es topográfico de las técnicas empleadas. aún con las limitaciones que supone la toma de espectros en muestras no preparadas mctalográficamente.
En las micrografías obtenidas quedan rerIejadas con claridad las distintas huellas de las técnicas empleadas en la fabricación. acabado y decoración, así como los procesos de deterioro sufridos por las piezas.
De esta manera se han podido determinar los rasgos más característicos del taller de Cádiz, que es el que ofrece una mayor variedad en el trabajo de filigrama, sólo comparable con la orfebrería griega de época clásica y helenística.
En cuanto al granulado, se ha constatado que un menor tamaño de las esferas no supone necesariamente un trabajo de mavor calidad, como tradicionalmente se viene defendiendo.
Los distintos procesos que implica esta técnica son otras tantas \"ariables que ha\" que tener en cuenta si se quiere cualificar de algún modo este trabajo, ~. en cualquier caso, serían las soldaduras las que determinarían una mayor o menor habilidad del artesano.
En este sentido hav ejemplos mu~' significativos, puesto que las soldaduras realizadas con ma~' or limpieza son las del granulado del taller de Cádiz de época púnica. que aparece siempre dispuesto aisladamente, y es el que mayores diámetros presenta.
Los microanálisis de las soldaduras han sido de la mayor importancia a la hora de determinar la existencia de distintos talleres.
Se han documentado los siguientes métodos de unión.
A. Soldadura con aporte de aleación soldante de composición Au l Ag.
B. Soldadura con aporte de aleación de composición Au/Cu.
C. Soldadura con aporte de aleación de composición Aul Ag / Cu.
D. Soldadura por difusión en fase sólida, calentando por debajo del punto de fusión.
La heterogeneidad del conjunto de Aliseda no parece ofrecer dudas a la vista de los resultados, puesto que se emplearon los tres prímeros tipos de soldaduras.
En Ebora, por el contrario, parece que el método más generalizado fue el A, mientras que solamente en una pieza, el colgante alado, se detecta una soldadura del tipo C. Este dato, además del hecho que este colgante es el único ejemplo que presenta un trabajo de filigrana realizado con hilo de cinta moldurado, fuera de la producción gaditana de época púnica caracterizada además por emplear en sus soldaduras este mismo tipo de aleación, establece una relación clara con el taller de Cádiz.
Esta relación implicaría rebajar algo las fechas del conjunto de Ebora, que se puede situar en la fase reciente del período orientalizante -550-500 a. c.-; sin embargo, la producción gaditana desde finales del siglo VI hasta inicios del IV a. c., nos es prácticamente desconocida, y en ese amplio período de tiempo debieron desarrollarse tipos y técnicas que arraigan con posterioridad.
Tradicionalmente se ha defendido la idea de que el conjunto de Aliseda, y otras piezas aisladas, procedan del taller de Cádiz de época orientalizante.
Sin embargo, los datos aquí presentados no avalan en absoluto la hipótesis, ni en lo que se refiere a las soldaduras, ni en lo referente al metal de base empleado, como tampoco lo hacen los argumentos arqueológicos (Perea, en prensa).
El único nexo de unión entre Cádiz y Aliseda estaría en el tipo de hilo empleado en el fragmento de filigrana al aire de Aliseda y en el aro de la sortija de Cádiz; ambos pertenecen a una variante del hilo de cinta moldurado que sólo se ha documentado en estas piezas.
Es muy posible que las soldaduras de las piezas antiguas de Cádiz se hayan realizado mediante el método D, aunque no existe total seguridad mientras no se realicen análisis sobre una sección pulida que puedan confirmar los datos actuales.
Por el contrario, este método está bien documentado en el colgante ovalado de Tutugi, Galera, y probablemente en un pendiente anular de Villaricos.
El conjunto de procedencia desconocida, posiblemente extremeña, presenta unas características muy peculiares.
Los pendientes etruscos a baule, el medallón de origen rodio, así como el colgante lengüeta, se soldaron mediante el método A, mientras que el resto de las muestras parecen encajar con el método B. El aspecto del granulado en ~odas las piezas de origen supuestamente peninsular es muy diferente al resto de las estudiadas: los diámetros de las esferas se encuentran dentro de los
ALICIA PEREA tamañus más reducidos peru también más irregulares; la disposición masiva es arracimada, montándose unos encima de ot ros de manera desordenada.
A excepción del colgante lengüeta, no existen paralelos tipológicos estrechos con el resto de la producción peninsular, aunque indudablemente el repertorio iconográfico pertenece al mundo orientalizante.
Todo ello son datos suficientes para poner en duda el verdadero urigen de este conjunto, que no ha~' que olvidar procede del mercado de antigüedades.
Las conclusiones que aquí exponemos no pueden tener un carácter definitivo, dado que es la primera vez que se aconwte un est udio de este tipo con carácter sistemático,'! por consiguiente can 'cemos de rcferL' ncias que puedan servir de comparación; teniendo en cuenta que existe un número muv reducido de piezas de urfebrería de ámbito europeo que ha~' an sidu estudiadas científicamente, la muestra que hemus manejado puede considerarse representativa.
Es evidente que existen ausencias importante como el período del Bronce Final. cuando aparecen las primeras soldaduras que no han podido ser analizadas; algunos yacimientos claves no están representados, por ejemplo Trayamar o Cancho Roano; y la orfebrería ibérica adolece de una muestra excesivamente'reducida Las trabas en la obtención de permisos y la renuencia de directores y conservadores de Museos para la cesión de las piezas, por no hablar del siempre presente problema económico, han sido las dificultades principales que hemos encontrado.
El estudio aquí presentado no es más que el inicio de una línea de investigación que debe continuar si queremos que de sus frutos. |
En Galicia, los intentos de estudiar el mundo castreño desde nuevas perspectivas relacionadas con el espacio son aún muy recientes, y escasos en número.
En esta línea hay que citar los trabajos de Xusto (1986) y de Agrafoxo (1988), que analizan las relaciones de los castros con el medio físico, en dos comarcas de muy diferentes caractelÍsticas geográficas.
En los estudios tradicionales de la cultura castreña, los diversos tipos de emplazamiento y las diferencias observadas en el poblamiento, fueron interpretadas más como una característica de la variedad del conjunto, que como el reflejo de fenómenos más profundos.
Por eso, en este ámbito existe un vacío de investigación muy importante.
Los patrones de emplazamiento y de poblamiento se ven modificados generalmente como consecuencia de cambios fundamentales de la estructura socioeconómica.
De ahí que sea importante abordar el estudio de la cultura castreña tanto desde un análisis sincrónico, en cuanto trata de definir pautas y modelos de poblamiento en un momento concreto, como diacrónico, al examinar las continuidades o discontinuidades del proceso cultural.
Como afirma Mills (1986),.las transformaciones económicas y socio-políticas en la sociedad de la Edad del Hierro no pueden ser entendidas sin una buena comprensión del sistema total de habitab.
Este estudio tiene como origen otro anterior (Carballo, 1986), en el que se analizaban las relaciones de los castros con el medio físico en una pequeña área geográfica.
Ahora, el marco geográfico se amplia significativamente, y se trata de superar los planteamientos sincrónicos de aquel.
Por otra parte, era necesarío verificar detenninadas hipótesis y, más concretamente, el modelo predictivo propuesto de distribución de castros.
Los trabajos de campo combinaron la prospección con la excavación selectiva de algunos yacimientos.
Se excavaron, a través de una serie de sondeos, cinco castros (O Marco, Cartimil, Cortegada, As Orelas y Montaz) en una pequeña área geográfica de acusada personalidad y de fuertes contrastes.
En ella los castros ocupan diferentes lugares, que podrían caracterizar la evolución de los patrones de emplazamiento.
Por otra parte, se excavó un sexto poblado (Castrovite), situado a unos 13 Km. de los anteriores, porque en él se reunían una serie de rasgos definidores de uno de los patrones de emplazamiento, y porque ocupaba una posición geográfica privilegiada en la única zona de paso natural en la vertiente izquierda de la cuenca media del Ulla; caractelÍsticas éstas muy importantes para analizar los contactos e intercambios realizados tanto con el área cultural castreña, como con el exterior de la misma.
Dado que la investigación se centraba en una época concreta, en la que hasta el momento no se conocen asentamientos diferentes al castro, la prospección fue dirigida a localizar éstos, y a la recogida de datos de su entorno.
Se registraron 92 castros en el área de estudio, pero la prospección se amplió una franja de 3 ó 5 Km., por el exterior de la misma, con el objeto de confirmar si en detenninados espacios (montañosos, básicamente) los castros estaban ausentes.
En esta zona periférica se localizaron 56 castros, que no han sido incluidos en el estudio, ya que se encuentran fuera. del área examinada.
Los datos reunidos han sido sometidos a un análisis a nivel macro y semi-micro espacial, en la tenninologia de Clarke (1977), con el objeto de tratar de definir los modelos de posición y de lugar de los castros, y la evolución de los mismos.
A través de ellos se podrán analizar las posibles causas que los originaron, y sus implicaciones demográficas, sociales y económicas.
La cuenca med1. del río un.: caracteríaücu seogriflcu J,n~ realidad, el marco geográfico escogido para este estudio no ocupa la totalidad de la cUenca m+: ", Vl1a. sino la mayor parte de su vertiente izquierda, pero, se trata de' un área natural de acu.d~f~ geográfica, con fuertes contrastes entre las zonas montañosas y las de valle.
La ~ leleceionada se encuentra bien delimitada, desde un punto de vista geográfico, por un arco montaAOso que forma parte de la dorsal gallega o sierras centro-occidentales, y por el lÍo T. P., 1990, ni' 47 (c) Consejo Superior de Investigaciones Científicas Licencia Creative Commons 3.0 España (by-nc) http://tp.revistas.csic.es LOS CASTROS DE LA CUENCA MEDIA DEL RIO ULLA...
Sur y Este. las sierras del Candán.
Faro y Fardo. forman una barrera geográfica que representa un obstáculo para las comunicaciones y el poblamiento. tanto castreño como de épocas históricas.
Por la parte septentrional, el río Ulla -el segundo de mayor importancia de Galicia-también constituye un serio obstáculo para las comunicaciones en sentido transversal al mismo, mientras que pennite la integración de bastos territorios en sentido longitudinal, poniendo en contacto las Rías Bajas con la Galicia central.
Por otra parte. este área ocupa una posición media en el conjunto del Noroeste Peninsular (Fig. 1) a todos los niveles (latitudinal. longitudinal y ahitudinalmente).
Dentro de la comarca se observan dos grandes unidades de relieve: una denomina «prelitoral». con altitudes inferiores a los 500/700 m.. y otra montañosa. que forma parte de la dorsal gallega que recorre el centro del país en dirección Norte-Sur.
Ambas unidades presentan un basculamiento hacia el Norte y Oeste. como resultado de los movimientos tectónicos.
La vertiente izquierda de la cuenca media del Ulla es, por otra parte, un área de acusados contrastes geográficos, con altitudes que oscilan entre los 70 m. del sector N. W. lindante con el río Ulla, hasta los 1.177 m. de la Sierra del Faro, en una distancia horizontal de menos de 40 Km.
Esta diferencia de altitudes, unida a las fuertes pendientes (superiores al 20 %). que generalmente presentan las zonas más elevadas, pennite diferenciar nítidamente la montaña del valle.
En el interior de la comarca hay que distinguir, sin embargo, tres unidades geográficas menores (cuenca del Deza, cuenca del Amego, y cuenca inmediata del Ulla). de características diferentes.
Por último. el encajonamiento que poseen los ríos principales (Ulla, Deza y Amego) en gran parte de su curso, contribuye a establecer áreas de variado relieve.
Las tres principales características geográficas expuestas para la comarca (buenas comunicaciones en sentido Oeste-Este, posición media en el conjunto del N. W. peninsular, y fuertes contrastes geográficos internos), hacen de ella una zona representativa, de tal forma que los resultados aquí obtenidos pueden ser generalizados con algunas reservas a la mayor parte del área cultural castreña.
La cultura castreña del N. W. de la Península Ibérica: planteamiento del problema En los diez últimos años, algunos autores -fundamentalmente portugueses-han planteado fuertes criticas al empleo de los ténninos castro y cultura castreña de fonna indiscriminada.
Tanto para Hock (1980) como para Martins (1988b), los poblados fortificados de la última fase del Bronce Final y los clásicos de la Edad del Hierro reflejan diferentes realidades, y por tanto, no pueden ser denominados de igual manera (castros), ni ser considerados el rasgo más característico de una cultura.
En esa línea de argumentación, Ferreira de Almeida (1983) circunscribe el término castro a los poblados fortificados que poseen tanto las murallas como las construcciones domésticas en piedra, y consecuentemente, cree que la cultura castreña. como tal, no estaría formada hasta el siglo IV a.
Todas estas críticas son, a mi juicio, válidas, en cuanto tratan de resaltar la falta de precisión del contenido de los términos y conceptos empleados, pero no centran la problemática en lo que realmente interesa discutir, que es la continuidad o discontinuidad del proceso cultural.
Lo que sí resulta actualmente anacrónico es la caracterización de la cultura castreña a través de sus rasgos más conocidos (construcciones circulares con vestíbulo, cerámica estampillada, escultura de guerreros, etc.), porque no forman parte del conjunto espacial y temporal de la misma. socio-políticos y económicos, que marcan una ruptura del proceso cultural.
Es aquí donde las denominaciones ClL\'lru y culrura clL' ilreila pueden adquirir sentido.
En los últimos años, varios autores han propuesto la división en fases de la cultura castreña, tras la pionera y embrionaria periodización de Maluquer (1975).
Salvo la propuesta realizada por Ferreira de Almeida (1983) con criterios diferentes, las restantes coinciden en señalar tres fases evolutivas de la cultura castreña, aunque discrepan en las cronología defendidas.
-Fase 1: comprendida entre el siglo IX a.
C. v fines del siglo IV a. c., según Coelho, y entre los siglos VII y V a. c., según Fariña el ahí.
-Fase II: se desarrolla hasta finales del siglo II a.
-Fase 111: abarca hasta la 2. a mitad del siglo I d. c., en que con las reformas f1avianas se acelera la desaparición de la cultura castreña.
Estas fases están relativamente bien definidas a través de los materiales y de la arquitectura del poblado, pero se desconoce la incidencia de los patrones de emplazamiento y de poblamiento en las mismas.
De ahí, que esa sea una de las cuestiones básicas a analizar en este trabajo.
En la actualidad se sabe con certeza que los castros del N. W. peninsular aparecen y se generalizan durante la fase denominada tradicionalmente Bronce Final 111 (Calo y Sierra, 1983.
Oliveira, 1988b), aunque conviven -por lo menos en determinadas zonas-con los asentamientos abiertos, propios de etapas anteriores (Oliveira, 1988a).
En el Norte de Portugal, varios castros excavados recientemente presentan sus orígenes en el siglo IX a.
En cambio, en Galicia la fecha más antigua conocida para un castro es la de Torroso, datado en el siglo VII a. c., (Peña,I 988b).
Por otra parte, muchos de los artefactos metálicos que tipológicamente se vienen encuadrando en la última fase del Bronce Final, aparecieron en castros o en sus proximidades (Filgueira y García Alén, 1956.
A ellos que hay que unir los productos metalúrgicos aparecidos en castros de reciente excavación, como los de Penalba (Alvarez Núñez, 1986) o Torroso (Peña, 1988a) en Galicia, y los de Coto da Pena y Baioes (Coelho, 1986) en el Norte de Portugal.
La aparición de los poblados fortificados en el N. W. peninsular representa un cambio estructural profundo, que marca la ruptura cultural. mientras que la oposición metalurgia de bronce/metalurgia de hierro, además de no coincidir en el tiempo con ella, puede ser debida a factores secundarios.
Se plantea, por consiguiente, para el N. W. peninsular la existencia de una Edad del Hierro cultural, equiparable conceptualmente a la cultura castreña, a partir del siglo IX a.
C., -en las zonas más tempranas-frente a una Edad del Hierro tecnológica, que aquí no tendría más que un valor anecdótico, al no generalizarse la metalurgia del hierro hasta la 2. a mitad del último milenio a.
C. Desde ese punto de vista, el Bronce Final 111 quedaría vacío de contenido cultural.
El problema no es, por tanto, cronológico o tecnológico, sino teórico.
El planteamiento anterior se refuerza por el hecho de que, en depósitos considerados característicos de la última fase del Bronce Final. como el del castro de Baioes (Coelho, 1986), aparezca el hierro, al igual que en el de Venat y posiblemente en el de la Ría de Huelva (Ruiz Gálvez, 1987), en otros puntos de la costa atlántica.
Igualmente, en el castro de Torroso aparecen artefactos de hierro en el siglo VII a.
Este razonamiento coincide con la revisión crítica realizada por Lucas (1987) para la primera Edad del Hierro de la Península Ibérica, al proponer con sólidos argumentos su comienzo a fines del siglo IX a.
C. Por otra parte, en Francia, desde hace ya años, algunos investigadores (Py, 1978.
Mordant, 1984) han planteado la inexistencia de una ruptura cultural entre la última fase del Bronce Final y la 1. a Edad del Hierro, mientras que en cambio, es muy acusada entre el Bronce
LOS CASTROS Y SU EMPLAZAMIENTO
Como se ha indicado anteriormente, los castros catalogados dentro del ámbito geográfico estudiado son 92 (2).
De ellos sólo 6 han sido excavados, y de los restantes apenas se poseen datos para saber en que etapas fueron habitados.
Esto es, desde luego, un gran inconveniente, pero no un obstáculo insalvable para un estudio con perspectivas diacrónicas.
Los seis castros excavados presentan una ocupación en el tiempo diversa, por lo que ofrecen unos datos más completos.
El castro do Marco (n ll 62) tiene una ocupación corta, probablemente durante el siglo 1 a.
También el castro de CartimiJ (nO 63) parece estar habitado durante la misma época, aunque continua su ocupación hasta algo después del cambio de era (4).
El castro de Cortegada (nO 64), situado a unos 300 m. del de Cartimil, al igual que éste del de O Marco, es, en cambio, más antiguo, pero no parece prolongar su existencia hasta fechas tan recientes.
Se construye a mediados del siglo IV a.
C., siendo abandonado -por lo menos parcialmente -a finales del siglo II a.
El castro das Orelas (nI! 72) fue habitado desde la primera mitad del siglo m a.
C., hasta poco después del cambio de era (6).
Por último, el castro Montaz (nI! 74) tiene probablemente su origen en la fase antigua de la cultura castreña, para continuar ocupado ininterrumpidamente hasta después del cambio de era (7).
Así pues, tenemos que, en una pequeña zona geográfica de 12 Km2, en la fase 1 de la cultura castreña sólo existe un castro, tres están habitados en la fase ll; y cuatro en la fase m.
El sexto castro excavado (Castrovite) abarca una ocupación desde la fase antigua de la cultura castreña hasta algo antes del cambio de era.
Está aquí especialmente bien documentada su secuencia temporal, aunque de momento no se disponga de cronologías absolutas (8).
Interesa aclarar, antes de entrar a analizar los datos, que en el Noroeste peninsular no se conocen actualmente asentamientos de la Edad del Hierro al margen de los castros; es decir, poblados abiertos.
Por tanto, suponemos que en este estudio estan recogidos todos los asentamientos de aquella época.
Los castros presentan siempre una planta curva, ya sea circular u ovalada, tanto en su recinto principal como en los adosados.
En el área estudiada, así como en otras regiones de Galicia (Agrafoxo, 1988) o de Europa (Forde-Johnston, 1976: 11), predominan los poblados de un solo recinto.
Estos representan un 69 \l6 del total
En ella los castros comprendidos dentro de la zona de estudio están numerados del I al 92, mientras que los situados en la franja periférica aparecen numerados del 93 al 148.
Esta numeración se corresponde con la citada entre paréntesis en el texto, a continuación de cada castro.
(5) Se han obtenido seis dataciones de C-14 para este yacimiento: 140 ± 50 a C. Por otro lado, la disposición que adoptan los recintos de un castro es, prácticamente en la totalidad de los casos, yuxtapuesta, pero no concéntrica, tal como se viene reflejando habitualmente en la bibliografía desde hace tiempo (Maluquer, 1954;99), para caracterizar a los castros del Noroeste frente a los de la Meseta.
Esta disposición que se observa en los castros del UDa es generalizable a todo el área gallego-portuguesa, con ejemplos claros en la parte occidental de la provincia de Coruña (Agrafoxo, 1988), Viana do Bolo (Xusto, 1986) o la tierra de Saviñao (López Cuevillas y Fraguas, 1955).
La existencia de recintos adosados a uno central en los castros plantea un problema cronológico y organizativo y otro funcional.
Respecto al primero, no existen casos conocidos en los que la totalidad de los recintos se levantara al mismo tiempo, para plantear un sistema defensivo más complejo, como sugieren algunos autores (López Cuevillas, 1953;102).
Mientras que sí se registran castros en los que los recintos adosados son posteriores al central.
Es éste el caso del castro de Troña (Hidalgo, 1987: 36-37), o el de Cortegada, en la cuenca del UDa.
Desde el otro punto de vista, los recintos adosados deben ser entendidos, la mayoría de las veces, como una ampliación del poblado debida a un aumento demográfico -ya sea endógeno o exógeno-.
Se ha dicho, no obstante, basándose en paralelos de la Meseta, que algunos recintos pudieron ser encerraderos de ganado (Maluquer, 1954;99).
Esta suposición, además de no contar con ningún otro apoyo, parece que está siendo puesta en entredicho para algunos poblados meseteños.
Hay que admitir, sin embargo, que algunos recintos adosados castreños pudieron tener funciones diferentes a la habitacional, como parece ser el caso de los castros de Cortegada y As Orelas.
Un aspecto de especial importancia es el referido a las dimensiones de los recintos, por las muchas implicaciones sociales y económicas que conlleva.
La superficie media de los castros de la comarca que pueden ser medidos es de 0,78 Ha., aunque oscila entre un mínimo de 0,23 Ha. y un máximo de 2,22 Ha.
Existen, por consiguiente, diferencias importantes entre los castros pequeños y los grandes (Fig. 3), aunque no tan acusadas como en otras zonas del Noroeste peninsular.
En el Cuadro 1 se aprecia que predominan de forma mayoritaria los castros de dimensiones medias o pequeñas, mientras que son muy escasos los de tamaño medio-grande.
En las zonas bien estudiadas del área septentrional de la cultura castreña no existen tampoco poblados de grandes dimensiones (superiores a 3 ó 4 Ha.).
Predominan los de tamaño medio o pequeño (Agrafoxo, 1988), al igual que en algunos sectores de las montañas orientales (Fernández-T.
Es éste. por tanto. uno de los rasgos difereenciadores de las áreas septentrional y meridional de la cultura castreña. por lo menos en su fase más tardía (9).
Si bien. en la cuenca media del Ulla no aparecen poblados de grandes dimensiones o ((ciudades» (10). como los citados. existen. sin embargo. castros equiparables por su tamaño a otros que llegaron a alcanzar cierto grado urbano. como Briteiros (3 Ha.).
El tamaño de los poblados varia sensiblemente de unas áreas culturales a otras. en virtud del diferente grado de desarrollo y conformación de las sociedades. pero. es importante resaltar las diferencias de la cultura castreña con el mundo ibérico a este respecto.
En la cuenca media del Ebro (Burillo.
1980;299). los poblados de reducidas dimensiones (menos de 0.20 Ha.) son muy numerosos. frente a unos pocos que superan las 4 Ha. pero. escasean los de tamaño medio.
En otras regiones de Europa también se aprecian diferencias notables. como es el caso de Gran Bretaña. donde al área escocesa, de poblados de pequeña superficie. se contrapone la parte Sur y Sureste de la isla, con abundantes poblados de grandes dimensiones (Hogg.
• Por último, hay que hacer referencia a otra cuestión relacionada con el tamaño de los poblados.
La primera es que los castros de grandes dimensiones en la cuenca media del Ulla poseen generalmente recintos adosados, por lo que, teniendo en cuenta lo dicho más arriba, habría que pensar en una cronología tardía para los mismos en su momento de máximo desarrollo.
Contrariamente, los castros de tamaño más pequeño no pertenecen a un periodo concreto, sino que parecen registrarse tanto en la fase más antigua como en la más reciente de la cultura castreña.
Otro aspecto del castro como asentamiento que adquíere una importancia fundamental. es todo lo relativo al sistema defensivo.
El número y el tamaño de las defensas varia de unos castros a otros en función de la protección natural que le ofrece el medio; pero, como norma general, las defensas se refuerzan en aquellos puntos más vulnerables naturalmente.
Todos los recintos de un castro están defendidos con murallas o terraplenes y, a veces, con fosos y parapetos exteriores.
Se conoce la estructura interna de estos elementos defensivos en 15 de los castros de la zona.
Entre las murallas se observan tres tipos: 1) muralla térrea, 2) muralla aterraplenada, y 3) muralla totalmente de piedra (Fig. 4).
El primer tipo aparece en un 47 % de los casos (muestra de 15 castros), el segundo en un 40 % Y el tercero en un 13 %.
Las murallas de tierra tienen una sección transversal en doble talud (Fig. 4, 1), alcanzando una altura de 4 a 10m. por la cara externa, y una anchura superior a 14 m.
Se registran espacialmente en toda la cuenca media del Ulla, aunque suelen estar asociadas a un emplazamiento con malas condiciones naturales de defensa.
De las murallas excavadas en la cuenca media del UUa ninguna posee una estructura térrea, por lo que se desconoce su cronología.
En cambio, en el Norte de Portugal, el castro do Lago presenta una muralla de este tipo, que ha sido datada en torno al siglo ID a. c., (Martins, 1988a;72).
Por otra parte, las murallas de tierra están asociadas, en los casos conocidos, a poblados que presentan rasgos caracteristicos de las fases 11 y m de la cultura castreña.
El segundo tipo de muralla responde a una estructura aterraplenada (Fig 4, 2) ya que se compone de un terraplén de tierra exterior, y un muro de contención interno de piedra, con paramento generalmente en talud.
El conjunto de la muralla puede alcanzar una anchura de más de 10 m.
Su cronología es conocida en la cuenca media del Ulla a través de la excavación de tres (9) Por otra parte, las dimensiones de los grandes poblados del área meridional castreña no difieren sensiblemente de los de otras zonas de la Peninsula Ibérica durante la misma época; Las Cogotas (14 Ha.).
Mesa de Miranda (37 Ha), o \as abundantes ciudl\des ibéricas andaluzas que superan las 20 Ha (Almagro.
(lO) Sobre el concepto de ciudad en el mundo prerromano son muy interesantes las precisiones de Ruiz (1987).
Tanto en el castro de Cortegada como en el de As Orelas, pueden ser datadas en el siglo m a.
C., mientras que en el castro do Marco fue construida en el siglo 1 a.
C. Tampoco, en el resto del Noroeste, se conocen murallas de este tipo en castros de la fase antigua.
Hay que destacar el elevado porcentaje de murallas de tierra o mixtas descubiertas últimamente, porque hasta no hace mucho apenas eran conocidas o valoradas suficientemente (Romero Masiá, 1976).
Por último, las murallas construidas totalmente de piedra (Fig. 4, 3), poseen una anchura variable, aunque pueden alcanzar los 4 m.
A veces, presentan un zócalo interno de refuerzo.
Su cronología se centra en las fases n y m de la cultura castreña.
En el Castro Montaz se data al final de la fase n, y en el castro do Lago en el siglo n a.
Trega parece ser construida en el siglo 1 d.
Los otros elementos artificiales de defensa (fosos y parapetos) se localizan en los puntos más vulnerables naturalmente.
Los fosos, sobre todo, están muy generalizados, ya que como mínimo un 62 96 de los castros de la comarca tiene alguno.
Pueden aparecer combinados con parapetos (Fig. 3, 3) y se da algún caso muy complejo, como el de castro de Pena Grande (n Q 45), donde se documenta un sistema defensivo exterior compuesto de tres fosos y de tres parapetos alternos.
En los poblados de la cuenca media del Ulla han aparecido construcciones de piedra, tanto de planta circular, como rectangular con las esquinas redondeadas; pero, centraremos la atención en las de barro, ya que aquí aparecen bien documentadas, y pueden contribuir a resolver algunos problemas.
Estas construccione~ están realizadas con un annazón interno vegetal (palos y maderas), y un grueso revestimiento de barro (Fig. 5).
Dado que en ningún caso se han encontrado restos de estos muros in situ, sino sus derrumbes o fragmentos aislados de barro con improntas de maderas, es difícil precisar sus caracteristicas, aunque todos los datos parecen apuntar a plantas curvas.
Hay que decir, en primer lugar, que las construcciones de barro son muy abundantes en la zona, ya que han aparecido restos de las mismas como I}línimo en un 11 96 de los castros.
Por otro lado, tanto en la cuenca media del UUa, como en todo el N. W. peninsular, se registran en todas las fases de la cultura castreña, en contra de la opinión más generalizada, que las atribuye a la fase antigua.
Esta amplia cronología coincide igualmente con la de otros ámbitos culturales, ya que si bien son muy frecuentes en poblados alaveses de la I. a Edad del Hierro, también se registran durante los siglos m y 11 a.
En tercer lugar, las construcciones de barro conviven durante todos los períodos con las de piedra.
Concretamente, en el Castro de Cortegada están bien documentadas ambas construcciones en el siglo ID a.
C., lo que no se sabe bien es si las construcciones de barro fueron utilizadas como viviendas, o con otra finalidad.
Las techumbres de las construcciones son siempre de material perecedero; pero, ya en época romana se registran cubriciones de tégulas, por lo menos en un 15 % de los castros estudiados, lo que parece representar un porcentaje bastante elevado para una zona interior, como la cuenca media del UHa.
En la bibliografía tradicional no se le ha prestado casi ninguna atención a la definición y clasificación de los emplazamientos geográficos, aunque, como se verá más adelante, posee una importancia trascendental.
Así, los más frecuentes es que se afirme que los castros ocupan siempre posiciones elevadas, con buenas condiciones naturales de defensa (Coelho, 1986;19.
Antes de entrar a analizar los datos disponibles, conviene definir dos términos: la posición y el lugar geográficos.
El emplazamiento o lugar se define como «el asentamiento territorial de un elemento del espacio», mientras que la posición «depende del sistema de relaciones que mantiene el elemento con otros elementos, ya estén próximos o lejanos» (Dollfus, 1978;18).
La posición está relacionada con la capacidad agrícola, con los sistemas agrarios, con las vías de comunicación natural, etc.; en cambio, el emplazamiento significa la elección de un sitio concreto dentro de varios posibles que gozan de una misma posición.
Se puede afirmar que en el mundo castreño existe una búsqueda consciente del lugar en función de una posición determinada.
Hemos definido cinco tipos básicos de emplazamiento (11) en la zona (Fig. 6):
1) TIPO A: En la cumbre de un otero o de una loma (Fig. 6).
Sus rasgos básicos se centran en estar rodeados de pendientes medias-bajas (de 5 a 25 %), y en dominar por altura todo el espacio circundante (Fig. 7, 1).
Por tanto, sus condiciones naturales de defensa son siempre buenas.
Existe una tendencia a que los castros así emplazados posean mayores dimensiones que los restantes, ya que un 37 96 de los castros de este tipo tienen una superficie superíor a 1 Ha., frente al 23 96 del total.
En cambio, los castros de pequeñas dimensiones (menos de 0,5 Ha.), emplazados en loma son más escasos que los del conjunto global (un 11 96 frente aun 29 96).
Su cronología parece centrarse en las fases 11 y m de la cultura castreña, ya que, el Castro das Orelas se levanta en el siglo ID a. c., y además, en otros castros de la comarca existen edificaciones de época romana.
2) Tipo B: En una ladera de pendiente suave o moderada.
Se distinguen tres subtipos (Fig. 6) en función de las condiciones topográficas concretas.
El B-I ocupa la línea de ruptura de pendientes, más acusadas en la parte inferior de la ladera.
En cambio, el B-2 ocupa una ladera de pendiente (11) Para la definición del emplazamiento se ha tenido en cuenta la topografía circundante al castro en un radio de 300 m.
No hemos seguido otras clasificaciones (Llanos, 1974.
Forde-Johnston, 1976), debido a que las formas del relieve varian substancialmente de unas a otras áreas..
6.-Tipos de emplazamiento de los castros.
T. P., 1990, n" 47 uniforme, o de transición de una superficie convexa a otra cóncava.
Por último, el B-3 se localiza en un rellano de ladera, aprovechando una elevación rocosa natural.
Además de estar rodeados de pendientes suaves (menores del 10 %) en uno o varios de sus lados, se caracterizan por un control del espacio circundante sobre todo en una dirección.
Las condiciones naturales de defensa son, por consiguiente, regulares o malas, sobre todo en los subtipos B-1 y B-2 (Fig. 7, 2).
Las defensas de los castros con este tipo de emplazamiento se concentran hacia la parte alta de la ladera, ya que se encuentra muy desguarnecida naturalmente.
Ahí, la muralla alcanza su mayor altura, y se refuerza exteriormente con uno o varios fosos y parapetos (Fig. 3,3-4).
En general, los castros en ladera tienden a ser de dimensiones más pequeñas que los restantes,. aunque existen excepciones.
Los castros de tipo B con superficie mayor de 1 Ha. son solamente un 15 %, frente al 23 96 de los restantes.
En el otro extremo, los castros del mismo tipo, de pequeño tamaño (menos de 0,5 Ha.), son un 39 %, mientras que entre los restantes existe sólo un 29 %.
A través de las excavaciones conocemos la cronología de tres castros en la comarca.
Mientras que el origen del castro de Cortegada se centra en el siglo IV a. c., el de los castros de Cartimil y O Marco hay que situarlo entre fines del siglo TI a.
C. y comienzos del siglo 1 a.
C. Por otra parte, los castros excavados en el Noroeste con emplazamiento en ladera, presentan también cronologías de las fases II y m de la cultura castreña, pero nunca anteriores.
3) TIPO C: En un cerro (Fig. 6).
Están rodeados normalmente, al menos por tres lados, de pendientes fuertes o muy fuertes (entre 20 y 50 96 o superiores), y dominan visualmente todo el espacio circundante a media distancia, aunque por uno de sus lados puede ser menor (Fig. 7, 3).
Gozan por consiguiente, de unas excelentes condiciones naturales de defensa.
Es muy reducido el número de castros de este tipo con superficie conocida, por lo que la muestra puede no ser significativa.
No obstante, es posible plantear, con bases sólidas, la hipótesis de que los castros así emplazados que presentan una ocupación corta, tienen unas dimensiones pequeñas (Fig, 3, 2).
El origen de los castros ubicados en un cerro se situa, sino totalmente, al menos mayoritariamente, en la fase antigua de la cultura castreña.
ASÍ, en la cuenca media del UHa, Castrovite y Castro Montaz, que presentan ese emplazamiento, tienen un origen antiguo, con seguridad en el primer caso, y con probabilidad en el segundo.
Por otra parte, tanto en Galicia como en el Norte de Portugal, muchos de los castros en cerro excavados recientemente (Penalba, Torroso, Coto da Pena, etc.), fueron construidos entre los siglos IX y VI a. c., pero, mientras unos fueron abandonados tras un período de ocupación relativamente corto (entre uno y tres siglos), otros continuan habitados en las fases siguientes.
4) TIPO D: En un espolón, generalmente situado en un meandro de un río (Fig. 6).
Gozan de buenas condiciones naturales de defensa, al estar rodeados de fuertes pendientes (entre 20 y 60 %) por tres lados y dominar ampliamente el espacio circundante por los mismos.
En cambio, por el cuarto lado resultan más desprotegidos por el relieve; de ahí, que las defensas artificiales se concentren en ese punto.
A pesar de ser la muestra muy reducida (6 castros), se observa que estos poblados tienen un tamaño medio-grande (entre 0,5 y 2,0 Ha.).
No se conoce su cronología, ya que ni en la zona estudiada, ni en el resto del Noroeste, se han realizado excavaciones en castros con este tipo de emplazamiento.
5) TIPO E: En una llanura (Fig. 6).
Presentan unas condiciones naturales de defensa malas, al no destacar del terreno circundante.
A pesar de eso, el dominio visual de los alrededores no es muy reducido.
Por otra parte, las defensas artificiales no son de mayor envergadura que en los restantes castros..
En la cuenca media del Ulla sólo se conocen dos castros situados en llanura, aunque en otras zonas son más numerosas (Rego y Pombo, 1976).
Como en el tipo anterior, no se ha excavado ningún castro en llanura, por lo que se desconoce su cronología.
En el conjunto de la cuenca media del Una, así como en las unidades geográficas interiores, en tomo a un 50 % de los castros están emplazados en ladera (Cuadro 2).
Le siguen en número los castros con emplazamiento en loma, mientras que los restantes varian de unas cuencas fluviales a otras.
En otras zonas donde se han tabulado los datos, se aprecian resultados semejantes, aunque lógícamente varian parcialmente en consonancia con la diversidad del relieve.
Así, en la regíón occidental de la provincia de Coruña, cerca de un 50 % de los castros están también emplazados en ladera (Agrafoxo, 1988), aunque existen oscilaciones de una a otra comarca.
LOS CASTROS Y EL MEDIO F1SICO
Bajo este título se analizarán varios aspectos relacionados con la posición geográfica de los castros, con vistas a la definición del modelo de poblamiento.
Para ello se parte con el inevitable inconveniente de no saber cuantos y cuales castros fueron contemporáneos -en el sentido más neto del término-.
Del examen de la distribución de los castros en el área estudiada (Fig. 2) se observan varios hechos.
En primer lugar, toda la dorsal montañosa que cierra la cuenca media del Una por las partes W., S. y E., presenta un desierto poblacional; especialmente en su borde, S. W., donde los castros a uno y otro lado de la sierra están separados por una distancia horizontal comprendida entre 6,2 y 12,5 Km., creando un vacío habitacional de más de 100 Km2.
Por otra parte, el río Una en la parte septentrional (Fig. 2) es un elemento aglutinador de los asentamientos, pero, al mismo tiempo, representa un obstáculo para las comunicaciones en sentido N-S.
Por último~ en el interior de la zona estudiada también se observan sectores de concentración de los asentamientos y sectorés vacíos.
Aquí, el habitat castreño se concentra en la parte N. W., y en los valles secundarios, pero no en los de los ríos principales, coincidiendo en este último aspecto con el habitat rural actual.
Esta distribución responde a una serie de pautas relacionadas con el medio físico, pero también a otras (tradición habitacional, etc.) que no serán analizadas en este trabajo.
Relación entre Castros y reglones topográficas Hemos definido en la zona cuatro regiones topográficas, con base en las altitudes y las pendientes (Puyol y Estébanez, 1978):
1) REGION la: Está definida por unas altitudes generalmente inferiores a 500 m., y por unas pendientes que en muy contados casos superan al 20 96.
2) REGION lb: Se caracteriza por unas altitudes siempre inferiores a 600 m., y por unas pendientes superiores al 15 96.
3) REGION lla: Las altitudes son superiores a los 500 m., y las pendientes menores del 15 96, salvo en algún caso.
4) REGION llb: Se define por unas altitudes superiores a los 500 m., y por unas pendientes mayores del 15 96, aunque lo más frecuente es que rebasen el 20 96.
La mayoria de los castros de la comarca (52 96) se localizan en la región topográfica la, aunque también son muy abundantes en la lla (36 96).
Del análisis de las cuencas fluviales menores resulta que existen divergencias respecto a la región topográfica que reune más castros; pero, tanto en el conjunto de la comarca, como en sus unidades geográficas menores, en la región llb, caracterizada por unas elevadas altitudes y fuertes pendientes, apenas se localiza algún castro (Fig. 8).
De todas formas, estos porcentajes sólo pueden tener un sentido real si se comparan con la superficie que abarca cada región topográfica.
Bajo este punto de vista, existe una total concordancia en la región lb (Cuadro 3), mientras que en las restantes se manifiestan discordancias notorias.
Se infiere de todo ello que existe una preferencia clara por las zonas de altitudes medias o bajas (inferiores a 500 m.), y de pendientes suaves o moderadas (inferiores al 15 96), mientras que se descartan totalmente posiciones de altitudes elev.adas (mayores de 500 m.) y pendientes fuertes (superiores al 15 ó 20 96).
De ahí, que las tendencias registradas puedan ser generalizadas a todo el Noroeste peninsular.
Se ha puesto en relación las regiones topográficas con los tipos de emplazamiento establecidos anteriormente, y en general, se observa que todos los emplazamientos de castros se dan en cualquiera de las regiones, salvo en la I1b; pero, existen grandes diferencias que resultan muy significativas.
Se nota una tendencia, por una parte, a que los castros con emplazamiento tipo e (generalmente con origen en la fase I de la cultura castreña) aparezcan en regiones con una topografía muy accidentada (lb), pero no de montaña, y por otra, a que los castros con emplazamiento tipos A y B (normalmente de las fases n y m de la cultura castreña) se concentren en regiones poco accidentadas.
Al introducir el tamaño de los poblados como variable, se observa que el 100 96 de los castros de mayores dimensiones (más de 1 Ha) están situados en las regiones topográficas la y na; es decir, en las menos accidentadas.
Esto permite plantear la hipótesis de que la distribución preferencial citada obedece a la mayor capacidad agricola de esas regiones.
Relación entre Castros y CUlIOI de agua Se ha señalado frecuentemente, sobre todo en las áreas de baja pluviosidad de la Península Ibérica, que el lÍo juega un papel condicionante como fuente de abastecimiento de agua, en la elección del lugar que ocupan los poblados de la Edad del Hierro; pero, por lo menos en algunas áreas del Noroeste, no se puede afirmar lo mismo.
En la cuenca media del Ulla, un 22 96 de los castros no poseen a menos de 500 m. de distancia horizontal (12) un curso de agua; y de los restantes, algunos no son más que pequeños arroyos estacionales.
En consecuencia, la presencia de un curso de agua próximo no es uno de los factores positivos de localización; máxime, cuando el agua puede ser obtenidas en numerosos manantiales, o directamente de la lluvia, gracias a la eleva la pluviosidad de la zona.
VlslbllJdad de los castros
La visibilidad desde los castros puede ser analizada a través de dos puntos de vista: 1) como intervisibilidad, y 2) como control visual del espacio.
El primero nos lleva a la posibilidad de comunicaciones (ópticas u orales) entre los castros.
A ese respecto, desde seis de ellos no se ve ningún otro (Fig. 9), por lo que no sena posible tener comunicada toda la comarca a través de ese sistema El segundo de los aspectos es, en cambio, mucho más interesante.
Aquí, se tendrá que analizar, por un lado, la visibilidad del territorio inmediato y, por otro, el dominio visual a larga distancia.
Aunque no se han tomado sobre el campo los datos necesarios para evaluar de forma precisa la visibilidad a larga distancia, es posible abordar indirectamente ese tema a través de la intervisibilidad castreña (Fig. 9, ).
No todos los castros disponen de una visibilidad de los restantes igual o parecida.
Mientras desde la mitad de los poblados no se ve más de cinco de los restantes, desde un grupo reducido se divisan más de diez.
Entre los primeros predominan los castros con emplazamiento en ladera (un 62 96 de (12) No se ha tomadc. una distancia mayor porque no seria estadísticamente significativa. ya que es muy difícil situar un punto en la zona que no tenga a menos de 1 Km. un curso de agua grande o pequeño. • los mismos) y en espolón (un 78 96 de ellos).
Contrariamente, en los castros de gran visibilidad está englobado un 29 96 de los emplazamientos en loma, y un 30 96 de los localizados en cerro.
Por otra parte, los castros con visibilidad grande a larga distancia presentan frecuentemente un tamaño grande, puesto que un 64 96 de los mismos tiene una superficie superior a 1 Ha.
Además ninguno de los castros de amplia visibilidad tiene una superficie inferior a 0,50 Ha., cuando éstos representan un 29 96 del total de los poblados.
La visibilidad a corta distancia desde los castros tiene mucho que ver con el control del territorio de explotación de recursos y con la prott; cción del poblado.
Por ello hemos evaluado la misma en un radio de 1 y.
2 Km. desde cada castro.
Como es lógico, en todos los casos, salvo en dos, la visibilidad es mayor en el radio de 1 Km. que en el de 2 Km.
En el radio de 1 Km. los castros presentan una visibilidad media de un 73 %, aunque existen fuertes oscilaciones, que van desde un máximo de 97 % a un mínimo de 39 %.
El campo de visión territorial coincide, casi en un cien por cien de los casos, con la localización de las áreas de mayor potencialidad agrícola.
En el radio de 2 Km. la visibilidad media de los castros se reduce a un 48 %, con una oscilación desde un máximo de 82 % a un mínimo de 14 %.
Este círculo no ofrece novedades respecto al de radio 1 Km., al no incrementar apenas el área de visibilidad, y cuando así sucede, tiene más que ver con el control de las vías naturales de comunicación, que con la ampliación de los sectores cultivables.
El tamaño y la dirección preferente que adquiere el campo de visibilidad está en Íntima conexión con el emplazamiento topográfico (Cuadro 4).
Tanto los emplazamientos en loma (tipo A), como en cerro (.tipo C), poseen generalmente una visibilidad mucho mayor en los radios de 1 y 2 Km.
(Fig. lO, 1-2) que los localizados en una ladera (tipo B) o en un espolón (tipo D).
El campo de visión es aún mayor en los primeros que en los segundos, a través del análisis del círculo de radio 2 Km.
Esto se aprecia, por otro lado, no sólo en los valores medios, sino sobre todo en los máximos y mínimos.
A la tendencia a una visibilidad más amplia que presentan los castros emplazados en loma y en cerro, se suma, como se dijo anteriormente, el mayor dominio visual a larga distancia, en relación a los restantes.
Por otra parte, en los castros localizados en ladera el campo de visibilidad se concentra normalmente en una dirección (Fig. Por último, hay que decir que no se observa una relación significativa entre las dimensiones de los poblados, o las regiones topográficas en que se sitúan, con la visibilidad desde ellos en un radio de 1 ó 2 Km.
Relación entre castros y aptitud agrtcola de 108 suelos Se tratará en este apartado de determinar cuántos y qué castros ocupan terrenos aptos para el cultivo, y si, en consecuencia, el medio físico puede ser o no un obstáculo para el desenvolvimiento de la agricultura.
Para ello, se cuenta con la clasificación de suelos realizada recientemente para la zona por Martínez Cortizas (1988).
Este autor establece cuatro categorías de tierras cultivables: -el: Reúne las mejores tierras para una gama más amplia de cultivos.
Se caracteriza por unas pendientes bajas, suelos profundos, escaso déficit de agua, y un bajo riesgo de heladas tardías.
-e2: Tierras también muy aptás para el cultivo.
Son, en esencia, tierras de tipo el con problemas de adscrición.
-e3: Terrenos aptos para el cultivo, pero con problemas.
Se definen por su escasa profundidad, una pedregosidad importante, déficit de agua, riesgos de heladas tardías, y problemas de erosión. -C4: Es equivalente a la categoria anterior, pero, debido a que presenta mayores limitaciones, sólo es potencialmente cultivable de forma marginal.
Al analizar la distribución de los castros en relación a las tierras aptas para el cultivo (Fig. 11), se observa que un 72 96 de los mismos poseen dentro de un radio de 1 Km. más del 50 96 (157 Ha.) de tierras cultivables.
En el otro extremo, sólo un 13 96 del total de castros tienen una superficie apta para la agricultura inferior al 25 96 (79 Ha.).
Por otra parte, si se separan las tierras agricolamente más aptas (categorías Cl y C2) de las menos (C3 y C4), resulta que un 72 96 de los castros poseen en un radio de 1 Km. más del 50 96 de la superficie con tierras tipo C 1 Y 2, Y una cantidad menor de las C3 y C4.
De todo ello se deduce que la abundancia de tierras de cultivo es uno de los factores positivos de localización de los castros; deducción que se refuerza por el hecho de que en la parte S. W. de la comarca, donde no existen terrenos aptos para el cultivo (Fig. 11), no aparece ningún castro.
En el Cuadro S puede verse una clasificación de tierras cultivables en relación con los tipos de emplazamiento topográfico.
Ahí se aprecia de fonna muy clara que los castros con emplazamiento en loma (tipo A), seguidos de los situados en ladera (tipo B), son los que poseen en sus inmediaciones un mayor número de tierras de buena calidad para la agricultura.
En el otro extremo, los castros emplazados en cerro (tipo C) son los que disponen de menos tierras de cultivo en sus vecindades.
Por último, los castros en llanura (tipo E) no son estadísticamente significativos, dado que sólo hay dos asentamientos.
Si relacionamos el tamaño de los asentamientos con la capacidad agrícola de las tierras comprendidas en un radio de 1 Km., se observa una tendencia a que los castros de mayores dimensiones (superiores a 1 Ha.) tengan tierras de cultivo más extensas.
En cambio, la relación inversa no es significativa.
En otras zonas del mismo ámbito cultural, que presentan características geográficas diferentes, como la región occidental de la provincia de Coruña (Agrafoxo, 1988;1.695), la tierra de Viana do Bolo (Xusto, 1986;231-287), o la Cabrera leonesa (Femández Posse y Sánchez-Palencia, 1988; 210), también existe una relación positiva entre los castros y la localización de las tierras cultivables.
Orientación de los castros
Denominamos orientación de un castro al sector o área del territorio hacia donde convergen los principales intereses económicos y estratégicos.
Es por ello, que tiene mucha relación con la forma del territorio de explotación intensiva.
La orientación se puede determinar empíricamente a través de tres factores: t) visión preferencial a corta distancia (radio de t Km.), 2) localización de las tierras cultivables, y 3) posición de la puerta de entrada al castro.
En virtud de la convergencia de los tres factores en un área en concreto, o en todo el espacio circundante, se puede decir que la orientación es selectiva o indiferenciada.
Del análisis de los factores citados se obtiene que, por lo menos en un 92 96 de los castros, coincide la posición de la puerta de entrada con la localización de las tierras cultivables, y en un 82 %, además, con el área de mayor visibilidad.
Existen, sin embargo, matizaciones a las que no haremos alusión aquí para no extendernos.
El territorio de explotación de feCUI'IOS
Se tratará aquí algunos aspectos relacionados con el denominado territorio de explotación del yacimiento por algunos autores (Davidson y Bailey, 1984;26-28.
Femández y Ruiz Zapatero, 1984;59), aunque en propiedad debiera ser Uamado territorio de explotación del asentamiento.
Otros autores (Ruiz, 1987;12) prefieren, en cambio, la denominación de territorio de producción restringida para expresar el mismo concepto.
Se han ensayado determinadas vías para acercarse al conocimiento del territorio de explotación de recursos de un asentamiento, aunque ninguna está exenta de crítica (Hodder y Orton, 1976;233-235.
El territorio de explotación de un asentamiento no tiene porque coincidir necesariamente con el territorio político de esa comunidad, aunque posea una dimensión social y política en sí mismo.
Se han propuesto radios de 5 Km. para definir el territorío de explotación de sociedades con asentamientos estables, pero, esa distancia no es la más apropiada para su estudio en la zona concreta que se analiza.
En la cuenca media del UUa, creemos que un radio de 1 Km. es el que puede definir más precisamente el espacio de que hablamos, a un nivel estrictamente teórico.
Esta afirmación se basa en tres argumentos fundamentales: 1) la distancia media de los castros al vecino más próximo es de 2,04 Km.; 2) los castros excavados en el valle del Deza que son coetáneos en la fase final de la cultura castreña, están situados a unas distancias comprendidas entre 0,30 y 2,56 Km.; Y 3) la visibilidad más característica desde un castro es la que se registra en un radio de 1 Km., como se ha dicho anteriormente.
El radio de 1 Km. es, por otro lado, la distancia media que se obtiene para el vecino más próximo de los castros de otras zonas del N. W. peninsular (Agrafoxo, 1988.
Para aproximarse al conocimiento del territorio de explotación de los castros de la cuenca media del UUa, se han ensayado ante la falta de otros datos, unicamente dos vías: una más teórica que evalúa la disponibilidad de recursos agrícolas en un círculo de radio 1 Km.
(13) en tomo al asentamiento, y otra, que analiza la procedencia de determinados materiales hallados en los castros.
Como se ha señalado en otro apartado, la gran mayoría de los castros estudiados poseen abundantes tierras cultivables en un radio de 1 Km.
Por otro lado, los castros de las fases n y m de la cultura castreña disponen en el mismo espacio de una superfice potencialmente agrícola superior a la de los más antiguos.
(13) Es practicamente imposible que el territorio de explotación de un asentamiento coincida con una figura ideal como la de un circulo, ya que ~ente estan distorsionados por el relieve o la localización de recursos.
Para corregir estos factores, se han propuesto determiriados métodos (Davidson y Bailey, 1984;30-31) que no se aplican en este trabajo, fundamentalmente. porque no se pretende alcanzar unos resultados exactos.
Hemos calculado en casos muy específicos de la cuenca media del Ulla, por su orientación selectiva y su situación geográfica, la población que seria capaz de mantener cada castro, según los índices de producción utilizados para la época (Ruiz Zapatero y Fernández, 1985;382).
Estos resultados se han comparado con los obtenidos utilizando las fórmulas demográficas basadas en la superficie de los poblados (Hassan, 1981;66 y ss).
La conclusión es que las tierras con capacidad agricola disponibles en un radio de 1 Km. son suficientes para mantener a la previsible población de los castros, y que, por lo menos durante las fases II y m de la cultura castreña no se originó una presión demográfica fuerte sobre los recursos.
La segunda vía de aproximación al territorio de explotación de los castros que hemos utilizado, consiste en el análisis de la procedencia de la materia prima pétrea, con que fueron fabricados los artefactos hallados en la excavación de cinco castros del valle del Deza (Carballo y López, 1988).
Mediante una prospección petrológica encaminada a tal fin, se cartografiaron y se clasificaron todos los afloramientos rocosos.
Del estudio de la materia prima de los artefactos se concluye que, en practicamente su totalidad, fue recogida a distancias inferiores a 1 Km.
Unicamente para los materiales fabricados con talcoesquisto, se determina un abastecimiento de esa roca a distancias superiores a 5 Km., a no ser que se piense en la obtención de los productos elaborados a través del intercambio.
Estimaciones poblaclonales de 108 castros
En cualquier periodo prehistórico toda estimación demográfica no deja de ser aproximativa, pero, no por ello carece de valor.
Por otra parte, la distribución de los poblados en el espacio (Fig. 2) es una representación gráfica del poblamiento y del reparto de la población.
Los únicos métodos del cálculo poblacional aplicables a la zona estudiada están basados en la superficie ocupada por los poblados o por sus viviendas (Welinder, 1979; Hassan, 1981); pero, para su uso nos encontramos con varios problemas, además de los intrínsecos al método.
Por un lado, desconocemos cuantos castros estuvieron habitados a un mismo tiempo; por otro, no sabemos cual es la superficie habitacional ocupada por la totalidad de las viviendas, debido a la falta de excavaciones en área; y, por último, no conocemos si toda la superficie de un poblado estuvo habitada en el mismo momento.
Con todos estos problemas, los datos resultantes no dejarán de ser relativos.
Para las estimaciones de la población de los castros hemos aplicado tres de los índices más habituales (Hassan, 1981: 66-73):
1) Con base en la superficie ocupada por el poblado, se aplica la relación de 100 a 300 personas por hectárea, según proponen la mayoría de los autores.
Su aplicación directa es, no obstante, muy criticada.
2) Utilizando la fórmula P = 146..;-A de Kramer, que tiene en cuenta que, conforme aumenta la superficie de un asentamiento, disminuye su población, al ser necesario un mayor número de espacios y de servicios públicos.
3) Suponiendo una relación de 200 personas por hectárea de poblado, obtenida de la aplicación del índice de Naroll (Hassan, 1981;73) a los conjuntos de construcciones familiares existentes en el área meridional de la cultura castreña (Coelho, 1986; Peña, 1988c) durante su fase final (14).
Hay que descontar, en este caso, la mitad o un tercio de la superficie total del poblado.
(14) De la aplicación del índice de Naroll a la superficie •ocupada por las construcciones de los conjuntos familiares, se obtiene un número de individuos más próximo a una familia nuclear que a una extensa.
Estos métodos los hemos aplicado a dos casos opuestos.
Para un castro hipotéticamente antiguo, como el de Salgueiros (n ll 6), que tiene una superfice de 0,23 Ha., se obtiene una población comprendida entre 23 y 70 habitantes.
En el otro extremo, se encuentra un castro como el de Cartimil (n 2 63), datado en torno al cambio de era, y que posee una superficie de 2,18 Ha., para el cual se ha obtenido una población encuadrada entre 218 y 645 personas.
Otro aspecto de especial importancia para enjuiciar los fenómenos observados, es el análisis de la dinámica demográfica, aunque sólo sea a través de estimaciones cualitativas.
Se ha dicho con anterioridad que los castros con emplazamiento topográfico tipo C son, en su mayoria, de la fase antigua de la cultura castreña, mientras que los de tipo A y B son con seguridad de las fases D y m.
Si a esto se le añade que los primeros no representan más que un 11 % del total de castros, mientras que los segundos suman un 77 %, se puede plantear firmemente la hipótesis de que en el conjunto de las fases D y m de la cultura castreña se produce un fuerte incremento demográfico respecto a la fase anterior (15).
El planteamiento anterior se ver reforzado por la cronología proporcionada por la excavación de un grupo compacto de castros en el valle del Deza. según se ha comentado más arriba.
En esa pequeña área se refleja. no sólo una multiplicación del número de asentamientos entre las fases antigua y final de la cultura castroña. sino también un aumento de la superficie de los poblados. como consecuencia. probablemente. de un paulatino incremento demográfico; y este incremento no puede explicarse por una migración o invasión. sino mediante el desarrollo propio de la sociedad castreña.
La dinámica demográfica que se ha expuesto es. por otra parte. la tónica general de la Edad del Hierro europea.
En Gran Bretaña. por ejemplo. entre el inicio y el final de ese periodo se considera que la población se duplica en efectivos (Fowler.
Por último. a través de estimaciones basadas en el número de castros supuestamente habitados en cada época. y en la superficie ocupada por ellos. se ha calculado que la densidad de población de la cuenca media del Ulla en torno al cambio de era estaba probablemente comprendida entre 3 y 10 hab./Krn2; cifras que concuerdan bastante bien con los datos conocidos para el Noroeste peninsular en época romana.
El poblamiento castreño en la cuenca media del Una es disperso. aunque tiene a concentrarse en determinados sectores (Fig. 2). como consecuencia de los factores positivos de localización analizados con anterioridad.
Por otro lado. la distribución de los castros no es regular. ya que la distancia media real calculada a través del vecino más próximo (Hodder y Orton.
No obstante. la distancia real entre castros oscila entre un máximo de 5.10 Km.
La compartimentación geográfica que provoca el relieve y la red hidrográfica. permite plantear la existencia de agrupaciones territoriales o microregiones de pequeños conjuntos de 4 a 12 castros. en torno a los valles secundarios.
Esta hipótesis se basa en el análisis del vecino más próximo. y en la localización de los obstáculos geográficos.
Si bien es difícil determinar. en el estado actual de conocimientos. si estas comunidades tenían un nexo de unión en lo social y lo político. es posible afirmar. en cambio. que estaban más estrechamente relacionadas. debido a las facilidades de comunicación.
(15) No obstante, ese supuesto incremento, que es una estimación cualitativa -repetimos-, tendria que ser matizado a través de cuestiones cronológicas y espaciales.
(16) La distancia teÓrica ha sido calculada mediante la fónnula D = 1,11.JS7N (Haggett.
En la cuenca media del Ulla existe un castro por cada 10,8 Km2, aunque se producen unas oscilaciones bastante grandes de unos a otros sectores.
Mientras que en la zona N. W. aparece un castro cada 6,6 Km2, en la S. E. sólo hay uno cada 18,5 Km2.
Se produce, por tanto, un aumento del número de asentamientos en consonancia con el incremento de los recursos económicos y la mejor posición respecto a las vías naturales de comunicación.
En resumen, las tierras bajas y los valles soportan un mayor número de castros, y una densidad de población más elevada, que los sectores montañosos.
Se ha ensayado, por último, la búsqueda de lugares centrales entre los castros de la comarca, basándose en el principio de rango-tamaño (Hagget, 1976;149), y en varios de los criterios empleados por Harke (1979;117) en la Europa Central; pero, no se ha podido llegar a ninguna conclusión positiva sobre una hipotética jerarquía de asentamientos.
Si bien ese empeño cojea, además de los problemas generales expuestos por Burillo (1984), de la escasez de datos proporcionados por la prospección, y del reducido número de castros excavados, hay que decir que no existen en la zona desigualdades abrumadoras entre las dimensiones de unos y otros poblados.
LA ECONOMIA DE LOS CASTROS
Una de las cuestiones más controvertidas en los últimos años, es la base economlca de los castros del N. W. peninsular.
Por un lado, se encuentra una larga tradición de autores que, con base -casi exclusivamente-en las fuentes literarias clásicas, opinan que la agricultura era muy primitiva y poco desarrollada, mientras que la práctica de la ganadería y la recolección de bellotas superaban en importancia a aquella.
En el conjunto de estos autores se manifiestan, no obstante, divergencias entre los que creen que la agricultura no adquiere importancia hasta época romana (Cardozo, 1973;267), y los que consideran que el cultivo de cereales y leguminosas no se extiende hasta la 2. a mitad del último milenio a.
Siguiendo una linea acrítica de las fuentes clásicas, y de los parcos testimonios arqueológicos existentes hasta hace poco, algunos autores llegan a caracterizar a esa agricultura castreña por unas «técnicas y un utillaje muy primitivos» y unos «bajos rendimientos» (Femández Ochoa, 1987;368-369), y por ser practicada por las mujeres (Coelho, 1986;113).
En la vertiente opuesta se encuentran otros autores (Bermejo, 1983, 133 y ss.;Vázquez Varela, 1980y 1983; Femández-Posse y Sánchez-Palencia, 1988;216) que, con una base de datos más amplia y un enfoque crítico más sólido, plantean la existencia de una agricultura desarrollada durante toda la cultura castreña, una ganadería más diversificada que la mencionada por las fuentes clásicas, secundadas por una recolección -de bellotas, básicamente-que desempeña también un papel importante en la dieta alimenticia.
Como tendrá ocasión de comprobar el lector, nosotros nos alineamos con esta última corriente de opinión, porque consideramos que la antagónica' no cuenta con bases ni argumentos consistentes, según vienen demostrando las últimas investigaciones.
Hemos dicho con anterioridad que el valle es el nicho agrícola de los castros de la cuenca media del Ulla, al igual que en todo el N. W. peninsular.
La explotación del valle es, por otro lado, muy intensa, tal como se deduce de la importante desforestación que registran los análisis polinicos de los castros de Cortegada y Montaz (Aira et ali~ 1989; 89-93), Y de otras cuestiones ya tratadas.
La agricultura es una de las actividades económicas fundamentales de los castros de la zona estudiada.
Esta afinnación se basa esencialmente en tres conjuntos de datos: 1) la abundancia de tierras aptas para el cultivo, en un radio de 1 Km., en la inmensa mayoria de los poblados, 2) en los frecuentes restos carpológicos proporcionados por tres de los seis castros excavados en el valle del Deza, y 3) en los análisis palinológicos de los castros de Cortegada y Montaz.
Se han encontrado semillas carbonizadas en los castros de Cortegada, Montaz y Castrovite, en niveles que abarcan en su conjunto todas las fases de la cultura castreña.
Según las estimaciones provisionales (17) se identifica trigo y cebada en todos ellos y mijo y habas en Castrovite.
En el Noroeste peninsular existe ya una amplia muestra de las especies cultivadas en los castros (Cuadro 6).
Entre los cereales predomina el trigo, seguido del mijo y de la cebada, mientras que de las leguminosas las especies más representadas son las habas y los guisantes.
Estas son por otra parte, las especies más frecuentes en los poblados de la Edad del Hierro europea (Audouze y Buchsenschutz, 1989;196-197)
Por otra parte, los análisis polínicos realizados en los castros de Cortegada y Montaz registran la presencia de polen de cereal, y de otras plantas que acompañan a los cultivos (Aira el ali~ 1989: 89-93), así como también aparecen en los realizados en otros castros del N. W. peninsular, de cronologias tanto antiguas como recientes.
La producción agrícola de los castros de la cuenca media del UUa sufre un importante incremento a partir de la fase II de la cultura castreña.
Se ha dicho más arriba que a partir de esa fecha aumenta el número de poblados, y éstos se localizan entonces en las áreas con mayor capacidad agrícola.
Además, se produce una mejora en la tecnología agraria, de la que pueden ser muestra la generalización de la metal urgía del hierro y la introducción del molino circular.
Este incremento de la producción agrícola es, por otra parte, paralelizable al que se origína en Europa a partir de la denominada 2. a Edad del Hierro.
En las sociedades con agricultura de arado estudiadas por la etnografía es el hombre el que la practica, por lo que, desde un punto de vista teórico, es muy aventurado afirmar lo contrario para la cultura castreña, basándose en las fuentes clásicas.
El uso del arado, por otro lado, es aceptado como probable por varios autores (Fariña el ali~ 1983;113.
Vázquez Varela, 1983: 152), por lo menos en un momento avanzado de la cultura castreña.
Al mismo tiempo, el arado es habitual durante toda la Edad del Hierro europea (Fowler, 1983;168.
Una agricultura de roza y azada, como mantienen algunos autores no es, por último, el modelo más apropiado para sostener una población tan elevada como la analizada.
Las proteinas animales representan un elemento básico de la dieta alimenticia, por lo que la ganadería castreña hubo de tener un peso importante en la base económica.
No hay que olvidarse, tampoco, que algunos animales debieron ser empleados como fuerza de tiro de carros y arados.
En los castros de Cortegada y de As Orelas, las excavaciones han proporcionado restos óseos pertenecientes a ovicápridos y bóvidos, en niveles datados en los siglos ID y II a.
La ganadería castreña, según el estudio de los restos procedentes de más de veinte castros, se compone de vacas, ovejas, cabras y cerdos (Penedo, 1988), mientras que los cabaUos están más escasamente documentados a través de la paleontología.
Entre estas especies predominan los bóvidos, seguidos de los ovicápridos y, a mayor distancia, de los suidos (Vázquez Varela, 1983;153).
Esta ganadería es, por consiguiente, más diversificada que la recogida en las fuentes literarias clásicas para el Noroeste peninsular, y pone una vez más en evidencia la parcialidad de las mismas.
La caza y la recolección
Tanto la caza como la recolección se siguen practicando en las sociedades de la Edad del Hierro; pero, lo que parece erróneo es la consideración de la segunda de esas actividades como uno de los componentes fundamentales de la economía de los castros gallego-portugueses, tal y como continúan manteniendo algunos autores.
Se han encontrado restos de bellotas carbonizadas en cuatro de los seis castros excavados en el valle del Deza, tanto en niveles antiguos como recientes.
Su recolección está asimismo bien documentada en muchos otros castros del N. W. peninsular (Vázquez Varela, 1974-75): pero, hay que pensar que también serían aprovechados otros frutos silvestres (castañas, moras, miel, etc.), entre los cuales se registra la avellana en el castro de Cortegada.
En los castros de la cuenca media del Ulla no existen evidencias de caza, aunque muy probablemente debió ser practicada, teniendo en cuenta que han aparecido restos óseos de varias especies (tejón, liebre, ciervo, jabalí, etc.) en otros poblado~ (Penedo, 1988).
Los ámbitos espaciales de la economía
Los productos elaborados y las materias primas de los castros estudiados pueden proceder, desde un punto de vista teórico, de cuatro ámbitos espaciales de explotación o de relaciones de intercambio (Fig. 12).
El más pequeño coincide con el territorio de explotación de recursos de cada castro, donde serían obtenidos los alimentos y las materias primas esenciales.
El segundo ámbito es el comarcal, y ocupa un área comprendida entre 2 y 25 Km.
Sus relaciones están determinadas, si no por otras causas, por las facilidades de comunicación.
De ahí proceden algunas materias primas o artefactos encontrados en algunos castros del valle del Daza, y posiblemente algunos minerales metálicos y otros alimentos.
La siguiente esfera económica comprende todo el área cultural castreña, de donde provienen seguramente metales como el cobre o el hierro, inexistentes en la zona estudiada, o bien los productos elaborados con los mismos.
Otro indicio de procedencia de ese ámbito son algunas cerámicas estampilladas encontradas en la cuenca media del Ulla, pero que son características de la cuenca media y baja del Miño.
Por último, existe un ámbito exterior a la cultura castreña a larga distancia, de donde proceden -posiblemente a través de intennediarios-algunos productos elaborados (cuentas de pasta vítrea, cerámicas púnicas y romanas, etc.) encontrados en los castros de la cuenca media del UlIa.
MODELOS DE POSICION y LUGAR DE LOS CASTROS DE LA CUENCA MEDIA DEL ULLA
Mediante la síntesis e interpretación de los factores tratados anteriormente, se llega a la definición de los patrones de emplazamiento de los castros.
Estos suelen fijar perfectamente los estadios de la cultura, así como los cambios producidos en la misma, ya que tienen repercusiones directas sobre la producción de alimentos y la economía, y los efectivos de población.
Los cambios de emplazamiento denotan, muchas veces, períodos de crisis económica o socio-política en sociedades fuertemente fijadas al territorio.
Los modelos de posición y de lugar establecidos para la cuenca media del Ulla son, en buena medida, teóricos y como tal deben ser entendidos.
Existen, efectivamente, excepciones, donde los rasgos expuestos no aparecen definidos tan claramente.
Los castros de esta fase se caracterizan por sus buenas condiciones naturales de defensa, y por ocupar una posición estratégica dominando los valles.
Existen, también en un primer momento, algunos asentamientos abiertos que continuan las tradiciones de la Edad del Bronce (Oliveira, 1988a;87-97); síntoma de una etapa de transición, donde los patrones de asentamiento se solapan -unos porque empiezan, y otros porque acaban-o Desde un punto de vista teórico y gráfico (Fig. 13, 1), el patrón de emplazamiento de los castros de la fase antigua se caracteriza por los siguientes rasgos: 1) Los castros presentan frecuentemente un perfil subcónico, y afloramientos rocosos en su parte más elevada.
2) Ocupan un cerro rodeado de fuertes pendientes (superiores al 25 96), al menos por tres lados.
3) Disponen de pocas tierras de cultivo en un radio de 1 Km., en comparación con los castros posteriores, y generalmente se sitúan en la parte superior de la ladera.
4) Poseen una visibilidad amplia del espacio circundante a corta distancia y, en muchos casos, también a larga distancia, sobre el valle.
5) La puerta de entrada al castro se localiza en el lado más accesible naturalmente, coincidiendo con la ubicación de las tierras cultivables.
Los poblados de la fase antigua de la cultura castreña se localizan mayoritariamente en áreas accidentadas, de fuertes pendientes (mayores del 20 96), pero no de elevada altitud.
Se concentran fundamentalmente en las partes medias y bajas de las cuencas fluviales.
En la totalidad de los casos conocidos, estos castros presentan unas dimensiones pequeñas, que albergarían a una comunidad nonnalmente inferior a 100 habitantes.
La agricultura, según los datos disponibles, és ya importante y diversificada.
A pesar de la cantidad más reducida de tierras cultivables en las inmediaciones del castro, en relación a etapas posteriores, son suficientes para permitir la subsistencia del grupo.
No se poseen aún suficientes datos para fechar la aparición de los castros la cuenca media del Ulla, por lo que no se sabe si el fenómeno es coetáneo al de los castros del Norte de Portugal o algo más reciente.
La fase de plenitud de los castros
Esta fase no se distingue tanto por el abandono del modelo anterior de emplazamiento, como por la aparición de otros nuevos.
Algunos castros de la fase precedente, como Castrovite, continúan habitados en ésta e, incluso, en tomo a los siglos 1 a.
C., pueden sufrir un aumento considerable de su superficie y de su población.
Esto último se produce, sobre todo, cuando disponen de mayores o más variados recursos en sus vecindades, y gozan de un claro control estratégico de los valles y vias naturales de comunicación.
Los nuevos modelos de posición y de lugar se diferencian básicamente del existente en la fase antigua, en que están situados en zonas de topografía poco accidentada (pendientes inferiores al 15 96), poseen una mayor cantidad de tierras de cultivo en sus inmediaciones, y gozan de unas condiciones naturales de defensa peores.
En la fase de plenitud surgen dos nuevos patrones de emplazamiento de castros.
El primero de ellos (Fig. 13, 2) se caracteriza porque los castros presentan los siguientes rasgos: 1) Se situan en una loma, que está rodeada de pendientes moderadas (inferiores al 25 96); en virtud de lo cual gozan de unas condiciones naturales de defensa buenas, pero bastante peores que los propios de la fase anterior.
2) Poseen una gran visibilidad del espacio en todas las direcciones, tanto a corta como a larga distancia.
3) Disponen, en mayor medida que los restantes castros, de más tierras cultivables en un radio de 1 Km., Debido a ello, y a lo dicho anteriormente, su orientación es indiferenciada; de ahí que, la puerta de entrada al castro pueda estar situada en cualquier lado.
4) Suelen tener un tamaño superior a los demás castros.
Los castros definidos por el segundo patrón de emplazamiento (Fig. 13, 3) presentan los rasgos siguientes:
1) Se localizan en una ladera de pendientes suaves o moderadas, aprovechando generalmente una línea de ruptura de pendientes, que coincide también con la línea de separación de dos dominios agrarios.
En ocasiones pueden ocupar un afloramiento rocoso natural; aunque, en cualquier caso, poseen malas condiciones naturales defensa.
Esta es la razón de que las defensas artificiales se refuerzen en los lados más desguarnecidos.
2) Disponen de abundantes tierras cultivables en un radio de 1 Km., pero están concentradas, normalmente, hacia una dirección.
3) Tienen una visibilidad amplía hacia la parte baja de la ladera, pero mucho más reducida hacia la alta.
La conjunción del área dé visibilidad predominante con la localización de las tierras de cultivo, es el motivo de que la puerta de entrada al castro se ubique hacia esa parte, y podamos hablar de una orientación selectiva.
No se dispone de los datos suficientes para saber si los castros localizados en llanura aparecen también en esta fase, aunque todos los conducen a esa hipótesis.
Se ha dicho con anterioridad, que en la fase de plenitud se verifica un aumento de la producción agricola, acompañada de una multiplicación del número de asentamientos, y de un incremento de la población.
Es ésta una etapa de equilibrio del sistema, como se deduce de lo antedicho y de las innovaciones tecnológicas y arquitectónicas que se mantienen hasta el final de la cultura.
El desarrollo del proceso señalado en la cuenca media del UlJa es paralelizable, en líneas generales, con los descritos para otras áreas peninsulares (la Meseta y Aragón, por ejemplo) y extra peninsulares.
La cronología de los modelos de posición y de lugar establecidos para esta fase, se inicia, en la cuenca media del UUa, a partir de la primera mitad del siglo IV a. e., como se infiere de las fechas obtenidas para los castros de Cortegada y As Orelas; pero, no acaba hasta incluso después del cambio de era Esta datación para el cambio de fase no coincide con la propuesta por eoelho (1986; 6?) para el Norte de Portugal; para este autor, la fase n se originaria en torno al 500 a.
En la fase de plenitud se produce, respecto a la antigua un cambio estructural que afecta al sistema económico y social.
En la tenninología clásica, seria el momento de paso de una primera a una segunda Edad del Hierro.
Las causas para explicar este cambio son complejas.
Mientras para Martins (1988a; 141-144) habria que buscarlas en una intensificación de la explotación agricola, con una ocupación progresiva de los valles, para eoelho (1986; 37) las motivaciones serian exógenas: «influencias post -hallstátticas, migraciones túrdulas y comercio púnico,..
Si bien es cierto que, los contactos e intercambios realizados con el Sur de la Península, pudieron acelerar el proceso e introducir diferencias en el área cultural. a través de mecanismos de difusión secundaria (elarke, 1984; 376); el cambio hay que explicarlo en ténninos de una dinámica evolutiva propia.
Entre las hipótesis explicativas más sólidas para comprender el cambio, hay que resaltar, al menos en la cuenca media del Ulla, un probable agotamiento de los suelos más elevados, como consecuencia de la intensificación de la producción agricola, y un incremento demográfico paulatino, pero continuado.
La fase final de los castros En torno a fines del siglo n a. e; (eoelho, 1986(eoelho,.
Fariña el alii 1983)), o a comienzos del siguiente, según los datos hasta ahora disponibles en la cuenca media del Ulla, se producen algunas transformaciones en el proceso cultural, que definen una nueva fase.
Estos cambios no son tan importantes como los ocurridos en el tránsito de las dos fases anteriores, y se manifiestan con mayor intensidad en el subárea meridional de la cultura castreña, que en la septentrional; zona esta última, donde se incluye la cuenca del Ulla.
Durante la fase final de la cultura castreña continuan en vigor los patrones de emplazamiento nacidos con anterioridad.
No surgen, por tanto, nuevos modelos de posición ni de lugar, pero, se originan algunas transfonnaciones.
Entre éstas, hay que citar el abandono de algunos poblados, y la aparición de otros nuevos, como los castros de eartimil y O Marco a inicios del siglo 1 a. e.
Los castros de la fase final son generalmente de mayores dimensiones que los anteriores.
Por otra parte, se produce un fenómeno de'concentración de la población en asentamientos que gozan de una situación-'estratégíca privilegíada respecto a las vías naturales de comunicación, y de buenas condiciones de defensa.
Estas caractensticas están reunidas, salvo excepciones, en los castros ubicados en una loma o en un cerro.
En la cuenca media del Ulla no existen grandes poblados o «ciudades» de tamaño superior a las 3 Ha., sino que el fenómeno de concentración de la población en algunos castros, es mucho menos acusado que en áreas del N. W. peninsular, como el Sur de Galicia o el Norte de Portugal (Coelho, 1986), y Zamora (Esparza, 1986).
Las causas que originaron las transformaciones comentadas no están del todo claras.
Algunos autores (Coelho, 1986;43) consideran que las campañas de Bruto, Sertorio y César, serian el motor del cambio.
Sin negar esto para zonas puntuales, hay que pensar que en el fondo se halla una dinámica evolutiva hacia una mayor complejidad social, en un proceso paralelizable, a grandes rasgos con el surgimiento de los oppida en una buena parte de Europa, a partir de mediados del siglo n a.
La conquista del Noroeste peninsular por las tropas de Augusto, no introduce una discontinuidad cultural en el área castreña.
El Estado romano no impone bruscamente una ruptura de la estructura económica y social indígena, sino que se apoya en ella para asentar su poder.
Por consiguiente, el fin de la cultura de los castros es difuso, como todo proceso de desintegración cultural, y en la cuenca media del Ulla no puede ser datado con precisión por falta de datos.
Ninguno de los castros excavados parece presentar una ocupación posterior a la primera mitad del siglo 1 d.
C., aunque en el resto del Noroeste otros siguen habitados hasta la segunda mitad de ese siglo, o incluso hasta el siguiente. |
PILAR GARCÍA-ARGÜELLES ANDREU (*) JORDI NADAL I LORENZO JOSEP M. a FULLOLA I PERICOT RESUMEN En este articulo se pasa revista, de forma resumida, a 20 años de excavaciones en el abrigo del Filador y se dan a conocer los resultados más importantes (sedimentología, fauna, polen, industria, dataciones, etc..), obtenidos con la aplicación de nuevas técnicas de estudio desde 1979.
Del mismo modo replanteamos su ubicación cronocultural dentro del marco geográfico del NE peninsular a partir de las dataciones radiocarbónicas conocidas hasta el momento.
Se trata del primer trabajo de síntesis sobre el yacimiento realizado con posterioridad al estudio de J. Fortea (Fortea 1973); el Filador sigue siendo un referente obligado del Epipaleolítico de la zona en tanto que muestra la mayoría de las facies cronoculturales que definen esta fase en el NE ibérico.
SITUACIÓN Y MARCO GEOLÓGICO
El abrigo del Filador (Fig. 1) se encuentra en Cataluña, en concreto en el término municipal de Margalef de Montsant, al norte de la comarca del Priorato, en la provincia de Tarragona, Se trata de un gran abrigo de unos 100 m. de longitud, aunque el yacimiento arqueológico se sitúa en la zona central del mismo (Fig. 2).
Se ubica a 15 metros por encima del nivel actual del río Montsant, en su orilla izquierda y a unos 340 metros sobre el nivel del mar, justo enfrente del núcleo de Margalef de Montsant.
Esta zona constituye el extremo más septentrional de la Sierra del Montsant, se trata de una formación que forma parte de la sierra Prelitoral, que alcanza en sus puntos más elevados los 1.115 metros de altura.
Esta sierra se encuentra al SW de la De- presión Central Catalana, tiene una longitud de 19 Km. y dista 30 Km. de la costa.
En la geología de la zona hay que destacar la presencia de margas y calizas eocenas, originadas, en gran parte, por depósitos marinos, junto con los aportes fluviales procedentes de los ríos que corrían, en esta época, desde los Pirineos hacia la Depresión Central Catalana.
Como resultado de esta interacción tenemos unas formaciones detríticas de areniscas y arcillas que se transformaran en conglomerados y darán lugar a las sierras de Montserrat, Sant Llorenç de Munt o el Montsant.
En la zona de la sierra del Montsant encontramos una alternancia de capas de conglomerados del Oligoceno stampiense y capas de areniscas, arcillas rojas y capas de yeso del Oligoceno sannoisiense.
La dureza diferencial de estas formaciones ha facilitado la formación de numerosos abrigos en la zona.
La erosión de las capas más blandas de las areniscas sannoisienses, realizada por la acción fluvial, ha permitido que los conglomerados, mucho más duros, sobresalieran formando estos abrigos, utilizados por el hombre hasta época histórica.
Esta riqueza en abrigos que presenta la zona intermedia del valle del río Montsant hace que encontremos gran cantidad de asentamientos en un corto trecho, situados en los meandros del río; en estas zonas la sedimentación fluvial fue depositando materiales de fracción muy fina, que constituyen la matriz del sedimento de estos asentamientos humanos.
Durante el Cuaternario la erosión fluvial también propició la formación de diferentes niveles de terrazas del río Montsant.
De los estudios realizados por nosotros hemos podido identificar cuatro niveles de terrazas: la T3, situada a 36 metros sobre el nivel actual del río y en la que encontramos un yacimiento de superficie con materiales musterienses, el Planot (Fullola y García-Argüelles 1982-83); la T2, entre 20 y 25 metros sobre el nivel actual del río, en la que se ubican los yacimientos de l'Hort de la Boquera (Fullola 1978), l 'Hort d' en Marquet (Fullola y García-Argüelles 1980) y el abrigo de Els Colls (Fullola 1993; Fullola y Soler 2004); la T1, situada a 13'1 metros, donde se encuentra el abrigo del Filador; y la T0, que es la terraza más moderna, con depósitos subactuales.
Desde el punto de vista climatológico, la zona del Montsant nos muestra dos grandes influencias: la continental, de temperaturas extremas durante las estaciones de verano e invierno, procedente de los llanos de Lérida, que se encuentra a muy pocos kilómetros, y la mediterránea, que suaviza la primera influencia, procedente del valle del Ebro.
Todo ello se conjuga con el hecho de que gran parte del valle del Montsant presenta inversiones térmicas que dan lugar a microclimas muy característicos.
HISTORIA DE LAS INVESTIGACIONES
Las primeras noticias que tenemos de la existencia de restos prehistóricos en el abrigo del Filador provienen de las prospecciones realizadas durante los años 30 por Salvador Vilaseca (Fullola y Cebrià 1996).
El material recogido formó parte de una exposición celebrada en 1932 en la ciudad de Reus.
Posteriormente estos hallazgos fueron recogidos en una publicación sobre la comarca del Priorat (Vilaseca 1936).
Vilaseca centró sus excavaciones en el sector NW, que es donde aparece una estratigrafía horizontal.
Lo que quedó después de sus excavaciones presentaba una planta irregular y había desaparecido todo el sector exterior del abrigo.
A pesar de ello, hemos podido excavar 30 m 2.
Durante sus trabajos Vilaseca distinguió 8 niveles, los dos inferiores estériles.
De base a techo, el primer nivel fértil era el VI, pobre en material arqueológico y que contenía industrias de tipo microlaminar, sin elementos geométricos; los niveles V a II contenían los geométricos; además de estos elementos existían microburiles, elementos de dorso rebajado, raederas y raspadores.
Vilaseca ya apuntaba que, al no ocupar el nivel IV toda la superficie del yacimiento, los niveles III y V se unían en el sector SE.
El nivel II era el más rico, formado por raederas, raspadores y una gran cantidad de muescas y denticulados.
Aquí ya no se mencionan los geométricos.
En este nivel apareció una pizarra grabada con motivos lineales, formas triangulares, oblicuas, etc. El nivel I era superficial, formado con materiales procedentes de su utilización por parte de la gente del lugar.
Estas características generales del yacimiento llevaron a S. Vilaseca a situar el abrigo del Filador en "un Epipaleolítico en proceso de azilianización", de acuerdo con las corrientes imperantes en el momento.
Con posterioridad, los materiales del yacimiento que formaban parte de la colección Vilaseca fueron revisados por otros investigadores.
El primero de ellos fue F. Jordà, que también distinguió unos niveles intermedios epipaleolíticos / mesolíticos y un momento anterior, el nivel 6, que él atribuyó a lo que en aquel momento se conocía como Epigravetiense (Jordà 1954).
Otro investigador que intervino fue J. Maluquer de Motes, que, a partir de la fauna del yacimiento, plantea la hipótesis de que podría tratarse de un Neolítico sin cerámica o de un Neolítico precerámico (Maluquer de Motes 1963).
A mediados de los años 60, G.Laplace reestudia los materiales.
En su obra reúne todos los niveles en uno y los incluye en los complejos sauveterrienses y tardenoisienses de su Epigravetiense final (Laplace 1966).
Durante los primeros años de los 70, J. Fortea vuelve a revisar los materiales que Vilaseca le muestra.
A partir de ellos individualiza los dos grandes complejos tecnomorfológicos del Epipaleolítico: el nivel 6 pertenecía al complejo más antiguo, el microlaminar, de connotaciones azilienses, y el conjunto 5-2 era una facies particular del complejo geométrico, que no tenía trapecios y que en los momentos finales presentaba un componente de grandes piezas.
La singularidad del Filador radicaba en esta amplia secuencia geométrica de triángulos y segmentos y, sobre todo, en la sucesión microlaminar / geométrico, hecho único en toda la vertiente mediterránea ibérica (Fortea 1973).
Después de más de quince años de permanecer intacto, en el año 1979 nuestro equipo decidió reiniciar las excavaciones de dicho yacimiento, que han durado, ininterrumpidamente, hasta el año 1997 (Fullola1985, Fullola y García-Argüelles 1996).
Cuando reiniciamos las excavaciones, el primer objetivo fue el de realizar un replanteamiento de la estratigrafía, puesto que descubrimos ligeras variaciones respecto a la propuesta por S. Vilaseca en el año 1953 (Vilaseca 1953).
En un primer momento el sedimento se dividió en 9 niveles, y un gran aporte torrencial o nivel T. (Fullola et al. 1987).
Podemos resumir este nuevo planteamiento de la siguiente manera (Figs.
Nivel 1: Presentaba una potencia de unos 15 cm y su composición era de tierra removida, con incorporación de materiales modernos.
De hecho, únicamente quedaban restos del mismo en la zona noroeste.
Nivel 2: Tenía un potencia de 25 cm y también estaba muy localizado en la zona noroeste, donde ocupaba 11 m 2.
El conjunto, gris ceniciento, presentaba características de una fuerte combustión y, en consecuencia, una fuerte alteración en su composición.
Corresponde al primer nivel arqueológico.
Nivel 3: Era muy delgado, unos 15 cm de potencia, y se localizaba en el sector N-W del abrigo, y ocupaba tan sólo 8 m 2.
Este nivel era una de las novedades respecto a la estratigrafía anterior.
Nivel T: Este aporte torrencial se superponía al nivel 4 y abarcaba toda la superficie del yacimiento.
Tenía su origen en el aporte torrencial procedente de un torrente situado al lado del abrigo.
Su potencia disminuía desde un metro, en el sector S-E hasta desaparecer en el lado opuesto.
Además incorporaba materiales pertenecientes al nivel 4 entre su matriz de cantos y gravas.
Nivel 4: Este nivel ya aparecía en toda la extensión del yacimiento, 20 m 2, y en algunos sectores presentaba intercalaciones del aporte torrencial, principalmente en el sector S-E.
Tenía una potencia de unos 25 cm.
Niveles 5-6: Son dos de los niveles que pudieron diferenciarse a partir del estudio sedimentológico, pero, desde el punto de vista arqueológico era imposible separarlos.
Tenían una potencia entre 10 y 20 cm; ocupaban 8 m 2 y también se concentraban en el sector N-W.
En la zona S-E se unía directamente con el nivel 4 y, dado que tenían la misma composición, era muy difícil diferenciarlos Niveles 8-9: Tenían las mismas características que los niveles 5-6 y una potencia de 76 cm, aunque tan sólo 28 corresponden al nivel arqueológico, el resto estaba formado por arenas de inundación.
A finales de los años 80 se realizó un estudio sedimentológico y se identifican dos nuevos niveles, 10 y 11, estériles desde el punto de vista arqueológico y que llegaban hasta la terraza subyacente del río Montsant, la T1.
Este estudio sedimentológico fue realizado por la Dra.
Bergadà y, a continuación, expondremos un resumen de los resultados (Bergadà 1998).
El sedimento acumulado en el abrigo del Filador proviene de aportes esencialmente fluviales, con una importante intrusión torrencial.
La acción fluvial hace que la matriz aparezca muy bien clasificada, con un predominio de arenas finas y unos estratos prácticamente horizontales; este aporte fluvial se realiza mediante una inundación lenta y por decantación.
Las lutitas se mantienen estables a lo largo de toda la secuencia, y la diferencia la estrablece el grosor de las arenas; éstas son finas en los niveles 5-6 y 8-9, y medianas / gruesas en los niveles 4 y 7.
Las gravas de la terraza fluvial dominan en el nivel más profundo, el 12.
Especial mención merece el nivel T o torrencial.
Se trata de un aporte torrencial procedente del sector sureste del abrigo, del barranco situado justo al lado, que en un momento muy concreto arrastró una gran cantidad de piedras y barro como consecuencia de unas fuertes precipitaciones.
Estas gravas afectaron el abrigo en la parte final del cono de deyección que provocó el derrumbe.
La potencia sedimentaria es muy fuerte en la zona más cercana al mismo, más de un metro, y se pierde hacia el noroeste, a partir del metro 10, de tal manera que los cuadros más alejados permanecen intactos, con una secuencia arqueológica continua.
En este apartado abordaremos los datos culturales extraídos durante el proceso de excavación del yacimiento.
Un minucioso trabajo en extensión nos ha permitido identificar una serie de momentos de ocupación a lo largo de un período de tiempo no excesivamente largo, un milenio.
Dado que la estratigrafía sedimentológica es prácticamente coincidente con la arqueológica, seguiremos las denominaciones ya utilizadas para estos niveles.
Nivel 8-9: Como ya se ha indicado, este nivel, corresponde a la primera utilización del abrigo y, pese a que únicamente los primeros 28 cm pertenecían al nivel arqueológico, hemos realizado una serie de estudios que presentamos a continuación.
La industria lítica es el elemento más característico de esta fase, puesto que prácticamente no tenemos otro tipo de restos como carbones, fauna, etc. La extensión del mismo cubría todo el yacimiento y fueron excavados 26 m 2.
Los resultados de la misma proporcionaron 7.327 elementos, principalmente de sílex.
Este nivel tiene una talla exclusivamente laminar; las piezas se obtienen por percusión directa y con un percutor duro.
Tenemos un predominio del retoque abrupto (73,2%) frente al retoque simple (24,8%) y un pequeño porcentaje de buriles (2%).
Los elementos de dorso son las piezas más abundantes (43% las láminas y 14,4% las puntas).
Estos porcentajes ratifican su adscripción al Epipaleolítico microlaminar mediterráneo de la Península Ibérica (Fig. 5).
También tenemos un grupo importante de piezas de fondo común, entre las que hay que destacar a los raspadores (16,7%) y los denticulados (5,2%) (Fig. 5).
Aunque la composición sedimentológica del nivel nos hacía pensar que no encontraríamos estructuras, conseguimos distinguir unas áreas de acción preferencial.
En el sector este de yacimiento se delimitaron dos estructuras de combustión; se trata de dos grandes zonas rubefactadas, sin delimitación externa.
En este nivel también aparecieron una serie de piedras de aportación antrópica; una de ellas presenta signos de rubefacción y otra tiene forma triangular y se sostiene, en uno de sus extremos, gracias a otra más pequeña en posición vertical.
Ésta nos recuerda la piedra-yunque localizada en el nivel 7 (Bartrolí 1993).
También hemos identificado dos zonas de talla, las dos en el sector NW de abrigo, que han permitido realizar un gran número de remontajes.
A pesar de la poca cantidad de materia orgánica hemos podido conseguir dataciones absolutas en el Laboratorio de la Universidad de Oxford.
Nivel 7: Este nivel, junto con el 4 y el 3, forman el grueso del paquete del Epipaleolítico geométrico mediterráneo.
Este nivel se extiende por toda la superficie del yacimiento, aunque solamente hemos excavado 27 m 2.
Es el más rico de todos, en cuanto a material lí-tico se refiere, puesto que se han coordenado 16.768 elementos arqueológicos, de los cuales 886 piezas están retocadas (un 5,28% del total); comprenden 894 tipos primarios (hay ocho piezas dobles), 96 núcleos y 10 percutores.
El tipo de retoque predominante es el abrupto (82,6%), seguido del retoque simple (12%), una buena representación de los buriles (1,1%) y el resto se lo reparten las piezas sobreelevadas y algún elemento plano.
El componente geométrico es muy importante (11%); estos porcentajes se dan en referencia al número de piezas retocadas.
Dominan los triángulos, con un 7,8%, y los segmentos de círculo, que representan un 3,13% del total de piezas retocadas.
Aparecen los microburiles, con un porcentaje del 29%, que, de hecho, son restos de la talla especializada para obtener los elementos geométricos.
Aunque nos encontramos en un nivel geométrico, los elementos de dorso siempre son muy numerosos, con un 24% (Fig. 6).
Entre el utillaje de fondo común destacan los raspadores (9,85%), los buriles (1,1%) y las truncaduras; vemos que los denticulados han descendido hasta el 1,7%, y seguirán disminuyendo hasta el nivel 2.
Este hecho desmiente la creencia de muchos investigadores de que en este yacimiento existe un importante componente de denticulados que aumenta hasta los niveles superiores.
Este nivel también tiene otro elemento destacable, el conjunto formado por cuatro pulidores de arenisca.
Tres de los ejemplares están muy fragmentados, por lo que es difícil precisar sus medidas completas, pero el cuarto está prácticamente entero.
Este último ejemplar tiene 88 mm de longitud, 38 de anchura máxima, 18 mm de anchura mínima, 25 mm de grosor máximo y 9 mm de grosor mínimo.
Su sección es semicilíndrica, con una de las caras totalmente redondeada y la otra plana.
La cara plana presenta una ranura, paralela a los lados de la pieza, excepto en la parte distal, puesto que estos tienden a converger.
Los otros ejemplares son dos fragmentos distales y uno medial.
Este tipo de pieza está poco representado en la península; únicamente tenemos un ejemplar en la Balma del Gai (Moià, Barcelona) (García-Argüelles et al. 2001), uno en el abrigo de Forcas (Graus, Huesca) (Utrilla y Mazo 1997) y alguno en Portugal (Araujo 1998).
La mayoría se reparten por la zona noroccidental de Europa.
Después de haber realizado un trabajo bastante profundo sobre las características de la mayoría de estos elementos, interpretados como pulidores de los mangos de las flechas, hemos comprobado que las dimensiones de la ranura son las mismas durante el Paleolítico Superior, momento en que aparecen, y en las fases de transición; disminuyen imperceptiblemente durante el Sauveterriense y de forma importante en la etapa posterior, el Tardenoisiense.
Este hecho nos hace pensar que a lo largo de estas fases los mangos de las flechas conservan un tamaño estándar y son las puntas las que se van perfeccionando técnica y tipológicamente.
Del mismo nivel provienen cuatro cantos rodados con restos de pintura roja, todos aparecidos en el mismo cuadro (9D).
Uno de ellos, con unas medidas de 60 mm de longitud, 55 de anchura y 31 de grosor, tiene una franja que rodea todo el perímetro de la pieza; con posterioridad se utilizó como percutor puesto que presenta huellas de piqueteado en sus dos extremos.
Otro de los resultados de la excavación de este nivel es la identificación de una estructura polifuncional.
Esta estructura se distribuye en 7 m 2.
En primer lugar tenemos una zona de talla bien definida, cuyas evidencias se plasman en numerosos remontajes, entre los que cabe destacar un sílex marrón (Munsell Soil color Chart 10YR 5/&).
Se recuperaron 61 elementos y se han podido remontar 27 piezas.
Algunas de esta piezas conservan restos de ocre, principalmente en los talones y en la plataforma de percusión y las zonas laterales y anterior del núcleo.
Creemos que el tallador se protegería la mano con una piel previamente tratada con ocre.
La zona de talla está jerarquizada por tres estructuras, dos de las cuales son hogares; se trata de estructuras circulares de grandes dimensiones, excavadas en el sedimento y no presentan delimitación exterior.
Existe una tercera estructura de combustión que no está asociada a esta estructura polifuncional.
La tercera de las estructuras está formada por dos bloques de piedra colocados de forma intencional para conseguir un pequeño yunque.
Éste último tiene unas medidas muy superiores al ya descrito en el nivel 8-9; en este caso estaba formada por un gran bloque horizontal, de forma irregular, trabado con otra piedra vertical más pequeña que servía para mantener el bloque en posición horizontal sobre la cual se realizarían actividades relacionadas con el proceso de talla.
En el apartado de la cronología, tenemos dos dataciones, que valoraremos a continuación.
La segunda de las muestras, también de carbón, se realizó en Portugal y fue la primera que se hizo en el yacimiento, a mediados de los ochenta, la ICEN-495; el laboratorio ya nos indicaba la escasez de la muestra enviada para su análisis mediante el sistema convencional.
Vemos que las dos fechas casi no se recortan en sus probabilidades máximas a dos sigmas, en sus valores más probables.
El abanico es muy amplio y abarca desde la segunda mitad del décimo milenio hasta la primera del octavo milenio cal BC.
En la zona oriental de la península existen fechas anteriores para el complejo geométrico, concretamente en la Cova del Parco (Lleida), con fechas del décimo / undécimo milenio cal BC, (Fullola et al. 1995(Fullola et al. y 1998) ) y en la Balma de la Margineda, con una fecha del undécimo milenio y otra del noveno milenio cal BC (Guilaine et al. 1988).
Estos hechos rompen con el rígido esquema de Fortea; no hay que concebir necesariamente los complejos microlaminar y geométrico como dos mundos separados, dos compartimentos estancos y de cronología diferente.
Debemos, por lo tanto, aceptar que en los yacimientos catalanes existe una superposición cronológica parcial entre ambos complejos.
Nivel 5-6: Este nivel tenía una extensión bastante reducida, 10 m2 y se localizaba en el sector NW del abrigo.
Tiene una potencia que oscila entre los 10 y los 30 cm.
El hecho de que tenga una extensión muy pequeña nos indica que nos encontramos en un momento de inundación, lo que obliga a sus habitantes a abandonar el asentamiento y a realizar ocupaciones esporádicas, en momentos en que se reduce el área de inundación.
El material arqueológico es principalmente lítico, con algunos restos óseos de difícil identificación.
Muestra de ello es que únicamente se recuperaron 469 piezas, de las cuales 39 están retocadas y engloban 40 tipos primarios (38 monotipos y 1 pieza doble).
No hay núcleos ni percutores.
El tipo de retoque predominante sigue siendo el abrupto con un 82%, seguido del simple, 15% y una escasa representación de buriles.
Entre los geométricos existe un predominio de los segmentos (12,5%) sobre los triángulos (7,5%); son numerosos los microburiles,42,5% y los elementos de dorso tienen un porcentaje apreciable, 15%.
Entre el utillaje de fondo destacan los raspadores, 12,5%, mientras que los denticulados siguen teniendo bajos porcentajes (2,5%).
La fecha que tenemos para el nivel 5-6 se obtuvo en el Laboratorio de la Universidad de Tucson a partir del análisis por AMS.
Nivel 4: Este nivel tiene una potencia media de unos 25 cm y tiene la misma composición sedimentológica que el nivel 7, de tal manera que en el sector sureste, donde no existe el nivel 5-6, éstos se unen y su delimitación se hizo a partir de las cotas de inicio del mismo en el sector noroeste.
Se han excavado 26 m 2; el material es muy abundante, en concreto 6.067 elementos líticos, entre los que siempre predomina el sílex.
Como es habitual en los demás niveles, predomina el retoque abrupto con un 84,9%, seguido del simple, 10%, y del grupo de los buriles, 5%.
En lo que se refiere a los tipos primarios, el porcentaje más elevado se lo lleva el grupo de los microburiles(43,3%), porcentaje muy elevado que no corresponde a los geométricos recuperados, 6,1% para los segmentos y 2% para los triángulos; ello puede deberse a que muchos de los geométricos se perdieron durante su utilización como elementos de proyectil (Fig. 6).
Otro punto a destacar es que las proporciones segmentos / triángulos se han invertido respecto al nivel 7.
Los elementos de dorso siguen siendo también muy numerosos (24,2%) y se utiliza la parte distal de los soportes mencionados anteriormente.
Las piezas de fondo común también tienen porcentajes apreciables; hemos de destacar los buriles (5%), los raspadores (3,3%), las truncaduras (3,3%) y los denticulados, siempre con porcentajes bajos (2,3%).
Antes de abandonar la industria lítica, queremos destacar la existencia de algunas piezas con restos de ocre, posiblemente producto de su utilización; tenemos también una lasca, de unos 3 cm de longitud que tiene una serie de líneas, muy difuminadas, realizadas con un pincel.
Una de las novedades que presenta este nivel es la presencia de industria ósea.
Se trata de un único ejemplar, un punzón de 87 × 12 × 5 mm, realizado sobre un metatarso de pequeño bóvido y de sección ovalada.
También es destacable la presencia de tres pla-quetas de pizarra, recortadas intencionalmente para evitar su exfoliación; presentan grabados muy finos, en cuyo interior se observan restos de ocre.
La plaqueta más compleja y de mayores dimensiones tiene forma trapezoidal y el perfil recortado en doble bisel.
Tiene una longitud de 364 mm, 200 mm de anchura máxima, 100 mm de anchura mínima y un grosor entre 9 y 10 mm. La cara superior o principal presenta un gran número de trazos grabados, horizontales, verticales y en diagonal.
Creemos que podría tratarse de un soporte para cortar materiales blandos como la piel, preparada con ocre, del cual nos quedan sus restos (Fullola et al. 1986).
La segunda plaqueta es de menores dimensiones, 247 mm de longitud, una anchura máxima que oscila entre los 95 y los 100 mm, una anchura mínima de 50 mm y el grosor de 10 mm. Presenta líneas grabadas en las dos caras.
La tercera es de forma circular y los trazos apenas son visibles.
Estas piezas hay que ponerlas en relación con otra encontrada por Salvador Vilaseca durante sus excavaciones; estaba fragmentada en dos y se recuperó en dos campañas diferentes.
En el apartado de estructuras hay que hablar de dos grandes fuegos, denominados así puesto que se trata de grandes acumulaciones de cenizas, carbones y pequeñas piedras quemadas y no presentan ninguna delimitación de piedra.
El primero mide unos 180 cm de diámetro y, desgraciadamente, está incompleto al encontrarse en el corte exterior del yacimiento.
Presenta dos tipos de sedimento: la parte superior es de tierra cenicienta, oscura, con sílex y piedras quemadas; por debajo aparece un sedimento rojizo, fruto de una fuerte combustión.
El segundo es de menores dimensiones, con 80 cm de diámetro, y también incompleto.
Tiene forma troncocónica y una microestratigrafía propia: en los primeros 5 y 10 cm, según los sectores, el sedimento es ceniciento, muy suelto y con abundante material quemado; siguen otros 10 cm de sedimento rojizo, muy afectado por el fuego y muy compacto.
Estos fuegos estaban rellenos con restos de sílex, fragmentos de huesos y centenares de conchas de la especie Cepaea nemoralis.
La parte superior del nivel 4 fue lavada por el aporte torrencial que hemos descrito.
Este nivel torrencial incorporó en su matriz diversos materiales que debían encontrarse en la parte superior: sílex, huesos y un canto pintado con seis líneas rojas, cuatro en la cara superior, una en el borde y otra en la cara inferior, fragmentada e incompleta.
Las dataciones que tenemos del nivel 4 son las siguientes: la primera fue realizada en el laboratorio de C14 de la Universidad de Barcelona, UBAR-284, hecha sobre carbón.
La segunda muestra fue procesada, mediante el sistema AMS, en el laboratorio de la Universidad de Arizona en Tucson, AA-8647, T461; se realizó sobre un fragmento de hueso y dio una datación de 10020±80 BP.
Estas dataciones ya han sido publicadas (García-Argüelles y Nadal 1998) y también nos sitúan el momento de ocupación del nivel 4 del Filador en el mismo abanico entre el décimo y noveno milenio cal BC.
Pensamos que el intenso proceso de habitación de la fase geométrica del Filador se produjo entre estos dos milenios, el décimo y el noveno cal BC.
Nivel 3: Este nivel es una de las novedades estratigráficas importantes respecto a la que fue identificada por S. Vilaseca; creemos que el investigador reusense lo incorporó en el nivel 4.
Se trata de un nivel que únicamente se distingue en el sector NW y sólo pudimos excavar 8 m 2, con una potencia de 15 cm. En este nivel tenemos la transición desde las subyacentes industrias con geométricos hacia los elementos que caracterizarán en nivel 2.
Durante la excavación del mismo se coordenaron 1.360 piezas, prácticamente todas fabricadas en sílex y tan sólo unas pocas sobre pórfido.
De este conjunto, 64 estaban retocadas, lo que representa un 4,7% del total.
Tenemos 68 tipos primarios (60 monotipos y 4 piezas dobles), así como 7 núcleos.
Aunque el retoque abrupto sigue siendo el que predomina (70,6%), se observa un aumento del retoque simple (25%), un cambio morfológico en la tipología de los geométricos y una fuerte bajada del grupo de los microburiles(26,4%).
Dentro del grupo de lo abruptos, los geométricos representan el 8,8% y únicamente tenemos triángulos isósceles.
Los elementos de dorso siguen siendo numerosos, 29,4%.
Los raspadores tienen un 17,6% y los denticulados tienen el porcentaje más alto de todos los niveles, 5,8%.
Aunque la poca extensión del nivel 3 no nos permitió observar estructuras, si hemos podido ver que existe una gran concentración de industria y escasos restos de fauna entre los 40-50 cm de profundidad respecto al nivel 0.
De este nivel no se han podido obtener dataciones absolutas.
Nivel 2: Finalmente tenemos el nivel 2, que se localiza en la mitad NW del yacimiento, entre los metros 6 y 10.
En total se excavaron 11 m 2 y 25 cm de potencia, aunque seguramente el paquete se vio afectado por los agentes erosivos y por el efecto antrópico, puesto que se encontraba sin protección superior cuando iniciamos las excavaciones.
El sedimento era de color gris, producto de una combustión.
Uno de los primeros hechos que nos llamaron la atención fue la existencia de dos grandes cubetas, que serán descritas más adelante, y que alteraban la horizontalidad del yacimiento.
En este momento se ha producido la inflexión de los tipos de retoque, con un predominio del retoque simple (74,6%) sobre el abrupto (3,9%).
En este nivel se observa una producción de lascas de gran tamaño con una forma predeterminada, similar a la descrita para el método de talla Levallois.
La talla se hace por percusión directa con un percutor duro.
Las lascas predominan sobre la talla laminar; tenemos grandes lascas corticales, extraídas de bloques de sílex no conformados anteriormente y que con posterioridad se han retocado o utilizado directamente; otras tienen soportes anchos y cortos, procedentes de superficies de talla ligeramente acondicionadas (Domènech 1998).
Si retomamos el tema de la industria, vemos que predominan los denticulados, con un 36%, principalmente muescas y espinas, las raederas, 26,6% y los raspadores, 13,3%.
El retoque abrupto está muy diversificado y sorprende el alto porcentaje de los buriles, 11,3%.
Entre otros elementos líticos tenemos un canto rodado de cuarcita roja de forma y sección oval, de 61 × 50 × 35 mm, que presentaba señales evidentes de utilización en su cara ventral y distal.
Fue estudiado por Ma Teresa Genís y pudo determinarse que fue usado como percutor en su parte distal, alterando con las marcas de uso la forma primitiva del mismo.
También se apunta su utilización para machacar alguna cosa.
Las marcas de la cara ventral pueden haber sido consecuencia de una esporádica utilización o resultado de su preparación para ser enmangado.
Otros elementos singulares son una cuenta de collar, de 6 mm de diámetro con perforación central, y algunos ejemplares de malacofauna marina perforada, cuya función sería la de servir de elemento de ornamento, como ocurre en los otros niveles (Nadal et al. 1993).
Como novedad tenemos la aparición de la cerámica.
Se trata de 12 fragmentos recuperados en el fondo de una de las cubetas.
Tienen como denominador común el tipo de pasta, basta y con desgrasante grueso, mal cocida y de color negro; en algún fragmento se aprecia una coloración diferente en la parte inferior, rojiza, producida por una rápida cocción.
Todos estos elementos cerámicos proceden de recipientes hechos a mano y no tienen decoración, y algunas presentan un acabado espatulado.
Únicamente dos fragmentos nos permiten aventurar alguna forma: el primero es un labio que parece pertenecer a un bol hemisférico y el segundo es un fragmento con varias perforaciones, cuya funcionalidad puede ser la de suspensión, aunque estas perforaciones son demasiado pequeñas, la de grapar el recipiente para subsanar su ruptura, o bien de colador.
En este nivel se pudo realizar una distribución espacial de las actividades antrópicas: una zona de talla, un hogar y dos zonas de cubetas.
La primera presentaba un mayor numero de restos de talla y unos porcentajes de córtex importantes.
El hogar estaba junto a la segunda cubeta, delimitado por bloques de distinta procedencia, granito, conglomerado y cantos rodados; éstos estaban dispuestos en círculo y en el fondo había dos bloques planos.
El relleno estaba formado por microfragmentos de sílex quemados y cenizas.
Por lo que se refiere a las cubetas, son troncocónicas, colmatadas de cenizas, de sílex y de pequeños fragmentos de hueso.
No hay que descartar la posibilidad de que dichas cubetas fueran excavadas en momentos de cronología más reciente.
El material del nivel 2 es el único sobre el que hemos realizado estudios traceológicos (Adserias 1990).
Se estudiaron un 20% de las piezas del nivel y los resultados se pueden resumir en los siguientes puntos:
El porcentaje de piezas utilizadas es mayor en la zona de talla (34%) que en la zona de cubetas (11%).
Aunque en este nivel existe un predominio de los fragmentos, se documenta una clara preferencia por las lascas (80%) para su uso.
El 87% de las piezas utilizadas son anchas.
Esta preferencia demuestra una cierta especialización del trabajo, que condiciona la técnica de talla.
En lo que se refiere a los filos, existe una preferencia por utilizar la parte lateral derecha y la zona distal.
Algunas piezas que no tienen retoque, pero que morfológicamente tenían un parecido con raspadores y raederas, fueron utilizadas como tales.
Esto demuestra que las piezas usadas no retocadas no fueron elegidas al azar.
M. Adserias llega a la conclusión de que la zona más activa de los útiles es la de talla.
Debió utilizarse este sector de las piezas como zona de talla y área de trabajo.
La preferencia por la utilización de un tipo determinado de pieza nos confirma que la talla estaba orientada según las necesidades funcionales.
Para el nivel 2 tenemos dos dataciones: la primera fue realizada mediante el sistema AMS, en el laboratorio de la Universidad de Arizona en Tucson, AA-13411; se realizó sobre un carbón y dio una datación de 8150±90 BP.
Su calibración es 7601-7518 (94'5%) Estas dataciones, y la reinterpretación estratigráfica de la relación entre las cubetas y el propio nivel 2, nos llevan a replantear la adscripción cronocultural de este nivel.
También nos conduce a esta revisión la progresiva aparición, en otros yacimientos, de conjuntos industriales similares en las mismas cronologías, caso de La Cativera (Vaquero 2004: 311).
A pesar de las dificultades que presenta el yacimiento en la conservación de la materia orgánica, hemos aplicado gran cantidad de analíticas para conocer la evolución paleoecológica del yacimiento.
Ofrecemos, a continuación, un resumen de los resultados obtenidos.
Se hicieron estudios antracológicos del nivel 2 (A. Cebrià) y de los niveles geométricos (M. Ros).
Los pocos fragmentos de carbón recuperados en el nivel 2 han permitido identificar una mayoría de taxones pertenecientes a Pinus sylvestris y un pequeño porcentaje de Populus.
A. Cebrià llega a la conclusión de que la vegetación de este momento era bastante similar a la actual: un bosque de coníferas que se situaría en las faldas de la montaña y por encima del abrigo; y en la zona baja, un bosque de ribera, típico de las zonas con un curso de agua permanente en la vertiente mediterránea.
Los estudios de M. Ros se han centrado en los niveles 4 y 7.
En el nivel 4 se han podido documentar 8 taxones arbóreo-arbustivos: Acer sp, Juniperus sp, Pinus t. sylvestris, Pomoideae, Prunus amygdalus, Prunus, Rhamnus cathartica saxatilis y Salix sp.
El taxón más representados es el pino con más del 46%, seguido del Prunus amygdalus con un 21%.
En el nivel 7 también se han identificado 8 taxones: Acer sp, Betula sp., Juniperus sp, Pinus t. sylvestris, Pomoideae, Prunus sp.
En este nivel el pino también es predominante, con más del 70%, seguido de otra conífera, Juniperus, con un 14%.
El resto de los taxones son angiospermas arbóreo-arbustivas con bajos valores porcentuales.
Las diferencias más notables entre los dos niveles son los desiguales porcentajes de Pinus, la presencia de abedul en el nivel 7 y del almendro en el 4.
Los resultados antracológicos nos muestran que el entorno vegetal de las ocupaciones de estos dos niveles tenía unas características muy similares.
Nos reflejan la evolución de un paisaje en un momento de transición entre los últimos fríos tardiglaciares y la entrada del Holoceno.
Definen un paisaje dominado por las formaciones abiertas, con zonas de pino y Juniperus y otras especies resistentes al frío y a la sequedad.
En las hondonadas, más húmedas podría desarrollarse una vegetación más templada.
El tipo de vegetación evidenciado se corresponde con los paisajes de final de Tardiglaciar -inicios del Holoceno, cuando los bosques-estepas con pino albar, Juniperus y otras especies heliófilas caracterizaban una vegetación con predominio de espacios abiertos, con un clima semiárido frío.
Más concretamente, se enmarcan en el tipo de flora definido por los análisis antracológicos de Cataluña y sudeste francés en el período 12.000-9.000 BP.
En el abrigo del Filador se han realizado dos muestreos polínicos; el primero, en 1981, fue realizado por I. Parra y A. Esteban.
En este primer muestreo se extrajeron 10 muestras de una columna en el corte exterior del sedimento (niveles 2 a 8-9) y 5 muestras de los niveles 4 y 7 de la excavación en extensión.
Únicamente ofrecieron resultados positivos las muestras de los niveles 4 y 7.
Se identificaron 170 palinomorfos que contenían 35 taxones.
El segundo muestreo, hecho por S. Riera en 1990, se centró en el nivel 7, en aquel momento en excavación.
Aquí se identificaron 55 palinomorfos y 14 taxones.
Los taxones del nivel 4 pertenecen a pino ( Pinus sp. y Pinus sylvestris), roble (Quercus sp.), encina (Quercus t ilex), olivo (Olea europaea), olmo (Ulmus sp.) tilo (Tilia sp.), castaño (Castanea sp.), abeto (Abies sp.), abedul (Betula sp.), avellano (Corylus sp.), y gran cantidad de especies no arbóreas.
En el nivel 7 también predomina el pino (Pinus sp.), roble (Quercus sp.), encina (Quercus t ilex), enebro (Juniperus) y Ericaceae y Phillyrea.
También tenemos taxones de árboles que crecen en lugares próximos a los cursos de agua (avellano y sauce).
El polen no arbóreo, claramente dominante, está representado por Poaceae y Asteraceae tiubiflorae.
Las diferencias que se aprecian entre los dos niveles son principalmente una reducción de polen arbóreo en el nivel 4.
Se reducen los valores de pino y aumentan las especies termófilas (Olea, Phillyrea) y mesófilas (Ulmus, Tilia, Abies, Betula).
Entre los taxones no arbóreos aumentan las Poaceae y se reduce Asteraceae tubiliflorae.
Como en los otros análisis paleovegetales se nos muestra un paisaje abierto.
Los resultados del análisis fitolitológico proceden de las muestras tomadas en el yacimiento por J. Juan durante diferentes campañas.
Las primeras son del año 1990, y corresponden a la misma columna utilizada para el estudio polínico; otras corresponden al año 1985 de los niveles 4, principalmente de las estructuras de combustión, y 7; finalmente también se estudiaron sedimentos del nivel 2.
En los análisis fitolitológicos se identificaron cinco taxones arbóreo-arbustivos: pino (Pinus sp.), enebro (Juniperus sp.), almendro (Prunus amygdalus), endrino (Prunus spinosa) y boj (Buxus sempervirens).
También se identificaron fitolitos de procedencia no arbórea como Cyperaceae y Poaceae.
Dentro de este grupo se distinguió molinia (Molinia caerulea), cañizo (Phragmites communis), y Agrostis sp. y Stipa sp.
Los resultados obtenidos en el estrato 7 nos documentan la presencia de Pinus sp. y Juniperus sp..
Estos datos nos muestran una vegetación de tipo abierto.
En el nivel 4 el pino sigue siendo dominante junto con Juniperus sp., Prunus amygdalus y Prunus spinosa.
Este resultado se puede interpretar como un período de reforestación gradual que conllevaría la coexistencia de espacios abiertos y bosques.
En el nivel 2 disminuyen considerablemente las especies arbóreas, mientras que las comunidades poáceas son importantes, principalmente especies de agua dulce, propias de aguas tranquilas; entre ellas destaca el cañizo, que es un indicador de aguas remansadas o de fluir lento, junto con la molinia.
En cuanto a los recursos vegetales, en el nivel 2 se han detectado dos especies caracterizadas por tener rizomas comestibles: Phragmites communis y Agrostis sp.
Los restos faunísticos del yacimiento son escasos, excepto en el nivel 7.
En el nivel 2 se recuperaron 148 restos, entre los cuales, en su momento, M. Millán identificó la presencia de ovicaprinos, Bos taurus (toro), Oryctolagus cuniculus (conejo) y Sus scrofa (jabalí); también tenemos algún carnívoro (Vulpes vulpes), aves (Pernis aviporus) y microfauna.
Tras la revisión de este nivel, posiblemente dicho listado faunístico pueda variar, como ya sucedió en el reestudio de los materiales del nivel 4.
El nivel 3 tiene una débil representación faunística y del nivel 4 se han revisado los resultados publicados anteriormente.
El número de restos estudiados asciende a más de 70, aunque los individuos identificados son muy pocos.
A. Morales, catedrático de Biología animal de la Universidad Autónoma de Madrid confirmó la imposibilidad de identificar animales domésticos, tal como se había apuntado en trabajos anteriores (García-Argüelles et al. 1992), hoy ya corregidos (García-Argüelles et al. 1999, p.ej.).
Solamente se ha podido confirmar la presencia de Capra pyrenaica y Oryctolagus cuniculus.
A partir del nivel 7 el estudio de los restos faunísticos fue asumido por uno de nosotros (J.N.).
Se recuperaron 538 elementos, de los cuales tan sólo el 20,63% se ha podido determinar taxonómicamente.
La especies identificadas corresponden a cabra salvaje (Capra pyrenaica ) con 57 restos, conejo (Oryctolagus cuniculus ) con 41 restos, y ciervo (Cervus elaphus) con 13 restos.
Se ha realizado el cálculo del número mínimo de individuos; así tenemos 6 individuos de cabra salvaje, 1 de más de 13 meses, dos de 25 y dos de más de 25 meses, mientras que el sexto tiene una edad indeterminada.
Estas edades nos muestran una explotación de animales jóvenes, principalmente entre los dos primeros años de vida.
Si tenemos en cuenta la época de parto de las cabras salvajes actuales, primavera, podemos inferir que los animales de esta especie se cazaron a finales de primavera o en verano.
De ciervo tenemos 2 individuos, uno adulto y otro joven, y del conejo tenemos representados 5 individuos.
Hemos realizado un estudio a partir de la distribución anatómica, la localización en el espacio y el número de piezas termoalteradas.
La conclusión es que nos encontramos ante un hecho de origen esencialmente antrópico y que podemos explicar por dos tipos de comportamiento típico de ciertos grupos de cazadores-recolectores.
El primero sería la llegada de los animales enteros al yacimiento; el segundo, la existencia de una zona, dentro del mismo, dedicada a las funciones de descuartizamiento de aquéllos.
El hecho de que los animales lleguen enteros al yacimiento también puede indicarnos unas estrategias de caza que se realizan en zonas próximas al yacimiento.
La presencia de montañas y bosque hace posible que esta especie se encontrase en las proximidades del asentamiento (2).
Este estudio se centra en los restos procedentes de los niveles 4 y 7.
Tenemos dos grandes conjuntos; por un lado nos encontramos con una gran cantidad de restos de aportación natural que contribuyen a reafirmar el tipo de paisaje que nos han desvelado los estudios paleoecológicos, es decir, paisaje abierto, seco, herbáceo y calcáreo (J. Watson, com.pers.)
Los taxones identificados más importantes son: Xeroplexa cf monistrolensis Xeroplexa (otras especies) Jaminia quadridens Testacella cf haliotidea Pomatias elegans Abida Cecilioides acicula Vallonia costata Truncatellina Tenemos un segundo conjunto de aportación antrópica que corresponde mayoritariamente a Cepaea nemoralis.
Éstas son muy abundantes en el nivel 4 y en el nivel 7.
En el primer caso predominan los individuos con 5 bandas, con un diámetro máximo de 27,73 mm de media y una altura de 19,91 mm. En el nivel 7 también predominan los ejemplares con 5 bandas, aunque existe un mayor polimorfismo en el conjunto y las medidas también son muy similares a las anteriores: 25,97 mm de diámetro y 20,19 mm de altura.
Este sería el único taxón que habría intervenido en la alimentación humana.
Si tenemos en cuenta las interpretaciones sobre el polimorfismo de Cepaea, nos encontraríamos ante un paisaje boscoso o con una cierta cobertura vegetal.
Se trata principalmente de un conjunto, procedente también de los niveles 4 y 7, estudiados por A. Estrada, que tiene funciones decorativas.
Los taxones representados son:
Theodoxus fluviatilis (2 restos) Pecten jacobaeus (3 restos) Acanthocardia tuberculata (1 resto) Dentalium vulgare (13 restos) Los fragmentos de pecten se encontraron muy próximos y es posible que se trate de un único ejemplar.
Los restos de univalvos son los únicos que tienen trazas de manipulación antrópica (como elementos de decoración, perforaciones), mientras que los bivalvos no presentan ninguna modificación técnica.
Podría tratarse de piezas que tienen una función utilitaria o un valor per se.
Tanto Theodoxus fluviatilis como Dentalium vulgare aparecen manchados de colorante rojo.
A partir de todos los datos que hemos ido ofreciendo podemos extraer una serie de conclusiones.
En primer lugar, el yacimiento del Filador es uno de los pocos asentamientos en los que pueden observarse sucesivamente los complejos epipaleolíticos descritos por J. Fortea: microlaminar y geométrico.
Dentro del contexto nororiental peninsular ello sólo vuelve a manifestarse en los yacimientos de la Cova del Parco y de la Balma de la Margineda (García Argüelles 1994b y García Argüelles et al. 1990).
Por lo tanto, es sobre este tipo de yacimientos, de registro continuo, que debemos trabajar fundamentalmente para entender los procesos de evolución del Epipaleolítico en esta zona.
Los yacimientos con un único nivel o con diferentes niveles correspondientes a un único tecnocomplejo no pueden sino corroborar o desmentir, con las dataciones que proporcionan, lo que deduzcamos del abrigo del Filador y de los otros dos yacimientos citados.
En cualquier caso, la incorporación de las dataciones radiocarbónicas ha permitido establecer una cronología absoluta para el proceso de transformación tecnológico / cultural propuesto por Fortea.
Al respecto, la ordenación de las dataciones del Epipaleolítico catalán según complejos culturales y cronología nos parece muy reveladora.
En este sentido debemos decir que, para las interpretaciones que seguidamente expondremos, hemos trabajado con el número absoluto de dataciones obtenidas para cada momento, independientemente de su procedencia o del número de yacimientos que éstas representen y que se pueden ver en el cuadro adjunto (Tab.
A partir de los datos que hemos expuesto para el Filador y de su contrastación con las dataciones absolutas proponemos:
-El final de la cultura magdaleniense se "funde" cronológicamente con el complejo microlaminar y hace difícil distinguir a través del registro la identidad tecnológica de algunos niveles o yaci-mientos.
Algunos asentamientos son atribuidos al Magdaleniense o al Epipaleolítico Microlaminar según sean los criterios subjetivos de los investigadores, debido a la poca definición de las industrias recuperadas y a la vaguedad de su cronología.
Ello, en principio, no afecta al registro del Filador en sí mismo, pero necesariamente deberá tratarse en un futuro para establecer la relación de este yacimiento con otros geográficamente muy próximos y con cronologías inmediatamente anteriores o incluso contemporáneas (el abrigo de Els Colls o el de l'Hort de la Boquera, por ejemplo).
-Por otra parte, e insistiendo en la idea que los yacimientos microlaminares más antiguos difícilmente pueden distinguirse de los del Paleolítico Superior final, el tecnocomplejo microlaminar se desarrollaría plenamente (con posibles enraizamientos anteriores) en el XII milenio BP y llegaría a su floruit en el XI milenio BP (según el número de dataciones absolutas, insistimos) para languidecer a lo largo del X milenio BP, fase en la que ya se sitúan pocas dataciones.
-El paso del complejo microlaminar al geométrico no debe entenderse como una ruptura, puesto que la aparición de los elementos geométricos no significa la desaparición del componente microlaminar.
Al contrario, vemos que los elementos de dorso siguen siendo muy importantes ( 24% en el nivel 7 y 24,2% en el nivel 4).
Y es que, de hecho, según el cuadro de dataciones, el complejo geométrico nace en el mismo momento de máxima expansión del microlaminar, en el XI milenio BP.
Podríamos pensar que la innovación tecnológica que supone la aparición del geometrismo epipaleolítico se utilizaría al principio en ciertas ocasiones, en ciertas circunstancias o para realizar funciones concretas, mientras que para otras se preferiría seguir con los elementos de dorso del microlaminar.
Finalmente, la presencia del componente geométrico acaba superponiéndose, y por lo tanto substituyendo, a los yacimientos microlaminares sin elementos geométricos, en el momento de máxima expansión de la facies Filador -tecnológicamente sauveterroide-, en el X milenio BP.
Ésta, a su vez, se presenta en algunos yacimientos, con una frecuencia mucho menor, hasta el IX milenio BP.
-Dentro del mundo sauveterriense, por lo que respecta a la ocupación de Filador y de los datos de nuestras nuevas intervenciones, debemos rebatir la afirmación realizada por otros autores sobre el alto porcentaje de denticulados en todos los niveles.
Esta aseveración únicamente se cumple en el nivel 2, mientras que en los niveles geométricos no se mantiene en absoluto.
No creemos que estas cifras sirvan para hablar de un alto porcentaje de denticulados.
Por lo tanto, el yacimiento del Filador, en sus niveles sauveterroides, no se puede utilizar para referirse a la nueva facies de muescas y denticulados, situada entre el microlaminar y el geométrico, que otros investigadores han localizado en la cuenca del Ebro, en yacimientos como Forcas (Utrilla y Mazo 1997), Los Baños (Utrilla y Rodanés 2004) o Mendandia, Atxose, Peña 14, El Ángel y otros (Alday 2002).
-Finalmente, el yacimiento del Filador no cuenta con la última facies del epipaleolítico geométrico de la clasificación de Fortea (facies Cocina), caracterizada por la presencia de trapecios y la desaparición de la técnica del microburil.
De todos modos, esta facies solo estaría representada en el NE peninsular por los yacimientos del valle del Ebro (Pontet, Botiquería, Forcas..) y posiblemente por la Balma de la Margineda (nivel 4); en este último caso parecen encontrarse asociadas industrias tardenoides a otras de tipo macrolítico (Martzluff 1995, vol.3: 249-251), que pueden ponerse en relación con el grupo que trataremos a continuación.
La adscripción cronológica de esta facies, según las dataciones, se centraría en el VIII milenio (Utrilla y Rodanés 2004: 100).
-Por el contrario, ante la escasez de datos para la facies de trapecios en Cataluña, se consolida la presencia de unos tecnocomplejos que no habían podido ser adscritos a la tipología establecida por Fortea, por lo que, sin otro tipo de connotación, algunas veces han sido citados como yacimientos con industrias "atípicas".
En todo caso, y con un registro cada vez más numeroso, este grupo se consolida como el modelo cultural para el IX milenio BP, lo que podría explicar la falta de yacimientos con trapecios.
Dichos yacimientos alargan, en muy pocas ocasiones, su cronología hasta el VIII milenio BP.
En cualquier caso, por el momento, no parece que se reproduzca la evolución detectada en Aragón y el alto Valle del Ebro: Epipaleolítico microlaminar, Mesolítico de muescas y denticulados y Mesolítico geométrico con trapecios (Utrilla 2002).
Sin embargo, otros autores vienen a confirmar, en publicaciones recientes, nuestra propuesta (Vaquero 2004: 312-313).
Por desgracia, en el Filador falta, como queda muy claro en lo expuesto hasta aquí, la última facies que podría aclarar la transición hacia el Neolítico.
La zona meridional catalana sigue teniendo un vacío, hecho que remarcan Juan-Cabanilles y Martí (2002), a pesar de que en las zonas pirenaicas ya tenemos novedades importantes ( Petit et al. 1996; Pallarès et al. 1997).
El modelo tecnológico y económico que observamos en el Filador tuvo éxito en la zona durante poco más de tres milenios.
Después, tenemos un hiatus cronológico y cultural hasta la llegada del Neolítico.
Otros yacimientos de la zona como el Auferí (Adserias et al. 1996) o l'Hort de la Boquera corroboran este desarrollo coherente y una ocupación del territorio, del valle del Montsant, que conduce a una explotación racional de los recursos bióticos y abióticos en una de las pocas zonas donde se han podido realizar estos estudios de distribución espacial en un área limitada geográficamente. |
sido tradicionalmente estudiada en su dimensión tipológica y, en consecuencia, divorciada de la dinámica cultural que la produjo.
Este trabajo, que tiene su marco geográfico en el Valle del Amblés (Avila), considera las manifestaciones zoomorfas como el exponente de un valor productivo -la ganadería-; y, mediante el análisis de su distribución espacial, propone la hipótesis de considerarlas hitos o delimitadores de recursos críticos -pastos-, cuya explotación sería organizada por las élites de las comunidades de la II Edad del Hierro que poblaban el valle.
La incapacidad de generar nuevas expectativas en el estudio de la escultura zoomorfa de la Segunda Edad del Hierro de la Meseta Occidental, impropiamente denominada «Cultura de los n Becario del Opto. de Prehistoria de la Universidad Complutense de Madrid.
(1) Este artículo es una versión reducida del Trabajo de Investigación Los.verracoSll del Valle del Amblés (Avila): del análisis espacial a la interpretación socio-económica leído en el Opto. de Prehistoria de la Universidad Complutense en junio de 1989, bajo la dirección del Dr. O. G. Ruiz Zapatero.
• verracos,.. subyace en la percepcJOn unidimensional a través de la cual los investigadores han pretendido dar una explicación y un significado a dichas manifestaciones.
La obtención de información. apoyada en criterios fundamentalmente estilísticos. poco nuevo añadía a lo que sobre estas representaciones ya se sabía desde hace una centuria (Arias.
1986: 152). si bien hay que valorar especialmente lo que ha representado en cuanto a la formación de una base de datos. que entre otras cosas permite el análisis que aquí se presenta.
Las páginas que siguen pretenden ser una primera aproximación al problema que suscita la interpretación de este fenómeno cultural. contemplada desde una perspectiva espacial y medioambiental lo más amplia posible.
Por lo tanto. no insistiremos en uno de los aspectos más comúnmente planteados por la investigación. y centrado en la valoración taxonómica de estas manifestaciones (Martín Valls.
Del mismo modo. intentaremos superar discusiones previas sobre el valor estilístico de las piezas o sobre la supuesta incapacidad del artista en cuestión.
El establecimiento de normas sobre lo que es correcto o no, podría ser muy bien diferente en la sociedad que genera estas esculturas.
Entendiendo las manifestaciones zoomorfas como el exponente de un valor productivo -la ganaderia-determinante en la caracterización del modo de vida y desarrollo de las comunidades que las crearon. hemos preferido subrayar el análisis de los aspectos subsistenciales de la economía. como uno de los elementos clave en la interpretación del significado que subyace en estas representaciones.
Sin embargo. una aproximación en términos exclusivamente economicistas se mostraría también insuficiente al omitir la dimensión simbólica o ideológica que define toda manifestación cultural (Kristiansen.
La investigación tradicional. centrada en explicar la función material de doros y verracos,.. discrimina el componente ideológico que encierran tales manifestaciones.
Si asumimos que la funcionalidad que se asigna a la pieza obedece a la necesidad humana de satisfacer un determinado requisito -ya sea delimitar una vía por la que transcurre el ganado (Paredes Guillén.
De este modo, si una pieza se asocia a un enterramiento el significado funerario es obvio.
Representan, pues, la solución a un problema práctico en función de unos condicionantes ambientales, sociales o económicos determinados.
Ahora bien, dichas manifestaciones también son diseñadas con vistas a constituirse en un símbolo o expresión visual. tanto por parte de la sociedad que las crea, como por sus descendientes.
En términos estrictamente económicos diríamos, en este caso, que las piezas erigidas carecen de función práctica pues representan una producción superflua (Selinge, 1987: 34).
Por tanto, el problema surge desde el momento en que el rol funcional no es directamente asociable al rol cultural, pues el componente ideológico que subyace en tales piezas carece de una justificación o explicación inmediata.
Al plantear el tema de «toros y verracos» desde esta perspectiva, lo que pretendo es señalar el problema de las relaciones entre las estructuras sociales invisibles de las sociedades prehistóricas y sus restos materiales visibles, en ningún caso reducibles a su contenido empírico (Biriford, 1981).
Sin embargo, la falta de precedentes teórico-metodológicos en nuestra investigación supone un hándicap a la hora de abordar en la práctica las sugerencias hasta aquí señaladas.
De ello se infiere la dificultad de delimitar, en el marco de una estructura tribal, la relación que existe entre la escultura
(2) FJ papel de la ideología en la interpretación de la realidad social ha sido objeto de notables discusiones en esta última década (Spriggs. \984: 4), criticándose la posición tradicionalmente aceptada de que la ideología está determinada por la economía más que co-e~tiendo en íntima relación recíproca.
En este sentido, Kristiansen (\984: 77) expone interesantes reflexiones sobre el rol jugado por la ideología en las sociedades prehistóricas.
Asume, a juicio del autor. un activo papel al ser usada por cualquier entidad social con vistas a legitimar su poder.
Todo ello se expresa mediante símbolos, normas y rituales. zoomorfa y la sociedad que la contempla.
Por tanto, discutir sobre el origen y el significado de estas manifestaciones plantea un interrogante previo: ¿Qué representan en la sociedad que las crea?
El zoomorfo es, ante todo, la expresión tangible de una construcción cultural y, por tanto, mental.
Es, además, una manifestación pública, diseñada para ser vista (3).
El estudio de la escultura implica, en consecuencia, no sólo un problema de funcionalidad, ¿para qué sirven?, sino de significado, ¿qué simbolizan?
En otras palabras, la estrategia de análisis se inserta en un doble marco reciproco (Fig. 1):
A) La escultura zoomorfa como manifestación material• La representación naturalista de un bóvido o suido tiene, en última instancia, un sentido funcional.
Naturalmente el significado queda determinado, en este caso, por su función más inmediata (objeto de ~(cuItO», estela funeraria, etc.).
La investigación tradicional ha centrado su marco de actuación en este apartado.
B) La escultura zoomorfa como manifestación cultural (simbólica): Representación de un animal que pasa por constituirse en la expresión ideológica de un recurso subsistencial: el valor del ganado como factor productivo.
La evidencia material de la que disponemos, ofrece escasos datos en la consecución de una determinada teoria sobre el carácter simbólico de estas piezas.
Sin embargo, la importancia de los sistemas ganaderos en la región que nos ocupa, y su inevitable asociación a las manifestaciones materiales objeto de estudio, plantea vías sugerentes.
Un aspecto menospreciado en este ámbito, por otro lado típico del descuido de los aspectos económicos de la Prehistoria Peninsular (Gilman y Thornes, 1985), ha sido el medio ambiente dentro del cual las comunidades prehistóricas tuvieron que desarrollar sus vidas.
En este sentido, la valoración del paisaje contribuirá notablemente a esclarecer el significado contextual que encierran estas manifestaciones.
(3) Sobre la importancia de la comunicación visual en las sociedades prehistóricas (referido fundamentalmente a manifestaciones de índole artística) ver Megaw (1985: 177).
El presente trabajo centra su ámbito de actuación en el Valle del Amblés (Avila), en primer lugar por la unidad geográfico-cultural que éste ofrece, y que considero clave en cuanto a las posibilidades de extraer patrones de comportamiento, de acuerdo con la estrategia regional adoptada (4).
En segundo lugar, por el número de piezas que se documentan en este marco, cuya valoración en ténninos cuantitativos, es lo suficientemente relevante con respecto a la población total de «toros y verracos» conocida (Figs.
El reciente catálogo de P. Arias, M. López y J. Sánchez (1986) recoge para esta provincia un total de 120 esculturas -aproximadamente la mitad de las piezas documentadas en la Península-a las que se añaden otras 11 conocidas a través de algunas reseñas bibliográficas, que transcriben noticias orales.
(4) El problema es sólo cuestión de escala.
En un análisis regional la alteración o desaparición de la evidencia puede destruir pequeños grupos o modelos de comportamiento espacial, pero en ningún caso cambiará la estructura básica o patrón general del contexto analizado (Lundmark, 1984: 60 Sin embargo, la desaparición de un número indeterminado de estas piezas tanto en el pasado como en el presente, el traslado del que han sido objeto y el hecho de desconocer en bastantes casos su ubicación original, incide directamente en la representatividad de los datos manejados (5).
Nuestro análisis se reduce al de las piezas cuya procedencia original, se conserve o no el ejemplar, es conocida, rechazando por tanto el resto de la población al considerarla inadecuada a efectos de interpretación.
Conocemos la procedencia original de 87 piezas -clasificadas mayoritariamente como bóvidos-lo que supone un 6696 con respecto al total de «toros y verracos» de la provincia de Avila (Fig. 4).
De estos la mayor parte, 69 concretamente, se localizan en el Valle del Amblés (6).
(5) El problema de los procesos de formación arqueológicos (Schiffer.
1985) se r~fiere. en el ámbito que nos ocupa. al tiempo subsiguiente a la creación de las manifestaciones zoomorfas y en relación al papel Jugado por los procesos naturales y antrópicos desde el momento en que las piezas fueron esculpidas hasta que son halladas.
Vamos a estudiar, en primer lugar, la distribución de la escultura zoomorfa atendiendo a las caracteristicas geológicas y edafológicas que la rodean.
La asociación de estas piezas a los sistemas ganaderos y la relación subsistencial de estos últimos con determinados usos del suelo, constatan el Valle del Amblés: muestra de análisis con respecto al cómputo total de piezas adscritas a la zona estudiada.
(6) De los 69 ejemplares estudiados, 4 son conocidos por informaciones orales.
Este trabajo contempla tales piezas sólo en términos de distribución espacial con vistas a confirmar o esclarecer un posible patrón locacional aplicable a la muestra objeto de estudio.
Así, para ciertas categorias de análisis, que exigen una mayor exactitud topográfica en la ubicación de la escultura zoomorfa, se omite su uso.
El marco geográfico (Fig. 7) presenta varias zonas claramente delimitadas.
En el centro, la Fosa del Valle del Amblés, vía natural de comunicaciones a lo largo de la cual discurre el rio Adaja en"ajado entre alineaciones montañosas que la bordean por el Norte y por el Sur.
Al Norte, las Sierras de Avila y Villanueva, con una altitud media de 1.600 m.; al Sur, las Sierras de la Serrota y la Paramera, bloques montañosos de amplias superficies de erosión con altitudes oscilantes entre los 1.600 y los 2.200 m.
Finalmente, la estribaciones de la Serrota y la Sierra de Villanueva por un lado, y de las el~vaciones montañosas de Ojos Albos por otro, cierran el Valle en sus extremos occidental y oriental respectivamente.
La mayor parte de nuestro marco geográfico está formado por rocas plutónicas y metamórficas, siendo por tanto los granitos las rocas dominantes.
Sólo en la depresión central del Amblés así como en el borde septentrional se encuentran formaciones terciarias de cierta importancia (Fig. 8).
La gama de suelos que encontramos se resume fundamentalmente en dos tipos, Tierras Pardas Meridionales y Tierras Pardas Húmedas (Conde et alii, 1966).
Salvo muy reducidas extensiones estos suelos no son mecanizables para aprovechamiento agricola.
Sus propiedades fisico-químicas y su escaso nivel de fertilidad los convierten en inapropiados para los cultivos, pues los rendimientos serian ínfimos.
Se destinan fundamentalmente a pastos y arbolado.
En cuanto a los suelos desarrollados sobre los sedimentos terciarios y cuaternarios, si bien la extensión que ocupan es inferior con respecto al otro dominio, su importancia actual es extraordinaria al constituir la fuente básica de explotación agricola.
Consideramos dos tipos principales: Tierras Pardas Degradadas y Suelos Aluviales.
Se trata de suelos profundos, pobres en humus y alta retención de humedad.
Su vocación es el cultivo del cereal y geográficamente constituyen la vega del Adaja.
Desde el punto de vista de las posibilidades de aprovechamiento no cabe duda que la mayor parte de las esculturas zoomorfas se asocia a áreas susceptibles de aprovechamiento ganadero (Fig. 9).
Una parte importante de la muestra, el 8496, se ubica preferentemente en las Tierras Pardas Meridionales, proporción que aumenta al añadir los cinco ejemplares asociados a las Tierras Pardas Húmedas.
De este modo se concluye inicialmente que la inmensa mayoria de la población analizada (91.396) responde a suelos de vocación ganadera (Fig. 10).
Desde una óptica espacial, referida estrictamente a las piezas emplazadas a lo largo del Valle. se observa un comportamiento locacional semejante. tendente a situar los zoomorfos en áreas que podemos definir como transicionales.
Es decir. los ejemplares asociados a terrenos ganaderos se ubican muy cerca de los suelos de vocación agricola y a la inversa.
Ahora bien. lo que resulta relevante. en lo que se refiere a las condiciones de emplazamiento de las piezas zoomorfas. es el uso 4<real,. que se da a estos suelos al reflejar su potencialidad en base a factores no estrictamente edafológicos sino fundamentalmente climáticos. topográficos y. por supuesto, antrópicos.
El sistema que mejor nos pennite valorar el espacio agrario descansa. por tanto. en el análisis sistemático de la ubicación de la escultura zoomorfa con respecto a los usos potenciales de los suelos a los que se asocia.
No se trata de adoptar. con todo rigor. un análisis de captación económica. primero porque nuestra entidad de análisis no es el hábitat, y. en segundo lugar. porque no representa un intento de aplicar un modelo de costos menores a la geografía arqueológica (Gilman y Thomes.
4<identifican las actividades productivas sitas en tales emplazamientos.
Ahora bien, al intentar realizar la calificación de recursos potenciales no cabe duda que el principal problema es el cambio producido a lo largo del tiempo en el medio físico.
El uso agricola y ganadero que hóy vemos es el producto de una serie de transfonnaciones históricas y es sólo el reflejo del que pudo existir en la época que nos interesa.
Siendo conscientes de la imposibilidad material de atajar el problema desde una reconstrucción paleoambiental del valle del Amblés. señalaremos, brevemente. tres aspectos: 1) La transformación del suelo.
Si admitimos unas condiciones climatológicas no muy diferentes a las actuales (Margalef, 1956), las propiedades químicas y mineralógicas de los suelos poco han debido cambiar.
Teóricamente, dejando constantes ciertos factores de estado, clima y topografía fundamentalmente, el estudio actual de los suelos adquiere una relativa utilidad histórica extensible al pasado (Nikiforoff, 1953; Buol, Hole y Mc.Cracken, 1973).
2) Evolución del mapa de cultivos.
El paisaje se vio fuertemente afectado a raíz de la expansión que conoce la Mesta en los siglos XIV y XV, Y que derivó en la reconversión de las tierras de cultivo en pastizales.
Naturalmente tales tendencias contribuirian en principio a falsear toda reconstrucción inocente del uso del suelo.
Sin embargo el coste que suponía mantener pastos permanentes en zonas aptas para el cultivo fue la causa de que S6 incrementaran las roturaciones a partir del siglo XVI (Anes, 1984: 4), con lo que se vuelve así a la situación anterior.
En cualquier caso, poco afectaron los cambios al Valle del Amblés al quedar el mapa de cultivos y aprovechamientos de la provincia de Avila prácticamente configurado en los siglos XlI y XIII.
En efecto, la distribución de especies ganaderas y cultivos documentados en ese momento se repiten prácticamente en las respuestas dadas por los campesinos a los interrogatorios que se les hicieron, en virtud del Decreto de Fernando VI de 1749 y ordenados por el Marqués de la Ensenada, sobre el problema de las contribuciones (VV.
La verdad es que doscientos años más tarde sólo el avance de la deforestación diferenciaba el paisaje, con formas de vida muchas veces prácticamente idénticas.
3) Modernización de la agricultura.
Para el marco que a nosotros nos interesa, el Valle del Amblés, el minifundismo tradicional y lo accidentado del terreno imponen costes prohibitivos a la utilización de la maquinaria y la consiguiente transformación del paisaje.
No parece aventurado concluir que la explotación agrícola y ganadera de esta zona ha permanecido bajo u~as condiciones tecnológica y socialmente arcaicas.
De este modo, y a falta de una reconstrucción positiva del paisaje, nuestro método presupone que la distribución actual de los usos potenciales asociados a los ejemplares zoomorfos permite inferir, de un fonna aproximada, la distribución de tales usos en el momento en que dichas piezas fueron erigidas.
Método y muestra de análisis (7)
Valoramos la distribución de los usos potenciales en dos entidades básicas: «Labor» (incluye terrenos en régimen de explotación intensiva y extensiva así como cultivos herbáceos) y «Pasto» (asociado a prados naturales, matorral. pastizal y arbolado de encina); o, lo que es lo mismo, áreas susceptibles de aprovechamiento agricola y ganadero.
Hemos considerado un área de 500 m. de radio en tomo a los puntos en donde se localizan los ejemplares zoomorfos.
Se trata de una medida arbitraria con la que se persigue un doble objetivo: por un lado, delimitar un área con vistas a analizar su uso potencial.
Ya hemos dicho que nuestra estrategia no obedece estrictamente a un análisis de explotación del territorio pues no responde a la filosofía básica que lo detenta.
Un módulo concéntrico mayor incumbe además connotaciones económicas en términos de costoltiempo no asumibles por nuestra parte.
Por otro lado, y aun cuando las referencias geográficas sobre las piezas estudiadas no ofrecían a priori dificultad alguna, la falta de exactitud en términos absolutos al desconocer las coordenadas precisas de los hallazgos, exigian un margen de error espacial en su localización.
Procedimos entonces al análisis exhaustivo de los usos potenciales asociados a la escultura zoomorfa mediante el uso de un planímetro digital con vistas a evaluar las distintas superficies.
Los diagramas de la Fig. 11 resumen porcentualmente la asociación de las piezas zoomorfas a los dominios principales (8).
Resumiendo las distintas categorías en las dos entidades básicas que aducíamos, observamos que más del 9096 de las representaciones zoomorfas se asocia mayoritariamente a áreas susceptibles de explotación ganadera.
Naturalmente cada una de las superficies medidas podía incluir más de un uso.
Sin embargo, exceptuando un ejemplar cuyo módulo radial se asociaba a terreno de pasto en un 5596, el correspondiente al resto de los ejemplares identificados con áreas ganaderas presentaba un uso dominante entre el 68% Y el 10096 de la superficie explotada, ya fuese prado, pastizal o entidad similar (Fig. 12).
(7) La evaluación del ~o de la tierra se ha realizado tomando como base los mapas de cultivos y aprovechamientos a escala 1:50.000 correspondientes a nuestro marco de análisis (hojas 50S, 506, 530 Y 531 del Mapa Topográfico Nacional).
(8) La exhaustividad del análisis recomienda la exclusión de las piezas procedentes de informaciones orales.
Las conclusiones que se puedan derivar del análisis de los usos potenciales asociados a las representaciones zoomorfas, no derivan del contenido intrínseco de los datos sino de los contrastes que se aprecian entre ellos.
Naturalmente una pieza cuyo módulo descrito se asocie en un 7596 a pasto no nos dice nada de su situación real en el pasado.
Ahora bien, evaluando los datos en términos globales podemos observar cómo la práctica mayoría de la muestra analizada se «identifica», en mayor o menor intensidad, con terrenos de pasto.
No sabremos el porcentaje real de pasto asociado a cada pieza, pero lo que sí podemos valorar es que hay una tendencia clara a ubicar la escultura zoomorfa en áreas de explotación ganaqera.
Si resulta además que una parte importante de la población estimada se localiza en pastos de alto aprovechamiento (la calidad de los pastizales y prados naturales no pueden compararse en ningún caso con las de arbolado o matorral), esta asociación con zonas de explotación «preferentes» suscita nuevos planteamientos.
Volveremos sobre ello al considerar la importancia de otros atributos en la estrategia de ubicación.
Asimismo, el análisis de las distintas superficies sobre las que se sitúan las piezas confirma las expectativas que recogíamos en el apartado edafológíco, no sólo en términos de identidad económica (zonas de explotación ganadera) sino locacional.
Resulta axiomático que las representaciones zoomorfas se vinculen no sólo a las zonas dedicadas a pastos y masas forestales sino que además se emplacen muy cerca de áreas cuyo valor sería el opuesto en términos productivos (Fig. 13).
Nuestro análisis presupone una función de hito para las representaciones zoomorfas del Valle del Amblés.
Por otro lado, afirmar que hay una relación entre la localización de «toros y verracos» y el límite que discrimina las dos entidades de aprovechamiento hasta ahora consideradas, conlleva reconocer un patrón locacional sincrónico o, al menos, el mantenimiento de un mismo patrón locacional a lo largo del periodo de fabricación y «uso» de los zoomorfos.
Basándonos en los contextos arqueológícos en que aparecen las piezas no disponemos realmente de datos que confirmen dichas suposiciones, aunque tampoco las desmienten.
13 información que actualmente tenemos sobre el marco cronológico en que se inscribe la escultura zoomorfa es todavía insegura.
Ahora bien, lo que sí podemos sugerir es que, a escala regional, la distribución de la escultura zoomorfa del Valle del Amblés implica dos posibles alternativas: 1) el mantenimiento de una misma función, independientemente de que las esculturas sean o no estrictamente contemporáneas o 2) la contemporaneidad de las piezas.
CONTEXTO REGIONAL: EL HABITAT Nuestra aproximación al estudio de los hábitats no queda desprovista de problemas.
La prospección arqueológica llevada a cabo en nuestro ámbito de interés (Arias, Domínguez y López, 1982-1983), no podria calificarse precisamente como exhaustiva, por lo que no sabremos hasta qué punto son significativos los datos extraídos.
Al trabajar con un cuerpo de evidencias incompletas, debemos generalizar a partir de los casos mejor conocidos.
Una consecuencia evidente será la pérdida del detalle.
t Las condiciones geográficas del Valle del Amblés marcan significativos contrastes en lo que se refiere a los modelos de ocupación.
En líneas generales puede hablarse de dos zonas de distribución de yacimientos, por un lado, las estribaciones de las sierras que circundan el valle y que agrupan a la mayor parte de los castros fortificados, por otro, las zonas llanas próximas a la vega, ocupadas preferentemente por los yacimientos que hemos considerado como «hábitats menores».
Los hallazgos son escasos y con materiales de superficie, por lo que no se puede afirmar que siempre se trate de auténticos lugares de hábitat.
Si eliminamos el factor de distorsión que puede suponer la distancia del yacimiento de Ojos Albos con respecto a cualquier otro hábitat (no inferior a 11.500 m.), observamos cómo las distancias entre los distintos asentamientos oscilan entre los 4.500 y los 8.800 m., abundando los recorridos en tomo a los 5.000 m.
Queda claro que las comunicaciones entre la mayor parte de los poblados, considerados separadamente, son relativamente rápidas pese a lo accidentado del terreno.
Por otro lado, refiriéndonos al principio de que el espaciamiento entre poblados pudiera estar en relación al tamaño y a las condiciones geográficas del emplazamiento, las distancias de los castros y hábitats menores con respecto al vecino más próximo sugieren diferencias en el patrón de asentamiento.
Así, las distancias mayores a la media, exceptuando Sanchorreja, se dan en los castros.
En el caso de Chamartín de la Sierra, su relación espacial con respecto a Cillán se ajusta a la media.
Ahora bien, se trata de una conexión entre castros y no con asentamientos de distinta entidad.
Las diferencias son más manifiestas en el caso de los hábitat s menores.
En definitiva, tales observaciones nos indican que el patrón locacional tiene en cuenta el tipo de asentamiento, y esto se refleja en la distribución de los poblados.
Las comunicaciones ópticas, o intervisibilidad entre yacimientos (Fig. 14), también parecen afectarlos de modo distinto.
Su incidencia es aún mayor al tratarse, en nuestro caso, de asentamientos que presentan una localización topográfica diferenciada.
En el caso de los castros parece existir más bien un interés por el control conjunto del territorio, que por mantener estrechas relaciones ópticas con otros emplazamientos.
Sólo en el castro de Sanchorreja parece darse una relación entre su posición dominante respecto al valle y su intervisibilidad.
A pesar de todo, resulta difícil cuantificar la importancia de las relaciones ópticas de los castros, habida cuenta de que éstas se reducen siempre a sus términos mínimos, es decir, sólo se manifiestan a título individual.
Por el contrario, las relaciones ópticas adquieren mayor protagonismo en el caso de los yacimientos de menor entidad.
Volviendo a la Fig. 14, se observa efectivamente cómo la concentración de estos hábitats•.responde a una intervisibilidad acentuada por las propias condiciones topográficas de la vega.,.
Nuestra valoradón sobre los usos potendales del suelo dest: ansa en un análisis de captadún de una muestra de 6 yacimientos (3 castros y 3 entidades menores).
Consideramos poco razonable aplkarlu al resto dl> los poblados cuando, atendiendo a las condiciunes geológicas. v edalolúgicas de los territorios de explotación, no parece difídl infe,•ir la caracterización econúmica de cada asentamiento.
Por otra parte, y a fin de delectar lo más exactamente posible las variaciones relativas entre los distintos emplazamientos del Valle del Amblés, la muestra se ha seleccionado para at: cedcr a un conjunto sistemátko de datos.
En lo que se rdiere a los castros hemos adoptado un módulo cOIll.:éntrico de 5 Km'! 1 hora (9).
Ciertamente el mismo radio resultaría excesivo para los hábitats menores; su utilizadón conllevaría además fuertes solapamientos de los territorios respectivos.
Teniendo en cuenta sus distancias medias y el hecho de localizarse en un terreno no demasiado difícil como es la vega (o cerca de ella), creemos conveniente adoptar un módulo radial de 2 Km.
Según las premisas del S.C.A., un yacimiento puede considerarse ubicado de manera prderente péU'a la explotadón de un uso del suelo particular, si la proporción de la superficie idónea para ese uso es mayor en el centro que en la periferia de su territorio (Gilman y Thornes, 1985).
Apoyándonos en este supuesto, hemos considerado el área de 1 Km. en torno a los yacimientos como la esencial en el sentido de que sería puesta en explotación su totalidad (Ruiz Zapatero y Fernández Martínez, 1984: 56).
En un primer análisis de los territorios de explotación (Fig. 15), se pone inmediatamente de relieve cómo los castros están orientados hacia el aprovechamiento fácil de recursos ganaderos.
Evaluando las proporciones de recursos más próximos y más lejanos del asentamiento, se infiere cómo la importancia de terrenos de pasto decrece lentamente a medida que nos alejamos del centro.
Por el contrario, la superficie dedicada a suelo cultivable aumenta significativamente, aun cuando su extensión no sea comparable, en ningún caso, con la destinada al otro uso.
Más problemático resulta evaluar la orientación económica de los pequeños poblados del valle, más diversificada en términos globales.
Sus áreas inmediatas de captación presentan, en general, una superficie susceptible de ser puesta en cultivo, si bien describe variaciones a lo largo de su recorrido.
Asumimos, inicialmente, un régimen de explotación mixto para las mismas.
En cualquier caso, lo que nos interesa es resaltar el valor comparativo de los resultados (Fig. 16), para evaluar las preferencias de estos hábitats con respecto a la que presentan los castros.
En este sentido, la estrategia económica que comparte cada tipo de asentamiento no parece responder, desde luego, a idénticos patrones.
ESCULTURA ZOOMORFA Y HABITAT: UNA APROXlMACION ESPACIAL y SOCIOECONOMlCA
Castros y hábitats menores obedecen a un concepto de asentamiento distinto y selectivo en la medida en que responden a unas condiciones ambientales determinadas.
Ahora bien, lo que se destaca es la combinación que se da entre el patrón locacional de éstos y el de las representaciones zoormorfas, pues éstas también parecen responder a una ocupación planificada del territorio.
(9) Dada la rela.tiva similitud de aprovechamientos que se observa en los territorios de explotación de los castros, no parece exagerado asumir un modelo concéntrico.
En el caso de los yacimientos de entidad menor, debido a la horizontalidad del terreno y al escaso espacio recorrido, no parecen apreciarse distorsiones topográficas importantes.
(lO) Por ejemplo, Ferrfández-Posse y Sánchez-Palencia (1988: 210), en su estudio sobre el modelo de ocupación castreña prerromana y romana en el Suroeste de la provincia de Léon, consideran un radio de 2 Km. en torno a los yacimientos, al adecuarse perfectamente a los 4.000 m. de distancia media que existe entre cada yacimiento y su vecino más próximo. ~ L _'}}:.:.:.:.:.: }}" Efectivamente, observamos un modelo espacial subyacente referido a ambas entidades, transcribible en términos de distancia.
En la Fig. 17 hemos agrupado los distintos emplazamientos de «toros y verracos" con respecto a los poblados, a partir de sus distancias mínimas.
Una de las primeras anotaciones que se puede hacer es que éstas presentan un grado de similitud bastante apreciable.
Exceptuaremos naturalmente los emplazamientos de Villa toro (1) y Muñana (2), muy alejados de la media, y cuya presencia habrá que explicar más bien en base a un posible hábitat o hábitat s no localizados.
Centrándonos en el resto de los ejemplares, observamos cómo la distancias medias oscilan entre los 2.000 y 4.000 m.
Sobre datos globales, más del 90% de los zoomorfos se documentan en áreas próximas a los asentamientos.
Si planteamos esta misma relación separadamente, según el tipo de yacimiento, los resultados no son diferentes.
Para confirmar lo que acabamos de decir, vamos a comprobar la dependencia de estas dos variables siguiendo el criterio del control óptico que posee el yacimiento con respecto al zoomorfo.
En este sentido, como se desprende de la Fig. 14, existe una clara correspondencia entre la escultura zoomorfa y los asentamientos inmediatos, lo que corrobora nuestras observaciones anteriores.
Las esculturas aparecen próximas a la práctica mayoría de los poblados.
Parece claro que, estando ante dos modelos de ocupación que operan distintamente en el territorio comparten, no obstante, unas mismas normas en cuanto a su relación con los zoomorfos, al menos en lo que a su dimensión espacial se refiere.
Naturalmente hemos de hacer hincapié en que cuando hablamos de «control visual,. no nos referimos solamente a la percepción de la esclóltura en sí, sino a todos los factores que se han tenido en cuenta al emplazar las piezas.
En el terreno de la hipótesis resulta aventurado definir el problema de la contemporaneidad de los yacimientos.
Lo que sí podemos resaltar es que e~ patrón locacional de la estatuaria zoomorfa se mantiene, independientemente de las situaciones temporales que definan a los poblados.
Si el control de ~toros y verracos,. desde los asentamientos señala, en última instancia, la importancia del lugar elegido para su erección, lo que vamos a mostrar seguidamente implica una 17.-Representación gráfica de los emplazamientos zoomorfos con respecto a los poblados a partir de sus distancias mínimas.
El eje izquierdo se refiere a las localizaciones de «.toros y verracoSll.
La numeración es correlativa a la que presentamos en la Fig. 8.
Los asentamientos, en el eje opuesto (véase Fig. 13).
clara relación entre la elección del emplazamiento y el estricto control óptico del territorio circundante.
En la Fig. 18 hemos valorado la visibilidad en radios de 1 y 2 Km. a partir de las áreas en donde se localizan las esculturas.
Salvo casos excepcionales, que sólo afectan valores mínimos, la visibilidad es absoluta (10096).
Lógicamente, si inferimos un carácter de hito o demarcador territorial para tales representaciones, éstas habrán de ser perceptibles.
Hay una intencionalidad en el emplazamiento de las esculturas; pero, ¿cómo interpretarla?
Deciamos al comienzo de este trabajo que la estatuaria zoomorfa, como manifestación cultural, representa en última instancia la expresión tangible del valor del ganado como factor productivo..
Debemos suponer que la zona que estudiamos se dedicaba fundamentalmente a la explotación ganadera aunque, dado el nivel de datos que poseemos, hemos de conformarnos con evaluar sólo mediante referencias indirectas su importancia: 1) De los datos transmitidos por las fuentes clásicas, griegas y romanas, se deduce la importancia de la ganaderia como una de las bases principales de la alimentación y de la vida económica (Blázquez, 1957: 160; Salinas de Frias, 1982: 44-45).
2) En cuanto a la existencia de evidencias arqueológicas sobre restos faunísticos es muy poco lo que podemos referir al carecer de datos seguros en nuestra región de estudio.
Salvando las distancias geográficas, pero inscritos en un contexto ecológico no muy diferente al nuestro, nos remitimos fundamentalmente a los restos documentados en el foco castreño de Zamora Occidental (Esparza, 1987: 225-226 y 395-396), en los yacimientos leoneses de La Corona y El Castro de _¡"¡'¡¡!"""'"""", liiiiiiiii';j¡¡¡j HG.
3) En un contexto económico como éste, los recintos amurallados de los castros pueden haber cumplido la función de cercado para el ganado, respondiendo a la necesidad de su defensa y protección (11).
Identificados tradicionalmente en los castros de Las Cogotas (Cabré, 1930: 21) Y Chamartín de la Sierra (Cabré, Cabré y Molinero, 1950: 16-17), se han sugerido también para los castros de Ulaca, Sanchorreja y otros yacimientos (Molinero, 1958: 31; Femández Gómez, 1986: 502), si bien no disponemos de datos fiables que aseguren tal funcionalidad (12).
En cualquier caso, como se ha señalado recientemente, el uso de recintos para la protección del ganado tampoco contradice las necesidades defensivas del emplazamiento (Esparza, 1987: 242).
El ganado jugaba un importante papel en las sociedades celtas registradas históricamente.
Sus implicaciones socio-económicas son obvias, no sólo por su importancia en la dieta alimenticia, como fuerza de trabajo o en la elaboración de instrumentos.
También debe considerarse un importante artículo de comercio.
Su carácter móvil, en una zona en donde el transporte terrestre de productos agricolas se presenta difícil, le concede un papel clave en las redes prehistóricas de intercambio (Dehn, 1972: 125 y ss.;Sherrat, 1982: 20).
Aunque el fenómeno de la trashumancia del ganado, en sociedades protohistóricas, ha sido objeto de debate entre los investigadores españoles (Fernández Gómez, 1986: 916), nuestras aproximaciones teóricas sobre el tema presentan un claro retraso con respecto a las desarrolladas en otros círculos europeos.
Sin embargo, no deja de resultar tentador plantear algunas consideraciones sobre la importancia de este fenómeno en un contexto regional como el nuestro, y sus posibles implicaciones en la estrategia de estudio que venimos abordando sobre el poblamiento y la estatuaria zoomorfa del Valle del Amblés.
Las migraciones ganaderas en la Península Ibérica son constatables con anterioridad a la época árabe.
Así, el código visigodo del Fuero Juzgo (siglo VI-VII) ya prescribe determinadas salvedades sobre las necesidades pastoriles de los trashumantes (véase Klein, 1979: 21).
Uno de los primeros rasgos distintivos de la organización pastoril trashumante se refiere a las cañadas o caminos dedicados al tránsito de ganados.
En realidad las cañadas no son más que el trozo de camino lindante con tierra cultivada pues el camino que cruzaba por terreno libre no se acotaba, ni se designaba de modo especial (Klein, 1979: 33).
A este respecto, puede resultar ilustrativo observar la cercana posición de los emplazamientos zoomorfos con respecto a las cañadas actuales por las que discurre el ganado (Fig. 19).
Un detalle importante, si nos fijamos en los casos más coincidentes, es el que se refiere al significado que subyace en tales localizaciones: separan campo sembrado de monte.
Evitaremos, de momento, entrar en conclusiones que pudieran derivarse de este hecho.
Ahora bien, hemos de aceptar, pese a todo, que la cercanía de las cañadas legitima la identidad ganadera de estas áreas.
Las condiciones ambientales del marco geográfico que nos ocupa imponen, bajo determinadas circunstancias, el desplazamiento de la cabaña ganadera hacia altitudes superiores.
El biotopo. presenta un carácter definidor de primera magnitud.
Para el ámbito occidental de la Meseta, la producción de pasto natural ofrece un escalonamiento a lo largo del año ligado a las condiciones climatológicas, fundamentalmente la lluvia.
En el Valle del Amblés la producción de hierba se constata desde mediados de otoño, después de las primeras lluvias, y alcanza su máximo al inicio de la primavera.
En el resto del año, y en alturas siempre inferiores a los 1.500 m., los pastos se agostan.
Además, la presencia de agua, indispensable para la cabaña ganadera, se vuelve critica.
Todo ello motiva el desplazamient.o del ganado a otras áreas.
Estos condicionantes imponen dos (11) Las evidencias arqueológicas sobre la presencia de cercados en sociedades con un fuerte elemento pastoral, son numerosas en el Hallstatt final europeo (Hllrke.
(12) Los resultados provisionales de las nuevas excavaciones en el castro de Las Cogotas (Cardeñosa.
Avila) apuntan a que el tercer recinto no sirvió. como imaginó Cabré. para guardar. ganado o, al menos, no sólo para eso (Ruiz Zapatero y Mariné, 1988: 51).
1) Trashumancia o desplazamiento del ganado a largas distancias.
Referido fundamentalmente al ganado ovino y caprino, es el método más generalizado desde la Edad Media.
2) Trasterminancia o traslado cíclico desde las zonas templadas de invierr._' a los altos pastos de verano.
Esta modalidad vertical, a manera de ((alpaje» o subida al puerto, es seguida por las vacadas actuales que, todos los años y en fechas fijas, dejan los pastos de invernada del valle para pasar a los pastos de la sierra.
Por otro lado, debe llamarse la atención sobre las implicaciones socio-económicas que se derivan del carácter itinerante de la cabaña ganadera, pues no sólo facilitan contactos e intercambios entre (13) La raza del principal grupo de bovinos asentados en las serranías centrales responde a la denominación de Avileña• Ibérica Siguiendo a Sánchez Belda (1983: 12 y ss.), se trata de una raza autóctona, de formación endógena, reservada a un ecotipo ligado a las tierras altas que rodean la capital de Avila.
Es un modelo étnico muy poco evolucionado pues la inaccesibilidad de sus reductos tradicionales de cria, los escasos riesgos de cruzamiento con otras razas y su condición de raza exportadora, son razones en favor del mantenimiento independiente de la raza.
Sin renunciar a la cautela que exige cualquier intento de analogía etnográfica, resulta tentador contrastar algunos datos de este tipo de bóvido con respecto a las representa• eiones zoomorfas que venimos estudiando.
Así, geográficamente se distribuyen por toda la región montañosa del Sistema Central, abarcando las provincias de Avila.
Segovia, Salamanca, Guadalajara, Toledo, Madrid y Cáceres.
El solar de la raza se da a partir de los 1.000 m. de altitud, rasgo que puede resultar ilustrativo cuando hablemos de la altitud absoluta de los emplazamientos de \as esculturas..
Desde el punto de vista morfológico presenta eiertos distintivos que también encontramos en los tipos zoomorfos.
Se trata de un animal de proporciones medias, perfiles subcóncavos, cabeza de tamaño medio con testuz elevada en S tumbada y cuello muy corto y grueso.
Presentan una abundante papada, a veces con varios pliegues en su recorrido, y expansión hasta las extremidades anteriores cORtactando con las rodillas.
Parece ser que en el tipo antiguo el desarrollo de la papada era verdaderamente exagerado, atribuyendo los ganaderos esta caracteristica a la adaptación de la raza a condiciones extremas del clima. grupos.
Las posibilidades de reproducción del ganado, del que depende el mantenimiento de una. economía fundamentalmente pastoril, están ligadas a la variación estacional.
En este sentido, el calendario de partos tiene lugar en las fases ambientales más favorables -a finales de la primavera (Sánchez Belda, 1983: 53; Martín Bellido, 1985: 1(0)-, es decir, cuando el ganado se halla en los pastos estivales.
Quiero con ello llamar la atención sobre la importancia que tiene, en el seno de estas sociedades, tanto el traslado como el lugar de llegada del ganado.
Huelga decir que tales desplazamientos exigen unas condiciones de control y vigilancia no asumibles, exclusivamente, por las condiciones estáticas que imponen los cercados o encerraderos.
Sobre estas bases, no resultaría improbable deducir que castros tales como Ulaca o Sanchorreja maximicen quizás preocupaciones estratégico-defensivas frente a las necesidades de producción para el sustento.
En otras palabras, las fáciles condiciones naturales dejan de ser un factor determinante en la elección del emplazamiento para pasar a primer término la localización y posición estratégica dentro de la zona.
Ese concepto de control global sobre el territorio y,. en consecuencia, sobre las vías de acceso a las sierras en las que se ubican (Paramera y Sierra de Avila), podría ponerse en relación con los movimientos del ganado trastenninante.
Desde luego parece difícil. para el momento cultural al que nos referimos, asumir un desplazamiento a largas distancias.
La integridad física del grupo humano y las posibilidades de agotamiento del ganado suponen un hándicap en este sentido.
Los pastos situados a distancias mavores resultan antieconómicos, por lo que al agostarse los del valle, siempre será más rentable desplazarse a las sierras circundantes que presentan agua y pastos a partir de los 1.500-1.600 m. de altitud, una vez han desaparecido las nieves de sus cumbres ( 14).
El diagrama de la Fig. 20 es sugestivo por dos razones.
Atendiendo a las observaciones descritas en este apartado se deduce su asociación a terrenos de pasto de invierno.
En ningún caso las piezas aparecen en zonas que podamos identificar como pastos permanentes o altos pastos de verano (a partir de los 1.500 m. de altitud).
Segundo, las zonas de abrevadero para la mayor parte de las áreas en donde localizamos las esculturas (90%) nunca exceden de los 1.500 m. de distancia, lo que supone un factor de tiempo máximo no superior a los 30 ó 35 minutos con el ganado (15).
La interacción de los factores resultantes es obvia.
Descubrimos relaciones significativas entre el emplazamiento de estas esculturas y la distribución de los recursos que ofrece el medio para la subsistencia del ganado, recursos que además resultan ser criticas si atendemos a sus condiciones estácionales.
Elaboración de la pieza y valor del trabajo realizado La correlación de las distintas variables que hemos visto a lo largo de este trabajo resulta impensable sin una infraestructura humana cualificada.
Cuestiones como el estatus del artista, o el papel que juega en las sociedades de la Edad del Hierro, apuntan a individuos con un conocimiento y destreza especial a la hora de ejecutar sus obras.
Por otro lado, el hecho de que tal conocimiento pudiera haber sido celosamente guardado por una clase dirigente parece una inferencia razonable (Pauli, 1978: 177).
Para el caso que nos ocupa, la evidencia material de la que disponemos es escasa.
Señalaremos, sin embargo, varios aspectos que concurren en la elaboración de la pieza, de cuya incidencia puedan inferirse nuevos datos.
A) Trabajo de la piedra.
Requiere la labor de un especialista.
Esculpir un «toro o verraco» implica un adecuado conocimiento de la materia prima utilizada (selección del tipo de granito), así como de la técnica (conocimientos de talla, elección de la veta idónea) e instrumental empleados.
Dependerá de las dimensiones de la piedra.
El razonamiento analógico es, en ese caso, una cuestión de sentido común.
En términos aproximados, una pieza de tamaño medio exigiría una dedicación de 20 a 25 días a tiempo completo por parte de un cantero actual.
Si estimamos un peso de 2.700 kg. para un metro cúbico de granito, los resultados que obtenemos en una de las esculturas del castro de las Cogotas (16) son significativos: calculando el bloque teórico del que se extrae una pieza de tamaño (14) La trastenninancia también se constata, actualmente, en la región de Cande leda (Avila).
Los pastores suben los ganados en primavera y los dejan pastar libremente por las campas de la sierra.
En el otoño los bajan al llano con sus crias para estabularlos (Femández Gómez, 1986: 18).
(15) El tiempo invertido en recorrer una detenninada distancia, varia en el caso de un grupo humano que se desplaza con el ganado.
En ténninos teóricos, el factor tiempo considerado seria el doble con respecto al que invertiria un individuo (véase Ruiz-Gálvez, 1985-86: 83, a partir de los datos tomados de G. Barker).
(16) Corresponde al número 10 del catálogo de P. Arias, M. López y J. Sánchez (1986: 35). medio (tomando las medidas máximas) y restando los vanos que esta presenta, el peso estimado seria de 2.882 kg. En cambio, el de cada uno de los ((Toros de Guisando» (del que sólo calculamos el bloque teórico) oscilaría entre las 8 y 10 toneladas.
A tenor de estas observaciones, el esfuerzo que se traduce en la elaboración de una pieza implica unos costes no asumibles exclusivamente por el artesano, sean los que pudieran derivarse del mantenimiento del mismo o bien de la ayuda requerida por éste en el acabado de la pieza.
La inmensa mayoría de las esculturas aparecen talladas por sus dos caras; tomando en consideración el peso hipotético de la pieza, movilizarla de un lado a otro exigiría un mínimo de 4 ó 5 individuos.
Por otro lado, es una constante en la mayor parte de las esculturas la utilización de los recursos que ofrece el medio.
La abundancia de granito en nuestra región, distribuido en amplias superficies homogéneas, reduce los costes que conlleva su supuesto traslado desde la cantera al centro de trabajo o lugar de ubicación.
La fácil disponibilidad de materia prima y las dificultades de transporte, derivadas de las irregularidades del terreno y del peso de estas piezas, sugieren la posibilidad de una talla «in situ» para estas esculturas.
Sobre estas bases, el tiempo invertido por el artesano en el lugar del futuro emplazamiento y el hecho de desplazarse expresamente para esa tarea, refuerzan el valor y la importancia del trabajo realizado.
En primer lugar, creemos necesario revisar algunos de los planteamientos más comúnmente aceptados en la investigación tradicional, y que afectan directamente el marco regional que nos ocupa.
Teniendo en cuenta los contextos arqueológicos en los que aparecen estas piezas, se venía admitiendo para unas el sentido de protección del ganado y para otras un significado funerario (Martín Valls y Pérez Herrero, 1976: 76).
No entraremos en consideraciones profundas sobre la relevancia de estas hipótesis en la población total de zoomorfos conocida.
Ahora bien, atendiendo a las 65 piezas susceptibles de análisis que integran el contexto regional del Valle del Amblés, tales hipótesis encaran ciertos obstáculos de índole cuantitativa.
La primera función se deducía de la presencia de estas manifestaciones en los posibles encerraderos de ganado.
Sólo el 1096 de las piezas analizadas señalarían ((a priori)) un carácter de propiciación de la reproducción y/o protección del ganado.
La consideración de estas esculturas como monumentos funerarios, se basa en el hallazgo de Martiherrero (Martín Valls y Pérez Herrero, 1976) y en los de la necrópolis de Chamartín.
Ahora bien, a efectos porcentuales, la muestra supone el 8,696 del total.
Incluso si tenemos en cuenta los ejemplares que presentan inscripciones latinas, los resultados no superarían el 1496 respecto al total.
De este modo, más del 7096 de los «toros y verracos» exceden del ámbito inmediato de los castros y sus respectivas necrópolis (Fig. 21).
Naturalmente estas diferencias podrían explicarse alegando la hipotética presencia de necrópolis o emplazamientos funerarios no localizados.
Sin embargo, ya hemos visto cómo las distancias medias entre hábitats y zoomorfos oscilaban entre los 2.000 y 4.000 m.
Asumir un significado funerario para estas piezas no deja de resultar arriesgado, máxime habida cuenta de que, por lo general, las distancias entre necrópolis y poblado no exceden de 1-1,5 Kms.
A través del análisis concluimos la existencia de un modelo de ocupación que articula el rol funcional y los recursos subsistenciales críticos de la zona.
De este modo, como consideraciones finales expondremos lo siguiente: A) El valor del emplazamiento.
Las representaciones zoomorfas responden a una ocupación planificada del territorio.
Demarcan áreas de pasto respecto a otras con usos de diferente índole.
Esta ubicación, llámese de carácter «limítrofe,. o «transicional,., es asumible respecto a las caracteristicas geológicas, edáficas y económicas del área estudiada.
Así pues, en términos funcionales, nuestro análisis presupone un rol de hito para las esculturas zoomorfas del Valle del Amblés.
No obstante, hemos de precisar varios aspectos.
1) La primera cuestión a abordar es la que se refiere al concepto de «hito».
Para el caso que nos ocupa, entendemos que la estatuaria demarca un área con respecto a otra.
Ahora bien, podria interpretarse alternativamente como indicador direccional de un camino o sendero cuya finalidad, en principio, nos es desconocida.
Aceptar estos planteamientos implica «a priori» defender una trashumancia de largo recorrido: los emplazamientos dispuestos a lo largo del valle señalarían, en última instancia, el corredor de Béjar, paso obligado del ganado en dirección a las dehesas extremeñas.
Dicho movimiento ya ha sido puesto en cuestión para la cultura que nos ocupa.
Por otro lado, la asociación de la escultura zoomorfa a las cañadas -o vías por las que transcurre el ganado en movimiento trashumante-no afecta uniformemente a la totalidad de la población analizada.
2) Uno de los problemas inherentes a este tipo de análisis, es el que se refiere a la heterogeneidad de la muestra.
La presencia conjunta de 8 piezas en la Dehesa de Guterreño o los 21 ejemplares documentados en la Dehesa de las Alamedas Altas (Tornadizos de Avila), rompen la aparente uniformidad que se aprecia en el resto de las localizaciones, en donde la distribución de «toros y verracos,. oscila pOr término medio entre 1 y 4 piezas por área.
Por ejemplo, L. Monteagudo (1982: 13) planteaba la posibilidad de asociar la zona en donde aparecen los ejemplares de las Alamedas Altas a los santuarios existentes en la Europa céltica -«Viereckschanzen»-.
Reconociendo la dificultad de interpretar el significado que subyace en este fenómeno, tal vez la explicación haya que buscarla en las caracteristicas que ofrece el medio.
El hecho de que la concentración de ejemplares coincida con áreas de alto aprovechamiento -y vuelvo con ello a referirme a la calidad de los pastizales sobre los que se asientan, en ningún caso comparable con la del matorral o encinar-resulta en sí mismo sugestivo.
Por otro lado, si nos atenemos a los costes que se deducen de la elaboración de una pieza de estas caracteristicas, cabria pensar que tal acumulación respondiese a una posible manifestación de riqueza, transcribible, según nuestra hipótesis, en términos de posesión de ganado.
3) Podria aducirse que el patrón locacional de las representaciones zoomorfas, no es más que el resultado de procesos postdeposicionales.
En otras palabras, la práctica inexistencia de «toros y verracos» en las áreas inmediatas a la vega del Adaja, responderia a un traslado de estas esculturas hacia otras áreas adyacentes.
Desde luego, para el momento cultural que estudiamos, dudamos de un posible emplazamiento original en las zonas de la vega pues, como considerábamos en el apartado correspondiente, la disponibilidad de materia prima para la elaboración de estas piezas, o las dificultades de transporte que se infieren en razón de lo accidentado del terreno y del peso de los ejemplares, harian extraordinariamente costoso el traslado de estas representaciones desde el lugar de trabajo a su futuro emplazamiento.
4) Es esencial clarificar que las relaciones entre la estatuaria zoomorfa y el paisaje en el que se inscribe, son el resultado de una serie de factores -socio-económicos y ambientales-que hemos valorado en su más estricta óptica locacional.
Por tanto, si las esculturas del Valle del Amblés son explicadas en términos que operan localmente, ¿porqué estos factores no han de ser diferentes cuando el emplazamiento también lo es?
Como es lógico, nuestro modelo no excluye otras hipótesis para algunos casos, bien sea la del sentido mágico-protector del ganado que antes señalábamos o la de su significado funerario, para las piezas asociadas a castros y necrópolis.
En el primer caso, este valor podria ser complementario, aunque, por los datos cuantitativos de mucha menor importancia.
En cuanto al segundo caso, todos los autores apuntan hacia una posible reutilización, o incluso fabricación de piezas, en época romana con esa función funeraria (17).
No existe una razón «a priori» que justifique una única interpretación para un fenómeno cultural como el que aquí hemos tratado.
Y, sin embargo, al mismo tiempo es difícil escapar de la idea de que I10s hallamos ante un comportamiento homogéneo, de índole espacial, en lo que se refiere a la distribución de estas manifestaciones.
Efectivamente, valorando los distintos significados atribuible s a la escultura zoomorfa de la n Edad del Hierro del Valle del Amblés, en relación al contexto al que se asocia (Territorio/Poblado/Necróplis), resulta obvio que la inmensa mayoria de la población susceptible de estudio se acerca al rol que hemos venido defendiendo en la exposición de este trabajo.
Además, un modelo de ocupación uniforme como el que aquí se detalla, plantea la posibilidad de reconocer un patrón locacional sincrónico o, al menos, el mantenimiento de una misma estrategia locacional durante todo el periodo de fabricación y «uso» de los zoomorfos.
La escultura zoomorfa como manifestación simbólica La estrategia que se deduce del emplazamiento de la escultura zoomorfa no sólo opera en términos espaciales.
Sus emplaZamientos revelan importantes aspectos de subsistencia.
En primer lugar, las representaciones zoomorfas del Valle del Amblés simbolizan la riqueza de un entorno esencialmente ganadero.
Señalan, expresamente, áreas susceptibles de explotación.
(17) F. Hernández (1982: 234) discrepa de las opiniones que apuntan una datación romana para estas manifestaciones, al considerar que un fenómeno cultural de esta naturaleza no púede perdurar tanto tiempo sin que se produzca una evolución estilística en su concepción.
En segundo lugar, son controlables desde los poblados.
Efectivamente, la posición de «toros y verracos», resultado de una elección no casual sino intencional, describe relaciones significativas con respecto a las entidades de hábitat, independientemente del modelo de ocupación de estos últimos.
En tercer lugar, su construcción refleja al mismo tiempo un «esfuerzo» social, traducible en costes no asumibles, en principio, por todos los individuos.
El significado económico que describen estas manifestaciones adquiere una dimensión aún mayor al localizarse en áreas que, como hemos podido observar, resultan criticas en términos de subsistencia.
Así pues, no resulta improbable deducir que los criterios seguidos por los pobladores a la hora de planificar la ubicación de estas representaciones en el espacio, pase necesariamente por valorar la importancia del territorio en cuestión.
Ahora bien, demostrar que cierto rasgo o dispositivo cultural posee un valor económico, no equivale a explicar completamente su existencia o, incluso, su presencia (Sahlins, 1973: 287); independientemente de que nos refiramos a la pieza en sí o a los recursos que la rodean..
En cualquier formación social el valor económico de los recursos -en este caso ganaderos-no sólo depende en primer término de su disponibilidad, sino de sus posibilidades de acceso.
En suma, y en el marco territorial que estamos contemplando, resulta admisible plantear el control social de las áreas en las que se emplaza la estatuaria zoomorfa -sujetas probablemente a la influencia de grupos sociales dominantes-maxlme habida cuenta que los recursos considerados resultan ser críticos.
Si, además, como se ha insinuado, el ganado fuese en verdad propiedad de unos cuantos individuos (Blázquez, 1968: 220; Salinas de Frías, 1982: 46), habría que preguntarse si el acceso a los recursos alimenticios de la cabaña ganadera, entraba también dentro de la órbita de influencia de esos grupos (Fig. 22).
A partir de los datos arqueológicos de la Necrópolis de Las Cogotas, P. V. Castro presenta interesantes hipótesis para la reconstrucción sociológica de esta comunidad.
La existencia de varias zonas diferenciadas -expresión ritualizada de distintos grupos sociales-, la valoración simbólica y económica de los ajuares depositados y la distribución desigual de éstos, permiten inferir contradicciones internas en la estructura social (Castro, 1986: 127 y ss.; ver también Kurtz, 1987: 257 y ss. y Martín Valls, 1985: 122-123).
Tales testimonios, en esencia, indican la existencia de una sociedad estratificada con marcadas diferencias entre sus miembros.
Cuando un grupo de parentesco tiene derecho a usar y/o controlar recursos económicos estratégicos retríngidos, éste refuerza sus derechos con la religión y su ritualización (Goldstein, 1981: 59 y ss.).
Sobre estas bases, y en el marco territorial que contemplamos, el control simbólico de las áreas en que se inscriben los emplazamientos, a su vez expresión ideológica de la riqueza del grupo dominante, contribuye en cualquier caso a reforzar y/o mantener los derechos del grupo social dirígente.
En definitiva, cabría así la posibilidad de hablar de distintos grupos sociales dominantes -poseedores de ganado-cuyas áreas de explotación estarían simbolizadas por la presencia de estas manifestaciones.
Deseo agradecer su colaboración, esencial en la elaboración de este trabajo, a las siguientes personas: a los Drs.
Martínez Navarrete y T. Chapa Brunet por sus valiosos consejos y aportaciones.
Al personal del Museo Provincial de A vila, empezando por su Directora -Dña.
María Mariné-, que tuvieron la gentileza de facilitarme información básica sobre la localización de los yacimientos y entidades zoomorfas aquí estudiados.
Finalmente, a D. Severiano Zenalmor, guarda del castro de Las Cogotas, cuyos consejos sobre la técnica del trabajo de la piedra resultaron enormemente fructíferos.
ESCULTURA ZOOMORFA Y PAISAJE.
DETERMINANTES FISICOS y EXPLOTACION.
Miguel de las Viñas; 16.-&scarrabal; 17.-Narrillos de S. Leonardo; 18.-Las Cogotas; 19. -Mingorría; 20.- Dehesa de Guterreño; 21.-Dehesa de Fresneda; 22.-Vicolozano; 23. -Finca La Serna; 24.-Dehesa de las Alamedas Altas; 25. -Cerro de los Garduños. |
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