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En este trabajo se ofrece una panorámica general sobre la vida y obra del catedrático Olayo Díaz Giménez (1810-1885), referida sobre todo a la etapa que vivió en la ciudad de Murcia, a la que llegó en 1862 y donde ya permaneció hasta su muerte. El trabajo ha sido estructurado en cuatro apartados, dentro de los cuales, junto a una reseña biográfica, se aborda la labor de Díaz como docente, como propagador de la ciencia de su época y como encargado de la Estación meteorológica. A su vez, dentro de la primera de estas facetas, destacó como forjador del Gabinete de Física del Instituto Provincial; dentro de la segunda, por sus colaboraciones en la prensa y como introductor en Murcia de las teorías evolucionistas; y dentro de la tercera, como autor de numerosas observaciones y de un libro sobre la meteorología murciana. De acuerdo con nuestro estudio, Olayo Díaz, además de mostrarse como uno de los científicos clave de la Murcia decimonónica, aparece como típico representante de los llamados «científicos intermedios», o aquéllos que sin poseer una obra propia destacada, colaboraron decisivamente a crear y mantener las condiciones necesarias para que la actividad científica arraigara en España. VIDA, ENTORNO VITAL Y SIGNIFICACIÓN CIENTÍFICA Una breve cita, alusiva a las relaciones religión-ciencia y debida al personaje que motiva el presente trabajo, nos servirá de introducción: «La fé es una luz que ha de percibirse con los ojos cerrados; la razón es otra luz, que sólo se percibe con los ojos abiertos. Hay dos maneras de ilustrarse: creyendo o racionizando; el primer procedimiento es más seguro y sencillo porque no exige estudio ni pruebas. La fé es una creencia sentida, la ciencia debe ser una creencia demostrada. La fé exalta la imaginación; la verdadera ciencia ilustra y fortifica el juicio. Donde comienza la fé acaba la ciencia, y... cada uno puede ser dichoso a su manera»1 El autor de estas certeras palabras no fue ningún científico célebre, sino un modesto profesor de Física del Instituto Provincial de Murcia que ejerció durante el siglo XIX. Su nombre era Olayo Díaz Giménez y fue un típico hijo de su tiempo. Hombre de vasta formación humanística y científica, de convicciones progresistas y notable capacidad de trabajo, tras fijar su residencia en la capital murciana en 1862, no tardó en convertirse en uno de los máximos protagonistas de los ambientes científicos de la misma. Las lógicas limitaciones que encontró durante su estancia en esta sencilla ciudad de provincias, como ya le había ocurrido en otros destinos previos, le impidió llevar a cabo una producción científica propia de entidad; aunque ciertas aportaciones sí que merezcan cuando menos citarse (sobre todo, en Meteorología). No deja de ser sintomático en este terreno que, cuando el sugestivo médico y librepensador murciano José Hernández Ardieta (asiduo de la tertulia científica de E. Littré en París) fue presentado en 1867 al secretario perpetuo del Instituto de Francia, éste le preguntase por «el eminente astrónomo murciano don Olayo Díaz, cuyas comunicaciones eran recibidas y publicadas por el Instituto»2. Pero donde sin duda Olayo desempeñó un sobresaliente papel fue como difusor de la ciencia, tanto desde su cátedra como a través de algunas publicaciones propias y medios de comunicación de la época. Participó, además, de forma activa en la creación de algunas instituciones científicas (Universidad Libre, Agrupación cultural liceística, etc...) de notable interés en la Murcia decimonónica; y, como después veremos, dotó de una sólida infraestructura material y bibliográfica al Instituto. Aunque su labor creativa no fuese muy relevante, ayudó decisivamente a crear y mantener el caldo de cultivo necesario para que, a la larga, otros pudieran afrontarla ----en condiciones adecuadas. Se nos manifiesta así Olayo Díaz como un típico representante de lo que López Piñero llama «científico intermedio» 3. Pero en este caso, tenemos el interés añadido de referirnos a un personaje geográficamente alejado de los focos de producción científica del país; residente en una ciudad como Murcia, dominada por una de esas burguesías débiles e inmovilistas que tanto lastraron nuestro desarrollo científico-tecnológico. Algunas aproximaciones a la labor de Díaz, han sido ya concretadas a través de varios trabajos histórico-científicos relativos a la Región Murciana. Estos han estado centrados en aspectos como la ciencia en el Instituto de Segunda Enseñanza4, la difusión general del conocimiento científico en los medios de comunicación regionales 5, o en el desarrollo en dicho ámbito de las teorías evolucionistas 6. Pero faltaba sin duda un estudio monográfico sobre la labor científica de Olayo Díaz en tierras murcianas, tema en el que ya se dio un primer paso, aunque centrado en su labor como docente 7. En el presente trabajo, abordamos ya el tema de forma general, integrando y ampliando todas las informaciones previas sobre la labor de Díaz, y procurando interpretar el auténtico significado de éste dentro de su particular contexto vital. Pero antes de adentrarnos en su labor científica, una breve reseña biográfica se hace imprescindible 8. Nacido en Almadén (Ciudad Real, 1810), Olayo Díaz Giménez cursó sus estudios medios como interno en el Real Colegio de la Asunción de Córdoba (1827-30), donde nada más terminar, dado su excelente aprovechamiento, llegó a ejercer como regente de las cátedras de Latinidad, Física y Etica (1830-32). Inició su formación científica en 1832, al matricularse en el Museo de Ciencias Naturales de ----Madrid de las asignaturas de Botánica y Agricultura, y en el antiguo Conservatorio de Artes de Física Experimental. En 1833 ingresó en el Colegio Nacional de Medicina y Cirugía de San Carlos, donde obtuvo el grado de licenciado en 1840. De su hacer como médico destaca el logro de la Cruz de Epidemias, por la labor desarrollada en la localidad segoviana de Villaverde de Iscar durante la epidemia colérica de 1854. Pero la principal dedicación profesional de Olayo fue sin duda la docencia. Inició su andadura al ser nombrado en 1842 catedrático interino de Geografía-Historia en el Instituto de Lérida. Allí ocupó los cargos de Secretario y Vicedirector, y «a instancias del jefe político provincial», se responsabilizó del traslado a dicho centro de libros y material científico de la suprimida Universidad de Cervera. Obtuvo por oposición en 1843 plaza de Ayudante-profesor en el Colegio de Medicina y Cirugía de San Carlos (Madrid), pero pronto volvió a la enseñanza secundaria, al ser nombrado en 1844 catedrático interino de Geografía e Historia y Física y Química en el Instituto de Cuenca. Se mantuvo en dicho centro hasta 1846, cuando «por desavenencias con el jefe político de la provincia» fue separado del servicio. Ganó por fin oposiciones a catedrático titular de Física y Química en 1846, siendo destinado al Instituto Provincial de Pontevedra al año siguiente. En 1851 obtuvo premio de mérito dentro del escalafón de catedráticos. En el centro gallego ocupó el cargo de Director. Junto a su asignatura de Física y Química, impartió también Historia Política (1847-48) e Historia Natural (1848-49); a consecuencia de esto último, hubo de ocupar plaza de Vocal en la Junta de Agricultura de la provincia. En 1849 recibió el grado de Regente de Historia Natural en la Universidad de Santiago. A petición propia, fue trasladado con posterioridad a los Institutos de Segovia (1850) y Murcia (1862). Este último cambio, motivado por penosas circunstancias familiares, le fue sugerido por el propio director del Instituto murciano y amigo personal suyo, Angel Guirao Navarro (eminente político y naturalista, que llegó a ostentar la presidencia de la Real Sociedad Española de Historia Natural). Olayo Díaz fue corresponsal de la Academia de Ciencias y socio numerario de: las Sociedades Económicas de Amigos del País de Lérida, Cuenca y Murcia. También desempeñó un destacado papel en la Universidad Libre de Murcia (1869-1874), donde fue nombrado decano de la Facultad de Ciencias e impartió, en los niveles de bachillerato y licenciatura, la disciplina llamada Ampliación de Física Experimental. Curiosamente, fue en esta misma Universidad donde obtuvo en 1872 la licenciatura en ciencias físico-químicas. Meses antes, dictó allí la lección inaugural sobre el tema «Origen y progreso de la Filotecnia». En el ámbito ideológico, Díaz fue un republicano y federalista convencido, aunque no hay constancia de que desempeñase un papel especialmente activo en los ambientes políticos locales. Su actividad se desarrolló siempre en el terreno menos comprometido de lo social, donde sí alcanzó un notable protagonismo. Así, junto a sus frecuentes colaboraciones en la prensa y dilatado ejercicio como profesor de varias generaciones de murcianos, presidió durante algunos años la sección de ciencias de la agrupación cultural progresista «El Liceo», intento de alternativa a una Sociedad Económica de Amigos del País ya alicaída por esos años. Cuando acaece su fallecimiento, a primeros de Abril de 1885, se hace eco del mismo El Diario de Murcia 9, que publica una necrológica donde se alude de forma respetuosa (aunque en tono condescendiente) a las ideas políticas de Díaz. Allí se hace énfasis en el hecho de que murió reconciliado con la Iglesia, y se da noticia de que durante el acto civil realizado tras el funeral intervino, como único orador, el famoso dirigente cantonal Antonete Gálvez. A modo de homenaje póstumo, el citado diario editó un suplemento especial, reproduciendo un discurso inédito de Olayo con motivo de la conmemoración en el Casino del centenario de Saavedra Fajardo. El óbito fue comunicado al Rector de la Universidad de Valencia, Director del Observatorio de Madrid y Director General de la Función Pública. LA LABOR COMO DOCENTE Y COMO DIVULGADOR CIENTÍFICO. INTRODUCCIÓN DE LAS TEORÍAS EVOLUCIONISTAS. A partir de su nombramiento como catedrático titular del Instituto de Murcia, Olayo Díaz ejerció en el mismo durante 23 cursos académicos. Al contrario de lo que había hecho en otros centros, en éste sólo impartió la disciplina de Física y Química, sin más variaciones al respecto que las derivadas de los diferentes planes de estudio. Según hemos reflejado en anteriores trabajos, destacó especialmente como responsable del Gabinete de Física 10, aspecto en el que ya había brillado años antes en Segovia 11. Adquirió para el mismo excelentes aparatos, muchos de ellos traídos del extranjero. Se surtió principalmente de casas alemanas (Max Kohl y Zeiss), francesas (Secretan, Gaiffé, Demichel y Fills d'Emmile Deryrolle) y españolas (Viuda de Aramburo); recurrió como intermediario al óptico francés, afincado en Murcia, Michel Dubon. Aunque en este terreno de las adquisiciones Díaz no partió de cero (un año antes de su llegada había ya casi 100 aparatos), su papel fue crucial, pues durante su ejecuto-----9 Ver Diario de Murcia, ejemplar correspondiente al día 8-IV-1885, que puede ser consultado en la Hemeroteca del Archivo Municipal de Murcia. 10 Ver LÓPEZ FERNÁNDEZ, C.; VIDAL DE LABRA, J.A. (1987), obra ya citada en la nota 7, y también A. SÁNCHEZ GONZÁLEZ (1987), «Museo de Física» in R. Jiménez Madrid (coord.) 11 GARCÍA HOURCADE, J.L.; RUBIO, J.L.; VALLÉS, J.M. ( 1988): «El Gabinete de Física en el Instituto de Segovia en el s.XIX» in M. Esteban (ed) Estudios sobre Historia de la Ciencia y de la Técnica, Valladolid, Junta de Castilla-León, 1, pp. 519-527. ria logró quintuplicar la dotación existente, apareciendo catalogados en la memoria del curso 1883-84 más de quinientos aparatos, clasificados en 16 secciones distintas. Desde el punto de vista docente, el auge del Gabinete de Física fue sin duda algo muy positivo, pues como es sabido, durante el siglo XIX la enseñanza de las disciplinas físico-químicas estaba sobre todo centrada en la comprobación en el aula de determinadas leyes y fenómenos físicos. Los propios libros de texto, una vez enunciadas dichas leyes, volcaban su atención en la descripción de los aparatos de laboratorio con los que poder verificarlas. Y dentro del instrumental traído por Díaz, dejando aparte el de tipo meteorológico (cuya importancia glosaremos después), destaca ante todo su excepcional dimensión didáctica. El Gabinete de Física tuvo siempre un significado muy especial dentro del Instituto, pues complementaba el espectacular Museo de Historia Natural creado por el Director Guirao, que reunía importantes colecciones geológicas y zoológicas (con más de 3.000 animales disecados). Es sintomático que cuando Alfonso XII visitó el Instituto en 1877, Olayo Díaz realizase ante él varias experiencias relativas al análisis y síntesis del agua. Pero hombre de gran inquietud intelectual, nunca limitó su labor al terreno docente; participó de lleno en los ambientes culturales de Murcia y desplegó una notable labor como divulgador científico, sobre todo desde la prensa de tipo cultural. La revista El Semanario Murciano (1878-81), órgano de expresión de la institución cultural «El Liceo», fue sin duda el medio donde más se prodigó. Aparecen allí algunos trabajos suyos sobre temas que impactaron a la Murcia decimonónica, como el editado en Febrero de 1878 con los resultados del análisis físico-químico del aerolito caído cerca de Molina veinte años antes 12. Hay otro artículo (bastante retórico) dedicado a ensalzar el progreso de la ciencia titulado «El sueño de Pitágoras» 13. Pero los hubo también de mayor entidad científica, como la serie de siete artículos agrupada bajo el título de «Los errores clásicos» (Enero-Junio de 1880); en ella, Díaz realiza una lúcida reflexión crítica sobre aquellas doctrinas científicoepistemológicas erróneas que, a su juicio, más costaron de superar históricamente: astrología, physiolatría, geocentrismo y antropocentrismo 14. También puede verse otro trabajo donde quedan recogidas sus opiniones sobre el tema de la emigración 15. Como presidente de la sección de ciencias de «El Liceo», su principal aportación fue, sin duda, el discurso que pronunció en el acto inaugural de la misma; pieza oratoria ésta típicamente decimonónica, que supone un auténtico alarde de conocimiento ---- en casi todas las ramas del saber. Dicho discurso trascendió al público al ser reproducido a lo largo de 43 números de El Semanario Murciano (entre septiembre de 1878 y julio de 1881) 16. A través de la parte científica del mismo (que abarca unos 29 números), su autor se erige como uno de los principales introductores en Murcia de las teorías evolucionistas, tanto biológicas como geológicas. Según en otro lugar hemos puesto de manifiesto 17, las teorías evolucionistas entraron en Murcia a través de la prensa de tipo cultural (no diaria): bajo la tónica de controversia. Dos fueron los científicos protagonistas de la misma: Olayo Díaz desde el bando transformista y Andrés Martínez Cañada desde el creacionista. El primero expuso sus ideas, como ya hemos dicho, en El Semanario Murciano (1878-81), el segundo había hecho lo propio apenas dos años antes desde la revista El Album (1876). Por lo que respecta al ámbito geológico, Díaz rechaza de plano las ideas catastrofistas de Cuvier, a las que inicialmente contrapone las evolucionistas de Lamarck: y no, como cabía esperar, las actualistas de Lyel. Con todo, finalmente se decanta por las concepciones intermedias de Elie de Beaumont 18. Aunque esta tónica conciliatoria, se rompe cuando entramos en el ámbito del evolucionismo biológico. Aquí, las ideas de Olayo Díaz son radicales, al entender que éste ha de ser llevado hasta sus últimas consecuencias. Así, muy en línea con lo que fue el desarrollo del darwinismo en el resto de España 19, aun antes de abordar las ideas de Darwin ya alude Díaz a las de Haeckel, y en uno de los temas más comprometidos: la síntesis de compuestos orgánicos a partir de la materia inerte. Afirma haber detectado él mismo (aunque accidentalmente) «grumos radiolares de materia albuminoide» junto al cadáver flotante de un batracio que usaba para experimentar. Luego, parafraseando al alemán, dirá: «(..) por efecto de la virtud o actividad de estos compuestos albuminóides, las formas complejas y los fenómenos vitales de los organismos superiores alcanzan su completa realización. Es un gran triunfo (..) para la biología moderna (..), haber reducido a esos elementos materiales el milagro de los fenómenos vitales, y haber demostrado que las propiedades físicas y químicas (..) de los corpúsculos albuminóides, son las causas esenciales de los fenómenos orgánico-vitales» 20. ----Unos párrafos después, tras una interesante reseña biográfica de Darwin, en la que Díaz no oculta su admiración por el inglés, entra de lleno en el estudio científico de su obra. Primero, aborda la justificación de las teorías darwinistas a través de la fertilidad y fecundidad de las especies; ofrece varios ejemplos al respecto, mostrando notables conocimientos de fisiología y etología animal. Se adentra luego en el tema de la lucha por la vida, el cual engloba dentro de otras antagonías físicas (acciónreacción; dualidad de la carga) y químicas (ácido-base). Y trata finalmente sobre la selección natural en cuya defensa trae a colación el ancestral uso empírico de la artificial para la cría de animales. Posteriormente, pasará a estudiar la (para él evidente) ascendencia común del hombre y el mono, aunque en este terreno separará previamente a los cecopitecos de los antropoides, ajustando su análisis comparativo sólo a estos últimos21. Pero junto a estos contenidos de corte zoológico, realizará también Olayo Díaz una amplia incursión en el polémico tema del darwinismo social. Respecto al mismo, establece primero la necesidad de no obviar la naturaleza animal del hombre a la hora de estudiar el fenómeno social. Asume sin reparos la presencia de diferencias (a veces muy hondas) entre los seres humanos. Pero a su vez, ve ineludible intervenir sobre el propio proceso natural a fin de conseguir un orden social no ajeno a valores de tipo moral: «... no es posible, moralmente hablando, sacrificar a los débiles, la sociedad tiene más bien la obligación de compadecerlos, de aliviar en lo posible las anomalías de la suerte, las privaciones y sufrimientos de la vida (...). Esta es la característica de nuestra especie, y no la morfología símica, como pretenden algunos»22. Por su parte, a la hora de abordar la cuestión del dominio de unos pueblos sobre otros, Olayo Díaz no llegará nunca a justificarla, pero sus argumentos serán ahora menos concluyentes. Al fin y al cabo ya dijimos que fue un típico portador de las contradicciones de su tiempo, y éste fue el del colonialismo. Así, pese a haber calificado previamente de «despojo efectuado por la astucia o por la fuerza» la colonización hispana y portuguesa de América, admite después que, mal que nos pese: «Hay un fallo superior que absuelve a la humanidad de estas invasiones, a nombre de la concurrencia vital, de la lucha por la existencia (...). La cuestión de derecho, tratándose de las riquezas que encierra nuestro planeta se halla también subordinada al mayor bien y provecho de la humanidad; y los títulos de propiedad corresponden al que pueda hacer más útil y legítimo uso de la cosa poseída»23. LA LABOR COMO ENCARGADO DE LA ESTACIÓN METEOROLÓGICA A instancias del Ministerio de Fomento, la Estación Meteorológica de Murcia fue creada por R.D. de 5/3/1860 con sede en el Instituto de Segunda Enseñanza, aunque su material e instrucciones de uso no fueron remitidos a éste sino a lo largo del bienio siguiente, justo coincidiendo con la incorporación de Olayo Díaz. En realidad, la creación de dicha Estación se produjo en un marco general, pues el mismo decreto que la propicia preveía la creación de otras 22 en distintas capitales de provincia, nombrándose como encargados de las mismas, allá donde los hubiese, a los catedráticos titulares de Física. Las instrucciones de uso remitidas, eran bastante precisas 24, pero por contra, el material suministrado al Instituto para ejecutarlas era más bien escaso y deficiente 25: un barómetro de Winckelmann (tipo Fortin), dos termómetros de máxima-mínima (modelo Casella, modificado por Philiph), dos termómetros de Fastre formando sistema para medir humedades relativas (poco operativo ante el excesivo tamaño e inadecuado soporte de los mismos), un pluviómetro y un vaso evaporatorio. Tales circunstancias, motivaron a Olayo Díaz a dirigirse repetidas veces a la Administración en demanda de nuevos y mejores instrumentos, pero su escaso éxito en el empeño le movió a iniciar un programa de adquisiciones con los fondos propios del Instituto. Así, entre otros materiales menores, trajo dos nuevos psicrómetros (con los que sustituir ventajosamente al sistema de termómetros Fastre), un atmóscopo de zinc, un higrómetro de Daniell, un udómetro de Babinet y un anemómetro de Robinson. Ya bien pertrechado, Díaz realizó minuciosamente durante años todas las observaciones que le eran demandadas desde el Ministerio. Pero lo importante es que no se limitó a remitir de oficio tales registros, sino que aprovechó para proyectarlos, de forma original y eficaz, hacia el conjunto de la sociedad murciana a través de la prensa. Esmeradas colecciones de dichos registros fueron publicados en revistas como Aura de Murcia (1871) y El Semanario Murciano (1878-81). Normalmente lo hizo con periodicidad decenal o mensual, aunque facilitó también en varias ocasiones interesantes resúmenes con los valores medios por períodos trianuales o quinquenales 26. Pero debe añadirse que en tales cuadros y resúmenes, los datos meteorológicos nunca fueron plasmados sin más. Díaz los acompañó de una sección denominada «Accidentes» desde donde realizó una notable divulgación de los fundamentos de la ----24 HERNÁNDEZ PINA, F. (1983), El primer centro oficial de Segunda enseñanza en Murcia, Murcia, Universidad de Murcia, pp. 116-122. 25 LÓPEZ FERNÁNDEZ, C., VALERA, M. (1997), «La labor científica del catedrático Olayo Díaz Giménez en el Instituto Provincial de Segunda Enseñanza de Murcia», Actas del VI congreso de la SEH-CYT, Segovia (en prensa). Meteorología, a la vez que ofreció abundantes comentarios sobre la climatología murciana. En este terreno, incidió especialmente en la influencia de ésta en cuestiones vitales para la economía de la tierra, como la agricultura y sericultura. También se cuidó de criticar científicamente determinas costumbres laborales de los huertanos. Es interesante señalar que en una de sus colaboraciones en el Semanario Murciano, quedó reproducida la carta-informe que envió al Director del Observatorio Astronómico de Madrid analizando las causas y efectos de la riada de Santa Teresa27. Dicho evento, acaecido en Octubre de 1879, fue de los más devastadores que ha conocido Murcia: hubo un total de 782 víctimas, y propició un movimiento internacional de apoyo en el que participaron activamente varios intelectuales y escritores extranjeros, como Emile Zola. Pero aún hay más que decir sobre la labor meteorológica de Olayo Díaz, y es que a poco de instalarse la Estación, en 1865, el propio Instituto le editó un libro relativo a su labor en aquélla. El título de dicha obra, Año meteórico de Murcia. 1864, es algo engañoso, pues su contenido no es una mera recopilación de los registros obtenidos en la Estación durante dicho año. En realidad, el planteamiento de la obra es tan genérico, que ésta nos permite considerar a su autor como el verdadero introductor de la Meteorología en Murcia. Merece la pena realizar algunos comentarios sobre el libro, el cual, muy bien valorado por la Academia de Ciencias, le valió a Díaz el nombramiento de miembro corresponsal de la misma en 1867. Dividido en dos grandes partes, la primera de ellas tiene un enfoque general y un nivel teórico considerable. A lo largo de las 8 secciones iniciales de la misma, y con el pretexto de describir el instrumental de la Estación, realiza Olayo un estudio físico detallado de los principales fenómenos meteóricos: presión atmosférica, humedad, temperatura, evaporación, lluvia, aire, luz y electricidad meteórica. Es este último fenómeno el que se ve con más atención, incluyéndose dentro del estudio del mismo una breve historia de la electricidad como ciencia y un buen análisis de los fenómenos de electrificación por influencia. De todos los fenómenos citados, se revisan con detalle tanto las causas que los producen como sus consecuencias y métodos de medida. Hay luego otra sección dedicada a estudiar (de forma bastante exhaustiva por cierto) los diferentes tipos de nubes tormentosas. Y por último aparecen otras 5 secciones, ya menos teóricas, y cuya inclusión parece obedecer más a motivos editoriales que científicos; están centradas en un fenómeno muy particular: el rayo, del que se estudian sus causas, naturaleza, efectos destructivos y métodos de prevención. Pese al enfoque genérico que, según vemos, presidió siempre esta primera parte del Año meteórico, aborda Olayo Díaz en ella algunas cuestiones referentes específi-----camente a Murcia. Destacaríamos la determinación experimental de la profundidad de la capa termostática de la ciudad, o capa interior de temperatura constante donde acaba la influencia solar 28. Díaz compara sus datos, obtenidos a partir de un pozo de 7 m. excavado en el patio del Instituto, con los aportados por Cassini en el Observatorio de París (1771). En el caso murciano la citada capa se sitúa a los 4m., con una temperatura estable de 16.7o (uno por encima de la temperatura media de la ciudad, al revés de lo apreciado en el caso parisino). Otros autores a los que recurre a lo largo de la obra para cotejar datos son Saussure, Humboltd y Kaemtz. La segunda parte es más descriptiva, y está dedicada específicamente a la meteorología de la Región Murciana. Dividida en 4 amplias secciones, correspondientes a las 4 estaciones climatológicas del año, se plasman en cada una de ellas los valores mensuales medios de los registros obtenidos desde la Estación. Estos hacen referencia, en todos los casos, a presión atmosférica, temperatura, humedad relativa, evaporación, lluvia, celaje y vientos. Ya de forma más ocasional, son recogidas algunas incidencias y cifras relativas a otros fenómenos atmosféricos particulares, como las tempestades, la electricidad meteórica y la niebla. Se incluye al final de la obra, una pormenorizada colección de los datos meteorológicos murcianos del trienio 1863-65. Pero conviene señalar que, al igual que ocurrió con sus colaboraciones en la prensa, aquí Olayo Díaz tampoco se limita a publicar unas frías relaciones de datos numéricos, sino que estos van siempre acompañados de amplios comentarios. La mayoría están referidos a la incidencia general de la climatología murciana sobre las actividades agrícolas propias de la tierra, pero toca además con especial interés (cosa que también había hecho desde la prensa) el tema de la cría del gusano de seda 29. En este terreno, insiste sobre tres cuestiones (por desgracia muy poco consideradas tradicionalmente por los huertanos): la conveniencia de no alimentar al gusano con moreras húmedas, el evitar su hacinamiento y el cuidar en extremo la deshumidificación de los zarzos; advierte Díaz que en caso contrario se favorece mucho la propagación de la epizootia denominada «pinto» o «fuligo», debida, según el mismo comenta, al hongo parasitario botrytis bassyana. Aquí, Olayo es consciente de que sus escritos difícilmente van a llegar al modesto huertano; ello le impele a exigir a los propietarios que se responsabilicen de fomentar ese cambio de hábitos: «Aun cuando la reforma de males inveterados fuera posible, no estaría al alcance de los pobres; más debieran intentarla los hombres acomodados ó el espíritu de asociación, sacando la industria sericícola de la esclavitud en que la tiene la pobreza, para colocarla a la altura de esas grandes esplotaciones de que ofrecen ejemplo los dandoleres de Italia» (en referencia a las instalaciones promovidas por el conde Dandolo) 30. ---- Y en otro orden de cosas, yéndonos ya a la parte final del libro, vemos que allí aborda Olayo Díaz una cuestión bastante más original que las anteriores, como es la posible incidencia de la concentración del ozono atmósferico en la propagación de las epidemias de cólera. Le motiva a ello el que Murcia acababa de padecer una de ellas (Noviembre 1864-Febrero 1865), aunque Díaz ya había vivido ese mismo trance en dos ocasiones anteriores. Sobre el tema, había una determinada corriente de opinión médica desde la que se defendía que la mayor presencia de ozono en la atmósfera, por las bien conocidas condiciones antisépticas de éste, debía ser un factor amortiguador de la acción colérica. Sin embargo, tras mostrar los resultados de las mediciones practicadas desde la Estación durante los últimos 4 meses de la epidemia31, Díaz hace ver que, contrariamente, justo vienen a coincidir las alzas de ozono con los días de mayor virulencia de la enfermedad. Ante ello, interpreta que la indudable acción antiséptica del ozono, se ve contrarrestada por las peculiares condiciones meteorológicas que favorecen el alza de éste: humedad, nubosidad, bruma y ausencia de vientos secos. SEMBLANZA FINAL Y CONCLUSIONES Tras la visión general que hemos ofrecido de la peripecia vital, científica y docente de Olayo Díaz, se desprenden varias conclusiones que nos dibujan un perfil bien definido para el mismo; serían las siguientes: -Con independencia de su ya significada labor antes de llegar a Murcia, es claro que Díaz desarrolla en esta ciudad la parte más notable de su labor científica y docente. A estos efectos, y con toda propiedad, se le puede considerar un científico murciano; por más que en Murcia (como suele ocurrir en estos casos) sea un perfecto desconocido. -Olayo Díaz no llevó a cabo una labor científica propia significativa, aunque sus modestas aportaciones (determinación de la profundidad de la capa termostática, estudio de las relaciones ozono-cólera o estudios sobre la cría del gusano de seda) estuvieron planificadas con el máximo rigor que le permitían sus escasos medios. -----Sí es, por contra, perfectamente destacable su notable tarea como forjador de una cultura científica en tierras murcianas. Su protagonismo a la hora de erigir instituciones culturales preocupadas por la ciencia (Liceo), sus numerosas colaboraciones en la prensa sobre temas científicos diversos, su decisivo papel como introductor del evolucionismo en la región, la publicación de su libro sobre Meteorología y las completísimas observaciones de esta naturaleza realizadas desde la Estación, son sólidos avales en este terreno. -Por otra parte, puede ser también considerado Díaz uno de los máximos responsables de la creación de una infraestructura material e institucional de tipo científico en la Murcia decimonónica: el Gabinete de Física, la Estación Meteorológica y la Universidad Libre, son buenas pruebas. Todo ello facilitó, aunque en diferentes grados y maneras, la formación media de importantes figuras científicas: algunas foráneas (Ventura de los Reyes Prósper) y otras autóctonas (José Hernández Ardieta), sin olvidar a destacados cuadros políticos (Juan de la Cierva y Antonio García Alix). Es cierto que Olayo Díaz no estuvo sólo en esta tarea; otros científicos murcianos (o ejercientes en Murcia) como Angel Guirao Navarro, Francisco Cánovas Cobeño y Andrés Martínez Cañada (Historia Natural), Tomás Museros Rovira (Agricultura) y Bernardino Sánchez Vidal (Matemáticas), fueron compañeros suyos de viaje. Sólidos profesionales, conformaron ese núcleo de intelectuales (también perfectos desconocidos en Murcia) que hicieron que esta ciudad no quedara totalmente aislada del trepidante progreso científico decimonónico. Pero sin duda, Olayo Díaz destacó con luz propia entre ellos. Fue así un claro ejemplo de ese «científico intermedio» que, aunque no realizase aportaciones originales importantes, preparó adecuadamente el terreno para otros. Uno de los muchos que permitieron mantener viva la llama de la ciencia en nuestro país durante la centuria pasada. Fue, además, un hombre preocupado por su entorno: progresista en lo ideológico y sensible ante lo social, aunque más bien retraído a la hora de la acción política. Portador de una gran fé en el progreso científico como redentor de los males humanos, pero con planteamientos excesivamente idealistas a la hora de reclamar los cambios sociales necesarios para ello. Algunas contradicciones, en suma, para un personaje que, como decíamos al principio, no fue sino un típico hijo de su tiempo.
El presente trabajo pretende analizar y explicar la creación del Instituto Bibliográfico Mexicano en 1899. Este centro, iniciado y potenciado desde la iniciativa de la Royal Society y su International Catalogue of Scientific Literature, desarrolló toda una infraestructura documental a semejanza de las existentes en algunas naciones europeas en esos años (caso de Francia o el Imperio austríaco). El hecho de que fuera México el único país de habla hispana que participó en los congresos internacionales y en la confección del catálogo desde sus inicios propició el decidido apoyo gubernamental con la esperanza, además, de que sirviera de acicate para la creación de una estable comunidad científica. Ello no fue posible por la subordinación de la ciencia mexicana de aquel tiempo a la norteamericana y francesa y porque, como ya han puesto de manifiesto Polanco y Saldaña, los intentos de imitación u ósmosis de las periferías científicas a modelos centrales fracasaron en su mayor parte, a pesar de que, como en este caso, permitieron la conservación de algunos de los proyectos y su infraestructura. LA MUNDIALIZACIÓN DE LA CIENCIA Y LAS COMUNIDADES CIENTÍFICAS PERIFÉRICAS La trasmisión de la ciencia moderna a regiones del planeta con un pasado colonial está recibiendo una creciente atención y análisis desde nuevas perspectivas y enfoques 1. El proceso de mundialización de la cultura occidental no ha sido un proceso lineal ni claramente secuenciado. La crítica al modelo de George Basalla (1967) sobre la difusión de la ciencia en tres etapas (de contacto, ciencia colonial y ciencia independiente) se ha basado fundamentalmente en la imagen unívoca y universal de la ciencia contenida en ella 2. La unidireccionalidad y el necesario filtro metropolitano que conlleva esta concepción la ha hecho excepcionalmente débil desde el momento en que la historia de la ciencia (especialmente desde los case studies) se ha desarrollado en los ambientes académicos de las excolonias. Así pues, una creciente consideración de los contextos locales, independientemente de la estructura imperial, y una revalidación de los condicionantes geográficos y culturales, han supuesto una mirada crítica con un mayor grado de complejidad y de enfoque metodológico 3. LAFUENTE, A.; ELENA, A.; ORTEGA, M. L. (Eds.) (1993), Mundialización de la ciencia y cultura nacional, Madrid, Doce Calles. Sobre la configuración de las comunidades científicas latinoamericanas es de indispensable consulta la revista Quipu. Revista Latinoamericana de Historia de las Ciencias y la Tecnología, con algunos trabajos monográficos dedicados a las comunidades de Venezuela, México o Perú y relevantes discusiones metodológicas. Un revisión y actualización por el propio autor a partir de las críticas recibidas puede verse en BASALLA, G. The spread of Western Science Revisited. Como bien señalan Lafuente y Sala (1989) 4, dos son las debilidades fundamentales de la teoría de Basalla. Por un lado, la rígida diferenciación entre tradición y modernidad, que otorga a las metrópolis el protagonismo en la difusión mundial de la ciencia moderna. Por otro, el manejo del concepto de «primitivo» o «tradicional» contrapuesto a «moderno», que consagra una percepción del desarrollo científico como un proceso lineal y unívoco (tan utilizado en esquemas desarrollistas). Obviamente, y como bien apuntan los autores, el gran problema procede del riesgo que se asume al elaborar modelos. El creciente interés por estudiar los procesos de difusión de la ciencia refleja la preocupación por resolver el conflicto generado por el aserto de que la ciencia es universal, mientras que las comunidades científicas son locales o nacionales. En este sentido, el presente trabajo intenta mostrar esta complejidad de intereses (personales, nacionales, académicos y políticos) y el recurso a la retórica de la universalidad de la ciencia ejemplificado en el campo de la documentación científica. La creación de la Oficina Bibliográfica Mexicana en 1900, ligada al ambicioso proyecto de edición de un Catálogo Internacional de Literatura Científica DXVSLFLDGR SRU OD Royal Society de Londres, cobra un renovado interés desde esta perspectiva. El recurso a la ciencia y a los modelos de la sociología positivista como elementos vertebradores de la sociedad mexicana durante el gobierno del general Porfirio Díaz (1876-1911), explican el apoyo proporcionado a dicha iniciativa en manifiesto contraste con la imagen de un país escasamente alfabetizado (13% para los más optimistas historiadores), sin Universidad Nacional y con una absoluta dependencia técnica del extranjero para su explotación interior 5. Durante la primera fase de vida independiente de los Estados Mexicanos, ninguno de los sectores políticos que pugnaron por el poder dispusieron de condiciones materiales y políticas que permitieran llevar a cabo sus proyectos respectivos de sociedad. Tanto liberales como conservadores recurrieron a la ciencia, aunque de forma con-----4 «Ciencia colonial y roles profesionales en la América española del siglo XVIII», Quipu, 6, 387-403; pp. 388-389. 5 El caso de la construcción del ferrocarril es paradigmático. Fue construido fundamentalmente con capital, tecnología y técnicos foráneos. La oligarquía mexicana mantuvo una actitud exageradamente optimista con respecto a su capacidad transformadora que no se correspondió con la realidad. Activó la integración económica de México en la economía internacional (especialmente norteamericana) y sirvió para mantener al dictador en el poder. Simbólicamente, también, el inglés era el idioma utilizado, tanto en manuales, oficinas y en los propios talleres. ORTIZ HERNÁN, S. (1985), «La innovación ferroviaria en el México del siglo XIX», Quipu, 2, 59-85. trapuesta, como instrumento político. Mientras los liberales utilizaron el cultivo de las ciencias como base de una ideología opuesta al dogmatismo religioso y a la tradición política colonial, los conservadores lucharon por mantener sus privilegios despreciando de forma manifiesta el valor de la ciencia 6. En este período se registraron algunas excepciones al escaso desarrollo institucional de la actividad científica. Entre ellas destaca la creación de ciertas instituciones estatales, tales como el Instituto de Geografía y Estadística (1833) dedicado al desarrollo de estudios científicos, económicos y demográficos, el Banco de Avío (1830) y la Dirección de Industria (1842). Así mismo surgieron sociedades científicas, como la Academia de Medicina (1824), la Academia Farmacéutica (1838) o la Sociedades Mexicanas de Agricultura (1845) y de Geografía y Estadística (1850). Tales sociedades tuvieron, en general, una corta vida media con excepción de aquellas apoyadas en colectivos profesionales consolidados, caso de las médicas, o aquellas que contaron con un decidido respaldo estatal, caso de la geográfica 7. De forma paralela, las publicaciones científicas tuvieron un azaroso devenir, salvo aquellas ligadas a dichas sociedades. Entre ellas cabe destacar el Boletín de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, creado en 1839, y principal órgano difusor de la ciencia mexicana 8. En síntesis, una situación que muestra el acrecentamiento del hiato existente entre la ciencia americana y europea -eliminado en cierta manera durante el periodo colonial-9. Una vez que el proyecto conservador, destinado a establecer un Imperio con el príncipe Maximiliano, fue derrotado militarmente, los liberales con Benito Juárez a la cabeza, restablecieron la República, iniciándose el proceso de pacificación y reorganización del país. Se formó un pacto político entre diferentes sectores de la sociedad sobre la base de modernizar la economía e impulsar la industrialización, estimulando las actividades económicas y científicas. La necesidad de un estado fuerte capaz, entre otras tareas, de garantizar la paz social, fue el caldo de cultivo de formas políticas autoritarias, que desembocaron en la dictadura del General Porfirio Díaz. La filosofía positivista de Comte se introdujo en la enseñanza y en la política. El modelo de organización social propio del positivismo sirvió de referente en el nuevo proyecto de articulación social. De hecho, el grupo oligárquico que mantuvo a Porfirio Díaz en el poder tomó el nombre de los «científicos», apelativo aparecido por vez primera en un documento de 1892. En él se solicitaba la reelección del General Díaz ----6 MORENO, R. (1986), Ciencia y revolución mexicana. En: Ensayos de Historia de la Ciencia y la Tecnología en México, México, UNAM, pp. 143-163. El trabajo incluye un listado completo de las sociedades científicas creadas durante el siglo XIX. 9 Esta cuestión se discute en: SAGASTI, F. R.; PAVEZ, A. (1989), «Ciencia y Tecnología en América Latina a principios del siglo XX: Primer Congreso Científico Panamericano»: Quipu, 6, 182-196; 192-193. con argumentos clarificadores. Entre ellos destacaba el anhelo nacional de progreso intelectual y moral logrado a través «de esa fuerza mental que se transforma en inconmensurable fuerza física y que se llama ciencia» 10. La conversión de la ciencia en un ingrediente de la lucha política hizo de ella no sólo la encarnación de la promesa ideológica de solucionar los problemas que afligían a la sociedad mexicana, sino un excelente escaparate para exhibir el progreso y el nivel de civilización obtenido. Los sectores industriales y financieros fueron considerados motores del progreso material, a la vez que elementos claves en la neutralización de los conflictos sociales. Desde este punto de vista, la ciencia y la técnica adquirieron gran importancia, convirtiéndose en adalides de la modernización social. Junto al marchamo positivista, la apuesta por el desarrollo industrial y la modernización tecnológica exigió el concurso del capital extranjero. El Estado, no solamente facilitó la inversión foránea sino que ofreció condiciones preferentes a la mano de obra cualificada procedente del exterior 11. Paralelamente, se potenció la formación de academias y asociaciones de carácter científico: la Sociedad Mexicana de Historia Natural (1868), la Sociedad Científica Antonio Alzate (1884), o la Academia Mexicana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (1895). También la participación en los congresos científicos, tanto en territorio nacional como en el extranjero, recibieron el estímulo estatal. En los dominios de la medicina, la botánica o la geología, se contribuyó extensamente al conocimiento del propio país12. Por el contrario, las ciencias aplicadas conocieron un desarrollo bastante limitado, tributario de la mencionada dependencia tecnológica y económica del exterior. La organización de la enseñanza, especialmente en los niveles elemental y medio, ocupó un importante lugar en el debate nacional. El elemento central del nuevo sistema educativo fue la Escuela Nacional Preparatoria, que mantenía un sistema comtiano de clasificación de las ciencias e insistía sobre el papel del método experimental en su organización. Por contra, diversos autores han señalado la relegación de la cuestión universitaria del citado debate 13. Cerrada desde la consecución de la independencia, en razón de su «naturaleza colonial», la Universidad fue considerada una ----10 Tan inusitada apelación a la ciencia en un panfleto reeleccionista no podía escapar a la malicia de los opositores al dictador. 77, muestra la participación mayoritaria de las potencias europeas y de los Estados Unidos en el desarrollo industrial mexicano. Como ya mencionamos, el protagonismo anglosajón se plasmó en el empleo del inglés como idioma de trabajo del propio personal de las compañías ferroviarias que operaron en esta época. institución incapaz de dar cabida a los postulados modernizadores y positivistas. Como bien recordaba Justo Sierra 14, Ministro de Instrucción Pública y responsable de su reapertura definitiva en 1910, la Universidad «era un cuerpo que había cesado de tener funciones adaptables a la marcha de la sociedad, por eso murió, por eso hizo bien el partido liberal en matarla y enterrarla» 15. Una declaración que precedía a su definitiva «resurrección» radicalmente transformada. Decenios de liberalismo y positivismo, no lograron disipar el conflicto social. La lucha dio como resultado un cambio de rumbo político más acorde con las realidades internas y externas, mediante la formación de un estado liberal, democrático y burgués, de tendencia corporativa. Aunque los planteamientos e ideologías de las facciones más avanzadas no se hicieron realidad, es innegable que el proceso revolucionario cambió el país, que salió de la lucha más unificado, más democrático y más nacionalista. Para el cultivo orgánico y sistemático de la ciencia contemporánea este proceso de cambio fue su condición de posibilidad. Hasta los años 30 no se reconstruyó la vida científica y técnica de México. Ese fue el momento de reabrir el período de reindustrialización, en tanto que parte integrante de una política nacionalista de modernización, unida a la nacionalización de las explotaciones petrolíferas en 1938 16. LA TRADICIÓN BIBLIOGRÁFICA MEXICANA Y LA ÉLITE PORFIRIANA La historiografía americana y americanista ha venido considerando a la pasada centuria, dadas las condiciones históricas y sociales de Hispanoamérica en general y de México en particular como el «siglo de oro» de la bibliografía mexicana 17. Basta citar los nombres de Beristáin de Souza, García Icazbalceta o Nicolás León -todos ellos ampliamente estudiados (hagiografiados en mayor o menor medida) por los historiadores mexicanos-, y su obra impresa, para trazar un panorama de lo que significó la labor bibliográfico-histórica de este período 18. En sintonía con el tradicional recurso a las bibliografías retrospectivas como elemento legitimador, se confeccionaron ----14 Sobre este reconocido positivista, integrante del grupo de los "científicos" que apoyaron la dictadura porfirista, puede verse el excelente trabajo DUMAS, C. (1986), 2 vols., especialmente el volumen segundo. 15 Discurso de presentación ante el Congreso del Proyecto de Ley de creación de la Universidad Nacional, 1910. 17 MANTECON, J. I. (1962), «El primer Instituto Bibliográfico mexicano», Boletín Bibliográfico. Segunda época, 12, 3-17 18 Así lo explicitaba el propio Nicolás León en una Memoria leída ante el Congreso Nacional en 1900: "Aunque la bibliografía en México arranca en sus orígenes en el primer tercio del siglo XVIII, puede decirse con toda justificación, que su desarrollo data del último tercio de la centuria cuya finalización celebramos". LEÓN, N. (1903) «La bibliografía en México en el siglo XIX»: Boletín del Instituto Bibliográfico Mexicano, 3, 5. Fue anteriormente publicado en el periódico El Tiempo Ilustrado, I, 1901, 1-3. los repertorios fundamentales que sistematizaron la producción intelectual de las prensas mexicanas desde su establecimiento, en 1539, hasta el fin de la época colonial 19. No solamente floreció la literatura bibliográfica erudita e histórica. Durante el último tercio del siglo XIX y, especialmente, durante los años de gobierno liberal, el grupo de intelectuales porfiristas autodenominados «científicos» apoyaron decididamente la labor propagandista de la bibliografía20. De esta forma México se incorporó a la confección de bibliografías especializadas sobre las ciencias naturales, corriente que en Europa ya había adquirido una gran importancia. Baste mencionar en este sentido la ingente labor llevada a cabo por la Royal Society de Londres con la edición del Catalogue of Scientific Papers (1867-1925), o la confección iniciada en 1858 por Poggendorff del Biographiche-literariches Handwörterbuch... Esta línea de trabajo se materializó en las obras de Manuel de Olaguíbel (1890) Memoria para una bibliografía científica del siglo XIX22, de Rafael Aguilar y Santillán Bibliografía Metereológica mexicana correspondiente al año de 1890 y Bibliografía geológica y minera de la República Mexicana (1898)23 y del propio Nicolás León Biblioteca Botánica (1895)24, autores que, como veremos más adelante, jugaron un papel decisivo en el devenir del Instituto Bibliográfico. Durante estos años se produjo la profesionalización de los estudiosos del libro y la reorganización de las bibliotecas. Simultáneamente se estaban gestando en Europa proyectos documentales tendentes a «universalizar» la información del quehacer científico mediante la confección de repertorios de actualidad, expresión de lo que se ----ha venido en llamar el «movimiento documental contemporáneo». ¿Qué repercusión tuvieron estas iniciativas en México? ¿Cómo se plasmó la colaboración mexicana en los mismos? ¿Cómo se articuló esta participación en la política científica del porfiriato? Ciertamente, el grado de involucración en las iniciativas documentales europeas sitúan a México en una posición privilegiada en el concierto de las naciones de habla hispana, en abierto contraste con el parco desarrollo científico antes visto. Del temprano conocimiento de las iniciativas documentales en tierras mexicanas son buena expresión las palabras de Jesús Galindo y Villa (1867-1937): «... los hombres estudiosos se preocupan actualmente por unificar las clasificaciones, adelantándose a la idea de construir sobre bases firmes la bibliografía universal internacional, proyecto que abarque el conjunto de la producción científica literaria de todos los tiempos y todos los países, comprendiendo el inventario de los artículos contenidos en las revistas. A tal objeto tienden principalmente los trabajos del Instituto Internacional de Bibliografía, establecido en Bruselas, y los de la Sociedad Real de Londres» 25. Entre los dos grandes proyectos internacionales que coparon el panorama documental finisecular, el gobierno mexicano se decantó por su participación en el londinense, de carácter bastante más pragmático y técnico, manteniendo simplemente contactos informales e intercambio de publicaciones con el liderado por el legista belga Paul Otlet en Bruselas 26. EL PROYECTO DE LA ROYAL SOCIETY DE LA ELABORACIÓN DEL INTERNATIONAL CA-TALOGUE OF SCIENTIFIC LITERATURE Y LA BIBLIOGRAFÍA EN MÉXICO Como hemos analizado en otro lugar 27, la Royal Society promovió desde 1894 la creación de un repertorio bibliográfico de actualidad para las disciplinas de ciencias ----25 «La Junta Nacional de Bibliografía Científica. 26 De las relaciones entre ambas instituciones solamente hemos encontrado constancia en los archivos del envío por parte de la Oficina Internacional de Bruselas de un ejemplar de su Boletín, correspondiente al año 1898 "esperando estimular con ello el intercambio permanente de publicaciones". Archivo de la Biblioteca Nacional de México (en adelante A. básicas, una tarea que exigía de la activa colaboración internacional 28. En 1894, el secretario de esta prestigiosa institución científica realizó un envío de invitaciones a las principales instituciones científicas y educativas del mundo. En su gran mayoría, estuvieron de acuerdo en la bondad de la idea y se declararon dispuestas a colaborar en el proyecto. La celebración en julio de 1896 de la primera Conferencia Internacional de Bibliografía en Londres, sentó las bases del funcionamiento del International Catalogue of Scientific Literature. La conferencia sancionó un organigrama basado en la creación de oficinas bibliográficas nacionales, encargadas de recoger la producción científica local, y remitirlas a la Oficina Central ubicada en la propia Royal Society 29. La única nación de habla hispana que aceptó este reto fue México. El Secretario de Justicia e Instrucción Pública del gobierno del General Porfirio Díaz, Joaquín Baranda 30, asumió la responsabilidad estatal en el proyecto, evidenciando la necesidad de prestar cobertura institucional al desarrollo del quehacer bibliográfico 31. Baranda designó a Francisco del Paso y Troncoso delegado nacional en la conferencia de 1896. Del Paso se encontraba en esos momentos pensionado en Europa con objeto de reproducir y enviar a México los fondos archivísticos y bibliográficos, custodiados en el viejo continente, que interesaran a la historia de México 32. ----R.; ASTRAIN GALLART, M. (1997), «Internacionalismo y Ciencia. 28 Debemos recordar que la primera iniciativa de crear un repertorio universal de ciencias la tomó la Royal Society, tras la propuesta del secretario de la Smithsonian Josep Henry en la reunión mantenida en Glasgow por la Sociedad Británica para el Progreso de las Ciencias, en 1855, y se materializó en el Catalogue of Scientific Papers. 29 Una descripción detallada de la marcha de las conferencias y la diferente participación de los científicos, en RICHET, Ch. Salió elegido diputado con el triunfo de la República y más tarde pasó al Senado. Durante la Presidencia de Manuel González fue nombrado Secretario de Justicia e Instrucción Pública. Destacado orador, fue miembro correspondiente de la Real Academia de la Lengua de Madrid. Murió en 1937 en la capital federal cuando ocupaba todavía el cargo de senador. 31 Según LAFUENTE, R. (1992), Un mundo poco visible: imprenta y bibliotecas en México en el siglo XIX, México UNAM-CUIB, p. 32 Francisco del Paso y Troncoso (Veracruz 1842-Florencia 1916) fue director interino del Museo Nacional, presidente de la Comisión mexicana en la Expedición Histórico-Americana de Madrid. Salió de México el 3 de agosto de 1892 y permaneció en Europa hasta su muerte. Su principal misión consistió en la publicación del Sahagún, códice conservado en la Biblioteca Laurenziana de Florencia. Además estudió los códices matritenses de la Biblioteca de Palacio y de la Academia de la Historia. Zavala, Silvio (1938), Francisco del Paso y Troncoso. El primer informe que Del Paso y Troncoso rindió al gobierno mexicano sobre las cuestiones tratadas en la conferencia de Londres recomendaba, en consonancia con la resolución número 16 de la misma, la creación de una Oficina Bibliográfica Nacional Mexicana 33. En una carta posterior, remitida desde Florencia donde residía temporalmente, trasmitía al secretario Baranda su preocupación sobre la posibilidad de que la indecisión del gobierno y retraso en la creación de la oficina causara la exclusión de México del proyecto documental. La raigambre nacionalista de sus argumentos, que convertían la labor documental en publicista de la ciencia mexicana, resultaba manifiesta: «La abstención se pudiera interpretar como una manifestación de impotencia... Es conveniente para la nación, a mi modo de ver, que mida sus propias fuerzas y aprenda a conocerse por lo que produce. Tal vez el ensayo de registrar nosotros mismos nuestra literatura científica nos dé la medida de lo que realmente valemos: si el trabajo es bueno, será para nosotros motivo de íntima satisfacción; si no lo fuere tanto, pondremos entonces el remedio y en un segundo ensayo recogeremos ya frutos más óptimos. A la vista salta que los hombres de ciencia tendrán estímulo tan luego como se convenzan de que sus producciones, si son estimables, no quedarán ignoradas del mundo civilizado, como ha sucedido hasta hace poco; y que sus nombres serán anotados en el mismo registro que contendrá los de los sabios más eminentes de ambos hemisferios: todos pugnarán por hacerse dignos de semejante honra, y no dudo que sus trabajos irán adquiriendo cada día más importancia...» 34. La argumentación de Del Paso se basaba en cuatro tipos de razonamientos: de cortesía, de decoro, de conveniencia y en última instancia de estímulo. De cortesía y decoro para el propio gobierno mexicano, ya que en la Conferencia habían estado representadas las naciones más cultas del mundo «civilizado» y el hecho de quedarse fuera del proyecto se podía entender como una manifestación de impotencia y falta de peso en el concierto internacional. Además, avisaba del peligro de caer en una cierta «tutela científica» ya que los responsables del catálogo recogerían de forma deficiente la producción científica mexicana. De conveniencia para la nación, que confrontaría de esta manera su potencialidad científica y su capacidad organizativa: «lo que realmente valemos». Y de estímulo para la comunidad científica, ya que la difusión internacional de sus logros, supondría un premio y reconocimiento del trabajo realizado por los investigadores. El peso de los argumentos barajados convenció al gobierno mexicano, que volvió a depositar en Del Paso la representación mexicana para acudir al Segundo Congreso Internacional de Bibliografía a celebrar en Londres en 1898. Tras su celebración, Del Paso y Troncoso elaboró un plan de creación de una Junta Bibliográfica Nacional ----33 A.B.N., Fondo Universidad, Expediente 1. 34 Carta de Francisco del Paso y Troncoso al Secretario de Instrucción Pública, A.B.N., Fondo Universidad, Exp. Mexicana, a imitación (como él mismo declaraba en su misiva) de la establecida en el Imperio Austriaco. Así, las labores de coordinación que en el país centroeuropeo se encomendaban a la Biblioteca Imperial, en México serían asignadas a la Biblioteca Nacional. El plan fue comunicado al Secretario de Relaciones Exteriores y, posteriormente, al de Instrucción Pública. Este último, Joaquín Baranda, fue nombrado Presidente de la Junta Nacional y, por encargo suyo, el Director de la Biblioteca Nacional, José María Vigil, cursó invitaciones a las principales sociedades científicas del país para que nombraran representantes a la misma. Las sociedades elegidas fueron: la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales -correspondiente de la de Madrid-, la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, la Sociedad de Historia Natural y la Academia Nacional de Medicina. Los representantes designados por éstas fueron, respectivamente, el Dr. Jesús Sánchez, Angel Domínguez, Jesús Galindo y Villa y el Dr. Porfirio Parra 35. En cuanto a la distribución teórica de las materias que cada organismo debía de supervisar se acordó adjudicar matemáticas, astronomía, meteorología, física, cristalografía y química a la Academia de Ciencias; geografía física y matemáticas a la Sociedad Geográfica; mineralogía, geografía, zoología y botánica a la Sociedad de Historia Natural y finalmente las materias de anatomía, fisiología, patología, antropología, psicología, farmacología y bacteriología (esta última se incorporó en el último momento al catálogo) a la Academia de Medicina. Se establecía, además, la necesidad de contar con la cooperación de otras instituciones de carácter científico y humanístico. Acorde con el diseño expuesto, la Junta Nacional de Bibliografía Científica Mexicana quedó formalmente constituida el 5 de diciembre de 1898, estableciendo su sede en los locales de la Biblioteca Nacional. Su primera iniciativa consistió en integrar en el proyecto a otras pujantes academias científicas, entre ellas, la prestigiosa Sociedad « $QWRQLR$O]DWHa \ODGH, QJHQLHURV 36. Así mismo, comunicó a los gobernadores de los diferentes estados mexicanos la necesidad de crear Juntas locales, integradas por tres individuos, que velasen por el registro de las publicaciones científicas en sus territorios. El plan de Del Paso preveía la creación y consolidación de la Junta en un Instituto Bibliográfico Mexicano. De hecho, la composición de la primera incluyó desde sus inicios a destacados bibliógrafos. Tales eran los casos de Rafael Aguilar y Santillán, Luis González Obregón, Jesús Galindo y Villa y el propio Tron----- 35 Todos ellos tenían en común haber asistido a la Escuela Nacional Preparatoria, como ya vimos, embrión pedagógico de las doctrinas positivistas y cientificistas en México e institución mimada por la élite porfirista. 36 La Sociedad «Antonio Alzate» nombró representante a su Secretario Perpetuo, el ingeniero Rafael Aguilar y Santillán (1863-1940), especialista en mineralogía y geología. Por parte de la Sociedad de Ingenieros se comisionó al también ingeniero Agustín Aragón (1870-1954), especialista en geografía que jugó un importante papel político en la administración del gobierno de Díaz. Destacado positivista, acabó en el bando opositor al general. Historia, Biografía y Geografía de México.5a¢ Ed., Ed. En abril de 1899 se acordó la definitiva creación del Instituto que quedó formalmente constituido en mayo de ese mismo año 37. Su funcionamiento, claramente detallado en sus bases y reglamento, era similar al de una academia, con reuniones mensuales -celebradas el primer lunes de cada mes-. La presidencia del Instituto correspondía al Secretario de Instrucción Pública, encomendándose la vicepresidencia y dirección del mismo al Director de la Biblioteca Nacional. El ejemplar del Reglamento que nosotros hemos manejado corresponde al publicado como apéndice en la Bibliografía jurídica mexicana, del jurista Manuel Cruzado 38. En ella se incluye el nombramiento de este destacado abogado mexicano como miembro del mismo así como un listado de todos sus socios. En las primeras sesiones se acordó ampliar el número de sus miembros, incorporándose en octubre el erudito Nicolás León, así como al propio Manuel Cruzado y al presbítero Vicente de Paula Andrade, entre otros. Llama la atención la escasa representación de científicos sensu estricto, ya que de sus 25 componentes, sólo ocho (tres ingenieros y cinco médicos) no pertenecían al campo de las humanidades (entre los que destaca el peso de los legistas) 39. La labor del Instituto sobrepasó con creces las funciones de oficina correspondiente con el lnternational Catalogue. El Instituto, con un patrón similar al de los países adscritos al otro gran proyecto documental del momento, liderado por el Instituto de Bibliografía de Bruselas, estimuló la confección de bibliografías nacionales en los campos humanístico y científico. De esta manera se declararon corresponsales del Instituto las ya mencionadas Juntas locales y se crearon comisiones especializadas: 38 El Reglamento fue publicado como folleto independiente en ese mismo año de 1899 por la Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento. 39 Para Ignacio Mantecón, la creación del Instituto Bibliográfico representa la plena integración de México en el movimiento documental, que priorizaba la confección de instrumentos bibliográficos de actualidad en las distintas disciplinas científicas. Esta labor recopiladora no se circunscribía a los libros y folletos sino que se ampliaba a las publicaciones periódicas (MANTECÓN, J.I. (1961), p. Esta clasificación respondía a la confeccionada por el belga Namur, y fue la utilizada por el Director de la Biblioteca Nacional, José María Vigil, para la catalogación de los fondos de la misma durante esos años 40. Las Juntas Locales fueron nombradas con las instrucciones enviadas por el Instituto el 31 de diciembre de 1899. Estuvieron compuestas por ternas de reconocidos eruditos y su trabajo resultó bastante dispar. La Junta Local del estado de Yucatán, por ejemplo, escribió haciendo saber que había tenido su primera reunión, pero planteaba dudas sobre los materiales a catalogar y las reglas a seguir. Algunos Estados, entre ellos Veracruz, contestaban diciendo que «no había movimiento científico publicista en sus territorios». Otros estados sí enviaron listados de obras. Así, una clara excepción fue el caso de Primo Feliciano Velázquez, quien en su calidad de Secretario de la Junta Local de Bibliografía Científica de San Luís de Potosí, publicó en 1901 una Bibliografía Científica Potosina. Algunas Juntas llegaron incluso a insertar anuncios en la prensa local pidiendo la colaboración de los autores, debido al «escaso o nulo» movimiento científico 41. Otra tarea del Instituto, promovida por Nicolás León, fue el desarrollo del artículo octavo de las bases constitutivas del Instituto: «Dará noticias, hasta donde sea posible, de las obras relativas a México fuera del país por autores extranjeros». Para ello, se propuso la publicación de un Anuario y la concesión en exclusiva de su venta a un librero europeo, que a cambio, pagaría el envío de catálogos de obras y de venta de libros que contuvieran temas mexicanos. Además, propuso la suscripción a las publicaciones Börsenblatt für der deutschen Buchchandel (Leipzig), Polybiblion y Bibliographie de la France (París), Notes and Queries (Londres) y Library Journal (órgano de la Asociación de bibliotecarios norteamericanos). La exclusividad en el comercio de las publicaciones realizadas por el Instituto fue finalmente rechazada por atentar contra los principios liberales del librecambismo propugnados por la élite porfirista. José María Vigil (Guadalajara 1829-México D.F. 1909), estudió Jurisprudencia y se afilió tempranamente al Partido Liberal, al que defendió desde las columnas de prensa. En 1869 fue nombrado magistrado en la Corte Suprema de Justicia. En noviembre de 1880 fue nombrado Director de la Biblioteca Nacional. Después de estudiar los sistemas de clasificación se decidió por los del bibliotecario belga Paul Namur. Catalogó más de diez mil obras. IGUINIZ, J.B. (1943), «José María Vigil, humanista e historiador». En: Disquisiciones bibliográficas, México, Colegio de México, pp. 78-90. 41 En el prólogo de la obra dice el autor «Este trabajo fue presentado en abril de 1899 a la Junta Local de Bibliografía Científica de San Luis de Potosí, la que tuvo por bien hacerlo suyo y lo remitió a la Junta Nacional de México, para cooperar a los fines de la Royal Society of London. El autor fue Secretario de la Junta Local por nombramiento del Superior Gobierno del Estado y es ahora socio correspondiente del Instituto Bibliográfico Mexicano». La bibliografía no siguió normas internacionales de catalogación. La correspondencia entre las Juntas locales y la Oficina Central pueden verse en A.B.N., Fondo Universidad, Expediente 4 (I), 1899. El plan del Instituto resultaba a todas luces muy ambicioso. Partiendo de la colaboración con el International Catalogue de la Royal, se pretendía elaborar una bibliografía nacional, tanto histórica como corriente y especializada, y recoger todas las obras escritas por mexicanos y de autores extranjeros sobre México. Sin duda, este plan respondía a la corriente más positivista («cientificista») y nacionalista de la intelectualidad mexicana, que veían en la recuperación del acervo documental mexicano una reafirmación de su propia identidad nacional. Además de a los intereses nacionales, la labor del Instituto respondió a las propias ambiciones de sus protagonistas. La presencia mayoritaria de humanistas explica que solamente llegaran a publicarse algunas series retrospectivas, no prosperando ninguna de las iniciativas bibliográficas de actualidad al margen de los envíos a la oficina londinense 42. Además, la mayor parte de las fichas bibliográficas recopiladas correspondían a trabajos ajenos a las disciplinas científicas básicas, por lo que resultaron inservibles para los propósitos del proyecto londinense. El Instituto suscribió, como era obligatorio, diversas series del International Catalogue. La amplitud de la suscripción -cinco series anuales, cada una compuesta por diecisiete entregas-y la puntualidad en su abono resultan llamativas para un país como México. Por ejemplo, España, incorporada en 1904 al proyecto, sólo suscribió una serie por razones económicas, cuyo pago estuvo sometido a continuas demoras 43. Las cinco suscripciones mexicanas fueron destinadas a las siguientes instituciones: Secretaría de Despacho de Instrucción Pública y Bellas Artes, Escuela Nacional Preparatoria, Escuela Nacional de Ingenieros, Escuela Nacional de Medicina y Biblioteca Nacional. La dimisión de Joaquín Baranda llevó a la presidencia del Instituto a Justino Fernández y, posteriormente, en 1905, al activo y polifacético Justo Sierra, quien no creyó prioritaria la labor de esta Institución y no asistió nunca a sus reuniones. Desde 1902 se habían adjudicado 500 pesos mensuales para los gastos del Instituto con los ----42 La bibliografía del siglo XVI ya había aparecido en la obras de García Icazbalceta. El Instituto, por su parte, editó los estudios Ensayo Bibliográfico del siglo XVII de Vicente de Paula Andrade y la Bibliografía mexicana del siglo XVIII de Nicolás León, además de reservarse la compilación de la correspondiente al siglo XIX. Por otro lado, editó la ya citada Bibliografía jurídica mexicana y la continuación de la Bibliografía geológica y minera de Rafael Aguilar y Santillán. Miembro ilustre de la generación de los «científicos», Aguilar se formó en las escuelas Nacional Preparatoria y Nacional de Ingeniería. Su obra presenta por orden alfabético de autores las obras de mineralogía, minería, geología, metalurgia, legislación y estadística mineras de México, aparecidas desde 1556 hasta 1896. Una iniciativa que tiene un claro precedente en nuestro país en el repertorio elaborado por los ingenieros de minas Eugenio Maffei y Ramón Rúa Figueroa: Apuntes para una biblioteca española de libros, folletos y artículos, impresos y manuscritos, relativos al conocimiento y explotación de las riquezas minerales y a las ciencias auxiliares, 2 vols., Madrid, Imp. J. M. Lapuente, 1871-72. que se atendieron los pagos para las principales publicaciones bibliográficas, incluido su boletín. Esta publicación periódica fue encargada a Nicolás León y de ella se editaron once números hasta 1908. La actividad del Instituto languideció desde 1902, y cayó en el olvido definitivamente en 1908, con el fallecimiento de José María Vigil -a la sazón director de la Biblioteca Nacional-, y la supresión de la dotación presupuestaria 44. Durante los años 1916 a 1919 se creó la Escuela Nacional de Bibliotecarios y Archivistas, a partir de un proyecto del propio Nicolás León respaldado por el nuevo director de la Biblioteca Nacional, Luis Manuel Rojas 45. En 1956, la Universidad incorporó la carrera de Biblioteconomía a la Facultad de Filosofía y Letras y en 1959 se restableció el Instituto Bibliográfico, convertido desde 1967 en Instituto de Investigaciones Bibliográficas, dependiente de la Universidad Nacional Autónoma de México, y que incluye a la Biblioteca y Hemeroteca nacionales. LA INTRODUCCIÓN DE LA CLASIFICACIÓN DECIMAL UNIVERSAL EN MÉXICO El proyecto documental auspiciado por el Instituto de Bibliografía de Bruselas hizo de la difusión internacional de la C.D.U. unos de sus pilares básicos. Como hemos tenido ocasión de explorar en otros trabajos, la incorporación de este sistema de indización a las bibliotecas, archivos y publicaciones periódicas, estuvo sometido a diversos avatares ligados a intereses profesionales 46. La vinculación mexicana al proyecto continental se limitó al intento del instituto bruselense de conseguir la aceptación de la introducción en los archivos y bibliotecas mexicanos. El conocimiento de la C.D.U. fue facilitado por la participación en la Exposición Universal de París de 1900. El presidente de la Comisión Mexicana para dicho evento, el ingeniero Fernando Ferrari Pérez, publicó varios artículos de contenido bibliográfico, en general afines a la posturas defendidas por el Instituto de Bruselas. Su intención era dar a conocer y vulgarizar esta «útil e ingeniosa» clasificación. Proponía, a su vez, clasificar con este sistema todos los libros y folletos que la República Mexicana se disponía a exhibir en la magna exposición. Ferrari, en la presentación se declaraba ferviente partidario de este sistema decimal: «Por mi parte, hace años que lo uso ventajosamente, tanto en el arreglo de mi biblioteca como en el de los numerosos recortes de periódicos y notas importantes que conservo» 47. Esta convicción le llevó a traducir y publicar un año más tarde, también en la imprenta de la Secretaría de Fomento, una versión íntegra de la clasificación de Melvil Dewey, probablemente la primera publicada en México 48. Además, se realizaron intentos de introducir la decimalización en su biblioteca y archivo. Como es lógico, también en el seno del Instituto Bibliográfico surgió la discusión sobre la bondad y utilidad del sistema decimal a la hora de clasificar las fichas bibliográficas. El propio Instituto de Bruselas cursó una nota al recién creado Instituto Bibliográfico mexicano intentando inclinar sus preferencias hacia el sistema decimal, decididamente más universalista 49. Para discutir este tema se convocó una reunión específica en los locales de la Biblioteca, a la cual, por motivos médicos, no pudo asistir el socio Jesús Galindo y Villa. El representante de la Sociedad de Historia Natural envió una nota exponiendo su postura y proponiendo finalmente la creación de una Comisión de Clasificación: «Es mi concepto que no debemos aceptar en principio el sistema decimal, sino condicionalmente (subrayado en el original). Hay serias objeciones: 1o. que no es un sistema científico sino arbitrario (así lo dice Funck-Brentano, archivero bibliotecario de la Biblioteca del Arsenal, 2o. cada uno de nosotros necesita poseer la clave, el texto de la clasificación, 3o. a pesar de que hace furor este sistema en el mundo científico, la Conferencia Internacional de Bibliografía de Londres, pudiendo aceptarlo, no lo hizo 50 ». Galindo y Villa publicó en 1901 un interesante ensayo sobre la clasificación de los conocimientos humanos y la bibliografía, en el que repasaba las principales clasificaciones universales, incluidas la de Dewey, la de Bruselas y la adoptada por la Royal Society. En su análisis, tras insistir en el desacuerdo entre la convención londi-----47 CLASIFICACIÓN Decimal de Melvil Dewey, La. México, Oficina Tipográfica de la Secretaría de Fomento, 1899. Contiene la traducción de tres trabajos publicados en la Revue Scientifique, a saber SAUVAGE, E. «La clasificación Bibliográfica Decimal»; RICHET, Ch. «La Clasificación Decimal y el proyecto de la Sociedad Real de Londres» y «La CLASIFICACIÓN decimal de Melvil Dewey aplicada a las ciencias geológicas para la formación de la Bibliografía Geológica por el Servicio Geológico de Bélgica». 48 nense y el instituto liderado por Otlet, se inclinaba por la Clasificación Decimal de Dewey de manera convencida: «No cabe duda que, hasta donde es posible, la de Dewey, es uno de los procedimientos analíticos que pueden emplearse con más éxito en una bibliografía internacional» 51. En 1912, la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas introdujo la C.D.U. en su biblioteca, y extendió su uso a la formación de expedientes y archivos 52. Esta secretaría intentó, sin éxito, que una comisión de especialistas de los Estados Unidos se trasladara a México para aplicar la Clasificación Decimal a su biblioteca y a la de Fomento. Finalmente, se llevó a cabo con el recurso a un catálogo alfabético de autores y de obras clasificadas por materias, elaborado ad hoc, sin relación alguna con la C.D.U. En cuanto a la clasificación de los archivos, desde muy temprano las autoridades se decantaron por una clasificación decimal. Tanto la citada Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, como la de Relaciones Exteriores, de Industria, Comercio y Trabajo y la de Gobernación desarrollaron toda una serie de publicaciones para la utilización de la clasificación decimal a la hora de archivar los asuntos y expedientes dependientes de las mismas. Una iniciativa que se extendió a los gobiernos de los diferentes estados de la República 53. La Biblioteca Nacional acometió la catalogación de sus fondos con el sistema mencionado de Namur bajo la dirección de José María Vigil 54. Tras su fallecimiento en 1909, la dirección de la Biblioteca recayó en diversos personajes de la vida cultural de país, cuyos mandatos, excesivamente breves, imposibilitaron una reorganización de suficiente calado. Únicamente bajo la vinculación de Juan Bautista Iguíniz ----51 GALINDO Y VILLA, J. (1901), «La clasificación de los conocimientos humanos y la bibliografía»: Memorias de la Sociedad Científica Antonio Alzate, IV, 117-145. El autor insinuaba que el Instituto mexicano terminó utilizando la clasificación decimal de Dewey para catalogar los trabajos. ÁLVAREZ, M. F. (1920), Las Bibliotecas públicas y particulares. México, Secretaría de Gobernación [Sobretiro de los Anales de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, II, 87-105]. Se trata de la obra Instrucciones sumarias para la clasificación decimal de los asuntos que tenga a su cargo el oficial encargado del recibo y apertura de la correspondencia. A cargo de Ezequiel A. Chávez. México, Talleres Tipográficos de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas, 1912. 53 CHÁVEZ, E. A. (1912), Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas. Instrucciones sumarias para la clasificación decimal de los asuntos que tenga a su cargo el oficial encargado del recibo y apertura de la correspondencia, México, Talleres tip. de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas; LOMBARDO, V. (1922), Secretaría de Educación Pública. Tablas generales compendiadas del sistema decimal "Melvil Dewey" para bibliotecas, con las modificaciones introducidas en él por el Instituto Internacional de Bibliografía de Bruselas, México, Dirección de Talleres Gráficos. 54 Nacido en 1829 en Guadalajara estudió latinidad, filosofía y jurisprudencia, no llegó a terminar la carrera de leyes atraído por la literatura y el periodismo desde donde defendió sus convicciones liberales. Este bibliógrafo publicó, en 1919, las Instrucciones para la redacción y formación de los catálogos bibliográficos según el sistema de Melvil Dewey, adaptadas a las bibliotecas hispano-americanas, en las que se basaron para su recatalogación. Así mismo, sustituyó paulatinamente los catálogos de libros por cédulas bibliográficas y echó a andar el catálogo onomástico y el catálogo diccionario. La incorporación de los países periféricos a los desarrollos de la ciencia contemporánea exige un análisis detallado de cada uno de ellos. Las condiciones sociopolíticas y culturales de cada entorno nacional matizó y condicionó esa asimilación. En el caso de México, su participación en el proyecto documental apadrinado por la Royal Society de Londres tuvo más que ver con el intento de dinamizar la propia ciencia local al servicio de un proyecto político concreto, el porfiriato, y utilizarlo como escaparate exterior de los logros nacionales, que con las necesidades documentales de la comunidad científica mexicana. El caso chileno presenta, como hemos señalado en otro trabajo, unos matices bien diferentes. La colaboración de Chile con el Instituto Internacional de Bibliografía de Bruselas se debió a una sentida necesidad de organización interna del saber y de los recursos bibliográficos, exenta, en buena medida, del componente publicista que animó a la participación mexicana.
Conocí a Claude Debru en 1993 con ocasión de la European Conference celebrada en Lunteren (Holanda) bajo los auspicios de la joven European Association for the History of Medicine and Health (EAHMH). En el escaso tiempo que el trabajo dejaba disponible, tuvimos ocasión de iniciar una amistad que se ha afirmado con el paso de los años. Creo pertinente comenzar mi reseña sobre su obra con esta declaración porque considero que sólo en esta perspectiva lo que acerca de ella diré gana todo su sentido. En primer lugar, el reconocimiento de ese lazo afectivo debería disipar en el lector la sospecha de que se encuentre ante un acto de amiguismo, que por lógica tendería a enmascararse bajo una retórica fríamente académica; y en segundo, porque declara un vínculo con la persona y con su obra cuyo efecto es ya visible en mi propia trayectoria profesional. El documento más explícito al respecto es el texto de mi conferencia inaugural 1 del XI Congreso Nacional de la Sociedad Española de Historia de la Medicina (Málaga, 1996), cuyo tema -la medicina en el siglo XX-propuse a la Junta Directiva de la SEHM precisamente a causa del estímulo intelectual que, en el curso de los dos años precedentes, había recibido de Claude Debru y del grupo de investigadores que, convocados, como yo mismo, por él, habían expuesto sus trabajos en el Centre Européen d'Histoire de la Médecine de la Universidad de Estrasburgo, del que a la sazón era director. Que los miembros de aquella directiva aceptaran mi propuesta, incluso con entusiasmo, honrándome con el encargo de la inauguración, y que el congreso resultara un éxito es, a mi entender, la ----1 MONTIEL, L. (1998), «Pensar la medicina en el umbral del siglo XXI». En: CASTELLANOS GUE- RRERO et al. (coords.), La medicina en el siglo XX: estudios históricos sobre medicina, sociedad y estado, Málaga, Sociedad Española de Historia de la Medicina, mejor prueba del interés de cuanto en la obra de Debru y en su manera de entender el trabajo en historia de la medicina podemos encontrar los profesionales españoles. No hay por qué extrañarse de ello. Nuestro común maestro, Pedro Laín, ha advertido a menudo que la historia acaba -y sólo provisionalmente-la mañana del día en que vivimos, y todos suscribimos esta creencia, asociada íntimamente a otra: la de que estudiamos la historia para servir al presente y al futuro, y no por mera afición a las antigüedades. Sin embargo, nuestra propia tradición profesional nos ha apartado del estudio de lo más reciente, de lo contemporáneo, excepción hecha, en el mejor de los casos, de lo relativo a los aspectos asistenciales, terreno éste en el que el compromiso de no pocos ha estimulado de manera notabilísima la reflexión crítica2. Faltaba, empero, la dedicación a los aspectos más propiamente epistemológicos, el análisis crítico, histórico y filosófico del discurso científico de la medicina actual3. Y esto es, precisamente, lo que se propone la obra de Claude Debru. Probablemente no sea ajeno a esta orientación el hecho de que el autor haya intervenido muy activamente, en el curso de la última década, en la política científica en el campo de la Historia de la Ciencia, y muy particularmente en la de las ciencias de la vida. Fue tesorero, y más que eso, apasionado dinamizador de la EAHMH desde su fundación hasta el último cambio de junta directiva (1999); director, hasta hace dos años, del ambiciosamente concebido Centre Européen de Estrasburgo, ya mencionado; y activo participante en las reuniones promovidas por ALLEA (All European Academies) para estudiar la importancia de la formación historicocientífica, la primera de las cuales, coordinada por él en Estrasburgo en junio de 1998, arrojó unas conclusiones muy gratificantes para quienes a este menester nos dedicamos, especialmente por venir apoyadas por los políticos profesionales que participaron, junto a los científicos e historiadores, en la reunión4. Pero esto no debe entenderse en el sentido de que lo que más interese a Claude Debru sea la política. Muy al contrario, pienso que ha sido su dedicación a lo más reciente, a lo actual, lo que ha favorecido esta actividad complementaria de la fundamental: su dedicación a la investigación y la docencia5. A menudo le he escuchado proferir, intentando explicar el porqué y el cómo de su quehacer, esta frase que podría parecer, sin serlo en absoluto, grandilocuente: «je suis né philosophe». A lo que yo añadiría que esa vocación innata se vio conformada luego por el magisterio de un filósofo singular, muy querido para quienes estudiamos las ciencias de la vida: Georges Canguilhem. A ello se debe, a mi entender, que en el subtítulo de la primera de las obras objeto de este sumario ensayo ostente, aliadas por una conjunción copulativa, las palabras «historia» y «filosofía», asociación que tan familiar resulta al oído de los discípulos de Laín6. Las primeras líneas de L'esprit des protéines pueden perfectamente considerarse como la divisa que ha guiado la investigación de su autor durante los casi veinte años que separan la publicación de esta obra de la aparición de la más reciente, y explican además mejor que cualesquiera otros ----argumentos el interés de quien esto escribe: «Este libro nace de un asombro maravillado, y querría traducirlo, Las ciencias actuales de la materia viva, la bioquímica, la biofísica, se distinguen por una sutileza y una riqueza de concepciones inauditas, de las que el filósofo no toma conciencia plenamente más que si se ve confrontado con ellas. Pero este encuentro, por instructivo que sea, reclama una profundización, la que procura la percepción de la duración. Sólo la duración hace madurar el espíritu de las cosas en sus verdaderas formas. Para perfeccionar su experiencia, el filósofo debe hacerse historiador. Aspira a ese suplemento de inteligibilidad que aporta la historia» (p. Trascendiendo estériles polémicas que aún estaban de moda entre nosotros cuando yo comenzaba a formarme como historiador de la medicina, Claude Debru reclama un imprescindible «suplemento de inteligibilidad», que sólo una inteligencia en exceso partidista tomaría como prueba de una presunta condición ancilar de la historia respecto de la filosofía; no olvidemos que Debru es un filósofo, y su oficio exige poner algunas cosas al servicio de la filosofía, del mismo modo que el historiador, si quiere serlo plenamente -piense el lector en la obra de Laín-debe llamar en su ayuda a la filosofía, que se convierte en auxiliar para él sin que esa condición, sólo adjetiva, diga nada acerca de la esencia de la filosofía misma. Nuestro autor se declara deudor de su maestro, Georges Canguilhem, «cuya obra ha hecho de la historia de las ciencias biológicas modernas lo que hoy es: una disciplina filosófica de pleno derecho» (p. Y no olvidemos tampoco que, en el presente caso, filosofía e historia están, en cierto sentido, al servicio de lo mismo que ha puesto en marcha la reflexión historicofilosófica: una parcela singular -y singularmente reciente-de las ciencias de la vida. Platónico en su primera fase, Debru no tarda en recordarnos que su thaumástein, el émerveillement que, bien que mal, he traducido como «asombro maravillado», tiene por objeto una parte de la realidad natural que el mismo Platón nunca habría podido percibir, por lo que no tiene más remedio que extenderse hacia aquello que ha hecho posible su manifestación: el pensamiento, el método, la técnica, y las condiciones de posibilidad, arraigadas en la historia de las ciencias de la vida, de ese pensamiento, de ese método, de esas técnicas. Cada vez que, en el curso de los últimos años, Laín ha afirmado que no puede entenderse la filosofía del siglo XX, y aún más la que exista en el XXI, sin la ciencia, se refería sin duda a esto, pues la nueva fuente de asombro filosófico, el nuevo acicate para la reflexión sobre lo desconocido es hoy más que nunca -aunque no exclusivamente-la ciencia y su devenir. En esta perspectiva, el más reciente libro de Debru parece dibujar un bucle -sin cerrarlo: como superponiéndose al trazo inicial de la línea en un espacio tridimensional-al referirse tan explícitamente a «lo desconocido». Esto no significa, desde luego, que las ciencias de la vida sean el dominio exclusivo de la investigación sobre lo desconocido, pero sí lo son de aquello más desconocido que más nos concierne, que hace que nuestro thaumástein no sea en modo alguno desinteresado. La vida, pues, y el conocimiento científico de lo viviente son el objeto del asombro filosófico del que nace la obra de Claude Debru; y el modo de comenzar su indagación filosófica es profundamente histórico. Sin dejar por un sólo momento de ser un libro de filosofía, L'esprit des protéines es un excelente estudio historicocientífico, pues su autor es agudamente consciente de que el paulatino esclarecimiento del qué de lo estudiado -la vida-ha estado, desde los inicios del método experimental en Claude Bernard y en la línea germánica que se inicia con Liebig, radicalmente determinado por el cómo. También lo son las otras obras objeto de esta reseña, y en algún caso en medida excepcional, pues su autor ha tenido ocasión de convivir durante largos períodos con los científicos por él estudiados: Jeffries Wyman, Michel Jouvet, Marcel Bessis... El libro dedicado al segundo, Neurophilosophie du rêve es, a este respecto, especialmente atractivo, ya que pone a disposición del lector interesado algo así como el diario de décadas de investigación del equipo del científico francés, enriquecido por la comparación con los presupuestos teóricos y los métodos de otros dos grupos estadounidenses (el de Nathaniel Kleitman, en Chicago, y el de William Dement, en Stanford), estudiados también in situ aunque en un período necesariamente más breve. No quie-ro desaprovechar la ocasión de subrayar el interés que, a mi modo de ver, presenta este modo de hacer historia de la ciencia, susceptible de apasionar a investigadores jóvenes, y no tan jóvenes, y de indudable valor formativo para quien esté dispuesto a practicarlo. Tampoco puedo pasar por alto el hecho, cargado de sugerencias, de que el onirólogo francés haya escrito una novela -Le château des songes7 -en la que, con notable acierto, traspasa buena parte de su propia biografía científica a un noble ilustrado. Limitándome a lo que atañe a los contenidos de las obras reseñadas, reiteraré que la primera de ellas suministra una formidable exposición histórica del despliegue de la química biológica en la segunda mitad del siglo XIX y de su paulatina transformación en bioquímica y en biofísica, y lo hace marcando un estilo o, si se prefiere, una técnica, un método: el estudio de la dinámica interna de los procesos de investigación, el análisis de los factores que, surgiendo paulatinamente en el curso del trabajo de individuos y grupos, obligan a reorientar la pesquisa, en ocasiones cambiando drásticamente su rumbo. La philosophie moleculaire desarrolla algunos de los temas tratados en la obra anterior, pero enfatizando la consideración del alcance filosófico de los hechos analizados. La descripción de los procesos de investigación desarrollados por científicos franceses -Monod, Jacob, Lwoff-en torno a los ácidos nucléicos no obedece a chovinismo alguno, sino a la puesta en práctica del método al que antes me he referido: la inmersión, tan profunda y sostenida como sea posible, en lo cotidiano de la investigación. De este modo asistimos a la formulación de hipótesis que serán descartadas o reelaboradas a partir de los hechos suscitados por la experimentación o descubiertos gracias a ella, de modo que -como señala Debru-el hallazgo no es sólo meta, sino también instrumento, herramienta del proceso de investigación. También presenciamos cómo una disciplina científica que nace de la fisiología se ve forzada a convertirse, por mor del rigor metodológico, en una rama de la morfología -«el biólogo molecular es ante todo un anatomista» (p. 9), si bien el riguroso estudio de las estructuras moleculares y submoleculares liberará a la postre un inédito caudal de conocimientos acerca de la función; de un lado -como se explica en el tercer capítulo de la obra-a través del descubrimiento de la alostería, y del otro mediante la investigación sobre mediadores químicos, especialmente en esa área privilegiada de la investigación que es el sistema nervioso, en la que la perspectiva estructural no aporta resultados satisfactorios -capítulo cuarto-. La sección dedicada a la alostería es particularmente atractiva por cuanto, una vez más, uno de sus protagonistas, Jeffries Wymann, es reconocido por Debru como maestro y amigo, y la exposición de sus trabajos sobre la molécula de hemoglobina resulta apasionante, al mostrar la conexión casi mágica de estructura y función en esa macromolécula biológica particularmente «filosófica» y «espiritual», que adapta la disposición de sus cadenas en el espacio de modo diferente según se encuentre o no en presencia de moléculas de oxígeno. Es importante señalar que en esta obra Debru se permite expansiones aparentemente nada científicas -«Un viaje a Nueva Inglaterra» (pp. 95-102); «Impresiones romanas» (pp. 110-113)-que en modo alguno resultan ociosas, pues, además de permitirnos echar un vistazo en su propio proceso de investigación, generalmente suministran datos valiosos desde el punto de vista de la sociología de la producción científica. A este respecto, lo que se dice en el «viaje» es digno de tomarse en consideración: «La abundancia de los capitales no basta para explicar los éxitos de la fisiología americana. El genio de la organización, el arte de la exclaustración, el continuo intercambio con Europa, por fin -y quizá sobre todo-un zócalo cultural los explican mucho mejor. La brillante personalidad de un fisiólogo de Harvard como Lawrence Henderson ilustra bien la importancia de este factor cultural para la expansión de una ciencia creativa (...) Participaba en seminarios de filosofía, que animaba. Había trabajado a algunos ----filósofos: William James, Josiah Royce y Santillana (sic.). Enseñaba historia de la ciencia, se interesaba por la economía política, en la que veía operar procesos de regulación análogos a los de la fisiología. Intentó elaborar una filosofía natural...» (p. Como puede verse, aunque su autor rinde homenaje a la ciencia, a sus hechos y a sus métodos, no se le escapa que, como los capitales, lo solamente «científico» no lo es todo en el mundo del conocimiento de la vida, lo que, unido a su profundo conocimiento de los saberes biológicos más recientes, le pone al resguardo del papanatismo científico tan frecuente en nuestro tiempo: «Parecería que en un mismo organismo habría siempre un mismo genoma, receptáculo de todas las potencialidades, y que todo estaría inscrito en él. Pero no todo se expresa al mismo tiempo. La expresión del genoma está regulada por esa represión primaria que ha revelado la biología molecular. La expresión necesita el levantamiento de una represión. La Neurophilosophie du rêve estudia, en cierto sentido, la persecución de un sueño: el de explicar el significado fisiológico de los sueños -que no el del dormir-. Un sueño que, como adelanté, ha llevado a uno de sus perseguidores a elaborar una obra que aúna fantasía y realidad, no sin un discreto toque de ironía insinuado en el título: el castillo en el que se investigan los sueños nocturnos -rêves-es llamado «des songes». En esta obra Debru nos muestra cómo en su afán de resolver ese problema científico tanto Jouvet como sus colegas americanos han enriquecido extraordinariamente la neurofisiología del sueño -y con ella la neurofisiología en general-sin alcanzar a dar respuesta a esa pregunta que justifica el título del libro de Debru: no es posible presentar aún una neurofilosofía del sueño, si bien la conjetura a la que llega Jouvet cuando el desarrollo del método no le permite más -los sueños servirían para «reprogramar» el cerebro a partir de experiencias a menudo subliminales de la vida diurna-es suficientemente provocativa como para comportarse a su vez como instrumento para nuevas investigaciones. La obra más reciente retoma, en una perspectiva más general, la filosofía de la investigación en tanto que «filosofía de lo desconocido», título que, desde la perspectiva elegida para esta reseña, podría parecer reduplicativo, pues como ha señalado el filósofo Debru parte, ya en su primera obra, de un thaumástein. Lo que sucede es que, al cabo de los años de trabajo sobre los temas citados, Debru se siente en condiciones de plantear un esbozo de teoría. Esbozo, porque no abandona el método que tan excelentes resultados le ha dado: el estudio de casos concretos procedentes de la historia inmediata, y de otra no tan reciente (Bichat, Bernard, Virchow); pero teoría, pues hay una idea general que preside los distintos análisis y que procede de la elaboración de las experiencias previas. Si bien cada caso, en tanto que reflexión motivada por un asombro, es ya filosofía, el conjunto de los estudiados en esta obra -la intoxicación por monóxido de carbono en la obra de C. Bernard; las polémicas en torno a la neurosecreción a lo largo del siglo veinte; la taxonomía de las leucemias desde Virchow hasta Bessis; las teorías acerca de la senescencia y la muerte, desde Bichat hasta la noción de apoptosis-está presidido por un objetivo explícito: «Abordar lo desconocido desde lo conocido es una necesidad que no excluye la imaginación. También lo es reducir lo desconocido a lo conocido, lo que representa una tendencia tan natural como peligrosa del espíritu humano a preferir las explicaciones más simples, las categorías más habituales, a aquellas que precisan de un esfuerzo de imaginación. Percibir las situaciones en las que lo desconocido no puede reducirse a lo conocido puede definir tanto la inteligencia política como el método científico. La ausencia de este sentimiento corresponde a la facilidad de la opinión, a la debilidad de la imaginación, al miedo visceral a lo desconocido. La exposición al error acrecienta la inteligencia» (p. Abordaje desde lo conocido, exposición al error, nunca reducción a lo pretendidamente sabido: esto es lo que busca Claude Debru en los autores a quienes estudia, en más de un caso desde el conocimiento personal y desde la colaboración en el laboratorio. Quiero, precisamente, dedicar las últimas líneas de mi exigua presentación a este extremo: la posición del filósofo e historiador respecto del objeto de su estudio. En los últimos años los trabajos de otro estudioso francés, Bruno Latour, han conocido un notable éxito en la comunidad formada por quienes abordan el análisis de la ciencia desde las ciencias humanas y sociales. La «construcción social de un hecho científico», argumento mayor del «programa fuerte de sociología de la ciencia», se muestra como una de las adquisiciones más prometedoras de las últimas décadas, y probablemente lo sea... en alguna medida. La «ciencia en acción» 8 del sociólogo francés se ha visto gravemente afectada por las acusaciones de «impostura intelectual» argumentadas por Sokal 9, y aunque su visión de la «vida en el laboratorio» no ha caído bajo el punto de mira del crítico americano, tampoco parece coincidir con la de quien fue su huésped durante varios años en una de estas instituciones, Jonas Salk. Tal vez todo dependa del punto de vista. En la presentación de la edición española de la mencionada obra se compara a su autor con un «antropólogo en una tribu de caníbales» 10; creo que la analogía es válida y explica muchas cosas, tanto favorables como desfavorables para la calidad de la obra. A cambio, Debru aprendió las técnicas de laboratorio -dieciocho meses en el de Michel Jouvet, junto a quien permaneció desde 1981 a 1986-estudió biología y medicina y llegó a la conclusión de que, en tanto que filósofo, podía comprender y compartir los intereses de los grupos de investigación por él frecuentados; entiéndaseme bien: comprender desde dentro; hacer filosofía porque los científicos hacían ciencia, y no a pesar de la ciencia que hacían. Lo cual no significa una enmienda a la totalidad del «programa fuerte» en sociología de la ciencia, pero sí una corrección sustancial en nombre de un programa no menos fuerte de filosofía de la ciencia. Un programa que desborda a la ciencia misma, pues se propone revertir sobre ella ofreciéndole nuevos métodos, o más bien nuevas claridades metodológicas (p. ej., pp. 61-69), válidas no sólo para el pensamiento científico, sino también para otros dominios pragmáticos del pensar humano. La construcción de los hechos científicos, Madrid, Alianza. El texto de Salk se encuentra en pp. 17-20 y la cita en la contraportada. 1a edición inglesa: Laboratory Life.
Es muy notable el trabajo de Susan Plann acerca de la historia de la educación de sordomudos en la España moderna. Se trata de una historia importante de la cultura española, que ha sido casi ignorada hasta el momento. Una cuidadosa reconstrucción del pasado permite a la autora contemplar los esfuerzos por educar a una minoría silente, durante tres siglos. Primero aplicada a los nobles, luego ampliada a la burguesía y a la beneficencia, ha permitido este esfuerzo dar acceso a muchos jóvenes a la educación. Se orienta el libro, de forma original, en busca de la defensa de los derechos de una minoría, que tiene su propia cultura lingüística. No se trataría de un grupo de enfermos, sino de una minoría lingüística, que intenta defender sus derechos. Para la autora, el lenguaje del sordomudo es un lenguaje como otro cualquiera, pues supone también la conversión de signos en significados. Se pone en relación con las otras minorías lingüísticas de la Península, que han sido con frecuencia no menos marginadas. En el siglo XVI se crea un sistema de lenguaje para esta minoría, que se aplica a algunos jóvenes nobles. La obra del benedictino Pedro Ponce de León en el monasterio de San Salvador de Oña, es de primera importancia. Pero estos chicos nobles fueron en el siguiente siglo educados en sus palacios por Manuel Ramírez de Carrión. En las últimas décadas del siglo XVII y primeras del XVIII parece olvidarse esta tradición, si bien la tradición española cruzó las fronteras, dando lugar a los métodos francés y alemán. De todas formas, a mediados de la centuria, Jacobo Rodríguez Pereira siguió en el empeño de hacer hablar a estos alumnos. Y los jesuitas tomaron la delantera en este terreno, con el interés que mostraron en los lenguajes, así en las obras de Lorenzo Hervás y Panduro y Juan Andrés Morell. La Sociedad Económica introdujo en la Real Escuela de Madrid el método francés. Las guerras, el hambre, la crueldad, la discriminación... dificultaron mucho su trabajo. Pero, sin duda, es una experiencia importante, ahora muy bien estudiada. Dentro de la tradición de estudios anglosajones, ha sabido la autora analizar bien los problemas de estas herencia. Tanto ha tenido en cuenta las formas de enseñanza, los diversos estilos e intenciones, como los problemas que la difícil -y, sin duda, muy interesante historia española-ha conseguido en la educación de esta minoría lingüística. La historia de la educación y, en especial, de la educación especializada es una materia de primera importancia, que debe hacer honor a esfuerzos tan difíciles como generosos. Ha de la Ciencia, IH, CSIC F. PAGÉS LARRAYA, J.M. CONSIGLI, E.M. ASTRADA, Tratado de la Fascinación, Córdoba (Argentina), Prosopis Editora, 1998, 206 pp. Al ginebrino Pedro Brun se le atribuye la edición española en 1495 del Tractatus de Fascinatione de Diego Álvarez de Chanca, físico y cronista del segundo viaje de Cristóbal Colón y médico de los Reyes Católicos de Castilla y Aragón y de su hija Juana la Loca. Fernando Pagés Larraya presenta aquí una exégesis psiquiátrica de la obra del que fuera considerado como el primer médico de Indias. Se presenta también en el libro el facsímil del críptico incunable impreso en latín en tipos góticos de texto menor. La traducción fue realizada por las especialistas en letras clásicas Julieta Ma Consigli y Estela Ma Astrada. Diego Álvarez de Chanca era de origen sevillano y posiblemente estudió en Salamanca. El mal de ojo, objeto de su tratado, era una verdadera obsesión en aquellos tiempos de la conquista de América. Es posible hallar numerosas referencias al tema en los clásicos como Lope de Vega, Santa Teresa de Jesús, Tirso de Molina y Calderón; y, antes de ellos, el Arcipreste de Hita. El tratado de Chanca es una obra de rigor médico, en cuya primera parte nos encontramos con una teoría del aojamiento y, en la segunda, una eficaz materia médica que ilustra en el tratamiento del mal sobre niños y jóvenes aojados. Pagés Larraya se pregunta en la introducción «¿Por qué despertar de su olvido libros viejos? ¿Por qué retornar al sepulcro del tiempo en vanas peregrinaciones?», y nos dice: «Tal vez para no confundir lo nuevo con lo verdadero y buscar esa Ursprache, palabra prístina y sembrada por enigmas trascendentales, cargada con respuestas emanadas de la experiencia pura del misterio». Y que son el mejor ejemplo de la experiencia pura de un misterio aquellos contenidos del pensamiento y la imaginación que podemos encontrar en los padecimientos mentales. La psiquiatría contemporánea tan interesada en los llamados síndromes dependientes de la cultura (culture-bound syndromes) puede hallar en estudios históricos como el que aquí se presenta un fundamento y un valioso aporte a su contenido en torno al papel y a la importancia de la cultura en la experiencia, formación e interpretación de entidades psicopatológicas. La psiquiatría actual reconoce claramente la influencia de factores culturales en la etiopatogénesis, el diagnóstico y el tratamiento de las enfermedades mentales. Ello es consecuencia de que los psiquiatras utilizan referentes y contextos socioculturales para evaluar y explicar la manera de pensar, sentir y actuar de los seres humanos expresada como experiencia subjetiva y como conducta observable. Recomiendo por ello la lectura de este hermoso y cautivante texto (y de su estudio) a quienes no sólo desde el ejercicio de la historia como disciplina sino desde otros campos como la psiquiatría se interesan por las relaciones de la medicina y la antropología cultural. Instituto psiquiátrico José Germain JESÚS MOSTERÍN, Conceptos y teorías en la ciencia, Madrid, Alianza, 2000, 320 p. No abundan precisamente las colecciones de ensayos originales en castellano de filosofía de la ciencia, hay excepciones notables como Exploraciones Metacientíficas (Alianza, 1982) o Pluralidad y Recursión (Alianza, 1991), ambas de C. U. Moulines. La escasez de esa literatura es una de las razones para celebrar la reedición de Conceptos y teorías en la Ciencia, de Jesús Mosterín. Los cambios respecto a la edición de 1984 de Alianza Universidad suponen modificaciones a lo largo de todo el texto que, sin embargo, mantienen la independencia de los capítulos, «tan apreciada por los lectores», como señala el autor. Los cambios más destacados consisten en la supresión del que era último capítulo, de tema lógico, y en la adición de cinco nuevos trabajos: «Conceptos métricos», «Mereología, conjuntos y ontología biológica», «Teorías y modelos», «Bunge sobre individuos concretos» y «¿Está usted a favor o en contra del bien y la verdad?». Los ensayos que se encontraban ya en la edición de 1984 se dedicaban en su mayor parte a los conceptos y teorías científicas que dan título al libro. El primero de ellos, «La estructura de los conceptos científicos», recoge una cuestión clásica, la elucidación de los conceptos científicos divididos en clasificatorios, comparativos y métricos. «Taxonomía formal» incluía algunos aspectos relativos a las clasificaciones con un tratamiento más específicamente formal. Se ocupa, por ejemplo, del análisis de la paradoja de Gregg, o de la superposición y fusión de particiones. Se suceden a continuación tres ensayos de contenido histórico: «Materia y atomismo», «Kant como filósofo de la ciencia» y «La polémica entre Frege y Hilbert acerca del método axiomático». En el primero de los ensayos encontramos un breve pero estimulante relato sobre el desarrollo del concepto de materia (que «no es un concepto científico, sino filosófico»), que nos lleva, desde la curiosa etimología, hasta los drásticos cambios en el atomismo. En el artículo dedicado a la filosofía de la ciencia de Kant, se le concede el mérito de haberse tomado en serio la distinción entre percibir y pensar. Y de acertar al hacer depender nuestra experiencia de las formas a priori, si bien éstas no serían las del entendimiento, sino las del lenguaje. El último de estos tres ensayos de carácter histórico tiene el particular interés de introducir una perspectiva sobre las teorías que destaca notablemente en el resto del libro. Disponemos de esta concepción de las teorías gracias a Hilbert y a su polémica con Frege; y ello a pesar de los malentendidos que hubo entre ambos. A pesar de las confusiones que llevó consigo dicha polémica (Hilbert confunde consistencia con verdad, Frege insiste en la verdad de sus axiomas). A partir de entonces contamos con la noción moderna de teoría abstracta. Con la distinción entre teorías concretas, las que describen sistemas, y teorías abstractas, las que describen estructuras. En la polémica, Hilbert estaba refiriéndose a estas últimas teorías, mientras que Frege habla de las primeras. En «Historia y teoría abstracta» se muestra que «toda teoría es matemática», siempre que entendamos teoría en el sentido de teoría abstracta. Aquí Mosterín elabora lo que ya quedaba señalado en el ensayo sobre la polémica de Hilbert y Frege. La distinción entre teoría abstracta y teoría concreta nos acerca a cierto sentido de historia. La tradición en este punto nos ofrece algo interesante. El autor nos recuerda que historia tiene un sentido amplio que es, además, el originario, y que no se limita a lo temporal ni a los asuntos humanos. Ese sentido lo encontramos, por ejemplo, en la expresión historia naturalis, de Plinio. En este sentido, la historia describe sistemas, es teoría concreta. Otras consecuencias de la distinción: la teoría (abstracta) adquiere un cierto carácter de instrumento, no se confirma ni se refuta. «Sobre el concepto de modelo» tiene una interesante función aclaratoria. Toma diversos sentidos de modelo en el lenguaje ordinario y los pone en relación con el sentido propio de la teoría de modelos. Algunas apreciaciones sobre el enfoque semántico de las teorías, iniciado por Beth y Suppes y desarrollado por Sneed y otros, tienen lugar en «Sobre teorías físicas y teorías matemáticas». Este capítulo plantea el viejo problema del abismo entre relaciones de ideas y cuestiones de hecho. O de las diferencias, si se desea, entre teorías empíricas y formales. Las teorías abstractas, expresadas en términos de la concepción semántica de Sneed, nos permiten acercar teorías físicas y matemáticas. Los ejemplos que pone Mosterín (teoría de grupos, teoría de los espacios vectoriales, teoría de la probabilidad y mecánica clásica de partículas) ayudan a apreciar las semejanzas, aunque también nos recuerda que sigue habiendo diferencias: distinción entre términos teóricos y no teóricos, aplicaciones propuestas, etc. Conseguir axiomatizar una teoría supone un gran logro. Y también inventar teorías abstractas que consigan describir (o así lo suponemos), sistemas concretos. Pero los únicos modelos seguros resultan ser los numéricos. Aunque no por ello dejamos de lanzar la red, como nos cuenta «El mundo se nos escurre entre las mallas de nuestras teorías». El primero de los nuevos trabajos incluidos en la edición del 2000 de la colección Ensayo de Alianza, «Los conceptos métricos», está dirigido a precisar y completar la parte dedicada a los conceptos científicos. Esta parte se enriquece gracias, sobre todo, al examen que hace aquí el autor de los conceptos métricos de masa, longitud, tiempo y temperatura, examen que recoge algunos aspectos formales, pero que sobre todo incluye interesantes datos relativos a sus condiciones materiales de adecuación. En el capítulo 4, «Mereología, conjuntos y ontología biológica», Mosterín apoya la tesis de biólogos como E. Mayr, N. Eldredge y R. Willmann, según la cual las especies son individuos. Esta defensa de la tesis pasa por una previa elucidación de la noción de individuo y de la de conjunto. Los recursos lógicos que permiten el tratamiento individual de las bioespecies nos lo proporciona la mereología extensional que introdujo Lesniewski. La mereología, que estudia la relación de las partes con el todo, nos entrega la bioespecie como «una entidad histórica, una cosa concreta, que se compone de sus miembros». Otra de las razones para apreciar este libro radica en el modo en que la perspectiva lógica concede unidad al conjunto. Y lo hace, no sólo mediante la utilización de recursos lógicos, sino en la manera de defender y mostrar su carácter imprescindible para articular el discurso sobre la ciencia, su dimensión como método del filosofar. Muy representativo de ello es el trabajo «Teorías y modelos». Si las estructuras y sistemas son nociones clave para hacer filosofía de la ciencia, es innegable la utilidad de reconocer y expresar en términos formales relaciones entre sistemas como son la similaridad, isomorfía o equivalencia elemental. O la utilidad de caracterizar las teorías como axiomatizables, completas, decidibles, etc. Una de las secciones del capítulo «El mundo se nos escurre entre las mallas de nuestras teorías» estaba dedicada a la ontología de Bunge. Allí comenta la dificultad que supone expresar la noción de individuo en términos formales. Esta dificultad no sería sino un caso particular de la «incapacidad intrínseca del método axiomático formal para caracterizar unívocamente sistemas reales». El ensayo añadido en la nueva edición «Bunge sobre individuos concretos» precisa algunos puntos sobre esta cuestión. A menudo, el talento filosófico se encuentra, no en responder preguntas, sino en reformularlas. Otras veces, lo sensato es rechazar preguntas por desorientadoras o por capciosas. Esta es una enseñanza que podemos obtener del último capítulo: «¿Está usted a favor o en contra del bien y la verdad?». Además, da un repaso a algunos malentendidos de realismo ingenuo y defiende un pluralismo racionalista. Otra de las razones para celebrar la nueva edición de Conceptos y teorías en la Ciencia nos la proporciona el reencuentro con el buen quehacer literario de Mosterín. Tener la oportunidad de acceder con tan placentera lectura a asuntos que, en otras circunstancias, podrían resultar arduos, no puede por menos que provocar nuestra gratitud. Purificación Navarro Barcia, Universidad Autónoma de Madrid JOSÉ LÁZARO, FRANCESC BUJOSA, Historiografía de la psiquiatría española, Triacastela, Madrid, 2000, 194 pp. Se trata de un volumen cuidado, con buena letra, y un tamaño y características generales, que hacen fácil y agradable la lectura. En ese sentido, la colección a la que pertenece este libro es interesante y está bien presentada. El gran esfuerzo de localizar una literatura desperdigada en muy diversas publicaciones -revistas, publicaciones colectivas, etc.-y de muy variados autores, que en muchos casos han tratado sólo circunstancialmente de la historia de la psiquiatría, supone una difícil y ardua tarea, pero muy útil para quienes estamos interesados, aunque también nuestra labor no haya tenido una gran continuidad, en la historia de la psiquiatría, que, por otra parte, creo que, con los nuevos avances científicos, adquirirá más importancia con el paso del tiempo. Los autores delimitan, en la Introducción, muy correctamente el campo que quieren abarcar, tanto con respecto al tipo de trabajos -exclusivamente de historia de la psiquiatría española-así como el período cronológico, creo que realmente amplio, pues llega hasta 1997. Ofrecen sus criterios de inclusión y exclusión: fundamentalmente los límites cronológicos -por ejemplo, cuándo comenzar a incluir trabajos-y temáticos, por la dificultad, frecuentemente, de establecer límites con aspectos como el psicoanálisis, aspectos psicopatológicos o psiquiátricos de las obras literarias, encuadrables en las humanidades médicas pero no aquí, y la psicología, el aspecto más complejo. En este caso, han incluido temas de interés comunes a ambas materias. Los trabajos sobre el psicoanálisis han sido incluidos. También trabajos en todos los idiomas si se refieren a historia de la psiquiatría española, así como memorias profesionales que pueden enriquecer esa historia. En cuanto a otro tipo de artículos, como los necrológicos, han recogido, dicen, los que tuvieran información de interés. Los autores explican y traducen en cuadros y tablas las fuentes utilizadas, repertorios, bancos de datos, bibliotecas y hemerotecas, revistas vaciadas, etc., que demuestran el uso de muy variados fondos y repertorios, españoles e internacionales. Señalan, además, que tuvieron que corregir muchas inexactitudes de las citas realizadas de forma indirecta, consultando directamente, en la mayoría de los casos, los textos originales. Han consultado revistas y periódicos como Archivos de Neurobiología o El Siglo Médico, así como diversos Anales, Archivos, Actas, etc. Las fichas que presentan son claras, e, insisto, posiblemente exhaustivas en cuanto a número. Pero son fundamentales los estudios posteriores y los índices, indispensables en una obra de consulta permanente como ésta. Pero la búsqueda bibliográfica, ya importante por sí misma, se beneficia, además, de un interesante estudio sobre las características de los estudios históricos sobre la psiquiatría española. Los autores analizan, desde un punto de vista conceptual, los datos del estudio bibliométrico seleccionando algunos de los aspectos más importantes. En primer lugar hacen una reflexión sobre los aspectos generales del grupo de trabajos dedicados a la historia de los problemas mentales, observando, por ejemplo, que hay un predominio de los artículos en revistas, de textos en español y publicados en las ciudades con mayor industria editorial, o señalando el interés de considerar la distribución de trabajos por decenios, que demostró un crecimiento bastante regular. Y todas las características de estos trabajos serán analizadas, como hemos dicho, no sólo cuantitativa sino cualitativamente, lo que hace mucho más valioso y completo este estudio. Revisando una serie de características particulares de los trabajos, analizan las revistas que los han publicado, observando, por ejemplo, que predominan, y cada vez más con el paso del tiempo, las revistas que se van profesionalizando en la temática de la historia de la psiquiatría y la psicología. Los autores de esos trabajos publicados son analizados desde varios puntos de vista: en la constancia en la dedicación al tema -en general escasa-en cuanto a ciertos hábitos de publicación -el peso numérico de las necrológicas-y en relación con los perfiles profesionales -en general psiquiatras y psicólogos, además de algunos historiadores de la medicina que no practican la clínica-que estudian con bastante detalle, fundamentalmente el de los profesionales que más han publicado. En el estudio sobre las características temáticas de los trabajos, los distribuyen entre diez materias, distribución que justifican con claridad. Las diez materias consideradas son: Biografía (incluyendo necrológicas y estudios de obras); Asistencia; General (síntesis panorámicas, regionales o de una subespecialidad o período); Enfermedad (incluyendo síntomas y síndromes); Psicoanálisis; Instituciones profesionales; Documentación (bibliografía, bibliometría, terminología...); Terapéutica; Legislación; Patobiografía. A continuación exponen, materia por materia, las observaciones pertinentes a los trabajos correspondientes. Por ejemplo, en el caso de las biografías consideran los autores más estudiados, así como en el caso de síndromes o enfermedades, analizan las más trabajadas y las posibles causas de ello. Estamos, pues, ante un libro que, realizado indudablemente por quienes conocen los problemas y necesidades del historiador de la medicina y de la psiquiatría será de enorme utilidad y obligada consulta para los estudiosos de estos temas. Ha de la Ciencia, IH, CSIC RAFAEL HUERTAS, Clasificar y educar. Historia natural y social de la deficiencia mental, Madrid, CSIC, Cuadernos Galileo, n. Precedido por una dilatada trayectoria de investigación histórica sobre la psiquiatría, española y francesa principalmente, el autor se sitúa en los espacios de la medicina y de la pedagogía para ofrecer un producto muy interesante que aúna perspectivas tomadas no sólo de las disciplinas citadas, sino de otras como la antropología en su doble vertiente física y social, de las que ofrece una especialmente cuidada y pertinente selección bibliográfica. Desvelar cómo la clasificación de los seres humanos utilizando la inteligencia como criterio puede ser germen de desigualdad, no sólo es un ejercicio de reconstrucción histórica apasionante sino un claro acicate para la reflexión actual. Entre los siglos XVIII a XX se produce la elaboración de los esquemas del pensamiento médico que finalizarán con la construcción de la deficiencia mental como una categoría especial, tanto social como médica, así como la ampliación del espacio de los profesionales de la medicina que acabarán situados como expertos de los que dependerán, en gran medida, las actuaciones prácticas a llevar a cabo en presencia de comportamientos infantiles alejados de la norma. A través de la lectura de la monografía de Huertas, asistimos de cerca al seguimiento de este proceso. Los precedentes ilustrados son mostrados a través de las hipótesis que, sobre los niños salvajes, elaboraron Pinel y Jean Itard como figuras paradigmáticas de dos concepciones contrapuestas del papel representado por los dos elementos de la ecuación naturaleza/cultura. Junto a ellos, los prime-ros «especialistas» en niños deficientes, los paidopsiquiatras avant la lettre, cercanos a las tesis de los alienistas pero con una actitud más intervencionista. Asclepio (vol. 13, 1961), publicó en sus páginas un artículo excelente de López Piñero sobre los sistemas nosológicos del siglo XVIII, que ha servido, en no pocas ocasiones, de referente para contemplar la ubicación de determinados procesos patológicos en las complicadas taxonomías dieciochescas. En la obra que reseñamos también se utiliza acertadamente el marco general presente en el artículo, así como la indispensable monografía de Arquiola y Montiel ( La corona de las ciencias naturales. La medicina en el tránsito del siglo XVIII a XIX, Madrid, C.S.I.C., 1993). De este modo, la deficiencia mental se sitúa en dichos sistemas nosológicos y se identifica el de Georget como el primero que separa la deficiencia mental de la idiocia, inagurando así una línea médico-pedagógica que contribuirá a la adopción de un discurso científico específico sobre el retraso mental, los inicios de la paidosiquiatría y los prolegómenos de la educación especial «origen tanto de la psicopedagogía como de la entrada, por la puerta grande, de la norma médica en los espacios de socialización infantil» (p. La deficiencia mental en las corrientes degeneracionistas francesas inaugura el capítulo dedicado a degeneración, raza e inteligencia, sólidamente construido al contar con un buen conocimiento de unas fuentes manejadas por Huertas, en otros contextos, en trabajos anteriores. La deficiencia mental formaría parte aquí de los estados degenerativos junto a los desequilibrios mentales, e incluso, en una clasificación basada en las similitudes de los rasgos de ciertos pacientes con determinadas peculiaridades étnicas, como la de Down, con un claro matiz etnocéntrico. La ligazón entre medicina y pedagogía que se dio en las dos últimas décadas del Ochocientos dentro del pensamiento y la práctica de la corriente menos ortodoxa dentro del alienismo como era la medicina mental infantil, en la que la sensibilidad filantrópica se aunaba a los intentos de legitimación de una actividad científica y asistencial, necesitaba de profesionales y espacios institucionales específicos y encontraba en el marco de las escuelas el indicador que podía delimitar lo que se denominó, en un término cargado de polisemia, la «infancia anormal». El tránsito de la infancia degenerada a la infancia anormal no pareció producir grandes modificaciones en la valoración moral de estos niños sujetos al estudio de médicos y pedagogos, pero también a criminólogos o psiquiatras. La última parte de la obra, está consagrada al estudio de los procesos básicos del cambio de paradigma que, sobre la deficiencia mental, se produjo a principios del siglo XX, así como todo aquello que contribuyó a la construcción del concepto de «infancia anormal», incluyendo las perspectivas que, desde la medicina, hicieron de la aportación de pedagogos como Binet y Simón, figuras como Rodríguez Lafora. La reflexión crítica que presenta el autor en el epílogo sobre inteligencia y desigualdad remite a una cuestión fundamental: los peligros de la utilización de esquemas de un determinismo biológico y la subsiguiente asignación de una etiqueta fija a las personas menos dotadas intelectualmente que, desde la lucidez que proporciona la historia, tanto sufrimiento y desigualdad ha generado. Este tipo de análisis enlaza, además directamente con los que desde las redes internacionales de estudios transculturales sobre historia de la infancia y las ciencias de la conducta se están llevando a cabo desde hace dos décadas y que pretenden estar en la línea de lo que se denomina investigación /acción ( Lomax, E.; Kagan, J.; Rosenkratz, B.; Science and patterns of child care, San Francisco, W.H., Freeman, 1978; Hawes, J.M.; Hiner, N.R.; Children in historical and comparative perspective. Rosa Ballester Universidad Miguel Hernández, Alicante C.G. JUNG, Estudios Psiquiátricos (obra completa, vol. I), Madrid, Trotta, 1999, 237 pp. Carl Gustav Jung (1875-1961), desarrolló su formación en psiquiatría en la clínica Burgholzi de Zurich, bajo la dirección de Eugen Bleuler. Entre 1906 y 1914 se unió a Freud y al movimiento psicoanalítico, para posteriormente continuar el desarrollo de sus propias teorías y fundando una escuela que denominó psicología analítica. Jung creó una metapsicología elaborada, rechazando la noción de la libido como energía sexual y el complejo de Edipo como estadio universal del desarrollo, creyendo en la existencia de un inconsciente colectivo. Su configuración de la psiquis difiere de la topología freudiana del yo, superyo, ello e ideal del yo. En contraste con el inconsciente de Freud, el de Jung tiene dos estratos: el más superficial es el personal y el más profundo es el colectivo, que abarca el pasado simbólico y mitológico común y compartido por la totalidad del género humano. Los complejos se ubican en el inconsciente personal y los arquetipos en el colectivo o psiquis objetiva. Los arquetipos jungianos son imágenes representativas y configuraciones de significado universal. Existen figuras arquetípicas de la madre, el padre, el hijo, el héroe, entre otras. Para Jung existen dos tipos de organizaciones de la personalidad: los introvertidos, que se interesan más por su mundo interior, las intuiciones, las emociones y las sensaciones; y los extrovertidos que se orientan más hacia el mundo exterior, hacia las otras personas y a los bienes materiales. Cada individuo tiene una mezcla de ambos componentes. El objetivo de los tratamientos de Jung era lograr una adecuada adaptación a la realidad, para lo cual el trabajo terapéutico estaba centrado en estimular el desarrollo de las capacidades creativas individuales. Ese proceso de individuación duraba toda la vida del paciente y le estimulaba a desarrollar un sentido único de su propia identidad. Con la aparición de este primer volumen inicia la Editorial Trotta la publicación de la Obras Completas del psiquiatra y psicoanalista suizo Carl G. Jung. En esta primera entrega se encuentra su tesis doctoral, Acerca de la psicología y patología de los llamados fenómenos ocultos (1902), junto a algunos escritos complementarios y una serie de informes periciales alrededor del llamado síndrome de Ganser como se denomina a la simulación voluntaria de la locura. La edición, por cierto largamente esperada y deseada por los especialistas e interesados en las ideas de Jung, ofrece la posibilidad de acercarse al pensamiento de su autor de una manera rigurosa y a salvo de los innumerables errores y descuidos de anteriores ediciones, siempre parciales, de sus obras. Eduardo Balbo Instituto psiquiátrico José Germain MIGUEL ÁNGEL GONZÁLEZ MANJARRÉS, Andrés Laguna y el humanismo médico, Las contribuciones de este joven y destacado investigador, González Manjarrés, al conocimiento de Laguna son dignas ya de reconocimiento, no solo por su variedad y extensión sino desde luego por su calidad y rigor. Acaba de aparecer al fin su Andrés Laguna y el humanismo médico, resultado de una indagación original y en verdad meritoria sobre el humanista castellano y europeo, de ese gran traductor renacentista, que fue vértice, además, de la medicina del XVI español. La cuidada edición que comentamos se encuadra -y destaca-en los hoy dieciocho «Estudios de Historia de la Ciencia y de la Técnica» que impulsa de forma decidida la Unidad de Publicaciones de la Junta de Castilla y León. Aunque el trabajo de González Manjarrés sea, en principio, un excelente estudio filológico, como se dice en portada, sin embargo no se limita en absoluto a ese marco tan estricto, puesto que, si el autor comienza con la definición misma del Renacimiento y Humanismo hispánicos en dos capítulos introductorios, luego sigue pormenorizando la biografía y la obra de Laguna en una parte tan amplia como significativa (caps. III-IV, pp. 37-139). Propone a continuación un marco literario relativo a la literatura médica medieval y coétanea del galenista segoviano (caps. V-VI, pp. 141-179). Y, finalmente, dedica ya el último tercio del libro a los problemas generales de crítica textual y de traducción del renacentista (basándose en sus comentarios galénicos en latín y, especialmente, al hilo de su versión castellana del Dioscórides), visitando las fuentes, médicas, botánicas o filosóficas, tanto antiguas y medievales como modernas de Laguna, concluyendo con el estudio de su latín, que compara con la expresión neolatina, culta, de sus coetáneos. Por ello Andrés Laguna y el humanismo médico figurará entre las mejores indagaciones recientes sobre la ciencia española del siglo XVI. Es, desde luego, un estudio académico muy sólido (el texto que presenta es una adaptación y revisión de su tesis doctoral, leída en 1998), y asimismo resulta un libro impecable y muy atractivo. Cabe recomendar vivamente su lectura, pues no sólo en todo momento es hondo y discreto, está bien urdido y excelentemente escrito, sino que renueva de modo profundo los estudios actuales sobre Laguna. Con ponderación manifiesta, González Manjarrés sigue reconociendo el valor de los trabajos de Teófilo Hernando de mediados de siglo, que se añadían a los estudios de Dubler, sobre la transmisión de Dioscórides, y los más generales de Bataillon, quien hizo reveladores cotejos textuales entre Laguna y otros autores. Pero han pasado ya bastantes años desde esas indagaciones, y la personalidad de este médico adquiere otra tonalidad tras los grandes estudios renacentistas de las últimas décadas. Por un lado, González Manjarrés establece aquí el corpus definitivo de toda obra laguniana, sistematizándola. Por otro, analiza la actividad lingüística de Laguna desde el propio punto de vista de éste, situando excelentemente su posición humanística en la producción escrita del Quinientos. Y es que conviene tener en cuenta, como subraya el autor, que los más notables filólogos del Renacimiento avanzado (desde mediados del siglo XV hasta una centuria después) fueron médicos; y Laguna fue uno de los más grandes de entre ellos: este trabajo nos lo expone claramente ante los ojos. Reseñemos, para ver sus derivaciones, otros trabajos recientes de González Manjarrés sobre el médico castellano: «La crítica textual en la obra médica de Andrés Laguna» (Actas del Congr. Sobre Humanismo y Renacimiento, León, Universidad, 1998), así como, sobre todo, «Andrés Laguna y Salamanca» (Salamanca. Revista de Estudios, 44, 2000), y «Panorama filológico de Andrés Laguna» (en VV.AA., Andrés Laguna. Humanismo, ciencia y política en la Europa renacentista, Valladolid, 2001). A ellos se añade otro libro denso, posterior, de la mejor erudición, Entre la imitación y el plagio. Fuentes e influencias en el Dioscórides de Andrés Laguna (Segovia, 2000), donde el autor pone en evidencia que Laguna, en su traducción de 1554, siguió demasiado estrechamente la versión italiana de la Materia medicinal hecha por Mattioli (en 1544 y ss.), reproduciendo muchos de sus comentarios (e, incluso, bastantes de sus ilustraciones); pero también expone ahí lo que el alemán Jano Cornario tomaba del propio Laguna, con las polémicas consiguientes entre ambos. Era un momento de efervescencia intelectual y también de querellas entre fuertes personalidades; además, la autoría de los textos en general tenía por entonces un significado relativo, distinto del contemporáneo. Esta muestra de la complejidad del humanismo médico laguniano, forma parte de la crítica progresiva de González Manjarrés, realizada a varias bandas, siguiendo muy de cerca a ese médico tan ilustrado. Cabe decir, pues, que ciertos resultados de Andrés Laguna y el humanismo médico y de los otros trabajos están en la misma línea que los del estudio modélico de Paolo Cherchi, Polimatia di riuso. Mezzo secolo di plagio, Roma, Bulzoni, 1998, que, centrado en los polímatas, italianos o no, de entonces (Ravisio, Rodigino, Erasmo fueron «reescritos» también por Laguna), tiene muy presente libros de Guevara, de Mexía y de otros muchos para comprender el alcance del empleo del «mestizaje de citas» en la cultura del Quinientos. Y ello nos lleva a otra vía de su trabajo: «El humanismo en los 'Dos coloquios del combite' de Pedro Mexía» (Boletín de la Biblioteca de Menéndez Pelayo, LXXV, 1999) que González Manjarrés ha escrito con P. Conde. Ahora bien, en la actualidad, el autor prosigue su tarea de confeccionar un Diccionario médico latino medieval y renacentista, obra colectiva dirigida por su mentor, Enrique Montero. Y cabe esperar lo mejor de sus investigaciones futuras, pues las vías de estudio y los procedimientos de análisis textual de Andres Laguna y el humanismo médico, nos indican que existe un mundo de expresión latina por explorar, que permitirá comprender a fondo una parte fundamental de la actividad científica -mixta, plural-, del siglo XVI europeo. En el fondo, alrededor de este punto crucial gira todo este nuevo Andrés Laguna. La lectura tardorrenacentista de unos textos entonces recuperados o más cuidados -los nuevos clásicos, redescubiertos en nuevas ediciones-no entraña una posición extracientífica sino que es constitutiva del nuevo modo, científico también, de analizarlos y comentarlos, como decía ya Eugenio Garin. No existe colusión alguna entre disciplinas científicas y los studia humanitatis. Unas y otras se complementan en buena armonía porque participan de una visión conjunta, aunque nada sistemática, de todo el pensamiento antiguo, fuese éste médico, geométrico, literario o moral. Como dice Miguel Ángel González Manjarrés al cerrar su libro, la época se forjó «día a día a fuerza de contradicciones, ambigüedades y vaivenes». Andrés Laguna y el humanismo médico lo ejemplifica en un autor capital, y nos aclara algunas hibrideces que son propias de esa compleja cultura de la que la modernidad sigue siendo deudora. Mauricio Jalón Instituto Simancas (IHCYTE), Valladolid FRANCISCO VÁZQUEZ GARCÍA, ANDRÉS MORENO MENGIBAR, Sexo y Razón. Una genealogía de la moral sexual en España (Siglos XVI-XX), Madrid, Akal, 1997, 474 pp. Es un atrevimiento por mi parte hacer una reseña, aunque sea modesta y breve, sobre este libro. Siento, por otra parte, que sea después de tres años de su aparición, porque merecía una inmediata y rápida noticia de su publicación, por la importancia que creo que tiene este trabajo. Creo que merece un estudio y análisis amplio, por su magnífico contenido, su claridad metodológica y su amplio y excelente aparato crítico. Es un libro que se lee con interés y, en mi caso, casi con pasión; denso y elaborado en su contenido, pero claro en la exposición, con la claridad de quienes saben de lo que hablan, de quienes han trabajado con profundidad todo aquello que exponen. Creo que es una obra que marca un hito dentro de los estudios sobre la sexualidad en España. Veamos, breve y descriptivamente, los contenidos. Comienza el libro con dos apasionantes citas de Nietzsche: como muestra la ciencia «las cosas más sencillas son la más complicadas», y «la filosofía, en la medida en que es científica y no dogmática, no es para nosotros más que la extensión más amplia de la noción de historia. La etimología y la historia del lenguaje nos han enseñado a considerar todos los conceptos como devenidos, muchos de ellos todavía en devenir». Palabras actuales las de Nieztsche, y definidoras de una forma de considerar la realidad. Después, encontramos una fundamental Introducción que nos explica, de forma clara, la metodología y las fuentes metodológicas esenciales que se utilizaron en el trabajo realizado y la justificación de su utilización. En primer lugar, se discute un elemento esencial, que cabe discutir hoy en día no sólo en el caso de la sexualidad, sino también en otros casos humanos, como la inteligencia o la moral y la ética, no sólo sexual. El problema de la construcción de «objetos» llamados «naturales» cuando nos estamos refiriendo a procesos dependientes del desarrollo histórico de la socialización del hombre, hace que se les considere -la mayoría de las veces implícitamente-como inamovibles y no posibles de ser estudiados en su transcurso histórico. Los autores defienden aquí, en primer lugar, la historicidad de la sexualidad, lo que permite y hace posible y positivo el estudio genealógico de su transcurrir en el tiempo. En el siguiente apartado, analizan y demuestran la utilidad del estudio del desarrollo de la razón sexológica en España. En su último apartado de la Introducción, Recursos Metodológicos, hacen explícita la que utilizan: «Este proyecto está orientado en lo fundamental por una metodología genealógica, forjada en los trabajos de Foucault, en estrecha conexión con el pensamiento de Nietzsche». Hacen un meticuloso análisis de lo que esto significa en el caso de la razón sexológica y en España. Dicen, que, además, «se tendrán en cuenta las técnicas de investigación desarrolladas por los historiadores de las mentalidades en el estudio de la documentación relacionada con los comportamientos sexuales. Los trabajos de Ariès, y especialmente los procedimientos de lexicoestadística utilizados por Flandrin para el análisis masivo de manuales de confesores católicos (siglos XV-XVIII), así como los estudios sobre la transformación del modelo familiar en la época moderna» Tampoco se olvida la sociología, y en este sentido dicen los autores que, «no hay que olvidar los trabajos sociológicos de Norbert Elias sobre el proceso de civilización, de Richard Sennet sobre la erosión de la vida pública y de Boltanski y Bourdieu sobre la producción social de la imagen corporal» que consideran esenciales para afrontar algunos de los problemas que se plantean en el libro. Y por último, destacan los autores la presencia, en su fondo metodológico, de la teoría de la desviación social sostenida por la Nueva Escuela de Chicago (Beckert, Lemert, Goffman, Matza). La llamada label theory, dicen, «la construcción simbólica del hombre normal puede entenderse como un proceso de generación a contrario, a través de la definición social de una serie de conductas y de tipos de sujeto identificados como formas de desviación social». Dicen los autores que «El modelo de la label theory es sumamente útil para mostrar cómo la configuración de una racionalidad sexológica es también la aparición de nuevas formas de subjetividad, y pasa por una historia de los conflictos y las transacciones entre las últimas formas y agencias de labelling presentes en una sociedad. La vida sexual sana del hombre normal, principio regulativo de la educación del sexo en la época contemporánea, es definida socialmente a contrario, especificando, conceptualizando las conductas desviadas, los sujetos anormales». En definitiva, pues, plantean que para analizar la racionalidad sexológica hay que hacer la historia de la producción simbólica de los elementos desviados: el niño que se masturba, el adulto perverso, la prostituta, la histérica. Y se preguntan «¿Según qué reglas y a partir de qué transforma-ciones en las mismas se han configurado en España esos tipos de subjetividad que bosquejan negativamente el retrato del hombre normal, telos de la pedagogía sexual?» Veremos desarrollar en el libro la respuesta a esta pregunta tan enormemente compleja. El primer capítulo se dedica a «La hermenéutica de sí e invención de la sexualidad infantil». Comenzando por el estudio exhaustivo del desarrollo de las prácticas de confesión con sus muy diversas características, tanto formales como profundas y la cuestión central del complejo llamado masturbación. Desde la Antigüedad hasta la constitución de la «Educación sexual» y la pedagogía sexual científica, pasando por el franquismo hasta nuestros días. El segundo capítulo está dedicado a «Lo normal y lo patológico. Figuras de la monstruosidad sexual». Así como el onanismo fue centro del capítulo anterior y del desarrollo de la sexualidad infantil, la anormalidad tuvo un monstruo principal, el hermafrodita, «verdadero símbolo de la transgresión». Otro largo capítulo en que los autores siguen con precisión y profundidad la historia de la monstruosidad y de la perversión hasta nuestros días. El tercer capítulo trata de la «Políticas de burdel», el problema eterno y tan actual de la prostitución y de las medidas a tomar frente a ella, y el cuarto aborda una cuestión esencial y completamente en boga hoy en día, con este título «La mayor confusión: la construcción socio-sexual del cuerpo femenino en la Edad Moderna», apartado I del capítulo titulado Tota Mulier in Utero. Como puede verse, un magnífico programa de estudio que considero plenamente conseguido, pero, que, además, abre enormes posibilidades y vías de trabajo. Muchos aspectos de los planteados pueden discutirse y abordarse desde otras perspectivas, pero los cimientos que establece esta obra creo que serán ya las bases fundamentales para quien quiera enfrentarse a la problemática de la sexualidad en España. Terminaré esta reseña con unas palabras pertenecientes a las páginas iniciales de este excelente trabajo, que creo son lo suficientemente provocativas para despertar el interés de cualquiera que intente comprender nuestra realidad actual: «La sorpresa ante este crecimiento sin límites de una voluntad de hablar y saber sobre el sexo es el origen de este trabajo. La perplejidad es completa si se advierte que este proceso presenta un pathos emancipatorio y que ha dado lugar a un cuerpo de especialistas que reciben el encargo social de gestionarlo. No por acostumbrado y familiar, el panorama deja de suscitar asombro: ¿qué es esa sexualidad que se nos sugiere y casi se nos obliga a revelar?; ¿en qué consiste ese mensaje, ese kerygma con el que los nuevos franciscanos del sexo nos auguran una incógnita tierra prometida? Ha llegado a ser una evidencia compartida en nuestra cultura, un lugar común cargado de venerables razones científicas y filosóficas, identificar a la sexualidad con una dimensión constitutiva de la personalidad. Hasta tal punto esto parece obvio para todo el mundo, que ponerlo en duda sería ante cualquiera signo de delirio intelectual o de ilimitada pedantería» Ha de la Ciencia, IH, CSIC
EN RECUERDO DE LUIS GARCÍA BALLESTER El lector habitual de Asclepio observará que en el Consejo de Redacción de la revista correspondiente al fascículo 1 del volumen LIII, no aparece el nombre de Luis García Ballester. Nuestro compañero y amigo ha fallecido en Santander el pasado mes de octubre, tras una larga enfermedad que no le impidió, en el transcurso de su desarrollo, seguir sus actividades investigadoras con ánimo ejemplar. Luis García Ballester pertenecía a la primera generación de profesionales que logró la institucionalización de la docencia universitaria de la Historia de la Medicina. Formado en Valencia junto a José María López Piñero, que ocupó, tras la de Laín Entralgo y Sánchez Granjel, la tercera cátedra universitaria de la disciplina, García Ballester lograría poco después que también la Universidad de Granada dotase oficialmente la docencia histórico-médica, que brillantemente rigió él, iniciando, prácticamente desde la nada, una escuela cuyos frutos perduran en la docencia granadina y a través de la revista Dynamis, por él fundada en 1981. Luis García Ballester tuvo una vida inquieta, a la par que fecunda: de Granada pasó a la Facultad de Medicina de la Universidad de Santander; desde Cantabria, tras obtener una plaza de Profesor de Investigación en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, se trasladó a la Fundaciò Milá i Fontanals, en Barcelona; pero la Universidad siempre le atraía y finalmente retornó a Santander, ocupando de nuevo una cátedra universitaria. En ella siguió mostrando su fe en el valor que una enseñanza rigurosa y entusiasta ejerce sobre el estudiante de medicina. En ella, por desgracia demasiado pronto, le sorprendió la muerte. Los largos años de viajero de nuestro amigo, le permitieron mantener una juventud y una lozanía intelectuales intactas. Sus temas se continuaron y ampliaron a lo largo de su vida, mostrando una tenaz fe en la investigación y en la docencia. Los temas clásicos fueron su primera dedicación, en especial los estudios sobre Galeno de Pérgamo. Desde su tesis doctoral, hasta las ediciones e intentos últimos muestran su fidelidad por el gran clásico médico. La edad media fue, otro de sus grandes temas, en especial la de los territorios de su origen, la corona de Aragón. Su conocimiento de Arnau de Vilanova y de los saberes y el ejercicio médico en Valencia y Cataluña fueron una gran riqueza. En los últimos años había ampliado su interés hacia el medievo castellano, que había enriquecido de forma ingente. Todavía, ayu-dado por sus discípulos, aparecerán importantes volúmenes que completan sus estudios de la edad media hispana. En fin, entre otros muchos temas y aficiones, no podemos olvidar su interés por las medicinas árabe y morisca, resaltando tanto el papel que representaron estas culturas en la transmisión del saber, como los sufrimiento que la dureza cristiana les infligió. Su interés por el clasicismo, la edad media y sus herencias, su propia tierra y la religión católica se aúnan en estos trabajos. Esta vida un tanto errante, unida a una serie de desgracias familiares, no fueron obstáculo para que nos dejase el ejemplo de su disponibilidad permanente, de su amistad cordial, de una entrega al trabajo bien hecho, que en esta hora es preciso recordar. Al concluir este breve repaso a su vida y a su obra, viene a nuestras mentes la afirmación del psicólogo Oliver Wendell Holmes que nos enseñó Unamuno y que tantas veces ha parafraseado Pedro Laín. En cada hombre existen tres hombres: el que él cree ser, el que los demás creen que es y, en el misterio y la trascendencia, el que realmente fue. Misterio y trascendencia, que jamás conoceremos, del que en esa vida y en esa obra fue Luis García Ballester.
El conocimiento de la repercusión internacional de la investigación realizada por los científicos españoles en ciencias de la salud, exiliados en México a raíz de la guerra civil, se intenta a través de técnicas bibliométricas. La validez de la fuente utilizada para el acopio de datos, aceptada cotidianamente para la evaluación de la actividad científica, se discute al emplearse para mostrar el reconocimiento del trabajo de los exiliados con fines históricos. La primera generación de exiliados españoles llegó a México en 1939, apenas unos lustros después del movimiento revolucionario de 1910. Para esa fecha, ya se había iniciado la institucionalización de la educación pública y la expropiación petrolera se encontraba en marcha, junto con la creación de nuevas instituciones de educa-ción superior1. México, de esta manera, daba sus primeros pasos hacia la modernidad y se debatía en un ir y venir de ideas e ideologías, ya que las reformas que el gobierno había puesto en marcha afectaban intereses poderosos y contradecían hábitos y costumbres que tiempo atrás habían sido el modelo de desarrollo social. Los movimientos intelectuales, por ejemplo, se encontraban en su plena madurez, pues muchos de sus participantes se habían formado durante la lucha armada, o bien, habían participado directamente en ella2. La política de exilio adoptada por el gobierno mexicano, pese a la oposición que prevalecía, permitió que varios de los intelectuales españoles que llegaron a México se incorporaran a las instituciones de educación superior que ya existían, y que para entonces estaban en expansión. Se ha afirmado que la llegada de los asilados vino a revitalizar y a enriquecer las actividades culturales, científicas y artísticas de la nación que los acogió, y que sus enseñanzas fortalecieron de manera decidida a las ciencias en México, ya que casi no hubo disciplina científica que no se beneficiara de ellos 3,4,5. En las ciencias de la salud, que es el punto de análisis de este trabajo, no se sabe con certeza cuántos médicos, entre otros profesionales de la salud, se incorporaron al país bajo el régimen del asilo. De los 500 médicos que se estima arribaron al país6, varios de ellos, algunos ya con una trayectoria científica consolidada, se dedicaron a la investigación. La contribución de los médicos españoles a la medicina en México ha sido ampliamente reconocida; sin embargo, con el fin de resaltar el quehacer de un puñado de hombres que participaron en el fortalecimiento de la práctica científica en México, se intentó determinar el grado de repercusión de sus contribuciones por medio de una fuente extranjera que es utilizada cotidianamente en la medición del trabajo del investigador. Mediante la revisión documental existente sobre el tema del exilio español en México se elaboró una lista de los transterrados que llegaron al país en 1939 y se ----incorporaron a actividades académicas, de investigación o de práctica profesional en el área de la salud 7,8,9. Sus fechas de nacimiento y muerte, especialidad y, en algunos casos, nombres completos se obtuvieron, principalmente, del trabajo de Matilde Mantecón de Souto 10. Con una nómina de 65 investigadores se recurrió al SCISEARCH, índice en línea producido por el Institute for Scientific Information (ISI) que cubre un 90% de la literatura científica y tecnológica más relevante a nivel internacional y que contiene todos los registros incluidos en el Science Citation Index y algunos del Current Contents. Se consultó el archivo 434 que se refiere a los documentos indizados a partir de 1974 y buscó bajo el campo CR -referencia citada-para proceder a identificar los trabajos de los exiliados que habían sido citados. Se encontró que las publicaciones de 23 exiliados españoles fueron citadas en diferentes grados. Las citas correspondientes a un total de 255 trabajos publicados por los transterrados, tanto en su país de origen como en el que los acogió, fueron registradas en la base de datos consultada. El número de trabajos citados y el número de citas recibidas por cada autor que se proporcionan a continuación señala una muestra, posiblemente pequeña, del quehacer de los autores exiliados antes de su llegada a México y durante el tiempo que permanecieron activos en el país. De F. Guerra y G. Lafora aparecen registrados sus trabajos previos a su venida a México y los realizados hasta su salida del país (Tabla 1). La mayor proporción de los trabajos citados escritos por los autores del exilio correspondió a la categoría de artículos (Tabla 2), los cuales fueron publicados, principalmente, por investigadores de disciplinas tales como la psiquiatría, la farmacología y la fisiología. En dieciocho títulos de revistas mexicanas los autores objeto del estudio publicaron un total de 35 artículos, los cuales fueron citados 64 veces, es decir, cada artículo fue citado, en promedio, en dos ocasiones (Tabla 4). Por lo que respecta a las revistas extranjeras, siete títulos publicaron cinco o más artículos citados, es decir, el 22% del total de artículos publicados por los autores transterrados (Tabla 5). 10 MANTECÓN DE SOUTO, M. (1982), Indice biobibliográfico del exilio español en México. La repercusión de los trabajos de los autores exiliados, medida a través de una fuente que indudablemente tiene sesgos y deficiencias y que pese a ello es utilizada hoy en día para calificar a los científicos mexicanos, no fue elevada de acuerdo con los estándares actuales. Sin embargo, la aportación y valía de los trabajos publicados por un grupo distinguido de exiliados españoles tendría que buscarse, principalmente, en el efecto que causaron sobre los profesionales de la salud que formaron, es decir, los datos que arrojó la búsqueda en el banco de información seleccionado no refleja la calidad de los artículos. Para ello, deberían acompañarse de los juicios de expertos en cada disciplina a fin de evaluar en su justa dimensión la aportación de los exiliados a través de las publicaciones científicas.
Se presenta la edición y estudio de un manuscrito escrito en 1611 por Francisco Vélez de Arciniega sobre el uso de la Coloquíntida (Citrullus colocynthis (L) Schrader). Purgante enérgico, constituían objeto de controversia tanto su interés como la forma de aplicación. Vélez de Arciniega, notable boticario, buen conocedor de la farmacia antigua y moderna, participa en una interesante discusión científica que muestra la modernización del uso de los medicamentos. con la obscuridad añadida de trocarlos con el cohombrillo amargo (Ecballium elaterium Rich.), otro purgante muy empleado. Los botánicos no han puesto todavía orden en las numerosas variedades en que se presenta la coloquíntida. A lo más, mantienen la separación anterior a la reforma de Schrader entre coloquíntida silvestre, que sería Cucumis colocynthis, y Citrullus colocynthis, la susceptible de ser domesticada, pero no aportan suficientes notas distintivas. La coloquíntida es una planta trepadora o rastrera con tallos dotados de zarcillos, hojas alternas, ovales, triangulares o acorazonadas en su limbo, pecioladas, partidas en más de la mitad hasta la base. Sus flores, por lo común unisexuales en plantas monoicas o dioicas, actinomórficas, presentan cáliz y corola pentalobulada. El fruto es una calabaza globosa y lisa, con estrías verdes y amarilloblanquecinas, que, en la maduración, se torna amarilla. La pulpa del fruto maduro es esponjosa, ligera, blanca o pajiza y amarga. La tuera vive silvestre en la cuenca mediterránea, en zonas arenosas. (En Arabia Saudí, por ejemplo 2, medra en los lechos secos de los ríos.) Va enrareciéndose a medida que se extiende, por el este, hasta China y, por el oeste, alcanza Cabo Verde 3. La pulpa y las semillas son fuertes laxantes, que, tomados en exceso, resultan letales. La pulpa esponjosa de la coloquíntida contiene el glucósido colocintina, al cual se atribuye la actividad farmacológica de esta planta. Las cucurbitacinas triterpenoides de C. colocynthis se numeran entre los más amargos y desagradables de los terpenoides vegetales. La coloquíntida entra en la farmacología desde los albores de la cultura mediterránea. Según leemos en el papiro de Ebers, los egipcios la utilizaban ya como un purgante socorrido 4. En el Corpus hipocrático aparece en numerosas ocasiones con el nombre usual de kolokynthe agría 5 y desempeñando siempre una función laxante. Tradición que recogen Dioscórides y Plinio 6. San Isidoro da fe del conocimiento de la coloquíntida en la España visigoda. Dice en las Etimologías que la «coloquíntida ----2 MANDAVILLE, James P. (1990), Flora of Eastern Saudi Arabia. Véase también RIDDLE, John M. Folk (1987), «Tradition and Folk Medicine: Recognition of Drugs in Classical Antiquity» en Folklore and Folk Medicines. El texto dioscorídeo, fundamental para la historia del tema, es el del libro I, 4, 176: WELLMANN, M. (ed.) (1907), Pedanii Dioscoridis Anazarbei «De Materia Medica» libri quinque, Berlín (reimp. es una calabaza agreste y amarguísima, que, a la manera de ésta, extiende sus zarcillos por el suelo. Se la llama coloquíntida porque presenta el fruto redondo y echa las hojas como el cohombro» 7. Muy común entre las tribus predesérticas norteafricanas 8, la llegada de los árabes a la península Ibérica extendió su aplicación con otros laxantes drásticos. Aunque conocida al parecer también por otro nombre 9, la coloquíntida se llama en árabe al murrah y hanzal. De hanzal derivó el castellano alhandal para nombrar la tuera, arabismo común entre los médicos y apotecarios bajomedievales y renacentistas 10. Los árabes dispusieron en su propia lengua de la Materia médica de Dioscórides gracias a la traducción realizada en Bagdad, a mediados del siglo IX, por Istifan b. Basil, versión corregida por Hunayn b. Pero en esta traducción, la mayoría de los nombres de los medicamentos fueron sencillamente transcritos, sin traducirse, ni mucho menos describirse 11. Esa tarea esclarecedora la llevaría cabo un siglo más tarde el cordobés Abu Dawud Sulayman ibn Hassan («Ibn Yulyul») 12. Contemporáneamente apareció el Kitab al-Tasrif li-man ayiza an al-ta ́lif, enciclopedia médica escrita por Abu l-Qasim Jalaf b. Abbas al-Zahrawi («Abulcasis») (936-1013), en uno de cuyas partes, la denominada Liber Servitoris, en la traducción latina de Simón de Génova y Abraham de Tortosa, dedica un amplio fragmento al modo de preparación ----7 «Coloquintis cucurbita agrestis et vehementer amara, quae similiter ut cucurbita per terram flagella tendit. En ese texto del Pseudo-Dioscórides se funda también Riddle para rechazar la afirmación de Pío Font Quer, según la cual la coloquíntida silvestre la introdujeron los árabes. La verdad es que Font no hablaba tanto como historiador, que no lo era, cuanto experto indiscutible en flora norteafricana y botánica médica. 9 ASIN PALACIOS, Miguel. 11 Sobre las traducción y recepción de Dioscórides en el mundo árabe, véase SADEK, M.M. (1983), The Arabic Materia Medica of Dioscorides, Les Éditions du Sphinx, Québec; complementario del trabajo «épico», así lo reconoce, realizado por C. E. Dubler La «Materia Medica» de Dioscórides (Barcelona, 1953-57). (1993), Die Ergänzung Ibn Gulgul ́s zur Materia medica des Dioskurides, Van denhoeck & Ruprecht, Göttingen. de la coloquíntida 13, y donde se refleja ya los esfuerzos de los médicos por amortiguar los efectos drásticos del purgante con consejos sobre el momento de recolectar su fruto («in fine mensis septembris»), parte aprovechable, dosis y otros detalles que revelan el cuidado extremo que requería su empleo. La farmacopea árabe alcanza su momento culminante en la figura y en la obra de Ibn al-Beithar, nacido en Málaga a finales del siglo XII, compilador de los trabajos farmacológicos escritos en árabe y autor él mismo de un Comentario a la Materia Médica de Dioscórides (Tafsir Kitab Diyasquridus fi l-adwiya al mufrada) y el Tratado de Simples (Kitab al-Yamí li-mufradat al-adwiya wa-agdiya). Este último, escrito en Damasco entre 1240 y 1248, encierra abundantísima información sobre el empleo de la coloquíntida por los autores que le precedieron 14, en particular el muy documentado número 714, sobre Handhal 15. Entre las autoridades que al-Beithar cita se encuentra Mesue. Mesue cumplirá, en la terapéutica del galenismo arabizado, el papel principal que en los demás terrenos de la medicina desempeñará Avicena. Pero si la figura de éste aparece más o menos delimitada desde muy pronto, el personaje, o personajes, que se esconde tras el Ebenmesue de los medievales está todavía por identificar 16. Desde la segunda mitad del siglo XIII circulan agavilladas cuatro obras farmacológicas atribuidas a dicho autor de las que, por lo que a la coloquíntida se refiere, importa la primera, De consolatione medicinarum simplicium et correctione operationum earum Canones universales («Reglas generales sobre la rectificación de las medicinas simples y la corrección de sus acciones»), cuya historia y evolución en el Renacimiento ha estudiado. Se tradujo también al hebreo y al italiano. Comentado, entre otros, por Mondino dei Liuzzi, los humanistas de Ferrara no ahorraron críticas en sus diatribas contra la medicina árabe, corruptora, en su opinión, de la prístina medicina clásica. «Correcciones» que dieron pie a una sonada polémica, en la que participaron en campos enfrentados y de forma destacada ----13 ENGESER, Marianne (1986), Der «liber Servitoris» des Abulkasis (936-1013) G. Dupuys y L. Fuchs, y cuyo principal instigador fue Giovanni Manardo 18. A propósito de la coloquíntida, Manardo se apoya en Dioscórides y en Galeno para rechazar la opinión de Mesue sobre el uso del fruto, al tiempo que le reprocha la interpretación que da de las fuentes en que dice fundarse éste 19. Este período coincide con la renovación de la botánica, que exige mayor atenimiento a la observación directa de las plantas, renovación instada por la traducción latina de Dioscórides y el descubri----- En 1542 Jacobus Sylvius refundió del texto medieval (entonces llamada versio antiqua) en un latín humanista, a la que añadió sus apostillas, junto con sus propias interpretaciones. Pero la edición que adquiriría mayor predicamente fue la de Venecia de 1561 por Vincentius Valgrisius. Esta da, para cada párrafo de los Canones, primero la versión de Silvio y, luego, la versio antiqua seguida por el comentario de Mondino. Aquí encontramos los textos sobre la coloquíntida que van a constituir el objeto central de nuestro trabajo 21: la intervención de Francisco Vélez de Arciniega en la polémica de la coloquíntida. Antes, sin embargo, se produce la versión castellana de Andrés Laguna de la Materia médica de Dioscórides, aunque los autores emplean sobre todo la traducción latina de Jean Ruelle. Más tarde aparece la obra botánica de Andrea Cesalpino, donde se ofrece una extensa descripción de la planta que ayuda a reconocer sus notas características, precisas para considerar su aplicación terapéutica. Cesalpino distingue, por ejemplo, una coloquíntida silvestre y otra doméstica, que se manifiesta en el grosor del fruto 22. La terapéutica de Mesue rige en España hasta finales del siglo XVII. En tan larga pervivencia tuvo mucho que ver Francisco Vélez de Arciniega, uno de los pocos que supo sistematizar las ideas escondidas bajo un magma de recetas y preparaciones dispersas por antidotarios y cánones. Nacido en Casarrubios del Monte (Toledo) en torno a los años cincuenta o sesenta del siglo XVI y fallecido en fecha posterior a 1624, fue Vélez boticario en Toledo, donde llegó a ocupar el cargo de farmacópola del arzobispo Bernardo de Sandoval y Rojas; de allí pasó a Madrid y fue boticario de la corte. Su obra escrita versa sobre aspectos fundamentales y aplicados del arte. Su alarde de erudición, propio del tiempo por otro lado, suele ser en numerosas ocasiones pertinente. Contó entre sus discípulos a Jerónimo de la Fuente Pierola. La obsesión de Vélez fue redactar una farmacopea general, la primera de haberse cumplido, que sirviera de prontuario para todos los apotecarios españoles. Los libros son, en buena medida, aproximaciones o capítulos de ese compendio. Pese a la importancia de tamaña empresa, no existe ninguna monografía sobre nuestro autor, salvo las entradas de las historias de la farmacia o los repertorios comentados. Lo reconoce así Juan Esteva de Sagrera, autor de un ensayo sobre el Libro de los quadrupedos y serpientes terrestres recebidos en el uso de la medicina y de su preparación, de Francisco Vélez, cuya introducción al mismo resuelve las dudas sobre el elenco real de las obras del boticario toledano 23. Capítulo central de toda farmacopea del siglo XVI era el relativo a los purgantes. Y en particular, la coloquíntida. La conveniencia de su uso se convirtió en el centro de numerosas disputas a lo largo de esa centuria. En España cobró especial virulencia en los primeros años del XVII a raíz de un enfrentamiento en el que se vio implicado el Colegio de Médicos de Zaragoza. ---in viridariis ad parietes convestiendos. 23 ESTEVA DE SAGRERA, Juan. (1977), Comentario al «Libro de los quadrupedos y serpientes terrestres recebidos en el uso de la medicina y de su preparación» de Francisco Vélez de Arciniega», Unifarma X, 484-495. Iniciada la polémica apareció en 1603 Pharmacopoea. La publicación de la Pharmacopea aumentó el prestigio de Vélez, ya plenamente asentado en la corte. Nada tiene, pues, de extraño que en plena crisis del uso de ese purgante drástico, fuera reclamada su opinión autorizada. Desde 1601, Cosme Novella, apotecario de Albarracín y a la sazón Visitador de la Botica del Hospital General, está enfrentado contra el Colegio de Médicos de Zaragoza por el uso corrrecto de la coloquíntida. Novella denunciaba que allí se prescribían la coloquíntida y purgantes fuertes (escamonea, heléboro, hermodáctiles y lapislázuli) solos, diluídos en polvo y fritos en aceite de rosas, en vez de prepararlos rectificados en trociscos, píldoras o tabletas. Como es sabido, en la disputa intervinieron de forma directa o indirecta instituciones de dentro y fuera de Aragón. En un comienzo parece que se impone la tesis de Novella cuando, en 1610, el Consejo Supremo de Aragón obliga a administrar la coloquíntida preparada en trociscos. No se da por satisfecho el Colegio de Médicos, e intrigas y enredos aparte relatados por el propio Novella, logra aquella institución que el Rey mande el uso de la coloquíntida molida sutilísimamente con aceite de rosas. ¿Quién ha podido lograr que nada menos que Felipe III se decantara a favor del Colegio y en contra de su mismo enviado? Si Novella había apelado en pro de su causa a las universidades de Valladolid, Salamanca y Huesca, el Colegio reclama la ayuda de Vélez de Arciniega. Este había cerrado su Pharmacopoea con un capítulo consagrado a la coloquíntida, donde encontramos esbozado el guión que desarrollará más tarde 25. Para entender no sólo los conceptos y razonamientos que esgrimirá luego, sino también para profundizar en su formación tendremos que sumergirnos en ese tratado de farmacia. Siendo ésta tradicionalmente «ars recte colligendi, eligendi, miscendique medicamina», que él traduce y extiende así: «No es otra cosa el arte del boticario que saber como coger, escoger, preparar, guardar, componer y mezclar bien ----24 VELEZ DE ARCINIEGA, Francisco. Typis Michaelis Serrani de Varga. Tal será el modo de proceder de Vélez: partirá de un texto de una autoridad (aquí, el Canon de Mesue en buena medida) que él explica, amplía o corrige con otros textos del mismo o de otro autor, corroborado con la propia experiencia adquirida en el ejercicio del arte. Lo primero que le importa será, pues, que el texto escogido sea fiel, no corrompido. En segundo lugar, que la autoridad invocada lo sea en el dominio particular de la cuestión. A propósito de las proporciones en que deben entrar los ingredientes de los fármacos, apela a Arnau de Vilanova; en cuestiones de botánica a Rembert Dodoens 27. Por lo que concierne a la física farmacológica, es decir, las cualidades de las medicinas -tacto, olor, sabor y color-se apoya en las definiciones aristotélicas. Tales referencias nos evocan un Vélez inmerso en la corriente neoaristotélica médica, que en Italia representa Cesalpino, citado por él, corriente apenas estudiada. En nuestro boticario, sin embargo, manifiesta unos caracteres peculiares, únicos. Por ejemplo, su doctrina resulta menos sistemática y elaborada, aunque más ecléctica, fruto de una lectura enciclopédica no siempre bien asimilada. Es ingente el número de autores antiguos y medievales, árabes sobre todo, que trae a colación. Pero no es menos llamativo su conocimiento de los «modernos»: De la Ruelle, Manardo, Valerius Cordus, Fuchs, Joubert, los «Frelonios», Musa Brasavola, Agricola, Cristóbal de Acosta, Clusius, Fragoso, Dodoens y, sobre todo, los comentaristas del Canon Sylvius y Costa, estos últimos sus preferidos. Comparte con la mayoría de los autores más innovadores que el criterio último de la farmacia, en cuanto ars, reposará en la propia observación: «Va mucho del dezir al hazer; y a esta causa, el que lo quisiere experimentar, como yo lo he hecho» 28. Preparación clásica de todos los antidotarios y, por tanto, obligada en la Pharmacopoea, era la de los trociscos de coloquíntida. Debe, pues, empezar por una descripción adecuada del proceso que han de aprender los boticarios. En efecto, tras enunciar los componentes y proporciones según el Canon, prosigue: «Para formar estos trochiscos, y preparar la coloquintida, se tomaran las dichas quantidades, y las gomas despues de quebrantadas se pondrán en una vasija vidriada, y sobre ellas la quantidad suficiente de agua rosada caliente, y se dexaran por quatro días./ La coloquíntida se cortara menudamente con unas tigeras, y embolverase con el dicho mucilago, y formarase en trochiscos. Y aunque dize Mesue, que se ponga en dos vezes, se pondrá en una todo, y se remoleran después de secos, y se tornaran a formar con el mismo mucilago que tienen en si embevido, y harase esto tres o quatro vezes, hasta que se ayan subtilizado muy bien.» 29. 27 «Al leño llaman los griegos (xylé) y es (segun dice Dodoneo) la parte interior rodeada de corteza dura y que se puede hender, asi como cuerpo, o carne de los arboles y frutices.» Expuesta la preparación, Vélez se hace eco de la polémica desatada en Zaragoza, sin aludirla directamente, avanzando de inmediato su propia opinión: «Estos trochiscos dixo Mesue que entravan en la hiera Hermetis, y en otras composiciones en lugar de la coloquintida. Y por no haber entendido algunos lo que quiso dezir, quieren que se pongan en su lugar en todas las composiciones: mas el intento de Mesue no fue dezir que se pusiessen en las suyas, sino que se ponían en el hiera de Hermes, y en otras composiciones del dicho Hermes» 30. Para Vélez, cuando en una receta de Mesue se exige coloquíntida, debe emplearse coloquíntida sin sucedáneos, ni preparaciones que la desvirtúen. Debió de ser muy fundado el razonamiento de Vélez en su informe al Colegio de Médicos de Zaragoza para ganarse la voluntad del monarca. ¿En qué terminos se expresó? En la biblioteca Salvador del Instituto Botánico de Barcelona se conserva, sin catalogar, el manuscrito, o una copia coetánea, de la contestación de Vélez de Arciniega. Está encuadernado en guardas de piel de un manuscrito tardomedieval. Ha perdido los hilos del cosido y parte de ambas guardas, anterior y posterior. Consta de tres cuadernillos de ocho hojas cada uno, sin numerar. De la primera hoja del segundo cuadernillo aparecen incompletas (se han rasgado en parte) las once primeras líneas de ambas páginas, si bien la merma no afecta al contenido central del escrito. Concluye con la fecha de redacción, el dos de enero de 1611 y la firma del autor. Aunque desconocemos la historia seguida por el manuscrito, hay razones externas e internas para certificar la verosimilitud de la autoría de Vélez de Arciniega. El papel, la tinta empleada y la caligrafía son propias de un escritor del primer tercio del XVII. Que lo redactó quien lo firma, Francisco Vélez de Arciniega, está acorde con la trayectoria intelectual de este farmacéutico y, en particular, con su Pharmacopea de 1603. En la biblioteca Salvador del Instituto Botánico de Barcelona se guarda un importante fondo de la farmacia de los siglos XVI y XVII, por lo que tampoco extraña su presencia en ese lugar. El manuscrito no sólo refleja la opinión de Vélez, sino también la posición criticada. Constituye, pues, una óptima muestra de la justificación de los remedios purgantes de la materia farmacéutica vegetal en la España de comienzos del XVII. El manuscrito consta de encabezamiento, nudo de la polémica y razonamiento de la solución. Reza así el encabezamiento: «IESUS MARIA-/ Informacion hecha por franco Velez de Ar / ciniega boticario del Ilto de Toledo a / peticion del Collegio de los Medicos / y Cirujanos de la Ciudad de Zara-/ goça, para el pleyto que tra / ta contra Cosme Novella / acerca del uso que se / deve tener dela / Colocinthida». El nudo de la polémica es si deben ponerse los trociscos de Alhandal en todas las composiciones en que se pide coloquíntida, en las composiciones en que se reclama tal sustitución expresis verbis o sólo en las preparaciones en que se pide coloquíntida preparada 31. Puesto que se trata de un problema de interpretación, uno de los factores principales que entrarán en la polémica será el análisis de textos. El trasfondo de la cuestión radicaba, sin embargo, en el recelo que empezaba a manifestarse en torno al uso farmacológico del fruto de coloquíntida, dados los efectos drásticos que ese purgante provocaba. Se abría así una brecha crítica, aunque sutil todavía, en el quehacer farmacéutico pegado a los dictados de los recetarios. La polémica giraba, en efecto, en torno a la hermenéutica de un texto del Antidotario de Mesue: «Confectio trochiscorum Alhandal, qui ponuntur in hyera Hermetis, et in aliis confectionibus loce Colocynthidae». Los términos equívocos concernían a la expresión in aliis 32. La hiera era un fármaco purgante de la tradición galénica, de la que habla ya el propio Galeno en De sanitate tuenda 33 y encontramos repetidamente aludida en los autores árabes 34. El informe manuscrito de Vélez constituye una aplicación pormenorizada de los principios establecidos en su Pharmacopoea decem sectiones y una extensión del apartado que dedica a la coloquíntida. Tras relatar y glosar preparaciones de distintos autores, cierra la Pharmacopoea con la preparación de la coloquíntida según Mesue: Collocyntidis praeparatio, ut autor est Mesue. Texto que él mismo traduce abreviadamente con algunas interpolaciones aclaratorias: «Para formar estos trochiscos, y preparar la coloquintida, se tomaran las dichas quantidades, y las gomas despues de quebrantadas se pondran en una vasija vidriada, y sobre ellas la quantidad suficiente de agua rosada caliente, y se dexaran por quatro dias. / La coloquintida se cortará menudamente con unas tigeras, y embolverase con el dicho mucilago, y formarase en trochiscos. Y aunque dize Mesue que se ponga en dos vezes, se pondra en una todo, y se remoleran despues de ----31 «Tratasse, y esta puesto en controversia si se / han de poner los trochiscos de Alhandal en to-/ das las Compositiones en que se pide Colochin-/ tida, ó en solas aquellas en que los auctores / los piden determinadamente por su propio / nombre, ó en que piden Colochyntida prepa-/ rada. (Manuscrito, 1r.) 32 secos, y se tornaran a formar con el mismo mucilago que tienen en si embevido, y harase esto tres, o quatro vezes, hasta que se ayan subtilizado muy bien» 35. Y sin más preámbulo entra en el centro de la controversia: «Estos trochiscos dixo Mesue que entravan en la hiera Hermetis y en otras composiciones en lugar de la coloquintida: y por no aver entendido algunos lo que quiso dezir, quieren que se pongan en su lugar en todas las composiciones: mas el intento de Mesue no fue dezir que se pusiessen en las suyas, sino que se ponian en el hiera de Hermes, y en otras composiciones del dicho Hermes» 36. Las razones en que se fundan son primariamente de exégesis externa, de análisis textual 37 y contextual 38. Va desgranando, luego, las formas de entender esa preparación y otras asimiladas. Así, se tomará como simple, no recortada en esas bolas que eran los trociscos, cuando los antidotarios fiables lo exijan 39. Una tercera razón que aclara el sentido de las palabras de Mesue reside en la naturaleza de la composición farmacológica. Creíase que, en los medicamentos compuestos, un simple corregía, atemperaba o neutralizaba la acción de otro con el que fuera «asociado» 40. 37 «Que esto sea verdad, veese de sus palabras que son: Confectio trochiscorum de alalndahal, qui ponuntur in hiera Hermetis, et in aliis confectionibus (scilicet ipsius Hermetis) loco coloquintidae:» (Id.) 38 «y de la dicha hiera y de las pildoras de alandahal que Mesue escrivio en su antidotario de autoridad del dicho Hermes, en las quales en lugar de coloquintida pidio el dicho Hermes trochiscos de alandahal.» 39 «De manera que quando en alguna composicion se pide coloquintida, no se han de poner estos trochiscos, sino sola la coloquintida sin preparar. Que no se aya de poner preparada vese de la recepta de la hiera diacoloquintidos que escrivio Mesue. Pues esta escrito en su recepta coloquintidae bonae electae drach. (Pharmacopoea, 195r-195v.) 40 «Y si se huvieran de poner en todas las composiciones los trochiscos dichos por coloquintida, no pusiera el otro codice (como dize la recepta) de cada cosa veynte y cinco dracmas, sino cincuenta de lo uno, ò de lo otro. No es necessario echar en los medicamentos compuestos la coloquintida, ni otro algun simple preparado, sino es pidiendole el autor con algún particular intento, porque en los mismos compuestos entran otros que los corrigen. Que esto sea verdad, veese de Cesalpino, el qual dize, que en los compuestos se mezclan simples que corrigen la malicia de los purgantes, y que se ponen en ellos semejantes y contrarios, los semejantes para que unos y otros se ayuden para hazer la purgacion, y los contrarios para que corrijan su malicia. Mudamos (dize el dicho) las facultades de los medicamentos, no solamente con la preparacion, mas tambien con la mistion. Desta verdad que dize, son testigos Galeno c. 31 lib. Quos quibus, etc. Y en el com. 2. in lib. de rat. vict. in morb. acut. y en el cap. 5. lib. 1 de comp. med. perg. Damocrates (como se vee en Mesue) y el propio Mesue, Avicenna c. Jouberto en un tratado que hizo del arte de componer las medicinas y con ellas Bernardo de Senio, y toda la classe Griega y Arabiga de Medicina. De donde se vee que no se ha de poner la coloquintida, scammonea, turbith, agarico, hermodactyles, ni los demas medicamentos simples a estos semejantes corregidos en las composiciones, donde expressamente no los piden corregidos, ò preparados los autores. / Algunos ay que dizen que manda Serapion, que se eche preparada la coloquintida en todas las masas de pildoras, mas no dize sino que quando se hizieren pildoras della para tomar: no se hagan CUERPO DEL INFORME Adviértese de entrada una leve modificación respecto al nudo de la polémica. En la Pharmacopoea, el in aliis se refiere determinadamente a las composiciones de Hermes, en tanto que en el Informe no lo acota a dicho supuesto autor. Sencillamente, en este in aliis no sustituye a todos (omnibus), como opinan los partidarios del uso de la coloquíntida en trociscos. Sólo debe recurrirse a tales fármacos cuando hablamos de coloquíntida mala, no buena; ésta, como se verá, puede emplearse sutilmente molida con aceite de rosas. Para llegar a tan tajante solución divide su discurso en seis puntos. Primero: averiguar de qué especie de coloquíntida está hablando Mesue. Segundo: si debe prepararse con la trituración sutil. Tercero: si no necesita rectificarse ni, por tanto, asociarse. Cuarto: si conviene prescribirla sólo para las enfermedades graves. Quinto: si es tan drástica en su acción como la de otros purgantes amargos. Y sexto: interpretación del texto de Mesue en coherencia con los puntos anteriores 41. El punto primero reconoce la existencia de coloquíntidas, una macho y otra hembra. Caracterizan a la primera, según Vélez siguiendo a Mesue, la lanígine y la dureza de la corteza, así como el color negro y el amargo del sabor de su pulpa. La coloquíntida hembra, la buena, por contra, es de corteza gruesa y suave, de sabor áspero y color blanco en su abundante pulpa. Puede objetarse que en la madurez la coloquíntida provoca graves trastornos a quien la ingiere, pues produce cólicos y evacuaciones sanguinolentas hasta acarrear incluso la muerte. Objeción que Vélez resuelve atribuyendo tales efectos a la coloquíntida mala; pero no pueden predicarse de la buena. Para determinar si estamos ante la coloquíntida buena, hemos de fijarnos en ciertas señales. La primera es su grosor o corpulencia destacada. Pero, sobre todo, consistencia: es más ligera. Gracias a esta nota, la virtud terapéutica que encierra está más difusa, menos concentrada diríamos. Por contra, las cosas que no se hallan distendidas, sino «nudadas», son más pesadas y, por ende, de virtud concentrada. En la fisiología galenista, en efecto, los fármacos concentrados son más drásticos que los ---della sola, sino de la preparada con quantidad igual de goma Arabiga, alquitira y almidó, o con igual de qualquiera destas cosas, y que si la huvieren de poner en las hieras, y en otras qualesquier medicinas grandes (que quiere dezir compuestas con muchas simples) no se ha de preparar con alguna, sino con las que entran en ellas tan solamente.» (Pharmacopoea, p.195v-196r.) 41 «Para mayor / explication me aparecio dividir este dis-/ curso en seis puntos. el primero será es-/ crivir la elecion de la Colocyn para que dis-/ curriendo por sus senyales, ellas mismas nos / den ha entender si es tan dañosa o, per-/ niciosa como la hazen, y de qual se ha / de entender, quando los auctores dizen que / lo es. El segundo sera si se prepara por / razon del arte con la triutaration sutil. / El tercero si se prepara en las Compositiones / en que entra por razon dela sociedad. El / quarto si convenga mais prepada para / las grandes, y rebeldes enfermedades. El / quinto si es tan malitioso el modo de pur-/ gar suio como de otros medicamentos amar-/ gos. El sexto, y ultimo como se han de en-/ tender aquellas palabras que Mes. dixo, tra-/ tando delos dichos trochiscos. La coloquíntida liviana es la que se cría en compañía con otras. Dentro de las que nacen juntas hay que escoger la mayor. Por lo que respecta a otra cualidad distintiva de la eficacia de un fármaco, el color, en el caso de la coloquíntida, las blancas son más allegadas al «temperamento frío» y menos drásticas 43. En la fisiología del galenismo arabizado, lo áspero, seco y negro son características que definen a un fármaco de acción fuerte, en tanto que lo blando, húmedo y blanco propician una curación sin graves agresiones. Vélez refiere a la coloquíntida mala la tríada primera y a la buena, la segunda. Siguiendo a Mesue, distingue diversos grados en la agresividad de los purgantes de acuerdo con la sustancia. Los más drásticos son los más agudos (representados por el «Euphorbium» y el «Metherion»), seguidos de los que poseen una composición de agudeza y amargor (representados por el «Scammonium») y, por fin, los de sólo amargor (representados por la coloquíntida). Siendo nada más que amarga, la coloquíntida no puede desecharse como absolutamente dañina 44. ----42 «de lo qual se sigue que la Co-/ locintida grande sera mejor que la pe-/ queña en quanto esta senyal, por tener / la virtud mas difusa y separada. la se-/ gunda señal de su election es que sea li-/ viana, y esta a mi parecer esta respon-/ dida, con lo que havemos dicho de la pri-/ mera: nam levitas est parvae virtutis et ali-/ menti judicium--y que las cosas sólidas, y/ nudadas sean mas pesadas, no avra quien / lo nege, y vesse de Galeno en el lib.1./ delos Antidotos.» 43 «de donde/ se ve, que la nutrition es causa dela / solidation, y la solidacion dela grave-/ dad, o, peso, con lo qual esta respondi-/ do a la razon porque conviene que la / colocintida sea liviana, pues de serlo, / se collige que no está mui mentenida, / ni fuerte para sus actiones, y por esta / propia razon quieren que no se esco-/ ja la que nasse sola en una planta,/ ni la que es de planta que nacio sola en / una region sino acompañadas con otras / plantas de su genero, y que produxo otras / muchas colocintidas, y de estas la / maior, como queda dicho. tanbien / ponen por senyal de su bondad el ser blan-/ cha, y este no es pequeño indicio, pa-/ ra que lo sea, porque quando debaxo de / un genero, ansi en plantas, como en / animales ay espetias blancas, y negras, / las blanchas son mas alegadas al tem-/ peramento mas frio, y de menores fuer-/ câs.» 44 «Y por esta ra-/ son elige Mesue la Colocintida blan-/ cha, porque la de este Color es menos ca-/ liente, y eficas. tanbien dixo en su / election: Sit lenis, y este nombre sig-/ nifica la mensedumbre y blandura, y / correspondesse entrambos, porque a la per-/ çona mansa de Condicion, y passifica / la llamamos blanda, y aspera, y dura / a la que la tiene mala y es incorregible / e intratable. El significar la buena con-/ dicion muestralo Terencio in Hecyra / disiendo: Ego sum animo lenis natus non / possum adversari meis, y por occasion / dixo Mes. tratando delas Condiciones que / deven tener las medicinas de parte de / substantia. Lenitas nempe medi-/ cinis associata, et propria violentarum vir-/ tutum ad latus incoluminum declinare facit, / sed et alliud similiter, quanto utroque modo / sunt possibilia nasci. asperitas vero facit / e 3a nam Colocynthida lenis bona / aspera mala, etc--de manera que de / ser lena la Colocintida le proviene / el ser mas humida que aspera, y de / ser mas humida mas segura no tra-/ to Mes del sabór dela Colocintida, / y por ser el mejor Juez, sera bien que / digamos algo de el, para que nos en-/ senye hasta donde llegan las malas, o / buenas calidades, que por su occasion / tiene, y hasta donde llega su malicia / el sabor dela colocintida es amargo, / y ella los manifiesta mui bien a lo que / la gustan, y todos los que de ella escriven / lo disen. Y de aqui consta que ay / otros dos generos de medicamentos pur-/ gantes más perniciosos, y dañosos que ella / que son propiamente los de sabor agudo / y los Compuestos del agudo, y amargo. / Vayamos con el segundo punto. La coloquíntida buena lo es hasta tal extremo que puede prescribirse sola, «sin la preparación de la sociedad», Basta reducirla a polvillo. A ese proceso se le llama en el arte trituración sutil 45. La coloquíntida, así molida, evita la ulceración del estómago y los pliegues del intestino. Y que así deba procederse, lo funda en la autoridad de Aecio, Paulo de Egina, Serapión hijo, Avicena y Mesue. El tercer punto, sobre «si prepara la Colocynthida en las composiciones por razón de la sociedad», tiene una respuesta afirmativa. Aduce una triple forma de acudir a la sociedad: simple combinado con simple que se oponen con su virtud a los venenos, simple combinado con simple de temperamentos contrarios y simple combinado con simple que producen efectos contrarios. Las sustancias de temperamento antagónico, cuando entran en combinación, se corrigen mutuamente, y producen un medicamento equilibrado en sus efectos. En el caso de la coloquíntida, siendo amarga, necesita la correción de una sustancia dulce: miel, azúcar u otro edulcorante. Así obraron los griegos y más tarde los árabes. No precisa de ninguna otra asociación para rectificarla 46. Va directamente contra el corazón de la argumentación de Novella y quienes le siguen el punto cuarto. Es decir, no conviene la acción de la coloquíntida preparada en todas composiciones ni debe emplearse para todas las enfermedades. El esquema argumentativo de Vélez se desarrolla aquí en una suerte de sorites propio de la farmacología deductiva del galenismo arabizado. Se parte de la opinión autorizada (Mesue, Galeno o Hipócrates). El remedio debe ser proporcional a la enfermedad. A grandes males, drásticos remedios. Pero el remedio que es insuficiente, por desnaturalizado, produce más daño que bien; en este caso, fiebres pútridas. La insuficiencia ----Que sea esto verdad veese de Mes. el / cual tras, tando delos favores en sus Ca-/ nones dise: Et debes scire quod medi-/ cinarum deteriores sunt in quibus est acui-/ tas pura, scicut est euphorbium, et Me-/ therion minus autem in quibus est amari-/ tudo pura scicut est Colocintida, et / Cucumer assininus, et Similia. et quae / Composita sunt ex acumine, et amari-/ tudine sunt inter eas scicut est Scam-/ monium--Siguen este parecer todos los / autores: luego tampoco por el sabor lo / podemos jusgar por tan dañosa Como / la hasen, los que falsamente la infaman, / y clar esta, que si fuera tan venenosa que / no se atrevieran los autores a darla / sin mescla de otra Cosa, Como lo dava / Serapion.» 45 «El 2.o / punto es si se prepara con la tri-/ turation sutil, al qual le responde / que si, y que por esta occasion la davan / sin la preparation dela Sosciedad sien-/ do buena. Que sea esto verdad, y que / se pueda dar sin la preparacion dela Sos-/ ciedad veese delas ultimas palabras / que referimos de autoridad de Serapion.» 46 «La razon / porque lo dulce la corrige es la Contra-/ riedad, que entre lo dulçe, y amargo ay, / y a esta causa tratando este sabor / Mesue en sus Canones dise: Dulce au-/ tem cum sua mediocre substantia est repres-/ sivum acuti, et amari, en otro Canon / dise: Res autem dulcis medicinas / delectabiles esse facit (et postea) et acui-/ tatem et serositatem frangit: y en otro / Res quidem dulcis omnibus medicinis / praeterquam salsae iuvamentum prestat, / De donde se vee, que con sola la mes-/ cla de las cosas dulces se corrige la Colo-/ chynthida a cuya causa la dan moli-/ da sutilmente en aguamiel comunmente / los griegos como se vera en los lugares / que quedan citados de Paulo, Aetio, y / Actuario; y esto hisieron otros grie-/ gos mas antiguos que ellos.» (Manuscrito, 12v-13r.) de un medicamento puede residir en su propia naturaleza o en la cantidad aplicada. Además, cuando se prepara con otros simples, pierde eficacia al verse contrarrestada por las fuerzas (principios activos, si no fuera violentar el texto) de los otros componentes 47. Conscientes de esas limitaciones, sólo pondrá coloquíntida preparada allí donde lo ordenen los autores griegos y árabes. Preparación que no será general, sino específica de ella. Ataca también a los oponentes del uso de la coloquíntida pura en el quinto punto. Contra el criterio de éstos, no es dañina. La razón que aduce se apoya en el mecanismo de acción de la coloquíntida: por su vehemente amargor, opera con tal rapidez, que purga sin causar las lesiones aducidas. Afirmación que corrobora con la autoridad de Galeno y Avicena. Establecido, pues, que existe una coloquíntida buena, que debe molerse en polvillo y contrarrestarse su amargor con aguamiel, negado al propio tiempo que tenga que desvirtuarse su eficacia con la asociación de otros simples y que dañe, está ya capacitado para resolver el pleito, que no es otra cosa que interpretar adecuadamente el texto de Mesue a propósito de la confección de la hiera de Hermes. Y ese el tema del punto sexto. Procede iniciando un análisis terminológico. La frase Confectio trochiscorum Alandahal qui ponuntur in hyera Hermetis et in aliis confectionibus loco colocinthydae es una anfibología, vicio que en la lógica aristotélico-escolástica es característico del razonamiento sofista. Anfibología que no cometió Mesue, sino quien lo tradujo del árabe al latín. La interpretación verosímil que él acepta es que, por la expresión in aliis, debe entenderse sensu stricto otras confecciones de Hermes; sensu lato (o modo largo), ciertas confecciones de Mesue y de otros autores. De ninguna forma puede aceptarse que se refiera a todas las confecciones. Para corroborar su tesis, contextualiza esa expresión de Mesue con otras suyas en que habla del empleo de trociscos de alhandal en vez de coloquíntida. De esa contextualización se infiere que, cuando se deben poner trociscos, se indica expresamente, y así también cuando quieren que se ponga coloquíntida 48. Corrobora la interpretación que ha dado del texto de Mesue con las enseñanzas de Galeno, en particular, con el principio de que las medicinas deben usarse en proporción a las enfermedades. Para terminar con una recapitulación sobre cómo proceder en el uso práctico de la coloquíntida. Primero, anota, atenderemos a su prescripción: eliminar la flema y humores viscosos, ex-----47 «de donde se colige los / daños tan grandes, y manifestos, que / hara la Colocynthida si se pone en / los medicamentos en que no se pide pre-/ parada, corregida, y quebrantadas / sus fuerças con la mezcla del Bdellio / y tragacantho: pues por esta rason, no / solamente se les desminuiran, o menos / cavaran sus fuerças, pero por llevar / menos la mitat de lo que avian de lle-/ var dela Colocynthida que lo que pidieron / sus autores.» 48 «pues vemos que estos / echaron estos trochiscos en estas dichas / Confectiones, pero no en todas en gene-/ ral, sino es en aquellas que los piden. Que / no se ayan de poner generalmente en / todas, veesse con evidencia, porque adonde / el, y los demás quisieron trochiscos los / pidieron, y adonde Colocinthyda tambien» (Manuscrito, 18v.) trayéndolos de los recovecos del cuerpo. Luego, evitaremos se devalúe con otros simples que menoscaben su eficacia, en tanto que buscaremos los que ayudan a su acción. Quiebran su eficacia y no ayudan los trociscos. Por tanto, la razón está de parte del Colegio de Médicos de Zaragoza y debe reprenderse a Cosme Novella. IESUS MARIA -Informacion hecha por Francisco Vélez de Ur ciniega, boticario del Ilto. de Toledo a petition del Collegio de los Medicos y Cirujanos de la Ciudad de Zaragoça, para el pleyto que trata contra Cosme Novella acerca del uso que se deve tener de la Colocinthida. Tratasse, y esta puesto en controversia si se han de poner los trochiscos de Alhandal en todas las Compositiones en que se pide Colochintida, ó en solas aquellas en que los auctores los piden determinadamente por su propio nombre, ó en que piden Colochyntida preparada. La occasion de esta difficuldad han sido aquellas palabras que Mes. escrivió en su antidotario, tratando destos dichos trochiscos, que son las siguientes. Y como los paraceres de los hombres sean tan differentes, que han dado occasion a que se hissiese aquel adagio tan antiguo quot Capita tot Sententiae-de aquí tanbien ha resultado, que unos la entendian de una manera, y otros de otra; Aunque la explication de ellas se podía tratar con mucha brevedad, por no ser mas que declarar que signifique acerca de los que en-tendien la lengua latina in aliis. Y si diziendo Mes. in aliis quiso dezir in omnibus como lo entendien los que no la enteadien: sera necessario de tomar la corrida de mas atras, para ensenyar a saltar a los que tropezando en ellas caen en este barrancho deslumbrados con algunas auctoridades de algunos auctores que entendieron mal lo que dixieron los Arabes antiguos, o por no entenderlos los que los leen por falta dela inteligencia dela latinidad. Para maior explication me aparecio dividir este discurso en seis puntos. el primero sera escrivir la elecion de la Colocyn. para que discurriendo por sus senyales, ellas mismas nos den ha entender si es tan dañosa o, perniciosa como la hazen, y de qual se ha de entender, quando los auctores dizen que lo es. El segundo sera si se prepara por razon del arte con la triutaration sutil. El tercero si se prepara en las Compositiones en que entra por razon dela sociedad. El quarto si convenga mais prepada para las grandes, y rebeldes enfermedades. El quinto si es tan malitioso el modo de purgar suio como de otros medicamentos amargos. El sexto, y ultimo como se han de entender aquellas palabras que Mes. dixo, tratando delos dichos trochiscos. La elecion de la Colocynthida que para tratar del punto que primero conviene, es la siguiente. Todos los danyos que dizen que ahze la Colocynthuida (como se ha visto de la que havemos referido de autoridad de Mes.) atribuien los autores a la que es mala, porque la que es buena no los puede ahzer, y la razon de esto se cehera de ver, considerando con atention y cuidado sus señales. Entre las demas que Mes. enseña es la primera que sea gruessa o, corpulenta, y esto mismo encomendó en los Canones, donde dando la razon porque conviene que lo sea dizen: Et scire debes quod magnitudo rei, et parvitas virtutis diffusionem et aggregationem facit, et ideo Colocynthida magna melior. 1--de lo qual se sigue que la Colocintida grande sera mejor que la pequeña en quanto este senyal, por tener la virtud mas difusa y separada. la segunda señal de su election es que sea liviana, y esta a mi parecer esta respondida, con lo que havemos dicho de la primera: nam levitas est parvae virtutis et alimenti judicium--y que las cosas sólidas, y nudadas sean mas pesadas, no avra quien lo nege, y vesse de Galeno en el lib.1. delos Antidotos, donde tratando dela election delas razones, dize: Ignobilia autem habent, quae in suo genere, et tenuiora, et exiliora: prestant enim in quolibet genere nec rugosa, nec exilia; quemadmodum, quae modum excedunt, deteriora judicantur, his quae bene, nutritam, solidamque habent concistentiam etc.-de donde se ve, que la nutrition es causa dela solidation, y la solidacion dela gravedad, o, peso, con lo qual esta respondido a la razon porque conviene que la colocintida sea liviana, pues de serlo, se collige que no está mui mentenida, ni fuerte para sus actiones, y por esta propia razon quieren que no se escoja la que nasse sola en una planta, ni la que es de planta que nacio sola en una region sino acompañadas con otras plantas de su genero, y que produxo otras muchas colocintidas, y de estas la maior, como queda dicho. tanbien ponen por senyal de su bondad el ser blancha, y este no es pequeño indicio, para que lo sea, porque quando debaxo de un genero, ansi en plantas, como en animales ay espetias blancas, y negras, las blanchas son mas alegadas al tem- peramento mas frio, y de menores fuercâs. Podrasse aqui poner difficuldad acerca de si esta proposicion de Isaac sea verdadera por desir Gal. tratando dela pimienta blanca lib. de Sim. med. facul. Porrò frutex qui velut omphax est piper album est, nigro quidem aerius.-y como la acrimonia procede del calor parece que ha de ser mas caliente la blancha que la negra contra el parecer de Isaac. Pero desta duda nos saca el propio Galeno con las palabras que consecutivamente escrivio diziendo: nam illud iam quasi superassatum, et exicatum est. de manera que la razó de ser menos caliente, y aguda la pimienta de que aqui hiso mention el dicho Gal. es por averse assado y resecado con el gran calor del sol, a causa de averse dexado mas tiempo del que era necessario en las plantas que la producen, porque a todos los medicamentos agudos les sucede esto, como se vee de Mes. en el tratado de la assación en sus Canones y de Gal. in proemio lib. 9 Simp.med. pues por la assación se hasen mas mites. de donde consta que si se cogiera en devido tiempo, fuera mas caliente, y aguda la negra que la blancha. Que sea esto ansi veese de Diosc. que tratando de las pimientas en el Cap. 153 del lib. 2 dise ---Piper nigrum vero, utpote quod tempestive maturitate collectum sit, odoratum etiam conant candido suavis, et acris-Luego si la acri-monia y el olor provienen del calor, y es más olorosa, y aguda la negra que la blancha si esta cogida en su perfeccion sera mas caliente? Para maior inteligencia será bien referir aqui algunas autoridades, que confirman lo dicho en general, y sera la primera del Cap. Sic quoque se habet res in Cicere, faseolis et Lauresis: quaecumque enim horum alba sunt frigidioris sunt Complectionis, quae autem rubicundiora, et nigra minus frigida, et magis, ad calorem inclinantia etc--Y por esta rason elige Mesue la Colocintida blancha, porque la de este Color es menos caliente, y eficas. tanbien dixo en su election: Sit lenis, y este nombre significa la mensedumbre y blandura, y correspondesse entrambos, porque a la perçona mansa de Condicion, y passifica la llamamos blanda, y aspera, y dura a la que la tiene mala y es incorregible e intratable. El significar la buena condicion muestralo Terencio in Hecyra (4v) (5r) (5v) disiendo: Ego sum animo lenis natus non possum adversari meis, y por occasion dixo Mes. tratando delas Condiciones que deven tener las medicinas de parte de substantia. Lenitas nempe medicinis associata, et propria violentarum virtutum ad latus incoluminum declinare facit, sed et alliud similiter, quanto utroque modo sunt possibilia nasci. asperitas vero facit e 3a nam Colocynthida lenis bona aspera mala, etc-de manera que de ser lena la Colocintida le proviene el ser mas humida que aspera, y de ser mas humida mas segura no trato Mes. del sabór dela Colocintida, y por ser el mejor Juez, sera bien que digamos algo de el, para que nos ensenye hasta donde llegan las malas, o buenas calidades, que por su occasion tiene, y hasta donde llega su malicia el sabor dela colocintida es amargo, y ella lo manifiesta mui bien a los que la gustan, y todos los que de ella escriven lo disen. Y de aqui consta que ay otros dos generos de medicamentos purgantes más perniciosos, y dañosos que ella que son propiamente los de sabor agudo y los Compuestos del agudo, y amargo. Que sea esto verdad veese de Mes. el cual tratando delos favores en sus Canones dise: Et debes scire, quod medicinarum deteriores sunt in quibus est acuitas pura, scicut est euphorbium, et Metherion minus autem in quibus est amaritudo pura scicut est Colocintida, et Cucumer assininus, et Similia. et quae Composita sunt ex acumine, et amaritudine sunt inter eas scicut est Scammonium-Siguen este parecer todos los autores: luego tampoco por el sabor lo podemos jusgar por tan dañosa Como la hasen, los que falsamente la infaman, y clare esta, que si fuera tan venenosa que no se atrevieran los autores a darla sin mescla de otra Cosa, Como lo dava Serapion, como se vee del Cap. Sed quando colligitur postquam citrinatur pomum eius, et est perfecte maturum, et hoc est quando advenit frigus ei videlicet quando acceditur lampas sc. in mense septembris in principio auctumni confert potanti et expellit humores, quos volumus purgare, et non est necesse quod misceatur cum medicina alia etc-de donde se vee que todos los daños que disen que hase la Colocintida los atribuien los auctores ala mala, y no ala buena, pues la buena se pueda dar sola sin mescla de otros medicamentos, como la davan no solamente Serapion, y muchos delos Arabes, mas también los Griegos Como se vera en los lugares que despues se citran de Paulo Aetio, y Actuario. Y el no ser venenoso la Colocinthida buena, con Serapion, de supr diversita atribuien y no a la bu y en el Canon malignam dise que ay dos que son maliciosas, las desenfrenadamente, y que melatiosas a toto genere del numero de los quales son el methereon, tartago, et euphorbio, y otros que son maliciosos accidentalmente assi como el turbith negro y el agarico negro, y duro, y la colocintida que nasce sola en su planta, y la escamonea corascena. da entender lo mismo del Canon, que comiença Caeterum quaecumque, donde dise Sunt scamonea et aloe leviores quidem meliores, et Colocintida similiter. tambien lo muestra disiendo: Sinbulam facit endo a ensenmejor. y nt autem sandise: et de aloe malus quem ter Cucumera Assinios, et Colochynti. quae planta sua. etc. que no sea la Colocintida malitiosa a toto genere sino ex accidente veesse de Tagaeccio que en la explication del Canon referido que comiença: Nam sunt et malignarum etc. dise: medicina vero maleficae essent malignae effrenesque insalubres appellantur. Confirmalo lo mismo Sylvius en la exposition de este dicho Canon disiendo: qua-propter tua interest medicamenta malefica a salubribus discernere. Sunt autem malefica quaedam toto Genere quorum virtus effrenis omnibus est cognita, velut thimeleae, Lathyris, euphorbium alia (specie tantum vel accidente maligna, eaque) in multis generibus ut turbith nigrum, et agaricus niger, et durus, et Colocinthis unica in planta sua Scammonium suniticum, etc. de todo lo qual se vee con evidencia que jusgan ciegamente los que atribuien los danyos que aze la Colocynthyda mala ala buena, y que no la saben discernir. y esta causa dise mui bien Syl. y antes que el Mesue. quare tua interest medicamenta malefica a salubribus discernere Entendiendo por malefica (como queda dicho) a la Coloquintida mala, y por la saludable (8r) (8v) (9v) (9r) ala buena, pues la que es buena es tan buena que se pueda dar sin la preparacion dela sosciedad siendo molida sutilmente, que es el segundo punto que dixe se avia de tratar. El 2.o punto es si se prepara con la trituration sutil, al qual le responde que si, y que por esta occasion la davan sin la preparation dela Sosciedad siendo buena. Que sea esto verdad, y que se pueda dar sin la preparacion dela Sosciedad veese delas ultimas palabras que referimos de autoridad de Serapion que son. Et non est necesse quod misceatur cum medicina alia: quando dise mas abaxo: Si igitur volueris Colochyntidam rectificare, aprueva, y no contradise alo dicho; que no necessita el averse de corregir, pues que dise: Si quisieres dexandolo a la volundad del que la ha de dar. Confirma lo mismo Nicolao Mutono en la explication de esto dicho lugar de Serapion, disiendo: lecta vero cum ceperit in pallidiorem colorem mutari exacteque matura, frigore nimirum accedente, aequinocti autumnali mense quidem septembris initio autumni, assumentibus auxiliatur, humoresque noxios pellit, nec opus est, ut aliis medicamentis emendetur. Y que no tenga necessidad de emienda, corroborasse con lo que diremos en el quinto punto de autoridad de Galeno y Avicenna: y en quanto a la trituration sutil digo, que se prepara con ella por razon del arte. que sea esto verdad veesse de Mesue pues aviendo dicho primero en sus Canones: Inquit haben Mesue non tam has fugire oportet verum, et omnes etsi elegantiores sunt: nisi observentur conditiones, et modi quorum rememorabimur si deus voluerit. Por ser las condiciones, y modos sus preparaciones, tratando de la trituration dise despues: Exemplum tertii inquit filius Serapionis oportet ut Colocinthyda et propria interius ultime pulverisetur, nec sit contentus aliquis in sufficientia triturationis eius: pars enim sensata ex ea adhaeret in viliis stomachi et involutionibus intestinorum, et ex ea quam invenit humiditate invibita inflatur et apostemas aut ulcereat loca. trita vero ultima trituratione non operatur illud. de donde se ve con evidencia que se prepara con sutil trituracion. Son de la misma opinion de Mesue, Aetio, cap. 39. 22 y el hijo de Serapion de quien el lo tomo en el Cap. 12 del tratado de los Antidotos. El punto terçero es, si se prepara la Colochyntida en las compositiones por rason dela Sosciedad. A lo qual se responde que sí, y que con ellos se preparan los medicamentos de dos maneras (como de autoridad de Damocrates lo dise Mes.) La una es si con los medicamentos que propriamente se oponen con su virtud 3.a el veneno y calidad enemiga de nuestra vida, o naturaleza: La otra con la mescla de aquellas cosas que tienen contrario temperamento mudandoles su fria, caliente, humeda, o seca destemplança: La terçera con la mescla de las cosas que haze los effetos contrarios. estas maneras de preparacion escrivió gallardamente fallopio en el Cap. 27 del tratado de medicam. purg. Que maior error se podia aser, que poner en la hiera que Nicolao escrivio de autoridad de Galeno en la diacolocynthidos que escrivio Mes. de autoridad de Rufo, y en la Hyera logadion que escrivio Aecio, ó Nicolao los trochiscos de Acandal, pues todos sus autores fueron anteriores a Mesue, y a ellas las compusieron para tan rebeldes, y grandes enfermedades. Si no vasta lo dicho, vaste que lo dise Serapion en el lugar ya citado, y Nicolao Mutono su interprete: Hieris autem, magnisque medicamentis inijicienda est Colocynthis, minime cum aliis medicamentis, nisi cum illis, quae medicamentum componunt admitenda vis eius admodum in frenanda-de donde se sigue, que no se ha de poner corregida, si no es solos en aquellos medicamentos, en quien no entra quien la corrija, y es necessaria su correcion, y en estos tales la piden los autores pre- parada, y se vee que no es mas segura la preparada en general, sino particularmente. El quinto punto es si la Colocinthyda no preparada podra haser, siendo buena, los daños que disen que hase los que con poca curiosidad, y cuidado lo han considerado, alos quales se les niega el poderlo haser, por rason del modo que tiene de purgar tan presto, que passa por las tripas sin danyarlas, ni imprimir los daños que parece pudiera, por razon de su vehemente amargor. Que sea esto verdad veesse de avicenna en el lib. y tratado 2. cap. 12, donde dise: Et propter velocitatem sui exhibitam ex intestinis, non ultimantur impressiones eius quae expectantur ex amaritudine sua. Confirma este parecer Galeno lib. 7 de Sim. medicam. facul. disiendo: Colochyntis gustu amara est, sed quae alii amaritudinis dum potatur adsunt opera, ea evidenter efficere nequit, ob purgatoriam facultatem, quam validam in se continet: nimirum cum iis, quae expurgant, ante, et ipsaque alvum externi prevertentes, etc.-El sexto, y ultimo punto punto es, la explicacion delas palabras ia referidas que dixo Mesue tratando delos trochiscos de Alhandahal que son las que se siguen: Confectio trochiscorum Alandahal qui ponuntur in hyera hermatis et in aliis confectionibus loco colocinthydae. Estas palabras son amphibologicas por ser algo dudosas. Porque quando dixó: et in aliis confectionibus, no declaró si estas avian de ser de hermes (que es lo que tiene mas apariencia de verdad) o del mismo Mesue, o de otros autores en general. Pero lo que quiso desir es que estos dichos trochiscos no se pusiessen generalmente en todas las Confectiones, sino en la Hyera de hermes en lugar de Colocinthyda, y en otras Confectiones del dicho hermes. bien se podria entender aqui tomando el sentido destas palabras largo modo, que se avian de recibir también en algunas Compositiones de Mesue, y de otros autores, pero no in omnibus, porque el que dixesse que in aliis quiere desir in omnibus con mui justo titulo se le podria desir que era ignorante dela Lengua Latina passando pues con esto nuestro discurso adelante, sera bien dar demonstracion, de que Mesue quiso que se pusiessen estos trochiscos en la hyera del dicho Hermes loco Colocinthydis, y en otras Confectiones del dicho Hermes, y tanbien que se puede entender en algunas suyas, y de otros autores, pero no en todas que los quisiesse poner en la hiera de Hermes en lugar dela Colocinthyda, consta del capítulo de Luf. que el propio Mesue escrivió entre los demas simples purgantes, en el qual escrivio la hiera de este autor, y en ella pidio (como el mismo Hermes lo avia pedido) Colocynthida, y no los tro. de Alandahal, pues dise en su receta Interioris colocinthidae--escrivio despues esta propria hiera en su antidotario, y pidio en ella trochiscos de Alandahal, disiendo: Hiera Hermitis et est cum hiyera Luf. recipit trochiscorum Alhandal aureos viiii--de donde se vee con evidencia, que en esta dicha hiera quiso Mesue (como el los puso) que se pusiessen en lugar dela Colocinthyda, que Hermes, y en el dicho capitulo puso los trochiscos de Alandahal, y que por ser menos efficaces que ella, puso por ocho dragmas dose dellos, que son ocho aureos. Tan bien pidio trochiscos de Alhandahal en unas pildoras que escrivio en su antidotario de autoridad del dicho Hermes, de donde se collige, que quiso desir, que se pusiessen en la dicha hiera en lugar dela Colocinthida, y en otras Confectiones deste dicho autor. Si tomamos largo modo por rason dela amphibologia aquellas palabras in aliis Confectionibus, podremos entender, que se avian de poner en algunas Confectiones de Mesue, porque en las pildoras de Alandahal, que por no aver puesto cuias son se entiende ser de su autoridad, las quales escrivio en el Antidotario, pide trochiscos de Alhandal. Podrasse tambien entender tomadas como dicho es las dichas palabras, que quiso desir tanbien en otras Confectiones de otros autores, fuera de las de Hermes, y las suyas, y puedesse provar con algunas recetas de diversos autores, que el dicho Mesue escrivio; entre las quales son unas pildoras intituladas: Confectio pilularum Ruffi conferentium ad sodam etc. En las quales pide tres drachmas de ellos en las intituladas. Confectio Pilularum Alchindi pide de ellos dros drachmas. en las pildoras que escrivio intituladas de oppopornaco en el capítulo de paralisi de autoridad de Joannicio pide de trochiscos de Alandahal seis drachmas. los quiso en todas, pues ay algunas Compositiones, que piden lo uno, y lo otro. Verase esto en la hyera diacolocynthidos, que el propio Mesue escrivio en su antidotario de autoridad de Rufo, pues pide en ella de Colocynthida buena, y escogida viente drachmas, y luego dise; Et alio loco (id est codice 7) Coloquintidae trochis.Alandahal anas 3 xxv--Dando a entender que esta hiera se conponia algunas veses con sola la Colocynthida, y otras con ella, y con los trochiscos. Todo lo dicho se puede provar con autoridad de Galeno porque el, y los demas autores doctos usan de las medicinas en las enfermedades conforme ellas mismas las piden, y a essa causa, unas veses preparan mas, y otras menos a los medicamentos expurgantes: y ansí el dicho Gal. pidio en las pildoras, que escrivio en el cap. 14 del lib.9. de su methodo, para que fuesse mas corregida la Colocynthida y las demas cosas el Bdellio, y la goma Arabiga. En otras que escrivio en el capi. 8 del lib. 14 dela dicha methodo, no pidio gomas, sino solamente azibar, Scammonea, y Colocynthida contentandose con que las dos cosas se corrigiessen con el azibar. Nam ut inquit Mes. suo cap. est aliarum medicinarum rectificator bonus. en otras pildoras que escrivio en estos proprios simples, senyalando dellos las cantidades en el cap. y lib. 1 de Comp. pharm. sec. toc. puso con ellos el Zumo de Axenjos, diciendo: His ego unam partem succi Absynthii addo. Quintus utebatur verum propterquod ea reiiecerim, postea alio sermone explicabitur etc. De donde se vee clara la variacion que tienen los autores en el usar delos compuestos, y que Galeno tanbien usava dela Colo-cynthida, unas veses corregida con gomas, y otras sin ellas: y para que se eche de ver con evidencia, que no se deve poner en todas las Compositiones corregida. Pongamos por exemplo, que queremos purgar con ella, lo primero que Mesue dise, tratando de su Posse en su mismo cap. Posse (inquit) solutione educit phlegma, et humores viscosos attrahens ipsos a profunditate membrorum, etc. Seria bien, pregunto, poner la preparada con las gomas, para que hisiesse estos efetos? Claro está que no, por ser necessarios en tal occasion medicamentos, no que le enbotassen sus fuerças, sino que la corrigiessen, y juntamente la aiudassen a la penetracion, y a incidir los guessos humores. Luego evidente conclusion, que ierran los que generalmente quieren, que en lugar dela Colocynthida se pongan sus trochiscos. Pues si solamente poner en una Composition tan (20r) (20v) (21r) (21v) grande un simple mal escogido la corrompe, que haran estos trochiscos puestos en lugar dela Colocinthida, sino mudar las actiones alas medicinas en que se pusiere? fue recibida en el uso de la medicina sin preparar para ponerse en las Compositiones, no solamente la Colocimthida buena, sino tanbiem la mala, como paresce de Isaac cap.49 lib. 10: practicae, el qual entre otras hieras que escrivio puso una, intitulada hierafri, la qual dise que aprovecha para la epilepsia, y cephalia, y otras enfermedades, y pide en ella dela Colocinthida menor tres drachmas, y la que es pequeña reprueva Mesue, disiendo: Locus termarum Colocynthidas facit minores, et sunt similiter malae, y en pedirla pequenya y sin preparar para esta Composition, no anduvo errado Isaac, sino mui acertado, pues, como queda dicho, de autoridad de hippocrates, Gal. et Paulo: Extremis morbis, extrema diligentissime remedia sunt adhibenda. A cuia causa no contentandosse con la Colocinthida mediana, por tener medianamente diffusa, ni con la grande, por tener mas difusa, y separada la substantia, pidió la menor por tenerla mas fuerte, y mas aggregada. Pues si la Colocinthida mala, y venenosa, se puede poner en las medicinas sin la particular preparation, por que no se podrá poner la salubre y buena? Y si tienen algunas medicinas necessidad de tanta actividad, como podran suplir por ella los dichos trochiscos. Es tanbien de notar, que no suplen las fuerças y actiones dela Colocinthida los trochiscos de Alandahal, aunque se pongan en maior cantidad, y ansi no pueden ser recebidos por ella, porque seria mui mal suc-cedaneo. que tengan differentes actiones veese de fallopio, cap. 10: tract. de medic. purg. simp. donde dise que siendo los medicamentos catharticos corregidos se hazen semejantes a los lenitivos. tamen (inquit) si preparantur ita ut habeant imbecillem vim illam atractionem: vel si exhibeantur in minima quantitate, non purgabunt, sed lenient. Hasanse tanbien estos medicamentos, siendo erradicadivos minorativos. Como se vee del dicho fallopio, cap. 16 dicti tract. Y aun no solamente mudan las fuercas, pero tanbien el nombre, como se vera delos lugares citados de este Autor, y de Stephano Ateniense in Comm. lib. 1 Gal. ad Glauconem. Ay un genero entre los medicamentos purgantes a quien llaman los Griegos /%#+ vel /%#°, vel /%--)/, hoc est, subducens sine molestia, y tratando destos, el dicho Stephano, loco citato, dise Ypilata vocant Antiqui quae moderatas facere passunt evacuationes per alvum, ut polypodium, et mercurialis herba, Sed haec Simplicia sunt vero quaedam etiam Composita, ut nonnullae Confectiones, quibus injicit scammonium, et Colocynthis, et Agaricus, et Elaterium, y ser tan fuertes, y vehementes, dise, dise que se hasen ypilatos, que son moderados en la purgacion. de donde, y de todo lo demas referido en este discurso, se vee con evidencia que en haver puesto los trochiscos de Alandahal Cosme Novella en lugar dela Colocinthida, aunque aia sido en doblada cantidad ha errado con ciega, y porfiada pertinacia, y que es digno de reprehension y castigo, y por el contrario deve ser honrado, y
Se toma como punto de partida un expediente y se analizan las dificultades de tratar de regular y controlar el ejercicio de la medicina y la cirugía en la Capitanía General de Venezuela a finales del período colonial (1802-1806), momentos en los cuales el curanderismo había alcanzado gran auge. Esto significa que es posible relacionar la forma como ellos actuaron y opinaron en relación con el caso de Zibico, con otras acciones y actuaciones, algunas registradas históricamente, y que remiten a un contexto más complejo que el que alude el expediente. Comencemos por presentar el expediente, los personajes e instituciones mencionados y el motivo de su actuación, así como el libelo, para luego, al final, hacer una discusión general donde consideramos el contexto general y nuestra interpretación de los hechos. El expediente se refiere al caso del español Josef Zibico, quien luego de obtener sus certificados de médico y cirujano práctico romancista, otorgados por el Real Protomedicato de Caracas, en 1802, solicitó autorización al Gobernador e Intendente de Cumaná, Vicente Emparan y Orbe, para poder ejercer la profesión en esa ciudad, donde residía. Emparan retuvo los títulos de Zibico, con lo cual lo inhabilitaba para ejercer de médico y cirujano. Zibico apeló ante la Real Audiencia de Caracas, lo que dio inicio al libelo sobre el cual versa el siguiente trabajo. Sobre Josef Zibico sólo se conoce lo que aparece en el expediente, relatado por él mismo o lo que se desprende de las otras intervenciones. Podemos suponer que era español, nacionalidad de la mayoría de los médicos del período2. Ante el Cabildo de Cumaná y su Presidente Emparan, Zibico presentó pruebas que lo acreditan para ejercer la medicina y la cirugía en los siguientes términos: «Que haviendo sufrido los extrechos examenes que son de Ley en las profesiones Medicas Chirurxicas en el Tribunal del Real Protomedicato de estas Provincias Recidente en Caracas, previas las formalidades de allanamiento y annuencia de Su Alteza en su Real Audiencia y Chancilleria de Distrito y en el Señor Su Presidente Gobernador y Capitán General y teniendo la aprovación absoluta con Generalidad de Votos se me facultó al público desempeño y libre exercicio en ambas facultades». En un Acta Capitular del Cabildo de Cumaná, presidido por Emparan, según el cual Zibico fue sometido a un interrogatorio, a la pregunta de si había estudiado latín, dijo que no; preguntado en qué Escuela de la Facultad había estudiado, respondió que en ninguna, que había estudiado en su casa. En cuanto a las certificaciones o documentos sometidos al Tribunal del Protomedicato, dijo que presentó un certificado del Comandante del Corso Don Juan Antonio Larriaga, de haber servido a bordo de su buque tres años en la ciudad de Carúpano, y las de los señores Alcaldes Don Fermín Martínez y Don Juan Guerra, de los Señores curas de la ciudad, Reverendo Padre ----Guardián de San Francisco, que acreditan haber estado sirviendo de Médico y Cirujano en esta ciudad durante siete años donde no había ni médico ni cirujano. Asimismo contestó que no tenía otras certificaciones de Catedráticos de Medicina y Cirugía o de médicos revalidados. Emparan, por su parte, descalifica a Zibico presentándolo como «...barbero y desertor indultado del Regimiento de Victoria, es uno de tantos barbaros que sin principios algunos ni titulos que lo autorice han estado ejerciendo la Medicina, Cirujía, y aun la obstetricia en Cumaná por no haber un facultativo revalidado >...@ matador ahora con licencia del Dr. Tamariz sancionada por la Real Audiencia >...@ un barbero ignorante >...@ un loco armado de los puñales de la Botica.. >...@ un barbaro en suma porque no es otra cosa». El presidente del Tribunal del Protomedicado, Felipe Tamáriz, quien fuera consultado por la Real Audiencia, explica los exámenes teóricos y prácticos que imponen las leyes y los cuales tuvo que cumplir Zibico para obtener los certíficados correspondientes; dice al respecto que fue examinado En el momento del proceso, el Presidente del Tribunal del Protomedicato era el médico titulado, Doctor de la Universidad de Caracas, Felipe Tamáriz, quien nació en Caracas en 1759 de padres puertorriqueños. Fue nombrado Protomédico en 1788, cargo que retuvo por 26 años, hasta su muerte. Tamáriz estuvo a favor de la guerra contra España y participó activamente en las actividades de la Sociedad Patriótica. Al parecer murió en Barcelona en 1814, cuando José Tomás Boves ocupó dicha ciudad3. El Tribunal del Protomedicato fue otra de las instituciones o instancias creadas por la Corona en la Provincia de Caracas a finales del período colonial, y el cual estuvo vigente hasta 1827, cuando se estableció un nuevo estatuto para la universidad republicana. El propósito del Tribunal era normar y controlar el ejercicio de la medicina y la cirugía. Una vez en pleno funcionamiento, el tribunal estuvo compuesto del protomédico, un fiscal, un asesor y un escribano4. ----El tribunal era de origen romano y llegó a alcanzar un gran desarrollo en España. Unas décadas antes del momento que nos ocupa, en pleno período Ilustrado, el tribunal jugó un importante papel en el proceso de renovación de la medicina, la cirugía y la farmacia. Así mismo, la reforma del Protomedicato en 1780, la cual quedó dividida en tres Audiencias (Medicina, Cirugía y Farmacia) significó equiparar administrativamente tres profesiones secularmente separadas y enfrentadas. Por otra parte, la reforma de las universidades y la fundación de escuelas de cirugía, entre las cuales se encontraba la de Cádiz (1748), mencionada en el expediente, contribuyó a mejorar la formación académica de médicos y cirujanos 5. De gran importancia también para las colonias americanas fue el papel jugado por el Jardín Botánico de Madrid, institución fundada por el Protomedicato, en la organización y coordinación de las expediciones botánicas, expresión de la importancia dada por la Corona a la terapéutica americana a la cual, como veremos más adelante, el Protomédico Tamáriz, alude en su defensa de Zibico. El Protomedicato se incorporó temprano en la Legislación de Indias y ya a partir del siglo XVI, se comenzaron a fundar en las diversas colonias americanas. En comparación con éstas, su erección en la Provincia de Caracas, fue tardía, en 1777, luego de largas diligencias hechas por el médico español Campins y Ballester, fundador de los estudios médicos y quien fuera nombrado primer Protomédico. De acuerdo con la Cédula Real de erección, el Tribunal del Protomedicato fue establecido para que: «...vele sobre los Profesores de Medicina y Cirujia, reprimiendo y castigando a los que sin serlo hacen uso de esas facultades metiendose a curanderos en perjucio de la salud pública...» sin embargo, no significaba esto que «... queda suprimido el exercicio de curanderos, por ser mi Voluntad que subsistan por aora los que parezcan mas a propósito» 6. Según el historiador de la medicina Archila, la Real Cédula de erección del Protomedicato de la Provincia de Venezuela fue «... original, desde el punto de vista de la medicina colonial hispanoamericana, por la declaración real de tolerancia del curanderismo y las formalidades de su aceptación al ejercicio profesional» 7. En cuanto a Vicente Emparan y Orbe, último Capitán General de la Provincia de Venezuela, nació en la ciudad de Azpeitia, en la región vasca en el año 1747. Hizo carrera en la marina real, aspecto que debe ser destacado para el caso que nos ocupa, por cuanto tanto la marina como el ejército en España jugaron un papel significativo en la renovación de los nuevos saberes científicos y técnicos y auspiciaron las más importantes instituciones del período de la Ilustración, contándose entre ellas los Reales Colegios de Cirugía de Cádiz y Barcelona, mencionados en el expediente, los cuales impulsaron el proceso de modernización y reconocimiento social de estos estudios 8. Emparan fue Gobernador e Intendente de la Provincia de Cumaná entre 1792 y 1804 y testigos de la época como: Humboldt, Depons, Dauxion-Lavaisse y la hoja de servicios de Emparan, convienen en valorar positivamente su labor durante esos años 9. Los años en que duró este litigio no fueron fáciles para la Provincia de Cumaná ni para el conjunto de las provincias de la Capitanía General de Venezuela, debido principalmente a las guerras entre España y la Gran Bretaña, la suspensión del libre comercio, la invasión británica de Trinidad y dos terremotos que asolaron a Cumaná. En relación con el estado de salud de la población, el informe sobre su actuación como Gobernador hecho por el Estado Mayor de los Reales Ejércitos, es en general muy favorable a Emparan, dice que: «Fabricó iglesias, dos hospitales de Lazarinos, uno en Cumaná y otro en Barcelona, además otro general en Cumaná con 80 varas de frente y dos martillos de 36 cada uno, y su cuerpo segundo de 40, dejándole fondos para su manutención y asistencia de muchos enfermos, con buen médico y boticario que hizo ir del Colegio de Cádiz» 10. Otras fuentes de la época indican, asimismo, que durante la administración de Emparan se concluyó un hospital en Cumaná, en el cual trabajó el doctor Ruíz Moreno a partir de 1802. En el expediente se dice que Ruíz Moreno vino a instancias de Emparan, enviado por los Catedráticos del Colegio de Cádiz. Podemos suponer que Emparan se refiere al Real Colegio de Cirugía de Cádiz, una de las instituciones ilustradas más destacadas. Según Angel Grisanti, éste había sido Vice-rector y Rector de esa institución, asimismo afirma que Emparan negó los certificados a Zibico para ejercer la medicina y la cirugía siguiendo sus indicaciones. 9 Sobre Emparan, véase: DEPONS, F. (1987), Viaje a la parte oriental de Tierra Firme en la América Meridional, Caracas, p.166; DAUXION LAVAISSE, J.J. (1967), Viaje a las islas de Trinidad, Tobago, Margarita y a diversas partes de Venezuela, Caracas, p. ran señala, por su parte, que Ruíz había sido durante tres años rector «del primer Colegio de España». Un historiador de hospitales de la colonia afirma que: «Hacia 1802 fue a dicho hospital (el de la Caridad y Casa de Misericordia de Cumaná), a petición del vecindario, harto de sangradores y curanderos, don Alonso Ruíz Moreno `titulado y de mucha capacidad y de las cualidades más apreciadas'» 11. La Real Audiencia de Caracas y sus fiscales tenían jurisdicción sobre toda la Provincia de Venezuela. Este máximo tribunal de justicia fue también creado a finales del período colonial. El Presidente del tribunal era el Gobernador y Capitán General de la provincia, que para el momento era Manuel de Guevara y Vasconcelos (1789-1807), aunque durante parte del proceso actuó como presidente encargado Juan Manuel Cagigal, Teniente del Rey. Los fiscales de la Real Audiencia no podían dictar sentencia (eso competía al Regente y Oidores), su papel, por tanto, estaba limitado a emitir opiniones. Visto que la Real Audiencia representaba directamente al Rey, a este tribunal se le daba el tratamiento de Su Alteza; los fiscales, por su parte, recibían el de Su Majestad (S.M), tal como se lee en las citas que hacemos del expediente 12. Los fiscales que actuaron en el proceso eran Francisco Berrio, natural de Quito, quien tomó posesión en Caracas en julio de 1802. Berrio se afilió en 1810 a la revolución y fue nombrado por la Junta Suprema, Intendente del Ejército y Real Hacienda en sustitución de don Vicente Basadre. El otro fiscal, José Gutierrez de Rivero, abogado de los Reales Consejos, nombrado Fiscal en 1802, se presentó en Caracas a comienzos de 1803. Durante algunos de los años que duró este largo litigio, la Real Audiencia estuvo «intervenida» por el Regente Visitador Joaquín Mosquera y Figueroa enviado por el rey para investigar denuncias hechas por el fiscal Gutiérrez de Rivero. Por tal motivo, este fiscal estuvo confinado en Puerto Cabello, haciéndose cargo de la Fiscalía Civil y Militar, el fiscal Berrio 13. EL LIBELO Los antecedentes del proceso fueron la solicitud hecha por Zibico en 1802, ante el Real Protomedicato de Caracas, a fin de obtener licencias para ejercer de médico y ----11 GUIJARRO OLIVEROS, J. (1950), «Historia de los hospitales coloniales españoles en América durante los siglos XVI, XVII y XVIII». En: Archivos Iberoamericanos de Historia de la Medicina. Citado en ARCHILA, R. (1961) cirujano en Cumaná, donde residía. No queda claro si esta solicitud de Zibico fue voluntaria, por cuanto de acuerdo con Archila, las Leyes de Indias disponían que la jurisdicción del Protomedicato se extendía sólo hasta 5 leguas alrededor 14. No hemos podido confirmar este dato, pero las disposiciones de la Corona relativas al Protomedicato sólo se refieren a Caracas y a la Provincia de Caracas, pero la creación de la Capitanía General unos meses después del tribunal, probablemente significó una ampliación de su jurisdicción o al menos de su importancia. En todo caso, el Tribunal del Protomedicato podía actuar a solicitud de personas que vivieran en otras provincias, y probablemente, este fue el caso de Zibico, quien acudió al tribunal presionado para sacar las licencias, en vista de la prohibición de Emparan de que ejerciera en Cumaná. Según el expediente, Zibico obtuvo sus títulos de Médico y Cirujano Práctico Romancista del Protomedicato, el 16 de agosto de 1802; al mes siguiente, solicitó al Gobernador Emparan, en su carácter de Presidente del Ayuntamiento, permiso para ejercer ambas profesiones y entregó los títulos originales expedidos por el Protomedicato. Zibico fue citado al Ayuntamiento donde se le sometió a un interrogatorio que «¿que se puede hablar si no existe, si no es conocido en los Dominios del Rey? Sabemos cuales son las funciones del primero porque estan menudamente detalladas en la ordenanza en su titulo respectivo >...@ Para graduarse en este tiempo de Médico se necesitan algunos años de estudio en las Universidades y examenes prolijos y rigurosos cuales prescribe la ordenanza del Protomedicato». Desconociendo que el Tribunal del Protomedicato ya ha otorgado licencias a Zibico, Emparan, sin embargo, dice que: «Pero al fin estare mas a lo que se resuelva el Real Protomedicato: y si ese Tribunal aprueba la licencia de destruir al genero humano á que se ha dado el Doctor Tamariz (lo que tengo por imposible) me quedara el consuelo de haber llenado mi deber representandole cuanto me parezca necesario o el de preservarme de la furia de un loco armado de los puñales de la Botica, porque tambien es Boticario el señor Zibico sin mas estudio de la Farmacia que de la Cirugia y Medicina...». Cuatro meses después, en diciembre, Tamáriz envió un informe, el cual había sido solicitado por la Real Audiencia, donde rebate punto por punto la representación de Emparan. Su principal argumentación es que Emparan se estaba apoyando en unas disposiciones y ordenanzas -las del Real Colegio de Cirugía de Barcelona-que no se aplican en América; que Emparan debió considerar «que según las circunstancias locales precisamente han de variar las providencias y determinaciones» y que no debió desviarse «de aquellas reglas provicionales que le son mandadas guardar por el Soberano por la falta y escasez que se padece en estos Dominios de verdaderos Profesores»; por último, dice que en la Real Cédula que se le libró de Protomédico a su antecesor Campins y Ballester, a los Protomédicos Generales «se le mandan y obligan a que se informen no solamente de los Medicos Cirujanos y demas que expresa sino también de las personas curiosas que hayan en estas facultades y que les pareciera poder entender y saber algo para tomar noticia de todas las Yerbas, Arboles, Plantas y Semillas medicinales que hubiere en la Provincia donde se hallaren y la experiencia que tenga de ellas y el uso y cantidad en que estas medicinas se den, de que se deduce el aprecio que se merecen los Curiosos que tenga practica y acierto en las propinaciones, aun cuando haya acopio de Facultativos, como la tiene Zibico...»; recomendación de Tamáriz que expresa el interés de la Corona en la terapéutica americana. Para terminar, le recomienda a Emparan que: «en lo sucesivo procure moderarse en sus expresiones y tomar los correspondientes informes de los otros Tribunales para salir de las dudas que le ocurran, con la urbanidad de estilo que S.M. encarga». El fiscal Berrio al opinar sobre el caso, acompaña a Tamáriz en su argumentación de que las ordenanzas en que se apoya Emparan no gobiernan en América y agrega que no «... ha habido arbitrio, ni facultades en el Gobernador de Cumaná para que desaire de la aprobación obtenida por Zibico, censure y critique los procedimientos que tomó, ni menos para que en la Sala Capitular y a presencia de algunos sugetos del Cuerpo, hubiese tratado de preguntar, como efectivamente preguntó al examinado Zibico, deseoso de manifestar la ineptitud e inhabilidad con que se dice se halla para el ejercicio del Arte, y de consiguiente la condecendencia que figura ha habido en el Protomedicato». Para finalizar, opina Berrio que se debe «...librar Real Provisión para que el Gobernador de Cumaná franquee el correspondiente pase inmediatamente al título presentado por Dn. Zibico que así lo estima de Justicia que representa en Caracas a 8 de Febrero de 1803». Emparan no acepta la opinión del Fiscal y expone de nuevo ante la Real Audiencia que esas ordenanzas del Principado de Cataluña sí rigen cuando como en el caso de Cumaná «...hay facultativo revalidado lexitimo que la facultad del Protomedico de Caracas está ceñida y circunscrita a aquellos en que no los hay...». En vista de la actitud de Emparan, el fiscal Gutiérrez Rivero opina, a su vez: «que a pesar de haberse tratado a este Subalterno [Emparan] con toda aquella moderación y suavidad que es propia de la justificacion de este Tribunal >...@ con todo el Governador de Cumaná se ha propuesto la osada y atrevida de dar leyes y enseñar el recto modo de administrar justicia >...@ que no es Profesor de jurisprudencia para que le asista la presuncion de querer en las materias mas intrincadas, y para cuya decision e inteligencia no bastan las ordenanzas militares abrir dictamen, estampar su parecer y que estos se tengan y respeten como unos oraculos infalibles; y finalmente debe estar en cuenta que a los inferiores no toca criticar, murmurar y desairar las providencias de esta Real Audiencia sino que se hallan en la necesidad de respectarlas o de suplicarlas en los modos y expresiones mas sumisos y moderados». El proceso quedó suspendido porque Emparan fue trasladado a España. Dos años más tarde (en junio de 1805), Berrio solicitó que se archivara el expediente. Al año siguiente el mismo fiscal lo examinó de nuevo y dijo no tener nada que agregar a su opinión anterior, por lo que deducimos que a Zibico se le debieron entregar los certificados que Emparan había retenido. El Presidente, Regente y Oidores firmaron. Un primer aspecto a considerar es el estado precario de los estudios de medicina y la inexistencia de estudios de cirugía en la Provincia de Venezuela en los momentos en que ocurre el proceso, a inicios del siglo XIX. Los estudios médicos, fundados en 1763 por Lorenzo Campins y Ballester, estaban constituidos por una sola cátedra, la de Prima de Medicina, la cual estaba limitada a impartir conocimientos muy generales de anatomía, fisiología y cirugía. Hubo intentos de parte de algunos médicos de reformar estos estudios introduciendo la enseñanza de la anatomía; sin embargo, por diversas razones muy reveladoras de las contradicciones que rodeaban al ejercicio de estos oficios, y cuya consideración nos alejaría del expediente en cuestión, todos estos esfuerzos quedaron frustrados entonces, posponiéndose hasta bien entrado el siglo XIX reformas sustantivas de los estudios de medicina y cirugía 15. Un segundo aspecto a considerar es la baja estimación que tenían estas profesiones (u oficios) para las élites coloniales, debido a que una buena proporción de éstas habían estado tradicionalmente en manos de los pardos 16. El Protomédico Tamáriz consideraba que la presencia de curanderos había degradado a tal punto el oficio de médicos y cirujanos que: «...en varias casas y visitas de enfermos los reciben las criadas u otros domésticos de inferior clase, teniendo los dueños especie de bajeza, abatimiento y familiaridad demasiada de rozarse con unos hombres cuya ocupación y oficio es propio o común de mulatos»17. Como resultado en buena medida de esta situación había una baja demanda de estudios médicos en la universidad, como queda demostrado por el hecho de que casi medio siglo después de haberse fundado la cátedra, la Universidad sólo logró graduar 32 bachilleres en medicina y 11 doctores 18. En una sociedad dividida en castas, como la venezolana del período colonial, el hecho de que la práctica de la medicina y cirugía estuviera en manos de una casta considerada inferior por los blancos autolimitaba su dedicación a estos estudios. Pero por otra parte, los pardos no tenían acceso a los estudios universitarios, por lo que su ----formación para desempeñar esos oficios era básicamente empírica y sin posibilidad de que pudiera ser mejorada o complementada con una formación académica. Los propios criollos de la Provincia de Caracas, quienes desde la fundación de la universidad en 1727 acapararon los máximos cargos directivos de la universidad caraqueña, eran los principales responsables de esta situación, al oponerse al ingreso de los pardos en esa casa de estudios. Una carta enviada al rey por el claustro universitario expone las desdichas que, según este máximo cuerpo colegiado, caerían sobre la universidad si los pardos eran admitidos: «Si se introducen en el cuerpo literario [léase, la universidad] los pardos, se extinguió para siempre entre nosotros, el esplendor de las letras, se arruinó eternamente nuestra Universidad. Se sepultó tristemente en el desprecio este cuerpo literario...El Claustro se horroriza y tiembla al considerar la deplorable situación en que se hallaría en caso semejante la más noble porción de los vasallos de Vuestra Majestad en estas Provincias...»19. En este círculo vicioso, la profesión médica no parecía encontrar salida para su desarrollo. La mejor demostración de las contradicciones existentes en la sociedad colonial en relación con estos oficios o profesiones era la posición del propio Protomédico Tamáriz, quien por un lado abogaba por la reforma de estos estudios y por el otro se oponía a que a los mulatos se les permitiera estudiar en la Universidad y trató por varios medios de impedir que los pardos ejercieran esos oficios 20. La creación tan tardía de los estudios médicos, la inexistencia de estudios de cirugía y la baja demanda por parte de quienes podían realizar estudios en esta profesión, significó la proliferación de toda clase de empíricos, llamáranse estos curanderos, curiosos, barberos, sangradores, prácticos, comadronas, entre otros, los cuales eran practicados por mulatos, principalmente. La proliferación de empíricos no era privativa de Venezuela. En el siglo XVIII e inicios del XIX, encontramos que en Europa los empíricos gozaban de gran popularidad, lo cual es indicativo de la baja eficacia en el arte de curar por parte de los médicos. La cirugía, por su parte, considerada un arte manual, había sido reputada un oficio vil. Sin embargo, durante el período ilustrado, en España, la cirugía, tradicionalmente en manos de los empíricos, se desarrolló entonces más rápidamente que la medicina, debido a los avances en la anatomía y a su entrenamiento formal en las reales escuelas de cirugía fundadas entonces, donde la enseñanza de la cirugía se apoyaba en las ciencias útiles (física, química, matemáticas, botánica, historia natural) y en la clínica, mientras los médicos seguían formándose en universidades atrasadas de corte aristotélico-galénico 21. La escasez de médicos y cirujanos obligó a la Corona a crear el Tribunal del Protomedicato como un mecanismo para controlar un cierto nivel de competencia entre ----los empíricos, a los cuales se les exigían, como muestra el expediente, un conjunto de pruebas y certificaciones. Pero si bien la existencia del tribunal podía ayudar a tener un cierto control, obviamente en la práctica ello resultaba muy difícil, pues como refiere el propio Tamáriz, en un informe realizado para la Junta Gubernativa de Cirugía de Madrid, el Protomedicato y el gobierno habían perseguido a los curanderos, y se sentían impotentes ante «las primeras personas del público, que gobernándose de la opinión de que a cada uno le es libre curarse con quien le parece, y acomodado con sus curiosos o curiosas, miran con desprecio y horror a los Médicos y Cirujanos de Profesión y a todo lo que es medicamento de Botica...» 22. ¿Qué pensaban, en efecto «las primeras personas del público» y, en general, los pacientes? ¿Por qué acudían a los empíricos y curanderos? Era sólo porque no había suficientes médicos o no podían costear sus servicios o, quizás, también, porque desconfiaban del arte de curar de los médicos. Muy revelador al respecto es el caso, muy sonado en la época, de la curandera Gregoria Ramos, a quien el Protomédico Campins le instruyó sumario por practicar ilegalmente la curandería. El abogado defensor distinguía en su alegato dos tipos de médicos: los profesionales propiamente dichos y aquellos otros que por experiencias y dotes naturales estaban facultados para la curación de las enfermedades autóctonas y eran aceptados por el pueblo, por lo cual justificábase su dedicación al oficio de curar, desde el punto de vista social: «Los curanderos, hombres experimentados y poseidos del conocimiento de los temperamentos y de las enfermedades que de ordinario oprimen a sus moradores, las curan con la mayor facilidad y con mejor acierto que los profesores a causa de que estos imbuidos de las Doctrinas de Hipócrates y Galeno y de otros Autores que escribieron en Regiones distintas de las de nuestra America obran a ciegas sin observar las complecciones de los sugetos reduciendo sus rezetas a purgas y sangrias y vienen a ser lo que dijo cierto eruditísimo critico:'un fusil con bayoneta calada'». Por otra parte, acudir a los curanderos y demás empíricos no estaba limitado a las clases bajas, lo que permite pensar que no era sólo un problema económico. Como bien preguntaba la demandante Gregoria Ramos: «¿por qué constándole al Protomédico que en mi concurren las mismas circunstancias procede con tánta violencia contra mi persona y no contra el Señor Márquez del Toro, contra el Sr. Chantre Dignidad de la Santa Iglesia Catedral, contra el Sr. ViceRector del Real y Seminario Colegio, contra las Monjas Carmelitas y contra las demás personas de primera estimación que son las que me llaman y me mandan buscar a mi casa?» 23. Incluso entre altos funcionarios de la colonia, podemos encontrar defensores del curanderismo, como por ejemplo, el propio gobernador de Caracas José Carlos ----22 Documento reproducido en Revista de la Sociedad Venezolana de Historia de la Medicina (1956), 10, 62-67;p. Agüero, quien fuera consultado por el rey sobre las cualidades de Campins y Ballester para ser nombrado protomédico y la conveniencia de crear ese tribunal. Según Archila el gobernador opinó contra lo segundo y argumentó que en el tratamiento de las enfermedades vernáculas «...sobresalían los curanderos prácticos por su íntimo conocimiento del clima y demás circunstancias y por la admirable oportunidad con que aplicaban los medicamentos simples del país, siendo preferible -por la satisfacción mostrada por el público-que se continuase con la tolerancia condicionada impuesta por él, según la cual'les estaba mandado [a los curanderos] que en las enfermedades agudas que fuese preciso aplicar remedios mui activos, y que podian producir graves consecuencias, tomasen consejo y no ejecutasen cosa alguna, sin dictamen de los médicos'. En síntesis [agrega Archila], opinaba que la creación del Protomedicato exterminaría la curandería práctica, con grave perjuicio para el pueblo que no podía costearse los altos salarios exigidos por los profesionales y de allí que no considerase'por conveniente al servicio de V.M. ni al bien de estos vecinos' la petición del doctor Campins y Ballester»24. El parecer del gobernador es muestra, además, de problemas de competencia que surgirían entre el Protomedicato, una vez instituido, y la Gobernación y Capitanía General, principalmente. A ésta correspondía dar el pase para los títulos expedidos por el Protomedicato y en varias ocasiones el Gobernador trató de desconocer los fueros y prerrogativas del Protomedicato: sin embargo, este Tribunal contó siempre con el favor del rey cuando se trataba de preservar su competencia técnica. Pero, por otra parte, para el rey, el Gobernador debía seguir manteniendo una suerte de vigilancia sobre el Protomedicato25. Este tipo de «arreglo» en el cual no estaban claramente delimitadas las jurisdicciones era muy típico de la Corona y si bien traía problemas de jurisdicción entre las instituciones, por otro lado permitía una suerte de vigilancia cruzada de sus actividades. En general, este tipo de enfrentamientos es también muestra de las dificultades que enfrenta toda sociedad en formación para ordenar y regular unas profesiones como la medicina y la cirugía, las cuales en ese período histórico se encontraban en proceso de revisión, en un contexto en el cual funcionan ciertas prácticas y tradiciones muy asentadas en la sociedad. Tal como se desprende del expediente, la Corona estaba consciente de estas dificultades. Por ejemplo, Tamáriz, interpretando el sentido de la Real Cédula de erección del Protomedicato, argumentaba en el expediente que «según las circunstancias locales precisamente han de variar las providencias y determinaciones...» y seguidamente se refería a «aquellas reglas provisionales que le son mandadas guardar por el Soberano por la falta y escasez que se padece en estos Dominios de verdaderos Pro-----fesores». Ambas expresiones parecen remitir a la idea, bien argumentada por Demetrio Ramos Pérez, de que la política imperial de entonces buscaba integrar a todos los reinos en un solo reino que debía funcionar de acuerdo con las mismas reglas del juego 26. Mientras se lograba esa integración, había que tener en cuenta las condiciones locales de las colonias acatando ciertas reglas provisionales. Más allá de razones personales -si acaso las hubo-de parte de Emparan para negar los permisos a Zibico, con lo cual estaba desconociendo el espíritu de las leyes y las disposiciones reales, que claramente comprendían que no se podían imponer en las colonias -por ahora-las mismas leyes que funcionaban en España, Emparan estaba quizás actuando como un hombre de pensamiento ilustrado avanzado, impaciente por imponer de una vez la nueva ideología. Otro ejemplo de conflictos jurisdiccionales entre algunas de las instituciones coloniales que se encuentran en el expediente, se desprende de la forma como los fiscales Berrio y Gutiérrez de Rivero responden a Emparan. Las diferencias entre éstos deja entrever los problemas de competencia que desde su fundación, en el último cuarto del siglo XVIII, venían ocurriendo entre la Real Audiencia y la Capitanía General de Venezuela. La fuente de los conflictos provenía del hecho de que un Gobernador y Capitán General de una Provincia, con jurisdicción en lo político militar, era a la vez presidente del tribunal que administraba justicia en esa provincia: la Real Audiencia. Como plantea McKinley, quizás era inevitable que se produjeran estos conflictos de responsabilidades, debido a la creación relativamente reciente de instituciones como la Intendencia, Capitanía General, Real Audiencia, Consulado (agreguemos al Protomedicato), las cuales no habían clarificado «los límites de autoridad en el papel y en la práctica» 27. Pensamos también, tal como señalamos arriba en relación con las competencias entre el Protomedicato y la Gobernación y Capitanía General, que a la Corona le interesaba, en cierta forma, mantener esas ambigüedades jurisdiccionales pues ello le permitía mantener un mayor control sobre las instituciones, así como mayor conocimiento sobre sus actuaciones, lo que en última instancia significaba -como señala Capdequí-«...que el arbitraje en toda contienda quedaba en manos de la Corona y esto suponía compensación suficiente dentro del sistema político establecido que, como hemos dicho, estaba inspirado en la desconfianza» 28. Si esta interpretación resulta válida para el conjunto de las colonias americanas, más lo debía ser para la recién instituida Gobernación y Capitanía General de Venezuela. ----26 RAMOS PÉREZ, D. (1986), «El Presidente de la Real Audiencia de Caracas, en su fase inicial y su intento de concentración de todos los poderes». 27 MCKINLEY, Michael P. (1993), Caracas antes de la independencia, Caracas, p. La creación de las más importantes instituciones coloniales de la provincia ocurrió en el último cuarto del siglo XVIII. 28 OTS CAPDEQUÍ, J.M. (1993), El estado español en las Indias, México, p. Otra muestra reveladora de la existencia de conflictos se desprende de la expresión empleada en el expediente por el fiscal Gutiérrez de Rivero al dirigirse a Emparan, y decirle que se «...ha propuesto la osada y atrevida de dar leyes y enseñar el recto modo de administrar justicia». Esa expresión parece aludir a las denuncias hechas por ese fiscal contra el Gobernador y Capitán General de la Provincia de Venezuela, Guevara Vasconcelos. En efecto, prácticamente en el mismo momento (septiembre a noviembre de 1803) en que este fiscal daba su opinión sobre el caso de Zibico, estaba enviando unas representaciones al Consejo de Indias para denunciar al Gobernador Guevara por interferencia continua en la administración de justicia, así como por la existencia de casos de corrupción en el máximo Tribunal. Tan graves fueron las acusaciones de Gutiérrez de Rivero que estas representaciones dieron lugar para que al año siguiente el rey comisionara a un juez para realizar una Visita con el fin de investigar las denuncias: el Regente Visitador Joaquín Mosquera y Figueroa, quien permaneció 6 años en el cargo29. Otra expresión empleada por el fiscal Gutiérrez cuando le dice a Emparan «...que no es Profesor de Jurisprudencia para que le asista la presuncion de querer en las materias más intrincadas, y para cuya decisión e inteligencia no bastan las ordenanzas militares abrir dictamen, estampar su parecer y que estos se tengan y respeten como unos oráculos infalibles» deja entrever cierto encono entre la burocracia profesional representada, en este caso, por los oficiales de la Real Audiencia, quienes debían actuar sujetos a las leyes, y una burocracia política y militar que actúa más libremente. Como dice Capdequí: «La preparación técnica de los primeros, tuvo que impresionar forzosamente a los segundos, salvo en los casos en que estos cargos estuvieran desempeñados por individuos de personalidad vigorosa [que parece haber sido el caso de Emparan]. En cambio sufrieron aquéllos las limitaciones inevitables de la deformación profesional que, en términos generales, no afectó a los Virreyes y Presidentes [agreguemos Gobernadores]»30. En conclusión, en líneas generales, el expediente revisado deja entrever algunas de las dificultades que enfrentaba la sociedad colonial de comienzos del siglo XIX para poder normar el ejercicio de dos profesiones básicas para la sociedad como la medicina y la cirugía. Estas dificultades surgen de una sociedad en proceso de formación en la cual las instituciones que debían regular su funcionamiento eran de relativa reciente creación, de allí que aparezcan problemas de competencia y responsabilidades entre algunas de éstas en las funciones reguladoras. Relacionado con lo anterior, también asoma en el expediente el enfrentamiento entre dos racionalidades: una representada por Emparan, formado en un cuerpo que liderizó el movimiento ilustrado, y que quiere actuar de acuerdo con ciertas reglas de juego que funcionan en ----la metrópolis, o al menos en ciertas instituciones metropolitanas, donde el movimiento ilustrado había logrado triunfos importantes; otra racionalidad muy diferente se da en esta colonia, donde las instituciones tenían que vérselas con ciertas tradiciones y prácticas muy asentadas en la sociedad, como el curanderismo, al cual debían tratar de controlar y regular en condiciones en que se carecía de las condiciones necesarias para imponer un determinado orden. Estas carencias pueden resumirse así: escasez de médicos y cirujanos y, dadas las reglas del juego impuestas, imposibilidad de que quienes las ejercían de hecho -los mulatos-pudieran recibir entrenamiento formal; precaria formación de médicos e inexistencia de estudios de cirugía; creación muy tardía de los estudios médicos lo que permitió el auge del curanderismo; dificultades para que el tribunal del Protomedicato, con apenas jurisdicción de cinco leguas y compuesto de un solo profesional de la medicina -el Protomédico-pudiera, físicamente, controlar el curanderismo en la provincia de Caracas. Más allá del tema específico sobre el cual versa el expediente, una lectura intencionada de éste muestra que detrás de las actuaciones y de las expresiones empleadas por los diversos personajes que estuvieron involucrados en el caso, se ponen de relieve varios problemas muy palpitantes del momento, ciertas tensiones existentes entre individuos, que expresan, a su vez, las de las instituciones que representaban y, especulando un poco, las existentes entre la metrópoli y la colonia.
Se analizan los primeros datos sobre la incidencia de la Parálisis General Progresiva en los manicomios españoles durante el siglo XIX, las referencias decimonónicas a dicha entidad morbosa en la literatura médica y la introducción del concepto en nuestros textos psiquiátricos. El retraso en la recepción del concepto de PGP traduce un elevado grado de desinformación de los profesionales médicos y una lenta asimilación del proceso de somatización de la enfermedad mental en nuestro país. entre los profesionales médicos decimonónicos que se mantuvo hasta el siglo actual llenando, durante las primeras décadas del mismo, innumerables páginas de la bibliografía médica. La atención que especialmente mostraron los frenópatas franceses por la PGP, desde las primeras décadas del siglo XIX, estuvo motivada por el incremento de las cifras de paralíticos en algunos hospitales psiquiátricos 2, dada la rápida difusión de la sífilis coincidiendo con la finalización de las guerras napoleónicas. Este interés, que no se circunscribió al campo médico, llegó a otros sectores sociales y alcanzó el terreno jurídico, ya que, en el siglo pasado, se asociaba el primer período de la enfermedad, con una marcada tendencia a delinquir 3. Considerada clásicamente modelo paradigmático de la locura decimonónica 4, podría recibir esta «especial mención» según el historiador franco-español Jean Garrabé, porque en el siglo pasado representó simbólicamente dos miedos fundamentales del ser humano: el miedo a morir y el miedo a perder la razón 5. Aunque ya en 1822, Bayle postuló que la enfermedad paralítica presente en los alienados constituía una verdadera entidad morbosa con un correlato anatomopatológico -arachnitis chronique-, hecho que propició un debate nosológico entre alienistas, aún se va a tardar más de treinta años en admitir la «parálisis general de los alie----literatura americana (SALOMON, E. (1862), «On the Pathological Elements of general paresis», Journal Mental of Science, 8, 365). 2 En el Informe General sobre el Servicio de Alienados del año 1874 emitido en Francia, se describen cifras de 6.22% en los asilos franceses (2619 paralíticos generales), que podían ascender hasta 34.7% en algunas instituciones como Charenton, cuya población era fundamenalmente masculina. Teniendo en cuenta que el índice de curación barajado por los autores del siglo pasado era prácticamente nulo, el panorama era desolador. 3 En el siglo pasado se describía el primer período de la enfermedad, por su propensión a delinquir, de modo que Lasègue (1816-1883) denominó a éste «período médico-legal de la parálisis general». José Ingenieros describió en Simulación de la locura (1903), que, durante dicho período eran frecuentes los hurtos cometidos con imprevisión. Sobre José Ingenieros, podemos consultar HUERTAS, R. (1991), El delincuente y su patología. Medicina, Crimen y Sociedad en el Positivismo Argentino, Madrid, CSIC. 4 Algunos investigadores actuales, sin embargo, cuestionan el que la PGP puede ser considerada un modelo para otras enfermedades mentales, centrando el valor del descubrimiento no tanto en su función como «enfermedad paradigmática» sino que por primera vez se cuestionó la «visión transversal» de las enfermedades mentales. Sobre esta cuestión se puede consultar BERRIOS, G. (1995), «Depressive Pseudodementia or Melancholic Dementia. 5 Jean Garrabé, psiquiatra e historiador, ocupa el cargo de director médico en el Instituto Marcel Rivière, es secretario de L ́Évolution Psychiatrie, fundada por su maestro Henri Ey y es director de enseñanza clínica en la Universidad René Descartes de París. Entre sus obras hay que destacar el Dicionario taxonómico de psiquiatría e Histoire de la schizophrénie (1992), Editions Seghers, París; traducido en España por Hector Pérez-Rincón con el título de La noche oscura del ser. Una historia de la esquizofrenia (1996), Fondo de Cultura Económica, México. nados» como enfermedad independiente 6. Los parámetros orgánicos bajo los que se enfocaba la afección paralítica, no coincidían, aunque tampoco se enfrentaban claramente, con las ideas de los maestros de la psiquiatría en Francia -Pinel y Esquirol-7. Podríamos pensar, entonces, que la PGP se intentaba introducir en los presupuestos de la mentalidad anatomo-clínica, corriente que, planteando un salto epistemológico, reclamaba un proceso de somatización de la patología mental. A pesar de que existen interesantes aportaciones historiográficas sobre los orígenes y la configuración del concepto de PGP 8, prácticamente no existe bibliografía ----6 A pesar de que ha sido ampliamente admitido que la PGP abrió el camino para la aplicación del modelo anatomo-clínico en psiquiatría, postulado defendido por Zilboorg, entre otros (ZILBOORG, G., HENRY, G. W. (1941), A History of Medical Psychology, New York, W.W. Norton Company, Inc, pp. 398-399), Berrios cuestiona dicha aseveración apoyándose en el hecho de que tardó más de treinta años en ganar aceptación el que la parálisis de los alienados fuese una enfermedad independiente. Puede consultarse sobre esta cuestión BERRIOS, G. (1996), The History of mental symptons, Cambridge, Cambridge University Press, p. 7 A pesar de que, clásicamente, se ha abordado el estudio de Esquirol desde posiciones psicologistas, Huertas ha sugerido que este autor puede considerarse un claro representante de la mentalidad y del método anatomoclínico. Veáse HUERTAS, R. (1991), «Esquirol y la Psiquiatría Post-revolucionaria». Estudio introductorio a ESQUIROL, J. E. D., Memoria sobre la locura y sus variedades, Madrid, Dorsa. Asimismo, en HUERTAS, R. (1996), «L ́alienismo e la mentalitá anatomolinica: L ́opera di J. E. D. Esquirol», Medicina nei Secoli Arte e Scienza, 8, pp. 367-380, se puede consultar el modo en que Pinel contribuyó a formar el germen del somaticismo y la aportación de Esquirol a la semiología psiquiátrica de corte anatomoclínico. Sobre la historia de las mentalidades en Medicina es indispensable LAIN ENTRALGO, P. (1950): La Historia Clínica. Historia y Teoría del relato patobiográfico, Madrid, CSIC (Se ha utilizado para la consulta la edición de 1998 editada en Madrid, Triacastela, pp. 263-308); y acerca de la mentalidad anatomoclínica en psiquiatría se puede cosnsultar PESET, J. L. (1993),: Las heridas de la Ciencia, Salamanca, Junta de Castilla y León, pp. 125-167. 8 Dada la inmensa bibliografía disponible, imposible de numerar en este trabajo, sobre la PGP, señalaremos por su importancia una serie de trabajos clásicos franceses publicados coincidiendo con el centenario de la tesis de Bayle, entre los que podemos destacar, ARNAUD, F. L. (1922), «La Paralysie Générale après Bayle», En: COLIN, H., CHARPENTIER, R. (eds.), La Paralysie Générale (maladie de Bayle): Centenaire de la thèse de Bayle (1822-1922) reciente sobre la recepción de dicho concepto en nuestro país9. En este trabajo, después de realizar un somero recorrido al concepto histórico, se apuntarán algunos datos sobre la incidencia de la PGP en España en el siglo pasado y se analizará la aparición de dicha entidad neuropsiquiátrica en nuestros textos psiquiátricos y algunas de las conexiones con el proceso de somatización de la enfermedadad mental. EVOLUCIÓN HISTÓRICA DEL CONCEPTO No haríamos honor a la verdad si comenzaramos este recorrido histórico con el mítico nombre de Antoine-Laurent-Jessé Bayle (1799-1858), clásicamente asociado a la primera descripción de la parálisis general de los alienados, sin citar algunas de las observaciones clínicas realizadas por otros médicos previamente. Es indudable que en algunos trabajos del siglo XVII y XVIII hay referencias a cuadros mentales asociados a parálisis de los miembros que podrían corresponder a cuadros de PGP, aunque sólo forzando ciertas analogías podríamos establecer un paralelismo real entre aquellas descripciones y la demencia paralítica10. Entre estos primeros autores es preciso citar al neuroanatomista, fisiólogo y clínico inglés Thomas Willis (1621-1675) -menciona varios enfermos afectados de «estupidez y parálisis» en su libro De Anima Brutorum (1672)-, autor que, al igual que J. F. Meckel (1714-1777), es citado en la propia tesis de Bayle más de un siglo después. Más unánimemente los historiadores coinciden en señalar, ya a finales del siglo XVIII, a Vicenzo Chiarugi (1759-1820)11, en Italia, y John Haslam (1764-1844) 12, en ----Inglaterra, como los predecesores del francés Bayle al describir algunas formas de locura -principalmente delirios de grandeza-asociadas a parálisis 13. Posteriormente, Parent-Duchatelet y L. Martinet describieron una enfermedad denominada l ́arachnitis 14, y, en 1822, A. L. Bayle publicó su famosa tesis en la que describió seis casos de enfermos de Charenton que presentaban un cuadro de parálisis incompleta 15. El hecho de que se describiese un proceso morboso «secuencial» que se iba desgajando en síndromes clínicos, en contra de la «visión transversal» de las enfermedades, vigente hasta entonces 17, constituye para Bercherie el verdadero hito del descubrimiento de Bayle. En cualquier caso, la descripción de la enfermedad paralítica aportada por el médico francés se convirtió en el detonante de una serie de trabajos, tesis, monografías y discusiones en la Société Médico-Psychologique sobre la locura paralítica 18. Bayle 19, que había trabajado bajo la enseñanza de Royer-Collard (1768-1825) en ---obras, Observaciones sobre la locura acompañadas de notas prácticas sobre la enfermedad y de un resumen de los aspectos observados en la disección (1789) donde realizó la descripción de los primeros caracteres de la enfermedad. Posteriormente, en 1809, dicha obra fue reeditada con el título Observations on Madness and Melancholy, Londres. 13 Sobre los predecesores de Bayle en la descripción de la parálisis, se puede consultar QUETEL, C. (1986): Le mal de Naples: histoire de la syphilis, Paris, Editions Seghers. Se ha utilizado la traducción inglesa, History of Syphilis (1992), Baltimore, The Johns Hopkins University Press, p. 14 En PARENT-DUCHATELET, MARTINET, L. (1821), Recherches sur l ́inflammation de l ́arachnoïde cérébrale et spinale, París, se puede leer la descripción de una enfermedad llamada l ́arachnitis que producía delirio. 15 Antoine-Laurent-Jessé Bayle presentó el 21 de noviembre de 1822 la tesis que sería el primer avance de sus teorías sobre la aracnitis crónica. Esta tesis fue publicada BAYLE, A. L. J. (1822): Recherches sur l ́arachnitis chronique, la gastrite et la gastroentérite chronique, et la goutte, considerée comme causes de l ́aliénation mentale, París, Didot Le Jeune. 16 Esta cita correpsonde a BAYLE, A. L. J (1822), Recherches sur les maladies mentales, aunque está tomada de GRIESINGER, W. (1865), p. Bayle fue el primero en reconocer que la demencia paralítica era una única afección, apoyándose en el hecho de que las alteraciones mentales y el trastorno del movimiento se desarrollaban de forma paralela y en un orden determinado. 17 Puede consultarse BERCHERIE, P. (1980), Les fondements de la clinique, París, La bibliothéque d ́Omicar. 18 En cada volumen de la revista francesa Annales Médico-Psychologiques existe una referencia a las reuniones de la Société Médico-Psychologique. La PGP fue, durante la segunda mitad de siglo, uno de los temas de preferencia de estas reuniones; como ejemplo puede consultarse Annales Médico-Psychologiques (1859), 3, 5, pp. 119-146. 19 El autor publicó más trabajos en los que amplió su teoría y el número de casos: Nouvelle Doctrine des Maladies mentales (París, 1825), Traité des maladies du cerveau et de ses membranes (París, 1826) y Charenton, influenciado por su tío Gaspard-Laurent Bayle y por René-Théophile-Hyacinthe Laennec 20, iba a representar la teoría de la «unicidad» frente a la teoría «dualista» representada por Esquirol y la escuela de la Salpetrière. Esta controversia fue alimentada de forma muy especial por Baillarger (1809-1890) que sostuvo la teoría «dualista» hasta finales de siglo -por una parte, existía la «demencia paralítica» y, por otra, «el delirio»-, cuando ya prácticamente había perdido todos sus defensores. No podemos obviar en esta breve enumeración el nombre de Louise Calmeil (1798-1895), cuya obra es, probablemente la más importante después de la de Bayle y de aparición casi simultánea 21, ni dejar de citar a Jean Baptiste Delaye que utilizó, en 1824, por primera vez el término «parálisis general incompleta» 22. A partir de 1850 la preponderancia de la escuela alemanana, que había librado una batalla entre los Psychiker y los Somatiker inclinando la balanza hacía la psiquiatría clínica orgánica 23, llevó a que se trasladara al país germano el debate sobre la PGP que durante la primera mitad de siglo prácticamente había estado monopolizado ---una Memoria presentada en 1854 a la Academia de Medicina titulada De la cause organique de l ́aliénation mentale avec paralysie générale. 20 Gaspard-Laurent Bayle, tío de Antoine Bayle, es considerado una de las grandes figuras de la Escuela Anatomoclínica de París. El concepto de «especificidad lesional», considerado una contribución fundamental de A.G. Bayle al desarrollo de la mentalidad anatomoclínica, aparece explícitamente formulado en Recherches sur la phthisie pulmonaire (1810). Sobre el autor se puede consultar GUERRA, D. (1990): «La lesión vital en el pensamiento nosológico de G. L. Bayle», Asclepio, 1, pp. 237-251. Bayle trabajó en colaboración con Laennec siendo este último un importante defensor de la anatomía patológica. Sobre la visión científica de Laennec puede consultarse DUFFIN, J. ( 1988 21 Calmeil, alumno de Esquirol en la Salpetrière fue destinado a realizar estudios de anatomía patológica con Rostan y posteriormente obtiene una plaza de cirujano en Charenton. En su obra, cronológicamente cercana a la de Bayle, se enfrentó abiertamente a éste, probablemente porque, mientras Calmeil estaba influido por Pinel (Teoría dualista), Bayle estaba determinado por su cercanía a Laennec. Su teoría fue expuesta en CALMEIL, L. (1826), De la paralysie considerée chez les aliénés recherches faites dans le service de feu M. Royer-Collard et de M. Esquirol, Paris, Baillière. 22 A lo largo de los años se discutió la originalidad de la descripción de la parálisis general, ya que J. B. Delaye había descrito la parálisis general incompleta en Considerations sur une espèce de paralysie qui affecte particulièrement les aliénes, París, 1824. Sin embargo, para la mayoría de los autores esta teoría de Delaye se adscribía a la teoría dualista de la escuela de Esquirol (Salpetrière), a diferencia de la unicidad defendida por Bayle (escuela de Charenton). 23 Con W. Griesinger (1817-1869), profesor de psiquiatría y neurología en la Universidad de Berlín, la «psiquiatría universitaria» triunfaría en favor de la «psiquiatría de asilo». Sobre la psiquiatría alemana decimonónica se puede consultar obras generales como ACKERKNECHT, E. H. (1957), Kurze Geschichte der Psychiatrie, Stuttgart, Ferdinand Enke Verlag. Se ha utilizado la traducción revisada por J. L. Barona: Breve Historia de la Psiquiatría, Guada Litografía, p. 95-103 o POSTEL, J., QUÉTEL, C. (1983) (eds.), Nouvelle Historie de la Psychiatrie, Editions Privat (Traducción: Historia de la Psiquiatría, México, Fondo de Cultura Económica, pp. 186-191). por la escuela francesa. Bajo la influencia de una orientación neuropsiquiátrica y con el desarrollo de la microscopía, Friedrich Esmarch y W. Jessen postularon, en 185724, con motivo de algunos casos, la vinculación entre la PGP y la sífilis. Las décadas posteriores vieron aparecer innumerables trabajos sobre la etiología25, la patogenia o la sintomatología, entre otros apectos, a cargo de autores como Carl Westphal (1833-1890), Mendel (1822-1884), Kraft-Ebing (1840-1902), Binswanger (1881-1966), por citar sólo algunos, que marcaron una nueva etapa en la investigación anatomopatológica 26 En 1875, Jean Alfred Fournier (1832-1914) afirmó el origen sifilítico de la tabes dorsal -ataxia-e inició una serie de trabajos en los que intentaba rebatir la distinción realizada por los psiquiatras entre la parálisis general incompleta y la pseudoparálisis general de los sifilíticos27. Sin embargo, la relación definitiva entre la sífilis y la parálisis no quedó demostrada hasta 1913, cuando Hydeyo Noguchi (1876-1928)29 y J. W. Moore aislaron la spirochaeta pallida, posteriormente denominada Treponema pallidum, en el cerebro de los paralíticos generales30. En nuestro país, el interés por la entidad neuropsiquiátrica no corrió paralelo al de los paises europeos y carecemos de datos de incidencia oficiales de paralíticos durante el siglo XIX. Así la primera estadística de alienados en España, publicada en 1848 por Pedro María Rubio, carece de toda referencia a la locura paralítica 31. Tampoco aporta ningún dato la Memoria del año 1879-1880 publicada por M. Ibáñez de Aldecoa, Director General de Beneficencia, ni la publicación posterior, realizada por Rodríguez-Méndez 32. Tenemos que llegar al Certamen Frenopático Español 33, celebrado en 1883, para que aparezcan los primeros datos publicados de paralíticos en el conjunto del territorio español. En dicha reunión científica, celebrada en el Manicomio de Nueva-Belén (Barcelona) y considerada el primer foro científico que agrupó a profesionales interesados en la asistencia a los enfermos mentales, participaron numerosos profesionales fundamentalmente de la medicina catalana y algunos ponentes extranjeros entre los que se encontraban Regis(1855-1918), Valentin Magnan (1835-1916) y E. C. Seguin (1843-1898). Este último alienista realizó un viaje durante el invierno de 1882-1883 en el que visitó la mayoría de las instituciones manicomiales españolas, sirviéndole de fuente al trabajo enviado al Certamen 34. Además de otros interesantes datos sobre la situación manicomial decimonónica en nuestro país aportados en el trabajo de Seguin, realizó lo que puede llamarse, no sin ciertas reservas, «los primeros datos estadísticos» sobre la incidencia de la PGP en España 35. Éstos fueron aportados por los directores de los establecimientos o los médicos que visitaban los mismos, a ----31 Estadísticas de los dementes que existían en España e islas adyacentes desde 1846 a 1847, formada por el Excmo. Sr. D. Pedro Ma Rubio con los datos oficiales que le han sido facilitados por el Ministerio de la Gobernación del Reino. Dichas estadísticas fueron publicadas en la Gaceta de Madrid, del día 7 de Octubre de 1848. 32 Rodríguez-Méndez añadió algunas correcciones a los datos publicados por M. Ibáñez de Aldecoa, datos que fueron reproducidos en RODRÍGUEZ-MÉNDEZ, R. (1880), «Estadísticas de Manicomios», Gaceta Médica de Cataluña, 3, pp. 651-660, pp. 679-688. La clasificación establecida dividía a los locos en: tranquilos, semi-tranquilos, violentos, sucios y epilépticos. 33 El Certamen Frenopático Español ha sido considerado el primer congreso de psiquiatría celebrado en España. Sobre dicho acontecimiento científico puede consultarse CORBELLA, J., DOMENECH quienes el alienista francoamericano preguntó acerca de la incidencia de la parálisis general y sus causas. El análisis de los diversos factores etiológicos citados por los médicos españoles -el alcohol, el exceso intelectual, los hábitos sexuales..-merecen un estudio que rebasa la intención de este trabajo, aunque básicamente se corresponden con los postulados de la literatura europea. A pesar de hallarse lejos de ser una estadística completa y oficial, aportaba la incidencia en algunos de los principales establecimientos psiquiátricos del país: el Instituto Frenopático de las Corts de Sarriá 36, el Manicomio de Sant Baudilio de Llobregat, el Manicomio de Nueva Belén 37, el Hospital de Toledo, el Manicomio de Santa Cruz, el Manicomio de Granada y el Manicomio de Carabanchel (Madrid) 38. No es una coincidencia el hecho que tres de estos asilos se encontraran en Cataluña 39, ya que en este lugar estaba surgiendo la escuela psiquiátrica decimonónica más importante del país 40. Si bien todos los responsables de los nosocomios citados percibían un aumento progresivo de los paralíticos en los años precedentes y rara presentación en las mujeres, el porcentaje de internos afectados oscilaba entre el 8% al 25% en las diferentes instituciones. El porcentaje máximo, que llegaba hasta el 25% de los asilados, era estimado por Dolsa y LLorach en el Instituto Frenopático de las Corts de Sarriá, seguido del Manicomio de San Baudilio de Llobregat en el que Rodríguez Méndez ----36 Sobre dicha institución puede consultarse MARTÍ I TUSQUETS, J. L. (1970): «Significación de la obra de D. Tomás y D. Luis Dolsa en la psiquiatría catalana», Act. 37 El Manicomio de Nueva Belén, fundado en el año 1857 en Gracia -en las proximidades de Barcelona-, estuvo bajo la dirección de Giné y Partagás desde el año 1864. Sobre dicha institución se puede consultar CORBELLA, J., DOMENECH, E. (1965): «La Revista Frenopática Barcelonesa y el Manicomio de Nueva Belén», Bol. 38 Este Manicomio inagurado por Esquerdo el 20 de mayo de 1877, fue instalado en unos terrenos adquiridos en Carabanchel Bajo con la ayuda de Baltasar Mata. Sobre el mismo, se puede consultar VILLASANTE, O. HUERTAS, R. (1999): «El Manicomio de Carabanchel: entre la promoción empresarial y la legitimación científica», SISO/SAUDE, 32, pp. 27-36. 39 En el siglo XIX en Cataluña se había creado la mayor red nacional de psiquiátricos tanto privados como públicos, así como otras estructuras (prensa médica, reuniones científicas...) que permitieron un desarrollo importante de la psiquiatría. Paralelamente, se realizó una progresiva transformación de las instituciones médicas hacia estructuras más liberales. Veáse COMELLES, J.M. (1988), La razón y la sinrazón. Asistencia psiquiátrica y desarrollo del estado en la España contemporánea, Barcelona, PPU. Sobre la psiquiatría decimonónica española y la situación de los manicomios españoles, se puede consultar ESPINOSA, J, (1966): La asistencia psiquiátrica en la España del siglo XIX, Valencia, Cátedra e Instituto de Historia de la Medicina. A principios de siglo, Rodríguez Morini (1863-1937), director de este establecimiento, recogía en una estadística realizada en el período 1901-1905, porcentajes marcadamente inferiores. Esta incidencia apareció en un estudio sobre la PGP en España, «Contribution à l ́étude clinique de la paralysie générale en Espagne», que Rodriguez-Morini envió al XV Congreso Internacional de Medicina celebrado en Lisboa en abril de 1906 42. En dicho trabajo el autor intenta recopilar la incidencia de la parálisis general en toda la geografía española y, aunque añadió los datos de algunos psiquiátricos no obtenidos por Seguin, no le fue posible en psiquiátricos como los de Galicia, Valencia o sur de Andalucía. Por otra parte, en el informe de Seguin se describían cifras inferiores en el resto de los asilos -entre el 8 y el 10% en el Manicomio de Santa Cruz y el Manicomio de Carabanchel, 7% en el Hospital de Toledo y 2-4% en el Manicomio de Nueva Belén 43 -, porcentajes más cercanos a los aportados, a principios de siglo, por Rodríguez-Morini. En el informe realizado por Seguin, los restantes establecimientos carecían de estimaciones y, así por ejemplo, excepto el manicomio de Granada 44, los asilos situados al sur de España -Málaga, Cádiz, Sevilla, Córdoba-no pudieron aportar datos sobre la entidad neuropsiquiátrica. Posteriormente, en 1891, en una Memoria presentada por Gabriel Lupiáñez para optar al grado de doctor en la Facultad de Sevilla, Contribución al estudio de las causas y síntomas iniciales de la parálisis general de los alienados 45, se hace mención sólo de forma muy somera a la incidencia (6.8%) en el asilo público de Sevilla. ----41 La labor más reconocida de Rodríguez Méndez fue realizada en el campo de la Higiene, siendo nombrado Inspector Higienista en 1876, aunque hay que destacar dos breves períodos en los que ocupó la dirección de San Baudilio y la del Manicomio de Reus. 42 El trabajo fue incluido en la Sección VII, Neurologie, Psychiatrie et Anthropologie Criminale, del Congreso Internacional de Medicina celebrado en Lisboa. Puede consultarse en RODRÍGUEZ-MORINI, A. (1906), «Contribution à l ́étude clinique de la paralysie générale en Espagne», Revista Frenopática Española, 40, pp. 101-123. 43 Las estimaciones en Nueva Belén fueron realizadas por Galcerán Granés, médico interno de dicho manicomio. Sobre este autor y su obra puede consultarse DOMENECH, E., CORBELLA, J. (1969). 44 El hospital de Granada había sido instalado en un antiguo convento y era visitado diariamente por Enrique Guerrero Ortega, -no era un médico interno-, quien atribuía los 5 ó 6 casos de parálisis general al alcoholismo. 45 Esta memoria fue presentada por Gabriel Lupiáñez y Estévez para obtener el grado de Doctor en Medicina y Cirugía, hallándose José de Letamendi en el tribunal. Puede consultarse en LUPIÁÑEZ, G. (1891), Contribución al estudio de las causas y síntomas iniciales de la parálisis general de los alienados, Sevilla, Est. Tip. de José Ma Ariza. Ya en el nuestro siglo y, nuevamente, a instancias de un médico extranjero, el Ministro del Interior intentó realizar una estadística sobre los asilos españoles 46. En 1902, envió una circular y un cuestionario a todos los médicos directores de asilos; sin embargo parece que no llegaron a publicarse los datos, conociéndose únicamente las estimaciones que se realizaron en San Baudilio 47. LA INTRODUCCIÓN DEL CONCEPTO DE PARÁLISIS GENERAL EN LA ESPAÑA DECIMO- Más allá de estas valoraciones numéricas recogidas por Seguin, probablemente estimadas con criterios bien distintos en cada centro, es interesante observar las impresiones del alienista franco-americano sobre el desconocimiento de la PGP que la mayoría de los médicos españoles tenían: «si exceptuamos tal vez media docena, los médicos que encontré encargados de los locos, tenían poco conocimiento del asunto y eran evidentemente incapaces de reconocer la parálisis general en sus primeros estadios o en sus formas especiales» 48. Aunque las vías de introducción de las nuevas ideas psiquiátricas estaban mermadas -intercambios entre profesionales, publicaciones extranjeras, traducciones o viajes de carácter científico 49 -, es significativo ese desconocimiento señalado por Seguin teniendo en cuenta las referencias bibliográficas referentes a la entidad neuropsiquiátrica ya presentes en España en las últimas décadas del siglo. A pesar de que sólo se había publicado un tratado de psiquiatría en nuestro país, el Tratado Teórico-Práctico de Frenopatología o Estudio de la Enfermedades Mentales (1876) de Giné y Partagás (1836-1903) 50 y, únicamente, existía una publicación periódica específicamente psiquiátrica de cierto prestigio científico -La Revista Frenopática Barcelo----- 46 La referencia a dicho estudio se puede encontrar en RODRÍGUEZ MORINI, A. (1906), aunque se desconoce el médico que realizó la petición. 47 50 Giné, director del manicomio de Nueva Belén y de la Revista Frenopática Barcelonesa, es al autor del primer tratado de psiquiatría en España, un volumen de más de 500 páginas. GINÉ, J. ( 1876 nesa 51 -, otras revistas médicas de carácter nacional se habían ocupado de la enfermedad paralítica haciéndose eco de la prensa extranjera -Facultad 52, El Siglo Médico 53, Anfiteatro Anatómico Español 54...-y habían aparecido algunas traducciones como La Parálisis General 55. Habría, por tanto, que considerar otros factores como el hecho de que la mayor parte de los asilos psiquiátricos durante la segunda mitad de siglo no contaban sino con médicos generalistas, que no siempre visitaban diariamente a los pacientes y con escaso interés y conocimientos en patología mental 56. Parece evidente, según lo referido por diversos contemporáneos, que José Ma Esquerdo (1842-1912) no fue ajeno a la nueva entidad morbosa 57; sin embargo, en el estado actual de esta investigación y entre los fondos a los que hemos tenido acceso, salvo algunas referencias puntuales en algunos de sus escritos, no se han podido ----51 La Revista Frenopática Española se comienza a editar en 1881, y a pesar de que sólo se mantuvo hasta 1885, se ha considerado de un nivel científico muy estimable y la más importante del siglo XIX. Se puede consultar CORBELLA, J. DOMENECH, E. (1965). 52 Una de las referencias más precoces se refiere a una reseña de Union Medicale realizada por Licle; LICLE, E. (1847), «Peligro de las emisiones sanguineas muy repetidas en la parálisis general de los enagenados», Facultad, 2, 18, p.283 53 En los primeros años de la década de los sesenta ya aparecieron algunas referencias sobre la publicación de artículos en la prensa médica extranjera. Se puede consultar una nota extractada de L ́Union Medicale, leida en la Academia de Ciencias de Paris, BRIERRE DE BOISMONT, A. J. (1861), «Perversión de las facultades morales y afectivas en el período prodrómico de la parálisis general de los enagenados, bajo el punto de vista de la Medicina Legal», Siglo Médico, 8, 26-7 o el resumen realizado de la misma prensa francesa, MOREAU DE TOURS, P. (1861): «Delirio hipocondríaco y parálisis general de los enagenados(sic)», Siglo Médico, 8, 344-5. El mismo Siglo Médico recoge las conclusiones de una Memoria leida por Marcé en la Academia de Medicina de Paris; Puede consultarse MARCÉ, L. V. (1863), «Investigaciones clínicas y anatomo-patológicas sobre la demencia senil y sobre las diferencias que la separan de la parálisis general», Siglo Médico, 10, 460. 54 A finales de los setenta apareció publicado un resumen de las lecciones explicadas en el Asilo de Santa Ana por Magnan realizado por Federico Toledo. Puede consultarse MAGNAN, V. (1878), «Fenómenos espinales en la Parálisis General. Importancia del estado de las facultades intelectuales en esta enfermedad», Anfiteatro Anatómico Español, 6, 216-7. Ese mismo año ya aparece un artículo original español, GALCERÁN GRANÉS. 55 La Parálisis General de V. Magnan y P. Serieux había sido traducido en 1876 por Juan Francisco Meca -oficial médico del Cuerpo de Sanidad de la Armada-, y editado en Madrid, Saturnino Calleja Fernández. 56 En el caso del Manicomio de Leganés, José Rodríguez Villargoitia, reconocido por sus conocimientos en enfermedades mentales y que había participado en el proyecto, fue apartado del manicomio y fue nombrado el médico de la villa José Miranda de la Paz. Asimismo en el Sanatorio de San José de enfermos mentales de Ciempozuelos también fue nombrado el médico titular de la villa: Deogracias González Montejano. Sobre esta cuestión se puede consultar VILLASANTE, O. (e.p), «La psiquiatría madrileña en el período entresiglos» En CAMPOS, R., HUERTAS, R. (Ed.), La Higiene Madrileña y sus instituciones. De entre estos merece la pena destacar el prólogo que realiza al Estudio clínico de la Parálisis general progresiva de los enajenados de Jaime Vera y López (1859-1918) 59. Este médico, discípulo de Esquerdo considerado «uno de los fundadores del P.S.O.E» 60, afirmó que su maestro estuvo muy interesado en el estudio de los paralíticos y, sobre todo, en la vulgarización de su conocimiento 61. Más allá de esta afirmación que podría estar mediatizada por el hecho de que Vera fue uno de los más destacados colaboradores de Esquerdo, Gabriel Lupiáñez en su ya citada tesis sobre los paralíticos refiere el interés del director del Manicomio de Carabanchel por las mujeres paralíticas 62. Esquerdo, caracterizado como fundamentalmente ágrafo 63, organizó, en 1868, un curso sobre enfermedades mentales del que no se conserva ningún tipo de documento escrito y en el que muy probablemente disertó sobre la parálisis general, a juzgar por lo referido por Vera y Lupiáñez. Asimismo, Donald Fraser, psiquiatra escocés que visitó algunos asilos españoles en la primavera de 1878, mencionó que Esquerdo utilizaba compuestos de fósforo para el tratamiento de la parálisis: «...seemed to have faith in phosphorus for the treatment of general paralysis» 64. ----58 Se puede encontrar una referencia a la parálisis general en el prólogo al libro de Victoriano Garrido: GARRIDO Y ESCUÍN, V. (1888), La cárcel o el Manicomio. Estudio médico-legal sobre la locura, Madrid, Casa editorial de Don José María Faquineto, p. Por otra parte en ESQUERDO, J. (1881), Locos que no lo parecen. Garayo el Sacamantecas, Madrid, Imprenta y Estereotipia El Liberal, p. 7 -Conferencia en la que se defiende la reclusión manicomial de Garayo-, Esquerdo presume que el padre del acusado debió fallecer a causa de una demencia paralítica, no diagnosticada. Sobre el famoso criminal del siglo XIX cuyo proceso fue sometido a debate público entre juristas y frenópatas se puede consultar VARELA, J., ÁLVAREZ-URÍA, F. (1979): El cura Galeote asesino del obispo de Madrid-Alcalá. Proceso médico-legal.. o MARTÍNEZ PÉREZ, J. (1995): «Locura y Medicina Legal: Una relación clave para la temprana institucionalización de la psiquiatría en España» En V.V.A.A. Un siglo de Psiquiatría, Madrid, Extraeditorial, pp. 77-78. 59 VERA, J. (1880), Estudio clínico de la parálisis general progresiva de los enajenados, Madrid, Moya y Plaza Ed., con prólogo de José María Esquerdo. 60 Jaime Vera, brillante durante sus estudios de Medicina, fue propuesto por Esquerdo para médico residente y jefe local de su Psiquiátrico de Carabanchel, donde no permaneció mucho tiempo. Su faceta política como colaborador en la fundación del P.S.O.E ha sido estudiada en CASTILLO, J. J. (1973), Ciencia y Proletariado, Madrid, Editorial Cuadernos para el Diálogo. 61 En VALENCIANO GAYÁ, L. (1974), «Origen y desarrollo de la psiquiatría madrileña», Revista de Psicología general Aplicada, 29, 126, p. 55, el autor resalta el esfuerzo en la vulgarización del conocimiento de las enfermedades mentales que este primer de psiquiatras madrileños realizaron. 62 El pequeño libro de Jaime Vera es el primer estudio monográfico dedicado a dicha entidad publicado en España y, del mismo modo que Giné en el capítulo «Parálisis general de los alienados» de su Tratado abordó cuestiones que van desde la etiología 65, la clínica o la anatomía hasta aspectos relacionados con el diagnóstico, pronóstico o tratamiento, Vera recorre los diferentes aspectos del proceso morboso. Entre éstos es interesante destacar los aspectos anatómicos, anatomopatológicos y patogénicos, por su relación con el mencionado proceso de somatización de la enfermedad mental. El discípulo de Esquerdo enfatizó los hallazgos macroscópicoslesiones en huesos del cráneo, duramadre, piamadre, aracnoides, sustancia blanca, cerebro y vasos sanguíneos-hallados en los paralíticos y las lesiones microscópicas que eran definidas como una encefalitis difusa intersticial. La afectación del encéfalo -encefalitis-como lesión anatomopatológica, fue descrita por Louis Calmeil (1798-1895) en De la paralysie, considérée chez les aliénés 66, argumento que le enfrentó a Bayle 67, que había defendido la lesión de las envolturas cerebrales -aracnitis o meningitis crónica-. Según refiere Vera, Esquerdo había señalado que la génesis de la parálisis general estaba relacionada con una conformación particular del cráneo, en la que predominaban los diámetros transversales sobre los verticales principalmente en la parte anterior con convexidad exagerada de las fosas temporales 68. Esta relación entre la anatomía del cráneo y la PGP podría estar inspirada en la corriente frenológica desarrollada a comienzos del siglo XIX. Este movimiento, fundado por Franz Josef Gall (1758-1828) 69, desarrolló el conocimiento morfológico y funcional del encéfalo, tratando de establecer sus relaciones con las inclinaciones del hombre, y equiparó las ---- 65 La parálisis general o locura paralítica es clasificada por Giné en el Orden 2o de los estados frenopáticos junto a las otras demencias. Alude al sustrato anatomopatológico definido por Bayle y Calmeil y realiza una división que se corresponde con las cuatro variedades descritas por Falret y Linás: expansiva, melancólica, parapléjica y congestiva. 67 Louis Calmeil se había formado junto a Esquirol y trabajó como médico en Charenton. En su obra, cronológicamente cercana a la de Bayle, se enfrentó abiertamente a éste, probablemente porque, mientras Calmeil estaba influido por Pinel, Bayle estaba determinado por su cercanía a Laennec. 68 Vera refiere que Esquerdo argumentó la conformación particular con seis casos. 69 F.J. Gall, médico alemán, se conoce como el fundador de la frenología, aunque en realidad este término fue acuñado posteriormente por su discípulo Thomas Ignatius Maria Forster (1789-1860). El nombre que Gall acuñó fue el de Craneoscopia, ciencia que permitía conocer el estado de las facultades de un hombre a través de los salientes y depresiones de la bóveda craneana. El autor publicó en París, en 1825, la obra Fonction du cerveau. enfermedades mentales a enfermedades del cerebro 70. La aparición de este movimiento frenológico coincide cronológicamente con los estudios anatomopatológicos que Bayle realizó en Charenton, estando ambos fenómenos en relación con el proceso de corporalización de la locura; proceso que como hemos visto puede remontarse ya a autores como Pinel, o incluso anteriores 71, y que contribuyó a la introducción de la locura en los presupuestos de la mentalidad anatomoclínica. De hecho, el médico de Charenton estableció un paralelismo entre los síntomas psiquiátricos y las lesiones orgánicas al describir tres etapas clínicas y tres períodos anatomopatológicos, que significaría en palabras de Peset «el pleno triunfo del método anatomoclínico» 72. Esta correlación entre los síntomas y la anatomía patológica puede observarse, asimismo, en la obra de Vera, que describe una fase inicial -irritativa, fluxionaria, inflamatoria-y una segunda «regresiva». Ambas fases fueron relacionadas sintomáticamente con una primera etapa de desorden y trastorno de las funciones mentales, llamada atáxica y, una segunda, caracterizada por una «creciente atonía y depresión», denominada paralítica. Es indudable que la influencia de las corrientes más somaticistas de la enfermedad había calado ya en Vera, que cita, entre otros, a autores como Hitzig (1838-1907), Fritsch (1838-1897) o Ferrier (1843-1928), quienes, destacados por sus estudios experimentales sobre las localizaciones cerebrales, fueron el vivo exponente de la corriente neurológica desarrollada en la segunda mitad de siglo. Vera atribuye, asimismo, los síntomas de la parálisis a una irritación cerebral: «forzando el trabajo cerebral, produce en el cerebro un estado irritativo que se traduce por una sobreactividad funcional del órgano y que aboca por fin a la debilidad y agotamiento de sus funciones» 73. Esta relación entre las teorías fisiológicas y la patología mental había sido descrita en De l ́irritation de la folie (1828) de Broussais (1772-1838) 74, que al estudiar la locura con el método fisiológico, este médico no alienista había revitali-zado la escuela frenológica creada en torno a Gall, contribuyendo indudablemente al proceso de somatización de la enfermedad mental 75. Dos años más tarde, en una conferencia realizada en la Academia de Medicina expresaba su visión sobre la enfermedad en los siguientes términos: «La misma parálisis general de los alienados, entidad de trasmisión(sic) desde las enfermedades cerebrales más orgánicas y las reputadas más dinámicas -o sean las vesanias-y como tal considerada la mejor definida, así en el concepto anatómico como en el fisológico, es hoy día objeto de una atenta revisión...» 76. Posteriormente, Galcerán Granés (1850-1919) clasificó la parálisis general como una vesania que cursaba como una periencefalitis localizada en el área frontal 77. Esta idea fue expuesta en su libro Neurología y Psiquiatría General, considerado un tratado de psiquiatría, a pesar de que en el texto, los aspectos neurológicos están tan imbricados con los aspectos mentales, que el autor difícilmente separa ambas disciplinas. Galcerán, discípulo de Giné que encarnó su vertiente más organicista 78, no dedicó ningún apartado exclusivamente a la PGP; sin embargo, se refiere específicamente a los fenómenos anatomopatológicos y fisiopatológicos de la infección sifilítica en el capítulo dedicado a «Diagnóstico de la causa de las neuropatías» 79. Asimismo, se refiere a los trabajos que el catedrático de enfermedades de la piel y sifilíticas Alfred Fournier desarrolló respecto a las neuropatías sifilíticas en el último tercio del XIX 80. Por último, es preciso citar entre los textos españoles el libro de Martínez Valverde, Guía del Diagnóstico de la Enfermedades Mentales con nociones sobre la Tera-----75 Puede consultarse, PESET, J. L (1993), pp. 171-174. 76 GINÉ, J. (1878), Ensayo Teórico-Práctico sobre la homología y heterología frenopáticas o sean las semejanzas y diferencias entre los procesos de la razón y de la sin-razón, Barcelona, Estab. Tip. de Narciso Ramírez y Ca. Este texto fue leído como discurso en la sesión inagural de la Academia de Medicina y Cirugía. Resumen de las lecciones dadas en la Facultad de Medicina de Barcelona por el profesor encargado de la asignatura, Barcelona, Imprenta de la casa Provincial de Caridad, p. 78 Arturo Galcerán Granés se formó junto a Giné en el Manicomio de Nueva-Belén y después llegaría a ser el Director de de San Baudilio y co-director del Pedro Mata. Tuvo un papel muy activo en la Revista Frenopática Barcelonesa, en la que publicó más de 30 artículos, y en el Certamen Frenopático Español, al que presentó tres amplios trabajos, además de participar en la Comisión Organizadora y en el jurado. Fundó Archivos de Terapéutica de las Enfermedades Nerviosas y Mentales (1904-1918) El libro de Vera abrió, aunque sólo tímidamente, el camino hacia la investigación de la PGP en nuestro país. A partir de entonces, la enfermedad ocupó no sólo numerosas páginas de la bibliografía y prensa médica, sino que comenzó a tener cabida en las reuniones científicas. Así, en el Congreso de Ciencias Médicas, celebrado en Barcelona del 9 al 15 de septiembre de 1888, contó con la intervención de dos destacados alienistas: Rodriguez Morini y Martínez Valverde 83. Es interesante señalar, además, una tercera intervención en dicho congreso a cargo de un médico catalán desconocido como frenópata, Isidro Calvet Nava 84, que disertó sobre el papel que desempeñaba la sífilis en la etiología de las enfermedades mentales, afirmando que la «psicopatía sifilítica puede revestir cualquiera de las formas de alienación mental; pero lo más común es que se presenten bajo el aspecto de la demencia paralítica y de la parálisis general» 85. Más conocida es la ya citada intervención de Rodriguez Morini al Congreso Internacional de Lisboa (1906), trabajo que el autor califica como fundamentalmente clínico y que puede dividirse en tres apartados: incidencia de la enfermedad, etiología y formas clínicas predominantes 86. -----método introducido por Wagner von Jauregg, en 1919, para inducir una hiperpirexia que fuese capaz de modificar el curso de la infección paralítica-, fue utilizada por Vallejo y González Pinto en la Clinica Militar y en el Sanatorio San José de Ciempozuelos. La experiencia de ambos psiquiatras fue recogida en Nuestra Experiencia Clínica sobre la malarioterapia de la Parálisis General progresiva (1927) 95, y dos años más tarde, aprovechando el momento de máximo esplendor del mencionado tratamiento, Vallejo Nájera aún iba a publicar El tratamiento de la Parálisis General y otras Neurosífilisis 96. La proliferación de artículos científicos en torno a la terapéutica de la PGP aún se va a mantener unos años hasta un progresivo declive ya con la aparición de la penicilina para el tratamiento de la sífilis 97. Sin embargo, en los fondos consultados no hemos encontrado ningún otro texto significativo hasta la poco conocida monografía de Valenciano Gaya, Parálisis General Progresiva. Acmé, declinación y riesgo. Estudiando el caso de la PGP, se confirma el marcado retraso en la recepción de los conceptos psiquiátricos en nuestro país. De hecho, salvo la existencia de algún texto más temprano, la enfermedad paralítica no aparece en la literatura psiquiátrica española hasta las últimas décadas del siglo XIX y sólo adquiere una significación ---- 96 VALLEJO-NÁJERA, A. (1929), El tratamiento de la Parálisis General y otras Neurosífilis, Barcelona, Labor. Este libro, centrado pricipalmente en aspectos terapéuticos, está dividido en tres partes: Proposiciones teórico-experimentales, Manipulación de los agentes antiparalíticos y tratamiento de otras neurosífilis. 97 Además de los trabajos de Lafora en Archivos de Neurobiología sólo en esta publicación existen hasta un total de 18 publicaciones sobre neurolúes, entre los años 1920 y 1936 de autores como Villaverde, Rodríguez Arias, Valenciano.... Sin embargo, desde que en 1943, Mahoney, Arnold y Harris trataron con éxito cuatro casos de sífilis con penicilina -en EUA había comenzado la producción industrial en 1941-, la terapéutica antibiótica iba a sustituir rápidamente los tratamientos previos. 98 En la citada obra VALENCIANO GAYÁ, L., (1978), el autor realiza primeramente una revisión sobre las monografías de tres autores españoles: Jaime Vera, Gonzalo Rodríguez Lafora y Antonio Vallejo Nájera. Posteriormente, realiza un repaso a las formas clínicas, psicopatología, diagnóstico y tratamiento de la enfermedad, y además nos ofrece una casuística sobre la incidencia de PGP en el Hospital Psiquiátrico de Murcia. Los datos corresponden a un lustro -el trienio 1896-1898 y el bienio 1904-1905-, recogidos por Bernabé Guerrero Caballero, primer Director realmente psiquiatra que ejerció como tal entre 1895 y 1911. importante de la mano de la «Generación de Archivos de Neurobiología» en el siglo actual. Se carece, asimismo, de datos fiables sobre la incidencia de la PGP debido a la pobreza en las estadísticas de la época y a las deficientes clasificaciones de los internos en los asilos en el pasado siglo. Tanto este retraso en la asimilación del concepto en la literatura médicopsiquiátrica, como la escasez de datos sobre la frecuencia de la PGP en los nosocomios decimonónicos, traducen un evidente grado de desinformación de la mayoría de los médicos -generalmente no alienistas-encargados de los enfermos mentales. Asimismo, el tardío interés mostrado en la enfermedad paralítica, cuyos presupuestos orgánicos se intentaban introducir en la mentalidad anatomoclínica, detectan una lenta asimilación del proceso de somatización de la enfermedad mental llevado a cabo en nuestro país.
Cierta vez le preguntaron a Quiroga cómo hacía sus cuentos. «No lo sé -respondió-sospecho que los construyo como aquel que fabricaba los cañones haciendo ante todo un largo agujero que, luego, rodeaba de bronce» Como toda obra de arte, la narrativa de Horacio Quiroga admite múltiples interpretaciones, ya que en tanto obra viva siempre ofrecerá nuevos significados a nuevos lectores, también. Esto es así pues más allá de la aparente ironía que encierra la respuesta del epígrafe, en el centro de sus cuentos está siempre ese insondable «aguje-ro» (esa nada, por tanto) de la que mana, silenciosamente, la historia que nos quiere contar y que hace que la obra «obre». Es por eso por lo que toda tarea analítica debe detenerse justo un paso antes del agujero y resistir la tentación de cerrarlo, invocando una preocupación central que le hubiera impulsado a escribir 1. Esto no invalida, por supuesto, iluminar mediante el análisis una u otra de las dimensiones reconocibles en su obra; siempre que no perdamos de vista, reiteramos, que son momentos de una partitura que sigue su curso hasta alcanzar el silencio. Pues «en literatura -ha escrito Quiroga-el silencio es animador» 2. Probablemente la dimensión trágica de muchos de sus cuentos -esa pura imposibilidad kafkiana de todo y para todo, concomitante con la fatalidad de la experiencia que sobrellevó en su propia vida 3 -sea de las más ricas de su obra. Y es ahí donde la enfermedad, lo anormal físico o mental, gravita ora como tema central de la narración, ora como desencadenante o posibilitante de la tragedia4. Pero aunque la dialéctica de la narrativa nos induzca a creer que la enfermedad es la «causa» del sufrimiento o infortunio de los personajes, la sensación más profunda es que no es tal; sino que, por necesidad, la vida (la existencia) de los hombres es así, y la alteración fatal -enfermedad o accidente-brota del mismo lugar del que lo hace la realidad entera. ----1 Es conocida la declaración que hace Quiroga a Martinez Estrada acerca de los motivos que lo impulsan a escribir: «Y a propósito: valdría la pena exponer un día esta peculiaridad mía (desorden) de no escribir sino incitado por la economía. Hay quien lo hace por natural descarga, quien por vanidad; yo escribo por motivos inferiores, bien se ve. Pero lo curioso es que escribiera yo lo que fuere, mi prosa sería siempre la misma. Es cuestión entonces de palanca inicial o conmutador intercalado por allí: misterios vitales de la producción que nunca se aclararán.» Pero con frecuencia se omite lo que también le acaba de decir, unos párrafos más arriba, y que sitúa la cuestión en un plano bien distinto. «Este es el caso, que es el del artista de verdad. Verso, prosa: a uno y otra va a desembocar el sobrante de nuestra tolerancia psíquica. Pues vividas o no, las torturas del artista son siempre una. Relato fiel o amigo leal, ambos ejercen de pararrayos a estas cargas de alta frecuencia que nos desordena. MARTINEZ ESTRADA, E. (1966), El hermano Quiroga y cartas de Horacio Quiroga a Martinez Estrada, Montevideo, p. En: Horacio Quiroga, Todos los cuentos (Edición crítica a cargo de Napoleón Baccino Ponce de Léon y Eduardo Lafforgue para la colección «Archivos», n• 26 del C.S.I.C), Madrid: ALLCA XXe. siècle-F.C. E, 1195-1196, p. Todas las transcripciones de la obra de Quiroga que se citan en este trabajo están extraídas de esta edición crítica. 3 En una carta anterior a la citada (del 25 de julio del mismo año), Quiroga le dice a Estrada: «Si, querido compañero. Y también tengo en la memoria una frase de Emerson, correlativa de aquella: `Nada hay que el hombre no pueda conseguir, pero tiene que pagarlo ́.» Esta imposiblidad de eludir el sufrimiento se constituirá en algo valioso y, en palabras de Jitrik, en «la única arma que se posee para acercarse a las cosas con alguna coherencia.» Una obra de experiencia y riesgo, Buenos Aires: Ediciones Culturales Argentinas, p. En este trabajo nos proponemos verificar la plausibilidad de lo dicho en tres historias correspondientes a las etapas de madurez de la producción quiroguiana 5. «Los buques suicidantes» (1906) pertenece al libro Cuentos de amor de locura y de muerte, publicado por primera vez en 1917. «El desierto» (1923) aparecido en el libro homónimo de 1924 y «Los destiladores de naranjas» que vió la luz en 1923 y que integraría el volumen Los desterrados, de 1926, considerada la obra de plena madurez de Quiroga y donde su talento se despliega con mayor intensidad, elegancia y coherencia. Por supuesto, la enfermedad (lo patológico, mejor) aparece en una enorme cantidad de sus relatos y con una gran variedad de matices, expresada en un lenguaje de gran precisión técnica y adecuado a los conocimientos que la medicina científica poseía en las primeras tres décadas del siglo. Sabido es, además, el enorme interés que Quiroga profesó por el conocimiento científico y técnico 6. A la espera de un análisis exhaustivo y crítico del corpus narrativo quiroguiano, el criterio seguido en la elección de estas tres narraciones es el tipo, por así decirlo, de alteración que afecta a los protagonistas: predominantemente psíquico en «Los buques suicidantes» netamente físico por su origen, aunque con cruciales pasajes de alucinaciones en el «El desierto», y una mezcla de ambas características (el delirium tremens es causado por la intoxicación alcohólica, se sabe) en «Los destiladores de naranjas». Horacio Quiroga nació en Salto (Uruguay) el 31 de diciembre de l878. Vivió una vida tan intensa como lo mejor de su literatura, incluyendo una acumulación de muertes violentas de seres queridos inusual. Su padre, Prudencio, muere cuando el escritor contaba un año, al disparársele la escopeta de regreso de una excursión de caza. Su padrastro, Ascencio Barcos, no podrá soportar la invalidez y la afasia producidas por una hemorragia cerebral y se dispara una escopeta en el rostro, con el ----5 Los cuatro períodos más o menos aceptados por críticos y biógrafos de este autor se distribuyen así: a) de iniciación literaria, aprendizaje del modernismo y estridencias decadentistas; se registra también una oscilación entre poesía y prosa. Se clausura con la publicación de El crimen del otro (1904); b) Con Cuentos de amor de locura y de muerte (1917) se cierra el segundo período, en el que su atención está puesta en el estudio de la técnica narrativa por un lado, y del ambiente misionero por otro. Este libro, el más rico y heterogéneo (Rodriguez Monegal) recoge también obras del período anterior; c) Hacia 1926 aparece Los desterrados, con lo que concluye el tercer período; es la plenitud de Quiroga y, para muchos, su última gran obra; d) en efecto, en 1935 aparecerá Más allá, conjunto de once relatos (cuatro de los cuales son anteriores a Los desterrados), que marcarán la «decadencia» del narrador. Entrecomillamos pues el juicio no es unánime al respecto. «Actualidad de Quiroga», en QUIROGA (1993), XXXV-XLIV. Actualmente estamos elaborando una tesis doctoral sobre la imagen de la enfermedad en la narrativa quiroguiana, vista desde una perspectiva antropológica amplia. Hasta donde sabemos, esta problemática no ha sido abordada con especificidad hasta el presente. 6 Con respecto al enorme interés que tenía Quiroga por todo lo que se relacionara con la ciencia (cuyo lenguaje permea toda su obra e incluso su correspondencia) véase SARLO, B. (1993) «Horacio Quiroga y la hipótesis técnico-científica»; y PUCCINI, D. (1993), «Horacio Quiroga y la ciencia». El joven Quiroga será el primero en acudir al oírse el disparo (noviembre de 1896). En 1901 perderá, a causa de la fiebre tifoidea, a dos hermanos mayores, Prudencio y Pastora. El 5 de marzo de 1902 y mientras está examinando una pistola con la que su amigo Federico Ferrando piensa batirse a duelo, se le escapa un tiro que acaba con la vida de éste. Siete años después de un tormentoso noviazgo se casa con Ana María Cirés, el 30 de diciembre de 1909. Instalados en Misiones, nacen allí dos hijos, Eglé y Darío. Luego de seis años de tensa convivencia, las frecuentes depresiones de Ana María la llevan al suicidio. Muere el 14 de noviembre de 1915, luego de tres días de agonía plenos de arrepentimientos y reconciliaciones inútiles. Finalmente, no sólo Quiroga mismo sale voluntariamente al encuentro con la muerte (18 de febrero de 1937) cuando sabe que tiene cáncer de vejiga, sino que el mismo destino alcanzará a sus hijos mayores; Eglé se suicida en 1948 y Darío lo hará pocos años después. Esta sucesión de muertes hallará eco en su narrativa, sin duda. Primero como una necesidad interna de su estilo modernista (como en la primera historia que analizamos), bajo el influjo de sus maestros: Poe, Baudelaire, Maupassant, Kipling, Dostoiewski. Más tarde será una posibilidad cierta de seres, humanos y no humanos, arrojados a una existencia inerme en la selva hostil, como en Los Desterrados. Tal vez Quiroga fue un desterrado, pero lo fue de sí mismo, un exiliado de la existencia al que un medio elemental, agresivo y peligroso como la selva misionera le permitió hacer lo mejor de su literatura. Una literatura donde la muerte, a fuerza de ser convocada, cede algo de su absurdo radical y se hace un poco más inteligible. En palabras de A. Visca fue «...un hombre que parece, al mismo tiempo, vivir buscándose a sí mismo e intentando fugarse de sí en todo instante, como si recubriera con mil máscaras el rostro verdadero...[y que] hunde su vida en la selva para encontrarse a sí mismo y la hunde también para olvidarse de sí». Fue profesor de castellano y literatura, escritor profesional, juez de paz, diplomático y agricultor. Escribió cerca de ciento sesenta y seis cuentos, dos novelas, seis novelas cortas, dos obras de teatro, un libro de texto escolar (en colaboración), guiones de cine, artículos periodísticos y de crítica. Dejó también una copiosa correspondencia, que aún hoy no ha sido agotada por los estudiosos de su obra y que ha permitido componer, hasta cierto punto, la imagen del Quiroga interior. Sus cenizas descansan en su Salto natal, en una urna que ostenta su rostro y está realizada en madera de Misiones. Enfermedad y enigma: «Los buques suicidantes». En este relato, Quiroga toma un tema bastante conocido y trabajado en la literatura fantástica de su época7; los buques que navegan a la deriva y cuya tripulación ha desaparecido misteriosamente. En los primeros cuatro párrafos el tema es introducido por el narrador, quien discurre sobre los peligros que estos navíos sin gobierno suponen para la navegación nocturna y a los que imputa no pocas desapariciones de barcos. Acto seguido arriesga, maliciosamente, una explicación «natural» de estos sucesos, de manera tal que el contraste con lo que se relatará luego sea mayor. «El principal motivo de estos abandonos de buque son sin duda las tempestades y los incendios que dejan a la deriva negros esqueletos errantes» 8 Para introducir, magistralmente y con dos palabras, excepciones a este tipo de causalidad: «pero hay otras causas singulares entre las que se puede incluir lo acaecido al María Margarita...»9 Se sabe enseguida que luego de dos días de navegación y cuatro horas después de comunicarse normalmente con otro navío, el María Margarita dejó de responder a otros llamados y al ser abordado se lo halló desierto. Esta situación es descrita por Quiroga de manera cinematográfica, se podría decir: «En el buque no había nadie. Las camisetas de los marineros se secaban a proa. La cocina estaba prendida aún. Una máquina de coser tenía la aguja suspendida sobre la costura, como si hubiera sido dejada un momento antes. No había la menor señal de lucha ni de pánico, todo en perfecto orden. ¿Que pasó? 10 La alusión a la máquina de coser es, sin duda, un toque de genialidad por parte de nuestro autor. Pocas cosas deben dar una sensación de extrañeza como una aguja ----suspendida sobre una costura, en un tiempo indefinido en el que el ordenamiento y secuencia normales de las cosas ha sido alterado. Se advierte, además, que la ausencia humana está doblemente señalada, al comienzo y al final del párrafo. En este momento se participa al lector que el narrador aprendió esto en una travesía marítima y en una reunión en el puente, donde el capitán contaba a sus interlocutores esta historia. La respuesta a la interrogante con que termina el párrafo citado va a ser dada por otro relato, a cargo de uno de los pasajeros, apenas caracterizado por Quiroga, pues sólo se dice que es discreto. Es cierto, también, que no debe olvidarse la feroz economía narrativa a la que el escritor uruguayo sometía sus historias. Después de narrar el primer encuentro con un barco abandonado y la desaparición de los ocho marineros que habían quedado a cargo del gobierno del mismo, el pasajero relata su propia experiencia en aquél, aumentando la espiral de tensión del relato. «Como ustedes comprenderán, el terror supersticioso de nuestra gente llegó a su colmo. A la larga se animaron a llenar vacío, y yo fuí con ellos. Apenas a bordo, mis nuevos compañeros se decidieron a beber para desterrar toda preocupación. Estaban sentados en rueda, y a la hora la mayoría cantaba ya»11. De inmediato, Quiroga nos va a deslizar, insensiblemente, de lo normal a lo anormal, a una situación de extrañamiento, que no obstante, no interrumpe la naturalidad de la narración y que no quedará sin un intento de explicación. Esta explicación vendrá dada con categorías y términos de la psicología de la época, lo que no hace más que aumentar la ambigüedad y misterio de la situación. Como los grandes escritores, el uruguayo sabía perfectamente que lo extraño es lo cotidiano mismo apenas modificado, si se lo sabe ver, claro, y no tanto lo que le trastorna. El lector tiene la sensación que la historia queda suspendida en el aire, como un acorde imperfecto. Vale la pena transcribir el párrafo en el que se produce la primera muerte: «Llegó el mediodía y pasó la siesta. A las cuatro, la brisa cesó y las velas cayeron. Un marinero se acercó a la borda y miró el mar aceitoso. Todos se habían levantado, paseándose, sin ganas ya de hablar. Uno se sentó en un cabo arrrollado y se sacó la camiseta para remendarla, cosió un rato en silencio. De pronto, se levantó y lanzó un largo silbido. Sus compañeros se volvieron. El los miró vagamente, sorprendido también, y se sentó de nuevo. Un momento después dejó la camiseta en el rollo, avanzó a la borda y se tiró al agua. Al sentir el ruido, los otros dieron vuelta la cabeza, con el ceño ligeramente fruncido. Pero enseguida parecieron olvidarse del incidente, volviendo a la apatía común.»12 Uno a uno, los seis marineros se arrojan al agua sin que se registre la menor perturbación en los que iban quedando. ----«Entonces quedé solo, mirando como un idiota el mar desierto. Todos sin saber lo que hacían, se habían arrojado al mar, envueltos en el sonambulismo moroso que flotaba en el buque. Cuando uno se tiraba al agua los otros se volvían momentáneamente preocupados, como si recordaran algo, para olvidarse enseguida. Asi habían desaparecido todos y supongo que lo mismo los días anteriores, y los otros y los demás buques. Introduciendo un estado patológico vago, que sitúa simultáneamente fuera de los humanos, ya que «flotaba en el buque», y dentro de ellos, desde que los impulsa a arrojarse al mar, ( podría hablarse de monomanía, quizá) Quiroga logra no violentar el clima de absoluta naturalidad de lo sucedido hasta el momento. Pero a la vez introduce una honda perturbación en quienes lo escuchan y en los lectores, claro. Como decíamos más arriba, cuanto más natural, ordinario y cotidiano es el marco donde irrumpe una anomalía, más inquietud produce. Naturalmente, el personaje debe explicar por qué no corrió la misma suerte que los otros 14, y es interrogado sobre lo que sintió: «Sí; un gran desgano y obstinación de las mismas ideas pero nada más. No se por qué no sentí nada más. Presumo que el motivo es este: en vez de agotarme en una defensa angustiosa y a toda costa contra lo que sentía, como deben de haber hecho todos y aún los marineros sin darse cuenta, acepté sencillamente esa muerte hipnótica, como si estuviese anulado ya» 15. Un expediente tan sencillo (y original a la vez) no puede ser aceptado tan fácilmente por una audiencia de la que se supone no carece de escepticismo. El calificativo de farsante, imputado al extraño pasajero por el desconfiado capitán, es replicado por otro pasajero quien sostiene que si hubiera sido tal, no habría podido dejar de pensar en lo que obsesionó al resto y se hubiera arrojado al agua también. En lo que respecta al recurso explicativo mismo -una enfermedad rara, un estado mental morboso caracterizado por la idea persistente del suicidio-referido apenas como un «sonambulismo moroso» que conducía a una «muerte hipnótica», Quiroga es parco en explicaciones etiológicas, y todo lo que sabemos de los síntomas es lo relatado por el pasajero en los párrafos transcriptos. No deja de ser sorprendente, eso sí, la estrategia mediante la que evita ser vencido por el morbo. La aceptación del mal como expediente para poner en evidencia su carácter ilusorio, y en un mismo movimiento quitarle realidad y vencerle, más parece una actitud oriental que un recurso de terapéutica occidental de la época. Veamos que sucede en las otras historias. 14 Jitrik hace un interesante parangón entre este relato y el mito de Teseo, en una reflexión sobre literatura y experiencia: el héroe siempre es sospechoso de cometer engaño, puesto que el enigma no lo ha vencido (devorado o matado). Es que quizá para él, agregamos, no hay enigma. Enfermedad y soledad: «El desierto». El tema que parece preocupar a nuestro autor, en esta historia, es el de la precariedad de la existencia humana, si no es el de la soledad esencial que la acecha. Para esto imagina un cuento -con fuerte acento autobiográfico-en el que la muerte del protagonista deja en evidencia el desamparo en el que quedan sus pequeños hijos. Desamparo en el que ya estaban los personajes y cuyas coordenadas son la hostilidad de la selva, el aislamiento y la reciente viudez de Subercasaux, el protagonista. Como veremos es este contexto el que permite que un hecho relativamente menor desencadene la tragedia. En la primera parte de la narración se describe la vida que el trío llevaba en Misiones (provincia del nordeste de Argentina donde transcurren casi todas las historias de Quiroga en las que el escenario es la selva) y el tipo de educación -poco ortodoxa-que recibían los niños y que se centraba en saber valerse por sí mismos. Si bien la ausencia de la figura femenina se echa en falta, Subercasaux parece bastarse con las tareas de la casa, que se agregaban a las de su trabajo en el monte. Es en medio de la descripción de la vida cotidiana, tranquila, natural, donde van a surgir insensiblemente los elementos que compondrán la tragedia. Luego de hacer mención a la ingrata tarea de barrer el patio, (tarea que el protagonista consideraba exclusivamente femenina) Quiroga introduce, como al pasar, la causa externa de aquélla: «En esa suelta arena sin remover, convertida en laboratorio de cultivo por el tiempo cruzado de lluvias y sol ardiente, los piques se propagaron de tal modo que se les veía trepar por los pies descalzos de los chicos»16. Los piques son un tipo de pulga que prospera en lugares de tierra o cenizas suelta. Caminan empinados por la piel, la perforan con gran rapidez y llegan a la carne viva donde depositan sus huevos. Son parte inseparable de esa región y molestos compañeros de sus habitantes. Sabemos, por Quiroga, que salvo en rarísimos casos ( y justamente el relato es uno) estos parásitos no producen grandes complicaciones: «la extracción del pique o la nidada no suelen ser molestos, ni sus heridas se echan a perder más de lo necesario. Pero de cien piques limpios hay uno que aporta una infección, y cuidado entonces con ella»17. Con un relato neutral, casi científico, nuestro autor pasa de lo general a lo particular, humanizando en una espiral de tensión un elemento que pertenece al orden cósmico, impersonal, por así decirlo: ----«Subercasaux no lograba reducir una infección que tenía en un dedo, en el insignificante meñique del pie derecho. De un agujerillo rosa había llegado a una grieta tumefacta y dolorosísima que bordeaba la uña. Yodo, bicloruro, agua oxigenada, formol, nada había dejado de probar. Subercasaux reconocía que en otras condiciones de vida habría logrado vencer la infección, la que sólo pedía un poco de descanso. El herido dormía mal, agitado por escalofríos y vivos dolores a altas horas»18. En esta pésima condición la atención de los pequeños se convirtió en una tarea titánica, que le decidió a salir en busca de personal de servicio. La densa descripción de este viaje, remontando un río que crecía por minutos, incluye un episodio que a la postre resultará fatal. Para utilizar la canoa con la que habitualmente viajaba por el río era menester quitarle el agua que se había acumulado en su interior: «Metidos en el agua a ambos lados de la canoa baldeaban de firme. Subercasaux, en un principio, no se había atrevido a quitarse las botas, que el lodo profundo retenía al punto de ocasionarle buenos dolores arrancar el pie. Descalzóse, por fin, y con los pies hundidos como cuñas en el barro pestilente, concluyó de agotar la canoa...»19. La infección generalizada subsiguiente -provocada por el contacto con «el barro pestilente»-irá venciendo las resistencias del protagonista y, paulatinamente, sumergiéndole en un delirio febril, cuyo contenido expresará la carencia y soledad en que se halla. Aparentemente pueril, este delirio encubre y descubre, a la vez, el ominoso desenlace hacia el que la narración se dirige: «Como un sueño lejano, como una dicha de inapreciable rareza que alguna vez poseyó, se figuraba que podía quedar todo el día en cama, caliente y descansado, por fin, mientras oía en la mesa el ruido de las tazas de café con leche que la sirvienta -aquella primera gran sirvienta-servía a los chicos (...). Y el día avanzaba, y el enfermo creía oír el feliz ruído de las tazas, entre las pulsaciones profundas de su sien de plomo. ¿Qué dicha oir aquel ruido!... Descansaría un poco, por fin...»20. Por supuesto, el ensueño y la sensación de liberación que le aportaba es duramente quebrado por el reclamo de atención de los niños. A medida que la enfermedad avanza, Subercasaux tendrá menos fuerzas para dejar el lecho y los delirios que le colmaban de felicidad. Finalmente alcanzará la certidumbre de que ha llegado al final de su vida: ----«En el brazo derecho, desde el codo a la extremidad de los dedos, sentía ahora un dolor profundo. Quiso recoger el brazo y no lo consiguió. Bajó el impermeable, y vió su mano lívida, dibujada de líneas violáceas, helada, muerta. Sin cerrar los ojos pensó un rato en lo que aquello significaba dentro de sus escalofríos y del roce de los vasos abiertos de su herida con el fango infecto del Yabebirí, y adquirió entonces, nítida y absoluta, la comprensión definitiva de que todo él también se moría -que se estaba muriendo» 21. A su sufrimiento físico se agrega ahora, en un crescendo notable, la penuria de imaginar el desamparo en que quedarán sus hijos. Bordeando el melodrama, la narración culmina con el agravamiento final del personaje y una exhortación a los niños para que puedan sobrellevar su ausencia. Quiroga vuelve a intercalar aquí (como lo hiciera en «A la deriva») un pasaje en el que el enfermo experimenta una suerte de mejoría, o relajamiento, previo a la muerte: «Abrió otra vez los ojos, y al abrirlos sintió que su cabeza caía hacia la izquierda con una facilidad que le sorprendió. No sentía ya rumor alguno. Sólo una creciente dificultad sin penurias para apreciar la distancia a la que estaban los objetos... Y la boca muy abierta para respirar. Oiganme bien, chiquitos míos, porque ustedes son ya grandes y pueden comprender todo... Voy a morir, chiquitos... Pero no se aflijan... Pronto van a ser ustedes hombres, y serán buenos y honrados...» 22. Resistiéndonos a la tentación -bastante difundida en la exégesis quiroguiana-de interpretar el cuento como un ejemplo de «la lucha del hombre contra la naturaleza», o de considerar a ésta como la causa del infortunio del protagonista 23 podemos plantear que la infección mortal no es más que una manifestación del desamparo en que está Subercasaux, como una materialización de la soledad que el cuento trasunta desde el primer párrafo hasta el último. Quizá sea precisamente ahí donde está el genio de Quiroga; en poder dar forma literaria a un estado de ánimo (o del ser, que es lo mismo) por así decirlo, y desplegarlo en una narración simple, eficaz y verosímilmente «naturalista», pues aún las alucinaciones que la fiebre provoca en el protagonista tienen un contenido concreto. Aunque para nosotros, los lectores, signifiquen el agravamiento que lo conducirá a la muerte. Quiroga parece recuperar aquí la gravedad de la existencia, de toda existencia, como modulación de un cosmos que no conocemos. Como se ve, la selva puede ser el desierto. 23 Como sostiene, p. ej. I. FREIRIA en: «Sobre el proceso creativo en Horacio Quiroga: El desierto y El hombre muerto», Rev. de Estudios Hispánicos, 6, 1979, pp. 70-76. Veamos, por fin, cómo la enfermedad se presenta en su forma quizá más trágica, el destierro, en la tercera historia que comentaremos 2.3. Enfermedad y destierro: «Los destiladores de naranjas» En este relato Quiroga propone la conjunción de unos peculiares personajes, patéticamente humanos, con una empresa cuasi inverosímil que, otra vez, terminará en tragedia para uno de ellos. Se trata de la fabricación de aceite esencial de naranja a partir de un complicado proceso de fermentación. El doctor Else es un joven y brillante biólogo sueco, que como nos informa el mismo Quiroga, fue contratado por el gobierno de Paraguay al comenzar el siglo, junto a otros profesores universitarios e industriales. Su tarea era organizar los laboratorios de los hospitales; tarea que al principio acometió con entusiasmo y fuerza. Pero no pudo escapar a la fatalidad que ronda a los personajes quiroguianos: «Luego sus bríos se aduermen. El ilustre sabio paga al país tropical el pesado tributo que quema como en alcohol la actividad de tantos extranjeros, y el derrumbe no se detiene ya» 24. Después de una ausencia de quince o veinte años vuelve a aparecer en Misiones, exhibiendo como única finalidad en su vida -además de beber todo, claro está-hacer probar a quién lo desee la fortaleza del palo que utiliza como bastón. 25 El segundo personaje es el manco Luisser, que ya ha sido introducido por el autor en un cuento anterior «Tacuara Mansión» publicado en 1920 y que luego pasó a integrar «Los desterrados». Este individuo parece ser una proyección de uno de los aspectos de la personalidad de Quiroga más notorios: la capacidad de acción y de inventiva 26. 25 Esta extraña conducta, propia de alguien a quien podríamos llamar «loco», ilustra la profunda y amarga concepción de la normalidad que trasunta la narrativa quiroguiana. Iber Conteris lo ha visto bien: «Por «locura», al referirnos a la obra de Quiroga, debe entenderse algo más inclusivo, más próximo a la «normalidad» de la naturaleza humana. En realidad la necesidad que experimenta Quiroga es la de tocar los límites de esta naturaleza (...) El asunto en sí es siempre un pretexto para comunicar su más entrañable visión del universo; el fracaso de la empresa humana en todos sus órdenes. La frustración del amor, de la existencia y de la razón. El Dr. Else (...) experimenta este triple fracaso. «El amor, la locura, la muerte» (en: FLORES, A. (1976), comp., Aproximaciones a Horacio Quiroga, Monte Avila Editores, Caracas, 151-156; p.153 26 Jitrik considera a la actividad como uno de los cuatro elementos básicos que permiten entender la narrativa del uruguayo; los otros tres son el sentido de la experiencia, la soledad y la muerte. «Su orgullo, en verdad, consistía en un conocimiento más o menos hondo de todas las artes y oficios, en su sobriedad ascética y en dos tomos de «L ́Enciclopedie» (...) planeaba siempre pequeñas industrias de consumo local, o bien dispositivos asombrosos para remontar el agua por filtración, desde el bañado del Horqueta hasta su casa (... ) había ensayado sucesivamente la fabricación de maíz quebrado (...) de mosaicos de bleck y arena ferruginosa, de turrón de maní y miel de abejas (...) de tintura de lapacho, precipitado por la potasa; y de aceite esencial de naranja...»27. Junto a un tercer personaje, el químico Rivet -que también se ha convertido en un ex-hombre gracias al alcohol-se dan a la tarea de fabricar este aceite. Esta empresa es descrita en un tono entre grotesco y heroico, pues el complemento de los terribles esfuerzos que el manco hace para obtener ese producto es la perspectiva de inacabables borracheras gratuitas, a base del alcohol de naranja que la fermentación producía. De Else se nos informa que además de beber no hacía otra cosa que dar paseos: «En todas las picadas se lo hallaba con sus zapatillas sin medias y el continente eufórico. Fuera de beber en todos los boliches y todos los días, de 11 a 16, no hacía nada más. Tampoco frecuentaba el bar, diferenciándose en esto de su colega Rivet»28. Pero le une al químico francés el mismo trasunto de soledad y, más aún de desolación, en el que arrastraban sus existencias. Vale la pena transcribir el final del párrafo anterior, pues el talento de Quiroga le permite transmitir esto con imágenes difícilmente superables: «Pero en cambio solía hallárselo a caballo, a altas horas de la noche, cogido de las orejas del animal, al que llamaba su padre y su madre con gruesas risas. Paseaban así horas enteras al tranco, hasta que el jinete caía por fin a reir del todo»29. De manera inteligente, Quiroga introduce períodos de tregua en semejante existencia: dos o tres veces al año el Dr. Else recibía la visita de una hija, presuntamente adoptada, durante las cuales se abstenía de beber. En esta muchacha, delgada, vestida siempre de negro, de aspecto enfermizo y mirar hosco, como se nos informa, se va a anudar el trágico final de la narración. En efecto, el empeño del manco llegó a producir vino de naranja que le permitiría obtener un alcohol que hubiera sido comercializable, de no ser por problemas técnicos y porque la insaciable sed de alcohol de Else le hacía tomarse las muestras que el manco trabajosamente preparaba para enviar a Buenos Aires. En esta fase final de su alcoholismo se produce la última, y fatal, visita ----de la hija. Quiroga va a preparar un desenlace grandioso, en donde incluirá la descripción de un proceso de delirium tremens de una realidad sobrecogedora. La naturaleza tropical prestará también un sombrío marco a la tragedia: «El cielo, denso y lívido, como paralizado de pesadez, no presagiaba nada nuevo, tras mes y medio de sequía. Al llegar la lancha, en efecto, comenzó a llover. La maestrita (...) pisó la orilla chorreante bajo agua; subió bajo agua en el carrito, y bajo agua hicieron con su padre todo el trayecto, a punto de que cuando llegaron de noche al Horqueta no se oía en el solitario pajonal ni un aullido de zorro, y sí el sordo crepitar de la lluvia en el patio de tierra del rancho»30. Sin solución de continuidad e intercalando apenas una coma nuestro autor pasa de la descripción del tiempo atmosférico, homogéneo y sin más contenido que la incesante lluvia, al tiempo subjetivo, heterogéneo y alucinado, que el alcohol crea en la imaginación de Else. A la vez comienza a materializarse el presagio deslizado en el párrafo recién citado: «Llovió toda la noche y todo el día siguiente, sin más descanso que la tregua acuosa del crepúsculo, a la hora en que el médico comenzaba a ver alimañas raras prendidas al dorso de sus manos»31. A partir de este momento el delirio no soltará al protagonista, y la narración entra en un crescendo que se resolverá con la muerte de la hija -y presumiblemente con la de Else-a quien éste confunde con una rata. El pasaje pertinente es resuelto por Quiroga de manera magistral, superponiendo y fundiendo, desde la posición del narrador, la realidad alucinada del alcóholico con la de la hija, que ha venido a perturbar inconscientemente una soledad verdaderamente inmodificable: «Desde las tinieblas comenzaban ya a asomar el hocico bestias innumerables. Del techo se desprendían cosas que él no quería ver. Todo su terror sudoroso estaba ahora concentrado en la puerta, en aquellos hocicos puntiagudos que aparecían y se ocultaban con velocidad vertiginosa. Algo como dientes y ojos asesinos de inmensa rata se detuvo un instante contra el marco, y el médico, sin apartar la vista de ella cogió un pesado leño: la bestia, adivinando el peligro, se había ya ocultado. Un instante, el hombre creyó distinguir entre el crepitar de la lluvia, un ruído más sordo y nítido. De golpe, la monstruosa rata surgió en la puerta, se detuvo un momento a mirarlo y avanzó por fin contra él. Else, enloquecido de terror, lanzó hacia ella el leño con todas sus fuerzas»32. ----Naturalmente, la rata era su hija. La historia se cierra con una catártica escena en la que el perdón implícito de la desdichada no hace sino más que amplificar la desolación del padre. Creyendo enfrentar un monstruo, comete un acto monstruoso. Paradójicamente el retorno al delirio significará un alivio al horrible padecimiento que la toma de consciencia de su acto supuso, y que sólo ha podido expresar con la palabra «hijita», apenas murmurada. El párrafo que cierra la historia deja abiertas dos posibilidades: el derrumbe definitivo del protagonista o su muerte: «El ex-hombre tuvo aún tiempo de dejar caer ambas manos sobre las piernas, en un desplome y una renuncia más desesperados que el más desesperado de los sollozos de que ya no era capaz. Y ante el cadáver de su hija, el doctor Else vió otra vez asomar en la puerta los hocicos de las bestias que volvían a un ataque final» 33. En estas tres narraciones podemos identificar otras tantas metáforas de la enfermedad: como enigma, soledad y destierro. Quizá deberíamos decir como consumaciones de éstos, pues la armonía interna que exhiben hace que la distancia entre la metáfora y lo metaforizado sea prácticamente nula. En «Los buques suicidantes» los términos cuasi-médicos utilizados para explicar la extraña conducta de los marineros suicidas son perfectamente aplicables a las mismas naves, por así decirlo. Podemos predicar de ellos, también, un estado de sonambulismo moroso o muerte hipnótica sin violentar el texto. Con estos dos estados de consciencia, que no son en sí mismos nada espectaculares, Quiroga nos introduce en lo enigmático, en lo desconocido, que tradicionalmente ha estado asociado a la alteración mental. Justamente, lo que provoca extrañeza y temor ante el alienado, es que para nuestra percepción primaria no tiene nada en el cuerpo que indique enfermedad, sino que un aspecto de su persona (el comportamiento) está alterado. Los marineros parecen estar en sus cabales...no obstante se arrojan al agua, uno a uno. Y Quiroga hace aún más; el personaje que relata la historia debe explicar cómo pudo eludir ésta, y con ello se nos muestra en qué consiste la literatura -en realidad todo arte-: en mostrar y ocultar, a la vez, aquello que quiere ser mostrado, pues la explicación es dudosamente verosímil. Otra es la actitud de Subercasaux. En esta narración, el contexto en el que irrumpe la enfermedad es de lucha y resistencia. Pero desde el momento en que la soledad que atraviesa la narración es una soledad en cierto modo buscada, la lucha es consigo mismo, por imponerse una extrema instalación en el mundo. En efecto, la deliberadamente idílica descripción de la vida que el protagonista y sus pequeños hijos llevan, es puesta en entredicho a partir de un hecho tan trivial como es quedarse sin ----33 QUIROGA (1993), p. Esta situación adquiere una importancia decisiva desde que es la deseperada busca de una reemplazante la que producirá, accidentalmente, la fatal complicación en su pie infectado. Quiroga nos hace ver aquí que bajo determinadas condiciones de vida, el menor percance pone de relieve, por oposición, la aplastante dureza de la vida en el monte. En sí mismo, éste no es ni bueno ni malo, sino que es nuestro destino el que lo transforma. Precisamente, el centro de gravedad de la narración parece estar en la reflexión que el propio Subercasaux hace, ante la infección inicial, (como vimos en el párrafo transcrito más arriba) acerca de condiciones de vida y procesos morbosos. Además, este último es descrito con lo que podríamos llamar un rigor fenomenológico extraordinario, que no hace más que resaltar el desamparo en el que el protagonista enfrentará a la muerte y a la perspectiva de dejar a sus hijos en el abandono más completo. Paradójicamente, lo que le mata no es tanto la complejidad y exuberancia de la selva -de la que es tópico decir que abunda en peligros-sino el desierto en el que se ha convertido su vida y que no por azar da título a la historia. De manera complementaria la tragedia que envolverá al Dr. Else puede leerse como el triunfo de la selva elemental, contra la que nada podrán las certidumbres de la sabiduría moderna, científica, con la que había sido dotado en su país de origen. Pagará «al país tropical el pesado tributo que quema como en alcohol la actividad de tantos extranjeros.» El vacío que provoca el movimiento de huída del mundo burgués e ilustrado del que parecen provenir esos desdichados (también es la situación del químico Rivet ) es llenado por el alcohol, (mejor, por el alcoholismo). Pero a diferencia del Hans Castorp de «La montaña mágica», la enfermedad no los redime, ni es la ocasión para encontrar un sentido más elevado de la vida. Por el contrario no hace más que degradarlos e infantilizarlos (recuérdese el orgullo que Else sentía por su bastón) hasta convertirlos en ex-hombres, en desterrados en un destierro más existencial y esencial que físico. Aún quienes se han salvado del alcohol tampoco son seres íntegros. En el personaje del manco Luisser (un migrante interno, según nos informa Quiroga al introducirlo en la narración, y que ha perdido el brazo en Buenos Aires) la integridad psíquica y el temperamento creativo y emprendedor que exhibía se compensa con la falta del miembro. El alcoholismo es el último significado que Else ha hallado para su existencia, apenas balanceado por el afecto a la hija adoptiva, y que no podrá superar a aquél. La alteración mental que desencadena el alcoholismo parece provenir del fondo mismo de su ser y presenta una consistencia ontológica. Por el contrario, la infección que provocará el delirio de Subercasaux parece provenir de fuera del mismo. Lo mismo podríamos postular para la locura colectiva que arrojaba al agua a los desdichados marineros. Pero -y esto es lo que permite la literatura-las tres historias testimonian la dimensión trágica de la vida. Se nos permitirá concluir, entonces, que en las dos primeras narraciones, especialmente, la fatalidad es un momento más de una misma realidad, una forma extrema de expresarse, pero nada más. Aunque trágica, no es contradistinta de lo que le
Cuando, hace ya seis años, Angel González de Pablo y yo comenzamos a trabajar en la historia del magnetismo animal y el hipnotismo en el marco de un primer proyecto financiado por la Dirección General de Investigación del Ministerio de Educación y Ciencia 1, contábamos con la certidumbre de encontrar no pocos elementos marginales en nuestra investigación. Sin ir más lejos, la propia teoría de Mesmer y lo que de ella fueron haciendo médicos y legos era, desde su nacimiento, marginal respecto de los cánones de las Academias científicas. De hecho, en ello radicaba buena parte de nuestro interés. En mi caso, a lo largo de mi trabajo como historiador de la medicina he intentado dejar constancia de mi deuda con quienes me incitaron a realizar esta tarea adoptando en lo posible la perspectiva del paciente. Y en esta perspectiva las teorías médicas que consiguen la adhesión de los enfermos, especialmente si además se encuentran con la oposición de la medicina oficial, resultan particularmente atractivas. El magnetismo animal es una de ellas. Su nacimiento estuvo rodeado -y se vio favorecido-por una constelación de «prodigios» de diversa índole que una sociedad en crisis, la del «fin de Las ----1 En este primer proyecto formó parte del equipo investigador Antonio Diéguez, quien más tarde no pudo mantener su colaboración. Otros autores españoles y extranjeros colaboraron con nosotros en la elaboración del libro: MONTIEL, L.; GONZALEZ DE PABLO, A. (Coords.) (2003). Estudios sobre la historia del magnetismo animal y del hipnotismo. Luces»2, buscaba con afán para hacer frente a una realidad tan promisoria como amenazante. En medio de este panorama de globos aerostáticos, linternas mágicas y anuncios en la prensa de hipotéticas maravillas que, a la postre, resultan ser meros embustes, pero que atraen a gran número de personas de toda condición, el mesmerismo proponía nada menos que la curación de las enfermedades de una manera eminentemente natural, poco agresiva y cuya explicación era fácilmente asumible por el público informado a través de esa misma prensa y de las tertulias. Desde el punto de vista de su entrada en sociedad la doctrina del magnetismo animal resulta cuando menos equiparable a la teoría de la evolución, si es que no la supera en algunos aspectos. Pero, además, por sus peculiares características, la práctica mesmérica, y después de ella -y no al contrario-la teoría, condujeron rápidamente hacia territorios que desbordaban los márgenes de la terapéutica, de la medicina incluso, constituyendo una antropología alternativa en la que tenía cabida el más allá. Esta deriva salía, quizá sin pretenderlo, al encuentro de demandas informuladas, de malestares no reconocidos de la cultura occidental. Como algunos de los trabajos aquí presentados intentan mostrar, si el magnetismo animal no es el padre biológico del espiritismo es, desde luego, su eficaz y benévolo padrino3. Y, en la perspectiva que acabo de esbozar, ambas doctrinas cifraron su éxito social no tanto en el rigor de su pensamiento y de sus métodos de trabajo cuanto en las expectativas de sus destinatarios; expectativas que, salvo en el caso de no pocos oportunistas, eran compartidas por quienes las proponían al conjunto de la sociedad. Por razones análogas a las mencionadas en nuestro caso, el ocultismo en su conjunto, y el espiritismo en particular, interesan a los historiadores sociales y de la cultura. Como fenómeno de masas en una época reciente -y que probablemente aún no hemos abandonado 4 -exige una reflexión sosegada que, afortunadamente, se está realizando 5. Pero, por motivos comprensibles, ----en este campo no siempre está presente la investigación historicomédica. Ello lo hace especialmente atractivo en nombre de uno de los mots d'ordre de nuestro tiempo: el trabajo interdisciplinar. En esta perspectiva se encuadra la presente colección de trabajos. Participamos en ella tres historiadores de la medicina -Angel González de Pablo, Thomas Müller y yo mismo-y una historiadora «pura» -Nicole Edelman-de cuya cualificación en el tema dan prueba algunas de las precedentes referencias. Por razones cronológicas, el primero de los trabajos es aquél del que soy autor. Parafraseando el título de la obra primeriza -pero revolucionaria-de Nietzsche (El nacimiento de la tragedia en el espíritu de la música), intenta describir el nacimiento del espiritismo en el espíritu -y en la práctica-del magnetismo animal en el momento y el lugar en que esta teoría encontró las mejores condiciones para desarrollarse: la Alemania romántica. El texto se apoya en el análisis de tres casos especialmente significativos, procedentes de dos médicos de orientaciones radicalmente distintas en el seno de la investigación magnética: Dietrich Georg Kieser y Justinus Kerner. En él se muestra también la estrecha conexión de ambas doctrinas -el magnetismo animal y el naciente espiritismo-con la figura, decisiva, de la paciente histérica (con todas las cautelas que hay que aplicar al justamente malfamado diagnóstico retrospectivo 6 ). El caso del artículo de Nicole Edelman, el segundo de la serie, resulta especialmente ejemplar respecto de la situación antes descrita. Reconocida especialista en la historia de «lo paranormal» en la Francia contemporánea, se había encontrado con la medicina de la mano de las guérisseuses del más antiguo de sus libros citados, así como de los magnetizadores y los sonámbulos profesionales que florecieron a plena luz del día o en una soportable clandestinidad en la Francia del siglo XIX. Pero la invitación a participar en el presente dossier le permitió lanzarse al estudio del papel de los médicos en la historia de la filosofía espiritista con los resultados que el lector podrá com-----probar; resultados que muestran no sólo la construcción de una teoría médica espiritista, sino también las tensiones socioprofesionales suscitadas por su mera existencia. El tercer estudio, de Angel González de Pablo, se centra en la llegada a España en 1853 del fenómeno de las tables tournantes. Procedente de la vecina Francia, y llevando ya aparejada la doctrina espiritista de cuyo nacimiento da cuenta el trabajo de Nicole Edelman, llamó enseguida la atención del público en general, y también del público médico. Durante un corto lapso de tiempo -el estudiado en el artículo-el asunto ocupó un importante espacio en algunas revistas médicas españolas. Esta «primera oleada espiritista», a la que sucedió un período de silencio en este tipo de prensa, constituye un temprano ejemplo de las relaciones entre ocultismo y medicina. El último trabajo de la serie, obra del profesor de Ulm Thomas Müller, se centra en la Alemania de finales del siglo XIX y está claramente orientado hacia el contexto socioprofesional. En él se analiza la actitud de un grupo profesional de perfiles aún mal definidos, el de los psiquiatras, ante el desafío representado por la casuística de fenómenos paranormales -concretamente de aparición de fantasmas-ofrecida al público de manera insistente por la activa prensa ocultista de la época, sobre el fondo de una actitud claramente hostil a estos fenómenos por parte de las autoridades. Aunque ésta sea la línea maestra del trabajo, en él no se elude la consideración historicocultural sobre el posible papel compensador de las creencias espiritistas en la sociedad alemana, y tal vez en la occidental en su conjunto, de la época.
La biografía se centra en las tres principales actuaciones públicas de Sentiñón: el internacionalismo anarquista, el librepensamiento y la introducción de la medicina internacional en la España de la Restauración. Se han aportado algunos datos necesarios para conocer aspectos confusos de su vida: sus diferencias ideológicas con la evolución del internacionalismo español, las causas de su encarcelamiento, aspectos profesionales y personales, aunque es un personaje que, pese a la importancia de sus actuaciones públicas, intentó siempre permanecer inadvertido. go y rumano, así como una sólida preparación médica y científica 1. Por otro lado, fue un destacado militante del movimiento proletario, que participó en la constitución del anarquismo en directa relación con Bakunin, así como un activo seguidor de las corrientes librepensadoras más radicales 2. En contraste con su notoriedad en ambas vertientes, su biografía está llena de importantes lagunas e imprecisiones, en especial en lo referente a su origen, infancia y juventud y a su formación, que han sido motivo de suposiciones no confirmadas o incluso desmentidas por las fuentes. Por razones que nos son desconocidas, el propio Sentiñón se preocupó de ocultar su auténtica personalidad, hasta el punto de que, como vamos a ver, solamente confió a Bakunin el llamado «misterio de su vida». El objetivo del presente artículo, que corresponde a una línea de estudio dedicada a Sentiñón desde una doble perspectiva histórico-médica e histórico-política, consiste en exponer ordenadamente la información que acerca de su trayectoria biográfica ofrecen las fuentes hasta ahora localizadas. No se ocupa, por el contrario, del contenido de sus numerosísimas publicaciones, de las que únicamente se citan las más importantes con la intención de situarlas en las sucesivas etapas de su vida. En posteriores investigaciones, se intentará contribuir al análisis de dicho contenido. La única fuente que informa del nacimiento de Sentiñón es su certificado de defunción, en el que, entre otros datos, figura con el nombre de «Gaspar Sentiñón y Cerdaña», natural de Barcelona y fallecido en esta misma ciudad el 12 de diciembre de 1902, a los 67 años de edad 3. Por los motivos antedichos no puede, sin embargo, considerarse un dato indiscutible ni siquiera el nombre. Con diverso fundamento, se ha atribuido a su padre la nacionalidad austríaca 4 y a su madre, la rusa 5. En cualquier caso, consta que residió en Alemania desde los seis años de edad 6, pero se ignoran los lugares y centros en los que adquirió su formación. Generalmente se afirma que cursó medicina en la Universidad de Viena 7, pero en la documentación existente en el Archivo de esta institución no aparece registrado en el periodo 1853-1868, al menos con los nombres y apellidos con que ha pasado a la posteridad. El primer dato firme conocido es que el 7 de febrero de 1869 escribió en la localidad prusiana de Lautenburg el artículo titulado «Allgemeine Bildung», que apareció en la revista suiza Vereinigten Staaten von Europa, que publicaba la Liga por la Paz y la Libertad, asociación de orientación europeísta. En él propugnó una ortografía simplificada del idioma alemán, lo que refleja ya su interés por las cuestiones lingüísticas. La siguiente información disponible corresponde al inicio de su vinculación a la Internacional, período en el que el destacado papel que ejerció nos permite, de forma inversa a la etapa anterior, un detallado seguimiento de sus actividades. En la sesión del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), celebrada el 15 de junio de 1869 en su sede londinense, se leyó una carta suya enviada desde Prusia Oriental, en la que solicitaba información acerca del secretario de la Sección de Barcelona, ya que había decidido volver a España 8. Probablemente requerido por Bakunin, al que aún no conocía personalmente 9, acudió a las reuniones previas al Cuarto Congreso de la Internacional, que se iba a celebrar en Basilea en septiembre de ese año. Meses antes, la Alianza Internacional de la Democracia Socialista, el grupo de partidarios del ruso, había sido aceptada en la AIT como una sección local de Ginebra, pero no como una organización internacional con afiliados propios. Los obreros catalanes que se agrupaban en el Centro Federal de las Sociedades Obreras de Barcelona enviaron al Congreso de Basilea a su secretario, Rafael Farga Pellicer, para fortalecer las relaciones con la AIT, aunque éste ya se había manifestado como partidario de las ideas de Bakunin 10. El 28 de agosto, en Ginebra, Sentiñón y Farga asistieron a la reunión del comité de la Alianza y fueron recibidos afectuosamente por Bakunin 11. Sentiñón, al tiempo que fue admitido como miembro de esta organización, se ofreció al delegado barcelonés para representar a los obreros del Centro Federal. Al día siguiente, se celebró la asamblea de la Alianza para preparar el Congreso, en la que Sentiñón fue elegido como representante de esta sección ginebrina 12. Su formación científica, sus conoci----- 7 En GUILLAUME (1985), p. 242, y posterirmente en el resto de trabajos sobre Sentiñón. Hemos consultado el mismo texto de la sesión en la versión en idioma francés: CONSEIL GÉNÉRAL (1974), p. mientos políticos y el dominio de idiomas hacen especialmente atractiva la figura del español, que recibió esta doble delegación. El Cuarto Congreso de la AIT 13, celebrado en Basilea desde el 5 al 12 de septiembre, reunió a delegados de las sociedades obreras francesas, suizas, belgas, inglesas, austríacas, italianas, norteamericanas y españolas. Tuvo gran importancia para los trabajadores españoles, ya que supuso el inicio de su integración en la organización internacionalista. La participación de Sentiñón en este Congreso no pasó desapercibida. Así, con Farga, se encargó de la secretaría de lengua española, al tiempo que formaba parte de la comisión de recepción de comunicados. En las ponencias para elevar al pleno del Congreso, se incorporó a tres de las cinco comisiones: las dedicadas a la propiedad de la tierra, al crédito mutual y a la educación integral. En cuanto a las votaciones, se adscribió al grupo denominado antiautoritario, encabezado por Bakunin, frente a las tesis del Consejo General, liderado por Carlos Marx, que no acudió al Congreso. Debemos resaltar tres puntos de su participación en el Congreso de Basilea. En primer término, el «Informe de los delegados del Centro Federal de las Sociedades Obreras de Barcelona» 14, leído en el Congreso por Farga y firmado conjuntamente con Sentiñón; en él se expuso la situación del asociacionismo obrero en España tras la caída de Isabel II. En segundo lugar, su papel en el juicio de honor solicitado por Bakunin a causa de los ataques que había recibido de los socialdemócratas alemanes, acusándolo de ser agente del gobierno ruso. Neumayer, Palix, Robert, De Paepe y Sentiñón 15 fueron elegidos por el ruso como jurado. Se proclamó la inocencia de Bakunin, que recibió las disculpas del dirigente alemán Liebknecht como inductor de los hechos. Como tercer tema, y probablemente el más importante, debemos destacar su participación en la comisión sobre la educación integral, junto al pedagogo Paul Robin; si bien esta ponencia no pudo ser leída en el pleno por falta de tiempo, sus debates fueron importantes para la posterior orientación de los internacionalistas españoles sobre la educación 16. Sentiñón actuó como transmisor inicial del pensamiento pedagógico de Robin. Una vez acabado el Congreso, Farga y Sentiñón permanecieron algún tiempo en Suiza con Bakunin, formando parte del proyecto de éste de crear un grupo revolucionario formado por miembros escogidos de las secciones de Italia, España, Francia y Suiza, grupo que se conoce como Alianza «secreta» 17, de la que correspondió a Sentiñón el número 60 de asociado 18. 16 HERNÁNDEZ (1992) Tras informar a la Sección de Ginebra como su delegado en el Congreso, Sentiñón volvió a Barcelona con la idea de plasmar su pensamiento radicalmente antirreligioso mediante la constitución de una sociedad librepensadora. El librepensamiento moderno español es hijo directo de la revolución de la Gloriosa 19 y en él confluyeron tanto el sector más progresista de la masonería como los republicanos federalistas y los internacionalistas, al inicio íntimamente unidos. Fruto de la actividad de Sentiñón, se inició la creación de una sociedad de librepensadores que, como él mismo comunicó a la prensa internacionalista, tanto de Barcelona 20 como de Ginebra 21, adoptó provisionalmente los reglamentos de la sociedad homóloga de Marsella. Desde Barcelona viajó a Alemania y Bélgica con objeto de estudiar la adquisición de armas para un posible levantamiento obrero 22. Luego regresó a Neuchâtel, a casa del compañero de militancia y gran amigo de Bakunin, James Guillaume; éste, que ha recogido en su obra la evolución de la AIT desde su adscripción al grupo antiautoritario, nos explica la gran intimidad que se produjo entre Bakunin y Sentiñón, lo que llevó al español, siempre muy reservado, a confiar al ruso el «misterio de su vida» 23, enigma cuyo argumento Guillaume no conoció pero del que hay otro testimonio entre los internacionalistas más cercanos a Bakunin 24. El contenido de este misterio permanece sin desvelar, aunque lo podemos suponer relacionado con su origen y lo inusual de su apellido. En Suiza, Sentiñón participó en algunas reuniones de las secciones locales de la AIT, como la Asamblea de Locle celebrada el 23 de noviembre 25. Posteriormente, tras visitar a Bakunin y Fanelli en Locarno, regresó a España desde Ginebra, pasando por Lyon y Marsella, cuyas agrupaciones internacionalistas quería conocer 26. En los pocos meses que transcurrieron desde finales de agosto hasta diciembre de 1869, Sentiñón se integró en el grupo internacionalista más próximo a Bakunin, cuyo pensamiento y amistad compartía plenamente. El líder ruso, muy aficionado a las organizaciones secretas, utilizaba en su correspondencia los nombres en clave de «Monsieur E F» y «François» para referirse al español, de forma similar a lo que ----19 SÀNCHEZ (1990), p. 26 La reconstrucción de este periodo ha sido realizada con detalle por MADRID (1995). hacía con sus colaboradores más íntimos. Una prueba de la estrecha relación son las más de veinte cartas cruzadas entre ambos, de las que sólo algunas se conservan 27. En diciembre, a su regreso a Barcelona, Sentiñón volcó su gran capacidad de trabajo en dos líneas confluentes: el desarrollo de la Internacional en Cataluña y la constitución de una sociedad de librepensadores. El organismo coordinador de las sociedades obreras de Barcelona, el Centro Federal, no tenía una definición política anarquista, sino de carácter republicano federal; por ello, la actividad de un pequeño grupo encabezado por Farga y Sentiñón tuvo como objetivo lograr esa evolución 28. Este grupo utilizó dos instrumentos: la prensa y las asambleas. En La Federación, el órgano de prensa del Centro Federal que pronto se transformó en el periódico más importante del internacionalismo hispano, se reprodujeron escritos de Bakunin, probablemente traducidos por Sentiñón, así como noticias y comentarios publicados en la prensa internacionalista europea, con la que mantuvo habituales intercambios. El 4 de enero de 1870, en la misma reunión en que Farga y Sentiñón leyeron su informe sobre el Congreso de Basilea, el Centro Federal pasó a denominarse Centro Local de la Asociación Internacional de los Trabajadores 29. Farga y Sentiñón informaban periódicamente a Bakunin, quien en sus escritos a otros miembros de la Alianza expresaba su plena satisfacción por la actuación de los dos españoles 30. Al mismo tiempo, Sentiñón participaba en el desarrollo de la organización de los librepensadores de Barcelona. En diciembre de 1869 se publicó otra nota suya 31 con una dura respuesta a los comentarios del periódico de Tortosa La Voz de la Patria sobre el proyecto de sociedad librepensadora. Pocos días después, en enero de 1870, tuvo lugar una reunión en el teatro Novedades 32, en la que se repartieron ejemplares de los estatutos de la futura sociedad, que se aprobaron en la siguiente reunión del 6 de febrero, como confirma un conciso escrito en la prensa internacionalista 33, siempre atenta al desarrollo del grupo librepensador. La sociedad resultante recibió el nombre de Asociación Libre-Pensadora de Barcelona que, aunque no era la primera en crearse, fue la más destacada de su época 34. Su órgano de prensa, el semanario La Humanidad, salió a la calle el último día de 1870. Durante el primer año de existencia de esta revista, Sentiñón desarrolló en ella una importante tarea, ya que es autor ----27 Una relación epistolar entre Sentiñón y los principales internacionalistas, con sus respectivas referencias, en MARTÍ (1997), p. de las breves noticias de carácter antirreligioso, científico o de divulgación médica que encontramos en la sección «Crónica». Igualmente, publicó con su firma tres amplios artículos de contenido filosófico. Paralelamente al progreso de estas actuaciones, Sentiñón mantuvo correspondencia con los principales líderes del internacionalismo europeo, lo que le permitió estar informado y participar en los debates de diferentes secciones de la AIT, como en el asunto Liebknecht-Schwetzer 35, cuyo tratamiento por los periódicos Le Progrés y L'Egalité provocó la «Comunicación privada» del Consejo General de Londres. También, poco más tarde, el 31 de marzo de 1870, él y Farga envían una carta al Congreso de la Sección de la AIT de la Suiza romanche 36. La escisión de ésta repercutirá en la Sección española, pues ambos, probablemente influenciados por lo sucedido en la Sección suiza 37, crearon en abril un pequeño grupo dentro de la española, similar al constituido como la Alianza «secreta» de Ginebra, al que dieron el mismo nombre, Alianza de la Democracia Socialista, pero con reglamento y programa propios; el objetivo inmediato era preparar un congreso de las sociedades obreras, atrayéndolas a la Internacional. Posteriormente, este grupo se desarrolló en otras ciudades españolas (Palma de Mallorca, Valencia, Sevilla, Madrid,...) 38. Con la formación de esta organización Sentiñón participó activamente en todos los grupos de inspiración bakuninista creados en la Internacional: la Alianza «pública» de Ginebra, la Alianza «secreta» de Ginebra y la Alianza «secreta» española. El primer Congreso Obrero Español, la esperada reunión de las sociedades obreras celebrada en el Teatro Circo, de Barcelona, del 19 al 26 de junio 39, supuso un gran avance para los internacionalistas españoles, mayoritariamente adscritos a la tendencia antiautoritaria. Su alianza con los sindicalistas apolíticos derrotó tanto a los cooperativistas como a los obreros partidarios de la acción política. Sentiñón asistió al Congreso como delegado de los marineros de Baleares y de los cerrajeros, impresores, mecánicos y Sección Central de Cádiz, según la costumbre de representar a sociedades a las que no se pertenecía. Su participación en los debates no se correspondió con el papel que desarrollaba en la Sección española de la Internacional ni en el propio núcleo bakuninista de la AIT: sólo votó en dos sesiones, las relativas a la resistencia obrera y a la cooperación, y formó parte del dictamen sobre la organización social de los trabajadores, pero no estuvo en su votación. Ni siquiera el tema estrella del Congreso, la Internacional y la política, que ocupó cuatro sesiones, contó con su participación ni con su voto, aunque durante su desarrollo presentó, ---- con González Morago y Francisco Tomás, una proposición urgente de protesta por la prohibición del congreso obrero de Ruán, que fue aprobada por unanimidad. En julio comenzó la guerra franco-prusiana y Bakunin, siempre atento a los movimientos revolucionarios, creyó ver nuevas posibilidades de acción, por lo que escribió a sus íntimos para que acudiesen a Francia con objeto de impulsar las esperadas revueltas populares. Entre los convocados estaba Sentiñón. Cuando éste llegó a Lyon, el movimiento había fracasado y Bakunin había partido hacia Marsella con intención de pasar a Barcelona, ya que confiaba en la capacidad revolucionaria de los obreros españoles; dado el resultado, el ruso envió una emotiva carta 40 a Sentiñón, aconsejándole que regresase. El español llegó a Marsella el 25 de octubre, el día siguiente a la precipitada huida de Bakunin, y participó en el movimiento local, que también fue un fracaso 41, por lo que volvió a Barcelona. El desenlace de esta breve experiencia revolucionaria y, sobre todo, la posterior derrota y represión de la Comuna de París, incluyendo la tortura y fusilamiento de su amigo Eugène Varlin -destacado sindicalista francés con el que había mantenido contacto epistolar desde el Congreso de Basilea-, debieron influir en su valoración de la táctica insurreccional. Así, en las cartas que escribe en abril y mayo de 1871 se puede observar su opinión negativa sobre la incidencia de las frecuentes huelgas en el desarrollo de la Internacional, la consideración de que un levantamiento internacionalista en Cataluña sólo favorecería a los carlistas y el temor a una represión generalizada contra la AIT 42. De hecho, Sagasta, ministro de Gobernación, anunció a finales de mayo en las Cortes medidas represivas contra la Internacional, especialmente en Barcelona 43. En este contexto, el Consejo Federal español de la AIT había decidido trasladarse a Lisboa 44 y Farga Pellicer, director de La Federación, se escondió. El propio órgano internacionalista, del que Sentiñón era administrador, denunció las acciones del juzgado de distrito contra el periódico 45. Como cabeza destacada de los internacionalistas, fue detenido en su domicilio en la madrugada del 7 de junio, por orden del gobernador civil, e incomunicado en el cuartelillo de la aduana 46. El 15 de junio fue trasladado a la cárcel del castillo de Montjuich, de donde salió, sin que se produjese acción judicial alguna, a finales de septiembre del mismo año. El encarcelamiento de Sentiñón ha estado envuelto en confusiones y errores. Así, se ha atribuido su detención a que había firmado, junto al presidente de la sociedad obrera Las Tres Clases de Vapor, Clemente Bové, el «Manifiesto de algunos partidarios de la Commune a los poderosos de la tierra» 47. Lo cierto es que este documento no lo firmaron ninguno de los dos, sino los internacionalistas Anselmo Lorenzo, Francisco Mora y Tomás González Morago 48, de la Sección de Madrid; no era coherente que lo hubiese firmado, por lo que hemos expuesto sobre su evolución ideológica. Parece ser que su ingreso en prisión le afectó mucho 49. Desde Montjuich envió una carta al director de La Federación en la que justificaba su detención preventiva y expresaba su divergencia con la dirección de la Internacional en España 50. También desde la cárcel escribió una carta de protesta a La Crónica de Cataluña 51, sobre la circular del ministro francés Jules Favre que aconsejaba a los gobiernos europeos desarrollar acciones contra la AIT. Meses más tarde, explicó en una carta al dirigente socialdemócrata Liebknecht su separación de la Internacional, siempre en clave misteriosa 52. DESDE SU ABANDONO DE LA MILITANCIA ANARQUISTA HASTA SU MUERTE (1872-1902) Con su encarcelamiento Sentiñón rompió con la militancia anarquista y cesaron sus colaboraciones con el órgano librepensador La Humanidad 53, que finalizó su existencia con el número 69, ya en 1872. No obstante, el abandono de la militancia no le libró de verse implicado en la disputa entre marxistas y bakuninistas, que fue especialmente intensa en España por la presencia del yerno de Marx, Paul Lafargue. Así, en julio de 1872, el periódico del grupo marxista La Emancipación 54 hizo pública una relación de aliancistas, en la que incluyó a Sentiñón, pese a que su aislamiento era bien conocido. En la imprenta de este periódico, Lafargue editó un folleto denominado A los internacionales de la Región Española 55, en el que nuevamente se le atacaba. 65, explica las causas de la detención de Bové, que sólo coincide con Sentiñón en el traslado a Montjuich. 50 La carta no fue publicada por el semanario internacionalista, pero sí por el diario republicano federal La Independencia el 20 de junio de 1871. Liebknecht en sus siguientes cartas a Engels (15 de febrero) y Becker (22 de febrero) no disimuló su satisfacción por la marcha de Sentiñón, conociendo su gran vinculación con Bakunin, al tiempo que expresó sus dudas sobre su pasado, llegando a insinuar alguna relación policial; véanse los fragmentos de ambas cartas en RIBAS (1979), p. Los agravios continuaron en 1873 al editarse un nuevo folleto, esta vez desde Londres, con el título La Alianza de la Democracia Socialista y la Asociación Internacional de los Trabajadores 56, firmado por el Consejo General de la AIT y atribuido a Engels, Lafargue, Marx y Outin. Este documento es el colofón a la resolución del Congreso de la AIT en La Haya por la que se expulsó a Bakunin y Guillaume, con la consiguiente escisión de los antiautoritarios. Sentiñón que, como hemos visto, había representado a la Alianza «pública» de Ginebra en el Congreso de Basilea y participado en la creación de las Alianzas «secretas» de Ginebra y Barcelona, era un ejemplo demasiado valioso en el enfrentamiento entre Marx y Bakunin para ser olvidado, aunque Lafargue conocía su separación de la Internacional, como recordó la prensa de tendencia bakuninista 57. El alejamiento de la Internacional llevó a Sentiñón a aproximarse al grupo más izquierdista de los republicanos de Barcelona, constituido en torno al centro El Estado Catalán o Club de los Federalistas, que lideraba Valentí Almirall. En la necrología que a su fallecimiento le dedicó un diario republicano se le atribuía un papel principal en este centro, pero en coherencia con su personalidad «sin que jamás aspirara a obtener representación popular alguna» 58. Lo que hemos comprobado es que en abril de 1873 los federales de El Estado Catalán publicaron un manifiesto atacando duramente al Comité Republicano de Barcelona por excederse en sus funciones, titulado «El Estado Catalán, centro de los republicanos demócratas federalistas, al público en general y a sus correligionarios en particular»; entre los firmantes figura Sentiñón 59. Cuando tras las elecciones se proclamó la República Federal -en el contexto de los levantamientos cantonalistas-, se convocó en Barcelona, en la tarde del 19 de junio de 1873, una manifestación de apoyo a las tropas del batallón de cazadores de Madrid, responsables de la muerte de su coronel en Sagunto. Los amotinados ocuparon el Ayuntamiento con gritos a favor del batallón, de la revolución, del Estado Catalán, del Ayuntamiento autónomo y de la federación 60. Uno de los más destacados manifestantes era el médico y antiguo compañero de Sentiñón en la Alianza, José García Viñas. Los integrantes de la manifestación, una vez tomado el Ayuntamiento, constituyeron un «Comité de salvación pública» formado por los comandantes de los batallones de voluntarios de la República, delegados del Casino Instructivo, del Círculo de Recreo, de los trabajadores -entre ellos García Viñas-y del Estado Catalán, ----56 Reproducido por FREYMOND (1973), v. También se publicó la nota de protesta en los periódicos anarquistas La Razón (Sevilla) y El Condenado (Madrid), pero no en La Emancipación. Esta necrología tiene el sugerente título de «Fallecimiento de un sabio». 140, le atribuye su participación en otros manifiestos publicados en el periódico El Estado Federal, órgano del centro. uno de los cuales era Sentiñón. El día siguiente, tras emitir un comunicado de apoyo al batallón de cazadores, y sin mediar ataques ni refuerzos, el Comité, ya aminorado a «Comisión de vigilancia de la federación y de la democracia», se disolvió. El abandono de las militancias internacionalista y librepensadora, a las que había dedicado una intensa actividad, permitió aflorar al Sentiñón que desarrolló ampliamente sus facetas de intelectual médico: difusor de la medicina internacional entre los profesionales españoles, traductor de textos médicos y divulgador del higienismo entre la población. Aunque en su etapa militante había mantenido contacto con la prensa médica, como demuestran sus artículos sobre temas científico-médicos en el órgano librepensador La Humanidad y sus primeras colaboraciones profesionales en La Independencia médica (1871), esta etapa la podemos iniciar con la publicación de sus primeras traducciones, la del Manual completo de terapéutica (1872), del profesor de Viena Kraus, y la de una obra filosófica de especial interés para los anarquistas 61, Ciencia y naturaleza, recopilación de publicaciones realizada por Ludwing Büchner, en cuyo prólogo, atribuido a Sentiñón 62, se expone la importancia de la divulgación como tarea revolucionaria del momento. En su extensa bibliografía, Sentiñón hizo escasas menciones a su propia experiencia profesional y los poquísimos casos de consultas de pacientes que comentaba en sus textos pueden entenderse ajenos al ejercicio de una medicina asistencial continuada. De vida muy reservada, hasta sus propios compañeros, entre los que era muy conocido por sus escritos, dudaron de su experiencia práctica 63. Su actividad profesional se centró en la enseñanza de idiomas y en el mundo de las publicaciones, tanto como traductor o director de colecciones como comentarista de noticias y congresos médicos. Años después de su fallecimiento, Rodríguez Méndez lo recordaba como «el no médico» 64, a pesar de los conocimientos en Medicina que atribuía al que propuso llamar «biblioteca-Sentiñón» 65. Es indudable su elevada formación médica, muy superior a la de un traductor especializado o a la de un profesional de la medicina, como le reconocía el decano de la Facultad de Medicina Giné y Partagás 66. Su erudición en lenguas era excepcional, su contemporáneo Salas Antón afirmó que dominaba veintinueve idiomas 67. De su obra se deduce que traducía, además de los idiomas ya comentados, el latín, sánscrito y griego clásico, con amplios conocimientos del árabe, chino y sueco. ---- Sentiñón, con su capacidad de trabajo y su formación, se incorporó a la medicina catalana del último tercio del siglo en un momento especialmente fructífero, en el que destacadas figuras como José de Letamendi, que todavía gozaba de gran prestigio, iban a ser relevadas por la nueva generación médica que encabezaron profesionales como Juan Giné y Partagás, Ignacio Valentí Vivó, Bartolomé Robert Yarzábal o Rafael Rodríguez Méndez. Aunque Sentiñón se relacionase con todos ellos, su introducción en el ambiente médico barcelonés fue el fruto de su colaboración con Letamendi. Puede parecer paradójico el gran vínculo que existió entre el antiguo internacionalista y el polifacético y controvertido catedrático de anatomía, cuya sistematización especulativa es un eco tardío de la Naturphilosophie idealista romántica 68, pero tenían varios puntos en común. Letamendi gustaba de expresiones obreristas como el ser socio honorario del Ateneo Catalán de la Clase Obrera desde 1869, centro íntimamente ligado -compartía local y secretario, Farga Pellicer-con el Centro Federal de las Sociedades Obreras, al que Sentiñón había pertenecido de forma destacada. También les unió el interés por la higiene y la divulgación sanitaria, dos líneas de trabajo preferidas de Sentiñón que su relación con Letamendi le permitió desarrollar. En este equipo, Letamendi era la cabeza visible, mientras que Sentiñón, con su excelente refuerzo teórico y una gran capacidad de trabajo, plasmaba los resultados. Letamendi le denominaba amistosamente «mi ayudante cerebral» 69 y «mi antiguo maestro en asuntos filológicos, lingüísticos y otros más» 70. Fruto de esta colaboración fue la edición de dos revistas a principios de 1877. El 7 de enero, La Salud; una semana más tarde, Archivo de la cirugía. La idea era completar la primera, de carácter divulgativo, con Archivo, revista eminentemente científica, de tal forma que la suscripción conjunta resultaba más económica. La trayectoria de ambos semanarios fue diferente: de Archivo de la cirugía, en cuya portada figura Letamendi como director-propietario y Sentiñón como subdirector, sólo conocemos dos números publicados en el mismo ejemplar; La Salud se editó durante dos años y finalizó por el traslado de su director al ocupar cátedra en Madrid. Por el carácter predominantemente anónimo de las páginas de La Salud es difícil cuantificar la participación de Sentiñón, aunque pocos años después de concluida esta revista Rodríguez Méndez 71 le atribuyó su redacción casi exclusiva. Ciertamente, volcó su gran capacidad de trabajo en una época en la que, todavía soltero, residía y trabajaba en el piso superior en la casa de Letamendi 72 higiene laboral que desarrolló desde la sección «La higiene del proletario» ya no tuvo continuación en otras revistas en las que participó. También durante estos años comenzó a colaborar con otras publicaciones médicas. En 1876 con la barcelonesa Revista de ciencias médicas, con la que mantuvo su contribución durante décadas. En 1878 inició su participación en otra revista médica a la que también permaneció vinculado de por vida, Gaceta médica de Cataluña, que desde 1881 se tituló Gaceta médica catalana. Al principio era el responsable de la sección «Meteorología y Demografía», luego continuó con sus traducciones, resúmenes y noticias médicas. En el mismo año de 1878 finalizó la traducción del libro de Day sobre las cefalalgias, que se publicó dos años después; en febrero de 1879 apareció su firma en otra revista médica con la que colaboró durante décadas, la Revista de medicina y cirugía prácticas, de Madrid. También ese año se distribuyeron dos nuevos libros médicos traducidos del alemán por Sentiñón: el de Niemeyer, relativo a la tos, y el del doctor de Guerard, sobre los dientes; ambos fueron publicados en la «Biblioteca Popular Ilustrada de Higiene y Medicina Domésticas», colección de la que era director para la editorial de Riera. El año siguiente, 1880, se publicó su primer libro, La digestión y sus tropiezos, en el que trata también de la nutrición, uno de los temas médicos que más le interesaron. Pocos meses después, ya en 1881, inició su colaboración con Anales de obstetricia, ginecopatía y pediatría, revista en la que siguió escribiendo hasta que ésta se integró en la Revista de medicina y cirugía prácticas. Ese año se presentaron dos nuevas traducciones de Sentiñón, una sobre la obra de fisiología popular Conócete a ti mismo, a la que incorpora varios apéndices y numerosas anotaciones, elevando su interés científico; la segunda, la conocida novela del egiptólogo Ebers, La hija del rey de Egipto, relato de gran éxito por el número de reediciones 73. En 1882 se editó otra traducción suya del alemán, el libro Germania, de J. Scherr. Su participación social se amplió con el Ateneo Barcelonés, uno de los principales focos culturales de la Barcelona burguesa de esta época que proviene de la fusión entre el Centro Mercantil Barcelonés y el Ateneo Catalán. Letamendi había formado parte de la Junta Directiva del Ateneo Catalán y lo fue también en la primera de la sociedad fusionada. Sentiñón fue socio del Ateneo Barcelonés, al menos desde los inicios de la década de los ochenta 74, y participó en él de forma reseñable hasta su fallecimiento 75. Sus actuaciones en este centro fueron de tres tipos: como profesor de ----73 LITVAK (1990), p. Esta autora atribuye erróneamente la traducción a J. Ramón Mélida. 74 Ateneo Barcelonés, Barcelona. No consta el año de inscripción. 75 Ateneo Barcelonés, Barcelona. Libro de Residentes, p. Sentiñón figura con el no 73; la baja es de diciembre de 1902, el mes y año de su defunción. idiomas, como conferenciante y como miembro muy activo de la Sección de Ciencias Exactas. Su trabajo como profesor de idiomas comenzó en 1883 76 y consta que sus clases de ruso eran especialmente apreciadas 77. Como miembro de la Sección de Ciencias Exactas se presentó a vocal directivo en mayo de 1884 79, aunque el candidato elegido resultó ser el también médico Emerenciano Roig Bofill. En el año 1886 la Sección, motivada por la epidemia de cólera, organizó varias sesiones de debate sobre la higiene pública en Barcelona, en las que participó activamente 80. Fruto de estos debates varios miembros, entre ellos los médicos Rodríguez Méndez, Roig Bofill y Sentiñón, propusieron crear un colectivo que bajo la denominación de Liga Sanitaria de Barcelona pusiese su influencia y capacidad al servicio de los intereses sanitarios de la ciudad. La propuesta fue bien acogida, adhiriéndose más de un centenar de socios, con lo que el 21 de mayo de ese año se constituyó la Junta Directiva, en la que figura como tesorero 81. La Liga Sanitaria de Barcelona, que no era una sociedad médica puesto que aceptaba a todos los interesados por la defensa de la salud que supieran leer y escribir, recogía entre sus objetivos la promoción de las instituciones que protegiesen la salud del proletariado. En el mismo sentido, otra actuación de la Sección que contó con su participación fue el debate organizado en el curso 1889-90 sobre la necesidad de modificar la legislación limitadora del trabajo infantil 82. En cuanto a las conferencias impartidas, cabe destacar la relativa a las acciones de la población para preservarse de la viruela 83, celebrada en el año 1884 y que resultó tan polémica como su libro sobre esta enfermedad. También la dedicada a «Sofía de Kovalevsky, su vida y sus recuerdos de George Eliot», que tuvo lugar el 10 de febrero de 1893, en la que abogó por la formación de la mujer como elemento necesario para elevar su condición social en España 84. Pero su presencia en los actividades del Barcelonés no supone su única actividad social de carácter público. En la década de los ochenta el grupo más radical de librepensadores se había organizado en torno al filántropo y masón Rosendo Arús y Arderiu y su Círculo La Luz, que desde 1885 editaba el periódico La Luz. 79 Ateneo Barcelonés, Barcelona. Libro de Actas de la Sección de Ciencias Exactas, Acta de la sesión del día 16 de mayo de 1884. Paralelamente al desarrollo del Círculo La Luz, en enero de 1886 salió una nueva publicación libertaria, Acracia, caso singular por su calidad y contenidos 86, que finalizó en junio de 1888. Esta revista tuvo el impulso de Farga Pellicer y Anselmo Lorenzo 87; Sentiñón también colaboró, aunque según la pauta casi general no firmaba sus artículos o lo hacía con alguna de sus iniciales. Palmiro de Lidia le ha atribuido numerosas traducciones 88, aunque no es difícil adjudicarle varios artículos de contenido médico que responden a los temas de su interés y que firmaba con alguna de sus iniciales; también son suyas las noticias médicas que tienen casi todos los números de esta revista. Del mayor interés es un artículo de contenido ideológico que firmó con las iniciales de su primer nombre y de los dos apellidos 89, se trata de la respuesta a un texto del anarquista Teobaldo Nieva, en la que Sentiñón expone la diferencia entre trabajador y obrero, desecha los conceptos confusos de Nieva sobre colectivismo, comunismo y producto íntegro, pero, sobre todo, explica su idea de la revolución, basada en el trabajo orgánico y las propuestas ideológicas y opuesta al uso innecesario de la fuerza. Desde las páginas de Acracia se anunció un nuevo diario anarquista, El Productor, considerado como la publicación obrera más importante de su tiempo 90, pese a que pronto pasó a semanario por problemas económicos. Sentiñón participó ampliamente en este periódico, encargándose de las noticias extranjeras y científicas, así como de escribir artículos políticos 91, muy difíciles de identificar por ser anónimos. La aparente contradicción entre el intelectual anarquista y librepensador y el médico que participaba activamente en la Barcelona burguesa del Ateneo es la imagen real de la dualidad de ambientes en los que actuaba Sentiñón. ----85 Se trata de la serie de cuatro artículos que con la denominación de «Evocando al pasado» publicó, bajo su pseudónimo habitual de Palmiro de Lidia, en La Revista Blanca del 15 julio al 15 de septiembre de 1927. Con respecto a Sentiñón hay datos interesantes en los dos primeros. También la década de los ochenta resultó la más productiva como escritor. El profesor de la Facultad de Medicina de Barcelona, de la que fue decano posteriormente, Juan Giné y Partagás, convocó el Primer Certamen Frenopático durante los días 25 al 28 de septiembre de 1883. En su cuarta sesión se presentó una extensa «Memoria acerca de los manicomios en España», elaborada por el médico neoyorquino G. Seguin y traducida por Gaspar Sentiñón para su lectura en este congreso. Ese mismo año salió su segundo libro, El cólera y su tratamiento, con un doble destino: profesionales y población general; en el año siguiente, se presentaba el tercero y último de sus libros, La viruela y su tratamiento curativo, preservativo y exterminativo, con una línea higienista similar al anterior, pero más radical en la responsabilidad que atribuye a los médicos en el estado de esta enfermedad en España. También en 1884 nació en Barcelona su única hija María Sentiñón Gatell. Sabemos que estaba casado con María Gatell Sentís, nacida en 1853 en Cornudella 92, provincia de Tarragona. En 1885 se editó una obra de especial importancia, la Morfología general de los organismos, de Haeckel; Sentiñón había colaborado en la traducción con Salvador Sanpere y Miquel y también se encargó de la revisión general del libro y de completar las abundantes ilustraciones para la editorial Barris de Barcelona. En el periodo 1887-88 se publicó su traducción de un nuevo volumen de medicina, el Manual práctico de oftalmología, de Michel, pero, sobre todo, hay que destacar un acontecimiento fundamental para la ciudad de Barcelona: la Exposición Universal de 1888. En este marco se organizaron los Congresos de Ciencias Médicas, celebrados la semana del 9 al 15 de septiembre. Sentiñón participó con el tema titulado «Estado actual de la lepra en España y medios para evitar su difusión». En este trabajo de orientación histórica basa sus objetivos preventivos en la necesidad de informar adecuadamente al proletariado rural. En 1891 se publicó su traducción en dos volúmenes de un importante texto de medicina legal, el de Hofmann. En 1895, Rodríguez Méndez se hizo eco en su revista de una nueva actividad de Sentiñón, en la que combina su vocación de higienista con la utilidad comercial: había abierto un local de venta y exposición de aguas mineromedicinales. La exposición, de la que se anunciaba un catálogo, presentaba una rica variedad de aguas minerales de España y otros países, cuya garantía de autenticidad era, a juicio de Rodríguez Méndez, el nombre de Sentiñón, del que, entre calificativos de admiración, recordaba sus relaciones en toda la Europa médica 93. En el mes de agosto de 1897 se celebró el XII Congreso Internacional de Medicina en Moscú, por ello se había constituido un Comité Nacional presidido por Bartolomé Robert, con Salvador Cardenal de vicepresidente y Gaspar Sentiñón y Joaquín Durán ----92 Archivo Parroquial, Cornudella. Libro de bautismos, 7, f. No consta en las Actas del Congreso que Sentiñón presentase ningún trabajo, ni que acudiese a Moscú 94. Su elección debió estar influenciada tanto por su conocimiento de la medicina internacional como por su dominio del idioma ruso. En 1900 se publicó su traducción del español al inglés del libro dirigido por Sierra sobre Méjico y en 1902 se editó el último libro relacionado con Sentiñón, la Enciclopedia de ginecología, de Veit, de la que fue uno de los traductores. El 13 de febrero de ese mismo año Sentiñón participó como miembro del jurado calificador en la elección de textos para niños sobre educación integral, lectura enciclopédica e higiene pública y privada, respectivamente, en el marco del Certamen de Pedagogía Popular que organizó la Cooperativa Intelectual de Barcelona-Gracia 95. Este tipo de certámenes se instituían para dotar de material pedagógico a la naciente Escuela Moderna de Ferrer Guardia 96. Con él formaron parte del jurado Rodríguez Méndez, Giné y Partagás, Salas Antón, Odón de Buen, Clemencia Jacquinet y Anselmo Lorenzo, los tres últimos miembros de la Escuela Moderna. En el entorno familiar, el 28 de noviembre de 1902 falleció su hija a causa de una meningitis tuberculosa, a los 18 años de edad 97. El periódico El Diluvio y la Revista de ciencias médicas de Barcelona atribuyeron a esta dolorosa pérdida el agravamiento del estado de salud de Sentiñón, que murió pocos días más tarde, el 12 de diciembre de 1902, a causa de una uremia por nefritis crónica. Su muerte no pasó desapercibida y recibió las correspondientes necrologías de Gaceta médica catalana 98, de la Revista de ciencias médicas de Barcelona 99 y de la Revista balear de ciencias médicas 100, en la que se reproducían sus noticias médicas. Desde la prensa no profesional, el republicano El Diluvio le dedicó una amplia nota ya comentada, en la que repasaba las principales actuaciones de su vida. También los periódicos libertarios recogían el fallecimiento, como la publicación madrileña Tierra y Libertad 101 y la barcelonesa La Huelga General. Esta última nos aporta alguna de las claves de su actividad profesional: «Dedicado incesantemente al trabajo y al estudio, explotado sin piedad por editores y doctores, unos enriqueciéndose a su costa y otros pavoneándose con las galas de la sabiduría de aquel maestro de maestros,...» 102, lo que coincide con parte de las ideas expresadas por la nota de la tan distinta Gaceta médica catalana: «Con sus vastos conocimientos ha sido el Mentor de algunos maestros y de otros tenidos como eminencias, el refugio de las dudas, de ----94 ROTH (1900), v.
ejemplo en conexión con la afirmación de que puede haber expertos objetivos a quienes los meros profanos deben someterse. Algunos médicos, sin embargo, ponen objeciones a lo que representan como líneas dogmáticas, apriorísticas, de la indagación filosófica, y desarrollan una epistemología y una metodología alternativas de carácter empírico. El recuerdo y la experiencia se invocan de formas llamativamente divergentes porque el debate se desarrollaba dentro de y entre diferentes tradiciones filosóficas y médicas. Estoy seguro de que la mayoría de nosotros hemos oído que hubo una querella famosa, en la Grecia antigua, entre filosofía y poesía, pero imagino que muchos damos por hecho que no hubo tal disputa entre filosofía y medicina. Probablemente, suponemos que filosofía y medicina fueron, en muchos aspectos, buenos aliados. Y si lo creyéramos, ¿no tendríamos un buen número de pruebas impresionantes para apoyar nuestra suposición? Vamos a esbozar primero algunas de esas pruebas, como primer paso en nuestra investigación, antes de pasar, en segundo lugar, a expresar algunas dudas sobre tal alianza. En la segunda parte de mi discusión desarrollaré el tema de la rivalidad entre una corriente de la medicina y una corriente de la filosofía y sugeriré la importancia de las alternativas al platonismo que se pueden encontrar en algunos escritores médicos. Después de las dos primeras secciones de mi presentación, predominantemente históricas, pasaré a considerar la relevancia moderna de tales cuestiones -en otras palabras, a las repercusiones que puedan tener los antiguos modelos de conocimiento sobre una serie de preguntas modernas. Para ello habré de referirme brevemente a ejemplos tomados de las matemáticas, la lingüística, la ciencia del conocimiento, la taxonomía, la antropología social y, no en último lugar, la filosofía de la ciencia. Terminaré con algunas reflexiones sobre el papel del historiador a la hora de ampliar el abanico de problemas que deben ser considerados y sugerir algunos de los límites de la aplicabilidad de los modelos de conocimiento alternativos que iremos discutiendo. Tenemos, pues, una amplia tarea. Espero que podrán seguir el hilo de mi argumento. Empecemos, pues, por aquella idea que, como he dicho, imagino que es muy común, esto es, la alianza, en tiempos antiguos, entre filosofía y medicina. Se pueden citar principalmente cinco tipos de pruebas en apoyo de esta opinión. Primero podríamos mencionar el testimonio antiguo más famoso que tenemos sobre la figura histórica de Hipócrates de Cos. Cuando en el Fedro de Platón, 270c, Sócrates introduce el método de investigación que él recomienda, basado en la división, sigue la sugerencia hecha originariamente por Fedro, de que Hipócrates estaba convencido de que el estudio del cuerpo debería proceder del estudio de «la entera naturaleza». Veamos, dice Sócrates, lo que Hipócrates y el logos verdadero tienen que decir. Es sabido que la interpretación exacta de la expresión «la entera naturaleza», aquí, es intensamente controvertida. ¿Significa el universo entero? ¿O el complejo entero alma-cuerpo? ¿O sólo la totalidad de cualquier tema que se esté discutiendo, en este caso el cuerpo mismo? En el último caso, la recomendación atribuida a Hipócrates no equivale a recomendar que se haga cosmología, ni que se estudien los aspectos psicológicos del paciente, junto con los físicos, sino simplemente que se estudie la totalidad de la condición física del paciente. Esta controversia, a su vez, significa que resulta extremadamente oscuro saber cuánto podemos atribuir, exactamente, sobre la base de este testimonio, al histórico Hipócrates de Cos -aunque, de nuevo como todo el mundo sabe, ello no ha impedido a los estudiosos, antiguos, medievales y modernos, intentar dar respuestas sobre esta base a la famosa, aunque nunca resuelta cuestión de las obras genuinas de Hipócrates. Sin embargo tales controversias no nos han de preocupar aquí. Cito este testimonio sólo por una razón, a saber, el modo en que Platón hace que Sócrates enrole a Hipócrates como aliado, como partidario de unas opiniones que también la verdad hace aconsejables. Esto parece un testimonio poderoso de la facilidad con que Platón sitúa la medicina de su parte en un importante debate sobre metodología. Pero además de este texto del Fedro, hay muchos otros pasajes en Platón que constituyen un segundo grupo de testimonios sobre el tema general de la alianza entre filosofía y medicina. Repetidamente, en diálogos como el Gorgias, la República y las Leyes, Platón sugiere analogías entre medicina y filosofía en relación especialmente con los tres puntos fundamentales siguientes: (1) La justicia en el estado y la justicia en el alma individual están construidas ambas por analogía con la salud en el cuerpo (por ejemplo, Gorgias 504b-d). (2) A la inversa, el desorden en el estado y el desorden en la psyche individual son imaginados iguales o parecidos a enfermedades que necesitan curas, y si es preciso curas drásticas (p.e. (3) Quien conoce la verdadera condición del estado, o de la psique individual, es un médico o como un médico (p.e. En las tres esferas, arte de gobernar, psicología moral y diagnóstico de la salud y la enfermedad en el cuerpo mismo, el profano puede muy bien estar equivocado. Lo que se necesita es gente entendida: ciertamente, tales expertos existen, filósofos-reyes en el terreno político y moral, médicos en el de la medicina. La medicina, pues, tiene un papel absolutamente central en la recomendación platónica de que existe una verdad objetiva en los terrenos político y moral, que existen expertos en esos terrenos y que el profano corriente, o idiota, debería seguir los consejos de tales expertos y someterse a sus tratamientos, por muy dolorosos que puedan ser. Según las Leyes 735e ss., los mejores médicos primero razonan con sus pacientes para convencerlos de que acepten el tratamiento. Pero en el terreno político, tal como Platón ve el asunto, si los «pacientes», es decir los disidentes, no aceptan tratamiento, se les ha de obligar a aceptarlo, con el fin de purgar y purificar el cuerpo político. He sacado de Platón mis dos primeros tipos de pruebas, pero pueden refrendarse con otras dos de Aristóteles. Evidentemente, también Aristóteles recurre a las analogías entre salud y moralidad, entre salud y bienestar y buen gobierno del estado, entre el experto en medicina y el experto en moral y política. Naturalmente, existe la diferencia entre Platón y Aristóteles de que Aristóteles propugna una filosofía política y moral que insiste en la objetividad sin exactitud, una objetividad que rechaza absolutos. El bien no es cuestión de una Forma trascendente: el bien moral es un medio relativo respecto a nosotros, tal como lo determinaría la persona con razón práctica, el phronimos. Pero, aunque nadie debería infravalorar la distancia que separa a Pla-tón y Aristóteles como filósofos morales, lo que une a ambos es su dependencia de la analogía médica para aconsejar el tipo particular de objetividad, el modelo particular de pericia que cada uno propugna. En cuarto lugar, Aristóteles observó explícitamente, en textos destacados de los Parva Naturalia (Sens. 480b22ss) que «los que estudian la naturaleza terminan ocupándose de medicina, mientras que los médicos que practican su arte de un modo más filosófico toman sus principios médicos de la naturaleza». El mismo Aristóteles escribió, o al menos planeó, un tratado sobre salud y enfermedad (Long. 464b32) -aunque, si llegó a completarlo, no se ha conservado. Pero lo importante aquí es que Aristóteles percibe una continuidad entre el estudio de los principios subyacentes a la medicina y el estudio de otros aspectos de la naturaleza. Ambos caen en el dominio del physikos o physiologos, el filósofo de la naturaleza. Para el siglo IV a.C., pues, el tema de la alianza, o una alianza, entre medicina y filosofía puede ejemplificarse en dos de los más influyentes filósofos griegos. Pero para redondear este rápido repaso preliminar de los testimonios a favor de este tema, déjenme mencionar, como mi quinta clase de pruebas, la aportación de un escritor mucho más tardío -del siglo II d.C.-, cuyo principal mérito para la fama no proviene de sus considerables talentos en filosofía, sino de su reputación como médico en activo y teórico de la medicina. Me refiero, claro está, a Galeno de Pérgamo. Pienso, en particular, en su breve tratado titulado Cómo el mejor médico es también un filósofo. El tratado sustenta la teoría sugerida por el título en tres argumentos principales, correspondientes a las tres ramas principales en que se solía dividir la filosofía en los tiempos helenísticos, a saber, lógica, física y ética. En primer lugar, el médico ha de educarse en la lógica y el método científico. En segundo lugar, el médico debe conocer las causas subyacentes a la salud y la enfermedad, que forman parte de la filosofía de la naturaleza, la física en el sentido antiguo -el argumento que acabamos de observar en Aristóteles. En tercer lugar, el médico debe estudiar ética, no, ciertamente, como una actividad puramente intelectual, sino de la manera como la ética se estudiaba en la antigüedad griega, con la finalidad de llegar a ser bueno. El médico debe aprender, por ejemplo, a despreciar el dinero, puesto que la preocupación por el provecho es incompatible con una dedicación seria al arte (ojalá este principio fuera más observado hoy en día). Mi repaso está lejos de ser exhaustivo, pero estoy seguro de que estarán de acuerdo en que es más que suficiente para indicar que el tema de la alianza entre medicina y filosofía tuvo poderosos defensores tanto entre los filósofos como entre los médicos, en distintos períodos. ¿No podríamos sacar como conclusión que la idea de que la medicina y la filosofía deberían unir sus fuerzas, practicar métodos similares, mirar hacia objetivos parecidos o análogos, esa idea fue al menos adoptada como un ideal por muchos de los más influyentes escritores griegos de la antigüedad? Y sin embargo tal conclusión sería prematura. Hay otra cara esencial de la moneda con la que debemos enfrentarnos a continuación. Primero hay que plantear dos cuestiones preliminares cruciales. La primera se refiere a qué queremos decir con «filosofía» y «medicina», qué abarcan tales términos. Ninguno de los dos es sencillo, ninguno está falto de polémica. En qué consiste la «filosofía» -deberíamos recordarlo-, varió ampliamente. El término philosophie no es de uso corriente antes de Platón, pero cuando aparece, muy pocas veces es en tono aprobatorio. Tomemos el derivado philosophos. Heráclito habló, en el fr. 35, de ciertos philosophous andras que «investigan demasiadas cosas» y se cree que podía tener en mente a Pitágoras en particular. Pero si lo combinamos con el fr. 40, que critica la «mucha erudición», polymathie, porque no enseña cordura (y lo ejemplifica con Jenófanes y Pitágoras, entre otros), parece claro que «amantes de la sabiduría», philosophoi andres no es exactamente un término elogioso en el vocabulario de Heráclito. No es más elogioso el término philosophie en el autor del tratado hipocrático Sobre la medicina antigua, que en el cap. 20 critica el uso de presupuestos, postulados o, como él los llama hypotheseis, en tanto que tienden a la philosophie, el tipo de estudio de la naturaleza que practicaba Empédocles, basado en métodos que el escritor hipocrático rechaza categóricamente. Más adelante diremos algo más sobre ello. Pero no es sólo que philosophie empiece su carrera entre polémicas. En tiempos de Platón, no era Platón el único que utilizaba el término aprobatoriamente, pues ya lo hacía Isócrates, aunque su idea de en qué consistía la «filosofía» era muy distinta a la de Platón: cuestión principalmente de educación en las habilidades para hablar en público, o retórica -muy lejos de la práctica de la dialéctica platónica. En cuanto a la medicina, es bien conocido el pluralismo de las tradiciones médicas griegas. No sólo los cultos autores de los tratados hipocráticos pretendían ser capaces de curar, sino también los encargados de los santuarios de Asclepio, y otros representantes de la creencia que dioses o daimones pueden causar y curar enfermedades, como son los «purificadores» itinerantes atacados en el escrito hipocrático Sobre la enfermedad sagrada. Más allá de ellos, tenemos aún categorías como las de los recolectores de raíces y vendedores de fármacos, de quienes oímos hablar (entre otros) a Teofrasto, por no mencionar el importante grupo de sanadoras, que sería muy equivocado despachar simplemente como «comadronas». Si tenemos presente ese pluralismo, la idea de generalizar acerca de relaciones, ya sean de alianza o de hostilidad, entre filosofía como tal y medicina como tal se convierte en seguida en intensamente problemática. Los ideales y los métodos de ambas disciplinas eran controvertidos. Ninguna de las dos -deberíamos recordarlo-era una profesión en el sentido moderno de una actividad controlada por reglas estrictas y circunscrita por calificaciones legalmente reconocidas. Mi segunda cuestión preliminar añade un cariz particular a la primera en lo que se refiere a la medicina. Fueran cuales fueran las ideas acerca de lo que debería ser idealmente la medicina, la práctica real de la curación era un asunto distinto. En la representación platónica, el médico es un experto, que puede por diagnósticos seguros dar recomendaciones claras para el tratamiento, con toda confianza en el éxito. Sin embargo, en la práctica, muchos de nuestros autores hipocráticos (por limitarnos a ellos) son increíblemente honestos, no sólo en cuanto al número de sus pacientes que morían, sino al de los que ellos se sentían incapaces de ayudar -casos en que no sólo eran incapaces de llegar a curar del todo, sino siquiera de aliviar la situación. En el primer y tercer libro de las Epidemias, por citar el ejemplo más conocido, el índice de mortalidad se acerca al 60% en las historias clínicas individuales, y en muchos otros lugares de esos libros hallamos gran número de notas en el sentido de que era imposible hacer nada para ayudar1. Tampoco es que el problema se limitara a la falta de éxito en conseguir curaciones -muy comprensible en ausencia de la moderna farmacología. No es que los doctores en cuestión tuvieran ideas claras y unánimes sobre los factores causales que operan en las enfermedades. Teorías humorales de distintos tipos competían entre sí y con otras doctrinas basadas en otros supuestos agentes patógenos, o en el papel de los contrarios, o en residuos, o en estados de saciedad y de ayuno. Tales disputas sobre los fundamentos de la patología contrastan vivamente con el cuadro que Platón nos ofrece de un grupo de médicos expertos, seguros de sí mismos y hábiles para explicar de qué sufre el paciente. La moraleja de mis dos cuestiones preliminares es clara: hay que prestar la debida atención al pluralismo tanto de la filosofía como de la medicina, y al problema del posible desajuste entre el ideal y la realidad en lo que concierne a la práctica médica. Sin embargo, si bien esto subraya la necesidad de precaución, ¿dónde nos deja, en lo que se refiere a las cuestiones con que hemos empezado, tratar lo que podían tener en común al menos algunas tradiciones de filosofía y algunas de medicina? Por lo menos una corriente de la teorización médica no veía que las relaciones entre ella misma y lo que ella entendía por «filosofía» se diesen apoyo mutuo en absoluto. Paso ahora a examinar el texto clave a este respecto, el tratado ya mencionado Sobre la medicina antigua. Ésta es la primera afirmación conservada de la opinión según la cual lejos de ganar con una asimilación a la filosofía, la medicina debería resistirse a la importación de ideas y métodos filosóficos. Este escritor ataca a los que intentan basar la medicina en lo que él llama «hipótesis» -y pone como ejemplos lo caliente, lo frío, lo húmedo y lo seco. Critica a sus oponentes por restringir los principios causantes de las enfermedades. La medicina no necesita tales hipótesis, dice, del modo como tal vez las necesite la especulación sobre lo que ocurre en los cielos o bajo tierra -y tampoco es que apruebe su uso ahí. Si bien algunos aspectos de la ----posición que ataca no están claros -como tampoco lo está cuál exactamente de sus colegas teóricos de la medicina cree él que se equivoca-, presenta el método basado en hipótesis como desviándose hacia la «filosofía». En contraste, su propia opinión acerca del modo cómo el médico debería proceder pone el énfasis en la experiencia (p.e. cap. 1, CMG I 1, 36.7-15, cap. 2, 37.1-4). La medicina ha probado y comprobado unos procedimientos, asegura, que nada deben a postulados, principios como los que sus oponentes citaban con la esperanza de que, de algún modo, la medicina entera podría deducirse de ellos. Ahora bien, la sugerencia de Diller de que el autor de Sobre la medicina antigua no sólo era contemporáneo de Platón, sino que reaccionaba contra ideas de Platón, por ejemplo en el tema de la hipótesis, no ha encontrado una gran acogida entre los expertos (y de hecho Diller mismo se retractó de ella) 2. Pero para mi propósito actual no es necesario determinar la relación precisa o la cronología comparativa del texto médico y los diálogos platónicos del período medio. Sea cual fuere nuestra decisión sobre estos problemas, se puede argumentar que, en algunas cuestiones clave, Sobre la medicina antigua por una parte, y el Menón, el Fedón y la República por otra, presentan puntos de vista absolutamente antitéticos. En ciertos aspectos, Sobre la medicina antigua ofrece una epistemología o una metodología alternativas a las que asociamos con Platón. Tomemos primero la famosa proposición platónica de que aprender es recordar. Platón no quiere decir que el recuerdo sea automático o fácil. Se necesita en particular un razonamiento causal para asegurar las conclusiones. Sin embargo, la objetividad del conocimiento está doblemente garantizada. Existen verdades ahí fuera, en la realidad; y los seres humanos tenemos la capacidad -el equipamiento cognoscitivo, si se quiere-para acceder a ellas. El autor de Sobre la medicina antigua se las arregla sin tal respaldo. No es que el conocimiento del médico no sea objetivo -como si no hubiera ninguna verdad del asunto a la cual llegar. Este escritor no es ningún relativista o subjetivista. Pero su idea de objetividad toma una forma distinta de la de Platón. El médico llega a la verdad -de un diagnóstico, o de una explicación causal, o de la mejor terapia-recurriendo a su propia experiencia pasada o a la de otros. La medicina es una techne, un arte o un oficio, en que algunos son más hábiles que otros (cap. 1, CMG I 1, 36. Nadie debería esperar certeza o exactitud en medicina; pero, sin embargo, se han hecho descubrimientos importantes, muy particularmente en el tema de la dietética o el régimen (cap. 9, CMG I 1, 41. ----2 La tesis de Diller fue propuesta originariamente en DILLER, H. (1952), «Hippokratische Medizin und attische Philosophie», Hermes, 80, 385-409, pero luego matizada en su «Das Selbstverständnis der griechischen Medizin in der Zeit des Hippokrates», en BOURGEY, L.; JOUANNA, J. (eds.) (1975), La collection hippocratique et son rôle dans l'histoire de la médecine, Leiden, Brill, 77-93; pp. 92-3. ¿En qué consiste la experiencia y cómo se puede adquirir? Aunque no pueda decirse que haya dos tratados hipocráticos que adopten exactamente el mismo planteamiento en tal cuestión, es legítimo complementar los comentarios esquemáticos de Sobre la medicina antigua con otras obras como Pronóstico y Epidemias. La primera instruye sobre qué puntos debe tener en cuenta el médico para conseguir su diagnóstico/pronóstico, y el segundo capítulo empieza con su famosa descripción de la facies hipocrática. La segunda enumera las señales a tener en cuenta y construye una auténtica base de datos sobre el progreso de las enfermedades, tanto en individuos como en grupos. En las descripciones generales sobre brotes de enfermedades (en las llamadas «constituciones»), se describen las condiciones climáticas, se citan la edad y el sexo de los pacientes más afectados y sobre todo se presta atención a las variaciones en los ciclos de exacerbación y de remisión, en el caso de enfermedades agudas. En muchos autores hipocráticos, apelar a la experiencia no es un eslogan observado meramente de palabra, sino un principio cumplido en la práctica, con fundamentadas observaciones llevadas a cabo cuidadosamente a lo largo de considerables períodos de tiempo. Sobre la medicina antigua, Pronóstico y Epidemias no utilizan técnicamente un término como anamnesis3. Sin embargo, los métodos recomendados y practicados dependen de la evaluación constante que el médico hace de las semejanzas y diferencias en los casos que encuentra, aunque esto no se convierta en un principio metodológico explícito hasta la medicina helenística, con la noción empirista de la «transición a lo semejante», metabasis tou homoiou4. Si tenemos en cuenta que la anamnesis platónica, en el Fedón (74a) puede ser estimulada por semejanzas o por diferencias, empiezan a aparecer algunos puntos de similitud y de contraste entre la teoría platónica explícita y la práctica hipocrática implícita. La noción de experiencia en curso, en los tratados hipocráticos mencionados -y en otros-, depende del ejercicio de recordar y juzgar hecho por el médico. Pero su recuerdo no tiene, como eventual garantía, el postulado ontológico de absolutos transcendentes, las formas platónicas. En realidad, en el caso del médico, si preguntamos cuál es el criterio a que hay que acudir para juzgar con éxito, la respuesta recae en la comprobación pragmática de «aquello que funciona». En cierto sentido, se podría incluso sugerir que no tenemos sólo una teoría de la memoria, sino dos, una explicitada por entero en Platón, la otra implícita en las recomendaciones de los escritores médicos, en los que se trata de una noción muy diferente, orientada empíricamente, de cómo construir la experiencia. Tanto si las llamamos teorías de la memoria como si no, operan dos modelos de conocimiento, en ----competencia uno con otro. Según Platón, se supone que somos capaces de acceder, en principio, a ciertas verdades. En el otro caso, la prueba de validez es, en realidad, cuestión de «aquello que funciona», -aunque la decisión sobre qué es lo que «funciona» y qué no, constituye indudablemente, una cuestión de juicio, del mismo modo en que el juicio interviene a cada momento en el razonamiento médico en el modo empírico. Hasta aquí, mi discusión ha sido de carácter histórico. Es el momento de echarse al agua y revisar algunas de las que yo llamo repercusiones de estos dos modelos de conocimiento para los que pueden sugerirse antecedentes antiguos. Obviamente, el platonismo es un término que ha abarcado y sigue abarcando un abanico muy amplio de ideas, presupuestos y métodos distintos. Pero en varios campos, lo que a grandes rasgos puede identificarse como una posición platónica, puede discernirse, definirse, en términos de combinación de dos principales ideas componentes. La una concierne a la ontología de lo que hay que conocer, verdades objetivas e incalificadas, la otra concierne a las capacidades cognitivas innatas de los humanos para adquirir tal conocimiento. Tomemos en primer lugar la filosofía de las matemáticas, en que los platonistas se enzarzan en debate con, entre otros, intuicionistas y formalistas de varios tipos. El platonista insistirá que una verdad como la infinitud de los números primos no es una invención, sino un descubrimiento. La matemática estudia entes intemporales y eternos, y deben ser descubiertos como tales. Su modo de existencia es tal que no depende de ningun sujeto cognoscente, pues de lo que se trata es que podemos hablar de verdades que no son conocidas (todavía). La infinidad de números primos fue un hecho en el reino matemático antes de ser demostrada por Euclides. Tomemos también la lingüística, en que la recuperación que llevó a cabo Chomsky de la epistemología cartesiana insiste en que todos los humanos tienen una capacidad innata para procesar el lenguaje. A pesar de las enormes diferencias superficiales entre distintos lenguajes naturales, la estructura profunda de todo lenguaje tiene ciertas propiedades básicas. Todos los seres humanos estan provistos de la competencia relevante no desde luego para enunciar dichas propiedades, no para hacer lingüística, sino para usar el lenguaje. De no ser así, no manifestaríamos las evidentes habilidades que mostramos en la actuación práctica. En ninguno de estos campos el platonismo carece de retos o polémica, pero todavía es más discutido en mi tercer ejemplo. Los científicos del conocimiento han trabajado arduamente en los últimos años para determinar qué módulos centrales deben postularse para dar cuenta de la adquisición, no sólo de habilidades de lenguaje, sino de conceptos fundamentales relacionados con el espacio, el tiempo, el número, la causa, etc. A menudo se supone que los patrones de adquisición e incluso la edad en la que se adquieren los distintos conceptos son parecidos en todo el mundo, aunque hay que decir que, hasta el día de hoy, se han emprendido muy pocos estudios interculturales y autocríticos que resulten convincentes para comprobar tal cosa. Cierta-mente, algunos de estos estudios sorprenden por su enfoque muy eurocéntrico, especialmente los expresados en lengua inglesa. Una tesis particularmente bien desarrollada, con trabajo de campo que la apoya, se refiere a la manera cómo son percibidos los animales y los tipos de animales. Los científicos del conocimiento han postulado módulos centrales también en este campo, pero el trabajo reciente del antropólogo Scott Atran aborda el problema desde una perspectiva distinta, tomando como sujetos a adultos y no a niños, para apoyar su tesis según la cual hay universales interculturales implícitos en la percepción que toda sociedad tiene de los animales 5. A nivel superficial, desde luego, hay una gran diversidad en las taxonomías animales, que reflejan los intereses particulares de distintas culturas y naturalmente la fauna particular a la que se encuentran expuestas. Pero -reproduciendo otra vez el movimiento de Chomsky-en un nivel más profundo, Atran argumenta que hay nociones extraordinariamente estables de especies y géneros animales, correspondientes a lo que él llama sentido común, en que «común» significa compartido comunmente. Ha dirigido trabajos de campo entre los Itza-Maya en la Guatemala moderna y también entre algunos estudiantes de universidades americanas, pero en este punto va más allá e incluso salta por encima de las taxonomías halladas en lenguajes naturales, para investigar los presupuestos generalmente implícitos sobre qué animales se supone que se parecen a cuáles o quiénes están emparentados con quiénes. Los resultados, dice, confirman que los humanos, todos los humanos, comparten ciertas ideas básicas en relación con los animales como tales y con la estructura del reino animal. Hay problemas, ciertamente, sobre hasta qué punto dichas ideas convergen con o divergen de los hallazgos de la taxonomía científica moderna, con su sofisticado recurso a criterios múltiples (de morfología, interfertilidad, citología o número de cromosomas y análisis de ADN) 6. Pero en todo lo que comprende la tesis de Atran, es difícil no darse cuenta de cuán cerca está este análogo moderno de la anamnesis platónica. Sin embargo, el platonismo no puede dominarlo todo, ni en las áreas que he mencionado ni en otras, y desde luego no lo hace. Si el platonismo ofrece una tesis sólida en cuestiones de descubrimiento, hemos de tener en cuenta también los casos de invención. La tecnología proporciona, desde luego, los ejemplos más evidentes, los últimos artilugios electrónicos o cualquier otra cosa. 6 Véase, por ejemplo, JARDINE, N.; SIBSON, R. (1971), Mathematical Taxonomy, Londres-Nueva York, Wiley. bién ampliamente al terreno de la creatividad artística y literaria y a algunos les gustaría defender que también a la creatividad del trabajo de los científicos. La ambición de la ciencia del conocimiento es dar cuenta general de las capacidades cognitivas humanas. Sin embargo, a menudo se pierde de vista la tensión que presenta cualquier teoría general. Podemos verlo si volvemos un instante al problema de las taxonomías animales. Empecemos donde empecemos, como niños, sean cuales sean los módulos centrales que utilicemos para reconocer a los animales, como adultos acabamos en el interior de culturas que clasifican a los animales de formas ampliamente divergentes -y aquí estoy hablando de las clasificaciones explícitas, no de los presupuestos implícitos que diagnostica Atran. Algunas culturas ponen el énfasis en la frontera entre lo comestible y lo no comestible, o lo domesticable y lo no domesticable, o entre lo puro y lo impuro, lo sagrado y lo profano, o, de manera más sencilla, se centran en cuestiones de comportamiento o de hábitat, en cuyo caso los animales pueden ser agrupados genéricamente, en primera instancia, según vivan en el mar, en la tierra o en el aire7. Más aún, si nos fijamos en los modos cómo los animales son «buenos para pensar» (en la expresión de Lévi-Strauss), los antropólogos han indicado los modos cómo es utilizado el código animal para vehicular nociones de diferencias entre distintos caracteres humanos, o sobre las relaciones entre caracteres humanos, o sobre las relaciones entre humanos, dioses y bestias, o, más genéricamente, entre «naturaleza» y «cultura». La búsqueda de universales, ya sea en la forma de módulos de conocimiento o del sentido común de Atran está muy bien, pero debe tenerse en cuenta también la inmensa diversidad de culturas humanas y, en el caso de taxonomías animales, a menudo dominan factores culturales específicos. El problema no es si se puede aceptar el platonismo como regla universal -pues obviamente no se puede. El problema es más bien ver en qué terrenos proporciona una hipótesis de trabajo plausible. El último terreno de investigación que desearía presentar ahora es la filosofía misma de la ciencia -y no es que yo pueda hacer más justicia a la complejidad de los debates existentes aquí que a las otras áreas de investigación mencionadas. Sin embargo, una línea de discusión en la filosofía de la ciencia merece particular mención a la luz del segundo de los modelos de conocimiento de la antigua Grecia, que hemos citado. A partir de la observación que la ciencia no ofrece verdades finales ni absolutas, hay quien ha argumentado que hemos de aceptar verdades que son (de alguna manera) sólo aproximadas y ciertamente revisables. La verdad no puede, en ningún caso, ser una cuestión de correspondencia biunívoca con la realidad -el acceso a la cual, en todo caso, no es posible sin mediación. Algunos ciertamente irían mucho más ----lejos e insistirían en que la verdad debe relativizarse siempre respecto a los científicos en cuestión, al grupo particular (incluso a las particulares técnicas que utilizan) o al consenso de los científicos de moda; y en los últimos años, el tema de la retórica de la persuasión en el interior de la comunidad científica ha cobrado fuerza8. Pero se ha propuesto una cierta vía media (por ejemplo, en algunos escritos de Mary Hesse9 ) entre un realismo ingenuo y un relativismo exacerbado por medio de la tesis según la cual la comprobación apropiada es la pragmática. No se trata sólo de que los resultados sean repetibles (puesto que esto es ampliamente aceptado como criterio de cientificidad); hay que añadir en primer lugar el éxito en la predicción y en segundo lugar la posibilidad de control instrumental del mundo exterior. Sin duda, la aplicación de estos criterios, en algunos casos, es problemática y, por ejemplo, en cosmología no se puede hablar de control. Pero mientras no se pueda tener ninguna demarcación en último término satisfactoria entre ciencia y no ciencia, el criterio pragmático centra la atención en la necesidad de dar razón de los éxitos aparentes de la ciencia (por muy provisionales que éstos puedan ser). Aunque haya que dejar margen tanto para los niveles de explicitud como para los de sofisticación, no es imposible ver una conexión con lo que hemos encontrado en los textos hipocráticos que contrastamos con Platón. Evidentemente, en primer lugar, hay el punto negativo, la renuncia a absolutos: el criterio de la medicina es el pragmático -se han hecho descubrimientos y los buenos profesionales proporcionan resultados. Desde luego, está la importante diferencia que ésta no es una demarcación de la ciencia en su totalidad, sino de la medicina, y los resultados son una cuestión de pacientes que responden o parecen responder al tratamiento y no un entretejido de teorías que proporcionan la comprensión de toda una clase de fenómenos naturales. Pero en el nivel más básico (si mi argumento tiene sentido), se recurre, tanto entre los hipocráticos como en la filosofía de la ciencia, a lo que, en cierto sentido, supera una comprobación pragmática. Todas las demás áreas temáticas que he ido discutiendo -filosofía de la matemática, lingüística, ciencia del conocimiento, filosofía de la ciencia-son intensamente controvertidas. Como historiadores, nuestra primera tarea es describir y comprender, detectar los orígenes y las manifestaciones diversas de las ideas que han operado y de las teorías que han sido propuestas. Pero toda descripción es evaluación, por lo menos en el sentido débil de que no hay ninguna descripción que esté, a su vez, libre de ----teorías. Mis comentarios presentes no son una excepción. Mi discurso ha girado entorno a dos ideas básicas, pero potencialmente en conflicto. La primera se refiere a nuestra humanidad compartida, la segunda a la inmensa diversidad que se halla en las culturas humanas. Por una parte, todos somos seres humanos. Por otra, somos los individuos singulares que somos, cada uno de nosotros con sus historias personales, nuestra pertenencia a sociedades diferenciadas, a grupos, incluso a familias. La primera idea conduce a la búsqueda de las capacidades de conocimiento universales. Por descontado, como humanos todos compartimos un físico y una morfología reconocibles. Pero la pregunta más difícil es qué tenemos en común respecto a la mente. Desgraciadamente, nunca tenemos acceso a mentes adultas humanas en abstracto, que no estén afectadas por la cultura. Los niños, por lo menos, se podría pensar que están libres de cultura, aunque tan pronto empiezan a hablar ya no es el caso. Incluso el estudio de bebés (como he observado) es problemático. Algunos psicólogos cognitivos (como Alan Leslie o Elizabeth Spelke) 10 a veces utilizan el movimiento de los ojos de los bebés y la atención prestada como indicación de sorpresa, de donde pueden inferirse (con precaución) expectativas e incluso conceptos. Pero cuando pregunté a un grupo de investigadores qué hacen si sus bebés no parecen manifestar ningún signo de interés en sus situaciones experimentales cuidadosamente preparadas, dijeron que simplemente los dejaban y los devolvían a sus madres. Es imposible decir en qué medida esto distorsiona el resultado. Además, la investigación de bebés da acceso sólo a sus módulos de conocimiento; subsiste todavía el problema de dar razón de la diversidad de ideas que tienen los adultos. En el caso del tiempo, por ejemplo, los modos de experiencia o percepciones de continua temporales varían en gran manera de una cultura a otra. En el caso del espacio, cuanta más investigación se hace, menos fiables resultan los supuestos universales interculturales. Tomemos derecha e izquierda: podríamos suponer que éstas siempre serían relativas ya sea al cuerpo del hablante o a la lateralidad de los objetos vistos. En cambio, el trabajo del grupo de Levinson ha revelado culturas en que el marco de referencia es muy diferente 11. En Tzeltal, por ejemplo, en lugar de derecha e izquierda, el marco de referencia corresponde mejor a las coordenadas de norte y ----sur o, en su cultura, reflejando los rasgos particulares del terreno que ocupan, a montaña abajo y montaña arriba. La búsqueda de universales de conocimiento estimula un importante programa de investigación en múltiples áreas, pero en la mayoría de los casos los estudios no han producido todavía resultados sólidos y sería extremadamente imprudente anticiparlos. Se impone, sin duda, la precaución. Platón, para volver al padre fundador o a uno de ellos, llegó a postular Formas correspondientes a una variedad de objetos. Lo igual en sí figura, como recuerdan, de modo prominente en el Fedón y parece ser uno de los ejemplos más prometedores que utilizó Platón. Es verdad que en la antigua Grecia la igualdad en el contexto político podía ser un asunto de igualdad en cuestiones particulares, cuna o riqueza, por ejemplo, en que los oligarcas en particular veían a algunas personas definitivamente con más méritos que otras. Pero, en matemáticas, pisa suelo firme, o más firme. Las verdades proporcionadas por operaciones matemáticas elementales son, en un sentido, invariables a través de las culturas: añadir un determinado número a sí mismo dobla el número, sea cual sea su notación. Sin embargo, incluso en este caso hay visiones diferentes acerca del estatus de estas verdades y sobre qué son verdades. Mis propias investigaciones recientes sobre matemática china clásica confirman los puntos de semejanza en el reconocimiento de las relaciones entre los catetos y la hipotenusa de triángulos rectángulos; así, por ejemplo, Gou gu reproduce las mismas verdades que el teorema de Pitágoras para los griegos. Al mismo tiempo, los intereses y las metas de los chinos son muy distintos de los de los griegos, sobre todo porque los chinos no manifestaban ninguna preocupación por llevar las matemáticas a la órbita de un sistema único, comprehensivo, axiomático y deductivo; en realidad, no manifestaban ningún interés por los axiomas como tales 12. Ahora bien, los ejemplos de Platón incluyen no sólo la igualdad sino también, por ejemplo, la belleza misma, auto to kalon (Fedón 100c) y aquí y en otros casos semejantes su confiada objetividad me desarma. Aventurar universales interculturales referentes a valores estéticos debe sorprender, por lo menos, como extravagante. La fuerza del platonismo reside en que responde a la expectativa, o la esperanza, de ser capaces de dar razón, en general, de las capacidades humanas de conocimiento y de lo que está ahí para ser aprehendido por una inteligencia humana común. Su debilidad es que la cultura influye en la inteligencia mucho más de lo que se reconoce habitualmente. Los correspondientes puntos fuertes y débiles afectan al modelo empírico cuyo rastro he seguido hasta algunos hipocráticos (aunque compartido, obviamente, por muchos otros, ya en la antigüedad griega). El recurso a lo que funciona es, por lo menos algunas veces, relativamente poco problemático. Podemos confiar en las ideas y teorías en cuestión, porque, ¡fíjense! vuela, flota. Pero las limi-----taciones de este recurso empiezan a manifestarse cuando, por ejemplo, la exclamación es: fíjense, cura. En este caso, lo que funciona debe relativizarse respecto a un grupo; y así como hay algunos espejismos platónicos en lo que respecta a los universales, hay espejismos empíricos respecto a la fiabilidad de lo que supera la comprobación pragmática. El pluralismo por el que yo mismo abogaría resiste toda identificación inmediata, tanto con el punto de vista platónico como con el empírico. La búsqueda de módulos de conocimiento y ciertamente de universales debe continuar; se trata de una investigación empírica cuyos resultados no deberían ser prejuzgados. Pero hay que prestar también la debida atención a la gran diversidad de la experiencia humana. Ahí es donde el historiador, como el antropólogo social, puede hacer una contribución particular, por la vía de la insistencia en esta diversidad, en la complejidad de lo que se investiga y, como consecuencia de esta complejidad, en la necesidad de reconocer la naturaleza limitada o parcial de las soluciones limitadas que se ofrecen. En sentido negativo, se trata de advertir sobre la debilidad de los modelos de conocimiento que he discutido, pero en sentido positivo, se trata de reconocer también su validez. El historiador del mundo griego antiguo, en particular, tiene razón en apreciar la variedad de ideas cuyos antecedentes ha proporcionado, en el caso que nos ha ocupado, ofreciendo no una, sino varias metodologías fundamentales y paradigmas de recuerdo13.
Las tendencias historiográficas en el campo de la historia económica e industrial vienen considerando, desde hace algunos años, el papel desempeñado por los denominados «sectores no líderes» en el desarrollo industrial de nuestro país. En este marco, y teniendo en cuenta los condicionantes propios de esta industria: sanitarios, científico-técnicos y sociológico-profesionales, hemos tratado de perfilar las líneas maestras por las que ha transcurrido la industrialización farmacéutica española, desde sus orígenes, a mediados del siglo pasado, hasta el inicio de nuestra guerra civil. No obstante, el «relativo estancamiento» de la economía española decimonónica es un hecho admitido por la práctica totalidad de los historiadores. Hoy parece claro que, a pesar de la aparente bonanza de estos indicadores socio-económicos, España no adquirió las cotas de progreso experimentadas por el resto de países de su entorno, particularmente aquellos que conforman la Europa del norte y central. Aunque es cierto que la ralentización del desarrollo económico e industrial tiene componentes específicos hispanos, ciertas tendencias actuales tratan de explicar estos desajustes desde la óptica geográfica y cultural globalizadora de las divergencias norte-sur o centro-periferia. En el campo de la Historia económica, quizás sean el francés Fernand Braudel y su escuela, agrupada alrededor de la revista Annales ESC, los máximos exponentes de este posicionamiento; según este modelo, España no sería más que una supraunidad nor-mediterránea con «rasgos económicos distintivos» respecto de los territorios limítrofes norteafricanos y de la Europa del norte. En este contexto, «el problema del atraso económico de España adquiere una dimensión distinta si ensanchamos nuestro horizonte geográfico y consideramos al país no como un ente aislado, sino como una zona más de la región mediterránea o, quizá más precisamente, como parte de la Europa meridional» 1. Las posibles explicaciones del atraso nor-mediterráneo van desde las hipótesis religioso-económicas hasta la dialéctica entre tecnología y condiciones naturales. La tesis de Max Weber trata de justificarlo en base a la división religiosa del continente europeo acaecida a raíz de la Reforma luterana; según este autor el establecimiento del protestantismo, en el norte y en el centro, y el catolicismo, en el sur, van a marcar diferencias económicas notables a partir del siglo XVIII, convirtiendo las zonas septentrionales en prósperas y las meridionales en deprimidas y favoreciendo una tendencia en los países protestantes por el trabajo en la fábrica, contrapuesta a la preferencia católica por las labores artesanales 2. Para Gabriel Tortella, aun asumiendo esta correlación religioso-geográfica y el hecho irrefutable que supuso la abolición de los latifundios eclesiásticos para su futuro progreso agrícola e industrial, un auténtico fenómeno desamortizador que concedería a los pueblos protestantes sobre los católicos una ventaja de más de un siglo en este terreno, el planteamiento de M. Weber tiene algunas lagunas, esencialmente representadas en los casos italiano, belga y holandés, no partícipes de este modelo. En su opinión, la preponderancia del norte sobre el sur estaría fundamentada en la inversión del orden tecnológico, y su consiguiente adecuación agrícola que desembo-----1 TORTELLA CASARES, G. (1993), «La Economía Española, 1830-1900», en: M. Tuñón de Lara (dir.) En esta misma línea, véase también la compilación de PRADOS DE caría en un relevo en la cabeza del orden económico europeo; la pujanza de la agricultura mediterránea en la Antigüedad y en la Baja Edad Media se desvanecerá a partir de la Edad Moderna, en parte como resultado de la aplicación de los nuevos arados pesados, mucho más adaptables a las húmedas y fértiles tierras del norte que el tradicional arado romano. Esta situación favorecería la disminución migratoria de norte hacia el sur y un progresivo desarrollo agrario y comercial en torno al Báltico y al Mar del Norte; el desarrollo de nuevas técnicas de cultivo específicas de las regiones geográficas septentrionales culminaría en un fenómeno conocido como «Revolución Agrícola», para muchos historiadores el punto de arranque, o el preludio, de la «Revolución Industrial» que habría de iniciarse en la Inglaterra del siglo XVIII 3. Un estatus que no lograría alcanzar la agricultura mediterránea, tecnológicamente estancada durante la Edad Moderna e incapaz de solucionar sus endémicos problemas edafo-climatológicos, los cuales le acabarían llevando a una agricultura de subsistencia y arcaica que, junto al «anquilosamiento de las estructuras sociales y políticas», constituye uno de los rasgos más definitorios del modelo económico nor-mediterráneo 4. Ciñéndonos ya al caso español, el estancamiento agrario ha sido, a menudo, esgrimido como una de las causas fundamentales de ralentización en los mecanismos modernizadores del país; a factores naturales o geográficos, habría que sumar otros de índole socio-cultural, el más remarcable sería el latifundismo, que dificultarían la adecuación agraria a los imperativos industrializadores, a saber: creación de un excedente alimentario para nutrir al proletariado industrial, éxodo demográfico del campo a la ciudad, constitución de un mercado interior capaz de consumir la oferta fabril y creación de núcleos humanos con potencialidad para la acumulación de capitales 5. Pero no conviene culpar exclusivamente a la Agricultura del atraso económico industrial hispano. Sería injusto no tener en cuenta otros factores desestabilizadores, como el demográfico o la cronicidad de la Deuda nacional, también responsables del estancamiento y, sobre todo en el segundo caso, definitorios en la tipificación del modelo industrial español 6. ----3 Esta correlación entre Revolución agrícola y Revolución industrial ha sido defendida, entre otros, por BAIROCH, P. (1979), «La Agricultura y la Revolución industrial, 1700-1914», en: C.M. Cipolla. (ed.) Historia económica de Europa (3). 4 TORTELLA, G. Op. cit. nota 1; en particular el capítulo primero, titulado: «La economía española en el marco de la cuenca mediterránea» (pp. 11-15). 5 Sobre este asunto véanse los trabajos de ANES ÁLVAREZ, G. (1970), «La agricultura española desde comienzos del siglo XIX hasta 1868: algunos problemas», en: P. Schwartz Girón (coord.) 6 Entre la abundante bibliografía que aborda el estudio de la industrialización española y los factores que influyeron en ella, desde sus orígenes hasta el inicio de nuestra Guerra Civil, citaremos los trabajos de: NADAL, J. (1975), El fracaso de la Revolución industrial en España, 1814-1913, Barcelona; La tendencia historiográfica, al menos la vigente hasta los años setenta, ha limitado el proceso industrializador español a los subsectores textil y siderúrgico; actualmente también se tiende a considerar el resto de las actividades del sector secundario como verdaderamente influyentes en el desarrollo industrial del país 7, en ocasiones participando del modelo general, otras veces apartándose ligeramente de él. Es indudable que la industria farmacéutica española se movió al compás marcado por los acontecimientos históricos, los movimientos económicos nacionales e internacionales y por el trazo dejado por las llamadas «industrias líderes»; pero, en su nacimiento y desarrollo, hay que tener también en consideración otros factores, propios de esta industria, como su vinculación al entorno sanitario, la especificidad de sus requerimientos científicos y técnicos y los condicionantes sociológicos derivados de la rigidez del modelo profesional farmacéutico mediterráneo. En cualquier caso, y siguiendo los criterios generales de industrialización trazados por W.G. Hoffmann 8 y J. Nadal 9, sería posible distinguir cuatro etapas diferenciadas en el devenir de la industria farmacéutica española: una primera, favorecida por el espíritu liberal de mediados de siglo, en la que surgen las Farmacias Centrales y los Laboratorios de manipulación de materias primas; una segunda, impulsada por el desarrollo tecnológico adquirido por las nuevas formas farmacéuticas a partir de la década de 1870, en la que se formarían un buen número de establecimientos industriales y pseudo-industriales, generalmente dependientes de industrias de base extranjeras (químicas y de maquinaria); una tercera, marcada por el proteccionismo de los años veinte y por la aparición del registro obligatorio de especialidades farmacéuticas, en la que, prácticamente, queda conformado el tejido farmacéutico español; y una cuarta, que no arrancaría hasta después de finalizada nuestra guerra civil, en la que se desarrolla la industria químico-farmacéutica. El proceso quedaría finalmente cerrado con el establecimiento en España de centros productores de maquinaria farmacéutica, una etapa que no comienza a dar sus frutos antes de la década de 1930; su desarrollo tendría lugar a partir de la finalización de nuestra guerra civil. LOS ORÍGENES: LAS FARMACIAS CENTRALES Y LOS LABORATORIOS QUÍMICOS DE TRANSFORMACIÓN DE SUSTANCIAS NATURALES El auge experimentado por los negocios de droguería, a partir del segundo cuarto del siglo XIX, estuvo directamente relacionado con el progreso de la incipiente industria farmacéutica; las claves de esta relación directa estaban fundamentadas en el característico comercio al por mayor de estos establecimientos, en su connivencia químico-industrial y en la escasa competencia farmacéutica en este tipo de actividades. Este último aspecto venía justificado, al menos parcialmente, por la existencia de los dos anteriores, considerados por buena parte de la profesión farmacéutica española, poco más o menos, que heréticos. Por ello, es fácilmente comprensible el odio hacia todo aquello procedente de los comercios de droguería, incluyendo aquellos que ya empezaban a ser regentados por boticarios, una postura reaccionaria o, al menos, paradójica por cuanto expresaba un posicionamiento crítico, sustentado en razones de ética o moral profesional, hacia una actividad proscrita pero de la que se servían cotidianamente para abastecerse de materias primas e, incluso, de medicamentos galénicos y químicos ya elaborados. La postura de este grupo profesional era manifiestamente contraria a este tipo de prácticas, ya fuesen desempeñadas por personal no cualificado como por farmacéuticos titulados; para ellos el problema no residía en la profesionalidad o en la formación no científica del droguero, sino en el propio ejercicio de la actividad. No hay que extrañarse, pues, de la feroz oposición ejercida por estos boticarios hacia las primeras droguerías abiertas por farmacéuticos en nuestro país, desmitificándose de este modo el eterno argumento doctrinal en favor de la persecución de los intrusis-mos profesionales; el farmacéutico ya accedía al control científico, sanitario y comercial de algunos de estos establecimientos; no obstante las críticas emitidas por cierto sector de sus colegas eran casi tan duras e inflexibles como las que iban dirigidas a las droguerías no farmacéuticas 10. A mediados del siglo pasado, el auge de las farmacias-droguería en España, más popularmente conocidas como «farmacias centrales», era ya notable; durante esta época comenzarían a manifestarse los primeros intentos de asociación entre farmacéuticos con el objeto de trabajar al por mayor el negocio de la droguería medicinal; así, podemos destacar los proyectos de José Oriol Ronquillo y Manuel Teyxeiro (1843), Pedro Arús y Lorenzo Valls (1844) 11 o el de la «Sociedad Farmacéutica Mercantil» (1846) 12. Habría otros intentos, algunos exitosos y otros fallidos, casi todos ellos emplazados en Cataluña, pero ninguno de tal alcance como el liderado por la Farmacia Central de Valladolid, regentada por Mariano Pérez Mínguez, y por su órgano de expresión científico-profesional: El Droguero Farmacéutico (1856-1859). Este proyecto estaba basado en iniciativas individuales, una constante en los comportamientos pre-industrializadores hispanos, siempre más propensos a las alianzas o asociaciones entre farmacéuticos ya establecidos que a las operaciones colectivas del tipo de la «Farmacia Central de Francia» 13. El proyecto de las «Farmacias Centrales» se basaba en la confederación de cinco establecimientos, situados en Valladolid, ----10 «(...) como individuo que soy de la clase, las suprimiria [las farmacias-droguería] desde este mismo dia; y la haria así, porque tengo la conviccion de que obrando de este modo hacia un buen servicio al publico y á mis compañeros; y todo esto lo haria con tanta calma, que nadie se atreveria á imaginar siquiera que en esta disposicion hubiera un átomo de cólera. (...) se establecen las centrales para recibir el producto de aquellos trabajos: se habla de ellas un dia y otro dia, y hasta con entusiasmo, para hacerlas aparecer como una tabla de salvacion para los farmacéuticos: permítase, pues, hablar, siquiera una sola vez con disgusto á quien las mira, no como capaces de arruinar á la clase, porque á tanto no alcanza su poder, pero sí de escusarla gravísimos perjuicios. Boticas con venta al por mayor y menor de cuantas drogas y medicamentos se conocen, depósitos para el tráfico de todo lo que se hace venir del estranjero, centros para el cambio de medicamentos, todo se ha dispuesto en su beneficio; yo no encuentro ventajas para la clase: hasta esos mismos farmacéuticos á quienes se pone en la mano una insignificante gratificacion por su cooperacion en ese tráfico inconveniente salen perjudicados, porque de seguro ganarian más en decoro y en intereses si hicieran salir de sus manos esas mismas sustancias que reciben en comision. Que prescindan del descanso poco envidiable que dá ese modo de proceder; que reflexionen un poco, y que respondan» (cf. UN ANTIESPECIALISTA (1860), «Parte editorial». El Restaurador Farmacéutico, 16(33) Valencia, Barcelona, Zaragoza y Sevilla, a los que posteriormente se unirían otros en Madrid, Badajoz y, tal vez, en alguna otra localidad española, con el objetivo de centralizar, controlar y dar salida a cualquier tipo de producto farmacéutico, ya fuese elaborado en estas farmacias-droguería o por modestos boticarios rurales 14. Las farmacias centrales no fueron la solución deseada por la mayor parte de los boticarios españoles; es verdad que cumplieron una labor de solidaridad para con sus colegas, favoreciendo la compra-venta de productos farmacéuticos en mejores condiciones de las que estaban habituados con los comercios de droguería, pero no resolvieron uno de los principales problemas que enfrentaban a farmacéuticos y drogueros, la venta al detalle de medicamentos. A pesar de todo, las farmacias centrales habían abierto una nueva vía de ejercicio profesional; fueron el germen de una nueva generación de farmacéuticos que trataron de hacer progresar sus iniciativas salvando todo tipo de obstáculos, los más importantes procedentes de las mismas entrañas de la Farmacia más profunda 15. A comienzos de la década de 1870, ayudado por una serie de factores que no conviene pasar por alto, como el progresivo desarrollo de la red ferroviaria nacional o el auge de la prensa profesional farmacéutica, el fenómeno de las farmacias centrales ya era un hecho consolidado. No hay duda de que los sucesivos intentos colectivizadores y asociacionistas experimentados durante las décadas de 1860 y 1870 16, aunque ----14 ANÓNIMO (1857), «Repetición de pensamiento», El Droguero Farmacéutico, 2(31), s.p.). Un ejemplo del pensamiento aperturista, ligado al establecimiento de farmacias centrales, puede consultarse en PÉREZ MÍNGUEZ, M. (1858), «Medios de progresar en la ciencia farmacéutica», El Droguero Farmacéutico, 3 (49), s.p. No tenemos datos cuantitativos que nos permitan realizar un balance de lo que supuso esta propuesta aperturista en el mundillo farmacéutico español, lo que si sabemos es que fue lo suficientemente consistente como para ser valorada positivamente por un órgano de expresión tan conocido en el ámbito médico-farmacéutico como El Siglo Médico: «Varios farmacéuticos de Valladolid se han propuesto elaborar en grande ciertos artículos de droguería y de farmacia cuyas primeras materias abundan en nuestro pais. Tiempo es ya de que sacudamos la desidia que nos ha impedido hasta ahora utilizar debidamente los recursos que ofrece nuestro suelo, sacando de ellos todo el partido que permite el estado actual de las ciencias y de la industria» (ANÓNIMO (1857), «Productos españoles», El Siglo Médico, 4(162), 48). todos ellos fallidos, espolearon a cierto sector, el más progresista, de la profesión farmacéutica; tras la apertura de las primeras farmacias-droguería durante la década de 1850 (Valladolid, Barcelona, Valencia, Madrid, Badajoz, Sevilla y Zaragoza), la progresión de esta nueva forma de ejercer la Farmacia fue notable, veinte años después este tipo de establecimientos ya superaba la veintena 17; algunos de ellos, como la afamada «Farmacia General Española» de Pablo Fernández Izquierdo, ubicada en Madrid 18, o la barcelonesa «Sociedad Farmacéutica Española», fundada por Gonzalo Formiguera en 1882 19, disfrutaban de un movimiento comercial francamente relevante. 17 Cf. la publicidad referente a estas Casas aparecida durante esta época en La Farmacia Española, la serie dedicada, en 1877-1878, por la revista profesional Los Avisos a algunas droguerías farmacéuticas españolas y los Catalogos de las droguerías farmacéuticas de Aurelio F. Román (Orense, 1898), Vicente Saiz (Madrid, 1879) y J. Viladot (Barcelona, 1907). El establecimiento de P. Fernández Izquierdo estaba más cerca de lo que, años después, serían las oficinas de farmacia de elaboración industrial que del modelo tradicional de droguería-farmacéutica; en este sentido, su «Farmacia General» puede considerarse como una de las pioneras de la industrialización de especialidades farmacéuticas en España. Las cifras de este negocio, a comienzos de la década de 1880, fueron publicadas por, VIVES, I. (1883), «Consideraciones generales acerca del comercio de importacion y exportacion de artículos medicinales en España, deducidas de los 2.2. Los laboratorios químicos de transformación de materias primas, el complemento de las farmacias centrales Las Farmacias Centrales nacieron con el firme propósito de arrebatar a los drogueros el comercio al por mayor de sustancias medicinales, una aspiración que tan sólo se conseguiría, parcialmente, gracias a un reducido grupo de farmacéuticos de talante progresista; en gran medida, el fracaso colectivo, tal y como ya señalara M. Pérez Mínguez, era una consecuencia de la no consolidación de un modelo corporativo de índole profesional 20. Las droguerías regentadas por farmacéuticos eran, ante todo, centros distribuidores de productos medicinales a gran escala; no obstante, y tal como podemos apreciar en la mayoría de proyectos relativos a este tipo de establecimientos, éstas también se planteaban como lugares de elaboración de medicamentos, generalmente en aquellas situaciones en las que el farmacéutico, desde su botica, no pudiese hacer frente a la preparación de determinados productos. En 1875, M. Pérez Mínguez lideraría un proyecto cuyo fin primordial era la creación de un «Laboratorio químico-farmacéutico español»; con él se pretendía, de nuevo, resucitar la vieja idea del asociacionismo comercial; esta vez en base al establecimiento de una sociedad que tuviera «por objeto la preparación en grande escala de los productos químicos que convenga elaborar». La idea venía a complementar los objetivos generales de las Farmacias Centrales, merced a la explicitación de los deseos de elaboración a gran escala y de especialización productiva en centros independientes de éstas. El resurgimiento de estos postulados asociacionistas, una vez parecían haber quedado descartados pocos años atrás, quizás sea debido a tres factores diferentes; por un lado, el cada vez más notable auge de las Farmacias Centrales abiertas por algunos farmacéuticos, las cuales, aunque es probable que tuviesen actividad fabril propia, eran demandantes de productos obtenidos por procedimientos químicos; por otro, que «El Laboratorio químico-farmacéutico español» sirviese como revulsivo y nuevo punto de inflexión en el desarrollo definitivo de las Farmacias Centrales 21; y, por último, la mayor posibilidad que había en 1875, gracias al ---productos que han figurado en la Exposicion farmacéutica nacional», La Gaceta de Sanidad Militar, 9, 465-475; p. 20 «(...) generalmente estos proyectos han debido ser hijos de asociaciones de carácter profesional, que no pudiendo desarrollar la parte principal de su programa mal pudieron ocuparse de las que pudiéramos llamar secundarias» (cf. PÉREZ MÍNGUEZ, M. (1875), «Otro proyecto», La Farmacia Española, 7(5), 72-74). 21 «También se nos ha preguntado particularmente, qué proyectos son los que creemos relacionados con la creacion del Laboratorio y qué resultados prácticos nos prometemos de ellos. (...) se nos figura que reunido cierto número de farmacéuticos en vínculos mercantiles pudieran cuando menos dar gran ensanche al Laboratorio, transformarle en fábrica y hasta hacer en él depósito de sustancias farmacológicas elaboradas por sus individuos, creando las Farmacias centrales que tan buenos resultados están dando en otros países y que aquí por lo visto no se pueden ó no se quieren instalar por falta de señores que quieran desarrollo ferroviario, para descentralizar, y por lo tanto abaratar considerablemente, la ubicación geográfica del centro productor 22. El «Laboratorio químico-farmacéutico español» no pretendía ser una industria química de base, donde se realizaran complejas operaciones de síntesis de nuevas moléculas farmacológicamente activas, ni siquiera procesos de semi-síntesis encaminados al aislamiento de alcaloides o glucósidos a gran escala; tampoco un lugar para la fabricación al por mayor de productos galénicos o especialidades farmacéuticas, estas industrias aún tardarían en implantarse en nuestro país. La propuesta de M. Pérez Mínguez era más modesta, lo que se perseguía era el establecimiento de un centro fabril orientado hacia la obtención de sustancias químicas de amplia utilización en el mundo farmacéutico, obtenibles en base a procedimientos y aparataje sencillos, a partir de materias primas presentes en nuestro suelo 23. Al igual que sucediera con los diferentes proyectos asociacionistas anteriores, el «Laboratorio químico-farmacéutico español» nunca se pondría en marcha 24; no obstante, a mediados de la década de 1880, ya se había establecido en España un primer núcleo de fabricantes al por mayor de productos farmacéuticos, el embrión de lo que habría de ser la futura industria químico-farmacéutica en nuestro país. A tenor de los ---dedicarse á su direccion, que así nos lo hace sospechar el silencio con que los Directores de las antiguas Farmacias centrales han acogido las indicaciones que desde este lugar hemos tenido el gusto de hacerles; y de todos modos el Laboratorio, ó mejor dicho, los intereses que en él tuvieran los farmacéuticos serian lazo de union y base ó cimiento para edificar un sólido edificio, cuyos planos no pueden hacerse, sino bosquejados, hasta no conocer el terreno en que ha de colocarse» (cf. PÉREZ MÍNGUEZ, M. (1975), «El Laboratorio Farmacéutico Español», La Farmacia Española, 7(9), 133-134). ro, seguros estamos de ello, los Farmacéuticos, los drogueros de Madrid como los de toda España, vendrán á comprar al Laboratorio, esté donde quiera, siempre que se halle en la red general de ferro-carriles y siempre que los productos que de él salgan puedan competir en clase y en precio con los de otras plazas nacionales ó extranjeras» (cf. PÉREZ MÍNGUEZ, M. (1975), nota 21). 23 «Las circunstancias que han de reunir estos productos son á nuestro modo de ver tres: no requerir para su obtencion aparatos de elevado coste, ser de pronta y fácil salida ó lo que es igual, de mucho consumo, y estar formadas de primeras materias nacidas en nuestro suelo ó que sean de fácil y económica adquisicion. (...) señalaremos los que á nuestro modo de ver reunen las tres condiciones que les hemos asignado. Acidos tártrico y oxálico. 24 Lo cierto es que su propio autor, después de desengaños precedentes era, ya a priori, muy pesimista: «Nosotros esperamos muy poco, creemos no se hará nada, sin embargo, estamos dispuestos á los mayores sacrificios, pues creemos que la creacion del laboratorio es la base de una serie de mejoras en la parte material de la profesion» (cf. PÉREZ MÍNGUEZ, M. (1975), nota 20; p. 74). datos suministrados por el farmacéutico militar Ignacio Vives y Noguer, extraídos de la Exposición Farmacéutica Nacional de 1882, el número de farmacéuticos «que merecen ser calificados de fabricantes de productos químico-farmacéuticos en grande escala» era de 18 y la cifra de obreros y empleados en estos establecimientos alcanzaba los trescientos sesenta individuos (191 hombres y 169 mujeres), los cuales se repartían un salario anual de 249.371 pesetas 25. Todas estas industrias tenían como base el aprovechamiento de materias primas de origen natural, a menudo presentes en el entorno geográfico del farmacéutico fabricante, y su objetivo era la transformación de éstas en productos de droguería farmacéutica, en materias primas para la elaboración de medicamentos. Hacia 1880 la industria de las formas farmacéuticas y del específico aún era muy precaria; si exceptuamos a un puñado de fabricantes de preparaciones galénicas, la mayoría emplazados en Cataluña (Formiguera, Fortuny, Aguilar, Genové, Pizá, Poquet, Colmabella o Massó), el resto de la actividad farmacéutica industrial respondía a este modelo de laboratorio químico de transformación. Entre los más importantes cabe destacar la «Sociedad de Productos Químicos de Oviedo» (1877), el establecimiento «Lecumberri & Cia.» (1881), situado en Hernani, y la fábrica de productos químico-farmacéuticos de Leon26. Con el cambio de siglo se iniciaría el movimiento cooperativista en España, de algún modo heredero de las antiguas farmacias-droguería y de la sempiterna lucha entre farmacéuticos y drogueros, que se consolidaría a lo largo del primer tercio de esta centuria; en 1901 se crearía la «Unión Farmacéutica Guipuzcoana», en 1909 el «Centro Farmacéutico Nacional» y el «Centro Farmacéutico Vizcaíno», en 1913 el «Centro Hispalense Químico Farmacéutico», en 1916 el «Centro Farmacéutico Murciano», en 1919 el «Centro Farmacéutico Navarro», etc. Todos ellos eran centros distribuidores de materias primas farmacéuticas y productos elaborados, principalmente especialidades farmacéuticas; su vocación sería la intermediación entre el laboratorio y la oficina de farmacia, nunca la fabricación industrial de los mismos27. La Exposición Farmacéutica Nacional de 1882 ha sido estudiada por RUIZ JIMÉNEZ, M.T. (1990), La Exposición Farmacéutica Nacional de 1882, organizada por el Colegio de Farmacéuticos de Madrid y la fabricación industrial del medicamento, [Tesis doctoral. LOS MEDICAMENTOS GALÉNICOS INDUSTRIALES: ESPECÍFICOS Y ESPECIALIDADES Remedios secretos, específicos y especialidades farmacéuticas. ¿Existe realmente una separación sustancial entre estos tres términos? ¿Son fácilmente indentificables o, por el contrario, son prácticamente sinónimos? 28 Preguntas de difícil respuesta o, cuando menos, de resolución comprometida 29, sobre las cuales penden las indefiniciones, contradiciones e identificaciones conceptuales de los propios testimonios debidos a protagonistas coetáneos 30. Sin embargo, un estudio detenido de éstos, realizado con la imprescindible perspectiva histórica, parece querer mostrarnos un proceso, el del nacimiento del medicamento industrial, construido sobre tres escalones, de perfiles redondeados, de límites poco precisos, sobre los cuales se asientan remedios secretos, específicos y especialidades farmacéuticas, en una secuencia guiada por los adelantos científicos y técnicos, por las reglas económico-comerciales propias del sistema capitalista y por la actitud de los profesionales del medicamento hacia estos nuevos planteamientos. En España, la primera vez que se acepta oficialmente la existencia de este tipo de preparados tiene lugar el 30-VI-1892, fecha en la que se promulga la Ley del Timbre, por la que se gravan fiscalmente determinados artículos destinados al consumo o a otros menesteres; un año más tarde, el Real Consejo de Sanidad emitiría dictamen en el que se definía el término «específico», a efectos de la Ley del Timbre: «Por específico debe entenderse para los efectos de la Ley tantas veces mencionada, aquellos medicamentos cuya composición sea desconocida total o parcialmente y que se ex-----28 «Especialidades farmacéuticas, específicos, remedios secretos: ¿en qué categoría de medicamentos pueden colocarse los productos que con esos nombres, sinónimos en el lenguaje común, ocupan un sitio en nuestras oficinas, por lo mismo que los médicos los prescriben y el público los demanda frecuentemente? 29 «Mucho se ha discutido sobre lo que deba entenderse por remedio secreto, por específico y especialidad, sin que hasta ahora haya podido ponerse en claro el valor real que en medicina pueda asignarse á estas voces» (cf. GÓMEZ CALDERÓN, M. (1879), «Específicos y especialidades», La Farmacia Española, 11(16), 248-251). 30 Una primera aproximación al estudio de remedios secretos, específicos y especialidades farmacéuticas en España ha sido efectuada por VALVERDE, J. A pesar del reconocimiento legal, los profesionales de la Farmacia identificaban al específico con el remedio secreto, preparado por profesionales no farmacéuticos y, en opinión de éstos, elaborado sin las garantías científicas, higiénicas y sanitarias necesarias. En cualquier caso, ya fuese debido a este prejuicio o no, desde el interior del gremio se instaba a no «aceptar que la especialidad se confunda con el específico, se transforme en maravillosa panacea y sea explotada, con doble transgresión de la ley, perturbando el tratamiento racionla [sic] de las enfermedades y estafando los respetables derechos del enfermo» 32, porque conviene diferenciar la «especialidad, que es la perfeccion de una cosa, de lo específico, que es la esperanza de una idea figurada» 33. En definitiva, para los farmacéuticos del segundo tercio del siglo XIX, específico era sinónimo de secretismo, ilegalidad, arbitrariedad terapéutica, mercantilismo e ineficacia; mientras que la especialidad farmacéutica lo era de antisecretismo, legalidad, eficacia y criterio científico. En este marco conceptual, la definición de específico dada en 1893, a efectos de la Ley del Timbre, hay que considerarla como un híbrido entre ambos términos y, en gran medida, como un buen reflejo del estado de confusión terminológica imperante sobre este asunto; confusionismo que acabaría disipándose a lo largo del último cuarto del siglo XIX gracias a dos acontecimientos de envergadura: el desarrollo de la Química orgánica de síntesis34 y de los procesos extractivos de principios activos vegetales, y la consolidación definitiva del modelo tecnológico nacido de las nuevas formas farmacéuticas 35. ---- 31 En nuestra opinión, el factor diferenciador superlativo entre ambos términos era la utilización de procesos tecnológicos aplicados; si el salto cualitativo de remedio secreto a específico se produce por el desarrollo de la ciencia farmacológica, con la consiguiente adquisición de hábitos terapéuticos generalizados contra determinadas enfermedades, con la especialidad farmacéutica se consigue optimizar este producto a través de la adecuación del principio activo a un formato predeterminado. La diferencia más importante entre específico y especialidad farmacéutica es su presentación externa, su forma, su estética, la utilización preferente de nuevas formas 36, en definitiva, la consagración del medicamento industrial, de fórmula declarada y dispuesto al gusto del gran público, «obsesionado por la preferencia exclusiva de las especialidades; lo que los alemanes llaman 'hambre medicinal'» 37. La consolidación de este nuevo modelo terapéutico era ya un hecho a principios del siglo XX; la primera definición oficial española de especialidad farmacéutica, si exceptuamos la ambigua de específico dada a efectos de la Ley del Timbre, se produjo en 1919, tras la redacción del primer Reglamento para la Elaboración y Venta de Especialidades Farmacéuticas: «Todo medicamento de composición conocida distinguida con el nombre del autor o denominación convencional, dispuesto en envase uniforme y precintado para la venta» 38. Una definición, modificada ligeramente en el Reglamento de 1924 39, con la que se da carpetazo final a la polémica nomenclatural ----GONZÁLEZ BUENO, A. (1996), «La répercussion des formes pharmaceutiques d 'origine française à l' aube de l 'industrialisation pharmaceutique espagnole», Revue d'Histoire de la Pharmacie, 312, 292-296. 36 Este argumento diferenciador fue manejado, en 1871, por el mismo Colegio de Farmacéuticos de Madrid: «Conviene, pues, que conste que el Colegio de Farmacéuticos de Madrid dió un pasito al admitir estas especialidades, que no son, entiéndase bien, ni los específicos como los entendia la Sección de vigilancia, ni los específicos de los llamados especifiquistas entre los farmacéuticos, sino las formas novísimas en la preparación de los medicamentos, como se conocen hoy muchas» (cf. ANÓNIMO (1871), «Sección editorial», El Restaurador Farmacéutico, 27(53), 561-561). Una ley en preparación sobre las especialidades». Aunque no de forma legal, una definición de especialidad farmacéutica de este estilo, en la que además se hacía referencia a la dosificación, ya había sido emitida, en 1915, desde el país vecino por Tiffeneau (Profesor Agregado en la Facultad de Medicina de París): «Sous le nom de spécialités pharmaceutiques ou de produits pharmaceutiques spécialisés, on a coutume de comprendre des préparations médicamenteuses dosées au poids medicinal par le fabricant et conditionnées par lui pour être vendues au public sous son cachet» (cf. TIFFENEAU, M. (1915), Étude sur les moyens propres a assurer en France le développement de l'industrie des médicaments chimiques, Paris -tirada aparte del artículo aparecido, ese mismo año, en el Bulletin de la Société de Thérapeutique-). Esta disposición definía así la especialidad farmacéutica: «Para los efectos de este Reglamento, se entiende por especialidad farmacéutica todo medicamento de composición conocida, distinguido con el nombre del autor y denominación convencional, dispuesto en envase original, uniforme y precintado para la venta al público, y en cuyas etiquetas, envoltorios o impresos se trate de entre específicos y especialidades farmacéuticas, estableciéndose un modelo hegemónico de tratamiento farmacológico que, aún en la actualidad, perdura. La invasión foránea: los específicos venidos del extranjero Durante las décadas centrales del siglo XIX, en una época en la que este tipo de preparados farmacéuticos aún no se elaboraban en España, la llegada de específicos extranjeros a nuestro país fue masiva, en gran medida favorecida por la permisividad de los aranceles aduaneros durante este período y el posterior desconcierto legislativo en esta materia 40. Sólo para combatir una enfermedad, el cólera, se recibieron en España, hacia 1885, más de doscientos específicos diferentes 45. ---sus virtudes curativas» (consultado en: BLAS Y MANADA, M. (1925), Legislación de Farmacia vigente en España, Madrid; p. (Causas de su decadencia, medios para precaver su ruina), Barcelona. También de interés el trabajo de CODINA LANGLIN, R. (1876), Medicamentos extrangeros, Barcelona. 43 Este dato fue suministrado por «La Junta de Defensa de la clase farmacéutica», representada por Luis Siboni, Francisco Blanco, Manuel Benedicto, Antonio Villegas, Luis de la Cámara y Pedro Martínez, y publicado en 1891, bajo el título de: «A las Clases Médicas», en La Farmacia Moderna, 2(32), 497-500. En 1893, el 70% de las ventas brutas realizadas por los farmacéuticos españoles correspondían a medicamentos extranjeros 46. Francia era nuestro principal proveedor de específicos y el país líder en la fabricación de medicamentos galénicos; a finales del siglo XIX sus cifras de este negocio se elevaban a 40 millones de francos, de los cuales 15 millones procedían de la exportación, por contra, tan sólo se dedicaban 1,5 millones a la importación 47. A pesar de la fuerte oposición efectuada por el engranaje corporativo farmacéutico 48, los específicos extranjeros formaban parte del arsenal terapéutico decimonónico español; su venta se canalizaba en droguerías, farmacias y en otros establecimientos, no siempre sanitarios. Para los boticarios, estos productos no reunían las garantías científicas y sanitarias necesarias para considerarles medicamentos, entendían que su importación debería de estar proscrita; no obstante, jugaban a doble baraja o, si se prefiere, con doble moral: caso de que el éxito terapéutico, popular y científico de estos preparados fuese irreversible, ellos estaban destinados a convertirse en los monopolizadores de su dispensación 49. Entre el aperturismo y el rechazo intraprofesional: los primeros específicos de fabricación nacional La ambigüedad de los posicionamientos farmacéuticos frente a los remedios extranjeros ya fue, a comienzos de la década de 1850, criticada por miembros del colectivo médico, algunos tan reputados como Francisco Méndez Álvaro; éste, desde las recién inauguradas páginas de El Siglo Médico, opinaba que no había «motivo para otorgarles [a los farmacéuticos] el monopolio de su grangería, puesto que, voluntariamente y con mengua de su dignidad é importancia, se reducen á vender frascos, cajas y botes de cosas que reciben elaboradas ya, y que contienen ó deben contener (¡porque hasta lo contenido ignoran!) medicamentos para tales ó cuales dolencias». Esta actitud era, a su entender, más propia de tenderos o de drogueros que de hombres de ciencia e invadía las competencias y atribuciones de los médicos al promo-----cionar, publicitar y, en ocasiones, prescribir medicamentos sin el obligatorio concurso facultativo; para F. Méndez Álvaro, según El Restaurador Farmacéutico «de los pocos médicos que han defendido á la farmacia» 50, este tipo de prácticas no eran dignas del boticario y caían enteramente en el ámbito del intrusismo 51. Para El Restaurador Farmacéutico la diferencia entre la venta de un específico por un farmacéutico o por un droguero residía en la responsabilidad ejercida en el acto de la dispensación; solamente el farmacéutico estaba preparado para conocer, mediante análisis físico-químicos, la composición del remedio adquirido y, por lo tanto, para asumir la responsabilidad sobre el producto suministrado al enfermo. Esta opinión no debe entenderse como una demostración de aperturismo pro-especifiquista, más bien como un modo de asegurar el futuro profesional de la Farmacia en caso de perder la guerra contra específicos y especialidades farmacéuticas 52. Los farmacéuticos españoles de mediados del siglo XIX consideraban a los específicos como producto de los charlatanes, en la mayoría de las ocasiones «engañabobos» preparados por neófitos sin la legítima cualificación profesional, que ponían en peligro la salud de quienes los adquirían. No obstante, algunas voces, desde el interior mismo del colectivo farmacéutico, reconocían, a pesar de su rechazo, que ciertos específicos tenían virtudes curativas contrastadas, lo que permitía a sus propietarios mantener la credibilidad y aumentar su comercio especulativo 53. Sin embargo, si exceptuamos algunos casos aislados, la fabricación de específicos por parte de boticarios españoles no se inició hasta después de la Revolución de Septiembre de 1868 54. El propio Benito Pérez Galdós, en su novela Fortunata y Jacinta, se hacía eco de la situación de desventaja que vivían los farmacéuticos madrileños respecto de los medicamentos extranjeros, y de su pasividad ante esta realidad: 51 «Si á los farmacéuticos fuera permitido fabricar preparaciones secretas y recomendarlas para determinadas enfermedades, y espenderlas á quien se las pida intrusándose en la medicina; si ellos pudieran vender medicamentos que no han preparado y cuya composicion ignoran, venidos de fuera de España, ¿por qué habia de vedarse á los médicos la intrusion en la farmacia? ¿por qué no debiera permitirse la venta de medicamentos á cualquiera otra persona? ¿por qué no dejar en entera libertad á todo el mundo para tratar las enfermedades, confeccionar y vender los medicamentos?» «Madrid está por explotar. Todo consiste en tener pesquis. Pues en el ramo de Farmacia, Dios mío, hay una verdadera mina. Yo estoy bregando con Maxi para que invente, para que salga por ahí con su poco de panacea. Pero nos hemos vuelto todos muy morales y muy rigoristas. Vean por qué esta nación no adelanta y los extranjeros nos explotan llevándose todo el dinero» 55. Los nuevos aires liberales que impregnaron la atmósfera política, económica y social española influyeron decisivamente en el nacimiento y despegue definitivo del específico de fabricación nacional, un fenómeno que corrió paralelo, en muchas ocasiones confluyente, con el auge de las farmacia-droguerías. El apoyo gubernamental a este tipo de prácticas se concretó con el Decreto-Ley de 12-IV-1869, por el que se modificaba sustancialmente la definición de remedio secreto hasta entonces vigente, entendiendo que sería «tan sólo aquel cuya composicion no fuese posible descubrir, ó cuya fórmula no hubiese sido publicada» 56; a partir de este momento, ya sin el temor a infringir el artículo 84 de la Ley de Sanidad o el artículo 16 de las Ordenanzas de Farmacia, el número de farmacéuticos españoles que se adentraron en la senda de la especialidad farmacéutica fue cada vez más numeroso 57. En 1871, el Colegio de Farmacéuticos de Madrid acordaría la conveniencia «á los intereses de la clase y de la ciencia la confeccion por los farmacéuticos españoles de los medicamentos así llamados» 58. Pocos años más tarde, P. Fernández Izquierdo, desde su revista Los Avisos, opinaba que los específicos ya formaban parte de la práctica profesional cotidiana en la mayoría de las farmacias españolas 59. El período que transcurre entre la finalización de la década de 1870 y el inicio del último decenio del siglo XIX, en plena España de la Restauración, fue también, de algún modo, una época de recuperación del discurso farmacéutico más tradicional. Pasados los años del liberalismo en nuestro país, las páginas de las revistas profesionales farmacéuticas vuelven a retomar su habitual discurso editorial; aun no faltando ---- 59 ANÓNIMO (1877), «Á los médicos y farmacéuticos», Los Avisos, 1(1), 29. La revista Los Avisos, como ya lo hiciera, en la década de 1860, la Revista Farmacéutica Española, fue uno de los principales órganos de expresión farmacéuticos en favor de los específicos durante los años 70; entre los numerosos artículos dedicados a este asunto, sin firma pero presumiblemente escritos por P. Fernández Izquierdo, citaremos, además del mencionado líneas arriba, la serie titulada: «Los Remedios, sus autores y sus espendedores», publicada en 1877 (Los Avisos, 1(19), 309-310; 1(20), 325-326); este tipo de opinión fue rebatida desde el periódico que fundara el mismo P. Fernández Izquierdo años atrás, La Farmacia Española (cf. GARCÍA, R.P. (1881), «Asuntos de actualidad», La Farmacia Española, 13(6), 81-85). opiniones aperturistas, la mayor parte de los testimonios debidos a farmacéuticos, durante esta época, eran de talante conservador 60. Sea como fuere, el comercio de especialidades farmacéuticas durante estos años, tanto extranjeras como españolas, continuó creciendo a un ritmo casi frenético; esta vez, favorecido por el auge de los procesos de mecanización ligados a las nuevas formas farmacéuticas. En 1893, el farmacéutico J.M. Batlle se mostraba tajante: «Una farmacia sin específicos es, en nuestros días, un campo desierto, salvo muy raras excepciones» 61; cuatro años antes, R.P. García ya reconocía el triunfo indiscutible de este tipo de preparados y la necesidad urgente de reglamentar el «nuevo orden» 62. En esta misma línea, una revista como el Semanario Farmacéutico, de talante manifiestamente conservador, calificaba a los específicos como «artículos de primera necesidad», fuente de riqueza para muchos profesores y «mal necesario» para el futuro de la Farmacia 63. Los primeros años del siglo XX continuaron ofreciendo enfrentamientos entre anti y pro-especifiquistas; los argumentos manejados por los primeros eran los clásicos 64 y sus soluciones pasaban por la utópica prohibición de la fabricación y venta de específicos y por la arenga a los médicos para que cesasen en este tipo de prescripciones. Los defensores del medicamento industrial respondían a la dialéctica de sus adversarios con hechos, cifras y argumentos de tipo económico, científico, técnico y profesional 65 y, por encima de todo, con la inevitabilidad del nuevo paradigma terapéutico surgido de la purificación y dignificación del específico: la especialidad farmacéutica 66. ---- 60 64 «1o Las especialidades farmacéuticas vulgarizan conocimientos científicos, en perjuicio de la salud pública. 2o Desprestigian la profesión farmacéutica al entregarla al mercantilismo. 3o Propenden á la acumulación en unos pocos, de los rendimientos y del trabajo de muchos. 4o Propagan el lujo, y por ende aumentan los gastos del farmacéutico. 5o Facilitan los infundios y toda clase de contubernios médicofarmacéuticos. 6o Son inmorales en algunos casos, pues obligan á servir al cliente una cosa que sin el nombre del autor, se le entregaría mejor preparada. 7o Rebajan la dignidad personal del farmacéutico, pues el médico sólo supone hábil al especifiquista; y la dignidad profesional, pues, convierte en fogoso revendedor al más hábil de los operadores. 8o En la mayoría de las especialidades, la labor más difícil es la del litógrafo» (ANÓNIMO [FONT] (1898), «Juicio sobre los específicos», El Monitor de la Farmacia y de la Terapéutica, 82, 428; también publicado ese mismo año, bajo el título de «Especificos», por La Farmacia Española, 30(1): 9-10). 65 La entrada en vigor de la Ley del Timbre de 30-VI-1892, por la que se establecía que «todos los específicos y aguas minerales de cualquier clase deberán llevar, cuando sean puestas a la venta, un sello de 0,10 pesetas por frasco, caja o botella», y de su Reglamento de 15-IX-1892, en el que se confirmaba esta obligatoriedad 67, acabaría por desarmar las argumentaciones de aquellos que aún se escudaban en la teórica ilegalidad de estos productos como freno a su predominio en el mercado terapéutico 68. Legalizado por la siempre eficaz vía impositiva, el específico se hacía invulnerable al ataque de sus detractores; a éstos no les cabría más posibilidad que asumir esta nueva coyuntura y tratar de reglamentar su fabricación y venta, con la esperanza de llegar a establecer procedimientos óptimos de homologación científico-sanitaria que, a su vez, asegurasen al farmacéutico el monopolio comercializador de estos preparados. Tras algunos intentos fallidos, en 1919 fue redactado el primer reglamento español para la elaboración y venta de especialidades farmacéuticas. Esta disposición establecía que «ninguna especialidad farmacéutica podrá ponerse a la venta sin hallarse previamente registrada en la Inspección general de Sanidad, siendo decomisadas las que carezcan de este requisito por considerarse clandestinas» 69. El Reglamento de 1919 nunca llegaría a entrar en vigor de manera definitiva; a los dos años legalmente estipulados habría que añadir un sinfín de dilaciones y prórrogas, en buena parte provocadas por fabricantes extranjeros y drogueros, colectivos ambos firmemente contrarios a este Real Decreto 67 Un estudio de la legislación española sobre el timbre para específicos y especialidades farmacéuticas puede consultarse en: FOLCH JOU, G. & FRANCÉS CAUSAPÉ, M.C. Op. cit. nota 31. 68 «La ley del timbre; la base 2a, regla 7a de la ley de 30 de Junio de 1892, derogan con su precepto, fijando reglas para su venta, la prohibición expresa de la ley de Sanidad de 1855, del mismo modo que toda ley posterior destruye lo contenido en las anteriores cuando se opone á sus prescripciones. ¡Vivan, pues, los específicos, y arriba con ellos! Nacieron legalmente á la vida industrial en Junio de 1892, y si satisfacen su tributo no habrá autoridad alguna que pueda estorbar su expedición, hecha al amparo de la misma ley» (cf. ANÓNIMO (1893), «Legalidad especifiquera», La Farmacia Española, 25(17), 266). Las vacunas y sueros, aunque inicialmente se incluyeron en este registro, tuvieron normativa propia: el Real Decreto de 10-X-1919 y la Real Orden de 27-X-1919. 70 Así era reflejado en los considerandos de la Real Orden de 30-XII-1922, por la que se establecía un nuevo plazo para el registro de especialidades farmacéuticas. Desde las páginas de El Monitor se acusaba, además de a drogueros y fabricantes extranjeros, a otras personas, incluso a farmacéuticos, del mado el 9-II-1924 71. En esencia, era muy parecido al de 1919, no obstante introdujo algunos cambios que acabarían afectando, en mayor o menor medida, positiva o negativamente, a los intereses de los principales grupos profesionales inmersos en la fabricación y comercio de especialidades farmacéuticas: farmacéuticos, drogueros, fabricantes extranjeros e industriales españoles no farmacéuticos 72. En resumen, este Reglamento establecía tres tipos de centros productores de especialidades farmacéuticas: los laboratorios anejos a las oficinas de farmacia, los laboratorios independientes y los laboratorios colectivos; autorizaba la dispensación de especialidades farmacéuticas, en función de la naturaleza de éstas, a drogueros y farmacéuticos; y concedía a los licenciados en Farmacia la responsabilidad técnica y científica de los centros productores, aunque la propiedad podría ser detentada por cualquier persona, salvo en el caso de los laboratorios anejos. Durante el período 1919-1924 fueron pocos los laboratorios españoles que inscribieron sus productos en el registro, por contra los industriales extranjeros aprovecharían esta apertura para registrar una buena cantidad de especialidades farmacéuticas, hasta el punto de que la suma total de éstas fue superior a la de las españolas. El proteccionismo económico e industrial de la década de 1920 facilitaría el registro de medicamentos españoles, a partir de la entrada en vigor del Reglamento de 1924, y dificultaría la importación y comercialización de especialidades farmacéuticas foráneas 73. Tanto el Reglamento de 1919 como el de 1924 respondían al patrón inglés de registro tipo inventario, donde la declaración de las actividades, realizadas o a realizar, ---retraso en la entrada en vigor del Reglamento de 1919 (cf. ANÓNIMO (1922), «El reglamento de especialidades farmacéuticas», El Monitor de la Farmacia y de la Terapéutica, 930, 192). Un resumen de los principales cambios con respecto al anterior Reglamento de 1919 en: ANÓNIMO (1924), «Innovación más importante del Reglamento de especialidades», El Monitor de la Farmacia y de la Terapéutica, 970, 63; ANÓNIMO (1924), «Otras innovaciones del nuevo Reglamento de especialidades», El Monitor de la Farmacia y de la Terapéutica, 971, 77-78. 72 Para el colectivo farmacéutico, el Reglamento de 1924 tendía a la eliminación de la profesión y atentaba gravemente contra la «clase farmacéutica» (cf. Libro de Actas de la Junta Directiva de la U.F.N., núm. 8, págs. 86 y ss. Archivo Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos de España. Consultado en: DÍEZ LAFUENTE, M. (1983), Elementos para la historia de la Unión Farmacéutica Nacional, [Memoria de Licenciatura inédita. Universidad Complutense], Madrid; pp. 87-88). También de interés la «Exposición dirigida al Excmo. Sr. Presidente del Directorio Militar encargado de la gobernación de España», artículo redactado por la U.F.N. y publicado, en 1924, por El Restaurador Farmacéutico, 79(5), 111-112. 73 Información más detallada puede obtenerse en los siguientes trabajos: GONZÁLEZ BUENO, A et al. era más importante que la repercusión, negativa o positiva, que éstas pudieran llegar a tener en la salud ciudadana, un aspecto mucho más cuidado en las legislaciones de los países centroeuropeos 74. Con la creación, a finales de 1925, del Instituto Técnico de Comprobación 75 se iniciaría una nueva etapa para el registro de especialidades farmacéuticas, al hacerse obligatoria la comprobación analítica, por parte del Estado, de la fórmula declarada por su propietario 76. Este organismo estaba organizado en tres secciones: Serología, Fisiología farmacológica y Análisis químico: precisamente esta última era la encargada de valorar la composición cuali-y cuantitativa de las especialidades farmacéuticas 77 y de realizar estudios de tipo farmacodinámico con el fin de investigar las propiedades terapéuticas de estos medicamentos 78. El Instituto Técnico de Comprobación fue declarado extinguido, por Decreto de 20-I-1931, debido a una serie de irregularidades 79 y defectos organizativos 80, proba-----74 Sobre este particular véase: el informe del Select Committe on Patent Medicines, ordenado por la Cámara británica de los Comunes (recogido y comentado por el Secretario General de la U.F.N.: BLAN-CO, A.W. (1915), «Informe emitido el 4 de Agosto de 1914, por la Junta nombrada el día 10 de Junio del mismo año, sobre la venta de los medicamentos llamados específicos en la Gran Bretaña y ordenada su publicación por la Cámara de los Comunes», La Farmacia Española, 47(13), 193-198; 47(15) (48), 753-757; X. (1902), «La Reglamentación de la venta de especialidades farmacéuticas», El Monitor de la Farmacia y de la Terapéutica, 250, 300-301; ANÓNIMO (1906), «Las especialidades en el cantón de Friburgo», La Farmacia Española, 38(31), 484-485; BLANCO, A.W. (1914), «Ordenanzas para el cantón de Zurich (Suiza) concernientes a la venta de medicamentos, venenos, productos químicos para usos técnicos, aguas minerales, remedios secretos y especialidades farmacéuticas», El Monitor de la Farmacia y de la Terapéutica, 683, 411-414; ANÓNIMO (1901), «Análisis oficial de las especialidades farmacéuticas en Austria», El Monitor de la Farmacia y de la Terapéutica, 232, 83-84; ANÓNIMO (1921), «La reglamentación de las especialidades en el extranjero». 76 Según datos proporcionados por la prensa farmacéutica profesional, entre noviembre de 1927 y abril de 1928 se registraron 865 especialidades farmacéuticas, de las cuales sólo 249 fueron examinadas por la Sección de Análisis Químico del Instituto Técnico de Comprobación (cf. CÁUSTICO DE FILHOS (1928), «El Instituto de Comprobación. Algunos de los fraudes detectados por este Organismo fueron publicados en los Anales del Instituto Técnico de Comprobación; los más llamativos fueron comentados, bajo la críptica firma de «El Licenciado Verdades» y con el título de «Especifiquismo y mercantilismo», en La Farmacia Española, 62(19) (1930), 270-271. 77 El «Laboratorio de comprobación de especialidades» quedó establecido en el número 6 del madrileño Paseo de la Castellana (cf. ANÓNIMO (1926), «El Laboratorio de análisis de especialidades», El Monitor de la Farmacia y de la Terapéutica, 1033, 387). 79 Algunos periódicos, como la Gaceta Médica Española, el Heraldo de Madrid o La Farmacia Moderna dan noticia de estas irregularidades administrativas, que iban desde la no justificación en contabilidad de más de diez millones de pesetas hasta duplicaciones de sueldos a funcionarios con el único requisito de una orden verbal de su superior (cf. ANÓNIMO (1931), «El Instituto de Comprobación. Más blemente surgidos de la bonanza económica del Centro; así era explicado en el preámbulo del Real Decreto que disolvía este Organismo: «Los defectos de organización y anormalidades de funcionamiento puestos de manifiesto en el informe emitido por una Comisión constituída por funcionarios de Hacienda y de Gobernación e integrada también por elementos del propio Instituto, justifican, aparte de otras medidas, la conveniencia de poner término a la actual situación por muchos conceptos perjudicial al interés público. Ello mueve al Ministro que suscribe a proponer una radical reconstitución del Instituto de que se trata, sobre bases ajustadas a principios normales en la Administración Pública y a la ley de Contabilidad, que no consiente la subsistencia de servicios públicos dotados con arbitrios especiales de inversión autónoma por organismos independendientes sin intervención oficial alguna, criterio que inspiró la supresión de las llamadas Cajas especiales y su reglamentación» 81. ---de diez millones de pesetas administrados automáticamente. Las investigaciones oficiales no han podido justificar su inversión», La Farmacia Moderna, 42(2), XV). A pesar de todo, Manuel García de Mirasierra y Sánchez, en su Discurso de ingreso a la Real Academia de Farmacia, en 1967, justificaba la supresión del Instituto Técnico de Comprobación por el deseo gubernamental de desplazar a los farmacéuticos del control de este organismo (cf. GARCÍA DE MIRASIERRA Y SÁNCHEZ, M. (1967), Pasado, Presente y Futuro del Control e Inspección de Medicamentos, Madrid; p. 80 Véase el testimonio anónimo publicado, durante 1930, en El Monitor de la Farmacia y de la Terapéutica, 1115, 124-125: «En una zona bien apartada del centro de Madrid existe la oficina del registro de especialidades farmacéuticas, que pertenece a la Dirección general del Instituto Técnico de Comprobación y Restrición de Estupefacientes allí mismo establecida. Las horas de despacho al público son de cuatro a seis de la tarde. (...) Se le presenta a dicho auxiliar la solicitud de registro de una especialidad con los aditamentos reglamentarios, y veamos una de estas escenas: -Nada de latinajos en las fórmulasdice-, no puede despacharse. -Pero señor, si la ley de Sanidad permite el nombre de los medicamentos en latín y en castellano, si la Farmacopea española trae los nombres de todos los medicamentos en español y en latín, no como sinónimos, sino en igualdad de condiciones. -No, no puede ser: el artículo 10 del Reglamento de especialidades dice que las etiquetas han de redactarse en español. -¿Pero no comprende usted que eso parece referirse más propiamente a las especialidades extranjeras, y que las plantas no pueden designarse con nombre vulgar, ya que muchas carecen de éste y sólo pueden ser conocidas por el nombre latino? -Yo obedezco las órdenes del jefe, que así me lo tiene mandado. -Hombre de Dios, ¿pero es que aquí cada vez se tiene un criterio y se establece una manera de pensar para ciertas especialidades? -No; de ninguna manera. -Pues vea usted este ejemplar registrado durante el pasado, no el antiguo régimen, que tiene la fórmula en latín, y, como éste, muchos. Del superávit acumulado por el Instituto Técnico de Comprobación también daba buena cuenta el preámbulo de este Real Decreto: «El ingreso obtenido con la venta del sello sanitario ha superado en proporciones insospechadas los considerables gastos de sostenimiento del Instituto, aun realizados con amplitud desusada en otros Centros análogos de notoria eficacia científica, pues en los cinco años en que viene expendiéndose dicho distintivo se han reacaudado por este concepto diez millones y medio de pesetas, de los cuales, cubiertas con gran holgura las atenciones del Instituto han sobrado más de seis millones, que el anterior Gobierno destinó, entre otros fines, a constituir y dotar al Patronato Nacional de Residencias de Ciegos». El Real Decreto de 20-I-1931, a la vez que disolvía el Instituto Técnico de Comprobación, creaba un nuevo Organismo: el Instituto Técnico de Farmacobiología, dependiente de la Dirección General de Sanidad y heredero del anterior. No todas las especialidades farmacéuticas se someterían, obligatoriamente, al control del Instituto Técnico de Farmacobiología, únicamente aquellas incluidas en la relación de productos dada por este Organismo o cuando la Junta Técnica lo considerase pertinente; esta lista se haría pública y se modificaría o ampliaría «a medida que los progresos científicos lo aconsejen» 82. Las especialidades a analizar serían enviadas al Instituto para su evaluación, aunque este Centro también estaba facultado para realizar la toma de muestra, in situ, en el centro elaborador o en los establecimientos expendedores; los exámenes de comprobación se habrían de ejecutar a la mayor brevedad posible, no debiendo, en líneas generales, sobrepasar el plazo de tres meses 83. Por Decreto de 2-V-1936, el Instituto Técnico de Farmacobiología pasaría a denominarse Instituto Nacional de Terapéutica Experimental; este nuevo Organismo sería el competente en materia de registro e inspección de «productos biológicos, sueros, vacunas, medicamentos, especialidades farmacéuticas, desinfectantes, sustitutivos de la lactancia materna y de cuantos preparados puedan ser objeto de iguales o análogas medidas» 84. La industria químico-farmacéutica: ciencia y desarrollo nacional Mientras que, en la década de 1930, la industria española de las especialidades farmacéuticas ya comenzaba a mostrar signos científicos, técnicos y organizativos de ----82 Una Orden de 3-XII-1931 dispondría que: «Serán objeto de examen en el Instituto Técnico de Farmacobiología todos los lotes nuevos importados o fabricados en España de los productos siguientes: Sueros terapéuticos, Anatoxinas, Vacunas microbianas, Vacunas antivariólicas, Filtrados bacterianos, Bacteriófagos, Tuberculinas, Maleínas, Fermentos lácticos, Antígenos y demás elementos de serodiagnósticos, Virus inmunizante (Virus de la peste porcina, etc.), Preparados de arseno-benzol, Preparados de glándula tiroides, Preparados de glándulas paratiroides, Adrenalina (suprarrenina, epinefrina, etc.), Preparados hipofisarios (lóbulo anterior y posterior), Insulina, Preparados inductores del estro (foliculinas, estrina, etc.), Cuerpos digitálicos (preparados de digital, estrofanto, escila, etc.), Preparados de cornezuelo de centeno, Preparados de helecho macho y de aceite de quenopodio, Vitaminas» (cf. BLAS Y MANA-DA, M. Op. cit. nota 78; p. 83 El Reglamento del Instituto de Farmacobiología fue publicado por Orden de 3-VI-1931 (recogido por BLAS Y MANADA, M. Op. cit. nota 78; pp. 411-422); en él se especificaban: su dependencia administrativa (Dirección General de Sanidad, Ministerio de la Gobernación), organización, funciones, personal técnico y administrativo necesario y el mecanismo cotidiano para la realización de los análisis de comprobación. 84 La Orden de 3-VII-1936 crearía, en el Instituto Nacional de Terapéutica Experimental, el cargo de Encargado del Registro de Especialidades farmacéuticas, hasta entonces denominado Auxiliar farmacéutico de los Registros (cf. GRASA FERRER, I. (1993), El Registro de especialidades farmacéuticas en España (1919-1993), [Memoria de licenciatura inédita. 24). desarrollo, no puede decirse lo mismo de la industria químico-farmacéutica de base, es decir, la de las materias primas con las que elaborar los medicamentos. En este sentido, la industria farmacéutica se acopla perfectamente a los esquemas industrializadores generales: desarrollo primigenio del tejido fabril productor de bienes de consumo, totalmente dependiente de las materias primas y tecnología foráneas, y posterior implantación de las industrias productoras de bienes de capital. La precariedad de la industria químico-farmacéutica hispana era, evidentemente, un síntoma más del estado de insuficiencia industrial crónica de nuestro país, de su sempiterno atraso económico. En 1914, a las puertas de la primera conflagración mundial, la balanza comercial hispana reflejaba, de modo contundente, esta realidad; la cifra total de exportaciones (metales y sus manufacturas, lanas, crines y pelos, y sus preparados) fue de 135.728.932 pts., por contra, las importaciones alcanzaron las 453.563.257 pts., de las cuales unos 78 millones se emplearon en adquirir productos para la agricultura, la perfumería, la farmacia y las industrias químicas. Las fábricas españolas de coque metalúrgico, producto obtenido a partir de la hulla blanca, producían, en 1915, un total de 623.353 toneladas de esta sustancia y 31.167 toneladas de residuos (alquitranes o breas) utilizables para obtener de ellos, por destilación fraccionada, las materias primas necesarias (benzol, naftol, antraceno, etc.) para la elaboración sintética de explosivos, perfumes, colorantes y medicamentos. Pero no conviene dejarse engañar por estas cifras, aún mayores si tuviésemos en cuenta los subproductos obtenidos u obtenibles en las industrias productoras de gas de alumbrado a partir de hulla blanca 85, la unidireccionalidad de las industrias españolas, propiciada por las pésimas condiciones científico-técnicas de trabajo, no aseguraba la óptima utilización de sus residuos; éstos eran, unicamente, considerados como tal o, a lo sumo, vendidos a empresas extranjeras de colorantes o explosivos, y cuando se lograba aprovecharlos tan sólo se conseguía destilar un producto impuro, donde se hallaban mezclados gran parte de los componentes presentes en estos alquitranes 86. ---- 85 Los datos referentes a la balanza comercial española en 1914 y a las industrias del coke han sido tomados de ÚBEDA Y CORREAL, J. (1917), «Algunos datos para el estudio del desenvolvimiento industrial de España», Revista de Farmacia, 5(11), 313-320; 5(12), 345-349; este autor mencionaba cuatro fábricas de coke, ubicadas en Córdoba, Oviedo, Vizcaya, Leon y Santander. También de cierto interés el trabajo de PEÑA GUERAU, J. et al. (1924), La industria químico-farmacéutica con anterioridad a la guerra europea, y las enseñanzas que se han desprendido de esta especialización con motivo de ella, Madrid. 86 En 1917, según J. Bartomeu Granel, sólamente un fabricante español, Peñarroya, era capaz de obtener anilinas sintéticas de cierta calidad a partir de benzoles del país 87. Los productos químicos necesarios para la fabricación de especialidades farmacéuticas eran importados del extranjero; por lo que nosotros sabemos, no existía, durante esta época en España 88, ningún laboratorio de medicamentos definidos, ni siquiera empleando materias primas de origen bencénico de procedencia alemana o suiza. La industria químico-farmacéutica nacional quedaba reducida a los laboratorios de transformación de producciones naturales 89, un tejido fabril pobre, científica y tecnológicamente muy atrasado, poco susceptible a la exportación de sus excedentes, incapaz de aprovechar sus subproductos y a años luz de poder atender, siquiera mínimamente, las necesidades más perentorias de la moderna industria galénica y de la nueva terapéutica farmaco-química. La dicotomía entre industrias químicas pesadas o de base, de escasa implantación en nuestro país, y tejido fabril ligado a materias primas de manipulación sencilla, mucho mejor representado en España, fue acertadamente vislumbrada, hacia 1914, por Miguel Vidal Guardiola: «Las industrias químicas sólo han alcanzado en España un desarrollo relativamente pequeño, a pesar de que las condiciones naturales son muy favorables por encontrarse en nuestro suelo la mayor parte de los productos base de la actividad aisladora y transformadora, propia de la industria química. A principios del siglo XIX empezó la decandencia de las antiguas industrias químicas por haber sido otras naciones las que realizaron y adaptaron los primeros progresos de la técnica-química. Desde entonces debemos distinguir en la evolución de la industria química dos orientaciones completamente separadas: la gran industria y la pequeña industria que se arraiga cerca del lugar de producción de la primera materia o cerca del lugar de consumo. La gran industria química, o no existe en España o está empe-----87 BARTOMEU GRANEL, J. (1916), Nuestra producción y la defensa nacional, Barcelona; p. «La Minero Metalúrgica de Peñarroya, con sus fábricas de ácido sulfúrico, superfosfatos y destilación de carbón y esquistos bituminosos, fundada con capital francés, estuvo hasta hace pocos años dirigida igualmente por técnicos franceses» (cf. ABOLLADO ARIBAU, C. (1945), La industria química y la química industrial, s.l.; p. 88 Unos años antes, entre los expositores que acudieron a la Exposición Universal Internacional de 1900 (sección de Química y Farmacia), no se encontraba presente ningún fabricante español (cf. Haller, A. (1903), Les industries chimiques et pharmaceutiques, 2 vols., Paris). 89 Una actividad que continuaría promocionándose entre el colectivo farmacéutico español durante estos años; algunos ejemplos pueden constatarse en los trabajos de NOVELLAS, A. (1916), «Algunas orientaciones sobre industrias farmacéuticas apropiadas al suelo mallorquín», La Farmacia Española, 48(16), 242-245; BRIDON, E. (1917), «La pequeña industria farmacéutica», El Monitor de la Farmacia y de la Terapéutica, 766, 10-14 (traducción del artículo aparecido en el «Boletín mensual de la Federación de los Sindicatos Farmacéuticos del Este de Francia»; también fue publicado, ese mismo año, por La Farmacia Española, 49(4), 49-53 y por la Revista de Farmacia, 5(1), 10-16); GIRAL, J. (1924), «Industrias Químicas. Una que debiera ser genuinamente española. De las restantes fábricas pocas veces puede decirse que están montadas a la altura de las exigencias de la técnica moderna» 90. Parece fácil de entender que las circunstancias adversas (políticas, económicas, sociológicas, etc.) por las que tuvo que pasar el Estado español a finales del siglo XIX y principios del XX no eran las más idóneas para sostener iniciativas modernizadoras de tipo industrial. Si a estos problemas de partida añadimos otros, derivados de la propia incapacidad de nuestros gobernantes y de su arrogante suficiencia en materias que, en absoluto, dominaban, llegaremos a un resultado desalentador: ausencia casi total de política industrial, medidas aduaneras y fiscales no siempre tendentes a favorecer el comercio nacional y graves errores de planificación en las medidas orquestadas, a raíz de la I Guerra Mundial, con objeto de proteger la industria interior y promover el autoabastecimiento; esta última circunstancia ya fue denunciada, en 1918, por O. Fernández: «Cuando los químicos informaran acerca de las industrias posibles; de la graduación con que había de llevarse su implantación; del mercado probable, y se publicase después, no se oirían planes tan descabellados como los que se difundieron al notarse la ausencia de los productos alemanes desde 1914. Faltó negro de anilina, entre otros, y repentinamente quiso producirse adquiriendo anilina; mas como ésta no se encontrara, se pensó en adquirir nitrobenceno para reducirle y obtener anilina, pero como no había existencias de nitrobenceno ni para perfumar las lejías, se hizo indispensable fabricarlo buscando ácido nítrico y benceno, que tampoco se encontraron, y así la desilusión cundió al saber los futuros fabricantes que el negro de anilina, como otros productos necesarios, representaba el sexto o el septimo eslabón de una cadena que no se había pensado en construir» 91. A las propias insuficiencias intrínsecas del tejido químico-farmacéutico español y a la desafortunada implicación del Estado en asuntos industriales, aún habría que ---- 33), 513-515. Este autor ofrece más ejemplos similares; por su interés particular para la industria fármacéutica, recogemos sus palabras relativas a los intentos de fabricación nacional de aspirina: «Ocurrió lo propio con la aspirina: en cuanto se notó su falta en el comercio, a mucha gente se le ocurrió fabricarla, porque podía ser la preparación un buen negocio: mas faltaba el ácido salicílico y no había fenol con que obtenerlo, y faltaba también cloruro de acetilo, cuya fabricación no podía improvisarse, por carecer de ácido acético de buena calidad y de pentacloruro de fósforo. Las dificultades se iban acumulando sucesivamente, y los logreros de la situación y aun las personas bien intencionadas vieron esterilizarse sus esfuerzos». sumar el tercer vértice del triángulo: el penoso estado de la ciencia química aplicada y de su enseñanza universitaria. En 1914, todavía eran escasos los centros especializados en ciencias aplicadas 92 y la práctica de la química en las universidades españolas era pésima: escasas clases de laboratorio, locales inadecuados (oscuros, pequeños, sin ventilación ni condiciones higiénicas mínimas, desprovistos del material de trabajo necesario, etc.) y desentendimiento de buena parte del profesorado, en opinión de E. Vitoria, mal pagado y muy poco estimulado para su trabajo 93. Del estado de la enseñanza universitaria en la España de finales del siglo XIX, en concreto de la de la química, y del papel desempeñado por los profesionales docentes en ella dio buena cuenta el mismo Pío Baroja en su novela El árbol de la ciencia; sus palabras son siempre un buen espejo de la realidad española de esta época: «Sobre todo, aquella clase de Química de la antigua capilla del Instituto de San Isidro era escandalosa. El viejo profesor recordaba las conferencias del Instituto de Francia, de célebres químicos, y creía, sin duda, que explicando la obtención del nitrógeno y del cloro estaba haciendo un descubrimiento, y le gustaba que le aplaudieran. Satisfacía su pueril vanidad dejando los experimentos aparatosos para la conclusión de la clase, con el fin de retirarse entre aplausos como un prestidigitador» 94. En definitiva, investigación, formación profesional, inversión y adecuación de la política científico-técnica en materia industrial a las necesidades y posibilidades naturales del país. Éstas eran, a juicio de pensadores, profesores, científicos y tecnólogos, las premisas básicas, el punto de partida, para desarrollar en España una industria químico-farmacéutica competitiva, no construida con artificialidad y premura sino como resultado de un relanzamiento global de la economía y de la industria ----92 E. Vitoria menciona los siguientes: «las Escuelas de Caminos y Minas, el Laboratorio de Ingenieros Militares, el de la R. Academia de Artillería, las nuevas instalaciones de la Escuela Central de Ingenieros Industriales, el laboratorio de Investigaciones físicas, (Madrid), los laboratorios de la Escuela Industrial de Barcelona, la Escuela Industrial de Tarrasa, la Escuela Enológica de Reus, etc.» VITO- 93 «Recuérdese, si no, el hecho tan sabido de la visita que hizo hace años un Profesor extranjero: su deseo era ver las clases y los laboratorios. ¿Qué otra cosa ha de querer visitar un Profesor, sino las clases y los gabinetes? Y aquí del conflicto: todo era ponderarle la esbeltez de la arquitectura, la elegancia de aquellos claustros, la grandiosidad de su bellísimo paraninfo... «No, no: quiero ver los laboratorios y las clases: insistía el sabio visitante, lo demás no me interesa».-Y nadie se atrevía a enseñarle las clases y los laboratorios... porque realmente, ni los laboratorios ni las clases merecían ser enseñados a nadie, sin sentirse cubierto de rubor. (...) De aquí resulta, repetimos, que ni los Profesores, ni mucho menos los alumnos, tienen el gusto en trabajar dentro de semejantes habitaciones. Conste que hay afortunadamente honrosas excepciones, pero son excepciones, por desgracia: lo ordinario es que el alumno vaya tarde y salga antes de tiempo, y aun falte del todo, si puede, en sus trabajos prácticos, y que el Profesor brille también por su ausencia» (cf. VITORIA, Op. cit. nota 92). Todas estas espectativas acabarían transformándose en asunto político prioritario; en 1916 el Diputado a Cortes, vizconde de Eza, después de realizar un breve análisis del estado industrial de España, establecía un modelo de «nacionalización industrial», concretado en un «Proyecto de bases de fomento de la producción nacional» y en la creación del «Centro Nacional de Fomento Productor», cuyo objetivo era «implantar o desenvolver en España las industrias substanciales para la vida nacional, particularmente la de extracción de carbones, las metalúrgicas y las químicas, mediante el empleo de los capitales que el ahorro patrio acumula,...» 95. La política nacional-intervencionista de España, llevada a término tras la finalización de la I Guerra Mundial y consolidada durante la Dictadura de Primo de Rivera, ha sido un asunto sobradamente abordado, tanto por autores coetáneos 96 como por historiadores de la economía actuales 97. Por ello, no vamos a entrar en su análisis, tan sólo pretendemos centrar la atención del lector en el compromiso prioritario del Estado hacia las industrias de base, entre ellas las químicas, incluyendo, explícitamente, a la droguería y a la farmacia; así era enunciado por el Vizconde de Eza lo que habría de ser el marco político de este sector: «Para las industrias químicas se formará inventario de cuantas existan, a fin de conocer el grado de utilización de que puedan disfrutar, según las diversas ramas a que hay que atender: explosivos, abonos, tintes, droguería y farmacia. Habrá que constituirse un «Consorcio químico» con o sin los industriales hoy instalados, en su totalidad o en parte, respetándose el carácter de libre de esta industria, pero atendiéndose como de necesidad nacional a la posesión de aquellos grandes laboratorios industriales que hoy nos faltan. En consecuencia, se proveerá a la necesidad en forma y por procedimientos análogos a los preinsertos para la hulla y el metal con absoluta independencia por parte del «Centro Nacional de Fomento Productor» para la fijación de las reglas porque haya de regirse y cuidando, como principio esencial, de unificar la dirección de la industria y concentrar en el menor número posible de fábricas su funcionamiento y vida. Se concede al Gobierno facultad de emisión de deuda pública o de garantía de la emitida por el «Consorcio Químico» hasta la cantidad de ciento cin-----95 VIZCONDE DE EZA (1916), La pasividad de España ante las futuras luchas económicas, Soria; p. 96 VIDAL GUARDIOLA, M. Op. cit. nota 86; BARTOMEU GRANELL, J. Op. cit. nota 87; ADÁN, J. (1929), Los pecados de la industria española, Bilbao. 97 Entre otros, pueden consultarse los trabajos de: GARCÍA DELGADO, J.L. (1984), «Política económica y defensa de la industria nacional en España, 1898-1922», Papeles de Economía Española, 20, 203-215; BETRÁN PÉREZ, C. (1992), «Diversificación y desarrollo en España en el primer tercio del siglo XX», Revista de Historia Industrial, 1, 203-209; FRAILE BALBÍN, P. (1991), Industrialización y grupos de presión: La economía política de la protección en España, 1900-1950, Madrid; GARCÍA DELGADO, J.L. (1984), «La industrialización española en el primer tercio del siglo XX», en: J.M. Jover Zamora (dir.) [Los comienzos del siglo XX. La Población, la Economía, la Sociedad (1898-1931), 1-171, Madrid; en especial el capítulo IV, titulado «La Dictadura: propósitos y realidades» (pp. 71-95). cuenta millones, en los plazos, formas y circunstancias que como las originarias del «Consorcio» se dicten por el «Centro Nacional» y se publiquen por Real Decreto» 98. Obdulio Fernández, uno de los más destacados farmacéuticos de esta época, profesor en la Universidad Central, vincularía estas iniciativas a la élite científica española; su apuesta, nacida de políticas anteriormente fracasadas, situaba a las Academias de Ciencias en el corazón de la decisión política; a ellas les correspondería informar al Estado de las industrias que habrían de crearse, protegerse o impulsarse. Éstas vendrían a ser «algo así como el Estado Mayor del organismo científicoindustrial español» 99. Su propuesta de progreso, realizada tomando como referente el modelo alemán y las iniciativas inglesas, norteamericanas y francesas tendentes a contrarrestrar el monopolio teutón, contemplaba soluciones integradas o interrelacionadas de tipo global 100: desarrollo del sector siderúrgico y minero, y de las industrias estrechamente vinculadas a la defensa nacional. En este esquema las químicas desempeñarían un rol de importancia, como suministradoras de explosivos militares y como esperanza de instrumentalización en la futura modernización de España. El plan trazado por O. Fernández no era el modelo clásico, corporativista, del farmacéutico mediterráneo, su visión panorámica de la realidad industrial española le llevaría a abandonar los anticuados planteamientos por otros más acordes con los nuevos tiempos, donde el medicamento no era considerado como protagonista estelar de nuevas industrias sino como un actor más del entramado químico-industrial. El modelo de industria químico-farmacéutica centroeuropeo comenzaba a ser asumido en nuestro país; las ideas de integración, interrelación entre colorantes, explosivos, perfumes y medicamentos 101, y de aprovechamiento de subproductos como piedra ----98 VIZCONDE DE EZA, Op. cit. nota 95, p. 100 «La industria fundamental que hay que desenvolver a toda costa, empleando si es preciso los recursos del Estado, es la del carbón de piedra, porque éste es el factor más decisivo en la producción total de un país. (...) A la industria hullera van ligadas casi todas las substanciales para la vida del país, especialmente la siderúrgica, al punto de que el 30 por 100 del carbón arrancado en Inglaterra se invierte en la fabricación de hierro y de acero. Quien tenga paciencia para leer estas líneas irá observando la extraordinaria importancia del carbón mineral como base de las industrias químicas de explosivos, medicamentos, colorantes y perfumes. (...) Los países que han disfrutado la hegemonía del mundo en los órdenes industrial y mercantil, lo deben precisamente a la asociación feliz entre los centros hulleros y los siderúrgicos.» (cf. FERNÁNDEZ RODRÍGUEZ, O. Op. cit. nota 91, pp. 54-58. 101 «En los precedentemente expuesto, he procurado sintetizar unas cuantas ideas químicas para demostrar el entrelazamiento y la conexión de una serie de industrias que puede afirmarse con inseparables en el actual estado de las aplicaciones de la química: Las de explosivos, que debe impulsar el Estado porque son precisas para la defensa nacional; las farmacéuticas, indispensables para el sostenimiento individual y para la curación de heridos en caso de guerra; las de colorantes, siempre útiles y muy productivas, y las de perfumería, que podrían vivir muy bien aunándose a la producción natural en que es tan pródigo el suelo español, particularmente en la parte levantina. (...) Por estas razones afirma juiciosamen-de origen foráneo o, a lo sumo, establecimientos fabriles de corte exclusivamente galénico: «Existe, por último, en España, una numerosa industria de productos químicos farmacéuticos, desarrollada aún más desde el Decreto de 5 de junio de 1940 que regulaba la importación de especialidades, pero que en definitiva se trata en la mayor parte de los casos de explotación de marcas, cuyo concepto ya vimos y la mayoría de dichas fábricas son verdaderos laboratorios en los que se envasan recetas sin que se obtenga producto alguno en una verdadera elaboración. Sólo existen dos industrias: FAES, en Bilbao y Abelló, en Madrid, que lleguen a la elaboración de sus primeras materias, constituyendo esta última uno de los pocos casos vivos en España del verdadero crecimiento de una industria química» 106. Si bien estas afirmaciones deben ser consideradas como francamente acertadas, no conviene, sin embargo, simplificar el asunto; durante la década de 1930 el tejido químico industrial hispano, aun no pudiendo equipararse al de las grandes potencias, era ya digno de cierta consideración. El Anuario de Industrias Químicas 107, una publicación editada en 1932 por la organización que englobaba a la mayoría de empresas del sector, la Cámara Nacional de Industrias Químicas, y que pretendía ser «un vasto y exacto repertorio de la variada industria química, tanto nacional como extranjera, recurriendo a tal efecto a la producción extranjera en aquellos artículos que, siendo de general consumo en nuestro país, no tenemos aún la satisfacción de verlos elaborar en España», nos ofrece un buen ramillete de industrias químicas implicadas en la fabricación de productos con utilidad terapéutica. Sin embargo, apenas un 15% de ellas fabricaban derivados del alquitrán de hulla, como naftalina, toluol, fenol, beta-naftol o xilol, teóricamente utilizables en terapéutica; unos productos que, además, no eran sino derivados inmediatos de estas breas, muy útiles para usos industriales aunque no eminentemente medicinales. La mitad de los fabricantes mencionados en este Anuario estaban especializados en la preparación de productos orgánicos no derivados de los alquitranes de hulla; de entre ellos, sólo una décima parte elaboraban sustancias químicas en el sentido más estricto del término, aunque algunas de éstas (éter, formol, benzoato de sosa, cloroformo, etc.) tampoco puedan ser consideradas como medicamentos característicos; el resto se limitaban a la tradicional práctica de transformación de producciones animales y vegetales ----106 ABOLLADO ARIBAU, C. Op. cit. nota 87, pp. 35-36. Además de las citadas Abelló y FAES, es obligado mencionar a los laboratorios Esteve, responsables de la primera síntesis química española del «neo-salvarsán» (el «neo-spirol»), durante los primeros años de la década de 1930 (cf. el Certificado de «Productor Nacional» publicado en la Gaceta de Madrid de 14 de abril de 1936) y Andreu: «De 1935 datan los primeros esfuerzos, para imprimir a este Laboratorio, con la fabricación de productos de síntesis (en particular sulfamídicos), un rumbo más consonante con las modernas orientaciones terapéuticas» (cf. ANÓNIMO ([1946]), 80 años de industria farmacéutica. de origen natural (almidón, esencias, aceites, glicerina, colofonia, caseína, etc.). Una cuarta parte de los laboratorios químico-farmacéuticos recogidos por el Anuario de Industrias Químicas basaban su actividad en la producción de sustancias químicas de origen inorgánico.
Una palabra hebrea ) çoref, que aparece 29 veces en la Biblia ha sido traducida equivocadamente por cervix en todas las ediciones en latín del Libro Sagrado a partir de la Vulgata y por cerviz o sus equivalentes en las lenguas modernas. Ello ha llevado a estereotipar la locución pueblo de dura cerviz aplicada a los hebreos como expresión de los reproches de Jehová ante su rebeldía. Pretendemos demostrar en este trabajo que tales palabras en su equivalente hebreo no han sido pronunciadas nunca, ya que la traducción de çoref debe ser otra. Cuál sea ésta es lo que aquí se pretende elucidar. En la pág. 305 de mi trabajo copiaba un párrafo del de Mordecai Etziony que rezaba así. «La transliteración correcta es etzem haoreph. Haoreph significa la parte posterior de la cabeza, por lo tanto etzem haoreph significa el hueso occipital.» No ha sido éste el significado que de çoref encontramos en la Biblia. Tal término aparece en el Libro Sagrado 27 veces. Pero solamente 1 en su sentido propio y 26 en el metafórico. En sentido metafórico lo leemos en Gn.49,8, cuando Jacob, en su lecho de muerte bendice a sus hijos y le dice a Judá: «tu mano pesará sobre el çoref de tus enemigos» que se suele traducir por espalda. Evidentemente quiere decirse aquí que los enemigos de Judá serán derrotados y le volverán la espalda, y aunque aquí se emplee çoref en el original resultaría harto pedante su traducción directa, occipital o atlas como veremos. Me recuerda esta expresión otra que con un sentido muy diferente aparece en Rerum Rusticarum de Marco Terencio Varro que en 1,8,6 nos dice «Ibi dominus simul ac vidit occipitium vendimiatoris». «Allí (en tal viñedo) cuando el amo ve la espalda del vendimiador» se quiere decir metafóricamente «en cuanto el vendimiador se retira «pero si en el latín clásico no resultaba pedante hablar de occipitium en lugar de espalda hoy al traducirlo sería insoportable decir «en cuanto el dueño ve el cogote del vendimiador». También en Job.16,1 3: «me cogió por el çoref y me estrelló». Coger por el cuello a un conejo y arrojarlo lejos no es difícil pero coger por la nuca a un ser humano y realizar la misma maniobra es complicado. Los LXX traducen aquí çoref por #=, cabellera. Claro que estaban conscientes de que ésa no era la traducción literal pero seguros de que era una expresión metafórica pensaron que una trenza, sobre todo si caía sobre la espalda, era un excelente asidero para la acción descrita. De estos pasajes no podríamos deducir qué parte del cuerpo se llama çoref, si ya no lo supiésemos. En cambio la tercera cita es muy demostrativa. Se trata de Levítico,5,8, en donde se describe cómo debe proceder el sacerdote que recibe como ofrenda las dos tórtolas o los dos pichones, con los que los pobres podían suplir las víctimas de mayor precio, ovejas o novillos, que debían ofrendar los fieles pudientes. Una de ellas se ofrecía por los pecados propios del oferente y otra en holocausto. Y respecto a aquella, que era la primera que debía ser sacrificada, $'--+wamalaqa etróshó mimul arepo dice el texto hebreo.Es decir: «torcerá con las uñas su cabeza por delante de su çarepo». ----A la vista de este texto hay que concluir que çoref significa propiamente la primera vértebra cervical o sea el atlas nombre moderno (primeramente usado por Vesalio). No se puede separar la cabeza por delante del occipital como es lo que habría que hacer si llamamos çoref a ese hueso como hace la Academia de la Lengua Hebrea. Y como también lo tradujo Mordecai Etziony en el trabajo que cito al comienzo de este artículo. Hay otro hecho que habla también en favor de mi traducción. Ni Galeno ni Avicena hablan de huesos del cráneo sino de sus suturas. El árabe llama a la posterior dars al-lamy, es decir, sutura lambda, por su parecido a la letra mayúscula griega. Y esto hacen todos los escritores de esta lengua, a pesar de que disponían de otro nombre genuinamente árabe a YQ, qamahduwe. El nombre de sutura lamy pasó a los traductores hebreos del Qanún de Avicena y al texto persa Tashrif-i-mansuri, el primer libro de anatomía en farsi, a caballo de los siglos XIV-XV, aquí ya convertida en hueso del cráneo. En ningún caso se habla de occipucio ni de su traducción por çoref. Por último, los LXX han traducido el çoref del Levítico por )QC/, forma arcaica de )%C/ que vemos en Hipócrates Aforismos, 111,26, en donde se habla de las afecciones de los niños en la vértebra -#/ -9 -#??#. El traductor de la edición de la Classical Library, W. H. S. Jones, traduce estas palabras «the vertebra by the neck» pero creo que es un error ya que para designar al cuello no se diría nunca, «lo que está por debajo del occipital» y así lo pensaron Liddell y Robert que en su traducción de )QC apuntan que debe de tratarse de la primera vértebra cervical, precisamente apoyándose en el texto hipocrático. Por supuesto que no pretendo rectificar a Etziony ni mucho menos a la Academia Hebrea de la Lengua. Pero no hay contradicción alguna en que el término çoref haya sido aplicado en el pasado al atlas y lo sea en la actualidad y por las razones que hayan pesado en el ánimo de la A.H. al occipital. De igual manera que hoy llamamos calcáneo al hueso que en otro tiempo y en nuestro idioma se llamó calcañar como vemos en el Diccionario de Autoridades y al astrágalo se le haya llamado taba. El señalar todas las metonimias sería cosa de nunca acabar y yo mismo he publicado un trabajo sobre las sufridas por la túnica dartos3. Pero sea una u otra la traducción correcta, lo que es seguro es que no se trata de cerviz. Y esto hube de aprenderlo a mi costa cuando me hallaba preparando mi «Onomatología». Al disponerme a dar la traducción de cerviz al hebreo me encontré, y ello me sorprendió, con que la Academia Hebrea daba el mismo nombre -tzawar para traducir collum y cervix. Para salir de dudas me dirigí al Prof. A. Ornoy, profesor de Anatomía de la Hadassah Medical School de Jerusalén expresándole mi extrañeza «ante el hecho de que disponiendo la lengua hebrea del término çoref para designar la cerviz, emplease la A.H. con este fin el mismo calificativo que había dado a la ----parte anterior del cuello». Mi colega me contestó amablemente que en la lengua hebrea sólo disponían de la palabra tzawar para designar ambas partes del cuello, ya que çoref significaba occipucio. Como decíamos al principio çoref sufrió siempre traducciones erróneas. Comenzando por los setenta, éstos buenos conocedores del hebreo emplearon, en su traducción al griego, nada menos que ocho términos diferentes, a saber: /3= (cuello),'? (corazón), # (cabellera), 7-# o 7- (espalda), )'#-'93 (cuello duro), )QC/ (vértebra). Todos ellos le sirvieron para intentar traducir ) &' qashé çoref, que después de lo que hemos venido diciendo podemos traducir por nuca dura. Pero aparte de los tres casos que hemos citado, en todos los demás se trataba de una metáfora para señalar la testarudez y contumacia del Pueblo Elegido. Esa variedad de términos griegos no tuvo semejanza en las traducciones al latín o a las lenguas modernas. Para el primero se habla siempre, a partir de la Vulgata, de populus durae cervicis. Y en las otras se traduce esta expresión. Pueblo de dura cerviz en casi todas las Biblias en castellano, las siguientes citas se hallan tomadas todas de Éxodo 33,3. He hallado esta expresión en las de Bover, Cantera 4, Nácar-Colunga 5, Padres de la Compañía de Jesús 6, Profesores de Salamanca 7, Torres Amat 8, y edición castellana de la Biblia de Jerusalén 9. Asimismo son equivalentes las expresiones utilizadas en la Biblia danesa 10: «du er et hels starrigt volk», la alemana 11: «du bist ein halsstarriges Volk», la húngara 12: «merk te keméninyakú nép vagy», la francesa 13: «peuple au cou roide», la polaca 14: «jestes ludem twardego karku», y la rusa:?]!' )+##?]!C 15. La Biblia polaca habla de lud twardego karku y karku es propiamente «nuca» con lo que nos encontramos con la primera traducción correcta de çoref. También en la ----Biblia árabe16 se encuentra la traducción correcta del texto hebreo @>\> >b (shaçab qusat ulriqâbi), «pueblo de duro cogote». Otros autores han preferido prescindir de la metáfora y dan expresiones que traducen el que entienden ser su sentido. Así la Nueva Biblia Española17 habla de «pueblo testarudo»; los Monjes de Montserrat18 de «poble rebel al jou», la portuguesa19 «pobo ostinado», mientras que la Biblia Inglesa20 lo llama en Deut.9,6 «stubborn people», pueblo obstinado mientras que en Ex.32,5 lo califica de stiffnecked people, pueblo de cuello rígido, y la gallega de SEPT «pobo que ten a caluga dura» 21. En resumen, he pretendido demostrar en este trabajo que las palabras con que, según los autores de los diferentes Libros de la Biblia en que aparece 29 veces la expresión qasheh çoref reprochó Jehová la testarudez del pueblo elegido no han sido las equivalentes a «pueblo de dura cerviz» sino las de «pueblo de cabeza dura», tanto si traducimos çoref por occipital como si preferimos hacerlo por «hueso de la nuca». Y se comprende que así tenía que ser. Porque ¿qué relación existe entre el cuello y la testarudez?. Cuando por vez primera me enfrenté a la expresión que nos ha ocupado pensé que tal vez se trataba de la desviación hacia el hombre de un vicio que los primitivos hebreos habrían descubierto en algunos camellos. Tales animales no son manejados de la misma manera que los caballos de silla. Como es sabido, a éstos se les coloca una cabezada que sostiene el bocado o el filete los cuales se apoyan en la zona de la mandíbula desprovista de dientes de tal suerte que al tirar de la rienda la presión obliga al caballo a torcer el cuello. Por ello llamamos duros de boca a los caballos que se resisten a obedecer la indicación del jinete. Por el contrario los camellos llevan una soga enrollada alrededor del hocico, tirando de la cual se pretende obligar al animal a torcer el cuello. Si el animal se niega hay poco que hacer ya que el dolor producido por la cuerda es escaso. En todo caso se comprende que si se niega digamos que tiene el cuello duro. Recuerdo que pregunté a mi admirado y llorado amigo J. Leibowitz si no sería esta circunstancia la que originó la expresión duro de cerviz, pero me contestó negativamente. Y es que para él no existía tal expresión. Pensaba en hebreo y por ello para él la frase existente era duro de cogote o duro de cabeza, cabezota. En ningún idioma, al menos en los que conozco se pone en relación el cuello con sentimientos anímicos. Por el contrario sí se piensa en la cabeza.
Me comunico mejor con Dios que con los hombres» Charles Bell El artículo reconstruye la figura de Charles Bell situándole en el marco ideológico de la época, y se analiza su actividad científica siguiendo dos líneas conceptuales: el funcionamiento del cuerpo humano como ejemplo del naturalismo teológico, y las implicaciones frenológicas de sus estudios neurológicos. De acuerdo con su biógrafo, el padre de Charles Bell era un «reverendo clérigo que creció en los rígidos principios del Presbiterianismo» 1. De tal forma que la educación de Bell tenía como pilar fundamental el temor de Dios. Esta actitud piadosa viene reflejada en una carta fechada el 2 de noviembre de 1810 y que escribe a su futura esposa: «veo a Dios en todas las cosas, es el hábito de mi pensamiento»2. Estudió Medicina en Edimburgo en la época en la que allí enseñaban Black, Cullen, Monro «Secundus» y James Gregory. Llegó a interesarse especialmente por la anatomía y en estos primeros años «exhibió grandes habilidades artísticas y mecánicas en la mesa de disección anatómica» 3. A los veinticinco años ya era Fellow de la Royal Society de Edimbugo. Llega a Londres hacia finales de 1804 donde más tarde ocuparía la dirección de la «Hunterian School of Medicine» en Windmill Street. Sus primeros años en Londres no parecieron ser fáciles pues en su primera biografía (1860) leemos una fase significativa referida a este periodo de su vida: «Londres es un inmenso teatro comparado con Edimburgo. Charles Bell experimentó la tristeza y soledad al encontrarse a sí mismo pobre, desconocido y escocés» 4. Dado su interés por la práctica quirúrgica se enrola en las campañas napoleónicas participando en la batalla de La Coruña. En la correspondencia personal que mantiene con su hermano George durante esta época expresa su determinación por hacerse útil a su país y a la corona, al mismo tiempo que desarrollaría sus habilidades quirúrgicas. Vemos a través de sus cartas un temperamento casi ciclotímico al pasar de estados de exaltación vital hasta la melancolía más profunda. De hecho, padeció una dolencia mental pobremente descrita durante su periodo en las guerras napoleónicas. En su correspondencia, se aprecia una aceptación y admiración de la armonía divina en el diseño de las cosas, en el diseño de la vida. Ese orden perfecto y natural tan enraizado en el pensamiento británico de la primera mitad del siglo XIX y plasmado en el Natural Theology de Paley está siempre presente en Bell. Es en esta interpretación teológica de la naturaleza donde entendemos perfectamente el objetivo de su obra, así como la repulsa a cualquier forma de vivisección. La contribución específica de Bell a esta corriente de pensamiento es su libro La Mano (1833). De acuerdo con Spector, esta obra «representa la última y mejor prueba en el orden de la creación que, bajo el principio de adaptación, evidencia el diseño Divino» 5. En La Mano hay datos para apoyar la opinión ya mencionada de que Bell es un producto de la combinación de dos impulsos dentro de sí mismo: el científico y el religioso, complementándose uno a otro. Quizá no haya dato más irrefutable para ----apoyar esto que su propio epitafio: «Consagrado a la memoria de Sir Charles Bell que, después de descifrar con sagacidad, paciencia y éxito la maravillosa estructura de nuestros mortales cuerpos, estimó superficial sus grandes descubrimientos, excepto porque han servido para ilustrar a sí mismo y a otros con el sentido más profundo de la Sabiduría Infinita y la inefable Bondad de la Divinidad Creadora». Esto podría haber sido su propia definición póstuma. MENTE Y CEREBRO: BELL Y LOS FRENÓLOGOS En la pequeña publicación de Bell, Idea de una nueva anatomía, que, aunque no lleva fecha, es aceptado que salió a la luz en 1811, aparece la primera referencia a la división de funciones sensitivas y motoras de las raíces espinales. En este trabajo, Bell mantiene que hay datos para creer que el cerebro y el cerebelo tienen diferentes funciones. «Los nervios sensoriales, motores y los nervios vitales son distintos aunque a veces parezca que están unidos a un mismo haz, y dependen sus funciones de los órganos del cerebro a los que están conectados...»6. De esta afirmación podemos deducir que Bell sostuvo la división de funciones dentro del cerebro cuando se refiere a los «órganos del cerebro». Le impresionaba más la diferencia entre cerebro y cerebelo básicamente por su diferente disposición, concluyendo que «puede no haber correspondencia entre el cerebro y el cerebelo de la misma forma que hay entre las porciones laterales del cerebro...»7. El cerebro, mantenía Bell, es el gran órgano por el cual la mente se une al cuerpo. Dentro de él todos los nervios desde los órganos externos de los sentidos entran y, desde él, todos los nervios que son agentes de la voluntad, salen. Desarrollaremos, brevemente, las analogías entre los frenólogos y la concepción mantenida por Bell de las diferentes funciones del cerebro. Los primeros consistían esencialmente en dos sustancias diferentes: la sustancia gris y la blanca. De acuerdo con Temkin, en este punto deberíamos esperar que Gall y Spurzheim expusieran que las fibras de la sustancia blanca se originaran en el córtex de los hemisferios, pero ése no fue el caso. Mantuvieron que «el cerebro está formado de distintas divisiones, cuyas funciones son totalmente diferentes, existen diversos fascículos que una vez desarrollados forman el cerebro»8. ----Gall asumió la existencia de veintisiete órganos físicamente diversos, un número que Spurzheim aumento a treinta y cinco. Cuantas más unidades entraran en la estructura del cerebro, mayor era la probabilidad de diferenciación funcional. Podemos ver, no obstante, un punto de coincidencia entre las dos descripciones contemporáneas del cerebro, la de Bell por un lado y la de Gall y Spurzheim por otro. Este punto es la referencia a los órganos del cerebro, aunque Bell no se atrevió a ir más allá de la estricta descripción morfológica. Gall y Spurzheim establecieron el atractivo de sus demostraciones anatómicas dándoles un significado fisiológico a las estructuras del cerebro. Al mismo tiempo, no se atrevieron a probar qué unidad cerebral podría ser el asiento del alma, un tema de interés a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Esencialmente, la concepción del cerebro en Bell es menos audaz. El cerebro era, como ya hemos dicho, el centro común para las actividades motoras y sensoriales. La vía de transmisión de ambas sensaciones se sitúa en los pilares anterior y posterior de la médula espinal respectivamente. El cerebelo, mientras, era el centro de la acción de los «nervios vitales». De acuerdo con su primer biógrafo, Charles Bell pensaba que el sistema nervioso «es la parte de la anatomía en la que van a ser descubiertos no solamente las diferentes propiedades de la fibra viva, sino también las relaciones de sus órganos entre sí» 9. Para el mismo autor, Bell pensaba que Gall y Spurzheim «exploraban vanamente el cerebro y sus órganos dependientes buscando únicamente su significado» 10. La «Idea de una nueva anatomía» está basada enteramente en investigación puramente anatómica. De acuerdo con Clarke y Jacyna, Bell no estableció las «grandes divisiones» del sistema nervioso anatómicamente definidas y funcionalmente distintas, debido al énfasis estricto en la nueva estructura anatómica, relegando otros métodos de investigación 11. Gall, por el contrario, empezaba por establecer hipótesis fisiológicas recogidas en observaciones clínicas y patológicas, analogía y especulación sin vivisección. Estas hipótesis se verificaban con una idea preconcebida para su propia satisfacción. Los argumentos que ambos utilizaban para rechazar la vivisección son también diferentes. No es difícil encontrar en el trabajo y cartas de Bell varias referencias a la experimentación. Así, en 1825 escribe: «La experimentación nunca ha sido un medio para el descubrimiento, y si revisamos lo realizado en los últimos años en fisiología, probaremos que el abrir animales vivos ha hecho más para perpetuar ----9 PICHOT, A. (1860) p. 10 errores que para confirmar los criterios médicos tomados de la anatomía y los movimientos naturales» 12. También enfatizó el papel de la anatomía como instrumento científico y teológico al escribir en una carta a su hermano George con fecha de 2 de marzo de 1818: «He decidido mostrar a los hombres de ciencia cómo la anatomía solamente puede evidenciar la perfección de la divinidad Creadora construyendo arcos y poleas...» 13. En su rechazo de la vivisección podemos ver una clara impronta religiosa cuando dice: «No puedo proceder con experimentos tan desagradables... No puedo convencerme de estar autorizado por la naturaleza o religión para realizar estas crueldades» 14. Con estos tres ejemplos intentamos enfatizar los distintos aspectos que hacen imposible la aceptación por parte de Bell de cualquier método de experimentación a excepción de la investigación anatómica. Así está lejos de los métodos de estimulación utilizados por Magendie como «pellizcos, pinchazos y tirones». Las objeciones de Gall para la experimentación fueron diferentes, sus objeciones teóricas derivan en parte de objeciones técnicas. El problema de aislar estructuras quirúrgicamente estaba relacionado con el hecho de que todas las partes del sistema nervioso están conectadas entre sí. Estamos, pues, ante dos interpretaciones de las funciones cerebrales con algunos puntos en común como el concepto clave compartido por Bell y Gall de los «órganos del cerebro» y el rechazo de la vivisección, aunque con distintos argumentos. A pesar de esto, las referencias que Bell hace a la frenología son siempre peyorativas, basándose en su personal concepto de la ciencia. Utiliza términos como «puro disparate», para describir las ideas de Gall, alejándose así de lo que consideraba una forma de curanderismo. En la correspondencia con su hermano George, que había permanecido en Edimburgo como cirujano, encontramos un comentario en una carta fechada en Abril de 1814, acerca de la visita del colaborador de Gall, Spurzheim, a su escuela de Anatomía en Great Windmill Street en Londres: «Spurzheim nos ha visitado y nos ha dado una charla sobre Dr. Gall. Todo ha sido un sin sentido que me ha producido una cierta irritación» 15. Otro encuentro se produjo meses más tarde en el mismo año 1814. Esta vez, en un ámbito más social que académico, el comentario es menos comprometedor: «el médico alemán ha cenado aquí. Todo transcurrió con tranquilidad» 16. También hay referencias a correspondencia que le envió Spurzheim 17. Deberíamos concluir esta sección diciendo, como ya hemos visto, y aunque resulte una obviedad, que ni Franz Joseph Gall ni su colega Johann Gaspar Spurzheim eran ----meros charlatanes. Spurzheim obtuvo su doctorado en París. Ambos fueron eminentes neurólogos y ayudaron grandemente a concentrar la atención de los científicos así como del mundo no científico en el sistema nervioso y en el cerebro en particular 18. En los párrafos siguientes trataremos de concentrarnos en la cuestión: ¿En qué medida este proceso de popularización de la frenología influyó para que los «neurólogos ortodoxos» mantuvieran una actitud tan manifiestamente distante de ésta? CHARLES BELL Y EL DEBATE SOBRE LA FRENOLOGÍA EN EDIMBURGO La frenología tuvo una importante recepción en Edimburgo en las primeras décadas del siglo XIX, Shapin manifiesta que podría explicarse en términos sociales y económicos teniendo en cuenta que el período a considerar lleva consigo una «mercantilización del carácter de la ciudad con una pérdida de identidad cultural notable». Para muchos, sugiere Shapin, «el crecimiento del carácter industrial de la ciudad, el declive de su importancia política y el fin de la cultura de la Ilustración, así como la ruptura de la hegemonía social y política de los terratenientes y profesionales parecen conectados entre sí» 19. La lógica consecuencia es la aparición de una nueva clase media, ferviente defensora de la frenología, que asumió un papel importante en el desarrollo de la ciudad. La clase media mercantil empieza a rechazar los privilegios sociales de la élite profesional y aristocrática del siglo precedente. En 1817, este nuevo grupo social emergente tenía su propio periódico, como órgano de comentario cultural, político y social. Era este periódico el más critico con la Iglesia, los conservadores y la Universidad. Era también, quizá no por casualidad, The Scotsman, el principal promotor de los frenólogos. En el lado opuesto estaban los defensores del conocimiento «ortodoxo», la Universidad y la Royal Society de la que Charles Bell era ya Fellow desde los veinticinco años. Para demostrar la conexión entre Bell y el establishment científico de Edimburgo, tenemos la prueba irrefutable de la ya generosamente citada correspondencia con su hermano George, uno de los más prominentes e influyentes cirujanos de la ciudad. Había dos grupos entre los intelectuales y profesionales que ejercían una especial oposición al movimiento frenológico, los filósofos moralistas y los anatomistas, entre estos últimos, aparte de Charles Bell, estaban John Gordon y John Barclay. En 1815 se publica en el Edimburg Review un artículo fuertemente crítico contra la frenología firmada por John Gordon. De acuerdo con Cantor, «el tono es altamente ----agresivo, la frenología se identifica como puro charlatanismo y los que la practican se describen como deshonestos empíricos»20. Está básicamente dedicado a argumentar contra los hallazgos anatómicos de Gall y Spurzheim, aunque su autor dedica algún espacio a rechazar los principios filosóficos de la nueva ciencia. Las consecuencias inmediatas fueron la polarización de las dos partes. Por un lado la disputa entre Gordon y Spurzheim siguió en la prensa y forzó a este último a visitar Edimburgo un año antes de la visita a Bell en Londres. Por otra parte, esto llevó a la irrupción en Edimburgo de un entusiasta grupo de seguidores de Spurzheim, de donde salió el más importante representante de la frenología británica, George Combe (1788-1858). Así, la opinión en Edimburgo parece polarizada entre aquellos que defendían las normas científicas establecidas y aquellos que suscribían el nuevo movimiento contracultural. Un ejemplo de esta polaridad es que en 1836, George Combe, frenólogo convencido, candidato a la cátedra de Lógica de la Universidad de Edimburgo, aunque apoyado por múltiples testimonios, no obtuvo el puesto al tener en su contra el stablishment médico y universitario, sobre todo la Royal Society. Vemos, pues, como un tema puramente científico al inicio, desarrolla una aceptación importante en el nuevo esquema cultural de la ciudad y deviene en un considerable instrumento de identificación social. Una vez visto el paisaje científico y social en la recepción de la frenología, trataremos finalmente otro aspecto que nos parece relevante para evaluar el movimiento antifrenología y más concretamente el papel de Charles Bell. TEOLOGÍA Y LA TEORÍA DE LA MENTE El punto de vista teológico tiene una significación especial cuando tratamos de analizar cualquier aspecto del trabajo científico de Bell. Hemos visto en su obra un cometido religioso al ser éste inseparable de cualquier aspecto de su vida. Aunque sería demasiado audaz añadir a su rechazo de la frenología un punto de vista teológico, sí podemos incorporar como nuevos argumentos algunas implicaciones teológicas que formaron parte de este debate. A través de la Frenología en Edimburgo, los clérigos estaban divididos sobre si esta nueva ciencia entraba en flagrante contradicción con la fe presbiteriana. No tenemos, sin embargo, ninguna referencia particular a este tema en la correspondencia entre los hermanos Bell. ----El principal punto de fricción desde el punto de vista teológico en contra de la frenología estaba basado en su materialismo implícito. Cantor nos aproxima a este controvertido punto al citar al filósofo escocés Thomas Brown que, como sus contemporáneos, mantenían el dualismo entre mente y cuerpo 21. Los filósofos escoceses manifestaban que la mente era una entidad inmaterial, a la vez, simple e indivisible. Cualquier intento de división se consideraba inaceptable y herético, puramente materialista. Cantor mantiene que la interpretación de los filósofos moralistas escoceses de las ideas frenológicas de Gall era errónea. «La acusación de materialismo podría ser válida», escribe Cantor, «si Gall mantuviera que las localizaciones de los órganos cerebrales fueran en sí mismas las facultades mentales humanas, pero ése no era el pensamiento de Gall» 22. A finales de la década de 1820, George Combe, el gran frenólogo británico, intentó una fusión entre frenología y teología. Siguiendo un argumento similar al de Thomas Brown, mantuvo que el cerebro era parte del mundo físico y el conocimiento de sus funciones no era más ateo que el conocimiento de los músculos de las piernas. Consideraba que un íntimo acercamiento al cerebro y sus funciones solamente fortalecía el argumento de la teología naturalista al buscar más evidencias de la divinidad creadora. Si repasamos el concepto de Bell de «los órganos del cerebro», éstos tampoco implicaban ninguna dualidad aparte de la puramente anatómica entre cerebro y cerebelo, con distintas funciones, sin ninguna referencia, por tanto, a la división de la mente. En conclusión, tomando la figura de Charles Bell como un ejemplo perfecto de antifrenologia en Gran Bretaña, podemos definir los principales criterios para el rechazo de la frenología por la «ortodoxia científica». Estos criterios no fueron estrictamente anatómicos ni fisiológicos, sino que, quizá en mayor medida, mediaron otros de tipo social filosófico y religioso. Se entiende mejor en el caso de Bell por su militancia en el naturalismo teológico como proyecto de trabajo y vida que él mismo describe: «Si soy alguien es a través del naturalismo teológico y su relación con la anatomía, y cada día que pasa esa evidencia se agranda ante mí» 23. Lo que sí parece emerger de este debate es que la frenología fue un instrumento intelectual de legitimación de cambio social y reforma. Ni Charles Bell ni su «anatomismo teológico» parecían, por múltiples razones, los candidatos idóneos para estar implicados en esta reforma.
En el presente trabajo se recogen los datos disponibles sobre la organización de la asistencia sanitaria pública en la ciudad de Yecla (Murcia) en el período comprendido por la segunda mitad del siglo XIX y las tres primeras décadas del siglo XX. Partiendo del estudio de las Actas Capitulares La asistencia sanitaria pública, tal como hoy la conocemos, tiene su origen en un lento proceso desarrollado a lo largo del siglo XIX y principlos del XX, el cual, partiendo de las disposiciones del estado absolutista borbónico sobre salubridad de las poblaciones y sobre epidemias, tiene su punto de llegada en la creación del Seguro Obligatorio de Enfermedad a mediados del presente siglo. Este proceso presenta dos características fundamentales. En primer lagar, supone un cambio en la concepción originaria de la sanidad pública desde su consideración como instrumento de policía sanitaria, esto es, de prevención de la salud colectiva, hasta la aparición de la asistencia individualizada del enfermo por parte del Estado. En segundo lugar, el papel fundamertal que los ayuntamientos y el cuerpo de médicos titulares tuvieron en la organización sanitaria durante todo el período. En las páginas que siguen trataremos de acercarnos a lo que fue la organización sanitaria de la ciudad de Yecla y a los hombres y mujeres que le dieron soporte, desde mediados de siglo hasta los años previos a la segunda República, siguiendo el hilo conductor de la legislación sanitaria generada en esos años. ANTECEDENTES: LOS PARTIDOS MÉDICOS «Esta villa, entre los privilegios que cuenta en sus archivos (...) el de poder nombrar tres plazas de facultativos de medicina con el sueldo de seiscientos ducados anuales cobrados de propios...» Así consta, en el acta de la sesión ordinaria del Ayuntamiento de Yecla del 6 de octubre de 1834, la existencia de un privilegio concedido por el rey Felipe V en el año de 1725. El supuesto privilegio se había concretado en el reglamento de 14 de mayo de 1746, promulgado por el Consejo de Castilla, el cual regulaba los partidos médicos, en los que la asistencia médica central se organizaba mediante la asociación de todos los vecinos del pueblo, los cuales contrataban a uno o varios médicos y contribuían, entre todos, al pago de sus haberes anuales. El contrato se establecía entre el Ayuntamiento y el facultativo, y se debía someter a una reglamentación adecuada en cuanto a haberes, tiempo de vigencia, obligaciones, formas de pago, etc. 1 Sin embargo dicho reglamento había caído en desuso a comienzos del siglo XIX, como se reconoce en el acta citada: «... pero como sea expedido por el Rey el Señor D. Felipe en el año de mil setecientos veinte y cinco y no se halla renobado por los demas señores reyes que le han subcedido...». De hecho, la situación a principios de siglo en Yecla no puede ser más precaria. En plena Guerra de la Independencia, Yecla disponía solo de dos médicos 2 y uno de ellos había anunciado su deseo de abandonar la localidad. En 1809, en el Ayuntamiento se puso de manifiesto que: «si no se procura que haya al menos dos [médicos] y se mueven algunas enfermedades como suele acontecer, peligra mucho la salud pública y teniendo presente [el Ayuntamiento] se halla con facultad del Consejo para nombrar tres de dichos facultativos con el salario de quinientos ducados cada uno repartidos al vecindario, cerrando la conducta y dividiendo el pueblo en cuarteles acordo: se saque del archivo dicha facultad y se ----dé cuenta de ella y demás antecedentes que haya, en el Ayuntamiento que se celebrará en el día de mañana...» 3. La preocupación del Ayuntamiento era lógica si tenemos en cuenta que, unos años antes, en 1802, Yecla, contando con cinco médicos, había sufrido un brote de «...tercianas malignas y calenturas pútridas (...) experimentándose muchas muertes, haviendo dias que sale el viatico quince y mas veces haciendo progresos de día en día la epidemia, no solo amenazando a esta población entera si no es tambien a las confinantes» 4. Así, en la sesión del día siguiente, 23 de mayo de 1809, se plantea la cuestión de contratar colectivamente a tres médicos con un sueldo estipulado. Reproducimos el relato de las consideraciones del pleno por el interés que tiene para aproximarnos a la situación de la asistencia médica a principios de siglo: «...enterados de la real facultad para cerrar la conducta de este pueblo poniendo tres médicos con dotación cada uno de quinientos ducados repartidos al vecindario con equidad y proporción 5 cuya facultad no es dada por tiempo determinado y si absoluta y que aunque habiendo hecho uso de dicha facultad la Villa cerrando la referida conducta, volvió posteriormente a abrirla a solicitud del corto número de diez y siete vecinos que se quejaron de la falta de asistencia de los médicos admitidos y desigualdad o recargo en la respectiva contribución cuyos causales, auque fueron ciertos y pudieran influir para la adesión del Ayuntamiento nunca son bastantes para privar a éste de la facultad y arbitrio que tiene para volver a cerrarla...» Interrumpimos momentáneamente el relato para poner de manifiesto que las razones de los partidarios de la conducta abierta se basan en la deficiente asistencia y en su desacuerdo en cuanto a la distribución de los costes del servicio sanitario. Veremos cómo años más tarde se repiten los argumentos. Continuando con el pleno: «... maiormente en las actuales críticas circunstancias en que sólo se encuentran en este pueblo dos físicos que sobre no ser bastantes para la asistencia aun en estado de salud por lo extenso del pueblo y aun penoso en mucha parte por su situación local y crecido número de dos mil quinientos vecinos, el uno de ellos D. Antonio Palao se ha despedido y en efecto se hubiera marchado a otros pueblos en que le proponen partidas ventajosas a no haberle detenido este Ayuntamiento sin duda como así lo hizo presente por no poder subsistir con el corto número de igualados que tiene y omisión de éstos en el pago ----estipulado y conducta nada regular que observa el pueblo vajo de no quererse igualar hasta que por una enfermedad se ven en precisión en cuio caso aun tampoco pueden conseguir les satisfaguen o paguen cantidad alguna de lo que se halla bien cerciorado el Ayuntamiento...» Existe un doble juego de intereses. Por una parte los médicos no pueden subsstir en el pueblo debido probablemente a la miseria reinante, lo que supone que tengan pocos igualados y malos pagadores. Por otro lado, el Ayuntamiento quiere evitar que los médicos abandonen el pueblo y, para ello, no hay más solución que asegurarles unos ingresos fijos. Por ello, se razona en el acta que «...en caso de ausentarse dicho físico, preheviendo como prevee que sera dificultoso concurra otro alguno interin permanezca la conducta abierta... acordó: se cierre la conducta y que al instante se despachen circulares por los ss. D. Fernando Soriano y D. Juan Muñoz a quienes nombro comisarios, prefijando a los que quisieren pretender, el termino de cuarenta dias que se cumpliran el dia diez del proximo julio, cuio termino pasado no se recibiran memoriales y procedera el Ayuntamiento a señalar dia para la elección; previniendo los señores comisarios en las circulares que los facultativos que fueran admitidos han de obligarse por cinco años y que su dotación seran quinientos ducados pagados por tercios.» Esto es, el Ayuntamiento toma la decisión de cerrar la conducta y convoca un concurso libre para la provisión de las tres plazas de médicos municipales, para cinco años y con el sueldo y forma de pago que se estipula. Pero la decisión suponía modificar el repartimiento de contribuciones que había de ser aprobado por instancias superiores; por ello, unos días después se establece que dicho repartimiento «... comprenda en el mismo, en casilla separada, los diez y seis mil y quinientos reales que por salario deben darse a los tres médicos que se han de nombrar... y que cuando se remita para su aprobación a la Intendencia se represente lo conveniente con testimonio en relación de la facultad real para poder nombrar» 6. Desconocemos si la Intendencia consideró ajustadas a derecho las alegaciones aportadas por el Ayuntamiento basadas en el antiguo privilegio. Lo que sí sabemos es que el concurso se celebró y fueron nombrados D. Miguel Rubio Cervera, D. Antonio Palao Espejo y D. Dimas Joaquín Muñoz, siendo descartados D. Ginés López Andrés y D. Francisco Candela 7. La polémica se reproduciría algunos años más tarde, en 1839, según consta en el «EXPEDIENTE FORMADO POR EL AYUNTAMIENTO CONSITUCIONAL... PARA EL ESTABLECIMIENTO DE CUATRO MÉDICOS ASALARIADOS A CONDUCTA CERRADA» 8. Los avatares de la guerra impidieron la finalización del contrato por parte de los médicos, ya que en un informe del presidente de la Junta de Sanidad al Ayuntamiento, de 6 de agosto de 1812, sobre la construcción de un nuevo cementerio, figuran como médicos de Yecla D. Juan Llorca, D. Francisco Román y D. Dimas Muñoz. Ayuntamiento de 20 de noviembre de 1839, de «... asalariar cuatro facultativos de medicina para la combeniente asistencia de esta dilatada población», lo cual quiere decir, que en algún momento durante el reinado de Fernando VII se había vuelto al sistema de igualas. Para ello fue nombrada una comisión dirigida por el regidor D. Agustín Navarro y el síndico D. Francisco Bautista. Dicha comisión emitiría un largo informe en el que se analiza detalladamente la situación de la asistencia médica en la villa. Consideran no sólo útil sino también necesario «... que se haga un asentamiento cerrado con medicos... sin dejar la asistencia del pueblo a la medida de las igualas, perjudicial en su consecuencia a los vecinos y a los Profesores por mas que parezca a primera vista faborable a la libertad de los primeros...». Se vuelve a defender la asistencia comunitaria y obligatoria frente a las igualas voluntarias. Tras unas consideraciones sobre lo extenso del pueblo, el clima extremo y su situación en «...un terreno aspero y desigual y con diferentes rebueltas en sus calles altas», se refieren al número de habitantes diciendo que «... el censo de los contribuyentes es por lo menos de dos mil quinientos vecinos de esta clase ademas de personas miserables y otros que suman otros ochocientos...» Posteriormente entran a considerar el sistema de igualas (conducta abierta) aduciendo la frecuente falta de pago de las mismas, con lo que las familias llamaban al médico, no al comienzo de la enfermedad, sino cuando la gravedad era extrema y en ocasiones «...el medico solo es llamado para fallar la muerte». Ponen como ejemplo el exceso de muertes habidas en los años 1817, 1823 y l826, que incluso llegó a llamar la atención de la Junta Superior de Sanidad, y achacan dicha mortalidad a «... la antedicha causa de haberse descuidado por el reparo de no haber pagado la higuala la apelación y asistencia de los médicos». A diferencia del año 1809, en esta ocasión el Ayuntamiento tenía un soporte legal más claro. La Instrucción para el gobierno económico y político de las provincias de 3 de febrero de 1823, en pleno Trienio Liberal, era en realidad una Ley sobre Régimen Local. Esta importante ley, que constituiría un mode1o para las posteriores leyes de régimen local, fue suprimida por Fernando VII en su segundo período absolutista y restablecida, tras su muerte, en octubre de 1836. Muñoz Machado 9 divide las atribuciones de los Ayuntamientos que son conferidas por esta ley en dos tipos: unas funciones propias y otras delegadas por la Administración. Pues bien, las funciones propias son casi en su totalidad de carácter sanitario o relacionadas con la sanidad. Lo que aquí nos interesa es el artículo 12, en el que se especifica que los Ayuntamientos deberán procurar que «haya facultativo o facultativos en el arte de curar personas y animales, según las circunstancias de cada pueblo, señalando a los médicos y cirujanos la dotación correspondiente, a lo menos por la asistencia de los pobres, sin perjuicio de que si los fondos públicos lo pueden sufrir se extienda también la dotación de la asistencia sanitaria a todos los demás vecinos. Los facultativos serán ----admitidos y contratados por el Ayuntamiento, pero si sus sueldos u honorarios se hubieran de satisfacer por igualas o repartimiento vecinal, sólo se sujetará a este pago a los que quieran servirse de los facultativos elegidos». Así pues, la ley vigente dejaba claro que el Ayuntamiento podía optar por uno u otro sistema según las disponibilidades económicas, lo cual ya era una fuente de conflicto entre los vecinos y también entre los médicos, pero es que además, admitía que en el caso de repartimiento vecinal, sólo se debía sujetar a este pago a los que (voluntariamente) quisieran servirse de los facultativos. En resumen la ley establece, al menos, la asistencia a los pobres (Beneficencia) y abre el camino a la función asistencial pública, si bien de forma voluntaria 10. Por otro lado, los ayuntamientos en toda España hicieron caso omiso de las normas dictadas por el Reglamento General de las Academias de Medicina y Cirugía de 31 de agosto de 1830, en el que se disponía que dichas academias tenían la facultad de proponer a los alcaldes las ternas de facultativos para su elección por parte de los ayuntamientos. Dicha norma fue incumplida sistemáticamente, de tal forma que nombraron y destituyeron a sus facultativos sin oír a las academias11. A continuación, siguiendo con el expediente de 1839, se aportan unas consideraciones económicas referidas a que el sueldo de los médicos, de 5.000 reales anuales cada uno, suponía 20.000 reales, y que el pago de las igualas, a 18 reales, suponía 45.000 reales, con un ahorro comunal de 25.000 reales. El reparto del vecindario por cada médico supondría 625 vecinos a cada uno y se podría aprovechar la contrata para que uno de los médicos, el más antiguo, se hiciera cargo de la asistencia en el Hospital de Caridad, cobrando una cantidad extra aparte que no se especifica. Finalmente, el informe establecía el pago en tres plazos, abril, agosto y diciembre, y se abonaría con cargo al fondo de propios, efectuando un reparto entre vecinos por parte de la Corporación en caso de que faltara algo de dinero. El sistema, como puede apreciarse, parece razonable, al menos desde nuestro punto de vista actual, no en vano estaba inspirado en la legislación sobre régimen local emanada de los gobiernos del Trienio Liberal. Así lo consideraban los autores del informe, los cuales finalizan diciendo que si se adopta la propuesta «... se le proporcionará a esta villa Profesores de merito y se estimulara mas la aplicacion y el esmero de los que se nombrasen». El nuevo Ayuntamiento presidido por D. Jacinto Esteve, el 8 de junio de 1840, expone el proyecto a la consideración de los vecinos mediante edictos situados por la población, sometiéndolo, a votación pública, un procedimiento que no hemos visto ----reflejado en la bibliografía consultada sobre el nombramiento de médicos titulares en esa época. La Diputación había acordado el 17 de febrero autorizar al Ayuntamiento a que «... formalice concejo abierto y que con su resultado se le devolviera el expediente para acordar lo mas conforme». Durante ocho días estuvieron abiertas las salas capitulares para que los vecinos, sin distinción de clases, «...digan lo que quieran desde las nueve a las doce y desde las tres a las seis por la tarde entendiendo que el que no pase se considera que esta conforme con el proyecto». En las actas de la «votación» vienen reflejados más de setecientos vecinos en contra del proyecto. Ante este inesperado resultado del concejo abierto, el Ayuntamiento decide investigar las causas del mismo y la situación en ese momento del sistema de igualas, preguntando a cada uno de los médicos12. En total existían 1.192 vecinos igualados, pero con un muy desigual reparto entre los médicos, ya que D. Basilio Amat Vallejo tenía igualados a casi la mitad. Del resultado de la lectura de este largo expediente se deduce que la comisión encontró razones para creer que los votos negativos habían sido manipulados, precisamente por D. Basilio Amat, mediante la distribución del rumor de que se iban a aumentar las contribuciones, la utilización de personas forasteras, la destrucción de pasquines informando a la población del concejo abierto, etc. Se interrogó a testigos que afirmaron haber oído decir a D. Basilio «... digan ustedes que estan conmigo y que no necesitan mas medico». El inforrme final de la comisión contabiliza 734 votos en contra del proyecto y más de 1.700 a favor, y considera que D. Basilio Amat ha urdido una intriga que ha falseado el resultado de la votación. Sobre la necesidad de médicos asalariados afirma que «... en las ciudades donde no hay Hospital de rentas considerables donde puedan entrar los vecinos ni hay grandes propietarios ni títulos, corporaciones, comunidades o gremios que den largas remuneraciones a los facultativos es necesario tener medicos asalariados y contratados. De lo contrario sin incentivos no habría ----médicos». Además, recuerdan que, de los 2.500 vecinos, sólo hay poco más de mil igualados, preguntándose que ¿cuántos de los que han votado en contra no tienen médico? Concluyen recomendando que se lleve a cabo el proyecto. El expediente fue enviado a mediados de julio a la Díputación para su aprobación definitiva, pero fue devuelto en octubre con la recomendación de que se volviera a celebrar concejo abierto, aunque esta vez «... en dias feriados consecutivos y con la diferencia de que el que no asista se considerara que esta en contra del proyecto». Desgraciadamente desconocemos si se 1levó a cabo esta segunda votación, aunque sospechamos que no, pues no hemos encontrado más referencias en las actas municipales. Si nos hemos extendido en el relato de este expediente es para destacar que fue el único intento serio en todo el siglo XIX de establecer una asistencia sanitaria individualizada para toda la población. Durante la segunda mitad del siglo y las primeras décadas del XX, la asistencia sanitaria municipal se limitó a los listados de pobres, a la vigilancia de epidemias y a cuestiones relacionadas con la higiene pública, como describiremos a continuación. LAS JUNTAS DE SANIDAD Y LOS SANITARIOS TITULARES los asuntos que les estaban conferidos a los Ayuntamientos». Lo cual contrasta con el espíritu liberal y descentralizador que caracterizó al bienio 1854-56. La nueva ley prohibía la adopción del sistema cuarentenario en general, obligaba a todos los ayuntamientos a crear la Beneficiencia domiciliaria mediante médicos cirujanos y farmacéuticos titulares y se establecían normas para la venta de medicamentos, prohibiendo los remedios secretos y estableciendo los requisitos que debían exigirse a las recetas. Finalmente, la ley establecía la obligatoriedad de la vacunación antivariólica y disponía que se publicase un Reglamento especial conteniendo las reglas higiénicas a que debían estar sujetas todas las poblaciones 15. En cuanto a las Juntas de Sanidad, se mantenía el Reglamento, al que hemos aludido, de marzo del 47. Debían constituirse en los municipios de más de mil habitantes. Estaban presididas por el alcalde y se componían de un médico, un cirujano, un farmacéutico y un veterinario, además de tres vecinos. eran órganos estrictamente consultivos de la autoridad política y podían proponer medidas extraordinarias a la alcaldía, que era la encargada de ejecutarlas. Por su parte, los facultativos titulares contratados por los municipios tenían como misión atender a las familias pobres de la localidad, asesorar al Ayuntamiento en materia de policía sanitaria y, en caso de epidemia, estaban obligados a no ausentarse del pueblo, podiéndoseles exigir el que sus servicios se prestaran al total de la población; sin embargo se mantenía el libre ejercicio de la profesión en el ámbito de actuación de los titulares. Hasta aquí hemos expuesto a grandes rasgos la organización sanitaria municipal que establecía la Ley de 1855. En los años previos a la Ley, aparecen frecuentemente, en las Actas Capitulares y en los bandos de la alcaldía, referencias a aspectos relacionados con la higiene pública y el urbanismo. El ayuntamiento no disponía de los servicios y el personal necesario para estas cuestiones, por lo que sistemáticamente se responsabilizaba a los vecinos del cumplimiento de las normas propuestas por la Junta de Sanidad. Uua cuestión que preocupa a la Junta se refiere a las basuras y el estiércol generado en casas y corrales, por lo que se establecen normas para su eliminación: «... la extracción de los estiercoles se haga durante las horas de la noche o primeras de la mañana depositando estos en la vereda llamada del Algibe desde la bajada del molino de viento y al poniente desde la senda conocida de Simon Santa en direccion al camino de Jumilla exceptuando los sitios por donde corren las aguas. Se prohibe asi mismo depositar las caballerías y animales muertos en las inmediaciones ----de la población y si solo en el cerro llamado de las Trancas y en el de las Serratillas» 16. Como veremos, a lo largo de todo el período, aparecen multitud de recomendaciones referentes a la limpieza de calles, el depósito de basuras y animales muertos en las afueras de la población. Las calles, sin embaldosar 17, recibían todo tipo de inmundicias, basuras, aguas de origen doméstico además de estar repletas de obstáculos, pues servían como «talleres» de las más diversas profesiones. En un bando de 1853, el Ayuntamiento ordena que «...se quiten los poyos, piedras, vancos de carpinteros y aperadores, piedras sueltas y demas estorbos en el preciso termino de ocho dias, cuidando cada vecino de sus respectivas afrontaciones» 18. También preocupan las condiciones de las viviendas, según se desprende de las normas a los maestros alarifes, por las que se les recomienda que «... esta coporacion, sabedora de los perjuicios que ocasiona la subdivision de viviendas que en pequeñas casas se practican de algun tiempo a esta parte... no procedan a hacer particion alguna de casas sin que preceda licencia escrita del Ayuntamiento previa la correspondiente exposicion...» 19. El problema fundamental se sitúa en las zonas altas de las cuevas, donde las infecciones se desarrollan con más frecuencia, circunstancia que no pasa desapercibida a la Junta de Sanidad: «... la enfermedad que nos aflige ataca principalmente a los vecinos que habitan cuevas insalubres y poco ventiladas... que de los fondos destinados a calamidades publicas se socorra a los mas pobres y necesitados que ocupan aquellas, con el fin de que salgan a los campos o a otros puntos y puedan abandonar sus moradas que son los focos de infecciónn mas temibles» 20. Pero la construcción de cuevas continúa en los años sesenta, en las zonas de Serratillas, Cerro del Castillo y San Cristóbal, con malas condiciones de habitabilidad: «... lo insalubres que son y el riesgo para la salud pública sin condiciones de ventilación ni desahogo, con peligro inminente de hundimiento» 21. La población había aumentado en diez años en cerca de 3.000 personas 22, situándose a principio de los sesenta en más de 12.000 habitantes, por lo que la escasez de viviendas era un problema acuciante. En abril del 67 se hace constar en el pleno que «... teniendo presente, el aumento de poblacion y lo dificil que es a muchos de los vecinos de esta villa procurarse habitaciones en razón de la escasez de estas y por no haber sitios a proposito para la edificacion de casas, muchos se han dedicado a construir cuevas con grave perjuicio de la salud publica». 17 Los primeros pavimentos en las calles de Yecla se colocan en 1853 en algunos tramos de las calles de San Francisco, Niño, Nueva, San Antonio y San José (AHMY, AC SO 17/3/1853). 18 A finales de la década de los cincuenta se divide el pueblo en cuatro zonas (Hospital, San Cristóbal, Santa Bárbara y San Roque) y se encarga a cada una de ellas a un conceja1 para la vigilancia del aseo, limpieza y salubridad de la misma, estableciéndose multas a aquéllos que arrojen a la calle aguas sucias o basuras, repitiéndose la recomendación infinidad de veces en bandos y edictos. Pero es evidente que el vecindario hacía caso omiso a las recomendaciones; sirva como ejemplo ]a protesta que se produce en el Ayuntamiento por la deplorable situación de un callejón entre la calle del Niño y la calle Nueva en 1860 23. Asimismo se establecen en esos años los lugares de lavado de ropa de enfermos y sanos en un bando de 23 de diciembre de 1859: «... se hace saber a todos los vecinos que como medida de precaución se designa para labado de las ropas de los enfermos de cualquiera clase que sean, las aguas de San Isidro, dejando los demas puntos de labadero del agua viejo para labar las ropas de los sanos». Unos años más tarde se vería con buenos ojos en el Ayuntamiento la propuesta de un particular para la construcción de un lavadero público, pero desconocemos si la obra se llevó a cabo en esa época 24. Otra preocupación de la Junta de Sanidad es la referente al sumininistro de alimentos a la población. Las condiciones del matadero municipal son objeto de numerosas alusiones en los plenos. El 14 de julio de 1859, en contestación a una circular del Gobierno Civil, se informa que el matadero «... no reune las circunstancias salubridad, ventilación y demas requisitos prevenidos», por lo que se está pendiente de la construcción de un nuevo edificio. Se describen las normas existentes en ese momento refiriendo que «... matan por la tarde en el verano colocando las reses en un cuarto enjugador y a la mañana siguiente se inspeccionan las que en el dia anterior lo fueron vivas». Para esta inspección están nombrados un facultativo de medicina, un veterinario y un práctico. No existían empleados y la limpieza y el sacrificio de las reses corría a cargo de los expendedores. También el traslado de las carnes desde el matadero a la carnicería municipal es objeto de una normativa por la que «... se acuerda la subasta para la conducción de las expresadas carnes con carro que reuna las condi-----23 «... que en la rinconada del callejón que baja de la calle del Niño Jesús a la Nueva con direccion al Posito de Labradores... se colocan o ponen toda clase de inmundicias o escombros por personas que no es facil descubrir porque esta operacion la hacen regularmente a altas horas de la noche con el fin de no ser vistos por otros, colocando tambien animales muertos, produciendo estos depositos o focos de infeccion tan mal hedor que no es posible el transito de persona alguna por este punto por la porcion de miasmas putridas que exhalan y que corrompiendo el aire atmosferico es facil el desarrollo de cualquier enfermedad epidemica o contagiosa» AHMY, AC SO 6/9/1860. 24 A solicitud de Cristóbal Gómez Tevar, dueño del Huerto de las Ánimas, se propone al Ayuntamiento «... construir un labadero para el servicio publico en el cual con una modica retribucion puedan las labanderas labar con comodidad aseo y limpieza» AHMY, AC SO 27/3/1862. ciones necesarias para evitar el polvo e inmundicias que dichas carnes recogen en su transito de conduccion» 25. A partir de la creación en junio de 1863 de una Junta de Policía Urbana, emanada de la Junta de Sanidad 26, se observa un mayor celo en la vigilancia del cumplimiento de multitud de normas de salud pública. Se vigila la posible adulteración de alimentos en cafés y posadas, las fábricas de jabón y encurtidos para su limpieza y extracción de residuos, el lavado de ropas, las condiciones de las letrinas particulares, los baños de animales, etc. 27 Las atribuciones en materia de sanidad son tomadas muy en serio por la Corporación en esos años. Se vigilan muy especialmente los cauces del agua, procurando evitar su contaminación, fundamentalmente por el lavado de ropa y por los deshechos de las fábricas, recomendando «... tapar a cal y canto los conductos que tengan comunicacion entre la acequia y las balsetas de las fabricas» 28. La llegada de la Restauración marcará un cambio de ritmo en lo que a la higiene pública se refiere. A partir de 1874 y hasta finales de siglo, además de la insistencia en las medidas de limpieza pública que hemos descrito para los años sesenta, los servicios del ayuntamiento acometen dos tareas fundamentales: por un lado, durante las décadas de los setenta y los ochenta, el arreglo de calles (rasantes, cerrado de albañales, pavimentaciones, etc.) y, a partir de 1893, se empiezan a elaborar planes para la conducción de aguas potables a la población. Pero, en lo que se refiere a la limpieza de la población, la situación deja mucho que desear, a juzgar por la descripción que se hace, en la sección de Crónica de La Soflama, periódico de la oposición al alcalde conservador Moncada, del lastimoso estado sanitario de las calles de la población, con suciedad e inmundicias, no sólo en callejones sino también en calles: «... la fuente principal se encuentra convertida en una inmunda charca, de donde salen aguas que se destinan al consumo, arrastrando masas y filamentos de ovas que, sobre inspirar repugnancia, comprometen la salud pública» 29. El proceso de conducción de aguas potables a Yecla, que habría de tener una importancia crucial en la disminución de la morbi-mortalidad a partir de las primeras ----25 AHMY, AC SO 15/6/1863. 28 En la SO de 30 de agosto de 1865, se da cuenta que «... los oyos de las fábricas de aguardiente contienen un olor intolerable... citándose a todos los fabricantes para que en el plazo improrrogable de cuatro días... cubran los hoyos con palos y leña menuda y encima paja apisonada. Que no toquen las heces que tienen y que las que hagan a partir de ahora las saquen a las afueras en los sitios señalados». Similares normas se impartieron a las fábricas de encurtidos y almazaras. En las tenerías se insistía que se aislaran del cauce principal «...para que las legias y zumaque que producen no contaminen el agua». décadas del siglo XX, se inicia en la sesión de 18 de octubre de 1893, en la que se solicita a la Diputación un ingeniero de minas para «... practicar los estudios necesarios para la conduccion de aguas potables para el abastecimiento de esta poblacion y asi mismo que dispongan la venida del arquitecto provincial para el levantamiento de los planos de las obras que se proyecten». Sin embargo no aparecen más referencias en las Actas Capitulares hasta 1899, cuando se recogen dos propuestas privadas para la instalación. A la primera, de agosto de 1899, presentada por D. José Segura Sánchez, de Madrid 30, el Ayuntamiento, presidido por Martínez Peiró, le impone una serie de condiciones como son, por supuesto, las buenas condiciones de potabilidad del agua, el establecimiento de, al menos, seis fuentes o kioscos públicos y la posibilidad de establecer abonados particulares. Además, el Ayuntamiento se reserva cuatro metros cúbicos diarios para Beneficencia, agua suficiente y gratis en caso de incendios y una reducción del precio a la mitad en caso de epidemias. El plazo de las obras no podía superar los dos años. En la segunda propuesta, de D. Pascual Cantos Falceto, de Bañeres 31, se especifica además el precio del agua, que sería de una peseta por metro cúbico para el Ayuntamiento y 1,5 pesetas para los abonados particulares, reservándose el Ayuntamiento ocho metros cúbicos para Beneficencia. Parece ser que fue la primera propuesta la aceptada 32. 32 En la sesión supletoria de 4 de julio de 1900 figura una memoria elaborada por la Comisión Municipal de Aguas, presidida por D. Francisco Antonio Martínez Peiró, de la que a continuación exponemos un extracto: se trata de una colección de hechos, incidentes y festividades relacionados con la traída de las aguas potables a la población, escrito con ampulosidad y autocomplacencia, pero con indudable valor histórico. Justifican el informe para «... hacer resplandecer la verdad histórica sin falseamientos que la alteren u obscurezcan y sacrificando la fantasia a la certeza en la exposicion». Refiere que el pueblo ha entrado «... en el concierto de las grandes poblaciones por el fomento de su agricultura» y se han acometido reformas como «... la reparacion de la plaza de Abastos, la Carniceria y el edificio destinado a la expedición de pescados... fueron arreglados los caminos y puestas las calles de la ciudad conforme a las exigencias de una villa moderna...» Se recuerda el viejo anhelo de la población desde hacía años de traer las aguas potables y la realización de viejos estudios y planificaciones que nunca se habían llevado a cabo, hasta la concesión a la empresa de los señores Segura. Dicha empresa hizo prospecciones en los altos de Caudete sin resultados para comprar posteriormente el manantial, ya alumbrado, de la Casa de la Roja y posteriormente construyó un depósito de aguas y realizó el zanjeo y colocación de tubos hasta la población. Continúa la memoria relatando la inauguración del referido depósito «...estando representadas todas las clases sociales, agricultores, industriales, obreros, curia, clero, abogacia, medicina... con un suntuoso banquete a cuya terminacion y a las primeras aguas que cayeron en el recipiente se pronunciaron entusiastas brindis y se dieron calurosos vivas al ayuntamiento y a la empresa de aguas». Unos días después se inauguran dos fuentes públicas, para lo que se pusieron colgaduras e iluminaron los balcones. Se habla de una «ingente muchedumbre» que acude a la iglesia de la Concepción donde «con la cruz alzada» se bendicen las aguas. Una de las fuentes se había colocado en la plaza del Colegio instalándose una manga de riego en la calle de San Francisco y celebrándose un segundo banquete en el Teatro con trescientos invitados por cuenta de la empresa. Aquella noche se celebró una verbena en la Glorieta con banda de La compañía de los Segura cedió sus derechos en 1901 a la Compañía General de Aguas Potables de Yecla, la cual presentó presupuesto 33 para la instalación de agua en los establecimientos públicos. El agua llegó en primer lugar al Asilo-Hospital en septiembre de 1903 y posteriormente al Matadero y a la Carnicería. Las Juntas de Sanidad Hasta la entrada en vigor de la Ley de Sanidad en 1855, las Juntas Municipales de Sanidad 34 estaban compuestas por el alcalde, que hacía de presidente, un teniente de alcalde, dos regidores y dos individuos de la Junta de Beneficencia. En cuanto a los técnicos, había dos licenciados en Medicina y un farmacéutico. El motivo principal de la creación de dichas juntas era el de organizar la defensa colectiva frente a las epidemias, por lo que el mayor número de actas conservadas en la segunda mitad del siglo XIX se refieren casi siempre a los años en que el cólera amenazó a la población. De 1854 y 1855, por ejemplo, se conservan un buen número de actas a partir de la constitución, el 7 de agosto de 1854, de la Junta Municipal de Sanidad con motivo de los rumores de epidemia de cólera. Es probable que la Junta no se hubiera constituido desde hacía al menos veinte años, ya que en el pleno del Ayuntamiento se acuerda que «...se nombre una Junta de Sanidad para que tomando en consideracion lo mucho que sufrió este vecindario el pasado año de mil ochocientos treinta y cuatro se ocupe de deliberar las medidas que nos conduciran a lograr el fin deseado» 35. La composición de la Juntas no siempre se ajustaba estrictamente a lo establecido en la Real Orden de 18 de enero de 1849 para las Juntas del interior, ya que, por ejemplo, en l854 formaban parte de ella, además de los médicos y el Regidor Síndico, los presbíteros tenientes de ambas parroquias y los mayores contribuyentes. La misión de la Junta se concretaba en la defensa de la salud colectiva de la población mediante el establecimiento de cordones y lazaretos, división del pueblo en cuarteles para la asistencia de los facultativos titulares a los enfermos pobres y para la puesta en marcha de medidas higiénicas y de desinfección, reparto de socorros, como alimentos, dinero o medicinas, etc. El dinero era siempre escaso para atender a las necesidades de la Junta y se obtenía siempre del fondo de calamidades, suscripciones públicas, donaciones y, en última instancia, del capítulo de imprevistos. En ocasiones, la Junta de Sanidad establecía comisiones formadas por un médico y tres vecinos que se encar----música, iluminándose la fuente «... con el llamado gas acetileno. Estuvo presente la prensa regular e ilustrada y se hicieron fotografías». 33 gaban de visitar las casas de los enfermos, en los cinco distritos en que se dividía el pueblo, y aconsejar a las familias sobre medidas de desinfección y limpieza. Asimismo, se encargaban de facilitar a las familias pobres vales o bonos para la adquisición de desinfectantes 36. Otra misión de la Junta era la elaboración de informes para el Gobierno Civil referentes a la aparición de enfermedades o sobre el estado sanitario de la población, misiones de las que se encargaban los componentes técnicos de la Junta. De estos informes, el más completo que se conserva se refiere a la epidemia de cólera de 1885 37, donde se recoge una relación diaria de afectados y fallecidos, con expresión de sus edades, sexo, profesión y estado civil. A partir de la Restauración, la Junta interviene más a menudo en cuestiones de higiene pública en ausencia de epidemias. En 1890 se celebra una reunión extraordinaria 38 en donde, después de acordar reunirse todos los sábados a las seis horas de la tarde, se hace referencia a la vigilancia de mercados y establecimientos de comestibles, así como de cuadras y patios, manifestando «... la salud inmejorable que se disfruta en esta vecindad y la mucha higiene que han encontrado en los establecimientos publicos y privados que llevan inspeccionados». Los facultativos titulares en la segunda mitad del siglo XIX La ley del 55 autorizaba a los ayuntamientos a contratar facultativos para establecer la hospitalidad domiciliaria (Beneficencia) para familias pobres, además de para «auxiliar con sus consejos científicos a los municipios en cuanto diga relación con la policia sanitaria» 39. Así, a partir de esta ley, la posibilidad de establecer «conducta cerrada» desaparece, por lo que el sistema de igualas o el simple pago por acto médico se generaliza para el resto de la población. Los médicos no tuvieron más remedio que aceptar los escasos emolumentos que les ofrecía el Ayuntamiento. En el mismo año de 1855, los cuatro médicos titulares de Yecla «...enterados que fueron de las condiciones del presupuesto municipal formado para este año y de la percepción del sueldo señalado en el mismo a los profesores titulares, combinieron en aceptar las expresadas condiciones y repartirse por partes iguales la retribución y el trabajo... si bien atendiendo a lo mezquino de la dotacion combinieron tambien en formalizar una exposición para que se amplie, lo que en caso de obtenerse se distribuiría entre los interesados por partes iguales lo mismo que el sueldo anterior». Acta de la sesión extraordinaria de la Junta de Sanidad del 19 de junio de 1890. De hecho la situación de los médicos titulares en esa época era de gran malestar ante la sociedad, por el empeoramiento de su estatus económico y de su consideración social respecto a décadas anteriores 40. En 1865, el sueldo de un médico titular es de 4.000 reales anuales, con la obligación de atender a doscientas familias pobres, y un sobresueldo de 25 reales por cada familia que exceda de dicho número 41. En 1865 se firma un contrato con los cuatro médicos que aparecen en las Actas de la Junta de Sanidad de la época. Dicho contrato fue renovado en 1869 y, luego, tácitamente mantenido con los mismos facultativos hasta junio de 1877. En dicha renovación, por otros ocho años 42, se especifica que cada médico dará asistencia a trescientas familias pobres y que la dotación será de 975 pesetas por médico-cirujano y 1.025 pesetas a los partidos servidos por médicos y cirujanos (625 pts. al médico y 400 al cirujano), pagaderas por trimestres vencidos. La Revolución del 68 había establecido un nuevo reglamento para organizar la asistencia a los pobres en los municipios, según el cual, en las poblaciones de más de 4.000 habitantes se establecía la hospitalidad domiciliaria, se especificaban las obligaciones de los facultativos y se definía la consideración de «pobre» para tener derecho a asistencia. Pero la situación seguía siendo precaria para estos servicios. Los ayuntamientos podían destituir y nombrar facultativos a su antojo, las dotaciones siempre eran escasas y no siempre se pagaban. Los médicos eran separados del servicio por motivos nimios y, en algunos pueblos, la ausencia de clientela privada convertía la provisión de las vacantes en una subasta a la baja 43. En el caso de Yecla no tenemos constancia de que se produjeran arbitrariedades de este tipo. De hecho, los contratos se mantuvieron, para los mismos médicos, durante un largo período de años. ----40 A este respecto es interesante hojear lo que se escribe en la prensa profesional de la época: «... los médicos y cirujanos tienen que reducirse... a celebrar contratos con los pueblos por cantidades generalmente inferiores a las que disfrutaban treinta años hace, cuando su gasto no ascendería a la mitad de las asignaciones que gozaban, con lo que realmente han duplicado su pobreza, tocando ya en un deplorable y vergonzoso extremo.» 42 Hasta 1868, la titulación médica española es un auténtico caos constituido por las siguientes categorías: licenciado y doctor en Medicina, licenciado y doctor en cirugía médica, licenciado en cirugía, médico-cirujano, Doctor en ciencias médicas, cirujano de primera clase, cirujano-sangrador, cirujano de cuarta clase, Práctico en el arte de curar, ministrante, facultativo de segunda clase y partera. A partir de la Restauración las titulaciones se limitan a las actuales, pero permanecerán las titulaciones antiguas, a extinguir, hasta las primeras décadas del siglo XX (Albarracín Teulon, A. (1969), «La titulación médica en la España del siglo XIX», Actas del III Congreso Nacional de Historia de la Medicina, Valencia, 27-34). En 1883 se celebra un nuevo contrato con tres médicos y dos cirujanos44, en el que se mantienen los emolumentos de treinta años antes: 999 pts. a los médicos y 625 a los cirujanos. Al menos, en la década de los ochenta, a los facultativos se les reconoce su labor desde la Administración, según se desprende de un artículo publicado en El Consultor de los Ayuntamientos, una revista de la Administración Local. En dicho artículo se describe bastante detalladamente la situación de los médicos titulares en la década de los ochenta, por lo que a continuación extractamos los pasajes más significativos: «Los Médicos titulares, sobre formar un cuerpo numeroso de servidores de los pueblos, prestan servicios tan humanitarios, tan expuestos y de tan elevado interes social... visitan un número determinado de familias pobres, de 150 a 200 y aun mas, por la retribucion de 3.000 o de 4.000 rs.; la que llega a 5.000 es una cosa notable. En la designación de pobres suele haber muchos abusos; pero no es esto lo peor, sino que unas veces por falta de fondos, otras por rencilla de localidad, pasa un trimestre y otro y otro y no se satisface la asignación. De aquí pasa al igualatorio de los acomodados; todos quieren pagar poco, raro es el que se muestra razonable y desprendido; igualas de 16, 20 y 24 rs. al año por familias de cuatro o mas individuos, de suerte que para reunir otros cuatro o cinco mil rs. necesita otros 150 ó 200 igualados... lo cual lleva en si el sacrificio de la sujección constante, las visitas nocturnas, el haber de luchar contra los temporales y con las dificultades de la cobranza de las igualas... de estos ilustre servidores del Estado, de los pueblos y de las familias, nadie se acuerda mas que en los críticos momentos de una terrible epidemia... en resumen: bajo el punto de vista científico están muy poco considerados; bajo el económico, muy mal retribuidos; y bajo el de funcionarios públicos, colocados en el último lugar de la escala...»45. Desconocemos las circunstancias en las que desarrollaron su trabajo los médicos titulares de Yecla, así como el nivel de ingresos de los mismos mediante el sistema de igualas. De los documentos oficiales consultados no se desprende que existieran dificultades con la administración del Ayuntamiento en cuanto al tipo de trabajo, número de médicos, sueldos, etc. En 1891 se reunió en Madrid un Congreso de Médicos Titulares en el que se reivindicaron dotaciones fijas garantizadas por el Estado, oposiciones nacionales para el ingreso en el Cuerpo, con la creación de una escala y provisión reglamentada de vacantes y el establecimiento por parte del Estado de los derechos pasivos; pero la situación continuó sin variaciones hasta 1904, cuando se publica la Instrucción General de Sanidad. ----LA SANIDAD PÚBLICA EN YECLA EN LAS PRIMERAS DÉCADAS DEL SIGLO XX En 1904, el gobierno de Maura aprueba la Instrucción General de Sanidad, un decreto que, originalmente, estaba proyectado como Ley General de Sanidad para sustituir a la de 1855. En lo que se refiere a los municipios, se consolidaba la figura del Inspector Municipal de Sanidad, cargo que era ocupado en los pueblos cabezas de partido judicial por el anterior Subdelegado de Medicina, con las mismas competencias que venía ostentando. La financiación continuó a cargo de los municipios, a pesar de que el espíritu de la ley apuntaba a un mayor fortalecimiento de la rama periférica sanitaria de la Administración central 46. Las Juntas de Sanidad, aunque se mantuvieron, quedaron como meros órganos consultivos vacíos de competencias. Quizá el aspecto más interesante de la Instrucción, en lo que a la Sanidad Municipal se refiere, fue la regulación del Cuerpo de Médicos Titulares: en cada municipio debía existir un médico titular y un practicante por cada trescientas familias pobres, siendo los contratos por tiempo indefinido. Para ingresar en el Cuerpo de Médicos Titulares era preciso superar una oposición, lo que suponía la consecución del «... diploma de aptitud especial para médicos titulares» 47, condición necesaria para ser contratado por un ayuntamiento. Las vacantes en los ayuntamientos habían de ser comunicadas a la Junta del Protectorado y Gobierno de Médicos Titulares, la cual enviaba a los alcaldes un listado de los titulares que podían optar a ellas tras la celebración de un concurso. También se regulaba la constitución de partidos farmacéuticos y veterinarios. Finalmente, la Instrucción establecía normas para cuestiones de higiene pública relacionadas con el suministro de aguas y evacuación de residuos, viviendas, establecimientos y servicios higiénico-sanitarios, mercados, mataderos, industrias insalubres, etc. Asimismo, se establecía un servicio de estadística y la obligación de declarar determinadas enfermedades infecciosas 48. La situación de la higiene pública en Yecla a principios de siglo puede estimarse por el informe emitido por el Inspector Provincial de Sanidad, con fecha de 13 de octubre de 1910, a petición del alcalde D. Antonio Ortega Coya 49. En dicho informe se hace referencia a la situación sanitaria de diversos establecimientos y servicios públicos. Sobre las aguas de abastecimiento refiere que «... tres son las conducciones, conocidas con los nombres de Potables, principal y San Isidro. La primera llega por tubería de hierro asfaltado hasta un depósito de unos seiscientos metros cúbicos de ----46 MUÑOZ MACHADO, S. (1995), pp. 50-52. 49 AHMY, AC SO 17/10/1910. capacidad y del que nuevamente entubada sale a distribuirse por edificios de la población y fuentes públicas. Las otras dos sirven casi exclusivamente para riegos y la principal es la que suministra caudal para los lavaderos antes de los que existe la fábrica de aceite que algunas veces impurifica el agua lo mismo que la de vinos y alcoholes situada después de aquellos y corriente abajo las residuales de otra nave para el degüello de reses de cerda». Los informes sobre la plaza de abastos, el asilo de ancianos y hospital anejo, y el cementerio, son favorables y, sobre la cárcel, que se encuentra situada «... en sitio céntrico, en los bajos del Ayuntamiento, local de muy escasa capacidad, luz y ventilación y con gran humedad por lo que no reune en absoluto las condiciones que debería». Sin embargo, a pesar del infonne oficial, la realidad es que las prácticas antihigiénicas eran frecuentes y muchas de ellas eran denunciadas por la prensa de la época 50. Las denuncias se refieren fundamentalmente a la limpieza pública; se habla de callejones inmundos, ausencia de sumideros en las casas, ausencia de alcantarillado, presencia de animales muertos y excrementos en las calles, y existencia en las casas particulares de «... basureros y cuadras bajo la escalera que da acceso a las habitaciones» 51 En 1913 el Ayuntamiento decide colocar unos urinarios públicos, que fueron clausurados poco tiempo después ante el clamor público de ineficacia y de constituir nuevos focos de infección 52. A partir de 1916, las denuncias del concejal socialista Sebastián Pérez en el Ayuntamiento son constantes en torno a tres cuestiones fundamentales. En primer lugar, el problema de las aguas residuales que los vecinos arrojan a las calles al no disponer de sumideros ni retretes, planteándose por primera vez la necesidad del alcantarillado público. En algunas zonas, como las calles de San Juan, Santa Bárbara y Jumilla, la construcción de sumideros o pozos negros en los domicilios era dificultosa por las condiciones de dureza e impermeabilidad del terreno. En segundo lugar la limpieza de las calles y fundamentalmente la existencia de enormes cantidades de tierra en las mismas, sobre todo en las épocas de sequía y su conversión en lodazales tras la lluvia. Por último, las denuncias de Sebastián Pérez se referían a la adultera-----50 Denuncia sobre higiene pública aparecida en La Tertulia de 13 de agosto de 1911: «Señor alcalde: ¿Puede decirnos si se han habilitado para urinarios públicos y receptores de excrementos las calles de San Felipe, Peligros, Gerona, Arco, Murillo, Aduana, Don Lucio y una porción mas, donde la vista y el olfato del transeunte se ven desagradablemente sorprendidos por cosas y olores nada buenos?...» 51 Juventud, 7/11/1914. 52 En esa época circuló en Yecla la siguiente coplilla: «Que hagan la sustitución rogamos por caridad de los focos de infección por los de electricidad» La Peña, 26/7/1913. ción sistemática de alimentos, sobre todo del pan y la leche, y la venta de carnes en domicilios particulares sin el control veterinario adecuado. En cuanto al abastecimiento de agua, la situación había mejorado ostensiblemente. Las primeras fuentes públicas se habían instalado en la plaza del Colegio, San Isidro, Quevedo e Iglesia Vieja. El problema era la falta de presión suficiente, por lo que el suministro era escaso, decidiéndose trasladarlas a zonas más bajas en marzo de l905. De todas formas, para el consumo familiar de la mayor parte de la población se impuso el sistema de los «aguadores». En 1905, se coloca una bomba para la extracción de agua del Heredamiento Principal y utilizarla como potable. El agua se tomaba «... por tubería del Heredamiento del Agua Principal y sitio denominado el Puente y (se conducirá) al lugar conocido con el nombre de la voquera» 53. Los aguadores cargaban obligatoriamente el agua en dicho lugar y la pagaban a diez céntimos de peseta por cada cuba o tonel. El pago se realizaba a la empresa explotadora en concepto de alquiler de la bomba, ya que el agua era propiedad del Ayuntamiento. Tenían expresamente prohibido llevar los toneles de otra forma para asegurar que el agua de consumo público tuviera las mejores condiciones de potabilidad y no circulase, en ningún momento, en conducción abierta. La crisis de subsistencia de la segunda década del siglo, especialmente a partir de 1915, contribuyó indudablemente al empeoramiento de las condiciones sanitarias de la población. El trigo y la harina desaparecieron del mercado y sus precios se elevaron de forma alarmante, la usura se generalizó y los intereses cobrados se elevaron hasta al 500%, anual. Las denuncias de la prensa, sobre todo del periódico Juventud, hablan de sueldos estancados, emigración de braceros y una situación social desesperada: «... niños harapientos y mujeres escuálidas nos persiguen a cada momento demandando un trozo de pan con voz lastimera... por nuestras puertas desfila una constante procesión de mendigos que nos ponen en un nervioso malestar que aumenta y crece por momentos y que amenaza ahogarnos» 54. De hecho, en el reemplazo de 1915, el porcentaje de mozos «inútiles» en Yecla llegó al 40%, lo que es interpretado por el referido periódico como consecuencia de «... la degeneración que engendra la insuficiencia de los alimentos». Las protestas de las organizaciones obreras como las «Asociaciones Obreras Agrícolas», «Albañiles» y de la «Juventud Socialista», se suceden en manifestaciones y escritos presentados en el Ayuntamiento, solicitando la urbanización y arreglo de calles, el abaratamiento de las subsistencias, la sustitución del impuesto de consumos y el repeso diario del pan y análisis de sus componentes 55, estableciéndose una Junta de Subsistencias formada por siete concejales, «... para que entiendan en todos los asuntos relacionados con los artículos de primera necesidad». ---- Finalmente, en la década de los años veinte, el Ayuntamiento decide establecer un servicio para la limpieza e higiene pública de las calles. Para ello se acuerda comprar un camión y se decide reservar la décima parte de la contribución urbana para la limpieza pública 56. Asimismo, en estos años, se decide acometer el estudio de los dos proyectos que serían esenciales en la mejora definitiva de las condiciones higiénicas de la población: el servicio de basuras y el establecimiento de la red pública de aguas potables y la construcción del alcantarillado público. En la instauración de ambos servicios se intentó adelantar la iniciativa privada. En el caso de la recogida de basuras, a instancias de la oposición en el Ayuntamiento, se aprobó la creación de un Servicio Municipal de Basuras en 1926, en contra de la opinión del alcalde Portillo, que pretendía arrendarlo a un particular 57. Por otro lado, la red de aguas potables estuvo inicialmente en manos privadas 58, hasta que en 1927 aparece en la prensa local una descripción detallada de los proyectos de alcantarillado y abastecimiento de aguas, realizados por los arquitectos Massot y Barenys, a instancias de la alcaldía de D. José del Portillo 59. El presupuesto extraordinario para las obras de «ELEVACIÓN DEL DEPÓSITO, ABASTECIMIENTO DE AGUAS Y ALCANTARILLADO», es aprobado en la sesión de 25 de enero de 1928, publicándose la subasta pública en la Gaceta de 18 de agosto de 1928. La inauguración de las obras tuvo lugar el 28 de octubre de dicho año. Sin embargo, hasta el final del período que consideramos, los pozos negros y el abastecimiento de aguas por medio de aguadores, fueron la norma para la mayor parte de la población de Yecla. En cuanto a la organización sanitaria municipal propiamente dicha, durante las primeras décadas del siglo, estuvo constituida fundamentalmente por la asistencia a los pobres por distritos médicos, los titulares de farmacia y de veterinaria. La Junta de Sanidad, aunque teóricarnente sigue existiendo, apenas se reúne, salvo en contadas ocasiones, como en 1910, ante la amenaza de una nueva epidemia de cólera 60. 58 En la sesión de 3/11/1899 se había hecho la concesión de dicha red a empresarios privados y en la década de los veinte estaba en manos de D. Bartolomé Maestre Ortega «... para la traída, distribución y explotación de dichas aguas». Este empresario protestó ante el Ayuntamiento por considerar «... lesivos a sus intereses los trabajos practicados por las calles de esta población para la construcción de su alcantarillado puesto que con los mismos se ha destrozado y dejado inservible la red de tuberías y acometidas que para el suministro del servicio de aguas potables se hallaba establecido en virtud de la concesión del propio Ayuntamiento» (AHMY, AC SO 17/9/1929). 60 Una de las últimas actas de la Junta de Sanidad de Yecla que hemos podido consultar se refiere a la creación de comisiones para la visita de domicilios y edificios públicos para verificar su estado de salubridad e higiene, ante la amenaza colérica: «para conjurar en lo posible el peligro de que invada a esta población». En las visitas que se practicaron se encontraron las siguientes deficiencias: Segundo distrito, arreglar un retrete dándole mayor capacidad y ventilación, extraer basura de un domicilio y El número de titulares de veterinaria fue incrementado, de uno a tres, en 1914, «... teniendo en cuenta el excesivo número de habitantes y ser insuficiente una nueva plaza» 61. Asimismo, al final del período considerado, el Ayuntamiento estableció los servicios de practicante y matronas municipales, así como la contratación de un tocólogo municipal en 1930. Los listados de familias pobres eran elaborados por la Comisión Municipal de Beneficencia y Sanidad y entregados a los médicos y farmacéuticos titulares para la asistencia médica y el suministro gratuito de medicamentos. Como es natural, el mayor número de familias incluidas en los listados corresponde a los barrios de las cuevas y a las calles más humildes 62. Por otro lado, la actividad sanitaria municipal durante estas décadas consistió fundamentalmente en la adopción de medidas profilácticas contra enfermedades concretas a medida que se producían «alertas» por la aparición de algunos casos. A las medidas contra la triquinosis y la rabia de principios de siglo le seguirán acciones contra algunos focos de lepra en las calles de Cura Ibáñez y Cerro 63. La amenaza del cólera de 1910 y la presencia constante de tuberculosis, sarampión y viruela entre otras enfermedades infecciosas, hace que las cuestiones sanitarias sean objeto de discusión pública e incluso de atención preferente de la prensa local, en ocasiones con defensas elogiosas de las actuaciones sanitarias municipales y, en otras, con críticas sobre la precaria situación sanitaria de la población, dependiendo de la tendencia del periódico con respecto al gobierno municipal 64. ---construir un retrete, construir un retrete sumidor, limpieza de un patio. Tercer distrito: ventilar un retrete y construir sifones con cierre hidráulico, impedir el lavado de ropas en un patio sin antes limpiar éste y la cochera y arreglar la boca de entrada del sumidor, ventilar un retrete y colocar sifón hidráulico (AHMY, leg. En realidad, la necesidad del aumento de plazas de veterinario titular era consecuencia del incremento de las funciones de policía bromatológica en mercados y mataderos que la Instrucción General encargaba a los servicios municipales de veterinaria (Inspectores de carnes y alimentos). Dichas funciones serían reguladas posteriormente en la Bases para la redacción de los Reglamentos de Higiene de 1910 y que en 1925 se convertirían en el Reglamento de Sanidad Municipal (Cf. Las variaciones dependen del criterio más o menos restrictivo de la Comisión para la inclusión en los listados, según las disponibilidades presupuestarias (AHMY, leg. En esta sesión se da cuenta del despido de algún enfermo de lepra ingresado en el hospital de Elda y enviados a sus domicilios en Yecla, por lo que se entablan gestiones para su ingreso en el hospital de Gandía. 64 El periódico Juventud suele ser el más crítico con la situación sanitaria. En su edición del 12 de diciembre de 1915, y en un artículo titulado «La salud pública», se denuncia el tremendo incremento que está alcanzando la difusión de la tuberculosis y otras enfermedades debido a «... la terrible promiscuidad en que se hallan las ropas en los lavaderos públicos, el agua donde se han lavado unas ropas sirve para lavar otras». Se solicita, asimismo, que los médicos den parte diario al Ayuntamiento de los enfermos La desinfección de locales públicos y casas de enfermos es una actividad frecuente de los servicios municipales, para lo que se adquirieron en 1911 los correspondientes aparatos, según tenemos noticia a través del periódico La tertulia de 6 de agosto de 1911 65. En cuanto a los programas de vacunación contra la viruela, es una de las actividades más constantes, ya que tenemos noticias de vacunaciones desde, al menos, 1866 66. Quizá la epidemia de gripe de 1918, que describiremos en otro lugar, fue la última ocasión en que los servicios sanitarios municipales hubieron de emplearse a fondo, debido a la magnitud de la catástrofe pública y a las estrictas medidas emanadas del Gobierno Civil. ---atendidos y el diagnóstico de los mismos, y se denuncia lo mal acondicionadas que están muchas casas, sobre todo las de los obreros «... por ser reducidas, estar poco ventiladas y carecer de retretes». 65 En una entrevista al alcalde, éste da cuenta de la adquisición de un Pulverizador (Automax) de 22 litros, un aparato Torrens para gasificar formol, un barril de cloruro y tres kilos de tabletas de formalina. 66 A partir de 1866 aparece en los motes de defunción de párvulos de la iglesia del Niño el dato sobre la vacunación o no del fallecido. Asimismo, disponemos de estadísticas de vacunados en el último cuarto del siglo XIX y, por supuesto, en el XX.
FISIOLOGÍA MEXICANA EN EL SIGLO XIX: Ana Cecilia Rodríguez de Romo Facultad de Medicina, Universidad Nacional Autónoma de México, México D.F. La enseñanza de la medicina en México, permaneció casi la misma los tres siglos de la Colonia. En 1833 el vicepresidente Valentín Gómez Farias reforma la enseñanza y se adopta un programa de estudios médicos muy semejante al francés. Entonces la cátedra de fisiología tomó particular importancia y su evolución a través de los profesores que la impartieron, reflejó claramente el esfuerzo y al mismo tiempo la dificultad para asimilar lo moderno en la fisiología. Este análisis se refiere a la historia de la fisiología mexicana en el siglo XIX y que, para fines prácticos, aquí ubicamos entre 1833, año de la creación del Establecimiento de Ciencias Médicas, institución que sistematizó la enseñanza de la medicina, y 1910, inicio de la revolución mexicana. Este capítulo en particular abordará la enseñanza; en uno posterior nos referiremos a la investigación. Con una profunda influencia francesa, la enseñanza se sistematizó e inició su modernización a partir de 1833. Entonces sucedió un cambio radical en la educación a nivel nacional por razones políticas. En relación a la fisiología, en el México decimonónico no existió una tradición fisiológica, por lo que es difícil marcar una periodización; sin embargo, se puede hablar de un primer periodo o fase de iniciación en el que la enseñanza es más relevante, y de un segundo periodo en el que se sientan las bases de la corriente fisiológica experimental. El inicio del siglo XIX encuentra en la Nueva España una medicina dogmática que se sigue enseñado de forma casi exclusivamente teórica y apegada a la tradición. Aunque desde el siglo XVII W. Harvey (1578-1657) descubrió la circulación sanguínea utilizando el método experimental 1, las consecuencias de esta revolución médica y la influencia del método científico se percibieron tarde en México como para reflejarse en la enseñanza al finalizar la Colonia. Una corriente bien recibida fue el Vitalismo. Esta ideología influyó notablemente el pensamiento fisiológico en México durante la primera mitad del XIX. El historiador de la medicina José Joaquín Izquierdo (1893-1974) pensaba que parte de su buena aceptación se debía a que en nada contradecía las tradiciones y tendencias de la Universidad y la Iglesia 2. LA ENSEÑANZA DE LA FISIOLOGÍA, 1833-1917 De modo muy escueto, se apuntará que el antecedente más remoto de la enseñanza de la fisiología en México sucedió en 1580, cuando la Real y Pontificia Universidad de México estableció la cátedra de Prima Medicina, que también fue el principio de la enseñanza de la medicina 3. No es exagerado sugerir que la enseñanza de la medicina no cambió sustancialmente durante los tres siglos de la Colonia. Enfrascada en los tratados del ente y en las abstracciones de la lógica y la metafísica, a la Universidad y al Protomedicato no les interesaban los estudios o reflexiones basados en la experimentación y cualquier novedad era vista con recelo; Hipócrates, Galeno y Avicena seguían dictando la pauta. A finales del siglo XVIII, Carlos III emitió una cédula que entre otros mandaba que el profesor de medicina explicara «el uso de las partes de anatomía», quizá preludio de una cátedra formal de fisiología 4. Por entonces se inició el movimiento de renovación con un incipiente periodismo científico y el nacimiento del Real Colegio de Cirugía y el Jardín Botánico. En 1831, se produjo un suceso crucial en la historia medicocientífica mexicana. El Protomedicato fue sustituido por la Facultad Médica del Distrito Federal. En 1833 ---- y durante la primera reforma liberal, el médico Valentín Gómez Farías(1781-1858), entonces vicepresidente del país, reformó la educación y creó el Establecimiento de Ciencias Médicas, que inspirado en el modelo francés, rompió con la tradición en la enseñanza médica. En materia de textos, adoptó los de vanguardia en Francia. Así aparece por vez primera la cátedra de fisiología en el nuevo programa de estudios médicos. La clase se impartía junto con la de higiene 5. E1 primer profesor fue Manuel Carpio y los textos utilizados las obras de Magendie y Tourtelle. Es significativo que se haya escogido la obra de F. Magendie (1783-1855), pues el destacado fisiólogo francés postulaba que la fisiología requería de la experimentación empírica y de la química y la física, ideas innovadoras y necesarias para la fisiología mexicana. Curiosamente, esta división en la enseñanza de la fisiología, coincide con épocas definidas de la historia de México. En un periodo de iniciación y salvo breves suspensiones, Carpio ocupó la cátedra fiel seguidor del positivismo, su enseñanza estaba apegada a los cánones de la medicina científica; sin embargo, parece que sus clases eran principalmente teóricas a pesar de ser partidario de la experimentación 8. Al iniciarse el segundo período de Alvarado en 1867, la fisiología se separó de la higiene, que después se asociaría con meteorología médica 9. Es interesante señalar que en ese mismo año el emperador Maximiliano de Habsburgo (1832-1868) fue fusilado, concluyendo así el Segundo Imperio y dando lugar a lo que se conoce como la República Restaurada con el presidente Juárez otra vez a la cabeza. Sin embargo, una vez más el país estaba destruido por diez años continuos de guerra por la intervención francesa. José María Bandera fue el catedrático de fisiología en el tercer período que corrió de 1876 a 1909. Izquierdo afirma que entonces hubo una cierta decadencia de la enseñanza porque Bandera no se interesaba en la filosofía científica ni en la fisiología experimental; no organizó las clases prácticas y no se aproximó a las nuevas corrientes externas. Según Izquierdo la enseñanza de la fisiología permaneció en una fase de letargo durante su período docente 10. Quizá tal opinión es excesiva si se considera el interés de Bandera por la investigación y que se reflejó en sus trabajos: por ejemplo, publicó una casuística de pacientes con enfermedad de Addison que muestra un gran rigor clínico y respaldo anatomopatológico en la mayoría de los casos 11. Además, desde 1889, los programas de estudio señalaban una parte teórica y otra experimental y aunque pudiera ser que la idea estuviera en el papel pero no en la realidad 12, como se enfatizará más adelante, Bandera también era el profesor de prácticas. Una vez más es interesante mencionar el paralelismo histórico, ya que la época que corre de 1877 a 1910 se conoce como Porfiriato por suceder la dictadura de Porfirio Díaz. El país estaba sediento de paz y aunque entonces se dieron los aspectos negativos de las dictaduras, también hubo calma social que permitió el desarrollo de las ciencias y las artes. De acuerdo con las fuentes, con él se consolidó la enseñanza de la fisiología ya que Vergara Lope fue un científico experimentalista en toda la exten-----8 IZQUIERDO, J. J. (1936 b), pp. 172-177. 10 IZQUIERDO, J. J. (1951), «Panorama de la fisiología en México hacia el inicio del quinto siglo de vida de su Universidad Nacional Autónoma». Revista de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, vol. 12, pp. 46-47. 11 BANDERA, J. M. (1880), «Apuntes para el estudio de la enfermedad de Addison en México», Gaceta Médica de México, pp. 309. 12 «La Secretaría de Justicia e Instrucción Pública pide a la Dirección de la Escuela de Medicina un informe sobre el proyecto de reforma del plan de estudio», Archivo Histórico de la Facultad de Medicina, legajo 152, expediente 110, 7 enero 1889. sión del término. Fisiólogo teórico y experimental, debe haber representado el ideal del maestro de las disciplinas básicas. Vergara Lope vivió la efervescencia de la Revolución Mexicana que estalló en 1910. La cátedra de fisiología contó con otros profesores, médicos o investigadores destacados, pero cuyo período docente fue menor y por lo tanto sin repercusiones. ENSEÑANZA PRÁCTICA DE LA FISIOLOGÍA A pesar de todo lo expuesto, quizá en 1833 el cambio en la enseñanza de la medicina, no sólo de la fisiología, no fue todo lo radical que se hubiera deseado. Claro que en las aulas ya no se repetía de forma dogmática las ideas de los antiguos, pero los autores extranjeros eran los únicos que dictaban la pauta, circunstancia que en un principio tuvo ventajas pero que al mismo tiempo estaba lejos de la realidad mexicana. Curiosamente, a mediados del siglo, todavía la parte práctica seguía apoyándose parcialmente en los textos galénicos de tendencia fisiológica 13. Las palabras de F. Flores son muy elocuentes al referirse a la enseñanza práctica de la fisiología en el último cuarto del XIX. el jefe del laboratorio de fisiología en la sección tercera del Instituto, laboratorio considerado como el primero de fisiología experimental en el país. El comisionado para desempacar y montar el equipo fue Daniel Vergara Lope, que había adquirido experiencia importante en laboratorios de Moscú, San Petesburgo y París 17. En 1909, nueve años después, el médico Alfonso Pruneda apuntó que entonces la cátedra de fisiología contaba con el equipo necesario para la parte experimental 18. Los temas que se enseñaban en las prácticas, eran los mismos que se impartían en otras escuelas de medicina fuera de México, es decir, fisiología general, las llamadas funciones de la nutrición, de relación, fisiología cardíaca, respiratoria y algunos tópicos del sistema nervioso. El programa de prácticas formulado por Vergara Lope en 1910, toca aspectos relativos al manejo de animales y equipo elemental de laboratorio, como hacer fístulas, la repetición de experimentos de Claudio Bernard con sustancias tóxicas y experimentos basados en neumografía, esfigmometría, cardiografía y miografía 19. En 1917, Fernando Ocaranza (1876-1965) propone ante las autoridades de la Escuela de Medicina un programa de prácticas de laboratorio, claramente basado en el método experimental y muchos de los temas de la fisiología digestiva abordados por Bernard. Este programa no fue aprobado 20. Es interesante resaltar que tanto Vergara Lope como Ocaranza, consideraron formativo para los estudiantes repetir los experimentos del fisiólogo francés. TEXTOS DE APOYO PARA LA CÁTEDRA DE FISIOLOGÍA EN EL SIGLO XIX Es útil hablar un poco acerca de las obras utilizadas para impartir el curso de fisiología, pues dan una idea desde otro punto de vista, del estado de la enseñanza de esta disciplina en México. Las obras de texto por excelencia, eran los tratados de fisiología de Beclard, Bérard, Duval y Magendie 21, todos textos franceses. La influencia francesa en la medicina mexicana encuentra aquí un punto más de apoyo. Aunque se utilizaban como libros de consulta los de Müeller 22 o Tiedemann 23 que estaban en la biblioteca de la ----Escuela y de los que ya había traducción española, no se tomó mucho de la fisiología alemana que también atravesaba su época dorada. La enseñanza de la fisiología en el siglo XIX mexicano, dependió de modo importante del acontecer histórico, político y social del país. Durante la Colonia, la fisiología y la medicina en general, se enseñaron apegadas a la tradición de los antiguos. En 1833 se dio un cambio dramático, pues el programa de estudios médicos se reformó siguiendo el modelo francés y la cátedra de fisiología adquirió gran importancia. La modernización no fue fácil y el esfuerzo de los catedráticos por adaptarse al cambio es evidente, además de que curiosamente reflejan el momento histórico de la época en que les toca ser profesores de fisiología. Manuel Carpio, médico moderado, no le imprime originalidad a la fisiología, pero es consciente de su importancia en los estudios médicos y trata de actualizar su enseñanza. Alvarado se volverá radicalmente a la fisiología de laboratorio, Bandera duda entre la fisiología teórica y la aplicada a la clínica y Vergara Lope finalmente representa el fisiólogo de vanguardia que trata de llevar a las aulas lo último de la fisiología científica y la medicina experimental. Los periodos de Bandera y Vergara Lope coinciden con la época de paz y bonanza científica que propicia la dictadura de Porfirio Díaz. La fisiología se arraigó con fuerza en la mentalidad del joven médico mexicano. Es interesante ver la abundancia de tesis sobre fisiología que los estudiantes hicieron para graduarse a finales del siglo pasado. El «pensamiento fisiológico» que tanto defendió Fernando Ocaranza, fue el preludio del pensamiento patológico, fundamento de una de las épocas más brillantes de la clínica mexicana.
Miarnau, aportan trabajos de mayor mérito pero siempre, al igual que sus predecesores, a enorme distancia de los coetáneos historiadores de la medicina española. La más próxima, 1945 -tan inmediata a la transformación de la odontología en una especialidad médica, la estomatología-, coincide con la edición de la Historia anecdótica de la odontología... de Arqués Miarnau y viene a cerrar la, a nuestro juicio, primera gran etapa de la historiografía odontológica española. I. LA OBRA DE JOSÉ MARTÍNEZ SÁNCHEZ Tratamiento muy especial merece la figura del dentista Martínez Sánchez iniciador y promotor de esta tarea en nuestro país. Nacido en Méjico en 1847 1, fue educado desde su niñez en España cursando el bachillerato y la medicina en Cádiz dedicándose desde los comienzos de su actuación profesional a la especialidad odontológica. Los primeros años de la profesión los pasó en América siendo uno de los fundadores de la Sociedad Odontológica de La Habana y profesor de Mecánica en la Academia Dental de la misma. En las revistas profesionales publicó numerosos trabajos científicos y fue el primer Presidente de Mesa de la Sociedad Odontológica Española, en cuyas sesiones participó largos años. En 1895 se da noticia 2 de que regresaba a Madrid desde Cádiz -donde se había establecido hacía algunos meses-para abrir de nuevo su gabinete aunque poco más adelante se le cita «alejado hoy de la vida activa profesional.» Falleció en Madrid el 24 de diciembre de 1917 siendo el decano de los dentistas españoles. Martínez Sánchez publicó en Barcelona (1887) un gran libro titulado Arte del Dentista. Dividido en seis capítulos: anatomía y fisiología de la boca; patología y terapéutica; higiene, fórmulas que debe conocer el dentista; operaciones quirúrgicas que se practican en la boca; nociones de física y química aplicadas a los trabajos de taller; y prótesis y mecánica dental. El libro, de inspiración clara en la obra de Harris y otros autores de preferencia norteamericanos, se adaptaba al programa oficial de la ----1 Anónimo (1917), «D. José Martínez Sánchez», La Odontología, 12, 678-679. Sobre todos estos autores, salvo Ruiz Esquíu y Arqués Miarnau -por razones puramente cronológicas-, nos hemos ocupado en nuestro Diccionario histórico de dentistas españoles, en prensa. La reseña dice así: «El Dr. Martínez Sánchez, que durante muchos años estuvo establecido en Madrid, y que hace ya algunos meses se había instalado en Cádiz, traslada de nuevo su residencia a la Corte, donde muy en breve volverá a abrir su gabinete.» carrera de «Cirujano-Dentista» y puede considerarse uno de los mejores de su época, reuniendo prácticamente todo el saber necesario para el desempeño de la profesión. Ilustrado con cuatro láminas que recogen diferente instrumental odontológico y protésico, así como figuras anatómicas de la región, se culmina -ya se verá-con un apéndice sobre historia de la profesión dental en España. En 1900 dio a la imprenta madrileña otro libro: Método para construir dentaduras en caoutchouc, en que a lo largo de sus 102 páginas pormenoriza sobre la técnica de fabricación de dentaduras con este material, y siete años después, en Madrid como el anterior, un tercero: Tratado completo y moderno sobre extracciones de dientes. Ambos, como es fácil deducir, tratan de los específicos temas de la profesión dental que sus títulos indican. Valor de su obra historiográfica Martínez Sánchez debe ser considerado el precursor de la «Historia de la odontología española» como queda dicho, pues a esta disciplina dedicó varios trabajos, siendo el primer estudioso español que se entregara, si no en exclusividad sí consagrando una buena parte de su obra científica, a estos asuntos. En su notable tratado Arte del dentista, dedicó parte del contenido al abordaje de diferentes aspectos del pasado odontológico español. Así, el capítulo IV lleva por título: España, historia y estado actual de la profesión, siendo el del V y último: Reales órdenes relativas a la profesión dental. A continuación una Bibliografía dental española o catálogo de todas las obras impresas en castellano que tratan del arte del dentista, repertorio mejorado en publicaciones posteriores y, al final, un Apéndice al catálogo anterior. Con las obras que destinan especialmente una parte al arte del dentista. Era el primer libro odontológico donde se exponía la historia de nuestra profesión con rigor y método. Como articulista, digna es de destacar la serie que, durante los años de 1895 a 1917 publicó en la revista La odontología sobre bibliografía dental española con los libros de la especialidad editados en castellano en los respectivos años anteriores, dando entrada a aquellos otros de los que no había tenido noticia previa y no se habían incluido en artículos precedentes. Aun con diferentes títulos, que en bien poco varían -por lo general bajo el epígrafe de Bibliografía dental española-y tienen el mismo propósito, la siguiente es la relación completa: Con el material acumulado en varios de los referidos artículos, compendió en forma de monografía un catálogo que vio la luz, en 1911, bajo el título de: Índice para formar un catálogo razonado de todas las obras impresas en castellano que tratan sobre el Arte del Dentista 3. Éste, constituye el primer repertorio documental al que los investigadores actuales recurrimos una y otra vez pues su contenido proporciona como ningún otro la información necesaria sobre las publicaciones odontológicas hispanas antiguas. Pero no serían éstas las únicas aportaciones del dentista. En el V Congreso Dental Español (Valencia, 1907), había presentado una memoria en nombre de la «Comisión de Historia Dental» que, como bien reconocía el presidente de la misma, López Alonso, el trabajo de esta Comisión se debe exclusivamente al Sr. Martínez Sánchez 4. Este informe, titulado Algunos datos estadísticos que pueden contribuir a una historia de la odontología en España 5, recopilaba las noticias sobre colegios, sociedades y corporaciones odontológicas; legislación; prensa y libros, en tres diferenciados grupos. Todo, se entiende, referido a la profesión odontológica. El valor de esta memoria, aparte del rigor expositivo, radica en la vivencia del autor de muchos de los aconteceres que allí se narran. Bajo la misma presidencia, la comisión 6 presentó en el VI Congreso Dental Español (Sevilla, 1909) un trabajo, de nuevo, de autoría exclusiva de Martínez Sánchez, aunque esta vez se trata solamente de una comunicación para salir del paso. Otra vez un estudio presentado a congreso es publicado en forma de separata 7. Nos referimos al titulado Monografía sobre la obra dental más antigua que trata del Arte dental, impresa en nuestro idioma y publicada en España y versa sobre los aspectos odontológicos incluidos en la Cirugía de Lanfranco. Con esta monografía se completa la producción científica del Martínez Sánchez historiador. Mediando una notable distancia, podría decirse que abismal, un grupo de dentistas españoles posteriores siguieron el camino iniciado de forma tan brillante por Martínez Sánchez. No obstante, la magnitud de su obra valorada en su conjunto, queda muy por debajo de lo que cabría esperar tras el bagaje que aquél pusiera a su disposición. No son, por lo general, estudios monográficos de relieve, algunos no pasan de artículos que quizá en otros campos historiográficos, el de la medicina por ejemplo, no hubieran merecido siquiera la atención del historiador. Sin embargo, probable-----3 Este índice, con el mismo título, se presentó en forma de comunicación en el VI Congreso Dental Español celebrado en Madrid en 1911. Fue publicado en las actas del mismo al año siguiente (págs. 93-135). 6 Formada además de López Alonso y Martínez Sánchez, por Edo Pastor, Calpe Soriano, Baca Sánchez y Espejel. La comunicación se publicó en el libro de actas del congreso (Sevilla, 1910), 160-165, bajo el anodino título de Informe de la comisión de Historia de la Odontología en España. 7 Se presentó al VII Congreso Dental Español, celebrado en Barcelona en 1914. mente sea ésta la característica más significativa del periodo objeto de estudio, la pobreza tanto en la recopilación y actualización de fuentes para el estudio como la exposición histórica del pasado odontológico español. También conviene dejar constancia de que no son sólo los aquí mencionados los historiadores únicos de la odontología en nuestro país. En fechas anteriores ya se había escrito algún artículo alusivo al tema, ocurriendo igualmente en tiempos ulteriores8, pero tan sólo son «historiadores ocasionales» que se ocupan de temas generales y lo que nos trae aquí es tanto su dedicación más o menos constante como el desarrollo del tema español. UNA POBRE FORMACIÓN DOCENTE Ahora bien, ¿cuál era la formación académica de estos autores, si es que existía, en el área de la historia de la profesión?. En el «Colegio Español de Dentistas» fundado por D. Cayetano Triviño en 18739, se tenía en cuenta desde sus orígenes la docencia histórica pues su reglamento establecía en el artículo 1, apartado 10°: «Como complemento de la esmerada instrucción del Dentista, se enseñará al alumno LA HISTORIA DE TODOS LOS RAMOS DE LA PROFESION...»10, teniendo como primeros profesores a D. José Precioso y López y D. Miguel Santa Cruz y Orugen (supernumerario) 11. En el mismo centro, el célebre Antonio Rotondo12, titular de la asignatura «Operatoria Dental», incluía en su programa como primera lección: Historia del dentista español y descuido de los gobiernos sobre este punto13. ----Establecido el título de «Cirujano-Dentista» por Real Decreto de 4 de junio de 1875, se publicó una Real Orden el 3 de marzo siguiente por la que quedaba aprobado el programa oficial de estos exámenes que incluía los siguientes temas: 47. Historia de la cirugía dental en España. Consideraciones sobre su estado actual. Historia de la cirugía dental y su estado actual en América. Inglaterra, Francia y demás países de Europa. Cuando cesara la actividad docente del centro de Triviño, agravada por la Real Orden de 1 de octubre de 1881 en que dejaba sin validez los títulos emitidos por el mismo, estos exámenes, realizados en el Hospital de San Carlos, se convertirían en una pantomima 14. A partir de la creación del título de «Odontólogo» -en cuya posesión estarían Ruiz Esquíu y Arqués Miarnau-, por Real Orden de 21 de marzo de 1901, esta parcela no iba a sufrir variaciones importantes pues tanto los primeros planes de estudio como la actualización de los mismos en 1910 no incluían lecciones relacionadas con la historia dental. Solamente la reforma de 1913 introducirá en la asignatura «Odontología primer curso, con su clínica» 15 una lección aunque los subapartados de la misma constituían un cajón de sastre donde cabía todo menos historia: Contabilidad, código de deontología y legislación dental española. Conclusión: La formación histórica sobre su propio pasado, de una profesión con tan escasa tradición en los primeros momentos, se nos antoja nula; de ahí que el «amateurismo» y el autodidactismo fueran las únicas escuelas de los incipientes narradores de las etapas previas. Lo anteriormente expuesto, no obstante, no debe ser motivo de extrañeza pues desde que se instaurara la profesión dental como una especialidad médica, la estomatología -en el año de 1944-, hasta la reciente creación de la licenciatura en odontología -en 1986-la situación no cambió un ápice toda vez que en tan largo período, y en el mejor de los casos, la historia de la odontología se resumía a dos únicas lecciones que formaban parte de un programa de otra asignatura. El grupo de cultivadores de la historia, posteriores a Martínez Sánchez, a quienes venimos refiriéndonos, no constituyen un verdadero foro y no tienen en común sino ----14 El examen, ante un tribunal compuesto no sólo por dentistas, tenía tres apartados: «construcción de piezas artificiales», «ejercicio práctico sobre un cadáver» y «ejercicio teórico» y acabó siendo una pantomima. Así protestaba Florestán Aguilar en su revista La Odontología, 252-253, tras los últimos exámenes de 1898: «Se presentaron 29, ¡los veintinueve fueron aprobados después de una repugnante comedia que los jueces del tribunal quieren llamar sarcásticamente examen, pero que cualquiera calificaría como escarnio de la enseñanza pública! 15 El programa fue proyectado por Aguilar y Landete. sando posteriormente a Barcelona. Este texto se ceñía al programa oficial de Odontología, por lo que Florestán Aguilar le animó a transformar sus apuntes en un libro (así se advierte en el prólogo de la segunda edición). En la de 1925, en tres tomos, habla en el primero, capítulo segundo, de la historia de la odontología para desarrollar la Historia contemporánea española 22, que tiene el valor de ser contada -en el período que media entre 1865 y la fecha de publicación de la obra 23 -por un coetáneo riguroso, por lo que deja testimonio de instituciones, congresos, revistas, libros, etc. de su época, con menor riesgo de equivocación. No obstante, insistimos, la narración de la parte histórica española se reduce a cuatro escasas páginas 24. Además de algunos artículos sobre aspectos parciales de odontología internacional, no pueden ser despreciables en este páramo los relatos del también «Cirujano-Dentista» Juan de Otaola25 (Bilbao, 1864-Bilbao, 1944), que salieron en el Anuario dental de 1924, 1925 y 192626: «Efemérides decenales de odontología correspondientes al año 1924», haciendo lo propio, como queda dicho, los años siguientes. Tienen el valor, en su actualidad, de estar recogidos los datos con la intención de ser publicados por lo que, como sucede con Pons, admiten pocos errores. Madrid, 1969), que le convierte en el historiador odontológico español más importante de los años treinta y cuarenta, al recuperar con dignidad la línea de Martínez Sánchez. Tras varias publicaciones 27 en forma de artículo, editó monográficamente las dos siguientes en Madrid, en 1942, Aportaciones a la historia de la odontoestomatalogía y Bosquejo histórico de la odontología médico-legal. Un año después defendió su tesis doctoral cuyo título fue Ensayo histórico biobibliográfico sobre la odontología española hasta el siglo XIX, publicándola al año siguiente. Este trabajo se vio completado con la comunicación Repertorio biobibliográfico de las obras españolas de odonto-----logía desde el año 1900 hasta nuestros días, presentada, y premiada, en el XIV Congreso Nacional de Odontología y I después de Aguilar (Madrid, 1945) siendo incluida en el libro de actas 28 que se publicara dos años después. Con parecido rigor documental al del pionero Martínez Sánchez, la labor histórica de Ruiz Esquíu le hace merecedor de un profundo reconocimiento de los investigadores posteriores, sobre todo en su faceta puramente historiográfica. A mediados de los cincuenta, en 1945 y en Barcelona, R. Arqués Miarnau edita su Historia anecdótica de la odontología a través del arte y de la literatura. Se trata de un libro de trescientas dos páginas en el que se recoge el pasado mundial de la dentistería haciendo hincapié, en cada capítulo, de lo referente a España. Arqués ya deja claro en el prefacio del libro: «Como no existen documentos históricos de carácter profesional, constituirán los elementos básicos de nuestra obra los datos suministrados por papiros, manuscritos, libros, obras de arte, losas sepulcrales, objetos y utensilios encontrados en las tumbas antiguas y en excavaciones arqueológicas o accidentales» 29, aunque en la bibliografía constan los textos de Riva Fortuño y Ruiz Esquíu por lo que debería haberse dedicado a la búsqueda de las referencias de este último para su estudio, echándose en falta, lamentablemente, los de Martínez Sánchez. El libro sigue un orden cronológico, en diez capítulos que van desde la prehistoria hasta la actualidad, ilustrado profusamente con fotografías, grabados y dibujos de gran interés 30. Aunque la intención es buena y llega a convertirse en una crónica de mérito pues no existía en lengua castellana otro texto de similares características, las malas fuentes en las que bebió le conducen a errores perpetuados en datos concretos que no comprobó, lo cual resta valor a la obra. Éste es el panorama a mediados de siglo. Ahora bien, la información obtenida no permite enjuiciar el periodo objeto de estudio si no se tienen en cuenta las siguientes circunstancias: En primer lugar, la falta de tradición de la profesión y su pobreza bibliográfica 31 hizo que escaseara de forma notable el material a historiar. A ello puede añadirse el desinterés mostrado por quienes mejor pudieron haber aportado su colaboración, esto es, los historiadores de la medicina española, quienes no se dedicaron a esta rama médico-quirúrgica tan específica cuyos conocimientos no se explican, siquiera brevemente, durante la carrera de medicina, de ahí que no se tenga una ----28 868-88l. 29 ARQUÉS MIARNAU, R. (1945), Historia anecdótica de la odontología a través del arte y de la literatura, Barcelona, Salvat, p. 30 En la portada queda constancia de su colaborador en estas cuestiones: Ramón Arqués y Navés. 31 Conviene recordar que hasta el año de 1799 son tan sólo ¡tres obras! puramente odontológicas las publicadas por españoles de nacimiento: Francisco Martínez de Castrillo, Coloquio breve y compendioso... (Valladolid, 1557); Francisco Antonio Peláez, Tratado de las enfermedades de la boca (Madrid, 1795) y Félix Pérez Arroyo, Tratado de las operaciones que deben realizarse en la dentadura (Madrid, 1799). Además, estas dos últimas no constituyen sino, en su conjunto, la traducción de la obra de Pierre Fauchard, Le Chirurgien Dentiste (París, 1728). De ahí que Martínez Sánchez se ve abocado a estudiar, prácticamente, lo publicado en su propio siglo. visión aproximada como ocurre con otras especialidades (obstetricia, pediatría, etc.) Por último, la no institucionalización de una asignatura -impensable-como la historia de la odontología, que tardaría tantísimos años en llegar, impidió su cultivo y fomento por previsibles discípulos tras cuyo aprendizaje sintieran atracción por el estudio de su pasado. Así las cosas, ¿cabía esperar otro resultado? La «Historia anecdótica de la Odontología» de Arques y Navés.
El presente trabajo pretende discutir las teorías cartesianas sobre la percepción sensorial en general y la percepción dolorosa en particular, así como analizar los mecanismos neurofisiológicos postulados por Descartes para explicar la génesis del dolor. La mayor parte de la doctrina psicofisiológica cartesiana está expuesta en la obra póstuma de René Descartes, El tratado del hombre, donde se mezclan los principios filosóficos del físico francés (dualidad cuerpo-alma) y sus hipótesis fisiológicas hidráulico-mecanicistas (persistencia de los galénicos espíritus animales, preponderancia anatómica de la glándula pineal, consideración de los nervios como canales huecos...). Para el filósofo barroco, el dolor es una percepción del alma, cuyo asiento se albergaría en la glándula pineal. Este órgano recibiría impresiones sensoriales externas e instigaría movimientos musculares distales, por mediación de los espíritus animales. La importancia histórica de El tratado del hombre, considerado por algunos autores como el primer libro de texto europeo de fisiología, queda reflejada por la huella de la doctrina cartesiana en la forma de entender la psicofisiopatología humana durante todo el siglo XVII y gran parte del XVIII. La historia del dolor siempre ha ido pareja a la historia de la propia humanidad. Como síntoma de innumerables patologías y asociado irremediablemente a todo tipo de traumas, el dolor ha sido, en palabras de John J. Bonica 1, uno de los más importantes factores que han afectado el devenir histórico del hombre, siendo la causa más frecuente de discapacidades y sufrimiento. Sin embargo, a pesar de su presencia constante en el desarrollo de las actividades humanas, la experiencia dolorosa ha sido una cuestión que ha suscitado, desde la perspectiva histórica, las más enconadas disputas entre filósofos, teólogos y fisiólogos, quienes, durante siglos, han tratado de desvelar el origen de su naturaleza: ¿es el dolor una sensación o una emoción? En este sentido, la obra de René Descartes representa, como muy bien apuntan Procacci y Maresca 2, un importante punto de referencia a la hora de estudiar la evolución histórica del concepto de dolor. René Descartes (1596Descartes ( -1650) ) es uno de los más importantes hombres de ciencia del siglo XVII. Nacido el 31 de marzo de 1596 en La Haya, Touraine (Francia), en el seno de una acomodada familia (hijo de un consejero del Parlamento de la Bretaña), fue educado con los jesuitas, estudiando posteriormente leyes en la Universidad de Poitiers. Soldado durante la guerra de los Treinta Años (primero a las órdenes del príncipe Mauricio de Nassau y después del duque Maximiliano de Baviera) y viajero infatigable, vivió la mayor parte de su vida en Holanda, República que reunía, al amparo de una mayor libertad religiosa y de la incipiente economía moderna, las mejores condiciones socio-políticas de la época para el desarrollo de las disciplinas humanísticas y científicas. Aceptando una invitación de la reina Cristina se traslada, al final de su vida, a Suecia, muriendo de una neumonía en Estocolmo el 11 de febrero de 1650 3. Al igual que los grandes genios del Renacimiento, Descartes cultivó la filosofía, las matemáticas, la fisiología, la física, la astronomía e, incluso, la música, y su Discours de la méthode (1637) es el breviario científico de la época. 3 Para un contacto rápido con la biografía de Descartes puede consultarse el capítulo de BYNUM del Dizionario Biografico della Storia della Medicina e delle Scienze Naturali. Existen una gran cantidad de obras biográficas mucho más amplias a disposición de los estudiosos de la vida y obra del científico francés. Merece la pena resaltar el trabajo de su biógrafo contemporáneo PIERRE BOREL, Vita Renati Cartesli. Entre las biografías recientes, consideradas ya clásicas por los asiduos del cartesianismo, pueden destacarse las de HALDANE (Descartes, His Life and Times), ADAM (Descartes, sa vie, son oeubre) y SEBBA (Bibliographia cartesiana). La aproximación marxista de YÁKOV LIÁTKER (Descartes), no deja de aportar un componente interesante y, a su vez, intrigante, en el análisis de algunos aspectos filosóficos, científicos e, incluso, biográficos del sabio mecanicista. es Descartes el fundador de la filosofía contemporánea4 como muy bien lo catalogó Hegel (basta conocer sus obras: El Discurso del método, 1637; Meditaciones filosóficas, 1641; Los principios de la filosofía, 1644), sino que es el padre de la geometría analítica (álgebra cartesiana), el diseñador de las leyes de la refracción de la luz (las llamadas «Leyes de Descartes») y, lo que más nos interesa, un gran estudioso de los fenómenos vitales y de las actividades fisiológicas del hombre (La dióptrica, 1637; La descripción del cuerpo humano, 1648; Tratado de las pasiones del alma, 1649; De Homine, 1662, o El tratado del hombre, 1664; La formación del feto, 1664). Es, en resumidas cuentas, y muy acertadamente, el Aristóteles de la reforma científica5. ANTECEDENTES HISTÓRICOS EN LA OBRA FISIOLÓGICA DE DESCARTES La figura de Descartes podría encuadrarse dentro de ese tipo de científico que Laín Entralgo denomina sabio jánico 6. De este modo, el creador de la duda metódica es fiel heredero de muchos conceptos filosóficos de los maestros griegos y romanos de la antigüedad (sobre todo, de Galeno), que son imprescindibles para poder comprender su elaborada teoría sobre la neurofisiología del dolor. Vamos, así, a analizar los principales pilares en que se sustenta la doctrina fisiológica cartesiana. Cabe mencionar a Alcmeon como el primer pensador clásico que sostiene la idea de la responsabilidad del cerebro, y no del corazón, como centro coordinador de las sensaciones y de la razón 7. Así, ya en el siglo VI a.C., el filósofo de Crotona admite la presencia de poros y canales en el cerebro y órganos sensoriales. Demócrito de Abdera, físico presocrático también, defiende la existencia de átomos vitales o psíquicos en perpetuo movimiento dentro de los poros de distintos órganos y tejidos 8. Esta idea es recogida y elaborada por Platón (427-347 a.C.), quien, como expone en su obra Timaeus, cree que todas las sensaciones humanas, incluido el dolor, se deben al movimiento de estos átomos a través de las distintas venas de la anatomía y son asimiladas en dos centros capitales: el corazón y el hígado. Para Platón, el dolor no solamente se debe a injurias externas al organismo, sino que puede ser una experiencia emocional del alma, sita en el corazón. En el diálogo Phaedo, Platón establece ----una estrecha relación entre el dolor y el placer, considerando que este último viene condicionado por un alivio del primero 9. Para Aristóteles (384-328 a.C.), heredero de los conceptos platónicos, el centro de la vida psíquica y de la percepción sensorial (sensoriam commune) es el corazón 10. El estagirita considera al cerebro como una simple glándula que secreta moco o pituita a través de la nariz, y, aunque las facultades intelectivas del alma residan en el sistema cerebro-ventricular, éste carece de función directa en el proceso fisiológico sensorial. Distingue Aristóteles (De Anima; Ethica Nicomachea) cinco sentidos distintos: vista, oído, gusto, olfato y tacto. El origen del dolor se situaría en un incremento de la sensibilidad para alguno de estos sentidos, sobre todo para el tacto. En De Anima, Aristóteles comenta que «las sensaciones son placenteras cuando se encuentran entre unos extremos de sensibilidad, como lo dulce y lo agrio, mientras que en exceso son dolorosas y destructivas» 11. Al igual que su maestro Platón, Aristóteles asimila la sensación dolorosa a una cualidad o pasión del alma 12. De esta forma, según el concepto aristotélico, el dolor sería más bien un sentimiento que una sensación. A pesar de sus errores de planteamiento, esta teoría perduraría durante casi veintitrés siglos. En el Egipto de los Ptolomeos, la Escuela de Alejandría rompe con la doctrina humoralista del Corpus y trata de construir una nueva fisiología antihipocrática. Sus dos representantes más insignes, Herófilo de Calcedonia (325-280 a.C.) y Erasístrato de Ceos (310-250 a.C.), recogen el legado estoico del neumatismo, promovido siglos antes por Diógenes de Apolonia (siglo V a.C.), quien afirmaba que el aire, una vez dentro de los seres vivos, se transforma en pneuma (spiritus en latín). Erasístrato comenta como el pneuma zotikon, presente en la sangre, es vehiculizado desde el corazón al cerebro para transformarse, dentro de los ventrículos cerebrales, en pneuma psychikon 13. Aunque ya Estratón postuló que el centro de las sensaciones, incluido el dolor, se situaba en el cerebro, es a los maestros de la escuela alejandrina a los que se debe la consideración de que el cerebro, asiento de la inteligencia, es una parte anatómica integrante del sistema nervioso y que los nervios (neuron) se implican con ----9 BONICA (1991), p. El autor se basa en las adaptaciones de las obras de Platón, Timaeus (editada con introducción y notas de ARCHER-HIND, R. D. ( 1888 10 En este sentido, Aristóteles participa de la vieja idea del epos homérico (siglo VIII a.C.), que situaba topográficamente el alma (psykhé) en la región llamada phren (conexión pericardio-diafragmática). 3, en relación con la obra Aristotelis de anima libri tres, Ed. 12 Estas facultades son tres: la fantasía o imaginación, localizada en los ventrículos laterales; la anamnesis, centro de reunión de las imágenes y situada en el ventrículo medio, y la mneme, que correspondería a la memoria y se albergaría en el ventrículo posterior. 13 Para Erasístrato, el centro coordinador de la vida psíquica (hegemonikon) se situaría en el cerebelo (parenhephalis) y las meninges (REY (1993), pp. 33-34), mientras, por su parte, Herófilo fija la sede del alma en el kalamos (KUDLIEN (1972), pp. 153-200). él de dos formas, mediando en las sensaciones y en los movimientos. Existen, pues, para estos autores, dos tipos de nervios, sensitivos (aisthetika), que son huecos y parten de las meninges, y motores (kinetika), procedentes del cerebro (encephalos) y del cerebelo y de naturaleza sólida y compacta 14. Galeno (131-200) recoge toda la herencia filósofo-fisiológica griega, modifica la teoría neumática y elabora una doctrina fisiológica que perdurará hasta la época de Descartes 15. Siguiendo a Platón, el maestro de Pérgamo divide el alma en tres partes: concupiscible, irascible y racional (localizadas respectivamente en el hígado, corazón y cerebro) y habla de facultades humanas (dynamis) que se corresponden con los tres órdenes de espíritus o pneumatas (físico o natural, vital y psíquico). Estos espíritus son sustancias materiales muy sutiles que circulan en los distintos líquidos del cuerpo. Así, la sangre neumatizada en el corazón es conducida a la rete mirabile del cerebro y origina, en los ventrículos laterales, el pneuma psíquico o spiritus animalis. Este pneuma pasaría a la médula espinal y a los nervios (considerados huecos) como agente inductor de la dynamis psykhiké, de la que resultaría una acción muscular. Tal como destaca Spillane 16, la teoría de los espíritus de Galeno será la más perdurable de toda la historia de la ciencia. En su elaborada teoría de las sensaciones, el médico de la corte de Marco Aurelio 17, considera al cerebro (constituido por una sustancia de consistencia blanda y movible en sus partes más anteriores y de textura más dura a nivel posterior, incluyendo el cerebelo) centro receptor de las mismas y establece la existencia de tres tipos de nervios: blandos o de funciones sensitivas, con origen en las regiones más anteriores del cerebro; duros o de funciones motoras, originados en el cerebelo y cerebro posterior, y un tercer tipo asociado a la percepción dolorosa y con la capacidad de reconocer cualquier cambio o lesión existente en el organismo (en relación con las envolturas cerebrales, como la piamadre y la duramadre). Serían los nervios blandos los responsables de transportar los spiritus animalis desde el cerebro (centro de la sensibilidad) hasta los distintos órganos de la anatomía para que puedan ejercer su correcta actividad fisiológica. Galeno considera el dolor como una variación en el grado de intensidad de la percepción del sentido del tacto, que se traduce en un cambio interno en la cualidad de los humores, aunque también defiende la teoría de la interrupción en la continuidad como origen de la experiencia dolorosa 18. Para una revisión más amplia puede consultarse a KEELE (1957). 17 Como aportaciones universalmente reconocidas dentro del campo de la neuroanatomía, a Galeno se debe una perfecta descripción de la anatomía de los nervios craneales y espinales y del sistema nervioso simpático. Sin embargo, también realizó numerosos estudios sobre fisiología sensorial, incluyendo experimentación animal, como secciones de cordones medulares en cerdos neonatos. A pesar de los aciertos de las teorías galénicas, el concepto aristotélico del dolor como pasión del alma, asentada en el corazón, prevaleció durante toda la Edad Media, llegando a ser el pilar indiscutible sobre el que se apoyaron la mayor parte de los científicos del Renacimiento. No obstante, algunos autores medievales están más próximos a las tesis de Galeno, como San Alberto Magno (1200-1280), que localiza el sensorium commune en los ventrículos cerebrales, Mondino de Luzzi (1275-1326), quien, en su Anathomia, no sólo defiende al cerebro como centro de las sensaciones, sino que le admite la capacidad de controlar al corazón 19 o Guy de Chauliac (ca. 1368), para quien «el dolor es el resultado de cualidades contrarias generadas por la personalidad o interrupciones en la continuidad causadas por accidentes» 20 (Chirurgia Magna, 1363). La crítica renacentista al dogmatismo imperante en el mundo cultural de épocas pasadas (fuertemente anclado aún en los claustros universitarios), posibilitó el resurgir de la ciencia moderna y el abandono del patrón escolástico medieval 21. Surgen, así, al calor de las nuevas condiciones socio-políticas imperantes, figuras de la talla de Kepler, Galileo, Copérnico, Harvey o Servet, que preceden a Descartes y le sirven de apoyo en su labor científica 22. En este marco cultural, ningún aspecto filosófico o científico estaba libre de discusión, incluyendo, por supuesto, el método, tal como fue abordado por el cartesianismo. Junto a Galeno, dos precedentes inmediatos van a influir de forma notoria en la génesis de la doctrina neurofisiológica cartesiana; el gran artista y científico renacentista Leonardo da Vinci (1452-1519) y Andrés Vesalio (1514-1564), padre de la anatomía moderna. Leonardo, quien asume el concepto postplatónico del dolor (incremento de la sensibilidad táctil) representa en una bella ilustración 23 la cara de un mismo hombre afecto de dolor y placer, y muestra, en otras láminas anatómicas, los nervios como estructuras tubulares. Vesalio sigue considerando la función del órgano cefálico como sede de las dynámeis clásicas (De humani corporis fábrica, Libri VII, 1543) 24. No obstante, ya se intuye en toda su obra un claro intento de separación del animal físico y el ----19 PROCACCI y MARESCA (1984), pp. 4-5. 57, a propósito de la obra de Guy de Chauliac, La Grande Chirurgie, E. Nicaise, París, 1363, editada por Germer Balliere (1890), París, p. 23 Dibujo propiedad de la Reina Isabel II de Inglaterra, perteneciente a la Colección de la Biblioteca Real del Castillo de Windsor. Una excelente recopilación de estos dibujos ha sido recientemente publicada por Masson-Salvat Medicina (1992), bajo el título Leonardo da Vinci: Anatomía humana, con texto de M. CLAYTON, conservador de dibujos y grabados de la Royal Library, y comentarios anatómicos de R. PHILO, profesor de Anatomía de la Universidad de Texas. Para Leonardo, el sensus communis se localizaría en el tercer ventrículo cerebral y la médula espinal vebiculizaría las sensaciones generadas en él, según comenta BRAZIER (1984), p. Su visión anatómica del hombre será posteriormente un amplio pilar para el desarrollo del pensamiento filosófico y el conocimiento fisiológico cartesiano. PRINCIPIOS DE LA DOCTRINA FILOSÓFICA MECANICISTA CARTESIANA Como contrapunto a la anatomía renacentista de Vesalio, de carácter arquitectónico, pronto aparece un concepto enteramente mecánico de la actividad del cuerpo humano, que tiene su máximo exponente en la figura de René Descartes. Aunque los profundos conocimientos del pensamiento clásico y de la historia de la filosofía heredados por el sabio francés son de vital importancia, no cabe duda de que la rigurosa formación recibida en el colegio jesuita de La Flèche condicionaría, en gran medida, el posterior rigor metodológico con que Descartes trata de explicar el mundo 25. Precisamente, la búsqueda de un método fue lo que marcaría gran parte de su actividad vital y, como muy bien apunta Bernal 26, sus acertados conocimientos matemáticos le otorgaron mejores resultados que a otros grandes filósofos coetáneos, como Francis Bacon (1561-1626). La concepción cartesiana del cosmos es pura mecánica. Admite Descartes que la materia y el movimiento son indestructibles y la cantidad de movimiento, cuya causa primera es Dios, es constante en el Universo. Toda su filosofía la resume diciendo «dadme movimiento y materia y yo construiré el mundo» 27. No escapan los seres vivos a su visión racional y mecanicista de la realidad y se le considera como el inventor del «hombre-máquina», cuyo funcionamiento se podría explicar sin necesidad de apelar a contingencias exteriores. Descartes cuestiona abiertamente las teorías kinéticas aristotélicas y, en su nuevo modelo de estructuración del ser, define al organismo como integrado por diversas piezas, siendo áquel la suma de éstas. Además, siguiendo sus postulados, el movimiento de las partes que conforman el ser vivo deben obedecer a las mismas leyes que gobiernan el resto del universo 28. En El tratado del hombre, y merced al gran auge que durante el Renacimiento adquirieron los denominados autómatas (relojes, figuras religiosas y cortesanas, molinos, etc.), se compila toda la doctrina mecanicista de Descartes, cuando compara el cuerpo humano con las fuentes que adornan los jardines reales. Asevera el filósofo: «En verdad puede establecerse una correcta comparación de los nervios de esta máquina que estoy describiendo con los tubos que forman parte de la mecánica de esas fuentes; sus ----25 Comentarios de PARDOS, VICÉN y ALONSO (1987), en la introducción de la traducción de L'homme et un traité de la formation du foetus, de René Descartes, Prensas Universitarias, Zaragoza, p. 28 CARTER (1983), pp. 96-154. músculos y sus tendones pueden compararse con los ingenios y los resortes que sirven para moverlas; los espíritus animales con el agua que las pone en movimiento, su corazón con el manantial y, finalmente, las concavidades del cerebro con los registros del agua... Y finalmente, cuando esta máquina posea un alma racional, habrá de estar localizada en el cerebro y su función será comparable a la del fontanero, quien debe permanecer ante los registros donde se reúnen todos los tubos de esas máquinas, si desea provocar, impedir o modificar en cierto modo los movimientos de la fuente» (art. 16) 29. No obstante, partiendo del análisis filosófico griego, aunque dentro de la fe católica que siempre profesó, da vía libre a la idea platónica de una dualidad humana cuerpo-alma 30. Dice Descartes en sus Meditaciones filosóficas: «... puesto que de un lado tengo idea clara y distinta de mí mismo, en tanto que soy solamente una cosa pensante y no extensa, y, de otro lado, tengo una idea distinta del cuerpo, en tanto que es sólo una cosa extensa y no pensante, es cierto que yo, es decir, mi alma, por la que soy lo que soy, es entera y verdaderamente distinta de mi cuerpo y que puede ser o existir sin él» (6.a meditación) 31. Así pues, como muy bien apunta Hall 32, el carácter irreconciliable entre las clásicas teorías griegas y el dogma cristiano va a marcar el devenir filosófico de la obra de Descartes. Es precisamente la admisión del principio del dualismo espíritu-materia, lo que abre un pequeño resquicio en la afanada defensa que Descartes hace de su doctrina mecanicista. Así, admite el filósofo francés la existencia de una mente inmaterial o alma (res cogitans), libre totalmente de las leyes de la mecánica y a cuyas percepciones íntimas llama pasiones. Unida a esta res y subordinada a ella, existe una realidad material o cuerpo animal (res extensa), en perfecta armonía para constituir al ser humano 33. En su obra El tratado del hombre afirma Descartes al respecto: «Supongo que el cuerpo no es otra cosa que una estatua o máquina de tierra a la que Dios forma con el propósito de hacerla tan semejante a nosotros como sea posible (Art. Cuando Dios una un alma racional a esta máquina, otorgará a esta alma como sede principal el cerebro» (art. 28) 35. ----29 En nuestro análisis hemos utilizado la versión en castellano, DESCARTES, R. (1990) Esta plácida armonía entre la voluntad de la mente y el movimiento del cuerpo precisaría una perfecta comunicación, que correría a cargo de los galénicos spiritus animalis, sutiles fluidos que ocupan el interior de los ventrículos cerebrales y de los nervios. No obstante, para que esta relación tenga lugar, es necesario que la res cogitans o alma humana tenga un asiento corpóreo y físico desde donde le sea posible esa misteriosa comunicación. De esta forma, fija Descartes la sede del alma en la glándula pineal (epiphysis cerebri de los clásicos). EL TRATADO DEL HOMBRE: Gran parte de la doctrina fisiológica cartesiana queda recogida en el Traité de l'homme. Esta obra, tal vez la que más influyó en la concepción de la psicofisiología humana durante todo el siglo XVII y que está considerada como el primer libro de texto europeo de fisiología 36, no deja de tener una controvertida historia. Diseñada como un capítulo de una obra más extensa, El tratado de la Luz o El mundo, el científico francés jamás llegó a verla publicada 37, apareciendo la primera edición doce años después de su muerte 38. 37 El tratado del hombre estaba destinado a ser el capítulo XVIII de El tratado de la luz o El Mundo. No obstante, la publicación de esta gran obra fue suspendida por Descartes al conocer la condena de Galileo por parte de la Inquisición (noviembre de 1633) (QUINTÁS (1980), comentarios a El tratado del hombre, Editora Nacional, Madrid, p. El gran impacto de este hecho en la mentalidad del filósofo queda reflejado en una carta fechada el 28 de noviembre de 1633 a su amigo Marin Mersenne (1588-1648), en la que afirma que esta condena «... me ha impresionado tanto que casi estoy decidido a quemar todos mis papeles, o, por lo menos, a no dejárselos ver a nadie... Pero como por nada del mundo querría que saliese de mí un discurso en que hubiere la menor palabra desaprobada por la Iglesia, me parece mejor suprimirlo que publicarlo mutilado...» A la muerte del filósofo en Suecia, el embajador francés Charnut, recuperó el manuscrito original, entre gran cantidad de documentos (QUIN-TÁS (1980), p. 38 Otro dato a añadir a la ya controvertida historia de El tratado del hombre es la gran cantidad de ediciones aparecidas en un breve período de tiempo, hecho nada frecuente hace cuatro siglos y que suscita intrigantes cuestiones sobre la fiabilidad del texto. La primera aparece en Leyde, en 1662 (doce años después de morir el autor), y fue realizada en latín por Florencio Schuyl, a partir de dos copias del original francés cedidas por Alfonso Pollot y Antonio Studler van Surck, antiguos amigos de Descartes (RENATUS DESCARTES DE HOMINE, figuris et latinitate donatus a Florentio Schuyl, Inclytae Urbis Sylvae Ducis Senatore, et ibidem Philosophiae Proffesore. Esta obra se adelantó a la que estaba preparando Clerselier, amigo personal de Descartes, debido a un retraso en la composición de las figuras que ilustrarían el Tratado. Algunos autores (PROCACCI y MARESCA, 1994) dudan que la autoría de este trabajo corresponda a Descartes, sugiriendo que gran parte del texto podría deberse al propio Schuyl. Dos años despues (1664) se publicó Dentro de El tratado del hombre encontramos una interesante aproximación al concepto de la génesis del dolor y de los subsiguientes mecanismos neurofisiológicos defensivos que se desencadenan en el organismo. Pero, antes de abordar el estudio de la fisiología cartesiana, es preciso conocer su estructuración anatómica del sistema nervioso 39 (figura 1). Para Descartes, el sistema nervioso se compone de cerebro y de nervios. En el cerebro considera tres partes diferentes; la superficie externa (envuelta por la piamadre), la superficie interna (correspondiente a las paredes de los ventrículos) y la substancia cerebral, situada entre ambas superficies. La superficie interna es, en su visión anatómica, la parte más importante del encéfalo y está completamente surcada de poros, que no son otra cosa que los espacios existentes entre hilillos nerviosos que forman una especie de malla o red. Estos hilillos se dirigen directamente a la superficie externa del cerebro (los más cortos) o bien, forman los nervios propiamente dichos que se reparten por el cuerpo (los más largos). Frente al clásico concepto, imperante aún durante el siglo XVII, que asimilaba a los nervios con canales huecos, Descartes defiende un sistema dual que contempla también la existencia, en el interior de los mismos, de una delicada red de hilillos o fibrillas que acaban confundiéndose con los hilillos que integran el cerebro y que permiten la existencia de espacios entre ellos para el correcto flujo de los espíritus animales (figura 2): «Obsérvese, por ejemplo el nervio A, cuya piel exterior es como un gran tubo que contiene otros de menor diámetro, como son b, c, k, l, etc., que están formados por una piel interior más fina; a su vez estas dos pieles se prolongan mediante K, L, que rodean el cerebro M, N, O. Sobre el texto de estos autores franceses se tradujo la versión al castellano de G. QUINTÁS (1990), que ha sido utilizada en el presente trabajo. tancia del cerebro y cuyas extremidades se insertan, por una parte, en su superficie interior, y, por la otra, en las pieles y carnes en las que se insertan tales tubos» 40 (art. 19). Los nervios terminarían en las masas musculares y dispondrían, a este nivel, de unas válvulas que permiten la entrada de los espíritus animales en el interior del músculo (figura 3): «Debe observarse finalmente que entre los tubos bf, ef, se localiza una piel fina y pequeña, Hfi, que separa esos dos tubos; su función es similar a la de una puerta que se mueve en dos direcciones, H e i, y que está dispuesta de modo tal que, cuando los espíritus animales que tienden a descender desde b hacia H, tienen más fuerza que los que tienden a ascender desde e hacia i, descienden y provocan su apertura en la dirección de i; de este modo los espíritus que se encuentran en el músculo E pueden fluir hacia D. Pero cuando los que tienden a subir desde e hacia i poseen una fuerza mayor o simplemente igual a la que poseen los otros, entonces cierran el conducto mediante Hfi, impidiéndose ellos mismos salir del músculo E. Por último, si alguna vez los espíritus contenidos en el músculo D tienden a salir por dfe o bien por dfb, el repliegue H puede extenderse, cerrándose el conducto» 41 (art. 21). En este marco anatómico se sitúa topográficamente la glándula pineal como colgada de unas arteriolas y no unida a la substancia cerebral 42 (figura 4). Su estructura, como la del resto del cerebro, constaría de hilillos separados por poros donde penetra la sangre procedente de los plexos coroideos y las arteriolas epifisarias. Para llevar a cabo su función, la glándula pineal destilaría unas finas partículas suspendidas en el líquido sanguíneo y engendradas en el ventrículo izquierdo del corazón, al calor del miocardio («cierto viento muy sutil o mejor una llama muy viva y muy pura» 43, en palabras de Descartes) y las transformaría en los sprits animaux. Las partículas más groseras, por su parte, al no ser filtradas por el órgano pineal se dirigirían a la superficie cortical del cerebro para servir de elemento nutritivo 44. 42 Aunque las ilustraciones de El tratado del hombre presentan un claro error de forma, al mostrar la glándula pineal haciendo protusión en el interior de los ventrículos, posiblemente no respondan a un defecto en el conocimiento anatómico del propio Descartes. Estas ilustraciones fueron encargadas por Clerselier, editor en francés del tratado y gran amigo del científico, a Louis de la Forge, doctor en medicina en La Flèche, y Gérard van Gutschoven, profesor de anatomía en Lovaina y partícipe de los postulados mecanicistas cartesianos, catorce años después de morir el autor. De esta forma, los dibujos serían meras interpretaciones de los ilustradores, supervisados por Clerselier, sobre la obra póstuma del maestro. 151, las técnicas anatómicas de disección de la época no eran tan sofisticadas como para poder establecer la localización precisa de la glándula pineal, de forma que muchos autores defienden una situación interna con respecto a la sustancia cerebral. Las razones que llevan a Descartes a considerar la glándula pineal como centro de control del cuerpo, alojamiento del sensorium commune (punto convergente de todas las sensaciones en el cerebro) y asiento del alma son, con toda seguridad, de carácter netamente anatómico, quizá inducidas por el notable progreso en el conocimiento del sistema nervioso experimentado en la época 45, conocimientos de los que parecía disponer el físico francés 46. De esta forma, considera Descartes que todos los órganos sensoriales y cefálicos son dobles, salvo esa pequeña y solitaria glandulita situada geométricamente en el centro del cerebro y suspendida sobre los canales que contienen los espíritus animales (figura 4) 47. Su localización central le permitiría recibir, con la misma intensidad, cualquier estímulo procedente de órganos periféricos, mientras que su carácter unitario haría posible la naturaleza del proceso integrativo de las percepciones y sensaciones, procedentes de órganos duplicados. Descartes aparece, pues, como uno de los primeros científicos que abordan, aunque de forma manifiestamente errónea, a la luz de los conocimientos actuales, el problema de la localización de las funciones cerebrales, abriendo paso, en este sentido, a la ingente labor de Thomas Willis (1622-1675). LA PERCEPCIÓN DOLOROSA: ¿PASIÓN DEL ALMA O EXPERIENCIA NEUROSENSORIAL? Es precisamente en este doble marco de la naturaleza humana donde Descartes imbrica la experiencia dolorosa. Para el filósofo barroco, el dolor es una percepción del alma, que puede estar originada, bien por la acción de agentes externos al cuerpo o bien por el propio cuerpo. En su obra Los principios de la filosofía es donde más acertadamente se recoge el papel del dolor como elemento de integración entre el alma y el cuerpo. El siguiente párrafo refleja, sin género de duda, este aspecto: «Hay además algunas cosas que experimentamos en nosotros mismos y que no deben ser atribuidas al alma sola, ni tampoco al cuerpo solo, sino a la estrecha unidad que ambos forman... Tales son ciertas sensaciones como el dolor...» 48. 46 Muchos son los que tachan a Descartes de no ser anatomista ni fisiólogo, pero parece ser cierto que conocía perfectamente el trabajo de Vesalio y de Giulio Casserio (1545-1616) (TIHINEN (1978), 71-107) y le era muy familiar la obra de William Harvey (1578-1657), como se desprende de la correspondencia mantenida con su confidente, el Padre Mersenne (citado por PARDOS, VICÉN y ALONSO (1987), p. Además, en su estancia en Amsterdam, gustaba de visitar mataderos donde examinaba cerebros de animales. Tras su muerte en Estocolmo, se encontró gran cantidad de notas y dibujos, como las que, por ejemplo, muestran las relaciones del plexo coroideo, los ventrículos y la glándula pineal (BRAZIER (1984) describe el caso de una joven a la que hubo de amputar una mano y su antebrazo y, posteriormente, continuaba percibiendo dolor en ese miembro. Descartes concluye que la sensación comentada (denominada hoy como dolor de miembro fantasma) no es imaginaria, sino real y que el referido «dolor en la mano no es percibido en el alma como experimentado en la mano, sino como experimentado en el cerebro» 49. Cuando el origen de la percepción dolorosa se encuentra en la acción de agentes ajenos al propio cuerpo, el dolor se asocia estrechamente, en opinión de Descartes y siguiendo las clásicas doctrinas galénicas, al sentido del tacto, uno de los cinco sentidos externos. Sin embargo, esta percepción no sería una cualidad equiparable a la sensación de dureza o calidez, sino que en ella se englobarían también la acción de algunos sentidos internos, como la felicidad, tristeza, amor, etc., de forma parecida a lo que sucede con la percepción del placer 50. La descripción que da Descartes del mecanismo íntimo de la percepción sensorial humana (entre ellas la dolorosa) es, a todas luces, demasiado compleja para su época y, sin perder su carácter audaz, asombra hoy en su precoz intento de explicar el reflejo neuromuscular. Las bases neurológicas de la percepción del dolor quedan reflejadas en el célebre dibujo de un niño, cuyo pie es estimulado por el fuego (figura 5). En el artículo 27 de El tratado del hombre, titulado Sobre el tacto, se aborda la interpretación de dicho dibujo. Textualmente, expone Descartes: tracción previa. Estos espíritus, en su trayecto distal se agolparían a nivel muscular, produciendo una hinchazón y como consecuencia una contracción del músculo. Esta explicación, mecanicista a todas luces, ha sido una de las más discutidas de toda la doctrina fisiológica cartesiana. Mientras algunos analistas han querido ver en ella la primera descripción del reflejo neuromuscular, otros, con Canguilhem 52 a la cabeza, la han rechazado de pleno. Según este autor, la relación que ofrece Descartes entre la excitación del sentido y la contracción del músculo carece de las propiedades básicas de la teoría del reflejo; homogeneidad entre el movimiento incidente y el movimiento reflejado. Sin embargo, la ausencia de un control voluntario en la génesis de la respuesta es un importante punto a favor de los defensores del filósofo francés. En los párrafos siguientes del Tratado (Sobre el dolor y el cosquilleo) se contempla otra alternativa para explicar la génesis del dolor, también de índole estrictamente mecanicista: «Así, en primer lugar, si los filamentos que componen la médula de esos nervios sufren una tensión con fuerza tal que llegan a romperse, separándose de la parte del cuerpo a la que estuvieran unidos y de forma que toda la estructura de la máquina se viera en cierto modo deteriorada, entonces el movimiento que causarán en el cerebro dará ocasión para que ese alma, interesada en que se vea conservado el lugar de su morada, sienta dolor. Si esos filamentos alcanzan una tensión de intensidad casi semejante a la del caso anterior, pero sin que tales filamentos lleguen a romperse ni a separarse de las partes a que estuviesen unidos, entonces causarán un movimiento en el cerebro que, dando testimonio de la buena constitución de los otros miembros, dará ocasión al alma para experimentar una cierta voluptuosidad corporal que llamamos cosquilleo, y que, como se ve, siendo muy próxima al dolor en lo que a su causa se refiere, sin embargo, es totalmente opuesta si se juzga su efecto» 53 (art. 29). De esta forma, la rotura de un nervio (en el sentido de separación o desplazamiento con respecto a los tejidos adyacentes) también origina dolor. Cabe pues una doble interpretación del mecanismo del dolor: como percepción y como lesión nerviosa. Tal vez, la intensidad del estímulo condicionaría, en la propuesta cartesiana, la relación entre ambas, aunque parece evidente que el verdadero órgano de los sentidos serían las terminaciones de los filamentos, que a su vez no son sino la prolongación de la médula espinal 54. Obviando el segundo mecanismo comentado, los estímulos sensoriales, merced a la tracción de los filamentillos intranerviosos, impresionarían en primer lugar la su-----52 CANGUILHEM (1975), p. 54 El futuro confirmaría la intuición de Descartes, al identificar las terminaciones nerviosas periféricas de las neuronas nociceptoras (mecanonociceptoras o nociceptoras polimodales) como piezas clave en la génesis del dolor. perficie de los ventrículos y, secundariamente, gracias a los espíritus animales en ellos contenidos, se impresionaría la superficie de la glándula pineal como un sello en la cera 55. En esta descripción cartesiana de la percepción dolorosa y del supuesto reflejo neuromuscular, la glándula pineal recibiría impresiones sensoriales del exterior e instigaría movimientos musculares distales, por mediación de los espíritus animales (figura 5). Estos serían conducidos, por movimientos activos de la glándula, hacia el sistema ventrículo-cerebral (las concavidades cerebrales cartesianas) y de aquí llegarían a la periferia del cuerpo atravesando la multitud de poros que supuestamente presentan las paredes de los ventrículos. Los poros ventriculares poseen, dentro de esta teoría fisiológica, capacidad de cierre o de apertura en función del tipo y grado de estimulación sensorial, pudiendo, de esta forma, limitar el flujo de los espíritus animales que, de la glándula pineal, se dirigen a los músculos a través de los tubos nerviosos (figura 6). Una vez que estos espíritus alcanzan el músculo, fuerzan un cambio en su forma que induce el movimiento muscular. El propio pensador francés lo explica así: «... a medida que esos espíritus entran en las concavidades cerebrales pasan de allí a los poros de su sustancia y de esos poros a los nervios, donde, a medida que entran o meramente tienden a entrar, más o menos en unos que en otros, tienen el poder de cambiar la figura de los músculos en que esos nervios se insertan y por ese medio de hacer moverse a todos los miembros.» 56 (art. 15). En su trayecto por el cuerpo, los nervios dispondrían de un mecanismo valvular distal (figura 3), similar al propuesto por Harvey en su descripción de la circulación sanguínea, para mantener y controlar el correcto flujo espiritual 57. Aunque la vía motora era completamente desconocida para el filósofo y sólo describe una vía nerviosa sensitiva, es fácil extraer de su teoría una lógica explicación a este problema. Así, los hilos o pequeños filamentos que constituyen los nervios (el continente) sería el responsable de la sensibilidad y los espíritus animales (el contenido) responderían de la motilidad. Y entre ambos, la glándula pineal 58. Para ofrecer esta explicación mecánica del fenómeno fisiológico, dispone Descartes de la ventaja de una presumible movilidad de la glándula pineal 59, pues «... está compuesta de un material muy blando y no está completamente unida a la sustancia ----55 TIHINEN (1978), pp. 71-107. 58 Para una lectura más profunda del papel de la glándula pineal en la doctrina psicofisiológica cartesiana, vease LÓPEZ-MUÑOZ Y BOYA (1992). 59 FOSTER (1970), pp. 57-62, 260-269. del cerebro, sino solamente prendida a unas pequeñas arterias, cuyas paredes son bastante débiles y flexibles; la glándula está suspendida como una balanza a causa de la fuerza de la sangre que el calor del corazón impulsa hacia ella» 60 (art. 72). Esta capacidad de movimiento que posee la epífisis para regular el flujo de los espíritus animales se asimilaría, en términos mecánicos, al papel de una válvula. No obstante, este concepto valvular no es propio de Descartes, pues un siglo antes ya había sido propuesto por Jean Fernel (1497-1558) 61, expositor moderno del sistema médico galénico (Universa medicina, 1554). La respuesta somática a los estímulos dolorosos va a depender, en opinión de Descartes, de varias circunstancias: por un lado, circunstancias derivadas del estímulo (acción), como su procedencia y su intensidad y por otro lado, condicionantes anatomo-fisiológicos, como la disposición de los filamentos cerebrales o la fuerza de los espíritus animales. En el modelo cartesiano, cualquier variación en la cualidad o intensidad de la sensación supone la puesta en marcha de vías alternativas para lograr una adecuada respuesta. Así, en El tratado del hombre se describe lo que sucedería cuando el calor de una llama empieza a quemar el cuerpo (figura 7): «Si el calor del fuego A, próximo a la mano B, tuviera solamente una intensidad media, seria necesario pensar que la forma en que abriría los tubos marcados con 7, causaría a la vez que las partes del cerebro que se encuentran hacia N, se contrajeran y que las que están hacia o, se ensancharan un poco más de lo que están; de este modo, los espíritus procedentes del tubo 7 irían desde N por o hacia p. Pero suponiendo que este fuego llegara a quemar la mano, es preciso pensar que su acción abre tanto esos tubos marcados con 7 que los espíritus que penetrasen tendrían fuerza para avanzar aún mas allá del N en línea recta; a saber, hasta o y R, donde, al impulsar las partes del cerebro que se encuentran en su camino, las oprimen de tal manera que los espíritus son empujados y desviados por ellas hacia S, sucediendo lo mismo con los demás». (art. 92)...., dado que el fuego quema la mano B, es causa de que los espíritus que penetran en el tubo 7 tiendan hacia o, encontrándose allí estos espíritus dos poros o pasos principales oR, os. Uno de ellos, oR, los conduce a todos los nervios que sirven para provocar el movimiento de los miembros exteriores del modo que se requiere para evitar la fuerza de esta acción, tal como los que retiran la mano, el brazo o todo el cuerpo y los que vuelven la cabeza y los ojos hacia ese fuego para ver mejor lo que debemos hacer para preservarnos de él. Por el otro paso, os, los espíritus se dirigen a todos los que sirven para causar las emociones interiores, semejantes a las que siguen en nosotros al dolor, como los que encogen el corazón, los que agitan el hígado y otros; incluso los que pueden causar los movimientos externos, que son testimonio del mismo, tal como los que excitan las lágrimas, los que arrugan la frente y las mejillas, los que facilitan el grito. Por el contrario, si la mano B se encuentra muy fría y el fuego A la calentara moderadamente sin llegar a quemarla, sería motivo de que los espíritus que penetrasen por el tubo 7 no fueran hacia O y hacia R, sino hacia o y hacia p, donde volverían a en-----60 DESCARTES, R. (1990), p. 61 SHERRINGTON (1946). contrar poros, dispuestos a facilitar su paso hacia todos los nervios que puedan contribuir a la realización de los movimientos adecuados para llevar a cabo tal acción» (art. 93). «Nótese que he distinguido los dos poros, oR y os, para advertir que casi siempre existen dos clases de movimientos que proceden de cada acción; a saber, los exteriores, que contribuyen a perseguir las cosas deseables, así como a evitar aquellas que son perjudiciales, y los interiores, llamados comúnmente pasiones y que sirven para disponer el corazón, el hígado y los demás órganos de los que puede depender el temperamento de la sangre y, en consecuencia, de los espíritus, de manera tal que los nuevos espíritus sean capaces de causar los movimientos externos que deben darse»62 (art. 94). Con el ejemplo descrito, los postulados cartesianos alcanzan uno de los mayores hitos de la filosofía mecanicista. En este caso, la descripción de los mecanismos fisiológicos desencadenados ante modificaciones de estímulos externos adquiere un carácter netamente hidráulico, que nos devuelve a los prolegómenos de El tratado del hombre, cuando asimila estos hombres-máquina a las fuentes que embellecen los jardines reales. Sin embargo, la teoría cartesiana de la transmisión del estímulo doloroso trata de dar sentido a una de las asignaturas pendientes de la historia temprana de la neurofisiología, como es la naturaleza del impulso nervioso, y que no sería definitivamente resuelta hasta finales del siglo XVIII, con la identificación de la electricidad por parte de Luigi Galvani (1737-1798). El papel del alma en el marco de esta teoría fisiológica imbrica de forma evidente a la glándula pineal, asiento del alma racional humana63. Su implicación es relatada por Descartes en su obra Tratado de las pasiones del alma, donde afirma que «... está suspendida de tal modo entre las cavidades que contienen estos espíritus que puede ser movida por ellos de tantas maneras diversas como diferencias sensibles hay en los objetos; pero que también puede ser movida de modos diversos por el alma, que es de tal naturaleza que recibe en si tantas impresiones diversas (es decir, que tiene tantas diversas percepciones) como movimientos diversos tienen lugar en esta glándula. Como, recíprocamente, también la máquina del cuerpo está compuesta de tal modo que, por el solo hecho de ser esta glándula diversamente movida por el alma, o por cualquier otra cosa que pueda darse, impulsa los espíritus que la rodean hacia los poros del cerebro, que los conducen por los nervios a los músculos, por medio de lo cual les hace mover los músculos» (art. XXXIV) 64. Así «toda la acción del alma consiste en que, por el solo hecho de querer una cosa, hace que la glandulita, a que está estrechamente unida, se mueva de la manera necesaria para producir el efecto que corresponde a la voluntad» 65, de forma que ----provocaría movimientos musculares inclinándola de tal manera que los espíritus se deslicen por unos u otros poros de las paredes ventriculares. Para Descartes, en suma, cada cambio en la posición de la glándula pineal correspondería a una percepción distinta del alma, y ésta, por su parte, podría mover la glándula por el mero hecho de percibir 66. La epífisis actuaría, pues, como elemento de integración y coordinación de todas las impresiones y estímulos extraídos del exterior por órganos pareados e induciría una respuesta corporal unitaria. De esta forma, el componente afectivo y emocional del dolor, tan reivindicado en épocas posteriores 67 ya está presente en la doctrina cartesiana, gracias a la intervención y mediación de la res cogitans. El espíritu de la fisiología cartesiana, que, aunque ingeniosa, peca de un carácter excesivamente deductivo y poco experimental, no se limita únicamente a su obra y la de sus coetáneos 68, sino que marca e inspira la forma de entender al hombre durante todo el siglo XVII y gran parte del XVIII. Consecuencia inmediata del pensamiento de Descartes son las corrientes iatromecánica, cuya máxima figura fue el italiano Giovanni Altonso Borelli (1608-1679) e iatroquímica 69. No deja de ser llamativa la gran influencia del trabajo de Descartes en la obra de Thomas Willis, padre de la anatomo-fisiología del sistema nervioso, y uno de los más importantes seguidores de la corriente iatroquímica. Amparado bajo unas condiciones más favorables para el estudio científico, como las existentes en la Gran Bretaña de su época (una cultura filosófica distinta, desarrollada previamente por Francis Bacon, en oposición manifiesta a las doctrinas aristotélicas, y una distinta ----66 CARTER (1983), p. 68 La comunicación científica durante el siglo XVII fue, en general, bastante fluida. Prueba de ello es la denominada República de los Sabios, sociedad internacional dedicada al conocimiento de la Naturaleza y de la Verdad científica, de la que Descartes era súbdito (LIÁTKER (1990), pp. 116-117). Esta sociedad, promovida y coordinada por el Padre Mersenne, condiscípulo mayor de Descartes en La Fléche y considerado como su plaque tournante, permitió la comunicación epistolar entre un gran número de hombres de ciencia en esta época y las consiguientes discusiones, defensas y críticas de gran parte de las teorías y postulados, no sólo científicos, sino filosóficos e, incluso, teológicos, que vieron la luz durante este siglo. La doctrina iatroquímica florece en la segunda mitad del siglo XVII y sus representantes más insignes, Franz de le Boe Silvio (1614-1672), amigo personal de Descartes, Thomas Willis (1622-1675) y Raymond Vieussens (1641-1730), grandes anatomistas y profundos estudiosos del sistema nervioso, continúan explicando su funcionamiento con la teoría de los espíritus animales (De anima brutorum, 1672 y Cerebri anatome, 1664 de Willis, y Neurographia universalis, 1685 de Vieussens). relación entre religión y ciencia), Willis perfecciona el modelo cartesiano de la percepción dolorosa 70. Según el anatomista inglés, el asiento del alma sensitiva y fuente de los espíritus animales no es la glándula pineal, sino el cerebelo, responsable, a su vez, de los movimientos reflejos. Su teoría de la transmisión sensorial implica también a los espíritus animales, aunque desde una perspectiva distinta a la cartesiana, y es defendida con un símil pirotécnico: «Los espíritus animales son la luz antes de iniciarse el fuego. Su transferencia está determinada por el proceso de ignición y su efecto es de la misma naturaleza que la deflagración. En este concepto fisiológico, los nervios no se asemejan a largos cuerdas o tubos, sino más bien a las mechas» 71. Willis considera que debe existir una estrecha relación entre la actividad consciente, sita en el cerebro, y la regulación automática de los movimientos involuntarios por parte del cerebelo, siendo la experiencia dolorosa un ejemplo claro de la interacción entre estos dos sistemas. Los movimientos científicos del siglo XVIII tampoco escapan a la influencia del cartesianismo, y prueba de ello es el principio de la fuerza vital, que inspira la corriente vitalista de la Ilustración 72, con Albrecht von Haller (1708-1777) a su cabeza (Elementa physiologiae corporis humani, 1757-1776). El gran progreso de las disciplinas fisiológicas e histológicas durante la segunda mitad del siglo XIX posibilitó una interpretación más realista del concepto del dolor, surgiendo así las primeras teorías modernas sobre el mismo, como la teoría sensorial o de la especificidad de von Frey (1894) y la teoría de la intensidad de Goldscheider (1894). En ambas, el legado cartesiano es patente. Von Frey 73 postuló que el dolor es una sensación más, de procedencia distinta a otras percepciones como el calor, el frío o el tacto. Por su parte, Goldscheider basó su teoría en la afirmación de que el dolor se debía a un incremento en la intensidad de los estímulos (frío, calor...) y en una posterior sumación de éstos a nivel del sistema nervioso central. Las aproximaciones más modernas a la experiencia dolorosa, ya comentadas por Sherrington a principios del siglo XX, contemplan una interpretación dualista de este fenómeno, que no solamente debería constar de un componente sensorial, sino también de una importante dimensión afectiva. 73 von Frey basó gran parte de su teoría en la experimentación animal previa de Schiff (1858), quien describió una situación de analgesia tras la sección de la sustancia gris de la médula espinal de mamíferos. una experiencia sensorial y emocional desagradable, relacionada con un daño hístico real o potencial. Parece evidente, por otro lado, que la actividad psíquica superior, además de ciertos mecanismos corticosubcorticales, en los que el sistema límbico juega un papel primordial, es capaz de influir en la percepción de la sensación dolorosa, gracias a la acción moduladora de las vías nerviosas descendentes sobre la transmisión nociceptiva a su entrada en la médula, así como en otros niveles de transmisión de la información. Sin embargo, esta interpretación del dolor coincide, aunque de una forma menos técnica, con los postulados de la doctrina cartesiana sobre el cuerpo y el alma, el cerebro y la mente, la materia y el espíritu, la res extensa y la res cogitans. Desde la perspectiva neurofisiológica actual, sabemos que el dolor posee sus propios sensores específicos, sus vías de conducción y sus localizaciones cerebrales y resulta tremendamente interesante observar como un filósofo del siglo XVII trató de explicar estos mecanismos fisiológicos con las mismas leyes físicas que rigen el resto de fenómenos que ocurren en el cosmos. Este intento, tal vez sea una de las más importantes aportaciones de Descartes a la historia de la ciencia. En palabras de Herzen, «Descartes tuvo una gran vocación: dar comienzo a la ciencia y otorgarle un principio» 74. Figura 4: Ilustración de El tratado del hombre, a propósito del artículo 99: «Sobre la diferencia entre el sueño y la vigilia». Este dibujo, realizado por van Gutschoven, muestra la importancia de la glándula pineal (H) en la doctrina fisiológica cartesiana. Figura 5: Dibujo ilustrativo del artículo 27 de El tratado del hombre, titulado «Sobre el tacto». En él se describe el mecanismo cartesiano de la percepción dolorosa. Algunos autores han visto en este dibujo la primera referencia gráfica del reflejo neuromuscular. Figura 6: Grabado de van Gutschoven, a propósito del artículo 64 del Tratado: «Sobre la formación de las ideas de los objetos en el lugar destinado a la imaginación y el sentido común». Este esquema refleja la capacidad de movimiento de la glándula pineal y su papel en la convección de los espíritus animales. Figura 7: Dibujo relativo al artículo 93 de El tratado del hombre, que recibe el título de «La tercera se refiere a la disposición natural o adquirida de los filamentos que componen la subsistencia del cerebro». Con él se pretende explicar las vías de respuesta alternativas de la máquina humana ante distintas injurias, como el dolor.
El presente artículo analiza el paradigma darwinista en las ciencias biológicas a partir de la pregunta sobre su capacidad de explicar satisfactoriamente los nuevos datos obtenidos de la bioquímica, la microbiología y la genética. El objetivo general del análisis es contribuir con una discusión acerca del estado de las teorías científicas y el objetivo específico es reflexionar sobre una posible crisis del paradigma darwinista, lo que corroboraría la concepción de las teorías científicas como algo históricamente transitorio y no como descubrimientos definitivos. enfrentar los problemas que trae consigo el desarrollo de la ciencia. Como telón de fondo de esta discusión está el (ya viejo, pero aún actual) problema del estatus de la ciencia como portadora de una verdad definitiva acerca del mundo o como una construcción racional útil, aunque provisional, que entabla un diálogo dinámico entre la subjetividad humana y el mundo natural. No hay elementos suficientes, en estos días, que nos permitan dar una respuesta categórica a esta cuestión, pero innumerables hechos nos proveen de argumentos para un debate sobre la importancia y oportunidad de, al menos, ponerla en discusión. A pesar de que el paradigma darwinista está sólidamente establecido en las ciencias biológicas, hay varias pistas que sugieren que determinados campos de investigación pueden forzarlo a un punto de tensión del cual o saldrá victorioso y robustecido, o pasará a la historia como un paradigma superado. El propósito del presente artículo es mostrar que, a pesar de la hegemonía conquistada por el darwinismo, recientes investigaciones han creado cierto clima de sospecha e insatisfacción a su alrededor. El darwinismo siempre tuvo opositores y siempre estuvo sometido a cuestionamientos de diversos órdenes. Pero los desafíos actuales son substancialmente diferentes por estar relacionados con los avances del propio conocimiento científico en niveles de la realidad de la vida desconocidos hasta hace relativamente poco tiempo y que presentan fenómenos que desafían la estructura fundamental de la teoría darwinista. ACLARACIÓN DE LA METODOLOGÍA Para la presente reflexión partiré de la descripción de ciencia ofrecida por Thomas Kuhn 2. Para Kuhn, la historia de las ciencias puede ser interpretada como el proceso en el cual modelos científicos generales -con sus hipótesis, formas de experimentación y leyes (reunidos bajo el concepto de paradigma)conquistan una hegemonía por un determinado periodo de tiempo, pero son colocados a prueba por anomalías que, teniendo la fuerza necesaria para provocar una crisis, pueden impulsar nuevas proposiciones a partir de las cuales surge un nuevo paradigma hegemónico. A este proceso de cambio de paradigma, Kuhn lo denominó «revolución científica». A pesar de lo que el término «revolución» pueda evocar, la idea no es de una transición abrupta y visible. Estando la realidad compuesta de muchos más elementos de los que pueden caber en nuestras descripciones, algunas de sus facetas pueden huir del paradigma dominante. En este caso, o esta faceta se mantiene como una anomalía tolerable o puede ser lo que dispare una crisis. La física del siglo XX nos ofrece los ejemplos necesarios de anomalías que fueron resueltas con la aparición de una nueva e insólita descripción de la naturaleza, la mecánica cuántica. Cuando una anomalía se vuelve intolerable (en el caso de la física, un caso emblemático fue el problema de la «radiación del cuerpo negro») es necesario el surgimiento de nuevas hipótesis, generalmente con carácter heterodoxo. Una de ellas se acaba volviendo paradigmática y, posteriormente, hegemónica, sustituyendo al paradigma anterior. Siempre que se siga escrutando la naturaleza, y para eso se desarrollen instrumentos, experimentos y modelos teóricos cada vez más refinados y de mayor alcance, es normal que se revelen nuevos fenómenos. Muchas veces se descubre una dimensión totalmente nueva del Universo. Sería un exceso de soberbia creer que este nuevo campo antes inexplorado tenga que, necesariamente, someterse a las leyes de la teoría vigente. La historia de las ciencias nos sugiere que es necesario tener siempre guardado un extra de humildad para que nos enfrentemos a un Universo multidimensional que se rehúsa a limitarse a lo que sabemos sobre él. La transición de paradigmas en las ciencias no sucede, con todo, como un gentil acuerdo de caballeros entre los científicos. La polémica que acompaña una crisis de paradigma extrapola muchas veces el restringido ámbito de las discusiones científicas. Una revolución científica es un acontecimiento histórico e invisible3. Ésta es una observación importante para comprender el carácter histórico de una posible crisis del paradigma darwinista que será discutida aquí. El siglo XX fue marcado por la debacle de la física de Newton. Su falla como descripción general de la naturaleza se hizo evidente cuando se presentaron dos niveles de realidad antes desconocidos: el mundo del átomo y el campo de grandes velocidades y grandes masas. Los cambios de concepción de la naturaleza, trazados por la mecánica cuántica y por la teoría de la relatividad, fueron enormes. Sin embargo, una concepción más profunda de la cosmovisión mecánica determinista y reduccionista (con raíces en Descartes y Newton) acabó sobreviviéndole. La creencia de Laplace -de que todo el comportamiento del Universo podría ser previsto en su evolución temporal a ----partir de los datos acerca de las condiciones iniciales de sus partículas componentes y del conocimiento de las leyes de Newton-no fue totalmente desbancada por la física cuántica. Esta creencia revela no tanto una presunción triunfalista, sino una concepción metacientífica según la cual el comportamiento de la totalidad del universo y de totalidades locales es siempre un resultado de la suma de las características de cada elemento de este todo, sometidos a leyes conocidas que regulan el comportamiento de cada parte. Este reduccionismo (el todo se reduce a la suma de las partes) conduce a un determinismo (conociendo las partes y las leyes a las que están sometidas, se conoce el todo y su evolución temporal). Por esto, tal concepto trae la idea de previsibilidad en principio, cuya concretización dependería tan sólo del conocimiento detallado de cada parte del todo. Este reduccionismo caracteriza también a las ciencias biológicas y se manifiesta principalmente en la tentativa de hacer derivar toda la complejidad de la vida de la interacción mecánica de sus moléculas fundamentales, principalmente los ácidos nucleicos (ADN y ARN). La mecánica cuántica introduce un elemento de incertidumbre -el llamado «principio de incertidumbre» de Heisenberg-que restringe la precisión absoluta de las mediciones e introduce un elemento de probabilidad en la mecánica. Pero se trata de una probabilidad totalmente controlada y expresada en una ecuación dinámica que permite prever los resultados probables (la ecuación de Schrödinger). El determinismo expresado en términos de probabilidad se diferencia del determinismo absoluto de Laplace, sin embargo no llega a postular el carácter totalmente imprevisible de los fenómenos. Pero este último baluarte del paradigma newtoniano cedió cuando nuevas áreas de investigación fueron demostrando que el comportamiento de sistemas complejos no se podía reducir a la suma lineal de las propiedades de sus componentes. El «todo» de esos sistemas no era susceptible de un estudio que los considerara como una estructura aislada de la interdependencia de todos sus elementos constituyentes. En otras palabras, esta interdependencia entre los componentes y su comportamiento conjunto, y no cada uno de ellos separadamente, era lo que podría llevar a la comprensión de las propiedades de la totalidad que ellos mismos componen. En términos aproximados, lo que se afirma aquí es que el comportamiento del todo no puede ser reducido a una mera superposición lineal de los comportamientos de sus partes. Los sistemas complejos no pueden ser sometidos a un procedimiento analítico reduccionista, al estilo cartesiano, pues su comportamiento emerge justamente del hecho de que constituyen una totalidad interdependiente y no de las propiedades de cada elemento en particular. Este cambio de perspectiva arrojó inmediatamente luz sobre el estado de los sistemas vivos, que se com-portan como sistemas complejos que de ninguna manera pueden ser reducidos a las propiedades de sus elementos (las moléculas orgánicas). Una de las facetas de la posible crisis de paradigma en la biología (que veremos en este artículo) está relacionada directamente con esta reflexión sobre la complejidad. El paradigma neodarwinista acabó por conducir a un enfoque reduccionista que cree que la vida es un resultado de fenómenos localizados en la molécula de ADN, sometidos al azar y a la selección natural. Enfoques más recientes apelan a las teorías de la complejidad para escapar de las dificultades que conlleva el análisis reduccionista cuando se compara con los fenómenos reales. A partir de los conceptos básicos presentados arriba, el presente artículo procura analizar algunos problemas que la teoría darwinista enfrenta hoy en día de acuerdo a lo que ya se conoce sobre el funcionamiento de los organismos vivos. Algunas cuestiones guiarán el análisis siguiente: ¿Las últimas décadas de investigación en las ciencias biológicas revelan anomalías relevantes para la teoría darwinista? ¿Estas anomalías pueden ser incorporadas a la teoría dominante o al menos convivir con ella como anomalías tolerables? ¿Somos testigos de una transición de paradigma que asignará a Darwin la misma posición de honor que ahora ocupa Newton? 2. LA LUZ DE DARWIN En la época de Darwin, la evolución de las diversas formas de vida no era un hecho desconocido. Darwin no «descubrió» el fenómeno de la evolución. No se conocía, sin embargo, qué tipo de mecanismo dirigía esta evolución y por qué las especies cambiaban con el tiempo, mientras otras aparecían. Una vez que el estudio de los fósiles y de la anatomía de los seres vivos fue revelando datos antes desconocidos, la idea de inmutabilidad de las especies fue paulatinamente derribada. Esto generó, en consecuencia, la necesidad de un nuevo enfoque científico que explicara el mecanismo y la razón de los cambios evolutivos. Naturalistas anteriores a Darwin, como Jean Baptiste de Lamarck y Georges Cuvier, entre muchos otros, se lanzaron sobre este desafío y buscaron explicaciones naturalistas para este fenómeno. Darwin fue uno más de ellos. Es probable que su triunfo se deba al hecho de que las condiciones para su teoría de la evolución estaban ya bien cimentadas. Cuando digo que las condiciones estaban cimentadas no estoy afirmando que la teoría ya estaba «a punto de ser descubierta» gracias a los avances de la ciencia. Me refiero a las condiciones no sólo en cuestión de los datos disponibles en aquel tiempo sino también al «espíritu de la época» (Zeitgeist). El mecanismo de la teoría de la evolución de Darwin ya existía tanto en las teorías sociales de Malthus y Spencer como en el liberalismo clásico. O sea, había una predisposición social para ese tipo de teoría de la evolución. La creación de la teoría de la evolución por selección natural fue conducida por el desafío presentado por el conocimiento de hechos de la naturaleza otrora ocultas a simples observaciones e incomprendidas a la luz de las teorías vigentes, pero reproduce también la forma de pensar de la época. A pesar de haber tenido un éxito estruendoso, la aceptación de la teoría de Darwin como paradigma científico hegemónico no fue inmediata. Decir que solamente fue una resistencia fundamentada en dogmas religiosos es un reduccionismo que menosprecia la influencia del espíritu humano en la realización histórica de la ciencia. La teoría de Darwin, en su expresión original, poseía lagunas enormes y, en su «estado puro», no explicaba una serie de complejidades encontradas en los organismos (en el caso de los microscópicos) y no se adecuaba al registro fósil disponible en la época (y menos al actual). Por tanto, no era sólo una doctrina que se oponía al creacionismo ingenuo, sino una teoría, de inicio, científicamente problemática4. Sin embargo, hoy en día el darwinismo no se puede restringir a los escritos de Darwin. Aun con todos los problemas exhibidos por El origen de las especies (por ejemplo, el desconocimiento del mecanismo de la herencia y la inadecuación al registro fósil), esta obra construyó la base para un nuevo paradigma que fue orientando a las ciencias de la vida como un poderoso programa de investigación. El darwinismo sólo triunfó como paradigma hegemónico en la forma de neodarwinismo o «Teoría sintética moderna». El paradigma dominante en las ciencias biológicas, hoy, es el neodarwinismo y no simplemente las proposiciones originales de Darwin. Hablar de darwinismo hoy es hablar de «síntesis moderna». La estructura central de la teoría darwinista de la evolución, de acuerdo con Gould, se compone de tres ejes básicos: «1. Los organismos varían y estas variaciones son heredadas (por lo menos en parte) por sus descendientes. Los organismos producen más descendientes que aquellos que pueden sobrevivir. La media, la descendencia que varía con más intensidad en direcciones favorecidas por el medio ambiente, sobrevivirá y se propagará. Las variaciones favorecidas, por lo tanto, crecerán en población a través de la selección natural»5. ----El primer eje introduce un aspecto no direccional en la evolución de los organismos que es neutralizado por el tercero. La selección natural depura el aspecto aleatorio de las mutaciones y les imprime dirección. El segundo eje es, conforme al propio Darwin, una aplicación de la teoría de Malthus a los reinos animal y vegetal, de acuerdo con la cual el crecimiento de la población no es acompañado por el crecimiento de los recursos disponibles; así, se torna necesaria una limitante natural que bloquee el crecimiento poblacional (epidemias, dolencias ocasionadas por el hambre y las guerras) o la intervención mediante controles de natalidad en las poblaciones pobres. Darwin cita a Malthus dos veces en El origen de las especies, una en la introducción y otra en el capítulo 3 («La lucha por la supervivencia»). En ambas referencias, Darwin dice textualmente que su idea «es la doctrina de Malthus aplicada a la totalidad de los reinos animal y vegetal» 6. Como consecuencia de estos ejes en su comprensión del origen de las especies, Darwin ve en la naturaleza una constante lucha por la supervivencia, cuyos vencedores eran agraciados con la posibilidad de tener una mayor prole. Esta idea generó una imagen de la naturaleza «roja en dientes y garras» de los naturalistas del siglo XIX. Ciertamente inspirado por Malthus, Spencer y la teoría económica liberal, Darwin vio en la naturaleza una competencia por la supervivencia, dada la escasez de recursos ante el crecimiento de la población 7. El darwinismo, por lo tanto, es una teoría que propone la competencia como el motor que propulsa el desarrollo de las especies, pues la selección natural ocurre no solamente influida por su relación con el ambiente físico sino también con individuos de su misma especie y sus depredadores. Darwin no poseía las informaciones que hoy tenemos acerca de las mutaciones y de los mecanismos de la herencia. La teoría sintética, o neodarwinismo, da como razón de las mutaciones los cambios aleatorios que ocurren en el código genético, o sea, se trata de variaciones moleculares. Esta adición refuerza dos otras implicaciones de los ejes darwinistas, el gradualismo de las mutaciones (las mutaciones no pueden ocurrir súbitamente ni a través de saltos) y la ausencia de un principio causante de los cambios (todo ocurre por el más absoluto azar; y no hay ningún principio que cause las mutaciones que pueda ser clasificado y convertirse en un concepto dentro de la teoría). En el texto original, tanto en la introducción como en el capítulo 3, Darwin anota acerca de su propuesta: «This is the doctrine of Malthus, applied to the whole animal and vegetable kingdoms». 7 Además de reconocer la aplicación de la teoría de Malthus a la naturaleza, Darwin cita a Spencer 5 veces en El origen de las especies, en los capítulos 1, 3, 4, 9 e 15. Pero el registro fósil, una de las bases empíricas imprescindibles de cualquier teoría de la evolución, no revela ese gradualismo. Lo que demuestra son largos periodos de éstasis, durante los cuales las especies se mantienen sin tener cambios significativos, seguidos de eventos de extinción en masa y el surgimiento brusco de nuevas especies. Gould y Eldredge propusieron que este patrón revela lo que ocurre de hecho en la evolución y llamaron a su modelo «equilibrio puntuado» 8. Pero, aunque en este modelo la evolución pasa por periodos de cambios «rápidos» seguidos de largos periodos de estasis la expresión «rápido» sólo tiene sentido en términos geológicos y puede representar millones de años. Aun así, las mutaciones ocurren paso a paso en los individuos de una parte aislada de la población mayor. Segun Gould su visión defiende los «cambios espasmódicos o episódicos, preferentemente a un ritmo suave y gradual» 9. De esta forma, el darwinismo se adapta a una de sus bases empíricas en conflicto (el registro fósil) sin comprometer sus principios fundamentales. El problema relacionado con la improbabilidad de que se formen estructuras complejas al azar es anulado por las escalas temporales que plantea la evolución, contada en miles o centenas de millones de años (lo que daría tiempo suficiente, según algunos, para que acontecieran eventos improbables), y por el factor de limitación de la aleatoriedad que representa la selección natural. De esto se deriva una otra importante implicación de los ejes de la teoría darwinista: el papel exclusivo de la selección natural en el mantenimiento de las variaciones. No puede haber intencionalidad ni reglas que afecten los cambios que prevalecieron en el mundo vivo. Es tan sólo la mayor aptitud de un organismo para sobrevivir en su medio y el vencer en la lucha por la supervivencia lo que decidirá cuáles variaciones prevalecerán a través de la generación de un mayor número de descendientes. La naturaleza lleva a cabo todo el papel. Por lo tanto, para que se puedan formar organismos complejos a partir de pequeñas mutaciones aleatorias, la selección natural es un hecho imprescindible en la constitución de una nueva especie. Ella actúa (en teoría) como un motor del proceso evolutivo. Por eso, todo paso intermedio probable ----entre un ancestro simple y su descendencia más compleja debe presentar alguna ventaja selectiva. En la explicación evolutiva de organismos complejos, los pasos no pueden ser citados tan sólo como secuencias, sino que cada uno de ellos tiene que ser referido por su relación con la obtención de alguna ventaja selectiva. Si no se considera este factor, la explicación no preserva la teoría darwinista. La teoría neodarwinista de la evolución fue aceptada como una teoría capaz de presentar un modelo mecanicista que posibilita la comprensión de la variedad de las especies, la razón de sus semejanzas, las causas de la diferenciación y el surgimiento de nuevas especies en clara descendencia de especies diferentes, sean actuales o extintas. A partir de los escritos de Darwin y tras su coronación como paradigma (en su versión moderna) prácticamente todas las ciencias de la vida fueron orientadas por una concepción evolucionista darwiniana. El paradigma darwinista fue (y es aún) un resonante éxito en la mayoría de la comunidad científica. En comparación con los datos que se han acumulado en la actualidad, podemos decir que Darwin no tenía la menor noción de lo que ocurría en el interior de una célula y, naturalmente, no se podría esperar que su reflexión tratase de esa dimensión, hoy más conocida, de la realidad natural. Pero la investigación del mundo intracelular tuvo grandes avances en la segunda mitad del siglo diecinueve y durante todo el siglo veinte y reveló elementos completamente desconocidos para la ciencia. ¿Podrá el paradigma darwinista sobrevivir a ese nivel de la realidad, o estamos una vez más frente a un caso en el que el descubrimiento de nuevas dimensiones de la naturaleza exige la formulación de nuevas concepciones científicas? UN NUEVO MUNDO DENTRO DE LA CÉLULA La comprensión de que las células son las unidades básicas que componen todos los seres vivos data de la primera mitad del siglo diecinueve. Aun cuando no podamos atribuir el surgimiento de una teoría a simples aplicaciones de instrumentos adecuados a la observación (dado que los instrumentos no elaboran teorías), no se puede negar el hecho de que una teoría celular sobre la composición de un ser vivo solamente surgió cuando los sucesivos refinamientos de las capacidades de los microscopios revelaron dimensiones de la realidad antes ignoradas. En la segunda mitad del siglo diecinueve ya se aceptaba que las células componían todos los tejidos y órganos, tanto de animales como de vegetales, y que el desarrollo embrionario ocurre por divisiones celulares. Sin embargo, no se tenía una idea clara acerca de qué sustancia forma la célula ni del tipo de interacción que ocurre en su interior. Algunos consideraban que la materia de la que estaban constituidas era de una naturaleza cualitativamente distinta a la que participaba en la composición de objetos inanimados, o que las fuerzas que determinaban el desarrollo de las células y la constitución de los organismos vivos eran externas al fenómeno. La célula, por tanto, era tan sólo un dato, pero poco conocido en su estructura interna. Incluso se pensaba que su estructura era mecánicamente simple, a partir de la cual podrían revelarse los secretos de la dinámica de los organismos vivientes. Alrededor de la década de los 40 del siglo veinte, debido a la utilización del microscopio electrónico, se conocía ya algo más al respecto del núcleo y de algunos organelos, pero muy poco de la complejidad que hoy en día se reconoce. Mientras algunos sugerían una célula con una dinámica trazada por la interacción de moléculas comunes, organizadas de forma peculiar, otros todavía defendían la acción de un principio vital, a veces actuando sobre una materia diferente de las otras. El físico Erwin Schrödinger, famoso por la ecuación que describe la ley dinámica básica de la teoría cuántica, también fue notable por defender la idea de que la vida estaba básicamente constituida por moléculas comunes, dispuestas de una forma análoga a la de los cristales 10. Aunque no había creado la idea, Schödinger elaboró argumentos lo suficientemente fuertes como para incitar a científicos a trabajar en la investigación de las dimensiones moleculares de la vida, esperando con ello entender la «química de la vida». La culminación de esta idea se dio en los trabajos de James Watson y Francis Crick, quienes usando métodos matemáticos e instrumentos avanzados de cristalografía por rayos X, revelaron, en 1953, la forma de la molécula responsable de la codificación de la estructura de los organismos vivos, el ácido desoxirribonucleico. Durante toda la década de los 60, ocurrieron numerosos avances en la comprensión de la química de la vida. Algunas moléculas esenciales de la vida, como las bases nitrogenadas que componen los nucleótidos, fueron sintetizadas en experimentos de laboratorio, a través de reacciones químicas comunes. La síntesis de esas bases fue siempre de muy bajo rendimiento como para explicar el surgimiento de los ácidos nucleicos y el origen de la vida, pero contribuirían a confirmar el vínculo entre los procesos orgánicos y reacciones químicas entre los elementos conocidos. ----Mientras tanto, el programa de investigación molecular de la vida no sólo fue revelando la estructura de las moléculas básicas de los procesos bioquímicos, sino también desmantelando la idea de que la célula era una unidad simple. Ésta es una cuestión importante. Se aprecia mucho una suerte de desencantamiento ocasionado por la revelación de que la vida es solamente una aglomeración de moléculas que funciona de una forma peculiar y está constituida básicamente de seis elementos: carbono, hidrógeno, oxígeno, nitrógeno, fósforo y azufre. La materia de la vida no tiene nada de extraordinario: se acabó el misterio. Sin embargo, tales moléculas y sus interacciones constituyen, en conjunto, un sistema altamente complejo y organizado, diferente de todo lo que la naturaleza nos había revelado hasta ese momento. Semejante organización e interdependencia de acción de los diferentes componentes que constituyen la estructura celular sólo son comparables con la dinámica organizadora de las grandes empresas humanas -siendo las tareas organizadas del hombre las que pierden en términos de complejidad, interacción y organización, aunque sean planeadas por seres conscientes. Mientras, hubo un desencanto en relación a «la materia» que constituye la vida, y aun permanece el misterio acerca de su «organización» y, principalmente, del «origen» de esta organización. Los que defienden que las leyes simples de la química y de la física, aplicadas localmente, explicarían «todo» el funcionamiento de la célula parecen no considerar, por su reduccionismo, el problema de la complejidad y del orden que emergen de las interacciones moleculares en el interior de las células y de los organismos que componen. El conocimiento más profundo del funcionamiento de la vida, al mismo tiempo que desveló un misterio (la materia constituyente), sorprendió nuestro conocimiento al mostrar un comportamiento inusitado para una aglomeración de componentes químicos comunes (la organización compleja de esa materia). El carácter complejo y organizado de las células se manifiesta en las intrincadas y altamente coordenadas interacciones entre las moléculas, que buscan mantener vivo un organismo, posibilitar su desarrollo mediante el metabolismo y la síntesis de proteínas y permitir su replicación con el mínimo de error posible. Esa complejidad queda oculta, la mayoría de las veces, en los relatos de algunos autores que procuran dar una explicación científica para el surgimiento y la evolución de la vida. En lo que respecta a la vida, relatos simples y facilmente digeribles para el público general sólo son posibles cuando su complejidad es ignorada. El problema es que, si no se la considera, la «explicación» pierde su capacidad esclarecedora. Es esto lo que ocurre con la narrativa de científicos que buscan explicar el origen y la evolución de la vida sin considerar la complejidad del mundo celular. Es lo que hace, por ejemplo, Richard Dawkins cuando intenta describir un escenario probable para el surgimiento de las primeras células en El gen egoísta. Según él: «(Algunos) replicadores tal vez hayan «descubierto» cómo protegerse a sí mismos, ya sea químicamente o levantando una barrera física de proteina a su alrededor. Puede ser que así hayan surgido las primeras células vivas. Los replicadores comenzaron no sólo a existir, sino a construir vehículos para la preservación de su existencia»11. Este tipo de narrativa evoca la idea de que la síntesis de proteínas por genes es un proceso simple que no requiere de mayores explicaciones. Se sabe, no obstante, que la síntesis de proteínas es un proceso extremadamente complejo. La descripción de la evolución también debería de referirse a esa complejidad, procurando explicar cómo surge y se desenvuelve. Mientras tanto, gran parte de las descripciones evolucionistas, principalmente a las que tiene acceso el público general, suelen utilizar explicaciones simples para relatar el posible origen de las células a partir de mutaciones aleatorias y selección natural. Una buena parte de estas explicaciones simplistas parten del gen como principal elemento de la vida, como si fuese posible entender el todo a partir de esta parte fundamental. Sin embargo, lo que la ciencia muestra es que un gen no es nada especial, a no ser que se inserte en una estructura celular e interactúe con otras moléculas. Sin su inserción en un todo interactuante, una molécula de ADN no contiene nada de información, es decir, no contiene «genes». El aspecto informativo de los genes sólo es posible en la descripción del observador, después de su inserción en una célula. El proceso de contenido informativo, por ejemplo, sólo comienza con la polimerasa ARN, creando un molde ARN del gen. Para que esto ocurra es necesario que intervengan otras enzimas con funciones de elección, reparación del ADN, corrección de errores, etc. No se trata de un simple proceso de conversión automática de una secuencia de letras en otra correspondiente. Las relaciones de decodificación de las informaciones genéticas en una célula constituyen un proceso intrincado donde las enzimas involucradas parecen «saber» lo que están haciendo o estar «programadas» para hacerlo. Eso jamás ocurriría mediante un simple amontonar de componentes a lo largo del tiempo. Existe un factor que aumenta enormemente la complejidad de ese proceso. La mayoría de los genes (en el ser humano más del 64%) está formada por ciertas secuencias de bases que serán usadas en la síntesis de la proteína (exo-----nes), intercalada en largos segmentos no codificadores (intrones). Eso dificulta el trabajo de identificación del gen y, al mismo tiempo, lo hace menos determinista. Diferentes exones de un mismo gen pueden ser ligados de forma diferente, lo que resulta en moléculas de ARN distintas y, consecuentemente, la producción de proteínas diversas a partir de un mismo gen, proceso conocido como «splicing alternativo». La complejidad que emerge de la interacción molecular en organismos vivos y la imposibilidad de una creación por acumulación de partes se demuestra también en el hecho de que las enzimas son proteínas y, por esto, éstas son, al mismo tiempo, el producto final del proceso de síntesis proteica y un componente activo para que tal síntesis ocurra. Asimismo, las uniones moleculares que forman las moléculas mayores que componen la vida dependen de catalizadores para llevarse a cabo12. Los catalizadores de las moléculas que forman el ARN y el ADN también son enzimas. Las proteínas, por lo tanto, se encuentran al inicio, en medio y al final del proceso de su propia producción. Esta complejidad no es desconocida para quien estudia las ciencias de la vida: «Los procesos moleculares involucrados en la síntesis de proteínas en las células actuales parecen insolublemente complejos. Aunque comprendemos la mayoría de esos procesos, no presentan un sentido conceptual de la forma en que la trascripción, la reparación y la replicación del ADN se llevan a cabo. Es especialmente difícil de imaginar cómo evolucionó la síntesis de proteína, tomando en cuenta que hoy en día se realiza a través de un complejo sistema interconectado de moléculas de proteínas y ARN»13. No obstante, esto es soslayado por los biólogos que pretenden que el surgimiento de la vida y la complejidad de la célula parezcan algo obvio, inevitable, simple y capaz de ser descrito con un orden de pasos hipotéticos, resultantes de mutaciones aleatorias y selección natural. Richard Dawkins es un buen ejemplo (aunque no el único) de los que creen que especulaciones creativas pueden asumir el estatus de ciencia, tan sólo por el hecho de que se adhieren a los principios darwinistas, aunque no se refieran a nada que se pueda experimentar o cuya posibilidad de ocurrencia se pueda indicar materialmente. Él afirma: «La teoría de la evolución [...] de Darwin es satisfactoria porque nos muestra una forma a través de la cual la simplicidad se pudo haber ----transformado en complejidad, cómo átomos desordenados pudieron agruparse en estructuras cada vez más complejas, hasta acabar formando personas. Darwin nos ofrece una solución, la única de entre todas las sugeridas, aplicable al cuestionamiento profundo de la existencia»14. Dawkins parece ver las cosas de forma muy simple. Hasta para un observador ajeno a la ciencia pero con razonables conocimientos acerca de ella, queda evidente que la aseveración de Dawkins no se basa totalmente en datos científicos. La idea fundamental del autor de El gen egoísta es que la unidad básica de la vida es un replicador, que surgió de la tendencia a la estabilidad de ciertas aglomeraciones de átomos y que intenta, sea como fuere, reproducirse y perpetuarse. Dawkins afirma que el surgimiento de ese replicador no es ningún misterio sino el resultado de «procesos físicos y químicos vulgares». Faltaría saber si este «deseo» de reproducirse (que él caracteriza de «egoísta», selfish) puede ser el resultado de esos procesos físicos y químicos o es un atributo metafísico del replicador (ya que no puede ser psicológico). Dawkins afirma con absoluta seguridad que el proceso vital se inicia cuando una aglomeración de moléculas con uniones estables adquiere la capacidad de autocopiarse, pero no dice nada sobre lo que sería necesario para esta autocopia. Después habla de la adquisición de una membrana, sin siquiera describir la estructura de una membrana funcional. Todo parece ser muy obvio y la descripción sigue una lógica perfectamente asimilable por cualquier lector. Sin embargo, el relato de Dawkins no solamente es especulativo, al no ser más que un relato semejante al que se hace en la ciencia ficción, donde el autor habla de las máquinas futuristas que permiten el teletransporte, la superación de la velocidad de la luz, etc., sin que haga falta la descripción de cómo ocurre todo esto. La diferencia aquí es tan sólo la dirección temporal: la ficción de Dawkins habla de cosas que «sucedieron» en el pasado, sin describir cómo es que pudieron haber ocurrido a la luz de los conocimientos actuales. Su descripción ignora el hecho de que una molécula de ARN o de ADN no se forma sin la presencia de un catalizador. Jamás se podría conseguir un ácido nucleico por la sola aglomeración fortuita de átomos, dada cualquier condición. En la forma actual de la célula, las enzimas realizan la catálisis de los ácidos nucleicos. Arriba se mencionó el problema del carácter cíclico de este proceso. Dawkins, sin embargo, evita hablar de esta dificultad. Para él, los primeros replicadores se formaron simplemente sin la necesidad de proteínas. Intenta escapar de esta cuestión afirmando que es posible que los primeros replicadores no fuesen ácidos nucleicos, sino un «pariente» y que posterior-----mente las «máquinas de supervivencia» fueron «tomadas» por el ADN (como de hecho dice en la obra citada). El problema es que, además de adjudicar el inicio de la vida a una entidad misteriosa e inexistente en la actualidad, sin mencionar un solo elemento químico que pudiera tener parte en ese replicador ancestral, su solución no responde al problema de la formación del ADN o del ARN. Acaba siendo tan científico como cuando se dice que alguna divinidad o fuerza misteriosa intervino en el proceso: ambas afirmaciones adjudican el problema a entidades que no son abordables por el método científico, ni experimental ni teóricamente. Ninguna experiencia en el laboratorio corrobora esta visión simplista. El químico francés Auguste Commeyras cita la literatura especializada para ilustrar este hecho: «Es difícil, si no imposible, sintetizar largos polímeros de aminoácidos (péptidos o proteínas) o de ácidos nucleicos (ARN) en solución acuosa homogénea» 15. La conclusión a la que se llega es que la «simplicidad» con que Dawkins trata la cuestión es una simplicidad tan solo retórica, pero poco tiene que ver con los problemas reales de la química de la vida. Con el mundo ya descubierto que existe dentro de las células las explicaciones darwinistas simplistas pierden su capacidad esclarecedora. Por eso, la aplicación de la ortodoxia darwinista al origen de la vida y a su complejidad a nivel molecular resulta en narrativas que sirven tanto para organismos vivos como para máquinas construidas por seres humanos (automóviles, computadoras, aviones, etc.). La ciencia no puede contentarse con eso. La insatisfacción de algunos científicos puede ser expresada en las palabras de Margulis y Sagan: «Como una merienda azucarada que satisface temporalmente nuestro apetito, pero nos priva de una alimentación más nutritiva, el neodarwinismo sacia nuestra curiosidad intelectual con abstracciones desprovistas de detalles reales -sean metabólicos, bioquímicos, ecológicos o de historia natural» 16. Es a partir de esas cuestiones que se sitúa la pregunta sobre la crisis del darwinismo. A mi manera de ver es una cuestión muy actual. A pesar de lo incómodo que pueda ser para numerosos científicos y no obstante la defensa radical (no siempre racional, como veremos) que se hace de la plenipotencia del darwinismo, se trata aún de una cuestión abierta, sin decisión visible en las próximas décadas, pero que merece ser debatida. En El gen egoísta, Dawkins hace la siguiente afirmación: «Hoy la teoría de la evolución está tan sujeta a la duda como la teoría de que la Tierra gira alrededor del Sol.» 17 Es evidente que con esto pretende decir que la teoría de la evolución (identificándola con el darwinismo) es algo incuestionable y que solamente es rechazada por quien está sujeto a dogmas de origen religioso superados. Al darle tal estatus a una teoría científica, Dawkins establece un concepto previo, no científico, que protege la teoría de cualquier debate que cuestione su validez, caracterizándolo como negación de lo obvio. La intención de la afirmación de Dawkins es inmediatamente rechazada por quien tiene una visión histórica de la ciencia. Ninguna teoría puede considerarse definitiva, infalible o libre de dudas. Sin embargo, su frase, evaluada con un cierto rigor, revela lo que bien puede estar pasando con la teoría darwinista de la evolución. En primer lugar, Dawkins evoca una afirmación factual, la órbita de la Tierra alrededor del Sol, que después usa para hacer una analogía con una teoría que explica un hecho. Confunde hecho con teoría. La teoría de la evolución no es un hecho. La evolución sí puede ser concebida como tal. Por otro lado, el giro de la Tierra alrededor del Sol no es una teoría, sino una afirmación factual dentro de una teoría. Si admitimos que la órbita de la Tierra es un hecho incuestionable, no podemos hacer lo mismo con las teorías que explican la razón de esta órbita. En verdad, todo el esfuerzo de Galileo fue crear mecanismos teóricos que permitiesen que el movimiento de la Tierra fuese aceptado como un hecho, ya que no lo experimentamos en la vida cotidiana. Isaac Newton fue el responsable de la síntesis teórica que hace que la órbita de los planetas alrededor del Sol concuerde con la concepción común y se vuelve una afirmación factual. Recordemos que la teoría newtoniana fue acogida en los siglos dieciocho y diecinueve como una verdad definitiva y como un triunfo de la razón. Sin embargo, la teoría que explicaba la órbita de los planetas hasta el inicio del siglo veinte no sólo fue puesta en duda: en sus aspectos más generales y elementales se cae completamente. Hoy es el concepto de la gravitación de Einstein el que da la explicación para el mismo «hecho». Por lo tanto, Dawkins acaba teniendo razón, diciendo lo que no quería. La evolución se considera un hecho desde el siglo dieciocho. La teoría que explica la evolución no puede ser identificada con el hecho de la evolución y, por consiguiente, sí puede ser puesta en duda, tanto como lo fue la teoría que explicaba la rotación de la Tierra alrededor del Sol. Los cambios teóricos no significan cam-----bios en aquello que damos como hechos bien establecidos. Como la afirmación de que la Tierra gira alrededor del Sol no se constituye, por sí misma, en una teoría, haremos un ligero añadido a la frase de Dawkins para iniciar la reflexión de esta sección: «Hoy la teoría de la evolución está tan sujeta a la duda como [lo estuvo] la teoría [que explicó por qué] la Tierra gira alrededor del Sol». Esta duda no se refiere a la motivada por razones religiosas que, en mi opinión, ni siquiera debería ser parte de los debates científicos. La posibilidad de la duda a la que me refiero parte de las reflexiones internas de la ciencia. Lo inadecuado del paradigma darwinista al estudio del origen y de la complejidad de la vida ha sido presentado por diversos científicos (biólogos o no biólogos) y numerosas propuestas han sido creadas a partir de esto. Pocos, sin embargo, han demostrado interés en destacar claramente las contradicciones de sus reflexiones con los principios centrales del darwinismo moderno. Otros, no obstante, expresan abiertamente su insatisfacción con el paradigma neodarwinista y hacen proposiciones alternativas en franca oposición a los dogmas dominantes. Hablaré a continuación de tres de ellos que se colocan explícitamente en contra del neodarwinismo, como es el caso del bioquímico Michael Behe (de la Universidad Lehigh, Pensilvania) y de los biólogos Lynn Margulis (de la Universidad de Massachussets) y Máximo Sandín (de la Universidad Autónoma de Madrid). Podría ciertamente recurrir a otros autores que han procurado utilizar enfoques de mayor amplitud que la teoría sintética moderna, incorporando elementos de la termodinámica, de las estructuras disipativas de Prigogine y de las recurrentes reflexiones sobre sistemas complejos, autoorganización y autopoiesis. Todas esas propuestas que intentan comprender teóricamente lo que los datos experimentales han revelado se alejan o, a veces, se colocan en contradicción con los principios básicos de la teoría sintética. Sin embargo, no todos los científicos han reflexionado sobre el conflicto de sus estudios con la teoría hegemónica y la «síntesis» corre el riesgo de perder su coherencia interna cuando solamente «incorpora» nuevos enfoques sin reflexionar sobre su relación con los principios generales que la sustentan. La razón, por lo tanto, de elegir a los tres citados es su franca y abierta oposición al paradigma dominante y el hecho de que sus estudios están bien fundamentados e instruidos en datos científicos de gran relevancia y actualidad. Michael Behe presentó sus reflexiones en un único y polémico libro, La caja negra de Darwin, así como en diversos artículos que giran en torno al mismo tema. Su crítica está bien fundamentada en análisis científicos a partir de su campo de estudio, la bioquímica, pero se encuentra aunada a la propuesta de un «diseñador inteligente» que sería el responsable de la complejidad de la vida. Quisiera aprovechar tan sólo su crítica y no meterme en una discusión acerca de esta propuesta 18. Sus objeciones al darwinismo no pueden ser descartadas, pues nos traen cuestiones que de hecho se convierten en un desafío para la teoría de la evolución. Ante los cuestionamientos científicamente fundados de Behe (es decir, no se trata de una crítica fundada en razones filosóficas o religiosas, a pesar de lo que pueda evocar la parte propositiva del libro) el darwinismo, o se muestra capaz de responder sin alterar los ejes fundamentales que lo caracterizan como paradigma, o debe resignarse a la condición de paradigma en crisis -o como un «programa de investigación degenerativo», usando el lenguaje de Lakatos. La ausencia de respuestas satisfactorias no significa ciertamente que la proposición de Behe sea correcta, sino el reconocimiento de la crisis del darwinismo y de la necesidad de una nueva teoría de la evolución. Con todo, hasta donde pude analizar, la respuesta que dieron los darwinistas a Behe se puede dividir en tres posturas: 1) Los que claman contra la simple actitud de cuestionar la teoría darwinista, sin siquiera discutir las interrogantes presentadas -éstos tan solo arrojan las críticas de Behe al horno crematorio de las ideas creacionistas tradicionales o recurren a la retórica para contestarlas; 2) Los que ignoran totalmente la primera parte de La caja negra de Darwin y se limitan a disputar sus proposiciones del «diseñador inteligente» -es decir, atacan la parte «más débil»; y 3) Los que reconocen las críticas e intentan responderlas, pero que apenas reafirman su creencia doctrinaria en el darwinismo sin presentar nuevas proposiciones para solucionar las dudas derivadas del análisis de Behe. Por lo tanto, los problemas que Behe expone continúan siendo «anomalías» dentro del paradigma dominante. Veamos, en resumidas cuentas, cuáles son los problemas propuestos por Behe. En primer lugar, coloca el problema en los mismos moldes de otros críticos de la ortodoxia darwinista: nuevos campos de fenómenos se han mostrado renuentes a adaptarse a la teoría evolucionista moderna: «Casi un siglo y medio después de que Darwin presentó su teoría, la biología evolutiva ha tenido mucho éxito al explicar los patrones de vida que vemos a nuestro alre-----dedor. Para muchos, el triunfo es completo. Sin embargo, la verdadera obra de la vida no acontece a nivel animal o de órganos completos. Las partes más importantes de los seres vivos son demasiado pequeñas para ser vistas. La vida es vivida en los detalles y a las moléculas les toca encargarse de esos detalles. La idea de Darwin puede explicar los cascos de los caballos, pero ¿podrá explicar los cimientos de la vida?» 19 Nótese que, a pesar de lo que afirman sus críticos, no ha hecho un cuestionamiento «de principio» o sobre la congruencia del darwinismo como descripción válida de la realidad. No obstante Behe afirma que éste se limita a un nivel de esa realidad. Desde ese punto de vista, su crítica se identifica como la reflexión sobre la crisis del paradigma hecha cuesta arriba y no posee el carácter de un cuestionamiento que tiene como base principios religiosos. Los biólogos darwinistas dedicaron su atención al mundo macroscópico y a la evolución de los mamíferos, pero no reflexionan acerca de los cimientos de la vida, que son microscópicos, moleculares. En el mundo de la bioquímica las cosas adquieren un grado de complejidad sin ninguna analogía posible en el mundo macroscópico. Para Behe, esa complejidad no se puede haber formado por mutaciones aleatorias graduales en el código genético y por selección natural. Para sustentar esta afirmación, utiliza el concepto de complejidad irreducible, con el que se refiere a los sistemas compuestos por varias partes que interactúan y cuya funcionalidad depende de la presencia y acción de todas las partes al mismo tiempo. Si falta una de la partes de un sistema irreduciblemente complejo éste será, por definición, no funcional. Un sistema irreduciblemente complejo no puede tener fases intermedias «funcionales». Si éste fue producido por algún ser inteligente, como en el caso de una ratonera (ejemplo que utiliza Behe), una constitución por etapas será mantenida por la intención del productor. Pero en una naturaleza no intencional las fases intermedias no funcionales carecen de una razón para perdurar y esperar a que se les otorgue un «toque final» que les permita acceder a su funcionalidad, ya que la naturaleza sólo selecciona sistemas funcionales capaces de dotar a un organismo de alguna ventaja para la supervivencia 20. Con base en esta premisa, Behe defiende la idea de que, analizados a un nivel bioquímico, los principales procesos que sustentan la vida (la síntesis de proteínas, el sistema de coagulación sanguínea y el sistema inmunológico) y los órganos complejos como el ojo, el flagelo bacteriano y la membrana celu-----lar son procesos y órganos irreduciblemente complejos, por lo que no pueden ser explicados mediante las mutaciones aleatorias graduales mantenidas por la selección natural. Esta reflexión es apoyada por numerosos datos científicos de precisión hasta ahora no cuestionados, lo que marca su diferencia principal con las narrativas darwinistas (como la de Dawkins, arriba citada) que se sustentan gracias a la precisión lógica, matemática y retórica cuando pretenden explicar la evolución de complejidad bioquímica y microbiológica. Uno de los procesos que Behe analiza para caracterizarlo como irreduciblemente complejo es el sistema de coagulación sanguínea. Este proceso ocurre en forma de cascada: cuando es activado por un corte u otro proceso que provoque sangrado, se desencadena un conjunto de acciones generadas por varios tipos de proteínas y enzimas que a sus vez activan a otras proteínas y enzimas y así sucesivamente hasta que producen como resultado final una coagulación controlada, evitando tanto una hemorragia como una trombosis. Si falta alguno de los elementos de esa cascada se puede generar una hemorragia descontrolada o una trombosis general. Una narrativa darwinista imaginaria podría limitarse a decir que la adquisición de un precursor del sistema de coagulación, ocasionada por una pequeña mutación aleatoria en el ADN o por una duplicación de genes, ofreció una ventaja selectiva a un ancestro remoto de los actuales animales y que por eso fue mantenida. Después, sucesivas mutaciones ocasionales (siempre al azar) fueron mejorando ese sistema, aumentándole una que otra proteína hasta llegar al sistema actual. Behe presenta muchas razones para no aceptar, de manera alguna, esa narrativa. Emplea 12 páginas intentando explicar, de forma simplificada, el funcionamiento de esa cascada, buscando revelar al lector aquello que normalmente se oculta tras expresiones como «un sistema más simple» o «el aumento de una proteína». Para tener una vaga idea, al menos, de lo que el proceso de coagulación sanguínea implica es necesario conocer los datos reales que la bioquímica revela. La fibrina es la proteína responsable de la formación de un coágulo, pero la adquisición de esta proteína por una mutación al azar no traería ninguna ventaja a un organismo, pues generaría una coagulación generalizada y fuera de control. Por ello se encuentra presente en el organismo en forma inactiva (fibrinógeno). El fibrinógeno debe ser activado por la trombina. Por razones obvias, la trombina también debe estar inactiva (como protrombina) y ser activada en el momento en el que sea necesaria la coagulación. La activación de la trombina requiere del factor Stuart-Prower y de la acelerina. Cierta cantidad de proteínas se requieren para activar el factor Stuart-Prower y éste, a su vez, sólo podrá activar a la trombina en presencia de la acelerina. La proteína responsable de la activación de la acelerina será la trombina. Queda evidente el carácter cíclico del sistema, una de las características de los sistemas complejos. Sin embargo, la cascada involucra otras proteínas como el factor de Hageman, la HMK, la calicreína, la PTA, la convertina, el factor de Christmas, el factor anti-hemofílico (que es activado por la trombina de forma semejante a lo que acontece con la proacelerina), que actúan en la activación del factor Stuart-Prower. Es la acción de todas estas proteínas en conjunto que permite la formación de un coágulo tan pronto como se presenta un sangrado, es decir, en el único caso en el que puede aportar una ventaja para el organismo. La ausencia de cualquiera de una de ellas en el sistema lo vuelve no funcional. Además, para que el proceso de coagulación no continúe hasta generar una trombosis generalizada es preciso que el sistema se encuentre balanceado. Para esto, son necesarias otras proteínas que actúen conjuntamente, tales como la antitrombina, la proteína C, el factor anti-hemofílico y la trombomodulina, entre otras. Con la acción de este otro conjunto de proteínas, el sistema puede iniciarse y detenerse en el momento preciso. De lo contrario, su inicio y fin estarían descontrolados y sólo servirían para matar al animal. Así mismo, una vez formado, el coágulo debe ser disuelto más adelante para que sane la herida. Con este fin, otra proteína se activa, la plasmina, que se encuentra en forma inactiva (el plasminógeno). El mecanismo exacto para la activación de la plasmina a partir del plasminógeno no se conoce en detalle, aunque se sabe que requiere de otro conjunto complejo de proteínas para llevarse a cabo21. Solamente si se ignora el proceso real y el funcionamiento complejo de la totalidad es cuando afirmaciones como «basta un conjunto de mutaciones que se acumulan y se mantienen a través de la selección natural para generar el sistema de coagulación más simple, que después se torna más complejo debido a otras mutaciones», tienen sentido. El misterio del sistema de coagulación no se encuentra en el número de proteínas involucradas en el proceso, sino en las interacciones y en el equilibrio que existe entre las funciones de cada una de ellas. No es el cómo surgió la materia del sistema, sino su organización lo que constituye un desafío para la ciencia. En función de la interacción de las diversas proteínas, de la dinámica de cascada del sistema de coagulación y de la sintonía fina entre todos los elementos, cualquier ausencia en el sistema, lejos de ser una ventaja en menores proporciones, se convierte en algo letal. Es a esto a lo que Behe llama una ----complejidad irreducible, ya que según él no es posible pensar en un sistema de coagulación funcional que sea ventajoso si se retira una o más de las proteínas que actúan en la cascada. El sistema sólo funciona cuando todo está ensamblado. De igual forma, sistemas más simples deben ajustarse a esta característica. Además del sistema de coagulación, Behe describe otros sistemas de enorme complejidad, organización y acción conjunta. La pregunta que él hace es: ¿Cómo es que este sistema puede haberse formado paso a paso gracias a pequeñas mutaciones aleatorias en el código genético, dirigidas por la selección natural, si su funcionalidad exige la acción de esas proteínas en conjunto? La probabilidad de una mutación conjunta al azar para generar un sistema complejo y funcional es prácticamente nula. Por lo tanto, a partir de estos datos, el darwinismo se encuentra realmente ante una ardua tarea. «Decir que la evolución darwinista no puede explicar todo en la naturaleza no equivale a decir que la evolución, las mutaciones aleatorias y la selección natural no ocurran. Éstas han sido observadas [...] en diversas ocasiones [...]. Estoy de acuerdo que la prueba confirma convincentemente la ascendencia común. Pero la pregunta fundamental permanece sin respuesta: ¿Qué es lo que impulsa a los sistemas complejos a formarse? Nunca se ha explicado de forma detallada, científica, cómo la mutación y la selección natural podrían construir las estructuras complejas, intrincadas, discutidas en este libro.» En base a sus reflexiones, Behe afirma categóricamente: «La evolución molecular no se basa en autoridades científicas. No hay publicación en la literatura científica [...] que describa cómo la evolución molecular de cualquier sistema bioquímico real, complejo, ocurre o pudo haber ocurrido. Hay afirmaciones de que tal evolución ocurre, pero ninguna de ellas con base en experimentos o cálculos apropiados. Ya que nadie conoce la evolución molecular por experiencia directa, y al no haber autoridad sobre la cual alegar ese conocimiento, podemos decir con certeza que [...] la afirmación de la existencia de la evolución molecular darwinista es simplemente una bazofia»22. Una vez señaladas las deficiencias de la teoría hegemónica y hechas esas afirmaciones tan categóricas, es preciso analizar ahora cuáles son las respuestas presentadas por los defensores del darwinismo, que pudiesen librarlo de la acusación de ser un paradigma en crisis. Fue difícil seleccionar, dentro del debate en torno al libro de Behe, las cuestiones propiamente relacionadas a la ciencia. La mayoría de los artículos que se refieren a él simplemente sustentan un debate acalorado y apasionado entre creacionismo y evolucionismo. ----Cuando una discusión toma este giro se anula toda posible confrontación fructífera de ideas, se cae en la trampa de etiquetar. El filósofo Arthur Schopenhauer cita esta práctica como una estrategia para vencer en un debate sin atenerse al contenido: «Una manera rápida de eliminar o, al menos de poner en duda una afirmación del adversario consiste en reducirla a una categoría generalmente detestable, aun cuando la relación sea poco precisa y tan solo de vaga semejanza. Por ejemplo: «eso es maniqueísmo», «es arianismo», «es pelagianismo» [...], etc. Así suponemos dos cosas: 1) que aquella afirmación es efectivamente idéntica a esa categoría, o al menos está comprendida en ella y estamos diciendo: «ah, ¡eso ya lo sabemos!»; y 2) que esta categoría ya está del todo refutada y no puede contener ninguna palabra verdadera» 23. De hecho, al proponer Behe un diseñador inteligente, se aproxima mucho a las ideas creacionistas. Pero lo que debe cuestionarse en un debate digno de ser llamado científico son sus críticas al darwinismo, que en su caso se limitan a críticas científicas. Para reafirmar la capacidad del darwinismo, estas críticas deben ser rebatidas. Investigué, hasta donde me fue posible, las publicaciones de carácter científico que se refieren directamente a los cuestionamientos de Behe y el resultado fue sorprendente. El debate se limitó a consideraciones ideológicas, discusiones no racionales que se vuelven acusaciones y hasta la manipulación de datos científicos. Los pocos artículos que procuran tratar el problema a nivel científico repiten los problemas y las anomalías señaladas por Behe 24. La revista Boston Review, del Massachussets Institute of Technology (MIT), dedicó una parte de una edición a discutir los problemas propuestos por el libro de Michael Behe 25. Allí, autores como Allen Orr, Russel Dolittle, Jerry Coyne, Richard Dawkins y Douglas Futuyma, intentan analizar las críticas contenidas en La caja negra de Darwin. El artículo de Jerry Coyne se encuentra repleto de adjetivos, comenzando por el título: More crank science 26. 24 Cito en la bibliografía solamente las publicaciones que sirvieron de referencia directa a este artículo. El resultado completo de la búsqueda no se encuentra aqui, por el hecho de que muchos no traen cuestiones que exigirian um análisis más afinado. Hay también una cantidad enorme de documentos en Internet que tratan la cuestión como parte de la disputa simplista entre «creacionistas» y «evolucionistas». No he considerado estos documentos por que no considero que este sea un problema ideológico o teológico. 26 Crank, en el argot estadounidense, significa «excéntrico», «raro». cionistas» (colocando en esta categoría a todos los científicos no darwinistas) con el término peyorativo gadfly (persona irritante, desagradable) y dice que lo que Behe hace «no es ciencia», que el editor de su libro «buscó lucro y no exactitud», que Behe pretende ser un genio como Einstein y Newton, etc. Pero la respuesta de Coyne es un simple conjunto de afirmaciones sin fuentes científicas que las corroboren, las mismas afirmaciones que ya han sido negadas, más de una vez, con argumentos por Behe. Afirmar que los procesos metabólicos descritos por Behe pueden tener una explicación darwinista no es suficiente. Es preciso dar una explicación o al menos el lugar donde puede ser encontrada. Cuando se refiere al concepto de complejidad irreducible de los sistemas bioquímicos, Coyne recurre a la teoría de Karl Popper sosteniendo que «la teoría de Behe sobre la complejidad bioquímica no es científica porque es infalsable: no hay observación o experimento que pueda refutarla». Lo curioso es que Popper afirmó eso mismo, pero con respecto al darwinismo27, aunque no niegue su valor para la ciencia: «He llegado a la conclusión de que el darwinismo no es una teoría científica susceptible de prueba, sino un programa de investigación metafísica -un posible sistema de referencia para teorías científicas comprobables [...El darwinismo] es metafísico por no ser susceptible de prueba. [...] Importa, así, demostrar que el darwinismo no es una teoría científica, sino metafísica»28. Si Coyne aplicara el mismo criterio de cientificidad popperiano al darwinismo, ciertamente no lo usaría para rebatir la tesis de la complejidad irreducible. El mismo tono y la misma base de argumentación aparecen en una reseña de Coyne sobre el libro de Behe para la revista Nature. Siguiendo la estrategia descrita por Shopenhauer dice: «La meta de los creacionistas siempre fue el sustituir la enseñanza de la evolución por la narrativa proporcionada en los primeros once capítulos del Génesis. Cuando la justicia frustró sus esfuerzos, los creacionistas usaron una nueva estrategia: disfrazarse con el manto de la ciencia. [...] La alternativa científica de Behe a la evolución es, a fin de cuentas, una confusa e incomprobable miscelánea de ideas contradictorias»29. Nótese aquí una sutileza que es en verdad una poderosa estrategia para derribar la tesis del adversario. No se puede afirmar si es el fruto de una confusión o de una deliberada malicia, pero la identificación de la evolución (afirmación factual ampliamente registrada) con la teoría darwinista de la evolución es una ----acción recurrente -diversos científicos que he revisado acusan a Behe de negar la evolución y basan sus argumentos en esta acusación. En la cita anterior, Coyne habla de una «alternativa de Behe a la evolución» y no a la teoría darwinista. La verdad es que Behe no niega el «hecho» de la evolución (ver cita arriba), sino la explicación que la teoría darwinista hace de ella. Insistir que Behe niega un hecho y no un paradigma es una estratagema para ganar en el debate o de plano demuestra que existe un problema en la capacidad de interpretación y raciocinio de grandes figuras de la biología contemporánea. Pero ¿cuál es la respuesta de Coyne a las críticas de Behe, en base a la teoría darwinista? Una es que, de hecho, las vías metabólicas descritas por Behe son «alarmantemente complejas» y que tal vez nosotros seamos «eternamente incapaces de imaginar» el camino de su evolución. Sin embargo, dice Coyne, el hecho de no podernos imaginar tal vía evolutiva no significa que ella no haya existido. «Nos enfrentamos no sólo a la carencia de datos, sino también al terrible hecho de que nosotros mismos somos criaturas evolucionadas con límites de cognición e imaginación.» Esta humildad en el reconocimiento de límites para explicar la evolución de sistemas complejos a partir del darwinismo tradicional, ¿no deberían existir también en sus críticas?, ¿en qué evidencias científicas basa Coyne la virulencia de su ataque? No presenta ninguna en los artículos aquí referidos ni hace referencia a publicaciones en las que podamos encontrarlas. Se trata simplemente de una reafirmación de la creencia en los principios de su paradigma. No obstante, esgrimiendo argumentos de esta forma tan agresiva como débil, provee de armas hasta a los creacionistas, quienes también pueden decir: «el hecho de que no tenemos evidencias del Creador y de que no podemos explicar cómo fue que Él creó al mundo, no significa que no lo haya hecho». Como afirmación teológica o de fe, es perfectamente admisible, pero como ciencia es inadecuada. El otro argumento de Coyne es decir que los sistemas complejos (como el sistema de coagulación sanguínea) no fueron evolucionando paso a paso, por la adición gradual de las proteínas que los componen. Las proteínas involucradas en estos sistemas podían actuar antes en otras funciones (por lo que fueron mantenidas) y después fueron «cooptadas» por ellos. Estas proteínas ya existentes formaron, de repente, un sistema integrado por numerosas proteínas que se desenvolvieron paralelamente cumpliendo otras funciones. Este argumento fue también utilizado en otra publicación, por el biólogo David Ussery y el biotecnólogo Richard Thornhill 30. De acuerdo a ellos, hay ----cuatro caminos que llevan a una explicación darwinista de la evolución: 1) Evolución serial directa: ocurre por la acumulación de pequeños pasos; 2) Evolución paralela directa: modificaciones paralelas que ocurren en dos componentes que, juntos, adquieren una funcionalidad ventajosa; da como ejemplo la retina y la cavidad de los ojos 31. 3) Eliminación de redundancia funcional: en este caso, cuando algunos elementos sufren una mutación y pasan a tener otra función, otros que eran parte del sistema pierden su utilidad, por lo que eliminarlos puede ser una ventaja para el sistema. El resultado final no puede ser entendido a partir de sus componentes actuales, sin la intervención de los componentes eliminados. En este caso, los pasos para la formación del sistema fueron «apagados». 4) Adopción de una función diferente: cuando las proteínas cumplían otras funciones y, de repente, fueron cooptadas por otro conjunto de proteínas para constituir un nuevo sistema funcional. Para Thornhill & Ussery la complejidad irreducible es tan sólo una ilusión, resultado de los caminos 3 y 4 (Coyne hace referencia al 4). ¿Cuáles son los problemas de esas respuestas? ¿Ellas responden a los cuestionamientos de Behe y dan una explicación darwinista para la evolución de los sistemas complejos?. En mi opinión, tales respuestas sólo son satisfactorias desde el punto de vista formal. Preservan la lógica del darwinismo al afirmar que es posible adecuar la complejidad constatada a la perspectiva darwinista. Sin embargo, una explicación científica requiere más que un esfuerzo formal para preservar una teoría. La «forma», en las ciencias naturales, debe ser cargada con «contenido» y es en este punto donde las explicaciones de arriba se vuelven insatisfactorias. Es verdad que reconstruir todo el pasado evolutivo por la vía empírica directa es una tarea imposible y, en este caso, es preciso un esfuerzo imaginativo y especulativo. Pero no es sólo la biología evolutiva la que enfrenta este problema. La cosmología física también trata de la evolución del universo intentando reconstruir los pasos que precedieron, y formaron, el universo ----31 Behe expone los problemas de esa explicación del ojo, mostrando la cantidad de moléculas involucradas en su funcionamiento, y concluye: «Ahora que la caja negra de la visión ha sido abierta, no es mas aceptable que una explicación evolutiva de esa capacidad tenga en cuenta sólo las estructuras anatômicas de ojos completos, como hizo Darwin en el siglo XIX (y como continúan haciendo hoy los divulgadores de la evolución). Todas las etapas y estructuras anatómicas que Darwin juzgó tan simples implican, en verdad, procesos biológicos inmensamente complicados que no pueden ser disfrazados por la retórica.» Thornhill & Ussery, incluso escribiendo cuatro años después de Behe han eludido sus críticas, simplemente ignoran sus argumentos y reafirmam la simplicidad de la evolución del ojo. actual, pasos que fueron apagados casi en su totalidad. Sin embargo, aunque la cosmología se caracterice por la especulación, su formalismo está sustentado en elementos reales, tales como las partículas elementales conocidas, átomos y moléculas, actuando en procesos resultantes de leyes conocidas y susceptibles de ser reproducidos por la imaginación científica. Este, sin embargo, no es el caso de la explicación darwinista. El camino 3 tiene como único criterio la «imaginabilidad» y no la imaginación concreta. Es decir, tan sólo se supone un proceso posible, pero nadie lo reproduce, llenándolo con elementos posibles dentro de un cuadro científico imaginable y que preserve los principios fundamentales del darwinismo. Un artículo de Keith Robinson32 es citado por Thornhill & Ussery para trazar un cuadro evolutivo darwinista probable de la formación del sistema de coagulación sanguínea. Pero Robinson describe un cuadro usando incógnitas como X y Y. Pero ¿qué sucedería al organismo que adquirió X, si X fuese la fibrina (una proteína real y no una incógnita)? ¿O Y, si Y fuese la plasmina? Se puede suponer, como hizo Robinson, que las mutaciones en X son neutras ¡pero la presencia de fibrina activa en la sangre no es algo neutro! 33 En cuanto al camino 4, descrito anteriormente y mencionado por Coyne, se enfrenta a un problema relacionado con la probabilidad. Es posible, aunque difícil, imaginar la aparición (de una probabilidad bajísima) de sistemas complejos altamente funcionales y equilibrados tan sólo como el resultado de la interacción repentina y fortuita de decenas de moléculas que cumplían antes otras funciones. Pero, explicar así la formación de prácticamente todos los sistemas bioquímicos complejos es casi como admitir una intencionalidad oculta en la casualidad. La regularidad de un acontecimiento improbable debe indicar, en la ciencia, la existencia de un factor causante (una causa natural) y no una mera «coincidencia». Recurrir al factor tiempo no vuelve ese acontecimiento más probable. Aquí se está hablando de un sinnúmero de sistemas que componen al mundo vivo y no solamente de uno u otro órgano. Los ejemplos de cambio de funciones mencionados en el artículo de Thornhill & Ussery extraídos del mundo macroscópico y se refieren a estructuras anatómicas ya formadas y a sistemas más simples con menos elementos. No es el caso de los sistemas bioquímicos complejos, que involucran decenas de proteínas en interacciones coordinadas, sincronizadas e interdependientes. ----En otro artículo, Ussery concuerda en que aún no hay una teoría satisfactoria que explique la complejidad bioquímica y afirma que este es un problema importante 34. Al intentar explicar la formación de los sistemas que Behe llama irreduciblemente complejos utiliza palabras como «fácilmente puedo imaginar un escenario...» y va enlistando pasos virtuales en la formación del flagelo bacteriano sin hacer referencia, no obstante, a la selección natural y a la complejidad de ese órgano, explicada detalladamente por Behe 35. Como ya afirmé, ese tipo de explicación serviría también para automóviles, aviones y computadoras. El darwinismo no es sólo una explicación de la sucesión gradual de las mutaciones, sino también de la perpetuación y direccionamiento de estos cambios por la selección natural. Comentar otros artículos sobre este tema sería redundante, pero hay un episodio digno de narrarse y que puede ser un fuerte síntoma de la crisis de un paradigma. En el volumen mencionado de la Boston Review, el bioquímico Russel Doolittle también escribe un artículo criticando La caja negra de Darwin 36. Este artículo llama la atención porque cita una investigación publicada en la revista Cell, que derrumbaría el argumento de la complejidad irreducible de Behe. Según él, investigadores mostraron que la retirada de los genes que producen el plasminógeno en ratones provoca la trombosis, como era de esperarse. Posteriormente, retiraron de otros ratones el gen responsable de la síntesis del fibrinógeno y obtuvieron también el esperado resultado de complicaciones hemorrágicas. Más adelante cruzaron ambas razas de ratones y, según Doolittle, la descendencia con deficiencia tanto de plasminógeno como de fibrinógeno era normal. La conclusión de Doolittle es que la investigación prueba que los argumentos de Behe en defensa de la complejidad irreducible habían sido derrumbados, pues dos de los elementos fundamentales del sistema fueron retirados y no sucedió nada. Sorprendentemente, Doolittle cita equivocadamente las conclusiones de la investigación referida. En realidad, los autores dicen lo siguiente: «Ratones deficientes en plasminógeno y fibrinógeno son fenotípicamente indistinguibles de los ratones deficientes de fibrinógeno. Estos datos sugieren que la fundamental, y posiblemente única, función fisiológica esencial del plasminógeno es la fibrinólisis» 37. ---- Es decir, lo que la investigación muestra realmente es que la descendencia deficiente en ambas proteínas referidas ¡no es normal! La conclusión de la investigación es que la ausencia de ambas provoca el mismo mal que la ausencia única del fibrinógeno. De igual manera, ninguno de los autores afirma (ni la investigación misma así lo indica) que las proteínas son dispensables, o que los ratones deficientes en ambas son normales. Los motivos que impulsaron a un especialista como Doolittle a equivocarse de forma tan elemental y a citar erróneamente el resultado de una investigación como prueba de sus argumentos, no pueden ser identificados sin prejuicios. Pero no me parece que alegar la ignorancia o el engaño sea la primera hipótesis. Parece ser una prueba de la afirmación de Kuhn, de que el apego a un paradigma no se justifica racionalmente. Un artículo de Niall Shanks y Karl H. Joplin presenta un análisis más equilibrado que indica los verdaderos problemas de Behe38. Ellos tocan una cuestión que considero realmente científica y filosófica: si es posible o no identificar una causa natural para la formación y evolución de los sistemas vivos complejos. Conforme a lo que hemos visto, constatando la incapacidad de encontrar una explicación darwinista para la evolución de la vida en un nivel molecular, Behe concluyó la inviabilidad de una explicación natural para este fenómeno, recurriendo entonces a la figura de un diseñador inteligente. Su conclusión no es ciertamente una solución necesaria desde el punto de vista lógico. Shanks y Joplin comentan: «El argumento central de Behe se concentra en afirmar que sistemas que satisfacen ciertas condiciones -sistemas constituidos por varios componentes claves, todos contribuyendo para la(s) función(es) final(es) del sistema como un todo y todos essenciales en la realización de estas funciones del sistema-no pueden ser originados por procesos no intencionales, naturales. Tales sistemas requieren un diseñador inteligente, sobrenatural. Consecuentemente, si pudiéramos formular una explicación naturalista plausible (sin recurrir a diseñadores de ningún tipo) para algunos sistemas que satisfagan los criterios de Behe, tendríamos motivos para cuestionar la validez general de su proposición.» Los autores reflexionan, entonces, sobre la posibilidad de la ciencia de encontrar una explicación naturalista para la evolución de la complejidad bioquímica de los seres vivos. No obstante, sus reflexiones se basan en teorías ----modernas de la complejidad, como la de Kauffman 39: «En resumen, la teoría de la complejidad predice, y los experimentos lo confirman, que los sistemas irreduciblemente complejos de Behe pueden resultar del fenómeno dinámico de la autoorganización. La autoorganización, que resulta de lo que Kauffman llama «order for free», puede ser explorada en provecho de la evolución de sistemas biológicos» 40. Sin embargo, Kauffman no puede ser incluido entre los defensores de la ortodoxia darwinista. Su teoría de la complejidad no puede ser simplemente «incorporada» a la teoría sintética sin perjuicio de sus principios, hecho que lo llevó a sugerir: «hace falta repensar la teoría evolutiva [...]. Necesitamos ver la vida de una manera nueva e interpretar nuevas leyes para su desdoblamiento» 41. Aun cuando tocan la cuestión central del problema planteado por Behe, Shanks y Joplin no osaron reconocer, en el artículo referido, la insuficiencia del darwinismo para responder al «desafío de la bioquímica». Queda claro que la búsqueda de una explicación naturalista de la evolución, de cara a los nuevos descubrimientos de las ciencias biológicas, debe ser realizada a partir de teorías alternativas fuera de la ortodoxia darwinista hegemónica. Este parece ser el punto central del debate en una filosofía de las ciencias biológicas. La propuesta de Behe no puede ser aceptada por la ciencia por razones metodológicas y de límite de alcance. Pero la pregunta sigue en el aire: si no es obra de un diseñador inteligente actuando directamente en el mundo, ¿cómo se originan, mantienen y evolucionan los sistemas vivos, caracterizados por estructuras extremadamente complejas que no se someten a las explicaciones del darwinismo? Tal vez sea ese el verdadero desafío para quien quiera hacer ciencia en la actualidad. La Crítica de Margulis Lynn Margulis observó la insuficiencia y lo inadecuado de los principios neodarwinistas cuando se aplican a la vida en su nivel microbiológico. Además, comprendió que, al no aplicarse al mundo vivo elemental, esos princi----- pios no pueden ser aplicados a la vida de un modo general, a su origen y a la evolución de las especies. Su cometario crítico a los neodarwinistas está en función de aquello que ya comenté anteriormente: nuevos campos de investigación revelaron realidades que no concuerdan con la explicación hegemónica, en función de su complejidad y organización. «Genetistas, ecologistas, microbiólogos, fisiólogos y otros moradores del laboratorio, así como experimentadores, tienden a evitar discutir sobre las implicaciones de su trabajo en la teoría evolutiva. La mayoría de ellos simplemente no tiene idea de cómo la complejidad de la vida evolucionó o de plano no escriben acerca de ello» 42. Para Margulis, los principios consagrados del darwinismo actual sirven, cuando mucho, para describir mutaciones intra-especies y para ser aplicados a los mamíferos. Éstos, por cierto, junto con otras clases de animales y plantas macroscópicas, eran los principales seres vivos conocidos por la Biología hasta cierto momento de la historia. No es de sorprenderse que la teoría dominante se adecuara a ellos. «En lugar de los formalismos idealizados de la «síntesis moderna» darwinista, los principios organizados para el entendimiento de la vida requieren un nuevo conocimiento de química y metabolismo. Descubrimientos en el interior del funcionamiento de las células esclarecen el modo de evolución, desde que Darwin y sus seguidores inmediatos escribieran sus análisis. Los resultados de la nueva ciencia de laboratorio y del campo contradicen, ignoran o marginan el formalismo del neodarwinismo, excepto para variaciones dentro de poblaciones de mamíferos y otros organismos que se reproducen sexualmente» 43. La reflexión de Margulis tiene el siguiente raciocinio. El paso principal que hizo posible la complejidad actual y la variedad de la vida fue la aparición del núcleo celular, evento que ella denomina «eukaryosis». Los siguientes pasos, también fundamentales pero exclusivos de las eucariotas, fueron la reproducción sexual, la incorporación de organelos -como las mitocondrias y los cloroplastos-y la adquisición de los órganos de locomoción de algunas células, los cilios. Éstas fueron adquisiciones posteriores en una tierra habitada exclusivamente por bacterias durante cerca de dos mil millones de años. Esos pasos fueron decisivos en la formación de los variados organismos que constituyen los otros cuatro reinos en los que se divide la vida 44. El argumen----- 44 Los cinco reinos, según Margulis, son Monera (que incluye todos los tipos de bacterias y algas verdeazuladas -que son procariotas), Protoctista (que incluye los seres unicelulares eucariotas y los pequeños multicelulares), Fungi (todas las especies de hongos), Plantae (plantas) y Animalia (animales). to de Margulis dice que tales pasos no pueden ser explicados por mutaciones aleatorias. Sus investigaciones revelan que diversos orgánulos son fruto de un proceso de simbiosis: bacterias que se juntaron, intercambiaron sus genes y, sacando provecho de esta integración, acabaron fundidas definitivamente. Según ella, la propia «eukaryosis» fue el resultado de una combinación simbiogenética. Esta fusión de genomas o la adquisición de conjuntos completos de genes por un organismo, y no las mutaciones aleatorias en el ADN, son los eventos que pueden explicar el surgimiento de nuevas especies. La conclusión a la que llega Margulis afecta dos ejes básicos del darwinismo y algunas conclusiones derivadas de ellos. Las grandes mutaciones responsables de la evolución no son fruto de variaciones casuales que se acumulan en los organismos: «La visión común es que la vida evoluciona a través de la mutación genética aleatoria, la cual, además, es con frecuencia perjudical.. Las mutaciones al azar, ciegas y sin dirección, son enaltecidas como la principal fuente de novedad evolutiva. Nosotros (y un contingente cada vez mayor de estudiosos de la vida con una orientación semejante) no estamos totalmente de acuerdo. Enormes lagunas en la evolución fueron saltadas por la incorporación simbiótica de componentes previamente perfeccionados -componentes labrados en linajes separados. La evolución no empieza desde cero cada vez que surge una nueva forma de vida»45. Esta afirmación también pone en riesgo algunas consecuencias de los ejes darwinistas, como el gradualismo de las mutaciones y la lucha por la supervivencia. Para Margulis, la fuerza evolutiva central es la simbiosis, que proporciona grandes saltos en la evolución a través de la herencia de genomas adquiridos, y no las mutaciones graduales de la teoría darwinista dominante. Además, la idea de una naturaleza exclusivamente competitiva también es relativa, según observa la propia bióloga: «[...] La fusión de la reproducción vegetal con la sensibilidad y el gusto de los animales es una demostración de los considerables poderes de la sinergia y la convergencia de la vida. Los seres vivos no sólo compiten y luchan, sino también se asocian y trabajan en conjunto» 46. Sin embargo, Margulis afirma no rechazar el darwinismo, sino el neodarwinismo. Por ejemplo, no rechaza el papel de la selección natural, principio que considera lo único central y adecuado de la teoría de Darwin. Para ella el núcleo central de la teoría de Darwin que posee validez incuestionable es el papel de la selección natural, por eso se reivindica «darwinista y no neodar-----winista» (este es el título del primer capítulo de Acquiring genomes). Pero si consideramos que el darwinismo sólo se establece como paradigma hegemónico a partir de la síntesis moderna, sus cuestionamientos no dejan de representar una crítica al paradigma dominante. Además, aunque reconoce el papel de la selección natural, la proposición de Margulis parece darle tan sólo un papel obvio: el de preservar los organismos que están bien acoplados con su entorno. Eso me parece el simple reconocimiento de una evidencia trivial: si el mantenimiento de un organismo vivo depende del equilibrio de su estructura interna con el medio que lo rodea, sólo se mantendrán aquellos que tengan una relación equilibrada, pereciendo todos los demás que, por algún motivo, no consiguen alcanzar ese equilibrio. La selección natural pierde entonces su lugar de concepto teórico que explica el mecanismo de la evolución y que es responsable de la complejidad de los seres vivos y del cambio de las especies. Por lo tanto, en un análisis más preciso, la visión de Margulis atañe no sólo al neodarwinismo, sino al darwinismo en sí mismo, aunque ella, por razones no evidentes, no admita tal conclusión. En la visión hegemónica del darwinismo, el ADN es visto como el «programa» en el cual está inscrita toda la información acerca del desarrollo de un organismo y los genes son considerados las unidades mínimas de información de ese programa. Las pequeñas mutaciones en la disposición de las bases que constituyen los genes, conservadas por la selección natural y que se acumulan con el tiempo, serían las responsables de la evolución. Margulis y otros autores rechazan esta interpretación, sin todavía (y obviamente) negar el papel central del ADN en el almacenamiento de la información sobre la constitución de los organismos vivos. Eric D. Schneider y James J. Kay, por ejemplo, atribuyen a los genes el papel de almacenamiento de las informaciónes útiles generadas por el proceso de autoorganización y no el de mecanismo generador del desarrollo y la variedad de la vida: «[Los genes] son el registro de la autoorganización exitosa. Los genes no son el mecanismo de desarrollo; la autoorganización es el mecanismo [...] (El papel del gen es) actuar como un banco de datos de información para estrategias de autoorganización que funcionan»47. Tal noción es compartida por Margulis y Sagan cuando afirman que «la molécula de ADN, tal como discos de computadora, almacena informaciones evolutivas pero no las crea » 48. Mutaciones aleatorias en el ADN, o inducidas ----artificialmente en el laboratorio, son generalmente nocivas. De hecho, ejercen un papel pequeño en la saga evolutiva pero son incapaces de explicar el proceso evolutivo como un todo. Hasta ahora se ha hablado de la evolución de las especies. Pero ¿y en cuanto al origen de la vida? En este aspecto, Margulis también sustenta una visión distinta de los neodarwinistas, aunque no sea la autora de esa concepción. Ella imagina la organización de la vida como una respuesta a los gradientes de temperatura entre la tierra y el espacio circundante, siguiendo el rumbo de las proposiciones de Schneider y Kay, que interpretan la vida a partir de las leyes de la termodinámica y de las estructuras disipativas de Ilya Prigogine 49. Eso significa que la vida no es un acontecimiento casual, accidental, improbable y sin propósito, sino un comportamiento esperado de la naturaleza a partir de las leyes conocidas de la termodinámica. Es decir, la estructura organizada de la vida tiene un «propósito», tal como el de los tornados o de los patrones organizados que emergen en la experiencia de las «células de Bénard», que son estructuras organizadas que aceleran la reducción de gradientes de temperatura. Además, Margulis comparte con los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela la noción de «autopoiesis», que aplicada al origen de la célula excluye totalmente el corpus darwinista como explicación posible, aunque también mantiene el papel de la selección natural según su explicación respecto a la evolución (un papel cuestionable, como ya se observó). Para Maturana y Varela, una célula puede ser descrita, en su complejidad y funcionamiento, como una «máquina autopoiética», entendiendo con esto un sistema autónomo que tiene como finalidad constante el producirse a sí mismo. Ellos explican la evolución como un proceso de «acoplamiento estructural» de un sistema autopoiético a las condiciones del ambiente, donde los organismos procuran perpetuar su autopoiesis adaptando su estructura al medio en el que viven. En este sentido, los que consiguen mantener un acoplamiento estructural dentro de las mutaciones del ambiente son los aptos para permanecer vivos. Para Maturana y Varela, no existe la supervivencia del «más apto», sino simplemente la «supervivencia del apto» 50. La «competen----dos» interpretados por el conjunto complejo constituído por la red de reacciones metabólicas del organismo -algo así como una especie de «programa» distribuído por el cuerpo vivo. Cf. cia» por la supervivencia no forma parte de la naturaleza, sino de la descripción del observador. Los autores no niegan la selección darwinista y afirman que el papel atribuido por Darwin a la selección natural debe ser entendido como una metáfora para el acoplamiento estructural. Hay, en este caso, un cambio de enfoque del proceso evolutivo: de la selección natural como agente al propio organismo que tiende a estructurarse para mantener su autopoiesis51. De cualquier forma, cabe aquí el mismo cuestionamiento sobre el papel desempeñado por la selección natural como motor de la evolución, junto con las mutaciones aleatorias del ADN, ejes esenciales del neodarwinismo. El acoplamiento estructural no son mutaciones lentas al azar y la sintonía con el medio es tan sólo una obviedad y no un principio que puede generar la evolución. Ya para el origen de los sistemas autopoiéticos, el darwinismo está completamente excluido. La selección natural sólo puede ser aplicada a organismos complejos «ya existentes». Aunque los autores no expresen un rechazo por el darwinismo, queda implícito cuando uno de ellos afirma: «La constitución de la identidad de un individuo antecede, empírica y lógicamente, al proceso de evolución»52. O más claramente: «El establecimiento de un sistema autopoiético no puede ser un proceso gradual: el sistema autopoiético o existe o no existe. De hecho, su establecimiento no puede ser un proceso gradual porque un sistema autopoiético es definido como sistema [...] debido a su organización. Por lo tanto, una unidad topológica o se encuentra conformada por su organización autopoiética y el sistema autopoiético existe y permanece, o no hay unidad topológica o está formada de diferente forma y no existe un sistema autopoiético [...]. En consecuencia, no hay y no puede haber sistemas intermedios »53. Es decir, para que surja la complejidad del sistema vivo a nivel celular (una complejidad formada por la interacción bioquímica de moléculas específicas) el darwinismo no ofrece una respuesta, dado que esta complejidad no puede surgir gradualmente ni por pequeñas modificaciones sostenidas por la selección natural. Las proposiciones de Margulis refuerzan la idea de que el paradigma neodarwinista llegó a su límite de productividad y las anomalías se están volviendo intolerables para el avance de la comprensión de la vida. Si bien Mar-----gulis dice que conserva el darwinismo original en sus reflexiones, es difícil percibir qué papel puede tener en el cuadro general de una teoría de la evolución a partir de sus proposiciones. Existe la necesidad, como se puede observar, de una nueva interpretación de la evolución que se contraponga al determinismo genético del darwinismo moderno, ya que los conocimientos de la biología se están ampliando y separando de las posibles explicaciones de la visión dominante. El «darwinismo» de Margulis, según ella, no es el de los neodarwinistas. Pero, en mi opinión, tampoco es el de Darwin. Éste queda completamente desfigurado cuando la selección natural (único concepto sobreviviente) pierde su fuerza como explicación de la evolución y es mantenida como un accesorio. Si no existe el «más apto» y la competencia ocurre tanto como la simbiosis y la cooperación, ¿qué «selecciona» la naturaleza? Ya que no se trata de la supervivencia de los «más aptos», ni del resultado de una lucha para sobrevivir, sólo resta la afirmación de la «supervivencia de los que sobreviven», de los que no son defectuosos, de los que no tienen problemas en su relación con el medio ¿Sería eso capaz de generar evolución? Crítica de Máximo Sandín Mientras que Lynn Margulis se rehúsa a abandonar el rótulo de darwinista (incluso cuando las consecuencias de sus reflexiones conduzcan a una posición distante del núcleo del darwinismo) y Michael Behe propone una alternativa no naturalista a la teoría de la evolución de Darwin, Máximo Sandín rechaza vehementemente la teoría darwinista en cualquiera de sus versiones, y al mismo tiempo propone una explicación naturalista alternativa para el fenómeno de la evolución, sin recurrir a principios sobrenaturales. Lo que caracteriza su trabajo es la abundancia de datos científicos y referencias a investigaciones diversas que, en su opinión, serían suficientes para que el darwinismo fuese completamente abandonado. No obstante, el apego ciego al paradigma hegemónico impide que los biólogos perciban o admitan lo inadecuado de los datos más recientes de la ciencia a la teoría sintética. El resultado es la pérdida de la base científica, factual, de la biología, sacrificada en nombre de la conservación de la teoría dominante. Si por un lado, conforme a lo anteriormente descrito, las tentativas de salvar al darwinismo han demostrado ser más retóricas y formales que científicas y factuales, en función de la ausencia de datos o el respaldo de investigaciones reales que les proporcionen más contenido, Sandín hace reaparecer el aspecto científico del estudio sobre la evolución cuando ampara su proposición con incontables datos (imposibles de ser reproducidos aquí) y presenta una alternativa compleja para un problema complejo. La primera y más básica comprobación de Sandín es que la vida es un fenómeno de la más alta complejidad. Eso no significa simplemente reconocer las intrincadas relaciones entre los numerosos elementos que componen a los organismos vivos, sino el hecho de que sólo se puede hablar de vida, en su forma más elemental, cuando todos estos elementos ya están en una interacción coordinada y produciendo la funcionalidad del sistema. No se trata de reconocer la vida como algo «complicado», sino como un fenómeno complejo (en el sentido referido en el primer inciso de este artículo). Es lo mismo que cuando Behe habla de enunciar el concepto de complejidad irreducible. La complejidad implicada en el funcionamiento de la vida, hasta en las aparentemente más simples funciones como la codificación de una proteína por un gen, choca con la simplicidad de las mutaciones lentas, graduales y al azar del darwinismo. A ningún científico que conozca el funcionamiento de la célula, las relaciones bioquímicas entre las moléculas de la vida y el enorme equilibrio entre las funciones celulares deja de impresionarse con la intrincada cadena de relaciones que hacen que la vida exista. Sandín ve en esto una contradicción entre los datos reales y la teoría que actualmente los intenta explicar. Los estudios avanzados de genética y los sorprendentes descubrimientos en el estudio del genoma de diversos seres vivos han ido revelando que el funcionamiento de los procesos biológicos involucra mucho más factores que una simple relación mecánica gen-proteína o genotipo-fenotipo, que caracterizan el concepto tradicional defendido por muchos biólogos. «En efecto, cada vez son más los mecanismos y procesos biológicos que tienen difícil encuadre dentro de la Teoría Sintética. Los elementos móviles, las secuencias repetidas, los genes homeóticos, las secuencias reguladoras,... Todo esto, sometido, a nivel celular, a un complejísimo control de proteínas que «revisan» y «reparan» los errores de duplicación, que controlan el correcto funcionamiento celular y que se autorregulan entre sí. A nivel de desarrollo embrionario, por campos morfogenéticos que controlan con increíble precisión el proceso espacial y temporal de la formación de tejidos y órganos y que son capaces de corregir accidentes y reconducir el proceso. Y a nivel orgánico, por sistemas neuro-endocrinos de regulación que relacionan tejidos y órganos entre sí, bajo la protección de un complejo sistema inmunitario con una sorprendente capacidad de respuesta a agentes extraños.La gran precisión con que funciona cada uno de estos mecanismos y la estrecha interconexión entre todos ellos, es decir, su calidad de sistemas complejos, cuyos elementos no pueden actuar como partes independientes, concede poco margen de actuación a los errores aleatorios como mecanismo de evolución. Pero si además tenemos en cuenta su capacidad de autorreparación, tanto a nivel celular como embriológico ¿qué campo de acción le queda a la Selección Natural para los cambios en los organismos que impliquen realmente evolución?» 54 Sandín enfrenta el desafío de interpretar esta gran cantidad de datos proponiendo una alternativa teórica completamente heterodoxa. Una de las sorpresas del genoma humano es la verificación de que gran parte de sus genes es de origen bacteriano (como ya lo constató Margulis). Conjuntos enteros de genes bacterianos se fundieron y dejaron sus secuencias (con pequeñas modificaciones) en el ADN humano (y de otros animales y plantas). La otra sorpresa es que una parte tiene un origen viral. Varias secuencias con funciones importantísimas en el desenvolvimiento humano se derivan de virus. De acuerdo con datos recientes citados por Sandín 55, en el genoma del ser humano la parte codificadora de proteínas corresponde al 1.5%, aproximadamente, de la totalidad del ADN. De este porcentaje, la fracción que no se deriva de genes bacterianos está constituida por virus endógenos (virus que se implantaron en el ADN y permanecen en él), que representan más del 10%, elementos móviles (partes que se separan de la molécula del ADN y se insertan en otro lugar de la misma molécula), que representan cerca del 45% y secuencias repetidas. Sandín afirma que los elementos móviles y las secuencias repetidas también tienen origen viral. Asimismo, la parte no codificadora del genoma, que representa el 98.5% del total, demuestra tener una función reguladora y no puede ser interpretada ya como ADN «basura». Aislados del «contexto» del ADN (con secuencias codificadoras y no codificadoras), los genes no cumplen la misma función que cuando se encuentran insertados en la totalidad. Esto significa que el llamado ADN «basura» o «egoísta» es un componente de la totalidad y que cada gen en particular sólo ejerce su función cuando está insertado en esta totalidad autorreguladora. El genoma es un caso de totalidad en el que la función específica de cada parte no informa sobre el funcionamiento del todo. Es un sistema complejo cuyas partes sólo pueden ser entendidas en función del todo. 55 Hay una amplia referencia bibliográfica acompañando principalmente a su último artículo que remite a los mas recientes descubrimientos del estudio del genoma humano. Quienes deseen obtener más datos y referencias pueden recurrir al sitio del autor en: www.uam.es/personal_pdi/ciencias/msandin Este porcentaje importante, el 98.5% del ADN, «responsable del control de la expresión de los genes codificadores de proteínas y de la regulación en general, es decir, el que ejerce la función fundamental en la evolución [...] está constituido por secuencias altamente repetidas como las SINE (short interpersed elements) entre ellas, las ALU (elementos repetidos específicos de primates), las LINE (long interpersed elements), intrones y elementos ultraconservados, así como un notable número de virus endógenos»56. Sandín niega la interpretación de que esta conformación del genoma pudo haber sido resultado de la mutación aleatoria y la selección natural. También rechaza la explicación de Dawkins que atribuye a los genes un comportamiento egoísta, que justificaría la presencia de la parte no codificadora del ADN. Para él, la hipótesis más razonable sería que los virus se insertaron (por su capacidad de «infección») en genomas más simples y transformaron los resultados de la relación genotipo-fenotipo. Es decir, un determinado conjunto de genes, responsable de ciertos organismos con una determinada configuración, fue modificado por la inserción de nuevas secuencias provenientes de virus que lograron implantarse en las células germinales o por la activación de genes a partir de la presión del medio, lo que generó un organismo nuevo, diferente del anterior. «La diferencia fundamental entre ambas explicaciones es que la primera [derivada del concepto del ADN egoísta] se basa en una «hipótesis» que atribuye a la molécula de ADN unas capacidades omnipotentes y una condición moralmente «despreciable» ya descalificadas por los datos reales, mientras que la segunda no parte de preconceptos y sí de un hecho comprobado: La capacidad de los virus para integrarse en los genomas»57. Por lo tanto, para Sandín, el mecanismo fundamental de la evolución no es la mutación aleatoria ni la selección natural, sino la integración de virus en genomas ya existentes. En retroceso hacia el origen del proceso, llegamos hasta las bacterias, primera forma de vida en el planeta. De acuerdo con las referencias de Sandín, las investigaciones de Radhey Gupta y William Ford Doolittle revelan que el conjunto de genes responsables de la transmisión de información genética y del metabolismo en las eucariontes tienen su origen en los organismos procariontes: arqueobacterias y eubacterias. Estos datos fueron obtenidos a través del secuenciamiento genético y la comparación de eucariontes y procariontes. Sandín observa que estas investigaciones muestran, por un lado, una extremada conservación de las funciones celulares básicas, hecho que revela una resistencia a las mutaciones al ----azar y, por otro, que las funciones celulares básicas de los organismos multicelulares no fueron resultado de mutaciones aleatorias. Doolittle afirma que las otras funciones celulares no tienen un origen conocido, pero que debió existir algún dominio de organismos capaces de transmitir sus genes horizontalmente (como hacen las bacterias), hoy en día extintos, que transmitieron al núcleo de las eucariontes los genes responsables de esas funciones. Sandín propone que en realidad no se trata de un otro dominio de seres vivos, sino que los responsables de la inserción de los genes que responden a las otras funciones celulares fueron los virus. «Actualmente, sabemos que existe en la Naturaleza algo que no es exactamente un cuarto dominio de seres vivos, que no se ha extinguido, pero que tiene la capacidad de «transferencia horizontal de genes»: Los virus»58. Hoy se sabe que los virus actúan introduciendo su material genético en una célula y haciendo copias de sí mismos. Esas copias invaden otras células y en algunos casos llegan a producir un efecto dañino en todo el organismo. Este es el aspecto patológico más conocido de los virus. Sin embargo, los virus también se insertan en lugares específicos del genoma del anfitrión y allí permanecen, inactivos o produciendo sus propias proteínas. Los retrovirus entran en la célula y, para poder insertarse en el ADN del huésped, crean una copia ADN de sí mismo (a través de la transcriptasa inversa) y esta copia se implanta en el genoma. Como en este proceso de transcripción no existe un mecanismo de corrección de errores de duplicación ( como hay en la duplicación celular), las copias insertadas contienen frecuentes mutaciones en relación al molde original (el retrovirus). Las secuencias virales insertadas que no tienen actividad alguna pueden ser activadas por factores externos de inducción de actividades recientemente conocidos: carencia o exceso de nutrientes, radiaciones y sustancias químicas ajenas a la célula. Una vez activadas, se separan de la zona en la que se insertaron, reconstituyen su cápsida y recuperan su capacidad de infección. Secuencias de origen viral también pueden moverse en la molécula del ADN o insertar copias de sí mismas en otras regiones del genoma (algunas son regiones «preferenciales», lo que muestra que no es un proceso realmente aleatorio). El resultado de esta característica de insertar copias de sí mismo son las secuencias repetidas encontradas en los genomas, algunas con funciones vitales para el organismo, tales como el control del desarrollo embrionario y el funcionamiento de órganos importantes59. ----Estas características de los virus los hacen responsables de la inserción de nuevas secuencias con contenido informativo en el genoma, así como de la reorganización de genomas ya existentes. Si el material genético implantado por los virus fuera tan sólo un agregado insustancial al genoma, o si la reorganización provocada por su movilidad, duplicación e inserción no estuviese involucrada en funciones vitales, el fenómeno no tendría importancia considerable en el estudio de la evolución. Sin embargo, la presencia masiva de secuencias virales en el ADN de animales y plantas, su función reguladora (dentro de una totalidad compleja) y sus funciones específicas en el desarrollo embrionario y en características importantes de los organismos, hacen que Sandín les atribuya no sólo una gran importancia en la evolución de la vida sino un papel determinante. El interés por el secuenciamiento de genomas en los últimos años reveló que secuencias de origen viral están involucradas de forma concluyente en el surgimiento de la placenta en los mamíferos, se expresan como parte constituyente en el cerebro, pulmones y otros tejidos y órganos, en la morfogénesis, en la codificación de proteínas esenciales para los organismos eucariontes (inclusive el ser humano) y en el sistema inmunológico, entre otros60. Otro factor comprobado por numerosas experiencias y observaciones es la influencia que el medio tiene sobre el ser vivo, tanto en la adaptación a su entorno como en su organización estructural. No se trata simplemente de respuestas fenotípicas, sino de transformaciones en el funcionamiento mismo de la estructura genética que resultan de las presiones del medio. En opinión de Sandín, las complejas adaptaciones fisiológicas y anatómicas que se observan en la naturaleza no fueron producto de mutaciones aleatorias en un solo individuo, sino de la capacidad de comunicación entre el organismo y el medio. Henri Atlan menciona que la ciencia tiene ejemplos documentados de respuestas del ADN a las condiciones del medio (sin mutación en su estructura) que son hereditarias. Es decir, el ambiente produce modificaciones en el contexto de la célula que, a su vez, inducen a respuestas diferentes del genoma. Como resultado se obtienen manifestaciones fenotípicas diferentes a partir de un mismo genoma, que dependen de las condiciones del medio. De acuerdo con Atlan, algunas de estas respuestas del ADN son suficientemente estables como para ser transmitidas a los descendientes. Así, concluye que el ADN no es un «programa» genético, sino un conjunto de «datos» interpretados por la totalidad de la célula en su relación con el ambiente a través del metabolismo61. ----Sandín también menciona elementos que indican la importancia de esta interacción con el medio en la configuración de los organismos. Uno de los ejemplos que se puede citar aqui es el splicing alternativo. Ciertos estudios han comprobado que las diferentes copias del ARN resultantes de un mismo gen (y su consecuente producción de proteínas diferentes a partir de una misma secuencia genética) no son frutos de una combinación al azar de exones, sino que comprenden un conjunto de acciones coordenadas, determinadas por el ambiente donde la célula está insertada62. Esto es muy diferente de la selección darwinista, según la cual el medio sólo actúa sobre algo ya disponible a través de mutaciones al azar, pero que no produce mutaciones como resultado de una interacción. A partir de esto y de numerosos datos documentados por los medios científicos reconocidos, Sandín afirma que existen dos tipos de fenómenos involucrados en el cambio y diferenciación de los seres vivos: la adaptación y la evolución. La adaptación es un ajuste del organismo vivo a su entorno, sin modificaciones cualitativas en la estructura que lo caracteriza. Evolución se refiere a una modificación cualitativa en la propia organización estructural de ese organismo. Según él, los descubrimientos recientes sobre la interacción entre el organismo y su medio conducen a la propuesta de que la adaptación es un fenómeno de tipo lamarckiano. El medio, no las mutaciones al azar, provoca que determinados grupos de seres vivos asuman ciertas características. Pero estas adaptaciones no conducen a modificaciones de organización (evolución) al no generar cambios genéticos sino respuestas diferentes a las presiones ambientales. «En cuanto a los ajustes a diferentes condiciones ambientales (un fenómeno diferente a los cambios de organización), los sistemas de control y regulación de la información genética han mostrado una variada gama de mecanismos de respuesta al ambiente, tanto epigenéticos: metilación, imprinting, ARN de interferencia, silenciamiento transgénico (Mattick y Gagen, 2001; Elgin y Grewal, 2003; True et a., 2004)... como genéticos: splicing alternativo, retrogenes y retropseudogenes (Vitali, p. et al., 2003), transposiciones e inserciones de elementos móviles (Schramke y Allshire, 2003). Incluso el desarrollo embrionario responde de una forma constatada a las condiciones ambientales (Rutherford y Lindquist, 1998; Hall, 2003)»63. La diferencia entre adaptación y evolución cuestiona la tesis darwinista de que las diferencias entre los organismos son mutaciones en el código genéti-----co, que de ser ventajosas serían seleccionadas por la naturaleza -mutaciones que se acumularían hasta el surgimiento de una nueva especie. Sandín (como Maturana y Varela) niega el concepto de que un organismo puede ser clasificado como «más apto» que otro y que esta mayor adaptación sea la razón de la evolución. «Y con esto hemos llegado al concepto estelar de la doctrina prevalente: el término «más apto» (o, en su versión «poblacional», la «eficacia biológica»). Los conocimientos actuales sobre el control de la información genética (Herbert, 2004) nos informan de un modo irrebatible de que es un concepto espurio. No existen individuos genéticamente «más aptos» que otros o que tengan una «ventaja genética» sobre sus congéneres. Y no es algo que sea susceptible de distintas interpretaciones: el pool genético de una especie es esencialmente el mismo (Mattick, 2004) y el significado de la variabilidad poblacional es adaptativo (en el sentido de respuesta al ambiente) pero no evolutivo. De igual forma, la variabilidad existente en los polimorfismos de nucleótido único (SNPs) es irrelevante desde el punto de vista de la evolución (Pennisi, 1998; Nadeau, 2002; Göring, 2002) y su significación es, en todo caso, demográfica: Las diferencias en vigor, salud, capacidad reproductiva, etc., de los miembros de una especie viene determinada fundamentalmente por las condiciones ambientales en que se desarrollan (Hall, 2003). Los individuos normales, sanos, no son genéticamente más o menos aptos y las mutaciones (en el caso de que no resulten inocuas) no conceden ventajas heredables, sino patologías heredables porque son desorganizaciones producidas por algún factor ambiental lo suficientemente grave para superar los eficaces mecanismos de reparación de los genomas (Kafri et al., 2005; Hirano, 2005)»64. En relación a la evolución, Sandín mantiene una hipótesis totalmente heterodoxa. Como se mencionó, evolución se refiere a cambios de la organización estructural de un organismo. Este tipo de cambio, según él, no puede ser gradual pues se trata de un fenómeno extremadamente coordinado que afecta simultáneamente a todo el organismo. Esta organización es determianda en etapas muy tempranas del desarrollo embrionario y casi no está sujeta a mutaciones aleatorias. Sandín defiende un cambio brusco de la organización en determinados momentos de la historia de la vida y propone el término «transformación» para estos episodios. Por lo tanto, para él no existe una evolución gradual a partir de pequeñas modificaciones en los seres vivos, sino cambios bruscos y episódicos en la estructura de los organismos, que caracterizan el surgimiento de nuevas especies. ----Si la idea se encuentra bastante fuera de la ortodoxia teórica de la evolución, al menos está en sintonía con el registro fósil (una de las principales bases empíricas de cualquier teoría de la evolución). Sandín utiliza los datos de la paleontología para confirmar su hipótesis de que la evolución ocurre tal como el registro fósil nos revela: cambios bruscos, en episodios específicos y sin fases intermedias 65. Pero con un detalle importante: estos cambios en la organización de los seres vivos fueron acompañados por cambios bruscos en las condiciones ambientales. Esta presión del medio provoca reacciones diversas en los organismos que pueden generar cambios de carácter evolutivo. A partir de esta proposición, no habría ningún proceso de selección natural, ya que lo que surge de estos episodios de transformación, en palabras de Sandín, «o es viable o no es nada». De nuevo, la selección natural es tan sólo el nombre de un proceso trivial y lógico: si la vida depende de una sintonía con el medio en el cual se realiza, sólo se mantendrá si existe un acoplamiento de la estructura del organismo con el medio en el que vive. Ya comenté anteriormente que, aunque ella misma no lo reconozca, ocurre lo mismo con el concepto de selección natural de Margulis. Asimismo, la competencia, concepto valioso para el darwinismo, deja de ser un componente de la evolución, mientras que el azar pierde su carácter de razón misteriosa de la complejidad de la vida 66. Pero ¿cuál sería entonces el mecanismo de estas transformaciones? Sustentándose en numerosas investigaciones (todas debidamente citadas en sus artículos), Sandín propone que los virus son la respuesta para el enigma de la evolución. La cantidad de virus endógenos y elementos móviles (de indudable origen viral) identificados en el genoma de animales y plantas (inclusive del ser humano) es la base para que Sandín marque su papel fundamental en la evolución. «(Una) nueva especie surgiría repentinamente, mediante un cambio sustancial (tal como se observa en el registro fósil) y común a un considerable número de individuos «infectados», lo que haría posible su interfecundidad. La Selección Natural ya no sería la «fuerza impulsora» de la evolución. Simplemente sería el mecanismo de eliminación de los diseños defectuosos durante los larguísimos períodos de estasis evolutiva, durante la cual, los individuos aptos (no los «más aptos») se reproducirían sin mayores problemas, y con variaciones en aspectos no esenciales (en cuyo origen, por otra parte, no se pueden descartar los «errores de copia» de los retrovirus)» 67. ---- En resumen, para Sandín las bacterias serían «la semilla de la vida» que contribuyen con los procesos celulares básicos que se mantienen hasta la actualidad. La contribución de los virus fue aportar los programas embrionarios y los procesos de regulación genética de las eucariotas. En el genoma de los seres vivos se encuentran muchos virus endógenos con su secuencia completa y muchos otros elementos de origen viral con modificaciones en sus secuencias. Sandín afirma que todos los genes que no son de origen bacteriano son de origen viral. Más del 95% del genoma humano está formado por virus endógenos, elementos móviles y secuencias repetidas. Los dos últimos se derivarían de virus que perdieron (algunos no) los genes que codifican la cápsida. Los transposones (elementos que cambian de localización en el genoma) se derivan de virus ADN y los retrotransposones (que son responsables de la formación de las secuencias repetidas) se derivan de los retrovirus. Los genes que controlan el desarrollo embrionario son secuencias repetidas y por lo tanto seguramente de origen viral. Antes se pensaba que la mayor parte del genoma estaba inactivo, por el hecho de que no codifica proteínas. Hoy se sabe que tiene una función esencial para las funciones celulares (además de tener una función reguladora, componen una totalidad interactiva). Además, conforme explica Sandín, todos los elementos de origen viral que componen esa parte del ADN también pueden activarse a través de agresiones ambientales, radiación, deficiencia o exceso de nutrientes y hasta estrés emocional. Estos hechos fueron confirmados experimentalmente68. Curiosamente, hay registros de disturbios ambientales que acompañan la aparición de nuevas especies en la historia de la vida. Asimismo, las diferencias genéticas de grandes grupos de seres vivos que surgieron tras estos incidentes se caracterizan por la duplicación (a mayor o menor escala) y reorganización genómica -características que se adaptan bien a la hipótesis de Sandín, pero que difícilmente encajan con las mutaciones lentas y al azar. Las bacterias y los virus, en la propuesta de Sandín, son los componentes fundamentales de la vida. Su conversión en organismos patógenos sería una respuesta a agresiones en el ecosistema que alteran el equilibrio natural. Por lo tanto, su idea es que los virus, gracias a su capacidad de «infección», que permite una transmisión horizontal del material genético, y su capacidad de insertarse en genomas, permanecer inactivos y reactivarse, de hacer copias de sí mismos insertándolas en ciertos lugares del ADN y su movilidad, permiten una constante reorganización del genoma, que resulta en el ----surgimiento de nuevos organismos a partir de la transformación de los ya existentes. Esto explicaría la evolución (cambios de organización) a partir de un nuevo concepto, radicalmente diferente del concepto darwinista. Además, y esto es lo más importante, completamente sustentada sobre datos reales y capaz de explicar numerosos fenómenos que no encajan bien en la simplicidad de las mutaciones aleatorias y la selección natural. La propuesta de Sandín posee las condiciones necesarias para ser candidata a un nuevo paradigma. Está ampliamente amparada por datos científicos, explica una serie de cuestiones que son anomalías en el paradigma hegemónico y, al mismo tiempo, abre un nuevo campo de investigación para la biología. Sin embargo, para aceptarla, es preciso reconocer la completa incapacidad del darwinismo para explicar el fenómeno de la vida y sustituir su visión del mundo por otra, basada tanto en datos como en una concepción diferente de la naturaleza. Esto, ciertamente, no es tan simple. Como afirma Kuhn (y contra lo que habitualmente la ciencia da por hecho) el apego a un paradigma no tiene una motivación racional sino que se trata un proceso de «conversión». A pesar de lo que intentó afirmar Lakatos69, la elección de un programa de investigación no es una opción consciente a partir de la constatación de la degeneración de un programa anterior y de la fecundidad de uno nuevo. La adhesión al darwinismo involucra cuestiones doctrinales e ideológicas, tal vez hasta más que científicas. De acuerdo a lo que afirmé al inicio de este artículo, la ciencia es una construcción constante de conocimientos acerca de la naturaleza, que resulta del diálogo dinámico entre la conciencia humana y el mundo a su alrededor. Para que este diálogo se vuelva inteligible e intercomunicativo establecemos ciertos «protocolos», a partir de los cuales la información del mundo real es interpretada y entendida por una colectividad de científicos y por la sociedad. En este sentido, cuando nos referimos a una teoría científica no estamos hablando de un «descubrimiento», sino de una síntesis racional que orienta y, al mismo tiempo, se alimenta del trabajo experimental (que proporciona tanto la base factual como el contexto problemático que ponen en movimiento a la ciencia). La ciencia es, por eso, una actividad de interpretación (en el nivel conceptual) del mundo natural a partir de una síntesis teórica. ----Por ser una relación dinámica y dialéctica con la naturaleza (y no un registro acumulativo de hechos), la ciencia trabaja creando paradigmas, concepto introducido en la epistemología por Thomas Kuhn. La relación es dinámica por estar siempre en movimiento -las teorías científicas no son estáticas-y porque puede ser alterada por un conjunto de factores que comprenden la producción científica: historia, interés social, tecnología, ampliación de la base fáctica e «insights» emblemáticos del genio humano. Es dialéctica por involucrar en una relación de determinación reflexiva a dos polos que, en el aspecto ontológico (es decir, el de la realidad inmediata de cada uno), no se reducen uno al otro: la subjetividad humana y el comportamiento en sí de la naturaleza. Estos dos polos se unen y, al mismo tiempo, mantienen una autonomía relativa en el plano gnoseológico (es decir, del conocimiento). Por ser dialéctica, la ciencia necesita tanto de las teorías como de las experiencias. Datos sin teoría no constituyen ciencia -el Renacimiento, por ejemplo, fue provechoso en datos, pero no creó ciencia. También dejan de ser científicas las teorías que pierden el apoyo o el control de los datos, ya sea por falta de base factual, por contradicciones obvias con los datos disponibles o por incapacidad de explicar los datos conocidos. Los factores mencionados que ponen en movimiento a la ciencia, haciéndola dinámica, merecen un análisis aparte pero podemos resumirlos en una reflexión breve. La historia se caracteriza por el dominio de ciertos procesos civilizadores que traen consigo una forma de producción, un patrón de sociabilidad, una ética y una ontología (concepción sobre el ser de la realidad), que definen ciertas concepciones generales acerca de la naturaleza, del universo y del ser humano. Las variaciones en la forma concreta de existencia de estas concepciones generales y las divergencias que siempre se manifiestan de forma no hegemónica no son suficientes para impedir que se identifique en periodos históricos la forma general, forma que caracteriza la presencia del ser humano en el mundo. Por eso es posible distinguir los patrones que se manifestaron en la antigüedad clásica, en los imperios helénico y romano, en la Edad Media y en la Modernidad. Asimismo, es fácil identificar la característica de transición en ciertos periodos de la historia, tal como el Renacimiento. Este patrón de ser y pensar constituye una racionalidad general que orienta la interpretación del mundo y, por eso, concede una peculiar configuración al conocimiento en todas sus expresiones: filosófica, científica, artística, religiosa y de sentido común. Por lo tanto, la ciencia siempre está marcada por ser expresión de una racionalidad hegemónica en la investigación de la naturaleza 70. Sus ----teorías llevan consigo la marca de la historicidad del ser humano. Por esto, siempre será una actividad histórica, justamente por ser una actividad humana. El interés social 71 encausa la aplicación de recursos (públicos y, principalmente, privados) y el interés de la comunidad científica por ciertas áreas de investigación y contribuye a la aceptación de paradigmas. La ciencia no está por encima de las relaciones de poder en la sociedad, sino que por el contrario, sufre los efectos de esta relación. Así como existía una estrecha vigilancia en la Rusia estalinista sobre la producción científica que negaba, o simplemente no legitimaba, los principios de la doctrina oficial del estado soviético, existe también cierto control no estatal (y no visible) en relación a los principios del liberalismo y del mercado. Basta ver lo que se invierte en «ciencia aplicada» (léase de utilidad a las grandes corporaciones que dominan el mercado) y cómo se divulga -de forma masiva, cual doctrina-, cualquier propuesta que pretenda transformar la competencia en ley natural y presentar las diferencias sociales y el comportamiento violento del ser humano como resultados de un determinismo biológico. En un comentario sobre la sociobiología, Stephen Jay Gould afirma: «El prolongado e intenso debate en torno al determinismo biológico surgió en función de su mensaje político y social. [...] El determinismo biológico siempre fue usado para defender situaciones sociales ya existentes, calificándolas de biológicamente inevitables. ¿Por qué otra razón un conjunto de opiniones tan desprovisto de evidencias directas puede adquirir una cobertura tan consistente y favorable en los medios de comunicación «establecidos», a través de los siglos?» 72 No obstante, la cantidad de artículos científicos sobre el comportamiento social de los seres humanos, en publicaciones especializadas de renombre, muestra que éste no es un fenómeno exclusivo de los «mass media». Artículos científicos que pretenden entender el altruismo humano dentro de la «lógica competitiva de la evolución» y lo someten a esta lógica pueden ser encontrados en diversas publicaciones importantes 73. ---y teológicas) que caracterizaron periodos históricos, ver THUILLIER, P. (1994); KOYRÉ, A. (1991), Estudos de história do pensamento científico. 71 Aquí interés social no se refiere a los intereses de la mayoría de la sociedad, sino a los intereses que resultan de las relaciones de poder y hegemonía en una sociedad. 73 Ver, por ejemplo, DANIELSON, P. (2002), «Competition among cooperators: altruism and reciprocity», Proceedings of the National Academy of Science of United States of America, 99, La tecnología amplía la capacidad de «ver» fenómenos que antes estaban ocultos a los sentidos humanos y, la mayoría de las ocasiones, abre un nuevo campo fenomenológico que impulsa a la ciencia a reajustarse, produciendo un movimiento en las teorías científicas y hasta crisis de paradigmas. Instrumentos como los radiotelescopios y telescopios de rayos X, el espectrómetro, el microscopio electrónico, la cristalografía de rayos X, etc., ampliaron considerablemente el campo fenomenológico con el que trabaja la ciencia y revelaron partes de la realidad que se ocultaban de los sentidos y que no siempre eran previstas por las teorías válidas. La ampliación de la base fáctica de la ciencia es el resultado tanto de la tecnología como del alcance de las teorías. La matemática, por ejemplo, es capaz de aportar dimensiones espaciales y fenómenos virtuales que antes no pertenecían al dominio de determinadas ciencias ya que no eran accesibles a la imaginación humana. La función de onda en la mecánica cuántica y las numerosas dimensiones especiales de la teoría de las Supercuerdas son ejemplos de este hecho 74. Asimismo, teorías que antes pertenecían a una sola área de la ciencia se ampliaron con la contribución de otras dada la interrelación entre el campo fenoménico estudiado. Por ejemplo, la Biología en relación con la Química y Física, la Química en relación con la Física, etc. Al ampliar el campo de objetos que se investiga, las teorías también se modifican. Los insights emblemáticos del genio humano se refieren al papel de la inventiva y creatividad de determinados científicos que, con sus propuestas, con frecuencia insólitas, contribuyeron con ideas notables hasta el punto de influir las teorías y poner a la ciencia en movimiento. La historia de las ciencias nos provee de tantos ejemplos que nos ahorraremos el mencionarlos. La teoría de evolución de Darwin es una teoría científica. Así fue recibida por la comunidad científica y se constituyó en un paradigma. Como tal, está sujeta a todos los factores que actúan sobre cualquier teoría en la ciencia, colocándolas en movimiento y, muchas veces, derrumbándolas. Conforme a lo que se dijo en este documento, el darwinismo está sometido a su aspecto histórico, de interés social, de los avances de la tecnología y de la ampliación de la base fáctica de la Biología. Nuevos insights pueden también colocar a la Biología en movimiento y no necesariamente en el sentido de reforzar al paradigma hegemónico. El vínculo del darwinismo con la racionalidad domi----- nante, claramente de orientación liberal, conforme afirma el propio Darwin, es un aspecto que debe considerarse seriamente para distinguir el carácter histórico y de interés social de esta teoría. A través de las reflexiones de Behe, Margulis y Sandín, pudimos ver los serios problemas que el darwinismo ha encontrado en el campo científico. También vimos la connotación ideológica y doctrinaria que tal teoría asumió cuando sus exponentes hicieron frente a las críticas de Behe. Eso significa que a pesar de que la ciencia, considerada como una actividad humana, es dinámica y dialéctica, no aparece necesariamente de esta forma en la cabeza de los científicos. Esto ya fue objeto de las reflexiones filosóficas de Bachelard, con su concepto de obstáculo epistemológico, 75 y de Thomas Kuhn, con su afirmación de que el apego a un paradigma no tiene motivaciones racionales 76. Sin embargo, este riesgo ya estaba presente en las reflexiones de Bacon sobre los ídolos, que impiden el avance del conocimiento 77. Es posible, por lo tanto, suponer enérgicamente que la pregunta hecha en la introducción (¿será Darwin para el siglo veintiuno lo que Newton fue para el siglo veinte?) tendrá una respuesta afirmativa, a partir de la solidez y consistencia de la crítica dirigida al darwinismo y dado el avance de la historia. Pero imaginar que este proceso de crisis y revolución será fácilmente digerido por los científicos es una enorme ingenuidad. Las nuevas generaciones de científicos (específicamente en el campo de las ciencias biológicas, pero sin excluir otros como los de la física y la química) tienen el desafío de mantener lo científico en la ciencia. Esto implica un desafío doble, de orden científico y filosófico: un esfuerzo por acomodar las teorías al ámbito factual que pretenden explicar -desafío de orden científico-y, al mismo tiempo, percibir lo dinámico y dialéctico de la empresa científica, evitando etiquetarlas como «descubrimiento» y «revelación de la verdad» de la naturaleza -lo que representa un desafío de orden filosófico. La crisis del darwinismo no significa un regreso a las concepciones que precedieron al naturalismo, entendido como la búsqueda de causas naturales para los fenómenos naturales; inclusive porque Darwin no responde a la paternidad de esta empresa: varios científicos anteriores a él también buscaron causas naturales para la evolución 78. Lo que puede cuestionarse a partir de ----75 BAHELARD. La peculiaridad de Bacon, que hoy, lejos de su tiempo, podemos juzgar ingenua, es que él creía posible que nos librásemos totalmente de los ídolos. La ciencia, para él, sería una actividad totalmente imparcial, en virtud de la depuración de los obstáculos de la subjetividad humana. esta crisis es el reduccionismo, mecanicismo y determinismo que caracterizaron a la ciencia moderna. Esto, no obstante, tan sólo refuerza el cuestionamiento trazado por la física del siglo veinte. Lo que parece configurarse en el escenario de la ciencia es un cambio radical de enfoque en la investigación, fruto de la comprobación de la complejidad estructural de la vida referida en el inciso 3 de este artículo. En lugar de enfocarse en la estructura molecular de las partes que componen la célula (siguiendo el reduccionismo neodarwinista), las nuevas maneras de abordar el problema canalizan su análisis en el comportamiento colectivo de esas partes. En otras palabras, en vez de la materia que constituye la vida, se le da importancia a la relación entre los elementos. Es esta relación la que constituye la totalidad organizada de la vida y, aunque dependa de la materialidad de las moléculas básicas que forman a los organismos vivos, no se revela a partir de las características individuales de sus partes constituyentes. Así se explica que todo el trabajo que busca comprender la vida a partir de las informaciones obtenidas de los nuevos descubrimientos en el campo de la bioquímica, de la microbiología, así como de las mayores informaciones sobre la estructura del genoma, recurren a las ideas de complejidad y autoorganización, creando las condiciones para el establecimiento de un nuevo paradigma. Para aquellos que serán testigos del siglo veintiuno, es bastante probable que acontezca una nueva revolución en las ciencias. Esta vez, en lugar de la Física, la gran protagonista será la Biología. Cambios similares han ocurrido otras veces en la historia y no significan corrección de errores, sino transición de paradigmas. De la misma manera que la historia de las ciencias registra estas revoluciones, también nos recuerda la resistencia de los sectores más conservadores a este cambio. Los responsables de la Inquisición, en nombre de principios sagrados fundados en el aristotelismo (más que en la Biblia), cometieron actos que hasta hoy nos repugnan. Los hombres y mujeres de la ciencia de hoy (y también de la Filosofía) deben decidir si su manera de tratar la ciencia y su apego a principios sagrados los haga ser recordados como los inquisidores del siglo veintiuno, o si uno de los motores de una nueva ciencia será justamente su capacidad de rescatar el espíritu naturalista, no dogmático, y de percibir la eterna transitoriedad de los paradigmas.
Centrándose en el análisis de tres casos especialmente significativos se pretende comprender el significado histórico del encuentro en la Europa de comienzos del siglo XIX de una teoría médica -el magnetismo animal-, un peculiar sistema de creencias -el espiritismo-y una enfermedad ya conocida, pero que comenzará a contemplarse con una mirada nueva: la histeria. Serán, por otra parte, la enfermedad y la teoría médica quienes den alas a ese sistema de creencias y permitan su despliegue en el seno de la cultura occidental, afirmándose frente a otras concepciones del mundo y mostrando, con ello, las insuficiencias de estas últimas. UN TRÍO POCO RECOMENDABLE La histeria es una enfermedad antigua. Casi tan antiguo como ella es el término que la nombra. Ambos han recorrido un largo trecho hasta llegar a asociarse entre sí del modo que hoy consideramos válido, y son numerosas las obras que han intentado dar cuenta de esa historia 1. Uno de sus jalones se ha visto privilegiado por nuestra propia perspectiva: la etapa en la que la proteica enfermedad se convirtió en centro de interés del fundador de la neurología, Jean-Martin Charcot, a la que siguió inmediatamente aquella en la que Sigmund Freud se sirvió de dicha enfermedad para acceder a su influyente concepción de la vida psíquica inconsciente. Todo esto es de sobra conocido 2. Pero el caso es que la parte de la obra de Charcot relativa a esta materia no podría entenderse sin tener en cuenta la existencia previa de unos hechos y de un ambiente intelectual que propiciaron la aparición -o si se prefiere, la aparición «en escena»-de un tipo muy caracterizado de paciente, así como el interés de los médicos por el estudio experimental, o al menos casuístico, de determinados fenómenos: los denominados primero sonambúlicos, luego hipnóticos. Así, las historias de la histeria y del magnetismo animal -luego hipnotismo-discurren asociadas a lo largo de casi todo el siglo XIX. Otro tanto sucede con el espiritismo. La creencia en espíritus desencarnados, ya sean emanaciones de la divinidad, visitantes de ultratumba o emisarios del Maligno 3 es seguramente tan antigua como el homo sapiens; pero su ----camino se encuentra de manera singular con el del magnetismo animal precisamente en la etapa en que éste se topa con el de la histeria 4. Este singular encuentro ha servido, prácticamente desde el momento mismo en que tuvo lugar, para descalificar a la teoría médica inventada por Mesmer. No en vano histeria y espiritismo son conceptos cargados de connotaciones negativas en nuestra cultura, por más que el segundo de ellos, como es sabido, gozaría de una peculiar edad de oro en el fin-de-siècle. Así, el magnetismo animal, hasta ser «rescatado» -¡rescatado como estado patológico!-por el hipnotismo médico, viose descalificado no sólo por su inconsistencia científica -según los criterios de la ciencia experimental-sino también por andar en malas compañías. Sin embargo, desde un punto de vista que pretende ser más ecuánime, esa misma liaison dangereuse hace a esas tres realidades especialmente interesantes, pues, en la medida en que dejaron su huella -una huella muy profundaen la sociedad decimonónica, podrían ser consideradas, en el peor de los casos, síntomas de un malestar que recorre la época apoderándose de ella en la figura de quienes son más sensibles a sus tensiones, a sus contradicciones, a sus incongruencias. Adelanto que no es mi pretensión diagnosticar patología alguna a través de tales síntomas, sino solamente caracterizarlos y comprenderlos con la mayor claridad posible. Dado que fue el magnetismo animal quien permitió salir a la luz tanto a la histeria como al espiritismo con un vi----del Diablo y los demonios, y sobre las consecuencias de representar el mal bajo una figura singular o bajo las de un pandaemonium véase TAUSIET, M. (2004). Brujería y superstición en Aragón el el siglo XVI. 4 Como queda señalado en la nota anterior, el fantasma entendido como revenant tiene una historia notablemente más antigua. En lo que concierne a Alemania (aunque creo que la tesis que mencionaré podría muy bien aplicarse a otros países europeos, salvando las diferencias religiosas), Sawicki ha demostrado que el discurso religioso de las últimas tres décadas del siglo XVIII actualizó involuntariamente la creencia en fantasmas al esforzarse en mostrar a los fieles el más allá no como algo lejano, sino como un reino poblado por espíritus entre los que se contaban los de sus deudos. En las páginas 13-20 de esta misma obra puede encontrar el lector una sugerente explicación acerca de la aparición de «los espíritus» a partir del discurso sobre «el Espíritu», así como acerca de las propiedades paulatinamente atribuidas a aquellos a medida que avanza el discurso espiritista. De este modo, Sawicki data el nacimiento del espiritismo en Alemania bastante más temprano que Nicole Edelman, y lo considera un producto autóctono, si bien es cierto que la tesis de la autora francesa -origen estadounidense y entronización en Europa a través de Allan Kardec-es acertada en cuanto a su consolidación y conversión en fenómeno de masas. Paris, Seuil, 66, y el artículo incluido en este dossier. gor hasta entonces desconocido, y concediéndoles además un crédito del que, hasta entonces, no habían gozado, él será el eje de este trabajo. La Revolución Francesa -o más exactamente, la corriente subterránea que se manifestó de manera volcánica en ella-trajo consigo numerosos cambios en el sentido del progreso, entendido a la manera occidental; pero también acarreó algunos que podrían considerarse retrógrados. Tal es el caso del magnetismo animal. Cierto es que su éxito se produjo antes de que la Revolución propiamente dicha estallase. Pero no lo es menos que el propio Mesmer tuvo buenos amigos entre los revolucionarios y que, en alguna medida, su obra y su persona estuvieron presentes en diversas tentativas, logradas o fallidas, de cambio político y social 5, así como que el éxito de la nueva terapéutica se mantuvo contra viento y marea durante las primeras décadas del siglo XIX. En este sentido resulta extraordinariamente interesante el testimonio de un conservador cualificado, como fue Goethe 6, quien, en una carta al influyente médico y naturalista Nees von Essenbeck, escribió: En su olímpico retiro de Weimar Goethe nunca dejó de ser un ilustrado. Recuérdese su conocida preferencia por lo «objetivo, sano y clásico» frente a lo «sentimental, patológico y romántico». Así, aunque su interés de científico debía moverle hacia el estudio del magnetismo animal, su probado instinto de conservación le llevó a no bañarse nunca en un río que juzgaba peligroso. ---- 6 Para los lectores españoles basta con recordar su aplauso a la iniciativa de la Santa Alianza de enviar a España a los Cien Mil Hijos de San Luis, del que Eckermann nos dio cuenta en sus célebres Conversaciones. Pero lo cierto es que la teoría tenía algo, como prueba la actitud de Goethe que Jürgen Barkhoff ha calificado de «silencio elocuente»: en este caso el Júpiter de Weimar no se atreve a tronar8. Hay motivos para elegir el silencio. En la cita precedente se menciona al unísono al fundador de la doctrina del magnetismo animal y a Gassner; pero no puede olvidarse en qué circunstancias se cruzaron sus nombres: Gassner, religioso, practicaba curas mediante el exorcismo, convencido de que las enfermedades que curaba eran de origen demoníaco; y Mesmer dictaminó -lo que le valió ser nombrado miembro de la Academia de Ciencias de Baviera, y referencia obligada en los periódicos alemanes defensores de la Aufklärungque la religión no tenía nada que ver en ello, y que era una fuerza natural -el magnetismo animal-quien producía las curaciones9. Tampoco hay que olvidar que su concepción de esta fuerza era unilateralmente materialista, dejando de lado cualquier consideración psicológica, lo que, entre otras cosas, le llevó a no prestar atención alguna a la positiva interpretación del sonambulismo magnético propuesta por Puységur. En dicha perspectiva Mesmer era, desde luego, más «moderno» que Gassner. En descargo de Goethe hay que decir que el camino que conduce, en Alemania, de Mesmer a Justinus Kerner, y que a continuación recorreremos, desemboca, paradójicamente, en un reencuentro con las creencias del desprestigiado clérigo. Y el lector no debe pensar que se trata sólo de un camino local pues, aunque en otros países europeos el magnetismo y el espiritismo tengan una presencia singular, la influencia de Kerner en los círculos espiritistas no alemanes a través de su célebre libro sobre la Vidente de Prevorst, del que me ocuparé aquí, será fundamental. EL LADO NOCTURNO DE LAS CIENCIAS NATURALES. La Naturphilosophie de Schelling, con su reivindicación de la unidad indisoluble de materia y espíritu 10, abrió las puertas al estudio del «lado nocturno ----de la ciencia natural». Con el término «lado nocturno» -Nachtseite-denominó Gotthilf Heinrich Schubert aquellas zonas de la naturaleza que no podían ser investigadas con los medios habituales de la pesquisa cientificonatural, la observación y el experimento, y que por tanto requerían de otros métodos: la especulación y la analogía. La serie de conferencias que pronunció en Dresde sobre este asunto, significativamente tituladas Opiniones sobre el lado nocturno de la ciencia natural, publicadas luego como libro 11, dejaron una huella fácil de reconocer en la obra de no pocos autores de la época, como E.T.A. Hoffmann, Heinrich von Kleist, Jean Paul y Achim von Arnim y marcaron un estilo de trabajo para muchos seguidores de la Naturphilosophie 12. De hecho Schelling pareció delegar de algún modo en su siempre fiel amigo Schubert el cuidado de desarrollar esta rama de su ambiciosa ciencia del todo, a la que desde luego él mismo nunca renunció, como pone de manifiesto su publicación a la muerte de su esposa, acaecida en 1809, de Clara, o sobre la conexión de la naturaleza con el mundo de los espíritus 13, obra fuertemente influenciada por el magnetismo animal y con evidente contenido espiritista. Prácticamente no hubo Naturphilosoph que no cultivara esa Nachtseite der Naturwissenschaft, profundizando en esta dimensión desconocida de la ciencia de la naturaleza. El magnetismo animal, sobre todo después de verse modificado por Puységur, quien concedía la mayor importancia al sonambulismo o «sueño lúcido», parecía ofrecer un instrumento especialmente adecuado para esa pesquisa 14. Fueron los Naturphilosophen quienes intentaron rescatar ----ARQUIOLA, E.; MONTIEL, L. (1993). La corona de las ciencias naturales. La medicina en el tránsito del siglo XVIII al XIX. Aixen-Provence, Pandora, vol II., p.226: «Vinculada ya al romanticismo por la Filosofía de la Naturaleza, la medicina se convirtió definitivamente en una ciencia romántica al apoderarse del mesmerismo o magnetismo animal». México, Fondo de Cultura Económica, p. 91: «Las curas magnéticas tuvieron una popularidad inaudita, y los filósofos de los salones o de las facultades tuvieron un magnífico campo de disputas, hipótesis descabelladas y explicaciones enrevesadas». 534: «El magnetismo animal, contribución fundamental a la inteligibilidad romántica...». La declaración más contundente al respecto pertenece al auténtico iniciador del estudio sobre la medicina del Romanticismo alemán, Wer-a Mesmer de su voluntario ostracismo en Frauenfeld 15, y fueron ellos también quienes hicieron vivir al magnetismo animal su segunda edad de oro. Dados los objetivos del presente trabajo me limitaré a tratar solamente aspectos muy concretos de su práctica y de la teoría que unas veces se encontraba en su base, y otras surgía de la experiencia clínica. Tanto la teoría como la práctica del magnetismo animal romántico parecían confirmar la mayor capacidad magnética de la mujer sobre el varón. Especialmente en un autor como Dietrich Georg Kieser, que formuló con minucia la teoría de la polaridad de la naturaleza presente ya en la obra de Schelling, y que fue uno de los más exigentes estudiosos del magnetismo animal, se observa esta asociación entre lo femenino, lo nocturno y lo magnético en las obras teóricas 16; pero también en sus publicaciones clínicas llama la atención la casi absoluta ausencia de pacientes varones 17. Este último dato no es privativo, como veremos -y como muestra la bibliografía casuística circulante-de dicho autor. De este modo, la mujer llega a ocupar, sin habérselo propuesto, un lugar de preeminencia en el seno de una teoría polémica que apasiona por igual a defensores y detractores. Ya desde la época de Mesmer se sabía que el magnetismo animal se revelaba especialmente eficaz en los trastornos nerviosos, por lo que no es de extrañar que la mayor demanda terapéutica provenga de mujeres cuyos síntomas no pueden ser contrarrestados por los médicos que emplean los remedios al uso y que muy a menudo los etiquetan de «histéricos», o los interpretan como resultado de furor uterinus o nymphomania, ---ner Leibbrand: «Sin el magnetismo animal, el romanticismo médico no habría llegado a ser más que un torso». 15 La historia de este renacimiento, que conocemos a través de diversas fuentes, ha sido puesta al día por Walter Artelt. A partir de este texto, complementándolo con la lectura de otras aportaciones más recientes, la he relatado en castellano en: MONTIEL, L. (2006 b). Curación mágica, posesión y profecia en el marco del magnetismo animal romántico. 17 Hay que exceptuar a Anton Arst, si bien éste era un niño cuando Kieser se hizo cargo de su tratamiento, del que da cuenta en la revista de la que era editor: KIESER, D.G. (1818). Pero además la situación de estas pacientes en manos de los magnetizadores es extremadamente diferente, radicalmente nueva, y desde luego muy favorable: dado que se considera que en el estado sonambúlico se pone de manifiesto un cierto saber del cuerpo sobre sí mismo -son moneda común el autodiagnóstico y la autoprescripción terapéutica-, el médico debe renunciar a su conocida posición de poder, pues ya no es él quien detenta el saber que antaño se le reconocía. Ahora debe ser solamente auxiliar de la naturaleza, que manifiesta su Nachtseite a través del sueño, y sobre todo de ese sueño de calidad singular que es el sueño magnético. De este modo, es el paciente -por lo general la paciente-quien toma las riendas de su tratamiento, situación que sin duda constituía uno de los puntos más sensibles de la teoría y la práctica magnéticas para el cuerpo médico en su conjunto. A continuación presentaré tres casos estudiados en el contexto del magnetismo animal romántico que considero ejemplares desde el punto de vista que orienta este trabajo. Los dos procedentes de la pluma de Justinus Kerner son conocidos -uno más que el otro: el de la célebre Vidente de Prevorst-aunque, en el mejor de los casos, sólo en el ámbito de los estudios relativos a la medicina romántica alemana o en el de los que se ocupan de los orígenes del espiritismo 19. El publicado por Kieser no ha sido, si mis noticias son correctas, objeto de estudio hasta el presente. Por razones cronológicas éste será el primero del que me ocupe. ----18 Especialmente ejemplar en este sentido es el caso que actualmente estudiamos un pequeño grupo de investigadores franceses y yo mismo: el tratamiento magnético llevado a cabo en París por el médico y magnetizador alemán David Ferdinand Koreff y su colega polaco Wolowski en la persona de lady Susan Lincoln. LA MUCHACHA MARAVILLOSA DE JOHANNGEORGENSTADT Aunque publicado por Kieser en su Archiv für den thierischen Magnetismus, este caso no procede de su propia práctica. Se trata de la transcripción, seguida de un breve esbozo de interpretación, de dos informes acerca de un hecho singular en el que el magnetismo animal se empleó, con dudoso éxito, como terapia, por tener los circunstantes la convicción de que los fenómenos observados eran de carácter «magnético». El texto lleva por título: «La muchacha maravillosa de Johanngeorgenstadt» y se publicó en el Archiv en 1820 20. La lectura del mismo permite comprender que el asunto al que se refiere tuvo un interés preponderantemente social, y más concretamente religioso, en cierta medida relacionado con el orden público, representando la medicina un papel secundario, al menos aparentemente. La prueba más evidente de ello es que el primero de los documentos publicados es el informe redactado por un clérigo, mientras que el segundo, escrito por «el médico municipal y de las minas de Johanngeorgenstadt» 21, lleva, pese a su extensión -doce páginas del Archiv-el poco pretencioso título de «carta» y parece presentarse como un mero apéndice, como una especie de informe pericial destinado a suministrar argumentos al autor del escrito principal. Sin embargo, esa relación jerárquica, que parece aceptada sin ambages por el autor de la carta, el doctor Gruber, es menos clara de lo que podría parecer, pues el eclesiástico afirma su autoridad para juzgar el fenómeno precisamente apoyándose en la medicina. Lo que ocurre es que, al tratarse de un fenómeno de índole religiosa, el reparto de papeles no parece haber sido cuestionado por ninguno de los participantes. No obstante, el hecho de que ambos documentos interesen a los editores del Archiv, y que concretamente Kieser los interprete desde una perspectiva que no es exclusivamente «magnética», sino también psicológica, muestra claramente hasta qué punto la medicina se siente capacitada para reclamar para su estatuto este tipo de fenómenos, propiedad exclusiva de la religión hasta fechas recientes. Y uno de los aspectos más interesantes del caso es que, como veremos, si bien por una parte el magnetismo animal da argumentos a la autoridad religiosa para desactivar, si así puede decirse, una especie de carga explosiva social, por otra permite el total despliegue del discurso subversivo que constituye el núcleo de la enfermedad. La lectura secuencial de los dos escritos originales resulta muy aleccionadora, pues permi-----te descubrir lo que el religioso pasa por alto aunque interese, y mucho, al médico; pero por razones prácticas expondré ahora la historia basándome al unísono en ambos documentos22. La protagonista de la historia es Friederike Erdmuthe Reinhold, de 23 años, hija del maestro zapatero y alcalde de Johanngeorgenstadt, localidad minera situada en los Erzgebirge -Montes Metalíferos-, en Sajonia; éste, como veremos, es un dato que podría no carecer de relevancia para la comprensión del caso. La muchacha nunca tuvo una salud muy firme, pues sufrió escrófulas -tuberculosis ganglionar-en la primera juventud y enfermedades de los ojos. En febrero de 1819 se declaró la enfermedad objeto de este escrito. Comenzó por un debilitamiento general, resultado de la pérdida de apetito y de trastornos digestivos, desembocando en un cuadro primero de calambres, luego de convulsiones que se transformaron en una auténtica epilepsia. Durante 18 semanas la enferma padeció estos horribles ataques casi a diario. Luego desaparecieron las convulsiones, pero -escribe el sacerdote-«los calambres adoptaron la forma de fenómenos sonambúlicos» 23, que se presentaban cada tres días, a horas diferentes; probablemente esta interpretación, aunque expresada por el pastor, proceda del médico, que en ese momento ya había sido llamado a consulta. El doctor Gruber consideró que los síntomas podían mejorar mediante el empleo del magnetismo animal, pero reconociéndose como un mero aficionado, decidió encomendar a la joven a los cuidados de una pariente prácticamente de su misma edad, Johanne Schlegel, también paciente suya, en la que ha descubierto extraordinarias dotes sonambúlicas. Por ejemplo, cuando, en el sueño magnético, solicitaba que se le practicase una sangría, dejaba espontáneamente de sangrar en el momento exacto en que terminaba de salir de sus venas la cantidad prevista, sin necesidad de hemostasia 24. Apenas es preciso señalar la novedad que representa esta delegación de responsabilidades -y de poderes-por parte del médico, no del todo infrecuente en el marco del magnetismo animal, aunque pocas veces tan explícita e incondicional. Durante algunos días Johanne Schlegel magnetizó a Friede-----rike Reinhold, consiguiendo una notable atenuación de los síntomas de su enfermedad. La descripción que de tal tratamiento realiza el doctor Gruber es muy interesante, pues pone de manifiesto algunas verdades ocultas que se manifiestan -o más exactamente, se revelan a un lector actual-a través del lenguaje corporal, lo que ni el médico ni sus con temporáneos están en condiciones de comprender. He aquí la descripción: cuando Friederike comienza a sufrir convulsiones la joven Schlegel apoya sus manos sobre los hombros de aquella, tratando -interpreta académicamente el médico-de establecer el rapport magnético, cosa que consigue en unos cinco minutos, produciéndose entonces la crisis, que se manifiesta en este caso por la aparición del sueño. De la eficacia de este rapport da cuenta, a su parecer, el hecho de que los rasgos de la paciente muestran entonces una expresión jovial. Luego la Schlegel realiza algunas maniobras magnéticas que el doctor Gruber describe igualmente con términos técnicos -asperjar, ventilar-, y que seguramente ha aprendido de él, retirándose después de una imposición de manos. Entonces la paciente experimenta lo que se compara a una «sacudida eléctrica» y despierta. Después -prosigue Gruber-«las dos personas mutuamente magnetizadas» 25 se abrazan y se consuelan durante algunos minutos y rezan por la curación, tras de lo cual se intercambian pases magnéticos, dando así por concluida la sesión terapéutica. Como puede verse, las fronteras entre terapeuta y paciente son, en esta peculiar relación, absolutamente borrosas: una enferma «veterana», considerada además sonámbula natural, magnetiza a otra, más bisoña y «artificial» -pues Friederike no posee las dotes originales y supuestamente innatas de Johanne-, pero al final ambas protagonistas intercambian ayudas magnéticas, «consuelos» (Trostungen) y oraciones, siempre en el seno del estado magnético, es decir, en un estado que podríamos llamar «de responsabilidad limitada», que les concede una libertad de expresión inédita hasta la fecha. El tratamiento se interrumpió por motivos extramédicos: el novio de la Schlegel, con el que, al cabo de poco tiempo, se casó, prohibió que la terapia siguiera adelante por sospechar que podía resultar contraproducente para su prometida. Probablemente este hecho acrecentó la inseguridad del doctor Gruber, quien parece, además, sentirse parcialmente responsable de la imprevista evolución de la enfermedad de Friederike por haber tomado esa arriesgada decisión26. ----Precisamente esa evolución inesperada es lo que confiere toda su singularidad al caso de «la muchacha maravillosa de Johanngeorgenstadt». A partir de este punto conviene remitirse al relato del eclesiástico, pasando por alto sus comentarios de corte científico y sus referencias al magnetismo animal, para centrarse en lo fundamental: la fenomenología religiosa del discurso sonambúlico. La Salvadora de las mujeres Para ello hemos de volver al relato del párroco, más atento que el médico a este aspecto de la misteriosa enfermedad. En el curso de sus accesos convulsivos, o más exactamente cuando las convulsiones, y la ocasional parálisis de los músculos fonadores, cedían, aunque sin salir del denominado estado sonambúlico, la paciente se dirigía a Dios para decirle que no creía haber hecho algo que mereciera ese castigo. En un par de ocasiones se alzó del lecho para, de rodillas, prometer a Dios que rezaría por los hombres de fe tibia, que iría aplicadamente a la iglesia o que se apartaría del mundo, como si con ello pretendiera aplacar su cólera y verse así libre del inmerecido castigo. El efecto que estos parlamentos producían sobre quienes los escuchaban y, de manera indirecta, sobre la propia paciente, preocupó al sacerdote. En su opinión, tales discursos, mantenidos en voz alta y con los ojos abiertos, fueron interpretados por los testigos como auténticos sermones, y «cuando la enferma escuchó esta palabra y contempló su éxito en los húmedos ojos de los emocionados oyentes, sin pretender engañar a otros, se imaginó que era capaz de predicar»27, llegando a hacerlo incluso en los períodos de salud, extendiéndose a lo largo de una hora u hora y media. Los más ingenuos -prosigue el religioso-comenzaron a pensar que era un ángel o el espíritu de Dios quien hablaba por su boca; que anunciaba «un nuevo Evangelio del corazón» 28; y, lo que era más peligroso, que nunca habían escuchado nada tan hermoso y convincente de labios de un clérigo. En este punto hay que señalar algo que permitirá comprender mejor la sensibilidad de los oyentes a los mensajes de Friederike. Nos encontramos, como queda dicho, en un pueblo de los Montes Metalíferos, en Sajonia, es decir, en pleno corazón de un movimiento religioso, el pietismo, que alcanzó su mayor expresión en el siglo XVIII, pero que aún impregnaba los corazones en el XIX, hasta el punto de que se le considera una de las raíces de la sensibilidad ----romántica. Su capital intelectual estaba, o había estado en el siglo anterior, en la ciudad universitaria de Halle, no muy lejos de los Erzgebirge. También próxima a Johanngeorgenstadt se encuentra la localidad de Herrnhut, sede de un movimiento espiritual de corte pietista, heredero directo del de los «hermanos moravos», procedente de la vecina región checa de este nombre29 que, al menos como patrimonio histórico, pervive en la actualidad, y que tuvo gran pujanza en el período que nos ocupa. Y el pietismo es una concepción intimista y sentimental de la religión. Si es cierto, como es tópico reconocer, que algunos románticos luteranos se convirtieron a la fe católica por considerarla menos fría e intelectual, no lo es menos que muchos no tuvieron que hacerlo gracias a su orientación pietista. Creo que este ambiente espiritual resultó determinante para que los habitantes de Johanngeorgenstadt se inclinaran hacia esa «religión del corazón» que Friederike Erdmuthe Reinhold les proponía. Y algo así no podía dejar de resultar peligroso, por subversivo, para la Iglesia establecida, especialmente si el público declaraba que nunca había escuchado algo tan hermoso de labios de un pastor. Poco tiempo después apareció en el curso del cuadro sonambúlico otro ingrediente aún más inquietante: la paciente, acostada, extendía lateralmente los brazos y miraba, con la cabeza inclinada, hacia uno de ellos, de modo que antes o después alguno de los circunstantes decía: «¡Parece Cristo en la cruz!», cosa que, con cierta preocupación, el sacerdote no puede sino confirmar. Además, en el contexto citado, esto fue interpretado como una profecía muda, y entre el pueblo llano empezó a circular la especie de que «la muchacha de Johanngeorgenstadt sería crucificada» 30. Como en el caso de la predicación, este eco popular dio alas a la imaginación de la paciente, que en sucesivos paroxismos reprodujo mímicamente la crucifixión tal como ella la concebía, lo que no deja de señalar el religioso. Extendía primero un brazo, y luego sus dedos se crispaban, como si estuvieran clavándola a la cruz; la acción se repetía con la otra mano y con los pies, que colocaba uno sobre el otro, como en las representaciones iconográficas más comunes de la pasión. Luego transcurrían unos diez minutos, que la gente comenzó a llamar «el cuarto de hora crucificado», tras de los cuales era «desclavada» y permanecía un rato quieta «para que sus heridas fueran untadas con bálsamo» 31, como más tarde explicó. La casa del alcalde zapatero se convirtió en un lugar de peregrinación, pues cada vez más gente creía que había aparecido una nueva Salvadora, en-----viada por el mismo Dios. Aún más -y tal vez sea éste un signo precoz de los tiempos que se por entonces despuntaban-muchos, o tal vez muchas, pensaron que se trataba de una Salvadora de las mujeres32. Llegada esta situación las autoridades tomaron cartas en el asunto y llamaron al orden al zapatero, prohibiéndole bajo pena de arresto que permitiera el acceso a su vivienda a los peregrinos. No contentos con esto, pusieron la casa bajo vigilancia los días en los que se esperaban los paroxismos, lo que no impidió que la gente siguiera acudiendo en masa. La situación alcanzó su punto de máxima tensión cuando la joven, en el curso de uno de sus paroxismos, anunció que en el curso de la Semana Santa sufriría punto por punto el suplicio de Jesucristo; que el Viernes Santo se vería crucificada entre dos ladrones y pronunciaría las palabras de Cristo en la cruz; y que por fin permanecería como muerta durante tres días, los mismos que aquél pasó en el sepulcro. Corrió el rumor, que el párroco desmiente, de que habría pedido ser realmente crucificada. Muerte y resurrección de la muchacha La Semana Santa de 1820 fue esperada con auténtica excitación por los moradores del territorio. El lunes 27 de marzo tuvo lugar uno de los paroxismos de la enfermedad, en el que Friederike anunció que desde el Jueves Santo repetiría uno por uno los pasos del Salvador, desde la Cena hasta el prendimiento en el Huerto de los Olivos. Confirmó su muerte de tres días después de la crucifixión, ordenando que, al menos por las noches, su cuerpo fuera cubierto con un lienzo. Anunció que el Viernes Santo no habría sol, o brillaría muy poco -en consonancia con el oscurecimiento referido en los evangelios-y que resucitaría el domingo a las seis de la mañana. Conviene hacer notar que la joven emplea las palabras «muerte» -Tod-y «resurrección» -Auferstehung-y no parece hacerlo en un sentido alegórico. El jueves, acompañada por su hermana gemela, comulgó, y luego tomó dos tazas de café y un panecillo; su única comida del día, lo que no es extraño pues, según refiere ahora el pastor, durante su enfermedad había comido siempre muy poco. Se retiró después a su casa, que estaba «asediada» por una muchedumbre de creyentes y curiosos, y se recluyó en su habitación junto con «sus más celosos discípulos», dispuestos a representar hasta el final los papeles secundarios en esta especie de auto sacramental fuera de la ley. El ----primer acto consistió en el lavado de los pies de los apóstoles, en el que la muchacha «ayudó» a Jesús, pidiéndole al acabar que se llevara la jofaina para que ella pudiera acostarse. La escena tuvo lugar a las seis de la tarde. Luego Friederike se acostó y permaneció tranquila hasta las 12. Entonces comenzó la crucifixión. Hasta las tres de la madrugada la joven sufrió las más espantosas convulsiones. En algún momento hizo gestos como de estar tragando algo con repugnancia, lo que de inmediato fue interpretado como efecto de la esponja empapada en hiel que, según el relato evangélico, se acercó a los labios de Jesús en la punta de un palo cuando dijo tener sed. A punto de dar las tres pronunció las palabras: «¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!» y «todo se ha consumado», y cayó en un profundo sueño magnético que, de no ser por la observación de los movimientos respiratorios del tórax y la palpación del pulso, anormalmente acelerado -84 pulsaciones por minuto-, habría producido la impresión de la muerte. Ante el eco que el caso estaba despertando se puso en marcha de inmediato una investigación judicial, encomendada a una comisión formada por un juez, dos médicos y un boticario. Ante testigos exploraron a la joven, utilizando para ello sustancias de olor desagradable, agujas y clavos, sin conseguir la menor respuesta, lo que les confirmó que la enferma se encontraba sumida en un profundo sueño magnético, en un estado que denominaron «asfixia». Así permaneció hasta las doce de la noche del sábado, declarándose entonces un intenso cuado de calambres que el Dr. Gruber intentó sin éxito aliviar con pases magnéticos durante seis horas, hasta que, tal como Friederike había anunciado, a las seis en punto resucitó. Todo esto, según el relator, fue presenciado por unas doscientas personas. Seguramente se trató de algunos privilegiados -autoridades locales, familiares...-pues según consta en algunos lugares del texto la plaza de la localidad estaba llena de curiosos y hubieron de tomarse medidas policiales para garantizar el orden. Tenemos que lamentar, como el propio Kieser, editor de esta historia en el Archiv, no disponer de más información relativa al estado de salud de la joven. A la conclusión de ambos informes parece que tanto el sacerdote como el médico la dan por curada, aunque susceptible aún a desmayos y cefaleas, a menudo propiciadas por los cambios de tiempo. Da la impresión de que una vez realizada esa proeza que representa la escenificación de la pasión de Cristo la muchacha ha alcanzado un objetivo difícil de superar y tal vez razonablemente satisfactorio para ella. Regresa, desde luego, a sus labores de encaje, que había tenido que abandonar al sufrir su «enfermedad magnética», pues la proximidad de objetos metálicos desencadenaba las convulsiones. Pero la que regresa ya no es -o no es solamente-Friederike Erdmuthe, la hija del zapa-tero -o del alcalde-Reinhold, sino la muchacha maravillosa de Johanngeorgenstadt 33. Llegado a este punto el lector podría preguntarse qué tiene que ver este caso con el espiritismo, pues en el restricto sentido que el término ha alcanzado entre nosotros parecería no poder aplicarse a la historia recogida por Kieser; pero es él mismo quien nos da la repuesta en otro de sus trabajos para el Archiv: uno de los resultados de lo que denomina «sonambulismo magnético local» serían «las visiones de espíritus, demonios, ángeles buenos o malos, incluso del mismo diablo, así como de la persona del Salvador y de Dios mismo»34. Dentro del abigarrado mundo de los visionarios, al menos para uno de los más serios estudiosos del magnetismo animal, es lo de menos que el objeto de la visión sean los espíritus -por antonomasia, los de los difuntos-, los ángeles o Dios mismo. Cabe decir que también para el público dicho objeto es secundario, pues lo esencial es el descubrimiento de que se puede entrar en comunicación con otro mundo, hasta entonces sumido en el silencio. Así, del mismo modo que muchos pobladores de la zona minera de Sajonia se sintieron «magnéticamente» atraídos hacia Johanngeorgenstadt en la Semana Santa de 1820, otros muchos se vieron arrastrados hacia Suabia pocos años después; y en caso de no poder desplazarse, acudieron en masa a las librerías para hacerse con los extraordinarios relatos publicados por otro médico y magnetizador: Justinus Kerner. A continuación me ocuparé de dos célebres casos -uno de ellos celebérrimo-en los que, en desigual medida, intervino el médico y magnetizador suabo Justinus Kerner. En el primero, el de la famosa Vidente de Prevorst, Friederike Hauffe, la enfermedad está presente desde el comienzo y parece ----condición necesaria para la aparición de las facultades paranormales en la paciente. En el segundo, el de «la muchacha de Orlach», los fenómenos paranormales comienzan a producirse en ausencia de síntomas somáticos, de manera que la posibilidad de una enfermedad subyacente se plantea más tarde, y sólo para intentar explicar dichos fenómenos de manera «natural». En todo caso, en el relato que sobre este caso escribe Justinus Kerner esta hipótesis apenas tiene cabida pues, a raíz de sus experiencias previas con la Vidente de Prevorst, parece convencido de la existencia de un mundo de espíritus que puede infiltrarse en el nuestro. Así, en esta ocasión, la enfermedad, si la hubiere, sería expresión de «fenómenos cacodemónico-magnéticos», es decir, de fenómenos magnéticos producidos por un demonio malvado 35. En fechas recientes ambos casos han sido interpretados como cuadros histéricos 36, interpretación que asumo con todas las cautelas que impone el diagnóstico retrospectivo. La Vidente de Prevorst. Comencemos por el primero desde el punto de vista cronológico, el de la Vidente de Prevorst. Friederike Hauffe, una joven nacida en un villorrio rural ---- 35 Esto es lo que significa kakodaímon. Existirían también agathodaímones, es decir, demonios -espíritus-buenos, que ejercen como Schutzgeister -espíritus protectores-. En la demonología de Kerner -que no es sólo suya, sino que procede del acervo popular y religioso-estos daimones son espíritus pertenecientes a personas muertas. Al no disponer de esta edición cito a partir de una más tardía e incompleta: KERNER, J. (1927) Blicke eines Arztes in die Geheimnisse der Geisterwelt. Por cierto, parece más que probable que esta edición, con semejante título, se produjera al socaire del interés por el ocultismo a comienzos del siglo XX. El caso de «la muchacha de Orlach» forma parte de la obra original de Kerner; en su momento daré la referencia del texto utilizado. Tanto la Vidente de Prevorst como la muchacha de Orlach tienen su Schutzgeist -con matices en el caso de la segunda, pues en su caso se trata de un alma en pena-, mientras que sólo en el caso de la muchacha existen Kakodaímones, por lo que el suyo es, según Kerner, un auténtico caso de posesión. en la Alemania del Sur, destinada a llevar una vida idéntica a la de generaciones y generaciones de mujeres nacidas en ese contexto, entra de súbito en la historia local, y muy pronto en la de Alemania, para terminar formando parte, en alguna medida, de la historia universal, gracias a su extraña enfermedad ante la que se estrellan todos los intentos de tratamiento conocidos, especialmente los académicos. Quien terminará siendo su médico hasta el fin de sus días, Justinus Kerner, se verá obligado a cambiar sus opiniones y actitudes primeras frente a una enferma que parece saber más que él sobre la enfermedad que sufre -lo cual, como ya se ha señalado, no constituye una rareza en el mundo del magnetismo animal-, si es que se trata de una enfermedad; pues aunque sufre y su salud se deteriora de manera temible, ella misma no vive esa situación como algo negativo, ni mucho menos morboso. Además su paciente pronto parece estar en condiciones de ilustrarle acerca de ese gran tema de la Naturphilosophie romántica: el «lado nocturno» de la ciencia natural. Pero comencemos por el principio 37. Coincidiendo con el momento de formalizar el compromiso con un novio buscado por la familia, práctica habitual en el entorno rural, se produjo el fallecimiento de un anciano sacerdote, especie de figura paternal a quien la paciente dice haberse hallado muy vinculada. En el entierro del religioso, ante su tumba, la joven de 19 años sintió que desaparecía la «inexplicable» melancolía que había experimentado los días precedentes, y que comenzaba su verdadera vida espiritual. Esta lectura positiva contrasta con la que realiza la familia, pues Friederike empezó a sufrir los primeros síntomas de su enfermedad -fiebre, calambres torácicos, asma-, que requirieron la consulta del médico local. Meses después de tratamientos inútiles Friederike tuvo un sueño en el que se sentía impelida a levantarse de la cama, descubriendo en ella el cadáver del pastor, amortajado. Siguió soñando que escuchaba en la habitación contigua las voces de su padre y de dos médicos que hablaban acerca de ella, de una enfermedad que padecía; y ella les gritaba: «¡Dejadme tranquila con este muerto que me cura! ¡Ningún médico puede curarme!». Luego sintió como si quisieran arrancarla del lado del cadáver, cuya frialdad le producía un efecto salutífero, y volvió a hablar: «¡Que bien me siento junto a este muerto! ¡Ahora me curaré del todo!» 38. Utilizaré la edición de Raimund Pissin: KERNER, J. (1998) Werke. Hildesheim-Zurich-New York, Georg Olms (Reprint de la edición de 1914). El texto sobre la Vidente se encuentra en el segundo volumen de esta edición (pp. 13-245) y mantiene a su vez la división en dos partes, a las que se refiere la numeración en romanos que utilizaré en las citas. Resulta evidente la intención de la paciente de «morir» para la vida que otros habían diseñado para ella y renacer a esa «vida espiritual» de la que puede por fin ser protagonista. No llevaré más lejos mi interpretación, pues no es ese mi objetivo: Simplemente creo poder afirmar que en el planteamiento, seguramente inconsciente, de Friederike, la enfermedad, especialmente en el marco del magnetismo animal, a la sazón de moda en Alemania, le concede la libertad que necesita para, aun cuando sea pagando un alto precio, diseñar su propia vida. «Esta es la vida que quiero tener», parece decirles a su padre y a los médicos en el sueño referido. En cierto sentido se trata de un golpe de autoridad; y esa autoridad va a serle reconocida por el más capacitado de sus terapeutas, Justinus Kerner, que la acogerá en su casa 39 durante dos años y medio, en principio para intentar devolverle la salud, pero a la larga para aprender de ella mucho de cuanto ignora acerca de ese Geisterwelt de cuya existencia, como cristiano, está convencido 40. A pesar de lo sostenido por la paciente en el episodio referido, lo cierto es que no se produjo nada semejante a una curación, sino más bien todo lo contrario. Los síntomas -calambres, convulsiones, pérdida de conciencia, anorexia-fueron agravándose, alternándose con breves períodos de recuperación coincidentes con dos embarazos seguidos de partos difíciles, y la paciente entró en un estado de emaciación que hacía temer por su vida. Llegó a perder todos los dientes, seguramente como resultado de un cuadro de escorbuto, a juzgar por la descripción de sus encías tumefactas y sangrantes. Fue en este momento cuando se decidió consultar al localmente célebre médico municipal de Weinsberg, Justinus Kerner, de quien era sabido que llegaba a albergar en su propia vivienda, la llamada Kernerhaus, a los pacientes más necesitados de su celo profesional. Kerner la describe como «una imagen de la muerte»: emaciada, incapaz de mantenerse de pie, sangrando por las encías desdentadas y necesitando recibir una o dos cucharadas de sopa -su único alimento-que tragaba difícilmente, cada tres o cuatro minutos, pues en caso contrario perdía el conocimiento o era presa de convulsiones. Cada día, a eso de las siete de la tarde, entraba en sueño magnético, en el curso del cual cruzaba primero las manos sobre el pecho mientras recitaba una plegaria silenciosa y luego extendía los brazos hacia ----39 Más exactamente, en su casa durante algunos períodos de la enfermedad, y en una casa próxima en otros momentos, según se desprende del testimonio de su hijo Theobald. delante, comenzando sus visiones, de las que hablaba con los ojos cerrados. El primer día intentó hablar de este modo con el médico, a lo que este se negó. Al despertar la Vidente, Kerner le explicó que no hablaría con ella en estado magnético. Le dijo que iba a intentar con ella «un tratamiento psíquico», orientado a reforzar su voluntad para que su cerebro volviera a tomar la dirección de su aparato digestivo. Como puede verse, la declaración de intenciones no puede ser más científica; pero esta pretensión de cientificidad de Kerner se verá muy pronto desbordada por unos fenómenos que nuestro médico, más sensible de lo que él mismo parece reconocer a los sorprendentes mensajes de la «vida magnética», no podrá controlar, viéndose más bien arrastrado por ellos a ese Geisterwelt 41 que su obra va a entronizar, al menos entre sus seguidores. Los tratamientos, incluso en dosis homeopáticas, o bien no producían efecto o bien provocaban el contrario al deseado, mientras que el «médico interior» de la Vidente, como el propio Kerner llamará en adelante a su capacidad autodiagnóstica y de autoprescripción, no cesaba de dar indicaciones que nada tenían que ver con lo que se enseñaba en las facultades, y que a menudo provenían de los espíritus con los que entraba en comunicación, muy especialmente el de su abuela, al que considera su Schutzgeist 42. Para empezar Kerner debió resignarse a aplicar un tratamiento magnético, y a relacionarse con la paciente sobre todo en este estado. Esta concesión tuvo alguna repercusión favorable sobre el entorno de Frau Hauffe merced, muy probablemente, a su contenido simbólico. El tratamiento magnético consiguió que se alimentara algo mejor, y conviene no olvidar que, hasta ese momento, los familiares de la enferma no podían alejarse de ella más de tres o cuatro minutos, pues tenían que darle la cucharada de sopa correspondiente; en ese sentido la «transfusión magnética» 43 vendría a representar una especie de pacto simbólico más tolerable para todos, pues el efecto de los pases -que, preferiblemente, tenían que ser realizados por sus más próximos parientes-----41 «Mundo de espíritus». Hago referencia al subtítulo del libro dedicado a la Vidente: «Manifestaciones acerca de la vida interior del ser humano y acerca de la infiltración de un mundo de espíritus en el nuestro». 42 Literalmente «espíritu protector», una figura muy frecuente en la literatura magnética -y en general en la espiritista-de esta época, frecuencia que deja en bastante mal lugar al tradicional «ángel de la guarda». 43 Al postular Mesmer la existencia de un «fluido», todas las metáforas empleadas para explicar el rapport magnético se mueven en torno a la idea de flujo de una cierta energía, que a veces se equipara a la eléctrica, pero que, sobre todo en el dominio de la literatura, se aplica más bien a «principios vitales», y muy especialmente a la sangre. Pero Kerner también tenía que magnetizarla, de manera que, cuando se veía obligado a salir al campo para visitar a sus pacientes de caseríos remotos, magnetizaba a su hijo Theobald para que éste a su vez magnetizara, cuando fuera necesario, a la Vidente. Lo sabemos por el testimonio del propio Theobald en sus interesantes memorias de infancia y juventud tituladas La casa Kerner y sus huéspedes 44. Croquis del Nervenstimmer realizado por Kerner bajo las indicaciones de la Vidente. Sobre éste se construyó el aparato que aún se conserva en la Kernerhaus (Weinsberg). La sumisión de Kerner a su guía hacia el Geisterwelt llegó a ser casi absoluta. No se arredró ante la construcción de una fantástica variante del baquet magnético, diseñado por la Vidente y por ella denominado Nervenstimmer -algo así como «afinador de los nervios» (v. fig.)-, que le producía, según su propio testimonio, algún alivio. Y no se limitó a dejarse conducir por ella: en varias ----ocasiones permitió que tratara a otros que acudían a la Vidente en demanda de sus singulares dotes. El caso más señalado fue el de la Condesa von Maldeghem, del que Kerner da puntual cuenta en su obra, que se zanjó con una cura mitad mágica, mitad religiosa a la que asiste con un respeto venerativo y que sin duda provocó serios ataques de nervios a algunos médicos contemporáneos de nuestro autor, entre ellos nuestro ya conocido Kieser45. Friederike Hauffe permaneció en Weinsberg al ciudado de Justinus Kerner y su familia hasta el 5 de mayo de 1829, es decir, dos años y medio. Durante este tiempo Kerner presenció numerosas muestras de clarividencia que hicieron de él un auténtico converso. Puede considerarse, sin exageración alguna, que la fecha de la llegada de la Vidente a la Kernerhaus señala el nacimiento del espiritismo, pues la obra en la que el médico romántico reseñará sus experiencias proclama «la infiltración de un mundo de espíritus en el nuestro» 46; una creencia que, al final de sus días, cristalizaría en una curiosa obra de creación pictórico-poética, las Kleksografías 47, y que en el texto sobre la Vidente le mueve a transcribir con la mayor precisión los signos del «lenguaje interior» mediante el que su paciente y maestra habla con los espíritus, esforzándose incluso en encontrar parentescos con los idiomas copto, árabe y ----hebreo, pues Frau Hauffe asegura que ese idioma, que todo ser humano conserva en su interior, era el que se hablaba en los tiempos de Jacob. En esta perspectiva, la muerte de la Vidente el 5 de agosto de 1829 no fue en modo alguno considerada un fracaso por Justinus Kerner. Al fin y al cabo había alcanzado la vida espiritual a la que tendía desde el momento en que tuvo la revelación de su existencia ante la tumba del pastor. Sus espíritus la acompañaron en el tránsito, anunciándole su muerte con tres días de antelación y confirmando su inminencia con esta frase, que en un momento de lucidez, reveló a su médico: «¡ya estás con nosotros!» 48. La muchacha de Orlach En 1834 Kerner publicó un nuevo libro destinado a tener una resonancia comparable, al menos a nivel local, al dedicado a la Vidente: Historias de posesas de la época más reciente. Observaciones en el ámbito de los fenómenos cacodemónico-magnéticos 49. Una de estas historias lleva por título «la muchacha de Orlach» y su éxito fue tan asombroso que al poco tiempo de aparecer la edición del libro de Kerner se publicó lo que hoy llamaríamos una «edición pirata» de dicho caso. En el prólogo del citado libro el médico de Weinsberg declara haberse interesado por el fenómeno de la posesión a partir de sus experiencias con la Vidente de Prevorst, que le convencieron definitivamente de la existencia de un mundo de espíritus que, a través del magnetismo animal, puede infiltrarse en el nuestro. En consecuencia, acepta las doctrinas tanto de la Iglesia como de diversos médicos del pasado relativas a la real existencia de enfermedades producidas por la presencia en el interior del ser humano de malos espíritus (demonios, kakodaimones) o del mismo diablo 50. La protagonista de esta historia es la joven Magdalene Grombach, hija de un campesino de la pequeña localidad de Orlach, en Württemberg, cerca de la hermosa y pequeña ciudad de Schwäbisch Hall. En el momento en que sucedieron los hechos Orlach tenía alrededor de doscientos habitantes. He utilizado la edición on line del Projekt Gutenberg: http://gutenberg.spiegel.de/kernerj/orlach/orlach.htm La paginación corresponde a la que aparece en la versión on line, en la que cada página tiene una extensión equivalente a 3-4 impresas. describe a Magdalene como activa y alegre, muy dedicada a los trabajos del campo, con escaso interés por la escuela y por la lectura, y particularmente sana pues, a sus veinte años, «no ha padecido ni la menor enfermedad infantil, ni convulsiones, ni lombrices, ni exantemas, ni congestiones sanguíneas, ni ha necesitado llevarse a la boca el menor medicamento» 51. Nada, pues, hacía presagiar a comienzos de 1831 que unos acontecimientos turbadores que la tendrían como protagonista iban a desencadenarse sobre la hasta entonces tranquila casa de los Grombach. Después de algunos extraños, aunque inocentes fenómenos 52, acaecidos en el establo -las vacas aparecen con las colas trenzadas sin que nadie pueda averiguar quién es el autor de la broma-, comienzan a desatarse pequeños incendios en el establo y en otras partes de la casa, igualmente atizados por mano invisible, o al menos desconocida. Incluso estando alerta los moradores de la casa Grombach son incapaces de descubrir al autor de las fechorías. Entonces Magdalene declara haber contemplado un fantasma en el establo: una figura femenina que, en sucesivas visitas, afirmará ser el alma en pena de una monja pecadora nacida en la misma fecha que Magdalene, aunque cuatrocientos años antes, y anunciará grandes desgracias a consecuencia de la inmediata aparición de otro fantasma, que en efecto no tarda en presentarse: un espíritu al que Magdalene denomina «el Negro» y que no siempre adopta figura humana, sino que a menudo se presenta bajo la de diversos animales y en una ocasión bajo la de un monstruo. También, en su afán tentador, puede adoptar la apariencia de algunos vecinos de la joven. El Negro, que resulta ser el espíritu de un monje seductor y criminal, pretende inducir a la joven a hablar, a lo que ésta, siempre según los consejos de la monja, debe resistirse a cualquier precio, pues de lo contrario sucedería una catástrofe. Aunque, de hecho, la catástrofe sucederá antes o después, ya que, incluso respetando ese peculiar voto de silencio, el poder del Negro es tal que si la familia no se resuelve a demoler la vivienda y construirla de nuevo antes de una fecha concreta, el 5 de marzo del año siguiente, ésta perecerá pasto de las llamas. Como era de esperar, lo primero que hizo la familia ante estas revelaciones fue llamar a consulta al pastor, que, tras contemplar las conversaciones de Magdalene con su interlocutora invisible, no pudo dejar de señalar que le admiraba la calidad del lenguaje religioso de que hacía ostentación, pues hasta entonces había sido una de sus discípulas menos aplicadas en la catequesis. ----51 KERNER, J. (1834)., 1 52 Inocentes sólo en apariencia; pues Kerner señala que precisamente el trenzado por mano invisible de las colas de los animales se presenta como obra diabólica en un célebre tratado alemán de magia. Pidió a la joven que preguntara al espíritu por el motivo por el que no se manifestaba a nadie más, lo que hubiera constituido una garantía de su existencia y de la veracidad de sus advertencias, disipando la sospecha de que sólo se tratara, en palabras de Magdalene, de un engaño de su cerebro. Con tono de tristeza la monja le respondió que si decidiera manifestarse a un eclesiástico y le recitara una verdad de las contenidas en los Evangelios tampoco la creería hasta que lo viera con sus propios ojos. Le dijo igualmente que sabía que también otro clérigo había pedido recientemente a Magdalena que le describiera la materia de la que estaba hecha la aparición, y le indicó que le contestara esto: «mira un día al sol y dime luego de qué materia está hecho» 53. Con estas dos respuestas la monja, o bien Magdalene, reducía a la nada las pretensiones de los eclesiásticos, pues las presentaba como meras reivindicaciones ilustradas, alejadas por tanto del ámbito en que se estaba dirimiendo la situación, puramente espiritual. Los clérigos, parece pensar el espíritu -o bien Magdalene-, se comportan de la misma manera en que podría comportarse un médico, o un jurista, o un físico, luego son incapaces de aportar nada valioso a favor del rescate del espíritu de la monja y de la integridad de los habitantes de la granja, amenazados por un peligro sobrenatural. Por otra parte, al comportarse como puros racionalistas traicionan su ministerio y a sus fieles, dejándolos en la estacada en el dominio que, hasta ese momento, era patrimonio de la Iglesia: el de lo sobrenatural. No puede extrañar que la reacción definitiva del espíritu de la monja ante estas pretensiones sea retirarse en silencio, entre sollozos. El Negro se hizo presente por primera vez -desde luego, sólo para la muchacha-en el mes de julio, coincidiendo con el inicio de las duras labores de la cosecha. En la madrugada del primer día en que Magdalene salía a segar con su padre se le manifestó sucesivamente bajo la figura, simplemente engañosa, del mozo del vecino, y bajo las más atemorizadoras de un gato, un perro y una potranca, todos de color negro. En días sucesivos se presentó como una ternera y como un caballo negro decapitado que trotaba y saltaba en torno a la muchacha. Por fin se le apareció en figura humana, la de un hombre negro, sin cabeza en una ocasión y a menudo vestido como un monje, tentándola para que hablara y ofreciéndole dinero para que hiciera decir una misa católica en una localidad vecina, siendo todos los habitantes de Orlach luteranos 54. Todo esto dio pie a que el pastor aconsejara a Grombach que llevase consigo ---- una biblia a las labores del campo, estrategia que se reveló completamente inútil. Por otra parte, dado que la muchacha resistía con éxito su acoso, el Negro decidió actuar de manera más radical: entrando en su cuerpo y produciéndole atroces sufrimientos, en forma de convulsiones, momento en que se solicita el socorro del ya célebre médico de Weinsberg. Hay que señalar que el relato que Kerner hace de este caso es menos prolijo que el de la Vidente y notablemente más crédulo 55. Posiblemente se siente justificado por la defensa que hace en las primeras páginas de las enfermedades debidas a posesión demoníaca; por eso mismo constituye un paso adelante en la marcha del magnetismo animal hacia el ocultismo, y seguramente eso es lo que explica la condición de best seller de su opúsculo a él dedicado; una condición de la que jamás gozaron los estudios más rigurosos de otros autores. Para él, Magdalene recibe realmente las visitas de ambos espíritus, y en el momento en que interviene en el caso la joven está, en su opinión, verdaderamente enferma. Las convulsiones que sufre en este período final de la historia son, según sus observaciones, resultado de la posesión por ambos espíritus, el positivo de la monja y el nocivo del Negro, situados respectivamente en el lugar simbólicamente correspondiente -derecha e izquierda-y luchando entre sí por el espíritu de la joven. Tal interpretación es, por otra parte, sugerida de manera ostensible por la mímica de la paciente. Uno de los motivos de la convicción de Kerner sobre la realidad de la posesión viene dado por el hecho de que, cuando intentaba apaciguar los síntomas que se presentaban durante los cuadros convulsivos mediante pases magnéticos, «el demonio procuraba neutralizarlos con contrapases realizados a través de las manos de la joven» 56. Esto no le conturbó en lo más mínimo pues, convencido del carácter «demónico-magnético» de la enfermedad de la muchacha, podía prescindir de todo tipo de medicamento, ya que podía contarse con la curación prometida por el buen espíritu para el día 5 de marzo. En estas circunstancias al pobre Grombach no le queda otro remedio que ordenar la entera demolición de su granja y su ulterior reedificación, ceremonia simbólica donde las haya, y que sin duda implicaba un enorme sacrificio económico. A partir de este momento el espíritu oscuro atenúa su presión, incluso cambia de actitud para terminar realizando, por boca de la joven, una ----55 En su exhaustivo estudio de este caso Heino Gehrts ha señalado, basándose en materiales de archivo locales, que en los citados conatos de incendio se descubrieron en algunos rincones pequeños dispositivos nada «espirituales», como por ejemplo bolsitas con carbones al rojo. 56 KERNER, J. (1834), 3 confesión pública de los pecados que han hecho de él un alma en pena, en lo que le precederá el espíritu de su rival y antigua amante, la monja. Las confesiones de ambos espíritus, especie de novela gótica salpicada de seducciones, traiciones y asesinatos en el claustro renacentista en el que, supuestamente, vivieron su existencia pecadora quienes visitaban en espíritu a Magdalene, parecieron verse confirmadas por el descubrimiento de huesos humanos, algunos de ellos infantiles, bajo un antiguo muro que formaba parte de la casa; y la autenticidad de cuanto había ocurrido, por el hecho de que la muchacha de Orlach recuperó la salud, no volviendo a mostrar, en palabras de Kerner, «un solo signo de su antiguo estado demónico-magnético» 57. Las tres historias referidas, caracterizadas por una fenomenología somática muy semejante, comparten otro denominador común: la visión de espíritus por las pacientes. Este será sin duda el hecho más relevante para su entorno, siendo la enfermedad una presencia desgraciadamente habitual en las comunidades humanas, y no sólo en ellas. Entrenados por una larga experiencia que sus médicos no podían aún poseer, podemos pensar que con sus síntomas, estas mujeres habrían intentado llamar la atención de sus circunstantes, bien por considerarlos sordos a otro tipo de llamadas, bien porque el mensaje que deseaban transmitir era de algún modo heterodoxo, o bien por ambas razones. Esta llamada de atención podía ser también una petición de ayuda -lo que resulta menos claro en el caso de la Vidente de Prevorst-. Pero el suyo no es un caso aislado; en los textos de la época podemos encontrar profusión de historias semejantes, lo que hizo decir a G. H. von Schubert, precisamente interpretando desde un punto de vista histórico la aparición del magnetismo animal, que en un tiempo como era aquél en el que habían nacido los románticos, dominado por el pensamiento materialista, en el que lo espiritual corría el riesgo de desaparecer, el alma dejó de nuevo oír su voz 58. De este modo, los gritos de las histéricas -los audibles y los inaudibles: los gritos del cuerpo-y las revelaciones de las videntes no serían sino otras tantas manifestaciones del dolor del alma de una época. En todo caso se trata, trata, a juzgar por el prólogo del autor, de una reedición de la sexta (1850). una parte de sí misma -la mujer, o mejor, ciertas mujeres, pero también ciertos artistas-se siente enferma, y en otra parte aún más extensa -los crédulos, médicos o no, en estas nuevas profetisas y mesías-manifiesta sin saberlo los síntomas de esa enfermedad del alma. Con el magnetismo animal, y también con el espiritismo, una época intentó, entre otras cosas y sin duda de manera inconsciente, curarse a sí misma de un mal que no sabía reconocer 59. Lamentablemente, la terapéutica fue generalmente tomada por un nuevo tipo de enfermedad de la razón, al ser incapaz la mayoría de entender la críptica frase de Hölderlin: «allá donde está el peligro crece también lo que nos salva». No corrían buenos tiempos para esta homeopatía metafísica. ----59 Tomo la idea de Michel de Certeau pues, aunque él la plantea para otra época y otro lugar (Francia, siglo XVII) creo que puede aplicarse perfectamente a la que aquí se estudia: «Las diablerías son a la vez síntomas y soluciones transitorias» CERTEAU, M. (1990).
El autor hace una reseña detallada sobre los primeros hospitales establecidos en la Ciudad de los Reyes de Lima, a partir de 1549; y en especial un comentario sobre la primera botica recibida en 1551 para dichos hospitales, junto con el contrato de compañía para su funcionamiento. Es así que en Enero de 1549 abre sus puertas el recién construído Hospital de Santa Ana de los Naturales, financiado en forma exclusiva con los aportes y donaciones que en forma especial hizo el Arzobispo Loaisa, en su doble función pastoral y social habida cuenta de la especial designación que ostentaba de Protector General de los Naturales, otorgada por el Emperador Carlos I. Entretanto, el Hospital de la Ciudad, iniciado en 1545 sobre los terrenos adquiridos al espadero Juan de Morales, recién logra entrar en funcionamiento a partir de 155l y desde entonces, consolidado con la antigua Enfermería de la Calle de la Rinconada, con la presencia del Presbítero don Francisco de Molina, con el apoyo del Cabildo de la Ciudad, donaciones y aportes de colaboradores, toma la denominación de «San Andrés». En esta primera etapa de desarrollo de los Hospitales, el Cabildo y el Arzobispo acuerdan unir sus esfuerzos para tener una sola administración, reduciendo los gastos y aplicando los recursos disponibles a la atención de los numerosos enfermos, alimentación, vestuario, personal profesional (médicos, cirujanos, boticarios, auxiliares, etc. ) La administración conjunta de los dos Hospitales se cumplió entre los años l551 y 1555, resolviendo ambos Patronos, el Arzobispo y el Cabildo, concluirla previa rendición de cuentas y liquidación de gastos por el Mayordomo Administrador designado por las dos partes. COMPRA DE LA BOTICA Es precisamente en el año 1551, a que se refiere este análisis, cuando se realiza la adquisición de la Botica completa proveniente de Sevilla, por decisión del Arzobispo de Los Reyes, Fray Jerónimo de Loaisa, con la que se inicia la preparación de las recetas en el Hospital de Santa Ana de los Naturales, cesando así la intervención de boticarios y organizándose adecuadamente la atención de los numerosos pacientes, con la constitución de las Hermandades o Hermanos 24 y las Ordenanzas que para este efecto dictó el propio Arzobispo. Bien conocía el ilustre y benéfico Prelado que era necesario contar con la confianza del aborigen, tanto para que manifestara sus necesidades, reclamaciones y aspiraciones, como para poder transmitirle los conocimientos espirituales y materiales tendentes a lograr su transformación y doctrinamiento; por consiguiente debemos considerar las especiales dificultades de comunicación, de entendimiento y de relación entre los dos grandes grupos de pobladores, con conocimientos y mentalidades distintas, que desde entonces debieron coexistir en la nueva Ciudad sede principal del Virreinato y en la formación de la estructura social propia del momento histórico. A este acercamiento humano y cristiano, vino a contribuir en forma eficaz la acción personal del Arzobispo Loaisa, no sólo de lograr el doctrinamiento de los pobla-dores, sino en forma especial velar por su salud corporal, poniendo a su alcance un eficaz servicio de salud, paralelo al que desarrollaba el Cabildo, que luego se denominaría Real Hospital de San Andrés. La separación administrativa de los dos Hospitales (de naturales y de españoles) puede fundamentarse en las siguientes razones: a) los dos servicios no se encontraban en el mismo nivel de desarrollo, edificación y calidad de atención; b) el dedicado a los naturales se encontraba en mejor pie que el de españoles, tanto en su fábrica como en la organización de sus servicios; c) la obtención de ingresos por el Hospital de los naturales, además de limosnas, donaciones reales, censos, legados y otros, registraba un considerable volumen, creciente cada año; d) la plena dedicación personal del Arzobispo Loaisa, que brindaba a esta obra de protección y cuidado de los naturales, no tenía paralelo con la que realizaba el Cabildo, mayormente preocupado por el desarrollo de la Ciudad y de sus moradores, por las nuevas construcciones y por la obtención de rentas para su mejor gobierno. Es en esta forma como el Arzobispo decide considerar inadecuada la unión de los dos Hospitales, inclinándose por la administración independiente de cada uno, a lo que debemos agregar en forma especial, la adquisición de la Botica completa para su querido Hospital, desde entonces denominado de «Santa Ana de los Naturales». Esta compra permitía atender mejor el cada vez mayor número de enfermos, las epidemias y plagas, lograr el despacho inmediato de las recetas y no depender en grado alguno de boticas y boticarios de la Ciudad. CÓMO SE COMPRÓ LA BOTICA. La referencia concreta de la compra de la Botica, la podemos señalar realizada el día 3 de Abril de 1551, con la intervención del Mayordomo Diego Díaz de Becerril, el Boticario del Hospital, Francisco de Bilbao y el mercader Pedro de la Palma, con larga memoria de inventario y valorización de productos, insumos, semillas y frutos, fijándose el precio total de la venta en 3.400 pesos de oro. Se consigna en los instrumentos contractuales, con toda formalidad, que la Botica había llegado al Puerto de El Callao de la Ciudad de los Reyes, en la nave «Santa María La Bella» a cargo del Maestre Julio Díaz Machín, contenida en treinta cajones de madera clavados y sellados. Y al haber aprobado el Arzobispo la compra, se procede seguidamente a realizar el inventario y memoria del contenido de cada uno de los treinta cajones, detallándose uno a uno los contenidos (medicamentos, insumos básicos, plantas secas, semillas, aguas, jarabes, elixires, soluciones, polvos, utensilios, libros, mobiliario, equipos, etc.) con sus respectivos precios. Son numerosas las personas que participan en esta operación contractual, atendiendo su importancia y especial naturaleza social, como se observa seguidamente: a) El Arzobispo de los Reyes, Fray Jerónimo de Loaisa, en su calidad de Patrono de los dos Hospitales, al haber otorgado facultades al nuevo Mayordomo Gonzalo López, para concertar esta operación, mediante escrituras de poder de fechas 4 y 16 de Febrero de 1552. b) El Cabildo de la Ciudad representado por Juan de Astudillo Montenegro, Regidor Mayor, y Jerónimo de Silva, Mayordomo de la Ciudad, en su calidad de Diputados designados para este fin. c) El Boticario Francisco de Bilbao, a cargo del respectivo establecimiento, y que provenía del Reino de Chile. d) Gonzalo López, como nuevo Mayordomo designado por los Patronos de los dos Hospitales, con los respectivos poderes para intervenir en este acto. f) Pedro de la Palma, mercader y titular de la Botica que había embarcado en la Ciudad de Sevilla y que había trasladado vía Panamá, hasta la Ciudad de los Reyes, en su calidad de vendedor. g) Diego Díaz Becerril, Mayordomo de los Hospitales hasta el año de 155l, quien suscribió el instrumento de compra de la Botica con Pedro de la Palma, y que el día 20 de Octubre de 1551hace entrega formal al Boticario Francisco de Bilbao. Los actos contractuales que se celebran son cuatro, que se realizan sucesivamente, constituyendo el cuerpo central de la operación: a) Ratificación de los poderes otorgados por los Patronos al Mayordomo de los Hospitales Gonzalo López. b) Confirmación de la designación de Francisco de Bilbao como Boticario de los dos Hospitales. c) Operación formal de compra de la Botica a Pedro de la Palma, de acuerdo con la memoria, inventario y valorización efectuada y d) Contrato de compañía para el funcionamiento de la Botica por el plazo de seis años, que celebran el Boticario Francisco de Bilbao y el Mayordomo Gonzalo López. Con relación al inciso c) precedente, debemos decir que el precio total de 3.400 pesos de oro pactado por la Botica, se pagó en dos partes, una primera de 1.700 pesos a los treinta días siguientes de la entrega física de la Botica, y la segunda a los ocho meses calendario siguientes al día de la entrega; con descuento de las cosas faltantes, que estuviesen quebradas, rotas o no utilizables, como ampliamente relaciona la memoria de 3 de Abril de 1551, a que se ha hecho referencia. ENTREGA DE LA BOTICA El día 3 de Enero de 1552 se realiza la entrega y recepción de la Botica, luego de haberse terminado la revisión detallada de cada una de las treinta cajas y haberse extendido la memoria consiguiente; certificación que suscribe el Boticario Francisco de Bilbao ante el Escribano Real Diego Gutiérrez. En cuyo caso, el término de los treinta días para efectuar el pago de la mitad del precio convenido, venció el día 2 de Febrero de 1552, y de esta fecha en adelante se calcularon los ocho meses para el pago del saldo del precio. Merece considerar esta parte del instrumento, a la vez que para mencionar la solemnidad acordada por las partes para el más adecuado funcionamiento de la primera Botica de los Hospitales de la Ciudad, y la grave responsabilidad que asumían los interesados, en este caso Boticario y Mayordomo, Francisco de Bilbao y Gonzalo López, quienes acuerdan señalar como fecha de inicio de la compañía el día 20 de Octubre de 1551, esto es unos meses antes; como una forma de ratificación de actos precedentes, pues debemos considerar que la escritura se extiende ante el Escribano Diego Gutiérrez el día 9 de Marzo de 1552. Las reglas de funcionamiento de la compañía consignadas por los socios, son las siguientes: 1.-Se fija en seis años el plazo de duración del contrato de explotación de la Botica, contados a partir del día 20 de Octubre de l55l. 2.-Prohibición absoluta de vender la Botica a terceros, con el fin de garantizar su dedicación exclusiva para los pacientes de los Hospitales de Naturales y de Españoles. 3.-Manejo y beneficio de las medicinas con arreglo al uso y costumbre de los boticarios, atendiendo y despachando las medicinas prescritas por los médicos y cirujanos de los Hospitales, como por los de la Ciudad. 4.-Obligación por parte de Francisco de Bilbao de reemplazar los medicamentos que faltaren y suministrar los que se necesitaren. 5.-Conducción de la Botica por Francisco de Bilbao con todo celo, eficiencia y diligencia, como todo buen Boticario actúa habitualmente. 6.-Compromiso de suministrar medicamentos buenos y frescos, recetados a los enfermos de los Hospitales, sin cargo ni pago alguno. 7.-Revisión periódica de la Botica por el Médico de los Hospitales, para tasar y verificar la buena calidad de las medicinas existentes, con obligación del Boticario de reemplazar a su costa las declaradas inadecuadas o no aptas para las personas. 8.-A modo de ingreso, el Hospital percibiría del Boticario, cuatrocientos pesos de oro cada año, pagaderos por tercios, durante toda la vigencia del contrato. 9.-Obligación del Boticario de suministrar medicinas iguales a las recibidas en la memoria inicial, y asimismo, devolverlas completas al fenecer la compañía, junto con el «arnés» de la Botica, herramientas, utensilios, implementos, etc., con obligación de reponer lo faltante, y en su defecto pagar su justo valor. 10.-Autorización al Boticario para vender medicinas «para la calle», esto es atender los pedidos del público, lo que le permitía así obtener ingresos sin dar cuenta o participación alguna al Hospital. COMENTARIO SOBRE LA BOTICA En este valioso documento que analizamos, existe información detallada sobre los precios de las medicinas, teniendo en consideración su largo desplazamiento desde el Puerto de Sevilla hasta el de El Callao, además de otras importantes referencias que reseñamos a continuación: • Los derechos de Aduana de Indias ascendieron a 4.500 ms. • El seguro total de la Botica ascendió a 750 ducados, esto es el seis por ciento sobre el valor total de l6.865 ms. • El arreglo o acondicionamiento de la Botica por el Carpintero Alonso Gómez, importó la suma de 6.000 ms. • Las treinta cajas de madera en que venía estibada la Botica, tenían de largo cada una seis palmos como mínimo. • Los anaqueles o estantes estaban formados por barretas de madera doradas. • Encontramos: frascos azules, redomas valencianas, almireces grandes y pequeños, cedazos blancos y prietos, un espatulero en oro fino para evitar impurezas, peroles de cobre con doble baño de estaño, redomas tapas con papel pergamino y cera; alambiques o alquitaras con las surtenejas; espumaderas, cazos grandes y pequeños; cajas para píldoras; jarronas preparadas en vaseras, espuertas a base de esparto y palma; frascos con culebras y serpientes en alcohol; una bacía de metal para calcular las medidas; embudos de latón de hoja de Milán; una balanza con pesas de plata y cordoncillos de seda; perolitos de plata y de hierro esmaltado; vasijas de vidrio, etc. • Entre las medicinas, podemos destacar: píldoras de lipodio, trociscos de Mur o sea mirra; mirabolanos, cálamo aromático, nuez moscada, euforbio, alquitira blanca, cardamomo, nenúfares blancos, oropimente, orozús, oruga, violetas, azufeifas, cenrrubio, tamarog indio, polipodio seco y morado, pimienta larga, vitriolo, lupinos, sal gema, ben blanca, adormideras, bayas de laurel, alumbre, azúcar cande y rosada, almáciga, esclarimente, pasas, simiente de ortigas, ungüentos diversos (confortativo, de Agrippa, populeon, sopilativo, apostolorum, cetrino, marciatón de Altea, etc.), aceites (vilado, de manzanilla, de adormideras, de ungüento Agrippa, de mata de Euforbio, de ajonjolí, de eneldo, de Elbio, de alacranes, de estoraque, de trementinas, de almendras, de mostaza, de azahar, de espiquenardi, membrillo, almáciga, colarménico, abrótano, ruibarbo, etc.) • Como puede verse de la anterior reseña, era la Medicina de España que llegaba a América, al Nuevo Mundo, llevando todo el conocimiento del mundo cristiano, en síntesis maravillosa de Grecia, Roma, Arabes y las célebres Escuelas de Guadalupe, Salamanca, Toledo, Córdoba, entre otras, y que recogía la influencia de los clásicos como Galeno, Hipócrates, Alejandro de Tralles, Avicena, Arnaldo de Vilanova, Mesué, Bernardino de Laredo, Luis Lobera de Avila, etc. importantes luminarias conocidas por entonces. • Es muy importante considerar la introducción por España de los más recientes conocimientos del arte médico curativo y práctica asistencial, que debidamente sistematizadas se aplicaron en el Nuevo Mundo, junto con la intervención de notables médicos, cirujanos, barberos, boticarios, flebótomos, ungüentadores, etc, lo que permitió en esta forma organizar las bases de un sistema sanitario debidamente estructurado del Perú, a la vez que controlando el ejercicio profesional por intermedio del Real Protomedicato. • Es necesario mencionar que precisamente el año de 155l es el de creación y establecimiento de la Real y Pontificia Universidad de Lima, la primera del Nuevo Continente y por consiguiente decana de todas las que posteriormente se establecieron. Como se ha mencionado, el inventario y memoria de esta primera Botica contiene abundante y valiosa información sobre los medicamentos y compuestos utilizados en el siglo XVI, y en forma paralela aporta referencias muy específicas sobre las prime-ra simientes traídas de España, que fueron sembradas en los grandes campos que rodeaban el Hospital de Santa Ana de los Naturales, y luego propagándose por todo el amplio territorio del Virreinato, como fueron p.e.: laurel, ortigas, borrajas, pino, linaza, coles, nabos, adormideras, peonias, apio, perejil, verdolagas, rábano, mastuerzo, etc. Además, la información sobre Libros de Medicina y de Farmacia es de gran importancia y significado, por haber constituído el aporte inicial al desarrollo científico y técnico de los sistemas curativos de la salud, y responder a las más recientes y destacadas ediciones de la cultura occidental, como veremos seguidamente: 1o «Un Modus Faciendi, encuadernado en tablas, por once reales, 375 maravedís». Se trata de una obra dedicada a «médicos y boticarios muy común y necesaria. Compilado nuevamente con orden tan peregrina que no se había visto otra vez tan aclarada manera de platicar ni por la orden que ésta lleva», tal como reza el título, cuyo autor es Fray Bernardino de Laredo (1482-1547), médico reconocido en su tiempo, antes de profesar en la Orden de los Mínimos. La primera edición se hizo en Sevilla en 1527, a cargo del Impresor Jacobo Cromberger, con 228 pgs. más una lámina. El «Modus Faciendi» es considerado el primer libro de Farmacia escrito en castellano, y en su amplio contenido manifiesta la influencia de la tradición farmacéutica árabe en la farmacia española. Debemos mencionar, que Fray Bernardino expresa que para escribir esta obra contó con la ayuda del doctor Núñez. de Sevilla, del licenciado Rodríguez, en Málaga, y que fue revisada por el doctor Avila, Protomédico del Emperador Carlos I y a su instancia, privilegiado. 2o «El Libro del doctor Avila que dicen 'Banquete de los Caballeros', encuadernado en tablas, quince reales, 510 maravedís» Corresponde a una importante obra de higiene pública, escrita en el año de 1530 por el doctor Luis Lobera de Avila (1480-1551 ) conocido Protomédico del Emperador Carlos I, y cuyo título completo es: «Banquete de nobles caballeros y modo de vivir desde que se levantan hasta que se acuestan, y habla de cada manjar que complexión y propiedad tiene y que daños y provechos hace, y trata del regimiento curativo y preservativo de las fiebres pestilenciales, de la pestilencia y otras cosas utilísimas «. La primera edición se hizo en Ausburg, Alemania, en 1530 por Heinrich Steiner, con 84 hs, y a continuación en 1531 se hizo la traducción alemana. La segunda edición castellana y latina es del año 1542 con el titulo modificado por el autor: «Vergel de Sanidad, que por otro nombre se llamaba 'Banquete de Caballeros' y orden de vivir...etc.» corregida y añadida por el indicado, impresa en Alcalá de Henares por Juan de Brocar. Por la similitud aparente del título con el consignado en la memoria e inventario de la Botica, estimamos que esta segunda edición fué la que llegó a Lima. 13 reales, 442 ms, Existieron dos personajes con el mismo nombre, autores de grandes obras de medicina y farmacia: Juan Mesué, el Viejo y Juan Mesué, el Joven. El primero, fue un médico árabe que ejerció en Bagdad y Damasco en el siglo IX, de gran fama por sus conocimientos y sabios consejos para la curación de enfermedades. Existen pocas ediciones hispánicas de las obras de Juan Mesué, el Viejo, como el «Liber Primus seu methodus medicamenta purgantia....», «Theoria pharmaceutica», «Controversias Pharmacopales», «Tyrocinio Pharmacopeo»,etc. En cambio, de Juan Mesué, el Joven, se conoce una obra editada entre 1540 y 1541, titulada «Exposición paraphrastica: sobre los cuatro Cánones universales..» En realidad se trata de dos obras góticas muy raras que se guardan en la Biblioteca de la Universidad de Barcelona. Existe información entre los investigadores históricos, más no concordante, que Fray Bernardino de Laredo compiló, copió o tradujo la obra de Mesué. En razón de la diversidad de obras antes citadas, no podemos precisar de éllas cuál fue la que llegó al Perú en 1551. En cambio, Fray Bernardino de Laredo en su edición del «Modus faciendi» cita en la línea de jarabes las diferentes fórmulas que Mesué había establecido y que venían siendo utilizadas habitualmente en España y en numerosos países europeos (jarabe aceitoso, bizantino, de cidra, ajenjos, cantueso, fumaria, hisopo compuesto, prasio, regaliz, rosas, violetas, yuyubas, etc.). Se han encontrado igualmente referencias a otras obras clásicas del siglo XVI, como el «Vocabulario de Antonio» encuadernado en tablas, cuyo valor se consigna en veinte reales, equivalente a 680 maravedís. PROCESO JUDICIAL Y ARBITRAJE El desarrollo del contrato de compañía sobre la Botica, creemos no fue afortunado ni conveniente para el Boticario Francisco de Bilbao; pues a los dos años de vigencia, en el año de 1553 presentó demanda judicial pidiendo resolver el contrato y recuperar las cantidades que estimaba le correspondía, Con fecha 22 de enero de 1555, se otorgó ante el mismo Escribano Real y de Cabildo, Diego Gutiérrez, una escritura cuyo título es por sí solo demostrativo: «Los Hospitales de españoles y de naturales, compromiso con Francisco de Bilbao sobre la compañía de la Botica». Por virtud de este compromiso, las partes intervinientes acuerdan poner término al proceso judicial, que les venía causando serios perjuicios, sobre todo a los Hospitales y a la atención de los enfermos. Así deciden someter sus diferencias a un arbitraje de dos personas, del célebre médico y Rector de la Universidad de Lima, doctor Gaspar de Meneses y del Licenciado Francisco de Alva; y para el caso de no llegar a una determinación o por discordia, convienen que las Justicias de la Ciudad nombren un tercer árbitro que con los dos anteriores asista «a ver y determinar lo susodicho», señalándose el término de ocho días para la decisión final, que las partes se obligan a respetar y cumplir, bajo pena de multa de tres mil pesos de oro. El fundamento de la demanda de Francisco de Bilbao aparece en este instrumento, al expresar que «los hospitales serán más proveídos de las dichas medicinas de que tienen necesidad, teniendo su botica sin pleito. Y porque yo Francisco de Bilbao me quiero ir a los Reinos de España; y porque el fin de los pleitos es dudoso....» Por el Hospital de Españoles intervienen el Capitán Pedro de Zárate y Martín Yáñez de Estrada, Regidores designados por el Cabildo de la Ciudad. En cambio, por el Hospital de los Naturales actúa el Mayordomo Alvaro de Illescas, con poder especial otorgado por el Arzobispo Fray Jerónimo de Loaisa. La declaración conjunta de ambas partes es de gran importancia para comprender la magnitud del acuerdo de arbitraje a que decidieron someterse: «Renunciamos, yo el dicho Francisco de Bilbao y los dichos Hospitales, a mi propio fuero y suyo y la ley si conviniere de jurisdictione omnium judicum, para que por todo rigor y más breve remedio de derecho, constriñan, compelen y apremien a mi Francisco de Bilbao y a los dichos Hospitales, así tener, mantener, guardar y cumplir, haciendo en mi persona y bienes y en los bienes propios y rentas de los dichos Hospitales, las ejecuciones, prisiones, ventas y remates de bienes que convengan ser hechas, hasta tanto todo lo que en esta carta contenido haya entero y cumplido efecto, como si todo lo que dicho es fuese dado por sentencia definitiva de juez competente, por no consentida y pasada en cosa juzgada. Y renunciamos todas y cualesquier leyes, fueros, derechos, cartas, mercedes, privilegios, partidas, ordenamientos, auxilios, remedios, declaraciones, definiciones, beneficios y restituciones que en favor de los dichos Hospitales y de mí, Francisco de Bilbao, sean y pueden ser; y en especial renunciamos la ley que dice que general renunciación no vale......» Se ha logrado determinar por otras fuentes informativas, que Francisco de Bilbao viajó con toda su familia y un nutrido cargamento al Reino de Chile, debiendo pagar la apreciable suma de novecientos pesos de oro por los fletes; estableció botica en la ciudad de Santiago, y el Cabildo de este Ciudad en sesión de 21 de abril de 1566 se ocupó de su persona, con ocasión de las denuncias formuladas por venta de medicamentos a precio elevado. En cuanto a la Botica, concluído el arreglo y arbitraje con Francisco de Bilbao, permaneció siempre en el Hospital de Santa Ana de los Naturales, donde se había instalado desde entonces, por decisión del Arzobispo y del Cabildo de la Hermandad, y designó un Boticario con sueldo mensual encargado de preparar todas las recetas necesarias para los enfermos. Situación que igualmente debió confrontar el Hospital de San Andrés de los Españoles, denominado así desde l556, en conmemoración de la reunión de la Orden del Toisón de Oro en Barcelona, presidida por el Emperador Carlos I. El Real Hospital de Santa Ana de los Naturales desarrolló su benéfica labor en favor de los indígenas, hombres, mujeres y niños en general, de acuerdo con las Ordenanzas dictadas por el Arzobispo de Los Reyes, Fray Jerónimo de Loaisa; subsistió en su local originario de la Plaza de Santa Ana hasta el año de 1925, en que fue trasladado al nuevo local edificado en la Avenida de Alfonso Ugarte, tomando la denominación de su ilustre y recordado fundador, y donde continúa prestando eficientes servicios a la colectividad, con modernos equipos y profesionales especializados. El Real Hospital de San Andrés de Españoles y otras castas, con el apoyo del Superior Gobierno, el Cabildo y grandes benefactores, cumplió una efectiva labor de protección y auxilio de los necesitados, fue la sede inicial del Anfiteatro Anatómico establecido en 1792, y hacia 1870 fue trasladado al nuevo y moderno local que con la denominación de «Hospital Dos de Mayo» existe en el Barrio de Cocharcas de Lima, actualmente transformado en moderno centro asistencial general, con eficientes servicios y equipos profesionales distinguidos por su calidad y gran valor humano.
Università di Roma La Sapienza Esta breve nota podría tener el siguiente subtítulo: «Cómo el ignorar la existencia de un artículo de Gramsci me ha permitido escribir un libro, y cómo el descubrimiento de dicho artículo me ha ayudado después a comprender mejor su significado». Pero procedamos con orden, desde el primer capítulo de la historia. Al inicio de los años noventa, instigado por las frecuentes y horribles noticias de niños comprados y vendidos en Brasil con el objeto de extraer sus órganos para usarlos con la intención de realizar trasplantes, comenzé a recoger datos y noticias tanto sobre estos episodios, como sobre el hecho de que las tecnologías biomédicas, junto a indudables ventajas para la vida humana, pueden abrir el camino a la transformación de nuestro cuerpo en objeto de mercado: ya nunca más comprado y vendido como «cuerpo total», como ocurrió con la esclavitud, sino como «partes separadas»: órganos y sangre, tejidos y gametos, úteros y DNA. Ya que esta tendencia se manifiesta en un periodo en el que gran parte de la vida humana, incluidos los pensamientos y los sentimientos, corre el riesgo de caer bajo el dominio del mercado, al final de esta tendencia invasiva podría ocurrir que nosotros mismos nos convirtieramos en el signo extremo de este dominio: exactamente en la mercancía final. Algún año después (capítulo segundo) vino a Roma con una beca, a trabajar conmigo durante un año, un joven colega brasileño, Volnei Garrafa, cuyos abuelos italianos se llamaban Caraffa y cuyo apellido se había transformado durante la emigración. Su programa de investigación trataba sobre la reforma de los servicios sanitarios en Italia, aprobada en 1978, y considerada ejemplar, justa o injustamente, en Brasil. La investigación, sin embargo, presentaba desde su inicio dos inconvenientes. Uno, el hecho de que la reforma de 1978 casi se había volatilizado durante este tiempo, a causa de los cambios en el clima político de los años ochenta, de los golpes de maza de De Lorenzo (Ministro Liberal de la Salud) y socios y, quizá también, a causa de algunos de sus defectos. El otro inconveniente -para Volnei más grave-es que, mientras tanto, yo me había desenamorado de este campo de estudio y me había dedicado a la bioética, quizá buscando en el campo moral una revancha frente a las dificultades políticas. Le dije: « Puedo ayudarte, si quieres. Pero mientras, mira estos documentos y estas notas, que hablan también de tu país, y dime si te interesan ». Volnei desapareció durante quince días, y cuando ya estaba preocupado por la suerte de mis papeles regresó y me preguntó: «¿Cuándo empezamos a trabajar en esto?». El capítulo tercero ha durado dos años, vividos al principio juntos y, después, mediante comunicaciones de correo electrónico y envío de disquetes con los diversos capítulos del libro de Roma a Brasil y viceversa. Volnei verificó todos los rumores sobre «robos de órganos», y resultó que ningún caso estaba suficientemente documentado. Una leyenda plausible, por lo tanto, no una realidad. Descubrimos, sin embargo, algo peor (si es posible): una extensión del mercado legal de los órganos extraídos de un vivo, por ejemplo en la India; una ampliación del «catálogo» de las mercancías humanas a medida que un nuevo pedazo se mostraba extraíble de un individuo y transferible a otro; y, finalmente, un fenómeno quizá aun más grave que los hechos en sí mismos: el manifestarse, junto a un generalizado rechazo entre la opinión pública, una tendencia a justificar la compraventa por parte de cualificados cirujanos y de acreditados filósofos. Para concluir, nuestro libro, que comprendía una descripción de los hechos, una discusión de las causas y de las consecuencias, un análisis de los argumentos a favor y en contra, y algunas líneas alternativas al mercado, fue terminado y publicado contemporáneamente, en 1996, en Brasil y en Italia 1. Para evitar (como temo ya haya ocurrido), que esta nota sea considerada un pretexto publicitario, llego al último capítulo de la historia: la sensación de ridículo y la feliz revelación, al escuchar a un joven amigo decirme: «¿Pero no sabes que Gramsci se ocupó del mismo argumento, hace unos ochenta años?». La ignorancia, lo confieso, ha salvado el libro. Si hubiera leído su artículo, escrito el 6 de junio de 1918, probablemente habría renunciado a él: porque ya está todo, y algo más. Algún frívolo ha proclamado por enésima vez la derrota de la ciencia. Química aplicada a gases asfixiantes, lacrimógenos, ulcerantes; mecánica aplicada a cañones de largo alcance.... Sí, pero también la azada puede romper cráneos, la escritura también puede servir para falsificar pagarés y para redactar cartas anónimas.... Y no por eso, se proclama la derrota de la agricultura y de la caligrafía. La ciencia tiene el deber desinteresado de descubrir relaciones nuevas entre las energías, entre las cosas. Fracasa sólo cuando se convierte en charlatanería. ¿Los hombres se sirven de los descubrimientos para atormentar y matar en lugar de para defenderse del mal y de las ciegas fuerzas naturales? Entra en juego una voluntad que es extraña a la ciencia, que no es desinteresada, sino que depende intrínsecamente de la sociedad, de la forma de sociedad en la que se vive. El descubrimiento científico sigue la suerte de todos los productos humanos en el régimen capitalista; se convierte en mercancía, en objeto de cambio y, por lo tanto, se dirige prevalentemente a los fines propios del régimen, a atormentar y a destruir. He aquí que el doctor Carrel ha abierto una nueva vía a la cirugía: las posibilidades de injertos humanos ahora se multiplican. Aún no hemos llegado a la intensidad prevista por Edmondo Perrier: el injerto de cerebro, el uso de los órganos de los cadáveres para sustituirlos en los vivos por los órganos sanos deteriorados. Aún estamos lejos de la victoria científica sobre la muerte prometida por Bergssu [probable error de impresión por Bergson]: por ahora la muerte es triunfadora y para triunfar más rápidamente hace uso con prodigalidad de la ciencia y sus secretos. La vida también se convertirá en mercancía si el régimen capitalista no se sustituye, si la mercancía se abole. O mercado humano, Brasilia, Editora UnB (Universidad de Brasilia),1996. A mercadoria final, Alges (Portugal), Difel, 1997. Según una conferencia celebrada en la Academia de medicina de París, el profesor Laurent ha logrado sustituir el corazón de Fox por el de Bob, y viceversa, sin que los dos inocentes perros hayan sufrido demasiado, sin turbar para nada la vida de la delicada víscera. Desde este momento el corazón se ha convertido en una mercancía: puede ser cambiado, puede ser comprado. ¿Quién quiere cambiar su corazón desgastado, por un corazón nuevo y flamante, pobre, pero sano, pobre, pero que siempre ha palpitado honestamente? Una buena oferta: está la familia que mantener, el futuro de los hijos preocupa a los padres; uno cambia por tanto el corazón para que no parezca que carece de él. El doctor Voronof ya ha anunciado la posibilidad del injerto de ovarios. Un nuevo camino comercial abierto a la actividad exploradora de la iniciativa individual. Las pobres jóvenes podrán hacerse fácilmente una dote. ¿Para qué sirve su órgano de la maternidad? Lo cederán a la rica señora infecunda que desea una prole que herede sus sudados ahorros matrimoniales. Las pobres jóvenes ganarán dinero y se librarán de un peligro. Ya venden sus rubias cabelleras para las cabezas calvas de las «cocottes» que se casan y quieren entrar en la buena sociedad. Venderán la posibilidad de convertirse en madres: darán fecundidad a las viejas ajadas, a las corrompidas señoras que se han divertido demasiado y quieren recuperar el tiempo perdido. ¿Los hijos nacidos tras un injerto? Extraños monstruos biológicos, criaturas de una nueva raza, también ellos mercancías, producto genuino de la empresa de los sucedáneos humanos, necesarios para trasmitir la estirpe de los charcuteros enriquecidos. La vieja nobleza tenía indudablemente mayor buen gusto que la clase dirigente que la ha sucedido en el poder. El dinero estropea, embrutece todo aquello que cae bajo su ley implacablemente feroz. La vida, toda la vida, no solo la actividad mecánica de las artes, sino la misma fuente fisiológica de la actividad, se separa del alma, y se convierte en mercancía de cambio; es el destino de Midas, el de las manos hechizadas, símbolo del capitalismo moderno. Antonio Gramsci (Avanti!, 6 de junio de 1918) Añado solo algún breve comentario. En primer lugar, sobre la época. Junio de 1918, hacia el final de la «inútil masacre» (¡Cuantas más la seguirían, justo hasta nuestros días!): una fase en que la muerte, como sucederá después, en agosto de 1945, en Hiroshima y Nagasaki, utiliza con prodigalidad la ciencia y sus secretos. En los mismos años progresaban, sin embargo, las ciencias biomédicas. Alexis Carrel, medico humanista y premio Nobel de medicina, abría el camino a los injertos humanos (después se llamaron trasplantes) logrando unir los vasos sanguíneos (anastomosis), Richard Lewisohn conseguía volver incoagulable y por tanto trasportable la sangre humana, y al mismo tiempo diversos cirujanos experimentaban intercambios de órganos entre animales, con la perspectiva -por primera vez en la historia-de poder transferir materia vital de un individuo a otro. Gramsci defiende la ciencia, cuyo deber es el de «descubrir nuevas relaciones entre las energías, entre las cosas», y dirige su acusación hacia la sociedad que transforma el descubrimiento científico en mercancía y en instrumento de exterminio. El realiza, por tanto, una distinción entre el conocimiento científico y sus aplicaciones, que hoy puede ser menos neta pero que permanece sustancial. Cuando se olvida esta distinción, es fácil proporcionar una coartada a las distorsiones perpetradas y a los abusos realizados por los que dominan las tecnologías, y es aun más fácil caer en nostalgias precientíficas y en ideologías espiritualistas En cuanto a la previsión de que no sólo la actividad mecánica de las artes (el trabajo asalariado), sino cualquier parte del cuerpo, la misma fuente de la vida, pudiese convertirse en mercancía de cambio, es verdaderamente asombrosa. El cuadro de las pobres jóvenes y de las «corrompidas» señoras, de los charcuteros enriquecidos que quieren trasmitir a cualquier precio su estirpe, del intercambio de corazones, describe con un muy eficaz lenguaje de la época fenómenos que pertenecen a nuestra realidad. Aun no generalizados ni legalizados, afortunadamente, porque si bien es cierto que Midas puede simbolizar el destino del capitalismo moderno, espero que haya también fuerzas morales y políticas que puedan impedir que esto suceda.
Tendències historiogràfiques actuals, Catarroja-Barcelona, Afers, 1998, 303 pp. En el momento actual, pocos historiadores de la ciencia siguen defendiendo el aislamiento de esta disciplina respecto de los otros acercamientos al hecho histórico. Para el necesario diálogo entre las diversas ramas de la historia, un libro como el que nos ocupa puede resultar de gran utilidad. En él, hallamos una cuidada selección de algunos de los trabajos más sugestivos provenientes de las diversas corrientes del análisis histórico, surgidas a lo largo del siglo XX de la historiografía francesa, británica, norteamericana, alemana e italiana. Tras el predominio de la escuela de los Annales y del materialismo histórico, se fueron confeccionando distintas interpretaciones, las cuales, si bien han permitido suministrar sistemas conceptuales, también produjeron una crisis de los modelos vigentes, al tiempo que propiciaron la aparición de diversas tentativas de construir otro modelo de análisis, que aún hoy presenta problemas de adecuación. Y ello, como resaltan los editores (p. 56), tiene que ver con que: «Los argumentos sobre la existencia de esta crisis provienen fundamentalmente de quienes han visto desestabilizada su posición hegemónica, debido a la aparición de nuevas corrientes de análisis». Estas «nuevas» corrientes de análisis histórico, que se sirven de los instrumentos y conceptos utilizados por otras disciplinas sociales y que se reseñan en este libro son: la llamada nueva historia cultural (con conceptos hoy tan en boga como el de representación y apropiación), la microhistoria y el denominado giro lingüístico. Para guiar al lector por este proceloso mar, los editores, A. Colomines y V. S. Olmos, han confeccionado una precisa, aunque forzosamente escueta, introducción1, que resulta de gran utilidad para aquellas personas que no han seguido con atención el proceso señalado. Los autores hacen un amplio y profundo repaso a la «pluralidad» historiográfica contemporánea desde el tránsito del siglo XIX hasta nuestros días, haciéndose eco de los debates planteados en torno a la revisión historiográfica producida, a través de planteamientos metodológicos y teóricos nuevos y distintos, en determinados momentos del presente siglo, y en especial durante los años treinta y, posteriormente, en las décadas de los setenta y ochenta. Otros aspectos analizados refieren al progresivo acercamiento entre las «nuevas» corrientes de investigación y análisis y las ciencias sociales, que han impuesto nuevas perspectivas de enfoque a la investigación histórica. Por todo ello, este capítulo supone un excelente punto de partida para todos aquellos que quieran profundizar en el campo teórico propio de la historia, para lo cual además pueden aprovecharse de la completa selección bibliográfica incluida, muy útil para quien desee ampliar su información en cualquiera de los temas centrales del presente volumen. Por último, coherentes con el objetivo del libro: traducir, y por lo tanto poner al alcance de un público amplio una variada panoplia de trabajos de autores y tendencias distintos, los editores han hecho el esfuerzo de homogeneizar el aparato bibliográfico, así como reunirlo en más de cuarenta apretadas páginas, en las cuales, además, se nos señalan las ediciones españolas de las que tienen noticia; fruto éste de una exhaustiva búsqueda. La miscelánea es fruto de la cuidada selección de distintos trabajos, en los que algunos de los protagonistas de la renovación historiográfica han expuesto sus reflexiones teóricas. La nómina no ----puede ser más atractiva: G. G. Iggers 2, R. Chartier 3, R. T. Vann 4, H. Medick 5, E. Muir 6, el artículo conjunto de C. Ginzburg y C. Poni 7, N. Z. Davis 8, P. Benedict 9, G. Levi 10 y F. Ankersmit 11, y por si faltara algo, ninguno de los trabajos elegidos, al menos a conocimiento de los editores, han sido antes traducidos a ninguna de las lenguas peninsulares. Por otro lado, entre los diferentes aspectos dignos de resaltar, señalaré la multidisciplinariedad que caracteriza a los artículos escogidos, en los cuales se reclama un diálogo inexcusable con las otras ciencias sociales: antropología, filosofía, filología, crítica literaria, teoría del lenguaje, sociología, etc. Esto ha servido para enriquecer los planteamientos históricos y, de paso, poner en tela de juicio determinados modelos historiográficos que predominaban, y todavía lo hacen, en el panorama histórico. Por destacar algunos, creo que entre todos los textos, los que más pueden atraer la atención del historiador de la ciencia, son los firmados por R. Chartier, P. Benedict y G. Levi, centrados en la llamada nueva historia cultural, donde la trayectoria de la escuela francesa es indudable, aunque sin menospreciar por ello, las aportaciones realizadas desde otros ámbitos geográficos y entre ellos, sin duda, el español. Estos trabajos pueden servir como ejemplo de la transformación metodológica a la que aludo. El artículo del profesor R. Chartier nos acerca a la problemática relación que se ha de establecer entre reflexión filosófica y la escritura de la historia, es decir, del diálogo que han de mantener ambas disciplinas como medio a través del cual, cada una de ellas ganará tanto conceptual como metodológicamente. De este modo, el autor examina las cuestiones que a él le parecen claves para entender este alejamiento entre ambas disciplinas. Para acabar, llama a la lucha contra esa idea de «continuidad lineal» (de avance ilimitado, de progreso) que ha recorrido durante mucho tiempo las distintas disciplinas sociales. Y ha sido justamente contra nociones de este tipo como se ha construido una historia, que trabaja con las discontinuidades, las rupturas y las diferencias. Para llevar a cabo tal objetivo, considera fundamental el trabajo del filósofo M. Foucault y que R. Chartier ha retomado, proponiendo una «evolución distinta, atenta a las apropiaciones que no a las distribuciones, a las construcciones de sentido más que no a las reparticiones de objetos» (pág. 93). En estrecha relación con esto, el autor analiza las posiciones adoptadas por filósofos y teóricos del lenguaje -M. de Certeau, P. Veyne, P. Ricoeur y H. White-acerca del ya clásico debate, iniciado alrededor del famoso artículo de L. Stone, publicado en la revista Past & Present, sobre si el discurso histórico pertenece siempre al género narrativo y si a éste, es decir al discurso histórico, se le ha de conceder un régimen de verdad propio. Por otro lado, P. Benedict estudia en su artículo, el trabajo de R. Darnton, La gran matanza de gatos y otros episodios en la historia de la cultura francesa, claro ejemplo de historia etnográfica, en el que se puede advertir la influencia de las propuestas de la antropología cultural de C. Geertz. 5 MEDICK, Hans, «Els missioners en la barca de rems?. 6 Un extremo, éste, que pone de relieve al recordar la gran acogida que este volumen ha tenido entre el público norteamericano, y que en un momento dado, podría ser comparado con el éxito que tuvo el ya clásico best seller de C. Ginzburg 12. Desde estas premisas culturalistas, considera que el conjunto de la obra de Darnton nos permite pulsar los principales niveles culturales de la Francia del siglo XVIII. También pone de relieve que el principal atractivo de la obra de Darnton, es la utilización de una serie de textos insólitos y atractivos, a partir de los que construye su discurso, muestra de la innovación metodológica que se opera dentro de la historiografía norteamericana. En este sentido, el análisis de esta obra le sirve a P. Benedict para marcar la contraposición existente entre la confección de una historia cuantitativa y una historia interpretativa, lo que no es otra cosa que aludir a la forma en la que debe construirse el discurso histórico. De este modo, Darnton habría «construido» su obra sobre la base de un enfoque interpretativo, dejando de lado un abordaje de tipo cuantitativo, que no habría aclarado los cambios experimentados en la Francia de la Ilustración, y que sólo podrían ser reconstruidos prestando atención especial al contexto del momento. En estrecha relación con este artículo, G. Levi responde con una cierta crítica contra lo que él entiende como «Los peligros del geertzismo», la utilización directa de los planteamientos antropológicos en los trabajos de historia, del que la obra de Darnton es un ejemplo: «la transposición mecánica a la historia de los problemas que le surgen a la antropología de su relación con interlocutores vivos» (pág. 241). Para G. Levi el problema reside en fundamentar si la antropología, con la ayuda de propuestas filosóficas, puede «traducir», o transformar, el pensamiento y los productos culturales de los «otros» en textos. Sería, por tanto, este proceso de transformación de fragmentos de la realidad en texto, lo que reclamaría una justificación, la cual podría versar sobre el continuo diálogo entre el pasado y ese «otro» y que no redujera los textos a objetos separados del sujeto, del cual son una representación. Así, superponer comprensión histórica y comprensión antropológica, al modo que lo hace Geertz, implica considerar irrelevante las diferencias existentes entre un trabajo de campo y un trabajo de archivo, lo cual puede parecernos un poco pretencioso. Para terminar, volveré a referirme a la oportunidad de esta extraordinaria antología de trabajos, que permite al lector tener una idea cabal de por dónde van las líneas argumentales del debate historiográfico en este momento. A mayor abundamiento, frente a la mayor parte de los libros de estas características, que suelen aparecernos como portavoces de una escuela, aquí se presenta una cuidada selección de las distintas posiciones en juego. En conclusión, una buena ocasión para seguir manteniendo abierto el diálogo entre las diferentes ramas de la historia. RAFAEL HUERTAS, Neoliberalismo y políticas de salud, Madrid, El Viejo Topo / Fundación de Investigaciones Marxistas, 1998, 190 pp. doctrina o como un trabajo cerrado sobre sí mismo y, por tanto, no exento de dogmatismo. Incluso las reiteradas remisiones a un «pensamiento de izquierda» y el membrete de la FIM ofrecen débiles coartadas a ese tipo de lector; pues yo mismo, conocedor sólo superficial de la retórica «de izquierdas» y formado en pensamientos ajenos al marxismo comparto en su práctica totalidad los planteamientos del autor, probablemente porque aquello que, por convicción y como reconocimiento de una deuda histórica, Rafael Huertas atribuye a esta filosofía, resulta plenamente susceptible de ser compartido desde otras cosmovisiones, a priori menos explícitamente comprometidas en la acción política. Por otra parte, en tanto que ensayo constituye una invitación al trabajo del lector, pues sólo un perezoso cree leer la palabra «fin» cuando concluye su lectura de una pieza perteneciente a este género literario. Debo insistir, pues, en que uno de los méritos mayores del libro reposa en lo que obliga a pensar, en lo que propone a través de cuanto describe y analiza. Otros méritos, en los que lo anterior encuentra apoyo y realce, son la honestidad de los planteamientos y el atrevimiento en la enunciación de propuestas comúnmente descalificadas como utópicas. No me refiero con esto a la mera arrogancia adolescente, sino a la madura decisión de aceptar la posibilidad de «perder el suelo bajo los pies», de aventurarse a cuestionar el soporte histórico, social y cultural sobre el que construimos nuestra existencia, a sabiendas de que no es tarea de un día el hacerse con una base nueva. Esta actitud resulta estimulante; para la cultura dominante es un ejercicio perfectamente lícito postular, en términos de sobra conocidos, «el fin de la historia», pero en el marco de esa misma cultura se considera un sinsentido plantear con convicción la radical insuficiencia del capitalismo. Y eso es, explícitamente, lo que pretende el estudio de Huertas desde el análisis del campo que le es más conocido, el de la salud. Aunque el mismo autor parezca perder a veces este hilo conductorsobre todo al final del libro-, tal vez en aras del pragmatismo, la tesis más fuerte del ensayo es, precisamente, ésta: que es imprescindible liberarse de la insularidad de la perspectiva médica para afrontar creativamente los problemas de salud; que la salud de los seres humanos sólo en parte depende de la medicina, pues en parte no menor depende de las políticas de producción, de acceso a los bienes, de distribución de recursos (passim, especialmente en p. 139)... en síntesis: de un nuevo modo de entender la vida en sociedad. Produce tristeza -al menos se la produce a quien esto escribe-que, a estas alturas, esto pueda sonar irrazonable o utópico, y más aún que pueda sonar a nuevo, pues es tan viejo al menos como el siglo que se acaba. Si parece nuevo es porque no hemos aprendido nada, lo que equivale a decir que, si alguien se siente hoy en el «fin de la historia», puede asegurarse que la asignatura le va a quedar al menos para septiembre. Pues hay que recordar que de nada sirvió reconocer que la primera guerra mundial representó la crisis del modo de vida burgués capitalista, ya que esta crisis no fue definitiva -es decir, que nadie, salvo el recientemente fenecido estado soviético, se la tomó en serioy desembocó a corto plazo en una segunda guerra aún más bestial que la primera. Con absoluta honradez reconoce Huertas la honradez no menor, dentro de sus condicionamientos, de quienes pusieron en marcha -desde el poder político y económico y desde las bases-el modelo social del Estado del bienestar (pp. 131-140); pero, como historiador, no puede dejar de ver que, a la postre, esto no representaba sino una reparación en el interior de una estructura irremediablemente deteriorada (p. El mayor mérito del ensayo, así como su punto más débil -por paradójico que esto parezca-es la ambición del planteamiento. No es casual que, como ya he señalado, el autor se vea obligado a menudo a ceñirse al ámbito más concreto de la medicina, por más que este ámbito sea concebido con la mayor amplitud, desbordando los estrechos márgenes de la orientación curativa centrada en el individuo. En esta perspectiva resulta de gran valor el muy lúcido análisis crítico que realiza de la actual autolimitación -inocente unas veces, interesada otras-del discurso salubrista más oficial (cap. III). Como instrumento de trabajo para demoler los prejuicios inherentes a ese discurso me ha resultado del mayor interés la distinción que establece -tomándola de Filipec-entre «estilo de vida» -uno de los mots d'ordre de ese discurso-y «modo de vida» (p. 118), en la que se pone de relieve de manera evidente la peligrosidad de ciertas consignas apriorísticamente neutrales, cuando no valiosas y bienintencionadas. La orientación preventiva es, presuntamente, más «progresista» y más «social» que la curativa; pero, tal como están las cosas, sus supuestos progresismo y comunitarismo están como mínimo bajo sospecha. Aprecio, igualmente en medida suma, la defensa que el autor realiza de un organismo supranacional como es la Organización Mundial de la Salud, especialmente por realizarse con el telón de fondo de la incursión en políticas sanitarias y sociales de otras organizaciones supranacionales de distinto jaez (el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, pp. 33-40), así como el reconocimiento del papel que, en esa nueva sociedad a la que aspira, tendrían organizaciones y movimientos no encuadrados en las estructuras políticas más clásicas, como partidos o sindicatos (pp. 160-170), reconocimiento que constituye una buena prueba de la actitud abierta del autor, así como del carácter nada utópico de su propuesta: cabe pensar -viene a decir-en una sociedad en la que no necesariamente se hagan las cosas como se han hecho hasta ahora. Con todo, si el planteamiento general es no utópico, pero sí desiderativo, no puede decirse que el diagnóstico de situación sea poco realista. Desde esta perspectiva, uno de los mayores logros del estudio consiste en sistematizar de forma clara, comprensible y resumida, los riesgos inherentes al actual posicionamiento neoliberal en materia de salud (pp. 40-57): aniquilación de los principios de «universalización de la asistencia y gratuidad en el momento de la misma»; «disminución del peso específico de los profesionales en aras de la intervención tecnológica»; «acumulación de capital» por parte de la «empresa médica» -no enriquecimiento del profesional concreto-; «hospitalocentrismo» (neologismo que no me gusta demasiado) basado en -y fomentador de-«la competitividad entre hospitales»; «captación de clientes» previa «selección» de los más rentables; «atomización del sistema» (algo, como los dos asuntos precedentes, totalmente razonable dentro del individualismo competitivo propio del modelo); gestión privada de fondos públicos y, por fin, restricciones hetero o autoimpuestas en la prescripción de medicamentos. Para terminar deseo señalar uno de los aspectos más interesantes del libro: la reivindicación de una consideración histórica y teórica de los problemas sobre los que reflexiona. Es interesante, afirmo, porque la chapucera coartada ideológica del adversario al que se enfrenta es el tan manido «fin de la historia», que propone como instrumentos intelectuales para hacerse cargo de la realidad disciplinas «pragmáticas» como las que explícitamente se descartan en la p. 13 del libro de Huertas: «la economía o la sociología de la salud, la epidemiología social o la política sanitaria» que, a su juicio -y al de quien esto escribe-están al servicio de «toda una 'ideología de la salud' que está detrás y sirve de basamento a las acciones concretas de las políticas sanitarias neoliberales» (Ibid.). En esta convicción encuentra su motivo y su fuerza la ardiente defensa del análisis histórico (pp. 155-156), pues «forma parte, en sí mismo, de un determinado concepto de Salud». No es casual que el estudio termine con unas palabras que sólo pueden leerse en perspectiva histórica; una perspectiva que, en este caso, es también la de la esperanza, la más opuesta a la despreciable resignación de otros discursos (permítaseme introducir algunos subrayados): «es preciso que el poderoso y diverso colectivo que sustenta un proyecto emancipador recorra todas y cada una de sus contradicciones (...) y que al hacerlo fragüe la creación de respuestas que vayan perfilando, aunque sea lentamente, un proyecto general de transformación». Historia de la Medicina. Se publica aquí una excelente tesis doctoral sobre la enseñanza farmacéutica en la Universidad de Coimbra en el fin del Antiguo Régimen. Este aprendizaje, desde el rey Felipe, se quiso asociado a la Universidad, aunque como la cirugía subalterno a la medicina. Las reformas pombalinas mantienen esta unión de la farmacia con las aulas universitarias, si bien han pasado muchos años y hay notables novedades. La medicina ha adquirido formas modernas, reaccionando contra los clásicos, en especial contra Galeno en nombre de Hipócrates. Se ha asociado a la ciencia moderna, en especial a la historia natural y a la química, apoyos necesarios para el conocimiento del mundo de las drogas. También se ha pretendido cambiar la forma de aprendizaje y ejercicio médicos, que se hacen en forma nueva en el hospital. También la práctica médica queda organizada como materia pública, pues la higiene se convierte en tarea de gobierno. Abundante legislación, textos de interés y farmacopeas nuevas inician la modernidad. La cátedra de Materia Médica y Arte Farmacéutica fue esencial para un buen conocimiento de los medicamentos. Antes las medicinas simplemente se recolectaban, ahora empieza una nueva tarea. Por un lado, un mejor conocimiento de los medicamentos gracias a los modernos naturalistas que, desde Linneo, son capaces de conocer sistemática y científicamente las plantas. Por otro, la química es capaz de buscar los principios constituyentes y activos de los remedios, que con el tiempo se podrán aislar y, mucho más tarde, sintetizar o producir de nuevo. Para la enseñanza de la farmacia se mantiene un camino práctico, para el que fue imprescindible la creación del hospital universitario y, sobre todo, del «Dispensatório Farmacêutico», donde los boticarios podían aprender la manipulación y preparación de medicamentos. Tras dos años de este ejercicio eran examinados por el boticario del Dispensatório en presencia del catedrático de Materia Médica y de su demostrador. En fin, en 1836 se creaban las Escuelas de Farmacia de Coimbra, Lisboa y Oporto, anejas a la Facultad de Medicina de la primera (decreto 5 diciembre de 1836) y a las Escuelas Médico-Quirúrgicas de la segunda y tercera ciudad (decreto de 29 diciembre de 1836). Desde la Ilustración, la medicina y la farmacia se consideraban tarea de los déspotas ilustrados, que debían velar por la salud de sus vasallos, fieles a sus ideas poblacionistas. Con un primer origen pombalino -en las reforma de Coimbra se ordenan-se empiezan las farmacopeas. También se produce una amplia legislación intentando mejorar la salud pública, con origen en Ribeiro Sanches. Las distintas farmacopeas, la legislación sobre medicamentos y profesión y las peleas con los médicos, intentando valorar la profesión son analizados. Es el estudio de la conversión -como en la cirugía-de una actividad artesanal en otra universitaria, científica y pública. El libro de Michael Kutzer, realizado como trabajo de habilitación, aborda la concepción médica de la locura desde mediados del siglo dieciséis hasta mediados del siglo dieciocho. La obra comienza estudiando las distintas facetas del modelo principal para la explicación de la locura en la medicina científica de dicho período. Según este modelo -el llamado «Geisteskrankheit als Leibkrankheit»-, la insania consistía básicamente en una enfermedad corporal, cuya fisiopatología radicaba en un cambio cualitativo de la substancia cerebral y de sus elementos funcionales: los espíritus animales. El cerebro quedaba situado, así, en el punto central de la patología anímica; siendo, para unos, un lugar de encuentro entre el alma y el cuerpo, mientras que, para otros, constituía especialmente el centro rector de la motricidad y la sensibilidad. En el contexto de esta orientación básica, el autor analiza a lo largo de las siguientes secciones que configuran el trabajo, de una forma sumamente detallada, el cambio que se fue operando en las premisas teóricas de la consideración de la locura a lo largo de ese amplio espacio temporal de la Modernidad. Vemos, así, en un largo viaje en donde llama la atención el amplio número de fuentes manejadas, muchas de ellas poco conocidas, que si el cerebro para los médicos del XVI era concebido como una sustancia, llena de vida y de alma, que daba cobijo a capacidades y fuerzas de variada índole, éste pasó a ser, en la segunda mitad del XVII, un complejo mecanismo tubular de donde el alma había desaparecido casi por completo. Las capacidades mentales que en el XVI aparecían como residentes en los distintos centros de la sustancia cerebral, fueron a parar en el XVII a las regiones inmateriales del espíritu, desde donde, a través de un centro cerebral, establecían de alguna u otra manera contacto con el cuerpo, quedando las funciones del cerebro orientadas a regir la actividad sensorial y motriz. El cerebro, en suma, dejó de ser ese tradicional órgano del espíritu para convertirse en el órgano de los nervios. Esta permuta, que el autor, siguiendo a Fleck, contempla desde su consideración como un cambio del estilo de pensamiento (Denkstil), se dejó sentir también en el giro operado en la protoidea (Uridee) de los espíritus animales, que de agentes accesibles a las potencias psíquicas se tornaron sustratos físicos subordinados a un órgano anímico de carácter monocéntrico. Kutzer nos muestra cómo en relación con este cambio conceptual fueron apareciendo una multitud de modelos explicativos en los que se entremezclaba lo experimentado y lo construido, lo metafórico y lo mecánico. A su través, no fueron pocas las nuevas consideraciones médicas que fueron haciéndose hueco en la concepción de la locura, de tal forma que la fisiología de la locura de los primeros siglos de la Modernidad no fue en absoluto un sistema mortecino basado en premisas filosófico-teóricas anticuadas, sino, como afirma explícitamente el autor, «un concepto vivo y discutido, en el que confluyeron las reflexiones originales, las observaciones de la experiencia médica y los conocimientos científicos». Uno de esos procederes científicos a los que en este trabajo se dedica una mayor atención es el del llamado método anatómico; interés que resulta muy explicable si se tiene en cuenta que, como el autor hace notar, la investigación del sustrato anatómico de las enfermedades anímicas tuvo su comienzo más de un siglo antes de que tomara forma, con Morgagni, la patología orgánica propiamente dicha. Este proceder proporcionó aportaciones muy significativas, por ejemplo, en relación con la función desempeñada por el cerebro en el entendimiento, la sensación o el movimiento. Pero, según Kutzer, el método anatómico no supuso, en lo que al avance de la fisiología de la locura compete, ningún cambio revolucionario. Las consideraciones fisiológicas de la locura no eran lo suficientemente concretas como para poder ser referidas a cambios anatómicos precisos, con lo que la conexión entre la fisiología y la anatomía de la locura raras veces dio lugar a referentes lo suficientemente seguros. De ahí la conclusión del autor de que, a pesar de la progresiva somatización del cerebro y de sus funciones, el método anatómico no pasó de ser a lo largo del XVII «un método heurístico entre otros muchos» para el conocimiento de la locura. El paso de una conceptualización básicamente de carácter fisiológico de la locura a otra de carácter básicamente psicológico no se empezó a dar, de hecho, hasta avanzado el siglo XVIII. El nuevo estilo que fue surgiendo en este siglo, entendiendo el estilo como el conjunto de todos los productos de una época determinada, hizo considerar como agotadas las metáforas en las que la fisiología cerebral y nerviosa se había estado apoyando hasta entonces, lo que dejó cada vez más espacio para el desarrollo del dualismo cartesiano y para la consiguiente psicologización (en donde la psique como tal, el alma, se desvanecía cada vez más en el lenguaje psicológico al quedar progresivamente identificada con la mente). Con todo, la aplicación del dualismo en el terreno de la patología psíquica fue frecuentemente cuestionado, todavía bien entrado el XVIII, por los médicos con experiencia clínica, incluso por aquellos más inclinados al pensamiento cartesiano. La continuidad de la nosología tradicional fue muy visible también a lo largo del dieciocho, como el autor pone de relieve, entre otros ejemplos, a través de la perduración del antiguo modelo conceptual de la frenitis. El contenido del libro, del que las anteriores líneas constituyen un sucinto resumen, se estructura en torno a las siguientes secciones: la anatomía patológica de los siglos XVI y XVII y la disección del cerebro; la doctrina médica de las enfermedades anímicas (con una especial dedicación a sus aspectos corporales), que, a su vez, tiene tres secciones: la que delimita sus bases fisiológicas conjuntas, la que estudia la nosología y la patología especial de las distintas enfermedades anímicas (frenitis, manía, melancolía y melancolía hipocondríaca) y la dedicada a perfilar el aparato metafórico de los conceptos explicativos de la locura; las aportaciones de la anatomía cerebral para la concepción de las funciones y de los desórdenes mentales; la utilización de las nociones locacionistas en las enfermedades anímicas; y, por último, los hallazgos obtenidos en las disecciones de los enfermos mentales. El conjunto configura un libro equilibrado y concienzudo, lleno de matices apenas conocidos en relación con la visión de la corporalidad de las enfermedades anímicas en el Mundo Moderno. Pero entre sus no pocos aspectos destacables, quizás dos lo sean especialmente: por un lado, el cuidadoso escrutinio del aparato metafórico utilizado por la fisiología cerebral y nerviosa del período y de la interrelación entre ese discurso imaginativo y el lenguaje de la experiencia; y, por otro, el pormenorizado relato de la búsqueda anatómica de la sede de la locura y el uso de los hallazgos a que dio lugar como constataciones tanto de las nuevas como de las viejas formas de pensar la locura por parte de la medicina moderna. Ángel González de Pablo Historia de la Medicina, Facultad de Medicina, UCM. La historia de las profesiones en Argentina ha estado llamativamente desatendida. El riguroso estudio de González Leandri sobre la formación de la profesión médica en Buenos Aires es uno de los primeros intentos al respecto, sobre todo desde un historiador preocupado por los procesos político-sociales a través de una visión microsocial que evita connotaciones estructurales e interpretaciones lineales y progresivas. A través del análisis de un conjunto heterogéneo de fuentes poco conocidas -revistas médicas, prensa periódica, documentos y memorias de organismos públicos-, el autor establece una cronología particular sobre el proceso, iniciado hacia 1850 con la organización nacional y que termina en 1886, coincidentemente con la nueva ley universitaria y el inicio de un mayor control médico-social, que debe considerarse efectivamente a partir de 1890. Entre 1850 y 1870, González Leandri plantea en la Provincia de Buenos Aires la existencia de un verdadero entramado de médicos con y sin título legal, extranjeros y locales, «inteligentes», curanderos y matronas que dificultaban a los profesionales establecerse como tales, habida cuenta de una frontera no demasiado clara entre los médicos y los «otros». La necesidad de la diferenciación médica aparece reflejada en la creación y adaptación de jerarquías y símbolos, así como la crítica hacia una situación confusa e ilegítima, que se significa en el deseo de consolidar una identificación, es decir, en la formulación de una autodefinición profesional. A partir de un análisis puntual, la epidemia de fiebre amarilla de 1871, se analiza el inicio del control médico-higiénico, que como todo proceso no fue mecánico ni puede considerarse ahistóricamente, teniendo en cuenta sólo los resultados de finales de siglo. Por el contrario, González Leandri expresa que en principio diversos actores sociales podían decir y hacer sobre higiene, no necesariamente médicos, en un espacio donde el poder local podía manifestarse como ineficaz o acéfalo, había escasez de recursos, instituciones sanitarias indefinidas en sus funciones y una élite con fuertes nociones caritativas. La comparación con otro sector de profesionales de la salud, los farmacéuticos, le permite al autor analizar desde una perspectiva diferente el proceso de profesionalización de los médicos, en la medida en que se contrapone a la visión de unos y otros acerca de cuestiones concretas, como la legistación y las competencias corporativas. Es interesante en este sentido la apreciación de marcadas distinciones sociales entre médicos y farmacéuticos, así como un contacto mucho mayor «entre pares», que relacionaba en forma horizontal a los médicos con los altos sectores de gobierno. Un sector de médicos notables se distingue del conjunto informe de facultativos, a partir de su acción concreta dentro de la élite política bonaerense y de su pertenencia social. La limitada acción profesional, considerando la competencia por un mercado escaso de clientes y la escasez de cargos públicos, llevó a la confrontación interna entre la élite de notables y los nuevos profesionales emergentes, verificada en la pugna por las cátedras universitarias y en los órganos de expresión médica, como la prensa, así como en las organizaciones corporativas de los profesionales médicos. Una situación similar se observa a través del estudio pormenorizado del funcionamiento interno de otras instituciones médicas, como la Academia de Medicina, donde, a partir de los conflictos entre diversos sectores médicos, se produce el desarrollo de estrategias alternativas entre estudiantes y profesionales jóvenes que llevan en ocasiones a impugnar a la élite. A partir de 1880 es posible distinguir una nueva etapa para la profesión médica, donde se produce una ampliación de los polos de poder, lo cual se evidencia tanto en la universidad, en la formación de una prensa médica autónoma y de una nueva asociación, el Círculo Médico Argentino, como en la consecuente aparición de una institución para estudios médicos que impulsó la apertura de consultorios gratuitos para la atención de los sectores más carenciados. El autor considera de manera especial la vinculación con el Estado, al establecer la profesión médica en Argentina como una learned profession, donde los médicos definieron sus áreas de incumbencia y consolidaron instituciones propias a partir del apoyo estatal. Lo verdaderamente curioso es que, en el caso argentino, los médicos no actuaron como grupos de presión que intentaron incidir en el aparato estatal o en sus gobernantes, sino que estos mismos, sobre todo sus ideólogos principales como Sarmiento y Avellaneda, insistieron a los médicos para que se disciplinaran y organizaran y luego ocuparan los espacios tanto materiales como ideológicos que el Estado les brindaba a partir fundamentalmente de una legislación excluyente. El autor enfatiza que el monopolio médico fue real desde 1890 y que la etapa estudiada no puede plantearse en los mismos términos, sino como un proceso de persuasión social y político que implicó la consolidación del status profesional, pero considerando en todos los casos las dificultades, los conflictos y las contradicciones de los médicos entre sí y con los sectores gobernantes. Instituto U. Ortega y Gasset UNLPam, Santa Rosa, Argentina PETER J. BOWLER, Historia Fontana de las ciencias ambientales, México, Fondo de Cultura, 1998, 467 pp. El profesor de historia y filosofía de la ciencia, en la Queen's University de Belfast, Peter Bowler es muy conocido por sus controvertidos estudios sobre darwinismo y evolución -títulos como Evolution: the history of an idea, y The eclipse of darwinism, son referencias bibliográficas de consulta obligatoria-, pero, probablemente, su The Fontana history of the envirommental sciences sea, en lengua castellana, uno de sus trabajos menos difundidos a pesar de la impecable labor de síntesis informativa que caracteriza al texto. Traducido en 1998 sobran motivos para la satisfacción. Bowler mantiene una actitud crítica en su investigación histórica. Si su desacuerdo con la estandarización científica no le exime del error, sí le posibilita realizar un análisis histórico novedoso introduciendo heterodoxas variables a la hora de validar la ciencia como factor social. Su historia de las ciencias ambientales participa y desarrolla este enfoque. Es una historia de ideas sobre el pensamiento ambientalista presente en la relación hombre-naturaleza a lo largo de la historia de la humanidad. Su libro no es un mero catálogo de fechas, nombres y descubrimientos, sino un inteligente discurso que enhebra la aguja del conocimiento científico con el hilo de su significado social para reconstruir la historia de un cambio: la sustitución del concepto de naturaleza por el de medio ambiente. Por este motivo la relación atañe no sólo a la historia de la biología, también a todas aquellas disciplinas implicadas en el conocimiento de la Naturaleza: geografía, física, geología, ecología, teoría de la evolución, etcétera; y tampoco sólo a ellas, sino a una ideología común que las imbrica multidisciplinarmente desarrollando un programa unitario que conduce al siglo XX: pensar la relación individuo-medio bajo la noción de ecosistema. Bowler es un historiador de la teoría de la evolución, y el tema se manifiesta en la obra. Está presente como teoría de la tierra y también a través del significado evolutivo que los fósiles adquieren en su calidad de especies extinguidas; aparece como argumento de una época, la Ilustración, enfrentándose al dominante modelo creacionista bajo la sutil relación de la cadena del ser, y toma forma definitiva bajo la atenta mirada de los naturalistas filósofos que preludian la Edad de la evolución. Momento en el que la historia de la vida comienza a definir una nueva biología alejándose de los parámetros exclusivamente morfológicos y fisiológicos, es el comienzo de la ecología. Teorías, actitudes, proyectos, relaciones sociales, descubrimientos, personajes, política, ambiciones, industrialización, exploración, recursos naturales, sistemática, evolucionismo, geomorfología, deriva continental, tectónica de placas, naturaleza y cultura, teoría sintética, ecología y ecologismo, son planteamientos que Bowles administra en su libro con maestría y conocimiento de causa para identificar el vínculo entre el hombre y la naturaleza. Transcurrida casi una década desde su edición original inglesa, la Historia Fontana de las ciencias ambientales es un valor en alza, una obra de lectura obligada para legos y doctos, algunos de los cuales tienen mucho que aprender.
En la historia de las ciencias naturales el término evolución simboliza la idea de cambio, pero su ámbito de aplicación ha variado. Originalmente formó parte de la embriología representando los cambios habidos en la morfogénesis, pasó luego al dominio de la teoría de la evolución significando los cambios ocurridos en las especies durante la historia geológica de la Tierra. Albrecht von Haller fue uno de los primeros en aplicar el término al desarrollo embriológico (Praelectiones academicae, 1744). Los argumentos de su evolutionum theoria son las observaciones realizadas por Swammerdam (Historia insectorum generalis, 1679), y Malpighi (De formatione pulli in ovo, 1669; Appendix repetitas auctasque de ovo incubato observationes continens, 1672) sobre la metamorfosis de los insectos y el desarrollo del embrión de pollo. La teoría de la preformación es el trasfondo del problema. Los naturalistas adeptos imaginaron el embrión como un individuo en miniatura y con el término evolución hacen referencia a su desarrollo hasta alcanzar el Tout organique definitivo; tal y como subraya Charles Bonnet en sus Considérations sur les corps organisés (1762, reimp. Los ejemplos son continuos y alcanzan al debate decimonónico sobre embriología y teoría de la evolución. En la década de 1820 el embriólogo Karl Ernst von Baer se opuso a la teoría de la recapitulación (los embriones de las clases superiores repiten en su desarrollo las formas permanentes de las clases inferiores, la define Serres en su Anatomie comparée du cerveau, 1824), y más tarde se enfrentó al darwinismo. Otro Ernst, Haeckel, transcurridos los años 60 defiende la recapitulación bajo la fórmula de ley biogenética (Generelle Morphologie der Organismen, 1866), integrando darwinismo y embriología en el consabido y erróneo lema de 'la ontogenia recapitula la filogenia'. En el plano exclusivamente evolutivo el juego lingüístico nos lleva a la escuela naturalista francesa, responsable del uso de la palabra évolution para indicar que las especies actuales se formaron por sucesivas transformaciones de sus antecesores. En la misma época lo utilizó Lyell refiriéndose a la teoría lamarckiana (Principles of Geology, 1832), y Darwin lo incluye desde la sexta edición de On the Origen of Species (1876). Precedentemente, 1867, Paul Broca propuso usar el término transformisme sustituyendo a évolution, para referirse al origen de las especies según lo explican las teorías de Lamarck y de Darwin; pero no le hicimos caso. El precedente es un mínimo esbozo de otra historia de la evolución que atañe a la semántica, poco conocida pero imprescindible para explicar el desarrollo histórico del lenguaje y del pensamiento biológico. Otras historias de la evolución son las que presentamos en este volumen de la revista Asclepio, conformando un dossier temática e ideológicamente plural, inscrito en la controversia y escrito con libertad de expresión. La única cortapisa fue no faltar a la verdad intencionadamente. Mi agradecimiento a los profesores Almaça, Barsanti, Cunchillos, Girón, Laurent, Sandín y Tort, que hicieron posible este enriquecedor debate sobre la evolución con y sin Darwin.
Todos los fenómenos biológicos son el resultado de un proceso evolutivo. El metabolismo celular no es una excepción y en las células actuales se pueden encontrar huellas de ese proceso. En este trabajo ponemos de manifiesto, a través del análisis comparado, rasgos metabólicos suficientemente significativos como para permitirnos proponer un modelo filogenético de despliegue del metabolismo celular e identificar las principales etapas del mismo. El primer modelo de este tipo fue desarrollado por F. Cordón (1990), en el contexto de su teoría de unidades de niveles de integración, y forma parte del desarrollo de la misma. El que presentamos aquí coincide plenamente con el de Cordón, pero está razonado a partir de argumentos que no son privativos de su teoría; con ello perseguimos independizar la discusión del primero de la argumentación de la segunda, de manera que la verosimilitud del modelo que proponemos, en el que se llega a las mismas conclusiones, refuerce los argumentos propios de la teoría y, como consecuencia, a ésta. El metabolismo celular, como cualquier otro fenómeno biológico, es necesariamente el resultado de un proceso evolutivo. Este trabajo trata de mostrar, entre otras cosas, que dentro de la estructura de las células actuales se pueden encontrar datos que debidamente interpretados permiten reconstruir de forma verosímil su evolución. El primer modelo de desarrollo evolutivo del metabolismo celular fue realizado por el biólogo español, recientemente fallecido, F. Cordón (1909Cordón ( -1999) ) en un contexto muy particular: como aplicación de su teoría de unidades de niveles de integración a la reconstrucción de la evolución biológica (Cordón, 1990; Cunchillos, 1997). En el trabajo que presentamos aquí se deduce la historia del metabolismo celular de consideraciones que no son privativas de esta teoría; con ello perseguimos independizar la discusión del modelo de la argumentación de la teoría; de manera que la verosimilitud del primero sirva como confirmación indirecta de la segunda (sin duda, el hecho de que, a partir de argumentos diferentes, se llegue al mismo modelo refuerza los utilizados por Cordón). Dado que el desarrollo original del modelo que exponemos se hizo en el contexto de la teoría de unidades de niveles de integración, nos parece obligado comenzar por hacer una reflexión general sobre el trabajo de Cordón. A lo largo del siglo XX, la ciencia, muy particularmente la biología, ha utilizado frecuentemente el concepto de nivel para justificar, mediante la «emergencia» de propiedades nuevas en la evolución, posturas antirreduccionistas (autonomistas desde el punto de vista de la biología) o, más concretamente, para defender el rechazo bien a la posibilidad bien a la pertinencia de algunas explicaciones reduccionistas [ver, por ejemplo, Bunge (1959), Rosenberg (1985) y Mayr (1988)]. Pero «el reduccionismo, si es posible, siempre es deseable» (Rosenberg, 1985), esto es, para descartar las explicaciones reduccionistas hay que argumentar de forma incontestable su imposibilidad teórica. Aplicando lo dicho al concepto de nivel, éste sólo podrá ser verdaderamente útil como argumento antirreduccionista, si se le dota del suficiente contenido teórico. A pesar de esto, han sido pocos los esfuerzos rigurosos por desarrollar este concepto. Cordón es una de las pocas excepciones, y su teoría de unidades de niveles de integración (a pesar de ser prácticamente desconocida) es considerada por algunos epistemólogos como «la más importante teorización actual de los niveles» y «el porvenir del pensamiento biológico moderno» (Tort, 1997) 1. ----Esta teoría considera a las proteínas globulares como unidades de un nivel intermedio entre la molécula y la célula. Teniendo en cuenta que, en este marco, las unidades de nivel se corresponden con etapas de la evolución, en ésta, a partir del nivel molecular, se darían las siguientes: → Evolución molecular → Evolución proteínica → Evolución celular → Los últimos veinticinco años Cordón los consagró esencialmente a aplicar su teoría a la reconstrucción del proceso de la evolución biológica, comenzando por la formación de las primeras proteínas en la evolución molecular (Cordón, 1977(Cordón, y 1990)). Su trabajo cubre hasta las primeras fases de la evolución celular. Uno de los resultados de este trabajo es su modelo de desarrollo filogenético del metabolismo (cuyo origen y desarrollo, según Cordón, habría tenido lugar en la etapa celular de la evolución). Este modelo, que constituye el primer modelo científico de evolución aplicada a este objeto, reconstruye el origen y la evolución del núcleo central del metabolismo celular formado por el ciclo del cítrico (o ciclo de Krebs) y las rutas de síntesis y de demolición de los aminoácidos, los ácidos grasos y los monosacáridos 2. El conjunto formado por estas rutas es común a todas las células actuales, procariotas y eucariotas, y en consecuencia, tuvo que desarrollarse en un proceso ocurrido en una etapa previa a su diversificación (en una célula ancestral de todas las actuales). De su concepto de unidad de nivel de integración y del carácter de unidad de nivel directamente infracelular que, para él, tiene la proteína, Cordón (1994) concluye que la primera célula no pudo originarse sino a partir de una asociación heterotrofa de proteínas (Cordón, 1977) que se alimentaba de péptidos procedentes de restos de otras asociaciones, que le llegaban disueltos o en suspensión en el agua, y de los que extraía, uno a uno, los aminoácidos con los que, a continuación, cada proteína reconstruía su soma y la asociación, como consecuencia, el suyo propio. En este marco ----2 No tenemos en cuenta, en este trabajo, el metabolismo de las moléculas complejas, ya que, aunque probablemente son los precursores tróficos de las que consideramos, su metabolismo se reduce, en todos los casos, a una hidrólisis que produce los monómeros correspondientes. La comparación de las diferentes hidrólisis no permite decidir sobre la anterioridad de una sobre otra, en cualquier caso, sea cual sea el polímero precursor, a partir de la hidrólisis se tuvo que desarrollar la ruta de demolición que corresponde a sus monómeros; como consecuencia, a partir del análisis comparado del metabolismo de estos se puede deducir el orden de utilización de las moléculas complejas de las que proceden. Tampoco se consideran otros metabolitos como los aminoácidos aromáticos o las bases nitrogenadas, moléculas con alto contenido en nitrógeno que poseen una estructura aromática compleja. Estas moléculas muy probablemente han sido poco frecuentes en el medio en todos los momentos de la evolución, por lo que raramente formarían parte del ambiente trófico celular. En cualquier caso, no es verosímil que hayan sido utilizadas en el catabolismo primitivo por dos razones: 1/ su bajo contenido energético en comparación con las que consideramos (aminoácidos alifáticos, monosacáridos y ácidos grasos); y 2/ porque su proporción C/N es poco adecuada a la composición celular. Además sus rutas metabólicas dependen de las de los otros monómeros para su ingreso y salida del ciclo, lo que sugiere que su despliegue filogenético fuese posterior. teórico, el metabolismo de la primera célula estaría reducido a la hidrólisis y la síntesis del enlace peptídico y a la utilización metabólica de los aminoácidos producidos en la primera; en consecuencia, las rutas metabólicas de estos tuvieron que ser las primeras en desarrollarse (antes que las de los monosacáridos y las de los ácidos grasos). Como vemos más adelante, el análisis comparado de las rutas de síntesis y de demolición de los diferentes metabolitos nos lleva a la misma conclusión en cuanto a la anterioridad del metabolismo de los aminoácidos en el desarrollo filogenético. Ya hemos adelantado que para la argumentación de nuestra exposición no hemos utilizado los criterios característicos de la citada teoría, sino otros que se pueden asumir con carácter general, de forma que el modelo deducido de ellos, siendo evidentemente compatible, resulta independiente de la teoría de niveles de integración. Hay que señalar también que el análisis cladístico de las rutas de demolición de los aminoácidos alifáticos (único sector en que, de momento, se ha aplicado) ha confirmado las fases propuestas por el modelo que corresponden al desarrollo evolutivo del metabolismo de los aminoácidos (Cunchillos y Lecointre, 1999). EL MÉTODO DE TRABAJO EN LA RECONSTRUCCIÓN DEL DESARROLLO FILOGENÉTICO DEL METABOLISMO CELULAR En la reconstrucción de una filogenia, el análisis comparado se ha mostrado siempre como una herramienta eficaz; como vamos a ver, es también de gran ayuda para estudiar la evolución del metabolismo celular, siempre y cuando se escojan adecuadamente las características del metabolismo que van a ser comparadas. La comparación es la herramienta ideal para reconstruir el pasado a partir de los datos del presente, nos permite identificar aquellos parecidos actuales que indican un origen común (homologías), establecer una subordinación de caracteres y, con ello, reconstruir una filogenia. La comparación, en el ámbito metabólico, entre células actuales pone en evidencia, sobre todo en bacterias pero también en células eucariontes, una gran variabilidad -diferentes formas de heterotrofismo, de autotrofismo fotosintético y quimiosintético, diversas formas de respiración o fermentación, etc.pero bajo esta diversidad se comprueba la existencia de un núcleo metabólico universal, común a todas las células actuales, formado por unas cincuenta rutas -entre otras, las de síntesis y las de demolición de los aminoácidos y los ácidos grasos, la glucolisis, la glucogénesis, la ruta de las pentosas y el ciclo de Krebs. Este núcleo es doblemente importante porque, por una parte, constituye la mayor parte del metabolismo de cualquier célula y, por otra, porque en él confluyen o de él parten las otras rutas más específicas. Esta universalidad fue detectada ya en 1926 por Kluyver, que enunció el concepto de «unidad de la bioquímica» considerado por Van Niel (1949) como el principal argumento a favor del origen monofilético de las células. Dicho de otra manera, ese núcleo común tuvo que desarrollarse durante una etapa inicial de la evolución celular, en una célula ancestral de todas las actuales 3. Como consecuencia, las diferencias metabólicas que podemos observar hoy entre dos especies celulares (p. e. la presencia de una transformación o ruta metabólica diferente) se deben atribuir bien a adquisiciones posteriores al desarrollo del citado núcleo común, que nos informan sobre el desarrollo del metabolismo en una etapa posterior, o bien cabe la posibilidad de que tales diferencias representasen adquisiciones anteriores al despliegue de ese conjunto, conservadas en unas especies y perdidas en otras, en cuyo caso su comparación tampoco nos orienta sobre la etapa que queremos reconstruir. A otro nivel, el de la estructura de las proteínas, la universalidad del citado núcleo metabólico supone que una misma transformación metabólica sea llevada a cabo, en diferentes especies, por enzimas que, teniendo la misma especificidad de función y de substrato, presentan entre sí importantes diferencias estructurales. Admitido el desarrollo durante una etapa común a la evolución de todas las células actuales del núcleo metabólico cuya historia tratamos de reconstruir, es obligado suponer que las proteínas que realizan la misma función enzimática en distintas especies celulares tienen un origen común, esto es, se han diferenciado a partir de una proteína ancestral y, por consiguiente, estas diferencias han aparecido después de la separación de esas especies. La comparación entre las estructuras de dichas proteínas puede servir para deducir su evolución a partir del momento de separación de dichas especies celulares, no así para reconstruir la historia del núcleo metabólico común, desarrollado en una etapa anterior. Los mismos argumentos nos permiten descartar, para los fines que nos proponemos, la comparación entre las secuencias de nucleótidos de los genes correspondientes a esas proteínas. Sin embargo esta conservación de la función obliga a pensar que las diferencias detectadas no han afectado a los rasgos estructurales de los centros activos que son necesarios para la catálisis (p. e. en la triosa-fosfatoisomerasa, se puede substituir, por otro aminoácido, cualquier histidina diferente a la his-95, que forma parte del centro activo, sin que se vea afectada la actividad catalítica del enzima, pero la substitución de este aminoácido por asparraguina supone una disminución de 10.000 veces de esta actividad, (Knowles 1991), de lo que es fácil deducir que esa histidina es uno de los rasgos estructurales necesarios para la catálisis y que habrá sido preservado en la evolución, si bien hay que tener en cuenta que el que se haya conservado su posición relativa en el centro activo -en la estructura terciaria de la proteína -no necesariamente quiere decir que se haya conservado su posición en la secuencia de aminoácidos -no necesariamente tiene que tratarse de la ----3 La falta de sentido de las transformaciones metabólicas aisladas nos impone el hecho de que el metabolismo (considerado como un conjunto de transformaciones organizadas en rutas, lo que supone otro de proteínas funcionando coordinadamente) tiene que haberse desarrollado en la etapa celular de la evolución. (Probablemente haya existido un metabolismo precelular, correspondiendo a la actividad enzimática de proteínas aisladas no coordinadas en un conjunto organizado). posición 95). Parece, pues, que sería muy interesante poder comparar, de forma ordenada y sistemática, las estructuras de los centros activos de proteínas con parecidas y diferentes funciones enzimáticas, pertenecientes a la misma y a distintas especies celulares, con el fin de tratar de reconstruir la evolución de dichos centros a lo largo del desarrollo del metabolismo celular. Desgraciadamente, las dificultades para ello son todavía enormes y, hasta el momento, existen pocos datos en ese sentido. (Hay que destacar el excelente trabajo de revisión de la estructura del centro activo de la triosa-fosfato-isomerasa, realizado por Knowles, que acabamos de citar). Dada la estricta complementariedad entre cada centro activo y la reacción que cataliza, una alternativa a la comparación de los primeros es la de las propias transformaciones metabólicas, con la ventaja añadida de que conocemos mucho mejor los mecanismos enzimáticos de las transformaciones metabólicas que la estructura de los correspondientes centros activos. Cordón (1990) se ha apoyado, en parte, en esta metodología para construir su modelo. Por otra parte, como señalan, entre otros, Zuckerkandl y Pauling (1965) las estructuras biológicas conservan inscrita en su organización gran parte de su propia historia. Como vemos a continuación, una reflexión sobre la estructura y la función del metabolismo celular permite obtener datos pertinentes a la reconstrucción de esa historia. En nuestro intento de reconstruir el desarrollo evolutivo del metabolismo celular hemos partido, entre otras consideraciones, del análisis comparado: 1/ de las transformaciones metabólicas entre sí; 2/ de su organización en rutas; y 3/ de otros rasgos del metabolismo de interés filogenético. La comparación entre transformaciones metabólicas se ha mostrado particularmente útil para decidir el origen común de dos de ellas o la anterioridad evolutiva de una respecto a otra, lo que ha permitido a Cordón reconstruir con gran detalle el desarrollo evolutivo del metabolismo celular. Sin embargo, como vemos a continuación, para establecer las grandes etapas de este desarrollo (a las que, por razones de espacio, nos limitamos aquí), hay que recurrir a otro tipo de comparaciones. LAS PRINCIPALES ETAPAS DEL DESARROLLO DEL METABOLISMO CELULAR El metabolismo de la primera célula El metabolismo de las células actuales es un complejo proceso constituido por un millar de reacciones químicas (catalizadas por proteínas globulares: los enzimas) ordenadas en un centenar de secuencias (las rutas metabólicas) que, en líneas generales, conectan la entrada de alimento, su aprovechamiento, la síntesis de componentes del soma celular, la de reservas y el aprovechamiento de éstas. Como cualquier otro fenómeno biológico, el metabolismo no puede ser sino un resultado de la evolución, su propia complejidad sugiere la de su historia evolutiva. Parece lógico pensar que el metabolismo adquirió esta complejidad en el curso de su evolución y que, por lo tanto, tuvo que consistir originariamente en un proceso mucho más simple. La evolución biológica se interpreta generalmente como el resultado de la selección natural de variantes originadas por mutación -esto es, cualquier proceso evolutivo relativo a los seres vivos debe ser interpretado como el producto de la selección de variantes proteicas surgidas por mutación-lo que implica: 1/ la aparición de proteínas nuevas surgidas a partir de las anteriores, y 2/ la selección de las más adecuadas. Dado que el metabolismo celular es el producto de la actividad de numerosas proteínas (enzimas), debemos pensar que el millar largo de enzimas, organizados en unas cien rutas metabólicas, que constituyen la base somática del metabolismo de cualquier célula actual -o, si se prefiere, de cuya actividad resulta su metabolismoprocede de un corto número de enzimas organizados en pocas rutas muy sencillas y que éstas se han ido alargando, y aumentado su número hasta la situación actual, por aparición de nuevos enzimas -a partir de la mutación de los anteriores y la selección de sus variantes más adecuadas. La simplicidad del metabolismo de las primeras células no solo nos viene sugerida por el argumento anterior, sino que si consideramos la estructura y función de su substrato somático, los enzimas, concluimos lo mismo. La identidad de naturaleza (proteínas globulares) y de función (enzimática) de todos ellos hace obligado pensar que han tenido un origen común y, como consecuencia, que todos proceden de un primer enzima a partir del cual se fueron diferenciando los demás. Así pues, parece evidente que el desarrollo evolutivo del metabolismo celular se acompañó del correspondiente proceso de diferenciación enzimática. Las primeras células poseerían un metabolismo muy sencillo, reducido a pocos enzimas, que, a lo largo de la evolución, se volvería cada vez más complejo por adquisición de nuevas transformaciones metabólicas (al diferenciarse nuevos enzimas a partir de los ya existentes) que alargarían progresivamente las rutas anteriores. La reconstrucción de la historia del metabolismo ha de consistir, pues, en identificar las rutas más primitivas, dentro de éstas las transformaciones o secuencias de transformaciones que se originaron primero, y, a continuación, el orden de aparición de las secuencias y rutas sucesivas. El orden de aparición de las transformaciones metabólicas Ya en 1945 Horowitz señaló que, dado que los metabolitos intermedios, en general, no tienen interés fisiológico y la capacidad para producirlos no confiere ninguna ventaja selectiva, las reacciones individuales solo tienen sentido para el organismo cuando se les considera en su conjunto, pero que carecen de él contempladas indivi-dualmente. Si se tiene en cuenta, también, que la aparición de una nueva transformación solo puede ser ventajosa si se integra en el metabolismo anterior y, además, mejora su eficacia (de otro modo el enzima correspondiente será eliminado), parece imponerse un orden de despliegue en el desarrollo de cada ruta metabólica. A partir de esta consideración, Horowitz dedujo que el despliegue de las rutas de síntesis tuvo que seguir el orden inverso al que siguen los enzimas dentro de la ruta (el primero en aparecer sería el último de la ruta, el segundo el penúltimo y así sucesivamente) de forma que, obtenido el producto final de la ruta que le confiere su sentido fisiológico, el desarrollo de ésta estaría dirigido por la ventaja de obtenerlo a partir de precursores cada vez más sencillos. Una argumentación semejante aplicada a las rutas de demolición nos lleva a la conclusión de que su desarrollo tuvo que seguir el mismo orden que presentan los enzimas en la ruta -la primera transformación estaría impuesta por el substrato de partida, procedente del alimento, y la aparición de las demás por la ventaja de intensificar su demolición. Estas conclusiones parecen válidas para rutas de síntesis o de demolición cuyos productos finales o substratos iniciales, respectivamente, fueran impuestos a la célula desde el exterior por formar parte, al menos inicialmente, de su alimento -bien por ser constituyentes del soma tomados directamente del medio al comienzo, sintetizados metabólicamente después, bien por ser aprovechados como fuentes de energía a través de su demolición. Es posible imaginar, sin embargo, otros escenarios alternativos para moléculas obtenidas por las propias células en el curso de su evolución por modificación de otras anteriores que fueran, hasta ese momento, productos finales o metabolitos intermedios de rutas ya existentes (cuyo origen podríamos denominar metabólico). Las nuevas secuencias de síntesis se desarrollarían progresivamente por adición de nuevos enzimas a rutas o secuencias anteriores (coincidiendo su orden de aparición con el de las transformaciones en la ruta: de precursor a producto). Las rutas de demolición, en este caso, se desplegarían conducidas por la ventaja de aprovechar los nuevos productos sintetizados (siguiendo el orden inverso al de las transformaciones en la ruta). En resumen, se pueden diferenciar dos orígenes evolutivos diferentes para las moléculas metabólicas que condicionarían el orden de despliegue de sus respectivas rutas de demolición y de síntesis: 1. moléculas de origen trófico, cuyas rutas de demolición se desarrollarían en el sentido alimento ⎯→ residuos (siguiendo el mismo orden de las transformaciones en la ruta), mientras que las correspondientes a las síntesis seguirían el orden inverso producto final ⎯→ precursores. 2. moléculas de origen metabólico, para las que el despliegue ocurriría en el sentido contrario: de precursores a producto final, para las de síntesis (el mismo orden de las transformaciones en la ruta) y, en el caso de las de demolición, hacia la de moléculas de tamaño progresivamente mayor. Hay que insistir, además, en que, en uno y otro caso, las presiones selectivas que dirigieron el despliegue tuvieron que ser diferentes: 1/ para las moléculas de origen trófico, intensificar la demolición (como medio para aumentar el rendimiento obtenido del alimento) en las rutas de demolición; 2/ conseguir sintetizar los productos finales a partir de precursores cada vez más sencillos, en las correspondientes de síntesis; 3/ sintetizar metabolitos de tamaño creciente (hasta uno óptimo) en los que se conserve una determinada estructura, en las rutas de síntesis de moléculas de origen metabólico; y 4/ aprovechar los productos de los nuevos tramos de síntesis, en las de demolición. Así pues, parece claro que el tipo de despliegue que haya tenido una ruta habrá dependido del papel inicial de la correspondiente molécula dentro de la historia del metabolismo. Teniendo esto en cuenta, Cordón (1990) propone un desarrollo impuesto desde el exterior para las rutas de los aminoácidos (de productos a precursores para las rutas de síntesis, de alimento a residuos en las de demolición); y como moléculas sintetizadas de nuevo por la célula para los ácidos grasos y los monosacáridos (aumento progresivo del tamaño de los metabolitos en las rutas de síntesis y demolición de metabolitos cada vez mayores para las de demolición). Como hemos indicado, en este trabajo se trata de reconstruir las líneas generales de la evolución del núcleo metabólico formado por el ciclo del cítrico (o ciclo de Krebs) y las rutas de síntesis y de demolición de los aminoácidos, los ácidos grasos y los monosacáridos. En este conjunto de rutas que es común a las células actuales y tuvo que desarrollarse en una célula ancestral de todas ellas, se pueden distinguir tres sectores: -el de los aminoácidos, formado por el ciclo del cítrico y las rutas de síntesis y demolición de todos los aminoácidos alifáticos; -el de los ácidos grasos, que está formado por las rutas de síntesis y demolición de los ácidos grasos; -el de los monosacáridos, que está formado por las rutas de síntesis (glucogénesis y ciclo de Calvin), de demolición (glucolisis) y de intertransformación (ruta de las pentosas) de los monosacáridos. Cada ruta metabólica, a su vez, está constituida por un conjunto ordenado de transformaciones metabólicas, estructuradas somáticamente sobre proteínas con función enzimática (enzimas) que: -en el caso de las rutas de demolición, transforman en residuos las moléculas (de aminoácidos, ácidos grasos o monosacáridos) procedentes del alimento o de las reservas celulares correspondientes; -y en el caso de las rutas de síntesis, parten de metabolitos intermedios, suministrados por las rutas de demolición, para convertirlos en aminoácidos, en ácidos grasos o en monosacáridos que están destinados a las reservas correspondientes o a la alimentación de rutas de síntesis de moléculas más complejas. Como resultado, las rutas de demolición quedan situadas entre la entrada de alimento y su utilización por la célula, proporcionando a ésta las moléculas y la energía necesarias para mantener su actividad (como se representa esquemáticamente en la Figura 1). Así, el catabolismo aprovisiona con piezas y coenzimas las rutas de síntesis, de tal manera que se intercala entre el alimento y su utilización en el anabolismo, y, como consecuencia, éste último depende totalmente de los metabolitos que le suministran las rutas de demolición. De esta situación se deduce la prioridad evolutiva de las primeras rutas de demolición respecto a las correspondientes de síntesis. Parece, pues, evidente que el desarrollo filogenético del metabolismo tuvo que comenzar por el de una ruta dedicada a demoler moléculas procedentes del alimento celular. Pero ¿a cuál de los tres sectores considerados hay que asignar esta primera ruta? 4. La primera ruta de demolición Si se acepta el supuesto de que la primera célula se originó a partir de una asociación de proteínas (hipótesis defendida por Cordón, y que, como hemos indicado, es una consecuencia del hecho de considerar la proteína globular como único nivel entre el molecular y el celular), el alimento de la primera célula tuvo que consistir necesariamente en péptidos procedentes de restos de asociaciones de proteínas, y de ello se deduce que sus primeras rutas metabólicas estuvieron dedicadas a la demolición de aminoácidos. Esta consecuencia, se nos dirá, no tiene este grado de evidencia más que si, dentro del contexto de la teoría de niveles, se admite de partida el carácter de nivel de integración directamente infracelular de la proteína; sin embargo, como vemos a continuación, el análisis comparado del metabolismo celular nos conduce a la misma conclusión (lo que constituye una confirmación indirecta del postulado de Cordón). Entre los argumentos que el estudio comparado del metabolismo nos aporta a favor de este supuesto merecen ser destacados los siguientes: La composición química de las moléculas correspondientes a cada uno de los tres sectores es un dato que, a este respecto, parece decisivo. Las de los aminoácidos son las únicas que pueden suministrar los átomos necesarios tanto para sus síntesis como para las de los otros compuestos; como consecuencia, se puede entender el carácter de «vanguardia» de este sector en el desarrollo evolutivo, ya que, desde su origen, sus rutas de demolición y de síntesis pudieron constituir un núcleo metabólico incipiente pero con pleno sentido funcional (la demolición del alimento suministraría a la célula la energía suficiente para mantener su actividad, y las piezas para reconstruir su soma), a partir del cual pudieron desplegarse los otros dos sectores, comenzando por sus respectivas rutas de síntesis. No sería posible, sin embargo, deducir un modelo coherente de desarrollo del metabolismo ni a partir del de los monosacáridos ni del de los ácidos grasos. La comparación entre las estructuras químicas de estas moléculas apoya igualmente esta interpretación. Mientras que los ácidos grasos y los monosacáridos tienen una estructura monótona, en la que solo varía el número de carbonos de la cadena, las correspondientes a cada uno de los diferentes aminoácidos metabólicos únicamente tienen en común el extremo amino-ácido (COOH-CH-NH 2 ), siendo el resto de la cadena exclusivo de cada uno de ellos (pudiendo incluir N y S, además de átomos de C, H y O), sin que exista la menor regla en su estructura (Figura 2). La diversidad estructural de los aminoácidos sería la de esperar para moléculas cuya utilización en el metabolismo tenga un origen trófico, esto es, que, por formar parte de su ambiente trófico, han sido impuestas a la célula desde el exterior y a las que ésta se ha visto forzada a adaptarse. Mientras que la homogeneidad de los monosacáridos y los ácidos grasos se explica bien si suponemos para ellas un origen metabólico, como moléculas sintetizadas por la célula a partir de metabolitos intermedios de alguna ruta desarrollada antes, cuyos rasgos estructurales, por resultar adecuados a una función nueva, se conservan con modificaciones de tamaño. Si nuestra interpretación anterior es acertada (origen trófico para los aminoácidos metabólicos y metabólico para los primeros monosacáridos y ácidos grasos), tuvieron que ser diferentes las presiones selectivas que guiaron el desarrollo evolutivo del metabolismo en uno y otro caso, lo que debería haber quedado reflejado en la estructura actual de su metabolismo. Como vemos a continuación, la estructura de las rutas metabólicas de los tres sectores es coherente con esta interpretación. El sector de los aminoácidos posee una estructura muy compleja, en la que: -para cada aminoácido existe una ruta de síntesis y otra de demolición que, aunque compartan algún tramo con otras, siempre poseen la exclusividad de alguno propio; -hay un gran número de tipos de transformaciones metabólicas diferentes; -en sus rutas metabólicas se recurre a muchos coenzimas diferentes (diez en total); -las rutas son muy complejas, estando formadas por un número variable, de una a otra, de tramos metabólicos diferentes; -algunas rutas de demolición terminan paradójicamente en un tramo de síntesis; -las rutas de demolición y las rutas de síntesis no presentan casi ningún paralelismo. Por el contrario, los otros dos sectores presentan una estructura mucho más simple, donde: -hay pocas rutas por sector; -éstas están formadas por un número pequeño de transformaciones diferentes; -en ellas se recurre a pocos coenzimas diferentes (tres en cada sector); -las rutas de síntesis y de demolición son rigurosamente inversas; -casi siempre, las transformaciones metabólicas están ordenadas en tramos cortos repetidos de manera monótona a lo largo de las rutas. La complejidad del sector de los aminoácidos parece reflejar un desarrollo forzado por la estructura de los metabolitos, como si ésta, de acuerdo con el supuesto precedente, estuviera impuesta desde el exterior por la composición del alimento celular. La adaptación de la célula a una explotación mejor de su ambiente trófico impulsaría el desarrollo de nuevas transformaciones de demolición capaces de obtener del alimento un mayor rendimiento metabólico. La diversidad estructural de los aminoácidos alimentarios justificaría la variedad de soluciones (transformaciones, coenzimas y tramos de síntesis en rutas de demolición) a las que se recurre en este sector. Por su parte, la sencillez de las rutas metabólicas de los otros dos sectores sugiere un desarrollo dirigido a la obtención de metabolitos de tamaño creciente, mediante la repetición de tramos de alargamiento en sus rutas de síntesis, conservando unos rasgos estructurales (sin duda por ser los adecuados a una determinada función -probablemente, al comienzo por lo menos, la de reserva), que se habrían obtenido inicialmente en un metabolito pequeño en el curso anterior de la evolución. Las rutas de demolición se habrían desplegado, invirtiendo rigurosamente las de síntesis, dirigidas por la ventaja selectiva de aprovechar metabólicamente los productos obtenidos en cada nuevo tramo de síntesis. El que una de las funciones principales de los ácidos grasos y de los monosacáridos sea la de reserva celular, refuerza igualmente los argumentos anteriores. Finalmente, las rutas de síntesis y demolición de los aminoácidos guardan con el ciclo unas relaciones más completas que las de los monosacáridos y las de los ácidos grasos. Como se representa en la Figura 3, las cuatro entradas del ciclo del cítrico (oxalacético, α-cetoglutárico, acetil-CoA y succinil-CoA) son utilizadas por las rutas de demolición de los aminoácidos (como vemos más adelante estas entradas permiten hacer una clasificación filogenética de los mismos), siendo tres de ellas exclusivas de este sector, mientras que la tercera, el acetil-CoA, es utilizada, además, por los otros dos. Algo parecido ocurre con las dos salidas del ciclo (oxalacético y αcetoglutárico), ambas alimentan rutas de síntesis de aminoácidos, pero solo una, el oxalacético, es utilizada por los otros dos sectores. Como resultado, el conjunto formado por el ciclo del cítrico y las rutas de demolición y de síntesis de los aminoácidos (Figura 4) puede interpretarse como un núcleo unitario, con pleno sentido para las síntesis y las demoliciones, al que se han adosado posteriormente los otros dos sectores. En apoyo de esta interpretación, el ciclo del cítrico propiamente dicho consiste en la interconversión de dos α-cetoácidos, el oxalacético y el α-cetoglutárico, productos de la desaminación de dos aminoácidos, el aspártico y el glutámico, respectivamente. Los argumentos precedentes parecen suficientes para defender la hipótesis de que la primera ruta metabólica en desplegarse fue una de demolición de algún aminoácido de origen alimentario, y que esta ruta tuvo que desplegarse progresivamente en el sentido aminoácido ⎯→ciclo del cítrico (el mismo de la actuación de los enzimas en la ruta). Lo que nos permite postular dos grandes fases en el desarrollo del metabolismo celular: durante la primera habría tenido lugar el despliegue progresivo de las rutas de demolición y de síntesis de los aminoácidos que culminaría en la formación del ciclo del cítrico (en el curso de esta fase la intensificación de las demoliciones habría sido la principal ventaja selectiva), lo que daría lugar a un primer núcleo metabólico a partir del cual, en una segunda fase, se desarrollarían los otros dos sectores mediante el despliegue de transformaciones simples (muchas de ellas presentes en el metabolismo de los aminoácidos), estructuradas en tramos dobles de síntesis y demolición inversos, repetidos regularmente. Así pues, la hipótesis según la cual el primer sector metabólico en desarrollarse fue el de los aminoácidos y que tal desarrollo comenzó por el de una de sus rutas de demolición, postulado obligado en la perspectiva de la teoría de las unidades de niveles de integración, se deduce también del análisis comparado de los tres sectores (lo que, como hemos indicado, confirma indirectamente dicho postulado). Las rutas de demolición de los aminoácidos A continuación, consideramos el sector de los aminoácidos alifáticos, más concretamente sus rutas de demolición, con el fin de poner de manifiesto algunos rasgos de las mismas que, en nuestra opinión, son suficientemente significativos, desde un punto de vista filogenético, como para permitirnos avanzar un modelo de despliegue evolutivo de este sector e identificar las principales etapas del mismo. Vamos a considerar tres aspectos de estas rutas: -los tramos metabólicos que comparten; -su estructura en tramos funcionalmente diferentes; -y el recurso a coenzimas en ellas. En la Figura 4, que representa la estructura general de este sector, incluido el ciclo del cítrico, podemos observar que, aunque hay tantas rutas de síntesis y de demolición como aminoácidos, cada una de ellas no es enteramente exclusiva de un único aminoácido, sino que siempre posee al menos un tramo metabólico en común con otras. Estos tramos, que, como se discute a continuación, pueden representar homologías, por lo que son una de las características con significado evolutivo más evidente, dan lugar a un ordenamiento en red de las rutas, que confluyen (las de demolición) en determinados metabolitos para compartir a continuación tramos metabólicos comunes, o se separan (las de síntesis) después de un tramo común en otros independientes. Ahora bien, estos tramos compartidos solo admiten dos explicaciones evolutivas: -o bien tienen un origen múltiple, aparecieron independientemente en cada una de las rutas que los comparten, y son, por tanto, tramos análogos; -o bien tienen un origen común, primero se originaron en una ruta y a continuación se extendió su aplicación a otras, en cuyo caso se trata de tramos homólogos 4. En la Figura 5 se representan solo las rutas de demolición de los aminoácidos alifáticos 5. Se puede observar como éstas confluyen progresivamente hacia el ciclo en ----4 Para decidir si un determinado parecido representa una analogía o una homología, es preciso evaluar el grado de este parecido. En nuestro caso, cuanto mayor sea la complejidad de la transformación metabólica o del tramo de ruta comunes, mayor será nuestra convicción de que corresponden a una homología, y, en consecuencia, que revelan un origen común. 5 Por razones de simplicidad en la representación, en las Figuras 3, 4 y 5 faltan las rutas de la leucina y la lisina que entran en el ciclo a través de acetil-CoA pero de forma diferente a como lo hacen los aminoácidoss del grupo 3. El análisis de sus transformaciones metabólicas muestra que guardan relaciones evolutivas con las de la isoleucina y la valina, en el caso de la leucina, y con el cierre del ciclo, la lisina (Cordón, 1990). el que desembocan a través de cuatro entradas (oxalacético, α-cetoglutárico, acetil-CoA y succinil-CoA). Como consecuencia de esta confluencia, los tramos más próximos al ciclo son compartidos por un mayor número de rutas. Las rutas que poseen tramos comunes pueden reunirse en cuatro grupos, que corresponden a las cuatro entradas en el ciclo: -las rutas del aspártico y la asparraguina, grupo 1, entran en el ciclo a través del tramo aspártico ⎯→ oxalacético; -las rutas de demolición del glutámico, la glutamina, la prolina y la arginina, grupo 2, comparten el tramo glutámico ⎯→ α-cetoglutárico; -las de la alanina, la serina, la cisteína y la glicina, grupo 3, confluyen en el tramo pirúvico ⎯→ acetil-CoA; -finalmente, el grupo 4 está formado por las rutas de demolición de la metionina, la treonina, la valina y la isoleucina que tienen en común el tramo propionil-CoA ⎯→ succinil-CoA. Como hemos indicado, las rutas de cada grupo comparten al menos un tramo, pero pueden tener en común más de uno -por ejemplo, las del grupo 4 poseen en común el tramo final, propionil-CoA ⎯→ succinil-CoA, pero dos de ellas, las de la metionina y la treonina, comparten además el tramo: α-cetobutírico ⎯→ propionil-CoA. Como los tramos compartidos pueden representar homologías, es de esperar que las rutas de cada grupo mantengan entre sí relaciones filogenéticas más estrechas que con el resto. Dentro de las rutas de demolición podemos diferenciar tres tipos de tramos metabólicos desde el punto de vista de su funcionalidad para el catabolismo: 1/ los dedicados a la desaminación; 2/ los que conducen a la descarboxilación; y 3/ tramos de síntesis (situados, paradójicamente, en rutas de demolición). Si consideramos el tipo de tramos que componen cada ruta, éstas se pueden clasificar en tres tipos: -las rutas de los grupos 1 y 2 están formadas solo por tramos de desaminación; -las que corresponden al grupo 3 poseen un primer tramo de desaminación seguido de un segundo de descarboxilación; -en el grupo 4, las rutas de demolición incluyen, además, un tercer tramo de carboxilación. Esta correspondencia entre el agrupamiento de rutas (de acuerdo a su confluencia en el ciclo) y su tipología (de acuerdo al significado funcional de sus tramos constituyentes) -que es aun más patente cuando se tiene en cuenta el análisis comparado de las transformaciones metabólicas (Cordón, 1990) -apoya la hipótesis, que hemos adelantado, de una historia común para las rutas de demolición de cada grupo. Pero, además, nos permite hacer consideraciones transversales que permiten relacionar entre sí los desarrollos evolutivos de las rutas correspondientes a los diferentes grupos. -todas las rutas comienzan con un tramo de desaminación que produce αcetoácidos (las rutas de los grupos 1 y 2 se reducen a este tipo de tramos); -las rutas de los grupos 3 y 4 añaden un segundo tramo dedicado a la descarboxilación del α-cetoácido producido en el anterior (las rutas del grupo 3 están constituidas por estos dos tramos, entrando en el ciclo a través del acetil-CoA producido en la descarboxilación del pirúvico); -y, finalmente, las rutas del grupo 4 contienen un tercer tramo de síntesis que convierte en succinil-CoA el propionil-CoA producido en los tramos de descarboxilación. La generalidad de las desaminaciones respecto a las descarboxilaciones, y de éstas respecto a los tramos de síntesis, sugiere nuevamente que el orden de despliegue de la ruta fuera el esperado para una de demolición cuyo substrato venga impuesto desde el exterior por la composición del alimento (como hemos supuesto que tuvo que ocurrir con las rutas de demolición de los aminoácidos alifáticos), lo que resulta coherente con que los tramos finales de las rutas del grupo 4 sean de síntesis, aunque situados en el interior de rutas de demolición, lo que parece reflejar una complicación secundaria de la ruta correspondiente -como si su desarrollo hubiera estado condicionado por la evolución anterior del resto del metabolismo. Todo ello induce a pensar que el desarrollo de las rutas de demolición de los aminoácidos tuvo lugar según la siguiente secuencia de acontecimientos: 1/ despliegue de las desaminaciones; 2/ despliegue de las descarboxilaciones; 3/ despliegue de los tramos de carboxilación del propionil-CoA en las rutas del grupo 4. Lo que implica, a su vez, que las primeras rutas en alcanzar su estado definitivo fueron las de los grupos 1 y 2, a continuación se completarían las del grupo 3, y, finalmente, las del grupo 4. Si, como hemos supuesto, el desarrollo de las rutas de demolición de los aminoácidos tuvo lugar en el sentido aminoácido-substrato ⎯→ ciclo del cítrico (esto es, en el sentido de los enzimas en la ruta), puesto que en este sentido las rutas convergen progresivamente (Figura 5), su desarrollo evolutivo tuvo que ir acompañado de una confluencia cada vez mayor cuyo resultado final sería la formación del ciclo. A continuación vamos a considerar otro aspecto del metabolismo de los aminoácidos que permite matizar el análisis anterior: se trata de la utilización de coenzimas en sus rutas de demolición. Desde un punto de vista filogenético parece lógico suponer que el recurso a coenzimas en la evolución del metabolismo fuera progresivo, aumentando su número con el tiempo, paralelamente al número y a la dificultad de las transformaciones metabólicas desarrolladas. En consecuencia, sería de esperar que las rutas de demolición de los aminoácidos pudieran ordenarse por el número de coenzimas utilizados en ellas. Confirmando este supuesto, en la Figura 6, los ami- Rutas de demolición de los aminoácidos Figura 6.-Recurso a los coenzimas en las rutas de demolición de los aminoácidos alifáticos. ASP=aspártico, GLU=glutámico, ASN=asparraguina, GLN=glutamina, ARG=arginina, PRO=prolina, ALA=alanina, SER=serina, CIS=cisteína, GLI=glicina, MET=metionina, TRE=treonina, ILE=isoleucina, VAL=valina, LEU=leucina, LIS=lisina. noácidos aparecen ordenados según el número de coenzimas utilizados en sus rutas de demolición (creciente hacia la derecha) 6. En primer lugar, hay que resaltar que el simple hecho de que este criterio permita ordenar los aminoácidos, como lo muestra la figura, supone necesariamente la existencia de algún tipo de relación (la que se postula u otra equivalente) entre los aminoácidos de una parte, y de la otra el número y el tipo de coenzimas utilizados en sus ----6 La situación, aparentemente desordenada, de las rutas de la glicina y de la metionina en la figura 6 se explica por la estructura de estos aminoácidos. La glicina es el aminoácido más sencillo y su demolición comienza por una transformación de síntesis (en la que se utiliza el tetrahidrofólico) que permite que su ruta confluya con las de los demás aminoácidos del grupo 3. En cuanto a la metionina, su peculiar estructura (con un grupo metilo distal unido por un enlace tiol al resto de la molécula) justifica el recurso a tetrahidrofólico con el fin de aprovechar el grupo CH3 distal coordinando su metabolismo con el de la glicina. rutas de demolición. Si, como suponemos, el orden de las rutas de demolición de los aminoácidos en la figura está en relación con el de su desarrollo evolutivo sería de esperar, en una primera aproximación, que el desarrollo evolutivo definitivo de las rutas de demolición de los aminoácidos situados más a la izquierda en la figura (en las que se recurre a un menor número de coenzimas) se alcanzase antes. En segundo lugar, el orden de los aminoácidos no es cualquiera, sino que, como se puede observar en la parte inferior de la Figura 6, se corresponde con las diferentes entradas de sus rutas de demolición en el ciclo del cítrico. De manera que, de la consideración de esta tabla, se puede deducir la misma clasificación de las rutas de demolición de los aminoácidos alifáticos que se ha deducido antes a partir de la consideración de los tramos compartidos por las mismas. (Los grupos 1 y 2 aparecen mezclados por razones evolutivas en las que no entramos aquí, pero que un análisis más detallado pone de manifiesto.) Estos hechos sugieren, de nuevo, la precedencia evolutiva de las rutas de demolición correspondientes a los dos primeros grupos de aminoácidos (en las que se utiliza menor número de coenzimas). Finalmente, si los criterios utilizados son válidos, el orden de las rutas de los aminoácidos, horizontalmente, debería corresponder, en vertical, con la utilización progresiva de coenzimas, y debería reflejar el orden de aparición de las transformaciones en las que estos son utilizados. De este modo se pueden agrupar y ordenar las transformaciones en cuatro tipos que debemos suponer sucesivos en la evolución: 1. las desaminaciones, con recurso a NAD +; 2. las transaminaciones, en las que se utiliza piridoxal-fosfato; 3. las descarboxilaciones, en las que se recurre a cuatro nuevos coenzimas: lipoamida, tiamin-pirofosfato, FAD y coenzima A; 4. y, finalmente, las metilaciones, en las que se utiliza tetrahidrofólico, y las carboxilaciones, en las que se recurre a ATP, biotina y cobalamina. Se puede observar que el orden deducido a partir de este criterio coincide con el obtenido de la consideración de la funcionalidad de los tramos metabólicos y, nuevamente, con el que se supone para moléculas de origen trófico. Lo mismo ocurre con el agrupamiento de aminoácidos, al que se llega también desde la consideración de los tramos compartidos y que es coherente con la tipología de rutas hecha de acuerdo con su composición en tramos funcionales. Hay que destacar que los tres criterios utilizados en el análisis de las rutas de demolición de los aminoácidos alifáticos (tramos compartidos -tomados como índices de posibles homologías-, funcionalidad de los tramos metabólicos y recurso a coenzimas) representan aspectos del metabolismo entre los que a priori no es fácil establecer ninguna relación, salvo, como hemos supuesto, la de que todos son el resultado de un mismo proceso evolutivo. El que a partir de tres criterios aparentemente independientes se llegue a las mismas consideraciones finales indica que entre esos tres aspectos del metabolismo existe una relación ¿qué otra puede ser que la filogenética? En nuestra opinión, el análisis anterior permite defender dos conclusiones: Un agrupamiento filogenético de las rutas de demolición de los aminoácidos: -El grupo 1 contiene solo transformaciones de desaminación, utiliza únicamente un coenzima (NAD) y comparte el tramo aspártico ⎯→ oxalacético. -El grupo 2 también contiene únicamente transformaciones de desaminación y utiliza un solo coenzima (NAD), sus rutas comparten el tramo glutámico ⎯→ α-cetoglutárico. -El grupo 3 tiene un tramo de desaminación y otro de descarboxilación, utiliza seis coenzimas (NAD, piridoxal-fosfato, FAD, lipoamida, tiaminpirofosfato y coenzima A) y comparte el tramo pirúvico ⎯→ acetil-CoA. -El grupo 4 contiene tres tramos funcionales diferentes (sucesivamente: de desaminación, de descarboxilación y de carboxilación), utiliza nueve coenzimas (los señalados para el grupo 3 más ATP, cobalamina y biotina) y comparte el tramo propionil-CoA ⎯→ succinil-CoA. Un modelo de despliegue evolutivo de las rutas de demolición de los aminoácidos en el que se pueden distinguir las siguientes etapas: -Primera etapa, que corresponde al desarrollo de las desaminaciones, al final de ella se alcanzaría el desarrollo definitivo de las rutas de síntesis y de demolición de los aminoácidos de los grupos 1 y 2, y se habrían desarrollado además los tramos de desaminación en las rutas de demolición de los aminoácidos de los grupos 3 y 4; el análisis del recurso a coenzimas sugiere, como hemos visto, que en esta primera etapa se pueden diferenciar dos subetapas sucesivas, en la primera se desplegarían las desaminaciones con NAD y en la segunda las transaminaciones y las desaminaciones con recurso a piridoxal-fosfato. -Segunda etapa, durante la cual se desarrollarían las descarboxilaciones en las rutas de demolición de los aminoácidos de los grupos 3 y 4, completándose con ello el desarrollo de las rutas de demolición del grupo 3. -Tercera y última etapa, a lo largo de la cual se desarrollarían las transformaciones que permiten la entrada en el ciclo del cítrico de los productos metabólicos de las descarboxilaciones en las rutas de demolición de los aminoácidos del grupo 4. De acuerdo con este orden de desarrollo, se puede observar en la Figura 5 como dos de las cuatro entradas en el ciclo tienen lugar directamente a través de cetoácidos: oxalacético y α-cetoglutárico, que son los productos de la desaminación de los aminoácidos aspártico y glutámico; mientras que las otras dos entradas se efectúan a través de metabolitos que han sufrido una transformación más intensa. La proximidad de los grupos 1 y 2 al ciclo, y el hecho de que éste último consista en dos rutas de conversión de un cetoácido en otro, son dos datos que sugieren que el desarrollo del ciclo pudo haber estado estrechamente unido con el del metabolismo de los aminoácidos y particularmente, al menos al comienzo, con el de los grupos 1 y 2. PRINCIPALES PERÍODOS DEL DESARROLLO DEL METABOLISMO CELULAR Los argumentos anteriores nos parecen suficientes para defender un primer esquema de desarrollo del metabolismo celular. A grandes rasgos, se pueden distinguir dos fases: la primera que corresponde al desarrollo del metabolismo de los aminoácidos alifáticos, y que culminaría en la formación del ciclo del cítrico; y la segunda en la que tendría lugar el desarrollo del metabolismo de los ácidos grasos y de los monosacáridos. La primera de estas dos grandes fases se puede dividir, a su vez, en tres etapas sucesivas: -La Primera etapa corresponde al desarrollo de las desaminaciones y de las transaminaciones, con recurso a NAD y a piridoxal-fosfato como coenzimas, y en ella se alcanzaría la estructura definitiva del metabolismo de los aminoácidos de los grupos 1 y 2. En esta etapa se pueden distinguir dos subetapas: durante la primera se utilizaría solo NAD y se desplegarían las desaminaciones en que se usa, en la segunda se recurriría, además, a piridoxal-fosfato y se desarrollarían las transaminaciones y las desaminaciones dependientes de este coenzima (en las rutas de la serina, la cisteína, la metionina y la treonina). -La Segunda etapa, en el transcurso de la cual tendría lugar el desarrollo de las descarboxilaciones (con recurso a: tiamin-pirofosfato, lipoamida, FAD y coenzima A), y en la que se alcanzaría el desarrollo definitivo del metabolismo correspondiente a los aminoácidos del grupo 3. -Finalmente, en el desarrollo del metabolismo de los aminoácidos, se puede distinguir una Tercera etapa, durante la cual se completaría el desarrollo definitivo del metabolismo correspondiente al grupo 4 y al ciclo del cítrico. El análisis cladístico aplicado a las rutas de demolición de los aminoácidos alifáticos confirma la secuencia de etapas que proponemos (Cunchillos y Lecointre, 1999). La segunda gran fase considerada corresponde, en nuestra opinión, a dos procesos relativamente independientes (el desarrollo del metabolismo correspondiente a los ácidos grasos y a los monosacáridos), que pudieron coincidir en el tiempo. Para sim- -La Cuarta etapa que correspondería al desarrollo de las rutas de síntesis y demolición de los ácidos grasos. -La Quinta etapa sería la correspondiente al desarrollo del metabolismo de los monosacáridos. Por razones de espacio, nos hemos limitado aquí a presentar las grandes líneas del desarrollo del metabolismo celular. Este esquema se ve plenamente confirmado por el análisis comparado de las transformaciones metabólicas, que permite, además, hacer un desarrollo muy detallado de cada una de las etapas que acabamos de enumerar (Cordón, 1990).
Una revisión de las fuentes originales y de las circunstancias históricas que rodearon el nacimiento del darwinismo, pone de manifiesto su escasa entidad como teoría estrictamente biológica, ya que las únicas aportaciones originales a las teorías e hipótesis evolutivas previas, se limitan a la aplicación a la Naturaleza de los conceptos económicos y sociales de Malthus y Spencer. El llamado «darwinismo social» no es, por tanto, una distorsión del «darwinismo científico», porque el darwinismo es eminentemente social. los descubrimientos de Copérnico, Galileo y Newton...» «Su libro constituyó una (a veces «la») de las mayores hazañas intelectuales que el hombre haya llevado a cabo jamás». Generalmente, tras una (no siempre) piadosa referencia a Lamarck y a su error de la creencia en la herencia de los caracteres adquiridos, se reconoce a A.R. Wallace (quien en 1858 envió desde Java su manuscrito a Darwin en el que proponía el proceso de selección natural) un pequeño papel en la copaternidad de la Teoría, pero puntualizando que Wallace difería de Darwin en algunas cuestiones importantes como, por ejemplo, negar que la selección natural era suficiente para explicar el origen del hombre (lo que parece ser un grave error porque «está demostrado»). Los más objetivos (o menos entusiastas) llegan a admitir que la idea de la evolución «estaba ya en el aire» cuando Darwin publicó la teoría definitiva. Pero los datos históricos nos demuestran que ya estaba expresada en soportes más sólidos que el éter. Aunque autores como G.C. Gillispie (1959) y B. Glass (1959) han identificado más de treinta naturalistas y filósofos que expusieron claramente antes que Darwin la idea de la evolución y/o la selección natural (y lo que es más importante, para algunos la selección natural no era considerada un mecanismo de evolución y para algunos otros ésta se consideraba confinada a los límites de las especies), vamos a limitarnos a los antecedentes más inmediatos a Darwin y que él conoció. En 1809 se publicó en París «Filosofía Zoológica», el primer tratado completo sobre la evolución. Su autor, Jean Baptiste Pierre Antoine de Monet, caballero de Lamarck, conservador del Jardin du Roi, había adquirido una amplia formación en Historia Natural. Había realizado estudios de Botánica, a menudo en compañía de Rousseau, y obtenido puestos prestigiosos en instituciones científicas bajo el apoyo de Buffon. Entre sus muchos logros están el aportar criterios científicos actuales, como por ejemplo el término «invertebrado» (hasta entonces los taxónomos usaban la presencia o ausencia de sangre), o la denominación «Biología», que ponía nombre a una nueva ciencia que estudiaba los principios de la vida. La versión satírica que la mayoría de los biólogos hemos recibido de la obra de Lamarck, elimina drásticamente su aportación a nuestra ciencia con la sentencia de su «errónea creencia en la herencia de los caracteres adquiridos» (ya saben, el cuello de la jirafa). Pero ni esta era la idea fundamental de su obra ni fue original de Lamarck. Era simplemente un criterio muy común por entonces, que por cierto Darwin utilizó en los (muchos) casos que no podía explicar mediante la selección natural. Su «error» fundamental era que su visión global de la evolución sugería una tendencia natural de los organismos a incrementar su complejidad (un error tan «grave» que todavía ocupa tratados, debates y congresos encaminados a explicar esta complejidad, «dependiendo de lo que consideremos progreso» (Ayala, 1988). Otro de sus «errores» derivados de la citada visión globalizadora del proceso evolutivo es que veía éste fenómeno como un camino por el que una especie podría sobrevivir, en una forma alterada, a pesar de los cambios ambientales, es decir, una forma de escapar a la extinción. Por si esta idea suena extraña, lo explicaremos, en terminología más moderna, en palabras de Niles Eldredge (1997): «...Como nos dice tan elocuentemente el registro fósil, el sistema se degrada y tiene que ser reconstruido, utilizando sus supervivientes para moldear una nueva versión que funcione» 1 Aunque la obra de Lamarck tuvo una importante repercusión entre los naturalistas del siglo XIX (los partidarios de la evolución eran llamados lamarckianos), el final de su vida, cuya narración por sus detractores no resulta exenta de cierta mordacidad («En sus ratos libres, Lamarck adquirió seis hijos y una esposa -en ese orden-. Más adelante tuvo dos hijos más y otras dos o tres esposas» (Harris, 1985) 2 no parece muy merecido. En la ancianidad, fué vapuleado científicamente por un joven y brillante Cuvier, catedrático de Historia Natural, de Anatomía comparada y secretario de la Academia de Ciencias de París. Pasó sus últimos once años de vida ciego y en la indigencia. Fue enterrado en una fosa común y sus detractores no olvidan recalcar que sus huesos fueron exhumados cinco años más tarde para hacer sitio para otros. Sin embargo, finalmente, su memoria fue rehabilitada: «La estatua de Lamarck en los jardines de Luxemburgo, le reivindica de modo chovinista (el subrayado es mío) como «fundador de la evolución» (Strathern, 1999) 3. Pero Lamarck no fue sólo el fundador de la teoría de la evolución, no sólo aportó conceptos hoy obvios y fundamentales y nos indicó y ensanchó a los biólogos nuestro campo de investigación; si releemos sus textos veremos que también nos enseñó (lo intentó, al menos) a pensar científicamente sobre la naturaleza de la vida y a buscar el sentido de este misterioso y complejo fenómeno. En palabras de C. Leon Harris (1985): «A partir de 1790 Lamarck empezó a ponerse cada vez más pesado con sus grandes ideas de unificar toda la ciencia bajo una filosofía general basada en unas pocas leyes» 4. Estas son las suyas: «Sabemos que cualquier ciencia debe tener su filosofía y que sólo por este camino hace progresos reales. Los naturalistas gastarán vanamente su tiempo describiendo nuevas especies, captando nuevos matices y todas las pequeñas particularidades de sus variaciones para agrandar la lista inmensa de las especies inscritas, en una palabra, instituyendo diversos géneros, cambiando sin cesar el empleo de las consideraciones para caracterizarlas; si la filosofía de la ciencia se descuida, sus progresos no serán reales y la obra entera quedará imperfecta» (Filosofía Zoológica), (1809) 5. ----Algunos historiadores darwinistas admiten que «Tras la aparición de los «Principles of Geology» de Lyell en 1832 y tras la aparición en 1834 del popular «Vestiges of the Natural History of Creation», de Robert Chambers (1802-1871), ningún ingles culto podía considerar como propia la idea de la evolución» (Harris, 1985) 6. Lo que, tal vez, les cueste más trabajo admitir es que ningún inglés, culto o inculto, puede considerarse propietario de la idea de la selección natural. En 1750, Pierre-Louis Moreau de Maupertuis, uno de los científicos más prestigiosos de la Ilustración escribió en su «Essai de Cosmologie» una lúcida interpretación de este fenómeno. Lo resumiremos en unas pocas líneas: «El azar, podríamos decir, produjo un vasto número de individuos: de éstos, una pequeña proporción estaba organizada de tal forma que los órganos de los animales podían satisfacer sus necesidades. Un número mucho mayor no mostró ni adaptación ni orden; estos últimos han perecido todos... Así pues, las especies que vemos hoy no son más que una pequeña parte de las que el destino ciego ha producid»7. Leon Harris reconoce que Maupertuis era consciente del papel destructivo de la selección natural en la eliminación de los no aptos, «pero no alcanzó a ver que de un proceso así podrían surgir nuevas especies» 8. Quizás Harris no haya considerado que mediante la observación y la reflexión es muy poco probable llegar a pensar que la «eliminación de los no aptos» sea un medio de producción de nuevas especies, a no ser que te graben laboriosamente la idea en el cerebro a lo largo de tus estudios de Biología. Este último, que al igual que Darwin admitía la creencia, generalizada por entonces, de la herencia de los caracteres adquiridos anticipó conceptos científicos que podrían haber resultado muy fructíferos de no haber sido sepultados en el olvido: los ecosistemas y la coevolución: «Entre los millones de variedades específicas de seres vivos que ocupan la porción húmeda de la superficie de nuestro planeta hasta donde podamos remontarnos, no parece, con excepción del hombre, haber existido ninguna raza especialmente acaparadora, sino un equilibrio bastante justo de los poderes de ocupación, o más bien, una maravillosa variación de las circunstancias paralela a la naturaleza de todas las especies, como si estas o aquellas hubieran crecido juntas» («Accomodation of Organized Life to Circunstance, by Diverging Ramifications» 1831) 9. Parece, pues, meridianamente claro que los conceptos científicos de evolución y selección natural no fueron en absoluto originales de Darwin. En concreto, Matt-----hew murió reclamando la prioridad del «Principio de la Selección Natural». Darwin, muy molesto por ello, se alegró mucho cuando le comunicaron que en 1813 el doctor Wells lo había explicado con toda claridad por lo que «el pobre y viejo Patrick Matthew no es el primero» 10. Entonces: ¿Cuál fue exactamente la «proeza intelectual» del «autor de una de las mayores ideas de la humanidad» 11 (Strathern) (1999) que completó la revolución copernicana? Dado que las interpretaciones y argumentos científicos no parecen poder aportar mucha luz a estas preguntas, habremos de recurrir una vez más a la historia. Y hay que reconocer que, en este caso, el personaje, en lo que respecta a sus características y personalidad, por lo que ésto pueda tener de influencia en su obra, no necesita de comentarios maliciosos de sus detractores. Con las narraciones de sus apologistas tiene suficiente. No parece necesario recurrir a profundos estudios psicológicos para sospechar que la historia personal de Darwin y su formación como clérigo, junto con el entorno social en el que ésta se desarrolló, contribuyeron en gran medida a conformar su visión del mundo. Para no dar la impresión de una animadversión personal (inexistente) contra él, me limitaré a recomendar a este respecto la lectura del brevísimo pero sustancioso libro Darwin y la evolución de Paul Strathern (Ed. Siglo XXI) y a comentar sucintamente un episodio de su vida que puede dar cuenta de esta posible influencia. Los asfixiantes convencionalismos que constreñían a la clase media de la Inglaterra victoriana, obligaban a llegar al matrimonio como único medio de mitigar la frustración sexual. Tras unas prosaicas y poco edificantes evaluaciones sobre el matrimonio y las mujeres que se han encontrado entre sus notas personales, (Thuillier, 1990) Darwin llegó a la conclusión de que le interesaba una mujer «que sea un ángel y que tenga dinero» 12. Sin ir más lejos, su prima Emma Wedgwood representaba una buena inversión. No era precisamente una belleza, pero su familia disponía de unas magníficas rentas. Tras meticulosos cálculos sobre lo que le correspondía, Darwin se casó con ella. La narración de esta pequeña (pero práctica) hazaña intelectual no viene a cuento aquí con el objeto de cuestionar su grandeza de espíritu, sino para comprender su posible influencia en sus observaciones científicas. En El Origen del Hombre sus ideas sobre la selección sexual, consideradas fundamentales para reforzar la, ya para él debilitada, selección natural, estaban basadas en su observación de que, en todas las especies, las crías, tanto hembras como machos, se asemejaban a las hembras. Esto le llevó a concluir que los machos representaban un «estadío evolutivo más avanzado que las hembras» 13. Según Paul Strathern: «Su trabajo en ---- 10 Ibidem, p. Versión española El origen del Hombre, 1973, pp. 727-731. este terreno parece resentirse de una falta de rigor científico atípica en él, así como de conclusiones extraídas de un solo espécimen, su esposa»14. Pero esta tendencia a convertir sucesos restringidos en leyes generales, no parece limitarse a su opinión sobre más de la mitad de la humanidad. Su (aparente) logro científico que se ha perpetuado hasta la actualidad, la selección natural, no tenía un campo de visión mucho más amplio. Su versión de este fenómeno, bastante más «sencilla» que las precedentes, basadas en la observación de la naturaleza, era una extrapolación directa de las actividades de los ganaderos y criadores de palomas de su país (posiblemente sin ir muy lejos de su casa): «Viendo que, indudablemente, se han presentado variaciones útiles al hombre, ¿puede acaso dudarse de que de la misma manera aparezcan otros que sean útiles a los organismos mismos, en su grande y compleja batalla por la vida, en el transcurso de las generaciones? Si esto ocurre, ¿podemos dudar -recordando que nacen muchos más individuos de los que acaso pueden sobrevivir-que los individuos que tienen ventaja, por ligera que sea, sobre otros, tendrán mayor probabilidad de sobrevivir y reproducir su especie?. Y al contrario, podemos estar seguros de que toda variación perjudicial, por poco que lo sea, será rigurosamente eliminada. Esta conservación de las diferencias favorables de los individuos y la destrucción de las perjudiciales es lo que yo he llamado Selección Natural»15. En palabras del genetista de poblaciones F.J. Ayala (1999): «La explicación darwinista de la evolución de los organismos (el subrayado es mío) por medio de la selección natural es, como tantas otras proezas de la mente humana, extremadamente simple, al mismo tiempo que poderosa»16. Y es cierto que, a juzgar por los resultados de su implantación social, se ha convertido en muy poderosa. Pero es más cierto aún que es extremadamente simple (probablemente esta sea la causa de su poder). Incluso la selección forzada por los ganaderos de animales extraños o defectuosos que en condiciones naturales lo tendrían muy difícil (con enanismo, obesos, con gigantismo...) o con variaciones superficiales o accesorias se ha realizado desde hace 10.000 años pero, como habían observado Maupertuis y Diderot, sin transgredir los limites de la especie. Y el que en la naturaleza los individuos defectuosos sean eliminados por la «selección» o que una característica superficial resulte favorecedora en un medio concreto (como el manido ejemplo del «melanismo industrial» de la polilla del abedul [Ayala, 1999]) tiene muy poco que ver con los complejos cambios de organización genética y morfológica que conlleva la evolución. ----Pero esta argumentación no en nueva. Experimentados naturalistas contemporáneos de Darwin tenían claro este hecho: según Fleeming Jenkin «Una planta o un animal no puede modificarse más que dentro de ciertos límites. Existe una esfera de variación de la que el organismo no puede salirse». Además, como se puede comprobar en animales seleccionados cuando retornan a la libertad: «no solamente no pueden variar indefinidamente, sino que muchos sujetos vuelven a la condición primera» (Thuillier, 1990) 17. Ya en la década de 1860 se dudaba de si unas variaciones muy débiles bastaban para explicar la formación de especies nuevas. Por ejemplo, según Strathern (1999), el zoólogo católico George Mivart (por cierto, no es fácil encontrar referencias al clérigo anglicano Charles Darwin, aunque cabe sospechar que tendrá posiblemente un significado semejante) puso objeciones bien precisas y sólidas: los órganos bien desarrollados (tales como el ojo) constituían una evidente ventaja pero, ¿qué beneficios representaban estos órganos en las primeras fases de su desarrollo?, ¿cómo es posible que la selección pueda «percibir» innovaciones que al principio no podían ser más que mínimas y poco ventajosas para el organismo? Estos son sólo unos pocos ejemplos de las repercusiones científicas de la «revolución darwinista». Sin embargo, cuando en los libros «oficiales» se habla de las controversias que suscitó la obra de Darwin, se mencionan las planteadas por las fuerzas conservadoras ante el ataque a las creencias religiosas establecidas (el debate entre Huxley y el obispo Wilbeforce se ha constituido en una reiterativa rutina en estos libros). Pero es más difícil encontrar información sobre críticas epistemológicas muy sólidamente argumentadas por científicos prestigiosos. El reverendo Samuel Haughton, filósofo y geólogo, afirmó: «Si a un químico o un mineralogista cualquiera se le ocurriera establecer una teoría geológica (tan mediocre) sobre el origen de la sosa y de la cal, sus colegas le tomarían por un chiflado». Comentarios semejantes le dedicó William Hopkins, especialista en matemática aplicada a la física y a la geología, que añadió: «La teoría del señor Darwin no puede explicar nada, ya que es incapaz de asignar una relación necesaria entre los fenómenos y las causas que les atribuye». Críticas y objeciones cada vez más contundentes se pueden seguir encontrando a medida que nuevas simplificaciones de los procesos naturales (que veremos más adelante) han ido consolidando el darwinismo científico. Pero posiblemente las más relevantes sean las dudas y objeciones planteadas por el mismo Darwin. Y éstas son tantas y tan variadas que su transcripción sobrepasa, en mucho, las dimensiones de este artículo. Vamos, pues, a limitarnos a reproducir algunas significativas. ----En sucesivas ediciones de El Origen de las Especies, Darwin fue introduciendo nuevas y confusas aclaraciones, «intentando remediar las dificultades que surgían» (Thuillier, 1990) 19. El problema para explicar cómo en la naturaleza un pequeño cambio individual podía mantenerse, le obligó a proponer una «tendencia a variar de la misma manera» 20. Esta tendencia sería impulsada por el medio. Más tarde, ante la observación de que una variación única tendería a diluirse entre la población, propuso que estas variaciones «debían aparecer simultáneamente en gran número de individuos» 21. En otros casos, sus explicaciones se encuadran dentro de lo que llamamos neutralismo, es decir, variaciones «sin importancia para la prosperidad de la especie» 22 debido a que «han podido actuar diversas causas que han hecho constantes las diferencias, pero sin ninguna intervención de la selección natural» 23. En otras ocasiones, «El uso (...) refuerza y desarrolla algunas partes, mientras que la falta de uso las disminuye; y (...) estas modificaciones son hereditarias» 24. Pero, tal vez, las objeciones más lúcidas dentro de esta confusión son las que siguen: «Hasta este punto he hablado como si las variaciones (...) se debieran al azar. Esto, por supuesto, es una expresión totalmente incorrecta, pero sirve para reconocer sin ambages nuestra ignorancia acerca de las causas de cada variación particular» 25. O «¿Por qué si las especies han descendido de otras especies mediante gradaciones insensiblemente diminutas, no vemos en todas partes innumerables formas de transición? ¿Por qué no está toda la naturaleza en confusión, en lugar de estar las especies como las vemos, bien definidas?» 26. Pero esta evidente contradicción con su teoría no sólo se mostraba nítidamente en los seres vivos, sino que reflejaba su historia en el registro fósil, ya que, según Darwin, si las transiciones de las morfologías de unos tipos de organismos en otras se produjeran de forma gradual; «...La cantidad de eslabones intermedios y de transición entre todas las especies vivas y extinguidas ha de haber sido inconcebiblemente grande» 27. Y, aunque justificaba esta ausencia como consecuencia de « imperfecciones en el registro fósil», le intranquilizaba la opinión de los más eminentes geólogos y los más grandes paleontólogos contemporáneos suyos que mantenían la persistencia sin cambios de las especies en el registro fósil 28. Ante todos estos problemas «Darwin continuó buscando una teoría de la evolución largo tiempo después de darse cuenta de que se produce algún tipo de selección natural» (Harris, 1985) 29. «Finalmente, abandonó la idea de la selección natural». En palabras de Paul Strathern: «De lo sublime a lo ridículo. En su lugar propuso una teoría pergueñada por primera vez en el siglo V a.C. por el filósofo griego Demócrito, conocida como Pangénesis. Su versión moderna afirmaba que cada órgano y sustancia del cuerpo segregaba sus propias partículas características, que luego se combinaban para formar las células reproductivas. Las partículas segregadas por cada órgano eran un eco fiel no sólo de las características, sino también de la respectiva fuerza, tamaño y salud del órgano». Como vemos no tiene nada de ridículo ya que es una especie de «camino inverso» de los mecanismos genéticos desconocidos por aquel entonces. El error más terrible es que «Suponía, por ejemplo, que si un individuo expandía su musculatura haciendo pesas, su aspecto musculoso sería transmitido a la descendencia. En otras palabras, la pangénesis conducía a Lamarck y sus características heredables» 30. Pero, posiblemente, esta fue su única «convergencia» vital con Lamarck. Darwin, que murió rodeado de fama y abundancia económica, fue enterrado entre honores en la catedral de Westminster a pocos metros de Isaac Newton. En definitiva, la historia de Darwin escrita por darwinistas nos muestra al hombre responsable de la «proeza intelectual» que condujo a una «nueva era en la historia cultural de la humanidad» como una persona no muy brillante (en palabras de su padre «un chico muy corriente, más bien algo por debajo del promedio» [Hemleben, 1971]) 31, siempre perseguido, como hemos visto, por las dudas derivadas de su honestidad intelectual, que queda demostrada en la plañidera carta que escribió al geólogo Lyell sobre el manuscrito de Wallace recibido en 1858: «...Por favor, devuélvame el manuscrito, ya que aunque él no me dice que desee que lo publique, escribiré inmediatamente y lo ofreceré a cualquier revista. Así, toda mi originalidad, valga lo que valga, quedará destruida, aunque mi libro, si es que alguna vez llega a tener valor, no quedara deteriorado, ya que todo el trabajo consiste en la aplicación de la teoría» 32. Sin embargo, a pesar de sus dudas sobre su creatividad, era un trabajador metódico y voluntarioso. A lo largo de su vida publicó abundantes obras sobre observaciones geológicas, orquídeas, percebes y animales y plantas domésticas que posiblemente ofrezcan una dimensión más real de sus aportaciones científicas. Lo que resulta más difícil de explicar, basándonos en sus propios escritos, es cómo sus paisanos contempo-----ráneos consiguieron convencerle (si es que llegaron a hacerlo) de que su obra principal había desentrañando los misterios de la naturaleza. Aunque según Leon Harris: «...Darwin no fue, en efecto, el primero en sugerir la idea de la evolución y de la selección natural. No obstante, una cosa es que los evolucionistas anteriores propusieran la idea, y otra bien distinta que consiguieran convencer a los científicos»33. A los que nos han inculcado el noble ideal de que las aportaciones científicas son patrimonio de la humanidad y de que la única compensación que al autor le cabe esperar de ellas es el reconocimiento, nos resulta extraña la justificación de la consagración de Darwin como una de las más relevantes figuras de la humanidad en función de unos méritos exclusivamente publicitarios. De todos modos, la afirmación de que «consiguió convencer a los científicos» quizá sea una generalización injustificada, tanto por las reacciones que, como hemos visto, suscitó, como porque ni él mismo lo estaba. Lo que sí es cierto es que su principal libro, El Origen de las Especies, tuvo una gran acogida y un éxito inmediato. El primer día de su publicación, la edición de 1.250 ejemplares se agotó, y lo mismo ocurrió, en unos pocos días, con la segunda edición de 3.000 ejemplares. Estos hechos sorprendieron a Darwin, ya que, según él, su libro era «bastante aburrido». Pero este éxito, que lo convirtió en «la obra científica más leída del siglo» (Hemleben, 1971 34, no fue, evidentemente, un éxito científico (cabe suponer que de los 4.250 lectores iniciales, sólo una pequeña proporción estaría formada por hombres de ciencia). ¿Cuál pudo ser, pues, el verdadero motivo del éxito? Para comprenderlo habrá que situar el hecho en un contexto histórico y social. La situación social de la Inglaterra de finales del siglo XVIII y los primeros años del siglo XIX era turbulenta. Fueron los tiempos de la masacre de Peterloo y de los mártires de Tolpuddle. En pleno auge de la expansión colonial y de la revolución industrial se había producido «un desplazamiento de riquezas que no actuó de igual forma sobre los beneficiarios y las víctimas» (Mozaré, 1977) 35. Las leyes de cercamiento de fincas, promulgadas en el siglo XVIII, permitieron a los propietarios vallar sus tierras para utilizarlas como pastos para el ganado y al mismo tiempo, desalojar a sus renteros, condenándoles a ser barata mano de obra industrial en las ciudades. La miseria y la superpoblación inquietaron al clérigo y economista Thomas Malthus, quien convenció a su primer ministro de que en las «casas de trabajo» destinadas a los indigentes, los sexos deberían estar separados. Su Ensayo sobre el principio de la población, publicado en 1798 y ampliado en 1803, proponía que el aumento geométrico de la población en un mundo en el que la producción de alimentos aumentaba aritméticamente impondría siempre la ----lucha por la supervivencia. Y no eran precisamente principios filantrópicos los que guiaban a Malthus. Según R.C. Lewontin (1992) el ensayo era un argumento contra la vieja «Ley Inglesa de los Pobres», que encontraba demasiado protectora, y en favor de un control mucho más estricto de los pobres para que no se reprodujeran y crearan inquietud social (lo cual no le impidió tener numerosos hijos). Para C. Leon Harris, «El razonamiento de Malthus era que el progreso era imposible a menos que exista un abastecimiento ilimitado de alimentos, por lo que las políticas dirigidas a mejorar la situación de los pobres eran equivocadas (...) Los defensores del Laissez faire podrían así ignorar a los niños hambrientos con la conciencia tranquila»36. Los defensores del Laissez faire habían trasladado a Gran Bretaña una simplificación de la visión «científica» de la economía de los fisiócratas franceses37, convenientemente adecuada a los intereses de las clases dominantes. Su figura más influyente fue Adam Smith, que tradujo ese término mediante la metáfora de «la mano invisible del mercado» y al que también preocupaba que los trabajadores y «otras clases inferiores de personas» engendraban demasiados hijos, los cuales harían disminuir los salarios a un nivel de subsistencia. Había nacido el Liberalismo económico, que convirtió a los ciudadanos y a los países en competidores, y con el murió la idea del precio justo, ya que desde entonces los precios estarían regulados por la «ley» de la oferta y la demanda (El poeta Oscar Wilde describió perfectamente (una vez más) las consecuencias: «Es posible saber el precio de todo y no conocer el valor de nada») 38. En 1851, el filósofo y economista Herbert Spencer, en su libro La Estática Social acuñó el término de supervivencia del más apto para definir el motor de las relaciones sociales. En su opinión el intento de ayudar a los pobres era un entorpecimiento de las Leyes naturales que se regían por la competición. La ciencia apoyaba totalmente estos argumentos: según Spencer, «las civilizaciones, sociedades e instituciones compiten entre sí para sobrevivir, y sólo resultan vencedores aquellos que son biológicamente más eficaces». Estas eran las ideas que a mediados de siglo «flotaban en el aire» entre la burguesía inglesa (parece evidente que no serían compartidas por los trabajadores y «otras clases inferiores de personas»). También parece obvio que el éxito de ventas del libro de Darwin tuvo lugar dentro de esta clase social, sobre todo si tenemos en cuenta que su titulo completo, del que en los tratados darwinistas se suele ----omitir habitualmente, posiblemente por descuido, párrafos en cantidades variables (a veces hacen referencia a El Origen) es Del Origen de las Especies por medio de la Selección Natural, o la Conservación de las Razas Favorecidas en la Lucha por la Vida. En definitiva, cabe sospechar que el éxito del libro de Darwin (naturalmente, limitado a las personas con capacidad económica para adquirirlo) pudo deberse menos a su profusa recopilación de datos y a sus, a menudo, confusas y contradictorias explicaciones científicas, que a la aplicación a la naturaleza de las doctrinas económicas y sociales de Malthus y Spencer, a los que Darwin reconoce el mérito de los conceptos «lucha por la vida» 40 y «supervivencia del más apto» 41. En 1882, Friedrich Nietzsche, que no se caracteriza precisamente por su dulzura, pero tampoco por su simpleza, escribió: «Alrededor de todo el darwinismo inglés ronda algo así como un aire pestilente de exceso de población inglesa, un olor a pequeñas gentes marcadas por la necesidad y la estrechez. Pero como naturalista, debería de salir de su rincón humano: en la Naturaleza no reina la necesidad, sino la abundancia, el derroche hasta lo insensato». Sin embargo, no parece que los paisanos de Darwin tuvieran interés en explicaciones sobre cómo «...Una raza de osos, gracias a la selección natural, se haga cada vez más acuática en su estructura y sus costumbres, con un hocico cada vez más grande hasta que surja una criatura tan monstruosa como la ballena» 43. Lo que identificaba, lo que definía a los darwinistas era la adopción de la «explicación científica» de la situación del mundo y de su sociedad, y no la preocupación por las vicisitudes de los pinzones en las Islas Galápagos. De hecho, el primo de Darwin, Sir Francis Galton, llamado «padre de la eugenesia», escribía en 1869 en su famoso libro El Genio Hereditario que «las altas clases inglesas poseen la máxima capacidad hereditaria, y, por lo tanto, el privilegio biológico de ser caudillos y dirigentes» 44. Galton propuso que se prohibieran los cruzamientos entre razas, puesto que acarrearían la disolución de aquellas dotadas con mayor intelecto. También se sorprendía de encontrar en algunas personas «cierto pesar, en su mayor parte inexplicable, por la extinción gradual de las razas inferiores» 45. 43 Este párrafo fue suprimido por Darwin en ediciones posteriores. En la traducción al español de la 7a edición, figura la siguiente versión (pág. 199): «En la América del Norte ha visto Heayne el oso negro nadando horas enteras con la boca completamente abierta, atrapando así, casi como una ballena, los insectos del agua». 44 Estas ideas repugnantes forman parte de lo que se conoce como Darwinismo social, tendencia que según el tópico «horrorizaba a Darwin», una afirmación que, como veremos más adelante, es rigurosamente inexacta. Pero antes de hablar del darwinismo social cabe preguntarse si existe algún darwinismo que no sea social, o más bien qué es el darwinismo «científico». Desde luego, no la idea de la evolución. Tampoco la hipótesis de la selección natural, ya sea en su versión anglosajona de Wells y Matthew o en la francesa (tal vez más ajustada a la realidad) de Diderot y Maupertuis. Entonces: ¿tal vez el neutralismo?, ¿la herencia de caracteres adquiridos?, ¿la pangénesis? Si revisamos las fuentes originales, da la impresión de que, de la misma forma que de toda la obra de Lamarck parece que sólo ha quedado su visión errónea de la herencia de los caracteres adquiridos, la «destilación» de todas las explicaciones y dudas de Darwin ha producido los indiscutibles conceptos básicos del azar como fuente de variabilidad (oportunidades) y la competencia como motor de cambio (progreso). En palabras de Bertrand Russell (1935): «una extensión al mundo animal y vegetal de la economía de Laissez faire» 46. De hecho, entre otros muchos científicos, el propio Lyell (otro «precursor») percibió claramente las implicaciones biológicas del principio malthusiano como un argumento contra la evolución (en términos actuales, adaptación no es sinónimo de evolución sino todo lo contrario). Como ha escrito el filósofo de la ciencia R.M. Young (1973) sobre el principio malthusiano: «Lejos de ser un mecanismo en favor del cambio, era una defensa del status quo, tanto en la naturaleza como en las sociedades» 47. Por si esta argumentación no resulta convincente, volvamos al otro manido tópico: el supuesto horror de Darwin ante la aplicación a la sociedad de su teoría. Permítanme reproducir el final de una carta de Darwin a Heinrich Fick, un profesor de leyes de la Universidad de Zurich partidario de la aplicación de la teoría darwiniana a la legislación. En dicha carta, fechada el 26 de Julio de 1872 en Beckenham, Kent, Darwin comenta lo interesante que le había parecido el ensayo elaborado por el citado jurista, en el que sugería que el gobierno debería imponer restricciones al matrimonio de los individuos «no aptos» para el servicio militar. También utilizaba el darwinismo para oponerse a los intentos de crear una igualdad socioeconómica, «porque esto puede beneficiar a los débiles y conducir a la degeneración». Darwin finaliza su carta (en su característico estilo) con estas palabras: «...Me gustaría mucho tener la ocasión de discutir con usted un punto relacionado, si se consolida en el continente, en concreto la idea en la que insisten todos nuestros sindicatos, de que todos los trabajadores, los buenos y los malos, los fuertes y los débiles, deben trabajar el ----46 En HARRIS, C.L. (1985), p. 234. mismo número de horas y recibir las mismas pagas. Los sindicatos también se oponen al trabajo a destajo (en suma, a toda competición). Me temo que las sociedades cooperativas, que muchos ven como la principal esperanza para el futuro, igualmente excluyen la competición. Esto me parece un gran peligro para el futuro progreso de la humanidad. No obstante, bajo cualquier sistema, los trabajadores moderados y frugales tendrán una ventaja y dejarán más descendientes que los borrachos y atolondrados. Con mis mejores agradecimientos por el interés con que he recibido su ensayo, y con mi respeto, quedo, querido señor. Entre los aspectos informativos de esta carta sobre la concepción «spenceriana» que Darwin tenía de la sociedad (por ejemplo la idea de «trabajador ideal», que coma poco y no se divierta) cabe destacar uno, sin duda derivado de su condición victoriana; su curiosa visión de los comportamientos sexuales de los trabajadores. El último párrafo de la argumentación debió probablemente dejar boquiabierto al jurista. En cualquier caso, el significado de esta carta rescatada por Richard Weikart y publicada en la revista Isis (1995) 48, puede ser considerado como un lapsus (un desliz) del dubitativo Darwin, abrumado por el entusiasmo de sus seguidores. Pero hay más documentación sobre el carácter eminentemente social de lo que se conoce como darwinismo (y sus consecuencias). Michael R. Rose es profesor de Biología Evolutiva en la Universidad de California, Irvine. Investiga con el (rentable) objetivo de encontrar los «genes responsables de la longevidad» (es famoso por haber seleccionado Drosophilas que viven el doble de lo normal dejando reproducirse sólo a moscas «viejas»). Ha publicado recientemente un libro que sorprende por la cruda sinceridad con que expresa sus duras convicciones darwinistas (que habitualmente se suavizan) y asume los aspectos negativos del darwinismo (que habitualmente se ocultan). Dicho libro, titulado Darwin's Spectre. Evolutionary Biology in the Modern World (1999), es una ardorosa defensa de los «beneficios prácticos» que el darwinismo ha aportado a la «civilización moderna», lo cual no le impide reconocer el aspecto (al parecer secundario) de sus terribles repercusiones sociales. En lo que respecta a una de éstas, las prácticas eugenésicas, Rose comienza por informarnos del origen victoriano de la eugenesia en su concepción de «buenas practicas de cruzamiento» y de que Darwin, al igual que su primo Galton, era eugenista (en este apartado nos relata el ridículo caso de «dos importantes pedigríes para esta teoría, las familias Wedgwood-Darwin-Galton en las que hubo dos matri-----48 ISIS, no 86, pp. 609-611. monios de primos en primer grado, un «fiasco genético») 49. Más adelante nos habla de que ambos primos también compartían el concepto de razas superiores e inferiores, lo cual no necesita más apoyo que la relectura de Viaje de un Naturalista o El origen del Hombre 50. Pero las aplicaciones con consecuencias más notorias comienzan con lo que Rose denomina «la llegada de la eugenesia mendeliana», como consecuencia del «redescubrimiento» de las Leyes de Mendel. Y aquí, quizás resulte conveniente un nuevo inciso dedicado a este otro tópico repetido hasta la saciedad en los textos científicos. Las «Leyes» de Mendel no estuvieron nunca ocultas. Fueron publicadas en las Actas de la Sociedad de Historia Natural de Brno en 1866. Simplemente, fueron rechazados por los científicos de la época porque no eran reproducibles en su totalidad y porque contradecían fenómenos más complejos (lo que se conoce como «ligamiento»), que ya eran conocidos y Mendel explicaba que había estudiado siete caracteres de la planta del guisante en veintidós variedades que, según él, diferían en un sólo carácter y los restantes seis eran idénticos. Pero también porque dedujeron, acertadamente, que Mendel había falsificado sus resultados (y William Bateson, un mendeliano, fue el primero en reconocerlo) (Di Trocchio, 1997). Al parecer el supuesto «redescubrimiento» se produjo a primeros del siglo XX como consecuencia de una disputa entre Hugo de Vries, Correns y Tschermak, por la prioridad en la autoría de la «Teoría Cromosómica de la Herencia» que se solventó atribuyendo el mérito a Mendel, aunque sus «hallazgos» eran sólo un aspecto parcial de los descubrimientos de sus supuestos discípulos (Torres, 1994). En todo caso, el aspecto más significativo de este «redescubrimiento», el que tiene una implicación más clara con nuestro argumento, es la consecuencia directa de otra simplificación de los fenómenos biológicos: la idea de la transmisión simple de los caracteres complejos. Pero veamos; sin considerar la existencia de los múltiples alelos, el ligamiento, la recombinación, la pleiotropía, la codominancia, la dominancia incompleta, la expresividad, la penetrancia, el efecto de posición etc..., que constituyen un número de matices y excepciones de las leyes de Mendel que supera, con mucho, los casos que las confirman, lo que se transmite según el modelo mendeliano son errores genéticos (a veces muy graves) o matices superficiales que también son, en muchos casos, consecuencia de defectos: de pigmentación, características de la piel..., lo cual no ha sido obstáculo para que la genética de poblaciones actual, siga intentando ----49 ROSE, M.R. (1999), Darwin's Spectre. 50 En El origen del Hombre abundan las frases de este tipo: «Se ha dicho a veces, como lo ha hecho observar MacNamara, que el hombre puede soportar impunemente las diferencias más grandes de clima y otros cambios distintos: mas esto es sólo cierto para los pueblos civilizados. El hombre en el estado salvaje parece, bajo este respecto, casi tan susceptible como sus más cercanos vecinos, los monos antropoides, que nunca viven mucho si se les saca de su país natal». explicar la evolución como consecuencia de «un cambio gradual de las frecuencias génicas», que serían modificadas por mutaciones al azar. Y en el caso de que una mutación (desorganización) «confiera una ventaja» sería «fijada» por la selección natural. Hoy sabemos que los genomas animales y vegetales forman una complejísima red en la que la expresión de cada gen está condicionada por muchos otros genes y, a su vez, sometida a varios niveles de regulación por cientos de proteínas que se regulan entre sí, regulación controlada a su vez por retroacción desde la fisiología del organismo y, por tanto, desde la relación de éste con el ambiente externo. Pero, además, también sabemos que muchos de estos genes (mas bien grupos de genes) están en forma de elementos móviles, transposones y retrotransposones (que en el hombre constituyen, por el momento, más del 45% del genoma), responsables de reordenamientos y duplicaciones y con un más que posible origen viral (Sandin, 1997) (muchos están en forma de virus endógenos que se expresan como parte constituyente en diversos órganos y tejidos, y que en algunos casos, como el transposón Gypsy de Drosophila, son capaces de reconstruir su cápsida y reinfectar de nuevo). Finalmente, el más sorprendente (y desconcertante) descubrimiento: los genes homeóticos que controlan el desarrollo de distintos tejidos, órganos y estructuras de animales y plantas. Situados en el mismo orden en los cromosomas, son secuencias repetidas en tándem que han mostrado ser idénticas en invertebrados, peces, aves y mamíferos. Se han identificado «homeoboxes» que controlan la aparición de ojos, alas, oído, globinas, proceso de gastrulación.... (Gilbert et al. 1996), de modo que si se inserta artificialmente un «homeobox» ojo de Drosophila (cuyo ojo es compuesto) en ratón, se produce ojo de ratón como consecuencia de la regulación de «unos cientos de proteínas especificas» (Morata, 1999) 51. Esto implica que todos estos grupos complejos (y concretos) de genes estaban presentes en la Tierra, al menos desde el Precámbrico, cuando «aparecieron» simultáneamente, en el estable medio marino, todos los grandes tipos de organización, todos los grandes phyla actuales de la vida animal. ¿Alguien podría explicar que tienen que ver estos hechos con la explicación de las características de éstos phyla como consecuencia de la selección natural actuando gradualmente sobre mutaciones al azar? Volvamos, pues, a nuestra historia. Habíamos dejado a Michael Rose en el comienzo de su relato de las «aplicaciones practicas» de la ideología darwinista a la sociedad, como consecuencia del reforzamiento que supuso el «redescubrimiento» de la transmisión simple de las características biológicas: «En Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX, la eugenesia alcanzó un alto grado de influencia entre científicos y administradores gubernamentales en el mun-----51 MORATA, G. (1999), Origen y evolución, p. Un moderado número de leyes y directivas burocráticas tomaron un sesgo eugenésico, si no una razón explícitamente eugenésica» 52. Aunque no cita datos concretos, veamos alguna de este «moderado número de leyes». En 1907 fue aprobada en Indiana la primera ley eugenésica, cuyo preámbulo decía: «Considerando que la herencia tiene una función de la mayor importancia en la transmisión de la delincuencia, la idiotez y la imbecilidad...». Cuatro años más tarde, la asamblea legislativa de Nueva Jersey añadió a la lista «debilidad mental, epilepsia y otros defectos» y dos años más tarde el parlamento de Iowa a «los lunáticos, borrachos, drogadictos, perversos sexuales y morales, enfermos morbosos y personas degeneradas» 53. En 1930 las leyes eugenésicas se habían establecido en treinta y un estados norteamericanos, con la dramática consecuencia de la esterilización, según cifras oficiales, de más de sesenta mil personas (Woodward, 1982). La «cooperación» con la selección natural por parte de las autoridades científicas y políticas tuvo distintos frentes. Uno de ellos fue la aplicación de otra simplificación con el mismo origen: la evaluación del llamado «cociente intelectual» mediante test a los inmigrantes que, huyendo de la miseria o la persecución política, llegaron hacinados en penosos viajes a la isla de Ellis en Nueva York, según sus «resultados» científicos, entre el 80% y 90% de los judíos, húngaros, italianos y rusos eran «débiles mentales». L.M. Terman, fundador del «movimiento americano de valoración psicológica» encontró que un IQ entre 70 y 80 era «muy común en familias hispanoamericanas, indias y mejicanas, y también en las negras. Parece que la causa de su estupidez es racial o, al menos, atribuible a condiciones innatas de su familia (...) y, desde el punto de vista eugenésico, el hecho constituye un grave problema debido a la elevada proliferación de estas gentes». Como consecuencia: «Si tratamos de conservar nuestra patria para un pueblo que la merezca, debemos impedir, en la medida de lo posible, la propagación de la degeneración mental reduciendo su alarmante aumento» 54. (Lewontin, 1982) El «modus operandi» lo aportó, en 1972, William Shockley, de la Universidad de Stanford, y premio Nobel de Física, que fue el que redactó la proposición de ley pidiendo la esterilización de aquellas personas cuya calificación de IQ fuera inferior a 100, y propuso comenzar este programa en personas dependientes de la seguridad social, a cambio de una compensación económica. En ese año, un mínimo de dieciséis mil mujeres y ocho mil hombres fueron esterilizados por el gobierno de Estados Unidos. En 1974, catorce estados tenían en estudio propuestas legislativas de ese tipo. En esas fechas, el fiscal general de Estados Unidos, ---- William Saxbee, declaró que «los genes determinantes del comunismo tienden a agruparse con mayor frecuencia en familias judías» 55. Según M. Rose, los científicos anglosajones compartían los valores de la clase media de su época sobre la inmoralidad sexual y la pequeña delincuencia y tanto Charles Davenport en Estados Unidos como los británicos Pearson y Fisher (todos ellos padres de la Genética de Poblaciones) eran eugenistas. Estas ideas aún se mantienen oficialmente y «leyes promoviendo la esterilización permanecen con fuerza en un número de estados en los 90» 56. Pero quizás la más sorprendente revelación, viniendo de un darwinista convencido, es la que viene: «la mayoría de los biólogos evolucionistas 57 no quieren ni pensar sobre el grado en el que el darwinismo (siempre con mayúsculas en el texto) contribuyó al desarrollo de ideologías racistas en el mundo moderno». Pero su base científica es irrebatible: «...La idea de que existen diferentes razas humanas, cada una con un propio ancestro y destino compartido, llevó a muchos biólogos y virtualmente a cualquier otro a la visión de que la evolución humana estuvo ligada a la competición entre razas»...»La idea de evolución por modificación gradual llevó a muchos lideres culturales y políticos a caracterizar a los grupos despreciados en términos de su supuesto origen racial»...»Añadida a esta idea fue la de la competición, en la que las razas superiores pudieron vencer -posiblemente eliminar-a las otras razas» 58 (aquí me permito observar que esto último no es una «idea», sino la «explicación cientifica» que se encuentra en la práctica totalidad de los textos sobre la evolución humana de la «sustitución» por competencia de unos «homínidos» con otros). Pero la más dramática aplicación de estas «ideas» fue la que tuvo lugar durante el nazismo. Según Rose: «Aunque la eugenesia logró triunfos legislativos en los Estados Unidos, fueron los alemanes los que tomaron la eugenesia con mayor entusiasmo». Es más: «La edición de 1937 del manual del joven Hitler estaba llena de la teoría darwinista y genética, y como tal ciencia fue tomada como justificación para el exterminio de los judíos» 59. En efecto, uno de los más tempranos frutos de las leyes eugenésicas norteamericanas fue la «Ley de la sanidad genética» alemana. Con su promulgación el 13 de Julio de 1937, se esterilizó a más de doscientas cincuenta mil personas durante su período de vigencia... No parece necesario hablar del siguiente paso. 57 Otro tópico agotador es la sistemática identificación de evolucionistas con darwinistas, lo que, a estas alturas de los conocimientos biológicos parece algo así como identificar la gastronomía con los «burgers». En palabras de Rose: «Esto no niega la antigua existencia de elementos racistas en la cultura alemana. El darwinismo no los llevó a esa condición. Pero fue el combustible para ese particular fuego demoníaco» 60. Efectivamente, otro premio Nobel (en este caso por sus estudios sobre comportamiento animal), Konrad Lorenz, escribía esta glosa del darwinismo desde la Alemania nazi en 1940, cuando ya estaban en marcha las prácticas genocidas: «En el proceso de civilización, hemos perdido ciertos mecanismos innatos de liberación que normalmente persisten con objeto de mantener la pureza de la raza: alguna institución humana debe seleccionar la fortaleza, el heroísmo, la utilidad social, (...) si es que el sino de la humanidad, carente de factores selectivos naturales, no va a ser la destrucción por la degeneración que el proceso de domesticación lleva consigo. La idea de raza como base del estado ya ha obtenido buenos resultados a este respecto» 61. Es decir, no parece riguroso seguir argumentando que el llamado darwinismo social sea producto de una deformación o una mala interpretación de la teoría darwiniana, porque en definitiva, es la interpretación (y en su caso, aplicación) literal de lo único totalmente claro y concreto de la gran obra de Darwin: el título. De hecho, dos de los más prestigiosos teóricos actuales del darwinismo, el entomólogo Edward O. Wilson y el zoólogo Richard Dawkins, no parecen estar situados muy lejos de los planteamientos anteriores. Para el primero, el comportamiento social humano es sólo un ejemplo especial de categorías más generales de comportamiento y organización social del reino animal. En consecuencia, tanto los comportamientos individuales como los de grupo (léase pueblos o razas) han evolucionado como resultado de la adaptación dirigida por la selección natural. Por si estos argumentos científicos no les resultan familiares, me limitaré a mencionar que entre las «virtudes» humanas resultantes del proceso de la selección natural figuran la agresividad, la competitividad, la división del trabajo, el núcleo familiar, el individualismo y la defensa del territorio nacional 62. En cuanto a la visión «científica» de la Naturaleza de Richard Dawkins no es menos «poética»: para él, la unidad y el objeto de la evolución, de la selección natural, es «el gen o fragmento de ADN» cuyo objetivo es «alcanzar la supremacía sobre los otros genes». Los organismos seríamos, simplemente, utilizados por los genes como «máquinas de supervivencia», y las relaciones entre los seres vivos se producirían guiadas por este principio: «Toda máquina de supervivencia es, para otra máquina de supervivencia, un obstáculo que vencer o una fuente que explotar». Sentencia que podría perfectamente figurar en letras de oro en la ----60 ROSE, M.R. (1999), p. 61 Grupo de estudios sociobiológicos. 62 Su libro contiene también una (insultante) explicación sobre porqué la selección natural ha podido mantener la existencia de homosexuales, a pesar de su escasa capacidad reproductiva. sede central de cualquier gran empresa. Desde luego no disgustaría a John D. Rockefeller para el que «El crecimiento de un gran negocio consiste simplemente en la supervivencia del más apto (...) Es sencillamente el desarrollo de una ley de la naturaleza» 63 (Lewontin et al., 1987). Poco más se puede decir de intentos concretos de los teóricos por actualizar el darwinismo ortodoxo. Desde luego, sí hay que decir que no todos los darwinistas comparten estas posiciones tan explícitamente ideológicas (si es que a la sociedad de mercado, al liberalismo económico se le puede considerar ideología), e incluso existen, a veces, duras confrontaciones entre distintas tendencias (Gould y Dawkins por ejemplo) 64 pero, hasta los aparentemente más críticos o «heterodoxos» no parecen capaces de transgredir los dogmas centrales del darwinismo: el azar como fuente de variación y la competencia como motor de cambio, concepto este último que provoca entre algunos científicos «triunfadores» un entusiasmo verdaderamente fervoroso. Aunque a estas alturas de las argumentaciones no parezca muy oportuna (tal vez ni necesaria) la referencia al, tan denostado por los darwinistas, concepto Kuhniano de Paradigma, quizás sea útil para resumir las consecuencias de la proyección sobre la Naturaleza de las convicciones culturales, sociales y, en un plano más individual, de las ideológicas, que en ocasiones conduce a conformar y a transmitir una, casi podríamos calificar de paranoica, concepción «científica» de la Naturaleza y la sociedad como la que nos transmite Dawkins. En cualquier caso, el problema quizás más grave desde el punto de vista científico, no es lo que podríamos llamar «integrismo darwinista» sino lo que Lamarck describía como «descuidar la filosofía». En efecto, a pesar de la incongruencia de los últimos descubrimientos paleontológicos, genéticos, embriológicos, moleculares, etc, con el modelo teórico darwinista, se mantienen de una forma rutinaria el vocabulario, cargado de valores, y las supuestas «explicaciones» reduccionistas (y el reduccionismo es -ha sido-eficaz como método de trabajo pero, seguro que no lo es como interpretación), para «comprender» estos fenómenos de significado tan poco darwiniano. A modo de ejemplos podemos citar la interpretación del fantástico proceso de control de la expresión de los genes, clave de la diferenciación celular embrionaria, como resultado de «una competencia entre las histonas y los factores de transcripción» 65 (Kirschner, 1992), o la explicación de la existencia (la aparición) de los complejísimos «homeoboxes», con un contenido tan concreto, hace 1000 millones de años porque «la evolución tiende a fijar la aparición de nuevas funciones que confieren ----63 Grupo de estudios sociobiológicos. Finalmente, y en un ejercicio mental algo más elaborado, la existencia de un complejo «fenotipo homeótico» en una familia vegetal (lacandoniaceae), imposible de explicar por la selección natural, se justifica como única posibilidad por el manido recurso de la deriva genética (Vergara y Álvarez, 1997). Esta extendida actitud no tendría mayor importancia desde el punto de vista cientifico (sería cuestión de esperar) si no fuese porque está estrechamente asociada con un enorme peligro: el que representa la tendencia reduccionista, cada vez más acentuada, a manipular (con el evidente objetivo de rentabilizar) fenómenos y mecanismos complejos no bien conocidos o no bien interpretados. La emisión incontrolada a la Naturaleza de secuencias genéticas alteradas en los organismos genéticamente modificados, cuyas funestas consecuencias ecológicas, sanitarias y económicas han sido denunciadas por expertos y organizaciones internacionales (The Ecologist, 1998), los peligrosos experimentos de terapia génica, que han llevado a sus practicantes a plantear el secreto de sus actividades por el hecho de que sus pacientesexperimento mueren inmediatamente (El País, 1999). Los xenotransplantes, que pueden producir la activación e hibridación de virus endógenos animales y humanos, con consecuencias imprevisibles... Estas actividades sí son efectivamente darwinistas, porque siguen al pie de la letra los conceptos centrales de la teoría, tanto desde el punto de vista social como económico. Y darwinista es la actividad de las multinacionales de la biotecnología, de las grandes empresas farmacéuticas, de la alimentación, o patentadoras de genes y metodologías... Pero quizás ésta sea una interpretación sesgada. Permítanme pues, finalizar recurriendo de nuevo a Michael Rose: «El darwinismo probablemente contribuyó al ascenso del racismo a finales del siglo XIX y, por tanto, ayudó a fomentar en general el racismo del siglo XX. El darwinismo fue usado también para exacerbar el desprecio por los pobres en el siglo XIX. Considerado todo ello, el darwinismo ha tenido muchos efectos lamentables y, a veces, actualmente viciosos en el clima social del mundo moderno. Es comprensible que tantos odien a Darwin y al darwinismo» (?) «Es, a menudo, una amarga carga vivir con el darwinismo y sus implicaciones. A diferencia de tantas doctrinas, religiosas e ideológicas, no es, ciertamente, un opio intelectual». En consecuencia «nadie puede hacer un juicio al darwinismo basado en higiene moral» 67. Una vez «justificadas» sus repercusiones sociales, finaliza glosando sus implicaciones económicas y «filosóficas»: «En lo que concierne a los beneficios prácticos del darwinismo el caso es casi el opuesto. es esencial en el cruce del ganado, agronomía y similares. La agricultura moderna depende del darwinismo como una de sus más importantes piedras fundadoras» 68. Se refiere a la ganadería «industrial» y a la llamada «revolución verde» o agricultura científica, el inicio de uno de los más grandes desastres ecológicos y sociales a que se va a enfrentar la humanidad (Capra, 1985). Pero lo peor está por llegar: «Estamos sólo empezando a ver el uso de metodologías darwinianas en medicina, ingeniería genética y campos asociados. Pero es seguro que más de sus aplicaciones llegarán» 69. «La fábrica de la civilización moderna depende del darwinismo como uno de sus pilares». Y a continuación expone sus argumentos filosóficos: «La última cosa es la más importante de todas. El darwinismo ha sido una mala cosa para la paz social, y una buena cosa para varios logros materiales» (¿de quién?), «pero para la ciencia misma ha jugado un papel clave ligando la biología con las ciencias físicas (?). Sin el darwinismo, la ciencia biológica necesitaría de una o más deidades para explicar los maravillosos designios de la vida. La física y la química solas no son suficientes. Y así, sin darwinismo la ciencia debería necesariamente permanecer teísta en conjunto o en parte»(?) «Para los que creen que la verdad científica es nuestra mejor guía para la verdad material, incluso si no es una guía infalible, el darwinismo es un poderoso aliado». Y finaliza su libro con una frase que, tal vez, tenga mucho de confesión inconsciente de la verdadera entidad del darwinismo: «y para aquellos que quieren conocer y entender la larga historia de la vida en la Tierra, el darwinismo es la gran linterna en la oscuridad» 70. Porque es cierto que la fuerte luz de la linterna, incluso si ésta se convierte en un potente proyector, produce una brillante iluminación de una parte de la realidad pero, en ese instante, deja el resto de ella sumido en las más profundas tinieblas.
El resurgir de las teorizaciones anti-transformistas de horizonte creacionista sucede hoy en día a la moda sociobiológica de los dos decenios precedentes, como segunda fase del movimiento pendular que regula el retorno alternante de las ideologías más enfrentadas. El espectáculo de la polémica entre estas dos versiones tan mediatizadas de la reflexión sobre la vida, sus orígenes y su evolución se organiza como una lucha sin cuartel por la conquista de las conciencias. Este espectáculo nace en Estados Unidos, y se exporta. América no está ya, ni nunca lo ha estado, «entre la Biblia y Darwin». Al principio estuvo entre la Biblia y Spencer. Hoy, lógicamente, se encuentra entre el creacionismo y la sociobiología. La lectura de Darwin es actualmente un requisito previo para superar este juego de espejismos y falsas equivalencias. A la luz de nuestros propios análisis y conceptos, expuestos en varias obras y principalmente en el Dictionnaire du darwinisme et de l'évolution, examinamos y explicamos aquí una vez más las razones teóricas e históricas por las cuales la obra de Darwin, generalmente ignorada tanto en su letra como en su lógica, ha sido y continúa siendo mal interpretada en su aspecto antroposociológico, dando así ocasión y fundamento a buen número de falsos debates contemporáneos. ----Para demostrarlo es necesario volver sobre nuestros conceptos (expuestos por primera vez en 1983) de efecto reversivo de la evolución y de antropología darwiniana, y mostrar cómo constituyen una oposición a todo lo que un amplio consenso ideológico no instruido ha creído poder concluir en ciencias sociales de una versión travestida y esclerotizada de la teoría selectiva: «darwinismo social», maltusianismo, eugenismo, imperialismo, esclavismo, racismo «científico», neoliberalismo, desigualitarismo generalizado. La oposición «progresista» de ciertos representantes de estas mismas ciencias, crítica y acusadora respecto a un darwinismo mítico -falto de estudio-, ha extendido, por ignorancia y esquematización, partiendo de una reducción previa de Darwin a la vertiente eliminatoria de la teoría selectiva, la imagen de una doctrina culpable, sin ver operar el «cambio de sentido» que implica en Darwin el paso a la antropología «civilizada». Opuestamente a esta imagen tenaz, la selección natural darwiniana de los instintos sociales y de sus consecuencias altruistas supera y reemplaza, en la historia de las sociedades humanas que emergen a la civilización, la de las ventajas biológicas, y funda sobre la base de un continuismo reversivo la primera genealogía materialista coherente de la moral. El estudio histórico-crítico de los mecanismos de aprehensión, de los procedimientos de interpretación y de los modos de conflictualización de los conocimientos científicos, en el seno de las redes de discurso que los designan como apuestas de un saber socialmente eficiente, constituye una parte importante de lo que hemos denominado en 1983 análisis de los complejos discursivos. En el curso de aquel mismo año, abordando la ilustración de este propósito metodológico a partir del reexamen completo de una vertiente esencial del pensamiento moderno, deseamos que apareciese, a la luz de una demostración histórica y textual, el hecho de que la potencia de las apuestas ligadas a la recepción de la teoría darwinista en la conciencia científica, filosófica y política fuera tal que los conflictos de interpretación de los que ellas constituyeron el eje desembocaran en una representación globalmente falsa, o al menos, ilógicamente dividida entre la teoría de la selección y sus aplicaciones. Desde entonces, se trataba, por una parte, de restablecer la integridad lógica de la teoría de Darwin sobre sus bases y, por otra, de explicar por qué no comprenderla ha sido durante tanto tiempo el único medio de parecer aceptarla. LA REDUCCIÓN IDEOLÓGICA DEL DARWINISMO Y LA REITERACIÓN DEL ANTAGONIS- MO NATURALEZA / CULTURA Si en aquella época la comunidad científica, de acuerdo con la casi totalidad de los biólogos, admitía en su conjunto la validez del marco general -conceptos y método-del modelo darwiniano de explicación de las dinámicas evolutivas de los seres vivos (filogenia, variación-selección-divergencia, formación gradual de órganos complejos por acumulación de ventajas adaptativas, canalización del azar, integración de los datos de la genética y de la biología molecular en la teoría de la selección, equilibrios móviles de los ecosistemas, origen símico de la humanidad y diversificación geográfica de las razas humanas), el acuerdo se rompía cuando se trataba de pronunciarse sobre la legitimidad de extender la aplicación del «darwinismo» a la teorización del devenir reciente del hombre moderno, tomado en su historia y en sus realizaciones sociales. Lo «cultural» se oponía a la prosecución «natural» de un principio naturalista de explicación del ser que alcanzase a la especie que tiene la reputación de encarnar la culminación presente del proceso evolutivo de la naturaleza: el Hombre en la actualidad de su devenir. Cada vez más netamente, las ciencias del hombre y de la sociedad nos daban a entender que la legitimidad de la pauta de interpretación darwiniana del devenir biológico en términos de competición-selección, es decir en términos de triunfo de los más aptos y eliminación de los menos aptos, se esfumaba ante la emergencia de una capacidad específica del Hombre social de organizar su devenir con medios no reducibles a los movilizados por su naturaleza estrictamente biológica. El gran conflicto reiterativo entre «naturaleza» y «cultura» o entre biología y sociedad volvía con una intensidad acrecentada por el progreso de las investigaciones desarrolladas en ciencias sociales desde la fundación durkheimiana de una disciplina que se había liberado, por la apropiación de su objeto, de la perspectiva unitaria y continuista de las sociologías biológicas, la mayor parte de las cuales se habían construido, por otra parte, a partir de una referencia, fundadora, a lo que habían percibido de la teoría biológica de Darwin. Esta protesta de las ciencias sociales debía, pues, aplicando una lógica radical, constituir una argumentación contra el tema que aseguraba la coherencia de la de sus adversarios biólogos: la idea «naturalista» del continuum biológico-social. Para fundamentar un discontinuismo que pudiese garantizar la independencia de las ciencias sociales, cara a los esfuerzos anexionistas de la biología -y en particular desde 1975, de la «sociobiología» americana cuyo proyecto de hegemonía era explícito-antropólogos y sociólogos se empeñaron una vez más en hacer el recuento, cada cual según su formación y su escuela, de los rasgos de alteridad fundamental, que garantizaban que sus disciplinas tenían un objeto bien definido, protegido en su idiosincrasia por una ruptura que determinaba el paso (necesariamente un «salto») entre lo que pertenecía a las ciencias de la naturaleza y lo que, destacándose de éstas, había caído, sin posible vuelta atrás, bajo una nueva jurisdicción. Los operadores de ruptura invocados fueron múltiples y, sin embargo, en principio compatibles: invención de útiles y organización racional de la producción de los medios de existencia para unos, invención del lenguaje articulado para otros, prohibición del incesto o emergencia del pensamiento simbólico, todos ellos marcadores de singularidad específica que venían a sustituir, en el contexto de la modernidad científica, a la antigua signatura de la irreductibilidad humana, reivindicada a finales del siglo pasado: la ligada al sentimiento de los valores morales y a la religiosidad. El discontinuismo progresista de las ciencias sociales se oponía así, por diversas vías globalmente homogeneizables, al continuismo totalitario de ciertos representantes de las ciencias biológicas que utilizando la autoridad del darwinismo, establecían el imperium de la naturaleza sobre la sociedad, y al mismo tiempo el de la biología sobre la política. La oposición ética no era ajena a este movimiento de resistencia al «biologicismo», y tomaba frecuentemente el tono de una exigencia de libertad del sujeto psicológico, comportamental, social e histórico, opuesto a la ofensiva de un pandeterminismo genético, seleccionista y reductor. Ésto explica, en el marco de la resistencia a la ola sociobiológica anglosajona, la complicidad que ha podido existir entre los representantes de las ciencias sociales, nacidos de la ruptura con un continuismo reduccionista de tipo espenceriano que encarnaba la filosofía biológico-social del liberalismo, y una porción cristiana del pensamiento biológico, como la representada en Francia por un naturalista como Pierre-Paul Grassé. Las ciencias sociales, que emprendían así una lucha abierta por su propia supervivencia, adoptaban con ésto una actitud que las situaba en el riesgo de una inconsecuencia importante. Escoger el discontinuismo, además de la analogía con el gesto milenario de la teología, que reserva al Hombre un reino distinto del resto de la Creación, presentaba la dificultad del abandono de un materialismo, sin embargo mayoritariamente postulado por los representantes de las ciencias en cuestión como la misma condición de la cientificidad de su trabajo. En efecto, si nos atenemos al tronco común aceptado de las ideas-ejes del transformismo darwiniano, el Hombre pertenece evidentemente a la serie animal, de la cual porta la herencia biológica y comportamental a través de su evolución, y cualquiera que sea lo que esta evolución haya podido producir en él como divergencia pensable en términos de «superioridad» o «trascendencia evolutiva». Siendo precisamente Darwin quien convirtió en divisa transformista materialista (es decir en fórmula del continuismo genealógico) el antiguo adagio metafísico y fijista según el cual «la naturaleza no hace saltos» -lo que cada una a su nivel demuestran tanto la filogenia como la existencia misma de las especies vivientes-, contradecirlo volvía inevitablemente a reacreditar -aunque fuese a costa de artificios teóricos tales como el «salto cualitativo»-, una especie de fractura trascendente del orden genealógico, es decir continuista, de la naturaleza. A partir de entonces, se hizo fácil a los sociobiólogos retomar por su cuenta la actitud de Haeckel combatiendo a Weismann, y tachar de teólogos a los representantes de las ciencias sociales. Por otra parte los partidarios de las ciencias sociales desarrollaban, algunos siguiendo al Marx de la carta a Engels de 1862, otros a un progresismo antropológico que ellos creían poder asociar a las conquistas positivas del estructuralismo, un antidarwinismo fundado sobre una reducción de todo el pensamiento darwiniano al ámbito estrictamente biológico circunscrito por Darwin en el Origen de las especies, obra en la que la resolución de no hablar del Hombre se expresa por un silencio de hecho. Ambas categorías de interlocutores compartían pues la misma ignorancia (la de la antropología de Darwin tal como se enuncia en El origen del Hombre de 1871) y el mismo postulado que afirmaba la existencia doctrinal en Darwin de un pesado continuismo que reducía -para bien según unos, para mal según otros-el hombre social a un Hombre biológico, heredero directo de los instintos y conductas de sus ancestros simio-humanos, postulado éste deducido de un texto, El origen de las especies de 1859, donde el Hombre está temáticamente ausente 1. ----1 La evocación del Hombre aparece una sola vez -pero en tanto que objeto de estudios futurosen El origen de las especies. Es en el último capítulo, titulado «Recapitulaciones y conclusiones»: «Entreveo en un lejano porvenir abrirse campos de investigación aún más importantes. La psicología estará sólidamente basada sobre la fundación, ya bien establecida por el Sr. Herbert Spencer, de la necesidad de una adquisición gradual de cada facultad y aptitud mental; lo que proyectará una viva luz sobre el origen del Hombre y su historia». Una lectura no instruida de esta última frase consiste simplemente en caer en su trampa pensando que Darwin sigue los pasos de Spencer para elaborar la imagen de lo que debe ser el futuro de la ciencia del Hombre. Una lectura instruida escapa a la trampa descomponiéndola en motivos tácticos. Como mostramos a continuación y como lo declara sin discusión posible su Autobiografía, Darwin no simpatizaba con Spencer, ni con la persona ni con las ideas, que le parecían sin valor en el plano científico. Su alianza táctica con él concierne a la defensa general del transformismo (incluido el de Spencer en un sistema general de la evolución extraño a Darwin en tanto que construcción filosófica, incluyendo zonas de desacuerdo absoluto, tales como la filosofía social y la ética) en un contexto de lucha frontal contra el poder mantenido de la ideología conservadora en las instituciones científicas. En esta simple frase, Darwin, bajo la aprobación de una parte del pensamiento espenceriano (que examinará y discutirá a continuación), efectúa varias operaciones estratégicamente interesantes: -se capta la benevolencia del representante de lo que está llamado a afirmarse como un sistema de pensamiento dominante en el cortejo ideológico que acompaña el desarrollo de la Inglaterra industrial; -invoca una «ciencia del Hombre», en apoyo del transformismo, lo que le permite introducir con discreción el tema de una evolución del Hombre, que ha decidido no tratar, pero que quiere designar como tratable; -señala que la mencionada ciencia establecerá que esta evolución es gradual (pues confirma su propio gradualismo en la representación global del proceso evolutivo); -al mismo tiempo, hace ademán de remitirse a la psicología para tratar la cuestión de la evolución del Hombre, lo que le sitúa temporalmente al abrigo de toda sospecha de preparar sobre terreno naturalista una ofensiva de cara a la integración del Hombre en el esquema de conjunto de su teo-Si 1983 representa, a nuestros ojos, una fecha importante en la historia de la evolución de este conflicto, es porque es la de su disolución lógica en la elaboración del concepto de efecto reversivo de la evolución, que da la clave de la antropología darwiniana. Este concepto -nos permitimos decirlo hoy con un cierto alejamiento-ha jugado un papel esencial en la actualización contemporánea de los estudios darwinianos. Sin él, la resistencia intelectual a la ofensiva sociobiológica habría sido argumentada con menos potencia. Sin él (por que ha requerido, para su explicación y su recolocación en el contexto general de la obra y la historia, el rodeo enciclopédico), el Dictionnaire du darwinisme et de l'évolution no habría visto la luz. Sin él -y somos conscientes de que esta afirmación puede parecer exorbitante a los ojos de aquellos cuya órbita es precisamente monodisciplinar-, la antropología no podría constituirse en una disciplina articulable con las ciencias de la naturaleza. Sin él, las ciencias del hombre y de la sociedad en su conjunto continuarían postulando, a justo título, su autonomía, pero sin poderla fundamentar sobre un argumento que garantizase su necesidad. Sin él, la ética estaría abocada a una recaída periódica, manifiesta o larvada, en las morales de la obligación trascendente. Sin él, en fin, el materialismo, condición metodológica del conocimiento científico, quedaría sin consistencia en el ámbito de pensamiento dedicado a comprender la evolución del Hombre, las sociedades humanas y su historia. Siempre hubo dos maneras de no comprender a Darwin. Ambas agotan en este campo las capacidades de la ideología. La primera, fue la de reducir para aplicar. La segunda, la de aplicar para reducir. La primera de ellas -reducir para aplicar-fue la de la mayoría de los partidarios monistas de la teoría de la selección. Spencer, aunque lamarckiano, estuvo entre ellos. Creador de la filosofía evolucionista y de lo que más tarde se denominará «darwinismo social» -en el que hemos reconocido la primera forma moderna y sistematizada de «sociobiología»-, reduce el pensamiento de Darwin al núcleo teórico inicial (competición-eliminación) de la selección natural, retitulada «supervivencia del más apto», y lo aplica, no a la naturaleza, en la que continúa defendiendo predominantemente el adaptacionismo lamarckiano, sino a la sociedad humana. [Primera regla de funcionamiento del trabajo de la ideología: la extensión del campo de aplicación de una teoría debe fundarse, primero, en su reducción a un fragmento o momento de sí misma, que será arbitrariamente privilegiado respecto a otros componentes de esa teoría capaces de indicar lo que serían, según su propia y total coherencia, sus aplicaciones legítimas.] La segunda manera -aplicar para reducir-fue la de los adversarios dualistas y teólogos de la citada teoría: consiste en intentar demostrar que si el darwinismo fuese ---ría. Lo que evidentemente hará en El origen del Hombre, pero en términos teóricos muy diferentes de los de Spencer, como se verá a continuación. cierto, el Hombre se reduciría a un animal, la sociedad sería un campo de batalla, la moral desaparecería bajo el egoísmo triunfante, los débiles serían eliminados sin recurso, lo que no podría ser. A otro nivel, el de la argumentación «científica», se ha dicho por ejemplo que si el darwinismo fuese cierto, los tiempos geológicos serían demasiado cortos para permitir la evolución gradual de las especies (Thomson, Jenkin, Mivart), la conservación de los estadios iniciales de las variaciones útiles no podría explicarse selectivamente (Mivart, Denton), el número de azares felices para conseguir un órgano complejo sería demasiado elevado (Mivart, Denton, Schützenberger). Siempre, se recurre a la aplicación mecánica de un principio simplificado para reducir la teoría a una inaplicabilidad de hecho. Pero podemos constatar que esta opción reposa sobre la misma reducción previa que preside la primera: se reduce la teoría de la variación (o la, moderna, de la mutación génica) a la idea de una transformación puntual aislada, cuyo destino no puede ser más que yuxtapositivo y unívocamente adicional. Se olvida la complejidad del organismo en su interactividad solidaria, para reducirlo a piezas separadas por abstracción matemática, a unidades fragmentarias susceptibles de ser cada una de ellas, el efecto de una causa y la causa de un efecto. Para negar lo que se cree conocer del «mecanismo» darwiniano, se pone en marcha una hipermecanización de las estructuras vivas en evolución2. Así pues, se trata siempre de reducir antes de aplicar, incluso si la aplicación está destinada a reducir. No es de extrañar que estos dos discursos opuestos -el de los «partidarios» y el de los adversarios-digan lo mismo, la diferencia real entre ellos no es más que la axiológica, que distingue la aprobación de la reprobación. Cuando el teólogo dualista dice que si el darwinismo fuese cierto, la moral se reduciría al egoismo, y que los débiles serían eliminados, dice, contradiciendo a Spencer, lo mismo que Spencer, para quien toda moral debe edificarse sobre la base de un egoismo racionalizado, y para quien los débiles deben ser eliminados. Su punto de acuerdo se asienta sobre la proposición fundamental, idéntica, según la cual es legítimo deducir del darwinismo este tipo de consecuencia. Otro ejemplo de este mecanismo de equivalencia lógica de las proposiciones de base entre adversarios y partidarios declarados de una misma teoría es el del enfrentamiento entre Marx y los liberales sobre las implicaciones sociales del darwinismo. Los liberales de tipo spenceriano, reduciendo Darwin a Malthus, creían encontrar en Darwin el gran legitimador naturalista de la ley de hie-----rro del mercado y de la concurrencia social eliminatoria. En 1862, desdiciéndose de su primer entusiasmo materialista pro-darwinista, Marx escribe a Engels la célebre carta en la que reduce Darwin a Malthus y a la ideología economista liberal. Una vez más, si las dos actitudes se oponen como la aprobación a la crítica, la proposición central es la misma, y consiste en la afirmación de una reducción: la de Darwin a Malthus y a la ideología liberal victoriana. [Segunda regla: una teoría aprobada por el adversario sólo debe ser combatida si se ha probado que el adversario la aprueba a justo título, y que saca consecuencias correctas de esta aprobación. En otras palabras, la aprobación del adversario condenará, a nuestos ojos, la teoría que aprueba, sólo si se demuestra que esta aprobación está fundada. Es aún preciso imponerse en cada caso la disciplina que consiste en hacer la hipótesis del contrario.] El carácter repetitivo de este tipo de debate -ya se trate de la confrontación entre continuidad y ruptura en las relaciones naturaleza / cultura y biología / sociedad, ó del enfrentamiento entre partidarios y adversarios de Darwin como presunto legitimador del competitivismo eliminatorio-aparece como señal evidente de la impotencia para superarlo por medio de un avance por poco resolutivo que sea en el terreno de la ciencia. [Tercera regla: la repetición estructural, incluso con desplazamiento de campo, de un debate teórico periódicamente resurgente en la historia de los complejos de discursos, manifiesta el hecho de que su componente ideológica permanece más fuerte que su productividad científica real. Un debate de contenido científico real se caracteriza, al contrario, por la producción de positividades o de nuevas cuestiones que impiden radicalmente su repetición idéntica.] Así pues, nos corresponde una vez más demostrar en qué y cómo el concepto de efecto reversivo de la evolución permite romper esta recurrencia problemática, produciendo el elemento de positividad resolutiva que va a sustraer este tipo de debates del ámbito de la repetición ideológica. La conflictualización perpétuamente reconducida de los campos de representación asignados por los términos antagónicos de naturaleza y cultura aparecerá entonces como una apuesta ideológica, cuyo mantenimiento estará asegurado en tanto el concepto mismo de la evolución darwiniana no haya sido identificado y comprendido a través de sus verdaderas consecuencias antropológicas, que encierran en sí mismas la superación dinámica del conflicto. NATURAL Y ARTIFICIAL: LA TEORÍA DEL APRENDIZAJE COMO PRIMERA RESPUESTA AL ANTAGONISMO Desde el Origen de las especies, el hecho de la variación, lejos de caracterizar solamente a los organismos como entidades biológicas individuales, concierne igual e idénticamente a sus instintos. Como las variaciones orgánicas, las variaciones instintivas son hereditarias, y están sometidas a la acción de la selección natural. Como ellas, pueden ser ventajosas ó no, en un contexto dado. Como ellas, son observables en la naturaleza, pero más fácilmente aún en el universo de la domesticación, en donde son efectivamente seleccionadas, de cara a una utilidad buscada por el seleccionador, lo que nos lleva a pensar que en la naturaleza son seleccionadas únicamente en función del beneficio del mismo organismo que las presenta. Fiel al principio de economía del discurso teórico que siempre hemos defendido, y que se opone al narcisismo extracientífico de los que se creen en el deber de cambiar los términos de una demostración verificada, para extraer el beneficio retórico de una falsa novedad, retomaría aquí los desarrollos que hemos consagrado a la problemática darwiniana del aprendizaje, en el Dictionnaire du darwinisme, a la manera de un matemático, que no tiene ningún impedimento a la hora de reutilizar un compendio de razonamiento anteriormente comprobado, en el cuerpo de una explicación nueva. En el capítulo VII del Origen de las especies, dedicado al instinto, y más precisamente en el curso del pasaje correspondiente al «cambio de hábitos hereditarios o de instintos en los animales domésticos», Darwin escribe: «Se puede poner en duda que nadie hubiese soñado jamás adiestrar a los perros a la muestra, si alguno de estos animales no hubiese mostrado una tendencia natural hacia ese acto (...). El hecho de la muestra no es probablemente más que una exageración de la corta pausa durante la cual el animal se recoge antes de lanzarse sobre su presa. Una vez manifestada la primera tendencia a la muestra, la selección metódica, unida a los efectos hereditarios de un adiestramiento mantenido en cada generación sucesiva, han debido completar rápidamente la obra, colaborando al mismo tiempo al resultado la selección inconsciente, por el hecho de que cada cual procura naturalmente conseguir los perros que cazan y se comportan mejor, sin preocuparse por lo demás de la mejora de la raza». Se puede elegir este fragmento como una buena introducción a la problemática darwiniana del aprendizaje, pues su desarrollo exhibe un estilo de pensamiento habitual en Darwin, tomado de la puesta a punto de la teoría de la selección, retomado y aplicado posteriormente para la interpretación en términos evolutivos del conjunto de fenómenos en los que se observa la intervención del Hombre en la naturaleza. Si intentamos espaciar los elementos de este pasaje para una mejor comprensión, es preciso hacerlo de la siguiente forma: El «adiestramiento» es la prueba, en el universo «artificial» que se organiza alrededor de la cría de los animales domésticos, del carácter natural del aprendizaje, así como la variación bajo la influencia de la domesticación es la prueba de la variabilidad natural de los organismos, o como la selección artificial prueba la «seleccionabilidad» natural de los seres vivos. La selección (tanto natural como artificial) selecciona también instintos (sometidos estos últimos, al igual que los organismos, a variaciones). La selección de perros de caza que presentan una aptitud notable para la muestra, es una selección artificial (o una selección inconsciente) ejercida sobre variaciones del instinto animal ventajosas para el Hombre. Requiere pues el antecedente de la predisposición natural innata, según la regla enunciada por Darwin a propósito de la selección artificial, y que constata que el Hombre no crea, sino que orienta e intensifica la reproducción de ciertos caracteres en función de lo que la naturaleza propone a su elección. El «adiestramiento» es lo que se añade a la selección -metódica o inconsciente-de los rasgos instintivos animales, ventajosos para el Hombre. Pero este añadido «artificial» se integra, según Darwin, a la herencia, es decir, inscribe en el patrimonio natural de las generaciones ciertas características comportamentales que, a partir de un soporte innato, han sido desarrolladas y reforzadas por aprendizaje. Dejemos de lado por el momento la cuestión del aspecto «lamarckiano» que puede conllevar esta idea, guardando en la memoria que esta concesión, lógica tratándose de una convicción extendida en su época, puede por lo general integrarse la mayor parte de las veces en una interpretación exclusivamente «darwiniana» en términos de selección de aptitudes. Una vez expuestas estas premisas, es posible y fácil circunscribir la problemática del aprendizaje: como aptitud natural, se trata de un fenómeno universal -en los animales superiores, por supuesto, pues la investigación en un grado inferior de la escala animal está condenada a resultar demasiado interpretativa-, y ¿qué conclusiones pueden extraerse en el marco de la teoría de la descendencia con respecto al Hombre? ¿Cuál es exactamente la relación, en el marco de la evolución, del aprendizaje con el desarrollo de los instintos y el de la inteligencia? Estas cuestiones son tratadas en El origen del Hombre de 1871. El aprendizaje y su universalidad El problema de la universalidad de la capacidad de aprendizaje de los animales superiores es tratado, principalmente de una forma ilustrativa, en el capítulo III de El origen del Hombre, titulado «Comparaciones de las facultades mentales del Hombre con las de los animales inferiores» («inferiores» al Hombre, por supuesto, pero, haciendo abstracción de este último, superiores en la escala del Reino animal). Del mismo modo que los animales domésticos aprenden, a favor de la experiencia, a abstenerse de ingerir hierbas venenosas, los monos han aprendido probablemente a evitar los frutos venenosos de los Trópicos, al igual que han podido aprender a huir de las serpientes, desarrollando ese «terror» instintivo que parece caracterizarlos universalmente. Las aves de las islas oceánicas han aprendido a evitar al Hombre, pudiendo esta actitud inteligente «transformarse en instinto hereditario» después de generaciones de práctica. Los lobos criados por perros aprenden a ladrar. Ciertas aves pueden imitar el canto de aves de otras especies, e incluso palabras ó sonidos humanos. Un perro criado por una gata aprende a veces los gestos felinos del aseo, o los juegos de los gatitos. En numerosas especies animales, los padres enseñan a los hijos técnicas de caza y de captura. Los saltimbanquis han demostrado que es posible adiestrar a los monos a interpretar papeles en un espectáculo. Los perros de las regiones polares parecen haber aprendido a separarse unos de otros cuando el tiro de su trineo pasa sobre una capa delgada de hielo. Un lucio, condicionado por la repetición de un choque frontal contra un vidrio perfectamente transparente que le separa de los peces que desea atacar, aprende pronto a abstenerse de todo ataque contra la especie que había sido hasta ese momento el objeto de sus frustrados intentos. El elefante y el oso han aprendido a servirse, el primero de su trompa y el segundo de su pata para crear corrientes en un agua sobre la que flota un objeto que codician, a fin de aproximarlo a ellos y así poderlo coger. Los monos aprenden desde la segunda ocasión, a desconfiar de un objeto que les ha causado la primera vez una impresión desagradable. Los animales viejos evitan mejor que los jóvenes las trampas de los cazadores. Las aves en vuelo han aprendido a evitar las líneas telegráficas. En las regiones en que se practica la caza del zorro, los individuos, incluso jóvenes, manifiestan a la salida de la madriguera una prudencia, que no se parece en nada a la de otras regiones. La astucia de ciertas especies persistentes de ratas, es debida manifiestamente al ejercicio habitual de todas sus facultades para escapar del hombre. Los monos han aprendido a romper nueces con piedras, así como a servirse de estas últimas a modo de armas para el combate, ya sea como proyectiles o haciéndolas rodar sobre sus enemigos. De esta enumeración casi exhaustiva de ejemplos citados por Darwin, se puede ya concluir la probable universalidad del fenómeno del aprendizaje en la rama de los vertebrados. Se impone aquí la cita de un importante fragmento sobre los pájaros cantores, que permite comprender mejor, según Darwin, el alcance evolutivo global del aprendizaje: «Los sonidos que emiten los pájaros nos ofrecen, desde varios puntos de vista, la mejor analogía con el lenguaje; en efecto, todos los individuos que pertenecen a una misma especie expresan sus emociones por medio de los mismos gritos instintivos, y todos los que pueden cantar ejercen instintivamente esta facultad; pero es el padre, o el padre nutricio, quien le enseña el verdadero canto, e incluso las notas de llamada. Estos cantos y gritos, como demostró Daines Barrington, «no son más innatos en los pájaros que el lenguaje en el hombre. Los primeros ensayos de canto en los pájaros pueden ser comparados a las tentativas imperfectas de los primeros balbuceos del niño». Los jóvenes machos continúan ejercitándose o, como dicen los adiestradores, estudiando durante diez u once meses. En sus primeros intentos, apenas se reconocen los rudimentos del futuro canto, pero, a medida que avanzan en edad, se percibe donde quieren llegar, y acaban por cantar muy bien. Las nidadas que han aprendido a cantar de otra especie diferente a la propia, como los canarios que han sido adiestrados en el Tirol, enseñan su nuevo canto a sus propios descendientes. Se pueden comparar, como señala muy juiciosamente Barrington, las ligeras diferencias naturales del canto en una misma especie que habita regiones distintas, «con los dialectos provinciales»; y los cantos de especies relacionadas pero distintas, con las lenguas de las diferentes razas humanas. Nos hemos sentido obligados a exponer los detalles precedentes, para mostrar que una tendencia instintiva a adquirir un arte, no es en absoluto un hecho particular, restringido únicamente al Hombre». Este pasaje ilustra admirablemente una tendencia de Darwin -su preferencia casi afectiva por las aves-que le conduce a multiplicar las notaciones de carácter antropomórfico, pero intencionalmente, ya que las analogías con características humanas, bajo cierto punto de vista, son según él, más numerosas y más fuertes en este grupo que en ningún otro. Pero este pasaje es igualmente precioso por otras razones: la primera es que existen imitaciones interespecíficas en el Reino animal, y que prueban de forma necesaria que el mecanismo de aprendizaje es el único que determina la forma de una manifestación expresiva como el canto, en ciertas especies de pájaros, de la misma manera que un ejemplo anterior asignaba a este mecanismo, entre perros criados por gatos, el origen de ciertos comportamientos tomados prestados a la especie nutricia. Lo que es innato no es más que una aptitud, una capacidad: la de adquirir comportamientos por imitación y aprendizaje progresivo. El aprendizaje entre instinto e inteligencia Existe, pues, en numerosas especies animales, y como revela la observación, sobre todo en los animales domésticos, una «tendencia instintiva a adquirir un arte». Los aprendizajes efectuados son así la realización de una aptitud y una propensión, instintivas, a dotarse de un comportamiento construido, por la mediación de un proceso de adquisición a menudo imitativo, y por medio de una dinámica reiterativa del ejercicio, es decir, siguiendo un procedimiento susceptible de error y de corrección, que se aleja por consiguiente del instinto para alcanzar la inteligencia. En esta lógica que une, como fases de un mismo continuum de desarrollo, la inteligencia y el instinto, el Hombre aparece, cada vez más, en sus características más racionales, no como un milagro de la creación, sino como la coronación actual de un largo proceso evolutivo, en el curso del cual se eleva en la serie animal, y la inteligencia tiende cada vez más a competir, incluso a suplantar al instinto. En cualquier caso, las cosas no son tan sencillas: «El pequeño número», escribe Darwin, «y la simplicidad comparativa de los instintos en los animales superiores contrastan notablemente con los de los animales inferiores. Cuvier sostenía que el instinto y la inteligencia están en razón inversa; otros han pensado que las facultades intelectuales de los animales criados no son más que instintos gradualmente desarrollados. Pero Pouchet ha demostrado en una interesante memoria («El instinto en los insectos», Revue des Deux Mondes, febrero 1870, p. 690) que no existe realmente ninguna razón inversa de este género. Los insectos que poseen instintos más notables son ciertamente los más inteligentes. Los miembros menos inteligentes de la clase de los vertebrados, a saber los peces y los anfibios, no tienen instintos complicados; y entre los mamíferos, el animal que más destaca por sus instintos, el castor, posee una gran inteligencia, como admiten todos los que han leído el excelente trabajo del Sr. Morgan sobre este animal (The American Beaver and his works, 1868). 418-443) sostiene que los primeros destellos de inteligencia se han desarrollado por la multiplicación y coordinación de acciones reflejas; pero aunque la mayoría de los instintos más simples se confunden con acciones reflejas, hasta el punto de que es casi imposible distinguir unos de otras (la succión por ejemplo en animales jóvenes), los instintos más complejos parecen sin embargo haberse formado independientemente de la inteligencia. Estoy no obstante muy lejos de pretender negar que las acciones instintivas puedan perder su carácter fijo y natural, y ser reemplazadas por otras efectuadas por la libre voluntad». Texto característico del modo habitual de proceder en Darwin, que hace alternar las opiniones más opuestas sobre la cuestión en debate, y parece asumir alternativamente la una y la otra, antes de proponer su propia hipótesis -que a menudo no es percibida por los comentaristas prestos a hacerle tomar netamente partido entre las proposiciones en cuestión. Pero, en este caso, Darwin se ha dotado después de mucho tiempo de los medios para estar de acuerdo con una y con otra de las interpretaciones que opone. Con Cuvier, está de acuerdo en el dominio de la domesticación y en el de la historia del Hombre, pues sabe que los animales domésticos se caracterizan generalmente -al igual que el Hombre a medida que avanza hacia el estado de civilización-por una disminución de la agudeza y actividad de los instintos y por una intensificación de los procesos de aprendizaje. Pero está de acuerdo igualmente con Pouchet sobre la inteligencia de las abejas y las hormigas, y con la ilustración que aporta el castor de Morgan a la tesis eventualmente opuesta de una coextensividad del instinto y de la inteligencia. Reconoce, al mismo tiempo, que Spencer puede tener razón en su interpretación de las primeras manifestaciones de la inteligencia como resultado de una coordinación de actos reflejos, y acepta considerar como indiscernibles los instintos más simples y tales acciones, lo que conduciría, en caso de aceptar completamente esta lógica de desarrollo, a asimilar los instintos desarrollados (o complejos), necesariamente surgidos de instintos más simples, que se confunden así mismo con coordinaciones innatas, a la inteligencia (en tanto que ella misma deriva también de reflejos coordinados). Pero opta, en cuanto a los instintos complejos, por un modo de formación independiente de la inteligencia. Lo que no excluye en absoluto -última conciliación de las opiniones adversas-la probabilidad de un abandono de las acciones instintivas, en provecho de las gobernadas por la voluntad, esto es, de un eclipsamiento evolutivo del instinto ante la inteligencia, más frágil y más poderosa a la vez. Sería vano, en este ir y venir sistemático, buscar la posición de Darwin, ya que ésta no se expresa sino algunas líneas más abajo: un acto instintivo es con certeza inferior a una acción inteligente. «Pero la mayor parte de los instintos más complejos», escribe Darwin, «parecen haber sido adquiridos de una forma muy diferente, por la selección natural de las variaciones de actos instintivos más simples. Estas variaciones parecen resultar de las mismas causas desconocidas que, ocasionando ligeras variaciones o variaciones individuales en otras partes del cuerpo, actúan igualmente sobre la organización cerebral, y determinan cambios que, en nuestra ignorancia, consideramos espontáneos». La respuesta de Darwin consiste simplemente en ampliar al instinto la gran ley de la variación y la selección de las variaciones ventajosas. Encontraremos una magnífica aplicación de ésto en la dinámica de la selección y el crecimiento de los instintos sociales, cuyo desarrollo -lejos de contradecir el de la inteligenciase combina precisamente con el progreso de la razón para favorecer la expansión de los sentimientos altruistas, hasta el punto de rechazar la vertiente eliminatoria de la selección natural y fundar la civilización sobre una base seleccionada de conductas anti-selectivas. Conviene subrayar, a este respecto, el hecho de que los ejemplos tomados por Darwin de Pouchet y Morgan confirman evidentemente que, sea cual sea el phylum considerado, los animales más inteligentes (al igual que los dotados de instintos más complejos) son los que se caracterizan igualmente por la vida «social» más desarrollada. Estos mismos animales de vida social desarrollada son aquellos en los cuales desarrollo del instinto y desarrollo de la inteligencia no son contradictorios. El aprendizaje entre lo animal y lo humano Ambivalente por necesidad, la respuesta de Darwin obedece a una doble restricción lógica: en primer lugar, en virtud del continuismo de la teoría del desarrollo gradual, la de no aislar la inteligencia del instinto, si éste se encuentra respecto a aquella en posición de origen, o unido a ella por el hecho de un origen común; por consecuencia, en virtud de la teoría de la selección, asegurar el triunfo de la forma superior de las facultades mentales, lo que no puede concebirse más que por la postulación de variaciones que afectan igualmente a la organización cerebral y están sometidas a la selección, y haciendo entrar el instinto en regresión -según la ley de la extenuación de las formas antiguas-a medida que se afirma el progreso, e incluso, en el Hombre, la victoria evolutiva de la inteligencia. En esta perspectiva, la adquisición de hábitos fijos y automatismos puede aparecer como una regresión en relación al uso libre del razonamiento. La complejificación en red del aparato cerebral parece sin embargo que debe reducir la especialización institiva a sus expresiones más modestas: «Aunque un grado elevado de inteligencia», escribe Darwin, «sea ciertamente compatible con la existencia de instintos complejos, como lo prueba el ejemplo del castor y de los insectos de los que acabamos de hablar, y aunque las acciones dependientes de la voluntad puedan en seguida ser llevadas a cabo gracias a la costumbre con la rapidez y la seguridad de una acción refleja, no es sin embargo improbable que exista una cierta oposición entre el desarrollo de la inteligencia y el del instinto, pues este último implica ciertas modificaciones hereditarias del cerebro. Sabemos muy pocas cosas sobre las funciones del cerebro, pero podemos concebir que, a medida que las facultades intelectuales se desarrollan más, las diversas partes del cerebro deben estar en relaciones de comunicaciones más complejas, y que, como consecuencia, cada porción diferente debe pues volverse menos apta para responder de una forma definida y hereditaria, es decir instintiva, a las sensaciones particulares. Parece incluso haber ciertas relaciones entre una inteligencia débil y una tendencia fuerte a la formación de hábitos fijos, pero no hereditarios; pues, como me lo ha hecho notar un médico muy sagaz, las personas ligeramente débiles de espíritu tienden a dejarse guiar en todo por la rutina y el hábito, y se les hace tanto más felices cuanto más se les potencia esta disposición». Tanto más la inteligencia es débil y limitada, más se limita el aprendizaje a gestos invariantes de imitación repetitiva, tan seguros como los actos instintivos, pero incapaces de alzarse al nivel de la invención intelectual o del control inteligente. Existen pues grados entre las instancias y facultades que se movilizan por los procesos de aprendizaje. En el estadio humano, la imitación, tan fundamental en los procesos animales de aprendizaje, se encuentra con relación a la razón -o más ampliamente, la inteligencia-en una posición que recuerda a la del instinto: es primera y sin duda fundamental (en la exposición que hace Darwin del desarrollo de las facultades intelectuales, precede a la atención, la memoria, la imaginación y la razón, en un orden que recuerda parcialmente una psicogénesis de tipo empírico-sensualista); se la encuentra cumpliendo un papel eminente en los animales superiores, alcanzando el nivel de una acción voluntaria en el Mono y el Hombre salvaje. Pero al mismo tiempo y en tanto precisamente que elemental y primitiva, es, como el instinto, el reflejo o el hábito fijo, aquello hacia lo que regresa el individuo que ha perdido o no ha podido alcanzar el uso de las facultades más elevadas que se combinan para producir la novedad intelectual. «La facultad de imitación es potente en el hombre», escribe Darwin, «y sobre todo, como yo mismo he podido comprobar, en el hombre en estado salvaje. La tendencia a la imitación se vuelve excesiva en ciertos estados mórbidos del cerebro; las personas afectadas de hemiplejía o debilidad cerebral repiten inconscientemente durante las primeras fases de la enfermedad, todas las palabras que oyen, ya pertenezcan o no a su propio idioma, o imitan todos los gestos que ven hacer cerca de ellos». El paradigma que asocia en Darwin el Mono, el niño, el salvaje y el idiota para considerar el primitivismo mental a la vez como estadio ancestral del desarrollo de las facultades y como polo de reversión atávico o de regresión patológica, debe sin duda mucho, en su establecimiento -que tuvo consecuencias incalculables en toda la literatura antropológica-, a la Mémoire sur les microcéphales de Carl Vogt (1868), pero también a ciertos trabajos sobre la afasia, fundamentalmente los de Bateman. Lo que fue una etapa primitiva, una base, un fundamento, un tronco originario para un desarrollo posterior, se convierte así por el hecho de la evolución, en un estadio relegado o una modalidad de regresión: extenuación de las formas antiguas y reversión atávica son aquí los dos modelos complementarios que permiten pensar la evolución selectiva como modo de eliminación tendencial, pero no inmediata y no total, de lo que ha superado y al mismo tiempo construido. Aprendizaje e instintos domésticos Lo que precede habrá confirmado el alto nivel de coherencia de la teoría de la selección en lo que concierne a la relación de lo orgánico y lo instintivo en la evolución. Esta coherencia toma la forma de un paralelismo lógico que los propios enunciados de Darwin comentan frecuentemente, lo que hace fácil la aprehensión esquemática global de su estructura: Variación orgánica fortuita Heredabilidad de las variaciones orgánicas Selección de las variaciones orgánicas ventajosas Refuerzo por el hábito y el uso Influencia de la domesticación Regresiones orgánicas por falta de uso Selección artificial (metódica e inconsciente) Necesidad de una primera variación natural Menor estabilidad de las variedades domésticas Influencia modificadora de los cruzamientos Posible retorno (reversión ) a caracteres orgánicos ancestrales Variación instintiva fortuita Heredabilidad de las variaciones instintivas Selección de las variaciones instintivas ventajosas Idem Idem Regresiones instintivas por falta de uso Idem Idem Menor estabilidad de los instintos domésticos Idem Posible retorno a instintos y comportamientos «salvajes» Esta tabla, que tiene en cuenta todos los datos instintológicos distribuidos en El origen de las especies y en El origen del Hombre, no tiene otra función que la de subrayar el carácter profundamente unitario de la teoría de la selección, la cual se aplica idénticamente al campo de las variaciones orgánicas y al de las variaciones instintivas. Tanto en un campo como en otro, la ventaja variacional se recibe como adaptativa por el medio, ya sea éste natural o artificial (doméstico). En uno u otro campo, la relación de lo natural y de lo artificial es la misma: la naturaleza suministra la primera variación, material para una selección por el Hombre. Es a partir de un fundamento natural como los «instintos domésticos» (sea el del perro de caza o el del perro pastor) se desarrollan y se transmiten (como los instintos naturales). En los dos campos, paralelamente a las adquisiciones dirigidas, la domesticación conlleva disminuciones de aptitudes naturales. La pérdida de ciertos instintos naturales bajo la influencia de condiciones domésticas es correlativa a la adquisición, y eventualmente a la transmisión de nuevos hábitos. Así la tendencia de los perros a atacar a los corderos, los cerdos o las aves de corral, se ha atenuado hasta su casi desaparición, bajo el efecto de la costumbre, de la corrección por el Hombre o de la pura y simple eliminación de los recalcitrantes. Éste es uno de los ejemplos más simples de una interacción (en proporciones relativas no precisables) entre los efectos hereditarios del hábito adquirido (la componente «lamarckiana» de la explicación dada por Darwin de la herencia de los comportamientos) y el mecanismo de la selección artificial o inconsciente. «Podemos concluir a partir de aquí», escribe Darwin, «que bajo la domesticación, se han perdido ciertos instintos naturales, y que otros han sido adquiridos, tanto por el hábito como por la selección y la acumulación, durante generaciones sucesivas, de diversas disposiciones especiales y mentales que han aparecido una vez bajo la influencia de causas que llamamos accidentales a falta de conocerlas. En algunos casos, los hábitos forzados han parecido bastar para provocar modificaciones mentales convertidas en hereditarias; en otros no han provocado ningún resultado, a causa de los efectos de la selección, tanto metódica como inconsciente, pero es probable que en la mayor parte de los casos, las dos cosas han debido actuar simultáneamente.» (El origen de las especies, cap. VII.) Así, cualquiera que sea la pertinencia del principio lamarckiano -invocado, aquí como en otras partes, a modo de hipótesis autorizada por la siempre subrayada ignorancia de las leyes y los factores de la transmisión hereditaria-, el problema de los instintos domésticos está estrechamente unido en Darwin al del aprendizaje. En el perro doméstico, Darwin evoca una correlación de la domesticación y de la herencia de las modificaciones mentales adquiridas, combinada con la selección efectuada por el criador sobre la base de un instinto natural. Pero en el pájaro cantor o imitador de sonidos humanos, Darwin no evoca más que la singularidad de un aprendizaje reiterado para cada individuo, sobre la base de una capacidad que aún siendo propia de la especie, puede permanecer silenciosa. La cuestión no es condenar ridículamente en Darwin un «error» que sería «lamarckiano» y que, según el caso, sería presentado o no en las hipótesis generales elaboradas por él como tales para avanzar hacia la resolución del gran misterio de la heredabilidad. Habría mucho que decir sobre la ignorancia y la incapacidad teórica de ciertos comentaristas que tachan a Darwin de incoherencia sobre la base de tales aparentes irregularidades. Está claro que la componente lamarckiana en la historia pre-weismanniana de la interpretación de la herencia es casi universal en el discurso de los naturalistas, y que, complementariamente, el lamarckismo es, hablando con propiedad, el inconsciente teórico del criador o adiestrador que buscan «forzar» la naturaleza para modificarla por un condicionamiento externo, y «reforzar» esta naturaleza modificada mediante la reproducción. Darwin elaboró el concepto de selección inconsciente porque sabía que la práctica espontá-nea del adiestrador no culto está gobernada por una teoría inconsciente, cuya eficacia no guarda relación con lo que puede ser su grado de exactitud. Además, si se reduce el «lamarckismo» a la acción modificadora directa del medio sobre los seres, el «lamarckismo» es verdad -si consideramos que la «transmisión de hábitos adquiridos» constituye en realidad lo que denominamos cultura-en el universo extra-biológico que se abre, bajo el gobierno del Hombre, hacia el adiestramiento, el aprendizaje y la educación. Estos elementos serán desarrollados a propósito del Hombre. Pero por el momento, la conclusión principal es que la teoría de que el aprendizaje reposa necesariamente en una «disposición natural a adquirir un arte», es para Darwin el primer elemento de resolución naturalista y continuista del antagonismo metafísico entre naturaleza y cultura al nivel de un ser vivo capaz de integrar comportamientos que obedecen a modelos susceptibles de serle naturalmente extraños. La capacidad de adquirir una educación, ya se trate de adiestramiento, aprendizaje o imitación de modelos, es pues, en su flexibilidad en función de influencias circunstanciales eventualmente condicionantes, la apertura natural a un artificial que se integra naturalmente en la historia evolutiva. LO NATURAL Y LO SOCIAL: LA TEORÍA DE LOS INSTINTOS SOCIALES Y EL EFECTO RE- VERSIVO DE LA EVOLUCIÓN COMO SUPERACIÓN DEFINITIVA DEL ANTAGONISMO Origen de los errores y selección textual Durante más de un siglo -el asunto remonta, en Francia, a la traducción problemática y penosamente prologada de El origen de las especies por Clémence Royer (1862)-, se ha querido ver en Darwin al inspirador de las modernas teorías desigualitaristas, al gran prescriptor del eugenismo en sus versiones más duras, al teórico de la eliminación de los débiles, al legitimador naturalista del expansionismo occidental y, especialmente, del imperialismo victoriano, al ideólogo fundador del «racismo científico», al padre efectivo del «darwinismo social» y de la casi totalidad de las sociologías biológicas evolucionistas, y al justificador titulado del egoísmo triunfalista de los poseedores. Se ha visto en él juntos, y sin temor de incompatibilidades ni contradicciones, a Herbert Spencer, Francis Galton, Cecil Rhodes, Arthur de Gobineau y Thomas Robert Malthus. Pero, todas estas alegaciones son no solamente erróneas, sino que se sitúan muy precisamente en el punto opuesto de la verdad historiográfica más verificada, así como de la lógica de la teoría de la descendencia tal y como fue aplicada por el mismo Darwin en el campo de la antropología. La responsabilidad de esta extraordinaria confusión, que ha velado la exacta interpretación de Darwin durante tanto tiempo, y de la que dan fe tantos comentarios de segunda mano y tantos prólogos absurdos a una obra no leída, incumbe en primer lugar a la pantalla tejida alrededor del darwinismo por el evolucionismo filosófico de Spencer, sistema de pensamiento que sirve de marco intelectual al proyecto integrador del ultraliberalismo victoriano, ya instalado en cuanto a sus ejes esenciales cuando la teoría darwiniana emerge en el contexto saturado de luchas ideológicas que es la Inglaterra de los años 1860. Un ingeniero inglés que repartió su vida entre invenciones técnicas ya realizadas, el periodismo, los ferrocarriles y, a partir de 1840, la constitución de la filosofía y de la sociología política requeridas para la representación ultraliberal del progreso. Apasionado por grandes visiones sintéticas interesadas en reconducir a un principio de inteligibilidad única el conjunto de los datos fenomenológicos accesibles al conocimiento, influenciado inicialmente por la ley del desarrollo diferencial enunciada por von Baer en el campo de la embriología, preocupado después por encontrar en esta «ley» una formulación que alcance un grado de generalidad más elevado, expone su propia «ley de la evolución» en el «Plan general de la filosofía sintética» del 6 de enero de 1858, publicado bajo forma de «Programa» en 1860, dos años antes de los Primeros principios, que aparecen en 1862. La «ley de la evolución» define el paso de los agregados, por un proceso de integración y diferenciación, desde un estado indefinido, incoherente y homogéneo hacia un estado definido, coherente y heterogéneo (proceso que se corresponde con un crecimiento de la complejidad que conduce a los extremos refinamientos de organización de los cuerpos vivos, de la individualidad humana y de las sociedades). La «ley» así enunciada será aplicada a todas las categorías de fenómenos y a todos los dominios del saber, así como a la propia teoría del conocimiento. La vertiente sociológica del pensamiento spenceriano es particularmente representativa de las aspiraciones de la burguesía industrial inglesa: la sociedad es un organismo y evoluciona como un organismo. La adaptación (pensada por Spencer en términos fundamentalmente lamarckianos que no integrarán al darwinismo más que para traicionarlo) es la regla de supervivencia en el seno de una competencia interindividual generalizada: los menos adaptados deben ser eliminados sin consideración ni recursos. Spencer se opondrá así a toda medida tendente a venir en ayuda de los desfavorecidos, y a toda forma de ley de asistencia. Lo que toma prestado de Darwin (aunque, a este nivel, podría ser también de Malthus) es pues el «núcleo duro» de la teoría de la selección tal como la descubre en el mes de octubre de 1858 cuando tiene conocimiento de la intervención común de Darwin y Wallace ante la Linnean Society de Londres. A partir de entonces, su preocupación será aplicarla no tanto en el dominio en que su uso sería legítimo (la evolución de los organismos), sino en un universo en el seno del cual Darwin rehusa su aplicación: la marcha de las sociedades humanas. Por razones de otro orden, concernientes a la lucha común contra el establishment científico inglés conservador y antitransformista, Darwin acepta una lejana connivencia con Spencer, por quién no sentía simpatía (su Autobiografía de 1876 es a este respecto inequívoca) 3, y una importación terminológica («supervivencia de los más aptos») que quizás tuvieron más efectos negativos a largo plazo que ventajas momentáneas. La confusión entre Darwin y Spencer, entre la teoría de la descendencia modificada por medio de la selección natural y el evolucionismo filosófico-sociológico, tendrá en efecto las peores consecuencias conceptuales, teóricas y políticas en Europa y en el mundo, hasta que la distinción y la oposición reales entre las dos teorías alcance a ser realmente reconocida (ver Tort, 1983) y se llegue a reflexionar sobre ella. En el medio político-cultural de la clase intelectual victoriana, es evidentemente la confusión la que ha sido seleccionada en detrimento de la distinción, a través de la utilización relativamente indiferenciada de términos con relaciones equívocas para el público, pero con cargas semántica y connotativa profundamente diferenciadas. El deslizamiento que se opera entonces testimonia el poder contaminante de la ideología spenceriana a través de la elección, que se volverá progresivamente dominante entre los mismos biólogos, de un vocabulario de extracción «filosófica»: la evolución spenceriana (noción filosófica) contra la descendencia darwiniana (concepto naturalista), el triunfo o la supervivencia de los más aptos -que se convertirán rápidamente en los más «merecedores» o los más «fuertes»-(noción de uso esencialmente sociológico en Spencer) contra la selección de las variaciones orgánicas e instintivas ventajosas, concepto que, en cuanto a lo instintivo, desembocará en el Darwin de 1871 en posiciones antropológicas (éticas, sociológicas y políticas) diametralmente opuestas a las del portavoz del integrismo liberal. El primer acto de esta historia es bastante claro: en el texto darwiniano, Spencer, que ha efectuado ya su reducción de Darwin a Malthus (Principios de biología, 1864-1867), se detiene en la expresión «selección natural», de la que hace una crítica ya clásica y ampliamente aceptada por Darwin (la del exceso de «personalización» antropomórfica de una expresión de resonancias voluntaristas, incluso finalistas), la reemplaza por «supervivencia de los más aptos», no la aplica apenas en su dominio ----3 «La conversación de Herbert Spencer me parecía muy interesante, pero él no me gustaba particularmente, y no tenía la impresión de que pudiese fácilmente unirme a él. Era, bajo mi punto de vista, extremadamente egoísta. Cada vez que leía uno de sus libros, desbordaba de admiración por su talento fulgurante, y a menudo me he preguntado si, en el futuro, no sería alzado al mismo rango que grandes hombres como Descartes, Leibniz, etc. (sobre los cuales, a decir verdad, sé muy pocas cosas). Sin embargo, los escritos de Spencer no me han servido de nada en mi propio trabajo. Su manera deductiva de tratar el tema es totalmente opuesta a mi forma de espíritu. Sus conclusiones no me han convencido jamás; y cada vez que leía una de sus discusiones, me decía: «He aquí algo que sería un muy buen tema para una media docena de años de trabajo». Sus generalizaciones fundamentales (¡de las que algunos han comparado la importancia a la de las leyes de Newton!), son quizás, osaría decir, muy válidas desde un punto de vista filosófico, pero de una esencia tal que me parecen no tener ningún uso estrictamente científico. Perteneciendo por esencia a las definiciones más que a las leyes de la naturaleza, no permiten predecir lo que se producirá en un caso particular. De todas maneras, no han sido para mí de ninguna utilidad». (Autobiografía de 1876, texto restablecido en su integridad por Nora Barlow en 1954 ). legítimo (la esfera de lo vivo, en donde permanece estrechamente partidario de la «acción directa» y de los «factores primarios» lamarckianos), pero se sirve de ella como de la clave de una antropología social evolucionista y de una sociología en donde su utilización contradice la, finamente dialéctica, hecha por Darwin. Es importante, pues, identificar, en la lógica de la antropología de Darwin tal como se expone soberbiamente en El origen del Hombre y la selección sexual (1871), lo que la opone al hiperseleccionismo biológico-social de Spencer, verdadero inventor del impropiamente denominado «darwinismo social», y creador de todos los paradigmas comunes a las «sociobiologías» ulteriores de la historia. El efecto reversivo de la evolución (o porqué Darwin no era «darwinista social») Una vez más, recurriremos aquí, para evitar paráfrasis artificiales, al desarrollo que el Dictionnaire du darwinisme consagra al concepto de efecto reversivo de la evolución. Concepto clave de la antropología darwiniana (a distinguir de la antropología evolucionista), el efecto reversivo de la evolución (como fue designado por nosotros en 1983) es el que permite pensar, en Darwin, el pasaje entre lo que será denominado por comodidad y aproximación la esfera de la naturaleza, regida por la estricta ley de la selección, y el estado de una sociedad civilizada, en el interior de la cual se generalizan e institucionalizan conductas que se oponen al libre juego de esta ley. Si este concepto no está denominado en ninguna parte de la obra de Darwin, está sin embargo descrito y opera en ciertos desarrollos importantes (fundamentalmente los capítulos IV, V y XXI) de El origen del Hombre de 1871, que es preciso considerar como su tercera gran obra de síntesis, y como la consecución coherente, en el campo de la historia evolutiva del Hombre natural y social, de la teoría de la selección desarrollada en el Origen de las especies de 1859. Es el resultado de una paradoja identificada por Darwin en el curso de su ensayo de extensión al Hombre de la teoría de la descendencia, y de su esfuerzo para pensar el devenir social y moral de la humanidad como una consecuencia y un desarrollo particular de la aplicación anterior y universal de la ley de la selección en la esfera de lo vivo. Esta paradoja se puede formular así: la selección natural, principio director de la evolución que implica la eliminación de los menos aptos en la lucha por la vida, selecciona en la humanidad una forma de vida social cuya marcha hacia la civilización tiende a excluir cada vez más, a través del juego ligado de la ética y de las instituciones, los comportamientos eliminatorios. En términos simplificados, la selección natural selecciona la civilización, que se opone a la selección natural. ¿Cómo resolver esta aparente paradoja? La resolveremos desarrollando simplemente la propia lógica de la teoría de la selección. La selección natural -se trata en Darwin de un punto fundamentalselecciona no solamente variaciones orgánicas que presentan una ventaja adaptativa, sino también instintos. Entre estos instintos ventajosos, los que Darwin denomina los instintos sociales, han sido particularmente retenidos y desarrollados en el Hombre, como lo demuestran el triunfo universal del modo de vida social en el seno de la humanidad, y la tendencia hegemónica de los pueblos «civilizados». Ahora bien, en el estado de «civilización», resultado complejo de un incremento de la racionalidad, de la influencia creciente del sentimiento de «simpatía» y de las diferentes formas morales e institucionales del altruismo, se asiste a una inversión cada vez más acentuada de las conductas individuales y sociales en relación a lo que sería la continuación pura y simple del funcionamiento selectivo anterior: en lugar de la eliminación de los menos aptos, aparece, con la civilización, el deber de asistencia que pone en marcha, al contrario, múltiples actuaciones de socorro y rehabilitación; en lugar de la extinción natural de los enfermos y débiles, su salvaguardia por la movilización de tecnologías y saberes (higiene, medicina, deporte) de cara a la reducción y compensación de las deficiencias orgánicas; en lugar de la aceptación de las consecuencias destructoras de las jerarquías naturales de la fuerza, del número y de la aptitud vital, un intervencionismo reequilibrador que se opone a la descalificación social. Por la vía de los instintos sociales, la selección natural, sin «salto» ni ruptura, ha seleccionado así su contrario, o sea: un conjunto normado, y en extensión, de comportamientos sociales anti-eliminatorios -ésto es, anti-selectivos en el sentido que reviste el término de selección en la teoría desarrollada por El origen de las especies-, así como, correlativamente, una ética anti-seleccionista (anti-eliminatoria) traducida en principios, reglas de conducta y leyes. La emergencia progresiva de la moral aparece pues como un fenómeno indisociable de la evolución, y he aquí una consecuencia normal del materialismo de Darwin, y de la inevitable extensión de la teoría de la selección natural a la explicación del devenir de las sociedades humanas. Pero esta extensión, que demasiados teóricos, engañados por el telón que había tejido alrededor de Darwin la filosofía evolucionista de Spencer, interpretaron prematuramente sobre el modelo simplista y falso del «darwinismo social» liberal (aplicación a las sociedades humanas del principio de la eliminación de los menos aptos en el seno de una competencia vital generalizada), no puede efectuarse en todo rigor más que bajo la modalidad del efecto reversivo, que obliga a concebir la propia inversión de la operación selectiva como base y condición del acceso a la «civilización». Ésto es lo que prohibe definitivamente que la sociobiología, que defiende por el contrario, en oposición a toda la lógica antropológica de Darwin, la idea de una continuidad simple (sin inversión) entre naturaleza y sociedad, pueda reclamarse, con derecho, del darwinismo. La operación reversiva es la que fundamenta la legitimidad final de la oposición naturaleza-cultura, evitando la trampa de una «ruptura» mágicamente instalada entre sus dos términos: la continuidad evolutiva, a través de esta operación de inver-sión progresiva unida al desarrollo (él mismo seleccionado) de los instintos sociales, produce de esta manera no una ruptura efectiva, sino un efecto de ruptura que proviene de que la selección natural se ha encontrado en el curso de su propia evolución, sometida ella misma a su propia ley -la forma nuevamente seleccionada, que favorece la protección de los «débiles», imponiéndose, por ventajosa, sobre la forma antigua que privilegiaba su eliminación. La nueva ventaja no es ya de orden biológico: se ha convertido en social. Hemos simbolizado esta inversión progresiva a través de la imagen topológica de la torsión del anillo de Möbius (Tort, 1992), señalando sin embargo que el verdadero modelo darwiniano del fenómeno era el de la divergencia evolutiva seleccionada en el interior mismo del devenir de la ley selectiva. Darwin permite así, como a menudo hemos explicado, pensar la relación naturaleza / civilización escapando al doble dogmatismo de la continuidad (discurso de tipo «sociobiológico») y de la ruptura (discurso de tipo «levi-straussiano»), que evita tanto la recíproca exterioridad de lo biológico y lo social (un sociologismo que excluiría metodológicamente la toma en cuenta de cualquier factor naturalista) como el reduccionismo ordinario, para el cual todo lo social no es más que la traducción de impulsos surgidos de un nivel cualquiera de la biología (variable según el estado histórico de las investigaciones sobre lo viviente ). En pocas palabras, Darwin hace posible, en la lógica de esa relación compleja, un continuismo materialista que impone la representación de una inversión progresiva (pensable en términos de divergencia seleccionada en el interior de la selección natural, ella misma en evolución, y sometiéndose de hecho a su propia ley antes de entrar en regresión) que se separa de artefactos teóricos tales como el «salto cualitativo», salvando sin embargo evolutivamente la independencia final de las ciencias del Hombre y de la sociedad. Correlativamente, Darwin produce, mediante el concepto dialéctico de la selección de las conductas anti-selectivas y del sentimiento de simpatía, acoplado al de crecimiento de la racionalidad y al tema de la importancia creciente acordada por cada sujeto a la «opinión pública», una teoría materialista de las bases de la moral que preserva al mismo tiempo la independencia conquistada por las decisiones y la reflexión éticas (gracias al efecto de ruptura producido por la inversión), permitiendo sin embargo sustraer éstas a la influencia dogmática de las morales de la obligación trascendente (ver Tort, 1995). Las razones de una larga confusión Lo que precede inmediatamente pone en relieve el esquema dialéctico de la «transición» entre lo biológico y lo cultural en Darwin (para seguir oposiciones consagradas que adquieren aquí un sentido auténticamente evolutivo). El hecho es que con Darwin, teniendo en cuenta la formidable transformación del universo mental que implica, una vez comprendido, su continuismo evolutivo, la distinción teorizable entre los dos tipos de realidades (biológicas y culturales) se desvanece en tanto que esencialista, para reformularse como dialéctica: he aquí el efecto de una teoría materialista consecuente, y no hay que sorprenderse por ello. Pero el vocabulario y los esquemas didácticos e ideológicos no se pliegan fácilmente a la dialéctica y prefieren las oposiciones tajantes, sea porque son más fáciles, sea porque son operativas con respecto a apuestas de cara a las cuales la exactitud parece menos importante que la claridad. Esto es exactamente lo que ha sucedido con la interpretación de la antropología de Darwin. Se la ha clasificado sin conocerla, en nombre de la información que se creía tener sobre el «núcleo» de la teoría (continuismo bioselectivo simple y homogéneo) en la categoría de las sociologías biológicas, es decir, aún, del lado de Spencer (pero también de Espinas, incluso de Vacher de Lapouge, etc.). Allí se esboza la respuesta a la cuestión que plantean todavía, muy ingenuamente, los que experimentan una última resistencia a admitir la operación en Darwin de lo que acabamos de describir bajo el concepto de efecto reversivo de la evolución: ¿por qué si verdaderamente estaba en El origen del Hombre, el efecto reversivo no se vio? La respuesta se enunciará en tres puntos. El primero, lo hemos dicho ya, atañe a la historia del recubrimiento inicial de la lógica darwiniana por una «epistemología» dominante que se encarna en el sistema de Spencer. El spencerismo tiende un telón. Impone la forma filosófica de la nueva organización económica y social bajo el motivo general de una ley de evolución que no es más que una sofisticación, con refuerzos científicos, de la teoría del progreso desarrollada en el siglo precedente por los primeros teóricos del liberalismo. (Sobre las complejas relaciones entre Spencer, el positivismo comtiano y los primeros pensadores liberales del «progreso», ver Tort, 1983; Spencer, 1987;y Tort, 1989). El segundo concierne al compromiso darwino-spenceriano evocado más arriba. El tercero concierne por último a la historiografía circum-darwiniana. Con una insistencia y un poder de convicción proporcionales al compromiso dentro de sus filas, este último condicionado por una convergencia de intereses a veces bastante dispares, los partidarios de Darwin, fortalecidos por el éxito real, pero aún poco afirmado de El origen de las especies, incitaron a su autor a salir de su reserva en cuanto al Hombre, y a incluir a este último en el cuadro de la teoría de la descendencia. Ésto es: a extender al Hombre que vive en sociedad y a toda forma de civilización la teoría de la descendencia modificada por medio de la selección natural. Se esperaba pues simplemente que Darwin, derribando el último tabú, franquease la frontera metafísica que separaba aún al Hombre del resto del universo vivo, designándole expresamente como un miembro evolucionado del Reino animal y que comparte con el conjunto de este último, y especialmente con sus representantes evolutivamente más próximos, una suma importante de características comunes, orgánicas y, eventualmente, psíquicas y comportamentales. Los amigos de Darwin esperaban así, y con ellos todo el público alrededor del cual había sido cultivada esta espera, la continuación de El origen de las especies. De esta manera, El origen del Hombre es acogido desde su aparición como la continuación homogénea, y como el esperado complemento para la constitución de una doctrina naturalista global y coherente que descanse en la aplicación de la teoría de la selección al conjunto de las criaturas, una vez realizada la necesaria transgresión de los obstáculos teológicos. Ésto explica suficientemente que aún sin haberla leído, cada uno pensara saber lo que allí había escrito, o que leyéndola, los comentaristas no estuvieran atentos más que a los motivos que explicitaban los lazos con la animalidad, sin percibir la suerte particular -la regresión-que allí sufría la selección natural en su versión estrictamente biológica. «La selección natural», escribe Darwin, «parece no ejercer más que una influencia muy secundaria sobre las naciones civilizadas, en tanto que no se trata más que de la producción de un nivel de moralidad más elevado y de un número más considerable de hombres bien dotados; le debemos sin embargo la adquisición original de los instintos sociales» (El origen del Hombre, cap. V). Y aún más: «Por más importante que haya sido y aún sea la lucha por la existencia, otras influencias más importantes han intervenido en lo que concierne a la parte más elevada de la naturaleza humana. Las cualidades morales progresan en efecto directa o indirectamente, más bien por efecto del hábito, el razonamiento, la instrucción, la religión, etc., que por la acción de la selección natural, aunque puedan con certeza atribuirse a la acción de esta última, los instintos sociales, que son la base del desarrollo del sentido moral». La antropología darwiniana era pues interpretada antes de ser conocida. El «progresismo» naturalista -cuyo mayor interés radicaba en ser portador de un último golpe al dogma creacionista estableciendo una teoría de la descendencia unitaria y completa-no podía adivinar que triunfando en este terreno, iba a unirse a la vía de una deriva bio-sociológica en la cual el darwinismo real iba a perderse. Y es rigurosamente cierto que el efecto principal de la batalla en favor de las ideas de Darwin hasta el umbral del siglo XX no tuvo por efecto principal más que imponer tendencialmente el transformismo, sin hacer por tanto justicia a la originalidad de las ideas ni del método darwinianos. Los «darwinista sociales» spencerianos o haeckelianos vencían en un terreno -El Hombre-en donde Darwin aún dudaba en considerarse un verdadero experto, a pesar de su magnífica obra de 1871, mientras que Spencer preparaba su enorme Sociología descriptiva (1873) y Haeckel meditaba su Antropogenia (1874). El propio Marx, apremiado por extraer su conclusion de la lectura de El Origen de las especies, y pasado el momento de su primer entusiasmo materialista de 1860, responderá más a los «darwinistas» que al mismo Darwin cuando incriminará en este último la proyección sobre la naturaleza de los esquemas funcionales y dinámicos de la sociedad competitivista liberal (Carta a Engels de 1862). Engels tendrá menos excusas en 1873 en el Anti-Dühring cuando hablará de «torpeza malthusiana» a propósito de Darwin, y cuando repetirá esta desgraciada crítica en 1875 en la Dialéctica de la Naturaleza, cuatro años posterior a El origen del Hombre. Así, hoy como ayer, y por el juego de presiones históricas fácilmente identificables, una izquierda de inspiración marxista, a pesar de su interés por una teoría materialista fundamental del devenir, y de las analogías que pueda encontrar entre la lucha histórica de clases y la lucha natural por la existencia, ataca aún, de vez en cuando, a Darwin, al igual que, del otro lado, la derecha ultra-liberal (social-darwinista o eugenista) le elogia, cometiendo el mismo error, el de confundir la antropología de Darwin con el «darwinismo social» de sus epígonos. La segunda causa de error y confusión fue el nacimiento del eugenismo. Su primer y principal teórico fue un primo de Darwin, Francis Galton, estadístico apasionado en particular por el estudio de los fenómenos hereditarios. Hizo algunos estudios médicos, fue marcado profundamente por la lectura en 1859 de El Origen de las especies, y desde 1865 comenzó a producir las tesis fundamentales de lo que con él iba a tomar, sobre un fondo de hereditarismo y selección artificial aplicada a la humanidad, el nombre de eugenismo. Su proposición de base es bastante simple: puesto que la selección natural asegura en el conjunto del mundo viviente la diversidad de las especies y la promoción de los más aptos a partir de la elección de las variaciones biológicas ventajosas, el mismo efecto debería producirse en la sociedad humana con respecto a los caracteres intelectuales. Ahora bien, la civilización desarrollada traba el libre juego de la selección natural, permitiendo la protección y la reproducción de las existencias mediocres. Es pues necesario comprometer una acción de selección artificial institucionalizada a fin de compensar este déficit y aligerar esta carga. A la luz de El origen del Hombre de 1871, se entiende que esta actitud era inconciliable con lo que iba a ser la antropología de Darwin, y contradictoria con el darwinismo estrictamente entendido (repetimos, el de Darwin), para el que la selección artificial no puede aplicarse más que a las plantas cultivadas y a los animales domésticos. Para Darwin, en efecto, aquel que tratase a otro ser humano, sea cual sea su grado de alejamiento racio-cultural o su fragilidad física o psíquica, como algo diferente que su «igual» contravendría a la ley civilizacional de la extensión progresiva de la simpatía, y regresaría en la escala de la evolución humana hasta el estado de salvajismo ancestral. Galton, que no será más consciente que otros de lo que Darwin escribirá en 1871 y no pudiendo serlo en todo caso en los años de 1860, continúa pues su tarea de explicación militante de la urgencia de una política eugenista científica para frenar la probable degeneración del grupo social, intentando demostrar el carácter hereditario de las cualidades intelectuales, y establecer estadísticamente la estricta herencia del genio (Hereditary Genius, 1869), haciendo total abstracción de los factores educativos. El eugenismo de Galton, como lo señala el propio Darwin (El origen del Hombre, cap. V), era hostil a la «reproducción de los pobres y los imprevisores», considerada como un obstáculo al aumento numérico de los hombres «superiores». Darwin concluirá en cuanto a sí, a la inversa, defendiendo el principio opuesto de una igualdad de oportunidades en la concurrencia social. Afinando la aplicación de los métodos estadísticos a la biología, los continuadores de Galton -los «biometras» ligados al principio de la selección darwiniana, espe-cialmente Karl Pearson-compartieron con él la responsabilidad histórica de la primera elaboración de la doctrina eugenista. Se podría hacer notar aquí que la inflexión propia del trabajo de Galton, al sustituir la importancia dada por Darwin a la individualidad biológica y sus avatares evolutivos por la de un conjunto poblacional sometido en tanto que tal a la selección, favorece de entrada a todo discurso y empresas futuros que recomendarán como necesario, en nombre de la mejora de la calidad biológica del grupo, la eliminación de ciertas categorías de individuos portadores de «malas» variaciones. La oposición entre las concepciones galtoniana y darwiniana estalla, por otra parte, a finales de 1870, en el seno de una historia compleja que es a la vez la de la emergencia de la biología matemática y la de las ideologías de la optimización normalizante del nivel biológico de las poblaciones. Sólo vamos a retener aquí la idea de encierro en sí misma de la racionalidad matemática, de olvido de las realidades biológicas del organismo y de desaparición del individuo detrás de un telón de medidas, caracteres cuantificables y abstracciones estadísticas. Como hace a otro nivel la antropología física, la biometría, que conlleva el rasgo constitutivo de una «deshumanización» metodológica de su objeto de estudio, era perfectamente susceptible, bajo la acción de ciertas fuerzas político-ideológicas, de servir de instrumento a prescripciones y prácticas intervencionistas en la vida y la reproducción de los individuos, en nombre de la calidad biológica de la comunidad, y tanto más cuando en su principal inspirador, Galton, la inclinación elitista era inicial, y que su primer continuador, Pearson, optaba claramente por una «modificación de la fertilidad relativa de las buenas y de las malas estirpes» del grupo social (fórmula que, de paso, vuelve problemática y siempre inestable la distinción entre un eugenismo «positivo» y un eugenismo «negativo»). Correlativamente, la ciencia cuantitativa naciente alimentaba ya el proyecto de una anexión de las ciencias sociales. La genética mendeliana, tras un tormentoso debate con la biometría, lo integrará progresivamente en su vertiente cuantitativa, y los genetistas tomarán entonces el relevo del eugenismo, sostenido igualmente por numerosos médicos, naturalistas y sociólogos biologistas en el curso de los primeros decenios del siglo XX. La cuestión de las relaciones entre darwinismo social, eugenismo y racismo está desarrollada en el Dictionnaire du darwinisme con una agudeza quizás sin precedentes. Existen distinciones históricas y teóricas entre estas tres corrientes, al tiempo que solapamientos parciales. Una cosa está fuera de duda: el eugenismo, en su moderno acto fundacional (galtoniano), está íntimamente penetrado de la idea, que será retomada de manera universal, según la que en las sociedades civilizadas, la selección natural, por el hecho de las diversas medidas de protección social y sanitaria, así como las condiciones generales de confort que mantienen a las existencias individuales al abrigo de todo riesgo importante, no juega ya el papel discriminante y eliminador que aseguraba en la «naturaleza», y cuyo efecto era privilegiar a las mejores estirpes en el plano de la supervivencia diferencial y la reproducción. De donde el temor, apoyado con mil ejemplos, de una «degeneración» global (tema ya aclimatado por la psiquiatría hereditarista) de las poblaciones humanas al nivel de sus características biológicas. De donde en fin la recomendación de medidas institucionales de intervención correctora y compensatoria tendentes a restaurar la calidad biológica del grupo por la introducción de una selección artificial aplicada a sus miembros. Ahí se encuentra el núcleo teórico del eugenismo moderno, y ya hemos visto hasta que punto Darwin se oponía a ello. La extraordinaria complejidad de las relaciones entre eugenismo y darwinismo social en los diferentes paises que fueron el teatro de la difusión de las ideas nacidas de la biología moderna, es tal que ninguna regla absolutamente constante podría ser formulada en cuanto a una homogeneidad doctrinal realmente estable, a excepción quizás del esquema de base que acaba de ser descrito (falta de selección natural ⎯→ degeneración ⎯→ selección artificial). En USA, que es a la vez el territorio de la exportación masiva del «darwinismo social» ultraliberal de Spencer (que no implicaba, al menos en su fundador, la prescripción de medidas eugenistas o racistas) y una tierra de inmigración multirracial, de esclavitud y de segregación, el eugenismo esterilizador de los Davenport y los Laughlin incidió cruelmente durante un largo período que comenzó hacia 1904. Los «débiles de espíritu», los portadores de enfermedades «hereditarias» y los pobres son los blancos de este terrrible movimiento. Análogas prácticas se desarrollan en los paises escandinavos. En Alemania, la gran figura de Ernst Haeckel, naturalista lamarckiano fundador del «Social-Darwinismo» nacional, se mezcla al eugenismo y al Kulturkampf bismarckiano, desarrollando en sus obras de vulgarización los temas de la eutanasia y de la «selección espartana», que se reencontrarán en el corazón de los temas claves del nazismo, preparado ideológicamente por los «higienistas raciales» Ploetz, Rüdin, Eugen Fischer y muchos otros. Las medidas nazis de esterilización humana se desplegarán entre 1933 y 1940, y el programa de eliminación de los judíos, considerados como disgénicos, será aplicado a continuación. En Francia, el eugenismo de un Vacher de Lapouge permanece estrechamente unido a los eslogans de un «darwinismo social» poco matizado, y las declaraciones eugenistas permanecerán esencialmente no aplicativas, aunque la proximidad de Alemania y de la depuración nazi hagan soñar más tarde a algunos médicos tales como el gobiniano René Martial. El eugenista más conocido en Francia fue quizás el médico (emigrado a USA) Alexis Carrel, autor de la célebre obra L'Homme, cet inconnu (1935), mediocre repetidor del discurso ordinario de la higiene racial alemana y del eugenismo esterilizador americano, partidario declarado en 1936 de las medidas nazis de depuración biológica de la raza, y promotor de la utilización de las cámaras de gas para el tratamiento «humano y económico» del problema planteado a la sociedad por ciertos delincuentes y enfermos mentales. Carrel, que crea y dirige bajo la autoridad del Mariscal Pétain una «Fundación francesa para el estudio de los problemas humanos» con vocación eugenista, muy próxima de la que el noruego Mjöen proyectó en 1915, y que envia a sus equipos a encuestar sobre la «calidad biológica» de las familias inmigrantes durante la Ocupación. Carrel, que sueña con una «aristocracia biológica heredi-taria» y con el fin de la democracia. Carrel, de cuyo nombre Francia desembaraza hoy sus calles y universidades, en un movimiento de toma de conciencia que estamos contentos de haber contribuido a suscitar (ver Bonnafé y Tort, 1992). Carrel, que no cuenta ya hoy con más admiradores y furiosos defensores que algunos médicos de extrema derecha, un insípido historiador del CNRS, e ideólogos del Frente Nacional. De Darwin al nazismo, la vía es sinuosa y atravesada de corrientes cuya característica común es la traición del pensamiento integralmente desarrollado de Darwin. La verdad sobre lo que Darwin ha escrito sobre el Hombre debe ser buscada no en la obra en la cual no lo menciona (El Origen de las especies), sino en aquella en la que habla de él (El origen del Hombre). El transformismo darwiniano en antropología era un humanismo materialista abierto sobre una ética asimilativa y opuesta a toda forma de opresión y coerción desigualitaristas. Uno de los méritos del Dictionnaire es sin duda el de permitir a los lectores el acceso a los textos que definitivamente efectúan esa demostración. Será preciso repetir aún muchas veces, a falta de conseguir que se lea El origen del Hombre con la inteligencia requerida por su articulación en el seno de la coherencia dialéctica de la teoría selectiva, que Darwin no era ni eugenista, ni racista, ni neo-malthusiano, ni imperialista, ni proesclavista, sino muy exactamente el enemigo de todos estos dispositivos de fuerzas ideológicas que han intentado recurrentemente utilizar su prestigio científico para dotarse del anclaje naturalista que necesitaban tras cada una de sus resurgencias. Darwin tomó claramente posición contra la eugenesia propuesta por Galton 4; se comprometió personalmente contra el racismo oponiéndose, en tanto que miembro de la Ethnological Society, al racismo reivindicado por James Hunt y la Anthropological Society, y argumentando esta posición ética en El origen del Hombre 5; por otra parte, habiendo tomado de Malthus un elemento de modelización matemática que aplicó a las dinámicas de crecimiento de las poblaciones vegetales y animales sobre territorios limitados en cuanto a sus recursos, rehusó la aplicación de las recomendaciones malthusianas a las sociedades humanas 6; combatió igualmente los efectos de extenuación física y moral de las poblaciones indígenas introducidos en ultramar por la violencia mortífera de la dominación colonial; odiaba la esclavitud y cualquier forma de humillación brutal del hombre por el hombre, como puede comprobarse leyendo el Viaje de un naturalista, las cartas a Asa ----Gray sobre la esclavitud de los Negros en los Estados del Sur de USA después de la Guerra de Secesión7, y, una vez más, El origen del Hombre. El mantenimiento pertinaz, contra la evidencia lógica, histórica y textual, de los errores que consisten en convertir a Darwin en responsable de todas las plagas desigualitaristas y supremacistas, no puede ser totalmente inocente en quienes detentan desde siempre la posibilidad de acceder a las fuentes. Contra estos «errores», entre otros, se alza hoy el Dictionnaire du darwinisme et de l'évolution. La ya vieja obligación de oponernos a lo que, en la sociobiología contemporánea, ha retomado a su cargo la errónea pretensión del antiguo «darwinismo social» -la de encarnar el darwinismo integral en lo que algunos querían ver sus consecuencias más extremas-, no fue una pérdida de tiempo8. Además de que nos permitió analizar un ejemplo característico de ideología para-científica con fuerte grado de recurrencia, nos permite hoy, por la explicitación de la lógica restaurada de la teoría darwiniana, mostrar cómo -a la inversa de las interpretaciones no competentes que fueron largo tiempo dominantes por el hecho de adecuarse a intereses ideológicos muy determinados-, Darwin hace posible un materialismo extendido a la ética y a la comprensión científica de los datos y los actos de la conciencia humana. En el movimiento dialéctico de autosuperación de la dinámica selectiva, que desembaraza de toda causalidad trascendente la emergencia de la civilización como reino de los valores ético-sociales, Darwin efectúa el descubrimiento genealógico sin el cual el racionalismo laico no puede valer como base gnoseológica para una comprensión coherente de lo que otros han llamado el fenómeno humano. En el mismo gesto que autoriza esta inteligencia y la libera, Darwin, que acaba su recorrido naturalista por la indicación sin equívoco de lo que constituye la especificidad de la civilización (el paso al reverso de la selección), funda la existencia legítima de las ciencias del hombre y de la sociedad como ciencias pertinentes de un objeto complejo, el cual, por ser precisamente el punto de emergencia de vías evolutivas inéditas, ha convertido en específico el aparato destinado a su conocimiento. DARWIN ANTI-EUGENISTA Con ocasión de un artículo sobre el «eugenismo francés» publicado en el número de junio de 1995 de La Recherche, el Señor Alain Drouard (quien ha consagrado gran actividad a intentar establecer que el médico vichista Alexis Carrel, partidario declarado en 1935 de la utilización de gases letales contra diversas categorías de delincuentes y enfermos mentales, miembro del Parti Populaire Français pro-nazi durante la ocupación alemana, admirador de Mussolini y aprobador de las primeras medidas nazis de depuración biológica de la raza, era un humanista víctima de un «efecto de posición y sobredeterminación histórica» promotor de una eugenesia solamente «positiva») declara, con ayuda de citas incompletas, a Darwin eugenista. Aunque hoy en día parezca superfluo a los especialistas responder una vez más a este contrasentido, se invitará a su autor a leer el párrafo siguiente de El origen del Hombre, en el que Darwin habla en su propio nombre (la tergiversación más frecuente consiste, por el contrario, en aislar párrafos en los cuales el naturalista inglés se refiere y examina las tesis de algunos de sus contemporáneos como si fuesen asumidas por él): «Nuestro instinto de simpatía nos impulsa a socorrer a los desgraciados; la compasión es uno de estos productos accidentales de este instinto que hemos adquirido originalmente, al mismo título que los otros instintos sociales de los que forma parte. La simpatía, por otra parte, por las causas que ya hemos indicado, tiende siempre a convertirse en más amplia y más universal. No podríamos restringir nuestra simpatía, admitiendo incluso que la inflexible razón hiciese de ello una ley, sin atentar a la parte más noble de nuestra naturaleza. El cirujano debe hacerse inaccesible a todo sentimiento de piedad en el momento en el que practica una operación, porque actúa por el bien de su paciente; pero si, con propósito deliberado, olvidara a los débiles y a los enfermos, no podría tener en perspectiva más que una ventaja eventual, al precio de un mal presente considerable y cierto. Debemos pues sufrir sin lamentarnos, de los efectos indudablemente perniciosos que resultan de la persistencia y de la propagación de los seres débiles.» «A medida que el hombre avanza en civilización y que las pequeñas tribus se reúnen en comunidades más numerosas, la simple razón indica a cada individuo que debe extender sus instintos sociales y su simpatía a todos los miembros de la misma nación, aunque no le sean personalmente conocidos. Alcanzado este punto, sólo una barrera artificial puede impedir a sus simpatías extenderse a todos los hombres de todas las naciones y todas las razas. La experiencia demuestra, desgraciadamente, cuanto tiempo es preciso antes de que consideremos como nuestros semejantes a los hombres que difieren considerablemente de nosotros por su aspecto exterior y sus costumbres.» Al final de El origen del Hombre (cap. XXI, «Conclusión principal»), Darwin, que defiende sus propias conclusiones contra todas las formas de selección artificial aplicada a las sociedades humanas, escribe: «No es necesario pues emplear medio alguno para disminuir mucho la proporción natural en la que aumenta la especie humana, aunque este aumento entrañe numerosos sufrimientos». Se trata de no poner trabas mediante ningún artificio coercitivo o limitativo al libre juego de una competición en la que los individuos, cualquiera que sea su origen social, deben tener oportunidades iguales de probar su valor. Darwin defiende en todos sus términos el derecho de los más pobres a la procreación, pues «debería en ello haber concurrencia abierta para todos». El malthusianismo es rechazado de entrada porque contradice el principio mismo de la continuación de la selección natural en el seno de las sociedades humanas. Pero es preciso no olvidar que las modalidades de esta «continuación» son éticas, esto es opuestas a la versión eliminatoria, suplantada en la evolución, de la selección natural. El intervencionismo social de Darwin es pues reequilibrador: se trata de restablecer las condiciones de una igualdad de oportunidades de cara a la obligación civilizacional de producir «un gran número de hombres bien dotados», es decir haciendo el mayor caso del altruismo y la solidaridad. «No querría pertenecer a los Tories, aunque no fuera más que por su sequedad de corazón con respecto a la esclavitud, lo que debería ser un escándalo para las naciones cristianas». «Me regocija el corazón conocer como marchan los acontecimientos en Inglaterra. ¡Hurra por los honestos Whigs! Espero que ataquen pronto a esta lacra monstruosa de nuestra tan alabada libertad: la esclavitud colonial. He visto suficiente de la esclavitud y de las disposiciones de los negros para estar disgustado por las mentiras y las estupideces que se oyen a este respecto en Inglaterra». «Algunos, entre los cuales me encuentro, desearían incluso que el Norte emprendiera una cruzada contra la esclavitud, aunque el sacrificio costase la vida a millones de hombres. A fin de cuentas, la causa de la humanidad sería una amplia compensación por un millón de horribles muertes. ¡Tiempos extraordinarios los que vivimos! ¡Como me gustaría ver abolida esta maldición, grande entre todas: la esclavitud!»
El Darwinismo fue defendido en Portugal en la Universidad y por los partidos políticos progresistas durante la década de los años 60 del siglo XIX. El neo-darwinismo fue ignorado en su tiempo y así continuó la aceptación de la herencia de los caracteres adquiridos a lo largo de las primeras décadas del siglo XX. Los profesores de biología, con formación médica, de la Universidad de Oporto apoyaban en los primeros años del siglo XX las teorías neo-lamarckianas. El primero fue el profesor de botánica Américo Pires de Lima (1886Lima ( -1966)), cuya disertación doctoral defendiendo el darwinismo temprano y el neo-lamarkismo se presentó en 1912. En este trabajo se comenta y discute esta tesis, así como unas pocas publicaciones neo-lamarckistas de importancia antropológica.
H.a de la Ciencia, Instituto de Historia, CSIC La difusión del darwinismo estimuló un gran interés sobre los fenómenos asociados con la herencia fisiológica en el período 1870-1930. Los anarquistas españoles, aunque no se interesaron específicamente por las causas de la herencia y la variación, sí manifestaron una preocupación evidente sobre sus potenciales efectos. De hecho, la analogía entre herencia y memoria, normalmente asociada con teorías neolamarckianas, fue extremadamente útil a la hora de racionalizar aquellos aspectos de la realidad histórica y social que eran más difíciles de aceptar desde un punto de vista libertario. La introducción de ese laxo complejo que llamamos darwinismo estimuló un enorme interés sobre la herencia o más bien sobre el fenómeno global de la generación. Obviamente, antes de Darwin ya existía una larguísima historia de especulación sobre la naturaleza y causas de la herencia fisiológica. Pero con la expansión del darwinismo llega también una novedad esencial. La herencia ya no solo era importante para explicar la semejanza entre progenitores y descendencia, sino que se convirtió en elemento clave de cualquier teoria de la evolución o del origen de las especies. Ahora bien, era precisamente la falta de una teoría aceptable sobre las causas de la herencia y la variación, la que demostró ser una de las debilidades más notables del darwinismo primitivo. De hecho, hasta que se consolida la llamada revolución mendeliana a principios del siglo XX, no se puede hablar de un consenso científico emergente en torno a las causas de la variación y la herencia fisiológicas 1. Si la confusión sobre la cuestión era grande dentro de la comunidad científica, no lo podía ser menos dentro del núcleo dirigente de los libertarios españoles. Uno de los anarquistas más influyentes en su época, el catalán Joan Montseny, pensaba que la herencia era «la tendencia que tiene el organismo humano a desarrollarse a semejanza de los que lo engendraron» 2. Sin embargo, aquí se establecían distinciones no siempre claras. El propio Joan Montseny afirmaba «que la ley de herencia existe para el cuerpo», mientras que «las cualidades que necesariamente han de residir en el modo de ser del cerebro, nacen y mueren en el mismo individuo» 3. De hecho, los anarquistas españoles ciertamente no estaban interesados en el fenómeno general de la herencia. Cuando se hablaba de ley de herencia se estaba pensando en humanos, no en animales y plantas. Y aún ahí el nivel de coherencia no era especialmente grande. En realidad lo que se heredaba y lo que no se heredaba dependía decisivamente de lo que se hablaba en cada momento. Cuando se trataba de oponerse desde una posición ambientalista a las teorías de Cesare Lombroso y su escuela, se negaba tajantemente la posibilidad de heredabilidad de la conducta criminal 4. Y, sin embargo, cuando había que explicar lo inexplicable, la presencia dentro de un Pueblo sacralizado -o incluso dentro del reducido núcleo de obreros conscientes-, de conductas y actitudes opuestas al ideal libertario, se hablaba sin tapujos del influjo de la regresiva herencia e incluso de un atavismo que a veces nos retrotrae a un pasado prehumano. Así, el patriarca del anarquismo español, Anselmo Lorenzo, quien definía el atavismo como «la reproducción individual o en parte de estados fisiológicos y morales, propios de épocas pasadas, diferentes del medio ambiente», afirmaba que éste no sólo explica la existencia de la súbita reaparición del «hombre con cola ----1 La sensación de fracaso científico generalizado, en lo que respecta a la teoría de la herencia, es visible en el filósofo evolucionista Herbert Spencer: «En la reedición de la Biología (...) hace notar que (...) fracasan sin remisión todas las teorías de la herencia establecidas, la teoría «pangenésica» darwiniana, la de la «continuidad del plasma germinal» de Weismann, y lo mismo su propia teoría de las «unidades fisiológicas», y llega a la siguiente conclusión: «Tenemos que reconocer sencillamente que el fenómeno de la herencia excede a toda comprensión. No basta decir: no lo conocemos. Debemos decir: no podemos ni siquiera comprenderlo»». 2 MONTSENY, J. (1896), Sociología anarquista, La Coruña, p. 4 Sobre la introducción de las ideas criminológicas de Césare Lombroso en España: MARISTANY, L. ( 1973 (...) y pies como garras», sino también del «impúdico, el incestuoso y hasta el antropófago, lo mismo entre las gentes incultas que entre los que han recibido educación más distinguida» 5. Así pues, mas que una visión coherente sobre los fenómenos de la herencia, se usaban distintas versiones de su rol biológico e histórico en función del contexto inmediato. En este artículo exploraremos la explotación ideológica de la analogía entre herencia y memoria que, como veremos, permite racionalizar algunos aspectos especialmente molestos del presente y pasado históricos. Lógicamente, hay que referirse al marco teórico implícito dentro del cual se desarrollaba dicho uso. Lo primero que hay que decir, es que no hay indicios de que el redescubrimiento de las leyes de Mendel en torno a 1900 6 causaran ningún efecto en los medios libertarios. Ello no debe extrañar, teniendo en cuenta que el Mendelismo no fue recibido con especial entusiasmo fuera de la comunidad científica anglosajona 7. Algo parecido se puede decir de la teoría del plasma germinal que August Weismann desarrolló a lo largo de los años 1880, y que venía a postular que el cuerpo era incapaz de influir en la información genética que pasaba de una generación a otra 8. Se estaba muy lejos de establecer una distinción neta entre genotipo y fenotipo: El atavismo, permite, incluso, explicar la conducta aparentemente aberrante de los niños. Tal es el caso del anarquista gaditano Fermín Salvoechea, quien en su folleto La contribución de la sangre (1900), afirmaba que «la manera instructiva con que el niño persigue a la mariposa y en su bobo deseo de apoderarse de todos los organismos inferiores que le rodean, se nota claramente la fuerza de la herencia y el lazo que nos une con nuestros antepasados los demás animales. 8 Weismann, además, eliminó del darwinismo todas las influencias lamarckianas originales, afirmando que la selección natural era el único mecanismo evolutivo. La definición extremadamente laxa de lo que se entendía por darwinismo dio paso a otro mucho más rígidamente seleccionista. El campo de la biología evolucionista se dividió entre neodarwinistas y neolamarckianos (vid. al respecto: BOWLER, P.J. (1985), El eclipse del darwinismo. Teorías evolucionistas antidarwinistas en las décadas en torno a 1900, Barcelona, Labor, pp. 50 y 149; RADL, E.M. (1988), Historia de las teorías biológicas. Desde Lamarck y Cuvier, Madrid, Alianza, p. El neodarwinismo encontró pronto poderosos enemigos en el antiguo campo darwinista. El caso más llamativo es el del filósofo inglés Herbert Spencer, para quien no se podía concebir la idea de que la constitución genética del individuo (su genotipo) no se refleja necesariamente en su apariencia física (su fenotipo) 9. Los anarquistas, como la inmensa mayoría de sus contemporáneos, trabajaban dentro de los límites de una tradición premendeliana que veía al organismo como un sistema integrado y autorregulado. Una tradición en la que era inconcebible el pensar en que el material genético estuviese completamente aislado del cuerpo. Una forma de ver la cuestión que inducía a pensar que toda teoría que tratase de explicar la herencia y la variación debía comprender el proceso de desarrollo individual. Desde este punto de vista, la variación debía de producirse en conexión con alguna distorsión en el proceso de desarrollo individual o en la embriogenia, y no, como se postuló posteriormente, como un evento que habría de suceder en el propio material genético. Ciertamente, se podría pensar que las variaciones ocasionadas por dichas distorsiones podrían ser azarosas (opción preferida por el propio Darwin 10 ), pero ---negar la herencia de los caracteres adquiridos era como «poner en duda la posibilidad misma de la evolución biológica.» Citado en GAUPP, O. (1930) (1985), «Weismann and Evolution», Journal of the History of Biology, 18, 239-295 y en una linea parecida: HEGEL, R-D., (1992), «August Weismann one of the First Synthetic Theorists of Evolutionary Biology», en WOODWARD, W.R. y COHEN, R. (eds.), World Views and Scientific Discipline Formation, Dordrecht, 259-267), historiadores de la ciencia como Peter J. Bowler consideran que el biólogo alemán no dió el paso decisivo que si dieron los mendelianos: operar una clara ruptura entre el proceso de desarrollo y la transmisión de caractéres. 9 Como es bien sabido, existen dos hechos puestos en evidencia por los experimentos de Mendel con los guisantes que hacen posible pensar en esos términos: a) los caracteres de los progenitores no se mezclan -como era la creencia común-sino que se transmiten sin cambios de una generación a otra; b) algunos caracteres recesivos pueden ser enmascarados por sus equivalentes dominantes o alelos, pero pueden reaparecer sin cambios en las generaciones posteriores. La distinción entre genotipo y fenotipo fue acuñada en 1909 por Wilhelm Johannsen: Vid. JOHANNSEN, W. 10 La historiografía clásica sobre Darwin ha destacado normalmente aquellos aspectos de la teoría que son más coherentes con nuestra visión moderna del darwinismo. Desde este punto de vista, se destacan los estudios biogeográficos de Darwin y se le suele presentar como naturalista. Sin embargo, algunos autores han señalado que sus estudios sobre la fisiología de la reproducción, llevados a cabo dentro de también se podía suponer que dichas variaciones representan el desarrollo en el organismo de una respuesta positiva a algún desafío ambiental. Esta última versión era la preferida por los anarquistas españoles en todo lo referente a la herencia humana. De hecho, herencia, variación, y herencia de los caracteres adquiridos parecían una misma cosa a ojos de nuestros libertarios 11. Dicha preferencia implícita o explícita por una posición lamarckiana no debe extrañar. Encontraba, en primer lugar, un sólido apoyo dentro del consenso darwinista inicial. Un consenso extraordinariamente flexible, que concedía un papel importante a la herencia de los caracteres adquiridos. Los sistemas biológicos y filosóficos de dos figuras eminentes en la época, Ernst Haeckel y Herbert Spencer, descansaban, en gran medida, sobre una posición neolamarckiana en todo lo referente a la herencia 12. El propio Darwin concedió un papel creciente a la herencia de los caracteres adquiridos. La Medicina del momento venía a ofrecer un buen número de testimonios que se utilizaban en favor de la misma 13. De hecho, si se pasaba por alto -como en este ---una tradición muy distinta al enfoque de la Genética moderna, fueron de gran importancia: la evolución no sólo era función de la geografía y la adaptación, sino del crecimiento y la reproducción. 11 En la influyente Revista Social, por ejemplo, se leía en 1882 que la «influencia del medio produce al principio ciertos cambios en la organización» que «después se transmiten a los sucesores acentuándose más». Carlos Darwin», La Revista Social, 50,3. Este tipo de identificación se daba entre importantes divulgadores de la ciencia como Ludwig Büchner. Su caso es especialmente relevante por la influencia directa que tuvo en anarquistas como Gaspar Sentiñón. Según Büchner, todo lo referente a la tendencia a variar de los organismos no tendría valor alguno, «si no estuviera apoyado por la transmisión o facultad de heredar las modificaciones adquiridas. Hay que tener en cuenta que la creencia en la herencia de los caracteres adquiridos, es decir la idea de que «los caracteres que se adquieren accidentalmente, accidentalmente se pierden, mientras que aquellos que perduran con el tiempo se terminan fijando en la especie o variedad», estaba muy extendida en Europa mucho tiempo antes de que Lamarck y Darwin lo incorporaran «a sus esquemas especulativos.» CASTRODEZA, C. (1988), Teoría histórica de la selección natural, Madrid, p. 13 No hay que olvidar el papel clave de la Medicina del XIX, en especial la francesa, a la hora de consolidar y difundir muchas de las ideas más aceptadas sobre la herencia. Los fenómenos generales asociados con lo hereditario, que los médicos habían reconocido y que trataban de considerar luego para su tratamiento de lo patológico, fueron luego vistas como también importantes para una comprensión de lo normal. Según López Beltrán la «primera estructura de nuestro moderno concepto de herencia biológica fue (...) proporcionada por estas distinciones médicas.» Lo interesante, desde nuestro punto de vista, es que una gran parte de los médicos de la época pensaban que las enfermedades o sus consecuencias debilitadoras podían ser heredadas. De hecho, como caso-, la escisión del campo evolucionista que provocó la difusión de la teoría de Weismann a partir de los años 1880, se podía ser darwinista y aceptar a la vez la herencia de los caracteres adquiridos. Por otra parte, a primera vista, una posición blanda en lo referente a la herencia tiene indudables ventajas políticas. No pocos veían en la criminalidad, la locura, la degeneración o la desigualdad humana, como la mera proyección a la realidad social de las diversas capacidades o discapacidades innatas de los individuos que eran, por definición, fijas y esenciales. Frente a ello, la utilización de la herencia de los caracteres adquiridos que hacían los anarquistas españoles, era solidaria de un ambientalismo extremo que subrayaba la maleabilidad de la naturaleza humana. Joan Montseny, más conocido por su seudónimo Federico Urales, afirmaba, por ejemplo que «los agentes exteriores que dan vida a mi vida, tienen más influencia en mi ser que la propia primera sustancia que dio vida y forma a mi persona» 14. El teórico anarquista Ricardo Mella creía que se «ha demostrado, principalmente por Darwin, que el cambio de condiciones, influye soberanamente en el organismo físico...» 15 No sólo se trataba de desacreditar la idea de que la estructura social fuera un fiel reflejo del desigual reparto de dones naturales. Subyacía, además, el problema de que las teorías duras de la herencia solían verse como una forma de legitimación de un hereditarismo extremo. La creencia de que las capacidades físicas y psicológicas de los individuos estaban rígidamente predeterminadas ab initio, venía no sólo a sugerir la idea de que la educación, el esfuerzo de mejora individual o la propia acción política tenían efectos inevitablemente limitados o simplemente nulos. Podía ofrecer legitimidad a especulaciones y a políticas concretas, que van desde el terreno de la eugenesia al Derecho Penal, orientadas por la idea general de que la única forma de asegurar un mínimo de calidad biológica en las poblaciones humanas, pasaba por la progresiva eliminación de aquellos linajes humanos irremediablemente ineptos. La ansiedad ante esta amenaza se refleja claramente en un destacado personaje ligado al anarquismo madrileño, Ernesto Alvarez: «Admitida la criminalidad como "pecado original", como triste legado hereditario, no hay necesidad de reformar los usos y las costumbres, cambiar las condiciones sociales (...) ¿Cómo alterar las leyes naturales? ¿Cómo extirpar socialmente aquel delito que tiene su origen en los misterios de la concepción y su guarida en el claustro materno?» 16 ---afirma Peter J. Bowler, «los médicos no distinguían entre lo que llamamos herencia y la transmisión de un efecto de la madre durante el proceso de crecimiento: ambos eran considerados aspectos de un concepto de herencia mucho más amplio.» 14 Por el contrario, una posición neolamarckiana podía ser utilizada para asegurar que hay una continua retroalimentación entre naturaleza y medio social, entre herencia y medio. Un nuevo carácter sólo puede ser adquirido si el organismo no está rígidamente determinado por la herencia. Los efectos continuados del esfuerzo individual, la educación o la acción política podían tener efectos positivos en la materia indefinidamente proteica de los individuos. Y no sólo eso, la idea de que el nuevo carácter -positivo-pueda ser fijado por la herencia permitía pensar que los efectos beneficiosos de las mejoras introducidas en el ambiente podrían llegar a tener un valor cuasi permanente para el stock biológico de la raza. Urales, por ejemplo, pensaba que «mejorando» el ambiente, se mejoraba «la salud de los que van a ser padres y los prepara para engendrar seres más sanos y fuertes» 17. Mella, inspirado por Spencer, piensa en un futuro utópico en que el sentimiento de obligación, residuo internalizado de la coacción social, desaparecería en un futuro no determinado 18. Progreso social y progreso biológico iban necesariamente de la mano, siendo el último, en la mayoría de las ocasiones, una consecuencia del primero. Pero si una posición neolamarckiana podía ser utilizada para asegurar un horizonte optimista para la sociedad futura, la sociedad post-revolucionaria, también podía servir para dar cobertura a un diagnóstico pesimista -moral, biológico y socialsobre los efectos nefastos de las formas de organización social presentes y pasadas 19. En el caso que nos ocupa, el pensar que la herencia no era sino un «ambiente retrospectivo» 20, permitía imputar a la acción del medio social la mayoría de los males presentes en los organismos y mentes de los individuos: si la degeneración y sus ----Oteiza en la redacción de la Revista Social. Finalmente, se encargará de la publicación de La Protesta, aparecida primitivamente en Valladolid (1899), y posteriormente en Algeciras entre 1901 y 1902. AUBERT, P.; BREY, G: GUEREÑA, J.L.; MAURICE, J. y SALAUN, S. (1986), Anarquismo y poesía en Cádiz bajo la Restauración, Córdoba, pp. 66-67. diversas manifestaciones existen, ello se debe a causas que remiten en última instancia a una defectuosa forma de organización social 21. Ahora bien, conviene establecer claramente los límites de esta lealtad con respecto a los mecanismos lamarckianos de variación y herencia. Nada hay parecido a un debate sobre las distintas versiones de la teoría de la herencia que empezaron a circular en las últimas décadas del XIX y las primeras del XX. No parece que los anarquistas españoles estuviesen interesados o, simplemente, conocieran los detalles del debate entre neolamarckianos y sus oponentes 22. De hecho, en este debate se implicó el teórico anarquista más importante del momento, el ruso Pedro Kropotkin, quien, aparte de criticar ferozmente a Weismann, defendía una síntesis entre lamarckismo y darwinismo en donde la selección natural ocupaba un papel subordinado con respecto a la acción directa del medio sobre los organismos. Sin embargo, los anarquistas españoles, normalmente dados a traducir todo lo que salía de la pluma de Kropotkin, no hicieron mención a la importante serie de artículos del ruso sobre la cuestión 23. Dicho de otra forma, aunque de las fuentes se pueda deducir que se acepta explícita-----21 Vid. al respecto: GIRÓN, A. (1999). «Metáforas finiseculares del declive biológico: degeneración y revolución en el anarquismo español», Asclepio, 51, 247-273. 22 De manera oscura, en alguna ocasión se hace referencia a la herencia de los caracteres adquiridos como posible alternativa a la «falsa» teoría de la lucha por la existencia. Tal es el caso de Anselmo Lorenzo que, de manera muy confusa, menciona como mecanismos evolutivos distintos del combate por la vida a la «herencia» y a la «selección natural (sic), o adaptación transmitida hereditariamente de todas las influencias que gravitan sobre el ser viviente...» LORENZO, A. ( 1890 mente o implícitamente una posición lamarckiana, ello no implica que los libertarios españoles hicieran del lamarckismo una bandera científico-política. La opción por una visión lamarckiana de la herencia se establece más en un nivel casi inconsciente, como la derivación casi natural de ver el organismo como un todo autorregulado en donde el material hereditario es de alguna forma manufacturado por los organismos de los padres. Y de ahí solo falta un paso para pensar que dicho material hereditario memorizaría de alguna forma las alteraciones sufridas por el cuerpo de los progenitores. De hecho, en algunas ocasiones se hizo explícita este estrecha analogía entre herencia y memoria. Ello se hace patente, tanto en personajes cercanos al movimiento libertario español como en intelectuales a los que se tenía en gran estima. Por ejemplo, la primera directora de la Escuela Moderna, la francesa Cleménce Jacquinet, afirmaba que «la herencia (...) no es más que un recuerdo, una memoria inconsciente» 24. Autores de frecuente lectura entre los anarquistas españoles, como es el caso de Max Nordau, precisaban aún mas el sentido de esta analogía cuando señalaban que la «herencia viene a ser respecto de la especie lo que la memoria es para el individuo» 25. No son afirmaciones desconectadas del clima intelectual científico y cultural de la época. Las llamadas teorías mnémicas de la herencia, ligadas con el interés creciente por los procesos inconscientes, gozaron de una enorme popularidad entre 1870 y 1930 26. De entre aquellos científicos que elaboraron un punto de vista semejante sobre la herencia, destaca, una vez más, la figura de Ernst Haeckel 27. Pero Haeckel no sólo estableció una explícita conexión entre herencia y memoria. La llamada ley biogenética fundamental, más conocida como teoría de la recapitulación, tuvo una enorme influencia durante las últimas décadas del XIX. Su postulado fundamental era que «la historia de la evolución individual, o la ontogenia, es una breve y rápida repetición, o una recapitulación de la historia evolutiva, paleontológica, o sea de la filogenia...» 28 En los dominios de la Psicología y Antropología, la aplicación de la ----24 JACQUINET, C. (1902), «La educación rectifica la herencia», Boletín de la Escuela Moderna, 4, 41-44; p. Según Lilly Litvak, el autor alemán Max Nordau estuvo muy conectado con los círculos intelectuales españoles. La primera obra de Nordau traducida al español fue precisamente Las mentiras convencionales de nuestra civilización, realizada por Salmerón en 1887 (LITVAK, L. (1990), «Modernismo, anarquismo y fin de siglo», pp. 113 y 124.). En el caso de los anarquistas españoles es significativo señalar el entusiasmo de Anselmo Lorenzo ante la obra de Nordau citada (Vid. 28 HAECKEL, E. (1878), «Sentido y significación del sistema genealógico, o teoría de la descendencia», La Revista Europea, 228, 1-9; p. Como es bien sabido la teoría de la recapitulación no es original de Haeckel (vid. Radl (1988), pp. 207-209; MENGAL, P. (1993), «Introduction», en MENGAL P. (coord), teoría a la psicogénesis indujo a representar la mente como una sucesión de estratos en la que los inferiores corresponden con los más primitivos desde el punto de vista evolutivo 29. Dicho de otra forma, en lo más profundo del hombre civilizado subsisten el animal y el salvaje, aún cuando no se sea plenamente consciente de ello. Ciertamente, dada la imagen usualmente peyorativa del primitivo y del animal, este enfoque teórico llevaba al pesimismo. Mientras que los instintos ancestrales y feroces habitaban en estratos profundos de nuestra mente, lo más recientemente adquirido por efecto de la civilización y la educación, sólo era una capa superficial que disfrazaba o ocultaba la naturaleza antisocial del homo sapiens 30. Por otra parte, dicho pesimismo enlazaba con un tipo de literatura que conectaba explícitamente herencia y perdición. Autores de gran predicamento en el anarquismo hispano, como es el caso de Ibsen o Zola 31, recogían en el vocabulario cientifista de ----Histoire du concept de récapitulation. Sin embargo, hay muy pocas dudas de que en Haeckel ocupaba un papel central, y que pocos biólogos como él gozaron de una popularidad tan grande fuera de los medios científicos. Un ejemplo de cómo se vulgarizaba dicho concepto en los medios próximos a los libertarios nos lo da una vez más Cleménce Jacquinet: «...la vida de cada uno recuerda sumariamente la historia de la raza a que pertenecemos.» 29 Esta aplicación de la teoría de la recapitulación fue ampliamente usada por los criminalistas de la escuela lombrosiana. Tal es el caso de A. Nicéforo: «La teoría de la estratitificación del carácter aparece confirmada por los estudios de psicología infantil (...) El salvaje es un niño grande; el niño es un salvaje en miniatura. Todos, por consiguiente, llevamos en el fondo de nuestro carácter estratificaciones animales y bárbaras, donde yacen los sentimientos propios del animal y del salvaje.» Para tener una imagen más elaborada de la aplicación de la teoría de la recapitulación por parte de Lombroso: PESET, J. y PESET, M. (1975), Lombroso y la escuela positivista italiana, Madrid, CSIC, pp. 254-255. 30 Según G. Sergi, famoso positivista italiano y profesor de Antropología y Psicología en la Universidad de Roma, la «evolución no ha destruido los sentimientos primitivos antisociales y feroces, sino que los ha reprimido solamente, ocultado o disfrazado. la época un tema de resonancias ancestrales que ya estaba presente en la tragedia griega o en la Biblia Se trataba de la idea de que el individuo «está sujeto a fuerzas más altas, a fuerzas que vienen de atrás, de tiempos en que el individuo no existía» 32. Esta corriente de pensamiento era bien conocida por los anarquistas españoles. De hecho, en la revista Acracia aparece un texto de Max Nordau que resume a la perfección un determinado clima intelectual: «En cada ser viven las ideas de los antepasados bajo la forma de recuerdos frecuentemente inconscientes u obscurecidos, pero siempre presentes, bastando un impulso exterior para manifestarse y dominarle; y tan impotentes somos para sustraernos a su yugo como de determinar los rasgos de nuestra fisonomía y nuestro cuerpo» 33. Ciertamente, los anarquistas españoles no estuvieron preocupados tanto por el proceso concreto por el que reaparece nuestro pasado más primitivo, como por sus consecuencias. Constituyéndose la animalidad en el polo negativo del devenir histórico del homo sapiens, cabe atribuir a su reaparición súbita todo aquello que no puede ser admitido por una dogmática racionalista. La guerra, por ejemplo, es concebida como un retorno a la brutalidad primitiva 34. Pero más allá de esto, es en los principios que rigen la propia forma de organización social, representada por la triada el Estado-Propiedad-Religión, donde es más perceptible la fuerza subterránea de la bestialidad atávica. Así lo afirma Josep Prat en 1907: «...la llamada "cuestión social" es un problema humano. Es toda la humanidad, son todas las clases sociales de esta pobre humanidad doliente las que tienen que liberarse de la herencia de bestialidad que nos dejaron los animales inferiores, y cuyos bajos sentimientos palpitan todavía en nuestras vetustas instituciones religiosas, políticas y económicas...» 35 Ahora bien, la emancipación no es tarea fácil. La idea, es decir, la penetración del ideal anarquista en el Pueblo, se ve obstaculizada por el contrapeso de dicha herencia bestial. Pero no sólo en el Pueblo. La contradicción entre la teoría y la praxis en el núcleo de los obreros conscientes, la evidencia de que la resocialización radical impulsada por la subcultura anarquista no ha conseguido quebrar la contradicción entre ----32 RADL, E.M. (1988), p. Las referencias a la guerra como un regreso a la animalidad primitiva o a nuestro pasado salvaje, son relativamente frecuentes en los libros de propaganda antimilitarista como Antimilitarismo reivindicado por los firmantes (1904), Patriotismo y colonización (1904) y Cuaderno Manuscrito. Recapitulación de pensamientos antimilitaristas. 35 Fragmento del prologo de J. Prat a JACQUINET, C. (1907), Ibsen y su obra, Valencia, p. el ideal ácrata y unos comportamientos guiados todavía por una sociabilidad tradicional, se trata de racionalizar a través del recurso al atavismo. Prat, por ejemplo, constataba que la «anarquía no ha podido aún triunfar ni en el corazón de los hombres ni transformar sus costumbres porque aún no se adentró lo bastante en el cerebro de la mayor parte de los que se dicen anarquistas para poder ser una guía segura de sus actos...» Sin embargo, la idea se encontraba ante un obstáculo formidable ya que debiera constituirse en una «fuerza moral que se sobreponga y anule atavismos y herencias que acaso no se destierren en una o dos generaciones». Y no todo es cuestión de voluntad revolucionaria. Frente a la amenaza del substrato bestial no se encuentran fácilmente soluciones: «No nos falta a los anarquistas este deseo, pero no sabemos como desprendernos del chimpancé primitivo y hereditario que a todos nos gruñe más o menos en el cerebro.» 36 Lo que sí es claro es el ideal a alcanzar: un Hombre sacralizado, concebido como pura racionalidad (con capacidad de reflexión total), y por tanto con una absoluta auto-soberanía. Se trata de un sujeto incondicionado y con mayúsculas. Un ser que no debiera ser la víctima de una animalidad, de unos instintos primordiales que se esconden en los pliegues más ocultos de la mente, del inconsciente. El objetivodifícil-es aniquilar ese residuo bestial que se concibe como el polo negativo de la plena humanidad. Algunos, como es el caso de Ricardo Mella en 1912, piensan que la Revolución debiera acelerar decisivamente el proceso: «...habremos de proseguir, en la medida de nuestras posibilidades, la obra de hacer conciencias (...) exaltar la razón sobre el instinto, aniquilar la animalidad para que el hombre surja soberano de sí mismo. La bestia interior gobierna todavía el mundo. La revolución acabará con ella» 37. El artículo de Prat es un alegato contra el fanatismo dentro de las filas libertarias. El desencadenante parece ser la oposición de un sector importante del movimiento libertario a la aparición de una nueva publicación. Obsérvese hasta que punto el lenguaje esta permeado de resonancias darwinistas: «Tu querías un periódico que fuese una fuerza intelectual cooperando con otras fuerzas intelectuales en la formación del progreso social, y la gran masa del partido te responde ¡Vade Retro! (...) ¿Qué es esto amigo mío? ¿Struggle for life o kropotkiniana asociación para la vida? Muy probablemente, Prat se este refiriendo a la fuerte polémica que mantendrá durante estos años Tierra y Libertad y Acción Libertaria. Urales, bastantes años después, en 1934, retomará la idea de que nos dirigimos a un Hombre con mayúsculas definido por una conciencia de sí absoluta, y por tanto, con una absoluta soberanía de sí mismo: «...el hombre viene del animal todo instinto; en que, el pensamiento, en el instinto se forma; en que el instinto va perdiendo valor así que la conciencia lo gana, y en que el razonamiento es ya la causa de la mayor parte de los actos humanos. Pues bien, este camino que no ha de interrumpirse porque es ley biológica, porque es ley universal, porque está en la especie, está en la tierra y en el sol, conduce a la razón pura, a la responsabilidad completa y, como consecuencia a la completa libertad (...) ¿Para qué esta lucha y esta fase evolutiva si el fin de ella no Existe aquí un foco de tensiones, cuando no de contradicciones, que no se salva. A partir de los años 1890, y mucho más claramente, en los primeros años del siglo, la influencia de Kropotkin, y otros autores, lleva a una parcial reivindicación de los primitivos y las sociedades animales 38. De hecho, se llega a decir que los elementos constitutivos de la vida social, -la solidaridad, el altruismo-son herencia de nuestro pasado evolutivo. El propio Prat en 1903, afirmaba que el «hombre no ha hecho más que agrandar, perfeccionándolo, este espíritu de solidaridad que se halla ya en los demás animales inferiores, antepasados suyos, de los cuales ha surgido, y de los cuales lo heredó» 39 Entran aquí en colisión la imagen de la historia humana como la ascensión constante desde unos orígenes miserables (representados por la animalidad), y la idea de que la sociedad es una realidad prehumana, natural, anterior en todos los sentidos al Estado. Por otra parte, cuando se trató de atacar la tesis lombrosiana de la criminalidad nativa como pervivencia atávica, se puso en cuestión ocasionalmente el cliché de la ferocidad primitiva. Es el caso del citado Mella en 1913, quien en su artículo, «Salvajismo y ferocidad», critica que se afirme «sin pruebas, la maldad, la bestialidad y la ferocidad del hombre primitivo, reservando para el hombre civilizado una bondad y un humanismo, que si corona triunfalmente la teoría, no por ello está de acuerdo con la realidad». Es más, en una observación bastante perspicaz, cuestiona el uso de la teoría de la recapitulación como supuesto soporte científico de la idea de que la criminalidad no es sino la expresión del animal interior que pervive en los pliegues más ocultos de la mente humana: «Por otra parte, animalidad no quiere decir fatalmente ferocidad. Hay animales fieras; hay animales dulcemente pacíficos. No está demostrado que el hombre sea una fiera en evolución o en domesticación humanizadora, aun 'cuando la biología pruebe que somos el resumen biopsicológico por que ha pasado la especie hasta la aparición del individuo'. Todo lo que se quiera, respecto a las fases por las que pasa el embrión del hombre, siempre quedará en pie la dificultad insuperable de unificar todas las especies en una común característica, sea de fiereza, sea de bondad» 40. Hay que decir que, a pesar de ello, la visión peyorativa de la animalidad es dominante 41. Tampoco las amenazas acaban ahí. Aniquilar el animal interior que se constituye en el símbolo vivo de las bases sobre las que está construida la sociedad presente no es suficiente. La herencia de los caracteres adquiridos no sólo hace posible ---hubiese de ser la formación del hombre dueño de si mismo, del hombre propiamente llamado tal? URA-LES, F. (1968), La evolución de la filosofía en España, Barcelona, pp. 225 que en nosotros perviva el pasado prehumano del género, sino también las ideas, costumbres y prejuicios de nuestros antepasados plenamente humanos. En cierto sentido la historia se hace naturaleza, se incorpora de manera literal. Ya no bastaba, como se decía en La Federación en 1871, que «las generaciones infestadas del horrible virus religioso, y que ya tienen un pie en el sepulcro, desciendan a él cuanto antes» 42. El virus religioso, de hecho, se transmitía de generación en generación. Hacer tabla rasa de la historia se convertía en una tarea ímproba: El pasado no sólo se objetivaba en instituciones obsoletas como el Estado, la Iglesia o la Propiedad, sino que siglos de educación religiosa, de sumisión y servilismo se introducían en los cuerpos y las mentes de todos con la insidiosa y frecuente complicidad del inconsciente. La Historia, nefasta, vive dos veces. Ya en 1889, en el Segundo Certamen Socialista, Ricardo Mella, haciéndose eco con toda probabilidad de planteamientos esgrimidos anteriormente por Herbert Spencer, trataba de explicar el origen histórico de la tendencia a la obediencia a la autoridad política. Según el planteamiento del anarquista gallego, es en el tránsito desde la libertad nómada a la cooperación societaria, en el que se produce un extenso periodo de estado de guerra donde en virtud del uso-herencia, «arraigan poco a poco en los hombres las ideas de sumisión y obediencia tanto por adaptación necesaria al medio social como por herencia fisiológica.» 43 Evidentemente, la internalización de este tipo de disposiciones se convertía en una seria amenaza para una ideología que rechazaba la política como elemento de mediación en las relaciones humanas. Pero el anarquismo era también un proyecto encaminado a crear un hombre nuevo desde base enteramente racionales. Desde este punto de vista, la persistencia de conductas irracionales o de pasiones humanas como los celos solían ser explicadas como el resultado del proceso de inculcación formal o informal que se produce en una sociedad donde la religión, la superstición o el respeto a la propiedad privada ocupan un lugar eminente. El problema se hace más grave cuando la herencia de los caracteres adquiridos permite que la acción nefasta del medio social se perpetúe en las generaciones sucesivas. Anselmo Lorenzo, por ejemplo, afirmaba que las «pasiones arraigadas en el tiempo, transmitidas por la costumbre y aún aumentadas por la selección [nota del autor: Lorenzo confunde herencia de los caracteres adquiridos y selección ----42 Redacción (1871), «Sección varia», La Federación, 74, 3-4; p. 59.El recurso a la influencia hereditaria para explicar la tendencia a la aceptación de la autoridad política y la sumisión al sistema legal no es exclusivo del anarquismo español. El ruso Pedro Kropotkin, uno de los dirigentes anarquistas internacionales más influyentes afirmaba que la «idea que el ser humano tiene de su incapacidad le hace concebir la conveniencia de la ley y ésta (...), influye en los actos del hombre de tal modo, que alcanza fuerza hereditaria». De ahí concluía que «el hábito y la herencia nos obligan a tener que elegir director». 1. natural] y consagradas por las leyes forman una masa enorme de funestas influencias y de grandes obstáculos (...) que a todos obligan, coartan y determinan...» 44 Pero no se trata sólo de los individuos. Algunos anarquistas, como Ricardo Mella, postulaban un modelo alternativo de sociedad nueva en el que el sistema legal y la coerción del Estado serían sustituidos por la acción de la censura del grupo social inmediato. Sin embargo, es el propio espíritu colectivo el que está corrompido por las falsas preocupaciones y las costumbres ridículas. No poco de esto procede de «la herencia». La emancipación de estos «errores tradicionales» no es tarea fácil ya que es el propio Estado y sus leyes, los que «por medio de organismos de desmoralización y de espionaje, mantienen y fomentan los efectos de la transmisión hereditaria» 45. Como se puede deducir de lo dicho hasta ahora, el planteamiento que hacen los anarquistas españoles sobre la cuestión parte, en apariencia, de un ambientalismo extremo. Los seres humanos son, en gran medida, el resultado combinado de la acción de los medios sociales del presente y del pasado: no hay una bondad o maldad nativas desde un punto de vista estricto. En cierto sentido se puede decir que la naturaleza humana se socializa enteramente. Sin embargo, la imagen esencialista y racionalista del hombre, especialmente arraigada en la ideología política del anarquismo español, supone un freno poderoso a esta tendencia aparente. Existe un núcleo duro de la naturaleza humana -caracterizado, entre otras cosas, por su bondad-no moldeable por los ambientes presentes y pasados. La razón no es una razón situada social e históricamente, sino una esencia trans-histórica. De hecho, la contradicción entre ese empirismo nominal extremo y la visión esencialista de las cosas (donde la Razón, el Hombre y la Naturaleza actúan como entes sacralizados), no se salva 46. Por otra parte, la Historia, es decir, todo el devenir del homo sapiens desde la formación de las primeras agrupaciones sociales hasta la sociedad presente, se solía ver como una sucesión de estadios en que el progreso industrial y científico son evidentes. Pero mucho más evidente parece que ese devenir arrastra un defecto de naci-----miento: las sociedades presentes y pasadas perpetúan la división entre amos y esclavos, aristócratas y siervos, burgueses y proletarios, dominadores y dominados 47. La incorporación del pasado mediante la herencia de los caracteres adquiridos no hace, en este sentido, sino reforzar esta tendencia a la perpetuación del mal moral y social. Y más que de incorporación cabe hablar de infección o de lesión 48, ya que no se trata tanto de moldear la materia indefinidamente proteica del individuo, sino de la inserción de unas disposiciones negativas que se superponen patológicamente sobre el sustrato esencialmente bueno del ser humano. Puede que todo esto sea criticable desde el punto de vista lógico, pero representa claros beneficios ideológicos. El mal no viene de una Naturaleza sacralizada, sino de una organización social viciosa. Joan Montseny, por ejemplo, llegaba a afirmar que «la naturaleza en sí, sin participación extraña, no produce enfermos.» No existe tampoco criminalidad «natural» como querían hacer ver Lombroso y sus discípulos, porque, en definitiva, las «enfermedades hereditarias, estas enfermedades que nos presentan como defectos naturales, y por consiguiente como obstáculos naturales también, para la reforma social que los anarquistas propagamos, son producidas por la sociedad y por ellas fomentadas» 49. Y no sólo la enfermedad mental y la criminalidad no son naturales, tampoco lo son las bases sobre las que se constituye la familia burguesa. Según afirmaba en 1903 Andrés Cruz, uno de los traductores de La moral anarquista de Pedro Kropotkin, «la actual constitución de la familia» obedece, «como en los primeros tiempos de las organizaciones políticas, a un plan social puramente autoritario, y su mayor fuerza estriba en la propiedad individual y en las costumbres atávicas, pero a ningún sentimiento natural y espontáneo». En una significativa contradicción señalaba, además, que los «gritos de la sangre son los de la regresiva herencia, que da carácter de sentimientos innatos y naturales a los que no son sino hijos del hábito» 50. ----47 Subyace a esto una imagen eminentemente bifásica del proceso histórico, en «el cual la frontera entre la era del conflicto y la de la realización plena del hombre viene trazada por un acto puntual, la insurrección urbana, de barricada, al que seguiría en el planteamiento republicano, el sufragio universal y la integración económica del proletariado en la sociedad burguesa, y en la anarquista "la liquidación social", la disolución de la vieja sociedad y la abolición del Estado». ELORZA, A. (1990), «La cultura de la revuelta en el siglo XIX», en Maurice, J., Magnien, B. y Genevois, D.B. (dirs.), Pueblo, movimiento obrero y cultura en la España contemporánea, París, 127-139; pp.138-139. 48 A veces en un sentido casi literal. Es el caso de Joan Montseny (en este caso utiliza el seudónimo de Federico Urales), quien pensaba que el hábito inculcado por la religión católica de despreciar la carne, la materia, había tenido como resultado una generación que era incapaz de sentir placer: «La existencia de hoy no es placer, por el atavismo que han dejado en nuestro cerebro y organismo generaciones, que considerando el sufrir como un gran bien para el alma, maltrataron la materia y la dejaron incapaz para sentir y para desear placeres». Por tanto, la herencia se sitúa en el lado de las fuerzas que se oponen al cambio social: las costumbres, los hábitos colectivos, lo no reflexionado o inconsciente como lastre del progreso humano. Frente a este magma indiferenciado se alzan como motores privilegiados del progreso humano la razón individual y, como no podía ser de otra manera, la Ciencia51. Algunos no anarquistas, como Nordau en una serie de artículos aparecidos en Acracia en 1887, eran pesimistas a este respecto. Nordau pensaba que «en la esfera de lo inconsciente, la superstición primitiva continúa obrando, gracias a la ley de herencia», que ello explicaba cómo «la superstición (...) se manifiesta en personas de ilustración excepcional» y concluía que «se necesitarán miles de siglos para que el hombre venga inclinado por su nacimiento a considerar los fenómenos del mundo y de la vida de una manera científica y racional, cien generaciones le habrán precedido en esta vía»52. Un anarquista como Anselmo Lorenzo no estaba dispuesto a esperar tanto. En nota al calce al texto de Nordau aceptaba «el valor científico de las afirmaciones del autor sobre la herencia» pero rechazaba «el pesimismo que sustenta». El anarquista toledano pensaba que «la duda, el escepticismo y las convicciones científicas individuales (...) constituyen atenuantes importantísimos a la transmisión hereditaria de la superstición, y acerca el periodo del dominio absoluto de la ciencia»53. Y si frente a la superstición está la ciencia, frente a la irracionalidad del pasado (las pasiones) sólo pueden estar, una vez más, la razón, el pensamiento. Pero, ¿qué tipo de pensamiento? Lorenzo en el Segundo Certamen Socialista (1889) manifiesta ----su preferencia por la utopía. El espíritu de rebeldía, la «investigación científica», ofrecen nuevos argumentos para la crítica de la sociedad presente, y, sobre todo, «abren horizontes a la imaginación» 54. Ahora bien, aquí Lorenzo quiere dar una solidez a la fuerza de la imaginación utópica. La herencia conservadora, ahora preserva ese carácter adquirido, es decir, nuevo que constituye toda exploración sobre lo posible en el terreno sociopolítico. Y así, la herencia, mantenedora casi siempre de la «rutina», se «convierte en sostenedora de las ideas que germinan y fructifican, hasta declarar caducos los antiguos moldes humanos y dar vigor y pujanza a las corrientes de nueva vida para que, a semejanza de las revoluciones geológicas, dejen reducidas a la categoría de estratificaciones a las antiguas sociedades...» 55 Ya no es solo el espíritu de rebeldía, la imaginación utópica. En el proyecto iluminista del anarquismo español de transformación de la sociedad y del individuo sobre bases racionales ocupaba un lugar eminente la educación. Aquí también preocupaban los efectos nefastos de la herencia. Montseny creía que limpiar el residuo hereditario que habitaba en la mente infantil era uno de los objetivos prioritarios de la labor educativa 56. Más significativo es que en el círculo de Francisco Ferrer Guardia también preocuparan los efectos negativos de la transmisión hereditaria. En el Boletín de la Escuela Moderna, se constata que por «ley de herencia» se acentúan las tendencias pasivas de los jóvenes, que es esta misma ley la causa de que el niño sea «egoísta», y se propone como objetivo fomentar «la evolución progresiva de la infancia evitando atavismos regresivos» 57. De hecho, para la primera directora de la Escuela Moderna, la francesa Cleménce Jacquinet, «la educación es el antídoto de la herencia». Sin embargo, la perspectiva pedagógica desarrollada por Jacquinet difería de la de Urales. No se trataba de efectuar una acción directa sobre el niño (limpiar su mente), sino de elaborar una estrategia indirecta basada en establecer las condiciones ambientales propicias que atenúen o detengan el desarrollo de las tendencias negati-----vas latentes. Es decir, que lo que «el educado requiere es un amoroso e inteligente condicionante que de un lado le distraiga de los elementos del medio que le hacen desarrollar las malas disposiciones hereditarias, y del otro lado, que le impulse a absorber substancia del ideal destinado a ser la realidad del mañana» 58. Pero aquí Jacquinet detecta un grave problema. Admitir que la herencia fija los caracteres adquiridos, ya sea por una influencia ambiental difusa, ya sea por la mera inculcación puede llevar a consecuencias turbadoras. La responsabilidad del pedagogo y el educador se amplía espectacularmente. El influjo de la acción educativa se puede extender a generaciones sucesivas. Desde este punto de vista, tiene gran importancia una pregunta de difícil respuesta que se hace Jacquinet: «¿Qué caracteres (...) conviene hacer adquirir y fijar en nuestros hijos?» 59 Concluyendo, diremos que los anarquistas españoles, aunque nunca desarrollaron una reflexión coherente sobre el debate existente sobre los mecanismos responsables de la herencia fisiológica, aceptan implícitamente la lamarckiana herencia de los caracteres adquiridos. La conexión establecida hasta la saciedad entre herencia y memoria entre los años 1870-1930 en el discurso científico y literario, se articula de manera muy particular en el anarquismo español y no se reduce desde luego a la difusión piramidal de una serie de conocimientos difundidos por las elites culturales. La analogía herencia/memoria permite dar un apoyo científico, una explicación más o menos convincente a la persistencia de aquellas disposiciones individuales y colectivas que obstaculizan la emergencia del hombre nuevo antes y después de la Revolución. Lo hereditario, que se identifica fácilmente con lo inconsciente, el animal interior o simplemente con prejuicios o costumbres tradicionales, se convierte en un obstáculo formidable a la hora de hacer tabla rasa de la Historia. Visto así, el recurso a la herencia se subordina a un esquema narrativo mayor que le precede y que tiene su sustrato último en las raíces ilustradas de la ideología del anarquismo español: la regresiva herencia es un elemento más de las metáforas que aluden a la lucha entre ----58 JACQUINET, C. (1902), pp. 42-43.. 59 Fragmento de «Factores de educación social», incluido en JACQUINET (1907), p. Aunque Jacquinet fue la primera directora de la Escuela Moderna, ya en el tercer año deja de formar parte de la gestión pedagógica de la escuela, y abandona su colaboración con el Boletín de la Escuela Moderna. En opinón de Pere Solà, la sustitución de Jacquinet, quien dio el tono pedagógico-ideológico de los primeros años de la Escuela, marca un camino (encabezado por el propio Ferrer y Anselmo Lorenzo), que abandona lo que se consideraba excesivo neutralismo ideológico de la francesa. Sin embargo, esta nueva orientación no dejo de ser criticado por algunos anarquistas, como Ricardo Mella, quienes criticarán el doctrinarismo de las escuelas racionalistas (ALVAREZ JUNCO (1991), pp. 537-538). Ahora bien, este género de críticas, en opinión de Pere Solà no hacen sino seguir una línea muy parecida a la indicada por Jacquinet anteriormente. SOLÀ I GUSSINYER, P. (1977), «Escuela y educación para una sociedad autogestionada: la aportación de la pedagogía racionalista de F. Ferrer», en MONÉS, J., SOLÀ, P y LÁZARO, L.M. (1977), Ferrer Guardia y la pedagogía libertaria, Barcelona, 59-113; p.
En el período estudiado el espiritismo se desarrolla en Francia con un gran vigor. En su seno surge, desde el primer momento, una «medicina espiritista», heredera del precedente magnetismo animal, que se pone en práctica a través del sujeto/objeto de las experiencias espiritistas: el/la médium. Una característica de esta medicina es la sistemática apropiación de los descubrimientos realizados por las ciencias socialmente reconocidas, especialmente la medicina académica y la física, a menudo en franco conflicto con estas mismas ciencias. Se señalan las correspondencias entre el discurso espiritista y el espiritualista en sus dos versiones principales en ese momento (la religión y los trabajos de las Societies for Psychical Research anglosajonas) y se muestran los conflictos entre la doctrina espiritista y los desarrollos contemporáneos de la psicología experimental, la neurología clínica y el psicoanálisis. Las fronteras epistemológicas que separan lo oculto de lo que sería la ciencia fluctúan no solamente según los momentos de la historia, sino también según los actores o los autores que las definen 1. Lo oculto y la medicina se han entrecruzado a menudo, y el espiritismo fue uno de los espacios más duraderos de este encuentro. Esta religión que se dice científica tuvo desde su nacimiento en 1857 una «medicina espiritista» que se apoyaba sobre una interpretación del cuerpo humano, de su estructura, de su salud y de sus males. Estaba anclada en concepciones teóricas y prácticas anteriores, en particular en las del magnetismo animal, las del sonambulismo magnético y, luego, las de la hipnosis. Estos saberes y estas prácticas se actualizaron constantemente en función de los descubrimientos médicos. Los últimos decenios del siglo XIX se caracterizan por una excepcional floración de la prensa ocultista: revistas y periódicos teosóficos, magnéticos y espiritistas en particular, así como por la proliferación de lugares de reunión: salones, sociedades científicas 2, incluso congresos médicos, donde se dan cita psiquiatras, neurólogos y psicólogos que trabajan sobre la hipnosis, las enfermedades mentales y nerviosas, y espiritistas cuya ambición es promover una nueva ciencia psíquica. LOS ORÍGENES: UNA NUEVA CONCEPCIÓN DEL HOMBRE. El fundador de esta nueva religión, Allan Kardec -seudónimo de Hippolyte Léon Denizard Rivail (1804-1869), profesor de enseñanza secundaria, gran lector, curioso y apasionado por las ciencias de su época-se sintió intrigado por los movimientos de las «mesas giratorias», moda procedente de los Estados Unidos llegada a Europa en 1853 3. En un primer momento investigó las causas puramente físicas o fisiológicas del fenómeno: electricidad, dilatación de la madera, energía mecánica, movimientos inconscientes... Luego, estimando que las mesas respondían inteligentemente a las preguntas formuladas haciendo sonar golpes según un orden preestablecido, dedujo que se trataba de algo muy diferente. En efecto, esas cosas misteriosas se identifican: ----son Espíritus; y esos seres invisibles indican muy pronto otros medios más rápidos y más eficaces de comunicación. Se apoderan de las manos de personas dotadas, en adelante llamadas médiums, para transmitir comunicaciones escritas, método que los surrealistas denominarán «escritura automática» algunas décadas más tarde. El propio Kardec, no siendo médium, trabaja con personas que lo son. Primero se trata de mujeres que han practicado el sonambulismo magnético, y en ese estado de conciencia modificado van a responder a las preguntas muy precisas que Kardec les formula4. Pero para los espiritistas el sonambulismo y la condición de médium no son de la misma naturaleza. «El sonámbulo actúa bajo la influencia de su propio Espíritu: es su alma quien, en los momentos de emancipación, ve, oye y percibe más allá de los límites de sus sentidos (...) El médium, por el contrario, es el instrumento de una inteligencia ajena»5. De este modo se elabora, en algunos años, la «Biblia» de los espiritistas: Le livre des Esprits, publicado en 1857. Tiene la estructura de un catecismo, compuesto esencialmente por preguntas formuladas por Kardec a los Espíritus y por las respuestas dadas por las sonámbulas con las que aquél trabajó. El espiritismo se presenta como una nueva revelación, la tercera después de la de Moisés y la de Jesús, adaptada a los tiempos modernos de la ciencia y con un carácter doble, pues «tiene a la vez una parte de revelación divina y otra de revelación científica» 6; divina por su carácter providencial, ya que no depende de una iniciativa humana, y científica porque la doctrina «se deduce a partir del trabajo del hombre, de la observación de los hechos (...) El espiritismo procede exactamente de la misma manera que las ciencias positivas, es decir, aplica el método experimental» 7, pero... a las cosas metafísicas. Por esta vía, los espiritistas colisionan de lleno con las concepciones dominantes del positivismo y del cientismo, que se oponen a la investigación de semejantes causas primeras. Ahora bien: los espiritistas llevan a cabo experiencias que no sólo les conducen a ese tipo de causalidad; aún más, toman por hipótesis de trabajo esas causas primeras, a saber, la existencia de entidades extraterrestres procedentes de lo divino, los Espíritus. Para estos espiritualistas, la ciencia materialista, la de los científicos alemanes en particular, pero también ----la de un Littré, es una ciencia prostituída que da de lado a lo esencial. La escritura «automática» y los movimientos de objetos no se consideran experiencias susceptibles de aportar pruebas sobre la existencia de estos hechos, sino que son la prueba de la existencia de los espíritus. Las mesas, las tablillas y luego la mano del médium espiritista se mueven porque los espíritus existen. Así, para Kardec no se trata de una hipótesis de partida según la cual los espiritistas habrían imaginado a los espíritus como medio de explicar los fenómenos. Al contrario, es el fenómeno mismo, la mesa que habla, quien revela la palabra, espíritu. «En las ciencias exactas -escribe Kardec-se plantean a menudo hipótesis para tener una base para el razonamiento; pero aquí no es ese el caso, en absoluto»8. A partir de aquí, para los espiritistas, la existencia de los espíritus es irrefutable, es la Verdad porque está demostrada; no necesita de la fe, como el catolicismo. La tablilla o la mano del médium son capaces de escribir textos que tienen sentido porque son movidas por los espíritus. No existe otra explicación racional posible tan sencilla y evidente para estos fenómenos. El espiritismo propone una interpretación del mundo y de los hombres. Para comenzar, el universo está regido por dos fuerzas: «el elemento espiritual y el elemento material; de la acción simultánea de estos dos principios nacen fenómenos especiales que son naturalmente inexplicables si se hace abstracción de uno de ellos (...). El espiritismo, al demostrar la existencia del mundo espiritual y sus relaciones con el mundo material da la clave de una multitud de fenómenos incomprendidos y considerados por eso mismo como inadmisibles por una cierta clase de pensadores»9. El mundo está poblado de «Espíritus», de los que algunos pueden vivir en la tierra, pero también en muchos otros lugares. Estos Espíritus constituyen el mundo espiritual, el único importante. El mundo corporal es, en efecto, secundario. El planeta Tierra es un lugar entre millones de otros, mal situado en la jerarquía de los Espíritus, que son en efecto desiguales: los más elevados son los ángeles o espíritus puros, los más cercanos a lo divino, desprovistos de toda materialidad y, en consecuencia, ajenos a una vida en planeta alguno. Sin embargo, cualquiera que sea su nivel de partida, todo Espíritu progresa gracias a encarnaciones sucesivas. Así, Dios ha elegido la tierra y la especie humana para la encarnación de espíritus llegados a un cierto grado de desarrollo. El Espíritu puede reencarnarse sea porque debe expiar faltas cometidas en vidas anteriores, sea porque ha sido enviado en misión para ayudar a los precedentes a hacerse mejores. ----En cuanto al hombre, está formado por tres elementos: el primero es «el cuerpo o ser material análogo a los animales 10 y animado por el mismo principio vital» 11 que tiene su fuente en el fluido universal o magnético. Kardec conoce, como la mayor parte de sus contemporáneos, el magnetismo animal, su práctica y sus fundamentos teóricos, así como el sonambulismo magnético, que es para él un estado diferente de la condición de médium, siendo ésta la única que permite una relación con los espíritus. El segundo elemento es el alma o ser inmaterial, el espíritu encarnado en el cuerpo. Existe, por fin, un lazo entre el alma y el cuerpo: el periespíritu, una especie de envoltura semimaterial, gran invención del espiritismo y elemento nodal de su coherencia teórica. Para los cuidados del cuerpo stricto sensu, la medicina espiritista se apoya esencialmente en las prácticas procedentes del magnetismo animal y sobre la convicción en que existe un fluido magnético: «la enfermedad es el resultado de numerosas alteraciones del fluido vital (Dr. Régnier)» 12. El magnetismo es considerado como una ciencia de pleno derecho. Su acción terapéutica es, con la mayor frecuencia, atribuida a este fluido, un agente invisible que emana del cuerpo humano. En La Revue spirite, numerosos informes de experiencias dan cuenta de «la acción evidente de un principio que se despega del cuerpo del magnetizador y que influye a distancia a la persona sometida a la acción de este principio» 13. En los años 80 del siglo XIX los espiritistas llaman la atención sobre los efectos benéficos del hipnotismo y conocen los trabajos de los médicos de Nancy Auguste Liebéault (1823-1904) e Hippolyte Bernheim (1840-1919), a quienes admiran porque difunden el conocimiento del magnetismo y sus beneficios terapéuticos. La reputación de la clínica del Dr. Liebéault, abierta en las afueras de Nancy, permitió en efecto curar por el sonambulismo magnético a un gran número de pacientes y hacer renacer estas prácticas que Bernheim descubrirá a su vez en 1882, introduciéndolas en su servicio hospitalario, donde desarrollará ampliamente experiencias sobre la hipnosis. Por otra parte, los espiritistas se permiten un amplio eclecticismo: vegetarianos a menudo, homeópatas, los lazos entre Mesmer y Hahnemann son subrayados frecuentemente 14. Sin embargo, cierto número de cuidados son suministrados por no médicos, y para sortear las condenas por ejercicio ---- ilegal de la medicina, algunos médiums, sobre todo mujeres, trabajan con médicos u oficiales de salud que firman las prescripciones que les dictan sus colaboradoras15. Otros preconizan simplemente tratamientos sin medicamentos, arguyendo que «el magnetismo, el masaje y otras aplicaciones de ciencias similares constituyen un tratamiento natural y racional, sin aplicar ni prescribir remedios», tratamiento que tiene más que ver «con la fisiología y la psicología que con la patología», fórmula ésta que deja perplejo. Así, el 28 de marzo de 1893 se constituye en París un sindicato «de magnetizadores, masajistas, fascinadores, sugestionadores, médiums sanadores y cualesquiera otros que traten sin medicamentos»16. La ley de 1892, que tenía por objeto adaptar el encuadramiento del ejercicio de la medicina, había sido votada el año precedente, suprimiendo los oficiales de salud y no conservando más que un solo tipo de práctico: el doctor en medicina. A partir de este momento se emprendió una serie de persecuciones contra los magnetizadores, hipnotizadores, curanderos y otros charlatanes, lo que explica sin duda la creación de este curioso sindicato. Sin embargo, si los espiritistas se interesan por el cuerpo de los hombres, por su parte orgánica y material, se preocupan sobre todo por las relaciones entre su espíritu y su cuerpo. Para ellos, la muerte no es sino la destrucción del cuerpo, envoltura grosera del Espíritu que conserva, sin embargo, el periespíritu a su disposición en el más allá. Esta envoltura fluídica es normalmente invisible para los hombres, pero el Espíritu puede hacerla visible excepcionalmente, e incluso tangible, si lo desea. Esta capacidad explica el fenómeno de las apariciones. Este nexo entre el cuerpo y el espíritu que es el periespíritu es, pues, esencial. Esta segunda envoltura existe durante la vida corporal: es «el intermediario de todas las sensaciones que percibe el Espíritu, aquello por lo que el Espíritu transmite su voluntad al exterior y actúa sobre los órganos: para servirnos de un símil material -escribe Kardec-es el hilo conductor eléctrico que sirve para la recepción y la transmisión del pensamiento. Es ese agente misterioso, intangible, designado con el nombre de fluido nervioso, que desempeña un papel tan grande en la economía y que aún no se tiene en cuenta en medida suficiente en los fenómenos fisiológicos y patológicos» 17. Este periespíritu está compuesto por una materia extremadamente sutil, a la vez «fluídica» y material, y sus usos terapéuticos son, desde luego, numerosos, Permite en particular resolver la cuestión fundamental del nexo entre espíritu y materia, ya que el espíritu se ve dotado de «atributos fisiológicos» bajo ----esta forma «fluídica», semejante a fenómenos eléctricos que recorren esos hilos conductores que son los nervios. De este modo el espiritismo puede presentarse como «la» nueva ciencia psíquica. Kardec utilizará el término «psíquico», aunque prefiere el de «psicológico». Journal d'études psychologiques la revista que funda en 1858. Como veremos, sus sucesores jugarán mucho con las palabras, usando a menudo el término «psicología experimental» a fin de poder participar en los congresos científicos del fin de siglo18. En efecto, en este momento, «el término consagrado, directamente traducido del inglés, para designar el estudio científico de los fenómenos paranormales era investigación(es) psiquica(s), y los espiritistas franceses lo sabían perfectamente» 19. Para fundar esta nueva ciencia psíquica o psicológica el espiritismo propone todo un conjunto de explicaciones extremadamente coherentes para todo tipo de fenómenos que tengan que ver con lo psíquico, y ofrece además múltiples terapéuticas. En primer lugar, siendo el fluido universal el elemento primitivo del cuerpo carnal y del periespíritu, un Espíritu poderoso, encarnado o no, puede proporcionar al cuerpo principios reparadores. Es capaz de curar instantáneamente a un enfermo, y así es como se explican los milagros. Por otra parte, en el nivel de los seres humanos las lesiones dolorosas del cuerpo repercuten sobre el espíritu al modo de una descarga eléctrica mediante el fluido periespiritual del que los nervios son hilos conductores. A la inversa, si el espíritu moviliza todo el fluido corporal, el cuerpo se volverá insensible e incluso podrá entrar en catalepsia o en letargia. La parálisis, a cambio, tiene otras causas: los nervios dejan de ser aptos para permitir el paso del fluido. Un médium puede también hacer intervenir un Espíritu para prestar cuidados. Así pues, existe un género de condición de médium que consiste principalmente en el don que «algunas personas poseen de curar por simple contacto, por la mirada, incluso por un gesto, sin la ayuda de medicación alguna. Se dirá sin duda que esto no es otra cosa que magnetismo. Es evidente que el fluido magnético desempeña aquí un papel importante; pero cuando se examina este fenómeno con cuidado, se reconoce sin dificultad que hay algo más» 20, a saber, la intervención de los Espíritus. Igualmente un buen Espíritu puede expulsar a uno malo: como ----la obsesión y la posesión significan que un Espíritu malo se ha apoderado del cuerpo, la intervención de un buen Espíritu permitirá la expulsión del malvado. Un buen médium o un magnetizador podrá producir el mismo resultado. El sanador Jean Béziat, que intervino en el 2o Congreso espiritista universal en 1913, declaraba: «Un día, una joven de Aubervilliers, Mlle. Marie C..., acudió absolutamente poseída por un mal espíritu que le obligaba a hacer excentricidades. M. Pillaut [su colaborador], logró, mediante exhortaciones, expulsar al mal espíritu que dominaba a esta infortunada» 21. La obsesión o la posesión pueden ser también colectivas cuando una nube de malos Espíritus se abate sobre un pueblo o un lugar, lo que ocurrió, según los espiritistas, en Morzine. En la primavera de 1857 una epidemia de posesión se apoderó de este pueblecito saboyano, en aquella época aún sardo. Después de que fracasaran los exorcismos realizados por el cura, y a pesar de un relativo éxito del magnetizador Lafontaine, que había sido llamado por algunos lugareños, las autoridades francesas -pues Saboya se había reincorporado a Francia en 1860-hicieron acudir a algunos alienistas que apenas consiguieron algo. Fue preciso esperar varios años para que el orden volviera 22. Los espiritistas consideraron esos fracasos repetidos como pruebas de su aserto: los malos Espíritus se habían apoderado de los lugareños. Y por fin, otra manera de curar: un médico espiritista podría, evocando a «aquellos de sus enfermos que han muerto, obtener informaciones sobre la causa de su muerte, los errores que hubiera podido cometer en el tratamiento, y adquirir así un incremento de experiencia (...) sobre todo si se hacía asistir por Espíritus ilustrados que suplirían la falta de conocimiento de algunos enfermos» 23. El postulado que hace del espiritismo una nueva ciencia psíquica es concebible a finales de la década de 1860 cuando Kardec y los espiritistas lo formulan. En efecto, después de la condena del sonambulismo magnético en Francia a finales de los años 30, las investigaciones sobre la hipnosis no se reanudaron en un marco científico, incluso aunque numerosos médicos continuaran utilizando la hipnosis como terapéutica. Además la psicología, en tanto que ciencia humana, no había nacido aún. 117. cebían mayoritariamente la locura en términos de enfermedad mental, que interpretaban de manera somaticista. Este concepto de degeneración nació de un cuestionamiento del alienista respecto de una población obrera pobre que intentaba curar en el asilo a su cargo. Morel piensa que el hombre, herido ya por primera vez por el pecado original, puede en todo momento desviarse de su tipo primitivo o normal por una herencia morbosa. Llama a esto degeneración, cuyas causas, así como los medios de combatirla, son a la vez psíquicos, morales y sociales, siendo, para él, las clases más pobres las más susceptibles de padecerla. Sin embargo, al estar dotado de una sólida fe católica, no desespera de la humanidad, pues cree en la sabiduría divina. En resumen: la llegada a Europa del fenómeno de las mesas giratorias en 1853, los de Morzine en 1857 y las apariciones de la Virgen María en Lourdes en 1858 traen al primer plano la cuestión de la porosidad de las fronteras entre lo natural y lo sobrenatural. Pero veinte años más tarde estos conceptos van a refundarse sobre nuevas bases: los espiritistas va a apoyarse entonces a la vez sobre las experiencias y los resultados obtenidos en materia de investigaciones sobre los fenómenos ocultos por las Societies for Psychical Research inglesa y americana (que no son espiritistas), sobre los descubrimientos en psicología y en fisiología, que interpretan según sus propios postulados, y sobre la ciencia magnética, que siguen considerando reconocida. Esta puesta al día teórica y práctica permite al espiritismo continuar pretendiendo ser «la» ciencia psíquica, y situarse de facto en total oposición a la psiquiatría, la psicología y el psicoanálisis. En 1896, la Revue spirite, al informar sobre un artículo de Jules Bois titulado «La nueva psicología», subraya el hecho de que las nuevas escuelas y doctrinas psicológicas son cada vez menos materialistas. Después de Charcot y Ribot y de la psicología fisiológica o patológica, han aparecido «los Liebéault, los Bernheim y los Bérillon», y «la hipnosis, y luego la sugestión, han inaugurado la 'psicoterapia' (...) una especie de tratamiento espiritual, un culto por la idea-fuerza, una atención y un homenaje creciente a las misteriosas influencias que deciden, mucho más que la química o la farmacia, sobre nuestro malestar y sobre nuestro bienes-----tar». Y poco a poco, «los nuevos psicólogos no sólo se comprometen con nuestras miserias corporales o psicofisiológicas, sino que también han tocado, con mano prudente y feliz, el más allá de la muerte»25. Los espiritistas serían, pues, los poseedores de la nueva ciencia psicológica. Así, a partir de los años 80 los espiritistas combaten violentamente a la vez contra la psiquiatría, la neurología y la psicología y sus terapéuticas médicas. No dejarán de intentar invalidarlas mediante una búsqueda constante de la existencia del periespíritu, y a través de una interpretación mediúmnica de la hipnosis fundada sobre el rechazo absoluto de la noción de inconsciente. Multiplican las experiencias con la ambición de demostrar la existencia de diferentes estados de la materia, de los cuales algunos serían aún desconocidos. En efecto, si la materia se presenta bajo muchas formas, sería posible explicar la existencia del periespíritu, pues esta envoltura fluídica del alma sería de orden material. Demostrar la realidad del periespíritu permitiría, de rebote, probar la sustancialidad del alma, la posibilidad de su reencarnación, la existencia de entidades extraterrestres y, en consecuencia, la posibilidad de cuidados diferentes de los suministrados por la medicina tradicional, psiquiátrica o no, y finalmente, invalidar la posibilidad de un yo dividido que las experiencias sobre sujetos en estado de hipnosis estaban poniendo sobre el pavés en los hospitales. Durante las últimas décadas del siglo XIX y la primera mitad del XX los espiritistas lucharán palmo a palmo contra el descubrimiento de un inconsciente como el que aflora en los trabajos sobre la hipnosis y... sobre la condición de médium. Oponen sistemáticamente sus interpretaciones a todos los fenómenos descubiertos en particular por los médicos Hippolyte Bernheim, Pierre Janet, Théodore Flournoy y Sigmund Freud. La hipnosis, estado de conciencia modificado cuyo origen y naturaleza se ignoran, es a la sazón uno de los fenómenos ocultos más conocidos por el gran público. Redescubierta en 1784 por el marqués de Puységur, denominada entonces «sonambulismo magnético», condenada luego en 1837 por una comisión procedente de instancias médicas reconocidas, no vuelve a encontrar un estatuto científico hasta que es observada en el medio hospitalario por médicos especialistas en enfermedades nerviosas, como Jean Martin Charcot (1825-1893) en la Salpê-----trière, quien hace de ella una «histeria experimental» en su comunicación a la prestigiosa Académie des Sciences en 1882, o como Jules Luys (1828-1897) en La Charité. Así, la hipnosis resurgía en el dominio médico y hospitalario, pero bajo una forma patológica. Ahora bien, la condición de médium espiritista deriva en línea recta, como puede recordarse, del sonambulismo magnético, ya que los primeros médiums «hablan» a los Espíritus en este estado de conciencia modificado. La medicina espiritista y sus médicos no pueden, pues, sino oponerse a la interpretación hospitalaria y patológica. Para los médicos espiritistas las médiums no son ni histéricas, ni locas: están sanas. En la Revue spirite se afirma que la hipnosis debe estudiarse sobre sujetos sanos; «si insistimos sobre este punto, es porque se ha abusado en exceso de la Salpêtrière para hacer experiencias hipnóticas muy curiosas, muy recreativas, pero nada científicas»26. Si bien en un primer momento los espiritistas estaban interesados en los trabajos de Charcot, muy pronto se rebelan contra las posiciones del neurólogo. En mayo de 1881, la Revue spirite, a través de la pluma de Charles Fauvéty, acusa a Pierre Régnard, colaborador de Charcot, de mala fe por negarse a hablar de magnetismo animal, «asunto prohibido a todos los que pretenden hacer carrera». Les indigna que a la pregunta «¿qué es el magnetismo animal?», Charcot responda que no tiene ni idea, que él estudia la histeria27. Sin embargo, son conscientes de la visibilidad que Charcot ha dado al magnetismo. «M. Charcot ha ampliado mucho el dominio del magnetismo que, bajo el nombre de hipnotismo, ha entrado ya en la ciencia»; pero le reprochan su deliberado rechazo a situarse en la línea del magnetismo «cuyo nombre este sabio profesor se abstiene de pronunciar» 28. Además, en tanto que representante de la ciencia oficial, le acusan de haber iniciado la confusión entre el magnetismo y «los fenómenos patológicos que [la ciencia oficial] clasifica bajo el nombre de hipnotismo en personas histéricas»29. Para muchos espiritistas, las experiencias de Charcot ponen de manifiesto simples fenómenos asociados a una acción fluídica, y cuando se crea la Societé de Psychologie physiologique de París en torno a Charcot, Théodule Ribot, Charles Richet y Pierre Janet, los espiritistas comparan esta iniciativa a la de los científicos ingleses inaugurando la Society for Psychical Research30. Mientras que el antagonismo con el neurólogo Jean Martin Charcot es absoluto, el médico Gérad d'Encausse 31 (1865-1916), jefe del laboratorio de hipnoterapia de la Charité, asociado al Dr. Jules Luys, médico especializado en trabajos sobre la hipnosis, el sistema nervioso y las funciones cerebrales, puede parecer, por el contrario, más próximo a los espiritistas. Encausse es, en efecto, más conocido por su nombre de ocultista, Papus. Próximo, primero, a los teósofos y a Héléna Blavatsky, se aleja luego de ellos y se independiza dirigiendo la revista L'initiation, cuyo primer número aparece en octubre de 1888 32. Crea luego Le Voile d'Isis y la Orden martinista. A sus conocimientos médicos y ocultistas añade los de los orígenes mesmeriano y puyseguriano del hipnotismo. A menudo viaja a Nancy para encontrarse con Stanislas de Guaita (1861-1897) 33 y allí descubre la fama del médico magnetizador Auguste Liebéault, del que admira las terapéuticas magnéticas y el libro Du sommeil et des états analogues considérés surtout du point de vue de l'action du moral sur le physique, publicado en 1866. Para él, este médico de pobres reconcilia lo antiguo y lo moderno, lo fluídico y lo psicológico. Gérard d'Encausse, basándose en su trabajo en el hospital de La Charité, muestra también cómo la hipnosis y sus derivados pueden emplearse con el objeto de curar algunas afecciones nerviosas hasta entonces rebeldes a todos los tratamientos habituales. Sus experiencias le permiten, en particular, exponer de manera ejemplar las dificultades de experimentar sobre seres humanos, lo que constituye uno de los principales obstáculos de las experiencias espiritistas: «En el hipnotismo (...) los aparatos de verificación no son ya instrumentos físicos; más bien se trata de seres humanos situados por la hipnosis en condiciones particulares de excitabilidad» 34. Resume así las tres condiciones para experimentar con pertinencia y fiabilidad: 1) estar muy habituado a la experimentación hipnótica, lo que permite paliar las mentiras, las simulaciones de los sujetos, y observar los hechos; 2) multiplicar los sujetos empleados: un solo sujeto no da más que una hipótesis; y sobre todo, 3) evitar los «sujetos que se dicen profesionales», pues las investigaciones no deben realizarse más que ----sobre sujetos hipnotizables que nunca antes hayan sido utilizados para investigaciones análogas. «Como resultado de los trabajos de las escuelas hipnóticas se ha creado en París -escribe-una profesión nueva que ha hecho más daño a estos estudios que todos los ataques y las polémicas precedentes: la profesión de 'sujeto hipnótico'. Un sujeto que se dice profesional, que por algunos francos se exhibe sobre los escenarios o 'hace los salones' es un aparato tan peligroso como poco sensible» 35. Gérard d'Encausse, sumergiéndose cada vez más en el ocultismo, se autoriza a proponer un recorrido teórico sincrético formulando en particular las conexiones entre la corriente ocultista y la medicina. Como los espiritistas, concibe un hombre compuesto por tres principios: 1) el espíritu o alma; 2) el cuerpo físico, formado por células materiales y perecederas, y por fin 3) el cuerpo astral, que hace funcionar automáticamente ciertos órganos del cuerpo y que vincula el cuerpo al espíritu. A la muerte del cuerpo físico, los principios inferiores puramente mecánicos del cuerpo astral permanecen en la tierra; denominados «elementales», son a menudo confundidos con Espíritus por los espiritistas. A cambio, los principios superiores portan el espíritu, que sólo raramente y con dificultades puede ser invocado. Sin duda a causa de sus conocimientos médicos, Encausse estima que condición de médium e hipnosis proceden de un mismo principio y asocia de buen grado a los médiums espiritistas con los histéricos 36. Retomando la clasificación de los tres estados hipnóticos de Charcot, afirma que en el primer estado hipnótico, el de la letargia, el médium puede separar su cuerpo astral de su cuerpo físico, y su sueño es profundo; en el segundo, la catalepsia, es posible el éxtasis; en el tercero, el sonambulismo lúcido, el cuerpo astral se evade y puede viajar en el espacio y en el tiempo: la clarividencia puede, entonces, existir; el médium ve, predice, cura, pero siempre por sí mismo, sin necesidad de Espíritus. Así, Gérard Encausse concibe la posibilidad de un inconsciente, lo que irrita a los espiritistas. Además, según su concepción, la parte práctica de la ciencia ocultista es la magia, y esta ciencia se esfuerza, «partiendo de los hechos físicos, por elevarse hasta el estudio de la parte invisible, oculta, de la Naturaleza y del Hombre: de aquí su primera característica de «Ciencia de lo escondido» 37. 36 Sigue las clasificaciones de J.M. Charcot y J. Luys, según las cuales la hipnosis es una histeria experimental. Esta doble noción, de escondido y de mágico, sitúa de forma clara a este médico al margen de los espiritistas, quienes se proclaman, por el contrario, próximos a los científicos, que viven y experimentan al descubierto. Así pues, los espiritistas van a combatir solos. Para ellos los médiums no solamente no son histéricos, sino que el espiritismo en sí, gracias a la acción de los espíritus, es una terapéutica. En 1883 el Dr. Chazarain, médico espiritista, presenta el espiritismo como el cuidado de eso que los «psychiâtres» (sic) llaman enfermedades mentales. Afirma que la unión de ciencia y espiritismo será «la señal de un gran progreso para la etiología y la terapéutica de las neurosis y de las enfermedades mentales hasta ahora mal comprendidas y demasiado a menudo consideradas incurables. Ya adivinan ustedes que hablo de ciertos estados erróneamente atribuidos a la histeria, a esos desdoblamientos de personalidad, inexplicables para la ciencia oficial, y que no son sino encarnaciones y posesiones» 38. Para mostrar la eficacia de la intervención de los espíritus, se presentan diversos ejemplos de curación en las revistas y los boletines espiritistas, y se invita a los médicos a comprobarlos. Los médicos espiritistas parecen tomar por modelo a los médicos católicos. En efecto, los videntes católicos de ambos sexos fueron sistemáticamente observados: Bernadette Soubirous 39 fue sometida a las miradas clínicas y críticas de escépticos y de creyentes 40. Los periódicos locales y regionales hablaban de catalepsia y de éxtasis, el comisario cantonal de policía de «alucinación», y el procurador general la consideraba «afecta de una enfermedad mental conocida» 41. También tres médicos fueron convocados para dictaminar sobre su estado a finales del mes de marzo (la primera aparición había tenido lugar el 11 de febrero de 1858). Bernadette Soubirous «tiene un temperamento linfático y nervioso», pero nunca ha sufrido «crisis nerviosas», y «ha podido presentar un estado extático que se ha renovado muchas veces, y ésta es una afección moral cuyos efectos explican el fenómeno de la visión» 42. Los cuatro niños que dijeron haber visto a María en el cielo de Pontmain (Mayenne, cerca del Mont Saint Michel), el 17 de enero de 1871, fueron también sospechosos de sufrir alucinaciones, diagnóstico postulado por los tres médi-----38 Bulletin de la société scientifique d'études psychologiques, mars 1883. 39 Se trata de la niña que dijo haber visto a la Virgen María en Lourdes (N. del T.) 40 cos que los examinaron en diciembre43. Los milagros de Lourdes fueron sistemáticamente contestados. La primera curación tenida por milagrosa data del primero de marzo de 1858, pero hasta el 18 de enero de 1862, fecha de una carta pastoral de Monseñor Laurence que reconoce la autenticidad de las apariciones, la Iglesia mantuvo su reserva frente a estos fenómenos, aunque existieran controles espontáneos hechos por el Dr. Dozous, de Tarbes, y luego por el Dr. Vergez. Su sucesor, el barón Dunot de Saint Maclou, fue médico residente desde 1884 hasta su muerte en 1891. «Creía apasionadamente en la intervención de lo sobrenatural en los asuntos humanos, pero desconfiaba también de los peligros del entusiasmo e insistía en la necesidad de un certificado médico para atestiguar sobre el estado previo del peregrino» 44. Así pues, intentó dar un cierto rigor a los procedimientos de examen de las curaciones milagrosas y organizó una «Oficina de comprobaciones médicas». A su muerte, el Dr. Gustave Boissaire asumió su dirección hasta 1917 y le dio una gran importancia, invitando a acudir a sus colegas. Gran número de médicos lo harán, muchos por simple curiosidad científica. De algún modo, la creencia en la eficacia de la intervención mariana remite a la de los espíritus. In fine, pueden resumirse las certidumbres de los espiritistas siguiendo las palabras pronunciadas por el Dr. Chazarain con ocasión del banquete anual de la sociedad de estudios psicológicos en 1883: «Afirmo, con la convicción que da la observación clínica, que la iniciación espiritista cura a los pretendidamente alucinados dándoles la explicación y la prueba de la realidad de sus sensaciones y los medios de hacerlas cesar si son demasiado penosas para ellos. Digo pues que la medicina obtendrá del conocimiento del espiritismo ventajas al menos iguales, si no superiores a las que le ha dado el estudio del magnetismo; y del mismo modo que el magnetismo, negado primero y luego rechazado por los sabios que no veían en él más que un nuevo modo de charlatanismo, y estudiado, comprendido y explicado luego, convertido al fin en científico, se ha impuesto a su espíritu como una rama del arte de curar al mismo título que la electricidad; del mismo modo, el espiritismo, que en una de sus divisiones, no es sino un magnetismo especial, el magnetismo de los invisibles (todos los médiums se ven magnetizados por ellos) se impondrá a su vez desde que los fenómenos espiritistas sean reconocidos como posibles, a partir de los conocimientos ya adquiridos, al tener una gran analogía con los ----fenómenos del magnetismo y con algunos hechos puestos de relieve por estudios físicos, químicos y biológicos» 45. Frente a las interpretaciones de los médicos psiquiatras y de los psicólogos interesados en los fenómenos mediúmnicos, los espiritistas oponen sistemáticamente su convicción de una intervención de los Espíritus, lo que no les impide por otra parte ser a menudo muy lúcidos respecto a ciertas nosologías psiquiátricas y ciertas normas sociales: «Es la sociedad -escriben-quien en parte hace sus locos, sus enfermos y sus criminales (...) Según la época o el lugar la locura cambia de nombre y de caracteres» 46. En estado de sonambulismo ésta dice hablar el sánscrito, el marciano y el ultramarciano, lenguas del planeta Marte. Pretendía haber sido también una princesa india, y tener por guía a un cierto Léopold, alias Cagliostro. Flournoy analizó de forma extensa los poderes psíquicos particulares de esta mujer en la obra Des Indes au planète Mars 47, publicada en 1900. Fue uno de los descubridores de las capacidades de ese inconsciente que Freud traía a la luz en el mismo momento, pues Die Traumdeutung aparece también en 1900. ¿Qué dicen al respecto los espiritistas? «Hipótesis por hipótesis, la nuestra nos parece más lógica y mejor adaptada a los hechos que la del psicólogo ginebrino» 48. ¿No es, en efecto, más fácil creer en los espíritus que en ese inconsciente que se escondería, en ese yo desconocido que podría actuar sin nosotros saberlo? En efecto, a los espiritistas (como sin duda a mucha gente) les resulta impensable que pueda existir una disociación en el seno del yo. ¿No es más lógica la explicación por la toma de posesión de un cuerpo por un Espíritu? «Así pues, parece racional admitir como absolutamente verdadero el fenómeno de la encarnación en los órganos del médium de espíritus a veces superiores que se sirven de estos órganos para producir manifestaciones de las que los científicos pueden aprovecharse tanto como nosotros» 49. Los espiritistas distinguen cuidadosamente el estado de sonambulismo magnético, que sería debido al fluido nervioso del magnetizador actuando sobre el cerebro del magnetizado, de la condición de médium, fenó-----meno debido al desprendimiento del alma o a la penetración de un espíritu que toma posesión del médium. Lo que los médicos llaman «inconsciente», ellos lo llaman simplemente «Espíritu». Afirman, pues, sin vacilación que «el tiempo de la creencia ciega ha pasado: hoy es necesario, para que una teoría filosófica, moral o religiosa sea aceptada, que repose sobre el fundamento inquebrantable de la demostración científica (...) El gran poder del espiritismo consiste en la libertad de examen que deja a sus adeptos» 50. Las reacciones de los médicos no espiritistas, ya sean neurólogos, alienistas o generalistas, son, en conjunto, muy críticas. No sólo denuncian la ineficacia de esas prácticas, sino que muestran su peligrosidad. Para Jean Martin Charcot y muchos de sus colegas, el espiritismo es una causa de histeria, y para los alienistas provoca la alienación mental. Desde los comienzos del espiritismo, el alienista Louis Calmeil (1798-1895) teme que «nuevos errores amenacen todavía a la patología mental. Y es del magnetismo y del espiritismo de donde comienzan a derivar estas epidemias de disolución de la personalidad de las que América ha dado los primeros y recientes ejemplos» 51. En él se levanta contra las prácticas espiritistas: «Desde hace algunos años, el hospicio de l 'Antiquaille de Lyon y los demás establecimientos especiales del departamento del Ródano han dado asilo a gran número de desdichados que se han vuelto locos por haber intentado adquirir el poder de comunicar con los espíritus» 52. Estas acusaciones no cesarán y darán lugar a la publicación de muchas obras 53. A finales del siglo XIX, los alienistas señalan que numerosos enfermos se creen perseguidos por la electricidad, los rayos X y los espíritus que se anuncian por medio de golpes... que sustituyen ventajosamente al diablo. En este marco de conflicto, demostrar la existencia de los espíritus y del periespíritu parece desde luego esencial para validar las terapéuticas espiritistas. Desde la muerte de Kardec, el 2 de abril de 1869, el astrónomo Camille Flammarion, al hacer el elogio del difunto, anuncia que, en adelante, el espiritismo debe «entrar en su período científico» 54. Afirma que «el espiritismo no es una religión, sino una ciencia, de la que apenas conocemos el a b c (...) La ciencia física nos enseña que vivimos en medio de un mundo invisible para nosotros, y que no es imposible que seres (igualmente invisibles para nosotros) vivan igualmente sobre la tierra en un orden de sensaciones absolutamente diferente del nuestro» 55. Afirma también que el cuerpo no es más que «un ensamblaje transitorio de partículas que no le pertenecen en absoluto y que el alma ha agrupado según el tipo que le es propio para crearse los órganos que puedan ponerla en relación con nuestro mundo físico» 56. Las primeras demostraciones espiritistas se apoyarán sobre la fotografía, cuyo papel en la medicina es, en ese momento, también importante, siendo utilizada por los médicos de hospital, como D.M. Bourneville, J.M. Charcot o J. Luys, como testimonio y prueba de ciertos fenómenos, que acentúa y precisa la mirada clínica. Este primer intento espiritista es un fiasco. Sin embrago, los espiritualistas de Estados Unidos habían lanzado, con éxito, la foto espectral 57, y siguiendo su ejemplo P.G. Leymarie, director de la Revue spirite desde la muerte de Kardec, había adquirido ejemplares de tales fotos para su periódico. La reproducción de estas fotos espectrales se confió a Jean Buget, quien pronto se declaró capaz de hacerlas él mismo. Cubierto primero de elogios por los compradores, pues cada cual reconocía a sus difuntos en las fotos, fue pronto acusado de fraude y sus malversaciones fueron descubiertas en 1875. Pero su fracaso, atribuido a la falta de probidad, no puso en cuestión la veracidad de la existencia del periespíritu. Muy al contrario, los espiritistas crearon otros marcos de estudio para proseguir sus experiencias. En junio de 1878 vio la luz una Société scientifique d'études psychologiques, bajo el impulso entre otros de René Caillé, Charles Fauvéty, Eugene Nus y el barón Jules du Potet de Sennevoy (1796-1881). Esta vieja figura del magnetismo, uno de los defensores de la teoría fluidista, constituye el nexo, que apenas es preciso recalcar, con el magnetismo. Esta filiación tiene como resultado que las experiencias de los espiritistas entren en el índice del mundo científico, ya que hace dudar acerca de la credibilidad del conjunto de tales observadores. Sin embargo, esta sociedad proclama sus intenciones científicas; tiene «por objeto el estudio de todas las ciencias que se relacionan con la psicología (...) Se consagrarán sesiones al estudio de las leyes de orden moral y de los fenómenos espiritualistas (...) Una sociedad seria, dirigida por hombres entregados a las investigaciones científicas, es la única que puede constituir estas sesiones de observación y hacer que progresen las cuestiones filosóficas (...) Las damas pueden ser miembros de la sociedad» 58. Si los espiritistas utilizan el término psicología es porque reprochan «a las sociedades psíquicas no tener por objeto demostrar experimentalmente la existencia y la supervivencia del alma después de la muerte, y no preocuparse más que de establecer los hechos sin adelantar interpretación alguna sobre su naturaleza supranormal» 59. Para ellos se trata, a la vez, de desmarcarse de las investigaciones más fecundas que los anglosajones llevan a cabo en las Societies for Psychical Research creadas a comienzos de los años 1880 y que apuntan, entre otras cosas, a demostrar la existencia de un nuevo estado de la materia, y de apoyarse sobre sus resultados para interpretarlos a su manera. «Adquirir la prueba de esas fuerzas desconocidas ofrece el mayor interés a quien pretenda hacer una investigación científica del alma y de las manifestaciones psíquicas» 60, se lee en La revue spirite. Cuando el gran químico inglés William Crookes parece haber descubierto un nuevo estado de la materia del que habla en febrero de 1880, en una conferencia en la Facultad de Medicina de París, los espiritistas piensan que esta «materia radiante» se confundiría con la materia que constituiría el periespíritu. Sin embargo, si los trabajos de este científico son importantes, no pueden satisfacer plenamente a los espiritistas. W. Crookes admite la existencia de una fuerza física, rechazando los postulados de aquellos. «La diferencia entre los partidarios de la Fuerza psíquica y los espiritualistas consiste en que nosotros nos contentamos con afirmar que aún sólo existen pruebas muy insuficientes que establezcan un agente de dirección diferente de la inteligencia del médium, y que no existe ninguna prueba de la intervención de los Espíritus de ---- los muertos» 61. El 29 de enero de 1897, en un discurso ante la Society for Psychical Research inglesa de la que es presidente, Crookes afirma que la criatura humana no es sino una forma en el interior de la cual lo importante es el cerebro: «para comunicar con el mundo exterior, el cerebro tiene necesidad de órganos que le transporten de un lugar a otro, luego de otros órganos que suministren la energía necesaria para reemplazar la que el propio cerebro gasta en el ejercicio de sus funciones especiales (...) El ser humano representa la máquina de pensar y de trabajar más perfecta que hasta el presente haya evolucionado sobre nuestra tierra» 62. Su forma ha podido variar en el curso del tiempo: «No puedo dejar de creer -dice-que la Materia, la Forma, el Espacio sólo sean condiciones temporales de la vida presente. Es difícil concebir seres espirituales que tengan un cuerpo como el nuestro, condicionado por la atracción terrestre, con órganos que impliquen la necesidad de nutrirse y de evacuar las materias usadas. Igualmente difícil es, encerrados como estamos en las ideas del mundo material, concebir la Inteligencia, el Pensamiento, la Voluntad, existiendo fuera de la forma y de la materia así como de la gravedad y del espacio» 63. Para él «este ser sería un centro de inteligencia, de voluntad y de energía que podría penetrar a todos los demás, llenando por completo lo que llamamos espacio, siempre conservando su individualidad propia, la persistencia de su yo y su propia memoria» 64. Se plantea la transmisión de pensamiento como ciertas «vibraciones cuyas huellas seguimos, no sólo en los cuerpos sólidos, sino también en el aire y de una manera aún más notable en el éter», o bien como cierta irradiación: «Supongamos, además, que el cerebro contiene un centro que los genera [a los rayos] como las cuerdas vocales generan las vibraciones vocales a las órdenes del pensamiento, y los proyectan al exterior a la velocidad de la luz para ir a impresionar el ganglio receptor de otro cerebro» 65. En 1898 postula la que cree ser «una ley fundamental: que los pensamientos y las imágenes pueden ser transportadas de un espíritu a otro sin el socorro de los órganos de los sentidos; que los conocimientos pueden penetrar en el espíritu humano sin pasar por ninguno de los caminos hasta hoy conocidos (...) Cada nuevo progreso de la ciencia nos demuestra que las vibraciones del ---- éter tienen poderes y cualidades ampliamente suficientes para dar cuenta de todo, incluso de la transmisión del pensamiento» 66. Sin embargo, recuerda también el éxito de curas por sugestión realizadas por médicos como Liébeault, Bernheim, Schrenck-Notzing, Forel o Auguste Voisin. Hace referencia a los trabajos de Richet, de Janet, de Freud, de Breuer, de James, sobre las zonas de la infraconsciencia, el subconsciente o el inconsciente. Y en ese punto se encuentra, y de forma violenta, en oposición a los espiritistas, que continuarán solos sus investigaciones. La Société scientifique d'études psychologiques, en la sección de magnetismo, centrará estos experimentos esencialmente en los fenómenos de transmisión de pensamiento y lucidez 67. Magnetizadores y sonámbulos multiplican los experimentos de sugestión, de éxtasis o de catalepsia... lo que en el mismo momento están haciendo Luys y Charcot en la Charité y la Salpêtrière, aunque desde luego no con las mismas hipótesis, ni con los mismos objetivos. En diciembre de 1882, Le Spiritisme, organe de l'union spirite française creado en torno al ingeniero Gabriel Delanne (1857-1926), que se presenta como científico, mantiene la misma orientación experimental que sostendrá luego la Revue scientifique et morale du spiritisme, cuyo primer número aparece en julio de 1896. Delanne reafirma en ella la existencia del periespíritu y se apoya en las pruebas que estima aportadas ya por la fotografía o por las huellas que los Espíritus dejarían en la arcilla fresca empleada a tal efecto. Este periespíritu es para él «el receptáculo indestructible de todas las sensaciones» que conserva la inteligencia, la memoria y permite explicar el recuerdo después de la muerte 68. El 7 de octubre de 1890 el espiritista Laurent du Faget crea a su vez una Société du spiritisme scientifique, proclamando siempre los mismos objetivos: «verificar y hacer verificar los hechos espiritistas, probar que hay inteligencias que se comunican con nosotros desde el otro lado de la tumba» 69. Frente a los médicos que exploran el inconsciente y traen a la luz la complejidad del yo, los espiritistas, convencidos de estar en posesión de la verdad, continúan su lucha y reivindican en voz alta el carácter científico de su proceder. Con ocasión de diferentes congresos debaten y afinan sus argumentos. Así se celebra, en 1888, un primer Congreso espiritista y espiritualista ----internacional en Barcelona, y luego un segundo, en 1889, en el marco de las conmemoraciones del centenario de la Revolución Francesa en París, que reúne cerca de 500 delegados llegados del mundo entero. Espiritistas, teósofos, martinistas y rosacruces están en él representados. A imagen del centenario de 1789, los objetivos del congreso son universalistas: ¡voluntad de solidaridad y de justicia entre todos los seres humanos, comprendidas las mujeres! No se olvida el dominio científico, y se recuerda que el espiritismo «es una ciencia de observación y una doctrina filosófica (...) una ciencia que trata de la naturaleza, del origen y del destino de los espíritus, (...) de un estado de sustancia particular que es inteligente» 70. Se debate la persistencia del yo consciente después de la muerte, se reafirma que magnetismo y espiritismo están íntimamente vinculados, siendo el magnetismo el espiritismo de los vivos y el espiritismo el magnetismo de los muertos, y se subrayan los lazos entre hipnotismo y espiritismo. Los congresistas consideran que el hipnotismo conduce al espiritismo porque permite la ocupación del cerebro hipnotizado por los Espíritus: «es una verdadera sugestión que no es producida por uno de nosotros, sino por inteligencias invisibles» 71. Los espiritistas distinguen netamente sus dos grandes estrategias terapéuticas: la acción de los Espíritus y el magnetismo, concebido como un mero agente físico. En los congresos sucesivos se registran escisiones y nuevos reagrupamientos; en 1900 tiene lugar en París un Congreso Espiritista y Espiritualista Internacional, y el mismo año los espiritistas solos organizan un Congreso Espiritista Universal en Bruselas, y en 1913 en Ginebra. Se apropian de buen grado de los descubrimientos médicos o los reinterpretan. Así, en las actas del Congreso de 1913 puede leerse, de la pluma del espiritista Léon Denis: «algo que todos conocéis, pero que es preciso recordar, es que el espiritismo no es ajeno a toda la serie de descubrimientos que se han sucedido desde hace treinta años, cuarenta años, y que han producido una auténtica revolución en el campo de la física y de la química. Sabéis que ha sido observando la materialización de los espíritus, estudiando el trabajo de la sustancia en acción en el punto en que se transforma en energía, como ha nacido la primera idea de la materia radiante. Y de aquí, toda la serie de descubrimientos de las fuerzas radiantes, de la radiactividad de los cuerpos» 72. Sus declaraciones, y aún más sus prácticas, fueron, en efecto, objeto de múltiples y atentas observaciones médicas. Se sabe hasta qué punto la exis----- tencia de médiums fue importante para que la psicología se constituyera en tanto que ciencia humana y para que el inconsciente fuera descubierto. Por otra parte, en este final del siglo XIX numerosos científicos, médicos, físcos, químicos, astrónomos, no rechazan la posibilidad de la existencia de un estado desconocido de la materia, como acabamos de ver, ni la supervivencia del «espíritu» humano después de la muerte. Y no olvidemos que una gran parte de la población europea y norteamericana es cristiana. Cree, pues, en la supervivencia del alma, y estas décadas son, además, las del apogeo de la creencia en el purgatorio en Francia 73. Por ello no es absolutamente extraño que los espiritistas participen en el IV Congreso Internacional de Psicología que se celebra en París en 1900 en la sección «Psicología del hipnotismo, de la sugestión y de las cuestiones relacionadas». Léon Denis aporta a esta sección una contribución que titula Psicología experimental. Fenómenos de exteriorización y de desdoblamiento. Desde luego algunos, como el psicólogo berlinés Oskar Vogt, se rebelan contra esta presencia: «Son algunas comunicaciones inesperadas presentadas a esta sesión lo que me decide a tomar la palabra. La tomo para protestar contra el espiritismo. Protesto, en primer lugar, en nombre de la ciencia y de la psicología en general. Protesto luego especialmente en nombre de la ciencia de la sugestión y del hipnotismo. Apenas hemos conseguido hacer que se reconozca la realidad de la sugestión y del hipnotismo, apenas hemos llegado a inaugurar, partiendo de estos fenómenos, una psicopatogenia, una psicoterapia y una psicohigiene en un sentido más amplio, cuando los espiritistas invaden nuestra sección y la comprometen con comunicaciones anticientíficas» 74. Los espiritistas están aún presentes y activos en el 2o Congreso Internacional de Psicología en 1913, organizado esta vez, en todo caso, por la Sociedad Magnética de Francia. En él las comisiones trabajan en temas caros a los espiritistas (y a los investigadores de las Societies for Psychical Research): fuerzas desconocidas emitidas por el hombre, conductibilidad de la fuerza física, estudio del desdoblamiento experimental del cuerpo humano y estudio del determinismo cósmico de los hechos psíquicos. Esta búsqueda de una prueba de la supervivencia del alma y de un más allá habitado no ha cesado a lo largo del siglo XX, y el atractivo de lo oculto ha conocido pocos desfallecimientos. En la Belle époque, el cronista del Echo de Paris ironizaba: «el espiritismo, como el socialismo, como el automovilismo, ---- cada vez está más de moda. Estamos lejos de aquél tiempo en que esta semiciencia parecía temible y complicada (...) Hoy es más fácil obtener la comunicación con el más allá que por teléfono» 75. Aunque hoy las comunicaciones telefónicas hayan mejorado mucho, también se han renovado las comunicaciones con el más allá. Lejos de petrificarse, el espiritismo, una forma de lo oculto, sigue en movimiento y las sociedades espiritistas están bien vivas y activas en el mundo entero. Sus concepciones médicas evolucionan al ritmo de los descubrimientos neurológicos y psiquiátricos. Su fuerza reposa sin duda en la unión de esta capacidad de integración de los hechos científicos y su creencia en la intervención posible de Espíritus venidos de otra parte. Así, lo oculto «no es una forma de lo irracional, sino una participación activa en la construcción y el mantenimiento de la frontera entre lo racional y lo irracional (...) Lejos de ser una seudociencia, el ocultismo ha aportado sin duda una de las más importantes contribuciones a la construcción histórica del discurso racionalista sobre las ciencias» 76.
de otros aspectos de su trabajo que inmediatamente aparecen en nuestro pensamiento cuando reflexionamos sobre la herencia que nos legó. En su lugar discutiremos temas menos conocidos de su ideario, como su teoría de las clasificaciones y su aproximación holística a la biosfera, que en mi opinión no han sido suficientemente valorados.
La paleontología, desde su nacimiento, ha sido llamada a suministrar argumentos a favor y contra la teoría de la Evolución, que nació en la misma época. En efecto, Cuvier y Lamarck, los dos fundadores de la (de las) paleontología (s) -de los vertebrados y de los invertebrados-, utilizaron las decenas de fósiles que descubrieron como «piezas justificativas» de sus teorías. Sus artículos polemizaron contradictoriamente en páginas sucesivas de la misma revista, los Annales du muséum d'Histoire naturelle de París, y en sus obras de principios del siglo XIX. 112-113); la Modiola cinnamomea, «habite les mers de l' Isle de France... 163); le Pecten Jacoboeus, «habite les mers d' Europe... 163); le Pecten pleuronectes, «habite l' Océan indien... 186); le Spondylus crassi-squama, «habite les mers de l' Inde...
En el presente trabajo analizamos los modelos hereditarios propuestos por Darwin y Mendel para explicar la historia evolutiva de la Tierra. De la comparación resultan dos teorías biológicas enfrentadas, regidas una por el principio de la selección natural y la otra por la mutación. Generalmente, los historiadores de la biología resolvemos este problema manteniendo a los personajes en áreas separadas: genética y teoría de la evolución, convirtiéndoles en modernos biólogos fundadores de las respectivas disciplinas. La interpretación es anacrónica y engañosa, es una argucia para evitar confrontar sus ideologías. Durante mucho tiempo el principal argumento esgrimido a favor del supuesto aislamiento fue la escasa difusión del artículo de Mendel. Hace años que se demostró la falsedad de la hipótesis. Separatas y ejemplares de la revista editada por la Sociedad de Ciencias Naturales de Brünn conteniendo el artículo de Mendel se localizaban antes de 1900 en las bibliotecas de relevantes instituciones científicas. La Royal Society, la Linnaean Society, la Library of Congress and Smithsonian Institution, la Library of the Museum of Comparative Zoology de la Universidad de Harvard, la Académie Royale des Sciences Naturelles de Bruselas, la Société des Sciences Naturelles de Estrasburgo, son un pequeño ejemplo de su difusión por Europa y Norteamérica a finales de siglo 3. Durante la década de los años setenta las leyes mendelianas traspasaron el umbral universitario, debatiéndose públicamente en las universidades de Upsala y San Petersburgo en 1872 y 1874 respectivamente 4. Los hechos son concluyentes, antes de 1900 el artículo redactado por Mendel exponiendo su teoría hereditaria estaba al alcance de la comunidad científica internacional. ¿Podemos establecer un vínculo directo entre Darwin y Mendel? La pregunta tiene respuesta a través del libro de Hermann Hoffmann Untersuchungen zur Bestimmung des Werthes von Species und Varietät 5, publicado en 1869, donde se recogen los experimentos mendelianos 6. En 1876 se editó el libro de Darwin The effects of cross and self fertilisation in the vegetable kingdom, su lectura revela que Darwin leyó y analizó el libro de Hoffmann y las referencias conducen a las páginas que contienen la información relativa a Mendel 7. Consecuentemente, entre 1869 y 1876 Darwin tuvo la posibilidad de conocer la teoría hereditaria expuesta por el monje pero, intencionadamente o no, ---- dejó pasar esta oportunidad8. En este período investigaba sobre la fecundación vegetal -The effects of cross and self fertilisation in the vegetable kingdom fue el resultado de once años de experiencias 9 -, y hubiera podido discutir con conocimiento de causa la tesis mendeliana sobre la transmisión de caracteres en la reproducción sexual 10. Pisum sativum fue una de las especies elegidas por prestigiosos horticultores como Thomas Andrew Knight, John Goss, Alexander Seton y Carl Friedrich von Gärtner 11, para sus experimentos de hibridación. Mendel no fue innovador en su elección. Tampoco lo fueron sus observaciones. La dominancia, la constancia morfológica de la primera generación híbrida, la segregación morfológica de la segunda generación, era una fenomenología ya observada y referida por los citados Knight, Gärtner, Goss, Seton y otros como Maxwel T. Masters, cuyo trabajo conocía Darwin detalladamente 12, y Josep Kölreuter 13, citado frecuentemente por Mendel 14. Cuestión ----muy diferente es la interpretación que dieron a sus observaciones, nivel de conocimiento donde Mendel fue original. Su análisis estadístico del fenotipo y el subsiguiente desarrollo teórico del genotipo marcó la diferencia frente a sus contemporáneos. La hibridación, admite Darwin en 1877, era uno de los principales obstáculos para la aceptación y el progreso del principio de la evolución 15, su interés por el tema no es casual. Pisun sativum fue también un problema para Darwin a causa de la constancia morfológica que mostraban las sucesivas generaciones en sus experiencias de cross fertilisation 16, circunstancia que no alcanzó a explicar. Su hijo Francis le justifica atribuyendo el resultado a la entomofilia: «El hecho es que no siendo indígena ninguna de las plantas, no están perfectamente adaptadas para la fertilización por los insectos británicos. En esta etapa de sus observaciones no podía saber que la coordinación entre una flor y el insecto particular que la fertiliza puede ser tan delicada como la que existe entre una cerradura y su llave, de modo que difícilmente se le podía ocurrir esta explicación» 17. Darwin conocía este problema por sus propias investigaciones, y sabía de otras peculiaridades reproductoras del género Pisum por experimentos ajenos. Sabía que dentro de una misma vaina se podían encontrar diferentes tipos de guisantes: redondos y plisados, por ejemplo, y que las plantas provenientes de semillas plisadas tenían una marcada tendencia a producir guisantes redondos 18. También que obtenidas cuatro subvariedades a partir de una misma planta (azul-redondo, blanco-redondo, azul-plisado, azul-redondo) sembradas por separado durante varios años consecutivos las semillas de cada variedad originaban los tipos correspondientes al conjunto 19. Que las variedades blanca y azul se cruzan mutuamente cuando están próximas y las vainas contienen en ambos casos semillas de las dos coloraciones, circunstancia habitual al cruzarse variedades de diferente color 20. Los guisantes combinaban formas y colores, y lo hacían o por arte de magia o atendiendo a las leyes de la dominancia, la uniformidad, y la segregación de caracteres propuestas por Mendel. No podemos probar que Darwin conociese los resultados ---- de esta investigación, pero, indudablemente, estos fenómenos pasaron ante sus ojos y su explicación del mecanismo hereditario fue muy diferente a la ofrecida por Mendel. TEORÍA DE LA PANGÉNESIS Cualquier teoría sobre la evolución de las especies terrestres tiene que demostrar dos principios básicos: a) la aparición de la flora y fauna actuales por la transformación de antepasados extintos; b) la existencia de un mecanismo reproductor acorde con el argumento transformista. Darwin publicó en 1859 la primera edición de On the origin of species pero hasta 1868 no expuso un modelo hereditario complementario a su teoría de la evolución, aunque la idea se remonta a comienzos de la década de los años cuarenta 21. Lo denominó pangenesis theory y constituye el capítulo final del libro The Variation of Plants and Animals under Domestication 22, cuya primera edición, 1500 ejemplares, se vendió en una semana 23. Explicar cómo se producen y se transmiten las variaciones a la progenie en el curso de la especiación fue el reto planteado por El origen de las especies, pero Darwin postergó la resolución del problema convirtiéndolo en un argumento contrario a su ideología. Por ejemplo, para un darwinista como Wallace la carencia de un modelo hereditario complemento a la teoría de la evolución había sido una dificultad inquietante que la pangénesis resolvía 24. Darwin eligió la teoría celular como referente científico de su propuesta, y vertebró la pangénesis entorno a dos fenómenos citológicos: 1) la división celular; 2) la producción de partículas celulares, gémulas, que circulan libremente por el organismo y tienen capacidad individual para regenerar la célula de procedencia 25. Relacionando ambos procesos propone un mecanismo fisiológico común a todos los seres vivos y activo en cualquier fenómeno hereditario: en su fase de división las células producen gémulas que son liberadas al sistema, el conjunto representa físicamente el ---- 21 Cf. la carta dirigida por Darwin a Lyell en agosto de 1867, donde afirma que la pangénesis tenía una antigüedad de 26 ó 27 años; rep. en DARWIN, F. organigrama anatómico individual permaneciendo inactiva su capacidad generatriz si no ocurre algún proceso multiplicativo. Entonces, cada unidad desarrolla una célula semejante a la progenitora, punto de partida para la morfogénesis de nuevos organismos en los procesos reproductivos, o para reconstruir la porción anatómica lesionada si es un episodio regenerativo. Durante la regeneración sólo se activan aquellas gémulas procedentes de la región mutilada, utilizando como patrón de agregación el remanente histológico. Para la reproducción hay un almacenamiento previo de las gémulas en las zonas y órganos reproductores donde se agregan por afinidad mutua 26. Yemas y gametos son simples contenedores de materia a partir de la cual se genera el nuevo individuo 27. La fecundación provoca en la reproducción sexual la unión de los gametos mezclándose ambos grupos de gémulas. El agregado resultante combina los caracteres pertenecientes a los progenitores, estableciéndose las nuevas coordenadas anatómicas que regularán la embriogénesis 28. Las gémulas pueden permanecer latentes durante sucesivas generaciones transmitiéndose a la descendencia mediante la reproducción. Su reactivación fortuita provoca la reaparición de caracteres ancestrales en la serie genealógica 29. Con este esquema conceptual se establecen dos niveles hereditarios complementarios al separar la manifestación tipológica de un caracter y su transmisión individual 30, en correspondencia con los futuros conceptos de fenotipo y genotipo Al elaborar su pangenesis theory Darwin siguió la pauta del materialismo biológico 31 impulsada por la teoría celular. Las gémulas son mínimas porciones de contenido celular 32 y se comportan como entidades biológicas independientes que tienen su propia función nutricional y se multiplican por división 33. Representan la mínima porción de materia orgánica con capacidad vital. También tuvo presente el lema Omnis cellula e cellula 34 acuñado por Rudolf Virchow como símbolo de la continuidad de la materia viva a través de la división celular 35. Continuidad que la pangénesis reproduce a escala macroscópica pues las gémulas unen físicamente a los padres con sus hijos. El fenómeno de la herencia es la consecuencia de un mecanismo fisiológico ---- 26 Ibidem, pp. 125, 128. En el caso de la reproducción sexual Darwin plantea la posibilidad de una agregación especial, en pequeña cantidad, de las gémulas. Ambos gametos, o sólo el femenino, incluirían gémulas exclusivas provinientes de células primordiales que regulan el desarrollo. Cf dinámico, estable y cerrado, por el cual los progenitores donan a los hijos su propia sustancia física. La materia se utiliza como modelo para fotografiar 36 la morfología de los padres activando las unidades (gémulas) que componen el patrón parental 37. En consecuencia, la variabilidad tiene un origen externo, proviene de la interacción del individuo con el hábitat. Los cambios en las condiciones de vida repercuten a dos niveles morfológicos: a) influyen sobre los órganos reproductores causando una defectuosa agregación gemular que altera el esquema anatómico embrionario formándose nuevos caracteres; b) actúan sobre el individuo adulto modificando su anatomía. Las células de los órganos afectados emitirán gémulas correspondientes a su nueva estructura por medio de las cuales las modificaciones se incorporan al bagaje hereditario del organismo 38. Un efecto similar tendría el uso y desuso de un determinado órgano, causando su desarrollo o atrofia 39. Y no olvida Darwin el factor de variabilidad intrínseco a todo ser vivo por las gémulas en estado latente que porta 40. El fenómeno justifica la reaparición de caracteres ancestrales pero contraviene el principio de la selección natural, admisible si vinculamos el retorno de esta pretérita morfología a la recuperación de las condiciones de vida precedentes. La idea darwinista de materializar la herencia de caracteres empleando partículas físicas, en su caso de procedencia celular, era una hipótesis recurrente vinculada al pensamiento transformista. Como admite Darwin, a instancia de Thomas Huxley 41, una década antes conocidos naturalistas como el conde de Buffon y Charles Bonnet realizaron propuestas semejantes. Contemporáneamente Herbert Spencer surcó el mismo océano de partículas y Darwin era consciente del hecho 42. Décadas después de confortarse con la pangénesis Wallace suscribe la teoría del plasma germinal propuesta por Weismann 43 reconociendo la complejidad y dificul-----36 DARWIN, F. (ed.) (1958), p. Particularmente próximo al esquema darwinista es el modelo de moléculas orgánicas propuesto por Buffon; cf. GALERA, A. (1994), «Reflexiones sobre el modelo sistemático, el concepto de especie y el mecanismo de la reproducción en el siglo XVIII», Nouveau monde et renouveau de l'histoire naturelle, París, vol. III, 97-130, pp. 126-130. 42 No olvida Darwin las aportaciones que sobre el tema realizó Richard Owen, Parthenogenesis, 1819; y particularmente Herbert Spencer, Principles of Biology, Londres, 2vols., 1864-7. 43 Entre otras obras cf. WEISMANN, A. (1875-6), Studien zur Descendenz theorie, Leipzig, Engelmann, 2 vols. (Studies in the Theory of Descent, Londres, Sampson et al., 1882, incluye un prefacio de tad de la tesis darwinista, atributos por los que mereció un rechazo generalizado 44. Su complejidad nace del error conceptual de aplicar el mismo criterio fisiológico para interpretar diferentes procesos biológicos cuyo vínculo es generar materia orgánica. Un argumento repetido, pues también Buffon, por ejemplo, le precedió un siglo en la confusión. Para resolver el problema de la herencia de caracteres Mendel utiliza un método diferente. Ignorando las causas que regulan el fenómeno optó por el experimento y el análisis estadístico de los resultados frente a la especulación. Darwin y él 45 coincidieron al diagnosticar el problema de la evolución: para comprender la historia evolutiva de las especies terrestres resulta fundamental conocer cómo se transmiten los caracteres en la reproducción sexual. Mendel eligió el género Pisum por su idoneidad experimental. Las distintas especies ofrecen características constantes y diferentes fácilmente reconocibles, y la particular estructura de sus órganos sexuales dificulta notablemente la contaminación de polen extraño 46. La solución al problema hereditario planteado la halló observando el número y la variedad de formas producidas en la descendencia híbrida. Cuantificando la aparición de los caracteres seleccionados en los cruzamientos a lo largo de la secuencia generacional calculó su proporción estadística 47. El resultado son las denominadas leyes mendelianas, tan conocidas que nos ahorraremos el detalle. La identidad morfológica de los individuos que componen la primera generación y la segregación de los caracteres parentales en las siguientes resumen su formulación. De ellas nos interesa resaltar el principio biológico propuesto: las sucesivas generaciones de híbridos manifiestan una tendencia a perpetuar la tipología parental, que se hace mayoritaria frente al tipo híbrido sin llegar a desaparecer 48. En el marco evolutivo la reaparición de los caracteres parentales significa que la fecundación cruzada no es un eficaz mecanismo de especiación y no puede gobernar la evolución de las especies en los términos planteados por Darwin. Observar que los híbridos repiten las formas parentales no fue original de Mendel, quien conocía las informaciones vertidas al respecto por Gärtner y Kölreuter 49, pero él demostró experimentalmente el hecho en el caso del guisante y supo extraer su significado hereditario. Llegados a este punto la cuestión es ¿cómo explicar biológicamente este suceso estocástico? Mendel extrapoló los resultados matemáticos al área biológica estableciendo un sencillo mecanis-mo combinatorio circunscrito a las células germinales, mecanismo regulado por la relación de dominancia que se establece entre caracteres análogos y su segregación al formarse los gametos en los individuos de ambos sexos 50. La unión gamética resultante de la fecundación aporta al embrión dos caracteres para cada rasgo tipológico. Cuando los caracteres difieren, híbrido, la forma dominante se manifiesta morfológicamente en detrimento de la recesiva que queda latente, o bien aparece una cualidad intermedia cuando no existe relación de dominancia y los caracteres permanecen ocultos. Esta dualidad factorial convierte la gametogénesis en un proceso fisiológico cuya función es separar la pareja de caracteres reunidos por la fecundación 51, distribuyéndose individualmente en las células gaméticas que se combinan autónomamente en la reproducción 52. La expresión tipológica es sólo una parte del potencial morfológico heredado por el individuo, que sólo en los gametos se reparte totalmente. Con este planteamiento Mendel, implícitamente, desarrolla los conceptos de genotipo y fenotipo, y propone una sencilla ley combinatoria como ley general de la herencia 53. A nivel citológico su propuesta se inserta, también, en el marco de la teoría celular, considerando los gametos como células 54 y distinguiendo la línea celular germinal de la somática tanto por su exclusiva función hereditaria como por particular fisiología responsable de la segregación factorial de los caracteres. En el modelo mendeliano el híbrido representa la variabilidad reproductora, consecuentemente es el origen de la especiación. El fenómeno ocurre cuando el híbrido adquiere estabilidad tipológica y transmite constantes sus caracteres a la descendencia. Cuando sucede aparece una nueva especie 55. Mendel sustenta esta hipótesis en las observaciones sobre estabilidad híbrida realizadas por Gätner y Wichura en los géneros Aquilegia, Lavatera, Geum, y Dianthus, y atribuye el fenómeno a un proceso fisiológico concordante con su teoría factorial de la herencia. En la fecundación los gametos se unen formando una sola célula. Si las células gaméticas son complementarias la célula resultante es estable, se produce la unión permanente de sus contenidos celulares y el individuo adulto producirá gametos correspondientes sólo al tipo híbrido 56. Este proceso de fusión supone la reunión de los dos caracteres parentales en una unidad de valor morfológico único que durante la gametogénesis se mantiene constante sin desdoblarse en las unidades originarias. Si los gametos fusionados no se complementan la célula base es inestable y su contenido celular tiene un valor transitorio que permite la disyunción gamética de los caracteres parentales 57. Al margen de errores, la hipótesis mendeliana tiene el valor teórico de interpretar la especiación como un fenómeno de índole exclusivamente biológica, ajeno a factores externos y restringido a la línea germinal. Es, simplemente, una consecuencia de la reproducción de los organismos. Según el ideario mendeliano las especies evolucionan pero no influenciadas por el medio 58 ni dirigidas por la selección natural, el azar es responsable de combinar los caracteres parentales y de fijarlos en los híbridos como especies puras. El fenómeno es discontinuo y la modificación de los caracteres se produce por medios biológicos. Con estos principios Mendel suscribe una corriente evolutiva alternativa al darwinismo vinculada directamente con el neodarwinismo weismanniano y el mutacionismo de Hugo de Vries. Sin duda, William Bateson tenía justificadas razones para afirmar en 1913 que la historia del evolucionismo hubiera sido diferente si Darwin hubiese conocido los experimentos mendelianos 59. Y tal vez Bateson yerra, pero no al subrayar la importancia del ideario mendeliano sino al suponer que Darwin no conoció sus trabajos. En este punto reconoce Mendel el valor hipotético de su planteamiento por la falta de datos.
En el primer libro de la trilogía, Hamlin investigó el marco social en el que los químicos, gracias a su conocimiento aplicado al análisis del agua y al desarrollo de estrategias que consolidaron su papel profesional ante la sociedad, determinaron la calidad del agua de consumo a lo largo del siglo XIX 2. En su nuevo libro, Hamlin analiza el contexto, el cómo y el porqué de las políticas de salud debatidas y de las acciones tomadas en nombre de la salud pública en Gran Bretaña durante la primera mitad del siglo XIX. Dicha trilogía concluirá, según anuncia Hamlin, con un estudio sobre cómo la idea de salud pública que triunfó desde un punto de vista político fue convirtiéndose progresivamente en ley, autoridad profesional y estructuras administrativas y sanitarias. El nuevo trabajo de Hamlin constituye una pieza más que se deberá sumar al inconcluso debate historiográfico sobre las condiciones de vida de los trabajadores ingleses durante la revolución En dicho contexto de investigaciones es conocida la dificultad de comprender la evolución de aquellas condiciones de vida y de trabajo, tanto desde la óptica evaluadora de los aspectos susceptibles de medición como desde el análisis de los diversos indicadores sociales que conforman la llamada «calidad de vida» de los trabajadores ingleses. A la vista del predominio del desacuerdo en las posturas debatidas sobre este tema, parece evidente la necesidad de sumar los múltiples enfoques, tanto los cuantificables como los resultantes del estudio de la percepción de aquellos cambios. En este sentido, la investigación de Hamlin sobre el desarrollo de la conciencia sanitaria de los reformistas, más allá del estudio parcial de algunos de estos elementos, permite ver, desde la perspectiva de muchos informantes, cómo los problemas derivados de la creciente urbanización y de unas durísimas condiciones de trabajo fueron entendidos de una forma mucho más global y menos reduccionista de lo que los propios reformistas consiguieron finalmente imponer 3. En efecto, el trabajo de Hamlin pone de manifiesto, a partir de un análisis meticuloso, el reduccionismo que esconde la formulación de la conocida «idea sanitaria» del abogado Edwin Chadwick 4. En dicha formulación, la idea de salud pública se centró en la liquidación de los objetivos físicos identificables y en el fomento de la inversión en canalización, abastecimiento de agua, alcantarillado, etc. Su principal autor, Chadwick, fue un colaborador disciplinado de Jeremy Bentham, con quien compartió interés por el uso sistemático de los métodos de análisis de los problemas sociales, así como un concepto tutelar del estado centralizado. Dichas características fueron desarrolladas por Chadwick a lo largo de su carrera en la administración pública, donde trabajó en diversas áreas de reforma social, desde la política de pobres a la salud pública, la educación y la policía, siempre más inspirado por criterios económicos y de eficiencia que no filantrópicos. El análisis de Hamlin desvela las alternativas reales debatidas en términos de salud pública y destaca el triunfo de una idea de salud pública reducida a saneamiento (cloacas, sumideros y canalización de aguas de consumo). La tesis de Hamlin consiste en demostrar que la «idea sanitaria» de Chadwick fue más una cuestión política, fruto de la estrecha visión de los reformistas en el marco de un contexto político muy delicado, que no una respuesta solidaria ante las desigualdades de la nueva sociedad. La solución chadwickiana fue extraordinariamente dinámica en sus objetivos y, según Hamlin, finalmente reducida a saneamiento porque Chadwick la utilizó interesadamente para salvaguardar su carrera profesional en un contexto político crítico en el que el gobierno necesitaba conseguir, sin revolución, avances en materia de derechos políticos y de justicia social. Este dinamismo se manifestó en el tránsito gradual de la estrategia chadwickiana: desde la supresión de la miseria como causa de la enfermedad en beneficio del «Poor Law Board» a su utilización como arma política contra la desestabilización social, como modelo de mejora urbana y de empresa capitalista y, finalmente, como máquina de crecimiento administrativo. Así, la revisión y exploración de Hamlin sobre la documentación manuscrita generada en torno a Chadwick y sobre la obra impresa contemporánea más relevante en relación a esta materia proporciona nuevos elementos de ----3 En relación con este tema se puede consultar la relación bibliográfica utilizada por Esteban CA- NALES (1994), «Industrialización y condiciones de vida en Inglaterra: notas sobre una larga polémica», Investigaciones Históricas,14, Cabe remitir a trabajos posteriores de gran calidad, como por ejemplo: STECKEL, R.H. & FLOUD, R. (eds.) (1997), Health and Welfare during Industrialization, Chicago, University of Chicago Press; RILEY, J.C. (1997), Sick, Not Dead. The Health of the English Workingmen during Mortality Decline, Baltimore, Johns Hopkins University Press; así como las investigaciones sobre las causas de muerte publicadas en Historical Methods, 29 (1996), Continuity and Change, 12 (1997) y Journal of the History of Medicine, 54 (1999). 4 Edwin Chadwick (1800-1890) fue autor del conocido estudio sobre las condiciones sanitarias de la clase trabajadora británica, que se puede consultar en la edición de FLINN, M.W. (1965), Edwin CHADWICK, Report on the Sanitary Condition of the Labouring Population of Great Britain (1842), Edimburgo, Edinburgh University Press. discusión sobre los indicadores sociales de las condiciones de vida y de trabajo de la población trabajadora británica. EL CONTEXTO HISTORIOGRÁFICO DE LA IDEA DE SALUD PÚBLICA. El trabajo de Hamlin constituye un claro desafío a los esquemas clásicos de interpretación de la historia de la salud pública. Como es sabido, la figura de Chadwick y su papel central en la historia de la salud pública han sido sólidamente establecidos a partir de la historiografía de la disciplina cuyo objeto de estudio contribuyó a definir el mismo Chadwick. En efecto, aquellas historias de la salud pública desarrolladas en los años 1950, a las que se debe añadir las biografías realizadas sobre su fundador, caracterizadas por una fe en el progreso lineal de la ignorancia al conocimiento, encontraban en la obra de Chadwick uno de los puntos de partida que había de llevar al desarrollo de los sistemas de bienestar social contemporáneos. El desarrollo de la historia de la salud pública participaba así de dos procesos complementarios -el crecimiento de un estado racional fundamentado en la democracia y la burocracia y el crecimiento de una ciencia que estaba legitimada a partir de su relación con la administración-y justificaba un proceso que había de culminar en la consecución del «National Health Service» constituyendo, por tanto, una pieza más del llamado Estado de Bienestar 5. La perspectiva favorable que estas historias de la salud pública destilaban a la luz de la respuesta generosa que Chadwick había dado a las injusticias sociales de una sociedad dramáticamente urbanizada e industrializada contrastaba, sin embargo, con la pésima consideración que las historias de la pobreza tenían de los presupuestos ideológicos y políticos del principal autor de la «New Poor Law Act» de 1834 6. A pesar de la coincidencia de actores en los otros programas victorianos de control social donde la ideología se veía claramente (una punitiva ley de pobreza, una coercitiva fuerza policial y política penitenciaria, una peculiar didáctica educativa, un extenuante régimen laboral), la historia de la salud pública se ha llevado a cabo de forma separada, autónoma. Ante esta situación, adquiere sentido la argumentación de Hamlin sobre la necesidad de integrar la historia de la salud pública en los parámetros del conjunto de la política reformista del período. De lo contrario, es decir, continuar hablando exclusivamente de la existencia de unas lamentables «condiciones» higiénicas o sanitarias -para Chadwick, tan sólo medioambientales-o de la pretendida «necesidad» de agua y alcantarillado, o continuar haciendo juicios sobre el amontonamiento de basura en las calles, sobre la putrefacción de residuos y de animales muertos o sobre la eliminación de excrementos y de aguas sucias, en términos de una particular «sensibilidad», equivale a permitir que, según advierte Hamlin, los reformistas controlen su propia historia y a caer en la retórica justificativa de los propios «sanitarians», de los partidarios de la idea de salud pública de Chadwick. En efecto, aquellas «condiciones» nada dicen sobre los motivos, intereses, ideología y poder y, por tanto, leer tales «condiciones» como el motor de la «necesidad» de una determinada política de salud pública implicaría, en palabras de Hamlin, «aceptar sus interpretaciones como explicaciones». A este hecho, se debería añadir el peso que la visión determinista del concepto de «revolución ----5 Conviene destacar en este sentido los trabajos pioneros de FRAZER, W. (1950), History of English Public Health, 1834-1939, Londres, Ballière & Tindall and Cox; FINER, S.E. (1952) 6 Es importante señalar el escaso número de historiadores que han desafiado la falsa dicotomía que envuelve la figura de Chadwick y que han integrado en la misma historia ambas áreas de reforma social. A título de ejemplo, véase: ROBERTS, D. (1979), Paternalism in Early Victorian England, New Brunswick, N.J., Rutgers University Press. en el gobierno» del siglo XIX ha tenido a la hora de considerar la historia de la salud pública chadwickiana como parte integrante de aquella amplia respuesta de una administración centralizada a los problemas generados por una sociedad urbanizada 7. Para comprender mejor este contexto historiográfico, conviene advertir que la construcción paralela que se ha llevado a cabo de la historia de la salud pública desde el ámbito de trabajo de la historia de la medicina ha contribuido de manera decisiva a la consolidación de la leyenda de la «idea sanitaria» de Chadwick. En este sentido, no cabe duda que los trabajos realizados por los historiadores de la medicina Henry E. Sigerist y George Rosen, desde finales de los años 1930 hasta los primeros años 1970, se convirtieron en el fundamento de una particular idea de la historia de la salud pública, tanto más cuanto dicha historia era entendida como una legitimación de su proyecto político. En efecto, los trabajos de Sigerist y Rosen se dirigían específicamente a los profesionales de la salud y establecían un diálogo entre el pasado y el presente mediante el cual mostraban a su audiencia, a partir del privilegio de unos criterios y, por tanto, de una determinada elección de factores explicativos, las raíces socioeconómicas de las enfermedades, con el objetivo de ayudar a definir el papel de tal audiencia en el marco de una política sanitaria estatal8. Dejando a un lado las consideraciones sobre el optimismo y la neutralidad de la ciencia que destilan estos trabajos, conviene destacar que si bien sus argumentaciones pudieron ser válidas como guía histórica para el trabajo de los salubristas contemporáneos, consolidaron, sin embargo, un modelo de definición de la salud pública moderna que se ha convertido en un lugar común y en una aceptación acrítica en las historias, síntesis y monografías efectuadas sobre esta materia tanto en historia de la medicina como en historia general. De esta forma, resulta ya normativo señalar los orígenes de las preocupaciones por la salud pública moderna en la obra de Johann Peter Frank (1745-1821), parte de la cual fue descubierta como el punto de partida de la causalidad socioeconómica de las enfermedades, así como en el programa de reforma construido por el llamado «sanitary movement» inglés, el ----7 Las implicaciones de dicho concepto -introducido por MACDONAGH, O. ( 1958), «The Nineteenth-Century Revolution in Government. A Reappraisal», Historical Journal 1, 52-67-, son evidentes tanto en historias de la salud pública posteriores, como por ejemplo los trabajos de LAMBERT, R. (1963), John Simon and British Sanitary Administration, Londres, Macgibbon and Key; BRAND, J.L. (1965), Doctors and the State. The British Medical Profession andGovernment Action in Public Health, 1870-1912, Baltimore, Johns Hopkins University Press, y también en la revisión biográfica, que confirmaba la leyenda chadwickiana, realizada por A. BRUNDAGE, 1988, a la luz de los nuevos estudios sobre benthamismo y la relación entre teoría y práctica de la reforma del gobierno en: England's "Prussian Minister". En cualquier caso, parece justificada la crítica hecha a las historias sobre el crecimiento de la maquinaria del gobierno ya que fracasan a la hora de mostrar la ideología que hay tras aquél y que le permitió funcionar. Sobre estas ideas es útil la lectura de CORRIGAN, P. (1980), «Towards a History of State Formation in Early Modern England» en CORRIGAN, P. (ed.), Capitalism, State Formation and Marxist Theory. Historical Investigations, Quartet Books, cual ha sido entendido como la respuesta «lógica» a los problemas que comportó el desarrollo de la economía capitalista, el proceso industrializador y la transformación urbana 9. Es importante señalar que este modelo de conocimiento de la salud pública moderna, además de eliminar otras posiciones más globales sobre aquello que debía ser una política de salud para el conjunto de la población -una idea básica en el trabajo de Hamlin-, invalidaba, al cooptar el término y los contenidos de la idea de salud pública, otras políticas posibles de salud pública, especialmente las relacionadas con las tradiciones e instituciones sanitarias originadas en el mundo latino del Mediterráneo y desarrolladas en el contexto municipal 10. Recientemente, se ha llamado la atención sobre la necesidad de diferenciar entre las acciones políticas que, en materia sanitaria, fueron llevadas a cabo por parte de las diferentes autoridades mediterráneas desde el siglo XIII hasta el siglo XVII -ahora consideradas como meras formas de «acción colectiva»-y los «verdaderos» «sistemas de salud pública» desarrollados posteriormente y dirigidos a reformar las condiciones de vida y niveles de mortalidad de «todos los grupos sociales dentro de una sociedad» 11. En este sentido, no deja de ser significativo comprobar que, a pesar de las revisiones críticas llevadas a cabo en los últimos años sobre la historia de la salud pública británica 12 y las críticas que Roy y Dorothy Porter hicieron al modelo de «medicina social», en los dos últimos libros de Dorothy Porter, aun recogiendo las últimas aportaciones bibliográficas sobre la materia, continúe inalterado el acuerdo con el concepto de salud pública moderna propugnado por Sigerist y Rosen. Es decir, el hecho de tomar como punto de partida las ideas ilustradas que inspiraron las iniciativas en materia de salud pública y el nacimiento, por tanto, de la institución de la salud pública en el siglo XIX, como la respuesta dada por parte de estados cada vez más centralizados a los problemas generados por la industrialización y la urbanización 13. Así, todavía no parece posible hablar de una salud pública ----9 Las raíces de esta idea de la historia de la salud pública se pueden encontrar en el trabajo de SI-GERIST, H.E. (1941), «"The People' s Misery: Mother of Diseases", an address delivered in 1790 by J.P. Frank», Bulletin of the History of Medicine, 9, 81-100 y en la recopilación de artículos de ROSEN, G. (1985de ROSEN, G. (, orig. 1974)), De la Policía Médica a la Medicina Social, México, Siglo XXI. 11 Sobre el objeto de la nueva historia de la salud pública, que Dorothy Porter ahora denomina la "historia de la acción social colectiva", véase: PORTER, D. (1999), «The history of public health: current themes and approaches», Hygeia Internationalis, 1, 9-21. 12 Además de los pioneros e innovadores trabajos de BRIGGS, A. ( 1961 anterior a la perspectiva contemporánea ya que «el contrato social de la salud estaba ligado, de forma inherente, a la formación del estado y al desarrollo de la ciudadanía» 14. Precisamente, la investigación de Hamlin centrada en la primera mitad del siglo XIX británico permite ver que la construcción de la «idea sanitaria» de Chadwick, si bien coincidió con un período particularmente crítico del proceso de industrialización y urbanización, no fue la solución o consecuencia «inevitable» de aquél, sino una, la triunfante, de las diversas trayectorias debatidas en términos de salud pública. Hamlin rompe así con la visión determinista del concepto de MacDonagh al mostrar que aquel proceso fue más una respuesta accidental que no el fruto de una respuesta unificada del gobierno y que fue una respuesta tanto al cambio político como al crecimiento urbano 15. La influencia decisiva de la obra de Edward P. Thompson 16 y de las investigaciones dedicadas al complejo y delicado contexto político en el que se construyó la «idea sanitaria» han llevado a Hamlin a desbrozar el campo de los orígenes históricos de la moderna salud pública, a destacar la existencia en aquella coyuntura de una pluralidad de opciones posibles sobre lo que podría haber constituido la salud pública y a mostrar los argumentos y los motivos que había detrás de aquellas posibles políticas. De esta manera, el trabajo de Hamlin revela, al cuestionar la inevitabilidad de la «idea sanitaria» y superar el riesgo de hacer de «un hecho la causa de su propio suceso», la diversidad empírica de aquella coyuntura y desafía, al modificarla, una forma arraigada de comprensión y conocimiento de una parte fundamental de la historia contemporánea 17. La consideración crítica de Hamlin sobre la salud pública chadwickiana no implica rechazar los éxitos que cosechó, a largo plazo, esta fórmula sanitaria, y que fueron especialmente significativos en los cambios ocurridos en el subsuelo del medio urbano. Es en este terreno donde se debe situar el esfuerzo comprensivo que Hamlin realiza de las bases de la aplicación posterior de aquel programa sanitario 18. A esto se debe añadir la importancia que, en los planteamientos de la revisión crítica de la «idea sanitaria» iniciada por John V. Pickstone y Christopher Hamlin, ha tenido la investigación de William Coleman. En efecto, los trabajos de Coleman han contribuido a matizar los límites que definieron la idea de salud pública y la ideología que dicha idea escondía en el contexto de ----State, Amsterdam-Atlanta, Rodopi, 1-45 y PORTER, D. (1999), Health, Civilization and the State. 15 Esta postura continua siendo controvertida, tal y como se observa en la reseña que sobre el libro de Hamlin ha realizado CROWTHER, A. (2000), en American Historical Review, 105, 280-281. 16 THOMPSON, E.P. (1963), The Making of the English Working Class, Londres, Victor Gollancz (hay traducción al castellano en Laia, Barcelona, 1977). 17 En cuanto a la diversidad empírica de la naturaleza de los informantes, es importante destacar el rescate que, a partir de la perspectiva metodológica de la idea de salud pública "desde abajo", se ha realizado sobre una salud pública no chadwickiana en: SIGSWORTH, M. & WORBOYS, M. (1994), «The public' s view of public health in mid-Victorian Britain», Urban History, 21, 237-250. 18 Conviene señalar la calidad de la investigación llevada a cabo en las dos últimas décadas sobre la consecución y la aplicación de la idea sanitaria en Inglaterra. Entre otros trabajos, véanse: PELLING, M. la primera mitad del siglo XIX en Francia. Unos límites que, como ha mostrado Ann F. La Berge, suscitaron una respuesta diferente a problemas similares de industrialización y urbanización 19. Hamlin desarrolla estas ideas a lo largo de los diez capítulos de su obra y se plantea la «idea sanitaria» chadwickiana a partir de tres preguntas: por qué la preocupación por la salud pública de los años 1830 y 1840 apareció en un contexto cultural dominado por las ideas malthusianas sobre la población y, por tanto, sin relación con la idea de «policía médica» de la Europa continental, preocupada por la despoblación e interesada en el bienestar del conjunto de la población en su calidad de fuente y producto de recursos; por qué, también, se originó aquel interés en un contexto político que minimizaba los tipos de problemas considerados «públicos»; y por qué, finalmente, la salud pública se concentró en aguas y alcantarillado. Hamlin considera que se debe hablar de un paradigma pre-chadwickiano, dominante en los años 1790-1840, para poder comprender las raíces de aquella preocupación por la salud pública. UNA IDEA DE SALUD PÚBLICA MÁS SOCIAL. Hamlin muestra, en los dos primeros capítulos, cómo las grandes cuestiones sociales del período -la reforma de la ley de pobres y de la administración penitenciaria, la reducción de la jornada laboral y la regulación del trabajo fabril infantil-fueron significativamente médicas y ofrece suficientes evidencias para señalar cómo se buscó la opinión de médicos y cirujanos, quienes gozaban de una autoridad reconocida. No obstante, las grandes cuestiones sociales se habían convertido en políticas y el encaje de la economía moral de la medicina en la economía política resultó muy conflictivo. Ello, hasta el punto que la idea de salud pública que se configuró desde los años 1830 no surgió de aquella medicina, sino de la religión, la ley de pobres y la policía. En efecto, el trabajo de Hamlin destaca cómo la persistencia de una medicina del equilibrio, de una medicina omnicomprensiva, en el conflictivo contexto entre una economía moral y una economía natural, se alejaba de la medicina de control que perseguía el estado. Hamlin recuerda que aquella medicina del equilibrio tenía un lugar en la economía moral, descrita por Edward P. Thompson, como complemento de la iglesia y de la justicia, ya que expresaba una tradición moral y una búsqueda del mantenimiento del equilibrio social. Sin embargo, se trataba de una medicina que no había cambiado de la misma forma que la sociedad y la ideología, haciendo así difícil su encaje en la sociedad de los años 1830. Este punto de partida permite a Hamlin centrar la atención en los largos debates sobre la reforma de la ley de pobres y la reducción progresiva de la jornada laboral fabril. Si bien, de forma aparente, el primer debate se dirimía entre la solución malthusiana de erradicación del problema a partir de la supresión de la asistencia y el mecanismo disuasivo del joven Chadwick, finalmente predominante, que convertía el «pauperismo» en un estigma más doloroso que la propia pobreza a partir de las severísimas condiciones de las diversas «workhouses», Hamlin señala la existencia de otros mecanismos, que no necesariamente pasaban por crear un lugar insalubre. Por otra parte, la campaña por las diez horas se solapó con el movimiento contra la nueva ley de pobres y con el cartismo. Hamlin abunda aquí en la línea de trabajo apuntada por Robert Gray y analiza con rigor los comités médicos y los activistas médicos consultados por las autoridades desde 1816, destacando el conocido trabajo del cirujano de Leeds, Charles Turner Thackrah (1832) 20. ---- Hamlin observa que fue sobre todo en el contexto médico donde se buscaron respuestas a aquellos aspectos del trabajo fabril que llevaban al deterioro de la salud y la moral. Más allá de las diversas respuestas médicas y de las amenazadoras visitas de los fabricantes a los médicos realizadas con el objeto de modificar determinaciones o aconsejar ignorancia, predominó una visión médica denunciante de los excesos en términos fisiológicos y, así, del trabajo fabril como una fuerza debilitadora de la salud o la constitución humana. A pesar de que el trabajo en las fábricas no comportaba una enfermedad específica ni la deplorable condición del estado físico podía ser considerada como una enfermedad en términos temporales y accidentales, los médicos y cirujanos no hacían más que describir «la sistemática destrucción de los cuerpos, física, social y espiritualmente». Este reconocimiento no fue, sin embargo, una garantía para la acción pública. En la línea argumental de Robert Gray, Hamlin descubre que, a diferencia de cómo fueron considerados los otros programas de reforma social, los factores sociales y económicos desaparecieron en la formulación de la nueva salud pública o «medicina política» en términos de problemas de salud. Esto fue motivado por diversas razones: por una parte, por las diferencias de opinión y de objetivos de los médicos y de la misma concepción de una medicina individual incapaz de reconocer a la población como conjunto; por otra parte, a causa de la ambivalencia de la clase obrera y la prensa radical, que priorizaron la lucha por los derechos civiles a pesar de reconocer la importancia del hambre y el debilitamiento en la destrucción física y moral de los trabajadores; finalmente, a causa de la nueva ley de pobres que acabó imponiendo el liberalismo industrialista 21. Es importante destacar cómo la tensión entre esta «medicina moral» y la economía política fue exacerbada en tiempos de Chadwick, en la medida que interfería profundamente en el mercado. La formulación causal de aquella medicina enfatizaba las «causas de la predisposición» de la enfermedad, que eran todas las fuerzas que podían alterar la constitución humana. Esta idea convertía la pobreza en una «condición» patológica y, por tanto, determinadas condiciones de vida fueron asociadas a la enfermedad en la medida que eran causantes del deterioro general de la constitución del individuo. No deja de ser significativo que las causas identificadas por los médicos, en términos fisiológicos, sobre las enfermedades entonces predominantes -pulmonares, como la tisis; derivadas de la malnutrición, como el raquitismo y otras deformaciones; y las fiebres-coincidiesen con las que señalaban los críticos de la industrialización. Esto es, malnutrición, vestido, atención infantil, ventilación, ausencia de luz, trabajo excesivo. Conviene señalar la respuesta que dieron a estos problemas los médicos del norte de Inglaterra, especialmente los de Manchester. Hamlin abunda aquí en la línea interpretativa de John V. Pickstone y destaca que la defensa de los «fever hospitals», extendidos desde los años 1790, realizada por aquellos médicos se convirtió en una apuesta ----21 Conviene señalar el diferente impacto que ha tenido el análisis sistemático de la documentación administrativa sanitaria y de la literatura médica relacionada con el mundo fabril en la historiografía europea. En el caso español, las páginas escritas por José María LÓPEZ PIÑERO (1964) apenas han hallado eco. Véase: «El testimonio de los médicos españoles del siglo XIX acerca de la sociedad de su tiempo. El proletariado industrial» en Medicina y Sociedad en la España del siglo XIX, Madrid, Sociedad de Estudios y Publicaciones, 109-208. El cas de Sant Martí de Pronvençals, 1850-1900, Universitat Pompeu Fabra, trabajo de investigación de doctorado inédito. decidida por una medicina pública intervencionista ante el hecho epidémico y en una garantía de un programa social más amplio a partir del sistema de las subscripciones basado en la idea de reciprocidad auxilio/reconocimiento. Además, Hamlin insiste en destacar los trabajos del médico escocés William Pulteney Allison como el ejemplo más significativo de la crítica médica al capitalismo y al industrialismo. Hamlin contrapone su análisis al del panfleto apologético del médico liberal James P. Kay-Shuttelworth (1832) -utilizado una década después por Friedrich Engels para defender justamente lo contrario-y a los populares trabajos del líder de la iglesia evangélica escocesa, Thomas Chalmers, representante de una economía política cristiana que fundía el auxilio y la confianza en el mercado. A pesar de reconocer la miseria de las condiciones de vida y de trabajo de la población trabajadora, tanto Kay como Chalmers no dudaron a la hora de culpabilizar a los trabajadores de su caída moral -indigencia, intemperancia, reproducción irresponsable-y de afirmar que no se podía exigir ninguna acción a la sociedad ya que aquella situación no era un resultado natural sino fruto de la ley divina. En contraste, Allison argumentó que aquella miseria estaba ligada a «los caprichos de los propietarios o las especulaciones de los capitalistas». Sin embargo, los esfuerzos de Allison por diferenciar entre moralidad y salud pública y por considerar la pobreza como el auténtico problema de salud pública no tuvieron nada que hacer ante la idea chadwickiana de una salud pública políticamente inocua, concentrada en la canalización del agua y en el alcantarillado y destinada a «civilizar» la conducta de la población trabajadora a través de la fuerza del «hábito». LA CREACIÓN DE LA CONDICIONES SANITARIAS. La parte central del trabajo de Hamlin muestra cómo Chadwick desafió con éxito la opinión médica coetánea sobre las causas de las enfermedades y estudia la construcción de aquella reduccionista «idea sanitaria» a partir del análisis del conocido «Sanitary Report». Este trabajo de Chadwick fue el resultado de la proyección a toda Inglaterra y Gales de las conclusiones de la investigación realizada sobre las causas de las fiebres que afectaron al East End londinense en 1837-38. Hamlin argumenta que la defensa de la teoría miasmática, que relacionaba la infección con la putrefacción de materias orgánicas, resolvió la contradicción entre la medicina tradicional y la economía política en la medida que ofreció una solución anodina en un contexto de crisis social, y dio lugar, a pesar de la apatía de los gobiernos Tory y Whig, a la creación de la «Health of Towns Commission» (1843-45) y de la «Public Health Act» (1848). El análisis de los informes sobre las fiebres londinenses confirma la «marca» chadwickiana de todos sus trabajos desde 1832: la selección discriminatoria de argumentos para sostener unas respuestas y unos objetivos ya predeterminados. Hamlin muestra que la iniciativa sanitaria de Chadwick se produjo en el contexto del fracaso de la nueva ley de pobres. El ataque contra el sistema disuasivo de Chadwick bajo la acusación de ser causante de enfermedad y la afirmación de médicos y activistas radicales sobre la miseria como causa de la enfermedad eran incompatibles con una ley dirigida a retornar a los potenciales demandantes de auxilio al mercado de trabajo, aceptando las condiciones de trabajo dominantes, así como con los mismos principios de no intervención en el mercado. A esta visión global de la enfermedad se añadió la oposición a la reorganización de la práctica médica pública en el marco de la nueva ley de pobres. Chadwick reaccionó, a partir de un uso parcial de sus fuentes y a través del recurso a la estadística, y luchó por sacar la medicina de la economía desviando el problema de las condiciones económicas hacia problemas de estructuras físicas y conductas humanas. El descubrimiento de las «condiciones sanitarias» eximía de cualquier responsabilidad al trabajo fabril y se concentraba en los problemas estructurales producidos por la aglomeración urbana. De esta forma, la aplicación o inversión de parte de la dotación de la ley de pobres en la modificación de estructuras podría reducir la enfermedad y abaratar los costos del auxilio. La arbitrariedad del razonamiento «sanitario» descansaba en la marginación deliberada de otras argumentaciones médicas y en la construcción de una teoría médica basada en el agente at-mosférico único, que necesariamente llevaba a una solución: «saneamiento o muerte». Hamlin señala que la larga gestación del «Sanitary Report» iniciado en 1839 sólo se explica a partir de la adaptación del proyecto chadwickiano a las circunstancias cambiantes y a la conversión de una investigación sociomédica en un paradigmático análisis social con un vocabulario y unas premisas propias. Entre estas circunstancias, cabe destacar la denuncia sistemática de muchos médicos que habían visto con claridad las implicaciones políticas que comportaba el «sanitary improvement» -considerado por los médicos como una pieza más del programa asistencial que se necesitabacomo salvaguarda de la carrera política de Chadwick y de la supervivencia de la política de pobres. Parece evidente, por tanto, la necesidad de ir más allá de la interpretación historiográfica que considera la política chadwickiana como una respuesta generosa al «descubrimiento» de la suciedad y de comprender el tránsito del área administrativa de la pobreza al del saneamiento como un proceso completamente ligado a la carrera de Chadwick en la administración. A esta revisión contribuye la lectura crítica de Hamlin del «Sanitary Report». Una lectura que desafía la visión apologética de estudios anteriores al considerarlo como «un manifiesto político, no una investigación empírica de las condiciones que afectaban la salud». En efecto, Hamlin muestra cómo, en un contexto de crisis social, Chadwick se distanció de las diferentes soluciones debatidas y desplegó estratégicamente los argumentos que convertían el saneamiento en el mecanismo político más viable para conseguir la estabilidad social. Las tres líneas fundamentales del programa chadwickiano fueron: la unificación legislativa basada en una administración pública centralizada, léase benthamita, que eliminase las supuestas trabas locales; la reducción de costos (administración de la ley de pobres, salarios y gastos médicos) derivada de la inversión en estructuras sanitarias como base del desarrollo económico; y la introducción de una arquitectura disciplinaria, dada la convicción que la moral estaba determinada por las «estructuras», que corregiría ciertos hábitos y contribuiría al desarrollo de una mayor estabilidad social mediante la creación de nuevos hábitos. Más arriba se ha señalado la característica discriminación y parcialidad en el uso de las fuentes chadwickianas como fruto de una estrategia selectiva que rechazaba las cuestiones sociales que no encajaban en sus objetivos políticos. En la defensa de una salud pública más política y económica, Hamlin destaca la presencia de factores «no solicitados» (alimentación, vestido, alojamiento, descanso laboral) en los informes, sobre todo de los médicos, presentados a Chadwick. No obstante, la mayoría de informes siguieron el modelo de encuesta definido por Chadwick, centrándose de forma exclusiva en la clase trabajadora masculina, ya que compartían su visión sobre dicho grupo social como peligroso, irresponsable y amoral. Dichos informes refuerzan la idea de un distanciamiento social mediante la búsqueda de signos físicos como expresión de la única forma de comunicación con aquella población. Esta «sensibilidad sanitaria», unida al miedo y aversión creados en las clases medias y al uso del argumento científico como signo inequívoco de progreso y civilización, explicarían, según Hamlin, el rápido desarrollo de la «idea sanitaria» desde 1843. La desaparición de la idea de pobreza como causa de la enfermedad y como punto de partida de una política de salud pública más social resultó evidente en el panorama interpretativo de la crisis irlandesa de 1846-47. La parte final de la obra de Hamlin estudia la metamorfosis de los problemas sociales en problemas medioambientales. La creación de una nueva área de acción pública moderada creada y dirigida por Chadwick fue clave para transformar una salud pública no fundamentada en la idea de si la miseria era causa o efecto de la enfermedad. Sin embargo, y a pesar de los esfuerzos de Chadwick por imponer uniformidad en la labor de su comisión, algunos informantes volvieron a detallar aspectos no deseados (mortalidad infantil, enfermedades pulmonares, pobreza, falta de ventilación). Ante esto, Chadwick aprovechó que la mayoría de informantes londinenses eran médicos para consolidar la teoría médica miasmática como explicación causal de la enfermedad, ignorando así la dieta, la fiebre y el debilitamiento como problemas de salud, de su idea de «salud pública». Hamlin concluye que los objetivos de la salud pública chadwickiana habían pasado a ser «estructuras» y, por tanto, ya no cabía hablar de población trabajadora sino de lugares, de ciudades. Una singular alianza política -no hallada a la hora de regular el trabajo infantil, asegurar la ley de pobres, revocar las tarifas de granos, etc-permitió la rápida aprobación de la «Public Health Act» (1848) y el traslado de la idea de salud pública al ámbito urbano bajo el control del «General Board of Health» y de las «instituciones de mejoras urbanas» creadas en el siglo XVIII. El apoyo para la creación de esta máxima autoridad sanitaria, favorecido por los cambios habidos en materia de soluciones practicables, las circunstancias políticas y la propia carrera de Chadwick, se fundamentó en la idea chadwickiana de una «sanitary universality», que determinaba un nuevo derecho universal al agua y al saneamiento a través de la tecnocracia sanitaria. Una idea que no suscitaba polémicas políticas ya que no se traducía en derechos sobre aquellos problemas definitivamente ignorados: alimentación, trabajo, educación, atención médica. La «idea sanitaria» de Chadwick, desarrollada entre 1848-54, consistió en la dotación simultánea de un «sistema de agua, alcantarillado y reciclaje de residuos». La conflictiva aplicación de este programa comportó la destitución de Chadwick al frente de la institución a causa de las diferentes formas de entender la idea sanitaria aprobada. Hamlin muestra los tres frentes principales en que se manifestó la falta de coincidencia con la aplicación despótica de los objetivos de Chadwick. Por una parte, el rechazo de las autoridades locales al modelo sanitario de ciudad de Chadwick mostró los diferentes objetivos y responsabilidades sobre lo que debía de ser la salud pública. Por otra, los ingenieros no compartían la creencia dogmática de Chadwick en sus sistemas sanitarios y en su aplicación uniforme, y se interesaron más por la construcción de sus carreras en función de cada situación y en relación con la demanda específica de los clientes. En tercer lugar, el propio papel del estado en manos de Chadwick había pasado del consejo técnico a la imposición del modelo sanitario a las ciudades, lo que significaba la aceptación de una responsabilidad no deseada por parte del estado, que se corrigió tras la caida de Chadwick. En cualquier caso, el pragmatismo y el oportunismo de Chadwick a lo largo de estos años le permitieron consolidar y adaptar su dinámica «idea sanitaria» a cada situación en función de sus intereses profesionales, hasta el punto de sobrevivir a su propia caida. De hecho, los efectos de aquella «idea sanitaria» han sido suficientemente duraderos y evidentes como para que el concepto de «Salud Pública» haya llegado a ser equiparado con la idea de «mejora sanitaria» y lo «sanitario» refiera principalmente a «tecnologías municipales y domésticas que preservan el cuerpo de la subversión creada por la materia en descomposición». A MODO DE CONCLUSIÓN. A la vista de la reflexión historiográfica y de los aspectos suscitados por la lectura del libro de Hamlin, los cuales no agotan todas las vías exploradas por el autor sobre los diversos componentes de la idea de salud pública y sobre cómo la definición finalmente triunfante debía aplicarse, resulta evidente señalar el interés que el libro debería despertar en todos los estudiosos de la formación de la sociedad contemporánea. Por ello, cabe destacar la notable aportación y la calidad de la investigación llevada a cabo por Hamlin desde la historia de la medicina, tanto en materia de preguntas y revisión de conceptos historiográficos como en términos de exploración de una rica documentación sobre las condiciones de vida y de trabajo de las clases populares en un momento fundamental del proceso de industrialización. En este sentido, el trabajo de Hamlin va, sin duda, más allá de la mera recuperación del interés individual, en este caso el de Chadwick, por la «historia de la acción colec-tiva», entendido como una simple categoría analítica subsidiaria para comprender su repercusión en la esfera de la «acción social colectiva» 22. Además, a la luz del libro de Hamlin, parece necesario estimular investigaciones sobre las condiciones de vida y trabajo de la población trabajadora y sobre otras políticas de salud pública no subordinadas al estado y vigentes todavía en la época contemporánea, que superen algunas de las reflexiones y conceptos, a menudo reduccionistas o «chadwickianos», que sobre esta materia se han realizado en el panorama historiográfico español.
Luis Montiel es un magnífico conocedor de la tradición alemana, tanto literaria como médica. Su excelente libro, junto a Elvira Arquiola, llamado La corona de las ciencias, nos relataba la transición entre la medicina ilustrada y la romántica en la Europa del cambio de siglo. Insiste ahora en el conocimiento del sector médico que más le interesa, el de la medicina del alma, a través de la interesante obra El simbolismo del sueño, muy bien traducida por J. García Font. Nos adentra en el significado del romanticismo médico alemán, que recupera la vieja idea griega de que la fisiología humana es Naturaleza. Es más, toda la vida humana es participación en la Naturaleza, como insistían los filósofos y los médicos clásicos, de Grecia y Roma. También desde los antiguos, recobrada por la filosofía natural del Renacimiento, se insiste en el valor de la recuperación de los sueños. Extraños «síntomas» que ahora se definen como espuma y se consideran como objetos de la historia natural, si bien como el «lado nocturno» de la ciencia natural. Se quieren explicar desde el conocimiento del sistema nervioso vegetativo, cuando entra en relación con el central. Se recurre a diversos elementos anatómicos, con amplio significado cultural y tradicional, así a los nervios de la fonación, pero también al hígado y al plexo celíaco. No es extraño que todos estos elementos se relacionen con la adivinación, la profecía, pero asimismo con la poesía y la locura. Sería una entrada en el infierno de las funciones inferiores, tan temida por Descartes y los racionalistas. Esta parte oscura del ser humano, que no admite la ética ni el humor habituales, que escarba en el fondo de la mente y de la juventud y la infancia, tiene un doble papel de vida y muerte. Actuando como el alquimista helmontiano, con sus caminos de análisis, destruccción y asimilación, las funciones vegetativas llevan a la nutrición y al crecimiento, al conocimiento también. El espacio y el tiempo, más que atributos de Dios o de la Natureza, son por tanto ciclos vitales. Los sueños son también símbolos universales, que vienen de la Naturaleza, por tanto de su Creador. La primitiva significación que en Babel, o en el Paraíso se perdió se recupera por el «poeta escondido», quien es capaz de descubrir de nuevo distintos significados, por tanto de poetizar. Se supera la vivencia kantiana del tiempo, recuperando los sueños de la juventud, y también el sentimiento de culpa. Sabe bien Luis Montiel, como buen escritor que es, la coincidencia entre narrativas, literarias y psicológicas. Las cercanías que establece entre otras obras del autor, o de otros escritores, como Hoffman, así lo muestran. La relación entre escritura y clínica, que él conoce bien a través de sus estudios de Mann y Jung, es necesaria y nos señala bien por donde se escapan esas burbujas de la vida interior. Desbordando las barreras, o más bien escuchando su fogonazo, los vapores nos embriagan de belleza y sabiduría, pero también de dolor y angustia. La búsqueda de significado siempre es difícil, es el camino de la psicología de las siguientes generaciones. FRANCISCO J. PUERTO SARMIENTO, MARÍA ESTHER ALEGRE PÉREZ, y MAR REY BUENO (coords.), 1898 Sanidad y Ciencia en España y Latinoamérica durante el cambio de siglo, Madrid, Universidad Complutense de Madrid-Eds. La obra que aquí se presenta constituye el resultado de las aportaciones realizadas en el Seminario Internacional Complutense que, bajo el mismo título que la publicación que comentamos, tuvo lugar en la facultad de Farmacia durante los días 12 y 13 de noviembre de 1998. Este acontecimiento, en el que participaron historiadores de la ciencia latinoamericanos y españoles, se sumó a las numerosas iniciativas que, con motivo del final de siglo y, especialmente, del significado de 1898 para nuestro país, se organizaron con la finalidad de reflexionar sobre lo acaecido en diversos terrenos en el tránsito del siglo XIX al XX. Así, entre las actividades que se ocuparon de estudiar el papel y los efectos de la crisis de 1898 en la Medicina, cabe mencionar la organizada por Juan Luis Carrillo en Sevilla los días 19 y 20 de diciembre de 1997, cuyos resultados formaron parte del monográfico «La crisis de 1898 en la medicina» publicado en el volumen de Dynamis de 1998 y de la publicación Jornadas «La crisis de 1898 y la Medicina» (1999). Centrada en el ámbito de Madrid, fue la mesa redonda organizada por Rafael Huertas que, bajo el título La higiene madrileña y sus instituciones en el cambio de siglo. Con anterioridad, en octubre de 1996, R. Campos y R. Huertas coordinaron un módulo sobre «La Ciencia en el 98» en el marco de las Jornadas sobre 1898,¿ruptura o continuidad?, que fueron organizadas por Consuelo Naranjo y se celebraron también en el Centro de Humanidades del CSIC de Madrid. Sin duda, el carácter internacional del Seminario, tanto en lo que se refiere a participantes como con respecto a los temas abordados, permitió enriquecer el contenido de la reunión y de esta publicación, que se ha estructurado en dos partes. Una primera, en la que se recogen las aportaciones realizadas sobre la situación de la ciencia y la sanidad en torno al 98 en los territorios extrapeninsulares de influencia hispana; y una segunda, consagrada a mostrar lo ocurrido en la España del cambio de siglo. La primera parte del libro se inicia con dos capítulos dedicados a presentar lo sucedido en México. En el primero de ellos, P. Aceves toma como punto de partida la situación de renovación vivida por las ciencias naturales a finales del período colonial, expresada con más fuerza a partir de la independencia mejicana en 1821, para ocuparse a continuación del proceso de construcción de una materia médica y farmacopea mejicana, y acabar centrando su exposición en la renovación subsiguiente de los estudios de medicina y farmacia. En este último caso, la autora nos muestra la influencia favorable de la independencia mejicana en el proceso de ordenamiento y consolidación de la profesión farmacéutica. A su vez, C. Viesca expone el también positivo papel que la independencia ejerció en el desarrollo e institucionalización de la investigación médicofarmacéutica mejicana. Se trata, por tanto, de dos aportaciones complementarias, incidiendo más la primera en los aspectos profesionales y la segunda en la vertiente científico-técnica. En su trabajo, M. Sapag-Hagar hace un recorrido por la situación de Chile en el cambio de siglo, llamando la atención sobre la relación de su aislamiento geográfico con la lentitud registrada en el desarrollo científico y el consiguiente atraso, que sólo sería superado a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX. En ese proceso de superación, además del papel representado por los viajes científicos desde la metrópoli -como la Comisión del Pacífico (1862-1866) no mencionada por el autor-, contribuyeron de modo importante tanto la inmigración de profesionales y científicos del Viejo Mundo como el regreso de los jóvenes médicos que habían sido becados para formarse en Alemania y Francia. Esto último fue especialmente importante en el ámbito de la bioquímica y la bacteriología y, consecuentemente, en el proceso de modernización de la medicina chilena. La profesión farma-céutica también alcanzó un mayor desenvolvimiento e institucionalización durante este período, especialmente desde que en 1833 se regularon los estudios de farmacia y, sobre todo, con la llegada de farmacéuticos alemanes a partir de 1850. El autor relaciona este proceso con el protagonismo que alcanzaron la ciencia médica, la sanidad y los profesionales sanitarios en el cambio sociopolítico operado en Chile en el tránsito al siglo XX. Este mismo período, pero para el caso argentino, fue objeto de atención por parte de C. Lértora. Esta autora se centró en el estudio de las relaciones (convergentes y divergentes) entre los cambios operados en las ciencias médicas y la práctica sanitaria, tratando de mostrar sus conexiones con la ideología científica hegemónica y con las necesidades sociales. Al igual que sucedió en los otros países mencionados, fue en la segunda mitad del siglo XIX cuando se llevó a cabo la reorganización científica, en la que participaron las universidades y academias argentinas. Como cierre de la primera parte de esta publicación, A. González nos presenta la labor desarrollada por naturalistas españoles en el norte de África entre 1860 y 1936. A pesar de este planteamiento, el autor no se restringe al marco geográfico de los territorios norteafricanos, sino que lo amplía a Guinea y Fernando Poo. Quizás debido a esta dispersión geográfica, no se ocupa suficientemente de las misiones al noroeste africano de 1884 y 1886, que se llevaron a cabo con el fin de estudiar su fauna y su flora y en las que participaron figuras tan relevantes como Manuel Antón y Ferrándiz. Este sabio alicantino consagraría su vida a los estudios antropológicos a partir de su participación en la misión de 1884. La segunda parte del texto que, como se indicó, está consagrada a nuestro país, contó con las aportaciones de un nutrido número de historiadores de la ciencia españoles que se ocuparon de aspectos relativos a la historia de las ciencias naturales, de la psiquiatría, de la química y de la farmacia en la España del fin de siglo. En el trabajo de F. Pelayo, a través de la actividad realizada por los naturalistas españoles de la segunda mitad del siglo XIX y de la respuesta dada a la recepción del darwinismo, se nos muestra el conflicto entre ciencia y creencia en España a finales de la centuria. El autor pone de relieve las limitaciones que todo ello supuso para el desarrollo e institucionalización de las ciencias naturales en nuestro país. Como afirma Pelayo, el contexto dentro de nuestras fronteras al iniciarse la segunda mitad de la pasada centuria no era el adecuado para recibir la obra de Darwin. Su difusión se llevó a cabo entre 1868 y 1874, siendo la paleontología la disciplina más importante en el debate darwinista al ser el registro fósil la principal prueba para darwinistas y creacionistas. Creo que este hecho que expone el citado autor permite explicar, en España y buena parte del resto del mundo, el eclipse del darwinismo producido a finales del pasado siglo, que se resolvió con el recurso a la genética mendeliana y el surgimiento del neodarwinismo. A continuación, A. Gomis ofrece un breve panorama de las principales instituciones científicas españolas (Museo de Ciencias Naturales, Real Jardín Botánico, Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, Sociedad Española de Historia Natural, Ateneo Científico Literario y Artístico de Madrid -sobre todo de su Sección de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales-y la Real Academia de Medicina) y de su grado de desenvolvimiento en el final de siglo. Sin abandonar este ámbito institucional, E. Valverde y C. Sanchidrián discuten en su trabajo sobre el marco teórico relacionado con la fundación del Laboratorio Municipal de Madrid, concluyendo que ésta no se cimentó en la teoría bacteriológica sino en explicaciones más antiguas del origen de la enfermedad como las doctrinas miasmática y telúrica. Con un buen manejo de las fuentes, R. Campos, R. Huertas, O. Villasante, y A. Diéguez -dos historiadores de la ciencia y dos psiquiatras-, identifican algunos de los interrogantes existentes en la historiografía psiquiátrica española respecto a lo que fue la psiquiatría en nuestro país en el cambio de siglo, y adelantan algunas respuestas. Los autores apuntan cómo frente a la afirmación tradicional de que la psiquiatría española del siglo XIX tenía una orientación exclusivamente anatomoclínica, es preciso admitir que hubo orientaciones organicistas y psicologistas, y que incluso convivieron ambas en algunos autores como Giné. Se ha dicho también que los manicomios públicos nunca fueron espacios medicalizados y que, precisamente, la ausencia de directores médicos fue una de las principales razones de su deterioro, pero esto sólo habría sido cierto para algunos manicomios como el de Leganés. Igualmente, los autores consideran necesario matizar el papel protagonista asignado tradicionalmente a los establecimientos privados en el origen y desenvolvimiento de la psiquiatría española del fin de siglo, ya que estos centros se debatieron entre la legitimación científica y la promoción empresarial, teniendo algunos de ellos serios problemas de gestión y masificación, llegando incluso a fracasar como instituciones terapéuticas. Con respecto a la recepción del degeneracionismo en nuestro país, los autores refieren la existencia de dos posturas distintas adoptadas por los alienistas entre 1876 y 1900, según los medios en los que desarrollaban su actividad profesional. Así, el rechazo o la indiferencia presidieron sus actuaciones en el ámbito clínico, mientras que como peritos en los tribunales fueron firmes defensores de la doctrina degeneracionista. Esta doble actitud es explicada por los diferentes objetivos e implicaciones que podía tener en cada uno de esos medios. Mientras que en sus intervenciones en los tribunales la teoría de la degeneración les posibilitaba la construcción de la teoría científica de la defensa social y su legitimación como expertos, en el ámbito de la asistencia debían hacer frente a los aspectos clínicos del problema y su principal objetivo era la promoción de sus centros privados y el logro del monopolio asistencial. Como cierre, los autores hablan de la influencia que tuvo el movimiento regeneracionista en la renovación de la psiquiatría española, indicando que su modernización se produciría realmente en la segunda y tercera década del siglo XX. La historia de la química fue objeto de atención en dos de las contribuciones realizadas en este Seminario. Por un lado, F. J. Puerto mostró cuál era la situación de la enseñanza de la química en España en torno a 1898. Para ello, tras hacer un breve resumen desde el Renacimiento hasta el siglo XIX, se centró en lo ocurrido a partir de 1845 al objeto de poner de relieve cómo se introdujo la química en la Universidad española y la transformación que en lo relativo a su implantación y desarrollo se produjo hacia el fin de siglo. A través de dos testimonios de Rodríguez Carracido de 1887 y 1927, el autor señala cómo 1900 fue un punto de inflexión en la situación de atraso y dependencia científica del exterior en esta disciplina. A su vez, I. Pellón, se ocupó de un problema concreto, «la recepción de la teoría atómica química en la España del siglo XIX», indicando que ninguna obra original española de química recogió la teórica atómica en los primeros años del siglo, siendo el primer texto castellano que la incluyó el de M. Orfila de 1822. Un aumento progresivo del número de publicaciones que se hacían eco de dicha teoría se registró a partir de 1830 y, sobre todo, desde 1880. La historia de la farmacia fue otro de los temas abordados en la segunda parte de esta publicación. Las aportaciones giraron en torno a aspectos institucionales -análisis de la fundación y labor desarrollada por la Real Oficina de Farmacia en el fin de siglo, realizado por Ma E. Alegre y E. Valverde-y aspectos profesionales. Con respecto a esto último, J. Esteva dio cuenta de la crisis de los modelos de ejercicio profesional farmacéutico en la España del cambio de siglo e hizo un esbozo del surgimiento de la industria farmacéutica. A su vez, R. Rodríguez, siguiendo esta misma línea, centró su intervención en el análisis del cambio de actitud de los farmacéuticos españoles desde que fueron introducidos los remedios específicos en nuestro país hasta la consolidación de la especialidad farmacéutica como procedimiento farmacoterápico de elección en la década de 1930. Como señala el autor, la profesión farmacéutica española pasó, en algo menos de un siglo, de la fórmula magistral, elaborada y dispensada en las boticas, a la especialidad farmacéutica, fabricada por laboratorios especializados y puesta a disposición del público en las oficinas de farmacia. Ello supuso un cambio en la posición de los farmacéuticos frente al medicamento industrial, pasando del rechazo frontal del mismo a convertirse en protagonistas en su proceso productivo y en el control monopolístico de su comercialización. La obra comentada, por su carácter internacional en lo que a participación y temáticas se refiere, pone a nuestra disposición un conjunto de contribuciones, en las que se nos presenta una imagen de la sanidad, del desarrollo científico, y de la situación de la farmacia en España y algunos de sus antiguos territorios coloniales en el tránsito del siglo XIX al XX. Con ello se convierte en una publicación que puede contribuir a mejorar nuestro conocimiento en estos ámbitos en el período analizado. Un buen complemento habría sido la inclusión en el volumen de aportaciones relativas a lo acaecido en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, y una mayor reflexión sobre lo que supuso la pérdida de estas colonias para la situación de la ciencia y la sanidad en la antigua metrópoli y en aquellos territorios que acababan de ser «liberados» por Estados Unidos. María Isabel Porras Gallo Unidad de Ha de la Medicina, Fac. de Medicina Universidad de Castilla-La Mancha JOSÉ LUIS PESET, Genio y desorden, Valladolid, Cuatro Ediciones, 1999, 168 pp. La aventura espiritual y vital de Balthazar Cläes, relatada con maestría por Balzac en La recherche de l ́absolu plantea la incompatibilidad de la felicidad humana con las aspiraciones más elevadas del espíritu. Aquí la alquimia es una metáfora de la perfección, pero en este camino, los genios tentados por grandes empresas, por la perfección en el arte, por la búsqueda de las claves del saber, carecen de medida y el infortunio y la locura son dos de los resultados de esta desmesura. El héroe balzaquiano se sitúa muy cerca de los personajes a los que Peset nos acerca. La idea de partida de la obra está en la línea del renacido interés contemporáneo por el genio, el creador o el sabio, con pinceladas históricas sobre su origen y sobre los momentos en los cuales ha vuelto a surgir, cual Guadiana, desde sus raíces clásicas. El tipo de análisis escogido es la autopercepción de la condición de creador por parte de una serie de personajes clave en la cultura europea: Huarte de San Juan, Montaigne, Torres de Villaroel, Diderot o Thomas Mann. Desde sus obras surge la reflexión sobre las situaciones frecuentemente alejadas de lo que se rotula como normalidad, desde sus experiencias con situaciones fronterizas o claramente límites, y de forma especial, con la enfermedad y la muerte como vivencias humanas, desde su instalación como creadores. Genio y desorden se estructura en dos grandes partes, la primera de las cuales, Los reflejos de la naturaleza pretende dar respuesta a la pregunta inicial, en qué consiste el genio, cuáles son sus características, a través de los escritos de Huarte de San Juan, de Montaigne, de los más importantes escritores que se ocuparon del mito de Fausto y del siempre peculiar Torres de Villarroel. Un denominador común desde el punto de vista biológico es, con matices, la teoría humoral y dentro de ella, la consideración de las cualidades de sequedad y frialdad-propias del humor melancólico-como características de los sabios quienes, como contrapartida, tendrán una mayor propensión a padecer enfermedad. Las referencias de Huarte a las mujeres, tema magníficamente estudiado por Elvira Arquiola (Asclepio, 40, 1988, 297-316), son contempladas por el médico de Baeza como personajes acompañantes del hombre de genio a las que se atribuye en ocasiones papeles de heroínas o de madres, aunque les es escatimado el de personas sabias e inteligentes. Uno de los capítulos más conseguidos es el consagrado a Michel de Montaigne sobre el que Peset arroja, desde nuestro punto de vista, una nueva mirada que va más allá de lo que Jean Starobinsky señala en su estudio sobre las doctrinas médicas en la obra del autor francés; la sabiduría como aceptación de la naturaleza y del propio cuerpo y la enfermedad como camino para endurecer al hombre y prepararlo para la muerte (p.47). Tras el análisis de los «Faustos» (desde el primigenio germánico, pasando por el de Goethe y el de Marlowe) cuya aventura no conducirá sino a la soledad, y donde Peset recoge acertadamente todas las interpretaciones contemporáneas del mito, la primera parte de la obra reseñada se cierra con el capítulo «Estrellas y Coluros», donde el autor vuelve a aproximarse, desde sus estudios anteriores sobre sus almanaques y pronósticos, a la obra de Torres de Villarroel, centrándose ahora, sobre todo, en su autobiografía. Es allí, en Vida, donde más explicitamente pueden rastrearse las vivencias del catedrático salmantino sobre la sabiduría, la enfermedad y la muerte. La Coronación de la música, es el título genérico de la segunda parte de la obra que reseñamos, con Rousseau y Diderot como primeros protagonistas que tienen como elemento común el camino no racional hacia el conocimiento y sus connotaciones para la salud. Tras los dos insignes franceses, que dan un carácter sacralizado al genio, otro de los autores analizados, Kant, recogerá para Peset parte de la herencia de Rousseau en su ensayo sobre las enfermedades de la cabeza, en el que el pensador alemán plantea una interpretación sobre la cercanía existente entre el hombre de genio y la enfermedad mental, alejada ya del humoralismo. Tissot en su tratado de higiene sobre les gens des lettres, por el contrario, mantiene todavía viva la tradición humoral aunque matizada con los nuevos puntos de vista fibrilaristas y con un abundante catálogo de recomendaciones higienistas necesarias para los que cultivan las ciencias y el estudio, por su tendencia a padecer alteraciones mentales Médicos y artistas y El yo y el diablo cierran esta segunda parte del libro. Capítulos inmersos ya plenamente en el periodo contemporáneo en el que el autor señala dos líneas paralelas en la consideración teórica de la figura del genio: la degeneracionista y la evolucionista fruto de contextos políticos, ideológicos y sociales diferentes. Ello permite a Peset retomar, entre otras como la de Nietzsche, Oscar Wilde y Thomas Mann, la obra de Cesare Lombroso, de la que es un reconocido especialista. Obra con planteamiento muy original, con una calidad literaria de factura excelente, cargada de referencias cultas, no solo desde la literatura sino desde otros espacios de la creación artística (las obras de Miquel Barceló y el inquietante pero siempre interesante Edvard Munch son algunos de los citados, pero también Wagner, Bach o Schumann) que están, en todos los casos, bien justificados y que son un valor añadido al puramente historiográfico del libro. De igual modo la presencia de los claroscuros de Caravaggio en las pocas ilustraciones que acompañan el texto nos sitúan, con una simple ojeada, en una atmósfera propicia para la comprensión de los contenidos de la monografía. Rosa Ballester División de Historia de la Ciencia Universidad Miguel Hernández DAVID YOUNG, El descubrimiento de la evolución, Barcelona, Ediciones del Serbal, 1998, 294 pp. Nos encontramos ante un libro que tiene dos primeras cualidades: tiene una elegante y excelente presentación y un título escueto y muy preciso. Hay que decir también que la lectura de sus páginas felizmente completa y confirma la primera impresión. Un libro bien escrito, con claridad y sencillez sin perder la capacidad de explicar la complejidad de los problemas que plantea, haciendo comprensible, pero no por eso simple, lo que nos relata y explica. Además, y esto se agradece especialmente porque no es muy frecuente, está muy bien traducido. Ilustraciones también excelentes y adecuadas al texto y a las explicaciones que en el se contienen. Un libro, pues, que llama a la lectura de tan apasionante tema, la historia de la conformación de un pensamiento que tan clara-mente pone encima de la mesa: la historia del descubrimiento de la evolución, la historia de los seres vivos, para la que es esencial la historia de la naturaleza toda. Es una obra que toma como guía un análisis de las ideas clave, -no relata simplemente hechos y circunstancias-y cómo las ideas en unos casos se contraponen y en otros se ajustan. El autor va aclarando, además, a lo largo del texto, aspectos importantes del razonamiento científico, como la concepción de teoría, ciencia y conocimiento científico, biología (historicismo de la biología), etc. Comienza la historia del descubrimiento de la evolución con el pensamiento de Aristóteles y de los griegos. Dedica, como es lógico, un gran especio al desarrollo de la ciencia natural y la importancia de la búsqueda de organización en un mundo natural creciente, la búsqueda de clasificaciones, señalando la tarea de John Ray y Frances Willughby en zoología, y después, claro, la de Linneo en relación con la botánica y la nomenclatura, así como la importancia de los estudios de Cuvier y Buffon. Por otra parte, el autor analiza las formas de enfrentarse con la realidad de la diversidad y de la evidente adaptación de los organismos a su medio. Y transmite, con mucha claridad, la importancia de los descubrimientos fósiles y el proceso de su reconocimiento como representantes de seres vivos antiguos y la importancia que esto tuvo para la comprensión de la evolución de los seres vivos de una manera clara. En definitiva, es un libro que sigue todos los pasos históricos del descubrimiento de la teoría evolutiva, señalando con claridad, y explicándolos, sus aspectos más significativos. Desarrolla, pues, todos los pasos históricos del evolucionismo desarrollando una exposición rica en matices y nada lineal. Centrándose en los problemas esenciales de la comprensión de la transformación y evolución de los seres vivos, jerarquizando los problemas pero exponiendo sus dificultades y complejidades. Está muy bien explicado el proceso y las ramas del conocimiento que tuvieron que encajarse, acoplarse para llegar a la conclusión de que todas apoyaban la existencia clara de un proceso evolutivo en que, de algunas o de varias maneras actúa la selección natural como motor del proceso. El análisis y la descripción de la historia de las ideas transformistas y evolucionistas transcurre con tanta facilidad que es una obra que cualquier interesado puede leer de un tirón. Historia de la Ciencia, IH, CSIC AGUSTÍN ALBARRACÍN TEULÓN, Historia del Colegio de Médicos de Madrid, Madrid, Colegio Oficial de Médicos de Madrid, 2000, 696 pp. Con motivo del centerio de los Colegios de médicos, se han publicado interesantes estudios sobre sus orígenes. El que ahora comento, de gran envergadura, se ocupa de conmemorar la creación del Colegio de Médicos de Madrid. Como el autor señala, el origen de estas instituciones es complejo. Nacen en el contexto del fin del antiguo régimen, con el fin de las protecciones ya caducas de los oficios y las profesiones. Convertidas las que se ocupaban de la salud en profesionales liberales, se quiere arbitrar un sistema que garantice la supervivencia de sus miembros, asegurando a la vez una asistencia de calidad y una lucha contra el intrusismo. Se trata de un elemento, pues, fundamental en la historia de la profesión médica. El mayor mérito de Agustín Albarracín ha sido presentar una historia compleja de forma amena. No le ha sido difícil desentrañar el significado del Colegio, pues es un buen conocedor de la historia de la profesión médica. Además ha consultado cuidadosamente las principales fuentes, en especial los Boletines del Colegio de Médicos, desde 1896, y los Libros de Actas de las Juntas y Asambleas, desde 1893. No ha olvidado tampoco las principales revistas médicas, así como la bibliografía pertinente sobre el tema. Pero el mérito principal es convertir un difícil material en una historia interesante. Ha sido importante su buen quehacer como escritor, pero también haber sido capaz de entroncar las vicisitudes del Colegio de Médicos en los principales problemas de la época, sean políticos, económicos o profesionales. También ha sido hábil al sacar a la luz los principales personajes que han participado en evolución de la institución. Por ejemplo, es notable la presentación de los esfuerzos de Julián Calleja por conseguir la creación, o bien los de José Sanchís Banús por dotarla de contenido y saber. La edición, bien cuidada, destaca por el material iconográfico, así como por la erudición de las notas, los índices temático, onomástico e iconográfico. Es un magnífico ejemplo para las instituciones que quieren aprender de su pasado. Historia de la Ciencia, IH, CSIC CARLOS CASTRODEZA, Razón biológica. En la introducción de su libro Le groupe zoologique humain (París, 1956) Teilhard de Chardin expone su propósito de «estudiar la estructura y las direcciones evolutivas del grupo zoológico humano». El objetivo se resume en una duda histórica, conocer ¿qué lugar ocupa el hombre en la naturaleza? Similares intenciones suscribe la Razón biológica pero aplicando un criterio diferente del esencialismo utilizado por Chardin para resolver el problema de la evolución del hombre. Carlos Castrodeza ha elegido el accidentalismo como principio director de su análisis sobre el fenómeno humano para, acertadamente pensamos, considerar «al hombre como una entidad más sin concesiones particulares» (p.13). Existimos por un «accidente orgánico», como sucede con cualquier ser vivo. El biólogo Jean Rostand lo expuso con mayor ingenio literario: «procrear,..., es experimentar con el azar» (Pensées d'un biologiste, París, 1954). Considerar al hombre otro suceso natural es un acto de humildad que atenta contra el principio antropocéntrico que dirige nuestros pasos de especie dominante. Y ésta es una buena razón para no ser accidentalista, pero existen. Linneo, allá por el siglo dieciocho, fue uno de los primeros en dictaminar pública y científicamente la condición animal del hombre. El resultado es el Homo sapiens, el primero de los monos, acompañado entonces de una parentela ficticia de la que formaron parte el Homo troglodytes y el Homo caudatus, por ejemplo. Hoy nuestro particular árbol genealógico discurre por derroteros más certeros y el número de antecesores identificados aumenta periódicamente. Los paleontólogos certifican el cambio físico ocurrido en el género Homo y ahora la evolución del grupo zoológico humano es, principalmente, un problema cultural a debate. La propuesta de Castrodeza para determinar La base evolucionista del pensamiento se desarrolla siguiendo un patrón universal: la relación del individuo con el medio, ya que «la pretensión más general de todo ser vivo es la de conocer su medio externo» (p.23). Explorar y conocer es una razón de supervivencia, circunstancia que para el hombre, inmerso en su realidad cultural, significa comprender la naturaleza. El lema es conocer para sobrevivir y no para explotar el medio, aunque pocas veces se practique. En este marco evolutivo morfología y cultura tienen un valor adaptativo relativo a su funcionalidad y disfuncionalidad, considerándose la evolución como una cuestión de estrate-gias adaptativas y eficacia biológica -cap.2-. Comprender significa reunir información para relacionarse con el medio empleando la estrategia más eficaz. Sin embargo, la estrategia desplegada por el hombre pone en juego conceptos aparentemente contradictorios como la ética. ¿Para qué sirve la ética? -cap.3-. El interrogante conduce al problema de las dos culturas, científica y humanística, plantea el enfrentamiento que tecnología y filosofía mantienen por liderar nuestro desarrollo social ejerciendo como vectores evolutivos. Sobre este punto, la opción elegida es encontrar una solución biológica al problema de las dos culturas -cap.4-, determinándose que racionalidad (comportamiento simulado por el conocimiento) y irracionalidad (comportamiento intuitivo) son fórmulas adaptativas cuya mayor o menor eficacia es aleatoria. Castrodeza realiza este recorrido portando un amplio y necesario equipaje cognoscitivo. Destaca el catecismo accidentalista escrito por Jacques Monod: El azar y la necesidad, sin olvidar las páginas de Konrad Lorenz. No faltan a la cita Daniel Dennett y Richard Dawkins, ni esencialistas como Michel Ruse. El análisis es crítico y el juicio ecuánime, ofreciendo una interpretación alternativa pero no excluyente. Y ha tenido la habilidad y el acierto intelectual de escribir un ensayo biológico para filósofos y filosófico para biólogos, demostrándonos la necesidad de conjugar ambas disciplinas para estudiar adecuadamente el complejo proceso evolutivo que atañe al hombre, sobre el cual conviene aplicar la sentencia de Montaigne: «no hay nada más cierto que la incertidumbre». Historia de la Ciencia, IH, CSIC ERNESTO DE MARTINO, La tierra del remordimiento, Barcelona, Edicions Bellaterra, 2000, 406pp. La principal pregunta de la antropología es el origen de los saberes populares que estudia. Para unos, se remontan a épocas clásicas, una tendencia ilustrada; para otros, románticos, el saber de cada día es producido por el pueblo, sabio y consciente. Quizá la solución no exista, sino que ambas son ciertas: cualquier ceremonia o saber tiene origen en anteriores y más cultas raíces, pero es la sabiduría popular la que los produce y enriquece. En este sentido, la posición del antropólogo italiano Ernesto de Martino es ejemplar. El estudio que hizo del tarantismo apuliano en los años cincuenta y que ahora se traduce es un ejemplo extraordinario de trabajo de campo y de laboratorio. Un equipo interdisciplinar descartó de inmediato la estricta identificación médica del fenómeno y supo colocarlo entre la historia y la sociología, la cultura clásica y los fenómenos agrarios y estacionales, la psicología y la religión. El minucioso análisis de los simbolismos, de las diversas culturas, de los cuadros psicológicos y ritos sacrales, de la historia y la marginación... hacen de la obra que reseño una lectura obligada para quien quiera hoy en día hacer historia o antropología médicas. En una época de ricos matices metodológicos como es la actual, la obra de Ernesto de Martino es un brillante ejemplo a seguir. Por ello, es necesario felicitar a la editorial Bellaterra y a la coordinadora de la edición, la profesora Rosario Otegui Pascual, por esta sabia decisión. Biology (1996), y su reciente Mystery of Mysteries: Is Evolution a social Construction? (1999), conforman un valioso ideario que demuestra cómo Ruse se ha tomado a Darwin en serio; tal y como aconseja otro de sus libros: Taking Darwin Seriously (1986). Transcurridas dos décadas se publica la segunda edición de The Darwinian Revolution. El libro es una reimpresión ampliada con un breve capítulo donde se presenta la historiografía darwinista más significativa del período transcurrido. El resultado es un limitado conjuto de referencias temáticas y bibliográficas complementarias del libro. Se comentan diferentes líneas de investigación, por ejemplo, la interpretación neomarxistas del ideario de Darwin, las connotaciones neodarwinistas presentes en la formulación de la teoría sintética, o el vínculo entre ciencia y religion inherente al desarrollo histórico de la teoría de la evolución. No faltan posiciones más heterodoxas, como la representada por P.J. Bowles, y la teoría sobre el punctuated equilibria formulada en 1972 por N. Eldredge y S.J. Gould. La historiografía francesa es uno de los déficit de la obra, en consonancia con el pensamiento de Ruse quien no duda en afirmar que en el período 1830-1875 «the organic origins question did become a distinctively British problem» (Prologue, XIII). Algún avance se ha producido rescatando del olvido el impecable trabajo de Goulvent Laurent, Paléontologie et évolution en France de 1800 a 1860. Tiene razón Michael Ruse al argumentar que revisar su libro equivaldría a una nueva redacción. La investigación sobre el darwinismo ha sido múltiple y por este motivo su intento de actualizar la obra resulta ineficaz. Complementario, más útil e ilustrativo, hubiera sido incorporar un detallado estudio bibliográfico. Después de veinte años The Darwinian Revolution es un correcto y didactico manual recomendable para introducirse en el debate evolucionista que caracterizó la biología y la sociedad británica victoriana. Por este motivo, sea bien recibida la nueva edición. Historia de la Ciencia, IH, CSIC LUIS MONTIEL, La novela del incosciente: el proceso de individuación en la narrativa de Gustav Meyrink, Barcelona, MRA, 1998, 198 pp. Si como dice Kundera la tarea del crítico es captar el valor de una obra -para lo que se requiere conocimiento y competencia supremas-y el crítico (o el ensayista en este caso) es un «descu-bridor de descubrimientos», con seguridad que La novela del inconsciente cumple los requisitos estipulados por el escritor checo. Lo descubierto en este caso es -leído desde la perspectiva de la psicología analítica de Jungla potencia con que Gustav Meyrink (novelista austríaco que vivió entre 1868 y 1932) describe el itinerario de transformación espiritual que debe cumplir el ser humano para ser tal. Es lo que en términos del psiquiatra suizo se denomina la búsqueda del Sí Mismo. Justamente uno de los objetivos del libro es constatar si existen similitudes entre los recorridos vitales de los protagonistas de Meyrink y las formulaciones del proceso de individuación, que debe ser coronado -en las teorizaciones junguianas-, con la conquista de aquel Sí Mismo. El libro de Montiel analiza tres novelas de Meyrink El Golem, El rostro verde y El dominico blanco, escritas entre 1915 y 1921. Es interesante señalar que el autor llama la atención sobre el hecho de que los análisis de los procesos inconscientes llevados a cabo por Jung son en general posteriores (al menos su publicación) a estas novelas, lo que constituiría, por un lado, una singular prueba de la validez de sus postulados, y, por el otro, de la pertinencia de la búsqueda del inconsciente en la literatura de ficción, problemática en la que Luis Montiel desarrolla gran parte de su tarea de investigador. La obra está dividida en tres partes, correspondientes a las novelas citadas. En la primera -«El animal que no existe»-se analiza brevemente la escasa atención que recibió El Golem por parte de la crítica y la inadvertencia del parangón que se podía establecer entre esa leyenda del misticismo judío y los descubrimientos que el naciente psicoanálisis estaba haciendo de la dimensión inconsciente del psiquismo humano. Se pasa de inmediato al análisis de la novela, en cuyo comienzo el protagonista toma contacto con su inconsciente, en un estado de duermevela, a través de una experiencia que se revela traumática: «arrastrado al dominio del sueño, del inconsciente, el narrador se siente perdido, disgregado. Desearía reencontrar la unidad de su yo y comprueba que no puede hacerlo; al menos no por un camino cómodo» (p. Allí se encontrará con una serie de imágenes, de cuya realidad no puede dudar, aunque sean manifiestamente oníricas, perturbadoras y que constituyen el ámbito de lo que Jung denominó «la sombra» (o inconsciente personal) ligado al inconsciente colectivo y sumamente peligroso -si no es adecuadamente tramitado-para la salud del individuo. Estas imágenes se condensan y toman forma humana en el Golem (criatura de arcilla y barro al que algunos rabinos, espiritualmente poderosos, podían dotar de vida y quitársela a voluntad) y que también puede entenderse como la representación del alma de quién lo ve. Esta experiencia constituye el anuncio de que ha iniciado un camino de dolorosas transformaciones cuyo desarrollo constituirá el argumento de la novela. Esta situación se materializa en la tarea de restauración que el desconocido (el Golem) le encarga». Esta esforzada tarea (restaurar la letra inicial de un libro) que ha caído, por así decirlo, sobre Athanasius Pernath implica, en primer lugar, el conocimiento de que existe una forma superior de vigilia, que no renuncia a la mitad onírica de la actividad de nuestro espíritu; y luego, que la decisión de vivir considerando esa otra mitad, la oscura, la oculta, la tan a menudo negada, procede de uno mismo, aunque no sea consciente de ello» (p. Esta interpretación que hace Montiel condensa, en cierta medida, la imagen del hombre que surge de gran parte de las antropologías religiosas: un ser situado entre la necesidad y la libertad, en una tensión dolorosa que dura mientras dure la vida. En esta tarea, que no es más que la restauración de sí mismo alcanzando el Sí Mismo postulado por Jung, el protagonista deberá enfrentarse (para integrarse a ella) a la contrafigura femenina del varón (designada por Jung también con el término ánima) que se desplegará en la novela a través de tres personajes: Rosina, Angelina y Mirjam, quienes se mueven entre la espiritualidad nula de la primera y la plena de la tercera, que roza la santidad. Como es sabido anima y animus (este último designa al polo masculino del inconsciente) constituyen conceptos claves de la psicología analítica, lo que descubre otra significativa coincidencia entre la literatura y esta disciplina. «La coincidentia oppossitorum, la unión del yo con el anima, es lo que salvará a Athanasius, lo que le hará inmortal. Hasta el momento el soñador sin nombre, al que ahora llamamos Athanasius ha sufrido varias muertes sucesivas; desintegración del Yo en el sueño, pérdida de un pasado poblado de fantasmas, encierro carcelario. Pero todas estas muertes que han ido preparándole para el renacimiento anunciado por Laponder, deben completarse mediante un acto definitivo: la aceptación personal de la aniquilación ante la esperanza de esa vida más plena» (p. Esa aniquilación simbólica sobrevendrá al final de la novela y será la constatación literaria de la idea, acertadamente señalada por Montiel, de que «el poder sacrificarse a sí mismo indica que uno se posee a sí mismo» (p. 73), consideración ésta que desborda los planos literario y psicológico hacia el filosófico. En la segunda parte («Uno mismo-nosotros») el análisis que hace Montiel nos revela que en El rostro verde Meyrink hace intervenir más la historia y la relación con seres más reales, menos oníricos (aunque estas experiencias estén presentes) que en El Golem. Aunque siempre constituirán el escenario donde el personaje desplegará su búsqueda psicológico-espiritual. Quizá se deba, apunta el autor, a que Meyrink haya querido compensar el excesivo individualismo de esta última novela. Pero también nos dice que todo progreso auténtico hacia una vida más real, todo paso que da un individuo hacia la consecución del Sí Mismo es un paso que da la humanidad: «La explicación consigo mismo, la apropiación de lo más íntimo, es lo único que puede permitir una relación adecuada con el prójimo y con la humanidad, una instalación nueva y fecunda en la sociedad y la historia» (p. Quien se ha convertido en un viviente, quien ha renacido, genera vida con su actitud. Todas las peripecias de Fortunat Hauberrisser, el protagonista, apuntan en ese sentido. El guía para este camino será el Judío Errante, una de las encarnaciones del arquetipo del hombre inmortal, y que «al menos en su encarnación meyrinkiana, es sobre todo, un destino» (p. Destino que le llevará a rebelarse contra la doble moral burguesa característica de las primeras décadas del siglo y que Freud ayudó a desenmascarar. Uno de los primeros caminos que se le presentan a Hauberrisser es el de las doctrinas esotéricas, una falsa puerta que permite ver el mundo arcano pero no penetrar en él, sino por el contrario, enloquece en la mayoría de los casos a quienes se internan en él: «El peligroso fenómeno que Eva y Sephardi [dos de los personajes importantes de la novela] contemplan es, desde un punto de vista, la desvirtuación de la experiencia religiosa, la caída en el error fanático; desde otro, la enajenación enmascarada por la apariencia de su contrario, la apropiación de lo más íntimo, esto es: no la asunción de lo que aquí se llama «subconsciente» por la conciencia, sino el envenenamiento de ésta por aquél» (p. Por el contrario, sólo parecen ser válidas las enseñanzas que proceden de nuestro propio espíritu, claro que de la instancia más profunda y ya impersonal del mismo. Esto es lo que Meyrink condensa en pensamiento que acertadamente transcribe Montiel: «todo lo que no surge del espíritu es polvo inerte, no hay que rezar a ningún Dios que no sea aquél que se manifiesta en nuestra alma (...) [ese Dios] se manifestará a través de cambios bruscos en su vida externa. Primero debe perderlo todo, incluso (...) perder a Dios, si quiere hallarlo siempre de nuevo» (p. Esto no es más que la formulación religiosa del proceso de individuación propuesto por Jung. Montiel señala que el sentido que asume aquí la existencia humana ya no es el que definen dogmáticamente las religiones institucionalizadas, y curiosamente es comparable a un proceso de cura donde el curador ya no está afuera sino dentro de los individuos, y es el individuo mismo en su instancia más recóndita y enigmática. También en esta novela intervendrán la figura femenina, la muerte y el renacimiento espirituales; también, y de manera fundamental, lo hará el amor, con cuyo auxilio los protagonistas logran vencer los pesados lazos con los que la tierra intenta detener a quienes se embarcan en una transformación espiritual. Una transformación que no excluye el cuerpo, sino que por el contrario, lo considera el material sobre el que hay que trabajar. Esta actitud, de manera sugerente, niega la realidad del pecado. En un manuscrito que cae en manos del protagonista se lee: «creen que hay que descuidar y despreciar el cuerpo porque es pecaminoso; nosotros sabemos que el pecado no existe, que el cuerpo es el principio, que tenemos que comenzar por el cuerpo y que hemos bajado a la tierra para transformarlo en espíritu» (p.128). Aquí Montiel señala las resonancias con el Zarathustra nietzscheano que se hacen evidentes al lector atento, lo que pone a la novela de Meyrink en una singular relación, al menos en este aspecto, con el pensamiento de su época. En la tercera novela Meyrink hace transitar a su protagonista, Christopher Taubenschlag, por un camino por el que entra en relación con otro tema junguiano: la herencia específica, que como explica el autor de este ensayo: «...el individuo la posee no en calidad de miembro de una familia o de una etnia, sino de la especie humana...» (p. También aparecerán aquí la oración y el sueño como medios por los que se puede alcanzar la transformación espiritual o metanoia. Especialmente significativo es lo que dice Meyrink sobre el sueño: «Aprender a soñar es el primer grado de la sabiduría. La vida exterior da la inteligencia; la sabiduría fluye del sueño» (p. Esta sabiduría proviene del yo más profundo del protagonista, su inconsciente, que «le ha permitido conocer no sólo los más profundos estratos de su personalidad, sino también de la de su padre». El padre y los antepasados van a jugar un papel importante en el plano simbólico, pues el protagonista es el último eslabón, por ahora, de una cadena de seres unidos por el deseo del perfeccionamiento espiritual y que incluso lo expresan en el plano material, agregando un nuevo piso, cada generación, a la casa en la que habitan. La presencia femenina, otra vez, será importante en El dominico blanco y está encarnada en la figura de Ofelia, con quien Taubenschlag no podrá consumar el amor terrenal, sino vivirlo en un plano trascendental, como lo hicieran los protagonistas de El rostro verde. La trágica existencia de Ofelia, problemática desde su concepción, llevará al protagonista a casi consumar el homicidio del padre de aquella, Mutschelknaus, con lo que Meyrink, al decir de Montiel, «postula la necesidad de la efracción -de la efracción a muerte-de las reglas presuntamente más inquebrantables, que aunque haya de ser remitida al dominio simbólico -nada en la vida de Meyrink hace suponer que haya considerado inexcusable para su perfeccionamiento el asesinato de un semejante-, no por ello resulta menos perturbadora. Sólo quien se atreve a franquear uno de los límites detrás de los cuales acecha lo pavoroso, lo maldito, puede optar al reconocimiento, descubrir, como un nuevo Colón, que en lugar del piélago que oculta monstruos, o del borde cortado sobre el vacío se extienden ante su vista nuevos mares y nuevas tierras» (pp. 156-57). Sin duda, Meyrink alcanza aquí las cimas de su novelística, pues nos presenta la unión de los contrarios en un contexto dramático del más alto vuelo literario. Esta aceptación del mal, analizada magistralmente por Montiel en la última parte del libro, significará también su reabsorción, su reacogimiento en una totalidad a través del amor. «En todo caso -propone Montiel-el criterio para conceder validez al camino seguido por Christopher (...) no es tanto el conocimiento cuanto el amor» (p. En suma, La novela del inconsciente descubre nuevamente, o recrea los descubrimientos que Meyrink ha hecho sobre el alma humana, en las dramáticas y complejas vidas de los héroes de sus novelas. Y digo héroes no como un lugar común, sino porque también es posible pensar que el proceso de individuación propuesto por Jung y las trayectorias vitales de Athanasius Pernath, Fortunat Hauberrisser o Christopher Taubenschlag describen, en sede literaria en este caso, las transformaciones que según la Tradición deben sufrir aquellos en los que se ha despertado la sed de ser. Esa sed a la que nunca se podrá apagar. Ha de la Medicina, Fac. de Medicina, UCM JUAN PIMENTEL, La física de la Monarquía. La abundante bibliografía malaspiniana, que en 1992 sobrepasaba con creces el millar de referencias, según el repertorio elaborado por Blanca Saiz, seguía sin contar con una obra que abordara como objetivo central el estudio del pensamiento colonial de Alejandro Malaspina. Como el propio Pimentel señala en su libro, existía un sugestivo y polémico artículo de José Vericat aparecido en 1987, pero era necesario abordar el problema tomando en consideración la totalidad de las fuentes malaspinianas y tratando de rehuir los lugares comunes acuñados por otras aproximaciones más superficiales. En cuanto al primer aspecto, el magnífico catálogo de Ma Dolores Higueras, aparecido entre 1985 y 1994, con los más de tres mil documentos sobre Malaspina en los fondos del Archivo del Museo Naval, la localización por Manuel Lucena en Bogotá de los Axiomas políticos sobre la América y el propio trabajo en archivos españoles, americanos e italianos, han suministrado a Pimentel la urdimbre imprescindible para tejer su interpretación. En cuanto al segundo aspecto, el autor se propone desde un principio un análisis del pensamiento colonial del marino italiano más allá de la simple glosa reiterativa de aquellas propuestas o reflexiones de Malaspina que han llevado a otros lectores actuales a construir «un Malaspina en exceso moderno» (p. Pimentel no escatima al lector la claridad de sus «dos propósitos iconoclastas [...] demostrar a un Malaspina más antiguo que lo habitual, más deudor de viejas tradiciones que innovador [y...] demostrar cómo antes de zarpar [...] tenía ya listo su arsenal intelectual» (p. E insiste en el calificativo al admitir «un cierto espíritu iconoclasta en un doble sentido [...] presentar el carácter científico de la expedición en virtud de este sentido [político] [y...] demostrar a través de los textos hasta qué punto Malaspina vivió la empresa como una experimentación destinada a confirmar sus axiomas», es decir, como un saggiatore (p. La estructura de la obra se explica con brillante claridad en la introducción (pp. 24-30): una primera parte dedicada a las etapas de formación de Malaspina como «un científico proyectista», hasta el momento de la aprobación del proyecto de expedición (pp. 39-139); una segunda parte (pp. 143-364) dedicada a los cinco años de la expedición, en la que, tras dos capítulos clave acerca de los principios axiomáticos de Malaspina y de la concepción enciclopédica de la expedición, vamos siguiendo paso a paso los avatares del viaje, a la luz de los escritos malaspinianos, fruto del inmenso acopio de documentación que se amontonaba sobre su escritorio y de las interpretaciones de los materiales que su privilegiado laboratorio le fue suministrando, guiadas por el afán de hacerse una «idea cabal» de las necesidades que la «utilidad pública» de la monarquía (ambas expresiones son del mismo Malaspina) tenía planteadas; y un epílogo «La monarquía proyectada» (pp. 367-385), quizá demasiado breve para lo que pretende contener, como trataremos de comentar más adelante. Más de diez años ha estado Juan Pimentel viajando a través de los escritos de Alejandro Malaspina y de la abundante documentación relativa a la expedición que comandó entre 1789 y 1794. Una década de maduración intelectual que ha desembocado finalmente en esta Física de la monarquía, que se publica dentro de la colección Theatrum Naturae dirigida por Miguel Angel Puig-Samper, al que cabe felicitar por la elección de los excelentes trabajos que ha venido acogiendo, y que edita Doce Calles con la calidad y el esmero que han caracterizado hasta la fecha sus productos. En efecto, hace ya diez años que Pimentel elaboró su Malaspina y la Ilustración y cabe decir que, en el tiempo transcurrido desde entonces, su autor ha sido capaz no sólo de superar esa cierta ingenuidad inicial, de la que él mismo se acusa ahora (p. 15), sino de acabar fraguando una obra plenamente madura acerca del pensamiento colonial de ese «inveterado proyectista» (p. 378) que fue Alejandro Malaspina, pensamiento que se movió entre las dos coordenadas fundamentales que se expresan en el subtítulo de la obra: la ciencia y la política. Inveterado proyectista, desde luego, y como tal, enraizado en la tradición autóctona del proyectismo ilustrado hispano; pero las claves para comprender el pensamiento malaspiniano no se acaban ahí y es mérito esencial de esta obra poner sobre el tapete otras muchas. Las claves no se agotan ahí; a lo largo de las páginas del libro, vamos aprendiendo a reconocer un Malaspina seducido desde su juventud tanto por los utopismos tardorenacentistas de Bacon y Campanella, como por el ambiente intelectual de ese iluminismo del Mezzogiorno, que Pimentel ha sabido situar con acierto, gracias a las enseñanzas de Franco Venturi, de Vincenzo Ferrone o de Anthony Padgen, entre otros. Pero, sobre todo, el Malaspina de Pimentel se nos presenta desde el principio de la obra (metáforas virgilianas aparte) como un newtoniano social. El newtonismo de Malaspina (empleo el término tal y como lo hace el autor) es la clave que, a la postre, se convierte en el código axial de la lectura elegida por Pimentel. Malaspina queda así situado como otro eslabón en la variopinta cadena de «newtonianos sociales» juanto a Locke, Hume, Montesquieu, y Adam Smith. Las razones son convincentes y proceden de quien mejor conoce (lo editó, junto a su descubridor Manuel Lucena, en 1991) el texto emblemático del newtonismo malaspiniano: los Axiomas políticos sobre la América escritos por el marino italiano antes de partir para la expedición en julio de 1789. Así pues, la columna vertebral de lo que Pimentel nos propone es concebir el pensamiento colonial de Alejandro Malaspina partiendo de sus Axiomas como una formulación de principios generales previa al viaje y, por tanto, entender la expedición como un extraordinario «laboratorio de experimentación» en donde, mediante la ciencia natural y la economía política, Malaspina no hizo sino «confirmar la veracidad de sus hipótesis y axiomas» (p. El viaje, así entendido, no fue de descubrimiento, sino de «re-conocimiento»; el reconocimiento de la realidad de una Monarquía hispánica que tenía ante sí el reto de encontrar una vía satisfactoria de salida política, económica y jurídica a su condición de suma de metrópoli europea e inmensos territorios coloniales. La ambición intelectual de Malaspina fue encontrar esa vía en el resultado de una adición que, históricamente, se iba a demostrar imposible en breve plazo de tiempo: emancipación moderada de las colonias más unión legal de la Monarquía. Una síntesis de utopismo campanelliano y modernidad ilustrada, consecuencia de esa «idea cabal» que el newtoniano Alejandro Malaspina se había hecho respecto de las «leyes del movimiento» que regían la «física de la monarquía». En este sentido, la exposición de Pimentel, aunque resulta minuciosa hasta el detalle cuando trata de reconstruir las fuentes textuales o experimentales sobre las que trabaja el marino en su gabinete, alcanza sin embargo los momentos más sugestivos cuando nos cuenta cómo Alejandro Malaspina se aproxima con lucidez al claro choque de intereses entre las colonias y la metrópoli, pero una y otra vez echa marcha atrás, en nombre de la «complementariedad» de ambas para que su Monarquía siga en movimiento. A tan pocos años vista del triunfo del criollismo independentista en la América hispana, sorprende tan deliberada actitud de mantenerse muy cerca y, a la vez, a años luz de esa realidad palpable, mediante el artefacto intelectual de revestir de moderno mecanicismo fisicista un utopismo arcaizante. Esta y muchas otras consideraciones podrían hacerse al hilo de la riqueza del pensamiento de Malaspina que Pimentel pone a nuestra disposición. Por eso, quizá, cabría apuntar una única insatisfacción: la brevedad con que el autor despacha en su epílogo una etapa crucial del pensamiento colonial de Malaspina, fruto del regreso a la metrópoli y del trabajo en dique seco, antes de ser apresado, recluído y luego exiliado. Pimentel se limita a apuntar «el apreciable giro desde una nueva ciencia (la física newtoniana) a la otra (la historia viquiana), desde el axioma de la identidad al reconocimiento de lo concreto», pero acaba dejando en el lector la sensación de que los axiomas de Malaspina sí han «sufrido» finalmente; quizá no a la hora de ser puestos sobre la mesa del laboratorio transoceánico, pero sí a la hora de reencontrarse con el presente de la metrópoli. En este sentido, puede que no sea suficiente la clave de la Scienza Nuova de Vico (a la luz de la peculiar lectura de Isaiah Berlin) para entender hasta dónde llegó esa alteración del marco axiomático previo. Algunos pasajes de las cartas de Malaspina al cónsul Paolo Greppi (citadas por el mismo Pimentel) podrían hacer pensar que la convulsa realidad política de la Europa que Malaspina encuentra a su regreso le condujeron hacia derroteros no solamente viquianos. Si pensamos en cómo estaba viviendo esos mismos acontecimientos Alexander von Humboldt, podríamos intentar releer al penúltimo Malaspina (el inmediatamente anterior a su detención) a la luz de un «afán humboldtiano» que se halla en el ambiente de ese momento mejor que «en las concepciones más contra-ilustradas de Giambattista Vico» (p. Por otro lado, puesto que el autor es consciente del peso del pensamiento jurídico de Filangieri y su Scienza della Legislazione, cabría profundizar, quizá, en esa vía mediante lo mucho que la historiografía del derecho ha aportado para enriquecer nuestro panorama del pensamiento jurídico europeo de los años finales de la llamada Ilustración. Este comentario no pretende volver a plantear una discusión acerca del pensamiento de Malaspina limitadas una mera cuestión de grados de modernidad o tradicionalismo. Por fortuna, el libro de Pimentel es lo suficientemente denso y rico como para considerar superada esa fase de modo definitivo y entrar en otro escenario historiográfico de debate mucho más complejo y atractivo, que (esperemos) los especialistas se encargarán de enriquecer. Por supuesto, no se agotan aquí las numerosas sugerencias de la lectura «pimenteliana» de Malaspina, pero la intención de esta reseña es simplemente incitar a otros lectores al uso y disfrute de este libro. Especialmente a los historiadores de la ciencia españoles y latinoamericanos, ya que el libro plantea, más allá de sus contenidos, una forma de hacer historia de la ciencia que, en mi opinión, merece una atención especial; no sólo por su valentía y honestidad intelectual, sino también por su originalidad en el panorama histórico-científico local. Pimentel se coloca explícitamente en un marco historiográfico multidisciplinar, compuesto de «tres flancos» (p. 30): el de la historia de las ideas (desde Maravall y Carmen Iglesias a Isaiah Berlin, pasando por los ya citados Venturi, Ferrone y Padgen); el de la historiografía española de la ciencia (especialmente la de «sus mayores» José Luis Peset y Antonio Lafuente, entre otros) o extranjera (deliberadamente ecléctica, desde Paolo Rossi a Simon Schaffer); y el de la historia narrativa (desde Lawrence Stone a Morales Moya). Una «fusión de horizontes» (como él mismo la llama, p. 32) que consigue un resultado armonioso, como casi todas las fusiones musicales con afanes vanguardistas pero bien trabadas en las respectivas tradiciones. El autor asegura antes de empezar que, en el fondo, tal fusión no es más que «pretexto narrativo», un «recurso literario», retórica, al fin y al cabo, para «persuadir, entretener y conmover» (pp. 34-36). Pero, al final, el lector tiene derecho a pensar que, al margen de haberse sentido persuadido, entretenido y conmovido, lo que Juan Pimentel le ha ofrecido es una inteligente manera de hacer (y de escribir) historia de la ciencia. Una disciplina en transformación a la que quizá le sean de aplicación las palabras que, referidas a otro asunto, cierran La física de la Monarquía (p. 396): «a fuerza de transmutarse, pierde significado o se vacía del original. Pero eso no importa: porque instantáneamente se va rellenando de otros. Y sin embargo se mueve. O quizás a causa de ello». Depto. de Ha de la Ciencia Institución «Milá i Fontanals», CSIC, Barcelona
El Imperio Romano tuvo una situación benigna desde el punto de vista sanitario en los primeros siglos de su existencia. Dicha situación sufrió una transformación a partir del año 164-165, con la irrupción de la denominada «Peste de los Antoninos». En el trabajo se estudia el desarrollo de esta epidemia, así como diversas interpretaciones acerca de la misma. Dentro de la serie de epidemias del mundo antiguo, nombradas como pestis en las fuentes latinas, ocupa una posición muy importante la que es conocida por la historiografía como «Peste de los Antoninos», o también como «Peste de Galeno». En cualquier caso, debemos aclarar que el termino latino pestis, o el de pestilentia, que equivalen al griego loímos, de acuerdo con Galeno corresponde a una enfermedad grave, con mucha frecuencia mortal, y que actuaba de forma simultanea sobre un gran número de personas. Este sentido clásico es el utilizado respecto a estas pandemias de la antigüedad, que no tienen que identificarse con la peste posterior, la peste bubónica 1. Hasta ese momento el estado sanitario de Roma había sido en general particularmente benigno, superando los fuertes brotes (la historiografía contemporánea considera que con toda probabilidad se trataba de malaria) de los siglos V al III a. C. Probablemente en ello había contribuido seriamente la introducción en la capital, y después en el Imperio, de la medicina científica griega 2. De hecho, las pestes acaecidas hasta ese momento en el Imperio Romano correspondían a episodios locales, de duración básicamente anual. Esta es la característica principal de las pestes que estallaban en la propia Roma entre los siglos V al III a. C. Los datos que se reflejan acerca de las mismas señalan por un lado las creencias populares (y supersticiones), presentes a lo largo de la Historia en toda pandemia, pero también los intentos de una cierta observancia de las circunstancias y del desarrollo de la enfermedad 3. No cabe duda de que estos últimos hechos también se debieron producir ----1 BIRABEN, J. N. (1975), Les hommes et la Peste en France et dans les pays européens et méditerranéens, I, Paris, p. En la definición de Isidoro de Sevilla sobre la peste se resume el saber clásico; ISIDORO, Etim. Más adelante el obispo hispalense habla de los bubones, puesto que refleja también ya la presencia del nuevo concepto de peste surgido con la epidemia de época de Justiniano; GOZALBES, E., GARCÍA, I. y RAMOS, M. C. (2005), «Enfermedad y cuidados en la obra de Isidoro de Sevilla», Index Enfermería, 51, pp. 70-73. 2 THORWALD, J. (1962), Histoire de la médicine dans l ́Antiquité, Paris; EDELSTEIN, L. (1967), Ancient Medicine, Baltimore; FLASHAR, H. (1971), Antike Medizin, Darmstadt; LAIN ENTRALGO, P. (1978), Historia de la Medicina, Barcelona; LAIN ENTRALGO, P. (dir.) (1972), Historia Universal de la Medicina, II, Barcelona; LÓPEZ PIÑERO, J. M. (2002), La Medicina en la Historia, Madrid, entre otros muchos trabajos. Para la peste en las civilizaciones del en la peste de los Antoninos, si bien los fuertes temores ante el contagio presentes en algunos médicos, y muy señaladamente en Galeno, condujeron a la pérdida de esa información. De ahí la conclusión de que la única solución ante la pandemia era la huida, pues la peste carecía de curación 4. EL ORIGEN DE LA EPIDEMIA La benigna situación sanitaria de Roma se transformó de una forma bastante intensa a partir del año 165, ya en época del emperador Marco Aurelio. Un momento en el que el Imperio Romano se hallaba en su máxima etapa de desarrollo, y la población urbana y rural había alcanzado una calidad de vida relativamente elevada. Según Luciano de Samosata esta pestilencia tuvo su origen en Etiopía, desde donde llegó a Egipto, saltó a Asia, y en 165-166 llegó a Seleucia; el saqueo de Seleucia por los romanos ocasionaría que la peste se extendiera entre el ejército, y a través del mismo por todo el Imperio romano 5. ¿Se trata de un buen testimonio? Podemos preguntarnos acerca de hasta qué punto Luciano aquí no atribuye a la Etiopía el origen, a partir de la creencia generalizada de que esa zona era la que daba origen a las pestilencias. El geógrafo Estrabon, siguiendo las indicaciones de Posidonio acerca del carácter insano de las zonas tórridas, consideraba que el lugar de origen de las pestes era Etiopía, al Sur de Egipto, debido al calor que daba lugar a la aparición de numerosos insectos 6. Y Plinio consideraba Egipto como la madre de todas las afecciones de la piel que daban lugar a epidemias 7. En este sentido, el texto de Luciano parece con bas-----Próximo Oriente y en Grecia, BYL, S. (1993), «La peste à l ́aube de la civilisation occidentale», Les Études Classiques, 61, pp. 25-34. Al respecto es muy significativo el texto de CELSO, De Medicina I, 10 (Ed. de la Loeb Classical Library, Londres, 1960). También muchos siglos más tarde el médico español Juan Sorapán de Rieros, que en 1616 publicó la «Medicina española en proverbios», comentaba la huída que consideraba imprescindible ante la peste, con una tripe letra l: «huyr luengo, lexos y largo tiempo». tante claridad una mera sátira acerca de vivencias poco concretas acerca de la peste, un simple reflejo literario mucho más que un texto con valor histórico 8. En cualquier caso, lo cierto es que la presión sufrida por el Imperio en las fronteras orientales en el año 162 había motivado el que Marco Aurelio mandara al corregente, Lucio Vero, con fuertes contingentes de tropas para expulsar a los partos, que habían irrumpido en Siria, y para recuperar Armenia y Mesopotamia. Pero la fatalidad hizo que la peste estuviera ya presente en el año 164 en Armenia, de acuerdo con el testimonio del historiador Dion Casio 9. Las tropas de Lucio Vero en combate en la zona comenzaron a sufrir los efectos de la terrible epidemia. Según cuenta el biógrafo del emperador, circuló como versión de gran difusión que la epidemia había tenido su origen en el templo de Apolo en Babilonia, y que fue debida a que un soldado romano, por simple casualidad, rompió una arqueta de la que surgió el vaho de la pestilencia, el cual invadió a la nación de los partos y desde allí infectó al mundo entero: «la versión que circuló acerca de esta pestilencia es que la misma nació en Babilonia, en el templo de Apolo, en donde un soldado hundió por casualidad una arqueta, de la cual escapó un vaho de pestilencia que invadió al pueblo de los partos, y de allí se extendió por el mundo entero» 10. Los rumores persiguieron al coregente, puesto que la peste se extendió después por todos los países por los que atravesaba en su camino de vuelta a Roma. Ammiano Marcelino cuenta más o menos la misma historia milagrosa, con las supuestas emanaciones provocadas por una impiedad, y que ocasionarían una peste originada en Asia y extendida por todo el Imperio 11. El tabú religioso continúa asociando el surgimiento de la peste a un fenómeno mágico. El propio hecho de creer que habían sido las emanaciones de un recipiente las causantes reflejan las creencias antiguas, acerca de la peste como corrupción del aire. DESARROLLO DE LA PESTE En el verano del año 165 la peste había cundido ya por Esmirna 12. A finales de ese mismo año la pestilencia se había difundido por todo el Oriente romano 13. Los romanos diezmados por la enfermedad se vieron obligados a evacuar Mesopotamia 14, y a concluir un tratado de paz con los partos. En el año 166 la peste estaba presente en Egipto, tal y como se refleja en un papiro; la extensión de la pestilencia por muchas comunidades egipcias durante cuatro o cinco años iba a tener efectos aniquiladores, que en algún caso llega al 40% de los habitantes de una localidad 15. Lucio Vero en su marcha de regreso hacia Roma, con sus soldados, fue viendo la transmisión de la epidemia; de acuerdo con lo escrito por su biógrafo, su mala fortuna hizo que llevara la peste a todas las provincias por las que pasaba hasta llevarla finalmente a la misma Roma 16. No tiene nada de extraño, puesto que fueron sus soldados los que trasladaron la epidemia al Occidente, y los observadores de la época pudieron percatarse del hecho 17. La recepción por parte de los dos emperadores de los títulos triunfales de «Pártico», «Arménico» y «Máximo» no evitó la constatación del papel de Vero en la transmisión de la peste. En el mismo año 166 ya la peste se encontraba presente en Roma, pues es mencionada por Galeno, en su Methodus Medendi, quien dice que no permanecerá mucho tiempo probablemente a causa del desarrollo de la epidemia. Los efectos de la misma eran lo suficientemente devastadores, causantes de su huida ciertamente poco ejemplar, como para recordar la famosa peste de Atenas 18. De hecho, el médico romano habla expresamente de una gran inflamación de los ojos, enrojecimiento muy fuerte del interior de la boca y de la lengua, sufrimiento por el paciente de una enorme sed, sensación de abrasamiento interior, enrojecimiento de la piel, tos violenta, erupciones y fistu----- las, seguidas de diarrea, agotamiento físico, etc. 19, que son los síntomas descritos por Tucídides en el caso de la plaga ateniense. Esta referencia de Galeno es la única que permite una cierta aproximación a los síntomas de la peste 20. La comparación con las descripciones de Tucídides, más allá de la utilización de un modelo literario por parte de éste 21. La descripción de Tucidides muestra datos interesantes sobre los síntomas en la peste de Atenas es relativamente amplia, señalando un inicio con cefaleas, enrojecimiento e inflamación de los ojos, ronquera y ataques de tos, vómitos y dolores estomacales, ematemas y ulceraciones cutáneas de grandes dimensiones; los que superaban esta situación sin fallecer veían como la afección pasaba a las extremidades, atacando los genitales y los dedos de manos y pies 22. Más allá de los detalles, aparentemente ante la observación (superficial por su actitud ante la peste) de un médico como Galeno, en la peste de Roma se producían los mismos efectos. En la biografía del emperador Marco Aurelio se refleja la llegada de la peste a Roma en el contexto de la guerra emprendida contra los marcomanos: «Además se presentó una peste tan atroz que se tenían que sacar los cadáveres de la ciudad en vehículos y carretas. Fue entonces cuando los Antoninos sancionaron unas leyes estrictísimas sobre enterramientos y sepulcros, prohibiendo incluso que los particulares construyeran tumbas en sus villas, disposición que todavía hoy se cumple. La peste consumió a muchos millares y a muchos próceres, a los más ilustres de los cuales Antonio hizo erigir estatuas. Y tan grande fue su bondad que celebró funerales para las clases bajas corriendo las costas a cargo del Tesoro y perdonó a un cierto embaucador que arrestaron, y confesó en su presencia la tramoya que se había montado, con el fin de saquear la ciudad con algunos cómplices; en efecto, este falsario, encaramado en la higuera salvaje del Campo de Marte, se dedicaba a predicar que descendería fuego del cielo y se presentaría el fin del mundo, si él caía del árbol y se convertía en cigüeña. Y, claro está, en el momento oportuno cayó de la higuera salvaje y una cigüeña salió de su seno». Ttunc autem Antonini leges sepeliendi sepulchrorumque aspe-El grado de mortalidad en esos momentos era elevado, debido a la fortaleza de la epidemia, de forma que contra la piedad más usual la evacuación de cadáveres se producía de forma colectiva. Eran miles los fallecidos, lo que indica sin duda una incidencia especial en relación con otras pandemias de la antigüedad El propio testimonio de la prohibición de enterramientos en las villas, junto a la alusión al pago de los funerales de los pobres, indica una pandemia extendida entre todas las clases sociales. Y también se habla de la existencia del falsario apocalíptico. También el biógrafo menciona un lectisternium que, como los más tradicionales anteriores al Principado, se debió efectuar en rogativas por la curación de la peste, y no tanto en petición de la victoria militar en Oriente (como señala esta fuente). Consistía dicha ceremonía en vestir las estatuas de algunos dioses y ofrecerles un banquete. El mismo biógrafo del emperador señalaba en términos elogiosos como en esta misma época Roma pudo emprender una nueva guerra victoriosa contra los marcomanos, en unos momentos en los que la peste ocasionaba miles de muertos tanto entre los soldados como entre los civiles 24. La gran peste iniciada en el 165 tenía dos características muy especiales, que la destacaban sobremanera respecto a los episodios mucho más limitados que habían acaecido en siglos anteriores. En primer lugar, que como señalaba Galeno era enormemente persistente, y ciertamente duraría varios años 25. Pero el segundo elemento era además el de su enorme extensión, que afectó a buena parte del Imperio. Por el Oriente, en invierno del 168 al 169 la peste estaba en Aquileia cuando allí se extiende entre las tropas concentradas en la plaza, cuestión que también documenta Galeno 26. Por el Occidente la extensión de la epidemia fue parcial. De acuerdo con Ammiano Marcelino, esta peste procedente de Asia se habría extendido por todo el Imperio, alcanzando hasta el Rhin y la Galia 27. Esta afirmación parece indicar que la peste no llegó a alcanzar en sus efectos ni las Hispanias ni el África romana 28. De hecho, se ha aducido en ocasiones que, de acuerdo con la biografía de Marco Aurelio, al encontrarse las Hispanias exhaustas por la peste se mandaron colonias de Italia a España 29. ¿Hasta qué punto esta interpretación es correcta? En realidad el texto lo que dice es lo siguiente: «(tomó disposiciones a favor) de los hispanos, que estaban exhaustos por los reclutamientos de (colonos) itálicos, los cuáles iban en contra de los decretos promulgados por Trajano» 30. Este texto se encuentra absolutamente aislado del episodio de la guerra de Oriente, y también de la peste, y a nuestro juicio poco tiene que ver con ellas; lo que se documenta es que en ese momento las Hispanias se encontraban exhaustas debido a los continuos reclutamientos de los colonos (ciudadanos) itálicos de la misma, lo cual iba en contra de los decretos adoptados por Trajano. Así pues, los datos conocidos parecen indicar que la peste iniciada en el 165 no alcanzó las Hispanias. Marco Aurelio ha pasado a la Historia como el último gran emperador de la etapa áurea, la de los Antoninos, de la Historia de Roma. El emperador que escribió su filosofía estoica no podía menos que tomar medidas frente a la epidemia en la propia capital. Estas medidas quedaron naturalmente en manos de la organización de la sanidad pública, y de la actuación de los médicos. Según el testimonio de su biógrafo, «como la peste todavía hacía estragos, restituyó celosamente el culto de los dioses, e instruyó para la milicia a los esclavos, como se había hecho en tiempo de la guerra púnica, a los que se llamó voluntarios como a los volones. También armó a los gladiadores a quienes llamó los complacientes, e hizo soldados de los bandoleros de Dalmacia y los Dardanelos» 31. Las ceremonias religiosas constituían las respuestas más previsibles, pero las medidas para proporcionar más números al ejército, con la incorporación de esclavos y sobre todo de los bandoleros, iban a ser profundamente negativas en el futuro de las armas romanas. ---- Lucio Vero falleció en el año 169 víctima de la peste (en Altinum). En algunos trabajos se apunta a que Marco Aurelio murió precisamente víctima de la peste. Este hecho se deduce de que en el momento de su fallecimiento, en el año 180, indicaba a los que lo acompañaban: «¿Por qué me llorais y no pensais más en la peste y en la muerte ante la que todos caeremos?» 32. Entra en lo posible que, en efecto, la enfermedad del emperador viniera motivada por un rebrote de la peste en esas fechas, pero el hecho ni es seguro ni aceptado por una parte de los investigadores. En un trabajo reciente se ha puesto en relación la epidemia con la acuñación de las monedas en este tiempo, en concreto en lo que se refiere a las representaciones de carácter religioso. En efecto, en las monedas de Marco Aurelio se ha podido detectar que tanto en los ases, como dupondios, denarios y sestercios, indistintamente en los que llevan su nombre como el de Faustina, aparece representada la figura de la Salus, mientras en las cecas griegas orientales aparece representado con mucha frecuencia Esculapio, pero también en otras ocasiones Apolo, mismo fenómeno que se produce en las monedas con nombre de Lucio Vero. Estas referencias religiosas están con toda probabilidad en relación con la extensión de la peste por el Imperio 33. CAMBIO DE CICLO: LA PESTE Y LOS CRISTIANOS Otras fuentes clásicas mencionan la peste de los Antoninos, si bien ofrecen muchos menos datos respecto a la misma. Según Orosio, la peste vino como consecuencia de un castigo divino debido a la persecución de los cristianos realizada por parte de Marco Aurelio, lo cual corresponde a un bien difundido topos de la polémica entre paganos y cristianos; la peste se extendió por muchas provincias, asolando especialmente Italia, afectando a los campos, a las villas, a las ciudades, de tal forma que algunos lugares quedaron desiertos 34. Otro escritor cristiano, San Jerónimo, se limita a mencionar la peste de Antonino como lacra 35. ---- El cambio de ciclo de la situación de Roma se refleja bien en otros testimonios. La disminución de la población a consecuencia de las desgracias del periodo, como terremotos, inundaciones y sobre todo la gran peste Antonina 36. Herodiano también refleja que hasta los tiempos de Marco Aurelio el Imperio no estaba acostumbrado a desgracias como los terremotos y las pestes 37. A su juicio, el de un autor pagano, la época de Marco Aurelio marcaba la inflexión, el cambio de ciclo, de forma que de una etapa dorada para Roma y su Imperio, se pasaba a otra decadente y podríamos señalar que «enferma» 38. El testimonio de Tertuliano refleja una situación en la que los cristianos eran objeto de persecución, puesto que ante toda desgracia la población se volvía contra ellos: Si el Tiber desborda sus márgenes, si en Nilo no llega a los sembrados, si el cielo está inmóvil, si la tierra tiembla, si el hambre y la peste llegan, entonces gritais: cristianos al león» 39. Por el contrario, Orosio de forma también apologética, como hemos visto, cambia los términos dialécticos, atribuyendo la peste al hecho de que los cristianos fueran perseguidos. En cualquier caso, Marta Sordi, una de las mejores conocedoras de las persecuciones de los cristianos en el Imperio romano, ha considerado que a partir de los escasos datos conocidos, en la época de Marco Aurelio se detecta una etapa inicial de persecución en torno al 166 / 168, debida sobre todo al prostagma o edicto sobre los sacrificios, promulgado debido a la peste; el recrudecimiento se produciría a partir del año 177, que se manifiesta en la gran persecución de Lyon 40. Aunque no existen referencias muy concretas a las persecuciones bajo Marco Aurelio, y la mayoría de los estudiosos niegan la existencia de una persecución general 41, no cabe duda de que a medio plazo ----esta peste, y las sucesivas, iban a influir en la desesperación social, y en la aversión a los cristianos (como a partir de 1348 la Peste ocasionaría un fortísimo antijudaismo). CONSECUENCIAS E IDENTIFICACIÓN DE LA PESTE En algunos estudios de carácter más general se ha considerado que la Peste de los Antoninos fue un todo continuo que, iniciada en el 165 (o en el 164 en Seleucia) duró hasta el año 192, provocando la muerte del propio Marco Aurelio 42. Es natural que desde este planteamiento, a nuestro juicio en exceso superficial en algunos aspectos, la peste fuera realmente aniquiladora, con unos efectos similares a la Peste Negra del siglo XIV. No obstante, los datos conocidos apuntan en otra dirección diferente. El episodio surgido en el 165 aparentemente se agota en torno al 169-170, probablemente tiene un rebrote (o bien otra enfermedad diferente) en torno al 178-180, y tiene otro rebrote más fuerte (al menos en la capital) en el año 189. El cambio de situación epidemiológica en Roma debe ponerse en relación con un factor apuntado para el siglo XIV, con la Peste Negra, la que Leroy-Ladurie ha llamado «unificación microbiana» 43. En este caso que ahora nos interesa, el Imperio al haber puesto en comunicación todo el mundo en el entorno mediterráneo, desde Mesopotamia a Britania, desde la Selva Negra al Sahara, había provocado una especie de «globalización» de los bacilos y las bacterias. En cualquier caso, debemos reflejar que esta unificación se había producido con mucha anterioridad, al menos desde la época del Principado de Augusto. La existencia de una epidemia «global», como elemento novedoso, tardó más de siglo y medio en producirse, cuando la Pax Romana hacía mucho tiempo que había abierto los mares a la navegación, y las calzadas a la comunicación terrestre. Por otra parte, el papel en la transmisión de la misma de los comerciantes no aparece expreso, por el contrario, fueron los soldados los que se infectaron, y los que en su vuelta expandieron la enfermedad. Duncan Jones ha analizado los efectos y circunstancias de la pandemia, destacando que los datos podrían indicar una mayor incidencia de la misma en las ciudades, debido a un mayor contacto de los soldados con la población de las mismas 44. ----42 Por ejemplo, en G. C. KOHN (ed.), Enciclopedia of plague and pestilente, Nueva York, 1995, p. Respecto a la interpretación de las características y el alcance definitivo de la peste, la historiografía ha distado mucho de llegar a las mismas conclusiones. En el trabajo más completo acerca de la pandemia, que tiene ya cerca de medio siglo, Gilliam rebajó muy considerablemente el alcance real de la misma, tanto en lo referido a la cantidad de los fallecidos, como a sus efectos en la población del Imperio 45. A su juicio habría que escapar de las exageraciones tendentes a centrar en la plaga antonina una de las causas principales de la crisis del Imperio romano. Por el contrario, McNeill ha defendido que el episodio de peste iniciado en el 165, así como otros que le sucedieron, tuvo una mayor importancia de la que en ocasiones se le ha concedido. Marcaba el inicio de un giro en la situación demográfica del Imperio romano. Los escasos datos conocidos apuntan a que se trataba de una enfermedad nueva para las poblaciones mediterráneas, por lo que el comportamiento de las mismas fue similar al acaecido en otras ocasiones cuando la pandemia actuaba sobre poblaciones no inmunizadas. La mortalidad provocada fue particularmente elevada, entre un tercio y cuarta parte de la població, en un epsiodio que inició el declive continuo de la población en el marco del mundo mediterráneo 46. En concreto, McNeill plantea una interpretación muy sugerente a partir de la posibilidad de que la peste del año 165, y las que le sucedieron, constituyeran la irrupción del sarampión y la viruela en el mundo mediterráneo. En efecto, estas enfermedades no parece que existieran como afecciones infantiles en la antigüedad, no existían en Egipto (como se ha podido certificar en el estudio de las momias de épocas muy diversas), ni tampoco hablan de ellas los médicos griegos y romanos: «los datos literarios apuntan así a los siglos II y III de la era cristiana como la época más probable en que ambas enfermedades se establecieron entre las poblaciones mediterráneas.... ambas enfermedades, sumamente contagiosas, irrumpieron una tras otra en las poblaciones comparativamente masivas, pero antes no afectadas, del mundo mediterráneo» 47. No cabe duda de que el Imperio Romano vivió, en especial a partir de finales del siglo II, una situación problemática desde el punto de vista demográfico, y que la población del mismo (en especial en Occidente) tendió a disminuir. El problema por un lado consiste en la consideración del carácter ---- catastrófico de este proceso 48, en especial en lo que se refiere a la incidencia de la peste de los Antoninos. Baste indicar ahora que cuando en el año 189 penetre en Roma una nueva pandemia, que en la ciudad ocasionará hasta 2.000 muertos en un día, se indicará que esta enfermedad era la más grave de la que hasta entonces se había tenido noticia 49, indicación de que la peste del 165-170 había sido algo o mucho menos grave. Desde algunos estudios del siglo XIX se ha apuntado la posibilidad de que la peste de los Antoninos correspondiera a la viruela 50. Esta opinión ha sido discutida por algunos investigadores más próximos, al señalar que las fuentes sobre la pandemia no ofrecen ningún dato que permita identificarla 51. No obstante, ya hemos visto la opinión de McNeill que interpreta este episodio como la primera irrupción de la viruela entre las poblaciones del mundo mediterráneo, con una explicación que mostraría el episodio (y los siguientes) a la luz de la afección varios siglos más tarde en el Nuevo Mundo. También Mirko D. Grmek ha considerado que las pestes de la época romana imperial, siglos II y III, con toda probabilidad correspondían a la viruela, una enfermedad que tan solo recibiría nombre latino en el siglo VI 52. En el mismo sentido, sin mayores argumentaciones, ha apuntado Symon Byl 53, y como una posibilidad no del todo demostrada por Corvisier y Suder, en el más reciente estudio general sobre la población en la antigüedad 54. En fechas más recientes, un buen trabajo de Rijkels ha insistido en la interpretación de la peste de Antonino como la irrupción de la viruela, a partir sobre todo de los síntomas recogi-----dos por Galeno, y aceptando en lo fundamental las conclusiones de McNeill sobre la importancia y alcance del brote epidémico 55. Por su parte Pierre Salmon, que recoge de forma algo más detallada los testimonios acerca de la peste de los Antoninos, también considera que la virulencia de la misma fue mucho menor que la de los episodios pandémicos posteriores. Respecto a la etiología de la peste, destaca la imprecisión absoluta en las fuentes, para indicar que sobre la misma en los escritos se habían planteado múltiples posibilidades: viruela, tifus exantemático, gripe, disentería, varicela, cólera, peste pulmonar, peste bubónica; a su juicio los datos recogidos imposibilitan la obtención de mayores conclusiones, aunque insiste en que los efectos sobre la población debieron ser relativamente escasos 56. En cualquier caso, la discusión acerca de los efectos y consecuencias de la plaga de los Antoninos en su conjunto continua vigente hasta nuestros días, motivando una producción bibliográfica bastante interesante 57. Así el propio estudio ya citado de Duncan Jones, que menciona unos efectos y alcances muy diferentes según las zonas 58, la discusión de Ehmig (derivada del trabajo anterior) acerca de las consecuencias de la peste 59, el estudio de Bagnall que se plantea desde el análisis de la posible incidencia en la población y en la demografía 60, otro trabajo de este mismo autor acerca de la afección en Egipto, a partir de los datos de un papiro 61. Finalmente, en fechas todavía más recientes, el estudio de Fears, quien tras plantear la extensión geográfica de la pandemia, y su posible identificación con la viruela (o en su defecto con ántrax), admite su fuerte incidencia en la población, y en la decadencia del Imperio romano 62. Aspectos en los cuales también ha insistido Rijkels 63. ----CONCLUSIONES En suma, los datos recogidos y analizados, así como la bibliografía disponible, solo permiten una aproximación parcial al conocimiento del episodio que estudiamos. Más allá de las consideraciones de carácter genérico, la afección del 165-170 tuvo un alcance muy limitado, en relación con otros episodios históricos posteriores. No obstante, su propia existencia e incidencia supuso una novedad para Roma, la entrada en un nuevo ciclo sanitario después de varios siglos en una situación bastante benevolente. La capital imperial había visto, como consecuencia de la globalización, la llegada de enfermedades cutáneas contagiosas, en especial la lepra, como novedad en época de Nerón. Ahora podía observar como, al igual que ocurría en el conjunto de Italia, cundía una peste procedente del exterior. Naturalmente debemos huir, al igual que en el caso de la famosa Peste de Atenas, de la consideración como peste bubónica. La comparación de los sintomas por parte de Galeno puede responder a una evocación literaria, pero el hecho en palabras de un médico que era buen profesional, más allá de su huida por considerar rabiosamente mortal la pandemia, no deja de señalar la identificación de una similitud en los síntomas. Entre todas las enfermedades propuestas, sin duda la viruela es la que recoge, con diferencia, un mayor número de adeptos, siendo razonable concluir que probablemente fue en este momento, y en otras pandemias posteriores, cuando dicha afección tuvo fuerte incidencia inicial en las poblaciones mediterráneas, terminando por convertirse en endemia infantil. Respecto a los efectos de las pestes, superadas las visiones (que rebrotan de vez en cuando) acerca de las catástrofes, a nuestro juicio la incidencia debe relativizarse. La crisis de Roma no se produjo por las epidemias, sino que existieron otras muchas razones que la explican con más verosimilitud. La misma crisis demográfica fue consecuencia al par que causa, debido a los problemas crecientes de subsistencia y alza de precios, junto a los cambios de mentalidad, y a una tradicional inestabilidad en una población de régimen demográfico antiguo. En este panorama, las pestes no vinieron sino a añadirse, aunque no fueran el factor principal, en un cambio de ciclo que significaría a la postre, mucho tiempo más tarde, el fin del mundo antiguo.
Este artículo pretende llamar la atención sobre algunas ideas desarrolladas en la Edad Media por Nicolás Oresme (1320-1382) con relación al tratamiento matemático de las cualidades. Se muestra cómo algunos problemas relativos a la interpretación de sus trabajos siguen vigentes aún en nuestros días. LA BAJA EDAD MEDIA Y LA MATEMATIZACIÓN DE LA FÍSICA Uno de los aspectos relevantes que caracterizaron a la revolución científica del siglo XVII, fue el empleo de las matemáticas en la descripción de los fenómenos físicos. Galileo establece la cinemática de los movimientos de los cuerpos en el vacío y, posteriormente y sobre sus hombros y los de Kepler, entre otros, Newton ve mucho más allá y establece las leyes correctas de la dinámica, que, salvo en el contexto del microcosmos o de velocidades del orden de la velocidad de la luz, gobiernan aún con eficacia el mundo que nos rodea, y la ley de gravitación universal, estableciendo un punto de inflexión en la historia, no sólo de la ciencia, sino del pensamiento humano. Las mareas de la ciencia medieval, impulsadas sobre todo por la autoridad de Aristóteles, rompen así en sus últimas playas, luego de dominar la cosmovisón culta de la realidad por centurias. Pero ni mucho menos debe pensarse que estos esfuerzos prenewtonianos fueron estériles. La física de Aristóteles, bien vista y sin complejos, constituyó una razonable filosofía de la naturaleza muy de acuerdo con el sentido común, y capaz de dar explicación, de acuerdo con sus postulados, a muchos fenómenos1. Incluso bajo sus postulados se abonó el camino para nuevos planteamientos, tales como los que surgieron entre los siglos XII y XIV sobre el tratamiento las cualidades. El proceso de matematización de los fenómenos físicos, que, como hemos dicho, constituye una piedra angular de la revolución científica, no comienza en el siglo XVII, sino mucho tiempo antes. Como expresa con acierto Crombie2: «Uno de los cambios más importantes que facilitó el empleo creciente de la Matemática en la Física fue el introducido por la teoría de que todas las diferencias reales podían ser reducidas a diferencias en la categoría de la cantidad; que, por ejemplo, la intensidad de una cualidad, como la del calor, podía medirse exactamente de la misma manera como podía serlo la magnitud de una cantidad. Este cambio es el que distinguió principalmente la física matemática del siglo XVII de la física cualitativa de Aristóteles. Fue comenzado por los escoláticos de la última parte de la edad media». En efecto, según una tradición que se remonta a Aristóteles y que está presente en las discusiones de los filósofos naturales y de los teólogos de la edad media, la cantidad y la cualidad constituyen dos categorías diferentes. La cantidad se concibe como una entidad constituida por partes homogéneas. El volumen, por ejemplo, que puede pensarse como formado por la agregación de volúmenes más pequeños. Un carácter distinto tienen las cualidades de los cuerpos, tales como la blancura de su superficie o el calor. Resultaba claro que no se podía conferir a éstas las propiedades de aditividad de las cantidades. Sin embargo, se reconocía que podía haber diferentes intensidades o grados para una cualidad dada. La fuerte discusión relativa a la posible matematización del tratamiento de las intensidades, parece arrancar con el análisis hecho por los escolásticos, con Tomás de Aquino como figura más destacada a la cabeza, de una de las sentencias del teólogo Pedro Lombardo (ca. 1090-1160), quien en su primer Libro de Sentencias señala: ----«En el hombre, la caridad aumenta o disminuye, y, en épocas diferentes, es más o menos intensa». Esta frase, aparentemente inocente y sin mayores implicaciones, genera entre los escolásticos una serie de disquisiciones sobre el modo de aumento o de disminución de las intensidades de las cualidades, que constituye uno de los principales objetos de análisis durante la baja edad media. Con sus idas y venidas, puede decirse que durante los siglos XII, XIII y XIV se gestó una evolución en el pensamiento medieval que llevó al tratamiento de la variación de la intensidad de una cualidad similar al existente para la variación de una cantidad, es decir, a pensar en la adición de partes o grados de intensidad. Ricardo de Middleton ( †entre 1300 y 1309) es uno de los precursores de esta concepción, que se aleja de las tesis peripatéticas. En esta línea, Francisco de Meyronnes (ca. 1325) establece, como comenta Duhem, «una completa paridad entre el crecimiento de una magnitud continua y la operación por la cual una cualidad, tal como el calor o la caridad, se torna más intensa». Leemos 3: «Al igual que un aumento de extensión sólo puede hacerse por medio de partes extensivas, un aumento de intensidad, tal como un incremento de caridad, sólo puede hacerse por medio de partes intensivas; pero tales partes son grados; el aumento de la caridad se hace por lo tanto por medio de grados». En este trabajo se abordan tres aspectos relativos al tratamiento de las cualidades realizado por Nicolás de Oresme que han llevado a diferentes interpretaciones por parte de los historiadores. El primero se refiere a la concepción del continuo empleada por el autor y a sus posibles inconsistencias con el tratamiento peripatético del continuo de uso en la época; el siguiente, el más controvertido, a su verdadero papel en la contribución a la representación geométrica de las intensidades y de la cantidad de una cualidad lineal, que llevaron a Pierre Duhem a señalarlo como el inventor de la geometría analítica. El último, relativo a la interpretación oresmiana de la cantidad de velocidad, tomada ésta como cualidad lineal en el tiempo. LA REPRESENTACIÓN DE LAS CUALIDADES EN ORESME. Nicolás de Oresme profundizó como nunca antes en la representación de las intensidades de una cualidad. Las interpretaciones que se han hecho de sus ----escritos no son, sin embargo, coincidentes. En lo que sigue intentaremos presentar algunas de sus ideas y señalar y criticar algunas de sus interpretaciones. Antes de 1371, Oresme desarrolla sus ideas en el Tractatus de configuratione potentiarum et mensurarum difformitattum. Allí generaliza la idea de representar una cualidad puntual por medio de un segmento, a la de representar una cualidad lineal por medio de una superficie, una cualidad superficial por medio de un volumen, e incluso a concebir la idea de una cuarta dimensión espacial para poder representar una cualidad de volumen. En I.iii del Tractatus, Sobre la longitud de las cualidades, luego de discurrir sobre los nombres que le asignará, Oresme, respetando la tradición, opta por llamar longitud (longitudo) o extensión (extensio) a la línea recta considerada sobre o en el seno del cuerpo afectada por una cierta cualidad, y reserva el nombre de latitud (latitudo) o intensidad (intensio), para designar el grado que adopta la cualidad en un punto dado de la extensión. Según Maier4: «Lo nuevo de esta idea, por contraposición a los métodos ya desarrollados antes de Oresme, de representar una intensidad por una línea, consiste en la extensión de este método a magnitudes de más dimensiones». En I.iv del Tractatus, Sobre la cantidad de las cualidades, leemos5: «La cantidad de una cualidad lineal debe ser imaginada por medio de una superficie cuya longitud o base es una línea trazada sobre un tal sujeto, como lo dice el capítulo precedente, y cuya latitud o altitud está representada por una línea elevada perpendicularmente sobre dicha base, de la forma indicada en el segundo capítulo. Por cualidad lineal entiendo la cualidad de una recta del sujeto dotado de la cualidad. Es evidente que la cantidad de una cualidad tal se puede imaginar con la ayuda de una superficie de este tipo, dado que se puede dar una superficie igual en longitud o en extensión a la cualidad, y semejante en altitud a la intensidad de esta cualidad, como se verá claramente más adelante». En este punto aparece una controversia cuyo origen puede ser más historiográfico que histórico. Según Maier 6: «La introducción de la quantitas qualitatis no es otra cosa que una lógica extensión del principio de línea de intensidad de las cualidades puntuales a las ----cualidades extensas. Se procede de la siguiente manera -si nos limitamos al caso de la cualidad lineal-: sobre la línea que constituye el portador de la cualidad o sujeto, se debe representar en cada punto la línea de intensidad correspondiente, que representa la cantidad de la cualidad en el punto considerado. El conjunto de esas líneas representa la cantidad de la cualidad lineal. Y ese conjunto de líneas, tal como se admite tácitamente, es una superficie que se eleva sobre la línea del sujeto y cuya altura está determinada por las líneas de intensidad en cada punto aislado, representando su figura el carácter particular de la distribución de intensidad. Análogamente se procede para la cantidad de una cualidad superficial y, al menos teóricamente, de volumen». Pero es en una nota anexa a este pasaje donde Maier deja ver su crítica a esta concepción 7: «Oresme sabía perfectamente, como la mayoría de sus contemporáneos, que ninguna magnitudo finita puede obtenerse a través de un gran número de indivisibilia; que, en sentido estricto, una línea no se compone de infinitos puntos, ni una superficie de infinitas líneas, etc., pero, en la construcción de sus configuraciones, pasa de puntillas sobre esta dificultad». La cuestión que plantea Maier es la de que, según la óptica aristotélica, tal como puede leerse en su Física, un continuo no está compuesto por indivisibles 8 aunque sea infinitamente divisible en partes divisibles. El punto es esencial, porque el mismo Oresme expresa su conformidad con esta idea, cuando en I.i del Tractatus señala 9: «Por otra parte, la intensidad expresa también la idea de que una cosa es «más esto» o «más aquello», por ejemplo, «más blanca» o «más rápida». Esta intensidad, o más precisamente intensidad en un punto, es divisible de una sola forma e infinitamente, como un continuo. No se la puede representar más adecuadamente, por lo tanto, que bajo la forma del continuo que es originalmente divisible y de una sola forma, es decir, por una recta». La observación que plantea Maier dejaría de ser atendible, en el sentido de revelar una incongruencia en el pensamiento oresmiano, si se considera que del mismo modo en que éste no dice que la recta representativa de una cualidad puntual esté constituida por puntos, sino sólo que es infinitamente divisible, tampoco dice (ver la cita más arriba) que la superficie representativa de una ---- cualidad lineal esté formada por el agregado de las líneas de intensidad correspondientes a cada punto, tal como, con Maier, también ha interpretado Clagett 10, con lo que sí incurriría en dicha inconsistencia. Probablemente ambos autores son partidarios de esta concepción de las ideas de Oresme a partir del análisis que éste hace, en esa misma parte del Tractatus, cuando, refiriéndose a la extensión de esta idea a más dimensiones, dice 11: «Y como en un sólido cualquiera hay un número infinito de superficies iguales para las que se representa la cualidad por un sólido, no es impropio sino necesario imaginar un sólido allí donde otro sólido o cualquier otro sólido está simultáneamente representado». Sin embargo, no veo que de aquí se desprenda el que Oresme considere a la superficie representativa de una cualidad lineal como agregado de líneas, ya que, en el comentario recién citado, no establece de modo palpable que el conjunto o agregado de estas superficies constituyan el sólido. Más bien considero que ésta es una interpretación anacrónica llevada por la conjunción del texto oresmiano citado y una posterior exposición galileana, análoga, pero no igual, tal como señala Sellés 12, que parte de una concepción distinta del concepto de continuo que no entraba en los planteamientos oresmianos. Otro punto de disputa aparece en la interpretación del tratamiento hecho por Oresme de las cualidades lineales, donde Duhem cree ver al inventor de la geometría analítica 13. En I.xi del Tractatus leemos 14: «Así, se podría decir que una cualidad es uniforme si es de igual intensidad en todas sus partes, o que una cualidad uniformemente disforme es tal que para tres puntos cualesquiera, la relación entre la distancia del primero al segundo y la distancia del segundo al tercero es igual a la relación entre el exceso de la intensidad en el primer punto con respecto al segundo y el exceso de la del segundo con respecto al tercero, si se ha llamado primero al punto en el que la intensidad es la mayor». «Consideremos en principio una cualidad uniforme acabada en grado nulo, que es simbolizada o representada por el triángulo ABC. Una vez trazadas las rectas perpendiculares BC, FG y DE, sea HE paralela a DF y, análogamente, GK paralela a FB. Se tienen así dos triángulos CKG y GHE, que son equiángulos. De acuerdo con la proposición VI.4 de Euclides, la relación entre GK y EH es igual a la relación entre el exceso CK y el exceso GH. Y como GK es igual a FB y también EH es igual a DF, la en relación entre FB y DF de las distancias entre los tres puntos de la base es igual a la relación entre CK y GH entre los excesos de las alturas que son proporcionales a las intensidades en los mismos puntos. Dado que la cualidad de la recta AB es tal que la relación entre las intensidades de los puntos de la recta es igual a la relación entre las rectas trazadas perpendicularmente a los mismos puntos, la proposición es claramente evidente». Pero la intención de Oresme no es la de describir algebraicamente una relación entre los puntos involucrados que dé lugar a la ecuación de una recta. En palabras de Souffrin 15: «Incluso si se transcribe el texto de I.xi en simbología literal en la forma con Duhem, se puede impugnar su interpretación como ecuación de la rec-ta: los tres puntos considerados son tratados de la misma manera y el concepto ---- de variable está totalmente ausente. Pero nos parece más importante remarcar el hecho de que esta trascripción no es fiel al texto. Las relaciones de las que trata Oresme no son relaciones entre diferencias de segmentos, sino relaciones entre segmentos [...]. La relación descrita por Oresme no corresponde a ocho magnitudes, sino a cuatro: es una simple proporción en el sentido entonces clásico del Libro V de los Elementos de Euclides». Maier es también contundente en la refutación de la interpretación de Duhem16: «Oresme no ha introducido en absoluto sus longitudo y latitudo como coordenadas. Él no tiene para nada la intención de determinar con su ayuda la situación de un punto en un sistema de referencia, indicando su longitudo y latitudo. Su longitudo no es una abscisa en sentido moderno, es, como ya hemos dicho, la extensión total del sujeto considerado[...]. Oresme quiere, en resumidas cuentas, construir figuras geométricas, y no curvas en un sistema de referencia». El último aspecto de los trabajos de Oresme que consideraremos aquí se refiere a su conocida prueba geométrica del teorema del grado medio para las cualidades, que, sin embargo, no está exenta de diferentes interpretaciones. En III.vii del Tractatus, Sobre la medida de las cualidades y de las velocidades disformes, leemos17: «Toda cualidad uniformemente disforme tiene la misma magnitud que la cualidad del mismo sujeto, o de un sujeto igual, que fuera uniforme, con el grado del punto medio del sujeto dado; esto, sobreentendiendo que el sujeto es lineal. Si es una superficie, tendría el grado de la línea mediana, y si es un sólido, el grado de la superficie mediana, siempre entendiendo los conceptos de forma análoga. ----Se lo mostrará en principio para una cualidad lineal. Sea entonces una cualidad representada por el triángulo ABC, uniformemente disforme terminada en grado nulo en el punto B. Sea D el punto medio de la recta del sujeto. El grado o la intensidad de ese punto se representa por la recta DE. La cualidad que sería uniforme sobre todo el sujeto con el grado DE puede representarse por el rectángulo AFGB, de acuerdo con el capítulo diez de la primera parte. Por la Proposición 26 del Libro I de Euclides, se establece que los dos pequeños triángulos EFC y EGB son iguales. Por lo tanto las cualidades así representadas por el triángulo y por el rectángulo son iguales. Y esto era lo que estaba propuesto [...]. Se debe hablar de una velocidad exactamente de la misma forma que de una cualidad lineal, cogiendo como punto medio el instante medio del tiempo que mide una velocidad de ese tipo. Se ve, por lo tanto, a qué cualidad o a qué velocidad uniforme es igual una cualidad o una velocidad uniformemente disforme». Para Duhem, considerando como longitudo el tiempo y como cualidad la velocidad, resulta claro que el área, que representa en el pensamiento oresmiano la cantidad de velocidad, se identifica con el espacio recorrido por el cuerpo y coincide dimensionalmente con él, como en la misma línea también argumenta Clagett18: «La figura en su conjunto, consistente de todas las perpendiculares, representa la distribución completa de intensidades en la cualidad, es decir, la cantidad de la cualidad, o, en el caso del movimiento, la así llamada velocidad total, dimensionalmente equivalente al espacio total recorrido en el tiempo dado». En este razonamiento se ha identificado al grado de velocidad en un instante -que, según Oresme, tiene la significación general de segmento proporcional a la intensidad de la velocidad, considerada como cualidad, de la cual participa el cuerpo en ese instante, pero sin definición alguna de lo que esto significa o de cómo se cuantifica, del mismo modo que se habla de blancura en un punto o de caridad de una persona en momento dado-con la velocidad instantánea, que, por lo demás, es un concepto muy posterior formalizado por Varignon. En este sentido, merecen señalarse las consideraciones de Anneliese Maier, referidas al concepto mismo de grado de una cualidad y del concepto de grado de velocidad, como una velocidad instantánea medieval, digamos así, no homologable al concepto actual de velocidad instantánea 19: «El punto de partida (Cap.1) es la antigua idea de la linea intensionis, que era corriente especialmente en la literatura médica. Se trata de la representa-----ción gráfica de una magnitud intensiva por medio de una línea, de forma tal que a las intensidades mayores les corresponden líneas más largas, tales que las proporciones entre las intensidades y las líneas son iguales. Aquí se debe precisar que estas consideraciones tienen un carácter puramente especulativo, ya que no existe la posibilidad de medir realmente la propia intensidad, ni tampoco existe la posibilidad de comprobar que la relación entre las intensidades es realmente igual a la relación entre las líneas. Por lo demás, éste es un rasgo distintivo de la ciencia natural escolástica, sobre el que ya hemos reparado varias veces: se calcula, antes de que se pueda medir». De acuerdo con el establecimiento de razones sólo entre magnitudes homogéneas, tal como era de uso en la Edad Media según la tradición griega, establece Maier20: «[...] la velocidad no se concibe como proporción entre espacio y tiempo.» Y, más adelante, aludiendo a las consecuencias que habría tenido una definición tal de velocidad, señala 21: «Los escoláticos habrían podido deducir la velocidad instantánea a partir del concepto de velocidad de un movimiento uniforme; pues si la velocidad fuera igual al espacio recorrido en un determinado tiempo, entonces se seguiría consecuentemente que la velocidad instantánea sería igual al espacio (infinitamente pequeño) recorrido en el pequeño lapso de tiempo considerado (Augenblick, en el texto original de Maier), y, de aquí, sólo habría habido un paso para establecer que la velocidad es igual al cociente diferencial entre espacio y tiempo. Está claro que en el siglo XIV no se podía dar ese paso[...]. La solución aceptada por la casi totalidad de los escolásticos tiene una naturaleza distinta; consiste en la introducción de un segundo concepto de velocidad completamente diferente, que es más metafísico que físico y que no tiene ninguna relación con el primero: la velocidad, para decirlo brevemente, es considerada como intensidad del movimiento[...]. El movimiento local es un accidente intrínseco del cuerpo y la velocidad es la intensidad de ese accidente. Puede ser constante, también puede variar, puede experimentar un intendi y remitti como las cualidades, de forma que la intensidad sea diferente en cada instante [...]. Se afirma que un móvil tiene una velocidad de 2, de 4, o en general de a, sin que se plantee lo que eso significa, o a qué unidad de medida deben referirse esos números. Y, en virtud de esos datos, se realizan cálculos aparentemente exactos con las cantidades consideradas, que naturalmente tienen poco que ver con la realidad y que carecen de significado físico». ----Los argumentos de Maier parecen difíciles de rebatir en este punto, y son, además, consistentes con el hecho de que, como ha observado Souffrin22, en el texto de Oresme correspondiente al capítulo III.vii, no aparece mención alguna al espacio recorrido por el cuerpo. Sin embargo, la interpretación que hace de esta omisión es bien diferente. La atribuye al hecho de considerar que Oresme se refiere aquí al movimiento en general, entendido en sentido aristotélico general como cambio, y no al movimiento local, que se corresponde, según la física peripatética, con el movimiento de un cuerpo en el espacio. Esta hábil interpretación, que en principio no puede descartarse, no resuelve sin embargo los problemas de fondo que afronta Maier. Souffrin acepta que Oresme «conoce la aplicación de su análisis al caso particular del movimiento en el espacio o 'movimiento local', y se sabe que él adopta en ese caso la acepción usual y singular de 'espacio recorrido' para velocitas totalis». Ciertamente, en el capítulo III.viii, en el que Oresme muestra con un ejemplo que la cantidad de una cualidad puede tener un valor finito, aunque en algunos tramos de la extensión la intensidad tienda a infinito, leemos23: «Del mismo modo, si un móvil se desplazara durante la primera parte proporcional de un tiempo dividido de esta manera con una cierta velocidad, dos veces más rápido durante la segunda parte, tres veces más rápido durante la tercera, cuatro veces más rápido durante la cuarta y continuara así infinitamente de forma creciente, la velocidad total sería exactamente cuatro veces la velocidad total de la primera parte, de forma tal que el móvil recorrería, en la totalidad del tiempo, una distancia exactamente igual al cuádruple de la distancia recorrida durante la primera mitad de ese tiempo». También en las Questiones super geometriam Euclidis de Oresme, leemos24: «Si un cuerpo a se mueve uniformemente durante una hora y b lo hace de forma uniformemente desacelerada en la misma hora, comenzando con un grado [de velocidad] dos veces [el de a] y terminando en grado nulo, entonces recorrerán distancias iguales, tal como se puede probar fácilmente. Por lo tanto, por la definición de velocidad, se debe conceder que ambos se han movido con la misma velocidad durante la misma hora». Nótese que en esta referencia lo que se hace realmente es considerar que el cuerpo ha sufrido, en ambos casos, en total, la misma velocidad, en tanto ----que cantidad de velocidad, ya que las áreas -representativas de sus cantidades respectivas-son, en ambos casos, iguales. De ahí la conclusión de Oresme de que el espacio recorrido final por ambos cuerpos será el mismo. De aquí podemos concluir que las áreas representativas de la cantidad de velocidad son entre sí como los espacios recorridos por los cuerpos, aunque dicha área, siguiendo el análisis de Anneliese Maier, no corresponda dimensionalmente o conceptualmente con el espacio recorrido, como se afirma en la interpretación habitual. Podemos concluir que existe una interpretación del área representativa de la cantidad de una cualidad lineal, que no muestra inconsistencias con la concepción aristotélica de Oresme sobre la infinita divisibilidad del continuo sin considerarlo formado por indivisibles, si se piensa que éste considera el área como un todo y no como un agregado de líneas de intensidad. Por otra parte, la interpretación de Oresme como «creador de la geometría analítica» parece haber sido suficientemente refutada, sin menoscabo de su contribución al proceso de matematización y de visualización geométrica del tratamiento de las cualidades. Por último, podemos considerar el área, en la representación de la velocidad tomando como longitudo el tiempo, como la medida de la cantidad de velocidad y, de ahí, inferir que áreas iguales corresponden a espacios recorridos iguales, sin que esto implique que el área corresponda dimensionalmente o conceptualmente al espacio recorrido, aunque exista una identificación clara de espacio total recorrido con movimiento total experimentado por el cuerpo, en el sentido de cantidad total de velocidad experimentada por el cuerpo.
En este artículo el autor ofrece una interpretación de la presencia de Galeno en la obra del humanista y médico italiano Girolamo Cardano (1501-1576) a través de una análisis de su libro De immortalitate animorum (1545), en donde Galeno juega un doble papel, por un lado como objeto de un examen crítico, y por otro lado, como un muy influyente modelo teórico y literario. Es bien conocido que la influencia de Galeno en la historia de la medicina, y en particular de la anatomía y la fisiología, constituye un verdadero paradigma con un largo recorrido que llega hasta el siglo XVIII. 1 Esa influencia se manifiesta de manera directa en la obra que Girolamo Cardano dedica a la ----medicina, tanto en su vertiente teórica como en su vertiente práctica, y ello con tanta más razón cuanto que en los años en que él se formaba intelectualmente -primeras décadas del siglo XVI-se estaba produciendo un verdadero renacimiento del galenismo, con la recuperación, la edición e incluso la traducción al latín del corpus Galenicum. 2 En este contexto que brevemente acabamos de mencionar queremos situar el contenido de este artículo que dedicamos a estudiar la presencia de Galeno en el De immortalitate animorum, 3 que, aunque no sea propiamente una obra médica, acoge un buen número de consideraciones anatómicas y fisiológicas, y está salpicado de anécdotas relacionadas con la experiencia médica de Cardano. No debe extrañar entonces que las alusiones a Galeno sean en esta obra muy numerosas, y tanto es así que sólo se ven superadas por las que se realizan a Aristóteles -lógico en ----una obra que se centra en la psicología del Estagirita-y a Averroes, el gran comentarista reconocido del primero. Podemos decir, a raíz de una lectura atenta del DIA, que Galeno está presente en él de una manera explícita y de otra implícita. Explícita, porque es objeto de una crítica severa por lo que Cardano considera su taimada indecisión a la hora de definir de una forma clara la substancialidad o insubstancialidad del alma, su naturaleza material o inmaterial, y finalmente su carácter mortal o inmortal. Implícita por dos razones: primeramente porque el modelo pneumático que tan presente está en la obra de Galeno tiene una enorme influencia en Cardano especialmente cuando trata de explicar la relación entre el alma y el cuerpo; y en segundo lugar porque Cardano, a base de leer a Galeno, o quién sabe si por una afinidad natural de carácter, asume un estilo de expresarse, de narrar con gusto la casuística de sus enfermos, de magnificar sus éxitos terapéuticos, de denunciar los errores ajenos etc., que recuerdan mucho al de Pérgamo. Puede decirse, en definitiva, que la relación que mantiene Cardano con Galeno es rica en matices, como muestra el siguiente texto, en donde Cardano se sincera después de un aluvión de reproches contra aquél; sirva, pues, de introducción: Me aflige la ocasión que se me brinda de hablar mal del príncipe de los médicos, cuando en las demás cosas no soy poco estudioso de él. Ahora bien, él nos impelió a ello, dado que, traspasando sus límites, en algunas cuestiones se mostró digno de risa. ¿Quién no se ríe de él al jactarse de la geometría y de la aritmética? Después, se enreda hasta tal punto en asuntos muy menores, que casi parece que ni sus elementos los domine bien. ¿Quién puede echarle en cara esto a Aristóteles, a Averroes, o a Avicena? Aunque Aristóteles fuera un gran geómetra, Avicena un filósofo de la máxima importancia, y Averroes un médico no despreciable, sin embargo todos se abstuvieron de hacer profesión de las otras disciplinas, y aunque estuviesen muy deseosos de gloria, con todo huyeron de la jactancia. Amamos a Galeno, lo cultivamos, hemos seguido más diligentemente su vida escribiendo con afán, que la de ningún mortal, a él lo preferiríamos más que a casi todos los eruditos, y aunque en esta parte, por la verdad, la cual es más amiga nuestra que él, disintamos de él, a pesar de ello nadie hubo que lo exaltara con voluntad más ardorosa, en la medida en que nos lo permitieron nuestras fuerzas4. ----Más allá del parecido, buscado seguramente, de las palabras finales de este fragmento con aquellas otras que Aristóteles les dedicó a sus amigos platónicos en el libro I de la Ética a Nicómaco, lo cierto es que encontramos en él bien reflejada una actitud que sobrepasa los límites de este escrito y se manifiesta igualmente en muchos otros lugares de la obra de Cardano. 5 Él reconoce explícitamente la deuda que tiene con Galeno, se dice seguidor de su obra y de la práctica médica que hay detrás de ella, pero reclama para sí el derecho de buscar la verdad y de denunciar el error de su maestro allí donde éste se produzca; se trata de una actitud que, paradójicamente, es la misma que Galeno tuvo en muchas ocasiones hacia otros médicos y otros filósofos de su tiempo. En este caso estaríamos ante ese otro Galeno implícito que tanto tiene que ver con el nervio expresivo de Cardano: hay que tomar de otros lo bueno que en ellos haya y no dejarse llevar por otro criterio que la confrontación de razones, la autonomía de pensamiento y una sana desconfianza en el concepto de autoridad. Más tarde tendremos oportunidad de analizar esto con más detalle. Tras señalar estas generalidades acerca de la presencia de Galeno en el DIA, es hora ya de buscar de manera más detallada los hitos más importantes de esa presencia, los cuales bien pueden situarse bajo tres epígrafes que dan cabida a los tres aspectos que hemos mencionado antes: 1. La crítica de Cardano a la psicología de Galeno; 2. La influencia del modelo pneumático de Galeno en la concepción cardaniana de la interrelación alma-cuerpo; 3. Las reminiscencias estilísticas de Galeno en el De animorum immortalitate. LA CRÍTICA DE CARDANO A LA PSICOLOGÍA DE GALENO Podemos decir que de todos los motivos que hacen que aparezca la figura de Galeno en el DIA, éste es sin lugar a dudas el que más importancia tiene. Esta crítica tiene tras de sí la difícil cuestión de determinar la substancialidad ---omnes tamen ab aliarum disciplinarum professione abstinuerunt: et quanquam gloriae essent studiosissimi, nihilominus iactantiam effugerunt. Sobre la indecisión de Galeno en la definición de este particular, así como sobre las deficiencias teóricas que, a juicio de Cardano, tienen sus pronunciamientos, cuando se producen, tenemos un elevado número de páginas en la obra, hasta el extremo de resultar un asunto recurrente y a veces repetitivo: aparece en el capítulo primero (pp. 122-126), aparece en el segundo (pp. 152-158), en el tercero (pp. 176-177), y finalmente en el cuarto (pp. 193-197). En el capítulo primero nos encontramos a Cardano situando a Galeno dentro de la nómina de los que han sostenido la mortalidad del alma, emparejándolo en esto con Alejandro de Afrodisias. Ahora bien, aquí su crítica no viene tanto porque se haya decantado por esta opinión, sino porque cuando habla de la naturaleza del alma lo hace en un tono indeciso, ambiguo y a veces hasta contradictorio, si bien en la mayor parte de sus manifestaciones Cardano deduce que Galeno se inclinó por considerar el alma como entidad material y perecedera. Para poner primeramente en evidencia esto último Cardano acude a una generosa dosis de citas literales de Galeno extraídas casi todas del opúsculo Quod animi mores corporis temperamenta sequantur en donde éste pone gran énfasis en demostrar que no se puede entender el concepto de psyché sin acudir a sus claras manifestaciones corporales. De partida tenemos tres citas 6 en donde Cardano cree que se evidencia algo más que la proyección corporal de la virtualidad anímica, y ese algo más es sencillamente que aquél no concibió para el alma ninguna otra naturaleza que la exclusivamente corporal. Por un lado aparece alabando la figura de Andrónico de Rodas por haber pensado que el alma no es otra cosa que el temperamento del cuerpo: A Andrónico el peripatético, ya que había puesto de manifiesto con toda audacia la substancia del alma, como corresponde a un varón independiente, y sin oscuras frases, en gran medida alabo y soy receptor de su opinión, estoy de acuerdo con él en tal opinión y en otras muchas 7. Por otro lado reprende a Platón por haber sostenido la inmortalidad del alma: Cardano presenta aquí, como en otras ocasiones, el texto griego (cfr. 783) y luego su traducción latina; sin embargo, nosotros presentamos aquí sólo la traducción que es suya y está muy afinada (cfr. Si, por el contrario, es inmortal, como afirma Platón, ¿por qué se separa cuando el celebro sufre un acusado enfriamiento o calentamiento, desecación o humidificación? Bien hubiera hecho Platón si hubiera escrito la causa de esto como escribió también lo demás 8. Y finalmente se manifiesta contrario a la posibilidad de que el alma sea incorpórea: Esto, en efecto, suscita una gran sospecha acerca de la substancia del alma entera, esto es, que no es incorpórea. ¿De qué modo puede desde su asociación con el cuerpo ser llevada a la naturaleza contraria a la suya, si no tiene ninguna cualidad del cuerpo, ni forma, ni afección, ni potencia? 9 Cardano considera que a partir de estos textos no cabe duda de que Galeno rechazó la posibilidad de que el alma poseyera una entidad inmaterial cuyo origen no estuviera vinculado al propio cuerpo. Además -y este es el segundo paso que da en la interpretación de los citados textos-, de una tal concepción del alma sólo puede extraerse su carácter finalmente perecedero: lo que es corpóreo, como cuerpo se desvanece. Y para remarcar esto Cardano subraya lo que él considera la quintaesencia del sentido de esos textos: Reconozco que ella está unida, como lógicamente por la propia fuerza del instrumento; y aunque esto sea difícil, yo concedería que, siendo ella incorpórea, es frustrada en su acción, mas sin embargo de ninguna manera es arrastrada hacia lo diverso y contrario a su naturaleza propiamente, a menos que posea una cierta fuerza, o afección o forma del cuerpo 10. Estas palabras no responden a una cita literal de ninguna obra de Galeno, sino que son una glosa del propio Cardano quien se mete incluso en la propia piel del de Pérgamo usando esa primera persona que puede resultar, en efecto, confusa. En realidad la obra de la que ha extraído Cardano esas primeras citas se centra toda ella en refutar a los que piensan que el alma es independiente del cuerpo y sus afecciones: como médico, o simplemente como atento observador de los fenómenos de la vida corriente, Galeno tenía la experiencia ineludible de que lo que tradicionalmente se considera el principio anímico del ser vivo puede verse no sólo influenciado, sino radicalmente modificado por hechos tan corpóreos como la ingesta de alguna droga: ¿cómo puede ser -se preguntaba él-que lo que tiene una naturaleza independiente del cuerpo puede verse inmerso en un estado de severa excitación o de delirio?, ¿no sería esto arrastrar lo que tiene una naturaleza propia e impasible a lo contrario?, ¿cómo puede ocurrir esto si en el alma no hay ya desde el principio una afinidad de naturaleza con el cuerpo? La certidumbre que está detrás del planteamiento de estas preguntas se ve reforzado por su propia experiencia médica: él ya había constatado los estados psicopatológicos en que se ven inmersos los que padecen distintas enfermedades, y además había comprobado cómo esos estados remiten al mismo tiempo que se ataja el mal que los provocaba. Esto era para él una prueba irrefutable de que todo en el individuo responde a un esquema único y nada permanece ajeno a él. Contra estas citas y su contenido Cardano, en su afán por poner en evidencia las indecisiones de Galeno en este tema, apenas puede aportar otra cita del De placitis Hippocratis et Platonis, 11 esta vez ya sin el texto griego, en donde manifestaba su autor el carácter divino de la parte racional del alma. Como quiera que hablara allí Galeno de pasada y más en relación con lo que Platón opinaba que con lo que él mismo creyera, parece un tanto forzado extraer de allí, como pretende Cardano, una declaración de inmortalidad por aquello de que lo que es de carácter divino ha de ser igualmente inmortal 12. Pero, en honor a la verdad, Cardano reconoce de inmediato que aquellas palabras son matizadas por el propio Galeno, quien señala no referir esa divinidad a la substancia misma del alma racional, sino más bien a su más perfecto desempeño en relación con las demás funciones anímicas: es divina su función, pero eso no significa que esa divinidad sea patente de inmortalidad 13. GALENO (1978), De placitis Hippocratis et Platonis, ed. P. De Lacy, Berlín, Akademie, IX, cap. 9, secc. («Pero como dijo poco después que la parte racional del alma es divina, no vayamos a estar dubitativos con esa palabra, puesto que las cosas divinas suelen ser inmortales.») Otro texto de Galeno en el que cree Cardano que se puede vislumbrar su opinión en cuanto a la inmortalidad del alma es aquel en el que señala que lo que parece más exclusivo del hombre, es decir, el conocimiento de lo universal separado de lo particular, también se da de alguna manera en los animales, cuya alma es mortal. En este caso Galeno, refiriéndose a algunos animales en los que pueden verse reflejados comportamientos que se consideran exclusivamente humanos, pone el ejemplo del asno, que huye siempre del león, y en cambio no lo hace nunca del camello. 14 En el capítulo segundo retoma Cardano la discusión de la psicología de Galeno, acometiendo directamente la cuestión de si fue o no partidario de la inmortalidad del alma. Lo que parece lógico, después de lo sostenido en el capítulo anterior, es que fuera contrario a que el alma pudiera sobrevivir sin el cuerpo, ya que de su carácter material, tal y como se sostiene en aquellas citas, no parece posible otra cosa. Pero para Cardano hay que investigar antes si tal conclusión puede efectivamente extraerse habida cuenta de la composición material que le atribuía Galeno al alma, pues al parecer de Cardano éste pensó que el elemento del que consta el alma es únicamente el éter, y el éter es el elemento de los astros, que son manifiestamente inmortales. Veamos cuál es la base sobre la que se sustenta este juicio de Cardano. El punto de partida es la siguiente cita de Galeno aportada por Cardano: Pero si es oportuno opinar también acerca de la substancia del alma, es necesario decir una de dos, o bien que es como ese cuerpo refulgente y etéreo, a concluir lo cual están obligados, aunque no quieran, los estoicos y Aristóteles, o bien que ella es en verdad una substancia incorpórea, y que, sin embargo, su primer vehículo es ese cuerpo por medio del cual se comunica con los demás cuerpos. Por lo tanto, debemos afirmar que este mismo cuerpo está extendido por todo el cerebro, y, en efecto, por comunicación con él el espíritu visible se hace lúcido. 15 Y éste es el juicio que le merece a Cardano la concepción que subyace en este texto y en otros parecidos: Así pues, ya sea que abandonemos a Galeno, ya sea que lo abracemos, el asunto de la inmortalidad del alma ha sido suficientemente explicado, pues o bien no le concederemos justificadamente ninguna confianza, o bien a los que quieren prestársela se les ha puesto de manifiesto que él señaló esas ideas gracia a las cuales, si no se derrumba toda la filosofía peripatética o la académica, es necesario reconocer sin lugar a dudas la inmortalidad del alma racional16. De modo que, para Cardano, aquel texto, mal que le pese a Galeno, sirve para poner de manifiesto que de su concepción de la substancia del alma se sigue de una forma o de otra su inmortalidad: si, en efecto, es material, siendo el elemento de que está compuesta el éter mismo, estaría asegurada su naturaleza inmortal, y no digamos si se contempla la otra posibilidad, es decir su substancialidad inmaterial: en este caso su existencia sería independiente del cuerpo y, por más que pudiera ser afectada por él, no habría ningún inconveniente en que a su muerte pueda ella sobrevivir. A la primera de las dos posibilidades contempladas dedica toda su atención Cardano, lo cual es prueba de que pensó que era la que más se adecuaba a la opinión de Galeno; y aunque nunca llegara él a pronunciarse explícitamente sobre si el alma es una entidad substancialmente material o inmaterial, Cardano sin embargo considera que la naturaleza material-etérea del alma es la que está detrás de la explicación que Galeno daba del funcionamiento de la visión, asunto al cual se dedica en el DIA una digresión bastante amplia 17. Sobre el mecanismo de la visión existían dos explicaciones posibles, las cuales son contrapuestas aquí por el propio Cardano. Por un lado está la explicación de Aristóteles que aparece tanto en Sobre el alma, II, 7, 418a27 y ss., como en Sobre la sensación y lo sensible, 438b3 y ss., y por otro lado está la explicación de Platón en Timeo, 45b-d, y antes de Empédocles. La primera otorgaba al sentido de la vista la pasividad propia de la sensibilidad receptiva en general: en su caso, como en el de los demás sentidos, tenemos un órgano en contacto con un medio, y un objeto; el objeto produce algún tipo de alteración o movimiento en el medio, y esa alteración o movimiento es la que termina afectando al órgano y produciendo, en el caso de la vista, el fenómeno de la visión. La segunda explicación otorga concretamente al sentido de la ----vista un papel activo18. Esta explicación está fuertemente influenciada por la filosofía natural presocrática y por el principio universal, tan recurrido por aquellos primeros filósofos, de que lo semejante tiende a lo semejante. Implica la existencia de dos focos lumínicos que resultan necesarios para entender el hecho de la visión: uno es externo, la luz del sol, y otro interno al propio órgano perceptivo, y por ello Platón señala que los dioses pusieron en los hombres un fuego de la misma naturaleza que el fuego solar. Es, pues, acertado que digamos que desde este punto de vista el órgano de la visión posee un papel activo en la consecución de su función visual, o por lo menos no exclusivamente pasivo, tal y como sostendrá después Aristóteles. Más allá de la crítica que realizará el Estagirita a esta concepción, de lo cual hablaremos en seguida, la verdad es que Galeno consideró que la explicación de Platón estaba más acorde con la verdad. Cardano se hace eco de esto y menciona algunos textos, si bien no los cita literalmente 19. Naturalmente, Cardano también menciona la crítica que Aristóteles hizo a una concepción como ésta y considera que Galeno es merecedor de los mismos reproches que aquél dirigió en esta cuestión a Platón; esas objeciones están en el opúsculo Sobre la sensación y lo sensible, y de entre ellas Cardano dedica más atención a aquella de que, si la visión se produce por una suerte de rayos que salen del ojo, resulta sorprendente que, cuando observamos las estrellas del cielo, ese poder del ojo sea capaz de llegar tan lejos. Evidentemente, a esto sólo se puede responder desde el punto de vista de Galeno con que la virtualidad que obra en el interior del ojo es ciertamente portentosa y, por ello, alejada del po-----der limitado de los cuatro elementos (y de su combinación): tal posición sólo se puede sostener, dice Cardano, si se considera que el elemento que compone el alma y está al frente de todas sus funciones es un representante en la esfera sublunar del éter celeste: «¿Acaso entonces entre los elementos hay algo hasta tal punto lúcido y claro que sea apropiado para esas funciones? 20 Aquí vuelven los reproches: Galeno -dice Cardano-se mostró en esta cuestión indeciso, no habló explícitamente del éter, aunque parezca aludirlo, no termina de decantarse nunca por una de las dos posibilidades que anunciaba en el texto anteriormente citado del De placitis: ni afirma abiertamente la materialidad del alma, ni mucho menos su inmaterialidad, y ello se refleja en otros muchos lugares de su obra y concretamente en uno que puede ser paradigmático de esta falta de claridad; se trata de un pasaje de sus comentarios a los Epidemia de Hipócrates, del que se sirve Cardano para poner el acento en la incoherencia que supone decir por un lado que no se está en posición de hacer ninguna afirmación firme acerca de la substancia del alma («no estoy seguro de conocer firmemente la substancia del alma» 21 ), y por otro lado realizar, poco después de decir eso, un pronunciamiento de esta envergadura: cuerpo su corporeidad. Para apoyar su tesis pone sobre el escenario a la figura de Alejandro de Afrodisias, conocido partidario de la opinión mortalista, y lo hace para poner en evidencia que aquél, a pesar de reconocer que el alma puede verse afectada por la enfermedad corporal, sin embargo en modo alguno señaló su naturaleza corporal 24. No obstante, Cardano quiere ir aún más allá de Alejandro, pues cree, ya dentro de sus propios presupuestos teóricos, que del hecho de que el alma pueda padecer algún tipo de afección a causa del cuerpo no puede no sólo concluirse automáticamente su naturaleza corporal, sino tampoco su carácter mortal: Pero, supóngase que padezca, no es dudoso que el alma es del género de esas realidades inmortales que están sometidas a algunos vicios, como la luna, que se encuentra en el linde entre los cuerpos celestes y los formados de elementos, y aunque esté libre de toda alteración corpórea, y, como los demás astros, sea incorruptible, sin embargo aparece claramente llena de manchas de múltiples formas, y sometida a imperfecciones 25. Así que el razonamiento de Galeno no resulta concluyente ni respecto de la materialidad del alma ni tampoco respecto de su mortalidad. Para Cardano la situación intermedia del alma (entre los seres mortales y los inmortales) produce ese tipo de afecciones al que se refiere Galeno, de la misma manera que podemos observar imperfecciones en la luna sin que éstas sean lo suficientemente importantes como para causar su perdición: la luna como el alma ----24 De que Alejandro pensó realmente esto puede dar fe por sí mismo este texto de su De anima: «Si, como se ha demostrado, el alma es forma, resulta necesario que sea inseparable del cuerpo al que pertenece, e incorpórea, y por sí inmóvil, toda forma es así de hecho: puesto que el cuerpo es la unión de dos componentes y subsiste por sí, pero la forma, perteneciendo a otra cosa (tal es, en efecto, la entelequia y la perfección), no puede existir sin aquello a lo que pertenece como tampoco puede existir el límite separadamente de aquello de lo que es límite, de modo que tampoco es posible que el alma esté separada y subsista por sí. Así pues, no es un cuerpo». (ALEJANDRO DE AFRODISIAS, De anima,17,9-15; la traducción es propia). Como se observa Alejandro es escrupuloso a la hora de seguir la definición de psyché de Aristóteles y en general su modelo de entender la relación entre alma y cuerpo: el alma es la forma del cuerpo vivo por la cual está vivo; como tal forma no puede identificarse como cuerpo, ni tampoco ser divisible, sin embargo tampoco puede entenderse su entidad separada del cuerpo, de modo que es necesario que perezca con él. humana también ocupa una posición intermedia, y ambas sirven de frontera entre lo divino y lo mundano, pero, eso sí, su territorio sigue siendo a pesar de todo el de lo divino. Para Cardano como para Ficino, frente a Pomponazzi, la posición verdaderamente intermediaria del ser humano sólo puede fundarse en el hecho de que haya algo en él que simpliciter sea perecedero y algo que simpliciter sea imperecedero 26. Finalmente, en el capítulo cuarto encontramos un prolijo discurso (pp. 193-197) en donde vuelve a denunciar Cardano la inconsistencia y la levedad de los pronunciamientos de Galeno acerca de la substancia del alma, y, en general, de su naturaleza propia. En este momento encontramos una enorme cantidad de referencias (literales y no literales) a su obra, tantas que no hay ningún otro momento en el DIA tan cargado en citas, y eso que esta obra es rica en ellas. Pues bien, las que leemos aquí -ninguna repetida respecto a las que ya ha aportado en los capítulos anteriores-reflejan, a pesar de su diversidad, las mismas ideas sobre las cuales ya ha abundado Cardano anteriormente: las indecisiones de Galeno, su obstinación a la hora de mantenerse ajeno a la polémica mortalista del alma, y la incoherencia que supone no querer expresarse ni en un sentido ni en otro en cuanto a la materialidad o inmaterialidad del alma, y hacer, al mismo tiempo, afirmaciones que de una forma más o menos directa implican su materialidad. Entre las citas podemos referir las siguientes: en el De tremore et rigore 27 viene a decir que el primer calor innato es el principio del ser vivo y se identifica con su naturaleza propia de ser vivo, de modo que casi se puede identificar con el alma misma. En el De locis affectis 28 se manifiesta por un lado otra vez indeciso a la hora de definir la naturaleza material o inmaterial del alma, pero por otro lado en esta misma obra o bien señala su fuerte vinculación con el cuerpo por el hecho de que si se rompe el cráneo y se empuja la barrena hacia el interior de inmediato se pierde el sentido, o bien se apropia directamente de la concepción hipocrática del alma como combinación proporcionada de las primeras cualidades. FICINO, M., Teología platónica, I, 5, p. 217; PICO, G., Discurso sobre la dignidad, 2, 3; POMPONAZZI, P. (1999), Trattato sull 'immortalità dell' anima, ed. V. Perrone, pp. 5-6; 42-45; sobre la polémica inmortalista en la que debe situarse el DIA, que es en realidad una más de las muchas respuestas que recibió la obra de Pomponazzi antes citada, cfr. PINE, M. L. (1986) En definitiva, podemos resumir la percepción que Cardano tiene de Galeno a lo largo de estos cuatro capítulos de la obra en unas cuantas ideas generales: a) la primera es evidente a base de repetirse una y otra vez, es decir, que Galeno no quiso nunca hipotecarse en una formulación precisa de la naturaleza, substancialidad o insubstancialidad, materialidad o inmaterialidad, y por supuesto mortalidad o inmortalidad del alma, y ello a pesar de haberse pronunciado en multitud de ocasiones acerca de ella; b) esa falta de definición es consciente y voluntaria, y se manifiesta en general mediante una misma pauta: no querer decir y decir, querer mantenerse ajeno y contradecirse a sí mismo pronunciándose de una manera tal que sugiere, si no evidencia directamente, que el alma no puede separarse ni siquiera conceptualmente del cuerpo vivo en sí; c) y en tercer lugar, de la doble posibilidad que formula en ocasiones Galeno (el alma es material o se sirve de un instrumento material) se sigue en buena lógica su inmortalidad, pues el elemento del cual estaría compuesta, en el caso de que se afirmase su materialidad, tendría que ser de una pureza tal como no se encuentra en los cuatro elementos sublunares, y esa pureza (etérea) garantizaría ---- su pervivencia más allá de la corrupción del cuerpo en que se encuentra, y en el otro caso, es decir, que sea inmaterial utilizando en su comunicación con el cuerpo de un intermediario material (el éter igualmente), se manifestaría su autonomía respecto al cuerpo y a su corrupción. Inicialmente hemos indicado la existencia de una presencia explícita de Galeno en el DIA la cual acabamos de analizar y que se cifra en las críticas de Cardano a su ambigua concepción de la naturaleza del alma, pero también hemos hablado de un Galeno implícito cuya influencia en Cardano es muy considerable. Por otro lado, hemos visto anteriormente que Galeno señala en varios de los textos aportados por el propio Cardano la íntima relación existente entre el pneûma y el alma, hasta el punto de barajar como una de las posibilidades a la hora de explicar la naturaleza del ser vivo el que ambos se identifiquen realmente. Pues bien, es evidente que esa teoría pneumática tiene en Cardano, quien a pesar de todo se formó como médico estudiando en los manuales de Galeno, una influencia implícita de importancia decisiva a la hora de describir el funcionamiento interno de nuestro organismo. Esa influencia también se deja ver en el DIA, y por ello hemos creído conveniente dedicar este parágrafo a su análisis. Centraremos, pues, nuestra atención en el capítulo décimo de la obra (pp. 304-334), en donde bajo el presupuesto de la unidad integral del ser humano, Cardano explica la interacción alma-cuerpo y sus múltiples manifestaciones acudiendo a un pneûma o spiritus cuyas especiales propiedades lo hacen mediador entre lo material y lo inmaterial. Sin pretender realizar un estudio histórico minucioso de esta cuestión, podemos decir que la idea de pneûma («aire», «principio vital») estaba concebida desde muy temprano en la medicina y en general en la biología griega. Los textos hipocráticos (por ejemplo, De flatibus, 2, 4, 5, 12, etc.) ya señalaban la importancia del aire para describir los estados de salud y de enfermedad. Para Diocles de Caristo, s. IV a.C., que fue director de la escuela médica del Liceo, el pneûma provenía del exterior, desde donde se distribuye en el cuerpo a través de los alimentos y la respiración, y ello a pesar de que Aristóteles mencionaba (aunque sin profundizar demasiado en la cuestión) la existencia de un pneûma innato (pneûma sỷmphyton), propio del individuo y diferente del que recibimos del exterior: «Es evidente que todos los animales tienen un soplo innato y que son fuertes por él (...) Por lo que respecta la relación de este soplo con el principio del alma, parece ser semejante a la del punto en las articulaciones, que mueve y es movido, con lo inmóvil. Dado que el principio para unos está en el corazón, y para otros en la parte correspondiente a él, por este motivo también el soplo innato está evidentemente ahí» 35. Este es importante, pues la teoría del pneûma tal y como aparece en Galeno está muy relacionada con lo que aquí expresa Aristóteles, como veremos ahora. Pero antes de Galeno, Ateneo de Atalanta en el siglo I a.C. funda en Roma la escuela pneumática bajo la influencia directa del estoico Posidonio 36, y la indirecta del mismo Aristóteles en textos como el que acabamos de citar: para los seguidores de Ateneo el pneûma no es ya el aire exterior, sino un cierto hálito vital de naturaleza innata cuya alteración provoca la enfermedad. A partir de aquí el concepto de pneûma sufrirá distintas vicisitudes hasta llegar a Galeno, quien hace un uso abundante de él en el contexto de su ingente obra médica. De estas fuentes bebió naturalmente Cardano. Es cierto, no obstante, que el uso teórico del pneûma que hace Galeno no es a veces demasiado claro y que esta falta de claridad está directamente relacionada con su ya mencionada indecisión a la hora de definir la sustancia del alma, pues en muchas ocasiones se identifica el principio anímico con el calor vital que distribuyen los espíritus por todo el cuerpo, y en otras tantas éstos tienen una función más bien instrumental. Pero vayamos por partes: la fisiología de Galeno está estructurada en tres grandes grupos de elementos, correspondientes a tres almas o principios vitales; por un lado tenemos el grupo formado por el hígado, las venas y la nutrición; por otro lado, el corazón, los pulmones, las arterias y la respiración; y finalmente, el cerebro, los nervios, los músculos y el ámbito senso-motor 37. La función principal del hígado es ----35 ARISTÓTELES, Movimiento de los animales, 703a9-16; traducción tomada de A. (2000), Partes de los animales. Marcha de los animales. Movimiento de los animales, trad. 36 Sabemos que los estoicos, en el contexto general de su filosofía natural, habían considerado el alma un pneûma muy seco, como dice el mismo Galeno (SVF II, 715) o un pneûma dotado de tensión. Sabemos igualmente que para los estoicos (SVF II, 804-808) en el momento del nacimiento el pneûma presente en el feto como simple naturaleza deviene alma gracias al enfriamiento producido por el medio ambiente. A esta concepción se opondrá posteriormente Alejandro de Afrodisias (De an., 19,6-20). 37 La forma de escribir de Galeno, en cierta medida parecida a la propia de Cardano, hace imposible determinar un lugar específico en el que se desarrolle plenamente lo que estamos indicando, sin embargo puede encontrarse implicado todo lo que estamos diciendo aquí en su De placitis Hippocratis et Platonis, VI y VII. Un ejemplo de esto es el siguiente texto: «Se ha demostrado que el género animal está constituido bajo la administración de tres principios: transformar el alimento en sangre; el corazón por su parte elabora, gracias al calor innato presente en él y de la respiración, el pneûma vital (tò zotikòn pneûma). Este pneûma vital se mezcla con la sangre y se distribuye por las arterias a lo largo del cuerpo convirtiendo de esta manera todas sus partes de inertes a vivas 38. Y para terminar tenemos el cerebro, lugar del pensamiento (lo que une a Galeno con Platón y lo diferencia claramente de Aristóteles), de la sensibilidad y del movimiento voluntario. Aunque Galeno no llega a explicar con precisión cómo se fabrica el pneûma en el corazón, sin embargo, por la lectura de algunos textos 39, cabe pensarse que el pneûma vital se crea a partir del calentamiento del aire inspirado que llega al corazón y gracias al cual se produce su refrigeración. Como quiera que ese pneûma se mezcla con la sangre que pasa de un ventrículo a otro, lo tenemos ya en circulación por el sistema arterial, repartiendo de esta manera el calor vital del corazón por todas partes. Ciertamente esta función calorífica y vivificante del pneûma en Galeno es muy parecida a la que le atribuye Aristóteles, ahora bien, para éste el corazón es el verdadero asiento del alma, y el pneûma -esa mezcla de calor y aire distribuida por todo el cuerpo-es de alguna manera el instrumento por el cual el alma anima el cuerpo. 40 Para Galeno, sin embargo, no hay propiamente un alma en el corazón, sino más bien un no plenamente definido principio vital, y el calor no tiene más función que la de apoyar las facultades naturales propias de cada parte. Además, para Galeno todo cuanto tiene que ver con la nutrición depende del hígado y no del corazón, de modo que su función específica no es demasiado clara. En ---uno, el que se sitúa en la cabeza, tiene como función propia la imaginación, la memoria, la reminiscencia, la ciencia, la intelección y el raciocinio, y está en el origen del sentido para esas partes sentientes del alma, y del movimiento para aquellos que se mueven por el apetito. Otro [principio] se sitúa en el corazón, cuya función propia está en el tono del alma, y en aquellos a los que dirige la razón, en la constancia y la invencibilidad: también es la perturbación una especie de fervor originado del calor intrínseco, cuando el alma desea tomar venganza contra quien cree que la ha ofendido, y a esto se le llama ira, y por otro lado, es el principio del calor para todos y cada uno de los miembros, así como del movimiento del pulso en las arterias. La facultad que nos queda está en el hígado y tiene por función el procurar toda la alimentación en el animal, siendo su parte más importante en nosotros y en todos los animales sanguíneos la generación de la sangre.» (De placitis Hippocratis et Platones, ed. P. De Lacy, VII, 3, 2, 1-18; la traducción es propia). 38 Cfr. todo caso, hay una cosa que nos interesa grandemente en este pneûma vital y que debemos estudiar en beneficio del análisis que hacemos de los textos de Cardano: ese pneûma vital es el fundamento de otro tipo de pneûma que Galeno llama frecuentemente psychikòn pneûma 41. La importancia de este tipo de pneûma y su vinculación con Cardano radica en que a él se debe en última instancia el funcionamiento de las facultades sensitivas y motoras del ser vivo, y basta atender al uso que hace Cardano del pneûma en el DIA para darnos cuenta del gran influjo que tiene en él este pneûma psíquico de Galeno. Por ahora señalemos que para este último la sensibilidad y el movimiento voluntario están claramente vinculados al cerebro y no al corazón, como ya hemos dicho. En efecto, contrariamente a Aristóteles 42, Galeno no ve en el cerebro un órgano destinado a la refrigeración de la sangre; él es en realidad el lugar del alma racional, del alma pensante, que es a la sazón la única alma que él explícitamente reconoce, aunque sea bien cierto que en ocasiones no parece tener claro si el alma es substancialmente el pneûma psíquico u otra cosa 43. Para Galeno, pues, las actividades del pensamiento, de la sensibilidad y del movimiento voluntario se realizan gracias a ese pneûma que se elabora dentro de los ventrículos del cerebro. Por otro lado, el pneûma psíquico está formado de la sangre repleta de pneûma vital que el corazón hace llegar al cerebro a través de las arterias carótidas. Por un proceso complejo ese pneûma vital se almacena en los ventrículos cerebrales, en donde experimentará su transformación en el ya mencionado pneûma psíquico 44. Sobre la función que se le atribuye podemos decir de forma somera que igual que el pneûma vital es el encargado básicamente de vitalizar las diferentes partes del cuerpo, así también el pneûma psíquico posibilita que todo el cuerpo esté a las órdenes del cerebro y de su facultad dirigente. ¿Cómo puede acceder el pneûma psíquico a las distintas partes del cuerpo? La respuesta de Galeno es clara: a través del sistema nervioso que comunica todo el cuerpo con el cerebro 45. De ----esta forma, el pneûma psíquico accediendo a todas las partes del cuerpo por los nervios provoca que todas esas partes sean órganos psíquicos capaces de sensibilidad y/o movimiento; si falta el nervio por el que accede el pneûma psíquico a un órgano o a un miembro determinado, ese órgano o ese miembro tendrá sólo una existencia vegetativa, y quedará privado de sensibilidad y/o movimiento: tal es el caso, por ejemplo, de un músculo que, paralizado por un accidente o por una enfermedad, permanece inerte sin estar muerto. De todo ello lo que más nos interesa es constatar que las vicisitudes del espíritu psíquico tienen importantes consecuencias con relación a la actividad sensitiva del individuo. En Cardano esto último va a tener una importancia trascendental, como vemos ya de inmediato. Cardano dedica a la explicación del sueño y del ensueño 46 una más que prolija disertación, en la cual podemos indicar dos focos principales: por un lado, la constitución de la unidad del ser vivo a partir de la unidad del alma y de su relación con el cuerpo y, por otro lado, la presencia del pneûma psíquico (Cardano se refiere a él con el término único de spiritus), cuya importancia en todas las operaciones sensibles del ser humano es central. La explicación que se da en el DIA del fenómeno del sueño parte de un análisis crítico de la que dio de él Aristóteles en su Sobre el sueño y la vigilia. Para este último, como se encarga de recordar Cardano, el sueño es una cierta afección del sentido común; el razonamiento del Estagirita es sencillo: el animal que duerme, ya sea más o menos compleja su facultad sensitiva, ve suspendida de forma genérica su capacidad receptiva, y eso no puede explicarse como algo que ocurre a partir de cada uno de los sentidos, sino a partir de una facultad superior que sea común a todos ellos y que los rija: esa facultad no es otra que la del sentido común 47. Respecto a la causa física que produce el sueño, Aristóteles es igualmente claro: la causa está en el proceso de digestión de los alimentos. Éstos, al llegar al lugar en donde se produce su asimilación, provocan una especie de vapor cuya tendencia motriz es ascendente hacia las venas en donde se convierte en sangre y termina en el corazón. Pues bien, según lo que dice Aristóteles 48, el sueño se provoca por la licue----- 46 No está de más recordar aquí que Cardano fue autor de un libro sobre la interpretación de los sueños que tuvo en su época una gran repercusión: CARDANO, G. (1562), Somniorum Synesiorum libri IV, Basileae per Henricum Petri (hay trad. al castellano: CARDANO, G. (1999), El libro de los sueños, Madrid, AEN; próximamente en el seno del Progetto Cardano saldrá a la luz la edición crítica de este texto acompañada de una traducción al italiano). 48 «En efecto, como hemos dicho, el sueño es ninguna incapacidad de la sensibilidad, facción y posterior descenso de los vapores que genera la digestión por su enfriamiento. Cardano no critica esta explicación por errónea, sino por insuficiente. Y su análisis de la concepción de Aristóteles se fundamenta en lo que para aquél son dos hechos importantes: Aristóteles, por lo tanto, parece haber pasado por alto dos cosas: en primer lugar, no dijo cómo es que el sentido común es atado y el alma no; en segundo lugar, remite la causa del propio sueño a la humedad y a la frialdad producida especialmente a partir del alimento. Sin embargo, esto no es así, pues el sueño se constituye por el reposo del espíritu en el movimiento hacia el exterior; no obstante el origen de esto está en el alma, o en el alimento, o en el cuerpo 49. Dos cuestiones baraja Cardano en cuanto al sueño y su explicación aristotélica: la primera remite al alma como unidad y la otra a la circulación del espíritu (pneûma). La primera, en efecto, tiene que ver con un hecho que parece ir en la dirección de distinguir dos tipos de facultades anímicas, por un lado las que se producen por el alma pero no se dan propiamente en ella, y las que se dan en el alma misma; y concibe esta distinción a partir del hecho de que se necesite o no por parte de esas facultades de instrumento corporal para llevar a cabo su función; por ejemplo, la imaginación requiere de una parte del cerebro, y si se daña esa parte no puede ejecutarse. No obstante, el sentido común no requiere de instrumento propio alguno, lo cual indica su carácter indivisible 50 y explica el que pueda de alguna manera distinguir los sensibles ---sino que esta afección se produce por la evaporación debida a la toma de alimento. En efecto, es necesario que lo que se evapora se vea impulsado hasta cierto punto y que, luego, retorne y cambie, como en las corrientes de un estrecho. El calor de cada animal se dirige por naturaleza a la parte superior, pero, cuando se encuentra en las zonas altas, retorna y vuelve en masa. Por eso da especialmente sueño después de comer. Pues lo húmedo y lo corpóreo ascienden en masa y en gran cantidad. Como consecuencia, al detenerse, producen pesadez y provocan adormecimiento. Y cuando descienden y, a su regreso, expulsan el calor, se produce el sueño y el animal duerme.» Tratados breves de historia natural, trad. E. La Croce y A. Bernabé, Madrid, Gredos, p. de los distintos sentidos, cosa que no podría hacer si dependiera de un instrumento material para desarrollar su función. En definitiva, para Cardano, al ser el sueño una afección del sentido común, lo es en realidad del alma misma. La segunda cuestión en la que Cardano disiente de Aristóteles es la que tiene que ver con la mecánica misma del sueño y el papel que en ella tiene el pneûma. En este caso Cardano dice que la causa última de la producción del sueño no es exactamente la que postula Aristóteles (lo que dice Aristóteles acerca de la digestión es más un coadyuvante que una causa propiamente dicha), sino lo que él expone de la siguiente manera: Así es que hay dos movimientos en el alma: desde el alma, y hacia el alma. En el sueño es impedido el movimiento de los espíritus que se produce en dirección al alma, no el que parte del alma 51. La cuestión es que los espíritus que están al servicio de la sensibilidad (el pneûma psíquico) se contraen en el corazón y por ello dejan sin funcionamiento la capacidad receptora del animal 52. Cesa, pues, el movimiento de esos espíritus, pero no cesa igualmente el movimiento del pneûma que parte del alma misma (es decir, del corazón) en dirección a las demás partes del cuerpo, y ello explica, a juicio de Cardano, que durante el sueño existan facultades como la de la imaginación, la memoria, e incluso la razón discursiva, que puedan seguir funcionando. Ahora bien, ¿qué causas pueden provocar ese cese del movimiento bidireccional de los espíritus? Según dice Cardano, el inicio del proceso se produce cuando sobreviene una ralentización del momento del pneûma que parte del corazón, el cual influye también sobre el que se dirige hacia el corazón hasta paralizarlo. Así es que la pregunta anterior se traduce en los siguientes términos: ¿qué puede producir la ralentización del movimiento de los espíritus? Para Cardano hay tres circunstancias que pueden producirla, de las cuales sólo una fue vislumbrada por Aristóteles, la que tiene que ver con la digestión de los alimentos, las otras dos las ignoró. Una de las que ignoró es la que nos remite directamente al alma: ésta por suges-----51 «Duo igitur motus sunt in anima, ab anima, et ad animam: in somno, qui ad animam est, motus spirituum impeditur, non qui ab anima.» 52 Obsérvese que Cardano retoma la noción aristotélica del corazón como principio de las funciones superiores, sensibilidad e intelección, frente a Galeno que defendía el cerebro como referente de esas mismas funciones, de ahí que Cardano no haga una distinción expresa entre el pneûma vital y el pneûma psíquico, aunque sí establece una cierta especialización de funciones, en la medida en que habla (en este mismo contexto) de un pneûma sensible distinto del que sirve a la función vital básica: cfr. tión puede imaginar algo agradable y placentero 53, y esa imaginación provoca una quietud en los espíritus que termina generando el sueño: por ello éste se ve impedido por los movimientos violentos de los espíritus provocados por las fuertes afecciones del alma, como la ira, el temor, la esperanza, etc. Otra causa por la que se apacigua el movimiento pneumático proviene del cuerpo y está motivado por el cansancio de éste, o por la ingesta de alguna droga, o por una vigilia excesiva. La tercera causa, en fin, fue la que aportó Aristóteles, es decir, la de la digestión, si bien a juicio de Cardano la cosa no es exactamente como la explicó él: de ser así, la pesadez de los vapores al descender por la licuefacción sería una causa de obstrucción en una vía secundaria o en una vía principal (la del cerebro o la del corazón); si lo primero, se seguirá que unas partes del cuerpo dormirían y otras no simultáneamente, lo cual es manifiestamente falso; si lo segundo, entonces el sueño supondría un gravísimo peligro para el que duerme. Por lo tanto, al hecho empírico de la somnolencia provocada por la digestión hay que darle alguna otra explicación, y Cardano la encuentra en el hecho de que durante la digestión una parte importante de los espíritus sensibles son requeridos en apoyo de tal proceso: En cuanto a la cuestión del ensueño, Cardano no es menos crítico con Aristóteles. Parte otra vez de su concepción, pero sólo es para postular contra ella una alternativa. En Aristóteles la explicación del ensueño se realiza en los siguientes términos: el ensueño, dice, es una afección de la facultad sensitiva cuya razón está en la conservación de la forma percibida en el sentido más allá del momento en que éste está en presencia del objeto 55. Cardano rechaza esta explicación, y ya no es por insuficiente, como veíamos en el caso del sueño, sino por manifiestamente errónea; para ello aporta varias contundentes razones: a) es posible que esa forma se conserve durante un breve lapso de tiempo en el sentido, pero desde luego es imposible que lo haga durante horas, lo cual resultaría necesario si a partir de esas formas almacenadas se ----53 Cardano habla de las imágenes de bosques sagrados, prados floridos, etc.: cfr. configurasen los sueños; b) esas formas conservadas entorpecerían el normal funcionamiento del sentido; c) en los ensueños no suelen verse cosas que acontecieron el día anterior, sino las que ocurrieron hace tiempo, o las que apenas retenemos en la memoria; c) si fuera como señala Aristóteles, entonces en verdad los hombres soñarían inmediatamente después de dormirse, pero ocurre más bien al contrario. En definitiva, la explicación de Aristóteles no parece satisfactoria. Otra explicación posible del ensueño es la que le atribuye Cardano a Galeno, es decir, que las imágenes no se conservan en el sentido, sino en el pneûma 56. Sin embargo, frente a esto sostiene Cardano: Pero es difícil de entender por qué el ensueño reclama imágenes vistas ya hace tantos años, si están situadas en el espíritu 57. Para él es más conveniente remitir la causa última de los sueños al alma misma, aunque sea cierto que en ellos tiene mucho que ver el pneûma (spiritus). La explicación, tal y como la desarrolla Cardano, va dirigida a señalar que la producción de las imágenes de los ensueños se debe a la espontaneidad del alma; esta espontaneidad es expuesta por él a partir de un símil: Son excitados [los espíritus] además por los humores, cuando los hálitos remiten alguna forma indistinguible en lugar de una distinguible y perfecta, como vemos en las nubes, en las cuales el ojo forma serpientes y caballos cuando es ayudado por la imaginación, aunque nada de estas cosas se manifieste con distinción en ellas 58. Lo que dice Cardano es que el movimiento relajado de los espíritus en el instrumento (cerebral, como ya se ha dicho) de la imaginación, influidos por los hálitos que suben (seguramente por la digestión de la comida), provocan formas indeterminadas que el alma de alguna manera identifica con cosas ya conocidas para ella. Esta explicación del ensueño tendría un doble carácter, por un lado azaroso en cuanto que las imágenes que se formarían en la imaginación no estarían predeterminadas por ningún agente, y por otro lado tendría, a pesar de todo, un cierto carácter de determinación en la medida en que es el alma, influenciada por sus afecciones, por la memoria etc., la que identificaría ----56 Cfr. según qué formas en la imaginación. Por otro lado, para Cardano, que sea el alma misma el elemento activo del ensueño es una razón muy poderosa para explicar un hecho más que significativo, es decir, el de que los ensueños se nos muestran de forma mucho más clara que las imaginaciones que podamos tener en vigilia; este hecho, en efecto, se explica si tenemos en cuenta algo que casi es trasladado por Cardano a la categoría de máxima: «el alma por sí misma contiene la perfección de todos los sentido» 59. Es decir, el alma puede suplantar la facultad sensitiva al ser, en realidad, la perfección última de ésta, y hacernos ver imágenes tan nítidas casi como las que son percibidas actualmente por los sentidos. LAS REMINISCENCIAS ESTILÍSTICAS DE GALENO EN EL DE IMMORTALITATE ANIMORUM La profesora Nancy G. Siraisi, en su obra ya mencionada The Clock and the Mirror, señala que Galeno resulta un verdadero modelo para Cardano en varios aspectos importantes: como comentarista de la obra hipocrática, como autobiógrafo y finalmente también como autobibliógrafo, y apostilla algo que tiene un claro reflejo en el DIA: «No obstante, en calidad de autobiógrafo, Galeno fue un modelo que Cardano admiraba, emulaba y quizá intentaba superar». 60 Es, por otro lado, conocido para cualquiera que se haya acercado a la obra de Galeno el gran interés que manifiesta en introducir amplias digresiones en las que narra los éxitos de su práctica médica, en muchos casos sobre el trasfondo de la denuncia más o menos severa de los errores y los fracasos de sus colegas. Esas digresiones, además, nos manifiestan una gran cantidad de datos autobiográficos que hacen que la figura de Galeno nos sea hoy (como le fue a Cardano en su tiempo) conocida. Pero igualmente trasladan hasta nosotros el perfil de una personalidad fuerte, temperamental, con frecuencia soberbia, e incluso a veces despectiva no sólo con los que ejercían su profesión en su tiempo, sino también con los filósofos y sus escuelas, ante las cuales testimonia en multitud de ocasiones su desconfianza. Galeno valora por encima de todo la autonomía de juicio, y el peso de las razones contrastables y contrastadas, el desarrollo lógico de los argumentos, y en definitiva una autonomía de juicio que descarta todo tipo de proselitismo gratuito. Llegó a escribir un libro centrado precisamente en esta cuestión de las escuelas (De ----59 Ibid. 139. sectis ad eos qui introducuntur), pero podemos encontrar este tipo de reflexiones a cada paso que demos dentro del resto de su obra. Los paralelismos que encontramos en Cardano de una actitud como ésta son mucho más que casuales. En el DIA, que es la obra objeto de nuestro análisis, encontramos las mismas expresiones de autonomía de juicio y de confianza en la razón ejercida sin ningún patrocinio. La influencia implícita de Galeno es evidente en el gusto por remarcar los propios éxitos terapéuticos frente a los fracasos ajenos, en denunciar a los impostores que fingen curar con malas artes, así como en narrar hechos de su vida propia que sirven para aclarar lo que se esté explicando; todo ello tiene un paralelo en la obra del de Pérgamo. Pongamos algunos ejemplos sobre el terreno. Al final del capítulo primero de la obra nos encontramos con un amplio discurso destinado a demostrar que la inmortalidad es algo en lo que se piensa y se tiene presente sólo cuando las fuerzas flaquean, flaquea la fortuna y se presiente próximo el final; es entonces, dice Cardano, cuando nos volvemos hacia una vana esperanza de perpetuidad. Y en esto puede establecerse un paralelo con el poco cuidado que ponemos para preservar la salud, o simplemente recuperarla, y ahí es donde se inicia un discurso de implícita autoalabanza disfrazada de denuncia del poco celo que se suele poner a la hora de elegir a un buen médico: mientras tenemos salud, creyendo de algún modo que nada tras la muerte sobrevive y no decayendo la felicidad humana al completo, no se tiene ningún cuidado de la vida misma, nadie consulta al médico acerca de su perpetuación, nadie con suficiente afán evita los peligros manifiestos, no hay quien tenga en menos el placer que la duración prolongada de la vida; es más, para el que está enfermo, y cuando lo principal está en un peligro evidente, nada menos diligentemente se busca que un buen médico, esto es, el que está dotado de fe, de erudición y de buena fortuna para curar, sino que eligen al más rico, o al que es más opulento, o al amigo, o al más deslenguado, o al más elegante, como si se tratara de un certamen de molicie; y algunos en verdad lo hacen tan negligentemente, que incluso mandan llamar a quien primero se presente. Por lo tanto, cuando en tan presente peligro los hombres son hasta tal punto indolentes, ¿nos sorprendemos de su negligencia ante aquello que ha de ser soportado después de la muerte, cuando cada uno se cree lejísimos de ella? 61 ----61 «(...) et in vita dum valemus, si modo nihil a morte superesse creditur, tota humana constante felicitate, nulla tamen ipsius vitae cura habeatur, nullus medicum de propaganda vita consulit, nemo manifesta pericula satis studiose devitat, non est qui voluptatem vitae diuturnitati posthabeat, quinetiam morbis detenti, ac cum summa rei in discrimine posita est manifesto, nihil minus diligenter quaeritur, quam optimus medicus, id est qui fide, eruditione, Este texto abunda en una temática que preocupó a Galeno, y a la que dedicó una obra completa (De sanitate tuenda), preocupación que compartió el propio Cardano, que escribió un libro bajo ese mismo título. La cuestión está en recomendarnos que cuidemos nuestra vida, si es que pensamos que es lo único que tenemos, y lo hagamos siempre pensando en su perpetuación en el tiempo tanto como nos lo permita nuestra naturaleza; para ello hay que postergar aquellos placeres que puedan resultarnos perjudiciales a largo plazo, hay que consultar al buen médico, y acudir a él cuando nos encontremos enfermos, en ello nos va la vida. En esto Cardano es fiel a Galeno, pero no sólo en esto. Entre las páginas 148 y 150 del DIA se encuentra un nuevo ejemplo de ese tipo de autoalabanza mezclada de denuncia de las malas artes de otros médicos. En este caso, hablando del método adecuado para curar las heridas, 62 ataca a los que pretenden atesorar fortuna engañando a los enfermos, y afirma haber curado de manera eficaz y rápida a una mujer que en vano había acudido a unos colegas suyos de procedimientos más que dudosos. Nada hay, apostilla Cardano, de milagroso en la curación de un médico cuando se produce: Otras veces Cardano se manifiesta en unos términos muy parecidos a los que encontramos en Galeno cuando se muestra crítico frente a las escuelas filosóficas y al modo de filosofar de aquellos que desprecian el discurso racional demostrativo y se dejan llevar por la vana palabrería: 62 Por cierto que aquí Cardano tiene como referente teórico también a Galeno, y especialmente a su afirmación realizada en De methodo medendi (Kühn X, pp. 157-173; pp. 256-257) de que ningún medicamento crea la carne sino sólo cura la descomposición de la herida. Así pues, ¿qué hay de extraño en que incluso hoy los filósofos de nuestro tiempo con una arrogancia intolerable nada sepan, y hagan de voceros, sin dejarse convencer por ninguna razón, por más que sea demostrativa? Les es suficiente, en efecto, con que no haya alguien entre la muchedumbre o en presencia de los jovencitos que hable después, o que diga más chistes. Es más, para que parezcan más dignos de admiración, dicen esas cosas que no entienden ni ellos mismos, pues, ¿quién creería que otros entienden aquello que los que lo dicen no lo comprenden, y lo profieren sin reflexión y sin consenso, para que parezcan doctos, imitando a los mejores en cuanto a la oscuridad de sus palabras, pero no en cuanto a la insubstancialidad de sus opiniones? Otros de entre ellos -los llamo siempre insensatos, ambiciosos y frívolos-no piensan que sean filósofos si no se muestran primeramente heréticos o deshonestos: han descubierto palabras inusitadas, de modo que aun a pesar de que no dicen nada sano ni nada verdadero, con una tosca barbarie se ven entre los eruditos 64. Es evidente el parecido entre el contenido de este fragmento y el de aquel de Galeno que citábamos al principio de este apartado: es curioso que en ambos casos se desprecie el modo de filosofar de los modernos, aunque paradójicamente entre un texto y otro exista una diferencia temporal tan evidente. ¿Cómo se puede interpretar esto? No parece desde luego una simple casualidad, ya hemos señalado que Cardano era gran conocedor de la obra de Galeno, y por ello pudo muy bien imitarlo de forma consciente; en todo caso, y sin que anule lo que acabamos de decir, también pudo coadyuvar una cierta afinidad de carácter que produjera similitudes como los que acabamos de comprobar, y otras que resultan igualmente evidentes. Por otro lado, con respecto a este último texto de Cardano, no debemos olvidar que es casi un tópico en muchas manifestaciones de la cultura y por supuesto también en la filosofía el que se desprecie lo contemporáneo y se denuncie la futilidad de las nuevas costumbres y los nuevos usos: Galeno mismo y Cardano serían en este tipo de manifestaciones, más allá de las conexiones existente entre ellos, buenos representantes de ese tópico. propio Cardano utiliza explícitamente contra Galeno muchas expresiones que éste también utilizó contra los filósofos de las escuelas de su tiempo: sirva de ejemplo este fragmento en donde reclama contra la actitud de los que siguen irreflexivamente los escritos del de Pérgamo el ejercicio del juicio propio: Y que no sea suficiente para ellos el decir: «Aristóteles lo dijo, o Platón lo dijo, o Ptolomeo, o Galeno», sino que sopesen las fuerzas de los argumentos; lo cual, en lo que se refiere a nuestras opiniones, si es que en el futuro vamos a tener alguna autoridad, no sólo lo permitimos con gusto, sino que lo requerimos 65. Finalmente, también encontramos en el DIA un buen número de hechos que toma Cardano de su propia biografía, incluso de la de sus parientes y familiares, para ilustrar su discurso con ejemplos clarificadores. También en esto hay muchos paralelismos con la obra de Galeno, y no debemos olvidar que estamos ante dos personajes que cultivaron gustosamente el género literario de la autobiografía y que coincidieron en escribir sendas obras (De libris propriis) que publicitaban sus carreras literarias; cierto es que se trata casi de una tradición que Cardano recoge del propio Galeno e igualmente que éste seguía una costumbre muy característica del helenismo, pero no es menos cierto que hay en ambos una fuerte conciencia del personaje que encarnan, y que esa conciencia se plasma en uno y otro caso en multitud de detalles autobiográficos que salen al paso del lector de sus obras: también están en el DIA. Es el caso de cuando nos confiesa la edad que tiene al escribir la obra y nos refiere, al hilo de lo que viene contando 66, cuál es su estado físico e intelectual en ese momento de su vida: «Y nosotros, aunque ya hayamos cumplido cuarenta y tres años, y sintamos debilitarse de algún modo las fuerzas del cuerpo, sin embargo percibimos que la memoria aumenta» 67. Estos detalles autobiográficos pueden llegar incluso hasta el terreno de las emociones y los sentimientos íntimos, como cuando confiesa no recordar ningún deleite mayor que el que experimentaba oyendo el canto de su nodriza: de ahí que los niños no sean halagados por otra cosa mejor que por el canto de las nodrizas, y con tal fuerza que recuerdo que ningún otro placer, ay, sino cuando ----65 «(...) nec suffciciat illis dixisse, Aristoteles dixit, vel Plato, aut Archimides, vel Ptolomaeus, aut Galenus: sed vires argumentorum pensitent: quod et in nostris placitis, si aliqua unquam futura est nobis autoritas, non solum libenter permittimus, sed requirimus». 66 Que las facultades mentales no sólo no se ven deterioradas con el paso del tiempo, sino que en realidad pueden incrementarse, justo al revés de lo que ocurre con las facultades físicas. estaba en la cuna sentí luego siendo ya mayor, aunque los encantos de la juventud, el disfrute de los placeres sexuales, o la buena vida parezcan ser enormes 68. Y ni siquiera sus familiares se salvan de aparecer en el escenario: de su padre Fazio Cardano nos cuenta que tuvo gran cuidado de sus ojos durante toda su vida, por su debilidad innata, y ello le permitió conservar en buen estado su visión hasta la muerte (p. De Angelo Cardano, pariente próximo suyo, nos cuenta cómo se recuperó de una casi completa ceguera después de casarse en segundas nupcias a una edad avanzada (p. Y de otro afín, Alejandro Cardano, narra igualmente la recuperación de la vista, esta vez por la intervención de un oculista que lo curó de unas cataratas (p. Fecha de recepción: 2 de octubre de 2006 Fecha de aceptación: 14 de diciembre de 2006 ----68 «(...) unde infantes non alio magis demulcentur, quam nutricum cantu, atque adeo vehementer, ut meminerim nullam ei, quam dum in cunis essem, postmodum grandaevus sensisse voluptatem, et si adolescentiae illecebrae, et venereorum usus, tum luxus maximus esse videatur».
Para comprender en qué medida James Hutton (1726-1797) puede ser considerado en realidad como uno de los primeros precursores de la Hipótesis Gaia, se analiza su Theory of the Earth en el contexto de las tres tradiciones básicas de la ciencia: la organísmica, la mágica y la mecanicista. Para algunos autores, Hutton habría sugerido en su teoría que la tierra era un superorganismo y que la forma más correcta para estudiarla era la fisiología. Estas supuestas afirmaciones son simplemente una interpretación errónea del pensamiento huttoniano, puesto que este autor nunca las hizo. Sin embargo, Hutton posee de hecho una visión holística que está más próxima al mecanicismo orgánico de Alfred N. Whitehead que a la Hipótesis Gaia de James Lovelock, siendo por tanto un claro precursor de Ludwig von Bertalanffy y su Teoría General de Sistemas. El planeta tierra ha sido desde la antigüedad un objeto paradigmático en el que diferentes modelos de pensamiento han competido con la finalidad de dar una explicación sobre su origen y situación actual, su funcionamiento y las leyes que rigen los procesos que intervienen, la finalidad y el destino de los cambios, y el ritmo de estas transformaciones, entre otros aspectos. Esto ha conducido a la existencia de diversas tradiciones científicas en el campo de la geología opuestas entre sí y enfrentadas durante siglos, que de un modo u otro han contribuido a definir su marco epistemológico actual1. Cuando se emprende un estudio del proceso de modernización de la geología se observa que la tierra, al igual que la naturaleza en general en relación con otras ciencias, nunca ha sido interpretada según un único patrón conceptual2. Por el contrario, desde una perspectiva histórica se ve que la ciencia ha oscilado entre diferentes esquemas o tradiciones culturales que, en principio, han tenido el modelo clásico de nacimiento, auge y decadencia, y aunque se han ido sucediendo en el tiempo, algunos también llegaron a coexistir durante siglos, o fueron rehabilitados por naturalistas o filósofos de épocas posteriores. Esta cohabitación, o en su caso reivindicación, condujo a intensas controversias donde las reflexiones y las conclusiones de los respectivos partidarios eran incompatibles entre sí, y en muchos ocasiones aparecían disconformes también con la realidad. La diversidad de ideas proporcionó un tipo distinto de analogías para cada uno de los correspondientes esquemas mediante un lenguaje específico; en consecuencia se fueron modificando los modelos que competían en la interpretación del universo, apareciendo nuevas propuestas, y en su caso las viejas ideas tendieron a adaptarse a las más modernas, cuando no se mantuvieron en un cierto letargo del que llegarían en algunas ocasiones a renacer años después. ----En este marco histórico-filosófico, la ciencia geológica tiene entre sus obras fundacionales en su devenir como ciencia moderna la Theory of the Earth del naturalista escocés James Hutton (1726-1797). Esta obra encierra una filosofía geológica que abrió a finales del s. XVIII nuevas perspectivas que condujeron a los científicos de la tierra a ver el planeta de una forma bastante distinta a la contemplada hasta entonces, especialmente en cuanto a la naturaleza y causalidad de los procesos geológicos así como a la dimensión temporal en el que se habrían desarrollado éstos. Hutton presentó su teoría en la Royal Society de Edimburgo en 1785. Ese mismo año apareció un Resumen 3, anónimo, que tuvo una difusión privada, y tres años más tarde, en 1788, se publicó completa en las actas 4 de dicha institución, aunque había circulado con anterioridad como publicación independiente. En 1795 apareció una versión ampliada en dos tomos 5, y un tercer volumen 6, póstumo, fue publicado en 1899 por Archivald Geikie. En este trabajo se analizará la Teoría de la Tierra de James Hutton como obra fundamental en la modernización de la ciencia geológica, en especial para dilucidar si James Hutton es en realidad precursor de la Hipótesis Gaia de James Lovelock. MARCO EPISTEMOLÓGICO DE LAS TRADICIONES CIENTÍFICAS A lo largo de la historia del conocimiento es posible observar una intersección de tres tendencias o tradiciones intelectuales que bajo la denominación de organicista, mágica y mecanicista representan tres esquemas epistemoló-----3 HUTTON, J. (1785), Abstract of a Dissertation read in the Royal Society of Edinburgh upon the Seventh of March, and Fourth of April MDCCLXXXV, concerning the System of the Earth, its Duration and Stability, Edimburgo, Scottish Academic Press (facsímil 1987), 30 pp. 6 HUTTON, J. (1899), Theory of the Earth, with proofs and illustrations (obra póstuma), Londres, Geological Society of London, vol. III (ed. de Archibald Geikie; facsímil 1997), 278 pp. gicos fundamentales en el desarrollo de la ciencia. Al margen de otras corrientes de pensamiento meramente geológicas, como el neptunismo y el plutonismo, o el catastrofismo y el actualismo-uniformitarismo, en su camino hacia la modernidad la geología ha sido heredera, y también deudora, de cada una de las mencionadas tradiciones. Por eso se hace imprescindible situarnos en este triple marco para discernir en qué medida las ideas de Hutton se ajustan a esas tendencias y son, consecuentemente, subsidiarias de cada una de ellas. La tradición organicista u organicismo tiene en Aristóteles (384-322 a.C.) su exponente fundamental y principal opositor al atomismo-mecanicismo de la escuela de Demócrito (ca. La tradición organicista suministró a la ciencia gran cantidad de datos empíricos a través del método hipotético-deductivo, con un empirismo basado en una observación meticulosa y paciente, y que recelaba, por tanto, de la excesiva teorización que había conducido en muchos casos a situaciones en las que no se podía dar una respuesta coherente a determinados problemas. Los postulados de esta corriente rechazaban la casualidad, y en consecuencia se negaba el hecho de que los procesos naturales fuesen fruto del azar, entrando así de lleno en la causalidad del mundo en todas y cada una de sus facetas. El universo aristotélico es un mundo teleológico que tiene como claves los procesos cíclicos para comprender el mundo natural. Dichos procesos están condicionados por las causas finales y al mismo tiempo por un crecimiento y una decadencia orgánicos. Esto se refleja en los planteamientos del organicismo donde se abriga la idea de cambio constante, analogía basada en lo que Aristóteles consideraba un crecimiento natural, puesto que servía para explicar el movimiento dirigido hacia un fin concreto, para el que utilizaba dualidades del tipo creación/destrucción, decadencia/regeneración, en referencia a la materia. Como se puede advertir en la Física aristotélica, todo cambio, al igual que el movimiento, existía en el tiempo 7, y en este marco temporal, entre todas las clases de movimiento, el circular y uniforme era la medida por excelencia 8. Para Aristóteles, «...decir que el acontecer de las cosas es un círculo es decir que hay un círculo en el tiempo, y esto es así porque el tiempo es medido por el movimiento circular» 9. Además, «...hay un círculo en todas las otras cosas que tienen un movimiento natural y están sujetas a generación y destrucción. Y esto se dice porque todas estas cosas son juzgadas por el tiempo, y porque tienen un fin y un comienzo como si fuera un ci-----clo...» 10. Una idea semejante la expresó también Aristóteles en Los Meteorológicos, cuando contemplaba el ciclo de generación y descomposición que tiene lugar en la tierra como imitación del movimiento circular del sol, siendo este movimiento, además, su «causa motriz y principal y primera» 11, es decir, su causa eficiente. Asimismo, los condicionantes teleológicos controlaban y dirigían los cambios naturales hacia un fin concreto. Se trata por tanto de una causalidad finalista sin la cual se hacía difícil llegar a una comprensión del universo. En la naturaleza, los cambios se producían con el objeto de suministrar una situación de bienestar, ético y estético, realidad que se habría de repetir indefinidamente y sucederse así mediante ciclos interminables, en un tiempo recurrente. Aristóteles retoma también la idea del alma en los organismos vivos, en tanto que la vida animal tiene en el alma su principio, es decir, su causalidad en sentido amplio 12. Para el pensador griego, el alma era «el primer nivel de realidad [entelequia] de un cuerpo natural dotado potencialmente de vida», y consideraba a éste último como «un cuerpo organizado» 13. Esto le permitía discernir sobre los elementos cósmicos y catalogarlos como vivos o inertes, situando entre estos últimos a la tierra o mundo sublunar, en función de su carácter imperfecto y consecuentemente inclinado a la decadencia, como escenario de la generación y de la corrupción. El organicismo fue considerado por muchos estudiosos como un sistema filosófico con implicaciones metafísicas, lógicas y éticas, que no sólo contribuyó en gran medida a proporcionar una síntesis aceptable del conocimiento humano como fuente de información científica, sino que ofreció, además, un esquema coherente desde el punto de vista intelectual 14. Además, el aristotelismo recibió un fuerte apoyo explícito por parte de la Iglesia de Roma en tanto que constituyó uno de los pedestales sobre los que se edificó la Escolástica cristiana, y actuó de referencia universal tanto para la ciencia y la filosofía como para la religión 15. De la mano de la teleología aristotélica los teólogos pudieron definir a través de un «racionalismo deductivo» la intervención de Dios en la naturaleza, y establecieron la idea del diseño inteligente a partir de una interpretación cristiana del Timeo de Platón. Dicho esquema se revela----- ba en el funcionamiento finalista de la creación del universo, y más concretamente de la Tierra como morada para el ser humano. La gran difusión del cristianismo, por un lado, y la ortodoxia aristotélica de las universidades, por otro, repercutió a su vez en el hecho de que no fuera posible rivalizar con la corriente organicista durante más de un milenio 16. Sin embargo, la fe en la Providencia Divina se empezó a ver amenazada por la tradición mecanicista que había reiniciado su gestación con una nueva forma de expresión durante las últimas etapas del Medioevo. La decadencia en el plano científico de la tradición organicista, como máxima expresión de la teoría aristotélica, se debió entre otras causas al abuso de la intuición y del sentido común como principales fuentes de conocimiento, hecho que ya ha sido señalado como obstáculo epistemológico para el desarrollo posterior de la ciencia17, y que como tal obstáculo condujo a una serie de generalizaciones cuya característica principal era la enorme divergencia que existía entre sus componentes teórico y observacional. Se iniciaría, así, una ruptura que duraría siglos y desembocaría en la independencia del saber profano respecto de los presupuestos escolásticos. Su influencia sobre el desarrollo de las ciencias de la tierra implicó algunos conceptos que tuvieron gran relevancia. Esta tradición se basaba en la obra apócrifa de Hermes Trismegisto, personaje mitológico griego conocido como Enoch por los judíos, a quien los egipcios llamaban Thot, el escriba de los dioses, que era considerado el receptor de todo el saber revelado de origen sobrenatural con anterioridad a Platón y por lo tanto el depositario de las enseñanzas de la tradición. La Iglesia cristiana llegó a asumir algunos de sus principios, y pudo establecer una división perfectamente definida entre los dos tipos de conocimiento: el natural o profano, fruto de la actividad humana, y el moral o sagrado, dado por Dios a Moisés, sin olvidar que el primero de ellos debía ser coherente con lo revelado también en las Escrituras. Lejos de cualquier marco lógico o racional, Dios era un realizador de maravillas y por lo tanto un mago. El cosmos era, por encima de otros presu-----puestos, un mundo ordenado por los dictados de la inteligencia lleno de poderes mágicos cuyos secretos sólo se desvelaban a unas cuantas personas, siempre que estuvieran dispuestas a mirar más allá de las apariencias fenoménicas. En este marco conceptual, con su misticismo mistérico y secreto, se ofrecía a través de su componente teórico una disyuntiva tentadora frente a la ortodoxia aristotélica de los cuatro elementos. Los secretos del cosmos estaban escritos en un lenguaje matemático que podía ser escuchado en forma de armonías musicales, y, consecuentemente, el hombre de ciencia no podía actuar al margen de la teología, antes bien, debía ser un místico para poder oír la música del universo. Kepler en concreto, en una carta a Hans Georg Herwart von Hohenburg fechada en abril de 1598, consideraba que ellos, los astrónomos, eran sacerdotes del Altísimo en relación con el libro de la naturaleza, y debían tener en cuenta principalmente la gloria de Dios, más que elogiar sus inteligencias (Cum astronomi sacertodes Dei altissimi ex parte libri naturae simus, decere non ingenii laudem, sed Creatoris praecipue laudem spectare18 ). Por otro lado, los postulados herméticos tenían sus analogías singulares en el lenguaje mágico que en muchos casos trascendieron la propia tradición, y su difusión en el Medioevo, como manifestación de la cultura clásica griega, se realizó en gran medida a través del esoterismo sufí. El principio de correspondencia, por ejemplo, que se puede expresar mediante el aforismo "Como arriba es abajo, como abajo es arriba", se deja traslucir en la idea de que la materia era un vínculo de unión con el mundo del espíritu, de tal forma que el reino mineral en concreto se interpretaba como un reflejo de ciertas realidades espirituales, y, en general, la tierra, considerada como un microcosmos, era reflejo de una realidad superior o macrocosmos. Estos términos formarían parte del lenguaje específico de los intérpretes de esta corriente, así como de sus herederos. Dentro de esta tendencia se produjo, asimismo, un auge en el desarrollo de la alquimia, entendida ésta no como un delirio irracional, sino como una enseñanza orgánicamente coordinada, con todas las características de un arte unitario y tradicional. Fundada según la tradición por Hermes Trismegisto bajo principios teleológicos, propiciaba entre otros aspectos una imitación de la naturaleza, por otro lado inmutable acorde con la creación divina. Tras la concreción, principalmente a partir del s. XVIII, de una serie de resultados mediante procesos alquímicos de los que se derivaban ciertos beneficios para la humani-----dad, la alquimia realizó importantes contribuciones en cuanto a considerar el mundo natural en sus atributos dinámicos. Por otro lado, la fenomenología hermética alquímica tuvo una gran influencia también sobre los avances en minería y consecuentemente en el estudio y conocimiento de rocas y minerales; en última instancia, visitando el interior de la tierra y obrando con rectitud se hallará la piedra escondida, como reza el significado latino de vitriol. La tradición mecanicista emerge a lo largo del s. XVI mediante una revitalización de la ciencia de Arquímedes (287-212 a.C.), y unas expectativas algo más que formales sobre las ideas mecánicas de Leonardo da Vinci (1452-1519) o Niccolo Tartaglia (1500-1557), fruto por otro lado de una modificación sustantiva del concepto de naturaleza. Con ello, la visión que se tenía del «vil mecánico» cambia en una nueva consideración hacia el trabajo y el conocimiento técnicos en tanto que proporcionaban una nueva forma de afrontar los procesos artificiales de transformación del mundo natural en beneficio del ser humano 19. Se empezaría a ver así toda la naturaleza en un contexto mecanicista, y es a partir del siglo siguiente cuando esto se hace más patente a través de una reivindicación explícita de los postulados de Demócrito mediante una obra de gran influencia en la modernización de la ciencia como fue el Novum Organum publicado en 1620 por el filósofo inglés Francis Bacon. Para este autor, la mencionada escuela griega había penetrado en los secretos de la naturaleza mejor que ninguna otra 20. Bacon, además, instituyó algunas de las directrices fundamentales que debían seguirse en el estudio del mundo natural, lejos completamente de los postulados aristotélicos. Para el autor británico, el hombre debía romper con esa inclinación habitual de suponer en las cosas más orden y semejanza de lo que en ellas podía encontrar 21, y sugirió que para una comprensión coherente de la naturaleza era preciso examinar la materia, sus estados, sus cambios, las operaciones fundamentales, las leyes que las regían, y las formas, siempre que estas últimas se pudiesen considerar sinónimas de las leyes, y no fueran fruto, como por lo general ocurría, de la inventiva del espíritu 22. La simple contemplación y el deleite ante las maravillas de la creación darían paso a las observaciones basadas en el método experimental, y el éxtasis ante la magia creadora y la fe como argumento de las cosas invisibles 23 em----- pezaron a ser doblegados por la razón y las enseñanzas de la experiencia. Se ocasionaría así un declive de la tradición mágica a favor de la interpretación mecanicista de los fenómenos naturales, aunque no eran suficientes las generalizaciones a partir de las observaciones empíricas. Tras el paulatino abandono del sentido común y de las cualidades sensibles, una ciencia basada en la experiencia inmediata debía alcanzar además e indefectiblemente el nivel de la abstracción para entrar de lleno en la modernidad. Las bases filosóficas, y también teológicas, de la nueva corriente se encuentran en la obra A free enquiry into the vulgarly received notion of nature 24 publicada en 1686 por Robert Boyle (1627-1691), uno de los últimos alquimistas y uno de los principales filósofos mecanicistas de su tiempo. En contra de la creencia dominante que consideraba la naturaleza como un ser sabio y benevolente, Boyle pensaba que el mundo era una máquina impersonal que carecía de alma, creada por un Dios infinito y personal que había dotado a la materia de un conjunto de propiedades que constituían sus verdaderas causas eficientes. Boyle distingue así entre el primer origen de las cosas y el curso posterior de la naturaleza, con lo que se separa de otras corrientes mecanicistas, principalmente de los cartesianos. El universo en su totalidad, reducido a la idea de máquina, iba a ser gobernado desde entonces por una serie de fuerzas regidas a su vez por las leyes de la mecánica. Al igual que ocurría con las piezas de una máquina, las diferentes partes del universo debían ajustarse unas a otras para lograr un funcionamiento perfecto. La misión del científico era, pues, llegar a comprender esa relación mutua, sin conexión alguna con la revelación. Las nuevas analogías mecanicistas fueron un serio embate contra la corriente mágica, pero también contra el organicismo. Sin embargo, no se abandonó del todo ninguna de estas tradiciones. Un buen ejemplo de esta cohabitación con la nueva tendencia, que tendría su repercusión posteriormente en la geología, lo encontramos en las ideas que dieron lugar a los planteamientos astronómicos y cosmológicos de la revolución astronómica. En este marco, además de esa música del cosmos de la que hemos hablado, también existió, por otro lado, una convergencia intelectual con la tradición organicista en tanto que el movimiento circular, pieza clave del organicismo, tuvo su máxima expresión en la rotación planetaria, y fue la referencia que utilizaron numerosos autores como analogía sustantiva para los ----ciclos de la materia, tanto viva como inerte. El caso más relevante en el que queda patente de forma explícita la cohabitación en esta época de la tradición anterior es, sin duda, la analogía basada en el movimiento circular del macrocosmos aristotélico que utilizó William Harvey (1578-1657) en su explicación de la circulación de la sangre en el cuerpo humano en De motu cordis, considerado éste como un microcosmos, así como su afirmación de que la naturaleza nada hace en vano (cum natura nihil faciens frustra), que representa la causalidad finalista aplicada, en este caso, a las dimensiones de los vasos sanguíneos 25. A pesar de todo, fue imposible considerar el mundo como una máquina sin que se vieran afectados algunos de los postulados defendidos por la Escolástica cristiana. Entre estas proposiciones hay que destacar: la naturaleza de Dios y la causalidad final del mundo, el significado del alma y la revelación divina, la existencia de milagros y el devenir de fenómenos catastróficos. No obstante, algunos autores vieron en la naturaleza el reflejo de una mente superior: el término Creador fue sustituido por Artesano, Autor, Hacedor, Artífice, Arquitecto, Ingeniero o Relojero, y los calificativos de Divino, Supremo, Altísimo o Grande, se aplicaban en este contexto mecanicista directamente a Dios, ya que había creado el mundo-máquina y puesto en funcionamiento la gran maquinaria que regía el cosmos. Así lo encontramos en los Principia Philosophiae de René Descartes (1596-1656), donde Dios es el Autor de todas las cosas y consecuentemente su causa eficiente (causam efficientem rerum omnium 26 ). También en esta obra se utilizan diversas analogías en las que se identifican las leyes mecánicas con las naturales 27. Además, todo aquél que supiera leer adecuadamente en el Libro de la Naturaleza, al que se le concedía el mismo status que a las Sagradas Escrituras, encontraría revelados aquí la existencia del Creador, pero también su arte y su habilidad, su benevolencia y su sabiduría. Galileo, por ejemplo, en una carta a Benedetto Castelli fechada el 21 de diciembre de 1613, escribía que tanto las Sagradas Escrituras ---- como la Naturaleza procedían igualmente del Verbo divino, la primera como dictado del Espíritu Santo, y la última como la máxima observancia ejecutora de los mandatos de Dios [URL] di pari dal Verbo divino la Scrittura sacra e la natura, quella come dettatura dello Spirito Santo, e questa come osservantissima esecutrice de gli ordini di Dio 28 ). La expansión de la corriente mecanicista tuvo una influencia bastante desigual en el desarrollo de las diferentes ciencias 29, y alcanzó también a los seres vivos bajo la idea del autómata o animal-máquina como respuesta al animismo aristotélico. Sin embargo, a pesar de lo que se sostiene en la mayoría de los estudios al respecto, donde se considera principalmente a René Descartes, así como a Thomas Hobbes (1588-1679) y a Martin de Mersenne (1588-1648), como los padres de este concepto, en realidad es muy anterior a ellos. No cabe duda de que los trabajos de estos autores determinaron un cambio en la perspectiva conceptual hacia el mecanicismo, pero más como adaptadores o divulgadores de una idea mucho más antigua. Casi un siglo antes de los Principia cartesianos, que es la principal referencia en relación con el automatismo animal, el médico español Gómez Pereira (1500-1558?) había publicado una obra que llevaba por título Antoniana Margarita en honor a sus progenitores, cuya primera edición latina apareció en 1554. Pereira desarrolla la idea del animal autómata en la Primera Parte de su libro, que inicia enfrentándose a los físicos o naturalistas porque «tienen más fe en lo que creen que ellos saben que en la ciencia» 30, y también a la filosofía aristotélica básicamente en dos puntos: por un lado, rechazando cualquier autoridad en asuntos que interesan a la especulación y no a la fe, y sobre este principio, por otro lado, tachando de loco al que aceptase que la suma de las partes es superior al todo 31. Para el autor español, cuyo discurso se apoyaba en «eficaces razones», los animales, bajo la denominación general de brutos, se conducen como una máquina carente de conciencia o racionalidad; su movimiento está basado exclusivamente en lo que llama propiedades ocultas, que se encuentran realmente en los efectos que producen, como es el caso del calor o del imán, y ----que proceden por antipatía o simpatía de la misma forma que las atracciones y repulsiones de naturaleza equivalente a los fenómenos magnéticos 32. Uno de los objetivos de Pereira era negar con un trasfondo psico-teológico la existencia de un alma racional y sensible en los animales, y considerarlos, consecuentemente, privados de racionalidad y sensibilidad 33. La imagen mecanicista de esta obra repercutió en las nuevas concepciones científicas que surgirían durante el s. XVIII, impregnando prácticamente casi todos los ámbitos del conocimiento, debido a la influencia que ejerció en autores como Mersenne, Hobbes, y en especial sobre Descartes, a quien se ha llegado a calificar como discípulo del sistema pereiriano 34. No obstante, en una carta dirigida a Mersenne, el 23 de junio de 1641, Descartes negaba haber conocido, entre otras, la obra de Pereira, y que tampoco necesitaba leerla (Ie n'ay point vû Antoniana Margarita, ny ne croy pas auoir grand besoin de les voir... Sin embargo, es tan patente la semejanza entre el mecanicismo cartesiano, sobre todo lo que se denomina automatismo de las bestias, y los conceptos que se exponen en la Antoniana Margarita, que difícilmente se puede ----32 PEREIRA (1554), I, pp. 1-24. (1983), «Gómez Pereira», en: Diccionario histórico de la ciencia moderna en España, Barcelona, Península, vol. 1, pp. 411-414; SAIZ BARBERÁ, J. (1978), «Gómez Pereira», en: Historia de la Psicología Española. Madrid, edición del autor, cap. 3: Los grandes psicólogos españoles del Renacimiento y de los siglos XVI y XVII, Art. 5o, pp. 94-99; SÁNCHEZ VEGA, M. (1954), «Estudio comparativo de la concepción mecánica del animal y sus fundamentos en Gómez Pereyra y Renato Descartes», Revista de Filosofía, 50, 359-508; VILLARINO, H. (2001), «La Antoniana Margarita de Gómez Pereira y el origen de la controversia sobre el mecanicismo animal entre realismo, idealismo y materialismo. (Ejercicio de exploración de una vía indirecta de retorno a la escolástica)», Revista Chilena de Neuro-Psiquiatría, 39, 316-328. 34 ISLA, J.F. de (1758), Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, Madrid, G. Ramírez, [Biblioteca Nacional, Madrid], vol. defender la originalidad36 del pensador francés, en especial si tenemos en cuenta que la obra de Pereira fue conocida en los ambientes culturales europeos, aunque tras Descartes, más que caer en el olvido, fue realmente ignorada. Es muy probable que la aceptada prevalencia de las ideas de Descartes sobre esta obra se debiera a la defensa que le hizo Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764) en su Teatro Crítico Universal frente al automatismo pereiriano 37, al que se unirían también autores como el portugués Miguel Pereira de Castro Padrao, en 1753, con su obra Propugnación de la racionalidad de los brutos 38, y que tuvieron gran trascendencia. De cualquier forma, el mecanicismo biológico tardaría más de un siglo en ser adoptado casi en su totalidad por la comunidad científica 39. En un plano más bien ecléctico, merece la pena traer a colación otras ideas dentro del mecanicismo que irían determinando de una forma mucho más precisa la interpretación de la filosofía animista. Éste es el caso de William Gilbert (1544-1603), uno de los padres del geomagnetismo y el primer científico experimental 40, aunque también ha sido considerado el último gran mago natural, situándolo así en el marco de la tradición mágica a pesar del aparente modernismo de sus experimentos 41. Cincuenta años después de la obra de Pereira, a principios del s. XVII, Gilbert sostenía en su De magnete la existencia de un cierto animismo en todos los componentes del universo, incluyendo ----la tierra, en tanto que poseían alma; señalaba además que no hacía falta la existencia de órganos, como en el caso de las vísceras de los animales, ni de miembros bien definidos que permitieran las funciones orgánicas, puesto que era el alma quien gobernaba la autoconservación de los cuerpos celestes 42. De esta forma Gilbert seguía las ideas sobre la existencia de un alma universal de influencia hermética, y se alejaba totalmente de los postulados peripatéticos según los cuales el mundo sublunar, conocido también como faeces mundi o excrementos del mundo, estaba sujeto a decadencia e imperfección. Sus ideas cosmológicas las ampliaría en la primera parte de su obra póstuma De mundo nostro sublunari philosophia nova, aparecida en 1651 43. En este sentido, es interesante resaltar las primeras líneas del capítulo 12 de la mencionada obra de Gilbert sobre los imanes: se enuncia allí que la fuerza que rige el magnetismo terrestre está animada o imita a un alma, y que es superior en muchos aspectos al alma humana a pesar de que ésta se encuentra unida a un cuerpo orgánico (Vis magnetica animata est, aut animam imitatur; quae humanam animam, dum organico corpori alligatur, in multis superat 44 ). Como se ve, para Gilbert, la presencia de un alma, y consecuentemente la estructura de cuerpo organizado, no tiene por qué estar en relación con la vida orgánica, sino con la capacidad de conservación y reparación de las partes dañadas o alteradas. Esto último es altamente revelador en la evolución del concepto de cuerpo organizado, así como en el de organismo, que analizamos más adelante, y no debemos perderlo de vista puesto que constituye una de las ideas-clave para llegar a comprender mejor la filosofía huttoniana y su posible relación con la hipótesis Gaia de James Lovelock. La Teoría de la Tierra de James Hutton A lo largo de casi un centenar de páginas, Hutton esbozó en la versión de 1788 las ideas fundamentales que desarrollaría con mayor profusión en los ---- 44 GILBERT (1600), p. años siguientes, y dejó claros los principios básicos de su teoría, entre los que hay que destacar: La tierra es una máquina creada por el Autor de la naturaleza con sabiduría y benevolencia. Existe un fin último en esta creación: hacer de la tierra un planeta habitable, en especial como morada para el ser humano. El funcionamiento de la tierra está controlado por principios químicos y mecánicos en una serie de procesos naturales, que dependen exclusivamente de causas que actuaron por igual tanto en el pasado como en el presente. La tierra es algo más que una simple máquina: es esencialmente un sistema complejo en el que interactúan, a su vez, tres sistemas inertes y uno viviente. En dicho sistema existe un poder reparador o reproductor, razón por la cual es posible compararlo también con un cuerpo organizado. Existe un mecanismo cíclico de decadencia-restauración de la tierra firme. En éste, el fuego del interior del planeta y por lo tanto el calor, y no el agua, juega un papel fundamental, tanto en la consolidación de los estratos que tiene lugar en el fondo del mar, como en la fuerza que provoca el levantamiento de las nuevas masas continentales. El tiempo es la medida de todo en tanto que representa la perspectiva donde se enmarca toda realidad. Pero el curso de la naturaleza no puede estar delimitado por el tiempo, sino que está inmerso en una sucesión interminable, sin principio ni fin, y es en este marco donde los procesos que tienen lugar en la tierra adquieren un orden y un sentido. Hutton sólo acepta causas naturales en la concreción de su teoría. Así, para explicar la consolidación de los estratos del globo establece una comparación entre los procesos de solidificación por la acción del agua y aquéllos en los que interviene el fuego. Las explicaciones causales, dentro de la corriente neptunista, versaban sobre la importancia del agua, y concretamente el diluvio bíblico, como responsable de la disolución de los materiales terrestres, y su posterior depósito y consolidación. Por su parte, Hutton aporta numerosas pruebas estratigráficas, petrológicas y mineralógicas en defensa de su idea plutonista sobre la intervención del calor subterráneo. La existencia de dicho calor, cuyo origen nunca llega a describir, lo enmarca Hutton en sus principios teleológicos de crear una tierra firme como morada de vida en general, y particularmente de la especie humana. Los trabajos y observaciones que desarrolló como agricultor le permitieron considerar correctamente el suelo como fruto de la destrucción de los materiales sólidos que conforman la tierra. Además, estos residuos eran transportados por los agentes geológicos hacia el mar, donde quedaban depositados. Pero no podría actuar sólo la erosión, ya que con el tiempo el planeta sería una inmensa llanura. Esto, unido a su rechazo a la idea de la retirada de las aguas, creaba un importante inconveniente para explicar el origen del relieve terrestre. Las montañas debían haberse formado simultáneamente con los procesos de decadencia erosiva. Por otro lado, la existencia de restos orgánicos marinos en lo alto de las montañas le llevan a investigar los procesos naturales que se han empleado en la construcción de la tierra firme. Según las ideas planteadas, los materiales de que se componen las masas continentales se han producido por la destrucción de una tierra firme anterior y se han depositado en el fondo del océano. Aquí es donde actúa el calor subterráneo, que sirve no sólo para consolidar los materiales sino también para plegarlos y levantarlos por encima del nivel del mar, con lo que los continentes quedan restaurados. La Teoría finaliza con el análisis del sistema de decadencia y renovación que observa en el planeta. Los filósofos naturales de épocas anteriores intentaban explicaban estos hechos por medio de causas sobrenaturales o accidentes destructivos de la naturaleza, entre ellos el diluvio bíblico. Hutton va a comparar estas explicaciones con su sistema, en el que tan sólo existe una acción continuada, gradual y uniforme de los agentes naturales sobre los materiales terrestres. Así, la teoría huttoniana sólo acepta las causas actuales, y por lo tanto, conocidas, en las que impera una regularidad en los mecanismos de la naturaleza para ocasionar los cambios en los que, además, es posible percibir sabiduría, orden y benevolencia en el plan por parte de su Autor. Estos cambios fundamentalmente consisten en la destrucción-regeneración simultánea de las masas continentales: mientras se produce la decadencia de la tierra presente, los materiales de un mundo anterior depositados en el fondo del mar son consolidados y estructurados de tal forma que se erige una nueva tierra firme. Tanto la destrucción como la regeneración de las tierras, de acuerdo con sus propias deducciones, deben haber requerido un tiempo indefinido, un tiempo que para Hutton es muy difícil de determinar tanto a escala humana como en función de los cambios observables. En realidad, la tierra parece mantenerse en un nivel de estabilidad, para lo que es preciso la conservación de una cierta proporción tanto de tierra firme como de agua sobre la superficie del globo. Hutton concluye que se ha producido una sucesión de mundos, en la que es posible encontrar sabiduría, sistema y contingencia; dicho sistema es, igual que ocurre en las revoluciones planetarias, cíclico, y a través de estos ciclos, en los que es imposible percibir rastro alguno de dónde comienzan y dónde acaban, Hutton sumerge a la historia de la tierra en la inmensidad del tiempo. La hipótesis Gaia de James Lovelock No es propósito de este trabajo realizar un análisis crítico 45 de la Hipótesis Gaia, considerada actualmente por su autor y por sus seguidores como una teoría. Se discutirán simplemente aquellos aspectos generales que representan un punto de referencia en cuanto a la consideración de James Hutton como uno de sus precursores. Las ideas que el médico y químico británico James E. Lovelock (n. 1919) había ido gestando durante más de una década, quedaron plasmadas en el libro Gaia. En esta obra se plantea la Hipótesis Gaia, término que procede del nombre griego de la Madre Tierra y que utiliza a veces como abreviatura de la propia hipótesis. Según Lovelock, existe una interacción de las partes orgánicas e inertes del planeta de tal forma que la materia viva, junto con el aire, los océanos y la superficie terrestre, componen un sistema complejo al que considera un organismo individual capaz de mantener las condiciones que permiten la vida sobre la tierra 47. Para su autor, la biosfera es una entidad autorregulada capaz de mantener la salud del planeta mediante el control del entorno físico y químico 48, y contempla al conjunto de los seres vivos como una entidad viviente que puede transformar la atmósfera para adecuarla a sus necesidades globales, y dotar al planeta de facultades y poderes muy superiores a los que poseen cada uno de sus componentes por separado 49. Estas ideas le permiten definir Gaia como una «entidad compleja que comprende el suelo, los océanos, la atmósfera y la biosfera terrestre: el conjunto constituye un sistema cibernéti-----45 Sobre los aspectos críticos de la Hipótesis Gaia, véase, por ejemplo, ANGUITA, F. y AR-SUAGA, J.L. (2000), «¿Es Gaia una teoría adelantada a su tiempo o una broma vitalista? Reflexiones para las Ciencias de la Tierra y del Medio Ambiente», Enseñanza de las Ciencias de la Tierra, 8(3), 197-201; KIRCHNER, J.W. (1989), «The Gaia hypothesis: can it be tested?», Reviews of Geophysics, 27(2), 223-235; KIRCHNER, J.W. (2003), «The Gaia Hypothesis: conjetures and refutations», Climatic Change, 58(1-2), 21-45; véase, además, SCHNEIDER, S.H., MILLER, J.R., CRIST, E. y BOSTON, P.J. (eds.) (2004), Scientists debate Gaia. The next century, Cambridge, MIT Press, 377 pp; WATSON, A. J. (1999), «Coevolution of the Earth' s environment and life: Goldilocks, Gaia and the anthropic principle», en G.Y. Craig y J.H. Hull (eds.), James Hutton -Present and Future, Geological Society of London, Special Publication, 150, 75 co autoajustado por realimentación que se encarga de mantener en el planeta un entorno física y químicamente óptimo para la vida» 50. Además, Lovelock destaca en tal entidad una de las propiedades más típicas de los seres vivos, a saber, «su capacidad para desarrollar, utilizar y conservar sistemas que tienen a su cargo una determinada función y la realizan mediante un proceso cibernético de tanteo» 51. A finales de los años 1980, en otra obra titulada The ages of Gaia, y en algunos trabajos posteriores 52, Lovelock reconoció a James Hutton como uno de sus precursores a través de la versión de su teoría de 1788, idea que le había sido sugerida por el también geólogo escocés Donald B. McIntyre (n. Para este último, Hutton poseía una visión organicista del planeta al que calificaba de superorganismo, y consideraba que la ciencia más apropiada para su estudio era la fisiología 53. Surgiría, así, un nuevo concepto, geofisiología o fisiología de la tierra, término que ha tenido una gran aceptación y difusión desde entonces, y se discutirán más adelante en el contexto de la teoría huttoniana. El concepto de «organismo» y la Hipótesis Organísmica En una posición fundamentalmente para refutar el mecanicismo reduccionista que había dominado desde el s. XVII el pensamiento biológico, a principios del s. XVIII se produce una especie de reivindicación de la corriente animista que habría de reflejarse en la definición de organismo. El médico y naturalista alemán Georg Ernst Stahl (1660-1734), conocido sobre todo como uno de los padres de la Teoría del Flogisto, no aceptaba las explicaciones mecánicas de los fenómenos orgánicos que se habían impuesto ----50 LOVELOCK (1979), p. A pesar de esto, y a la utilización de otros términos relativos a la biología como organismo, fisiología y homeostasis, en la «2 nd Chapman Conference on the Gaia Hypothesis» que la American Geophysical Union celebró en Valencia (19-23 junio/2000), Lovelock afirmó que la idea de una tierra como ser vivo la usó siempre como metáfora, y que en realidad nunca quiso decir que estuviera viva; véase LOVELOCK, J. ( 2004 en la gran mayoría de los ambientes científicos. Como alternativa al automatismo mecanicista intentó explicar determinadas propiedades del cuerpo humano que las teorías yatromecánicas y yatroquímicas no daban solución convincente alguna. Para ello, en una breve obra titulada Disquisitio de mechanismi et organismi diversitate 54 publicada en 1706, propone una teoría general del funcionamiento de los seres vivos en la que defiende la existencia de un agente inmaterial dominante, el alma sensible, como causa de los fenómenos vitales, y a la que atribuía, entre otras propiedades, su conservación y su autorregulación. En el animismo de Stahl se señala a esta alma como el principio supremo del vitalismo individual, responsable de las funciones de los seres vivos, y por lo tanto es el alma quien dirige también el funcionamiento del cuerpo humano. Sobre esta base, y en oposición a mecanismo, introduce el término organismo como todo ente dotado de alma, característica diferencial básica entre ambos y que hay que tener siempre en cuenta en la práctica. En los organismos, al estar animados, se produce una serie de funciones o fenómenos como, por ejemplo, el movimiento, siempre dirigido hacia un fin concreto. Esto no ocurre en los mecanismos, en los que el movimiento tiene lugar, pero no lo generan ellos, sino que por el contrario debe existir una causa eficiente ajena a su propia estructura 55. El vitalismo lo desarrollaría Stahl con mayor profusión dos años más tarde en su obra más conocida, Theoria medica vera 56, publicada en 1708, y supondría una fuerte oposición al cartesianismo que había limitado el pensamiento científico a lo cuantitativamente verificable 57. Sin embargo, esta tradición en sí misma encerraba en realidad una situación imaginaria; constituía por lo tanto un marco ad hoc en el que, como suele ocurrir en estos casos, no había pregunta sin respuesta o duda que no se pudiera aclarar, y donde se daba solución a todos los problemas que se pudiesen plantear. A pesar de carecer de cualquier base empírica, las ideas de Stahl tuvieron una gran aceptación principalmente en Alemania, donde mantuvo una intere-----sante controversia 58 con el filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) sobre el concepto de organismo, y también en Francia, e influyeron sobremanera en la modernización de la medicina, en especial sobre la fisiología, aunque no impidió la «mecanización» de ésta última 59. Hay que aclarar, sin embargo, que a lo largo de más de doscientos años, el concepto de organismo ha tenido múltiples significados y analogías, en muchos casos contradictorios, y ha mostrado una gran ambigüedad dentro de la filosofía de la biología debido a una mala interpretación del mismo por diversos autores, a una confusa generalización, cuando no a un falso eclecticismo por parte de otros, intentando encajar sus propias ideas sin desmarcarse demasiado de la corriente filosófica predominante en cada momento. A pesar de todo, el concepto de organismo, como arquetipo y modelo de racionalidad, se convirtió en una pieza clave para la interpretación del funcionamiento de la naturaleza especialmente a lo largo del s. XIX 60. En la actualidad, el término organismo habría que situarlo dentro de la Hipótesis Organísmica. Esta hipótesis se empezó a gestar en las primeras ----décadas del s. XX, cincuenta años antes de la publicación de la primera obra de James Lovelock, como respuesta a la visión mecanicista del mundo. Se inició en la Biología general y en la Embriología experimental, aunque la discusión crítica del mecanicismo alcanzó también a la Psicología, la Sociología y el Neokantismo. Sus orígenes se encuentran en Kritische Theorie der Formbildung, del biólogo austriaco Ludwig von Bertalanffy (1901-1972), aparecida en 1928, y en tres obras del matemático y filósofo británico Alfred N. Whitehead (1861-1947), Science and the modern world, cuya primera edición data de 1925, y Process and reality. La hipótesis organísmica desembocaría décadas después en la Teoría General de Sistemas 62, siendo A.N. Whitehead uno de sus principales precursores filosóficos 63. Sólo analizaremos aquellos aspectos que tienen que ver con la Teoría de Hutton. Esta hipótesis sugiere que la naturaleza se compone de jerarquías constituidas a su vez por niveles autónomos de totalidad y organización. Dichas jerarquías, denominadas sistemas, se definen como conjuntos organizados de elementos que son interdependientes o interactúan mutuamente formando un todo complejo, identificable y distinto. La hipótesis establece, pues, una visión holística de la naturaleza, aplicada por extensión asimismo a todo el planeta tierra, y propugna la importancia de tener en cuenta el conjunto del sistema, así como la existencia de diferentes niveles de organización, donde todos los procesos tienen una explicación material, procesos que se disponen ---- de tal forma que hacen posible la producción, el mantenimiento o la restauración de la totalidad del organismo64, idea que en cierta medida sustituye a algunas concepciones teleológicas. Se distinguen aquí dos tipos de procesos65: los macroscópicos que son eficientes en tanto que llevan a cabo la transición entre lo real y lo verdadero, proporcionando las condiciones que rigen cualquier consecución, y los procesos microscópicos, que son teleológicos, y efectúan el crecimiento de lo verdadero hasta lo real. Ésta es una idea que viene a reconsiderar el principio de correspondencia ya comentado con anterioridad: la repetición en el microcosmos lo que el universo es en el macrocosmos. Y como nexo entre ambos aparece el concepto de organismo entendido como una comunidad dinámica de cosas reales en fase de producción: el universo en expansión sería así el primer significado de proceso, y el universo en cualquier estadio de su expansión el primer significado de organismo, que es portador además en su propia constitución de las razones de sus condiciones en un tiempo determinado. Como se ve, aquí organismo es mucho más que un mero sinónimo de ser vivo o cuerpo orgánico con el que por lo general se suele confundir o limitar. Organismo representa, sobre todo, una acepción de sistema o cuerpo organizado, y por lo tanto se puede aplicar también a los cuerpos inertes, siempre que cumplan las condiciones anteriores. Así, pues, en el concepto organísmico de sistema subyace la idea de totalidad, y en este sentido, dentro de la teoría sistémica, los seres vivos se conciben como un todo dinámico y activo, frente a la idea analítica, sumativa, estática y reactiva del mecanicismo66, pero no se deriva de ello una equivalencia en exclusividad con la noción de organismo. Por otro lado, la historia revela dos tendencias fundamentales en el curso de la naturaleza: una de lento deterioro, y otra de renovación anual que conducen a un estado de equilibrio dinámico 67. Este equilibrio se alcanza a través del principio o modo del Ritmo, que junto con los modos de la Ceguera y de la Transitoriedad, constituyen los mecanismos básicos de actuación en el mundo natural 68. Para esta hipótesis, el Ritmo no sólo penetraría toda forma de vida, sino también toda existencia, y sería una de las razones para creer que los principios básicos de la vida están ejemplificados de alguna manera en todos los tipos de existencia física. Una característica básica de este modo ----es el hecho de que se exista un conjunto de experiencias que constituyen una determinada secuencia codificada de tal forma que el fin de un ciclo es la fase que antecede al comienzo de otro ciclo similar, proporcionando así las condiciones para que se repita indefinidamente, con una mínima variación en detalles concretos de ciclos sucesivos. Puesto que cada ciclo es en sí mismo autorreparador, la fatiga concomitante a la repetición de cualquiera de sus partes queda eliminada por la existencia de un alto nivel de coordinación en el devenir entre los períodos pretéritos y futuros. Sin embargo, no debería buscarse el ritmo de la vida en la simple recurrencia cíclica 69. La hipótesis organísmica utiliza también la analogía entre el cuerpo viviente, con su propia organización autónoma, y la organización física autónoma del universo material considerado globalmente. Por último, los fundamentos teleológicos clásicos también tienen su reflejo aquí, puesto que «el cuerpo animal brinda clara evidencia de actividades dirigidas por un propósito. Es, pues, natural trastocar la analogía y argüir que alguna humilde y vaga forma de las operaciones de la Razón constituye la amplia y difusa actividad opuesta gracias a la cual el cosmos material llega a ser. Esta conclusión comporta el repudio de la radical exclusión de la causación final de nuestra teoría cosmológica» 70. En última instancia, la función primaria de la Razón estriba en establecer, resaltar y someter a juicio crítico las causas finales y la fuerza de los objetivos dirigidos hacia ellas, por lo que parece evidente que «el pragmatismo no tiene sentido sin causación final» 71. Como veremos más adelante, Hutton no puede admitir una teoría que no explique satisfactoriamente las causas eficientes, idea que tiene su fiel reflejo en la hipótesis organísmica: «una cosmología satisfactoria debe explicar la interacción de causación eficiente y causación final» 72. JAMES HUTTON: EL ECLECTICISMO DE UN AGNÓSTICO. Generalmente se da por sentado que James Hutton tenía una visión organicista del planeta tierra que impregna toda su obra geológica. Como ya hemos visto, se suele afirmar que para el naturalista escocés la tierra era un animal, que las venas minerales las consideraba parte del sistema circulatorio terrestre, ---- y, como colofón, que la ciencia más adecuada para el estudio del planeta era la fisiología. Uno de los principales puntos de referencia en este sentido es el hecho de que Hutton se doctorara en medicina en la Universidad de Leiden con la obra Dissertatio physico-medica inauguralis, De sanguine et circulatione microcosmi, trabajo sobre el sistema circulatorio en ese microcosmos que la tradición mágico-organicista consideraba al cuerpo humano 73, y de donde, al parecer, procederían estas ideas como han sugerido algunos autores 74. De la lectura de la obra de James Hutton, y concretamente de su Teoría de la Tierra, se deduce que, a pesar de todos los planteamientos hechos a favor del organicismo huttoniano 75, este naturalista era, expresado con mayor propiedad, un ecléctico en el que convergen las tres tradiciones que se analizaron con anterioridad y que se ponen de manifiesto en los propios fundamentos de su teoría. Es precisamente en este eclecticismo donde predomina una singular visión sobre todo teórica, pero también observacional y algo menos empírica en diversos aspectos, con la que se abriría definitivamente el camino de la geología hacia la modernidad 76. Sus diferentes puntos de vista, así como sus distintas perspectivas tanto filosóficas como teológicas, no nos permiten situar al pensador escocés entre lo que se ha dado en llamar «grandes anfibios», en este caso de la geología, como de hecho ocurriera con otros intelectuales como Isaac Newton para las ciencias físico-matemáticas, porque Hutton era, por otro lado, un agnóstico. Su visión holística, además, nos permitirá reconocer en su teoría un claro precedente de la Hipótesis Organísmica que ya vimos anteriormente, y por lo tanto de la Teoría General de Sistemas. ----Hutton posee en primer lugar, y ante todo, una visión que se enmarca dentro del mecanicismo que imperaba para otras ciencias en esa época, y al que aspira él también para la geología. Esto le lleva a describir el planeta como una máquina 77, en la que las leyes naturales son las que condicionan el funcionamiento de un mundo donde la materia está en permanente cambio, a pesar de su aparente inmutabilidad, lo que se traduce en una especie de equilibrio dinámico. Pero estas contingencias no encajan simplemente en un mecanicismo tan sólo racionalista. El mundo-máquina huttoniano es fruto de la creación Divina, en la que es posible observar sabiduría y benevolencia, y a lo que hace referencia a lo largo del texto en numerosas ocasiones 78. Al mismo tiempo, existe en Hutton una primera conexión teleológica de la obra creadora, puesto que el mundo ha sido creado con una finalidad muy concreta: servir de morada para el ser humano; esta causalidad finalista, además, se extiende hacia toda la naturaleza en general, a la que el pensador escocés considera a su vez sabia y benevolente, en contra de los principios criticados por Boyle un siglo antes, como ya se ha visto. La supuesta aceptación por parte de Hutton de esta intervención de Dios en la historia natural puede tener varias interpretaciones. Mientras que para algunos es posible ver en su Teoría una serie de postulados aparentemente deístas que podrían haber quedado ya explícitos en su tesis doctoral 79, una lectura más detallada de su obra geológica revela de forma implícita, como se verá más adelante, un escepticismo religioso muy profundo, con unos claros intentos de desviar la atención en relación con su ateísmo 80. Esto le llevó a un serio enfrentamiento, entre otros, con el historiador escocés William Robertson (1721-1793), Rector de la Universidad de Edimburgo 81, y más tarde con el químico y mineralogista irlandés Ri----- chard Kirwan (1733-1812), Presidente de la Royal Academy de Dublín, quien por otro lado también se oponía a su visión plutonista al «demostrar» que no armonizaba con las Sagradas Escrituras como sí lo hacía la corriente neptunista que él defendía 82. Esta aparente contradicción entre lo que realmente piensa Hutton y lo que se refleja en sus escritos se puede explicar si tenemos en cuenta que la libertad de expresión especialmente sobre temas religiosos estaba más que limitada en la Gran Bretaña de la época 83. Asimismo, Hutton comparte su mecanicismo con la tradición organicista en convergencia con la corriente mágica en tanto que considera que la tierra sufre una serie de revoluciones que transcurren en una sucesión interminable de ciclos graduales y uniformes, en los que no es posible percibir ni principio ni fin 84, idea ----que había expresado también y de forma similar tres décadas antes su amigo, el filósofo y economista escocés Adam Smith (1723-1790) al plantear en La teoría de los sentimientos morales la perpetuidad de las apariencias que exhibe la gran máquina del universo 85. Estos ciclos podrían interpretarse como un reflejo del perpetuum mobile anhelado por la filosofía natural de la época, y que es inherente a esa nueva forma de ver el universo; del mismo modo podrían expresar esa visión del destino de los clásicos griegos que se transformaría en la propia visión de la ciencia según la cual el destino impulsa implacablemente los acontecimientos a su desenlace ineludible. Pero también es posible enmarcar estos ciclos en la antigua idea del mito del eterno retorno, en el que el cosmos y el caos, es decir, el orden y el desorden respectivamente, se suceden de forma indefinida, repitiéndose los mismos arquetipos estructurales que conducen, en el caso de la tierra, a un estado de equilibrio o estabilidad aparente. En cualquier caso, la realidad es que, igual que hiciera Harvey para la circulación sanguínea, Hutton basa su idea de ciclo en las revoluciones planetarias del sistema solar 86, y no en el sistema circulatorio del cuerpo humano. Hay que precisar, sin embargo, que aunque la idea anterior de una tierra en equilibrio dinámico parece ser más trascendental en la filosofía huttoniana que esta última visión cíclica 87, en el contexto de la Teoría de la Tierra no es posible desvincular una de la otra. Hutton posee también una idea sistémica, holística o global, que aparece ya en el título de su versión de 1785, Abstract of a Dissertation... concerning the System of the Earth, its Duration and Stability. La compleja máquina huttoniana está constituida a su vez por cuatro sistemas, tres de ellos inertes (rocas, agua y aire), y uno viviente (seres vivos) 88, cuya interacción determina la consecución del fin propuesto: hacer del planeta un mundo habitable. La introducción en el campo de la geología de esta idea de sistema no es ni mucho menos nueva con Hutton, puesto que nos podemos remontar indefectiblemente hasta el conocido dictum aristotélico de que el todo es superior a la suma de sus partes, o más atrás incluso hasta el s. VI a.C., a la idea de totalidad de algunas filosofías orientales como el Taoísmo 89. En última instancia, el con-----cepto de sistema no es otra cosa que una expresión moderna que engloba interrogantes permanentes planteados y discutidos durante siglos 90, y que en el caso concreto de Hutton le va a permitir explicar los ciclos de decadencia/renovación que constituyen una de las piezas clave de su filosofía. En cuanto a otras causalidades, la teoría huttoniana distingue también entre la supuesta labor creadora del Dios, como origen primario, teniendo en cuenta siempre lo comentado ya sobre el agnosticismo de Hutton, y el posterior curso de la naturaleza al considerar, en este último caso, el calor interno como la verdadera causa eficiente, como el auténtico motor, de todos los procesos que tienen lugar en el globo 91, y en esto también Hutton se muestra ecléctico. Recordemos a tal efecto que la causa eficiente de todo movimiento o cambio es metafísicamente interior al cuerpo que se forma, se mueve o cambia; así, la dynamis de la cosmología antigua presenta características diferenciales entre los organicistas y los mecanicistas: mientras que para los primeros se vuelve potencia generativa y transformadora, es potencia motriz e impulsora para el mecanicismo 92. Sin embargo, en el eclecticismo de Hutton ambas ideas convergen una vez más: el calor como causa generadora de fenómenos se manifiesta en la formación de filones metálicos en el interior de los estratos, pero al mismo tiempo es también causa impulsora de la gran máquina geológica y de los procesos que modifican el globo, desde la consolidación de los sedimentos estratificados y su posterior plegamiento, hasta la alternancia de los ambientes continental y oceánico de los materiales que darán lugar a la tierra firme. La idea mecanicista de la teoría huttoniana se concreta mejor si tenemos en cuenta que dentro de la visión del mundo-máquina es imprescindible considerar el tiempo como factor externo que influye de una forma determinante en los procesos que tienen lugar. En la concepción clásica de la tierra como organismo, lo importante son los procesos en sí, independientemente de su duración, puesto que el tiempo que se necesita para su desarrollo es inherente a ellos. Hutton, sin embargo, se aleja totalmente de esta perspectiva. En su teoría hay una preocupación ineludible en cuanto a la dimensión temporal que afecta a los procesos naturales, aunque sólo es capaz de vislumbrar la profundidad de la misma, con una conexión ineludible con sus ciclos interminables 93, pero sin llegar a precisarla por razones metodológicas obvias. Esta idea de un tiempo inconmensurable constituye uno de los elementos fundamentales de la visión agnóstica de la teoría huttoniana. Con ella retaba el lugar del hombre en el cosmos, y disputaba con la Biblia las verdades reveladas en relación con la historia de la tierra 94, verdades que configuraban la base de los postulados neptunistas de Abraham Gottlob Werner (1749-1817), aceptados (o no discutidos, según se mire) por los estudiosos de la época, y para quien el planeta, tras el diluvio universal, se había convertido en un gran vaso de precipitado. ¿Dónde radica, pues, el organicismo huttoniano? ¿Es cierto que su formación médica se encuentra en la base de su filosofía geológica? Empecemos por el final: la respuesta a esta última cuestión es, definitivamente, no. Aunque entre su Dissertatio Physico-Medica y su Teoría hay más de un abismo intelectual 95, en esta tesis Hutton se muestra ya como un mecanicista al considerar que la naturaleza elabora los seres vivos «de acuerdo con leyes físicas, mecánicas y químicas» 96. Más aún, contempla la estructura organizativa y funcional del cuerpo de los animales dentro de la perspectiva de una máquina. Sirva de ejemplo la reflexión que se hace Hutton en su tesis donde se llega a preguntar si un animal, a partir de una serie de características muy peculiares, puede ser considerado como una «máquina electrificante»: Potestne animal machinae electrificantis species existimari? 97. Esta ideas mecanicistas se irían concretando en las décadas siguientes hasta llegar a su teoría geológica. Por otro lado, y en contra también de esa supuesta relación de su teoría con su formación médica, cuando Hutton habla de venas (vein, en el original) minerales, siempre se refiere a ellas en su Teoría en el sentido de vetas, veneros o filones 98. 94 Véase al respecto el interesante ensayo: AYALA-CARCEDO, F.J. ( 2004 Sobre la consideración organicista de Hutton en cuanto a la tierra como un organismo, hay que hacer algunas precisiones. Esta idea de comparar la tierra con un cuerpo organizado, y más concretamente con un animal, se remonta realmente al mundo clásico greco-latino. En diversas obras de algunos autores anteriores a la Teoría nos encontramos con este tipo de planteamientos organicistas. Fue utilizada por los neoplatónicos, aunque es durante la época barroca cuando tuvo una mayor repercusión en el desarrollo de la geología, como fue el caso de Mundus Subterraneus 108 del jesuita Athanasius Kircher (1602-1680). Asimismo, en la ya citada obra de Alonso Barba podemos leer que «las venas de la tierra, que discurren por su gran cuerpo, como receptáculos principales de su humedad permanente, proporcionada a su solidez, y dureza, como lo es la sangre a los cuerpos de los animales» 109. Analogías similares de la tierra con el organismo humano las encontramos en The anatomy of the earth, de 1694, y sobre todo en New observations on the natural history of this world of matter, and this world of life, publicado en 1696, del Rvdo. 1719), donde el fuego central es el análogo del corazón de la tierra, responsable de la ebullición de los manantiales y de la circulación del agua subterránea, en equivalencia al pulso y a la circulación sanguínea, respectivamente, y donde las montañas representan el esqueleto superficial del planeta 110. Ideas parecidas las propuso también ----William Hobbs of Weymouth, a principios del s. XVIII, en otra obra sobre la generación y anatomía de la tierra 111. En su Teoría de la Tierra, aunque como hemos visto Hutton contempla el globo como una máquina, en un momento de su discurso se hace un planteamiento que ha conducido a un error persistente durante las últimas décadas. El naturalista escocés se pregunta si, además de máquina, es posible considerar el planeta también como un cuerpo organizado 112, idea que en absoluto es original ni exclusiva de Hutton. Expresiones análogas las encontramos ya en el círculo intelectual con el que este autor se relacionaba en Edimburgo. En concreto, en los Diálogos sobre la religión natural, David Hume escribe: «...si examinamos el universo en la medida en que éste cae bajo el ámbito de nuestro conocimiento, vendremos a darnos cuenta que encierra una gran semejanza con un animal o un cuerpo organizado, y de que parece estar activado por un principio similar de vida y movimiento. En él, una continua circulación de la materia no produce desorden; el continuo desgaste de cada parte es reparado incesantemente...» 113. Esta comparación de la tierra con un cuerpo organizado, incluso en la frase de Hume, no constituye en absoluto una fijación organicista de estos pensadores, y no representa más que una simple metáfora 114, que también utiliza Hutton para poder disponer de una «función reproductora» que permita reparar todo lo que se destruye en el globo dentro de la alternancia cíclica de decadencia/regeneración planetaria, y «conseguir así una máquina [insiste una vez más Hutton] duradera o estable» 115. También podemos ver en ella la propuesta del mecanicismo orgánico 116. ----Esta metáfora, entre otras117, la volvería a retomar en diferentes partes de la versión ampliada de su Teoría, dos años antes de su muerte, y siempre en referencia a la sabiduría de la formación de la tierra, o a una causalidad finalista. Por ejemplo, y en relación con el ciclo del agua, Hutton compara el sistema terrestre formado por arroyos y ríos con las arterias y venas del cuerpo de un animal, perfectamente relacionados entre sí y de proporciones tan admirables en forma y cantidad que le permiten repartir el agua que discurre desde las tierras más altas, y devolver el agua a la masa general de la atmósfera de igual manera que las venas conducen la sangre al volver al corazón 118. Más adelante, en relación en este caso con la viabilidad de su teoría, no le basta con refutar las hipótesis no científicas que tratan de explicar el origen de las montañas y de los valles, sino que necesita saber su propia causa, que no podría ser otra que una causa conocida cual es la existencia de un sistema universal que interpreta la superficie terrestre como si fuera una especie de cuerpo organizado cuyo destino es llevar a cabo el propósito que realiza a la perfección 119. Tal es así, que para Hutton la materia del globo circula a través de un hermoso sistema cíclico en el funcionamiento de la naturaleza, y la tierra, como el cuerpo de un animal, es erosionada al mismo tiempo que se repara, donde se alternan dos estados o fases distintas, de crecimiento por un lado, y de decadencia por otro, y donde lo que se destruye en uno es renovado en el otro 120. Estas supuestas ideas organicistas de Hutton le han convertido en una claro precedente de la Hipótesis Gaia de la mano de Donald B. McIntyre, como ya se comentó más arriba. Este autor, incluso, refuerza el carácter precursor de la teoría huttoniana con la siguiente frase: «Así, la circulación de la sangre es la causa eficiente de la vida; pero la vida es la causa final, no sólo para la circulación de la sangre, sino para la revolución del globo: Sin un luminar central, y la revolución del cuerpo planetario, no podría existir criatura viva sobre la faz de la tierra», poniendo énfasis en que no pertenece a la tesis médica sino a la Theory of the Earth 121. Esta frase, en realidad, está sacada de contexto, puesto que la principal intención de Hutton es recalcar los aspectos teleológicos de su teoría, donde la vida no es una propiedad del planeta, sino ----que constituye una característica finalista del mismo, ya que el fin último de las revoluciones del globo dentro del sistema solar es hacer un planeta dotado de vida, pero no vivo, sino habitable: «Nada se puede admitir como teoría de la tierra que no explique, de manera satisfactoria, las causas eficientes de todos los efectos mencionados. De esta forma, en la medida en que las cosas se van reconociendo universalmente en la tierra, es esencial que una teoría explique esas apariencias naturales. Vivimos en un mundo donde el orden prevalece por todas partes; y donde las causas finales se conocen tan bien, al menos, como las eficientes. Los músculos, por ejemplo, con los que muevo mis dedos cuando escribo, no son la causa eficiente de dicho movimiento más de lo que este movimiento es la causa final para la que han sido hechos los músculos. Así, la circulación de la sangre es la causa eficiente de la vida; pero la vida es la causa final, no sólo para la circulación de la sangre, sino para la revolución del globo: Sin un luminar central, y la revolución del cuerpo planetario, no podría existir criatura viva sobre la faz de la tierra; y en tanto que vemos un sistema viviente sobre este globo, debemos reconocer una causa final en el sistema solar» 122. ¿Dónde se encuentran, pues, el superorganismo terrestre y la geofisiología de Hutton? Estas ideas que, como hemos visto, Lovelock las cita en referencia a la versión de la Teoría de 1788, son algo más que una metáfora: simplemente, ¡Huton nunca se expresó en tales términos! Ya hemos comentado anteriormente la cuestión del «cuerpo organizado», en la que vemos exclusivamente una comparación, y nunca esa supuesta equivalencia. En cuanto al método para estudiar el planeta, jamás emplea la palabra fisiología en las primeras versiones de su Teoría. Es más, recurre siempre a la filosofía natural 123, o a la historia natural 124 cuando se refiere al cuerpo de conocimientos que utiliza en sus estudios. De hecho, como así ocurre en diferentes partes de la versión ampliada 125, cuando utiliza el término fisiología siempre lo hace en su primera acepción, de acuerdo con su etimología (del griego, φυσις, naturaleza, y λογος, ciencia), en referencia indiscutible a la física, filosofía o ciencia natural. Con esta primera acepción aparece reflejada en numerosas obras, por ejemplo, casi un siglo antes en el título completo de la ya mencionada De magnete de William Gilbert de 1600, así como en su Praefatio, y como tal lo expresó P. Fleury Mottelay, autor de la ----particular de la geología, siendo ésta heredera y deudora de las tradiciones organicista, mágica y mecanicista. El supuesto organicismo de James Hutton es una interpretación equivocada de su Teoría de la Tierra, en donde jamás utiliza los términos superorganismo y fisiología de la tierra, errores que lo han convertido en precursor de la Hipótesis Gaia, con la que realmente tiene poco que ver. Hutton recuperó en su filosofía geológica una antigua visión holística del planeta, en la que confluyen además otras ideas como el equilibrio dinámico, la recurrencia periódica, y los nexos teleológicos, que lo sitúan entre los más notables antecedentes de la Hipótesis Organísmica y consecuentemente de la Teoría General de Sistemas. Estoy es deuda con Pedro Wagner Gonçalves (Universidade de Campinas, São Paulo, Brasil), y Stephen A. Norwick (Sonoma State University, Rohnert Park, California, EE.UU.), por todas sus atenciones.
El artículo desarrolla un marco de trabajo para comprender el mundo de la medicina de los animales en la Cataluña del siglo XVIII. El análisis del contexto histórico permite conocer las actuaciones de las autoridades borbónicas en materia de fomento y control del ejercicio de aquella medicina. Una aproximación antropológica ofrece la posibilidad de acceder a un complejo entramado plural de recursos médicos disponibles, al alcance de aquellos individuos interesados en la salud de los animales. bases para comprender esta historia en la Cataluña del siglo XVIII. Este trabajo entronca con otros análisis que se están produciendo en los últimos años sobre esta cuestión en el período anterior, desde la Baja Edad Media hasta el siglo XVII, y en el período inmediatamente posterior, centrado en el siglo XIX. Nos ha parecido pertinente iniciar el artículo haciendo referencia al contexto histórico en el que tuvo lugar nuestro ámbito de estudio, ya que ello nos ha de permitir valorar mejor la situación de la ganadería en Cataluña, así como el papel de las autoridades y de los expertos en la medicina de los animales. A partir del contexto histórico señalado, este trabajo plantea una aproximación al pluralismo existente en aquella sociedad en materia de recursos disponibles para hacer frente a la enfermedad en los animales. Desde una perspectiva antropológica, en este trabajo se presta una atención especial a aquel complejo entramado de recursos y a los ámbitos de intersección y de competición que se abrían a los ojos de los interesados. En la parte final del artículo, se intenta poner de manifiesto cómo el contexto histórico marcado por las políticas de los Borbones limitó y retrasó la transformación de la medicina de los animales mediante decisiones y reformas que, más allá de su supuesto carácter modernizador, no hicieron más que aumentar la conflictividad existente, sin estimular la formación o recepción de los presupuestos teóricos y prácticos que tenían lugar en Europa desde el último tercio del siglo XVIII. Los manuales de historia suelen proporcionar una imagen dual de la Cataluña del siglo XVIII, según la perspectiva sea política o económica. Por una parte, el resultado final de la guerra de Sucesión supuso la imposición de una Nueva Planta política y administrativa al suprimir las instituciones de gobierno tradicionales, junto con todo el entramado político, jurídico, administrativo y legislativo catalán, imponiéndose el propio de Castilla. Por otra, el rumbo seguido por la economía catalana desde finales del siglo XVII experimentó un empuje a lo largo del siglo XVIII, a partir de una expansión agraria que favoreció el desarrollo comercial y consolidó las bases y redes de las manufacturas catalanas. Aunque esta sucinta caracterización resulta una simplificación obvia, nos permite plantear si este proceso de transformación afectó durante este período a la ganadería y al ejercicio de la albeitería en la Cataluña del siglo XVIII 2. Jon Arrizabalaga y Pepe Pardo leyeron y apuntaron el texto con amabilidad. Quisiera agradecer también los comentarios realizados por los evaluadores externos de la revista, pues han mejorado un trabajo, cuyos errores son por supuesto responsabilidad del autor. 2 Con el nombre menescalia -albeitería en castellano-se conocía en los territorios de lengua catalana de la Corona de Aragón la tarea desarrollada por el menescal -albéitar-, La historia de la economía catalana ha mostrado cómo se formaron, entre finales del siglo XVII y comienzos del siglo XIX, las bases necesarias para la adopción de un sistema de desarrollo capitalista. Esta transformación económica fue posible a partir de la combinación de cuatro factores básicos: avance demográfico, expansión de la agricultura, crecimiento manufacturero e incremento del volumen de intercambios. Cabe recordar cómo tres de estos elementos afectaron directamente a la ganadería catalana. En primer lugar, la expansión agraria catalana contribuyó a la progresiva marginación de la ganadería ya que su desarrollo se basó, de manera especial, en una extensión de los cultivos, con la consiguiente colonización de tierras mediante la deforestación, la desecación o el uso de tierras comunales y en una especialización basada en la apuesta por los cultivos más rentables en cada lugar -destacando la viña y sus frutos como producto central de los intercambios. Esto se hizo evidente en la reducción constante de los pastos disponibles y en el cierre de los tradicionales pasos de tránsito, por tanto en la limitación de la ganadería trashumante, y también en el aumento de los conflictos provocados por la presencia destructiva del ganado en los campos de cultivo, por tanto en el incremento de los costes ganaderos al haber de pagar multas por la destrucción de los cultivos o tener que contratar más pastores para evitar tales incidentes. En segundo lugar, el impulso de la industria algodonera desde los años 1760-1780 jugó un papel clave a partir de su difusión progresiva en las comarcas donde previamente se había desarrollado la tradicional manufactura de la lana. La versatilidad de las economías tradicionales ante las nuevas opciones favoreció el desequilibrio en el consumo de materias primas -algodón vs. lana-y, por tanto, contribuyó a una reducción de la demanda de productos derivados del ganado de lana. Como dejó escrito Pierre Vilar, «en Cataluña la ganadería tienta cada vez menos a la empresa: no es un complemento obligado de los cultivos mediterráneos más estimados». En tercer lugar, la especialización agraria actuó como factor de activación de la circulación mercantil anterior y exterior, dada la necesidad de importar cada vez más productos de subsistencia y de vender los productos de intercambio. En Cataluña, el sistema de comunicación básico para soportar un intenso tráfico de mercancías fue el camino de herradura, que junto a la mula y el arriero constituyeron la columna vertebral de la economía catalana hasta mediados del siglo XIX. Como con----persona que tenía por oficio curar las enfermedades de los animales. Estas denominaciones continuaron en uso hasta bien entrado el siglo XIX. secuencia del desarrollo e impacto de estos elementos, la capacidad competitiva de los ganaderos catalanes ante el extraordinario crecimiento del mercado de consumo de carne en Barcelona se vio prácticamente anulada. El negocio de la carne de consumo permaneció en manos de las grandes redes barcelonesas del comercio de importación y exportación de mercancías y lejos, por tanto, de las posibilidades de control de los ganaderos catalanes 3. A finales del siglo XVIII, los testimonios coetáneos (Zamora, Baró de Maldà, Caresmar) confirmaron esta imagen: la falta de pastos, provocada por las grandes roturaciones, por la expansión de la viña y por la progresiva desaparición del barbecho y de los comunales había agravado la situación ya decadente de la cabaña catalana. La Junta de Comerç de Barcelona (1758), institución que representaba los intereses de la burguesía comercial catalana, patrocinó la publicación del texto conocido como Discurso (1780), donde se abunda en la idea de la constante disminución de la cabaña. Una frase predominante utilizada con relación al ganado es: «la falta de pastos no permite su aumento». A su vez, el Discurso destaca la limitación de la cría, en la mayoría de los corregimientos catalanes, a los animales destinados a las carnicerías locales, al sacrificio excesivo y perjudicial del ganado joven con el fin de satisfacer la demanda creciente del mercado catalán y, finalmente, a la progresiva insuficiencia de la ganadería catalana para satisfacer el mercado barcelonés. Cabría añadir a la percepción de estos testigos una nota sobre el carácter del pensamiento agrario dominante en Cataluña. El pensamiento de hombres como Romà i Rossell, Caresmar, Sisternes y los agraristas de la Junta de Comercio y de la Real Academia de Ciencias y Artes de Barcelona: fiel a la pragmática combinación de ideas liberales e intervencionistas, consciente del papel decisivo que el aumento de la producción agraria especializada estaba jugando en el desarrollo económico de Cataluña. Por todo ello, la cuestión de la ganadería se planteó desde el punto de vista del equilibrio de la balanza ----3 Sobre estos aspectos, véase: VILAR, P. (1986), Catalunya dins l'Espanya Moderna, Barcelona, Curial-Edicions 62, vol. II, 115-248, La cita de la p. En: FERNÁNDEZ, R. (ed.), España en el siglo XVIII. Atendiendo a la rentabilidad de la agricultura, se hacía necesario equilibrar las importaciones de ganado hechas para satisfacer la demanda del mercado catalán con la venta de otros productos agrarios y manufacturados. A la vez, se debían poner en práctica otras medidas -creación mediante regadíos de nuevos pastos, introducción de plantas forrajeras, prohibición de roturaciones en los comunales destinados a pastos-para fomentar al menos la cría de ganado estabulado con el que compensar, siquiera parcialmente, el escaso consumo de carne autóctona. Como resultado de esta apuesta de desarrollo económico, la comprometida situación de los ganaderos catalanes forzó la importación de numerosas cabezas de ganado, tanto para el consumo humano y el de determinadas actividades productivas como para satisfacer las necesidades de transporte. Aragón, Valencia y en menor medida Castilla comercializaron sus ganados en Cataluña. Fue Francia, sin embargo, la gran exportadora de ganado vacuno, de lana, mayor y de pata hendida destinado al mercado catalán 4. La situación de la ganadería catalana del siglo XVIII quedaba concretada, según lo expuesto, en una cabaña autóctona cada vez más limitada al consumo local y particular y en un tránsito constante de cabezas de ganado, mayoritariamente importado, bien a las carnicerías y ferias locales, bien transportando mercancías, soldados y trenes de artillería por toda Cataluña. Una vez apuntado el contexto histórico, conviene a continuación plantear cómo se caracterizó la medicina de los animales con el objetivo añadido de observar cuáles fueron las modificaciones introducidas por la Nueva Planta política y administrativa y cuál fue la respuesta de las autoridades ante las enfermedades del ganado.Por razones de espacio, vamos a limitar el presente estudio a arrojar alguna luz ---- sobre la primera de las cuestiones, dejando para una ulterior publicación el análisis de las actuaciones y de las medidas dictadas por las autoridades ante las enfermedades epidémicas del ganado. Los animales y, de manera más concreta, la historia de la medicina de los animales, apenas han constituido objeto de atención e investigación histórica en el marco de un proyecto de construcción de una disciplina y un quehacer de carácter profesional. Probablemente esto ha contribuido al escaso desarrollo de la medicina animal como categoría de análisis histórico e historiográfico. Resulta un hecho notable constatar, a pesar de la existencia de elementos comunes y salvando los diferentes volúmenes de ocupación, la escasa relación entre los historiadores de la medicina humana y los de la medicina animal. Tal vez ello responde, desde una perspectiva cultural, a la asunción ideológica de la superioridad del hombre sobre el resto de animales. En cualquier caso, el desinterés mutuo y la correlativa parcelación de las ciencias de la salud no han favorecido una mejora de nuestro conocimiento sobre la relación entre los hombres y los animales en el pasado. Tampoco ha venido a ayudar la construcción de una débil y tardía tradición historiográfica veterinaria, tanto en el plano internacional como en el español, sumida con frecuencia entre la búsqueda de legitimación histórica de sus saberes y el afianzamiento de posiciones versus la medicina. Parece necesario un mayor compromiso de los historiadores de la ciencia sobre la necesidad de producir estudios que consideren la relación hombre-animales como categoría de análisis histórica. También parece oportuno ir más allá de una historia que busca «nuestras raíces» o que se centra en «nuestra profesión». En este sentido, se debería ir más allá de esa historia de actitudes que situaba la frontera entre la ignorancia y el progreso científico a partir del establecimiento de las escuelas de veterinaria a finales del siglo XVIII, que consideraba aquel contexto de cambio como el punto de partida del desarrollo de la veterinaria científica y de la profesión veterinaria. La superación de tal interpretación nos permitirá probablemente comprender mejor la compleja historia, también anterior a la creación de aquellas escuelas, de las relaciones entre los hombres y los animales, entre la medicina humana y la medicina animal5. ----En nuestra aproximación al mundo médico de los animales en la Cataluña del siglo XVIII partimos de un esquema interpretativo que fija la atención en las dimensiones culturales-popular, médica y religiosa-a la hora de intentar comprender el comportamiento humano ante las enfermedades de los animales. 6 En la investigación sobre la medicina para la salud de los animales resulta fundamental no reducir el análisis a un único recurso, en este caso el albéitar, entre las diversas posibilidades de curación. En efecto, la medicina animal, como la medicina humana, también se debe entender en función de las coordenadas del pluralismo médico existente en la sociedad de antiguo régimen. Es decir, a partir del estudio de todas aquellas personas que según el interesado -la persona que posee o cuida del animal-estaban específicamente formadas, experimentadas y/o dotadas de forma natural para resolver los problemas de salud y enfermedad. La utilidad de este acercamiento permite obtener una perspectiva más comprensiva del fenómeno al mostrar las dimensiones sociocultural y económica en el momento de la toma de decisiones y elecciones ante la enfermedad. La formación de una cultura médica individual no sólo pone así de manifiesto la existencia, superposición e interacción de una miríada de recursos disponibles, que se hallan en el modelo antropológico de las esferas médica, religiosa y popular descrito por David Gentilcore, sino que además permite plantear la cuestión del cambio histórico a partir del análisis de los fenómenos paralelos de negociación, regulación y represión que tienen lugar en el marco de la lucha por obtener la hegemonía en el mundo de la medicina animal 7. ---- Ante la enfermedad humana, el primer nivel de la cultura médica individual en el mundo del antiguo régimen estaba formado por los consejos de la familia y de las amistades. Esta era la primera forma de expresión de la presencia de la enfermedad y, mediante los consejos y las recomendaciones, abría la puerta a los recursos terapéuticos de las tres esferas mencionadas. Además, esto suponía la concesión de la iniciativa al interesado ante la enfermedad. Esto es, una posición de control en relación al experto. La ausencia de estudios en esta dirección constituye una dificultad a la hora de hallar ejemplos de estos recursos aplicados al caso de la medicina animal. Entre las fuentes que podrían subsanar esta situación, cabría plantear el estudio de los fondos patrimoniales de los poseedores de caballerías con la idea de hallar el interés personal y familiar ante las enfermedades de los animales con que comerciaban.8 En este sentido, también cabe señalar la importancia de todo el arsenal de terapéutica doméstica recogido en inventarios familiares, en recetarios culinarios o en manuales de medicina doméstica humana y animal, como por ejemplo el que hallamos en el texto conocido como Libro del Prior. La posibilidad de afrontar un conjunto de enfermedades, que se podrían considerar como menores, mediante la confección casera de remedios pone de relieve la complejidad y la pluralidad médica de la sociedad de antiguo régimen. Por ello, parece necesario intentar mostrar la presencia paralela de otros recursos a partir del estudio de las esferas médica, religiosa y popular9. EL EJERCICIO DE LA MEDICINA PARA ANIMALES La presencia, formación y ejercicio del albéitar ha sido bien documentada en los territorios de la Corona de Aragón durante el período bajomedieval. Estos estudios han planteado los paralelismos existentes entre las teorías y prácticas de la medicina humana y de la medicina animal a partir de un mis-----mo cuerpo de doctrina basado en la tradición humoralista 10. A pesar de los escasos trabajos centrados en el estudio de las prácticas de la medicina animal para el período moderno, parece razonable creer que la práctica de la albeitería continuó su desarrollo y expansión a partir de las raíces previamente existentes 11. De hecho, ya en el siglo XVIII, los registros de la Real Audiencia borbónica permiten documentar la persistencia de aquella tradición centrada en la medicina de los animales. Parece evidente relacionar tal presencia -la confianza en el experto-con la extensión del compromiso de las autoridades por la salud de los ciudadanos a un interés semejante por la salud de los animales. El albéitar aparece en los registros de la administración borbónica de la misma manera que se despachaban documentos mencionando a médicos, cirujanos y boticarios. Esto es, a partir de la certificación administrativa, supuestamente obligatoria, para proceder a la ejecución del tradicional sistema de contratación de la conducta municipal -conducta de común-, así como de la mención de los conflictos generados a partir de la formalización o del ejercicio derivado de aquellos contratos. La fórmula contractual de las conductas de sirvientes públicos -de médicos, cirujanos, boticarios, albéitares, maestros de primeras letras-garantizaba la presencia del experto en la localidad en la que era contratado. A lo largo del siglo XVIII, la conducta continuó siendo un asunto de interés municipal en Cataluña. Sin embargo, la Real Audiencia borbónica intervino directamente en el asunto al tratarse de una materia que concernía al gobierno político y que incorporaba decisiones de ----alcance económico que afectaban al conjunto de la población. Así fue como las autoridades municipales quedaron obligadas a solicitar permiso a la Real Audiencia para proceder a la contratación de un albéitar. Los registros de la institución de gobierno borbónica muestran una gran cantidad de casos de demandas realizadas por los municipios catalanes con tal finalidad a lo largo de toda la centuria. Se trata, por tanto, de una fórmula similar a la de las conductas de otros practicantes de la medicina -médicos, cirujanos y boticarios-, que experimentaron un destacado crecimiento en Cataluña desde el último tercio del siglo XVII12. Mediante el compromiso de la conducta, el albéitar se obligaba a asistir e intentar sanar a los animales domésticos de los vecinos del municipio contratante. Según el historiador de la veterinaria Vicente Dualde, esta obligación se limitaba de manera exclusiva a la asistencia del ganado mayor o de pezuña hendida -caballos, yeguas, burros, asnos, mulas, bueyes, vacas, carneros, ovejas, cabras y cerdos13. Con el objetivo de fijar a los expertos en las poblaciones y de conseguir aquéllos una cierta seguridad económica, la documentación muestra la formalización general de conductas trienales o cuatrienales. Tampoco resulta extraño hallar conductas que se alargaron durante toda la vida profesional de un albéitar. En algunos casos, se pueden documentar conductas que pasaron de padres a hijos, dando lugar a ejemplos de sagas familiares de profesionales con clientelas locales estables. De hecho, la continuación de la conducta dependía, entre otros aspectos y más allá de la coyuntura económica, del cumplimiento del ejercicio por parte del albéitar y de su buena relación con los vecinos14. ----Conflictividad local y discrecionalidad administrativa fueron características que definieron las conductas a lo largo del siglo XVIII. La conflictividad de los ayuntamientos borbónicos en materia de reproducción de los grupos dominantes, de competencias jurisdiccionales o de venta de los cargos municipales también se manifestó en el momento de aprobar o revocar las conductas de común. Algunas de las denuncias presentadas ante la Real Audiencia por parte de vecinos, de albéitares o de las mismas autoridades locales muestran la utilización del argumento de la mala práctica como pretexto para renovar o liquidar conductas según conviniese 15. El control ejercido por la Real Audiencia en esta materia no era sino aparente, provocando el desarrollo de una administración irregular en el tiempo y discrecional en la aplicación de medidas. La arbitrariedad política dificulta así la caracterización de las conductas de albéitar de común 16. De este modo, la idea de la conducta abierta en una población donde había más de un albéitar tan sólo adquiría validez a discreción de las autoridades del Principado. Resulta complicado, por tanto, razonar los criterios seguidos por la Real Audiencia a la hora de decidir la re----pendencias, de forma que por su mal modo ha sido puesto en la cárcel algunas veces por la Justicia de dicho Pueblo». ACA, RA, Consultas, reg. 475, 83r-84r, Barcelona, 8/3/1754. novación o supresión de conductas, la obligación al pago de la conducta por todos los vecinos de la población o el decreto de concesión de libertad de llamar al albéitar que cada vecino considerase oportuno17. Más allá de las obligaciones contractuales, los albéitares desarrollaron a lo largo del siglo XVIII su papel como expertos, poseedores de unos conocimientos que los avalaba ante las autoridades y que les permitían generar confianza. Esto consolidaba un fenómeno socioprofesional que se remontaba a los siglos medievales. Las autoridades solicitaron la presencia de albéitares para diferentes menesteres. Un caso frecuente de requerimiento, por ejemplo, estaba relacionado con la supervisión y examen del estado de salud de los animales antes de ser sacrificados por los tablajeros. De esta forma, al tiempo que se reconocía la experiencia del albéitar ante las enfermedades de los animales, quedaban señalados los límites de su práctica a los animales vivos. Hallamos, en este sentido, la presencia de albéitares por orden de las autoridades para el reconocimiento de los animales en las transacciones de compra y venta efectuadas por los prohombres del gremio de corredores de animales; también en el momento de examinar a los animales que iban al matadero en momentos críticos de presencia o sospecha de existencia de enfermedades contagiosas; y también en las comisiones facultativas que eran enviadas a la frontera con Francia para averiguar e informar sobre las señales, los síntomas y la calidad de las enfermedades que afectaban o podía sufrir el ganado de importación 18. ----Sin embargo, el animal muerto o el examen de la carne del ganado desollado destinada para al abasto público no constituyeron una competencia del albéitar. Un hecho que también vendría confirmado por el parecer de las autoridades. Esto podría estar más relacionado con un conocimiento deficiente de la medicina interna de los animales que con la especialización del albéitar, de manera exclusiva según afirma Dualde, en la patología del ganado mayor y de pata hendida. Parece importante señalar así la ausencia del albéitar en la revisión de las porciones de carne de carnero, de vaca o de cerdo de los animales desollados, una vez conducidos a Barcelona en tiempos libres de la amenaza de enfermedades epizoóticas. Estas operaciones solían estar en manos de los prohombres del gremio de tablajeros, de los médicos encargados de experimentar con la carne de los animales desollados y de los revisores de las carnes que trabajaban a las órdenes del regidor-director del matadero de Barcelona. El revisor de las carnes era un oficial a las órdenes del ayuntamiento de la ciudad y, de manera parecida a las competencias y atribuciones que gozaba el mustassaf, la documentación no permite observar que se tratase de un oficio bajo el control de los albéitares barceloneses. El albéitar como experto tan sólo aparece cuando era solicitado por las autoridades para inspeccionar la carne de bueyes y vacas destinada al abasto público de la ciudad en tiempos de crisis epizoóticas 19. ---el arte de herrar, (València, Joseph Estevan Dolz, 1742, edición facsímil en Llibreries Paris-València), el tratado segundo destaca el ámbito de conocimiento del albéitar, manifestando el estudio de las enfermedades y de los vicios encubiertos. El texto también incorpora una advertencia a los albéitares sobre valoraciones de caballerías, en p. 19 Ante el contagio de viruelas que sufría el ganado de lana en Tárrega, la Audiencia ordenó, entre otras medidas, la observación del progreso de las enfermedades, «haciéndose algún experimento en las Cabezas de Ganado que mueran, con asistencia del Regidor Revisor de Carnes, del Procurador Síndico General, del Experto nombrado por el Ayuntamiento y de un Médico, para venirse en conocimiento del mal». Las enfermedades que padeció el vacuno que pastaba en la frontera con Francia, así como las sufridas por los rebaños del obispado de Girona fueron una preocupación constante para la Audiencia entre los años 1774 y 1776 y 1783. Sobre el caso valenciano, véase: DUALDE (1995), La carne: su abastecimiento y control A pesar de la preceptiva solicitud de conducta que los municipios debían hacer ante la Real Audiencia, la documentación del siglo XVIII no resulta suficiente para establecer un mapa de la presencia y la distribución geográfica de albéitares en Cataluña. Convendría, en cualquier caso, no limitar la presencia de albéitares a las áreas de predominio de la ganadería ni a las localidades que mantenían destacamentos militares, que albergaban ferias de animales o que eran cruzadas por caminos carreteros y de herradura. A lo largo del siglo XVIII, la documentación muestra noticias de albéitares a lo largo y ancho de Cataluña, ejerciendo en poblaciones muy diversas. Además, parece importante no descuidar el fenómeno de la presencia de herreros en las villas y lugares, ya que su formación y su práctica los situaba en una posición próxima a los conocimientos de la albeitería de los animales. Las diferencias entre el albéitar y el herrero han sido puestas de manifiesto con rotundidad. No cabe duda que el oficio del albéitar gozaba de un prestigio, proporcionado por unos conocimientos que lo diferenciaban del herrero. Estos aspectos eran evidentes en aquella sociedad, que premiaba al albéitar con un mayor prestigio social. A diferencia del herrero, el albéitar contratado por el común podía gozar de ciertas prerrogativas, como la exención de aquellas cargas concejiles -por ejemplo, el préstamo ordinario de caballerías para el tránsito de tropas-que podían impedir el desarrollo normal de su oficio. El goce de esta posición social inmediatamente superior a la del herrero también se fundamentaba en una mayor contribución económica, que se ponía de manifiesto tanto en los gastos de formación como en el pago de una tasa dos veces superior para la obtención del título de maestro albéitar: un pago que variaba entre las 19 libras 12 sueldos y las 22 libras 8 sueldos. Tal condicionante económico puede haber encubierto la práctica de la albeitería en el oficio del herrero y, por lo tanto, haber facilitado el acceso a determinadas prácticas médicas a estratos más modestos de la sociedad. De hecho, la convivencia gremial de albéitares y herreros en diversas ciudades y villas catalanas puede ayudar a comprender la complementariedad de la formación y de los conocimientos de albéitares y herreros. Otros factores, también económicos -el hecho de poder establecerse con mayor facilidad en las poblaciones o de estar menos gravados que los albéitares-, pueden justificar la mayor presencia de herreros en Cataluña y, por tanto, la existencia y difusión de otros recursos al alcance de la población ante la enfermedad animal 20. ---higiénico-sanitario en la Valencia foral, Madrid, Real Academia de Ciencias Veterinarias (discurso de recepción como académico electo) y (1997), 369-375. 20 Sobre las exenciones que gozaban los albéitares, véase: ACA, RA, Consultas, reg. 804, 340r-341v, Barcelona, 20/7/1764 (sobre cargas del servicio ordinario ajenas al oficio o a Más allá de los oficios regulados que se podrían encajar en la esfera médica, oficial, no resulta fácil establecer con evidencias documentales la existencia de otros recursos disponibles ante la enfermedad animal. Dejando aparte el recurso inmediato al consejo familiar o de las amistades, así como la figura mágica del pastor conocedor del rebaño y de sus enfermedades, las esferas religiosa y popular mostraron otros recursos disponibles al alcance de la población y, por tanto, en competición directa con los ofrecidos desde la esfera médica. El recurso a la protección divina muestra el engarce de las tres esferas, así como actitudes de represión y permisividad por parte de las autoridades ante el recurso popular a elementos rituales de la iglesia. A pesar del apoyo de la iglesia a la medicina universitaria, cuyos presupuestos teóricos también se hallaban presentes en la albeitería, la creencia en la causa sobrenatural de la enfermedad epidémica, tanto humana como animal, entendida como castigo divino, permitió la irrupción de un conjunto de rituales y remedios religiosos en el complejo y plural mundo de los recursos médicos disponibles. A ello cabe añadir que la apropiación y reelaboración popular de algunos de aquellos elementos aportó una variedad y una conflictividad mayor en las relaciones de las tres esferas teóricas aquí mencionadas. La religiosidad popular se manifestó así a partir de la devoción y creencia en la capacidad protectora o curativa de determinados santos oficiales o bien en la apropiación de signos rituales de la iglesia. En este contexto hay que situar el conocido caso de San Antonio Abad y su supuesta influencia protectora con los animales. La colaboración entre las autoridades locales, los propietarios de animales y el clero se puso de manifiesto en la organización de procesiones y misas dedicadas al santo patrón de los animales con el fin de rogar su protección ante la enfermedad epidémica y de representar la cohesión y el mantenimiento del orden social ante aquellas desgracias que sacudían los intereses generales de la población. Esta intercesión, sin embargo, no siempre estaba mediatizada por la iglesia. Por ello, la apropiación y reelaboración popular de los signos rituales religiosos para la protección o curación de los animales se convirtió en un ---su ejercicio) y reg. 1.160, 175rv, Barcelona, 2/10/1797 (sobre exenciones fiscales). A diferencia de los gastos ocasionados por la expedición de títulos de albéitar y de herrero, el gasto originado por la visita de inspección del protoalbéitar fue la misma para ambos oficios y se mantuvo invariable a lo largo del siglo. Resulta difícil mostrar con documentos la proporción de albéitares y herreros a partir de los números totales de las visitas registradas en el siglo XVIII. Un intento parcial, en el que se aprecia la mayor presencia de herreros en las poblaciones del corregimiento de Mataró, se halla en: LLEONART (1981a). fenómeno estrechamente vigilado por la iglesia. 21 En otras situaciones no eran los propietarios de los animales sino los campesinos quienes recurrían a remedios milagrosos, cuyo poder salutífero era reconocido por la misma iglesia. Tal fue el caso de los labradores de El Vendrell, que consiguieron el permiso de las autoridades para viajar al santuario de Salarda, cerca de Estella, para obtener el «remedio singular [de] la milagrosa agua que llaman de San Gregorio [Ostiense]», con el que pretendían eliminar la plaga de procesionaria que amenazaba sus cosechas 22. La interposición y competición de los elementos característicos de las tres esferas también resulta evidente en el reconocimiento popular de aquellas personas consideradas dotadas de forma excepcional para la curación de los animales. La existencia de estos individuos fue manifestada por el protoalbéitar de Cataluña al considerar que su ejercicio se oponía a la práctica regulada de la albeitería, con la que aquella práctica heterodoxa competía por determinados espacios de control de la medicina animal. Las autoridades actuaron de forma arbitraria y pragmática ante este tipo de casos y sus decisiones no se alinearon de manera necesaria ni con el supuesto racionalismo administrativo del siglo XVIII ni con el apoyo a las atribuciones y competencias del protoalbéitar en su lucha contra el intrusismo. La actividad reguladora del protoalbéitar se vio obstaculizada por determinadas decisiones de la Real Audiencia que permitían, a la vista de su funcionamiento, el mantenimiento de prácticas opuestas radical-----mente al ejercicio oficial de la albeitería. Este fue el caso, por ejemplo, de Víctor Taulats, «pobre labrador» de Llerona, quien, en su defensa ante las acusaciones de intrusismo manifestadas por el protoalbéitar, alegó «que tiene algún conocimiento natural de las dolencias de que enferman los bueyes, tocinos y otros animales, para cuyas curaciones es y ha sido llamado distintas veces de labradores amigos suyos y de otros que han tenido sus ganados enfermos y los ha curado sin percibir paga alguna» 23. Este ejemplo permite hablar de la existencia de dos elementos comunes a los tres ámbitos -popular, médico y religioso-de recursos disponibles ante la enfermedad. Se trata de la experiencia y la práctica cotidiana, de una parte, y la extensión, apropiación y reelaboración de las explicaciones humoralistas y religiosas de la enfermedad, de otra. El apoyo de las autoridades y la supervisión de la práctica de la albeitería, desde la Baja Edad Media, estaban directamente relacionados con la consolidación de la medicina universitaria. El ejercicio y el contenido teórico de los tratados de albeitería compartían los presupuestos teóricos de la doctrina médica vigente, el galenismo, así como los de la filosofía natural aristotélica que lo enmarcaba. Esto abrió las puertas a la transgresión de competencias entre la medicina humana y animal, tanto por parte de médicos como de albéitares, en disputa por el control de los espacios de la salud 24. En la Cataluña del siglo XVIII, el teniente de protomédico, centinela de las prácticas médicas, denunció la transgresión de competencias que se producía entre médicos, cirujanos y boticarios, haciendo saber a sus superiores que «Albéitares, mujeres, rústicos y otros se introducen en la Medicina, Cirugía, y Boticaria causando graves daños y desgracias». Esta intersección no sólo se dio en relación a las competencias de la esfera médica en la medicina humana, sino también a otras opciones posibles ante la enfermedad animal. Ello se producía sobre todo en función del papel clave que tenía la experien-----23 Un caso parecido fue el de Joan Taxà, tejedor de lana de Sabadell, que fue denunciado por el protoalbéitar por ejercer la albeitería, «porque ignora todos los principios del Arte y no sabe de [sic] leer ni escrivir para aprenderlos», y por haber osado dirigirse a la Audiencia, «manifestando algunas curaciones que casualmente habrá acertado y pidiendo permiso para ejercer la Albeitería». 24 La identidad de presupuestos de la medicina humana y la medicina animal ha sido señalada en diversos trabajos. Véase: DUALDE (1997); CIFUENTES (1999); CURTH (2003); CI-FUENTES, L. & FERRAGUD, C. (1999), «El Libre de la menescalia de Manuel Dies: De espejo de caballeros a manual de albéitares», Asclepio, 51, 93-127; LLEONART, F. (1974a), «Evolución científica de la veterinaria española en los siglos XVII y XVIII», Terapéutica Veterinaria Biohorm, 23, 39-60. cia práctica o, tal y como argumentó Víctor Taulats, el «conocimiento natural» de las enfermedades de los animales 25. Más arriba se ha destacado el fenómeno de la apropiación y adaptación popular de los rituales religiosos ante la enfermedad tanto en la medicina humana como en la animal. Desde el ámbito de la experiencia práctica cotidiana, el cuerpo doctrinal de la albeitería y la farmacia galénica fueron asumidos y adaptados por la práctica popular ante el fenómeno de la enfermedad animal. Los escasos estudios existentes sobre los contenidos de los tratados de albeitería durante el período moderno han mostrado aspectos muy significativos con relación al escaso desarrollo y a la ausencia de comunicación o recepción de las doctrinas de la medicina humana. Por una parte, se ha señalado la concentración casi exclusiva en el conocimiento del ganado de pata hendida y en especial del caballo. Sanz Egaña y Dualde sólo han apuntado los trabajos de tres albéitares-Álvarez Borges (1680), Royo (1734) y Álvarez Calderón (1786?)-que dedicaron algunas páginas a la patología bovina y que, según el parecer de estos estudiosos, ni siquiera merecerían mención ya que nada aportan. Por otra parte, se ha afirmado que el conocimiento de la anatomía externa del caballo mejoró, si bien se mantuvo en un nivel muy descriptivo y superficial, y se benefició de los conocimientos médicos de la anatomía humana. En contraste, la anatomía interna y las disecciones experimentales tan sólo hallaron eco en los tratados de unos pocos albéitares-García Conde (1685), Sánchez Lago (1717) y García Cabero (1748)-, y lo mismo se puede afirmar de los estudios fisiológicos de los animales -de la Reyna (1564). La semiología de las patologías, el conocimiento de los signos de las enfermedades, halló un camino de dificultades en su acceso a los tratados de albeitería, a menudo basados en el conocimiento empírico de las enfermedades a partir de diagnósticos clínicos preestablecidos mediante la inspección y palpación externas, y en la designación de tratamientos terapéuticos generales26. ----El empirismo pragmático y poco especulativo de los albéitares se hizo muy evidente en el caso de la epizootia manifestada en el Valle de Arán en 1731. Ante los problemas que la enfermedad podía causar, tanto económicos como de amenaza para la salud humana, las autoridades pidieron el consejo experto de médicos y albéitares con el fin de conocer la calidad de las enfermedades y el tipo de precauciones que se debía adoptar. El informe de los albéitares se caracterizó por ser una mera descripción elemental basada en la casuística humoralista y en el énfasis dado al aire, entendido como el más importante de las seis cosas no naturales. En contraste, el informe de los médicos se apoyó en las autoridades médicas más importante en la materia, mostrando el conocimiento de la literatura médica coetánea relacionada con las enfermedades animales. En los trabajos de Bernardino Ramazzini y de Giovanni Lancisi se consideraban las posibles causas de las enfermedades epizoóticas que habían afectado diversas áreas de Europa desde finales del siglo XVII. Los autores de estos textos aconsejaban a las autoridades diversas medidas para prevenir el progreso de la enfermedad, entre las cuales incluían las «inspecciones Anathómicas» de los animales 27. En cuanto al signo de interrogación que aparece tras la fecha del tratado de Álvarez Calderón, véase la nota 39. 27 Los médicos que firmaron el informe fueron el teniente de protomédico Francesc Clarassó y los doctores del último claustro de la facultad de medicina de Barcelona, antes de la supresión de 1717: Rafael Esteve, Josep Fornés, Joan Pla y Geroni Badia. La existencia de los libros mencionados consta en la biblioteca particular de Rafael Esteve, véase: ZARZOSO, A. El objetivo perseguido al mostrar esta caracterización superficial de los conocimientos de la albeitería de la época moderna es señalar la importancia del empirismo y la experiencia de la práctica cotidiana como denominador común de las prácticas médicas y como catalizador de la apropiación popular del discurso médico y de la materia terapéutica, basados en la doctrina galénica humoral. En este sentido, la existencia de un conjunto de recursos terapéuticos tradicionales concedió la iniciativa, en materia médica, a los mismos interesados, sin experimentar la necesidad de recurrir a expertos. Este hecho, fundamental en la realidad de una experiencia práctica compartida, permitió a los interesados decidir el recurso médico más conveniente según el carácter de la enfermedad. Esta idea necesita mayores apoyos y esto requeriría estudios centrados en la perspectiva de las culturas médicas. Un ejemplo podría venir del análisis del ya mencionado Libro del Prior, que ejerció un papel de bisagra en la difusión y popularización de las ideas médicas universitarias. En efecto el libro escrito por el clérigo Miquel Agustí gozó de un éxito impresionante: publicado en 1617 en catalán en Barcelona y editado en castellano al menos una veintena de veces entre 1626 y 1785 (en Perpiñán, Zaragoza, Madrid y Barcelona). El libro no sólo es un manual de técnica agrícola para labradores, también es un manual de medicina doméstica humana y animal 28. Las páginas dedicadas por Agustí a los remedios de las enfermedades humanas y a las curas de las enfermedades animales demuestra de nuevo la intersección de las tres esferas -religiosa, médica y popular. Se trata, por tanto, de la lectura hecho por un representante de la iglesia de la medicina universitaria y, a la vez, de su adaptación y popularización destinada a una audiencia no experta que procedería, tras su lectura o transmisión, a interpretarla y ajustarla a sus necesidades 29. Esta popularización de la medicina universitaria resulta excepcional tratándose de una materia como la medicina animal. Por una parte, el libro de Miquel Agustí adapta un hecho fundamental que hallamos en los tratados de albeitería: el despacho inmediato del tratamiento para cada una de las enfermedades más comunes y características de los animales. Por otra, el manual supera los límites de los tratados de albeitería dedicados a los caballos, dando cuenta también de los remedios y las curas ----de todos los animales domésticos 30. Necesitamos, por tanto, un análisis serio de los contenidos de libros como el citado y también de su consumo, de su presencia en las bibliotecas particulares, de la identidad de sus poseedores, ya que éstos tenían en sus manos la posibilidad de tomar la iniciativa y el control ante la enfermedad animal a partir de unos conocimientos asequibles, extractados del galenismo y susceptibles de ser reelaborados. EL CAMINO HACIA LA VETERINARIA Una vez señalado, si bien de manera superficial, el complejo entramado que caracterizó a la pluralidad de recursos disponibles ante la enfermedad animal, así como la intersección, adaptación y reelaboración de la doctrina médica y de ciertas prácticas religiosas en las tres esferas mencionadas conviene revisar los planteamientos presentistas que hallamos en determinados estudios históricos sobre la albeitería. Esto no tiene otro fin más que situar en su contexto histórico el significado de las innovaciones, típicamente borbónicas, introducidas en materia de albeitería a lo largo del siglo XVIII. El afán reivindicativo de los historiadores de la veterinaria de un status científico de su profesión y de las bases científicas de la misma, sobre todo en comparación con el de los médicos, ha forzado una línea de interpretación que, a grandes rasgos, viene a considerar el siglo XVIII como un período de ocasiones perdidas para convertir la albeitería en la veterinaria científica, que se inició a partir de la creación de las escuelas de veterinaria europeas. En buena medida, esta visión ha participado del deslumbramiento que a otros historiadores de la ciencia les ha provocado el valor concedido a las medidas supuestamente modernizadoras que las autoridades borbónicas introdujeron en materia de «reestructuración y unificación de la sanidad española» 31. La interpretación histórica dominante en los estudios de la albeitería ha destacado la existencia de una auténtica «esclavitud gremial de la albeytería» ----30 El libro no sólo comprende la albeitería o medicina de «los cavalls, [...], les eguas, y pollins, [...], lo bestiar mulatí, y altres besties de treball», también las de los «bous, vaques, y vadells, porchs y porcells, gallines y pollam, ocas, anechs, signes, y altres aucells de aygua, flaysants, pagos, galls y gallinas de las Indias, tortoras, perdius, gualles, y coloms salvatges, coloms domestichs, conills domestichs, ovelles, moltons y anyells, cabras, cans, abelles, cuques de filar seda». 31 Sobre esta cuestión, con relación al mundo de la farmacia, véase: ZARZOSO, A. (1996), «Protomedicato y boticarios en la Barcelona del siglo XVIII», Dynamis, 16, 151-171. como la causa principal del atraso científico de la albeitería. Desde esta perspectiva, la extensión de las atribuciones del tribunal del protoalbeyterato a los territorios de la Corona de Aragón a principios del siglo XVIII constituyó una oportunidad para elevar el rango de la albeitería, dado el supuesto mayor interés por parte de aquel tribunal por la actividad clínica. No obstante, el mantenimiento de los gremios y, por tanto, de sus competencias en materia de formación, organización y regulación del oficio supuso un obstáculo a los posibles cambios que se vislumbraban. Además, el proyecto de renovación sanitaria borbónico no cuajó en el ámbito de la albeitería debido al hecho que la escuela de veterinaria creada en Madrid en vez de encabezar tal proyecto no hizo sino contribuir a su decadencia al convivir con las instituciones tradicionales de la albeitería 32. Parece que, en función de lo que se ha planteado en este trabajo, conviene hacer un análisis más matizado del supuesto proyecto borbónico de renovación sanitaria para poder valorar los resultados de la institucionalización del protoalbeyterato en los territorios de la Corona de Aragón y de la creación de una escuela de veterinaria. El estudio de la documentación de la Real Audiencia permite adelantar que tras las transformaciones administrativas y legislativas introducidas por los Borbones hubo un predominio de los intereses políticos por encima de los estímulos profesionales. En efecto, conviene recordar que los decretos de Nueva Planta de 1718 no cuestionaron la vigencia, la forma de organización y las funciones y atribuciones de los gremios. Las medidas ejecutadas no fueron más allá de la supresión de su representación y participación política en el gobierno de la ciudad y, desde entonces, de su supeditación a las órdenes de la nueva Real Audiencia. Resulta evidente que la permanencia de los gremios era inseparable de la sociedad de antiguo régimen, a la que contribuía, entre otras cosas, mediante el mantenimiento del orden social. En este sentido, la confirmación por la autoridad real de los privilegios gremiales en los diversos ámbitos de la medicina tendría que ser considerada como un obstáculo a aquellas medidas que, pretendidamente, formaban parte del llamado proyecto ----32 Para los aspectos principales de esta interpretación, véase: SANZ EGAÑA (1941); DUALDE (1997); HERRERO ROJO, M. (1984), La albeytería española en el siglo XVIII, Salamanca, Gráficas Cervantes, 161-81 y 203-22; RUIBÉRRIZ, P. V. (1984), Historia de la ciencia veterinaria española: del Antiguo Régimen al Liberalismo, 1792-1847, Tesis doctoral editada, Madrid, Universidad Complutense, 14-40; ROCA TORRAS, J. (1991), Historia de la Veterinaria en Cataluña (1400-1980), Tesis doctoral inédita, Barcelona, UAB, 6-30; LLEONART, F. (1979), "Cuatrocientos años de veterinaria en Cataluña (s. XIV-XVIII)", Terapéutica Veterinaria Biohorm, 46, 82-90. de renovación sanitaria borbónico. Y ello debido a que esta política sería opuesta a la re-creación de la figura del protoalbéitar en Cataluña y a su supuesta misión de organización y control de la albeitería. A la vista de la documentación conservada, principalmente en la Real Audiencia para el caso catalán, parece conveniente matizar esta línea interpretativa. Tal y como sucedió con otros oficios, la reorganización administrativa posbélica se tradujo en Cataluña en una política de militarización de los cargos considerados estratégicos. Así, a pesar de la clara relación de la albeitería con el ejército, la concesión del oficio de protoalbéitar a Diego Álvarez en septiembre de 1717 confirmaba tal programa de control. De la misma manera que se abría un largo período de conflictos y pleitos en materia de competencias y jurisdicciones entre los boticarios, los cirujanos, los médicos y los protomédicos del Principado, el protoalbéitar Diego Álvarez tuvo que hacer frente a un buen número de pleitos planteados en contra de su actuación y de sus atribuciones por parte de los albéitares. Esto respondía a dos factores característicos de la administración borbónica: por una parte, la concentración del gobierno político en la Real Audiencia impidió dotar al protomédico y al protoalbéitar de reglamentos jurídicos bien definidos que permitiesen el desarrollo de sus atribuciones mediante la constitución de un tribunal. Por otra parte, la concesión de estos cargos como premio a fidelidades o servicios reales convirtió los oficios del protomédico y del protoalbéitar en meros recaudadores de unos ingresos notables que, según se desprende de la documentación consultada, no era necesario justificar ante otras instancias de gobierno 33. Hasta mediados del siglo XVIII, las actividades de los protoalbéitares Diego Álvarez, padre e hijo -el cargo aparece por vez primera como hereditario-se vieron obstaculizadas por los pleitos entablados por los gremios de herreros y albéitares de determinadas poblaciones catalanas, a partir de la defensa de unas ordinaciones gremiales confirmadas por las propias autoridades. La ausencia de un marco jurídico estable que apoyase la actividad del protoalbéitar motivó la expedición continuada de despachos dirigidos tanto a ----33 Sobre la concesión del oficio de protoalbéitar a Diego Álvarez, véase: ACA, RA, Consultas, reg. 124, 72r-73r, Barcelona, 17/9/1717, donde la Audiencia informa de manera positiva los méritos militares de Álvarez. Cabe apuntar que los datos del informe de la Real Audiencia sobre el oficio del protoalbéitar en Cataluña han sido confundidos por algunos autores, ya que su redacción se ejecutó a partir de la solicitud presentada por Pedro Capdevila para optar a tal cargo. las autoridades locales conminando a prestar asistencia al protoalbéitar como a los herreros y albéitares de todos los corregimientos del Principado, a excepción del de Barcelona, exigiendo obediencia al protoalbéitar 34. El desinterés de la autoridad en el control de las funciones del protoalbéitar también se puede observar en la regulación de la fiscalidad que se debía aplicar sobre los albéitares y herreros en concepto de visitas de inspección y de expedición de títulos. En los primeros intentos de realizar visitas anuales, entre los años 1720 y 1729, la Real Audiencia ordenó la tasa de 1 libra y 8 sueldos para cada albéitar y herrero visitado o inspeccionado. A partir de diciembre de 1729, el Consejo de Castilla impuso las visitas por cuatrienios y el cobro de 2 libras y 16 sueldos por cada albéitar y herrero visitado. La mayor parte de los datos fiscales que aparecen en la documentación están relacionados con la intervención que la Real Audiencia hizo en la visita del protoalbéitar a los corregimientos de Girona, Mataró, Tarragona y Vilafranca, a partir de 1749. Esta visita no la hizo directamente el protoalbéitar, sino que la realizó mediante delegación en otros albéitares. No deja de ser significativo que estas evidencias se manifiesten en la documentación de la Real Audiencia, no tanto por un interés de aquella administración en controlar la actividad y la recaudación del protoalbéitar como por el incumplimiento de éste -en esta ocasión, Diego Álvarez hijo-de las obligaciones testamentarias que tenía hacia su madre y sus hermanas 35. Hallamos gremios de albéitares, herreros y otros trabajadores del metal en Barcelona, Mataró, Tarragona, Tortosa, Valls, Vic, Igualada, Lleida y Vilafranca del Penedès. Sobre la conflictividad entre el protoalbéitar y los gremios valencianos, véase: DUALDE (1997), p. El protoalbéitar Diego Álvarez consiguió la aprobación para traspasar el cargo a su hijo Diego, una vez que le llegase la muerte. Mientras el hijo acabó la formación como albéitar, el control de la albeitería catalana estuvo en manos de su madre, Josefa Calderón de la Barca, quien ejercía el cargo mediante albéitares interventores en cada corregimiento. A partir de 1749, el protoalbéitar Diego Álvarez, hijo, comenzó a mostrar signos de irresponsabilidad hacia su madre y hermanas, faltando a la letra de las cláusulas testamentarias de su padre. Desde entonces, un buen conjunto de noticias aparecen en las consultas de la Real Audiencia, informando sobre las quejas de su madre, las protestas elevadas por albéitares y herreros, los fraudes y deudas del protoalbéitar y las intervenciones de otros albéitares -Pau Fargas, Jacint y Josep Oliver, Miquel Fontanet-nombrados por la autoridad para controlar el ejercicio de la Más allá de las causas de generación de esta documentación, los datos que contienen aportan nuevos elementos para el estudio. Por una parte, desde la década de 1760, se puede observar el mantenimiento de la misma tasa para las visitas, mientras que la expedición de títulos de herreros y de albéitares aumentó, oscilando entre las 9 libras y 16 sueldos/11 libras y 4 sueldos y las 19 libras y 12 sueldos /22 libras y 8 sueldos, en función de cada oficio. Ante el valor económico de estos títulos, cabe recordar la mayor presencia de herreros en las cuentas examinadas por Lleonart para el corregimiento de Mataró en los años 1760. Parece difícil generalizar esta imagen al resto de Cataluña, en buena medida a causa de la falta de estudios, pero la idea de una práctica de la albeitería bajo el título de herrero no se nos presenta como temeraria. Por otra parte, el producto total que aparece en alguna de las visitas efectuadas muestra claramente que el cargo de protoalbéitar no era sino un lucrativo negocio. En este sentido, la visita realizada a los doce corregimientos catalanes -el de Barcelona quedaba fuera de su competencia-en el cuatrienio de 1745-1748 comportó un producto total de 3.690 libras, más 400 libras de gastos creados por la propia visita. Sabemos que un tercio de las cerca de 824 libras recaudadas por el albéitar Pau Fargas en la intervención que hizo en nombre de la Real Audiencia en los cuatro corregimientos mencionados más arriba se convirtió en su salario libre de gastos, mientras que los otros dos tercios fueron a parar a las manos de la viuda Álvarez. 36 Debemos añadir que el carácter productivo del negocio del protoalbéitar resultaba demasiado eviden----albeitería en los corregimientos mencionados. Los 1.786 albéitares y herreros visitados se distribuían de la siguiente manera: 528 fueron visitados en 1783 en los corregimientos de Lleida, Tortosa, Puigcerdà, Talarn y Vall d'Aran, 392 lo fueron en 1784 en los de Manresa, Cervera y Vic, y 866 lo fueron en 1785 en los de Girona, Mataró, Tarragona y Vilafranca. te visto desde la perspectiva de la sociedad catalana coetánea. Esto se manifestó, por una parte, a partir del interés que mostraron determinados albéitares para hacerse cargo de las intervenciones ordenadas por la Real Audiencia, que como hemos visto generaron unos ingresos significativos para los albéitares-interventores. A partir del año 1763 y a causa de los numerosos fraudes cometidos y del aumento de las deudas del protoalbéitar Diego Álvarez, las autoridades añadieron el corregimiento de Lleida a los cuatro corregimientos hasta entonces visitados. Por otra parte, una vez muerto Diego Álvarez el año 1793, la particular nómina de pretendientes al cargo de protoalbéitar mostraba de nuevo la percepción que de este oficio tenía la sociedad: sólo dos de los ocho aspirantes eran albéitares. Un hecho que, a pesar de la concesión del cargo a un albéitar, se repitió en la nueva adjudicación que se hizo del oficio el año 1799, cuando fueron tres de los siete pretendientes los que defendieron su condición de albéitares37. El resultado de la actividad de los protoalbéitares e interventores que ejercieron el control de la albeitería en la Cataluña del siglo no puede ser más decepcionante. Tampoco contribuye a mejorar esta visión el análisis de la actividad científica desarrollada por aquellos individuos. Se ha señalado, tal vez en exceso, la importancia de las palabras contenidas en el despacho del título de albéitar, expedido por los protoalbéitares, sobre las futuras obligaciones del práctico: «se le manda al dicho [...] Maestro Albéitar tenga desde el día que se le da este despacho, todos los libros más precisos de Albeitería, como también el estuche completo, con todos los instrumentos precisos de su Arte». Parece necesario insistir, en función de esto, en la necesidad de ampliar nuestro conocimiento sobre este asunto a partir del estudio de inventarios postmortem de albéitares. Esta fuente, que suele incorporar las pertenencias del individuo en el momento de su muerte, nos permitiría evaluar y confirmar la realidad del mandato incluida en el título. En todo caso, la conclusión a la que ha llegado Lleonart tras analizar las firmas de los albéitares no incita grandes esperanzas sobre el carácter ilustrado de aquellos individuos. Como respaldo a la interpretación de Lleonart, no deja de ser significativo el hecho de hallar las siguientes palabras en el colofón de los títulos de albéitar y de herrero expedidos por Josep Oliver, uno de los albéitares-interventores nombrados por la Real Audiencia: «[...] por no saber escribir doy facultad a Mi-----guel Sala estudiante, para que firme en mi nombre. Por Joseph Oliver Albeytar: Miguel Sala, estudiante». Esto vendría a confirmar una realidad muy concreta: menos científica y más preocupada por la recaudación de las tasas derivadas del control del ejercicio del albéitar y el herrero 38. El escaso número de trabajos relacionados con la albeitería y publicados durante nuestro período de estudio en Cataluña vendría a corroborar la imagen que acabamos de señalar. Por una parte, disponemos de dos tarifas publicadas, una por Diego Álvarez en 1784 y otra por Pau Fargas, posterior al año 1807. La redacción de tarifas de las actividades de los albéitares y herreros era una competencia del protoalbéitar comparable a la realizada por el protomédico sobre tarifación de los precios de las drogas simples y compuestas que debían manipular los boticarios o a la realizada por el Real Colegio de Cirugía de Barcelona sobre las operaciones propias de los cirujanos. La lectura fragmentaria de las tarifas escritas por los albéitares pone de manifiesto, por un lado, la identidad de presupuestos teóricos de la albeitería con la doctrina médica galénica y, por otro, el carácter práctico y externo de la clínica y de la terapéutica de la albeitería durante el período moderno. Además de las tarifas, existe un tratado de albeitería firmado por el mismo Diego Álvarez, publicado en 1774. El tratado se centra de manera exclusiva en el arte del herrado. Escrito en el característico y práctico diálogo entre maestro y discípulo, el tratado de Álvarez no aporta nada desde el punto de vista teórico si comparamos con obras anteriores más completas, como por ejemplo la de Bartolomé Guerrero, publicada en 1686. A pesar de esto, el libro de Álvarez confirmaría la importancia que tenía el ganado de pata hendida en una coyuntura de intenso tráfico de mercancías en Cataluña. Además, una primera lectura comparada del tratado de Álvarez y del libro escrito por Salvador Montó en 1742 nos permite observar similitudes sospechosas. Si bien el tratado del protoalbéitar catalán en ningún momento llega a mostrar los detalles, la extensión y las ilustraciones que aparecen en el libro del albéitar valenciano 39. ----38 El primer comentario sobre la importancia de la letra del título mencionado lo hallamos en: SANZ EGAÑA (1955). 39 Sobre las tarifas, véanse: LLEONART, F. (1974d) «Aspectos económicos inéditos de la veterinaria española del siglo XVIII», Terapéutica Veterinaria Biohorm, 26, 232-43; LLEO-NART, F. (1974e), «Aspectos económicos inéditos de la veterinaria española del siglo XVIII», Terapéutica Veterinaria Biohorm, 27, 294-308; CUBERAS, N & CUBERAS, A. (1991), «Tarifes dels medicaments i operacions de cirurgia humana i veterinària al segle XVIII i principis del XIX», Gimbernat, XV-I, 107-17. En cuanto a la fecha de la tarifa publicada por Fargas, podemos señalar su ausencia al frente de este cargo a la vista de la cronología de todos los pro-La ausencia de un verdadero proyecto de renovación sanitaria se puede observar de nuevo en el contexto de cambios que llevó a la creación de la Real Escuela de Veterinaria de Madrid en 1793. El Real Tribunal del Protoalbeyterato de la corte intentó, sin éxito, en 1791 poner fin a la conflictividad derivada del mantenimiento y confirmación de las prerrogativas gremiales. El medio propuesto por los Alcaldes Mayores y Examinadores de aquella institución consistía en suprimir las prerrogativas gremiales y en centralizar en el tribunal de la corte todas las competencias reguladoras de la albeitería, esto es, la inspección y la expedición de títulos 40. Cabe preguntarse, a la vista de tal propuesta, sobre el carácter de la solicitud del cargo de protoalbéitar de Cataluña planteada por Segimon Malats, primer director de la escuela de veterinaria de Madrid. 41 No sabemos si esta operación podía constituir un intento de controlar las subdelegaciones del Real Tribunal del Protoalbeyterato como paso previo a la centralización y uniformización de la política reguladora de la albeitería. Si recordamos los términos de la reforma del Real Tribunal del Protomedicato y de sus subdelegaciones en la década de 1760, tal vez la operación podía constituir un intento de asegurar la entrada en las arcas del tribunal central de los ingresos procedentes de las inspecciones y las titulaciones. Aún parece más complicado dar una respuesta segura si atendemos al desinterés mostrado por las autoridades borbónicas en el establecimiento de un nuevo modelo de control y fomento de ---toalbéitares catalanes hasta el año 1807. Además, en la tarifa de Fargas aparece una mención al rey Fernando VII. Sobre el tratado de albeitería citado, he consultado el ejemplar de la Biblioteca de Cataluña: Diego Álvarez Calderón de la Barca, Tratado de herrar caballos y demas animales sugetos a la beterinaria facultad, condusibles al humano servicio, en diálogo compuesto y disputado entre maestro y discípulo, sacado de doctrinas de varios prácticos que da a luz don... Se ha señalado la existencia de un segundo ejemplar del tratado de Álvarez, fechado en 1786, y que incluye además un trabajo sobre enfermedades del ganado bovino y un edicto contra la rabia. Tan sólo he podido detectar, sin llegar a su consulta, la existencia de una copia de este segundo tratado en la Biblioteca Histórica Municipal de Madrid. La asignación de la fecha de 1786 parece estar más relacionada con el mencionado edicto contra la rabia decretado por el Conde del Asalto en 1786. Sobre este edicto y su reproducción, véase: LLEONART, F. (1991), «Aspectos históricos en el conocimiento de la rabia», Terapéutica Veterinaria Biohorm, 6, 55-59. Para otros tratados de albeitería anteriores, véase: LLEONART (1981b). Sobre el tratado de Montó, véase la nota 18. Segimon Malats», Gimbernat, XXIV-II, 237-244. la enseñanza y el ejercicio de la albeitería. Cabe recordar, además, que la creación de la escuela de veterinaria de Madrid en 1793 coincidió con la reiteración, también infructuosa, de la petición de 1791 realizada por el Real Tribunal del Protoalbeyterato. La actitud de la Real Audiencia de Cataluña ante la nueva ofensiva del Real Tribunal del Protoalbeyterato constituye una muestra más de la dificultad de creer en la existencia de un verdadero proyecto de renovación sanitaria en manos de los Borbones. La Real Audiencia apostó para que «no se haga novedad en el oficio de Protho-Albeytar de esta Provincia», basándose en el hecho de que «es indubitable que en cada Provincia son diferentes los usos, costumbres y privilegios». Esta era una manifestación más de las dificultades que supondría la extensión del tribunal castellano a los territorios de la antigua Corona de Aragón. La Real Audiencia defendió, por tanto, el mantenimiento del status quo institucional en materia de regulación y control del ejercicio de los médicos, cirujanos, boticarios y albéitares. Además, para el caso específico de los albéitares, la Audiencia no sólo afirmó que la elección de protoalbéitar en Cataluña era un nombramiento real, sino también que en materia de leyes municipales y gremiales, los reyes borbónicos habían confirmado «los Privilegios, Usos y Costumbres de Cataluña [...] en las Cortes de los años 1725, 1760 y 1789» 42. Esta compleja situación se mantuvo hasta bien entrado el siglo XIX 43. De acuerdo con lo hasta aquí referido, parece razonable concluir llamando la atención sobre dos cuestiones: por una parte, parece que las dificultades legislativas y ejecutivas que experimentó la organización de la albeitería se deberían relacionar con las ideas de necesidad y de utilidad política y económica del estado borbónico, en el contexto de la creación de la escuela de veterinaria de Madrid. Por otra, no parece comparable la política sanitaria borbónica en materia de albeitería con el interés, el esfuerzo inversor y la eficaz reforma administrativa que experimentó la cirugía en el contexto de la crea-----42 Sobre estos aspectos y sobre la declaración de la albeitería como arte liberal, véase: LLEONART, F. (1974f), «Instancia para real conocimiento de la Albeytería como profesión liberal, y para gozar de las mismas exenciones que los boticarios (1738)», Terapéutica Veterinaria Biohorm, 28, 376-83; DUALDE (1997), p. En: FRADERA, J. M. (coord.), Barcelona. Este es un hecho que ya hemos señalado en otros trabajos para los casos de los médicos y los boticarios barceloneses del siglo XVIII. 44 Volvamos de nuevo al punto de partida de este artículo: más allá de un marcado interés por la albeitería del ganado equino, desde las perspectivas de la nobleza y del ejército, convendría señalar otros aspectos que tuvieron un papel decisivo a la hora de desinteresar a las autoridades y de mantener el estado de las cosas, a pesar de las contradicciones y conflictos creados por las diferentes instituciones de la administración borbónica, entre los cuales cabe citar: la difícil situación de la ganadería española, la negativa visión de los agraristas ilustrados españoles sobre la ganadería, la decidida opción importadora de ganado, el escaso nivel científico de la albeitería en comparación con la de otros países europeos y la ausencia de una concepción agronomista y experimental de la medicina animal en los círculos médicos ilustrados. 45 El análisis de estos factores y su proyección en los estudios y la organización de la albeitería a partir de un trabajo de historia comparada constituyen otro trabajo de investigación. Una primera aproximación se puede realizar a partir de los trabajos de CRAVOT (1999), p.
Este trabajo estudia, a través de la prensa médica española, el episodio de las mesas giratorias y parlantes que tuvo lugar entre abril y julio de 1853. Se analizan sucesivamente su recepción por los médicos, las experimentaciones que llevaron a cabo y las explicaciones que le dieron. Asimismo, se consideran las repercusiones que originó esta epidemia psíquica: la atracción de la atención hacia la actividad mental inconsciente, el fomento que supuso para el magnetismo animal y el impulso que dio a la aparición del espiritismo. LA APARICIÓN Y PROPAGACIÓN DEL ESPIRITISMO El espiritismo moderno comenzó, según viene siendo admitido2, a finales de la década de 1840 en los Estados Unidos. Como señaló Ellenberger, ambas circunstancias, la temporal y la espacial, no fueron casuales. Las sectas religiosas y los movimientos espirituales eran allí numerosos y dinámicos, lo que hacía que aparecieran continuamente nuevas congregaciones, sectas o hermandades y que pastores y fieles cambiaran a menudo de creencias. Además, los nuevos descubrimientos -como fue el caso del telégrafo, presentado en 1833 por Samuel Morse (1791-1872)-excitaban la imaginación de la gente, ocasionando que toda novedad, por fantástica que fuera, pudiera ser considerada como posible y digna de ser examinada. Así las cosas, «un incidente aparentemente trivial se convirtió en el punto de partida de un epidemia psicológica de inesperada amplitud: la aparición y divulgación del espiritismo» 3. ----En diciembre de 1847, John Fox, un herrero metodista, se trasladó a Hydesville, un pequeño villorrio cerca de Rochester, en Nueva York4. En marzo del año siguiente la vida familiar se vio alterada por unos extraños sucesos -unos ruidos que parecían provenir de las paredes-que tenían a las dos hijas del matrimonio Fox como protagonistas: Margaret de 15 años y Kate de 12. A finales de mes los ruidos eran ya tan habituales que las niñas comenzaron a jugar con ellos: chasquearon los dedos y dieron palmadas y dijeron a los sonidos que respondieran, lo que estos hicieron de buena gana casi inmediatamente. La señora Fox pidió entonces que sonaran diez golpes y cuando su solicitud fue concedida requirió que los golpes señalaran la edad de sus hijas, lo que también fue contestado con exactitud. Acto seguido preguntó si era un hombre y nada sucedió, pero cuando inquirió si era un espíritu el silencio dejó paso a rápidos y sonoros golpes. Pronto acudieron los vecinos y se estableció un sencillo código que permitía respuestas de sí o no a las preguntas. Se supo así que el espíritu golpeador era el de un buhonero muerto a los treinta años y enterrado en el sótano. Ante estas revelaciones, los Fox fueron obligados por el dueño de la vivienda a abandonarla. La familia se trasladó a la casa de David, el hijo mayor, y los golpes continuaron también allí, siempre en presencia de las dos hijas. Se decidió entonces separarlas y Kate fue enviada a vivir con otra hermana, Leah, en Rochester, pero los golpes siguieron sintiéndose tanto en la casa de David como en la de Leah. Fue entonces cuando los fenómenos en torno a Kate aumentaron de rango. Empezaron a verse objetos volar por los aires, las camas eran sacudidas por la noche, los objetos cambiaban de sitio, los instrumentos musicales tocaban solos y las mesas y las sillas daban golpes con las patas, se volcaban o se movían. En Rochester, Kate trabó relación con Isaac y Amy Post, un matrimonio cuáquero conocido de los Fox. La señora Fox había empelado el alfabeto para obtener el nombre del espíritu de Hydesville -Charles Rayn-, pero esa práctica no tuvo continuidad. Y fue realmente Isaac Post el que desarrolló un método de deletrear mensajes de los espíritus consistente en recitar sucesivamente la serie de las letras del alfabeto y seleccionar las letras señaladas por un golpe (por ejemplo, para la palabra «Charles» el espíritu golpeaba sucesivamente, en el primer desfile del alfabeto, las letras C y H; en el segundo, la ----A y la R; en el tercero, la L; y en el cuarto, la E y la S). Esta forma de comunicarse acabó recibiendo el nombre de «telegrafía espiritual» por su parecido con el reciente descubrimiento de Morse. El primer mensaje que se telegrafió espiritualmente en la casa de los Post fue «We are all your dear friends and relatives». Con el traslado de la casa Fox a la casa Post se operó un giro radical en los comienzos del espiritismo que determinó su desarrollo posterior. En primer lugar, se vio que no sólo había un espíritu (con los Fox el único que se manifestó fue el de Rayn) sino varios; y además quedó abierta la posibilidad de comunicarse con familiares y seres queridos muertos, lo que inflamó enormemente la imaginación y la curiosidad de la gente y constituyó un factor esencial para la fulgurante extensión del espiritismo. En segundo lugar, las manifestaciones físicas aleatorias se convirtieron, con el uso de la telegrafía espiritual, en mensajes inteligibles. Y, en tercer lugar, las mesas se convirtieron en el principal locus de la comunicación espiritual, ya que a partir de entonces los golpes, que habían surgido previamente en paredes, suelos y mobiliario diverso, pasaron a localizarse preferentemente en las mesas de la sala de estar o del comedor de las casas. En una atmósfera propicia por la importante presencia del mesmerismo, de la frenología, del misticismo y de las utopías sociales y por la ausencia de una ortodoxia religiosa, las noticias de los «Rochester rappings» se difundieron velozmente y en muy pocos años el espiritismo se propagó por los Estados Unidos 5. Con su expansión, las hermanas Fox, convertidas en celebridades 6, fueron reemplazadas por otros médiums más completos. Estos especialistas desarrollaron nuevas formas de comunicación con los muertos, entre ellos la escritura automática y el uso de sus propias voces. Pero, con todo, el rasgo más característico de esta primera etapa del espiritismo fue su uso como «experiencia familiar privada» 7. Los espíritus no necesitaron en la mayor parte de los casos de médiums profesionales ni de escenarios especiales para trabar contacto con los vivos. Podían hacerlo en los hogares co-----5 OPPENHEIM (1985), p. 11 6 La fama de las hermanas Fox fue enorme, aun a pesar de que desde el principio hubo una considerable controversia en torno a ellas. Algunos investigadores afirmaron que los ruidos los producían las propias jóvenes haciendo crujir sus articulaciones. En una dramática palinodia en 1888 las Fox así lo reconocieron. Los detractores del espiritismo tomaron esta confesión como el punto final de la cuestión, pero sus seguidores argumentaron que las hermanas se habían convertido entonces en alcohólicas, se encontraban en la miseria y fueron sobornadas para confesar el fraude. munes y corrientes y a través de personas del círculo familiar. El espiritismo fue así en sus comienzos un movimiento muy popular, lo cual determinó sus múltiples ramificaciones posteriores. LAS MESAS GIRATORIAS INVADEN EUROPA Un fenómeno tan sorprendente como el del espiritismo apenas tardó cinco años en sobrepasar las fronteras estadounidenses y llegar a Europa. Y la forma de hacerlo fue a través de una manifestación física muy concreta: las mesas giratorias8. El Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia dio la siguiente descripción inicial de éste fenómeno: «Trátase de hacer girar y moverse en diversos sentidos una mesa, un sombrero o cualquier otro objeto de gran peso, sin más que colocarse alrededor de él tres o más personas, apoyando ligeramente en su superficie las manos, extendidas y distantes entre sí una o más pulgadas, teniendo cuidado de no tocarse mutuamente por ninguna parte del cuerpo sino por los dedos pequeños de las manos que deben cruzarse uniformemente el de la derecha de uno sobre el de la izquierda del inmediato o viceversa. Así queda formada la cadena magnética en virtud de la cual, al cabo de cierto tiempo, que varía desde algunos minutos hasta una hora u hora y media, el objeto que sirve para el experimento empieza a oscilar primeramente y a girar después con una velocidad que se aumenta por instantes, arrastrando en su movimiento a las personas que forman la cadena»9. Todo comenzó a principios de abril de 1853 cuando los periódicos alemanes dieron cuenta de una serie de extraños acontecimientos que guardaban relación con veladores y mesas de cuarto de estar. Según estos artículos, el desencadenante había sido el envío por parte de un comerciante de Nueva York a su hermano residente en Bremen de unas instrucciones para reproducir las manifestaciones físicas que eran ya tan comunes en América. El hermano las puso a su vez en conocimiento de un tal Dr. Andrée y ambos determinaron poner en práctica el experimento, «consiguiendo a las primeras tentativas hacer girar una mesa de caoba del peso de sesenta libras por medio de una cadena formada por ocho personas, de las cua-----les tres eran hombres y cinco mujeres de la edad de 16 a 40 años. El movimiento de rotación de la mesa llegó a hacerse tan rápido que apenas podían seguirle las personas que formaban la cadena, hasta que tocándose entre sí con los brazos o con la ropa la mesa quedó inmóvil, no sin volver a tomar su primitivo movimiento tan luego como volvieron a aislarse entre sí los primitivos operadores» 10. Este acontecimiento se reflejó en la Augsburg Gazette del 18 de abril de 1853 11, fue reproducido casi inmediatamente en otros periódicos alemanes y franceses y, a partir de ahí, la moda de las mesas giratorias se extendió por Europa occidental con una rapidez sorprendente 12. No hubo apenas en estos días otro tema de conversación en todo el continente. Tanto en los salones de la aristocracia y de las clases acomodadas como en los hogares más humildes la gente formó corros, cruzó sus meñiques entre sí y se dispuso alegremente a mover mesas. Un poco más tarde, además, las mesas no sólo giraron sino que crujieron, bailaron, levitaron y también empezaron a mandar mensajes por medio de golpes 13. La forma más común de transmitir mensajes consistía en el golpeo de una de las patas de la mesa sobre el suelo. Por lo demás, el mensaje podía descifrarse de variadas formas 14: bien la mesa daba golpes como si recorriera el alfabeto hasta pararse en la letra elegida o bien era uno de los participantes el que recitaba el alfabeto y la mesa se levantaba y golpeaba con una pata al sonar la letra adecuada (el método de Post). Fue mediante la búsqueda para ----10 Ídem. 11 GURIÉRREZ DE LA VEGA, J. (1853a), «Las ciencias a tiro de beso: de cómo el magnetismo, la electricidad y otras cosas como estas han venido a sustituir a los juegos de prendas en sociedad, y del furor que tal entretenimiento está haciendo en los círculos de esta coronada villa», El Heraldo Médico, 19 de mayo de 1853, 113-115;p. 237;y también en CRABTREE (1988) 13 No es extraño así que el fenómeno recibiera así multitud de nombres: «mesas giratorias, «mesas movientes», «mesas danzantes, «baile de las mesas», «mesas golpeadoras», «mesas parlantes» y «repique de los espíritus». Lo mismo sucedió en todos los países europeos. «En francés: «tables tournantes», «tables parlantes», «tables répondantes» y «la danse des tables». hacer la comunicación con los espíritus más sencilla y rápida como se llegó a inventar lo que se llamo primero «psicógrafo» y «planchette» y más adelante «ouija». El primero en patentar uno de estos psicógrafos, consistente en un alfabeto pintado en un tablero sobre el que se hacía mover un puntero hasta que se oía el golpe de la pata al señalar una determinada letra, fue Adolphus Theodore Wagner, en Londres, en enero de 1854. Posteriormente los tableros parlantes se independizarían de la mesa, siendo el propio puntero, sobre el que se colaban los dedos de los participantes, el que se dirigía a las letras determinadas. Pero se siguió pensando que el movimiento del puntero se producía por las mismas fuerzas que hacían moverse a la mesa15. LAS MESAS GIRATORIAS LLEGAN A ESPAÑA Las primeras nuevas sobre las mesas giratorias llegaron a España en los días finales de abril y primeros de mayo; y con ellas, claro es, también se realizaron los primeros ensayos. Pero estos se multiplicaron repentinamente a raíz del artículo aparecido en La España en su edición del 10 de mayo16. Tal y como había pasado días antes en Alemania y Francia, la imaginación de las gentes se inflamó en masa a partir de entonces y los experimentos giratorios comenzaron a hacerse por doquier. No es por ello extraño que las primeras menciones del fenómeno aparecieran ya en la prensa médica española a partir del 15 de mayo. En un primer momento, las noticias de los periódicos médicos se limitaron, con un cierto atropello, a reflejar los artículos aparecidos en la prensa política y de opinión, tanto extranjera como nacional. En relación con la foránea, de la cual la francesa fue con mucho la mayoritaria, remarcaron tres aspectos: 1) el carácter febril con que la población había acogido las experiencias magnético-giratorias con las mesas y otros útiles, así como lo exitoso de las mismas 17; 2) las sorprendentes facultades de las mesas, más allá de los ----simples giros, que abarcaban desde sus aptitudes para el baile 18 hasta sus capacidades adivinatorias, primero con cosas sencillas 19 y luego con objetivos más complejos, en donde se empleaba ya el método alfabético de Post 20; y 3) algunos episodios maravillosos que parecían superar toda capacidad de credibilidad, como fue el aparecido en el Durquerqueoise 21. De la prensa española se hizo hincapié, a su vez, en tres puntos: 1) La rapidez en la propagación de los experimentos y en la amplia extensión social de los mismos, que abarcó desde los hogares, los cafés, las tertulias, los ateneos o los casinos hasta la mismísima Casa Real. Isabel II y la familia real no pudieron resistirse, una vez que hubieron llegado a su residencia de Aranjuez las sorprendentes novedades, a ponerlas también en práctica de primera mano: «Habiéndose hecho con tanta felicidad, en la noche del 8 [de mayo], por una familia residente hoy en Aranjuez, los experimentos magnéticos (...) S. M. la reina Isabel, que supo a los pocos momentos su buen éxito, quiso presenciar su repetición al día siguiente 9. En ese día por la mañana ya las mismas personas del 8 habían descubierto la aplicación feliz a otros muchos objetos además de las mesas y principalmente al cuerpo humano. Para presenciar todo esto, S. M. la reina Isabel, S. M. el Rey y S. A. R. la Serenísima Sra. Princesa de Asturias, con sus respectivas servidumbres, fueron a las 5 de la tarde a la casa de recreo, llamada del Labrador, adonde concurrió también, por invitación de su augusta hija, S. M. la Reina Madre, acompañada de sus dos hijas mayores y del Dr. Rubio. Por altos miramientos y precaución prudentísima no tomaron parte alguna, ni la más mínima, en estos experimentos, ni S. M. la reina Isabel, ni el ama de cría de la augusta Princesa. Todo se hizo por los demás circunstantes, teniendo S. M. la dignación de ----18 «Una de las personas presentes se sentó al piano y ejecutó una polca o un wals: se dijo a la mesa que bailara y el mueble se puso a oscilar sin que los pies dejaran de tocar el suelo, por efecto de una ligera falta de equilibrio, pero con perfecto compás. Sus movimientos eran más pausados o más acelerados según la viveza del aire o de la pieza que se tocaba». 19 «Se mandó a la mesa que indicara la edad de dos jóvenes que se encontraban en el número de los operadores (...); el mueble contestó levantando los pies del lado de la persona indicada y dando un número de golpes igual al de los años (...); se le ordenó indicara el nombre de una persona golpeando cuando lo oyera y, habiéndose pronunciado muchos, la mesa permaneció quieta hasta que oyó el verdadero». 21 «Un buque tenía que virar de bordo en nuestro puerto, es decir, que hacer una evolución sobre sí mismo. En vez de emplear los métodos ordinarios, la tripulación se contentó con colocarse en círculo y aplicó sus manos sobre el puente, teniendo cuidado de formar la cadena magnética por la superposición del dedo pequeño y del pulgar; después de algunos minutos de espera se vio al buque obrar como por encanto la media vuelta deseada». 113. llamar a su presencia a los caballerizos de campo y oficiales de las escoltas para que viesen lo que nunca habían visto o experimentasen en sí mismos los efectos de la cadena magnética que sobre ellos hacían sus compañeros. La marcha de progresión en ambos rumbos, como el girar de las mesas, como la aplicación de la cadena al cuerpo humano y, en suma, cuantas tentativas se hicieron tuvieron el éxito más completo. MM. se retiraron a su real palacio agradablemente sorprendidos ya bien entrada la noche» 22. 2) Los relatos de experimentos llevados a cabo por personas prestigiosas. Uno de los más detallados y precisos de esta primera hornada, en el que se hacen girar primero mesas y sombreros y luego personas, es el siguiente, al que, dada su considerable extensión, se cita a continuación de forma resumida: Y 3) las primeras conclusiones a que se llegó en una primera reflexión sobre esta primera avalancha de experimentos. Entre ellas estaban: que la cadena magnética no sólo era aplicable a las mesas, sino también prácticamente a cualquier cosa, incluidas cajas, sombreros, fuentes y platos, jofainas con o sin agua, quinqués con aceite y encendidos o libros encuadernados en papel, tela o pasta, entre otros muchos objetos; que la cadena aplicada al ser humano producía el mismo movimiento giratorio que sobre las mesas; que las cadenas formadas con el meñique derecho sobre el izquierdo del vecino (las llamadas cadenas magnéticas de primera especie) producían movimientos circulares de izquierda a derecha y que las formadas con el meñique izquierdo sobre el derecho del otro (o cadenas magnéticas de segunda especie) ocasionaban giros de derecha a izquierda; que las cadenas parecían tener más fuerza cuanto mayor era el número de las personas que la formaban; que la edad juvenil de los partícipes en las cadenas parecía favorecer la producción de los fenómenos; que los sujetos sanguíneos y los nerviosos parecían ser los constitucionalmente más aptos para las cadenas; y que los que practicaban este ejercicio por primera vez eran poco aptos para la producción de los fenómenos y que los ya ejercitados lo estaban mucho más24. Pasados los primeros momentos de escepticismo o hilaridad, la creencia en la bondad del fenómeno en sus variadas formas fue, si se hace caso a estos testimonios de la época, prácticamente generalizada. Sólo en contadas ocasiones se relatan casos fallidos en estos primeros embates y apenas se detectan en las narraciones signos o intentos de fraude25. LOS MÉDICOS SE ASOMBRAN Y ESTUDIAN De esta manera, los periódicos médicos extractaron primero las informaciones aparecidas en la presa política nacional y extranjera, reflejando, con un asombro no exento de entusiasmo, la avalancha de ensayos realizados por el vulgo aquellos primeros días de mayo de 1853 sobre el «estrofesomatismo» 26. ----Y el asombro no tardó en generar a continuación un impulso para estudiar la cuestión de una forma más elevada. Para lo cual empezaron recurriendo a los dictámenes y teorías publicados en las publicaciones médicas extranjeras, con las francesas a la cabeza. No había acabado, así, el mes de mayo cuando aparecieron en los periódicos médicos las referencias a la atención que se prestaba en las instituciones médicas francesas a los nuevos fenómenos 27 y, sobre todo, los primeros relatos amplios sobre las experiencias llevadas a cabo por médicos con las mesas giratorias. Dos de los más favorables fueron publicados originariamente en el Moniteur des Hôpitaux de París. En el primero de ellos, Raciborski, antiguo jefe de clínica de la Facultad, laureado del Instituto y de la Academia Imperial de Medicina, según reza al final de su comunicación, hacía público el 2 de mayo el siguiente cuidado experimento, efectuado en compañía de otras cinco personas: cesando sólo en el momento en que los actores deshicieron la cadena, levantando los dedos de encima de la mesa»28. El segundo experimento, enviado al Moniteur des Hôpitaux con fecha 4 de mayo, venía firmado por A. Hardy, a la sazón agregado a la Facultad de Medicina parisina y médico del Hospital de San Luis, y se resistió en principio a dar resultados positivos. Lo cual parece indicar que las mesas a veces se hacían de rogar y que una cierta experiencia preparatoria y una más que aceptable paciencia favorecía la obtención de movimientos con ellas. En efecto, Hardy intentó primero, formando cadena con su mujer y una hija pequeña, hacer girar una pesada mesa de madera, sin que sus deseos se vieran realizados. Lo ensayó a continuación con las mismas personas pero tomando un sombrero como objeto y esta vez los resultados fueron satisfactorios, pues el sombrero efectuó varios círculos más o menos grandes. Ya por la noche, en casa de unos amigos, Hardy repitió los giros de sombreros con cadenas más nutridas y, alentado por los fructuosos efectos de sus esfuerzos, experimentó de nuevo con una mesa, esta vez con éxito: «A tal efecto elegimos una cuadrada, de caoba, de cuatro pies y ruedas, llamada mesa de té. Nos colocamos seis personas alrededor de ella, tres hombres y tres mujeres. Ya habían pasado treinta minutos, y ya empezaban a cansarse testigos y actores, pedí algunos minutos de paciencia y, en el momento en que iba a suspenderse el experimento a causa del cansancio, pues iban transcurridos 36 minutos, la mesa se agitó y giró, primero lentamente y después con gran rapidez; cambiamos el orden de superposición de los dedos y el movimiento de rotación se verificó igualmente en la dirección opuesta, cesando sólo cuando se quitaron de la mesa las manos»29. Las referencias positivas sobre las mesas giratorias de los médicos franceses fueron, como puede verse en estos dos casos, bastante moderadas, pues sólo consideraban los movimientos giratorios y no mencionaban los fenómenos más extraordinarios, como las danzas de las mesas o la telegrafía psíquica por medio de los golpes de las patas. Pero, además de las favorables, la prensa médica española también recogió experiencias escépticas de los medios médicos franceses. Una de ellas fue la firmada por H. de Castelnau, aparecida originariamente en la Gazette Médicale de Estrasburgo, en donde se afirmaba que: ----«...He hecho, pues, experimentos en las condiciones más favorables en apariencia; en uno de ellos he permanecido con tres personas benévolas por espacio de sesenta y cinco minutos en torno de un ligero velador de ruedas, de caoba, puestos sobre una tarima, y os confieso ingenuamente que ni yo ni mis compañeros de experimento hemos visto ni sentido nada» 30 Por otro lado, aunque algunos médicos proclives a las mesas giratorias, como era el caso de Raciborsky y Hardy, sostenían, a modo de explicación del fenómeno, la existencia de algún tipo de fuerza interna del organismo con efecto no sólo en él sino también fuera de él y, por tanto, sobre los objetos situados en contacto con él o a su alrededor 31, la mayor parte de los médicos propicios a estos movimientos optaron por explicaciones más naturalistas, achacándolos a algún tipo de impulso involuntario que pasaba desapercibido y que los experimentadores comunicaban a pesar suyo al objeto de experimento. El predominio de esta última interpretación se debió a un informe emitido por la Académie des Sciences de París sobre la naturaleza de las mesas giratorias en el que se negó, no la rotación, considerada como un hecho real, sino su atribución a los fluidos eléctricos, al magnetismo o a la voluntad 32. El informe estuvo inspirado principalmente por el químico Michel Eugène Chevreul (1786-1889) y su gestación nos la dejó escrita el propio Chevreul en su libro escrito a raíz del informe académico 33. El 21 de marzo de 1853 la Academia de las Ciencias nombró una comisión, formada por tres miembros: Chrevreul, el químico Jean Baptiste Boussingault (1802-1887) y el físico Jacques Babinet (1794-1872), para examinar una memoria de un tal Riondet titulada «Sur la baguette divinatoire employée à la recherche des eaux souterraines». Como Chevreul había escrito en 1833 un pequeño trabajo sobre las causas del ----30 Ibídem, p. 31 «En vista de un hecho de tal naturaleza, nos vemos obligados a admitir en el hombreafirmaba Raciborski-la existencia de una fuerza, de un poder dinámico, que nace del mismo organismo, y cuya influencia puede ejercerse sobre los objetos que le rodean, y recíprocamente. La naturaleza de esa fuerza nos es desconocida; pero el negarla, sería negar la evidencia». 33 CHEVREUL, M. E. ( 1854), De la baguette divinatoire, du pendule dit explorateur et des tables tournantes, au point de vue de l'histoire, de la critique et de la méthode expérimentale, Paris, Mallet-Bachelier, pp. 1-2 [Existe una reciente traducción española: CHEVREUL, M. E. (1982), De la varilla adivinatoria, del llamado péndulo explorador y de las mesas giratorias desde el punto de vista de la historia, de la crítica y del método experimental, Barcelona, Humanitas]. movimiento de la varilla adivinatoria y del péndulo 34, sus dos colegas encargaron a Chrevreul la redacción del informe. El mes siguiente comenzó la fiebre de las mesas giratorias y le fue remitida a la Academia para su examen una carta firmada por un tal Kaeppelin sobre esta cuestión y titulada «Influence de l 'action vitale et même de la volonté sur la matiére inerte». Dado la similitud que parecía tener el movimiento de las mesas con el de la varilla y el del péndulo, Chrevreul fue de nuevo el encargado de este informe 35. Chevreul en su carta a André Marie Ampère (1775-1836) había interpretado el movimiento de la varilla adivinatoria y del péndulo como fruto de dos cosas: de «movimientos musculares insensibles» o involuntarios, primero, y de una cierta «disposición o tendencia al movimiento», después: «Cuando sostenía el péndulo en la mano, un movimiento muscular de mi brazo, aunque insensible para mí, hizo salir al péndulo del estado de reposo y, una vez iniciadas, las oscilaciones fueron rápidamente incrementadas por la influencia que la vista ejerció para situarme en ese estado especial de disposición o tendencia al movimiento. Ahora es preciso admitir muy claramente que el movimiento muscular, aun cuando esté acrecentado por esta misma disposición, es, no obstante, lo bastante débil para detenerse, no ya bajo el imperio de la voluntad sino cuando se tiene simplemente la intención de probar si tal o cual efecto lo detendrá. Hay pues una estrecha e íntima conexión establecida entre la ejecución de ciertos movimientos y el acto del pensamiento en relación en relación con los mismos, aunque este pensamiento no sea todavía de ninguna manera la voluntad que gobierna a los órganos musculares. En eso consiste el que los fenómenos que acabo de describir me parezcan de algún interés para la psicología e incluso para la historia de las ciencias; prueban cuán fácilmente se pueden tomar las ilusiones por realidades» 36. 35 De hecho, la prensa política y médica francesa mencionó la carta de Chevreul a Ampère como muy aplicable para la explicación de los fenómenos de movimientos circulares acaecidos en esos momentos con las mesas. La prensa médica española también se hizo eco de esta aplicación y recogió amplios extractos de la carta: GUTIÉRREZ DE LA VEGA (1853b), p. La prensa francesa recogió las discusiones de la Academia motivadas por las mesas giratorias. Extractos de las mismas se plasmaron también en la prensa médica española: M. D. (1853a), p. Y de forma idéntica interpretó en 1853, apoyándose en las experiencias de Michael Faraday (1791-1867) 37, los movimientos giratorios de las mesas: como resultado de ese estado particular denominado disposición o tendencia al movimiento que llevaba a aumentar y a continuar un movimiento empezado por contracciones musculares involuntarias 38. De esta manera, cuando un cierto número de personas se hallaba alrededor de una mesa con sus manos situadas encima, trascurrido cierto tiempo, cundía el cansancio y alguno de ellos hacía un movimiento involuntario, primero vago y luego de forma más determinada, en dirección lateral a la mesa. Por la tendencia al movimiento, ese sujeto continuaba el movimiento lateral. Y, por la misma tendencia al movimiento, los demás partícipes efectuaban acto seguido, por imitación, ese mismo movimiento lateral. Principiaba así la ronda, lenta al principio, y luego cada vez más veloz, que sólo se detenía cuando los participantes levantaban las manos del objeto girante. Chevreul interpretó del mismo modo los movimientos de las mesas golpeadoras o parlantes: por el desencadenamiento de movimientos involuntarios en alguno de los partícipantes, que hacen que éste de golpes en uno de los pies de la mesa: «Así (...) concibo el cómo y el porqué una pregunta dirigida a una mesa despierta en la persona que actúa sobre la misma, sin que se de cuenta, un pensamiento cuya consecuencia es el movimiento muscular capaz de hacer golpear uno de los pies de la mesa, conforme el sentido de la respuesta que parece más verosímil a esa persona» 39. Pero sólo en parte, pues no intentó explicar otras «manifestaciones espirituales» de las mesas por considerar que se hallaban fuera de su campo científico 40. Faraday ideó una serie de pruebas de control que probaron que la acción que había puesto en movimiento las mesas procedía de las manos. La más conocida fue la colocación de unas láminas de cartón, pegadas ligeramente con masilla entre sí, debajo de las manos de los partícipes. Cuando el movimiento de la mesa se hubo efectuado, Faraday comprobó que había habido un desplazamiento mayor en el cartón superior que en el inferior, de forma que la mesa se había movido después de los cartones y estos después de las manos. Faraday dio a conocer sus experimentos, primero en una carta al Times de Londres, publicada el 30 de junio de 1853, y luego, más detalladamente, en el Athenaeun, en el número del 2 de julio de 1853. 244;y BLACKMORE (1994) Pues bien, como se decía más arriba, fue esta interpretación de Chevreul y, por ende, de la Academia de Ciencias parisina, la seguida principalmente por los médicos franceses que obtuvieron resultados positivos en sus investigaciones con las mesas giratorias, aunque casi siempre aportaban pequeñas variaciones al sistema de fuerzas dual de Chevreul. Esta circunstancia se deja ver también en los trabajos que la prensa médica española recogió de sus colegas franceses. Así, en uno firmado por L. Corvisart el 6 de mayo y aparecido primeramente en el Moniteur des Hôpitaux, se modificaban ligeramente los movimientos insensibles de Chrevreul por «temblores vibratorios rápidos» o temblores continuos de cada una de las fibras microscópicas musculares 41, siendo estos temblores los que desencadenaban la tendencia al movimiento. Y en otro, firmado por Piégu el 13 de mayo y aparecido originariamente en la Union Médicale parisina, la disposición al movimiento se desataba por tres tipos de fuerzas: las contracciones musculares involuntarias de Chevreul; las contracciones musculares involuntarias que resultan fruto específico del cansancio muscular originado por una tensión prolongada; y los movimientos oscilatorios determinados por la fuerza aórtica del corazón y que pertenecen a la dinámica vascular 42. Así, pues, en este contexto de entusiasmo popular por las mesas giratorias y parlantes, atemperado por las consideraciones más moderadas procedentes de la medina francesa, de las cuales se hicieron incluso balances provisionales 43, los médicos españoles comenzaron a experimentar por sí mismos, inten----las personas, la conducta a observar o el partido a tomar en una circunstancia dada, el régimen más favorable a un enfermo; que se les consulte sobre las ciencias, las artes, la política, la economía de las sociedades y la teología, todo eso son cosas fuera de nuestro dominio que debo abstenerme de discutir». 43 «Cuando la discusión se halle más avanzada y se aclare un poco la confusión que las primeras impresiones han causado, procuraremos hacer un extracto de todo cuanto se haya dicho, limitándonos a decir hoy por lo que respecta a la prensa médica francesa: que once de sus periódicos son los que hasta ahora hemos visto que se ocupen del nuevo fenómeno; que, de los once, cinco creen firmemente en la realidad y novedad de él; cuatro dudan, no de la realidad del hecho, sino de su novedad e importancia científica; y dos, en fin, lejos de creer en la existencia del fenómeno, tratan de charlatanes a los que lo intentan realizar, y de ilusos a los tando pasar así la cuestión, como se decía en los artículos que fueron publicando, del «dominio público al terreno de la ciencia» y se dispusieron a «precisar los hechos, a apreciar su importancia, a estudiar sus diversas fases y condiciones y hasta a procurar explicarlos con más o menos acierto» 44. Y no fueron pocos los que así obraron, pues, según las palabras que encabezaban uno de los artículos publicados por entonces, «este nuevo y sorprendente fenómeno, después de haber preocupado por algunos días la atención del público, ha venido a ser objeto del estudio y sabias elucubraciones de la ciencia; por manera que apenas hay un periódico de medicina y demás ciencias naturales que no se ocupe de él con más o menos extensión» 45. Los experimentos médicos se centraron fundamentalmente en las rotaciones y dejaron muy en segundo plano los aspectos parlantes de las mesas. Tendieron a seguir, además, un patrón ideal: daban de entrada el nombre y actividad de los partícipes a modo de garantía y a continuación procuraban abarcar tres tipos de experiencias: primero con mesas; luego con otros objetos, especialmente sombreros; y por último con personas. Un buen ejemplo de esta sistemática lo ofrece el realizado por Francisco Castellví y Pallarés en Tortosa, del que da cuenta en una carta enviada a El Heraldo Médico el 8 de junio, y que tiene además la peculiaridad de describir los efectos de la cadena magnética sobre la persona por experiencia propia, ya que fue él mismo el que actuó como objeto de los giros. Constata Castellví en primer término, por tanto, los participantes en el evento más destacados: un canónigo, un teniente coronel y un colega del narrador y, acto seguido, relata los tres momentos experimentales: «1o Formando cadena sobre una pequeña mesa redonda de caoba, sostenida en su centro por un solo pie, no pudimos hacerla girar, sin embargo de haber permanecido más de veinte minutos las siete personas que formábamos la cadena; sólo hizo un movimiento de izquierda a derecha casi imperceptible. Teníamos motivo para dudar de la influencia de cierta persona de las experimentadoras; y, en efecto, tan pronto como ella se separó, no se hicieron esperar los movimientos ondulatorios y luego giratorios de izquierda a derecha (...) «2o Hicimos entre tres hombres cadena sobre un sombrero colocado en dicha mesa, y a los tres minutos principió a girar también de izquierda a derecha, tomando a las pocas vueltas tal velocidad, que casi no podíamos seguirlo. Cambiamos la ---- cadena, y al momento paró el sombrero como un minuto, girando después en dirección opuesta (...) «3o (...) Formaron al punto cadena a la altura de mi pecho (...) Yo me propuse firmemente no dar vueltas y resistir cuanto me fuera posible. Sin embargo, a los tres minutos, sentí en lo interior de vientre y pecho como la presencia de un eje vertical alrededor del cual se me soplaba ligera y agradablemente de izquierda a derecha; luego experimenté una sensación de ligereza en todo mi cuerpo, y un bien percibido movimiento en la dicha dirección, que no pude contener con todos mis esfuerzos; entonces exclamaron a una voz mis cuatro experimentadores:'Ya se mueve V.' Efectivamente, no hubo más remedio que permitir a las piernas, ya torcidas por mi resistencia, que siguiesen las vueltas del tronco. No sé cuántas di; pero es lo cierto que por momentos me sentía arrastrar con más velocidad. Cambian la cadena, me paro menos de un minuto, y luego, experimentando las mismas sensaciones, principio a girar en dirección opuesta...»46. Los experimentadores médicos idearon también procedimientos y aparatos para que los giros se produjeran con mayor facilidad y brevedad, dado que lo habitual era que estos fenómenos tardaran muchos minutos y aun horas en producirse, dando lugar al incremento de la incredulidad en todos aquellos que carecían de la necesaria perseverancia. Uno de los procedimientos -que debió de ser todo un espectáculo digno de contemplación-fue el de la aplicación conjunta de la nariz y los meñiques en la cadena magnética, propuesto por José de Alarcón y Salcedo, licenciado que ejercía a la sazón en la localidad toledana de Alcabón, y del que dio noticia El Heraldo Médico: «...si quieren verse más rápidos y prontos efectos en la rotación de las mesas y de los hombres, aplíquese a ellos la nariz al mismo tiempo que los meñiques y, aunque la posición es ridícula y cansada, la prontitud del efecto compensará a todo (...) Cualquiera que sea el sitio donde la nariz se coloque entre las manos, la rotación sigue siempre la dirección marcada por la clase de cadena que los meñiques forman»47. ----En cuanto a los aparatos, uno de los que mayor popularidad pudo haber cobrado, a tenor de las referencias que hay de su uso 48, fue el de Delgrás, expuesto en el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia: Pero los médicos y farmacéuticos no se contentaron pergeñar nuevos procedimientos y aparatos para mejorar los experimentos habituales llevados a cabo con las mesas giratorias. A veces fueron más allá y algunos llegaron a establecer nuevos planteamientos, nuevas formas de experimentación, en relación con los movimientos de las mesas que hicieron entrever las posibilidades que encerraban estos fenómenos. Ejemplares a este respecto fueron los ensayos realizados por el farmacéutico del Hospital General de Tarragona José María Pelegrí, aparecidos en el Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia y que también recogió Mariano Cubí (1801-1875) en las notas del capítulo dedicado a las mesas giratorias de su libro La frenología y sus glorias 50. El método seguido por Pelegrí fue muy cauteloso. Primero fue introduciendo pequeñas modificaciones en los experimentos habituales, como los cambios de dirección del giro independientemente del tipo de cadena magnética, de primera o de segunda especie, utilizada; o el aumento de peso progresivo de la mesa objeto de estudio a fin de ver los posibles efectos sobre el giro: «Varios sujetos dotados de la impasibilidad necesaria se aproximaron a una mesa velador que gira sobre su pie, e hicieron la aplicación de las yemas de los dedos con toda delicadeza, formando entre sí la cadena, y a los pocos minutos comenzó a moverse la mesa (...) En tal estado previne que todos ellos formasen fir----- 1853), La frenología y sus glorias: lecciones de frenología, Barcelona, Imprenta Hispana, pp. 1003-1006. me y sostenida voluntad de que cambiase la dirección del movimiento y la mesa seguía por cortos momentos en su movimiento primitivo, hasta que, vencida por la inercia, se para un poco la mesa y comienza sin notable dilación el movimiento giratorio inverso con mucha más fuerza que el que tenía antes. Repetimos varias veces el experimento, con la circunstancia de hacer subir sobre el velador un niño de 10 años, y no por eso dejó de girar del mismo modo; luego subieron personas de más peso, hasta las hubo de más de nueve arrobas, sin que ese enorme peso fuese obstáculo al movimiento giratorio del velador, que lo verificaba a derecha o a izquierda, según era la voluntad de los operantes. El experimento se ha repetido muchas veces en diferentes días y por distintas personas, dando siempre igual resultado, sea que se formase la cadena de 1a o de 2a especie, o que se colocasen los dedos meñiques caprichosamente (...); de suerte que el movimiento giratorio de la mesa u otro objeto pende más de la uniforme voluntad de las personas que se aplican a la formación del fenómeno, que de cualquiera otra fuerza o elemento...» 51. Y, posteriormente, una vez allanado y afirmado así el terreno, realizó otros ensayos con las mesas totalmente novedosos, como es éste que viene a continuación, en el que se establece una especie de duelo magnético de voluntades: «En medio de estas operaciones, dos individuos ya prácticos en el modo de dirigir la voluntad, se colocaron en el velador uno frente de otro o diametralmente opuestos, y aplicaron las manos en el borde como cuando se formó la cadena, pero sin contacto entre sí (...); previne que formasen voluntad de que velador girase por la derecha y lo lograron sin dificultad. Visto por mí que dos individuos solamente bastaron para hacer girar la mesa según su voluntad, previne que se animasen de voluntades opuestas, queriendo el uno que la mesa girase por la derecha y otro por la izquierda, y fue el resultado la neutralización de las voluntades y, en consecuencia, la inacción de la mesa (...); me apliqué yo a la mesa proponiéndome emplear mi firme voluntad en favor de uno de los dos: a poco rato dio un crujido la mesa y muy luego se puso en movimiento por el lado apetecido por las dos voluntades (...) Estos últimos experimentos los he repetido también varias veces con diferentes personas, resultando en unas neutralización de voluntades y, en consecuencia, inmovilidad de la mesa, y en algunas otras, ya sea fuesen poco prácticas en el modo de dirigir la voluntad o que el poder de ésta fuese inferior al mío, vencí en la lucha y el velador giró por el lado que yo dirigía la voluntad» 52. Todos estos experimentos protagonizados por médicos que, primero, se limitaron a remedar los ensayos iniciales del vulgo aunque de forma más pautada y ordenada; segundo, fueron luego hechos con nuevos procedimientos y ----51 PELEGRÍ, J. Ma., «Mesas giratorias», Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, 24 de julio de 1853, p. aparatos en pro de una mayor agilidad y facilidad en su realización; y, tercero, sirvieron finalmente para introducir nuevos planteamientos y formas de abordaje originales de los fenómenos giratorios con objetos y personas, generaron una serie de conclusiones que complementaron y mejoraron aquellas que se hicieron en la prensa política y de opinión en los primeros días de la moda de las mesas. Entre estas nuevas hay que destacar las siguientes: que los movimientos podían originarse sin que los participantes formaran cadena con sus manos, siendo diversas las posturas que éstas podían tener sobre los objetos o las personas girantes; que la voluntad y el deseo de todos los concurrentes al experimento era de principal importancia para la pronta y fácil manifestación del fenómeno; que cuando entre ellos había alguno que se resistía, ya fuera por incredulidad o por ánimo deliberado en contra, la manifestación del fenómeno o no se verificaba o lo hacía con mucha dificultad; que hecho el experimento entre dos personas que tuvieran una voluntad opuesta entre sí en relación con la dirección del movimiento o bien la mesa permanecía inmóvil o bien tomaba la dirección preconizada por el individuo de voluntad más enérgica; y que no había necesidad alguna de cambiar la posición de los dedos para variar la dirección de los giros, bastando sólo la voluntad del operador, si era único, o la unánime, cuando eran más de uno 53. Como se desprende de la lectura de estas conclusiones, a diferencia de la francesa, la prensa médica española, se mostró más proclive en principio a las explicaciones «fluidistas» y poco partidaria de las «muscularistas» de Faraday, Chevreul y de la Academia de las Ciencias que consideraban el fenómeno de las mesas giratorias resultado de movimientos musculares que pasaban desapercibidos 54. Uno de los escasos secuaces entre nosotros de esta segunda forma de pensar que dejó constancia de ello en la prensa médica fue Carlos Lúcia, de la localidad castellonense de Segorbe. En una amplia carta enviada el 21 de mayo al Boletín de Medicina, Cirugía y Farmacia, Lúcia señaló primeramente ----53 Cf.: DELGRÁS (1853), p. 54 El término «muscularista» pertenece a Cubí, muy dado al empleo de neologismos. 1004. su experiencia con el sencillo aparato de Delgrás, constatando la rápida aparición de los fenómenos giratorios: «Desde luego convengo con Vds. en la realidad del hecho: la tabla redonda rueda sobre el vaso a los pocos minutos de aplicarle las yemas de los dedos»55. A continuación, pasó a analizar el fenómeno de forma concisa, pero muy meticulosa y esclarecedora: «Vds. han observado, y yo les he secundado en su observación, que ni la naturaleza del objeto, ni su figura, tienen una influencia decisiva en el éxito del experimento: rueda lo mismo una tabla redonda, que un libro, un plato, etc., con tal de que la disposición en que se coloque le permita rodar a un ligerísimo impulso. Tampoco es condición necesaria el aislamiento del objeto, ni la forma de la cadena; porque yo he visto rodar la tabla colocada sobe cualquier objeto que la permita rodar, y aplicando los dedos sin formar dicha cadena. Es igualmente indiferente que las personas que aplican los dedos estén o no en contacto entre sí (...). Estos hechos (...) no favorecen la admisión de un fluido parecido al eléctrico y magnético. Hay más: para que la rotación tenga lugar, es condición indispensable que los dedos toquen bien la tabla; no basta que estén en el contacto imperceptible que produce la transmisión de los fluidos imponderables (...); y la fuerza con la que rueda es tan pequeña que se le detiene con el más ligero obstáculo»56. Y, por último, llega a unas conclusiones muy en razón: «Todos estos hechos me hacen pensar por ahora: que el movimiento procede del impulso que involuntariamente transmiten al objeto las personas que hacen el experimento; y por eso es necesario que los dedos toquen de modo que puedan comunicar el movimiento pulsatorio. Que se acelera la rotación a beneficio de la falta de quietud que produce el cansancio y del mismo hecho de rodar las personas para seguir a la mesa; las cuales, a su pesar, han de comunicar algún impulso, al andar, al cuerpo con que están en contacto. Por último, que no es absolutamente necesario, para la producción de los hechos reconocidos, la influencia del fluido magnético que se pretende con ellos demostrar, toda vez que pueden ser un efecto complejo de las causas indicadas» 57. Si Lúcia negaba la causa fluidica por el análisis de la calidad del movimiento rotatorio, otros autores, como fue el caso de Manuel Aguirre e Iriepar, licenciado del pueblo madrileño de Barajas, en carta fechada el 22 de junio, suscribieron también las teorías de Chevreul basándose en la incomunicabilidad de los fluidos, cualquiera que fuese su índole, de nuestro organismo a los cuerpos inorgánicos: ----«hallándose explicados estos fenómenos por la acción o ejercicio de nuestros órganos, seria innecesario (...) quererlo atribuir a la influencia de éste u otro fluido, porque, si fuera el eléctrico, el galvánico o el magnético su verdadero agente, sería necesario empezar por admitir que en nuestra economía existe la facultad de engendrarlos y comunicarlos a nuestro arbitrio, lo que no me parece muy conforme a la razón (...) Pues, si ninguno es de estos, ¿lo será el nervioso? De un modo (...) directo no; porque el fluido nérveo no puede (...) transmitirse a los cuerpos inorgánicos; pertenece exclusivamente a los organizados mientras les dura la vida; además que éste sólo ha podido ser admitido hipotéticamente, comparándole con el galvánico, para explicar los resultados de la acción nerviosa...» 58. Con todo, a pesar del aparente tino de estos argumentos, la opinión mayoritaria de los médicos patrios se inclinó en esos meses de euforia hacia el fluidismo. Para lo cual tampoco faltaron argumentos. En contra de los propuestos por Lúcia se adujo: que los giros no sólo se producían con objetos livianos, como los que él había estudiado, sino también con cuerpos voluminosos y de mucho peso; que, en ocasiones, las mesas se levantaban completamente del suelo con el solo contacto de las puntas de los dedos sobre su superficie; y que además, y sobre todo, el experimentador relataba siempre una sensación inconfundible que no dejaba dudas de la fuerza del fenómeno (imposible de alcanzar por meras contracciones musculares esporádicas) y que se ponía de manifiesto en la velocidad que a veces acababan adquiriendo las rotaciones 59. Y para rebatir lo sostenido por Aguirre se recurrió a diversas variantes de la llamada «teoría de la emanación», muy extendida entre los afines al magnetismo animal, según la cual el fluido magnético o nervioso elaborado por el organismo podría emanar fuera del propio sujeto por intermedio de su voluntad, produciendo así efectos en otras personas o cosas. Siguiendo esta dirección, Alarcón y Salcedo, en la carta enviada a El Heraldo Médico para relatar sus experiencias y elucubraciones en relación con los mesas giratorias, afirmaba que: «...algo escapa por la punta de los dedos... y bien se concibe que, si hay fluido nérveo o zoomagnético, puede y debe ser él mismo ese algo» 60. Uno de los médicos que más había contribuido a divulgar en la medicina española la teoría de la emanación en los años anteriores, y a quien Alarcón cita expresamente en su carta como referencia principal, fue Ramón Comellas. Exponiendo esta teoría en su pequeña obra sobre el magnetismo animal, Comellas sostenía que «la Dado ese sesgo fluidista mayoritariamente visible en la prensa médica al menos hasta el término de 1853, no es raro leer en ella explicaciones sumarias de los fenómenos giratorios al final de las contribuciones del estilo de las de Alarcón («...estos fenómenos son debidos a la existencia en nosotros de corrientes continuas de un fluido semejante a la electricidad o al galvanismo, que ponemos en movimiento a nuestra voluntad y que es el llamado fluido nérveo o zoomagnético» 61 ) o de las de Pelegrí («...a fuerza de voluntad se exprime (...) este fluido eléctrico animal, o magnético, como quieren otros, el que conducido por esa telegrafía nérvea de que está revestido todo nuestro cuerpo, produce los fenómenos indicados, a la manera que con la sola voluntad movemos un brazo y no el otro, una mano y no el pie» 62 ). El fluido escapaba, por tanto, del organismo, se incorporaba a otros cuerpos inorgánicos (mesas, llaves, palanganas, libros...) u orgánicos (otras personas) y ocasionaba los efectos rotatorios 63. Hacer comprobables de alguna u otra forma estas corrientes o fluidos que escapaban por los dedos entrañaba una cierta dificultad. Por eso sus partidarios acogieron con entusiasmo un curioso aparato que hizo su aparición justo ---voluntad pone en movimiento un agente o fluido particular elaborado o acumulado en nuestro cuerpo; dicho fluido, que han llamado magnético, es lanzado por dicha voluntad y va a impresionar al sistema nervioso de la persona a la que se dirige». [COMELLAS, R. ( 1846), Reseña sobre el magnetismo animal dedicada a los médicos y al público español, Madrid, P. Madoz y L. Sagasti, p. Comellas a su vez se inspiró a este respecto -y en otros muchos-en Léon Rostan (1790-1866), uno de los neurólogos más prestigiosos de la época, de quien tradujo muy posiblemente su artículo sobre magnetismo de 1825 y publicado en el Dictionnaire de médecine editado por Adelon et al. [Cf.: ROSTAN, L. (1845), Del magnetismo animal (ed. orig fr. de 1825), trad. esp. (no consta traductor), Valencia, M. de Cabrerizo]. Para la definición de la teoría de la emanación en Rostan, v. las pp. 54-56 de la ed. española. 63 Algunos autores, como Cubí, establecieron ciertas condiciones para que se produjera la incorporación de los fluidos a los objetos o personas externas: «...se desprende de nuestro cuerpo un fluido vital dominado por la voluntad, el cual se incorpora hasta en objetos inorganizados con tal de que se hallen a la vista y en contacto con los dedos del cuerpo humano». También Juan Bautista de Torres hizo consideraciones parecidas: «Esta fuerza, ¿es transmitida por la mano o por los ojos? Lo que sí sé es que deben obrar de consuno la vista, el tacto y la voluntad; que, en faltando una de las dos primeras circunstancias, deja de producirse el fenómeno, y que no antecediendo al experimento una determinada voluntad, se produce sí algún efecto, pero indeterminado». por entonces: el zoomagnetiscopio que un tal Weir había ideado en Estrasburgo 64. A pesar del nombre tan rimbombante, el zoomagnetiscopio de Weir era algo extremadamente modesto y simple: consistía en un corcho en el que se clavaba una aguja por el ojo y en la punta se colocaba una estrecha tira de papel doblada por la mitad y formando un ligero ángulo con sus extremos de tal forma que se mantuviera en equilibrio. El aparato permitía realizar el experimento siguiente: «Aproxímese una mano al aparato en la misma forma que se pondría si se quisiera preservar a una luz de la fuerza del aire. A los pocos instantes comienza a moverse el papel con más o menos rapidez, según la cantidad de fluido que posea el experimentador. Si es la mano derecha la que opera, vuelve el papel de izquierda a derecha; y, si la izquierda, gira al lado contrario. Esta operación puede repetirse alternando las manos, pero el resultado es el mismo» 65. El artilugio fue considerado por sus defensores como un aparato de sensibilidad exquisita y muy fiable que indicaba y medía la presencia de las corrientes eléctricas, galvánicas, nerviosas o magnéticas que emanaban de los dedos y además permitía ver fehacientemente sus efectos en un objeto externo al organismo 66. Por otro lado, si la teoría «muscularista» se apoyaba en las experiencias de Faraday y de Chevreul, la teoría «fluidista» o «voluntarista» también encontró fundamento «internacional», según relata Cubí, en otra serie de experimentos realizados en el Ateneo de Manchester la noche del 2 de junio de 1853, de los que se dio cuenta detallada en el diario local Examiner and Times en su número del 4 de junio. En medio de una gran concurrencia, se formaron en el Ateneo ocho cadenas alrededor de sus respectivas mesas y pasaron a efectuarse a continuación los experimentos habituales, de tal forma que pudieran contrastarse sus resultados en las distintas mesas. Al cabo de los cuales de determinó que: «...los objetos se mueven sin impulsión muscular, y sólo en virtud de un fluido eléctrico nervioso, transmitido por ellos por el contacto de los dedos y los ojos, ----64 GUTIÉRREZ DE LA VEGA (1853b), p. 66 Los experimentos más extensos y detallados con el zoonmagnetiscopio reflejados en la prensa médica se encuentran en: ALARCÓN Y SALCEDO (1853a), pp. 130-131. Menciones apreciativas del aparato y sus funciones se localizan también en: B.-A. de G. y A., J. (1853), p. 165. como conductores de ese conducido fluido, que se halla bajo el dominio de la voluntad y de las facultades parciales para su comercio activo entre sí, entre sí y el organismo, y entre el organismo y los objetos que lo rodean»67. En todo caso, las opiniones no estuvieron en todos los autores tan polarizadas entre el «muscularismo» y el «fluidismo». También hubo posiciones eclécticas que intentaron mal que bien ambas posturas. Nieto fue posiblemente el que expresó con una argumentación más clara esos intentos de concordia: «Así se vacila entre unas y otra explicaciones o se una de ellas con entusiasmo, desechando las demás por creerlas incompatibles. Mas pudiera suceder que ninguna de ellas comprendiese toda la verdad y que todas la contuvieran en parte. Las tales explicaciones sólo son hipotéticas en cuanto a su intervención en el fenómeno: por lo demás son hechos indudables. Es muy positivo que el vértigo nos hace mover involuntariamente; que la prolongación de un equilibrio trae la rotura del mismo, como cede un dique a una presión excesiva; que los órganos están animados de un movimiento continuo; que la actividad vital influye visiblemente en los movimientos exteriores y da lugar a la producción de los efectos que se han atribuido a los fluidos calórico y eléctrico; y, por fin, es cierto que el mundo que habitamos tiene una especie de vida particular con agentes imperceptibles y movimientos inmensos. Sentado esto, se sigue forzosamente que todos los hechos referidos (....) pueden tomar parte (...) en el fenómeno de la rotación por contacto, siendo todos capaces de modificarle en algún sentido»68. También hubo intentos de explicación de las fuerzas motoras desde perspectivas más generales y vitalistas y no tan específicamente centradas en las corrientes o fluidos nerviosos, eléctricos o magnéticos, como puede verse en las siguientes palabras del médico de Cabra (Córdoba) Joaquín Quintana: «Se califica y decora con el nombre de eléctrico, de magnético, el fenómeno del movimiento giratorio. ¿No sería más adecuada la calificación de fenómeno vital y considerar el objeto en movimiento como un órgano suplementario de la organización, bajo cuya impresión táctil se mueve, órgano que aspira a la vida por el contacto con la vida?» 69. Y, por último, también hubo, aunque más tardías, incipientes explicaciones espiritistas. Tras las esporádicas menciones a los espíritus asociadas a las ----adivinaciones y mensajes transmitidos por las mesas que aparecieron en la batahola de informaciones de mayo de 1853, tuvo que transcurrir casi un año para que aparecieran las primeras consideraciones extensas en la prensa médica sobre las causas no sólo de los giros sino también de las facultades parlantes de las mesas. Se seguía pensando que ambos tipos de fenómenos eran producidos por los fluidos de los participantes, pero se principió a mencionar -y las sospechas se hicieron tanto más fuertes cuanto más se tenían en cuenta las propiedades parlantes mediante golpes de las mesas-que dichas corrientes fluidicas podrían ser gobernadas por espíritus e incluso por demonios. La primera noticia de estas características se pudo ver en los diarios médicos en febrero de 1854 en un artículo, bastante confuso, de Castelleví y Pallarés 70. Pero fue en otro fechado el mes siguiente en donde la preocupación por la causa espiritista se mostró ya más abiertamente 71. Esta colaboración contenía unas reseñas (aparecidas con anterioridad en la prensa francesa) de la obra de Jules Eudes, marqués de Mirville (1802-1873) sobre las manifestaciones fluidicas de los espíritus, cuyo primer volumen había aparecido en 1853 72. Jules de Mirville exponía ya en él su teoría de que los fenómenos de las mesas giratorias y parlantes y demás manifestaciones supranormales asociadas estaban causados por espíritus y no siempre benéficos, pero se servían para realizarlos del gobierno del fluido magnético de los sujetos presentes. Las tres reseñas que conformaban esta noticia estaban firmadas por el P. Ventura de Raulica, general de los teatinos, F. de Saulcy, miembro del Instituto de París y el Dr. Coze, decano de la Facultad de Estrasburgo. Y todas eran bastante halagüeñas con la obra de Mirville. Pero lo que aquí más importa es que en ellas se muestra, primero, la progresiva extensión de la creencia de la causa espiritista de las mesas giratorias y parlantes: «En resumen, creo en la existencia -afirma Saulcy-de ciertos hechos que muchas veces nuestra voluntad no puede producir, y sobre los cuales declaro que la ----70 CASTELLVÍ Y PALLARÉS, F. ( 1854), «¿El estudio de las mesas parlantes conduce al panteísmo?», El Heraldo Médico, 12 de febrero de 1854, 45-46. La publicación de los diez volúmenes de que constó finalmente la obra se extendió hasta 1868 y resulta muy dificultosa de seguir, pues aparecieron de forma independiente a lo largo de esos 15 años ý ocasionalmente hizo además suplementos que añadió a los volúmenes publicados previamente. 172. voluntad ejerce una acción palpable a pesar de todo. Creo en la intervención de una inteligencia diferente de la nuestra y que se pone en actividad por medios casi ridículos» 73. Y, segundo, la sensación de peligro que les embarga al contacto con estos manifestaciones extraordinarias («o estos fenómenos no son positivos, o lo son; si lo primero, es vergonzoso perder en ellos el tiempo; si lo segundo, es peligroso provocarlos y formar de ellos un pasatiempo») 74. Sensación que aconseja el conjuro de estas manifestaciones mediante la dedicación de la ciencia a su estudio («...estad seguro de que los médicos y los sabios serán los primeros que se convertirán a vuestras doctrinas, y los filósofos irán después», acababa Raulica su critica) 75. La puerta al necesario abordaje científico del espiritismo comenzaba así a entreabrirse. LAS REPERCUSIONES DE LAS MESAS GIRATORIAS La epidemia psíquica de las mesas giratorias se extendió por España y el occidente europeo desde abril hasta finales del verano de 1853 y durante estos meses, especialmente en los tres primeros, afectó a gran cantidad de gente de todo tipo y condición. Siguió dando coletazos cada vez más débiles hasta los dos primeros meses de 1854, como se ve en los periódicos médicos 76, y, a ----73 RAULICA; SAULCY; y COZE (1854), p. A pesar del pensamiento católico de Mirville, los religiosos españoles tuvieron, a diferencia de Raulica, una postura bastante menos connivente con sus postulados. Como diría poco después uno de ellos, cuya opinión también apareció reflejada en las páginas de los periódicos médicos: «...deducir del baile de las mesas el panteismo, argüir a la existencia de ciertos espíritus, trasgos y duendes, inteligencias libres e independientes de los investigadores, esta es una verdadera locura (...), es el producto lógico de una reacción espiritualista». 76 Entre los más significativos de estos últimos artículos se encentran: VÉRGES, A. (1853a), «Fenómenos magnéticos. Nuevas pruebas a favor de la rotación de los cuerpos y del movimiento del péndulo», El Heraldo Médico, 22 de diciembre de 1853, 237-238; y ALARCÓN Y SALCEDO, J. de (1854), «Fenómenos magnéticos», El Heraldo Médico, 20 de enero de 1854, 21-22. partir de ahí, su puesta en práctica quedó progresivamente limitada a los círculos espiritistas y ocultistas. Su presencia masiva fue, por tanto, fugaz, pero no por ello dejó de originar una serie de repercusiones. Una de ellas fue la llamada de atención que supuso hacia la actividad mental inconsciente y sus efectos. Faraday y Chevreul habían demostrado experimentalmente, considerándolo un fenómeno físico, que podía desarrollarse una fuerza muscular que desplazara las mesas lateralmente sin que se fuera consciente de ello. Pero fueron Braid y Carpenter quienes dieron un giro psicológico a esta perspectiva 77. Como Faraday y Chevreul, James Braid (1795-1860), cirujano y oftalmólogo escocés y autor de la célebre Neurypnology (1842), rechazó la noción de fluido y a tribuyó el movimiento de las mesas al extraordinario influjo que podían llegar a tener las ideas dominantes en determinados individuos, hasta el punto de producir acciones musculares en consonancia con dichas ideas sin ningún esfuerzo volitivo consciente 78. Asimismo, William Benjamin Carpenter (1813-1865), el fisiólogo y naturalista inglés a quien hoy se considera uno de los fundadores de la moderna teoría del inconsciente adaptativo, también llegó, y en la misma fecha, a conclusiones muy similares a las de Braid en relación con las mesas giratorias, pues consideraba que la continuada concentración de la atención en cierta idea la confería un determinado poder, no sólo sobre la mente sino también sobre el cuerpo, de tal manera que los músculos se convertían en instrumentos involuntarios por los cuales se operaban determinadas acciones 79. La observación del fenómeno físico de las rotaciones de las mesas llevó así a la noción psicológica de idea dominante, lo cual acabaría provocando la atención sobre por la actividad mental inconsciente 80. 80 En los años posteriores, Carpenter, a partir de esta idea de acción involuntaria producida por una idea dominante, elaboraría su noción de «cerebración inconsciente» (unconscious cerebration). La palabra «cerebración» no hacía referencia al pensamiento sino a la acción refleja del cerebro. Con la cerebración inconsciente pretendió explicar las acciones automáticas que parecen ser inteligentes pero que no alcanzan la consciencia del sujeto. Cf.: CARPEN-TER, W. ( 1876 Habida cuenta de la limitada consideración que tuvieron en España las teorías de Faraday y Chevreul, resulta comprensible que esta primera repercusión del fenómeno de las mesas giratorias no dejara eco alguno en nuestro país. Pero sí lo dejó en cambio una segunda repercusión: el auge del magnetismo animal, efecto también comprensible dado ese predominio de lecturas fluidistas que aquí tuvieron los fenómenos rotatorios. Hay que tener en cuenta que a partir de la década de 1840 el magnetismo animal había experimentado una tardía pero relativamente creciente aceptación en España 81. Aparecieron por entonces las traducciones de las obras de Jean Joseph Aldolphe Ricard, Alphonse Teste y Aubin Gauthier 82, todos ellos tratados generales bien elaborados sobre magnetismo animal; se publicaron también trabajos originales de algún interés, como las de Cubí y Comellas 83; y las notas y artículos sobre magnetismo animal en las publicaciones periódicas médicas fueron menos esporádicas y más encomiásticas. En este contexto expectante tuvo lugar el episodio de las mesas giratorias y las rotaciones de objetos y personas se tomaron ávidamente, como se ha mostrado más arriba, como una prueba fidedigna de la existencia del fluido magnético y de su capacidad de irradiación fuera de los límites del cuerpo, con las consiguientes posibilidades terapéuticas que eso abría para el magnetismo. El estado de ánimo optimista sobre las capacidades de las prácticas magnéticas se incrementó y esta situación se prolongó durante unos años, como lo indican las siguientes palabras de Joaquín Quintana, tomadas de un amplio artículo aparecido en El Siglo Médico en 1856: 83 CUBÍ Y SOLER, M. (1849), «Magnetismo humano», en: M. Cubí y Soler, Elementos de frenología fisonomia y magnetismo hmano, en completa armonía con la espiritualidad, libertad e inmortalidad del alma, Barcelona, A. Gaspar; y COMELLAS (1846). «Tratando, pues, la cuestión a la altura de los principio, necesario es convenir, so pena de desconocer las más elocuentes lecciones de la experiencia, que el magnetismo reúne todas las condiciones indispensables para enseñorearse sobre una zona de la patología, más o menos extensa, en relación con la importancia de las perturbaciones vitales (...) Y adviértase que hasta aquí sólo me refiero al magnetismo considerado en sí propio como medio curativo, y de ninguna manera al sonambulismo como origen de las previsiones médicas sorprendentes (...) Colocado en este nuevo punto de vista [en el del sonambulismo], veo ampliarse considerablemente el círculo de las operaciones terapéuticas, y el magnetismo se convierte en un rico tesoro, que en más de una ocasión podrá explotar el médico sabio» 84. Pero esta confianza en las posibilidades del magnetismo animal no se mantuvo durante mucho tiempo. Al final de esta misma década sus prácticas comenzaron a declinar visible y definitivamente, y ello debido en parte a la aparición en escena de un procedimiento nuevo pero con el que tenía muchas concomitancias: el hipnotismo. Por último, la tercera repercusión de las mesas giratorias y parlantes fue el desarrollo del espiritismo en toda Europa, incluida España. Las rotaciones y golpes de las mesas habían sido algo crucial, como se ha recordado en las primeras páginas de este trabajo, en la aparición y desarrollo del espiritismo en los Estados Unidos. Y con su exportación al Viejo Continente en abril de 1853 también lo fueron aquí. Son legión los testimonios de espiritistas que se refieren a la importancia de esos fenómenos giratorios y parlantes para el espiritismo en Europa. Entre nosotros, puede citarse, por ejemplo, a Blanco Coris y su libro sobre las razones para denominarse espiritista: «De las manifestaciones espiritistas que más me llamaron la atención al comienzo de mi iniciación, fueron las producidas por las mesas, con sus golpes, levitaciones, crujidos extraños y movimientos circulares y de arrastre, unas veces lentos y tranquilos; otras violentos y fuertes, pero siempre inesperados (...) Más que el abecedario de contestaciones; más que las preguntas y las disquisiciones de los Espíritus, tan frecuentes en las sesiones espiritistas familiares, me preocupaba la movilidad extraña de las mesas (...) He visto destrozarse una mesa a fuerza de golpes violentos y (...) desprenderse el tablero de un velador y caer sobre las piernas de uno de los asistentes. También he observado con sorpresa los movimientos de rotación cónica en la levitación, los bailes acompasados al tararear algún vals, y levantarse solo lentamente, sin imposición de manos, un velador del suelo» 85. 85 BLANCO CORIS, J. (s. a.), Por qué soy espiritista. Estudio crítico doctrinal sobre la sugestión y el espiritismo, Barcelona, Maucci, pp. 40-42. A pesar de esa significación, las explicaciones espiritistas de los movimientos de las mesas tuvieron en principio una cierta latencia, pues quedaron solapados, como también hemos visto, por las interpretaciones fluidistas y magnetistas derivadas de la primacía que se dio a los giros sobre los golpes, es decir, a las rotaciones de las mesas sobre sus mensajes. En España, sólo a partir de 1854, cuando ya la fiebre de las mesas giratorias había sido olvidada por gran parte de la población, empezaron a mencionarse esporádica pero nítidamente en la prensa política y médica sus causas espiritistas. Ello posiblemente se debió a que, tanto en las sesiones familiares como en los experiencias de vocación más científica, aun cuando mucho menores ambas en número que las llevadas a cabo el año anterior, las respuestas de las mesas y sus capacidades parlantes adquirieron preponderancia sobre las rotaciones, es decir, que sus golpes pasaron a preocupar más que sus giros. Las dudas sobre si las mesas mediúmnicas obedecían no sólo a estos fluidos sino también a otras fuerzas «dependientes de un centro extraño, incomprensible e inteligente, desde el momento en que no se sujetan a ley física o química, calculada y lógica» 86 se hizo cada vez más acuciante en esos todavía escasos círculos espiritistas embrionarios. A partir de entonces el espiritismo fue aumentando su espectro fenoménico (se inventaron los psicógrafos y las planchettes, aparecieron espíritus, hablaron por boca de los médiums, volaron objetos...) y, aunque con no pocos meandros, fue cobrando carta de naturaleza, tanto aquí como en el resto del continente europeo 87. En 1855 se fundó la Sociedad Espiritista de Cádiz, disuelta por la autoridad eclesiástica en 1857. Editado por esta sociedad, se publicó, todavía en ese año de 1857, el que pasa por ser el primer libro espiritista de nuestro país: Luz y verdad del espiritualismo. Opúsculo sobre la exposición verdadera del fenómeno, causas que lo producen, presencia de espíritus y su misión, cuya tirada acabó en la hoguera en un auto de fe. La segunda sociedad espiritista se formó en Sevilla en 1861 y, un poco más tarde, se estableció en la capital la Sociedad Espiritista Española. Pero estas fundaciones no impidieron otro auto de fe en 1867, esta vez con la Noción del espiritismo, del médico Joaquín Huebles Temprado. Con la Revolución de 1868, conocida también como «La Gloriosa» o «La Septembrina», y la instauración del llamado Sexenio Democrático, el espiritismo se acabó desplegando ----86 Ibídem, p. 87 Para las etapas iniciales del espiritismo en España, véase:. MÉNDEZ BEJARANO, M. (s. a.), «El espiritismo», en: Historia de la filosofía en España hasta el siglo XX, Madrid, Renacimiento, 515-533;y GULLÓN, R. (1990), Direcciones del modernismo, Madrid, Alianza, pp. 135-136.
Este trabajo ha sido realizado durante una estancia en el Centre for the History of Science, del Imperial College de Londres. A su entonces director, Profesor David Edgerton, así como al Profesor Eduardo L. Ortiz, deseo mostrar mi más sincero agradecimiento, por su ayuda y estímulo permanentes para la realización del trabajo. En 1823, tras el aplastamiento de Riego y la reinstauración del absolutismo fernandino, se produjo un exilio masivo de liberales hacia el Reino Unido, donde realizaron diversas actividades relacionadas con la ciencia y la técnica. Entre los liberales exiliados había reputados científicos, como Mariano Lagasca, Felipe Bauzá o Mateo Seoane, que en Londres pudieron proseguir con sus actividades científicas. Otros emigrados realizaron una importante labor de difusión de los adelantos científicos y técnicos a través de las diferentes revistas editadas en lengua española; entre ellas destacó El Museo Universal de Ciencias y Artes, dirigida y redactada por J. J. de Mora, dedicada íntegramente a la divulgación científico-técnica. Hubo, finalmente, otra actividad relacionada con la educación científica, la elaboración de los «catecismos científicos», breves manuales de iniciación en matemáticas, geografía, química, ciencias naturales, etc., dedicados a la enseñanza elemental y destinados al público hispanoamericano, editados por Ackermann. En el presente trabajo ofrecemos una descripción global del conjunto de estas actividades. PALABRAS CLAVE: Ciencia española primer tercio siglo XIX, científicos exiliados, liberales exiliados. ----categoría intelectual de los propios exiliados. Así, entre los afrancesados exiliados figuraban altos funcionarios, literatos, profesionales y hombres de ciencia. Entre las figuras intelectuales más distinguidas se encontraban Leandro Fernández de Moratín, José Antonio Meléndez Valdés, Juan Sempere Guarinos, José Marchena, Alberto Lista, Juan Antonio Llorente, Antonio Ortiz de Zárate, Manuel Silvela, etc. En cuanto a los relacionados con las ciencias de la naturaleza, entre los más significados figuraban: Domingo Badía, autor de varias obras de carácter geográfico e histórico; el botánico y agrarista Juan Terán; el mexicano José Mariano Mociño, médico y botánico, director interino del Gabinete de Historia Natural de Madrid y uno de los más célebres naturalistas de la Europa de su época; Joaquín Cabezas, director de la Casa de la Platina de Madrid; Matías Membiela, director del Museo de Historia Natural de Madrid; Antonio Gómez de la Torre, militar y antiguo intendente de Asturias, especialista en geografía; etc. 2. En lo relativo al exilio liberal de los años veinte, la práctica totalidad de la elite intelectual española de la época se vio obligada a emigrar: Ángel Saavedra, José de Espronceda, Antonio Alcalá Galiano, Agustín Argüelles, Juan Álvarez Mendizábal, Álvaro Flórez Estrada, José Canga Argüelles, los hermanos Jaime y Joaquín Lorenzo de Villanueva, Telesforo de Trueba y Cossío, Vicente Salvá, etc. Así, mientras que en nuestro país el panorama intelectual durante la «ominosa década» se asemejaba a un improductivo erial, en esos mismos años Londres se convertía en el centro cultural de España e Hispanoamérica. Baste recordar, como ejemplo de la amplísima actividad intelectual del colectivo de exiliados españoles en el Reino Unido, la edición de diferentes revistas en lengua española, la publicación de un buen número de libros, las colaboraciones en revistas inglesas, la cantidad y calidad de obras traducidas al español, sin olvidar su participación en instituciones culturales y en diferentes empresas educativas, como el Ateneo Español o la Universidad de Londres. Sobre esta extensa labor cultural existe una abundante bibliografía, a la que remitimos a todos los interesados 3. ----2 El exilio afrancesado ha sido ampliamente tratado en BARBASTRO, L. (1993), Los afrancesados. Los afrancesados durante la crisis del Antiguo Régimen (1808-1833), Madrid, Editorial Biblioteca Nueva. 3 La información más completa sobre la actividad cultural de los españoles exiliados en el Reino Unido, se encuentra en el clásico estudio de LLORENS, V. (1967), Liberales y Románticos. En lo referente a la actividad científica, aunque menos conocida, contamos también con algunos estimables trabajos que han analizado aspectos parciales de la misma. Algunos se han centrado en el estudio particular de algún autor o científico concreto, mientras que otros han dirigido su interés hacia las actividades relacionadas con la divulgación científica o las tareas educativas. Nuestro objetivo en el presente trabajo es ofrecer un panorama global de este conjunto de actividades, para lo cual, además de considerar las aportaciones mencionadas, hemos enfocado nuestra atención hacia lo que constituye, sin duda, el aspecto más visible de la labor relacionada con la actividad científica: las publicaciones de carácter científico-técnico. A través de diversos catálogos nacionales e internacionales, así como de algunas de las principales revistas científicas editadas en el Reino Unido y de las revistas editadas por los propios exiliados, hemos recopilado la producción bibliográfica de los emigrados liberales relacionada con la ciencia y la técnica, que incluye desde artículos aparecidos en revistas científicas, hasta notas y comentarios de carácter divulgativo aparecidos en publicaciones de carácter general 4. La información obtenida, nos permite expresar las distintas facetas que muestra la actividad científica realizada por la emigración liberal española en el Reino Unido. Para facilitar su exposición en el presente trabajo, hemos agrupado dicha actividad en los tres grandes apartados que indicamos a continuación. En primer lugar mostraremos lo que cabría denominar actividad científica propiamente dicha, es decir, la realizada por científicos profesionales. Algunos de estos científicos reanudaron contactos anteriores o establecieron nuevas relaciones, lo que facilitó la continuación de sus actividades científicas, e incluso posibilitó la aparición de algunos de sus trabajos en revistas inglesas, ----México, 1954). El mismo autor nos informa en otro lugar sobre la participación de emigrados españoles en publicaciones británicas: LLORENS, V. (1951), «Colaboraciones de emigrados españoles en revistas inglesas (1824-1834)», Hispanic Review, 19, 121-142. Y sobre la circulación de libros españoles en Inglaterra durante la primera mitad del siglo XIX nos habla GLENDINNING, N. (1960), «Spanish books in England: 1800-1850», Transactions of the Cambridge bibliographical society, 3, 70-92. 4 El catálogo completo de las publicaciones realizadas por autores españoles en el Reino Unido durante el periodo de su exilio, así como la relación de catálogos utilizados y las revistas científicas consultadas, aparece recogido en nuestra obra: VALERA, M. (2006), Proyección internacional de la ciencia ilustrada española. Murcia, Servicio de Publicaciones de la Universidad. favoreciendo la difusión de su labor científica. Los máximos exponentes de este exilio científico fueron Felipe Bauzá, Mariano Lagasca y Mateo Seoane, de los que recordaremos los aspectos más relevantes de su actividad científica en Londres. A continuación expondremos otra importante labor realizada por los exiliados españoles: la difusión de los adelantos científicos y técnicos a través de las diferentes revistas publicadas en Londres en lengua española. Aun tratándose en la mayoría de los casos de publicaciones de carácter general y tendentes más bien a la actualidad política, casi todas ellas incluían comentarios y notas de divulgación científica. Pero nuestra atención se centrará fundamentalmente en la revista dirigida por José Joaquín de Mora, El Museo Universal de Ciencias y Artes, dedicada íntegramente a la divulgación científica, y en la que apareció abundante información sobre una amplísima gama de materias científico-técnicas: mecánica, química, agricultura botánica geografía, etc. Finalmente, presentaremos otra actividad relacionada con la popularización y la enseñanza científica en la que participaron algunos de los exiliados españoles: la redacción de los denominados «catecismos científicos» editados por Ackermann, breves manuales de iniciación en diferentes materias científicas, dedicados a la enseñanza elemental y destinados al público hispanoamericano. ACTIVIDADES DE LOS CIENTÍFICOS LIBERALES EXILIADOS EN LONDRES: BAUZÁ, LAGASCA Y SEOANE Entre los liberales exiliados hubo una nutrida representación científica: Andrés Alcón, Jaime Ardevol, Juan Manuel de Aréjula, Mariano Batllés y Torres Amat, Felipe Bauzá, Buenaventura Casals, Gabriel Ciscar, Mariano Lagasca, Pablo Montesino, José Rodríguez González, Mateo Seoane, Mariano Vallejo,... Entre ellos se encontraban algunas de las máximas figuras científicas de la España ilustrada, como Aréjula, Ciscar o Rodríguez. Otros, como Batllés o Risueño de Amador, se encontraban en el inicio de sus carreras. Algunos, como Alcón, Ardevol, Montesino, Vallejo, etc., aprovecharon la ocasión para recorrer diversos países, aprender nuevos métodos educativos y ampliar el horizonte de sus conocimientos. Pero, sin duda, los científicos que desarrollaron una labor más relevante durante su exilio fueron Felipe Bauzá, Mariano Lagasca y Mateo Seoane, cuya importante actividad científica en Londres ya ha sido estudiada por diversos autores, por lo que nos limitaremos a reseñar brevemente los aspectos más destacados de su labor. Felipe Bauzá Cañas (1764-1834) 5, como el antes citado Gabriel Ciscar, pertenece a esa espléndida generación de marinos españoles nacidos hacia 1760, que incluye a Churruca, Alcalá Galiano, Espinosa, Fernández Navarrete, Mendoza Ríos, Vargas Ponce, etc., que constituyó uno de los núcleos más importantes de la renovación científica española en la época ilustrada y que compartió un destino tan infausto como el del propio movimiento ilustrado español. Baste recordar la muerte prematura de Churruca y Alcalá Galiano en Trafalgar, o la muerte lejos de su país de Mendoza, Ciscar y del propio Bauzá. Cuando a finales de 1823 llegó a Londres, Bauzá era un científico ampliamente conocido. Su participación en la elaboración del Atlas de Tofiño y en el viaje de Malaspina, así como su actividad al frente del Depósito Hidrográfico de Madrid, del que era director desde 1816, habían hecho de él un personaje de relieve internacional 6. Poco después de su llegada a Londres, Bauzá entró en contacto con el Capitán William Edward Parry (1790-1855), que acababa de ser nombrado director de la Oficina Hidrográfica del Almirantazgo Británico (establecimiento equivalente al Depósito Hidrográfico español), quien formalmente lo presentó ante la Royal Society el 26 de febrero de 1824 7. Allí, además de asistir regularmente a las sesiones ordinarias de la Sociedad, se incorporó a las reuniones semanales que celebraban los astrónomos, y fue invitado a participar en las ----5 La biografía más completa de Bauzá se debe a LLABRES BERNAL, J. (1934), Breve noticia de la labor científica del capitán de navío d. Cádiz, pp. 235-242; y BAUZÁ, C. A. (1994), «Dos informes hidrográficos inéditos de Felipe Bauzá al Almirantazgo inglés referentes a las costas de la América Meridional», Revista de Historia Naval, 46, 63-77. 6 Baste recordar que era miembro de la Academia de Ciencias de Baviera (1815), que se hallaba en posesión de la Cruz de Cuarta clase de la Orden de San Vladimiro otorgada por el Zar de Rusia (1816) y que había sido elegido miembro de la Royal Society de Londres en 1819 y de la Academia de Ciencias de Turín en 1821. 7 Bauzá fue propuesto como miembro extranjero de la Royal Society el 19 de noviembre de 1818 y aceptado el 1 de abril de 1819 (Archivo de la Royal Society of London: Journal Book Copy, 42, p. El 26 de febrero de 1824 firmó su admisión en el Charter Book de la Sociedad (Archivo de la Royal Society of London: Journal Book Copy, 43, p. Conoció también al astrónomo John Herschel, que lo invitó a su observatorio de Slough, e igualmente fue invitado por el químico Humphry Davis, entonces presidente de la Royal Society, a presenciar algunos experimentos en su laboratorio privado, sobre la corrosión producida por el agua del mar en metales como zinc y cobre, de gran interés para la construcción del casco de los buques. A través de la Real Sociedad y de la Oficina Hidrográfica del Almirantazgo, Bauzá conoció y colaboró en diversos aspectos con eminentes navegantes, cartógrafos, y exploradores, como los capitanes King, Basil Hall, Beechey, Franklin y Smyth, el teniente A. B. Becher y el cartógrafo John Walker, con los que intercambió cartas y planos hidrográficos, información sobre posiciones geográficas, etc. Su excelente relación con la Oficina Hidrográfica no solo no se vio afectada cuando el Capitán Francis Beaufort (1774-1857) sustituyó a Parry en 1829 al frente de esta corporación, sino que incluso mejoró. Durante su estancia en Londres, la principal actividad de Bauzá consistió en la revisión y perfeccionamiento de una colección de mapas sobre el Golfo de México, que incluía Cuba, buena parte de la costa de América Central y la costa norte de Sudamérica. Fruto de dicha actividad fue la publicación de un mapa del golfo de México8, así como la realización de unos mapas de la costa occidental de América Central, encargados por Beaufort para el Almirantazgo británico, por los que le abonaron cien libras9. El mismo Beaufort le requirió el 7 de julio de 1831 información sobre algunos lugares de la costa de América Meridional, para el planeado viaje del capitán Fitzroy en el Beagle. Para atender la petición de la Oficina Hidrográfica del Almirantazgo británico, Bauzá realizó dos informes 10. En el primero de ellos, remitido a la semana siguiente de la solicitud de Beaufort, Bauzá señalaba las zonas de la costa de Sudamérica que requerían un examen más detallado, advirtiendo en particular que la costa sur de la Tierra del Fuego necesitaría una completa exploración y que las Islas Falkland o Malvinas requerían un examen minucioso, ya que aunque Malaspina había explorado Port Egmont y otros lugares de las islas, con excepción de Puerto Soledad, las posiciones geográficas del resto del archipiélago no estaban bien determinadas. Bauzá acompañaba ----su informe con cuatro planos, aunque consideraba que ninguno de ellos era demasiado preciso. Unos meses después, en noviembre, remitía a Beaufort otro informe con más cartas y planos, en esta ocasión acompañado por los dos volúmenes manuscritos del diario del piloto Moraleda, Reconocimientos de Chiloé por D n José de Moraleda, que contenía un mapa la zona norte de la Patagonia chilena que Bauzá consideraba aceptablemente correcto 11. En su relato de la famosa expedición del Beagle, Fitzroy se hacía eco de la ayuda prestada por el marino español, pues manifestaba que en las instrucciones hidrográficas previas al viaje proporcionadas por Beaufort, éste le indicaba que gracias a un manuscrito facilitado por Bauzá se podía acortar la exploración de la zona comprendida entre la península de Tres Montes y Chiloé 12. En 1831 Bauzá fue nombrado miembro asociado de la Royal Astronomical Society y de la Royal Geographical Society de Londres, y en marzo del siguiente año socio correspondiente de la Real Sociedad Marítima, Militar y Geográfica de Lisboa. Además del mapa que hemos mencionado, Bauzá publicó algunos trabajos científicos en revistas londinenses. En el primer número del Nautical Magazine aparece un artículo suyo traducido por Becher, en el que traza la historia de la navegación basándose principalmente en fuentes españolas, desde los viajes de los fenicios hasta el método de hallar las longitudes en el mar por las distancias lunares y el cronómetro 13. En la revista de la Sociedad Geográfica, publicó también un trabajo sobre las alturas de diversos lugares españoles 14. Y a la Sociedad Astronómica remitió un trabajo de José ----11 Entre 1782 y 1796, el piloto José de Moraleda realizó diversos reconocimientos en la región septentrional de los canales patagónicos chilenos, que se plasmaron en un detallado levantamiento cartográfico de la región: Carta esférica que contiene la costa occidental patagónica entre los 41 y los 46 grados de latitud meridional, con inclusión del pequeño archipiélago de Chiloé y parte del grande de Los Chonos, 1796. Casi un siglo después, los trabajos hidrográficos de Moraleda serían publicados por el historiador chileno Diego Barros Arana: Esploraciones jeográficas e hidrográficas practicadas por don José de Moraleda i Montero (Santiago, Impr. En fecha mucho más más reciente se ha publicado otra obra sobre la expedición de Moraleda: O'DONNELL, H. (1990), El viaje a Chiloé de José de Moraleda (1787-1790), Madrid, Editorial Naval. 12 «Of the peninsula de Tres Montes, and of the islands between that and Chiloe, a Spanish manuscript has been procured from Don Felipe Bauza, which may greatly abridge the examination of that interval».Véase FITZROY, R. ( 1839 20 Buena prueba de ello es su pertenencia a multitud de instituciones extranjeras, como la Sociedad Fisiográfica de Lunden (Suecia), la Academia Imperial Leopoldina de Bonn, la Sociedad de Horticultura de Londres, la Academia de Ciencias Naturales de Munich, la So-así que no es de extrañar la cálida acogida dispensada por muchos de sus colegas ingleses, que le facilitaron la continuación de sus actividades en instituciones como la Sociedad Linneana, la Sociedad de Horticultura y el Jardín Botánico de Chelsea de la Sociedad Farmacéutica londinense. El propio Lagasca, al final de uno de sus trabajos publicados en Londres, muestra su reconocimiento por la ayuda que le han prestado diversos botánicos e instituciones: «Este es el lugar de expresar mi gratitud al noble caballero Mr. Aylmer Bourke Lambert, al Caballero Mr. Roberto Brown, al venerable Dr. Sims, y al Señor Juan Lindley, vicesecretario de la Sociedad Horticultural por la bondadosa generosidad con que protegen mis tareas, franqueándome sin reserva sus colecciones de plantas secas, y sus riquísimas bibliotecas; a la ilustre sociedad Horticultural, y a la de Farmacéuticos, que me franquean sus jardines, como igualmente a los señores Loddiges que hacen lo mismo con el suyo; y en fin al distinguido catedrático de botánica de Copenhague, Mr Hornuemann, que me ha remitido más de trescientas especies de semillas de aparasoladas, prometiéndome aumentar sus favores con los ejemplares dobles de su herbario» 21. De su labor botánica londinense Lagasca dejó constancia en varios trabajos científicos. En primer lugar hay que mencionar el estudio sobre las plantas aparasoladas (las conocidas hoy como umbelíferas), que acabamos de citar, y que gozó de difusión internacional 22. En la misma revista, Ocios de españoles emigrados, publicó varios artículos más: un estudio sobre la cochinilla 23; una reseña biográfica de Simón de Rojas Clemente con motivo de su fallecimiento 24; una recensión de la Novorum vegetabilium descriptiones de los mexicanos Pablo de la Llave y Juan Lejarza 25; y una nota sobre la pérdida de los manuscritos ---ciedad Linneana de París. Más adelante, durante el exilio, fue nombrado miembro honorario de la Sociedad Botánica de Ratisbona, socio correspondiente de la Real Sociedad de Horticultura de Holanda, miembro de la Real Sociedad Linneana de Londres, y de la Sociedad del mismo nombre de Estocolmo. 21 «Observaciones sobre la familia natural de las plantas aparasoladas». 22 Fue publicado como folleto: Observaciones sobre la familia natural de las plantas aparasoladas, London, Mcintosh, 1826. de Francisco Hernández26, aunque en estos dos últimos casos los artículos no tienen su firma, pero no hay duda sobre su autoría, pues ningún otro de los colaboradores habituales de la revista escribía sobre cuestiones botánicas27. Entre 1826 y 1828 publicó una serie de artículos sobre el estado de la botánica y la agricultura en España en The Gardener's Magazine28. En 1827 comenzó a publicar en fascículos una relación de plantas con su herbario, que tituló Hortus Siccus Londinensis, y del que aparecieron cuatro entregas29. Este mismo año comenzó a traducir en El Repertorio Americano un estudio sobre la materia médica de Brasil escrito en latín por Martius30. También colaboró en el Semanario de Agricultura y Artes, así como en el Diccionario Español-Inglés de Neuman, Baretti y Seoane, para el que realizó un Diccionario de términos botánicos, que aparece incluido en una relación de sus papeles y libros, y cuyo paradero se desconoce 31. Igualmente quedó inédita su traducción de la Théorie élémentaire de la botanique de Agustín P. de Candolle. Según Miguel Colmeiro, arregló e ilustró la obra manuscrita de Miguel Barnades, Specimen Florae Hispanicae. Durante su estancia en la isla entró en contacto con John Le Couteur, con quien estableció una gran amistad, y por intermedio del cual fue nombrado miembro honorario de la Jersey Agricultural & Horticultural Society. Escribió un Catálogo de plantas de dicha isla, así como una Instrucción dedica-----da a los agricultores, en la que indicaba los procedimientos para mejorar el cultivo de los cereales en la misma. Tras su regreso a Madrid en 1834, además de ser condecorado con la Gran Cruz de Isabel la Católica, ejerció de nuevo como profesor del Jardín Botánico y fue nombrado presidente de la Junta de Gobierno del Museo de Historia Natural. Un agravamiento en su estado de salud aconsejó su traslado a Barcelona en diciembre de 1838, donde falleció seis meses más tarde, el 28 de junio de 1839. Pero la figura científica del exilio español que más destacó por su enorme actividad fue Mateo Seoane y Sobral (1791-1870), uno de los primeros organizadores de la sanidad militar y pública en España, y una de las figuras clave de la medicina social española 32. Seoane fue uno de los diputados médicos que firmaron la incapacidad mental del monarca, por lo que tras la reinstauración absolutista, fue condenado a muerte y debió partir al exilio. En octubre de 1823 se refugió en Tánger, de ahí se trasladó a Gibraltar y después a Cork, pasando finalmente a Londres, donde permaneció durante una década. Su estancia en la capital británica influyó decisivamente en su vida y en su obra: mejoró su formación científica estudiando física y química con Michael Faraday, anatomía con Joshua Brookes y botánica con Lindsey; perfeccionó su preparación médica, principalmente en los hospitales de Guy y Saint George; y adquirió un dominio tan completo de la lengua inglesa que en ella «escribía aun en el género satírico con una corrección de lenguaje muy rara en un estrangero» 33. Gracias a ello pudo integrarse plenamente en el ambiente médico londinense, llegando a ser miembro numerario de las principales asociaciones profesionales médicas británicas 34, médico titular en el St. George Hospital y colaborador del Central Board of Health británico. ----32 Una extensa reseña biográfica de Seoane aparece en CHINCHILLA, A. (1846), Anales históricos de la medicina en general y biográfico-bibliográficos de la española en particular, Valencia, Imp. J. Mateu Cervera, vol. 4, pp. 578-610; Véase también LÓPEZ PIÑERO, J. M. (1983), «Seoane Sobral, Mateo», En J. M. LÓPEZ PIÑERO et al, Diccionario Histórico de la Ciencia Moderna en España. Para su actividad londinense, aparte de informaciones diversas aparecidas en la tanta veces mencionada obra de Llorens, nos hemos basado fundamentalmente en LÓPEZ PIÑERO, J. M. (1984), Mateo Seoane y la introducción en España del sistema sanitario liberal: 1791-1870, Madrid, Ministerio de Sanidad y Consumo; pp. 9-31. 580, se indica que fue admitido como socio de número en la Sociedad Médica de Londres, en el Instituto Real de Gran Bretaña (debe tratarse de la Royal Institution), en el Colegio de Médicos de Londres, en el Instituto General Médico de Gran Bretaña, en la Sociedad Médico-Quirúrgica de Londres y en la Edimburgo en 1833. Seoane publicó durante su exilio diversos trabajos médicos, como una traducción de la Nosographie chirurgicale (1825), de Anthelme Richerand; una Esposición razonada de la doctrina frenológica (1825), de Franz Joseph Gall; y una serie de escritos médicos aparecidos entre 1827 y 1831 35. Escribió también nueve manuales de divulgación sobre diversas materias científicas, como física, química, higiene, etc. 36. Además de sus tareas como profesional de la medicina, Seoane realizó una amplia labor periodística, pues desde 1828 hasta 1834 fue uno de los principales redactores del semanario de divulgación científica y literaria The Atheneum, donde publicó numerosos artículos sobre literatura española 37. También publicó una edición ampliada y revisada del Dictionary of the Spanish and English Languages, de H. Neuman y G. Baretti, que gozó de enorme popularidad y fue reimpreso en numerosas ocasiones 38. En 1831, el Gobierno español, preocupado por la amenaza de la propagación por Europa de la primera epidemia de cólera, por medio del entonces embajador en Londres Francisco Zea Bermúdez, solicitó información sobre el problema a los expertos ingleses del Central Board of Health, quienes le remitieron a Mateo Seoane como gran especialista y conocedor de los temas relacionados con la epidemia. Seoane realizó con este motivo una versión castellana anotada de los documentos relativos al cólera reunidos por el Consejo de Salud que apareció en Londres y en Madrid 39, y que se traduciría casi ----35 Sobre el valor de la auscultación y percusión para conocer los males del tórax; Sobre el estado de los conocimientos médicos acerca de las enfermedades del corazón; Sobre las causas que podían producir la frecuencia de los afectos urinarios, notada en los emigrados españoles, portugueses e italianos; Sobre el modo de obrar de los vapores de plomo en la máquina humana. Estas obras son mencionadas por CHINCHILLA (1846), que es quien proporciona los títulos, aunque LÓPEZ PIÑERO (1984) da cuenta de su infructuosa búsqueda en diferentes catálogos y repertorios. 36 Según indica LLORENS (1968), pp. 170-174, los libros, todos ellos publicados en la capital británica hacia 1828, eran los siguientes: Manual de física, Manual de química inorgánica, Manual de química orgánica, Manual de botánica, Manual de mineralogía, Manual de zoología, Manual de geología, Manual de meteorología, Manual de higiene pública aplicada al gobierno de los pueblos (esta obra constituía el segundo volumen de un Manual de higiene general publicado por Juan Antonio Balboa en Londres en 1826). 38 La versión de Seoane del Dictionary of the Spanish and English Languages de H. Neuman y G. Baretti (London, Longman), apareció por vez primera en 1831 y luego fue reimpresa numerosas veces en Londres o París (la última en 1873). 39 Documentos relativos a la enfermedad llamada cólera espasmódica de la India que reina ahora en el norte de Europa, ympresos de orden de los Lores del Consejo privada de S. inmediatamente al portugués 40. En 1832 publicó en la capital inglesa un largo Informe sobre la propagación del cólera por Inglaterra y Escocia 41, y al poco de su regreso a nuestro país publicó otra obra sobre la misma cuestión 42. En reconocimiento a su trabajo, Zea le ofreció el indulto de Fernando VII para que pudiera regresar a España, pero Seoane declinó el ofrecimiento. Finalmente, cuando en 1834 la Regente María Cristina decretó el indulto general para los encausados liberales, Seoane regresó al país, donde continuaría desarrollando una importantísima actividad en el terreno de la profesión y la enseñanza médicas. Seguidor de las ideas inglesas sobre la higiene pública, profundamente influidas por el utilitarismo de Jeremy Bentham, Seoane conformó una orientación de las disciplinas médico-sociales españolas según los modelos británicos, convirtiéndose en una de las personalidades científicas más relevantes y prestigiosas en el ámbito de la asistencia y la higiene públicas desde los supuestos liberales. Junto a estas actividades profesionales que acabamos de reseñar, hubo también por parte de los exiliados liberales una permanente labor de divulgación de los adelantos científicos y técnicos a través de la prensa periódica publicada en Londres en lengua española. Es bien conocida la amplísima labor periodística de los emigrados liberales canalizada a través de los diferentes periódicos que fueron creando durante su estancia en la capital inglesa entre 1824 y 1829. en enero de 1823, había aparecido Variedades o El Mensajero de Londres, dirigida por José María Blanco White (1775-1841), que contaba ya con una larga estancia en Londres desde 1810 43. Además, otras dos revistas en lengua española aparecieron durante el mismo periodo: la Biblioteca Americana, nacida en 1823 y redactada por el venezolano Andrés Bello y por el colombiano Juan García del Río; y El Repertorio Americano, publicada en 1826 y 1827, cuyos principales redactores fueron los citados anteriormente, y en la que también participaron algunos exiliados españoles como Lagasca, Mendíbil o Salvá. Aun tratándose, en la mayoría de los casos, de revistas de carácter general y con predominio de temas de naturaleza humanística o enfocadas a la más cercana actividad política, la mayoría de ellas incluían artículos, comentarios o notas de divulgación científica, generalmente obtenidos de otras revistas inglesas 44. Convencidos de que la ciencia y la tecnología constituían una parte sustancial de la formación humana y un elemento indispensable para el avance de los pueblos, los exiliados utilizaron ampliamente la prensa periódica para participar a sus lectores de este convencimiento. Por ello, en estas publicaciones trataban de difundir los adelantos científicos y técnicos de la época, reflejando fielmente la concepción de la ciencia y su función social desde la perspectiva liberal, en la que se identificaba el progreso de las sociedades con los avances científicos y tecnológicos 45. Por ejemplo, Variedades o El Mensajero de Londres (1823-25) 46, la primera de las revistas en lengua española publicada por el editor Rudolf Ackermann, tenía por objetivo primordial ofrecer una información amena, agradable, distraída y variada. Aunque no solía abordar temas de carácter científico, en un par de números incluyó breves notas científicas recogidas en ----43 Dos de los más recientes y completos estudios biográficos sobre Blanco White han sido realizados por MORENO ALONSO, M. (1998), Blanco White. La obsesión de España, Sevilla, Ediciones Alfar; y DURÁN LÓPEZ, F. (2005), José Maria Blanco White o la conciencia errante, Sevilla, Fundación José Manuel Lara. 44 En Inglaterra existía en aquellos años una pujante prensa dirigida principalmente a la divulgación científica, como Repository of Science, Journal of Science and the Arts, Annals of Philosophy,... También revistas de carácter general como The Atlas, The Sphynx, o las popularísimas Gentleman's Magazine y Philosophical Magazine, demostraban gran interés por la difusión de los avances científicos y técnicos. 45 Ma T. BERRUEZO (1991) nos ofrece una interesante perspectiva global sobre los artículos y notas científicas aparecidos en estas revistas. 46 Variedades o Mensagero de Londres. 2 Tomos (9 números de periodicidad trimestral, octubre 1823-octubre 1825) una ocasión bajo el epígrafe de «Noticias Literarias y Científicas» y en otra como «Noticias Políticas, Científicas, Literarias o Curiosas» 47. Pero incluso tanto en estas notas, como en otras que de forma dispersa aparecieron en otras ocasiones, la ciencia se presentaba con la aureola de lo prodigioso, con el fin de llamar la atención del lector habitual de la revista, generalmente poco interesado en asuntos científicos. Por esta razón aparecieron noticias más bien superficiales sobre la electricidad del gato doméstico o sobre la petrificación de un hombre y un caballo en París. Otra de las revistas fundada por los exiliados liberales en Londres fue El Español Constitucional. Sus redactores fueron Manuel Ma Acevedo y Pedro Pascasio Fernández Sardino, y aunque su interés era fundamentalmente político, el periódico incluía también una sección de «Ciencias y Artes». En dicha sección, redactada por Fernández Sardino, aparecían ocasionalmente reseñas detalladas de algunas comunicaciones enviadas a prestigiosas sociedades científicas europeas sobre física, química, astronomía, geología, zoología, botánica o medicina 49. Sardino murió en Inglaterra antes de 1829, y dirigió al parecer otro periódico, El Telescopio, del que solo conocemos una alusión publicada en diciembre de 1825 en los Ocios de Españoles Emigrados 50. Entre las revistas españolas de carácter general, la de mayor duración y más conocida fue Ocios de Españoles Emigrados (1824-1827) 51. La redacción de la revista estuvo a cargo de José Canga Argüelles y los hermanos Jaime y Joaquín Lorenzo Villanueva; después, a la muerte de Jaime, se incorporó Pablo Mendíbil. La revista, enfocada principalmente hacia la historia y la literatura, en un principio no destinó ninguna sección específica a temas científicos, aunque de forma irregular insertaron diversos epígrafes denomi-----47 Las primeras Noticias corresponden al Tomo I (no 1, octubre de 1823), y las segundas al Tomo I (no 2, enero de 1824). 48 El Español Constitucional, o miscelánea de política, ciencias y artes, literatura, etc. Londres, marzo de 1824 -junio de 1825 (2a época). Sobre la primera época de la revista, véase BERRUEZO (1991), p. 51 Ocios de españoles emigrados. nados «Inventos Nuevos en las Artes y las Ciencias», «Ciencias Físicas» o «Ciencias Naturales», en los que aparecieron algunas noticias de este carácter aunque de escasa relevancia. De mucho mayor interés fue la inclusión en tres de sus números (septiembre a noviembre de 1825) de los trabajos ya mencionados anteriormente de Lagasca. Pero en la segunda época de la revista, aumentó el espacio dedicado a la ciencia y a la tecnología, con noticias, comentarios y, sobre todo, reseñas bibliográficas de mayor interés. En este último apartado, se incluyeron, por ejemplo, las Tablas y Formulas Astronómicas de Baily, la Geometría y Mecánica de las Artes y Oficios de las Bellas Artes, de Charles Dupin, o el Manual de Historia Natural de M. Boitard 52. Un año más tarde de la desaparición de los Ocios, José Canga Argüelles, inició una nueva revista de carácter mensual, El Emigrado Observador 53, apoyado en este caso por el editor y propietario de la Imprenta Española en Londres, Marcelino Calero, también exiliado español. En su primer número la nueva revista proclamaba que entre los objetivos a difundir por el nuevo periódico se encontraban «los descubrimientos e invenciones en las artes», y la revista contenía una sección fija dedicada a las Ciencias y Artes. La sección tuvo un matiz eminentemente práctico, de modo que solo aparecen noticias acerca de nuevas invenciones y técnicas, como los carruajes de vapor, las mejoras en los carruajes de cuatro ruedas, un nuevo microscopio solar, nuevas lámparas más seguras en las minas, etc. Cuando esta última revista suspendió su publicación en 1829, anunciaba la próxima aparición de El Semanario de Agricultura y Artes, cuya finalidad era «facilitar a la nación española las noticias de las más interesantes invenciones, métodos y descubrimientos que para el fomento de la industria se hacían en la Europa, y especialmente en la Gran Bretaña». El Semanario inició su publicación en Londres el 2 de julio de 1829, pero continuó en Sevilla en enero de 1832 y posteriormente en Madrid 54. 53 El Emigrado Observador. 54 Semanario de agricultura y artes. Impreso y publicado por D. M. Calero y Portocarrero. Un estudio sobre la época de esta revista en Sevilla se ofrece en BRAOJOS, A. (1980), «El Semanario de Agricultura y Artes (1832-1833): un periódico fisiócrata en la Sevilla de fines del Antiguo régimen», Archivo hispalense, no 192, 67-106. agronómica de Braulio Antón Ramírez ofrece la relación de los artículos relacionados con la agricultura y ganadería publicados en la revista 55. El Museo Universal de Ciencias y Artes Pero de todas las revistas creadas o dirigidas por los exiliados liberales españoles, la de mayor interés desde el punto de vista científico es, sin duda, el Museo Universal de Ciencias y Artes, de la que aparecieron diez números con periodicidad trimestral desde julio de 1824 hasta octubre de 1826 56. La revista, al igual que la anterior Variedades y la posterior Correo Literario y Político de Londres, fue editada por Rudolf Ackermann 57. Su director y redactor único fue José Joaquín de Mora, un personaje fundamental en las tareas de divulgación científica y educativa, que bien merece dediquemos unas líneas a resumir su apasionante trayectoria biográfica 58. ----55 Entre la amplia lista de trabajos incluidos en el Diccionario, indicamos los siguientes como muestra del contenido del Semanario...: Aprovechamiento y cultivo de los baldíos; Arados nuevos para tierras ligeras y fuertes; Catálogo de varias plantas económicas, y usos para que sirven en las artes y oficios; Colleras para caballos; Crecimiento de los árboles y arbustos; Cría de animales domésticos; Cultivo del añil; Cultivo del trigo; Curación del lino y cáñamo; De los carneros merinos de la casta inglesa; Enfermedades agudas de los ganados de asta; Enfermedades de los cerdos; Fabricación de la cidra o sidra; Fabricación de manteca y queso; Fermentación vinosa; Gusano de seda y morera; Lombrices de los caballos; Maíz y su cultivo; Máquina para descascarar y blanquear el arroz; Molinos harineros y económicos; Necesidad y utilidad de los árboles; Semilleros de árboles, Sistemas de Agricultura, Utilidad de los topos en la Agricultura; Ventajas de la Agricultura, etc. Véase ANTÓN RAMÍREZ, B. (1865), Diccionario de Bibliografía agronómica, Madrid (reeditado por el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación, 1988); pp. 384-385. 56 Museo Universal de Ciencias y Artes, Londres, R. Ackermann, 2 Tomos en 8o. Una amplia biografía del editor alemán afincado en Londres se ofrece en FORD, J. (1983), Ackermann, 1783-1983: The Busines of Art, London, Ackermann. El estudio más completo de sus actividades editoriales dirigidas hacia Latinoamérica corresponde a ROLDÁN VERA, E. (2003), British book trade and Spanish American independence: education and knowledge transmission, Aldershot, Ashgate. 58 Basamos nuestra reseña en el que continúa siendo el estudio biográfico más completo de Mora, realizado hace más de un siglo por AMUNÁTEGUI REYES, M. L. (1888), Don José Joaquín de Mora: apuntes biográficos, Santiago de Chile, Imprenta Nacional. Para su estancia en Hispanoamérica, sobre todo en Perú y Bolivia, es fundamental la obra de MONGUIÓ, L. (1967), Don José Joaquín de Mora y el Perú del Ochocientos, Madrid, Castalia. Nacido en Cádiz el 10 de enero de 1783, Mora estudió leyes en Granada, y en 1805 desempeñó la Cátedra de Lógica del Colegio de San Miguel de dicha ciudad. Durante la Guerra de Independencia cayó prisionero de los franceses y fue llevado a Francia, de donde regresó en 1814. Comenzó entonces su carrera literaria y periodística: tradujo varias obras del francés y del inglés, compuso algunas piezas dramáticas y dirigió y colaboró en distintos periódicos, entre ellos, Crónica Científica y Literaria. De esa época es su famosa polémica con Böhl de Faber sobre el romanticismo (la «querella calderoniana»). Durante el Trienio Liberal, expresó sus ideas antiabsolutistas en diferentes periódicos como El Constitucional, El Eco de Padilla o Minerva Nacional, militó en el grupo de los comuneros y formó parte de la sociedad del Café de Malta. Tras la reacción absolutista de 1823, Mora se vio obligado a emigrar refugiándose en Londres, en donde viviría poco más de tres años, que dejarían una huella indeleble en su vida. Probablemente, gracias a su amistad con Blanco White entró en contacto con Ackermann, convirtiéndose en una figura clave para los proyectos de expansión en Latinoamérica del editor alemán. Además de dirigir dos de las revistas en lengua española de Ackermann, el Museo... y el Correo Literario y Político de Londres, realizó una amplísima obra literaria, y tradujo al español un extenso catálogo de publicaciones francesas e inglesas. También tuvo una destacada participación en la elaboración de una serie de textos dirigidos a la enseñanza elemental, a los que nos referiremos más adelante. Toda esta ingente producción literaria fue editada por Ackermann. Además de esta variada actividad periodística y literaria, durante su estancia londinense Mora estableció estrechas relaciones con representantes políticos y diplomáticos de algunas de las nuevas repúblicas hispanoamericanas, lo que le llevaría a participar activamente en la vida intelectual y política de Argentina, Chile, Perú y Bolivia. Así, a fines de 1826 se trasladó a Buenos Aires, a requerimiento del presidente argentino Rivadavia; después, se marchó a Chile, requerido ahora por el presidente Pinto, a instancias del cual redactó la Constitución chilena de 1828; más tarde se instaló en Perú y luego en Bolivia, en donde fue nombrado secretario del general Santa Cruz, volviendo nuevamente a Londres en 1838, en esta ocasión en calidad de representante de la efímera Confederación Peruano-Boliviana. Regresó a España en 1843, estableciéndose inicialmente en su Cádiz natal como director del Colegio de San Felipe, pero al año siguiente se marchó a Madrid, donde continuó con su variada actividad literaria y política. En 1848 fue nombrado miembro de la Academia española y en 1856 cónsul de España en Londres, por lo que retornó una vez más a la capital británica. Según se indicaba en el primer número del Museo, el objetivo fundamental de la revista era «la propagación de todos los conocimientos útiles, y aplicables a la Agricultura, al Comercio, a las Artes productivas; en fin, a todos los ramos que pueden influir en la prosperidad de las naciones y de los particulares». La nueva publicación pretendía, además, complacer tanto a los ignorantes como a los sabios, «dando a los unos conocimientos sencillos y elementales, que los pongan en estado de entender las teorías científicas, de que pueden hacer uso; comunicando a los otros los descubrimientos, las innovaciones, las mejoras que se hagan en las ciencias». En cuanto a la gama social de sus lectores potenciales, aspiraba a que sus trabajos merecieran «hallar tan favorable acogida en el palacio del opulento como en la cabaña del pobre» 59. Mora ya poseía experiencia periodística en la divulgación científica, pues una parte considerable de La Crónica Científica y Literaria, que había publicado anteriormente en España, contenía abundante información con ese contenido 60. De manera similar a la Crónica, el Museo incluía artículos, notas, comentarios y noticias sobre una amplísima gama de materias científicotécnicas, siempre según la concepción de la ciencia que tenía su director, que no era otra que la de la «ciencia útil». Así lo ponía claramente de manifiesto el propio Mora en uno de los primeros artículos de la nueva revista, al señalar que «desde que las ciencias matemáticas y físicas, guiadas por el genio de Bacon, empezaron a abandonar los sistemas absurdos que habían encadenado hasta entonces sus movimientos, todos los conocimientos humanos tomaron una nueva dirección, y propendieron uniformemente a la utilidad» 61. La ciencia aparece, por tanto, en el Museo asociada a la tecnología, la industria, la agricultura, la educación, la economía y la política; y, en todo momento, unida a las ideas de aplicación, utilidad, progreso y riqueza. Aunque carecía de secciones fijas, en todos los números del Museo aparecían trabajos y notas comprendidos en apartados tales como: Mecánica (aparece en los siete primeros números), Química (números 1, 3, 4, 7 y 9), Física (números 2, 8 y 9), Variedades de física y química (números 3, 4, 6 y 10), Agricultura (números 1, 2, 5), Botánica (números 4, 6 y 7), etc. En consonan-----59 Museo..., 1, prefacio, 1824. 60 Véase un estudio de esta revista en AUSEJO, E. (2001), «La emergencia de la ciencia en el furor absolutista: la Crónica científica y literaria (1817-20)». En ALVARES LIRE, M. et al. (eds.), Estudios de Historia das Ciencias e das Técnicas. Actas VII Congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, Pontevedra, Servicio de Publicaciones de la Diputación Provincial; Tomo II, pp. 645-656. cia con la idea de la ciencia de su redactor, casi todos los artículos eran de carácter eminentemente práctico, aunque también había algunos de naturaleza teórica, como los dedicados a las fuerzas mecánicas o a la electricidad 62. Entre los artículos dedicados a la tecnología abundan los que describen la utilización del vapor como fuente de energía para diversas finalidades. Trabajos y notas sobre el uso de esta fuente de energía de tanto interés por sus aplicaciones industriales, aparecerán en casi todos los números, empezando por una breve historia sobre la máquina de vapor y sus aplicaciones 63, seguida por diversos artículos referidos a su utilización en el transporte terrestre y marítimo 64, y por un amplio número de notas que dan cuenta de diferentes mecanismos propuestos para mejorar su utilización en campos diversos: se informa así de un prototipo de máquina inventado por S. Brown 65, de un nuevo generador de vapor inventado por el ingeniero americano Mr. Curdis 66, o de mejoras introducidas por otros inventores como Perkins, Evans o Hall 67. Hay, asimismo, una buena cantidad de artículos y comentarios sobre obras públicas y arquitectura, como los dedicados a reseñar diferentes tipos de puentes 68, o el dedicado al proyecto de subterráneo bajo el Támesis planeado por Brunel 69. Otra de las preocupaciones recurrentes de Mora es la Economía, de manera que también en la práctica totalidad de los números hay artículos de temas económicos incluidos bajo diversos epígrafes: Economía política (números 2, 3 y 4), Economía doméstica, Enseñanza económico-moral y Pensamientos sueltos sobre la industria y la moral (todos ellos en el número 5); Economía ----doméstica y economía aplicada (número 7). Se incluyen, además, innumerables notas de diferente extensión que proporcionan datos estadísticos de diferentes países sobre sus respectivas economías, industrias, demografías, etc. El interés permanente de Mora por la enseñanza se pone de manifiesto a través de los numerosos artículos relativos a experiencias educativas, centros de enseñanza, bibliografía sobre estas materias, etc. 70 Encontramos también algún artículo de divulgación filosófica -clasificación de las ciencias, lógica, ética-basados principalmente en el enciclopedismo francés y la filosofía inglesa desde Bacon y Locke hasta Bentham. Aunque de carácter más bien elemental, Llorens resalta el interés de estas páginas de Mora «por ser casi las únicas durante la emigración liberal en Inglaterra en donde se habla de filosofía» 71. El único apartado que aparece en la totalidad de los números del Museo es un «Boletín de Descubrimientos y Noticias», donde Mora daba cuenta de las últimas novedades científicas y técnicas producidas en diversos países. En su segundo año, el Museo incorporó una sección de «Bibliografía Extranjera», dirigida a dar conocimiento de las últimas novedades bibliográficas aparecidas en Europa sobre materias científicas. A partir del número 8, Mora, movido por el deseo de «amenizar la aridez de las doctrinas científicas», decidió dedicar «la primera parte de cada número a la literatura, y con preferencia a sus ramificaciones más agradables», con la finalidad de lograr que todos sus potenciales lectores encontrasen algo interesante en las páginas del Museo 72. Con ese fin se insertan varios «cuentos morales», noticias de libros recientes editados en su mayoría por el propio Ackermann, y algún artículo literario, además de una larguísima serie ilustrada dedicada a trajes rusos. En su despedida, escribía en el Correo Literario que, después de tres años trabajando «en favor de la ilustración del Nuevo Mundo», se veía en la necesidad de suspender ----70 «Escuela de agricultura de Mr. de Fallenberg en Hofwyl, en Suiza», Museo..., 1, 85-91, 1824; «Examen de los medios que se deben emplear en la educación, y anuncio de un nuevo establecimiento de educación, fundado en Suiza por Mr. Krusi, discípulo de Pestalozzi», Museo..., 1, 152-158, 1825; «Observaciones prácticas sobre la educación popular, dirigidas a los menestrales», Museo..., 1, 211-216, 1825; «De los Catecismos», Museo..., 1, 216-219, 1825; «Método de enseñanza mutua», Museo..., 1, 270-275, 1825. la redacción del periódico debido al «llamamiento honroso de un eminente hombre público». Pero no por ello renunciaba a seguir escribiendo «para los pueblos que tan favorablemente han acogido sus producciones», ya que: «El objeto de sus más ardientes deseos es la felicidad de aquellas naciones, la perpetuidad de su Independencia, el triunfo de los principios republicanos sobre la tiranía, el fanatismo, la traición y la ignorancia» 73. Estas palabras de Mora reafirman lo que a través de las páginas del Museo queda de manifiesto de forma palpable: su gran interés por difundir el conocimiento científico y los avances técnicos en las nuevas repúblicas hispanoamericanas. Sin duda, este era el fin último de su director, transmitir las ideas de progreso a unos nuevos países que, a diferencia de una España anquilosada, encerrada en sí misma y opuesta a toda innovación, constituían un inmenso territorio experimental donde parecía factible implantar sus ideales educativos e ilustrados de carácter progresista 74. Por otra parte, como señala Monguió, la época vivida en Londres inspiró en Mora «una permanente admiración por las instituciones, la política, la economía, la filosofía, la literatura y la vida inglesas» 75. Eso también se refleja a lo largo de los sucesivos números del Museo, en los que aparece una constante exaltación del Reino Unido, sobre todo de sus instituciones políticas y sociales, consideradas como ejemplo a seguir por las incipientes repúblicas hispanoamericanas. De ahí su insistencia en mostrar datos, informaciones, etc., sobre aspectos muy diversos de la vida en Inglaterra, que van desde noticias sobre inventos y aplicaciones técnicas hasta informaciones y estudios sobre centros educativos, instituciones políticas o establecimientos cívicos. Entre los muchos ejemplos en donde se puede apreciar la alta estima sentida por Mora hacia el Reino Unido en general, y hacia la ciudad de Londres en particular, ninguno mejor que el contenido en una noticia sobre la inauguración del puente de Waterloo sobre el Támesis, donde da rienda suelta a su gran admiración hacia la capital británica. Tras indicar la ubicación del puente y las ventajas derivadas de su construcción, así como algunos detalles sobre su coste, medios de financiación, etc., describe el espléndido panorama que se contempla desde el nuevo puente: ---- «El aspecto que se le ofrece al espectador en medio del puente de Waterloo es uno de los puntos de vista más estupendos de Europa. Hacia el Oriente, ve el puente de Blackfriars, y detrás la densa masa de edificios de la ciudad de Londres, sobre la cual se enseñorea en pompa majestuosa la cúpula de San Pablo. Hacia el Norte, la soberbia terraza de Somerset-House, uno de los mejores edificios de Londres, se apoya sobre las aguas del Támesis, coronada de altas columnas, y vistosos pabellones. Hacia el Oeste, se presenta el puente de Westminster, y detrás las torres pintorescas de aquella célebre catedral. Hacia el Mediodía, una espesa nube de humo exhalado por innumerables máquinas de vapor indica la residencia de la industria y los progresos del saber humano. ¡Qué lección tan sublime para los hombres de Estado, para los amantes de la humanidad, para todos los que pueden influir en la suerte de los hombres! Ved aquí, se les podría decir, en el puente de Waterloo, los efectos que producen las leyes justas, y sabias, la libertad bien entendida, la tolerancia religiosa, el amor al trabajo, el verdadero patriotismo, y un gobierno cuyo Norte principal es la felicidad del pueblo» 76. PUBLICACIONES DEDICADAS A LA ENSEÑANZA CIENTÍFICA: LOS CATECISMOS DE ACKERMANN Un tercer ámbito de actuación científica de los emigrados españoles fue el de la enseñanza. En esta tarea, plasmada en la redacción de unos Catecismos editados por Rudolf Ackermann, tuvieron notable participación algunos de los exiliados españoles. Se trata de un conjunto de breves manuales sobre diversas disciplinas científicas y humanísticas, dedicados a la enseñanza elemental y destinados al público hispanoamericano 77. La idea de publicar una serie de manuales educativos fue sugerida a Ackermann por el ecuatoriano Vicente Rocafuerte 78, según indica en sus memorias: «Convencido de que la inteligencia y la virtud son los verdaderos elementos de la libertad, y que no pueden ser libres los pueblos que carecen de ciertos conoci-----76 «Puente de Waterloo», Museo..., 1, 129-130, 1825. 77 ROLDÁN VERA (2003) ofrece el estudio más completo realizado hasta la fecha sobre los catecismos de Ackermann, su distribución, difusión e incidencia en el continente americano. 78 El político ecuatoriano Vicente Rocafuerte (1783-1847) desempeñó diversas misiones diplomáticas al servicio de México. Rocafuerte promovió los contactos con los exiliados españoles para obtener su colaboración en diversas actividades políticas, culturales y educativas. Murió en Lima en 1847. mientos que se han generalizado ya en las masas populares de Europa, y para suplir, en algún modo, la falta de primitiva educación que hay en América, me ocurrió la idea de hacer imprimir catecismos de moral, de geografía, de aritmética, de agricultura, etc., y se la comuniqué al Sr. Ackermann, con quien tuve amistad desde que llegué a Londres: él la aprobó y la puso en ejecución, con ventaja suya y con mayor provecho para la América» 79. Esta concepción «redentora» de la educación, así como de su papel en la libertad de los pueblos era una idea ampliamente compartida por los liberales españoles. Las siguientes palabras de Mora, comentando en el Museo la aparición de los Catecismos, lo expresan inequívocamente: «En los pueblos que tienen la desgracia de gemir bajo las cadenas del poder absoluto, lo que más procuran comprimir sus agentes y satélites es el movimiento intelectual. Todos sus esfuerzos, todos sus conatos se dirigen a paralizar la acción del entendimiento, a embrutecer los hombres para dominarlos más fácilmente, a distraerles con puerilidades y a obcecarlos con ficciones absurdas, a fin de que jamás se apliquen a estudiar sus derechos, sus verdaderas necesidades, y de que se entreguen sin murmurar al poder que los humilla y despoja. En semejante orden de cosas, la enseñanza es siempre un monopolio, que el despotismo dirige según sus miras, y de que se vale para consolidar su existencia y sacrificar a sus enemigos. Así pues el consejo más provechoso que puede darse a los gobiernos de América, que por una feliz reunión de circunstancias se hallan exentos de los males que aquejan a la mayor parte de los pueblos antiguos, es que promuevan por todos los medios imaginables la educación de la juventud. No puede haber ciudadanos donde no hay elevación de sentimientos y solidez de principios, y estos resultados no se adquieren sino por medio de la educación. Para llevar adelante tan grande obra no se debe aspirar de pronto a una perfección que solo puede ser hija del tiempo; adóptense todos los medios que generalizan y difunden los conocimientos útiles y en breve se vera cuanto se extienden y fecundan estas semillas. Los libros elementales, breves, baratos, escritos con sencillez y con gusto contribuyen singularmente a un fin tan útil» 80. Los catecismos eran libros de reducido formato, atractivos y manejables, editados «con mucho esmero y buen gusto», de 150 a 200 páginas, y con un precio que oscilaba entre los dos y los cuatro chelines 81. Estaban escritos se----- gún el sistema tradicional de preguntas y respuestas empleado en los catecismos religiosos o políticos, y se pretendía que fuesen utilizados siguiendo el sistema de enseñanza mutua o «lancasteriano», en el que los alumnos más aventajados se encargaban de la instrucción de los menos adelantados 82. En el prólogo al Catecismo de Química se cantaban las excelencias de este método: «El método interrogativo presenta ventajas tan importantes en todos los ramos de educación, que en Inglaterra, donde no se aprecia sino lo que es realmente útil, se halla adoptado en todas las casas de enseñanza, desde las escuelas de primeras letras, hasta las universidades más célebres y concurridas. Este método facilita el trabajo de la memoria, gradúa las dificultades, allana las asperezas de los rudimentos, y es el más acomodado a la enseñanza mutua, tan bien recibida en todos los países cultos, y tan favorable a la propagación de los conocimientos humanos» 83. A partir de hojas publicitarias y anuncios insertos en Variedades, Ocios de españoles emigrados, así como de los catálogos incluidos en los propios Catecismos y otros estudios más recientes 84, hemos obtenido un total de 26 cate-----82 El método de enseñanza mutua fue un método educativo propagado en Inglaterra por Andrew Bell (1753-1832) y Joseph Lancaster (1778-1838) a comienzos del siglo XIX. El método se basaba en utilizar, como «ayudantes» del profesor, a los alumnos más capacitados, los cuales se encargaban de transmitir lo que ellos aprendían a los demás estudiantes. El método gozó de gran popularidad, y tuvo una amplia difusión por Europa y América durante la primera mitad del siglo XIX. Una biografía de Lancaster y una exposición de su método educativo se ofrece en KAESTLE, C. F. (ed.) (1973), Joseph Lancaster and the Monitorial School Movement, New York, Teachers College. Sobre su desarrollo en diversos países latinoamericanos, pueden consultarse, entre otros, los trabajos siguientes: TRANCK DE ESTRADA, D. (1992), «Las escuelas Lancasterianas en la ciudad de México: 1822-1842», en La educación en la historia de México, México, El Colegio de México, pp. 49-68; BRUNO-JOFRE, R. C. (1990), «La introducción del sistema lancasteriano en Perú: liberalismo, masonería y libertad religiosa». En Jean-Pierre Bastian (comp.), Protestantes, liberales y francmasones: sociedades de ideas y modernidad en América Latina, siglo XIX, México, Fondo de Cultura Económica -Comisión de Estudios de Historia de la Iglesia en América Latina, pp. 84-96; NEWLAND, C. (1987), «El experimento lancasteriano en Buenos Aires», Todo es historia, 224, 46-52; ROLDÁN VERA, E. ( 2001), «Reading in Questions and Answers: The Catechism as an Educational Genre in Early Independent Spanish America», Book History, 4, 17-48; CARUSO, M. A. et al. (2005), «Pluralizing meanings: the monitorial system of education in Latin America in the early nineteenth century», Paedagogica Historica: International journal of the history of education, 41 (6), 645-654. 84 Hemos utilizado, sobre todo, la repetidamente citada obra de ROLDÁN VERA (2003), así como también: BERRUEZO, M. T. (1989), La lucha de Hispanoamérica por su independen-cismos. En algunos figuran sus autores, pero otros se publicaron de forma anónima, aunque en varios de ellos es reconocible su autor. Los catecismos de Economía política, Gramática castellana y Gramática Latina, así como los de Geografía y Química fueron realizados por José Joaquín de Mora; los de Aritmética Comercial, Astronomía, Historia Natural, Retórica y Mitología, por José de Urcullu; los de Álgebra, Geometría Elemental, Geometría Práctica, Ambas Trigonometrías y Geografía para el uso de los globos, por José Núñez de Arenas; el Catecismo de los literatos y el de Moral por Joaquín Lorenzo Villanueva; y el de Agricultura por Esteban Pastor; finalmente, los de Música, Industria Rural y económica, y los seis de Historia 85 son anónimos y hasta ahora no se ha podido averiguar su autoría. Muchos de los catecismos no eran sino traducciones adaptadas de libros ingleses de clase similar, en las que sus autores introducían a veces cambios sustanciales al traducir los textos del inglés al español. De los dedicados a materias científicas, los de Agricultura, Astronomía, Geografía e Historia Natural 86 están basados en los textos equivalentes de la serie de los Catechisms de William Pinnock (1782-1843), un conjunto de 64 manuales que comenzaron a publicarse en 1810 y fueron reimpresos en numerosas ocasiones a lo largo de la primera mitad del siglo XIX 87. El Catecismo de Química era un resumen abreviado del Chemical Catechism de Samuel Parkes 88, y el Catecismo de Geografía para el uso de los globos terrestres y celestes estaba estrechamente relacionado con una obra similar de John Greig 89. Blanco White y la historia de la educación española». En Historia de las relaciones educativas entre España y América. 85 Se trata de los Catecismos de Historia de los Imperios Antiguos, de Historia de Grecia, de Historia Romana, de Historia del Bajo Imperio, de Historia Moderna (Parte I) y de Historia Moderna (Parte II). 86 Aunque en el de Historia Natural, se indicaba que «D. Mariano Lagasca, bien conocido en todo el mundo por sus profundos conocimientos en la Botánica, y actualmente emigrado en Londres, ha tenido la bondad de revisar esta parte que trata del reino vegetal» (p. En cuanto a los catecismos de matemáticas 90, todos ellos fueron realizados por Urcullu y Núñez de Arenas. José de Urcullu 91, además del Catecismo de Aritmética Comercial, escribió otros catecismos sobre materias tan diversas como Astronomía, Historia Natural, Retórica y Mitología, una Gramática inglesa, un manual sobre moral, virtud y urbanidad, y una serie de obras educativas infantiles. Por su parte, José Núñez de Arenas 92 se encargó de la re-----90 Un estudio sobre los catecismos de matemáticas, que también incluye amplia información sobre los catecismos en general, se encuentra en AUSEJO, E.; HORMIGÓN, M. (1999), «Mathematics for independence: from Spanish liberal exile to the young American Republics», Historia Mathematica, 26, 314-326. 91 José de Urcullu fue capitán del ejército y miembro de la Sociedad Patriótica de La Coruña. Con anterioridad al exilio, ya había iniciado su actividad literaria con la publicación de algunas obras dramáticas, la traducción de La gastronomía o los placeres de la mesa, y una Relación histórica de los acontecimientos más principales ocurridos en La Coruña. Durante el exilio, Urcullu se convirtió en el más prolífico traductor y redactor de obras literarias y educativas para Ackermann, alcanzando un enorme éxito algunos de sus textos formativos. Así, por ejemplo, su Gramática inglesa, reducida a veinte lecciones (Londres, 1825) tuvo una enorme aceptación y fue reimpresa en numerosísimas ocasiones. También gozó de gran popularidad y fue ampliamente reeditada la obra Lecciones de moral, virtud y urbanidad, basada en el libro francés Trésor des Enfants, de Blanchard. Escribió además una serie de obras dedicadas al público infantil: Elementos de dibujo, Elementos de perspectiva, Recreaciones geométricas, Recreaciones arquitectónicas, etc. En cuanto a los catecismos, además de escribir o traducir los de Aritmética Comercial, Astronomía e Historia Natural, se encargó de la elaboración de los de Mitología y Retórica. El Catecismo de Aritmética Comercial fue reeditado más de 40 veces en Latinoamérica y al menos 20 en París, además de inspirar muchos otros textos de parecido contenido. Antes de emigrar a Inglaterra, Urcullu había contraído matrimonio con la hija del cónsul inglés en La Coruña, importante hombre de negocios residente en Portugal, lo que explica su posterior y definitiva residencia en aquel país (BARREIRO, X. R. (1997), O liberalismo coruñés: a segunda xeración (1823-1846), A Coruña, RAG; p. Allí continuó con su actividad literaria, y publicó una Cantata en honor de Pedro IV y de su hija Doña María, la primera elegía escrita a la muerte de Don Pedro de Portugal, que según indica LLORENS (1967, p. 151) constituye una «curiosa muestra literaria» de la solidaridad entre los liberales españoles y portugueses. También publicó varios obras de tipo educativo, entre ellas, Tratado elementar de Geographia astronomica, fisica, historica e politica antiga e moderna; Gramatica ingleza para uso dos portuguezes, etc. Urcullu murió en Lisboa en 1852. La información la hemos obtenido de las siguientes obras: GIL NOVALES, A. (dir.) (1991), Diccionario Biográfico del Trienio Liberal, Madrid, Ed. Debido a su pasado afrancesado, Núñez de Arenas en principio no logró ser inscrito en la «lista de Wellington», aunque posteriormente fue incorporado a la misma. A Núñez de dacción de cinco catecismos de matemáticas, que constituían, en su opinión, un curso completo de dicha materia: «Las personas que ya instruidas en la Aritmética quieran dedicarse á la carrera de las Matemáticas, á la de las Armas, á las Bellas Artes, i aun á las Mecánicas que deducen sus fundamentos de estas ciencias, hallarán en este tratado de Geometría, juntamente con el de Álgebra, ambas Trigonometrías, Geometría Práctica, i el de Geografía aplicada al uso de los Globos, que también he formado, todos los conocimientos reunidos, que por lo regular forman un curso completo de Matemáticas» 93. Según indican Ausejo y Hormigón (1999), los catecismos de Núñez de Arenas seguían claramente los dos primeros volúmenes de la última edición de los Principios de Matemáticas de Benito Bails 94. La relación es especialmente estrecha en álgebra, donde muchos parágrafos fueron literalmente copiados; pero Núñez de Arenas no quiso pasar de la matemática elemental, pues no solo suprimió cuestiones «nuevas», como el cálculo diferencial e integral y la probabilidad, sino que evitó también de tratar in extenso algunas partes de álgebra como la teoría de ecuaciones. Sus esfuerzos iban dirigidos a la claridad de exposición y a la profusión de ejemplos, lo que no era tan usual en los libros de la época. Por nuestra parte, hemos observado que en el apéndice del Catecismo de ambas trigonometrías (pp. 99-107), denominado «Consideraciones acerca de las Líneas Trigonométricas», en nota al pie de página se indica: «Vallejo, Tomo II, parte 1», lo que apunta a que el apéndice está tomado del Compendio de Matemáticas... de Vallejo 95. ----Arenas se debe la idea de crear un centro gratuito de enseñanza para los hijos de los emigrados, el Ateneo Español de Londres, proyecto al que se unieron Lagasca y Mendíbil. En el Ateneo, Núñez de Arenas se encargó de la enseñanza de las matemáticas. Los escasos datos biográficos los hemos obtenido de GIL NOVALES (1991), p. Un valenciano de prestigio internacional, Valencia, Institución Alfonso el Magnánimo-CSIC, pp. 106-107. 93 Catecismo de Geometría Elemental, Prólogo, p. i. 94 Benito Bails (1730-1797), director de la Sección de Matemáticas de la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando, fue encargado por la Academia para que escribiese un curso completo de Matemáticas, que apareció en 10 volúmenes entre 1772 y 1783. Después publicó una versión resumida en 3 volúmenes: BAILS, B. (1776), Principios de matemáticas, 3 Vols., Madrid: Vda. de Joaquín Ibarra, de la que aparecieron hasta cuatro ediciones, la última de 1805-1816. 95 VALLEJO, M. (1819), Compendio de Matemáticas puras y mistas, Valencia, Imprenta de Estevan. Las primeras ediciones de los catecismos constaban de unos 4000 ejemplares, y gozaron inmediatamente de una acogida muy favorable, como revelan fuentes diversas. Por ejemplo, en el periódico El Colombiano (21 junio de 1826) se escribía que los catecismos habían encontrado «universal aprobación y aplauso», y la Gaceta de Colombia (14 agosto de 1825) describía la rápida venta de un primer envío de libros de Ackermann en Bogotá: «Los catecismos de química, historia antigua, geografía y agricultura, y los demás libros que ha remitido a esta capital, el señor Ackermann para su despacho se han vendido inmediatamente: el almacén donde se expendieron no podía recibir el golpe de gentes que ansiaban por comprarlos. Esta ansiedad prueba el deseo de los colombianos por lustrarse y adquirir los conocimientos de que les tenía privados el antiguo régimen...» 96 Algunos catecismos tuvieron tan favorable acogida que pronto se agotaron y hubieron de reimprimirse en varias ocasiones. A lo largo del siglo XIX, e incluso en el siglo XX, de muchos se hicieron frecuentes reediciones, sobre todo en diferentes países hispanoamericanos. Los textos más ampliamente reeditados fueron los de matemáticas (especialmente el de Aritmética Comercial) que alcanzaron más de 50 ediciones. Hubo además numerosas versiones ligeramente modificadas o claramente inspiradas en la edición original, por lo que su incidencia puede considerarse muy superior al estricto número de sus reediciones. Una prueba adicional de su gran éxito la constituye el que muy pronto comenzaran a realizarse reediciones fraudulentas en París, como denunciaba Mora en una nota publicada en el Correo: «algunos especuladores franceses se proponen reimprimir las obras españolas que se publican en Londres, y enviarlas a los puestos de la América continental» sin pagar los originales y con mano de obra más barata que la inglesa. Añadía Mora que su editor «ha implorado ya la justicia de los gobiernos americanos contra esta escandalosa violación de los derechos más indisputables, y ha tomado precauciones seguras para que las obras que publica estén al abrigo de tan viles maniobras» 97. También en los propios catecismos se denunciaba este hecho mediante la inclusión de una «Nota del Editor», en la que se hacía referencia a las medidas legales adoptadas contra «una violación tan escandalosa de un derecho sagrado (...) a fin de que se impida la entrada de estas ediciones ilegales.» Y ---- el propio Ackermann, en una carta dirigida a Bolívar, le comunicaba la edición de estos catecismos «piratas», tan lesiva para sus intereses comerciales: «Algunas de mis ediciones se han reimpreso furtivamente en Francia, donde la avaricia de ciertos especuladores no repara ni en este medio poco delicado de apropiarse lo ajeno» 98. Los Catecismos iban dirigidos fundamentalmente a las escuelas primarias y secundarias americanas, y tuvieron una indudable repercusión sobre el sistema educativo de aquel continente, como se desprende de diversos testimonios contemporáneos. Importantes políticos hispanoamericanos como Simón Bolívar, Francisco de Paula Santander, Bernardino Rivadavia o José Cecilio del Valle defendieron la utilidad de las obras de Ackermann en la educación 99. Así mismo, otros políticos significados, como el argentino Domingo Faustino Sarmiento o el chileno José Victorino Lastarría, que eran adolescentes en la época en que se publicaron por primera vez los libros de Ackermann, señalaron en sus respectivas autobiografías la influencia que aquellas publicaciones habían ejercido sobre ellos 100. Nuevas aportaciones a su difusión e influencia en la América hispana se encuentran en el excelente estudio de Eugenia Roldán Vera (2003) varias veces citado. Hubo, no obstante, críticas sobre el carácter demasiado elemental y poco profundo de los catecismos 101. A tales críticas respondía Mora aduciendo que ----98 Carta de Ackermann a Bolívar de 18 de marzo de 1828, incluida en Pedro GRASES, P. (1955), «La primera editorial inglesa para Hispanoamérica», Revista Shell, no 15 (sin numeración); e) Una carta de Ackermann. 99 Por ejemplo, Bolívar escribió personalmente a Ackermann agradeciéndole el servicio prestado por sus publicaciones: «Me es, sin duda, muy agradable asegurar a Vd. que ellas han sido favorablemente acogidas entre nosotros, y solicitadas con empeño». 100 Las elogiosas palabras de Sarmiento sobre la gran ayuda que le proporcionaron los catecismos aparecen recogidas en LLORENS (1968), p. 101 Por ejemplo, el destacado pedagogo venezolano Simón Rodríguez (1771-1854) decía del sistema de enseñanza mutua lancasteriano en el que se basaba el método interrogatorio de los catecismos, que se trataba de una «escuela de vapor», de una «sopa de pobre», ya que la educación debía ser una labor profesional, a cargo de personas idóneas y especialmente preparadas, en la que no caben sustituciones: ni por los padres ni por monitores coetáneos y guías improvisados como los lancasterianos. Véase RUBILAR SOLIS, L. (2002), «Don Simón Rodríguez, el pedagogo andino (1771-1854) (Desde Cundinamarca hasta la Araucanía)», Revista electrónica diálogos educativos, no 4. «La severidad de los que los condenan como superficiales, es efecto de una necia pedantería. Ya se sabe que un compendio no puede formar eruditos; más no es esto lo que se necesita, sino que todos los individuos de la sociedad adquieran nociones más o menos extendidas, pero siempre justas y exactas sobre los objetos que más de cerca les tocan» 102. De manera similar, Urcullu, en el prólogo a su Catecismo de Historia Natural, incidía en este punto indicando que, aunque en el catecismo no se pudiese «tratar extensamente de los tres reinos de la naturaleza», no por ello dejaba de tener gran utilidad, pues «Un Catecismo es en la literatura, lo que los mapas en el estudio de la geografía; o bien, lo que la cámara oscura es en la pintura de paisajes: el fin de todas estas cosas es reducir los objetos a pequeñas pero exactas dimensiones, guardando entre sí la debida proporción y armonía para que el cuadro no presente a la imaginación la idea del Caos. A un niño no se le puede presentar la obra de Bufon, ni la de Goldsmith; pero sí un Catecismo en el cual se halle un resumen de lo que han dicho estos sabios: una vez que él adquiera algunas ideas, no tardará en desear ensanchar las esferas de ellas. Entre tanto sus facultades intelectuales van desarrollándose cada día más y más, y disponiéndose a recibir por grados las obras clásicas que deberán dar la última mano a sus estudios. Así es que todos los catecismos publicados por el Sr. Ackermann son de una utilidad palpable para los jóvenes, y aun para las personas mismas que han leído mucho; pues vienen a ser una especie de índice general bastante extenso, adonde pueden acudir en caso necesario, a consultar ciertos pasajes que no tengan muy presentes, y las indicaciones que hallen en el Catecismo consultado, volverán a renovar en su memoria cuanto hubieran leído sobre aquel asunto» 103. Ackermann también publicó otros manuales en forma no interrogativa para uso educativo y doméstico, sobre temas tan diversos, como gimnasia, dibujo, esgrima, medicina doméstica, buenas maneras, lengua inglesa, etc., además de libros de texto, tales como la Gramática latina de Nebrija, la de Iriarte, una Muestra de letra inglesa y un Nuevo silabario de la lengua castellana 104. Dos catálogos de sus libros en castellano puestos a la venta en 1824, incluían un total de 234 obras, toda una escogida selección de las mejores ediciones de la segunda mitad del XVIII y primeros años del XIX 105. 105 «Obras útiles e interesantes sacadas del copioso catálogo del Señor Ackermann, 101, extrañarse demasiado por el desmesurado elogio de Ackermann expresado en los Ocios, en donde se afirma que su nombre figurará en la historia del idioma castellano «con los de Plantino, Nucio, y otros flamencos y holandeses, que en los siglos XVI y XVII tanto trabajaron por inmortalizar la literatura de España» 106. Indiquemos finalmente que los catecismos de Ackermann no fueron las únicas obras de tipo educativo y divulgativo impresas en Londres para Hispano-América. Según indica Llorens, Mateo Seoane parece ser que redactó ocho manuales de tipo parecido sobre elementos de ciencias físico-químicas y naturales, que probablemente formaban parte de una serie de cartillas, como la de Hacienda, de Canga Argüelles, o la de Política, de Gorostiza 107. COMENTARIOS FINALES Muchos de los exiliados liberales regresaron a España tras la amnistía de 1834, donde, en no pocos casos, desempeñarían cargos políticos y administrativos de especial relieve en la vida política y cultural del país. Otros, como Mora o Urcullu, volverían años después. Algunos, sin embargo, jamás retornarían al país, bien porque no desearon hacerlo, como Joaquín Lorenzo Villanueva o Puigblanch, o bien porque fallecieron durante el exilio, como Jaime Villanueva, Fernández Sardino, Bauzá,... El exilio fue para todos ellos una época amarga y difícil. A pesar de las ayudas económicas otorgadas por el gobierno inglés 108, y de las obtenidas mediante recaudaciones populares 109, los emigrados liberales vivieron en ----Strand, Londres», Variedades, 1 (no 3, abril 1824), y 2 (no 4, julio 1824), anexos publicitarios. Respecto a los manuales de Seoane, recuérdese lo indicado en la nota 35. 108 El gobierno inglés, bajo el patrocinio de Lord Wellington, concedió un subsidio a los emigrados españoles, no por su condición de refugiados, sino como aliados de Inglaterra contra Napoleón. Por ello, quedaron excluidos los que habían sido afrancesados. El socorro mensual se repartía en seis categorías y oscilaba entre cinco y dos libras; las esposas cobraban dos y cada hijo, una. 109 La simpatía con que la mayoría de los ingleses veían a los españoles hizo que se organizaran actividades diversas para recaudar fondos que paliasen sus dificultades económicas: fiestas benéficas, representaciones teatrales, conciertos, colectas en las iglesias, exposiciones de trabajos hechos por los refugiados, etc. Para fomentar y distribuir estas aportaciones se formó un comité de ayuda al que perteneció el hispanista John Bowring, al que asesoraban Villanueva y Alcalá Galiano. «Mucho han perdido; pero, en mi opinión, mucho más han ganado. El vuelo que han tomado sus entendimientos, el ensanche que han recibido su ingenio, la cultura que ha adquirido el gusto de todos ellos, deben consolarlos en sus desgracias. ¿Qué serían ahora si hubieran continuado bajo el sistema en que nacieron? ¿Qué hubieran producido sino retoños que el aliento de la tiranía civil y religiosa hubiera agotado sin dejarlos desarrollarse?» 116. En general, el contacto con otros ambientes, con gentes de distinta formación y de intereses diferentes, resultaría sumamente positivo para muchos exiliados. Como hemos indicado en el caso de algunos científicos profesionales como Bauzá, Lagasca y Seoane, el exilio les permitió establecer nuevos contactos, estrechar lazos de colaboración y amistad con sus colegas británicos y ampliar el horizonte de sus conocimientos. Además, la estancia en Londres facilitó la publicación de algunos de sus trabajos en revistas inglesas, logrando así un mayor reconocimiento y difusión de su actividad. Así mismo, una afortunada confluencia de factores posibilitó que algunos de los exiliados españoles realizasen una amplia labor de popularización científica y promoción educativa hacia los países americanos de habla hispana. Por un lado, su encuentro con representantes de las nuevas repúblicas hispanoamericanas, con los que se sentían identificados por sus concepciones ideológicas sobre el papel de la ciencia y la técnica en el desarrollo socioeconómico, y la necesidad de elevar el nivel educativo de los pueblos para su emancipación. Por otro, su relación con un emprendedor y avispado hombre de empresa, Rudolf Ackermann, que les incorporó a su ambicioso proyecto editorial de difusión del conocimiento científico en los recientemente independizados países de Latinoamérica. En suma, los españoles desterrados en Londres desplegaron una variada gama de actividades relacionadas con la ciencia, por lo que el periodo de su exilio, desde el punto de vista científico, no solo no resultó estéril, sino bastante fecundo. Aunque, desde luego, su mayor incidencia hay que buscarla en el ámbito de la divulgación y de la enseñanza, más que en el de la investigación o creación científica. Por otra parte, este conjunto de actividades relacionadas con la popularización y la enseñanza científicas poseen un interés historiográfico añadido por constituir una fiel expresión de las representaciones que de la ciencia y la tecnología poseían los emigrados liberales, los cuales poco después se harían ----cargo de la dirección política del país, y sus convicciones ideológicas ejercerían considerable influencia en los diversos ámbitos de la vida política, social y cultural española a lo largo del siglo XIX. ACTIVIDAD CIENTÍFICA REALIZADA POR LOS LIBERALES ESPAÑOLES EXILIADOS EN EL REINO UNIDO, 1823-1833 * Manuel Valera Candel
gunda mitad del siglo XIX. Se aporta el texto del «discurso doctrinal» que sirvió al higienista sevillano Manuel Pizarro Jiménez (1821-1892) para obtener su segundo doctorado en medicina y se discute su posición ante la prostitución -un abolicionista defensor de la regeneración recompensada-a la luz de sus condicionamientos sociales y personales. Se aporta un inventario crítico de su producción impresa, así como diversos documentos en relación con este doctorado. Los estudios históricos sobre la prostitución en la España contemporánea han sufrido un estimable impulso en estas últimas décadas. Al tratarse de un territorio cuyo análisis es abordable desde distintos ángulos -el derecho, la seguridad, la sexualidad, la sociabilidad, la salud pública, la moralidad, el mundo laboral, la economía-las fuentes han de ser tan diversas que su confluencia dota al problema a resolver de una visión integral 1. Sin embargo la heurística en este sentido no ha dado todos los frutos deseables, a pesar del esfuerzo realizado por distintos historiadores. Las fuentes encontradas y manejadas hasta el momento actual que son los reglamentos, la literatura sobre higiene, alguna literatura de creación y documentación administrativa municipal han permitido aproximaciones cada vez más fecundas, pero que aun no nos proporcionan una visión total del asunto 2. La insuficiencia de estudios completos sobre los personajes productores de ideas y prácticas relativas a la prostitución es una limitación que ha sido recientemente denunciada 3. Evidentemente no todos los datos biográficos tienen el mismo estatuto en relación con el proceso de elaboración de un texto y mucho menos cuando éste tiene que ver con un asunto tan «escabroso» como es el de la prostitución. En tal sentido podemos afirmar que algunos serán totalmente irrelevantes, mientras que otros, tal vez los más difíciles de obtener, adquieren una especial relevancia. Con toda seguridad no vamos a aportar -y bien que lo lamentamos-ese tipo de fuente por el que suspiran los historiadores interesados por la prostitución en España, pero al menos cumpliremos con esa otra demanda de aportar datos y sugerir hipótesis que clarifiquen el sentido de un texto y las intenciones de su autor. La obra ----1 GUEREÑA, J-L. (2003), La prostitución en la España contemporánea, Madrid, Marcial Pons. En esta síntesis se recoge una amplia bibliografía sobre la prostitución 2 GUEREÑA, J-L. Si a Guereña le parecen insuficientes los datos biográficos disponibles del conde de Cabarrús o de Antonio Cibat para explicar adecuadamente sus posiciones sobre la prostitución, ¿qué decir del oscuro y provinciano Manuel Pizarro Jiménez? especialmente si se utilizan biografías como la de ÁLVAREZ SIERRA, J. (1963), Diccionario de autoridades médicas, Madrid, Editora Nacional, pp. 414-415 en donde se afirma que Pizarro alcanzó la cátedra de Higiene de Sevilla «en reñidas oposiciones» (véase el documento no 1 del apéndice documental) o que llegó a ser Alcalde de Sevilla de Pizarro sobre la prostitución -el contenido sobre este problema tanto en su Bases para la organización del Servicio Sanitario Municipal de Sevilla (1861) como en el Anuario de Higiene Pública (1863)-ha sido analizada extensamente por Vázquez García y Moreno Mengíbar 5, pero sin investigar en profundidad las características personales ni la instalación institucional del autor sevillano 6. MANUEL PIZARRO, UNA APROXIMACIÓN AL HOMBRE Manuel Pizarro Jiménez nació en Sevilla el 5 de octubre de 1821 y fue bautizado un día más tarde en la parroquia de San Bartolomé 7. Era hijo de Antonio María Pizarro Vilches y María Manuela Jiménez de Cartes y Gómez de los Reyes 8, una adolescente de catorce o quince años cuando rápidamente quedó embarazada tras celebrase el matrimonio. Los caracteres físicos de Pizarro, dada su frecuencia en la población, no parecen ser especialmente llamativos: a la edad de trece años se le indentificaba por su color trigueño, los ojos pardos y el cabello castaño y con veinte y cuatro años además de los caracteres señalados su estatura era calificada de regular y su barba poblada. Una reducida explotación de esta fuente puede encontrase en CASTEJÓN BOLEA, R. (1991), «Enfermedades venéreas en la España del último tercio del siglo XIX. Una aproximación a los fundamentos morales de la higiene pública», Dynamis, 11, 239-261; pp. 242 y 248 y CASTEJÓN BOLEA, R. ( 2001), Moral sexual y enfermedad: la medicina española frente al peligro venéreo (1868-1936), Granada, Universidad de Granada/Instituto Alicantino de Cultura «Juan Gil-Albert», p. Con posterioridad uno de nosotros ha vuelto a ocuparse circunstancialmente de Pizarro, CARRILLO, J. L. (1999), Un camino sembrado de espinas: Hauser y su aportación al enfoque «ecológico» en medicina. En: J. L. Carrillo, ed., Entre Sevilla y Madrid: nuevos estudios sobre Hauser y su obra, Sevilla, Universidad de Sevilla, pp. 50-52; CARRILLO, J. L. (2005), Presentación. Hauser, Estudios Médico-Topográficos de Sevilla, Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla, vol. I, Archivo Parroquial de San Bartolomé de Sevilla, Libros de Bautismo, 7, fol. 143. En la pila bautismal recibió los nombres de Manuel, María de los Dolores, Antonio, Juan Nepomuceno, Plácido, Froilán y José. 8 Archivo Parroquial de San Román de Sevilla, Libros de Matrimonios, 8, fols. Barros (Badajoz) donde tenemos constancia que ejercía en 18479. No sabemos cuando volvió a Sevilla, pero en 1850 ya estaba nuevamente instalado en la ciudad10 donde mantuvo un ejercicio profesional privado con crecida clientela. No parece que mostrara interés por pertenecer al recién nacido Colegio de Médicos de Sevilla cuando éste se constituyó en 185611. Prácticamente residió en la Plaza de San Martín no 3 la totalidad de su vida 13, siendo ésta una zona de la ciudad de Sevilla donde la prostitución estaba focalizada. Es muy posible que Pizarro llevara una vida coherente con sus principios burgueses: valoración del trabajo y condena del ocio y el sibaritismo como lacras sociales y exaltación del vigor físico incompatible con el consumo de alcohol y con la actividad sexual 14. Para la mujer nos propone una vida de «casta dignidad y pureza de costumbres» 15. En suma, una vida ascética lo que hizo compatible vivir modestísimamente y reunir un capital de alguna importancia 16. Como Manuel Pizarro permaneció soltero a lo largo de su vida, en ----1865 aun convivía con su madre, ya viuda, y su hermano Antonio (n. 1822), un cuarentón aun soltero por aquellas fechas. En 1877 compartían este domicilio familiar su tía Dolores, hermana de su madre, también viuda, y una sirvienta, situación que se mantenía tres años más tarde 17. Esta estructura familiar se rompió cuando, tras prolongada y penosa enfermedad, falleció su madre el 13 de diciembre de 1881 18 y en esta nueva situación la convivencia familiar quedó reducida a Manuel, su anciana tía Dolores y el servicio doméstico 19. Después la exclusiva compañía del servicio doméstico y la soledad 20, hasta su fallecimiento en Sevilla el día 8 de diciembre de 1892 21. A comienzos de la década de los ochenta su círculo de amistades «de toda la vida» comenzó a desintegrase por el fallecimiento de los tres abogados del grupo (el poeta Juan José Bueno Lerroux (1820-1881) 22, José Elías-Fernández ---residencia). Además poseía un terreno valorado en 40.000 pts. en la calle Trajano y 15.000 pts. en el Monte de Piedad, además de una cantidad no determinada en el Banco de España. Fueron beneficiarios diversas congregaciones religiosas, sobrinos y primos, albaceas y la sirvienta que le atendió en sus últimos años. 17 Archivo Municipal de Sevilla (AMS), Censo General de la Población de Sevilla [Padrones de vecinos]. 19 AMS, Censo General de la Población de Sevilla En el censo de 1891 ya no aparece Pizarro en su domicilio habitual de la plaza San Martín y la vivienda está ocupada por familiares de Blesa Solís González, la sirvienta que le había atendido los diez últimos años. Ella fue la heredera de la casa ubicada en la calle Quevedo 10. Tampoco vivía en ninguna de las fincas urbanas de su propiedad. 21 Archivo del Registro Civil de Sevilla, Libro de defunciones, distrito 2, libro 73, fols. Libro de registro de sepulturas. Se le inhumó el día 12 en sepultura de 1a clase. En nota marginal se hace constar que fue exhumado y trasladado a un panteón el 29 de diciembre de 1900. Con ello se dio cumplimiento a una disposición testamentaria que mandataba a los albaceas la adquisición de un panteón en el cementerio de San Fernando para reunir en él los restos de su madre y de su hermano. Los dos sanitarios, el médico militar Ramón Hernández Poggio (1823-1896) 26 y el cirujano-dentista Manuel Valenzuela Rodríguez (c. La posición de este grupo en relación con el vinculo matrimonial es diversa: dos de los siete se mantuvieron solteros (Pizarro y Elías), uno a los 42 años aun permanecía soltero y ya había enviudado en 1889 (Hernández Poggio), otro resistió en la soltería hasta los 56 años y terminó en un fugaz matrimonio y separación (Bueno) y los restantes contrajeron matrimonio en edades comprendidas entre los 27 años (Valenzuela) y los 39 (Palomo). En el caso de Moyano se efectuaron unas segundas nupcias cuando ya había alcanzado los cincuenta años. Usando este indicador no parece que se tratarse de un grupo de misóginos, aunque en términos generales, dadas sus resistencias y tardíos matrimonios, no parece que mostraran gran entusiasmo por la institución, hecho, por otra parte, muy frecuente en la población masculina. Desgraciadamente sólo tenemos evidencia de la posición de este conjunto de amigos frente a la prostitución en dos casos: Pizarro, al que necesariamente nos referiremos más adelante y Hernández Poggio que por su condición de médico militar tuvo que enfrentarse en reiteradas ocasiones con sus consecuencias sanitarias, si bien no fue un tema muy presente en sus numerosas publicaciones 28. Hernández Poggio participa de las características sociológicas del grupo y su conservadurismo le llevó, en fecha tan tardía como 1881, a mostrar una gran resistencia a aceptar las novedades científicas, en este caso su oposición al método antiséptico de Lister 29, hecho especialmente grave tratándose de un cirujano militar. Y como no podía ser de otro modo condena la prostitución a la que considera, desde su óptica católica y con una visión apocalíptica, como el origen de todos los males. En tal sentido rechaza una hipotética reapertura de las mancebías, demanda leyes represivas duras, la reclusión para todas las prostitutas y la deportación a las colonias, con afán poblacionista, de las reincidentes 30. Un programa con el que su amigo Pizarro no debía estar muy conforme. Aun cuando no conocemos la filiación política concreta de este círculo de amigos de Pizarro al menos disponemos de alguna información que nos permite acercarnos a su caracterización. Bueno Lerroux entró en la redacción de El Sevillano (1837) diario moderado defensor de la Constitución de 1837, era regidor en 1850, juró la Constitución de 1869 en tanto que oficial de la Biblioteca Provincial y Universitaria, mostró su entusiasmo poético por Alfonso XII y declaró explícitamente su condición de creyente; Elías-Fernández fue secretario particular del Alcalde en 1850 y, al parecer, fue separado de su cargo de Secretario del Ayuntamiento de Sevilla -puesto que ocupaba desde 1858-tras la Revolución de 1868 y Palomo, entre los años 1852 y 1863, formó parte de diversas corporaciones municipales -no lo fue en el Ayuntamiento progresista de 1854-, en tanto que catedrático de Universidad también juró la Constitución del 69 y se valió, para publicar en 1876-1877, de un diario político de tendencia monárquica fuertemente conservadora como era El Español. Desde el ----28 HERNÁNDEZ POGGIO, R. (1853), «La prostitución y la sífilis», Gaceta Médica. Aparte de sus publicaciones sobre temas de sanidad militar o de aclimatación nos interesa señalar la que tal vez fue su primera publicación y en la que manifiesta una «honda preocupación» por la salud de las mujeres aconsejándoles la privación de toda sensación voluptuosa (asistencia al teatro, ejercicio de la música o lecturas no piadosas) para evitar la calvicie, entre otros despropósitos, HERNÁNDEZ POGGIO, R. (1847), Cartas a Clemencia sobre la higiene del bello sexo, o sea reglas para que las mujeres conserven su salud y prolonguen su vida, Sevilla, Imprenta del Independiente. 29 Este hecho ya fue puesto de manifiesto por Juan Riera hace algunos años. RIERA, J. (1973), La introducción en España del método antiséptico de Lister, Valladolid, Universidad de Valladolid, pp. 21-22. punto de vista sociológico se trata de un grupo de burgueses altamente conservadores, tal vez cercanos a las posiciones políticas del partido moderado. El impacto en la vida de Manuel de la enfermedad y muerte de su madre es muy evidente. Se puede afirmar que a partir de aquella fecha se ensombrece su figura pública. ¿Obedece a ello el que se mantuviera en la condición de académico electo de la Real Academia de Medicina y Cirugía de Sevilla desde 1880 hasta su muerte, sin presentar su discurso de ingreso? 31 ¿O que dejara inconclusos sus Ensayos de Higiene Urbana, cuyo primer, y único, cuaderno apareció en 1879? ¿O que se suspendiera, al parecer, la publicación de la Gaceta Médica de Sevilla, una revista en la que había depositado tantas ilusiones y esfuerzos? Desgraciadamente las fuentes no nos permiten conocer el grado de influencia paterna en su educación, pero es obvio que el ambiente familiar favoreció un sentido católico de la vida que le condujeron a un alto grado de rigorismo moral y en tal sentido la materna parece muy evidente por «las altas dotes que la distinguieron como madre de familia y como cristiana». De una cosa no hay la menor duda: el alto grado de admiración que sintió por su ascendencia matrilineal -todas las mujeres eran sanas y longevas-frente a la patrilineal -los hombres eran todos cardiópatas-y es legítimo pensar que para Pizarro su madre le aportaba una «herencia» saludable y su padre la enfermiza 32. Esta preferencia por la línea materna de su familia se evidencia claramente en su testamento, tanto en la distribución de sus bienes como en un hecho de alta significación: la decisión de excluir a su padre en esa «reunificación» familiar en un panteón tras su muerte 33. Aun cuando no conocemos su adscripción política concreta se pone en evidencia su pensamiento altamente conservador. Su separación en diciembre de 1868 del cargo de médico titular del Ayuntamiento de Sevilla estuvo motivada, desde la óptica del poder, por ser un «desafecto al actual régimen político». Este conservadurismo -frente a ideas liberales-se manifestó en el terreno de la organización sanitaria defendiendo la intervención pública en este terreno. Por otra parte su defensa de la figura del «vigilante de costum-----31 Aparece por primera vez con tal condición en GS 1880, p. Empleamos aquí el término herencia en un sentido amplio (cultura) y no en el estrictamente biológico. 33 Excepto la casa, y mobiliario, en que vivía (Plaza S. Martín 3) que se la dejó a Matilde Pizarro, muy posiblemente la única hija de su hermano Antonio, el resto de los bienes pasaron a manos primos y sobrinos de la línea materna (familias Roncales Jiménez y Jiménez de Lorite) De todas formas no se puede descartar una extinción de la línea paterna. bres» es el más claro signo de intromisión del poder en la vida privada, proponiéndonos una sociedad en permanente estado de vigilancia incluso sobre conversaciones o sobre hipotéticos masturbadores, identificables, en su opinión, por señales seguras 34. Pizarro, ya lo hemos dicho, permaneció soltero a lo largo de toda su vida y esta circunstancia nos conduce a plantearnos el hecho de la resolución de sus necesidades sexuales 35. El tratamiento abolicionista que da a la prostitución nos induce a pensar que jamás usó de ella, a pesar de tenerla tan a su alcance en el barrio en que vivía. ¿O tal vez sí la usó y sus escritos condenatorios no son más que una coartada social expresión de una hipocresía burguesa? Algo parecido ocurre con la masturbación que igualmente condena, como tantos otros por razones religiosas y médicas, como un «asqueroso hábito», admitiendo que el celibato conducía frecuentemente a ella y secundariamente a la locura 36. Parece decirnos «soy ese extraño caso del célibe no masturbador al que no es necesario someter a vigilancia». Es posible que tras la exigencia de «robustez» 37 en el matrimonio se esconda una velada crítica al establecimiento del vínculo con adolescentes, como podía ser el caso de su madre, y una desaprobación hacia la figura del padre. Sobre el solo hecho de este celibato, concebido como virtud y vivido al parecer con alegría, es difícil pronunciarse sobre la orientación sexual de Pizarro, pero en el fondo de todo ello se vislumbra un Edipo no resuelto. SU CARRERA ACADÉMICA Con trece años inició sus estudios en la Facultad de Filosofía de la Universidad Literaria de Sevilla como paso previo obligado a su ingreso en una Facultad Mayor. El policía de las costumbres (police des moeurs), figura que existía en Francia desde el siglo XVIII, era el encargado de vigilar a las prostitutas en el marco de la línea reglamentista francesa. En España fue aceptado por Pedro Felipe Monlau y Roca (1808-1871) y por Pizarro, pero en este último caso extendió la vigilancia a otros territorios, convirtiendo a cualquier persona en vigilante potencial. 35 En su testamento no reconoce tener hijos naturales, ni ilegítimos. 37 Esta idea eugenésica la expuso en los siguientes términos: «Cuando la unión de los sexos se verifica en edad de robustez y se busca la armonía en distintos temperamentos e inclinaciones....se consigue una generación lozana». En la documentación manejada por nosotros no aparece entre los aprobados de los cursos tercero y cuarto, ni se encuentra entre los alumnos que obtuvieron el grado de bachiller en Filosofía, pero por el testimonio de su padre en escrito presentado al rector de la universidad en 1838 conocemos que «había estudiado hasta el cuarto año de Filosofía con la nota de notablemente aprovechado» y se disponía a comenzar los estudios médicos 38. Como era obligado para iniciar aquellos estudios de Filosofía tuvo que demostrar que cumplía con sus obligaciones religiosas y observaba buena conducta política y moral 39. Antes de comenzar los estudios de medicina su padre se dirigió al rector solicitando matriculación gratuita -también para su otro hijo Antonio que iniciaba el cuarto curso de Instituciones Filosóficas-aduciendo pobreza 40. 39 AHUS, Índice de carreras, libro 834, fol. 522 [Certificación expedida por el párroco de San Martín en fecha 21 de octubre de 1834 con diligencia del alcalde de esa parroquia]. ¿En que consistiría para un niño de trece años observar buena conducta política y moral? Edición facsímil del «Resumen de Anatomía» (Sevilla, 1828) de Joaquín Sánchez-Reciente, Sevilla, Secretariado de Publicaciones de la Universidad de Sevilla; CARRILLO, J. L. ( 2002), «De la consolidación a la cesantía: evolución del profesorado de medicina en la Universidad Literaria de Sevilla (1833-1845)», Asclepio, 54 (1), 251-268; CARRILLO, J. L. ( 2004), «Prácticas fraudulentas en la cultura académica: a propósito de un conflicto en la Universidad Literaria de Sevilla (1835)», Cronos, 7 (1), 155-164. 1780-1848), Instituciones Médicas de 3o curso (Terapéutica, Materia Médica y Medicina Legal) con Fernando Vida Pérez (1799-d.1873) e Instituciones Médicas de 4o curso (Patología Especial y Nosografía Médica) con Serafín Adame de Vargas Jiménez (c. Terminados estos estudios se dispuso a obtener el grado de Bachiller en Medicina. Nuevamente adujó su condición de pobre y sobresaliente para que el rector convocara por segunda vez un grado a claustro regular que había quedado desierto 43. La carencia de recursos económicos fue nuevamente aducida por Pizarro a la hora de iniciar los dos cursos de medicina clínica con resultado adverso a sus intereses: la oposición del Síndico Fiscal fue un elemento fundamental en la decisión final del Rector 45. El curso 1844-1845 estudió el séptimo año de medicina (asignaturas eminentemente quirúrgicas) en la Facultad de Ciencias Médicas de Cádiz lo que le permitió obtener el grado de bachiller en Cirugía 47. El doctorado en Medicina y Cirugía lo alcanzó en esta misma Facultad el 23 de junio de 1845, siéndole expedido el título con fecha 15 de julio de este mismo año 48. Un segundo doctorado en Medicina y Cirugía lo obtuvo el 4 de septiembre de 1870 -en una meteórica carrera administrativa y académica-por la Escuela Libre de ----Medicina y Cirugía de Sevilla con el «discurso doctrinal» titulado De la prostitución y de su influencia en las costumbres, en la moralidad y en la salud pública 49. La posibilidad de obtener este grado académico fuera de la Universidad Central fue debida al proceso de descentralización y autonomía alcanzado por las Universidades -y por los centros superiores libres de enseñanza universitaria-tras la revolución de septiembre de 1868 50. En el caso que nos ocupa la elección de este tema no estuvo obviamente inducida por razones legales y fue debido al interés personal por el mismo 51. Como era habitual en ----49 El 18 de agosto de 1870 era nombrado profesor de la Escuela; el 31 de agosto solicitó al director ganar los dos cursos de doctorado reglamentarios; el 2 de septiembre se examinó y aprobó ambos cursos; ese mismo día solicitó recibir el grado de doctor y se señaló el acto académico para el día siguiente, fecha en que entregó en la depositaría mil reales vellón como derechos del título y solicitó el acto de investidura, hecho que tuvo lugar el siguiente día, expidiéndosele el título el día 5. AHFMS, Expedientes académicos terminados: Medicina. [Expediente de carrera del alumno D. Manuel Pizarro y Jiménez]. Algunos documentos de este expediente (pp. 1-29v) se reproducen en el apéndice documental (Documentos no 2, 3, 4 y 5); Libro de Actas, 1, fol. 30v [Claustro general celebrado el 4 de Septiembre de 1870]. Se reproduce un particular de este acta (Documento no 6) en el apéndice documental. A partir de 1868 no se aplicaba el artículo 214 (elección inducida del tema a desarrollar y privilegio de la Universidad Central para conferir el grado) que entraba en franca contradicción con el principio de libertad de enseñanza. En el Reglamento de 1870 de la Escuela Libre de Medicina y Cirugía de Sevilla no se contemplaba regulación alguna sobre los estudios de doctorado. ESCUELA DE MEDICINA Y CIRUGÍA DE SEVILLA. Enseñanza Libre (1870), Órdenes sobre su organización y Reglamentos para su régimen y gobierno, y para el de las Clínicas y el Departamento Anatómico, aprobadas por la Excma. Diputación Provincial, Sevilla, Imprenta y Librería Española y Extranjera. AHFMS, Documentación sobre expedición de títulos. 51 Un inventario de los «discursos doctrinales» que se leyeron en las distintas Universidades durante el Sexenio revolucionario y que tuvieron como tema la prostitución sería muy deseable. Para el caso gaditano tenemos información en HERRERA RODRÍGUEZ, F. (1987), La investigación científica en la Facultad de Medicina de Cádiz a través de las tesis doctorales producidas en la misma en el siglo XIX, Cádiz, Servicio de Publicaciones [Tesis de doctorado en microfichas], pp. 193-195, 472-473. Los cinco discursos inventariados por Herrera responden al mismo título ¿Resultan daños a la sociedad en general por la libertad de la prostitución? Que medios legales deben adoptarse para reprimir los escándalos y disminuir los peligros y fueron sus autores Emilio Fernández Cid y Carvajal (1869), Miguel Pablo Quintanilla y García (1869), Santiago de la Torre Boades (1869), Antonio Gallego y Rivas (1869) y José este tipo de discursos doctorales carece por completo de unos fundamentos empíricos 52 -teniendo la prostitución tan cerca y habiendo disfrutado de un puesto en la administración sanitaria, una aproximación sociológica hubiera sido deseable-para centrarse en una discusión de carácter libresco buscando aquellos aspectos que podían reafirmar sus convicciones y prejuicios. El texto central que se discute fue básicamente el del francés Julien-François Jeannel (1814-1896) Mémoire sur la prostitution publique et parallèle complet de la prostitution romaine et de la prostitution contemporaine (Paris, Baillière, 1862; 2a edición en 1863) 53. Pero lo sorprendente de este doctorado no es tanto que careciera el discurso, con el que se pretendía obtenerlo, de unas fundamentos empíricos, sino que Pizarro se limitó a presentar lo que había escrito y publicado siete años antes 54. Por otra parte conocemos la existencia de uno leído en la Universidad de Barcelona porque fue impreso, MARSILLACH Y PERERA, J. ( 1869), ¿Qué medios deberá aconsejar el médico-higienista al gobierno para atenuar los funestos efectos ocasionados por la prostitución? Recuperado el centralismo madrileño tenemos constancia de dos discursos: BAUSELS, R. ( 1879), De la prostitución bajo el punto de vista higiénico [Manuscrito] y TAPIOLES LÓPEZ, J. ( 1880), Siendo inmoral e ineficaz para reprimir la prostitución la tolerancia reglamentada ¿de que medios se valdrán los gobiernos para atenuar sus inconvenientes? Ambos manuscritos se encuentran en la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid. 52 Así como el «Reglamento de las Universidades del Reino» de 1859 no regulaba las condiciones del contenido del discurso, los planes de estudio que se elaboraron a lo largo de la década de los 80 si que lo hicieron. Real Decreto de 13 de Agosto de 1880 reformando el Plan de Estudios vigente (Gaceta de Madrid de 16 de Agosto de 1880), art. 47, en el que se regula el doctorado en Medicina, dispone: «los ejercicios del grado de Doctor consistirán en la redacción de una Memoria original acerca de un punto concreto de la Ciencia de carácter preferentemente práctico y apoyada en lo posible en observaciones recogidas en el país». Real Decreto de 16 de septiembre de 1886 reformando los estudios de la Facultad de Medicina (Gaceta de Madrid de 19 de septiembre de 1886), art. 17 en el que se contempla «tesis compuesta por el graduado sobre punto doctrinal o de investigación práctica, elegido libremente que entregará manuscrito en el acto de solicitar el examen». El primero de estos decretos no llegó a entrar en vigor, pero en todo caso nos muestra el interés por la ejecución de trabajos de investigación empíricos. Remedios de la prostitución», El Monitor de la Salud de las Familias y de la Salubridad de los pueblos, 5 (24), 277-279. En los dos primeros casos refutando sus opiniones y en el tercero reproduciendo la parte dispositiva del artículo. 54 Compárese IC no 2, pp. 125-140 (parágrafos 26 al 28) con documento no 4 del apéndice documental y se comprobará que el discurso doctoral solo se diferencia en las pp. 10-11 El título de este «discurso doctrinal» no guarda una relación unívoca con el contenido del mismo y los tres aspectos que se nos anuncian no son abordados con un cierto grado de sistematización. Es evidente que Pizarro ni siquiera realizó ese mínimo esfuerzo que suponía someter un texto previamente elaborado y publicado a estas tres categorías que proponía. Tras un título que puede resultar atractivo, se esconde un texto que, muy posiblemente, defraude a un lector motivado por aquél. Para poder entender mejor este desajuste no debemos olvidar las características del producto para el que estaba destinado la versión primitiva: un Anuario dedicado a dar a conocer y discutir las novedades en materia de salud pública de reciente aparición, en este caso las publicaciones de Jeannel, Quantin y Monlau. Pues bien, esta información está encuadrada dentro de anuario en el apartado IV.A bajo el título de «Funciones reproductivas. Perversión del instinto genésico» teniendo el texto un sentido muy diferente al que se le pretende hacer jugar en la segunda versión siete años más tarde. Pizarro es un abolicionista que no tiene inconveniente en aceptar las normas contenidas en las ordenanzas de policía de Burdeos en relación con la prostitución, un programa prohibicionista (restringía la libertad de movimiento y pretendía condenar a la invisibilidad a las prostitutas) y punitivo (arrestos, cierre temporal de establecimientos) 55. Es evidente que reglamentaciones de este tipo eran de su total agrado. Como eran de su agrado los artículos 9, 10 y 11 del reglamento prohibicionista de Monlau -un abolicionista de corte distinto a Pizarro-, es decir, aquellos que transitaban por el territorio de una regeneración recompensada y los que, en su opinión, podían realmente acabar con la prostitución. Para Pizarro el resto del articulado no eran más que «...el buen deseo y las aspiraciones nobles de un hombre probo, esperanzado en hallar sujetos que secunden el pensamiento y realicen sus benéficas intenciones, pero observaremos en primer lugar que no se suprimen por un decreto los vicios de la civilización, ni las deprabadas prácticas del sensualismo...» 56. El proyecto abolicionista de Pizarro caminó por otros derroteros. De momento ---que son de nueva redacción y que sirven de introducción. En tal sentido podemos admitir que incumplía algunos artículos del «Reglamento de las Universidades del Reino» que no atentaban contra el principio de libertad de enseñanza: escribir un discurso «el tiempo que tenga por conveniente» para obtener el grado (art. 215); si el autor hiciera modificaciones a la hora de imprimirse [¡ya estaba impreso!] debería obtener la anuencia del presidente del Tribunal (art. 220). No hay que olvidar que en el expediente de doctorado (ver el documento no 3 del apéndice documental) se invocan dos artículos de este reglamento, los 117 y 118. contentarse con hacer poco o nada visible las «manifestaciones externas del libertinaje», para después emprender un programa que atajara las causas de la prostitución. Frente a la desmoralización de la sociedad propone una remoralización de la vida, naturalmente desde la óptica de una moral pequeño burguesa y conservadora (educación religiosa, lucha contra la pereza); frente a la pauperización generada por el sistema económico, una mejora de las condiciones de vida de las clases trabajadoras (mejoras salariales). La expiación de la culpa y la redención por el trabajo eran para Pizarro los caminos abiertos a la regeneración 57. Manuel Pizarro fue muy consciente de que este proyecto no iba a contar con el apoyo de todos los defensores del abolicionismo -territorio en el que se ubicaba-por tratarse de una línea de actuación considerada blanda. Muy posiblemente estaba pensando en el propio Monlau cuando se disponía a transcribir los once artículos de su reglamento, los ocho primeros dedicados a vigilar y reprimir policialmente la prostitución. En tal sentido el testimonio de Pizarro es contundente: «Empero no todos los que participan de nuestro modo de ver satisface tanta suavidad de miras y nosotros, a fuer de expositores, debemos no omitir en este lugar una opinión muy digna de respeto por la competencia de su autor en materias de Higiene pública». Es evidente que Pizarro no comparte el abolicionismo duro de Monlau, o el de su amigo Hernández Poggio, y él no se considera más que un mero «expositor» de las ideas de alguien que representaba, dentro de aquel dominio, la máxima autoridad en España 58. No fue éste un terreno en el que Pizarro siguió ciegamente a Monlau 59. Desde 1858 era uno de los dos médicos titulares del Ayuntamiento de Sevilla -el otro era Domingo García Sánchez (c. 59 Este desacuerdo con Monlau no ha sido puesto de manifiesto por los autores que se han acercado a la obra de Pizarro sobre la prostitución. La ambigüedad que muestran los dos primeros autores (p. 131) quizás se hubiera resuelto más ajustadamente a la realidad si en lugar de decir que «en líneas generales Pizarro aprueba el programa prohibicionista de Monlau», hubieran dicho «en líneas generales Pizarro desaprueba el programa prohibicionista de Monlau». los pobres. En 1860 y dentro de estas tareas asistenciales, Pizarro era médico del Hospital de la Paz (San Juan de Dios) en donde se encargaba de la atención de doce enfermos incurables asilados allí 60. Esta mínima estructura sanitaria municipal se modificó sustancialmente en 1864 al asumir el Ayuntamiento la financiación y gestión de las dos «casas de socorro» existentes en la ciudad, una en el antiguo edificio del Hospital del Cardenal y la otra en Triana, mantenidas hasta ese momento por la Diputación y la que ese mismo año el Gobierno Civil abrió en el Hospital de San Juan de Dios. Al mismo tempo se amplió la plantilla de médicos titulares a seis, dos por cada «casa de socorro» 61 y se dotó de un personal auxiliar. Los objetivos sanitarios de esta institución fueron la prestación inmediata de asistencia médica a los accidentados, la asistencia médica a los pobres en el propio consultorio, y el traslado de enfermos y heridos. La denuncia de Pizarro en 1861 de la precaria dotación de la ciudad en «casas de socorro» 62, la sugerencia al Ayuntamiento del gobernador Antonio Guerola en septiembre de 1863 63, las reclamaciones del médico Juan Velasco Cabezón (c. 1836-1905) desde la revista La Crónica Médica y otras en la prensa diaria, fueron sin duda factores propiciadores del cambio 64. Pizarro reclamó un mayor protagonismo del Municipio en las tareas de salud pública y reivindicó la creación de un Cuerpo de Inspectores de Salubridad que acometiera la tarea de realizar una topografía médica de Sevilla o la elaboración de un catálogo sanitario de los establecimientos públicos e industriales de acuerdo con lo establecido en las Ordenanzas Municipales. En 1865, cuando el Ayuntamiento disponía ya de seis médicos titulares, Pizarro se ofreció para realizar una topografía médica de Sevilla empleando a estos médicos como informadores/redactores, frente a la idea de que tal tarea se encomendase a «personas extrañas a la administración municipal». El expediente sobre este último asunto puede verse en AMS, Colección alfabética, 897 (Varios no 389). En: F. Suárez, ed., Sevilla en la segunda mitad del siglo XIX, Sevilla, Fundación Sevillana de Electricidad, vol. I, pp. 111-112. Es significativo que en 1864 el Gobierno Civil -ahora en manos de Francisco Martínez Corbalán-abriera una casa de socorro en el Hospital de San Juan de Dios, lugar donde trabajaba Pizarro. Posiblemente fue una sugerencia de las que nos habla Guerola (vol. IV, p. 1074) y resultado de las entrevistas que mantuvo con Pizarro con el objetivo de desarrollar la medicina preventiva por medio de «médicos higienistas capaces», proyecto éste que no llegó a iniciarse (vol. I, p. En esta nueva situación Pizarro se hizo cargo de la asistencia a los enfermos de las parroquias El Salvador, La Magdalena, San Miguel, San Andrés y San Martín estableciéndose la consulta en la casa de socorro del Hospital San Juan de Dios, así como la asistencia domiciliaria a estos mismos pobres 65. Su trayectoria profesional dentro de la Beneficencia Municipal se truncó temporalmente en 1868 cuando fue separado del cargo durante todo el Sexenio revolucionario 66. Nuevos cambios se produjeron en la estructura de la sanidad municipal de Sevilla, posiblemente como consecuencia de la reincorporación de los separados y así en 1875 se profundizó en la institucionalización de la llamada «hospitalidad domiciliaria» -modelo asistencial con el que Pizarro mostraría su disconformidad-dotándola inicialmente de cuatro médicos 67. Esta fue la nueva situación que vivió Pizarro a su reincorporación en 1875 haciéndose cargo de la demarcación cuarta formada por las parroquias de San Martín, San Andrés, San Gil, Omnium Santorum, San Juan de la Palma, San Pedro y San Ildefonso. De forma inmediata se amplió a ocho distritos al frente de cada uno había un médico, lo que supuso igualmente una ampliación de personal. Pizarro se hizo cargo del distrito ocho formado por las parroquias de San Pedro, San Juan Bautista, San Martín, San Andrés y San Miguel. En 1876 se dispuso de un reglamento de este servicio y se amplió a diez en número de distritos. En esta situación se mantendría hasta su jubilación en diciembre de 1891. Pizarro envió ocasionalmente la estadística semanal de curas practicadas en esta casa de socorro a la revista La Crónica Médica (agosto-septiembre de 1864). Aparte de Pizarro fueron separados García Sánchez, Zaldo Mingo, González de Andía y Pérez Carrera. Baños había dimitido durante la epidemia de cólera de 1865, siendo temporalmente sustituido por Isidro Vázquez Pulido (n. c. Fueron reemplazados inicialmente por Fernando Rodríguez García (n. 118, nota 95 afirman que permaneció excluido de la nómina municipal hasta 1877, sin aportar la fuente de la que proviene ese dato. Nosotros lo encontramos activo desde 1875 y en la sesión ordinaria del Cabildo Municipal de 10 de mayo de 1876 se aprobó su incorporación a la Comisión de Beneficencia en tanto que «profesor de término» y consecuentemente en una situación activa dentro de la administración. 67 La nómina en 1875 estaba constituida por los cuatro reincorporados (García Sánchez, González de Andía, Pizarro y Zaldo), cinco de los incorporados entre 1869 y 1872 (Benjumeda, Tuñón, Arizmendi, Rodríguez García y García Montalbán) y dos nuevas incorporaciones las de Ricardo Rodero Ramírez (n. Su tarea como salubrista se completó cuando asumió la dirección de la Gaceta Médica de Sevilla. Aun no tratándose de una revista especializada en temas de salud pública, el perfil profesional de su director la orientó en tal sentido encontrando un amplio espacio la información sobre materias de higiene. La labor de Pizarro se centró más en trasladar a los lectores sus propias lecturas y la información que disponía que en utilizarla para sus propias publicaciones: reseñas de revistas médicas, publicación de extractos, información sobre congresos, traducciones, reseñas bibliográficas, revista de higiene, etc. 68. En 1881 se acredita como redactor de una sección, el Boletín Sanitario Semanal, que proporcionaba una información sobre el estado sanitario, la mortalidad y el balance demográfico de Sevilla 69. El prestigio social alcanzado por Pizarro le condujo a presidir la comisión española del Tercer Congreso Internacional de Higiene que se celebró en Turín los días 6 al 12 de septiembres de 1880 y aunque no tenemos evidencia de que se desplazara a la ciudad italiana, sabemos que realizó las gestiones obligadas por el cargo y tradujo la información generada por el propio Congreso 70. Su tarea como traductor 71 se vio recompensada en 1883 con un premio de la Sociedad Francesa de Higiene por la traducción al castellano del libro de René-Henri Blache (1839-1908) Hygiène et éducation physique de la deuxième enfance. ----68 Sólo hemos localizado una colección en la Hemeroteca Municipal de Sevilla, encuadernada en dos volúmenes que alcanzan el periodo señalado. BRAOJOS GARRIDO, A.; TORIBIO MATÍAS, M. (1990), Guía de la Hemeroteca Municipal de Sevilla, 2a ed., Sevilla, Ayuntamiento de Sevilla, p. Pensamos que posiblemente se trate de un arrastre de información no contrastada (inercia), pero si no fuera así, es evidente la nula visibilidad de la revista entre 1882 y 1884. 71 Además de esta traducción Méndez Bejarano nos habla de otra con el título La higiene del individuo y de la casa. A pesar de ser el médico sevillano que más interés había mostrado por los problemas de salud pública, cuando en 1868 se creó por la Junta Provincial Revolucionaria la Escuela Libre de Medicina y Cirugía de Sevilla, Pizarro quedó excluido del claustro de profesores y más específicamente de la cátedra de Higiene Pública y Privada. En esta exclusión no parece que hubiera razones políticas porque en el claustro la presencia de progresistas fue mínima. La cátedra le fue encargada a Jacinto Zaldo Mingo, un destacado conservador, quien renunciaría en enero de 1870 al pasar a ocupar la de Patología Médica. Estas sucesivas renuncias hicieron posible que en el Claustro General de la Escuela celebrado el 18 de agosto de 1870 fuese nombrado Pizarro para desempeñarla 73. Un Decreto de 29 de julio de 1874, que pretendía regularizar la libertad de enseñanza, determinó, muy justificadamente, el cierre de un buen número de los establecimientos libres de enseñanza superior. No fue este el caso de la Escuela Libre de Sevilla que superó el expediente de reconversión y en octubre de este mismo año se autorizó provisionalmente la continuación de los estudios médicos en Sevilla. En la plantilla de profesores propuesta por la Diputación se incluyó a Pizarro en la cátedra que venía desempeñando, hecho que fue aprobado por la Dirección General de Instrucción Pública 74. Tras superar diversos trámites administrativos por Real Orden de 14 de septiembre de 1875 nació la Escuela Provincial de Medicina y Cirugía de Sevilla en tanto que entidad docente pública financiada y gestionada por la Diputación Provincial. El Rey aprobó la plantilla de profesores propuesta por el rector de la Universidad Hispalense en el que, obviamente, se encontraba Pizarro que fue confirmado interinamente como catedrático 75, situación inmodificada hasta su jubilación en diciembre de 1891. Los libros de texto utiliza-----dos para esta docencia fueron sin lugar a dudas los de Monlau 76, hecho perfectamente constatado para la enseñanza de la Higiene Privada y sospechado para el caso de la Higiene Pública. La superación de esta crisis propició una toma de conciencia en el seno de la Escuela sobre la necesidad de conectarse más con el exterior y al mismo tiempo difundir en el mundo médico y social las tareas que un su seno se venían desarrollando. A estas nuevas exigencias responde la muy activa participación de la Escuela, como institución, y la de sus profesores en dos de los tres Congresos Médicos celebrados en Andalucía por aquellos años 77. En el primero de ellos, el Congreso Médico Andaluz celebrado en Sevilla en 1876, participó Pizarro presentado tres comunicaciones 78 y en el segundo, que tuvo un carácter internacional y también se celebró en Sevilla en 1882, fue miembro de la comisión organizadora, presidente de la comisión científica, ostentó la delegación de la Real Academia de Medicina de Roma y de la Sociedad de Higiene de París y presentó una comunicación (1-2), portada, verso reserva de derecho de propiedad; (3-4), dedicatoria, verso blanco; (5)-7, Al Ayuntamiento Constitucional de Sevilla; 8, blanco; (9)-134, Texto: (119)-131, Documentos manuscritos relativos a las mancebías, que existen en el archivo municipal de Sevilla; (133)-134, De las antiguas ordenanzas de Sevilla, cuya primera edición, hoy rara, conserva tambien el archivo de dicha ciudad copia, copiamos algunos párrafos citados en el texto de la memoria; (135-136), Índice de las materias contenidas en este escrito. ----76 MONLAU, P. F. ( 1871), Elementos de Higiene Pública, 3a ed., Madrid, Moya y Plaza, 2 vols; MONLAU, P. F. ( 1870), Elementos de Higiene Privada, 4a ed., Madrid, Moya y Plaza. 78 Como no se publicaron Actas de este Congreso, Pizarro editó estas tres lecturas dos años después en sus Ensayos de Higiene Urbana, pp. 9-29. Presenta un total de veinte y tres apartados numerados en romanos pero sin títulos, siendo éstos recogidos en el índice de materias. Biblioteca Nacional de España (1/476) Sevilla. Anuario de Higiene Pública. Exposicion de las principales tareas y progresos de esta ciencia en el año de 1862 por D. Manuel Pizarro y Jimenez, Doctor en Medicina y Cirugia. Médico titular de Sevilla. Pp. (i-ii), portadilla, verso blanco; (iii-iv), portada, verso reserva del derecho de propiedad y pie de imprenta; (v)-vi, ( introducción Su objetivo es reunir en un solo volumen los trabajos del año precedente facilitando la difusión de la medicina preventiva. Está dirigida a médicos, cuya misión es prevenir las enfermedades y a las autoridades que deben velar por la conservación de la salud pública. Su contenido pretende ser científico y divulgador al mismo tiempo. A pesar de su carácter de anuario sólo apareció este volumen. Profilaxis del cólera morbo asiático. Informe de las Juntas Municipales de Beneficencia y Sanidad de Sevilla, acerca de una Memoria presentada, con este objeto, al Excmo. Ayuntamiento de la espresada capital por el Colegio médico de la misma: escrito por el Dr. D. Manuel Pizarro y Jiménez, Condecorado con la órden civil de Beneficencia, vocal de la Junta Provincial de Sanidad, de la Municipal de Beneficencia y Médico titular mas antiguo de dicha ciudad, Sócio del Instituto Médico Valenciano, Miembro correspondiente de la Sociedad de Ciencias Médicas de Lisboa, etc. Valencia: Imp. de D. José Mateu Garin, a cargo de Victorino Leon. (1-2), portada, verso blanco; (3)-19, Texto: (3)-13 análisis de la reglas de aplicación inmediata, 13-19 análisis de las reglas de aplicación en caso de aparecer el cólera; 20 blanco; (21)-23 reproducción de los preceptos de la Memoria del Colegio de Médicos. Biblioteca de la Universidad Complutense, Medicina-Depósito 1, (VA 15( 13)) Escuela de Medicina de Sevilla. Curso de Higiene Privada. Programa por D. Manuel Pizarro y Jimenez, doctor en medicina y cirujía, de la órden civil de beneficencia, catedrático de higiene en la expresada escuela, sócio de varias corporaciones científicas y literarias, nacionales y extranjeras. Se trata del programa pormenorizado relativo al curso de Higiene Privada explicado en la Escuela Libre de Medicina de Sevilla. Son un total de cincuenta lecciones de acuerdo con la organización de la información seguida en los Elementos de Higiene Privada por Pedro Felipe Monlau y Roca. La Especial (lecciones 42-50) se corresponden igualmente con las tres secciones de Monlau. Del trabajo y su influencia en la salud y en las costumbres públicas: Discurso leido en la sesion inaugural de la Escuela de Medicina de Sevilla, el dia 14 de Setiembre de 1873, por D. Manuel Pizarro y Jimenez, catedratico de Higiene. (2h), portada, verso blanco; (1-2), (dedicatoria), verso blanco; (3)-5, (introducción); ( 6)-47, Texto. Este discurso se estructura en un total de seis apartados numerados en romanos y sin títulos. [Acta del examen] En la ciudad de Sevilla a las seis de la tarde del día tres de Setiembre de mil ochocientos setenta, reunidos en la sala rectoral de esta escuela los Sres. Doctores D. Antonio Marsella, D. Cayetano Álvarez Ossorio y D. Antonio Rivera y Ramos, nombrados por el Sr. Rector de la Universidad Literaria de esta Ciudad, para constituir el Tribunal que, debe de examinar a los aspirantes al Doctorado de Medicina previas las formalidades correspondientes fue admitido leer la memoria presentada D. Manuel Pizarro y Jiménez, natural de Sevilla y Licenciado en Medicina y Cirugía, quien después de contestar a las reflexiones que conforme a los artículos doscientos diez y siete y doscientos diez y ocho del reglamento de universidades se le hicieron fue aprobado por unanimidad. Y para que conste firman los expresados Señores esta acta. Dr. Antonio Marsella [rubricado] Dr. Cayetano Álvarez Osorio [rubricado] Dr. Antonio Rivera [rubricado] [AHFMS, Expedientes académicos terminados: Medicina. Discurso doctrinal 80 [pág. 10] De la prostitución y de su influencia en las costumbres, en la moralidad y en la salud pública. La higiene es una ciencia eminentemente social, puesto que no sólo se propone la conservación de la salud del individuo y prolongar su existencia tranquila y exenta de achaques, sino que tiende al perfeccionamiento de la gran familia humana. Su íntimo enlace con la estadística ha dado a este ramo del saber visible progreso, ensanchando también el campo de la etiología o patogenesia con la observación asidua de las causas que pueden trastornar la salud e inter[pág. 10v]rumpir la armonía de los actos fisiológicos del organismo. No es menos evidente su estrecha alianza con la moral, pues no hay, quizás, asunto de higiene pública que no sea una elevada cuestión de filosofía práctica y de administración, o que no se relacione directamente con ambas ciencias. Las pasiones y los vicios del hombre tales como la gula, la embriaguez, la avaricia, ya se consideren bajo el punto de vista higiénico, ya se examinen con relación a la deontología, ofrecen un vasto estudio al médico pensador, cuyos límites exceden con mucho a los propios de esta memoria; debo, por tanto, ceñirme a presentar algunas reflexiones sobre la prostitución [pág. 11] bajo el triple aspecto de su influencia en las costumbres, en la moralidad y en la salud pública. Sabido es que la prostitución, coetánea de todas las épocas de la historia, patrocinada en unas dentro del mismo santuario y elevada a la apoteosis como en los templos del paga-----80 Manuscrito de 17 páginas sin numerar, autógrafo y rubricado en su última página. Letra moderna, sin tachaduras y con una sola enmienda, tinta parda, escrito en recto y vuelto, excepto en la última página. En la presente edición se ha procedido a actualizar grafía, acentuación y puntuación, así como a desarrollar las abreviaturas y numerar las páginas que corresponden a las 10-26 del expediente de doctorado; enmienda en p. 26 nismo, perseguida, en otras, y estigmatizada, como en los mas fervientes días del cristianismo, ha proseguido siempre su marcha, a través de los siglos, siendo el devaneo perpetuo de la sociedad y el vicio más arraigado en sus entrañas, al que sigue de cerca, cual fatídico espectro, la sífilis, ese mal horrendo cuyas funestas consecuencias trascienden a las generaciones sucesivas. Sea cualquiera la [pág. 11v] opinión que se forme en cuanto al verdadero origen de la sífilis, el hecho del contagio siempre queda en pie y amaga con tremendas dolencias al que busca el acceso a una mujer impura. Perseguido el libertinaje en medio de sus goces por el pavoroso fantasma de la enfermedad, ha tratado de prevenir el riesgo con prácticas higiénicas. La sociedad altamente interesada en extinguir un virus que le arrebata parte de la juventud y bastardea las generaciones ha pensado en la reglamentación y en el reconocimiento periódico de la prostituta para secuestrar a la que esté inoculada del mal venéreo. Hallamos una confesión de la insuficiencia de los recursos propuestos en la instrucción que por mandato del prefecto [pág. 12] de la Gironda se ve suspendida al muro de cada una de las habitaciones en las casas de Tolerancia de Burdeos habiendo prescrito la autoridad que se coloque en un cartón de modo que involuntariamente se perciba. La memoria que ha publicado el Dr. J. Jeannel de Burdeos acerca de la prostitución pública en aquella localidad nos ha dado a conocer el contenido de la expresada Instrucción médica e higiénica relativa a los medios de disminuir el peligro del contagio venéreo «Antes de la unión sexual se untarán los órganos con un cuerpo graso» «Terminado el acto, en el mismo momento, se lavarán cuidadosamente dichos órganos con el líquido denominado [pág. 12v] Agua Higiénica». Para este efecto se tendrá en cada una de las habitaciones en que se admita a los hombres: 1o. Una botella de agua llamada Agua Higiénica. Un bote con manteca sin sal o cold cream. Toallas limpias y dos vasijas con agua fresca.» El líquido se expende en el Dispensario, que es el local donde se reconocen las mujeres inscritas como públicas, distribuyéndose con el nombre de Agua Higiénica para el uso exterior. Cada botella tiene un rótulo en que se advierte que no es prudente beber de su contenido y que debe usarse en lociones e inyecciones, inmediatamente después de haberse expuesto a contraer el contagio. La composición del agua es como sigue: Alumbre cristalizado 1 Kilog 500 gr. Sulfato de protóxido de hierro---------100 Sulfato de cobre-------------------------100 Alcohol aromático cosmético-----------60 Agua común------------------------------100 litros. Nos ocurren las siguientes reflexiones que sometemos a la crítica de las personas juiciosas. No vamos a discutir el valor curativo de los componentes que constituyen el Agua Higiénica descrita, convenimos en que pueden aliviarse y aún curarse algunas leucorreas y escoriaciones uterinas con su uso habitual y metódico; aceptamos, además, que el sulfato de cobre acaso neutraliza los virus animales con la misma energía que el bicloruro de mercurio, el nitrato de plata o el percloruro de hierro. Tampoco queremos desvirtuar las ventajas de los cuidados higiénicos que en estas como en cualquier otra circunstancia [pág. 13v] son un auxilio potente contra las causas morbíficas ¿Pero está demostrada la virtud específica del líquido propuesto para destruir el virus sifilítico y garantirnos de su inoculación? No por cierto, y vemos un mal muy grave en esos anuncios y recomendaciones, anuncios y recomendaciones que dan una falsa seguridad a los viciosos. Más acertado fuera contentarse con encargar la limpieza y el empleo de la indicada fórmula u otra parecida sólo a título de coadyuvante y con declaración expresa de no merecer una gran confianza, pues aunque pudiera libertar del contagio que se adquiere por la vía generativa, hecho muy dudoso, al menos debe no olvidarse que un solo beso ha bastado a veces para infeccionar al organismo. Los males inherentes a la prostitución no se vencen con la tolerancia ni con preservativos mate[pág. 14]riales. La inscripción y el examen corporal de la cortesana, a periodos próximos, no lo atenúan, ni aún alcanzan a destruir el germen morbífico, que en todos tiempos ha nacido del libertinaje. De orden más elevado son los trastornos y la perturbación moral que lleva a la familia y la relajación que induce en los vínculos sociales, cuyas tristísimas consecuencias en las costumbres se lamentan cada día. Acogemos, por tanto, gustosos, la oportunidad que nos presenta la citada obra de Dr. Jeannel para corroborar por sus aserciones y por los datos acumulados en ellas nuestra opinión en un todo contraria y que ya fundamos extensamente en nuestra monografía sobre el Servicio Sanitario. Relativamente a la misma ramera ha observado Jeannel que su mortalidad aumenta en una proporción notable. Durante tres años [pág. 14v] fallecieron 12 prostitutas en Burdeos entre un personal compuesto por término medio de 554 mujeres, lo que da un 2'16 por 100 de defunciones, mientras que la mortalidad media de Francia es 0'93 a la edad de 30 a 35 años. Estas cifras contradicen a Parent-Duchatelet, que aseveraba no ser insalubre por sí mismo el oficio de cortesana. La fecundidad disminuye por los descarríos del libertinaje, según el mismo escritor lo comprueba con nuevas cifras. Los embarazos de 100 mujeres públicas nunca han pasado de 90; de ellos terminaron por el aborto cerca de 30 o sea la tercera parte, no contándose arriba de 21 niños vivos a lo más entre 100 prostitutas. Resalta bien la pérdida que el vicio acarrea en la propagación de la especie al ver que según el Anuario de la oficina de Longitudes, [pág. 15] en Francia 100 mujeres casadas tienen 341 hijos vivos y las públicas sólo 21. Duplíquese en buen hora este número en consideración a la juventud de la mayor parte de las rameras que pueden en lo sucesivo dar más prole y siempre aparecerá que los desordenes sensuales son estériles y funestos en todos conceptos al linaje humano. No es de admirar la infecundidad relativa a la cortesana, cuando allí, como en otras partes, se nota que contraen infames alianzas entre sí, seguidas de celos y frecuentes reyertas y cuando la mayor parte de ellas presentan indicios de aproximaciones contra natura. Razón tiene, pues, la conciencia pública arrojando en todas las épocas la infamia sobre la frente de la prostituta, la cual si ha adquirido en nuestros días exterioridades más decentes, no por eso mejora en el fondo. El respeto [pág. 15v] a las conveniencias sociales no se extiende tampoco más que a cierto número escogido de la grey; en las de baja estofa la degradación se reviste de formas muy repugnantes aún en capitales con la importancia de Burdeos, donde es notable la vida de tales gentes, acerca de cuyos hábitos nos edifica el Dr. Jeannel en el siguiente párrafo: «La segunda clase de jóvenes aisladas comprende 382 mujeres que la administración obliga a habitar en un cuartel destinado a la prostitución de baja estofa al sur de la plaza Dauphine, de la calle del mismo nombre y de la de Albret. Viven en casas amuebladas llamadas de tolerancia, cuyo número llega a 84 costando un franco diario el arrendamiento de un cuarto pequeño. La mayor parte de estas habitaciones para las prosti[tu]tas de condición inferior, están en el piso bajo y se abren sobre la vía pública por una ventana y una [pág. 16] puerta. Las muchachas permanecen habitualmente todo el día y a menudo por la noche hasta la madrugada, sentadas o de pie, sobre el umbral de la puerta para llamar a los transeúntes. De este modo forman como una doble filas de centinelas que guarecen calles enteras en toda su longitud, cambiando interpelaciones roncas y agudas, injurias o muecas, yendo y viniendo de una casa a otra, adornadas con flores marchitas o pañuelos a cuadros, calzadas con zapatos o suecos, despechugadas, pintadas, vinosas, haciendo a los que pasan señas y llamamientos dan al barrio un aspecto extraño y repugnante.» En ellas es común el hábito de la embriaguez, vístense al aire libre y no tienen el menor asomo de pudor. El pago que a ve[pág. 16v]ces reciben por su complacencia se reduce a unos cuantos mojicones, y gracias que no las roben los malvados a quienes se exponen a recibir por la noche; que se han consumado allí tres casos de asesinatos cometidos en el transcurso de dos años, nada más que por despojarlas. Insistimos en que la prostitución es un inmenso peligro para el edificio social, como enemiga de las buenas costumbres y de las virtudes domésticas, que ataca no sólo con los ejemplos, sino con los hábitos contraídos en el lupanar por los hombres y aún por la misma cortesana, que muy joven renuncia a su oficio, se ingiere entre las gentes de buen vivir y trata de regenerarse por el trabajo. Este es un hecho constante que tampoco tiene caución en la capital [pág. 17] de la Gironda, donde por término medio dura un poco menos de seis años la vida de prostituta. Como prueba de la acción directa del libertinaje público en las costumbres oigamos al Dr. Jeannel explicarnos lo que pasa en Burdeos durante el carnaval. Por lo visto aquella fiesta nada tiene que envidiar a las horrendas bacanales del paganismo. «El carnaval es la fiesta de las prostitutas de todas clases. En esta época solemne olvidan su oficio y se entregan al placer por su propia cuenta, abandonándose a una embriaguez que el pueblo entero comparte con ellas. Invaden por derecho propio los bailes en nuestros teatros, donde las mujeres de mejor condición se regocijan de co[pág. 17v]dearse con ellas; se apoderan en pleno día de los sitios más frecuentados de nuestras ciudades, en las cuales sus descaradas maneras no parecen herir las miradas de nadie. Se ha convenido en que las personas honradas toleren en esta época los bailes y los dichos obscenos y que el libertinaje encuentre una especie de excusa en la periodicidad de su exaltación». Después de saber los estragos que las prostitutas ocasionan moral e higiénicamente consideradas, es de poco momento la apreciación del capital que consumen, sin contribuir con sus fuerzas a los productos de industria o arte. Sin embargo, conviene sentar que aún bajo este aspecto se halla perjudicial el vicio. La suma que cada año absorben las rameras de Burdeos, según los cálculos del autor citado, no baja de 1.242.000 fran[pág. 18]cos. Cantidad que parece mucho más exorbitante al comprender que no se han tenido en cuenta ciertos gastos accesorios, imposibles de averiguar por más que constituyan una cantidad respetable, como son los ahorros, el dinero enviado a sus padres, consagrado a la educación de sus hijos, el que dan a sus amantes o invierten en mobiliario. Ya veo a los que se prometen algo bueno de la reglamentación, argumentar que no defienden el libertinaje en sí mismo, pues si transigen con él, solo es para someterle a prescripciones que atenúen sus desórdenes y que en interés de todos lo hagan más sano por la inspección de la ramera. Precisamente en este terreno los esperamos para demostrarles una vez más por los datos y observaciones del mismo Dr. Jeannel que tales acomodamientos con [pág. 18v] el vicio no dan otro resultado que fomentarlo. Ante todo y para ser imparciales debemos otorgar nuestra aprobación sincera a las ordenanzas de policía que rigen en Burdeos respecto a las prostitutas. Les está prohibido «1o Salir de su casa después de las diez de la noche. 2o Presentarse en los paseos. 3o Detenerse en la vía pública o recorrerlas con un traje susceptible de llamar la atención sobre ellas. 4o Pararse al pasar cortejos fúnebres. 5o Dirigir la palabra a los transeúntes. 6o Permanecer paradas en el umbral de su casa. 7o Permitirse proposiciones o frases obscenas. 8o Llamar a los hombres a su casa, ni aún por señas. 9o Aparecer ebrias en público. 10o Presentarse delante de los cuarteles y cuerpos de guardia, aproximarse a los militares o recibirles en su casa después de la hora de retreta.» Cuando las rameras en desobediencia de lo preceptuado se presentan en los paseos [pág. 19] con trajes y maneras que las denuncian, la policía las hace volver a sus casas y luego se les pena con algunos días de arresto. Si el hecho ha causado algún escándalo, la dueña de la casa sufre también prisión y se cierra el establecimiento por cierto periodo. Las que concurren al teatro tienen que conducirse con tanta decencia y reserva que sólo el ocupar las butacas próximas a la orquesta o a los primeros palcos, es motivo para expulsarlas en el acto sin perjuicio de sufrir después el arresto que se les señala. Viniendo ahora a la inscripción, ya el Dr. Jeannel concede que el contagio venéreo se perpetúa en las grandes ciudades por la dificultad casi invencible de vigilar las rameras, para evitar que se sustraigan al reconocimiento prescrito. En otro lugar de su obra ha dicho que sólo las torpes se [pág. 19v] inscriben como públicas y que cuando una mujer desciende hasta este extremo es siempre por falta de inteligencia (Pág. 95) A tan importante declaración añádase que el arte de disimular los accidentes sifilíticos ha adquirido allí gran perfeccionamiento, valiéndose de mil estratagemas para eludir su traslación al hospital. Los chancros y ulceraciones se han hallado cubiertos con películas de tripa de buey directamente pegada por medio de goma y dadas de color con carmín. Estas disimulaciones para salir bien de la visita las dirigen las parteras y algunos médicos indignos que no se desdeñan de recibir dinero por coadyuvar al engaño, con lo que se acrecienta la dificultad de determinar en muchos casos el verdadero estado de los órganos generativos. La inspección por el espéculo no es tampoco de gran [pág. 20] recurso, pues de 21.652 visitadas [sic] practicadas en 1855 el número de enfermedades comprobadas en la misma población, por medio de dicho instrumento y que motivaron el pase de la prostituta al hospital se reduce a 33 y en 1860 sólo ha descubierto 49 enfermas en 20.397 visitas. De lo que deduce Jeannel con buen fundamento que la aplicación del espéculo a las visitas sanitarias, no es del todo inútil, pero que se han exagerado los servicios que este instrumento puede prestar en la preservación del contagio venéreo. Desentendámonos por un momento de las consecuencias a que las cifras y revelaciones expuestas dan campo todas en oposición al reconocimiento oficial del libertinaje público. Olvidemos al mismo tiempo los errores y las escenas lamentables que origina la persecución de las mujeres insumisas o que huyen de consignar su nom[pág. 20v]bre en el registro meretricio, viéndose compelidas a comparecer ante la autoridad algunas pobres muchachas cuyo único delito estriba en debilidades amorosas, con grave detrimento del honor de las familias y de la paz doméstica. Vamos a fijarnos exclusivamente en una forma de prostitución la más perniciosa a la moral y a la salud pública, capaz de falsear por si sola cuantos beneficios pudieran concederse al planteamiento de las casas de tolerancia. Desde luego se comprenderá que hablamos de la prostitución clandestina, servida por las mujeres que, conservando la apariencia de honradas, se prestan embozadamente a la sensualidad pública mediante pago. Ellas son el foco más temible de infección venérea, tanto más funesto cuanto menos conocido. Y como ninguna mujer se rebaja hasta declarar ante el funcionario público [pág. 21] su inmunda industria, sino cuando la abyección es extrema, según demostramos en nuestra obra antes citada, en lo cual conviene también el Dr. Jeannel, de aquí resulta que las mancebas no inscritas, aunque dedicadas al ejercicio de la prostitución, exceden con mucho al número de las que se someten a las disposiciones reglamentarias. Buena prueba ofrece de ello la estadística de Burdeos. A nadie ocurrirá creer que se llegó a descubrir sino una parte mí[pág. 21v]nima de las que trataban de sustraerse a las pesquisas de la policía, no es por lo mismo violento sentar que la prostitución no manifiesta en Burdeos se eleva a más del duplo de las mujeres que se degradan en tan vil ejercicio. Ahora bien, ¿sabéis lo que significa este importante dato? Significa la imposibilidad de extinguir las afecciones sifilíticas por medio del reconocimiento periódico de la cortesana, tan penosamente alcanzado en unas pocas; significa la desmoralización creciente de las clases pobres, mientras la inscripción subsista; significa el desorden en la familia y la producción de una estirpe degenerada por la sífilis y sus transformaciones, por el raquitismo, las escrófulas y otras diátesis. Reflexionando en estas verdades no se halla avenencia posible con el vicio, no la esperanza de que la Higiene lo sanifique, ni de que los desvelos de la autoridad lleguen a moralizar lo que es inmoral [pág. 22] y pernicioso. Mas, ¿que debe hacerse? He aquí el punto grave de la cuestión. Problema de primer orden cuya solución, lo mismo que en otras de idéntica altura, no ha encontrado la humanidad todavía, puesto que la aquiescencia o la reglamentación alientan el mal sin corregirlo y los medios coercitivos provocan vejaciones infructuosas contra débiles mujeres, ya muy desgraciadas, no consiguiéndose otra cosa sino que la prostituta, al querer esquivarlas, penetre más hondamente en la sociedad y busque amparo contra la prostitución confundiéndose con las gentes honradas y pervirtiéndolas. Creemos, por tanto, que en la actualidad forzoso es contentarse con impedir las manifestaciones exteriores del libertinaje, procurando a la vez atacar las principales causas productoras de la prostitución, tales como la falta de instrucción religiosa, los hábitos de [pág. 22v] pereza, la carencia de recursos para vivir, la insuficiencia del salario en las obreras, los malos ejemplos, la seducción, la confusión de sexos en los talleres y fábricas, la sobrada libertad en las jóvenes que ineducadas y combatidas por la miseria no saben conducirse rectamente. Debe al mismo tiempo procurarse la reforma de las que cayeron en el fango, haciéndoles comprender la posibilidad de regenerarse por el trabajo y la expiación de su falta, para lo cual se fomentará la erección de Asilos abiertos al arrepentimiento, pero dirigidos con cordura y no por un misticismo absurdo que presente la virtud como un yugo a personas que ignoran sus encantos. Empero no a todos los que participan de nuestro modo de ver satisface tanta suavidad de miras y nosotros, a fuer de expositores, debemos no omitir en este lugar una opinión muy digna de respecto por [pág. 23] la competencia de su autor en materias de Higiene pública. Vamos, por tanto, a transcribir del Monitor de la salud el proyecto que entre los remedios a la prostitución consigna el Dr. Monlau en el último número de 1862. Veamos su texto: «1o. Se crea una Inspección municipal de costumbres con un Inspector y el número de Comisarios y Agentes proporcionados a la población.» «2o. La Inspección de costumbres cuidará de vigilar e indagar discretamente todo lo relativo a la prostitución pública, así respecto a los lugares donde se ejerza, como respecto a las personas que la ejercen provocan o encubren. Cuidará también de que se cumpla lo prescrito en el presente reglamento dando parte y noticia de todo al Gobernador de la provincia y al Alcalde.» «3o. El casero que oficialmente avisado por la Inspección no desahucie al arrendatario ó inquilino que ejerza la prostitución o la encubra incurrirá en una multa igual al importe de la contribución que pague anualmente por la finca.» «En caso de inobediencia se doblará la multa y se anunciará su imposi[pág. 23v]ción a los periódicos.» «El producto de estas multas ingresará en las arcas municipales» «4o. Los fondines, cafetines, tabernas, botillerías, posadas, casas de huéspedes, merenderos y demás lugares, establecimientos o casas donde se compruebe que se ejerce la prostitución serán cerrados inmediatamente, recogiéndose las licencias a los dueños y anunciándose al público la causa de esta medida.» «5o Las rameras vagabundas que sean halladas extramuros, o en los callejones y sitios oscuros y poco frecuentados del casco de la población serán arrestadas y conducidas al depósito o establecimiento que se disponga.» «6o. Las prostitutas o encubridoras reconocidas, o de notoriedad, por los datos que se tenga en la Inspección, serán visitadas o llamadas por una Comisión especial que habrá en cada parroquia. La Comisión parroquial se compondrá del cura párroco, del Comisario especial del distrito, de dos señoras madres de familia y un médico o cirujano, nombrados con el Corregidor o Alcalde.» [pág. 24] [7o.] La Comisión parroquial se enterará benévola y minuciosamente del origen e historia de la ramera o encubridora, y sobre todo de las causas que la determinaron a entregarse a tan abyectos oficios -«Según sea la causa, la miseria física o la moral (ignorancia), la falta de educación o de trabajo, la seducción a un primer desliz, etc.; así se acordará por la Comisión el oportuno remedio o correctivo, dando a la interesada algún socorro, colocándola en algún establecimiento público o casa particular, donde sea ocupada, mantenida y educada, o disponiendo que sea conducida al pueblo de su naturaleza o al en que haya residido mayor número de años, o al en que tenga a sus padres, marido o parientes todo ello según la edad, el estado y las demás circunstancias de la prostituta o de la encubridora.» «8o. La prostituta, provocadora o encubridora que habiéndose comprometido, ante la Comisión parroquial a abandonar su oficio, volviere a dedicarse a éste, será destinada a la galera, o a un depósito [pág. 24v] especial por toda su vida.» «9o. Se fomentará la creación de casas de Arrepentidas y demás establecimientos religiosos o particulares y especiales para las jóvenes huérfanas y desamparadas, para las criadas de servir, mientras no están colocadas, para las prostitutas no reincidentes, para las que hayan reincidido, etc.» «10o. La Inspección Municipal de costumbres, por medio de sus Agentes (de uno u otro sexo) cuidará muy especialmente de averiguar la procedencia y saber el paradero de las jóvenes que vienen de los pueblos a la capital en demanda de casa donde servir o de otras ocupaciones.» «Igual vigilancia ejercerá respecto de las muchachas y mujeres que salen con alta de los hospitales, de la cárcel, de las sirvientas que se han despedido (o han sido despedidas) de las casas de sus amos, o que han sido expulsadas de la paterna, o que ejercen oficios ambulantes por las calles, etc.» «11o. Se ofrecerán o adjudicarán anualmente dotes, premios, primas y recompensas adecuadas para las mujeres que [pág. 25] abandonen la prostitución o lenocinio.» Conformes en un todo con las tendencias que se expresan en los artículos 9, 10 y 11, porque las instituciones que en ellos se proponen son las que pueden dar rudos golpes a la prostitución, diremos sinceramente respecto a los otros artículos que vemos en ellos el buen deseo y las aspiraciones nobles de un hombre probo, esperanzado en hallar sujetos que secunden el pensamiento y realicen sus benéficas intenciones, pero observaremos en primer lugar que no se suprimen por un decreto los vicios de la civilización, ni las depravadas prácticas del sensualismo; corregirlos es la obra del tiempo, favorecida por instituciones que fomenten los hábitos laboriosos, den estabilidad a las clases pobres, desarrollen en ellas ideas de pundonor y hagan casi imposible su degradación escudándolas con la enseñanza religiosa. Es preciso, además, conocer la época. En el olvido y desprecio con que muchos miran hoy ciertos deberes, en la presente laxitud moral ¿no hay motivos para temer [pág. 25v] que los Inspectores y Agentes se dejasen corromper con dádivas o caricias? ¿No sabemos que en alguna población importante ha habido médico que sólo reconocía a las rameras pobres y de posición mezquina no incomodando a las de tono aristocrático a quienes firmaba la cartilla de sanidad bajo su palabra? En cuanto a los que confían en dar la felicidad al género humano, contemporizando con el vicio para despojarlo de su morboso cortejo, mediten que nada se adelanta con los reglamentos, sino aumentar el personal de la prostitución y por lo mismo la sífilis que es su consecuencia inevitable. La protección legal acordada a la prostituta y el carácter de industria reconocida que adquiere con ello ese ejercicio lo fomentan. Hoy se aboga por la tolerancia, mañana se pedirá que se las declare beneméritas a la patria como en la antigüedad y otro día se reclamará una jubilación pensionada a sus buenos servicios, lo que ya se ha indicado en una obra respetable. Por último, en el filantrópico ardor por salvar de contratiempos el amor impuro [pág. 26] y visto el insignificante resultado de la inspección repetida de la cortesana se aceptará acaso lo que aconseja el Dr. Quantin en su carta sobre Prostitución y Sífilis, a saber: el crear casas públicas bajo la dependencia de la autoridad, en las que se instalará una guardia permanente de médicos para examinar los hombres que se presenten en ellas. ¿Qué empleo más digno puede darse a la noble profesión del médico? Sevilla 1o de Septiembre de 1870 Dr. Manuel Pizarro y Jiménez [rubricado] [AHFMS, Expedientes académicos terminados: Medicina. Solicitud de investidura y acta correspondiente [pág. 29] Sr. Director de la Escuela Médica El que suscribe ha practicado y tiene aprobados los ejercicios literarios para el grado de Doctor y deseando recibir la investidura del mismo
Durante el período de entreguerras se consolidó en Argentina una tendencia a patologizar la ciudad moderna, entendida como un organismo enfermo que producía y a su vez era consecuencia de la decadencia física y moral de sus habitantes. La interrupción de la inmigración externa aportó nuevos datos para una estrategia de regeneración que pugnó por establecer, desde la eugenesia, medidas dirigidas a articular el poblacionismo con la distribución territorial, en la certeza de que el campo contrarrestaría los males que generaba la vida moderna. El trabajo repasa el impacto de esta ideología en distintas esferas y el modo en que ella se recepcionó junto a la política cultural del fascismo y formó parte del corpus con el que la biotipología buscó darle legitimidad científica. DE LA HIGIENE A LA EUGENESIA: LA BIOPOLÍTICA En el marco de la aguda crisis en la que entró la Argentina tras sufrir el impacto periférico del crac económico internacional de 1929, sobrevino una situación signada por inéditas consecuencias sociales y políticas: por un lado la drástica interrupción del flujo inmigratorio determinó que por primera vez en el siglo XX se alterara un sostenido crecimiento demográfico y por otro lado, la depresión económica pronto derivó en el primer quiebre institucional y en un claro alineamiento ideológico con la realidad política italiana. Estos dos hechos se amalgamaron para afianzar la integración al Estado de la biopolítica, en tanto tecnología de poder que ubica la raza como fundamento de estrategias de articulación de la vida biológica con la producción 1 y que, en su versión «latina», presentó explícitas metáforas que aunaron la biología con el corporativismo social. Estas cuestiones venían siendo debatidas por la cultura científica argentina con especial énfasis desde la primera posguerra europea, cuando la eugenesia fue propagándose para revertir el decaimiento atribuido a la civilización occidental 2. Pero ahora la nueva coyuntura nacional ----e internacional gestada hacia 1930, establecía un estado de cosas por demás propicio para ubicar la biopolítica al servicio de acciones dirigidas a legitimar interpretaciones corporativas conducentes a contrarrestar consecuencias indeseadas de la crisis 3. Entre éstas últimas, ocupaban un lugar especial aquellos datos de la realidad que integraban los problemas de la masificación urbana, las enfermedades sociales que debilitaban al cuerpo social, el descenso demográfico y la posibilidad de compensar la interrupción del «aluvión inmigratorio» con políticas pro-natalistas, desplegadas sobre un universo homogéneo de individuos que forjen la verdadera «raza argentina» 4. La situación no escapaba a la influyente perspectiva de Leopoldo Lugones, en gran medida uno de los artífices intelectuales del nuevo orden político instituido por el General Uriburu, al que le señaló, tras el Golpe, la necesidad de aprovechar el impasse y diseñar estrategias para que la reanudación de la inmigración permita seleccionar los «elementos que hayamos de incorporar, en atención a su eficacia productiva y fecunda, y la determinación correlativa de su raza» 5. Asimismo destacaba que «la bastardía nacional existe y que la heterogeneidad de elementos inmigrados resulta desventajosa. Podemos y debemos, pues, adoptar preferencias, no sólo en lo concerniente a la capacidad económica, salud y estado civil del inmigrante, sino a su carácter étnico». 6 Y en ese sentido, el criterio de la selección debía partir de una drástica sentencia: «somos la raza latina y nos conviene serlo» debido a que «formamos parte integrante del Imperio Romano» 7. ----3 La relación entre biopolítica y eugenesia, con sus proyecciones sobre la realidad española de la primera mitad del siglo XX puede verse en ÁLVAREZ PELÁEZ, R. (2005); «Eugenesia, ideología y discurso del poder en España», en MIRANDA, M. y VALLEJO, G. (comp.), pp. 87-114. Asimismo, la biopolítica vista a través de su relación con el racismo y la vida moderna, partiendo de las formulaciones de Foucault, tiene distintas derivaciones en autores italianos: ESPOSITO, R. (2002), Bios, politica e filosofia, Torino, Einaudi; PADOVAN, D. (2003); «Bio-politica, razzismo e disciplinamento sociale durante il fascismo», http://www.sissco.it/attivita/sem-set-2003/relazioni/padovan.rtf; CUTRO, A. (2004), Michel Foucault. Por su parte, sobre la relación entre biopolítica y ciudad en países latinoamericanos puede verse: OUTTES, J. (2003); «Disciplining Society through the City. Desde esta perspectiva, la crisis ofrecía una oportunidad para salir de ella en forma superadora, esto es, evitando los peligros latentes para el orden social que eran vistos en las democracias representativas. La experiencia corporativa italiana pasó a ser un horizonte de ideas cada vez más ligado a la cultura política argentina, no sólo por el ímpetu de un Lugones anhelante de una reconstrucción imperial que reúna la raza latina, sino porque similares coordenadas atravesaron la convicción de hombres de Estado que encontraron legitimidad dentro del campo científico. Especialmente a través de importantes espacios para gestar mecanismos de control social basados en estrategias biopolíticas que llevaban el sello de la eugenesia italiana. En efecto, la coyuntura contribuyó a que entre las esferas del poder y del saber se acentuaran interacciones que permitieron tejer una sólida amalgama, fundada en la convicción de que actuar en pos de una raza fuerte era un imperativo para la Argentina que debía asumir enfáticamente su pertenencia dentro de la órbita del mundo latino. Fue ese un remanido recurso argumental que instó a desplegar durante la «década infame» (1930-1943) y con la legitimidad que confería la invocación de la ciencia, acciones que expandieron el abordaje de la sanidad humana hacia diferentes ámbitos de actuación. Ellos quedaron integrados por los vastos alcances que adquiría la noción de eugenesia y particularmente su recepción local asociada a la idea de «Biología política» o «Política sobre bases biológicas», como primera definición de la biotipología. Ya desde comienzos del siglo XX, frente a la ciudad y los problemas desbordantes que la modernidad traía aparejados, el higienismo había indicado en Argentina, como en otros países, el camino de un proceso de medicalización que excedía el plano individual para proyectarse hacia prescripciones de índole colectiva a través de la salud pública. La amplia receptividad que tuvo la «Escuela positiva» lombrosiana complementaba este proceso allanando la apertura de nuevos campos de actuación para que esa medicalización interviniera decisivamente en la detección del crimen y la locura, al proporcionar -como se creía-la posibilidad de descifrar los contenidos internos del hombre a través de su apariencia externa. A su vez, la inquietud por detener la propagación de aquello que Víctor Delfino calificó como «venenos sociales», aludiendo al alcohol, la sífilis y la tuberculosis, y el afán por «corregir» el ambiente que favorecía su reproducción, hizo focalizar la atención en el mundo urbano, escenario de una «mala vida», 8 asociada en Buenos Aires al con-----ventillo y a la calle, donde abundaba la «simulación» creada para valerse de la asistencia pública y sobrevivir en la «lucha por la vida» 9. La vasta constelación de temas que cada una de estas cuestiones suscitó, quedó integrada a una agenda social que desbordó al higienismo y requirió trascender las formas tradicionales de asistencia que él prolongó. El punto culminante de los afanes higienistas puede hallarse en textos de la última etapa de Emilio Coni, que reflejan un esfuerzo por tutelar el estado de salud de toda la comunidad y se sintetizan en 1919 en su utopía de «la ciudad del porvenir», que era en última instancia la utopía del capitalismo mejorado. En sus prefiguraciones, ella tendría precisas características formales, similares a la nueva ciudad de La Plata, en la que Coni participó de su plan fundacional 10, pero sólo como parte de un programa mayor dirigido a sistematizar una amplia malla de ámbitos sanitarios y educacionales controlados por el Estado. A la disponibilidad de abundante agua potable, se sumaba la permanente inspección de médicos y arquitectos sanitaristas para garantizar que todas las casas cumplimentaran normas de estética, higiene y confort, dentro de una ciudad donde ya no habría conventillos sino barrios obreros con viviendas ---- 9 En Argentina José Ingenieros puso en discurso a la «simulación» vista desde una perspectiva sociodarwinista con su tesis doctoral publicada en 1903. El «simulador» se confundía en el magma de la vida moderna y evitaba con engaños que sea reconocido el lugar que le correspondía ocupar en la sociedad, a modo de estrategia de supervivencia en la lucha por la vida. La obra tuvo una casi simultánea edición en Torino que ratificó los intensos vínculos de Ingenieros con la «Escuela positiva» y los primeros esbozos de organización de la eugenesia en Italia. En la edición de 1904, Ingenieros agregó la nota a pie donde indica que ideas suyas «acaban de ser confirmadas por el movimiento eugénico rápidamente difundido». INGENIE-ROS, J. ( 2003 «higiénicas y sonrientes». Y debido a ello «la raza será mejorada, física y moralmente» 11. Lavaderos comunitarios y Casas de baño concebidas como nuevas termas romanas, se sumarían a la batería de servicios higiénicos dentro de un programa estatal que, además, anhelaba crear numerosos espacios verdes para aumentar «la capacidad respiratoria de los centros de población». Asimismo, una «oficina central de informaciones para las obras de beneficencia y previsión social» sería una suerte de panóptico, pero no de los casos excepcionales -o enfermos-sino de la población urbana en general desde donde se controlaba la salud y se prevenía la enfermedad de la comunidad urbana 12. Pero paralelamente a esta utopía, Coni también llegó a descubrir los propios límites que podía tener la acción asistencial inclusiva dentro de una sociedad industrial compleja. El Buenos Aires «caritativo y previsor» que describió en forma simultánea, era escenario de una interminable red asistencial descripta minuciosamente en 700 páginas que abruptamente culminan con la delimitación del universo de la inclusión, a través de un llamativo apéndice que contiene una encuesta sobre «Retardados escolares» remitida a Directores de escuelas primarias 13. La «ciudad del porvenir» excluía las más profundas anomalías, aquellas que ponían en riesgo su armonía y debían tratarse particularizadamente fuera del contexto urbano. Como los «retardados», un «armamento antituberculoso» instaba a segregar los «niños débiles» a «sanatorios de llanura, de montaña y de mar» y a «colonias agrícolas» que prepararían la reinserción urbana de los mejorados. Asimismo, colonias de vacaciones complementarían el tratamiento sanitario 14. En la búsqueda de la optimización de recursos regulando exclusiones, definiendo universos homogéneos de asistencia y colocando la raza como fin ----11 CONI, E. (1919), «La ciudad argentina ideal o del porvenir», La Semana Médica 1, Buenos Aires, pp.342-345. 12 ARMUS, D. (1999), «La ciudad higiénica: tuberculosis y utopías en Buenos Aires», en GUTMAN, M. y REESE, T. (ed.), Buenos Aires 1910. El imaginario para una gran capital, Buenos Aires, EUDEBA, pp.97-110. Asistencia y previsión social. Buenos Aires caritativo y previsor, Buenos Aires, E. Spinelli, Véase especialmente pp.702-703. Coni allí revelaba el intento por detectar anomalías en ese Buenos Aires «caritativio y previsor» de las que debía prescindir, enviándolas eventualmente a la red de Asilos que fuera del mundo urbano ya había montado Domingo Cabred, por entonces Presidente de la Comisión de Asilos y Hospitales Regionales. Véase CABRED, D. (1918), Discursos sobre Asilos y Hospitales regionales en la República Argentina, Buenos Aires, Talleres gráficos Weiss y Preusche. último de estas acciones, aparecía la biopolítica, con la promesa de llegar más allá de donde lo hacía la higiene interviniendo sobre la cultura urbana. Se trataba ahora de diseñar mecanismos más sutiles, económicamente más racionales que la asistencia a granel, a la vez masiva y con lagunas, que, más que avanzar hacia la universalidad de derechos, tendía a prolongar la noción de caridad cristiana15. Y esta redefinición cabe verla en Argentina en el mismo momento en el que Coni enunciaba su utopía de «la ciudad del porvenir»: ella surgió, en efecto, como respuesta a una solicitud formulada por el director de la revista La Semana Médica, Víctor Delfino, por ser aquel «ilustre higienista» quien se encontraba en mejores condiciones para «trazar el plan a que debe sujetarse la ciudad argentina ideal o del porvenir en sus múltiples fases de situación, construcción, estética, viabilidad, higienización, saneamiento, asistencia y previsión social». En su creciente preocupación por la prevención, la higiene urbana propendía avanzar desde las características físicas de la ciudad para dirigirse hacia el control sanitario generalizado y constante. Y este proceso que fue de lo individual a lo colectivo, de la atención a las demandas específicas del paciente a la imposición de normas higiénicas para toda la comunidad, donde Coni podía autodefinirse como un «médico de ciudades antes que de personas» 16 y que en definitiva fue de la cura a la prevención, encontró una directa articulación con la posterior inquietud por ejercer un rol predictivo sobre las sociedades humanas. Vale decir que allí donde terminaban los alcances de la higiene se sitúa el punto de partida para el inicio de un nuevo campo de exploraciones, en el que cabe encuadrar las motivaciones de una solicitud de Delfino que tuvo la respuesta esperada. Aquella que podía claramente empalmar los deseos aún incumplidos de Coni y las expectativas depositadas para articular el fin último de la higiene con el nacimiento de una nueva utopía: la eugenesia. El paso de la medicina curativa a la preventiva, traía aparejado el impulso hacia instancias predictivas que permitirían anticiparse a la necesidad de curar y prevenir interviniendo con exclusiones dirigidas sobre la etapa prenatal y/o infantil. La eugenesia conllevaba la aplicación de un ideal de pureza y homogeneidad, convertido en un verdadero antídoto científico a las principales causas de desborde social expresadas en las ciudades modernas, desde su propia esencia constitutiva que era la de anticiparse al crimen, al delito y a ----toda forma de degeneración, a través de selecciones realizadas a tiempo para identificar y excluir aquello que ponía en riesgo la esfera de normalidad. Ese era el trayecto que Delfino buscaba afianzar para articular una y otra utopía: la asistencial del higienismo con la predictiva de la eugenesia, que prometía resolver la imposibilidad de ampliar indefinidamente la inclusión social evitando gastos inconvenientes al Estado. El contenedor físico idealizado a futuro, «la ciudad del porvenir» venía así adunado a una referencia a su contenido poblacional, «la verdadera raza argentina», a través de una directa articulación entre formas y comportamientos deseados, entre ciudad moderna y población, que será un rasgo distintivo de la eugenesia argentina, especialmente a partir de 1930. Delfino desde 1918 impulsaba la creación de la Sociedad Eugénica Argentina, tras haber sido el representante oficial de ese país en el Primer Congreso Internacional de Eugenesia, celebrado en 1912 en Londres bajo la dirección de Leonard Darwin (hijo de Charles) y atesorar dentro de ese campo una importante inserción en instituciones científicas del más alto nivel internacional. La guerra europea había interrumpido la realización del Segundo Congreso Internacional y en el plano específico de las redes ya constituidas en torno a la eugenesia, ello derivó en una cierta dispersión referencial que diluía un tanto el protagonismo local de Delfino, al tiempo que favorecía el posicionamiento dentro de este campo de otras figuras vinculadas a las élites intelectuales y políticas de Buenos Aires 17. En este sentido, la apuesta de Delfino por su Sociedad Eugénica buscaba reposicionarlo ante el hecho constatable de que el Museo Social Argentino, más que una institución influyente en el poder, el poder mismo organizado en una institución; ya había hecho suyo este cuerpo de ideas que trascendían así el campo específicamente médico 18. En su cruzada contra los «venenos sociales», Delfino fue articulando una respuesta holística a los males urbanos que, como en el caso de Coni, con-----17 En julio de 1914 Víctor Delfino fue convocado para organizar la delegación argentina al Segundo Congreso Internacional de Eugenesia, previsto para setiembre de 1915 en el Museo Americano de Historia Natural de New York con la Presidencia de Alejandro Graham Bell y Henry Fairfield Osborn. El Comité consultivo argentino quedó conformado por Genaro Sisto (Presidente), Alfredo Palacios (Vicepresidente), Víctor Arreguine (Secretario General), Víctor Delfino (Tesorero), y Ricardo Calatroni, Marcelino Herrera Vegas, Pedro L. Baliña y Mariano R. Castex (Vocales). Igualmente el encuentro recién pudo llevarse a cabo en 1921, donde Delfino fue el único representante de Sudamérica. 18 Además de distintas Secciones del Museo Social en las que la eugenesia ocupó un lugar central, cabe destacar que sus objetivos pernearon la realización en 1919 de la «Encuesta sobre la inmigración deseable», entre importantes figuras del campo intelectual y político. cluía en la necesidad de detectar y excluir anormalidades para liberar de «injustificadas» cargas al Estado y definir sobre ellas especiales estrategias. En 1920 Delfino asumió la dirección del Instituto Tutelar de Menores para afianzar una carrera científica dedicada al estudio de «la curiosa psicología de los niños desviados hacia el vicio o la holgazanería, procurando con acierto enderezar esos árboles jóvenes torcidos». 19 Así describía Aráoz Alfaro su accionar que veía a su vez como el complemento necesario para desplegar una preocupación por «la infancia moral y físicamente sana para formar la raza fuerte y bella del mañana» en paralelo con la constitución de la Sociedad Eugénica Argentina 20. Delfino encontraba el origen de la criminalidad infantil en «la influencia nefasta de nuestro gran puerto, que vuelca en la metrópoli elementos de dudosa moralidad y el tráfago de la ciudad tentacular con la proterva caravana de sus vicios», que impiden «al obrero de uno y otro sexo, vigilar a su progenie» 21. Frente a estos males el Instituto Tutelar de Menores concebido como una Villa-Hogar y a la vez una Colonia Open-Door en medio del campo, aparecía como un «foco de redención moral» para que «los depravados se purifiquen» y «se mejoren los precoces», devolviendo «a la sociedad las células desagregadas de la familia ciudadana, libres de sus tachas y de sus deplorables tendencias 22. Sería un importante «factor de profilaxis y saneamiento social en la lucha contra las determinaciones morbosas hereditarias de la infancia y del ambiente social», un índice de progreso «necesario para nuestra gran metrópoli y para el futuro de nuestra raza» 23. Las campañas moralizadoras de Delfino compartieron también objetivos de la Liga de Profilaxis Social, creada en 1921 por Alfredo Fernández Verano a partir de un afán por volcar la obsesión predictiva de la eugenesia a la tenaz ---- lucha por imponer el Certificado Médico Prenupcial obligatorio en Argentina 24. El propio Emilio Coni integró esa Liga y realizó traducciones de trabajos de eugenistas franceses como Adolphe Pinard, Alfred Fournier y Charles Burlureaux y Calmette, que fueron publicadas a través de numerosos folletos de divulgación. La cruzada eugénica ya contaba en sus filas con figuras centrales del campo político, intelectual y científico que, hacia 1920 y desde su actuación en el Museo Social, acentuaban los vínculos con los continuadores de la «Escuela positiva» italiana. Delfino tempranamente conoció los Institutos Nipiológicos (establecimientos para niños que maman y aún no hablan) creados por Ernesto Cacace en Capua (1905) y Napoles (1915) 25 y pugnó porque Buenos Aires tuviera el suyo tras fundar en 1922 la Sociedad Argentina de Nipiología. Asimismo las visitas de Mariano Patrizi y Enrico Ferri a Buenos Aires, contribuyeron especialmente a alimentar interacciones con la realidad científica italiana por las que fue circulando en forma cada vez mas intensa la biotipología. Ella permeó un campo en el que ciertas aspiraciones políticas se ubicaron en directa relación con el protagonismo social de la corporación médica, y donde una sugerencia de Ferri podía derivar en 1923 en el propósito concreto de impulsar la creación en Buenos Aires de un Instituto Biotipológico atento al plan del creador de esa disciplina en Italia, Nicola Pende 26. Por entonces la biotipología también había sido recepcionada por la antropología criminal, la sociología, la psicología, la psiquiatría, la psicotecnia, el derecho y el planeamiento. La eugenesia italiana imbuida de un vitalismo espiritualista de raíces tomistas, introducía una articulación inescindible de la parte con el todo, del cuerpo con la población, de la sexualidad con la reproducción, del grado de aptitud con la producción. Y lo hacía a través de un marco de reflexiones omnicomprensivas que, por encima de todas las cosas, buscaba integrar la biología con el poder. En ello parecía consumarse aquella vaga aspiración que Armus detectó en ciertas prefiguraciones del último Co-----24 Sobre la relación de la eugenesia argentina con la implementación del certificado médico prenupcial obligatorio, véase MIRANDA (2003). ni, que desde la prevención higiénica iluminaban la idea de monitorear en forma panóptica el estado de normalidad sanitaria de toda la población. Es que efectivamente Pende y su corriente eugénica, concibieron el Instituto Biotipológico como un panóptico encargado de poner a prueba el estado de normalidad aparente, para detectar las anomalías que se escondían en las evidencias, o bien las «simulaciones», al decir de Ingenieros, que aparecían para confundir los roles que cada uno debía ocupar en la sociedad. El Instituto Biotipológico era una «clínica para sanos», un laboratorio escrutador en toda la población de «diversas predisposiciones morbosas, hereditarias o adquiridas y los temperamentos morbosos o submorbosos, que ponen en evidencia aquella serie infinita de anomalías y anormalidades, de debilidades y errores de la constitución y de la mente existentes o en estado latente»27. Bajo este programa se iba tramando una estrategia biopolítica encargada de contrarrestar más que las epidemias, las endemias, las enfermedades más difíciles de extirpar por hallarse ocultas bajo un aparente estado de normalidad por condensar factores permanentes de sustracción de fuerzas, disminución del tiempo de trabajo, reducción de las energías, en suma de debilitamiento y degeneración. La biopolítica, en tanto tecnología que a través de la norma intervenía sobre el organismo y el cuerpo social, la disciplina individual y la regularización de la sociedad, encauzaba el conjuro de enfermedades sociales (físicas y/o morales) entendidas ahora como un fenómeno de la población. Y el principal foco se situaba en ese universo inasible de las patologías en estado latente, en las «predisposiciones morbosas» que en algún momento darían origen al mal que aparecía para corroer y alterar el orden social y biológico de la población, disminuyendo su vitalidad. El abordaje de esta problemática fue intensamente tematizado desde metáforas con las que el evolucionismo asoció la naturaleza a la sociedad, a través de la «lucha por la vida», la «selección natural», la «supervivencia del más apto» y la comparación del funcionamiento de la sociedad con los elementos constitutivos del organismo viviente, donde las células y los tejidos equivalían a los individuos y los grupos sociales. Y dentro de estas metáforas que participaron de la biologización de políticas de Estado, subyacía un claro propósito finalista: tutelar la sociedad para que actúe como un cuerpo controlable en el que sea eliminado el componente azaroso de la evolución. En este proceso la reproducción, la natalidad y la morbilidad, en tanto problemas cruciales para el fortalecimiento de la raza, pasaron a condensar pre-----ocupaciones centrales de un nuevo campo de estudios de la población. Desde 1930 la biopolítica en la Argentina se dirigió a contrarrestar aquellas expresiones que, como se creía, la crisis había contribuido a exponer claramente: la gran ciudad era causante de decaimiento racial y el campo era un espacio regenerador. Articular ambas variables y sumarlas a la inmigración externa, preparando estrategias para cuando ella se reanude, significaba ahora también atacar los principales males atribuidos a la vida moderna que, de manera muy diáfana, se asociaban a una decadencia moral que impactaba sobre la baja natalidad atribuida y sobre la inarmónica distribución de la población en el territorio. El marco interpretativo surgido en esa coyuntura, afirmó una tendencia a biologizar los fundamentos de praxis sociales, a partir de la autorización «científica» que la política hallaba para intervenir en todos aquellos ámbitos que condicionaban la vida humana, en su faz productiva y reproductiva. Allí subyace una concepción holística que involucra la forma en que la política interrogaba el estado de salud de la población y buscaba «corregir» ambientalmente los más graves problemas atribuidos al conjunto de la población, desde las coerciones «benéficas» que el entorno ejercería sobre la moral individual. En este sentido, en las consideraciones de la ciudad y el campo y en los intentos de valerse de su incidencia sobre los individuos, a través de un determinismo ambiental que asignaba al espacio el rol de normalizar la moral, puede decirse que radican matrices centrales de una clara ideología. La misma que desde la higiene pública desplaza sus fundamentos hacia la eugenesia y desde 1930 ilumina el sentido unívoco que ésta adquiere en Argentina como una formulación de corte «neolamarkiano», que sirve a los fines de ampliar los espacios de intervención de políticas sanitarias inspiradas en la realidad italiana de entreguerras. INSTRUMENTOS IDEOLÓGICOS DE LA BIOPOLÍTICA: CULTURA LATINA, RAZA Y FASCISMO Cuando la «hora de la espada» anunciada por Lugones tuvo su encarnadura en el Golpe de Estado de 1930, la biopolítica adquirió una inusitada preeminencia en la Argentina. Pocos días después de la asonada militar, el médico fascista Nicola Pende dictó un curso en la Universidad de Buenos Aires y los médicos argentinos Octavio López y Arturo Rossi se trasladaron al Instituto Biotipológico de Génova -que el italiano había creado en 1926-, cumpliendo una misión oficial requerida por el Presidente Uriburu, a efectos de interiorizarse de los avances experimentados por la eugenesia en Europa y aplicarlos en la Argentina. Su estadía se prolongó hasta el año siguiente, en el que Benito Mussolini dejó inaugurado el Congreso Internacional de la Población de Roma, presidido por Corrado Gini y con la participación protagónica del propio Pende, donde se expusieron los fundamentos de la eugenesia italiana. Allí la representación oficial argentina ya se había incrementado notablemente con la presencia de otras figuras vinculadas al Museo Social: Enrique Ruiz Guiñazú, Carlos Brebbia y Guillermo Garbarini Islas. Ellos se sumaron a López y Rossi para conformar la delegación extranjera con mayor número de colaboraciones científicas. Con el regreso de López y Rossi en 1932, nació en Buenos Aires la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social (AABEMS), bajo el claro objetivo de promover las acciones que en materia de eugenesia y población eran llevadas a cabo en países como Italia. Similar cruzada encaró el Museo Social Argentino que desde su nacimiento en 1912 había dado un lugar preponderante a estos temas dentro de una estructura de funcionamiento que incluyó, en el período de entreguerras, al Instituto de la Población dirigido por Carlos Bernardo de Quirós (antecedente directo de la Sociedad Argentina de Eugenesia nacida en 1945). Con ese anclaje institucional, el eugenismo argentino adquirió la forma de un campo bien delimitado por prescripciones que compartían principalmente médicos y abogados, pero también urbanistas, sexólogos, sacerdotes y pedagogos. Dentro de ese campo aparecía una coincidente preocupación por incrementar la tasa de natalidad, logrando que su resultado sea el producto de una tarea conciente, tanto de aquellos que debían reproducirse como de los que estaban llamados a evitar hacerlo para no crear futuras «cargas injustificadas» al país. La AABEMS tuvo en Mariano Castex a su primer Presidente y a Nicola Pende como Primer Miembro Honorario corresponsal. En tanto que su órgano de difusión fueron los Anales de Biotipología que dirigió Arturo Rossi desde 1933. El primer referente internacional de la eugenesia argentina, Víctor Delfino, fue uno de sus miembros fundadores como también lo fueron figuras que habían creado la Liga de Profilaxis Social e intelectuales destacados del Museo Social. En la AABEMS participaron los médicos Gregorio Aráoz Alfaro, Ramón Carrillo, Oscar Ivannisevich, Josué Berutti, Gonzalo Bosch y Mariano Barilari, los pedagogos Víctor Mercante, Romero Brest y Ernesto Nelson, los abogados Bernardo de Quirós y José María Paz Anchorena, el ingeniero Nicolás Besio Moreno y el escritor antisemita Gustavo Martínez Zuviría, entre otros. La larga lista de miembros activos se completaba con corresponsales internacionales de Italia, Alemania, España, Francia y Brasil. En torno a esta Asociación, y sus derivaciones que además de los Anales comprendieron el Instituto y la Escuela de Biotipología -también dirigidos por Rossi-, el eugenismo argentino de los años `30 tuvo una clara filiación ideológica, evidenciada en su constante búsqueda de colocar los intercambios académicos con Italia al servicio de una activa diplomacia cultural, que asociaba los valores de la latinidad con los del fascismo. Políticos y científicos argentinos coincidían en ponderar la importancia de una red latina cimentada en dos décadas de intensos intercambios, para que sirva ahora como instrumento útil a un expansionismo ideológico disimulado bajo el ropaje de la ciencia. La reconstrucción del Imperio romano ya no era una aislada prefiguración de Lugones, mucho menos cuando la Italia mussoliniana al hacer cada vez más explícito ese propósito hallaba fuertes consensos en la Argentina, allanados en gran medida por la receptividad de la biotipología. Esta situación quedó particularmente evidenciada cuando los usos geopolíticos de las redes eugénicas tuvieron a la Argentina como un claro punto de tensión, desde el momento en que Estados Unidos trató de capitalizarlas para fundar mecanismos de control de la inmigración a través de datos genéticos y somáticos recabados para centralizar el conocimiento de la información racial de las poblaciones del continente mediante la Unión Panamericana. Para ello fue promovida la homicultura, vertiente eugénica que médicos cubanos lanzaron a comienzos de siglo junto al proyecto de un particular ámbito para la atención de su propia población, como era el Palacio de la Homicultura de La Habana y que más tarde fue impulsada especialmente desde los Estados Unidos para atender poblaciones externas: de ese afán surgió en 1927 la Primera Conferencia Panamericana de Homicultura en La Habana y en 1934 la Segunda en Buenos Aires 28. Frente a la avanzada de la eugenesia norteamericana en Argentina, Italia desarrolló una precisa política cultural que comprendía la búsqueda de afirmar una eugenesia latina que aúne naciones católicas americanas y europeas. Pende en 1934, ya convertido en Senador, convenció al Duce de organizar un «Ateneo Latino» para afianzar la «red espiritual» entre Italia y Argentina y llevar a cabo un «Congreso latino» en Buenos Aires con la presencia de 29 naciones, dividido en tres secciones: ciencia, bellas artes y ciencia aplicada. La contraofensiva de Pende trataba de afirmar una orientación a través de acciones que habrían de «representar para la Italia fascista el primer recono-----28 Sobre la Homicultura y la proyección de la eugenesia norteamericana en Latinoamérica, véase GARCÍA GONZÁLEZ y ÁLVAREZ PELÁEZ (1999); y GARCÍA GONZÁLEZ, A. y ÁLVAREZ PELÁEZ, R. (2007); Las trampas del poder. Sanidad, eugenesia e inmigración. Cuba y Estados Unidos (1900-1940), Madrid, CSIC. cimiento por parte de América latina de la preponderancia» que en adelante debía tener Roma en la dirección cultural de las naciones latinas» 29, para regocijo de quienes como Lugones -pero también miembros de la AA-BEMS-esperaban en Argentina que eso efectivamente sucediera. Es que si entre la homicultura y la biotipología podían tramarse los objetivos de un expansionismo norteamericano y otro italiano, la absoluta primacía de esta última opción en la Argentina de los años `30 se sostuvo en gran medida por la persistente acción de la AABEMS apadrinada por Pende 30. El avance de la Iglesia católica expresado en las enormes repercusiones del Congreso Eucarístico Internacional reunido en Buenos Aires en torno a las celebraciones del día de la raza de 1934, también fue un significativo avance para la estrategia cultural y eugénica italiana. Sobre todo porque tenía en el Padre Agostino Gemelli a un estrecho colaborador de Pende y al principal enlace entre el fascismo y el Vaticano. Las interacciones que la eugenesia entabló con el poder y la religión, se vieron favorecidas a su vez por el creciente protagonismo que asumía por entonces la figura del Cardenal Eugenio Pacelli, quien desde 1939 sería Pío XII. El plan cultural del Duce tuvo una rápida aceptación entre los epígonos de Pende en Argentina y por impulso de Rossi pudo constituirse el Ateneo de Cultura Latina de Buenos Aires, con una Mesa Directiva integrada por Gonzalo Bosch, Paz Anchorena, Luis Tamini y Ángel Suárez. También se creó una Delegación de la AABEMS en Paraguay y se obtuvo el compromiso activo de sociedades vinculadas con la eugenesia de Brasil y Uruguay. En 1934 Paz Anchorena visitó el Instituto Biotipológico de Génova para poner a Nicola Pende al tanto del avance de las tareas organizativas del «I Congreso Internacional de Cultura Latina en América» y dejarle en claro que él sería el Presidente académico del encuentro. Asimismo, las tareas desempeñadas por la diplomacia argentina en pos de afianzar esa red latina en América, determinaron que fuera su Presidente Honorario Carlos Saavedra Lamas, quien además de promover la creación de una Dirección General de Biotipología en estrecha vinculación con la AABEMS, era el Ministro de Relaciones Exteriores de la Argentina. Saavedra Lamas sería luego Premio Nobel de la paz en 1936 por su mediación en el conflicto limítrofe entre dos países integrantes de la red latina: Bolivia y Paraguay. Nicolás Lozano, sucesor de Castex en la conducción de la AABEMS, consideraba al encuentro como «la primera manifestación en el mundo de una ---- verdadera comunión de cultura de las naciones que tienen su origen en la civilización'latino-mediterránea'» 31. Estaría destinado a ejercer «una real influencia en Sudamérica», con el fin de estar en comunicación con la Súper Universidad latina proyectada simultáneamente por Pende en Roma 32. El sustrato que favorecía este expansionismo basado en el culto a la latinidad, podía encontrarse también en expresiones del General Agustín P. Justo -sucesor de Uriburu en la presidencia de la nación-, quien podía saludar al Presidente del Brasil, Getulio Vargas, enfatizando una filiación ideológica y racial común: «nuestra condición de representantes de la Raza Latina en América, nos hace soldados de la misma civilización» 33. La AABEMS se identificó plenamente con este discurso -que publicó en sus Anales al darle una interpretación científica-, donde Justo además remarcó que «somos aquella misma recia estirpe romana, cuya influencia se extendiera sobre Iberia, transmitiendo su dinamismo y su inquietud a Portugal y a España para que dominaran los mares, haciendo surgir de su seno y de sus confines estas tierras, donde el ideal cristiano, para bien de la humanidad, había de tener realización definitiva y esplendorosa» 34. Dentro de esa red, España también pasó a ser un importante referente, especialmente desde los prolegómenos de la Guerra Civil. Precisamente la contienda puso de manifiesto no solo la colaboración militar de Italia con las fuerzas del General Franco sino también la solidaridad expresa de biotipólogos argentinos con ese bando. De hecho la figura de José Antonio Primo de Rivera, líder del falangismo español que lo tuvo como el «primer mártir» de las huestes antirrepublicanas tras ser fusilado en Alicante, sirvió a los fines de acentuar los vínculos con España. Biotipólogos argentinos e italianos se aunaron en homenajearlo, destacando que había pasado sus últimos días acompañado de un libro de Pende del que dejó una traducción en español para divulgarla entre quienes cultivaban los estudios biotipológicos 35. Para Rossi, España ocupaba un lugar preponderante debido a la «superioridad racial» que poseía y que compartía con Italia, con quien también pasó a compartir los afanes imperiales y el papel central del catolicismo invocados ----31 LOZANO, N. (1934), «Discurso de nuestro Presidente sobre la influencia de la Cultura Itálica en la República Argentina», Anales de Biotipología 28, pp.11-14, p.11. 33 JUSTO, A. (1934), «Nuestra condición de representantes de la Raza Latina en América nos hace soldados de la misma civilización», Anales de Biotipología 29, p.3. por sus respectivos líderes. La «superioridad racial» española había sido trasladada a la Argentina a través de la conformación de «hogares cristianos» y «familias bien constituidas», que para Rossi no podía dejar de custodiar el Estado al diseñar nuevas políticas migratorias 36. Estas ideas acompañaban a aquellas con las que figuras centrales del franquismo como el psiquiatría Antonio Vallejo Nágera, enmarcaba el levantamiento antirepublicano explicitando sus propósitos: «aspiramos al Imperio y universalizaremos nuestro pensamiento, nuestra literatura, nuestro arte, hasta que predominen en el mundo» 37. Semejante vocación expansiva que llegó a coexistir en Italia y España, sólo podía integrarse armónicamente a través del claro establecimiento de enemigos comunes y la participación central de la Iglesia Católica en la defensa del orden. De ahí que desde Argentina se naturalizara esa amalgama a partir de la imaginaria unión de esas naciones a una romanidad cristiana, sustentada en la precisa orientación cultural que la Italia fascista tempranamente había empezado a volcar en países americanos de ascendencia latina. Desde 1924 existía en Buenos Aires el Instituto de Cultura Itálica (ICI), el cual tuvo a su cargo la organización de distintos eventos culturales y conferencias ofrecidas por destacados intelectuales italianos. Precisamente había sido el ICI quien en 1930 trajo a la Argentina a Nicola Pende. Ese mismo año también invitó a M. Sarfatti para inaugurar una muestra de la «Pintura italiana en el Novecento» y en diciembre de 1933, por otra iniciativa del ICI, llegó al país P. M. Bardi para organizar la exposición «Arquitectura italiana de hoy», que tendría enormes repercusiones dentro de las vanguardias artísticas locales 38. Bardi montó su muy influyente muestra en Buenos Aires, en la Comisión Nacional de Bellas Artes, ámbito orientado hacia coordenadas estéticas abiertamente opuestas a las del modernismo italiano que se presentaba, aunque muy afín a una estrategia de acercamiento político y cultural de ambos países, que puede seguirse en la figura del Director esa institución, el ingeniero Nicolás Besio Moreno, miembro fundador ese mismo año de la AABEMS. Pero es que ---- 36 Ibidem. Cerca del desenlace de la Guerra Civil, también el benedictino Fray Justo Pérez Urbel fue el publicicista de un arte que debía colocarse al servicio del Imperio por nacer. Y ya con el nuevo régimen instaurado Franco dio especial impulso a grandes monumentos conmemorativos, destacándose el «Valle de los Caídos», cuya ubicación fue decidida en 1940 cerca del Escorial para equiparar la magnificencia de ambas obras y de sus épocas «esplendorosas e imperiales». además, la «eugenesia latina» que contribuía a catalizar estas relaciones diplomáticas dentro de una red de naciones unidas «espiritualmente» a Roma, establecía también curiosas articulaciones entre pasado y presente. Entre la vigencia del ideal de belleza clásico dentro de una raza invocada para recrear vínculos supranacionales «latinos» y la modernidad que emanaba de una exaltación de la novedad científica que podía ser interpretada estéticamente desde el futurismo italiano. Con la explícita puesta en marcha del plan cultural de Pende para la Argentina, el ICI continuó generando actividades que alimentaban aquel propósito. En 1935 el arquitecto modernista Alberto Sartoris, llegó a Buenos Aires convertido en una suerte de embajador artístico del Duce, para exponer en sus conferencias un programa urbano que intentaba traducir a las formas el corporativismo social. Si para Pende el Estado corporativo fascista era la expresión de un «sistema político verdaderamente biológico», donde prevalecía «la unidad de lo múltiple» y las desigualdades sociales eran naturalizadas al quedar parangonadas a las que existen entre los distintos tipos de células y tejidos que componen el organismo 39, para Sartoris el modelo urbano correspondiente obedecía a la asignación precisa de la función que cada ciudad debía cumplir dentro del organismo social. En eso consistía la idea de «ciudad corporativa» que en Argentina fue calurosamente acogida por las élites dirigentes. Sartoris explicaba que «una economía controlada y organizada nos conduce a definir el deber productivo de la ciudad» y consecuentemente su tamaño. De ahí que el criterio corporativo implicara asignar a las ciudades «una población máxima de acuerdo a las diversas funciones en relación a la población de las provincias». Cada ciudad estaba sujeta a una estrategia que integraba las variables de calidad y cantidad -problema central de la eugenesia-, a través de la prefiguración de sus formas físicas (con un sentido funcional) y su capacidad poblacional que eran establecidas por un plan regulador 40. Vale decir que controlar el fenómeno urbano, implicaba establecer una función a la ciudad y fijarle sus límites en la convicción de que, por ese medio, se llegaba a la «organización corporativa del urbanismo que interesa a la ciudad, a la región y a la nación» 41. La «ciudad corporativa» canalizaba una precisa delimitación doctrinaria acerca del fenómeno urbano que el Ministro fascista, Giuseppe Bottai, esta-----39 Véase VALLEJO, (2005). bleció prolongando el proceso de biologización y medicalización del Estado corporativo a la nueva disciplina concebida para el ordenamiento del territorio: «El urbanismo está en la urbs como la tisis en el cuerpo sano del hombre; pero la urbanística está en el urbanismo, como la tisiología está en tisis» 42. La ciencia era el vínculo de una estrategia que unía la indagación de la ciudad en general como la del hombre sano individualmente para operar, invirtiendo la consideración de la anormalidad como una anomalía, sobre la presunción constante de la existencia del mal hasta tanto pudiera comprobarse el estado de normalidad. Esta patologización permanente de la cultura urbana que la biotipología pendeana acicateó, se empalmó muy bien en Argentina con un arraigado «clima antimetropolitano» 43, asentado en otras tradiciones: fundamentalmente el organicismo de Patrick Geddes y sus articulaciones con la idea de «ciudad jardín» y el vitalismo biológico recepcionado, entre otras formas, a través del catolicismo social y de la difusión que el siempre influyente José Ortega y Gasset contribuyó a darle al pensamiento de Jakob Von Uexkull. DISPOSITIVOS DE LA BIOPOLÍTICA: LA REGENERACIÓN EXTRAURBANA Los estrechos lazos cultivados por las diplomacias argentina e italiana, mediados por el prestigio científico de Pende y de la AABEMS, también redundaron en 1933 en el proyecto de creación de un gran Preventorio en la Provincia de Buenos Aires. La propia denominación de la institución era indicativa de expectativas anticipatorias que animaban la búsqueda de detectar el mal en estado eventual a través de datos buscados en los caracteres externos, en la herencia y/o en el ambiente. Se trataba de una institución que en Italia y España recibió esa denominación para identificar a los asilos de niños débiles, aquellos que Coni llegó a promover para prevenir la tuberculosis. En Argentina igualmente ya existían Colonias de niños débiles desde que las creara el higienista José María Ramos Mejía en 1909 en los Parques Avellaneda y Lezama de la ciudad de Buenos Aires, siguiendo vagas prescripciones naturalistas inspiradas en postulados teóricos de la «Escuela nueva» 44. Sin embargo su limitada capacidad y su localización urbana fueron objeto de cuestionamientos que, desde la eugenesia, trataron de ser atendidos ajustando la institución a más estrictos patrones de funcionamiento indicados por el ejemplo italiano. Se trataba ahora de librar a la ciudad de individuos amenazantes, detectados con la mayor anticipación posible, para devolverlos, eventualmente, cuando el correspondiente tratamiento regenerador tuviera éxito. El programa buscaba extender sus alcances para que junto a Colonias de vacaciones y nuevas escuelas al aire libre, atendieran la «debilidad infantil», expresada según se creía casi unívocamente en cuerpos delgados y una convivencia en el ambiente «malsano» del conventillo que «conspiraba» contra «el futuro de la raza que se forma» 45. El nuevo Preventorio argentino fue visto por Raquel Álvarez en relación con el anterior Palacio de la Homicultura proyectado en La Habana, aunque cabe distinguir las diferentes vertientes eugénicas que representan y las funciones asignadas 46: mientras el palacio cubano concentraba todas las actividades de investigación y tratamiento, el emprendimiento argentino diseñado dos décadas más tarde era parte de un modelo concebido desde la especialización de la tarea de identificar las anomalías urbanas y tratarlas aisladamente en un centro regenerador situado fuera de la ciudad. En efecto, el Preventorio argentino fue impulsado por la AABEMS en la localidad serrana de Tandil, situada a 370 kilómetros de Buenos Aires. Para su concreción se dispusieron de tierras obtenidas a través del Consulado italiano y del empresario local Pedro Redolatti, quien estaba también fuertemente relacionado con la máxima jerarquía eclesiástica de la que formaba parte su primo, Monseñor Fortunato Devoto 47. Al describir las funciones asignadas al Preventorio, era destacado su rol vinculado a la mejora de los «niños constitucionalmente débiles» y a aquellas ----45 Primera Conferencia Nacional de Asistencia Social (1934), t.2, Buenos Aires, Kraft, p.161. El tema fue planteado en la Sección 32 del Encuentro: «La educación física en sus relaciones con la Asistencia Social», conformada por Ricardo Aldao, Enrique Romero Brest, Francisco Torino, Enrique Oliveri, Josué Berutti y Próspero Alemandri. 47 Monseñor Devoto era astrónomo. En ese carácter se desempeñó al frente del Observatorio de La Plata en 1910, sucediendo al italiano Porro de Somenzi -estrechamente ligado a Víctor Delfino-, que fue alejado de esa institución por adherir a la tesis catatrofista del francés Flammarion que predijo la destrucción de la tierra el 18 de mayo de 1910 por el impacto del Cometa Halley. La condición de clérigo de Devoto favoreció su designación signada por la necesidad de apaciguar los ánimos de la población apelando a la fe y a la autorización científica de la institución que pasó a dirigir brevemente hasta ser reemplazo por Nicolás Besio Moreno. «jóvenes madres vergonzantes que, por las circunstancias propias a su estado y a la condición precaria que las rodea, llegan al final de su embarazo, completamente exhaustas y son tanto ellas como sus hijos, víctimas de dolencias de suma gravedad» 48. De este modo cumpliría la tarea de recepcionar la esfera de anormalidad reconocida en las Maternidades y en las Escuelas de la Capital Federal y de la Provincia de Buenos Aires 49. La realidad metropolitana posibilitaba así detectar la patología presente o futura, real o eventual, en madres y niños, para que su aislamiento individual opere como instrumento de regeneración social. El funcionamiento orgánico de este sistema partía de establecer, entonces, dos ámbitos para el ejercicio de un control social totalizante e individualizado: las instituciones de Buenos Aires que habrían de registrar biotipológicamente a toda la población urbana y los sitios extraurbanos con clima benéfico que operarían como espacios de tratamiento y recuperación. Lozano explicaba ese funcionamiento que la AABEMS vendría a establecer conjuntamente con el Instituto de Biotipología, ámbito modélico de examen general y particularizado que, también en 1933, nació en el corazón de la metrópolis como una «clínica para sanos», 50 un dispositivos para la detección de lo «peligroso» que se escondía tras la apariencia de normalidad. El principal instrumento era el fichaje biotipológico, consistente en la búsqueda de datos personales que articulaban pasado, presente y futuro: escrutaban sus características raciales, indagando especialmente la influencia hereditaria y recogían datos ambientales para dilucidar confesionalmente la faz espiritual y moral que, combinada con la orgánica, hacía posible vislumbrar próximas enfermedades y delitos. El fichaje biotipológico (aplicado desde ese mismo año en las Escuelas de la Provincia de Buenos Aires) y el Preventorio, ---- constituían así instrumentos complementarios de un mismo plan eugénico que implicaba articular lo urbano y lo rural, desde la convicción de que la primera era una entidad generadora de vicios y la segunda el necesario espacio de regeneración. El médico social era la indispensable figura que hacía falta para atender los males de la ciudad y organizar su cura fuera de ella. De esa forma actuaba ante el estado de anormalidad que comenzaba con la maternidad irresponsable, arrastrando «desgracias que constituyen, sobre todo en grandes ciudades, males constantes. Agréguese, además, que los niños que consiguen llegar a una edad mayor, son también, por el ambiente moral en el que se desarrollan, los eternos inadaptables, que mas o menos tarde van a poblar cárceles, hospitales o manicomios» 51. Una vez identificado lo patológico en la esfera reproductiva de la ciudad, el Preventorio vendría a atender «mujeres en desgracia» y la infancia que había sido abandonada por incumplimientos del mandato maternal. La acción asistencial sobre la enfermedad orgánica sería así tan importante como el ejemplo, el que tendría lugar reeducando «a las jóvenes madres en un ambiente moral, fortificándolas y dándoles una orientación de trabajo» 52, a través de tareas agrícolas contempladas dentro de la nueva institución regeneradora. Si bien la tuberculosis, como amenaza latente, buscaba ser contrarrestada a través de la acción benéfica del clima serrano, la respuesta biotipológica no se limitaba a atender ese mal sino que lo consideraba como una derivación de los verdaderos problemas que atacaba. El Preventorio iba más allá de ser un hospital antituberculoso para constituirse en una institución asilar que tendía a contrarrestar las condiciones morales e higiénicas que conducen a esa y otras enfermedades. Sería un establecimiento regido por la tranquilidad serrana para la cura preventiva y el descanso. Alojaría sí a tuberculosos, pero sólo como parte de un universo conformado por todos aquellos «candidatos» a esa enfermedad o al delito que eran detectados a tiempo. Es que anticiparse a la tuberculosis, en tanto enfermedad social, significaba para Lozano ocuparse de «sus víctimas predilectas», las madres «con taras orgánicas y morales y sus hijos». Pende explicaba cómo el examen biotipológico era revelador de enfermedades futuras: precisamente «el tipo humano que nosotros llamamos longilíneo asténico, está muy predispuesto a la tuberculosis pulmonar» 53. Y del mismo modo que planteaba Pende, la estrategia apuntaba a encontrar el ----51 LOZANO (1933), p. 496. mal antes que se haya manifestado, aquello que para Bottai era dar con la tisis en el cuerpo sano y con el urbanismo como patología de la urbs, para responder así desde la tisiología y la urbanística. Con el Preventorio se pretendía asistir a la madre «anormal» y su hijo, robusteciéndolos «por medio de la vida del campo, en la cual el buen aire, la luz y la alimentación adecuada, restauran las fuerzas perdidas» y de «la educación moral y de trabajo que les ha faltado». 54 Pero además de aglutinar el binomio madre e hijo, cuando éste se hallaba en su primera infancia, el Preventorio también recibiría niños solos en edad escolar que no superaran el examen del Instituto de Biotipología y por eso «requieran campo». Así se conformaría un establecimiento preventivo para mujeres y niños que por acusar «taras orgánicas» o malas influencias ambientales necesitaban un tratamiento asilar. Allí existiría un permanente control biotipológico para evitar que algún incumplimiento en ese tratamiento derive en futuros desvíos conductuales o sanitarios que se traduzcan en consecuencias sociales. Tandil ya era un sitio emblemático para la salud, un lugar considerado entre los «más sanos» de la Provincia de Buenos Aires, a donde había recurrido Tomás Amadeo -fundador del Museo Social Argentino-para montar una institución educativa ejemplarizadora de sus ideales. Se trataba del «Hogar Agrícola», un Internado ideado en 1909 e inaugurado diez años mas tarde para la formación de maestras en todos aquellos conocimientos que debían transmitir a sus congéneres afincadas en la campiña, en la convicción de que medidas de ese tipo contribuirían a detener la urbanización y contener la población rural a través de una inquietud que era moralizadora y práctica a la vez. 55 Se buscaba así establecer condiciones para asegurar la fijación de una familia «decente» en el campo, a través del papel multiplicador que tenía la acción femenina dentro del hogar, algo que Amadeo seguiría sosteniendo en ----54 LOZANO (1933). 55 El «Hogar Agrícola» abrió sus puertas en 1919 en un edificio levantado sobre 100 hectáreas de tierra donadas por la viuda del terrateniente bonaerense, Ramón Santamarina. Poseía una huerta y un jardín, apiario, porqueriza y demás industrias de la granja, incluso un tambo y una pequeña instalación de productos de lechería. El programa en sí comprendía la instrucción general, economía doméstica, elementos prácticos de agricultura e industria casera, conceptos morales y de economía social, para «robustecer el sentimiento del hogar, la sencillez, la dignidad y el amor por la vida y los trabajos del campo». «El ambiente de la escuela estaba saturado del más alto espíritu social y cívico y era confortante comprobar el entusiasmo que todas las alumnas ponían en el cumplimiento de sus deberes y la fe casi religiosa que tenían en el éxito del apostolado a que su profesión las había de destinar». 8. las décadas siguientes para ensamblar esa idea con la muy difundida prédica dirigida en 1925 por Gina Lombroso -hija de Cesare-en pos de la moralización de la mujer 56. Si el «Hogar Agrícola» nació a partir de una clara predestinación del rol de la mujer en la afirmación de una armonía social vinculada al equilibrio entre el campo y la ciudad, el Preventorio que le sucedía aparecería para completar esa acción tutelar con la regeneración del binomio madre e hijo afectado por males de la vida metropolitana. En el terreno destinado al Preventorio podían verse acrecentados sus beneficios regeneradores. Poseía una superficie de 9 hectáreas y se hallaba casi lindante al casco de la ciudad, a pocas cuadras de su plaza principal y de la Estación del Ferrocarril, permitiendo así una fácil accesibilidad que, empero, no alteraba el carácter natural de su entorno inmediato. A través del tren quedaría en permanente contacto lo urbano y lo rural, el Instituto de Biotipología y el Preventorio, asegurando la óptima conexión entre ambas realidades: la de la ciencia que en la ciudad detectaba lo patológico y la de la reclusión asilar que lograba la regeneración en un medio rural. Situado en el remate de la Avenida principal, el Preventorio de Tandil disponía de un suelo rocoso, sobreelevado hasta conformar una colina que aseguraba la óptima circulación de aire puro y el control visual de la población. Precisamente esa era una obsesión de la medicina clásica reactualizada por que Nicola Pende a través de una teoría que podía ofrecer su directa consumación en el primer Instituto Biotipológico, que el italiano montó en 1925 en la Colina de San Álbaro, en las afueras de Génova 57. Con todas las ventajas atribuidas, el eugenismo argentino promovió aquello que a sus ojos no sería sino una verdadera institución modélica de la ciencia, una expresión emblemática de lo que ella podía hacer para «contribuir a afianzar la salud física, psíquica y moral del pueblo argentino». Su tratamiento biotipológico se fundaba en la vida al aire libre, una alimentación reparadora y prácticas físicas para reforzar el cuerpo. Para eso disponía de un tupido bosque de coníferas que desde la parte más alta «acompaña la inclinación accidentada del terreno sombrándola hasta su base, donde un ameno valle con sembrados y árboles frutales, viene surcado por un riachuelo rico de agua que lo atraviesa de Noreste a sudoeste, formando un paisaje soberbio y alegre» 58. 58 MARCHETTI, C. (1934); «Primer Preventorio para mujeres y niños débiles de la república», Anales de Biotipología 21, pp.4-5, p. Sobre estas preexistencias naturales, el arquitecto Ciro Marchetti, realizó un ambicioso proyecto que, poco después de celebrada la muestra de arquitectura italiana que Bardi presentó en Buenos Aires en diciembre de 1933, expresaba una voluntad de situarse dentro de la misma sintonía estética del modernismo, exaltado por el fascismo como la representación del «nuevo orden». El complejo se compondría de una escuela para niños y talleres para que los más grandes aprendan un oficio según sus aptitudes intelectuales y su capacidad física, una pequeña chacra para contribuir a la economía del establecimiento y canchas de juegos al aire libre. El bosque y los jardines completarían un conjunto, donde los más pequeños podrían fácilmente «aclimatarse y sujetarse a la regularidad de la cura, a la necesaria disciplina médica, y crecer en un ambiente sano y libre para volver a la sociedad hombres fuertes y útiles a la patria» 59. Y en el punto más alto de la colina, aquel que aseguraba el amplio control visual en el predio, se levantaría la Capilla. El Preventorio, en definitiva, fue un emprendimiento de la AABEMS, formulado sobre la base de efectivas cooperaciones italianas, que buscaban a su vez acrecentar el consenso del cuerpo de ideas que representaban dentro del Estado argentino. Sin embargo, pese todas las coincidencias ideológicas que confluían en legitimar científica y políticamente una causa que expresaba de manera diáfana el propósito de propagar paralelamente el fascismo y la eugenesia, la concreción de las principales expresiones de este plan se vio inesperadamente interrumpida. Tanto el «I Congreso Internacional de Cultura Latina en América», presidido por Pende y previsto para que se celebrase en Buenos Aires el día de la raza de 1936, se postergaron hasta suspenderse definitivamente. Ello se debió a la tensión ocasionada por la invasión italiana a Etiopía y al hecho de que, ante la condena internacional, la diplomacia argentina esgrimió un inesperado silenciamiento que sorprendió al Duce. Esa acción contrastaba con el apoyo generalizado de las élites de gobierno, que llegó a empalmarse con una encendida defensa de la política expansionista de Mussolini enunciada por Arturo Rossi en el comité Pro-Italia que creó y al que adhirieron figuras de importancia como el jurista Rodolfo Rivarola 60. Eran estas, oscilacio-----59 Ibidem, p. Rodolfo Rivarola era un prestigioso jurista que en 1918 sucedió a Joaquín V. González en la Presidencia de la Universidad Nacional de La Plata hasta la irrupción de la Reforma Universitaria. Desde 1910 dirigió ininterrumpidamente la Revista de Ciencias Políticas de Buenos Aires. nes características de una cultura política argentina de entreguerras, que a menudo buscaba disimular el fuerte compromiso que efectivamente mantenía con la causa fascista, para pesar de miembros de la AABEMS y del propio Lugones que, incumplido su sueño imperial, se suicidó en 1938. Preventorio para mujeres y niños débiles de Tandil. Proyecto del Arquitecto Ciro Marchetti, año 1933. Entrada y portería; 2. Sala de autopsias; 5. Administración, consultorios, biblioteca, sala de operaciones; 6. Escuela de artes y oficios; 7. Pabellón de infecciosos; 10. Dormitorios con galería para niños; 13. Dormitorios con galerías para mujeres; 14. Desinfección, lavanderos y guardarropas; 16. En reemplazo del «I Congreso Internacional de Cultura Latina en América», la Federación Internacional Latina de Sociedades de Eugenesia dirigida por Corrado Gini celebró su Congreso inaugural dentro de las actividades comprendidas en la Exposición de París de 1937. Mas tarde la biotipología pudo dar cuenta del desarrollo alcanzado en Argentina cuando en 1940 y por impulso del Museo Social y la AABEMS nació el Primer Congreso de la Población (inaugurado por el vicepresidente en ejercicio de la presidencia de la nación, Ramón Castillo), correlato sudamericano del organizado unos años antes por Mussolini y Gini en Italia. Allí se ratificó la preeminencia de las tendencias desurbanizadoras en Argentina,61 adunada a un «poblacionismo selectivo» 62, que integraba las variables eugénicas a las espaciales: el fomento a la natalidad sobre aquellos que poseían una «buena dotación genética» implicaba también ofrecer estímulos para trasladarse al campo y contrarrestar el exagerado crecimiento de las ciudades. El problema de la población sometido a diversos estudios durante el encuentro, eran fundamentalmente abordado desde la interacción de la vieja sentencia sarmientina de «el mal que aqueja a la Argentina es su extensión», con la alberdiana consigna de «gobernar es poblar». El punto de intersección se hallaba en las respuestas eugénicas requeridas, como lo remarcaba Tonina -miembro de la AABEMS. No era el aumento de la población en sí la meta sino el incremento de la calidad para conseguir, recién sobre ese sustrato, favorecer la natalidad. «La población debe encararse desde el enderezamiento de lo desviado o torcido, desde el desbrozado de la maleza insalubre, usurpadora y corruptora. Hay que desbrozar el campo antes de arar y antes de sembrar, porque siempre se ha visto que la alfalfa sucumbe a la maraña. Esto es empezar por los medios de la eugenesia, que debe no tender sólo a disminuir de la colectividad los elementos disgenésicos, sino a propiciar por todos los medios de salvaguardar la salud general y de beneficiar a los sanos, a los bien dotados, estimular a los buenos y mejores» 63. Si era necesario, debía echarse al inmigrante que no se integró e intervenir entonces sobre la denatalidad en la franja social «normal» que renunciaba a la reproducción por el avance del «masculinismo de la mujer» y el hogar indigno de las grandes ciudades 64. La eugenesia allí debía contribuir a afirmar los roles de género cuando ellos se confundían y favorecer el acceso a una vivienda que asegure la conformación de familias «bien constituidas». Dentro de este cuerpo de ideas se ubica la apelación al barrio jardín como una libre adaptación local del planeamiento organicista anglosajón, que reco-----gía sugerencias vitalistas e ideas instaladas en el propio corpus de la biotipología pendeana para sanear los centros urbanos. El Instituto de Colonización de la Provincia de Buenos Aires, creado 1937 por el Gobernador Manuel Fresco -un médico higienista que llegó a mantener directas vinculaciones con Mussolini-se ubicó dentro de esta tendencia. Y también lo hicieron distintos intentos de materializar viviendas-granja (incluidos proyectos presentados por el diputado católico Juan F. Cafferata al Congreso Nacional) para corporizar la idea de «casa eugénica» de Pende. El propio Tonina propiciaba desde el «Congreso de la Población» realizar viviendas-granja o granja familiar en el medio suburbano y rural para conformar el «centro económico y moral del mayor valor, expresión de una cultura sana y un alto concepto de bienestar para la felicidad del porvenir», puesto que ellas serían el mejor medio para producir el «afianzamiento de la familia» y recrear la seguridad social 65. Estas ideas marcaron el tono de un debate acerca que cómo debía actuar el Estado argentino para contener el acelerado proceso de masificación, contrarrestando a la vez el problema atribuido a la denatalidad ocasionada por el trajín de la vida moderna. El poblacionismo que regía todas estas reflexiones, estaba fuertemente influenciado por distintos tipos de estímulos instituidos por el Estado fascista para favorecer la prolificidad, sobre todo después de la conquista de Etiopía, cuando el aumento de la población pasó a estar directamente relacionado con la protección del imperio que se buscaba recrear 66. También con el esfuerzo del franquismo por recomponer las población española, tras la Guerra Civil y la depuración de republicanos producida en la posguerra a través del exterminio o el exilio. La articulación que en Argentina se buscó entre la matriz poblacionista italiana y española y la vivienda extraurbana, presidió las consideraciones suscitadas por el «Congreso de la Población», prolongándose en el pensamiento y la acción de figuras como Carlos Bernardo de Quirós. En efecto, desde las funciones que ocupaba en el Banco Hipotecario Nacional, Quirós pudo imaginar la forma en que esa institución debía colocarse al servicio de un plan para proveer de la «casa eugénica», asignando préstamos oficiales sin interés a parejas en trance de matrimoniarse siempre y cuando manifestaran deseos de «repoblar ----65 Ibidem; p. 66 Miranda alude también a la faceta complementaria que tuvo ese poblacionismo con los castigos a la no-reproducción eugénica, por ejemplo a través del impuesto a los «célibes aptos», a los solteros y los severos cuestionamientos a la «mujer moderna» por incumplir cxon los debereas de la maternidad y el hogar. nuestra campaña y laborar la tierra», siendo cancelables al nacer el tercer hijo vivo, debiendo además ser todos argentinos. Era condición básica «poseer condiciones fisiológicas, eugénicas y morales, de propagar la especie», quedando excluidos del plan de vivienda los enfermos de ambos sexos, los «débiles orgánicos, los anormales, los ancianos, o viejos prematuros», los que no quisieran tener hijos o sólo quisieran tener uno, los que no tuvieran hábitos sólidos de trabajo remunerado, los que no tuvieran sosiego y espíritu hogareño, los que no se enraizaran definitivamente en nuestra tierra, «los caducos, los impotentes, los castrados», y en general «los indeseables para la Nación, porque ellos no representan un valor positivo para la especie»67. En ese contexto, la revista argentina Hijo mío! podía presentar como prototipo de familia eugénica a la de Gustavo Martínez Zuviría -miembro de la AABEMS y Director de la Biblioteca Nacional entre 1931 y 1955, antecediendo en ese cargo a Jorge Luis Borges-que modélicamente posaba junto a su esposa y sus 12 hijos «sanos» en el lanzamiento de un certamen que en 1937 pasó a premiar a familias numerosas. Asimismo, en la Revista de Arquitectura, su Director, José M. F. Pastor, participaba de los debates por la transformación de la Comisión Nacional de Casas Baratas que llevaba a cabo el Coronel Juan Domingo Perón en la Secretaría de Trabajo y Previsión Social. Desde un planeamiento organicista sustentado en el vitalismo biológico, Pastor promovía el desarrollo de la «familia normal», aquella que desde su perspectiva lo era tanto más por cada hijo que agregara a la media de tres, apelando para ello a un ejemplo «interesante en estos tiempos en que tanto preocupa el tema de la denatalidad». Ese ejemplo contenía toda una definición del ideal de familia y de su localización espacial, al tratarse de una vivienda para matrimonios con 16 hijos, una suerte de pequeño hotel que el Estado había adjudicado en campos asturianos68. Es que precisamente el Instituto Nacional de la Vivienda de España desde su creación en 1939 (en reemplazo de la anterior política social de Casas Baratas) desplegó explícitos propósitos poblacionistas, enfatizando la prolificidad como factor prioritario en el otorgamiento de casas a una renta reducida, e instituyendo como Premio anual el obsequio de diez viviendas situadas fuera de las grandes ciudades a las familias que reunían más hijos en el hogar69. ----Como en Italia y en España, el pro-natalismo y el cuestionamiento al ambiente metropolitano se impusieron en Argentina en una agenda social que, a fines de los años `30, tendía a desplazar en las preocupaciones de la AA-BEMS a la tuberculosis y su cura como tema central, a medida que adquirían una cierta autonomización vinculada a precisas localizaciones 70 y el eugenismo desde su articulación con el poblacionismo podía expandirse a esferas mucho más vastas de intervención. Como quedaba en claro, aquel tratamiento sanitario provisto por el Preventorio no obedecía a una precisa enfermedad sino a una necesidad más amplia de moralizar las formas de vida urbana a través de una acción tutelar desplegada sobre fragmentos de la sociedad sospechados de producir futuras «degeneraciones» en el orden social y biológico. Y siendo esto así, aún cuando fuera ideado casi como una ciudad de reclusión, un establecimiento de esas características, con una demanda de atención tan vaga y generalizada, pronto se hubiera visto desbordado. El fichaje biotipológico igualmente siguió buscando los «niños débiles», si no predispuestos a la tuberculosis, candidatos a otras enfermedades o al delito. Tonina aspiraba a que, de la misma forma que existía un registro personal a través de la cédula de identidad, se creara otro con la ficha familiar, implementado a partir de la transformación de la Oficina Central de Censo en un Instituto de Investigaciones Demográficas, regido por la eugenesia, la herencia, la sociología y el Derecho. 71 Y complementariamente debía actuar un Instituto de la Población Argentina, compuesto por sacerdotes, médicos, militares, maestros, juristas, economistas, arquitectos y legisladores 72. El objeto de atención del Preventorio se prolongaría luego, aunque con más acotados alcances, a través del afianzamiento como institución de la Colonia de niños débiles. Estas tendrían localizaciones desplazadas principal----régimen de protección a la vivienda, Madrid, Formularios. Ella contiene imágenes de conjuntos inaugurados y las tipologías de vivienda utilizadas, donde cabe destacar que no existían unidades previstas para matrimonios con menos de 4 hijos. 70 Por entonces las sierras de Córdoba concitaban los principales ámbitos para el tratamiento de la tuberculosis, donde prevalecía el Sanatorio Nacional Santa María de Cosquín, desarrollado sobre casi 400 hectáreas y unos 1.000 internados, constituyendo para Armus uno de los sanatorios más grandes del mundo. Véase ARMUS, D. (2006), «Curas de reposo y destieros voluntarios. Narraciones de tuberculosos en los enclaves serranos Córdoba», en BON-GERS, W. y OLBRICH, T. (cmps.); Literatura, cultura, enfermedad, Buenos Aires, Paidós, pp. 115-138. mente hacia el mar, como es el caso del establecimiento social creado frente a las playas de Necochea a comienzos de los años `30 y ampliada a fines de esa década 73. Los cambios sobrevenidos formaron parte del surgimiento de un nuevo fenómeno, el turismo social, que comenzó a ser impulsado por el Estado para morigerar la desocupación que reinaba por efecto de la crisis del `29, reduciendo la jornada laboral y creando destinos capaces de absorber el nuevo tiempo libre de los asalariados. Era en gran medida, y sobre todo como podía apreciarse explícitamente en las políticas sociales impulsadas por Manuel Fresco, una versión argentina del Doppolavoro que instituyó Mussolini para colocar el ocio masivo dentro de un programa extensivo de paternalismo social. Pero el Preventorio también dejó otras claras resonancias de sus propósitos en Tandil, cuando el predio donado a la AABEMS para llevar a cabo aquellas funciones asistenciales fue objeto de una nueva propuesta, articulada también con los ideales disciplinadores perseguidos a través del nuevo turismo social. Lo que iba a ser el Preventorio finalmente devino en el Calvario, el monumento religioso a cielo abierto más grande de la Argentina, levantado sobre la colina que Redolatti había pensado destinar a la «formación de un barrio, santuario y colonia de vacaciones para niños débiles». En el punto más alto, aquel que representaba la aspiración de la biotipología de controlar visualmente la población urbana, se ubicó la enorme cruz de 22 metro de altura, como destino de un Vía Crucis que reproducía las escalas en el monte Gólgota. La propuesta tuvo un impulso decisivo en Monseñor Fortunato Devoto, Elisa Alvear de Bosch y fue ampliamente forestado por decisión del Director de Parques Nacionales Exequiel Bustillo 74. En tanto que su hermano, el Ar-----73 Las Colonias de niños débiles, como la de Necochea frente al mar, continuaron una labor en la que Silvia Di Lisia ha visto cambios vinculados al programa social del peronismo, que, desde su perspectiva, hizo prevalecer la función asistencial y turística por sobre un anterior criterio asilar de sesgo eugénico. DI LISIA, M. (2006); «Colonias de niños débiles. Los instrumentos higiénicos para la eugenesia», en DI LISIA, M. y BOHOSLAVSKY, E. (ed.); Instituciones y formas de control social en América Latina. Aún así, y en todo caso desplazado a otros ámbitos, no puede dejar de advertirse la importancia central que tuvo la eugenesia dentro de la estructura del peronismo: RAMACCIOT-TI, K. (2005), «Las huellas eugénicas en la política sanitaria argentina (1946-1955)», en MI-RANDA, M. y VALLEJO, G. (comp.), pp. 311-350 74 Después de su actuación en el Observatorio de La Plata, Devoto desarrolló una intensa carrera eclesiástica y astronómica que hacia 1936 lo tenía como Monseñor y como Director del Observatorio de san Miguel creado a partir de vinculaciones con el Observatorio del Ebro, importante institución científica de la Compañía de Jesús en España. Devoto también era quitecto Alejandro Bustillo, sumaría en 1943 a su galería de importantes intervenciones arquitectónicas y paisajísticas sobre los principales lugares turísticos nacionales -Misiones, Bariloche, Mar del Plata-la realización del Calvario de Tandil, tras viajar especialmente a Jerusalén para conocer el sitio sagrado que su obra reprodujo 75. El programa eugénico concebido a partir de la detección de anormalidades para la mejora de sus síntomas por efecto benéfico del clima serrano, devenía en un gran monumento religioso. La vigorización del cuerpo afectado por males urbanos dejaba lugar a una escenográfica manifestación de los valores católicos. Eran dos expresiones del afán de la cultura argentina de los años `30 y `40 de crear modélicas respuestas extraurbanas para mejorar la raza argentina, atendiendo al cuerpo y el alma, afectados por un mal atribuido a la «degeneración» de la vida moderna producida en la metrópolis. De esta preocupación derivaba la inquietud cierta por favorecer el traslado de la ciudad al campo «regenerador» para lograr una más equilibrada distribución poblacional: en un territorio nacional de 3.000.000 km 2 habitaban poco más de 12 millones de habitantes de los cuales mas del 50% se concentraba en Buenos Aires y el litoral. Sin embargo, la idea de que los estímulos a la desurbanización compensarían esos desequilibrios y redundarían en un aumento en los índices de natalidad, pronto se desvaneció: los grandes latifundios que existían desde que la «conquista del desierto» consumó la «solución final» a la presencia indígena y liberó tierras que quedaron a expensas de una clase militar y política, constituía un claro impedimento para el plan desurbanizador. Algo que enfáticamente le señalará a los biotipólogos Bartolomé Bosio, un anarquista de larga trayectoria como médico rural 76. ----Presidente de la Comisión Nacional de Observatorios y miembro de la Comisión encargada de medir un Arco meridiano en Argentina. Por su parte, Elisa Alvear de Bosch era cuñada del eugenista Gonzalo Bosch, hasta 1936 había sido Presidenta de la Sociedad de Beneficencia y desde entonces presidía la Sociedad católica de San José. En tanto que la figura de Exequiel Bustillo se destaca en Argentina por el rol central ejercido en una insistente tarea de creación de Parques Nacionales. 75 La obra se completó con 17 estatuas realizadas por importantes artistas del momento: José Fioravanti, Carlos De la Cárcova, Horacio Cerantonio, Santiago Berna, Pedro Tenti, Roberto Capurro, César Sforza, Ernesto Soto Avendaño y Ricardo Musso. Sobre la trayectoria de Bustillo y su papel en la arquitectura argentina véase RAMOS, J. (1995), «Bustillo», Cuadernos de Historia 6, Buenos Aires, Instituto de Arte Americano; y GUTIÉRREZ, R (dir.) (2005); Alejandro Bustillo: la construcción del escenario urbano, Buenos Aires-La Plata, CEDODAL y Gobierno de la Provincia de Buenos Aires, 2005. Igualmente sobre ese sustrato biopolítico, el peronismo podrá levantar buena parte de los íconos mas impactantes de su gestión, fundados en la vigorización del cuerpo a través de un imaginario que comprendió la exaltación del mundo extraurbano con el barrio jardín y el chalet (otorgado a través de préstamos del Banco Hipotecario Nacional), como idealizadas tipologías de vivienda para sectores bajos y medios, y con las colonias de vacaciones como instituciones integradas al turismo social que conformará un vasto programa de ocio masivo en las sierras y el mar. En el peronismo confluían así derivaciones directas de la eugenesia a partir de tres décadas de una vasta influencia ejercida sobre las culturas científica y política de Argentina. El marcado carácter ambiental y "neolamarkiano" que adoptó esta experiencia eugénica, imbuída de un claro sesgo confesional y de estrechas vinculaciones con el fascismo italiano, seguirá propiciando una proyección de sus alcances hasta comprender crecientes espacios de intervención: custodiar la salud física y moral de la población y conformar la verdadera raza argentina, combinando el pro-natalismo con las exclusiones y la asignación del justo lugar que cada uno debía ocupar dentro del organismo social, continuó siendo un mandato de políticas educacionales, sanitarias, demográficas y territoriales.
En este artículo, los autores proporcionan un esbozo histórico sobre el idealismo creacionista y el empirismo evolucionista y exponen algunas reflexiones acerca del distinto valor epistémico de ambos. Mientras que el evolucionismo resiste la contrastación empírica y tiene suficiente valor resolutivo en la predicción, el creacionismo genera una explicación irracional de la diversidad biológica fuera de la propia biología. Aunque a lo largo de la historia han habido diversos intentos de instrumentalizar la ciencia, a la larga han terminado por fracasar debido a su inconsistencia intelectual. La certeza del relato bíblico era tal, que hasta había permitido calcular la fecha exacta de la Creación y de otros eventos de la historia sagrada. El más reconocido autor en este tipo de cómputos es sin duda el calvinista James Ussher, arzobispo anglicano de Armagh y Primado de Irlanda, quien en el siglo XVII los publica en su obra Annales Veteris Testamenti (Fig. 1). Según Ussher, el mundo fue creado el domingo 23 de octubre del 4004 a.C., Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso el lunes 10 de noviembre del mismo año y el arca de Noé se posó sobre el monte Ararat el miércoles 5 de mayo del 1491 a.C. Mientras que la revolución científica se va consolidando a partir del siglo XVII con la nueva astronomía, el finalismo se da aún por válido hasta el siglo XIX en el campo de la biología, a la que se le aparece un mundo ordenado y racional, cuya diversidad no se explica por otras causas que no sean el acto de la Creación. Nos hallamos en un momento en el que algunas sociedades con un fuerte componente religioso experimentan cierto grado de desconcierto frente al mundo que les rodea y frente a los eternos interrogantes el pasado y el futuro de la Humanidad. Ante el reagrupamiento de las fuerzas antidarwinistas en un frente común con un importante aparato mediático que las sustenta, es necesario plantearse su conocimiento como única vía para poder hacerles frente desde el racionalismo científico. En este artículo, proporcionamos un esbozo histórico sobre el idealismo creacionista y el empirismo evolucionista y exponemos algunas reflexiones acerca del distinto valor epistémico de ambos. DARWIN Y EL ORIGEN DE LAS ESPECIES A mediados del siglo XIX, la figura de Charles Darwin irrumpe con fuerza en el panorama científico al plantear -al igual que Alfred Russell Wallacela diversidad en términos de selección natural, con lo que la biología evolutiva corona la revolución contra la metafísica. Aunque para Feyerabend «Una ciencia que está libre de toda metafísica está en camino de convertirse en un sistema metafísico dogmático» 1, en nuestra opinión sí hay diferencia entre ciencia y metafísica. La trascendencia de Darwin dentro del panorama de la historia de la ciencia se ajusta perfectamente a lo señalado por Ayala: «Darwin completa la revolución copernicana, y con ello el hombre occidental logra su madurez intelectual: todos los fenómenos del mundo de la experien----- cia externa están ahora al alcance de las explicaciones científicas, que dependen exclusivamente de causas naturales»2. El 24 de noviembre de 1859 aparece la primera edición de un libro de Darwin, fruto de sus observaciones y reflexiones en un viaje alrededor del mundo. Este libro revolucionará no sólo el pensamiento científico, sino también el religioso y el político. Lleva un largo título y subtítulo: On the Origins of Species by Means of Natural Selection, or the preservation of favoured races in the struggle for life, o sea, «Del Origen de las Especies por Medio de la Selección Natural, o la conservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida», que pasará a la posteridad como, simplemente, El Origen de las Especies (Fig. 2). Darwin inicia esta monumental obra con las siguientes palabras: «Cuando iba como naturalista a bordo del Beagle, buque de la marina real, me sorprendieron mucho ciertos hechos en la distribución de los seres orgánicos que viven en América del Sur, y las relaciones geológicas entre los habitantes actuales y los pasados de aquel continente. Estos hechos, como se verá en los últimos capítulos de este volumen, parecían arrojar alguna luz sobre el origen de las especies, ese misterio de los misterios, como lo ha llamado uno de nuestros filósofos más grandes [se refiere a John F. W. Herschel]» 3. Los 1.250 ejemplares de aquella primera edición se venden antes de acabar el día. Contrariamente al evolucionismo darwinista -que se basa, en primer lugar, en la observación de la Naturaleza-, el creacionismo se sostiene en la aceptación apriorística de la existencia de una estructura sobrenatural que pondría orden en las cosas. Como consecuencia de este orden divino, el lugar que le corresponde a cada especie es predeterminado e inmutable. En el catastrofismo, desarrollado por Georges Cuvier, las especies creadas por el Ser supremo desaparecen debido a cataclismos -el último de ellos, el Diluvio Universal-y son reemplazadas por otras también creadas de novo por Él; el hombre fósil no existe. En el diluvialismo, sostenido por la Iglesia, no hay reemplazo: las especies actuales son, simplemente, las que sobrevivieron al Diluvio Universal por deseo divino; el hombre fósil representa los restos de la ----Humanidad pecadora aniquilada en tal episodio. Mientras que el acto de la Creación presupone un orden que proviene de otro orden superior (Dios), el hecho evolutivo emerge de la oposición dialéctica entre una tendencia al desorden -llámesele caos, entropía positiva o muerte-y otra al ordenllámesele cosmos, entropía negativa o vida-. En este sentido, podemos hacer nuestras las siguientes palabras de Faustino Cordón en su Prólogo a El Origen de las Especies: «la primera cualidad que ha de poseer un ser para ser seleccionable es la de estar conminado a perecer en su medio natural; la muerte puede decirse que es el agente del perfeccionamiento, y, en último término, del origen de la vida. La tendencia a caer en el desorden con desvaloración de energía, que, como ley general de la realidad, se enuncia en dicho [segundo] principio de la termodinámica, es lo que paradójicamente determina, en ciertas condiciones, la creación de un orden creciente. La teoría de la selección natural explica, pues, cómo, dentro del proceso evolutivo del conjunto de la realidad, se condicionan mutuamente los procesos que determinan un desorden creciente y aquellos en que se crea un orden creciente, como es el de la evolución biológica en la tierra»4. Puesto que siempre es más fácil mantener una situación que cambiarla por otra, reemplazar el creacionismo por el evolucionismo suponía una subversión del orden establecido. Y así, la Iglesia, fuera católica o fuera protestante, intentó por todos los medios que no fructificara una teoría que descabalgara el paradigma creacionista y que, en una reacción en cadena, pudiera poner de manifiesto otras contradicciones, como la del control social. Pero el creacionismo era como un tronco rebosante de termitas desesperadas porque se les terminaba la estructura leñosa: había estado desarrollando el árbol del conocimiento metafísico durante mucho tiempo pero, en especial, sobre aquel tronco también se asentaba la lógica de la vida social y del poder. A medida que la comunidad científica iba ganando fuerza gracias al racionalismo, la religión, como ideología, la perdía, y el creacionismo fue sucumbiendo inexorablemente a la dialéctica histórica de la práctica científica. Afirma Ayala que «En 1950 la aceptación de la teoría de Darwin de la evolución por selección natural ya era universal entre los biólogos, la teoría sintética era aceptada como correcta, y las controversias se limitaban a cuestiones de detalle» 5. Precisamente es en 1950 cuando la jerarquía católica inicia una cierta apertura a las ideas evolucionistas con la carta encíclica Humani Generis, del Papa Pío XII. Los católicos liberales han sabido adaptarse a los nuevos vientos y han ----abrazado el evolucionismo biológico o incluso cósmico, siempre y cuando no se discuta la causa primera, Dios (por ejemplo, en Zycinski 6 ). El moralismo protestante estadounidense es el que inicia, en la década de 1920, el liderazgo de la reacción antievolucionista, esencialmente como respuesta a la relación -real o imaginaria-entre las ideas darwinistas y el militarismo germano que había abocado a la Primera Guerra Mundial 7. De hecho, no podemos hablar de una unidad dentro del creacionismo norteamericano: se da un continuum que va desde posiciones ultrarradicales, como el geocentrismo, hasta posiciones moderadas, como el creacionismo progresivo 8 (Fig. 3). El neocreacionismo -llamado por sus seguidores «Ciencia de la Creación»-es un fenómeno más reciente. Aparecido también en Estados Unidos, más que una posición oficial de las distintas confesiones protestantes es un fenómeno espontáneo entre núcleos muy activos de sus miembros, que intentan expandirlo por todo el globo. Primero fue a través de publicaciones como las de la Asociación Internacional de Estudiantes de la Biblia, formada por testigos de Jehová (por ejemplo, mediante libros de autoría anónima 9 ). Después llegaron las videocasetes 10. Actualmente, en la era de las telecomunicaciones, el creacionismo se difunde a través de telepredicadores y, directa o indirectamente, de Internet. También han sido estos núcleos los promotores de sonadas acciones legales ante diversos tribunales de Estados Unidos, para tratar de imponer la enseñanza del creacionismo en la escuela pública, impedir la enseñanza del evolucionismo o, en su defecto, presentar a este último como una simple teoría equiparable científicamente al primero. Los apóstoles de la Ciencia de la Creación siguen en su empeño, a pesar de los «varapalos» que han recibido cuando han pretendido equiparar su doctrina con el conocimiento científico. Así ocurrió en la década de 1980 con las leyes estatales que establecían la enseñanza «equilibrada» de la Ciencia de la Creación y la ciencia de la evolución en Arkansas y Louisiana, que la Corte Suprema de los EE.UU. declaró ----6 ZYCINSKI, J. (1998), «Las leyes de la naturaleza y la inmanencia de Dios en el universo en evolución», Scripta Theologica, 30, 261−278, pp. inconstitucionales 11, 12. Sería erróneo pensar, sin embargo, que los ataques religiosos al evolucionismo provienen únicamente del cristianismo. El judaísmo ultraconservador y el islamismo fundamentalista también participan del mismo rechazo a todo evolucionismo. Como dice Ayala,«Durante los últimos años la expansión del fundamentalismo musulmán ferviente se está convirtiendo en una fuerza importante contra el estudio y la enseñanza de la evolución en los países predominantemente musulmanes del norte de Africa y de Oriente Próximo» 13. LA TEORÍA DEL DISEÑO INTELIGENTE El más reciente intento de dar una imagen de respetabilidad al neocreacionismo de la Ciencia de la Creación es el desarrollo de la teoría del «Diseño Inteligente» (DI). Ésta, a diferencia de los movimientos anteriores, ha ido ganando rápidamente adeptos dentro del catolicismo. Existe acuerdo en considerar al abogado Phillip E. Johnson como el fundador del movimiento del DI, quien en 1991 publica su éxito de ventas Darwin on Trial, y en 1993 su segunda edición, corregida y aumentada 14. Johnson, profesor de derecho en la Universidad de California en Berkeley desde 1967 y desde 2000 profesor emérito de la misma, había sido ayudante del presidente del Tribunal Supremo de EE.UU., Earl Warren, conocido especialmente por haber conducido la comisión de investigación del asesinato del presidente Kennedy. El DI, al ajustarse pretendidamente a todos los criterios de demarcación de una teoría científica, sería como tal capaz de competir con el evolucionismo en pie de igualdad. El movimiento del DI, apartándose de las fracasadas estrategias de sus predecesores más o menos literalistas, intenta hurgar denodadamente en las entrañas de la biología evolutiva, a la búsqueda de lagunas insalvables con las que poder derribar el edificio de la teoría de la selección natural. Su lema podría resumirse como «evolución sí, pero por designio divino, no por selección natural». A falta de revistas científicas con revisión por pares donde poder publicar sus «hallazgos», el aparato propagandístico del DI ---- 13 AYALA (1994), p. El porqué la teoría darwinista no es nada más que eso: una teoría, Grand Rapids, MI, Portavoz. se basa en la publicación de libros y artículos en editoriales especializadas en apologética cristiana, revistas ex profeso y portales de Internet propios. El representante oficial de facto del DI es el Centro para la Ciencia y la Cultura, creado en 1996 -entre otros, por Johnson-como parte integrante del Instituto Discovery, con sede en Seattle (Estado de Washington). Este instituto privado de carácter ultraconservador, fundado en 1990, está presidido por Bruce Chapman, católico y miembro del Partido Republicano que ocupó diversos cargos de responsabilidad durante la administración Reagan. El Centro para la Ciencia y la Cultura explica de la siguiente manera qué es el DI: «La Teoría del Diseño inteligente sostiene que ciertos rasgos del Universo y de los seres vivos se explican mejor por una causa inteligente, no por un proceso no dirigido como el de la selección natural»15. El DI se basa, pues, en la existencia de un «diseñador». Aunque, en principio, la idea de un dios no es una condición sine qua non para la teoría del DI, las élites intelectuales del mismo suelen coincidir en que tal diseñador tendría los atributos de lo que en las tradiciones monoteístas como la judeocristiana se considera Dios. Dos son los argumentos «científicos» del DI: la complejidad irreducible y la complejidad específica. El argumento del Universo ajustado sostiene que el Universo posee una serie de características físicas que hacen posible la vida y que no pueden atribuirse al azar. Para que estas características sean como son, hace falta la presencia de un diseñador inteligente que asegure que las condiciones requeridas estuvieran presentes en su momento produciendo el resultado que este diseñador había previsto. Este argumento está íntimamente relacionado con el denominado «principio antrópico fuerte», que sostiene que la vida inteligente es una consecuencia forzosa de la evolución del Universo. De esta idea a la de un Universo hecho a la medida del hombre solo hay un paso. El argumento de la complejidad irreducible sostiene que, a nivel bioquímico, existen sistemas únicos (no redundantes) que están compuestos por varias partes interactuantes que contribuyen a la función básica, y en los que la eliminación de cualquiera de las partes hace que el sistema deje de ser funcional. La selección natural no podría crear sistemas complejos irreducibles, debido a que la selección opera cuando el sistema complejo ya está organizado. Como ejemplos de complejidad irreducible tendríamos mecanismos biológicos como los agregados macromoleculares funcionales de los flagelos ----bacterianos y los cilios, la molécula del enzima ATPasa o el mecanismo adaptativo del sistema inmunitario. Este argumento fue formulado por uno de los pocos miembros del Centro para la Ciencia y la Cultura con algún currículum en investigación científica: el profesor de bioquímica de la Universidad de Lehigh, en Bethlehem (Pennsylvania), Michael Behe. Ésta es una de las obras más celebradas por los seguidores del DI, al poder presentar este bioquímico en activo sus credenciales como científico indiscutible -aunque no infalible-. El argumento de la complejidad específica sostiene que los detalles de los seres vivos, especialmente los patrones de secuencias moleculares en las macromoléculas biológicas como las proteínas y el ADN, poseen complejidad específica, es decir, una probabilidad de que acontezcan por mero azar que es numéricamente menor a cierto valor teórico. Cuando algo tiene complejidad específica, se puede asumir que fue producido por una causa inteligente, es decir, que fue diseñado en lugar de ser el producto de un proceso natural. Un ejemplo clarificador sería un poema concreto (complejo y específico), frente a una sola letra de un alfabeto (específica pero no compleja) o un párrafo a base de secuencias de letras escogidas de forma aleatoria (complejo pero no específico). Este concepto fue introducido en el DI por uno de sus más activos militantes: el matemático, filósofo y teólogo William Dembski, profesor de filosofía en el Seminario Teológico Baptista del Suroeste, en Fort Worth (Texas). La complejidad específica depende, como apuntábamos, de un valor teórico. Este valor, que sería la probabilidad por debajo de la cual un acontecimiento concreto del Universo conocido no podría ser atribuido a la casualidad sino a un intelecto, se denomina «límite universal de probabilidad». El valor de este límite universal de probabilidad −que puede pasarse a información en forma de bits− es de 1/10 150, según los cálculos de Dembski 19. ----Los argumentos «científicos» del DI no son nuevos en cuanto a su fondo, solo en la forma de plantearlos. Ante el auge mediático de estos argumentos, especialmente en EE.UU., la comunidad científica se ha visto obligada a rebatirlos en prensa, radio y televisión, e incluso ante los tribunales en Pennsylvania 20. Rebatirlos por separado es factible y se ha hecho tradicionalmente 21. Pero ello es innecesario, puesto que todos convergen en el mismo principio, que puede ser enunciado simplemente como: la complejidad del mundo natural donde se inserta el hombre solo puede explicarse por la existencia de una inteligencia superior. Esta idea posee nombre propio dentro del DI: el argumento del Universo ajustado (fine-tuned universe). La desarrollan ampliamente, dentro del Centro para la Ciencia y la Cultura, el astrofísico de origen cubano Guillermo González (profesor de astronomía en la Universidad Estatal de Iowa) y el filósofo y teólogo Jay Richards (ex-vicepresidente del Instituto Discovery y actual Director de Relaciones Institucionales del Instituto Acton en Grand Rapids, Michigan). Ambos publicaron en 2004 The Privileged Planet 22, obra a partir de la cual se ha realizado un documental con el mismo título mismo en formato DVD y VHS para consumo del gran público, pensado como complemento al libro. El argumento del Universo ajustado podemos hallarlo ya, como mínimo, en Santo Tomás de Aquino con la primera parte (ca. 1265−1268) de la Summa Theologica y sus cinco vías de demostración de la existencia de Dios -especialmente la quinta (orden en el mundo)-. ---es decir, el inverso del «tiempo de Plank», que en cosmología representa el instante de tiempo más antiguo en el que las leyes de la física pueden ser utilizadas para estudiar la naturaleza y evolución del Universo (10 45 ) y un tiempo mil millones mayor que la edad estimada del Universo, también en segundos (10 25 ). Este valor correspondería, según Dembski, al número máximo de acontecimientos físicos que podrían haber ocurrido en el Universo desde el Big Bang. Por lo tanto, cada acontecimiento físico que ha ocurrido en el Universo ha tenido una probabilidad de suceder por azar p ≥ 1•10 −150, y todo suceso ocurrido en el Universo cuya probabilidad sea p < 1•10 −150 (por ejemplo, el ADN de un organismo) no podría ser atribuido a la casualidad. Recientemente, Dembski ha cambiado levemente la base para realizar los cálculos del límite universal de probabilidad, aunque su valor numérico sigue siendo el mismo; sobre este punto, véase DEMBSKI, W. A. (2005), «Specification: the pattern that signifies intelligence», Design Inference Website: the Writings of William A. Dembski Igualmente, la obra del archidiácono inglés William Paley Natural Theology (1802) cita repetidamente una analogía muy utilizada, antes y después, por los defensores del argumento teleológico para demostrar la existencia de Dios, la del watchmaker: igual que no puede haber reloj sin relojero, no puede haber Universo sin Dios. La mecánica cuántica nos ofrece diversas explicaciones a la complejidad del Universo o, mejor dicho, del Cosmos -pues nada indica que no puedan existir Universos paralelos con iguales o distintas propiedades físicas, o que puedan existir o haber existido muchos Universos formados a partir de distintos Big Bangs-. Si existen muchos Universos (Multiverso), entonces ¿existe un solo diseñador para todos ellos o una para cada Universo? Las biomoléculas complejas como el ADN no poseen la perfección que les atribuyen los partidarios del DI: hay aminoácidos que son codificados por más de una combinación de nucleótidos, a veces ocurren errores durante la replicación, pueden haber secuencias víricas insertadas en genomas superiores, etc. Por otra parte, aunque hoy por hoy solo tenemos constancia fehaciente de vida en nuestro rincón del Universo, la «improbabilidad» de la vida a nivel cósmico solo puede considerarse desde el punto de vista teórico. Si nos atenemos a ello, la vida sería muy improbable siguiendo los enunciados lógicos de Dembski, pero mucho más probable siguiendo la ecuación de Drake 23. El creacionismo, como corriente idealista que es, tiene un cuerpo de conocimiento muy débil que no resiste ningún embate metodológico de tipo cientí-----23 La ecuación de Frank Drake (Presidente del Instituto SETI, para la búsqueda de inteligencia extraterrestre mediante radiotelescopios) establece una aproximación al número de civilizaciones tecnológicamente avanzadas en nuestra galaxia. Esta ecuación, que data de 1961, identifica los factores específicos que podrían jugar un papel en el desarrollo de tales civilizaciones. Aunque no hay una única solución a esta ecuación, es una herramienta aceptada por la comunidad científica para examinar estos factores. La ecuación se escribe como: número de civilizaciones en la Vía Láctea cuyas emisiones electromagnéticas son detectables, R * = tasa de formación de estrellas apropiadas para el desarrollo de la vida inteligente, f p = fracción de estrellas con sistema planetario a su alrededor, n e = número de planetas, por sistema solar, con un ambiente apropiado para la vida, f l = fracción de planetas apropiados para la vida en los cuales ésta se desarrolla efectivamente, f i = fracción de planetas con vida en los cuales aparecen formas de inteligencia avanzada, f c = fracción de civilizaciones que desarrollan una tecnología que envía al espacio signos detectables de su existencia, y L = lapso de tiempo durante el cual tales civilizaciones envían al espacio signos detectables de su existencia. fico, puesto que en realidad no es ninguna teoría científica, sino una entelequia formal. La visión finalista del mundo no tiene cabida dentro de la ciencia. Solo la tiene dentro de la fe interior de cada uno, pues está fuera de todo contraste científico. Lo que el epistemólogo de la biología evolutiva Michael Ruse dice de la Ciencia de la Creación vale para cualquier creacionismo: «la Ciencia de la Creación incumple todos y cada uno de los criterios de demarcación entre ciencia y pseudociencia» 24, definiendo la pseudociencia como «una obra impulsada por valores culturales en detrimento (y con la práctica exclusión) del respeto legítimo a los requerimientos epistémicos»25. De hecho, el creacionismo, aunque disfrazado de científico, no deja de ser una doctrina religiosa más26. Podemos decir que el creacionismo intenta entender los fenómenos del mundo a través de una teleonomía metafísica y a partir de dogmas. Contiene claramente la mayoría de argumentos lógicamente falsos, de los cuales citaremos tres como ejemplo. Es un argumento ad verecundiam, que apela al criterio de autoridad para defender la veracidad de una interpretación basándose únicamente en el prestigio de quien la defiende -sean las credenciales heurísticas del Génesis, sean las credenciales científicas de Michael Behe-. Es un argumento ad ignorantiam, puesto que postula la verdad de su enunciado en base a que nadie ha podido probar su falsedad -nadie ha podido probar que Dios no existe-. Es un argumento ad hominem, al pretender refutar la opinión contraria atacando no la idea sino el adversario intelectual -el pretendido ateísmo apriorístico de la mayoría de científicos-. También es un argumento ad baculum, en lo que tiene, como razón para ser aceptado, de amenaza para el creyente -el evolucionismo darwinista es incompatible con la aceptación de la existencia de Dios-. El evolucionismo, a diferencia del creacionismo, resiste bien la contrastación empírica, a la vez que tiene suficiente valor resolutivo en la predicción, por lo que es una teoría científica. El creacionismo, en cambio, no es una teoría científica sino un artilugio intelectual pseudocientífico, que permite generar una explicación irracional de un hecho biológico (la diversidad de los seres vivos) fuera de la propia biología. Sin embargo, su relación con la sociedad de donde surge es muy consistente, puesto que implica una visión del ----mundo determinada y se convierte, con ello, en una forma más de control social. El neocreacionismo es, por su propia naturaleza, un intento de introducir en las aulas contenidos religiosos obligatorios en el currículum del alumnado, a base de disfrazar de biología lo que realmente es religión y evitar así los problemas legales que conlleva tal enseñanza religiosa obligatoria en los Estados no confesionales. De este modo, se conseguiría impregnar de teísmo a las generaciones futuras, que, así, serían salvas al advenimiento del fin de los tiempos. A lo largo de la historia, han habido diversos intentos de instrumentalizar la ciencia en función de intereses sociales en crear paraísos artificiales (creacionismo religioso, racismo político, etc.). No obstante, a la larga todo fundamentalismo ha terminado por fracasar debido a su inconsistencia intelectual.
1755) es una turbia figura que en los últimos años está adquiriendo cierto relieve historiográfico. Se ha sobrevalorado, en exceso, su falso hallazgo de una vacuna contra la viruela en cabras de Madrid. En esta nota, que es respuesta a un artículo aparecido en esta revista en 2006, se revisa historiográficamente a este personaje y se demuestra la falsedad de su hallazgo, fruto de su ambiciosa y desmedida ambición. opinión de expertos, lo que en la tradición anglosajona se conoce como peer reviews. A tenor del informe emitido, la revista editará, en ocasiones previo cambios sustanciales, o rechazará definitivamente, el artículo. A pesar de los filtros de exigencia que suelen aplicar las revistas, no siempre se actúa con suficiente rigurosidad. Hace unos años, una prestigiosa revista médica americana, los Annals of Emergency Medicine envió a más de doscientos censores un manuscrito falso que contenía intencionadamente errores importantes y otros menos significativos. Un grupo de los revisores aceptó la edición del trabajo tal como había sido enviado y otro, significativo también, a condición de introducir algunas modificaciones en el original 1. Pero a pesar de las lícitas críticas que puedan recibir, es universalmente aceptado que los peer reviews siguen siendo un resguardo de seriedad de cualquier publicación que se precie. Asclepio desde hace años recurre a evaluadores externos para determinar la calidad de los originales que se le remiten de cara su posible publicación. Lo que explica que, gracias a la seriedad de los artículos que finalmente se editan, esta revista se indiza en los más importantes repertorios bibliográficos de ciencias sociales y humanidades. En el último número publicado hasta la fecha, sin embargo, se incluye un trabajo sobre Juan José Heydeck en el que se le concede un exagerado y desenfocado papel en el curso de la historia de la vacuna jenneriana en España 2. Como ya he mostrado en otras aportaciones, Heydeck fue un auténtico pícaro que intentó engañar a las autoridades sanitarias y políticas con un pretendido descubrimiento de una vacuna en cabras que, según su argumento, preservaba con la misma eficacia que la vacuna. Esta nota, pues, ofrece una lectura diferente sobre Heydeck y sobre su aventura hispana, que incluso consiguió informes positivos para editar una monografía que era una falsificación en toda regla. Como señalo al fin de esta nota, la adecuada comprensión de un biografiado pasa por una interpretación de las fuentes y no sólo su lectura, una heurística de literatura secundaria lo más completa posible, y la inserción del sujeto de estudio en las corrientes histórico científicas del momento. Una interesante puesta al día sobre el valor de los peer reviews, y sobre posibles soluciones para paliar fallos significativos en los informes expedidos por los revisores en: CAMPANARIO, J. C. (2002). El sistema de revisión por expertos (peer review): muchos problemas y pocas soluciones. Juan José Heydeck, un alemán en la Corte de Carlos IV: experimentos sobre la viruela. Una primera noticia sobre Heydeck la ofreció en RAMÍREZ MARTÍN, S. M.; RAMÍREZ MARTÍN, V. (2004). Juan José Heydeck: un humanista en busca de la salud pública. LA IMAGEN DE JUAN JOSÉ HEYDECK (n. 1755) EN LA HISTORIOGRAFÍA A pesar de que la autora del artículo de Asclepio afirma tajantemente que sobre él «no hay nada escrito» 3, existe una cierta literatura analítica sobre miembro de la Iglesia de Inglaterra durante su estancia en ese país para, en 1783, bautizarse como católico, volver durante un tiempo otra vez al protestantismo y, finalmente, profesar como convencido católico hasta el final de sus días. Roth cuestiona también que durante su etapa inglesa trabajara en la sección de manuscritos orientales del Museo Británico y que fuera profesor de dichas lenguas en Dublín. Tras un breve paso por los Estados Unidos de América, con fines evangelizadores entre algunas tribus nativas, llegó a España, finalmente, en el verano de 1788. Con un currículo tan notorio y con fama de respetable rabino converso al catolicismo, hecho que era conocido en España desde cuatro años antes 6, Heydeck no tuvo excesivos problemas para encontrar un medio de vida en nuestro país, al que llegó con cartas de recomendación traídas de las Américas. En efecto, fue contratado como Profesor de Hebreo en el Estudio de San Isidro de Madrid y se le responsabilizó, también, de los manuscritos y libros orientales de la Biblioteca del Colegio. A raíz de la trascripción y edición de textos epigráficos hebreos que se conservan en la antigua Sinagoga del Tránsito de Toledo, Heydeck mostró algunas de sus habilidades «intelectuales» que, años después, volvería a esgrimir a raíz del pretendido descubrimiento de linfa vacunal antes citado. En resumen, según Roth, Heydeck no estudió de primera mano dichas inscripciones, si no que se limitó a traducir de nuevo al hebreo las que cinco siglos antes había vertido con no muy buena fortuna al castellano un erudito de la época. Con tan escasa pericia y cuidado que Heydeck incluyó algunos fragmentos que ya habían desaparecido con el paso del tiempo, pero que sí constaban en la obra del renacentista. La Academia de la Historia, a instancias de Godoy, nombró dos expertos que dieron por bueno el trabajo de Heydeck y recomendaron su publicación en 1795, bajo el patronazgo de la Imprenta Real. Pero uno de los Comisionados por la Academia, poco después de dar su placet, descubrió el engaño del alemán, que corroboró una nueva comisión nombrada por la Academia que, incluso, marchó a Toledo para verificar in situ la falacia del judeo-converso 7. Salvo el episodio que centra esta nota, y ----6 El texto en el que se pregona su conversión probablemente se publicó originariamente en alemán, aunque se desconoce copia del mismo, se tradujo al francés en 1783 y al siguiente año se imprimió en castellano en Madrid [ROTH (1950-1951), p. 7 Toda la documentación sobre el enfrentamiento entre Heydeck y la Academia de la Historia, está disponible en la página web de la Biblioteca Virtual Miguel Cervantes [http://www.cervantesvirtual.com]. En la misma se ofrece una reproducción original de varias decenas de documentos manuscritos sobre este enojoso asunto. que comentaré a continuación, poco más se sabe de Heydeck. Lo que sí parece claro es que al final de su vida, según Roth, Heydeck se alineó con las fuerzas más reaccionarias y ultramontanas de la España del momento 8. JUAN JOSÉ HEYDECK Y SU FALSO DESCUBRIMIENTO DE UNA VACUNA CONTRA LA VIRUELA EN LAS CABRAS DE MADRID (1803MADRID ( -1806) ) Si he analizado con cierto detalle las circunstancias de la edición de su obra de 1795 es porque, en relación con el pretendido descubrimiento de linfa contra la viruela en las ubres de cabras de Madrid, Heydeck recurrió, de nuevo, a la mentira, el fraude y la manipulación documental para convencer a los entendidos de su pericia y sagacidad. Pero en esta ocasión el resultado fue infructuoso desde el primer momento, quizás porque su escandalosa participación en la trascripción de los textos de la Sinagoga toledana, debía de ser ya bien conocida en los círculos intelectuales del Madrid de entonces como para concederle el mínimo crédito en esta nueva aventura. Por este motivo buscó apoyos a su ficticio descubrimiento fuera de España, tergiversando el sentido de algunos documentos oficiales en beneficio propio. Con cierto detalle analicé este episodio en una publicación anterior sobre la introducción de la vacuna contra la viruela en España. Me limitaré en esta nota, pues, a resumir los puntos más notorios del mismo 9. En febrero de 1803, cuando los ecos del escándalo de la Sinagoga estaban amortiguados, Heydeck comunicó por carta al ministro Pedro Cevallos que había descubierto en las ubres de unas cabras de un pastor madrileño vecino del estudio de San Isidro unas pústulas cuyo fluido, según su opinión, preservaba contra la viruela con la misma eficacia que el de las vacas inglesas. En unos momentos en que el desabastecimiento de pus efectivo podía ser un problema, la noticia era francamente buena, pues iba a permitir que nuestro país ya no tuviera que depender en el futuro de la traída de fluido contra la viruela ----8 ROTH (1950-1951), p. En: BARONA, J.L. (ed.). Este episodio también lo he recordado en otras publicaciones posteriores, la más reciente, precisamente, en esta misma revista hace un par de años (OLAGÜE DE ROS, G. ASTRAIN GALLART, M. ( 2004) ¡Salvad a los niños!: los primeros pasos de la vacunación antivariólica en España (1799-1805). En marzo de ese año, el Protomedicato encargaba a Pedro Hernández e Ignacio María Ruiz de Luzuriaga, académicos de la Nacional de Medicina, realizar las oportunas pruebas para verificar el aserto del alemán. La pretendida vacunación de una hija de Heydeck no pudo confirmarse que fuera debida al pus caprino, pues lo había sido también con fluido vacuno auténtico, por lo que era difícil dirimir a cuál de las dos se debía el aparente éxito de la misma. Las célebres cabras de Heydeck, según su pastor, tenían fogaradas o lobanillos, opinión que compartía el propio Ruiz de Luzuriaga, y la vacunación que se efectuó en una hija de Díaz Canedo, cirujano y yerno de Pedro Hernández, no dio ningún fruto positivo, a igual que una posterior -el 26 de mayo-también efectuada por Díaz Canedo a dos criaturas, episodio sobre el que luego volveré. De una planificada vacunación masiva a los niños de la casa de Desamparados madrileña con el fluido caprino, que debían supervisar Ruiz de Luzuriaga y Hernández, no se conserva noticia alguna 10, aunque en nota reservada dirigida a la Academia de Medicina, el primero descalificaba totalmente el invento de Heydeck y lo consideraba una quimera. Dos años después, Heydeck volvió a pregonar la bondad y plena eficacia de su descubrimiento. En vistas del poco éxito de su anterior aventura, buscó en el extranjero los avales necesarios para definitivamente convencer a las autoridades médicas y políticas españolas de su hallazgo. En plena efervescencia de su descubrimiento, William Andrew, un médico inglés de paso por Madrid, publicó en 1803 en la revista Medical and Physical Journal una nota dirigida a Richard Dunning, notable miembro del Instituto de Vacunación londinense que presidía Jenner, en la que reconstruía la historia del hallazgo del alemán desde febrero hasta mayo de ese año. Los textos del trabajo de Andrew obviamente estaban en inglés, y no me cabe duda alguna de que fuera el propio Heydeck quien se los tradujo del castellano a esa lengua 11. Además de la comunicación a Pedro Cevallos de su descubrimiento, la respuesta de éste, la Real Orden por la que se invitaba al Real Colegio de Médicos madrileño a realizar los experimentos, y el nombramiento de los comisionados por la Academia de Medicina de Madrid, se ofrecía el informe de los mismos sobre los resultados de la vacunación con el pus de la cabra en los dos niños, ----10 En esta primera tentativa parece ser que fueron vacunados cuarenta niños, pero no se sabe el resultado (ANDREW (1803), op. cit. en nota siguiente, p. 339-345, Andrew, en un breve texto introductorio, ya advierte que durante su permanencia en Madrid trabó una estrecha relación con Heydeck (p. Una copia de este artículo se encuentra en el Archivo Histórico Nacional de Madrid, Estado, Leg. El informe de Díaz Canedo, que fue el encargado de practicar las vacunas, y cuyo nombre no aparecía como firmante del documento en la nota inglesa, difería sustancialmente del que se ofrecía en la revista británica, según la cual era obra de los comisionados por «The Royal College of Physicians». Para Díaz Canedo la cabra «tenía una erupción en las tetas y cerca de sus pezones parecida a las viruelas naturales, cuando están en su perfecta supuración, con la diferencia que dichos granos carbuncos tenían muy poca areola y son más chatos o aplanados que las viruelas naturales...»; concluía Díaz Canedo que el pus, que conservó en cristales, «se ve en todo diferente al fluido vacuno». En el informe que recogía la revista inglesa la cabra presentaba «pock», y sus pústulas «were full of virulent matter and fit to extract for inoculation». El relato sobre el curso temporal de la vacunación con la linfa de la cabra en los niños inserto en la revista londinense traslucía claramente que la experiencia había sido un éxito, pero en el documento oficial de Díaz Canedo se ponía en evidencia, de manera taxativa, que el pus hubiera producido ningún efecto preservativo contra la viruela en las dos criaturas12. La cuestión es que, como resultas de este episodio, Edward Jenner y Dunning dirigieron una carta a Heydeck en 1806 felicitándole por tan buena noticia. Inmediatamente Heydeck se cuidó de hacérsela llegar al Ministro Cevallos que, presionado por la autoridad y prestigio de los firmantes, propuso hacer una vacunación masiva en los niños de la Inclusa madrileña. La oposición de la Junta de Señoras de la misma, por el precario estado físico de los niños, impidió afortunadamente cumplir con el deseo. Aprovechando la carta de los ingleses, Heydeck solicitaba al Ministro una gratificación económica como recompensa por su notable «invento». No era la primera vez. Por cinco veces, y con ningún éxito, Heydeck había solicitado remuneraciones económicas para subvenir a las necesidades de su numerosa familia 13Este episodio, más propio de un relato de la picaresca española que de un hallazgo científico, no fue el único en estos años en relación con la vacuna contra la viruela. Otros dos pícaros, Rafael Costa de Quintana en 1803, y Marcelo Hortet y Pauló, entre 1804 y1806, de los que ya di cuenta hace tiempo, intentaron también obtener ganancias económicas y cierto prestigio, con el falso descubrimiento de linfa contra la viruela en otras especies autóctonas de la cabaña ganadera nacional. Costa de Quintana, por ejemplo, sabedor de la proyectada expedición de Balmis, puso todo su empeño en convencer a las ----autoridades de que en Mondoñedo había vacas con igual enfermedad que las inglesas, por lo que sugirió, además de recibir él mismo una pensión por tan feliz hallazgo, transportar las vacas leonesas en el navío expedicionario 14. DEL VALOR DE LA BIOGRAFÍA COMO GÉNERO HISTORIOGRÁFICO En julio de 2004 la Sociedad Española de Historia de la Medicina celebró su XIII Simposio en Jaca, que dedicó monográficamente a estudiar la validez de la biografía como género historiográfico. Los resultados de la reunión se publicaron en esta misma revista en el primer número del año 2005. En mi aportación expuse que la reconstrucción de la vida de los médicos del pasado es un modelo de hacer historia perfectamente válido e interesante, y que contribuye de forma positiva a una mejor comprensión del pasado 15. Uno de los problemas más frecuentes a la hora de confeccionar una biografía se da cuando el estudioso acaba por santificar al sujeto de su estudio, conclusión a la que se suele llegar cuando se da una identificación absoluta con el sujeto estudiado, es decir, cuando se tiene una visión excesivamente positivista y beatífica de la ciencia y de los científicos. Si un individuo hace ciencia, y la ciencia es intrínsecamente buena, el que la produce es, por tanto, honesto y bueno. Además de esta razón, que es importante, hay otras que desvirtúan la objetividad a la hora de confeccionar una biografía. No cabe duda que el ansia de novedad por el historiador es razón de peso; pero en muchos casos esa aparente originalidad suele ser resultado de una deficiente heurística previa que convierte en novedoso lo ya sabido. Otra causa es no apreciar que en la vida de un personaje hay varias biografías y que todas ellas convergen en el momento de su máxima plenitud. La cabal comprensión de todos y cada uno de los episodios biográficos de un personaje permite, no cabe duda, tener una visión más completa del mismo. Finalmente, cierto precursorismo de tinte localista, es decir, la búsqueda forzosa de una mente prodigiosa que, después del descubridor, aplicó o mejoró el hallazgo de aquél en un escenario geográfico y lingüístico diferente. Los datos con los que un científico confecciona una doctrina no son ciencia ni conocimiento. Adquieren sentido cuando, precisamente, se integran en ---- una hipótesis explicativa de una parcela de la realidad, que se comunica, es decir, recibe una sanción social por la comunidad de científicos. Por tanto, el creador de cualquier teoría debe convencer o persuadir a los demás de la autenticidad de la misma conforme a los supuestos que son propios de la ciencia, es decir, la demostración validada. En la historia de Heydeck se dan una serie circunstancias especiales. Los actores que intervinieron fueron, por un lado, los médicos y cirujanos, que desde el comienzo se mostraron sumamente cautos ante el descubrimiento, y por otro el propio Heydeck, sin cualificación médica y con un pasado próximo algo singular, que ante una observación casual, como fue también la Jenner, quiso elevarla al rango de hallazgo trascendente. Las reticencias de los expertos, que en sus demostraciones invalidaban las tesis del alemán y, por tanto, suponían una barrera a sus aspiraciones, las quiso disipar recurriendo a un criterio de autoridad, la de los médicos ingleses y, de paso, obtener unos beneficios económicos que, en su opinión, le correspondían plenamente. Pero, al igual que durante su aventura con los textos sinagogales de Toledo, recurrió al engaño y a la mentira. La falsificación, obviamente, no es de recibo, y es tarea del historiador, cuando la advierte, publicitarla y denunciarla.
La investigación aporta un estudio bibliométrico de la Colección de 252 monografías, publicadas entre 1938 y 1964, que aparecieron en la colección Al Servicio de España y del Niño Español. Dicha iniciativa formaba parte del programa de lucha contra la mortalidad infantil y maternal que puso en marcha el régimen franquista, desde sus presupuestos totalitarios y sus políticas pronatalistas. alimentación infantil o la atención a los niños abandonados, sería en las últimas décadas del siglo XIX y primeros decenios del siglo XX cuando se consolidó la autonomía de la pediatría como disciplina separada de la obstetricia y la medicina interna, al mismo tiempo que se iba perfilando la puericultura como especialidad médica encargada de estudiar el conjunto de medios que favorecen el desarrollo físico y psíquico de la infancia1. Tanto la puericultura como la especialidad de pediatría fueron una consecuencia lógica del incremento de los saberes en ésta área como de la preocupación social y la sensación de catástrofe que aportaban las elevadas cifras de mortalidad infantil y juvenil. La puericultura desarrollaría cuatro grandes funciones o campos de acción: la higiénica, la médico-sanitaria, la protectora y la educativa. Con la pediatría el organismo del niño sería objeto de atención en sí mismo, sin entenderlo -como sucedía en el modelo tradicional vigente hasta el ochocientos-como un adulto en minoría2. En otras palabras se produjo un cambio en la «mirada» al niño, adquiriendo carta de naturaleza propia, ya que dejó de ser considerado como «una etapa de tránsito a la edad adulta» 3. El esquema que acabamos de trazar en relación con el desarrollo de la pediatría y la puericultura contemporáneas tuvo su correlato en el caso español, aunque mediatizado por las circunstancias políticas, sociales y económicas que caracterizaron el proceso de modernización en nuestro país 4 y por las dificultades de institucionalización que mostraron los aspectos sanitarios, y la salud pública en particular 5. Con todo, a pesar de las dificultades y el retraso con el que se vivieron en la España contemporánea todos estos cambios, la ----nueva cultura frente al «niño» tuvo su reflejo en el desarrollo normativo y legislativo, alcanzando la salud materno-infantil un cierto grado de institucionalización 6. Al amparo de las iniciativas legislativas relacionadas con la infancia y de otras como la Instrucción General de Sanidad, publicada en 1904, en el primer tercio del siglo XX se alcanzaron algunos importantes logros en el ámbito de las políticas de salud materno-infantil. Aunque existían antecedentes, como la propuesta de creación en 1910 de un Instituto Nacional de Maternología y Puericultura, o el cierto grado de institucionalización que llegaron a alcanzar las matronas a partir de R.O. de 16 de noviembre de 1888 que disponía las normas que debían regir las carreras de practicante y matrona 7, fue en 1923 (R.O. de 23 de mayo) cuando se creó en España, un centro docente para la formación de los profesionales encargados de velar por la salud materno infantil: la Escuela Nacional de Puericultura, adscrita al Consejo Superior de Protección a la Infancia, y las Escuelas Provinciales de Puericultura que años más tarde se fueron fundando en diversas capitales de provincia y ciudades importantes, como Valencia, Sevilla o Gijón 8. Con todo, habría que esperar a la llegada de la Segunda República y a las reformas sanitarias impulsadas por el gobierno republicano-socialista del primer bienio para que la salud materno-infantil alcanzase un importante grado de desarrollo institucional 9. El 31 de diciembre de 1931 se publicaba el Decreto de creación de la Sección de Higiene Infantil, dependiente de la Inspección General de Instituciones Sanitarias. El objetivo de la Sección no era ----6 En 1904 vería la luz la «Ley de Protección a la Infancia» de Sánchez Guerra, inspirada por el Dr. Tolosa Latour, y cuyo objetivo «era la protección de la salud física y moral de los niños menores de 10 años, control de las casas cuna y lactancia mercenaria, escuelas, etc.». Los contenidos de aquella primera normativa alcanzaron una cierta aplicación a través de la promulgación del Reglamento que la desarrollaba (R.D. de 24 de agosto de 1908), los Reglamentos de Puericultura y Primera Infancia de 1910 y 1916 (RR. Este movimiento en pro de la infancia partía de dos premisas (PERDIGUERO, DEL CURA (2004), p. En primer lugar que había que sustituir en el imaginario el niño trabajador por el niño escolarizado, y en segundo lugar, había que considerar que la elevadísima morbilidad y mortalidad infantiles era un problema que podía tener solución. 9 BERNABEU-MESTRE, J. (2000) «La utopía reformadora de la Segunda República: la labor de Marcelino Pascua al frente de la Dirección General de Sanidad, 1931-1933 otro que el de luchar contra la mortalidad infantil y aspectos con ella relacionados. Contaba con los departamentos de mortalidad materna, de mortinatalidad, de higiene prenatal y preescolar. Además, a través de una orden ministerial de 30 de marzo de 1932, se creaban en todos los institutos provinciales de higiene, servicios de higiene infantil que debían contar con consultas de higiene prenatal, de lactantes y de higiene escolar, una propuesta asistencial que se trasladaría a los centros secundarios de higiene y a los centros de higiene rural 10. Todas estas iniciativas respondían al desarrollo de unas políticas de salud encaminadas a lograr la colectivización de la asistencia médica, primando la voluntad preventivista que debía orientar toda la acción sanitaria y buscando la necesaria coordinación entre sanidad (salud pública), prevención social y asistencia sanitaria pública 11. El golpe de estado de 18 de julio de 1936 y la contienda civil que desencadenó, truncaron el desarrollo de la propuesta de modelo de asistencia médica que se había trazado durante la Segunda República, aunque se mantuviese una cierta inercia institucional al respetar buena parte de las estructuras y servicios que conformaban la sanidad nacional 12. En el ámbito de la salud materno-infantil, y a través del programa Al Servicio de España y del Niño Español 13, el nuevo régimen, desde los parámetros totalitarios que lo caracte----- 12 Las reformas iniciadas por los gobiernos del primer cuarto de siglo fueron encaminadas a conseguir la creación de un Ministerio de Sanidad y un Seguro Obligatorio de Enfermedad, liderado por Marcelino Pascua, entre otros, pero la derrota republicana en la Guerra Civil impidió la puesta en práctica de esas políticas sanitarias (MARSET CAMPOS, P.; SÁEZ GÓMEZ, J. M.; MARTÍNEZ NAVARRO, F (1995), «La Salud Pública durante el franquismo», Dynamis, 15, 211-250 (p. Tal y como figura en el preámbulo de la Ley General de Sanidad aprobada en 1986 «es, en efecto, un dato histórico fácilmente verificable que las respuestas públicas al reto que en cada momento ha supuesto la atención a los problemas de salud de la colectividad han ido siempre a la zaga de la evolución de las necesidades sin conseguir nunca alcanzarlas, de manera que se ha convertido en una constante entre nosotros la inadaptación de las estructuras sanitarias a las necesidades de cada época». 13 Este programa ha sido objeto de atención monográfica en investigaciones llevadas a cabo por Josep Bernabeu y Enrique Perdiguero (BERNABEU MESTRE, J.; PERDIGUERO GIL, E. rizaban 14 y en el marco de una ideología netamente poblacionista (su objetivo era que España alcanzara los 40 millones) 15, situó como objetivo prioritario la reducción de la mortalidad infantil y juvenil, la mortinatalidad y la mortalidad materna 16. Al análisis de las publicaciones que generó dicho programa hemos dedicado el trabajo de investigación que presentamos a continuación. Demografía y salud en la política poblacionista del primer franquismo, 1939-1950», Revista de Demografía Histórica, 20 (1), 123-143), nuestro trabajo se inserta dentro de dicha línea de investigación y pretende llevar a cabo un análisis sistemático de las publicaciones que se generaron. El análisis bibliométrico supone un primer paso. 14 En relación con la problemática infantil, el papel de las mujeres y la ideología totalitaria del régimen franquista, en los últimos años se ha producido un creciente interés historiográfico. Entre otras publicaciones podemos citar las de PALACIO LIS, I. ( 2003 15 NASH, M. (1996) «Pronatalismo y maternidad en la España franquista», en BOCK, G.; THANE, P. (eds) Maternidad y políticas de género: la mujer en los estados de bienestar europeos, 1880-1950, Madrid, Cátedra, p. 16 En el contexto de la transición demográfica española, las décadas centrales del siglo XX, han sido consideradas un momento clave en el descenso de la mortalidad infantil (GÓMEZ REDONDO, R. (1992), La mortalidad infantil española en el siglo XX. Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas, p. Tras iniciar el siglo con tasas de mortalidad infantil por encima del 200 por mil en el conjunto nacional, en la década de 1930 la mortalidad infantil española se había reducido a un 123 por mil. Superado el paréntesis de los años inmediatos a la posguerra, la situación mejoró, pero en materia de mortalidad infantil, y más particularmente en mortalidad postneonatal, España ostentaba, para el contexto de la Europa occidental y el período 1941-1950, las segundas tasas más elevadas tras Portugal (ARBELO CURBELO, A. (1954), La mortalidad postneonatal en España (Fallecidos de 1 a 11 meses), 1941-1950, Madrid, Dirección General de Sanidad («Al Servicio de España y del niño español», núm. 195), p. Con todo, aunque las décadas centrales del siglo XX se caracterizaron por ser en su conjunto uno de los períodos donde más se avanzó en la reducción de la mortalidad infantil, las diferencias regionales, como consecuencia de las desigualdades en salud, lejos de corregirse se acentuaron (BERNABEU-MESTRE, J.; CABALLERO PÉREZ, P.; GALIANA SANCHEZ, M.E; NOLASCO BONMATÍ, A (2005), «Niveles de vida y salud en la España del primer franquismo: las desigualdades en la mortalidad infantil», Revista de Demografía Histórica, 24 (1/2), 173-193. Como acabamos de indicar, el objetivo del trabajo es realizar una aproximación bibliométrica a la colección de publicaciones Al servicio de España y del niño español. Se trata de una investigación de carácter heurístico previa y necesaria para poder profundizar, en una segunda etapa, en el análisis de los fines, actividades e iniciativas de todo tipo que se generaron en el marco de aquel programa de salud materno-infantil. Para la localización de las publicaciones que fueron apareciendo se han consultado los catálogos y las bases de datos siguientes: Biblioteca Nacional de Madrid, Biblioteca-Archivo de la Real Academia Nacional de Medicina de Madrid, Biblioteca Nacional de Ciencias de la Salud (Escuela Nacional de Sanidad de Madrid) y el Catálogo Colectivo de las Bibliotecas Universitarias Españolas. Con la información recogida se creó una base de datos con el programa EXCEL para Windows 2000, en el que se recogieron las siguientes variables: autor/es, título, número de la publicación, mes y año, extensión de la obra, tamaño y biblioteca, catálogo, o repertorio donde se ha localizado, además del consiguiente apartado de observaciones. Las palabras clave, seleccionadas a partir del título de las publicaciones, han permitido elaborar un listado de las principales áreas temáticas que fueron objeto de atención o merecieron el interés del programa. Junto al análisis de las principales temáticas, se procedió a cuantificar el número de obras por autor, el índice de firmantes por obra, o la evolución temporal de las publicaciones aparecidas, entre otras cuestiones. El trabajo se ha completado con un anexo donde aparecen por orden correlativo las diferentes publicaciones que fueron apareciendo, con indicación de la biblioteca, catálogo, repertorio o publicación donde se han localizado. RESULTADOS DESCRIPCIÓN DE LA COLECCIÓN Cada año y de manera ininterrumpida se publicaron 12 números, salvo el año 1940 que solo aparecieron 10. No se encontró ninguna referencia que informe de los contenidos y características de los números 307 y 310. No tenemos constancia de la tirada de cada publicación. Al parecer inicialmente iba destinado a los profesionales de los centros sanitarios creados con el programa, aunque a partir de 1951 sí consta que hay suscripciones previo pago (probablemente contra reembolso). Tampoco tenemos noticia del precio inicial de los ejemplares, ya que no aparece ninguna mención a este aspecto hasta el número 155 (Enero 1951) 17. La colección se caracteriza por una constancia en el formato. Los documentos están escritos a doble página, a un espacio y por término medio tiene unas 330 palabras mecanografiadas por página. Sus medidas son de tamaño cuartilla (21 x 15 cm.), con una portada que no se modificó apenas en el cuarto de siglo que mantuvo de vigencia. En el centro de la misma siempre aparece en mayúsculas el título de la monografía, el autor de la obra (y en ocasiones el cargo). En la parte superior suele figurar el texto Publicaciones al Servicio de España y del Niño Español, junto con el año (con números romanos), el mes y el número de la colección. En la parte inferior suele aparecer el organismo editor. Los textos fueron editados por el Ministerio de Gobernación, de quien dependía la Dirección General de Sanidad. En algunas de las publicaciones aparecen como responsables de la edición organismos como los Servicios Centrales de Higiene Infantil, o la Sección de Maternología, Puericultura e Higiene. En cualquier caso, se trataba de servicios que mantenían una dependencia jerárquica de la Dirección General de Sanidad. Como tendremos ocasión de comentar, en muchas ocasiones las monografías respondían a autorías colectivas bajo la denominación de un Comité de Redacción. Son diversas las publicaciones que recogen la estructura organizativa del programa, así como las funciones de los servicios y de los profesionales que los conformaban (maternólogos, puericultores, matronas, enfermeras, etc.), o los logros obtenidos con el mismo. Estas últimas informaciones hay que contextualizarlas en el carácter de propaganda política del régimen franquista que cabe a atribuir a la Colección Al servicio de España y del niño español. Como era previsible, no hay colores en ninguna publicación, pero sí mapas, tablas, planos, además de la reproducción de algunos de los carteles de ---- 17 En el número 155 aparece una nota en color verde con el siguiente texto: «Aviso a los suscriptores: A partir de 1 de Enero de 1951, el precio de la suscripción anual a las publicaciones 'Al servicio de España y del niño español' es de 50 Pesetas. El importe de la suscripción correspondiente a dicho año, se cobrará contra reembolso al recibir el número correspondiente al mes de febrero próximo». divulgación sanitaria con mensajes educativos dirigidos fundamentalmente a las madres, que se publicaron en aquellos años 18. El primer número de la Colección (enero de 1938) lleva por título La protección de los niños huérfanos abandonados e indigentes de Sevilla y el número 2 continúa la temática con una monografía sobre Lo que ha hecho Sevilla por los niños desde que se inicio el glorioso Movimiento Nacional, ambos trabajos están firmados por el Dr. José Luis Morales. El último número localizado con autoría (311 de enero de 1964) está firmado por el Dr. Adolfo Serigó Segarra y lleva por título La evolución de la mortalidad infantil en España. La Colección está compuesta por 311 números que se corresponden con 252 monografías. De ellas, doscientas, es decir el 64,39% tienen un carácter mensual y cuarenta y siete de ellas (el 30,2%) reúnen la condición de número doble al aparecer con carácter bimensual. Las cinco monografías restantes (5,4%) se presentaron bajo la fórmula de número trimestral o cuatrimestral. El primer número triple (84-85-86) corresponde a los primeros meses de 1945, fue preparado por el Comité de Redacción y lleva por título Servicios de Sanidad Infantil y Maternal (Memoria del año 1944). Llevaba por título El niño español en el siglo XX y su autor fue el doctor Juan Bosch Marín. La segunda, obra del Comité de Redacción, apareció en 1959, con el título de Congreso Internacional de Matronas. Al no haber podido disponer de los volúmenes originales y haber tenido que recurrir a fuentes secundarias con diferentes sistemas de catalogación, no tenemos la certeza de que algunos datos como el número de páginas o el mes de publicación sea coincidente en todas ellas. Por tanto, con las precauciones que acabamos de señalar, los ejemplares más voluminosos corresponden al 51-52 y al 153-154. En el primer caso se trata de una monografía publicada por Villar Salinas sobre la Natalidad contemporánea en España, trabajo por el que recibió el premio Conde de Toreno. El segundo caso, hace referencia al trabajo publicado por Enrique Bravo Sánchez del Peral, donde se compendia la organización de los servicios de salud materno-infantil, la legislación vigente, y diversas cuestiones como el reglamento de los Centros Maternales de Urgencia, los «Modelos de impresos oficiales» o el «Diploma a la madre ----ejemplar». Dicho volumen, nos permitió, además, localizar un grupo importante de publicaciones que no aparecían en los catálogos y bases de datos consultados. En relación con el lugar de publicación, hay que indicar que todos los números fueron publicados en Madrid, salvo los primeros números (hasta el 15) en los que figura la leyenda Impreso en Valladolid, y que corresponden, lógicamente, a los años de la guerra civil. LAS TEMÁTICAS DE LAS PUBLICACIONES A partir de los títulos que aparecen en las 252 monografías, hemos seleccionado una relación de palabras claves que ha permitido su clasificación por grupos temáticos. A efectos estadísticos cada publicación ha sido incorporada únicamente a un grupo temático, priorizando la palabra clave que se ha considerado principal. En la siguiente tabla figuran los grupos realizados y la distribución de frecuencias, así como el número de colección de las publicaciones que se han incluido en cada grupo. El grupo temático más voluminoso es el relativo a «Administración Sanitaria». En el mismo se han incluido las publicaciones relacionadas con la organización, planificación, legislación y administración sanitarias, las actividades hospitalarias, las memorias de actividades, así como temas de política sanitaria o social, seguros sociales y mutualidades. El segundo grupo de temas en importancia corresponde a «Asistencia Sanitaria» e incorpora toda la temática asistencial, incluyendo enfermedades infecciosas y vacunaciones (poliomielitis, lepra, tuberculosis, paludismo, etc.) y otras como raquitismo, reumatismo y corea. Nueve publicaciones tratan de la discapacidad física, invalidez y rehabilitación, lógico tras una contienda civil y una época de penuria en todos los campos. Se incluyen ocho publicaciones relacionadas con psiquiatría, psicología y salud mental. También se han incluido publicaciones relacionadas con el parto y la asistencia al lactante. El tercer apartado en frecuencia, exceptuando el de varios, es el denominado «Análisis demográfico». Se abordan los indicadores demográficos y sanitarios correspondientes a las diferentes etapas evolutivas del niño (primer año, post-neonatal, lactante prematuro, preescolar), tanto a nivel nacional, como en estudios regionales o locales (Salamanca, Sevilla, Las Palmas, Zaragoza, Madrid, medio rural). La problemática maternal también es abordada. a Para la localización de las publicaciones véase el anexo. Entre paréntesis figuran las monografías de más de un número. El siguiente apartado en frecuencia se corresponde con el de «Formación y propaganda», e incorpora aquellas publicaciones cuyo título sugería tanto la formación del personal especializado como el enfoque educativo dirigido a la población en general (propaganda). Se presentan programas de sanidad o conferencias, cursos y cursillos de puericultura, además de hacer referencia a los medios audiovisuales (radio y cine) como medios de divulgación de conocimientos higiénicos y sanitarios. El apartado denominado «Salud Internacional» incluye publicaciones relacionadas con el papel de la UNICEF y la OIT, y aportaciones de autores españoles a foros internacionales. Este último aspecto, reúne una cierta relevancia si atendemos al aislamiento internacional que sufrió el régimen franquista en los años objeto de estudio. La «Higiene» ocupa también un lugar destacado en las publicaciones (el 6,3% de las mismas). Los textos abordan problemáticas relacionadas con la higiene escolar, bucal, mental, del embarazo, así como descripciones de la labor de los dispensarios de higiene. El apartado de «Nutrición, alimentación y dietética», con un 4,8% de las publicaciones, contiene trabajos dirigidos fundamentalmente al período de la lactancia. Por último, en el apartado de «Varios» se han incluido publicaciones muy diversas. Ocho de ellas versan sobre aspectos relacionados con la «moralidad» y otras ocho están relacionadas con el arte y la infancia. Por otra parte, el análisis semántico de los títulos de las publicaciones pone de manifiesto que la familia de palabras con raíz infancia, es la que más se repite (78 títulos, el 30,8%), seguido de la familia maternal/madre con 39 (15,4%). PRODUCTIVIDAD DE LOS AUTORES QUE FIRMARON LAS PUBLICACIONES El número final de monografías localizadas (independientemente de los números de la Colección que encerraba cada una de ellas) fue de 252. Treinta y siete de las mismas (el 14,7%) aparecen firmadas por el Comité de redacción; del resto de publicaciones hay que destacar que más de tres cuartas partes son obra de un único firmante. Los treinta y siete trabajos atribuidos al Comité de Redacción se publicaron entre principios de 1941 (num. Su producción consta esencialmente de programas, memorias, legislación, un texto denominado Charlas radiofónicas de puericultura, textos sobre acuerdos internacionales o efemérides como Las bodas de plata del Instituto de Puericultura de Gijón. Si descontamos los 37 trabajos firmados por el Comité de Redacción, siete autores firman 86 de las publicaciones restantes, es decir el 34,1%, o dicho de otro modo, casi la mitad de las obras están firmadas por estos autores y el Comité de Redacción (ver la tabla 2). Los autores que más publicaron en esta colección fueron Juan Bosch Marín, Antonio Arbelo Curbelo y Manuel Blanco Otero quienes, en conjunto, suscribieron más del 23,8% de la producción (60 monografías). Además firmó otras muchas como coautor y prologó bastantes de las monografías. La temática que abordó fue muy variada: política familiar y sanitaria, cuestiones de política demográfica con un trabajo titulado Cómo ha ---- 19 Esta producción está compuesta de los artículos firmados individualmente más las aportaciones realizadas con otros autores. Por ejemplo el Dr. Bosch firmó en solitario 23 monografías y 9 como coautor. 20 Concretamente el primer y último número de la Colección en el que aparece como único firmante son el número 3, Problemas de maternología y puericultura, (aparecido en marzo de 1938), y el número 299-300, sobre Necesidades biológicas de la infancia, aparecido en febrero de 1962. Pediatra de origen valenciano, terminada la guerra obtuvo por Concurso la plaza de Jefe de los Servicios de Higiene Infantil de la Dirección General de Sanidad. Se le consideró inspirador de la Ley de Sanidad Maternal e Infantil de 1941. También ocupó la plaza de Jefe de la Obra Maternal e Infantil del Instituto Nacional de Previsión, además de miembro de la Real Academia de Medicina (BOSCH MARIN, J. (1947), El niño español en el siglo XX: Discurso para la recepción pública del Académico Electo Excmo. Sr. Dr. D. Juan Bosch Marín y contestación del Académico Numerario Excmo Sr. Dr. D. José A. Palanca, Madrid, Gráficas González.). Fue presidente durante 8 años de la Asociación Española de Médicos, escritores y artistas (1945-1952) (http: www.medicosescritoresyartistas.com/). resuelto la Italia de Mussolini el problema demográfico, maternología y puericultura, y problemas relacionados con enfermedades infecciosos como la difteria o la poliomielitis. La firma de Manuel Blanco Otero se constata en catorce monografías (en la mitad de las cuales figura como autor único). Publicó dos trabajos sobre UNICEF y otros dos relacionados con la radio como medio de divulgación de conocimientos higiénicos y sanitarios 21. El resto de su producción es variada aunque destacamos el número 244 sobre Higiene mental infantil y centros de Child Guidance. En 1954 figura como Redactor-Jefe de la Colección. El Dr. Antonio Arbelo Curbelo (Las Palmas, 1909-Madrid, 2004), firmó trece trabajos en solitario y uno junto a Dionisio Morcillo (Num.113-114, Bases para una crítica de la labor dispensarial de higiene infantil). Sus monografías reflejaban una preocupación por los temas relacionados con la mortalidad infantil y juvenil 22. Hubo otros autores destacados, como Enrique Bravo Sánchez del Peral, quien figura en gran parte de las obras como «Administrador». Este autor publicó en nueve ocasiones, dos de ellas como coautor. La temática de sus monografías guardaba relación con los temas de índole organizativa y legislativa de la sanidad infantil y maternal. Sus trabajos versaron sobre dietética, paludismo, reumatismo y otros problemáticas referidas a la provincia de Valencia. ----Por último, en la relación de autores que más trabajos publicaron, hay que mencionar a los doctores José Antonio Ruiz Santamaría y Jesús Villar Salinas, con cinco monografías cada uno. Con relación a la participación femenina, en la tabla 3 queda reflejada dicha contribución. Las obras firmadas por mujeres representan el 5,2%. Como puede apreciarse, en sus trabajos se abordan cuestiones relacionadas con actividades femeninas, la puericultura, el servicio social o las matronas. Los resultados de la investigación han puesto de manifiesto la continuidad que tuvo, a través de su Colección de publicaciones, el programa de salud materno-infantil Al Servicio de España y del Niño Español. El análisis bibliométrico nos ha permitido conocer las temáticas que se abordaron y su frecuencia, además de detectar el núcleo y las características de los principales productores. En el capítulo de las problemáticas abordadas, destaca el predominio que muestran las cuestiones asistenciales frente a las de carácter preventivo. Los temas relativos a la higiene son más frecuentes en los primeros números (4, 6, 13, 56) y a lo largo de la evolución de la Colección van siendo reemplazados por otras problemáticas de carácter más asistencial. Aunque parece obligado esperar a la lectura y análisis de los textos para poder emitir un juicio más definitivo, no parece exagerado apuntar que dicho predominio obedece al cambio de política sanitaria que se acabó imponiendo en el franquismo y que condujo a primar las tareas asistenciales de atención a la enfermedad 23. Tampoco parece descabellado subrayar, a la luz de los resultados, la existencia de una cierta dicotomía entre el enfoque pediátrico o el puericultor que se le podía dar al programa. En el apartado de los productores, junto con el anónimo Comité de Redacción, responsable del 14,7% de las publicaciones, siete autores firman el 34,3% de las monografías. Es decir, casi la mitad, un 49% de las publicaciones, responden a la autoría de un reducido grupo de autores, ya que muy probablemente los máximos productores (los doctores Bosch Marín, Blanco Otero, Arbelo Curbelo, Bravo Sánchez del Peral, Selfa, Ruiz Santamaría y Villar Salinas) formaron parte del Comité. Conviene destacar esta circunstancia, por la influencia que pueda tener en el momento de perfilar la uniformidad que pudo guiar los presupuestos conceptuales, metodológicos e ideológicos que guiaban el programa Al Servicio de España y del Niño Español 24. ---- Como indicábamos al plantear el objetivo de la investigación, nuestro trabajo, de carácter fundamentalmente heurístico y descriptivo, tiene la condición de paso previo para poder abordar, a partir del estudio sistemático y pormenorizado de las publicaciones localizadas, un análisis en profundidad del contenido del programa de salud materno infantil implementado durante el primer franquismo. El interés que puede mostrar dicha tarea investigadora radica en la importancia que tuvo el período objeto de análisis desde el punto de vista de la consolidación de la transición sanitaria y epidemiológica de la población española 25, en el importante componente ideológico que acompañó el discurso científico que sustentaba el programa 26 y que se vio igualmente reflejado en otras actuaciones sanitarias y parasanitarias del régimen franquista 27, en el no menos importante momento histórico que representaron las décadas de los años de 1940, 1950 y 1960 con la influencia que tuvieron los cambios de orientación de las políticas de salud 28, o en el impacto de la terapéutica antibiótica y los programas de vacunación en las estrategias encaminadas a abordar los problemas de salud materno infantil 29. 27 Pueden consultarse, entre otros trabajos: RUIZ SOMAVILLA, M.J.; JIMÉNEZ LUCENA, I. (2001) «Un espacio para mujeres. El Servicio de Divulgación y Asistencia Sanitario-Social en el primer franquismo», Historia Social, 39, 67-85; JIMÉNEZ LUCENA, I.; RUIZ SOMAVILLA, M.J.; CASTELLANOS GUERRERO, J: (2002), «Un discurso sanitario para un proyecto político. La educación sanitaria en los medios de comunicación de masas durante el primer franquismo», Asclepio, 54(1), 201-218; ECHEVERRI DÁVILA, B (2003), «La protección de la infancia: la educación sanitaria de las madres en la posguerra española», Historia y política, 9, 279-308. El lugar de edición sólo se ha consignado cuando era diferente a la ciudad de Madrid. El editor no se ha consignado por ser en todos los casos el mismo, como se ha indicado en el texto: Ministerio de Gobernación, de quien dependía la Dirección General de Sanidad, los Servicios Centrales de Higiene Infantil y la Sección de Maternología, Puericultura e Higiene. El número de páginas se ha indicado cuando aparecía recogido en la fuente consultada.
Comenzaré excusándome por la osadía de informar acerca de una obra de tema en el que soy absolutamente lego. Probablemente quienes me han pedido que lo haga han pensado, y con razón, que los especialistas en la materia, sin duda no muy numerosos, no necesitan introducción alguna, y que son los lectores como yo quienes puedan beneficiarse de una información como la que, con mi limitado conocimiento del tema, puedo dar. Desde esta perspectiva comenzaré señalando que sólo los medievalistas son capaces de dedicar 217 páginas a analizar un texto de apenas 15; y digo «apenas» porque más de la mitad de ellas las ocupan notas al pié. Afortunadamente es así, pues lo que en los textos originales de aquella extensa época se recoge nos resulta remoto, cuando no ajeno, y el esfuerzo de explicación merece ser llevado hasta sus últimas consecuencias. El mero intento de establecer la autoría del texto -en este caso de la carta-e incluso de su destinatario ha obligado no sólo al editor, sino también a sus predecesores, a dedicar no poco esfuerzo investigador. Y éste es sólo el paso previo para introducirse en el texto, cuya comprensión exige además una adecuada contextualización, difícil, si no imposible de conseguir por el lector que no goce de una formación especializada en el campo del pensamiento medieval; pues si otros períodos de la historia, y de la historia de la ciencia, resultan a menudo accesibles, aunque con esfuerzo, al lector entrenado, no ocurre lo mismo con la Edad Media, como, sin ir más lejos, pone de relieve el análisis de la bibliografía realizado por Giralt en esta edición. Hay que decir que el encomiable esfuerzo del autor alcanza, desde luego, su objetivo, y con él la excelencia que caracteriza la edición de la Opera Medica Omnia de Arnau realizada por el CSIC. El texto de Arnau, pese a su brevedad, resulta de notable interés por la materia tratada. Se ocupa nada menos que de establecer los límites entre lo permitido y lo prohibido en el trato con la naturaleza, entre las posibles verdades de la magia naturalis y las falsedades de la nigromancia. El análisis del texto arnaldiano, así como el de otros atribuidos razonablemente a su pluma, deja bien clara su posición, la propia de un hombre de ciencia, que llega incluso a aprovechar algunos de los remedios nigrománticos racionalizándolos -según los patrones en uso en su tiempo-y desvinculándolos, por tanto, de la coerción ejercida sobre presuntos principios espirituales -demonios-. Aunque desde algún punto de vista pueda considerarse un escrito menor, en mi opinión constituye un interesante testimonio de esa época en la que, aunque a través de interpretaciones especiosas y cargadas de valores, el ser humano no era capaz de imaginarse desvinculado de la totalidad del cosmos, dando con ello espacio al inquietante juego de la actio e distantia. He encontrado alguna dificultad al enfrentarme al texto del estudio crítico, escrito en lengua catalana, desde luego muy inferior a las que acostumbro encontrarme en mi trato casi diario con textos en alemán y, más esporádicamente, en inglés (con el francés, afortunadamente, no sufro demasiado). Ello me ha llevado a preguntarme si no representa una desventaja la publicación de esta obra en una lengua que sólo pocos lectores manejan con soltura. Probablemente lo sea desde el punto de vista de su impacto, pues ya lo es publicar en español, por más que sean muchos los millones de lectores potenciales de ese idioma. Pero sin embargo no puedo por menos de declararme encantado con la elección del autor, y no por mor de lo «políticamente correcto», que me parece una peste que, como otras, pasará, aunque no sin dejar tras de sí no pocas fosas comunes, sino por su voluntad de afirmación de una lengua vernácula, que tanto recuerda la actitud de los autores renacentistas frente al obligatorio latín de, por ejemplo, nuestro Arnaldo, o Arnau. En estos tiempos que corren de imperialismo cultural anglosajón, la actitud de Sebastiá Giralt sólo puede suscitar mi más caluroso acuerdo, y la comparto como respuesta -negativa, desde luego-a la propuesta no formulada de llevarnos a una nueva Edad Media que hablaría un «latín» sin declinaciones. El 8 de Mayo de 1776 salieron del puerto de Cádiz quince buques mercantes escoltados por dos navíos de guerra. Se dirigían a Veracruz y constituirían la que sería la última flota de Indias, pues tres meses después de su retorno, en Octubre de 1778, culminaba el proceso de liberalización del comercio americano con el Reglamento de Comercio Libre. La flota estaba al mando de Antonio de Ulloa, un marino ilustrado que dentro de la historia de la ciencia española no necesita presentación. Como, por otra parte, tampoco la necesita el sistema de flotas que, por razones monopolísticas y de seguridad, se estableció a mediados del siglo XVI para el tráfico con las posesiones americanas. El libro de Alberto Orte aborda la organización, los derroteros y los resultados de esta flota, un estudio que presenta modestamente como un capítulo en la vida de marino de Ulloa. Podría constituir, así, una simple aportación más a la histora hispanoamericana en general, y a la biografía de Ulloa en particular, de no concurrir, tanto en el estudio como en su objeto, dos características especiales. La primera de ellas está constituida por las condiciones políticas que rodearon el viaje, las cuales llevaban a temer seriamente un ataque inglés, pese a que entonces España no se hallaba formalmente en guerra con Inglaterra, una situación que se materializaría a mediados de 1779. Esta circunstancia, unida a la importancia de los caudales que la flota transportaría en el tornaviaje -casi 22 millones de pesos-motivaría que desde el Ministerio se prescribiese a Ulloa una ruta de retorno inusual y desacertada. Es preciso recordar aquí que, pese a su aparente uniformidad, los mares y los océanos tienen, para la navegación a vela, sus caminos, que vienen dictados por los patrones estacionales de vientos y corrientes. Separarse de estos caminos suele suponer una navegación dificultosa e incluso peligrosa, y esto es precisamente lo que le sucedió a la flota de Ulloa, que pretendía hacer un rápido viaje de retorno sin pérdidas de tiempo en escoltar a buques mercantes. Con todo, se invirtieron unos 164 días de navegación, una duración completamente fuera de lo usual. Éstos, por otra parte, son los datos que recogen las historias del tráfico marítimo con América, unas historias interesadas por los resultados globales. Como señaló Francisco de Solano (a cuya memoria el autor dedica el libro) precisamente en relación con esta flota en su biografía póstuma de Ulloa, la «microhistoria» de estos viajes suponía una cuestión pendiente. Esta cuestión es precisamente la que A. Orte ha zanjado, con experiencia y brillantez, como sólo un profesional de la Marina y un minucioso historiador podría hacerlo, en el caso de este viaje. Los distintos documentos recogidos, generosamente reproducidos en apéndices al final del libro, le han permitido seguir día a día, con los datos en la mano, las vicisitudes de la ruta efectivamente seguida, plasmándola, además, en forma gráfica. Aquí el único reparo al libro, que no al autor, es la pequeñez de algunas de estas ilustraciones, que han obligado a quien esto escribe -sin duda habrá quien tenga mejor vista-a servirse con efectividad de una lupa, algo que afortunadamente ha permitido la buena calidad de la impresión. Esto en lo que respecta a la primera de las dos características que, como decía más arriba, hacen destacable el estudio. La segunda de estas características tiene que ver con el eclipse total de Sol que Ulloa, junto con algunos oficiales, tuvo la ocasión de observar el 24 de Junio de 1778 en las proximidades del cabo de San Vicente. Desde el punto de vista geográfico, el eclipse permitiría determinar mejor las longitudes de los lugares de observación; desde el astronómico, mejorar la difícil teoría de la Luna; y desde el fisico, aumentar el conocimiento de la corona solar, que en la época se suponía vinculada a una presunta atmósfera lunar. Las condiciones e instrumentos con que se llevó a cabo la observación de Ulloa no permitieron resultados utilizables en los dos primeros casos arriba mencionados. Pero su minuciosa descripción de la corona y la extraordinaria circunstancia de la observación de un punto luminoso en la Luna dieron difusión a su trabajo en las Academias cientificas europeas. El autor, que a su condición de profesional de la Marina une la de astrónomo de prestigio internacional -ha desempeñado, entre otros, el cargo de Director del Observatorio de Marina de San Fernando-lleva a cabo aquí, como cabría esperar, un estudio detenido y contextualizado. Se trata, en definitiva, de un libro recomendable a todos los interesados en estos temas (es, por otra parte, conciso y claro), e imprescindible para quienes se ocupan de la historia de la navegación y de la astronomía españolas. Una difícil historia es la de la ciencia española. Siempre considerada inferior a las restantes occidentales, incluso sus grandes hitos han sido menospreciados o ignorados. Exceptuando algún afortunado personaje, como Santiago Ramón y Cajal, los restantes científicos españoles han sido poco estudiados. Los historiadores generales se han desinteresado, dando por seguro que a la cultura española le falta la ciencia, pero que tampoco es necesaria. Razón tienen, pues a los políticos, a la sociedad en general del pasado, poco les ha importado el saber. El hacer ciencia en España, ha sido sin duda llorar. Tampoco han comprendido nuestros dirigentes lo que es la ciencia, confundida con la palabrería, las celebraciones, o algunos buenos negocios. Los científicos -con la excepción de los médicos-tampoco se han interesado mucho en su pasado, obligados como estaban a mirar al extranjero cada vez que algo querían mejorar en las aulas o en los laboratorios. La historia de las expediciones científicas es sin duda una de las más interesantes de nuestro pasado cultural. Las del período moderno, dirigidas a América, fueron de una enorme riqueza. Las comprendidas entre Hernández y Balmis -entre Felipe II y Carlos IV-abrieron al mundo un nuevo continente, cuyas riquezas cambiaron la ciencia europea. Más tarde, las protagonizadas por Humboldt y Darwin supusieron el comienzo de la ciencia contemporánea. Para nosotros, perdido el inmenso continente, parecía que la relación con el Nuevo Mundo estaba de forma definitiva cerrada. Pero de pronto, al empezar la segunda mitad del siglo XIX, una nueva expedición se pone en marcha. Una expedición -que José Ma. Jover hubiera comprendido entre las acciones románticas del mundo isabelino-heredera de las antiguas, pero renovada por completo. Se trata del intento de ponerse de nuevo al día por medio del descubrimiento de la naturaleza americana. Pero ahora nuestras instituciones son pobres, nuestra riqueza ya no existe y la débil nación se bambolea en un mundo de nuevos grandes imperios, como el francés que nos es vecino y más o menos amigo. Así la débil expedición, en manos de un marino malacólogo, pagó en los sufrimientos y muertes la arrogancia de un poder acabado. Se trataba de un viaje militar, en que España quería de nuevo contar en el panorama político universal. A la sombra de Francia, se había participado en distintas acciones militares, también nuestros artistas y sabios se empapaban de la cultura gala. Francia había emprendido un nuevo intento de dominio imperial, a la vez que sus sabios recorrían el mundo -y muy intensamente el continente americano-para recuperar el pulso científico. Las peticiones de Louis Pasteur de que el país se dotase de armas culturales y científicas responden a este aliento. Entre nosotros, el gobierno de la Unión Liberal quiere resucitar el éxito de las expediciones del siglo XVIII. Ahora se mira hacia el Pacífico, se busca la unión con Francia. El imperio galo tras Napoleón, con el pequeño napoleón, quiere llevar al mundo colonial su empuje científico. Se organiza así por el gobierno una expedición científica, que iría con la flota enviada al Perú. El director general de Instrucción Pública quiere conseguir nuevas riquezas para los museos, el saber y la enseñanza. Incluso se piensa en la aclimatación de especies, en los animales que podrían poblar un maravilloso zoológico como el que se quiere en Madrid. Gozando del apoyo militar, pero sobre todo de la buena voluntad de las nuevas repúblicas americanas, se inicia una hermosísima aventura romántica. Es un momento de ingenuo panhispanismo. La reina apoya la aventura, entusiasmada quizás con el recuerdo de sus abuelos ilustres. Se encarga a un joven grupo de ilusionados científicos, recoger material de las ricas tierras americanas, flora y fauna, así la marina. Una comisión consultiva dio detalladas instrucciones, insistiendo una vez más en la novedad científica y en la utilidad, se quieren cuidadosos herbarios. Así se llama la atención sobre la malacología y los insectos, con orientación hacia la biogeografía, la geografía botánica, la ecología. No se puede olvidar la astronomía, la hidrografía y la geografía siguiendo las instrucciones de la Academia de París; tampoco la antropología, siguiendo a la Sociedad de Broca. Es el tiempo de Humboldt, todavía no llega a nosotros Darwin. Se buscan también acuerdos con instituciones científicas de los nuevos países. También un fotógrafo dejaría una maravillosa colección de fotografías americanas, que recientemente ha sido restaurada por el CSIC. La figura de Juan Isern Batlló y Carrera adquiere una gran relevancia como botánico de la expedición. Contó con el apoyo de Colmeiro y Graells y del Jardín Botánico madrileño, fue un entusiasta estudioso de la naturaleza, aconsejado por ilustres sabios extranjeros. Isern se despide con tristeza de su familia, procurando tuviesen asegurada la subsistencia. Comienzan los retratos de grupo, que muestran bien la trágica evolución de la aventura. Las autoras han perseguido al expedicionario, siguiendo su origen, su partida, sus exploraciones y su amargo final. Con sus notas, han trazado un diario cuidadosamente imaginado, que nos hace ver sus emociones, sus hallazgos y sus legados. La riqueza de su contenido, podrá el lector apreciarlo. Se comenzó el estudio y presentación de los materiales, que fueron luego olvidados. Alguna exposición en el Real Jardín Botánico ha mostrado los maravillosos logros de la aventura. La reina Isabel concede pensión a la familia, recordando las peticiones del botánico para que ésta no fuese desamparada. Se muestra un notable interés público por la ciencia, que no es habitual. Más tarde, la reina María Cristina concede honores a su hijo Enrique. Pero como siempre, el Jardín Botánico se vuelve a desinteresar por las relaciones americanas, por las maravillosas plantas heredadas de Mutis o Isern. Tan solo la benemérita figura de Agustín Barreiro se ocupó de su recuerdo, que José Cuatrecasas resucita más tarde. Ahora, con su habitual sabiduría, Paloma Blanco ha estudiado y descrito el herbario, que se une a los estudios que sobre herbarios históricos se han hecho en esa institución. Tras el catálogo, se aportan listado de especies y de botánicos que han estudiado las plantas, fuentes y bibliografía e ilustraciones, además índices onomástico, de nombres comunes y topónimos. Su riqueza nos muestra la importancia de la presentación de este volumen. Es una labor paciente y difícil, pero precisa, pues nos presenta bien las maravillosas plantas que vinieron de las Américas, pero también la necesidad de honrar a quienes intentaron hacer ciencia en circunstancias muy difíciles. La paciencia y el cariño que las autoras han puesto en la preparación y escritura del libro lo convierten en una obra de enorme calidad. Se combina la biografía y el relato, con el estudio científico más riguroso de una de las actuaciones científicas más sobresalientes de nuestro siglo XIX. Pueden estar orgullosas quienes el libro firman de haber terminado una obra valiosa e importante, que por fin hará justicia a una heroica empresa. El presente libro de Nicole Edelman está llamado a tener un éxito notable, pues a un intachable trabajo sobre las fuentes más variadas asocia una redacción pensada para un público no especializado. Así, la lectura resulta sencilla y gratificante, tanto para el lego en la materia como para el lector profesionalmente interesado en ella. Por otra parte, esta técnica narrativa se justifica aún más por el hecho de que esta «historia de la videncia y de lo paranormal» reposa parcialmente sobre una monografía anterior que no deja nada que desear desde el punto de vista de la metodología más académica, y que conviene citar aquí para general conocimiento: Voyantes, guérisseuses et visionnaires en France 1785-1914(Paris, Albin Michel, 1995). Dicho lo cual podemos adentrarnos en las propuestas del texto, adelantando que es imposible dar cuenta en el breve espacio de una reseña de la gran cantidad y calidad de la información que en él se suministra al lector. En primer lugar hay que señalar, sin que esto constituya demérito alguno, que el título debería incluir dos palabras más: «en Francia»; pues si bien de tanto en tanto aparecen referencias a otros lugares, lo cierto es que el estudio se centra en la sociedad y la cultura francesas. Como ya he dicho, esto no constituye un inconveniente, sino más bien todo lo contrario: muchas son las obras que sucumben por pretender abarcar más de lo que razonablemente puede pretenderse. Y el panorama que este libro nos muestra es suficientemente vasto como para que el lector no necesite pedir más. A lo largo de sus casi trescientas páginas se sigue la pista sobre todo, pero no exclusivamente, a la cultura popular francesa de los dos últimos siglos respecto de todo tipo de creencias y sistemas no validados, en ocasiones perseguidos por la cultura oficial, y muy en concreto por la medicina. En este sentido, el estudio revela una muy estimable pretensión de exhaustividad, pues partiendo del magnetismo animal se ocupa del espiritismo, la videncia, la quiromancia y la astrología. En casi todos los casos la autora muestra cómo esta cultura popular, que fácilmente puede tacharse de supersticiosa, se apoyó hasta fechas relativamente recientes en una literatura seudocientífica e incluso científica -por su procedencia: ejemplo, Charles Richet-aunque marginal y rechazada por quienes establecen los patrones de cientificidad. Desde esta perspectiva, el segundo capítulo, titulado Croyance ou savoir?, es, a mi parecer, uno de los más fecundos de la obra. La autora no pasa por alto -y este es otro asunto que me interesa especialmente-la repercusión que estas «paraciencias» tuvieron en la creación artística del período estudiado. A este respecto, la referencia a los surrealistas, a quienes tradicionalmente se ha vinculado con el psicoanálisis, me parece especialmente valiosa. Aunque resulte de buen tono asociar el nombre de André Breton al de Sigmund Freud, no puede pasarse por alto que con la misma justicia puede vincularse con los de Allan Kardec, Victorien Sardou y Hélène Smith. Y para acercarnos aún más a nuestra propia realidad cotidiana, Edelman salpimenta su estudio con datos procedentes del cine y de la televisión, con referencias concretas a programas emitidos por la televisión francesa en los últimos años del siglo pasado en los que se pone de relieve la vigencia de una voluntad general de «otros mundos», preferentemente si están en éste. El recorrido histórico de Nicole Edelman desemboca en una pregunta, la que da título al capítulo sexto y último: Esprit, où es-tu? Una pregunta que, de algún modo, da sentido -suponiendo que sea preciso-al conjunto de la obra, o más bien, al conjunto de los hechos que en ella se investi-gan. La querencia popular por las explicaciones «mágicas» de la realidad, pero también los esfuerzos de no pocos hombres de ciencia por poner a prueba creencias e ideas sospechosas desde el punto de vista de la ortodoxia, cuando no francamente heterodoxas, sólo puede contextualizarse adecuadamente sobre el fondo de una ausencia que tal pregunta pone de relieve. No es casual que dicho capítulo comience con una referencia a las actuales investigaciones, desarrolladas en ámbitos académicos, en el campo de una disciplina reciente, la parapsicología, que no aniquila, sino que en parte suscita involuntariamente, la vigencia del «realismo fantástico» (Pauwels/Bergier, von Däniken...) que en alguna medida le es contemporáneo. La posición de la autora ante el fenómeno que, bajo múltiples aspectos, ha estudiado, es clara: se trata «de un excelente exutorio para toda reflexión crítica sobre el mundo y sobre sí mismo. Siempre presente, siempre cambiante y siempre nuevo». Pero por eso mismo constituye «un verdadero objeto histórico». Un objeto histórico de primer orden. Y en este libro ha quedado realizada una buena parte del trabajo. La economía es una disciplina cuya Historia es tradicionalmente sensible a las disputas metodológicas -baste con pensar en manuales clásicos como los de Schumpeter o Blaug como ejemplo. Algo tuvieron que ver en ello las disputas acerca del propio estatuto de la economía como ciencia, pues cabía obtener un buen argumento a favor de la escuela neoclásica a partir de la convergencia que se produjo sobre su formulación matemática en el último cuarto del siglo XIX. Que autores de muy diverso origen y formación coincidieran en enunciar un mismo cálculo de utilidad para analizar las decisiones subjetivas debía probar algo sobre su veracidad (o, al menos sobre su potencia como programa de investigación, para decirlo con Blaug). No obstante, hace ya más de una década que esta convergencia paradigmática se viene interpretando no como prueba de la autonomía disciplinar de la economía, sino como ilustración de su dependencia respecto de otros saberes. El acierto de los primeros neoclásicos consistiría en servirse de una misma analogía con la mecánica newtoniana, y en su proceder no serían distintos de los propios físicos del XIX. Pero de ello no se siguen necesariamente consecuencias a favor o en contra de sus resultados: simplemente, se ilumina su contexto de descubrimiento. Aparecen, como veremos, otros dilemas. El ensayo de Harro Maas que aquí comentamos sirve precisamente como ilustración de esta nueva manera de escribir la Historia de la economía como Historia general de la ciencia. Es decir, a la luz de intereses comunes a muy distintas disciplinas. Formalmente, por ejemplo, el amplio uso de archivos, la atención a temas tales como las representaciones visuales, instrumentación científica, etc. Y en cuanto a sus contenidos, se aprecia también aquí una voluntad de que el análisis se extienda allí donde vaya su objeto, sin atender a su demarcación disciplinar o al gusto de sus intérpre-tes canónicos. William Stanley Jevons es un personaje que se presta a este tratamiento, y el éxito de Maas en la empresa se vio avalado recientemente (2006) por el premio que le concedió la History of Economics Society. Jevons fue, en efecto, un personaje singular: tras cursar estudios de química, se interesó por materias tales como el estudio de las nubes, la lógica y la construcción de autómatas, la psicología fisiológica, la estadística y sus representaciones gráficas. Y esto por mencionar solamente los temas abordados en este ensayo -de la dimensión épica de Jevons, se ha ocupado, entre nosotros, Juan Urrutia. Y obsérvese que en este índice no aparece la economía, cuando el título del ensayo alude precisamente a the making of modern economics. En parte, el lector interesado en la contribución específicamente económica de Jevons dispone ya de otras monografías recientes (como las de Schabas o Peart). Lo que Maas reconstruye en su ensayo es su gestación extradisciplinar, en la que adquiere un sentido diríamos que sorprendente. Suele objetarse contra la teoría de la utilidad marginal su carencia de contenido psicológico. Pues bien, este ensayo nos descubre en qué condiciones pudo adquirirlo cuando Jevons la enunció y lo que encontramos es un argumento filosófico sumamente complejo que Maas reconstruye desde sus fuentes. Por una parte, los experimentos del autor sobre la formación de nubes le introdujeron en el principio de que la imitación era un procedimiento de análisis perfectamente aceptable allí donde se carecía de acceso inmediato (cap.4). Por otro lado, pudo aplicar este principio al análisis de la mente a través sus estudios de lógica que le condujeron, de la mano de Babbage, a la construcción de autómatas (caps. 5 y 6). Esta inspiración mecanicista se proyectó sobre la psicología, al defender Jevons su reducción a la fisiología corporal (cap. 7). Desde esta perspectiva, la utilidad, como cálculo de placer y dolor, debía interpretarse como una aproximación funcional a los procesos cerebrales, como prolongación de las disputas de la época sobre el trabajo como inversión de energía física, al modo de las máquinas, por oposición a quienes defendía su carácter de realización espiritual (cap. 8). En otras palabras, el cálculo económico se apoyaba en lo que hoy calificaríamos como una posición eliminativista en filosofía de la mente, arraigada en la pasión de sus contemporáneos por las máquinas (de vapor, claro: el Jevons de Harro Maas es un perfecto ejemplo de steampunk). Una segunda objeción no menos recurrente contra el paradigma neoclásico es su falta de contenido empírico. Y otro acierto de este ensayo es el de presentarnos el programa de Jevons dentro de las disputas sobre el inductivismo de la Inglaterra del XIX (cap. 3), a las que nuestro autor contribuye con sus trabajos sobre la normalización de datos estadísticos a efectos de su representación gráfica (cap. 9). El tema de la medición como clave en el progreso de la ciencia, y en particular de la economía, es uno de los motivos dominantes en la obra de Jevons, tal como Maas nos las presenta. De hecho, la división entre ciencias sociales y naturales queda disuelta, pues los procedimientos de medida se justificarían de idéntica manera en ambas (la metáfora de la balanza es particularmente pregnante a este respecto: cap. 10). Tenemos pues una reconstrucción de la obra de Jevons desde sus raíces culturales, cuyo mérito (dejando aparte el virtuosismo y erudición del análisis) radica en mostrarnos desde qué supuestos resultaba viable el programa marginalista en economía. Justamente aquellos cuya ausencia denunciaron después más encendidamente sus críticos. El dilema abierto entonces es qué ocurrió después de Jevons para que se eclipsaran los debates que justificaron este programa en su contexto de descubrimiento. Cabe sospechar que su resurgimiento hoy (a propósito de trabajos como los de Don Ross o Marcel Boumans) no es ajeno al ensayo del propio Maas. Sólo cabe reprocharle que no los abordase explícitamente, al menos en la conclusión. Muchos pensarán que quizá así estropease un magnífico ejercicio de Historia intelectual. Pero les responderemos que si el éxito de esta consiste aquí en cuestionar la demarcación convencional de otras disciplinas, ¿por qué habría de detenerse ante la suya propia? El desarrollo histórico de las Ciencias Naturales en España durante el siglo XIX ha sido objeto de varios estudios en las últimas décadas. En conjunto, estos trabajos contribuyen a aportar una visión muy completa que permite identificar tanto el proceso de institucionalización de la Biología y la Geología decimonónica a nivel estatal, como las prácticas científicas, actividades docentes y posicionamiento con relación a la teoría de la evolución, llevadas a cabo por los naturalistas españoles, tanto en el capital como en la periferia. En este sentido, el libro de Santiago Aragón supone un valor añadido a este repertorio de contribuciones, al centrarse en un capítulo inédito de la historia de la Zoología española que se encuadra dentro del diseño de un proyecto internacional. El autor aporta nuevos datos que confirman la estrecha relación entre naturalistas españoles y franceses y de la importante influencia de la ciencia del país vecino en la configuración de la Biología y la Geología entre el núcleo de científicos que desarrollaron su labor en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, en las décadas centrales del siglo XIX. Partiendo de un análisis de la figura de Isidore Geoffroy Saint-Hilaire, promotor del programa de aclimatación de fauna útil, Aragón va describiendo en su libro sucesivamente y con excelente criterio histórico y científico, la creación y la dimensión internacional de la Société Zoologique d'Acclimatation, el papel desempeñado por Mariano de la Paz Graells como delegado de la Société en Madrid, los miembros españoles que formaron parte de la Société, durante y tras la muerte de Isidore Saint-Hilaire, las experiencias de aclimatación ensayadas en España, para terminar con la historia del Jardín Zoológico de Aclimatación del Museo de Ciencias Naturales de Madrid, desde que se estableció hasta su desmantelamiento. El libro de Santiago Aragón constituye sin duda un modelo de estudio del contexto histórico en que tuvo lugar la fundación del Jardín Zoológico en un ámbito científico centralizado en el madrileño Museo de Ciencias Naturales. La utilización de documentos inéditos conservadas en el archivo de dicha institución científica, completado fuentes francesas, le ha permitido completar una valiosa obra de historia de la biología española decimonónica. Por poner un pero, aunque sea meramente anecdótico, hay que decir que el autor se ve arrastrado a un error cuando mantiene que el viaje de formación de Juan Vilanova y Piera a Europa se inició en 1846. La equivocación procede de una carta de Isidore Saint-Hilaire a Graells, en la que comenta la llegada ese año de Vilanova a París. Hay que decir que gracias a Isidore, quien invitó a Vilanova a las reuniones científicas que tenían lugar en su casa y le proporcionó cartas de presentación para los profesores del Muséum d'Histoire Naturelle, el naturalista español entró en contacto con entomólogos y geólogos franceses. El viaje por Europa de Vilanova, que fue promovido por Graells, se inició tras la R.O. de 12 de octubre de 1849, en la que se le comisionó para que pasase a París y posteriormente a Freiberg (Sajonia), para instruirse en Geología y Paleontología. En 1846 Vilanova continuaba en Valencia terminando su licenciatura universitaria, pasando al año siguiente a Madrid para opositar a la cátedra de Zoología, y dos años después a la de Historia Natural de Oviedo. En cualquier caso, el asunto de las fechas de este viaje, al ser una cuestión muy colateral en el contenido fundamental del libro, es completamente irrelevante ante el excelente trabajo realizado por Aragón, quien nos proporciona con su trabajo una extraordinaria información sobre el desarrollo institucional y las relaciones internacionales de las ciencias naturales españolas durante la época isabelina. Como nos tiene acostumbrados, la colección valenciana Seminari d'Estudis sobre la Ciència ha puesto a nuestra disposición una nueva monografía, que, como se nos indica en el prólogo, es uno de los frutos de la colaboración científica mantenida desde 1994 entre profesores de la Universidad británica de East Anglia y de la de Valencia, y, muy especialmente, del giro temático registrado en el 2002. En ese año, los investigadores de ambas universidades decidieron convertir a la Salud y la Medicina Rural en el eje de su cooperación científica. A dicho tema, por tanto, se consagró su siguiente coloquio, celebrado en el otoño de 2003 en la Universidad de East Anglia. A la vista del buen resultado alcanzado en dicho coloquio, se optó por mantener el tema para la siguiente reunión de noviembre de 2004, que se llevó a cabo en esta ocasión en la Universidad de Valencia. A ella fueron invitados también investigadores de la Universidad noruega de Bergen y de las Universidades españolas de Alicante y de las Islas Baleares. La colaboración ha continuado y ha dado lugar a la presentación de una mesa temática en la reunión de la EAHMH, que tuvo lugar en París en septiembre de 2005, a la celebración de un encuentro en Bergen en el año 2006 y a la publicación del presente volumen. El texto, editado íntegramente en inglés, se hace eco de la importancia otorgada por la nueva historia social de la Medicina al análisis del papel representado por los distintos actores (incluidos los sanadores no entrenados académicamente) en el proceso de medicalización, y, mediante el estudio de casos, nos aproxima a lo ocurrido en varios escenarios rurales de Gran Bretaña, Noruega, Rusia, Baviera y España (Cataluña, Valencia, Alicante y Mallorca). Los diecisiete trabajos de que consta el volumen, están agrupados en dos partes de desigual tamaño, bajo los epígrafes «Políticas de Salud Pública» y «Práctica médica». La primera de ellas, compuesta de seis capítulos, se inicia con la interesante aportación de S. Cherry sobre la Medicina y la asistencia médica en el medio rural en la Europa del siglo XIX, que incluye además un buen encuadre del tema desde el punto de vista conceptual e historiográfico. A continuación, en un atinado trabajo, J. L. Barona, J. Bernabeu y E. Perdiguero nos aproximan a la situación sanitaria de la España rural y a las políticas públicas desplegadas entre 1854 y 1936. En el tercer capítulo, F. King nos presenta cuál fue la situación generada en la asistencia médica rural en Rusia desde el establecimiento del sistema Zemstvo hasta el inicio de la Primera Guerra Mundial, mostrando la falta de recursos inicial y su posterior desarrollo. Seguidamente, en un sugerente trabajo, A. Andersen y T. Ryymin dan cuenta del proceso de modernización sanitaria registrado en el ámbito rural de Noruega entre 1860 y 1912, años de las dos principales leyes sanitarias que permitieron la institucionalización de la Salud Pública y el establecimiento de un sistema público de servicios médicos, que facilitó el acceso rural a la medicina. Como nos muestran los autores, todo ello fue posible por el cambio registrado en la manera de entender el medio rural frente al urbano con el cambio de siglo. En el capítulo quinto, J. L. Barona analiza detalladamente el trabajo preparatorio y la Conferencia europea sobre salud rural celebrada en Ginebra en 1931, poniendo de relieve el importante papel que en ella desempeñaron la delegación y el Gobierno español, así como que dicha conferencia reforzó la importancia del experto internacional, determinó la orientación de campañas específicas y promovió un particular modelo de asistencia médica en el medio rural que tuvo gran influencia en los gobiernos españoles republicanos. La primera parte se cierra con el estudio comparativo de A. Andresen sobre la interacción registrada entre las culturas médica y rural en España, Noruega y Rusia entre 1860 y 1910, mostrándose la importancia que poseen los distintos sistemas políticos y los grados de democracia para explicar las diferentes realizaciones en el tema de la salud rural. La segunda parte comienza con el capítulo que S. Cherry dedica a mostrar la situación de los médicos generales (GPs), de los servicios médicos y de los hospitales en la región inglesa de East Anglia entre 1800 y 1948. El autor refleja bien el lugar que ocupaban los GPs en el medio rural decimonónico, marcado por la escasez de profesionales de la Medicina y por la necesidad de reinventar los hospitales rurales, en los que los GPs tuvieron un gran protagonismo, que se vio reducido con la instauración del NHS en 1945. A continuación, Carmen Barona da cuenta del rol desempeñado por los médicos rurales en la sociedad valenciana desde la instauración de la asistencia médica domiciliaria con la Ley General de Sanidad de 1855 hasta el inicio de la Guerra Civil en 1936, poniendo de relieve las imperfecciones y dificultades iniciales y los importantes cambios registrados durante la II República. Interesantes y complementarios son los capítulos noveno y décimo, consagrados ambos al análisis del género de las Topografías Médicas. Primeramente, Ma José Báguena, tras exponer los antecedentes y el origen de este género, efectúa un cuidadoso examen de las Topografías Médicas dedicadas a las localidades valencianas y muestra cómo la teoría miasmática incorporó el descubrimiento de los microorganismos y cómo los médicos asumieron las prácticas diagnósticas, profilácticas y terapéuticas microbianas en su trabajo diario. Seguidamente, I. Farr, tras enmarcar el contexto y el origen de la Topografía Médica realizada en Baviera en 1858 por encargo del Ministro del Interior a 284 médicos de distrito (urbanos y rurales), analiza exhaustivamente su contenido. A través de ello lleva a cabo un análisis del medio rural de la época, mostrando la elevada mortalidad infantil en dicho medio (muy superior a la de nuestro país) y la escasa medicalización de la Baviera rural. En los dos capítulos siguientes se aborda la desaparición de la malaria. En primer lugar, T. Williamson centra su discurso en mostrar cómo la desaparición de la malaria en East Anglia Fens a lo largo del siglo XIX fue un proceso complejo dependiente no sólo de la mejora y aumento del drenaje de las tierras de esa zona, sino también y sobre todo del cambio operado en su uso, dedicado mayoritariamente al cultivo en vez de a pastos. A continuación, en un exhaustivo y correcto trabajo, E. Perdiguero da cuenta de la campaña antimalaria desarrollada en Alicante a lo largo del siglo XX, subrayando que dicha campaña fue la primera intervención en materia de salud llevada a cabo en España con criterios epidemiológicos, por personal entrenado y con financiación pública, y poniendo de relieve los cambios introducidos tras la Guerra Civil hasta su erradicación a principios de los años sesenta. En el capítulo trece, J. Bernabeu analiza la labor desarrollada en los primeros años del siglo XX por la Academia de Higiene de Cataluña, institución que aún no ha sido estudiada en profundidad y que desde sus primeros años de existencia prestó especial atención a los problemas de higiene rural. Concretamente, el interesante trabajo de Bernabeu examina la encuesta que la citada Academia realizó a los médicos en 1903 con la finalidad de conocer el estado de salud de la población catalana, sus principales problemas sanitarios y las reformas que habría que adoptar para corregir la situación. El resultado de dicha encuesta, que incluyó medidas impregnadas por el discurso regeneracionista y que eran útiles instrumentos para favorecer la cohesión social y política, fue presentado al Primer Congreso de Higiene de Cataluña de 1906. Seguidamente, en una sugerente aportación, Isabel Moll se ocupa de las redes de cuidado sanitario en la Mallorca rural de los siglos XVIII al XX, distinguiendo dos redes distintas: la profesional, constituida por médicos y farmacéuticos, y la no profesional, integrada por grupos religiosos femeninos. En opinión de Isabel Moll, en la línea de los trabajos de Isabelle von Bueltzingsloewen 1, y a falta de realizar un número mayor de investigaciones que permitan corroborarlo, esta última red debe ser considerada como parte del sistema de salud pública en el ámbito rural. En el capítulo quince B. Lindsay traza la historia del Hospital Jenny Lind (Norwich) para niños enfermos, apuntando las peculiaridades de los hospitales infantiles y las dificultades que rodearon su surgimiento en Gran Bretaña en la segunda mitad del siglo XIX. En el siguiente capítulo, en un cuidado trabajo, E. Perdiguero y J. Bernabeu se ocupan del surgimiento y la actividad desarrollada por la institución «Gota de Leche» en Alicante entre 1925 y 1939, dando cuenta del éxito alcanzado por esta importante iniciativa y de cómo dicho éxito se convirtió en una amenaza para su supervivencia. El último capítulo de esta segunda parte y final de la obra está reservado a la inclusión de una actualizada y útil selección bibliográfica sobre la temática abordada en el volumen que estamos reseñando. A la vista de lo comentado, cabe felicitar a los editores y autores de la monografía reseñada por brindarnos la oportunidad de poder disponer de este conjunto de trabajos reunidos en un único volumen, que se ha beneficiado de la experiencia previa de los autores y del buen hacer desplegado para confeccionar sus aportaciones a este libro. La calidad de la obra no se ve empañada por los pequeños errores de edición, como la mínima diferencia entre el título del capítulo quince que figura en el índice y el incluido al inicio del capítulo, ni por la ausencia de la nota 2 y los cambios en el contenido de las notas 3, 4 y 5 del primer capítulo. En mi opinión, iniciativas como ésta, que mantengan la perspectiva comparativa, deberían proseguirse y ampliarse el estudio a otros escenarios rurales de Europa (incluyendo también otros puntos de nuestro país) aún no analizados. De esta manera, como solicita S. Cherry en el capítulo primero del libro, se podría contar con un número mayor de casos y de radiografías de las distintas situaciones, que contribuirían a mejorar nuestro conocimiento sobre las culturas locales y médica, así como sobre la interacción producida entre médicos, pacientes, sanadores no formados académicamente y todas las otras instancias involucradas en la asistencia sanitaria. Voy a presentar dos libros que considero especialmente interesantes. Son obras que presentan nuevas formas, nuevos caminos para analizar tanto el colonialismo del siglo XIX como la expansión imperialista norteamericana del XX. Esta nueva vía incluye la aproximación social a través del estudio de la construcción racial, la construcción de género, fundamentalmente, claro, la de la mujer, y la importancia de la sexualidad y su papel en la reproducción y en la prostitución. Ambos demuestran la imbricación de política, economía, raza y sexo en la construcción de una imagen de «los inferiores», a quienes se debe ayudar y salvar por medio de la transmisión de nuestras formas de relación y nuestra cultura superior. María Isabel PORRAS GALLO El libro de Eileen J. Suárez Findlay se centra en el siglo XIX hasta los años veinte del siglo XX. La autora utiliza abundante documentación de archivo y también información oral, y estudia fundamentalmente la zona de cultura azucarera, la costa y, más que nada la ciudad de Ponce. Pero considera que su estudio es representativo, por lo menos, de un importante sector de la sociedad portorriqueña. Por su experiencia del tiempo en que vivió en Puerto Rico, señala que las gentes de clase media y alta decían que la raza no era un elemento importante en su sociedad, pero que sus amigos y vecinos, gentes integradas en la realidad de la herencia africana, insistían en que la raza había marcado profundamente a todos los portorriqueños, a pesar de todas las diferencias que pudiera haber entre la isla y la metrópoli del Norte. Y considera que los historiadores no se han preocupado suficientemente de las dimensiones privadas de la realidad, como el matrimonio, las prácticas sexuales, los conflictos familiares y las concepciones de la moralidad, respetabilidad y honor. En su investigación, dice haber encontrado que las prácticas y normas sexuales y las identidades raciales cambiantes se habían modelado mutuamente de forma indeleble. Y que, por otra parte, habían sido centrales para la política del país a finales del siglo XIX y comienzos de XX: intentos de reforma moral cargados de «racialismo», conflictos sobre la legitimidad de normas y prácticas sexuales, discursos cargados de «racialidad» sobre la respetabilidad y el honor, así como el silencio estratégico sobre las diferencias raciales que fueron muy frecuentemente la clave de la articulación de movimientos sociales o de las agendas políticas, de las estrategias de intervención estatal, de la construcción de identidades colectivas locales así como de la hegemonía colonial. He de decir que «racialización» y sus derivados son términos que no existen en castellano, pero que tienen una clara definición en inglés: Racialization: racialize; racialized; racializing; racializes se definen como: 1.-a.-Diferenciar o categorizar según la raza. b.-Imponer un carácter racial a un contexto; 2.-Percibir o experimentar en términos raciales. Como ejemplo:«It is impossible to be an American and not racialize how you feel» Así aparece en The American Heritage Dictionary of the English Language. Creo que la existencia de estos términos es significativa y denota la importancia de la raza en esa lengua y por lo tanto para la sociedad que la utiliza. El libro es extremadamente interesante, analiza todos estos complejos factores raciales, sexuales y morales en profundidad y con detalle, y merece la pena realizar una lectura cuidadosa de su texto porque sus aportaciones son muy útiles para comprender los mecanismos de utilización de esos elementos de sexualidad, familia, moral y raza, no sólo para crear identidades sino realmente para desarrollar las políticas coloniales y de dominio. El libro de Laura Briggs es muy explícito ya en su título: raza, sexo, ciencia y el imperialismo estadounidense en Puerto Rico. Es el complemento temporal perfecto del libro de Suárez Findlay, pues abarca desde los años veinte del siglo pasado hasta las políticas de esterilizaciones de los años setenta, con el «Moynihan Report» referido a la estructura matriarcal de los negros y su influencia en su fracaso en la sociedad. Dice la autora que, si queremos comprender las formas de desarrollo de la globalización, debemos analizar y comprender cómo se desarrollaron los modelos tempranos del colonialismo. Y especialmente los que serían los buenos efectos del colonialismo: cambios en las formas de la familia, en los derechos de la mujeres y en la ciencia y la medicina. El libro analiza, con escepticismo, como se promovieron muchos de estos aspectos como beneficios sociales, y examina e intenta desvelar las políticas que existían por debajo de estos hechos, políticas muchas veces claramente a la vista. Otro libro que, aunque centrado en Puerto Rico, nos permite observar un análisis en profundidad de las complejas relaciones de una metrópoli con las zonas relacionadas, colonias modernas, y las manipulaciones de esos factores repetidamente mencionados, raza, género, sexo, pobreza, etc. que se integran, son parte importante de las políticas no sólo sociales, sino económicas. El caso de Puerto Rico es especialmente complicado, como puede suponerse, pero eso mismo hace que se enriquezca el análisis de las intrincadas relaciones de dependencia entre países poderosos y países dependientes y de cómo juegan en esas relaciones los factores raciales, familiares y sexuales, y por ello, la medicina y la ciencia. Ambos son libros altamente recomendables. Y ambos tienen la típica y útil presentación de los libros de las universidades norteamericanas, con bibliografía y un índice siempre necesario. CUETO, Marcos y ZAMORA, Víctor (eds.), Historia, Salud y Globalización, Lima, IEP-Universidad Peruana Cayetano Heredia, 2006, 240 pp. ¿Cuál es la relación entre globalización y salud? ¿Cuál es el impacto de la globalización en el manejo de la salud internacional? ¿Cómo se percibe el fenómeno de la globalización entre las autoridades médicas y sanitarias? Estas son algunas de las preguntas que Marcos Cueto y Víctor Zamora intentan responder en Historia, Salud y Globalización, libro que reúne una serie de artículos dedicados a analizar los efectos de la globalización en salud. En el primer capítulo Marcos Cueto describe los orígenes de una de las más importantes iniciativas en salud: la Atención Primaria de la Salud, iniciativa que surgió a principios de la década de 1970 como una respuesta a los modelos de salud entonces dominantes, tales como las campañas verticales de erradicación de enfermedades que enfatizaban estructuras centralizadas de salud y el uso de tecnologías sofisticadas. La Atención Primaria de la Salud, por el contrario, promovía un mayor acceso a los servicios básicos de salud y el uso de trabajadores de salud provenientes de las mismas comunidades, incluyendo shamanes y parteras. El artículo de Cueto muestra asimismo las dificultades que existieron a nivel global para implementar dichos cambios, en particular la resistencia de los médicos, la falta de compromisos políticos reales para implementar dichos cambios y la poca claridad de las organizaciones internacionales de salud que llevaron al surgimiento de una versión más restringida de la APS, la Atención Primaria Selectiva de Salud. En el segundo capítulo Víctor Zamora analiza la relación entre los cambios sociales y económicos ocurridos con la 'globalización' y las 'enfermedades emergentes' (término utilizado para las enfermedades infecciosas cuya incidencia aumentó de manera notable en las dos últimas décadas del siglo XX). De acuerdo al autor el incremento del turismo y comercio internacional, movimientos migratorios masivos, el uso indiscriminado de antibióticos y el debilitamiento de los sistemas nacionales de salud pública en la lucha contra las enfermedades infecciosas han sido causas principales de la re-emergencia del dengue, la malaria, la tuberculosis y el VIH-SIDA, enfermedades cuyo carácter 'global' obliga a la creación de nuevas estrategias de salud pública internacional. Es justamente el origen del término 'salud global', en oposición a 'salud internacional', el tema del tercer capítulo escrito por Marcos Cueto, Elizabeth Fee y Theodore Brown. De acuerdo a los autores el cada vez más recurrente uso del término 'salud global' no es meramente una moda lingüística sino un reflejo de la percepción que existe en la comunidad académica, médica y sanitaria sobre los profundos cambios que han ocurrido en las últimas décadas en materia de salud, tales como la aparición del bio-terrorismo y el debilitamiento de los estados-nacionales, cambios que no son propiamente capturados por el tradicional término de 'salud internacional'. En dicho artículo los autores también muestran la importancia de la Organización Mundial de la Salud en la construcción y popularización de la idea de una 'salud global'. En el cuarto capítulo Jennifer Ruger explora la transformación del Banco Mundial de una agencia de inversión en infraestructura física al principal proveedor de fondos de salud en el mundo y uno de los principales actores en salud global. De acuerdo a la autora el interés del Banco Mundial en salud se inició en la década de 1970 como una respuesta a la emergente noción que el desarrollo económico de una nación dependía en gran medida de su capital humano y bajo la idea de que el control de enfermedades y epidemias contribuirían a acelerar el crecimiento económico de los países en desarrollo. En este contexto la salud no es vindicada únicamente como un derecho básico sino como un indicador de pobreza o desarrollo. Finalmente, en el último capítulo, Víctor Zamora analiza las percepciones de las principales autoridades de la salud pública peruana con respecto a la globalización. Aunque encuentra una gran preocupación por los efectos de la globalización, Zamora también descubre la ambigüedad y poca claridad que existe con respecto al significado de la globalización y el escaso interés que ha existido por desarrollar estrategias para confrontar los nuevos retos impuestos por la globalización. El libro de Cueto y Zamora resulta indispensable por dos razones principales: ofrece una reflexión sobre el significado de la globalización y su impacto en salud desde América Latina; y rescata actores históricos que tuvieron una influencia central en el desarrollo de la salud global y que han sido muy poco estudiados tales como Robert Mc Namara del Banco Mundial, Halfdan Mahler de la Organización Mundial de la Salud y el peruano David Tejada de Rivero. Es además un trabajo que permite apreciar los factores políticos y sociales involucrados en el desarrollo e implementación de las políti-cas globales de salud. Aunque muchos de los capítulos han aparecido antes como artículos en revistas especializadas, lo cual le quita cierta novedad al texto, Historia, Salud y Globalización es ciertamente un aporte importante para la historiografía de la salud en América Latina. Jorge LOSSIO BERMEJO BERRERA, José C., Ciencia, Ideología y Mercado, Akal, Madrid, 2006, 80 pp. Estamos acostumbrados a escuchar reflexiones sobre la situación de la ciencia a través de las gargantas interesadas de los políticos o desde los sillones acomodados de los diferentes cargos subalternos de cualquier administración. Cualquiera de ellos suele recurrir a un mundo panglossiano donde la ciencia es un mundo ideal, apolítico, objetivo, de donde parte el futuro de Occidente y en el que los problemas son menores o incluso que no existen. Cuestiones como la fuga de cerebros, la relación con la sociedad o el funcionamiento caciquil y endogámico de las universidades nunca son objeto de reflexión; todo se reduce a la utilización de una metanarración donde juegan un papel determinante términos como innovación, I+D, emprendimiento, progreso, patrimonio, etc. En ese sentido, recientemente he podido escuchar en un foro público por un cargo medio de una administración que en los próximos años ningún investigador se quedará «sin una oportunidad». Escuchar perlas como esa hace todavía más profunda la brecha existente entre el mundo real y el oficial de la ciencia. Así mientras unos mastican a dos carrillos las excelencias de la investigación otros sufren las consecuencias de no ser más que mano de obra barata para contribuir a los grandes datos que muestran los políticos. De esta forma, la división de clases en la ciencia cada vez es más evidente entre unos pocos instalados y todo un ejército de investigadores despreciados, mal pagados y obviados por ese mundo oficial tan idílico. De esta forma se entienden las diferentes protestas de los llamados precarios [URL] y los diversos manifiestos y desánimos de muchos investigadores con cierta edad a los que les sigue siendo negado todo, tanto a nivel de plazas y contratos como en relación a la mínima ayuda en las diferentes convocatorias públicas de proyectos, estancias, etc., en las que no existen para nada. Lo peor de todo es que lentamente ese ejército de investigadores desheredados se dan cuenta que no necesitan para nada a ese mundo oficial, puesto que prefieren quedarse con su dignidad que seguir siendo explotados y utilizados por el mundo oficial, que sí que los necesita y mucho, sobre todo para hinchar las diferentes estadísticas de publicaciones, artículos, estancias, etc. Dejando de lado toda la parte reivindicativa de los investigadores explotados y su situación, es muy inusual encontrarse con críticas a la ciencia oficial desde dentro, es decir, desde la excelencia de un catedrático de universidad totalmente instalado y que forma parte regularmente de comités, proyectos, tesis, libros y publicaciones en las revistas más prestigiosas a nivel mundial. El libro Ciencia, ideología y mercado del profesor Bermejo 1 responde a estas características y aporta una feroz crítica ----tanto a la ciencia en sí como a su relación con la sociedad. El libro debiera ser de obligada lectura para todo ese político que habla de la ciencia desde las comodidades del coche oficial con el objetivo de que se enterase, si es capaz de leerlo, de cómo es el mundo de la ciencia por dentro. Dentro de las grandes virtudes del libro está la de establecer una relación muy directa entre la ciencia actual y el ultraliberalismo de mercado (lo que algunos vulgarmente llaman neoliberalismo) con lo que establece un puente que han querido evitar la mayoría de los políticos y de los investigadores. Y ya sólo por la denuncia de esa relación y por el atrevimiento a revelarla ya está justificada la edición de este trabajo. Los hilos que vinculan la actual ciencia con el llamado pensamiento único aparecen totalmente explicitados en el libro de Bermejo, quien explica que la creencia conocimiento científico forma parte de ese pensamiento único liberal nacido al amparo de las políticas liberales desde los años 80. «La implantación del pensamiento único y la ideología neoliberal posee un claro sentido conservador y, como es lógico en este tipo de pensamiento, lleva consigo una cierta postura panglossiana, de acuerdo con la cual vivimos en el mejor de los mundos posibles», escribe Bermejo, quien explica que los científicos no son conscientes de las limitaciones del propio pensamiento científico ya que piensan que todo lo que es posible ya se ha hecho efectivo o real. Esto lleva, evidentemente, a que estos científicos se identifiquen con el sistema político y económico vigente. Una vez aclarado el marco histórico-político del libro, pasemos a pormenorizar su contenido conceptual y su estrategia explicativa. En este sentido es totalmente sugestivo el enfoque y las fuentes que utiliza el profesor Bermejo para la elaboración de los tres capítulos del libro. Nos encontramos ante una mente totalmente privilegiada que tanto recurre a filósofos o sociólogos de la ciencia como Kuhn o Bourdieu, que los usa complementariamente y no en oposición, como a cuestiones de ciencia pura, de historia de las ideas, de filosofía, de historia, de política, de filosofía política y de historia inmediata, en un orden y con una jerarquía que llevan a un análisis totalmente excepcional. El libro está dividido en tres capítulos en los cuales se encuentran críticas valientes, audaces e inusuales en un profesor insertado en el sistema académico. De tal forma, podemos encontrar en la publicación las fáciles relaciones que establecen los políticos y muchos científicos entre dinero y conocimiento, la utilización interesada de nuestro legado cultural con el alzamiento hasta límites todavía no conocidos de la palabra patrimonio (que ha sustituido a cultura, civilización, etc.) y una denuncia metodológica muy pertinente como es la necesidad del estudio conjunto del espacio y el tiempo, donde podemos leer una estimulante crítica a la tesis de los tres tiempos braudelianos, teoría que se ha acabado por apagar de tanto interés en sacarle brillo. La clave de todo esto es la idea de que las funciones de investigación y docencia deben de estar regidas por la idea de rentabilidad y por la de capacidad de innovación tecnológica, donde la transferencia tecnológica a la sociedad (es decir la capacidad de crear empresas por parte de los grupos de investigación) acabaría sustituyendo a la idea misma de ciencia. Esto daría lugar a una defensa, quizá inconsciente, de la ideología de mercado neoliberal y la autojustificación de la formación de determinadas comunidades científicas. Sólo así es entendible la situación actual de la ciencia donde la Universidad produce la mayoría del conocimiento científico gracias a su financiación por parte del Estado, y cómo a pesar de ser así, la Universidad y el Estado tienen que pagar dos veces la producción de ese conocimiento: una, cuando se elabora en los departamentos y otra cuando compra las revistas en las que son publicados los resultados de las diferentes investigaciones. Que las Universidades no reúnen la suficiente excelencia para publicar los resultados de sus investigaciones y lo que es peor, tienen que prestar sus investigadores a los diferentes editores de revistas para que ejerzan de supuestos «referees», al igual que sus investigaciones y los nombres de las Universidades, etc. Esta privatización del conocimiento y su consiguiente funcionamiento es una de las grandes carencias de la ciencia natural moderna, como han denunciado algunos autores como Claudio Canaparo 2, quien ha ----2 CANAPARO, Claudio, Ciencia y escritura. La Nature-lización del pensamiento científico, Zibaldone, Buenos Aires, 2003. demostrado en un amplio trabajo cómo los grandes grupos editoriales de revistas científicas llegan a condicionar el tipo de ciencia que se escribe y las líneas de investigación prioritarias, es decir, la relación entre ciencia, mercado y universidad, que denuncia el profesor Bermejo. «La existencia de la propia institución académica y de las comunidades científicas favorecen la producción del conocimiento científico. Sin embargo, también la impide, en tanto que ambas instituciones exigen la adaptación a unos patrones de conducta y a unas formas de expresión y de pensamiento que pueden estar, o no, dictadas por la naturaleza del objeto que se estudia», señala Bermejo, que subraya la idea de que la comunidad científica somete sus intereses a las empresas o a aquellos organismos públicos encargados de la financiación de la investigación, aunque a pesar de todo esto no es imposible establecer una correlación entre conocimiento y dinero porque el primero, a pesar de los evaluadores, no es cuantificable y el segundo sí lo es 3. En cuanto a la cuestión del patrimonio, Bermejo denuncia los excesos realizados en favor de esa palabra y cómo se ha reducido todo lo relacionado con lo cultural, el turismo, etc., a ese término, que a la vez ha ayudado a la sustitución de la idea de hombres ciudadanos por la de hombres consumidores tan defendida por el liberalismo de mercado radical. El resultado de todo ello es la conformación de la «historia basura», que podemos detectar en cientos de exposiciones, excavaciones y creaciones culturales relacionadas con el patrimonio. En definitiva, tal y como señala Bermejo la ciencia debe estar regida por criterios de tipo político y moral así como por la búsqueda del propio conocimiento, que es un valor en sí, y eso es lo que han intentado sustituir todos estos tecnócratas y cienciómetras, quienes han intentado sustituir conocimiento por dinero y ciencia por mercado con un éxito notable, y logrando formar parte de esa gran religión que es la del pensamiento único, en la que aunque no se crea se puede formar parte de ella como miembro de un grupo de investigación insertado en una comunidad científica. ¿Alguien antes se había atrevido a denunciarlo de forma tan clara? Israel SANMARTÍN ----3 El profesor Bermejo ha complementado posteriormente estas reflexiones con nuevos trabajos que se pueden seguir en la página para la defensa de la Universidad Pública: http://firgoa.usc.es.
El análisis e interpretación que resultará de ello se realiza en dos niveles distintos: uno se refiere a las informaciones que se encuentran en escritos no oficiales, es decir, en las cartas que Humboldt envió durante o poco tiempo después de sus visitas a Cuba, y en los diarios que utilizó a lo largo de su expedición. El otro se fundamenta en los escritos oficiales, que comprenden su narración del viaje, el famoso Ensayo sobre Cuba y la memoria autobiográfica escrita en 1804. Mediante el contraste de estas descripciones se pretende comparar las apreciaciones de este viajero prusiano elaboradas en el preciso momento que visita la isla, cotejándolas con las obras que redactó 22 años después de su vuelta a Europa. El viajero y científico Alexander von Humboldt estuvo en dos ocasiones en Cuba durante su famosa expedición americana realizada entre 1799 y 1804. La primera estancia abarcó desde el 19 de diciembre de 1800 hasta el 15 de marzo de 1801, cuando decidió abandonar la isla antes de lo previsto con el objeto de incorporarse en Lima a una expedición alrededor del mundo, encabezada por el capitán francés Thomas Nicolas Baudin 1. Casi al final de su viaje, del 19 de marzo de 1804 al 29 de abril del mismo año -entre su larga estancia en México y su visita a los Estados Unidos-se produjo su segunda estancia en la mayor de las Antillas, principalmente para recoger los materiales que él y su compañero de viaje Bonpland, habían dejado años antes al cuidado del químico cubano Francisco Remírez. Estas dos estancias del célebre viajero en Cuba, por lo regular han sido tratadas de modo superficial por la bibliografía humboldtiana, ya que, comparado con otros lugares visitados por Humboldt, es relativamente poco lo que se conoce sobre sus actividades en la isla: investigaciones científicas, recorrido, contactos, etc. Aunque le dedicó uno de sus dos tratados socio-politicoeconómicos, el Ensayo político sobre la Isla de Cuba, Humboldt dejó pocas descripciones acerca de su visita a esta isla. No disponemos de una versión continua y completa acerca del tiempo que pasó en Cuba, sino solamente comentarios sueltos que se encuentran en sus diarios y cartas, algunas descripciones de su narración del viaje, la Relation historique, e informaciones dispersas en el Ensayo. Aparte de su estudio de la realidad política, económica y social de Cuba reflejado en este Ensayo, Humboldt incorporó resultados de sus investigaciones sobre la isla en otras obras suyas 2: en Recueil des observations astronomiques 3 publicó las posiciones de los lugares medidos en Cuba, en Nova Genera et species plantarum 4 encontramos descripciones y dibujos de las plantas que él y Bonpland hallaron en esta isla, y en el Examen ----1 Según las informaciones que Humboldt había recibido, en este momento Baudin haría escala por este puerto-una información que resultó errónea, como Humboldt podría comprobar posteriormente. 2 Estas obras no serán incluidas en el presente análisis. Lutitiae Parisioru. critique de l ́histoire de la géographie du Nouveau Continent 5 se ocupa de la historia del descubrimiento de Cuba. El análisis e interpretación que resultará de ello se realiza en dos niveles distintos: uno se refiere a las informaciones que se encuentran en escritos no oficiales, es decir, en las cartas que Humboldt envió durante o poco tiempo después de sus visitas a Cuba, y en los diarios que utilizó durante su expedición. El otro se fundamenta en los escritos oficiales, que comprenden su narración del viaje, su tratado sobre Cuba, el ya mencionado Ensayo y la memoria autobiográfica escrita en 1804 6. Mediante el contraste de estas descripciones se pretende comparar las apreciaciones de este viajero prusiano elaboradas en el preciso momento que visita la isla, cotejándolas con las obras que redactó 22 años después de su vuelta a Europa, y que contienen valoraciones que pueden haber surgido posteriormente, influidas y modificadas por diferentes circunstancias. En este tipo de análisis, dentro de ese contexto, la inclusión de los diarios de Humboldt tiene un carácter novedoso. Fue el Centro de Investigación Alexander von Humboldt de la Academia de Ciencias de Berlín -a cargo de Margot Faak-quien comenzó en el año 1982 la edición de estos apuntes que Humboldt realizó a lo largo de su expedición americana 7. En 2000 se terminó el último tomo 8 de esta gran obra que -debido a los criterios de edición seguidos-corresponde cronológicamente a los preparativos y al inicio de su famoso viaje. Como hasta ahora en su totalidad se han editado sólo en alemán ----5 HUMBOLDT, A. de (1836-39), Examen critique de l ́histoire de la géographie du Nouveau Continent et des progrès de l ́astronomie nautique aux quinzième et seizième siècles, Paris, T. 1-5. Eine Anthologie von Impressionen und Urteilen aus den Reisetagebüchern, Berlin, Akademie-Verlag, Tomo 5; (1986) -y en francés las partes que redactó en este idioma 9 -ello representa, en parte, una barrera que dificulta la integración de estos valiosos documentos a los estudios que se realizan en la actualidad. Sin duda, los diarios de Humboldt -en primer lugar por ofrecernos una impresión detallada de su viaje en el mismo momento en que se produce, así como sus primeros juicios, comentarios y vivencias, sin posteriores reflexiones o auto-censuras-constituyen un fundamento importantísimo para la investigación humboldtiana en general, y en particular para Cuba, pues incluyen aspectos novedosos acerca de esta isla. I. COMENTARIOS DE HUMBOLDT ACERCA DE CUBA Y SUS ESTANCIAS ALLÍ La gran obra del viaje americano de Humboldt, Voyage aux régions équinoxiales du Nouveau Continent 10, consta de 30 tomos que tratan aspectos diversos de esta expedición; algunos de ellos fueron publicados más tarde como libros separados. Contiene también su famosa narración del viaje, llamada Relation historique, cuyo capítulo XXVII comprende el trayecto de Humboldt desde la costa de Venezuela a La Habana, con informaciones generales sobre la población de las Antillas, comparadas con la población del Nuevo Continente, bajo diferentes aspectos como la diversidad de razas, la libertad personal, los idiomas y las culturas. En el capítulo XXVIII nos encontramos el Ensayo político sobre la isla de Cuba, con sus subdivisiones alrededor de diferentes temas y su último apartado donde retoma la narración de su viaje describiendo su exploración por el Valle de Güines, Batabanó y puerto de Trinidad. A la travesía que realiza desde Trinidad al Río Sinú y a Cartagena de Indias, así como a los primeros momentos de su estancia en la actual Colombia, ----9 Sólo se han editado ediciones parciales de lo referente a Colombia, Perú y México: HUMBOLDT, A. von (1982), Extractos de su diarios/Auswahl aus seinen Tagebüchern, Bogotá, Publicismo y Ediciones; (1991), Humboldt en el Perú. Diario de Alejandro de Humboldt durante su permanencia en el Perú (agosto a diciembre de 1802), Piura, Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA). «Diario de viaje (de Acapulco a Veracruz, 1803-1804)», publicado en: Humboldt, Alexander von, Tablas geográficas políticas del Reyno de Nueva España. Paris, Librairie greco-latine-allemande. dedica el siguiente capítulo. Aquí finaliza la narración de su viaje, por lo tanto no nos da ninguna información sobre su segundo viaje a la isla caribeña. En lo que se refiere a ella, vemos que Humboldt concede mucho espacio a la descripción de la llegada y salida de la isla, dedicando un capítulo completo a cada una. Pero respecto a sus estancias en Cuba -quitando el Ensayo del que hablaremos a continuación-no nos cuenta prácticamente nada en esta narración del viaje. Ensayo político sobre la isla de Cuba Lo que entendemos hoy por el Ensayo político sobre la Isla de Cuba 11 está compuesto de tres partes diferentes: el texto del Ensayo mismo de 1826, el Análisis racionalizado del mapa de la Isla de Cuba del mismo año y el Cuadro estadístico de la isla de Cuba para los años 1825 y 1829. Las valoraciones y los datos proceden del conocimiento directo de Humboldt, que son el resultado de experimentos realizados, como la medición de la posición de La Habana, recolección de plantas, un análisis del agua y la temperatura, etc., o de la recopilación de numerosos datos y ciertos documentos proporcionados por la élite científica y social de Cuba, así como su propia capacidad de análisis. El panorama histórico-cultural y socio-político de la isla de Cuba que Humboldt nos ofrece fue elaborado basándose en informaciones recibidas después de su estancia y publicado en 1826, es decir, 22 años después de su última estancia en Cuba. En todo este tiempo, Humboldt se mantuvo en contacto con sus amigos cubanos, recopiló informaciones, analizó hechos, estableció relaciones. Como resultado de ello, su libro al publicarse estaba al día y reflejaba la realidad contemporánea de la isla. Como contraste a esta recopilación minuciosa de datos valiosos sobre el país y las diferentes facetas de su realidad -economía, sociedad, agricultura etc.-, debido quizá al carácter de este tratado, el Ensayo apenas contiene informaciones sobre su estancia, viajes por Cuba, actividades o experiencias. Sólo en el último capítulo de esta obra, titulado Viaje al valle de Güines, al Batabanó y al puerto de la Trini-----11 Para informaciones detalladas acerca de las diferentes ediciones, las traducciones y la historia de su recepción, véase: BECK, H. (ed.) (1992) dad, y a los jardines y jardinillos del rey y de la reina, que redactó en parte en forma de relato de viaje, el científico prusiano da informaciones sobre sus actividades en la isla. Entre las pocas reseñas que ofrece respecto a este tema hay, sobre todo, descripciones de tipo muy general o comentarios sueltos que reflejan una impresión momentánea. Así comenta que: «Dos veces he estado en la isla, la una tres meses, y la otra mes y medio, y he tenido la fortuna de gozar la confianza de personas que, por sus talentos y por su situación, como administradores, propietarios, comerciantes, podían darme noticias acerca del aumento de la prosperidad pública. Esta confianza era muy legítima por la protección particular con que me ha honrado el ministerio español; y me lisonjeó también de haberla merecido, por la moderación de mis principios, por una conducta circunspecta y por las clases de mis pacíficas ocupaciones»12. Sobre su alojamiento dice: «Hallamos en la familia de Cuesta, que con la de Santamaría formaba una de las mayores casas de comercio de la América, y en la casa del Conde de O ́Reilly, la hospitalidad más noble y generosa. Nos alojamos en casa del primero y pusimos nuestros instrumentos y nuestras colecciones en el vasto palacio del conde, cuyas azoteas eran particularmente a propósito para las observaciones astronómicas»13. Además de estas informaciones de carácter general, encontramos comentarios ambiguos de Humboldt acerca de su estancia en Cuba, lo que a primera vista puede crear dudas sobre su verdadera postura respecto a ésta. Tales contrastes no se encuentran sólo comparando sus escritos oficiales con los no oficiales, sino también en los propios textos. Esto se observa, por ejemplo, en un comentario -en este caso positivo-que hace sobre La Habana, al momento de llegar al puerto: «No he recorrido conjuntamente con Bonpland, sino las cercanías de la Habana, el hermoso valle de Güines, y la costa entre el Batabanó y el puerto de la Trinidad. (...) La vista de la Habana, a la entrada del puerto, es una de las más alegres y pintorescas de que puede gozarse en el litoral de la América equinoccial, al norte del ecuador. Aquel sitio, celebrado por los viajeros de todas las naciones, no tiene ----el lujo de vegetación que hermosea las orillas del Guayaquil, ni la majestad de silvestre de las costas rocallosas del Río Janeiro (...), pero la gracia que en nuestros climas adorna las escenas de la naturaleza cultivada, se mezcla allí con la majestad de las formas vegetales, y con el vigor orgánico característico de la zona tórrida» 14. Sin embargo, después de estos elogios, en la siguiente página nos ofrece una descripción bastante negativa de la ciudad de La Habana: «Durante mi mansión en la América española, pocas ciudades de ella presentaban un aspecto más asqueroso que la Habana, por falta de una buena policia; porque se andaba en el barro hasta la rodilla; y la muchedumbre de calesas o volantes, que son los carruajes de la Habana; los carros cargados de cañas de azúcar, y los conductores que daban codazos a los transeúntes, hagan enfadosa y humillante la situación de los de a pie» 15. Tales juicios no tienen que ser considerados contradictorios, pero ya que constrastan considerablemente, estas visiones de La Habana hacen pensar que su primera impresión de Cuba fue ambigua. También se pueden explicar estos notables contrastes por la tendencia de Humboldt de describir la naturaleza americana en toda su grandiosidad, concediéndole un cierto protagonismo en sus reflexiones y valoraciones. Lo humano, al contrario, y con ello las ciudades, ocupan un lugar menor y son descritos con menos entusiasmo y más crítica. Ello se puede aplicar en el ejemplo supracitado, la primera cita se refiere más a la naturaleza alrededor de La Habana, mientras la segunda refleja su impresión de la ciudad como tal 16. El juicio de Humboldt sobre las mujeres cubanas, resulta, no obstante, siempre igual: «Nos admiraron de nuevo la alegría y viveza de ingenio de las mujeres de Cuba, igualmente en la provincia que en la capital. Son unos dones felices de la naturaleza a los que el refinamiento de la civilización europea puede dar más atractivo; pero que agradan ya en su sencillez primitiva» 17. 16 Este contraste entre las descripciones que Humboldt hace de la naturaleza y las ciudades americanas lo encontramos descrito con más ejemplos en LUCENA, M. ( 2002 17 HUMBOLDT (1998), p. El Ensayo está en la línea de las obras de Humboldt -es muy completo en los aspectos tratados, contiene informaciones variadas y muestra el enfoque holístico que caracteriza sus investigaciones-, pero la parquedad de descripción de su estancia nos da la idea de que fue, para él, menos significativo el tiempo que pasó en Cuba que la elaboración de datos e informaciones recogidas posteriormente. Tampoco es posible realizar, siguiendo los diarios que se conservan, una reconstrucción de las visitas de Humboldt a Cuba, ya que no existe en ellos -ni para su primera, ni para su segunda estancia-una narración continua y detallada. Lo que sí encontramos son bastante más descripciones sobre su llegada y salida en barco que su estancia en tierra cubana, así como comentarios dispersos que se hallan en capítulos referentes a otras regiones. Antes de analizar las ideas que Humboldt vierte en sus diarios sobre Cuba, se precisa una observación general sobre el carácter de éstos. No constaban de un sólo libro donde apuntase de manera sucesiva sus observaciones e impresiones, sino de diferentes cuadernos para diversas disciplinas, distinguidas por sus colores. A su vuelta a Europa deshizo estos cuadernos a fin de ponerlos a disposición de sus colaboradores, lo que hizo difícil la reconstrucción de los diarios18; es posible, además, que se hayan perdido parte de esos cuadernos. Por lo tanto, Humboldt pudo haber hecho descripciones sobre Cuba que no se han podido encontrar e incluir en la edición de sus diarios. Lo que hallamos es una descripción muy extensa de su viaje de Nueva Barcelona a La Habana (del 24 de noviembre al 19 de diciembre de 1800) -que abarca 30 páginas en la edición de los diarios de Margot Faak19 -, con mediciones y observaciones de todo tipo, ilustradas con diversos dibujos, que termina con la llegada de Humboldt a Cuba en la mañana del día 19; así como una narración de su estancia en la isla desde el momento que salió de La Habana el 5 de marzo del año siguiente -tras haber estado allí durante dos meses y medio-para embarcarse cuatro días después en Batabanó rumbo a Cartagena20. Pero sobre el tiempo que pasó en La Habana y excursiones a sus alrededores, no comenta nada. ----Comienza su descripción con comentarios sorprendentemente negativos, llamando Batabanó «un pueblecito miserable, que sólo desde hace pocos años tiene una iglesia» 21. La Ciénaga, al sur de Batabanó, la describe como «una región terriblemente pantanosa, que sólo tiene hierbas, iridoidea y palmeras de abanico enfermizas» 22. Sigue con diversas observaciones de carácter geológico y mineralógico, reflexiones sobre la existencia de agua dulce en la isla, estudios sobre la temperatura y la composición del agua del mar, y comentarios sobre los cayos; incluye también algunos juicios generales -y algo negativos-sobre la poca población de Cuba y su carácter desierto. Interesante es la referencia a una invitación que tuvieron él y Bonpland en Trinidad en casa del teniente gobernador Vicente y Ulloa, un sobrino del celebre astrónomo don Antonio Ulloa. «un gran convite con comida indigerible, emigrados más indigeribles todavía que se anidaron por todas las partes, y versos horribles, que un doctor teologíae obeso (que a pesar del terrible calor del día estaba vestido de terciopelo) recitaba para elogio mío con una lentitud embarazosa. El teniente gobernador (apenas 180 pesos de ingresos, aunque gobernador de 4 pueblos, Trinidad, Villa Santa Clara, El Puerto Príncipe, y Sancti Spiritus) me dijo de manera muy ingenua, que para sentir vivamente como era el tono de esta ciudad, solo tenía que mirar alrededor de mí; el doctor es un cura malísimo y el más erudito de todos... En la casa de Don Antonio Padrón, la familia más rica, mucha compañía de mujeres, viejas hermanas muy vivas, algo impertinentes. Pero todo demostraba que uno se encontraba en la isla de Cuba. Las mujeres de esta isla tienen una vivacidad, una agilidad, por lo que se distinguen con gran distancia de las criaturas insignificantes e indolentes de los indios de Caracas y Cumaná» 23. A continuación describe los dos puertos que tiene Trinidad, las observaciones y mediciones realizadas por él allí, las grandes y rápidas bajadas de temperatura en los llanos de La Habana 24. Más espacio dedica a los problemas que tiene que enfrentar el resto de Cuba debido al gran tamaño de La Habana y a la corrupción que predomina en esta ciudad, con un gobierno constituido por hacendados y comerciantes. La escasez y la importancia de juicios de Humboldt acerca de estos temas justifica esta cita tan larga: «La industria azucarera alrededor de Trinidad ha aumentado algo, se transportan anualmente unas 4000 cajas de azúcar; pero la tiranía, que La Habana ejerce sobre el resto de la isla, impide toda industria. Como el gobierno reina desde La Habana, y no ve nunca el resto de la isla, como el consulado está formado por hacendados y comerciantes, cuyo interés es que sólo florezca el comercio de La Habana, no se permite que barcos neutrales entren y carguen aquí, a pesar de que el permiso real incluye todos los puertos. Se pretende que el contrabando sería demasiado grande, como si en alguna parte se pudiese hacer más contrabando de Providence y Jamaica, de lo que hace la clase de hombres más ricos en La Habana desde Batabanó; en La Habana, donde por dinero se pueden conseguir todo tipo de papeles de exportación, certificados como si uno hubiera cargado productos españoles, como si uno tuviera hierro y esclavos, papeles que son transferidos de un barco a otro... Por esto, debido a la falta de recogida, en Trinidad el azúcar no tiene precio; se acumula, mientras el hacendado en La Habana recibe el dinero para sus productos ya antes de cosecharlos. El gran tamaño de La Habana tiene la culpa de que el resto de la isla sea un desierto. Desde Trinidad la desesperación hace que los pobres hacendados en tiempo de paz lleven su azúcar a La Habana a pesar de los gastos de transporte, vía Batabanó por tierra o por el Cabo San Antonio. Esa misma es la situación del Puerto Príncipe, de Santiago de Cuba... Se está pensando, poner inmediatamente una queja en tiempo de paz en Madrid... pero los familiares de los hacendados de La Habana, o sea el partido contrario, son los más ricos, los más prestigiosos, los más hábiles... Aparte de la injusticia es también poco político. El alto precio de todos los alimentos que mata a la industria, el encarecimiento del sueldo, la imposibilidad de defenderse como ciudad militarmente durante mucho tiempo, el lujo, la inmoralidad, la inclinación por novedades impetuosas, la fiebre amarilla -males que proceden una población artificialmente grande, donde dentro y fuera de los muros viven unos 110.000 habitantes, mientras toda la isla tiene 300.000 (entre ellos 50.000 esclavos). Cuantas veces más sabio sería preparar varios puntos centrales en la larga isla...» 25 ---- Respecto a su segunda estancia en Cuba encontramos un corto, pero muy interesante, comentario al principio de su descripción de la salida de La Habana rumbo a Filadelfia: «Salimos el 29 de Abril de 1804, todos muy poco contentos con nuestra segunda estancia en La Habana. Este lugar nos parecía agradable en el año 1800, cuando venimos de la soledad del Orinoco. Nos parecía poco interesante, al llegar ahora de México, donde a lo mejor hay algo menos de libertad de pensamiento (si uno puede osar reconocer diferencias más allá del «infinitamente pequeño»), pero por lo menos, importantes instituciones científicas. En La Habana todas las conversaciones giran en torno al gran problema, cómo se puede producir en un día con el menor número de esclavos la cantidad más grande de pilones de azúcar; porque el marqués X, que es favorecido por los comerciantes, vende su azúcar por 17 a 19 pesos, mientras otro solo lo vende por 14 a 16 pesos. De ello resulta nada más que un cuadro de números, no existe ningún interés técnico, ninguna idea física, ninguna investigación de las causas... A continuación sigue la extensa descripción del viaje a los Estados Unidos, interrumpida sólo por unas pocas reflexiones de tipo geográfico acerca de Cuba. 27 En las descripciones de Colombia que realiza en sus diarios incluye reflexiones acerca de Cuba, que se refieren en primer lugar a su administración colonial y las consecuencias sociales de ello. «De dos a tres grandes haciendas en la isla de Cuba, producen evidentemente tanto azúcar como las muchas familias que viven dispersas en el valle de Guaduas. Pero esas 2 ó 3 haciendas caen en la ruina por el derroche o por la muerte de 2 ó 3 personas. (...) Además, una hacienda de caña, asentada en la isla de Cuba, no produce casi nada excepto azúcar. Sin carne de Barcelona y Buenos Aires muere de hambre la isla de Cuba. Ella depende de factores externos. La familia que cultiva azúcar en pequeñas cantidades, siembra al mismo tiempo su conuco, y se alimenta a sí misma. (...) La isla de Cuba, o más bien, las 100 leguas cuadradas que están sembradas con caña de azúcar, entre La Habana, Matanzas y Batabanó lo mismo que muy cerca de Trinidad y Santiago de Cuba, producen anualmente 3'200.000 arrobas de azúcar (en 1810 la Habana exportó 142.000 cajas de 16 arrobas que valen 40 pesos). La mayor parte de esta monstruosa suma se reparte entre unas 30 familias. Estas viven disipadamente... y la isla es un desierto cubierto de selva desde Batabanó y Matanzas hasta Jagua, Villa Clara y Santiago de Cuba. Qué distinto sería si la Isla Cuba produjera solo 1/6 de los 3 millones de arrobas en pequeñas haciendas de gente libre. Cuarenta y cien familias podrían vivir holgadamente de este ingreso que ahora despilfarra una sola. Qué diferente sería la población y el cultivo de la isla Cuba. Pero la costumbre vence y la gente está convencida en forma apodíctica que la felicidad de una isla de las Indias Occidentales reside en la cantidad de esclavos y del azúcar que produce, no en la cantidad de brazos libres activos, no en la mayor cantidad de felicidad doméstica de muchos (...)» 28. Lo que destaca aquí es que Humboldt no sólo se limita a criticar lo encontrado, sino que basa sus criticas en estudios profundos y propone, además, soluciones que le parecen más humanas. Como hemos visto, Humboldt nos trasmite en sus diarios una imagen de Cuba, y en particular de La Habana, en parte de carácter negativo. Estos juicios se encuentran enteramente en la línea de su pensamiento y, por lo tanto, parecen reflejar su verdadera imagen de esta isla y su sociedad. Hay que considerar que estos comentarios críticos se refieren a la sociedad colonial de entonces, ya que lo que critica es su administración, el sistema esclavista, la injusticia social, la falta de preocupaciones intelectuales de la élite cubana, las malas condiciones de trabajo de los obreros, etc. Además, especialmente en Cuba, Humboldt se relacionó casi exclusivamente con la élite colonial, moviéndose en el ambiente de los grandes hacendados y azucareros; son éstos los aspectos de la sociedad colonial con los que se enfrenta y los que destaca en sus escritos más privados como son los diarios. Por razones evidentes, comentarios de este estilo no se hallan en su introducción, ni en su narración del viaje, la Relation historique, ni en su Ensayo sobre Cuba. Además de estos comentarios, que por su carácter narrativo o descriptivo han sido incluidos en la edición de los diarios realizada por Margot Faak, existen varias hojas con datos sobre Cuba y especialmente La Habana, que no han sido publicadas todavía 29. Se trata sobre todo de mediciones astronómicas y geográficas de La Habana, San Antonio de los Baños y el cafetal El Fondadero 30, así como de apuntes suyos donde compara sus propias mediciones de distintos puntos de La Habana con las que habían obtenido otros científicos como Cosme Damián Churruca y Elorza, José Joaquín Ferrer y Cafranga, Dionisio Galiano o también Cristobal Colón 31. Estos documentos por lo tanto no aportan nada nuevo a la visión humboldtiana respecto a esta isla caribeña, pero sí demuestran su interés científico por llevar a cabo sus habituales mediciones o constrastes también en Cuba. ----29 Una lista de todo el material no publicado hasta ahora se encuentra en: FAAK, Margot (2002), Alexander von Humboldts amerikanische Reisejournale. Al hacer un análisis de los comentarios de Humboldt sobre su estancia en Cuba, que se encuentran en las cartas enviadas desde América, debe recordarse el hecho de que la probabilidad de que tales cartas llegaran a su destino en aquellos tiempos no era tan alta como hoy, y menos todavía en las condiciones y desde los sitios en los que Humboldt enviaba muchas de ellas. Él mismo se queja en varias ocasiones de que una parte de sus cartas se había perdido por el camino. Otro factor es que tampoco se conservan hoy en día todas las cartas recibidas por sus destinatarios, ni se han publicado todas; y, por último, de las que llegaron y se conservaron y fueron publicadas, no tenemos certeza de que estén completas o sólo sean extractos de ellas, o se haya recortado, por el motivo que sea, algún comentario de Humboldt. De ahí, que el análisis de las cartas no pueda ser otra cosa que un simple acercamiento a nuestra pregunta. Se han podido encontrar sólo dos cartas de las que Humboldt escribió durante su primera estancia en Cuba. Ambas fueron dirigidas al botánico alemán Karl Ludwig Willdenow 32, pero prácticamente no contienen informaciones sobre sus actividades o contactos en esta isla. En la primera -muy extensadescribe a Willdenow las cajas de plantas que había mandado a Europa, sus planes para la publicación de sus investigaciones, su encuentro con el viajero inglés Fraser y el viaje realizado hasta este momento. La segunda carta parece haber sido bastante corta -si no se trata de un extracto-y contiene solamente la información del envío realizado de una colección de plantas seleccionadas, con algunas instrucciones referentes a ellas. De otra, dirigida a su hermano Wilhelm von Humboldt, sabemos por un comentario que Alexander hace en referencia a ella en su siguiente carta 33, que no llegó nunca. Como las cartas destinadas a su hermano solían ser más bien largas y con descripciones e informaciones detalladas, es de suponer que esta misiva perdida sí contenía un comentario acerca de su estancia en Cuba. En la mencionada carta a su hermano enviada desde Cartagena de Indias, Humboldt sólo da una descripción extensa de su salida de Batabanó para Car-----32 Estas cartas, mandadas el 21.2.1801 y el 4.3.1801 desde La Habana, están publicadas en MOHEIT, U. (ed.) (1993), Alexander von Humboldt. La primera está también incluida en su traducción española en MINGUET, Ch. (ed.) (1980), Alejandro de Humboldt. Cartas Americanas, Venezuela, Ayacucho, pp. 73-78. 33 Carta enviada el 1 de abril del mismo año desde Cartagena de Indias, en MINGUET (1980), p. 78. tagena el 8 de marzo y menciona los dos días que pasó en Trinidad. Allí hace énfasis de nuevo en los acontecimientos y actividades ocurridos durante esta navegación. Su extensa descripción incluye sólo dos comentarios bastante positivos acerca del paisaje. Hablando de las cercanías de Trinidad, comenta: «pasamos dos días agradables en una bella y romántica región» 34. La siguiente epístola que contiene informaciones sobre su estancia en Cuba es otra dirigida unos meses más tarde a su hermano 35. En ella Humboldt ofrece un resumen de la parte de la expedición realizada hasta entonces, donde incluye una referencia al tiempo pasado en Cuba. «Llegamos a La Habana en diciembre, después de una travesía muy tormentosa y muy larga, de un mes y medio, durante la cual casi naufragamos en los arrecifes del banco de la Víbora, al sur de Jamaica. Allí pasamos tres meses (hasta febrero 1801), sea en la casa del conde Orelly, sea en el campo, en casa del conde Jaruco y del marqués del Real Socorro. (...) Entonces me embarqué en Batabanó (Cuba); pero como por culpa de la incredulidad del piloto respecto a mis instrumentos, fuimos a dar al golfo del Darién, no llegamos a Cartagena, sino 35 días después (de otro modo la travesía dura apenas 14 días), el 1o abril 1801, no sin gran peligro (...).» 36. Como vemos, de nuevo le concede mucha más importancia a la travesía de Batabanó a Cartagena que a la descripción de sus actividades en la isla. También puede sorprender el hecho de que Humboldt, quien normalmente da informaciones, resultados de investigaciones y, sobre todo, impresiones y criterios personales sobre los sitios que visita, referente a Cuba sólo brinda las noticias imprescindibles acerca de las fechas y de las personas en cuya casa estuvo. Otra carta donde recoge una parte de sus investigaciones realizadas en la isla es la que dirige a Manuel de Espinosa y Tello desde México 37. En ella le describe sus mediciones astronómicas y, detalladamente, los respectivos resultados de varios sitios, entre ellos diferentes lugares en el sur de Cuba. Acerca de la segunda estancia de Humboldt en esta isla en la primavera de 1804, hemos podido localizar cuatro cartas enviadas desde allí. De la primera, enviada desde Güines a Jean Antoine Chaptal, lamentablemente sólo tenemos ----34 Idem. Lo mismo pasa con una carta 39 mandada desde La Habana a su hermano Wilhelm, de la que sabemos por un comentario que hace este último en otra misiva dirigida a Christiane von Haeften. Lo único que conocemos de su contenido -por lo que comenta Wilhelm-son los planes para la parte de la expedición que quedaba en este momento por realizar (estancia en los Estados Unidos y vuelta a Francia) 40. También a Christiane von Haeften manda Alexander una carta desde La Habana, donde sólo se limita a expresarle su dolor por la muerte de Reinhard, el marido de aquélla, pero sin hacer comentarios sobre su estancia en Cuba 41. La última carta encontrada la redactó para José de Espinosa y Tello, el hermano antes mencionado, y al igual que la dirigida a éste, aparte de una breve referencia al recorrido de su expedición contiene casi exclusivamente informaciones de tipo astronómico. En ella comenta Humboldt que en el año 1801 había realizado muchas observaciones de longitud y latitud desde Batabanó hasta Trinidad y en los Jardines de los Reyes, y le ofrece los resultados de estas mediciones, comparadas en parte con las observadas en México 42. Con su vuelta a Europa continúa con su costumbre de redactar largas cartas, llenas de impresiones, para informar a sus amigos de su regreso en buenas condiciones, pero que no contienen informaciones sobre su estancia en Cuba. Demasiado importante era para él el hecho de haber vuelto sano a Europa, trás una ausencia de cinco años. Por otra parte, había tenido demasiadas sensaciones en poco tiempo -su vuelta a Cuba, la estancia en Filadelfia y, finalmente, el término de su expedición con su regreso a Europa-para poder elaborar estas impresiones debidamente. Como vemos, estas cartas no ofrecen informaciones relevantes sobre la primera y segunda estancias de Humboldt en Cuba, ni aclaran las dudas que surgen al estudiar las cuestiones tratadas en este trabajo. Así, por ejemplo, resulta significativo que en ninguna carta se encuentren sus impresiones personales sobre esta isla caribeña, ni tampoco -y es lo que más destaca-que no se refleje su opinión sobre el tema que tanto le ocupó durante su estancia allí: la esclavitud. Suponemos que Humboldt consideró inoportuno, o no recomendable, comentar estas reflexiones por cartas. Resumiendo, se puede decir que es hasta cierto punto justificable la ausencia de descripciones en las cartas de Humboldt acerca de sus actividades en la ----38 Carta del 27.3.1804, referencia en MOHEIT (1993), p. Habría estado muy ocupado con el envío de sus colecciones, la preparación de su visita a los Estados Unidos y la finalización de su gran expedición. Pero no deja de provocar asombro la falta de descripciones más detalladas o de sus impresiones personales sobre su primera visita en la isla, si se comparan con los largos relatos de su estancia en Venezuela. Humboldt da una visión bastante superficial de sus estancias en la isla caribeña -similar a la que brinda en otros textos oficiales (con excepción del Ensayo)en una de las memorias autobiográficas que redactó a lo largo de su vida en distintas situaciones, el relato de su expedición americana que entrega a la American Philosophical Society de Filadelfia durante su visita a los Estados Unidos a finales de este viaje, en mayo y junio de 1804 43. Acerca de su primera estancia en Cuba se limita a comentar sus investigaciones científicas, a pesar de que, como sabemos, éstas no constituían allí su preocupación primordial. «Humboldt permaneció tres meses en la isla de Cuba, donde se ocupó de medir la longitud de la Habana y de la construcción de hornos en los Ingenios, que después se han extendido mucho» 44. No es sorprendente que obvie el tema que tanto le había impactado en Cuba: la esclavitud, pues este resumen de su viaje estaba dirigido en primer lugar a los lectores de Estados Unidos. A continuación hace énfasis -al igual que en las fuentes ya mencionadas-en las condiciones de su partida y en las mediciones realizadas: «Humboldt salió de Batabanó en marzo de 1801, costeó el sur de la isla de Cuba, donde determinó varias posiciones astronómicas. La falta de viento alargó mucho esta navegación, las corrientes llevaron la pequeña goleta demasiado al oeste hasta la embocadura del río Atrato» 45. Las informaciones que nos facilita en este documento en relación con su segunda estancia son más rudimentarias todavía: «Tras una corta estancia en Jalapa, por fin se embarcaron en Veracruz con rumbo a la Habana. Recogieron las colecciones que habían dejado en 1801 y tomaron la vía de Filadelfia para volver en julio de 1804 a Francia, después de 6 años de ausencia y de trabajos.» 46 En resumen, se puede constatar que la descripción que ofrece Humboldt en esta fuente no tiene mucho que ver con la realidad de sus estancias en Cuba y, por lo tanto, refleja más bien cómo él quería que se vieran en los Estados Unidos sus actividades realizadas en la isla. INTERPRETACIÓN DE LA ESTANCIA DE HUMBOLDT EN CUBA A PARTIR DE SUS Debido a lo escueto de las descripciones de Humboldt sobre sus estancias en Cuba, resulta algo difícil y especulativo reconstruir su recorrido por la isla. Como ya se dijo, tanto en sus escritos oficiales como en los no oficiales, concede relativamente más importancia a la llegada en barco a La Habana y a la salida desde Batabanó a Cartagena, que a la descripción de sus estancias en Cuba. Lo que más podría interesarnos, es decir, el tiempo que pasó en La Habana, sus actividades, contactos e impresiones, y sobre todo, sus opiniones sobre la sociedad esclavista en la que se encontró, no se hallan ni en sus cartas, ni en su narración del viaje, ni apenas en su diario. Soló en su Ensayo dedicó largos comentarios a la esclavitud y criticó duramente este sistema inhumano. Por ello podemos preguntarnos: ¿qué es -aparte de lo dicho-lo que le interesó de Cuba, y especialmente de La Habana y sus alrededores? Lo que él mismo dice respecto a las investigaciones científicas que realizó durante su estancia. Simplemente se pueden encontrar comentarios sueltos, más o menos extensos, sobre aspectos puntuales. Así, nos comenta que pasaron «los meses de diciembre, enero y febrero en hacer observaciones en las cercanías de la Habana y las hermosas llanuras de Güines» 47; que allí tratan de reunir noticias ----46 Ibidem, p. 120. exactas acerca de los elementos numéricos de la fabricación del azúcar de caña 48, y que en Güines y particularmente en Río Blanco, en casa del conde de Mopox, hizo «el ensayo de muchas construcciones nuevas, con el fin de disminuir el gasto del combustible, de rodear el hogar de substancias que conducen mal el calor, y conseguir que los esclavos sufriesen menos atizando el fuego» 49. Nos comenta, además, en varias ocasiones sus observaciones astronómicas para averiguar la longitud de La Habana, que en aquella época estaba equivocada en más de 1 1/5 de grado. Algunas informaciones más detalladas sobre sus viajes por Cuba y el carácter de sus actividades científicas -sobre todo lo que se refiere a su estudio de los cocodrilos y caimanes existentes en la Ciénaga de Batabanó-se encuentran en el ya mencionado último capítulo del Ensayo. Al estudiar sus apuntes sobre Cuba, da la sensación que durante su estancia, Humboldt muestra relativamente menos interés por las investigaciones y mediciones que realiza, que por su participación en la vida social de la aristocracia cubana, y que asociaba estas estancias más bien con objetivos de carácter político, social y humanista que con fines científicos. La elaboración científica se llevó a cabo mucho después con la redacción de su Ensayo, si exceptuamos su recolección de plantas para editar la Flora Cubae Insulae, y la redacción de un breve escrito llamado Noticia mineralógica del cerro de Guanabacoa. Este último trabajo realizado durante su segunda estancia en La Habana, a petición de la habanera Sociedad Económica de Amigos del País que quería aprovecharse del talento y los conocimientos del célebre viajero prusiano, para que la informara sobre el valor minero de los cerros de Guanabacoa, próximos a esa ciudad. 50 La reconstrucción de las ideas de Humboldt, 200 años después, inevitablemente da lugar a cierto carácter especulativo. En este caso se podría pensar que, antes de su primera llegada a Cuba, Humboldt había vivido en circunstancias muy sencillas en Venezuela -sobre todo durante su navegación en los ríos-y que ahora disfrutaba de condiciones acomodadas entre la aristocracia cubana, que con sus reuniones, cenas elegantes y tertulias de salón, en cierto sentido pueden haberle recordado la vida que había llevado antes de su expedición. También hay que tomar en cuenta que en Cuba, Humboldt podía presentarse por primera vez en sociedad como famoso viajero-explorador -antes en Madrid sólo tenía proyectos, ahora había realizado parte de ellos -y que te-----48 Ibidem, p. 50 Ibidem, pp. 399-402. nía temas para entretener a la sociedad habanera; de esta manera se dejó integrar en las preocupaciones de la élite colonial cubana, que, como él mismo señala-consistían principalmente en la producción de azucar y la esclavitud. Esta sociedad esclavista -completamente opuesta a sus convicciones humanistas-le sorprendió tanto que le hizo ocuparse mentalmente de ese tema y de sus posibles soluciones. En este contexto surge la pregunta: ¿porqué tardó Humboldt 22 años desde su vuelta a Europa en redactar su Ensayo sobre Cuba? Una posible explicación de carácter especulativo es que sus ideas sobre Cuba -basadas fundamentalmente en la abolición de la esclavitud y en una reforma del sistema económico y político-no podían ser publicadas de esta manera, si se quería evitar un conflicto tanto con el gobierno español como con la administración colonial de la isla. Según este criterio, sólo era factible una publicación después de obtener datos e informaciones complementarias de sus contactos y amigos en Cuba a lo largo de los años, para no limitar sus conclusiones a observaciones iniciales. Comparando sus descripciones de tipo oficial con las no oficiales sobre Cuba, vemos con rapidez lo especial del caso del país caribeño. Contrasta considerablemente que incluya pocas informaciones en sus diarios y cartas respecto a la isla, y luego le dedique un libro entero; algo que no hace por ejemplo con Venezuela, que parece haberle llamado más la atención dada la cantidad de descripciones e informaciones detalladas que nos deja. Si queremos, por tanto, analizar las diferencias que se hallan en los escritos oficiales de Humboldt -en este caso la Relation historique y el Ensayoy los escritos de carácter privado -sus cartas y diarios-, nos encontramos con el problema de la escasez de comentarios en sus apuntes no oficiales. Por esa razón dicho análisis no ha podido realizarse en la envergadura que hubiéramos deseado. Lo que sí destaca a primera vista es que los juicios de Humboldt sobre la sociedad y el paisaje de Cuba, que aparecen en la Relation historique y el Ensayo -posteriormente redactados-se diferencian de manera considerable de la reacción espontánea y en parte bastante crítica de los diarios. En estos últimos Humboldt muestra, en general, una visión de Cuba más bien negativa; sus cartas, sin embargo, no aportan los juicios instantáneos y honestos respecto al tema, que se esperaba de esta fuente. La explicación parece estar en su rechazo al sistema esclavista, además de la supuesta falta de inquietudes científicas de la élite colonial, como demuestran sus comentarios en los diarios, y el estado de desorden en que encontró La Habana. Analizando bien la Cuba de su época, se puede comprender per-fectamente la crítica social que recoge en sus diarios, así como la que hace a la administración colonial y a la organización de la agricultura. Sus comentarios negativos respecto al desarrollo de las ciencias, al contrario, pueden resultar algo sorprendentes, ya que indudablemente había una actividad científica en la Cuba de entonces -aunque posiblemente menor que en otras regiones de la América Española. A la vista está además, que su Ensayo sobre Cuba fue elaborado con datos e informaciones proporcionadas en parte por sus contactos cubanos, de lo que se deduce que sí había preocupaciones en este campo. De todas maneras llama la atención que varios de los aspectos que critica de La Habana, seguramente no eran muy diferentes en otras capitales americanas que visitó, aunque no hiciera esta crítica de modo tan tajante. Tal postura sobre Cuba pudiera deberse a su rechazo profundo de la sociedad esclavista y capitalista que allí encontró, así como su preocupación por el desarrollo científico. En su obra sobre México, parece reafirmar esta primera impresión: son susceptibles y esperan mejoras progresivas, las otras una reforma total capaz de ponerlas en armonía con el espíritu del siglo y las necesidades de la sociedad 52 ». En su descripción de Cuba se manifiestan notables diferencias entre la impresión que nos transmite de la primera y de la segunda visita. Este contraste destaca sobre todo en sus reflexiones expresadas en los diarios, la fuente más auténtica para revelar su verdadero pensamiento. El factor importante para una percepción tan distinta de la misma región parece ser el punto de referencia que tiene en cada caso. Como ya hemos visto, Humboldt comenta que de su primera estancia en la isla -después de conocer la selva de Venezuelale había quedado una impresión bastante mejor que de la segunda estancia, donde comparó a Cuba con México en los aspectos científicos y culturales, quedando en desventaja la isla. Analizando los estudios realizados hasta nuestros días sobre la estancia y las actividades de Humboldt en Cuba -sobre todo de Cuba, España y Alemanianos preguntamos, ¿cuáles son los temas y aspectos principales investigados y descritos en los numerosos trabajos sobre Humboldt y esta isla caribeña? A primera vista vemos que los temas tratados o por lo menos mencionados en casi todas estas publicaciones son: • La actitud de Humboldt sobre la esclavitud en Cuba y las valoraciones de carácter general referentes al humanismo de Humboldt. • La prohibición de su obra en Cuba y la polémica por la traducción mutilada del Ensayo efectuada en 1856 por el esclavista y anexionista J. S. Thrasher 53. • Sus intereses por las haciendas azucareras (visita, informaciones para una mejora de esta industria). • Los homenajes recibidos por Humboldt en Cuba. Al contrario, los temas que quedan por tratar o profundizar todavíaanalizando, entre otras cosas, los posibles motivos por los que no han sido estudiados-podrían ser los siguientes: • Un análisis de más profundidad de sus relaciones generales (colaboradores científicos y contactos personales) en Cuba y estudiar el papel que es-----52 HUMBOLDT (1998), p. 53 Una descripción detallada de estos hechos y las circunstancias políticas que llevaron a ello encontramos en BECK (1992), pp. 252-260. tas personas tenían en la Cuba de entonces, sus actividades, sus interconexiones etc. 54. • Un estudio crítico y de más profundidad de sus comentarios e informaciones reseñadas en los diarios. • La cooperación entre Cuba y la RDA en la investigación humboldtiana 55. • Un detallado estudio de su recorrido por Cuba. Resumiendo este análisis historiográfico de las estancias de Alexander von Humboldt en la isla de Cuba, nos enfrentamos con dos acontecimientos que a primera vista pueden parecer contradictorios. Por un lado, en Cuba al explorador prusiano se le atribuye una gran fama como segundo descubridor y se destacan sus méritos como precursor de las ciencias e instituciones científicas. Esto contrasta con el hecho de que durante sus estancias aquí, Humboldt prestó poca atención a Cuba en sus escritos privados, es decir, en sus diarios y cartas. Incluso, como hemos observado anteriormente, en estos últimos se recogen opiniones bastante negativas respecto a la sociedad cubana. En la investigación humboldtiana han nacido diversas teorías sobre su aparente escaso interés por Cuba en el momento del viaje y que no parece haber apreciado realmente lo que vio en la isla antillana. Según estos planteamientos, el interés de Humboldt por este país caribeño, que demuestra con la dedicación de su famoso y detallado análisis político-social y económico, es posterior a la independencia de las demás colonias españolas en América y está relacionado con el significado que esta isla iba a tener para la metrópoli 56. Por otro lado, como hemos comentado en la introducción de este trabajo, es contrastante que Humboldt no escribiese mucho sobre sus actividades y ----54 Para evitar algunos errores que siempre se repiten en la historiografía sobre su estancia en Cuba, por ejemplo el varias veces comentado encuentro con Alejandro O ́Reilly no fue posible, ya que éste se muere antes de que Humboldt llegara a Cuba (1725-23.3.1794). Se trataba de su hijo Pedro Pablo O ́Reilly. 55 Sería importante analizar en este contexto el papel de la RDA, para ver hasta qué punto en este proceso se puede constatar una influencia por parte de la república socialista de Alemania, ya que en estos años se realizaron muchas colaboraciones y proyectos de hermanamiento en la investigación humboldtiana. Un trabajo inicial que aborda estas relaciones es el de GARCÍA GONZÁLEZ, A. (2002), «Reconocimientos y homenajes a la obra cubana de Alejandro de Humboldt», en GOMEZ (2002), pp. 207-225. Der «Geschichtsschreiber von Amerika», die Massensklaverei und die Globalisierungen der Welt», Humboldt im Netz [URL], 3 y 4, revista de internet, Berlin/Potsdam. estancias en Cuba, y en cambio le dedicase todo un tratado teórico y sociológico; algo que sólo realizó también con México, pero no con otras regiones visitadas por él durante un periodo más largo de tiempo. Al querer encontrar explicaciones a estos hechos, nos encontramos ante la dificultad de reconstruir acontecimientos y reflexiones sucedidas hace dos siglos. Una parte de la investigación por lo tanto sólo puede basarse en especulaciones, sin tener mucha certeza de ello. Por otra parte, los diarios de Humboldt, gracias a la edición de Margot Faak, ofrecen nuevos impulsos a la investigación humboldtiana y, en particular, dan un giro interesante al estudio de sus estancias en Cuba. Al integrar las reflexiones más privadas de Humboldt, redactadas en el momento que las vivió y no a la distancia de más de dos décadas, y sin la «censura» provocada por su deseo de no enfrentarse con el gobierno colonial español ni con sus contactos con la élite cubana, nos proporciona una imagen diferente -o tal vez más rica-de su impresión sobre esta isla de las Antillas que la que podemos construir sólo a partir de su narración del viaje y de su Ensayo.,
Santiago Ramón y Cajal fue un inteligente viajero. Nacido en un pequeño pueblo dependiente de Navarra desde siglos atrás, pasó su infancia y juventud en el Alto Aragón. Sus estudios y su puesto de profesor lo llevaron por algunas de las más importantes universidades españolas, muy sabias en ciencias médicas, Zaragoza, Valencia, Barcelona y Madrid. Luego sus investigaciones le permitieron viajar por ilustres universidades de Europa y América. Advirtió que la española no era sino una fábrica de títulos, en la que la investigación era imposible. Necesitó estudiar y trabajar en otros lugares -incluso en su domicilio o en cafés-y conseguir fondos de otras instituciones, como la diputación de Zaragoza tras su informe sobre el cólera de Valencia. En sus viajes vio que la moderna universidad permitía la vida académica, es decir la convivencia y la investigación. Tras el desastre del 98, como un regeneracionista más, decidió emplear sus fuerzas en la mejora de la cultura científica. Tal como Costa quería, la escuela era -junto a la despensaesencial factor de renovación. Para ello propone una serie de medidas -tomadas de la I.L.E. y de sus viajes-para la mejora de la cultura científica, en especial dar pensiones para ir a formarse al extranjero. Además quiso que se fundaran centros de investigación en los que se pudiera seguir la tarea tras la vuelta de los laboratorios extranjeros. La educación y la ciencia eran las armas para enderezar una nueva nación. Instituto Nacional de Física y Química -con fondos de la Fundación Rockefeller-redondearía los intentos. En el extranjero surgen la Escuela de Roma o la Institución Cultural Española. Estudiar, investigar y convivir eran las tres normas que Castillejo y la J.A.E. retoman de la Institución Libre de Enseñanza. La Residencia de Estudiantes refleja muy bien esas ideas, pues en ella se habitaba para vivir, leer y saber. Los consejos de Giner se siguieron y se creó una institución puntera en la historia de la ciencia española. De ella y de las otras instituciones partieron brillantes ideas para configurar la nueva ciudad universitaria madrileña. Con motivo del aniversario, magníficos especialistas han aportado en las páginas de Asclepio sus diversas visiones sobre esta notable institución. Sin pretender proporcionar un panorama completo, desde luego imposible, se han tenido en cuenta tanto las orientaciones institucionales, como las realizaciones científicas. La voluntad pedagógica de Santiago Ramón y Cajal y la formación científica de la mujer, la creación de algunos de los más notables laboratorios como el de fonética o los de las Residencias, algunas ciencias como la psicología, la genética, la neurociencia o la biología evolutiva, se han estudiado en una institución puntera que se enmarca en la ciencia española anterior y posterior a la guerra civil. Pisoteada por la guerra y sus consecuencias, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas retomó su antorcha. Primero de forma bien diferente, hoy cien años después recordando sus obras y aprendiendo de sus lecciones. Convertida en cruel caricatura en la primera etapa del C.S.I.C., muchos de sus valores han podido ser rescatados gracias a los esfuerzos de sus investigadores y a la entrada de España en la democracia europea. Sirva este homenaje para recordar a tantos y tantos sabios que quisieron mantener viva la llama de la ciencia entre nosotros o, más allá de las fronteras, en un difícil y brillante exilio.
A finales del siglo XIX el auge de las sociedades y de las revistas ocultistas en Alemania era más que notable. Por eso llama la atención el silencio de la psiquiatría ante los casos de apariciones de fantasmas que a menudo se hacían públicos. Tomando como referencia dos de estos casos se intenta comprender los motivos de tal silencio. La tesis del artículo es que una disciplina que buscaba legitimarse científicamente decidió no «contaminarse» con asuntos que la ciencia y la medicina consideraban dudosos. Sólo a partir de la Primera Guerra Mundial tales fenómenos empezaron a ser objeto de interés en la medida en que podían considerarse casos patológicos ejemplares. Las últimas décadas del largo siglo XIX suelen asociarse, y no sólo en relación con el ámbito científico, a las ideas de modernización y de prestigio creciente de la ciencia. Desde un punto de vista general, el progreso científico en este período histórico presenta una claro predominio en el campo de las ciencias naturales. Según una impresión espontánea y poco informada no cabría imaginar la posibilidad de apariciones de espíritus y fantasmas en la Centroeuropa fin-de-siècle, y aún menos que estas pudiesen constituir un tema de conversación entre científicos. Y sin embargo, como sabemos, lo que podemos encontrar es precisamente lo contrario. La investigación especializada pone de relieve que precisamente en el siglo XIX, como ha demostrado Sawicki 1, en todas las capas sociales estaba presente la creencia en un mundo de espíritus, así como en las múltiples posibilidades de ponerse en relación con este mundo de espíritus y fantasmas, o de lo suprasensible, e incluso de interpretarlo y enseñorearse de él. Precisamente desde la mitad del siglo XIX las denominadas «sesiones espiritistas» acreditan su presencia de manera acentuada, ya sea con la colaboración de los llamados médiums, a través de los cuales se entra en contacto con los muertos, o mediante la hipnosis, que permite también superar la distancia en el espacio. Por otro lado, la fe en el progreso, fuertemente arraigada en las ciencias naturales, apenas va a verse afectada en el campo científico. Apenas hace falta advertir que existen relatos más antiguos acerca de fenómenos paranormales, suprasensibles etc, «inexplicables» en el contexto de la época. El magnetismo animal, el hipnotismo y el espiritismo no representan el inicio de esta historia, ni siquiera si limitamos el marco de estudio al siglo XIX 2. Y desde luego esos fenómenos han con-----1 SAWICKI, D. (2002). Deseo manifestar mi agradecimiento por una serie de datos y por la discusión sobre el manuscrito a Luis Montiel, Madrid, Günter Gödde y Johann Georg Reicheneder, Berlin, Barbara Wolf-Braun, Bonn/Frankfurt, y Nils Freytag, München. MONTIEL, L.; GONZÁLEZ DE PABLO, A. (eds.) (2003). Estudios sobre la historia del magnetismo animal y del hipnotismo. 3 Justinus Andreas Christian Kerner, medico y poeta tardorromántíco afincado en Weinsberg, en la Alemania meridional, es considerado por la investigación actual también tinuado a lo largo del siglo XX, en el que escritores como Thomas Mann se aproximaron a ese tema o se dejaron hipnotizar 4, tema éste que desborda el marco cronológico de este artículo. El presente trabajo está centrado en los años del siglo XIX que siguieron al fastigio del mesmerismo 5 en su primera mitad y al fenómeno de las mesas giratorias, en boca de todo el mundo en la mitad del siglo, y especialmente en la medicina de esos años. En el contexto médico el fenómeno de las apariciones se sitúa en el entorno de los especialistas en trastornos psíquicos, neuropatólogos, neurólogos y psiquiatras, de los alienistes y psychiatres, o de los mad doctors, que se ven obligados a confrontarse con esta cuestión 6, o más ---como espiritista (creyente en la existencia de espíritus), e incluso como visionario y estudioso de los espíritus, pues se ocupó, con fines de investigación, de la observación de espíritus y demonios: BÖHM, R. (1992), «Kerner, Justinus Andreas Christian», en: Biographisch-Bibliographisches Kirchenlexikon, Bd. El propio Kerner fue curado de una dolencia de estómago por el magnetizador Eberhad Gmelin. Sus descripciones, desde 1825, de la «vidente» Friederike Hauffe, nacida Wanner en Prevorst, un pueblo de la Selva Negra, a la que Kerner visitó y trató miles de veces «magnéticamente» (a la manera de Franz Anton Mesmer, 1734-1815), irritaron parcialmente a sus contemporáneos, especialmente a los que profesaban una orientación cientificonatural. Kerner era de la opinión de que entre el 'reino de lo humano' y el 'reino de los llamados espíritus' existían puntos de contacto. Entre las publicaciones más conocidas de Kerner se encuentran las Blätter aus Prevorst y Magikon. Su Kernerhaus representó el punto central de la «escuela poética de Suabia». Para delimitar la figura de Kerner véase también lo que escribe Luis Montiel sobre las Mittheilungen aus dem magnetischen Schlafleben der Somnambule Auguste K. in Dresden (1843) en: MONTIEL, L. (2005) A symbolic defence of animal magnetism: A copperplate engraving by Ludwig Richter as the frontispiece of the account of the somnambulist Auguste K. ( 1843 6 El grupo profesional de los psicoterapeutas debe tratarse aparte. Naturalmente, no todos los psicoterapeutas eran médicos formados profesionalmente. Existía, pues, un campo de batalla particular y también un escenario paralelo en el que la psiquiatría debía situarse en primer plano. exactamente, que se apoderan de todas las cuestiones que rodean las definiciones de «normal» y «morboso». La medicina científica de finales del siglo XIX se caracterizó, por una parte, por la pretensión de ser la única referencia frente a cualquier cuestión de índole médica, es decir, frente a toda cuestión relativa a la salud y la enfermedad7. En el ámbito de la psicoterapia dinámica esta etapa ha sido considerada como una fase de transición entre una época precientífica y otra científica, basada en la descripción positivista y el experimento8. Fluidos y fuerzas ocultas, hipótesis mesméricas, serían puestas en duda por parte de la medicina académica y finalmente desterradas. Sin embargo esta evolución fue bastante más compleja, y la influencia de frondosos factores sociales y culturales en ella es difícil de interpretar incluso hoy. Se produjeron conflictos entre instituciones, incluidas las médicas; médicos y legos no siempre se situaron en campos opuestos. La «Asociación de magnetópatas alemanes», o la «Liga de mesmeristas alemanes», por ejemplo, contaban con miembros médicos y no médicos, y desde luego existió un «mesmerismo científico». Entre otras cosas los partidarios de estas doctrinas intentaron defenderse frente a las reclamaciones de los médicos al Reichstag en demanda de la derogación de la «libertad de cura» 9. Algunos de los polemistas, como Wilhelm Wundt, introdujeron aspectos éticos, calificando llanamente de «antiética» la relación entre magnetizador y magnetizado10. Esta etapa presenció, por una parte, el intento de excluir de forma agresiva a todos los legos de los ámbitos de trabajo relacionados con la medicina. Esto es algo que puede verse de la manera más clara en la historia del psicoanáli-----sis, así como en la de la hipnosis 11. Por otra parte, el campo de operaciones, supuestamente bien delimitado, de la psiquiatría, se amplió de forma muy notable en torno al cambio de siglo 12. Por dichas razones se le reclamó que estableciera normas para la salud y la enfermedad psíquicas, así como para explicar y juzgar de manera definitiva los fenómenos que pudieran ser objeto de una interpretación supersticiosa. Pero estos fenómenos pertenecían también a un campo no menos extenso, el de la religión, que se ocupaba de las llamadas apariciones 13, y con ello caían bajo la jurisdicción de las iglesias, entendidas como instituciones socialmente legitimadas en este dominio. La intervención científica en este tipo de casos estaba asociada de manera natural a la pretensión de influir en fenómenos sociales y modelarlos, en nombre del bien de la sociedad y con la colaboración de los correspondientes funcionarios. La intervención de la medicina estaba ligada de manera implícita a una promesa, y una actitud más o menos positivista de fe en el progreso de sus actores sugería al mundo profesional, así como a la opinión pública, la capacidad de control sobre los fenómenos «fantasmales» 14, irritantes, angustiosos y a veces molestos desde el punto de vista político y del orden público. Quienes esto pretendían se comportaron, pues, como los expertos médicos lo hicieron desde finales del siglo XVIII hasta mediados del XIX, manifestándose sobre el carácter morboso del «espíritu revolucionario», por poner un ejemplo tomado de otra época relativo a un fenómeno de similar impacto social. Si se orienta la mirada hacia el contexto médico del final del siglo XIX, el hallazgo de un gran número de informes muy diferentes acerca de las llamadas apariciones de espíritus muestra una peculiaridad: el enorme temor, entre otros de los psiquiatras, ante la idea de conceder un espacio al fenómeno de 14 Un vistazo a las actas de policía médica y administración médica del siglo 19 permite comprobarlo, así como, por ejemplo, los informes sanitarios prusianos, Cfr. ¿Cómo hay que entenderlo? La hipótesis que desarrollaré viene ilustrada por dos ejemplos. Los psiquiatras exigieron que se reconociera su carácter de expertos, tanto en el campo de la ciencia como por el conjunto de la sociedad, en los debates sobre las definiciones de «normal» y «sano», sobre la observación de lo real y sobre las comprensiones erróneas de la realidad. Sin embargo, en los manuales de eminentes psiquiatras de finales del siglo XIX echamos en falta menciones al fenómeno de los fantasmas y espíritus. Dichas obras constituyen otras tantas referencias significativas para la última década del siglo XIX, o al menos fueron publicadas inmediatamente después de acabada la centuria. Así pues, a diferencia de lo que ocurrió a comienzos del siglo XIX, los psiquiatras sólo se aventuraron a tomar la palabra sobre el asunto de los fantasmas, sobre el examen y la interpretación de dicho fenómeno, con enorme prudencia. Creo que muchos psiquiatras del fin de siglo ignoraron conscientemente este fenómeno, pues no querían «contaminar» con él su ciencia psiquiátrica. Para ellos este fenómeno era propiamente acientífico, incluso inexistente, sin razón de ser, en el sentido más fuerte del término. Frente a esta cautela de muchos expertos psiquiatras frente a los fenómenos ocultistas, espiritistas y similares, así como frente al hecho de la presencia en la sociedad de un discurso prolífico -e imposible de pasar por alto-sobre este tema, planteo como aproximación a mi tesis la metáfora de dos «mundos paralelos». Esta metáfora describe la relación entre una opinión pública -en la que se incluyen no pocas disciplinas académicas, como por ejemplo la psicología o la filosofía-interesada por los fenómenos ocultos y suprasensibles, por un lado, y la psiquiatría, que se reconoce como representante de la medicina, por otro, si bien sería excesivamente limitado sostener que los círculos psiquiátricos y la opinión pública se comportaran como dos campos herméticamente cerrados, ya que existieron diversos puntos de contacto. A continuación expondré dos casos de las llamadas apariciones de fantasmas que reflejan este paralelismo. Dos casos de apariciones de «fantasmas». La revista Sphynx y el mundo bienaventurado del fantasma. Esta publicación cambió luego su nombre por el de Metaphysische Rundschau (Revista metafísica). Tenía como subtítulo «revista mensual sobre la vida del alma y del espíritu». Es de justicia reconocer el aspecto extraordinariamente serio de esta publicación. La revista concedía un espacio importante al renacimiento del ocultismo en la Alemania de las postrimerías del siglo XIX 16. Habría sido fundada, citando un texto del editor (1888), «para dar cuenta de hechos suprasensibles (...) sin ignorarlos de manera perezosa y cobarde» 17. En la revista se publicaban recensiones de monografías psicológicas y parapsicológicas, se presentaban sociedades espiritistas y psicológicas, como por ejemplo el programa de la «Gesellschaft für Experimental-Psychologie zu Berlin» 18 o la «Society for Psychical Research» de Londres 19. También se promovían discusiones sobre ocultismo y ciencias ocultas y se informaba sobre la actualidad de la investigación, por ejemplo sobre la «clarividencia hipnótica» o sobre la «transmisión suprasensible del pensamiento». También se ofrecían al lector, en breves artículos, los aspectos más relevantes de la obra de médicos célebres, como Justinus Kerner, Jean-Martin Charcot 20 o Auguste Ambroise Liebéault. La parte más importante de la revista reposa-----ba sobre conocidos psicólogos y filósofos, pero también sobre historiadores, por ejemplo Max Dessoir21, hombre dotado de múltiples intereses y capacidades, médico y experto en el tema de la hipnosis22. Eduard von Hartmann23, Carl du Prel, Karl Kiesewetter, Ernst Haeckel y Lazar von Hellenbach colaboraron también frecuentemente en esta revista y pertenecieron a este círculo. El editor de la revista, el teósofo Hübbe-Schleiden, escribió en el primer número en «Invitación y prólogo» (1886): «La investigación de lo suprasensible en todos los aspectos de la vida cultural del presente ofrece materia a los físicos y a los médicos, a los psicólogos y a los antropólogos, al historiador de la cultura y al orientalista, en especial al indólogo, al político social y al filántropo, al místico, llámese espiritista o teósofo, pero sobre todo al filósofo. Todos ellos, a causa de sus intereses intelectuales, pueden colaborar en el crecimiento de esta revista; y nosotros les invitamos a que se nos unan y nos ayuden en la resolución de estos grandes enigmas: ¡el ser humano y el mundo!». Esta enumeración de disciplinas académicas se corresponde verdaderamente con el estilo científico de la revista, aunque, como mostrará lo que sigue mediante ejemplos representativos, también los legos y los lectores interesados colaboraron en ella. El ejemplo elegido está sacado del segundo semestre del segundo año de la revista (1887). Christian Jörgensen, identificado como aparcero en Törsbüll (Isla de Alsen), al norte de Schleschwig, envía un informe bajo el título «La vaca roja de Atzerballigholz», a partir de un suceso del que él mismo fue protagonista, subtitulado en la revista: «Supuesta causalidad suprasensible en un fenómeno de fantasmas». Se relata cómo en febrero de 1882 se escuchó en la granja de una familia campesina ruido de golpes de origen errático e inexplicable, y que parecían imitar las campanadas del reloj de la casa. Se observó que era posible comunicarse con el fenómeno, pues, por ejemplo, al dirigirle la palabra se repetían los golpes. La cama de uno de los niños se movió sin que pudiera encontrarse la causa. «Pero el fenómeno invisible era audible, y tan cercano de ambos lados de la luz que dirigíamos hacia él que deberíamos haber podido asirlo con las manos». Fin provisional de la descripción del fenómeno. El redactor de Sphynx que presenta el informe añade que en la época del comienzo de los golpes el campesino había adquirido una vaca de pelo rojo, ----por más que, años antes, al adquirir las tierras, alguien le había dicho que allí no podía haber vacas rojas, aunque sin explicarle los motivos. Tras comunicar esta circunstancia el campesino volvió a vender la vaca, tras de lo cual los fenómenos, observados por muchos testigos, dejaron de producirse. El editor de la revista explicó, a este respecto, a los lectores de Sphynx que, según el pastor de la comunidad local no podía decirse nada negativo de Jörgensen; que le consideraba digno de crédito y que él mismo no ponía en duda el fenómeno descrito. A continuación el editor ofrecía sus páginas a la correspondencia de los lectores. Insistía en que «las personas con buena formación» debían «tomar en consideración» la existencia de los fenómenos descritos. Remitiéndose al estrato social al que pertenecía el protagonista, se señalaba que una vaca roja era, para un campesino, algo al menos tan importante como un tesoro enterrado para el propietario de un castillo. Este sería un argumento más para no apresurarse a pasar por alto la historia de forma precipitada. A continuación se formula una hipótesis: que el anterior propietario de la granja, a causa, por ejemplo, de un accidente, hubiera podido recibir algún daño de una vaca roja, y por ello hubiera desarrollado un fuerte rechazo hacia las vacas de pelo rojo. A consecuencia de ello «su alma quedó ligada al juramento:'¡en este lugar no debe volver a entrar una vaca roja'. Murió, y su alma permaneció presa de este juramento (...) Cuando, contrariando este juramento, una nueva vaca roja llegó al lugar, [su alma] no encontró el descanso hasta que consiguió alejarla; a partir de este momento no tuvo motivo para seguir anunciándose». Hasta aquí la interpretación del editor de la revista Sphynx. Pasemos al otro ejemplo. El fantasma de Resau y el público especializado. Este segundo ejemplo puede exponerse de forma algo más sucinta, pues en la bibliografía secundaria se encuentran, aquí y allá, referencias sobre él 24. El fantasma de Resau, un pequeño lugar entre Bliesendorf y Lehnin, no lejos de ---- Potsdam y Berlín, se manifestó a finales de 1888 y tuvo ocupado al público en general a través de detallados informes en los periódicos berlineses. En el caso del fantasma sobre el que informó Karl Wolter, mozo de cuadra de 15 años, también entra en escena en primer término el sonido de golpes25; luego, ropas y alimentos vuelan a través del edificio, llegando a romperse algunos pedazos de los últimos. Los «videntes de fantasmas» berlineses viajaron hasta el lugar para estudiar el fenómeno. A pesar de los testimonios del pastor de Bliesendorf, un cierto Dr. Müller, que habría descrito los sorprendentes vuelos de objetos, el mozo fue citado a declarar por la policía en el marco de una causa judicial bajo el cargo de pretender burlarse del público. Los expertos llegaron a la conclusión de que el fantasma era una hipótesis científicamente inadmisible, y los guardianes del orden del tribunal de regidores de Werder castigaron al joven con una pena de seis semanas de calabozo por daños a la propiedad y desorden grave. En los varios recursos presentados ante el juzgado de lo penal de Potsdam la sentencia se mantuvo firme. Está claro que los hechos se interpretaron de manera tendenciosa, y que se pretendió que el proceso representara una lección para el público. Hay que señalar que el defensor del mozo intentó, en el curso de una de las apelaciones, presentar a Karl Wolter como médium. Esto representaba apoyarse en el discurso científico de su época, y muestra que el defensor era un profesional del derecho curtido y creativo, que podía situarse a la altura de las polémicas médicas del momento. Con todo, el tribunal no aceptó esta argumentación. A ojos de los expertos, Wolter quedó como auténtico «productor» del «fantasma», y en consecuencia, como autor de un engaño. No podemos pasar por alto un detalle picante: el procesado llegó a ser tan conocido en el ambiente berlinés que, después de cumplir su condena, se ganó la vida como artista de variedades en el hasta hoy conocido Wintergarten. Y su abogado tuvo que llevar en adelante, en cierto modo colgado del cuello, a Karl Wolter, el mozo que decía haber visto al fantasma. Del mismo modo, la casa del fantasma de Resau ha seguido siendo uno de los objetivos turísticos de la comunidad de Brandeburgo, antaño discreta en lo que toca a tales atracciones. ¿Cómo podemos interpretar ambos casos? ---- El primer ejemplo, procedente de la revista Sphynx, nos permite lanzar una mirada al interior de un circulo interesado en el ocultismo a finales del siglo XIX, donde tienen lugar extensas discusiones temáticas en las que entran en juego diferentes disciplinas científicas y sus actores, que en todo caso se sostienen sin la participación de médicos, o al menos de psiquiatras. En las discusiones publicadas en este medio participaron también los lectores no profesionales interesados en estos aspectos de la ciencia. Un concepto todavía premoderno, vinculado a la cultura rural26, parece al fin asumido a través del tratamiento dado a estos fenómenos por los editores de la revista. Los editores criticaban la posición materialista de la medicina académica, que se cerraba a todo lo que denominaban «hechos suprasensibles» 27. No hay que pasar por alto el dato de que asociaciones y revistas del ramo de Sphinx constituían también un ambiente protegido frente a la influencia del Estado28. Además, como deja claro un trabajo breve publicado en Sphinx en 1888, se esperaba que, en el marco de las investigaciones llevadas a cabo en el seno de una asociación, llegarían a definirse en este órgano «fenómenos notables e inhabituales», como manifestaciones místicas, mágicas y ocultistas, así como a producirse críticas académicas, división de los campos de trabajo y aproximaciones interdisciplinares al tema objeto de interés. A esto se añadía que gracias a una asociación semejante sería más fácil conseguir sujetos de experimentación29. Entre los lectores, las manifestaciones «extrañas», como por ejemplo el fenómeno fantasmal del ruido de golpes, apenas resultaban algo en verdad extraño, motivo por el cual no había lugar a establecer un contacto con la medicina o con la psiquiatría. El autor de la historia de la vaca roja era considerado sin duda alguna sano, en modo alguno enfermo. Desde luego, ser considerado un paciente sería lo último que pretendería Christian Jörgensen, quien dio a conocer el caso de la vaca roja. Y si consideramos uno de los hallazgos fundamentales de la reciente investigación de Corinna Treitel sobre el período entre el final del siglo XIX y 1920 30, podría discutirse si el ocultismo no debe ser considera-----do más bien como la posibilidad de hallarse ante una «crisis de la modernidad». El editor de la revista, así como sus agradecidos lectores, serían pues, según Treitel, no «antimodernos» o «anticientíficos», sino representantes de una forma específica de adaptación a esta modernidad. El segundo ejemplo citado en este trabajo describe una situación en la que un fenómeno tildado de charlatanería por muchos psiquiatras del final del siglo XIX tuvo ocupado al público lector de una región 31. Y en el caso de la metrópoli prusiana no se trata de una región cualquiera, sobre todo si uno llega a representarse el eco en torno a esta situación sobre el fondo del inhabitualmente florido panorama de la prensa en aquel momento y en aquel lugar, lo que no resulta fácil para una consideración actual de los hechos. En aquella época los expertos se vieron, y por buenas razones, en la obligación de tomar postura frente al fenómeno del fantasma de Resau, acerca del cual la psiquiatría de su época prefirió callar, o al menos dejarlo en la sombra. Después del «giro neurológico» del siglo XIX, y al contrario de lo que antes sucedía, se intentó comprender experimentalmente y explicar teóricamente los fenómenos psiquiátricamente relevantes. Este desarrollo fue general y se puede seguir incluso en la arquitectura de las instituciones psiquiátricas 32. En el marco de una imagen racionalista del mundo no había un lugar, en el mundo de la psiquiatría, para fenómenos suprasensibles u ocultistas como los que hoy nos ocupan. Al contrario de lo que ocurrió en la primera mitad del siglo XIX, muchos psiquiatras académicos establecieron entre los médicos una estrategia doble: por una parte se ignoraban los fenómenos ocultos y suprasensibles, de manera que o simplemente se pasaban por alto, o mediante la acusación de fraude, como en el caso del fantasma de Resau, se intentaba sacarlos del dominio de la realidad. Por otra parte se desestimaba opinar sobre semejantes fenómenos porque una ciencia no podía «contaminarse» con tales cosas, ni dejarse ver asociada a ellas en un momento en el que estaba en cuestión su estatuto científico, esforzadamente conquistado. También debe recordarse que la psiquiatría, como disciplina in statu nascendi, y no sólo en el ámbito alemán, contaba aún con críticos poderosos 33. Las acusaciones se cen-----31 Sobre el contexto de la medicina en esa región cfr. 32 Por ejemplo, en el curso de la segunda mitad del siglo XIX, las clínicas psiquiátricas universitarias aventajaron, en cuanto a su significación para el desarrollo de la psiquiatría, a los asilos e instituciones territoriales. Medizinkritische Bewegungen im Deutschen traban, por un lado, en el monopolio de la interpretación reclamado por la psiquiatría, y por otro en la manera de institucionalizar a los pacientes. Abrir un nuevo frente con ardientes debates sobre el ocultismo no era algo que pudiera interesar a los estrategas de este colectivo en una perspectiva socioprofesional. Lo que se encontraba en el fondo de esta hojarasca de intereses de la «medicina científica» era algo que había que negociar, como desvela la historia de la terapéutica: Demarcando los derechos de propiedad. Acerca de las estrategias de negociación para demarcar los derechos de propiedad de la psiquiatría frente a otros grupos profesionales hay que tomar en consideración, aunque sea de manera sumaria, lo siguiente: por una parte los métodos terapéuticos desarrollados por la medicina no profesional o por la medicina popular fueron frecuentemente aplicados por los médicos del siglo XIX cuando ofrecían buenos resultados 34. Pero, por otra parte, estas terapéuticas y procedimientos curativos, incluso cuando eran aplicados por médicos, cayeron en descrédito al ser situados, con fines difamatorios, en el dominio de la medicina no profesional, hasta llegarse a su prohibición en el marco de la ley. Entre los datos de la investigación sobre la superstición en los siglos XVIII y XIX se encuentran, según Breil et al. los tres puntos siguientes: 3. La superstición no estaba asociada solamente a una actitud y unos valores tradicionales o «antiguos», pues pueden establecerse actitudes anticientíficas nuevas en el seno de la propia ciencia, por ejemplo en las universidades, a veces por obra de los médicos. Esto ocurrió a menudo incluso en consonancia con las propias instituciones médicas que anteriormente se habían esforzado en impedir terapéuticas y procederes curativos considerados acientíficos. Resulta interesante el intercambio de pareceres entre la opinión pública y el discurso experto de los psiquiatras, sobre todo cuando, como en el caso del «fantasma de Resau», los psiquiatras no pudieron ignorar la presencia de fenómenos suprasensibles a causa de la intervención policial, el eco del caso en la prensa y otras formas de publicidad. Y para continuar, las tomas de posición de los expertos psiquiatras se muestran muy ricas en matices. Hay por lo menos tres posturas en juego: Hay médicos y psicólogos que se sitúan en la línea de Wilhelm Wundt como oponentes perpetuos a la credulidad en fenómenos parapsíquicos, suprasensibles y ocultos 35. En este grupo puede quizá contarse al médico berlinés, más conocido como científico sexual, Albert Moll (1862-1929) 36, quien se comportó como feroz opositor no sólo del psicoanálisis, sino también, por ejemplo, de la aceptación de la telepatía, y que aplicó a muchos fenómenos ocultos los conceptos de fraude, embuste, alucinación, locura religiosa o autosugestión. Moll intentó explicar los fenómenos ocultos de manera «mecánica» 37. En este marco llegó a introducirse la noción de una supuesta «corriente» cultural ciudad-campo, con ayuda de la cual la fe en semejantes fenómenos se asociaba al estereotipo de la ingenuidad de las gentes del medio rural; un tópico tan frecuente como dudoso, no sólo en aquel tiempo. También para el período de investigación objeto de este trabajo es necesario tomar distancia ante una clara separación entre «cultura popular» y «cultura de las elites» 38. Un segundo grupo se caracteriza por su clara ambivalencia ante este tipo de fenómenos. Distintos expertos de este grupo se manifiestan, con toda reserva, favorables a una investigación intensiva de los fenómenos paranormales o suprasensibles, y no descalifican, en el marco de sus auténticos intereses intelectuales, de corte positivista, la posibilidad de futuras pruebas de la existencia de semejantes fenómenos. Finalmente, un tercer grupo se caracteriza por una cierta identificación con la noción de la existencia de fenómenos paranormales. Su más conocido representante fue probablemente el hipnotizador de Thomas Mann, el conde Schrenck-Notzing 39. En el caso del extenso proceso sobre el fantasma de Resau llama la atención que en muchos pasos del juicio y de sus revisiones los médicos apenas tomaran parte activa. El citado Alfred Moll se pronunció contra la idea de emitir una opinión, y esta cuestión dividió luego a los miembros de la Gesellschaft für Experimental-Psychologie, sita en Berlín, a la que Moll pertenecía 40. El tribunal de un lado, así como parte de la población de otro, y también periódicos satíricos como el Kladderadatsch, polemizaron contra la pretensión de recurrir a expertos, científicos o «visionarios de espectros, psicólogos y espiritistas» 41 para el esclarecimiento del caso del fantasma. Esto, por otra parte, no hizo sino reforzar la actitud de los médicos que pensaban como Moll. La sumaria exposición de un último episodio procedente de la Primera Guerra Mundial nos muestra, deslindándolo de lo ya descrito, que en los tratados de psiquiatría empezaba a haber lugar, de forma patente, para la descripción de apariciones o espíritus, por ejemplo bajo la forma de apariciones religiosas 42. El catedrático de Neurología y Psiquiatría de Heidelberg Karl Wilmanns utilizó en la formación de estudiantes de medicina muchas histo-----39 BRUHN, (1926), pp. 22-41. 42 Puede compararse con el trabajo de Jörn Leonhard sobre «Bismarck und Hindenburg als historische Wiedergänger in der deutschen Geschichte», que al menos suministra una conexión temporal entre el marco temporal de la presente investigación y el nacionalsocialismo, así como con el de Nicolás Beaupré sobre apariciones de fantasmas entre soldados franceses en el curso de un ataque alemán en 1916. (En prensa). rias de pacientes cuidadosamente elaboradas que había recogido durante sus estancias semanales en Karlsruhe y en otros hospitales militares de Baden en el curso de la Primera Guerra Mundial. En una de estas ocasiones encontró Wilmans la historia de un joven soldado que «habiendo quedado sepultado durante el combate de Verdun fue precipitadamente desenterrado por sus camaradas, y declaró que respiraba todavía, aunque no podía ver». Fue llevado al hospital de sangre, donde fue inspeccionado médicamente a la mañana siguiente. Cuando a la noche siguiente se despertó, dijo: «Puedo ver de nuevo, y he visto a la Virgen María». Es decir, informó de una aparición religiosa 43. Este apunte fue utilizado frecuentemente por Wilmanns en la enseñanza de la Psiquiatría para mostrar que no sólo las mujeres pueden enfermar de histeria, sino también los hombres. El nombre del paciente era Adolf Hitler 44. Este espacio para la descripción de apariciones o espíritus pudo mantenerse sin dificultad, pues estos fenómenos salían ahora a escena asociados a una categoría nosológica definida; por ejemplo, en el marco de un delirio, de una alucinación, o bajo la forma de la denominada mentira patológica. Así, el paciente psicótico, cuya enfermedad ya había sido psiquiátricamente categorizada «tenía derecho» a manifestar síntomas como la aparición de fantasmas, que ya no podían ser cuestionados en tanto que subordinados al sistema explicativo de la Psiquiatría misma. No resulta sorprendente que en un entorno como éste las descripciones de apariciones de espíritus, como excepción a la regla, se convirtieran frecuentemente en aportaciones casuísticas, en casos ejemplares, teniendo sólo en cuenta el aspecto formal de la presentación. No sólo en la era de la sedicente ----43 Distinguir entre delirio y autoestima exagerada, por una parte, y devoción religiosa por otra, suele ser como caminar por el filo de una navaja. Este es un hecho del que la psiquiatría y la psicoterapia dinámicas tuvieron que ocuparse a lo largo de todo el siglo XIX. 44 Sorprendentemente Wilmanns parece haber transmitido este ejemplo sin un tono de sarcasmo, incluso aunque hablara abiertamente sobre sus dudas «acerca de que Hitler fuera capaz de dirigir el país». No sería éste el último de los motivos por los que, sobre todo entre noviembre de 1932 y diciembre de 1933, los nacionalsocialistas le hicieran alguna mala pasada. Este episodio está recogido en MÜLLER, Th. Frankfurt, Edition déjà-vu, pp. 49-56, a partir de un testimonio personal de la hija de Wilmanns, Ruth Wilmanns Lidz; en este libro pueden encontrarse otras referencias bibliográficas. Sobre la histeria viríl véase: LERNER, P. bed-side teaching ha sido la presentación de casos el método didáctico más apreciado por los autores de tratados y los docentes en Medicina. Particularmente cuando puede disponerse de un paciente vivo, con las limitaciones inherentes al caso de la anatomía patológica, la enumeración de los hallazgos, el comentario de la historia clínica, la discusión, e incluso la provocación de los síntomas (piénsese en las descripciones de las pacientes de Jean-Martin Charcot, a las que él mismo provocaba los síntomas de la enfermedad de Parkinson), y no en último lugar la inspección corporal completa, sugieren la producción de un espacio científico. La presencia de renombrados expertos, sus discusiones y la correspondiente capacitación para el juicio sobre problemas científicos tuvo como resultado la producción de una «verdad» médica, cuya naturaleza se equiparó a la de un hecho. En resumen, parece obvio que la discusión en torno a la comprobación experimental de la aparición de fantasmas y espíritus no terminó en modo alguno a comienzos del siglo XX, ni con el inicio de la Primera Guerra Mundial. Muchos de los temas brevemente tratados aquí pueden identificarse en los debates sobre la «crisis de la modernidad» 45 o la «crisis de la medicina» en el curso de los años 20 del pasado siglo. En el contexto alemán este estudio debería completarse, junto a una serie de líneas de continuidad, con una derivación hacia el nacionalsocialismo 46. Para que el ocultismo tuviera un papel en el nacionalsocialismo bastaba con que se aceptaran las conexiones ocultas del mundo. Y las teorías ocultistas alcanzaron por ello una gran importancia, pues conducían «a la fundación de sociedades secretas y órdenes pseudorreligiosas con intenciones políticas» 47. Ya en 1919 insinuaba Max Weber que, según su propia concepción, el discutido fenómeno del ocultismo apuntaba a la misma fuente que la parte de la modernidad y sus movimientos que se tenían a sí mismos por estrictamente científicos. La búsqueda de lo oculto, aún en el siglo XX, sería como una especie de intento de compensación de los contemporáneos, casi una consecuencia del «desencantamiento» del mundo por la ciencia estrictamente racional, o bien un impulso antimaterialista frente al materialismo en el que se encontraban también la ciencia y la medicina de la época.
Este artículo tiene un doble objetivo. Por un lado intenta destacar el papel desempeñado por Santiago Ramón y Cajal en la génesis y desenvolvimiento de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE). Por otra parte relaciona el protagonismo de Cajal en esa institución con su faceta de educador de los jóvenes científicos. Esa voluntad pedagógica se manifestó en diversos hechos a lo largo de su trayectoria intelectual. Entre ellos cabe destacar su labor de divulgador científico, su afán de participar activamente en la transformación de las estructuras educativas de la sociedad española y su presidencia de la JAE durante un cuarto de siglo, desde 1907 a 1932. Tal y como sostuvo hace tiempo el exiliado Pablo de Azcárate2, la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas -citada de ahora en adelante por el acrónimo JAE-, creada por real decreto de 11 de enero de 1907, ha sido la «primera obra seria y constructiva de renovación científica, educativa y pedagógica de carácter oficial, realizada dentro del aparato institucional del Estado en la época moderna». La importancia de la JAE en la historia de la educación y de la ciencia española es pues innegable por tres razones fundamentales, como he planteado en mi Breve historia de la ciencia española 3. Fue el principal instrumento que hubo en la España del primer tercio del siglo XX para desarrollar un ambicioso programa de renovación científica y educativa que, aunque se concentró en Madrid, incidió en otras partes del país, y generó la emulación del Institut d'Estudis Catalans, surgido también en 1907 como respuesta cultural y científica del emergente nacionalismo catalán al proyecto de la JAE. Este organismo público de investigación, pionero en el panorama europeo, pues antecedió a otros organismos similares, como su homólogo alemán la Kaiser Wilhelm Gesellschaft, fundada el 11 de enero de 1911, contribuyó decisivamente a la internacionalización de la ciencia española, gracias al trabajo de sus dos mil pensionados en los principales laboratorios y centros de investigación europeos y americanos. Y finalmente los científicos de la JAE consiguieron suscitar un interés público por las cuestiones científico-técnicas, como se aprecia, por ejemplo, en el proceso de mitificación que afectó a Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) presidente de ese organismo público de investigación desde su fundación en 1907, hasta que cumplió ochenta años en 1932. La impronta de Cajal en la organización y desarrollo de la JAE es innegable, hasta tal punto de que podría decirse que la JAE contribuyó decisivamente a la «cajalización de España», es decir a poner en práctica el programa educativo y político de Cajal, ya planteado en una de sus primeras obras -Reglas y consejos para la investigación biológica-, de que era posible solucionar los «males de la patria» mediante el cultivo de una cultura de la precisión a través de la ----investigación experimental. Según Cajal los frutos obtenidos en el trabajo paciente, tenaz y perseverante del laboratorio, locus privilegiado de los científicos, podrían contribuir decisivamente a regenerar el sistema nervioso de una sociedad enferma, convirtiéndose por tanto los lugares en los que se practicaba la ciencia experimental en una especie de sanatorio social. Además Cajal, cuya faceta de educador no ha sido subrayada suficientemente, insistió desde que empezó a tener influencia social en la década de 1890 en que había que impulsar un plan articulado de reformas educativas en la enseñanza superior que sacase de su secular letargo a la Universidad española. Pero sin embargo ni la abundante bibliografía cajaliana 4 ni la historiografía existente sobre la JAE 5 han insistido suficientemente en la importancia que tuvo Cajal en el desenvolvimiento de esa agencia de promoción de la investigación y de las innovaciones educativas. Se ha tendido a considerar más bien que la Junta para ampliación de estudios e investigaciones educativas fue la obra culmen del institucionismo krausista -tal y como sostuvo ya hace tiempo Ma Dolores Gómez Molleda 6 -, y que en su génesis y desarrollo tuvieron un papel protagonista y fundamental la tríada intergeneracional formada por el «abuelo» Francisco Giner de los Ríos (1839-1915), el pedagogo Manuel Bartolomé Cossío (1857-1935), y el catedrático de Derecho Romano y gran administrador y reformador de la educación española el manchego cosmopolita José Castillejo. Frente a esta opinión mayoritaria historiográficamente quisiera plantear en este texto que la JAE, más bien, surgió gracias a un gran acuerdo entre destacados investigadores experimentales, entre los que sobresalió Cajal, y todo el grupo de intelectuales y científicos krauso-institucionistas, quienes desde ----4 Un repertorio bibliográfico sobre la vida y la obra de Cajal en LOPEZ PIÑERO, J.Ma, TERRADA FERRANDIS, Ma L., RODRÍGUEZ QUIROGA, A. (2000), Bibliografía Cajaliana. Ediciones de los escritos de Santiago Ramón y Cajal y estudios sobre su vida y obra, Valencia, Albatros. La Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas 80 años después, Madrid, CSIC, 2 vols. Recientemente han aparecido otros trabajos de conjunto como En el centenario de la Junta para Ampliación de Estudios, no monográfico de Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, (2006), II época, no 63-64; VIÑAO, A. (ed.), (2007), Reformas e innovaciones educativas (España, 1907(España, -1939)). En el centenario de la JAE, no extraordinario de la Revista de Educación; NARANJO, C. (coord.), La Junta para Ampliación de Estudios y América Latina: memoria, políticas y acción cultural, no monográfico de la Revista de Indias, (2007), LXVII, no 239. 6 GÓMEZ MOLLEDA, Ma D (1966), Los reformadores de la España contemporánea, Madrid, CSIC. tiempo atrás habían trabajado para que la moral de la ciencia se convirtiese en moral colectiva dominante en el seno de la sociedad española. Ante el planteamiento que hizo Vicente Cacho Viu 7, en uno de sus últimos textos, de que las dos corrientes más poderosas del regeneracionismo hispánico, surgido al hilo del desastre del 98 tras la derrota del Estado español frente a la potencia emergente de Estados Unidos, fueron la científica y la nacionalista, impulsadas respectivamente por las elites de Madrid y de Barcelona, y de que el protagonismo de la moral de la ciencia correspondió fundamentalmente a los institucionistas, liderados por Giner, conviene hacer dos matizaciones. Cientificismo y nacionalismo se entrecruzaron en las dos capitales culturales españolas, y un caso ejemplar al respecto es el de Cajal, cuyo afán por alcanzar la gloria científica estuvo impulsado por un patriotismo engendrado en su socialización política en el nacionalismo liberal, que absorbió en su juventud. 8 Y evidentemente en el afianzamiento de la moral de la ciencia, que tanta pujanza adquirió en Madrid en el gozne del siglo XIX al XX desempeñó un papel protagonista la labor científica y educativa de Cajal, sorprendentemente ausente en el análisis de Cacho Viu. Así pues a continuación destacaré el protagonismo de Cajal en la génesis y desenvolvimiento de la JAE resaltando tres hechos, sin minusvalorar por supuesto la aportación krauso institucionista en la puesta en marcha y desarrollo de esa institución. En primer lugar subrayaré que la JAE se configura en un «annus mirabilis» de la ciencia española, cual es 1906 cuando se le concede el Premio Nobel de Medicina y Fisiología a Santiago Ramón y Cajal. En segundo lugar enfatizaré que la fundación de la JAE, en enero de 1907, es la culminación de la transformación de la «moral de la ciencia» como moral colectiva dominante o propuesta transformadora de los hábitos educativos y científicos de la sociedad española. En el desenvolvimiento de esa moral de la ciencia trabajó con denuedo Cajal desde la década de 1880 con su trabajo experimental, y con su afán permanente por enseñar a investigar a los jóvenes universitarios, como se aprecia en su discurso de ingreso en la Real Academia ----7 CACHO VIU, V. (1997), Repensar el noventa y ocho, Madrid,. 8 Esta cuestión ha sido obviada por importantes historiadores de la ciencia, que sin embargo conocen poco del contexto histórico de la vida y obra de Cajal. Así se aprecia en la crítica hecha por Carlos Solís a la autobiografía de Cajal Recuerdos de mi vida, editada recientemente Juan Fernández Santarén, y publicada por Crítica. de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, de diciembre de 1897, núcleo de su libro Reglas y consejos para la investigación científica, conocido también por su subtítulo de Los tónicos de la voluntad. Y en tercer lugar señalaré que Cajal, como presidente de la JAE, logró trasladar al funcionamiento del conglomerado de laboratorios de esa institución la misma estrategia que tanta proyección internacional y nacional dio a su propio Laboratorio de Investigaciones Biológicas, creado en 1901, germen, en cierta medida, de la JAE. Esa estrategia consistía en que los investigadores de la JAE debían de prestar atención simultáneamente a una triple labor. Por una parte debían producir o fabricar hechos científicos, mediante el trabajo experimental, usando instrumentos de precisión. Por otro lado tenían que transmitirlos, o favorecer su circulación, entre los pares o colegas, mediante su publicación en relevantes revistas, y/o con una presencia activa en los foros de discusión de los congresos internacionales. Y finalmente debían de esforzarse en diseminarlos en variados escenarios sociales, mediante una labor divulgadora para el gran público y formativa para los educadores científicos. En todas esas labores Cajal contó con la inestimable ayuda del secretario José Castillejo, con quien formó uno de los dúos más fecundos de la política educativa y científica de la España contemporánea. Para ambos, como voy a intentar mostrar a continuación, al año 1906, constituyó una especie de «tournant» o viraje decisivo en sus respectivas trayectorias biográficas. En efecto, la creación de la Junta para ampliación de estudios e investigaciones científicas se gestó a lo largo de 1906 gracias a la convergencia de diversas circunstancias. Por un lado se produjo una oleada de interés público por la ciencia en el seno de la sociedad española, gracias a la concesión a fines de ese mismo año del premio Nobel de Medicina y Fisiología a Santiago Ramón y Cajal, quien lo compartió con el italiano Camilo Golgi. Por otra parte ese premio creó una ventana de oportunidad para que confluyesen los esfuerzos mancomunados del ideario científico y educativo de los institucionistas krausistas, liderados por Francisco Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío, el valor ejemplarizante de la labor investigadora de Cajal, en la cúspide de su prestigio social, y el interés de destacados políticos liberales, como Segismundo Moret (1833-1913), y Amalio Gimeno (1852-1936)), entre otros, por mejorar la instrucción pública y favorecer la renovación científica. Todos esos promotores de la JAE, aunque eran conscientes de los efectos benéficos de medidas que se habían tomado años antes para incrementar la internacionalización de la ciencia española, las juzgaban insuficientes. De hecho, el Real Decreto de 18 de julio de 1901, promulgado por el ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, recién creado, y que establecía una política de envío de pensionados al extranjero para mejorar el nivel intelectual de los profesores universitarios, se puede considerar como un antecedente próximo de la creación de la JAE. En él se afirmaba, en efecto, que «todas cuantas reformas fundamentales se han verificado en nuestra educación nacional proceden de gente que ha vivido en comunicación con el pensamiento científico europeo». Uno de los integrantes de esas primeras hornadas de pensionados a principios del siglo XX fue un joven José Castillejo. Dado que eran las universidades las encargadas de proponer candidatos, su mentor, Francisco Giner, maniobró entre sus correligionarios institucionistas de la Universidad de Oviedo para que ésta propusiese a su protegido como candidato para perfeccionar sus estudios de Derecho civil en Alemania, lo cual consiguió. Castillejo permanecerá en Berlín y Halle durante el bienio 1903-1905, formándose con prestigiosos juristas -como Rodolfo Stammler 9 -y observando el funcionamiento de instituciones científicas y centros de enseñanza, que pronto compararía con los británicos, pues en el verano de 1904 se desplazó a Inglaterra. Así pudo comprobar las diferencias entre dos de los mejores sistemas educativos y científicos del mundo en aquella época, fijándose, por ejemplo, en el papel de las mujeres en la vida académica, que era mucho más activo en las universidades inglesas que en las alemanas. De entonces data su admiración del sistema educativo inglés, sobre el que escribiría una importante obra 10. Entre tanto, Giner le animó a aspirar a una cátedra. Castillejo escuchó su consejo y obtuvo la cátedra de Derecho Romano de la Universidad de Sevilla a principios de 1905. Ciertamente Castillejo se dedicó con intensidad a esa cátedra solo durante el primer trimestre del curso 1905-1906 pues añorando «aquel Berlín y aquel Halle y esa Institución donde todos los días se encuentra algo nuevo y fresco» 11 maniobró para regresar lo antes posible a Madrid e in-----corporarse nuevamente a los cenáculos de la Institución Libre de Enseñanza. Su deseo se vio hecho pronto realidad pues una Real Orden de 5 de enero de 1906 le agregó al servicio «de información técnica y de relaciones con el extranjero», negociado del ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. Desde ahí se convirtió en un instrumento eficaz de los planes educativos y científicos de sus maestros institucionistas, particularmente de D. Francisco Giner de los Ríos, y se entrenó en las funciones de coordinación científico-técnica que posteriormente tan eficazmente llevaría a cabo como secretario de la JAE. En efecto ese servicio le permitió disponer de una atalaya privilegiada para hacer un seguimiento del movimiento científico español del momento, y detectar a los investigadores más dinámicos, quienes a su vez encontraron en Castillejo a un interlocutor idóneo para satisfacer sus necesidades de información y de comunicación con el movimiento científico europeo. Se aprecia este hecho en la correspondencia que intercambió Castillejo con el prestigioso arabista Asín Palacios, y el historiador Rafael Altamira, cuando ambos estaban embarcados en el lanzamiento de Cultura española, una de las mejores revistas del positivismo historiográfico efectuado en este país, y digna heredera de la publicación promovida años atrás por Rafael Altamira titulada Revista crítica de Historia y Literatura Españolas, Portuguesas e Hispano-Americanas12. Así pues en esos meses de 1906 en los que Castillejo se hizo cargo del servicio de información técnica y de relaciones con el extranjero del ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes trabó relaciones estrechas de colaboración y tejió redes de comunicación científica con diversos colegas inquietos por impulsar y profesionalizar las investigaciones históricas. Precisamente varios de ellos, como los mencionados Miguel Asín y Rafael Altamira, se integrarían años después en los laboratorios de investigación del Centro de Estudios Históricos, cuando la JAE decidió crear esa institución en 1910 para renovar la historiografía española. Pero también durante su permanencia en ese negociado del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes Castillejo se hizo cargo del régimen de pensiones que concedía ese ministerio, a propuesta de las universidades. Y tomó conciencia de sus deficiencias e insuficiencias, pues se concedía con cuentagotas. De modo que los pensionados españoles en el extranjero ocupaban el puesto antepenúltimo en el ranking de estudiantes foráneos matriculados en las principales universidades europeas. Entre tanto en círculos ministeriales de diversos gabinetes liberales se discutía la forma de propiciar un salto cualitativo en el sistema científico espa-----ñol, que ya disponía, al fin, de una lumbrera de renombre internacional representada por Cajal, el cual -como es sabido-había obtenido en 1904 la prestigiosísima medalla Helmholtz, otorgada por la Preussische Akademie der Wissenschaften (hoy Academia de Ciencias de Berlin-Brandenburgo). De hecho, en marzo de 1906 Segismundo Moret, líder en aquel momento de la más importante agrupación liberal, intentó convencer a Cajal para que aceptase la cartera de Instrucción Pública con vistas a realizar un ambicioso plan de reformas educativas, a imitación de las acciones reformadoras llevadas a efecto en la Francia de la Tercera República por el renombrado químico Marcellin Berthelot. Tras diversas vacilaciones, Cajal rechazó la oferta, pero transmitió a Moret un detallado plan para «desperezar la Universidad española de su secular letargo», cuyas principales medidas eran: «la contrata, por varios años, de eminentes investigadores extranjeros; el pensionado, en los grandes focos científicos en Europa, de lo más lucido de nuestra juventud intelectual, al objeto de formar el vivero del futuro magisterio; la creación de grandes colegios, adscritos a institutos y universidades, con decoroso internado, juegos higiénicos, celosos instructores y demás excelencias de los similares establecimientos ingleses; la fundación, en pequeño y por vía de ensayo, de una especie de Colegio de Francia, o centro de alta investigación, donde trabajara holgadamente lo más eminente de nuestro profesorado y lo más aventajado de los pensionados regresados del extranjero; la creación de premios pecuniarios a favor de los catedráticos celosos de la enseñanza o autores de importantes descubrimientos científicos, a fin de contrarrestar los efectos sedantes y desalentadores del escalafón, etc.» 13Muy poco después, a principios de junio, la otra gran figura intelectual que estaba desde hacía tiempo abogando por transformar a la moral de la ciencia en moral colectiva dominante, cual era el caso del prestigioso pedagogo institucionistas Francisco Giner, se dirigió a Moret para, tras recordarle los lazos que les unían desde los tiempos en los que ambos fueron discípulos del líder del krausismo español -D. Julián Sanz del Río-, enviarle un memorando. En él se planteaba la nueva estrategia de los krauso institucionistas: abordar la renovación educativa y científica de la sociedad española desde arriba, es decir contando con el impulso del Estado, tras haberlo hecho desde el seno de la sociedad civil durante tres décadas, desde que se creara la Institución Libre de Enseñanza en 1876. Así en ese memorandum Giner instaba a su amigo Moret a preparar una nueva elite dirigente lo más rápida e intensivamente ----posible, y a resolver en el terreno educativo ciertos problemas apremiantes. Para obtener esos objetivos consideraba imprescindible un aumento considerable de las pensiones en el extranjero, así como la adopción de medidas encaminadas a la mejora de la investigación y la enseñanza experimentales mediante la creación de un organismo técnico suprapartidario14. Aunque el gabinete de Moret fue efímero, en las semanas siguientes se mantuvo el acuerdo entre los responsables políticos liberales y los científicos e intelectuales -como Cajal y el trío formado por Giner, Cossio y Castillejo-para conseguir que el cultivo de la ciencia se convirtiese en una moral colectiva dominante en el seno de la sociedad española, como se aprecia en la correspondencia de Castillejo. En efecto en sus cartas del segundo semestre de 1906 Castillejo informa a Giner y Cossío de todas las gestiones realizadas con el Subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública, -presidido por el catedrático de Patología de la Universidad de Madrid, y amigo y antiguo compañero de Cajal en la Universidad de Valencia, Amalio Gimeno-, para estudiar los fondos procedentes de funciones benéficas y pedagógicas que pudiesen servir de base para organizar una Junta autónoma, así como de las medidas que había que adoptar para el mejor aprovechamiento de las pensiones y favorecer las relaciones de los pensionados con los centros docentes15. Y más adelante señala que en octubre había enviado al subsecretario del ministerio «el preámbulo y las notas que deseaba» 16. Semanas después, estando en Ciudad Real, comunica a Giner que «al ver aprobados los presupuestos escribo al subsecretario rogándole me avise antes de entregar el Real Decreto de pensiones para revisarlo juntos» 17. De manera que, tal y como han destacado Ramón Carande 18 y Luis Palacios 19, la redacción del Real Decreto que creó la Junta para ampliación de estudios e investigaciones científicas, publicado el 11 de enero de 1907, fue obra directa y personal de José Castillejo, quien ya empezó a ejercer como secretario el día de la constitución de esa institución. Así, el 15 de enero de 1907 redactó como tal secretario el acta de esa reunión en la que los asistentes -----Ramón y Cajal, Sorolla, Santa María de Paredes, San Martín, Calleja, Vincenti, Simarro, Bolívar, Menéndez Pidal, Casares, Álvarez Buylla, Rodríguez Carracido, Ribera, Torres Quevedo, Fernández Ascarza, y Castillejo-eligieron por unanimidad presidente de la flamante Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas a Santiago Ramón y Cajal, el cual, tras regresar de Estocolmo adonde se había dirigido para recibir el premio Nobel que le acababan de conceder, se encontraba en el cenit de su prestigio científico e influencia social. Desde la presidencia de la JAE Cajal pudo en cierta medida impulsar un programa educativo y científico regeneracionista en el que venía trabajando desde tiempo atrás, como explicaré a continuación. Y al parecer su quehacer influyó en el día a día de la administración de la JAE, y en la política científica impulsada por Castillejo, según se deduce de la carta que éste escribiera al ministro liberal Santiago Alba el 31 de octubre de 1912, cuya relación ha sido analizada recientemente por José Manuel Sánchez Ron20 (2006), y en la que el secretario de la JAE afirmaba lo siguiente: Mi querido amigo: Olvidé la otra noche decir a Ud. que me parece será muy bien recibido un aumento considerable para pensiones en el extranjero. Sólo que, en vez de dárselo a la Junta, creo que debería encomendársele ese nuevo servicio a las Universidades para que den pensiones a los alumnos oficiales y Licenciados. Hay que ensayar a ver cómo hacen la elección y cuáles son sus relaciones con los muchachos. Si el Ministro de Hacienda tolera el aumento, podrá consignarse en el Capítulo de Universidades, con el epígrafe: «Para pensiones en el extranjero a estudiantes de las diversas Facultades... 180.000» Luego un Decreto organizaría el servicio, y Vd. podría anticipar en las Cortes que se daría plena libertad a las Facultades para hacer la designación de pensionados y que se daría cierta intervención a los estudiantes. Eso llevaría cierto fermento a la Universidad. La Junta seguiría con el mismo sistema que ahora tiene, recogiendo gente de toda España para formar el personal, y apretando más en preparación de maestros, pensiones en ingeniería, agricultura, y de todas las carreras indistintamente. No nos dirán así que queremos monopolio. Me parece que será de buen efecto aunque el Ministro de Hacienda o la Comisión lo rechacen luego. ----Además expresará la aspiración a que, como dice Cajal, no se haga esta obra gota a gota 21. Como es sabido, el término educar procede del latín educare, verbo que está emparentado con ducere, que significa «conducir», y «educere», que equivale a «sacar afuera» o «criar». De ahí que en el campo semántico de «educar» se encuentren, entre otras, las nociones de: a) dirigir, encaminar y doctrinar; b) desarrollar las facultades intelectuales y morales del joven por medio de preceptos, ejercicios, o ejemplos; c) perfeccionar y aficionar los sentidos; d) enseñar los buenos usos de urbanidad y cortesía. Y es así que la filóloga María Moliner en su Diccionario del uso del español señale como palabras afines a educar a las siguientes: adiestrar, afinar, amaestrar, civilizar, conformar, corregir, criar, dirigir, disciplinar, documentar, domesticar, ejercitar, enseñar, formar, guiar, preparar, pulir, reprender, tutelar. Pues bien, prestando atención a la dimensión pública del quehacer de Cajal, tan importante para entender en su totalidad su significación como la personalidad científica más importante de la cultura española en su edad de plata, podemos comprobar cómo las preocupaciones pedagógicas de Cajal atravesaron toda su carrera investigadora. De esa manera su «persona científica» se modeló mediante un ajuste mutuo entre el investigador y sus públicos, de forma análoga a lo que ocurrió en otros casos de insignes científicos, como Darwin 22. Por esa razón no ha de extrañar que el tema elegido para su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales el 5 de diciembre de 1897 fuese sobre los Fundamentos racionales y condiciones técnicas de la investigación biológica. 23 Como él mismo explicó ese día a sus colegas académicos, su pretensión, propia de sus preocupaciones pedagógicas y de su voluntad de convertirse en un educador de los jóvenes «experimentalistas», era la de exponer algunas de las reglas que debían guiar a los biólogos en sus trabajos de observación y experimentación con el afán de «prestar al----- gún servicio a cuantos intentan ensayar sus fuerzas en las investigaciones biológicas; pues con frecuencia hemos visto estudiantes, ganosos de distinguirse y de hacer algo en el terreno experimental, abandonar el laboratorio, desalentados por la falta de un guía que les señalara los errores y obstáculos que deben evitar, la educación técnica que necesitan recibir, y hasta la disciplina moral indispensable para poder abordar, con alguna esperanza de buen éxito, la exploración de la Naturaleza viva». Fue ese interés por convertirse en un guía de quienes estaban apostando por convertir la «moral de la ciencia» en una moral colectiva dominante en la sociedad española que transitaba del siglo XIX al XX la que le llevó a organizar ese discurso en torno a tres ideas-fuerza: las cualidades morales que debe poseer el investigador, los recursos y métodos que deben caracterizar una buena investigación, y la conveniencia de que los jóvenes investigadores, a los que Cajal quería educar, sustituyesen «los afeites retóricos», que según él eran una plaga desastrosa de la España de su época y «causa muy poderosa de nuestro atraso científico», por una cultura de la precisión, basada en «una severa disciplina de la atención». Como es sabido, ese discurso académico se convirtió meses después en un libro titulado Reglas y consejos sobre investigación biológica gracias al patrocinio de uno de sus admiradores, el médico hispanocubano Enrique Lluria (1863-1925), uno de los representantes del maridaje del pensamiento evolucionista con ideas socialistas en aquella sociedad española finisecular. No es cuestión de detenerse ahora en los aspectos coyunturales de esa obra, como en su famoso Post-scriptum, redactado al hilo de la conmoción que supuso «el desastre de 1898», añadido que Cajal retiraría en las siguientes ediciones, sino de resaltar que ese texto no sólo es una de las obras más significativas del regeneracionismo científico que surgió en aquella época, sino también uno de sus más importantes éxitos editoriales, pues en vida de su autor tuvo seis ediciones (1897,1899,1913,1916 -aquí añadió Cajal el subtítulo de Los tónicos de la voluntad-, 1920 y 1923) 24. A lo largo de ese período fue introduciendo modificaciones diversas sobre el núcleo originario del libro, que no era otro, como ya hemos señalado, que su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. En ellas se perciben sus preocupaciones y obsesiones como pedagogo o educador, como se revela, por ----24 Más detalles sobre la recepción de esa obra en el público de habla hispana, y en públicos de otros países en LOPEZ-OCON, L., estudio introductorio a RAMÓN Y CAJAL, S. (2005), Los tónicos de la voluntad. Reglas y consejos sobre investigación científica, Madrid, Gadir, pp. 5-16. ejemplo, en el hecho de que dedique el capítulo IX a explicar por qué el investigador tiene que ser también un maestro, y de qué manera -saliendo de su torre de marfil-ha de promover vocaciones científicas. Así como sucede en tantas otras partes de su obra literaria, cabe rastrear en esas páginas referencias autobiográficas, como cuándo expone sus ideas acerca de las características que ha de tener un buen profesor. Pero también se trasluce en ellas al pedagogo en acción que fue Cajal, preocupado por analizar los signos subjetivos y objetivos que permitan hacer un diagnóstico sicológico con el que detectar a los jóvenes talentos susceptibles de alcanzar éxitos científicos. Entre tales signos destaca la «sagacidad para rastrear filones ricos» y la posesión de un «penetrante y seguro sentido crítico», así como «el poder transformador de la imitación» que surge de la convivencia con el maestro. Los tónicos de la voluntad revelan, pues, que a lo largo de su vida Cajal se tomó muy en serio la complementariedad de su labor científica y su trabajo docente encaminado a formar noveles investigadores. Y así Cajal tuvo una férrea determinación para convertirse en un gran investigador, pero también mostró una persistente voluntad en enseñar a investigar, pues «no se enseña bien sino lo que se hace». Algún testimonio tenemos sobre la calidad de la enseñanza de Cajal, como el de su alumno Gregorio Marañón, para quien las dotes pedagógicas de su maestro radicaban en la claridad de su exposición verbal, nada retórica ni elocuente, y en su dominio del dibujo didáctico, «que no sólo requiere una aptitud artística, sino el difícil sentido de construir, con arte, el esquema que todo lo aclara»25. Las dotes pedagógicas de Cajal no solo se revelaban en las aulas de las diversas universidades españolas en las que dio clases, como las de Zaragoza, Valencia, Barcelona y Madrid, sino también en sus laboratorios, según testimonios de sus discípulos más próximos26, y en su producción literaria, con la que ganó fama de ser uno de los mejores cultivadores de la prosa didáctica en la España de su época, según sostuvo el historiador y crítico literario Melchor Fernández Almagro27. Sus primeros trabajos de divulgación científica, publicados entre 1883 y 1885 en diversas publicaciones, como la revista zaragozana La Clínica, y ----firmados a veces bajo el seudónimo del Doctor Bacteria, editados no hace mucho por Angel Merchán28, demuestran su afán de instruir a los legos en el desarrollo de las ciencias biológicas, transmitiéndoles los conocimientos y las emociones que iba adquiriendo en su trabajo experimental, como se aprecia en sus trabajos titulados «Las maravillas de la Histología», «La máquina de la vida. Estudios populares de Anatomía y Fisiología celulares» o «El más sencillo y seguro de los métodos de coloración de los microbios». La primera parte de Recuerdos de mi vida, que publicó en 1901 con el título de Mi infancia y juventud, cabe verla, a su vez, como un vivo relato de su formación, en la que contó con la compleja orientación de su padre, a quien él terminaría reconociendo como su primer maestro. Y sus otras obras literarias, desde Charlas de café hasta El mundo visto a los ochenta años, también están plagadas de referencias y preocupaciones pedagógicas. Pero donde se manifiesta claramente el hecho de que Cajal aprovechó su obra literaria como una herramienta educativa fue en el cuento «El hombre natural y el hombre artificial», uno de los apólogos o narraciones seudofilosóficas o seudocientíficas que, escrito hacia 1885 o 1886, es decir, en su etapa valenciana, publicó en 1905 en su libro Cuentos de vacaciones. El valor literario de ese texto es menor, pero es muy expresivo de la «moral» cajaliana, atenta siempre a apreciar la cultura del esfuerzo y la capacidad que tiene el hombre de modelar su propio cerebro observando y estudiando la naturaleza, como le sucede al personaje central del cuento Jaime Miralta. Ese ingeniero y director de una acreditada fábrica de aparatos eléctricos, que tuvo que emigrar a Paris para desplegar en esa ciudad todos sus talentos creativos, se había formado gracias a la eficaz labor pedagógica de un maestro -don Enrique Fernández-, quien en un oscuro valle pirenaico condujo a su alumno «a la contemplación directa de la realidad, guiándole por el mismo camino recorrido por la evolución histórica de la ciencia». Los coetáneos de Cajal fueron conscientes de la valía como pedagogo de Cajal. Y así, en el homenaje que le hizo la revista Clínica y Laboratorio en un número especial con motivo de la concesión del premio Nobel, Sebastián Recasens, catedrático de Obstetricia y Ginecología en la Facultad de Medicina de Madrid, consideraba que Cajal podría ser un excelente ministro de Instrucción Pública, pues era de esperar que gracias a su inteligencia y a su capacidad de trabajo contribuiría a «sacudir las rutinarias prácticas actuales» y ayudaría «a levantar la cultura pedagógica de nuestro país a un nivel como el alcanzado por ----la neurología» 29. Años después -en 1923-Modesto Bargalló, que entonces era profesor en la Escuela Normal de Guadalajara, ordenó y sistematizó los pensamientos sobre educación de Cajal, esparcidos en Reglas y consejos sobre investigación científica, Recuerdos de mi vida y Charlas de café, dado su «indudable valor», publicándolos en las prestigiosas ediciones de La Lectura, e insistiendo a sus lectores en que la vida y la labor de Cajal eran «un esfuerzo viviente de autoeducación», y constituían «un caso normativo» 30. Ciertamente, Cajal no llegó a ser ministro de Instrucción Pública como le propuso Moret en la primavera de 1906, pocos meses antes de que le concediesen el premio Nobel, pero dispuso de instrumentos políticos y científicos para dejar su huella como pedagogo en la cultura científica española. Así, en compañía de cualificados institucionistas, como José Castillejo, contribuyó desde la presidencia de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas a la reconstrucción del sistema científico español, haciendo posible que un país de endeble tradición científica, caracterizada por sus altibajos y discontinuidades, pasase en un lapsus de un cuarto de siglo de importador a exportador de ciencia, gracias a lo que cabe denominar «la cajalización» de España. En efecto, cabe usar este neologismo para caracterizar al singular proceso mediante el cual se diseminó por muchos laboratorios y lugares de la ciencia españoles una cultura de la precisión y una afición por el trabajo experimental que permitieron la realización de investigaciones punteras y ciencia original en diversos campos del conocimiento, aunque de manera limitada. Dar cuenta de algunos de los rasgos de ese proceso de «cajalización» impulsado por Cajal desde la presidencia de la JAE es el objetivo de las siguientes páginas, en las que insistiré en el valor ejemplarizante que tuvo la práctica científica y educativa de Cajal en el resto de la comunidad científica española. CAJAL, PRESIDENTE DE LA JAE Cajal fue, sin lugar a dudas, un activo promotor del sistema español de ciencia y tecnología durante su larga y fecunda presidencia de la Junta para ---- Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, institución de la que no fue una mera figura decorativa. El grado de implicación de Cajal en el día a día de la JAE aún no ha sido bien analizado, pero su compromiso con esa institución fue firme. Sabemos que presidía asiduamente las reuniones de su equipo directivo, que tenían lugar una vez al mes. En ellas trabajó por convertir el fomento de la ciencia en un asunto de Estado, y en favorecer un gran pacto entre las grandes fuerzas políticas de la Restauración para promocionar esa actividad cultural. Estudiosos de ese período del desarrollo de la ciencia española, como el historiador Thomas F. Glick31, han considerado que a lo largo del primer cuarto del siglo XX surgió en la sociedad española un discurso civil en materias científicas. Es decir una elite dividida, muy polarizada ideológicamente, pactó poner en suspenso en esa época, de mutuo acuerdo y en determinadas áreas, el hábito de hacer que todas las ideas sirviesen para la confrontación ideológica. Cajal, desde la presidencia de la JAE, contribuyó indudablemente a la consolidación de ese «discurso civil», instando a que todas las decisiones adoptadas durante los primeros años de funcionamiento de esa institución se tomasen por consenso, buscando la unanimidad, a pesar de que en su junta directiva había representantes de diversas corrientes ideológicas y políticas propias de una sociedad pluralista. Así el redactor anónimo de una de las Memorias de la JAE diría al respecto: «Aunque formada por hombres de las más diversas tendencias científicas, políticas, sociales y religiosas, la Junta ha continuado sin interrupción una obra de concordia que trata de implantar reformas trascendentales en que han de estar conformes todos los españoles de buena fe y se inspira en un sentido de escrupulosa tolerancia y de respeto a todas las opiniones. Así merece notarse el hecho de que, fundada en 1907, haya vivido esta Corporación trece años habiendo tomado todos sus acuerdos por unanimidad, sin que las discusiones en que se aportan datos hayan terminado nunca en lucha, votación o disentimiento». Y concluía esta reflexión afirmando «el señor Ramón y Cajal ha presidido asiduamente las reuniones que suelen tener lugar una vez al mes», con lo que estaba planteando implícitamente que esa unanimidad se había logrado, en gran medida, gracias a la autoridad moral de Cajal32. ----La influencia de Cajal en el transcurrir de la JAE fue pues notoria en múltiples aspectos. Ciudadano cuidadoso del manejo de los fondos públicos impuso, por ejemplo, la rendición de cuentas permanente. Año a año en las Memorias de la JAE podemos observar cómo sus responsables, con Cajal a la cabeza, hacían uso de los recursos procedentes de los Presupuestos del Estado o de donaciones particulares. Pero, sobre todo, su huella, a mi modo de ver, es bien visible en las tres líneas de acción fundamentales que definieron el impulso educativo de la estrategia reformista de ese organismo público de investigación. Esas acciones estratégicas impulsadas por el Cajal educador fueron: la política de envío de pensionados al extranjero con la que se intentó renovar las estructuras académicas y administrativas del Estado español; la creación de centros de investigación científica desde los que los pensionados debían ayudar a reconstruir y modernizar el Estado mediante la práctica de la «moral de la ciencia», y el impulso de instituciones de carácter educativo, como la Residencia de Estudiantes, o el Instituto-Escuela. En efecto, Cajal y el equipo directivo de la JAE pusieron un particular empeño en proporcionar a la elite de la juventud universitaria los medios para que se formasen en los grandes focos de producción científica de Europa y América. De ahí que desde su momento fundacional se considerase que el objetivo fundamental de la JAE era enviar pensionados al extranjero, hasta el punto de que Cajal en sus escritos denominó a la JAE como Junta de Pensiones y de Estudios. En sus inicios lo que hizo la JAE fue escoger a los jóvenes más aptos que presentaron sus solicitudes y enviarlos al exterior, con el riesgo de que se perdiesen esfuerzos y recursos por una insuficiente preparación. Paulatinamente, a medida que crecieron las posibilidades de una preparación más adecuada por parte de los solicitantes, las exigencias para conceder una pensión, cuya cuantía y duración variaban en cada caso, se hicieron mayores, aunque en términos generales las condiciones solicitadas para pedir pensión no eran rígidas, ni estrechas. Así se aprecia, por ejemplo, en la convocatoria firmada por Santiago Ramón y Cajal, como presidente de la JAE, en Madrid a 29 de diciembre de 1911, y que apareció en la Gaceta de 9 de enero de 1912, para conceder las pensiones en el extranjero durante ese año 33. Pero dado que siempre fueron más las solicitudes que las concesiones otorgadas (en la convocatoria de 1910 se presentaron 359 solicitudes -151 de profesores de los establecimientos de enseñanza dependientes del Ministerio de Instrucción ----pública y Bellas Artes, y 208 de no profesores-y se concedieron 70; en la de 1911 fueron 455 las solicitudes -160 de profesores y 295 de no profesores-y se otorgaron 110)34 hubo que establecer mecanismos de selección estrictos para acertar en la elección de los pensionados. En primer lugar se hacía una selección eliminatoria para dejar fuera a aquellos que no ofreciesen garantías de competencia y seriedad. Y luego, entre los admisibles, se establecía un orden de preferencia, combinando las condiciones individuales de los candidatos y la naturaleza de los asuntos que se pretendían estudiar con las necesidades del país, y buscando una representación proporcional de los diversos estudios y disciplinas científicas 35. Como presidente de la JAE Cajal fue el firmante de las sucesivas convocatorias de pensiones para el extranjero que promovió esa institución. Esa tarea debió de preocuparle, de modo que en diversos momentos de su producción literaria hizo valoraciones de diverso orden sobre ella. Así dedicó parte del capítulo IX de Los tónicos de la voluntad, como es conocido el libro que originariamente tituló Reglas y consejos sobre la investigación biológica, y que fue uno de sus pocos éxitos editoriales como ya se ha señalado, a hacer un balance de la política de pensiones de la JAE en sus primeros quince años de existencia, dado que la edición definitiva de esa obra la publicó en 1923. Ahí Cajal presentó los logros obtenidos con la política científica de la JAE considerando que se habían recogido «cosechas estimables», de modo que «en la nueva generación el tipo mental del maestro declamador y meramente comentarista disminuye visiblemente, y de día en día aumenta el número de revistas científicas nacionales, de laboratorios y seminarios de investigación y de entusiastas profesores entregados a pesquisas originales». No obstante, consideró que el éxito alcanzado era modesto ya que «avanzamos a paso de tortuga, cuando necesitaríamos velocidades planetarias». Esa situación se debía a tres razones: 1a) A la escasez de las pensiones. Para Cajal el escaso centenar de pensionados enviados en el último año era cantidad irrisoria teniendo en cuenta que «nuestro país necesita ser reformado radicalmente de alto a bajo, ----hostigando y estimulando al amodorrado cuerpo social hasta la entraña misma». Proponía por tanto para lograr ese objetivo el envío de «cientos y acaso miles de pensionados, legiones de jóvenes decididos a arrancar a Europa el secreto de su grandeza y a infundir un nuevo espíritu en todas nuestras relajadas instituciones docentes y administrativas». 2a) A la escasez del tiempo de pensión. A diferencia de Italia, y de otros Estados, donde las pensiones en el extranjero duraban tres años, en el caso español duraban por término medio un año y medio, lo que consideraba Cajal insuficiente, ya que exceptuando el caso de los profesores habituados a la investigación «que visitan los laboratorios extranjeros con la mira de dominar un nuevo método de estudio o de profundizar, al lado del sabio ilustre, algún tema especialísimo» el resto de las pensiones debían prolongarse a los tres años, dada la deficiente preparación técnica y la falta de conocimiento de idiomas de la inmensa mayoría de los doctores y licenciados que optaban a las pensiones. 3) a la escasa edad e insuficiente preparación técnica de los candidatos. Cajal estimaba que se corría «grave riesgo de perder tiempo y dinero enviando al extranjero mozos de veinte a veinticuatro años, ignorantes de sí mismos y sin gustos ni vocación bien definidos», poco formados debido a una defectuosa organización universitaria que se nutría «de mozalbetes irreflexivos, sin formación mental suficiente y casi totalmente desprovistos de conocimientos sólidos en Matemáticas, Física, Química, Historia Natural, Lenguas Vivas y Filosofía», según habían constatado observadores extranjeros conocedores de la organización docente española y críticos de ese sistema educativo como el pedagogo gallego Eloy André, autor del libro La mentalidad alemana 36, que Cajal recomienda vivamente a sus lectores. De ahí que se mostrase partidario de rechazar como pensionados «a todos los intonsos doctores y licenciados menores de veinticinco años, sin vocación consolidada ni preparación técnica elemental suficiente» 37. Para superar en parte esas deficiencias constatadas en el funcionamiento del sistema de pensiones establecido por la JAE el equipo dirigente de esta ----36 ANDRÉ, E. L. (1914), La mentalidad alemana. Ensayo de explicación genética del espíritu alemán contemporáneo, Madrid, Daniel Jorro, editor. Reglas y consejos sobre investigación científica, Madrid, Gadir, edición de Leoncio López-Ocón., pp. 240-244. institución trazó una estrategia destinada a solventarlas. Por un lado intentó coordinar la obra de las pensiones en el extranjero con la actividad científica y docente que se hacía en España. De modo que a su regreso los pensionados se encontrasen con medios para continuar sus estudios e investigaciones y preparasen a su vez a futuros pensionados. Por esta razón los artífices de la JAE decidieron crear en 1910 una serie de instituciones, de carácter provisional y estructura flexible, en las que confluyesen parte de los primeros pensionados con otros investigadores que estaban esparcidos en diferentes centros de trabajo. Así, un Real Decreto de 18 de marzo de ese año creó un Centro de estudios históricos, y por otro Real Decreto de 27 de mayo de 1910 se constituyó un Instituto nacional de ciencias físico-naturales. Poco después una Real orden de 8 de Junio sentó las bases para una Asociación de laboratorios con el fin de aprovechar los aparatos e instrumentos científicos dispersos en diferentes Centros del Estado. Esas nuevas instituciones fueron el espacio donde se concentraron profesores, pensionados que habían regresado del extranjero, jóvenes que se preparaban para concursar a una pensión y otros investigadores interesados en abordar problemas científicos diversos. De hecho con el paso del tiempo el Centro de Estudios Históricos se convertiría en un lugar señero del cultivo de las ciencias humanas, y en sede de una potente escuela de filología, creada por Ramón Menéndez Pidal y sus discípulos principales como Américo Castro y Tomás Navarro Tomás 38. Por su parte el Instituto nacional de ciencias físico-naturales agrupó al Museo de Ciencias Naturales, con sus laboratorios marítimos de Santander y las Baleares, el Museo de Antropología, el Jardín Botánico y el Laboratorio de investigaciones biológicas de Ramón y Cajal, instituciones ya establecidas, a las que se añadieron un Laboratorio de investigaciones físicas, y la Estación alpina de Biología, que se estableció en la Sierra de Guadarrama. Cajal fue en cierta medida el coordinador de las actividades científicas de todos esos centros de investigación pues el objetivo fundamental de los promotores de la JAE fue «reunir en una colaboración intensa elementos antes dispersos». Y desde la presidencia de la JAE trasladó a la red de laboratorios y de centros de investigación de ese organismo el programa de valores científicos y virtudes cívicas que había puesto en marcha desde su Laboratorio de ----38 Un balance y una reflexión sobre la historiografía existente acerca de esa institución en LOPEZ-OCON, L. (1999), «El Centro de Estudios Históricos: un lugar de la memoria», en Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, 34-35, pp. 27-48. Una reciente visión panorámica en LOPEZ SANCHEZ, J.M., (2006), Heterodoxos españoles. investigaciones biológicas, consistente en alentar el cultivo de la excelencia científica, promocionando la internacionalización de la ciencia española mediante la publicación en las mejores revistas del mundo, y alentando a rendir cuentas permanentemente de los gastos generados en los laboratorios combinando el cultivo de ciencia de calidad con la apertura de los laboratorios a la sociedad para evitar que los científicos se ensimismasen en sus rutinas. De hecho el Laboratorio de investigaciones biológicas de Cajal, creado por el gobierno de Francisco Silvela tras una intensa campaña de prensa después de que el Congreso internacional de Medicina celebrado en Paris en 1900 concediese a Cajal el premio internacional Moscú, marcó la pauta del funcionamiento científico del conglomerado de laboratorios de la JAE. Desde sus inicios Cajal obtuvo importantes éxitos en el seno de ese laboratorio, particularmente el hallazgo en el segundo semestre de 1903 del método de nitrato de plata, una fórmula de impregnación susceptible de provocar coloraciones intensas, y perfectamente transparentes, de la urdimbre de las células nerviosas para determinar si esos filamentos podían considerarse vías intracelulares, especialmente diferenciadas para la propagación del impulso nervioso39, con vistas a convencer definitivamente a sus rivales reticularistas de la fuerza de sus ideas y argumentos en la controversia que tenía entablada Cajal sobre la estructura y función del sistema nervioso. Esos éxitos galvanizaron las energías de un selecto grupo de discípulos, como Francisco Tello, consolidaron internacionalmente su fama de excelente investigador experimental que le llevaría a la obtención del premio Nobel, y sentaron las bases de la creación de una potente escuela histológica española 40. No ha de extrañar por tanto que Cajal no sólo fuese uno de los organizadores de la política científica de la JAE, sino que su ascendiente científico sea palpable en todos los niveles del funcionamiento de la institución desde su momento fundacional. Alentó a investigadores de su círculo, que luego formarían parte de su escuela, a hacer un «tour» formativo por los principales laboratorios del mundo en el campo de su especialidad. Así Gonzalo Rodríguez Lafora (1886-1971), quien con el paso de los años se convertirá en un relevante neurólogo y siquiatra, director desde 1916 del Laboratorio de Fisiología y Anatomía de los Centros Nerviosos, será uno de los integrantes de la primera pro-----moción de pensionados de la JAE, integrada por gente que luego serían figuras relevantes de la ciencia, la cultura y la política española como Eduardo Hernández Pacheco, Enrique Moles, Julio Rey Pastor, Ramón Carande, José Ortega y Gasset, Manuel Azaña, Julián Besteiro, entre otros. Lafora aprovechó bien las oportunidades que se le ofrecieron: trabajó en Berlin sobre Anatomía del sistema nervioso con importantes profesores, y luego en Munich sobre Histopatología de las enfermedades mentales en el laboratorio de Alzheimer, donde hizo cuatrocientas preparaciones microscópicas, trasladándose posteriormente a Paris, Roma e Inglaterra. Fruto de esas investigaciones fueron una serie de publicaciones que dio a conocer en revistas españolas, norteamericanas y alemanas como el Monatschrift für Psychiatrie und Neurologie, de Berlin41. Contribuyó asimismo para que investigadores como Nicolás Achúcarro (1880-1918), quien había adquirido una muy buena formación neuropatológica y psiquiátrica trabajando en Munich con Kraepelin y Alzheimer, y había organizado el servicio de anatomía patológica del manicomio de Washington, se abriese un espacio en el sistema investigador español. Y así le dio facilidades para que abriese una línea de investigación de histopatología del sistema nervioso en un pequeño laboratorio provisional, dependiente del que dirigía Cajal. En él iniciaría a un grupo de alumnos en los métodos de investigación histológica, en el sistema nervioso y enfermo. Cajal le convenció asimismo para que en el marco de los cursos de ampliación que auspiciaba la JAE impartiese durante una hora a la semana unas «Lecciones de histopatología de la corteza cerebral, con demostraciones», cuya finalidad era la de exponer mediante el apoyo de la proyección micrográfica y del microscopio los elementos histológicos y las alteraciones del sistema nervioso en enfermedades nerviosas y mentales42. Y también prestó sus materiales de trabajo e instrumentos para que cursos impartidos por investigadores de la JAE destinados a difundir la cultura de la precisión en el seno de la sociedad española fuesen más lucidos y provechosos a los alumnos. Así Domingo de Orueta organizó un curso sobre «Investigaciones y ensayos prácticos sobre fotografía microscópica» para, entre otros objetivos, dar reglas y consejos prácticos «encaminados a facilitar el manejo del microscopio en sus líneas generales y a sentar un criterio sobre la mayor o menor eficacia de los aparatos y procedimientos más usuales». Se hicieron entonces experimentos en el único banco de óptica de que se disponía, que ----era el modelo grande de la casa Zeiss de Jena, acompañado de la cámara horizontal de dicha casa. Pues bien ambos instrumentos fueron facilitados por Ramón y Cajal a Domingo de Orueta 43. Finalmente cabe señalar que el prestigio que Cajal fue acumulando en el transcurso de los años con su programa de investigaciones, con su labor educativa y con sus dotes de gestor científico sirvió para que su nombre sirviese de imán para captar recursos adicionales para la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, que esta usó para poner en marcha nuevas líneas de investigación. Así a finales de la década de 1920 la Institución Cultural Española de Buenos Aires decidió financiar en Madrid la denominada cátedra Cajal con recursos procedentes de una suscripción entre la colonia española en Argentina cuya finalidad era contratar profesores extranjeros que impartiesen cursos y dirigiesen trabajos de investigación en los laboratorios de la JAE. Esa cátedra, financiada inicialmente con 50.000 ptas, se inauguró oficialmente en octubre de 1928 y la JAE decidió que tuviese como objetivo prioritario durante tres cursos consecutivos la promoción de trabajos sobre rayos X y estructura de los cristales, línea de investigación que dirigía el físico Julio Palacios. Para tal fin se decidió invitar al profesor Paul Scherrer de la prestigiosa Escuela politécnica superior de Zurich para que desarrollase en el Laboratorio de investigaciones físicas de la JAE en Madrid un ambicioso programa de trabajos prácticos. Ahora bien a fines de 1928 solo se habían gastado 10.067, 78 ptas del total de la cantidad aportada desde Argentina: 3.600 ptas para remunerar las actividades de Paul Scherrer y Julio Palacios, y 6.467, 78 ptas para la adquisición de diversos instrumentos y aparatos como bombas de difusión, tubo de Hadding, goniómetro, cámaras para rayos X 44. Hasta el fin de sus días, producido el miércoles 17 de octubre de 1934, Cajal no sólo estuvo científicamente activo, sino hondamente preocupado por el devenir de la sociedad española, y por los resultados de su labor científica, pedagógica, y política. Así lo puede comprobar quien lea la última de sus obras El mundo visto a los ochenta años, desde la que oteó su entorno y dio sus adioses. En ella también hizo balance de su quehacer como gestor científico y educador, constatando que gracias a la Junta de Pensiones y Ampliación de Estudios como él denominó a la JAE se había facilitado «la formación de una grey de ingenieros, abogados, humanistas, médicos, físicos, químicos, naturalistas y hasta filósofos, impregnados de los secretos de la técnica y de los métodos inquisitivos ultrapirenaicos o ultramarinos». Pero también constataba que «en nuestra prometedora ascensión cultural no todas las disciplinas científicas y sus aplicaciones marchan isocrónicamente. En ciertas actividades (matemáticas, estudios históricos, histología, ciencias naturales, etc) comenzamos a hombrearnos con los extraños, aunque sin igualarlos todavía; pero en otros, verbi gratia, la ingeniería, la zootecnia, la bacteriología, la botánica práctica, la astronomía, la química, la física, y sobre todo el arte de la invención industrial, vamos a la zaga...» 45. Hasta tal punto la voluntad pedagógica de Cajal seguía viva al final de su vida que su contribución al Archivo de la Palabra, el gran proyecto puesto en marcha por el fonetista del Centro de Estudios Históricos Tomás Navarro Tomás durante el bienio 1931-1933 para registrar la palabra de las personalidades españolas e hispanoamericanas más representativas en el campo de las ciencias, de las letras y de las artes, fuese el de «Pensamientos de tendencia educativa». En ellos resumió parte de su ideario educativo, y su confianza en la fuerza ejemplarizante del investigador docente para orientar la labor de los jóvenes científicos, pues en su opinión «misión trascendental del educador es desarrollar alas en los que tienen manos y manos en los que tienen alas. Como decía Cisneros, Fray Ejemplo es el mejor predicador» 46. Así pues podríamos afirmar para finalizar estas reflexiones que con su esfuerzo perseverante, tanto de carácter científico, como educativo, y político, Cajal y sus compañeros gestores de la JAE consiguieron que el sistema español de ciencia y tecnología diese un salto de calidad, pasando de la periferia a la semi-periferia del sistema científico mundial. En esa situación aun nos mantenemos, décadas después de su fallecimiento y de la desaparición de la JAE, ya que las pérdidas generadas en el sistema científico-técnico español por el estallido de la guerra civil fueron de tal magnitud, que aún no han podido ser subsanadas, como sucedió por ejemplo con el debilitamiento de la Escuela española de histología, al tener que exiliarse varios de los discípulos de Santiago Ramón y Cajal. 46 La transcripción completa de las reflexiones de Cajal en Archivo de la Palabra, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, CSIC, 1990, p. La transcripción completa de las reflexiones de Cajal en Archivo de la Palabra, Publicaciones de la Residencia de Estudiantes, CSIC, 1990, p. 28, Se reproducen en el anexo que se incluye al final de este texto. ANEXO DOCUMENTAL Intervención de Santiago Ramón y Cajal en el Archivo de la Palabra Pensamientos de tendencia educativa Si hay algo en nosotros verdaderamente divino es la voluntad. Por ella afirmamos la personalidad, templamos el carácter, desafiamos la adversidad, reconstruimos el cerebro y nos superamos diariamente. Te quejas de las censuras de tus maestros, émulos y adversarios cuando debieras agradecerlas. Sus golpes no te hieren, te esculpen. Con pocas excepciones, todo joven dotado de acusada y fuerte personalidad reacciona contra las exageraciones doctrinales o sentimentales de padres y maestros adoptando el tono o colorido moral complementario. El tumulto de la vida social suele obrar sobre las cabezas humanas débiles como el río sobre un cristal de cuarzo. Arrastrado y golpeado por la corriente conviértese al fin en vulgar canto rodado. Quien desee conservar incólumes las brillantes facetas de su espíritu recójase prontamente en el remanso de la soledad, tan propicio a la actividad creadora. Natural y loable es el ansia de reputación. Importa empero que el maestro discierna los dos principales tipos de ambiciosos: los que codician la fama como fin y los que la persiguen como medio. Cultívese de preferencia a los primeros. Misión trascendental del educador es desarrollar alas en los que tienen manos y manos en los que tienen alas. Como decía Cisneros, Fray Ejemplo es el mejor predicador. Nos gustan los libros que relatan las hazañas que hubiéramos deseado realizar, es decir un programa de vida noble y bella frustrado por el aciago destino. Suele crecer la planta según la dimensión de la maceta. El talento aldeano confinado en su rincón difícilmente alcanzará su pleno florecimiento. La naturaleza nos ha otorgado dotación limitada de células cerebrales. He aquí un capital, grande o pequeño, que nadie puede aumentar, ya que la neurona es incapaz de multiplicarse. Pero si se nos ha negado la posibilidad de acrecentar el caudal celular, se nos ha otorgado en cambio el inestimable privilegio de modelar, ramificar y complicar las expansiones de esos elementos, como si dijéramos de los hilos telegráficos del pensamiento, para combinar casi hasta el infinito las asociaciones reflejas y las creaciones ideales. Aprovechémonos de esta preciosa prerrogativa durante la juventud y la edad viril, porque el protoplasma neuronal parece endurecerse como el mortero con el transcurso del tiempo y no hay nada más infecundo y aun nocivo que una cabeza incapaz de aprender y corregirse. Existen dos variedades humanas, de valor harto desigual: el hombre rebañego, modelado por la tradición y la rutina y el hombre nuevo forjado por autorreflexión. Esta variable mental merece exclusivamente el nombre de individuo, porque sólo él es capaz de aportar algo al acervo común del progreso. Las cabezas sencillas y sugestionables reproducen el tipo humano ancestral, orientadas hacia el pasado desdeñan el futuro. Son empero necesarias, ya que forman la reserva evolutiva de la raza, donde laten en potencia, aguardando su hora, los genios del porvenir. Puesto que vivimos en pleno misterio, luchando contra las fuerzas desconocidas, tratemos en lo posible de esclarecerlo. Concluida nuestra labor seremos olvidados, como la semilla en el surco. Pero algo nos consolará el considerar que nuestros remotos descendientes nos deberán dar un poco de su dicha y que gracias a nuestro esfuerzo el mundo resultará algo más agradable e inteligible. Una severa autocrítica constituye el más precioso don del pensador. Nada de embriagarse con el propio vino, bueno o malo. No imitemos la credulidad confiada de la gallinácea que incuba con la misma formalidad un huevo fecundo que un huevo de mármol. Sobre la primacía de la teoría sobre la práctica y viceversa se han gastado mares de tinta. Hoy, al contrario de otras épocas, prevalece la exageración practicista con lo que se obtienen buenos obreros, pero rutinarios y mediocres maestros. Se olvida demasiado que el problema docente es un problema de equilibrio mental.
En el primer tercio del siglo XX crecieron diversas líneas de relación entre las universitarias norteamericanas y españolas; en particular, la que se estableció entre la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE) y el International Institute for Girls in Spain (IIGS) influyó positivamente en la formación de las mujeres de ciencia españolas. Esta relación se concretó en un intercambio de estudiantes y profesoras, y en el establecimiento de una línea de becas para las jóvenes graduadas. El artículo incluye la historia del Laboratorio Foster y la biografía de su fundadora. primera mujer llamada a formar parte de esta corporación. Su preparación y su experiencia en problemas pedagógicos, su prestigio y su inteligencia aumentarán considerablemente los medios de acción de la Junta» 4. La Residencia de Señoritas 5, creada por la JAE en 1915, cinco años más tarde que su homóloga masculina, formaba parte de la Residencia de Estudiantes. Aunque ésta se identificó durante años exclusivamente con el grupo de varones, en lo que constituye un ejemplo de la tendencia a invisibilizar la parte de la historia que atañe a las mujeres, las Memorias de la JAE dejan claro que la Residencia de Estudiantes acogía en su seno distintos grupos: «La Residencia de Estudiantes ofrece ya en sus varios grupos alojamientos a 250 jóvenes de uno y otro sexo (...) faltos en las escuelas oficiales de internados y de suficiente tutela cuando no viven con sus familias. Así han ido surgiendo, primero un Grupo universitario para estudiantes varones de diez y seis años en adelante, establecido ahora en la calle del Pinar; luego un Grupo de señoritas para estudiantes mujeres de igual edad, que tiene hoy sus locales en la calle Fortuny» 6. La Residencia de Señoritas se ubicó en los números 28 y 30 de la calle Fortuny, tras el traslado de la Residencia de Estudiantes varones a la calle Pinar, dando alojamiento a las alumnas que iban a estudiar a la Universidad de Madrid o preparaban su ingreso en ella, así como a las que asistían a la Escuela Superior del Magisterio, al Conservatorio Nacional de Música, la Escuela Normal, la Escuela del Hogar u otros centros de enseñanza; también a otras que privadamente se dedicaban al estudio en bibliotecas, laboratorios, archivos o clínicas. Desde su fundación, y a lo largo de su existencia, la Residencia de Señoritas estuvo siempre dirigida por María de Maeztu. Como sucedió con la de varones, la Residencia de Señoritas contribuyó a abrir puertas y a despertar en las jóvenes de la época nuevas aspiraciones personales y profesionales. Además de dar alojamiento, disponía de servicios como biblioteca, laboratorios, clases complementarias a las de la universidad, ----4 Memorias de la JAE, 1926-1928. 5 Sobre la Residencia de Señoritas, véase: ZULUETA, Carmen de y MORENO, Alicia (1993) Ni Convento ni College. La Residencia de Señoritas. Madrid, CSIC; MAGALLÓN POR-TOLÉS, Carmen (2001) «La Residencia de Estudiantes para Señoritas y el Laboratorio Foster. Mujeres de ciencia en España, a principios del siglo XX», ÉNDOXA, Series Filosóficas, no 14, 157-181; y VÁZQUEZ RAMIL, Raquel (2001) La Institución Libre de Enseñanza y la Educación de la Mujer en España: la Residencia de Señoritas (1915-1936). cursos de idiomas, y conferencias. Allí se orientaba a las alumnas a la lectura, la asistencia a conferencias y la relación social; se llevaba con ellas una labor de tutorización, educando en libertad y en la valoración del trabajo intelectual. En los primeros años predominaban las estudiantes de Magisterio, pero con el tiempo fueron creciendo las universitarias y disminuyendo las que asistían a otros centros. En esta evolución se percibe la impronta de su directora, María de Maeztu, firme partidaria de opciones profesionales para las mujeres distintas a la tradicional salida de la enseñanza. PENSIONADAS POR LA JAE La obtención de una pensión para completar la preparación científica en el extranjero, fue para las jóvenes universitarias de la época, al igual que en el caso de los varones, el cauce para aumentar su competencia científica; una vez obtenida la formación, la mayoría fueron integrándose, codo a codo con los varones, en los incipientes equipos de investigación que estaban formándose en el país. En 1907, a la JAE se le había encargado la tarea de concesión de pensiones o «servicio de ampliación de estudios dentro y fuera de España»; también las Delegaciones en Congresos Científicos, el servicio de información extranjera y relaciones internacionales en materia de enseñanza, el fomento de los trabajos de investigación científica y la protección de las instituciones educativas en la enseñanza secundaria y superior»7. Estas responsabilidades se concretaban en el mantenimiento de relaciones con Hispanoamérica, EEUU y otros países y la gestión de instituciones como el Patronato de Estudiantes y la Escuela Española de Arqueología e Historia de Roma, la Residencia de Estudiantes (de varones y de Señoritas), los llamados Grupo de niños y Grupo de niñas, el Instituto-Escuela y la Escuela de Párvulos de Simancas. También dependían de la JAE una serie de centros de investigación -algunos nuevos y otros ya existentes-reunidos en torno al Centro de Estudios Históricos y al Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales. La política de la JAE a la hora de decidir la concesión de una pensión, según Teresa Marín Eced, no respondía a criterios fijados de antemano sino a unas líneas generales de actuación definidas por los siguientes rasgos: un ----espíritu amplio, desprovisto de rigidez y burocratismo; una especial atención a las personas con prestigio profesional; la priorización de temas que respondían a las necesidades del país en ese momento; el apoyo a los temas de investigación de actualidad; un respeto por los informes de las Comisiones de expertos; el impulso constante a la renovación pedagógica, y una especial flexibilidad para adaptarse tanto a los incrementos y disminuciones de presupuesto como a los diversos cambios políticos ocurridos con los años 8. Dentro de estos rasgos, y a la vista del número de pensiones que concedió a las mujeres, habría que añadir el de mostrar una sensibilidad positiva hacia la promoción femenina, dado que no sólo no discriminó a las mujeres en la concesión de pensiones, sino que, atendiendo a las cifras, las favoreció. Estos porcentajes de jóvenes becadas se incrementan, al tener en cuenta otras vías de obtención de becas que beneficiaron a las españolas, y que se explicitan más adelante. SOLIDARIDAD TRAS LA GUERRA En el inicio de la fructífera relación entre universitarias norteamericanas y españolas, que también involucraría a la JAE, y que redundaría en mejoras de la educación superior de las españolas, encontramos como factores concomitantes, además de la tradición misionera arraigada en los Colleges femeninos de la costa Este de los Estados Unidos y la condición de España como país católico, sentimientos ligados a la guerra de Cuba y circunstancias prácticas derivadas de la I Guerra Mundial. La guerra de Cuba, librada entre España y los Estados Unidos, generó en este último país un deseo de compensar al país perdedor. 9 Cifras obtenidas a partir de los datos de CAPEL, Rosa María (1986) El trabajo y la educación de la mujer en España (1900-1930), Madrid, Ministerio de Cultura, para las pensiones obtenidas por las mujeres y MARÍN ECED (1990), para el total de pensiones. timiento, un Comité de Boston recabaría los fondos necesarios para construir en Madrid el edificio que albergaría el Instituto Internacional (International Institute for Girls in Spain, IIGS), un colegio dedicado exclusivamente a la educación de las mujeres 10. El IIGS nacía del empeño de Alice Gordon Gulick, como continuidad del Colegio Norteamericano, una institución educativa de carácter misionero protestante, instalado inicialmente en San Sebastián y que durante el periodo de la guerra de 1898, trasladaría su sede a Biarritz. Finalizada la guerra, Alice Gordon Gulick, se propone atraer al Instituto Internacional a las hijas de familias de ideas progresistas y liberales, por lo que el nuevo instituto será aconfesional. Tras la muerte de Gulick, en 1903, los Colleges de Mujeres 11 de Massachusetts y una liga creada en Boston para recoger fondos, La Liga del International Institut for Girls in Spain, fueron los encargados de convocar reuniones para explicar el proyecto de construcción de un colegio para la educación superior de las mujeres españolas y recoger fondos. En 1905, Carolina Marcial Coronado, alumna española del Instituto Internacional, viajará a los Estados Unidos para hablar de la obra iniciada por el Instituto en este país. El nuevo edificio del IIGS, se abriría en 1910, en Miguel Ángel, 8, Madrid. Factores como la mala conciencia generada por la guerra, que se salda con la pérdida española de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, además del entusiasmo y la red de relaciones de Alice Gordon Gulick, influirán en el apoyo dado al Instituto Internacional para construir el nuevo edificio, un apoyo que se ve como una compensación ofrecida a los vencidos por los vencedores. En un meeting del IIGS, en 1903, se dice: «Nosotros no somos sus enemigos; somos sus amigos; estamos aquí para vendar sus heridas (...) Vamos a construir esta escuela...no porque consideremos que las muchachas españolas tienen más derecho a la educación que una de Carolina del Sur, de Arizona o de Alaska. No... (sino) porque queremos erigir un monu-----10 La información que hace referencia al International Institute for Girls in Spain (IIGS) está tomada del Archivo del IIGS, depositado en Smith College, Northampton, Massachusetts, USA. Véase también ZULUETA, Carmen de (1984) Misioneras, feministas y educadoras, Madrid, Castalia; y ZULUETA y MORENO (1993). 11 Creados como una alternativa a la intransigencia de las universidades más prestigiosas de los Estados Unidos para admitir a mujeres, las fundadoras, además de fortuna, poseían sólidas ideas religiosas y una profunda convicción de que sus capacidades les hacían merecedoras de una educación superior similar a la del hombre. En ellos se generaría un liderazgo femenino que posibilitó el inicio de un cambio en las relaciones de poder entre los sexos, con repercusiones dentro y fuera de su país. Alice Gordon Gulick, alumna de Mount Holyoke, fue un buen ejemplo. mento a la paz (...) Estamos en el momento histórico concreto en el que ese monumento ha de construirse; y decimos que el lugar para erigirlo no es Washington, la capital del país conquistador sino Madrid, la capital del país conquistado (...) Vamos a tomar medidas que tendrán como resultado la construcción en España, en la capital del país, y con el dinero de los conquistadores de aquel país, un monumento de mediación que en los próximos cien años hará de las mujeres españolas lo que las americanas son hoy» 12. Además, la profesora Gulick y su esposo, casi desde el principio de su estancia en España, establecieron conexiones personales y de amistad con algunos de los hombres de la Institución Libre de Enseñanza, en particular con Cossío y con Azcárate, de los que obtuvieron permanente apoyo y consejo. Esta relación evolucionaría y se plasmaría en una estrecha colaboración con la JAE cuando el Instituto se instala en Madrid, una colaboración que nace de compartir ideas como la libertad de conciencia, el derecho de la mujer a educarse como el hombre y los nuevos métodos pedagógicos 14. Años más tarde, esta vez como consecuencia de los problemas de comunicación derivados de otra guerra, la I Guerra Mundial, el Instituto Internacio-----12 Discurso del Rev. 13 Discurso de Charles William Eliot, Presidente de la Universidad de Harvard. 14 ZULUETA, Carmen de (1992), Cien años de educación de la mujer española. Historia del Instituto Internacional, 2a ed., Madrid, Castalia. nal pasaría a estrechar aún más su relación con la JAE, compartiendo edificios y proyectos. Entre otros, con el apoyo del Comité de Boston del Instituto Internacional, en la Residencia de Señoritas se construirá el primer laboratorio de química dedicado en exclusiva a la formación científica de las españolas en este campo, el Laboratorio Foster. La JAE y el Instituto Internacional mantendrán una estrecha relación de colaboración basada, como se ha dicho, en la afinidad de ideas mantenidas por ambos grupos acerca de la educación. Las americanas dejarán su impronta en dos instituciones creadas por la JAE, la Residencia de Señoritas y el Instituto Escuela. Carmen de Zulueta, conocedora estrecha de esta relación, mantiene que la influencia, atribuida a los hombres y espíritu de la Institución Libre de Enseñanza que dan vida a la JAE, fue mutua15. Cuando los problemas generados por la I Guerra mundial van dificultando el transporte de materiales y personas a través del océano, el Instituto Internacional se plantea fundir su acción en los proyectos de la JAE. En 1917, ésta firmará un acuerdo con la corporación de Boston del IIGS por el que alquila las fincas del IIGS para uso de la Residencia de Señoritas. En las cláusulas del contrato se especifica que las profesoras norteamericanas se responsabilizarán de los departamentos de inglés, educación física y laboratorios 16. A partir de entonces se fusionan las bibliotecas y se posibilitan contactos personales que redundarán en intercambios de alumnas y becas. De hecho el Instituto va a ser una vía abierta, utilizada por la Residencia, de relación con las universidades femeninas norteamericanas, a donde acudirán algunas de las estudiantes españolas más tarde. En Junio de 1919, Lewis Kennedy Morse -Presidente del IIGS-y Miss Susan D. Huntington -Presidenta del Comité Ejecutivo-; María de Maeztu y José Castillejo, representantes de la JAE y del Ministerio de Instrucción Pública de Madrid, firman otro contrato. En el punto VI se señala, haciendo referencia al edificio de Miguel Ángel 8, que «desde el comienzo de este nuevo contrato el citado edificio deberá usarse solamente para la educación ----de las mujeres o muchachas» 17. Los contratos de arrendamiento de Miguel Ángel 8 a la JAE se fueron renovando año tras año, siendo el último recogido antes de la guerra, de 1931. Por otra parte, el edificio de Fortuny 53, donde se alojan la mayoría de los servicios de la Residencia de Señoritas, se venderá a la JAE. LA SOLIDARIDAD E INTERCAMBIOS CON LAS UNIVERSIDADES FEMENINAS NOR- Las norteamericanas, ante el rechazo de las Universidades a admitirlas en su seno, fundaron universidades sólo de mujeres, Colleges femeninos; se organizaron para avanzar en sus objetivos y trataron de establecer lazos con mujeres de otros países. Algunas ricas herederas legaron sus bienes para crear estas universidades, y muchas profesoras dedicaron esfuerzos a conseguir que otras lo tuvieran más fácil. La educación y la entrada de las mujeres en las distintas profesiones fue una conquista tenaz y paciente. La solidaridad se materializó en el establecimiento de una política de becas, creadas bajo el impulso de la Association of Collegiate Alumnae (ACA), una organización que en el año 1919 agrupaba a más de diez mil universitarias, entre las que se incluían presidentas, decanas, directoras y catedráticas de todos los estados de la Unión y también de Canadá. En línea análoga a la señalada antes, de solidaridad tras la guerra, la reflexión del desastre que supuso la I Guerra Mundial, generaría un movimiento internacionalista entre las mujeres educadas. La American Association of University Women, resultado de la unión entre la ACA y la Southern Association of College Women, se unió a organizaciones similares de otros países, para crear la Federación Internacional de Mujeres Universitarias (FIMU). La FIMU, en la que también se integraron las españolas, tenía entre sus objetivos promover la educación de las mujeres en el mundo y fomentar las relaciones de cooperación entre los países. Las universitarias españolas de los años 20 y 30 del siglo XX, se beneficiaron de esta corriente de solidaridad internacional. Además de las pensiones de la JAE, tuvieron el apoyo de profesoras norteamericanas que, de la mano del IIGS, llegaron a nuestro país para impulsar aquellos campos más deficitarios en la educación de nuestro sistema: los idiomas, las ciencias experimentales y la educación física. ----En Junio de 1919, Martha Carey Thomas, presidenta del Bryn Mawr College de Philadelphia, Pennsylvania, EEUU, y miembro del Comité de Relaciones Internacionales de la ACA, propuso al Ministerio de Instrucción Pública español firmar un acuerdo para intercambiar profesoras y estudiantes entre los Women's Colleges norteamericanos y las universidades españolas 18. Carey Thomas visita Madrid y se entrevista con María de Maeztu. En respuesta a esta proposición, a mediados de 1920 se constituye en Madrid un Comité para la Concesión de Becas a Mujeres Españolas. Está formado por María Goyri como presidenta, Zenobia Camprubí secretaria, María de Maeztu, la Doctora Arroyo de Márquez y José de Castillejo. Las integrantes del Comité se responsabilizarán de la designación de las becarias, y de ejercer desde España una labor de tutoría. Las becas que gestionará este comité son destinadas a universitarias que desean seguir cursos de especialización en las universidades norteamericanas, cubriendo su importe los gastos de residencia y enseñanza pero no los viajes. En el momento en que se estudia esta propuesta existía ya un programa de intercambio de becarias, venido de la relación entre la Residencia de Señoritas y el IIGS, entre el Smith College y la Residencia. Este intercambio suponía una asignación de 600 dólares por la parte americana y 600 duros por la parte española, al tiempo que las receptoras de las becas se comprometían a dar 6 horas de español e inglés respectivamente en sus universidades de acogida. Tras la visita a Madrid de M. Carey Thomas, María de Maeztu plantea a la Junta que se haga cargo del pago de los 600 duros del intercambio con el Smith y que contribuya a sufragar los gastos de viajes de todas las becadas, extrayéndolo «del capítulo de pensiones, toda vez que la Srta. Española que va a América puede considerarse como pensionada» 19. Se iniciará así un mecanismo de concesión de becas complementadas que explica el significativo crecimiento del número de estudiosas que viajan a los Estados Unidos a partir de este momento. Hablamos de becas complementadas porque las que recibían una beca de un College norteamericano por esta vía acudían a la convocatoria de pensiones de la JAE para solicitar gastos de ----18 La propuesta de la ACA estaba dirigida «To the Ministers of Public Education and the official heads of Educational institutions in Spain, North Africa, Egypt, India, Palestina, Greece, Constantinople, and certain cities in Mesopotamia and Asia Minor». Dirigida al Ministerio de Instrucción Pública es remitida a la JAE con fecha 21 de Junio de 1919. 19 Escrito de María de Maeztu al Secretario de la JAE, José Castillejo, 1 de junio de 1920. viajes y de estancia que cubriera los días del periodo vacacional en los que se cerraban las residencias que las acogían. Una vez obtenida la beca en el lugar de destino, la Junta aceptaba el correr con los gastos de viaje y estancia parcial correspondientes. En las decisiones de la Junta a este respecto va a jugar un papel importante María de Maeztu, que es en muchos casos quien informa de la conveniencia o no de acceder a la petición. La Residencia de Señoritas se encargaba a su vez de acoger a las profesoras y estudiantes norteamericanas que llegaban a España 20. BECADAS EN LOS ESTADOS UNIDOS Desde el curso 1920-1921 hasta el de 1935-1936, fueron 31 las españolas becadas en los Estados Unidos, para estudiar o especializarse en distintos temas 21; más de una, por ser los viajes de la época largos y costosos, permanecería en el país sin regresar en las vacaciones de verano. Al respecto, en una entrevista mantenida en Madrid con Dorotea Barnés, esta química que trabajó en el Instituto Nacional de Física y Química (el Rockefeller), contaba algunos detalles de su vida cotidiana en el verano de 1930, pasado con las profesoras de Smith College. Contaba que la cena era servida en vajilla de plata, y que a ella asistían de traje largo. Pero no era esto lo que le había sorprendido. Lo que realmente le había llamado la atención es que tras la cena, las profesoras y ella misma, ¡fregaban por turno! Y ella, que finalmente y pese a todo, estaba allí porque tenía una beca, pensaba: «¡Si me viera mi abuela fregar...! 22. Becadas para estudios relacionados con ciencias experimentales en los Estados Unidos fueron: en el curso 1921-1922: Carmen Castilla, maestra superior e inspectora, en Smith College, para especializarse en «Metodología de la enseñanza de las ciencias»; Concepción Lazarraga, y María Luisa Cañameras, licenciadas en Farmacia, para «Prácticas de química», en Barnard College (New York) y Bryn Mawr (Philadelphia, Pennsylvania), respectivamente; y Loreto Tapia Robson, licenciada en Medicina, para estudios de «Fisiología», en Bryn Mawr. Pilar Claver Salas, profesora del Instituto Escuela y más tarde de la Sección de Ciencias Físicas y Naturales de la Escuela Normal, fue becada para estudios de la «Metodología de la enseñanza de las ciencias», en Vas-----20 MAGALLÓN PORTOLÉS, Carmen (1998a) Pioneras españolas en las ciencias. Las mujeres del Instituto Nacional de Física y Química, Madrid, CSIC. El Instituto Nacional de Física y Química (INFQ), más conocido por el Rockefeller porque había sido financiado por esta institución norteamericana, a principios de los años 30, acogería las líneas de investigación más prometedoras en el campo de las ciencias experimentales en nuestro país24. Organizado en seis secciones, en los cinco años que van de sus inicios al estallido de la Guerra Civil española, en él se integrarían hasta 36 mujeres. En la Sección de Electricidad y Magnetismo, dirigida por Blas Cabrera, Dolores Pardo Gayoso; en la Sección de Rayos X, dirigida por Julio Palacios, Pilar Álvarez-Ude Aguirre, Piedad de la Cierva Viudes y Felisa Martín Bravo; en la Sección de Espectroscopía, dirigida por Miguel A. Catalán, Dorotea Barnés González, Rosa Bernís Madrazo, Ma Paz García del Valle, Josefina González Aguado, Pilar de Madariaga Rojo, Pilar Martínez Sancho y Carmen Mayoral Girauta. La Sección de Química-física, dirigida por Enrique Moles, sería la que concentraría a un mayor número de señoras, hasta 14: Pura Barbero Rebolledo, Adela Barnés González, Asunción Fernández Fournier, María Aragón García Suelto, Amelia Garrido Mareca, Ma Luisa Garayzábal Medley, Carmen Herrero Ayllón, Narcisa Martín Retortillo, Carmen Pardo García-Tapia, Carlota Rodríguez de Robles, Concepción Rof Carballo, Pilar Villán Bertrán, Ma Teresa Salazar Bermúdez y Ma Teresa Toral. En la Sección de Química Orgánica, dirigida por Antonio Madinaveitia, hubo tres señoras: Petra Barnés González, Natividad Gómez y Carmen Gómez Escolar. En la Sección de Electroquímica, dirigida por Julio de Guzmán, seis: Patrocinio Armesto, Vicenta Arnal Yarza, Carmen García Amo, Manuela González Alvargonzález, Clara Orozco Barquín y Concepción Zuasti Fernández. De Obdulia de Madariaga y Vicenta Muedra Benedito no sabemos a qué sección estuvieron adscritas 25. La mayoría de las mencionadas son alumnas brillantes, pues un tercio del total, 12, tienen Sobresaliente y Premio Extraordinario en la licenciatura; 11 son antiguas alumnas del Instituto Escuela, el centro educativo creado por la JAE a modo de centro piloto o experimento pedagógico, para ser el ejemplo a seguir por el resto de centros de enseñanzas medias. También son mayoría las licenciadas en química, 21, una carrera a veces precedida o compatibilizada con la de farmacia, como es el caso de 4 de las anteriores; licenciadas en físi-----ca son 6, una de las cuales lo es también en química; 4 son licenciadas en farmacia y de 5 no se poseen datos. De las 36 mujeres reseñadas son 8 las que en algún momento disfrutaron de una pensión en el extranjero, becadas por la JAE, entre las que se cuentan cuatro de las cinco que más publican. Sólo Teresa Toral, que tiene en su haber un mayor número de publicaciones y que se mantiene en el INFQ de becaria, con seguridad hasta el año 1937 y con alta probabilidad en el 38, no logrará su pensión, pues justamente está en trámites de solicitarla en el año 1936. De estas 8 becadas, cinco lo serán en los Estados Unidos. El cuadro 1, las recoge. Entre las profesoras norteamericanas que llegan a España de la mano del IIGS, estará Mary Louise Foster. En 1920, viene a Madrid precisamente para desempeñar el puesto de directora del Instituto Internacional. Esta científica, nacida en Boston en 1865, fundaría en nuestro país el primer laboratorio de química dedicado en exclusiva a la formación de mujeres en este campo. Pionera en muchos aspectos, dedicó toda su vida a la enseñanza y la investigación de problemas ligados a la química, desde los puramente experimentales hasta los históricos, también a impulsar la educación científica de las mujeres, como muestran sus escritos y las opciones vitales que va tomando. Margaret Rossiter la señala como la primera científica de los Estados Unidos que tuvo un empleo en la industria química; se refiere a su trabajo como química en la Standard Essence Company, en Maplewood, New Jersey, en el periodo que va de 1901 a 190426. Graduada en 1883, en la Girls' Latin School de Boston, Foster comienza ese mismo año a dar clase en Chauncy Hall mientras continúa sus estudios para pasar los Boston Examinations. Superadas estas pruebas, pasa a enseñar en una escuela de mayor nivel (grammar grades), la Lowell School, también de Boston. Allí continuará hasta 1888, cuando a sus 23 años decide trasladarse a Northampton, Massachusets, una pequeña ciudad situada a dos horas de Boston, en donde desde 1871 se erige el Smith College, uno de los Colleges ----femeninos fundados en la costa Este. Allí llega ya preparada para hacer dos cursos en uno y a la vez ser asistente de laboratorio. Se gradúa en Smith en 1891 y comienza a dar clases de física y química en la West Roxbury High School, de Boston. En esos años, mientras da clases sigue cursos de botánica, fisiología, bacteriología y mineralogía en el Massachusetts Institute of Technology (MIT). En el MIT será alumna de Ellen Swallow Richards, la primera mujer que estudió en esta institución y una de las químicas pioneras de Norteamérica 27. En 1899, se traslada a Nueva York, en donde trabaja en distintos laboratorios. Como se ha mencionado, trabaja en la Standard Essence Company, de 1901 a 1904, y en el curso 1904-1905 es profesora de Química y asistente de investigación en el Woman's Medical College de Nueva York. En 1908, vuelve al Smith College como profesora del Departamento de Química. Allí permanecerá hasta su jubilación, a mediados de los años 30. A lo largo de los años, en el Smith, disfruta de varios años sabáticos. En uno de estos periodos (1914) se doctora en química, en la Universidad de Chicago. En el verano de 1918, en el Instituto Rockefeller de Investigación médica, Foster contribuye al esfuerzo dedicado a paliar los efectos de la guerra, investigando la kefalina, una de cuyas propiedades es su poder de coagular la sangre. Esta sustancia sería más tarde (hacia 1931) de uso general en forma de vendas de kefalina. A España llegará en otro de sus sabáticos, en 1920, para desempeñar el puesto de directora del Instituto Internacional. Enseguida se da cuenta de las carencias de formación en técnicas de laboratorio entre las estudiantes de la Universidad de Madrid. Y decide poner en marcha un laboratorio de Química en las dependencias de la Residencia de Señoritas. En 1927 vuelve de nuevo a España, invitada por la Junta y el Instituto Internacional para supervisar el diseño y equipamiento de las nuevas instalaciones del laboratorio de química. Será en la inauguración de estas nuevas instalaciones cuando el laboratorio recibirá su nombre. Interesada por la historia de la química, asistió como delegada del Smith College al International Congress of History of Science and Technology, celebrado en 1931 en Londres, perteneció a la History of Science Society americana -de la que fue elegida miembro del Council en 1932-, a la American ----Association for the Advancement of Sciences y a la Phi Beta Kappa del Estado de Massachusetts. La relación de Foster con España se fue intensificando: en los años 20 por su trabajo en el Laboratorio de la Residencia de Señoritas; y en la década siguiente debido a su interés por la tradición histórica de trabajos químicos heredados de los árabes que se suma a su admiración por la riqueza del legado histórico español28. En 1934, asistirá al IX Congreso Internacional de Química Pura y Aplicada que tuvo lugar en España. Con este motivo escribe un artículo en el que plasma esta admiración y en el que elogia el trabajo desarrollado por la JAE en beneficio de la educación y la investigación29. Además de sus trabajos históricos, las líneas de investigación que cultivó fueron la bioquímica y la espectroscopía molecular, publicando numerosos trabajos. Uno de ellos lo firmaría con Dorotea Barnés, una de sus alumnas más destacadas en Madrid y en Smith College, quien tras dos años de estancia en EEUU, pasó a formar parte del grupo de mujeres investigadoras del Instituto Nacional de Física y Química. A lo largo de su vida escribió múltiples trabajos sobre diversos temas históricos, entre los que destacan un libro sobre la vida de Lavoisier30, otro sobre Bernard Palissy31 y la primera traducción al inglés de El Lapidario de Alfonso X el Sabio32. Este último trabajo será el resultado de una beca que le concede el American Council of Learned Societies para estudiar la Alquimia en España, en el verano de 1930. Ya jubilada, en la década de 1940, continúa sus investigaciones, ahora sobre proteínas hidrolizadas, al tiempo que el Colegio Americano de Santiago de Chile le encarga la misma tarea que con tanto éxito había llevado a cabo en Madrid: organizar un laboratorio de física y química. ----Mary Louise Foster, profesora emérita del Smith College, murió en Pembroke, Massachusetts, el 21 de Junio de 1960, a los 95 años de edad33. EL LABORATORIO FOSTER 34 Los informes del Instituto Internacional, enviados al Comité de Boston hacen referencia sistemática a la ausencia de prácticas de laboratorio en la formación de las españolas; esta necesidad se detecta con más claridad y se vive con mayor urgencia desde fuera que desde los ámbitos españoles donde se sabe, y se admite con cierta resignación, que la falta de laboratorios es una carencia estructural clásica en España. Habida cuenta de los objetivos que el Instituto Internacional se había marcado -la colaboración en la educación superior de las españolas-, de las estrechas relaciones que mantenía con la Residencia en esos momentos y de los acuerdos que les unían, no es de extrañar que la profesora Foster dedicara gran parte de su tiempo a organizar un laboratorio de química. Para las profesoras y alumnas norteamericanas que viven en la Residencia es inconcebible estudiar química sin hacer prácticas, recurriendo sólo al aprendizaje memorístico. Ante el requerimiento realizado a través de la directora María de Maeztu, la Junta equipa un local que servirá de laboratorio en la Residencia. Es el laboratorio que más tarde se llamará formalmente Laboratorio Foster. Se trata de un laboratorio universitario, encaminado sobre todo a la adquisición de técnicas básicas, y aunque el nombre es posterior, la puesta en marcha inicial y su crédito pertenecen a Foster ya desde 1920. Desde el principio, los profesores de química de varias facultades ofrecen convalidar las prácticas que se realicen bajo la dirección de la profesora Foster; y el crédito alcanza hasta los últimos años del programa de doctorado. Este respaldo se mantendrá a lo largo de los años e incluso llegará a institucionalizarse en los años 30, cuando las alumnas de los cuatro cursos de Farmacia realizan sus prácticas de química en él. Así lo recuerda Carmen Gómez Escolar, directora del Laboratorio de 1932 a 1936: «En la Residencia, en Fortuny 30, teníamos un laboratorio magnífico, en la parte de abajo de la enfermería, a expensas de la JAE. De responsables estábamos dos. ----Cuando acabé la carrera (a principios de los 30), yo estaba de directora y otra chica (Carmen Sánchez) de auxiliar. Las prácticas que allí hacíamos, de química orgánica sobre todo, eran muy buenas, yo les firmaba el cuaderno y Madinaveitia (profesor de química orgánica en la Facultad) las admitía. Las chicas que las hacían no tenían que hacer examen práctico» 35. Los tres primeros cursos, hasta 1923, el Laboratorio Foster estará dirigido por una profesora norteamericana del IIGS. Los dos primeros, será Mary Louise Foster, y el tercero, Vera Colding. El primer año se organizan cuatro secciones y dos cursos, uno de análisis cualitativo y otro de análisis cuantitativo, de cuatro horas semanales. Se cubren todas las plazas ofertadas, unas 30. Durante el verano de 1921 se introducen algunas mejoras, se compran dos nuevas balanzas, se habilita una sala especial para colocarlas y se instala el gas y el agua en la sala dedicada al trabajo cuantitativo. Castillejo, Secretario de la JAE, escribe al Comité de Boston dando cuenta de los avances del laboratorio, cuyo éxito, señala, debe ser motivo de orgullo para la profesora Foster 36 Así lo cuenta, la propia Foster, años más tarde: En el curso 1921-1922, en el laboratorio se inscriben 43 alumnas, 13 de ellas de Madrid y el resto hasta de 15 diferentes provincias, con un promedio de edad de 19 años. En el informe de la profesora 38 se indica que la cifra de las madrileñas se ha más que triplicado con respecto a las que asistían el año ---- anterior. Esto nos da idea de que el Laboratorio atrae alumnas que viven en sus casas de Madrid, fuera de la Residencia. La mayoría son estudiantes de Farmacia, también hay de Química, Medicina, Ciencias y de la Escuela Superior del Magisterio. La abundancia de estudiantes de Farmacia, la atribuía Foster a la alta estima de las españolas por un trabajo que establecía continuidad con el que otras mujeres, en España, habían realizado en el pasado. Se refería a las monjas, y a su tarea de buscar y cultivar hierbas para administrar a los enfermos en los pueblos. Por otra parte, la Farmacia ofrecía una ocupación retirada del ámbito público, y esto cuadraba con las costumbres. Metodológicamente, Foster prepara a las asistentes al laboratorio en el desarrollo de la independencia de análisis, la capacidad de iniciativa y la confianza en los resultados, así como en la adquisición de las técnicas adecuadas. En el segundo año, Foster introducirá un curso práctico de química orgánica. «Para conseguir estos resultados, cada estudiante trabajó independientemente analizando 20 soluciones conteniendo de 3 a 5 metales desconocidos, 25 sales desconocidas y 10 minerales. El curso de segundo año fue de química cuantitativa y en él utilizamos el libro de Casares como texto. Cada estudiante realizó los problemas y practicó todos los métodos (...) Esta destreza se puso en evidencia al acabar el trabajo requerido tres semanas antes de finalizar el cuatrimestre, habiendo aplicado los métodos al análisis de azúcares, aguas oxigenadas y orinas normales y anormales» 39. Foster encuentra a las alumnas españolas «trabajadoras serias que no regatean esfuerzos pero que no permiten que nada interfiera con su principal objetivo, a saber, aprobar los exámenes de mayo» 40. Esto hará que la asistencia al Laboratorio se resienta en cuanto se acercan las fechas de exámenes. La Memoria de la Junta publicada en 1922 proporciona también un informe amplio del Laboratorio, encomiando el trabajo de Miss Foster, del que se dice constituye un modelo de organización a la vez que una muestra de las amplias perspectivas que se abren ante las mujeres en el campo de la Química práctica. El balance de estos dos primeros años será valorado muy positivamente desde distintas perspectivas por la profesora Foster: «Mi experiencia aquí, una de las más agradables e interesantes de mi vida, me lleva a creer que este trabajo de prácticas de laboratorio es muy necesario, de gran ----39 Ibídem. valor y muy apreciado por quienes lo reciben. He tenido la cooperación más generosa y cordial por parte de Miss Maeztu y Mr. Castillejo» 41. En estos dos primero años de su estancia en España, en particular en el Laboratorio de su nombre, Foster no parece que se centrara en hacerse cargo de otra de las carencias que a su juicio era importante subsanar en este país, y que ella defendía como un conocimiento estrechamente ligado a la química, a saber, la preparación científica para las tareas domésticas. Fue en el MIT donde ella adquirió esta preocupación por ampliar la ciencia, extendiéndola hacia preguntas más ligadas a espacios tradicionales de las mujeres, línea en la que recibió la influencia de Ellen Swallow Richards. Esta había abierto espacios de trabajo 'femeninos' en la ciencia, al fundar la Economía Doméstica, un campo de gran relevancia en los Colleges de mujeres 42. En él se abordaban aspectos de la ciencia que hasta el momento apenas habían sido tenidos en cuenta, pues en el caso de la química, ésta se había centrado fundamentalmente en los problemas que interesaban a la industria, entonces concebida como algo sustancialmente aparte del hogar. Entre otros problemas, la Economía Doméstica se hacía cargo del análisis de aguas y de productos alimenticios, así como de la elaboración de dietas equilibradas y saludables. Desde esta nueva perspectiva, pensaba Swallow que la química hacía a las mujeres «mejores amas de casa... y madres más adecuadas para cuidar de la versátil juventud americana» 43. En coherencia con esta línea había presentado, en la exposición mundial de Chicago de 1893, una cocina «Rumford» que ofrecía a los visitantes comida nutritiva y 'científicamente' cocinada. Mary Louise Foster compartía los criterios de su profesora, también el interés por el nuevo campo acotado por Swallow, la Economía Doméstica, y así lo manifiesta al llegar a España. En este país, escribe, «la necesidad más acuciante, mucho mayor que en Estados Unidos, es la educación de las mujeres en la química y el uso y la preparación científica de comida. Los cursos de ciencia doméstica y economía, y la relación entre la comida y la salud, en mi opinión, son aquí muy necesarios; son, de hecho, el mismo tipo de cursos que la American Chemical Society está poniendo en marcha en los Estados Unidos con la ayu-----41 Ibídem. 42 Para una preocupación similar desarrollada por Rosa Sensat, véase SOLSONA, Nuria (1999) «La educación dirigida de las amas de casa. Las aportaciones de Rosa Sensat». En M.J. Barral; C. Magallón; C. Miqueo y M.D. Sánchez (eds.) Interacciones Ciencia y género. Discursos y prácticas de mujeres. da de los clubs de mujeres. Desgraciadamente, no existe una organización similar (a estos clubs) en España» 44. Volviendo al Laboratorio Foster, en el curso 1922-23, la directora pasa a ser Vera Colding, graduada en Vassar College, New York (1916), enviada igualmente por el Comité de Boston del Instituto Internacional. Y ya en 1923-1924, la Junta pone al frente del Laboratorio Foster a Rosa Herrera, licenciada en Farmacia y Ciencias Naturales, que en años anteriores había trabajado como auxiliar de las profesoras Foster y Colding. En 1925, Castillejo escribe al Comité de Boston dando cuenta del éxito del laboratorio de química y solicitando ayuda para organizar en Madrid, y del mismo modo, es decir, con personal y métodos americanos, un laboratorio de biología. Explica que los graduados en ciencias sufren diariamente la falta de laboratorios de botánica, zoología y física. El Instituto Internacional, por su parte, espera contar con una científica de prestigio para satisfacer al curso siguiente la petición de Castillejo 45. Desde el Comité de Boston del Instituto Internacional se vislumbran las posibilidades que se abren a las españolas debidamente entrenadas en el campo de la investigación científica, ya que en esos momentos se conoce el acuerdo por el que la Institución Rockefeller va a construir un instituto de Física y Química en Madrid. «La Junta ha construido un laboratorio de química y promete levantar otro para botánica y zoología. Esperamos que ambos establecimientos puedan ser dirigidos durante años por profesoras americanas, quienes por su parte desean colaborar con la Residencia en la formación de las estudiantes para que aprovechen las oportunidades que tienen en la universidad, en las Residencias y más tarde en los Laboratorios de Investigación de física y química que van a establecerse en edificios que cuestan casi medio millón de dólares, construidos por el Rockefeller General Education Board en un terreno cercano a nuestra propiedad y que la Junta les ha proporcionado para este propósito» 46. Las aspiraciones de Castillejo acabarán siendo inviables, ya que antes de crear otro laboratorio diferente será preciso mejorar y asentar el que está en marcha. En diciembre del año 25, las condiciones materiales del laboratorio de la Residencia de Señoritas son insostenibles. Las instalaciones que se ---- habían acondicionado se quedan pequeñas para la demanda existente. Se necesita con urgencia una reparación y una ampliación. No hay otro local disponible, por lo que la JAE comienza la construcción de un nuevo laboratorio de química en el jardín de Fortuny. Las dificultades económicas impiden que las obras se lleven a cabo de manera ágil, con el consiguiente trastorno para la continuidad del trabajo iniciado. Durante el curso 1926-27 tienen que suspenderse los trabajos por falta de fondos y María de Maeztu viaja a Boston, donde consigue de la Corporación del IIGS un donativo de veinte mil pesetas para continuarlas. Consigue también que, en Junio de 1927, la profesora Foster vuelva de nuevo con un sueldo pagado a medias por el IIGS y por la JAE para equipar y poner en marcha el nuevo Laboratorio de química. Ya en Madrid, Foster supervisa el diseño y equipamiento de las nuevas instalaciones y trata de que el nuevo recinto se acerque lo más posible a Stoddard Hall, el laboratorio de Química del Smith College. El laboratorio, que tiene dos dependencias habilitadas, una para análisis cualitativo, con 22 plazas y otra para análisis cuantitativo, con capacidad para 10 personas, se abrirá en enero de 1928, con la consiguiente alegría de las alumnas. Al nuevo laboratorio asistirán treinta alumnas que básicamente llevarán a cabo el programa ya establecido: prácticas de química inorgánica y de química orgánica. La directora, de nuevo Mary Louise Foster, es ayudada en su trabajo por las profesoras Rosa Herrera y Ma Luz Navarro. El 1 de marzo de 1928, María de Maeztu, las estudiantes del laboratorio y las profesoras de la Residencia preparan una sorpresa para Mary Louise Foster. A las 4 de la tarde se reúnen en la puerta de entrada del laboratorio y María de Maeztu les dirige la palabra: «Estamos aquí reunidas para dedicar nuestros nuevos laboratorios de química. Han sido construidos con dinero americano y los cursos han sido fundados y organizados por una americana. En los Estados Unidos la costumbre es perpetuar la memoria de tales servicios dando el nombre del fundador al edificio. Así, para que las que os sucederán en los años venideros se familiaricen con el nombre de esta profesora, este laboratorio se llamará 'Laboratorio Foster'»47. Al terminar su discurso María de Maeztu descubre una placa de bronce colocada en la pared del edificio del laboratorio con un nombre impreso: Laboratorio Foster. ----Durante el curso de 1928-1929, asisten al Laboratorio 32 alumnas, y es dirigido de nuevo por Rosa Herrera, teniendo por ayudante a María Luz Navarro. En el curso 1929-1930, en el que la directora, Rosa Herrera, disfruta de una beca de la JAE para estudios de química en Inglaterra, el Laboratorio Foster pasa a ser dirigido por el profesor Enrique Raurich, de la Facultad de Farmacia, siguiendo de ayudante María Luz Navarro. Las Memorias de la JAE recogen los trabajos llevados a cabo. Mencionaremos algunos de ellos: «Las señoritas Dolores Quesada, Isabel Carrión y Consuelo Ochoa, asistieron asiduamente y con verdadera aplicación, resolviendo seis problemas de Análisis químico cualitativo, incluso alguno que constituía el llamado «caso complicado». Al empezar los trabajos de Análisis cuantitativo estas mismas señoritas se prepararon y comprobaron las soluciones valoradas más corrientes, verificando repetidas veces, hasta imponerse bien de la técnica, las siguientes determinaciones cuantitativas: glucosa, cloruros y fosfatos en la orina; acidez total, fija y volátil; grado alcohólico, tanino y sulfatos en los vinos; número de acidez, de saponificación, de yodo, de acetato; residuo insaponificable, falsificaciones y adulteraciones en un aceite traído por una de las señoritas, materia orgánica y cloruros del agua del Laboratorio (...) La señorita María Luz Navarro, en funciones de ayudante, prestó con asiduidad y competencia valioso concurso y ayuda aprovechando los momentos libres para empezar a trabajar en análisis de quesos (...) El señor Raurich, gracias al buen orden observado por todas las alumnas, pudo comprobar y arreglar una marcha sistemática para la separación cualitativa e identificación de los ácidos inorgánicos más corrientes. Este trabajo se presentó en las sesiones que del 1 al 4 de mayo de 1930 celebró en Sevilla la Real Sociedad Española de Física y Química, con motivo de su primera reunión anual» 48. En el curso siguiente, 1930-1931, la dirección del laboratorio vuelve a manos de Rosa Herrera, manteniéndose María Luz Navarro de auxiliar. Asisten 34 alumnas de la Residencia. En los últimos años el Laboratorio Foster fue dirigido por la citada Carmen Gómez Escolar, auxiliada por Carmen Sánchez. El cuadro no 2 incluye las distintas directoras y el número de alumnas, año a año. ---- La trayectoria de muchas alumnas del Laboratorio Foster pasaría más tarde por el Instituto Nacional de Física y Química (INFQ). Ambas eran instituciones creadas y gestionadas por la JAE y estaban entrelazadas por una red común de personas. Así, por ejemplo, Blas Cabrera, director de la Sección de Electricidad del INFQ, era vocal del Comité que regía la Residencia. En cuanto a las alumnas, mencionaré tres ejemplos de mujeres que, estando ligadas a la Residencia, trabajarían más tarde en el INFQ. Una es Dorotea Barnés González49, que vivía con su familia en Madrid pero asistía a las clases del Laboratorio Foster, a través del que se siente ligada a la Residencia de Señoritas. Otra es Felisa Martín Bravo, que vivió en la Residencia, siendo una de las becarias de la misma a mediados de los años 20 (1924-1926); más tarde sería también profesora de física en ella, profesora auxiliar en la Universidad Cen-----tral de Madrid e investigadora en la Sección de Rayos X del INFQ. También fue residente Pilar Martínez Sancho, que trabajó con Miguel A. Catalán en la Sección de Espectroscopía del INFQ. Tras la Guerra Civil de 1936, las instituciones que había creado la República fueron desmanteladas y los equipos de investigación se deshicieron. La mayoría de los hombres y mujeres de ciencia, como tantos otros, tuvieron que exiliarse. Todos tuvieron difícil continuar desarrollando sus investigaciones en los países que les acogieron, pero para ellas la ruptura sería en muchos casos definitiva. El Comité de Boston continuó prestando apoyo a los amigos. Envió ayuda a los refugiados en Francia y a quienes recalaron en Méjico. Lo mismo hicieron las profesoras norteamericanas que habían estado en algún momento en el Instituto Internacional, en España; es el caso de Margaret Palmer que se dedica a apoyar a los refugiados españoles que llegan a París. El edificio de Miguel Angel, 8, que continuaba siendo propiedad americana, terminada la guerra fue reclamado por el Gobierno de los Estados Unidos, pero no se devolvió hasta 1944. En 1944, Enriqueta Martín, que tras la guerra sigue en Madrid a cargo de la Biblioteca del Instituto Internacional escribe al Comité de Boston: «Parecía antes que no existía peligro de expropiación o, en todo caso, que podría haber alguno remoto. Ahora se ve que, por el contrario, la amenaza existe y que será necesario actuar con energía y rapidez. El Sr. Embajador viéndolo también así, ha gestionado la rescisión del contrato con el Ministerio de Asuntos Exteriores (...) Duele ver que el Instituto Internacional presta su ayuda económica a una cosa que no aprovecha verdaderamente en el sentido de los motivos para los que se hizo la fundación (...) Es también insoportable que las decisiones del Instituto Internacional o de quienes le representan sean una vez y otra desatendidas y menospreciadas: en 1939 se recibió orden de venir a separar la Biblioteca del Instituto Internacional. Eulalia, actuando de directora provisional se negó en redondo, con el apoyo de Julio Palacios (hoy Vicerrector de la Universidad y encargado de los Colegios Mayores). Más tarde, cuando Mrs. Vernon ordenó que se diese en la Biblioteca un té en honor del Sr. Embajador, fue Matilde quien se opuso rotundamente; cuando el Instituto Internacional consideró que debía terminar el contrato, el Ministerio ni siquiera se dignó acusar recibo de la carta en que se anunciaba y fue necesario exigir un documento que acreditase, al menos, la entrega de aquella (...) Pensándolo bien, todas estas cosas y un sinnúmero de pequeños detalles que, reflexionando, se pueden percibir, se ofrecen como manifestaciones de una intención de ir prescindiendo cada vez más del propietario de la casa hasta llegar a anularlo; y entonces sería tiempo de declarar de derecho lo que ya se realiza de hecho. He aquí, pues que evidentemente ha llegado el momento de librarse de los inquilinos por cualquier medio que sea eficaz y rápido (...)» 50. Los boletines del International Institute for Girls in Spain, que edita el Comité de Boston dan noticia del destino y actividad de algunas de las alumnas de la Residencia durante la guerra: de Pilar de Madariaga se dice que está dedicada al trabajo en un orfanato, en Alicante, que se le ha invitado a dar clases en Vassar College pero ella ha rehusado, alegando que en esos momentos (1937) es más necesaria en España 51. De Dorotea Barnés se dice que continúa, en 1938, dando clases en la Escuela Normal para chicas, de Carcassone, Francia, mientras Arsenia y Justa Arroyo que habían llegado a Bryn Mawr y Smith College, respectivamente, en 1937 han recibido una nueva beca para que continúen estudiando en los Estados Unidos 52. Uno de los boletines incluye una carta que envía Rosa Herrera desde la Colonia de Refugiados españoles de Villefranche-de-Rouergue (Aveyron). Acabaré con el texto de esta carta que ejemplifica crudamente el destino de esta generación. THE FOSTER LABORATORY IN THE RESIDENCIA DE SEÑORITAS.
Santiago Ramón y Cajal, Ramón Menéndez Pidal, Blas Cabrera, Américo Castro, Leonardo Torres Quevedo, Ignacio Bolívar, Enrique Moles, Rafael Lapesa, Julio Rey Pastor, Dámaso Alonso, Miguel Catalán, y un largo etcétera. Un nombre acaso menos conocido para algunos sea el de Tomás Navarro Tomás; sin embargo, y dejando al lado por un momento sus contribuciones a la lingüística (a la fonética en particular), pocos pueden presumir de una relación tan continuada con la Junta como la que mantuvo él. Así, si consultamos la primera memoria preparada por la JAE, la correspondiente a 1907, el año en que fue creada, nos encontramos no sólo con que Navarro Tomás -también conocido por las singulares siglas de su nombre y apellidos, TNT-recibió una de las pensiones concedidas 1, sino que también contribuyó a esa memoria con un trabajo, uno de los cuatro apéndices incluidos, en el que en 22 páginas describía su «Pensión al Alto Aragón» 2. Por otra parte, continuó sirviendo a la Junta durante la Guerra Civil, cuando no eran muchos los que permanecían activos en ----1 Esto es lo que se lee en la Memoria: «Una subvención de 1.022 pesetas a D. Tomás Navarro Tomás, Doctor en Filosofía y Letras, para realizar estudios filológicos por tres meses en Huesca, Jaca y localidades siguientes hasta Boltaña. Este aspirante había presentado una serie de trabajos, producto de dos años de labor asidua, consistentes en documentos copiados, según el dictamen del Ponente, con todo el rigor paleográfico apetecible, indicando con letras subrayadas todas las abreviaturas disueltas, manteniendo escrupulosamente la ortografía y separación de palabras del original, y salvando por medio de notas todas las dificultades de lectura, de tal modo, que esos documentos así copiados, se prestan a un estudio filológico seguro. Presentó, además, gran número de papeletas de gramática y vocabulario referentes a esos mismos documentos, hechas con perfecto conocimiento del método filológico. También este aspirante había hecho prácticas con el Ponente Sr. Menéndez Pidal». Y más adelante, tras mencionar algunas de las circunstancias que se dieron durante su trabajo, se añadía: «A su regreso presentó a la Junta una colección de cien documentos de gran valor histórico y filológico, sacados de los archivos municipales, eclesiásticos y notariales de todo el Alto Aragón, acompañados de 4.000 células de vocabulario antiguo e ilustrados con multitud de observaciones sobre el dialecto moderno». La memoria que Navarro Tomás presentó a la JAE al solicitar la pensión anterior se reproduce en SALABERRIA, R. (ed.) (2007), Tomás Navarro Tomás, ciudadano TNT, Toledo, Servicio de Publicaciones. Consejería de Cultura de Castilla-La Mancha, pp. 31-35. 2 Los autores de los tres restantes fueron: Agustín Blánquez Fraile («Límites del dialecto leonés occidental en Alcañices, Puebla de Sanabria y La Bañeza»), Santiago Ramón y Cajal («Memoria presentada por D. S. Ramón y Cajal, delegado oficial en el Congreso Internacional de Neuro-psichiatría, Psicología y asistencia de alienados, celebrado en Amsterdam durante el mes de Septiembre de este año») y José Gómez Ocaña («Memoria que elevan a la Junta de Investigaciones Científicas los delegados de España en el VII Congreso Internacional de Fisiólogos, celebrado en Heidelberg en agosto de 1907»). ella (Blas Cabrera, por ejemplo, había abandonado España en fecha tan temprana con septiembre de 1936 y Ramón Menéndez Pidal poco después, a finales de año). Evidencia en este sentido es la carta que Navarro envió el 21 de enero de 1937, desde Valencia, a Menéndez Pidal. Es interesante citarla no sólo como evidencia de la dilatada relación de Navarro Tomás con la JAE sino también porque en ella habla de algunos aspectos de la vida de los intelectuales que se instalaron a Valencia cuando el gobierno de la República trasladó su sede a Valencia 3: «Querido don Ramón: Desde hace varias semanas me encuentro en Valencia con mi mujer y mis hijas. Vivo en la residencia que el Ministerio ha improvisado para los intelectuales evacuados de Madrid. Nos encontramos bien y satisfechos dentro de las graves preocupaciones que cada uno lleva dentro. El Ministerio y especialmente Rocer tiene toda clase de atenciones con nosotros procurando rodearnos de facilidades para trabajar y hasta de cuidados familiares. Vamos a publicar unos cuadernos con la colaboración de los que convivimos en la Casa de la Cultura. 4 El título de la Casa, aunque resulta pedante, hay que soportarlo. Los cuadernos, con trabajos tan dispares, no tendrán el carácter de una revista normal. Serán la expresión bibliográfica de las circunstancias extraordinarias que han reunido bajo un mismo techo a este grupo de gentes. Me ocupo mucho de llevar adelante los asuntos de la Junta procurando que no se extingan los trabajos que puedan continuar y que no queden abandonadas las gentes que han sido útiles y puedan volver a serlo. El Ministerio muestra decidido interés en mantener nuestras actividades. Como yo solo no podía autorizar ciertas resoluciones propuse la formación de una comisión interina con elementos que se encontrasen en Valencia. El Ministerio aprobó la propuesta designando para presidente al Dr. Márquez y para vocales a Moreno Villa y Victorio Macho. Hemos salvado el cuaderno de la Revista de Filología Española que había quedado en la encuadernación de la Imprenta de Hernando. Vamos a hacer su reparto en estos días. Además estamos preparando otro cuaderno que se va a componer en ----3 Depositada en la Fundación Ramón Menéndez Pidal (Madrid), al igual que las demás cartas que se utilizan en este artículo. Agradezco a Diego Catalán que me permitiese consultar -en tiempos tan difíciles para la institución que dirige-los documentos depositados en ella. 4 La Casa de la Cultura se inauguró oficialmente, instalada en el Hotel Palace de Valencia, el 11 de diciembre de 1936. Tras una crisis, provocada por unas manifestaciones de Gonzalo Rodríguez Lafora, el 12 de agosto de 1937 comenzó una segunda etapa de la Casa, quedando constituido un patronato dirigido por Antonio Machado e integrado por Manuel Márquez, Victorio Macho, José Moreno Villa y el propio Tomás Navarro Tomás como vocales, y Luis Álvarez Santullano de secretario. Véase AZNAR SOLER, M. (1987), II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura (1937). Están aquí Montesinos y Dámaso Alonso y aun cuando carezcamos de muchos elementos nos esforzamos en mantener la continuidad de la Revista. La normalidad en Valencia es completa y se podría trabajar si tuviéramos aquí los materiales del Centro. Hemos traído también a Valencia a Pronfante para que se ocupe de la continuación de Emérita. Lapesa no ha querido salir de Madrid, por motivos familiares que le impiden moverse de allí. La FETE [Federación Española de Trabajadores de la Enseñanza] le ha encargado la guardia y custodia del Centro. Me dice que han bajado a los sótanos todos los manuscritos de usted, los ficheros del Glosario y Corpus, los ficheros de la Sección de Arte y los aparatos de fonética. Los cuadernos del Atlas me los trajo a Valencia el 5° Regimiento. Creo que Gili Gaya va a venir también, incorporado al Instituto Escuela de Valencia. Aparte de mi colaboración a la revista de la Casa de la Cultura, voy a dar un cursillo de fonética en la Universidad y voy a tomar parte en una serie de conferencias que los compañeros de residencia estamos organizando. Tengo además a mi cargo los asuntos del Cuerpo de Archivos y aún me queda tiempo para seguir un curso de ruso y aprender declinaciones y conjugaciones. Para ayudarme en la Secretaría de la Junta están aquí Fernández y uno de sus auxiliares. También está Santullano, pero lo han agregado a la inspección de escuelas y ha cesado como vicesecretario. Me gustará tener noticias de usted y de su familia. Pero no es de esto de lo que trata el presente artículo, de cuánto tiempo Navarro Tomás trabajó en la JAE, o si lo hizo más o menos que otros, sino de sus primeros años de investigador; más concretamente del período que pasó pensionado por la Junta en Francia y Alemania. Fue entonces cuando se formó en una rama de la lingüística fronteriza como pocas con las ciencias naturales, con la física, fisiología y anatomía en particular: la fonética experimental. Utilizando documentos depositados en la Fundación Menéndez Pidal citaré extensamente de las cartas que Navarro Tomás escribió a su maestro, Ramón Menéndez Pidal, informándole de sus progresos y de todo lo que veía. Fragmentos de algunas de estas cartas han sido citados anteriormente, pero nunca con la extensión que se hace aquí, ni, en general, teniendo como horizonte únicamente la fonética experimental.5 El incluirlos y analizarlos aquí, en una revista de historia de la ciencia, constituye, en mi opinión, una buena manera de aproximar las humanidades y las ciencias, en un apartado especialmente adecuado. Tomás Navarro Tomás nació en La Roda de la Mancha, el 12 de abril de 1884 y murió, exiliado de su patria como consecuencia de la Guerra Civil (en la que ocupó el distinguido cargo de Director de la Biblioteca Nacional), en 1979 en Northampton (Estados Unidos). Había comenzado sus estudios universitarios, la carrera de Filosofía y Letras, en Valencia, aunque la terminó en la Universidad de Madrid, en la que también se doctoró. En la capital entró en contacto con Ramón Menéndez Pidal, al que estaría ligada su carrera como investigador mientras permaneció en España. En este sentido, en su discurso de entrada a la Real Academia Española (19 de mayo de 1935) manifestó6: «Se hallan entre vosotros don Miguel Asín, de quien recibí estímulos inolvidables al principio de mis estudios, y don Ramón Menéndez Pidal, a quien debo la orientación definitiva de mi vocación, la instrucción en la rigurosa disciplina de sus enseñanzas y el consejo generoso que ha guiado en todo momento mi trabajo. Al dedicar mi atención al estudio de la fonética española como base indispensable para la elaboración del Atlas Lingüístico de nuestro país, mi inclinación fue guiada por el plan de conjunto sobre el cual el señor Menéndez Pidal organizó el programa de la Sección de Filología del Centro de Estudios Históricos». Alonso Zamora Vicente, el último discípulo español de Navarro Tomás, se refirió también a los inicios de la relación de su maestro con Menéndez Pidal en los términos siguientes 7: ----«Don Ramón Menéndez Pidal supo escoger con acierto a sus colaboradores y repartirlos por los campos más necesitados de conocimiento. En estos años primerizos, 1909-1914, Tomás Navarro Tomás, Américo Castro, A[ntonio] [García] Solalinde, Federico de Onís, José Fdez. Montesinos (y algunos más, dispersos luego por diversas razones, incluso por la inesperada muerte de alguno) comenzaron las tareas. Se empezó el estudio de los documentos antiguos, revisando y recorriendo archivos, ya regios o eclesiásticos, ya privados; se ordenó el estudio de los Fueros medievales, se revisaron viejas fronteras lingüísticas; comenzamos a disponer de ediciones fiables de los viejos textos, hechas con rigor y sabiduría y no sometidas a la dictadura casi única de la historiografía o del estilo oratorio y hueco. Se tradujeron libros capitales para el estudioso hispano. Todo estaba por hacer; sobre todo faltaba una norma acatada que impusiera un método parejo al empleado en Europa y que, sin ser pregonado a tambor batiente, fuera considerado norma de universal validez». De hecho, la influencia de Menéndez Pidal en los trabajos de TNT comenzó al menos en las Navidades de 1905, cuando éste recogió en su ciudad natal, La Roda, catorce versiones de romances, como parte del afán de su maestro por preparar un gran Romancero8. En lugar de optar por la carrera universitaria, Navarro Tomás optó por el Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, en el que pronto ganó plaza como Jefe de Archivo de Hacienda de la provincia de Ávila, desde donde pronto se trasladó al Archivo Histórico Nacional. Instalado en Ávila, el 6 de abril de 1910, solicitó una nueva pensión de la JAE. Es interesante citar algunos pasajes de la solicitud que presentó9: «D. Tomás Navarro Tomás, natural de La Roda, provincia de Albacete, Doctor en Letras, Oficial de 4° grado del Cuerpo facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, jefe del Archivo de Hacienda de la provincia de Ávila (...), respetuosamente expone: Que desde hace bastante tiempo ha venido dedicando la mayor parte de su atención al estudio de la filología española y en especial al de los dialectos de nuestra nación, como base y fundamento para ulteriores estudios generales acerca de nuestra literatura y nuestro idioma; pero que siendo en estas materias, por lo que a nuestro país se refiere, muy escasas las noticias publicadas, y casi desconocidos los límites y relaciones de nuestras hablas regionales, el exponente ha comprendido la absoluta necesidad de acudir personalmente a los lugares en que esas hablas se ----conservan para poder conocerlas y determinarlas. Las antiguas documentaciones de los Archivos, cuyo estudio tanto ilustra la historia de nuestro idioma, tienen su complemento en estas investigaciones sobre la extensión, naturaleza y límites de estos preciosos restos del viejo romance que, afortunadamente aún pueden ser sorprendidos en muchos pueblos; pues si por los documentos puede conocerse la índole y carácter de un dialecto, pocas veces basta su testimonio para deducir de ellos de una manera precisa las fronteras en que tal dialecto estuvo contenido; para esto es preciso acudir hoy al terreno en que existió, y por la situación geográfica del lenguaje actual, averiguar la suerte y vicisitudes porque han atravesado aquellos caracteres que en los antiguos documentos se manifiestan». Para «resolver algunas cuestiones de esta naturaleza, relacionadas con el lenguaje vulgar de los partidos judiciales de Astorga, Ponferrada y Murias de Paredes, de la provincia de León», Navarro Tomás solicitaba una pensión de tres meses. En el apartado económico, lo que pedía eran 200 pesetas mensuales, «aparte del importe del viaje de ida y vuelta en ferrocarril y de los que necesite hacer de pueblo a pueblo en diligencia y caballería». La pensión le fue concedida, y en la Fundación Menéndez Pidal sobreviven algunas cartas que envió a don Ramón. En una de las primeras, escrita desde Alcañices el 28 de agosto (1910), y al mismo tiempo que mencionaba algunos de sus hallazgos fonéticos, se refería a problemas económicos que le surgían y que merece la pena citar ya que no parece que fueran únicos entre los pensionados de la JAE: «Antes de llegar a Alcañices escribí al habilitado de la Junta pidiéndole que me librase la segunda mensualidad a esta población, para cobrar a mi paso y continuar hacia la Puebla. Esto fue antes del 20 y no he tenido más contestación sobre ese asunto que la tarjeta [de Domingo Barnés] recibida hoy mismo, salida de Madrid el 16, según el sello de correos. Barnés me dice que entregó mi carta al Sr. Estevan con el consiguiente interés, pero no me dice nada sobre el envío de fondos con la rapidez que yo los necesito, antes parece deducirse lo contrario de lo que me recomienda de'tener paciencia por ahora, y cuando volvamos se verá cómo pueden corregirse estas deficiencias'... Mi pensión comenzó en 22 de Junio, hace más de dos meses, y hasta la fecha aún no se me han entregado más que 338 pesetas. Llevo gastadas 460 y me quedan en el bolsillo unas 60 más; con esto no puedo continuar a Sanabria, ni puedo hacer otra cosa más que esperar unos días hasta ver si me mandan lo de la segunda mensualidad». Poco antes de que Navarro Tomás solicitase la pensión a la que me he referido, por un Real Decreto de 18 de marzo (1910) se creó el Centro de Estudios Históricos, en el que se desarrollaría su labor investigadora, a cuya cabe-za se puso a Menéndez Pidal 10. Una de las subsecciones del Centro era un Laboratorio de Fonética, que comenzó a funcionar desde 1910-1911, dirigido por Navarro Tomás auxiliado por Gili Gaya, aunque en realidad hasta 1916 no se constituyó como un departamento plenamente establecido. Las investigaciones que Navarro Tomás estaba llevando a cabo aquellos primeros años se basaban, fundamentalmente, en encuestas de campo o trabajos de archivo. Pero se debió dar cuenta de que el análisis del habla, de la pronunciación, de, en definitiva, la fonética requería de los medios técnicos a los que la tecnología contemporánea ya permitía acceder; esto es, que necesitaba de una fonética verdaderamente experimental. Por supuesto, no fue el primero en darse cuenta de esto. PRIMEROS PASOS DE LA FONÉTICA EXPERIMENTAL EN ESPAÑA Un instrumento para recoger y conservar el sonido, el, como se le denominó, fonógrafo, había sido inventado por Edison en 1877. Aquel primer modelo registraba los sonidos en hojas de papel de estaño (también, parece, de papel parafinado). Ya en las primeras pruebas, «recitaron y cantaron, probando repetidamente las voces de cada uno y escuchando luego la reproducción reiterada de sus palabras» 11. El aparato original se hacía girar a mano, y el cilindro avanzaba lenta y longitudinalmente mediante una tuerca que giraba sobre la rosca del árbol del cilindro, que estaba recubierto por una hoja de papel de estaño, que se ponía en contacto con una aguja registradora de perfil semejante al de un cincel y que se hallaba unida al centro de un diafragma de hierro. Aproximadamente una década más tarde, ya libre de sus trabajos con la lámpara incandescente, Edison abandonó el papel de estaño por cilindros de ----10 La primera sede del Centro estuvo situada en unas grandes y mal acondicionadas salas de la planta baja del edificio de la Biblioteca Nacional, ocupadas anteriormente por el Museo de Ciencias Naturales, donde habilitaron una serie de despachos con tabiques de madera que, a causa de los altos techos, no llegaban más que a media altura. Sobre el Centro de Estudios Históricos, véase JOSÉ MARÍA LÓPEZ SÁNCHEZ ( 2006), Heterodoxos españoles. Es útil, asimismo, ABAD, F. (1988), «La obra filológica del Centro de Estudios Históricos», en SÁNCHEZ RON. La Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas 80 años después, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, vol. II, pp. 503-517. 11 FRANK LEWIS DYER y THOMAS COMMERFORS MARTIN con la colaboración de WI-LLIAM HENRY MEADOWCROFT (1933), Edison, su vida y sus inventos, Barcelona, Editorial Araluce (edición original en inglés de 1929), p. 154. cera, en los cuales la impresión también se formaba con un cincel. Tal registro, o fonograma, como fue llamado, podía ser separado del aparato o ponerlo nuevamente en él, sin destruir la impresión y de esta manera obtener muchas reproducciones sin alterarla. Cuando se deseaba, era posible también tornear el cilindro a fin de borrar lo impreso y dejar una superficie absolutamente lisa y en condiciones de hacer una nueva impresión. Hasta 1893, Edison obtuvo 65 patentes relacionadas con el fonógrafo, aunque su modelo básicamente final quedó establecido en 1889. Al menos desde 1904 Menéndez Pidal utilizó un fonógrafo de cilindro de cera. Así, en la «Dedicade» que el medievalista e hispanista francés Jean Ducamin hacía a Menéndez Pidal en su edición en gascón de la Disciplina clericalis del judío converso español Pedro Alfonso (Pierre Alphonse, Disciplines de clergie et de moralités; 1908) recordaba que durante las vacaciones que había pasado en agosto de 1904 en El Paular escuchó la voz de la hija de don Ramón, Jimena (que entonces tenía tres años), grabada en un fonógrafo de cilindro de cera, y cantando el romance de «Don Bueso» 12. El 24 de diciembre de aquel mismo año, María Goyri escribía a su marido, que en aquel momento viajaba a la Argentina: «A estas horas (101⁄2) ya estarás en alta mar y acaso mareado (...). Ya me han traído la caja del fonógrafo y ha quedado muy bien con su tapa con una pestaña por tres lados que ajusta muy bien. También tengo el grabador. Ahora sólo falta que García Plata mande a buscarlo». La idea era que Rafael García Plata, uno de los colectores de romances que colaboraba con Menéndez Pidal, lo utilizara en Alcuéscar, donde vivía, pero este desinteresado colaborador no pudo enviar por el fonógrafo y pidió a Goyri si se lo podía enviar. Como ha escrito Diego Catalán: «Cuando llegó el aparato de Alcuéscar, causó gran conmoción». Doña María informó a su marido: «Le envié un cilindro impresionado y dice que en cuanto recibieron el fonógrafo lo puso y que su señora se reía mucho y sus chicos fueron corriendo a llamar a los abuelos para que oyeran la 'máquina cantadora' En fin que está loco con el fonógrafo. Veremos lo que resulta. Me he gastado en caja, envío y cilindros 17 pts.» Un mes más tarde, el 1 de febrero, María Goyri contaba a Menéndez Pidal: «Esta mañana vino el médico de Alcuéscar con una carta de García Plata pidiéndome otros cuatro cilindros (...). Se conoce que García Plata va a recoger tantas tonadas como letras. Veremos lo que dice luego Manrique de Lara [que transcribía las grabaciones]. Le he enviado seis cilindros para que no quede ----por peseta más o menos, y porque eso hubieras hecho tú. Según me ha dicho el médico no hacen García Plata y su mujer más que aprender tonadas para impresionar cilindros». Más tarde, el 17 de mayo Menéndez Pidal compró otro fonógrafo, éste a «La fonográfica madrileña». El propio Navarro Tomás se refirió a estos puntos en el estudio introductorio que incluyó, años más tarde (1931), en la memoria en la que presentaba los trabajos que se habían realizado en el Archivo de la Palabra, un proyecto que no podría haberse llevado a cabo, ni siquiera iniciado, sin tales medios técnicos13: «La idea de este Archivo fue iniciada hace años en el Centro de Estudios Históricos por D. Ramón Menéndez Pidal, quien al efecto hizo adquirir un fonógrafo Edison para registrar inscripciones en grandes cilindros de cera, análogos a los usados con este mismo objeto en el 'Phonogrammarchiv' del Instituto de Psicología de Berlín y en el 'Musée de la Parole' de la Universidad de París. Aún antes de esto, sirviéndose de un fonógrafo más sencillo, el Sr. Menéndez Pidal había ya registrado diversos romances cantados en las provincias de Santander, Cáceres, Badajoz y Madrid. Por diversos motivos, el Centro, durante mucho tiempo, no pudo desarrollar la iniciativa del Sr. Menéndez Pidal. Desde que el fonógrafo y el gramófono llegaron a ser aparatos bastante perfectos para recoger y reproducir el sonido se comprendió la utilidad de estos instrumentos como nuevo medio de investigación científica y como elemento de información para las gentes del futuro. Los primeros en dar forma al aprovechamiento de estos recursos fueron Siegmund Exner, fundador del 'Phonogrammarchiv' de la Academia de Ciencias de Viena, en 1899, y Azoulay, organizador del 'Musée de Phonetique' de la Sociedad de Antropología de París en 1900. Poco después, en 1904, inició sus actividades el 'Phonogrammarchiv' del Instituto de Psicología de Berlín, que es hoy uno de los depósitos fonográficos que ha adquirido mayor importancia por la riqueza y variedad de sus materiales. En 1911 la Universidad de París fundó su 'Musée de la Parole' con el apoyo técnico y económico de la casa Pathé Frères. La 'Lautabteilung' de la Biblioteca Nacional de ----París es de 1920. Hay establecimientos análogos en varias otras ciudades alemanas, en Leyden (Holanda) y en Oslo (Noruega). Existe también, que sepamos, un centro semejante en Barnard College, Nueva York». Antonio Quilis ha explicado cual era el estado en que se encontraba la fonética en España antes de que Menéndez Pidal y sus discípulos entrasen en el campo 14: «¿Cuál era la situación de la fonética española en aquel momento? Muy menesterosa; pues prácticamente no existía. En los finales decimonónicos, Fernando de Araujo publica una serie de artículos y notas en las dos revistas fonéticas más importantes de aquella época: Phonetische Studien y Le Maître Phonétique. La recopilación de estos trabajos dio lugar a sus Estudios de fonética castellana, publicados en Toledo en 1894. También Wulff se interesa en esta época por nuestra fonética dialectal y escribe su conocido trabajo, Un chapitre de phonétique avec une transcription d'un texte andalou, publicado en Estocolmo en 1889. En los albores del siglo XX, tres filólogos allende nuestras fronteras, Colton, Josselyn y Lenz, intentan precisar los fundamentos de nuestra fonética con sus trabajos: La phonétique castillane, Études de phonétique espagnole, y los artículos que bajo el título «Chilenischen Studien» publicó el último en la citada revista Phonetische Studien, todos trabajos de observación o, mejor dicho, trabajos de oído. La fonética, en la Europa de aquellos principios del siglo XX, era una disciplina muy importante: la evolución de las lenguas, los estudios comparativos buscando sus comunes orígenes, se basaban en la fonética. Había que establecer leyes y, al mismo tiempo, explicarlas razonablemente. La fonética cobra una importancia, en cierto modo, desmesurada. El positivismo, que infunde en todas las ciencias el rigor del análisis, de la demostración y, si es posible, de la experimentación, también influye en esta disciplina. Todo ello se refleja en la exactitud de las descripciones de Araujo, de Josselyn o de Colton, la ciencia fonética que está naciendo en aquel momento exige precisión, y precisión comprobada: de ahí el concepto de 'punto de articulación', tan querido en la época, y la precisión milimétrica de la abertura de los incisivos.». Menéndez Pidal era consciente de sus limitaciones en el campo de la fonética experimental (después de los fonógrafos iniciales no dispuso más que de un sencillo quimógrafo que había adquirido en París Pedro Blanco, miembro del Museo Pedagógico de Madrid), especialmente después de un viaje dialectal que, acompañado de Navarro Tomás, Américo Castro, Federico de Onís y ----14 QUILIS, A. ( 2002), «Un siglo de fonética experimental española: de Navarro Tomás a Zamora Vicente», en Al trasluz del idioma. Homenaje a Alonso Zamora Vicente, Madrid, Servicio de Publicaciones de la Universidad Antonio de Nebrija, pp. 49-71. Martínez Burgos, realizó en el verano de 1911 por Asturias, León, Zamora y Salamanca. 15 «En esa excursión», señaló Zamora Vicente, «se vio claramente la necesidad de utilizar un instrumento, unas técnicas de análisis fonético que hiciesen válido para el estudio todo el material recogido» 16. Para remediar tal situación, Menéndez Pidal encargó a Navarro Tomás que ampliase estudios en centros de fonética experimental extranjeros, y durante dos años éste trabajó por Europa, relacionándose con, entre otros Maurice Grammont y Georges Millardet (en Montpellier) y Giulio Panconcelli-Calzia (Hamburgo). A su regreso incorporaría a la nueva filología española las técnicas que se estaban empleando ya en Europa. PENSIONADO EN EL EXTRANJERO Para cumplir con semejante fin, el 9 de febrero de 1912 Navarro Tomás presentó la siguiente solicitud a la Junta 17: «Tomás Navarro Tomás, Doctor en Letras, oficial del Archivo Histórico Nacional, a V.E. respetuosamente expone: Que tiene en preparación algunos estudios sobre dialectología española, los borradores de los cuales, con textos y apuntes y varios artículos publicados, acompañan a la presente instancia, y siéndole absolutamente indispensable el conocimiento de la fonética experimental para poder llevar a cabo dichos estudios de una manera científica. ----15 El quimógrafo es un cilindro que gira envuelto en un papel tiznado, sobre el cual van trazando líneas una o varias agujas puestas en contacto con los órganos del habla del informante. La aguja conectada con la bocina bucal es la que reacciona a las oscilaciones de presión del aire espirado. La línea de la nariz se modifica con los sonidos nasales, y la línea de la laringe registra la vibración de las cuerdas vocales. Por consiguiente, el quimógrafo capta, en primer lugar, los hechos fisiológicos, pero también indirectamente los acústicos. Como se conoce la velocidad de rotación del cilindro, se puede averiguar el tono por el número de vibraciones de las cuerdas vocales por unidad de tiempo. Más información sobre estas cuestiones en SCHUBIGER, M. ( 1989 17 Archivo de la JAE, Residencia de Estudiantes, Madrid. A V.E. suplica se sirva concederle una pensión de un año para asistir a las enseñanzas de fonética experimental que se dan en las universidades francesas de Grenoble y Montpellier y en las alemanas de Berlín, Halle y Hamburgo, dejando la determinación de la cuantía de la pensión al arbitrio de la Junta. Gracia que espera merecer de V.E. cuya vida guarde Dios muchos años». La pensión le fue concedida, y con ella recorrió, como veremos a continuación, algunos de los principales laboratorios de fonética experimental de Europa. Su primer destino fue Montpellier, en Francia, donde trabajaban Grammont y Millardet. 18 Desde allí escribía a Menéndez Pidal el 6 de diciembre de 1912 una carta en la que se ve con claridad el gran interés que tenía por los instrumentos necesarios para los estudios fonológicos: «Querido D. Ramón: M. Grammont me ha dicho que podremos trabajar con el aparato dos o tres veces por semana, los paladares están terminados; 19 yo tengo el mío; le he propuesto que hagamos algo sobre las vocales castellanas; él busca también algunos datos sobre la disimulación de consonantes, y espero que haremos de las dos cosas; en fin, yo voy recogiendo detalles interesantes para perfeccionar la marcha de nuestro aparato y me voy enterando de otros inconvenientes que nosotros no resolvíamos ni aquí tampoco los resuelven. A primeros de año quiero salir de Montpellier y después de detenerme unos días en Grenoble antes de entrar inmediatamente en Alemania». El 2 de enero de 1913, todavía desde Montpellier, informaba a Menéndez Pidal que «Grammont ha tenido la bondad de venir al laboratorio durante estas fiestas sólo por mí y hemos trabajado con el aparato y con el paladar ----18 Grammont escribió, entre otras obras, un Traité pratique de prononciation française (París 1914) y un Traité de phonétique (París 1933), que Navarro Tomás citó en su Manual de entonación española (México 1966, tercera edición; primera edición en Estados Unidos), pp. 32 y 18. 19 El paladar artificial -utilizado por vez primera por Oacley Coles en 1871 para finalidades clínicas-era un instrumento esencial para estudiar los movimientos de la lengua. Se utilizaba de dos maneras: se podía recubrir la lengua de una sustancia oscura que en la articulación coloreaba el paladar en los puntos de contacto, lo que podía observarse y fotografiarse utilizando espejos; o bien se introducía en la boca de los informantes una pequeña plancha espolvoreada de talco; al producir el sujeto sus articulaciones, la lengua quitaba el polvo de aquellos puntos en contacto, reapareciendo entonces el fondo de la planchita, que al ser sacada de la boca y dibujada en proyecciones o fotografiada mostraba la imagen de la articulación. Entre los que utilizaron este instrumento se encuentran investigadores como Grützner, Gutzmann, Kingsely, Rousselot, Montalbeti o Poirot, algunos de los cuales visitó TNT durante el disfrute de la pensión a la que me estoy refiriendo. artificial». Es interesante también citar lo que decía acerca de los trabajos que sobre un atlas lingüísticos estaban realizando allí, ya que, como es bien sabido, la confección de una Atlas Lingüístico de la Península Ibérica fue una de las empresas que con más ahínco persiguió TNT a lo largo de su vida: «He hablado mucho con Millardet sobre el Atlas y sobre su Atlas; con una amabilidad inagotable me ha explicado extensamente su método, y me ha enseñado sus borradores, planos, cuadernos, cuestionarios, etc.; he tomado notas de todo, sobre las cuales hablaremos nosotros después; son noticias muy útiles y de un gran valor para evitar errores, pérdidas de tiempo y mil otros inconvenientes». El 1 de febrero continuaba en Montpellier y desde allí volvía a escribir a su maestro una carta en la que se encuentra una espléndida manifestación de la esencia de la fonética experimental y de su relación con las ciencias naturales: «Querido D. Ramón: Verá V. porque me encuentro aún en Montpellier. Para hacer un ensayo sobre las vocales españolas me señalé un pequeño programa: 1° Las vocales consideradas en los órganos de la voz; trabajo de la laringe para cada una de ellas; posición de los labios y de la lengua; separación de las mandíbulas; manera de determinar el punto de articulación. 2° Las vocales como sonidos, no como función fisiológica sino como resultado fonético de esa función; altura musical, cantidad, intensidad y timbre; manera de estudiar las vocales bajo cada uno de estos aspectos. Una de las cosas que aquí he aprendido es la aplicación de la fonética experimental al estudio del ritmo y entonación del lenguaje; la idea que V. me anunció sobre el tonillo provinciano me afirmó en el interés que esto había empezado a despertarme. Nuestros aparatos no sólo servirán para analizar la naturaleza de cada articulación, su cualidad característica de sonora o sorda, explosiva o continua, palatal, labial, etc.; servirán también para determinar el contenido musical de esas articulaciones señalando los principios de ritmo y de armonía que dan a cada lenguaje una entonación particular. Entre la voz hablada y la voz cantada no hay diferencia esencial; una de las cosas que con nuestros aparatos puede estudiarse es esa diferencia, y un día la estudiaremos: el lenguaje es una manera de hablar de canto que se ajusta a medidas de tiempo y de sonido más complejas que las que componen una canción. Los músicos dividen el sonido en tonos y semitonos: en el lenguaje hay que apreciar sonidos intermedios; dividen el tiempo matemáticamente en compases con 2/4, 3/4, 6/8, compasillo, etc., y emplean una infinidad de palabras sin significación exacta: lento, allegro, ritardando; todos estos matices pueden medirse en el lenguaje por centésimas y milésimas de segundo; los músicos indican la intensidad demasiado vagamente con las palabras, fuerte, piano, crescendo y hasta con signos:; en el lenguaje esta intensidad debe precisarse exactamente con arreglo a una escala de fuerza; la fonética, en fin, puede pautar una conversación o un discurso de manera más científica y más exacta que se pauta en música una canción. Una cosa es la función de los órganos que producen el sonido, y otra el sonido producido; la fonética experimental comprende estos dos aspectos, el primero como fonética fisiológica y el segundo como fonética musical; aún queda otro aspecto que debiera estudiar una fonética psicológica, acaso la más interesante de las tres; los músicos escriben de vez en cuando: dulce, expresivo, lánguido; ¿por qué no ha de llegar la fonética a estudiar también la expresión de las palabras, la relación entre el sonido y los sentimientos o las ideas? Como verá V. por todo esto, mis ideas sobre la aplicación de nuestro laboratorio y de todas nuestras herramientas han ensanchado un poco el horizonte; también han aumentado mis ganas de trabajar». Hasta la primavera no se trasladó a Alemania, aunque antes, como veremos inmediatamente, pasó por Grenoble. El 12 de abril escribía de Menéndez Pidal desde Heidelberg: «Querido D. Ramón: Hasta que no he estado en Alemania no me he creído en el extranjero; mi alemán me ha bastado para hacerme comprender; pero yo apenas cojo una palabra de lo que oigo; llegué a Heidelberg hace unos días; me he detenido en esta ciudad como podía haberlo hecho en cualquier otra sólo con el propósito de trabajar el alemán hasta poder comprender una explicación o una conferencia; estoy en una pensión de estudiantes alemanes; todas las horas las dedicó al alemán; ¿cuánto tiempo me costará estar en disposición de entender?; haré todo lo posible por que sea poco. La universidad está ahora en vacaciones; los cursos empiezan hacia el 25 de este mes; aquí no hay nada de fonética experimental, pero me presentaré al profesor de filología romana, y procuraré seguir sus cursos. Para habituar el oído aprovecho todas las ocasiones que puedo; he puesto un anuncio para cambiar lecciones. Desde aquí escribiré a Schädel pidiéndole noticias para aprovechar bien el tiempo por estas universidades; él podrá decirme qué profesores debo visitar; además no dejaré de hablar con todos los profesores de filología por donde pase, para recoger sus indicaciones; este verano hay un curso interesante en Marburg; en él hay anunciadas varias conferencias sobre los diferentes métodos de la fonética, por Palconzelli [sic] Calzia del Instituto de Hamburg; de este es del único que habló Grammont; en Marburg está además Viëtor, y podré también seguir las conferencias». Navarro Tomás mencionaba el nombre de Giulio Panconcelli-Calzia, con el que trabajaría, como veremos, en Hamburgo. También informaba que se había detenido en Grenoble unos días antes de viajar a Alemania: «le escribí a Blanco una carta sobre lo que he oído y he visto acerca del laboratorio de Rosset; mi opinión es que para estudiar y aprender algo a su lado hay que esperar a que él se desenrede del laberinto de sus reformas y publique algo que merezca la aprobación de los filólogos, sobre todo de los extranjeros, ya que los franceses parecen interesados en esa cuestión por cosas personales; yo creo que en su método y en sus aparatos hay muchas dificultades que él no ha podido vencer, por lo cual aún no ha publicado nada en donde se vean los resultados de sus experiencias. Hasta que él no vea claro no hay utilidad en seguir sus enseñanzas». Está claro porque no se detuvo más tiempo en Grenoble. El 18 de junio seguía en Heidelberg y escribía a Menéndez Pidal informándole que: «Apenas recibí la carta de V. envié a la Junta mi solicitud pidiendo cuatro meses de prórroga; con estos cuatro meses terminaría mi pensión en enero, en vez del próximo setiembre y yo podría arreglar el tiempo de este modo; julio y agosto en Marburgo setiembre y octubre en Hamburgo noviembre y diciembre en Leipzig y Halle enero, para regresar, deteniéndome en París y Montpellier; en París quiero ver el laboratorio de Rousselot y hablar con Montalbety; si le parece a V. bien también podría presentarme a Gillieron para anunciarle nuestro Atlas y ver si me hace algunas indicaciones aprovechables. No sé si para el de Córcega seguirá el mismo plan que para el de Francia o lo habrá modificado mejorado con algunas modificaciones. Desde Leipzig a París, aunque con rodeo, podría pasar por Suiza para visitar a Gauchat. En Heidelberg sólo estaré ya unos cuantos días (...) Lo que aquí he hecho ha sido principalmente aprender alemán. Cuando salí de Madrid apenas sabía un poco de gramática; en Montpellier no me fue posible dedicarle ningún tiempo; entré pues en Alemania sin saberlo, sin poder hablar más que algunas frases cortas y preparadas, y sin entender nada de lo que oía. No podía hablar, no podía entenderme tampoco de lo que leía; en la pensión apenas podían comprenderme lo poco que hablaba; pasé un primer mes nervioso, disgustado de mí y arrepentidísimo de no haber aprendido antes el alemán. Millardet me había recomendado los cursos del profesor de filología Neumann, de esta universidad; empecé a seguirlos sin enterarme de lo que decía; al mismo tiempo me busqué un profesor; anuncié un cambio de lecciones -español alemán-para lo cual encontré un estudiante, y con todo esto he pasado dos meses, trabajando con poquísimo descanso y sin gran satisfacción, pues me parecía que no aprendía bastante aprisa y que este tiempo era un hurto que hacía en la pensión concedida. En realidad he estado dentro de la pensión; he estudiado fonética, no sólo por lo que he podido coger de la Universidad, sino por los libros que empecé a leer apenas fui siendo capaz de entenderlos. Lehrbuch der Phonetik, de Gespersen, Grundfragen der Phonetik, del mismo y Grundzüge der Phonetik de Sievers me están introduciendo en la fonética, tal como aquí la estudian y me están preparando para poder aprovechar las lecciones y las conferencias, las conversaciones y visitas que vendrán de ahora en adelante; casi puede decirse que estas lecturas que aún continúo, y que continuarán con las de otros libros que me van dando a conocer, era una condición indispensable para seguir adelante en mi viaje. Mis deseos de trabajar en la fonética castellana se van aumentando cada día conforme voy recogiendo preguntas y problemas referentes a estos estudios; tengo deseos de volver para poner esto en manos de V. y ver cómo podemos trabajarlo. Espero poder contribuir a que el trabajo del Centro en el año próximo le deje a V. más satisfecho que el del presente». De Heidelberg viajó, como señalaba en la carta anterior e indicó en la carta que se reproduce a continuación, a Marburgo, donde se encontró con Schädel, con Panconcelli-Calzia y con Wreder. No debió estar allí mucho tiempo ya que el 4 de agosto (1913) escribía Menéndez Pidal desde Hamburgo:20 «Querido D. Ramón: Llegó la carta de V. y se me admitió a trabajar en el Laboratorio. He encontrado además una pensión buena y barata. Estoy, pues, en buenas circunstancias para poder aprovechar aquí un poco tiempo. El Laboratorio aquí me ha dejado admirado; hay en él todo lo que se puede desear, todos los aparatos de física, de medicina y puramente de fonética que suelen emplearse en este estudio. La instalación de muebles, electricidad, gas, agua, etc. está hecha con un gran sentido práctico y además con una riqueza casi suntuosa. Aquí ha precedido el laboratorio a la fonética; tienen mucho dinero y todo lo compran; la ciudad quiere tener el mejor laboratorio del mundo; pero los aparatos muy limpios y brillantes, apenas salen de los estantes donde están ordenados y clasificados con cierta cosa de museo. No he sentido en estos días mucho ambiente de trabajo; el director tiene que recibir muchas visitas; otros dos o tres señores que trabajan no parecen poner mucho empuje. Yo por lo pronto puedo aprender mucho, sólo con ensayar el manejo y la aplicación de estos instrumentos. Más adelante podré saber mejor que ahora la clase de enseñanza científica que puedo recoger. Tengo que dar a V. noticias de Schädel. Calzia me dijo en Marburg que la ciudad de Hamburg había dado a Schädel una subvención de 60.000 marcos para hacer el Atlas lingüístico de España. Esto viene de hace ya más de un año. Schädel ha hecho ya dos o tres viajes a España. ¿Estaba V. enterado de esto? ¿Contó Schädel con V. al proponerse este trabajo? Creo que no ha debido ser así puesto que no recuerdo haber oído a V. nada de ello. Antes de dar a V. esta noticia quise llegar a Hamburg para informarme mejor. Hay algo más, y es que la subvención ha sido aumentada, y Schädel se ha propuesto hacer también el Atlas hispano americano. El mismo día que llegué salió para la Argentina. Verá V. la noticia en el próximo boletín de la Revue de Dialectologie. ----Krüger, el que estuvo en Madrid, piensa que Schädel se ha propuesto una locura. Schädel conoce poco a España y apenas habla el castellano. Además ha perdido la amistad de todos los que han pasado por aquí. Riñó malamente con Griera, Barnils y Montolin; Rubio, que ha estado aquí de lector hasta ahora, acaba de marcharse y me ha contado mil historias; él también se ha peleado. Calzia mismo no le habla. Dice que he acertado en presentarme a él indirectamente sin buscar la recomendación de Schädel. Para ese Atlas monstruo no tiene ningún auxiliar; tiene su dinero, su cuestionario y su oído; a la fonética experimental no parece concederle importancia. Según lo que me dicen, Schädel pasa aquí por un hombre sumamente audaz y ambicioso. Sea como quiera, el pensar que hayamos de recibir nuestro Atlas del extranjero me parece una afrenta. Y si Schädel no ha contado con V. ni siquiera para anunciarle su trabajo la cosa me parece aún más insoportable». La elaboración de un Atlas Lingüístico de la Península Ibérica fue, como apuntaba antes, una de las empresas que con más ahínco y entusiasmo persiguió TNT a lo largo de su vida. Sin embargo, sólo llegó a publicarse, y en 1962, un primer tomo con 75 mapas, básicamente de fonética: Atlas Lingüístico de la Península Ibérica (Consejo Superior de Investigaciones Científicas), con Navarro Tomás como editor. 21La estancia en Hamburgo fue muy productiva. Allí aprendió más que en ningún otro lugar, y la relación que mantuvo con Panconcelli-Calzia especialmente interesante. De hecho, consultando algunas de las obras que Navarro escribió posteriormente se pueden encontrar referencias de éste fonetista. Así, en su Manual de pronunciación española se puede leer 22: «Los movimientos de las cuerdas vocales se estudian por medio del laringoscopio de García o el endoscopio de Flatau; las vibraciones vocálicas son demostrables al oído mediante el indicador laríngeo de Zünd-Burguet, y al tacto, tocando suavemente la garganta, a cada lado del tiroides, con las yemas de los dedos. Tapándose los oídos con las palmas de las manos se percibe también el fenómeno de la fonación como un rumor característico, que cesa al terminar las vibraciones de las cuerdas vocales. Para el estudio minucioso de las cualidades físicas de este fenómeno se utiliza principalmente la inscripción de la palabra por medio del fonógrafo, del gramófono o del quimógrafo. Sobre el ----uso y manejo de estos aparatos véase G. Panconcelli-Calzia, Einführung in die angewandte Phonetik (Berlín, 1914)». Y en la Bibliografía también citaba de Calzia: Die experimentelle Phonetik in ihrer Anwendung auf die Sprachwissenschaft (Berlín 1924) 23. Continuando con la correspondencia Navarro Tomás-Menéndez Pidal durante la estancia como pensionado de la JAE del primero en Hamburgo, tenemos que el 11 de septiembre volvía a escribir a su maestro: «Querido D. Ramón: Más adelante enviaré la lista de lo que sería necesario comprar antes de marcharme de aquí. Lo más caro será un aparato recién inventado para medir el acento musical, que simplifica y perfecciona notablemente el método seguido hasta aquí; cuesta 350 M., unas 500 pesetas, ¿será demasiado?, ¡en este laboratorio tienen ya cuatro ejemplares! El cilindro registrador que utiliza Calzia no es del mismo sistema que el de Rousselot; 24 comparo uno y otro para cuando podamos comprar uno de ellos, pues con el que tenemos no estamos bien preparados; mejorándolo, servirá para viaje; estos no son más que para laboratorios; pero son de una perfección regular el movimiento y la velocidad que nunca podremos obtener del nuestro; el que tiene Grammont costó 1000 fr.; el de Calzia 1000 M. Me disgusta lo poco que puedo aprender sobre experimentación ambulante; aún no sé de nadie que haya salido a los pueblos con los aparatos; Grammont no ha pensado nunca en sacar sus herramientas del laboratorio; Millardet hizo sus inscripciones en París; Rosset es un fonético, inventor, mecánico; Calzia es un investigador de laboratorio que no tiene experiencia de viajes; hasta ahora el más ambulante ha sido Josselyn, y sus libros italiano y español no están en el mejor concepto; dos estudios sobre dialectos italianos se están preparando sin salir del laboratorio de Hamburgo (...) El método que he visto hasta ahora seguido por todos es el que menos puede ----23 Calzia dirigió desde 1914, junto a H. Gutzmann, la revista Vox (Berlín), continuación de Medizinisch-pëdagogische Monatscrift für die gesamte Sprachheilkunde, dirigida entre 1890 y 1914 por A. y H. Gutzmann. 24 Jean-Pierre Rousselot, fonético y dialectólogo francés, profesor en el Instituto Católico de París y en el Collège de France, que firmaba sus publicaciones bien como abbé Rousselot o como abbé P.-J. Rousselot, fue uno de los fundadores de la fonética experimental. Fue director entre 1899 y 1904 de la revista La Parole y de Revue de Phonétique -ambas de París-entre 1911 y 1914, y autor de una obra fundamental, Principes de phonétique experiméntale (París, 1897(París, -1908)), que Navarro Tomás citó en la bibliografía de su Manual de pronunciación española, antes citado: NAVARRO TOMÁS (1965), p. En su Manual de entonación española (México 1966, tercera edición; primera edición en Estados Unidos), p. 22, Navarro Tomás escribía: «Rousselot, en sus primeros trabajos, encontró que sus vocales francesas presentaban indistintamente la misma altura, pero insistiendo más tarde en sus experiencias creyó hallar que a cada vocal correspondía un tono diferente [P. J. Rousselot, Les modifications phonétiques (París, 1891), p. 140, y «La parole étudiée avec un larynx artificiel», en La Parole, París 1902, III, 65]». ayudar a nuestros propósitos; se utiliza el gas, la electricidad, los Rayos X, aparatos grandes, pesados; los constructores no han pensado en algo ligero, montable y desmontable, para viaje; los fonéticos no se lo han pedido. La causa debe estar en que los que estudian fonética experimental no son dialectólogos y los que estudian dialectología no son fonéticos; la única tentativa de enlace ha sido la de Millardet que ha juntado los dos aspectos, pero sin fundirlos. Nosotros vamos a hacer todo lo posible para llevar nuestro laboratorio a las aldeas; pero vamos a ser los primeros y vamos a tener que resolver por nuestra cuenta muchas dificultades. El seminario de Schädel y el laboratorio de fonética están a un quilómetro de distancia; los trabajos de uno y otro están aún mucho más separados. Schädel, Salow y Krüger no utilizan ni conocen el método experimental; todos sus trabajos son de oído; Schädel se ha marchado a recoger materiales para su Atlas sin el menor utensilio de experimentación; y no es que prescinda de ellos por una razón crítica, sino sencillamente porque nunca los ha tratado ni ha puesto el deseo o interés que V. viene poniendo desde hace años en asociarse a la investigación dialectal (...)» «Nosotros», decía, «vamos a hacer todo lo posible para llevar nuestro laboratorio a las aldeas; pero vamos a ser los primeros y vamos a tener que resolver por nuestra cuenta muchas dificultades». A más de uno le resonarán familiares estas palabras, como si fueran eco de las Misiones Pedagógicas que tanto se esforzaron por llevar la cultura a la España rural de aquella época. El 12 de octubre, TNT enviaba a don Ramón «una lista de los aparatos y herramientas que más falta nos harán en nuestro laboratorio. Con ellos y con los que ya tenemos cogeremos tres puntos principales del lenguaje: la articulación, la cantidad y la entonación musical». 25 Y continuaba: «La fonética, después de haberse dedicado casi exclusivamente al estudio fisiológico del lenguaje empieza a dar extraordinaria importancia a su naturaleza acústica; los psicólogos, como Krüger y Sievers reclaman materiales sobre ritmo, melodía, intensidad y sobre todo aquello por donde mejor se trasluzcan en el lenguaje los sentimientos y el carácter de las personas. La fonética puede proporcionar científicamente estos materiales; sobre el uso que hagan de ellos las gentes de fantasía ya es otra cuestión. La nueva dirección interesa a las gentes más que la antigua; hay aquí un señor que estudia dialectos africanos sólo bajo el punto de vista rítmico, y lo veo además en otros principiantes que se interesan por la melodía de la frase más que sobre la naturaleza de las articulaciones; Calzia dice que la fonética se acerca a la ciencia del lenguaje por este camino más que señalando las diferentes variantes de b, d, s, etc. que puede haber entre los idiomas. Calzia no es un filólogo y le falta por consiguiente el cariño a la historia. De todos modos da al estudio fisiológico un valor fundamental. ----Tendremos muchas cosas que hacer; cuando hablemos contaré a V. el plan tal como yo lo imagino; lo modificaremos, naturalmente, todo lo que sea necesario. Aparatos para la intensidad y para el timbre no he señalado en la lista; no hay nada en lo cual se tenga confianza; se trabaja con empuje para encontrar mejores procedimientos; esperaré a hablar de nuevo con Grammont para ver qué resultados obtuvo de sus trabajos; mientras no haya algo definitivo sería emplear mal el dinero. Pienso estar en Hamburgo hasta mediados de noviembre; conozco prácticamente los aparatos que van propuestos, pero siempre será mejor que yo mismo los compre y los ensaye antes de ponerlos en camino. Ya entrenado y poseído del laboratorio como estoy aquí me parece que aprovecho mejor el tiempo que trasladándome a Halle donde está Krüger; me dice que en aparatos no encontraré en Alemania nada que no esté aquí, y en esto seguramente tiene razón. Krüger además como médico y como psicólogo estará demasiado lejos de lo que conviene a mi preparación. No obstante quiero verle, aunque no sé cómo arreglarme. Después de Hamburgo me quedan tres puntos de parada: Zúrich por Gauchat, París por Gilliéron y Rousselot y Montpellier por Grammont (...)» Un mes después, el 14 de noviembre, Navarro informaba a don Ramón que «la Junta me envía 500 marcos para comprar los aparatos que en mi lista proponía; no es la Junta si no V. personalmente, que me da una prueba más de confianza en mi trabajo y continúa siempre facilitándome el camino para que llegue a hacer algo provechoso; con mi pensión y con este dinero, con la prórroga concedida, recomendaciones, etc., veo bien hasta donde será mi compromiso con el estudio de la fonética; ya veremos si sé corresponder; por falta de voluntad no ha de quedar». Señalaba, además, que «pensaba volver para fin de año, pasar la Navidad con mi familia y empezar el año en Madrid. Mi pensión, con la prórroga concedida y con un mes de equivocación, alcanza hasta el 24 de febrero. ¿Debo prescindir de estos dos meses? ¿No serán más útiles pasándolos aquí? Conforme pasan los días trabajo con más facilidad y provecho; creo que no debo renunciar a este tiempo a no ser que los planes de V. requieran lo contrario. Mi trabajo es ahora más con los libros que con los aparatos; revistas, libros, bibliografía, cosas que en Madrid sería difícil de encontrar». El 17 de noviembre, Navarro volvía a escribir a Menéndez Pidal, deteniéndose esta vez con una invitación que se hacía a éste para asistir a un futuro congreso: «Querido D. Ramón: Por mi carta que se ha cruzado con la suya sabe V. ya que la Junta me ha enviado el dinero; he hablado con el dueño de la casa constructora del aparato de Meyer; tienen que construirlo expresamente; lo harán con tiempo suficiente para que pueda estar en Madrid para mi regreso. Recibirá V. o habrá ya recibido una invitación de Meinhoff y Calzia para representar a España en el primer congreso de fonética experimental que quieren celebrar en Hamburgo; es reunión de filólogos y fonéticos: Morf, Gauchat, Scripture; 26 de Francia invitan a Rousselot y Brundt; el hecho aún no es público aquí; esperan saber la inclinación de la acogida con que reciban Vds. la noticia. La cosa es principalmente de Calzia que es un hombre muy congresista. La principal utilidad que podría resultar de esa asamblea podría ser que los filólogos hicieran comprender a los fonéticos especialistas la necesidad urgente de proporcionar medios experimentales a la investigación dialectal. En Gauchat y en Jud he leído ya esta petición; los inventores y constructores no se han preocupado de ello. Es verdad que hasta hoy la fonética tiene pocos aparatos propios; fuera del cilindro registrador, de formas más o menos diferentes, casi todo lo que hay en estos grandes laboratorios son aparatos tomados de la física; todo grande, pesado, intrasportable. No puede V. suponer cuánto me preocupo de esta cuestión; pero por más que pienso, busco y pregunto nadie me da idea útil: lo único práctico, con todos sus inconvenientes, es el paladar artificial. No ha habido nadie que haya salido con los aparatos a los pueblos. He hablado con el constructor de la posibilidad de una maleta o estuche de viaje con un kymógrafo, un diapasón, laringógrafo, chismes para paladares, papel, barniz y hasta un fonógrafo, todo pequeño, recogido, ligero y fuerte, capaz de resistir traqueos y empujones. Este hombre, que trabaja mucho para cosas de fonética, ha oído con interés, ha comprendido y parece que se preocupará de ello. Esperan el congreso para ver la luz que sale de sus discusiones sobre este punto. Entre tanto no espere V. que yo pueda llevar nada especial. Nos arreglaremos con nuestros propios medios...» Y once días después, el 28 de noviembre, continuaba: «Querido D. Ramón: He recibido su tarjeta a la cual contesto lo más pronto posible para decir a V. algo sobre el congreso; Calzia parece esperar, ya con cierta impaciencia por V. y por otros. 27 Los indicaciones que V. me pide serán principalmente sobre el carácter del congreso, sus planes y sus preparativos. Como su realización depende de la contestación de los invitados, aún no se da por absolutamente seguro, y por consiguiente se habla poco de él; lo primero ha sido invitar, después se solicitará el apoyo económico de la ciudad, se hará el programa de sesiones, visitas, agasajos, etc... Según me dijo Calzia ayer, han contestado afirmativamente Gauchat, Morf, Viëtor, Gutzmann, Gradenigo y algún otro que no recuerdo; la parte francesa es la más dudosa: Calzia da por seguro que Rousselot no vendrá a causa de las rencillas personales que ha habido entre ellos; la ausencia de Rousselot, el fundador de la fo-----26 Entre las obras de E. W. Scripture se encuentra unos Elements of Experimental Phonetic (Nueva York 1902), que Navarro Tomás citó en la bibliografía de su Manual de pronunciación española, duodécima edición, CSIC, Madrid 1965), p. 27 No he podido averiguar si finalmente este congreso se celebró. vengan, por unas razones u otras de últimas hora. ¿No estará Morf para ese tiempo en España? Y sin embargo dio su consentimiento a la invitación. Todavía se conserva una última carta, datada el 19 de diciembre, también desde Hamburgo. La mayor parte de ella trata de artículos y libros. Únicamente citaré uno de sus últimos pasajes: «Yo saldré de aquí a primeros de año; estaré una semana en Berlín y otra en Leipzig en donde visitaré los laboratorios de Gutzmann y Sievers. Después iré a Zúrich para ver el Atlas de Gauchat, y después a París. Todo esto hará unas cinco semanas. Desde París iré a Montpellier. A mediados de febrero estaré con mi familia, y el mes de marzo lo empezaré en Madrid». Terminaba de esta manera una periodo vital para la formación de Tomás Navarro Tomás y para la introducción en España de la fonética experimental, de la que posteriormente tanto se beneficiarían el Atlas Histórico de la Península Ibérica y El Archivo de la Palabra. Junta para Ampliación de Estudios.
La política de jóvenes pensionados científicos en el extranjero desarrollada por la JAE tuvo un complemento importante en la puesta en marcha de una serie de pequeños laboratorios científicos y centros de investigación agrupados principalmente en el Instituto Nacional de Ciencias y la Residencia de Estudiantes. El presente artículo aporta una perspectiva general de la labor realizada por algunos de esos laboratorios, sus principales protagonistas y grupos de investigación, particularmente los relacionados con las investigaciones biomédicas. No se analiza la labor del Instituto Cajal o el Museo de Ciencias Naturales, que son objeto de otras contribuciones en este mismo número monográfico. Se explica el proceso de creación de pequeños laboratorios docentes y de investigación a partir de 1912, su participación en la docencia práctica experimental universitaria durante la década de los años 1920, con particular detalle en relación con los laboratorios El principal factor que propició el resurgimiento de la actividad científica en la España de finales del siglo XIX y principios del siglo XX fue la creación de un marco institucional adecuado para la promoción de la ciencia y los intercambios científicos con centros de investigación extranjeros. Fueron la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE) y la Residencia de Estudiantes (RE) las instituciones que desarrollaron una labor docente de carácter experimental y una estrategia de iniciación a la investigación que serían el fundamento del esplendor científico conocido como Edad de Plata de la ciencia española.1 Su labor de promoción de la investigación científica se orientó principalmente en dos direcciones: en primer lugar llevó a cabo una modesta labor de institucionalización científica a través de la creación de institutos y laboratorios de investigación. En segundo lugar, la JAE desarrolló un ambicioso programa de internacionalización científica mediante una generosa política de pensionados en el extranjero. El número total de pensiones otorgadas superó la cifra de trescientas entre 1907 y 1935 y abarcó un amplio espectro de áreas científicas y de beneficiarios, llamados a participar en una incipiente comunidad científica española, bien relacionada con el exterior2: ---- De acuerdo con la lista anterior, el número total de pensionados con un perfil profesional científico-natural asciende a la cifra de 28, de una base de datos que incluye un centenar. La proporción es relativamente baja, pero hay que tener en cuenta el peso que tenían también las humanidades y las ciencias sociales en ambas instituciones. Por otra parte, el número real de pensionados en el extranjero que recibió apoyo de la JAE es superior, debido a que algunos de ellos recibían reconocimiento académico, pero no financiero, como en el caso de Negrín, quien se formó en Alemania con apoyo de la JAE, pero sin recibir la condición de pensionado. Esta situación no fue excepcional, a la vez muchos de los nombres que integran la lista anterior fueron becados en sucesivas ocasiones. En la relación se han incluido también a los psicólogos que constaba explícitamente que trabajaban en proyectos de psicología experimental. Desde los primeros años de funcionamiento, tras su creación en 1907, la JAE fue diseñando un modelo institucional que no estaba cerrado de antemano. La incansable labor de José Castillejo dinamizó las iniciativas científicas, pero tam-bién los estudios humanísticos y sociales. De inmediato se promovió la creación del Centro de Estudios Históricos, que tuvo en R. Menéndez Pidal a una de sus figuras más destacadas. Pero también se creó el Instituto Nacional de Ciencias, un amplio escenario que acogía iniciativas docentes, trabajos prácticos, laboratorios y grupos de investigación en casi todas las ramas de la ciencia: Geología, Botánica, Zoología, Paleontología y Prehistoria, Histología e Histopatología del sistema nervioso, Física, Química, Matemáticas y Fisiología general. Los laboratorios acogían la labor de grupos de investigación y de programas docentes para la ampliación de estudios. Tenían una vocación complementaria de las enseñanzas universitarias. Buscaban introducir en el conocimiento de la metodología del trabajo de investigación y familiarizar a los estudiantes con el manejo de aparatos para así prepararlos para su ulterior formación en el extranjero, para su aplicación a la clínica o la industria o el desarrollo de una investigación doctoral. También en torno a la Residencia de Estudiantes se configuró un núcleo de modestos laboratorios de investigación, de acuerdo con el proyecto concebido por Alberto Jiménez Fraud, al servicio de les propios escolares y de universitarios que se inscribían en los trabajos prácticos impartidos anualmente. Muchos de estos laboratorios estaban muy lejos de constituir verdaderos centros de investigación, puesto que nacían con la vocación de mejorar la enseñanza de tipo práctico que recibían los estudiantes universitarios de las facultades de ciencias, farmacia y medicina. No es sencillo ofrecer un organigrama del conjunto de instituciones científicas que albergaba la JAE, porque algunas fueron reemplazadas, surgieron más tarde que otras, o redefinieron su denominación. A pesar de las pequeñas modificaciones que estos centros de investigación experimentaron a lo largo de más de las más de dos décadas que van entre 1912 y 1939, puede obtenerse una visión global del despliegue institucional de la JAE y la RE en el siguiente esquema3: ---- Ante la conmemoración del centenario de la fundación de la JAE en 1907, el presente artículo se propone aportar una perspectiva general de la labor que realizaron algunos de estos laboratorios, sus principales protagonistas y sus grupos de investigación, particularmente los relacionados con la investigación biomédica. No se presta una atención minuciosa a la importante labor desarrollada por el Instituto Cajal y por el Museo de Ciencias Naturales, puesto que estos centros son objeto de acercamientos específicos en otros artículos de este número monográfico. A partir de 1912 se inició la creación de pequeños laboratorios para la enseñanza práctica universitaria y para la iniciación a la investigación. Estaban ubicados en los sótanos de la Residencia de Estudiantes. Ese año se instaló el Laboratorio de Química general, fundado por José Sureda Blanes y Julio Blanco y dirigido desde 1913 por José Ranedo. A continuación se fundó el Laboratorio de Serología y Bacteriología, cuyo director era Paulino Suárez. En 1914 se añadió el de Anatomía microscópica dirigido por Luis Calandre y en 1915 el de Química fisiológica, bajo la dirección de Antonio Madinaveitia y José Miguel Sacristán, que funcionó hasta 1919. Todos ellos se movieron bajo la influencia científica, la orientación y el magisterio de Nicolás Achúcarro, prematuramente fallecido en 1918. Estas instituciones contribuyeron a promover la mentalidad experimental entre médicos, farmacéuticos y estudiantes de medicina y farmacia, creando el caldo de cultivo de una generación que valoró muy positivamente la investigación científica y el rol profesional de investigador. Sin duda, el reciente éxito internacional de Santiago Ramón y Cajal no era ajeno a este fervor científico. A pesar de sus modestas instalaciones y de la condición periférica de la comunidad científica que los promovía, las dinámicas impulsadas por la JAE y la RE denotan que la investigación científica había entrado finalmente a formar parte de una estrategia política y adquiría importancia para el Estado. Si el grado de institucionalización científica que representaban era modesto, fueron, sin embargo, el trampolín para la creación de una entusiasta comunidad científica española. Desde su fundación y hasta la Guerra Civil, bajo la presidencia sucesiva del neurohistólogo Santiago Ramón y Cajal y luego del naturalista Ignacio Bolívar, la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas llevó a cabo un incesante proyecto de despliegue institucional y de pensionados en el extranjero. Su secretario, José Castillejo desempeñó una ingente labor en el establecimiento de vínculos y relaciones internacionales, que per-mitió un despliegue y una proyección internacional sin precedentes en la ciencia española. Durante los años siguientes continuó la expansión institucional. En 1916 se fundó, en el seno de la Residencia de Estudiantes, el Laboratorio de Fisiología General. Como veremos, Juan Negrín, recién llegado de Alemania, fue designado por los órganos directivos de la Junta, con la participación activa de Cajal, para asumir su dirección. Dos años más tarde el laboratorio se integró en el conjunto de laboratorios de la JAE. Ese mismo año se creó el Laboratorio de Fisiología y Anatomía de los Centros Nerviosos, dirigido por Gonzalo Rodríguez Lafora, estrecho colaborador durante esos años de Nicolás Achúcarro y sucesor suyo al frente del Servicio de Anatomía Patológica del Manicomio provincial de Washington. Por último, en 1919 se instaló en el llamado Trasatlántico, edificio emblemático de la Residencia de Estudiantes, el Laboratorio de Histología Normal y Patológica, dirigido por el neurohistólogo Pío del Río-Hortega, discípulo de Achúcarro y de Cajal. El despliegue de centros y laboratorios tuvo aún mayor dimensión fuera de la Residencia. Unos años antes, en 1910 se había fundado el Laboratorio de Investigaciones Físicas, al frente del cual estuvo desde sus inicios Blas Cabrera. Allí trabajaban también J. Torroja, G. Montaud, A. Duperier, J. Palacios, J. Garrido, Miguel A. Catalán, M. Crespí, Enrique Moles y A. Sarabia. Dos décadas más tarde, en 1931, el laboratorio se transformó en un Instituto Nacional de Física y Química, con el apoyo financiero y científico de la Rockefeller Foundation. Allí se crearon dos secciones: la de química física, dirigida por Enrique Moles, que desarrolló su trabajo en torno a la precisión en los procedimientos de medida, siendo el instituto de referencia para la publicación de las tablas internacionales de pesos atómicos y la sección de química orgánica, que dirigía Antonio Madinaveitia, catedrático de la facultad de farmacia. Por su parte, Julio Rey Pastor estuvo al frente del Instituto de Matemáticas, donde también trabajaron Barinaga, Pineda, Sánchez, Pérez, Santaló, Ríos y Flórez Giménez. Leonardo Torres Quevedo estaba al frente del Instituto de Automática y el propio Ignacio Bolívar desarrolló su ambicioso proyecto de un Museo Nacional de Ciencias Naturales, incluyendo la geología, la botánica, la zoología, y los estudios paleontológicos, que también estaba vinculado a la J.A.E., con una veintena de colaboradores, entre los cuales se encontraban J. Royo Gómez, Antonio de Zulueta, F. Martínez de la Escalera, Enrique Rioja y José Rioja, Vicente Sos Bainat y F. Gómez Llueca. Sin embargo, no hay que suponer que ese despliegue institucional aportaba unas condiciones materiales y un grado de profesionalización idóneos para llevar a cabo una investigación de excelencia. De hecho, los laboratorios no recibían más que una modesta subvención de los órganos directivos de la J.A.E., sus dotaciones de personal eran escasas y los salarios de los investigadores eran muy modestos. La voluntad política no siempre fue positiva y decidida, y las reticencias y dificultades se incrementaron considerablemente durante los años de la dictadura de Primo de Rivera, cuando a menudo las actividades de la JAE eran vistas con recelo y se vieron incluso suspendidas por falta de apoyo político-financiero. 4 No obstante, la creación de los laboratorios de la Junta y de la Residencia influyó de forma notable en un amplio movimiento de renovación de la vida universitaria y de la práctica científica del que formaban parte las principales figuras de la cultura española de la época. No es ocioso recordar, una vez más, que entre los nombres vinculados a los laboratorios se encontraban las principales personalidades de la vida científica española, como eran Salustio Alvarado, Ignacio Bolívar, Pío del Río-Hortega, Gonzalo Rodríguez Lafora, Blas Cabrera, Enrique Moles, José Rodríguez Carracido, Antonio Madinaveitia, Julio Rey Pastor, José María Plans y Juan Negrín. Cada uno de estos laboratorios e institutos gozaba de plena independencia científica, pero la financiación y la contratación de personal científico dependían de la Junta y la capacidad de actualización técnica, bibliográfica o de personal era muy difícil. LA DOCENCIA Y LA INVESTIGACIÓN EN LOS LABORATORIOS A COMIENZOS DE LOS AÑOS 1920 En 1919, una memoria publicada por la JAE sobre los trabajos e investigaciones realizados durante el curso 1918-1919 ofrece una visión panorámica de la labor que se realizaba en los laboratorios al iniciarse la segunda década del novecientos, precisamente en una etapa de consolidación del modelo institucional 5. Los Trabajos de química se asociaban y complementaban las prácticas de laboratorio de la facultad de farmacia. Se realizaban bajo la dirección ----de José Rodríguez Carracido y Antonio Madinaveitia. Eran trabajos de química biológica dedicados a estudios de farmacodinamia de ciertos productos, a la síntesis y estudio de medicamentos vasoconstrictores y de anestésicos locales, y otros de química orgánica, que en 1919 se dedicaban a la colesterina y a la obtención y estudio del principio activo de una planta. Por su parte, en el laboratorio de química de la Residencia de Estudiantes, dirigido por Antonio Madinaveitia, se impartían cursos breves de análisis clínicos de orina, sangre, heces y otros productos orgánicos, como también se abordaban problemas especiales de química general. La memoria de 1919 demuestra que en esa época, el Laboratorio de Investigaciones Biológicas, también llamado Instituto Cajal, acogía a un excelente grupo de investigación dirigido por el propio Cajal, del que formaban parte Francisco Tello Muñoz, Jorge Ramón Fañanás, Domingo Sánchez, José María Villaverde, Miguel Gayarre, Fernando Castro Rodríguez, Rafael Lorente de No, Luis Aguilera Molas y Domingo Sánchez y Sánchez. Vinculado a él se encontraban los trabajos de fisiología cerebral que desarrollaba Gonzalo Rodríguez Lafora. El grupo de Lafora pronto adquirió una situación autónoma dando lugar a un Laboratorio de Fisiología y Anatomía de los Centros Nerviosos. En el Laboratorio de Histología normal y patológica dirigido por Pío del Río-Hortega colaboraba en 1919 un grupo de investigación formado por Gallego, López Enríquez, Alberca, Isaac Costero, Aldama, Cascos, Lista, Sacristán y Vázquez. LOS LABORATORIOS DE LA RESIDENCIA DE ESTUDIANTES Al comenzar a publicarse la revista Residencia (1926), su primer número hacía un balance de la labor científica que estaban realizando los laboratorios científicos adscritos en aquellos momentos a la Residencia de Estudiantes. 6 Reproducimos a continuación el resumen que presentaba: «En el Laboratorio de Química general, que dirige D. José Ranedo, se enseñan las prácticas químicas indispensables para toda especialización, ya sea con fines puramente científicos o se refiera a los trabajos usuales de aplicación, que tan numerosos son en esta rama de la Ciencia. Los que no poseen preparación práctica alguna, siguen el siguiente programa: 1o Trabajos corrientes en vidrio y montaje de aparatos. 2o Preparados inorgánicos simultaneados con reacciones de los iones. 3o Marcha analítica y problemas. 4o Análisis orgánico elemental. 5o Separación de las especies químicas de una mezcla por los distintos procedimientos: disolventes, cristalización fraccionada, destilación, etc. 6o Práctica de determinación de constantes: puntos de fusión, ebullición, etc. 7o Preparados orgánicos. 8o Análisis volumétrico y gravimétrico. La realización de este programa, aun no dándole mucho desarrollo, exige como tiempo mínimo dos cursos completos. Los que pertenecen al grupo preparatorio de Medicina, que naturalmente no disponen sino de un curso para estudiar la química, hacen unas prácticas más breves. En el Laboratorio de Química Fisiológica, que dirige D. Antonio Madinaveitia, se proporciona una enseñanza práctica de esta disciplina, absolutamente necesaria al médico moderno, pues sin un conocimiento algo profundo de la Bioquímica no pueden comprenderse numerosos problemas de Patología, y menos aún llegar a un diagnóstico preciso con un criterio serio y científico. No sólo, pues, desde un punto de vista de interés científico, sino práctico, clínico, es necesario el estudio de esta ciencia. El programa de este laboratorio consiste en la enseñanza, principalmente, de la metodología química clínica (análisis de orina, sangre, etc.) y de la bioquímica general. Todos los trabajos prácticos van precedidos de una lección teórica aclaratoria. Dentro de los problemas de química biológica se concede más extensión a aquellos de aplicación clínica más inmediata. En el Laboratorio de Anatomía microscópica que dirige D. Luis Calandre, se estudia la estructura microscópica de los órganos con aplicaciones a la Fisiología, trabajo aunque de más modestas aspiraciones que el de la Citología fina, de una utilidad más inmediata para los médicos prácticos. Se da semanalmente dos clases teóricas, ayudándose de microscopios, proyecciones y esquemas, y se trabaja diariamente en el laboratorio para enseñar la técnica micrográfica. Los alumnos adelantados hacen estudios especiales. Los temas que se estudian son: Idea general de la célula. Bazo y ganglios linfáticos. Piel y órganos del tacto. En el Laboratorio de Serología y Bacteriología que dirige D. Paulino Suárez, se hace un estudio de las bacterias patógenas y reacciones de inmunidad más importantes, desde el punto de vista clínico, y se practican numerosos análisis bacteriológicos de productos patógenos procedentes de varias clínicas. También se halla instalado en la Residencia el Laboratorio de Fisiología general, cuyo director, el Dr. Negrín, al obtener en 1921, mediante oposición, la cátedra de la asignatura en la Facultad de Medicina, ha organizado en ésta las prácticas de demostración, en las cuales los alumnos de la Residencia ocupan, con otros estu-diantes distinguidos, los puestos de jefes de dichas prácticas. El laboratorio de la Residencia continúa abierto para los trabajos especializados y de investigación»7. La revista hacía también mención al funcionamiento de los demás laboratorios científicos que dependían de la JAE: «La Junta para Ampliación de Estudios creó, en octubre de 1920, el Laboratorio de Histopatología del sistema nervioso, dirigido por D. Pío del Río-Hortega, que está instalado en la Residencia y al que pueden asistir los estudiantes de ella, que tienen una preparación suficiente. Todos estos laboratorios están instalados en el piso bajo del pabellón, en espacios tan reducidos para sus necesidades que en muchos de ellos no puede trabajarse sino por turno. Así, por ejemplo, el Laboratorio de Histología sólo cuenta con once plazas y trabajan en él veinticuatro estudiantes; en el de Química general ocurre algo parecido; y el Laboratorio de Serología y Bacteriología dispone solamente de diez plazas y ha sido necesario establecer tres turnos para dar enseñanza a 30 estudiantes.» 8 EL LABORATORIO DE ANATOMÍA MICROSCÓPICA El primer laboratorio que se fundó en la Residencia de Estudiantes fue un pequeño laboratorio de anatomía microscópica, dirigido por Luis Calandre cuyo objetivo era mejorar la formación de los estudiantes de los primeros cursos de medicina. Calandre había sido becario de la JAE en 1912-13 y se había formado junto a Nicolás Achúcarro, con quien participó activamente en sus proyectos de investigación hasta la prematura muerte de Achúcarro en 1918, cuando aún era muy joven y una brillante promesa de la investigación científica española, siguiendo la estela de Cajal. Calandre participó en los órganos de dirección de la JAE, dirigió el hospital de carabineros instalado en la Residencia durante los años de la guerra civil, 9 fue uno de los padres de la cardiología en España y el introductor del electrocardiógrafo. El Laboratorio de Anatomía microscópica acogía a los estudiantes residentes y a los alumnos de medicina que hacían prácticas en histología normal y patológica. Allí se iniciaban en la tinción de cortes, realización de preparaciones y observación al microscopio. De acuerdo con los planes de Santiago ----Ramón y Cajal, éste, como los otros laboratorios, preparaban técnicamente a quienes eran candidatos para recibir una pensión para el extranjero y también acogían a su regreso a los más destacados, ayudándoles a establecerse y a implantar nuevas técnicas de laboratorio. Al mismo tiempo, en el laboratorio se realizaban trabajos de investigación dirigidos por Luis Calandre sobre la estructura fina del músculo cardiaco. La orientación de los experimentos era básicamente clínica.10 Pronto el laboratorio contó con becarios colaboradores como Mier, Sánchez Lucas, Enrique Vázquez López, Valentín de la Loma y Abelardo Gallego. Como ya se ha indicado, era un laboratorio muy pequeño y no podía atender a todas las solicitudes de alumnos que aspiraban a ser acogidos como becarios o hacer prácticas en él. Algunos de los estudiantes que se formaron inicialmente en el Laboratorio de Calandre siguieron después una carrera investigadora en el extranjero y en otros laboratorios de la JAE. Entre ellos se encontraban Salustio Alvarado, Francisco Grande Covián, Rafael Méndez o Severo Ochoa, que pasaron después al Museo de Ciencias Naturales y al Laboratorio de Fisiología dirigido por Negrín. Cuando los alumnos solicitaban una pensión para investigar en el extranjero, Luis Calandre emitía un informe relatando sus conocimientos científico-técnicos. Calandre desempeñó, al mismo tiempo, una labor clínica asistencial junto a Antonio Madinaveitia y en 1919 la Junta le encargó el servicio de Inspección y asistencia médica escolar en el Instituto Escuela. En 1921 realizó, como era habitual entre los investigadores de la JAE, un periplo europeo para visitar diversos laboratorios de investigación. Fruto de ello fue la publicación de diversos artículos en la prensa «Por clínicas y laboratorios de Europa». Para dotar a su laboratorio de las mejores condiciones técnicas, Calandre consiguió traer a Madrid en 1917 uno de los primeros electrocardiógrafos de cuerda. Era uno de los primeros modelos, fabricado en Berlín por Hugh a partir del invento realizado por el holandés Eindhoven, de acuerdo con las indicaciones del maestro de Calandre durante su estancia en Alemania, el célebre fisiólogo Nicolai. EL LABORATORIO DE FISIOLOGÍA GENERAL El Laboratorio de Fisiología General, dependiente en un primer momento de la Residencia de Estudiantes y más tarde de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, estuvo dirigido desde su fundación por Juan Negrín López. Negrín es una figura clave en la historia contemporánea española, tanto por su participación en la política y el Gobierno de la República, como por su labor de promoción de la ciencia. Su biografía resume los rasgos más característicos de una época en la que el fervor por la ciencia experimental, el progreso y la modernidad se asoció en España al republicanismo, al compromiso político y, en buena medida, al ideario socialista. Todos estos rasgos eran compartidos por un amplio sector de la intelectualidad española y por muchos de los científicos. La trayectoria académica de Juan Negrín es un buen ejemplo de ello11. A los pocos meses de haber regresado a Las Palmas como consecuencia del desastre académico provocado en Alemania por la Ia Guerra Mundial, Negrín se planteó la oportunidad de aprovechar su forzosa salida de Alemania para contactar con grupos norteamericanos. El 22 de febrero de 1916 solicitó a la JAE una pensión, con los siguientes objetivos: [...] trabajar en el Laboratorio de Fisiología que dirige el profesor Meltzer en el Rockefeller Institute for Medical Research y en el laboratorio que dirige el profesor Graham Lusk en la Cornwell University, y estudiar con este último la glucosuria originada por la fluoricina. Perfeccionar también la técnica quirúrgicofisiológica en el Rockefeller Institute. Si a los seis u ocho meses puede estimarse ultimada la labor en New York, puede pasar [el interesado], previa consulta y autorización de la Junta, a la Harvard University cerca de Boston, a trabajar con Cannon y Porter y conocer prácticamente los métodos originalísimos que, según un folleto de Porter, se siguen allí para el estudio de la Fisiología12. ----Vemos en 1916 a un Juan Negrín absolutamente centrado en el trabajo de investigación, que se proponía aprovechar la forzosa salida de Leipzig para aprender técnicas experimentales en los mejores centros norteamericanos, al lado de las personalidades científicas de mayor renombre. En su petición a la JAE, Negrín solicitaba apoyo económico para trasladarse con su esposa y dos niños de uno y dos años. Pero sus proyectos americanos no llegaron a realizarse, porque el crecimiento institucional de la JAE le reservaba un destino de mayor responsabilidad científica en Madrid. La fundación, en 1916, del Laboratorio de Fisiología General y su nombramiento como director del mismo indican que finalmente Negrín se sumó a esa generación de científicos formados en el extranjero que se incorporó a los laboratorios de la JAE y la Residencia de Estudiantes, con el principal objetivo de modernizar e impulsar el cultivo de la ciencia experimental en España. Ese proyecto institucional tuvo especial relevancia en el campo de la medicina, gracias a las expectativas que había creado el gran impacto internacional de la obra de Santiago Ramón y Cajal. No es raro, pues, que muchos de los nuevos laboratorios se consagrasen a la investigación neurobiológica. Las favorables perspectivas para el futuro de la actividad científica en España y el deseo de participar en las reformas sociales y políticas de nuestro país inclinaron a Negrín a implicarse personalmente, instalándose en Madrid. Hay que tener en cuenta que ni siquiera durante su etapa de Leipzig había perdido el contacto con la elite científica española. Desde allí seguía los trabajos del grupo fisiológico catalán heredero de Ramón Turró y articulado en torno a August Pi i Sunyer, con quien colaboró publicando algunos trabajos de investigación en los Treballs de la Societat Catalana de Biologia, donde el grupo fisiológico catalán hacía públicas sus investigaciones. El Laboratorio de Fisiología General, impulsado personalmente por Cajal, se ubicó en la Residencia de Estudiantes, junto a los pequeños laboratorios de Química general, Anatomía microscópica y Serología y Bacteriología. Pocos años después se integró en la red de laboratorios de la JAE. En Madrid, Negrín tuvo que realizar una segunda tesis doctoral para revalidar el título alemán. Presentó una investigación sobre El tono vascular y el mecanismo de la acción vasotónica del esplácnico, en la que recuperaba y actualizaba experimentos efectuados en Leipzig. 13 La primera parte estaba dedicada a analizar el tono de los vasos sanguíneos, sus características fun-----cionales y sus mecanismos de regulación autónoma. La segunda se consagraba a la acción vasotónica del esplácnico y su papel regulador del tono vascular. Los mecanismos de regulación funcional constituían una de las principales líneas de investigación fisiológica internacional al iniciarse el siglo XX, y el papel desempeñado por el sistema nervioso autónomo y por las hormonas (sistema endocrino) abría grandes expectativas a la compensión de los mecanismos íntimos de la vida. Orientada en esa dirección, la obra científica de Negrín se había iniciado en Leipzig con una serie de trabajos sobre la actividad de las glándulas suprarrenales y su relación con el sistema nervioso central, que sería años después el núcleo de su tesis española. Sus estudios iban encaminados a aclarar la existencia de un control neurológico directo y exacto de los niveles de glucemia y a determinar la influencia de un mecanismo de regulación indirecta a través de los niveles de adrenalina en la sangre. Investigaciones posteriores, inspiradas en la célebre piqûre glycogénique de Claude Bernard, le permitieron determinar la función reguladora del centro glucosúrico del cerebro sobre la secreción interna de las glándulas suprarrenales a través del sistema nervioso simpático. Negrín demostró que la acción recíproca de los sistemas endocrino y nervioso se realiza mediante sus ramificaciones periféricas y también a través de la porción vegetativa central. Estudios experimentales le permitieron relacionar la glucosuria con los niveles de adrenalina. Como era habitual en las instalaciones científicas de la JAE, las condiciones del Laboratorio de Fisiología general no eran las óptimas, debido a las dificultades de financiación. Situado en un pequeño local en los sótanos de la Residencia, fue consolidando, sin embargo, una excelente biblioteca internacional con revistas y monografías españolas y extranjeras, que organizó el propio Negrín, de acuerdo con su experiencia alemana. Sobre las instalaciones del laboratorio, José Puche ofreció años más tarde un testimonio personal desde su exilio mexicano: El Laboratorio de Fisiología ocupaba no más de un centenar de metros en el pabellón destinado a los laboratorios científicos. En aquel recinto limitado fueron aposentados con decoro los laboratorios de demostración, los dedicados a los investigadores, la biblioteca, y un simpático rincón donde, después de la refacción, un grupo de amigos solíamos charlar despreocupadamente ante unas tazas de buen café preparado al uso de la Gran Canaria [...]. Entre sorbo y sorbo, oyendo las anécdotas del día, podíamos hojear libros y revistas recientes. La información que allí se recibía era de primer orden, como seleccionada por nuestro anfitrión, don Juan Negrín, que colmado de lauros académicos acababa de regresar de Alemania [...]. El acceso a los laboratorios de la Residencia era libre. Al de Fisiología acudían preceptivamente los residentes que estudiaban Medicina, pero también podían hacerlo estudiantes de otras disciplinas, y escolares no residentes, que tuvieran alguna relación con los trabajos que allí se realizaban [...]. Esta posibilidad atraía a jóvenes universitarios que preferían las enseñanzas de los laboratorios de la Residencia a la que profesaban en las facultades14. La documentación que se ha conservado sobre el funcionamiento cotidiano del laboratorio indica una situación financiera que distaba mucho de ser la deseable, tanto en medios humanos como materiales. Por esa razón fueron frecuentes los escritos de Negrín a José Castillejo, secretario de la JAE, sobre las dificultades económicas y los problemas de personal. El 15 de abril de 1931, Negrín solicitaba a Castillejo que se le retuvieran seiscientas pesetas del sueldo para distribuirlas en módulos de ciento cincuenta pesetas a sus jóvenes colaboradores y discípulos Severo Ochoa, Blas Cabrera Sánchez, Rafael Méndez Martínez y Francisco Grande Covián. Según señalaba, «se trata de jóvenes médicos que llevan trabajando varios años con asiduidad y provecho en el laboratorio. Todos han estado en el extranjero ampliando sus estudios. Ninguno ejerce la profesión médica, y dedican exclusivamente sus actividades a la investigación y a la enseñanza». 15 De los recursos técnicos disponibles en el Laboratorio de Fisiología da cuenta la documentación existente en el archivo de la JAE. De ella se desprende que las dotaciones de recursos instrumentales eran bastante adecuadas para la investigación de su tiempo y que el propio equipo de Negrín aportaba diseños originales de instrumentos, que posteriormente eran construidos artesanalmente, merced a la colaboración de Torres Quevedo y los demás miembros de su Instituto de Automática, también perteneciente a la JAE. Así lo daba a entender José Puche cuando se refería al trabajo en el laboratorio de Negrín: «[Había] algunas innovaciones en el equipo instrumental, parte del cual era de procedencia distinta a la de los abastecedores habituales [...]. Tratábase de aparatos de precisión de factura española. Diseñados por Negrín, eran construidos por el señor Costa en los cercanos laboratorios de Torres Quevedo» 16. Las dificultades para el comercio internacional y la carencia de ----recursos no eran obstáculo para imaginativos diseños artesanales que permitieron adaptar a las condiciones locales instrumentos utilizados en Alemania. Algunos de estos aparatos fueron presentados incluso por Negrín y sus colaboradores ante la comunidad científica internacional, como relata Gonzalo Rodríguez Lafora en la crónica que realizó en el diario El Sol tras la presentación de un estalagmómetro en el Congreso Internacional de Fisiología de París (1920)17: «La delegación española ha dejado esta vez el nombre científico de España a buena altura. Las comunicaciones y demostraciones de Pi y Suñer y sus discípulos y colaboradores sobre la regulación de la glucemia, sobre la sensibilidad del neumogástrico y sobre la sensibilidad trófica y los reflejos glucemiantes despertaron gran interés. Igualmente, Negrín, con sus colaboradores y discípulos, hizo una gran impresión de investigador a la moderna, y su aparato «el estalagmómetro», ideado para recoger gráficamente el número de gotas de los líquidos que pasan a través de los vasos sanguíneos en las experiencias de Trendelemburg, para determinar la acción constrictora o dilatadora de diferentes sustancias, tuvo gran éxito; tanto, que muchos de los fisiólogos eminentes que asistieron han pedido a Madrid este ingenioso aparato fisiológico. Las comunicaciones de este investigador español sobre el contenido en adrenalina de las cápsulas suprarrenales después de la célebre «piqûre» de Claudio Bernard, y acerca de la acción de ésta sobre la presión arterial, despertaron considerable interés y fueron seguidas de la intervención de numerosos fisiólogos extranjeros.» La memoria de los trabajos de investigación realizados en el curso 1918-1919 bajo la dirección de Juan Negrín indica que los sábados por la tarde se realizaban demostraciones de fisiología para un número limitado de estudiantes de medicina. Estaban a cargo de Juan Negrín, José Miguel Sacristán y José Domingo Hernández Guerra. Las líneas de investigación del laboratorio por aquellos años se enfocaba al estudio de los mecanismo de regulación de la glucemia (J. Negrín), investigaciones sobre los receptores (J. Negrín), estudios sobre el líquido céfalo-raquídeo (José M. Sacristán) y fisiología y farmacodinamia de las terminaciones simpáticas (J. Negrín). A comienzos de los años 1920, el laboratorio desarrollaba dos tipos de actividades docentes y de investigación, que eran coordinadas por Corral y Hernández Guerra, puesto que Negrín se ocupaba preferentemente de su cátedra universitaria y de su labor de impulso a la Ciudad Universitaria de Madrid, como Secretario General de la Universidad. ----En el Laboratorio se organizaban, en primer lugar, cursos prácticos para quienes desearan adquirir una preparación técnica general, con el fin de ampliar posteriormente estudios y realizar investigaciones de laboratorio en el extranjero. Era un curso especial conectado con los trabajos prácticos que se impartían en la facultad de medicina. Por otra parte, se desarrollaban trabajos de investigación, en los que participaban Ochoa, García Valdecasas, Martí, Cabrera, Perpiñá, Jiménez Herrera, García y Castañeda. Las principales líneas de investigación iban orientadas hacia el estudio de la regulación del tono vascular, los reflejos vasomotores, la tonicidad muscular, el recambio de bases guanídicas, la contracción veratrínica, las corrientes de acción glandulares, los elementos biogenésicos de frecuencia escasa y los receptores. En una etapa posterior se sumaron a este grupo Pérez Cirera, Francisco Grande y Rafael Méndez y se realizaron trabajos de investigación sobre: -Las materias colorantes dela orina -La acidez y la alcalinidad en la valoración de líquidos biológicos -La obtención de concentrados de vitamina A -El quimismo de los órganos endocrinos en condiciones experimentales -Las caseínas comerciales en las dietas avitaminósicas -Valoración de la hormona córtico-adrenal -Cinética de los compuestos lábiles de fíofsoro en la actividad muscular -El contenido de ácido láctico y fósforo en el músculo de rata con avitaminosis A, B1 y C -La deshidrogenación de ácidos grasos por distintos órganos animales -El metabolismo del corazón aislado de mamífero -El mecanismo de eliminación renal de algunas sustancias -Estudios espectroscópico de elementos biogenéticos en tejidos animales y vegetales -Los efectos del ejercicio muscular en ratas -Ficha fisiológica. LA ESCUELA FISIOLÓGICA DE JUAN NEGRÍN En el Laboratorio de Fisiología General se impartían actividades docentes prácticas, que eran obligatorias para los estudiantes de la Facultad de Medicina. Eran demostraciones de fisiología, coordinadas en un principio por el propio Negrín y posteriormente por José Domingo Hernández Guerra. Se sumaron también José Miguel Sacristán y Javier Corral, con la colaboración de jóvenes ayudantes como Ramón Pérez-Cirera, Francisco Grande Covián, Blas Cabrera Sánchez, Rafael Méndez, José García Valdecasas y Severo Ochoa. A estos trabajos regulares hay que añadir las investigaciones de los licenciados de universidades españolas que iban a Madrid para realizar el doctorado integrándose en las líneas de trabajo del laboratorio, ya que sólo la Universidad de Madrid concedía por aquellas fechas el grado de doctor. Además de la labor docente, el grupo de investigadores del laboratorio desarrolló diversas líneas de investigación. Ya hemos reseñado las principales sustentadas por Juan Negrín, a las que conviene añadir un amplio abanico de trabajos desarrollados por otros miembros del grupo. Las memorias de los trabajos de investigación de los laboratorios de la JAE ofrecen una buena información sobre ellos18. José M. Sacristán Gutiérrez estableció un doble vínculo científico con Nicolás Achúcarro y Juan Negrín. Con ambos colaboró en las actividades de sus respectivos laboratorios. De la mano de Achúcarro fue pensionado en 1912 para trabajar con Alzheimer en el Laboratorio Químico de la Real Clínica Psiquiátrica de Múnich. Su investigación se centró en el recambio nutritivo en los estados intermedios de los ataques de epilepsia. Una vez en Alemania, Sacristán prolongó su estancia hasta un año y medio para continuar sus estudios sobre la fisiología normal y patológica y sobre la histopatología de las glándulas de secreción interna. El objetivo último era establecer una relación con las enfermedades mentales. Allí siguió las enseñanzas de Emil Kraepelin. Tras la muerte de Achúcarro en 1918, Sacristán pasó al laboratorio de Negrín sin abandonar su labor asistencial en el manicomio de mujeres de Ciempozuelos, del que fue médico-director. Sacristán hizo análisis químicos del líquido cefalorraquídeo y de las modificaciones del intercambio nutritivo tisular en los estados depresivos 19. Las investigaciones acerca del sistema nervioso fueron la línea principal del grupo fisiológico madrileño encabezado por Negrín. El propio Negrín, con José Domingo Hernández Guerra y algunos de los colaboradores más jóvenes, llevó a cabo experiencias sobre las terminaciones nerviosas simpáticas, los reflejos vasomotores, la regulación del tono vascular, las corrientes de acción de las glándulas, las sustancias receptivas, el análisis químico de los ----líquidos biológicos, las vitaminas, los estudios sobre la dieta y la alimentación, la fisiología de la actividad muscular, los estados carenciales y otros trabajos experimentales que sería demasiado prolijo enumerar. Todo ello constituía un amplio espectro de experiencias de laboratorio que se preparaban para los estudiantes de doctorado y de la licenciatura de Medicina. El principal y más directo colaborador de Negrín fue su paisano José Domingo Hernández Guerra. Nacido en Tejada (Gran Canaria) en 1897, estudió Medicina en Madrid e ingresó como ayudante en el Laboratorio de Fisiología desde su fundación. En 1920 fue pensionado por la Residencia para visitar el Collège de France, en París, y participar en el Congreso Internacional de Fisiología. Además de presentar el estalagmómetro, aportaron comunicaciones sobre el contenido de adrenalina en las cápsulas suprarrenales tras la punción de Claude Bernard y su acción sobre la presión arterial. Un año después estuvo en el Instituto de Fisiología de Bruselas y publicó varios artículos en la revista Archives Internationales de Physiologie. En 1922 fue nombrado auxiliar de Fisiología en la Facultad de Medicina de la Universidad Central, donde se ocupó de organizar las enseñanzas de laboratorio. En 1926 marchó como catedrático a Salamanca, pero en 1929 regresó a Madrid como jefe de la Sección de Farmacología del Instituto de Farmacobiología. Realizó una importante obra científica, con estudios sobre la acción cardiaca de los extractos pancreáticos y sobre el mecanismo de la secreción urinaria. También fue uno de los primeros en llevar a cabo análisis del contenido en vitaminas de algunos alimentos y productos naturales. En 1928 publicó, en colaboración con Severo Ochoa, unos Elementos de Bioquímica destinados a la docencia universitaria de esa asignatura. El grupo de Negrín se fue ampliando con jóvenes licenciados, que realizaron estancias en el extranjero gracias a las pensiones de la JAE. Ramón Pérez-Cirera Jiménez-Herrera, nacido en Granada en 1906, a los veintidós años recibió una pensión de la Junta para «ampliar estudios de Fisiología sobre la naturaleza y variaciones del calcio sanguíneo en los institutos de Fisiología del Collège de France, en París, y en la Fundación Rockefeller, de Nueva York». Pérez-Cirera obtuvo varias pensiones para estancias en Cambridge, Rostock, Berlín y Estonia, algunas de ellas siendo ya auxiliar del laboratorio. Autor de una gran cantidad de trabajos de investigación, sus publicaciones se dedicaron preferentemente a la electrofisiología y a la fisiología muscular. 20 Francisco Grande Covián, nacido en 1909, comenzó a asistir a los trabajos del laboratorio de Negrín en 1928, y un año después fue alumno interno por ----oposición. En 1931 obtuvo el premio extraordinario de licenciatura y pasó por oposición a médico interno adscrito al Laboratorio de Fisiología. Ya en el verano de 1929 había estado en el Instituto de Fisiología de Freiburg im Breisgau, y tras doctorarse en 1932 fue pensionado durante trece meses en Copenhague, desde donde se trasladó a Lund y pasó luego al University College de Londres. Después de esa larga estancia por Europa, Grande regresó al laboratorio de Negrín, donde se ocupaba, según su testimonio, «de problemas relacionados con el metabolismo hidrocarbonado, en especial en el corazón». En junio de 1936 pensaba viajar a Heidelberg y Göttingen, en Alemania, pero los acontecimientos bélicos reclamaron su actividad y se vio abocado a trabajar con José Puche en la planificación de los recursos alimenticios y su racionamiento entre la población. Rafael Méndez Martínez trabajó durante varios años en el Laboratorio de Fisiología, hasta dedicarse definitivamente a la Farmacología junto a Teófilo Hernando. Nacido en Lorca, en 1907, Méndez vivía en la Residencia de Estudiantes y se vinculó al grupo del Laboratorio de Fisiología, del que fue becario de investigación, además de ejercer como profesor auxiliar de la Facultad de Medicina. Orientado por Negrín, gozó de varias pensiones en las universidades de Koenigsberg y Edimburgo. Tras haber pasado a la Farmacología, Méndez regresó a Gran Bretaña, Noruega, Suecia, Alemania y Suiza. Otro de los residentes que inició su formación junto a Juan Negrín fue Severo Ochoa de Albornoz.21 Sus primeros pasos fueron como auxiliar de Medicina y becario del Laboratorio de Fisiología. Desde octubre de 1925 Ochoa fue interno del laboratorio de Negrín, y al acabar Medicina pasó a ayudante y auxiliar de Fisiología, en la cátedra de Fisiología de la Universidad Central que ocupaba Juan Negrín. Durante los años de actividad del Laboratorio de Fisiología General, Ochoa realizó estancias de investigación en Glasgow, en el Kaiser Wilhelm Institut für Biologie de Berlín (1928-1929) y en el Institut für Physiologie de Heidelberg (1929-1930). En 1929 participó en el XIII Congreso Internacional de Fisiología celebrado en Nueva York y Boston, lo que aprovechó para prolongar su estancia con una beca de la Rockefeller Foundation. Visitó también la Universidad de Berlín. Fue dado de alta en la nómina del Laboratorio de Fisiología en noviembre de 1933, y ese mismo año ----leyó su tesis doctoral, colaborando con Francisco Grande Covián y José García Valdecasas en trabajos de investigación. Visitó el laboratorio del University College de Londres y realizó una estancia de investigación en la Estación de Biología Marina de Plymouth. La nómina de colaboradores y discípulos de Negrín fue mucho más amplia: Blas Cabrera Sánchez, José Puche Álvarez, Corral, José García Valdecasas... iniciaron en aquel laboratorio sus primeros pasos en la investigación experimental y salieron de allí para completar su formación científica en el extranjero. Aunque los recursos eran escasos, muchos decidieron consagrarse a la investigación científica. Su historia personal y el drama generacional del exilio republicano los convirtió, en muchos casos, en figuras de la investigación fisiológica y bioquímica mundial, como es el caso de Severo Ochoa de Albornoz. Jamás el cultivo de la ciencia experimental había gozado en España de una implantación tan sólida y de unas conexiones tan estables con la investigación científica internacional. El principal mérito de Juan Negrín no fue tanto la realización de una obra científica personal de gran relieve, sino el haber creado y dado impulso a una escuela de fisiólogos que prestigió la investigación fisiológica experimental española por todo el mundo. Los primeros trabajos de investigación experimental llevados a cabo por Ochoa fueron acerca de la fisiología de la contracción muscular, una línea de investigación que José Domingo Hernández Guerra dirigía en el Laboratorio de Fisiología general. Las dos líneas principales de acercamiento sobre esta cuestión se orientaban hacia el estudio del metabolismo de los hidratos de carbono y hacia la producción muscular de energía. En colaboración con Juan Negrín, José Domingo Hernández Guerra y José García Valdecasas, Severo Ochoa realizó sus primeros experimentos acerca de la función de la creatinina en los fenómenos de la contracción muscular. Mediante la estimulación del nervio ciático analizaron la circulación de creatinina a lo largo del músculo entero de rana, y compararon los resultados obtenidos con los hallazgos en el músculo en reposo, sin estimulación alguna. Sus resultados corroboraron los alcanzados por otros grupos de investigación extranjeros. Durante sus últimos años como estudiante de Medicina, ya plenamente incorporado a la investigación en el Laboratorio de la JAE, Ochoa inició una serie de estancias en laboratorios extranjeros. En el verano de 1927 se trasla-dó a Glasgow para trabajar con Noël Patton, quien había efectuado investigaciones sobre fisiología química del músculo. Su hipótesis acerca de la relación metabólica entre guanidina y creatinina no pudo ser demostrada, pero Ochoa y Patton presentaron un informe conjunto acerca de esta cuestión ese mismo año ante la Royal Society de Londres. Al regresar a España desarrolló con García Valdecasas un método para la determinación de la guanidina que ambos publicaron en el Journal of Biological Chemistry. Desde los comienzos de su carrera, la perspectiva investigadora de Ochoa tomaba como referencia el contexto internacional. Durante el último año como estudiante de medicina, Ochoa trabajó con Hernández Guerra en la elaboración de un manual aplicado a la ejecución de los ejercicios prácticos de fisiología, que recogía un programa de actividades de los estudiantes en sus prácticas de laboratorio. Fruto de esa labor fue la publicación de los ya mencionados Elementos de Bioquímica firmados por ambos, que precedieron a una traducción del manual de Alfred Joseph Clark sobre farmacología aplicada, que realizó en colaboración con Rafael Méndez, otro de los discípulos de Negrín. La información internacional al día y los contactos con grupos extranjeros eran notas características del grupo fisiológico de Negrín. Severo Ochoa se licenció en Medicina en el verano de 1928 y, avalado por Negrín, solicitó sin éxito una pensión de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, destinada a profundizar sus investigaciones acerca de la fisiología de la contracción muscular en los institutos Kaiser Wilhelm de Berlín y Rockefeller de Nueva York. Pero Ochoa tuvo que resignarse y ver frustradas sus expectativas ante la negativa resolución de la JAE a su proyecto.22 Sin embargo, en el verano de 1929 Ochoa asistió al Congreso Internacional de Fisiología celebrado en Cape Code, Massachusetts, y aprovechó la ocasión para visitar centros de investigación en Nueva York, Toronto y Montreal. En el congreso contactó con Carl Cori y otros investigadores de Washington, Harvard y Baltimore. En noviembre de ese año volvió a solicitar una pensión de la JAE para viajar a Alemania junto a Otto Meyerhof; su solicitud, avalada de nuevo por Juan Negrín, fue apoyada, lo que le permitió realizar una estancia de catorce meses en Heidelberg y Berlín. Durante su estancia en Alemania junto a Meyerhof, sus experimentos se dirigieron hacia los efectos de la insulina sobre el consumo de glucógeno durante el proceso de contracción muscular. El grupo alemán centraba entonces sus investigaciones en torno al metabolismo del glucógeno y su papel en ----la producción y el consumo de calor por parte del organismo, una orientación que abriría las fronteras de la llamada bioenergética. De hecho, Meyerhof ya había sido galardonado en 1922 con el Premio Nobel de Medicina y Fisiología por sus descubrimientos que relacionaban el consumo de oxígeno y el metabolismo muscular del ácido láctico. Al regresar a Madrid, Ochoa vivía en la Residencia de Estudiantes y había acumulado, como la mayoría de los discípulos de Negrín, una experiencia internacional importante como investigador, y además estaba en contacto con los más destacados grupos. Retomó entonces, con Francisco Grande Covián, experimentos sobre la participación de las hormonas suprarrenales en el mecanismo de contracción muscular, de acuerdo con la que había sido la principal línea de investigación de su maestro Juan Negrín: los mecanismos de regulación de las funciones orgánicas. Su biografía estuvo marcada por la dedicación absoluta a la investigación científica, sin límites ni fronteras. En 1931, la JAE le concedió una pensión para investigar en Estados Unidos, pero renunció a ella para contraer matrimonio con Carmen García Cobián. Sin embargo, al año siguiente recibió una pensión de la Ciudad Universitaria de Madrid, cuyo responsable era Negrín, para trabajar con el fisiólogo Henry Dale en su laboratorio de Londres. Ése fue el punto de partida de sus investigaciones en enzimología, el principal territorio de sus fructíferas investigaciones desde los años cuarenta. De regreso a Madrid, Ochoa obtuvo el grado de doctor en 1934 y prosiguió sus estudios bioquímicos sobre el fenómeno de la glucólisis en el músculo cardiaco. Al año siguiente se incorporó al nuevo Instituto de Investigaciones Médicas, que había sido fundado por iniciativa de Carlos Jiménez Díaz. Ochoa fue nombrado entonces director de la Sección de Fisiología. Sin embargo, la situación social y política española había entrado en un proceso de deterioro irreversible que conduciría a la sublevación militar, la guerra civil y la dictadura franquista. Durante el curso 1935-1936, Ochoa se presentó, animado por Negrín, a las oposiciones a la Cátedra de Fisiología de la Universidad de Santiago. Según su propio testimonio, Ochoa no tenía interés en desplazarse a Santiago y se vio forzado a presentarse ante la insistencia de Negrín. Hay que tener en cuenta que el sistema de oposiciones que operaba entonces contenía normas no escritas que hacían que un opositor derrotado acumulara méritos para la siguiente convocatoria, merced a los pactos entre escuelas y grupos de poder académico. En aquella ocasión fue Jaume Pi Sunyer, un joven fisiólogo, con excelente formación e hijo de August Pi i Sunyer, quien obtuvo la cátedra. Perder aquella oposición hirió sobremanera el orgullo de Ochoa, que se sintió ultrajado por sus allegados y jamás perdonó a su maestro Negrín haberle empujado a presentarse a un concurso que difícilmente podía vencer. Sin embargo, de haber permanecido en España, Ochoa habría sido elegido catedrático en la siguiente oposición. Tras este primer fracaso, el inicio de la guerra civil frustró todas sus expectativas científicas y académicas en España. Desde el primer momento, Ochoa fue consciente de que la sociedad española iba a atravesar un largo período de conflicto incompatible con la práctica científica. En el otoño de 1936 decidió abandonar España con su esposa y salir hacia Heidelberg para recalar de nuevo en el laboratorio de Meyerhof, como primer destino en busca de una situación ulterior más permanente. El deterioro de la vida social y académica como consecuencia de la guerra colocó a Ochoa en una situación insostenible. Se desplazó con su esposa a Valencia y a Barcelona y, gracias a un salvoconducto especial que le proporcionó Juan Negrín, entonces ministro de Hacienda del Gobierno republicano, embarcó en el puerto de Barcelona rumbo a Marsella para seguir hacia París. Después de una breve estancia en la capital francesa, donde coincidió con un selecto grupo de intelectuales y artistas españoles, Ochoa recibió la conformidad de Meyerhof para ser readmitido en su laboratorio de Heidelberg, y hasta allí se desplazó en 1936. Pero, para la familia Ochoa, aquello no era más que el comienzo de una larga peregrinación, porque la situación europea siguió deteriorándose como consecuencia del auge del nazismo y las tensiones entre los países. Ochoa pasó a Inglaterra en 1937, pero al iniciarse la II Guerra Mundial decidió emigrar a Estados Unidos. La Fundación Rockefeller le proporcionó los apoyos para incorporarse al laboratorio de Carl y Gerty Cori en la Escuela de Medicina de la Universidad Washington (Saint Louis, Missouri), donde inició su fructífera etapa americana desde noviembre de 1940. La biografía científica de Juan Negrín -desbordado por el compromiso político y las circunstancias excepcionales que atravesó España-y la trayectoria de Severo Ochoa -amplia formación en la investigación internacional proyectada desde los laboratorios de la JAE-trazan los rasgos principales de una generación de científicos españoles que encarnó el impulso de la Edad de Plata de la ciencia española gracias a la encomiable labor de promoción de la investigación desarrollada entre 1912 y 1939 en los laboratorios de la Junta y la Residencia. Esa comunidad científica se deshizo en 1939 por el efecto devastador de la guerra civil, la represión franquista y el exilio 23. Algunos, co-----mo Ochoa triunfaron en el extranjero más allá de lo que las modestas condiciones españolas lo hubiesen permitido. Otros contribuyeron a trasplantar su saber y su experiencia a otros países europeos o, aún más, latinoamericanos. Pero también muchos otros pagaron con la vida, la cárcel, el destierro o el exilio interior.
El desarrollo de las Neurociencias en la España del primer tercio del siglo XX tuvo un fuerte componente histológico y patológico. La obra de Santiago Ramón y Cajal y de Luis Simarro se continuó en la labor investigadora de algunos discípulos relevantes: Nicolás Achúcarro, Gonzalo Rodríguez Lafora, Fernando de Castro, etc. Algunos de ellos tuvieron que compatibilizar ocupaciones diversas, incluso el ejercicio profesional de la psiquiatría, antes de obtener un modesto -pero estable-puesto de investigación. A pesar de algunos desajustes en el desarrollo institucional de los centros y los avatares biográficos personales, la Junta para Ampliación de Estudios se constituyó en en la gran institución que amparó la formación internacional de los investigadores y les dotó de un marco en que desarrollar su trabajo. Las Neurociencias fueron una de las disciplinas biológicas más favorecidas por la actividad de la Junta para Ampliación de Estudios; analizar su desarrollo permite ejemplificar los grandes aciertos del sistema de política científica que representó esta institución y apuntar algunas de las lagunas y carencias, que también las hubo, en el proceso de consolidación. Las Neurociencias españolas en el primer tercio del siglo XX tuvieron su centro de gravedad en la Neurohistología, disciplina que contaba con notables especialistas desde las décadas finales del siglo XIX; la actividad de la Junta permitió una progresiva diversificación temática que, partiendo de la Histología más clásica, evolucionó hacia otros enfoques. CAJAL: PIEDRA MILIAR DE LA INVESTIGACIÓN NEURO-HISTOLÓGICA DEL SIGLO XIX. La figura más notable de la investigación neurobiológica española es, sin duda, Santiago Ramón y Cajal. Su inclinación hacia la investigación se remonta a los últimos años de la década de 1870, cuando -siendo profesor auxiliar de Anatomía en la Facultad de Medicina de la Universidad de Zaragoza-viajó a Madrid para realizar el doctorado y trabó contacto con Aureliano Maestre San Juan (1828-1890), catedrático de Histología en la Facultad madrileña. «Sugestionado por algunas bellas preparaciones micrográficas que el doctor Maestre de San Juan y sus ayudantes (el doctor López García entre otros) tuvieron la bondad de mostrarme, y deseoso, por otra parte, de aprender lo mejor posible la Anatomía general, complemento de la descriptiva, resolví, a mi regreso a Zaragoza, crearme un Laboratorio micrográfico» 1. Dos aspectos, mencionados en la cita previa, merecen una pequeña digresión: en primer lugar la fascinación que ejercían sobre Cajal las imágenes de valor estético, la inclinación artística que subyacía en él desde niño; en segundo lugar, la disposición a asumir esfuerzos personales -en ocasiones onerosos-en aras de su formación e investigación; cuando afirma su resolución a crear un laboratorio, está asumiendo un coste económico considerable ----1 RAMÓN Y CAJAL, S. (1976), Mi infancia y juventud, Madrid, Espasa Calpe, p. 245. y evidencia una constancia, casi tozudez, que le permite superar por el ánimo de su voluntad cualquier limitación externa. Establecido el laboratorio, comprados los reactivos, los primeros libros y revistas y adquirido -a plazos-el primer microscopio, nuestro protagonista empezó «a trabajar en la soledad, sin maestros, y con no muy sobrados medios; más a todo suplía mi ingenuo entusiasmo y mi fuerza de voluntad. Lo esencial para mí era modelar mi cerebro, reorganizarlo con vistas a la especialización, adaptarlo en fin, rigurosamente a las tareas del Laboratorio»2. Afirma Cajal que en un primer momento se limitó a curiosear sin método (sic); pero esta etapa duró poco y rápidamente (1880) pudo dar a la imprenta un primer trabajo científico con el título Investigaciones experimentales sobre la inflamación en el mesenterio, la cortea y el cartílago, tema sobre el que había versado -en un tono muy general y poco o nada original-su tesis doctoral. Un año después publicó Observaciones microscópicas sobre las terminaciones nerviosas en los músculos voluntarios3. El autor consideró estos trabajos como mediocres, pero afirmó que le confirieron destreza con los métodos histológicos, le habituaron a la larga y metódica observación microscópica y le dotaron de un sano escepticismo, que le permitiría «flexibilidad para cambiar bruscamente de opinión y corregir errores y ligerezas» 4. En 1883 Cajal obtuvo, por oposición, la cátedra de Anatomía de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valencia, lo que permitió su estabilidad profesional definitiva y supuso el aldabonazo para su carrera investigadora. La Universidad valenciana era más rica -intelectualmente y científicamente-que la aragonesa, y allí entró Cajal en contacto con nuevos compañeros y nuevos retos científicos. Tras un breve contacto con la Bacteriología, que cristalizaba algunos intereses previos del investigador y acuciado por el súbito brote de una epidemia de cólera, Cajal enfocó sus intereses científicos en la Histología y comenzó (1884) la edición de un Manual de Histología Normal y Técnica Micrográfica. Este texto es significativo ya que exigía un trabajo de sistematización de las observaciones microscópicas, las técnicas de tinción, etc.; cuando el libro se completó en 1889 -se editaba por entregas-supuso un volumen novedoso en nuestro panorama científico, ya que estaba basado ----en observaciones propias y no era una mera traducción de textos foráneos. Paralelamente, continuó publicando aportaciones puntuales sobre la estructura del cristalino, fibras musculares, cartílago, etc; estos trabajos fueron editados como breves avances de investigación, en castellano, y tuvieron, además, una versión ampliada -en francés-que se publicaron en revistas internacionales. Por tanto, a finales de la década de 1880 -tras casi diez años de trabajo-Cajal era un profesor universitario de trayectoria y vocación clara: con una sólida formación anatómica e histológica, había ya realizado aportaciones científicas con cierta repercusión en medios nacionales e internacionales. LA IMPREGNACIÓN DE GOLGI Y LA VOCACIÓN NEUROHISTOLÓGICA En 1887 Cajal viajó a Madrid como miembro de un tribunal de oposición y durante su estancia visitó -nuevamente-el laboratorio de Maestre, más el Museo de Ciencias Naturales y diversos laboratorios personales, entre ellos el de Luis Simarro (1851-1921). Fue éste quién le enseñó por vez primera preparaciones realizadas con el método del italiano Camilo Golgi (1843Golgi ( -1926)), que permitía la formación de un depósito de sales de plata sobre la superficie de algunas células nerviosas y mostraba hasta los últimos extremos de las pocas células impregnadas. La descripción original del procedimiento era vaga e imprecisa y Cajal afirma: «A mi regreso a Valencia decidí emplear en grande escala el método de Golgi y estudiarlo con todo el tesón de que soy capaz. Innumerables probaturas /.../ en muchos centros nerviosos y especies animales, nos convencieron de que el nuevo recurso analítico tenía ante sí brillante porvenir, sobre todo si se encontraba manera de corregirlo de su carácter un tanto caprichoso y aleatorio. /.../ De cualquier modo, estábamos ya en posesión del instrumento requerido. Faltaba solamente determinar escrupulosamente las condiciones de la reacción cromo-argéntica, disciplinarla para adaptarla a cada caso particular»5. Cajal, que durante diez años se había formado como histólogo general y estaba dotado de la meticulosidad y paciencia suficiente, fue capaz de sistematizar la veleidosa técnica de Golgi especificando tiempos, proporciones de reactivos y fijadores para distintas porciones de tejido nervioso. Pero, además, planteó una estrategia de investigación notable, a la que denominó método ontogénico, que explicó perfectamente en su autobiografía científica: ----«Y si el encéfalo y demás órganos centrales adultos del hombre y vertebrados son demasiado complejos para permitir escrutar, mediante dicho recurso, su plan estructural, ¿por qué no aplicar sistemáticamente el método a los animales inferiores o a las fases tempranas de la evolución ontogénica, en las cuales el sistema nervioso debe ofrecer organización sencilla y, por decirlo así, esquemática?»6. Con ambas herramientas (una técnica histológica sistematizada y una estrategia de investigación) entre 1888, fecha en que publica el trabajo Estructura de los centros nerviosos de las aves, y 1892 sentó las bases de la Neurohistología moderna y, en la medida que sus interpretaciones anatómicas y funcionales eran exactas, la obra de Cajal representa el punto de arranque para la Neurobiología contemporánea. No es este el marco para detallar las aportaciones cajalianas 7 en las dos últimas décadas del siglo XIX, pero es posible destacar los cuatro grandes ejes sobre las que se vertebra: Demostración de la teoría neuronal: el tejido nervioso está constituido por células independientes (neuronas) y la transmisión del estímulo nervioso se hace por contacto entre ellas y no -como creían los reticularistas-por fusión de las prolongaciones nerviosas. Deducción de la «polarización dinámica» de las neuronas, en la que atribuye a las dendritas la recepción del estímulo nervioso y al axón la distribución del mismo a las células cercanas. De este principio de polarización se deduce la posibilidad de trazar las vías o caminos que sigue el estímulo nervioso a lo largo de los centros nerviosos. El estudio anatómico de los centros nerviosos (retina, cerebelo, médula, corteza cerebral, etc) en los distintos grupos animales (con especial énfasis en los vertebrados), identificando los tipos celulares que los componen, su disposición en capas, la interrelación entre ellos, sus modificaciones a lo largo de la escala animal, etc. 4. Descripción de los procesos relacionados con el crecimiento de las prolongaciones de las células nerviosas y la formulación de hipótesis científicas para explicarlo (hipótesis neurotrópica). Estos trabajos fueron realizados por Cajal primero en Valencia y, en segunda instancia, en Barcelona, donde se trasladó como catedrático de Histología y Anatomía Patológica de la Universidad. En 1892, con un sólido prestigio internacional, Cajal obtuvo la cátedra de Histología de la Universidad de Madrid. Este paso significaba entonces la culminación de una carrera académica y el acceso a un ambiente científico que, a pesar de su pobreza y modestia, era más variado que el anterior. A su llegada a Madrid, se acometió una profunda remodelación de los laboratorios de la Facultad: «Yo debo agradecerle [a Julián Calleja] la construcción y organización del Laboratorio de Micrografía, uno de los mejores y, por descontado, el más capaz e importante de San Carlos. La creación de este centro de estudio era apremiante, porque a mi llegada a la Corte encontremé por todo Laboratorio con cierto pasillo angosto y largo, pobrísimo de material e instrumental, sin libros ni biblioteca de Revistas. Quimérico resultaba dar, en tal angosto local, mediana enseñanza práctica a más de doscientos alumnos oficiales, amén de los libres. Requerido por mí, D. Julian tomó sobre sí la reforma, gestionándola con extraordinario interés. Y haciendo gala de su maravillosa actividad, consiguió en pocos meses la consignación en presupuesto de los créditos necesarios y la ejecución de la obra. El nuevo Laboratorio de Histología, capaz para trescientos alumnos, se eleva frontero a la calle de Santa Isabel, encima de la grandiosa sala de disección: encierra gabinete de trabajo para profesores y ayudantes, gran salón de prácticas para los alumnos, departamentos de Bacteriología, de Microfotografía, etc. Conseguido el local, siguiéronse los naturales complementos: la compra de libros y Revistas, adquisición de estufas de esterilización y vegetación, así como de número suficiente de microscopios. Al viejo e imponente Ross, el cañón del Laboratorio, menguadamente acompañado de un par de antiguos modelos de Verick y Nachet, añadieronse, en épocas sucesivas, dos magníficos Zeiss y 40 microscopios y microtomos de Reichert, destinados a los alumnos» 8. Su llegada a Madrid le permitió, además, vincularse a la Sociedad Española de Historia Natural, sociedad científica creada en 1871 y editora de una prestigiosa revista, los Anales, en la que Cajal fue asiduo colaborador entre 1892 y 1896. Los trabajos editados en esta publicación tuvieron una relevancia internacional considerable y fueron traducidos al francés y alemán, lo que ----facilitó su difusión9. En resumen, el traslado a la universidad madrileña conllevó una mejora sustancial en la infraestructura científica disponible (tanto de laboratorio, como de medios de comunicación científica) y su inserción en un medio intelectual y científico más propicio. Zénit en la mejora en las condiciones de trabajo cajalianas en la última década del siglo XIX fue la aparición de la Revista Trimestral Micrográfica, publicación periódica, editada bajo la cabecera del «Laboratorio histológico de la Facultad de Medicina», en la que -por fin-Cajal dispondría de un medio especializado en el que dar a conocer sus propias investigaciones10. En estos años la presencia de Cajal en los medios políticos, sociales y científicos fue creciente; creciente fue también su prestigio como investigador y profesor laborioso. Tuvo voz propia en la 'encuesta' que Joaquín Costa (1846-1911) elaboró para el Ateneo de Madrid y que fue publicada bajo el título Oligarquía y caciquismo como la forma actual de Gobierno en España: Urgencia y modo de cambiarla11; en ella, Cajal se presentará como un reformista moderado. En otros foros, de carácter más académico, Cajal se pronunció a favor de reformas graduales, de mejoras en la dotación y formación de jóvenes investigadores12; independientemente del éxito de estas propuestas -escaso, prácticamente nulo-, tiene interés destacarlas aquí ya que muestran a un hombre de ciencia consciente -y preocupado-por el desarrollo de la actividad científica en el seno de la sociedad española. Pero es especialmente reseñable que, frente a otras grandes figuras del 'regeneracionismo', que se quedaron en un conjunto de exhortaciones retóricas a la reforma nacional, Cajal dio un paso más al asumir la creación y dirección de alguna institución de investigación que habría de tener un papel principal en ese proceso de regeneración: en 1899, ante un brote de peste en Portugal, se fundó el Instituto de Sueroterapia, Vacunación y Bacteriología Alfonso XIII (posteriormente Instituto Nacional de Higiene Alfonso XIII); una vez pasada la primera alarma por la infección, el Instituto se erigiría en elemento clave en la ----producción de sueros, las campañas de vacunación y la investigación sanitaria en las primeras décadas del siglo 13. Al comenzar el siglo XX, Cajal fue receptor de diversos galardones internacionales. En 1900 le fue concedido el Premio del Congreso Internacional de Medicina (conocido como premio Moscú); al aluvión de felicitaciones y notas de prensa se sumaron rápidamente las protestas por las condiciones materiales en las que el investigador desarrollaba su trabajo. En un ambiente oficial propicio a la reforma educativa y científica, el gobierno decidió establecer una partida presupuestaria -80.000 pesetas anuales-«para gastos de revistas, instrumental y material, y alquiler de su laboratorio biológico». Nació así el Laboratorio de Investigaciones Biológicas, que finalmente se instaló en un lateral del Museo Velasco, hoy Museo Nacional de Antropología en Atocha (Madrid) 14. «Excusado es decir -diría Cajal en su Autobiografía-que la creación del referido Laboratorio satisfizo plenamente mis aspiraciones. Sobre proporcionarme instrumental copioso y modernísimo, hizo desaparecer el déficit, que /.../ me ocasionaban la compra de libros y Archivos científicos, y sobre todo la publicación de mi Revista trimestral, de que vino a ser continuación el nuevo Anuario titulado Trabajos del Laboratorio de Investigaciones Biológicas. Excelente papel, grabados y litografías sin tasa, extensión ilimitada del texto en proporción con el original disponible, fueron las ganancias materiales logradas; y como provechos docentes la colaboración de cada día más intensa y reiterada de mis ayudantes y discípulos» 15. Posteriormente, la concesión del Premio Nobel de Medicina en 1906 confirió a Cajal un prestigio y reconocimiento social sin parangón; cuando en 1907, mediante un Decreto del Ministerio de Instrucción Pública se estableciese la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas como organismo encargado de la formación de investigadores y la gestión de laboratorios, Cajal sería nombrado Presidente de la misma. El Instituto Nacional de Higiene Alfonso XIII, Madrid, Universidad Complutense, (Tesis de Licenciatura inédita). 14 Véase: GONZÁLEZ DE PABLO, Á. (1998), «El Noventayocho y las nuevas instituciones científicas. La creación del Laboratorio de Investigaciones Biológicas», Dynamis. UNA APROXIMACIÓN CLÍNICA E HISTOPATOLÓGICA A LA NEURO-CIENCIA EN EL TRÁNSITO DEL SIGLO XIX AL XX. Paralelamente a la figura de Cajal -máximo exponente de la investigación neurobiológica de carácter histológico-, en el panorama científico español de finales del siglo XIX había médicos e investigadores cuyo enfoque estaba orientado a otras vertientes. El caso más significativo es el de Luis Simarro. Tras iniciar medicina en la Universidad de Valencia, su activa participación política en los años del Sexenio le obligaron a finalizar sus estudios en la universidad madrileña. En la capital trabajó en el laboratorio micrográfico del Museo Antropológico de Velasco, enseñó en la Escuela Libre de Medicina y Cirugía que allí funcionaba y participó activamente en las sesiones de la Sociedad Histológica Española. En los primeros años de la Restauración formó parte del plantel docente de la Institución Libre de Enseñanza y trabajó en el Hospital de la Princesa y el Manicomio de Santa Isabel en Leganés, del que llegaría a ser director. Su formación internacional conjugaba las dos áreas de conocimiento que configurarían sus intereses científicos a lo largo de su carrera. Pero la inserción en el escalafón universitario e investigador de Simarro fue tortuosa: tras su estancia parisina, a su regreso a Madrid, Simarro se consagró al ejercicio privado de la Neurología y la Psiquiatría. En esos años de la última década del siglo XIX, Simarro ejercerá puestos (secundarios) en instituciones oficiales y no oficiales: profesor de Psicología Fisiológica en el Museo Pedagógico Nacional, profesor en la Escuela de Estudios Superiores del Ateneo de Madrid; médico 'supernumerario' en el Hospital de la Princesa, etc. No sería hasta 1902, tras obtener la cátedra de Psicología Experimental en la Universidad de Madrid, cuando su trayectoria académica adquiera una cierta estabilidad; no obstante, la definitiva incorporación al profesorado oficial no impedirá a nuestro personaje continuar su incesante participación en iniciativas científicas, intelectuales e incluso políticas de todo tipo. En los primeros años del siglo XX Simarro continuó con el ejercicio clínico profesional, se embarcó en docencia psicológica en diversas facultades (Ciencias, Medicina, Filosofía), participó activamente en la creación de la Escuela de Criminología, mantuvo su laboratorio privado, fue activo miembro de la Real Sociedad Española de Historia Natural y agente promotor de la creación de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, participó en la Junta para la Ampliación de Estudios, etc. 16 Este brevísimo esbozo biográfico de Simarro nos muestra un personaje con intereses definidos en Neurociencia, con un enfoque poliédrico, más amplio que el de Cajal (entendido éste como un científico especializado, que sigue el surco de un área concreta de investigación), pero al tiempo menos eficaz en la obtención de resultados concretos y tangibles. Cuando en 1907 se creó la Junta para Ampliación de Estudios su objetivo era formar investigadores y recoger en una superestructura los laboratorios e institutos de investigación ya existentes. La Junta fue muy eficaz en incorporar a su seno a aquellas personas o instituciones que realizaban trabajo científico y optimizar los recursos puestos a su disposición; como hemos apuntado en los párrafos precedentes, las dos grandes figuras de las neurociencias españolas en el primer tercio del siglo XX, Ramón y Cajal y Simarro, fueron los ejes sobre los que la Junta edificaría su política científica relativa a Neurociencias. LOS DISCÍPULOS DE SIMARRO. Nicolás Achúcarro y Pío del Río Hortega: el Laboratorio de Histología Simarro fue un hombre con un amplio rango de intereses científicos e intelectuales, y multitud de testimonios avalan su capacidad como maestro y una gran generosidad para atraer hacia sí e iniciar en la Histología y Neuropsiquiatría a jóvenes brillantes, a los que abría de par en par el laboratorio doméstico, que compartía con Juan Madinaveitia (1861Madinaveitia ( -1938)), en su casa madrileña de General Oraá. Hijo de una familia de la alta burguesía bilbaína, Achúcarro completó su formación media en Alemania, tras lo que comenzó estudios de Medicina en la Universidad de Madrid; pero su carrera no fue lineal y realizó algunos cursos en la Facultad de ----16 Véase: SIMARRO (2003). Luis Simarro y la psicología científica en España. Luis Simarro y su tiempo. Madrid, CSIC, y el volumen colectivo «Los orígenes de la Psicología científica en España: el Doctor Simarro», Investigaciones psicológicas. 17 La biografía más completa de Achúcarro es: VITORIA ORTIZ, M. (1977), Vida y obra de Nicolás Achúcarro. Bilbao, Editorial La Gran Enciclopedia Vasca. Medicina de Marburg (Hesse), antes de licenciarse en Madrid -como alumno libre-en 1904. Antes de finalizar sus estudios universitarios Achúcarro ya había mostrado gran querencia al laboratorio: «Desde el año 1900 hasta terminar los estudios académicos de Medicina ha asistido y trabajado en el Laboratorio biológico de los Dres. Simarro y Madinaveitia, en asuntos de histología del sistema nervioso, dirigido por el Prof. Simarro» 18. Una vez titulado Achúcarro desarrolló su particular grand tour entre septiembre de 1905 y agosto de 1906, ampliando estudios sobre clínica y anatomía patológica de las enfermedades nerviosas en el hospicio de Bicètre -en París-, trabajando en la clínica psiquiátrica de San Salvi, de Florencia, y, finalmente, realizando una estancia en la clínica psiquiátrica de Múnich, donde asistió al curso de psiquiatría de Emil Kraepelin (1856-1926) y «comencé un trabajo experimental en el laboratorio anatomopatológico de la Clínica dirigido por el profesor Alzheimer» 19. En 1907 figura en la nómina de solicitantes de beca ante en la primera convocatoria que emitió la Junta para Ampliación de Estudios. En su petición Achúcarro indicaba que pretendía ocuparse durante un año de estudios sobre «clínica psiquiátrica y en investigaciones personales sobre Anatomía patológica de las enfermedades mentales en París y varios puntos de Inglaterra». Razonaba su preferencia por las clínicas francesas -frente a las alemanaspor la mayor facilidad para obtener material humano de estudio y las menores trabas burocráticas a los investigadores extranjeros, para terminar resumiendo -magníficamente-sus intereses de investigación: «Nosotros (después de haber estudiado en este medio [las clínicas alemanas] por espacio de un año) pretendemos seguir estudiando la psiquiatría y su anatomía patológica sin excluir del todo de nuestros estudios las enfermedades llamadas somáticas del Sistema Nervioso, utilizando el gran material de Bicètre y la dirección de nuestro maestro Pierre Marie y hacer después de este periodo un viaje de 3 o 4 meses en Inglaterra con el fin de conocer la organización psiquiatrica de aquel país, de estudiar algunos puntos de fisiología cerebral y de trabajar muy especialmente en un centro de anatomía patológica que por circunstancias especiales de relación colonial ha sido estudiado en Inglaterra por Mott (nos referimos a la enfermedad del sueño)» 20. Archivo de la Junta para la Ampliación de Estudios, Residencia de Estudiantes. No tenemos constancia de que la pensión fuera concedida, no obstante un nuevo y provechoso acontecimiento se cruzó en la vida de Achúcarro. Según relata Gonzalo Rodríguez Lafora (1886-1971)21, estando Achúcarro en Múnich -de nuevo en la Clínica de Kraepelin-visitó el centro un médico norteamericano comisionado por su gobierno para contratar un especialista en patología para el Goverment Hospital for the Insane de Washington; por consejo de Alzheimer (1864-1915) el puesto le fue ofrecido al médico español. Achúcarro permaneció en Estados Unidos entre 1908 y 1910, meses en los que organizó el laboratorio de histopatología del centro, instruyó en técnicas histológicas al personal y fue colaborador en la revista científica del hospital. En su nota de recuerdo, Rodríguez Lafora hacía amplia referencia a un trabajo de Achúcarro sobre «El estado actual de la histopatología en el estudio de las enfermedades mentales», en el que se mostraba defensor de los logros histopatológicos y las nacientes técnicas histoquímicas; apuntaba -además-las líneas de trabajo que serían importantes en años venideros dentro de su labor científica: las funciones metabólicas y endocrinas de la neuroglía y la glioarquitectura 22. Achúcarro regresó definitivamente a España en 1910, pero los primeros meses de reincorporación a nuestro tejido científico fueron duros: recién casado, sin un puesto de investigación estable, se verá abocado a la práctica clínica y a completar sus ingresos con el ejercicio privado; los sucesivos esfuerzos para dotarle de un cargo oficial -algunos de ellos promovidos por Cajal-no cristalizaban. La situación parecía crítica, Vitoria Ortiz menciona una nota de Achúcarro que trasluce una cierta amargura y parece preludiar el abandono de la investigación: «El poco éxito de las cosas oficiales del laboratorio y del hospital me tiene algo disgustado, y casi estoy pensando en dejar lo del laboratorio de Cajal, que me quita tiempo y de lo que por lo visto no voy a sacar nada. Me parece que me voy a dedicar por entero a las cosas de la clínica y si alguna vez gano lo suficiente, entonces volveré a las cosas de la experimentación; una ilusión que naturalmente me cuesta abandonar para siempre»23. Afortunadamente la Junta para Ampliación de Estudios supuso un 'salvavidas' para la actividad investigadora de Achúcarro. En 1910 se estableció la ----Residencia de Estudiantes, que además de alojamiento tenía como misión ofrecer cursos, conferencias y actividades formativas para los jóvenes universitarios madrileños. En el curso 1912-1913 se impartió por vez primera un curso práctico de Histología, dirigido por Achúcarro, que sería el embrión del Laboratorio de Histología, cuya dirección asumió Achúcarro. Tras una corta estancia en la Residencia, en la que se formó un pequeño grupo de alumnos colaboradores, el Laboratorio se trasladó al 'Museo Velasco', donde compartió espacio con el Laboratorio de Investigaciones Biológicas de Cajal. Eran, formalmente, instituciones científicas distintas, pero tenían temáticas y métodos comunes y el material era utilizado indistintamente. Veremos más adelante como, una vez desaparecido Achúcarro, esta convivencia se fue agriando y se saldó con una separación traumática; pero de momento enfaticemos que la creación del Laboratorio de Histología permitió a Achúcarro su integración 'oficial' en el sistema científico español y que la Junta se mostró ágil para estabilizar la situación profesional de un notabilísimo investigador con una trayectoria y reconocimiento internacional importante. Desgraciadamente en 1916 Achúcarro empezó a mostrar los primeros síntomas de una enfermedad degenerativa (conocida como enfermedad de Hodgkin) que dificultó, primero, y finalmente, impidió totalmente, su actividad científica. El deterioro físico fue lento y doloroso y nos privó de un investigador de primer orden en el momento de su mejor producción científica y de la cristalización definitiva de su tarea docente. Tras dos años de lucha con la enfermedad Achúcarro falleció en abril de 1918. Afortunadamente, la desaparición de Achúcarro no determinó la extinción del Laboratorio: la dirección del centro se encomendó a Pío del Río Hortega. Licenciado en Medicina en la Universidad de Valladolid e introducido en la Histología por Leopoldo López García (1854-1932), catedrático allí y discípulo de Aureliano Maestre. En los últimos meses de 1913, gracias a una beca del Instituto del Cáncer amplió sus estudios sobre histología, bacteriología y oncología en París, Berlín y Londres 24. A su regreso (marzo de 1916) se incorporó al Laboratorio de Histología dirigido por Achúcarro; éste le induce a continuar en el centro y a no desvincularse de la investigación (más tarde sabría que parte de su gratificación se detraía de la del ----propio Achúcarro). Río, trabajador tenaz, adquirió una presencia y protagonismo creciente en el Laboratorio, que se acentuó con la enfermedad y fallecimiento de su maestro. En 1918 se encargó oficialmente de la dirección del Laboratorio de Histología y, en un tiempo relativamente breve, la armonía que regía las relaciones entre el Laboratorio cajaliano y el de Histología, se rompió tras una serie de desagradables incidentes que se saldaron (octubre de 1920) con la expulsión de Río del laboratorio cajaliano y la instalación del Laboratorio de Histología en la Residencia de Estudiantes 25. El 'nuevo' centro recibirá en primera instancia el nombre de Laboratorio de Histopatología del Sistema Nervioso, que fue cambiado posteriormente por el de Laboratorio de Histología Normal y Patológica. Los años en que el Laboratorio de Histología convivió con el de Investigaciones Biológicas en el caserón del Museo Antropológico y posteriormente durante su asiento en la Residencia de Estudiantes fueron -a pesar de las dificultades-los más provechosos para Río Hortega. En 1920 dio a la imprenta la descripción de un método histológico nuevo (basado en el uso de carbonato argéntico) y al año siguiente describió un nuevo elemento celular del tejido nervioso, al que denominó microglía, caracterizando su origen embrionario y su significado funcional; ese mismo año de 1921 describió un cuarto tipo celular, al que llamó oligodendroglía, y de nuevo aclaró su histogénesis y función 26. En esos años, las Memorias de la Junta para Ampliación de Estudios muestran como el laboratorio de Río en la Residencia era un hervidero de colaboradores, muchos de ellos procedentes de repúblicas iberoamericanas y, alguno que otro, del ámbito anglosajón: uno de estos últimos fue Wilder Penfield. Por consejo del fisiólogo británico Charles S. Sherrington (1857Sherrington ( -1952)), colega y admirador de Cajal, Penfield viajó a Madrid para adiestrarse en la técnica micrográfica utilizada en España. Trabó contacto con el Laboratorio de Histología Normal y Patológica y valoró así los conocimientos que adquirió aquí: «With the anatomical skills I had learned in Madrid, I could now make my own fundamental scientific approach to problems in neurosurgery. ----25 El relato de Río Hortega respecto del desencuentro con Cajal está disponible en: RÍO HORTEGA, P. (1986). Una contribución a la Ciencia Histológica: La obra de Don Pío del Río-Hortega. Los puestos de investigación en los laboratorios de la Junta eran gratificados de forma modesta. Ya vimos como Achúcarro pasó apuros económicos hasta su total estabilización profesional y como compatibilizó actividades en diversos centros públicos y privados. El mismo esquema se repite en el caso de Río Hortega. A partir de 1928, compatibilizó el trabajo en el Laboratorio de Histología, con un puesto en el Laboratorio de Cancerología Experimental del Instituto Nacional de Oncología (recordemos que le unía a esta institución una larga relación desde que había sido becario de la misma); adicionalmente en 1929 fue designado Director Honorario del Laboratorio de Anatomía Patológica y Cancerología de la Casa de Salud Valdecilla de Santander, haciéndose cargo de un curso de tres meses en el verano. Esta consolidación profesional inclinó el grueso de su actividad científica hacia la investigación oncológica del sistema nervioso. Durante los años de la II República Río Hortega tomo progresivamente mayor responsabilidad científica y académica en el Instituto del Cáncer, del que sería Director a partir de 1932. El estallido de la Guerra Civil le obligó al exilio, primero en París, después en Oxford y finalmente en Argentina, país con el que había tenido estrecha relación científica previa. Independientemente de la evolución científica del Laboratorio de Histología Normal y Patológica y de la trayectoria vital de sus directores, hay un factor fundamental para entender el papel de este tipo de centros en el esquema de la Junta. Estos laboratorios se concebían como instituciones (modestas) de investigación, pero fundamentalmente se entendían como focos de iniciación a la investigación. Por sus salas, primero bajo la dirección de Achúcarro y después bajo Río, pasaron una auténtica legión de jóvenes médicos: Luis Urtubey Rebollo, Manuel Pérez Lista, José Manuel Ortiz Picón, Antonio Llombart Rodríguez, Enrique Vázquez López y un largo etcétera adquirieron su formación histopatológica en este centro y de allí fueron saliendo para ocupar plaza en servicios de anatomopatología por todo el país28. Isaac Costero y el laboratorio de Histología de Valladolid Mención especial merece entre los asiduos del Laboratorio de Histología la figura de Isaac Costero Tudanca (1903-1979), que ingresó en el Laboratorio en 1922 y disfrutó de sendas becas de la Junta en centros alemanes donde amplió sus estudios sobre cáncer y la novedosa técnica -entonces-de cul-----tivos celulares. Aplicó esta técnica a uno de los objetos de estudio de su maestro, la microglía, dando a la imprenta -en el seno de la Sociedad Española de Historia Natural-una memoria titulada «Estudio del comportamiento de la microglía cultivada in vitro (Datos concernientes a su histogénesis)» 29. Costero ganó por oposición la cátedra de Anatomía Patológica de la Universidad de Valladolid en 1931, e incorporado a la ciudad castellana se convirtió en un factor de renovación científica: con apoyo de la Fundación Nacional para investigaciones científicas y ensayos de reforma, una institución creada por el gobierno republicano para fomentar la investigación básica y aplicada y que pretendía superar la tradicional focalización de centros de investigación en Madrid, se estableció -en 1934-el Laboratorio de Histología y Cultivo de Tejidos. Costero repitió en su laboratorio vallisoletano el mismo esquema que su maestro en Madrid y rápidamente empezó a contar con discípulos y colaboradores como Rafael Criado Amunátegui (que sería después patólogo en la Universidad de Puerto Rico), Enrique Merino Eugercios (después catedrático en Venezuela), Francisco López Suárez o Vicente Jabonero. Estrechamente vinculado a la vida corporativa de la Universidad (colaboró en la celebración de sesiones de cine científico, propició conferencias de profesores internacionales, fue Secretario Académico de la Facultad, etc.). El estallido de la Guerra Civil le sorprendió en Santander, en zona leal a la República, haciendo las amenazas imposible su regreso a Valladolid. Inició así un largo exilio que le conduciría a París, primero, y después a México donde desarrolló una notable tarea investigadora y docente 30. Gonzalo Rodríguez Lafora y el Laboratorio de Fisiología Cerebral. Gonzalo Rodríguez Lafora estudió medicina en la Universidad de Madrid, donde trabó contacto con Juan Madinaveitia y Luis Simarro, siendo asiduo en el laboratorio que ambos compartían. Al completar su licenciatura (en 1907) tenía ya una sólida formación histológica obtenida junto a Simarro y había ----29 COSTERO, I. (1930). «Estudio del comportamiento de la microglía cultivada in vitro (Datos concernientes a su histogénesis)». Memorias de la Real Sociedad Española de Historia Natural. 14, 123-182. colaborado esporádicamente en el Laboratorio de Investigaciones Biológicas de Cajal. En agosto de 1907 -significativamente en los mismos días que Nicolás Achúcarro-solicitó ante la Junta una beca, para «hacer un estudio superior de la especialidad Enfermedades del sistema nervioso con inclusión de las mentales» 31; su pretensión era estudiar Histología del Sistema Nervioso junto a Nissl, anatomía patológica con Alzheimer y Psiquiatría con Emil Kraepelin. La beca le fue concedida, pero los centros y profesores de destino cambiaron ligeramente: la Memoria de la Junta correspondiente a 1910-1911, confirma la pensión concedida en 1908 y la estancia en Berlín, junto a Oskar Vogt (1870-1959), con quién estudió anatomía del sistema nervioso y con Theodor Ziehen (1862-1950) con quién estudió anatomía patológica; en Múnich trabajó junto a Kraepelin y Alzheimer, dedicándose a la histopatología de las enfermedades mentales. En 1909 Lafora obtuvo una nueva beca de la Junta, en este caso para «hacer estudios de Fisiología cerebral y anatomía patológica del sistema nervioso en Inglaterra, París y Roma»; a esta pensión renunció en mayo de 1910, fecha en que sustituyó a Achúcarro en el departamento patológico del manicomio federal de Washington. A regreso de su etapa norteamericana (1912), Lafora se vio obligado a aceptar puestos secundarios (auxilar interino de psicología en la cátedra de Medicina Legal), que compatibilizó con la práctica clínica y el ejercicio privado. Son -al igual que para Achúcarro-meses difíciles, de trabajos múltiples que muestran una gran capacidad de adaptación y un amplio rango de intereses científicos, pero también una dificultad objetiva de reincorporación en el tejido científico español. Finalmente, en 1916 la Junta estableció el Laboratorio de Fisiología Cerebral cuya dirección se encomendó a Lafora. El Laboratorio encontró acomodo en las plantas altas de Museo Velasco, compartiendo espacio con el laboratorio cajaliano. Lafora recordaba así el Laboratorio: «por gesto admirable del maestro Cajal, dirigía yo desde hacía años en la buhardilla del viejo Instituto Cajal en el Paseo de Atocha. Allí subía algunas veces D. Santiago, en ocasiones acompañado por Tello, para animarnos con sus consejos y comprobar las intervenciones operatorias que realizábamos en monos, perros y gatos (previamente amaestrados según la técnica de Kalischer en la ejecución de ciertos ejercicios dentro de jaulas especiales ideadas por nosotros), para poder estudiar después clínicamente los síntomas consecutivos a las lesiones producidas en diversos centros nerviosos, y luego, tras algunos meses, comprobar la localización de las lesiones ----en los cortes en serie del cerebro, cerebelo y tronco cerebral. Allí, entre 1915 y 1936, nos ayudaron y colaboraron con nosotros los colegas Prados, Germain, Aydillo, alguna vez de Castro, Sanz Ibáñez, Álamos, y por breve tiempo algunos otros. Los diversos trabajos sobre la función del cuerpo calloso, las enfermedades del movimiento originadas por lesiones en los núcleos grises de la base, el sueño experimental, las funciones tróficas del diencéfalo, etcétera, que publicamos en colaboración con algunos de ellos, motivaron también comunicaciones nuestras a diversos Congresos Internacionales de Fisiología, de Neurología y de Psicología, como los de París (1921), Berna (1931), Groningen (1934) y Londres (1935)» 32. Algún biógrafo, quizá demasiado taxativamente, considera que la denominación del Laboratorio como de Fisiología Cerebral era debida a razones de carácter administrativo, ya que su verdadero objeto de estudio sería la histopatología 33. Lafora, cuya primera formación fue como histopatólogo y psiquiatra, realizó un esfuerzo considerable por abordar experimentos e investigaciones de carácter fisiológico -en ocasiones con un fuerte componente anatomopatológico-; de esta forma realizó trabajos sobre la localización de centros cerebrales involucrados en movimientos involuntarios, los efectos funcionales de tumores y quistes, la circulación del líquido cefaloraquídeo, etc. Este conjunto de trabajos, cuantitativamente poco importante, adquieren importancia si se enmarcan en la evolución de la obra científica de Lafora: los estudios fisiológicos suponen el punto de inflexión entre una etapa en la que predomina el enfoque histopatológico a otra en el que domina la dimensión neuropsiquiátrica 34. EL LABORATORIO DE INVESTIGACIONES BIOLÓGICAS BAJO LA JUNTA Cuando en 1907 se estableció la Junta para Ampliación de Estudios, el Laboratorio de Investigaciones Biológicas se integró en ella. La constitución del Laboratorio fue una mejora importante en la carrera científica de Cajal, en primer lugar le permitió disponer de una infraestructura material para su trabajo que -a pesar de su modestia-superaba todo lo anterior, por otro lado significó una considerable mejora en la edición de sus resultados científicos. «En Memoria del Profesor Francisco Tello». El Doctor Lafora y su época. Madrid, Ediciones Morata, p. Estudio de la obra científica del Profesor Doctor D. Gonzalo Rodríguez Lafora. Salamanca, Universidad de Salamanca, p. Pero hay otros dos aspectos en los que la existencia del Laboratorio supone un cambio trascendental en la obra cajaliana. En primer lugar, le permitió abordar un problema de carácter experimental que hubiera sido imposible de estudiar en el marco de un laboratorio doméstico o en el laboratorio de la Facultad, lógicamente más orientado a la docencia que a la investigación. Entre 1905 y 1914 Cajal realizó un portentoso trabajo sobre la regeneración y degeneración de los nervios, que le permitió demostrar -otra vez-la independencia de las células nerviosas, describir los procesos de neurogénesis y neurodegeneración y plantear innovadoras hipótesis sobre el 'factor neurotrópico', la sustancia que estimularía el crecimiento de las prolongaciones nerviosas 35. El otro aspecto a considerar es cómo el Laboratorio le permitió disponer de un marco de trabajo para colaboradores y discípulos. La nómina de colaboradores que se recogen en las Memorias de la Junta es larguísima; en las siguientes líneas citaremos sólo a las figuras más relevantes. En 1902 se incorporó al Laboratorio Jorge Francisco Tello, que había de ser el discípulo más estrecho de Cajal durante más de treinta años. Tello secundó a su maestro en diversos puestos subalternos en el Laboratorio, el Instituto de Higiene y la cátedra universitaria. En 1911 Tello fue becado por la Junta para ampliar sus conocimientos sobre anatomía patológica y enfermedades infecciosas en Berlín; a su vuelta a España, siempre a la sombra de su maestro, fue responsable de la renovación de la enseñanza de la anatomía patológica en la facultad madrileña y desarrolló una importante labor organizando el servicio de autopsias del Hospital de San Carlos36. En los últimos años de la década de 1910 y en los primeros años de 1920 se vincularon al laboratorio Fernando de Castro y Rafael Lorente de No. De Castro se incorporó al Laboratorio de Cajal siendo todavía estudiante, y cuando acabó su licenciatura en 1921 era ya un investigador con proyección. En los primeros años de la década de 1920 fue nombrado, sucesivamente, ayudante de clases prácticas de la facultad, becario de la Junta y responsable de becarios en el laboratorio cajaliano; en 1925 obtuvo plaza como profesor auxiliar de la cátedra de Histología y en 1929 una ayudantía en el Instituto ----Cajal. La estabilización profesional definitiva le llegó en 1933 cuando obtuvo la cátedra de Histología y Anatomía Patológica de Sevilla; no obstante, tras tomar posesión de ella, solicitó la excedencia y se incorporó con su antigua categoría al Instituto Cajal. El estallido de la Guerra Civil afectó profundamente la trayectoria científica de De Castro, que decidió quedarse en Madrid y permaneció en la ciudad durante la contienda; tras ella tuvo que hacer frente a no pocos problemas económicos e institucionales37. Rafael Lorente de No fue el más joven de todos los discípulos directos de Cajal. Por consejo de Pedro Ramón (hermano de Santiago) se trasladó a Madrid, para finalizar sus estudios en Medicina e incorporarse al Laboratorio de Investigaciones Biológicas. Becado por la Junta para Ampliación de Estudios en 1924, realizó largas estancias en laboratorios del norte de Europa: trabajó en Upsala, junto a Robert Bárány (1876Bárány ( -1936)), premio Nobel en 1914, y en Berlín, junto a Oskar y Cecile Vogt. A su vuelta a España, en 1927, Lorente no pudo obtener un puesto de investigación en el Instituto Cajal y fue nombrado director del servicio de Otorrinolaringología del Hospital Valdecilla, de Santander. Con una formación científica sólida, pero con enormes dificultades institucionales para desarrollar trabajo de investigación, terminó aceptando -en 1931-la invitación del Central Institute for the Deaf, de San Luis (Missouri), donde prosiguió una carrera investigadora que se construiría ya al margen de la realidad científica española38. Las Neurociencias en la España del primer tercio del siglo XX alcanzaron un nivel de excelencia sin igual en nuestra historia científica. La gran obra de Cajal se nos presenta como la cúspide científica de esta etapa, pero es necesario enfatizar la tarea de otros muchos investigadores cuyo trabajo no fue tan ----notable, pero que en conjunto suponen un esfuerzo colectivo por la mejora del nivel científico y cultural. El análisis microscópico del tejido nervioso, la Neurohistología, fue la columna vertebral del desarrollo de las Neurociencias españolas. Todos los citados en estas páginas eran grandes microscopistas, dotados de técnicas histológicas afines (en las que las sales de plata eran la pieza clave); variaba, sí, el enfoque del estudio, mientras Cajal y sus discípulos más directos estudiaron el sistema nervioso 'normal', tanto en el hombre como en diversos grupos animales, Simarro y los suyos (Achúcarro, Rodríguez Lafora, Río Hortega) prestaron mayor atención a problemas patológicos y psiquiátricos. La obra de Cajal se vio claramente favorecida por la Junta para Ampliación de Estudios: no sólo porque la Junta asumió los presupuestos de su laboratorio y publicaciones, también permitió la formación internacional de algunos de sus colaboradores más directos. En el caso de Achúcarro, Lafora y Río, que directa o indirectamente, estaban más vinculados a Simarro, la Junta amparó su formación científica internacional y, con algunas dificultades, estableció laboratorios en que les fue posible continuar su trabajo científico. No obstante, la carrera científica de todos -y a pesar de la actitud favorable de la Junta-estuvo jalonada de preocupaciones y carencias. Las gratificaciones modestas impedían el desarrollo de una sola actividad y muchos de nuestros protagonistas debieron compatibilizar diversos empleos y comisiones de trabajo, que si bien ampliaban el rango de sus actividades -factor siempre positivo-, impedía la consolidación de una trayectoria científica sólida. Cuando algunos de ellos obtuvieron cátedras en universidades periféricas, no siempre conllevo la extensión de nuevos focos de investigación en neurociencias. Si hay algún ejemplo de los desajustes en el desarrollo institucional de las Neurociencias en España, este es -sin duda-el establecimiento del Instituto Cajal y la construcción de un edificio para su sede. En 1920, mediante Real Decreto, se establecía el Instituto Cajal, que pretendía honrar la figura del investigador próximo a su jubilación. El Decreto establecía que se vincularían al nuevo instituto el Laboratorio de Investigaciones Biológicas, de Histología, Neuropatología, Fisiología, y todos aquellos que el propio Cajal considerase oportuno. Evidentemente el objetivo era constituir un gran centro de investigación biomédica, en el que las Neurociencias se constituían en columna vertebral de la actividad. Desgraciadamente este proyecto se fue desdibujando con el tiempo, el proceso de construcción del edificio estuvo plagado de errores, malos entendidos y mala planificación, por lo que el edificio no se pudo utilizar hasta bien entrados los años treinta, poco antes del fallecimiento de Cajal, que prácticamente no lo llegó a utilizar. Entre tanto, notables y prometedoras figuras -como Lorente de No-se vieron obligados a abandonar el país ante la falta de perspectivas institucionales para su investigación. La 'Escuela Neurológica española' vertebrada en torno a Cajal en las primeras décadas del siglo XX realizó una tarea titánica, sentó los cimientos de la moderna neurociencia, poniendo a nuestro país en el mapa de la investigación científica de su época, en un área -además-absolutamente innovadora. Pero algunas disfunciones contrastan el balance enormemente positivo de este grupo: quizá faltó 'masa crítica', más investigadores, más profesores, una mejor organización científica, etc, para sacar hasta la última gota de rendimiento científico y académico a unas figuras imponentes. No obstante, todas estas son cuitas de historiador, el desarrollo de las Neurociencias españolas -de toda la ciencia y de toda la vida social e intelectual española-se vio atropellado en el verano de 1936. La ciencia y la sociedad que emergió tras aquél profundo terremoto sería ya algo irremisiblemente distinto.
Durante las primeras décadas del siglo XX se realizaron importantes hallazgos de restos fósiles de homínidos, que ampliaron el conocimiento sobre la Evolución Humana. Este período coincidió con el de actividad de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), organismo que contribuyó a la difusión en España de los nuevos datos paleoantropológicos, me- El período de actividad de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas -JAE-, tuvo lugar en un contexto muy dinámico en el campo de las Ciencias Naturales. En estos años se fueron estableciendo las bases que terminarían por configurar en los años cuarenta una teoría de la evolución, la teoría sintética, con capacidad para de resolver problemas planteados por las limitaciones del darwinismo clásico y de otras orientaciones evolucionistas, como el neolamarckismo, el saltacionismo o la ortogénesis. Además, junto al surgimiento de la genética como disciplina científica, la sugerente propuesta de Alfred Wegener (1880-1930) de la deriva continental abrió una nueva perspectiva en los estudios paleobiogeográficos. Asimismo, durante estas primeras décadas del siglo XX se realizaron importantes y continuos hallazgos de restos fósiles de homínidos que contribuyeron a ampliar el conocimiento que se tenía sobre la evolución humana. En este tiempo tuvieron lugar los debates sobre las leyes para la protección del patrimonio prehistórico y paleoantropológico, la expulsión del linaje humano de los neandertales, la presentación en la comunidad científica británica del fraudulento «hombre de Piltdown», y los descubrimientos del Australopithecus en Taung y Sterkfontein (Sudáfrica), del Sinanthropus en Zhoukoudian (conocida entonces como Chou-Kou-Tien, cerca de Pekín, China) y de nuevos restos de Pithecanthropus en Java. El problema radicó en que las interpretaciones sobre el árbol genealógico humano a partir de estos datos eran difíciles de encajar. La mayor parte de la comunidad angloamericana, apoyándose en el Eoanthropus de Piltdown, defendió la tesis de la gran antigüedad de la línea evolutiva humana, evitando la relación con antepasados antropoides y oponiéndose así a la aceptación del Australopithecus en la familia homínida. No fue hasta después de la II Guerra Mundial, que se superaron estos obstáculos epistemológicos, gracias al descubrimiento del fraude de Piltdown y la extensión de la teoría sintética de la evolución. En este trabajo incidiremos en cómo fueron recibidos y divulgados en España, en el marco de actuación de la JAE, los nuevos datos paleoantropológicos que fueron consolidando la configuración de una disciplina científica, enmarcada en la teoría de la evolución, encargada del estudio del origen y la antigüedad de la Humanidad. LAS CONTROVERSIAS CIENTÍFICAS EN PALEONTOLOGÍA HUMANA Durante el período de vigencia de la JAE, el escenario en que se desarrolló la Evolución Humana estuvo marcado por importantes hallazgos de fósiles, que establecieron una compleja situación en esta disciplina. Así, en las primeras décadas del siglo XX tuvo lugar en 1907 el hallazgo de una mandíbula humana de gran antigüedad en Mauer (Heidelberg). Poco después, se originó una polémica cuando el anticuario suizo germanófilo Otto Hauser (1874-1932) compró terrenos en el valle del Vèzere, lugar donde se habían encontrado los fósiles del hombre de Cromagnon, a fin de realizar excavaciones paleontológicas. De formación autodidacta, prescindió de la colaboración de prehistoriadores locales, a los que tildó de aficionados sensacionalistas y excursionistas domingueros, y solicitó en sus excavaciones la ayuda de antropólogos alemanes. Sin embargo, fue un prehistoriador alemán, Hugo Obermaier, que más adelante se asentaría en España, quien dirigió duras críticas a Hauser, cuestionando su capacidad científica, que le llevaba a destruir yacimientos, y reprendiendo su falta de escrúpulos para comerciar con los objetos excavados. Pero el clímax de la controversia llegó cuando Hauser vendió los esqueletos excavados en Combe Capelle y Le Moustier, al Museum für Volkerkunde de Berlín, en donde terminarían siendo expoliados durante la Segunda Guerra Mundial. La comunidad paleoantropológica francesa, encabezada por Marcellin Boule (1861-1942), profesor de Paleontología del Museum National d'Histoire Naturelle, emprendió una dura campaña contra Hauser y en favor de una ley nacional de protección del patrimonio prehistórico. Al iniciarse la Primera Guerra Mundial, Hauser, con su correspondencia intervenida y acusado de espía, se vio obligado a abandonar Francia, pasando sus propiedades rústicas a mano del Estado y recibiendo a cambio una mínima indemnización. Durante los años del conflicto bélico Boule reprodujo en la revista L'Anthropologie, artículos de periódicos locales franceses críticos con las noticias de diarios alemanes y de países neutrales como España (el artículo «Bárbaros» se publicó en El Correo del 30 de Diciembre de 1914), que defendían a Hauser. Este por su parte contribuyó a la polémica nacionalista, utilizando como anuncio propagandístico «El descubrimiento de dos esqueletos de hombres primitivos en un país enemigo», en la promoción de su libro Der Mensch von 100.000 jahren (1917). En medio de la disputa por el affaire Hauser, unos clérigos franceses descubrieron el esqueleto neandertal de La Chapelle-aux-Saints. No sólo sirvió de excusa a la prensa nacionalista gala para exaltar el patriotismo, sino que el hallazgo fue reseñado por periódicos de todos los signos políticos, que insis-tieron en la importancia científica del fósil. Boule fue también protagonista en esta ocasión. En un ambiente dominado por la crisis del transformismo y el debate anticlerical, realizó una descripción anatómica del esqueleto muy controvertida y que terminaría recibiendo muchas críticas. Partiendo de sus preconcepciones, describió exageradamente al hombre de neandertal como un tipo simiesco y grotesco que caminaba con dificultad con las rodillas flexionadas, determinando así su expulsión de línea genealógica que conducía al Homo sapiens. El rechazo del hombre de neandertal se enmarcó en una perspectiva paleoantropológica que tendía a considerar al desarrollo del cerebro como la primera fase del proceso que había llevado a la aparición del hombre. El surgimiento de esta orientación, que dominó y controló el desarrollo de la Paleontología Humana durante varias décadas, tuvo lugar en 1912, tras la presentación de los restos fósiles del fraude científico que, hasta el momento, más tiempo ha tardado en descubrirse. Tuvieron que pasar cuarenta años para que en 1953 oficialmente se reconociera que lo que se había proclamado como primer inglés, el Eoanthropus dawsoni de Piltdown, no era otra cosa que el fruto de un engaño o de una broma pesada, ya que en realidad estaba formado por el cráneo de un hombre moderno y la mandíbula de un orangután. La tradición paleoantropológica británica que, basándose en la gran capacidad craneana del Eoanthropus atribuía una gran antigüedad a la época en que un «presapiens» de gran cerebro se desgajó del tronco común que compartía con los monos, fue asumida por paleontólogos como Henry F. Osborn. En este sentido, durante la década de los años veinte, Osborn, se opuso a la hipótesis del ancestro hombre-mono, considerada como la ortodoxia darwinista que defendía su colega William K. Gregory (1876-1970), con el que mantuvo una intensa polémica científica. Osborn sostuvo la existencia en el pasado de un proto-humano y un posterior Dawn Man, el primer hombre, que habría precedido la aparición del antepasado del hombre. Su preconcepción le llevó a apoyar, a partir de un diente fósil, la existencia de un imaginario Hesperopithecus, supuesto «hombre de Nebraska». Más adelante se demostró que el diente era de un pécari, mamífero emparentado con los cerdos. Desde su cargo directivo del American Museum of Natural History, Osborn patrocinó y participó en las expediciones que partieron hacia las llanuras del Asia Central y el desierto de Gobi en busca del eslabón perdido. Pero, a pesar de los descubrimientos en los años veinte y treinta en China del Sinanthropus y en Indonesia del Pithecanthropus, Asia era sólo una de las posibles cunas de la Humanidad, cuestión que originó un extenso debate a lo largo de los siglos XIX y XX. El propio Darwin, al referirse al lugar de apari-ción del hombre y su antigüedad sobre la Tierra, había dicho que su origen no debía buscarse en Australia o en alguna isla cercana, sino en África. Pero apelando a datos etnográficos, antropológicos, paleontológicos, etc., todos los continentes fueron postulados como posible espacio donde había aparecido el hombre. Se propusieron lugares como la Patagonia, Siberia, Australia, la India, el Polo Norte, el Polo Sur, las llanuras al norte del Himalaya, África, Europa, el antiguo continente sumergido de Lemuria, etc., a los que habría que añadir las propuestas poligenistas, que defendía la existencia de muchas cunas, y la teoría de la hologénesis, según la cual la Humanidad habría aparecido simultáneamente en todo el globo terráqueo. Prácticamente hasta los importantes descubrimientos de restos fósiles de homínidos en África a partir de 1959, no se alcanzó un consenso entre los paleoantropólogos para considerar a este continente como la cuna de la Humanidad. A pesar de todo, lo más grave no fue esta falta de consenso con relación a la cuna de la Humanidad, sino que durante estas décadas la aceptación del «hombre de Piltdown» como ancestro de los hombres modernos condicionó la aceptación de los nuevos hallazgos, como el del Australopithecus, descubierto en Sudáfrica en 1925 por Raymond Dart (1893Dart ( -1980)). En un principio, y aunque nuevos fósiles de este género fueron hallados posteriormente también en Sudáfrica por Robert Broom (1866-1951), este homínido no fue aceptado como tal entre la mayoría de paleoantropólogos hasta finales de la década de los cuarenta. El Australopithecus fue rechazado como antepasado del hombre ya que su cráneo pequeño e infantil, su incierta antigüedad y su procedencia africana, no entraba en el esquema de la evolución humana defendido por las principales autoridades y expertos en Paleoantropología de su época, Arthur Smith-Woodward (1864-1944), Grafton Elliot Smith (1871-1937) y Arthur Keith (1866-1955), que no eran otros que los científicos británicos defensores del hallazgo de Piltdown1. EL APOYO DE LA JAE A LOS ESTUDIOS DE EVOLUCIÓN HUMANA Uno de los factores en que se basó la política científica desplegada por la JAE en materia de investigación fue la de establecer un sistema de dotación ----de pensiones para ampliar estudios en laboratorios y centros de investigaciones europeos. Esta medida ayudó a incrementar los contactos y a establecer relaciones de trabajo con grupos de investigación extranjeros que trabajaban con las técnicas más novedosas en la resolución de los problemas científicos más actuales. Desde sus cargos en la JAE, Ignacio Bolívar (1850-1914), director del Museo de Ciencias Naturales desde 1901 hasta el final de la Guerra Civil española, impulsó el programa de financiación de becados a instituciones científicas extranjeras, para que a la vuelta abrieran líneas de trabajo en el marco de nuevos proyectos de investigación científica. La introducción de modernos programas de trabajo permitió que las actividades realizadas por los biólogos españoles en los centros dependientes de la JAE, contribuyeron a establecer los fundamentos de la metodología de trabajo y las prácticas científicas en áreas como la zoología, la botánica y la biología experimental2. En este marco se establecieron relaciones especialistas europeos en Evolución, Paleontología del Cuaternario y Prehistoria, lo que permitió la difusión de los nuevos descubrimientos paleoantropológicos y de las ideas más actuales con relación a la evolución humana. Así, en el caso de la Biología, para adiestrarse en las prácticas de trabajo e investigación teórica en el marco del evolucionismo, José Gogorza (1859-1926), Eduardo Boscá (1843-1924), Antonio de Zulueta (1885-1971) y Margarita Comas (1897-1972), durante el período de su aprendizaje como pensionados siguieron estudios de evolución en el Laboratoire d'Evolution des êtres organisés de París, que dirigía Maurice Caullery. Por su parte, Comas, tras su regreso a España, publicó algunos de sus trabajos experimentales en París, informó de la reunión sobre evolución organizada en París por el Centre Internationale de Synthèse, en la que ----participaron Guyenot y Caullery, y reseñó el libro de éste último, Le problème de l'Évolution (1931) 4. Por su parte Boscá, catedrático de Historia Natural en la Universidad de Valencia, fue pensionado por R.O. 21 de julio de 1909, con el objeto de estudiar la «Osteología de los grandes mamíferos y especies extintas», en museos de Historia Natural europeos, entre diciembre de 1909 y marzo de 1919, y argentinos, entre octubre de 1910 y enero de 1911. En París, entró en contacto con Marcellin Boule, a quien conoció en la galería de Anatomía del Jardín des Plantes, y con M. Caullery, de quien comentó que su laboratorio de Embriología era un centro de investigaciones sobre el evolucionismo desde el punto de vista lamarckista, centrado en el estudio de la influencia del medio sobre los organismos. Boscá asistió en la Sorbona a una conferencia de Caullery en la que éste disertó sobre los resultados obtenidos con relación a la evolución desde la perspectiva de la paleontología y la embriología. En Londres, Boscá contactó con A. Smith Woodward, vicedirector del British Museum of Natural History, quien había visitado un par de veces Valencia para ver la colección paleontológica Rodrigo Botet. En Haarlem, le recibió Eugene Dubois (1858-1940), descubridor del Pithecanthropus erectus en Java, que era profesor de la Universidad de Ámsterdam y director del Museo Teyler5. Durante su viaje de estudios por los museos de historia natural de Buenos Aires y La Plata, Boscá conoció al paleontólogo Florentino Ameghino. Este, apoyándose en el hallazgo de fósiles humanos en la formación geológica pampeana que consideraba terciaria, mantuvo una explicación transformista según la cual la cuna de los precursores homínidos y de un supuesto «hombre terciario» había sido la Patagonia. Con relación a líneas de investigación enfocadas hacia la evolución humana, hay que citar la que desarrollaron Manuel Antón Ferrándiz (1849-1929), director del Museo de Antropología, y sus discípulos Telesfóro de Aranzadi Unamuno (1860-1945) y Luis de Hoyos Sainz. Antón fue delegado y representante de la JAE en varios congresos internacionales de Antropología y Arqueología Prehistórica. Aranzadi, que fue colaborador de la Sección de Antropología del Museo de Ciencias Naturales, estuvo pensionado y siguió estudios de Etnología y Prehistoria en París y Berlín durante 1909. Fue ----delegado de la JAE en el Congrés Préhistorique de France de 1914. Por su parte, Hoyos Sainz, entre 1911 y 1913 amplió estudios de Antropología, becado por la JAE, en el Muséum National d'Histoire Naturelle de París y en el Völkerskunde Museum de Berlín En 1911 y 1912, fue pensionado por la JAE Eduardo Hernández Pacheco (1872-1965), catedrático de Geología de la Universidad Central. Se instruyó en la organización de laboratorios de geología de diversas instituciones científicas europeas, adiestrándose en los métodos de trabajo de disciplinas como la paleozoología del Terciario y Cuaternario y la paleoantropología. En Francia visitó el Musée de Saint-Germain en Laye, que conservaba una rica colección de Prehistoria y estuvo en Paris, en el Museo de Historia Natural y en el Institut de Paléontologie Humaine, formándose con M. Boule y Armand Thevenin (1870-1918) en el estudio de la industria lítica y la fauna fósil cuaternaria; en Bruselas se documentó con el conservador del Musée Royale d'Histoire Naturelle Aimé-Louis Rutot (1847-1933), acerca del estado en que se encontraban las investigaciones encaminadas a determinar la existencia del hombre terciario y la cuestión de los eolitos, supuesta industria lítica terciaria. Por último, Hernández Pacheco pasó a la Universidad de Lyon, donde amplió sus conocimientos de mamíferos miocenos bajo la dirección de Charles Depéret. A su vuelta a España, y con la experiencia adquirida en su viaje de ampliación de estudios y establecer contactos científicos con equipos de investigación especializados en Paleontología Humana y Prehistoria, Hernández Pacheco presentó un proyecto para crear un organismo científico que impulsara las investigaciones paleontológicas y prehistóricas. Su propuesta fue apoyada y, bajo la dependencia de la JAE, se creó, por RR.OO. de 28 de mayo de 1912 y 26 de mayo de 1913, la Comisión de Investigaciones Paleontológicas y Prehistóricas (CIPP), que quedó integrada en el Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales, posteriormente Instituto Nacional de Ciencias, organismo al que pertenecía el Museo Nacional de Ciencias Naturales, el Jardín Botánico, el Laboratorio de Investigaciones Biológicas dirigido por S. Ramón y Cajal y el Museo de Antropología6. El establecimiento de la CIPP tuvo lugar en un contexto muy sensibilizado con los hallazgos y protección del patrimonio prehistórico y arqueológico español, ya que un año antes se había promulgado la Ley que regulaba las excavaciones artísticas y científicas. Así, en el Artículo Primero de su Regla-----mento (Real Decreto 1 de Marzo de 1912) se sometía a los preceptos de la Ley a «las excavaciones que se hicieran en busca de restos paleontológicos, siempre que en ellas se descubrieran objetos correspondientes a la Arqueología y a la Paleontología Antropológica». La creación de la CIPP se justificó apelando al necesario apoyo del Estado a las investigaciones y exploraciones geológicas y paleontológicas de simas, cavernas y abrigos naturales. La CIPP quedaba encargada de organizar las investigaciones y estudios espeleológicos relacionados con las Ciencias Naturales y la Arqueología. Se establecía que su ubicación fuese el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, donde se conservarían las colecciones que reuniera, y que funcionara en las mismas condiciones que el resto de entidades pertenecientes al Instituto Nacional de Ciencias. Inició entonces Hernández Pacheco un programa de investigación centrado en el estudio de las faunas fósiles de España, especialmente de mamíferos terciarios y cuaternarios, y en Prehistoria y Paleoantropología. Los resultados de la actividad investigadora de la CIPP, que se recogen en las memorias bianuales publicadas por la JAE, fueron en gran medida difundidas a través de la publicación de la «Serie Geológica de los Trabajos del Museo», de la que se editaron treinta y nueve monografías entre 1912 y 1935. Un resumen de la labor realizada en estas líneas de trabajo durante los primeros años se conoce a través de la intervención de Hernández Pacheco en el Congreso de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, celebrado en Valladolid en 1915. Allí impartió una conferencia en la que expuso el estado actual en que se encontraban en ese momento en España, las investigaciones relacionadas con la Paleontología y la Prehistoria7. Al mismo tiempo, y como las bases generales por las que, según la JAE, había de regirse el Museo de Ciencias Naturales contemplaba la organización de trabajos de investigación en laboratorios y cursos de ampliación, dirigidos por profesores designados por la JAE, Hernández Pacheco dirigió y organizó los laboratorios de geología y el seminario investigaciones geológicas y pa-----leontológicas del Museo, una de cuyas líneas de investigación se enfocó hacia el estudio de la Paleoantopología8. En los laboratorios de paleontología del Museo, Hernández Pacheco formó a un grupo de doctores en Ciencias Naturales, con los que constituyó un destacado equipo de investigación. Algunos de ellos fueron pensionados para trabajar y establecer redes de investigación con grupos de paleontólogos de Francia y Alemania, con los que se mantenían contactos científicos. Además de adoptar del grupo del laboratorio de paleontología de la Universidad de Lyon, encabezado por Depéret, su orientación paleontológica dirigida a reconstruir series filéticas y a establecer rutas de migraciones, se establecieron relaciones científicas con otros equipos de investigación europeos. Así, Juan Dantín Cereceda En el grupo de investigación del Museo de Ciencias Naturales que contribuyó a la consolidación de una paleontología evolucionista, se encontraron naturalistas que se encargaron del estudio y conservación de importantes colecciones paleontológicas, como Ángel Cabrera (1879-1960)9, que pasó en 1925 a la Argentina como Jefe del Departamento de Paleontología del Museo de La Plata, y Royo Gómez, Jefe de la Sección de Paleontología del Museo10. Royo estuvo como pensionado por la JAE en 1927 en Inglaterra, recorriendo el condado de Sussex para estudiar la facies weáldica y conocer el ----yacimiento de Piltdown 11. Divulgó el evolucionismo dictando cursos y conferencias, como la impartida en la Universidad Central en 1927 con el título de «La paleontología y la evolución de las especies» 12. En este trabajo Royo comentó que la evolución de los primates y del hombre era un problema muy debatido, al tratarse de nuestros ancestros. Exponía que los restos fósiles humanos pertenecientes al Cuaternario de Europa eran humanos de diferentes especies, a pesar de que algunos mostraban caracteres que les aproximaban a los monos antropomorfos. En cambio, el Pithecanthropus de Java era considerado como un antropomorfo de evolución avanzada que constituía una rama paralela a la de los humanos, sin ninguna relación con ella. Según Royo, en ese momento, finales de los años veinte, había dos tendencias para explicar el origen de la Humanidad. Una de ellas consideraba que los ancestros de los humanos había que buscarlos en los monos antropoides del Terciario medio, como Dryopithecus y Sivapithecus. La otra orientación defendida por Osborn, defendía que los humanos constituían una familia distinta y separada del resto de los primates. En artículo posterior, «La lentitud de la evolución en las faunas continentales de mamíferos» (1928), Royo discutió sobre los ritmos y modalidades de la evolución de las especies, tanto en las velocidades de la transformación, como en el sentido de la variación con relación al tamaño. Entre las contribuciones del grupo de Paleontología del Museo destacaron los trabajos sobre cuestiones paleoantropológicas y los que abordaron el estudio de problemas evolutivos, filogenéticos, ontogénicos y biogeográficos, incidiendo en las relaciones paleobiogeográficas, a través de puentes intercontinentales, entre las faunas terciarias y cuaternarias de Norteamérica, Europa y Africa 13. En cuanto a las orientaciones teóricas seguidas por los paleontólogos españoles, puede hablarse de un cierto eclecticismo. En primer lugar hay que referirse al interés por las ideas sobre el origen del hombre terciario del paleontólogo argentino Ameghino, que mostraron tanto Hernández Pacheco, ----11 MONTERO, A. (1996), J. Royo Gómez y sus viajes europeos pensionado por la Junta para Ampliación de Estudios, Geogaceta, 19, 183-184. 12 ROYO GÓMEZ, J. (1927), «La paleontología y la evolución de las especies», Conferencias y Reseñas Científicas de la Real Sociedad Española de Historia Natural, 2, 189-205. Obermaier y Manuel Antón en Madrid como Boscá en Valencia. Según Ameghino, desde la Patagonia el género humano se había expandido hacia el resto del mundo. El género Homo había aparecido en el Plioceno de Patagonia, siendo el Homo Pampaeus o Prothomo la primera forma genérica humana que había aparecido en la Tierra. Una rama de los monos de Patagonia había evolucionado y marchado hacia la humanización, pasando por las etapas o tipos intermedios entre el mono y el hombre: Tetraprothomo, Triprothomo, Diprothomo y Prothomo. El Prothomo u Homo pampaeus, había evolucionado en la Patagonia hacia formas del hombre terciario. Por el antiguo puente terrestre guayano-senegalense, una línea de antecesores había pasado a África a principios del Plioceno, desprendiéndose una rama que originó el Homo afer, o primitivas poblaciones negras y australianas. De otra línea se había desprendido la cepa que había originado el Homo sapiens. Había sido el resultado de la evolución del Homo pampaeus en Sudamérica, que había emigrado por el istmo de Panamá hacia América del Norte, desde donde se había expandido, dividiéndose en dos grupos, uno por el estrecho de Bering hacia el continente asiático, y otro a Europa, por el puente que unía Canadá con el continente europeo a fines del Plioceno y principios del Cuaternario. Un grupo se había aislado, degenerando en el Homo primigenius u hombre de Neandertal, de Spy y de la Chapelle-aux-Saints, y los demás se difundieron por Europa. En este esquema de Ameghino, el antecesor del hipotético Homosimius del Plioceno europeo postulado por el prehistoriador francés Gabriel de Mortillet había sido el Tetraprothomo del Mioceno de la Argentina. Por su parte, el Triprothomo era el ancestro del Pithecanthropus, que, según Ameghino, no era un precursor del hombre sino una rama lateral divergente, que había desaparecido no por transformación sino por extinción 14. Lo peculiar de esta ambiciosa explicación de Ameghino acerca del origen y expansión de la Humanidad llevó a Hernández Pacheco a difundir en 1910 el pensamiento del paleontólogo argentino, a través de un artículo publicado en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza 15, y de una comunicación remitida a la Real Sociedad Española de Historia Natural 16. ----14 AMEGHINO, F. (1907), Notas preliminares sobre el Tetraprothomo argentinus: un precursor del Hombre del mioceno superior de Monte Hermoso, Anales del Museo Nacional de Historia Natural de Buenos Aires, IX, 105-242. 15 HERNÁNDEZ PACHECO, E. (1910), Los ancestrales terciarios del hombre según las investigaciones del Dr. Ameghino, Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, n. Un precursor del hombre plioceno inferior de Bueno Aires, Boletín de la Real Sociedad Española de Historia Natural, X, 311-316. Por su parte, Boscá, siguió la orientación de Ameghino a la hora de determinar el esqueleto fósil del «hombre de Samborombón», perteneciente a la colección paleontológica Rodrigo Botet, formada por ejemplares sudamericanos y conservada en Valencia 17. Boscá consideró que estos restos fósiles humanos perteneciente a una raza humana sudamericana desaparecida eran de edad geológica terciaria, lo que dio lugar a una polémica, al criticar Faustino Barberá, presidente del Instituto Médico Valenciano, la datación geológica y carácter primitivo que se habían atribuido a dichos restos fósiles 18. Posteriormente, el jesuita Jaime Balasch, profesor de Historia Natural del Colegio San José de Valencia, criticó a Boscá y Ameghino y apoyó las tesis de Barberá acerca de su edad cuaternaria y contrarias a considerar a los restos fósiles de Samborombón como un hipotético ejemplar de «hombre terciario» 19. Posteriores y más sólidas fueron las influencias francesas y alemanas, concretadas en referencias a autores como Karl von Zittel (1839-1904) y Depéret, se asumieron tendencias neolamarckistas y saltacionistas, tradición que en España se remontaba al siglo pasado. Junto a estas corrientes tuvieron influencia orientaciones ortogenéticas procedentes de Estados Unidos, fundamentalmente a través de los trabajos de los paleontólogos del American Museum of Natural History Henry F. Osborn, William D. Matthews (1871-1930) y William K. Gregory y del profesor de la Universidad de Princeton William B. Scott (1858-1947) 20, cuyo libro, La teoría de la evolución y las pruebas en que se funda (Madrid, Espasa Calpe, 1920) fue traducido por Antonio de Zulueta. Papel destacado como divulgador de las ideas relacionadas con el origen de la Humanidad fue Vicente Sos y Baynat (1895-1992). Vinculado al Museo de Ciencias Naturales como preparador y profesor de Geología, fue nombrado por la JAE profesor del Instituto-Escuela de Madrid. En la publicación Confe-----17 BOSCÁ CASANOVES, E. (1910), El esqueleto humano fósil del arroyo de Samborombón (América del Sur), Asociación Española para el Progreso de las Ciencias, Congreso de Zaragoza, 4 (1a parte), 221-235. 18 BARBERÁ, F. (1907), Nota relativa al esqueleto humano de la colección paleontológica Botet en Valencia, Revista Valenciana de Ciencias Médicas, 9, 305-313. 19 Véase CATALÁ GORGUES, J. I. ( 2004), El desarrollo de una carrera científica en un contexto institucional precario: el caso del naturalista Eduardo Boscá y Casanoves (1843-1924), Cronos, vol. 7, n. 20 El estado de las relaciones entre paleontología y evolución en las primeras décadas del siglo XX puede consultarse en BOWLER, P.J. (1983), The Eclipse of Darwinism. rencias y Reseñas Científicas editada por la Real Sociedad Española de Historia Natural, Sos contribuyó a la divulgación científica, reseñando dos artículos de paleontólogos franceses, Henri Vallois (1889-1981), que sería director del Institut de Paléontologie Humaine entre 1942 y 1971, y Jean Piveteau (1899-1991), en los que se exponían las opiniones de los especialistas en el debate sobre los orígenes de la Humanidad21. En el primero de estos trabajos, Sos tradujo y comentó el trabajo de Vallois en el que éste discutía y comparaba las teorías modernas sobre el origen múltiple del hombre, polifiléticas, con la clásica explicación monofilética. La mayor parte de los árboles genealógicos diseñados por autores como Dubois, Elliot Smith, Keith, Gregory, etc., se basaban todos en una concepción monofilética, diferenciándose sus opiniones en el punto del tronco común compartido con los primates en el que se había desgajado la rama o el phylum del grupo humano. Las tendencias polifiléticas se fundamentaban en la concepción de divergencia adaptativa, según la cual las diferencias de los grupos humanos eran las trazas del origen independiente de cada uno de ellos. Vallois terminaba sugiriendo que con el estado actual del conocimiento paleontológico, podía haber compatibilidad entre las concepciones monofiléticas y polifiléticas. Pensaba que la familia Hominidae tenía un origen monofilético pero aceptaba que internamente las diversas ramas de esta familia podian desarrollarse siguiendo un modelo polifilético 22. En cuanto al trabajo de Piveteau difundido por Sos, se trataba de una conferencia impartida en el Institut de Paléontologie Humaine, en el que el paleontólogo francés discutía sobre los orígenes humanos, según los datos de que se disponían en ese momento. Partía de la brusca aparición de la Humanidad en el Cuaternario, tanto las formas antiguas representadas por los restos fósiles de Mauer, Piltdown y Neandertal, como los tipos Grimaldi, Cromagnon y Chancelade que definían el hombre moderno. Se refería a dos tendencias opuestas. Una de ellas relacionaba a los humanos con los antropoides, según una línea vinculada al Propliopithecus y Dryopithecus. La otra sostenía que el grupo humano se había desgajado del tronco común en una época muy ----remota en el pasado, en el Eoceno, y a partir de ese momento su desarrollo continuó en una línea independiente y paralela a la del resto de las ramas de los primates. Pivetau terminaba decantándose por esta última orientación, que defendían entre otros su maestro Boule, ya que le parecía más conforme con las leyes generales de la evolución paleontológica23. Particularmente intensas fueron las relaciones científicas establecidas desde el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, con el Institut de Paléontologie Humaine (IPH), dirigido por M. Boule. La conexión con Boule fue determinante para afrontar desde el Museo un programa de investigación en Paleontología Humana. Un reconocimiento de la influencia que tuvo el IPH en el desarrollo de la Paleoantropología española fue expuesto en 1923 por Hernández Pacheco en una conferencia impartida en el Ateneo de Madrid, con el título «Los estudios de Paleontología Humana en España y el influjo en ellos del Príncipe Alberto I de Mónaco». En este trabajo el naturalista español explicó que tras ser nombrado catedrático de Geología de la Universidad Central, quiso seguir el rumbo marcado por Boule, Smith Woodward y Osborn, orientando su actividad científica hacia la Paleontología Humana, el problema más actual en esos momentos. Por eso había solicitado a la JAE una pensión para ampliar conocimiento en esta disciplina y había solicitado a su regreso la creación del CIPP, organismo científico cuyo objeto de estudio era la Paleoantropología 24. El Institut de Paléontologie Humaine había sido creado en 1910 bajo el mecenazgo del príncipe Alberto I de Mónaco, quien anteriormente había demostrado su interés científico patrocinando investigaciones oceanográficas y prehistóricas. En este sentido, el príncipe, financió las excavaciones paleoantropológicas del canónigo Villeneuve y Boule en las grutas de Grimaldi, donde se desenterraron restos fósiles humanos que se interpretaron como ancestros de tipos humanos centroafricanos. La fundación del IPH en 1910 establecía que su objetivo era el estudio de todo lo relativo al hombre fósil y sus precursores inmediatos, hasta el final del ----neolítico. Boule fue nombrado director y los clérigos Henri Breuil y Obermaier, profesores de Etnografía prehistórica y de Geología aplicada a la Prehistoria respectivamente. Desde un principio el IPH fue un proyecto controvertido. De principio, le afectó el debate entre ciencia y religión, siendo acusado, por un lado, de ser una institución laicista y por el otro, de haber detrás una operación clerical para dar cabida a incompetentes «prêtes-prehistoriens». Además, se le criticó la incorporación de un alemán, Obermaier, acto que fue considerado antifrancés, en un período de especial sensibilidad política y nacionalista, como eran los años anteriores a la Primera Guerra Mundial. Para terminar, el crónico déficit financiero y la lucha de influencias entre Boule y Breuil, fueron dos factores que contribuyeron negativamente en el desarrollo del IPH 25. Tras la visita de Alberto de Mónaco de las grutas prehistóricas de Santander, el IPH financió entre 1910 y 1914 excavaciones en la cueva del Castillo. Pero con el estallido del conflicto bélico se paralizaron las actividades científicas y Obermaier fue cesado en su cargo en el IPH debido a su nacionalidad alemana. Al año siguiente, el prehistoriador germano se vinculó al Museo de Ciencias Naturales de Madrid, incorporándose como profesor agregado al CIPP. En la colección de memorias publicadas por esta Comisión, se publicaron dos trabajos de Obermaier, uno en colaboración con Hernández Pacheco, dedicado al estudio de la mandíbula neandertaloide de Bañolas, y el segundo fue un amplio trabajo de síntesis del prehistoriador alemán sobre el hombre fósil. A pesar de todo no fueron fáciles esos años para Obermaier, ya que fue acusado de antipatriota, desleal y francófilo por la comunidad alemana en España. Además, apenas estuvo cinco años vinculado al CIPP. En 1919 se le cesó en su puesto de la Comisión, a causa del deterioro de sus relaciones con el personal del Museo de Ciencias Naturales26. Por último, la relación científica con el IPH permitió mantener la importante tradición paleontológica francesa en España, ya que Boule fue maestro de Camille Arambourg (1885-1969), Teilhard de Chardin (1881-1955) y Jean Piveteau, paleontólogos franceses que influirían años más tarde, durante las décadas de los años cuarenta y cincuenta, en sus colegas teilhardianos españoles. El primer trabajo español del siglo XX que comunicó los hallazgos más recientes de restos fósiles humanos fue un artículo de T. de Aranzadi publicado en 1909 en el Boletín de la Sociedad Española de Historia Natural. En él Aranzadi reseñó tres descubrimientos: la mandíbula de Mauer en Heidelberg, el esqueleto excavado en Le Moustier, Dordogne, por Otto Hauser y los restos humanos desenterrados en La Capelle-aux-Saints. Comentó en su artículo que, aunque tenía rasgos antropoides debido a su aspecto macizo y grueso, los dientes eran completamente humanos, con molares semejantes a los de los aborígenes australianos y una cementación y espesor dental parecido a los de los europeos. A partir de estos datos, junto al pequeño tamaño de los dientes, Schoetensack pensaba que la mandíbula debía haber pertenecido a un antecesor, próximo al punto de partida de la evolución hacia antropoides y hacia los tipos humanos negros y blancos. Aranzadi, en cambio, creía que los caracteres pre-antropoides debían ser resultado de atavismo y que por comparación con la mandíbula de Spy, al resto fósil de Mauer se le podía calificar de pre-neandertaloide. El segundo descubrimiento que presentaba en su artículo Aranzadi fue el polémico hallazgo de Le Moustier, realizado por Hauser en unos terrenos que había comprado en el valle de la Vézère. La excavación provocó el rechazo de los prehistoriadores franceses, ya que Hauser no contó con ellos, recurriendo a Klaatsch y desenterrando el esqueleto en presencia también de otros antropólogos alemanes. El trabajo de reconstrucción del cráneo realizado por Klaatsch, en los que describió caracteres neandertaloides, fue criticado por Boule. En paralelo, los autores alemanes criticaron a los franceses por no dar publicidad a sus hallazgos prehistóricos. Por último, Aranzadi hacía referencia al descubrimiento del esqueleto neandertal en La Chapelle-aux-Saints por los sacerdotes franceses A. y J. Bouyssonie y L. Bardon, que fue remitido al museo de Historia Natural de París que ser estudiado por Boule. Por de pronto, comentaba Aranzadi, los alemanes criticaron la labor de los sacerdotes franceses en el yacimiento, acusándoles de ser meros aficionados a la Prehistoria y no haber sido cuidadosos en las tareas de excavación. Este ejemplar se encontró en mejor estado de conservación que el hallado en Le Moustier y presentaba las características del tipo neandertal perfectamente marcadas. Boule, estudiando el cráneo, le atribuyó una inteligencia casi nula, pesar de su gran capacidad craneal, y morfológicamente le situó en una posición intermedia entre el Pithecanthropus de Java y las razas humanas actuales más inferiores. Del resto del esqueleto, comentaba Aranzadi, no se tenía un conocimiento completo, por lo que no cabía justificar las tesis de los paleontólogos belgas Julien Fraipont (1857-1910) y Max Lohest (1857-1926), recogidas en artículos de vulgarización, que el tipo humano de Spy (Bélgica), identificado como neandertal, se caracterizaba por su marcha inclinada y a veces casi a gatas. Con relación al color de la piel y la pilosidad del hombre de La Chapelle-aux-Saints, decía Aranzadi que todo lo que se había escrito y dibujado en las revistas de vulgarización era pura fantasía. Además, como periódicos franceses y alemanes habían publicado la imagen de Boule con un cráneo de gorila en la mano, muchos profanos habían creído que era el cráneo encontrado en La Chapelle-aux-Saints. Aranzadi terminaba comentando que el ejemplar fósil de La Chapelle-aux-Saints no hacía considerar al tipo neandertal más pitecoide que lo que se había considerado hasta entonces, aunque sí confirmaba varios caracteres que antes se consideraban dudosos o simples conjeturas. De hecho, decía Aranzadi, el neandertal era muy distinto del tipo negroide hallado en las grutas de Grimaldi, casi contemporáneo del hombre de La Chapelle. Además, la industria de éste último era más primitiva que la de Grimaldi y que la de Cromagnon, cuyos caracteres anatómicos también eran muy diferentes. De manera que el hallazgo de La Chapelleaux-Saints no resolvía el problema de si había que considerar al neandertal el antecesor más antiguo de las razas europeas modernas dolicocéfalas o era el representante de otro pueblo distinto27. Durante el período comprendido entre 1914 y 1918, años en que gran parte de Europa estuvo afectada por la Primera Guerra Mundial, se publicaron en España una serie de trabajos que exponían el estado de la cuestión sobre los orígenes de la Humanidad. Algunos recogieron las novedades de forma indirecta, al tratar otras cuestiones. Así, tras el hallazgo de restos del antropoide fósil Dryopithecus en Cataluña, Luis Mariano Vidal (1842-1922) envió un molde de la mandíbula a Smith Woodward. Este comparó el ejemplar fósil con las mandíbulas de varios primates y con las de Homo heidelbergensis y ----del Eoanthropus dawsoni, que acababa de ser hallado en Piltdown28. Vidal se hizo eco del trabajo de Woodward y comunicó en la sesión de Barcelona de la Sociedad Española de Historia Natural, celebrada el 23 de mayo de 1914, que del estudio comparativo se desprendía la sínfisis mandibular del Dryopithecus era intermedia entre la del Mesopithecus y la del Homo heidelbergensis de Mauer y podía ser una forma común a partir de la cual habían divergido en dos direcciones, por un lado los monos antropoides y los humanos por el otro 29. No faltaron en estos años trabajos críticos con las propuestas evolucionistas para explicar el origen del hombre. Este fue el caso de los publicados por el jesuita Jaume Pujiula (1869-1958), biólogo formado en Alemania, director del Laboratorio de Biología del Ebro, más tarde Instituto Biológico de Sarriá (Barcelona). La revista Ibérica: el progreso de las ciencias y de sus aplicaciones, que comenzó a publicarse en 1914, fue un vehículo de expresión en el que los jesuitas y su entorno pudieron divulgar su doctrina, basada en la defensa de los valores católicos, el rechazo de las formulaciones materialistas y la armonía entre ciencia y religión30. Los primeros artículos de Pujiula en 1914 fueron para dar noticia de los hallazgos de fósiles humanos en Obercassel (Alemania) y en África, en la colonia alemana de Oldoway (actual Olduvai, Tanzania). En éste último criticaba a Hans Reck (1866-1937), quien había descubierto un esqueleto africano al que en principio se le atribuyó una edad de ciento cincuenta mil años, por sostener que durante el período diluvial al lado de hombres de aspecto casi de animal, existían pueblos muy desarrollados. Según Fritsch, el esqueleto de Olduvai era semejante a los hallados en Grimaldi. En éstos se habían observado caracteres «negroides», por lo que se había establecido que ----la raza Grimaldi estaba relacionada con las actuales poblaciones centroafricanas. Pujiula recomendaba prudencia con los descubrimientos de hombres primitivos, ya que los datos de que se disponían de los tipos diluviales europeos no eran seguros. Ponía como ejemplo el caso de la raza de Neandertal, cuyo ejemplar tipo carecía de una datación fiable. Además, tachaba de fantasía a las representaciones de los neandertales como seres que marchaban inclinados o con el cuerpo encorvado, imagen que se había colado incluso en algún texto de enseñanza secundaria 31. En 1915, y dentro de la serie de monografías editadas por el Museo de Ciencias Naturales pertenecientes a los trabajos financiados por la JAE y realizados en la CIPP, Obermaier y Hernández Pacheco publicaron su estudio sobre la mandíbula neandertaloide de Bañolas 32. Para ellos, este fósil presentaba rasgos morfológicos que le diferenciaban de los tipos Cromagnon y Grimaldi. Lo consideraban neandertal con un grado de evolución mayor que el de otros restos óseos del mismo tipo, como el de La Chapelle-aux-Saints. En la bibliografía utilizada remitían a Klaatsch y a Boule, además de la revisión crítica que había hecho Gustav Schwalbe (1844-1916) del trabajo del paleontólogo francés sobre el neandertal de La Chapelle. Entre los autores que reseñaron este trabajo se encontró el propio Boule. En su revista, L'Anthropologie, dudó que el resto fósil de Bañolas fuese neandertal, ya que los caracteres diferenciales progresivos citados por los autores tenían más valor taxonómico que los comunes a dicho tipo, que eran de menor importancia 33. Ese mismo año de 1915, y con otra índole, propia de la divulgación científica, se publicó en la revista cultural fundada Por esos Mundos, una referencia al hombre de Piltdown. Se comentaba el descubrimiento en una cantera de las riberas del Tajo, cerca de Trillo (Guadalajara) de un fémur humano fósil. El autor del artículo, Antonio Pareja Serrada, citaba que antes de empezar la gran guerra en Europa el mundo científico debatía acerca de los huesos fósiles hallados en Piltdown (Sussex, Inglaterra). Eran diferentes por su aspecto y dimensiones de los estudiados hasta entonces. 32 HERNÁNDEZ PACHECO, E. y OBERMAIER, H. (1915), La mandíbula neandertaloide de Bañolas, Madrid, Museo Nacional de Ciencias Naturales. 33 Una historia de la mandíbula fósil de Bañolas y de su interpretación por los especialistas puede verse en: MAROTO, J. y SOLER, N. (1993), Antecedents, i problemàtica de l'estudi de la mandíbula de Banyoles. sin dientes, tenía una configuración extraña y grandes dimensiones. La polémica se establecía al debatirse si era restos humanos o de algún antropoide. La singularidad del artículo es que reproduce en sus páginas una supuesta representación del «Hombre de Piltdown», en la que aparece un tipo humano peludo, encorvado y con un largo palo en la mano derecha 34. Los dos trabajos anteriormente citados fueron objeto de revisión crítica por parte de Pujiula, desde las páginas de la revista Ibérica. En su artículo «Otra vez el hombre prehistórico» (1916), el jesuita comentaba la interpretación de la mandíbula fósil de Bañolas que había realizado Hernández Pacheco en el Congreso de Valladolid de la Asociación Española para el Progreso de las Ciencias. En su línea de pensamiento creacionista, intentaba matizar que el tipo neandertal no era una especie diferente, sino que había que considerarlo como una subespecie o una raza. Más crítico fue con el artículo de Pareja Serrano. En concreto de la reconstrucción del hombre de Piltdown decía que la figura era tendenciosa hasta la pared de enfrente. Más importante fue la publicación de la obra El hombre fósil (1916) de Obermaier, que fue financiada por la JAE, en el marco de los trabajos del CIPP y de la que se publicaría una segunda edición ampliada en 1925. Ese mismo año sería traducida al inglés, editada por The Hispanic Society of America y con una introducción de H. F. Osborn. Este había realizado un viaje por España y había coincidido con Obermaier durante los trabajos de excavación en Puente Viesgo (Cantabria). En el prólogo, el prehistoriador alemán mostraba su agradecimiento al director del Museo de Ciencias Naturales, Bolívar, a los responsables de la CIPP, Hernández Pacheco, conde de la Vega del Sella y marqués de Cerralbo, y a M. Antón, director del Museo de Antropología. También reconocía la importancia del patrocinio de la JAE y de la labor de Paul Wernert e Ismael del Pan, agregados al laboratorio de Geología del Museo, que habían sido los traductores del alemán al español. Obermaier justificaba su libro, un tratado didáctico en forma de manual que contenía todo lo concerniente al hombre fósil, debido al gran desarrollo que había alcanzado la Paleontología Humana y sus disciplinas auxiliares. En su obra Obermaier discutía en un primer capitulo que de veinte páginas la polémica que existía desde el siglo XIX entre prehistoriadores acerca de la posible existencia del «hombre terciario» y de la industria eolítica. El siempre se mostró contrario a considerar a los eolitos herramientas humanas de edad terciaria, defendiendo que eran piedras de origen natural cuyas formas se asemejaban a los artefactos hechos por hombres primitivos. Más importante era capítulo noveno dedicado a la Paleoantropología, que ocupaba las páginas 265 a 311, que incluían las seis últimas páginas de una completa bibliografía actualizada. En este capítulo Obermaier seleccionaba y compilaba todo el material óseo humano fósil del Cuaternario conocido en ese momento, agrupados primero desde un punto de vista geográfico. Eliminaba los falsos fósiles humanos, como la desacreditada mandíbula de Moulin-Quignon y citaba el hallazgo reciente de los restos de Piltdown. El se adhería a la opinión de Smith Woodward, Elliot Smith, Keith y Osborn, entre otros, que consideraban que el cráneo y la mandíbula del Eoanthropus dawsoni pertenecían al mismo individuo. Posteriormente Obermaier integraba los datos agrupándolos según tipos fósiles temporales e incluía en el Paleolítico Superior las razas de Cromagnon, Grimaldi y Predmost y en el Inferior, el Homo neanderthalensis, el Homo heidelbergensis de Mauer y el Eoanthropus de Piltdown. Con relación al «Hombre de Neanderthal» u Homo primigenius, decía que su existencia estaba bien documentada y que los descubrimientos de restos de este tipo fósil contradecían la opinión de Rudolf Virchow (1821-1902), J. Kollmann y J. Ranke. Estos anatomistas afirmaban, al igual que lo hacían Pujiula y su entorno, que desde la época de los glaciares los humanos no habían sufrido cambios en sus caracteres físicos y que el «hombre moderno» había aparecido con los rasgos actuales desde el momento de su aparición. Por último, Obermaier se refería a los antropomorfos terciarios, considerando en este apartado al Pithecanthropus erectus. En este punto decía que dejaba a un lado la cuestión de relacionar directamente al Pithecanthropus con el árbol genealógico de la Humanidad. En su opinión, para seguir sosteniendo la suposición del parentesco directo de este género con el Homo, era necesario disponer de un cráneo entero con mandíbula que permitiera un estudio anatómico comparativo. Terminaba Obermaier manifestando que con los conocimientos actuales se podía afirmar que las diferencias entre humanos y antropomorfos no eran tan considerable como parecía al comparar los representantes actuales de ambos grupos. En efecto, decía Obermaier, se conocían tipos humanos fósiles no sólo más primitivos que las razas menos civilizadas del presente, sino que incluso algunos mostraban caracteres indiscutiblemente pitecoides 35. Este último comentario de Obermaier fue citado por Luis Mariano Vidal en la reseña realizada en la revista Ibérica de la monografía del prehistoriador ----alemán. Señalaba también Vidal que Obermaier reconocía que no sería en las excavaciones paleontológicas de Europa en donde se hallaría la solución al problema de los orígenes de la Humanidad y aseguraba que no cabía duda del pensamiento evolucionista del autor de El Hombre fósil. Acababa Vidal afirmando que, aún admitiendo la evolución en cuestiones fitogeográficas y zoológicas aunque no para el origen del alma humana, había que respetar las ideas de los antropólogos, siempre que no pretendiesen establecer conclusiones que pudiesen ser arriesgadas, dado el estado del conocimiento sobre la Paleoantropología 36. De gran valor histórico para la Prehistoria y la Paleontología Humana fue el trabajo que leyó Manuel Antón en 1917, en su discurso de recepción en la Real Academia de la Historia. En una extensa memoria de ciento cuarenta y cinco páginas, Antón ofreció un completo panorama de los orígenes, en la década de los años sesenta del siglo XIX, y desarrollo histórico del debate sobre la existencia del «hombre terciario» y de la industria eolítica 37. Antón ya había mostrado su interés por la Paleoantropología siendo el primero que dio noticias en España del descubrimiento del Pithecanthropus erectus, a través de un artículo publicado en 1895 en la revista La Ilustración Española y Americana 38. Las cincuenta últimas páginas de su trabajo como nuevo académico de la Historia, están dedicadas a la exposición de las tesis de Ameghino, a las controversias científicas que generaron la presentación del Pithecanthropus en la comunidad científica, y a los recientes hallazgos en Mauer y Piltdown. Terminaba diciendo que sólo dos formas humanas que no estaban bien determinadas, el Diprothomo y el Eoanthropus, parecían ser de edad terciaria. El Pithecanthropus y el Homo heidelbergensis se habían encontrado en terrenos plio-pleistocenos. Así que, decía, la industria eolítica se encontraba en sincronía con una forma incipiente de Humanidad en estado «eoantrópico». Esta fase estaba representada en Piltdown por una mandíbula «pitecoide» con dentición humana e implicaba la preparación artificial de las sustancias alimenticias, propias de un cerebro más inteligente y humano que el del Pithecanthropus, antropoide por su dentición y un eslabón anterior al «missing-link» de T.H. Huxley 39. 37 ANTÓN FERRÁDIZ, M. (1917), Los orígenes de la Hominación (Estudio de Prehistoria), Madrid. 38 ANTON FERRÁNDIZ, M. (1895), «¿El Anthropopithecus?», La Ilustración Española y Americana, n. Asimismo, en estos años se difundieron en España a través de la Revista de Occidente las tesis anglosajonas sobre la evolución humana, basadas en el hallazgo del fósil de Piltdown. Sus autores, los neuroanatomistas A. Keith 45 y G. Elliot Smith 46, eran, como se ha visto, dos de los grandes referentes británicos de los estudios paleoantropológicos. Con el inicio de la Guerra Civil en 1936, la actividad científica dirigida a actualizar el estado de los hallazgos y de las controversias sobre la Evolución Humana sufrió un comprensible proceso paralización, que no terminó hasta la finalización de la contienda. Atrás quedaban más de tres décadas a lo largo de las cuales la JAE había desarrollado su política científica destinada a fomentar la investigación en España.
pequeño homenaje a tan importante institución, fundamental para la cultura y la ciencia españolas. Debemos también recordar que en las mismas fechas de su fundación, 1907, surgió el Institut d'Estudis Catalans, por el impulso de Enric Prat de la Riba, acogiendo la trayectoria propia de los intelectuales catalanes que desarrollaron acciones positivas en muy diversos campos 3, aunque no especialmente en este que vamos a tratar. La Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas tenía unas metas muy claras y un servidor ejemplar para llevarlas a cabo, José de Castillejo, que mantuvo un control y una relación estrecha con los pensionados, ayudándoles tanto en los problemas prácticos como en su orientación, como se demuestra en su correspondencia. La JAE surgió de las ideas de la Institución Libre de Enseñanza en cuanto a la importancia de la educación y la investigación para el desarrollo de una nación y de la «europeización» de España en todos los terrenos -ideas que enlazaban con las de las nuevas generaciones-y contó incluso con el apoyo y la intervención directa del propio Giner de los Ríos 4. Esta institución, dependiente del Ministerio de Instrucción Pública, desarrolló una política de formación de nuevos profesores e investigadores, fundamentalmente pensionándolos en centros extranjeros de alta calidad, y de creación de instituciones que pudieran acoger los nuevos grupos de investigación que se fueran formando. El fin último de los impulsores de la Junta era, en definitiva, promover una transformación profunda de la universidad española 5. 3 CACHO VIU, V. (1997), Repensar el noventa y ocho, Madrid, Ed. En José Manuel SÁNCHEZ RON (ed.), Ciencia y sociedad en España, Madrid, El arquero/CSIC. PINAR, S., AYALA, F. (2003), «Antonio de Zulueta y los orígenes de la Genética en España» En CANDELA, Milagros (editora), Los orígenes de la genética en España, Madrid, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, pp. 165-201. En 1910 se creó una institución con el fin de reunir los principales centros de investigación en ciencias naturales. Dice el Artículo 1o del Real Decreto de su fundación: «Bajo la dependencia de la Junta para la ampliación de estudios e investigaciones científicas, y con la denominación de Instituto de Ciencias Físico-Naturales, se agruparán: el Museo de Ciencias Naturales, con sus anejos marítimos de Santander y las Baleares, y una Estación alpina de Biología, cuya instalación se encomienda a la Junta; el Museo de Antropología, constituido por la Sección del mismo nombre del primeramente citado; el Jardín Botánico; el Laboratorio de Investigaciones Biológicas y el de Investigaciones Físicas que la Junta viene formando 6 «. Todos estaban en Madrid menos los marítimos antes citados. Se fueron organizando laboratorios a medida que había gente preparada en cada materia: de Anatomía Microscópica con Nicolás Achúcarro; de Fisiología, para Juan Negrín; de Neurofisiología, para Gonzalo Rodríguez Lafora; de Histología para Pío del Río Hortega; de Química General, para Luis Calandre; de Química Fisiológica para Antonio Madinaveitia y José Miguel Sacristán y el de Bacteriología con Paulino Suárez. En lo que atañe a la genética se organizó un Laboratorio de Biología en el Museo de Ciencias Naturales en el que trabajaría Antonio de Zulueta 7 (1885-1971), el iniciador de la investigación experimental en esa materia en España. Posteriormente la JAE fundó la Misión Biológica de Galicia, en 1921 8. Desde el primer momento y hasta 1960 estuvo dirigida por Cruz Ángel Gallástegui Unamuno (1891-1960), que fue quien más desarrolló en ese largo período la genética aplicada a las plantas. Los dos centros esenciales en el estudio de la genética fueron, pues, el Laboratorio de Biología del Museo de Ciencias Naturales, con Zulueta a la cabeza y la Misión Biológica de Galicia, dirigida por Gallástegui. En el primer caso la línea principal de trabajo era una investigación básica referida a los mecanismos de la herencia, en el segundo caso era la aplicación de la genética a la agricultura y la ganadería el fin más importante. En su desarrollo participaron investigadores como Ramón Blanco y Miguel Odriozola Pietas, (1903-1974), «ilustrado criador de cerdos» como le llaman en su estudio Luis Silió y José María Malpica 9. ---- Si pensamos en que la genética -no el estudio de la herencia-surge realmente a comienzos del siglo XX, como veremos más adelante, no es extraño que no hubiera abundancia de solicitantes de pensiones para su estudio -diez pensionados10 -número reducido incluso dentro de los becados en el área de biología y biomedicina. Pero lo cierto es que quienes solicitaron las pensiones en el campo de la genética fueron buenos investigadores y docentes, y creadores, si no de escuelas, sí de casi la única investigación genética del país en sus primeros tiempos. Si no hubiese sido por la ruptura provocada por las depuraciones y exilios a raíz del ascenso del franquismo, hubiera existido en España desde muy temprano, con toda seguridad, un buen desarrollo de este aspecto tan importante de la biología. La JAE establecía una serie de requisitos para conceder una pensión, algo lógico si pensamos en lo costoso de la operación. Uno de ellos era la existencia de una formación previa, indudablemente difícil de cumplir para quienes querían estudiar genética por lo poco que podían formarse aquí. Se quería conceder la ayuda a «cualquier persona que pueda alegar competencia especial en la materia que se proponga estudiar». Algunos de los puntos que se especificaban en el documento eran: «2o. Preparación en España para los alumnos que pudieran ir pensionados, a fin de darles la orientación necesaria. Elección de los que debieran recibir pensión, teniendo en cuenta las condiciones individuales, de orden intelectual y moral, y el interés social de los diferentes trabajos. Inspección y ayuda de los pensionados, para guiarlos durante su excursión, facilitarles el acceso a Centros oficiales y particulares, y apreciar sus aficiones y su labor. Fomento de las investigaciones científicas dentro de España, mediante pensiones, auxilios y publicaciones. Creación en España de Centros de investigación, utilizando los elementos disponibles y lo que aportasen los pensionados 11 La Junta para Ampliación de Estudios fue fundamental para que existiera un mínimo desarrollo de la genética en España en las primeras décadas del siglo XX, e incluso podemos decir que su influencia, a pesar de todo, se prolongó más allá de esos primeros años. La Guerra Civil y la postguerra, como señalamos antes, interrumpieron y desangraron el camino incipiente de la ----investigación genética en España, que tuvo que rehacerse a duras penas en los años cuarenta, cincuenta y sesenta. Y a pesar de todo, la influencia de quienes se habían formado en el extranjero y en las instituciones de la JAE se ejerció, de alguna manera, más allá de la Guerra Civil, gracias a los cursos de genética de Antonio de Zulueta, de quien fueron alumnos, en la Facultad de Ciencias Biológicas, Eduardo Torroja Cavanilles y Antonio García Bellido, figuras esenciales de la genética española de los años sesenta en adelante; o a la influencia y enseñanzas de Fernando Galán, -discípulo de Zulueta-con seguidores como González Julián12. La enseñanza de la genética permaneció ligada a la biología durante muchos años, y permaneció ligada a la enseñanza de la biología en las facultades de ciencias y de medicina. Por otra parte Zulueta seguía enseñando genética en el Museo de Ciencias Naturales. Veamos brevemente la historia y evolución de la genética como ciencia para situar la acción de la JAE y el nivel alcanzado en España. LA GENÉTICA Fue bautizada públicamente con ese nombre por William Bateson, estudioso inglés de la materia, en el año de 190613. Se puede definir como la ciencia que estudia la transmisión de los caracteres que definen los organismos vivos, o, de otra manera, el estudio del proceso por medio del cual los seres vivos al reproducirse dan lugar a seres semejantes a ellos mismos. Esta percepción de la semejanza de caracteres transmitidos de padres a hijos dio lugar, sin duda, al interés del hombre, eterno, por los misterios de la herencia. La práctica de la hibridación -cruzamiento de progenitores según sus características para obtener una descendencia particular, por ejemplo de animales diversos-fue realizada desde muy antiguo. Pero los planteamientos básicos de la genética moderna se establecieron en la segunda mitad del siglo XIX. ----En palabras del artículo sobre historia de la genética en España en la revista Termila: «La teoría celular, la evolución biológica, la variabilidad de la especie, las poblaciones o la mecánica de la fecundación, fueron estudiados o establecidos en ese periodo y por ello biólogos como Schwann con su teoría celular, Virchow que consideraba la división celular como base de la continuidad de la vida, Darwin estudiando la evolución biológica, Nägeli al considerar al núcleo celular como portador de la herencia, Boveri quien puso en evidencia el papel de los cromosomas en la herencia, van Beneden descubridor de la meiosis, Weismann que lanzó el concepto de somatoplasma y plasma germinal, o Wilson que estudió el papel de la cromatina como material genético, crearon con sus estudios el clima adecuado y el interés por lo que después sería el objeto concreto de la genética» 14 Pero sería Gregor Mendel la figura decisiva para que pudiera darse el gran paso hacia la investigación genética. Los experimentos de Mendel, sistemáticos, metódicos y con resultados reproducibles y bien explicados, publicados en 1866 tuvieron muy poca repercusión aunque permitían aclarar el mecanismo de le herencia. Hubo obras que citaban las experiencias de Mendel, pero no fue hasta 1900, con las publicaciones, independientes, de Hugo de Vries, Carl Correns y Erich Tschermak, todos ellos botánicos, en las que llegaban a las mismas conclusiones de Mendel, que se lanzó la carrera por el estudio de los mecanismos de la herencia, por la llamada, en 1906, genética. Durante los años posteriores fueron investigadores como Thomas Hunt Morgan -Premio Nobel en 1933-y sus colaboradores, quienes demostraron que en los genes se alojaban cromosomas en una secuencia lineal; Hermann Joseph Muller, estudiando las mutaciones provocadas por los rayos X; Barbara McClintock y sus estudios sobre la recombinación genética; o, en otras orientaciones, Richard B. Goldschmidt, o el mismo Bateson y muchos más. Todos ellos fueron aclarando los diversos aspectos de la transmisión hereditaria y sus mecanismos. Otros investigadores siguieron la línea de los estudios estadísticos basados en genealogías, como hizo la escuela biométrica inglesa a partir de Francis Galton y, fundamentalmente, Weldon y Karl Pearson, lo que permitiría que en los años veinte, al integrarse con la línea experimental mendelista y con el darwinismo, se formara lo que se llamó «la nueva síntesis». Surgirían una genética de poblaciones y una citogenética, una fenogenética y más adelante, la genética molecular. Ya en los años cuarenta se produ-----cirá otro importante cambio con el desarrollo de las técnicas de investigación molecular y el descubrimiento de la doble hélice de ADN 15. LA GENÉTICA EN ESPAÑA En líneas generales los comienzos de la genética en España podría referirse a los primeros estudiosos de las teorías de la herencia, los «biólogos jesuitas», como Longinos Navas, Jaime Pujiula, Ginés Yáñez o José Antonio Laburu. El padre Laburu era uno de los conferenciantes anunciado en el Primer Curso Eugénico Español de 1928, pero la jerarquía eclesiástica le prohibió hablar 16. Pero realmente la genética está ligada, como hemos dicho, a la actividad de la JAE y a las facilidades que esta dio a una serie de personas inquietas, permitiéndoles completar su formación y desarrollar su trabajo. El movimiento que se va creando, aunque escaso e incluso poco difundido en la universidad, llevaba un camino positivo y un desenvolvimiento creciente que fue cortado por la Guerra Civil y por la postguerra. La JAE fue «sustituida» por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, fundado en 1939, que recogió las actividades de investigación bajo la dirección de un científico, doctor en farmacia y en ciencias, con amplia experiencia en el extranjero (desde 1928 a 1936) y miembro del Opus Dei, José María Albareda (1902-1966). La genética prácticamente se quedó con algunos de los investigadores esenciales, pero disminuidos en sus tareas, tanto por acusaciones políticas como por la poca importancia que se les concedió. Allí estaban Antonio de Zulueta, Fernando Galán, Cruz Gallástegui, pero su progresión científica no se mantuvo. Y la genética tendrá que comenzar una nueva etapa con investigadores que comenzarán a sobresalir en los años sesenta: García Bellido, Lacadena, etc. Como he dicho más arriba, la historia de la genética en España ha sido tratada por numerosos investigadores y pueden encontrarse referencias a sus principales figuras en las obras citadas al comienzo. Por lo tanto sólo me referiré someramente a ellos señalando algunos aspectos relacionados con la actuación de la Junta para Ampliación de Estudios que me parecen interesantes. Teorías, métodos, instituciones y biografías breves, Barcelona, Labor. Fundamentalmente el capítulo 11, p. 16 ÁLVAREZ PELÁEZ, R. (1988) «Origen y desarrollo de la eugenesia en España» En SÁNCHEZ RON, J.M. (ed)., Ciencia y sociedad en España, Madrid/El Arquero, pp 179-204. EL LABORATORIO DE BIOLOGÍA La figura esencial de la genética experimental en España, una genética en línea con el desarrollo esencial de la propia ciencia, fue Antonio de Zulueta y Escolano (1885-1971), un barcelonés con una muy sólida formación biológica. Se licenció en ciencias por la Universidad de Madrid, realizó estudios sobre zoología y embriología en la Universidad de París, trabajó seis meses en la Estación de Biología marina de Santander y durante cuatro meses en el Laboratorio Arago de Banyuls de Mer, disfrutó de una breve estancia en Alemania y, finalmente, se doctoró en Ciencias por la Universidad de Madrid17. Formación perfecta para recibir una pensión de la Junta para ampliación de Estudios. Fue a Berlín, al laboratorio de Protozoos del Real Instituto de Enfermedades Nerviosas a trabajar y formarse con el importante científico Max Hartmann, continuó su investigación sobre protozoos en el Laboratorio de Biología, creado por el Museo de Ciencias Naturales y la Junta y del que fue nombrado director. Además de su investigación impartió Cursos Prácticos de Biología. Y fue hacia 1918 que comienza sus estudios puramente genéticos, que desarrollará con gran éxito demostrando la existencia de genes en el cromosoma Y, algo poco aceptado por el resto de genetistas, incluido Thomas Hunt Morgan, que era en esos momentos la figura puntera de la genética experimental. En 1930 este investigador invitará a Zulueta al Instituto Tecnológico de California en Pasadena, y allí el español pudo aprender y ejercitar los métodos de trabajo con Drosophila melanogaster, la mosca reina de los trabajos de genética. Zulueta obtuvo interesantes resultados con relación a un gen de este animal y a su localización. Queremos recordar, como discípulos y como parte del grupo de trabajo del Laboratorio de Biología al ya citado Fernando Galán Gutiérrez (1908-1999) 18. Nacido en Luarca, fue un gran profesor e investigador, que aportó importante estudios sobre la determinación del sexo en las Plantas. Y también hacer mención de Käte (Käthe) Pariser, una investigadora alemana que formó parte del grupo de trabajo durante unos tres años, y que a su vuelta a Alemania se encontró con que su condición de judía le impedía seguir desarrollando allí sus investigaciones, lo que la obligó a emigrar. En definitiva, Antonio de Zulueta fue un gran investigador y también un gran y permanente didáctico, que, como hemos ya señalado, dictó sus cursos ----hasta 1936, y posteriormente también, cuando se lo permitieron, durante el franquismo. Zulueta fue un hombre absolutamente ligado a la Junta, en su espíritu y en su trabajo. En este artículo queremos referirnos un poco más ampliamente a Käte Pariser, (1893-1953), una investigadora que se formó en Alemania con Richard Goldschmidt (1878-1958), que a su vez se había formado con Richard Hertwig en fisiología del desarrollo y a partir de ahí en estudios de herencia y de genética. Goldschmidt expuso en 1917 su «Teoría general genética y de fisiología del desarrollo». Trabajó sobre la aparición de estados intersexuales en especies como la mariposa Lymantria dispar y en 1920 publicó sus primeros resultados. En su libro Teoría fisiológica de la herencia, publicado en 1927, daba una explicación fisiológica del proceso de «determinación» ontogenética, relacionándola con la acción de los genes. Käte Pariser, Doctora por la Universidad de Berlín, trabajó con Goldschmidt en el Kaiser Wilhelm Institut für Biologie, especializándose en sus mismos temas, pero estudiando el cruzamiento de tritones, viendo en los híbridos obtenidos la formación de intersexos. Cuando acudió con su maestro al Congreso de Genética que se realizó en 1927 en Berlín ambos conocieron a Antonio de Zulueta. Allí Pariser presentó los resultados de lo que había constituido su tesis doctoral: la obtención de individuos intersexuados triploides en dos especies de mariposas, diferentes a la empleada por Goldschmidt. Después pasó como becaria al Institut für Vererbungsforschung, perteneciente a la Escuela Superior de Agricultura en Berlín-Dahlem. Y en 1931 comenzó su investigación sobre el cruzamiento de distintas especies de tritones. Intentaba establecer las relaciones filogenéticas y geográficas según el grado de hibridación y le interesaba hacerlo en nuevas especies, como el tritón existente en el norte de España, T. Marmoratus. Para ello se puso en contacto con Zulueta en 1933 para intentar conseguir una beca en el laboratorio de Biología. Con el apoyo de Zulueta, Goldschmidt e Hilde Mangold 19 (1898-1924) solicitó una beca que le concedió la Asociación Universitaria Femenina de Madrid. 20 Antes de saber el resultado de su solicitud Pariser tuvo que huir de la Alemania nazi por su condición de judía, pasando a Zurich. Desde allí se puso en contacto con Zulueta, y una vez concedida la beca viajó a Madrid en ese año de 1933. Permaneció trabajando en el laboratorio de biología de Zulueta, que le habilitó un local en lo sótanos del Museo de Ciencias Naturales de Madrid para desarrollar sus trabajos. Allí permaneció, muy a gusto según sus propias palabras, hasta 1936. Según Fernando ----Galán, Zulueta dijo a Pariser, que se disculpaba por el sitio que le había cedido para trabajar, un sótano, y ella le replicó: «Sin embargo, profesor Zulueta, en su laboratorio alienta el mismo espíritu científico que en Dahlem; su laboratorio, profesor Zulueta, es ein klein Dahlem» 21, un pequeño Dahlem. En ese año, comienzo de la Guerra Civil, Pariser tuvo que volver a marcharse. Le avisaron de Alemania que era mejor que abandonara Europa, quizás porque en España tampoco estaría segura. Se marchó a Tel-Aviv y poco después a Australia. Käte Pariser publicó algunos artículos en Alemania y otros en España, en la Revista Española de Biología y en Investigación y Progreso 23. Hemos dedicado tanto espacio a esta investigadora por varias razones. Por un lado, porque pone de manifiesto la relación de Zulueta y su laboratorio con investigadores extranjeros y el aprecio que estos le tenían, puesto que apoyaron la venida a España de la investigadora alemana; en segundo lugar, por tratarse de una mujer, y como suele suceder en investigación y la investigación genética lo ha demostrado en muchos casos, las mujeres han sido prácticamente invisibles. José Fernández Nonídez (1892-1947), otro pensionado de la JAE es una figura que no puede dejar de citarse por su aportación a la difusión de la genética, de la teoría cromosómica de la herencia, entre médicos y estudiosos de todo tipo, que tanta necesidad tenían de obtener un buen conocimiento de los mecanismos de la herencia que se estaban investigando en el siglo XX. 22 Gran parte de la información fue obtenida en «Käte Pariser (1893-¿?)», en la dirección de Internet: mujeresdeciencias.blogia.com/2006/; la fecha de su fallecimiento y otras datos personales aparecen el documento «Claims Resolution Tribunal. 23 Publicaciones; GOLDSCHMIDT, R., PARISER, K., ( 1923) lamentable, por ejemplo, lo poco que sabían los médicos sobre el asunto, como puede comprobarse por muchos de sus textos e incluso por lo dicho por los académicos de medicina en alguna de sus sesiones 24. Sólo algunos pocos estaban correctamente informados. Nonídez, zoólogo y citólogo, relacionado con el Laboratorio de Biología, disfrutó de una amplia formación y fue catedrático de zoología de la Universidad de Murcia. Gracias a una pensión de la JAE permaneció de 1918 a 1920 en la Universidad de Columbia, en la famosa sala de investigación de Morgan, la fly room, donde se desarrollaban los estudios en la Drosophila melanogaster. A su regreso a España impartió un curso sobre genética en el Museo de Ciencias Naturales. Y posteriormente publicó dos obras fundamentales como textos en castellano sobre la concepción moderna de la herencia: La herencia mendeliana, aparecido en 1922 y Variación y herencia, publicado en 1923. Fue de esta manera el introductor de la genética mendeliana en España. Nonídez, sin embargo, no continuó ni en España ni en la genética. Se marchó a Estados Unidos donde continuó sus estudios en anatomía microscópica y embriología. LA GENÉTICA APLICADA Es importante realzar la figura de quienes desarrollaron una genética aplicada, como lo hizo Cruz Ángel Gallástegui y Unamuno (1891-1960), y de la importancia de la Junta para Ampliación de Estudios en la organización de un centro pionero en el desarrollo de la doble hibridación del maíz y en la cría de ----24 Sobre el conocimiento de la genética por los médicos puede consultarse: ÁLVEREZ PE-LÁEZ, R. (1987), «Herencia, sexo y eugenesia» En HUERTAS, R., ROMERO, A.I. y ÁLVAREZ, R. (eds.), Perspectivas psiquiátricas, Madrid, CSIC, pp 201-218. ÁLVAREZ PELÁEZ, R. (1998), «Medicina, genética y eugenesia en la España del primer tercio del siglo XX» En CASTELLA-NOS, J., JIMÉNEZ LUCENA,I., RUIZ SOMAVILLA, M.J., GARDETA, P. (eds.), La medicina en el siglo XX. Estudios Históricos sobre Medicina, Sociedad y Estado, pp. 363-372.; ÁLVAREZ PELÁEZ, R. (1998), «Eugenesia y fascismo en la España de los años treinta» En HUERTAS, Rafael y ORTIZ, Carmen (editores), Ciencia y fascismo, Madrid, Doce Calles, pp. 77-95. Algunos textos españoles de médicos en que se hablaba de herencia fueron: MEDINA, J. (1932), Herencia y eugenesia. La posición correcta frente a sus problemas, Burgos, Imprenta Aldecoa, que plantea una genética mal entendida y unas manifestaciones ideológicas muy claras; BARCIA GOYANES, J. J. (1928) La vida, el sexo y la herencia, Madrid, Javier Morata. Una amplia exposición sobre la vida, la reproducción y la herencia correctamente presentados para la época. cerdos, la Misión Biológica de Galicia. España fue, gracias a ello, la primera nación de Europa que produjo dobles híbridos del maíz después de los Estados Unidos25. Gallástegui, nacido en Vergara, se formó en La Escuela de Agricultura de Hohenhaim. Después solicitó una pensión a la Junta para seguir sus estudios en Suiza, sobre la mejora de la ganadería y otras cuestiones sobre la fermentación y la fabricación de queso. Su relación con los hermanos López Suárez en Galicia26 fue fundamental en la orientación de Gallástegui y en la creación de la Misión Biológica. Una figura importante y poco conocida en la gestación de este establecimiento fue Juan López Suárez, uno de los hermanos, que había estado en Estados Unidos en 1916 como pensionado de la JAE, y allí se había dado cuenta de la importancia de la nueva genética. Influyó para que Gallástegui fuera al país del norte en 1917 y le introdujo ante T. H. Morgan y Leo Loeb, quienes a su vez, a la vista del interés del español por las cuestiones agrícola-ganaderas, le orientaron hacia Edward M. East, de la Universidad de Harvard, donde se estudiaba la mejora aplicada del maíz. Posteriormente, en 1918, Gallástegui se trasladó a la Connecticut Agricultural Experimental Station. Alli Donald F. Jones, discípulo de East, esperaba los resultados de los experimentos en la mejora del maíz. Los dobles híbridos de maíz fueron el logro más significativo de este grupo. Gallástegui trabajó, además, durante el año 1919, en el Plant Breeding Departament de la Universidad de Cornell. Por lo tanto adquirió una magnífica formación con los pioneros de la genética vegetal aplicada. Juan López Suárez continuaba mientras tanto su importante labor en pro de la agricultura. Gestionó ante la Junta, por medio de la Sociedad Económica de Amigos del País de Santiago de Compostela, la creación de la Misión Biológica de Galicia, «con el objeto de realizar investigaciones y trabajos científicos relacionados con los problemas agrícolas e industriales que en la región gallega existen» 27 Así se fundó la Misión biológica de Galicia en 1921, de la que Gallástegui fue director hasta su muerte en 1960. Se estableció primero en unos locales de la Escuela de Veterinaria de Santiago, entre 1921y 1927. Pasó después a Pontevedra, en un primer momento a la Finca La Tablada de Campolongo y en ----1928 a su situación definitiva, la Granja de Salcedo. Los trabajos sobre la mejora del maíz, tanto sobre los híbridos y sus caracteres como sobre aspectos no genéticos de la producción fueron intensos e importantes y se desarrollaron desde el comienzo de la fundación de la Misión. Además de los estudios científicos, la Misón y Gallástegui personalmente realizaron una intensa labor de difusión y enseñanza, para introducir los avances logrados en el campo. Lo cierto es que la demanda de híbridos del maíz fue tan grande que en 1930 se creó el Sindicato de Productores de Semillas28. A partir de la labor de la Misión dos ingenieros agrónomos desarrollaron y ampliaron sus conocimientos en nutrición animal, Vicente Boceta, y en genética animal, Miguel Odriozola. Se creó una piara de cerdos Large White en la Misión de gran importancia genética y que hoy es la segunda del mundo en antigüedad. Su mentor y maestro fue el profesor Roberto Nóvoa Santos (1885-1933) que, según parece, dirigió su tesis doctoral sobre herencia mendeliana y sus aplicaciones a la química. También tuvo la influencia de Gustavo Pittaluga, que había realizado estudios sobre la herencia de los grupos sanguíneos y estaba al día de los nuevos avances de la genética. Jimena, según parece, estuvo dos años en su laboratorio estudiando los linfocitos. Lo cierto es que solicitó, en los años veinte, una pensión para formarse en el estudio de la genética humana. La tesis de su hermana gemela Elisa (1895-1933), también médico, estaba dedicada al asma, tesis dirigida por Teófilo Hernando. Roberto Nóvoa Santos. se trasladó a Madrid en 1928 al ganar allí la cátedra de Patología general 29. La genética humana era un campo de trabajo muy complejo debido a las dificultades para realizar investigaciones directas con seres humanos y poder seguir trayectorias tan prolongadas. Desde finales del siglo XIX se realizaban estudios genealógicos con este fin y Francis Galton, el creador de la eugenesia 30, estableció este tipo de estudios en la Universidad de Londres. Él y sus ----colaboradores fundaron la revista Biometrika y varias series de publicaciones del Laboratorio Galton. Basándose fundamentalmente en la recolección de datos de la población inglesa desarrollaron estudios estadísticos que fueron esenciales para la posterior genética de poblaciones. Estos estudios de familias se realizaron en prácticamente todos los países llamados «occidentales», seguidores de la eugenesia. Estos estudios genealógicos fueron durante muchos años la base de los estudios de la herencia humana. Pero también se intentaron y realizaron estudios de pares de gemelos. El otro aspecto importante en herencia humana era la aproximación por medio de los estudios constitucionales utilizando como armas fundamentales la endocrinología y la biotipología. Jimena Fernández de la Vega obtuvo una pensión de la Junta para Ampliación de estudios en 1925 31. Fue en primer lugar a Berlín, donde estuvo trabajando en biometría durante seis meses con los médicos Friedrich Kraus (1858-1936) y Theodor Brugsh (1891-1970) donde aprendió a trabajar en la línea de la biometría. Posteriormente, por consejo de Erwin Baur (1875-1933), pasó a Hamburgo donde aprendió técnicas de genética mendeliana con Hermann Poll (1877-1937) trabajando con Drosophila melanogaster. Permaneció en Hamburgo durante un año y después estuvo seis meses en Viena con Julius Bauer, estudiando los aspectos constitucionales de la herencia. Estuvo en los grandes laboratorios y con grandes especialistas en las materias relacionadas con la genética y la herencia humanas. Según parece 32, y según indica Marañón en su prólogo a la obra de Fernández de la Vega, también visitó Italia, en la que primaban los estudios biotipológicos de mano del italiano Nicola Pende, que tenía un Instituto de Biotipología en Génova, y que influyó enormemente en los médicos, más inclinados a tener en cuenta, en la valoración de los individuos, la constitución y la predisposición. Dice Marañón en el prólogo al libro de la genetista La herencia fisiopatológica en la especie humana 33: «Fina discípula de Pittaluga, de quien recibió la exactitud y la perspicacia que son marchamo de su escuela; y del inolvidable Nóvoa Santos, que supo ver, desde su Santiago escondido, los panoramas más vastos de la ciencia universal. Pasó luego años largos en Viena y en Génova, al lado de J. Bauer y N. Pendes (sic), de los que aprendió la técnica especial y la ----31 Su hermana gemela Elisa también solicitó una pensión a la JAE, que no utilizó por motivos personales. 32 Se ofrece la misma información en la página web de cultura gallega dedicada e las hermanas Fernández de la Vega y firmada por Antonio Gurriarán. 33 FERNÁNDEZ de la VEGA, J. (1935), La herencia fisiopatológica en la especie humana, Madrid, Espasa-Calpe, p. 14. información de escuela de ambas propagandas de la actual Constitucionología» Cuando regresa a España en 1927 Fernández de la Vega encuentra muy poco interés de los médicos por la genética 34. Durante varios años publica algunos artículos de divulgación y hace traducciones. Una muy importante, que apareció en 1930, fue la obra de Julius Bauer Herencia y constitución 35, utilizando la segunda edición en alemán publicada en 1923. Un libro muy adecuado para la orientación, en cuanto a la herencia, de los médicos españoles, que desconocían en su mayoría lo relacionado con la genética y tenían ideas erróneas, incluso los más significados como Marañón. En el libro se explican no sólo las leyes de Mendel, sino su manifestación en los seres humanos relacionada con el genotipo, el fenotipo y la constitución y condición. Y se explican también las leyes estadísticas de Galton y muchos otros temas en los que se incluye el concepto de degeneración con una postura en que se relaciona con el estado constitucional y la raza 36. No podemos entrar aquí en ese tema, pero debemos recordar que estamos en los años treinta y que Hitler subirá al poder en 1933. En el prólogo Bauer dice: «Es para mi un honor y me produce una gran satisfacción que mi colega el eximio doctor Marañón, de Madrid, haya encontrado adecuado mi libro sobre Generalidades de constitución y herencia para iniciar y despertar la atención de los médicos españoles hacia estos problemas. A la vez he experimentado una gran alegría al saber que mi discípula la doctora Jimena F. de la Vega se haya tomado el trabajo que supone el hacer esta traducción; a ambos he de expresarles mi mayor reconocimiento» 37. Jimena Fernández de la Vega consigue, por otra parte, que Julius Bauer y H. Poll vengan a Madrid a dar conferencias. Y Heinrich Poll sugiere a Pi i Suñer -Miembro del Consejo de Cultura del Ministerio de Instrucción Pública-, que sería muy interesante que se creara un laboratorio de genética humana. Y en 1933 se crea, en el papel, la Sección de Genética y Constitución de la Facultad de Medicina de Madrid, dotada con 25.000 pesetas al año y bajo la dirección de Jimena Fernández de la Vega. La Sección dependería de la Cátedra de Patología dirigida por Nóvoa Santos. Fernández de la Vega decide entonces ponerse al día viajando nuevamente a Alemania. Solicita una nueva pensión de la JAE para ir a trabajar con Fischer en la «Transmisión hereditaria de las formas de distinciones formales de los glóbulos rojos ----34 GARCÍA MARTÍNEZ (1984), p. García Martínez entrevistó a Jimena Fernández de la Vega antes de su muerte, y fue ella quien le relató estos sucesos. 35 BAUER, J. (1930), Herencia y constitución, Barcelona, Manuel Marín. 36 El último capítulo se titula «Constitución.
Durante las últimas décadas del s. XIX una serie de movimientos culturales y reformistas iniciaron la renovación de la ciencia y la cultura españolas, que habían de tener sus cimientos asentados en el proceso de la educación, llave de ulteriores transformaciones en el campo del desarrollo tecnológico, científico y social. Con un retraso considerable nuestro país comenzó un proceso que se había vivido en otros países occidentales, y ponía así la proa hacia una europeización de la sociedad española. Uno de los logros de esta obra renovadora fue la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), muy especialmente a través de su política de becas. En el presente trabajo presentamos un recorrido por las instituciones y las figuras que, a través de la JAE, hicieron de puente entre la psicología europea y la española, siendo responsables de que en sólo tres décadas esta ciencia alcanzara en nuestro país el nivel científico propio de un país desarrollado. Cabe destacar el papel jugado en esta historia por la Escuela de Ginebra, cuyas relaciones con los profesionales españoles, propiciadas por la Junta, iban a determinar el desarrollo posterior de la psicología en nuestro país. KEY WORDS: Junta para Ampliación de Estudios, History of Psychology in Spain, Institute J.J. Durante las últimas décadas del s. XIX una serie de movimientos culturales y reformistas iniciaron la renovación de la ciencia y la cultura españolas, liberándolas de los conflictos ideológicos que impedían su avance. Acompañaba a este objetivo general un deseo de reformas sociales de carácter global, que habían de tener sus cimientos asentados en el proceso de la educación, llave de ulteriores transformaciones en el campo del desarrollo tecnológico, científico y social. Con un retraso considerable, al menos de una generación, nuestro país comenzó un proceso que se había vivido en otros países occidentales ya en las décadas anteriores, y ponía así la proa hacia una europeización de la sociedad española. En este entorno hay que destacar la obra realizada por profesores y científicos relacionados, de un modo más o menos inmediato, con la Institución Libre de Enseñanza (ILE). Esta obra, fundada por Francisco Giner de los Ríos en 1876, vino a ser la principal impulsora de la reforma educativa española, que partiría no sólo de una modernización de los contenidos de la enseñanza sino, lo que era aún más importante, de la actualización y renovación de los conocimientos y métodos de los propios educadores. Uno de los logros de esta obra renovadora fue la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE) (1907), institución cuya importancia ha sido ampliamente reconocida y, en las últimas décadas, ha merecido la atención de numerosos estudios sobre su papel en el desarrollo de las diferentes áreas de conocimiento 1. En el presente trabajo, inscrito como muchos ----1 GÓMEZ ORFANELL, G. (1976), «La Junta para Ampliación de Estudios y la política de pensiones en el extranjero». Revista de Educación, 243; LAPORTA, F. et al. (1980), La Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, Madrid, Fundación Juan March; MARÍN, T. (1986), «Los becados de la JAE y la Pedagogía alemana». Revista de Educación, 280; MARÍN, T., «Modelo educativo de los becados por la J.A.E.». En SÁNCHEZ RON, J. (coord.) (1988), La Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, ochenta años después, 2 vols., Madrid, CSIC; MARÍN, T. (1990), La renovación pedagógica en España (1907España ( -1936)). Los Pensionados en pedagogía por la Junta para Ampliación de Estudios, Madrid, CSIC; LAPORTA, F., et al. (1987), «La Junta para Ampliación de Estudios I, II», Arbor, 493, pp. 499-500; MORENO, A. y SÁNCHEZ RON, J.M. (1987), «La JAE: La vida breve otros en el marco de la conmemoración de su centenario, presentamos un recorrido por las instituciones y las figuras que, a través de la JAE, hicieron de puente entre la psicología europea y la española, siendo responsables de que en sólo tres décadas esta ciencia alcanzara en nuestro país el nivel científico propio de un país desarrollado. CREACIÓN Y EVOLUCIÓN DE LA JAE A efecto de simple recordatorio, tengamos presente que la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas se creó por Real Decreto del 11 de enero de 1907. Su primer Presidente fue, durante largos años, Santiago Ramón y Cajal, galardonado el año anterior con el premio Nobel, quien representaba un símbolo vivo de las posibilidades reales de una ciencia nacional. El eminente profesor de Histología, entonces ya con reputación mundial por sus investigaciones sobre el sistema nervioso, aceptó aquella responsabilidad como parte de su esfuerzo personal a favor de la regeneración científica del país. La Junta contó también con la labor extraordinaria de quien fue su Secretario Permanente, a lo largo de 30 años, José Castillejo (1877-1945), que hizo posible el complejo funcionamiento de la nueva organización. Se nombró también como vocales 2 a una serie de personalidades y científicos eminentes que representaban las diferentes ramas del conocimiento y los variados matices del espectro de la opinión pública. Merecen ser recordados los primeros consejeros, que encauzaron el curso de la obra poste----de una fundación ahora octogenaria», Mundo Científico, 65; CARPINTERO, H., «La Psicología y la JAE. En SÁNCHEZ RON, J.M. (1988); GARCÍA, E., y HERRE- RO, F. (1994), «La Psicología y los pensionados en psicología por la Junta para Ampliación de Estudios. Análisis cuantitativo», Revista de Historia de la Psicología, 15 (3-4), pp. 251-265; GARCÍA, E., y HERRERO, F. (1995), «Neuropsiquiatría y Psicología en España en el primer tercio del s. XX. En VV.AA., Un siglo de Psiquiatría en España, Madrid, Extra Editorial, pp. 111-140; GARCÍA, E., y HERRERO, F. (1996), «Psicología y Educación en la España de Preguerra. Becarios españoles en centros europeos», Revista de Historia de la Psicología, 16 (1-2), pp. 181-200; PESET, J.C. y HERNÁNDEZ SAN-DOICA, E., «Instituciones científicas y educativas». Madrid, Espasa Calpe; etc. Da perfecta idea de los objetivos de la institución la declaración que de ellos se hace en el artículo 1o de sus Estatutos. En efecto, allí se indica que entre sus propósitos se incluía el establecimiento de: «a) El Servicio de ampliación de estudios dentro y fuera de España. b) Las delegaciones en congresos científicos. c) El servicio de información extranjera y relaciones internacionales en materia de enseñanza. d) El fomento de trabajos de investigación científica. e) La protección de las instituciones educativas en la enseñanza secundaria y superior»3. Tras algunas dificultades iniciales en su andadura, y afectada en ocasiones por los vaivenes de la política, la JAE iría cumpliendo uno por uno, aunque con diferente intensidad, sus varios objetivos. La creación de centros de investigación como el Centro de Estudios Históricos y el Instituto Nacional de Ciencias Físico-Naturales con todos sus laboratorios, y centros educativos como la Residencia de Estudiantes, renovó el horizonte cultural del país. En 1918 se crea el Instituto Escuela como espacio de experimentación e innovación pedagógica. La dictadura de Primo de Rivera introdujo limitaciones y cortapisas, pero permitió el fortalecimiento de las relaciones con la Fundación Rockefeller en materia de sanidad y educación4. Durante la Segunda República (1931República ( -1936) ) fue también compleja la vida de la JAE, dados los avatares de la política educativa, pero se obtuvieron nuevos logros como la incorporación del edificio donado por la Fundación Rockefeller para el Instituto Nacional de Física y Química, lo que permitió una notable mejora en la capacidad investigadora. Y así llegamos a la Guerra Civil, periodo durante el cual es difícil seguir la vida de la JAE (la Memoria de los cursos 1935-36 no llegó a redactarse. José Castillejo, probable redactor de las Memorias, había salido hacia Inglaterra en el verano del 36, amenazado de muerte). La sede de la JAE, en Madrid (Medinaceli, 4), estaba en poder de los milicianos, y la mayoría de sus edificios se utilizaron para necesidades militares. En 1936 una orden de 11 de septiembre declaró caducadas todas las pensiones. A lo largo de la gue-----rra la Junta presta su apoyo al gobierno republicano. Por otro lado, en la llamada «zona nacional» se crea a comienzos de 1938 el Ministerio de Educación Nacional que disuelve la JAE (19 de mayo de 1938) y crea en su lugar el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (noviembre, 1939), que pone fin a toda la línea educativa precedente5. En conjunto, su obra fue muy considerable. Entre 1907 y 1934 la Junta concedió 1594 becas de estancia en el extranjero, individuales y en grupo, de las que más del 50% correspondieron a maestros y profesores para estudios pedagógicos, y otro 38% a médicos 6. Ello respondía al general reconocimiento de unas ciertas prioridades: la necesidad de una reforma pedagógica, por un lado, y por otro, de la sanidad pública. LA PSICOLOGÍA Y LAS PENSIONES DE LA JUNTA La Institución Libre de Enseñanza tuvo muy pronto un interés marcado por la nueva psicología. Veía en ella uno de los pilares científicos sobre los que había de basarse una ciencia moderna de la educación. Esta había de tener en cuenta las aptitudes y motivaciones que están en juego en el complejo proceso educativo. Don Francisco Giner mismo había escrito unas Lecciones sumarias de psicología (1874), con la colaboración de Eduardo Soler y Alfredo Calderón, libro que, a pesar de su destino escolar, mereció la atención y los elogios de distinguidos especialistas de la época. Y unos años más tarde, en el Museo Pedagógico Nacional (1882) dirigido por Manuel B. Cossío, se estableció un laboratorio (1893) dirigido durante un tiempo por Luis Simarro, figura ligada inicialmente a la Institución y primer catedrático de psicología en la Universidad de Madrid. Estos hombres buscaron conciliar la filosofía krausista, que inspiró su movimiento en sus orígenes, con la nueva ciencia de la mente que el estructuralismo de W. Wundt, y el funcionalismo de W. James o J. Dewey, habían situado en el campo del saber empírico acerca del hombre. El interés por estos temas resulta evidente en las páginas del Boletín de la Institución Libre de Enseñanza (BILE), donde se fueron ofreciendo trabajos de autores españoles -J. Sanz del Río, L. Simarro, J. Caso, M. Navarro, D. Barnés, J. Mallart y tantos más-junto con los debidos a plumas extranjeras -----Stanley Hall, Binet, Claparède, Wallon... -, en un esfuerzo por ampliar el horizonte intelectual del mundo cultivado de la época. Otro efecto de esa preocupación por la psicología es, sin duda, el sólido apoyo que la JAE iba a prestar a jóvenes educadores e investigadores interesados en temas psicológicos, a los que se concedieron ayudas y pensiones para viajes o estancias en centros extranjeros. Ciertamente, la psicología atrajo a muchos que luego iban a dedicarse a otros campos del saber. La proximidad con todo lo humano que siempre ha tenido aquella ciencia ha invitado a muchos investigadores e intelectuales curiosos a incorporarla, al menos en sus líneas generales, a su bagaje cultural como complemento de otros temas de su especial preocupación. Por eso no es de extrañar que, a la hora de diseñar programas de trabajo, muchos pensionados procedentes del mundo médico, jurídico y humanístico incluyeran alguna materia psicológica entre sus opciones de estudio. Hemos de partir del hecho de que en esa época no había ningún titulado en psicología, esto es, no había propiamente ningún psicólogo, al no haber estudios reglados de esa especialidad. Había, en cambio, una asignatura de psicología en la enseñanza media, dentro del conjunto de materias filosóficas, que se había introducido a mediados del siglo anterior (plan de Gil de Zárate, de 1845). Esto hizo que se interesaran por ella los profesores de bachillerato, primero en un sentido filosófico y explícitamente 'espiritualista', como en el plan de estudios del Ministro García Alix, de 1900, y luego ya claramente modernizado y orientado hacia la psicología empírica en el 'plan Callejo' de 19277. Los manuales escritos por aquellos profesores van dando testimonio de los avatares de esta enseñanza, y también del creciente interés personal hacia la nueva ciencia que se fue despertando en muchos de ellos. De esta suerte, los educadores, preocupados por la enseñanza en la escuela; los profesores de bachillerato, encargados de enseñar esa materia a sus alumnos; los médicos y educadores interesados en la enseñanza terapéutica y la educación de niños con problemas orgánicos y mentales; los abogados y juristas preocupados por la personalidad de los delincuentes y la naciente criminología, todos estos grupos vinieron a interesarse por la nueva psicología como complemento útil a su formación especializada. Por ello, hemos creído de interés considerar incluidos en nuestro grupo todos aquellos pensionados cuyo tema estaba relacionado claramente con los campos de estudio de la psicología, al haber elegido alguna materia de esa especialidad en sus peticiones. Comprobamos así que una serie de médicos, de educadores y ----filósofos, como acabamos de explicar, se interesó por visitar y conocer los cursos y enseñanzas relacionados con la nueva psicología que se estaba haciendo en algunos países de nuestro entorno cultural. Por el contrario, no hemos recogido a aquellas figuras cuya obra ha sido al cabo significativa o relevante para el desarrollo de la historia de la psicología española, como hemos hecho en otros trabajos ya mencionados, ni a aquellos que, habiendo estudiado temas de campos afines a la psicología (orientación profesional, psiquiatría, etc.), no realizaron estudios específicamente psicológicos durante sus viajes. De este modo, hemos estudiado un total de 122 pensiones concedidas a 102 pensionados, a los que hemos añadido la información disponible sobre dos figuras importantes de la psicología española pensionadas durante los periodos en los que no se publicaron las Memorias de la JAE (J. Jaén y J. Peinado). Ciertamente, no todas las pensiones fueron iguales. Si bien la mayoría de ellas duraron entre 3 y 12 meses, visitando cada pensionado una media de 2,1 países durante su beca, también hay otras que duraron unos pocos días, por ejemplo aquellas dadas para asistir a congresos, donde empezó a ser normal la presencia española. En todos los casos, las ayudas de la JAE representaron un poderoso instrumento de apertura y conocimiento de la ciencia internacional, de que el país se hallaba necesitados. Pensionados con cursos de psicología A partir de los datos de las Memorias publicadas, se ha podido confeccionar la lista de pensionados de la JAE que cursaron estudios de Psicología, en alguna -o varias-de sus especialidades. Como se ha dicho, en algunos casos estos becarios disfrutaron de más de una beca, por lo que es dispar el número de pensiones y el de pensionados. El listado completo se encuentra en el Anexo 1. Se recogen aquí quienes estudiaron temas psicológicos durante sus pensiones: psicología general, experimental, animal, diferencial, evolutiva, de la afectividad, del pensamiento, del lenguaje, del trabajo, etc., aunque pudieron también hacer cursos de otras temáticas diferentes. Entre ellos se encuentran especialistas de distinta formación y profesión. Los agrupamos en tres distintas categorías: 1) la de aquellos que son normalmente incluidos en la trama de la historia de la psicología española 8; 2) el colectivo de educadores -maestros, inspectores y profesores de Escuelas Normales-, el más ampliamente repre-----sentado aquí; 3) un tercer nivel que incluye a 'otros profesionales', y que reúne a juristas, filósofos, profesores de bachillerato y médicos, los cuales eligieron seguir alguno o varios cursos psicológicos. Probablemente el interés por el movimiento europeo de la Escuela Nueva -Pestalozzi, Froebel, etc.-, y la mayor difusión del conocimiento del francés entre los estudiantes de la época, expliquen en gran parte el que Francia, Bélgica y Suiza fueran los países más visitados, aunque los pensionados en filosofía y en temas neuropsiquiátricos prefirieron por lo general Alemania. 1) Especialistas estrechamente relacionados con la psicología. Hay un grupo de nombres claramente vinculados, temporal o plenamente, a la psicología, que recibieron el apoyo y el estímulo de la JAE. Incluimos aquí, ordenados alfabéticamente, a: Julián Besteiro, Juan Comas, Federico Dalmau, Ángel Garma, José Germain, Fermín Herrero, Juan Jaén, Eloy Luis André, Roberto Nóvoa, José Peinado, Santiago Ramón y Cajal, Mercedes Rodrigo, Cipriano Rodrigo Lavín, Gonzalo Rodríguez Lafora, Juan Roura, Luis Simarro y Juan Vicente Viqueira. Es un grupo complejo. Hay en él individuos procedentes al menos de cuatro generaciones, con formaciones distintas, con especialización diversa, pero todos, en una u otra forma, han contribuido con su trabajo y sus ideas a incrementar el torso de la psicología española. Hay dos figuras que son las de más edad del grupo, que habría que situar en la generación de 1856 -generación de 'sabios'-, verdaderos pioneros de todo este campo: Luis Simarro Lacabra (n.1851), psiquiatra y catedrático de psicología experimental en la Universidad de Madrid (1902), y Santiago Ramón y Cajal (n.1852), el genial descubridor de la neurona y Premio Nobel de Medicina en 1906. Los dos fueron miembros del Patronato de la Junta, y sin duda recibieron apoyo para ampliar contactos y relaciones con otros grupos extranjeros. Los dos, cada uno en su línea, iban a impulsar el estudio de la psicología y de sus bases psicobiológicas, y además dejarían tras de sí una cola de discípulos que iban a continuar el proceso abierto por ellos en línea con la europeización del país. Se ha de notar que muchos de los discípulos más directos de Cajal aparecen disfrutando de pensiones cuya temática es la neurología o fisiología, no la psicología, (P. del Río Hortega, N. Achúcarro, etc.), razón por la que quedan fuera de nuestro campo temático. Todos estos nombres tienen un rasgo común, y es su interés por una psicología de raíz wundtiana, orientada al estudio de las sensaciones y la psicofísica. Todos son profesores de filosofía de instituto de enseñanza media -aunque Besteiro pasará pronto (1914) a la cátedra de Lógica de la Universidad de Madrid (Bandrés y Llavona, 1991) 10 -, y han escrito libros de texto de psicología para su uso en las clases de bachillerato. Herrero y Luis André seguirán muy de cerca los textos wundtianos 11, y Dalmau se orienta hacia la neoescolástica. Julián Besteiro Fernández, (Madrid, 1870-Carmona, 1940), catedrático de filosofía de instituto y luego de lógica de la Universidad de Madrid (1912), fue una figura notabilísima del socialismo, y autor de un estudio sobre La psicofísica (1897), obra precursora de los trabajos sobre psicología científica en nuestro país; obtuvo una pensión (1909)(1910)(1911) durante la que estudió con T. Lipps en Munich y con P. Barth en Leipzig, realizando en ese tiempo la traducción de una obra de Kant, los Prolegómenos a toda metafísica del porvenir (Lamo, 1973) 12. Luego derivó hacia otros campos filosóficos. Eloy Luis André (Mourazos, Orense, 1876-Madrid, 1935), catedrático en el Instituto San Isidro de Madrid, autor de libros de texto y traductor de Wundt 13, por su parte tradujo y editó obras del gran psicólogo alemán con amplios prólogos dedicados al estudio de su obra y de las mentalidades nacionales, en especial la de Alemania y España 14, así como el sentimiento regional de su Galicia natal. Publicó un interesante manual de psicología experimental. Federico Dalmau y Gratacós (Bañolas, Gerona, 1874-Gerona, 1926), catedrático de filosofía del instituto de Gerona, y sacerdote, fue autor de alguna monografía sobre psicología (La sensación, 1907). Amplió estudios sobre ----9 MARÍAS, J. (1960), Ortega I. Circunstancia y vocación, Madrid, Revista de Occidente. 12 LAMO DE ESPINOSA, E. ( 1973), Filosofía y política en Julián Besteiro, Madrid, Cuadernos para el Diálogo. psicología experimental en Lovaina con el apoyo de la JAE. Es la suya una psicología de orientación neoescolástica15. Finalmente, mencionaremos a Fermín Herrero Bahíllo (Palencia, 1874-Ávila, 1921) catedrático de los institutos de Lérida y Ávila, autor de un excelente manual construido desde la psicología de Wundt, y de trabajos sobre psicología de la religión y de las mentalidades 16. La generación de 1886 reúne a varias figuras médicas y a dos nombres que tienen ya un inconfundible perfil de psicólogo. Son los primeros Gonzalo Rodríguez Lafora (n.1886), Roberto Nóvoa Santos (n.1885), y Cipriano Rodrigo Lavín (n.1881); a ellos se suman dos figuras cuya obra y cuya actuación ha sido la propia de especialistas en temas psicológicos: Juan Vicente Viqueira (n.1886) y Mercedes Rodrigo Bellido (n.1891), la primera y única mujer de este grupo. Aquí aparecen nuevos aires, tanto en la teoría como en la práctica. Por lo pronto, hay un interés por la psicología en sus aplicaciones al mundo clínico y educativo. Gonzalo Rodríguez Lafora (Madrid, 1886-1971) fue una gran figura de la psiquiatría de su tiempo. En el campo psicológico, trabajó en USA con S.I. Franz en problemas de cerebro y aprendizaje, luego investigaría sobre localizaciones cerebrales y sobre el problema del sueño. Fundó, con Ortega y Sacristán, los Archivos de Neurobiología (1920). Trabajó un tiempo breve en el Patronato Nacional de Anormales, y publicó un manual sobre Los niños mentalmente anormales (191717 ), creando además un Instituto Médico Pedagógico (1925), donde trabajarán con él José Germain y Mercedes Rodrigo18. Se interesó por el estudio de la personalidad19, y realizó una importante obra de divulgación en la prensa (El Sol). Presidió el Consejo Superior Psiquiátrico, en los años de la república, y tras la guerra se exilió a México, de donde regresó en 1947 a España20. ----Roberto Novoa Santos (Coruña, 1885-Santiago de Compostela, 1933) fue figura sobresaliente de la medicina de su tiempo, catedrático de patología de Santiago y de Madrid, y en su libro Cuerpo y espíritu (1930) desarrolló una personal doctrina energética del psiquismo, no exenta de derivaciones parapsicológicas. Se interesó por la psicología objetiva y evolucionista, y por las entonces innovadoras ideas psicoanalíticas21. Finalmente, con Novoa «la psicopatología deberá entrar definitivamente en la fisiopatología» 22. Se trata, pues, de una psicología que se integra en la praxis, y no queda reducida al nivel de una mera disciplina, y disciplina de bachillerato, como hicieran los hombres de la generación anterior. Cipriano Rodrigo Lavín (S. Sebastián, 1881-Madrid, 1972), médico, colaborador de Simarro en la cátedra de Psicología experimental de la Universidad de Madrid desde 1911, y con una larga historia de pensión de la JAE, que terminó realizando en Inglaterra, donde trabajó con Bartlett en Cambridge en 1920; aspiró sin éxito a suceder a Simarro en la cátedra madrileña, publicó algunos trabajos de psicología experimental, y luego, tras la guerra, quedó separado de la actividad universitaria, dejando un considerable número de trabajos inéditos 23. Juan Vicente Viqueira López (Madrid, 1886-Bergondo, Coruña, 1924), formado en la ILE y, más tarde, con estudios en varios centros europeos, fue catedrático de instituto en La Coruña y figura muy destacada de la psicología24. tuvo también un papel destacado en la importación de las ideas filosóficas y psicológicas alemanas a nuestro país. Disfrutó de una beca de dos años, durante los que estudiaría fundamentalmente psicología alemana actual y psicofísica en las universidades de Berlín, Leipzig y Gottinga con Rupp, Wundt y G.E. Müller, entre otros. Publica un verdadero trabajo de investigación experimental sobre memoria en una revista alemana, en 1916, resultado de sus estudios con Müller, seguido más tarde de un breve texto sobre psicología educativa. Se publicó, póstumamente, su libro sobre La psicología contemporánea (1930), excelente historia de la psicología fuertemente orientada hacia el mundo europeo. Es la primera mujer que cabe considerar en España como psicóloga, pues tras formarse como maestra, se especializó en Ginebra, colaborando con Piaget y formándose en psicotecnia, trabajando en tests, y adquiriendo una formación práctica. Trabajó en el Instituto Médico-Pedagógico de Lafora, y luego en el Instituto Nacional de Psicología Aplicada de Madrid, del que fue directora durante los años de la guerra civil. Exiliada en Colombia, fundó allí la carrera de psicología, pero, expulsada de nuevo, terminó sus días como psicóloga en Puerto Rico25. Finalmente, veamos el núcleo representado por la generación de 1901. Aquí encontramos nuevas influencias operando sobre la interpretación que se tenga de la psicología, especialmente el psicoanálisis, y el interés por la especialización y la praxis psicológica. El psicoanálisis orienta de modo decisivo la obra y la posición personal de Ángel Garma Zubizarreta (Bilbao, 1904-Buenos Aires, 1993). Médico, discípulo de Marañón, se psicoanaliza en Viena con T. Reik, siendo el primer psicoanalista ortodoxo español y, tras su exilio, uno de los pilares sobre los que se ha asentado la enorme expansión de esa doctrina en el mundo argentino, donde forma especialistas y crea una base institucional. Es autor de una amplia obra que incluye una interpretación de los sueños, así como versiones psicoanalíticas de trastornos psicosomáticos 26. Juan Comas Camps (Alayot, Menorca, 1900-México, 1979) fue inspector de primera enseñanza, y licenciado en ciencias naturales; pasó un tiempo en Ginebra, y publicó un volumen sobre tests; exiliado en México, se dedicó a la antropología, materia de la que logró obtener una cátedra en la UNAM y reconocimiento internacional27. Fue profesor de Escuela Normal, y luego de pedagogía en la Universidad de Barcelona. Se exilió a México, donde estudió en profundidad la obra de Spranger, y se interesó por el tema de la personalidad. Pasó luego a enseñar en la Wesleyan University, USA, y falleció en aquel país 28. Inspector de primera enseñanza, se formó en la Escuela Superior del Magisterio; en colaboración con su compañero Juan Jaén Sánchez (Guijo de Ávila, Salamanca, 1904Salamanca, -1990)), publicaron trabajos sobre psicoanálisis y educación (1932 29 ) y sobre paidología (1933), muy difundidos entre educadores antes de la guerra. Los dos ampliaron estudios en Ginebra, con Claparède y Piaget, y tras la guerra, su destino divergió. Peinado se exilió a México, donde se orientó hacia la psicología clínica, y enseñó en México y luego en Venezuela, regresando al cabo a España. Jaén, por su parte, permaneció como inspector en España, y publicó trabajos sobre psicología infantil 30. Finalmente, José Germain Cebrián (Málaga, 1897-Madrid, 1986), médico psiquiatra, dedicado a la psicología, colaboró con Lafora, y organizó con Emilio Mira la red de psicología aplicada creada en los años 30 en España. Amplió estudios en Cambridge con Bartlett. Tras la guerra, puso su esfuerzo en restablecer la continuidad de la psicología científica en nuestro país, dirigiendo un departamento de psicología experimental en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, donde se formaron y trabajaron los creadores de la psicología contemporánea (M. Yela, J.L. Pinillos, M. Siguán, F. Seca-das...), y sentó las bases institucionales de la nueva disciplina 31. Lo subconsciente y la educación, Madrid, Aguilar. 30 CARPINTERO, H., y DEL BARRIO, V. (1996), «La introducción de Piaget en España. La figura y obra de Juan Jaén», Revista de Historia de la Psicología, 17 (3-4), pp. 186-193; PE-LÁEZ REOYO, T. (1996), «José Peinado Altable: aportaciones a la psicología y educación españolas e iberoamericanas». 2) Los educadores interesados por la psicología. El grueso de nombres de nuestra selección corresponde claramente a educadores. La razón es clara: junto al hecho de no haber psicólogos, había una considerable masa de maestros y profesores que habían asumido la idea de que la reforma y elevación del nivel educativo pasaba por introducir en la enseñanza una fundamentación científica, lo que implicaba conocer y aprovechar conocimientos propios de la nueva psicología. Ya en la Escuela Superior del Magisterio se introdujo la enseñanza de la paidología, especialidad en la que destacaron figuras como Rufino Blanco (1861Blanco ( -1936) ) y Domingo Barnés (1879Barnés ( -1940)), y en la que se buscaba integrar la psicología y la biología infantiles. Con ello se abrió el camino para una formación en psicología evolutiva, tema básico que había de guiar la acción del educador. Aunque hay un grupo considerable de nombres de los que carecemos de fecha de nacimiento, la distribución de los pensionados según un ritmo generacional, a partir del examen del grupo bien identificado, muestra la existencia de un pequeño núcleo que corresponde a figuras de la generación del 98 y, en cambio, una nutrida presencia de los de las dos generaciones siguientes: la de 1886 y la de 1901. No obstante, dada la gran cantidad de nombres de que nos faltan datos para situarlos generacionalmente, haremos su presentación atendiendo a otros rasgos de semejanza o afinidad. Hay algunos nombres que representan una primera ola de pensionados, y que pertenecen a la generación del 98. Ateniéndonos a los nombres de cronología determinada, hay que mencionar a Luis de Zulueta Escolano (n.1878), Luis de Hoyos Sainz (n.1868) y Ángel Llorca García (n.1866). Los tres iban a actuar, al igual que otros nombres bien conocidos de nuestra cultura, como 'avalistas' de los solicitantes más jóvenes32. Los dos primeros fueron profesores en la Escuela Superior del Magisterio y luego de la Facultad de Filosofía y Letras de Madrid, y renovaron el clima intelectual con los cursos que allí impartieron. Zulueta (Barcelona, 1978-Nueva York, 1964) fue profesor de historia de la educación, aunque en los años de la república tuvo una apretada actividad política, y después se exiliaría. Conviene notar que el trabajo de Jaén y Peinado sobre el psicoanálisis en el ámbito educativo estaba inspirado por las clases que sobre ese tema dio Zulueta en los años 1929-193033. Hoyos, por su parte, fue catedrático de fisiología humana y de higiene escolar, y renovó y modernizó los estudios de antropología física y cultural. Y en lo ----que respecta a Ángel Llorca (Alicante, 1866-Madrid 1942), es notorio su liderazgo en el cuerpo del Magisterio. Fue maestro, formado en el entorno de M.B. Cossío y de L. Simarro; ocupó la dirección del Grupo Escolar «Cervantes», de Madrid impulsando la nueva pedagogía, y tuvo especial proximidad con el Instituto Juan Jacobo Rousseau de Ginebra. Alrededor de su figura se sitúan pensionados más jóvenes, que son educadores vinculados al mismo Grupo, como Justa Freire Méndez y Elisa López Velasco, ambas recordadas como especialistas en el campo del dibujo en la escuela, o también Manuel Alonso Zapata (Yegen, Granada, 1893-1936), activo promotor de la Escuela Nueva. Otros directores de grupo escolar que también tuvieron ese interés por la psicología parecen ser Virgilio Hueso y África Ramírez de Arellano, ésta especialmente interesada en la pedagogía de Decroly. Hay por otra parte un interesante grupo formado por educadores que ocupan lugares muy destacados en el mundo de la organización y la política educativa de la II República. Aquí hay que incluir a Fernando de los Ríos Urruti (Ronda, 1978-Nueva York, 1949), ministro de Instrucción Pública y embajador de la República -lo consideramos luego, entre los especialistas en derecho-; los inspectores generales Antonio Ballesteros Usano (Córdoba, 1896-México, 1974) y Fernando Sainz Ruiz (Granada, 1891-Chicago, 1957), María de Maeztu Whitney (Vitoria, 1882-Buenos Aires, 1947), profesora en el Instituto Escuela y directora de la Residencia de Señoritas; Pedro Roselló Blanch (Gerona, 1898-Ginebra, 1970), pedagogo que mantuvo estrecha relación con Piaget y fue director adjunto del Bureau International d'Éducation, y Francisca Bohígas Gavilanes (Barcelona, 1898-1873), profesora que fue diputada por la CEDA en 1933, que tuvo intervenciones sobre temas educativos, y luego ocupó puestos destacados en la posguerra. A excepción de esta última, todos los demás terminarían su vida en el exilio. Hay un núcleo de profesores de Escuela Normal o inspectores de primera enseñanza, casi todos formados en la Escuela Superior del Magisterio, que recibieron sin duda el estímulo de las enseñanzas paidológicas y se interesaron por la nueva psicología, incluso cuando luego derivaran hacia otros estudios o especialización. Anotemos aquí a Pablo (Pau) Vila Dinarés (Sabadell, 1881-Barcelona, 1980), profesor de geografía de escuela Normal, luego exiliado, y autor de destacados estudios sobre geografía de Colombia y Venezuela; Carmen Abela y Espinosa de los Monteros (n. Chiclana, 1875), maestra un tiempo en Huete (Cuenca), y pensionada en los años 20; Salvador Ferrer Culubret, (Gerona, 1902(Gerona, -1985)), autor de una monografía sobre la Escuela Superior (1973); Juana Moreno de Sosa, profesora del Instituto Escuela; Julia Morros Sardá (n. León, 1902) profesora de ciencias; Gervasio Manrique Hernández (Soria, 1890-Madrid, 1978), inspector muy interesado en los problemas de la orientación escolar y profesional; Juana Ontañón Valiente (Madrid, 1886-México, 1972), profesora de literatura; aquí hallamos también a Antonio Gil Muñiz (Ceuta, 1892-Málaga, 1965), profesor de Escuela Normal, varios años separado de la cátedra, autor en colaboración con V. Pertusa de una Pedagogía moderna (Pertusa y Gil, 1922) que estaría basada en estudios empíricos sobre la psicología de los escolares madrileños, como soporte de una «pedagogía netamente española» 34; José Plata Gutiérrez (Mengíbar, 1904-Madrid, 1984), formado en la Escuela Superior, especialista en la educación de ciegos; Ramón Carrera, Concepción Majano (n. Muchos maestros tuvieron oportunidad de tener un contacto con la psicología a través de viajes de estudio. Parecen haber tenido una estancia ya duradera, propia de pensionados, Isidoro Boix, Dionisio Prieto Fernández o Tomás de Santiago González, entre otros. Hay otro núcleo que claramente gira en torno a la pedagogía de niños con deficiencias sensoriales o mentales. Recuérdese que desde finales del XIX se había ido desarrollando en Europa una pedagogía terapéutica -E. Séguin, M. Montessori...-, y en 1910 se creó el Patronato de Sordomudos, Ciegos y Anormales; poco después, en 1914 se constituye el Patronato Nacional de Anormales, donde por un corto tiempo trabajaron N. Achúcarro y G. Rodríguez Lafora. Entre los pensionados de nuestro estudio se hallan, junto a G.R. Lafora, Jacobo Orellana Garrido -que fue director del Colegio Nacional de Sordomudos, desde donde impulsó el estudio y la atención terapéutica a ese problema 35 -, a María Luisa Navarro, -esposa de Lorenzo Luzuriaga, con quien irá al exilio tras la guerra-, Carmen Abela, Carmen Gayarre Galbete (1900Galbete ( -1996)), Dolores González Blanco (n. Cuenca, 1892), Francisco García Almería, Adelina Méndez de la Torre, Elvira Ortega Pérez, Josefa Plaza Arroyo, Victoria Díaz Riva (Lugo, 1904-Málaga, 1972), Mariano Nuviola Falcón -pedagogía de ciegos-y María Soriano Llorente (n. Esta última fue profesora de la Escuela Central de Anormales (1922), ----34 SÁNCHEZ SARTO, L. (dir.) (1936), Diccionario dc Pedagogía (2 vols.). 35 ORELLANA, J., «La enseñanza de los sordomudos», en VV.AA. (1936), Libro guía del maestro, Madrid, Espasa Calpe; Rodríguez Lafora, G., «La enseñanza de los anormales mentales». aneja al Instituto Nacional de Sordomudos y Ciegos, centro que en 1960 se convertiría en Instituto de Pedagogía Terapéutica; ella misma encabezó el movimiento de pedagogía terapéutica en España tras la guerra civil36. Hubo también algunos pensionados cuyo interés por la psicología fue unido al que sentían por otras especialidades muy concretas: las matemáticas -Antonio Llorens Clariana-, la grafología -Matilde Ras Fernández (Tarragona, 1881-Madrid, 1969), figura destacada de esa especialidad-, el cine escolar -Lorenzo de la Peña Lobón-, la música -Emilio Gazapo Abelló-, la gimnasia rítmica -Ángeles Martínez Suárez-, o la alimentación e higiene escolar -Dolores Nogués Sardá. También se interesaron por la psicología pensionados procedentes de otras facultades y que luego atenderían a otros problemas propios de su especialización. Hallamos aquí un pequeño núcleo de juristas, en el que se incluyen las figuras de Fernando de los Ríos, catedrático de derecho político vinculado a la ILE al que ya hemos mencionado, quien enseñó en la New School for Social Research, de Nueva York, durante su exilio; Eugenio Cuello Calón (Salamanca, 1879-Santander, 1963), figura notable del derecho penal y la criminología, que sin embargo hizo su memoria sobre los procedimientos experimentales para el estudio de niños anormales (Marín, 1990, 192); Luis Jiménez de Asúa (Madrid, 1889-Buenos Aires, 1970), figura internacionalmente conocida en derecho penal, con puestos de gran responsabilidad durante la república, y destacado introductor de ideas psicoanalíticas en las concepciones penales. También interesa la criminología a Jaime Masaveu, colaborador de Q. Saldaña. Se ha de contar aquí además con Blas Ramos Sobrino (1891Sobrino ( -1955)), especialista en filosofía del derecho, campo que también cultiva con gran éxito Luis Recasens Siches (Guatemala, 1903-México, 1977), pensador próximo a Ortega y cultivador también de la sociología, con gran actividad en México, a donde se exilió tras la guerra. Hay, por otro lado, un grupo también reducido pero interesante de médicos: Santos Rubiano Herrera (Sevilla, 1871(Sevilla, -1930)), figura notable de la medicina militar; Jimena Fernández de la Vega (Vegadeo, 1895-Santiago de Com-----postela, 1984), una de las primeras especialistas en temas de genética; Miguel Prados Such (Málaga, 1894-Montreal, 1969), psiquiatra y psicoanalista, exiliado, profesor en Canadá; Manuel Peraita,, neurólogo; y Sisinio Álvarez Soriano (n. Finalmente, situamos aquí a algunas otras figuras de nuestro mundo académico. Hay dos catedráticos universitarios de filosofía, que son figuras notables de nuestra cultura: Manuel García Morente (Jaén, 1886-Madrid, 1942), catedrático de ética en la Universidad de Madrid, figura próxima a Ortega y decano de la Facultad de Filosofía y Letras en los años de la república; y Joaquín Xirau Palau (Figueras, 1895-México, 1946), catedrático de lógica en la Universidad de Barcelona, figura ligada a la ILE -es autor de un estudio sobre M.B. Cossío-y colaborador con Mira y López en el Instituto Psicotécnico de la Generalitat de Cataluña, antes de la guerra; exiliado en México, y profesor allí de filosofía en la universidad37. También situamos aquí a Eugenio Montes Domínguez (Vigo, 1900-Madrid, 1982), catedrático de literatura de instituto, fundador de Falange Española con J.A. Primo de Rivera y escritor notable, miembro en su día de la Real Academia Española. Catedráticos de instituto fueron, además de los citados en el apartado 'psicólogos' por su mayor concentración en este campo, Pedro Guirao Gabriel, y Joaquín Álvarez Pastor (1885Pastor ( -1950)), que fue filósofo y educador, director del instituto Luis Vives de Valencia, y ocupó puestos de algún relieve, como consejero de Instrucción Publica antes de la guerra; se exilió a México en 1939, y fue profesor de lógica en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; había tenido pensiones de estudio para Alemania y Francia. LOS CENTROS DE INTERÉS DE LOS PSICÓLOGOS El examen de los centros de investigación que acogieron a estos pensionados refleja bien las tendencias científicas y los intereses preeminentes en nuestro país, situado por aquellos años en un marco esencialmente europeo, donde dominaba una psicología funcionalista, más orientada hacia la mente humana y los procesos aplicados que hacia la entonces naciente psicología de la conducta norteamericana. Fueron muy diversos los centros de investigación, laboratorios, universidades, visitados en los distintos países. Por lo que se refiere a los Estados Unidos, el centro más visitado era el Teachers College de la Universidad de Columbia, en Nueva York, centro de estudios graduados de educación, donde John Dewey enseñó (entre 1904 y 1929) Psicología, Ética social, Educación de anormales y otras materias afines. En cuanto a Inglaterra, algunos se aproximaron al Laboratorio Central de los Hospitales Mentales de Londres, donde trabajaba Frederick Mott (Miguel Prados Such); otros trabajaron en el Laboratorio de Psicología Experimental de la Universidad de Cambridge, con figuras como Myers y Bartlett (tal es el caso de Rodrigo Lavín y Germain), que desarrollaban una visión funcionalista, y estudiaban una psicología humana próxima a la vida, un tanto al margen de las polémicas entre escuelas que eran habituales aquellos días. Hubo también muchos pensionados que, procedentes del área psicopedagógica, se limitaron a visitar diferentes escuelas normales o asistieron a congresos pedagógicos. En Alemania, la psicología mantuvo hasta los años 30 una situación de gran actividad y de muy alta calidad, como ha quedado reflejado en el informe de Viqueira antes mencionado. La Universidad de Berlín, con Stumpf, Spranger, Köhler, Wertheimer, Vogt, etc. recibió a algunos pensionados para realizar sus estudios de psicología y psiquiatría (Rodríguez Lafora, Viqueira, Moreno). Algunos otros viajaron a Leipzig, donde permaneció Wundt hasta 1917, junto a figuras como Rupp, Dessoir o Klemm; otros prefirieron trabajar en el Instituto de Pedagogía y Psicología experimental, que creó la Sociedad de Maestros de Leipzig en 1906 para fomentar la formación científica de estos. En la Universidad de Marburgo se podía estudiar Psicología y Psicopedagogía con Natorp, Hartmann, Cohen, etc, gracias a la existencia del fuerte grupo de pensadores de orientación neokantiana citados (García Morente, M. de Maeztu...). El centro más relevante para la psicología de los visitados en Austria fue el Instituto de Psicología de Viena, fundado en 1922, donde trabajaban Charlotte y Karl Bühler -su director-, H. Hetzer, L. Schenck y E. Brunswick, entre otros (C. Gayarre...). Este se convirtió en uno de los primeros centros dedicados al estudio de la psicología del niño, y varias obras de sus directores vieron por esos años la luz en castellano. Instituciones frecuentadas por estos pensionados en Francia fueron el Instituto de Psicología y Pedagogía de la Sorbona, organizado en 1920 (Zulueta, Masriera, Morros...), que reunía a figuras como Piéron, Janet, Dumas, Wa-llon...; el Laboratorio de Psicotecnia de la «École pratique des Hautes Études» (1908), donde trabajará Piéron, con Lahy, y la dirección del Dr. Toulouse, (Hueso, del Peso...); el Instituto Nacional de Sordomudos y Ciegos (Orellana, M. Cutanda...) y el Instituto Nacional de Orientación Profesional de París, creado por H. Piéron en 1928, para fomentar la psicología aplicada 38. Bélgica fue paso casi obligado para los interesados en la clínica y la pedagogía de la deficiencia mental. Desde 1897, las autoridades de Bruselas se preocuparon por fomentar la enseñanza especializada para niños deficientes mentales, retrasados o con algún tipo de anormalidad. La labor desarrollada allí por Ovide Decroly, creador de la «École de l 'Ermitage» (1907), junto con sus colaboradores, alcanzó renombre internacional. Muchos educadores interesados en la Psicología infantil escogían como institución de destino el Instituto Decroly (Herrero García, Doreste, Abela, Almazán, etc.), o el Instituto de Psicopedagogía de la Universidad de Bruselas, donde impartían clases Decroly, Vermeylen, o Johnkheree (Ballesteros, Alfaya, Sisinio Álvarez, Doreste...). Algunos estudiaron en el Instituto Nacional de Sordomudos y Ciegos de la misma ciudad, otros en la Universidad de Lovaina y su Laboratorio de Psicología Experimental, con Michotte, Thierry, etc. EL CASO DE LA ESCUELA DE GINEBRA En cuanto a Suiza, aunque algunos pensionados realizaron estudios oficiales de Psicología en la Universidad de Ginebra (M. Rodrigo, P. Roselló), la institución más visitada es sin duda el «Institut Jean Jacques Rousseau», objeto de una buena parte de las pensiones concedidas en psicología 39. La relevancia de estas pensiones para la psicología española merece que nos detengamos en este centro un poco más, pues la llamada «Escuela de Ginebra» de psicología iba a ejercer un papel fundamental en el desarrollo de la psicopedagogía y de la psicotecnia españolas. Sus principios y creaciones fueron asumidos enseguida en nuestro país como las herramientas adecuadas para llevar a cabo el plan de reformas educativas y sociales que las instituciones demandaban 40. No sólo fue un centro investigador, sino también un aglutinador de las principales figuras de la psicopedagogía europea, y lugar de difusión de las nuevas ideas y aplicaciones científicas de la psicología infantil y orientación profesional nacidas en el seno de su Escuela 41. Con una orientación funcionalista, que ponía el acento en las capacidades e intereses del niño como base de su educación («discat a puero magister», esto es,'aprenda el maestro del niño', era su lema), promovieron la enseñanza activa basada siempre en un conocimiento científico, experimental en lo posible, de la mente infantil 42. Claparède gozaba de un gran prestigio internacional. No sólo impulsó el estudio científico de la psicología infantil, sino que promovió el desarrollo y organización de la psicotecnia y la psicología aplicada, patrocinando la creación de la Sociedad Internacional de Psicotecnia, en 1920 43. También tuvo desde muy pronto gran influencia en la psicología española Jean Piaget, colaborador de Claparède en sus primeros años ginebrinos, que ha llegado a ser uno de los más creativos e influyentes psicólogos de nuestro siglo. Los libros de estos autores fueron de consulta habitual entre los educadores y 'psicólogos' españoles, en algún caso traducidos y publicados en español antes de su aparición en francés. La estrecha relación de algunos educadores españoles con los maestros de Ginebra facilitó la difusión de sus ideas entre el magisterio de los años 20 y 30. Mercedes Rodrigo, Juan Jaén, José Peinado, Pedro Roselló, José Germain entre otros, se familiarizaron con las ideas y con las técnicas de investigación utilizadas en Ginebra, y crearon lazos que se mantuvieron a lo largo de los años, incluso después de extinguida la JAE, ya desde el exilio. Esa proximidad y familiaridad se reavivó, después de la guerra, gracias al esfuerzo de Germain, y más tarde, del grupo de Barcelona liderado por M. Siguán, que fortalecería sus contactos con Piaget y alentaría la línea piagetiana de estudios psicológicos en nuestro país. Incluso se creó una Asociación Española de Antiguos Alumnos y Amigos del Instituto Rousseau, que fomentó los contactos con aquel centro; así, por su mediación, Claparède visitó Madrid en 1923 para dar una serie de conferencias en el Museo Pedagógico y en la Junta de Pensiones para Ingenieros y ---- Obreros 44; también Claparède patrocinó la realización de reuniones internacionales de la Sociedad Internacional de Psicotecnia en Barcelona, cuyo Instituto de Orientación Profesional apreciaba grandemente. Muchos años más tarde, la Universidad de Barcelona concedió a Piaget su doctorado Honoris Causa, reafirmando así la larga relación que desde los años 20 había aquel mantenido con nuestros educadores y psicólogos. Ginebra, en suma, fue la puerta principal por donde la psicología española especializada en temas infantiles y aplicados mantuvo una estrecha conexión con la psicología internacional. Representa, sin duda, un ejemplo y un modelo de logro de los objetivos científicos y organizativos que animaron a la JAE en los años de su existencia. UN PROYECTO DE PROGRESO PARA LA PSICOLOGÍA Entre los distintos documentos aportados por los psicólogos como resultado de sus estudios en el extranjero, destaca una memoria que presentó en 1915 Juan Vicente Viqueira sobre la enseñanza de la psicología en las universidades alemanas. Al parecer, con ocasión de una primera beca para Berlín, había antes remitido un breve trabajo sobre «Las direcciones actuales en la psicología», que apareció publicado en el BILE en 1914 45, donde resume un trabajo del psicólogo alemán Stumpf de modo bastante esquemático. En cambio, este es un documento que presenta con sencillez y precisión el estado real de la psicología alemana, y singularmente la experimental, que «es la reinante hoy día» 46. En él se recogen unas esenciales diferencias entre la situación española y la alemana, y se hace una propuesta que hubiera facilitado el desarrollo científico. En efecto, para su autor, la distancia intelectual en ese campo científico entre nuestros dos países es tan grande, que apenas cabe la comunicación. Por eso afirma que es necesario «crear...un pequeño y modesto Instituto de Psicología» 47 que haga posible y fecunda la colaboración. Tal sugerencia habría hecho avanzar varias décadas nuestra psicología. «La enseñanza de la psicología en las universidades alemanas». Madrid, Separata de Anales de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, T. 16, memoria 1a, p. Hace notar que la investigación científica no es erudición, sino inquisición de la verdad a partir del conocimiento de los fenómenos. Por eso en ella es esencial el método: así afirma que «todo resultado de la ciencia carece de valor y es incomprensible sin el conocimiento del método» 48. Como no hay en España ni personal preparado, ni lugares donde trabajar o hacerlo luego al volver, si no se cambia la actitud y preparación de los que desean cultivar esa ciencia, los esfuerzos de la JAE vendrían a resultar «estériles» 49. Viqueira analiza los rasgos de la universidad alemana, que explican la situación de la ciencia en ese país. Aquella busca «formar...especialistas»50, y va guiada por «la supremacía del saber teórico». Y aunque hay un gran número de personas interesadas en la psicología aplicada, -tendencia que ve influida por la manera de pensar americana-, la universidad alemana considera lo aplicado como secundario, y busca «alejar» todo ese mundo de la atención a las aplicaciones51. En su descripción de la situación de hecho, menciona los institutos de psicología ya existentes en varias universidades, subraya la limitación de sus recursos, y dice: «el personal no es tan abundante ni los medios materiales tan ricos como generalmente se supone» 52; así, en el caso de Gottinga, todo el trabajo parece que han de hacerlo sólo dos personas: el investigador, G.E. Müller, y su ayudante53. Atiende también al tema del plan de estudios, y anota la existencia de un curso general de psicología, dos cursos de introducción al trabajo de laboratorio, y un 'coloquio psicológico' donde se revisa la nueva literatura. Además, en ciertos lugares hay también cursos especiales sobre temas más monográficos: psicología infantil, aplicada, educativa... Y con ello, el estudiante pasa a investigar en un dominio determinado. En cuanto al nivel de formación de esos alumnos, lo encuentra muy por encima del de los españoles: «la cultura general de cualquiera de los estudiantes -proceda del tipo que sea de segunda enseñanza...-es mayor que la de cualquier licenciado español» 54. Y anota además que, contra lo que se suele pensar en España -donde la psicología sólo puede dar «trabajos litera-----rios» 55 -, la formación del psicólogo actual debe incluir ciencias: matemáticas, física y fisiología. Lo justifica dando cuenta de la moderna concepción de la psicología, que si bien es «ciencia de la conciencia» 56, es hoy un saber no introspectivo sino experimental, como una verdadera «ciencia natural», que busca aclarar la relación de los fenómenos mentales con la naturaleza -así, en la psicofísica. Es una tesis aceptada incluso por Husserl, cuyo trabajo sobre «La filosofía como ciencia rigurosa» cita. Junto a ello, está el hecho de que se mantiene un «íntimo contacto de la Psicología con la Filosofía», y eso se pierde cuando se sitúa la psicología en la facultad de ciencias, como ocurre en España, donde aquel contacto se desvanece 57. El trabajo termina recogiendo la polémica de aquella hora en Alemania, respecto a la necesidad o no de separar las cátedras de filosofía y las de psicología, y recuerda que, frente a Külpe y otros, Wundt ha solicitado el mantenimiento de aquella estrecha relación 58. El problema, muy importante para la posición de la psicología en el marco universitario, fue bien detectado por Viqueira, evidenciando así su sensibilidad por la situación histórica y científica de esta ciencia en la Alemania del momento. Este informe deja ver con claridad los problemas estructurales de la psicología, y los requisitos que habría que cumplir para hacer avanzar la investigación rápidamente y situarla en un nivel europeo, algo de que nuestra ciencia aquí carecía. Resituaba, además, la ciencia psicológica en un contexto de ciencia natural, y la acercaba a las ciencias naturales y a la matemática, lo que hubiera representado una positiva mejora de la formación de los investigadores interesados por estos temas. El informe no logró que se atendiera a sus propuestas. Pero sí hace ver con claridad la renovación mental que la JAE había hecho posible entre los nuevos pensionados, y su positivo influjo en la modernización del país. centros europeos más relevantes hace patente su interés y esfuerzo por la modernización educativa y el desarrollo científico y cultural en nuestro país, labor que se vio interrumpida, lamentablemente, por la Guerra Civil Española. Es difícil evaluar en toda su importancia los resultados de esta política institucional. La fuerte conexión con la Escuela de Ginebra, mediante la comunicación con el Instituto Rousseau y la Universidad de Ginebra, la importante influencia de las ideas psicopedagógicas de Bühler, Decroly y de los principios de la «escuela nueva» europea, contribuyeron a crear una nueva mentalidad en los educadores españoles. La educación era entendida más como un proceso global de «formación» del educando que como mera «información». Se probaron y adoptaron nuevos métodos pedagógicos, se incorporaron a la enseñanza nuevas disciplinas, poniéndose especial énfasis en las lenguas modernas y en el principio de «actividad» en el proceso de aprendizaje, insistiendo en la creación de laboratorios escolares, etc., frente a la clásica exposición magistral. El Instituto-Escuela fue un intento de aproximación a un nuevo modelo de educación, basado en la coeducación, la búsqueda y la práctica de nuevas fórmulas de didáctica y evaluación escolar, y el laicismo, necesario para la formación de una mentalidad abierta y tolerante en los alumnos. Los logros de la JAE quizá no alcanzaron todas y cada una de las metas propuestas, pero superaron multitud de obstáculos ocasionados por los conflictos políticos de la época, y desde luego redujeron notablemente el desnivel científico que España venía arrastrando secularmente. La Guerra supuso la radical paralización de toda la labor que se había llevado a cabo en pro del desarrollo de la ciencia y la cultura españolas. Por ejemplo, en el campo de la educación y la psicología se asistió a una vuelta al viejo modelo neoescolástico; y en la neuropsiquiatría se cortó la estrecha vinculación con el desarrollo de la disciplina, entrando en una etapa de aislamiento. Con todo, la impronta que la Junta dejó fue suficientemente profunda para mantener un impulso latente hacia el conocimiento, la investigación y la renovación, y para hacer posible la labor de muchas personalidades que, muchas veces sin apoyo ni recursos oficiales, en unos casos dentro, en otros fuera de España, fueron capaces de mantener vivos y de consolidar estos valores. Sobre estos esfuerzos e intentos, en mayor o menor medida, se asienta la cultura y la ciencia españolas de hoy.
no se borra en guerras civiles y dictaduras, por represoras que sean, que hay genealogía también de las prácticas de las ciencias y en la formación experimental a lo largo del siglo xx en España. investigación en la España contemporánea 1. El papel jugado por José Castillejo, por el ideario krausista y por la élite cultural que se articulaba alrededor de las iniciativas tomadas desde la Institución Libre de Enseñanza se conoce bien. También se ha reconstruido la gestación del Instituto Nacional de Física y Química, la presencia de científicas en él, de la Misión Biológica de Galicia y otros laboratorios de biología, de los trabajos de genetistas ilustres, del laboratorio de fisiología como centro de investigación dedicado a introducir a estudiantes de Medicina en la investigación y en el trabajo experimental 2. Toda esa recuperación certifica naufragios y supervivencias, recoge cambios de código y, vista desde la época que le siguió, la dictadura de Franco, arroja los silencios que siguieron y la elocuencia verosímil de historias que buscan rastros, tratan de rescatar algunos orígenes o al menos la procedencia de lo que quedaría por surgir. El repaso historiográfico emerge teñido de lina- ----1 Para una historiografía colectiva sobre la Junta para la Ampliación de Estudios, véanse los trabajos primeros recogidos en LAPORTA, F., J. SOLANA, RUÍZ MIGUEL, A, ZAPATERO, V. y RODRÍGUEZ DE LECEA, T. (1987) La Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas Arbor; 1a parte: 126 (493), 17-87; 2a parte: 127 (499), 9-37; y SÁN-CHEZ RON, J. M. (coord.) (1988), 1907-1987 La Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas 80 años después. Una propuesta historiográfica que se ocupa de forma fragmentada de herencias y discontinuidades entre la JAE y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, creado en 1939, está en el volumen conmemorativo compilado por PUIG-SAMPER, M. Á. (ed.) (2007), Tiempos de investigación. JAE-CSIC cien años de ciencia en España, Madrid, CSIC. 2 Sobre el Instituto de Física y Química, véase GLICK, T. F. (1988), «La Fundación Rockefeller en España: Augustus Trownbridge y las negociaciones para el Instituto Nacional de Física y Química». MAGALLÓN PORTOLÉS, C. (1998), Pioneras españolas en las ciencias. Las mujeres del Instituto Nacional de Física y Química. PINAR, S. ( 2002), «The emergence of modern genetics in Spain and the effects of the Spanish civil war», Journal of the History of Biology 35: 111-148; Ibid (2002), «La vertiente histologica de José Fernández Nonídez, introducción de la teoría mendeliano-cromosómica en España», Asclepio, 54, 3-18; PINAR, S. ( 2003), «La genética española en la primera mitad del siglo xx». En CANDELA, M. (ed.), Los orígenes de la genética en España, Madrid, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales; y el reciente libro de DELGADO, I. (2007), El descubrimiento de los cromosomas sexuales, Madrid, CSIC, esp. el capítulo 10. BARONA, J. L. (1990), La doctrina y el laboratorio. Fisiología y experimentación en la sociedad española del siglo XIX, Madrid, CSIC. jes y estirpes, de gentes y de instituciones, de normas y de prácticas. La guerra civil y la dictadura, con sus maneras demoledoras y reconstituyentes, no parecen haber borrado la memoria. La historiografía muestra un conjunto de actividades científicas, de construcción de modos de trabajo investigadores, de códigos que se tomaron como propios de la práctica científica. Los usos propios de la adquisición de conocimiento y de la práctica experimental pasaban, en primer lugar, por bibliotecas actualizadas, revistas extranjeras leídas y entendidas, pero, sobre todo, por viajes a otros países como parte de la formación científica. La creación de la JAE generó debates, especialmente en una universidad que tenía pendientes reformas y apoyo presupuestario3. Pero había precedentes en Europa de centros nacionales de investigación que se creaban fuera de las universidades, de organismos que suplían sus carencias fuera de las paredes de esos templos del deber de origen medieval y reciclados por la Ilustración, aunque tuviera este caso español una inspiración singular. Resulta verosímil buscar rastros en esos organismos cuya creación precede a la de la Junta, pues toman formas que recuerdan las que se hicieron propias del nuevo organismo español. En este artículo he querido regresar al asunto de las huellas que la JAE dejó en el medio plazo a través del repaso de algunas normas, ideas y prácticas que se conservaron tras la guerra civil y pese a la dureza de la dictadura de Franco. VIAJES PARA EL APRENDIZAJE Y EL DESARROLLO La vía elegida por la JAE parece, vista desde hoy, específica y autóctona si se la compara con el entorno geográfico y político en el que surgió4. Recogió influencias extranjeras, por un lado, y se creó para afrontar carencias españolas concretas, por el otro. Al afrontar esas carencias, éstas toman nombre, se dotan de existencia singular y se convierten en conceptos cerrados, como las cajas negras. ----El hecho de que las pensiones hayan sido una de las bases constitutivas de la JAE sugiere que las autoridades de ese tiempo y los inventores de este organismo de investigación detectaban la necesidad de completar la formación científica en el extranjero. Esa idea programática de crear un organismo para la investigación que se dedicara sobre todo a promover la «ampliación de estudios» en el extranjero sugiere el viaje como fuente esencial de conocimiento. Muchos habían aprendido antes así: extranjeros que viajaron por España, españoles en mudanza transatlántica y colonial. Viajes de idea y vuelta que generaron riqueza y piratería, leyenda y conocimiento que devino fiable. El viaje mismo se convirtió en fenómeno legendario a provocar: había que hacer posible más viaje y más leyenda. Y así salieron arquitectos, artistas, fisiólogos, químicas. También que hay que considerar a esa España del siglo XIX que con tanta intención analiza Álvarez Junco, quien adjudica a las élites un papel principal tanto en la actualización y las posturas reformistas españolas como en el mantenimiento de algunas de las de signo más conservador. Unos valores sociales se mantenían en algunos grupos, y se desafiaban en otros, limitados esos grupos por situaciones políticas y económicas frágiles. Una ciudadanía con muy bajos niveles de alfabetización confiaba en conceptos como nación y religión, se atenía a las autoridades vigentes y a ideas, que, imperantes o en liza, resultaron en una nación española convulsa en lo político, pobre, de muy escaso desarrollo económico e industrial y que se sumaba a las tendencias en expansión en los países vecinos. El nacionalismo y la religión se usaron como razones y sinrazones, alternativamente, del desarrollo del país, según el periodo5. Pero el regusto amargo que se recuerda de escritores y pensadores del 98 contrasta con las actitudes más alegres desplegadas por el grupo que se articuló en torno a 1927. Como gente que estudia la historia, compartimos el interés por la procedencia de las ideas que hicieron posible la dictadura. Y por sus armas, que quebraron tendencias prometedoras. Hay historiografía abundante para tratar de comprender, o al menos explicar, de dónde salió tanta pugna trágica por el poder político en España, contra libertades públicas y vaivenes ideológicos que evocan la vigencia del caciquismo. Esa es la cultura a la que pertenece la práctica investigadora en España, o al menos el medio del cual surge inmersa. VIAJES DE PRODUCTOS Y MANUALES DE MANEJO Una industrialización tardía, dependiente de máquinas, técnicas y manuales de uso fabricados en otros países y una geografía bien distinta a la del país inventor de la primera ola de la industrialización europea (Inglaterra) parecen haber caracterizado a la época que transita entre el siglo XIX y el XX en España, que es cuando se inicia la transformación de la producción de primaria (agrícola y ganadera) en secundaria (fabril) en todo Occidente. El desarrollo de la producción industrial al amparo de la máquina de vapor y de la extracción de carbón es un hito que no debe considerarse producto de un momento concreto, heroico o genial, sino de un proceso de transformaciones paulatinas del artesanado a la industria. Se generaban los excedentes que favorecían la exportación. Y la salida de los productos, su viaje, marcaba pautas que se conservan hoy como uno de los caracteres que permiten la supervivencia de los países, de sus economía y, también, de sus comunidades científicas, compuestas estas de gentes expertas en técnicas, fabricación y uso de instrumentos que no surgen del movimiento animal sino de la producción de energía. La revisión de Rosés (2006) y el pensamiento de Prados de la Escosura (1988) desde la historia económica e industrial son informativos y sugerentes al respecto 6. La compartimentación disciplinar de los estudios históricos tiene cautivas ideas y conceptos que no se intercambian entre especialista de distintas áreas de estudio. La historia de las ideas y de los acontecimientos políticos, como la historia social y del mercado de trabajo, cuenta con propuestas de las que aprendemos continuamente. Pero tenemos pendiente ese intercambio con otras disciplinas históricas, aunque a veces nos dejemos inspirar por las propuestas de historiografía variada. Hay una idea común que se comparte: el viaje. Las personas y los productos salen de los lugares donde nacen y se fabrican, atraviesan fronteras y expanden su influencia. El viaje sería, por eso, además de productor de conocimiento -a este respecto la propuesta de Pimentel (2003) y de los autores que ----6 ROSÉS, J. R. ( 2003), «Why Isn' t the Whole of Spain Industrializad. Véanse también ROSÉS, J. R. (2006), «La primera etapa de la industrialización»; en GONZÁLEZ ENCISO, A, y J.M. MATÉS BLANCO (coords.): Historia económica de España, Barcelona, Ariel, pp. 185-207;y PRADOS DE LA ESCOSURA, L. (1988), De imperio a nación. le inspiran es muy evocadora-, fuente de transformación 7. Al viajar los productos, inicial y esencialmente la máquina de vapor y sus manuales de uso, se extiende la influencia de sus productores. Viajen o no físicamente con ellos, los inventores emprenden así también un viaje y, más que eso, la mudanza y el transporte generan riqueza industrial y económica. Con las máquinas, viajan las ideas: sobre cómo usarlas, su composición, y la aceptación, o no, de su proceso de funcionamiento como algo cerrado; devienen cajas negras de la técnica y el denominado desarrollo, cuyo logro pasa por el uso de estas, certificado por los éxitos acumulados por su manejo previo en otros lugares. El viaje se hace agencia, productor y generador de ideas, personaje de la historia. Como si del ferrocarril se tratara -Schumpeter ha analizado de forma preciosa al ferrocarril, el viajero del hierro y del carbón industriales, y su papel en lo que llamó ciclos económicos-, el viaje interviene en los procesos del saber y de las prácticas dadas por científicas y técnicas 8. Esos viajes de las máquinas y sus ideas asociadas pueden ser solo de ida; mientras que las gentes suelen regresan. La orografía del territorio, su paisaje, puede facilitar o dificultar el viaje, y hasta el regreso. Pero si hay estímulos y ayudas, este se emprende más frecuentemente que cuando los mecanismos son disuasorios: de ahí el éxito limitado pero de influencia en el largo plazo de la política de pensiones de la JAE. Lo interesante del viaje de las gentes, visto desde el país desde el que lo emprenden, es el regreso. Y lo es también el conjunto de mecanismos por los cuales se rearticula el hacer y el saber de cada cual al regreso: cómo se incorporan las ideas y las prácticas al lugar de donde se salió, cómo se adoptan nuevos códigos y se recodifican saberes previos. Los resultados de la política de pensiones de la Junta están por evaluar con todo el detalle que los documentos disponibles merecerían. Algunos estudios hacen propuestas sobre su importancia. Hoy, cien años después de emprenderse aquella empresa de apariencia modesta pero extraordinariamente ambiciosa si se contempla inmersa en el medio que la hizo posible, se puede formular la pregunta sobre qué rastro dejó aquella estrategia viajante de la Junta en los usos y los mecanismos de promoción de la investigación en España. Ciencia, literatura y viajes en la Ilustración, Madrid, Marcial Pons. Una reciente traducción de Jordi Pascual, prologada por Fabián Estapé se ha publicado en 2002 como Ciclos económicos. Análisis teórico, histórico y estadístico del proceso capitalista, Zaragoza, Prensas Universitarias de Zaragoza. Sobre el ferrocarril en España, véase GÓMEZ MENDOZA, A (1989), Ferrocarril, industria y mercado de la modernización en España, Madrid, Espasa-Calpe. El factor limitante de esa influencia ha sido la guerra civil9. Porque impuso condiciones, especialmente por el triunfo de Franco y sus ejércitos, que restringieron las manifestaciones que pudo haber ejercido el conjunto de estrategias formadoras y reformadoras de la JAE. Las diferencias entre la España de antes y de después de la guerra civil darían una lista que rayaría en la caricatura si no fuera porque la España de la posguerra sería caricatura propia del humor de la clase más negra. Decir pobreza y decir aislamiento es simplificar, aunque no caricaturizar. Ambas características no dejan por su dramatismo de ser a su vez evocadoras de lo que pudo haber sido y no fue, de una nostalgia que se convierte ya en análisis de situación. Ninguna nostalgia, ni la memoria familiar ni la historiografía, nublaría a estas alturas la vista sobre la historia y el peso de sus acontecimientos sobre el discurrir de las ciencias en España a lo largo del siglo xx. La guerra civil y la represión de la posguerra abrieron la brecha científica y técnica, porque la represión fue especialmente dura con los catedráticos y los organismos más productivos, porque la purga afectó a aquellos que se habían formado en un medio gobernado por otras normas. Había mucho que hacer, una larga distancia que salvar. Aquellos mecanismos por los cuales los gobiernos de la dictadura afrontaron el «nuevo orden» marcan el origen de la construcción de la legitimidad internacional del régimen político español, de la sociedad y de las políticas; de las comunidades profesionales expertas también. Finalmente la dictadura de Franco quebró otra ilusión (otra a añadir a la estudiada por Puerto Sarmiento, 1988)10. La quiebra social, política, económica, es también quiebra científica, de saberes y prácticas cuya desaparición pareció haberse pretendido. Esa pretensión es elocuente en los primeros discursos sobre la ciencia que se dieron en España tras la guerra y de ella es himno testimonial la propia norma de creación del CSIC en 193911. Una vez abierto, al amparo de las celebraciones centenarias de la JAE, y también las del Institut d'Estudis Catalans, el debate sobre si la JAE dejó herencias institucionales o fue explícitamente sofocada por las autoridades franquista, puede revisarse en qué se convirtió a aquel prometedor paisaje institucional estatal a favor del desarrollo científico e intelectual español12. Los edificios patrimonio de la JAE y que pasaron a formar parte del CSIC tras su creación en 1939 son muestra física excelente de las intenciones y las decisiones tomadas por José Ibáñez Martín, primer ministro de Educación Nacional del primer gobierno de Franco tras la guerra civil. El patrimonio inmobiliario se gestiona y se recicla: se acomoda a los objetivos de las nuevas autoridades13. El propio nombre del ministerio tiene significado: de instrucción pública a educación nacional. La tosquedad argumental de la norma de creación del CSIC en 1939 es también referencia obligada por lo explícito de sus intenciones restrictivas, cuando no coercitivas. Lo que se habría intentado destruir, con éxito bastante aunque no fuera total, con la guerra y el gobierno de los vencedores liderados por Franco fue precisamente un discurso civil que incluía las ciencias, o al menos a la atención que atrajeron en ese momento de los intelectuales, autoridades y gente dispuesta a ejercer influencia política 14. Para lo que interesa en esta ocasión, tras la guerra no solo las prácticas sociales y políticas cambian drásticamente; los discursos también lo hacen y en ocasiones más que las prácticas mismas. Rodríguez Ocaña (2001) da cuenta de una continuidad entre las administraciones republicana y franquista en la salud pública. En ambas detecta el mis-----mo estilo hacia la fortaleza de la profesión de la salud pública como un dominio de actividad de carácter público, ligado a conceptos como el de higiene y a la formación en microbiología, que se incluye en el programa de los estudios de medicina. Esas circunstancias, sugiere, constituyen la base misma de modelo de atención sanitaria basado en la medicina hospitalaria con la sucesiva creación de los grandes hospitales por toda España y la implantación del seguro obligatorio de enfermedad. Y se trata de una trayectoria que se inicia en el primer tercio del siglo y se consolida en plena dictadura 15. La ruptura más grave que produjo la guerra fue la dictadura misma y sus prácticas. La represión al personal docente y científico de universidades y centros de investigación constituye una de las más trágicas 16. Con repercusiones en el largo plazo, junto a ella se extiende y desarrolla una retórica ligada a ambiciones imperiales, basadas en conceptos militares de ley y orden. En el caso de la medicina, puede verse cómo la higiene física pasa a confundirse con la mental, y la población, en especial las mujeres y entre ellas, más interesadamente por la política de expansión demográfica, las madres, se considera por las autoridades como una ciudadanía inmadura que debe someterse a criterios profesionales 17. ---- 16 Sobre la represión de profesores universitarios, véanse LÓPEZ, S. (1996), «La investigación científica y técnica antes y después de la guerra civil», en GÓMEZ MENDOZA, A. (coord.), Economía y sociedad en la España moderna y contemporánea, Madrid, Síntesis, pp. 265-276; sobre la que se dio en el instituto que dirigía Santiago Ramón y Cajal, SANTESMA-SES, María Jesús (1998), «El legado de Cajal frente a Albareda: las ciencias biológicas en los primeros años del CSIC y los orígenes del CIB», Arbor, núms. Un repaso sistemático por universidades está en CLARET, J. ( 2006), El atroz desmoche. La destrucción de la universidad española por el franquismo, Barcelona, Crítica; para el caso de la de Madrid, véase OTERO CARVAJAL, L. E. (dir.)( 2006), La destrucción de la ciencia en España. Depuración universitaria en el franquismo, Madrid, Editorial Complutense, 2006. Para una historia de la sociedad civil en plena represión franquista, CAZORLA-SÁNCHEZ, A. ( 2000), Políticas de la Victoria. 17 JIMÉNEZ LUCENA, I, RUIZ SOMAVILLA, M.J. y CASTELLANOS GUERRERO, J. ( 2002), «Un discurso sanitario para un proyecto político. La educación sanitaria en los medios de comunicación de masas durante el franquismo», Asclepio, 44, 201-218. El uso de una enfermedad colectiva en la legitimación del Nuevo Estado». La historia industrial muestra empresas creadas en las primeras décadas del siglo XX que sobreviven a la guerra y crecen y expanden mercados tras ella. Bancos industriales y comerciales desarrollados al amparo del regreso de capitales desde Cuba también superan la crisis bélica, y en algunos casos firman pactos para repartirse sectores de negocio 18. Los trabajos sobre la política autárquica que caracteriza la primera década de la dictadura de Franco han generado un debate sobre las razones del nacionalismo económico practicado en esa etapa del franquismo que ocupa hasta principios de la década de los 50 19. MEMORIA PERSONAL E INSTITUCIONAL Visto desde hoy y con la historiografía a mano puede sugerirse que en medio del desenlace dramático de la guerra y el establecimiento de la dictadura, hubo algunos códigos que se mantuvieron. Como sobrevivieron bancos, procesos comerciales, relaciones exteriores para la exportación de cítricos, también lo hicieron los usos de la investigación y de la formación especializada 20. El secretario general del CSIC José María Albareda, promovió la salida al extranjero de algunos jóvenes investigadores, que acudían a otros países en busca de una especialización que no podían alcanzar en España 21. En esa acti-----18 Sobre el reparto del negocio bancario entre el Banco Hispano-Americano y el Banco Urquijo, véase GARCÍA RUIZ, José Luis y TORTELLA, G. (1993), «Trayectorias divergentes, paralelas y convergentes: la historia del Banco Hispano Americano y del Banco Central, 1901-1965», en Asociación de Historia Económica, V Congreso de la Asociación de Historia Económica (Ponencias), San Sebastián, Universidad del País Vasco, pp. 339-355. 19 La bibliografía de historia industrial de España en el siglo xx no puede citarse aquí, por su riqueza y amplitud. Pueden mencionarse las revisiones de los efectos de la industrialización tardía de España en ROSÉS, op.cit. ( 2006), y el influyente libro de PRADOS DE LA ESCO-SURA (1988) junto a obras tan distintas a estas como la de CATALÁN, J. (1995), La economía española y la segunda guerra mundial, Barcelona, Ariel; así como el reciente volumen de NADAL, J. (dir) (2003), Atlas de la industrialización en España 1750-2000, Barcelona, Crítica-Fundación BBVA. 20 Sobre las relaciones comerciales extranjeras con España mantenidas desde el primer franquismo, véase GUIRAO, F. (1998), Spain and the Reconstruction of Western Europe 1945-57, Londres, MacMillan. 21 Esa idea está presente no solo en los estudios sobre su papel en el CSIC, sino en las biografías hagiográficas que se publicarían a su muerte. De los estudios, véanse SÁNCHEZ RON, J. M. (1992), «Política científica e ideología: Albareda y los primeros años del Consejo tud puede verse el reconocimiento de Albareda a las carencias del medio que él mismo gobernaba; pero esa política debe considerarse también fruto de la formación que había recibido como pensionado de la JAE. De forma que, pese a rebelarse, al menos retóricamente, contra las ideas y modos de trabajo de la Junta, Albareda aplicó algunas de ellas 22. Y en parte lo que sabía se debía a los viajes que había realizado con las pensiones y a lo que había aprendido en ellos. Tampoco llegó a perderse la línea de pensamiento y práctica experimental que Santiago Ramón y Cajal había desarrollado con tanto éxito. La histología sufrió un desmoche atroz, como dijo Laín (1989) y recuerda ahora Claret (2006), pero hubo algunos trabajos que contribuyeron a carreras académicas en la neurofisiología, como el de Antonio Gallego con sus trabajos sobre la retina, que se produjeron a lo largo de la década de 1950 y hasta su retiro y las líneas de trabajo de las luego llamadas neurociencias empezarían a diversificarse pocas décadas después de liquidarse el pequeño pero productivo grupo de científicos discípulos de Cajal. Para la comunidad investigadora que construyó sus ambiciones científicas a lo largo de esa década en la que comenzó la recuperación española que fuera la de 1950 Cajal era un referente, y con su estela deben relacionarse los trabajo histológicos de las gentes que entonces trabajaban en el Instituto Cajal del CSIC por escasos que fueran los medios de los que disponían 23. Por lo tanto, además de la conciencia de las autoridades sobre la necesidad de salir al extranjero, estaba el rastro que Cajal y los éxitos internacionales que habían obtenido sus trabajos. Para cuando dos décadas después del fin de la guerra civil, Ochoa recibió el premio Nobel de Medicina, periodistas y algunos de sus amigos evocaron en la prensa al Nobel Cajal, y dejaron que Ochoa lo recordara también. Esa evocación sugiere genealogía, procedencia, inspiración. Si la primera política represora de la dictadura tuvo el gesto trá-----Superior de Investigaciones Científicas», Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, no 14, pp. 53-74; y SANTESMASES, M. J. (1998) «El legado de Cajal frente a Albareda», op. cit. Las biografías son las de GUTIÉRREZ RÍOS, E. José María Albareda. Una época de la cultura española, Madrid, Magisterio Español; y CASTILLO GENZOR, Adolfo, y Mariano TOMEO LA-CRUÉ (1971), Albareda fue así, Madrid, CSIC. 22 Sobre la ideología de Albareda tras la guerra civil, véase SÁNCHEZ RON (1992) 23 Claret, Atroz desmoche, op. cit; LAIN ENTRALGO, P. (1976), Descargo de conciencia, Barcelona, Seix Barral. SANTESMASES, M. J. (1999), Antibióticos en la autarquía: banca privada, industria farmacéutica, investigación científica y cultura liberal en España, 1940-1960, documento de trabajo, Madrid, Fundación Empresa Pública;y SANTESMASES, M.J. (2001), Entre Cajal y Ochoa. Ciencias biomédicas en la España de Franco, Madrid, CSIC, capítulo 4. gico de recluir a Jorge Federico Tello y a Fernando de Castro, y del mismo modo que Cajal procedía, como ha explicado muchas vez López Piñero, de una escuela micrográfica que ya sabía observar la microscopio, los trabajos en neurohistología y en neurofisiología que se empezaron a producir en España en los años 50 deberían relacionarse con la supervivencia y la vigencia de Cajal y de su obra24. Y así la memoria científica experimental se sumaba a la memoria institucional. No sólo se reciclaban los edificios, también pudo, pese a las depuraciones, recogerse lo que se había aprendido con los métodos y las ideas de Cajal sobre el funcionamiento del sistema nervioso. Ochoa, por su parte, procedía de los laboratorios de la JAE, en donde aprendió junto a Negrín y se dejó guiar por sus ideas científicas y sobre la formación de jóvenes en el extranjero. Y aunque su trayectoria como investigador se consolida en los Estados Unidos a la sombra del apoyo que le proporcionó la poderosa, por influyente, Fundación Rockefeller, los orígenes de sus intereses y su formación científica primera se adquiere en España. Y cuando regresa a la vida pública de su país natal, no deja de recordar los trabajos y el reconocimiento científico de Cajal mientras apoya explícitamente a investigadores del área de su propia especialización, la bioquímica primero y más tarde la biología molecular. Incluso si las referencias de Ochoa a Cajal pudieran haber sido un recurso retórico, no deja de sugerir que un país con apoyos muy escasos a la investigación y al trabajo experimental, o algunos de sus investigadores vistos como colectivo, pudo haberse conservado -mantenido, recodificada en el nuevo medio de la posguerra mundial-la influencia de una tendencia a favor de las ciencias y la experimentación en España, con afanes productores de nuevos saberes y prácticas nuevas 25. Pese a ser reconocimientos independientes, con cincuenta años entre ambos, son cincuenta años que no transcurren en el vacío por más que quizá ese hubiera sido el interés de la retórica contra el positivismo de las autoridades en la inmediata posguerra. La práctica investigadora contaba a finales de la década de 1950 con unos modos de trabajo y algunas normas que articulaban una vida académica que, por modesta que fuera, puede tomarse como una organización, como algo más establecido que un laboratorio. Los inicios de los trabajos de laboratorio están marcados por medios muy escasos, apenas existentes. Las personas encargadas por Albareda de llevar a cabo trabajo ----experimental en los laboratorios del CSIC son al principio profesores de las universidades y a partir de 1945 empiezan a crearse puestos de trabajo científico propios del CSIC para licenciados y doctores más jóvenes. Los usos de la dictadura durante los años 40 no son los más estimulantes para la creatividad, cuando el miedo y la sospecha estaban instalados como articuladores de la vida civil. Esas normas duramente represoras de la dictadura dejarían su rastro en una comunidad que acudiría a su formación académica y a su especialización científica para quedar a salvo de los arrebatos del dictador y de sus métodos de control ideológico. Pero también las normas aplicadas por la JAE, no solo de formación científica en el extranjero sino también de valoración de méritos académicos y, lo que probablemente fue de influencia más duradera e intensa en el medio plazo, de hacer explícita la necesidad de cubrir carencias españolas por medio de aprendizaje en el extranjero, por medio de viajes, tuvieron su parte. De esta forma, puede considerarse que las generaciones que a mediados de la década de 1950 entran en las universidades son un producto de ambos rastros, de influencia doble, cuyos elementos a veces pudieron quedar en conflicto: cómo protegerse de la dictadura y emprender una carrera académica e investigadora a la vez a menudo fue difícil, especialmente si se tiene en cuenta que las condiciones económicas de la investigación en España eran muy limitadas, más aun comparadas con la de los países a los que algunas personas jóvenes pudieron acudir a formarse26. Las organizaciones recuerdan -sus gentes practican la memoria y esta memoria es agente de la historia-, como dice Mary Douglas (1986) que piensan las instituciones. Esas prácticas parecen haber quedado entre las normas y las trayectorias de la organización de la investigación, podrían haber traspasado fronteras temporales y políticas. El exilio de muchas gentes y la muerte de otras no hace desaparecer las ideas, tampoco aquellas que atañen a la formación y a la practica científicas27. Los trayectos de las ideas científicas, de las prácticas experimentales e investigadoras, de las ciencias mismas tenían antecedentes inmediatos, como los habían tenido Santiago Ramón y Cajal, Luis Simarro y Nicolás Achúcarro. Los intereses por la bioquímica, por ejemplo, procedieron, como en otros países de la fisiología y de la química. El caso de la trayectoria científica de Alberto Sols lo ilustra bien: empieza usando músculos enteros en los años 40 ----y aprende a triturarlos y a extraer de ellos sustancias que identifica y cuya actividad es capaz de analizar entre finales de esa década y principios de la siguiente. De modo que cuando regresa a Madrid en 1953 y pretende crear un grupo de trabajo dedicado al estudio de los enzimas, encuentra inicialmente apoyos tímidos de las autoridades y pocos colegas que puedan acompañarle. A principios de los años 1960 su proyecto investigador tenía buen paso, aunque el reconocimiento que creía merecer solo le fue ofrecido a mediados de la década siguiente de 1970 28. a eso, se introdujeron otras influencias además de las procedentes de los tiempos de la JAE, marcadas por el signo de los tiempos de la posguerra mundial. Los códigos investigadores de la JAE atravesaron las fronteras políticas y temporales que se levantaron entre la República y la dictadura de Franco. Si durante el franquismo se nacionalizó la industria por falta de iniciativa privada o si esta se vio sofocada por el poder de un estado controlador y nacionalista es polémica que sigue viva. Acaso las ambiciones del estado y las de los industriales habrían entrado en conflicto durante la autarquía, disonancias que terminaron siempre a favor del estado, más poderoso, para resolverse estas cuando se estabilizó la influencia de la Europa aliada en la etapa de consolidación de las políticas nacionales e internacionales que surgen del fin de la segunda guerra mundial. Y se solventaron a favor de la compra sistemática de tecnología extranjera 29. La retórica de la dictadura, de comerciantes, industriales y de al menos los grupos sociales más poderosos trasladó sus contenidos del apoyo al producto autóctono -un nacionalismo aislacionista-a la promoción de modernos productos extranjeros y de los acuerdos con empresas también extranjeras para comprar y aplicar aquí sus métodos de fabricación. Y así la aversión al viaje de las autoridades de la dictadura -Franco viajó poco y muy contados y distinguidos diplomáticos tocados por su poder lograron desempeñar algún papel en las negociaciones en el extranjero cuando ----28 SANTESMASES, M.J. (1998), Alberto Sols, Alicante, Fundación Gil-Albert. 29 CEBRIÁN, M. ( 2004), Technological Imitation and Economic Growth during the Golden Age in Spain: 1959Spain: -1973, tesis doctoral, Florencia, Instituto de la Universidad Europea; LÓPEZ, S. and M. CEBRIÁN (2004), «Economic Growth, Technology Transfer, and Convergence in Spain, 1960-1973», en LJUNBERG, J. y J.-P. SMITS, eds., Technology and Human Capital in Historical Perspective, New York, Palgrave-Macmillan, pp. 120-144. terminó la Segunda Guerra Mundial-es comparable a la aversión a viajar a España de las autoridades aliadas vencedoras 30. Pero igual que la victoria aliada no llegó a poner en riesgo la dictadura, tampoco esta llegó a impedir el ejercicio experimental pese a haberlo acusado de positivista irreverente 31. LA EXPERIMENTACIÓN BIOLÓGICA Y MÉDICA Los laboratorios de la JAE generaron promesas que su política de ampliación de estudios en el extranjero contribuía a implantar. Las limitaciones de los medios económicos de la JAE se conocen bien. Comparada con los apoyos que disfrutaban algunos de los biólogos y experimentadores médicos de Alemania en ese momento, bajo el poderoso paraguas de la Sociedad Kaiser Wilhelm, era una institución modestísima. Pero la ambición era muy superior a los medios: si Negrín pidió que de su sueldo se gratificara a los colaboradores jóvenes, su gesto revela que él creía que debían ser retribuidos. Pero no basta con mirar a aquel momento concreto con mucho detalle histórico y documental para hacerse idea de las posibilidades que habría ofrecido en España un grupo de gente formada en métodos y ambiciones académicas y científicas como fue el que se dedicaba a la histología, a la fisiología y a la biología en los distintos laboratorios de la JAE. Acaso en ese momento la situación de la investigación científica y experimental haya estado más cerca de lo que ocurría en los centros que se dedicaban a ello en el entorno geográfico y político de España de lo que lo había estado nunca hasta entonces, y más de lo que llegaría a estarlo después. Puede recordarse, lo que sería un refuerzo de esta hipótesis, la influencia que desplegaron muchos de los que de allí se exiliaron en los países donde se instalaron en la América Latina. Francisco Giral (1994) ha hecho listas largas cuando ya la literatura sobre el exilio era extensa 32. Y con ocasión del Nobel a Ochoa, otros recordaron el ambiente de los lugares en los que habían comenzado su formación y su carrera académica. Creo que esos ----30 Los viajes originaban líneas de trabajo: véase ROMERO DE PABLOS, A. (2000), «Un viaje de José María Otero Navascués. 31 GONZÁLEZ BLASCO (1980) y SÁNCHEZ RON (1999) 32 GIRAL, F. (1994), Ciencia española en el exilio: el exilio de los científicos españoles, Barcelona-Madrid, Anthropos-Centro de Estudios Republicanos. En ABELLÁN, J.L. (dir.), El exilio español de 1930, Madrid, Taurus, pp. 189-243. recuerdos, las nostalgias que manifestaron, deben considerarse expresión de la memoria, no solo de lo que tenían sino el rastro, la influencia que recibieron y que tenía relación con aquello en lo que se habían convertido, decisiones propias e influencias recibidas testimoniarían de esta manera sus efectos. Todo lo cual tuvo manifestaciones directas en las formas de enseñar y practicar la investigación biológica y médica. Tras las depuraciones dramáticas o, mejor dicho, durante la década larga que duraron los procedimientos de estudio de las actividades y declaraciones de los funcionarios públicos, parece haberse difundido una retórica por la investigación. Desde los primeros años de existencia del CSIC Franco presidía reuniones anuales, además de elogiar y premiar la producción -aunque fuera valorada al peso, como diría el fisiólogo Antonio Gallego-, lo que puede considerarse testimonio de un interés por las ciencias y la investigación. Y muy poco a poco aquellos edificios, unos procedentes del patrimonio de la JAE, otro reciclados por Miguel Fisac y otros diseñados por él, además de todas las obras ejecutadas para el CSIC en plena década del hambre, fueron ocupados por la experimentación. Mientras tanto, algunos profesores purgados y sin sanción empezaron a viajar al extranjero: los becados por la Junta de Relaciones Culturales del Ministerio de Asuntos Exteriores establecían contacto con un sacerdote a través del cual las autoridades sabían del correcto discurrir de su estancia extranjera. Con el fin de la segunda guerra mundial, Estados Unidos fue uno de los destinos principales y el número de becas y bolsas de viaje -el término pensión parece haber sido borrado de la faz de la península-fue aumentando 33. Ese destino americano se hizo famoso y, más tarde, para algunos políticos y científicos, imprescindible; no sólo por las ayudas a viajes que ese mismo país ofreció desde la inmediata posguerra, sino también porque allí acabaron los huesos de los científicos europeos vivos más productivos de toda la Europa que había construido en pleno periodo de entreguerras el conocimiento. A Estados Unidos emigraron apoyados por programas privados algunos de los más selectos de entre los de más edad y muchos de los más jóvenes prometedores por la formación que habían recibido junto a aquellos que terminaron por emigrar también. Esa parte de la diáspora judía que superó, o desdeñó, el antisemitismo estadounidense construyó, o contribuyó a construir, una comunidad científica que resultó ser después de las más poderosas de Occi----- dente. Lo que se obtuvo tras trasladar, o facilitar el traslado, de los más insignes de entre los de mediana edad, y proveerlos de presupuestos que no harían más que crecer hasta la crisis del petróleo fueron los éxitos sonados de los que en la década de 1960 se denominó biomedicina 34. Mientras Severo Ochoa lograba reconocimientos crecientes en su país de adopción, instalado en el corazón de Manhattan, iban poblándose lentamente los laboratorios construidos en el interior de edificios pretenciosos y modernos que eran los del CSIC. Los restos de la escuela de Santiago Ramón y Cajal fueron completamente alcanzados por la purga depuradora de las nuevas autoridades. Sobrevivieron a ella, con una consulta privada Jorge Federico Tello; en un laboratorio casi vació y exento de apoyos, Fernando de Castro; y otros terminaron por hacerse hueco en las nuevas normas y en sus estructuras académicas, como Julián Sanz Ibáñez y José María del Corral 35. Pero, ya se ha dicho, el viaje de jóvenes dispuestos a completar su formación científica no llegó a detenerse por completo nunca. De los escombros de la Ciudad Universitaria y sus jerarquías académicas depurantes -muchos decanos estuvieron al frente de las comisiones encargadas del destino de sus colegas-surgieron bioquímicos modestos cuyos estudiantes viajaron. Cuando murió Antonio de Gregorio Rocasolano, uno de los maestros de la principal autoridad del CSIC, se puso su nombre al que se había llamado edificio Rockefeller y la memoria histórica ha mantenido su nombre para denominar a uno de los edificios más antiguos de la extinta JAE, de manera que la vida cotidiana del organismo público de investigación de mayores dimensiones de España parece vivir sin esa memoria 36. De aquel edificio prosperaron científicos importantes pero no fue hasta los años 60 cuando emergieron los grupos en los que se iniciaron las carreras investigadoras de algunos de los científicos que destacarían después, hombres y mujeres cuya fama se celebra hoy. La ----34 Sobre los científicos europeos dedicados a la biología y a la biomedicina emigrados, o cuya emigración fue apoyada, en este caso por la Fundación Rockefeller, véanse los estudios críticos de WEINDLING, P. (1999), «The Rockefeller Foundation and German biomedical scientists 1920-1940): from educational philanthropy to international science policy», en GEMELLI, G., J.-F. PICARD y W. H. SCHNEIDER (eds.)(1999), Managing medical research in Europe. 35 Sobre la depuración de los discípulos y colaboradores de Cajal, véase SANTESMASES (1998). 36 Sobre Rocasolano véase CEBOLLADA, J. L. (1988), «Antonio de Gregorio Rocasolano y la escuela química de Zaragoza»,Llull,11, mayoría, si no la totalidad, de los intereses construidos en aquellos años procede más de la influencia extranjera que de las herencias directas de lo más valioso de la JAE 37. Eso comparte la investigación española de aquel tiempo con otros sectores profesionales. La intensidad de la influencia extranjera comienza en los años 50 y eso se ve también con mucha claridad en los trabajos sobre los cambios de la propaganda en la posguerra 38. Del ensalce de lo nacional se pasa a americanización, que tan directamente procedente de los Estados Unidos se detectó y se nombró en Francia de esa forma, americanización, en plena posguerra mundial. PARA CONCLUIR Con la muerte de Franco y a lo largo del proceso de democratización de España comenzaron a recuperarse la memoria de la JAE y su valor en el medio plazo. Eso sería otra historia que consistiría en la propia historiografía de la JAE. Quizá solo ahora, cien años después de su creación, y con el peso de la historiografía tanto como de la historia podamos regresar a recoger el poso que ha dejado en las normas y en los códigos de la comunidad científica española, que en pleno siglo XXI no podría ya renunciar a reconocerse como un producto tanto del desarrollo científico extranjero como del rastro de la primera institucional estatal que promovió la formación de investigadores y la experimentación en la España contemporánea. Aunque no haya sido la única influencia, sí fue, de entre las españolas, la que ha dejado rastro duradero tanto en la memoria institucional como en la historiografía. Los viajes, emprendidos por gentes pensionadas, por proyectos, ideas y prácticas experimentales, están en el corazón de esa influencia. Fecha de recepción: 15 de mayo de 2006 Fecha de aceptación: 4 de octubre de 2006 ----37 Véase el ambiente científico en la España de la posguerra y la importancia de las relaciones extranjeras desde el fin de la Segunda Guerra Mundial en MALET, A. (1995) Ferran Sunyer i Balaguer (1912-1967), Barcelona, Institut d'Estudis Catalans. 38 SUEIRO, S. ( 2007), «La posguerra en imágenes», en SUEIRO, S (ed.), Posguerra, publicidad y propaganda, Madrid, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales-Círculo de Bellas Artes, pp. 13-295.
Las relaciones e intercambios académicos con el extranjero, impulsados por los distintos centros y laboratorios creados por Junta para Ampliación de Estudios, dieron lugar al forjamiento de unas redes intelectuales que propiciaron no sólo el intercambio, el debate y la modernización de la ciencia y la cultura españolas deseadas, sino que también generaron unas plataformas que actuaron de puentes en los años siguientes a la Guerra Civil española. Las redes intelectuales ayudaron a que los hombres y mujeres, los científicos y pensadores republicanos, encontraran trabajo en otras latitudes cuando tuvieron que exiliarse. Jiménez Fraud, José Ma Ots Capdequí, Federico de Onís... fueron algunos de los hombres que ayudaron a crear o se formaron en laboratorios y centros de la JAE. Un puñado de hombres y mujeres que colaboraron activamente en el programa de difusión cultural y científica de esta institución tanto en España como en el extranjero. Años después, muchos de ellos tuvieron que emprender un largo viaje a tierras y universidades en las que habían impartido su magisterio y en algunas de las cuales habían creado escuela y cátedras 2. En el caso americano la labor de la JAE fue sumamente apoyada por las colectividades de españoles inmigrantes residentes en dichos países. Dichas colectividades no sólo colaboraron económicamente con la JAE sino que también fueron instrumentos de propaganda de la acción cultural que se proponía la JAE. Bajo el impulso del Dr. Avelino Gutiérrez, la colectividad española de Buenos Aires fue la primera en tomar la iniciativa cuando a raíz del fallecimiento de Marcelino Menéndez Pelayo propuso en 1912 realizar un ciclo de conferencias en honor al erudito español y que se creara una cátedra de cultura española en la universidad bonaerense. En 1914 la idea tomó forma con la constitución de la Institución Cultural Española, presidida por el Dr. Gutiérrez, cuyos objetivos eran la financiación de la cátedra de cultura española y proporcionar soporte económico a las actividades e intercambios intelectuales que la JAE había programado. La Cultural de Buenos Aires no pudo tener mejor comienzo pues fue Ramón Menéndez Pidal el invitado en el homenaje que se le brindó a Menéndez Pelayo, situación que aprovechó la directiva de la JAE para encargarle que hiciera propaganda de la institución en el continente americano. Argentina y posteriormente Chile recibieron la visita de Pidal quien utilizó el viaje para impartir conferencias y transmitir la nueva filosofía y los esfuerzos de modernización de la vida científica y cultural española que se proponía el círculo académico más destacado de España 3. ----2 Un estudio amplio sobre las relaciones de la JAE con América es el de FORMENTÍN IBÁÑEZ, J.; VILLEGAS SANZ, Ma J. (1992). Relaciones Culturales entre España y América: la Junta para Ampliación de Estudios, Madrid, MAPFRE. Recientemente Revista de Indias ha dedicado un monográfico a estas relaciones, de manera particular a las que se desarrollaron con América Latina: NARANJO OROVIO, C. (coord.) (2007). La Junta para Ampliación de Estudios y América Latina: memoria, políticas y acción cultural, Revista de Indias, núm. 239. 3 Sobre la Institución Cultural Española de Argentina véase: LÓPEZ SÁNCHEZ, J. M. (2007). «La Junta para Ampliación de Estudios y su proyección americanista: la Institución Cultural Española en Buenos Aires». Revista de Indias (Monográfico sobre La Junta para Ampliación de Estudios y América Latina: memoria, políticas y acción cultural), núm. 239, pp. 81-102. «Los caminos de la JAE en América Latina: redes y lazos al servicio de los exiliados republicanos». Revista de Indias (Monográfico sobre La Unos años después, en 1918, nacía la Institución Cultural Española del Uruguay, presidida por el español Manuel Serra, y con similares objetivos a la de Buenos Aires: crear una cátedra en la Universidad de Montevideo y contribuir al financiamiento de las actividades que la JAE realizara en dicho país 4. El apoyo de estas asociaciones culturales hicieron posible los viajes de varios de los científicos e intelectuales españoles más destacados a dictar cursos y conferencias en el Cono Sur. El viaje a América se convertía en un verdadero periplo en el que los conferenciantes recorrían varios países cercanos. Desde 1914 al estallido de la Guerra Civil española fueron varios los que frecuentaron las universidades y academias de Argentina, Uruguay y en ocasiones también de Chile, entre ellos estaban Ramón Menéndez Pidal, José Ortega y Gasset, Julio Rey Pastor, Augusto Pi i Sunyer, Blas Cabrera, Adolfo G. Posada, Manuel Gómez Moreno, Gonzalo R. Lafora, José Casares, Pío del Río-Hortega, José Ma Ots Capdequí, María de Maeztu, Agustín Millares Carlo, Manuel Montoliú Togores, Amado Alonso, Claudio Sánchez Albornoz, Américo Castro, Manuel García Morente, etc. Años después surgieron instituciones culturales u órganos similares en otros países de América como México, en donde en 1925 se creó el Instituto Hispano Mexicano de Intercambio Universitario, bajo la dirección del rector de la Universidad Nacional, el auspicio de algunos de los miembros más destacados e influyentes de la colonia de inmigrantes españoles, y el aval de intelectuales y científicos mexicanos como el Dr. Tomás G. Perrín (alumno de Ramón y Cajal), o Alejandro Quijano, director de la Academia mexicana de la Lengua, entre otros. Como en el caso de América del Sur, en muchas ocasiones se aprovechó el viaje de los profesores españoles a México para que dictaran conferencias en otros países próximos como Cuba, Puerto Rico y en ----Junta para Ampliación de Estudios y América Latina: memoria, políticas y acción cultural), núm. 239, pp. 283-306. 4 Sobre las Instituciones Culturales Españolas véanse los siguientes trabajos: GRANA- ocasiones Estados Unidos. Por las aulas de las universidades mexicanas pasaron Fernando de los Ríos, Blas Cabrera, Luis de Zulueta, Américo Castro, María de Maeztu, Jorge Francisco Tello y Pío del Río-Hortega. Algunos de ellos siguieron el viaje invitados por las Culturales de Cuba, cuya institución, la Hispano-Cubana de Cultura, fue creada a finales de 1926 por Fernando Ortiz, la Institución Cultural de Puerto Rico, que nacía en 1928 bajo el auspicio de un grupo de la colectividad española establecida en San Juan y presidida por Rafael Fabián, o invitados por la Institución Cultural Española de Estados Unidos, fundada por la JAE en Nueva York en mayo de 1927, bajo la presidencia de Susana Huntington y la secretaría de José Padín. La existencia de las redes culturales, formales e informales, sirvieron no sólo para acercar a España a los países que en esos momentos eran los centros de irradiación de la ciencia, sino también para reestablecer relaciones con las naciones americanas desde nuevos postulados en los que primaron la cultura y la ciencia; en este acercamiento se logró crear una comunidad científica e intelectual a ambos lados del Atlántico con intereses comunes y proyectos compartidos. Y fueron estas redes culturales, que se fueron tejiendo e institucionalizando en algunos países mediante la creación de instituciones que propiciaron y regularizaron los intercambios, las que se transformaron años después en las plataformas con las que los republicanos españoles contaron cuando tuvieron que exiliarse. En esta nueva etapa que abre el exilio español, rebuscando las raíces de parte de los protagonistas, encontramos que muchas mujeres y hombres habían sido los artífices de las relaciones culturales que España fue creando desde principios de siglo XX con el continente americano y Europa. Aquel quehacer, en muchas ocasiones solitario, sirvió años más tarde de plataforma para el asentamiento de los refugiados españoles en instituciones que años antes les habían acogido como profesores y conferenciantes. Aquellos lazos de cultura y de amistad que a lo largo del tiempo se fueron tejiendo, aquellas cartas y telegramas de ida y vuelta que encierran parte de nuestra historia cultural, todo ello se convirtió en un lazo de solidaridad al estallar la guerra. A pesar del cierre impuesto al Centro de Estudios Históricos (CEH) por el estallido de la Guerra Civil el 18 de julio de 1936, muchos de los miembros del Centro siguieron cultivando los estudios que habían emprendido en 1910. Las relaciones de muchos de ellos con intelectuales e instituciones del extranjero, sus investigaciones sólidas y comunes que habían alcanzado un nivel extraordinario, fueron los elementos que hicieron posible, dentro de la ruptura y el dolor, la continuidad. La tragedia truncó la historia, la ciencia, la literatura..., y las vidas de millares de personas dentro del país. Sin embargo, la labor que sus máximos gestores habían emprendido algunas décadas atrás, hizo posible que estos hombres y mujeres, y la ciencia y la cultura en general siguieran en tierras americanas. No fue casual que ello sucediera en los países que ellos antes habían visitado y en los que habían impartido conferencias y cursos, en los mismos lugares que los intelectuales americanos habían creado instituciones similares al Centro de Estudios Históricos de Madrid como en Puerto Rico, México y Argentina. En el caso de Puerto Rico, la vinculación de Federico de Onís con el Centro madrileño y de manera especial con Menéndez Pidal, Tomás Navarro Tomás y Américo Castro, dio lugar a la creación del Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico en 1926. En su creación también fue crucial la iniciativa del rector de dicha universidad (Thomas Benner) y el impulso de Federico de Onís, quien desde 1916 fue enviado por la JAE a la Universidad de Columbia para encargarse de la cátedra de estudios y cultura hispánica. En el caso de México fue la Casa de España la institución creada con objetivos similares a los del Centro de Estudios Históricos; ambas instituciones habían mantenido unas sólidas relaciones académicas y humanas con los integrantes del CEH. En Argentina los institutos de filología iniciados por los alumnos de Pidal, como Castro, Amado Alonso o Antonio García Solalinde, como fue el Instituto de Filología de Buenos Aires nacido en 1923, recibieron durante años a los profesores españoles 5. Nuestra hipótesis sobre la creación de relaciones y redes intelectuales en las primeras tres décadas del siglo XX y la fuerza que tuvieron en los años siguientes a producirse el éxodo republicano español la ilustraremos a través de algunos ejemplos. Federico de Onís fue una vez más el que ayudó a que muchos de sus compañeros encontraran un acomodo en Estados Unidos y Puerto Rico. Tomás Navarro Tomás, después de permanecer durante la guerra en Valencia, se integró en la Universidad de Columbia; Amado Alonso fue profesor de Harvard a partir de 1947 tras ser destituido de su puesto en la Universidad de Buenos Aires, la docencia la compatibilizó con la dirección de Revista de Filología Hispánica, en Argentina, y después con la Nueva Revista de Filología Hispánica, del Colegio de México; Antonio García Solalinde fue profesor en la Universidad de Wisconsin, donde murió en 1937; Américo Castro fue profesor en el Instituto de Filología de Buenos Aires, en 1936, pasando ----5 Sobre las instituciones académicas de España y América pueden consultarse los trabajos siguientes: LÓPEZ SÁNCHEZ, J. M. (2006) tras el fallecimiento de Solalinde a la Universidad de Wisconsin, después a la Universidad de Texas, en 1939, y más tarde de la de Princeton, hasta jubilarse en 1953; Fernando de los Ríos tras abandonar su cargo de embajador en Estados Unidos, también fue acogido en la academia norteamericana. Desde sus nuevos puestos continuaron apoyando a otros intelectuales que aún se encontraban en los campos de concentración de Francia. Uno de ellos fue Tomás Navarro Tomás, que ya se encontraba en Columbia en marzo de 1939. Desde allí escribe a Juan Ramón Jiménez -que desde Miami había iniciado una campaña de ayuda económica para los intelectuales españolescontándole cómo se estaba organizando esta ayuda a nivel internacional a partir de la fundación de un Comité Central en París y sus delegaciones en diferentes países, y los últimos momentos que pasó con Antonio Machado. Las cartas escritas por estos exiliados a sus colegas en diferentes países americanos trasmiten la desolación y preocupación por otros compañeros aún en campos de concentración o refugiados en otros países de Europa. Américo Castro en los primeros momentos de la guerra daba cuenta del paradero de algunos: «Están en Inglaterra Castillejo, Alberto Jiménez, Luzuriaga y Prieto... En Grenoble, Ortega muy enfermo; en Francia, Sánchez Román; en París, González de la Calle y del Río-Hortega...»6. Como si de un ovillo se tratase, las cartas recogidas aquí y allá nos van deshilando la red surgida desde hace años y cómo fue utilizada por los exiliados para ir situándose allá donde algún colega les ayudara. En una de estas cartas, de 1937, Américo Castro agradecía a Onís su mediación ante Fernando Ortiz, que le había invitado a ir a La Habana, así como todas las gestiones para sacar a otros intelectuales de «aquel horno». Asimismo, le comentaba la imposibilidad de lograr que Tomás Navarro Tomás abandonara España al seguir aferrado a sus tareas en Valencia, o los deseos de salir del país de Dámaso Alonso y de Claudio Sánchez Albornoz. En la correspondencia ya comentada de Federico de Onís, aquella que mantuvo con Fernando de los Ríos, se recogen los viajes a América de muchos intelectuales y científicos españoles como José Castillejo y Claudio Sánchez Albornoz, a la vez que se anunciaban las llegadas de otros como José Gaos, y se comentaba la necesidad de ----ayudar a otros profesores como fue el caso de Odón de Buen, muy delicado tras su prisión en Mallorca 7. En el caso de Cuba la figura del antropólogo e historiador Fernando Ortiz fue clave en el establecimiento y normalización de las relaciones culturales entre ambos países. La creación de la Institución Hispanocubana de Cultura en La Habana en 1926, por Ortiz, con una interesante ramificación en Santiago presidida por Max Henríquez Ureña, institucionalizó estas relaciones al dotarlas de una continuidad y de un contenido científico y cultural que estaba por encima de cualquier otra consideración política, religiosa o racial 8. En la apertura de la Institución Hispanocubana de Cultura, Ortiz recalcaba cómo concebía las relaciones con España, en las que ya no tenían cabida «cantos a la raza ni al idioma, ni a la historia, ni al imperio cervantesco», sino el estímulo del trabajo cerebral y el estudio, y anunciaba también que ya se había puesto en contacto con los profesores españoles Blas Cabrera y Fernando de los Ríos, por entonces en México, para que participaran en la inauguración de la Institución Hispano Cubana de Cultura, y expresaba su intención de contar más adelante con la colaboración de Ortega y Gasset, Navarro Tomás, Marañón, Américo Castro, Pittaluga, Onís, Menéndez Pidal, etc..., no sólo para impartir conferencias y cursos en La Habana sino también para recibir a posibles becarios cubanos que se enviarían a España a perfeccionar sus especialidades. Estallada la guerra, por los salones de la Institución Hispano-Cubana de Cultura y gracias a la mediación de Ortiz, por las aulas de la Universidad de La Habana, pasaron varios exiliados: Sánchez Albornoz, Ots Capdequí, Luis Recasens, María Zambrano, Gustavo Pittaluga, Luis de Zulueta, Manuel Altolaguirre, Luis Amado Blanco y un largo etcétera. A la mediación de Ortiz también se debe la celebración en la Universidad habanera de la primera reunión de Profesores Universitarios Españoles Emigrados, en septiembre de 1943, presidida por José Giral, de la que salió la Declaración de La Habana. En México dos intelectuales conocedores de la cultura española y de sus actores, Daniel Cosío Villegas y sobre todo Alfonso Reyes, colaborador del Centro de Estudios Históricos entre 1915 y 1923, donde además de investigar había sido profesor de literatura en los cursos de verano del Centro, estos dos ---- (2000). «La acogida del exilio español en Cuba: Fernando Ortiz y la Institución Hispanocubana de Cultura». En: Josef Opatrný (ed.), El Caribe Hispano. Sujeto y objeto en la política internacional. Praga, mexicanos crearon en 1938 la Casa de España para albergar a los exiliados españoles. Dicha institución se transformó en el Colegio de México en 1940, recreando de alguna manera la estructura del Centro de Estudios Históricos. Allí trabajaron Rafael Altamira, Ramón Iglesia, Amado Alonso, Ignacio Bolívar, Pedro Carrasco, Rosendo Carrasco, José Gaos, José Medina Echevarría, Joaquín Xirau, entre otros. En el caso de la ciencia experimental hay que destacar la invitación, el 19 de abril de 1939, a Cándido Bolívar por parte de Cosío para que se incorporara al Departamento de Salubridad Pública de México, con objeto de que participara en la investigación de las enfermedades transmitidas por insectos, especialmente para trabajar en la lucha contra el paludismo y la oncocercosis. La invitación a Cándido Bolívar tuvo como respuesta la petición de un traslado familiar completo, que incluía a su padre Ignacio Bolívar Urrutia, hasta entonces director del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, presidente de la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas -puesto en el que había sucedido a Santiago Ramón y Cajal-y maestro de toda una generación de naturalistas, así como a su discípulo Dionisio Peláez, para el que además solicitaba un puesto de ayudante en el Departamento de Salubridad Pública de México. La contestación, que llevaba la firma de Alfonso Reyes, fue afirmativa y en julio de ese mismo año de 1939 desembarcaba toda la familia Bolívar en el puerto de Veracruz, una circunstancia que favoreció notablemente la aglutinación de los exiliados españoles que trabajaban en el mundo de la ciencia9. Ignacio Bolívar fue inmediatamente nombrado Miembro Honorario de la Casa de España con el expreso encargo de hacer una memoria sobre el estado de los estudios de las ciencias naturales en España, en tanto que su hijo Cándido Bolívar Pieltain era considerado Miembro Especial de la misma institución, aunque recibiese su remuneración del Departamento de Salubridad Pública, una situación similar a la del doctor Isaac Costero, discípulo de Pío del Río-Hortega, que también figuraba como Miembro Especial de la Casa de España, pero recibía su salario del Hospital General. En general la Casa de España mantuvo una estructura flexible en su apoyo a los refugiados españoles, aunque exigía una dedicación exclusiva de los considerados residentes, una situación que provocó algunos problemas con algunos médicos que fueron acusados de mantener una lucrativa actividad particular, como fue el llamativo caso del psiquiatra Gonzalo R. Lafora. En cualquier caso, los directivos de la Casa apoyaron sin reservas la colocación de los profesionales llegados a México y es necesario apuntar el ejemplo del ----doctor Enrique Arreguín, uno de los patronos de la Casa de España, que fue especialmente activo en la colocación de los médicos exiliados, como fueron los psiquiatras Gonzalo R. Lafora, Dionisio Nieto Gómez y Federico Pascual del Roncal, el historiador de la medicina Germán Somolinos, el especialista en tuberculosis Juan Solares, el ginecólogo José Torre Blanco, el pediatra Aurelio Romeo Lozano, etc... Asimismo la Casa de España apoyó sin reservas la actividad en los laboratorios de diferentes científicos ligados a la institución, como la de los médicos Isaac Costero, Lafora, Manuel Márquez y Manuel de Rivas Cherif en el Hospital General, Jaime Pi-Suñer en el Laboratorio de Fisiología de la Facultad de Medicina, la de Antonio Madinaveitia en la Escuela de Ciencias Químicas de la Universidad, o la de la de Francisco Giral en el Instituto de Enfermedades Tropicales. Lo mismo ocurrió en otros países que años antes habían mantenido relaciones con España: el Instituto de Filología de Buenos Aires (presidido de forma honorífica en la década de 1920 por Ramón Menéndez Pidal, y en el que trabajaron colaboradores suyos como Américo Castro), la Universidad de Buenos Aires, el Instituto de Filología de La Plata, la Columbia University de New York, el Departamento de Estudios Hispánicos de la Universidad de Puerto Rico, creado por mediación de Federico de Onís en 1926 y apoyado en todo momento por los antiguos compañeros del Centro de Estudios Históricos cuyas clases ayudaron a dar vida al proyecto de Onís, son ejemplos en los que vemos el fruto de estas relaciones. El caso de Puerto Rico es bastante peculiar por la intensidad de las relaciones y paradigmático. A diferencia de otros países en los que los gobiernos propiciaron la llegada de refugiados españoles en virtud de simpatías políticas y proximidades ideológicas, como fue el caso de México, o de otros en los que los gobiernos aceptaron la llegada de refugiados pensando en que sería una solución a determinados problemas, como fue el caso de Leónidas Trujillo en la República Dominicana, en Puerto Rico la llegada de los refugiados estuvo vinculada a distintos factores. Las redes tejidas previamente entre los profesores españoles y los intelectuales de la isla, la nueva valoración de la cultura española que la elite culta había hecho en las décadas anteriores, el apoyo de los gobiernos populares, los proyectos de renovación de los planes de enseñanza ideados por las autoridades universitarias, y el empeño personal de Jaime Benítez, rector de la Universidad de Puerto Rico, que supo aprovechar la experiencia y los conocimientos de los intelectuales españoles exiliados, fueron elementos claves en la acogida de los exiliados españoles. Muchos de los filólogos españoles que desde la década de 1920 habían ido anualmente a Puerto Rico a impartir clases de cultura y literatura española, primero a los cursos de verano y posteriormente al Departamento de Estudios Hispánicos de esta universidad, fueron acogidos tras 1939. Otros, gracias a la mediación de Onís, pasaron a Estados Unidos: Tomás Navarro Tomás, Américo Castro, Antonio García Solalinde, Pedro Salinas, Amado Alonso, Samuel Gili Gaya, etc. Las aulas universitarias de Puerto Rico se beneficiaron del magisterio de los profesores, científicos y humanistas, refugiados españoles. Aunque el exilio no fue muy numeroso, su presencia fue significativa ya que se produjo en unos momentos en los que se procedía a la renovación de algunas facultades y estudios, y a la implantación de algunas disciplinas, sobre todo en las áreas de ciencias. Asimismo, hay que señalar que en el caso de esta Universidad, encontramos muchos intelectuales que impartieron sus enseñanzas sólo de manera temporal. En muchas ocasiones, la Universidad sirvió como «tabla de salvamento» para estos hombres y mujeres que fueron cubriendo necesidades a través de conferencias, cursos, seminarios aquí y allá, además de los que fueron contratados en calidad de profesores. La cordialidad y la buena disposición de los profesores y autoridades académicas de la isla respecto a los republicanos españoles son manifiestas en todo momento, tratando de solucionar cualquier impedimento o problema burocrático o financiero que se presentara. Federico de Onís, desde su posición y prestigio en Estados Unidos, y en Puerto Rico, Jaime Benítez desde el Rectorado de la UPR y Sebastián González García desde el Decanato de la Facultad de Humanidades de la misma universidad consiguieron crear las condiciones necesarias para invitar y cobijar a un número muy destacado de intelectuales españoles refugiados, no tanto en cuanto a su número -ya que el total de los refugiados que permanecieron en la isla no sobrepasó la centena-como por el interés que despertaron sus trabajos y enseñanzas dentro de la Universidad. Sebastián González García, Javier Malagón, María Zambrano, Juan Ramón Jiménez, Jorge Enjuto, Francisco Ayala, Pedro Salinas, Alfredo Matilla Jimeno, José Ma Ots Capdequí, Carlos Marichal y Aurelio Matilla son algunos de los humanistas que frecuentaron las aulas puertorriqueñas. También merecen particular atención y estudios futuros el quehacer de algunos de los médicos y científicos asilados en la isla. Aunque mucho menos conocidos, Puerto Rico recibió un importante grupo de científicos españoles en 1939, compuesto fundamentalmente por médicos, muchos de ellos psiquiatras. La escasez de médicos en la isla, como apunta Francisco Giral, aumentó el interés de las autoridades por acoger a este grupo e invitar a otros médicos exiliados residentes en otros países americanos. Su quehacer contribuyó no sólo al avance de la investigación, sino también a la creación de la Facultad de Me-dicina en la Universidad de Río Piedras. Valga recordar a médicos de la talla de Emilio Morayta Núñez, Rafael Troyano de los Ríos, José Manuel García Madrid, Carlos S. Gubern Puig, Víctor Cuquerella, Honorato Estella Entralgo, Angel V. Rodríguez Olleros, Ruperto Varela Canosa, José A. García Gelarza, Juan Marcelino Pascua Martínez, entre otros. También se asilaron en Puerto Rico otros científicos, químicos y matemáticos como el conocido Honorato de Castro, que más tarde pasaría a México. En Europa, uno de los casos más interesantes es el de Gran Bretaña, donde la JAE también había mantenido contactos con medios intelectuales y científicos. Por los salones de la Residencia de Estudiantes, institución creada por la Junta en 1910, centro de irradiación de cultura y de reunión de las vanguardias artísticas, desfilaron no sólo poetas, pintores, historiadores o dramaturgos, sino también otros especialistas de otras ramas de la ciencia, invitados por la Sociedad de Cursos y Conferencias, o el Comité Hispano-Inglés, entre otros. Asimismo, sede de los cursos de verano, la Residencia recibió a un gran número de estudiantes extranjeros (norteamericanos, franceses, ingleses, británicos, suizos y alemanes fundamentalmente) que se beneficiaron del magisterio de los especialistas en cultura e historia de España. Dichos cursos se ampliaron a otros meses del año en el Centro de Estudios Históricos a partir de 1914. Asimismo, desde este Centro la JAE organizó cursos de enseñanza de español para extranjeros cuyos alumnos fueron posteriormente profesores de español (denominados repetidores) en instituciones académicas extranjeras en las que también acudían a clases donde completar su formación. Aunque el envío de estos repetidores se inició casi desde el comienzo de la JAE, su formalización no se produjo hasta años después, por ejemplo en el caso de Francia el acuerdo para el intercambio de repetidores se firmó en 1913; con Gran Bretaña el convenio llegó en 1920. Lector en este país fue por ejemplo Dámaso Alonso, lector hasta 1933 en la Universidad de Oxford. En este año fue sustituido en el puesto por uno de los becarios del Centro de Estudios Históricos, Enrique Moreno Báez. A él, como a tantos otros, este trabajo y sus contactos, le posibilitaron su permanencia después del 36. Enrique Moreno se traslado en 1939 de Oxford a Cambridge y en 1944 al King`s College de la Universidad de Londres. Respecto al Comité Hispano-Inglés, creado en Madrid en 1923, a través de las conferencias que organizó se propició el intercambio de alumnos de ambos países. Buena parte de sus actividades las desarrolló en la Residencia de Estudiantes, en cursos y conferencias, que completaban la carrera universitaria de los estudiantes dándoles a conocer y poniéndoles en contacto con los científicos e intelectuales europeos más importantes del momento. Muchas de las conferencias impartidas en este comité versaron sobre los grandes descu-brimientos geográficos: Hamilton Rice (Guayana); Marques de Zetland (India); Francisco Iglesias (expedición frustrada al Amazonas); Berthram Thomas (Arabia); junto a éstos desfilaron por los salones destacados egiptólogos y arqueólogos como Horward Carter; Francois Lantier; Ernst Kühnel, o el economista Keynes, entre otros. Otro tema interesante que queremos plantear, muy relacionado con lo que estamos tratando, es la recomposición de la ciencia y de la cultura en el exilio. En la ruptura, Federico de Onís y Tomás Navarro Tomás desde la Universidad de Columbia se esforzaron en que la obra intelectual desarrollada por el Centro de Estudios Históricos tuviera una continuidad. Tanto Onís como Tomás Navarro se dieron a la tarea de reformar la Revista Hispánica Moderna, del Instituto de las Españas, en una publicación más amplia que cubriera los aspectos que abarcaba la desaparecida Revista de Filología Española que editaba el Centro de Estudios Históricos. Es más, Onís pensó incluso en volver a crear el Centro de Estudios Históricos en el exilio, en Buenos Aires, México, Cuba, Chile, Colombia, Estados Unidos. En Buenos Aires, La Habana y Nueva York estarían la dirección y secretaría del Centro. Junto a esta idea también se barajó la de fundar una cátedra para profesores españoles en Estados Unidos y diferentes países latinoamericanos. Nacida para salvaguardar la cultura española en el exilio, la Junta de Cultura Española se reconstituyó en México con José Bergamín como presidente y Juan Larrea como secretario, y contaron con un órgano de propaganda España Peregrina, iniciada en México en 1940. En ese mismo año crearon la editorial Séneca, dedicada a libros de ciencia y de cultura, editando también libros escolares que eran material de trabajo en los colegios creados por los refugiados españoles como el Colegio Luis Vives, Colegio Madrid, etc..., que fueron también empresa de la Junta de Cultura Española. Desde la ciencia el proyecto de mayor éxito para lograr aglutinar a los exiliados fue la creación de la revista Ciencia. Cuatro de estos científicos, que estaban íntimamente ligados a la Casa de España en México, Ignacio Bolívar Urrutia, como director, y Cándido Bolívar Pieltain, Isaac Costero y Francisco Giral, como redactores principales, fueron los que llevaron a cabo la empresa editorial e investigadora que entrañó la creación en 1940 de la revista Ciencia. Revista hispano-americana de Ciencias puras y aplicadas. El 1 de marzo de 1940 aparecía el primer número de esta revista publicada por la editorial Atlante. En su primer consejo de redacción, a pesar de que el número de los exiliados residentes en México, y de manera especial de médicos y biólogos, era muy elevado, en él figuran también nombres de científicos españoles de distintas disciplinas, que residían en diferentes lugares, junto al de otros científicos latinoamericanos. Componían este consejo de redacción hombres como José Giral, Gonzalo R. Lafora, Antonio Madinaveitia, Manuel Márquez, José Andrés Oteyza, José Puche, Enrique Rioja Lo-Bianco, residentes en México; Pedro Domingo Sanjuán exiliado en Cuba; Rafael Lorente de No y José F. Nonídez, en Estados Unidos; José Cuatrecasas, José Royo y Gómez y Antonio Trías, residentes en Colombia; Arturo Duperier y Pío del Río-Hortega en Inglaterra; Enrique Moles y Manuel Martínez Risco en Francia; Ángel Cabrera en Argentina; Bernardo Giner de los Ríos y Juan Gómez Menor en la República Dominicana; Miguel Prados Such en Canadá; José Sánchez Covisa, Augusto Pi i Sunyer y Amós Salvador en Venezuela, etc. En cuanto a su estructura, la revista Ciencia estaba dividida en distintas secciones: La Ciencia moderna, donde pretendía dar a conocer artículos redactados por especialistas que trataran temas científicos de actualidad; Comunicaciones originales, que contenía noticias referentes a novedades científicas; la sección de Noticias, en la que se daba información sobre el movimiento universitario, académico y científico internacional, incidiendo en el mundo hispano-americano; Ciencia aplicada, y Miscelánea. A estas cinco secciones les seguían otras de carácter bibliográfico denominadas Libros nuevos y Revista de revistas. En esta última se reseñaban los estudios recientes que tuvieran mayor interés para la revista Ciencia. En el editorial, fechado el 15 de febrero de 1940, aparece la «Presentación» de esta revista, realizada por su director Ignacio Bolívar, quien aún firmaba como director del Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid. En dicha presentación se describen los objetivos de la nueva publicación, destacándose la intención de difundir e incrementar el interés por las ciencias en los países hispano-americanos. Asimismo, proseguía Bolívar con una declaración de intenciones que presentaban a la revista Ciencia como lo que llegó a ser, una publicación en la que el exilio y también la comunidad científica internacional volcó sus conocimientos, dando a conocer los progresos y métodos que tuvieran una utilización práctica e inmediata, y que contribuyeran al desarrollo de industrias. Por otra parte, se pretendía que la revista no fuera sólo de interés para la comunidad científica, sino que abarcase a un público mayor: «Contribuirá también a elevar el nivel de la cultura pública, en cuanto a lo relacionado con las Ciencias físico-naturales, exponiendo, en lenguaje para todos comprensible, el estado de los problemas de general interés que toda persona ilustrada debe conocer». En cuanto a su posible impacto en el mundo científico español, Francisco Giral comenta que del primer número de la revista se enviaron 500 ejempla-res a España y se recibieron peticiones de suscripciones, pero las autoridades franquistas prohibieron inmediatamente su distribución, por lo que al intentar enviar el tercer número la Administración mexicana de correos les comunicó el oficio de su correspondiente en España que denegaba la entrega de ejemplares. El propio Giral interpretaba así esta circunstancia: «...el hecho de ver reunidos tantos nombres de la ciencia española exiliada trabajando y publicando desde México en colaboración con una selecta y numerosa lista de científicos hispanoamericanos parece que fue resentido por las autoridades tiránicas franquistas como una agresión peor que los ataques militares» 10. En la fundación de la nueva revista científica del exilio español hay que destacar la fuerte personalidad de su principal promotor, Ignacio Bolívar Urrutia. Las palabras de sus colaboradores en la revista Ciencia, Isaac Costero, Francisco Giral y Enrique Rioja, en el número 9, con motivo del cumpleaños del maestro, resumen brevemente el perfil personal del fundador de la revista: «El día 9 de noviembre cumple noventa años nuestro Director, don Ignacio Bolívar Urrutia. Sus amigos los científicos e investigadores americanos, sus compañeros y discípulos que antes trabajaron en España y ahora mantienen vivo en América el progreso de las Ciencias Naturales, hubieran deseado con entusiasmo hacer de ese aniversario un motivo de respetuoso homenaje para el sabio entomólogo español, a cuyo nombre se asocian desde hace seis décadas, los mejores avances realizados por los estudios científico-naturales en España. Pero con su ejemplar y reconocida modestia, don Ignacio Bolívar aconsejó que no se llevara a cabo ese homenaje, « (...) La triste situación del mundo en guerra ha quebrado la bella continuidad del progreso científico y la cordialidad entre las naciones. Muchos de los científicos e investigadores más distinguidos viven hoy fuera de su país, alejados de sus centros de trabajo, de los seminarios y laboratorios donde dejaron lo mejor de su vida. Otros han visto truncada su labor creadora por motivos ajenos a toda consideración científica, y en el mejor de los casos, están incomunicados de sus colegas del mundo entero. Para todos ellos y para cuantos creemos con firmeza en el definitivo triunfo de la cultura, la figura de don Ignacio Bolívar aparece como un símbolo vivo del investigador que frente a la adversidad y a todo género de amarguras, y luchando con la edad, ha sabido mantener su prestigio científico, su dignidad intachable y su ----10 GIRAL (1994), p. 42 limpia e indiscutible conducta; como un signo, también, de que a pesar de las desgracias sufridas, la mayor parte de la escuela naturalista española, creada por el maestro don Ignacio Bolívar, se ha salvado de la destrucción y mantiene con toda fe sus actividades, incorporadas, para bien de todos, a la vida científica hispanoamericana» 11. Cuatro años después, el segundo director de la revista Ciencia, el físico Blas Cabrera 12, daba a conocer el fallecimiento de Ignacio Bolívar el 19 de noviembre de 1944 y explicaba las razones de la fundación de este medio de expresión de la ciencia española en el exilio: «Rememorando los días ya lejanos en que prestó todo el fuego de su entusiasmo y actividad a la fundación de los Anales de la Sociedad Española de Historia Natural, consideró que debía llenar la última época de su vida, correspondiendo al afecto con que había sido recibido en esta Nueva España, levantando el prestigio de los españoles todos: lo mismo los que llegaban de Europa que los que habían creado los jóvenes pueblos americanos, dando vida a un nuevo órgano de publicidad para su obra científica que todos pudieran considerar como propio y el mundo entero mirase con respeto y acogiese con interés creciente. A pesar de los achaques que había acumulado su larga vida de trabajo, el entusiasmo sostuvo su actividad, dándole las fuerzas necesarias para comunicar a los hombres más jóvenes que se agrupaban a su vera, buscando la inspiración y el calor recibido con el fecundo influjo de su actividad intelectual, que conservó siempre, su vigor constructivo» 13. Sobre sus últimas actividades en España, el médico Manuel Márquez, que en México presidía el Ateneo «Ramón y Cajal», recordaba cómo Bolívar había dirigido las últimas actividades de la Junta para Ampliación de Estudios hasta el último momento: «Cuando, a fines de 1936, por causa de la guerra de España, el Gobierno de la República se trasladó a Valencia, se reconstituyó la Junta con algunos de los vocales que allí estábamos, más otras personas que fueron designadas por el señor Subsecretario del Ministerio de Instrucción Pública, don Wenceslao Roces, de acuerdo a nosotros. Yo fui honrado entonces con la designación de Presidente, pues don Ignacio Bolívar se hallaba reponiendo su salud en el mediodía de Francia. Mas al regresar éste a Valencia, puse inmediatamente el cargo a disposición del señor Ministro para que éste lo restituyese a quien en justicia correspondía, es decir, a don Ignacio ----11 Ciencia (1940), vol. I, núm. 9, p. 12 Sobre la interesante vida y obra de Blas Cabrera, probablemente el mejor físico español de todos los tiempos, pude verse GÓNZALEZ DE POSADA, 1994. Camps, en el Departamento de Antropología, Cándido Bolívar Pieltain, Bibiano F. Osorio Tafall, Enriqueta Ortega Feliú, Adela Barnés y Francisco Giral en el Departamento de Biología. Se informaba también de la inauguración del Instituto de Química que el Colegio de México ofrecía a la Escuela de Ciencias Químicas de la Universidad Nacional, que sería dirigido por Antonio Madinaveitia, antiguo catedrático de Química orgánica de la Universidad de Madrid, con objeto de ofrecer el doctorado en Ciencias a los alumnos ya licenciados en cualquiera de las tres ramas de la Escuela: Ingeniero químico, Químico y Químico farmacéutico biólogo. Asimismo la revista Ciencia daba a conocer los cursos del Colegio de México para 1941, en los que participarían José Giral (Química), Ignacio González Guzmán (Fisiología), y Germán García (Cancerología) en la Universidad Michoacana de Morelia; Pedro Bosch Gimpera (Antropología) en la Universidad de Guadalajara; Jaime Pi i Sunyer (Fisiología) en Monterrey; Germán García (Cancerología) y Fernando Orozco (Química) en la Universidad de San Luis Potosí y Cándido Bolívar Pieltain (Ciencias Naturales) y Pedro Carrasco (Física) en el Colegio de Estudios Superiores de Guanajuato. Un año después Ciencia se hacía eco del nombramiento del profesor Manuel Márquez, antiguo decano de la Facultad de Medicina de Madrid, como miembro de honor de la New York Society for Clinical Ophthalmology, así como del de Gonzalo R. Lafora como socio honorario de la American Neurological Association de Nueva York, y de la concesión del doctorado honoris causa por la Universidad de La Plata (Argentina) a Pío del Río-Hortega, por sus importantes descubrimientos en el campo de la Histología. La revista daba además a conocer a sus lectores la llegada a la capital de México, para fijar aquí su residencia, de Victoriano Acosta, profesor de Otorrinolaringología en la Universidad de Madrid, y de Blas Cabrera, antiguo director del Instituto Nacional de Física y Química de Madrid, que poco después era nombrado profesor de Física Atómica e Historia de la Física en la Universidad Nacional de México. En este capítulo de nombramientos cabe destacar también el de Cándido Bolívar Pieltain como Entomólogo de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del Instituto Politécnico Nacional, una institución de vital importancia para el ejercicio profesional de los biólogos españoles en el exilio y en la que este año dio algunas conferencias el fisiólogo Augusto Pi i Sunyer, director del Instituto de Medicina Experimental de Caracas. Asimismo, se daba cuenta del nombramiento de José Cuatrecasas, antiguo director del Real Jardín Botánico de Madrid, como director de la Escuela Superior de Agricultura Tropical en Cali (Colombia). La revista informaba también de la designación por la Asociación de Profesores Universitarios Españoles en México del profesor Bosch Gimpera, antiguo rector de la Universidad de Barcelona, como representante en la Segunda Confe-rencia Americana de Comisiones de Cooperación Intelectual, reunida en La Habana en noviembre de 1941. En lo que se refiere a la actividad investigadora, la revista Ciencia daba a conocer el nuevo Boletín del Laboratorio de Estudios Médicos y Biológicos de la Escuela Nacional de Medicina, creado bajo los auspicios del Colegio de México, bajo la dirección del Dr. I. González Guzmán, y en el que ya habían colaborado Isaac Costero, Sixto Obrador, Dionisio Nieto, Jaime Pi i Sunyer, M. Rivas Cherif, etc... Asimismo, comentaba la creación de un Laboratorio de investigaciones histopatológicas en los locales de la Institución Cultural Española de Buenos Aires, bajo la dirección de Pío del Río-Hortega, quien contaría con la ayuda de ocho médicos y biólogos y publicaría los resultados en una nueva revista trimestral. El último número de 1942, aparecido en mayo del año siguiente, comunicaba la creación en México del Ateneo Ramón y Cajal como asociación médica hispano-mexicana, bajo la presidencia del Dr. Manuel Márquez y con la ayuda en la secretaría del Dr. Julio Bejarano. El nuevo Ateneo prepararía conferencias de carácter médico y entre sus finalidades figuraría la defensa, continuidad y difusión de la ciencia médica española y el posible auxilio a los médicos exiliados en Francia y Marruecos. Precisamente, entre las conferencias dadas en México en diciembre se encontraban las de Emilio Mira, neuropsiquiatra español entonces exiliado en Buenos Aires. Entre las visitas de científicos exiliados en otros países a México, Ciencia destacaba las de Augusto Pi-Suñer, exiliado en Venezuela y de Honorato de Castro, procedente de Puerto Rico, del Dr. Ángel Rodríguez Olleros, antiguo profesor auxiliar de Terapéutica en la Facultad de Medicina de la Universidad de Madrid y ahora exiliado también en Puerto Rico, la del profesor Durán Reynals, descubridor del factor de difusión y uno de los investigadores más distinguidos en problemas de cáncer experimental, que ejercía como profesor en la Universidad de Yale, y la del médico Gustavo Pittaluga, residente en La Habana y hasta este mismo año presidente de la Unión de Profesores Universitarios Españoles en el Extranjero. En 1939 se había constituido en París la Unión de Profesores Universitarios Españoles en el Extranjero bajo la Presidencia de Gustavo Pittaluga y, en calidad de tal, actuó en Cuba ante las autoridades académicas a fin de conseguir apoyo y financiación para realizar una reunión de un grupo de destacados Profesores Universitarios Españoles en el Extranjero 16. Ciencia in----- 16 Tras crearse en París la Unión de Profesores Universitarios Españoles en el Extranjero, en México se fundó una sección de la misma. Años más tarde, después de celebrarse la Primera Reunión de Profesores Españoles Emigrados en La Habana, se acordó trasladar su sede a México. Libro de la Primera Reunión de Profesores Universitarios Españoles Emigrados (1944). La Habana, Talleres Tipográficos «La Mercantil». formó del desarrollo de esta reunión que finalizó con la conocida «Declaración de La Habana», realizada bajo la presidencia de honor de Rodolfo Méndez Peñate, rector de la Universidad de La Habana, e Ignacio Bolívar Urrutia, como presidente de la Sección de México de la Unión de Profesores Universitarios Españoles. Entre los destacados asistentes figuraron José Giral, Mariano Ruiz Funes, Joaquín Xirau, Pedro Bosch Gimpera, Manuel Pedroso, José de Benito, Francisco Giral y Cándido Bolívar por México, Demófilo de Buen, por Panamá, Luis de Zulueta y Antonio Trías por Colombia, Fernando de los Ríos y Alfredo Mendizábal por Estados Unidos, Augusto Pi-Suñer por Venezuela y María Zambrano, Gustavo Pittaluga, Félix Montiel y Paulino Suárez por Cuba17. De las noticias sobre otros medios de expresión de los refugiados españoles hay que destacar las referidas a la creación de los Anales de Medicina del Ateneo Ramón y Cajal, que comenzaron su andadura a finales de 1943 con un número especial dedicado a Santiago Ramón y Cajal, en el que participaron entre otros Manuel Márquez, J. Bejarano, M. Martínez Báez, T. G. Perrín, A. Zozaya, B. Cabrera, J. Puche e I. Costero. En su secretariado de redacción se encontraban los médicos españoles Julio Bejarano, Isaac Costero, Joaquín D'Harcourt, Jacinto Segovia, junto a otros colegas mexicanos. La muerte de Blas Cabrera, el segundo director de la revista Ciencia marcará una etapa en la vida de la publicación. Antonio Madinaveitia, su colaborador en el Instituto Nacional de Física y Química (Fundación Rockefeller) en Madrid, fue el encargado de comentar su labor en el exilio, tras relatar su trayectoria en España, sus distinciones internacionales y sus relaciones científicas anteriores con América, ya que en 1920 había ido a dar un curso a Buenos Aires y Montevideo, invitado por la Sociedad Cultural Española, que entonces presidía el Dr. Avelino Gutiérrez, en 1926 había marchado a México al mismo tiempo que Fernando de los Ríos, a dictar varios cursos de conferencias, invitados por la Sociedad Española de Relaciones Culturales, que presidía D. Adolfo Prieto, y más tarde fue a Cuba: «Cuando estalló la sublevación fascista, D. Blas, ya no joven, consideró que no podría continuar trabajando en Madrid y se fue a París a ocuparse más asiduamente de su cargo de Secretario del Bureau internacional de pesas y medidas que desempeñaba ya hacía algunos años; sus trabajos de investigación los prosiguió en los laboratorios de la Escuela Normal de Sèvres. Terminada nuestra guerra civil allí con-----tinuaba, pero vino la guerra europea y después de haber ocupado los alemanes París, recibieron una cariñosa indicación del Gobierno de Franco por la que le hicieron dimitir de su cargo. Vino entonces a México, ya viejo y muy agotado, más que por la edad por un trastorno del sistema nervioso, que tenía desde 1918. Durante la epidemia mundial de gripe sufrió un ataque de encefalitis letárgica, del que le quedaron lesiones que se fueron agravando hasta producir su muerte. A pesar de su estado tuvo aún bríos en México para continuar trabajando, fue acogido con cariño en el Instituto de Física de la Universidad Nacional, donde además recibió ayuda de la Fundación Rockefeller para establecer un taller en el que pudiera construir los aparatos necesarios para sus investigaciones. Deja D. Blas una labor física importante, y además pudo tener la satisfacción de ver reunidos en su laboratorio un grupo de jóvenes investigadores, unos formados por él desde el comienzo, otros que encontraron en su laboratorio el apoyo y la dirección necesarios para sus investigaciones. Este grupo de hombres jóvenes comenzaba a crear la física española, y lo hubiera logrado de no haber sido por la guerra. Para no citar más que algunos nombres, recordaré a Catalán, bien conocido por sus teorías sobre las líneas espectrales; Julio Palacios, especializado en difracciones de rayos X; Martínez Risco, Duperier, Velasco, Juan Cabrera, todos ellos profesores universitarios; su hijo Nicolás, que ha continuado trabajando en el Bureau de pesas y medidas; Santiago Piña, nuestro mejor analista espectral, muerto trágicamente durante la represión, un año después de la guerra» 18. Desde un punto de vista más político, encontramos también información referente a otras actividades de estos intelectuales, como la constitución de la «Unión de Intelectuales Españoles en México», el 21 de julio de 1947, cuya finalidad era la de colaborar en la lucha por la liberación de España y particularmente con la «Unión de Intelectuales Libres» que se había creado dentro de la península. Entre otros apoyaban la iniciativa Héctor Pérez, Carlos Chávez, Alfonso Reyes, Enrique González y Manuel Martínez Báez, entre los mexicanos y los españoles José Giral, Manuel Márquez, Pedro Bosch Gimpera, Honorato de Castro, que actuaría como presidente, Isabel O. de Palencia, Mariano Ruiz-Funes, Luis A. Santullano, José Moreno Villa, J. D. García Bacca, Francisco Giral, Wenceslao Roces, Max Aub, José L. de la Loma, M. de Rivas Cherif, etc.., algunos de ellos ligados directamente a la revista Ciencia. Entre los momentos de gloria para los miembros de la colectividad científica exiliada cabe destacar el nombramiento de Cándido Bolívar Pieltain como nuevo presidente de la Sociedad Mexicana de Historia Natural, un hecho que el director de Ciencia interpretó como una muestra de solidaridad de los naturalistas mexicanos hacia los españoles, quienes por otra parte habían participado de las actividades de la Sociedad desde el primer momento del exilio. Hay que mencionar también el nombramiento del profesor Bosch Gimpera como director de la sección de Humanidades y Filosofía de la UNESCO, a propuesta de su director, Julian Huxley, así como el de Cándido Bolívar como Consejero científico para la Conferencia del Instituto Internacional de la Hilea Amazónica, el de Faustino Miranda para la creación de un Museo, Herbario y Jardín Botánico Tropical en Chiapas y el del Dr. José Goyanes Capdevila, antiguo director del Instituto del Cáncer de Madrid, como nuevo miembro de la Academia Mexicana de Cirugía. Asimismo, el Dr. Bernardo A. Houssay, miembro del Consejo de Redacción de la revista Ciencia desde 1940, recibió el Premio Nobel de Medicina de 1947, por sus estudios sobre el metabolismo de los hidratos de carbono en relación con el lóbulo anterior de la hipófisis. Terminaba la primera década de esta revista, órgano del exilio científico español con la incorporación al Consejo de Redacción de Severo Ochoa, que pocos años después recibiría el Premio Nobel de Medicina y se convertiría en la figura científica española de referencia tras Santiago Ramón y Cajal, el ídolo de nuestros científicos exiliados. A modo de conclusión hay que decir que las relaciones e intercambios desarrollados en estos años mediante el envío de pensionados o con profesores que impartieron cátedra en diferentes países, sobre todo en América, tuvieron los efectos buscados por los arquitectos de la JAE. Mientras algunos de los protagonistas se mostraban entusiastas con el avance de la cultura española en el extranjero, otros se esforzaban por proyectar una imagen diferente de España, y otros apostaban por la renovación pedagógica y científica como una de las vías principales para regenerar el tejido social y moral. Obra de muy pocos, la España adormecida salía del aislamiento y en un tiempo breve encontraba nuevos cauces en sus relaciones con otros países. Sin embargo, la trascendencia de este esfuerzo fue más allá, ya que sirvió para establecer redes que actuaron de plataforma para la llegada y acogida de los antiguos profesores y pensionados a partir de 1936, ahora como exiliados. Las redes tejidas en los años anteriores al estallido de la Guerra Civil española, entre académicos españoles y americanos, facilitaron la continuidad de algunos proyectos; en algunos casos eran proyectos que se habían iniciado años antes y que fueron transformados ante las nuevas circunstancias. Aunque no fue un camino fácil, estos proyectos y redes ayudaron al asentamiento y recuperación de la cotidianeidad de muchos intelectuales y científicos que retomaron sus trabajos en universidades y centros de investigación de América Latina y Estados Unidos. En territorio americano algunos de estos intelectuales, artistas y científicos, hombres y mujeres, fueron restableciendo lentamente las redes de la cultura y de la ciencia españolas -entendiendo ésta como parte de la cultura-. Con este trasvase cultural se cumplía unos de los objetivos de Federico de Onís, salvar la continuidad de la cultura española en América. En el exilio se trasplantaron, en algunos casos, modelos de organización científica que ya existían en España, y en él se vincularon grupos de trabajo que, a pesar de estar en distintos países, lograron formar redes, perpetuando escuelas, métodos y proyectos de investigación que habían iniciado en España. Aunque no fue mayoritario, sí convendría estudiar en cada país las redes culturales que antes de la guerra existían, y cómo éstas pudieron servir de puente, de trampolín para la llegada e incorporación al mundo laboral de los refugiados hispanos. Si en un primero momento el exilio supuso un trasvase cultural de España a América, también supuso para algunas disciplinas una etapa de crecimiento y esplendor. Como dice Juan Marichal, el exilio representó para el ensayo hispánico una de sus grandes épocas. No sólo por su evolución y desarrollo interno, sino también por el enriquecimiento que produjo el contacto con los escritores y realidades latinoamericanas. Los combates por la lengua que recoge El defensor de Pedro Salinas es un producto directo de esta interacción, como lo es también la revista Cuadernos americanos, empresa cultural proyectada por León Felipe y Juan Larrea, los mismos que mantuvieron España Peregrina y que a diferencia de ésta, ya era americanista. El exilio produjo, como hemos dicho, rupturas, soledad y aislamiento, pero también generó una rica cultura compartida entre americanos y españoles. Creó cátedras y fomentó disciplinas en las que el carácter hispano pasó a ser hispanoamericano, y en las que los exiliados comprendieron de una manera diferente la unidad del mundo hispánico como apunta Américo Castro. Junto a la soledad, la melancolía y el lamento compartido por muchos de los escritores exiliados, la España Peregrina de estos intelectuales dejó de ser sólo España para transformarse en puente de unión entre ambos mundos, en una cultura híbrida y compartida que pertenece a todos 19. Revista de Indias (Monográfico sobre La Junta para Ampliación de Estudios y América Latina: memoria, políticas y acción cultural), núm. 239, pp. 15-32.
Estamos ante un volumen conmemorativo del centenario de la Junta para la Ampliación de Estudios que ha coordinado Miguel Ángel Puig-Samper, director de Publicaciones del CSIC, con la colaboración de A. Santamaría. Lo forman casi sesenta contribuciones, muy bien documentadas y de gran interés, tanto sobre la JAE como sobre el propio CSIC 2, en total casi quinientas páginas a gran formato para trazar un recorrido que, con acierto, se ha querido traer hasta el presente más actual. La revisión de conocimientos históricos, con la inclusión de testimonios y opiniones, vivencias y recuerdos de protagonistas, hacen de este repaso sobre la historia de la Junta y el organismo que la sustituyó -ese «heredero no siempre fiel», como escribe Mainer-, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, hacen que este trabajo colectivo constituya una herramienta útil y oportuna para la historia de muchas disciplinas. Además de ser una lectura adecuada, también, para un público amplio interesado por la historia de la ciencia, la cultura y la política españolas en general. No es éste, pues, un libro dirigido únicamente a los historiadores de la ciencia y/o la historia intelectual, sino que proporciona también un modo grato de abordar las secuencias e hitos fundamentales de nuestra trayectoria institucional e histórica, en el terreno de la formación y el desarrollo científicos. La edición cuenta con un aparato bibliográfico muy completo y con magníficas ilustraciones, entre ellas algunas poco vistas, que resultan emocionantes y cercanas. Los testimonios recogidos por Pilar Tigeras y Paz Juárez transmiten gran viveza por su parte, y las biografías de los presidentes del CSIC a cargo de José Ramón Urquijo, finalmente, son apropiadas para la consulta de aspectos recientes. Yendo al fondo de las intervenciones, y a modo de hilo conductor general, hay que decir que el libro muestra con claridad y suficiente variedad de enfoques aquellos obstáculos de tipo político y social que fueron haciendo frente al proceso científico español en la última centuria, como parte integrante de una difícil modernización y acercamiento a los países del entorno, enfatizando no obstante siempre los momentos de impulso y las fases de energía -a veces desbordante-que dan cuerpo y subrayan la normalización científica de nuestro país. Con personajes como Cajal en el histórico punto de arranque y la eficaz contribución de Castillejo -es bien sabido que fueron ellos dos, de modo muy personal, quienes imprimieron su sello a la creación y gestión de la Junta-, se abren por lo tanto estas páginas, que llegan hasta alcanzar el momento actual. El cuidado editorial ha logrado además una atractiva presentación, muy atenta al contexto general. Así, desfilan acontecimientos y perspectivas, circunstancias y proyectos variados, que unen ciencia y política en el marco más amplio de lo que fue un proyecto reformista de signo liberal. Con rigor, a la vez que amenidad en el tratamiento, los autores consiguen mantener la atención del lector a lo largo de este relato complejo que encadena los logros con las dificultades objetivas, en un itinerario que va alternando las continuidades y los cambios marcando los puntos fuertes y las debilidades. Su seguimiento continuado pone de relieve cómo muchos de aquellos cambios, y acaso los que resultarían más importantes en su momento, se debieron a la intervención sociopolítica, nacieron de la aplicación de un puñado de decisiones inscritas en el impulso regenerador que brota de la crisis cultural del 98. Despegando normativamente las reformas en la primera década del siglo XX, las inercias frente al cambio científico -como es sabido-parecían ya en franco retroceso al abrirse la década de 1930. Pero los muchos avances conseguidos quedaron detenidos por la guerra civil. Después de ésta -y durante toda la segunda mitad del siglo XX-, se ensayó la recomposición del campo científico, abordando (cuando se pudo) corrientes de investigación y teorías perdidas, intentando reemprender desarrollos empíricos abandonados, es decir, ensayando la mecánica imprescindible de actualización. Pero tanta desarticulación como la habida en el país entero no podría de golpe recomponerse. En la ciencia española, no sería fácil cubrir los huecos -tanto biográficos como de escuela-, dejados por el peso del exilio y el atraso retrógrado de la ideología oficial, lastre que pesa sobre la trayectoria inicial del CSIC, y que iba a tratar de ser obviado con mucho esfuerzo personal a veces, para paliar el negativo impacto del corte brusco. En materias de letras sobre todo, no siempre será dado sin embargo pasar la criba del pensamiento antiliberal, que dejaría huellas visibles en nuestras disciplinas humanísticas hasta hace bien poco. Partiendo del empeño de unos cuantos, había comenzado a hacerse realidad -no antes de que amaneciera el siglo XX-el viejo sueño de cancelar aquel retraso educativo secular que padecía España, y sobre el cual no les cabía duda a los hombres y mujeres de la Institución. La conciencia del bache formativo se convirtió en sostén imprescindible de una práctica política (reformista, liberal cuando no democrática, y de genérica modernización) orientada a impulsar decididamente el desenvolvimiento científico. Pasaba a ser política, de esta manera, la mixtura de aquella «moral» apoyada en la ciencia y la cultura y esa eterna pasión por el descubrimiento que encarna en nuestro caso, emblemáticamente y como nadie, Cajal. Los muchos nombres de relieve que le acompañan en esta historia -junto a otros también, menos conocidos, pero reconocibles en su importancia a lo largo de estas páginas-irán marcando, en todas y cada una de las disciplinas que estudiaron los pensionados de la JAE, ritmos y desenlaces diferentes. Y les irán otorgando significación particular hasta llegar a los investigadores de los tiempos recientes, cuando la densidad de la red del CSIC -sin alcanzar nunca las proporciones más generosas de otros países-impida ya el retener sus nombres para el recuerdo en un texto de estas características. Aun así, si es cierto que el componente humano está menos individualizado en los tramos intermedios del recorrido que realiza este libro -a cambio de realzar las actuaciones y los atributos científicos colectivos-, siempre acabará aflorando la dimensión biográfica, subrayando el particular protagonismo. Concebido como un mosaico representativo de la compleja realidad que, en parte por razones extracientíficas, es nuestra ciencia, Tiempos de investigación, en tanto que revela las dificultades de estructura y continuidad, muestra cuán grande ha sido el peso de la política científica en España, falta entre otras cosas de inversión privada, y no ya solo para investigación básica, sino también para su aplicación. En esas circunstancias, nada tiene de extraño un despegue obediente a impulsos pedagógicos y al marco del pensamiento liberal ilustrado, un referente al que es preciso aludir sin remedio para dar cuenta de los cambios científicos y el papel del Estado, imprescindibles como son dichas políticas en los procesos de modernización. Que las notas de contexto remitan a los ideales regeneracionistas no es, en este punto, un asunto banal, pues tanto limitaciones como logros hunden ahí sus raíces. Vemos lo decisivo del factor humano, y hasta dónde es potente la determinación particular en el esfuerzo de implantación científica, pero también como aquél debe someterse a unas reglas. En función de la distribución de oportunidades en pensiones y becas que la Junta otorgó, y a partir de los concretos resultados de las estancias de aquellos jóvenes en el extranjero -o de la fortuna que experimentaron sus proyectos-, se fue espesando el tejido científico y pedagógico español, pero las alteraciones de tipo político gobernaron finalmente el todo. Tiende a existir así desigualdad de resultados dependiendo del signo político y de la coyuntura. La fecha inaugural de 1907, la hondonada de 1910, la interrupción causada por la guerra europea, la dictadura de Primo de Rivera, o los vericuetos que serpentean la pugna interna de los partidos durante la Segunda República, no son signos vacíos que convenga ignorar. Las decisiones de política científica importan pues, y mucho, en el esfuerzo investigador -creencia nada ajena al masivo sentir de las comunidades de científicos-, tanto en lo que respecta a la dirección global que adopta el cambio como incluso en los logros empíricos cumulativos y concretos de las disciplinas respectivas, aquellos que no dependen estrictamente de la buena fortuna o del azar. Si se quiere ser fiel al pasado que pasa, importa destinar (y aquí se ha hecho) matices al relato, espigando actuaciones y buscando el sentido de la secuencia histórica, cuidando la manera en que convendría encajar unas piezas con otras, desde el esperanzador (mas trabajoso) arranque inaugural -sobre la base de los universitarios más inquietos-, hasta las etapas de oscuridad más duras. Se destaca, con todo, el costado más brillante, el más iluminado, insistiéndose en la prosecución de la tarea científica a escala nacional después de 1939 y resaltando el aguante de los resortes de europeización. Las disciplinas de las que arrancaría esta historia reciente de la ciencia española, su nervadura o eje principal -que no solo se concentró en Madrid como es sabido, sino que se ramificaría por la geografía española hasta entroncar con otros puntos fuertes de nuestra plataforma cultural (Cataluña en especial, pero no solo)-, no son tampoco todas las materias científicas que hoy gobiernan el mundo en que vivimos, el cual constituye un espacio interactivo y de creciente complejidad. Pero sí son todavía muchas de las que marcan, aún a esta hora, algunas de las iniciativas más fértiles de inserción de los científicos españoles en los mercados internacionales, con escuelas o foros de intercambio que, desde el origen, habrían proporcionado a los estudiosos e investigadores españoles pistas duraderas y circuitos abiertos a la comunicación internacional entre científicos. Pienso en las ciencias experimentales, claro está, y muy decididamente en la inmediata fortuna de las biomédicas. Pero del lado de las humanidades despegarían también, en la bisagra de los siglos XIX y XX, trayectorias de interés indudable, preparadas para ordenar el campo de los viejos saberes conforme a usos y exigencias del positivismo. Tarea que, estando en curso, quedó con la guerra civil interrumpida, y cuyas consecuencias negativas no cabe despreciar. Los institutos de investigación que enmarcó la JAE en el campo de las Humanidades -aun sin que tampoco entonces se hallara ausente la polémica nacionalista-, vinieron a reforzar instituciones e iniciativas locales hasta ahí fragmentarias, dándoles un sentido colectivo y relacionándolas entre sí. Algunos de aquellos centros eran precisamente los que, desde la segunda mitad del siglo XIX, habían tratado de poner en marcha las disciplinas histórico-filológicas en nuestro país, de hacerlas parte del discurso político también. Ámbitos normativos de la crítica positiva y la investigación, en definitiva, en los que bajo los auspicios de la JAE y sus dependencias orgánicas, reforzarían su posición central campos en construcción como serían la historia del arte, los estudios árabes y el medievalismo. Era aquella sin duda una experiencia bien trazada en su diseño, con su composición ramificada y, hasta cierto punto, descentralizada e inscrita en el exterior: los institutos de investigación y cultura impulsados en Barcelona, Galicia, Granada o Roma -este último, la Escuela Española, avivado por iniciativa de aquél otro existente primero, el Institut d ́Estudis Catalans. Por mucho tiempo, en virtud de la tarea doble, resultaría artificial el separar universidad y ciencia realizada en la Junta, siendo imposible el trazar una raya de separación absoluta entre la universidad y la JAE o, después, el CSIC. Fueron las instituciones aglutinadas en el proyecto, no cabe duda, ámbitos culturales marcados por diferencias sustantivas, pero se movieron dentro de una estrategia que aspiraba a la unidad y que, en muchos aspectos, la conseguiría de manera notable. En función de esa misma estrategia Madrid, la capital, resultó ciertamente privilegiada, como de otro modo no podía ser, siento tanto el arrastre que, sobre la propia política científica, ejercería el imán de la Universidad Central. Destacando centros como la Residencia de Estudiantes, Madrid plantaba en esos momentos bandera de «modernidad». A su lado, el Instituto-Escuela y los demás organismos que, de una manera u otra -los laboratorios muy especialmente-, se ligan a la JAE vitalizarían a su vez, profundamente, a la Universidad. Es evidente que ni en los campos «de Letras» ni en los «de Ciencias» la densidad adquirida iba a deshacerla por completo la guerra civil. Pero sí se abriría por fuerza con ella, tras el colapso, una reorientación que desviaría a muchos de sus creadores -significativamente, a muchos de los mejores-a otros trabajos, si no murieron antes. Quienes emigraron a Ultramar reforzaron la ruta que Altamira consideraba «el otro polo» de España, pero ya no iba a ser posible recuperar los senderos científicos y culturales previos. Para muchos de los protagonistas secundarios del despegue científico, por su parte, después de haber perdido la contienda la alternativa no podía ser otra que el repliegue interior, en puestos subalternos o en las enseñanzas medias. Lo que iba a garantizar la calidad de este nivel en parte sustantiva, impidiendo que cayera de súbito. Y, aunque no siempre será fácil reconstruir su posición concreta en el desolador paisaje de las primeras décadas de la dictadura de Franco, aquel sería un espacio de supervivencia cultural gracias al bagaje científico de muchos de quienes lo habían adquirido antes de la guerra, a su depósito de pautas pedagógicas venidas de antes del 36. Con ello suavizarían la penuria de los primeros años. Si la JAE fue en realidad un proyecto tan acusadamente acelerador de la marcha de un país atrasado, si respondió a una actuación histórica de impulso y adelanto del país que acaso hoy muchos jóvenes (incluso historiadores) tengan dificultad en comprender cabalmente, apenas cuesta sin embargo imaginar cuán urgente y necesario iba a mostrarse, para la política de la primera hora franquista, el absorber su savia y atribuirle un signo bien contrario. Eso en principio iba a ser el CSIC, si no en todas sus personas y sus actuaciones, sí en su extendido espíritu. Hasta llegar ahí se había perdido un caudal muy potente de energía personal y de competencia científica, lo que no excluye un considerable aprovechamiento de recursos, que en ciertos casos pronto daría unos resultados aceptables, hasta ir consiguiendo remontar. Siguiendo los espacios diferentes que este libro recorre, podrá el lector pulsar esa derrota de continuidad. De aquellas 1.800 becas o pensiones que la JAE concedió, proviene una parte sustantiva del aparato científico por el que el legislador franquista la sustituyó. Los años permitieron enderezar el rumbo científico en ciertos casos, si bien el clima de libertad que mejor arropa a la construcción científica no iba a llegar hasta la Transición. De ese doble esfuerzo provenimos (JAE y CSIC, CSIC y JAE) como comunidad científica mixta y plural. Y a ese significado, me parece, es al que la conmemoración reflejada en esta obra conjunta, JAE / CSIC. Cien años de ciencia en España, pretende responder. Elena HERNÁNDEZ SANDOICA VIDAL PARELLADA, Assumpció, Simarro y su tiempo. Luis Simarro Lacabra (1851-1921) ha pasado a la historia como uno de los grandes precursores de las ciencias de la mente en España. Maestro y, en muy buena medida, mentor de toda una generación de médicos -Achúcarro, Lafora, Sacristán, etc.que contribuyeron no solo a situar las neurociencias españolas en un lugar preeminente en el plano internacional, sino que llevaron a cabo el intento de reforma psiquiátrica de la segunda República. Fundador, asimismo, de la Psicología experimental como disciplina independiente en nuestro país, fue un librepensador comprometido con su tiempo, defensor de la libertad y del progreso científico y social. Desde el punto de vista historiográfico, Simarro es una figura omipresente en las historias de la medicina, de la psicología o de la cultura de la España del primer tercio del siglo XX; sin embargo, a pesar de haber sido objeto de investigaciones monográficas, como la mítica e inédita tesis doctoral (Harvard, 1969) de Telma Kaplan, Luis Simarro and the Developement of Science andPolitics in Spain, 1868-1917, o alguna exposición sobre su figura vida y su obra, de la que se conserva un hermoso catálogo (Helio Carpintero, Javier Campos, Javier Bandrés, Luis Simarro y la psicología científica en España. Cien años de la cátedra de psicología experimental en la Universidad de Madrid, UCM, 2002), lo cierto es que carecíamos hasta el momento de una biografía que ofreciera una visión de conjunto de las peripecias vitales de este importante científico, y hombre de la cultura, de la «edad de plata». El libro de Assumpció Vidal Parellada viene a cubrir esta laguna historiográfica. Lo hace de manera peculiar, como más adelante explicaré, pero con la buena fortuna de brindar al lector información, unas veces suficientemente conocida, que la autora ordena y contextualiza, y otras desconocida e inédita. Uno de los problemas cruciales con los que la autora ha debido enfrentarse ha sido, con seguridad, la escasez de fuentes directas. Simarro, convencido institucionista, era firme partidario de la transmisión oral de los conocimientos, de modo que su obra escrita es escasa. Por esta razón, además de un par de libros y algunos artículos y prólogos, que no dejan de ser estudiados, Assumpsió Vidal recurre a fuentes de archivo y a epistolarios que le permiten acometer un análisis de Simarro y su tiempo con más garantías que las que podían esperarse de un estudio tradicional con fuentes impresas. Su labor heurística es impresionante; el Archivo de Costa (Graus), el Archivo del Museo Sorolla, los legados de Cajal y del propio Simarro o el Fondo Giner de la Real Academia de la Historia han sido visitados y consultados minuciosamente por la autora, que ha sabido rescatar una preciosa información que contribuye a humanizar al científico, a indagar y valorar sus amistades, sus gustos, sus intereses más allá de la estricta recopilación de sus aportaciones a la ciencia. Se trata de un libro singular, con capítulos, en general muy cortos, que pretenden ofrecer, a modo de «fogonazos», las distintas facetas de la vida de Simarro: el revolucionario, el psiquiatra, el profesor universitario, el ateneísta, etc. Se trata de un modo, a veces un poco forzado, de «centrar» o definir la diversidad de las actividades del biografiado, aun cuando éstas están presentes a lo largo de todo el texto. En una narrativa cronológica resulta difícil, por no decir imposible, separar al Simarro psiquiatra, histólogo o catedrático de psicología experimental, del Simarro masón o librepensador. Además, como ya he indicado, el objetivo de Simarro y su tiempo no es mostrar al científico, sino a la persona y a sus circunstancias. Por eso, mi recomendación es leer el libro en su totalidad. No se trata de un libro de consulta, en el que poder obtener con rapidez un dato erudito pero aislado; es, por el contrario, un relato disperso (en el mejor de los sentidos) en el que algunas informaciones o argumentos encuentran correlato en otras leídas unas cuantas páginas más adelante. Si el potencial lector acepta mi prepuesta, podrá ir identificando y relacionando los espacios en los que Simarro vive y labora: la Sociedad Histológica Española, los Ateneos de Valencia y de Madrid, la Institución Libre de Enseñanza, la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, la Universidad, la Asociación española para el Progreso de las Ciencias, etc. También el laboratorio, instalado en su propia domicilio, en la calle General Oráa de Madrid, donde ofreció, junto con Madinaveitia, una enseñanza paralela y alternativa a la docencia oficial. Una casa en la que comenzaron a formarse figuras señeras de las neurociencias españolas como Achúcarro y Lafora entre otros; una morada que fue testigo, además, de la amistad y la melancolía compartida de Simarro y de Juan Ramón Jiménez. Y, en estos y otros marcos espaciales, las múltiples actividades de Luis Simarro: su juventud en Valencia; sus viajes: de formación a París en 1880 y, ya consagrado, a Londres en 1906; su dinamismo político y social (intervención en el proceso Ferrer, defensa de Unamuno); su trabajo científico (histológico, forense, psiquiátrico y psicológico); su condición de Gran Maestre de la Masonería, etc. Una larga serie de experiencias vitales, en general conocidas de manera diseminada, que son ahora recopiladas y puestas en relación. Los especialistas quizá echen de menos un análisis más fino de las mismas, sobre todo si tenemos en cuenta la abundante historiografía existente. Así, por ejemplo, las páginas dedicadas al peritaje del cura Galeote, asesino del Obispo de Madrid-Alcalá, podrían resultar escasamente apoyadas por la bibliografía disponible, y supongo que otro tanto podría decirse desde la historia de la biología o de la psicología, la historia de la masonería, etc. Sin embargo, hay que reconocer que el protagonista de esta historia no es Galeote, ni Ferrer, ni Unamuno, sino Luis Simarro. No es el detalle lo que importa aquí, sino la visión general, de conjunto, de su vida y su obra. El libro de Assumpciò Vidal aporta, además, una preciosa información mucho menos conocida. Como ya he indicado, el estudio de la abundante correspondencia mantenida con diversos personajes de su tiempo, ofrecen claves muy interesantes para valorar la personalidad y la subjetividad de Simarro, lo que otorga al libro que comentamos un cierto rasgo de «modernidad» en el cultivo del género biográfico. Las epístolas permiten construir una historia «íntima» y cotidiana, establecer toda una red de amistades, dependencias y relaciones de poder que otorgan al libro una frescura y una heterodoxia muy de agradecer. A través de estas fuentes conoceremos algunos pormenores de las oposiciones a la cátedra de Histología de la Universidad de Madrid, ganada por Cajal frente a Simarro; sabremos que Galdós no pudo o no quiso prologar El proceso Ferrer y la opinión europea; obtendremos información sobre algunas desavenencias con Giner; del apoyo incondicional que siempre le brindó Salmerón, también masón; y seremos testigos de su aprecio hacia Sorolla y Juan Ramón, su amigo y su paciente. En definitiva, Simarro y su tiempo nos muestra el lado humano de un gran hombre de la ciencia y de la cultura de la España que le tocó vivir. Tal vez ésta sea su mayor virtud. La autora, tal como indica en el prólogo, empezó su investigación pensando que iba a tratar fundamentalmente de psiquiatría. Nada más lejos de la realidad; la psiquiatría aparece, claro está, y tiene su protagonismo en varios episodios de la monografía: La breve estancia de Simarro en el Manicomio de Leganés como facultativo-jefe; algunas de sus conferencias o trabajos sobre el sistema nervioso; su actividad clínica y forense, pero, sobre todo, como fin último de su interés científico. Resulta interesante, en este sentido, que la histología para él no era más que un paso, una herramienta auxiliar de la psiquiatría y la neurología. De hecho, la cátedra que el deseaba no era la de histología (que perdió ante Cajal), ni la de Psicología exeperimental (que sí obtuvo), sino la de Neurología y Psiquiatría, cátedra que como se sabe no existió en España hasta bien entrado el siglo XX. No es de extrañar que el primer impulso de A. Vidal, que ha ejercido durante años la psiquiatría en el Reino Unido, fuera explorar la contribución de Simarro a la medicina mental. Tampoco lo es el resultado final, producto de una investigación compleja, paciente y esforzada, que nos muestra a Luis Simarro como pionero del desarrollo científico español. Su papel de maestro de toda una generación ha sido apuntado repetidamente pero es de destacar, en este sentido, su actividad como «gestor» científico y su gran influencia en el seno de la JAE para otorgar pensiones, apoyar líneas de investigación, etc. Algunos de sus contemporáneos le achararon demasiadas veleidades revolucionarias, que habrían frenado sus posibilidades como científico. Pienso que para Simarro lo uno no podía darse sin lo otro, pues la ciencia y la justicia social eran inseparables en su pensamiento y en su acción. Así parece desprenderse de la lectura de Luis Simarro y su tiempo que nos muestra a su protagonista como «El hombre que escribía prólogos»; no prólogos de los que se editan como introducción a sesudas monografías, sino prólogos simbólicos, prólogos del desarrollo científico y político de un país, demasiado baqueteado por la reacción conservadora, que se habría, en aquellos momentos, a un sinfín de posibilidades. Posibilidades y esperanzas cercenadas, como sabemos, por la guerra y la barbarie franquista. CLARET MIRANDA, Jaume, El atroz desmoche. La destrucción de la Universidad española por el franquismo, 1936-1945, prólogo Josep Fontana, Barcelona, Crítica, 2006, 523 pp. No es fácil escribir sobre sucesos dolorosos, pero hay ocasiones en que es necesario hacerlo. Nos encontramos ante un esforzado estudio del destino de las víctimas de la guerra civil en la Universidad española, reconociendo las de ambos contendientes, si bien muy dispares. Se recogen estudios anteriores, abundantes en los últimos años. Hoy ya teníamos notables libros, como Víctimas de la Guerra Civil (1999) con Santos Juliá como coordinador y La depuración del Magisterio Nacional (1997) de Francisco Morente Valero. Varias Universidades -en Valencia, Barcelona o Madrid-han contribuido a clarificar esos duros años. Con este nuevo libro se proporciona un panorama de lo que fue la depuración y el fin de la Universidad republicana. Tras un resumen de esos años de esperanza, se pasa a la guerra y la posguerra, trazando un mapa ideológico e institucional. Se reconstruye el mecanismo legal de las depuraciones, se estudia una por una las Universidades, concluyendo con el terrible efecto producido sobre nuestras aulas. Algunas, como las citadas, se consideran más por su importancia y por los abundantes estudios de que han sido objeto. Notas, bibliografía, fotografías e índices enriquecen esta cuidada y necesaria obra. Sin duda, tiene razón Isaac Rosa cuando en las páginas de El País nos indicaba la lejanía de aquellos tiempos: hoy no estamos viviendo ni la República ni la Guerra. Pero sí sus consecuencias, así la herencia de una mala Universidad franquista. Incluso se puede asentir en que la Universidad de hoy no es la de los años cuarenta a sesenta, el aumento del alumnado y del profesorado, la mejora social y laboral hacen que no sea válida la comparación de la de hoy con aquélla. Grupos sociales distintos han accedido a aulas y cátedras, se hace una ciencia de calidad y sus instalaciones son buenas. Si bien algunas familias -linajes y grupos de presión-siguen presentes, la diversidad y la riqueza actuales la hacen diferente. Incluso algunos aspectos republicanos se han retomado, como las ciudades universitarias, los colegios mayores, la autonomía universitaria, la libertad de los planes de estudios... Pero la ausencia de tantos personajes, eliminados por la persecución, la cárcel o la muerte, ha perjudicado mucho nuestras aulas, no se puede negar. Y además causó un inmenso dolor en muchas gentes, que no ha sido suficientemente recordado y reconocido. Esto hace necesarios libros como éste, así como otros ejercicios de memoria histórica, pues otro rasgo que nos une a aquellos tiempos es el respeto actual a la dignidad, que obliga a reconocer el dolor, así como los derechos de vivos y muertos. En primer lugar el derecho de éstos a tener memoria y descanso dignos, como siempre ha sido así. No sólo desde tiempos republicanos, incluso desde aquéllos en que Antígona moría por el deber de dar definitivo cobijo al hermano muerto luchando en bando que el poder consideró indigno y equivocado. Tenemos el deber -y el derecho-de recordar a aquéllos que, acertados o equivocados, inocentes o culpables, fueron víctimas de una brutal tragedia bélica y posbélica. Tal como decía una de las víctimas, que me es próxima pero que no me dejaron conocer, la civilización es aprender a convivir. Sin duda, la pietas es una actitud que el cristianismo hereda del mundo clásico, necesaria para soportarnos los unos a los otros. José Luis PESET DEL CURA, Ma Isabel y HUERTAS, Rafael. Alimentación y enfermedad en tiempos de hambre. Como muy acertadamente señalan los autores de la monografía en el apartado de la introducción, el trabajo que estamos reseñando viene a cubrir una importante laguna en la historiografía médica española, al analizar el binomio salud/alimentación en el contexto de la guerra civil y la posguerra. El estudio analiza con una exhaustiva utilización de fuentes, los aspectos socioeconómicos, epidemiológicos, clínicos, científicos y políticos, que rodearon los episodios de hambre y desnutrición que afectaron a la población española durante la década de 1937-1947. Tras abordar, en la primera parte de la obra, las iniciativas más destacadas llevadas a cabo en materia de estudios de la nutrición en la España de las décadas de 1930 y 1940, la segunda parte se ocupa, bajo el título de neurología del hambre, de la aportación de los médicos españoles a las neuropatías carenciales que acompañaron los problemas de alimentación y nutrición que padeció la población española. El primero de los capítulos, titulado ¿Qué comen los españoles? De las primeras encuestas nutricionales a un experimento de hipoalimentación durante la guerra civil española, pone de manifiesto cómo se fue configurando en las primeras décadas del siglo XX un creciente interés de la medicina y la ciencia española por la cuestión de la alimentación y el estado nutricional de la población. Con el trasfondo del contexto internacional, y en concreto las iniciativas y recomendaciones del Comité de Higiene del Sociedad de Naciones, los autores exponen los resultados de las encuestas y estudios nutricionales que llevaron a cabo en la Escuela Nacional de Sanidad, en los primeros años de la década de 1930, el grupo de Enrique Carrasco Cadenas, y que permitieron trazar una primera aproximación al estado nutricional de la población española y los principales carencias que presentaba. En la parte final del capitulo se analizan las principales conclusiones de los trabajos e investigaciones que se ocuparon del problema de la alimentación durante la guerra civil y del progresivo deterioro que mostraron los indicadores del estado nutricional de la población, con una atención particular al caso del Madrid asediado y a la situación que padeció la ciudad de Barcelona. El segundo de los capítulos está dedicado a los estudios de alimentación llevados a cabo durante el primer franquismo y en particular a los que se llevaron a cabo en colaboración con la Fundación Rockefeller. A partir de una adecuada contextualización de los factores sociales, económicos y políticos que explican la situación de miseria y hambre que se generalizó entre amplios sectores de la población española durante la posguerra, y en el marco de la contradicción que existía entre un país que se moría de hambre y el anuncio publicitario de planes para adelgazar, los autores destacan la diversificación socioeconómica que presentaron el hambre, la enfermedad y la miseria, al ser los sectores sociales más desfavorecidos los que soportaron en mayor medida el deterioro de la situación económica.. En la obra se subraya el protagonismo que alcanzaron en los estudios y trabajos sobre nutrición desarrollados en la España de la década de 1940, el profesor Carlos Jiménez Díaz y su Instituto de Investigaciones Médicas. El primer acercamiento científico al hambre de la posguerra estuvo promovido por la Jefatura de Higiene de los Alimentos de la Dirección General de Sanidad y contó con la colaboración dicho Instituto. El objetivo fundamental era averiguar la relación entre el poder adquisitivo de la población y el precio de los productos que se consumían, lo cual resultaba fundamental para deducir la cantidad mínima de dinero necesaria para que una familia pudiera tener una dieta adecuada. Siguiendo los patrones y recomendaciones del Comité de Higiene de la Sociedad de Naciones se estudiaron 728 familias madrileñas de diferentes estratos socioeconómicos. El grupo de familias de menos ingresos no cubrían los mínimos necesarios, una circunstancia que se veía agravada por el hecho de que habían sido excluidas del estudio a las más desfavorecidas. Tras aquella primera iniciativa, entro en escena la Fundación Rockefeller, quien en aquellos momentos tenía entre sus prioridades la prevención de la malnutrición y vio en la situación española de la posguerra un escenario privilegiado para estudiar dicha problemática. Como sostienen los propios autores, para la Fundación Rockefeller la elección de España resultaba fácil desde el punto de vista científico pero encerraba complicaciones políticas generadas tanto por las características del régimen franquista como por el contexto internacional. La colaboración suponía reanudar sus actividades en España suspendidas durante la guerra civil, y aunque llegó a concretarse en algunas iniciativas se vio interrumpida con una decisión unilateral de los norteamericanos. Conviene destacar el interés de la parte de la monografía dedicada a analizar la participación de la Fundación Rockefeller, pues más allá del caso español aporta interesantes reflexiones sobre las políticas de actuación de la Fundación, además de situar el programa de colaboración con España en el contexto de los problemas de nutrición que preocupaban a nivel internacional. Los autores de la obra realizan un pormenorizado estudio de los informes que elaboró el enviado de la Fundación, John H. Janney, a raíz de su visita por diferentes provincias españolas entre octubre y noviembre de 1940. Su lectura aporta un completo diagnóstico de la situación nutricional de la población española y las recomendaciones que se derivaban: investigación de la dieta media del estado de nutrición de las distintas clases sociales españolas, creación de servicios para tratar las enfermedades carenciales, diseño de dietas adecuadas a mínimo coste y ajuste entre la producción y la distribución de alimentos. La Fundación llegó a sugerir al entonces director general de Sanidad, el doctor José Alberto Palanca, antiguo becario de la Rockefeller y sin duda interlocutor privilegiado en todo el proceso de negociación, el diseño de un plan de salvación nacional para el problema alimentario de España, indicando las zonas más adecuadas para llevar a cabo los estudios y las experiencias piloto, además de intentar forzar la creación de un departamento de nutrición. Finalmente la colaboración se concretó en febrero de 1941 con la realización de estudios nutricionales que seguían el método de las encuestas familiares, estudios de grupos específicos e investigación especial de laboratorio. Los trabajos se llevaron a cabo en Madrid y de forma particular en la población del Puente de Vallecas. Los expertos norteamericanos, contaron con la colaboración del grupo de Jiménez Díaz, destacando el trabajo de Grande Covían. De hecho, la salida de España de la Fundación Rockefeller, se intento compatibilizar con el aseguramiento de una continuidad de los trabajos y las investigaciones que se habían iniciado, utilizando como referente al Instituto de Investigaciones Médicas de Jiménez Díaz, quien pasó a adquirir la consideración de asesor y coordinador de la Sección de Estudios de la Nutrición de la Dirección General de Sanidad. Todos aquellos trabajos, como indican Del Cura y Huertas, comportaron un cierto punto de inflexión respecto a anteriores estudios nutricionales, tanto por su exhaustividad, como por las mejoras metodológicas que comportaban. El tercero de los capítulos, titulado hambre, pelagra, locura: las neuropatías carenciales, analiza las aportaciones de los médicos madrileños a las patologías asociadas a los déficit vitamínicos y a la neurología y la neuropsiquiatría del hambre. Las investigaciones de los científicos españoles permitieron describir, entre la pluralidad de síntomas de evidente origen carencial que hicieron su aparición en Madrid durante la guerra, además de la pelagra clásica, otros síndromes que por la homogeneidad de sus manifestaciones hicieron pensar en enfermedades carenciales distintas. En la monografía se destacan la descripción de la psicosis pelagrosa realizada por el psiquiatra Bartolomé Llopis, al considerarla una de las aportaciones más brillantes de la psiquiatría española de los años cuarenta, y las aportaciones del neurólogo Manuel Peraita a las investigaciones internacionales sobre desordenes nutricionales del sistema nervioso. El cuarto de los capítulos, está dedicado a analizar la epidemia de latirismo asociada a hábitos alimentarios que estalló en la posguerra. El hambre al que estuvo sometida buena parte de la población española durante la guerra civil se prolongó e intensificó durante la inmediata posguerra. Junto a la tuberculosis, el tifus y un largo etcétera de enfermedades sociales asociadas al hambre y la pobreza, apareció el latirismo. La enfermedad afectó a todo el Estado español, sobre todo a hombres jóvenes, expuestos a un consumo masivo y monótono de almortas, y con un perfil epidemiológico de clase al afectar al proletariado campesino e industrial. Las primeras noticias fueron recogidas en 1941 en varios artículos aparecidos en la Revista Clínica Española, ligada a Jiménez Díaz, y en las Actas de Neurología y Psiquiatría. El primer estudio sistemático del brote epidémico fue llevado a cabo por el Instituto de Investigaciones Médicas de Jiménez Díaz, a quien la Dirección General de Sanidad había asignado la tareas relacionadas con la Higiene de los Alimentos y contó con unos espectadores de excepción, los investigadores de la Fundación Rockefeller que estaban llevando a cabo sus encuestas nutricionales en España, circunstancia que ayudó a otorgar a los estudios que se realizaron sobre la epidemia una relevancia internacional. Como sostienen los autores de la monografía, dentro de la novedad de la descripción del latirismo, lo más interesante fue el debate etiológico. Las diferentes hipótesis etiológicas pretendían dar respuesta a tres cuestiones fundamentales: su presentación epidémica, su distribución en áreas geográficas delimitadas, y la afectación selectiva entre individuos sometidos a una misma dieta. Se desarrolló la teoría tóxica sobre la base experimental del efecto neurotóxico de las almortas, la carencial, por no afectar a las clases acomodadas, y la teoría infecciosa. Además de otras teorías como la genética, ante los cuadros de presentación familiar. El capítulo finaliza con unas interesantes consideraciones sobre el latirismo actual, subrayando a partir de la experiencia histórica española la condición de enfermedad social de naturaleza no infecciosa que cabe otorgar a dicho problema de salud. No quisiéramos finalizar la presente reseña, sin subrayar, como hacen Del Cura y Huertas, que aunque las investigaciones que llevaron a cabo los científicos españoles representaron un episodio fructífero de la ciencia española, al realizar una serie de contribuciones relevantes a la naciente ciencia de la nutrición, a la clínica neurológica y a la metodología de la investigación clínica y básica, no dejan de representar, un hito científico en aquella España fracturada, aislada y obligada a un largo tiempo de silencio, teniendo el dudoso -y paradójico-privilegio de trabajar con un amplio material de seres humanos sometidos a las más penosas condiciones de pobreza, desnutrición y enfermedad. Podemos concluir recordando que junto al evidente interés histórico, la publicación de la monografía puede resultar de gran utilidad para enriquecer, desde la perspectiva histórica, el debate que suscitan muchos de los problemas de salud de naturaleza emergente y reemergente que aparecen asociados en la actualidad a los cuadros de desnutrición y a las enfermedades carenciales, y para cuestionar muchas de las visiones «reduccionistas» que presiden los debates causales con los que se enfrentan la epidemiología y la salud pública. Josep BERNABEU-MESTRE SEOANE, J.B. ( 2006), El placer y la norma. Genealogía de la educación sexual en la España contemporánea. Desde distintas perspectivas, no cabe duda que la historia de la infancia y la historia de la sexualidad han tenido, cada una por su lado, un especial desarrollo en las últimas décadas tanto en el ámbito nacional como en el internacional. Desde los pioneros trabajos de Ariès en torno al «descubrimiento de la infancia» existe un cierto acuerdo historiográfico en que la nueva imagen de la infancia que surge a finales del setecientos y que se afianza durante las dos centurias siguientes tiene, entre otras, dos consecuencias fundamentales: por un lado, que los niños debían permanecer en el ámbito de lo privado y en espacios propioscomo la familia y la escuela-; por otro, que su vida, literalmente, no tenía precio por lo que había que salvaguardar su salud y su bienestar. Asimismo, la Historia de la Sexualidad de Foucault ha inspirado no pocos estudios que han intentado analizar, desde enfoques más o menos genealógicos, diversos aspectos relacionados con lo que se ha dado en llamar una «historia política del cuerpo». En nuestro país, destaca, sin lugar a dudas, la obra -monumental e imprescindible-de Francisco Vázquez y Andrés Moreno, Sexo y Razón. Una genealogía de la moral sexual en España (siglos XIX y XX) (Akal Universitaria, 1997), en cuya estela intelectual y metodológica debe ubicarse la monografía objeto de este comentario. El placer y la norma es un libro complejo situado en una doble encrucijada: por un lado, explora una faceta (la sexual) poco estudiada en la historia de la infancia; por otro, se fija en el niño -y la niña-, como sujeto de una historia de la sexualidad. Aúna, pues, dos tradiciones historiográficas que obligan a su autor a moverse continuamente en la intersección de disciplinas dispares (historia de la educación, de la medicina, etc.) y a utilizar una gran variedad de fuentes, confluyendo, como no podía ser de otro modo, en una historia cultural de corte constructivista. Solo si entendemos que la sexualidad (infantil en este caso) no es un simple producto de la biología o de la fisiología, sino una construcción social históricamente determinada podremos apreciar, en su justa medida, los argumentos que José Benito Seoane va desgranando a lo largo de su monografía. Sin embargo, El placer y la norma no es sólo un libro de historia. Su autor, claramente comprometido con el presente y desde su condición de profesor de Filosofía y de Ética en Educación Secundaria, se plantea de manera crítica los problemas actuales de la educación sexual y muestra su preocupación por las rémoras del pasado, por el actual «pánico moral» en torno a la sexualidad infantil y por posibles alternativas pedagógicas. En este sentido, y estimulado por la obra de Foucault, la investigación de José Benito Seoane adopta un enfoque genealógico que me parece especialmente pertinente. Sin caer en errores de presentismo histórico, Seoane nos ofrece una interesante muestra de lo que podemos denominar una «historia en el presente», entendiendo ésta, no como «historia del presente», sino como el intento, a partir del análisis de materiales del pasado (más o menos remoto), de proyectar claridad sobre cuestiones que afectan nuestra cotidianeidad, nuestro presente. En definitiva, se trataría -según propone Robert Castel-la adopción de un método que debe ser genealógico en su enfoque, esto es, que a la hora de analizar un suceso determinado intente comprender la relación existente entre los elementos de innovación y los heredados; antinormativo y desmitificador por su intención, sacando a la luz las contradicciones semiocultas bajo aparentes discursos de modernidad, y práctico por sus efectos. Pues bien, este estudio sobre la «genealogía de la educación sexual en la España contemporánea», tal y como se especifica en el subtítulo de El placer y la norma, cumple con los mencionados requisitos metodológicos: muestra como la historia de la sexualidad no es un camino recto de progreso desde la represión a la liberación, desde la ignorancia al conocimiento, sino que, en no pocas ocasiones, los discursos y las iniciativas de los expertos y de los reformadores sociales (y sexuales) introdujeron elementos normalizadores, a veces incluso más estrictos o agresivos que los que pretendían superar. La medicalización de la sexualidad «anormal» o «perversa» es un ejemplo de cómo la moral tradicional se cubrió con ropajes científicos. Una ciencia que, como es sabido y Seoane explica nuevamente, nunca es neutral. El marco teórico planteado obliga a analizar los dispositivos de vigilancia y castigo, de observación y control, de persuasión y subjetivación, relacionados con la sexualidad infantil. Seoane analiza y contrasta discursos médicos, pedagógicos, jurídicos, eclesiásticos, etc., pero también prácticas sobre el cuidado del cuerpo, sobre la higiene y la prevención en al ámbito espacial de la escuela. Se trata, pues, de un modelo hermenéutico que el autor aplica al caso español con particular solvencia. El placer y la norma estudia los orígenes del dispositivo de sexualidad infantil en nuestro país, estableciendo sus inicios en la «cruzada antimasturbatoria» y el papel desempeñado por distintas especialidades médicas (la higiene, la psiquiatría o la medicina legal) en un proceso que yo denominaría de «apropiación» científica de los comportamientos sexuales. Particular interés tienen, a mi juicio, las páginas dedicadas al manejo de dicho dispositivo de sexualidad infantil en el espacio escolar. Aquí el manejo de las fuentes es especialmente cuidadoso: tratados de pedagogía y de higiene escolar, manuales de educación física, diseños arquitectónicos, etc., pero también los textos utilizados por los escolares, como los manuales de urbanidad, de higiene y fisiología, de higiene doméstica, etc. El estudio detallado de estos documentos permite a Seoane establecer los principios de un proyecto moralizante (e higiénico) que irá ampliándose poco a poco, desde la férrea vigilancia y represión del onanismo, hasta una más amplia «educación en el pudor» que pretenderá preservar la inocencia y evitar la precocidad sexual de los escolares. Esta «conservación de la pureza» requería que el maestro se convirtiera en celoso guardián del decoro y que no permitiera que las rígidas normas del comportamiento «decente» fueran trasgredidas en la escuela. En los internados, naturalmente, debían extremarse las precauciones. Resulta muy sugestivo este proceso que va desde el discurso médico antionanista, dirigido a la infancia de la élites urbanas, hasta esa «educación en el pudor», encaminada a moralizar a los niños de las clases populares. La moral sexual de los futuros ciudadanos se construirá mediante la interiorización de normas de comportamiento que no se contentarán con solo evitar «vicios solitarios». La configuración de una imagen corporal «sana y decente» podía y debía hacerse mediante el triunfo de la voluntad y el autocontrol sobre las pasiones. Así, el fortalecimiento del cuerpo a través del ejercicio físico, los baños fríos o la alimentación frugal, eran prácticas que debían evitar los «hábitos secretos»; pero además, el pudor debía ocultar el cuerpo a las miradas de los demás, exigía evitar el lenguaje soez, las lecturas peligrosas o las imágenes lascivas, y reclamaba posturas castas y movimientos recatados. Todo un sistema de coerción con el aparente objetivo de proscribir todo lo que pudiera estimular la imaginación y liberar los instintos. No menos interesante es el paso a los modelos formativos desarrollados en el marco del regeneracionismo y el reformismo social, en los que la presencia del discurso científico llega a caracteri-zar una instrucción sexual que, sin llegar a despojarse de un trasfondo higiénico-moral, se va adecuando a las novedades aportadas por la irrupción eugenesia, la sexología o el psicoanálisis. Para terminar, me gustaría destacar dos aciertos del trabajo de Seoane que me parecen especialmente relevantes. Creo que no puede negarse que determinada historiografía del control social ha otorgado una importancia exagerada a las instituciones penitenciarias, sanitarias y educativas puestas en marcha durante la segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX, asignándoles una capacidad desmedida para reordenar la sociedad. A este respecto se ha insistido en la necesidad de tener en cuenta la existencia de ciertos desfases entre la teoría y la práctica; ya que, en no pocas ocasiones, la lectura crédula de los documentos y de los discursos de las élites puede conducir a conclusiones abarcadoras, lineales y escasamente dialécticas que no consideren las dificultades estructurales o las resistencias con las que las estrategias de control social pudieron encontrarse a la hora de ser llevadas a la práctica. Seoane sortea con solvencia este posible escollo metodológico al insistir en la pluralidad y en la inestabilidad de las relaciones de poder y en el más que relativo éxito de la cruzada antimasturbatoria. Asimismo, y en íntima relación con lo anterior, habría que tener en cuenta que los saberes especializados no son exclusivos de las élites, y que cualquier reflexión sobre poder, dominación, hegemonía, etc., debe incorporar la posición de los llamados sectores subalternos. No cabe duda que el discurso hegemónico tiene una capacidad importante para lograr el consentimiento de los adversarios sociales y esa capacidad está constituida por elementos represivos y productivos. Pero, la elaboración gramsciana de subalternidad también hace referencia a aquellos grupos que con formas y grados variables negocian el grado de adhesión a los discursos y praxis hegemónicos. Se hace necesario, pues, descentrar el lugar de enunciación del experto (que forma parte de los grupos hegemónicos) y tener en cuenta otros lugares de enunciación, en este caso el de los subalternos del conocimiento oficial (no-expertos: mujeres, obreros, colonizados, enfermos, etc.). Este problema de las «resistencias» está presente, aunque de manera escasamente desarrollada, en El placer y la norma. Las alusiones al movimiento feminista o al movimiento obrero, fundamentalmente al anarquista, a sus reivindicaciones de igualdad sexual y libertad individual, son buena muestra de la preocupación del autor por este tipo de cuestiones. Tal vez el hecho de que la investigación histórica se detenga en 1920 impide a Seoane desarrollar estas cuestiones que, no obstante, deja apuntadas con claridad. Es evidente que cuando un autor advierte de antemano en qué va a consistir su trabajo y cuales van a ser los límites cronológicos de su exploración poco se le puede objetar. Sin embargo, aunque el estudio histórico efectuado por Seoane ofrece claves importantes para una reflexión genealógica sobre los posibles conflictos y modos de afrontar en la actualidad la educación sexual de la infancia o de la adolescencia, no podemos olvidar las importantísimas novedades que en relación con la «cuestión sexual» tuvieron lugar durante la segunda República española: La Liga española para la reforma sexual sobre bases científicas, fundada en 1932; el proyecto de Ley sobre pedagogía sexual, en 1933; la despenalización de la homosexualidad o del control de la natalidad; la ley del divorcio, etc. Tras la guerra civil, el nacional-catolicismo impuso, como es sabido, la más férrea y represiva disciplina, también en materia sexual. En definitiva, para el caso español, el «hiato» entre 1920 y el momento actual es demasiado importante, demasiado penoso y demasiado influyente como para no olvidarlo. El placer y la norma constituye, a mi juicio, una muy relevante aportación a la historia cultural y al pensamiento crítico. Nos ayuda a pensar, a desmitificar y a interpretar una parte fundamental de nuestra propia esencia como seres humanos: todos/as hemos sido niñas o niños y todos/as tenemos una sexualidad que se ha construido social y culturalmente, independientemente de nuestras hormonas. Y nos ofrece, claro está, importantes elementos de reflexión para pensar la educación sexual. Un tipo de enseñanza que atraviesa, sin ninguna duda, las disciplinas curriculares y que debe, en el sentir de Seoane, salir de la «burbuja pedagógica» e incluirla en una transformación crítica de las políticas sexuales, en busca de una «moralidad democrática». Finalmente, cabe decir que El placer y la norma es un título más del atractivo y ambicioso proyecto que la editorial Octaedro ha puesto en marcha con la creación de la colección «Educación, Historia y Crítica» que, bajo la dirección de Juan Mainer y con el aliento del grupo Nebraska (formado, como bien saben los lectores de Con-Ciencia Social, por Raimundo Cuesta, Julio Mateos, Javier Merchán, Marisa Vicente y el propio Juan Mainer), propugna un pensamiento crítico en torno a la escuela y a la didáctica. En los tiempos que corren, es muy de agradecer iniciativas como ésta, que fomentan, a contracorriente del llamado «pensamiento único», un espíritu crítico y emancipatorio que nos ayuda, pese a todo, a ser un poco más libres. A. PALMA, Héctor, Gobernar es seleccionar. Historia y reflexiones sobre el mejoramiento genético en seres humanos. Como indica el título es este un ensayo, una serie de reflexiones, no sólo y estrictamente sobre el mejoramiento genético, sino sobre la forma de conocer de los seres humanos, sobre la ciencia y sus condicionantes. El autor hace así, en un principio, una reflexión sobre las formas de abordar, analizar, desarrollar y definir ese conocer llamado ciencia y sobre la filosofía, la sociología y la historia de la ciencia y sus relaciones e imbricaciones. Evidentemente todo conduce al estudio y reflexión sobre el propio ser humano. En la lucha en busca del conocimiento el ser humano se plantea cuestiones como la de su propio ser y su lugar en ¿la naturaleza, el universo? Preguntas de siempre con respuestas diversas, en parte dependientes de sus otros conocimientos sobre esa naturaleza entendida en su sentido más amplio. Y de cómo se ha ido planteando esta situación del ser humano a partir del siglo XIX, -el siglo en que la biología se convierte en el parámetro epistemológico esencial, como dice Donzelli-y cómo a partir de los nuevos estudios científicos se desarrolla la antropología física, incluida la medición de la «mente» y sus caracteres y capacidades. Es necesario considerar cómo se utilizan esos conocimientos, en rápida progresión para buscar formas de organización social que, por un lado controlen las poblaciones en cambio y, por otro, respondan a una nueva concepción de esa organización que se adapte, de alguna manera, al nuevo desarrollo burgués, a los deseos de los seguidores de los nuevos logros de la Revolución Francesa. El libro toca, en primer lugar, algunas de las cuestiones esenciales que caracterizaron ese desarrollo -¿progreso?-de los conocimientos e ideas sobre el hombre, que condicionarán a su vez las propuestas de organización social en sus múltiples aspectos. Comienza analizando conceptos tan ambiguos y tan utilizados como el determinismo biológico, así como el darwinismo y el evolucionismo -tan relacionados con el desarrollo y el progreso-, y el darwinismo social. Este sería en realidad una impregnación del pensamiento social y filosófico, en diversos grados y formas perpe-trada por el evolucionismo y el organicismo spencerianos y haeckelianos más que darvinistas, aunque Darwin indudablemente aportó elementos. Analiza el autor las características de la nueva antropología cuantitativa, un elemento esencial para esa impregnación. Y dedica el capítulo segundo al estudio de una de las manifestaciones de todo ese mundo del organicismo, la eugenesia. La eugenesia se nutre de la antropología, de la etnología y, sobre todo, del estudio de la herencia en sus diversas formas, de los problemas de la degeneración de las poblaciones y también de la higiene y sanidad. Sus congresos demuestran la gran participación de científicos de todo tipo y también de quienes se preocupaban de los problemas sociales -políticos, sociólogos, higienistas-, ya que la eugenesia en definitiva buscaba soluciones por medio de formas de actuación política y social que el autor analiza en su apartado sobre «Las tecnologías sociales asociadas a la eugenesia». Como dice en la página 11: «Puede asegurarse que, si bien los desarrollos, alcances y apuestas teóricas de la eugenesia han sido de cierta heterogeneidad, sus ideas principales han atravesado todos los aspectos de la vida científica, social y cultural desde fines del siglo XIX hasta, por lo menos, mediados del siglo XX». Y en la página 132 define a la eugenesia como «un programa de investigación e intervención interdisciplinario y hegemónico» Me parece muy correcto. Sus reflexiones sobre la eugenesia en sus diversos aspectos son muy sugerentes y estimulantes. Después de realizar estos análisis se dedica Palma a estudiar lo sucedido con la eugenesia en la Argentina. En muchos de los países latinoamericanos, y entre ellos Argentina, la eugenesia perduró con bastante respaldo, incluso oficial, hasta los años setenta. Por lo tanto el trabajo de Palma, así como los de Marisa Miranda y Gustavo Vallejo que han dedicado muchas páginas al tema, es especialmente interesante. Como sucede también con los estudios de Laura Suárez sobre la eugenesia en México. Finaliza el autor el libro con un capítulo dedicado a una serie de consideraciones generales, pero no por ello menos interesantes, sobre el reduccionismo, el determinismo biológico y la eugenesia, que dan un broche final a este análisis sobre la ciencia y sus formas de conocer, actuar y ser utilizada. En definitiva, una obra que es interesante para cualquiera que trabaje en historia y filosofía de la ciencia y también para quien este interesado en cuestiones que son centrales en nuestro tiempo, como es el desarrollo científico y tecnológico. El libro tiene un formato muy cómodo y es agradable de leer. Sólo es una pena que la edición tenga algunos errores tipográficos que hubieran sido fácilmente subsanables. GARCÍA GONZÁLEZ, Armando y ÁLVAREZ PELÁEZ, Raquel, Las trampas del Poder. Sanidad, Eugenesia y Migración. Cuba y Estados Unidos, Madrid, Consejo de Investigaciones Científicas, 2007, 399 pp. Basado en gran parte sobre documentación inédita, físicamente repartida entre los archivos de la American Philosophical Society y los fondos de la Picker Memorial Library, el libro de Armando García González y Raquel Álvarez Peláez introduce un tema quizá poco tratado en la historiografía sobre Cuba. Se trata de los proyectos eugenésicos que, durante los primeros cuarenta años del siglo XX, fueron elaborados y puestos en marcha en la Mayor de las Antillas por médicos y científicos cubanos, respaldados en su propósito por una parte relevante de los políticos de la isla así como por sectores del mundo científico estadounidense. El estudio tiene la ambición de jugar sobre un doble plano. Por un lado, la cuestión interna al escenario cubano, donde los autores intentan desvelar los mecanismos que condujeron a la política hacia un empleo instrumental de la ciencia. En este sentido, la eugenesia cubana de las primeras cuatro décadas del siglo XX sería la prosecución de un proyecto político-cultural, cuyas raíces se encuentran profundamente arraigadas en el devenir histórico de la isla a lo largo siglo XIX, cuando a la sombra de la revolución haitiana, la elite cubana ya buscaba una legitimación para las políticas de exclusión de los negros. El positivismo, sobre todo en su vertiente social-darwinista, su afirmación en el universo científico estadounidense y el apoyo prestado por parte de los académicos de este país para que se pusieran en marcha políticas de eugenesia también en Cuba, proporcionaron a sus elites nuevos instrumentos para legitimar la exclusión de lo «diverso». Un diverso que, si en el siglo XIX se identificaba principalmente con la raza negra, a partir del siglo XX extendió su alcance hasta lo políticamente diferente. Así pues, socialistas, comunistas y anarquistas acabaron por ser objeto potencial de las políticas de eugenesia en un claro intento de proteger a las elites cubanas de las crecientes amenazas a su poder. Reconstruyendo las trayectorias de los actores principales del proyecto eugenésico cubano, es decir, Eusebio Hernández y Domingo F. Ramos, los autores desenmascaran el entramado que en Cuba vinculó al poder político con el uso, en términos racial y políticamente excluyentes, de la medicina moderna y científica. Y llegamos así al segundo plano sobre cual el libro pretende jugar: la relación entre el entramado del poder isleño y la aportación dada a la realización de sus planes eugenésicos por el mundo científico estadounidense. De esta manera, si para reconstruir el escenario cubano los dos autores habían elegido seguir de cerca las trayectorias de Eusebio Hernández y Domingo F. Ramos, para cumplir con su segundo objetivo optan para el empleo de la documentación del Record Office de Cold Spring Harbor y, en particular, la relacionada con Charles B. Davenport y Harry H. Laughlin, ambos figuras centrales en la difusión de la eugenesia en América Latina. Descubrimos así lo que García González y Álvarez Peláez han definido como el «entramado eugenésico» en su dimensión internacional y sus recaídas en el escenario cubano, donde la presencia de una clara hegemonía política estadounidense habría facilitado la difusión de determinadas prácticas en parte importadas desde Estados Unidos; muestra de estas prácticas se refleja en la homicultura, los matrimonios selectivos y el control, también selectivo, de la inmigración. Así, el estudio en cuestión acaba por tener un doble valor. Por un lado, investiga y alumbra una faceta específica de la vida cultural y política de la Cuba de los primeros años 40 del siglo XX, ayudando en el proceso de reconstrucción del desarrollo histórico de la isla, por otro lado, los autores intentan destacar los mecanismos por medio de los cuales se articuló la hegemonía estadounidense en Cuba. El estudio llega a la conclusión implícita por la cual la hegemonía estadounidense en Cuba se habría afirmado, al mismo tiempo, gracias a su aceptación por parte de las elites políticas cubanas. En este sentido, la transmisión de las técnicas de eugenesia desde Washington hacia La Habana y su empleo por parte de la clase dirigente cubana ayuda a definir los contornos de esta relación. Más allá de la política, y sin embargo profundamente vinculadas a ella, las trampas del poder pasan, de acuerdo con los dos autores, también por el camino de la ciencia. En una de las carpetas Manicomio-Dementes que se conserva en el Arxiu Històric de l'Hospital de Santa Creu i Sant Pau de Barcelona, constan 150 expedientes de admisiones cuyos titulares no respondieron al pase de lista de febrero de 1939. Las guerras producen esos efectos en esas instituciones y Isabelle von BUELT-ZINGSLOEWEN, una historiadora francesa de origen alsaciano, que escribió hace una década una obra muy mayor -y desconocida en nuestros pagos-, sobre la reforma de la enseñanza de la medicina en la Alemania del Aufklärung1, aborda en este libro una investigación de más de un lustro basada en un trabajo riguroso sobre fuentes sanitario-psiquiátricas pero también sobre historiales clínicos, correspondencia de médicos y enfermos y la producción hemerográfica y legal sobre la muerte por inanición de unos 45000 enfermos internados en los asiles (manicomios) franceses entre el armisticio de 1940 y la Liberación de 1945. Su objeto es salir al paso de interpretaciones apresuradas o destinadas al consumo mediático y tratar de sentar las bases de una recuperación crítica de la memoria histórica. El tema es espinoso, Vichy, como el franquismo en España -cuyos paralelismos no se reducen a la entrevista entre Franco y Pétain-, es un tema muy tabú en el país vecino. Si en España la Transición estableció el principio de la amnesia legal que nos ha llevado a los actuales pagos, en Francia el mito gaullista sirvió para tapar, literalmente, el masivo colaboracionismo de la sociedad francesa con ese periodo de régimen autoritario al que tan aficionados son los franceses tras algunas derrotas militares. La autora -desde la distancia (relativa) historiográfica-trata de poner orden en una polémica que en Francia no ha cesado todavía sobre las responsabilidades del Etat Français -conocido comúnmente como «Vichy»-, pero también sobre las del conjunto de la sociedad francesa durante el periodo de Ocupación alemana. Con el objeto de no quedar atrapada por los componentes emocionales del tema, su plan se organiza en dos grandes partes: en la primera, analiza las fuentes demográficas para tratar de fijar los límites de la sobremortalidad hospitalaria durante la guerra, y analizar hasta qué punto los profesionales -psiquiatras fundamentalmente-, los responsables del sistema asilar francés -los prefectos-, y finalmente el Gobierno francés -los ministerios-, habían respondido al problema y tratado de atajarlo. La autora analiza en primer lugar los efectos del racionamiento alimentario sobre las poblaciones internadas y se da cuenta en seguida que la rigidez del sistema burocrático y administrativo fijado por la ley de 1838 fue un dogal que impidió en la mayor parte de hospitales públicos -mucho menos en los concertados privados de carácter religioso-, a las condiciones de un mercado de bienes y alimentos intervenido y en el que solo el «bricolage» -entre otros el mercado negro-, permitía que la población racio-----nada pudiese sobrevivir a los límites estipulados en las cartillas de racionamiento. Destaca la tibieza y la lentitud de los psiquiatras en asumir el hecho del hambre -camuflada en una primera etapa como «avitaminosis»-, y que en parte explica por la nula experiencia de los médicos franceses en hambrunas a diferencia de sus colegas de Austria-Hungría o Alemania que las vivieron en 1914-18 o de las ciudades republicanas españolas desde 1937 hasta mediados de los cuarenta. La posición de los psiquiatras es analizada entomológicamente -con una documentación completísima-, y revela sus contradicciones iniciales hasta que la evidencia de los efectos del hambre en los asilados se convierten en un problema real e inocultable. En este punto analiza las relaciones entre los psiquiatras y las administraciones y describe las estrategias de unos y otros para paliar el hecho. Concluye que no hubo voluntad por parte del Gobierno francés de exterminio voluntario por hambre de los pacientes -como sucedió en Alemania-, aunque si su condición de estado lacayo de la Alemania nazi, que al crear una crisis de subsistencias evidenció la fragilidad de las poblaciones internadas y la ausencia de movilización por parte del conjunto de la sociedad ante una serie de colectivos socialmente excluidos desde antes de la Guerra y cuya responsabilidad correspondía al Estado. Por eso solo a finales de 1942 y ante la imposibilidad de resolver de otro modo el problema, el Estado hubo de aceptar formulas de racionamiento distinto para los locos equiparables a las de los enfermos somáticos o los tuberculosos. Resuelto brillantemente el análisis puramente político de la problemática del periodo bélico, y desmitificados distintos mitos y debates muy franceses sobre Vichy, y sobre la base de las mortalidades diferenciales de los pacientes según variables de clase, género y categoría administrativa, la autora analiza en el segunda parte los condicionantes estructurales -es decir cuales eran las variables de la política psiquiátrica francesa desde 1838-, y que habían posibilitado, durante el periodo de guerra, que los equilibrios de anteguerra se rompiesen. Considera que estas variables tenían como origen un modelo muy rígido de política psiquiátrica de exclusión -muy en la línea del modelo español de entre 1885 y 1931-, el acantonamiento corporativo y la exclusión de hecho de los médicos funcionarios de manicomios -unos 150 en 1939-, para más de cien manicomios públicos y concertados y una bajísima medicalización de los mismos, en parte creo personalmente, que por una nula presencia del kraepelinismo que sin embargo en España sí se discutió masivamente ya en los años veinte. Si el caso Toulouse es una excepción que solo tímidamente durante el periodo del Frente Popular parece mover a alguna evolución, la descripción del sistema manicomial francés que hace von Bueltzingsloewen es equiparable a la situación que criticaran Oscar Torras y Alzina y Melis en el Manicomio de la Santa Cruz entre 1915 y 1919. Según la autora ese modelo, que contemplaba una bajísima rotación de enfermos por las dificultades de las altas administrativas -en manos de los prefectos-, favoreció que la población manicomial se doblase antes de la guerra, y que los problemas de abastecimiento de las instituciones -ya difíciles presupuestariamente antes de la Guerra-, los convirtiesen en una trampa mortal durante la misma. Este argumento la lleva a discutir los modestísimos límites del reformismo psiquiátrico francés de antes de la Guerra y a poner en su lugar los no menos modestos esfuerzos de reforma durante la misma, mucho más basados en la necesidad de movilizar a los pacientes para mejorar las subsistencia propia que otra cosa. Las feroces críticas de Busquet Teixidor a los franceses ya en 19272 ponían de relieve el increíble estancamiento esquiroliano que von Bueltzingsloewen destaca antes y durante la guerra, el escepticismo terapéutico e incluso las resistencias a la introducción de determinadas novedades terapéuticas como la piretoterapia, el shock insulínico o el electrochoque. ----Pero aun hay más, la autora analiza el papel de las redes sociales de los enfermos en la gestión de las dificultades alimentarias del período bélico y ahí el diagnóstico es literalmente estremecedor: una proporción enorme de enfermos sin familia, solteros, viudos o abandonados literalmente que no pudieron recibir del exterior lo que no podía suministrar la institución que les tutelaba, atravesada como no podía ser menos por los condicionantes de clase social y por las dificultades de comunicación propias de un país ocupado. La responsabilidad no es tanto «de Vichy» dice la autora, como del propio sistema de gestión de la locura y de su inadaptabilidad a las crisis. En cierta medida la tesis final enlaza, sin citarlo con la del conocido estudio de Paxton 3 sobre Vichy, y que indica como éste régimen representa, en una situación de crisis la forma de prolongar un modelo político y burocrático -l'Etat -, que ya hacía aguas por su rigidez burocrática y su incapacidad de adaptarse a la realidad cambiante. Tanto es así, que en su revisión minuciosa de las reformas y de las adaptaciones que se hacen en los hospitales psiquiátricos franceses se reconocen, a partir de formas de bricolage, o de la necesidad de desarrollar la ergoterapia para producir alimentos los gérmenes de algunos de los avances característicos de lo que será en el futuro la psychothérapie institutionnelle. Y la autora destaca que también Vichy legisló, como todos los regimenes autoritarios de su tiempo de una manera harto significativa en políticas públicas de salud que entraban dentro de la lógica fascista -se corresponden pues con los debates sobre el Seguro Social en España en los primeros cuarenta. El libro termina con unas conclusiones luminosas, y con un epílogo que me ha parecido fascinante y digno de amplia discusión sobre los vericuetos de la construcción de la memoria histórica que comparto plenamente. El lector ibérico -o latinoamericano-hará mal en pensar en este libro como de franceses para franceses. Es una fuente inagotable de referencias que deben ser comparadas con las españolas, italianas o norteamericanas, puesto que describe un periodo crucial para los orígenes de la crítica al custodialismo -y a la psiquiatría de tutela -. Aunque el francés ya no es tan lengua franca como antes, la obra merece ser recomendada, leída y discutida. La autora es una mujer polémica y eso aumenta el atractivo de sus propuestas. El autor del volumen es uno de los principales representantes de la escuela francesa de estudios sobre la civilización romana. Con anterioridad había publicado magníficos estudios de síntesis sobre aspectos diversos, tales como el periodo de Augusto (1974), el ocio y la moralidad en Roma (1966), los placeres en el mundo griego y romano (1984), o los viajes en la antigüedad (1993), así como estudios diversos sobre la Filosofía en Roma (1977). No obstante, una constante en sus trabajos y lecciones ha estado constituida por el tema específico de la medicina antigua, y más en concreto por la práctica médica en Roma. Así a lo largo de los años ha publicado trabajos diversos acerca de la medicina romana en revistas de investigación, ha desarrollado actividades docentes sobre el tema en la Facultad de Medicina de Dijon, y ha dictado conferencias en la Sorbona. Profundización del material reunido para estas actividades docentes es la obra que comentamos. ---- La medicina antigua, y más en concreto en Roma, había sido objeto de diversas aproximaciones en las últimas décadas. Podemos mencionar estudios previos, como el de J. Scarborough, Roman Medicine (1969), de G. Penso, La Médecine Romaine. I. Antiquité el Moyen Age (1983), que el autor no cita, o en España trabajos como los de Pedro Laín Entralgo sobre Historia de la Medicina, de Luis Gil sobre la medicina popular, o de Luis García Ballester sobre Galeno, y que el autor tampoco referencia. En las principales lenguas, producto de su tradición cultural e investigadora, existen voluminosas Historia de la Medicina, con sus extensos apartados sobre Roma. Así pues, no faltan fuentes en las que buscar documentación y amplitud de datos sobre los aspectos médicos en la civilización romana. En todo caso, la obra de Jean-Marie André se ha convertido en una referencia imprescindible, y en un utilísimo elemento de lectura y de consulta. Y lo es porque el autor es un magnífico conocedor de la civilización romana, con lo que inserta los aspectos médicos en su conveniente contexto. André utiliza de una forma prácticamente exhaustiva la casi totalidad de las fuentes literarias disponibles, que además consulta de primera mano en sus ediciones griegas y latinas. Pese a la limitación de su bibliografía, el autor sabe no perderse en la masa boscosa de la misma, que conllevaría a una erudita discusión sobre interpretaciones, con el consabido riesgo de perder los hilos conductores del análisis. Bibliografía muy limitada en la que se detectan claramente ausencias bastante considerables de obras tradicionales, no solo del siglo XIX, sino de la mayor parte del siglo XX. Y también la ausencia de la mayor parte de la bibliografía escrita en lengua no francesa. La civilización romana se caracterizó por una curiosísima mezcla entre carácter primitivo y relativo modernismo. Por lo general, los que se aproximan a su estudio han destacado unos rasgos o los otros. Y también de forma muy usual, los rasgos primitivos se han destacado en mayor medida en relación con la precedente civilización griega. Ese contraste entre el mundo griego y el romano, con preeminencia cultural del primero, es muy corriente en un sector de los estudiosos (por ejemplo en Finley), que son mejores conocedores de la civilización griega. Y en el terreno de la Historia de la Medicina, ese contraste favorable a Grecia está muy presente en la investigación, que además tiene en su apoyo el propio rechazo de un sector de la literatura latina hacia la medicina científica de procedencia griega. Debe tenerse en cuenta que el primer médico griego que ejerció en Roma, en los últimos años del siglo III a. C., recibió el mote de carnifex (Plinio, NH. Y Catón acusaba a los médicos griegos establecidos en Roma de pretender matar a todos con su medicina (Plinio, NH. La obra de André se desarrolla a partir de una interpretación diferente a la más tradicional, puesto que la medicina romana no se concibe como una simple alumna dócil de los contenidos aportados por la Grecia clásica y helenística. La diferencia de concepción no se encuentra en la negación de unos orígenes, que se reconocen a partir de lo reconocido por los propios romanos. No obstante, el uso que en Roma se hizo de esa aportación inicial rebasó muy ampliamente la mera reiteración, para incorporar elementos bastante novedosos. La obra aporta elementos de reflexión en lo relativo a la sociología de la curación y de la enfermedad, y también en la profundización a partir de la documentación jurídica (hasta ahora poco tenida en cuenta). El trabajo se articula en 10 capítulos, con un análisis temático más que cronológico, si bien en cada uno de ellos se retoma el hilo conductor de la evolución en el tiempo. El primero de esos capítulos está dedicado a lo que denomina «paradoja cultural» (págs. 17-58), es decir, la resistencia de Roma a la asunción de la medicina griega. El autor recoge una gran cantidad de textos, entre ellos la tradición anti-médica del género satírico, que criticaban abiertamente la incorporación en Roma de una medicina científica de inspiración griega. No podemos menos que mostrar el acuerdo ante la justa observación de André de que ese rechazo no fue otra cosa que un rasgo de primitivismo presente en una buena parte del patriciado romano. El capítulo segundo trata de la epidemiología romana (págs. 59-96), si bien pese al título se centra de forma exclusiva en el periodo republicano. Se trata de un análisis acerca de la gran cantidad de referencias a pestilentiae en Roma: Tito Livio y Dionisio de Halicarnaso citan multitud de episodios desde el siglo V a. C., siendo muy ocasionales y puntuales con posterioridad. Pestilencias ligadas a castigos divinos y sortilegios, por lo general también en relación con situaciones de hambre (causa o consecuencia, o bien las dos al tiempo), y muchísimas veces la observación las ponía en relación con el verano. La pestilentia reiterada de la Roma republicana es interpretada por la mayor parte de los investigadores con la malaria. El capítulo tercero (págs. 97-145), uno de los más conseguidos, está dedicado a la recepción de la medicina hipocrática, y a la herencia de las distintas escuelas griegas. En su análisis André muestra como la Roma filo-helénica mantuvo vigentes y profundizó en los rasgos del hipocratismo, desde la devoción que muestra el despliegue del culto a Asclepios, hasta desembocar en la obra médica de Celso. André encuentra en la medicina romana un más amplio lugar para el debate y la crítica, y a su vez con un desarrollo bastante considerable del concepto de «sanidad pública», que tuvo su núcleo básico en la higiene y en la cultura del agua. El capítulo cuarto (págs. 147-197), titulado «La epidemiología positiva», trata de una cuestión que ha llamado poderosamente la atención de todos los que hemos estudiado la cuestión: cómo entre la época de la tardo-república, y la parte principal del Alto Imperio, el Imperio Romano en general, y el Occidente romano muy en particular, se caracterizaron por un buen estado sanitario. Desde cuando menos la victoria de Pompeyo sobre los piratas, y más aún del triunfo de Octavio (Augusto) en Actium, el Mediterráneo fue un mar de comunicaciones, de contactos, de movimientos, y ello no supuso durante más de doscientos años la extensión de grandes epidemias. André no realiza un estudio detallado sobre las epidemias del Imperio, aunque sí realiza una buena aportación acerca del concepto de pestilentia en la literatura. Aún así, defensor de los puntos de vista romanistas, el autor considera que la literatura romana sobrepasó a la griega en la etiología de la epidemia, lo cual es opinable. El capítulo quinto (págs. 199-271) trata de un análisis nosológico de la Roma imperial, analizando las distintas patologías. Quizás la parte más destacable y original sea la dedicada a la medicina y la vida sexual en Roma, aspecto sobre el que el autor menciona el único trabajo en español («Los anticonceptivos en la antigüedad clásica», de José María Blázquez). De igual forma merece destacarse el apartado dedicado a «Las enfermedades de la civilización», por lo general puestas en relación con el atractivo, para los romanos, concepto de decadencia de las costumbres, y el complejo lujuria-libido sistematizado por el pensamiento estoico. En el capítulo sexto (págs. 273-332) se desarrolla la cuestión del habitat, el clima y la salud. En este caso, el autor utiliza muy ampliamente los textos del agrónomo gaditano Columela, en los que aconseja acerca de la más correcta ubicación y orientación de las granjas. Igualmente analiza la patología de las concentraciones urbanas que merecen buena cabida en el estudio. La insalubridad de la vida en las grandes ciudades, muy particularmente en Roma, derivaba de las malas condiciones de muchísimas viviendas, del hacinamiento en viviendas de barrios pobres, la fuerte contaminación de las emanaciones de los dispositivos de calefacción, o de las poco controladas de las artesanías presentes junto a las viviendas (la arqueología así lo demuestra). Apartado muy especial dedica a las instalaciones balnearias, una de las cuestiones más desarrolladas en el mundo romano, y que más han merecido la atención de investigadores, tales como I. Nielsen (Thermae et Balnea, 1990), de W. Heinz (Römische Thermen, 1983), o en España de G. Mora, M. J. Pérex o F. Díez de Velasco. El autor no pasa por alto que en la famosa Tabula Peutingeriana, «mapa de carreteras» del mundo romano, las Aquae principales tengan presencia básica en las representaciones. La terapeútica ante la medicina general y las de carácter especializado son objeto del capítulo septimo (págs. 333-419), en el que se concretan aspectos diversos de la práctica médica en Roma, a partir de los tratados de Celso, Galeno y otros autores. Es importante, y ya con larga tradición en la historiografía, el recurso a la arqueología para documentar el instrumental, bien conocido como ejemplos significativos en Pompeya en la «casa del cirujano» (trabajos de G. Penso o R. Jackson), o en la España romana en el abundante instrumental de Mérida (estudio de M. Sanabria entre otros), o de la «casa del médico» de Ercávica (estudio de A. Fuentes). La obra de André apuesta por una interpretación positiva de los remedios romanos, basados en la comprobación empírica y la enseñanza, frente a la visión primitiva que se deduciría de la mordaz crítica de Marcial, cuya atribución de «charlatanismo» a los médicos es aquí bien contestada, El capítulo octavo (págs. 421-483) analiza los casos documentados de pacientes ilustres en Roma. Al margen de los detalles, más o menos anecdóticos, la terapia aplicada se menciona en mayor grado en los casos pintorescos. Uno de ellos, que curiosamente no se destaca, es el de la enfermedad de Augusto en el momento de desarrollo de las guerras cántabras, que le obligó a retirarse a Tarragona. El emperador estuvo al borde de la muerte, pero fue curado por la acción del médico Antonio Musa, que aplicó, se supone junto a otros remedios, una terapia basada en los baños, episodio estudiado por Zaragoza Rubira y nosotros mismos, entre otros. Más allá de la extensa relación de casos concretos, André muestra como la relación de los pacientes con los médicos oscilaba entre la adhesión de carácter pragmático, la docilidad preocupada y la desconfianza tradicional. La sociedad romana tiene un magnífico encuadre social en el capítulo noveno (págs. 485-539) dedicado al ejercicio de la medicina en Roma. La medicina hipocrática griega tuvo en Roma una recepción tardía y selectiva. La medicina científica es recibida por sectores tradicionales como un hipotético enemigo interior. No obstante, desde la época de Augusto se produce un fenómeno de modernidad, muy ligados a la valorización de la práctica médica. Precisamente el ya mencionado Antonio Musa, con su actuación en Hispania, mereció la promoción social que después fue extendiéndose entre los médicos, a partir de la consideración de la medicina como una de las artes. El análisis de escritos de Séneca constituye un magnífico testimonio de esta transformación en el aprecio social de la práctica médica. Y a partir de aquí, el control público de la medicina y de su enseñanza, los médicos oficiales de colonias y municipios, el servicio de sanidad militar (que tuvo un despliegue enorme), o la actuación de los médicos de los gladiadores. En el capítulo décimo, y último (págs. 541-613), André desarrolla la relación entre la medicina, la filosofía y las patologías. Se trata de un apartado muy extenso, bastante del gusto del autor, aunque a nuestro juicio excesivamente difuso en el reflejo que ofrece de la medicina romana. En cualquier caso, más allá de la propia medicina, André elogia la (por lo general) denostada filosofía romana, y muy en concreto la de la «Edad de Oro de los Antoninos». Después del análisis de las consideraciones literarias, se analiza el pensamiento referido al suicidio. Finalmente, la obra recoge un capítulo de conclusiones (págs. 615-622), en el que André recoge algunas ideas fundamentales en relación con algunos de los aspectos tratados. Finaliza señalando que «la medicina romana antigua fue un sistema de sanidad pública que se conjugaba con un arte de vivir... Su herencia, ambigua tal y como los avatares de su recepción y de su transmisión, es una amplia familia en la que los dietistas humanistas, los médicos liberales, los médicos funcionarios, iban a convivir con los arrogantes dogmáticos del siglo XVII, que la resignación y el fatalismo cristiano consolaron de sus rigores y de sus fracasos». La exposición está acompañada de cerca de un centenar y medio (págs. 623-680) de lo que llama «notas», en realidad breves apartados de ampliación de la información, en este caso por lo general a partir de bibliografía moderna, así como de varios apéndices, el primero de ellos con una lista de los médicos romanos documentados, varios (segundo al quinto) con esquemas diversos referidos a personajes y enfermedades, el apéndice sexto está centrado en las enfermedades reconocidas en el Digesto, y el séptimo en la relación entre la medicina romana y el cristianismo antiguo. Finalmente, dos útiles y breves índices, uno dedicado a nombres de personajes, y otro de cosas (y enfermedades) destacables. En suma, el profesor André ha realizado una magnífica obra, bastante completa y muy bien documentada sobre la medicina romana, repleta de sugerencias para profundizar en los estudios. Algunos aspectos, como los referidos a filosofía y pensamiento, a nuestro juicio ocupan un lugar quizás excesivo, mientras existen otros que no aparecen en la selección de temas. Entre ellos, nos parecen particularmente importantes los referidos a la edad de defunción, o «esperanza de vida» y causas de fallecimientos, con hechos diferenciales entre hombres y mujeres, o a las patologías óseas y dentarias documentadas por la arqueología en las necrópolis de época romana. En este sentido, consideramos que la obra se complementa a la perfección con la citada de Mirko Grmek. Ello no desluce para nada la importancia del trabajo que comentamos, a partir de ahora referencia primera e indispensable sobre la naturaleza y características de la medicina romana. Enrique GOZALBES CRAVIOTO MAIMÓNIDES, Obras médicas III: El comentario a los Aforismos de Hipócrates, Córdoba, El Almendro, 2004, 177 pp. Traducción del texto hebreo e introducción de Lola Ferre. Intentar presentar a los lectores de Asclepio las figuras de Hipócrates y de Maimónides, puede parecer una impertinencia. Presentar a Lola Ferre casi lo es también, porque los trabajos de traducción y estudio que ha desarrollado hasta hoy esta profesora de la Universidad de Granada, la convierten en una especialista de referencia obligada cuando hablamos de la transmisión de los saberes médicos en la Edad Media, especialmente a través de la tradición hebrea. La traducción que reseñamos aquí es ya la cuarta de las obras médicas de Maimónides que la editorial El Almendro pone a nuestro alcance, después de publicar El Régimen de la Salud (1991), el Tratado sobre la curación de las hemorroides (1991) y El libro del asma (1996). Este comentario de Maimónides a los Aforismos de Hipócrates fue escrito en El Cairo (entonces Al-Fustat), aproximadamente en el año 1195. Está precedido de un prólogo en el que el autor aclara los cuatro motivos que, según él, justificarían la costumbre de escribir comentarios a la obra de los autores antiguos, a saber: aclarar los razonamientos oscuros, aportar las premisas de conocimiento necesarias para una correcta comprensión, dilucidar cuestiones de significado o denunciar los errores. A todas ellas recurre Maimónides en sus comentarios a lo largo de estos siete libros de aforismos. Se dice que fue tendencia habitual en los contextos médicos medievales asumir sin mayor crítica los principios de la tradición hipocrática. A contracorriente de esta costumbre, Mai-mónides muestra en sus comentarios una actitud mucho más escéptica. Pero debemos admitir que sus palabras van, casi siempre, más en la línea del esclarecimiento que de la crítica abierta al texto hipocrático. Son las suyas generalmente aclaraciones terminológicas o interpretaciones exegéticas que, tanto en el tono como en el modo, parece que estuvieran escritas con cierta intención didáctica, pensando, quizá, en los estudiantes de medicina que se enfrentaban a un texto de obligado conocimiento, pero algo oscuro en ocasiones. Los Aforismos fueron escritos en otra época, desde otra mentalidad y desde otro idioma, de ahí la necesidad de una triple traducción, que sólo un saber poliédrico como el de Maimónides podía abordar con garantías. Y, desde luego, dada la brevedad aforística de los textos hipocráticos, hasta los lectores de hoy en día agradecemos los comentarios doctos y las claves de interpretación que el sabio Ben Maimón nos proporciona. De cualquier modo, es verdad que se detectan críticas francas, y algunas no exentas de finísima ironía, lo que nos habla también del tipo de persona que era Maimónides, de su sorprendente sentido del humor y de su ingenioso escepticismo. Las críticas no sólo atañen al texto original hipocrático, sino también a la oportunidad de algunos comentarios galénicos. En numerosas ocasiones, Maimónides critica, por ejemplo, la fácil tendencia de Hipócrates a la generalización a partir de casuísticas que juzga demasiado puntuales. Probablemente la expresión más demoledora la encontraremos en su comentario al aforismo no 39 del libro sexto: «Ya te dije que las sentencias de este hombre son así: en muchas de ellas no se mencionan todas las condiciones y otras veces se formulan sin reflexión basándose en lo accidental.» Así pues, nos encontramos con un libro escrito en forma coral, pues en muchos aforismos podremos disfrutar escuchando hasta tres voces: la voz primigenia del padre Hipócrates (que es, en realidad, la polifonía de toda una escuela), la voz autorizada de Galeno y, al fin, la voz de Maimónides. Hay una cuarta, porque está también la voz de la profesora Ferre, muy clarificadora en el breve trabajo introductorio (les garantizo que comparte con Maimónides la brevedad y el didactismo) y muy diáfana luego en su tarea como traductora, al permitirnos escuchar con naturalidad todas estas voces en un español que, por no ser del todo intemporal, es capaz de evocar antiguas sonoridades. Sabemos que Moisés Ben Maimón, llamado también Abú Amram ibn Abd Allah, pero conocido generalmente como Maimónides o RaMBaM, nació en la Córdoba andalusí del siglo XII. En 2004, la efemérides del octavo centenario de su muerte generó algunas publicaciones conmemorativas. La obra Die Trias des Mainomides / The Trias of Maimonides, por ejemplo, editada por Georges Tamer en 2005, aborda en formato bilingüe un panorama francamente muy amplio e incluye, por ejemplo, un trabajo de S. Kottek sobre el primer aforismo de Hipócrates, que se ha hecho tan popular, por el juego interpretativo que ofrece: «La vida es breve y el arte es largo». También hace muy poco, el profesor Peset comentaba en estas mismas páginas la aparición de Maimónides médico, con edición a cargo de Carlos del Valle (Aben Ezra Ediciones, 2005), una obra que, precisamente, incluye un estudio de Lola Ferre en el marco del Congreso Internacional sobre Maimónides. Y también en España, la editorial Trotta, publicó ya la Guía de perplejos dentro de la colección Al-Andalus, con traducción de David Gonzalo Maeso, y que va ahora por su 4a edición. Desde luego no podemos decir que Maimónides fuera un hijo de su tiempo. En sus planteamientos científicos resultó un adelantado hasta niveles casi proféticos. Los principios de la medicina psicosomática quedan ya establecidos de algún modo en su Regimen sanitatis; en Tratado de los venenos y sus antídotos distingue, mucho antes que Orfila, entre tóxicos neurotrópicos y hematotrópicos e incluso, formula en sus Aforismos los principios de un escepticismo que nos parece, a veces, tan metódico y tan radical como el de Descartes. También sus concepciones teológicas sorprenden por su talante ecuménico y por situarse muy lejos de apologías doctrinarias. Esto último algunos lo achacan a su condición de judío en tierras musulmanas, lo que le obligaría a una especie de eclecticismo pragmático, por razones de pura supervivencia social. Pero personalmente pienso que cuando uno se pasa la vida, ya desde muy joven, huyendo primero de la intolerancia almohade y luego de las críticas de algunos de sus correligionarios más integristas, se acaba por mirar con recelo a cualquiera que pretenda afilar las verdades más allá de lo que es preciso para exponerlas civilizadamente. Atravesando la judería cordobesa, puede uno encontrarse hoy con la estatua en bronce de Maimónides, sentado en una minúscula placita con jazmines. Su rostro se mantiene igualmente reflexivo, rodeado por las mesas del restaurante próximo. Sostiene un libro en el regazo y un dedo, deslizado entre las páginas, marca el lugar de la lectura interrumpida. El artista plasmó un rostro imaginario, lleno de la misma quietud verdosa del bronce, y lleno también de la serenidad incrédula de quien, en la inmortalidad de su gloria, se vio devuelto como adulto a la Córdoba que abandonara un día, cuando sólo tenía trece años. Gracias al trabajo de Lola Ferre, por primera vez, podemos devolverle hoy también a ese hombre reflexivo y sabio su pensamiento y su voz en lengua española. La publicación que comentamos se inscribe en el interés que la historia de la salud pública suscita en los últimos decenios en el mundo académico español. A pesar del título, el periodo estudiado es más amplio y abarca desde los años finales del siglo XVIII hasta el fin del Trienio Liberal. Aunque contamos con magníficas obras que han ahondado en el tema sanitario en el crepúsculo del Antiguo Régimen y albores de liberalismo, especialmente Muerte en España de Mariano y José Luis Peset, los primeros intentos por sentar las bases de una organización sanitaria del liberalismo español no han tenido toda la atención historiográfica que merecería. Álvaro Cardona, aporta, a partir del estudio de los diarios de sesiones de las legislaturas del período 1820-1823, un profundo y exhaustivo análisis de la elaboración de la legislación concerniente a la beneficencia y la sanidad, poniendo de relieve las diferentes perspectivas que existían en el universo liberal ante la manera de encarar la organización de ambos ramos de la administración estatal en un periodo turbulento de la historia de España. Además el cotejo con otro tipo de fuentes, especialmente con los escritos coetáneos sobre enfermedades epidémicas y sobre la naturaleza de la beneficencia, enriquecen enormemente el libro, pues permite seguir las interacciones entre las ideas científicas del momento y su utilización en el terreno político. Asimismo, el autor ofrece un detallado e interesante estudio de las cuestiones sanitarias durante las Cortes de Cádiz, escasamente estudiadas por la historiografía, donde se atisban ya algunas de las cuestiones que se retomarán en el futuro y marcarán buena parte de los debates político sanitarios del siglo XIX. El libro está dividido en dos grandes bloques, titulados respectivamente "Los intentos de reforma de la beneficencia y de la atención de salud" y "Los intentos de reforma de la Organización sanitaria" que enmarcan con claridad la problemática que se analiza. Sin embargo, aunque este planteamiento formal resulta acertado, la consiguiente subdivisión de capítulos que integran cada bloque, así como los contenidos de parte de los mismos son posiblemente uno de los puntos más débiles del libro. La combinación de páginas de investigación original, francamente interesantes y novedosas en muchos aspectos, con otras centradas en la revisión del debate historiográfico y en la evolución de determinadas ideas, que han sido ya estudiadas exhaustivamente por otros autores y que no merecerían tanta atención por parte de Cardona, desequilibran los contenidos del libro y hacen perder parcialmente el interés del lector ante cuestiones ya conocidas. Así, el punto titulado "Los principios teóricos y los contenidos de las leyes de pobres en Gran Bretaña" (pp.25-49), resulta innecesario y no aporta nada especialmente valioso a la obra. Da la sensación de que el debate europeo sobre la pobreza se redujo exclusivamente al mundo anglosajón, cuando, por el contrario, fue una cuestión que afectó a todo el continente europeo. Quizá el autor podía haber suprimido o reducido drásticamente esta parte, reenviando al lector a la bibliografía internacional, no necesariamente anglosajona, más relevante. Otro tanto sucede en la segunda parte con el capítulo titulado "Debates científicos en Europa sobre el origen y la propagación de las enfermedades epidémicas y su importancia en la organización sanitaria" A mi juicio, todo este capítulo es prescindible y puede ser reducido bien a unas pocas páginas o a una nota a pie de página. No es necesario aturdir al lector con cerca de 35 páginas explicándole el origen y evolución de la teoría del contagio, ni tampoco ilustrarle sobre las discusiones e implicaciones entre contagionistas y anticontagionistas, pues se trata de un libro de investigación original y no de un manual. Sin duda que la teoría del contagio y la polémica entre contagionistas y anticontagionistas es fundamental para comprender las bases que sustentan el proyecto sanitario del Trienio Liberal, pero cabe presuponer que el lector ya conoce las líneas maestras y se le puede aportar en las oportunas notas la información necesaria. Además, más adelante retoma la cuestión en el contexto español con lo que resulta reiterativo y tedioso. En su afán por informar al lector, Cardona comete el mismo error cuanto traza el panorama epidemiológico y el pensamiento médico-científico en España en los años previos al Trienio Liberal. Estas páginas podían haberse resumido, señalando las cuestiones principales a modo de introducción, aportando los datos estrictamente necesarios que sirvieran al lector para tener algunas de las claves de la Sanidad en el Trienio Liberal. Igualmente, desde mi punto de vista, las páginas 263 a 275 dedicadas a la estructura sanitaria y sus transformaciones hasta las Cortes de Cádiz, son prescindibles pues no aportan ninguna novedad, y reiteran el tono de manual. Sin embargo, pese a este problema, el libro contribuye sólidamente al conocimiento de la sanidad liberal decimonónica. El seguimiento de los debates y las diferentes ponencias presentadas en las Cortes del Trienio, analizadas minuciosamente por el autor, permiten seguir los recovecos ideológicos y sobre todo políticos del recorrido parlamentario que tuvieron tanto el Código Sanitario como la Ley de Beneficencia de 1822. Particularmente interesantes resultan las disonancias entre la Comisión de Salud Pública del gobierno y la de las Cortes a la hora de redactar una ley sanitaria para el país, que muestran con claridad la descoordinación de los distintos agentes encargados de elaborarla. También se nos muestra como los argumentos contagionistas y anticontagionistas estuvieron presentes en la discusión y como los últimos no correspondían necesariamente a elementos antiliberales. Las páginas dedicadas a los debates sobre la necesidad de unir los ramos de sanidad y beneficencia constituyen una buena aportación de Cardona que analiza cuidadosamente la tensión entre el gobierno y las Cortes en esta materia, mostrando la oposición entre posiciones favorables a la centralización y especialización y aquéllas partidarias de una mayor laxitud y descentralización, rompiendo así con uno de los tópicos más extendidos en la historiografía española: la idea consustancial al liberalismo de centralizar ambos ramos. Un acierto del planteamiento del autor es la inclusión de las reformas de la sanidad y de la beneficencia en el contexto general de la reforma administrativa emprendida por los liberales frente a la caótica y arbitraria administración del Antiguo Régimen. Su implementación en una operación de mayores dimensiones resaltan con contundencia el valor dado por el liberalismo a la asistencia y la sanidad como puntales del nuevo régimen. Desde el punto de vista historiográfico e ideológico, el autor presenta los cambios intentados durante el Trienio Liberal bajo un aspecto favorable e idealista. En el centro de su discurso está presente el paso de un régimen de súbditos a otro compuesto por ciudadanos, de talante abierto, progresista, humanitario y cuasi democrático. En este sentido, se echa en falta una discusión teórica frente a otros presupuestos ideológicos y metodológicos que desembocan en interpretaciones bien diferentes del proceso de revolución burguesa. Además hay una excesiva identificación por parte del autor con algunos protagonistas e ideas, incurriendo en un cierto presentismo y conjeturas propias de historia ficción. Su defensa cerrada en las últimas páginas de la obra legislativa del Trienio Liberal, las conjeturas sobre lo que hubiera sucedido si no se hubiera truncado con el retorno del absolutismo, indicando que posiblemente España hubiera formado parte de los paises más avanzados de Europa y hubiera participado en los debates sociosanitarios de la época, constituyen una muestra de idealismo, que si bien no le restan valor a la obra en su conjunto, tampoco aportan nada. En definitiva, pese a los claroscuros señalados, el libro suministra abundante y novedosa información sobre el proceso de elaboración de las leyes de beneficencia y sanidad durante el Trienio Liberal.
En los últimos 20 años, los estudios culturales y feministas han contribuido a desarrollar nuevas perspectivas de análisis para estudiar y entender el cuerpo humano como lugar donde la identidad individual y la cultura confluyen y se expresan. Ello ha influido en la investigación histórico-médica y en las ciencias sociales y humanísticas, que han desarrollado nuevos marcos teóricos y han aportado datos empíricos para rebatir la idea dominante del cuerpo humano como ente estrictamente natural y estable 1. En tanto que espacio en el que se inscribe la diferencia sexual y se atribuye el orden de género, la teoría y la praxis feministas han situado el cuerpo en el centro de su mirada, elaborando propuestas muy diferentes e incluso irreconciliables que, sin embargo, coinciden en lo que Barbara Kruger brillantemente sintetizó en el aforismo que estructura su obra Your Body is a Battle Ground («Tu cuerpo es un campo de batalla») 2. En octubre de 2006 organizamos para el XIII Coloquio Internacional de la Asociación Española de Investigación de Historia de las Mujeres La historia de las mujeres, perspectivas actuales, celebrado en Barcelona, una mesa que titulamos Entre la salud y la enfermedad: Las mujeres como mediadoras de bienestar. En ella participaron profesionales de diferentes disciplinas de España, Estados Unidos y México, que presentaron y debatieron 15 comunicaciones sobre diversos aspectos de las prácticas sanitarias de las mujeres, de su experiencia vivida del cuerpo así como del conocimiento experto del cuerpo femenino 3. Las aportaciones de este último grupo analizaban diferentes discursos normativos y científicos sobre la mujer en salud y enfermedad y nos pareció que componían una unidad temática, metodológicamente plural, en la que se afirmaba la historicidad del cuerpo humano y la imposibilidad de entenderlo fuera de la cultura que lo crea y en la que existe. Consideramos por ello que su edición conjunta era historiográficamente relevante y el proyecto inicial acabó convirtiéndose en el presente dossier. Los artículos que aquí presentamos ofrecen excelentes ejemplos del papel histórico de la medicina y de la ciencia como naturalizadoras, o somatizadoras, de las relaciones sociales entre los sexos y creadoras de un cuerpo de mujer que suele ser visto como pasivo y pesimista 4. Los trabajos de Érica Couto y el firmado por Josep Bernabeu-Mestre, Ana Paula Cid, Josep Xavier Esplugues y María Eugenia Galiana desgranan un cuerpo femenino que la ciencia construye como subordinado a la norma masculina, débil y enfermizo. Una imagen creada posiblemente para contrarrestar, de acuerdo con Dolores Sánchez, la agencia y la vida de «las mujeres de carne y hueso», aunque éstas no estén del todo ausentes de los discursos elaborados por la medicina hegemónica, como señala por su parte Carmen Caballero. La contribución de María Jesús Santesmases ejemplifica que ese cuerpo puede acabar siendo invisible para la mirada de la biomedicina y José Martínez analiza algunos efectos ---ceptualizaciones feministas en torno al cuerpo». En Medicina, historia y género. 3 Algunos de estos trabajos han sido recientemente publicados: FERRAGUD, C. ( 2007), «La atención médica doméstica practicada por mujeres en la Valencia bajomedieval». Dynamis, 27, 211-236; DÍAZ ROBLES, L. C.; OROPEZA SANDOVAL, L. ( 2007), «Las parteras de Guadalajara (México) en el siglo XIX: el despojo de su arte». Espacio, tiempo y forma. 4 En denominación de Susan Bordo: BORDO, S. (1993), Unbearable weight: feminism, western culture, and the body, Berkeley, University of California Press. contradictorios que se producen al aplicar el modelo médico de la diferencia sexual para justificar la emancipación femenina. Los seis artículos centran sus trabajos en el análisis de textos y tecnologías ortodoxas o afines con la medicina, la ciencia y la sociedad de su tiempo. Las fuentes en las que se basan son, en su mayoría, de autoría masculina o de carácter normativo, aunque hay también textos de mujeres, como los de las pedagogas Mercedes Rodrigo y Bertha Wilhelmi que utilizan José Martínez y Dolores Sánchez respectivamente. Las aportaciones de estas y otras autoras a la construcción del discurso médico dominante cuestionan o matizan, precisamente, esa imagen pasiva y enfermiza del cuerpo femenino de la medicina contemporánea. De un modo distinto, las necesidades y experiencias de las mujeres también permean la literatura médica medieval de autoría masculina y, como muestra el trabajo de Carmen Caballero, imponen límites a la hegemonía de un discurso médico que devalúa el cuerpo femenino. Las autoras y autores de los artículos de este dossier provienen de varias áreas de conocimiento: diferentes filologías en el caso de las firmantes de los tres primeros trabajos, historia de la medicina o de la ciencia para los otros tres. Los beneficios del encuentro entre la lingüística y la historia son apreciables en la mayoría de trabajos, al producirse préstamos fructíferos de métodos entre las distintas disciplinas. Dolores Sánchez lo hace explícito al exponer su idea del discurso médico como práctica social imbricada en otras prácticas sociales con las cuales interacciona y que solo puede desvelarse a través del análisis de la relación texto-contexto. Si el objetivo de Sánchez radica en analizar la trama y la estructura narrativa que subyace al discurso, para el resto de trabajos sobre fuentes médicas contemporáneas la tarea es contextualizar y deconstruir la argumentación científica de los textos que estudian. Así sucede también en los artículos de Couto y Caballero, que utilizan el método filológico para descifrar los cuerpos de mujer que presentan textos procedentes de épocas remotas, haciéndolos de este modo accesibles a la historia. Estas dos autoras abordan, además, el análisis de culturas poco estudiadas y amplían los límites impuestos por la historiografía de la medicina clásica, que ha privilegiado el estudio de la tradición greco-latina de entre la multiplicidad de sistemas médicos que se desarrollaron en la antigüedad. De hecho, disponemos en la actualidad de numerosos trabajos que analizan la construcción hipocrática del cuerpo femenino y sus posteriores reelaboraciones en el período tardo-romano 5, y la ginecología hipocrática ha sido, incluso, el núcleo de un ----intenso debate historiográfico sobre el grado de permeabilidad de las fuentes médicas a los saberes y prácticas de las mujeres 6. También en España historiadoras de la medicina y clasicistas han trabajado los textos de la medicina de la antigüedad, aunque sus análisis tienden a reconstruir los discursos sobre el cuerpo femenino señalando su desvalorización, sin entrar abiertamente en el debate metodológico que subyace en la bibliografía internacional 7. Sin embargo, la época que precede a la que habitualmente se considera fundadora de la tradición médica occidental, ha recibido una atención exigua dentro y fuera de nuestro país. El artículo de Érica Couto aborda la construcción del cuerpo de las mujeres en la antigua Mesopotamia, un período muy poco explorado de la historia del cuerpo humano. A través del análisis de un texto de fisiognomía asiriobabilónico del siglo XI a.n.e., el trabajo descifra las funciones de un cuerpo de mujer codificado según los roles que el sistema de géneros imperante atribuía a las mujeres. La sencillez con la que el texto Si una mujer tiene la cabeza grande presenta profecías sobre el destino individual de una mujer, atribuyéndolas a rasgos físicos concretos, muestra con gran claridad como la diversidad de formas que puede tomar el cuerpo femenino se organiza y se jerarquiza a la medida del orden patriarcal. Couto señala la asignación al cuerpo femenino de las imágenes de prosperidad y maternidad, desgranando la utilidad específica del texto para detectar a la esposa ideal. Es decir, sitúa el texto en el núcleo del control masculino del parentesco y de una organización social patriarcal. La desnudez de las analogías de la fisiognomía asirobabilónica nos muestra con gran claridad la creación de un ---hippocratic corpus». 6 Los problemas de interpretación que presentan los textos médicos clásicos para la historia de las mujeres fueron planteados por KING, H. (1995), «Medical texts as a source for women 's history». Una revisión reciente de las diversas posturas en TOTELIN, L.M.V. ( 2007), «Sex and vegetables in the hippocratic gynaecological treatises». 7 Trabajos significativos en el ámbito español son los de MORENO, R. (1995), «La ideación científica del ser mujer. Uso metafórico en la teoría galénica». Dynamis 15, 103-150 y LÓPEZ (2006), así como el dossier que con el título Mujer y medicina en el mundo antiguo coordinó Montserrat Jufresa para la revista de historia de las mujeres Arenal 7 (2), (2000), 267-358. cuerpo de mujer ideal e inexistente y cómo este ideal de mujer es elaborado, precisamente, mediante la construcción cifrada de formas que, homogeneizándolo, literalmente le dan cuerpo y permiten identificarlo. El artículo de Carmen Caballero nos traslada a otra época y cultura que, en buena medida a través de la tradición árabe, se nutrió y reelaboró la medicina greco-latina clásica. Partiendo del estudio de textos hebreos medievales de cariz terapéutico, el trabajo analiza cómo éstos articulan diversas visiones sobre el cuerpo femenino. Se trata de fuentes de carácter eminentemente práctico que, a diferencia del texto analizado por Couto, buscan la intervención directa en el cuerpo de las mujeres para mantener o restituir su salud y ofrecen tratamientos concretos, a menudo en forma de receta. Caballero muestra que aunque la cultura judía codificó un cuerpo femenino impuro, utilizando muy especialmente el proceso que fisiológicamente entendemos como menstruación, la medicina hebrea tradujo, difundió y desarrolló formas de atención al cuerpo femenino que responden a necesidades de las mujeres y que destilan los modos en que ellas mismas manejaron el cuidado de su salud. El artículo se enmarca en una línea de investigación que para la medicina medieval de tradición latina -expresión que incluye las elaboraciones en lenguas maternas-viene practicándose en las dos últimas décadas y que empieza a distinguir con precisión los contextos de redacción, públicos e historias individuales de los textos médicos sobre el cuidado del cuerpo femenino, desvelando que no sirven necesaria o exclusivamente a la sociedad patriarcal en la que se generan y circulan 8. La rica caracterización de nuevos y viejos géneros de literatura médica medieval que están proporcionando los análisis recientes no ha llevado todavía a un trabajo comparativo que permita a la historiografía medieval establecer un diálogo metodológico con especialistas de otras épocas sobre la capacidad de hibridación del discurso médico y su porosidad hacia prácticas que se desarrollan fuera, o en los márgenes, de los espacios de creación de ese discurso. Es precisamente la centralidad del papel de la medicina como elemento codificador de «un» cuerpo de mujer dentro del discurso hegemónico patriar----- cal contemporáneo el objeto del artículo de Dolores Sánchez. Este nos ofrece una perspectiva complementaria a la de trabajos anteriores sobre historia de la intervención de la medicina en la construcción del cuerpo femenino, no sólo en cuanto al ámbito temporal al que se refiere -segunda mitad del siglo XIX, momento de conformación del modelo biomédico-sino por su aproximación metodológica, más interesada en descifrar los mecanismos de creación del discurso que en el estudio de los contenidos específicos del mismo. El artículo analiza las operaciones léxico-discursivas (la sinonimia, la metonimia, la hiponimia o la utilización del singular) que en los textos médicos españoles de finales del siglo XIX construyen lo que la autora denomina la categoría la-mujer y la reducen a la cualidad de madre y esposa. Asentado metodológicamente en el análisis crítico del discurso científico y en la teoría de género de raíz postestructuralista, da un paso más en la conclusión habitual de que la ciencia incorpora, reproduce o legitima la desigualdad social entre mujeres y hombres. El trabajo sostiene que detrás de la representación de lamujer como entidad abstracta, monolítica, homogénea, ahistórica y dependiente de los hombres, está la voluntad de crear algo que no existe naturalmente y cuyo poder estriba precisamente en aparecer como un hecho natural, perteneciente al orden de la naturaleza y no como una creación de la lengua. En contraposición a este discurso parece oportuno recordar la existencia de numerosas educadoras, pensadoras y médicas que desde finales del siglo XIX hasta finales de los años 30, publicaron en toda Europa y buena parte de América sobre asuntos profesionales y científicos. Esta escritura, de base técnica, buscaba mayoritariamente transformar la vida de las mujeres a través de la mejora de su educación y se basaba en la relectura, o puesta en cuestión, de principios generalmente asumidos tanto por el pensamiento educativo como por la ciencia médica 9. Los argumentos, bien de carácter social, bien de carácter biológico, se utilizaban en todos ellos y tenían mayor o menor peso según autoras. En este dossier, Dolores Sánchez y José Martínez hacen referencia, respectivamente, a dos de estas autoras vinculadas a ámbitos pedagógicos: Bertha ----9 Ver por ejemplo BALLARÍN DOMINGO, P. (1999), «Maestras, innovación y cambios». La exposición de la primera, considerada muy radical en su época, fue contestada y rebatida desde medios médicos conservadores poniéndose de manifiesto la falta de consenso y el poder de persuasión de la autora que utilizaba argumentos de carácter histórico y social para concluir que «la mujer (...) ha sabido desplegar sus actividades y mostrar que a su cerebro de mujer no le están vedados los altos vuelos del pensamiento» 10. Treinta años después, Mercedes Rodrigo 11 con un afán más pragmático y aplicado, recurría a los argumentos médicos de la diferencia sexual para defender la misma postura, categorizaba los trabajos como más o menos conformes a la naturaleza femenina y destacaba la maternidad como el «papel esencial» de la mujer. Un discurso que José Martínez considera contradictorio y con limitaciones para romper la tradicional distribución sexual del trabajo, aunque también podría ser leído como estrategia de persuasión social y búsqueda de autoridad, que permite mostrar, al mismo tiempo, las diferencias de las posiciones feministas y emancipatorias. La idea de un cuerpo diferente y la naturalización social que ello implica, la utiliza Rodrigo no solo para defender la adecuación femenina para desempeñar trabajos ya conocidos, sino también para establecer nuevas actividades profesionales, cualificadas y exclusivas para las mujeres, como la de orientadora laboral de niñas por la que explícitamente aboga. La autora se inserta así en las políticas de las mujeres de su tiempo para afirmarse como expertas en una sociedad predominantemente hostil. El pensamiento médico de la diferencia sexual fue el soporte teórico de los procesos de patologización y medicalización del cuerpo de las mujeres, un fenómeno que fue nombrado y denunciado por el feminismo de la segunda mitad del siglo XX basándose, en gran medida, en la investigación históricomédica. Los trabajos dedicados a las enfermedades de las mujeres en el último decenio constituyen una línea que se mantiene desde hace más de veinte ----10 El texto completo está accesible impreso y online en BALLARÍN DOMINGO, P. (1998), «Bertha Wilhelmi y su defensa de la aptitud de la mujer para todas las profesiones». 11 El texto se reproduce casi completo en: Martínez Pérez, J. ( 2007), «Salud, trabajo y género. La orientación profesional para las mujeres». En ABREU, L.; BOURDELAIS, P.; ORTIZ GÓMEZ, T.; PALACIOS, G. (eds.), pp. 111-113. años 12 en la que la enfermedad mental en general 13 y la histeria en particular 14 pueden considerarse temas clásicos que siguen vigentes. Ello no obstante, el reconocimiento de las (y los) pacientes como sujetos capaces de incorporar y/o transgredir normas y prácticas médicas, ha proporcionado en las dos últimas décadas una nueva visión que permite poner en diálogo la descripción médica y la experiencia vivida de la enfermedad, de modo que la investigación se ha abierto a otros nuevos campos como el cáncer, la anorexia y los trastornos de la imagen corporal, los efectos de la terapia hormonal o las enfermedades de transmisión sexual 15. Una característica común a la investigación histórica en este campo ha sido y es contribuir a transformar y mejorar las prácticas médicas actuales haciendo notar que, también hoy, el conocimiento es insuficiente, sesgado y tiene efectos desiguales para mujeres y varones. Así lo expresan las autoras y autores del trabajo sobre la clorosis y la neurastenia en la medicina española ----contemporánea, que cuestionan su carácter de categorías diagnósticas y las presentan como ejemplo para «superar las limitaciones que ofrece el modelo biomédico o científico-natural, e incorporar los presupuestos propios de un modelo más integral» que permita explicar, de modo más complejo, síndromes de la patología actual. En la tradición médica occidental, ha sido recurrente la utilización del cuerpo reproductivo como metáfora para explicar el cuerpo de la mujer. Paradójicamente, la asociación del cuerpo femenino a la fecundidad y a la generación no ha puesto en valor su función singular sino que lo ha convertido en emblema de la objetivación misma. La atribución de pasividad, desplegada en paralelo al interés de la medicina por su singularidad reproductora, ha hecho viable que el cuerpo de mujer pudiera ser también metáfora del objeto cognoscible 16. El estudio de la esterilidad, el embarazo, el aborto o el parto ha tenido especial interés para la ciencia médica, que ha postergado otros aspectos de la salud femenina, aún a pesar de que durante los tres últimos siglos las descripciones pormenorizadas de la anatomía y fisiología de la diferencia sexual han sido una constante y han construido, de acuerdo con una metodología científica tozudamente androcéntrica, un conocimiento exhaustivo del cuerpo dimórfico raramente aplicado para entender en términos clínicos los problemas de la salud de las mujeres 17. La permanente equiparación entre cuerpo de mujer y cuerpo materno ha experimentado, no obstante, algunos cambios y no deja de ser notable como la introducción de ciertas tecnologías médicas ha ido haciendo transparente, incluso invisible, el cuerpo femenino en estado de gravidez. Unas tecnologías que, por otro lado, como ha señalado Barbara Duden, al hacer visible una parte del cuerpo durante siglos oculta, dan apariencia de autonomía al embrión, feto o ser no nacido y convierten a la mujer en madre desde las primeras semanas de su embarazo, adelantando con ello la adquisición de un estatus (social, legal, cultural) que las mujeres históricamente no habían tenido hasta ----16 Este proceso ha sido estudiado con detalle por PARK, K. ( 2006), Secrets of women. En este contexto teórico, María Jesús Santesmases analiza la introducción en España, en las décadas de 1950 a 1970, del análisis citogenético y el diagnóstico prenatal de laboratorio, estudia la constitución de los primeros equipos y laboratorios clínicos y señala que esta tecnología, y otras como la ecografía aplicada al seguimiento del embarazo, han tenido el doble efecto de presentar al feto como un ser autónomo sobre el que se centra la indagación científica y de eludir, haciendo invisible, el cuerpo, el dolor y la experiencia de vida de la mujer embarazada. En su conjunto, los seis artículos que presentamos representan fielmente la madurez alcanzada por la historiografía (feminista) del cuerpo, una historiografía que está en condiciones de abordar de forma empírica y teóricamente compleja una gran diversidad de aspectos de la historia del cuerpo femenino. Se trata de trabajos novedosos, que aportan datos y propuestas de análisis originales en sus diferentes campos. Tomados globalmente, descodifican algunos de los significados más importantes que la tradición médico-científica ha construido para el cuerpo de mujer abriendo vías de investigación que sin duda resultarán fecundas. Creemos, además, que constituyen un buen ejemplo del diálogo que la historiografía puede y debe entablar con el presente, conectando con críticas a la biomedicina muy actuales, sin miedo al fantasma del anacronismo. De un modo u otro, las aportaciones que siguen a continuación descifran cómo la lengua y la tecnología de la medicina y de la ciencia pueden crear un cuerpo femenino patológico, invisible, pasivo, subordinado o estrictamente destinado a propósitos reproductivos. Pero nos ofrecen también alternativas para ver que ese cuerpo de mujer, en realidad, no existe. Y así, los cuerpos de las mujeres quedan abiertos a nuevos significados posibles.
El cuerpo humano en Mesopotamia era entendido como objeto adivinatorio: un sistema de signos, portador de mensajes sobre el propio individuo, cuyo significado debía decodificarse mediante la observación y la interpretación. Tomando como fuente principal de mi trabajo la serie fisionómica Šumma sinništu qaqqada rabât («Si una mujer tiene la cabeza grande»), analizo, por una parte, los mecanismos por los que se promueve una determinada visión de las mujeres en la adivinación fisionómica a partir de la lectura sexuada de su cuerpo. Por otra, los elementos que caracterizan esta imagen femenina, en base a dos grandes ejes: la imagen de la mujer ideal encarnada en el rol de madre; y los peligros que amenazan la vida de las mujeres en calidad de procreadoras. Las técnicas adivinatorias desarrolladas en el área de Mesopotamia durante la antigüedad propiciaron una ingente producción de textos escritos que se han constituido en una de las fuentes principales para el conocimiento de los modos de representación y comprensión del universo. En estos textos, la práctica de la adivinación se revela como aspecto fundamental de la cultura mesopotámica, puesto que sirve a la tarea de conducir las vidas de los integrantes de toda la comunidad en todo tipo de contextos: político, militar, médico, personal, cotidiano. Los dioses, verdaderos artífices del destino humano, hacen llegar los mensajes a su creación a través de un código que precisa ser descifrado. La divinidad utiliza para ello un sistema de escritura que recurre a las realidades físicas, humanas y naturales, para expresarse. La variedad de elementos tomados como signos sobre los que realizar la predicción incluye, por tanto, todo tipo de realidades visibles: el aceite en la aleuromancia, el hígado de oveja en la hepatoscopia, los fenómenos celestes, el comportamiento de los animales, el nacimiento de fetos malformados, etc 1. El cuerpo humano, en este contexto, también era entendido como un signo portador de mensajes, y como transmisor de significados y actitudes socioculturales. La gestualidad y la expresión corporal servían a la tarea de comunicar, de modo que, por citar sólo algunos ejemplos, el abrir los puños, los brazos, o el levantar las manos indicaban súplica y plegaria, el inclinar la cabeza significaba sumisión, y el golpearse el pecho evidenciaba un profundo lamento de dolor 2. También el estatus o la situación jurídica del individuo se imprimía en su apariencia física, de modo que determinados peinados evidenciaban la condición de esclavo 3 o, por el contrario, revelaban la pureza del ----1 Para profundizar en los múltiples aspectos de la adivinación en Mesopotamia, consúltese MAUL, S.M. (2002)(2003)(2004)(2005), Omina und Orakel. 2 GRUBER, M.I. (1980), Aspects of Nonverbal Communication in the Ancient Near East, Roma, Biblicae Institute Press, analiza los diversos aspectos de la comunicación no verbal en el ámbito del Próximo Oriente antiguo, basándose en fuentes escritas hebreas, ugaríticas y acadias. 3 Para testimonios sobre la abbuttu (trenza o tipo de peinado impuesto como marca de esclavitud), véanse los siguientes ejemplos paleobabilónicos, extraídos de textos legales incluidos en V.V. A.A. (1956-), Chicago Assyrian Dictionary (CAD), Chicago, Oriental Institu-que ejercía como sacerdote 4. Pero si la gestualidad y la apariencia física se constituyen en mecanismos de expresión voluntaria de significados y actitudes personales, sociales y culturales, existen otros ámbitos en los que el cuerpo se convierte en un transmisor involuntario de significados, un signo cuya lectura permitía discernir el destino trazado por los dioses para el curso de la vida. En este ámbito se inscribe la adivinación fisionómica, que revela los significados ocultos en los rasgos físicos del individuo. Partiendo de la serie fisionómica «Si una mujer tiene la cabeza grande» (Šumma sinništu qaqqada rabât), quisiera proponer el análisis de un aspecto particular de la misma: por un lado, los mecanismos por los que se construye la imagen de la mujer próspera a partir de los rasgos físicos que se le atribuyen, y que, considerando la función para la que la serie fue compilada, hacen reconocible a la «esposa ideal»; por otro, el estrecho vínculo que se construye a lo largo del texto entre la imagen fisionómica y el rol reproductor femenino. La singularidad de este texto respecto al corpus de textos adivinatorios en general, y del conjunto de textos fisionómicos en particular, es el punto central que ocupa la fisionomía de las mujeres en la articulación del texto. El cuerpo femenino se convierte en representación del presente, en evidencia de la personalidad de las mujeres, y en el portador de su futuro. Un futuro que, por otra parte, se circunscribe al ámbito doméstico, al ejercicio de la maternidad, y a las posibilidades de supervivencia, y que ofrece una visión conscientemente limitada de lo que significaba ser mujer en Mesopotamia, por cuanto esta visión se construye exclusivamente a partir de la lectura e interpretación del cuerpo femenino, que en la serie se constituye como única fuente de conocimiento de las capacidades y defectos atribuidos a las mujeres. 4 Tómese como ejemplo la composición literaria «El hombre pobre de Nippur», en el que el protagonista, para hacerse pasar por médico, se afeita la cabeza. CARACTERÍSTICAS DE LA SERIE Šumma sinništu qaqqada rabât Este último fragmento, aunque incompleto, reúne 265 líneas y constituye, por tanto, el núcleo de datos imprescindible para el análisis y la interpretación de la serie. El texto fue publicado en su edición más reciente y completa por Barbara Böck, en el año 2000, e integrada en el volumen Die Babylonisch-Assyrische Morphoskopie 6. Esta monografía presenta una cuidada edición de las distintas series de textos fisionómicos cuneiformes ----que han sobrevivido al paso del tiempo, e incluye un amplio estudio preliminar de los mismos. La adivinación fisionómica se basa en la determinación de los rasgos morales y comportamentales presentes, o bien de las tendencias para el futuro, a partir de la interpretación de las características y particularidades de las diferentes partes del cuerpo del individuo observado. Dicha lectura e interpretación se enuncia, en su formulación en los textos cuneiformes, a través de una prótasis, en la que se describe el signo a interpretar, el «hecho» o el rasgo que caracteriza la realidad, seguido de una apódosis, esto es, el significado o la interpretación dada al signo: «si (la mano) es pequeña (prótasis)= será pobre (apódosis)» 7; «si sus sienes, (tanto) la derecha (como) la izquierda, le duelen, sus ojos, (tanto) el derecho (como) el izquierdo, están cubiertos por una sombra (prótasis)= este hombre ha blasfemado contra su dios o contra el dios de su ciudad (...) (apódosis)» 8. En los textos fisionómicos, las entradas se organizan en base a los contenidos de la prótasis, comenzando por aquellas que se refieren a la cabeza y siguiendo en orden descendente hacia los pies. Por el estado fragmentario en el que se encuentran las evidencias textuales, las primeras líneas identificables en el texto más largo hacen referencia a las orejas, y las entradas siguen: barbilla y otras partes del rostro (en algunos casos, difíciles de identificar de modo concreto por los daños en la tablilla); axilas, manos y brazos; tórax y pecho; pelvis, vientre y cadera; muslos, piernas y dedos. Este sistema narrativo del cuerpo a capite ad calcem es una constante en los textos cuneiformes de contenido anatómico, como lo demuestran la lista lexical paleobabilónica Ugu-mu, y los textos de diagnósticos y pronósticos 9. El estado fragmentario de nuestro texto hace que la totalidad de los contenidos se vuelva inaccesible. ---- Incluso en el caso del texto más íntegro, anteriormente mencionado, en un gran número de entradas la prótasis o la apódosis están dañadas, lo que incrementa la dificultad para reconstruir los mecanismos que establecen la relación entre signo y predicción. A pesar de ello, pueden apuntarse algunas tendencias de la semiótica dominante en el corpus textual adivinatorio. Entre las constantes que se observan en los textos, pueden citarse las siguientes correspondencias: a) en partes del cuerpo «dobles» (ojos, manos, brazos), o especificando derecha-izquierda de una misma parte, las apódosis de ambas entradas serán antagónicas entre sí. Por ejemplo, si en nuestro texto se describe lo siguiente en una entrada: «si (los dedos del pie) son largos, no tendrá éxito» 10, lo que se especifica en la entrada siguiente será: «si los dedos del pie son cortos, tendrá éxito, será sana» 11. Esto prueba la creencia en que la cualidad contraria a aquella especificada en el primer ejemplo (en este caso, dedos cortos frente a dedos largos) se traduce, igualmente, en una apódosis de significado opuesto a la misma («tendrá éxito», en contraposición al «no tendrá éxito» de la primera profecía mencionada) 12. b) grande/ abundante/ largo-pequeño/ escaso/ corto en la prótasis suele traducirse con imágenes de bienestar/ fortuna o carencia/ infortunio, respectivamente, en la apódosis. Por ejemplo: «si su brazo es muy grueso= está favorecida por un dios» 13; «si (su brazo) es pequeño= tendrá preocupaciones» 14; «si (su mano) es larga= será rica, está favorecida por el dios» 15; «si (su mano) es corta= será pobre» 16. Sin embargo, esta correspondecia se invierte cuando se estima perjudicial o negativo (en base a consideraciones y valores culturales no siempre evidentes para el investigador o la investigadora) que una determinada parte del ----cuerpo sea grande, gruesa o larga. Por ejemplo, podemos citar de nuevo el binomio «si (los dedos del pie) son largos, no tendrá éxito»; «si los dedos del pie son cortos, tendrá éxito, será sana». Desafortunadamente, este conjunto de textos presenta numerosos problemas de interpretación. Al ser parte integral del conjunto de la tradición escrita asiriobabilónica, ha permanecido enquistado durante siglos. Es decir, copiado y recopiado periódicamente por los escribas de cuyo currículum formó parte, este Šumma sinništu qaqqada rabât difícilmente recoge los cambios que, a lo largo de la historia mesopotámica, se hayan podido producir en el estatus real de las mujeres. Los diferentes tipos de condición y nivel social al que podían pertenecer las mujeres, su adscripción a determinadas clases sacerdotales, a la servidumbre o a la esclavitud, el ejercicio de actividades comerciales y económicas, etc, permanecen ausentes del texto, y sus contenidos parecen encaminarse únicamente a determinar el perfil de la madre y compañera ideales. Este texto fisionómico representa a la mujer como un elemento base de la articulación familiar y social, independientemente de la extracción socioeconómica y de las implicaciones de ésta en el curso vital de las mujeres. Se parte de la base de que, sean ricas o pobres, miembros de la elite o trabajadoras, llegará el día en que deban ejercer como madres y esposas, y este es el punto que se enfatiza en el texto. Este Šumma sinništu qaqqada rabât, siendo parcial y sesgado, permite, sin embargo, una aproximación a las características, roles y aspectos vitales considerados «propiamente femeninos», roles presentados como inmutables, establecidos culturalmente y ajenos a cambios sociales, políticos o jurídicos. LECTURA FISIONÓMICA DEL CUERPO FEMENINO Como mencioné en la introducción a la serie, la prótasis es la parte de la profecía que contiene el signo a interpretar, y en la que se describen las características de la parte del cuerpo en cuestión (cabeza, manos, vientre, pecho, etc). Las apódosis proporcionan información diversa sobre la mujer consultada. Por un lado, se determinan aspectos que podríamos considerar individuales o personalistas, relevantes para la mujer como sujeto 17: a) su curso vital: vivirá, morirá, sus días serán largos, fin de sus días. ----b) incidencias vitales: si gozará de satisfacciones o de insatisfacciones, si vivirá penalidades o en plenitud, si padecerá pobreza o riqueza, como en el ejemplo «si sus dedos son largos= construirá una casa, llegará a anciana, es una mujer afortunada»18. c) rasgos de carácter: manirrota19, sincera20, depresiva21, bruja 22, orgullosa 23, atormentadora 24, etc. Por otro lado, se formulan predicciones que atañen a las mujeres como protagonistas en la vida familiar: a) el curso de su matrimonio (por ejemplo, si será viuda), o la suerte que correrá la casa, es decir, el linaje del marido en el que se integrará al contraer matrimonio. La expresión utilizada con mayor frecuencia para indicar esta transferencia es «la casa en la que entra» o «la casa en la que vive», y a pesar de que en la mayoría de casos las prótasis permanecen incompletas, las apódosis hacen una clara referencia a esto 25. Por ejemplo, en la línea 121 se especifica «si los dedos (de su mano) son cortos= empobrecerá la casa en la que entra». b) su relación con la maternidad y la sexualidad (curso del embarazo, fecundidad, infidelidad, etc). Este último aspecto, que subraya el papel de las mujeres como esposas y madres, destaca importantemente en el texto, y merece por ello una especial atención. Un aspecto concreto: la representación de la mujer próspera Nuestro texto nos provee, a través de las descripciones fisionómicas de las prótasis, el perfil, aunque incompleto y parcial, de la mujer próspera y afortunada. Este perfil, como intentaré argumentar aquí, se traduce en un modelo, en un físico femenino concreto, que se asocia estrechamente a una caracterización de las mujeres como elemento fundamental en la articulación familiar a través de la procreación y de la maternidad. En Šumma sinništu qaqqada rabât, ciertos rasgos asociados al cuerpo femenino sirven para construir la imagen de mujer afortunada. Esta imagen se elabora a partir de binomios significativos, como apunté más arriba: una misma parte del cuerpo porta un significado positivo cuando la cualidad o el estado que se le atribuye se considera fasta o beneficiosa, y un significado negativo cuando sucede lo contrario. De este modo, la imagen de la mujer próspera se dibuja en el texto de la siguiente manera: a) Pecho abundante-pecho pequeño En las líneas 143 y 144 se especifica, respectivamente: «si la mujer tiene el pecho grueso (variante «anormalmente grueso») = será recta, es una mujer del dios»; pero «si la mujer tiene el pecho pequeño= será traidora, promiscua»26. De un modo similar, en las líneas 156 y 157, respectivamente, se recoge lo siguiente: «si los pechos son anormalmente gruesos= será una mujer de dios»; «si los pechos son pequeños= está destinada a la escasez o a la privación». Bajo la expresión «mujer de dios» 27 se indica a una persona favorecida por el dios, próspera, afortunada, o bien que posee un dios que la protege. De los ejemplos citados se deduce que el pecho grande se asocia con la suerte y la fortuna, mientras que el pecho pequeño denota carencia (tanto de medios como de moral) e infortunio. ----b) Pecho caído-pecho puntiagudo En el binomio formado por las líneas 158 y 159 se estipula que el pecho caído indica que la mujer es fecunda (línea 158), significado establecido, probablemente, a partir de la referencia a la mujer que ha pasado por varios embarazos y que, habiendo amamantado a sus hijos, sufre la caída del pecho. Mientras que, por el contrario, el pecho puntiagudo indica que la mujer es infecunda (línea 159) 28. c) Pezones pequeños-pezones gruesos «Si (los pezones) son pequeños= es una mujer de dios, una persona afortunada». Por el contrario: «Si (los pezones) son demasiado gruesos= traerá la ruina»; y «Si los pezones son anchos= padecerá insatisfacción» 29. El hecho de que los pezones anchos se tomen como un signo negativo se explicaría, según mi punto de vista, por la función que, en el contexto maternal, ejercen en la nutrición del bebé. Dado que es la parte del cuerpo que nutre, que da, que proporciona la fuente de alimentación para el neonato, si resulta demasiado amplio, como la boca de una fuente por la que el agua fluye, podría entenderse que una parte de la leche materna, del alimento (= riqueza, abundancia), podría perderse o malgastarse. Si esta relación simbólica que hipotetizo se probase cierta, explicaría por qué en este caso lo ancho o grueso conlleva una apódosis negativa. d) Genitales largos-genitales cortos En la línea 201 se apunta que la mujer que posee genitales largos, es una mujer de dios, mientras que en la línea consecutiva los genitales cortos auguran que la mujer vivirá con pérdidas o daños. e) Labios de la vulva gruesos-labios de la vulva pequeños Continuando con la línea trazada en el comentario anterior, en la línea 209 30, los labios de la vulva gruesos se interpretan como signo de fortu----- 28 Las líneas 161 y 162 presentan ciertas dificultades a la hora de interpretarlas bajo la misma perspectiva. La línea 161 indica «si tiene el pecho derecho largo, es infecunda», mientras que la línea 162 indica «si el pecho (UBUR, variante DIB.DIR.ŠI) izquierdo es largo (GÍD.DA)= es fecunda». El porqué de esta distinción de significados resulta, a mi modo de ver, oscura. na y prosperidad para la que es «mujer de dios». Por el contario, los labios de la vulva pequeños predicen dificultades en el parto 31. f) Trasero/ nalgas abundante(s) En la línea 205 se explicita que, si el trasero 32 es grueso, abundante, significa que la mujer en cuestión está favorecida por un dios. Desafortundamente, la línea 206, en la que se trata la predicción para las nalgas pequeñas, está incompleta, de modo que, desconociendo su apódosis, impide la comparación. g) Caderas muy gruesas-caderas pequeñas Prosiguiendo con este sistema de análisis, la línea 210 especifica: «si tiene las caderas muy gruesas, es una mujer de dios». «si las caderas son pequeñas, esa mujer tendrá preocupaciones» 33. En esta descripción de la mujer próspera puede incluirse, igualmente, la línea 194a: «si la parte inferior del abdomen es extenso/ ancho= es fértil/ dará a luz». Tomando conjuntamente todos estos datos, se observa que la mujer afortunada porta su buena suerte representada en el cuerpo, y esta fortuna se traduce en una constitución física representada por sus pechos gruesos, sus caderas anchas, sus genitales marcados, sus nalgas prominentes. En vista de esta caracterización, parece plausible afirmar que lo que aquí se muestra es una imagen de la fortuna basada en la capacidad reproductiva de las mujeres. Esta descripción, por otra parte, evoca casi inmediatamente la iconografía femenina visible en las figurillas tradicionalmente denominadas «venus», que se remontan al Paleolítico y que, con sus grandes pechos colgantes, el vientre abultado, las caderas anchas, y el pubis marcado, son comunes a muchas culturas (véase fig. 1) 34. Conviene remarcar que cualquier intento de relacionar, ----31 En el texto, mu-lam-mi-na-at, participio D de lamānu: «hacer desfavorable, hacer daño, causar problemas». 32 En el texto, ar-ka-ta-šá= (w)arkatu: «espalda, parte trasera». directa o indirectamente, estas dos fuentes tan alejadas cronológica y culturalmente, haciendo derivar la una de la otra, o proponiendo un criterio común en la elaboración de texto escrito y representación iconógrafica, resulta poco fundamentado y no es, en ningún caso, el propósito de este artículo. Sin embargo, si estas figuras femeninas se toman, dejando a un lado los posibles significados concretos en la cultura de producción, como imágenes en las que se enfatizan los rasgos físicos propios de la mujer encinta, se observa que la fisionomía del embarazo es tomada como elemento transmisor de significados culturales y sociales en muy diversas culturas de la antigüedad 35. Según propone Bahrani 36 en relación a este tipo iconográfico, estas figuras pondrían énfasis en las capacidades reproductivas femeninas, dejando a un lado otros aspectos del cuerpo. Como en el propio texto fisionómico, la mirada que se proyecta sobre la mujer es conscientemente limitada: el mensaje que quiere transmitirse o la funcionalidad que se le atribuye bascula en torno a un elemento concreto, una parte del complejo entramado de características y roles que conforma a las mujeres en el contexto social. Los peligros de ser madre En el texto se interpretan, igualmente, los rasgos físicos que auguran un determinado desarrollo del embarazo, una vez que la mujer esté encinta, evidenciando la realidad de la mujer fértil que se concreta en la génesis y crianza del bebé (fig. 2). Una buena parte de las referencias hechas a este respecto aluden a la pérdida del bebé, suceso que suele describirse con la expresión «su embarazo no acabará» o «no completará su embarazo». Los rasgos físicos que auguran tal devenir son: Current Anthropology, 37(2), 227-275; HACHUEL FERNÁNDEZ, E.; SANAHUJA YLL, M. E. (1996), Diferenciación sexual y su expresión simbólica en algunos grupos arqueológicos del Paleolítico Superior. 35 Véase el artículo de BATTINI, L. ( 2006), Les images de la naissance en Mésopotamie. 46. a) los pezones, cuya coloración transmite los siguientes significados: si son blancos, amarillos, negros, oscuros o pequeños 37, la mujer no llegará a dar a luz. b) el ombligo, que, cuando es duro, implica bien dificultades en el parto 38, bien un embarazo truncado 39. Si se constrastan los contenidos de la serie fisionómica con aquellos de las tablillas 35 y 36 de la serie de diagnósticos y pronósticos 40, cuya temática gira en torno a la mujer encinta, se registran algunas similitudes. En la tablilla 35 de dicha serie 41, se especifica: «si la cabeza del ombligo de la (futura) madre está suelta/ libre/ desata-da= llevará a término su embarazo/ dará a luz a la criatura». La línea 189 presenta dificultades, puesto que describe «si su ombligo está blando= su embarazo no finalizará», contradiciendo, aparentemente, las bases de funcionamiento de los textos adivinatorios. La serie SA.GIG/ sakikku, también llamada «de diagnósticos y pronósticos», reúne 40 tablillas de contenido médico, cuyo texto fue canonizado a mediados del siglo XI a.e.c. En cada una de las entradas, la prótasis describe uno o varios síntomas en el paciente, aunque también se consideran otros signos significativos en la diagnosis de la enfermedad, tal que su duración, el momento del día, o la situación en la que se contrajo el mal. La apódosis suele especificar la causa de dicha sintomatología, junto con la futura evolución de la enfermedad, y, en algunas ocasiones, incluso se sugieren remedios terapéuticos. Entre los contenidos de la serie conviene destacar la existencia de una subserie en las que el pronóstico trata el embarazo, la observación de las enfermedades que se desarrollan durante la gestación, además de la descripción de síntomas de enfermedades femeninas y de enfermedades infantiles. Lo puso en la senda, Le abrió el camino» 42. El bebé se concibe como una entidad que vive atada al cuerpo de la madre. Para que no se produzcan complicaciones en el momento del parto, el «nudo» que le mantiene unido debe desatarse, de modo que el proceso de nacimiento llegue a buen término 43, de ahí que el ombligo desatado se considere un signo positivo como augurio de un buen parto, frente al ombligo endurecido. Otras entradas de la serie fisionómica ligadas al curso del embarazo especifican: «si su barriga se mantiene» 44 o «si los labios de la vulva son pequeños» 45 = «la mujer tendrá dificultades en el parto». En el primer caso, seguramente se alude a una prolongación excesiva del tiempo de embarazo, quizás ligada a problemas en la dilatación; en el segundo, los labios pequeños se vinculan a la idea de que un espacio demasiado estrecho impedirá la salida del bebé. Varias referencias sobre el grado de fecundidad-infencudidad y del éxitofracaso en el término del embarazo, ligadas a la forma del ombligo, se especifican entre las líneas 191 y 197 46. «si su ombligo está torcido hacia la derecha= su embarazo no acabará (variante no concebirá)»; pero en la línea 192: «si su ombligo se tuerce hacia la izquierda= su embarazo finalizará». ---- En consonancia con esto, la línea 86 de la tablilla 35 de la serie de diagnósticos y pronósticos 47 expone: «si (la cabeza de su ombligo) está torcida/ retorcida, suelta= el hijo que lleva no vivirá». Algunas de las entradas de los diagnósticos y pronósticos vinculados a los síntomas de la mujer embarazada recuerdan más a la adivinación fisionómica que a la diagnosis médica: no hay mención a síntomas ni a males, sino que la condición presentada por las diversas partes del cuerpo sirven para determinar o el sexo del bebé, o el curso del embarazo, o incluso el futuro del hijo que está por nacer. Por ejemplo, en la tablilla 35 de la serie de diagnósticos y pronósticos, la línea 36 especifica: «Si (los pezones) tiene(n) tres orificios/ perforaciones: el hijo que lleva será pobre». «si tiene(n) cuatro orificios= la criatura que lleva será pobre». «cinco orificios= el bebé morirá», y así sucesivamente. Estos dos textos (la serie Šumma sinništu qaqqada rabât y las tablillas 35 y 36 de la serie de diagnósticos y pronósticos) refieren dos momentos diferentes de la vida de las mujeres: la adivinación fisionómica parece aludir a la etapa fundacional de la familia y a la realización del matrimonio 48, especificando las capacidades femeninas potencialmente significativas para el desarrollo de esta fase vital. Por el contrario, los diagnósticos y pronósticos muestran ya a la mujer encinta que debe enfrentarse a una serie de problemas prácticos vinculados a su embarazo (enfermedades, peligros de aborto, determinación del sexo del bebé, etc). Puede concluirse, por tanto, que ambos textos comparten una fase evolutiva intermedia en la que se explicitan, en uno y otro caso, los peligros de la maternidad. Los textos fisionómicos lo hacen recogiendo profecías en previsión del futuro a medio plazo, para cuando la mujer se una en matrimonio y reste encinta. 48 Las hipótesis propuestas hasta el momento apuntan que este texto fisionómico debió usarse como una guía a la hora de elegir esposa, según KOCH-WESTENHOLZ (2002), p. Eso podría explicar la imagen femenina que se construye en la serie, centrada en los vicios y virtudes personales, las capacidades para procurar la prosperidad a la familia del esposo, y el potencial reproductivo. nósticos, sin embargo, lo hace aludiendo al futuro inmediato de la mujer que, ya embarazada, dará a luz en breve término. Otros modelos o facetas de la feminidad que sí se registran en otras fuentes no se reflejan en este texto: la mujer sensual de las poesías sumerias, la mujer trabajadora cuya asignación por el trabajo realizado se hace constar en listas de redistribución de alimentos, el personal de culto, las mujeres de la elite, las representaciones iconográficas erotizantes, las divinidades femeninas, etc, no tienen cabida en este Šumma sinništu qaqqada rabât 49. Si la serie constituye verdaderamente un manual para ayudar en la elección de esposa, como ha admitido buena parte de la comunidad científica, lo que se manifestaría en el texto es una voz masculina que codifica, lee e interpreta, desde una perspectiva propia, el cuerpo de las mujeres 50. Y en esa lectura, las partes cuya fisionomía se toma como relevante en el proceso adivinatorio coinciden, en gran medida, con aquellas asociadas a la sexualidad y a la función reproductiva de las mujeres, o las que se ven alteradas durante el embarazo. La relación entre cuerpo y género sería, por tanto, biológica, por cuanto ----la función reproductiva de las mujeres como las que conciben, gestan y dan a luz, define y condiciona en gran medida su rol social. En la serie Šumma sinništu qaqqada rabât, el cuerpo femenino se toma como un sistema de signos en el que se concentran las capacidades, peligros, y tendencias futuras de la vida de la mujer. El abanico de posibilidades que se representan ligados al cuerpo, sin embargo, son reducidos y aluden, como ya he expuesto, a facetas muy vinculadas al rol familiar, reproductivo, maternal, representando diversas fases o momentos vitales significativos: la entrada e integración de la mujer en el linaje del esposo, la potencialidad de ser madre, el embarazo, etc. Esta tendencia se muestra constante en lo que se refiere a la literatura profética ligada a la mujer en Mesopotamia, o, en palabras de Koch-Westenholz 51, casi todas las profecías que aluden a las mujeres se refieren a aspectos sexuales y reproductivos de sus vidas. Pero el «ser mujer» en Mesopotamia guarda muchas realidades en su interior. Con este artículo he intentado proporcionar, únicamente, una primera aproximación al estudio de la concepción del cuerpo femenino en el ámbito de la disciplina asiriológica.
Este trabajo examina distintas visiones sobre el cuerpo femenino que articulan los textos hebreos medievales dedicados al cuidado de la salud de las mujeres e investiga en qué medida están representadas en ellos las percepciones que las propias mujeres tienen de sus cuerpos, y de sus necesidades y preocupaciones. Para ello, he analizado el tratamiento que este género de la literatura hebrea ha dado a dos temas clave en la sexuación de los cuerpos: la menstruación y la cosmética. La noción de que el cuerpo se construye culturalmente y expresa diferentes significados que cambian según los contextos goza hoy día de gran aceptación, aunque las teorías no son unánimes con respecto a cómo se producen y qué significan estos procesos. Las últimas décadas han visto cómo el cuerpo y sus representaciones se convertían en protagonistas de numerosos estudios y debates que, llevados a cabo desde distintas disciplinas, han supuesto una transformación, a veces radical, de algunos presupuestos epistemológicos ampliamente aceptados hasta entonces. Los estudios de las mujeres y la historia de la medicina se han beneficiado, en mi opinión, de la transformación epistemológica que han supuesto los nuevos postulados con respecto al cuerpo 1. Sin embargo, la multiplicidad de teorías y debates ha suscitado también la crítica de quienes piensan -no sin razón, desde mi punto de vista -que el énfasis en los discursos sobre el cuerpo (femenino) ha relegado a un lugar secundario el interés por las formas en que las mujeres viven y vivieron sus cuerpos. Esto es especialmente cierto con respecto a las mujeres del pasado, de las que con frecuencia quedan pocos vestigios a partir de los que reconstruir sus vidas, sobre todo las facetas más íntimas de su experiencia. Así sucede con muchos aspectos de las vidas de las mujeres medievales que no fueron recogidos por las fuentes al no ser considerados significativos. De hecho, la falta de datos y testimonios escritos sobre la experiencia femenina y, especialmente, sobre ámbitos de experiencia consideradas históricamente competencia de las mujeres, es una constate que se repite en los estudios sobre nuestras antepasadas medievales 3. Las mismas lagunas referidas a las mujeres de la mayoría cristiana dominante se repiten con respecto a las mujeres judías quienes, con otra cultura y religión pero compartiendo muchas costumbres con sus vecinas, también habitaron Europa en la Edad Media. Sin embargo, el estudio de la experiencia histórica de las mujeres judías, y de su relación con las cristianas, ha sido relegado con frecuencia a ser un anexo, un ----1 La bibliografía es muy extensa y tiene muchas ramificaciones, dependiendo de la disciplina que nos interese. Véase el excelente resumen sobre las conceptualizaciones del cuerpo en la intersección de los estudios feministas y la historia de las mujeres ORTIZ, T. (2006), Medicina, historia y género. Ortiz también alude a la distinción que hace Canning entre «cuerpo discursivo» y «cuerpo material». 3 Afirmaciones de este tipo son un lugar común en la historiografía contemporánea sobre las mujeres medievales. Véanse dos interesantes trabajos, de Ángela Muñoz sobre los estudios sobre mujeres medievales en el ámbito académico de nuestro país y de Monica Green sobre el trabajo desarrollado en los últimos diez años en el campo de la historia de la medicina y las mujeres. MUÑOZ FERNÁNDEZ, A. (2006), «¿Eran los bárbaros buenas personas? (A propósito de las mujeres, la Edad Media y Joan Scott)». En BORDERÍAS, C. (ed.), Joan Scott y las políticas de la historia, Barcelona, Icaria, pp. 101-138; GREEN, M. (2005a), «Bodies, gender, health, disease: Recent work on medieval women 's medicine». apéndice -como durante mucho tiempo lo fue la historia de las mujeres-, de la historia de la mayoría. Fuere cual fuere su religión, la tarea de documentar, entender e interpretar esferas de la vida de las mujeres medievales que no pertenecían a la categoría de hechos registrables exige una buena dosis de creatividad. Una creatividad que permita elaborar estrategias con las que interrogar los silencios y poner en relación los vestigios que nos han llegado. La medicina, el arte de preservar la salud, curar y prevenir la enfermedad, es uno de los lugares desde los que se ha definido el cuerpo de las mujeres y se ha explicado su funcionamiento históricamente. El silencio que yo quiero interrogar está delimitado por lo que los textos médicos no dicen sobre la participación de las mujeres en la creación y transmisión de conocimientos y prácticas relativas a esa esfera de cuidado así como por lo que sabemos sobre la práctica médica femenina. Y es que la casi total ausencia de las mujeres como agentes de la literatura médica resulta, cuando menos, paradójica. Contrasta, además, con la idea de que la gestión y cuidado de la salud han estado históricamente en manos femeninas 4. Montserrat Cabré ha demostrado que, a través de estrategias adecuadas, es posible reconocer la autoría femenina de saberes y prácticas recogidos en textos médicos 5. En mi opinión, el estudio de los fragmentos que recogen práctica femenina y su comparación con otras fuentes que documentan esa praxis nos pone en el camino de reconocer cómo percibían las mujeres su cuerpo y su funcionamiento. O, al menos, en el de identificar agencia femenina en su atención y cuidado. Según ha puesto de relieve Joan Cadden, en una aportación fundamental para entender los significados de la diferencia sexual en la Edad Media, el ----4 Montserrat Cabré ha señalado que el sistema de salud medieval era mantenido en gran medida por las actividades de las mujeres -que atendían a la conservación de la salud y el tratamiento de la enfermedad en espacios sociales no regulados, ni reconocidos, como médicos o curativos-, hecho ignorado tanto por los discursos medievales como por la historiografía de la medicina. Véase cuerpo no era considerado sexualmente neutro, sino que se distinguía entre cuerpos masculinos y cuerpos femeninos 6. Esta distinción dio lugar, precisamente, a un tipo de literatura médica dedicada específicamente a las incidencias que ocurren en el cuerpo de las mujeres, estrechamente ligadas en general al ciclo de vida femenino. Asimismo, en los textos se observan distintas visiones del cuerpo, a veces contradictorias, que no siempre se ajustan al repertorio de sistemas explicativos desarrollados por la escolástica 7. La producción textual hebrea es en gran medida el resultado de la armonización de diversas tradiciones médicas medievales (greco-árabe y latina), y entiende el cuerpo femenino y su funcionamiento de acuerdo con la fisiología y la medicina hipocrático-galénicas. Sin embargo, ello no significa que la disparidad de visiones que muestran algunas obras derive exclusivamente de la diversidad de tradiciones textuales que convergen en cada una de ellas, sino que responde también a la intervención de los agentes -quienes escriben y los lectores potenciales-que median la información que se nos transmite y le imprimen la diversidad de sus intereses y preocupaciones así como sus diferencias culturales. En este sentido, las distintas visiones del cuidado del cuerpo femenino que apreciamos en el corpus hebreo reflejan la diversa percepción que agentes distintos tienen del cuerpo femenino, y la forma en que estos lo definen o construyen, en estrecha relación con los significados del cuerpo durante la Edad Media. Todos los textos médicos hebreos identificados hasta el momento parecen haber sido escritos por hombres. Pero si bien esta visión del cuerpo femenino y su cuidado está mediada por hombres, es razonable pensar que también las mujeres construían significados para sus cuerpos y que estos pudieron haber permeado los textos de la mano de las prácticas con que los atendían y cuidaban. LAS MUJERES CONSTRUYEN SIGNIFICADOS PARA SUS CUERPOS No soy la primera en señalar que Christine de Pizan (1364-1430) era perfectamente consciente de haber nacido mujer, y de que transmitía su experiencia como tal a través de sus escritos 8. También Teresa de Cartagena, una ----6 CADDEN, J. (1995), Meanings of sex difference in the Middle Ages. 8 PIZÁN, C. de (2000), La ciudad de las damas, LEMARCHAND, M.-J. (ed./trad.), Madrid, monja y autora hispana del siglo XV, expresó esta conciencia, y atribuyó a su sexo las críticas hostiles que su primera obra, Arboleda de los enfermos, despertó entre los intelectuales castellanos de su época 9. Teresa era de origen judío, y provenía de una familia culta y conocedora de la tradición. Su abuelo, Pablo de Santamaría, era rabino antes de convertirse al cristianismo. Las mujeres judías son muy conscientes de haber nacido en un cuerpo femenino. Especialmente cuando se les recuerda cada día al despertarse, en el momento en el que los hombres recitan las «Bendiciones de la mañana», y bendicen a Dios «que no me hiciste mujer» (TosBer 6,23). No parece posible que este enunciado pasara inadvertido a las mujeres, sobre todo cuando se han conservado pruebas escritas de que algunas introdujeron cambios significativos en la oración. Un libro de oraciones, escrito en judeo-provenzal (provenzal con caracteres hebreos) y fechado entre los siglos XIV y XV, recoge la siguiente versión, «Bendito seas, Señor, Rey del universo que me hiciste mujer». En otro libro de oración italiano de 1480 se puede leer, «que me hiciste mujer y no hombre», y otra versión alemana apostilla, «que no me hiciste hombre» 10. Las dueñas de estos libros de oraciones no sólo percibieron que sus cuerpos eran diferentes a los de los hombres, sino que le dieron un significado distinto a esa diferencia. Ellas parecen contraponer, de forma casi desafiante, la auto-representación favorable de sus cuerpos femeninos frente a la desvalorización que la oración repetida secularmente por los hombres (incluso hoy día) hace de ellos. Aparentemente las mujeres también tenían puntos de vista sobre sus cuerpos diferentes a los de los hombres a la hora de atender a su cuidado y bienestar. Se ha sugerido, por ejemplo, que las palabras de la introducción del Liber de sinthomatibus mulierum -en las que se declara que fue la compasión por las mujeres, que no se atrevían a confesar a los médicos las enfermedades que ocurrían en sus «partes secretas» por pudor, lo que movió a la autora a componer la obra 11 -reflejan que vivir en un cuerpo femenino accesible tenía para las mujeres un significado distinto que para los hombres 12. Pensamiento de las mujeres y teoría feminista, Barcelona, Icaria, pp. 25-27. El Liber de sinthomatibus mulierum es un tratado que circuló a partir del siglo XII de forma independiente y también formando un popular compendio, junto con el De curis mulierum y el De ornatu mulierum, conocido a lo largo de la Edad Media como Trotula. Europa, siglo IV-XV, este fragmento inicial de la obra se encuentra reproducido en algunos textos hebreos. Dos de ellos -el She'ar yashub y el Sefer ha-yosher-13, escritos por hombres, recurren a estas palabras y al concepto «secretos de mujeres» -jugando con la ambigüedad «partes ocultas/genitales» y «cosas de/sobre mujeres que no saben los hombres»-para justificar que estuvieran dedicados (total o parcialmente) a afecciones y necesidades específicamente femeninas 14. Ciertamente, entra dentro de lo posible que se tratara en parte de un recurso para hacer atractivo su discurso a lectores potenciales, al modo de los tratados pertenecientes a la tradición latina de los Secreta mulierum que prometían revelar a los hombres los «secretos de las mujeres» 15. Sin embargo, no puede tampoco descartarse que los autores al copiar este fragmento estuvieran reconociendo no sólo que un cuerpo diferente necesitaba cuidados diferentes, sino que el conocimiento de ese cuerpo y su cuidado era «cosa de mujeres». Es decir, que las mujeres tenían un conocimiento de su cuerpo distinto (y mejor) del que tenían los hombres. Ese, creo yo, es el significado que se esconde en las palabras de Jacoba Félicié quien, en su defensa frente a la acusación de practicar sin licencia por parte de la facultad de París en 1329, recurrió a la noción de «secretos de mujeres» -según han interpretado en su magnífico análisis del caso Montserrat Cabré y Fernando Salmón-como estrategia de resistencia a la accesibilidad del cuerpo de las mujeres por parte de los hombres, y de preservación de espacios femeninos de relación que establecen entre sí las mujeres 16. ----En mi opinión, es posible establecer una relación entre las formas en que las mujeres significaron sus cuerpos y las visiones sobre ellos que reflejan los textos hebreos sobre salud femenina. Como veremos a continuación, este género de literatura médica a veces considera el cuerpo como un todo y atiende a su cuidado y bienestar de forma global; otras veces, presta atención a una serie de necesidades y preocupaciones que amplían la esfera de atención y cuidado más allá de los límites que generalmente establece el discurso médico legitimado. Desde mi punto de vista, estos enfoques inclusivos reflejan, al menos en parte, la forma en que las propias mujeres perciben su cuerpo y elaboran estrategias para cuidarlo. Sin embargo, y aquí hace su aparición una preocupación constante en mi trabajo y en el de muchas otras investigadoras, discernir lo que piensan y hacen las mujeres con respecto al cuidado de sus cuerpos es sumamente difícil cuando, como ocurre en la producción textual hebrea conservada, los textos son anónimos y se han plasmado por escrito en masculino, o han sido escritos por hombres. En el proceso de búsqueda de claves para desentrañar lo que yo creo que los textos esconden, han sido fundamentales para mí, como ya he mencionado, los trabajos de Montserrat Cabré 17 en los que plantea el problema de la falta de visibilidad femenina en un ámbito -el del cuidado de la salud-que ha estado tradicionalmente en manos de las mujeres, y en los que elabora estrategias para, en sus palabras, «decir lo que se sabe». Yo sé que las mujeres judías medievales, como sus contemporáneas cristianas -con las que compartieron abundantes costumbres y preocupaciones cotidianas-, tuvieron el protagonismo en la esfera de la atención al cuerpo en salud y enfermedad, cuanto más a la del suyo y el de otras mujeres 18. Sé también que muchos textos escritos por hombres recogen recetas y prácticas cuyo origen es femenino 19, y que estos estuvieron con fre----- 17 Véase CABRÉ I PAIRET, M. (2000a), «Nacer en relación». En BERTRÁN, M.; CABALLE-RO, C.; CABRÉ, M.; RIVERA, M. y VARGAS, A., De dos en dos. Las prácticas de creación y recreación de la vida y la convivencia humana, Madrid, horas y HORAS, pp.16-31; y CABRÉ I PAIRET, M. (2005). Journal of Medieval History (en prensa). Con anterioridad a la Edad Media, los sabios del Talmud atribuyen a las mujeres de forma explícita ciertas esferas de cuidado sanitario. Véase SALVATIERRA, A. y RUIZ MORELL, O. (2005), La mujer en el Talmud, Barcelona, Riopiedras, p. 73 19 He analizado el origen femenino de recetas y prácticas en textos hebreos sobre salud femenina, y recogido ejemplos, en los siguientes trabajos CABALLERO (en prensa), ( 2004) y (2003a), El Libro de amor de mujeres. Una compilación hebrea sobre el cuidado de la salud y la belleza del cuerpo femenino, Granada, Universidad de Granada. En la actualidad trabajo en cuencia dirigidos y/o pensados para un público femenino20 y, probablemente, sus contenidos fueron seleccionados y elaborados de acuerdo con los intereses de las mujeres. En mi opinión, estos tres puntos de partida constituyen un sólido soporte desde el que poder leer en los textos cómo percibieron las mujeres sus cuerpos y entendieron su cuidado. EL CORPUS HEBREO SOBRE EL CUIDADO Y LA ATENCIÓN A LA SALUD FEMENINA El primer tratado hebreo dedicado al cuidado de la salud femenina que fue editado y traducido a una lengua moderna, Sefer ha-toledet (Libro de la generación), vio la luz no hace aún dos décadas21. Unos años después, el mismo investigador publicó un libro pionero, A History of Hebrew Gynaecological Texts in the Middle Ages22, en el que ofrecía la edición y traducción al inglés de seis textos breves, junto con el primer estudio sobre ginecología hebrea medieval. En él cifraba en quince el número de tratados identificados hasta ese momento. Desde entonces, el número de obras y fragmentos identificados ha ido aumentando y hoy se conocen ya veintitrés, más algunas recetas sueltas, aún sin catalogar, encontradas en los márgenes de algunos manuscritos23. ---un proyecto sobre atribuciones femeninas en este tipo de literatura, en el que analizo y catalogo la participación de las mujeres en prácticas de salud, tanto con carácter ocupacional como aquellas que son parte de sus quehaceres cotidianos, «Nashim tepilot. Mujeres judías autoras anónimas de ciencia». Un buen número de estos escritos son traducciones de otras lenguas24. En la Edad Media los judíos participaron de los sistemas médicos de su entorno, e integraron absolutamente sus presupuestos teóricos y prácticos. Los traductores, y los copistas, intervenían en el resultado final de los textos modificando o eliminando lo que consideraban superfluo o no compartían o era contrario a sus creencias, y añadiendo elementos que los «judaizaban», bien como proyección de su propia experiencia y visión (judía) del mundo, bien para eliminar tensiones culturales, religiosas y sociales del texto, bien para hacer más fácil a los lectores aceptar conceptos y prácticas que en ocasiones eran contrarias a la cultura y creencias judías 25. El corpus textual hebreo dedicado a la atención y cuidado de la salud femenina no es homogéneo en cuanto a los contenidos de las obras (y secciones y fragmentos de obras) que lo componen, ya que éstas expresan enfoques sobre el cuidado del cuerpo femenino diversos. Mientras un número considerable de textos tratan específicamente de dolencias ginecológicas tales como enfermedades e incidencias asociadas a la fisiología femenina, otros, sin embargo, consideran el cuerpo femenino y su cuidado de forma global, y articulan la atención a la salud y al bienestar en general, con la preocupación por la belleza y el adorno, el interés por sexualidad y el amor, el tratamiento de problemas ginecológicos, la prevención del embarazo, la atención al parto, etc. Es decir, entienden el cuidado del cuerpo en términos de salud y belleza, y no exclusivamente en términos de maternidad y enfermedad26. He descrito y analizado el corpus hebreo sobre salud femenina que conocemos hasta el momento en otros lugares 27, y me limitaré a añadir aquí unas cuantas reflexiones que me permitan aproximarme a la cuestión central de este artículo, esto es, la posibilidad de leer en estos textos distintas percepciones del cuerpo femenino. ---nes teóricas y prácticas del tratamiento de incidencias ginecológicas. A pesar del extraordinario avance que ha experimentado recientemente este campo de investigación en el marco de los estudios hebreos aún está en sus inicios, lo que se hace evidente en la relativa escasez de publicaciones. En mi experiencia, una de las primeras dificultades con las que nos encontramos a la hora de clasificar los textos hebreos conservados es, con frecuencia, la de definir el género al que pertenecen. Los primeros estudios los catalogaron en conjunto como textos «ginecológicos», una definición que, a priori, parece adecuada, puesto que en su mayoría tratan sobre las incidencias que ocurren en los órganos sexuales femeninos. Sin embargo, he observado que los contenidos de algunas obras no «caben» bajo una etiqueta, ginecología, que el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE) define como, «Parte de la medicina que trata de las enfermedades propias de la mujer». Este es el caso, por ejemplo, del Sefer ahabat nashim (Libro de amor de mujeres), una compilación anónima, compuesta hacia la segunda mitad del siglo XIII, que ofrece una variedad de remedios que atienden a un amplio abanico de preocupaciones pertenecientes a ámbitos tales como la magia (amorosa), la sexualidad, la conservación de la salud, el tratamiento de enfermedades y problemas ginecológicos, la obstetricia, la belleza y el adorno del cuerpo, y el bienestar general28. Evidentemente, la categoría «ginecología» no define ni incluye la variedad de conocimientos y prácticas que recoge el libro, ni tampoco explica los diferentes enfoques desde los que aborda las necesidades (parece que más que sanitarias) de las mujeres. Sin duda, el Sefer ahabat nashim es único en su género, ya que no se han identificado otras obras hebreas cuya esfera de atención sea tan amplia. Parece, sin embargo, que este tipo de textos no fue absolutamente inusual para la tradición médica latina, que produjo abundante literatura que ofrecía una visión global del cuidado del cuerpo femenino. Es el caso de dos obras que guardan estrechos vínculos con la producción textual hebrea sobre la que han influido directa e indirectamente: el De curis mulierum atribuido a Trota de Salerno29, y un tratado catalán llamado Tròtula, atribuido a un tal Joan de Reimbamaco30. En su mayoría, los textos hebreos identificados hasta el momento están efectivamente dedicados a tratar sobre todo afecciones ginecológicas, y a ofrecer tratamientos terapéuticos para el cuidado de aspectos ligados al ciclo de vida femenino. No es extraño, sin embargo, que algunos de ellos incluyan junto a estos remedios alguna receta cuya intención sea la de procurar la salud y el bienestar general, o la de embellecer alguna parte del cuerpo. El Sha'ar ha-nashim (Capítulo de mujeres), por ejemplo, que es un breve tratado anóni-----mo del s. XV, incluye entre sus remedios uno para tratar la incontinencia urinaria, y otro para evitar que los pechos crezcan demasiado 31. Asimismo, la sección dedicada a «enfermedades de las mujeres» de la mencionada enciclopedia médica Sefer ha-yosher (Libro de la rectitud), escrita a finales del s. XIII en Provenza, incluye dos capítulos, el 98 y el 99, dedicados respectivamente a eliminar el desagradable olor a sudor, y a tratar la retención de orina 32. Junto a ellos no faltan algunos otros tratados que distribuyen sus contenidos entre la atención a incidencias propiamente ginecológicas y los remedios que pertenecen a la esfera de la cosmética. Es el caso del Sefer ha-seter (Libro del secreto), un tratado que, según afirma el traductor en el prólogo, se ocupa de «las partes secretas» de las mujeres y de cosmética, sección ésta que no parece haberse conservado. Este texto ha sido identificado como la traducción hebrea parcial del Liber de sinthomatibus mulierum 3 33. La reciente identificación del She'ar yashub (Un resto volverá) 34, un breve tratado atribuido a un tal Jacob y aparentemente escrito en Provenza en la segunda mitad del siglo XIII, ha permitido recuperar nuevas secciones de la traducción del compendio atribuido a Trota de Salerno que hasta ahora se creían perdidas 35. Esta pequeña obra, que ha conservado parte de la traducción del Liber de sinthomatibus mulierum 3, dedica su segunda parte -sobre un tercio de su extensión-al cuidado de la belleza femenina y propone una serie de recetas para suavizar la piel, para darle blancura, para eliminar manchas, y para tratar la cara mediante diversos procedimientos. En su mayoría, las recetas propuestas son versiones de otras pertenecientes al De ornatu mulierum, lo que viene a apoyar la identificación propuesta por Barkai del título Sefer ha-seter con la traducción hebrea del Trotula, ya que se corresponden con toda probabilidad al contenido cosmético al que se refería el traductor en el prólogo a su obra 36. Quizá no esté de más recordar que entre los lectores potenciales los autores incluyeron probablemente a las mujeres, aunque algunas obras son más explícitas que otras a este respecto. No nos ha de extrañar, por tanto, que tengan en cuenta sus intereses y seleccionen y presenten los contenidos de acuerdo con sus preocupaciones, ajustando también la representación del ---- cuerpo femenino y los enfoques sobre su cuidado a las formas en que las mujeres los percibían y entendían. En mi opinión, la difusión de que gozó este tipo de literatura entre las comunidades judías, pudo estar promovida, al menos en parte, por el interés de las propias mujeres. Sin embargo, las mujeres no fueron únicamente consumidoras de los conocimientos y remedios que ofrecía este tipo de literatura. Los textos no siempre preceden a la experiencia, ni la transmisión escrita excluye la posibilidad de la transmisión oral, sobre todo en aspectos íntimamente ligados al cuidado diario del cuerpo. Efectivamente, existe una amplia esfera de atención y de cuidado personal y de los otros que forma parte de la práctica viva, de la experiencia y de las actividades cotidianas de las mujeres, basada en prácticas y conocimientos que circulan de forma oral y que han sido creados y manipulados por mujeres. Estos están muchas veces en el origen del saber y la praxis que articulan los textos, aunque hacerlos visibles es una tarea ardua. Muchos estudios reconocen con frecuencia, por ejemplo, que los tratados recogen «costumbres locales», una expresión bajo cuya aparente neutralidad se esconde el hacer de las mujeres en su tarea cotidiana de cuidado. Además, los propios tratados atribuyen a veces directamente a las mujeres, generalmente de forma anónima, el origen y la efectividad de ciertos remedios37. Tal y como he sugerido más arriba, la estrategia de yuxtaponer estos fragmentos atribuidos a la práctica de mujeres, individual o colectivamente, a otras fuentes que documentan esa praxis, nos abre el camino para identificar agencia femenina, y para reconocer formas en que las mujeres percibían sus cuerpos y su funcionamiento. Sirva de ejemplo la sección del Sefer ha-yosher dedicada a «enfermedades de las mujeres» en la que se alude en repetidas ocasiones a las «mujeres cuidadoras». En general, su desconocido autor previene contra esas «cuidadoras» y aconseja a las mujeres que no acudan a ellas para que les traten una serie de problemas ginecológicos, aduciendo que carecen del necesario conocimiento teórico para distinguir entre diferentes complexiones y para diagnosticar la causa de sus dolencias 38. Este texto, escrito por un médico varón que defiende su práctica y su estatus frente a la competencia de sanadoras que estaban siendo excluidas del sistema médico legitimado, nos presenta, precisamente por la vehemencia de la oposición que suscita, una prueba de la extensión (y reconocimiento) de la práctica sanitaria femenina. Esta información puede ----contrastarse con la que se desprende de otras fuentes, entre ellas, el responsum número 49 emitido por Rabbi Nissim ben Reuben Girondi en el siglo XIV en Barcelona 39. Esta respuesta legal discute cómo determinar si la secreción de sangre con la orina es debida a una enfermedad o a la menstruación. La menstruación es una forma de impureza ritual para el judaísmo, lo que se traduce en una serie de limitaciones y obligaciones para las mujeres menstruantes, que son reguladas por las Leyes de niddah. La impureza ritual desaparece tras haber acudido al baño ritual o miqweh después de los siete días blancos, en los que la mujer ha comprobado que no ha manchado de sangre un paño blanco utilizado a tal efecto 40. Rabbi Nissim, además de presentar la opinión legal de diferentes sabios, explica que «mujeres expertas» deben comprobar el origen de la emisión (una herida, la vejiga o el útero) en el miqweh, con el fin de determinar si la pérdida de sangre proviene de la matriz o no. Es decir, unas mujeres expertas que tienen un conocimiento sobre el cuerpo femenino que les permite apreciar, en un contexto terapéutico, su (mal) funcionamiento. Sin embargo, a parte de la explicación del rabino sobre que estas mujeres expertas deben palpar y manipular el cuerpo de las mujeres para comprobar el origen de la emisión, no tenemos otra información sobre ellas y su función, o sobre si su presencia era habitual en el miqweh. ¿Se trata quizá de las mujeres que atienden regularmente el miqweh? ¿O son mujeres cuya práctica sanitaria, o su reconocido saber sobre el cuerpo de las mujeres, las lleva al espacio femenino del baño ritual para atenderlas? No tenemos más datos sobre las características de la práctica de estas mujeres en la Península Ibérica. Es interesante señalar, sin embargo, que Elisheva Baumgartem ha documentado para Ashkenaz la recomendación de que el miqweh debería estar atendido por comadronas 41. Lo que me interesa de la yuxtaposición de estas fuentes, al margen de que permita caracterizar como ocupacional o no una práctica sanitaria femenina, es la posibilidad de identificar un conocimiento y un cuidado del cuerpo femenino específico, no necesariamente mediado por el saber médico legitimado, para saber si las mujeres tenían percepciones distintas y propias de sus cuerpos, y si éstas se pueden interpretar a partir de los textos médicos que recogen su saber y su práctica. UN CUERPO QUE MENSTRUA La menstruación, junto con el adorno del cuerpo, constituye una de las cuestiones clave que vertebran la construcción y la representación del cuerpo femenino y la diferencia sexual a lo largo de la historia. El análisis de las maneras en que es abordada por los textos médicos hebreos nos puede servir de hilo conductor para entender cómo se articulan las distintas nociones y perspectivas que éstos reflejan sobre el cuerpo femenino (judío). La literatura médica hebrea, al igual que la latina, ve en la menstruación un elemento fundamental en la diferenciación sexual de los cuerpos, al establecer la distinción entre lo masculino y lo femenino. Así lo expresa un breve tratado anónimo cuando, al explicar por qué algunas mujeres no menstrúan, ofrece una descripción sexuada del cuerpo, «Hay hombres cuya naturaleza tiende hacia la naturaleza femenina, su carne es blanda, grasa, suave y enjundiosa, y su cuerpo es parecido al de la mujer. Del mismo modo, hay mujeres cuya naturaleza es parecida a la de los hombres y sus cuerpos son duros y secos. No hay persona en el mundo capaz de inducir la menstruación a una mujer cuya naturaleza copie la del hombre» 42. Estudios recientes inciden sobre la noción, relevante para mi análisis, de que los cambios en las representaciones culturales de la menstruación reflejan cambios en las formas de pensar (sobre) el cuerpo de las mujeres y su identidad sexual 43. En este sentido, se ha sugerido que la asociación de la menstruación con los varones judíos muestra que la explicación biológica de la menstruación y de los cuerpos sexualmente diferenciados está modelada por las ideas y el discurso de la cultura dominante 44. En la Edad Media, sobre todo a partir del siglo XIII, la menstruación constituyó uno de los ejes del debate en torno a la inferioridad femenina, al ser utilizada como argumento en las definiciones binarias y jerárquicas del cuerpo humano. No es ésta, sin embargo, la visión predominante en la literatura médica. Para la medicina medieval, la fisiología femenina era entendida de acuerdo con la teoría hipocrático-galénica de los humores y las cualidades, cuyo equilibrio o desequilibrio determinaban los estados de salud y enfermedad. Oxford, Bodleian MS Opp 180, fol. 45r (mi traducción). menstruación -como purgación de los humores superfluos y/o corruptos que proceden de la alimentación y el exceso de humedad de las mujeres, incapaces de eliminarlos como los hombres por falta de calor innato-se convierte en una pieza fundamental para explicar la enfermedad y la salud femeninas. El exceso o la falta de menstruación/purgación tiene como consecuencia una serie de afecciones específicamente femeninas, que son discutidas y tratadas terapéuticamente en la producción textual latina y hebrea 45. En el marco de este sistema, los textos reconocen también la disparidad física como muestra, entre otros, el She'ar yashub al referirse al tratamiento de la inflamación de la matriz provocada por la coagulación de sangre en su interior, «primero hay que extraerle sangre a través de las partes bajas, según la fortaleza de la mujer y el régimen de sus flores. Si es fuerte y puede soportarlo, extraedle sangre dos veces al día. También el Sefer ahabat nashim introduce una distinción a la hora de recomendar un tratamiento para provocar el flujo menstrual, «Si ella es de naturaleza fuerte, dale durante la segunda noche un poco de castóreo y un grano de opio.» 47 Se desprende de estas observaciones que los tratamientos podían variar de acuerdo con diferencias observadas en el funcionamiento de cada cuerpo en singular. Las obras hebreas que se han conservado son en su mayoría de carácter práctico, y recogen remedios que dan soluciones terapéuticas a toda una serie de dolencias. De las numerosas recetas que propone el Sefer ahabat nashim para el tratamiento de desórdenes conectados con la menstruación, la inmensa mayoría se limitan a sugerir medidas y remedios para paliar el efecto que el mal funcionamiento de la purgación tiene sobre la salud de las mujeres. Se recomienda, por ejemplo, ----45 De hecho, la amenorrea y la menorragia, y las dolencias derivadas de ellas, ocupan una porción considerable de la extensión de todos los tratados hebreos identificados hasta el momento. Véanse también GREEN ( 2001 «toma dos libras de agua; artemisa e hierba de Túnez, de cada una once dracmas; aceite muscelino y laurel, de cada uno cinco dracmas. Machaca las hierbas y cuécelas en agua hasta que mengüe la mitad. Que reciba la mujer, a través del útero, el sahumerio, siendo constante con ello durante diez días, tres veces cada día. Esto traerá la menstruación» 48. O se dice sobre el efecto de un pesario o supositorio vaginal que «[...] arrastrará las flores con fuerza, limpiará la madre de humores fríos, expulsará de ella el aire y podrá quedarse embarazada» 49. Se pone así de manifiesto el efecto purgativo de la menstruación pero también su relación con la concepción. Una mujer que no menstrúa no se queda embarazada. La maternidad, y todas las incidencias referentes a la fertilidad, el embarazo y el parto ocupan un lugar destacado en este tipo de literatura. La preponderancia de estas preocupaciones ha sido con frecuencia interpretada como evidencia de la presión social que existía sobre las mujeres para plegarse a la maternidad como «función no libre», especialmente entre las mujeres judías, ya que en el judaísmo no existe la posibilidad del celibato. Sin embargo, otra lectura que también tenga en cuenta a las mujeres y su posible participación como agentes en la producción y difusión de un texto, nos sugiere que, a pesar y al margen de las presiones sociales, muchas mujeres querían parir y ser madres. Asimismo, sea cual sea el motivo por el que las mujeres se convierten en madres, lo que es una realidad es que la maternidad es una capacidad, parafraseando a Milagros Rivera 50, por azar pero necesariamente femenina, lo que la coloca en un lugar destacado de los intereses de las mujeres. La voz «flores» como sinónimo de sangre menstrual se repite en todos los textos de este género producidos en el seno de las comunidades judías, en los que convive con otros términos de origen hebreo. Su uso, que fue muy común en la Edad Media y está documentado en un gran número de lenguas medievales, no es, sin embargo, de origen judío. La extensión de su empleo en la literatura médica se relaciona con la explicación que sobre su significado ofrece la introducción del Liber de sinthomatibus mulierum, que atribuye el epíteto a las propias mujeres 51. Una bella metáfora -la flor que preconiza el fruto-que insiste en la idea de que la menstruación está estrechamente vinculada con la concepción y la maternidad. Sobre el «flujo excesivo de las flores» dice el She'ar yashub, «Estas enfermedades ocurren a causa de los humores que se corrompen en el interior, y por cuya corrupción no pueden las naturalezas soportarlos y los expulsan. [...] Si la enfermedad se alarga se convertirá fácilmente en la inflamación de la hidropesía, porque se altera el temperamento del hígado por el frío derivado de la pérdida de sangre y, al no poder cocer los alimentos por falta de fuerza, no transmitirá convenientemente los humores al resto de los miembros» 53. Otros textos hebreos se expresan en términos similares. Los capítulos 6 y 7 del breve tratado anónimo al que me he referido con anterioridad 54 describen algunas consecuencias desagradables derivadas de la retención y del exceso de flujo menstrual; entre ellas se encuentran la pesadez de cabeza, la pérdida del apetito, fiebre, orina de aspecto negruzco y rojizo, dolor en algunos puntos del cuerpo, etc. Y, como se puede leer al final del capítulo 6, «A las mujeres a las que su menstruación les viene como es debido no les ocurrirá ninguna de estas cosas» 55. Sin embargo, la teoría humoral a veces parece ofrecer explicaciones contradictorias sobre la menstruación. Mónica Green señala que mientras que, en general, tal y como hemos visto en los ejemplos propuestos, los textos médicos medievales parecen entender la menstruación como un signo de fertilidad y salud, pueden introducir al mismo tiempo una visión que la presenta como fuente de enfermedad 56. Este es el caso de una receta del Sefer ahabat nashim para detener el flujo menstrual -la única de todo el libro en la que se sugiere la cualidad nociva de la menstruación-, en la que se dice, «primero se debe tomar una lanilla limpia e introducirla en su útero para que se derrame la sangre sobre ella y no haga ningún daño en otro lugar [...]» 57. Esta ambivalencia, común a la literatura médica latina y hebrea, la encontramos también en la forma en que la cultura judía construye significados sobre la menstruación. Por un lado, se considera un proceso natural que mejora la salud de las mujeres. Por otro, hace a las mujeres ritualmente impuras y, como consecuencia, puede derivar en actos pecaminosos 58. Por ello, junto al enfoque decididamente terapéutico que comparten los textos hebreos, encontramos esporádicamente alusiones a un discurso que caracteriza el cuerpo femenino como imperfecto y le atribuye la capacidad de hacer daño. Este discurso misógino no es nuevo, sino que resurge para imponerse a partir del siglo XIII como discurso legitimado a raíz del llamado triunfo del aristotelismo 59, y su implantación en las universidades. Una implantación que los escritos de Maimónides (1138-1204) habían hecho posible también entre los círculos intelectuales judíos. Curiosamente, incluso los eruditos judíos más reacios a aceptar la filosofía y las ciencias «extranjeras» -según eran consideradas desde el judaísmo-encontraron puntos de encuentro con algunas teorías aristotélicas, precisamente con aquellas referentes a la supuesta imperfección del cuerpo femenino. En este sentido, el famoso cabalista catalán Nahmanides (1194 -c.1270), quien también practicó la medicina, no tiene ningún empacho en apoyarse en los «filósofos» para sustentar un argumento que ha sido elaborado a partir de las Leyes de pureza ritual que establece la Biblia (Lev 11-16), a saber, la cualidad nociva de las menstruantes, El impacto de este tipo de actitudes ha sido duradero y, desde un punto de vista contemporáneo, quizá ha prevalecido la visión de la menstruación conectada a polución e impureza y, con frecuencia, fuente de enfermedad. Sobre todo debido a la instrumentalización del texto escrito y al peso que las Leyes de niddah tienen para el judaísmo. Pero las mujeres también insuflaron las Leyes de niddah con una variedad de significados, adaptándolas a las necesidades de sus vidas. Al igual que la literatura legal y religiosa, los textos médicos pueden haber sido escritos por hombres, y dirigidos mayoritariamente a ellos, pero las mujeres también están presentes, bien como lectoras potenciales, bien como origen de algunas de las nociones y práctica que estos recogen. Es difícil saber hasta qué punto aceptaron o rechazaron los modelos impuestos, cómo de opresivos consideraron tales modelos, o en qué medida influyeron las culturas del entorno en su construcción. De la misma forma, las mujeres trascendieron las formas en que se construían sus cuerpos y sus necesidades sanitarias desde los discursos legitimados y fueron capaces de manipular y cambiar los significados de lo que las teorías médicas oficiales tenían que decir sobre ellos. Su huella no hay que buscarla tanto, creo yo, en los sistemas teóricos que explican el cuerpo y su funcionamiento, sino en aquellos procedimientos y sustancias recomendados en las recetas cuyo origen parecen ser la experiencia y la práctica, «Otra [receta], según ella: toma una gallina vieja y sangre de dragón, y extrae agua en un alambique. Bebe una cucharadita llena cada mañana durante tres días seguidos; detendrá el flujo menstrual, aun cuando hubiera pasado mucho tiempo; ha sido verificado y experimentado» 63. Durante la Edad Media, la cosmética fue un ámbito del saber médico que tuvo un gran peso en la diferenciación sexual de los cuerpos. Por un lado, proponía una serie de medidas que incidían en la representación sexualmente ----62 WASSERFALL (1999), p. El texto no es especifica quien es «ella». diferenciada del cuerpo, resaltando para cada sexo las características distintivas que los definían de acuerdo con las teorías médicas legitimadas 64. Así, de la misma forma que el breve tratado anónimo mencionado con anterioridad contraponía la naturaleza femenina «blanda, grasa, suave y enjundiosa» a la de los cuerpos masculino «duros y secos» 65, la mayoría de los textos -árabes, latinos o hebreos-que incorporan tratamientos cosméticos expresan su preocupación por suavizar la piel de las mujeres a través de diversos procedimientos que comprendían la depilación y la aplicación de productos sobre las zonas deseadas 66. El género de las destinatarias se hace explícito bien nombrándolas directamente, bien mediante el uso del género gramatical femenino, que se manifiesta claramente en hebreo. Dice el She'ar yashub, «Ahora hablaremos de las cosas que suavizan la piel de la cara de las mujeres cuando la untan con ello: toma amapola, colofonia y [...] Cuando esté templado, que unte con él su cara despacio y lo deje allí hasta que se enfríe. Después, que lo retire con agua caliente y clara. La piel quedará suave y la cara resplandeciente. También la limpiará y eliminará el vello» 67. Por otro lado, a pesar de que la cosmética no estaba teóricamente al servicio de uno de los dos sexos, ni tenía la conexión directa con el cuerpo femenino que tiene la ginecología, no hay lugar a dudas de que la relación entre esta esfera de atención y las mujeres fue estrecha. Es un hecho que los textos medievales atienden principalmente a las necesidades femeninas, y singularizan a las mujeres, a veces explícitamente, como las interesadas y/o destinatarias de las medidas propuestas. En ocasiones las señalan, incluso, como el origen de saberes y prácticas concretas. La receta que acabamos de leer es, precisamente, el párrafo con que el She'ar yashub inicia su sección cosmética. El Sefer ahabat nashim introduce con las siguientes palabras la extensa sección que dedica a las necesidades sanitarias femeninas, al frente de las que coloca las cosméticas, «Y ahora hablaremos de asuntos propios de las mujeres, con la ayuda de Dios» 68. En GARCÍA-BALLESTER, L. (ed.), Historia de la técnica y de la ciencia en la Corona de Castilla, vol. II, Valladolid, Junta de Castilla y León, pp. 773-779, en p. 66 El tema de la decoración del cuerpo femenino está presente en la literatura hebrea desde sus orígenes. Véanse, por ejemplo, CABALLERO (2004) El hecho de que un buen número de recetas explicite que se trata de una intervención sobre el aspecto del cuerpo femenino nos informa de que son las necesidades (médicas) de ese sexo las que se encuentran definidas en el texto, y de que éstas son distintas a las de los hombres 69. Tanto las técnicas y procedimientos cosméticos que proponen los textos, como la práctica viva que está detrás de muchos de ellos, manifiestan el interés por adecuarse a unos ciertos valores estéticos, que van a depender en gran medida de cada contexto social. Textos de distinta procedencia muestran intereses distintos en cuanto a la coloración del cabello, o muestran preferencia por unos tipos de cuidados sobre otros. Las propuestas cosméticas originadas en el occidente mediterráneo expresan coincidencia de intereses en algunas tendencias que modelan la apariencia externa. Se percibe, por ejemplo, gran interés en el blanqueamiento y esclarecimiento de la piel, en especial la de la cara. Casi todos los tratados conocidos producidos en esta área geográfica en diversas lenguas medievales proponen recetas con este fin. Se ha señalado que la piel blanca era considerada un signo de distinción social y formaba parte del modelo femenino de belleza 70. La distinción social adquiere nuevos significados cuando se tienen en cuenta variables como la etnicidad, o la pertenencia a una de las minorías étnico-religiosas que formaban parte de las sociedades multiculturales del sur de Europa. De acuerdo con los textos hebreos, parece que las mujeres judías preferían el cabello rubio y la tez clara a otros tonos más oscuros, privilegiando una apariencia externa que no evidenciara su inferioridad social. En contraposición a la afirmación anterior sobre la alta consideración social de la piel blanca, la piel oscura era considerada, sobre todo en la Península Ibérica, una marca de inferioridad adquirida tanto por nacimiento como por falta de méritos personales, nociones que se encargan de diseminar las literaturas hispanas medievales, incluida la literatura en lengua hebrea 71. Tanto el Sefer ahabat nashim como el She'ar yashub ofrecen un amplio abanico de recetas para blanquear la piel 72, En ambos casos se manifiesta una tendencia a la aculturación que, en mi opinión, no está exclusivamente guiada por la preocupación por pasar desapercibidas en un contexto social cada vez más hostil, o por adquirir la apariencia de los que ocupan la posición social a la que aspiran algunas familias. Yo creo que también expresa la decisión de las mujeres sobre su aspecto, a la que no se llega aisladamente sino en relación, una relación que con respecto al cuidado del cuerpo atraviesa con frecuencia las barreras confesionales y sociales. De hecho, algunas recetas han sido documentadas en textos en latín, lenguas vernáculas y hebreo, sin que haya evidencia de transmisión textual, lo que, en mi opinión, se debe a la interacción entre mujeres de distintas culturas como parte de los procesos de aculturación 74. Monica Green ha señalado con respecto a la literatura médica de tradición latina, haciéndose eco de una idea extendida entre la investigación contemporánea, que las mujeres construyen una imagen de las capacidades y las funciones de sus cuerpos dentro de un marco mayor de expectativas sociales 75. Lo que es innegable a la luz de las fuentes. Sin embargo, también es cierto que a menudo la lectura de los textos ha estado mediada por nuestros propios prejuicios, y que no se ha cuestionado la validez de la visión masculina que transmiten las palabras escritas por hombres. No es infrecuente que el material cosmético haya sido interpretado bien como una imposición social que incita a las mujeres a adaptarse a los cánones de belleza establecidos, sin dejar espacio a la decisión femenina, bien como parte de las estrategias de seducción encaminadas a cumplir la función social que el sistema patriarcal asigna las mujeres: el matrimonio. Trabajos recientes han mostrado, sin embargo, un interés mayor por explorar y reconocer las formas en que las mujeres han actuado como agentes de salud para ellas mismas, y por entender hasta dónde tomaron decisiones sobre su salud y su apariencia, desde una perspectiva amplia que considere sus posibilidades de manipular sus cuerpos 76. A diferencia de otros procedimientos médicos, las recetas encaminadas a modificar la apariencia externa del cuerpo no son normativas, es decir, ofrecen la posibilidad de introducir variaciones. Por un lado, reconociendo la disparidad física entre mujeres -como también hacían algunos textos ginecológicos, según he señalado con anterioridad-, lo que derivaba en la formulación de dife-----74 CABALLERO (en prensa). Agradezco a Monica Green que me haya permitido consultar su trabajo inédito, en el que documenta diferencias y similitudes en la apariencia externa de las mujeres a través del estudio del De ornatu mulierum atribuido a Trota de Salerno,'Is it true blondes have more fun? 76 Véase sobre todo la bibliografía aportada en esta sección. rentes propuestas, en ocasiones contradictorias, para fines estéticos similares. Como ha expresado Montserrat Cabré, algunos textos reconocen explícitamente que las mujeres tienen cuerpos diferentes 77. Si bien las variaciones no están siempre basadas en la singularidad de cada mujer individual. Por el contrario, se corresponden en general con un reconocimiento de la capacidad de decidir de las mujeres, para las que también se asume agencia, al indicar, mediante el recurso a la segunda persona (femenina) gramatical, que son ellas las responsables de poner en práctica las recetas propuestas. En mi opinión, el hecho de que estos procedimientos y técnicas fueran consideradas una parte fundamental del cuidado del cuerpo femenino, y aparecieran junto a otros contenidos terapéuticos como si pertenecieran a la misma esfera de cuidado sanitario, responde a una forma de entender la decoración no ligada al concepto de heterosexualidad obligatoria y conectada a la propia percepción y apreciación que las mujeres tenían de sus cuerpos 78. Mientras que es posible documentar para la tradición médica latina la circulación relativamente profusa de textos dedicados específicamente al cuidado de superficies del cuerpo, no se ha identificado hasta el momento ningún manuscrito hebreo dedicado exclusivamente a este ámbito de conocimiento médico. Por el contrario, los contenidos cosméticos aparecen siempre incluidos en obras, o secciones de obras, que dedican la mayor parte de su extensión a preocupaciones ginecológicas y, en menor medida, a otras cuestiones sanitarias generales. De cualquier forma, su circulación atestigua, igual que para la literatura médica latina, el interés mostrado por médicos, cirujanos y barberos por la cosmética 79. Al mismo tiempo, muestra una característica aparentemente general de la literatura médica hebrea dedicada a las mujeres, que no es otra que la forma de entender el cuidado del cuerpo femenino de forma global, atendiendo tanto a necesidades de salud como al cuidado de la belleza. En todas las tradiciones textuales del occidente medieval la cosmética tiene un carácter eminentemente práctico, carente de elaboraciones teóricas, aunque sus propuestas, técnicas y prácticas de intervención se asientan en el marco conceptual del galenismo. Las distintas sugerencias para adornar y decorar el cuerpo se presentan en forma de recetas, a veces sueltas, aunque generalmente reunidas y organizadas por un compilador que solo en ocasiones menciona su fuente, y que sustenta el valor de las medidas aconsejadas en su propia autoridad, ---- «Yo, el que escribe, experimenté esto y me dio muy buen resultado, pero puse aceite en lugar de agua de rosas.» 80 o en la experiencia empírica, obedeciendo al criterio de efectividad, «El resultado es bueno, conocido y probado.» 81 La plasmación textual suele estar masculinizada y las copias manuscritas a veces revelan posesión masculina. Sin embargo, sus contenidos sugieren origen femenino de las técnicas y las recetas propuestas, cuyos ingredientes, procedimientos y propósitos parecen derivados de la práctica viva y de las actividades desarrolladas por las mujeres cotidianamente para el cuidado sanitario y decorativo de sus cuerpos, transmitidas oralmente. Los propios textos atribuyen autoría femenina anónima, a veces individualizada, a los preparados que describen, lo que los convierte en mediadores textuales de los saberes cosméticos de las mujeres 82. Montserrat Cabré y Monica Green han estudiado atribuciones de autoría anónima a mujeres en un tratado anglonormando del siglo XIII y en el mencionado tratado salernitano De ornatu mulierum, respectivamente 83. Aunque, como señala Cabré con respecto a otro texto catalán del siglo XIV 84, los autores no siempre adscriben recetas a mujeres concretas, sino que lo hacen de forma sutil, atribuyendo de forma colectiva ciertas prácticas o sus variantes. Lo que, según esta autora, es una forma de textualizar un saber no escrito originalmente, como podemos apreciar en el siguiente depilatorio propuesto en el Sefer ahabat nashim, «Otra receta, según acostumbraban las mujeres de los ismaelitas: toma garzas, córtales la cabeza y ponlas con la piel, la sangre y el plumaje dentro de un alambique de cristal. Reserva el agua destilada en una vasija de cristal. Cuando haya necesidad, toma un poco de lanilla y sumérgela dentro del agua mencionada, y lava con la lana el lugar del que quieras eliminar el vello tres o cuatro veces cada día, durante cuatro días. Eliminará de raíz los pelos y no reaparecerán nunca. Y esto ha sido verificado y experimentado unas cuantas veces.» 85 ---- El corpus textual hebreo dedicado específicamente a atender las necesidades sanitarias y el bienestar de las mujeres está compuesto por más de una veintena de textos, algunos de los cuales plantean diversas formas de atender al cuidado de la salud femenina. En mi opinión, esta diversidad responde a visiones distintas del cuerpo femenino: la del discurso médico legitimado, que entiende la fisiología y explica la salud y la enfermedad de acuerdo con el sistema humoral hipocrático-galénico; la del discurso misógino de corte aristotélico -que sólo asoma esporádicamente en la literatura hebrea dedicada a esta especialidad-que define el cuerpo de las mujeres como imperfecto e, incluso, nocivo; y, un tercer enfoque o enfoques, que no son fruto de la producción escrita (aunque puedan ser transmitidos textualmente), sino que están vinculados a las formas en que las propias mujeres perciben su cuerpo y elaboran estrategias para cuidarlo. En mi opinión, las mujeres (judías) intervienen como agentes que median el texto escrito de dos formas: como origen de muchas técnicas, conocimientos y prácticas de salud; y como receptoras o consumidoras de la producción escrita, y también de los cuidados. Sus necesidades y preocupaciones, en parte compartidas con sus contemporáneas, en parte específicas y dependientes de su diferencia cultural -expresadas en las referencias a las Leyes de niddah y a las normas sobre alimentación, o en su visión del aborto y la anticoncepción-se ven reflejadas en los textos. Esto nos recuerda de alguna manera que el material que estudiamos es en parte la memoria de una preocupación histórica humana muy concreta y viva, frente a la impresión, derivada de la investigación contemporánea, muy centrada a veces en los procesos de transmisión textual, de que estamos recopilando la historia de cuerpos incorpóreos. Por el contrario, estos textos están pensados para atender al funcionamiento de cuerpos reales, en salud y enfermedad, y procurar su bienestar. Y entre los enfoques que articulan, derivados de los distintos agentes que los median, se encuentra la propia representación que tienen las mujeres judías de sus cuerpos, y de sus necesidades y preocupaciones, que no parecen haber sido fundamentalmente diferentes de las de sus contemporáneas cristianas.
El concepto de género no establece sólo una distinción entre sexo biológico (dato natural y objeto de conocimiento de la biología y de la medicina) y sexo social (construido dentro de y por relaciones de poder). Esa construcción pasa sin lugar a duda por el lenguaje y su capacidad de enraizar en la cultura categorías de pensamiento. Este trabajo pretende poner de manifiesto cómo la categoría lingüística y conceptual de la-mujer es uno de los lugares donde en el siglo XIX se encarna esa construcción mutua. PALABRAS CLAVE: Discurso médico, Siglo XIX, Construcción de las relaciones de género, Las mujeres, La mujer. Desde que las personas nacen, e incluso antes, se establece su identidad mediante las categorías de mujer o varón, obedeciendo a una tradición que, en la cultura occidental, clasifica a las personas en dos entidades sexuales que marcan su devenir social desde su llegada al mundo. En la práctica lingüística de la cultura occidental esta identificación se plasma, en el caso de las mujeres, en un enunciado que pretende significar el conjunto de las mujeres y que en castellano adopta la forma de la estructura lingüística la mujer. La mujer se entiende, por tanto, como una categoría primaria de catalogación del mundo que nos rodea, es decir, como un dato a priori, de naturaleza ahistórica y que incluye a todas las mujeres. Esa categoría va más allá de la mera referencia a los órganos genitales que, en el mundo occidental, es el rasgo externo corporal, no exento de ambigüedad histórica1, sobre el que se hace la distinción entre las personas de un sexo u otro. Como categoría incluye, además, rasgos y características de comportamiento o de tipo psicológico que completan el cuadro que establece las diferencias entre hombres y mujeres. En ese esquema fundamentalmente dual el concepto de mujer está vinculado a una forma de ser que parece determinada por el cuerpo. La continuidad histórica de la expresión lingüística la mujer transporta de un lugar a otro de la historia su carga conceptual y el arsenal de representaciones que alimenta la idea de que la identidad de las mujeres es una identidad anclada al cuerpo. La familiaridad lingüística de la expresión la mujer camufla la consistencia y la densidad con la que la noción de mujer atraviesa la historia, con un carácter aparentemente inmutable, fijo y difícil de desafiar. Problematizar esa obviedad con la que el conjunto de los discursos sociales vincula esta categoría del lenguaje con una entidad natural del mundo real ha sido tarea de las investigaciones y teorías feministas. Hasta los años setenta las mujeres éramos la mujer. La historia, la sociología, la antropología y muchas otras disciplinas revisadas por el pensamiento feminista han mostrado ----que la mujer no existía. El feminismo ha construido otro sujeto, el de las mujeres, sujeto histórico, social, político, cultural y, también, estratégico porque necesitaba de una categoría sociológica y política que le permitiera demostrar el carácter social de la exclusión y de la dominación. La categoría las mujeres tampoco es una categoría estable que se dé por sentada. El feminismo es una teoría crítica y, por ello, lleva varios años reflexionando sobre el peligro totalizador de dicha categoría. La crítica feminista posmoderna, en su afán justificado por cercar y desbaratar un repertorio argumentativo esencializador, intenta desplazar la lógica binaria que subyace a categorías básicas como mujer, mujeres o femenino que implican una oposición a hombre, hombres o masculino y plantear marcos de definiciones abiertas que permitan dotar de nuevos significados dichas categorías. Sin embargo, éstas, afincadas históricamente y estructuralmente en las de sexo, siguen siendo aún emblemas potentes de clasificación de lo real y, a pesar de los esfuerzos conjugados por las distintas perspectivas feministas, siguen constituyendo un reducto impregnado de naturalismo. Por eso es necesario seguir desvelando los procesos de construcción histórica de esa naturalización que puedan explicar la fuerza y el arraigo de la lógica de la dominación que se ejerce aún sobre las mujeres como grupo en el marco de las relaciones sociales. Si la idea de mujer se aferra a nuestra manera de entender el mundo es porque es el resultado de un profundo y complejo proceso de anclaje histórico. En ese proceso el lenguaje, entendido como lugar de constitución y de activación de las categorías con las que nos representamos el mundo, juega un papel determinante. Pero, como todas las categorías del pensamiento, esta es una categoría cargada de historia y en esa historia han participado activamente los discursos científico y médico que, por su estatuto de discursos de la verdad, tienen una gran responsabilidad en el hecho de que se nos imponga, aún en los albores del siglo XXI, la categoría la mujer como categoría ontológica. Hemos investigado la manera en que el discurso médico construye dicha categoría en la España de finales del siglo XIX a partir de un dispositivo discursivo que tuvo una gran incidencia en su coherencia semántica y que aseguró su anclaje histórico. El objetivo no era hacer un análisis de los contenidos del discurso sino poner al descubierto los mecanismos discursivos que subyacen a esos contenidos y que permiten establecer vínculos unívocos entre lo natural y lo social. A partir de un corpus constituido por textos escritos por médicos españoles, publicados entre el año 1880 y 1895 y que tienen como tema central el estudio de la mujer, hemos analizado la literatura médica producida en un tiempo y espacio determinados, en términos de los intereses políticos que representa y del modelo normativo de identidad que propugna para las mujeres. La investigación se sustenta en un marco teórico y metodológico interdisciplinar en el que confluyeron aportaciones de los estudios feministas, de las corrientes de la crítica a la ciencia y del análisis crítico del discurso (ACD). De manera general, estos tres enfoques coinciden en la imbricación de las estructuras sociales, políticas e institucionales en la construcción de la realidad, insistiendo el enfoque del ACD en la dimensión discursiva de esta. Dadas las derivas múltiples que ha sufrido el concepto de género desde que pasó a ser categoría central de análisis de algunas corrientes del pensamiento feminista, queremos detenernos en aclarar qué entendemos por género. Siguiendo a Joan Scott2 entendemos el género como un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias percibidas entre los sexos y como una forma primaria de relaciones significantes de poder. La definición de Scott es compleja, dialéctica y aboga claramente por un análisis contextualizado: «Como elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias percibidas entre los sexos, el género comprende cuatro elementos interrelacionados: primero, símbolos culturalmente disponibles que evocan representaciones distintas (y a menudo contradictorias) [...] Segundo, conceptos normativos que manifiestan las interpretaciones de los significados de los símbolos, en un intento de limitar y contener sus posibilidades metafóricas. [...] esas declaraciones normativas dependen del rechazo o represión de posibilidades alternativas [...]. Sin embargo, la posición que emerge como predominante es expuesta como la única posible. La historia subsiguiente se escribe como si esas posiciones normativas fueran producto del consenso social más que del conflicto. [...] [El análisis de género] debe incluir nociones políticas y referencias a las instituciones y organizaciones sociales, tercer aspecto de las relaciones de género. [...] El cuarto aspecto del género es la identidad subjetiva. [...] los hombres y las mujeres reales no satisfacen siempre o literalmente los términos de las prescripciones de la sociedad o de nuestras categorías analíticas. [Es necesario] investigar las formas en que se construyen esencialmente las identidades genéricas y relacionar sus hallazgos con una serie de actividades, organizaciones sociales y representaciones culturales históricamente específicas»3. El género es por lo tanto una construcción densa que se mueve y atraviesa todos los niveles de la organización social, cristalizando en una entidad de ----aparente estabilidad absoluta en el tiempo y en el espacio. Se entiende así su capacidad de sedimentación a través de la historia y su asentamiento social como estructura mental que marca profundamente nuestra percepción del mundo. Pero la perspectiva de género invita también a mirar la construcción del género como una construcción dialéctica. El género, por muy denso que sea, contiene fisuras; su marca, por muy profunda, no es indeleble. Las personas, las mujeres, construyen su identidad subjetiva poniendo constantemente en juego la estabilidad del género, a través de la negociación o de la resistencia a normas, comportamientos, discursos que definen masculinidad y feminidad, a lo largo de sus vidas y a lo largo de la historia. La identidad generizada es el resultado de esa contienda que, en función de la eficacia de fuerzas sociales variadas, da al género una apariencia sustancial, controlando lo que es permitido, lo que es deseable, lo que es normal, lo que es femenino... El concepto de género no establece sólo una distinción entre sexo biológico (objeto de conocimiento de la biología y de la medicina propuesto por ellas como dato natural) y sexo social (construido dentro de y por relaciones de poder). Creemos que esta puntualización es necesaria en un momento en el que el género se comprende cada vez más como un hecho positivo que conviene administrar o bien como una serie de identidades cuya producción performativa no tendría más límites que las de nuestra libre elección. Sobre este planteamiento básico se articulan las otras dos perspectivas disciplinares que completan y consolidan la aproximación al discurso médico en tanto que discurso institucional. Por una parte la aproximación crítica a la ciencia en la que son particularmente relevantes las aportaciones de la teoría sociológica del llamado constructivismo social 4. Este enfoque considera la ciencia como una actividad social y cultural que, como tal, no es independiente ni del tiempo, ni del lugar donde se produce, ni de los actores implicados en los procesos de construcción del conocimiento. Con esto se pone bajo sospecha los postulados de objetividad, neutralidad y universalidad que sostienen el andamiaje epistemológico de la ciencia occidental y se indaga en las condiciones que rodean, facilitan o limitan la producción de su discurso. La investigación feminista en este terreno ha puesto de manifiesto, por su parte, cómo la ciencia ha utilizado la polaridad sexual en su ----manera de construir un conocimiento científico marcadamente androcéntrico5 y ha cuestionado las nociones mismas de objetividad, racionalidad y universalidad de la ciencia como valores androcéntricos para poner de manifiesto que el conocimiento y la práctica científica han sido un eje mayor de la legitimación de la discriminación sexual en las sociedades occidentales6. La tercera herramienta teórica y metodológica de nuestro estudio está constituida por las diversas aportaciones de los estudios críticos del discurso. Al proponer un concepto de discurso como práctica social imbricada en otras prácticas sociales y que interacciona constantemente con ellas, estos estudios ofrecen herramientas para acercarse de forma fructífera a la relación textocontexto. En este marco se enfoca el corpus discursivo de la investigación (textos médicos sobre «la mujer» del último tercio del siglo XIX) como una secuencia dentro de la producción discursiva global de una sociedad en un momento histórico determinado: un discurso dentro de los discursos. Pero también se entiende como un tipo de discurso caracterizado por y característico de una práctica social particular: la práctica discursiva de la institución médica. Al ser el discurso de una elite con poder social, se pone el énfasis sobre el papel del lenguaje en la producción y reproducción del poder7. Por otra parte el ACD permite operar dentro de un marco de análisis que recoge también los elementos perturbadores de la producción y circulación de un discurso particular en el orden social discursivo y revelar los desafíos, las transgresiones, las contradicciones y fisuras que ese orden entraña. La convergencia teórica de las tres perspectivas utilizadas en la investigación, que se definen asimismo como miradas críticas, permiten, pues, estudiar el papel del discurso médico, en tanto que discurso institucional, en la construcción de la realidad y en concreto de las relaciones de género en tanto que estas son también, y junto con otros niveles de análisis, una construcción discursiva. Pero quiero volver a subrayar que la apuesta por la utilización de las herramientas teóricas y metodológicas del ACD respondía también a la necesidad de conseguir articular poder del discurso y resistencia, es decir indagar en el espacio de tensión entre, por una parte, los discursos normativos y sus propuestas sobre el género y, por otra, las disidencias sociodiscursivas que integran y alimentan de forma paradójica su hegemonía. Por lo tanto es este marco interdisciplinar en el que los acercamientos son complementarios y confluentes, lo que me ha permitido acercarme a esa densidad y a esa comprensión dialéctica de la construcción de las relaciones de género a las que remitía más arriba. LAS HIPÓTESIS DE TRABAJO Los trabajos realizados en historia de la medicina sobre discurso médico sobre las mujeres en el siglo XIX y cambio del XIX al XX 8, así como la consulta sistematizada de fuentes bibliográficas 9 y posterior búsqueda y localización de materiales me llevaron a formular mis hipótesis de manera más precisa. Existe una polarización del discurso médico sobre lo que el propio discurso denomina como la mujer. Si bien esa concentración de interés es constante a lo largo del siglo XIX, se incrementa significativamente en los treinta últimos años del siglo. Esta inflación discursiva podría ser muy significativa desde el punto de vista de su análisis como fenómeno discursivo-social en el marco de una sociedad en plena transformación económica y social. La coincidencia entre esta polarización y la incorporación del positivismo a la medicina española en el último tercio del siglo pudo afectar las prácticas discursivas de la comunidad médica dando lugar a procedimientos lingüístico-discursivos diferenciados o propios del discurso científico en relación con el desarrollo de una retórica de la verdad. Por último y partiendo de la idea de que la relación entre sexo y género no es del orden de lo natural sino una elaboración socio-lógica (es decir que se inserta en una lógica social), la existencia de un discurso médico específico sobre lo que el discurso mismo denomina la mujer daba lugar a pensar que esta noción encarnada en el lenguaje fuera un lugar importante donde esta correlación axiomática entre sexo y género se articulara. Esto nos llevó a seleccionar un conjunto de textos médicos producidos entre 1880 y 1895 y cuyo valor principal reside en su representatividad como discurso que afirma su voluntad de hablar «con conocimiento» de la mujer. El ----8 Para una revisión historiográfica reciente de esas fuentes ver Ortiz Gómez, T. ( 2006), Medicina, historia y género. 130 años de investigación feminista. 9 El Manual del Librero Hispanoamericano de Antonio Palau y Dulcet, Empuries: Palau Dulcet, 1986 y el Index-Catalogue of the Library of the Surgeon. corpus estaba compuesto de diversos géneros textuales: artículos publicados por sus autores en prensa profesional, monografías, capítulos de libro, conferencias publicadas en actas de congreso, publicaciones escritas de discursos orales pronunciados por sus autores en las sesiones de apertura dos grandes instituciones médicas de la época -la Sociedad Ginecológica Española y la Real Academia de Medicina de Madrid. En algunos casos, un mismo texto había sido publicado varias veces y en soportes textuales distintos. Esto, que constituye una muestra de la inflación discursiva a la que nos referíamos más arriba, fue un elemento importante, significativo en cuanto al alcance de la difusión del discurso, que se tomó en cuenta en el análisis 10. Nos acercamos a la resolución de estas hipótesis utilizando los textos producidos no como fuentes para conocer la argumentación científica desplegada por el discurso médico sobre las mujeres sino para problematizar la trama y la textura discursiva misma. Es pertinente, como señala van Dijk 11, subrayar la importancia para los historiadores de recordar la naturaleza textual de las fuentes. Es decir, cuestionar su condición de intérpretes y testimonios privilegiados y fiables de su época y poner de manifiesto su carácter instrumental en la producción y reproducción del poder en tanto que lugares de negociación de significados sociales importantes. Siguiendo las propuestas del ACD, la metodología seguida intenta poner de manifiesto la interacción constante entre texto y contexto, tanto al nivel de lo macrodiscursivo, esto es el funcionamiento del discurso médico estudiado en el conjunto de los discursos sociales, como a nivel microdiscursivo, esto es la textura interna del discurso en torno a la categoría de la mujer. Por lo tanto la utilización del contexto no tiene como finalidad pintar un decorado que serviría de telón de fondo al análisis discursivo sino sacar a escena las propiedades de la situación social que fueron relevantes para entender la existencia de un discurso médico sobre las mujeres, las condiciones que determinaron su producción y distribución social así como su configuración interna. Siguiendo a van Dijk 12, hacer operativa la confrontación entre situación contextual y discurso es condición sine qua non para entender el discurso como interacción, es decir como el resultado de acontecimientos sociales y/o discursivos que incidieron en él, cuestionándolo o consolidándolo. Es, igualmente, condi-----10 Para una descripción más detallada del corpus de fuentes analizadas ver SÁNCHEZ (2005), pp. 92-118. El discurso como estructura y proceso. Estudios sobre el discurso I, Barcelona, Gedisa, p. ción para entenderlo como acción, es decir con capacidad para tener efectos en lo social. Expondremos muy brevemente dos aspectos contextuales esenciales para el análisis. Por una parte, la cuestión de las mujeres porque son el objeto del discurso y, por otra, la situación, en ese momento, de la institución médica por ser esta la productora del discurso estudiado. En resumen, se puede decir que después de treinta años de investigación en Historia de las mujeres es insostenible la idea de que las mujeres del siglo XIX se subsumían en la figura de ángel del hogar transportada hasta nuestros días por la historiografía tradicional 13. El colectivo de las mujeres fue una pieza clave del ordenamiento económico y social de la época. La industrialización del país desplazó a las ciudades grandes sectores de población rural para formar la mano de obra reclamada por la industria. Un número considerable de mujeres se incorporó al trabajo de la fábrica y a las profesiones que se desarrollaron en el marco del proceso paralelo de urbanización. En ese contexto, las mujeres de las clases acomodadas accedieron a algunos ámbitos profesionales reservados hasta el momento a los hombres. Esas mismas mujeres alzaban su voz para reclamar, a través de las numerosas tribunas en las que participaron, el derecho a la educación y al ejercicio profesional. Es significativa la coincidencia en el tiempo entre el discurso sobre la mujer producido por la institución médica y la existencia de varios textos de mujeres de la época que cuestionaban la función social de lo que ellas también denominaban «la mujer» 14. Las mujeres, por tanto, estaban en todas partes, sujetos de la ----historia con prácticas sociales muy diversas y, también, sujetos de discurso, de un discurso que cuestionaba el status quo de la llamada condición femenina. Todo esto contrasta con el lugar que les reservaba el proyecto social que los grupos dominantes estaban diseñando. En este proyecto se pretendía que las mujeres asumieran gratuitamente el trabajo doméstico y la reproducción de la familia. La institución médica, por su parte, era un espacio de prestigio y autoridad social en pleno crecimiento. En su proceso de expansión y asentamiento, la medicina se fue dotando de una estructura científica cada vez más fuerte que separó saber académico y saber popular, limitó el acceso al conocimiento científico a través de la institucionalización de los estudios médicos y controló el ejercicio de las profesiones vinculadas a la salud 15. El discurso médico era, por lo tanto, un discurso bajo control. El vínculo estrecho entre la comunidad médica y los grupos sociales con poder económico garantizaba su promoción y distribución. Era, finalmente, un discurso de gran trascendencia social: la medicina no sólo se constituyó en torno a un cuerpo de conocimiento que legitimaba su posición social y determinaba el poder de su discurso sino que, también, era una práctica. La interacción constante entre profesionales y usuarios lo convertía en un poderoso instrumento de difusión ideológica. Además, su compromiso afirmado con el progreso y bienestar de la humanidad justificaba su intromisión en las estructuras sociales. Estaba, pues, en una posición privilegiada desde la cual disparar toda una batería de propuestas normativas en cuanto al género, es decir en cuanto al papel social que debían desempeñar las mujeres por ser mujer 16. Esto lo convirtió en piedra angular 16 Entre otros trabajos, ver los de BORDERIES-GUERENA, J. (1989), «El discurso higiénico como conformador de la mentalidad femenina (1865-1915)». En MAQUIEIRA D'ANGELO, V. (ed.), Mujeres y hombres en la formación del pensamiento occidental. Actas de las VII Jornadas de investigación interdisciplinaria, Madrid, Universidad Autónoma de Madrid, pp. 309-299; RUIZ SOMAVILLA, Ma J. (1994), «La legitimación de la ideología a través de la ciencia: la salud y la enfermedad de la mujer en el Siglo Médico». En De la Ilustración al romanticismo. de un edificio discursivo sobre el que se asentaron otros discursos sociales. El contexto histórico, social e institucional que explica el protagonismo de la medicina así como su hegemonía social en aquella época determina el impacto del discurso que se produce en su seno. Determina, por consiguiente, la eficacia social con la que pudo imponer y afincar sus propuestas normativas en cuanto a la configuración de una identidad generizada de las mujeres. HEGEMONÍA Y CONTIENDA DISCURSIVA El análisis macrodiscursivo llevado a cabo sobre el corpus aspira a salir de la inmanencia de los significados textuales, buscando en las condiciones históricas de la enunciación los elementos que determinan su coherencia y su hegemonía, al tiempo que imprimen su marca sobre la textura discursiva. El corpus discursivo estudiado cobra significación a partir de su inserción en el contexto que he prefigurado anteriormente. Su aprehensión en la red global de su intertextualidad social es lo que permite ver cómo emerge como región discursiva específica en colaboración con, frente a, o contra otros discursos sociales. Por otra parte, y en una dimensión histórica, el discurso, como señala Fairclough 17 es el resultado de otros discursos anteriores y punto de partida de discursos futuros o posibles. Este acercamiento incluye, por tanto, las disidencias sociales y los discursos que estas provocan. El discurso médico sobre la mujer se asienta como hegemónico a través del dispositivo que estructura el orden social discursivo. Un orden que absorbe, bloquea, modifica o da paso de manera reglada a los conceptos diseminados en el conjunto de los discursos sociales 18. Si bien la capacidad del discurso de construir una representación de la mujer se asienta en la posición de fuerza social de los enunciadores del discurso, esta construcción, sin embargo no es mecánica y pasa por una gestión sociodiscursiva de lo que se enuncia. El dispositivo que se organiza tiende al acaparamiento legitimado de la cuestión de la mujer por la comunidad médica. A las estrategias de legitimación/deslegitimación, autorización/desautorización ----Cádiz, América y Europa ante la Modernidad: VII Encuentro La mujer en los siglos XVIII y XIX, Cádiz, Universidad de Cádiz, pp. 103-114 y RUIZ SOMAVILLA, Ma J. y JIMÉNEZ LUCENA, I. (1994), «La construcción de la patología femenina en la España contemporánea». En RA-MOS PALOMO, D. (coord.), Femenino plural. Palabra y memoria de mujeres, Málaga, Universidad de Málaga, pp. 235-250. 17 discursiva, y silenciamiento de discursos disidentes, en particular el discurso de las propias mujeres, se añaden estrategias de fabricación del consenso social en pro del equilibrio social y del progreso humano. Este primer movimiento tiende a configurar un orden discursivo en el que la comunidad médica se apropia y monopoliza la capacidad de hablar sobre la mujer. El análisis demuestra que la hegemonía del discurso no se establece mecánicamente y es el resultado de una contienda social y discursiva. El contexto, y particularmente el hecho de que las mujeres fueran protagonistas activas de su tiempo, provoca el discurso. Lo provoca porque convoca su existencia y lo provoca porque lo hostiga. Para ilustrar esto, tomaremos un ejemplo que confronta el texto de la maestra y libre pensadora granadina Bertha Whilelmi publicado en 1893 y que se llama «Aptitud de la mujer para todas las profesiones» 19 y seis de los artículos que integran nuestro corpus de análisis, publicados entre 1894 y 1895, esto es, después del de Wilhelmi, en una de las revistas profesionales más importantes del momento, El Siglo Médico, por tres autores distintos y que, al presentarse su publicación a modo de debate, tienen todos el mismo título «¿Puede ejercer la mujer las diversas profesiones del hombre?» 20. Brevemente se puede decir que frente al texto de Wilhelmi, que es anterior a los seis textos médicos, que es asertivo y no sesgado cuando afirma la capacidad de las mujeres para ejercer todas las profesiones, los textos de nuestros médicos pretenden invalidar la aserción proclamada por Wilhelmi pasando a una retórica interrogativa que pone en duda esa capacidad de las mujeres afirmada por la autora. Ellos, los médicos, tienen el poder institucional y epistemológico para plantear cuáles son las preguntas: la interrogación se sobrescribe y, así, emborrona la aserción de Wilhelmi. Esta confrontación entre el texto de Wilhelmi y los seis textos médicos es sólo una muestra de que no hay consenso social; lo que hay es un ruido discursivo más fuerte que pretende controlar una insurrección social, que es también una insurrección discursiva, la de las mujeres. Pero este control del flujo discursivo es sólo el primer paso. En el contexto de crisis ocasionado por la presencia insubordinada de las mujeres en la socie----- dad de finales del siglo XIX, el discurso médico necesitaba de un dispositivo que diera firmeza a afirmaciones apodícticas sobre la mujer y asegurara su estabilidad epistémica. Ese proceso, complementando los anteriores, se asienta en reglas discursivas de segregación internas al discurso y llega a su apogeo con la apropiación misma del objeto del discurso, la mujer, que es convertido en categoría propia y exclusiva del escrutinio científico. La posición de dominio que emerge de la oposición entre discurso médico y otros discursos sociales se asienta en la irrefutabilidad de los enunciados porque estos se derivan de un modelo de conocimiento que se da como el único capaz de dar cuenta de la verdad de los secretos de la naturaleza. A continuación un ejemplo que ilustra un momento de este proceso en un texto de Álvarez Espino: Desde el punto de vista del funcionamiento del discurso, se puede decir que la herramienta textual ha acumulado ya una serie de datos transhistorizados en torno a la categoría del lenguaje la mujer pero su puesta en funcionamiento dentro de un discurso específico -el discurso médico sobre la mujer-la construye con un valor pragmático añadido al constituirlo como categoría científica 23. La categoría la-mujer 24 se convierte en un elemento central del funcionamiento del discurso en tanto que categoría taxonómica de lo real. La relación entre la entidad extralingüística las mujeres y el referente del discurso 25, la-mujer, no traduce a nuestro entender un simple desliz semántico, e identifico aquí el nudo gordiano con el que el discurso médico liga y sujeta el sexo al género y viceversa. Nuestro análisis pretende ser operativo a partir de esa disyunción clara entre entidad y referente lingüístico del discurso. La entidad es ese sujeto/objeto definido histórica y sociológicamente como el actor social las mujeres 26 en la sociedad española de finales del siglo XIX y el referente es la marca lingüística que codifica esa entidad. La función social e ideológica del dispositivo macrodiscursivo es la de construir una representación de las mujeres que tenga capacidad normativa y pueda crear identidades conformes con las necesidades de los grupos sociales dominantes de la época. Como dice Martín Rojo 27, el discurso tiene poder porque los modos de objetivación pasan a ser modos de subjetivación. Las estrategias discursivas que configuran la representación apelan a la identificación de los sujetos con las proposiciones contenidas en el discurso. Aunque este propósito del discurso en general y del discurso médico estudiado se realiza implícitamente -y de ahí su eficacia-la siguiente cita de un texto del médico Álvarez Espino, publicado en 1880, es su expresión explicita: ----23 Sobre este procedimiento ver GROSS, A. G. (1990), The Rhetoric of Science, Cambridge (Massachussets), Harvard University Press, p. 24 A partir de ahí tomamos la decisión de representar gráficamente esta operación de anclaje lingüístico mediante la grafía la-mujer que es también un intento por nuestra parte de hacer más evidente la naturalización del concepto a través de su forma lingüística. 25 Sobre la cuestión de la relación entre referente y entidad ver VAN DIJK (2000b), p. 26 Esto no presupone que le atribuyamos a la categoría de las mujeres un sentido estable. Si bien el feminismo ha recurrido a esa categorización como base de fortalecimiento de sus propias exigencias políticas de visibilidad y de transformación, se está generando en la actualidad un inmenso debate sobre lo que constituye o debería constituir la categoría de las mujeres. 29 «Preciso es que la mujer tenga una idea exacta de sí y disponga de medios eficaces de defensa contra el mundo. La idea de sí sólo puede dársela la ciencia. (...) Hagámosla ante todo moral, para que sea buena: pero no entendamos que es más buena ni más moral la que más reza, sino la que tiene mejor y más clara conciencia de su deber» 28. COHESIÓN Y FISURAS DEL DISCURSO La resolución ideológica completa de la categoría la-mujer pasa por su cristalización en la configuración semántica que emana de la textura discursiva. Para analizar su fuerza ideológica en tanto que categoría normativa nos centraremos en la manera en la que es codificada por el discurso mediante el análisis de las marcas léxicas utilizadas para denominar a las mujeres y de su relación isotópica 29 con la categoría central la-mujer. Es decir, observamos cómo el colectivo de las mujeres es referido por el discurso a partir del estudio del despliegue referencial y focal 30 en torno a lo que Ruth Wodak denomina «topos de definición» o lugar común donde se articula la definición del grupo y que parafraseando a la autora se puede hacer explícito con la siguiente regla: si un grupo de personas (las mujeres) es nombrado/designado como la-mujer, ese grupo de personas es portador de las cualidades/rasgos/atributos contenidos en el sentido (literal) de la-mujer 31. A partir de la localización de las denominaciones distintas que nombran a las mujeres, del recuento de sus ocurrencias y de la observación de las estrategias que vinculan estas denominaciones entre ellas se puede trazar el mapa de la representación de las mujeres por el discurso. Ésta pasa por una primera operación que es central y sobre la que se superponen los demás procedimientos. Esta operación es la utilización preferente, masiva y reiterativa del singular «la mujer» 32. 29 Sobre el estudio de las relaciones isotópicas en el discurso, CALSAMIGLÍA BLANCA-FORT, H. y TUSÓN VALLS, A. (1999), Las cosas del decir. 32 En el artículo 'Muger' del Diccionario de ciencias médicas publicado en 1824, es decir unos 60 años antes del corpus analizado, se aprecia una distribución mucho menos estandarizada del singular frente al plural mucho más frecuente en el texto de cuarenta páginas que constituye dicho artículo. A partir de ahí diversos procedimientos, entre los cuales la sinonimia, la metonimia, la hiponimia o la utilización del singular, con los que se manejan las denominaciones de referencia a las mujeres dibujan una representación heterosocial de las relaciones de género sobre la base de una carta de naturaleza de lamujer que integra fundamentalmente los significados de madre y esposa. Esto asegura el colapso entre sexo y género, naturalizando la función social de la maternidad y vinculándola al destino biológico. El número muy reducido de otras denominaciones genéricas como «la mitad de la humanidad», «el sexo» bello o débil, o «hembra» confirma la categoría de «la mujer» como pieza central en la construcción de la representación de las mujeres. Las denominaciones que remiten a relaciones sociales de las mujeres limitan estas al ámbito del parentesco o de la familia. Están prácticamente excluidas de la representación las mujeres de las clases trabajadoras. Son una ausencia, un hueco de la representación. A través de procedimientos como la modalización, la utilización del plural, la asociación con lo extranjero o lo monstruoso, la descarga y recarga semántica, ese mismo mapa tiende a excluir en un movimiento centrífugo de la representación todo lo que no remite a esa carta de naturaleza que etiqueta lo que es o debe de ser la-mujer: las mujeres como grupo social, las mujeres que ejercían o pretendían ejercer una profesión, las mujeres concretas y reales (personalidades de la época), las solteras, las extranjeras que son un mal ejemplo... Carta de naturaleza de la-mujer De ese mapa, la representación que emerge es la de la mujer como entidad abstracta, monolítica, homogénea, dependiente de los hombres, ahistórica, asocial, acultural y sin agencia social e histórica. La confrontación textocontexto demuestra, sin embargo, que lejos de ser una construcción aleatoria e inocente las elecciones rutinarias y trivializadas del discurso en el modo de referenciar a las mujeres responden a una voluntad de crear, es decir de construir, algo que no existe naturalmente. En la cita siguiente ejemplifico una estrategia de relación metonímica entre la categoría principal de referencia, la mujer, y otro referente en el discurso, la madre: «La mujer, y hablo en tesis general, no tiene aptitud para los trabajos intelectuales que requiere el provechoso cultivo de las ciencias, según resulta de su estudio anatómico, fisiológico y psico-fisiológico; pero esto debe importar muy poco, le debe tener muy tranquila, porque si bien es cierto que al genio corresponden lauros y honores, respeto, amor y gloria son en alto grado patrimonio de la madre» 33. Esa rutina metonímica es constante y satura el discurso estudiado. Tiene como efecto el de elaborar la naturalización de las mujeres no sólo como reproductoras de la especie sino también como criadoras. Esto es, como madres biológicas y como madres sociales. En el contexto de la España de finales del siglo XIX, esa relación carecía de obviedad 34 y por ello el discurso se esfuerza en construirla. Este es un ejemplo entre otros muchos, de una estrategia entre otras muchas. Es el conjunto de estas estrategias que acumuladas y reiteradas dan su carácter y su fuerza performativa a la representación, es decir su capacidad de construir la realidad/verdad. Lo que el análisis microdiscursivo demuestra también es que a pesar del poder del discurso para excluir o distorsionar la representación de las mujeres reales, este no puede contener la realidad de la presencia activa de las mujeres en la sociedad española de finales del siglo XIX. El ejemplo siguiente es de un texto del médico Rojo Prieto publicado en prensa médica: ----33 RODRÍGUEZ RUBÍ y PACHECO, Á. ( 1882), «Educación e instrucción a que debe someterse la mujer para cumplir sus altos sinos sociales». Discurso doctrinal por ---. Discursos leídos en la sesión inaugural de la Sociedad Ginecológica Española el día 8 de diciembre de 1882. Madrid, Gómez de Fuentenebro, p. 34 Para un interesante debate ver BOCK, G. y THANE, P. (eds.) (1996) Maternidad y políticas de género: la mujer en los estados de bienestar europeos, 1880-1950, Madrid, Cátedra. «Si lo pretendido por la mujer fuese justo [ejercer una profesión], podríamos pasar por alto; pero es injusto a todas luces, y nosotros vamos a probar su imposibilidad, sin temer las iras que podríamos despertar, no sólo en las Emilias, Rosarios, y otras señoras, sino en esa pléyade de marimachos que se llaman yankeesas» 35. Desde el punto de vista de la situación comunicativa en la que está implicado este enunciado, es decir un artículo publicado por su autor médico en la prensa profesional, es decir su prensa, en la que se dirige a sus colegas, el tono, o más bien la salida de tono, el nerviosismo de este enunciado desmiente la estabilidad de la posición superior e intocable del enunciador y de su discurso. En este sentido he podido afirmar más arriba que las prácticas sociales y discursivas de las mujeres provocan y exacerban el discurso. La elección de los dos nombres propios, Emilias y Rosarios, que están en cursiva en el original, no es casual. Es claramente una alusión contextual a todas aquellas mujeres 36 que como Emilia Pardo Bazán o Rosario de Acuña defendieron con tesón e inconformismo la emancipación de las mujeres y amenazaron el orden social establecido. A pesar de la carga de obviedad significativa que pueda haber acumulado el enunciado la mujer para todos y todas nosotras se puede desentrañar su construcción histórica generizada en la entretela del discurso médico de finales del siglo XIX en España. Se puede decir que la explosión del discurso médico sobre la mujer a finales del siglo XIX fue ocasionada por la presencia insubordinada de las mujeres en la sociedad decimonónica española. El discurso emergente sobre la mujer fue el resultado de una intersección sociodiscursiva conflictiva. Su producción y configuración dependieron tanto del poder hegemónico de la institución médica como de las mujeres que lo confrontaron y lo resistieron. El triunfo discursivo de la-mujer como enunciado lingüístico condensó la naturalización de la posición social de las mujeres. Al amarrar solidamente el colapso entre sexo biológico y sexo social, la-mujer se convirtió en una categoría útil para la construcción patriarcal de las relaciones de género y por ello constituye una de las grandes herramientas de la lógica ----35 ROJO PRIETO, (1894), p. Enciclopedia biográfica, Barcelona, Planeta. de la dominación patriarcal. Sin embargo desentrañar su construcción generizada -es decir insertada en la lógica de unas relaciones asimétricas y de poder entre los sexos-muestra que no había ninguna coacción natural que forzara a las mujeres a asumir un determinado modelo de identidad. El análisis crítico del discurso, aplicado aquí en una dimensión histórica, muestra que la pervivencia de la categoría la mujer que aún atraviesa las ciencias contemporáneas es una manifestación del poder del discurso. Su fuerza reside precisamente en su capacidad de convencernos de que no es discurso. La resistencia de muchas ciencias a aceptar la novedad epistemológica del género no es más que una manifestación del poder del discurso para negar su carácter constructivo.
La Clorosis y la Neurastenia representan dos ejemplos históricos de disociaciones patológicas y de las dificultades que conlleva abordar su diagnóstico con los criterios de la mentalidad científiconatural. En el contexto de aquellas dificultades, el trabajo profundiza en la visión androcéntrica y el discurso ideológico con el que observaba la medicina española contemporánea a la naturaleza femenina y a las patologías de mujeres. Así mismo, a partir de las similitudes mostradas con los actuales síndromes del dolor y la fatiga, la investigación plantea la necesidad de revisar el abordaje clínico de éstas dolencias al intentar superar las limitaciones que ofrece el modelo biomédico. PALABRAS CLAVE: Clorosis; neurastenia, síndromes del dolor y la fatiga, categoría diagnósticas, disociaciones patológicas, género, medicina española contemporánea. El principio de objetividad que debe guiar el proceso diagnóstico de las enfermedades, ha llevado a la biología y a la medicina a aplicar el principio de la normalidad biológica con un reduccionismo que puede resultar operativo, pero que resulta epistemológicamente cuestionable 1. Desde finales del siglo XIX y durante todo el siglo XX, en el marco de la patología científico-natural, la idea de la realidad diagnosticada fue evolucionando hasta derivar en la visión de ésta como un desorden orgánico susceptible de ser objetivado, descrito y entendido según las pautas técnicas y mentales de la física y la química 2. La realidad del enfermar se vio reducida con demasiada frecuencia a un desorden orgánico general o localizado, por tanto, sólo un proceso sucesivamente patogenético, fisiopatológico y anatomopatológico 3, con los problemas que ello acarrea en el momento de abordar las llamadas disociaciones patológicas: hallazgos clínicos en pacientes asintomáticos, síndromes que pueden ser expresión de muy diversas entidades morbosas, o síntomas que no tienen necesariamente un correlato morfopatológico. Los casos históricos de la clorosis y la neurastenia femenina representan dos buenos ejemplos de disociaciones patológicas y de la problemática que mostraba la aplicación del esquema conceptual que acabamos de trazar. Con el presente trabajo, y en el contexto de las dificultades diagnósticas que mos-----1 BARONA, J. L. ( 2004), «Hacer ciencia de la salud: los diagnósticos y el conocimiento científico de las enfermedades». Historia y teoría, Barcelona,. 3 Olvidando, en muchas ocasiones, que en las observaciones clínicas hay que distinguir los datos relativos a la enfermedad («disease»), es decir, la objetivación morfológica, química, microbiológica y fisiopatológica del estado del organismo enfermo, pero hay que recoger, asimismo, lo que Laín denomina el huésped, es decir el enfermo mismo y su ambiente físico y social, además de los concernientes a la dolencia («illness») o conjunto de fenómenos clínicos, síntomas subjetivos y signos físicos que el médico percibe en su contacto inmediato con el paciente (LAÍN (1982), pp. 123-128). traban ambos síndromes, pretendemos analizar la visión androcéntrica 4 y el discurso ideológico con la que observaba la medicina española contemporánea a la naturaleza femenina y a las enfermedades que padecían las mujeres 5. Las fuentes consultadas incluyen aquellas monografías publicadas en España en los siglos XIX y XX que contenían en el título los términos clorosis y neurastenia. El período cronológico esta marcado por la aparición del primer texto dedicado a la primera de las patologías y por la publicación, en 1936, del trabajo que dedicó al mismo tema el doctor Gregorio Marañón, y que coincide con una reducción de los trabajos dedicados a la neurastenia, además de comportar el final de un período concreto de la cultura y la ciencia españolas con el estallido de la guerra civil. CLOROSIS: ¿LA ENFERMEDAD QUE NUNCA EXISTIÓ? En las décadas finales del siglo XIX, la Clorosis 6 era considerada una en-----4 Dichos presupuestos condicionaron muchos de los diagnósticos, y entre ellos, la Clorosis y la Neurastenia (WOOD, A. D. (1984), «Las enfermedades de moda. Trastornos femeninos y su tratamiento en la América del siglo XIX». Aspectos de la historia de la mujer, Barcelona, Ediciones del Serbal,. En la medicina decimonónica, la mujer era considerada un ser definido y limitado por sus órganos y funciones sexuales y un ser al borde de la enfermedad, tanto física como psíquica. Las dolencias estarían provocadas por las mismas funciones y aparato reproductor que las definen. La mujer estaría enferma en función de su propia naturaleza, de su propia razón de ser, la de la reproducción de la especie. Para los médicos decimonónicos, la feminidad sana se componía de auto-sacrificio y altruismo a nivel espiritual, y a nivel práctico de partos y de trabajo doméstico. Las afecciones femeninas se vinculaban a un funcionamiento incorrecto de los órganos sexuales. El estado más sano y «más santo» de la mujer era el de madre (MOSCUCCI, O. (1990), The Science of Woman, Gynaecology andGender in England, 1800-1929, Cambridge, Cambridge University Press, p. Para el caso español, la evolución de aquel discurso puede seguirse en el trabajo: ORTIZ, T. (1996)(1997), «El discurso médico sobre las mujeres en la España del primer tercio del siglo veinte». 5 Dicho discurso debe ser contextualizado en el proceso de medicalización que acompañó la emergencia de la medicina contemporánea, y que se vio reflejado en una progresiva inclusión de factores sociales y psicológicos en el discurso científico de la medicina y en la presencia creciente de la misma en el discurso social y ético (BERNABEU-MESTRE, J. ( 2006), «Medicina e ideología: reflexiones desde la historiografía médica española». En CAMPOS, R.; MONTIEL, L.; HUERTAS, R. (eds), Medicina, Ideología e Historia en España (siglos XVI-XXI), Madrid, CSIC, pp. 17-50. 6 Loudon distingue cuatro fases o etapas en la evolución de la clorosis. Antes de 1750 habría recibido el nombre de enfermedad de las vírgenes o fiebre amatoria, atribuyendo su fermedad crónica y de larga duración, propia y exclusiva de las jóvenes, apareciendo en general de los 14 a los 24 años, aunque se podía observar también en ciertas fases de la vida genital, como el embarazo o la menopausia 7. De evolución insidiosa, la sintomatología que acompañaba a las enfermas de Clorosis se caracterizaba por el color amarillo-verdoso de su piel, la decoloración de uñas y labios, y como indicaban los autores de la época, la «flojedad física y moral» 8. A la astenia y el cansancio al menor esfuerzo, se sumaban las cefalalgias, las palpitaciones y las sofocaciones, los dolores difusos, las neuralgias y las visceralgias, la amenorrea/dismenorrea, el aumento de la necesidad del sueño, la anorexia, y las alteraciones del tracto intestinal, entre otras manifestaciones 9. Durante muchas décadas existió una importante polémica acerca de la naturaleza discrásica (mala composición de la sangre o de los humores) o neurótica de la enfermedad 10. Quienes defendían la naturaleza discrásica, la definían como «una anemia globular esencial seguida de un hiperestesia generalizada» 11, y hacían servir la condición femenina de la dolencia como principal argumento 12: «la mujer es un ser bastante distinto del hombre, bajo ---origen al desorden provocado por un amor no correspondido. Entre 1750 y 1850 fue considerado un trastorno uterino o menstrual, subrayando la importancia de la amenorrea. Desde 1850 paso a ser considerada una anemia peculiar de las mujeres jóvenes (LOUDON, I. (1980), «Chlorosis, anaemia, and anorexia nervosa». Para un completo seguimiento de la evolución mostrada por el síndrome en el marco de la medicina científica occidental se puede consultar el trabajo de KING, H. ( 2004), The disease of virgins. Sobre las ideas que manejaba la medicina española de finales del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, acerca de la condición femenina, se puede consultar el trabajo de ARESTI, N. (2001): Médicos, donjuanes y mujeres modernas. Los ideales de feminidad y masculinidad en el primer tercio del siglo XX, Bilbao, Universidad del País Vasco (Historia contemporánea 23), pp. 17-68. cualquier concepto que se la considere, ya sea el moral, el intelectual, el orgánico, el de la salud y la enfermedad [...] muestra una mayor predisposición a la Clorosis por tener menos células hemáticas [...] la mujer es una flor que se marchita con pasmosa rapidez, cuando de ella se apodera la Clorosis». La enfermedad respondería a todas las causas que contribuyeran a empobrecer la sangre con una disminución de los glóbulos rojos: una alimentación inadecuada, una lactancia prolongada, etc. Los partidarios de la naturaleza neurótica de la Clorosis, la relacionaban con causas morales intensas y con la precocidad de las pasiones sexuales 13. Era considerada un signo del mito de la virginidad, que escondía «cosas respetables, como una moral severa, una continencia notable de los apetitos y un concepto elevado de la dignidad personal», pero que escondía también «una gran cantidad de deseos y de sentimientos reprimidos, de pasiones disimuladas, de prejuicios sobre el honor puramente decorativos pero de profunda fuerza social y biológica; e incluso de perversiones disfrazadas de inocencia». Se consideraba que semejante «artificio» estaba detrás del «componente psicógeno» de la Clorosis 14. Durante todo el siglo XIX, el capítulo dedicado a los estados de Clorosis había llegado a convertirse en uno de los más extensos de los libros de patología 15. Sin embargo, durante las primeras décadas del siglo XX, las Clorosis comenzaron a disminuir. En un primer momento se empezó a hablar de pseudoclorosis, pero con las mejoras diagnósticas «se fueron acoplando los casos de pseudoclorosis en diagnósticos más precisos; dentro de diferentes procesos, de los que el síndrome clorótico es una mera consecuencia» 16. Entre aquellos procesos, Marañón señalaba los de naturaleza infecciosa, principalmente la tuberculosis, las endocrinopatías relacionadas con insuficiencias ováricas y alteraciones tiroideas, las úlceras gastrointestinales, las anemias ---- sintomáticas a la alimentación deficiente o cualitativamente incorrecta, así como la endocarditis de origen reumático 17. Para Marañón la Clorosis primitiva no habría existido, y apuntaba, básicamente, dos razones: la constancia con la que se encontraba en todos los casos de Clorosis algunas de las etiologías indicadas, y la falta de razones científicas que permitiesen considerarla una entidad nosológica 18. Para nuestro autor, que se manejaba con una mentalidad propia de la patología científico-natural 19, la categoría de entidad nosológica requeriría cuatro condiciones mínimas 20: constancia y unidad en los síntomas, la presencia de una etiología que aunque desconocida en su esencia, mostrase una uniformidad clínica manifiesta, la existencia de una anatomía patológica concreta, y la disponibilidad de una terapéutica que permitiera curar el síndrome. En relación con la primera de las condiciones, la constancia y unidad de los síntomas, Marañón afirma que los síntomas cloróticos serían manifestaciones de todos los aparatos, sin sistematización alguna 21. Tampoco se apreciaba una etiología fija. Los motivos productores del síndrome eran variadísimos, circunstancia que explicaba la profusión de teorías etiológico-patogénicas que fueron surgiendo 22. Por lo que respecta a la alteración orgánica que pudiera servir de criterio para fijar la personalidad patológica de la Clorosis, la anemia con valor globular bajo, Marañón refutaba el argumento con estas palabras: «Pero esta anemia (casi siempre discreta y a veces negativa), con hipocromía de los hematíes, no responde, según los conocimientos actuales, a ninguna perturbación fija, específica, del sistema hematopoyético, sino que es una respuesta de éste, común a varias etiologías» 23. 23 MARAÑÓN (1936) A la luz de todas estas consideraciones, no tenía sentido seguir hablando de la Clorosis como una enfermedad propiamente dicha: «En adelante, debemos referirnos tan sólo a anemias sintomáticas de las mujeres adolescentes; o si se prefiere, cloroanemias sintomáticas de las mujeres jóvenes, para conservar un recuerdo terminológico de este gran capítulo de la Medicina clásica, que ya no tiene razón de subsistir»24. Las antiguas Clorosis verdaderas pasaron a adquirir la condición de síndromes secundarios 25. Junto a todas estas consideraciones sobre la naturaleza y la etiología del síndrome clorótico, autores como Marañón también se ocupan de valorar los factores asociados que presentaban las enfermas de clorosis, al señalar su relación con la sobreexplotación doméstica y laboral a la que estaban sometidas las mujeres, además de la influencia que jugaba su consideración social y sexual. Como recuerda dicho autor, la Clorosis clásica despertó una gran interés en la literatura sentimental típica del siglo XIX que «lloraba ante las injusticias sociales y no remediaba ninguna», al mismo tiempo que estaba «llena de descripciones de la muchacha pálida, cansada, encargada de cuidar dos o tres niños, no mucho más niños que ella, y obligada a trabajos forzados, con sueldo mísero y mesa irrisoria». Los médicos, «teníamos siempre llenas de estas víctimas (de Clorosis) las salas de nuestros Hospitales. Hoy, sin duda, la condición de la sirvienta ha mejorado y lo acusan inequívocamente nuestras estadísticas hospitalarias»26. Autores como Loudon 27 han llegado a distinguir entre la clorosis de la opulencia, en relación a casos de anorexia nerviosa relacionada con frustraciones sexuales, y la clorosis de la pobreza, en referencia a la enfermedad de las criadas que vivían y trabajaban en sótanos y locales faltos de luz, húmedos y poco ventilados, o trabajadoras que lo hacían en factorías que reunían condiciones similares. Uno de los hechos epidemiológicos mejor conocidos y comprobados de la clorosis clásica, era su mayor frecuencia entre las jóvenes proletarias (obreras de taller y, sobre todo, criadas de servir, cuyas condiciones de alimentación e higiene general eran «detestables»), pero también su ----presencia entre las muchachas ricas, a causa de la asociación que existía entre la clorosis y la virginidad, llegando a denominarla la «enfermedad santa» 28. En relación con la clorosis de la pobreza, el médico alicantino Evaristo Manero Molla al referirse a las condiciones de trabajo de las operarias de la Fábrica de Tabacos de Alicante, que aparecen recogidas en sus Estudios sobre la topografía médica de Alicante, monografía publicada en 1883, recordaba que «la mujer de la ciudad (de Alicante) tenía ocupación cuando la pobreza lo exigía, en la fábrica de tabacos». El propio Manero habla de 5.000 operarias, y en su opinión, «a la escasa y mal reglamentada alimentación que observaban de ordinario, y a la mala calidad de los alimentos que adquirían en la venta pública [...] había que añadir la índole del trabajo y las condiciones perniciosas del edificio que las reunía, estando, en palabras textuales, muy distantes de lo que la higiene preceptúa (hacinamiento tumultuario, posición sedentaria, el abstenerse o detener ciertos actos y necesidades animales, reunión de individuas de diferentes edades, etc.), para explicar las multitud de clorosis que presentaban aquellas mujeres y que se convertían en terreno abonado para la aparición de estados tisiógenos»29. Al mismo tiempo que se apuntaban las mejoras higiénicas y de las condiciones de vida para explicar la reducción y desaparición de la clorosis, también se destacaba el papel de otro tipo de factores, al destacar la influencia, como ya hemos indicado, de los cambios en la consideración social y sexual de las mujeres, y su influencia en la evolución de la cloroanemia 30: ----«[...] el que toda la enfermedad fuera puro artificio, nos enseña, además, la importancia del factor nervioso y aún la deliberada ficción en aquella famosa Clorosis, que hoy ha desaparecido [...] y nos explicamos por qué. La libertad de las costumbres es mayor y, en consecuencia, en contra de cuanto dicen los moralistas plañideros, la moral sexual es más pura. Una joven de hoy tiene el hábito de conocer de cerca a los hombres, de convivir con ellos en la noble actividad del trabajo o en las horas entusiastas del deporte. El hombre no es ya, para ella, un mito, al que hay que atraer por medios excepcionales. No hay que sentirse 'opilada' para poder hablarle ni para suscitar su amor. La Clorosis, pues, ha disminuido, así como los matrimonios apresurados a consecuencia de tratamientos a salta de mata, un buen día en que la aurora fresca y el retoño de la primavera, cloroformizan el honor de la virgen. El pecado sexual es siempre el mismo; pero el quitarle prestigio le hace, sin duda, menos peligroso». NEURASTENIA: UNA ENFERMEDAD DE LOS TIEMPOS MODERNOS Coincidiendo con la época de mayor impacto de la Clorosis, en las últimas décadas del siglo XIX, la Neurastenia se convirtió en una dolencia que alcanzó una gran prevalencia en los países occidentales 31. Para muchos autores se trataba de una auténtica pandemia o peste nerviosa 32, siendo calificada como la enfermedad del siglo 33 o la enfermedad de moda 34. Estaba considerada co----la mujer normalizaba su vida sexual a través del matrimonio (MARAÑÓN (1936) 1893), Contribución al estudio de la Neurastenia (Memoria reglamentada para optar al grado de doctor), Madrid, La Nacional, p. Este autor la califica como enfermedad de moda por considerar que el final del siglo XIX se caracterizaba por el despilfarro nervioso que había invadido gran parte de la humanidad: «Si mo una patología nueva, pues aunque se reconocía su antigüedad, «se habría vuelto más frecuente [...] con las modernas condiciones de vida [...] siendo la resultante del exceso de una mal entendida civilización» 35. El uso del término Neurastenia se generalizó a partir de 1880, momento en el que el norteamericano Beard describió una semiología típica de la enfermedad bajo dicha denominación 36. Para este autor 37, se trataba de una enfermedad funcional del cerebro consistente en un agotamiento ocasionado por un excesivo trabajo o tensión de tipo preferentemente intelectual. Como causas predisponentes consideró la dispepsia, las enfermedades cardiovasculares que conllevaban una mala nutrición cerebral, o los excesos sexuales, además de una cierta predisposición hereditaria y el clima. Beard consideraba a la Neurastenia una enfermedad típica del hombre americano de profesión preferentemente liberal y de edad comprendida entre los 16 y los 50 años 38. Hay que indicar, sin embargo, que la mayor frecuencia de la enfermedad entre el sexo masculino, fue puesta en duda por diversos autores. La falta de visibilidad de una mayor prevalencia femenina se justificaba con argumentos como los que exponía Díaz de la Quintana 39: «Fundo mi opinión en un hecho que todos los médicos conocen: el sexo femenino, de suyo delicado y paciente, por caprichoso e inexplicable contraste, sufre con mayor resignación las molestias todas; sobre todo tratándose de las afecciones nerviosas, la mujer logra resistirlas con mayores ánimos que el hombre [...] Por esto ---mis creencias son ciertas [...] la Neurastenia vendrá a ser el pregonero infausto de las modernas afecciones nerviosas. Todos somos neurasténicos en potencia, llevamos en nosotros mismos las predisposiciones nerviosas más temibles, y como la paja seca favorece el incendio, así una sola chispa, suelta al menor descuido, permite la descomunal hoguera que destruye en un instante la labor de muchos años». 35 BASSOLS I VILLA (1912), pp. 5-6. en la clínica acuden más hombres que mujeres neurasténicos; porque aquellos se ven sorprendidos por la afección y desde el primer momento se declaran cobardes para resistirla, mientras que las mujeres aguardan instantes supremos para solicitar los auxilios científicos; así, la mujer neurasténica sufre mucho tiempo en silencio su estado neuropático, y el hombre se contrae a remediarlo poco menos que inmediatamente.» La sintomatología que acompañaba los cuadros neurasténicos era muy variada y solía mostrar un curso insidioso 40. Entre los síntomas más comunes, los conocidos como «estigmas neurasténicos» 41, se señalaban los siguientes: astenia neuro-muscular, con fatiga al menor esfuerzo, la cefalea, la raquialgia, la dispepsia y los trastornos gastrointestinales, el insomnio y la depresión cerebral. Junto a ellos, se describían otros síntomas menos frecuentes, a la vez que diversos y variables, como temblores, taquicardia, palpitaciones, opresión, perdida parcial de la memoria 42, imposibilidad de fijar la atención y de trabajar, irresolución, irritabilidad, abulia, abatimiento, pensamientos tristes e hipocondríacos, obsesiones, preocupaciones, y fobias diversas. También solían presentar una sensibilidad idiosincrásica a la acción de ciertas sustancias medicamentosas o «el apagamiento de las funciones sexuales» 43. De acuerdo con los síntomas dominantes, se distinguían diversas formas clínicas: cerebral, espinal, gastro-intestinal, cardiaca y genital o sexual. En realidad la variabilidad clínica era tan grande que se conocía a la Neurastenia como la enfermedad aristocrática que no se privaba de nada 44. La condición de enfermedad que se manifestaba por fenómenos «casi exclusivamente subjetivos» y las consecuencias negativas que ello acarreaba (desde la identificación clínica a los problemas legales de reconocimiento de la enfermedad), aparecen abordadas en varios de los trabajos consultados, al mismo tiempo que se denuncia el trato injusto que recibían los neurasténicos, considerados en muchas ocasiones, como meros simuladores 45. El predominio de lo subjetivo, unido a la dificultad para objetivar posibles lesiones, y al desconocimiento de las causas, llevaba a muchos profesionales de la medicina a ---- Las dificultades diagnósticas acababan estigmatizando a unos enfermos que tenían para muchos clínicos la condición de auténticos rompecabezas 47. En el momento de explicar la etiopatogenia de la enfermedad, las opiniones expresadas por los autores españoles que hemos consultado ofrecen un abanico bastante amplio de posibilidades. Desde quienes defendían la hipótesis de la autointoxicación astenógena 48, hasta quienes, siguiendo a A. Mathieu 49, sostenían la imposibilidad de definir la Neurastenia por su principio patogénico y etiológico, por su lesión, o por su fisiología patológica, y se mostraban partidarios de la clínica como el principal elemento de definición 50. 47 JIMÉNEZ DE LA FLOR (1913), pp. 21-22: «En tesis general diremos que son neurasténicos todos esos enfermos aprensivos, preocupados, hipocondríacos, que duermen poco, que digieren mal, que son incapaces de atención sostenida, que tienen emotividad exagerada, que sufren llamaradas al rostro, que padecen jaquecas, palpitaciones, ahogos, que son irascibles, caprichosos, inconstantes y que no sólo marean al médico y a su propia familia, sino que la fama y el buen nombre del clínico nunca está segura con ellos». 48 GARCÍA RODRÍGUEZ, G. (1904), Consideraciones sobre la patogenia y etiología de la astenia simple. Tesis de doctorado, 16 de septiembre de 1886, Salamanca, Imp. y Encuadernaciones Salmanticenses, p. La autointoxicación era atribuida a un trastorno nutritivo desarrollado en la intimidad del metabolismo celular. Otro autor que sostiene la hipótesis de la autointoxicación es JIMÉNEZ DE LA FLOR (1913), pp. 8-9, quién además sostiene que se trataría de una degeneración progresiva (empobrecimiento orgánico), «siendo ella el primer peldaño de las enfermedades cuyo nombre genérico es vejez prematura». Como sostenía el propio MATHIEU (1892), pp. 193 y 222-223, destacando la importancia del diagnóstico por exclusión: «No teniendo la Neurastenia, hoy por hoy, y tal vez estando destinada a no tener jamás substratum anatómico o característica química, se halla limitada, por un lado, por el conjunto de síntomas que hacen de la misma un proceso clínico particular, y, por otro, por los síntomas que no le pertenecen y que sirven para caracterizar otros estados neuropáticos [...] lo único que se ha conseguido es haber distinguido la Neurastenia entre la masa de accidentes neuropáticos, se ha trazado un cuadro fiel de un estado morboso que se encuentra frecuentemente en clínica, se le ha reconocido una evolución propia y, por consiguiente un pronóstico particular [...] ¿No basta esto para declarar que los que han sacado este tipo morboso de entre el caos de las neuropatías han hecho una obra útil y meritoria?». Por su parte, OTS Y ESQUERDO, V. (1897), Patogenia, variedades y terapéutica de la Neurastenia, Madrid, Real Academia de Medicina (Memoria premiada en el concurso de En el ámbito de la medicina española contemporánea, la mayoría de los autores consideraban a la Neurastenia una neurosis con entidad propia, diferenciándola de otro tipo de histerismos 51. La novedad de la enfermedad era considerada por algunos la consecuencia del afán investigador de los clínicos que les llevaba a entresacar nuevas enfermedades de procesos englobados hasta entonces con una común denominación 52. Otros trabajos, por el contrario, sostenían que, como ocurría en otros contextos 53, era el exceso de trabajo mental que acompañaba al progreso lo que justificaba la creciente presencia de la Neurastenia 54. Incluso, en un discurso no exento de componentes xenófobos, se llegaba a justificar la mayor presencia de la enfermedad entre la raza blanca, por ser la que se dedicaba a los trabajos intelectuales: «los países cultos pueden padecer esta neurosis por poseer una potente historia civil; los salvajes no la sufren, por ser su historia solamente natural» 55. 44, la define como un trastorno funcional que no deja huella a su paso por el organismo, justificando así la ausencia de lesiones anatomopatológicas. Como señalan LÓPEZ PIÑERO, MORALES MESEGUER (1970), p. 83: «la compleja evolución que las doctrinas de las neurosis habían sufrido a lo largo del siglo XIX quedó reducido en la época contemporánea a dos afecciones de primera importancia: la histeria y la neurastenia». Para este autor «la casi totalidad de desarreglos nerviosos no filiados con claridad en uno de los grupos nosológicos hasta el momento conocidos, son clasificados por muchos clínicos como formas de Neurastenia». 4, en un discurso muy propio de la mentalidad científico-natural que presidía la medicina de finales del siglo XIX y principios del XX (LAÍN (1982), pp. 121-122), afirmaba lo siguiente: «En los tiempos antiguos el concepto clínico de esta afección (la Neurastenia) era tan conceptual como hipotético. En los tiempos actuales no es así porque dicha enfermedad tiene no sólo un sitio preciso dentro de los estados neuropáticos, sino concepto patogénico definido y tratamiento seguro en la mayoría de los casos. Y es que en la medicina moderna todo el goce de la seguridad quirúrgica ha pasado de lleno al campo médico o interno gracias a esa legión de inquisidores de la verdad (físicos, histólogos, químicos, analistas, anatómicos, etc.) que obrando como verdaderos endoscopios han exteriorizado la parte interna por decirlo así, y han dado carácter más preciso y más científico a la medicina actual». 54 SUÁREZ-FIGUEROA CAZEAUX, J. ( 1909), La Neurastenia y los trabajos mentales. Tesis de doctorado presentada en la Universidad Central de Madrid, el 16-11-1908, Tortosa, Imp. De Sucesores de L. Bernis, pp. 7-8, llega a afirmar lo siguiente: «[...] el hombre ignorante se hace culto; el obrero lee y oye; el obrero aprende y por eso se pone en condiciones para ser neurasténico [...] el hombre de hoy difiere del hombre de ayer que tenía una vida más vegetativa, el reposo nervioso es menor del necesario». Este autor, profundizaba en el discurso xenófobo (p. 10) cuando al intentar rebatir la hipótesis de la sobrexcitación sexual como causa Aunque se observaba en todas las clases sociales, para muchos autores su frecuencia era mayor entre la clase «rica o desahogada» y entre las profesiones con tensión cerebral. En el caso de las clases obreras la Neurastenia se atribuía al exceso de trabajo, a la miseria, a los vicios y al papel de la herencia 56. En buena parte de las obras analizadas se insiste en la necesidad de contemplar el factor multicausal, distinguiendo entre factores eficientes, principales o astenógenos y los llamados factores coadyuvantes. Entre los primeros destacaría el papel desempeñado por la fatiga o agotamiento del sistema nervioso y la falta o insuficiencia de reposo y de «reparación» 57. La Neurastenia como recogía más de un autor, sería el resultado de un conflicto entre el organismo y el medio, donde el estrés de la vida moderna («surmenage») y la fatiga moral multiplicarían la fatiga nerviosa 58. Al abordar el problema de la Neurastenia en las mujeres, se solían establecer ciertas diferenciaciones con respecto a la masculina y se le otorgaba una «forma clínica particular» 59 en la que predominaba la intensidad extre----de la Neurastenia, sostenía que dicha enfermedad estaba ausente en la raza negra cubana o en los tagalos y chinos filipinos, a pesar de su manifiesta actividad sexual: «Al contrario, es proverbial la voluptuosidad de los negros; bastarían sus labios abultados, de ancho y encendido festón mucoso, para entender su insaciable lujuria; nadie desconoce la asquerosa sexualidad de los chinos, ni se le ha ocultado el refinamiento genital de los tagalos». Este mismo autor (pp. 6-7), apunta la existencia entre los neurasténicos de una desmineralización del sistema nervioso (en magnesio, calcio,'sosa', y fósforo). En relación con la herencia, MARAÑÓN, G. (1950), Manual de diagnóstico etiológico, Madrid, Espasa-Calpe Marañón, pp. 684-685), distingue entre la Neurastenia constitucional y la adquirida. El supuesto hereditario de algunas Neurastenias, llevó a más de una autor a proponer como medida profiláctica evitar el matrimonio en este tipo de enfermos (OTS I ES-QUERDO (1897), p. En relación con la Neurastenia femenina y la problemática que conllevaba, se pueden consultar los trabajos de MARLAND, H. ( 2001), «Uterine Mischief: W.S. Playfair and his Neurasthenic Patients». Sobre el origen diferenciado que se otorgaba a la neurastenia femenina, puede servir de ilustración la metáfora utilizada por ROYO VILLANOVA (1910), «La neurastenia y los periódicos, extracto del libro del autor Esfigmogramas (Crónicas médicas)». 204): «La más preciada flor de aqueste [sic] valle, la de color más delicado, la de más suave aroma, la que no brotó del beso de un rayo de sol y de una gota de rocío, sino de la caricia de un destello de luna y una perla de llanto, esa es la neurastenia [...] que tiene su invernadero en el cerebro del hombre y su estufa en el corazón de la ma de la depresión cerebral y el agotamiento «nervo-motor». Las enfermas quedaban «literalmente sin fuerzas y sin alientos, incapaces de entregarse a sus ocupaciones habituales, de dirigir su casa, de leer, de hacer alguna fácil labor de aguja. No pueden andar y tienen dificultad para tenerse en pie [...] se ven obligadas a echarse en el sofá tendidas, en el cual pasan días enteros; algunas hasta permanecen todo el día en la cama [...] otras hay que en cuanto tratan de levantarse, se apodera de ellas el temblor, la angustia, los sudores, y la tendencia al desmayo; sienten ansiedad, horror a la bipedestación y a la marcha, así como otras presentan la agorafobia, la claustrofobia, o cualquier otra fobia» 60. Junto a las diferenciaciones clínicas, en el caso de la Neurastenia femenina también se establecían diferenciaciones etiológicas o causales. Siguiendo las doctrinas de Weir Mitchell, la Neurastenia de las mujeres tenía la consideración de estado psíquico particular, «una especie de autosugestión que, después de haber servido para constituir el estado morboso, se opone a su curación» 61. Con un discurso propio de la visión que tenía la medicina de finales del siglo XIX de la patología femenina, se llegó a considerar la Neurastenia como causa y no como efecto de los trastornos del aparato genital 62, por más que otros autores la relacionaran con mujeres que presentaban una lesión crónica del útero o de sus anejos 63: Por otra parte, y en relación a las diferenciaciones que se establecían entre los hombres y las mujeres en los diagnósticos de patologías nerviosas y su tratamiento puede resultar útil la consulta del trabajo: JIMÉNEZ LUCENA, I.; RUIZ SOMAVILLA, M.J. (1999), «La política de género y la psiquiatría española de principios del siglo XX». En BARRAL, M.J. et al (coord.), Interacciones ciencia y género. Discursos y prácticas científicas de mujeres, Barcelona, Icaria, pp. 185-206. En la obra EDMOND-VIDAL (1901), Tratamiento de la Neurastenia femenina por los extractos de ovario, Madrid, Imp. de Angel B.Velasco (versión española del doctor Calatraveño), p. 7, se describía de esta manera a la neurastenia femenina: «Enteramente distinta de la neurastenia del hombre, por su origen, sus formas y su evolución, la neurastenia femenina ofrece serias dificultades en la práctica diaria, no tan solo por lo difícil de su curación, sino que también por las pocas veces que podemos obtener el alivio de las pacientes.» 61 MATHIEU (1892), p. La Neurastenia femenina se solía asociar con frecuencia a mujeres que habían padecido «grandes disgustos, crueles tormentos, acerbas depresiones, fatiga física unida a una inquietud moral [...] se ha notado muchas veces en mujeres que han cuidado largo tiempo a un ser querido, sin reposo físico suficiente, agitadas constantemente entre la esperanza y el temor». «La neurastenia no es rara en mujeres afectas de una lesión crónica del útero o de sus anejos [...] la intensidad de las sensaciones penosas experimentadas por los enfermos nunca están en relación con la extensión y la gravedad de las lesiones útero-ováricas o peri-uterinas; hay un elemento anterior de nerviosismo que es imposible desconocer. [...] En la época de las reglas todo se exagera [...] las desgraciadas enfermas, en casos semejantes están sometidas a una doble tortura física y moral [...] las relaciones sexuales resultan dolorosas o imposibles; el temor de ser engañadas o de pasar a ser para sus maridos un objeto de fastidio, de cansancio, si no de aversión, se convierte en una preocupación continua». En aquel contexto, y en sintonía con el discurso médico que acerca de la patología femenina se fue generando en la medicina contemporánea64, se llegó a justificar la aplicación de terapias agresivas, como la ovariectomía y la castración65, a pesar de la falta de unanimidad en el momento de aceptar sus fundamentos científicos66. ----En el capítulo del tratamiento y la prevención de la Neurastenia, aunque se reconocía la inexistencia de una terapéutica eficaz, además del uso de gran número de medicamentos encaminados a tratar la variada sintomatología que presentaban los pacientes afectados de Neurastenia, muchos de ellos de dudosa eficacia, como los tónicos o reconstituyentes 67, y el recurso a todo tipo de alternativas terapéuticas 68, destacaban las recomendaciones de carácter higiénico-moral no exentas de cierto componente ideológico 69: «lo primero que hay que hacer con un asténico es tonificarle para que el rescoldo de fuerza nerviosa que aún quede al paciente, se vivifique y renazca [...] de ahí se deduce que el que vive en la orgía y en el libertinaje gasta en exceso la fuerza nerviosa y a la larga será un psicasténico». Para muchos autores la mejor profilaxis de una enfermedad, que como en el caso de la Neurastenia representaba una de las principales causas de la degeneración física de la raza, consistía en «cambiar las costumbres y la educación social» 70. Entre las medidas higiénicas y profilácticas se recomendaban el reposo combinado con un ejercicio moderado, alejar a los pacientes de actividades que comportasen una actividad intelectual importante, y enviar a los enfermos urbanos a «rusticar» 71. ---ticos con el aparato sexual femenino [...] Quizás contribuya a la realización de estas inoportunas operaciones, la condición especial de estas neurópatas. Ávidas de todo lo extraordinario, atraídas por las grandes emociones y seducidas por una verdadera curiosidad morbosa, han de impulsar ellas al cirujano la mayoría de veces a practicar la operación, que seguramente se realizará si no se opone con toda su energía a tales pretensiones patológicas» 67 BASSOLS I VILLA (1912), p. 13-14, señala que «entre las alternativas terapéuticas se ofrecían la hidroterapia, la electroterapia, la helioterapia, la cromoterapia, e incluso la radioterapia; sin olvidar la «masoterapia» o las recomendaciones y las curas alimenticias». Las obras consultadas tampoco dejaban de denunciar el fenómeno del charlatanismo tan presente en enfermedades crónicas y carentes de un tratamiento eficaz: «[...] la firme voluntad del médico se ha estrellado ante esta clase de enfermos que, cansados de seguir los sabios consejos impuestos por la ciencia, han recurrido a los más refinados charlatanes (terrible pesadilla nuestra)». Como recogía Laín Entralgo en su prólogo al texto sobre historia y teoría del diagnóstico médico 72, «el empeño de conocer el pasado lleva necesariamente consigo, implícita o explícita, la cuestión de su para qué». A lo largo del presente trabajo, además de abordar algunas de las doctrinas médicas que acerca de la patología femenina manejaba la medicina española de finales del siglo XIX y primeras décadas del siglo XX, a través de los ejemplos históricos de la Clorosis y la Neurastenia, hemos podido comprobar las limitaciones que encierran determinadas categorías diagnósticas, al contemplar sobre todo la dimensión biológica de los episodios de enfermedad, y no integrar adecuadamente el contexto sociocultural y vivencial de los pacientes. Los síndromes analizados, deben enmarcarse en el capítulo de lo que se conoce como disociaciones patológicas. Lo ocurrido con ambas patologías, nos recuerda la necesidad de tomar en consideración el carácter temporal de las doctrinas y los conocimientos médicos 73, la oportunidad de desarrollar hipótesis etiológicas multicausales, que asuman tanto los factores eficientes como los coadyuvantes, y la conveniencia de prestar atención a los determinantes que pueden estar incidiendo en su valoración, particularmente los factores culturales e ideológicos que aparecen asociados a su condición de patologías femeninas 74. Parece oportuno preguntarse en qué medida la formulación de categorías diagnósticas como la Clorosis y la Neurastenia en el pasado, o la Fibromialgia ----72 LAÍN (1982), pp. V-VI. 73 Sobre la necesidad de evitar planteamientos ahistóricos e incorporar la visión diacrónica en el momento de abordar problemas de salud emergentes como la clorosis o la neurastenia, pueden ser de utilidad las reflexiones que aporta ARRIZABALAGA, J. ( 2000), «Cultura e Historia de la Enfermedad». En PERDIGUERO, E.; COMELLES, J. M. (eds) Medicina y cultura. Estudios entre la antropología y la medicina, Barcelona, Edicions Bellaterra, pp. 71-81; ARRIZABALAGA, J. ( 2002), «Problematizando una diagnosis retrospectiva en la historia de la enfermedad». 74 Para una revisión crítica de los enfoques metodológicos manejados por las ciencias antropológicas y sociales y por las ciencias de la salud, y orientados en el sentido que estamos proponiendo, se puede consultar el trabajo MENÉNDEZ, E. (1998), «Estilos de vida, riesgos y construcción social. Conceptos similares y significados diferentes». Estudios sociológicos, enero-abril de 1998 (Hemeroteca virtual ANUIES. http://www.hemerodigital.unam.mx/ ANUIES). En el caso de las patologías de las mujeres, también puede resultar de interés el trabajo: VALLS, C. ( 2006), Mujeres invisibles, Barcelona, Nuevas Ediciones de Bolsillo. y el Síndrome de la Fatiga Crónica en la actualidad 75, no enmascaran, en el contexto del creciente proceso de medicalización que vive la población occidental desde el siglo XIX, una situación de sobreexplotación (trabajo doméstico y extradoméstico), de deficientes condiciones de vida y de salud, y de estigmatización, por su condición de mujeres, que padecían y padecen importantes sectores de la población 76. A la luz de todas estas consideraciones, de la evolución mostrada por la Clorosis y por la Neurastenia, y de las similitudes que muestran con los actuales síndromes del dolor y de la fatiga crónica, particularmente la Fibromialgia y el Síndrome de la Fatiga Crónica, se debería revisar el abordaje clínico de éstas últimas dolencias, intentando superar las limitaciones que ofrece el mo-----75 Se trata de dos padecimientos que han alcanzado una dimensión epidemiológica relevante, no sólo por su elevada prevalencia, morbilidad y el alto índice de frecuentación de recursos sanitarios que originan, sino por su carga de discapacidad a través de las repercusiones sociolaborales, familiares y personales que suelen acompañar a ambas dolencias (ESTRA-DA, M. D. ( 2001), Síndrome de Fatiga crònica. La Fibromialgia y el Síndrome de la Fatiga Crónica, son padecimientos tratados como tales desde hace muy pocos años (GARCÍA, F.J.; CUSCÓ, A.Ma; POCA, V. ( 2006), Abriendo camino. Principios básicos de Fibromialgia, Fatiga Crónica e Intolerancia Química Múltiple, Barcelona, Institut Ferran de Reumatologia). Desconocemos su etiología, aunque se sospecha que obedecen a un origen multifactorial. Lo que sí sabemos es que la mayoría de los afectados son mujeres; que se trata de dolencias crónicas y benignas; y que, si bien no son degenerativas, la calidad de vida de quien las sufre puede verse muy deteriorada. Los constantes dolores musculares y tendinosos, la fatiga crónica, las alteraciones del sueño, los problemas digestivos y los estados de ansiedad, entre otros síntomas, pueden llevar a la persona afectada a no sentirse capacitada para continuar con sus tareas cotidianas, pudiendo llegar a pedir la baja laboral por invalidez. Durante mucho tiempo estas personas han sufrido, no sólo los síntomas de la enfermedad, sino además que no se las tomara en serio porque no presentaban signos externos de dolencias y ningún examen biológico podía certificarlas como enfermedad (PROS CASAS, M. ( 2003), ¡Me duele todo¡ Fibromialgia, una enfermedad de los tiempos modernos, Barcelona, Océano/Ambar, pp. 11-12). Más de un autor (FERNÁNDEZ SOLÁ, J. (ed) (2003): Sobrevivir al cansancio. Una aproximación a la situación de fatiga crónica, Barcelona, Oxigen/ Viena, p. 178) las ha definido como «enfermedades sistémicas en busca de un marcador específico». 76 Para el caso de la clorosis hemos profundizado en estas consideraciones a través de una comunicación que fue presentada al simposio Well-being as a Social Gendered Process. delo biomédico o científico-natural, e incorporar los presupuestos propios de un modelo más integral, que como el bioantropológico, sea capaz de valorar de forma adecuada tanto los aspectos relacionados con la disease (la dimensión biológica y objetiva), como con la illness (la dimensión subjetiva) y la sickness (la dimensión social y cultural de la enfermedad)77.
A lo largo del primer tercio del siglo XX, y especialmente a partir de la década de los años veinte, se empezó a difundir en España un discurso sobre la higiene y seguridad en el trabajo que, aun sin rechazar el valor de la actuación sobre el medio ambiente fabril, hacía especial hincapié en la necesidad de tomar en cuenta lo que denominaban como «factor humano». Impulsado fundamentalmente por los incipientes médicos y psicólogos del trabajo, este discurso quedó enmarcado tanto en las corrientes de pensamiento biológico de la patología constitucional, como en las ideas económicas de la llamada Organización Científica del Trabajo, y planteó la necesidad de tomar en cuanta las características somáticas y psíquicas de las personas para llevar a cabo una distribución «racional» de las mismas en el mercado de trabajo. El artículo intenta poner de relieve cómo dicho discurso contenía elementos capaces de servir para la atribución de roles específicos dentro de la actividad laboral en función de los características biológicas y psicológicas de hombres y mujeres, facilitando a su vez de esta manera la legitimación de una distribución sexual del trabajo que contribuía a reforzar la organización social de género de la época. A finales del siglo XIX se desplegó una importante actividad legislativa encaminada a regular diversos aspectos relacionados con la siniestralidad laboral 1. En el caso de España, esta actuación normativa tuvo como uno de sus hitos iniciales la Ley de Accidentes del Trabajo de 30 de enero 1900 2. Con ella se ponía plenamente de manifiesto el interés del Estado por tratar de hacer frente a una cuestión que se estaba convirtiendo en un problema para la nación por sus repercusiones a nivel individual y, muy especialmente, colectivo 3. En efecto, este proceso normativo, que estuvo muy centrado desde el principio en el auxilio a la invalidez que provocaban los accidentes 4, no perseguía sólo combatir las penosas consecuencias que la siniestralidad laboral comportaba para los obreros y sus familias; esto es, mitigar el daño económico y humano que en ellos provocaba la muerte o la incapacidad a que daba lugar. Con ese conjunto de leyes se pretendía también hacer frente a las negativas repercusiones que los accidentes del trabajo ejercían sobre algo que se ----1 SOTO CARMONA, A. (1985), «La higiene, la seguridad y los accidentes del trabajo. 2 Su Reglamento es de 28 de julio de ese año. percibía como un elemento fundamental para la buena marcha de la nación: el mantenimiento de la producción. Y es que, desde finales del siglo XIX, la necesidad de potenciar la seguridad se relacionó con la idea de que, al disminuir los riesgos para la integridad física de los obreros, se estaría favoreciendo su capacidad productiva 5. De hecho, la noción de que resultaba conveniente mantener al obrero en buenas condiciones físicas y morales para hacerlo más productivo formaba parte del entramado ideológico del «paternalismo industrial», un programa de actuaciones que se proponía en ese período para conseguir un trabajador más capaz de cumplir con las tareas que de él se esperaban y en el que la Medicina tenía mucho que ofrecer 6. No obstante, a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX esta «disciplina industrial», este conjunto de técnicas destinado a atraer a la fábrica al trabajador y a adaptarlo a la actividad productiva 7, se estaba mostrando incapaz, al menos en la que se ha denominado como su variedad «patriarcal» 8, de cumplir satisfactoriamente con sus objetivos en el marco de las transformaciones estructurales del capitalismo que se vieron aceleradas en esos años 9. Nuevos sistemas se estaban ofreciendo como alternativa al paternalismo industrial y pronto iban a sustituirlo en América y Europa. Uno de ellos, que se dio en llamar «Organización Científica del Trabajo», comenzó a extenderse en España tras la Primera Guerra Mundial. Tras haber sido presentado inicialmente como un medio eficaz para mejorar la producción en el estricto plano de las empresas, fue siendo considerado posterior-----5 Ese era, por ejemplo, el punto de vista que sostenían los ingenieros. RODRÍGUEZ OCA-ÑA (1992), «Paz, trabajo, higiene. Los enunciados acerca de la Higiene Industrial en la España del siglo XIX». En HUERTAS, R.; CAMPOS, R. (eds.), Medicina social y clase obrera en España (siglos XIX y XX) (2 vols.), vol. 2, Madrid, Fundación de Investigaciones Marxistas, 383-406, p. Las propuestas de los higienistas españoles de las tres últimas décadas del siglo XIX habrían servido para alentar el paternalismo empresarial, según RODRÍGUEZ OCAÑA (1992), p. 8 Se ha distinguido entre una forma de paternalismo «patriarcal» y otra «liberal», que se caracterizarían respectivamente, entre otros rasgos, por el grado en que el funcionamiento de los aparatos institucionales promovidos por los patronos en torno a sus fábricas se decantaban hacia alguno de los dos principios activos que figuraban en él: la asistencia y la previsión. 9 Una descripción de esas transformaciones puede verse en SIERRA ÁLVAREZ (1990), pp.158-153. mente como portador de métodos susceptibles de ser aprovechados en la administración de la nación. Entre ellos, ocupaban un lugar destacado los que iban dirigidos al estudio y gestión del «factor humano». No debe extrañar, por tanto, que el abordaje de las cuestiones relacionadas con la salud y la enfermedad, como era el caso de la siniestralidad laboral, pasaran a ocupar un lugar destacado en el conjunto de medidas que la Organización Científica del Trabajo (OCT, en adelante) proponía para modernizar España. El presente trabajo tiene como objetivo mostrar los rasgos más sobresalientes de dicho programa y, más concretamente, aquellos aspectos del mismo que lo convirtieron en impulsor de ese discurso de género cuya presencia es posible discernir de manera conspicua en la producción científica y médica occidental 10. Para ello, trataré de mostrar, en primer lugar, los rasgos principales de la OCT. Posteriormente, me ocuparé de exponer la forma en que sus contenidos se pusieron en marcha en la España anterior a la Guerra Civil y alentaron la formación de un discurso que propiciaba la legitimación de una distribución sexual del trabajo. LA OCT Y EL ESTUDIO DEL «FACTOR HUMANO» El programa de la OCT perseguía, de acuerdo con «métodos rigurosamente científicos», la «disposición de los diferentes factores de la producción (...) que conducen al óptimo rendimiento» 11. Dado que el trabajador fue considerado desde el primer momento como uno de los elementos más importantes para determinar los resultados de la actividad laboral, se empezaron a desarrollar ya en el siglo XIX estudios científicos sobre el «motor humano» con vistas a resolver los problemas del trabajo mediante una perspectiva que se proclamaba neutral y objetiva. Como ha indicado Rabinbach, los expertos en fatiga, nutrición y fisiología sometieron el cuerpo a una detallada investigación en el laboratorio. De esta tarea surgió una nueva disciplina −la «Ciencia Europea del Trabajo» (CET, en adelante) 12 − que se convirtió en una herramienta intelectual que los reformadores utilizaron para ayudarse en la labor de mediación en los conflictos entre trabajadores y empresarios. Esto brindó, a quienes se presentaban como expertos en esa disciplina, la oportunidad para reclamar una creciente cooperación con el Estado en cuestiones tan relevantes como la duración de la jornada laboral, el día de descanso semanal, los accidentes del trabajo, el seguro de enfermedad, los métodos más adecuados de formación, y el papel de las mujeres en la fuerza de trabajo 13. Aunque en 1913 era posible encontrar informes oficiales que reconocían el significado de la CET para la política pública, los años que precedieron a la Primera Guerra Mundial supusieron para la misma un momento de crisis. En ese período las ideas de Frederick Winslow Taylor sobre la organización industrial se empezaban a difundir por Europa con un impacto considerable 14. El taylorismo presentaba indudables puntos de convergencia con la CET, lo que provocó que durante un tiempo rivalizaran entre sí. Los dos sistemas se presentaban como ciencias del trabajo y cada uno reivindicaba su capacidad para: analizar detalladamente las tareas del obrero y sus movimientos; mejorar la productividad y la eficiencia; y por último, trascender los intereses de clase y la ideología en beneficio de una organización económica racional y científica de la actividad laboral. Además, lo que es muy relevante de cara a los propósitos de este artículo, para ambos sistemas el cuerpo del trabajador era lo que constituía el centro de debate en el ámbito industrial. De este modo, como ha señalado Rabinbach, la racionalización de la producción se predicaba sobre la racionalización del cuerpo 15. La Primera Guerra Mundial puso de relieve la utilidad, tanto de la CET como del taylorismo, para incrementar la producción industrial de las nacio-----12 RABINBACH, A. (1992), The human motor. Ello sirvió, no sólo para facilitar la aceptación de las nuevas ideas que transmitían ambas disciplina sobre la organización de la actividad industrial 16, sino también, para acelerar la aproximación entre ellas. De hecho, la organización científica del trabajo de post-guerra fue una síntesis de ambos sistemas 17. En efecto, la guerra creó una «atmósfera propicia» que habría servido para abrir una nueva fase en el desarrollo de la disciplina. Esta etapa, que se denominó «de extensión», habría servido para propiciar esa unión entre «la psicofisiología y el taylorismo» que sería «el origen de la verdadera organización científica del trabajo» 18. El sistema que fue configurándose a partir de 1918 mostraba dos rasgos destacados: la voluntad de elevar sus aportaciones más allá de la economía privada de la fábrica, contribuyendo ahora a la organización económica a nivel nacional e incluso internacional; y el afán por incluir de forma relevante entre sus herramientas a la fisiología, la psicotecnia, los test de aptitud, y la orientación profesional 19. Mediante ellas, como veremos a continuación, la OCT se reveló como una disciplina cargada de un poderoso discurso de género que fomentaba una distribución de la actividad laboral en la que el sexo de los individuos constituía un factor relevante. SOBRE EL SEXO Y LAS APTITUDES DEL «FACTOR HUMANO» PARA EL TRABAJO España no se mantuvo ajena a esta tendencia que se ponía de manifiesto a nivel continental 20. Una importante expresión de ello lo iba a ser la forma en que el Instituto de Reeducación Profesional de Inválidos del Trabajo (IRPIT, en adelante), creado como consecuencia de la aplicación de la Ley de Acci----- dentes del Trabajo de 1922, planteó el modo de responder a los objetivos para los que fue creado21. Como veremos a continuación, su programa de actuaciones, no sólo incorporó buena parte de los postulados de la OCT, sino que, a través de ello, impulsó un discurso que servía para legitimar una distribución social del trabajo en la que el sexo de los ciudadanos representaba un factor fundamental. Al IRPIT le fueron encomendadas las tareas de readaptación funcional de aquellos obreros que la hubieran perdido a consecuencia de un accidente laboral, su reeducación profesional, y la tutela social de los mismos una vez que hubieran sido reeducados. De este modo, el IRPIT, y quienes en él desarrollaban su labor profesional, se veían inmersos en un programa que obligaba a integrar diversas disciplinas. Ingenieros, médicos, cirujanos, pedagogos y psicólogos, abrazaron los principios teóricos y las prácticas de la OCT para intentar responder satisfactoriamente a los objetivos del centro 22. Ello iba a servir, no sólo para impulsar la introducción de la OCT en España 23 o para estimular la constitución de algunas especialidades médicas −Medicina del Trabajo 24, ----Traumatología y Ortopedia25 − y disciplinas relacionadas con la Pedagogía −Formación profesional− y la Psicología -Psicotecnia y Orientación y Selección profesional26 −, sino que iba a facilitar también el desarrollo de un discurso que poseía elementos muy susceptibles de ser empleados como base para la legitimación de una distribución sexual del trabajo. En efecto, la labor de «reeducación profesional de los inválidos» que se desarrollaba en el Instituto implicaba, además del tratamiento médico encaminado a reconstruir los tejidos y órganos dañados para devolver al accidentado las funciones que hubiera podido perder, establecer qué nuevo oficio podría desempeñar el trabajador con una discapacidad, convencerle de la oportunidad de que lo aprendiera y enseñárselo27. Por ello, en 1923 se creó en el IRPIT una sección destinada a seleccionar a las personas más susceptibles de ser reeducadas y «a distribuirlas científicamente por los diversos talleres y lugares de trabajo» 28; esto es, a cultivar la orientación y la selección profesional. De este modo, en el IRPIT se iba a desarrollar una disciplina que era fuertemente fomentada desde la OCT 29 y que, como me interesa destacar por su relevancia para los fines de este artículo, intentaba discernir, a través del estudio de las características somáticas y psicológicas del «factor humano», la capacidad de los diferentes individuos para desarrollar un determinado traba-----jo. Esto iba a propiciar que, desde muy pronto, al amparo del IRPIT, se desarrollara un discurso que legitimaba una distribución de la actividad laboral en la que el sexo de las personas representaba un factor extraordinariamente relevante. Una prueba conspicua de ello la encontramos en un trabajo firmado por Mercedes Rodrigo (1891-1982) 30, una psicóloga del Instituto, en que se ocupaba de «la Orientación Profesional femenina» 31. Su autora aspiraba a que con él «debería quedar demostrado que la mujer pueda ambicionar ocupar puestos reservados hasta ahora únicamente a los hombres; que la inteligencia ----30 Graduada en la Escuela Superior de Maestras de Madrid, su ciudad natal, Mercedes Rodrigo se dedicó algunos años a la enseñanza en el Colegio Nacional de Sordomudos y Ciegos y Anormales y en el patronato Nacional de Anormales. Viajó por diferentes países europeos y, beneficiándose de una beca de la Junta para Ampliación de Estudios, recabó en el Instituto J.J. Rousseau de Ginebra en 1920, donde se especializó en Orientación Profesional. En él trabajó al lado de su director -E. Claparéde, considerado fundador de la Psicotecnia europea-, completando también su formación en Psicología colaborando con Piaget. Esto le sirvió para, de nuevo ya en España, integrarse en la Sección de Orientación Profesional del IRPIT, en el Instituto Médico-Pedagógico y, tras su creación en 1928, en el Instituto Psicotécnico de Madrid, que dirigió durante la Guerra Civil. Antes de finalizar ésta hubo de exiliarse y, tras una breve estancia en Suiza, se trasladó a Colombia. Como en España, también aquí desarrolló una importante labor pionera en la institucionalización y desarrollo de la Psicología, dirigiendo, tras su creación en 1947, el Instituto de Psicología Aplicada de la Universidad Nacional. Su labor en Colombia se vio truncada por la obligación de iniciar en 1950 un segundo exilio, ahora en Puerto Rico. Allí residiría hasta su muerte, trabajando como profesora de educación en la Universidad y ejerciendo, hasta 1972, la consulta psicológica en una clínica privada de San Juan y en una institución dedicada a ofrecer apoyo médico y psicológico a los veteranos norteamericanos de guerra. Sobre esta autora pueden verse: ARDILA, R. (1988), «Mercedes Rodrigo (1891-1982)», Revista Latinoamericana de Psicología, 20, 429-434; HERRERO, F. (1997), «La Escuela de Ginebra en la Psicología Aplicada Española: La figura de Mercedes Rodrigo», Revista de Historia de la Psicología, 18 (1-2), 139-150; HERRERO, F. (2003), Mercedes Rodrigo: una pionera de la Psicología Aplicada en España y Colombia, Tesis doctoral de la Universidad Complutense de Madrid, Servicio de Publicaciones. 31 RODRIGO, M. (1926a), «La Orientación Profesional Femenina», Memorias del Instituto de Reeducación Profesional de Inválidos del Trabajo, 3, 44-49, p. Este artículo reproduce la conferencia impartida por Rodrigo en el IV Congreso de Estudios Vascos (Vitoria, 1926), dedicado al tema de la «Orientación Profesional», publicada asimismo en: RODRIGO, M. (1927), «La Orientación Profesional Femenina». En IV Congreso de Estudios Vascos: recopilación de los trabajos de dicho Congreso, celebrado en Vitoria del 25 de julio al 1o de agosto de 1926 acerca de temas de orientación y enseñanzas profesionales, 147-150, Donostia-San Sebastián, Eusko Ikaskuntza. femenina no es inferior a la masculina; que el llamado sexo débil es capaz de afrontar situaciones difíciles y otra porción de cosas más, todas ellas favorables, claro está, a mis compañeras de sexo» 32. Como trataré de poner de relieve a continuación, Mercedes Rodrigo establecía en este artículo una serie de argumentos que podían resultar contraproducentes para defender estos planteamientos. Desde mi punto de vista, al recurrir a ellos, la autora ahondaba y daba legitimidad, desde la pretendida objetividad de la disciplina que cultivaba, al establecimiento de una distribución del trabajo en la que el sexo de las personas había de constituirse en referente fundamental. Desde el principio, Mercedes Rodrigo mostraba cómo el sexo constituía un factor relevante para llevar a cabo actuaciones encaminadas a intervenir de forma racional sobre la organización del mercado laboral. Para ella, la Orientación profesional podía hacerse de manera igual para los niños y las niñas sólo «hasta cierto punto». Según argumentaba, la razón de esta disparidad se debía a que, de los tres factores principales de toda orientación -el sujeto, la profesión y el mercado de trabajo-variaba «esencialmente el elemento sujeto». Esto le hacía sostener que las niñas «necesitan que les aconseje una mujer» 33. La autora potenciaba de este modo la existencia de diferencias entre los dos sexos 34, y lo remarcaba al indicar que, aunque «en la práctica de la orientación es posible admitir una orientadora para los muchachos», no sería «nunca» adecuado «un hombre para las niñas» debido a que se darían «muchas situaciones» en las que se plantearían «cuestiones de salud, de moral, o de asuntos familiares que son mucho más fáciles de tratar entre mujeres y que a veces crean situaciones que sólo una mujer puede comprender» 35. ----32 Este planteamiento sugiere que Rodrigo no era ajena al impulso que, sobre todo desde 1918, había adquirido en España el movimiento de las mujeres por la mejora de sus derechos sociales. FAGOAGA, C. (1985), La voz y el voto de las mujeres. Subrayado en el original. 34 Esta posición ha sido indicada como una característica de las ideas progresistas sobre la educación de las niñas. La «reorientación del discurso de la desigualdad de las capacidades de los sexos, hacia otro más políticamente correcto de la diferencia entre los sexos», que se habría estimulado por higienistas y krausistas que sin embargo no cuestionaban el «estereotipo de `ángel del hogar` dominante, habría ayudado a «cristalizar el discurso dominante sobre las mujeres que siguió presionando para el inmovilismo en la construcción de la identidad femenina». FERNÁNDEZ VALENCIA, A. (2006), «La educación de las niñas: ideas, proyectos y realidades». Ante la posibilidad de que esta última frase pudiera «herir la susceptibilidad masculina», la psicóloga del IRPIT expresaba su rechazo hacia «la idea de la superioridad de un sexo sobre otro» y manifestaba no compartir el punto de vista de «varias defensoras del movimiento feminista» que, «queriendo proteger su sexo contra juicios desfavorables», no encontrarían «nada más oportuno que reclamar para él todas las propiedades específicamente masculinas, incluso la dureza y el egoísmo» 36. De este modo, su categórica manifestación de que «los hombres y las mujeres son diferentes, es cierto», representaba un impulso para quienes estuvieran interesados en sostener una distribución de roles sociales basada en el sexo. Además, su intento de matizar esa afirmación con frases como que esas diferencias «no tienen que ser de valor, de cantidad», o que no se referirían «a un hombre o una mujer tomados individualmente, sino al tipo término medio», quedaban apagadas en medio de un escrito en el que, como veremos a continuación, se legitimaban esas diferencias y se tomaban como base para construir un discurso sobre la conveniencia de establecer, a través de la orientación profesional, «la manera de vivir y la ruta a seguir por la vida» de las mujeres 37. En efecto, la autora que estamos siguiendo consideraba fundamental, para orientar a las niñas en su vida profesional, tener en cuenta la «enorme emotividad de las mujeres»; algo que según exponía representaba «un punto de la psicología sexual reconocido unánimemente» 38. Del mismo modo, y siguiendo ahora a Lombroso, afirmaba que «la inferioridad general de la mujer a la sensibilidad, a las excitaciones y a la sensibilidad diferencial», llevaban a la conclusión de que no sería oportu-----36 RODRIGO (1926a), p. Creo que este planteamiento permite ubicar a Rodrigo en la posición teórica del feminismo que se ha dado en llamar «corriente dualista o relacional» y que fue la que prevaleció en España. Aunque ambas se oponían a la percepción social acerca de la inferioridad de las mujeres, la «corriente igualitaria» o «individualista» defendería la autonomía y se referiría a la persona con independencia del sexo o del género, mientras la «dualista» argüiría «la importancia de la facultad maternal de la mujer, facultad que no sólo tiene sus manifestaciones en el ámbito físico, sino en el psíquico y social». Mercedes Rodrigo se ubica así en un discurso científico sobre las mujeres que, como ha puesto de relieve Teresa Ortiz, había abandonado desde el inicio del siglo XX, especialmente en Medicina, un concepto basado en la inferioridad de las mismas con respecto al hombre para sustituirlo por otro cimentado en la diferencia. ORTIZ, T. (1993), «El discurso médico sobre las mujeres en la España del primer tercio del siglo XX». En LÓPEZ BELTRÁN, M.T. (ed.), Las mujeres en Andalucía. no emplear a las mujeres «en los trabajos en que es preciso distinguir diferencias muy pequeñas», como serían «la degustación de vinos, o de té, la afinación de pianos, etc.» 39. Mercedes Rodrigo establecía así un modo de aproximación para determinar las actitudes de los individuos para el trabajo en el que las diferencias en la constitución biológica y psicológica de los seres humanos se situaban en un lugar más que relevante 40. No obstante, para ella, además de razones «de orden físico» y de orden «moral», había que tener también en cuenta factores de carácter «social» para llevar adelante la orientación profesional de las mujeres. La forma en que ponía de manifiesto la manera en que esos elementos debían ser objeto de atención en relación con la distribución de las tareas a desarrollar por hombres y mujeres limitaba así el alcance de su trabajo para romper con la tradicional distribución de roles. Es cierto que hablar de diferencia, en vez de inferioridad, a la hora de comparar al hombre y a la mujeres, propiciaba, como ha expresado Teresa Ortiz, una definición «biológica» de la mujer más compleja que facilitaba el reconocimiento de la diversidad de las mujeres y con ello «la posibilidad de salirse de un determinado rol comenzaba a reconocerse» 41, pero también lo es que el tipo de discurso que sostenía Mercedes Rodrigo contribuía a legitimar como algo natural una determinada función social para la mujer. En efecto, según exponía, «En realidad toda mujer debería prepararse para dos profesiones: una que podríamos llamar del hogar para realizar conscientemente los deberes que impone la vida de familia y otra buscarla, de acuerdo con sus aptitudes en inclinaciones para el caso de que se quede solo para afrontar la vida, bien sea de soltera o de viuda. No negamos que la carrera normal de la mujer es el matrimonio y la maternidad. ¿Pero pueden o quieren seguirla todas? Convendrán conmigo en que no. Además, encuentran ustedes moral el que una muchacha pase toda su juventud sin otra ocupación que la caza del marido? ¿Y si no llegan a encontrar su media naranja?» 42 Mercedes Rodrigo daba así por sentado que el destino «normal» de la mujer era el de ser esposa, madre y guardiana del hogar conyugal. 46 40 Teresa Ortiz ha destacado cómo esta nueva forma de contemplar a la mujer desde sus diferencias con respecto al hombre permitía «resolver las contradicciones del discurso social del momento, con numerosas mujeres participando en la esfera pública (...), ponía cotidianamente de manifiesto». ción profesional femenina tenía una función de enfocar a las mujeres hacia la ocupación que mejor se adecuara a sus características corporales y psicológicas, pero esa misión tenía un alcance restringido ya que se aplicaba sólo a la etapa en que la mujer no había alcanzado el matrimonio o en caso de que permaneciera soltera o quedara viuda. El hogar era el lugar en el que la mujer desempeñaría «su papel esencial» para el conjunto social, y Rodrigo se encargaba de dejar explícitamente claro que la disciplina que cultivaba no debía ser contemplada como una amenaza para algo que era presentado como un principio de organización de la sociedad. Según lo expresaba, «la Orientación profesional femenina no [−pretendía−] desnaturalizar la función de la mujer» 43, y esta función no sería otra, como estamos viendo, que la de ama de casa 44. De este modo, el discurso que se estaba desarrollando desde el IRPIT se mostraba limitado para acabar de transformar el modelo vigente en ese momento de distribución de roles sociales. El enfoque que se estaba desarrollando en él para aplicar los principios que se propugnaban desde la OCT contribuía a potenciar y consolidar la idea de la diferencia entre hombres y mujeres y, a través de ello, a fortalecer una distribución del trabajo en la que el sexo representaba, al asumir que el destino natural de la mujer estaba en el hogar, un punto de referencia fundamental. Pero es que, además, cuando se trataba de plantear, desde las enseñanzas de la Orientación profesional, cuáles debían de ser las carreras o profesiones más recomendables para la mujer, la disciplina contribuía a enfatizar las diferencias entre ambos sexos. Las palabras de Rodrigo eran, en este sentido, significativas. 44 Rodrigo parece instalarse así en línea con la posición que se ha designado como «el segundo paso en la evolución ideológica» sobre el tema de la actividad laboral femenina, que estaría ubicada entre la de oposición absoluta a la misma y la del «régimen de igualdad» al que se aspiraba. Según Capel, dicha posición, que desde mi punto de vista Rodrigo contribuía a fortalecer con su trabajo, no suponía «una amenaza económica ni sicológica al sistema establecido» por varias razones. La primera sería que sostenía que la participación de la mujer en las tareas productivas es considerada complementaria o sustitutiva de la masculina. El matrimonio era contemplado como la mejor manera de asegurarse el futuro, pero consideraba que la mujer debía adquirir la formación necesaria para ganarse su sustento en caso de quedar soltera o enviudar. La segunda era que la esfera profesional femenina debía venir determinada por el principio de «secundum naturam»; esto es, de acuerdo con las aptitudes individuales, pero sin romper «esta norma general que deja fuera de la gama de opciones todos aquellos puestos para los cuales carece de capacidad, la tiene muy limitada o resultan lesivos a la maternidad». Instituto de la mujer, p.54. «Existen muy diversas opiniones. Hay quien cree que puede hacerlo todo y hay quien cree no puede hacer nada. En el terreno de las posibilidades puede decirse que actualmente toda profesión masculina es accesible a la mujer, pero no debe perderse de vista la conveniencia de que a pesar de la posibilidad teórica de ejercer cualquier posición, le conviene en interés propio y de la Sociedad, limitarse a algunas de ellas solamente, principalmente a aquellas en que, no sólo puede igualar al hombre, sino sobrepujarle» 45. La propuesta de organización del trabajo que se planteaba, en beneficio de cada mujer y de la sociedad en su conjunto, hacía por tanto hincapié en la idea de la diferencia, en el postulado de que cada uno de los sexos estaría más dotado para unas actividades que para otras. La consecuencia era que se podía establecer un catálogo de ocupaciones más adecuadas para la mujer −las que exigieran «actividad, intuición, pasión, rapidez de decisión, paciencia» y aquellas «relacionadas con la «emotividad y en las que se trate de hacer algo concreto»−, y otras que sería más conveniente reservar a los hombres −las que tuvieran relación con «lo abstracto y especulativo» y las que precisaran «reflexión, iniciativa» y se alejaran «de un objeto vivo y emotivo» 46 −. Tomando esto como base, la recomendación concreta para las mujeres a la hora de orientarlas hacia una tarea laboral era que eligieran «en primer lugar todas las profesiones relacionadas con los trabajos propios del hogar, cuidado de niños, incluso los trabajos agrícolas», el «cultivo de flores», el trabajo en hoteles, «las industrias del vestido» y las «carreras administrativas». Entre «las carreras liberales, las «preferibles para la mujer» serían aquellas que las ponía «en relación con la vida concreta y emotiva», entre las que se encontrarían: «la enseñanza, porque en ella puede dar rienda suelta a su instinto maternal estando rodeada de seres indefensos, que constantemente necesitan sus cuidados; la medicina, que le permite encontrar el medio de procurar alegrías, de aliviar dolores, de aumentar la vida alrededor de ella; las carreras sociales, como directora de hogar para huérfanos, inspectora de trabajo, enfermera, etc., que exigen tanta penetración y comprensión, al mismo tiempo que una gran ternura; la música, la pintura, la literatura, y tantas otras» 47 Este catálogo de ocupaciones que serían más adecuadas para la mujer coincidía con el que se elaboró a través de las aportaciones que fueron realizadas en el primer Congreso de Orientación Profesional Femenina, celebrado en ----45 RODRIGO, (1926a), p. Burdeos con una presencia «en aplastante mayoría femenina» en septiembre de 1926 48. La propia Mercedes Rodrigo informaba sobre el desarrollo del mismo y exponía cómo las carreras agrícolas, el servicio doméstico y las ocupaciones en los hoteles, en concreto las tareas de oficina, domésticas y vigilancia y administración interior, resultaban, como «las carreras de enseñanza», las «literarias» y las «sociales» (delegadas de protección de la infancia, empleadas de administración de la beneficencia, visitadoras sociales, inspección del trabajo o bibliotecarias), las más adecuadas para la mujer. Respecto a los «oficios manuales, de oficinas, comerciales y de arte aplicado» el Congreso pondría de manifiesto que los mejores para ellas «son los que más respetan su naturaleza, ya sea porque las condiciones en que se ejecutan, la permiten llenar su misión en la familia, o porque sus exigencias están de acuerdo con las tendencias esencialmente femeninas. Deberán, pues, escoger las profesiones que respondan mejor a las exigencias del 'temperamento femenino', en el que predomina la emotividad, el ingenio, la intuición; temperamento en el que la inteligencia aparece muy clara en los detalles pero que se mueve difícilmente en las ideas generales» 49 De acuerdo con ello, la directora del Centro Femenino de Orientación Profesional de Burdeos habría clasificado en cuatro grupos los oficios manuales «propiamente femeninos: industrias del vestido, decoración del hogar, industria del libro y sus anejos y metalurgia y mecánica (especialmente relojería y fabricación de prótesis dentarias)» 50. El discurso que estamos examinando contribuía así a reafirmar la vieja idea de que la mujer tendría unas características corporales y psicológicas que condicionaban la eficacia con la que podían desarrollar su actividad laboral en determinadas ocupaciones. No obstante, conviene también poner de manifiesto que, como se puede deducir del propio trabajo de Mercedes Rodrigo que hemos comentado arriba, existía otro elemento que, aunque se planteaba como dependiente también de la propia constitución femenina, tenía que ver más estrictamente con lo que se consideraba que representaba su función social por excelencia: la maternidad, el cuidado de los niños y la gestión del hogar conyugal. En efecto, según se había puesto de relieve en el Congreso, ---- la persona encargada de realizar la Orientación social femenina se encontraría «en presencia de dos hechos al parecer incompatibles»: primero, «la necesidad de orientar a las muchachas teniendo en cuenta sus capacidades, sus gustos, su temperamento, con objeto de aumentar el rendimiento»; y segundo, «la necesidad de hacer de todas las mujeres, sea cual sea su competencia, buenas amas de casa» 51. De este modo, la necesidad de tener en cuenta que la mujer estaría destinada a desempeñar ineludiblemente esta última tarea les llevaba por ejemplo a especificar cuáles serían, entre «las carreras de la higiene y de la medicina» las más apropiadas para ella. En ese sentido, las «carreras médicas propiamente dichas», como serían los «estudios médicos», la «práctica de la carrera de medicina, cirugía, especialidades» y la «dirección de sanatorios», no serían recomendables para la mujer, ya que sería «indispensable» para ejercerlas «tener muy buena salud, dominio de sí misma, discreción, tacto y prudencia. La práctica de la medicina tiene más inconvenientes que ventajas para la mujer, por ser profesión fatigosa, que exige en ocasiones salir sola durante la noche y penetrar en todos los medios. Además, de no limitar su actividad a la consulta en su propio domicilio, la profesión médica es absolutamente incompatible con una actividad maternal normal y resulta demasiado absorbente y fatigosa para que pueda al mismo tiempo ocuparse la mujer de su hogar y el cuidado de sus hijos» 52 De este modo, como indicamos arriba 53, los planteamientos de Mercedes Rodrigo se mostraban muy acordes con las teorías que caracterizaban eso que se ha denominado como «el segundo paso en la evolución ideológica» sobre el tema de la actividad laboral femenina, y que defendía el derecho de la mujer al trabajo socialmente productivo «siempre que se llevase a cabo en determinadas circunstancias -ausencia del esposo-dentro de unos límites -los impuestos por su `naturaleza'-y controladas sus posibles consecuencias emancipadoras» 54. Sus puntos de vista contribuían a dar aliento a esta posición, pero facilitaban poco la aceptación y difusión de otra postura, «defensora de una igualdad legal y real de ambos sexos en los distintos aspectos de su actividad productiva», que también se hallaba presente en la España anterior a 1930 55. 55 CAPEL (1986), pp. 55-56 ha señalado que esta posición, mantenida por las ideologías revolucionarias, tuvo una escasa difusión, y atribuye ésta a «las vicisitudes por las cuales pasa que Rodrigo se hallaba en dificultades para dar ese salto cualitativo que suponía romper con determinados prejuicios sobre las capacidades de la mujer en relación con la actividad laboral no sólo por los condicionantes sociales del momento, sino por el peso que sobre ella ejercían las ideas al respecto que, arropadas con el palio de la Ciencia, estaba generando el discurso de la OCT en que se había formado y que ella contribuía a difundir y desarrollar. Aunque este artículo de Mercedes Rodrigo que acabamos de examinar es el único que hemos encontrado en que de manera monográfica se trata el tema de la orientación profesional de la mujer entre los producidos por quienes cultivaban la OCT en España, es posible encontrar datos en algunas otras de las aportaciones teóricas y de las actividades prácticas de quienes cultivaban la disciplina para avalar cómo desde esas posiciones se defendía una distribución social del trabajo en la que el sexo había de ser considerado como un parámetro de primer orden. UNA NUEVA TECNOLOGÍA PARA LA DISTRIBUCIÓN «RACIONAL» DE LOS TRABA-JADORES Como estamos viendo, la creciente, y ya cuantitativamente relevante, contribución de la mujer al trabajo remunerado 56, se pretendía someter a la acción de ese tamiz que representaba la Orientación profesional. Desde esta disciplina se mantenía un discurso respecto a la incorporación de las mujeres al mercado laboral en el que sus características corporales y psicológicas, y la idea de que su «carrera normal» era el matrimonio y la maternidad, representaban elementos fundamentales a tener en cuenta de cara a llevar a cabo una distribución adecuada y rentable del mercado laboral asalariado. La Medicina y la Psicología encontraban así, a través de la Orientación profesional, un fértil campo de trabajo para desarrollarse. No debe extrañar ---su historia en la España anterior a 1930, unidas al limitado potencial numérico de obreras industriales y al conservadurismo que impregna por igual a todas las capas sociales», que habrían amortiguado «su eco limitándolo a ciertos sectores laborales incapaces de generar un movimiento más amplio a favor de los ideales igualitarios que, por otra parte, sólo son expuestos de forma esporádica en algunos artículos» 56 Mercedes Rodrigo estimaba que la mujer se vería «cada día más inclinada» al trabajo profesional, «no por motivos de emancipación, como se cree con demasiada frecuencia, sino a causa de la carestía de la vida, del incesante desarrollo de la vida económica e intelectual, que ha hecho absolutamente necesario el concurso de la mujer en la industria, en los oficios, en los comercios y en otras manifestaciones de la vida». 49. que, quienes trataban de legitimar la nueva disciplina, y de mostrar su relevancia para la buena marcha de la sociedad, se afanaran en hacer hincapié en las diferentes características psíquicas y somáticas de los individuos aunque ello pasara por reproducir y justificar, eso sí, rodeándolo de la deslumbrante aureola de la Ciencia, la tradicional distribución de roles entre hombres y mujeres. En línea con los objetivos de la OCT de racionalización de la actividad laboral se imponía ubicar a cada individuo en el lugar de trabajo que mejor correspondiera a sus características psíquicas y somáticas, no sólo para hacerlo más productivo, sino más feliz. Interés social e interés individual justificaban que la Orientación profesional se desarrollara y que el Estado hiciera un esfuerzo por impulsar su institucionalización. Como se ponía de relieve en un congreso dedicado a esa disciplina en 1926 en Vitoria, el concurso de la misma se hacía necesario «al conjuro de tantos accidentes del trabajo, carreras fracasadas y crisis de producción» 57. Como veremos a continuación esa era la línea en la que se estaba trabajando ya en el IRPIT y que estaba sirviendo para poner a punto una tecnología médico-psicológica de la que, como acabamos de ver, se derivaba una distribución sexual de la actividad laboral 58. Desde el principio estuvo claro que el IRPIT había sido concebido para cubrir una función que iba más allá de la de capacitar a las víctimas de los accidentes del trabajo para reintegrarse en la actividad laboral. Como comentaba uno de los miembros del Patronato que habría de regir su creación, entre las razones que habían servido para justificar su implantación habrían figurado también: evitar la caridad, disminuir el «quebranto» que producirían en la base de la riqueza pública los accidentes del trabajo, y acortar los períodos de invalidez 59. De este modo, el programa de actuaciones que se planteaban desde el Instituto pretendía también racionalizar la vida económica de la nación y contribuir a mejorar la organización del trabajo en España. En ese sentido, la ----57 «Informaciones. Concurso de Orientación profesional en Vitoria», (1926), Memorias del Instituto de Reeducación Profesional de Inválidos del Trabajo, 3, 104. 58 Utilizo tecnología médico-psicológica en el sentido en que el concepto de tecnología médica ha visto redimensionado su significado desde la última década del pasado siglo. Frente a la simple alusión a las «máquinas», se ha ido incluyendo todo aquello que se diseña para entender, prevenir, diagnosticar y tratar la enfermedad y los desórdenes físicos y corporales. 4; MENÉNDEZ, A.; MEDINA, R. (2004), «Tecnologías médicas en el mundo contemporáneo: una visión histórica desde las periferias. De hecho, se hizo un esfuerzo importante desde él con vistas a alcanzarlo 61. Se recurrió para ello a los medios que la OCT proponía, y de forma destacada a la orientación y la selección profesionales 62. La tecnología médico-psicológica preventiva que se impulsó desde el Instituto para combatir la siniestralidad laboral partía de la búsqueda de una fórmula que fuera capaz de «reducir el número de accidentes sin disminuir la producción» 63, y que contara con el apoyo de patronos y trabajadores. La propuesta que realizaron tenía como ingrediente fundamental su insistencia en poner de relieve los factores dependientes del trabajador en la etiología del accidente. Se trataba de destacar la responsabilidad del obrero en su producción, de pasar a primer plano la «culpabilidad consciente o inconsciente» del que «provoca el accidente» 64, y de situar los factores dependientes de las malas condiciones del medio laboral en un lugar secundario. Dado que, según defendían, «las condiciones psico-fisiológicas de los individuos son las que deciden principalmente la suerte del trabajador ante los peligros del traba-----60 Según se ponía de relieve en esa época, la prevención de la siniestralidad laboral debía interesar «a los patronos», al ocasionar «un gasto en la producción» y representar «una carga por su coste y por las horas perdidas de trabajo»; pero, asimismo, habría de interesar a los obreros por servir a «la conservación de su salud» y a combatir «la merma» que producirían los accidentes en sus ingresos. DE ANDRÉS BUENO, V. (1934): La prevención de los accidentes del trabajo, Valladolid, Cuesta, p. 61 Me he ocupado del modelo desarrollado en el IRPIT para la prevención de la siniestralidad laboral en: MARTÍNEZ-PÉREZ, J. (1994), «La Organización Científica del Trabajo y las estrategias médicas de seguridad laboral en España (1922-1936)», Dynamis, 14, 131-158; y (2001), «Medicina del Trabajo y prevención de la siniestralidad laboral en España (1922-1936)», en ATENZA, J.; MARTÍNEZ-PÉREZ, J. (eds.), El Centro Secundario de Higiene Rural de Talavera de la Reina y la Sanidad Española de su tiempo, Toledo, Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, 235-257. 62 Mallart, por ejemplo, afirmaba que entre las medidas destinadas a evitar los accidentes debían figurar: «desviar de las ocupaciones de peligro a los que por sus dolencias son candidatos al accidente (Orientación profesional médica)», y «colocar a cada individuo en el trabajo que esté más adecuado con sus aptitudes naturales y con sus defectos (Orientación profesional fisiológica y psicotécnica, selección profesional)». MALLART, J. (1926) «Orientación profesional y prevención de accidentes del trabajo», Memorias del Instituto de Reeducación Profesional de Inválidos del Trabajo, 3, 50-61, p. jo» 65, la intervención sobre el «factor humano» se convertía así en el objetivo prioritario que se proponía desde el IRPIT para combatir la siniestralidad laboral. Mercedes Rodrigo sostenía que «la mayor parte de las personas» que habían estudiado el problema de la prevención de los accidentes del trabajo estarían «de acuerdo en conceder enorme importancia al factor constitucional y reconocer la necesidad absoluta de estudiar la personalidad del obrero si se quiere obtener resultados eficaces» a ese respecto; y añadía que «el exacto conocimiento del individuo puede explicar la razón por la cual se produce la causa violenta origen del accidente» 66. De este modo, como indicaba otro de los psicopedagogos del centro, «Las aptitudes naturales, los defectos de constitución, la enfermedad o aun la predisposición para la enfermedad, han de ser objeto de una atención escrupulosa al determinarse la entrada de un aprendiz en una industria o al decidir la vía profesional, que ha de seguir un joven. Se ofrecen muchos trabajos en los cuales hay poco peligro; pero desgraciado el individuo y desgraciada la empresa si ocupa a un aprendiz en una vía de trabajos que no están en consonancia con las defensas individuales que habrían de anular o de reducir a un mínimo despreciable el riesgo del trabajo, máxime cuando estas defensas están íntimamente ligadas, como parecen estar en la mayoría de los casos, con las aptitudes naturales que requiere la ejecución del trabajo desde el punto de vista del rendimiento» 67 Considerado, por tanto, el trabajador como uno de los factores fundamentales en la etiología de los accidentes del trabajo, y siendo uno de los objetivos a alcanzar su mejor rendimiento, se hacía necesario poner en marcha una serie de estrategias encaminadas a conseguir lo uno y lo otro 68. La formación, la orientación y la selección profesionales, que el IRPIT estaba contribuyendo a desarrollar, acudían como disciplinas adecuadas para cubrir esa función. Estos planteamientos encontraron continuidad en el Instituto Psicotécnico de Madrid (IPM, en adelante) 69, entre cuyas funciones principales figuraban: ---- 68 La OCT se erigía en efecto, según lo ha expresado Sierra Álvarez, como un programa de técnicas que debían aplicarse «en la fábrica y fuera de ella, sobre el trabajo y sobre el trabajador» para conseguir el tipo ideal de éste que exigía la industria». 69 Sobre el desarrollo del Instituto pueden verse, además de las obras citadas en la nota «a) La investigación de los problemas del factor humano en el trabajo; el estudio de las aplicaciones de la fisiología y de la psicología humanas en todos los sectores de la actividad donde puedan introducir mejoras de rendimiento, y la aplicación misma de los principios de la ciencia del trabajo en la organización de los servicios públicos y de las empresas industriales, mercantiles y agrícolas de todo orden. b) El estudio y la organización de la orientación profesional y de la selección profesional en su más amplio sentido. c) La elaboración, tipificación y establecimiento de tests y de técnicas psicológicas para estudio y clasificación de los individuos para fines pedagógicos, profesionales, sociales, etc.» 70. Se trataba, pues, de tener en cuenta la diversidad humana a la hora de racionalizar la vida laboral, de estudiar y clasificar a los individuos de acuerdo con sus características somáticas y psicológicas para que desarrollaran con más eficacia y seguridad su trabajo. Fueron esas las razones por las que una de las cuestiones que interesó también desde un primer momento fue la del modo en que esos rasgos de los individuos se relacionaban con el grado de resistencia a la fatiga 71. De este modo, el discurso que estamos analizando contenía por tanto ingredientes que, al hacer hincapié sobre las diferencias entre las personas, facilitaba la defensa de una distribución del trabajo entre cuyos criterios figurara de forma destacada la categoría «sexo». ----Como he tratado de poner de manifiesto, la consideración de que el estudio del «factor humano» resultaba de capital importancia para una mejor y más científica organización del trabajo justificaba la puesta en marcha de toda una tecnología médica y psicológica -cognitiva, técnica e institucional-destinada a asignar a las personas diferentes roles dentro de la actividad laboral. Aunque en el caso de la fatiga las exploraciones destinadas a medirla no eran consideradas todavía eficaces 72, este hecho estaba lejos de desanimar a quienes consideraban que el examen de las características corporales y mentales de los individuos era un elemento fundamental para llevar a cabo una buena orientación y selección profesionales. En efecto, el «examen médicoantropométrico» y el «psicotécnico» de los individuos se convirtió en un requisito imprescindible dentro del proceso establecido por el IPM para determinar qué profesión resultaba «funcionalmente» conveniente a una persona y encajaba mejor con sus aptitudes 73. Y es que buena parte de la justificación de esas actuaciones tenía que ver con el importante grado de seguimiento y convicción que los médicos y psicólogos de ese centro tenían hacia la Patología constitucional 74. En relación, por ejemplo, con los accidentes del trabajo, estimaban que la constitución 75, «por su repercusión sobre los cambios nutritivos, sobre el tono de las funciones neurovegetativas, así como sobre el tipo hormónico (sic) dominante en el individuo -por una parte-y por otra parte el temperamento psíquico, tienen una considerable influencia sobre las causas y evolución de los accidentes» 76 ----72 Germain, por ejemplo, manifestaba que, «en el estado actual de la ciencia, nuestro conocimiento de la fatiga no nos permite poderla medir». Una visión de conjunto sobre el desarrollo del pensamiento médico en torno a la influencia de la constitución somática en la aparición de los problemas de enfermedad puede verse en: OLBY, R.C. (1993), «Constitutional and Hereditary Disorders». 75 Como ha expuesto Laín, los clínicos de la época empleaban el término «constitución» para hacer alusión a una «disposición» o a una «resistencia» respecto a una determinada enfermedad, pensando que una y otra tiene una estructura biológica que se hallaría configurada por un componente hereditario y otro adquirido. Historia y teoría del relato patográfico (2a edición), Barcelona, Salvat, p. Así, pues, según defendían, la estructura biológica no sólo influiría sobre las funciones digestivas, nerviosas y hormonales, sino sobre el perfil psicológico de las personas. Muy explícito era a este respecto Antonio Melián, al afirmar que «el concepto de constitución» comprendería «el modo de reaccionar a los estímulos normales y patológicos que se definen generalmente aparte, con el nombre de temperamento» 77. No puede extrañarnos, por tanto, que su respuesta a la pregunta sobre si existiría una correlación entre los rasgos físicos del hombre y su carácter no fuera otra que la «afirmativa» 78. Tampoco puede sorprendernos que, al establecer las causas de la fatiga, y al señalar aquellas que «guardan relación con las condiciones psico-fisiológicas del individuo», situara entre ellas al «sexo» 79. De este modo, las diferencias sexuales se convertían en un elemento a tener en cuenta a la hora de llevar a cabo una tarea, tan determinante de cara a la configuración de una organización social de género, como era la de distribuir a las personas en las diferentes actividades laborales. En ese sentido, Antonio Oller manifestaba que «en la organización del trabajo tiene una importancia capital la resistencia del obrero, ya porque se trate de sujetos débiles, mujeres y niños, o de sujetos tarados por alguna enfermedad anterior, o simplemente de sujetos que no reúnan las aptitudes necesarias para el oficio a que se dedican o se cansen más pronto y con más intensidad que los normales» 80 La mujer se presentaba así situada al lado de los «débiles», de los niños y de aquellos varones que se cansan antes y más intensamente que los «normales». La mujer se seguía calibrando, como en etapas anteriores, frente al prototipo que representa el varón sano 81. Respecto al tema que ahora nos incumbe, esto representaba en la práctica descartar a las mujeres para todo un rango de oficios y tareas por no poseer la fuerza necesaria, por su supuesta debilidad. ---- Por consiguiente, desde el discurso que estamos examinando se estaba contribuyendo a fortalecer determinados estereotipos que la Medicina había contribuido a establecer acerca de las mujeres. No obstante, respecto al tipo de actividades laborales que resultaban más adecuadas para la mujer en función de su constitución, los autores aquí estudiados se mantenían reservados y se expresaban de un modo más implícito que explícito. Esta situación pudo deberse a varias razones. Junto al hecho de que el tema podía despertar un cierto grado de polémica 82, cabe pensar también, como he indicado en otro lugar, en el influjo de factores relacionados con intereses profesionales y con el grado de desarrollo del saber y la práctica de la orientación profesional 83. A pesar de lo anterior, lo cierto es que en los documentos que generaban sí se expresaba de forma manifiesta el sesgo de género que incorporaba el discurso que estamos explorando. De hecho, las fichas «fisiológica», «psicológica» y «psicotécnica» que se cumplimentaban en el Laboratorio de Orientación profesional del IRPIT poseían un espacio para marcar si la persona que había de ser reeducada era hombre o mujer 84. Igualmente, en el «cuestionario psicofisiológico de las profesiones», que los miembros del IPM elaboraron con el objetivo de conocerlas y de proceder a orientar a un individuo hacia la que se consideraba más apropiada para él, contenía preguntas sobre el «sexo más adecuado» para ejercerlas y sobre si la profesión en cuestión se podía considerar «privativa de un solo sexo» 85. Como los cuestionarios eran cumplimentados por quienes estaban ejecutando cada uno de los tipos concretos de actividad laboral para los que se deseaba evaluar la aptitud de un individuo 86, los prejuicios sociales hacia las capacidades de la mujer para determinadas tareas, tanto para las que les estarían vedadas como para las que les eran más propicias, podían incorporarse a la hora de establecer las condiciones requeridas para ejecutarlas. De este modo, los médicos y psicopedagogos del IRPIT y del IPM, al tomar estas fichas como referencia en su labor de ----orientación profesional, contribuían así a fortalecer una organización social de género, a legitimar con su discurso y sus prácticas científicas la distribución sexual de los puestos de trabajo vigente en España. No me es posible establecer el grado de seguimiento que se hizo en España de los planteamientos de la OCT sobre el modo más conveniente de distribuir a las personas para desempeñar un trabajo remunerado. Como reconocía una de sus principales impulsoras, el desarrollo del discurso era aún incipiente en esa etapa como para que sus contenidos teóricos y prácticos se plasmaran con rotundidad en la realidad del mercado laboral 87. No obstante, es posible indicar que a comienzos de la década de 1930 las ocupaciones que desempeñaban con mayor frecuencia las mujeres eran precisamente aquellas que la OCT señalaba como más adecuadas a sus características corporales y psicológicas 88. De hecho, el discurso que estamos explorando, no sólo estuvo lejos de ser abandonado a consecuencia de la Guerra Civil, sino que aparecía, al menos en lo que respecta a la confianza en lo que podía ofrecer para la organización de la actividad laboral en España, robustecido. El estudio del «factor humano», y su aplicación para la distribución adecuada de los trabajadores en el mercado laboral, eran considerados «principios fundamentales» para ello y, ----87 RODRIGO (1933), «Algunos problemas de orientación profesional», Medicina del Trabajo e Higiene Industrial, 4, 93-160, p. La distribución de las mujeres activas en los diferentes sectores económicos denotaba una mayor presencia de la mujer en la industria, el servicio doméstico y la agricultura, por ese orden. Pero, como indica la autora, la creciente participación de la mujer en la industria no implicaba la integración de la mujer en todas las ramas productivas, sino que, al contrario, «encontramos una mayor presencia suya precisamente en estas industrias de transformación consideradas como más apropiadas a la naturaleza femenina»: la del vestido-tocado, y la textil. Esta distribución de la mano de obra femenina respondería para Nash, entre otras razones, a que la teoría de la división de las esferas negaba la capacidad y aptitud laboral de la mujer, o la consideraba inferior a la del varón. Cuando esta ideología se hubo de resignar a la incorporación de la mujer al proceso productivo, lo previó en aquellas áreas que se estimaban más adecuadas a su sexo, esto es, a las más «afines a las tareas desempeñadas en el hogar». Junto a esto, otra razón tuvo que ver con la convicción de que las mujeres poseían «un bajo nivel de rendimiento laboral y su absentismo laboral debido a la maternidad». según se sostenía, habrían «conquistado en las modernas tendencias de la industria mundial categoría de axioma» 89. En consonancia con estos planteamientos, las actuaciones encaminadas a lograr mejorar los problemas relacionados con la seguridad en el trabajo se iban a fundamentar en unos principios rectores que nos resultan familiares por haber sido ya formulados con anterioridad a la Guerra Civil: la idea de que el «factor humano» era una causa fundamental de siniestralidad laboral; la convicción de la existencia de una «predisposición individual al accidente», la necesidad de establecer las condiciones que debía poseer un obrero para realizar una determinada tarea laboral, y por fin, en consecuencia con lo anterior, el estudio de sus características anatómicas, fisiológicas y psicológicas 90. No obstante, una diferencia era significativa. Me refiero al modo más abierto en que realizaban sus consideraciones de cara a establecer, basándose en esos principios, una organización de la actividad laboral en la que el sexo figurara como una categoría fundamental para realizarla. En efecto, la Psicotecnia, con sus aportaciones a la organización y racionalización del trabajo, debía de ser la base rectora de todas las decisiones de los organismos oficiales conducentes a regular las actividades relacionadas con el trabajo. En relación con esto, se indicaba explícitamente que la Psicotecnia imponía «limitaciones de edad y sexo para ciertas actividades, que resultarían eminentemente perjudiciales para el obrero» 91. De este modo, el discurso que, sobre la base de los principios teóricos de la OCT, se promovió desde mediados del primer tercio del siglo XX, se iba a adentrar también en el segundo. Es más, en relación con la manera en que, quienes lo sostenían y aplicaban, consideraban al sexo como un factor a tener en cuenta a la hora de proceder a la organización de la actividad laboral remunerada, como un criterio para establecer una lista de ocupaciones propias de hombres y otra de trabajos más adecuados para las mujeres, es posible apreciar que sus manifestaciones eran más explícitas que en la fase anterior a la Guerra Civil. 91 BORRÁS (1944), «La Psicotecnia del objeto en relación con la prevención de accidentes e higiene (Fundamentos y antecedentes para una ordenación psicotécnica industrial integral)».
Este trabajo reflexiona sobre las prácticas de diagnóstico prenatal en España. Con este fin se manejan tanto bibliografía sobre los orígenes de estas prácticas en otros países como datos encontrados en las primeras publicaciones al respecto de especialistas de nuestro país. Estas publicaciones se relacionan también con algunas previas sobre diagnóstico genético en la clínica en el caso del síndrome de Down. Se sugiere que las normas sociopolíticas propias de la dictadura de Franco se combinaron con la difusión de técnicas desarrolladas en el extranjero para estabilizar prácticas médicas asociadas a una reconceptualización del embarazo. Las técnicas de diagnóstico prenatal, pese a invisibilizar el cuerpo de las mujeres, mantienen a este en el centro de la tecnificación de las opciones reproductivas contemporáneas. PALABRAS CLAVE: Cromosomas, genética, embarazo, diagnóstico prenatal, síndrome de Down. tecnologías médicas del siglo XX, desde los rayos X a finales del siglo XIX hasta los escáneres y tomografías más sofisticadas, han hecho los cuerpos cada vez más invisibles, como recuerda Tilly Tansey (2000) 1. En el caso del embarazo, pese a esa invisibilidad técnica, los cuerpos de las mujeres permanecen como soportes de salud, malformación o enfermedad, de forma que los procedimientos del diagnóstico prenatal, aunque oculten ese continente físico para concentrarse en el feto, mantienen a las madres como portadoras. El feto como objeto de estudio aparecido en las imágenes diagnósticas médicas es accesible solo a través del cuerpo de la madre quien, además de acarrearlo literalmente en el abdomen, le transmite forma física y función biológica, a la vez que comparte con ese ser por nacer su propia opción reproductiva. Los conceptos de salud y enfermedad son, por su parte, plásticos, flexibles, y las fronteras han resultado móviles -algunas enfermedades se convierten en desórdenes crónicos apenas perceptibles a simple vista por acción de fármacos, por ejemplo en algunos casos de diabetes; otras han encontrado modos de prevenir sus manifestaciones. Este trabajo propone una aproximación al estudio de los orígenes de las prácticas de diagnóstico prenatal en España, que se relacionan con los primeros trabajos de genética humana en nuestro país. Las prácticas de diagnóstico prenatal estudiadas en este artículo se inician a partir de los diagnósticos de genética humana en los primeros años de la década de 1960. A su vez, se sugiere aquí una conexión entre estas y la formación de genetistas en España. La clínica es el soporte institucional y cognitivo de las prácticas de genética humana estudiadas aquí, que se introducen a través de las especialidades de pediatría y de obstetricia conectadas a los análisis clínicos. A lo largo de ese proceso tiene lugar la aceptación de factores genéticos, citogenéticos en ----1 TANSEY, T. (2000), «Introduction», en Looking at the unborn: Historical aspects of obstetrics ultrasound, A Witness Seminar held at the Wellcome Institute for the History of Medicine. Sobre el proceso de creciente medicalización del embarazo véase OAKLEY, A. (1984), The captured womb: A history of the medical care of pregnant women, Oxford-New York, Basil Blackell. En el caso de España, la autoridad médica como autoridad experta para una ciudadanía inmadura, también en el caso de las madres, durante el primer franquismo se trata en JIMÉNEZ LUCENA, I., RUIZ SOMAVILLA, M.J., CASTELLANOS GUERRERO, J. (2002), «Un discurso sanitario para un proyecto político. La educación sanitaria en los medios de comunicación de masas durante el franquismo», Asclepio, 44, 201-218. este caso, en las formas de pensar y practicar el diagnóstico, primero en niños y niñas y posteriormente se adopta al feto como objeto de estudio constituyéndose así la propia práctica del diagnóstico prenatal. La estabilización en el uso de estas técnicas se produjo precisamente durante los años en los que resurgió el movimiento feminista; es decir, sintonizó con el derecho que las feministas reclamaban a decidir sobre su propio cuerpo y sobre si interrumpir o no el embarazo, en su caso. La dictadura de Franco había restringido en España el movimiento feminista y sus manifestaciones, como hizo con el asociacionismo y la actividad política en general2. La muerte del dictador en 1975 y el restablecimiento de la democracia a partir de 1977 generaron expectativas, también en lo que respecta al derecho al aborto, al que se incorporó la indicación terapéutica. Una vez aprobada la ley de interrupción voluntaria del embarazo en 1985, el aborto continuó siendo, sin embargo, discutido y rebatido públicamente en foros sociales y profesionales 3. Y la indicación terapéutica ha sido esgrimida como indicación eugenésica para expresar actitudes contrarias al derecho de las mujeres a interrumpir un embarazo voluntariamente. Pero puede argumentarse también que la selección de los más dotados es un tema de discusión que forma parte de las preocupaciones de muchas mujeres y desde el pensamiento feminista se ha puesto en cuestión esta práctica 4. El resultado es que el diagnóstico prenatal permite una selección, parcial, incompleta, siempre limitada y de cuyas limitaciones suele informase en muchos servicios de atención médica a las mujeres que aceptan someterse a ellas durante el embarazo. Lo que la información médica transmite a lo largo de las tres décadas de democracia en España es, como ha señalado Matiana González, una creciente genetización del discurso público y científico, que privilegia los factores genéticos en detrimento de otros 5. Esto puede decirse del diagnóstico prenatal, que pudo haber seguido una trayectoria similar. De ahí el preguntarse por la procedencia de esa idea de que el diagnóstico prenatal pueda evitar el nacimiento de personas insanas, anormales y enfermas y el énfasis que se pone en ocasiones en el ----hecho de que estas prácticas han disminuido el índice de nacidos con, por ejemplo, síndrome de Down6. Inmersos en estas culturas de expansión del conocimiento genético se producen los debates previos a la aprobación en España, en 1985, de la Ley de interrupción voluntaria del embarazo y, en ella, de la indicación de aborto terapéutico en casos de riesgo de la salud del feto7. Este trabajo indaga en algunos aspectos de la construcción de esa práctica de aborto terapéutico por medio del rastreo de la introducción del diagnóstico genético y del diagnóstico prenatal. Las fuentes manejadas, esencialmente publicaciones médicas y clínicas junto a la historiografía disponible sobre casos extranjeros, muestran que el concepto de indicación terapéutica del aborto está directamente relacionado con los trabajos clínicos y médicos previos de diagnóstico de malformaciones y desórdenes en la salud infantil, trabajos que permitieron la estabilización y la posterior extensión de esas prácticas. No pueden tratarse todos estos aspectos en este artículo, que no es más que un conjunto de reflexiones producido por resultados todavía preliminares de una investigación en curso. Aquí se revisan algunas publicaciones españolas sobre genética humana y diagnóstico prenatal aparecidas entre mediados de los años 1960 y mediados de los 1970 y se indaga en las posibles raíces de estas prácticas clínicas. Se trata por lo tanto de traer a colación los múltiples aspectos que participaron en su desarrollo, de modo que no resulte invisible que todos ellos intervienen como agentes en la construcción de la imagen pública del embarazo, de la percepción de las técnicas mismas y de los valores culturales que incorporan. La promoción del nacimiento de seres humanos (bien) dotados y saludables está originada por las prácticas eugenésicas desde la Inglaterra del siglo XIX en plena industrialización diseñadas por Francis Galton. Las propuestas para favorecer una reproducción que puede calificarse de adecuada se constituyó en proyecto social ligado a ideas de mejora de la especie humana (Álvarez 1985, 1988; Kevles 1985) 8. Las prácticas nazis con los judíos para la purifica-----ción de la raza aria pudieron desacreditar la eugenesia pero las nuevas prácticas experimentales y clínicas relacionadas con la biología celular tras la Segunda Guerra Mundial contribuyeron a reubicar el concepto de dotación genética, que se ligó a nuevos significados de salud y enfermedad asociados a tecnorituales diagnósticos. Algunos ejemplos se encuentran en las investigaciones sobre células fetales procedentes del líquido amniótico emprendidas en otros países; desde el primer momento se difundieron los análisis de células fetales procedentes del líquido amniótico como métodos para detectar posibles malformaciones ligadas al sexo en caso de mujeres pertenecientes a familias con esas enfermedades, como la hemofilia. Los primeros trabajos que describían métodos de determinación del sexo fetal, que se publicaron en 1955, se toman como origen de las técnicas de diagnóstico prenatal, pues uno de los grupos informó del aborto practicado a una mujer portadora de hemofilia tras identificarse su feto como de sexo masculino 9. Pero el proceso en España parece significativamente distinto, pues lo que se encuentra es una introducción inicial del diagnóstico genético que correlacionaba caracteres anatómicos y de salud con identificaciones cromosómicas, para, por lo visto hasta ahora, a continuación introducirse el diagnóstico antenatal, al abordarse el estudio del líquido amniótico procedente de mujeres embarazadas. La posibilidad de interrumpir el embarazo por riesgo en la salud del feto apenas se menciona o si se hace es de forma indirecta o implícita, o para dar razones por las que no se tiene en cuenta. Ello debe relacionarse con la prohibición del aborto en España en esos años, al mismo tiempo que pudo haberse contribuido a sentar las bases para estabilizar un conjunto de técnicas que contribuirían a la posterior aceptación de la indicación terapéutica en la interrupción voluntaria del embarazo en la democracia 10. Junto a las singularidades políticas, la introducción de estas técnicas en España comparte con el proceso que se lleva a cabo en otros países el hecho de generar un nuevo escenario para el diagnóstico de algunas de las características innatas en los fetos dentro del útero materno. Algunas malformacio-----nes y desórdenes considerados innatos y que se habían analizado con técnicas citogenéticas previamente en niñas y en niños se exploraron también al observarse que el líquido amniótico, que contenía células fetales, podía extraerse de forma segura y con riesgos pequeños de pérdida del embarazo 11. De esta forma las redes de profesionales de la investigación experimental y clínica, en las que se incluyen aparatos y técnicas de laboratorio comenzaron a incluir cuerpos de mujer embarazada. Sin embargo, esas mismas prácticas, con el manejo de las muestras de células fetales extraídas del abdomen de las mujeres, han hecho del útero un continente invisible para las técnicas de cultivo celular y de diagnóstico fetal 12. Al mismo tiempo y pese a esa transparencia del cuerpo de la madre, es ésta la portadora de salud y enfermedad del feto que acarrea 13. Así alcanza el feto un protagonismo notable como objeto de estudio clínico a la vez deviene parte de un proceso de práctica cultural, social, de una eugenesia nueva. La salud de la madre, y en muchos casos también la del padre, se correlaciona con el análisis de la de su feto para explicar y razonar sobre la introducción de los diagnósticos antenatales -así se llamaron inicialmente-en la práctica clínica del seguimiento del embarazo. PENSAMIENTO HEREDITARIO Y DEFECTOS CONGÉNITOS Entre las prácticas diagnósticas prenatales y el pensamiento sobre la herencia biológica puede establecerse una cierta continuidad. Estas técnicas evocan trabajos previos de genética hoy denominada clásica: estudios de poblaciones, y trabajos procedentes de la transmisión de caracteres hereditarios en plantas y animales que hunden sus raíces en prácticas antiguas de cría se-----11 Una historia breve del diagnóstico prenatal está en PINELL, P. ( 2004 12 Sobre la imagen pública del feto como ente autónomo ajeno al útero, véase GILBERT, S. F., HOWES-MISCHEL, R. ( 2004), «`Show me your original face before you were born ́: the convergence of public fetuses and sacred DNA», History and Philosophy of the Life Sciences 26, 377-394. 13 Sobre la visibilidad del feto y la transparencia del cuerpo de la madre, véase también el estudio de Lisa Mitchell sobre la ecografía: MITCHELL, L. M. ( 2001), Baby's first picture. Ultrasound and the politics of fetal subjects, Toronto-London, University of Toronto Press. lectiva en la jardinería, la agricultura y en la ganadería14. Pero el diagnóstico prenatal incluye un conjunto de técnicas e instrumentos cuyos orígenes son los procedimientos de laboratorio puestos a punto desde el periodo de entreguerras, inicialmente en estudios de cromosomas y manejo de técnicas citológicas, de cultivos de células para su estudio. La forma que toman los procedimientos de cultivo celular después de la Segunda Guerra Mundial son las que marcan diferencias respecto a técnicas y conceptos previos; no son meramente técnicos sino que devienen prácticas clínicas y culturales que arraigaron en la imagen del embarazo y de nacimientos saludables que son hoy parte del pensamiento biológico y social 15. El interés por los defectos congénitos, en cuyo estudio está basado precisamente el concepto de herencia biológica, fue una de las bases de lo que hoy se denomina genética, relacionado con el carácter heredable de algunas características calificadas de monstruosas y en el estudio de linajes. Ideas y conceptualizaciones de naturalistas y médicos que negociaban espacios de movilización profesionales fraguaron la dicotomía naturaleza/medio a través de los cuales, como ha analizado Carlos López Beltrán, se estabilizó el concepto naturaleza -ligado a la herencia biológica-y se desplazó la importancia del segundo, medio o cultura, como mera «comparsa del motor hereditario» 16. La preocupación y la sensibilidad social hacia el asunto de la salud de los embriones o fetos a partir de finales de la década de 1950, en el caso de mujeres embarazadas, podrían estar relacionados, por un lado, con los efectos congénitos de las radiaciones. Desde los trabajos de H.M. Muller previos a la Segunda Guerra Mundial sobre los efectos de los rayos X en Drosophila hasta los estudios de las poblaciones supervivientes en Hiroshima y Nagasaki en plena posguerra, se divulgó por todo el mundo el problema de la transmisión de malformaciones por alteraciones congénitas17. Por otro lado, poco menos de una década después, las malformaciones con las que durante los años 1960 nacieron niños y niñas en Europa de mujeres ----que habían sido tratadas con talidomida para evitar los mareos y malestares habituales, contribuyeron, entre otras cosas a extender la preocupación 18. El desarrollo de las técnicas de extracción y análisis de líquido amniótico, la ecografía y otras técnicas posteriores de diagnóstico antenatal pudieron contribuir a atender esas inquietudes. EMBARAZO Y GENÉTICA HUMANA «[L]a comprobada transmisión hereditaria de multitud de defectos han de ser los fundamentos de una eugenesia prudente, sin llegar a extremos incompatibles con los derechos y la dignidad humanas» (Ramón Margalef, 1953) 19. En su breve recuento de la historia del diagnóstico prenatal en Francia, Patrice Pinell ( 2004) se refiere, como hace Gaudillière ( 2002), a una nueva eugenesia. Se contrapone así este concepto como novedad respecto a una vieja eugenesia, que contribuyó a las raíces del nazismo 20. Datos recientes ilustran la influencia que las técnicas de diagnóstico prenatal han tenido en los datos estadísticos de defectos al nacimiento, por un lado, y en el pensamiento social y público sobre descendencia saludable, por otro 21. Ello ha conducido a la construcción del concepto de embarazo saludable en el medio cultural que se ha desarrollado desde Segunda Guerra Mundial. Si en los inicios de la promoción de la genética el embarazo no fue centro de atención de la experimentación, tras la guerra el pensamiento hereditario y el desarrollo de algunas técnicas particulares, como la asistencia clínica de embarazos complicados, propiciaron cruces interdisciplinares entre genetistas procedentes de la biología y de la agricultura y la ganadería, y clínicos de ----18 Para un repaso del caso de la talidomida y sus nuevos usos, véase TIMMERMANS, S., LEITER, V. ( 2000), «The redemption of thalidomide: standarizing the risk of birth defects», Social Studies of Science 30, 41-71. 21 Una organización internacional creada en 1974, la International Clearing House for Birth Defects, recoge información proporcionada con carácter voluntario sobre defectos al nacimiento y sobre programas de investigación y prevención de estos. Obtiene datos de forma sistemática de una treintena de países y está asociada a la Organización Mundial de la Salud. Véase http://www.icbdsr. org/page.asp?n=AboutUs (la consulta más reciente es de 20 de septiembre de 2007). Véase también la segunda edición del World Atlas of Birth Defects en http://www.who.int/genomics/ about/en/1-4.pdf (consultado por última vez el 20 de septiembre de 2007). diversas especialidades; obstetricia y ginecología es solo una de ellas, pues también intervinieron la pediatría y los departamentos de análisis clínicos 22. Todo ello coincide con intereses de algunos clínicos españoles de incluir en la práctica médica los entonces nuevos métodos científicos y técnicos disponibles, terapéuticos y diagnósticos, en su difusión inicial. Los procedimientos de adquisición de técnicas y de regulación de su uso parecen en sintonía con los de introducción de nuevos fármacos tras el fin de la segunda guerra mundial. En los casos de adopción de terapias con antibióticos y hormonas -entre ellas la insulina-, el laboratorio y la clínica establecen contactos, cruces, interacciones: intercambian prácticas y pensamiento médico y biológico. No es que la clínica acudiera al laboratorio sino que incorpora este a sus prácticas médicas y de atención sanitaria. Y mientras tanto, la autoridad médica y clínica ejerce una función reguladora de las nuevas prácticas diagnósticas y terapéuticas. En ese marco se reciben en España los resultados de los análisis citogenéticos en la década de 1960. Los servicios de pediatría de algunos grandes hospitales diagnosticaban por caracteres anatómicos algunas malformaciones que comenzaron a calificarse de genéticas al poder diagnosticarse y definirse también por medio de análisis citológicos en los cuales los cromosomas podían contarse. LA FORMACIÓN DE GENETISTAS EN ESPAÑA Las investigaciones en genética en España comenzaron y se desarrollaron con éxito durante el primer tercio del siglo xx, cuando hubo investigaciones al día en lo que fue durante ese tiempo la fragua de la genética experimental de plantas y veterinaria 23. Por lo que respecta a la docencia universitaria tras la Guerra Civil, en 1953 se estableció la asignatura de Genética en los estudios universitarios de Ciencias, en la rama de Biología y Geología y también, unida a la mejora de plantas, en la Escuela de Ingenieros Agrónomos. En la Escuela de Agrónomos de Madrid, Vicente Boceta, discípulo del genetista Cruz ----22 Para una historia de la genética de plantas y animales, no humana, en España, véase PINAR, S. ( 2002), «La vertiente histológica de José Fernández Nonídez, introducción de la teoría mendeliano-cromosómica en España», Asclepio, 54, 3-18; PINAR, S. ( 2002 Gallástegui, obtuvo el puesto de profesor por concurso y cuando murió, en 1957, fue sustituido por Enrique Sánchez-Monge, quien obtuvo la cátedra de esa escuela por oposición en 1960. En la Facultad de Ciencias de Madrid Antonio de Zulueta fue el primer profesor de genética seguido de Eugenio Ortiz; en la de Barcelona estuvo impartida por Antonio Prevosti. Las primeras cátedras que se dotaron en las facultades de Ciencias de Madrid, Barcelona y Granada, con ese nombre en 1963 fueron cubiertas por oposición por Enrique Sánchez-Monge, Antonio Prevosti y Eugenio Ortiz, respectivamente. Todos ellos realizaron investigaciones durante sus años docentes 24. De la importancia de la genética en la cría de animales es reflejo la existencia de la asignatura Zootecnia en los estudios de veterinaria, que incluía estudios de genética así como de alimentación y que se desdobló más tarde, para crearse un Departamento de Genética en la Facultad de Veterinaria de Madrid. De los primeros docentes y catedráticos de genética españoles que desarrollaron su carrera académica durante el franquismo, Sánchez-Monge es al que por su trabajo investigador, y probablemente por haber sido profesor simultáneamente en dos centros universitarios durante varios años -la Escuela de Agrónomos y la Facultad de Ciencias madrileñas-, se recuerda como uno de los más productivos e influyentes. Publicó libros y manuales de genética, y glosarios de términos mientras desarrollaba sus investigaciones sobre mejora genética de plantas y cultivos, estudios y libros que obtuvieron un amplio reconocimiento en España 25. Suele recordársele también por haber formado a especialistas que, procedentes de los estudios universitarios de biología, se convertirían en genetistas y que desarrollarían sus trabajos en la clínica ya que la genética humana, desarrollada en departamentos hospitalarios desde al menos la primera mitad de la década de 1960, no contó con estudios en la licenciatura de medicina en España 26. Su primera etapa como investigador en la Esta----- 24 Véase CANDELA, M. ( 2003), «Los primeros genetistas españoles en la segunda mitad del siglo XX». En CANDELA, M. (ed.)(2002), Los orígenes de la genética en España, Madrid, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, pp. 72-112. 25 Sobre Sánchez-Monge, véase JOUVE DE LA BARREDA, N. ( 2003), «Don Enrique Sánchez-Monge y Parellada, impulsor de la mejora genética de plantas», en CANDELA, M. (ed.), Los orígenes de la genética en España, Madrid, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, pp. 397-422. 26 Una muestra del respeto académico hacia Sánchez-Monge es su elección en 1968 como académico de número de la Real Academia de Ciencias Exactas, Física y Naturales, y la contestación a su discurso de ingreso por el biólogo Florencio Bustinza, que menciona muchos detalles de la producción científica y de manuales para la docencia de la genética de Sánchez-Monge. Véase SÁNCHEZ-MONGE, E. (1971), La androesterilidad vegetal y su utiliza-ción Experimental de Aula Dei del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en Zaragoza dedicado a la mejora de especies vegetales y agrícolas coincidió con la estancia en ese centro de Joe Hin Tjio, uno de que estuvo entre los pioneros en estudios de cromosomas humanos, como se verá más adelante. INTRODUCCIÓN DE ANÁLISIS CITOGENÉTICAS EN ESPAÑA: LA CLÍNICA Uno de los inicios de las técnicas puestas a punto con fines de diagnóstico genético en España procede del interés del médico Carlos Jiménez Díaz por contar con una clínica actualizada y capaz de incorporar nuevas técnicas experimentales al trabajo médico. Bajo su dirección, la Clínica de la Concepción de la Fundación Jiménez Díaz en Madrid, creada y dirigida por él mismo, se constituyó en promotora de la formación en medicina experimental y en investigación médica 27. En la Fundación Jiménez Díaz, el cardiólogo Andrés Sánchez Cascos fue quien organizó el servicio de diagnóstico genético. Doctorado en cardiología, estudió los aspectos genéticos de las cardiopatías. Tras una estancia en el Guy's Hospital de Londres, a su regreso puso en marcha el servicio de diagnóstico genético que se convertiría en una Unidad de Genética 28. Sánchez Cascos había presentado su tesis para el grado de doctor en Medicina sobre «Correlación electrodinámica de las cardiopatías congénitas» en 1960 en la Universidad de Madrid 29. Es decir, trabajó en el carácter congénito de las enfermedades del corazón. Discurso leído en el acto de su recepción y contestación de Florencio Bustinza, Madrid, Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. 27 Sobre Jiménez Díaz, veáse la reconstrucción sobre sus propios intereses investigadores y clínicos en JIMÉNEZ DÍAZ, C. (1965), La historia de mi instituto, Madrid, Paz Montalvo. Una biografía informativa y apasionada está en JIMÉNEZ CASADO, M.(1993), Doctor Jiménez Díaz: vida y obra, Madrid, Fundación Conchita Rábago de Jiménez Díaz. 28 En el Guy's Hospital de Londres el médico Paul E. Polani había investigado sobre las causas de las enfermedades cardíacas congénitas y sobre intersexos y trabajó en colaboración con Charles Ford, que investigaba también en las técnicas de identificación de cariotipos en Inglaterra. He podido saber del papel de Sánchez Cascos en varias entrevistas a genetistas españolas: entrevista a María Jesús Lautre, 14 de septiembre de 2001; entrevista a María Luisa Martínez Frías, 13 de septiembre de 2004; entrevista con Carmen Ramos, 2 de noviembre de 2004. Posteriormente, en 1970, publicaría Etiología de las cardiopatías congénitas, Madrid, Paz Montalvo. Al regreso, al menos desde 1962, había en la Fundación Jiménez Díaz un servicio de diagnóstico citogenético dirigido por Sánchez Cascos al día en las técnicas que empezaban a utilizarse para realizar diagnósticos citogenéticas. Este tipo de diagnósticos tenía por objeto en ese momento la identificación y caracterización de los cromosomas humanos por medio de técnicas de cultivo celular que permitían observarlos al microscopio sin que solaparan unos con otros en la muestra. La identificación cromosómica con una malformación correlacionaba así a esta con la genética, la dotó de carácter congénito, heredable. El procedimiento para el recuento de cromosomas había sido puesto a punto por Joe Hin Tjio, que colaboraba de modo permanente en la Estación Aula Dei de Zaragoza (España), y Albert Levan, del Instituto de Genética de Lund (Suecia), en investigaciones conjuntas en tejidos humanos 30. Basado en su pericia como citólogos de plantas que se dedicaron después a células animales, el método era una aplicación del desarrollado por T.C. Hsu para otro tipo de células: nuevas técnicas de digestión de las muestras les permitieron obtener cromosomas separados de tal modo que tras su cultivo era posible observarlos con claridad al microscopio y clasificarlos. El trabajo conjunto de Tjio y Levan en Lund (Suecia) en el año 1955, incluyó la búsqueda de cromosomas en células de pulmón fetal procedentes de abortos legales. Fue en ellas donde contaron 46 cromosomas en vez los 48 que se tenían por el número de cromosomas en las células humanas. El resultado se reproducía y finalmente lo publicaron en 1956. Fue posteriormente confirmado por Charles Ford y John Hammerton en Inglaterra 31. ----30 Joe Hin Tjio consta como colaborador permanente de esta Estación en las memorias del CSIC de 1949 con la «señora de Tjio» (p. En las memorias correspondientes a los años 1952-1954 figura entre el «Personal directivo» como «Profesor extranjero» e «Ing. Agr.» (se entiende que ingeniero agrónomo) (págs. 757 y 759 respectivamente), que colaboraba en «Estudio de cromosomas animales» con Levan, del Instituto de Genética de Lund y del Laboratorio del Cáncer en Lund (Suecia). En 1960 figura ya en los National Institutes of Health en Bethesda (Maryland, Estados Unidos), según la lista de participantes en la reunión de Denver (Colorado) de ese año para establecer estándares en la nomenclatura de los cromosomas humanos: véase «Proposed standard system of nomenclature of human mitotic chromosomes», The Lancet 1 (1960), 1063-1065, en la p. Como adscrito a Aula Dei figura en la primera publicación con Levan sobre el número de cromosomas humanos en la revista publicada en Lund por la Asociación Escandinava de Genetistas: TJIO, J. H., LEVAN, A. (1956), «The chromosome number of man», Hereditas 42, 1-6 31 Los experimentos por los cuales Tjio y Levan establecieron en 1956 que el número de cromosomas humano era 46, y no 48 como hasta entonces se creía, fue posible por el uso de técnicas citogenéticas descritas a principios de la década de 1950. Uno de los primeros desórdenes en estudiarse por técnicas citogenéticas fue el síndrome de Down. Había sido descrito a mediados del siglo XIX por J. Langdon Down asociado a deficiencia metal y a caracteres anatómicos concretos. En la década de 1950 se estableció la correlación entre esos caracteres anatómicos y el retraso mental con los cromosomas y así con las prácticas citogenéticas. Fue en 1959 cuando Jérôme Lejeune, Marthe Gauthier y Raymond Turpin en el Hospital Trousseau de París describieron que sus pacientes con síndrome de Down poseían 47 cromosomas en vez los 46 que Tjio y Levan habían descrito para los cromosomas humanos en 1956 32. En 1964, Sánchez Cascos y colaboradores en Madrid describieron veinte casos de síndrome de Down en un estudio citogenético. Las muestras analizadas procedían de pacientes de la propia Clínica de la Concepción (Fundación Jiménez Díaz) y del Hospital Clínico, del Hospital de Niño Jesús, del Hospital Militar y del Hospital de la Cruz Roja. En ese trabajo se señala que ese diagnóstico tenía «utilidad en la práctica por la posibilidad de existencia de portadores sanos entre los familiares de los casos con algún tipo de mongolismo» así como «la futura profilaxis de más de un caso» 33. En él se confirma para los casos de síndrome de Down la fórmula cromosómica de 47 cromosomas, con trisomía en el par 21. Esto sugiere que, si bien pudo carecerse de fines de diagnóstico prenatal de este tipo de análisis citogenéticos, se podría haber tenido información sobre su uso y las técnicas manejadas con éxito en diagnóstico antenatal, de análisis procedentes de muestras con células fetales, y su aplicación a lo que se denomina en ese trabajo como «profilaxis» y que solo podía consistir en evitar un embarazo o en interrumpirlo. Aunque es razonable pensar que los clínicos españoles tuvieran acceso a la información médica y a las publicaciones disponibles sobre ello, la promoción de la natalidad, política explícita durante el franquismo, tanto como la ilegalidad del aborto y las ideas respecto a esta práctica durante toda la dictadura son agentes que participaron en la construcción de los intereses y los objetivos médicos y clínicos de este tipo de pruebas en aquel momento en España, como también lo fueron las informaciones y publicaciones médicas y biológicas que manejaban sobre novedades diagnósticas 34. 33 SÁNCHEZ CASCOS, A., MORALES, A. y BARREIRO, E. (1964), «Estudio genético de veinte casos de síndrome de Down (mongolismo)», Revista Clínica Española XCIII (1), 23-26, en la p. Aparentemente los hospitales de los que procedían las muestras estaban todos en Madrid, su nombre corresponde a centros asistenciales con ese nombre, pero no se especifica en el texto citado. 34 Sobre la promoción de la natalidad en España, véase NASH, M. (1996), «Pronatalismo y maternidad en la España franquista». En G. BOCK y P. THANE (eds.), Maternidad y políticas Mientras se empezaban a practicar estas nuevas técnicas citogenéticas, se mantenía al mismo tiempo el valor del diagnóstico del síndrome de Down basado en la uniformidad fisionómica. Sobre la importancia atribuida al diagnóstico fisionómico por los pediatras en la década de 1960 en España, son ilustrativas las afirmaciones del pediatra López Linares, de la Fundación Jiménez Díaz, quien afirmó en 1967 que «el mongolismo» podía diagnosticarse «con una sola mirada» y razonaba que «el diagnóstico realizado por un clínico experto es superior, en la mayoría de los casos, al estudio citogenético» 35. Lo cual sugiere debates entre genetistas y pediatras al menos en aquel preciso momento, a mediados de la década de 1960, cuando comenzaban a impartirse los cursos de genética humana en la Fundación Jiménez Díaz 36. Desde el departamento de Citología de la Fundación Jiménez Díaz se siguió el proceso de identificación de anomalías cromosómicas, basadas en análisis citológicos. Hasta ese año y desde la creación en 1962 del Departamento de Genética de la Fundación Jiménez Díaz se había hecho el cariotipo a 500 personas; la mayoría portadoras de enfermedades congénitas pero también a familiares de ellas 37. En cuanto a las técnicas, Sánchez Cascos dio detalles sobre estas en el curso de genética humana cuyos contenidos se publicaron en 1967. La «más rápida, cómoda y barata», según su texto, usaba cultivos de leucocitos de sangre periférica. La receta del procedimiento se detalla sugiriendo que procedían de muestras de personas, ya nacidas, sin que se encuentre en este caso referencia alguna a células fetales. Una vez tratadas de acuerdo al procedi----de género, Madrid, Cátedra-Instituto de la Mujer, pp. 279-307;y SCANLON, G. M. (1986), La polémica feminista en la España contemporánea, 2a ed., Madrid, Akal. Todos los trabajos consultados y citados aquí cuentan con numerosas citas de artículos científico-médicos extranjeros; pueden verse, por ejemplo, las de SÁNCHEZ CASCOS 1966, Etiopatogenia, pp. 121-123;y las referencias en LAUTRE, M. J. (1976), «Predicción antenatal de las anomalías cromosómicas». En BOTELLA, J.y IZQUIERDO, L. (eds.), Problemas actuales de genética humana, Madrid, Instituto de España, pp. 177-191. En SÁNCHEZ CASCOS, A., BARREI-RO MIRANDA, E. (1967), Curso de genética humana, «con la participación de los Profs. J.Botella Llusiá, E. López García y J. Perianes Carro» [y diez autores más], Madrid, Fundación Jiménez Díaz, pp. 83-96; en pp. 92-93. 36 Sobre los contenidos de los primeros cursos véase SÁNCHEZ CASCOS y BARREIRO MI-RANDA (1967) y SÁNCHEZ CASCOS, SAN ROMÁN y LAUTRE (1969). 37 Esos datos están recogidos en SÁNCHEZ CASCOS, A, BARREIRO, E. (1967), «Apéndice: Estudio citogenética de 500 enfermos». En SÁNCHEZ CASCOS, A., BARREIRO MIRANDA, E. y otros (1967), Curso de genética humana, Madrid, Fundación Jiménez Díaz, pp. 201-sin numerar. miento técnico que describe, en el que se incluyen tinciones y análisis al microscopio así como realización de microfotografías, «se recortan los cromosomas y se pegan en cartulinas» para su clasificación y para la descripción del «mapa cromosómico», también denominado «genotipo». Con estas prácticas de reconstrucción del cariotipo, Sánchez Cascos seguía las recomendaciones sobre nomenclatura de cromosomas humanos que se había difundido tras la Convención de Denver. Esa reunión de diecisiete genetistas en Denver (Colorado, Estados Unidos) se había celebrado en 1960 a sugerencia del citogenetista británico de Harwell Charles Ford, con el fin de aunar criterios para la identificación y la clasificación de cromosomas, cuando estaba empezando a discreparse entre los distintos grupos que investigaban sobre ellos, con el fin de evitar, o minimizar, las cuales se pretendió crear referencias estables para la descripción de los cromosomas humanos 38. Sánchez Cascos menciona en ese mismo capítulo que la determinación de cromosomas obtenidos del líquido amniótico de mujeres embarazadas, extraído por punción, podía establecer «con exactitud» el sexo, se entendía que del feto; pero añadía que «dicha punción puede terminar en aborto, no siendo por tanto una técnica recomendable». Finalmente, termina con la conclusión de que «la gran aplicación de la Populogenética humana» era resolver «el angustioso problema del matrimonio que acaba de tener un hijo malformado o mongoloide y que nos pregunta si tendrá más hijos afectos» 39. El texto sugiere, por lo tanto, que se hacían análisis citogenéticas a niños y niñas de poca edad, y que los resultados se relacionaban con la descendencia futura. La citogenética o, como él la denomina, la populogenética, comenzaba a incluir relaciones entre rasgos de salud y enfermedad, por un lado, y caracterización cromosómica, por otro, y a correlacionarla con la conveniencia o no de tener más descendencia. Sánchez Cascos fue uno de los primeros especialistas españoles en genética que se introdujo en esta área desde la clínica humana, y llegó a ella desde la cardiología 40. Tuvo un papel influyente en la extensión de las prácticas de ---- diagnóstico genético en España y desempeñó temporalmente la docencia de esa disciplina en la Facultad de Medicina, además de escribir manuales y coordinar publicaciones sobre esta disciplina entonces emergente. LA EXTRACCIÓN DE LÍQUIDO AMNIÓTICO Por su parte, el desarrollo de las técnicas de cultivo de células fetales permitió desde mediados de la década de 1960 establecer métodos reproducibles para obtener muestras celulares cuyo cultivo en medio adecuados permitiera también que los cromosomas aparecieran separados en el medio y fuera posible contarlos y observar sus formas 41. Los primeros análisis de células fetales se referían al sexo. La identificación del sexo celular había sido descrita en 1949 por Murray L. Barr, citólogo de la Universidad de Western Ontario (Canadá) cuyas técnicas de tinción revelaron un pequeño satélite que aparecía en las células femeninas y no en las masculinas. Estos denominados «cuerpos de Barr», también llamados «cromatina sexual» se usaron para determinar el sexo y combinados con la observación de células fetales en el líquido amniótico permitieron la determinación prenatal del sexo 42. Los primeros análisis del líquido amniótico extraído del abdomen de mujeres embarazadas con fines diagnósticos se hicieron a principios de la década de 1950 para estudiar posibles incompatibilidades en el Rh y en casos de exceso de líquido amniótico. Del estudio de las células fetales podía concluirse el sexo del feto en función de la presencia o ausencia de cromatina sexual en las células fetales procedentes del cultivo de muestras de líquido amniótico. Por esa técnica se pudieron diagnosticar enfermedades ligadas al sexo, entre ellas la hemofilia y una distrofia muscular, aunque no de forma directa sino al relacionarse con la determinación del sexo del feto. 42 Sobre el sexo y los cromosomas, véase DELGADO ECHEVERRÍA, I. ( 2007), El descubrimiento de los cromosomas sexuales, Madrid, CSIC. Nótese que la cromatina sexual de Barr no eran los cromosomas sexuales X e Y. vez para, una vez predicho el sexo masculino del feto de una embarazada que transmitía la hemofilia, practicarse el aborto tras el resultado positivo 43. Así pues las primeras informaciones extraídas del cultivo de células obtenidas por amniocentesis se usaron para determinar el sexo, basado en estudios previos sobre relación entre sexo y la transmisión de algunos caracteres anatómicos y patologías y síndromes observables en el ejercicio clínico. Los datos experimentales pioneros en este tipo de correlaciones se habían realizado en diferentes organismos por diversos biólogos y biólogas, entre los que suele destacarse el grupo de Thomas H. Morgan en Estados Unidos y sus investigaciones sobre la genética de la mosca de la fruta Drosophila melanogaster. De ese grupo proceden algunas de las más tempranas técnicas de cultivo de células para el estudio de los cromosomas. Las características limitadas por el sexo (hoy denominadas «ligadas al sexo») fueron uno de los primeros temas de investigación genética 44. Por esta vía pudieron llegar a identificarse el número de cromosomas y el exceso de éstos en el par 21, establecido por Lejeune, Gauthier y Turpin en Francia y que estabilizó esta caracterización citogenética del síndrome de Down, como ya se ha dicho. Ello llevó a practicar el aborto tras diagnósticos positivos de esta anomalía en Inglaterra. La posible generalización y la estandarización de esta práctica diagnóstica en los años siguientes fue objeto de discusiones entre genetistas y médicos. La edad de la mujer embarazada se convirtió en el criterio principal para recomendar la amniocentesis y el análisis de cromosomas. Durante los años 1970 se llegó a hablar de una posible eliminación del síndrome de Down entre la población por este método 45. Las amniocentesis, realizadas por indicación médica, empezaron a practicarse en España a principios de la década de 1970 y para detección del Rh del feto cuando se preveían complicaciones. Entre las primeras mujeres atendidas con esta técnica se encontraban aquellas que tenían exceso de líquido amniótico, por lo que se trataba de punciones evacuatorias. En 1975, Lautre, que se había formado en la Unidad de Genética de la Fundación Jiménez Díaz con Sánchez Cascos y en el Guy's Hospital de Londres, presentó un conjunto de ----43 Sobre las informaciones y las prácticas en España en la década de 1970de, véase LAUTRE (1976)). Sobre los orígenes de la amniocentesis y la detección prenatal de síndromes, véanse los trabajos ya citados de SCHWARTZ COWAN (1994) y también GAUDILLIÈRE (2001). resultados de estas prácticas. Explicó en esa ocasión que la amniocentesis se practicaba «por vía transabdominal bajo control ecográfico», lo que minimizaba el riesgo de daños al feto y a la madre, o por vía vaginal si no había localización previa del saco amniótico. Consistía en la extracción de 10 centímetros cúbicos, que se cultivaban con suero fetal. La duración del cultivo hasta obtener células adecuadas variaba. Pero, añadió Lautre, esa premura para obtener resultados no era importante en España, pues el aborto terapéutico no estaba autorizado por la ley. De los 67 casos presentados en aquella primera ocasión, solo dos presentaron alteración cromosómica. La ciencia estaba haciendo posible «el control genético del feto», según Lautre, pero añadía, «la prevención total de las anomalías genéticas llevaría a practicar el control prenatal en todos los embarazos», lo que resultaba «imposible», aunque podían establecerse criterios de riesgo, por edad e historia familiar. Finalmente concluyó afirmando que no pretendía «entrar en discusión acerca de lo ético, moral o permisible del aborto terapéutico para poner fin a los embarazos» en los que se había detectado anomalías y, afirmaba, «es misión del médico, concretamente del genetista, el informar del riesgo existente» 46. Mientras tanto, la introducción de la ecografía, para el estudio del feto en el interior del útero, reconfiguró el embarazo y el crecimiento del feto en el interior del abdomen de las mujeres embarazadas como un proceso observable in vivo y en directo por medio de los ultrasonidos 47. La técnica se desarrolló a partir de mediados de la década de 1950 y su uso en la clínica del embarazo se estabilizó a partir de la década de 1970. Así fue como tras establecerse una técnica que identificaba el genotipo (la dotación cromosómica), se inventó y empezó a extenderse el uso de otra que regresaba a la observación del fenotipo, a la forma del cuerpo del feto observable por medio de los ultrasonidos. Con ayuda de la ecografía, las amniocentesis pudieron realizarse tras observar el feto por este método o durante la propia observación, para asegurarse su posición en la bolsa y evitar su daño. Mientras tanto, la pericia de la persona que realizaba la extracción pudo desarrollarse también. Desde los inicios del uso de la extracción del líquido amniótico, la pericia aumentó, generalmente asociada a cifras muy bajas de pérdida de embarazado por la extracción misma. ----46 Véase LAUTRE, M.J. (1976), «Predicción antenatal de las anomalías comosómicas». En BOTELLA, J., IZQUIERDO, L. (eds.), Problemas actuales de genética humana, Madrid, Instituto de España, 47 Sobre la técnica ecográfica, véase MITCHELL, L. M. ( 2001), Baby's first picture. Más tarde, en la década de 1970, se introdujo el método de extracción de vellosidades del corion para muestras destinadas a análisis citogenéticos y de genética molecular. Consiste en la extracción de una pequeña muestra de vellosidad del corion (membrana fetal) justo antes de que comience su desarrollo en la placenta. La muestra se extrae por la vagina o por punción abdominal a partir de la semana octava y hasta la duodécima. Fue este tiempo, menor que el requerido para la amniocentesis, el que hizo pensar que la biopsia de corion llegaría a sustituir a la amniocentesis, pues podrían conocerse anomalías en el feto antes que por la extracción del líquido amniótico. Ambas técnicas son invasivas y llevan consigo un riesgo de pérdida del embarazo, que en el caso de la biopsia de corion fue considerado alto en los inicios de la práctica por lo que, según Schwartz-Cowan, los grupos danés y sueco que trabajaban en ello la abandonaron. Fue en un hospital de China y posteriormente en la Unión Soviética, Gran Bretaña, Francia e Italia donde los resultados de la determinación del sexo del feto mediante pruebas genéticas demostraron su éxito 48. Se ha sugerido que el diagnóstico prenatal lleva consigo, o puede estar en la base misma, de la genetización del embarazo 49. El proceso de genetización, sin embargo, atañe a la práctica médica y a la cultura biomédica pública contemporáneas, y muy intensamente desde la Segunda Guerra Mundial. Las historiografía aporta muchos datos y análisis de los cuales se extrae que la genética, el estudio sistemático de la herencia biológica por la experimentación tanto en biología como en medicina, comenzó muy pronto a estabilizar la dicotomía herencia/medio, como mundos separables a efectos de análisis clínico y descripción de enfermedades, malformaciones y desórdenes, por usar solo algunos de los términos que se tornaron usuales desde entonces. Los desarrollos de la genética molecular y los múltiples procesos por los cuales la práctica médica debía contar con bases científicas más allá del ojo clínico profesional y de las descripciones de las enfermedades infecciosas, transmisibles y heredables se encontraron, tras la Segunda Guerra Mundial, en el laboratorio y en el diseño de nuevas máquinas y aparatos de uso clínico con un creciente conocimiento de la biología molecular y ----48 SCHWARTZ COWAN (2001). En ROTHENBERG, THOMSON (eds.). celular 50. En paralelo, el desarrollo de la medicina hospitalaria en los sistemas de salud de la sociedad del bienestar puso a disposición de la ciudadanía, y de la medicina, un número permanentemente creciente de prácticas diagnósticas. Todo lo cual se produce en plena era dorada de la investigación científica en Occidente. En España se desplegó una capacidad formativa e investigadora que, como se ha visto en los casos que se han presentado aquí, permitió adquirir conocimientos y adoptar nuevas técnicas con relativa rapidez. Las técnicas de diagnóstico prenatal y las prácticas asociadas a él, especialmente los trabajos en genética humana, comenzaron en España temprano, sujetos, puede concluirse de forma provisional, a los mismos valores culturales de genetización y tecnificación de la clínica que se extendían por otros países de la vecindad geográfica y política. Pendiente el desarrollo de una investigación más detallada sobre los primeros grupos clínicos e investigadores que introdujeron el conjunto de prácticas de diagnóstico prenatal en España, con los datos que se ofrecen pueden recuperarse algunos de los asuntos planteados en la introducción. Como ha dicho Rayna Rapp (2000), el diagnóstico prenatal se experimenta por el propio cuerpo de las mujeres y cuando hay resultados positivos de anomalías es una experiencia personal intensa que incluye afrontar la decisión delicada de llevar adelante o no el embarazo. Las políticas en las que están envueltas estas prácticas, por su parte, incluyen derecho a la asistencia sanitaria en el embarazo, las políticas sociales, los derechos y la atención sanitaria a personas que nacen con minusvalías, entre ellas 51. Esas técnicas han creado una cultura del embarazo. La investigación histórica sobre ellas sugiere que se sumaron a tendencias médicas y de investigación biológica y clínica que despegaron a finales de la década de 1950 y deben de estar en el origen del proceso de genetización del embarazo. La práctica del diagnóstico prenatal es más que una mera técnica sanitaria aséptica pública y privada. Aparece ligada a conceptos de salud y de enfermedad que hunden sus raíces en la creciente genetización de los conceptos ----50 Véase LINDEE, M. Susan (2002), «Genetics disease in the 1960s: A structural revolution», American Journal of Medical Genetics 115, 75-82. The social impact of amniocentesis in America, Nueva York-Londres, Routledge. médicos y en las prácticas experimentales. Y tiene una relación también intensa con los derechos de las propias mujeres: pese a la invisibilización del cuerpo, característica de las tecnologías médicas contemporáneas, las mujeres permanecen en el centro de las prácticas médicas y de las culturas que éstas acarrean, y el derecho al aborto por la denominada «indicación terapéutica» surge como uno de tales derechos. El diagnóstico prenatal también se ha convertido en derecho de las mujeres a conocer el estado de salud de su feto. Los procedimientos crean culturas y oferta y demanda propia de los mercados. Se trata de procedimientos que concentran la atención en los embriones y en los fetos. El concepto mismo de embarazo, medicalizado ya, se modificaba y tecnificaba, para acabar por genetizarse. Y es la introducción de esas nuevas prácticas, de esas nuevas culturas de descendencia saludable, las que he pretendido repasar de forma preliminar marcando algunos aspectos que contribuyan a comprender el proceso por el que se establecieron en España. La penalización del aborto durante toda la dictadura de Franco configuró el tipo de trabajos diagnósticos que se practicaron en embarazadas, y ese medio local y las singularidades de un estado dictatorial y oficialmente católico podrían explicar la apariencia neutra de los diagnósticos prenatales más tempranos que se hicieron en España. En ellos, la prevención de nacimientos insanos -de seres enfermos o malformados-por interrupción del embarazo no se menciona en las publicaciones médicas consultadas. La práctica de esos diagnósticos, en sus inicios en nuestro país, parece seguir simultáneamente otros códigos, relacionados con intereses profesionales clínicos y médicos, que buscaban un mayor conocimiento sobre el embarazo mismo y sobre ese sujeto tanto tiempo invisible que era el feto. Las investigaciones para la elaboración de este trabajo han contado con una subvención del Plan Nacional de I+D+i, Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales 29/03 (20031R613-CSIC) y actualmente con una del Plan Nacional de I+D+i del Ministerio de Educación y Ciencia (HUM2006-06327). Agradezco a Esther Ortega su colaboración en la detección de algunas de las fuentes citadas aquí, y a Montserrat Cabré, a Teresa Ortiz y a dos personas anónimas que lo revisaron los comentarios y sugerencias a una versión previa de este texto.
Inmediatamente después de interesarse por el magnetismo animal, y seguramente como consecuencia de dicho interés, E.T.A. Hoffmann hizo de los autómatas personajes centrales en algunas de sus obras más notables. El presente trabajo pretende mostrar cómo este interés revela la actitud crítica del escritor hacia un modo de concebir al ser humano que, desarrollándose paralelamente a una medicina basada en la anatomía, había desembocado en el siglo XVIII en un estado de opinión que tiene su más acabada expresión en L'homme machine, de J. O. De La Mettrie. Estos relatos, como los dedicados al magnetismo animal, nos parecen hoy un grito de alerta frente a una de las consecuencias de esa concepción mecánica del ser humano: el despliegue del «biopoder», o de la «biopolítica», conceptos formulados por Foucault en sus últimas obras; pero también frente a los riesgos que entraña la voluntad prometeica de la modernidad. PALABRAS CLAVE: Medicina y literatura, magnetismo animal, cuerpo humano, autómatas, E.T.A. Hoffmann. I. UNA EPISTEME BAJO SOSPECHA. La idea de realizar este trabajo me sobrevino en el curso de la relectura del excelente estudio de Rafael Mandressi sobre la mirada anatómica 1: una mirada configuradora, según este autor, de una auténtica «civilización de la anatomía» que se extendería entre 1270 y los comienzos del siglo XIX 2. Como podrá comprobarse de inmediato, el texto del historiador de la medicina uruguayo afincado en París constituye el estímulo fundamental de mi propia reflexión, que se desarrollará en un campo diferente, y que tiene el propósito de estudiar una alternativa a esa mirada. Mas lo cierto es que en el curso de este trabajo mis objetivos se han ido ampliando, a causa precisamente de lo que me parecía ir comprendiendo a medida que me adentraba en el tema. Así, la crítica de la que surge dicha alternativa ha resultado ser, en la perspectiva de un lector del siglo veintiuno, una enmienda apenas consciente a la totalidad de un proyecto moderno que sólo recientemente ha sido descubierto, señalado y nombrado con el término de biopolítica 3. No es casual que mi trabajo tenga por tema algo que ocurrió precisamente a comienzos del siglo XIX, período en el que, como hemos visto, sitúa Mandressi el eclipse de la mirada anatómica. En el marco del romanticismo literario, pero también en el del romanticismo médico, un escritor alemán, seguramente sin proponerse tan ambicioso objetivo, planteó una de las críticas más radicales a esa episteme 4 basada en la preeminencia del sentido de la vista ----1 MANDRESSI, R. ( 2003), Le regard de l'anatomiste. 4 Empleo este término en el sentido que le dio Michel Foucault, especialmente en el prefacio a Las palabras y las cosas (México, Sigo XXI, 1982, p. 7): ese «a priori histórico [gracias al cual] han podido aparecer las ideas, constituirse las ciencias, reflexionarse las expe-utilizado según unas reglas particulares que permiten adjetivar de «anatómica» esa forma de mirar. El escritor no es otro que Ernst Theodor Amadeus Hoffmann. Nadie debe llamarse a engaño por el hecho de que me permita plantear este enfrentamiento sin, aparentemente, respetar unas reglas, en particular la que exigiría que ambas perspectivas desarrollen sus argumentos sobre el mismo terreno. De entrada podría pensarse que no ha lugar a presentar objeciones a un discurso científico desde un campo ajeno, como es la creación artística. Y sin embargo el análisis de Mandressi justifica, si es que no exige, este género de confrontación, pues lo que sostiene es que la mirada del anatomista y los correspondientes procederes disectivos que fueron responsables de la construcción -y en este caso el vocablo resulta absolutamente pertinente-de una determinada imagen del cuerpo 5 -aquella, precisamente, a la que de un modo u otro se opuso el romanticismo, y de forma muy concreta el «fantaseador escéptico» 6 objeto de mi estudio-no fueron en modo alguno ajenos al trabajo de los artistas contemporáneos. Para poder cumplirse de manera satisfactoria, mi propósito precisa de una extensión algo mayor que la habitualmente concedida a un artículo; dado, por otra parte, que en el curso de mi reflexión he identificado dos asuntos fundamentales, plantearé la exposición de la crítica hoffmaniana en dos etapas, a cada una de las cuales pretendo dedicar un trabajo.Me ocuparé en éste del tema del cuerpo representado como máquina, y dedicaré el segundo al de la mirada dirigida a la naturaleza del cuerpo y a la naturaleza en su conjunto, y también al de la mirada misma. ---riencias en las filosofías, formarse las racionalidades (...); el campo epistemológico (...) en el que los conocimientos, considerados fuera de cualquier criterio que se refiera a su valor racional o a sus formas objetivas, hunden su positividad y manifiestan así una historia que no es la de su perfección creciente, sino la de sus condiciones de posibilidad». 5 Al final de su extenso recorrido por la anatomía medieval y moderna concluye: «No es cuestión únicamente de medicina. Ni tampoco de ciencia (...) La anatomía fue un vehículo de meditación moral y de investigación espiritual, un espectáculo social, una fiesta que reunía multitudes. Fue la manera de significar la condición humana y el esplendor de la Creación. Fue también un concepto clave para pensar y decir el análisis. Fue el objeto y el pretexto de una cultura visual marcada al mismo tiempo por la sensualidad y lo macabro, por la crueldad y lo barroco. En el curso de los tres siglos durante los que sopló en Europa «un viento irresistible de embriaguez anatómica» lo que se produjo fue una irrigación de lo imaginario, la instauración de una sensibilidad». El texto entrecomillado en el interior de la cita pertenece a CAMPORESI, P. (1989), L'officine des sens: une anthropologie baroque, Paris, Hachette, p. 6 Así le califica Rüdiger Safranski en la biografía que le dedica: SAFRANSKI, R. ( 1984), E.T.A. Hoffmann. DEL CUERPO DE LA DISECCIÓN AL CUERPO DEL AUTÓMATA. Repasemos brevemente, tomando como guía el texto de Mandressi, el camino que conduce hasta el autómata humano; un camino que atraviesa la modernidad de un extremo a otro 7. Se inicia en Vesalio -quien, por otra parte, cuenta con predecesores reconocidos; remito al lector al texto citado o a los buenos tratados de historia de la medicina-y desemboca en la obra de los constructores de máquinas que pretenden copiar a la naturaleza animada, como el célebre Vaucanson. Lo que en Vesalio es moderno -como ha señalado, por ejemplo, Laínha dejado de ser galénico: la anatomía, y más en concreto la osteomuscular. Pero la fisiología, e incluso la anatomía de las partes más explícitamente «fisiológicas» -las vísceras-es bastante menos moderna, e incluso no ha dejado de ser galénica: basta con recordar el orden expositivo de la anatomía de las cavidades en la Fabrica 8. Creo que hay más de una razón para explicar esta discrepancia entre las dos anatomías vesalianas; pero en apoyo de mi defensa, antes esbozada, del análisis del tema con ayuda de fuentes artísticas, me interesa enfatizar una de las menos conocidas, señalada por Mandressi: en el Renacimiento, el trabajo teórico de los artistas relativo a la representación del cuerpo humano precede al de los anatomistas 9. Como los médicos -pero teorizando antes que ellos-los artistas se interesan enormemente por la «estructura» del cuerpo, ocupándose bastante poco del conocimiento de las vísceras. El gran teórico Leone Battista Alberti hace de los huesos «el principio generador de la forma», y sus colegas van a esforzarse sobre todo por conocer el aspecto de huesos y músculos como fundamento de su trabajo 10. No se trata ----7 El lector informado puede objetar que este camino ya era conocido, a lo que hay que responder que en la exposición del autor uruguayo se ponen de manifiesto aspectos menos conocidos y puntos de vista novedosos que son, precisamente, los que de manera más decisiva han estimulado mi propia reflexión. 8 LAIN, P. (1963), Historia de la medicina moderna y contemporánea, Barcelona, Editorial Científico-Médica, pp. 56-58 La primera representación pictórica de una lección de anatomía, realizada por Donatello, se encuentra en la iglesia de san Antonio en Padua. Más tarde los tratados anatómicos copiarán ese modelo. Algo similar sucede en el caso de la portada de la Fabrica: el cadáver ante el que se encuentra Vesalio está en la posición del «Cristo muerto» de Mantegna, aunque cabe pensar que el pintor pudo a su vez tomar la imagen del natural, de una disección, lo que representaría, a juicio de Man-aquí de establecer prioridad alguna, sino más bien de todo lo contrario: de mostrar cómo, en un momento determinado, está surgiendo un nuevo modo de contemplar la realidad que no es patrimonio de una actividad concreta. Para reforzar esta tesis Mandressi advierte que el modelo arquitectónico de la anatomía vesaliana no es absolutamente innovador ni antigalénico, pues la manera de describir el esqueleto como andamiaje es directamente dependiente de la que Galeno pone en práctica en De anatomicis administrationibus, donde se refiere a los huesos comparándolos a los palos de una tienda de campaña 11. Pero Galeno, en el caso citado, termina dando, como es sabido, prioridad a la orientación dinámica, fisiológica, y sustentando su «tienda de campaña» sobre una estequiología fluidista, mientras que Vesalio volverá de algún modo la espalda a la fisiología, dejándosela a otros, y hará sentir a sus seguidores la necesidad de la instauración de una estequiología solidista, la fibrilar 12. Vesalio se queda con lo que puede ver, entronizando esa «mirada anatómica» que interesa a Mandressi. Aunque tal vez podría decirse que la noción de «mirada anatómica» es una tautología, pues ninguna otra de las disciplinas médicas 13 o biológicas reposa de facto en la mirada. Galeno, por ejemplo, no tiene una «mirada fisiológica», sino más bien una «razón fisiológica» 14, pues los ojos no tienen accceso, y apenas lo tendrán más tarde, al mundo de la fisiología. Por el contrario, aunque parezca evidente que la anatomía es una disciplina tan caracterizada por su método como para que pueda adoptar como nombre el de la técnica disectiva, no lo es menos el que tanto o más que de la mano armada depende del sentido de la vista. No es, pues, casual que me haya visto obligado a ocuparme sucesivamente de la estructura y de la visión al plantearme como problema la imagen del cuerpo. ---dressi, un «efecto de retorno, imagen que parte de la anatomía para regresar a ella después de haberse formalizado en otra parte». 12 En 1611 Thomas Bartholin sostendrá que sólo puede llamarse «parte a aquello que participa en la forma & en la vida del todo, a saber la que es sólida, como pretenden los anatomistas». 13 Excepción hecha, claro está, de la cirugía; pero ésta es fundamentalmente una disciplina práctica, y su relación con la anatomía como base teórica la convierte en una especie de emanación de ésta. Y para el caso concreto de Galeno, GARCIA BALLESTER, L. (1972), Galeno en la sociedad y en la ciencia de su tiempo, Madrid, Guadarrama, pp. 53-57. Pero esta «estructura» que de forma tan fundamental concierne por igual a los artistas plásticos 15 y a los anatomistas será representada de modo diverso a lo largo del período moderno. La arquitectónica vesaliana, que tomaba como modelo los edificios urbanos, cede su lugar en la obra de Jakob Benignus Winslow (1669-1760) a una imagen diferente: la del ingenio mecánico. Para el anatomista danés afincado en París el esqueleto óseo, el punto de partida de la nueva anatomía, no es ya semejante al andamiaje de algún edificio, sino el complejo armazón de cualquier «máquina móvil» como una carroza o un velero 16. Es natural que así sea; el cadáver de Vesalio tenía que ser animado de un modo u otro para que la anatomía tuviese algún sentido en la construcción de la nueva medicina. En el fondo Winslow procede del mismo modo que Leonardo trescientos años antes 17, intentando concebir y representar el movimiento de las partes para restituir una de las propiedades más aparentes de la vida a la estructura inmóvil. De ese modo la fisiología se convierte en ancilla anatomiae, al menos desde el punto de vista metodológico, de lo que es buena prueba su concepción como anatomia animata en la obra del creador de la fisiología barroca, Albrecht von Haller (1708-1777); pero la anatomía, para poder conservar su papel rector, debe dotarse de los medios necesarios para explicar el movimiento. Para ello es fundamental desplazar el protagonismo del todo a las partes, y hacer derivar la idea de estructura de la noción de articulación, de «montaje» 18. El camino recorrido por la anatomía en estos siglos ha sido transitado también por los filósofos. En 1662 ha visto la luz el Traité de l'homme de Descartes y a finales del siglo XVII «la noción de organismo-máquina fascina. En 1747 La Mettrie publica L'homme machine, monumento ideológico de un "Siglo de las Luces (...) resueltamente mecanicista de obediencia fibrilar» 20. Es el siglo de Jacques de Vaucanson (1709-1782) y de Wolfgang von ---- 15 No sólo a los pintores; también los escultores están interesados por la disección (Lorenzo Ghiberti, 1447-1455) o la practican (Miguel Angel). En este período auroral de la mirada anatómica el anatomista médico aún no ha perdido de vista la perspectiva de la vida, como revelan las ilustraciones anatómicas de la obra de Berengario (c. MANDRESSI (2003) Kempelen (1734-1804), famosos constructores de autómatas que asombrarán a la sociedad de su tiempo y a la inmediata posteridad, cuyas producciones llegarán a ser el motivo inspirador de los relatos de Hoffman de los que se ocupa este trabajo. Vaucanson es sin duda el iniciador de esta moda que es a la vez un signo de los tiempos. Sus primeras máquinas animadas, un pastor y un flautista, asombran por su capacidad de producir música mecánicamente, llegando incluso a interpretar varias melodías diferentes. Pero su creación fundamental es un pato mecánico capaz de emitir sonidos, mover las alas, ingerir alimentos... y defecar (fig. 1). Esta proeza tiene un significado extraordinario, pues por una parte parece dar la razón a la imperante medicina mecánica, o iatromecánica, al confirmar que la digestión es un proceso mecánico21 -pues puede ser realizada por una máquina-y por otra sugiere la posibilidad de crear máquinas que reproduzcan de manera perfecta las creaciones de la naturaleza. Estimuladas por este logro, las academias de medicina establecerán premios para quien consiga construir un autómata capaz de hablar, pues, a partir de la filosofía cartesiana, se considera que el habla es lo que diferencia al ser humano de los animales, concebidos explícitamente como máquinas semovientes22. El propio Vaucanson lo intentará, aunque terminará abandonando sus ensayos23. Más éxito tendrá en este campo el austríaco Wolfgang von Kempelen, quien conseguirá construir una máquina parlante (no integrada, en cualquier caso, en un autómata humano completo), capaz de pronunciar algunas palabras con voz semejante a la de un niño. Los ensayos realizados por su creador a lo largo de toda su vida no desembocaron en mejoras sustanciales, quedando su aparato como una mera pieza de exhibición 24. Pero el interés de las instituciones científicas en estos ensayos es genuino y constituye una prueba palpable de la concepción mecanicista de la vida imperante en este período ----histórico. Y en la perspectiva del proceso histórico vivido por la anatomía -y de mano de ésta, también por la antropología filosófica-lo que representan máquinas como el pato de Vaucanson o el turco de von Kempelen -de la que me ocuparé en breve-es una nueva idea de la vida: «la maquinaria del autómata, en lugar de copiar al viviente, lo realiza» 25. Esta es la situación que encuentran quienes escriben a finales del siglo XVIII y quienes, nacidos en esos años, lo harán en las primeras décadas del siguiente. No resulta nada extraño que una de las obras literarias emblemáticas de este período sea Frankenstein o el moderno Prometeo de Mary Wollstonecrafrt Shelley (1818). Al fin y al cabo el protagonista del relato no hace más que tomar la ciencia de su época en el nivel en que la encuentra, y este nivel presenta, como hemos visto, entre otros rasgos característicos la representación de la figura humana como agregado de partes, de piezas anatómicas sus-----ceptibles de ser animadas. Pero, como es sabido, en Frankenstein se plantea una crítica radical a una ciencia así entendida, o al menos a sus eventuales consecuencias26. No en vano nos encontramos ya en el Romanticismo, una de cuyas señas de identidad es el rechazo de una buena parte de la herencia de la Ilustración27. Y en el campo objeto de nuestro interés la novela de Mary Shelley representa sin duda el ejemplo más emblemático, pero no el único, ni desde luego el más complejo. Este papel estaba reservado para Hoffmann, por más que a menudo sus relatos hayan sido considerados literatura menor, «cuentos». La investigación literaria más reciente ha mostrado que, sensibles al tono fundamental de la época, los escritores del cambio de siglo manifestaron un notable interés por la imagen humana artificial28: sin salir del ámbito alemán el teatro de marionetas (Kleist, «Bonaventura» 29, el propio Hoffmann) y los autómatas (Jean Paul, de nuevo Hoffmann) se convierten en motivo literario harto frecuente30. Pero ninguno de ellos consiguió sacar tanto partido a esta materia como nuestro autor, pues no se limitó a la crítica descalificadora, esforzándose por extraer de la inquietante figura del hombre artificial enseñanzas más difíciles de asimilar que las que podrían nacer de una visión del problema en blanco y negro. Las siguientes páginas tienen por objeto poner de relieve estos singulares descubrimientos del escritor. ----Antes de comenzar el análisis de la obra permítaseme situar, por más que sea sumarísimamente, a su autor 31. En primer lugar conviene destacar la singularidad de su condición de escritor. Podría decirse que nunca vivió de lo que escribía, aunque a veces sus textos le sirvieron para no morirse de hambre. Hoffmann pertenece a esa categoría de escritores, sólo relativamente frecuente en los dos últimos siglos, que escribe cuando termina el horario del trabajo que le da de comer. Fue jurista, y en los períodos de su vida en los que no precisó de un editor generoso, o de la magnanimidad de sus amigos, para sobrevivir, lo consiguió gracias a sus empleos como funcionario al servicio del Estado. Tampoco la creación literaria fue, al menos durante bastante tiempo, el objeto de sus anhelos. Siempre quiso ser músico -y de hecho lo fue, aunque con éxito insuficiente-; ensayó sus capacidades como director teatral en Bamberg y en Dresde, y en una anotación en su diario, datada el 16 de octubre de 1803, puede leerse esta pregunta: «¿habré nacido para pintor o para músico?» 32, pues realmente era un caricaturista extraordinario. Y sin embargo fue la creación literaria quien consiguió que su figura llegue hasta nosotros cargada de un prestigio que no cesa de crecer a medida que la crítica desvela la profundidad de sus aparentemente sencillos escritos. Por otra parte, su fama literaria, ni temprana ni excesivamente tardía, pues podría decirse que comenzó con su etapa berlinesa, a partir de 1814, reposaba, como la de su admirado Cervantes, mucho más sobre la estima popular que sobre la de las elites culturales. Así, mientras que un viajero sueco recogía en su diario de viaje por Alemania que un mozo del hotel en que se alojaba canturreaba fragmentos de la ópera Ondina, compuesta por Hoffmann sobre un relato de su amigo La Motte-Fouqué, y que las clases populares adoraban sus relatos 33, sabemos a partir de otras fuentes que en un círculo tan exquisito como el que se reunía en torno a Carl August Varnhagen von Ense y su esposa Rahel se le despreciaba olímpicamente en nombre del respeto hacia la obra de Goethe, que tan explícitamente se había pronunciado contra ----31 En español existe una breve, pero bien documentada biografía de Hoffmann: BRAVO-VILLASANTE, C. (1973), El alucinante mundo de E.T.A. Hoffmann, Madrid, Nostromo. Merece destacarse el estudio introductorio de Ana Pérez a la edición española de las Opiniones del gato Murr. En alemán resulta interesante, como casi todas las de su autor, la de SAFRANSKI (1984), aunque conviene completarla con la lectura de algunas obras más académicas. No puede pasarse por alto que el auténtico fastigio de la fama de Hoffmann no se produciría sino en pleno auge de la cultura burguesa y fuera de su patria, en la Francia que, por los buenos oficios de su amigo el médico y magnetizador Koreff, fue escenario de la primera edición de sus obras completas traducidas por Loève-Weimars 35. Con estos datos se tiene la impresión de que para el protagonista de una biografía así la elección de la literatura es a lo sumo un mal menor. A esto es a lo que me refería en la segunda parte del título de este apartado, que, por cierto, está tomada en préstamo de los «Proverbios del Infierno» (1790-92) de William Blake 36. Por otra parte, creo que para quien ha tenido variadas experiencias como lector esto constituye a veces una garantía, pues muy a menudo los más brillantes atisbos sobre el presente aparecen de forma inconsciente e impremeditada, y eso es lo que hace fascinante una obra como la de Hoffmann que, aunque de forma involuntaria, se ve libre del ennui de tout dire, o de tout expliquer. Dicho esto, conviene pasar ya al centro de la cuestión, es decir, al análisis de los textos más interesantes en la perspectiva de los objetivos, apenas pergeñados, de este trabajo. Me ocuparé en primer lugar del que lleva por título Die Automate, Los autómatas, publicado en 1814. LO QUE OCULTA EL AUTÓMATA. Lo primero que hay que destacar es que este relato, a diferencia de otros del mismo autor, está basado en la observación de la realidad. Su arranque lo constituye la llegada a la ciudad en la que viven los protagonistas, los jóvenes Ludwig y Ferdinand, de un espectáculo cuyo elemento fundamental es un autómata parlante con la figura de un turco. Resulta evidente que Hoffmann se toma la libertad de fundir en una las dos máquinas antes referidas de Wolfgang von Kempelen; pero además, en el curso del relato, Ludwig se hace eco de las experiencias del propio Hoffmann, al mencionar su contemplación de ---- 36 «El progreso traza caminos rectos, pero los tortuosos caminos sin progreso son los caminos del genio». BLAKE, W. (2000), El matrimonio del cielo y el infierno, Madrid, Hiperión, p. unos autómatas en el arsenal de Danzig 37. En la época en que Hoffmann escribe su relato aún no se había descubierto la superchería de Kempelen, cuyo turco (fig. 2), en este caso mudo jugador de ajedrez, ocultaba en el interior de la mesa sobre la que se situaba el tablero a un verdadero jugador enano que manejaba las piezas con ayuda de imanes 38. Aunque la citada autora no señala esa posible influencia parece razonable apuntarla, pues el muñeco de Robert-Houdin era, también, un trapecista, y su creador un apasionado lector de obras relativas a la materia, como Aridjis señala en las páginas 137-140 de su obra. 38 La superchería sólo fue descubierta años más tarde, en los Estados Unidos, cuando el autómata era exibido por Johann Nepomuk Maelzel (1772-1838), que lo había adquirido con fines crematísticos. Edgar Allan Poe escribió un relato casi periodístico sobre este evento, «Maelzel 's chess player» (1836). Kunstgeschichte, Graz. http://www.chess.at/geschichte/kempelen.htm (15-11-2006) En el relato de Hoffman el turco no juega al ajedrez, sino que habla. También esto está tomado de la realidad, pues en los años precedentes ya se habían organizado espectáculos con figuras parlantes. Johann Samuel Halle, profesor de la Academia Militar de Prusia, autor de una Fortgesetzte Magie en 7 volúmenes (1788-1802), fabricó el «Brahmín, u oráculo parlante», un muñeco que permanecía sentado y respondía a preguntas mediante un sistema de tubos a través del cual llegaba la voz de personas ocultas en un balconcillo inaccesible a las miradas del espectador 39, y Etienne-Gaspard Robert (Robertson) había utilizado el mismo sistema en sus célebres espectáculos de «fantasmagoría», más concretamente en el denominado «la mujer invisible» (fig. 3), que no era exactamente una fantasmagoría -es decir, uno de esos espectáculos visuales que le hicieron célebre en toda Europa-sino más bien un oráculo supuestamente mecánico 40. Pero en Los autómatas se descarta desde el principio la posibilidad de algo tan tosco, aunque no la existencia de algún medio mecánico exquisitamente sofisticado, única explicación posible para que un ser humano pueda hablar a través del muñeco; pues lo que desde el primer momento queda radicalmente descartado es que éste piense por sí mismo las respuestas a las preguntas del público. En todo caso no es esto lo que interesa a Hoffmann, aficionado él mismo a las marionetas y a los autómatas, y capaz de fabricar juguetes mecánicos para los hijos de su amigo Hitzig 41. Así, aunque hace alabar a Ferdinand el desconocido sistema que permite a su creador estar en contacto con el autómata, inmediatamente pone en sus labios esta declaración: Pero lo que más me asombra y lo que en verdad me atrae es el poder espiritual de ese ser humano desconocido en virtud del cual parece penetrar en el fondo del espíritu del que hace la pregunta: y es que en las respuestas existe a menudo una agudeza y al mismo tiempo un espantoso claroscuro que las convierten en oráculos, en el sentido estricto de la palabra 42. No olvidemos la fecha en que Hoffmann compuso y publicó su relato: 1814, es decir, dos años después de otro del que me he ocupado en otro lugar: «El magnetizador» 43. Como la mayoría de sus contemporáneos, Hoffmann estaba fascinado por las posibilidades del magnetismo animal, y no me cabe la menor duda de que está pensando en él cuando menciona, en la frase citada, ese «poder espiritual» que «parece penetrar en el fondo del espíritu» de un ----41 Este es un aspecto de la personalidad de Hoffmann muy bien documentado. El poeta danés Öhlenschlager descibió de mano maestra una sesión de la tertulia de «los hermanos de San Serapión», de la que Hoffmann era el alma, en la que nuestro autor acompaña con una marioneta «de las que tenía un armario lleno» un relato que él mismo refiere a los contertulios habituales. Se ha identificado con facilidad a Hoffmann como el padrino Drosselmeier de Nussknacker und Mausekönig (El cascanueces y el rey de los ratones), siendo la pareja de niños del relato el reflejo de los destinatarios del mismo, los hijos del matrimonio Hitzig. 42 HOFFMANN, E.T.A. (1988 a), Los autómatas, en Los hermanos de San Serapión, II. (Ed. de Celia y Rafael Lupiani y Julio Sierra). Cito por esta edición después de cotejar cada fragmento con la edición electrónica de las obras de Hoffmann disponible en el Projekt Gutenberg. El lector podrá comprobar que en algún caso el texto de la traducción está modificado. http://gutenberg.spiegel.de/etahoff/serapion/serap331.htm (20-02-2007) (p. 43 MONTIEL, L. ( 2003), Primera mirada sobre el lado oscuro del magnetismo: El magnetizador, de E.T.A. Hoffmann. En: MONTIEL, L.; GONZÁLEZ DE PABLO, A. (Coords.) Estudios sobre la historia del magnetismo animal y del hipnotismo, Madrid, Frenia, pp.143-170. Y -como también es habitual entre los artistas de la época-espontáneamente compara el comportamiento de los sonámbulos con el de los autómatas44. En este caso el sentido de la comparación es el opuesto: aunque no lo mencione, el escritor parece estar pensando en el magnetismo animal, o en lo que quiera que se esconda tras ese nombre, como única explicación posible a lo que de verdad intriga a sus personajes en el relato, más allá de la pura habilidad mecánica del constructor. Que se trate de una historia de ficción no hace sino apoyar mi convicción de que a Hoffmann le interesa todavía el magnetismo animal, y bastante más que las máquinas semovientes, puro pretexto en este caso para formular de nuevo la pregunta sobre las posibilidades -positivas y negativas-de esa supuesta fuerza natural que, para Hoffmann, una vez más45, tiene un carácter preponderantemente psíquico, «espiritual». Precisamente en ese mismo sentido se manifiesta Ludwig, el coprotagonista del relato, al avanzar una interpretación de las dotes proféticas del turco. Ludwig postula la existencia de una «influencia psíquica» que se realiza a través de una desconocida «conexión espiritual», y declara estar convencido de que... es la fuerza psíquica que pulsa las cuerdas de nuestro interior (...) quien las hace vibrar y sonar de tal modo que percibimos claramente un acorde puro. Y somos nosotros mismos quienes nos damos las respuestas, al percibir en nosotros y comprender la voz que un principio espiritual ajeno a nosotros ha despertado 46. En próximas ocasiones volveremos a comprobar la sensibilidad de Hoffmann hacia la idea, más tarde desarrollada por el psicoanálisis, de la proyección de los contenidos psíquicos del propio inconsciente, según la cual nos representamos como ajeno lo que procede de una parte desconocida o rechazada de nuestra propia psique. En «Los autómatas» se sostiene, desde luego, la tesis de que el muñeco mecánico actúa, en el mejor de los casos, como esos espejos transparentes sólo por un lado que se ven tan a menudo en las películas policiacas: transparente por el lado del que obra poniendo en marcha ese tipo de actividad psíquica -el magnetizador, el «oráculo»-y reflectante del lado del que cree escuchar un mensaje ajeno, cuando en realidad está escuchandose a sí mismo. Por cierto que esto constituye un paso adelante en la historia de la relación literaria entre magnetismo animal y cibernética, pues ya no se trata solamente de equiparar al sonámbulo y el autómata, sino de permitir la irrupción de lo psíquico desconocido a través de un mediador que es sólo «cuerpo», mera materia. Extraordinaria ----argucia del mayor calado psicológico: la singularización del cuerpo-materia permite a Hoffmann liberar de forma inédita el cuerpo-espíritu. Más allá de las declaraciones de los personajes protagonistas, el devenir del relato no hace sino apoyar esta interpretación. Alguien comenta a Ludwig y Ferdinand que el actual poseedor e ingeniero de la máquina es un cierto profesor X que vive en la ciudad, y los amigos deciden visitarle para intentar satisfacer su curiosidad. La visita a este personaje parece tomada del relato que Goethe hizo de la suya en 1805 a uno de los más conspicuos propietarios de autómatas alemanes, el profesor de Física y Química de la Universidad de Helmstedt, Gottfried Christoph Beireis (1730-1809), individuo singular, que pasaba por alquimista (fig. 4), y que llegó a adquirir algunos de los famosos autómatas de Vaucanson 47. Lo mismo que para el autor del Fausto, para los protagonistas del cuento de Hoffmann, la experiencia resultará decepcionante. En el relato, el viejo profesor se limita a mostrarles las habilidades de sus máquinas que hacen música, pero sin que en ningún momento se sugiera siquiera la posibilidad de llegar más lejos de la pura mecánica 48. La visita no hace sino confirmar la diatriba de Ludwig contra la música mecánica, cuyo núcleo lo constituyen las frases que cito a continuación: ¿Son acaso únicamente los ágiles y elásticos dedos en los instrumentos de cuerda o el hálito que fluye de la boca en los de viento quienes consiguen extraer los sonidos que nos embargan con tan poderoso encanto(...)? ¿No es más bien el sentimiento quien, sirviéndose sólo de esos órganos físicos, da vida a lo que suena en su interior (...)? La ambición de los mecánicos por imitar cada vez en mayor medida los órganos humanos con el fin de producir notas musicales o de sustituirlos por medios mecánicos es, desde mi punto de vista, la guerra declarada al principio espiritual (...) Precisamente por eso la más perfecta máquina de este tipo, según los conceptos mecánicos, es también para mí la más despreciable, y un simple organillo, que no busca en lo mecánico más finalidad que la mecánica, será siempre mejor que el flautista y la tocadora de armónica de Vaucanson 49. 48 Tanto esta circunstancia como el escaso, por no decir nulo aprecio de Goethe por la colección de Beireis, han sido esgrimidas, a mi juicio con acierto, como argumento en contra de la hipótesis de que Hoffmann escribiera sobre autómatas porque estuvieran de moda. No conviene olvidar, además, que la moda de los autómatas tenía, en la ocasión, más de cincuenta años de antigüedad. Este combativo fragmento parece un anuncio del célebre texto de Walter Benjamin sobre La obra de arte en la época de su reproducción mecánica, de 1936. Al final del relato Ferdinand descubrirá casualmente el secreto del profesor: en el jardín de una casa de las afueras, su hija -el amor platónico de Ferdinand; un amor destinado a no consumarse nunca, como el relato nos hace saber-canta en secreto con una voz maravillosa, que nada tiene que ver con los lamentables prodigios de aquellos autómatas en quienes no puede habitar el espíritu. Y, según nos informa el autor, en ese jardín que parece «un laboratorio lleno de secretos» 50 es donde el profesor se libra a sus verdaderas investigaciones, que tienen por objeto alcanzar esa música sublime que las máquinas nunca conseguirán producir. Definitivamente, los autómatas sirven a Hoffmann, al menos en este cuento, para hablar del espíritu. Pero sin duda el más famoso de los cuentos «de autómatas» salidos de la pluma de Hoffmann es El hombre de la arena (Der Sandmann, 1815, publicado en 1817), acerca del cual ha podido escribirse recientemente que «el ----número de estudios [a él dedicados] ha alcanzado tal medida en los últimos años que podría considerarse [su] interpretación como una auténtica subespecialidad de la ciencia de la literatura, en la que participan los defensores de todas las orientaciones posibles»51. Sin duda el responsable de esto es Sigmund Freud, quien a través de su conocido texto Das Unheimlich (1919, traducido al español como «Lo siniestro» o «Lo ominoso»), le otorgó una resonancia de la que carecen otras narraciones no menos interesantes desde el punto de vista psicológico. En este relato el autómata aparece tardíamente, aunque no por ello es su papel menos importante. Pero el contexto en el que Hoffmann sitúa esta figura es más ambicioso y complejo que el de la historia precedente. Cuando el autómata -la muñeca mecánica llamada Olimpia-irrumpe en la vida del protagonista, el estudiante Nathanael, ya está en curso una historia en la que el personaje fundamental es un ser humano, el abogado Coppelius, a quien el protagonista teme reencontrar bajo la figura de un italiano fabricante y vendedor de instrumentos ópticos de nombre Coppola, años después de producirse el incidente aciago que envenenó su infancia, en el que Coppelius se vio implicado de manera decisiva. En Der Sandmann la muñeca mecánica cobra toda su importancia en la perspectiva que le otorga su relación con Coppelius y, a través de ella, con la experiencia traumática vivida por Nathanael en la infancia, así como con su personalidad adolescente. Esta circunstancia es sin duda lo que dio pie a la interpretación de Freud, que discutiré más por lo menudo en el próximo trabajo. En la perspectiva de este estudio cumple la misma función que los diálogos de los personajes en Los autómatas: poner de relieve que la estructura semoviente actúa como un revelador fotográfico, como recurso que saca a la luz forzosamente lo escondido. La historia comienza con las cartas dirigidas por Nathanael, a la sazón estudiante en una universidad distante de su casa natal, a su amigo Lothar y a su prometida Clara, hermana del anterior, en las que descubre su malestar, producido por la noticia de la existencia de ese Coppola cuyo nombre resucita en él el odiado y temido de Coppelius. Este, amigo de su padre, o más bien detentador de un cierto poder sobre él, visitaba a menudo la casa familiar y compartía la mesa, explotando sádicamente en ella la repugnancia que su aspecto causaba a los niños, por ejemplo tocando con sus odiosas manos los bocados más agradables, forzándoles así a renunciar a ellos. Cuando se presentaba de noche, la madre obligaba a los niños a irse a la cama bajo la ame-----naza de la llegada del «hombre de la arena», denominación ésta que, por pura lógica, Nathanael asocia al personaje del abogado. Interrogada respecto del significado de tal nombre la madre suministra una explicación sencilla y desprovista de contenidos temibles: se trataría de una simple metáfora relativa a la sensación de picor en los ojos que se experimenta cuando se tiene sueño. Pero el ama les refiere un cuento terrible, según el cual el hombre de la arena es un individo que, cuando descubre a niños que no duermen a su hora, les arroja puñados de arena a los ojos, de manera que éstos se desprenden sangrando de sus órbitas; entonces los mete en un saco y se los lleva a sus hijos, que viven en la luna y están dotados de un pico curvo con el que se alimentan de dichos órganos. Cuando Nathanael decide esconderse una noche en la cocina para ver qué es lo que hacen juntos su padre y Coppelius descubre que practican una suerte de alquimia (así la llama Hoffmann, aunque el método empleado sólo comparte con la alquimia el uso del fuego). Un grito de pánico desvela su escondrijo y corre el riesgo de ser sacrificado por Coppelius en pro de su dudosa obra, pues primero pretende éste arrancarle los ojos y luego, ante las súplicas del padre, se contenta con «estudiar» el juego de sus articulaciones de manos y pies, luxándolas dolorosamente 52. En este punto debo rectificar, al menos parcialmente, mi anterior declaración sobre la tardía aparición del autómata en la narración. De hecho aparece ya en este punto bajo la figura, imaginada por la mirada anatómica, del hombre construido a partir de piezas ensambladas. Coppelius y el padre de Nathanael intentan fabricar un homúnculo; eso es lo que manifiestan las tareas junto al horno y la aparición de chispas que parecen cabecitas humanas sin ojos, que motiva la insatisfecha y bárbara queja de Coppelius: «¡Vengan ojos! Y ya que la alquimia no consigue su objetivo, el satánico abogado se vuelve hacia la mecánica, pareciendo resignarse a pasar del homúnculo al muñeco animado, si bien tampoco este nuevo campo parece al alcance de sus fuerzas, como muestra su comentario al sádico experimento ----52 Una estudiosa de la obra hoffmaniana ha relacionado esta escena con otra, expuesta de forma cómica, pero en el fondo también inquietante: el relato de un sueño por el personaje del pintor Bickert en El magnetizador. En ella Bickert describe cómo se veía a sí mismo como marca de agua en un papel y cómo un poetastro, cuyo nombre no menciona, jugaba con él descomponiendo su figura y dibujando sus miembros en los lugares más inverosímiles del cuerpo. Llama la atención de que, para referirse a él sin mencionar su nombre ni repetir torpemente «el poetastro», Bickert le llama en una ocasión «el Satán anatómico». ¡Un argumento a añadir a todos los señalados por Mandressi (MANDRESSI (2003), pp. 228-239) a favor de la ubicuidad de la anatomía en el imaginario moderno!. 86. realizado sobre el cuerpo del niño: «Hay algo que no cuadra. ¡Con lo bien que estaba! ¡El Viejo sabe hacerlo!» 53. El estudiante Nathanael es consciente de que su turbación actual procede de la irrazonable asociación entre dos personajes motivada por la similitud de sus nombres; pero esto, lejos de tranquilizarle, no hace sino inquietarle aún más, pues le manifiesta hasta qué punto su pensamiento racional dista de poder actuar de manera autónoma: Continuamente hablaba de cómo el hombre, creyéndose libre, era, sin embargo, tan sólo juguete de las fuerzas oscuras. Insistía en que es inútil rebelarse contra ello, y que hay que aceptar humildemente lo que el destino haya establecido. Llegaba hasta el punto de afirmar que era una locura pensar que en el arte y en la ----53 HOFFMANN, E. T.A. (1987), El hombre de la arena. (Ed. de Celia y Rafael Lupiani). 2 de dicha edición). ciencia uno creaba siguiendo su propia voluntad, pues el estado de inspiración en el que ello es posible no es algo -decía-que viene de nuestro interior, sino que es obra de un principio superior situado fuera de nosotros 54. Encontramos en este texto ecos de las tesis sostenidas en Los autómatas, pero el tono es muy diferente. Mientras que Ludwig -y por extensión Ferdinand-postulaban la autonomía, al menos relativa, de un inconsciente que no deja de ser propio, Nathanael, impulsado sin duda por la fuerza coactiva de ese «espíritu» que actúa sobre él, no puede concebirlo como íntimo, sino como foráneo; y aunque el final de la frase lo presenta con tintes positivos, al hablar de la inspiración poética, lo cierto es que su comienzo es notablemente más negativo: el ser humano como «juguete de fuerzas oscuras»; es decir, como autómata gobernado por un poder ajeno. Clara intenta hacerle cambiar su punto de vista esgrimiendo para ello el mismo argumento que el Ludwig de Los autómatas: Pero su tentativa no tendrá éxito, como sabe quien conozca el relato. En primer lugar, el escaso eco que sus palabras despiertan en Clara -o más exactamente, el eco indeseado, por discrepante-llevará a Nathanael a distanciarse de ella, a la que, en un alarde de inversión de papeles, llegará a llamar «maldita autómata sin vida» 56 poco antes de enamorarse de Olimpia, la muñeca mecánica fabricada por el profesor Spalanzani con la inestimable ayuda de Coppola. Como veremos, esto dista de ser un mero artificio literario. Pero volvamos al relato. Decepcionado por la incapacidad de su amada para comprenderle, para ponerse en su lugar -así al menos lo ve él-Nathanael vuelve a la ciudad en la que estudia, donde se produce el encuentro con Coppola, y a través del ---- catalejo que éste le vende, con Olimpia57. Ante la sorpresa, y a menudo el regocijo, de quienes le rodean, Nathanael se enamora de la muñeca que, como es lógico, no le contradice en nada. Pero este apunte sobre el narcisismo del personaje debe, también, quedar para mejor ocasión. De momento Olimpia nos interesa tan sólo como autómata, y como contrafigura de aquella que, paradójicamente, ha sido tildada de autómata por el protagonista. En esta perspectiva es muy esclarecedor lo que señala uno de los innumerables estudiosos de la obra hoffmaniana58. Según dicho autor, el escritor busca deliberadamente esta ambigüedad porque sabe que existe. La sociedad moderna se ha dado a sí misma unos códigos de conducta en los que se reconoce y de los que se siente orgullosa; uno de ellos es el que impone la distancia entre los cuerpos, la contención en los movimientos y actitudes corporales. Desde el Barroco los hombres y mujeres parecen tener como modelo de sus actitudes sociales a las marionetas: vestidos rígidos, movimientos mecánicos... Incluso en un ambiente en el que se tolera un cierto contacto entre los cuerpos, como el baile, éste es rígido y está reglamentado; ejemplo máximo, el minué. Por eso hay que considerar una acertada ocurrencia de Hoffmann que la circunstancia elegida para propiciar el autoengaño de Nathanael sea precisamente un baile, donde la rigidez de movimientos de Olimpia, advertida también por el protagonista, resulta menos chocante. El resto es conocido. Pese a las advertencias de un bienintencionado compañero, Nathanael persiste en su enamoramiento de Olimpia, hasta que descubre lo que no ha querido ver al presenciar la destrucción de la muñeca por sus creadores, que se la disputan violentamente. Enloquecido, pasa una temporada en un asilo hasta que, supuestamente curado, vuelve con sus amigos para, en un arrebato provocado por la supuesta visión de Coppelius en su ciudad, intentar precipitar a Clara desde lo alto del campanario de la iglesia -lo que no consigue gracias a la intervención de Lothar-y darse muerte a sí mismo arrojándose al vacío. Muchos temas quedan por interpretar en esta historia, relacionados con la mirada, y por ello objeto del trabajo ya anunciado. En la perspectiva del presente estudio, lo que más nos interesa son dos asuntos. Uno de ellos es la denuncia hoffmaniana de la «mecanización» del cuerpo y de la vida de los seres humanos. Como complemento a la ya referida interpretación basada en el ----pensamiento de Norbert Elias se ha avanzado otra que se atiene más específicamente a los aspectos materiales de la cultura burguesa, y más explícitamente a la configurada por la revolución industrial. Es evidente que Hoffmann no fue, ni podía haber sido, un «escritor social» del tipo de los que producirá el siglo XIX bastantes años después. Pero, como artista, seguramente era sensible a ciertos cambios significativos que comenzaban a producirse en su época, a su alrededor. Sin duda conocía la naciente industrialización y la correlativa mecanización de buena parte del trabajo humano. Se ha señalado, con acierto a mi parecer, que el primer gran constructor de autómatas, Vaucanson, abandonó esta práctica «inútil» para convertirse en director de las sederías reales de Francia, para las que inventó un telar mecánico 59; mecánico, y «mecanizador» de los movimientos del obrero que lo manejaba, habría que añadir. Así, tanto si pertenecen a la clase que puede permitirse participar en un baile de etiqueta como si se encuadran en esa otra crecientemente sometida al trabajo mecánico, los hombres y mujeres que Hoffmann contempla con su aguda mirada parecen estar habitados por un muñeco invisible más que por un espíritu, término éste que sólo transitoriamente volverán a poner de moda los románticos 60. Y ya hemos visto de qué modo nuestro autor llega a aplicar la metáfora mecanicista a los seres humanos de carne y hueso: Clara, plena de sano sentido común burgués, es acusada por el poeta Nathanael de ser un «autómata sin vida» 61, de modo que éste, víctima de la confusión, o más bien del desánimo, terminará cayendo en los inanimados brazos de la muñeca de madera. Pues, en efecto, Nathanael es un hijo de su tiempo. Pero un hijo hipersensible, pues es un artista. Por eso oscila entre el descubrimiento del autómata en el ser humano y la ceguera ante un autómata real que le brinda una errónea posibilidad de fuga hacia un mundo -su propio mundo-ideal. Y que, en efecto, la locura de Nathanael es, así mismo, la de su época, nos lo muestra el comienzo del relato, la escena nocturna de la que arranca todo el sufrimiento psíquico del personaje. Su padre y Coppelius practican a escondidas la alquimia, con la inequívoca intención de crear un homúnculo; pero sus productos permanecen inanimados, sin ese testimonio de la vida que es la mirada, que ----59 GENDOLLA (1992), p. 60 La actitud de la Ilustración hacia el espíritu fue caracterizada de mano maestra por Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799) en el deslumbrante aforismo 576 del «cuaderno F»: «Por entonces, cuando el alma aún era inmortal». (1990), Aforismos, Ed. a cargo de J.J. del Solar. 61 Esta acusación, que dista de ser baladí, o un mero síntoma de la locura de Nathanael, será estudiada con detalle en el próximo trabajo. hace gritar, frustrado, al abogado: «¡Vengan ojos! ¡Vengan ojos!»; y en el colmo de su decepción, interrogar a la vida misma con las preguntas de la mecánica, manipulando sin piedad las articulaciones del niño 62. En esta escena el artista pone ante nuestros ojos la evolución histórica de la pretensión prometeica del ser humano que quiere convertirse en un dios mediante lo que, sobre todo, caracteriza a la divinidad: crear vida. En tiempos de Hoffmann la alquimia se encuentra en franca retirada, y es la mecánica quien ha tomado el relevo: recordemos los premios convocados por las academias tras la conmoción originada por el pato de Vaucanson, así como esa consagración del cuerpo-mecano que representa el Frankenstein de Mary Shelley. Y recordemos, también, al modelo del profesor X de Los autómatas -cuyo jardín era «como un laboratorio lleno de secretos»-, Gottfried Christoph Beireis, alquimista y coleccionista de ingenios mecánicos, entre otros algunos de Vaucanson. EL BIOPODER, LO SINIESTRO. Muchos temas quedan aún por desarrollar, y otros, sólo parcialmente desarrollados, gozarán aún de aclaraciones suplementarias. No puede, por ejemplo, pasarse por alto que el propio Hoffmann, como ya he señalado, fuera aficionado a construir muñecos automáticos, retratándose a sí mismo en esta faceta como el padrino Drosselmeier de Cascanueces, y también, aunque la identificación no es tan explícita, como el maestro Abraham Liscow del Gato Murr (Lebensansichten des Katers Murr -Opiniones del gato Murr sobre la vida-, 1819-1821) 63, lo que ha llevado a algún autor a advertir que, de algún modo, nuestro fantaseador también se veía a si mismo, en tanto que creador de vidas ficticias, como una especie de profesor X, aunque de un género muy diferente 64. 63 Como es sabido, el alter ego de Hoffmann en esta novela es Johannes Kreisler, aunque hay no pocos rasgos del escritor en el maestro Abraham. Dada la abrumadora cuantía de estudios hoffmanianos ignoro si alguien habrá señalado que, en algún aspecto, el maestro Abraham recuerda también a Goethe; por ejemplo, en su faceta de forzado organizador de fiestas cortesanas para el príncipe. 64 Como ya he advertido la práctica totalidad de los estudiosos de la obra de Hoffmann ha reconocido esta proyección de su propia personalidad sobre sus personajes. Drosselmeier y Coppelius son abogados de día y creadores de vidas ficticias en sus ratos libres, preferentemente de noche, como el mismo Hoffmann, aunque sin duda él mismo sabía muy bien dónde radicaba la diferencia entre sus criaturas y las fallidas del más negativo de sus sosias en estos menesteres. Drosselmeier es, en palabras de Gendolla, «un Coppelius amistoso»; (GENDOLLA propios «autómatas» tienen poco que ver con aquellos que retrata como tales en sus historias, así como con los que pueden visitarse en las galerías. Los de Hoffmann están mucho más al servicio del espíritu que de la habilidad técnica, de modo que el Ludwig de Autómatas puede decir, como corolario de su visita al arsenal de Danzig, «prefiero mi cascanueces» 65; un cascanueces como el que, dos años después, cobraría vida con la sangre de la pequeña Marie en el relato homónimo 66. El muñeco mecánico es, a su juicio, un mero sucedáneo, el sustitutivo inventado por una cultura que, habiéndose separado de forma creciente de la naturaleza, cae como sin quererlo -como se cae enfermo-en una torpe mímica que no soporta la confrontación con la realidad. En otro relato infantil, El niño extranjero (Das fremde Kind, 1817), los muñecos mecánicos resultan atractivos en el interior de la casa de campo en la que viven; pero cuando los pequeños protagonistas del relato -otra vez un calco de los niños Hitzig-salen al aire libre, los juguetes pierden todo su interés, aniquilados, si así puede decirse, por la fascinante naturaleza 67. Pero esta «desnaturalización» -o dicho de otro modo, este «proceso de civilización» en el sentido de Elias-tiene un correlato temible: el de la aparición de ese «biopoder» al que, citando a Foucault, hacía referencia al comienzo, que no puede sino beneficiarse de esa conversión del cuerpo en autómata; del cuerpo, y no sólo de él, si se admite -aunque sólo sea con un propósito heurístico-la noción de espíritu, o al menos la existencia de una psique que, precisando de la materia para existir, tiene una condición diferente. En este sentido el hombre-autómata surgido a la vez de la «mirada anatómica» y de la tecnificación de la existencia representa un peligro para el ser humano sin calificativos porque, como el muñeco mecánico, lleva escondidos en su interior los instrumentos que le hacen desarrollar su programa. Como dice en términos psicológicos uno de los autores citados, «ha interiorizado -en sentido literal-su dependencia» 68. Así, el final del «proceso de civilización» estudiado por Elias sería «la transformación de la psique en un aparato susceptible de ----1992, p. 188); pero el destino del aprendiz de poeta Nathanael en «El hombre de la arena» muestra bien a las claras hasta qué punto el escritor era consciente de las ambiguedades de su propia actividad creativa. Volveré sobre este tema en el próximo artículo. 65 No caeré en el error de hacer de Hoffmann un foucaultiano avant la lettre. Dudo incluso que fuera consciente de esta implicación perversa del proceso que critica desde el interior del mismo, sin disponer de la distancia de la que hoy disfrutamos para contemplarlo. Pero el desgarrado testimonio de Nathanael acerca de su falta de autonomía psíquica, tan razonable -y psicológicamente-desmontado por Clara desde la teoría aún no enunciada de la proyección, se nos presenta hoy como un inteligente atisbo de esa peligrosa deriva. Este es el cuerpo que la mirada anatómica ha mostrado al escritor. Queda pendiente el trabajo sobre la mirada misma. Hoffman era extraordinariamente sensible frente a esta posibilidad que, como he señalado en otros puntos del texto, así como en un trabajo precedente, parecía especialmente al alcance del magnetismo animal. MONTIEL (2003), pp. 156-157 70 La metáfora mecánica habría alcanzado, según este autor, su mayor éxito al conseguir que el padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, cometiera lo que bien podría llamarse un acto fallido: acuñar el término «aparato psíquico».
siglo XVI y singularmente los procesos de selección que precedieron a sus respectivos y sucesivos nombramientos. Pretende ilustrar acerca de la determinación mostrada por dicha clase de profesionales para hacerse con ese oficio asistencial e igualmente sobre las exigencias académicas y socioculturales que afrontaron en contrapartida. Éstas remitieron a la posesión de un grado universitario y a la acreditación de una reputada experiencia quirúrgica, y, en menor medida, a la limpieza de sangre y a la posesión del título de médico del Tribunal local del Santo Oficio. La presencia generalizada de médicos y de otras clases de sanadores en los hospitales renacentistas es un hecho histórico contrastado que con frecuencia se ha ofrecido a interpretaciones sesgadas y mitificadas. Ciertamente, esa presencia no manifiesta ninguna inmanencia institucional o socio-profesional (de los hospitales como establecimientos inevitablemente médicos, o de los médicos como depositarios intemporales de unos saberes siempre sistemáticos y como esforzados defensores de un monopolio profesional transhistórico 1 ), antes bien, constituye una expresión de la historicidad de la institución hospitalaria y el pluralismo médico 2. El presente estudio ahonda en este planteamiento y realiza una doble indagación en el ámbito representado por la ciudad de Granada y su Hospital Real (la institución asistencial de mayor proyección social y política en la ciudad) durante el siglo XVI. En concreto, pretendo ilustrar tanto sobre la determinación mostrada por los médicos de formación universitaria para hacerse con un nombramiento en ese establecimiento como acerca de los méritos y requisitos sociales y académicos que se les exigieron en contrapartida. Como suele afirmarse, de un modo genérico, la labor realizada por los médicos en los hospitales durante la Edad Moderna pudo tener un carácter consultivo y caritativo, que correspondería a unas personas devotas de su autoproclamada consideración de notables locales, pero también debió estar sometida a regulaciones contractuales de diverso tipo. En esa clase de trances y situaciones, los médicos actuaron claramente estimulados ante la posibili-----1 Véanse PELLING, M. (1987), Medical Practice in Early Modern England: Trade or Profession?. Acerca de los hospitales, véase mi trabajo: VA-LENZUELA CANDELARIO, J. (2002), Hospitales y Beneficiencia. Trabajo Social y Salud, 43, 39-66. dad de poder forjar en los hospitales una reputación de relieve, individual y colectiva, una posibilidad ésta que a menudo estuvo asociada al manejo de nuevos tipos de tratamientos3. Los hospitales pudieron configurarse de esa manera como unos espacios sociales -subdivisiones del mercado médicopermeables a la competencia entre los distintos grupos profesionales y, sobre todo, dentro de su segmento universitario. Conviene señalar a este respecto que la ciudad de Granada contó desde fechas tempranas con un gran número de «físicos» (denominación contemporánea de los médicos de formación universitaria) -hasta veinticinco, a principios de 1536, según la estimación del concejo4 -, y que dispuso desde 1532 de una facultad de medicina5. Ciertamente, la medicina universitaria irrumpió en la Modernidad con unas grandes expectativas de desarrollo profesional y de promoción social. Su ascendiente en las tareas curativas y preceptivas había logrado imponerse en las ciudades populosas de los reinos hispanos a finales del siglo XV, al amparo sobre todo de las medidas reguladoras del ejercicio profesional instauradas por los reyes católicos 6, y no se desdibujó en el transcurso del siglo XVI 7. Sin embargo, los filtros sociales y académicos impuestos por los estudios universitarios no bastaron por sí solos para enaltecer la profesión ni propiciaron su ----equiparación con sus homólogas de los campos del derecho y la teología 8, probablemente a causa de la consideración de la práctica médica como un oficio propio de la minoría judeoconversa 9. La facultad de medicina granadina mantuvo de hecho una existencia precaria a lo largo del siglo XVI, con alternativas dotaciones y suspensiones de cátedras, un estado de parálisis que pareció haber asimilado sin apenas variaciones los fines fundacionales de la propia universidad: el soporte intelectual de la predicación y el adoctrinamiento de la población morisca 10. Las universidades -sus facultades médicas-sí ofrecieron en cambio unos socorridos fundamentos gremiales a sus graduados en las ciudades que las albergaron (en Granada todos los doctores eran miembros del claustro universitario 11 ), y en ese carácter gremial debió radicar buena parte de su capacidad de influencia 12. En todo caso, la posesión del título de médico del Hospital Real de Granada, otorgado mediante cédula por la Corona, debió constituir una credencial profesional de gran prestigio en la ciudad. No en balde, dicho título lo era de un oficio que vinculaba a su poseedor con el Patronato Real y en consecuencia con las instituciones políticas y religiosas de mayor renombre social. En efecto, desde mediados de la década de los años treinta de ese siglo, en que se logró culminar un importante proceso de centralización 13, el hospital estuvo ----8 Véase el clásico, KAGAN, R.L. (1981), Universidad y sociedad en la España Moderna. 9 Los testimonios son innumerables, aunque como señala AMASUNO SÁGARRA (2002), p. 197, «la problemática inserción del curador converso» en la sociedad castellana del Seiscientos está aún por estudiar. Como señalan GARCÍA ORO, J.; PORTELA SILVA, M.J. ( 2003), Monarquía y Escuela en la España del Renacimiento. Escuelas, Colegios y Universidades en la Corona de Castilla, Santiago de Compostela, Editorial El Eco Franciscano, p. 354, los estudios de medicina tuvieron una escasa implantación en la universidad granadina, que primó las convalidaciones de cursos realizados en otras universidades de prestigio (Salamanca, Valladolid, Montpellier y Alcalá), limitando su labor académica a la realización de ejercicios finales y a la concesión de grados. Por ejemplo, en Barcelona: «la cualidad para ser miembro de la Facultad de Medicina era la de ser doctor agregado en el Colegio de Médicos», BETRÁN MOYA, J.L. ( 2000), Barcelona y el desarrollo de la salud pública municipal durante el reinado de Felipe II. En MARTÍ-NEZ RUIZ, E. (dir.), Madrid, Felipe II y las ciudades de la Monarquía. 3, Vida y Cultura, Madrid, Editorial Actas,. Véanse mis trabajos, VALENZUELA CANDELARIO, J. (2003), El insigne y suntuoso Hospital Real de Granada (I). regido por una junta de visitadores integrada por sendos representantes de la Chancillería (su oidor más antiguo), la Capilla Real (su capellán mayor), el monasterio de San Jerónimo (su prior) y el propio concejo granadino (un regido. Asimismo, reunió cometidos asistenciales de gran relieve y amplia demanda social: dispensaba limosnas diarias de pan y maravedís, asistía a enfermos incurables (aquejados de bubas o mal francés) y custodiaba a las personas dementes e inocentes albergadas en sus dependencias. Al igual que la generalidad de los hospitales hispanos contemporáneos que atendían a esa clase de enfermos calificados de incurables 14, el establecimiento granadino tenía un cometido específicamente curativo y no estaba en modo alguno alejado de la experiencia cotidiana ni asociado con ninguna clase de estigma social 15. En realidad era la única institución de la ciudad especializada en la cura de esos enfermos con el remedio llamado palo santo, el agua hervida con el leño de guayaco, de carácter empírico y específico, muy costoso y de gran demanda social, y ajeno a la tradición y a la materia médica universitarias, lo cual no habría constituido ningún óbice que impidiera su apropiación profesional por parte de los médicos 16. Francisco Delicado ofrece una apreciación contemporánea de la incurabilidad de las bubas: «Y como después sucedieron las llagas corrosiuas, y de mal olor, los médicos que no les hallauan ningún remedio lamáuanlo el mal de Job, incurable, a su facultad», DAMIANI, B. M., Francisco Delicado. El modo de adoperare el legno de India occidentale. Véase VALENZUELA CANDELARIO, J. ( 2007), Las Constituciones del Hospital Real de Granada de 1593 y 1632: la experiencia cotidiana y el canon contrarreformista. En VALENZUELA CANDELARIO, J.; MORENO RODRÍGUEZ, R.M.; GIRÓN IRUESTE, F., El Hospital Real de Granada y sus Constituciones de gobierno. Asistencia a los pobres y regulación social. Granada, Editorial Universitaria de Granada (en prensa). Acerca de esa clase de hospitales y sobre la asistencia a los enfermos de bubas, véanse LÓPEZ TERRADA, M.L. (1991), El mal de siment en la Valencia del siglo XVI: imágenes del morbo gallico en una ciudad mediterránea europea. Dynamis, 11, 119-145, y CARMONA GARCÍA, J.I. ( 2005), Enfermedad y sociedad en los primeros tiempos modernos, Sevilla, Secretariado de Publicaciones, pp. 218-280 (sobre los dos hospitales de bubas sevillanos, del Espíritu Santo y San Cosme y San Damián). 16 Acerca de la reinvención del término empírico por parte de los médicos universitarios, que lo aplicaron de forma peyorativa a los prácticos que no había pasado por las facultades médicas, véase ARRIZABALAGA, J.; HENDERSON, J.; FRENCH, R. (1997) The Great Pox. The French Disease in Renaissance Europe, New Haven, Yale University Press, pp. 252-255 (un clásico acerca de la enfermedad y su tratamiento y sobre los hospitales de incurables italia-Así las cosas, la ocupación del oficio de médico del Hospital Real habría debido exigir a sus postulantes la posesión de una doble condición técnica: un grado universitario y una notoria pericia quirúrgica (el tratamiento de las enfermedades venéreas pertenecía, como es sabido, al ámbito de la cirugía 17 ), esto es, la cualificación profesional exhibida por los médicos de mayor reputación contemporánea, aquellos que también ejercían la cirugía 18. Ahora bien, erraríamos si juzgáramos las resoluciones de esos procesos de concurrencia y selección profesional como el resultado del simple efecto mecánico de una determinada formación y experiencia teórico-práctica, naturalmente ejercida en un mercado médico libre de interferencias sociales. En realidad, dichos requerimientos académicos y profesionales concurrieron de forma diversa con otros, socioculturales, de gran impacto en la época. De un modo singular, la superación de las probanzas de limpieza de sangre 19, ese formidable instrumento de exclusión y discriminación social (la expresión limpieza de sangre refiere al linaje y representa el honor y la posición social): bien se sabía contemporáneamente que la rivalidad y la competencia en el campo profesional y las expectativas de promoción en la escala social podrían dilucidarse por esa vía coercitiva Lo poco que sabemos acerca de la primera persona que desempeñó el oficio de médico en el Hospital Real, Antonio de Arévalo, que procedía del recién clausurado -en el proceso de centralización-hospital de la Alhambra, confirma lo que se está diciendo sobre la cualificación profesional exigida en el establecimiento regio. Arévalo era bachiller, físico y cirujano, y curaba a los enfermos de bubas con el «agua del palo» y mediante «purgas», y con unciones si éstos presentaban llagas. También conocemos alguna contingencia especialmente reveladora de su dedicación profesional: en 1531, fue censurado por los visitadores por no realizar por su mano las curas de unciones y por demorarse en acudir al hospital; él, por su parte, solicitó un incremento de su salario anual de 6.000 maravedís alegando el crecido número de enfermos que trataba (veinticinco o treinta en cada camada por término medio) 22. Desconozco si tuvo éxito en su reivindicación salarial. La denuncia de su incomparecencia en las curas de cirugía sí parece anunciar la existencia de un conflicto asociado a la dualidad médico-quirúrgica del oficio real, o cuando menos de un cierto reparo de su titular para practicar las mencionadas unciones, consideradas, como es sabido, servidumbres propias de una ocupación mecánica 23 (aun sin representar ninguna alternativa en el orden asistencial, en esas mismas fechas tam----pp. PARELLÓ, V. ( 2003), Limpieza de sangre y conflictividad social en Castilla en los siglos XVI y XVII. De la teoría a la práctica. Desde mediados de siglo los tribunales de distrito reclutaron a sus médicos entre los profesores de las facultades de medicina, PARDO TOMÁS, J.; MARTÍNEZ VIDAL, Á. 23 La falta de estimación de esa clase de oficios, entre los que también se incluiría el de cirujano-barbero, se hizo patente antes de mediados de siglo, según MARAVALL, J.A. (1983), Trabajo y exclusión: el trabajador manual en el sistema social español de la primera modernidad. bién acudía con frecuencia al hospital el barbero Gerónimo de Palomares para «sangrar» y realizar «otras cosas tocantes al dicho ofiçio» 24 ). Ciertamente, el referido carácter dual de las atenciones terapéuticas y el incremento de trabajo causado por la creciente demanda de asistencia constituyeron los principales motivos de queja y preocupación exhibidos por parte de los médicos del hospital en los primeros años de su andadura. En efecto, a principios de la década de los cuarenta, sus visitadores, haciéndose eco muy probablemente de la opinión profesional, en petición elevada a la Corona, estimaron necesario ampliar el número de médicos del establecimiento. Según argumentaron, se habría de nombrar con urgencia a otro nuevo, que también fuese cirujano, porque el que allí ejercía, el doctor Diego de Tapia, que era «abil e sufiçiente en su facultad» y servía «bien e con cuydado e diligençia», no se bastaba para curar a todos los pobres enfermos que acudían al establecimiento; por lo demás, los dos titulados habrían de servir bajo la autoridad de los propios visitadores, con «pena» de que los días que faltaren «sin tener justo inpedimento» serían «multados» con la cantidad equivalente a sus respectivos salarios 25. Tapia, médico y cirujano según su propia declaración, había sustituido a Arévalo «en la cura e medeçina» de los enfermos en 1539 o 1540 26, venía participando activamente en el proceso de admisión y selección de los enfermos, aunque la responsabilidad final en la toma de decisiones, una atribución controvertida en la época, recaía en manos de los visitadores 27. No hubo, sin embargo, ningún nuevo nombramiento de médico o de cirujano en esa fecha y ello pese a que la oferta asistencial debió mantenerse firme, lo que induce a pensar que parte de las atenciones quirúrgicas recayeron en manos de los enfermeros y las enfermeras 28. Quien sí expresó de manera contundente -y no exenta de retórica-la opinión profesional dominante en el ámbito universitario en torno al oficio ---- Según su propio testimonio, Archivo General de Simancas (en adelante AGS), CC, 200-70, fol. 14 v. La presencia de los cirujanos-barberos en los hospitales hispanos es un hecho contrastado. Según una cédula real de 14 de mayo de 1542, dirigida al Arzobispo de Santiago, capellán mayor del Rey, de paso en Granada, Archivo de la Diputación Provincial de Granada (en adelante ADGr, Reales Cédulas relativas al Gobierno y Administración del Real Hospital, libro 6964, fol. 360. Acerca de la muy buena consideración del oficio de enfermera mayor y sobre sus cometidos asistenciales, véase VALENZUELA CANDELARIO (2004)a, pp. 234-236. médico fue su nuevo titular, el doctor Bonilla, con ocasión de la visita extraordinaria realizada al hospital (encomendada por provisión real de 20 de noviembre de 1546) por don Miguel Muñoz, obispo de Tuy y antiguo capellán mayor de la Capilla Real granadina. En un memorial redactado a propósito de dicha visita, Bonilla apeló de forma taxativa e incontestable al carácter propiamente médico de la institución, estimó poco edificante y escasamente remunerada la dualidad y gran extensión de los cometidos asistenciales encomendados al médico («se visitan dos enfirmerías de onbres y de mujeres y tanbién de locos y de ofiçiales de casa, y sirbe de médico y çirujano») y pidió cambios (según él mismo reconocía, la escasa consideración profesional del oficio y lo reducido de su «salario», 20.000 maravedís, eran las razones últimas de sus denunciadas ausencias al trabajo) 29. Concretamente, solicitó el refuerzo de la figura del médico -«en él está el todo del ospital, ansí en curas como [en] gasto»-, vinculándolo a un incremento salarial y al nombramiento de un cirujano. He aquí las razones que alegó. En primer lugar, la necesidad de enaltecer el oficio. Para que el Hospital Real fuera conforme «a lo que es y quien lo fundó» -argumentaba-, convendría que el médico reuniera las condiciones exigibles y la recompensa apropiada para realizar las curas «como es razón», es decir, «que dél se pueda confiar», por lo que si el salario no es «conpetente», no habrá «persona letrada que lo quiera y ansí de contino estará abatido y sin fama [el hospital] y todo se gastará mal». Y en segundo lugar, el deber de mejorar la asistencia y compensar la gran dedicación exigida al titular, pues -precisaba-, «todo el día se pasa con visita y cura de llagados», y aun así se ve obligado a emplear la mayor parte de su salario en la paga de un cirujano, «por el mucho trabajo que curallos se padece» y «porque uno solo ni anbos no lo pueden cumplir». En suma, En su interesada estrategia de ennoblecimiento de la profesión, el doctor Bonilla se hizo eco de la clase de argumentos genéricos utilizados por los médicos universitarios al afrontar el desafío de los sanadores empíricos (em-----29 AGS, Cámara de Castilla, Visitas, leg. 2748, Visita al Hospital Real de Granada. pírica y, sobre todo, subalterna era, en su apreciación, la ocupación de cirujano que él mismo reivindicaba para el hospital). Esto es: fundamentar la incorporación a la materia médica de los remedios provenientes de ese ámbito -y el agua de palo lo era, al igual que los preparados mercuriales, que también se utilizaban en las curas-, arguyendo que sólo a través de la teoría médica podrían cabalmente conocerse y utilizarse con eficacia y sin producir daños, y hacer hincapié en el carácter erudito y en la racionalidad de la propia medicina académica, también titulada canónica o metódica 30. Bonilla tampoco olvidó recurrir a la extendida percepción social acerca del prestigio profesional como un valor dependiente de la riqueza amasada en el trabajo 31. La anterior petición no tuvo respuesta, que sepamos, y a tenor de los acontecimientos subsiguientes, el propio Bonilla debió persisitir en su descuido de las tareas hospitalarias. A primera vista parecen claras, en todo caso, tanto la determinación de los visitadores para proveer el oficio acudiendo a médicos de prestigio dotados de experiencia quirúrgica como la inclinación de los médicos universitarios por hacerse con esa clase de nombramientos. Ofrezco a continuación una casuística de las alegaciones de índole técnica -los méritos académicos y profesionales-presentadas por los titulares y algunos aspirantes a ese nombramiento regio durante la segunda mitad de la centuria. Sabemos que en la primavera de 1550, el doctor Melchor de Herrera solicitó servir en el Hospital Real (alegó en ese empeño que las «muchas ausençias» del titular, probablemente un indolente Bonilla, justificaban una nueva provisión) 32. Desde hacía tres años, Herrera era claustral médico de la Universidad, y había sido uno de los cuatro profesionales elegidos mediante votación a finales de 1549 por los propios claustrales para que leyeran «las cáthedras y lectiones de medicina» 33. Tan notoria cualificación académica no le alcanzó, sin embargo, para hacerse con la plaza hospitalaria, aunque, sin duda, sí aseguraría su futura promoción en el escalafón profesional: en septiem-----30 ARRIZABALAGA, HENDERSON; FRENCH (1997), pp. 255-258. Júzguese bajo este prisma la petición de las Cortes de Madrid de 1586/88 relativa a la prohibición de ciertas actividades de prácticos poco especializados: «No administren unciones que lleven azogue ni zaumerio con el sinabrio o bermellón, ni den antimonio, ni sudores con agua de zarza-palo, ni china, ni apliquen otros remedios de semejante violencia», citado por DÍAZ MEDINA (1989) bre de 1552 ya ejercía como médico y cirujano de la cárcel real; había sido reclutado por los alcaldes de la Audiencia y Chancillería granadina con un salario de 9.000 maravedís anuales, una cantidad sensiblemente inferior a la quitación del oficio en el Hospital Real 34. La vacante finalmente dejada por Bonilla fue ocupada en febrero de 1553 por el licenciado Benito de Campos (graduado de bachiller en medicina por la universidad de Salamanca hacía veinte años 35 ), avecindado en Alcalá la Real y reputado profesional (había llegado a esa ciudad en torno a 1540 procedente de Jaén, contratado para servir en ella y su partido con un salario anual de 15.000 maravedís), que desde finales del año anterior venía aspirando a hacerse con el nombramiento, y a esa sazón estaba sometiéndose a distintas probanzas (entre ellas, una de limpieza de sangre, a la que me referiré después) en la citada localidad y en otras que habían configurado su periplo vital 36. Entre otros méritos, Campos había querido acreditar en Alcalá la Real «ser persona experta e de mucha espiriençia en el arte de mediçina e çiruxía» y haber realizado muchas curas de uno y otro ámbito. Según uno de los testigos interrogados, el barbero Diego López -que resume la opinión general-, al licenciado Campos se le tenía «por muy buen médico», a él se acudía en primer lugar «en los casos grabes» aun cuando había otro médico en la ciudad, y había curado «por sus propias manos», heridas, bubas, apostemas, y hasta en alguna ocasión una peligrosa herida por «cuchillada en la cabeça». Sus habilidades quirúrgicas habrían sido determinantes, al parecer, en su reclutamiento por los visitadores del hospital granadino. El trámite de la provisión de la plaza realizado tras el fallecimiento del licenciado Campos en septiembre de 1560 37, que incluyó una probanza, y la petición realizada por el licenciado Cristóbal Molina para servir en el hospital, cursada en los meses anteriores a ese óbito, permiten precisar el tipo de garantías académicas asociadas al oficio y las dinámicas sociales puestas en juego en el proceso. La ocupación era apetecible (también lo era el salario: los 20.000 maravedís y 36 fanegas de cebada anuales que había disfrutado el fallecido Benito de Campos 38 ) y los méritos profesionales alegados por los ----34 Según se afirma en un escrito redactado por Pedro de la Fuente, escribano real y del crimen en la Audiencia de Granada, fechado el 3 de septiembre de 1552, ADGr., Expedientes personales, C04971. m. Herrera (cirujano), expediente no 4. interesados de consideración. Conviene identificarlos por separado, desligándolos de otros propiamente sociales asociados -la limpieza de sangre y la posesión del título de médico del Santo Oficio-, que analizaremos de forma detallada más abajo. Expongo ahora, ordenados cronológicamente, los dos casos citados. Cristóbal Molina solicitó compartir el oficio de médico del hospital con su entonces titular, Benito de Campos 39. Según su propio testimonio, había visto frustrado un nombramiento previo en el establecimiento, realizado por sus visitadores, a raíz de su incorporación, en 1558, a la fracasada expedición liderada por el conde de Alcaudete, alcaide de la ciudad de Orán, contra Mostaganem (había sido elegido -precisaba-para servir en esa ciudad y en su Hospital Real, y por «médico general» del mencionado ejército), en cuyo transcurso había sido hecho cautivo (permaneció en Árgel hasta la primavera de 1559 en que se logró pagar un rescate de 800 ducados 40 ); aportaba, por tanto, una acreditada experiencia, «ansí en medicina como en cirugía», y estaba perfectamente cualificado para realizar las curas de las bubas y de las llagas que allí se practicaban, incluso en solitario y con independencia del «muy gran número de camas y enfermos» que dicho hospital tuviera, pues lo haría «muy bien y canónicamente». Su solicitud no fue atendida (no recibió, por tanto, ninguna reparación moral o material sobreañadida por su reciente cautividad en Berbería) y Molina ni siquiera se interesó unos meses después por la vacante producida tras la muerte de Campos, que, como señalé antes, propició una especie de convocatoria general de aspirantes al oficio 41. En efecto, cinco fueron los candidatos opositores, los licenciados Velasco, Antonio de Rivera y Antonio Mochales 42, el doctor Hernando de Jaén 43 y el licenciado Pedro Díaz Calderón, aunque en realidad sólo los tres últimos con-----39 Según se recoge en una cédula real fechada en 30 de abril de 1559, y en sendos escritos de 2 y de 21 de febrero de 1560, ibid., fols. 69-71 40 Pudo ser resarcido con 200 ducados a cuenta a la renta de habices destinada a esa clase de redenciones, según se informa en una cédula real dirigida al Conde de Tendilla, fechada el mismo día que la citada en la nota anterior, Archivo de la Alhambra, Cédula licenciado Molina, L-59-81, 2543. La información aparece registrada en una cédula real librada el 25 de octubre de ese año, que mandó abrir la correspondiente información, ADGr, Reales Cédulas..., fol. 53. El primero había recibido el grado de bachiller en Granada el 10 de diciembre de 1554, AUGr, leg. Ya lo había intentado seis años antes, cuando alegó que «el que en él ay -Camposse quiere ir» (cédula real librada el 26 de abril de 1554), ADGr, Reales Cédulas..., fol. 68. tendieron en méritos y acreditaciones antes los visitadores del hospital. Helos aquí referidos junto con algunos apuntes de sus respectivas biografías. Díaz Calderón alegó su condición de médico y cirujano y su naturaleza de cristiano viejo, e incluso se permitió recomendarles que ni admitieran ni hicieran «relaçión de médico que no fuere çirujano experto y oviere exerçitado mucho tiempo la çirugía», en consideración a la importancia y necesidad de dicha cualificación y pericia profesional para el «serviçio» del hospital 44. Hernando de Jaén acreditó ser graduado en medicina en esa Universidad (licenciado, según sabemos, desde marzo de 1536 45 ) y ostentar la calidad de cirujano; según su testimonio, era en la fecha «el segundo en antigüedad entre treçe o quatorçe doctores de su facultad», vicedecano en ella, y, por tanto, quien presidía, en ausencia del decano, los «actos de mediçina» realizados en la Universidad 46. Por su parte, el doctor Antonio Mochales alegó su limpio linajecomo se verá después-y los consabidos méritos académicos y profesionales, muy adornados, eso sí, en su caso: «estudié, leý y curé mucho tiempo estando en casa y compañía del doctor Alderete, médico famoso y çirujano, principalmente en curar las bubas de que se curan en este ospital Real (...) me gradué de liçençiado por el riguroso examen de la dicha Universidad de Salamanca, siendo de todo el claustro aprouado (...) fui opositor a cáthedras de mediçina, y tuve y tenía en ella nonbre de muy aprouado médico y çirujano» 47. Todo un dechado de virtudes formativas, como se ve, y la mención de un referente profesional de postín a modo de retardado padrinazgo: el citado doctor Lorenzo Alderete, antiguo colegial de San Clemente de Bolonia, recientemente fallecido, había sido una figura de gran relieve en el claustro salmantino, catedrático de Prima en la facultad de medicina 48. Y en noviembre de 1538 ya fue consiliario de la universidad elegido por su claustro, AUGr, leg. Tal información coincide con la ofrecida por SANTANDER (1984): matriculado en medicina entre 1552 y 1556, en mayo de 1555 probó dos cursos, «uno de teórica y otro de práctica de las calles», continuó sus estudios como bachiller en 1556-57, obtuvo el grado de licenciado y prestó juramento el 9 de noviembre de 1559, apadrinado por el doctor Antonio de la Parra (p. GRANJEL, L.S. (1989), Los estudios de Medicina en Salamanca (Ensayo histórico). Sobre la dudosa atribución a Alderete de la invención de una técnica quirúrgica novedosa en el tratamiento de las Pero es justamente el conocimiento al detalle de la probanza de las respectivas trayectorias profesionales -el cauce preceptivo para fijar el orden de prelación de las mismas-lo que permite calificar los argumentos manejados en dicho proceso selectivo y, al tiempo, valorar el peso ejercido por el gremio facultativo en su resolución. Los visitadores del hospital recabaron el testimonio de un total de nueve testigos, todos ellos oficiales del arte de curar, y en algunos casos eminentes figuras en el escalafón médico granadino 49: Charles de Ripa, de 77 o 78 años de edad, quien fuera boticario del Hospital Real en 1513 y aspirante a ocupar, en 1534, la primera cátedra en la facultad de medicina 50, los doctores Ortiz, que obtuvo el grado de licenciado en Granada en 1535 51, Andres de Torres, graduado en Sevilla e incorporado a la Universidad granadina a principios de la década de los 1540 52 y Sánchez, claustral desde septiembre de 1547 como mínimo 53, los boticarios del hospital de Juan de Dios, Miguel Martínez y Bartolomé de Espinosa y el cirujano Antonio Martínez 54. Todos ellos mostraron su preferencia por el doctor Jaén: a sus 54 o 55 años Jaén era «médico y çirujano antiguo» (de Ripa, quien dijo conocerlo desde hacía 30 años); era el «más buen çirujano» de todos, porque es «antiguo y esperto», y le había visto «hacer en el ospital Real muy bien lo de las llagas viejas, que es lo prinçipal que es menester» en ese oficio (Antonio Martínez); le había visto realizar curas «de graves enfermedades y llagas viejas y de heridas muy grandes» en el hospital de Juan de Dios (Miguel Martínez). Por el contrario, los demás candidatos eran «mançebos», a los que no se había «visto praticar mediçina [y] çirugía», a excepción del licenciado Díaz Calderón (de Ripa); Ortiz precisó, no obstante, que Antonio de Ribera y Pedro Díaz Calderón tenían acreditada su competencia profesional como médicos y cirujanos. Por su parte, el boticario Miguel Martínez manifestó haber visto realizar curas de cirugía en el hospital de Juan de Dios a este último. Cerrada la información, los visitadores concluyeron que el doctor ---carnosidades uretrales, endosada por otros a los sanadores empíricos, véase RIERA (1990) Hernando de Jaén era el médico y cirujano «más sufiçiente» para «curar los pobres» del hospital Real, porque era «el segundo médico desta çibdad en antigüedad y experto en mediçina y çirugía», había «curado otras veces los pobres» de la casa y era «onbre de buena conçiençia y fama», y a la sazón procedieron a su nombramiento 55. El propio Hernando de Jaén argüiría ocho años después, presionado ante una nueva avalancha de aspirantes al oficio, acerca de los méritos profesionales que a su entender exigía éste y que él, naturalmente, decía reunir: los médicos que han pretendido el «negoçio» del hospital no han tenido éxito en sus intentos -alegaba-por no tener suficientemente probadas las obligadas condiciones de «suficiencia, diligençia y cuidado» 56. La conexión establecida entre la edad madura y la mayor experiencia profesional en el caso de los médicos fue opinión común en la época, un tópico, a veces satírico, que alcanzó el ámbito literario: los médicos «avrían de ver curar cuando moços y curar quando viejos y experimentados» 57. Tendremos que cerciorarnos, no obstante, sobre si la acreditación pública de una experiencia profesional y la posesión de un conocimiento médico canónico -los méritos de los aspirantes mejor valorados por los testigos interrogadosbastaron realmente en esas fechas para dilucidar la oposición al oficio en el Hospital Real. He de advertir de antemano que dos de los médicos que lo desempeñaron a mediados de siglo, nuestros conocidos doctor Bonilla y licenciado Campos, fueron a su vez médicos del tribunal granadino del Santo Oficio, aunque desconozco el orden en que se hicieron con dichos oficios. EL HONOR SOCIAL: LIMPIEZA DE SANGRE Y OFICIO EN LA INQUISICIÓN Y es que, a diferencia del resto de oficios hospitalarios, el de médico estuvo sometido desde mediados de siglo a requerimientos sociales muy específicos. Concretamente se reivindicó por parte de algunos interesados la adopción por el hospital de los Estatutos de limpieza de sangre y, a mayor abundamiento, la vinculación del propio oficio con su homónimo del tribunal local del ----55 ADGr, Reales Cédulas..., fol. 50 v. 57 Según uno de los interlocutores del coloquio dedicado a los médicos y boticarios compuesto por el humanista castellano Antonio de Torquemada (1553), véase RODRÍGUEZ CACHO, L. (1989), Pecados sociales y literatura satírica en el siglo XVI: los Coloquios de Torquemada, Madrid, Ediciones de la Universidad Autónoma (cap. 3, Los fraudes de la Medicina), p. Santo Oficio de la Inquisición. El intento de imponer la realización de las probanzas de limpieza pudo tener una triple motivación: filtrar la entrada de médicos de origen converso 58, ennoblecer el propio oficio y, sobre todo, establecer un mecanismo de exclusión en la competencia socioprofesional. Al fin y al cabo, la posesión de un oficio público, como se mostraba en el caso de los médicos de la Inquisición, constituía una muy sólida palanca de promoción social: elegidos por los inquisidores locales y nombrados por la Suprema, los agraciados (junto con la limpieza de sangre, el criterio fundamental de selección era justamente la reputación profesional) disfrutaban de distintos tipos de honores, beneficios y privilegios (unos ingresos regulares, la certificación de la limpieza de sangre y el sometimiento a la jurisdicción exclusiva del Santo Oficio) y mejoraban ampliamente las expectativas de formar y acrecentar clientelas y de vincularse a otros patronazgos 59. El recurso a las probanzas de limpieza no constituía, sin embargo, un camino trillado en España a mediados del siglo XVI y desde luego tuvo muy poco arraigo en el Hospital Real de Granada. Sólo conocemos un caso de sometimiento a una investigación de ese tipo, la que protagonizó el licenciado Benito de Campos (desde finales de 1552, en las ciudades de Jaén, Andújar, Baeza, Linares, Alcalá la Real y en la propia Granada, para acreditar no «tener parte ni raça de judío converso ni moro ni otra mala generaçión y por tal y en tal posesyón es avido y tenido y reputado»), que ni siquiera fue determinante en el trámite final de la provisión del oficio: antes de cerrarse las preceptivas diligencias probatorias se produjo el nombramiento real, alegándose como justificación la posesión por el candidato de las calidades requeridas y el hecho de ser éste «deudo de criados y servidores nuestros» 60. Desconozco las razones que concitaron ese patronazgo real. No se realizaron más probanzas de limpieza durante la segunda mitad de la centuria, aun cuando la mayoría de aspirantes reivindicaran ser cristianos viejos y médicos del Santo Oficio y demandaran el cumplimiento de esos requisitos como condición primordial para poder desempeñar el oficio. El caso de Hernando de Jaén, que como sabemos se hizo con la plaza tras el fallecimiento de Benito de Campos constituye un elocuente testimonio acerca de la rivalidad y ----58 La reputación judeoconversa de los médicos ha sido señalada en innumerables ocasiones. Véase a título de ejemplo, DOMÍNGUEZ ORTIZ, A. (1991), La clase social de los conversos en Castilla en la Edad Moderna, Granada, Universidad de Granada, (orig. competencia profesionales existentes en la ciudad en torno a ese oficio real: Jaén no obtuvo la preceptiva cédula real de nombramiento -únicamente fue elegido por los visitadores-y en consecuencia tuvo que someterse a una nueva probanza de méritos a finales de esa misma década, de la que salió igualmente airoso. Como anuncié más arriba, este es el momento de conocer el tenor de las alegaciones de carácter no técnico, que fueron realizadas en contra de ese inicial nombramiento y que no generaron el apoyo de la facultad (gremio) de medicina, representada por los testigos, ni el de los visitadores del hospital. Después referiré los avatares de la segunda probanza. El candidato de mayor notoriedad rechazado en 1560, el médico del Santo Oficio granadino doctor Mochales, presentó en esas fechas una queja formal ante los visitadores, centrada en lo que estimó una escasa disposición por parte del prior de San Jerónimo y visitador, fray Juan de Loxa, a tomar en consideración las peticiones que realizó y que habrían podido contrarrestar el desconocimiento de sus méritos -«por el poco tiempo que aquí ha que resido»-mostrado por los testigos interrogados, muchos de ellos «íntimos amigos del doctor Jaén» 61. Concretamente había suplicado que se «hiziese examinar públicamente a todos los pretendientes ante personas doctas» o, en otro caso, se recabase información ante otras acerca de su persona y de su estancia en Salamanca, en cuya universidad había cursado estudios de medicina, «y que supiesen que soy cristiano viejo sin raça de judío ni moro, y que he estado en el Colegio Mayor de San Bartolomé, donde ningún hombre que tenga estas tachas puede entrar, y que por concurrir en mí todas las dichas calidades los señores Inquisidores de esta çibdad y Reyno procuraron de me traer y traxeron avrá quatro meses para médico de sus personas, offiçiales y presos y me dieron el salario prinçipal de médico de la dicha Inquisiçión» 62. Amén y por encima de los méritos académicos y profesionales presentados, ya conocidos por nosotros, Mochales reparó en el tipo de garantías sociales exigibles, en su opinión, para obtener el nombramiento real: el honor y la sangre de un colegial como méritos bastantes e indiscutibles de arbitraje y condiciones claves del reclutamiento profesional en las corporaciones regias 63 ----61 Ibid., fols. Dicho Colegio reclamó haber sido la primera institución en adoptar el estatuto de limpieza de sangre en España, SICROFF (1985), p. CONTRERAS CONTRERAS, J. (1995), Linaje y cambio social: la manipulación de la memoria. (conviene añadir a este respecto que la opinión extendida en la sociedad de asimilar la limpieza de sangre con la hidalguía habría podido derivar en la pretensión de los colegiales de obtener ese blasón de forma indirecta través del desempeño de un oficio público, en este caso el de médico de un hospital real 64 ). Y es que, según Mochales, el prior de San Jerónimo no había aceptado su exhortación acerca del condicionamiento obligado de la provisión del oficio en los hospitales reales a la superación de los Estatutos (y había sospechas fundadas acerca de la limpieza de sangre de alguno de los aspirantes, según insinuó, sin dar nombres). Asimismo, cuestionó la probidad del escribano Castellón, redactor de las diligencias probatorias, de quien dijo que era «pariente» de Hernando de Jaén y «su íntimo amigo», por lo cual se había mostrado «apasionado y sospechoso» y no había querido «asentar algunas cosas que en mi aprobaçión y justiçia y çerca de mi linpieça dezían y quería dezir algunos testigos». En suma, por todo lo manifestado y ante el más que probable rechazo de los visitadores a sus pretensiones, Mochales reclamó la «nulidad» de las actuaciones realizadas y anunció la elevación de una protesta ante el monarca por el «agrauio» sufrido. No sabemos si desistió o no de sus intenciones, pero sí nos consta que se hizo de una cédula de nombramiento del hospital granadino y que poco tiempo después hizo «promoçión» al Hospital Real de Santiago» 65. El desenlace de la disputa relatada aporta una nueva prueba en torno a un hecho historiográfico relevante: los Estatutos de limpieza no habrían estado tan extendidos en la sociedad española ni se habrían aplicado de manera tan sistemática como suele afirmarse 66. Valga subrayar a este respecto que las universidades, a diferencia de los colegios mayores, no los implantaron 67, lo cual de una forma hasta cierto punto paradójica debió fortalecer la proyección gremial de las facultades de medicina (recuérdese que Mochales adujo parcialidad en las manifestaciones de los testigos, y que ---- No en vano, los Colegios Mayores se configuraron durante el siglo XVI como instituciones académicas garantes de honra, riqueza y triunfo profesional, véase CUART MONER, B. (1997), La ciudad escucha, la ciudad decide. Informaciones de linajes en los colegios mayores durante el siglo XVI. En FORTEA PÉREZ, J.I. (ed.), Imágenes de la diversidad. El mundo urbano en la Corona de Castilla (S. XVI-XVIII), Santander, Universidad de Cantabria, pp. 391-419. Según información ofrecida por el doctor Baptista de Villarreal, ADGr, Reales Cédu-las..., fol. 60. Sigo a KAMEN, H. (1999), La Inquisición española. 67 Al menos no lo hicieron ni la Complutense ni la salmantina, las dos principales del Reino, DOMÍNGUEZ ORTIZ (1991), p. De hecho, las constituciones de la universidad granadina, preparadas en la primavera de 1542, subrayan esa condición gremial cuando regulan con todo lujo de detalles el escalafón y la antigüedad de los aspirantes a los grados, la celebración de los distintos ceremoniales y el cobro de emolumentos en los actos académicos 68. Y fue precisamente el respeto del escalafón en el claustro la razón principal de la elección realizada. Como señalé antes, Hernando de Jaén hubo de someterse a una nueva probanza pasados unos años (previamente se había visto obligado a solicitar la provisión de una cédula de nombramiento real), acuciado como estaba por el hecho de que durante el tiempo que llevaba ocupando el oficio otros médicos hubieran «pretendido ser proueidos en su lugar» e incluso recibido la correspondiente cédula 69. En efecto, sabemos que entre 1563 y 1567 lo intentaron sucesivamente el licenciado y antiguo aspirante Pedro Díaz Calderón y los médicos del Santo Oficio granadino, doctor Baptista de Villarreal y licenciado Antonio Mejía 70. La razón que avalaba tales peticiones la expresó este ---- ESTATUTOS o Constituciones primeras (leídas y publicadas en Claustro de 6 de mayo de 1542, traducidas del latín). En MONTELLS Y NADAL, F. de P. ( 2000), Historia del origen y fundación de la Universidad de Granada, Granada, Universidad de Granada [ed. facsímil, orig. Acerca de las concesiones de grados, colaciones, protocolos y ceremoniales en las universidades hispanas, véase RODRÍGUEZ-SAN PEDRO BEZARES, L.E.; POLO RODRÍGUEZ, J.L. (eds.) (2004), Grados y ceremoniales en las Universidades Hispánicas. Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca. Se dispone de una copia impresa de la misma, Para que los administradores del Hospital Real de Granada informen sobre que el Doctor Jaén suplica se aprueve la elección que hizieron los dichos Administradores en él por Médico de aquel Hospital para Médico, incorporada a la recopilación de documentos reunida bajo el rubro Constituciones del Hospital Real que en la ciudad de Granada fundaron los señores Reyes Católicos don Fernando y doña Ysabel. Sacadas de las visitas que en el hospital hizieron los señores don Juan Alonso de Moscoso, obispo de Guadix, el año 1593, y el doctor don Pedro de Áuila, abad de la Iglesia Colegial del Monte Santo de Granada, el año de 1632. Mandadas guardar por los señores don Felipe II y don Felipe IV el Grande, patrones perpetuos del dicho hospital, por dos reales cédulas de 25 de agosto de 1593 y 24 de noviembre de 1632. Impressas segunda vez por mandado de los señores de la junta del dicho Hospital Real. En Granada, en la Imprenta Real de Francisco Sánchez. Año de 1671, custodiada en la Biblioteca del Hospital Real de Granada con la signatura BHR/Caja A-071, fol. 33. Conviene subrayar que los nombramientos de médicos de la Inquisición tenían carácter vitalicio y su transmisión se realizaba de forma similar a la de otros oficios públicos, esto es, mediante cesión hereditaria, venta, traspaso provisional, etc. PARDO TOMÁS; MARTÍNEZ VIDAL (2000). último con elocuencia a finales de 1567: porque a «los pobres dese dicho ospital suele curar el médico que acostumbran elegir los ynquisidores desa dicha çiudad y él está elegido para ellos por ellos», esto es, que se habría de respetar lo que, a su juicio, era la práctica tradicional -como en los casos del doctor Bonilla, los licenciados Campos, Velasco Núñez y Mochales y el doctor Villarreal-según la cual los médicos de la Inquisición granadina copaban los nombramientos homónimos en el hospital mediante cédulas reales 71. Ciertamente, la competencia entablada entre Jaén y Mejía -una réplica de la establecida entre Jaén y Mochales hacía unos años, con alegaciones y argumentos casi calcados-desencadenó la realización de las correspondientes informaciones públicas con testigos a iniciativa de la Corona 72. Jaén reiteró sus méritos académicos (que era graduado por examen en la universidad y estudio granadinos y doctor en su facultad de medicina), e hizo alarde de su experiencia acreditada de más de veinte años en la ciudad «en negocios» de medicina y de cirugía, y durante lo últimos años en el propio hospital, donde curaba «con mucha diligencia e cuidado a los enfermos del ala contina»; Mejía, por su parte, dijo ser médico y cirujano «approvado y sufficiente», e igualmente «cristiano viejo de padre y quatro abuelos sin raça de moro ni judío» 73, y que por serlo había sido elegido sucesor del doctor Villarreal en el oficio de médico de la Inquisición. Como era de esperar, los testigos respectivos avalaron en uno y otro caso las correspondientes informaciones, si bien con respecto a la idoneidad del aspirante Mejía para hacerse con el cargo, uno de ellos, el médico doctor Palma se mantuvo discrepante: «para ser médico del ospital Real -arguyó-convenía que tuviese más edad y más espiriençia» (el boticario Juan de Baeza precisó en cambio que se le había visto «hazer muchas curas» en Granada «y en el ospital de Juan»). Sea como fuere, los visitadores cerraron el expediente recién iniciada la primavera de 1568 concluyendo que Antonio Mejía, «graduado de bachiller» en Sevilla y «reçibido» por los inquisidores de la ciudad de Granada, parecía ----71 ADGr, Reales Cédulas... fol. 80. Concretamente, los doctores Juan Rodríguez de Úbeda y Andrés de Torres, que ya testificaron a su favor en 1560, y el licenciado Juan Bautista de Daça, todos médicos, en representación de Jaén, y el portero del hospital Francisco Martín, el licenciado Francisco Martínez, médico y cirujano, los doctores médicos Juan Rodríguez de Úbeda y Palma, y el boticario Juan de Baeça, en representación de Mejía, ibid., fols. «por su aspecto onbre de poca hedad y no tener la yspiriençia» adecuada para ocupar la plaza en disputa 74; en cambio, Hernando de Jaén, que había «servido» en el hospital «por veces más de diez años», era más conveniente «que otro ninguno de los otros opositores» para el «serviçio» de la casa 75. Como puede apreciarse, la antigüedad y el escalafón mantenidos y exhibidos por el doctor Hernando de Jaén dentro de la facultad de medicina ejercieron el oportuno contrapeso frente a las acreditaciones de limpieza de sangre y de médicos de la Inquisición presentadas por sus oponentes. Al margen de su actividad docente, la facultad se había configurado como el gremio o el colegio de los profesionales de mayor estatus de la ciudad, una especie de minoria selecta dispuesta a acaparar y concentrar todo tipo de honores y privilegios, extendiendo los puramente académicos 76. Al fin y al cabo, las universidades castellanas mantuvieron durante ese periodo su originario carácter gremial (medieval) y mostraron una escasa propensión a los cambios 77. También es cierto que las exigencias sociales y corporativas en torno a los Estatutos de limpieza de sangre apenas afectaron a las actividades profesionales dotadas de un determinado nivel de competencia y pericia técnica 78. LA JERARQUÍA SOCIAL: NOBLEZA E INQUISICIÓN. Aun sin someterse a la estricta disciplina de los Estatutos de limpieza de sangre, el Hospital Real aceptó los valores identitarios cristianoviejos y desde el último tercio de la centuria incluso pudo exhibir la condición de nobleza de sus médicos: tanto Diego López de Xaraua como Pedro Piñar Fustero eran hidalgos; el primero también era médico de la Inquisición. En efecto, tras el ínterin protagonizado por Hernando de Jaén, la conexión entre el tribunal del Santo Oficio y el Hospital Real fue oportunamente renovada a través del doctor Diego López de Xaraua, un médico avecindado en la ciudad y muy bien relacionado con la facultad 79. Xaraua, que según su propia ----74 ADGr, Reales Cédulas..., fol. 87. Por ejemplo, Joan Ximénez se incorporó en enero de 1541 al «gremio» de la facultad de medicina tras presentar los testimonios de sus grados y acreditarse su condición de «cathedrático en esta vniversidad», AUGr, leg. En 14 de octubre de 1536, en un listado bajo el lema debajo de la disciplina del maestro Ortiz (doctor Ortiz), se menciona a un Jaraua, AUGr, leg. declaración venía desempeñando el oficio hospitalario desde principios de 1569, al haberse ausentado su propietario -Hernando de Jaén-, alegó para hacerse con el nombramiento regio su doble condición de cristiano viejo y de hidalgo, su larga experiencia de médico y cirujano -treinta años de práctica-y su actual ocupación de médico principal asalariado del Santo Oficio 80. En el trámite de la información abierta para proveer la preceptiva cédula, los testigos, cinco médicos y un cirujano, avalaron y precisaron esas y otras garantías en relación con el candidato 81: Xaraua era un médico honrado y virtuoso, de buena y experimentada práctica en Alcalá la Real y en Granada, donde había ganado mucha hacienda y fama de hombre rico. Esta referencia al patrimonio pecuniario del candidato bien podría indicar la existencia de una cierta prevención ante la codicia que, según la opinión común contemporánea, hubieran podido exhibir otros médicos más pobres, dentro de una crítica general a la consideración de la medicina como una mercadería 82. Por otra parte, la vinculación establecida entre el Santo Oficio, el Hospital Real y la Facultad de Medicina podría caracterizarse como un mecanismo de intercambio de honores entre las instituciones implicadas: la Inquisición daba respetabilidad social y privilegios legales a sus médicos, el Hospital Real reforzaba dicho ascenso en la escala social; como contraprestación, la buena reputación profesional de los médicos -y el prestigio de la medicina universitaria-fortalecían la legitimidad social de las actividades de la Inquisición y la jerarquía del propio hospital Real 83. No cabe alegar, sin embargo, el predominio del vínculo inquisitorial en la provisión de la plaza hospitalaria; como ya sabemos, el único criterio que se mantuvo firme desde mediados de siglo fue precisamente la pertenencia del candidato a la facultad de medicina local; a esa requisito pareció sumarse en el último tramo de la centuria, como estamos viendo, la consideración de los títulos de nobleza de los candidatos. ----80 Presentó el correspondiente testimonio firmado por el licenciado Pedro de Mansilla, notario apostólico y del Secreto del Santo oficio de la ciudad y reino de Granada. Escrito de Xaraua de 26 de febrero de 1569 y documento del Santo Oficio fechado en 19 de marzo siguiente, en ADGr, Reales Cédulas..., fols. En dicho testimonio se acreditaba que Xaraua era «médico prinçipal que cura los presos secretos del dicho Sancto Oficio y a los señores Inquisidores y offiçiales desta Inquisición, por dar como dio información de que era cristiano viejo». Ibid.,, fol. 73 (el interrogatorio) y fols. 82 Acerca este tipo de consideraciones, véase RODRÍGUEZ CACHO (1989), pp. 66-76, que ofrece un buen número de testimonios. Veamos una vez más el juego de las acreditaciones profesionales, en este caso en el desarrollo de la oposición realizada tras el fallecimiento en el verano de 1583, a la edad de 83 años, de López de Xaraua 84. Cinco fueron los candidatos en esta ocasión, los doctores Cristóbal Molina (ya conocido nuestro), Juan Gómez de Salazar, Pedro Piñar Fustero, Lara y Silva, y todos ellos exhibieron importantes credenciales académicas y socioprofesionales 85. Gómez de Salazar y Lara eran médicos de la Inquisición; Molina era reincidente en la petición y poseía un encomiable historial militar: fue médico en el ejército expedicionario a Tremecén del conde de Alcaudete -como he señalado más arriba-y también había servido de médico en el ejército del marqués de los Vélez en la guerra de las Alpujarras; por su parte, Piñar Fustero ostentaba la condición de hidalguía. Como era de esperar, los visitadores calificaron los distintos méritos alegados con desigual prevención: acerca de Molina señalaron que, aunque era «hombre viejo» y que debía «tener espiriençia en este menisterio», no se tenía «tanta satisfaçión ni opinión dél como de otros médicos», e incluso de su «linpieza» se hablaba «dubdosamente»; en cambio, Gómez de Salazar, Lara y Silva no concitaban serios reparos personales o profesionales ni dudas sobre sus respectivas limpiezas («entiéndase que es linpio -se decía de este último-como está reçiuido por médico de la ynquisición»): de Gómez de Salazar se tenía una «rrazonable opinión en sus letras», aunque ganaba «poco»; Lara era «moço apazible en su manera de proçeder y cura» y levantaba una «buena esperança»; por su parte, Silva, que sólo llevaba tres años en Granada, curaba «con buena opinión» y reunía «satisfaçión de cuerdo». Sin embargo, la suerte pareció estar ya echada al iniciarse la probanza. Según reconocieron los visitadores, Piñar Fustero fue elegido médico «por concurrir en su persona las calidades neçesarias para seruir el dicho offiçio y auer en esta çiudad mucha opinión y satisfaçión en el exerçicio de su offiçio, por ser uno de los más aprouados y mejores médicos della (...) y aunque es deçendiente de moriscos es hijodalgo executoriado en esta audiençia». Pese a su probado origen mudéjar 86, Pedro Piñar Fustero no sufrió ningún ----84 Según informaron los administradores Xaraua había sido médico del hospital con nombramiento real con una asignación salarial anual de 20.000 maravedís y alguna fanega de cebada, ADGr, Reales Cédulas..., fol. 47 85 Véanse la cédula real librada el 15 de noviembre de 1583 y los informes compilados para cubrir la vacante, ibid., fols. Más información sobre la ejecutoria de nobleza de la familia y sobre el testamento de nuestro médico en: GARCÍA PEDRAZA, A. ( 2004), Los escribanos moriscos, punto de anclaje contratiempo de importancia en su carrera profesional: obtuvo cédula real de nombramiento de médico del Hospital Real, ocupó el puesto homónimo en la Chancillería 87 y, con el tiempo, se haría catedrático de la Universidad 88. El resultado de la anterior probanza y el tenor de los méritos alegados por los candidatos -ninguno alardeó de pericia quirúrgica-anuncian un cambio profundo en la ordenación de las profesiones médicas en el Hospital Real. Se diría que el ennoblecimiento del oficio de médico llevó consigo la enajenación y degradación de su tradicional componente quirúrgico y la aparición en el cuadro profesional hospitalario de la figura subalterna del cirujano-barbero. En puridad, debe hablarse de una reaparición -recuérdese que el barbero Gerónimo de Palomares visitaba el hospital en los años treinta-, pero una reaparición producida con el carácter de auténtica novedad: en la década de los ochenta la ocupación de barbero en el Hospital Real tenía una asignación salarial de 7.000 maravedís anuales 89 e incorporaba los cometidos específicos de la cirugía. Podemos precisar el cariz del nuevo oficio quirúrgico y el carácter de dichos cometidos en el Hospital Real. Quien lo desempeñaba a finales de 1606, Lucas de Luna, justificó su doble petición de confirmación de nombramiento y de incremento salarial -hasta los 10.000 maravedís anuales-alegando precisamente la importancia y la laboriosidad del oficio: «el qual es de mucho trauajo y poco prouecho, porque (...) se ocupa dos y tres oras cada día en curalles [a los llagados] y al doble en muchos días que lo haze dos ---en una sociedad conflictiva: el caso de Alonso Fernández Gabano. En BARRIOS AGUILERA, M.: GALÁN SÁNCHEZ, A. (eds.), La Historia del Reino de Granada a debate. Viejos y nuevos temas. Acerca de la nobleza de origen morisco, véase SORIA MESA, E. ( 2007), La nobleza en la España moderna. Cambio y continuidad, Madrid, Marcial Pons Historia, pp. 94-101. Según se recoge en el acta de la sesión claustral de 24 de julio de 1601, AUGr, leg. 89 Dicha información se halla en un dictamen del arzobispo de Granada Juan Méndez de Salvatierra confeccionado en respuesta a una cédula de 30 de octubre de 1586, AGS, PE, Los hospitales de Granada, leg. 39. veces, y demás desto embía dos offiçiales al dicho ospital a sangrar y quitar el cabello a los dichos enfermos y afeytar a los inocentes y offiçiales que allí se recojen» 90. Lucas de Luna realizaba las mencionadas curas durante siete meses cada año, en la primavera y el otoño -las temporadas habituales de la asistencia hospitalaria a los enfermos de bubas o mal francés-, y en ocasiones suplía las ausencias por enfermedad del doctor Piñar Fustero, «por ser médico y cirujano graduado dotor en mediçina» 91. Es decir, en su desempeño como cirujano Luna acumulaba méritos para un eventual ascenso profesional en el hospital, al tiempo que se servía de otros oficiales subalternos a los que endosaba la práctica de las sangrías y el trabajo de barbería. Como podemos apreciar, el Hospital Real había iniciado en esas fechas la senda de la jerarquización profesional. En efecto, sus Constituciones de gobierno -otorgadas en 1593-habían consagrado la división del antiguo oficio único 92; esto es, reafirmaron la centralidad y alta estima del empleo de médico, uno de los privilegiados con el nombramiento regio, y establecieron el rango subalterno de la ocupación quirúrgica. En adelante, quien se desempeñara como médico tendría encomendados los siguientes cometidos: autorizar la entrada de los enfermos -eso sí, en presencia del administrador y el veedor-, visitar diariamente las enfermerías a la mañana y a la tarde, «curar todos los ministros del hospital» en el propio establecimiento, estar presente «al cocer del agua del palo o de la çarçaparrilla», para determinar «la cantidad que se ha de hechar y qué tanto a de menguar el agua», y prescribir la alimentación y las medicinas y remedios de los enfermos. Por su parte, la única constitución relativa específicamente al oficio de cirujano, que también lo titulaba de barbero, expresaba con laconismo el bajo rango del mismo: el cirujano-barbero habría de acompañar al médico en sus visitas a los enfermos y consultarle ante cuaquier dificultad que le sobreviniere. La jerarquización que se observa desde finales de siglo entre los cometidos médicos y los quirúrgicos en el Hospital Real expresa con fidelidad la reordenación de los estatus sociales de los profesionales respectivos. Diríase que el ----90 Había sustituido a su padre, Joan de Luna, que «siruió más de treynta años de barvero y cirujano en el dicho ospital, hasta que murió de peste curando los enfermos que deste mal auía en él». La información aparece contenida en una cédula real de 22 de diciembre de 1606, ADGr, Reales Cédulas..., fol. 195. 91 Según se precisa en la misma cédula, ibid., fols. 92 Véase VALENZUELA CANDELARIO (2007), que incluye una trancripción de las Constituciones. componenente universitario -médico-de la profesión se desembarazó de la cualificación quirúrgica, considerada en adelante, sin apenas matices, como específica y exclusiva de una profesión subalterna y mecánica. Esta segmentación de los cometidos asistenciales formó parte de la estrategia de ennoblecimiento de la profesión médica en los hospitales: los médicos reivindicaron el monopolio del tratamiento de las bubas con el palo santo y las unciones mercuriales, pero delegaron en la profesión subalterna la práctica de las unciones. Ciertamente, la posición dominante de la medicina canónica en el Hospital Real obtuvo un refuerzo decisivo en las actuaciones de la facultad de medicina local, el gremio integrado en el claustro universitario y estructurado con un riguroso escalafón (fue en la validación de ese componente técnico de las biografías profesionales donde se hizo patente la proyección gremial de la facultad de medicina local y su defensa del escalafón corporativo). Por otra parte, desde finales de siglo comienza a apreciarse en los procesos de selección la primacía de los méritos socioprofesionales sobre los puramente técnicos. No por casualidad, las élites profesionales han sido siempre, con independencia de las cualificaciones exhibidas en cada momento por sus integrantes, los principales referentes en las actuaciones corporativas de la medicina universitaria. En todo caso, ni la demostración de la limpieza de sangre ni la posesión del título de médico de la Inquisición local condicionaron por completo los procesos de selección de médicos, aunque siempre hubo aspirantes que apelaron a su interposición para reforzar sus respectivas carreras profesionales. Fueron ambas exigencias, eso sí, expresiones de unas representaciones culturales hegemónicas, que ocasionalmente llegaron a materializarse en el Hospital Real, al igual que lo hizo, desde finales de siglo, la ostentación de la hidalguía por parte de algunos aspirantes.
Este trabajo ha contado con dos ayudas a la investigación del Ministerio de Educación y Ciencia: BHA La reciente celebración del III Congreso Internacional de Historia a Debate» (Santiago de Compostela, 2004), fue el motivo para incluir en una de sus mesas redondas bajo el paraguas común de «Grandes debates», la discusión sobre los protagonistas individuales y colectivos en la historia. No se trata, por otro lado, de ninguna excepción. En los últimos años el acercamiento biográfico parece haber reverdecido no solo en la historiografía general sino también en las historias particulares de la medicina y de la ciencia; eso sí, desde posicionamientos en los que se marcan las distancias sobre el hecho de que ya no es posible limitar la biografía a la mera imitatio herois de la que hablaba Laín Entralgo en su monografía sobre los grandes médicos. De la fecundidad de estas nuevas miradas baste poner el ejemplo de la muy citada, en las páginas del dossier y fuera de ellas, obra Telling Lives in Science: essays on scientific biography coordinada por Shortland y Leo, «La dama de blanco» de Isabel Burdiel, o la excelente monografía de Michael Bliss sobre uno de los médicos contemporáneos que ha sido objeto de más trabajos bio-----gráficos, William Osler. El ejemplo del galeno canadiense es muy paradigmático ya que, desde el seminal libro de Harvey Cushing, ganador de un Premio Pulitzer en 1925, los «oslerianos» son legión y no ha sido hasta los últimos años que se ha producido un acercamiento crítico y desacralizado a su figura. Como ha sido señalado, escribir o leer una biografía es un ejercicio de libertad puesto que nos aproxima y descubre la vida de hombres y mujeres que modificaron el entorno en que vivieron. Si uno de los rasgos de la naturaleza humana es su historicidad, es decir, una gama de posibilidades que se presentan a los seres humanos para su elección, en la vida de algunos de ellos se aprecia de forma nítida cómo es posible seguir caminos nuevos y no acomodaticios frente a lo que parecía inamovible. No es fácil, en último caso, que el biógrafo no sucumba a la atracción ejercida por personajes singulares. No lo pudo hacer E. Ackerknecht, pese a intentarlo en su Virchow. La historiografía, decía Elena Hernández en su reciente y excelente monografía, es ciencia nueva (periódicamente renovada) y oficio viejo. Trasladar esta máxima al tema de las biografías es especialmente útil. Trazar, como hace la autora, un panorama crítico que arranca desde los usos tradicionales de las biografías hasta las corrientes más actuales, permite centrar el debate en su justa medida. Explorar caminos, tan sugestivos, como las aproximaciones «existenciales» a la biografía nos lleva a espacios nuevos de gran interés que van mas allá de lo que puede ser una nueva, una vez más, moda historiográfica. Señala José Luis Peset en su trabajo, que las biografías de científicos son más tardías que las historias de héroes, santos o artistas y que, en el caso de los médicos, muy frecuentemente ha sido ésta una historia de linajes, de genealogías de sabios que se transmiten la divina antorcha del saber de generación en generación. La potencialidad del género biográfico es tan intensa que, como indica el autor, para algunos es el mejor método para reconstruir el pasado, o quizá el único y permite, a los cuarenta años de su formulación, hacer una historia total, integrada e integradora, al modo planteado por la Escuela de Annales. Pero, en el caso de los científicos hay rasgos distintivos que les son propios y que no es fácil desvelar. Por otro lado está el problema de analizar de qué modo se puede uno enfrentar al reto de escribir una biografía y que es uno de los objetos de interés de varios investigadores en este dossier. En general, unos y otros reflexionan, desde su experiencia profesional, sobre los procesos de descubrimiento o decisión y los desplazamientos intelectuales que han vivido, presupuestos historiográficos incluidos, en ocasiones. Se trata, pues, de discursos científicos centrados no tanto en el resultado como en el proceso, no tanto en los hechos como en los significados. En el caso de José Pardo y Alvar Martínez, analizan el viaje intelectual hasta llegar a escribir una biografía, aunque poliédrica, la de Diego Za-pata en El médico en la palestra, tras haber partido doce años antes de una definición ideologizada de los «novatores» con la pretensión de construir no una biografía individual sino una colectiva, es decir una prosopografía que «retratara» precisamente dicho fenómeno conceptualizado como radicalmente social. Por supuesto, las fuentes de archivo han sido como el condicionante material (motor como el viento) que no se hurta al análisis. De un modo más subjetivo, personal y concreto reflexiona también como investigadora y creadora de una narración y discurso científico Raquel Álvarez sobre su experiencia previa, en este caso la figura de Francis Galton. No es tarea fácil escoger el Galton que se desea biografiar y, aún así, no pueden dejarse de lado, sin que el panorama sea incompleto, las otras múltiples dimensiones del personaje. Las biografías traen a escena la subjetividad. Esa área de actividad simbólica que -como indica Teresa Ortiz-incluye aspectos cognitivos, culturales y psico-sociales, que no hay que confundir, aunque esté relacionado, con mentalidad, ideología o cultura. Como recurso historiográfico ha sido muy fructífero en la construcción, aquí sí, de biografías colectivas; de un colectivo invisibilizado por la historiografía tradicional: las médicas. Su trabajo es un ejemplo de cómo suelen ensayarse, de forma pionera, las técnicas más modernas y, por ende, más complejas o comprometidas en los campos nuevos, muchas veces situados en ese principio en los márgenes de la comunidad científica. El estudio de Teresa Ortiz avalado por los resultados de sus investigaciones más recientes, ejemplifica bien el papel de las fuentes orales para conocer los estilos de práctica profesional: la forma de actuar frente a situaciones determinadas, para indagar sobre las trasgresiones o seguimiento de las normas sanitarias, o las diferencias entre grupos minoritarios como enfermeros, cirujanas o las médicas. Y, en general, para demostrar algo no bien pensado antes: que las profesiones suelen tener identidades sexuales, a veces ambiguas, pero nunca neutras, o sea: que ser médica significará, probablemente, no ser enfermera ni matrona, pero también no ser médico (varón). También los médicos biografían a sus pacientes, haciéndolo de un modo habitual y rutinario, escasamente consciente. Esta es la ventana que descubre el trabajo de Luis Montiel. Tomando como punto de partida su propia y rica experiencia, elabora sus reflexiones que transcurren tanto en el ámbito de la ampliación del concepto «biografías médicas» al conocimiento de aspectos de la vida del paciente, en la perspectiva de una historia de la medicina centrada en él, como en el análisis del papel de las biografías como modos de revivir o vivificar ante nosotros una época, un contexto, una «atmósfera» peculiar, cuyo valor es muy preciado y que difícilmente podría obtenerse por otros medios Cualquier relato biográfico, si su uso es adecuado, cumple una función educativa a priori, pero el reforzar o no el componente biográfico en la enseñanza de la historia de la medicina en la formación de los médicos, no es tarea sencilla y requiere hacer un ejercicio crítico. Carmen Ruiz, desde su perspectiva de profesora recién incorporada como titular, cuestiona su valor en el contexto atomizado del saber y practica médica actuales. Discute las indicaciones, dosis y efectos secundarios del uso de las biografías en la enseñanza troncal introductoria a la medicina, perfilando el programa o las condiciones para un uso complementario de las biografías en la formación de pregrado de los médicos. También sobre el valor pedagógico de las biografías se interroga Guillermo Olagüe, y lo hace desde otra situación profesional y biográfica: desde la dilatada experiencia docente de catedrático de muchos años en una Facultad que sigue exigiendo a sus estudiantes leer a los clásicos médicos, y tras su reciente experiencia, tan arriesgada como meditada, de publicar un estudio biográfico colectivo de los profesores vinculados a la institución a la que pertenece: Sobre sólida roca fundada. Partiendo de cuatro biografías recientes, a modo de los case study de los seminarios, Olagüe hace desfilar la tradición historiográfica médica clásica, ponderando opiniones sobre el valor de uso de las biografías en la formación médica de los grandes maestros del género como Manget, Virchow, Sudhoff, Sigerist, Laín, López Piñero, para indicar, a continuación, sus propios consejos, a veces recetas concisas, para hacer la biografía deseada y conseguir lo más difícil: proporcionar la imagen compleja y poliédrica de la personalidad cambiante del biografiado, sea ésta individual o sea colectiva. Como señala A.Carreras la biografía cumple un importante papel en la iniciación a la investigación histórica en el ámbito académico y en las dos últimas décadas su revitalización es un hecho. Es necesario, sin embargo, diseccionar, como el autor hace, esta relación entre biografía y academia desde una revisión de sus coordenadas historiográficas de un modo sugestivo, lúcido y crítico, a la vez. Pero hay muchas aplicaciones del método biográfico: relatos de vida, historias de vida o biogramas, entre otras. En la síntesis escolar que presenta Alexia Sanz, experta en relatos orales y profesora de técnicas cualitativas en estudios sociales, podemos conocer la variedad de fuentes documentales, las técnicas de elección de muestras para validar los resultados y, sobre todo, las cautelas para conseguir que tengan la significación simbólica deseada, la complejidad de análisis que estos datos requieren, siempre superior a los datos cuantitativos tan familiares y valiosos para los científicos y médicos. Entendida como una síntesis y para otras audiencias, mucho más amplias y variadas, la biografía divulgativa debe tomar la vida del individuo como hilo conductor para explicar tanto la obra y la época en que ambas se desarrollaron como el mito a que pudieron dar lugar, mostrando precisamente esas interacciones. A partir de los casos de Pedro Felipe Monlau, Federico Rubio y Juan Giné y Partagás, la aportación de Ricardo Campos reflexiona sobre las dificultades, tanto formales como de contenido, que entraña la biografía divulgativa. Los problemas de localización de las fuentes, la falta o el exceso de estudios previos, el difícil equilibrio entre individuo y sociedad, la representatividad de los individuos biografiados, o, inclusive, cómo trasmitir al lector (y lectora) la doble versión existente en tantos casos: la trasmitida a lo largo el tiempo, aunque falseada, por esa tradición bibliográfica y la última, la propia, generalmente más crítica y próxima a la realidad de lo acontecido, son algunas de las tensiones que las biografías divulgativas poseen. Como la imprenta en su día, Internet está transformando no sólo los modos de divulgación y consumo de la información científica, también los de producción, pero ¿está contribuyendo esta nueva cultura a la revalorización de lo personal y biográfico?, ¿de qué modo?, ¿podemos evaluar la calidad de la información biográfica existente o de la consultada? Finaliza el dossier con un estudio de José Luis Fresquet, promotor y responsable del sitio web que cuenta con una sección específica de biografías y epónimos [URL]. Se trata de un trabajo útil y actualizado en el que analiza la difusión de los trabajos biográficos en Internet e indica los sitios web que contienen más o mejor información de tipo biográfico. Es decir, algo vivo, en constante mudanza. Minimizada ante la irrupción de lo socialmente significante de la década de los 70 del siglo XX, emerge hoy lo personal, fundamentado sólidamente en las aportaciones de la antropología, sociología y psicología. Es desde ellas, desde su consustancial interés por lo común y por lo actual, con sus fuentes orales y la práctica de la escucha o la observación y la descodificación de la cultura ordinaria, que la historia, interesada en el significado actual del pasado, se aproxima a ese espacio intersticial de lo personal. Gracias a las investigaciones humanísticas sobre los significados de lo espontáneo, lo autobiográfico y lo deseado/soñado de lo literario, los historiadores podemos descubrir objetos de análisis próximos, incorporar nuevas técnicas de investigación o añadir variables a nuestras explicaciones. Identidad, subjetividad y experiencia vital y memoria; fuentes orales, narración o simbolismo serán conceptos tan claves como lo fueron entonces posición social, institución, prosopografía, productividad, objetividad, cuantificación o poder. Indicar que el objetivo de las biografías es otro que el de la mera hagiografía y emulación es hoy tan recurrente entre los historiadores profesionales que se ha transformado casi en un lugar común. Desvelar el sentido que aquí y ahora pueden tener las biografías médicas es el denominador común de las aportaciones que este dossier incluye. La reflexión crítica sobre el papel que los acercamientos biográficos juegan en la investigación histórico-científica, y más en particular, en la historiografía médica, así como en la divulgación y la enseñanza, es el hilo conductor del conjunto de trabajos de este número monográfico. Asclepio abre así sus puertas a un debate historiográfico vivo y de gran interés. Creemos que el conjunto de aportaciones incluidas en este dossier es, en estos momentos, la más completa puesta al día en nuestro ámbito de lo que hoy son y representan las biografías científicas *. ----* El conjunto de aportaciones aquí recogidas son, en su mayoría, el resultado final de los estudios presentados al XIII Simposio de la Sociedad Española de Historia de la Medicina, organizado por Consuelo Miqueo y Asunción Fernández Doctor (Unidad de Historia de la Medicina. Universidad de Zaragoza), celebrado en Junio de 2004 en la Residencia Universitaria de Jaca. CIENCIA Y VIDA: ¿UNA IMPOSIBLE CONJUNCIÓN? Se presentan en este artículo las principales tendencias en historia biográfica, centrándose en historia de la ciencia. La biografía de los científicos tiene algunas peculiaridades. Se discuten los modelos internos y externos, procedentes de teorías lógicas, sociológicas y culturales. El biógrafo debe escoger, modelando su personaje de acuerdo con sus puntos de vista científicos, culturales e ideológicos. PALABRAS CLAVE: Historiografía, biografía. Hace años, muchos años, cuando un grupo de amigos empezamos a formar la Sociedad Española de Historia de las Ciencias, recuerdo que Santiago Garma, su primer Presidente, siempre nos hablaba emocionado de la biografía de Evariste Galois, un insigne matemático francés, perteneciente al período romántico. Y romántica fue su vida, desde luego, como las de muchos de sus coetáneos. Si bien en el pretérito la vita brevis era usual, uno piensa en quienes vivieron y participaron en el mundo romántico y se sorprende de que sus vidas respondan tan bien al estereotipo que ellos mismos forjaron. Vidas cortas, azarosas y conflictivas, en las que las separaciones entre naturaleza y sociedad se muestran de forma asfixiante. Recordemos, por ejemplo, a los compositores de ópera italianos, a los grandes escritores Donizetti y Bellini, en sus vidas apasionadas 1. Casi parecen haber adelantado ese dicho tan célebre de la filmografía negra americana, vive rápido, muere joven y tendrás un hermoso cadáver. Por el contrario Rossini, heredero de la Ilustración, y Verdi, ya en el mundo del positivismo, vivieron vidas largas y ostentosamente apacibles. ¿Porqué esa semejanzas de vida en ciertos momentos culturales? Sin duda, esos modelos pueden estar en el mismo biografiado, por su voluntad o por circunstancias, sean guerras o enfermedades, valores o instituciones. Sin duda algunas enfermedades pueden ahormar vidas, si bien la sífilis, o la locura, buscadas o halladas, no hermosean la vida ni la muerte. Pero también esos modelos pueden ser un intento del biógrafo por remodelar al autor, a una tradición o a su mundo propio. Nos dice René Taton reiteradamente que Galois no ha recibido el estudio, ni la biografía que merece. Nos señala el Dictionary of Scientific Biography, su breve vida entre 1811 y 1832, su dependencia de los caracteres de su padre y su madre, sus conflictos vitales frecuentes. Es expulsado de centros docentes, es militar republicano y agitador político, es un prisionero y un científico despreciado, incluso se pierden sus papeles presentados para un premio en la Academia. Estudia en la Restauración en el Collège Louis-le-Grand, en l'École Normal, tras el fracaso en ingresar en la Politécnica, participando en la revolución de 1830 con sus amigos Blanchi y Raspail. Episodios amorosos, encarcelamientos y un reto final acaban con su vida con una veintena de años. Adivinando su muerte en el duelo, escribe cartas con resultados científicos, que sus amigos guardan. Seguidor de Abel, con quien soluciona a la vez las ecuaciones de 5o grado, revoluciona el álgebra moderna en la segunda mitad del siglo, al ser publicadas sus obras en 1846 2. Nos emociona pensar en el consuelo que encontró en su última noche en unas ecuaciones matemáticas, la misma que Condorcet halló al trazar el imparable camino de perfección de la ciencia moderna en sus últimas páginas. Sin duda, nos encontramos con una maravillosa vida, una biografía tal vez todavía no escrita, que nos puede hacer reflexionar. Quizá ese carácter tan intimista de las matemáticas ha alejado a los biógrafos, a pesar de esa «contaminación» con la política, la sexualidad y la muerte 3. El fin de la vida carnal ----1 Lo mismo se puede decir de la vida y obra de escritores como Kleist o Hölderlin. 3 Por el contrario otros personajes como Jorge Juan han encontrado buenos biógrafos. Se trata de un marino de vida ordenada, cuyos aportes se centran en la aburrida mecánica de es en este personaje el principio de la vida de la gloria, la pasión amorosa es el fin de la biografía, pero tal vez abre la verdadera carrera científica. Quizá la forma de biografía «romántica» desagrade a los historiadores de la ciencia, más partidarios de las biografías de cuño «clasicista». ¿Es por tanto compatible la Vida con la Ciencia, es posible pues una biografía de un científico? Como escribió Jules Verne sobre el futuro de la música, ¿es posible entusiasmarse por una obra de Euterpe que se denominase Ensoñaciones en La menor sobre el cuadrado de la hipotenusa? 4 De todas formas, biografías de científicos las hay, muchas y muy buenas en algunos casos. Sin duda más tardías que las historias de los héroes, santos o artistas, en el mundo moderno abundan, cuando la revolución científica y sus instituciones triunfan. Los clásicos elogios de Fontenelle son un buen ejemplo, intentando mostrar la valía humana y el talento científico de los biografiados. Sin duda, es seguido el ejemplo de los modelos señalados, en último término trasuntos de las grandes biografías, la de Hércules, el dios hombre, y la de Cristo, el hombre dios. Tomemos un ejemplo, una de las biografías escritas y pronunciadas por el secretario en la Académie Royale de Médicine. Para ello me serviré del libro de E. F. Dubois, Histoire des membres de l'Académie Royale de Médecine, editado en París, en 1850. Dubois es el secretario perpetuo, que sucede a Pariset, quien lo fue desde la fundación. Publica el discurso de apertura, así como los elogios hechos por su antecesor, al que añade su propio elogio a éste. Quiere publicar los de las otras academias ilustradas, los de Louis y Vicq d'Azyr, el primero para la Académie Royale de Chirurgie, el segundo para la Société Royale de Médécine 5. Tomemos, como digo, como ejemplo la que Pariset escribió sobre el barón de Corvisart. Reúne aspectos anecdóticos, con otros de tipo científico e institucional que jalonan la brillante carrera del médico del Emperador. Aspectos humanos van marcando las dificultades y los éxitos de su vida, convirtiéndolo en personaje excepcional, en un héroe más de las gestas napoleónicas. Su nacimiento en 1755 está señalado por el terremoto de Lisboa y por las peleas ---fluidos. Pero su relación con la marina y por tanto con el mundo de los viajes hace atrayente su figura. SOLER, E. ( 2002), Viajes de Jorge Juan y Santacilia, Barcelona, Ediciones B. 4 En la novela Amiens en el año 2000, véase el texto de Javier Roca sobre «A. Schönberg» para Orquestas del Mundo de Ibermúsica, Madrid, 29 de mayo de 2004. entre el parlamento y la iglesia, que obligan a su padre, miembro de aquél, a marcharse de París. Su madre, y la mujer en general, no aparece, pero su padre vuelve a surgir cuando, demasiado sensible y apasionado por la pintura, que también pienso que amó su hijo, pierde su riqueza en peligrosa compra de cuadros. Educado en un pueblo por su tío sacerdote, se inicia en la religión, en el latín y el francés, así como en las canciones de allí que recordará y que canta a la vejez, en la enfermedad quizá. De su época de niño se aprovecha poco, en poco se señala, pues como él mismo afirmaba hasta los 25 años nada distingue al hombre selecto. Justeza de ideas y destreza de movimientos, son sin embargo sus destacadas marcas primeras. Su padre quiere retenerlo en el bufete, pero se escapa inquieto a los extraordinarios hospitales de París, juntándose con grandes maestros. Es ayudante de disección y se hiere, puede perder el brazo pero lo salva Pierre-Joseph Desault. Se trata, sin duda, de otro favor de la fortuna y la ciencia. Entra en la Facultad de Medicina, volcándose a la interna, pero con la precisión de la cirugía. Lee primero una tesis latina y entrará luego como Doctor regente de la Faculté, disertando sobre enseñanza y práctica de la medicina. Profesor adjunto de anatomía, enseña también fisiología, cirugía y partos. A pesar de su poco dinero, atenderá a los pobres en Saint Sulpice. No ingresa en un caritativo hospital creado por una dama, porque debía llevar peluca. Una nueva aparición de la mujer, sin duda una señora del Antiguo Régimen, que no comprende la modernidad del pelo descubierto. El maestro Jesús Pavón señalaba cómo Franklin al navegar hacia Francia para conseguir su apoyo, arroja al mar también la vieja peluca. Es la juventud y la modernidad contra el pasado6. Llega Corvisart al hospital de la Charité, donde escucha y edita a Louis Desbois de Rochefort, a quien continúa en la moda de las lecciones clínicas, gran ejercicio de la enseñanza práctica francesa. En 1795 es catedrático de clínica en la École de Médecine, en 1797 en la cátedra de medicina práctica del Collège de France. Une la teoría y la práctica, siguiendo y editando a los grandes maestros de clínica, Stoll, Boerhaave y Auenbrugger. Muy bueno en el pronóstico, es capaz de hacerlo sobre pintura, como tal vez no hizo su padre sobre el valor de los cuadros. Con Barthez, que viene de Montpellier, es nombrado médico de Napoleón, y en 1806 se publica su tratado sobre las enfermedades del corazón y los grandes vasos. Todas sus importantes contribuciones científicas son, desde luego, glosadas con detenimiento y precisión en la biografía que comento. Es nombrado Barón, Oficial de la legión de ----Honor, Comandante de la orden de Reunión, miembro del Institut y de las Academias de Medicina y de Ciencias. Crea con otros el Journal de Médecine, Chirurgie et Pharmacie en 1817. Gran aficionado a la buena lectura, es devoto de Voltaire, Virgilio y Molière. Generoso, buen amigo, firme ante el poder, honesto en sus decisiones, deja así a un hermano sin empleo, pues no lo considera apto. Sin hijos, es cuidado por su sobrino y ahijado, Scipion Corvisart, y quizás arrepentido por haber dejado a un hermano sin puesto, lo nombra heredero7. El fin de la descendencia, en esos Saturnos que devoran a sus hijos, es marca frecuente de esos hombres considerados superiores. También en los comienzos de mi relación con la Sociedad Española de Historia de las Ciencias, en una intervención sobre las historias especializadas, hablé de la médica como una historia de linajes. Como es bien sabido, la medicina creada por los dioses, es regalada o bien robada por los semidioses y los héroes quienes la difunden, la difunden tanto que ha llegado hasta nosotros8. Siempre con dificultades y pruebas, con delitos y castigos, estas carreras de obstáculos se inspiran en las biografías santas o heroicas, que sirven para modelar otras vidas ejemplares. Viniendo de una tradición artesanal -de la cocina, el ejército o la carpintería, se ha dicho de médicos y cirujanos-era necesario forjar sus biografías en forma de héroes, y ésta es tarea de los biógrafos y panegiristas9. Escribía Jean Genet que «la gloria de los héroes debe poco a la inmensidad de las conquistas, y todo al éxito de los homenajes; la Ilíada más que la guerra de Agamenón; las estelas caldeas que los ejércitos de Nínive»10. La tradición de los héroes, en especial Hércules y Prometeo, sigue siempre viva. Las vidas de emperadores o las de santos, que toman validez historiográfica con Carlyle y con Nietzsche siguen vigentes. La biografía es también, entre otras cosas y como otras formas historiográficas, un esfuerzo por modelar el pasado al servicio del futuro, tanto para decirnos cómo se produjo el cambio en la ciencia, como para enseñarnos cómo ----debe ser el cambio en el presente. Así, pues, se mueve entre la historia de la ciencia entendida como racionalidad y la historia social entendida como determinación del medio social. Se oscila así entre la búsqueda de un modelo interno o un modelo externo. En general, se puede pensar que es la sociedad la que configura la forma de vida y de reconstrucción biográfica, pero también desde el campo de la lógica científica pueden llegar formas de modelar. Las biografías del arqueólogo tipo Indiana Jones o la del filósofo tipo Kant deben ser distintas. Pero incluso desde el individuo, desde su carácter o biología pueden llegar estímulos en este arte de modelar. En el caso de las doctrinas del «hombre de genio» está muy clara esta forma de concebir la forma de vida. En fin, Manuel Vicent ha perfilado muy bien estas posibilidades, cuando ha escrito sobre el modelado del David y el Moisés por Miguel Ángel. Una música o un silencio pueden venir del interior del material a esculpir, según la obra de arte esté destinada a la belleza o a la gloria. Pero los encargos o el martillo del escultor no se pueden olvidar 11. Nos habla de la fuerza del artista -y del científico-para extraer la vida que la tierra -madre también de la muerte-contiene en su seno, en su naturaleza. Es el mismo sentido que el poeta, así Pablo Neruda, emplea cuando se considera el labrador que saca el niño del vientre de la mujer, de la tierra. O el mismo que el campesino Miguel Hernández usará cuando quiera arrancar con su boca, con dentelladas secas y calientes, el hálito de su amigo muerto. La tierra, con sus propiedades de elemento sagrado y fisiológico, produce la vida y la muerte. Son sabidurías que el médico y el agricultor, el campesino y el poeta atesoraban. ¿Es distinto un científico? Sí y no, responde Antonello La Vergata. En las narraciones en que se resuelven sus biografías, los científicos muestran semejanzas y diferencias con otros personajes. Como en cualquier otra biografía, tiene el biografiado también una dinámica intersubjetiva y una lógica interna, debiendo la narración solucionar la tensión entre generalidad y especificidad. Toda narración de sucesos no inventados es recorrida por tensiones entre contexto y lógica interna, historia y estructura, época y sistema, que no se solucionan con introducciones anecdóticas o de panorama histórico 12. 1, pp. 3-20.Toma el profesor de Módena como base de su reflexión la técnica de la biografía victoriana, en especial sobre el círculo de Bloomsbury. Las películas de Ken Russell, también en este sentido estaban orientadas. La brevedad, la ironía, las cosas como se ven son las Se une con dificultad en la narración histórica contexto y psicología, individuo y sociedad, disgresiones y narración lineal, pues puede convertirse en una aproximación tipo sandwich. ¿Es posible respetar las ideas del autor, incluso sus ignorancias? Selección y valoración pueden encararse según nuestras ideas, o según las del autor; pero siempre la elección pertenece al historiador, quien hace nacer el hecho histórico. Se establece una jerarquía de los hechos, según el punto de vista del historiador, su campo de estudio, su tradición disciplinar, las cuestiones particulares que se propone, sus gustos, su capricho, o bien su humor y sentimientos. El biógrafo en su tarea esconde, o bien evidencia, por tanto deforma. Las omisiones son necesarias, dada la imposibilidad de completar, pues se llegaría a la exageración como en el mapa completo de Borges. Ignorar lo sucesivo, o convertir vida en destino son sus alternativas, haciendo al biografiado reflejo de su pasado, su presente o su futuro. La narratividad supone un estilo, pero también una intención tanto de escribir bien, como de pensar e intuir con acierto. Así nos lo muestra el filósofo italiano en la novela de Flaubert Bouvard et Pécuchet. Dado que es imposible completar un importante retrato biográfico, es mejor elegir uno secundario; dado que sin imaginación la historia está llena de lagunas, una novela histórica es la mejor solución. Ante el fracaso científico de Flaubert, es su propio camino. La narración es la venganza contra la ciencia, la suprema forma de crítica. Toma de F. Savater algunas opiniones interesantes: la biografía es la novela de los que no saben escribirla, refugio para los que no creen en la historia o la deploran, pero se sienten fascinados por el pasado. En fin, son vistas las biografías como un atajo o un compendio, serían divulgación científica, pero también relación entre diversos públicos o especialistas. Acortan distancias entre el lector y el personaje. La biografía sería para La Vergata como un refugio, para evitar la indagación causal que los filósofos habían necesitado antes de la posmodernidad. Es importante, como señalan Shortland y Yeo, tener en cuenta la psicología del biógrafo. Tomando como ejemplo la biografía de Newton e inmediatas declaraciones de Westfall, nos aportan interesantes comentarios. Si bien se pretexta un alejamiento del autor, sin duda las ideas religiosas de ambos motivaron el origen y curso de la obra. Se busca por el autor un yo ideal, que puede ser el del biografiado, el del biografiado en el biógrafo o el de mismo biógrafo. Hay una intrusión del biógrafo en busca de la verdad, en la elección del biografiado, pero también en la obra de arte en que queda la organización ---indicaciones de estos biógrafos. Shortman y Yeo añaden la edulcoración de muchas de las biografías victorianas. Cuándo y cómo aparece el autor, es esencial para su intelección. Hay dos tradiciones, la de búsqueda de una moral intangible y solitaria, y la de aumento de la tradición del grupo, es decir genio e intelectual, o enano en hombros de gigantes. Se puede recuperar lo personal, pero también la sociología de una comunidad científica, como sucede tras la revolución científica 13. Es antiguo, por tanto, el intento de la sociología por establecer el modelo del «científico», así sucede en los ejemplos clásicos de Max Weber, o bien de Thomas Merton. Más recientes y, sin duda, de gran interés son los intentos que desde Francia nos vienen, así la caracterización del sabio ilustrado por Didier Masseau, o bien la introspección de Pierre Bourdieu sobre su propia labor como científico. Dentro de nuestra cultura podemos señalar algunas modelaciones de interés, así las primeras biografías de José Antonio Alzate, considerado como un santo 14. O bien, la repercusión en las introducciones a las vidas de los grandes médicos de Pedro Laín de las fases en que los alemanes consideran las vidas de sus científicos, la de aprendizaje, la de viajero y la de maestría. Pero para muchos autores, la biografía sería un terreno hoy en día necesario para el debate historiográfico. Para algunos es un método más, necesario pero complementario, pero para otros puede ser el mejor, o incluso el único. Señala el mismo La Vergata que nos hallamos ante problemas de historia interna y externa, de relación entre la lógica y los contenidos, de la teoría, el desarrollo psicológico individual, las corrientes intelectuales y las fuerzas sociales. En consecuencia, subraya las repercusiones del análisis de estas relaciones sobre el concepto de objetividad científica. Para algunos autores, por tanto, es necesario enfrentarse de forma decidida con estas novedades. En especial si se reconoce una especificidad propia al hombre de ciencia, incluso aunque ésta varíe en el contexto de las diferentes disciplinas, desde la matemática a la sociología en ambos extremos. Según La Vergata la actividad del científico, a diferencia del artista, no se reduce a su experiencia subjetiva. ¿Y la del filósofo, digo yo? La biografía de sabio, ¿sirve para comprender la ciencia o el contexto, sirve tan solo para comprender al hombre? La ciencia no se trataría de un acon----- tecimiento azaroso, sino que una compleja trama psicológica y social la permite. No es fácil creer en el hallazgo casual15. Insiste La Vergata en la relación entre determinismo y contingencia, entre libertad y necesidad que el estudio de una biografía supone. Señala en Robert M. Young la biografía como historiografía total y radical (sustituye al marxismo), que recupera el sentido de individualidad e historicidad, la integración de lo público y lo privado, de lo interno y lo externo, es una disciplina nueva dentro de la ya compleja historiografía del cambio de siglo. La psicohistoria, el psicoanálisis, las fuerzas supraindividuales constituyen la mente individual. La esencia está en las articulaciones y en las mediaciones. También señala el italiano la entrada de su colega Pietro Redondi en el debate historiográfico, pues ante la crisis del método único actual, el de la biografía sería un precioso refugio. Los procesos de cambio o conservación científica llaman al centro de su método al sujeto cognoscente. Incluso René Taton admite un notable papel a las biografías, pues «siendo cada descubrimiento o cada innovación científica, al menos en su detalle, la obra de individuos particulares, es a través de éstos que intervienen los diversos elementos que la condicionan, sean psicológicos, internos a la ciencia en cuestión o externos a ella. La biografía científica aparece de esta manera como la mejor vía para estudiar el proceso de creación y para analizar las influencias respectivas entre sus diferentes elementos»16. Así, entre la ambición totalizante y la fuga de los problemas teóricos, queda un arte, quedan buenos trabajos. Y buenas ventas, digo yo. Sería una forma de evitar esos libros secretos, de los que López Piñero tanto se lamenta. En esta búsqueda de la diferencia del científico, pariente del artista o del filósofo, se le aplica el marchamo de «hombre de genio». También La Vergata nos dice que el insondable concepto de genio tiene tres funciones: redimir lo irreductible humano, liberar al lector del complejo de inferioridad, crear un mito de creatividad indiferenciada... en los tres supuestos la biografía es la solución al enigma. La atracción de la narración de lo particular humano haría abdicar de la reflexión filosófica. Ante la forma lógica de la ciencia dura, se alza la intuición y la narración de los sucesos históricos, particulares, únicos e irrepetibles, que por tanto no pueden ser explicados. La autobiografía, prosigue el filósofo italiano, es el terreno más minado, se interpreta la ciencia desde valores de algunos episodios, de una valoración unitaria y parcial, de su ----propio ideal de la ciencia. El genio nos presenta en su escrito su autodefensa, que considera su último recurso, su última posibilidad, ante un público externo o interno, quiere dar sentido y coherencia a la vida, pero siempre ante la muerte, se debe añadir. En las autobiografías de Rousseau o de Torres Villarroel está bien presente este carácter17. Quizá, como señala La Vergata, la tradición del estudio del genio tiene tanto el intento de recuperar desde las voces armoniosas de la narración, lo humano, lo único e irrepetible, por tanto inefable, como el de fuga de la racionalidad científica o del determinismo social. Pero sin duda la biografía, y todavía más la autobiografía del genio tienen algo que decirnos. Desde luego esa justificación, ese modelar la propia vida, esa defensa y presentación última supone una intención, una necesidad quizá. El Ecce homo, de Montaigne, de Rousseau, de Nietszche algo nos presenta. Puede ser la superación de una prueba, la herencia de Hércules, de Adán, Prometeo y Fausto, con la transgresión que suponen sus atrevimientos. También el santo Grial y los caballeros, las vidas de santos, la de Cristo. Pero también la locura del aprendiz de sabio, como en Don Quijote de la Mancha. El saber como el sexo es sagrado, no puede ser transitado sin permiso, o la condena es la culpa y el dolor. La Biblia está llena de textos que cierran el saber o castigan el atrevimiento, en el árbol del bien y del mal, en el Paraíso está el origen del saber, o de la muerte, del placer o del trabajo. Pruebas, esfuerzos que son físicos y psíquicos, pero que también son sociales. Insisten Shortland y Yeo en el interés en la marginalización del científico. Puede ser por el interés del propio sabio o bien de su historiador por insistir en los aspectos internalistas. Lo señalan en las autobiografías de Darwin, Einstein o Freud. Los historiadores -como sus severos personajes-buscan la objetividad, o bien la moral y la sabiduría. O se desprecia lo personal, o se recupera la lucha individual tras la autenticidad existencial. Se recupera un esencialismo psicológico, un carácter y una personalidad esenciales, intentando llegar al orden y la estructuración, que llevan al «mito de la coherencia personal». Pero también el intento puede ser presentar ejemplos de práctica de alguna comunidad científica, en especial en el campo de la retórica de la ciencia. Se trata de convencer a un tribunal, a los colegas o a la sociedad de que el discurso científico representa de forma cierta el orden de la naturaleza. Para ello se toma un modelo de hombre sin privacidad, sin pasiones e incluso sin naturaleza: se presenta una carrera, ----no una vida, que se presenta aburrida e incluso, lo que es más grave, innecesaria, ante la Verdad, el bien y la justicia 18. Junto a la pregunta acerca de la posible diferencia del científico, está esta otra: ¿El sabio nace, o se hace? Si el carácter es el destino, en afirmación clásica, esta pregunta es válida, no tan solo para el artista y el genio, sino también para el científico. Y la genialidad siempre está contaminada con la enfermedad, así en Lombroso, en Jaspers o en Kretschmer. Y en las enfermedades de los hombres de letras, asocia Tissot la patología al talento. La ciudad, la cultura, la prisa y la competencia hacen enfermar. La relación con la ciudad, con la modernidad está en estos autores, tan variados como Jean-Jacques Rousseau, Thomas Mann o Max Aub. Desde luego la psicología, el psicoanálisis, tienen mucho que decir. Personajes como Cardano, Cyrano, Queneau, Strindberg, etc. nos hablan acerca de la relación con el pecado, y el pecado del que quiere saber se relaciona con el misterio de la sexualidad. Un reciente estudio de Javier Carreño nos trae de nuevo el recuerdo de las biografías escritas por Sigmund Freud. Aquéllas de artistas y/o científicos como Leonardo y Miguel Ángel, con más interpretación que información, y la del presidente Wilson, en la que sucede lo contrario. Si bien no se trata de un científico, trae a colación a un maestro de la oratoria. Las pulsiones amorosas familiares, en especial con el padre estructuran su vida. Su libido frustrada deriva al super-ego hacia la conformación de diversos órdenes, así la estructuración de equipos de deporte, de la Universidad de Princeton, de los Estados Unidos de América, o de la Sociedad de Naciones. La introducción de los preceptores en esa Universidad, o la formulación de los principios de la paz universal que contienen sus famosos puntos, devienen del enfrentamiento con un puritano padre de su personalidad femenina, de la que se avergüenza y deriva hacia fuertes dependencias, paterna, institucionales o amistosas. El príncipe de la paz es, una vez más, el Cristo que enferma, con brutales trastornos de la personalidad, y salva a la humanidad 19. * * * ----18 SHORTLAND y YEO (1996). 19 Fue escrita en colaboración, véase CARREÑO, J. ( 2004), «El presidente estadounidense Thomas Wodrow Wilson», Cuadernos de psicoanálisis de Castilla y León, 8, 45-59. Un complejo diagnóstico marca esos colapsos frecuentes, que solucionaba en su hogar paterno o propio, o bien en Gran Bretaña, de donde procede su origen y mucha de su cultura literaria y oratoria. Tal como señala La Vergata, aunque la biografía del sabio tiene un cierto tono femenino, al menos en su público y, a veces, en su escritura, la mujer desaparece de su contenido. Pero no siempre es así. Veamos esas biografías, en que el carácter de la madre es esencial, como las de Maupertuis o Galois en el diccionario de Gillispie20. También la de una asesina estudiada por Carroy y Richard que es criminal e hipnotizadora, es sabia y científica, mujer con su sexualidad y fecundidad. La mujer puede desaparecer, como en las biografías de héroes y santos, de estudiantes o de sabios. Pero en otras ocasiones aparecen, como las esposas o las hijas que apoyan al padre o las madres que marcan a los hijos. En la vida de Alonso Quijano, tanto el amor como la protección hogareña son conformadores de sus angustias y refugios. La sexualidad tiene un papel transgresor, pues en el placer y en el pecado está también el descubrimiento de la verdad y de la vida; un papel de ubérrima supervivencia acompañada de la transgresión de lo sagrado. En la Ilustración la mujer es nivelada, pero en el Romanticismo se reacciona en forma de mujeres malvadas o heroínas insensatas. Los románticos y sus novelas se alejan de la armonía y la felicidad21. Las terribles pruebas y marcas son expresión de esas mediaciones y articulaciones. Las trampas y transgresiones muestran la relación con dios, la patria y la cultura, la relación del yo con la fama y la gloria 22. El científico nutre su Yo al defender su primer descubrimiento, su sabiduría que supera al espacio y al tiempo. Nos lo muestran así en las primeras firmas en las piedras de las catedrales, en las de artistas renacentistas.... que conocen la astrología y la alquimia, por tanto al demonio. Es distinto al sentido tradicional de autoría, dentro del cual el rey Alfonso X es considerado autor de las obras de sus monjes, sus judíos, sus astrónomos o sus letrados 23. Del pecado surge la confesión, reconocimiento del dominio del sujeto sobre la naturaleza, del yo sobre el mundo. Hay un gran esfuerzo contra la naturaleza, para cambiar o permanecer, como señala La ----Vergata24, pues la evolución humana es tanto biológica, como social y cultural, tal como señalan Rousseau y Wartofski25. Pero quizá, como señalan Shortland y Yeo en el estudio de F. Manuel, la obra de Newton ¿dependa del carácter de su madre?26 ----
un momento preciso de su existencia: a finales del siglo XVIII. Busca enmarcar su actividad y evolución en la dinámica de las reformas sanitarias borbónicas que entonces intentaban instaurarse en el Nuevo Reino de Granada, las cuales tenían por objeto intervenir en los aspectos relacionados con la salubridad de la sociedad, para favorecer el aumento de la población activa, disciplinar a los vasallos y aumentar la riqueza de la Corona. El texto pretende, asimismo, examinar algunos aspectos importantes de su funcionamiento, vinculados con el presupuesto, los gastos, el movimiento de población hospitalaria y los empleados; y mostrar lo que podía ofrecer esta institución a los diversos grupos sociales que entonces habitaban la ciudad. Pieza fundamental del movimiento de reforma sanitaria que intentó instaurarse en las colonias españolas en América durante la segunda mitad del siglo XVIII, la institución hospitalaria comenzó a ser objeto de nuevas inquietudes en esta época. Situado en el corazón de las ciudades, el hospital buscaba aportar una respuesta adecuada a la miseria que ellas padecían, la cual se encarnaba, en parte, en los pobres enfermos 1. Este artículo pretende estudiar el Hospital San Juan de Dios de Cartagena de Indias, en un momento preciso de su existencia, a finales del siglo XVIII. A partir de las escasas fuentes que subsisten, este texto espera contribuir a la comprensión de algunos aspectos de la vida de esta institución, de su funcionamiento y sus dinámicas en esta época concreta; y busca mostrar, en la medida de lo posible, lo que podía ofrecer este hospital a diversos sectores de su población. En cierta forma, el texto busca mostrar el amplio panorama y las diversas problemáticas que pone en escena la indagación por la vida hospitalaria cartagenera en este período. La dispersión, la ausencia y la mutilación de las fuentes permiten hacer sólo una historia fragmentada, porosa, quebradiza del hospital de Cartagena de Indias, pero ello no invalida la investigación, sólo revela, una vez más, la fragilidad de ciertos terrenos explorados por el historiador. LA REFORMA SANITARIA BORBÓNICA Y EL NUEVO REINO DE GRANADA El período escogido para el estudio se caracteriza por la intención de la Corona española, bajo el régimen de los Borbones, de implantar una reforma sanitaria en España y en los territorios españoles en América. Este conjunto de medidas que tenía por objeto intervenir en los aspectos sanitarios de la ----1 La importancia de este hospital en la vida médica y social de la Nueva Granada es indiscutible, sin embargo, existen muy pocos estudios específicos sobre él, debido, quizá a la escasez de fuentes disponibles. Se encuentran trabajos que se ocupan de señalar algunos aspectos de su evolución y funcionamiento a través de diferentes épocas, donde el objetivo preciso es mostrar panoramas médicos o históricos generales, sin que la acción de la institución sea claramente explorada. Caben en este registro: SOLANO ALONSO, J. (1998), Salud, cultura y sociedad en Cartagena de Indias, siglos XVI y XVII; GUTIERREZ DE PINEDA, V. (1985), Medicina tradicional de Colombia: el triple legado, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia. Son también de interés: SORIANO LLERAS, A. (1972), La medicina en el Nuevo Reino de Granada durante la Conquista y la Colonia. Bogotá, Kelly; MARTINEZ ZULAICA, A. (1972), La medicina en el siglo XVIII en el Nuevo Reino de Granada, Tunja, Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia. sociedad, también pretendía favorecer el aumento de la población activa y, por ende, la riqueza de la Corona. Así, la reforma sanitaria buscaba acompañar otro conjunto de reformas, las político-económicas, con el establecimiento de una germinal «política de salud». Era necesario elevar el nivel de salud de los vasallos, asegurando de esta forma un mayor rendimiento en la producción y evitando las enfermedades y epidemias que no solamente reducían a la población, sino que, además, destruían el escaso excedente de la producción. Esta tentativa se dirigía especialmente a la población libre mestiza, «dispersa y desordenada», que formaba, por decirlo así, lo esencial de la reserva de mano de obra de este territorio. La enfermedad y la pobreza se habían convertido en los blancos prioritarios de acción de la monarquía, pues eran considerados los principales frenos para su progreso y su riqueza. El hospital era una de las instituciones que pretendía aportar una respuesta adecuada a la miseria de las ciudades, «encarnada», entre otros, en los pobres enfermos. Pobreza e institución hospitalaria estaban íntimamente unidas; la política hospitalaria estaba construida más sobre una cierta concepción de la pobreza que sobre una real estrategia sanitaria. Los pobres enfermos eran los destinatarios privilegiados de la acción hospitalaria, en el caso de Cartagena a ella se unían los esclavos, los presos y la tropa, pero la vocación primigenia del hospital fue acoger a los pobres que estaban enfermos, las gentes adineradas pagaban las visitas del médico a su casa. De ahí que la concepción de la época sobre la pobreza y los remedios que se pensaban necesarios constituyera un punto tan importante para las políticas europeas y americanas 2. ----2 Sobre la «política de pobres» instaurada en el Nuevo Reino de Granada a finales del siglo XVIII, en lo que comprende la creación del hospicio de Santafé, la transformación de la manera como se pensaba el ejercicio de la caridad y de la forma como se buscaba luchar contra la pobreza, ver: SILVA PRADA, N. (1996), « Pobres y sabios. Los ilustrados neogranadinos en busca del 'modo honesto de vivir'. Genealogía de una comunidad de interpretación, Medellín, Banco de la República-Fondo Editorial Universidad Eafit; MARTINEZ BOOM, A. (1987), «La policía de la pobreza», en: Revista Foro, No. 3, Bogotá; remitirse también a MARTINEZ BOOM, A., CASTRO, J. y NOGUERA, C. (2000), Crónica del desarraigo, Bogotá, Cooperativa Editorial del Magisterio, 1995; RAMIREZ M. H., «Expósitos, mendigos y montes píos en la época colonial. La asistencia social y la beneficencia en Santafé de Bogotá», en: Revista Credencial Historia, Bogotá, No. 129, septiembre 2000. RAMIREZ, M. H. (1993), «Las mujeres de Santafé de Bogotá a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. La procreación y las relaciones materno filiales », en: Ciencia, cultura y mentalidades en la historia de Colombia, VI Congreso Nacional de Historia de Colombia, Bucaramanga, UIS. En el Nuevo Reino de Granada, la reforma sanitaria emprendida por los Borbones durante el siglo XVIII tenía como objetivo, especialmente, la organización y el saneamiento del espacio urbano, el desplazamiento de los cementerios fuera de las ciudades, el establecimiento de mecanismos más eficaces para luchar contra las epidemias, la reforma de los estudios médicos y la traducción y puesta en circulación más intensa de cierto tipo de libros sobre la salud 3. Sin embargo, el factor más importante era la reestructuración de la institución hospitalaria en todo el territorio neogranadino. Esta reestructuración era esencial, pues además de participar en el reestablecimiento de personas para que se incorporaran de manera eficiente a los procesos productivos, como se anotó, eran fundamentales para llevar a cabo la transformación de la enseñanza de la medicina y la práctica de la cirugía, profesionalizando así recursos humanos para el desarrollo del imperio 4. SITUACIÓN HOSPITALARIA EN CARTAGENA DE INDIAS (SIGLOS XVI-XVIII) Cartagena de Indias contó con un hospital poco tiempo después de su fundación. El Hospital de San Sebastián se construyó entre 1534 y 1537 y fue administrado por el cabildo de la ciudad. Asentado en sus inicios en un pequeño «bohío» (choza), el hospital tuvo una precaria economía desde sus comienzos. Ponen de manifiesto esto las sucesivas peticiones (1536, 1537, 1538) de las autoridades locales en las cuales solicitan médicos y dinero para mejorar las instalaciones del hospital ante la intensa demanda de sus servicios no sólo por parte de los residentes en la ciudad, sino también por los marineros que llegaban a ella cotidianamente. ---- Respondiendo a tales solicitudes, una Real Cédula de 1538 adjudicó al hospital la limosna de las dos terceras partes de las «penas de cámara». Éstas eran sanciones pagadas en dinero a la Cámara Real, impuestas por los tribunales y jueces de las gobernaciones. En ocasiones, el Rey concedía alguna porción de ellas para diversas obras 5, como ocurrió en el caso del Hospital San Sebastián. Para esta época, la institución ya poseía un precario edificio de dos plantas, «de madera y palma» y, al parecer, la asistencia que allí se brindaba seguía siendo insatisfactoria 6. En 1568, el cabildo volvió a rogar al Rey que ayudara económicamente a la institución, por «la pobreza de este hospital [...] y cuan frecuentado es de pobres» 7. Cuando en 1577 comenzó la construcción de la nueva catedral de Cartagena, el Hospital de San Sebastián aprovechó la oportunidad para extender sus instalaciones, trabajos que terminaron en 1579 8. Sus dependencias fueron ampliadas de nuevo en los primeros años del siglo XVII, cuando se dotó de nuevas salas, una cocina, una despensa y un refectorio 9. El Hospital de San Sebastián quedó bajo los cuidados de la Orden de San Juan de Dios desde 1596 (año en el que contaba con 100 camas) 10 y, de esta manera, se convirtió en la primera institución de los Hermanos Hospitalarios en la América española, aunque seguiría llamándose Hospital San Sebastián por algún tiempo. No obstante, la Orden se instaló en 1602 en la Nueva España 11 y estableció ---- 10 El primer hospital de América fue fundado en el territorio que hoy es Colombia, en Santa María la Antigua del Darién, por medio de la Real Cédula del 9 de agosto de 1513. MUÑOZ DELGADO, J. J. (1995) «El primer hospital de América en Santa María la Antigua del Darién», en: El primer hospital de América y otros relatos médicos. Bogotá: Instituto Caro y Cuervo, p. En Nueva España se estableció la Provincia del Espíritu Santo, que comprendía el Reino de Nueva España, Nueva Galicia, Guatemala, Nicaragua y Yucatán, Filipinas y las Islas de Barlovento. Como jefatura-sede de la orden y como casa matriz se encontraba el Hospital de San Juan de Dios de México. Para toda América sólo hubo dos provincias cuya jefatura residía en Panamá (Provincia de San Bernardo) y Lima. MURIEL, J., (1991) Hospitales esta región como el centro de sus actividades en los dominios españoles del hemisferio norte 12. La Provincia que la Orden de San Juan de Dios fundó en el Nuevo Reino de Granada se llamaba San Bernardo, y a ella pertenecían, hasta el siglo XVIII, todos los hospitales que aparecen en el Cuadro No. 1. Allí se puede observar la cronología de la fundación o de la toma de posesión de las instituciones por la Orden Hospitalaria en la Nueva Granada. La vida hospitalaria cartagenera bajo la Orden de San Juan de Dios seguía angustiante, según lo indica la Real Cédula de 1604, en la cual el Rey expresa su inquietud por la institución: ---de la Nueva España. México: UNAM-Cruz Roja Mexicana, p. Hospitales de la Nueva España, op. cit., p. El Hermano fray López de San Juan de Dios, en nombre de la ciudad de Cartagena de esa Provincia, me ha hecho relación, que sin los naturales, son más de mil personas las que allí se curan cada año, de las armadas y flotas, y otros navíos que van a la dicha ciudad, y que el dicho hospital es tan pobre, y la renta y limosna tan tenues, que es imposible curarse los enfermos que a él ocurren, y causa que se mueran mucho, suplicándome atento a ello, y que no tiene de renta más que mil pesos [...] y son necesarios más de diez mil cada año 13. Por su parte, Pedro López de León, cirujano sevillano residente en Cartagena, presentó un informe a las autoridades reales sobre el Hospital de la Orden a principios del siglo XVII, donde también señaló alarmado que a este establecimiento llegaban todos los «enfermos de flota y armadas». Anotó que en ocasiones el número de enfermos se elevaba a 150 o 200, por lo que el hospital siempre estaba lleno. Las condiciones mencionadas en estos documentos dejan ver la situación difícil en que estaba el Hospital de San Sebastián. La ciudad apenas tenía fondos suficientes para mantenerlo, y Cartagena contaba con dos hospitales más en ese período: el Hospital del Espíritu Santo, fundado por los Hermanos Hospitalarios en una zona muy pobre, en la isla de Getsemaní 14, y el Hospital de San Lázaro, creado en 1598 15. El cronista Antonio Vásquez de Espinosa, en la relación de su visita a Cartagena en 1620, escribe así la situación en la ciudad: «había tres hospitales: el hospital San Sebastián, que poseía una sala de enfermos y de llagados, y se trataban en él las bubas y unciones». El Hospital del Espíritu Santo estaba reservado a incurables y convalecientes 16; mientras que el Hospital de San Lázaro, a los leprosos. La descripción que se tiene del hospital San Sebastián para este año revelaría el hecho de que, en esta época, la institución estaba dedicada de manera prioritaria al tratamiento de la sífilis. La mención de llagados, bubas y unciones así lo sugiere. Uno de los síntomas de esta dolencia es la aparición de llagas en diversas partes del cuerpo (según el estado de evolución de la enfermedad). Las unciones (mercuriales) fueron uno de los ----13 Citado por ARISTIZÁBAL, T (1998). Salud, cultura y sociedad en Cartagena de Indias, siglos XVI y XVII. Barranquilla: Universidad del Atlántico, p. HÉRRAEZ DE ESCARICHE, J, (1949) Beneficencia de España en Indias, Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, p. 16 No se sabe con certeza la fecha en la cual la mayoría de los hospitalarios abandonó el Hospital del Espíritu Santo, dejando allí sólo el funcionamiento de una «casa para convalecientes y una humilde ermita». 119. tratamientos más frecuentes para esta enfermedad, también llamada bubas o mal de bubas17. A mediados del siglo XVIII, ante los debates que suscitaban en la sociedad neogranadina las nuevas ideas sobre la caridad, la reforma a la asistencia a los pobres y la construcción del hospicio de Santafé, capital del Virreinato, las instituciones hospitalarias debieron enfrentar la presión que creó el aumento de la demanda de sus servicios, de por sí ya precarios. Este aumento de demanda se debió, esencialmente, a la multiplicación de la población en algunas regiones del territorio y al crecimiento urbano, producto de las migraciones en casos como los de Santafé, Cartagena o El Socorro. El resto de las poblaciones eran relativamente pequeñas y no recibieron migraciones. Buena parte de la migración fue rural, motivada por la apertura de frontera agrícola o minera. En las dos ciudades más importantes del virreinato, en Santafé y Cartagena, el aumento demográfico fue visible desde mediados del siglo XVIII. Esto muestra un aumento de 5.462 habitantes, con una tasa anual de crecimiento de 1,55 %. En un siglo, prácticamente se cuadriplicó la población de la ciudad. Otras de las razones que pudieron haber influido en el aumento de la demanda hospitalaria en el virreinato son: la gestación de núcleos sociales que empezaron a mirar con preocupación los problemas vitales de las ciudades; el fenómeno epidémico, pues, ante ello, los funcionarios y las gentes se encontraron desprovistos de adecuadas instituciones de asistencia 18; la mayor valo-----ración de las funciones que la institución hospitalaria debería cumplir, y, ante todo, el esfuerzo de instauración de la mencionada reforma sanitaria borbónica. Sin embargo, la permanente falta de recursos económicos para responder a estas nuevas condiciones originó situaciones funestas: hacinamiento, puesto que no había manera de ampliar los espacios para los pobres enfermos cada vez más numerosos; falta de dotación de instrumentos y de botica; precariedad de instalaciones; escasez de alimentación para los enfermos; insuficiencia en la cantidad de personal que se dedicara a cuidarlos, etc. Aunque ocasionalmente pudieron contar con legados, donaciones y limosnas, además de algunas rentas urbanas, capitales puestos a censos y aportes reales, en la América española la fuente de subsistencia de los hospitales era el noveno y medio de los diezmos. Éste constituía el recurso más tradicional de los ingresos y era fijado por la Real Cédula de febrero de 1541, en la cual se mandó que de los diezmos que corresponden a la iglesia catedral se debía sacar ciertas partes para el prelado, para el cabildo, para el Rey, para la fábrica de la iglesia catedral, para el salario de los curas y para el hospital 19. Sólo algunos ----hospitales tuvieron entradas adicionales: aquellos que admitieron soldados en su seno20, como los de Cartagena, Santa Marta, Portobelo y Santafé. No obstante, las rentas casi nunca fueron suficientes, y las quejas sobre el mal funcionamiento y la situación de extrema precariedad en la cual se encontraban los hospitales neogranadinos eran frecuentes desde su comienzo. La historia de estas instituciones en el Nuevo Reino de Granada es, de alguna manera, la historia de un vía crucis, de una agonía constante, salvo durante algunos pocos períodos en los cuales, si bien no llegaron a ser autosuficientes, sus condiciones fueron menos dramáticas. De los diversos ejemplos que podrían mencionarse, los hospitales de Santafé, Santa Marta y de Popayán pueden corroborar la situación constante de penuria21. El Hospital de San Sebastián cambió de edificio en la segunda mitad del siglo XVIII. En 1775, el colegio que dejaron los jesuitas después de su expulsión (en 1767) se convirtió en la nueva sede del hospital, que para esta época empezó a aparecer nombrado en los documentos como Hospital de San Juan de Dios de Cartagena. Poco tiempo después, fray Nicolás de la Concepción Delgado (1776) realizó una visita canónica a la institución. En su informe sobre los enfermos refirió que había en ese momento 230, de los cuales 51 ----eran pobres de solemnidad y estaban en las dos salas que les eran destinadas; los 179 restantes eran soldados, marineros y «forzados» o presidiarios 22. Durante el siglo XVIII, Cartagena era una «ciudad militar», debido a que estuvo siempre en pie de guerra para defenderse del ataque de las tropas extranjeras 23. Este hecho explica la gran cantidad de tropa y de marinos que atendía el Hospital, al lado de los pobres enfermos. Todos los gastos de las tropas, incluidos los médicos y las hospitalizaciones, se pagaban al hospital con el situado, que era una transferencia del producto de los impuestos del resto del Nuevo Reino de Granada, de Quito y aún de la Nueva España, y se empleaba en el mantenimiento de la tropa regular y en la construcción de las fortificaciones de Cartagena. Estas enormes transferencias que las cajas reales tuvieron que mandar de todo el territorio neogranadino a sus puertos caribeños -muy especialmente a Cartagena-fueron uno de los aspectos más importantes de las finanzas del virreinato. El situado representó una carga muy onerosa para las provincias de uno de los virreinatos más pobres de América, pero para Cartagena se convirtió en el «sustento vital» no sólo de sus finanzas públicas, sino de toda su economía 24. En 1763, el vicario provincial de la Orden de San Juan de Dios, fray Antonio Guzmán, visitó a todos los hospitales de la orden de la Provincia establecida en el Nuevo Reino. En aquella época, según la visita, este Hospital contaba con trece religiosos. El Cuadro No. 3 reúne sus nombres, procedencia, edad, tiempo que llevaban en el hábito y la función que desempeñaron en la institución 25. ---- Según esta información, el promedio de edad de los hermanos hospitalarios que trabajaban en la institución en esa época era de 32 años, y el promedio de tiempo de hábito, de 15 años. La mayoría de ellos procedía del territorio del Nuevo Reino de Granada, mientras que dos llegaron a Cartagena desde España. En el documento no se especifica claramente cuáles eran las tareas que correspondían a las funciones de estos religiosos, pero las constituciones redactadas para algunos hospitales neogranadinos de la época dejan entrever, más o menos, las labores de las cuales se encargaban los religiosos. El prior era el superior o prelado ordinario del hospital; los consiliarios eran sus consejeros en diversos aspectos; el enfermero mayor supervisaba las tareas de los demás enfermeros, quienes vigilaban aspectos como la limpieza de las camas, las salas y el hospital en general: el lavado de instrumentos, barrido y ventilación de salas, realización de sahumerios, etc. En esta época, las funciones de estas personas tienen que ver más con las tareas domésticas que con una actividad propiamente de cuidado. El capellán (también con funciones de procurador) y el sacristán estaban encargados de lo relativo al culto y a la vida espiritual de los enfermos, buscando mantener la tradición y moralizarlos; debían procurar que la estancia en el hospital formara en ellos la vida piadosa para que, «al volver al mundo», fueran mejores cristianos. El despensero, por su parte, se ocupaba de todo lo relativo al cuidado de la despensa, compras diarias, reparto y distribución de lo necesario para el sustento de quienes estaban en el hospital. Finalmente, el ropero se dedicaba al cuidado de la ropa. En estos documentos de la visita no hay referencias a la presencia permanente de médicos en la institución. Tampoco se halla mención de sus estipendios, lo cual llama la atención sobre la posibilidad de la existencia de un hospital sin médico. En otras constituciones hospitalarias de la época, donde la figura del médico aparece, éste trabaja muy de cerca con el boticario. El boticario lo acompañaba en sus visitas a los enfermos, y llevaba un cuaderno donde apuntaba el día en que ingresó el enfermo, las recetas y medicaciones que se le habían suministrado. También entregaba al enfermero las medicinas para suministrar a los enfermos, y, en fin, estaba a las órdenes del médico para lo que éste necesitara. A juzgar por los registros del hospital, se curaron allí en ese año de 1763, 3.050 enfermos, entre los cuales había soldados, «otras gentes de las armadas», pobres y «negros de las fábricas de S. M.». La cifra es bastante alta y quizás sea mal calculada, aunque tal vez se pueda entender porque se trataba de un período de guerra. El informe explicó también que, como «el recinto de las salas» era corto «para tan crecido número» de enfermos, los religiosos habían destinado a ello incluso sus «cortas viviendas, oficinas particulares y aún las dedicadas al Divino Culto», y luego «formaron fuera del hospital» una salita para atenderlos. Sin embargo, el personal era muy reducido para servir a «tantos necesitados» 26. Esta visita hizo eco de una de las inquietudes que se encontraban más a menudo en la documentación hospitalaria de la época. Se dibujó un hospital superpoblado donde reinaba el hacinamiento y que generaba más enfermedades de las que aliviaba. Ésta sería una de las situaciones que se pretendían transformar con los intentos de la reforma sanitaria, mediante una nueva distribución del espacio en el interior del hospital. UN MODELO DE LA VISITA HOSPITALARIA Entre los documentos que permiten explorar la situación de la institución hospitalaria neogranadina encuentran un lugar especial las relaciones de las ----visitas. Las visitas eran un medio de gobierno y un procedimiento administrativo en el cual la Corona enviaba visitadores para inspeccionar las instituciones dependientes del Patronato Real, como las universidades y los hospitales. Las visitas, que se establecieron durante la primera mitad del siglo XVI, adoptaron, en el curso del tiempo, ritmos y formas rutinarias, estaban previstas a intervalos cortos, entre uno y tres años. Los resultados de estas evaluaciones se enviaban a España, donde se tomaban las decisiones concernientes a su mejoramiento y organización. Pero la visita no fue una invención de la monarquía, pues se había empleado ya en el mundo eclesiástico, que desarrolló su variante pastoral e instituyó las visitas financieras y disciplinares. Este instrumento fue, asimismo, conocido y utilizado para el Gobierno Municipal 27. De esta manera, los hospitales neogranadinos fueron objeto de visitas canónicas (de religiosos de las casas de la Orden de San Juan de Dios), de visitas «enviadas» por las autoridades reales y de visitas «municipales», ordenadas por los cabildos. Una de las visitas más importantes que se realizaron en el hospital fue la que hizo Fray Miguel Isla en diciembre de 1786. Ésta muestra bien las etapas que comprendía ese procedimiento administrativo: evaluación de las instalaciones, examen del personal, de los libros de cuentas y del archivo, entre otros. Durante el tiempo que duraba la visita, ninguno de los religiosos que laboraba en el hospital podía salir a la calle sin autorización expresa de quien la realizaba. Antes de comenzar con este reconocimiento, se celebraba una misa en la iglesia del hospital a la cual asistían todos los religiosos de la comunidad. El primer sitio que se examinaba era la iglesia. Allí se inspeccionaban las reliquias, el sagrario, el santo óleo, los altares, las imágenes, los cálices, las vinagreras, los misales y demás objetos necesarios para celebrar el oficio religioso; así como las puertas, la sacristía, los confesionarios, el púlpito, etc. Todo lo que Isla encontró en el Hospital de San Juan de Dios era «muy decente y aseado» 28. Se dirigía luego a las enfermerías. En ese momento, el hospital contaba con cinco: dos para los pobres (llamadas de San Juan de Dios y de San Ra-----27 PEYTAVIN, M., (1997) La visite comme moyen de gouvernement dans la Monarchie espagnole. fael), una para los presidiarios, una para la marina y otra para la tropa. El visitador no notó en ellas «falta alguna digna de consideración» 29. Posteriormente pasó a la ropería, que halló provista de lo necesario para los pobres enfermos y para la tropa; y luego a la botica, «una pieza [...] capaz, surtida de los medicamentos de Europa, en bastante abundancia». En cuanto a la cocina y la despensa, éstas estaban en buen estado, abastecidas con los alimentos que «pueden guardarse en este clima» y con los utensilios precisos 30. Un comentario positivo merecieron también las celdas para los religiosos, las cuales «se hallaron decentes, y sin muebles, que se opongan a la pobreza religiosa». Formuló críticas, sin embargo, sobre el refectorio y el cementerio del hospital. Sobre el primero constató que, ante la falta de suficiente espacio, había empezado a utilizarse como enfermería para los soldados. En cuanto al segundo, observó que su terreno era estrecho para la cantidad de cadáveres que allí se enterraban 31. En la visita del personal (también llamada visita secreta), se pasaba revista a los religiosos que laboraban en la institución y se elaboraba un registro de ellos, donde debía constar su nombre, la función que desempeñaban en el establecimiento, la patria (procedencia regional), la edad, la casa de su noviciado y sus años de hábito. Se encontraron 14 religiosos quienes tenían las siguientes funciones: prior, presbíteros, procurador, enfermeros, consiliario, ropero, boticario, sacristán, demandante y despensero. La edad promedio de estos religiosos era de 46 años 32. No se mencionaron los otros empleados del hospital, como la cocinera, los asistentes o los aguateros. 32 De los religiosos, dos eran de Santafé, tres de Cartagena, y uno respectivamente de las siguientes poblaciones o regiones: Cataluña, Pamplona (no se especifica si es Nueva Granada o España), Cali, uno «montañés», de Lucena, de Trujillo y de la Puebla. La etapa siguiente de la visita se destinaba al examen de los libros de ingresos y gastos del hospital. Las más importantes fuentes de mantenimiento de la institución en esta época eran, en su orden, el dinero devengado por la hospitalidad de soldados, marineros y presidiarios (lo que constituía el 71,86% de sus ingresos); la venta de medicinas al público; los réditos de principales; el noveno y medio de los diezmos; las limosnas; los alquileres de casas; los entierros, misas y funerales; la venta de mortajas, y la curación de esclavos de particulares y la venta de la ropa de los difuntos pobres ( En lo relativo a los gastos de la institución, se aprecia que el aspecto en el que más se invertía era la alimentación; después venía la suma empleada para la compra de utensilios y el pago de deudas; luego, los gastos de botica -----medicinas para los enfermos-y las obras y reparaciones de las instalaciones de la institución. Posteriormente, se cuenta el gasto en vestuario de los religiosos, los salarios, las misas pagadas y los desembolsos para las fiestas y la iglesia (véase Cuadro No. 5 para más detalles) 35 -----Alcance:......................... -11.721 Los religiosos encargados de las cuentas explicaron que tal déficit se debía a la cantidad de deudas que el Hospital tenía con distintas personas de la ciudad, a quienes habían recurrido en momentos de emergencia económica con el fin de comprar los bienes necesarios para mantener a los enfermos, como harina, carne, legumbres y varios tipos de medicamentos. Una gran parte de estas deudas se habían asentado en las cuentas como gastos ordinarios y como gastos de botica, «esperando la oportunidad de pagarlas, lo que no se había podido verificar a cau-----sa de la escasez de víveres, y demás necesario [...] y el excesivo gasto que este convento ha sufrido con el acopiado número de soldados enfermos» 36. Una versión sobre la población hospitalaria La visita continuaba con la inspección del archivo: libros de escrituras, libro de hacienda y de casas, libros de recibo y gastos antiguos, inventarios, libro de colecturía, todo lo cual Isla halló «conforme». Fue más detenido el examen del libro de recepción de enfermos, el cual evidenciaba la gran y variada cantidad de población que el Hospital debía acoger: soldados, marineros, pobres enfermos, presidiarios, esclavos, eclesiásticos y particulares (véase Cuadro No. 6). La población militar que vivía en Cartagena se componía de dos grupos con diferentes características: los militares regulares, «profesionales» cuyo salario se pagaba con los impuestos recaudados por la Corona y quienes seguían una carrera militar que constaba de varios grados, donde el nivel más bajo era el de soldado. Y las milicias disciplinadas, cuerpo conformado por ----36 El Padre visitador solicitó al Prior del Hospital que se le presentara el «Memorial de Deudas» para examinar la veracidad de tales afirmaciones, lo que se efectuó sin reparo. AGN, Colonia, Hosp y Cem, tomo 1, fol. 446v. los vecinos de cada lugar, que tenían entre 15 y 45 años, quienes no recibían salario, pero debían seguir un entrenamiento militar cada semana o cada mes, poseían uniforme y fuero, y eran convocados en caso de necesidad para defender la localidad 37. En el Nuevo Reino de Granada, las milicias más importantes fueron las de las ciudades costeras. Los presidiarios representaban el 5,14% de la población hospitalaria. Ellos pagaban sus condenas en Cartagena y provenían de todo el territorio neogranadino. Por otro lado, como puede apreciarse, los pobres enfermos eran sólo el 12,23% de la población que el hospital atendía, mientras que la tropa representaba el 63,44%. Esta situación explica las reiteradas peticiones de los Hermanos Hospitalarios de que se creara una institución dedicada exclusivamente al cuidado de los militares, pues la misión de su comunidad era sólo la de encargarse de los pobres enfermos. En algunos de sus informes, tanto de Santafé como de Cartagena, se observa la queja de que, al ocuparse de los soldados, se desvirtuaba la verdadera vocación: el cuidar a los pobres enfermos 38. Esta división sólo se podrá llevar a efecto más tarde, durante el gobierno del virrey José de Ezpeleta (1789-1797). No obstante, este informe sobre la población hospitalaria de 1786 resulta confuso por diversas razones. De las cifras anotadas en el informe se puede inferir que en 1786 entraron a curarse en la institución 25.233 enfermos, la mayor parte de los cuales, como se vio, estaba constituida por soldados. Sin embargo, el hospital difícilmente puede haber admitido esta cantidad de soldados enfermos cuando el número total de efectivos de Cartagena no sobrepasaba los 4.000. Esto podría significar que, incluyendo a la milicia disciplinada (que usualmente no era contabilizada en la categoría de soldado), cada persona vinculada a la defensa de la ciudad entró cuatro veces al año en el hospital. Fuera de estas consideraciones, las cifras relativas a la población hospitalaria de Cartagena en 1786, que aparecen en el archivo, tampoco concuerdan con la población general de la ciudad. Por último, es necesario tener también en cuenta que los años 1785-1786 no fueron de conflicto bélico. Como puede observarse, es preciso comprobar en este caso, como en otros relacionados con la documentación hospitalaria, la fiabilidad de las fuentes. 38 Ver AGN, Colonia, Hosp. y Cem, tomo 8, fols. Auto de conclusión de la visita Después de haber examinado los aspectos anteriores, el visitador dictaba algunas órdenes que el hospital debía seguir para su mejor funcionamiento. Isla mandó, en primer lugar, que los religiosos se consagraran con toda su atención y cuidado a los pobres. Mandó, igualmente, que se procurara establecer una tarifa más alta para la curación y asistencia de los militares enfermos, que sería de 2,75 reales por la sola manutención, y que pagaran por separado la ropa de cama, la losa, los catres, los asistentes, los enfermeros y los medicamentos. Esto era indispensable para que el convento hospital no asistiera a los soldados enfermos con las rentas de los pobres. En segundo lugar, Isla recomendó que por ningún motivo «se contrajeran deudas en lo sucesivo». Sin embargo, si era indispensable, se debía hacer sólo para aliviar las necesidades y las urgencias de los pobres y de la comunidad. Si la situación económica del Hospital era tan difícil que se vieran urgidos de endeudarse para los gastos de la tropa enferma, estas deudas «no podrán contraerse en cantidad mayor que no pueda pagarse con parte del producto de las estancias, dentro de dos o tres meses» 40. Otra orden del visitador se relaciona con el afán de anclar algunos aspectos de la vida del Hospital en el registro y la escritura. Se debía llevar una relación mucho más minuciosa de los medicamentos que ingresaban y que se consumían 41. Por último, Isla previno al médico y al cirujano del hospital, que debían guiar sus acciones y sus recetas según el Reglamento para el gobierno interior, político y económico de los hospitales reales, erigidos en la isla de Cuba 42. 41 El boticario debería tener tres cuadernos; en el primero anotaría el gasto diario, en el segundo las medicinas que se vendían al público y en el tercero, las que se consumían en las enfermerías de pobres, religiosos y soldados, «remitiéndose a los recetarios firmados por los médicos, que deberá guardar para comprobantes». 42 Sus indicaciones son muy precisas y, según sus palabras, se deben seguir «los dictados del Reglamento de Cuba». Aconseja entonces a los administradores de la institución: «Que esta contrata se haga por instrumento solemne, y que, en ella se explique por menor todo aquello a que se obliga el convento, y se inserte un formulario de las raciones que se han de administrar a cada enfermo, son expresión del peso o medida que han de tener los alimentos, y que estos se hayan de decretar por el médico o cirujano constando así, por su firma en el cuaderno que ha de llevar el cabo de sala». Un reglamento para observar El Reglamento para el gobierno interior, político y económico de los hospitales reales, erigidos en la isla de Cuba fue promulgado en 1776 43, la Real Orden del 22 de agosto del mismo año instituyó su observancia para todos los dominios españoles en América. El Reglamento, que debía comunicarse a los territorios de las Indias «para la exacta observancia de todos sus artículos, en cuanto sean adaptables con la isla de Cuba», está dividido en tres partes. En la primera, trata sobre las funciones del personal del hospital, tanto del administrativo (contralor, comisario de entradas, mayordomo, capellán) como del médico (médico, cirujano mayor, boticario mayor y boticarios subalternos, practicante mayor y practicantes menores, ropero, cabo de sala). La segunda parte se dedica a la descripción de las diferentes actividades y rutinas hospitalarias, como la visita del médico y del cirujano mayor en la mañana y en la tarde, las prevenciones de los facultativos que administran unciones, etc. En la tercera parte, se explican las dietas (composición) y las raciones que deben darse a los enfermos. Entre los aspectos significativos de este plan se encuentra la importancia que se le concede al aseo en relación con la salud: [El contralor del hospital] impenderá el mayor cuidado, y esmero en que el Hospital esté aseado en todas sus partes, por ser uno de los asuntos principalísimos para conservar, o restaurar la salud, sobre lo que si se advirtieren faltas por disimulo o tolerancia a los dependientes, se considerarán suyas 44. Por otro lado, merece también destacarse el reconocimiento que se hace de la singularidad americana, lo cual justifica la adaptación de las reglas al territorio neogranadino y no la aplicación ciega de lo que se hacía en Europa: Será de su cargo [del cirujano del hospital] dirigir el método de ministrar las unciones, pedir al contralor todo lo necesario, acomodarse a lo que ofrece el país, y no intentar practicarlo bajo las mismas reglas que París, Mompeller (sic), y otras ciuda-----43 El título completo es: Reglamento para el gobierno interior, político y económico de los hospitales reales, erigidos en la isla de Cuba, con destino a la curación de las tropas, forzados, y negros esclavos de S.M., según las circunstancias, temperamento, y costumbres del país. Formado por el señor Don Nicolás Joseph Rapun. Por Juan de San Martín (impresor de la Secretaría de Estado) y Despacho Universal de Indias, 1776, 43p. Biblioteca Nacional de Colombia, Sala de Libros raros y curiosos, 12118, PZ 6. 44 En Reglamento, op, cit, fol. 6. des de Europa, porque la generalidad no puede observarse en todo su rigor, por la incompatibilidad del clima, y demás circunstancias a que es preciso acomodarse 45. Resulta interesante en este contexto ver cómo se recomienda la adaptación del tratamiento de esta dolencia «a lo que ofrece el país», sin intentar trasladar mecánicamente lo que se hacía en París o en Montpellier. Tal mención parece resaltar la conciencia de una especificidad del territorio americano en relación, quizá, con el clima en este caso, con las consecuencias que éste podría tener sobre el desarrollo del «mal gálico» y sobre su tratamiento. Este Reglamento sirvió de guía para casi todos los proyectos de reforma hospitalaria que buscaban llevarse a cabo en el Nuevo Reino de Granada a finales del siglo XVIII. La transcripción literal de algunas sus partes se observa en los planes presentados por los médicos neogranadinos al tratarse de las dietas, de ciertas rutinas hospitalarias, de las obligaciones del ropero, del cuidado de la ropa, etc. Para fray Miguel Isla, como se ha visto durante su visita al Hospital San Juan de Dios de Cartagena (1786), éste era el modelo que debía guiar al personal de la institución en varios aspectos 46. Otro ejemplo de adopción del Reglamento lo constituye el plan de alimentación que el médico Antonio Froes diseñó para el Hospital de San Juan de Dios de Santafé; las autoridades del Cabildo de Santafé le habían solicitado expresamente «adaptarlo» a las necesidades y al «temperamento» de la capital. Hay también algunos apartes de este Reglamento que se hacen visibles en el plan que el ilustrado corregidor de Zipaquirá, Pedro Fermín de Vargas elaboró para el hospital de esta parroquia 47. Lo mismo ocurre en el plan que el procurador de la Real Audiencia, Estanislao Andino, redactó por la misma época 48. 46 La ropa «se moverá de tiempo en tiempo [...] para que la humedad, polillas o ratones no la dañen, procurando tener ratoneras con que extinguir los últimos... (el ropero) celará del propio modo, que de tiempo en tiempo se limpien, y laven las camas, para quitarles las chinches, y otros insectos, que suelen criarse en ellas». Ver texto idéntico en el plan de Vargas: AGN, Colonia, Hosp. y Cem, tomo 3, fols. Recuérdese que Isla anotaba: «Previniendo al médico y cirujano de que deberían guiar sus recetas según el nuevo Reglamento de la Isla de Cuba». 47 Zipaquirá es un lugar situado a 49 km de la capital, Santafé de Bogotá (Departamento de Cundinamarca). 48 Sobre el plan de Pedro Fermín de Vargas, véase ALZATE ECHEVERRI, A. M (2002). «Devociones políticas y oratoria salubrista: sobre un plan de reforma hospitalaria en la Nueva Granada (1790)». Revista del Departamento de Historia de la Universi-Años más tarde, en febrero de 1788, un informe sobre el Hospital San Juan de Dios muestra el deterioro de su situación: Hallase en el más lastimoso de los estados, por la mala asistencia de sus enfermos, que consisten en pobres de solemnidad, soldados de tierra y marina, esclavos del Rey y presidiarios, porque sus camas unas son de tabla y otras son de cuero pero la mayor parte sin colchón ni estera, tocando sus huesos en esos duros lechos y la aflicción y dolores de sus males se hacen más graves por la unión de unos con otros [...] Hace relación el infeliz estado de la fábrica material del mismo, la cual amenaza próxima ruina, con urgente necesidad de quitar las goteras antes del próximo invierno, pues de otro modo no podrían los enfermos subsistir en las salas, porque en ellas entran las aguas 49. El registro de los recibos y gastos efectuados cotidianamente en el hospital durante febrero del mismo año (1788) confirma la penuria de la institución y pone en evidencia algunos detalles de su funcionamiento. Estas cuentas no permiten apreciar la situación global del hospital (estado de camas, instalaciones, utensilios, etc.), pero ofrecen elementos de comprensión para otros aspectos. Están divididas en tres partes. Primero, se consignó el «recibo de la tropa», donde aparece la relación de lo que este grupo de personas pagaba cada día por la hospitalidad. Luego, se registraron los gastos realizados en el hospital para el mantenimiento y cuidado de la tropa. Por último, en el llamado «recibo de pobres» se anotó lo que la institución recibía para los pobres y se apuntó la lista diaria de gastos hechos para socorrerlos 50. No se consignó en este documento la cantidad de dinero recibida por otros rubros, como alquileres, censos, réditos, etc. El «recibo de tropa» comprendía el dinero recaudado por la infantería (2,5 reales diarios por enfermo), por los pertenecientes a la Marina (3,25 reales), por los particulares (4 reales), por los pobladores para el Darién (2,5 reales), por los presidiarios y por los negros del Rey (1,5 reales).Generalmente el «recibo de pobres» consistía en el noveno y medio de los diezmos, las limosnas, el producto de misas, entierros y responsos y lo proveniente de la curación de los esclavos. ALIMENTACIÓN EN EL HOSPITAL Como se vio, los gastos e ingresos aparecen registrados en fichas según el grupo de población. En ellas se consignó, primero, el ingreso que percibía el hospital por «la tropa» y, en seguida, el gasto que efectuaba el establecimiento para la misma población. Igual sucedió con el registro de los pobres. Cada ficha contenía la cantidad y el precio de cada alimento; sin embargo, es imposible calcular la frecuencia de las compras. Esta fuente permite ver algunos aspectos relativos al consumo alimenticio en el hospital a fines del siglo XVIII. Sin embargo, es claro que este registro no muestra sino una pequeña parte del conjunto de productos consumidos por la colectividad hospitalaria. Hay que considerar que algunos alimentos no aparecían inscritos porque el Hospital podía proveerse de ellos sin comprarlos, como el caso del pescado o de algunos vegetales, los cuales eran donados por los fieles o podían tomarse de sus fincas. Algunas siembras se hacían en los huertos conventuales ubicados en los patios de sus instalaciones: frutas, algunas legumbres y yerbas (bien fueran medicinales o empleadas como condimento); igual sucedía con algunos ganados criados también en sus instalaciones. Se acostumbraba, asimismo, tener un gallinero donde se criaban o se guardaban temporalmente las aves de corral. La infinidad de lagunas que subsisten en este tipo de documentos se debe, además, al hecho de que gran parte de los registros de estas instituciones desaparecieron de los archivos locales y nacionales. No obstante, las cuentas sobre los gastos en alimentos se consideran documentos muy interesantes y útiles, y constituyen la única fuente que se ha encontrado sobre la temática del consumo alimenticio en un hospital 51. En esta fuente se observa que no se tienen consideraciones que podrían hacer pensar en la presencia, aún en germen, de un proceso de medicalización alimentaria, lo que sí se expresa en algunos planes de reforma hospitalaria escritos en el Nuevo Reino de Granada en esa época. La medicalización alimentaria es el deseo de hacer depender la dieta del enfermo de las prescripciones y consejos médicos, ella refleja una intervención del acto médico sobre el acto hospitalario. Antes prerrogativa de los religiosos, la distribución de la comida se efectuaba según propósitos y periodicidades dudosas; la medicali-----51 Sobre la riqueza y las limitaciones de las cuentas de compra como fuente para el estudio de la alimentación hospitalaria, remitirse a VINCENT, B. zación alimentaria une de manera estrecha alimentación y terapéutica, hace que la alimentación forme parte del tratamiento del paciente, siguiendo la misma lógica que los remedios. En principio, la nutrición es la función básica de los alimentos, ella tiene como fin conservar la vida; los remedios, en cambio pretenden curar la enfermedad o restablecer la salud perdida, pero la cuestión es más compleja pues en algunos casos un alimento puede ser empleado como medicamento, así, la frontera entre alimento y medicamento se vuelve borrosa y dependerá del modo de administración, de la frecuencia del consumo, de la preparación, etc. Para Hipócrates, cuya terapéutica estaba basada en el régimen y la meteorología, el régimen alimentario debería permitir el restablecimiento de la dinámica vital de los individuos, siguiendo su temperamento particular (flemático, sanguíneo, bilioso, melancólico) y el estado del tiempo (húmedo o seco) 52. La alimentación prescrita al enfermo tiene por objetivo hacerle recobrar la salud, lo que el médico obtiene asociando la comida con otros elementos de la dietética, con los remedios y/o con la cirugía; en algunos casos, una dieta apropiada podía ser la única medicina eficaz. Es posible ver una evolución en la historia de la alimentación en la institución hospitalaria: desde el medioevo al siglo XVIII, predomina una concepción determinada por el modelo religioso. El hospital, gobernado por comunidades monásticas, cuya vocación se dirigía a la acogida de los pobres enfermos, ofrecía una alimentación sobria pero reparadora. El pobre debía emplear su fuerza para servir a Dios. En esta época, la alimentación estaba «espiritualizada» (vivída como un «don»). En un segundo momento, cuando el médico empieza a reforzar su presencia en el hospital (a partir del siglo XVIII), se implanta en el hospital otra visión del mundo, del hombre y del cuerpo, en el cual el valor preventivo y terapéutico de la alimentación se define, como se ha dicho, según el modelo de la medicina hipocrática 53. Como se observa, la concepción reparadora de la alimentación es la que prima en el hospital de Cartagena. ----52 Según la medicina hipocrática, el cuerpo estaba formado por cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra, que corresponden a cuatro elementos naturales: aire, tierra, agua y fuego. La armonía de esos elementos está regida por la fuerza de la naturaleza (vis naturae), la enfermedad era ocasionada por el desequilibrio o la impureza de los humores. Debido a la vis naturae, el cuerpo tiende a curarse a si mismo, razón por la cual el médico debería sólo observar el curso de la enfermedad para ayudar a la naturaleza, propósito en el cual la dieta cumplía una función importante. Estas cuentas de gastos dejan entrever una parte de la composición de la dieta diaria del hospital, la cual incluía sopa, manteca, plátano, azafrán, ajos, cebolla, tomate, comino, orégano, mazamorra (cierta comida dispuesta de harina de maíz con azúcar o miel, especialmente para el abasto y mantenimiento de la gente pobre), sal, fideos (en ocasiones), carne, gallina, huevo, arroz, picadillo, bizcocho, pan y pescado. Según parece, la alimentación diaria era invariable. La sopa era el plato principal; todos los enfermos la tomaban dos veces al día, para el almuerzo y para la cena. Su contenido no aparece enunciado, pero se puede arriesgar la afirmación de que contenía algún trozo de carne o pescado, quizá un poco de arroz, sal, cebollas, alguna legumbre, e iba acompañada de pan, probablemente de maíz, que también formaba parte fundamental de la dieta. Puede apreciarse, asimismo, el significativo consumo de plátano todos los días. Se sabe que el plátano es un cultivo clave en la alimentación y en la economía de la mayoría de los países tropicales; los valores sociales y culturales construidos alrededor de esta planta forman parte de la identidad de estos pueblos, así como de su paisaje natural 54. Algunos estudios han revelado que la población indígena que ocupaba estos territorios durante la primera mitad del siglo XVI se sustentaba con un conjunto de alimentos que pueden clasificarse en cuatro dietas básicas: una basada en la yuca; otra, en el maíz; la tercera, en la papa y el maíz, y la cuarta, en el plátano y la yuca 55. La rápida extensión del cultivo de plátano, traído por los esclavos negros a estos territorios, ha dado lugar a que se hable, en ocasiones, de la «platanización» de la cultura americana 56. El arroz -que ocupa hoy un sitio destacado en la dieta colombiana-tenía también un lugar sobresaliente en la dieta hospitalaria. Al parecer, este ----54 En gran parte del territorio neogranadino, sobre todo en las zonas cálidas, el plátano constituía una de las bases de la alimentación. En su escrito «Pensamientos políticos sobre la agricultura, comercio y minas de este reino» (1790), el criollo ilustrado Pedro Fermín de Vargas refiere, a propósito del plátano, que era propio de los países cálidos y templados, «en donde junto con la carne y el maíz, constituye el único alimento de sus habitantes». VARGAS, P. F. (1986), «Pensamientos políticos sobre la agricultura, comercio y minas de este reino», en: Pensamientos políticos. «La frontera del Nuevo Mundo y el poblamiento de la Nueva Granada», en Convocatoria al poder del número. Bogotá: Archivo General de la Nación, p.23. Aspectos históricos sobre los recursos naturales y las plantas útiles en Colombia. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, p. 442; AA.VV, en Colombia, país de regiones. 57. consumo fue una adquisición tardía en el interior del virreinato: en las provincias del interior, como Antioquia, este producto «se traía de la Costa Caribe y del Valle del Cauca, y parece haber sido introducido en Antioquia por los jesuitas a mediados del siglo XVIII» 57. Según el Reglamento, el arroz tenía sobre todo un uso medicinal por sus calidades «refrigerantes», nutritivas, «dulcificantes de la acrimonia de los humores, y moderativo de la sangre en su rápido movimiento», y era «más que otro a propósito para alivio de los pacientes cuando se precipitan en diarrea» 58. La gallina se comía en la comida y la cena, además del plátano, el arroz, los bizcochos (especie de pastelería) y el pan. La carne, que también formaba parte del menú cotidiano, no sólo se comía en la sopa, sino asada, según se escribe en varios registros. La carne era seguramente de res, dado que la Costa era una región ganadera y, por ende, existía una gran cantidad de ganado vacuno. No es probable que se consumiera cerdo en el Hospital, aunque en esta zona costera se criaba más el cerdo que en Santafé 59. No se mencionan la yuca, ni el ñame, de consumo habitual en la región, y tampoco aparecen las preparaciones y platos que se realizaban, salvo en relación con la mazamorra o el picadillo (cierto género de guisado de carne con verduras y especias). Para condimentar se empleaban el azafrán y el comino. Estas especias no poseyeron, en principio, una función culinaria sino terapéutica; su utilización médica fue, históricamente, más importante que su empleo como condimento. Cada una de las especias usadas en la cocina a fines de la Edad Media era en un primer momento utilizada como medicina. Durante el Renacimiento, los médicos recomendaban las especias para sazonar las carnes y volverlas así más digeribles. En esta época, la digestión se pensaba como una cocción. El agente esencial en este proceso era el calor animal que cocía lentamente los alimentos en el estómago, como una marmita natural. Las especias con las que se sazonaban los alimentos contrabalanceaban su eventual frialdad y ayudaban a cocerlos, ya que se pensaba que todas eran cálidas y secas 60. «La alimentación desde la época prehispánica hasta nuestros días», en: MELO, J. O. (ed). En Historia de Antioquia. Bogotá: Editorial Folio ltda, p. 58 Según se consigna en el Reglamento para el gobierno interior, político y económico de los hospitales reales, erigidos en la isla de Cuba, con destino a la curación de las tropas, forzados, y negros esclavos de S.M., según las circunstancias, temperamento, y costumbres del país. Formado por el señor Don Nicolás Joseph Rapun, p. Colombia antes de la Independencia. Bogotá: Banco de la República. 60 El comino, por ejemplo, estaba en el «en el tercer grado de calor y de sequedad». Estas «cálidas» especias facilitaban la digestión en las personas sanas, pero, en las enfermas podían Las diferencias percibidas entre la dieta de la tropa y la de los pobres son poco significativas; sólo se presentan en relación con los huevos y con los fideos. Por ejemplo, en febrero de 1788, los pobres sólo comieron huevos cuatro días, mientras que formaron parte del consumo cotidiano de la tropa. En cuanto a los fideos, sólo aparecieron algunas veces en el menú de los pobres, nunca en el de los otros. A partir de estas cuentas, es imposible inferir la frecuencia, el horario o las porciones de las comidas. En relación con la frecuencia de las comidas se observa sólo la inscripción de la comida y la cena, no hay ninguna mención sobre el desayuno 61. De igual manera, es muy difícil saber si el cocinero del Hospital observaba las prescripciones dietéticas ordenadas por el médico o no. Al parecer, sólo se hizo una distinción entre la alimentación de los enfermos en general y la de los otros miembros de la comunidad. La existencia de dietas propias a cada estado de la enfermedad no aparece en estos documentos, pero será un aspecto largamente tratado en los proyectos ilustrados de reforma hospitalaria a finales del siglo XVIII y principios del XIX. Otro tipo de gastos estaba relacionado con el vino. La función terapéutica del vino en la vida hospitalaria era importante. Como «bebida caliente y seca», corregía los excesos de frío, y se empleaba a menudo puro o mezclado con otros medicamentos en caso de dolencias como los catarros y otras afecciones respiratorias 62. La virtud protectora del alcohol figuró entre los dogmas de la medicina humoral, que asociaba los cuatro principios fundadores (cálido y frío, seco y húmedo) con diversas configuraciones ambientales y climáticas, la edad, el sexo y las costumbres. La teoría de los humores sirvió de base durante largo tiempo a la «medicina del vino», que era prescrito con fines terapéuticos o laxantes y desempeñaba un papel importante en la cicatrización de las heridas o de las llagas; en última instancia, fue un elemento clave en la farmacopea desde la Antigüedad hasta el siglo XIX 63. ---causar daño, por ello eran contraindicadas en las dietas de las dolencias febriles. 61 Esta comida se consagra en varios de los planes hospitalarios de finales del XVIII. Se tiene noticia de que en algunos hospitales europeos como el de Ginebra, el desayuno consistía sólo en un caldo; había dos comidas diarias (al mediodía y en la noche), y un bocadillo ligero al final de la tarde que no se le daba a todos los pacientes. 63 Tal medicina retoma los preceptos de Hipócrates y los aforismos del Régimen Sanitatis (1320) de la Escuela de Salerno, cuyos principios eran enseñados en las facultades de medici-En los registros, se encuentra también el gasto en carbón para las unciones y las enfermerías, la leña, las velas, el aguardiente, el aceite y el jabón. Las unciones eran un remedio que se ejecutaba para curar el «humor gálico», cubriendo y friccionando al enfermo en repetidas ocasiones con un ungüento específico contra este mal, generalmente compuesto de mercurio. Los fármacos, el guayaco, el azufre, la zarzaparrilla, la «raíz china» y el mercurio, eran remedios utilizados contra este mal; pero entre ellos, fue este último el más común; en forma de las clásicas «unciones» o fricciones en la piel, mezclado con un cuerpo graso 64. En cuanto a la leña, se utilizaba sobre todo para alimentar los fogones de la cocina. Las velas se empleaban para iluminar y para visitas nocturnas de los cirujanos; el jabón, para lavar las ropas de los enfermos y de las camas; el aguardiente, como medicina, y el aceite, para las lámparas. Algunos médicos neogranadinos de la época, como Antonio Froes, indicaban cómo la cantidad y calidad de los alimentos suministrados a los enfermos contribuiría a su curación y restablecimiento, pues de poco serviría la presencia de un médico que curara «metódicamente las dolencias, si el alimento que tomaba el enfermo era contrario a la naturaleza de la enfermedad». Siguiendo los postulados de la medicina neohipocrática -figura provisoria de razón y de verdad-, Froes otorgaba a la dieta y a la mecánica compleja de los humores un lugar fundamental. Una dieta o un remedio podían provocar una serie de reacciones que, en lugar de restablecer el orden, podían destruirlo para siempre 65. Al no tener conocimiento sobre las cantidades y preparaciones de los alimentos ni sobre las características de la población hospitalaria, es difícil emitir un juicio sobre el verdadero valor de la dieta suministrada en el hospital. ---na del Antiguo y del Nuevo Mundo a través de las escuelas de Montpellier y París. Haciendo particular hincapié en el temperamento de cada individuo, Hipócrates trataba así sobre el vino: «El vino conviene al hombre en una forma maravillosa, con la condición de que sea consumido razonablemente por los enfermos y por los sanos de acuerdo con la situación de cada individuo». (1965), «El tema de la sífilis en la literatura médica española del siglo XVIII». En: Medicina e Historia, Fascículo XIV, p. Es claro que la cantidad de calorías y de proteínas que una persona necesita se miden en función de la edad, del sexo, de la actividad física o de la estatura. En el caso de los enfermos, hay un condicionamiento adicional relacionado con el tipo de dolencia que se padece, pero la ausencia de este tipo de informaciones impide hacer la más mínima especulación sobre la adecuación de esta dieta para alimentar a los enfermos. De todas maneras, es posible pensar que cuando se era pobre y enfermo se comía mejor en el hospital que fuera de él. Las cuentas nos informan cómo se pagaban diariamente los salarios para los empleados del Hospital. Además de ellos, tenía 43 empleados (su distribución se puede observar en el Cuadro No. 7) a quienes se pagaban 55 reales cada día. Entre religiosos y otros empleados, un total de 59 personas laboraban en la institución. S ALARIO 1 lavandera 5 reales 66 19 empleados del hospital 67 47,5 reales (2,5 reales cada uno) 2 mozos de unciones 8 reales (4 reales cada uno) 2 aguadores «de agua del pozo» 4 reales (2 reales cada uno) 1 cocinero 5 reales 2 mozos de botica 5 reales (2,5 reales cada uno) 1 practicante de botica 1,5 reales 12 asistentes para los enfermos 30 reales (2,5 reales cada uno) 3 mozos de limpieza 6 reales (2 reales cada uno) TOTAL 112 reales* Como se puede apreciar, se otorgaba un pago a quienes transportaban el agua, la cual se utilizaba para «baños, tinas, limpieza de la cocina y demás labores de aseo»68. Pero, no se menciona si se usaba también para preparar alimentos o si ella provenía de otra fuente. Los mozos de botica, por su parte, eran los encargados de la elaboración de medicamentos. Los gastos de la institución en alimentación para el mantenimiento de «la tropa» se elevaron en este período a 1.969 pesos aproximadamente, y en lo concerniente a los pobres y religiosos, la suma sólo alcanzó 549 pesos. Esto indica que sólo el 21,80% del dinero se dedicaba a la alimentación de los pobres. Los gastos de las medicinas suministradas a los enfermos en general (no se especifica qué tipo de medicinas) fueron de 698 pesos. El total de los gastos de la «tropa» fue de 2.667, lo cual muestra un desbalance de 867 pesos en relación con las entradas de dinero por tropa, que fue de 1.800 pesos. Las cuentas del Hospital durante febrero de 1778 muestran que el mayor ingreso lo constituía el pagado por la infantería (57,38%), seguido en su orden por lo que pagaban los pobres, la marina, los presidiarios y los negros del Rey, los pobladores para el Darién y por último, los particulares (véase Cuadro No. 8). ----Como puede verse, el sector de la población que más entró al hospital durante ese mes fue la infantería, el cual representó el 53,40% de los ingresados, y pagaba por su estadía lo equivalente al 57,38% de los ingresos que la institución recibía como remuneración por sus servicios. Siguen en cantidad y en ingresos los pobres, quienes representaron el 24,44% de toda la población que acogía el hospital, y su aporte constituyó el 6,14%. El grupo que presentó menor entrada al hospital fue el de los particulares, que constituyeron el 1,26%, y lo pagado por ellos representó el 2,14%. Es claro que, de alguna forma, este hospital durante tal período estuvo subordinado a la institución militar, de allí, como se vió la queja de los hospitalarios relativa al deseo de honrar su verdadera misión, cuidar a los pobres enfermos. A finales del siglo XVIII, el virrey José de Ezpeleta ordenó la división del hospital en dos sectores: en uno se organizó el Real Hospital de San Carlos para el cuidado exclusivo de la milicia y los presidiarios, y en el otro -que continuó llamándose Hospital San Juan de Dios-se seguían acogiendo los pobres. Ezpeleta encargó al gobernador de Cartagena el establecimiento del Hospital Militar, quien después de hacerlo «dirigió el Reglamento formado para la asistencia y curación de los enfermos», el cual se «conforma en la mayor parte con el de la Isla de Cuba». Tiempo después, Mendinueta se dirigió al Rey para solicitarle autorización de que varios de los empleados del Hospital (contralor, mayordomo, enfermeros y cabos de sala) fueran individuos de la tropa (1798). En su petición expuso las razones que justificarían tal medida: en primer lugar, se ahorrarían así en salarios alrededor de 3.458 pesos anuales, que la institución podía invertir en otros gastos necesarios; en segundo término, los enfermos serían mejor asistidos, y por último, si bien en España esta práctica no existía de manera generalizada, sí se había llevado a cabo en situaciones excepcionales en algunos hospitales de Zaragoza y Aragón, con buenos resultados; esta petición pudo haberse inspirado, asimismo, en el hecho de que en los hospitales de Cuba trabajaban también soldados como empleados 70. En esta petición, el virrey confirmó que el Reglamento servía como guía para las actividades del Hospital Militar de Cartagena desde sus inicios 71. * * * ----En las últimas décadas del siglo XVIII, el Hospital San Juan de Dios de Cartagena de Indias, como otros del territorio neogranadino, fue objeto de cuestionamientos y de visitas que pretendían evaluar y corregir su funcionamiento. El hospital debió enfrentar la presión que creó el incremento de la demanda de sus servicios, que era consecuencia de factores como el aumento de la población (recuérdese que Cartagena tuvo una tasa de crecimiento poblacional anual de 3,82% entre 1708 y 1809), la frecuente situación de conflicto bélico en la que se encontró la ciudad y la progresiva valorización de sus funciones en el seno de la sociedad neogranadina. A esto se le sumaba que la ausencia de una cátedra de medicina en la ciudad era una de las causas de la escasez de personal (médicos, cirujanos, enfermeros) para cuidar o tratar a sus habitantes. Al parecer, el Hospital nunca contó con ingresos suficientes para ocuparse de la creciente cantidad de tropa y de pobres enfermos; sin embargo, durante la segunda mitad del siglo XVIII, la institución conoció algunos cambios. En esta época, la administración colonial buscó mejorar su estado, aunque los resultados fueron bastante tibios. Las dificultades y problemas que se vivían en los hospitales (espacio reducido, recursos económicos insuficientes, sobrepoblación) llevaron a la necesidad de reformar estos establecimientos o crear otros, pero ya orientados por las ideas nuevas ilustradas en materia de medicina e higiene (individualización, aireación, limpieza, buena alimentación), cuyo estudio sobrepasa el objetivo de este estudio.
El modelo de lazareto pabellonario se configuró a partir de las bases científicas establecidas durante el proceso de reforma hospitalaria acaecido en Francia en el último tercio del setecientos. La adopción de soluciones que dieran forma a la nueva tipología cuarentenaria no vino dada precisamente por el ejemplo prestado por los nuevos tipos de hospital resultantes de este debate sino por el de otras instalaciones de cuarentena y, en general, de encierro, ya existentes. En este artículo se analizarán todos los factores que influyeron en la configuración de este modelo de lazaretos. fruto de años de debate. El investigador puede trazar con bastante precisión sus orígenes, sus influencias y los actores que participaron en su configuración, gracias a las múltiples memorias, informes y proyectos que dicha discusión generó. Cuando hablamos de lazaretos pabellonarios, si bien éstos coinciden en las ideas de fondo con el de esta categoría de hospitales, nos damos cuenta de que los modelos en los que se inspiraron los primeros para dar soluciones de configuración no se corresponden estrictamente con los que sirvieron de ejemplo a los segundos. En este artículo intentaremos sentar las bases sobre las que se asienta este tipo de lazaretos, para lo cual haremos un repaso de las bases teóricas proporcionadas por el debate sobre los hospitales, nos fijaremos en las construcciones que inspiraron ambos tipos de edificio y acudiremos, cuando sea necesario, a las doctrinas médicas sobre las que, tanto unos como otros, estaban fundados en un viaje que nos llevará por proyectos de lazareto españoles, franceses e ingleses. LAS BASES TEÓRICAS, EL DEBATE SOBRE EL NUEVO HÔTEL-DIEU DE PARÍS El treinta de diciembre de 1772 se incendió el Hôtel-Dieu de París, un gran hospital construido durante siglos a base de aditamentos y que era un claro exponente de institución en la cual se mezclaban la función asistencial y médica 1. Tras este accidente se puso de manifiesto la insuficiencia del modelo de hospital entonces vigente y la necesidad de crear nuevas infraestructuras para la ciudad que ocupasen el vacío dejado por el establecimiento quemado, lo que provocó un debate sobre los principios que debían regir este tipo de entidades. Éstas se convertirían, a partir de ese momento y rompiendo con los postulados vigentes, en un equipamiento sanitario de la ciudad en el sentido moderno del término 2. 2 En París, explica Tenon, existían en esa época cuarenta y ocho hospitales, de los cuales veintidós se utilizaban exclusivamente para acoger enfermos, seis servían para el recogimiento de pobres enfermos y pobres sanos y veinte se utilizaban para la acogida de pobres sanos. Para una sucinta descripción de cada uno de estos hospitales ver TENON (1788), p. Sobre el concepto de equipamiento ver FORTIER, B. (1979), «Le camp et la forteresse inversée». En y se constituyó como un espacio solamente médico 3, evolución lógica del pensamiento nosológico 4 -que en su aplicación social no podía permitir la ----FOUCAULT et al. Les machines à guérir (aux origines de l'hôpital moderne). 3 Esta operación comportaba tres requisitos fundamentales, la valoración de la salud de los individuos, la cuantificación de las necesidades médicas y la concepción de la población como objeto de conocimiento médico, ver BARRET KRIEGEL, B. (1979), «L 'hôpital comme équipement». 4 Ver el primer capítulo de FOUCAULT, M. (1963), Naissance de la clinique. mezcla de la enfermedad con la pobreza o la vagancia-, y surgieron nuevas formas arquitectónicas que servirían para todo el siglo siguiente. El debate entablado en torno al nuevo Hôtel-Dieu de París supuso, para las tipologías hospitalarias, la puesta en escena y el modelado del hospital pabellonario. Confluían en su sistematización varios elementos que configurarían el nuevo paradigma: por un lado, la conservación de un aire puro en el interior del recinto y el cuidado de la salubridad en general. Por otro, la separación de los diferentes tipos de enfermos y la separación, también, de los diferentes servicios del hospital. Y, finalmente, la atención al problema de la circulación, de los flujos internos del hospital. En 1777, impulsada por Jacques Necker, el nuevo Director General de Finanzas, se creó una comisión encargada de examinar los medios de mejorar los hospitales de París y de reformar el Hôtel-Dieu. En el mismo sentido, en agosto de ese mismo año, la comisión abrió un concurso público de propuestas. Llamamiento que obtuvo una respuesta más que considerable con más de ciento cincuenta proyectos recibidos. Entre estos proyectos se encontraba el de Jean-Baptiste Le Roy 5, que inspiraría el adoptado más tarde por la Académie Royale des Sciences y que estaba basado en el principio de conservar: «autant qu 'il est possible un air pur et exempt de la corruption qui règne toujours dans les hôpitaux nombreux» 6. ---- La ventilación de las estancias era un tema que en esa época había ido adquiriendo importancia 8 puesto que, como muchos de los estudiosos de aquel entonces reconocían, los hospitales, lejos de ser lugares en los que se efectuara la curación de los convalecientes, se habían vuelto una fuente de contagio. El hospital aún vigente a finales del setecientos era malsano a causa de su sobreocupación, pero lo era también a causa de su errónea concepción arquitectónica y funcional, constelación causal que impedía el mantenimiento de un aire puro en el interior de los edificios. De este modo, en su plan, Le Roy tenía en cuenta la renovación del aire dentro de cada uno de los pabellones, dando diferentes soluciones arquitectónicas y mecánicas, que impedirían incluso el contagio de males entre diferentes pacientes de una misma sala. Me-----8 De este modo no es extraño que a lo largo del setecientos hubiesen visto la luz diversos tratados, memorias y artículos que incidían sobre esta temática referidos tanto a los hospitales como a los domicilios particulares, ver, por ejemplo, DU HAMEL, H.-L. ( 1752), «Différens moyens pour renouveler l' air des Infirmeries, & généralement de tous les endroits où le mauvais air peut incommoder la respiration». diante murillos que separarían las camas y chimeneas en los techos se aseguraría un higiénico movimiento continuo de aire de abajo hacia arriba 9. En 1784 la comisión formada a instancias de Necker fue disuelta por el Secretario de Estado Breteuil y el asunto pasó a manos de la Académie Royale des Sciences 10. A los tres proyectos entre los que se debatía la nueva comisión 11, se sumó en 1785 un nuevo proyecto que provocó un intenso debate, se trata del proyecto del arquitecto Bernard Poyet 12 que era el «Contrôleur des Bâtiments de la Ville» de París. La querella provocó la redacción de una primera memoria 13 por parte de los comisarios de la Academia en la que se examinaban, por una parte, el Hôtel-Dieu y el resto de hospitales de París y, por otra, el proyecto de Poyet 14, elogiado pero criticado por el lugar propuesto para su construcción 15 y por ciertos aspectos de la disposición del edificio, ----9 Es conocido el interés que Le Roy tenía sobre este particular, ver, por ejemplo: LE ROY, J.-B. ( 1784), «Mémoire sur quelques moyens simples de renouveler l' air des endroits dans lesquels il ne circule pas, ou dans lesquels il ne circule que très-difficilement; & sur les applications qu 'on peut en faire». 598-602; sabemos, además, que mantuvo durante la década de 1770 y 1780 una estrecha correspondencia con Benjamin Franklin sobre la construcción de hospitales y sobre su ventilación y que tradujo al francés diversas memorias de médicos extranjeros sobre estos temas, ver GREENBAUM, L. S. (1974), «Tempest in the Academy. 10 La nueva comisión estaba formada por Joseph-Marie-François de Lassone, Louis-Jean-Marie Daubenton, Jacques Tenon, Jean-Sylvain Bailly, Antoine-Laurent de Lavoisier, Pierre-Simon de La Place, Charles-Augustin de Coulomb, Jean d'Arcet y Jean-Antoine-Nicolas de Condorcet. 14 El proyecto de Poyet es bien conocido, se trata de un modelo radial concéntrico en forma de rueda muy parecido al de Antoine Petit. 15 El sitio era la Île des Cygnes, que se inundaba periódicamente, cosa que implicaría un gran gasto en las obras para evitar el anegamiento del edificio y la comodidad de su acceso en todo momento y que, además, comportaba una lejanía excesiva de ciertos barrios de la ciudad. 84. principalmente su gran extensión 16, la proyección de tres plantas 17 y su excesiva altura. Finalmente, lanzaban su propia propuesta que consistía en la división de la atención hospitalaria de París entre cuatro edificios -con una capacidad de 1200 enfermos cada uno-situados en sendos extremos de la ciudad, cerca de donde eran necesarios. En lo que respecta a su disposición consideraron acertadas las proposiciones de Le Roy. Leamos las palabras de los comisarios: Tomada una primera posición convenía reafirmar las ideas, para lo que la Commission des Hôpitaux puso en marcha una encuesta 19 en la que, por un lado, recogió las observaciones de la Académie de Marine sobre los barcos, los lazaretos y los hospitales militares, por otro lado, envió a cada uno de los Intendentes un cuestionario en el que se tenía que dar cuenta de los establecimientos de caridad de las principales ciudades del país. Conviene añadir que además se tenía en cuenta la orientación de los pabellones, que se preveía de este a oeste para aprovechar adecuadamente las características de los vientos dominantes en la ciudad. 54-56. procurer ces avantages, & d 'eviter les inconvéniens» 20 y se organizó un nuevo concurso de ideas para acabar de definir la planta del establecimiento tipo, las premisas eran regularidad, partición estricta de los espacios y sobriedad. En resumen, convenía elegir entre el modelo en pabellones, lanzado por Le Roy y considerado como bueno por la comisión, y el de fortaleza invertida o panóptico, propuesto por Poyet o Petit, de cuya crítica ya se ha dado cuenta. Esta elección se debía hacer siguiendo unas nuevas normas en cuya base se encontraban los principios médicos y las necesidades de la práctica de la medicina, factores que necesariamente tenían que definir el diseño, la talla y el funcionamiento del nuevo hospital. Esto debía conseguirse con razonamientos que debían emanar de una aproximación al objeto de estudio asentada sobre el rigor metodológico, el empirismo cauteloso y la exacta cuantificación de las necesidades que dieran validez científica, tanto a las críticas del antiguo modelo de hospital, como al nuevo que la Academia debía proponer21. Como consecuencia de este celo científico se puso en marcha la gran encuesta en la que se analizaron los edificios existentes, se tomó en cuenta la experiencia de otros servicios asistenciales como el de la Académie de Marine, se buscó inspiración en los hospitales extranjeros y se solicitaron ideas públicamente, siguiendo los principios empíricos y analíticos de pensadores como Bacon, Condillac o Newton. Estas ideas se publicaron paralelamente en la tercera memoria de la comisión y en un volumen redactado por Tenon22, obras, ambas, que sirven como marco conceptual del nuevo modelo de hospital que resultaría de esta vasta encuesta. Así, se substituía la intención tradicional del edificio, que aislaba y encarcelaba la enfermedad -y también la pobreza y todo aquello que en términos generales era considerado como una lacra social-, por la de un equipamiento para la ciudad23, adecuado a las necesidades reales de la población y colocado allí donde era necesario, un servicio -en el sentido actual del término-situado en la confluencia de las políticas urbanas y de las estrategias médicas24. ---- El resultado de la encuesta es conocido. La comisión, siguiendo el parecer de la Academia, se inclinó por la disposición de edificios en líneas paralelas. Solamente faltaba fijar su planta definitiva prestando especial atención a los resultados de la encuesta. En este sentido, la ratificación de la conveniencia del modelo en pabellones vino dada por el ejemplo del hospital naval de Plymouth 25. 16. más, de los hospitales ingleses, se trajo también la ratificación de algunas de las ideas lanzadas en la crítica del Hôtel-Dieu, como la ventaja que suponía el acogimiento de un pequeño número de enfermos en cada sala, el hacer lavar a los convalecientes a su entrada al hospital, el de procurar los medios parar hacer renovar el aire de las salas del complejo o el mantenimiento de su limpieza. Volvamos a la distribución interior del nuevo modelo de hospital cuya originalidad radicaba en su mirada funcionalista 26, si el viejo Hôtel-Dieu quedaba descentralizado y se separaban las funciones asistenciales de las médicas, en el interior de cada uno de los nuevos edificios ocurría lo mismo. Se presentó un proyecto 27 en el que, al igual que en el de Le Roy, se prestaba una atención especial a la salubridad del complejo, sobre todo en lo que se refería a la circulación del aire. Esto se tenía que conseguir mediante la disociación de los servicios del hospital en diferentes pabellones, con lo cual se obtendría la separación necesaria para que cada uno de los módulos estuviese envuelto en todo momento por un aire puro y renovado, cada pabellón tendría su propio «promenoir» y cada uno de estos subconjuntos podría ser incomunicado a voluntad 28. El hombre y sus necesidades como enfermo se convertían en la vara de medir del complejo, y eran éstas las que dictaban sus dimensiones, tanto en lo relativo al conjunto como en lo que tocaba al interior de cada uno de los pabellones, la amplitud de sus salas, la anchura de las escaleras, la altura de sus peldaños, etc. 29. Además, se presentaron cálculos volumétricos que ayudaban a establecer la relación entre el número de camas y las dimensiones de cada pabellón, para que cada paciente gozara de los mínimos de aire puro necesario, relación que, por otra parte, se tendría que adecuar a las características ambientales, e incluso culturales, de cada región o país. ----26 Este modelo de complejo en pabellones con las funciones separadas ya se estaba aplicando en Francia en otro tipo de establecimientos, recordemos el complejo industrial de las Salines Royales de Chaux diseñado por Claude-Nicolas Ledoux. 27 El dibujo de su planta fue encargado al arquitecto Bernard Poyet. El hospital se tornaba, gracias a su fragmentación, en el contenedor de la práctica nosológica. Los enfermos serían clasificados en el departamento correspondiente a su dolencia. De este modo, cada pabellón sería un hospital separado, segregado funcionalmente del resto, pero compartiendo los servicios comunes y las subdivisiones en el seno del complejo vendrían marcadas por el conocimiento del número de enfermos que podían suministrar cada especie de enfermedad 30. La planta del nuevo modelo de hospital estaba fundado en la cuantificación de las necesidades médicas, en la clasificación de las enfermedades y en la separación y aislamiento de las funciones hospitalarias. Lógicamente, esto comportaba una fuerte estructuración del complejo y la colocación de los servicios y compartimentos quedaba condicionada a los ejes de desplazamiento. En este sentido, se observaba cuidadosamente la organización de los flujos de circulación en el seno del hospital, cosa que comportaba un estudio minucioso de los movimientos internos tanto de los médicos como de los enfermos, tanto de los vigilantes como de los sirvientes, tanto de los suministros como de los desechos 31. Así pues, el hospital se había convertido en una máquina en la cual todas las actividades estaban reguladas, todos los ocupantes registrados, clasificados y distribuidos según su dolencia, todos los movimientos calculados y optimizados. El nuevo modelo de establecimiento no debía basarse ni en la caridad cristiana ni en la voluntad de esconder la miseria, las reglas las dictaba ahora la ciencia médica y su aplicación se fundaba en las necesidades reales debidamente cuantificadas. DEL HOSPITAL AL LAZARETO. LA GÉNESIS DE UN MODELO. Al mismo tiempo que se desarrollaba la encuesta que acabaría con el modelado del hospital pabellonario, las ideas inherentes a esta tipología inspiraron los nuevos lazaretos que se estaban erigiendo por aquel entonces en algunos lugares de Europa. Si bien es cierto que las formas surgidas de este debate influyeron en el diseño de los proyectos surgidos a partir de entonces, también lo es que el modelo que inspiraría la disposición final de muchas de los lazaretos pabellonarios ya se encontraba en funcionamiento desde el último tercio del siglo XVII, se trataba del lazareto de Marsella, conocido también como las Nouvelles Infirmeries. Como muchos hospitales de la Era Moderna, las Nouvelles Infirmeries, eran un complejo que se había construido en varias fases, a base de aditamentos y sin seguir un plan general preestablecido. De la primera etapa (1663-1683) datan los departamentos limpio y sucio (Grand y Petit Enclos respectivamente) y la administración. Más adelante, entre 1754 y 1759, se erigieron en este nuevo departamento algunos tinglados, y hacia 1785 el lazareto volvió a sufrir modificaciones, entre las que destacan la construcción de nuevos edificios en el interior del nuevo perímetro, la división de los recintos destinados a recibir los enfermos y la disposición de los circuitos de circulación en su interior 32. Para este texto interesa, obviamente, el estado de las Infirmeries en este último estadio, puesto que además de presentar su configuración cuasi definitiva, la fecha coincide con la del debate en torno al Hôtel-Dieu. Los cambios sufridos a lo largo de su existencia respondían, lógicamente, a la voluntad de adaptar el establecimiento a las cambiantes necesidades de aislamiento que imponían las garras del devenir. Marsella era el puerto más importante del Mediterráneo francés, tenía el monopolio sanitario y comercial 33 de las arribadas del Levante y la Berbería 34 y actuaba como centro redistribuidor de mercancías a otros países 35. Esta causa explica el constante peligro que las instalaciones cuarentenarias marsellesas corrían de resultar insuficientes y sus sucesivos cambios de ubicación, ampliaciones y mejoras. Las Nouvelles Infirmeries se habían ido adaptando a los nuevos tiempos y, por ello, seguían siendo una instalación moderna y un modelo válido en el que podían inspirarse los otros lazaretos. De hecho, el lazareto de Marsella era un referente no solamente en Francia sino también en el resto de Europa, a pesar de los problemas que pudiese haber 36 en un establecimiento de estas características. 34 Áreas perennemente sospechosas de sufrir la peste a causa, entre otros motivos, de no desarrollar un política sanitaria. 35 España, por ejemplo, utilizaba, entre otras, las instalaciones de Marsella para el comercio con los infieles, puesto que, por motivos religiosos, estaba en guerra con ellos. En resumen, el lazareto de Marsella era, en 1785, un complejo de cuarentena en el cual existía una compartimentación bastante estricta de los diferentes departamentos. Contaba con un departamento de patente sucia y con dos para la limpia debidamente separados por una doble línea de murallas, tenía además recintos separados para los enfermos de peste y para los convalecientes y un recinto especial para los cueros, considerados extremadamente peligrosos. Además, poseía diferentes surgideros diferenciados para uso de cada uno de los departamentos y distintos atracaderos en las islas del Frioul, situadas en la rada de Marsella, que asistían en esta necesidad de separación. Esta segregación la encontramos bastante desarrollada en el interior de cada uno de los recintos. Tinglados y banquetas para el expurgo de mercancías se nos presentan multiplicados para atender de manera separada los diferentes lotes de mercancías, y los pasajeros, tripulantes, porteadores y escribanos contaban con habitaciones apartadas en el interior de cada separación. Además, las últimas modificaciones en la infraestructura habían mejorado sus flujos de circulación interior, que se realizaban a partir de entonces entre las murallas, cosa que confería mayor seguridad a los desplazamientos en el seno del lazareto. Salvando las distancias, puesto que no se trataba de un establecimiento erigido ex novo y que su configuración no era el fruto de un largo proceso de investigación sino de adaptación a las exigencias de las nuevas coyunturas, se puede afirmar que, de algún modo, el lazareto marsellés comulgaba con las ideas surgidas del debate sobre los hospitales que se estaba desarrollando en aquel entonces en Francia. Por ello, no tiene que resultar extraño que sirviese de modelo para los lazaretos que, en adelante, se construyeran siguiendo los postulados establecidos por la Académie des Sciences francesa. El lazareto de John Howard John Howard, el filántropo inglés al que debemos un estudio pormenorizado de las prisiones, los correccionales, los hospitales y los lazaretos de casi todos los países de Europa, publicó en su informe sobre estos últimos un proyecto de lazareto modelo para su país. De hecho, dejó solamente un plano y unas mínimas apreciaciones que, en definitiva, ya eran bastante sintomáticas de la idea que creemos que Howard tenía sobre el asunto. Conocedor de los establecimientos carcelarios y de los lazaretos, consideraba que los segundos tenían demasiado el aspecto de los primeros, en este sentido explicaba: Estas líneas son, de hecho, el único comentario que acompaña a la plancha en la que presenta la planta de su modelo, por lo que, para reconstruir la idea ----que el británico tenía sobre como debían ser estos establecimientos, debemos acudir a la descripción que hizo de los que visitó durante su viaje por Europa y desgranar su discurso entre los comentarios que, tanto en positivo como en negativo, hizo de ellos 38. Así, aparte de abogar por un lazareto alegre y alejado de la estética de la cárcel -cosa que explica la introducción de zonas ajardinadas tanto en el interior como en derredor de su establecimiento-Howard denota en sus comentarios una preferencia por los espacios amplios, compartimentados y bien aireados. Esta opinión está relacionada con el concepto de transmisión que manejaba el inglés, modelado por sus amigos los médicos John Aikin y John Jebb. La peste no se comunicaba por contacto sino que habitualmente el contagio llegaba por inoculación o por la respiración de los efluvios pútridos que, en suspensión, envolvían los objetos infectados. Estas emisiones podían ser transportados «in the same manner that the smell of tobacco is carried from one place to another» 39, aunque nunca a grandes distancias. En estrecha relación con esta concepción, el filántropo otorgaba una gran importancia a la limpieza del recinto en general y de los apartamentos en concreto, se debía evitar a toda costa la suciedad y la humedad, capaces de engendrar miasmas, y era muy importante dotar de agua fresca a todas las partes del complejo, hecho que redundaría en su limpieza y salubridad. Estas ideas explican la disposición del esbozo que acompaña su texto. Un plano que, aunque no concuerde en algunos aspectos con el de otros lazaretos de tipo pabellonario que se construirían en el resto de Europa, comparte los líneas generales del modelo que en esa época se estaba gestando. De hecho, las diferencias con éste obedecen más a una cuestión de sensibilidad e ideario de índole estética producida por sus referentes culturales que a razones científicas 40. De este modo, Howard nos ofrece un proyecto de estación cuarentenaria en el están implícitas cada una de las nociones básicas de los establecimientos pabellonarios. En el plano se puede ver un gran espacio abierto situado ----38 HOWARD (1791), p. 40 Me refiero, sobre todo, a la introducción de la naturaleza en el seno del lazareto y a la menor compartimentación física en el interior de cada uno de sus departamentos, que tenían que acentuar la percepción del establecimiento como un jardín. De este modo, el medio natural, ofrecería las mayores ventajas tanto para la salud física como moral de los secuestrados. Analizo esta idea en relación con los lazaretos en BONASTRA, Q. ( 2007), «Romanticismo y naturaleza en la prevención de las epidemias en América del Norte. El modelo paisajista de lazareto y su implantación en Canadá». En línea [http://www.ub.es/geocrit/sn/sn-250.htm] FIGURA 6. a la orilla del mar y constantemente bañado por el aire. En su interior están perfectamente delimitadas y segregadas las áreas que debían dar servicio a las embarcaciones de patente limpia y sucia; los apartamentos para cuarentenistas y guardias, los almacenes y galerías -abiertos para permitir el aireo de las mercancías-y los tinglados cerrados se encuentran multiplicados y dispuestos de manera seriada, de modo que pudieran asegurar una perfecta separación e incomunicación, tanto de los diferentes grupos de secuestrados como de las partidas de mercancías. Así, para cada barco se ubicaban apartamentos y una parte del terreno de solaz para la tripulación, así como almacenes y galerías abiertos para airear su carga. Por otra parte algunos servicios -entre otros las fuentes 41, la capilla, la enfermería o la sala de convalecientes-serían comunes para todo el conjunto. Como se ha visto, el plan de lazareto de Howard para Inglaterra concordaba bastante con las ideas que se encontraban detrás de la reforma hospitalaria iniciada en Francia a finales del setecientos. En su proyecto se intuye la necesidad del mantenimiento de un aire puro en el interior del recinto y de una estricta y reiterada separación de las personas y los géneros alojados en su seno, pero lo que no queda tan claro es la importancia concedida a los flujos de circulación internos. Si bien en su explicación omite estos detalles, también es verdad que el canal de circunvalación que rodea el campo cuarentenario podía, del mismo modo que lo hiciera el pasillo cubierto del proyecto de hospital de Tenon, hacer las veces de vía tránsito, tanto de personas como de mercancías, desde su lugar de expurgo hasta el exterior. De todos modos, los lazaretos que se construyeron en otros países de Europa, sobre todo en España y en Francia, siguieron una configuración un tanto distinta, bastante apartada de esta necesidad de alegría paisajista que, en cierto modo, pregonaba Howard. Durante el setecientos, tal y como había ocurrido en Francia, el modelo asistencial vigente en España fue puesto en entredicho. A lo largo del siglo se fue afianzando la opinión de que el hospital debía segregarse del hospicio, dejar de ser el depósito de la pobreza y de la miseria 42. Este estado de opinión se reforzó durante el último tercio de siglo a causa de la difusión de las ideas de Howard y ----41 En la patente sucia cada uno de los subconjuntos cuarentenarios disponía de una fuente propia. Ver el plano del lazareto. 42 Da cuenta de ello GRANJEL, L. S. (1979), La medicina española en el siglo XVIII. Salamanca Universidad de Salamanca, p. de las de la Academia francesa sobre los hospitales 43. En este contexto, en 1787 y por inspiración de Floridablanca, Carlos III promulgó la Real Orden de 14 de septiembre por la cual se ordenaba construir un lazareto en la península de Felipet, a la entrada del puerto de Mahón 44. Lógicamente, esta actuación era uno de los corolarios de la política sanitaria impulsada por los borbones, que sentó las bases de una gestión de la sanidad centralizada y jerarquizada y que tenía entre sus ocupaciones principales el resguardo contra las epidemias 45. La idea era construir un «Lazareto que sea capaz de cumplir con una concurrencia de Comercio como puede tener toda la España de todo el Mediterraneo á Levante de si misma y que haia de servir á las Quarentenas de toda especie de Patente en disposición que de el, salgan purificadas todas las Embarcaciones para la Peninsula» 46. Este propósito, lejos de constituir un plan aislado, formaba parte de un proyecto más amplio que tenía que arreglar los problemas de España siguiendo las directrices del despotismo ilustrado, para lo cual se requería, entre otras cosas, promover la riqueza de la nación y obtener la felicidad de los súbditos. De este modo el lazareto de Mahón sería concebido como una ciudad-servicio 47 integrada en un territorio articulado y ----43 Según Sambricio, las ideas de Howard y las de la Academia Francesa respecto a los hospitales eran conocidas por los diferentes ingenieros que participaron en el proyecto de Mahón. Traza el recorrido de la difusión de estas ideas en SAMBRICIO, C. (1991), Territorio y ciudad en la España de la Ilustración. En otro texto de Sambricio se puede ver como ciertos grupos de ilustrados españoles mantenían un estrecho contacto con las ideas que se estaban gestando en Francia. Ver SAMBRICIO, C. (1986), La arquitectura española de la ilustración. Madrid, Consejo Superior de los Colegios de Arquitectos de España y Instituto de Estudios de la Administración Local, p. 423, 44 Explico los intentos de construir una red de resguardo sanitario en España durante el setecientos, la elección de Mahón como lugar en el que instalar el lazareto general de España y las razones que motivaron esta decisión en BONASTRA, Q. ( 2008), «El largo camino hacia Mahón. La creación de la red cuarentenaria española en el siglo XVIII». En LÓPEZ MORA, F. (Ed.), Modernidad, ciudadanía, desviaciones y desigualdades. Córdoba: Universidad de Córdoba (en prensa). 45 Ver al respecto VARELA PERIS, F. (1998), «El papel de la Junta Suprema de Sanidad en la política sanitaria española del siglo XVIII». Organización sanitaria española en el siglo XVIII. 46 FERNANDEZ de ANGULO, F. ( 1786), Ydea del proyecto de un Lazareto general de Cuarentena en el Puerto de Mahon Ysla de Menorca... Sobre el concepto de ciudad-servicio ver TEYSSOT, G. (1977), «Città-servizi. Casabella,424, complementario que se promovía desde la Corona48, y no como una función más de una urbe concreta. En este sentido es importante la elección de Marsella como modelo a seguir puesto que, como ya se ha dicho, su lazareto cumplía el mismo cometido para las costas francesas del Mediterráneo. Pero la cuarentena de Marsella era también un referente en cuanto a su configuración, sobre todo por su capacidad de acoger los barcos de manera separada en los surgideros del Frioul, antes de transportar los géneros al lazareto. Esto se podía conseguir en Mahón, aunque de manera no tan perfecta, gracias a la colocación de la cuarentena en la península de Felipet. De este modo la cala Taulera, situada al este del complejo, haría las veces de fondeadero para la patente sucia y la zona comprendida al oeste del lazareto podría acoger separadamente las embarcaciones de patente limpia y sospechosa. El ingeniero Fernández de Angulo, a quien debemos el diseño del proyecto, optaba, siguiendo los principios que se estaban gestando en Francia en esa época, por una solución de hospital en pabellones, aunque pasada por el tamiz del modelo que ofrecía el establecimiento marsellés. Leamos sus propias palabras: «Deve primeramente coger mucha extensión de terreno. Debe estar circuído de dos paredes muy altas (lo menos de 9 varas y 1⁄2 ) paralelas, que hacen una doble cerca que dexa un bacio, ó camino en medio de 14 á 15 varas, para que nada se pueda tirar de dentro á fuera, y para otras precauciones. (...) Debe despues tener divisiones de paredes interiores, dobles y sencillas, que formen encierros diferentes, para las varias clases de Patentes, y en cada una Almacenes grandes, Alojamientos comodos y Hopitales. Deve haver tambien, un encierro particular para contagiados, y terrenos donde estender pieles, algodones, hacer serenas, y de todo mucho; pues que puede haver Buque que necesite descargar todo para purificarse ó para componer sus averías ó también ser Navios de la Rl. Armada.» 49 Además se preveían toda una serie de equipamientos (hospitales, enfermerías, fonda, alojamientos...) en su interior y una serie de encierros separados para los diferentes tipos de tripulantes, atendiendo a la patente con la cual viajaban y a su estatus social. Por otro lado se tenía en cuenta la correcta aireación de cada uno de los edificios, ya fueran los almacenes de mercancías, los albergues para cuarentenistas o los de servicio, ofreciendo soluciones concretas y evitando situarlos adosados a los muros. Plano del Lazareto General para España..., proyecto de 3 de septiembre de 1794. El proyecto inicial, a medida que se iba construyendo 50, sufrió, manteniéndose fiel al esquema original, unas cuantas mejoras tendentes a perfeccionar y a aumentar la separación interior de las diferentes partes del lazareto para evitar contagios. Así, se multiplicaron los cercados en el interior de los departamentos, también los almacenes -en los que se podría distribuir los géneros de manera más lógica y con menos peligro para los mozos de cordel-y los edificios de acogida de pasajeros -que podrían ser acogidos de manera más separada y atendiendo a las distintas temporalidades marcadas por la patente sanitaria de cada barco-. Del mismo modo, se prestó una mayor atención a las corrientes de aire que debían bañar el recinto y que debían asegurar una constante purificación de las instalaciones. En definitiva, a medida que se iban perfilando los detalles del proyecto, se acentuó en él su carácter pabellonario. Su departamento de patente sucia, por ejemplo, estaba, según Manuel Rodríguez Villalpando, distribuida «con tal inteligencia, que pueden avitar en ella, sin roce, las diversas ----50 No me detendré en detallar todos los cambios que sufrió el proyecto hasta la inauguración del lazareto, expone una prolija bibliografía sobre este particular: SAMBRICIO (1991), p. tripulaciones, que vayan entrando, y se allen en distintas épocas de cuarentena y espurgo. ¡Ventaja de alta consideración en un lazareto general!» 51. El lazareto de Mahón fue el primer exponente de lazareto pabellonario, surgido al mismo tiempo que tenía lugar el debate sobre los hospitales en Francia, y bebiendo directamente de sus fuentes y del referente marsellés. Su importancia, sin embargo, fue obviada por los tratadistas que, a los pocos años, sentarían las bases teóricas del modelo vigente hasta entrado el siglo XX. LA CONSOLIDACIÓN DEL MODELO. LOS LAZARETOS PABELLONARIOS FRANCESES Consolidado el modelo de hospital en pabellones, avanzados los primeros intentos de traspasar estas ideas a la construcción de lazaretos 52, vieron la luz en Francia dos proyectos que intentaban fijar las bases del nuevo tipo de establecimiento cuarentenario. El acicate para su modelado era totalmente nuevo, la toma de conciencia del peligro que representaba la fiebre amarilla, pero en su esencia las formas resultantes serían las mismas, como también eran los mismos los modelos en que se inspiraban. Como ya se ha dicho, el gran olvidado en esta función fue el lazareto de Mahón, obviado acaso por tratarse del buque insignia de una potencia enemiga la cual, presa de los desmanes liberales, no había sabido evitar que el vómito negro se enseñoreara de su territorio. En cualquier caso, parece que de los mismos polvos resultaron unos lodos casi idénticos y el modelo pabellonario de lazareto echó unas raíces fuertes y profundas en Francia, donde se consolidó y difundió la nueva tipología cuarentenaria. Durante la segunda fase de conquista napoleónica, perteneciendo el norte de Italia al Imperio, los ingenieros franceses Bruyère y Rolland fueron enviados a la zona de la desembocadura del Po. Tenían la misión de estudiar el ----51 RODRÍGUEZ, M. ( 1813), Lazareto de Maón ó Memoria descriptiva de sus obras, reflexiones críticas sobre su estado actual y proyecto para que sea general y puerto franco en beneficio del comercio del Mediterráneo. A través de este texto se puede conocer el estado del lazareto en 1813, cuatro años antes de su apertura definitiva. 52 El lazareto de Mahón entraría en pleno funcionamiento como lugar de cuarentena a partir de 1817. curso de este río hasta el mar, examinar la rada de Goro y visitar los diferentes puertos del Adriático entre Goro y Cattolica. La finalidad última consistía en la redacción de una memoria sobre su estado y sobre las mejoras de que eran susceptibles, así como la de recomendar la construcción de nuevos puertos en caso de que esto se juzgara necesario 53. Esta memoria, redactada en 1805 a su regreso a París, vio la luz años más tarde, impresa en una colección de estudios sobre arquitectura, ordenada en forma de ensayos temáticos 54. A su vuelta de la misión Bruyère y Rolland propusieron la fundación de una ciudad cerca de la de Comacchio que tenía que convertirse en puerto comercial para el tráfico de Levante y estar abierto a los intercambios con todas la naciones. Su situación estratégica para el Imperio obligaba a emplazar en el nuevo puerto un lazareto que, por la importancia del proyecto, debía fundarse sobre las bases más estrictas de la eficiencia 55 para la prevención contra la peste 56. El estudio detallado de los planos de los lazaretos del Mediterráneo pertenecientes entonces al Imperio (Marsella, Génova, La Spezia, Liorna y Anco-----53 Esta prospección formaba parte de un proyecto más amplio entre cuyos fines se encontraba la unión del Adriático y el Tirreno mediante una vía navegable. Sobre el proyecto general ver MORACHIELLO, P. En MORACHIELLO, P y TEYSSOT, G. (Eds.), Le macchine imperfette. No he podido establecer la fecha exacta de la primera concepción del proyecto al no haber podido acceder a todos los documentos relacionados con éste. Se deduce, sin embargo, que Bruyère visitó el lazareto de Génova en 1805 y que obtuvo la información sobre el lazareto de Marsella durante la época en que M. Desfougères, amigo suyo, era el inspector. Todo parece indicar que su programa es anterior a 1822, fecha del informe de la Comisión Sanitaria Central. 56 El matiz es importante puesto que, cuando el ensayo fue impreso en 1828, Bruyère afirma haber conocido a última hora el proyecto de 1822 de la Comisión Sanitaria Central para construir lazaretos contra la fiebre amarilla, que será tratado en el apartado siguiente. Bruyère, a la vista de las diferencias en la propagación de ambas enfermedades -aceptando que el vómito negro era transportable a más distancia que la peste y estaba más sujeto a las variables ambientales y prefiriendo para su desarrollo los lugares húmedos y calurosos y que la peste casi nunca se comunicaba sin contacto-tiene cuidado de afirmar que sus lazaretos servirían para la prevención de la peste aunque, como se verá más adelante, las diferencias morfológicas de ambos proyectos eran casi nulas y el acento se ponía en el emplazamiento del complejo y en la orientación y separación de los edificios. na) -estudio que se haría teniendo en cuenta razones científicas y desestimando cualquier supuesto estético 57 -daba preeminencia a la configuración del establecimiento provenzal, del cual se hacía una pormenorizada descripción en el ensayo. En términos generales se puede afirmar que la disposición resultante no difería excesivamente del lazareto de Mahón, aunque en su programa se resaltaba de una manera más pronunciada los principios que regían el modelo. La atención se extremaba en la separación de los cuarentenistas y las mercancías -que se conseguiría gracias a la multiplicación de unidades aisladas por muros atendiendo a los diferentes periodos de cuarentena 58 -, en la aireación del recinto y de sus edificios -dada por el emplazamiento del conjunto en un lugar algo elevado y bañado por el viento, por su amplitud y por la descomposición en módulos separados por muros y por pasillos de comunicación-, y en los flujos en el interior del complejo -asegurados por los pasillos colocados entre los diferentes recintos y que debían unir todas las unidades del complejo, cuyos servicios comunes debían ocupar una posición central que permitiese tanto la facilidad de las operaciones como la vigilancia. Vigilancia que se conseguiría también a base de guardias en cada uno de los encierros-. En su programa, Bruyère fijó de forma casi definitiva el modelo de lazareto pabellonario, lo que se hace aún más patente si tenemos en cuenta que presentaba tres planos diferentes en los cuales, siguiendo los mismos principios, ofrecía distintas soluciones morfológicas dependiendo de la naturaleza de terreno en el cual se debía emplazar el lazareto. Además contemplaba la variación de las dimensiones de los recintos teniendo en cuenta la posición ocupada por el establecimiento en la jerarquía urbana y el volumen de su comercio. ----57 El lazareto de Ancona, por ejemplo, era considerado poco apropiado para su cometido: «Cette disposition, plus architecturale que convenible, ne satisfait pas aux conditions essentielles. La irrupción de la fiebre amarilla y el informe Hély d'Oissel Se debe relacionar el afianzamiento definitivo del modelo pabellonario de lazaretos con la epidemia de fiebre amarilla que sufrió Cataluña en 1821. Aparte de las medidas punitivas tomadas en Francia contra el gobierno liberal español, a través del cierre de las comunicaciones y la imposición de un cordón sanitario-político en los Pirineos, este brote epidémico hizo que el gobierno francés planteara la reforma de su política profiláctica y, sobre todo, de sus lazaretos. Para ello se creó una comisión a instancias del Ministerio del Interior cuyo cometido era presentar un plan de lazaretos para todo el país, que debía proponer tanto una tipología adecuada, como los lugares concretos de los emplazamientos en el Mediterráneo y en el Atlántico 59. Dicha comisión ----estaba presidida por un filántropo, el baron Joseph-Marie de Gérando, y estaba formada por Abdon-Patrocle Hély d'Oissel, consejero de estado; por Pierre-François Keraudren -que era médico e inspector general del servicio de salud de la marina-; por el economista Alexandre Moreau de Jonnès y por el intendente de sanidad de Marsella, Majastre 60. Debemos tener en cuenta que sus autores creían que el vómito negro era altamente contagioso, puesto que, según ellos, además de contagiarse por contacto mediato e inmediato, como suponían que ocurría con la peste, se transmitía también por el aire con el concurso de el calor y la humedad, tanto en espacios cerrados como a una cierta distancia, siempre que no se excediera los veinticinco pies 61. Este hecho determinaba tanto el emplazamiento de los lazaretos, para el cual eran mejores los lugares algo aislados, elevados, secos y batidos por los vientos dominantes del lugar, como su orientación, barrido por los vientos dominantes por la diagonal del recinto, que debía ser cuadrado, y con la puerta principal a sotavento. La comisión conocía la disposición de varios lazaretos: el de Marsella, el de la Spezzia, los tres de Liorna, el de Messina, el de Ancona, el de Venecia y el de Trieste, a los que había que sumar el proyecto de los lazaretos de la Pointe du Hoc, en la desembocadura del Sena, y del de Saint Nazaire, en la del Loira. Pero ninguno de los planos satisfizo a la comisión, ni en la distribución, ni en la organización, puesto que consideraba que ninguno de ellos podía ser tomado, ni en su conjunto, ni en sus detalles, como modelo. Sus principales defectos eran: la aglomeración de sus edificios, la peligrosa cercanía de los almacenes y de los alojamientos de los internos y la falta de previsión para asegurar la renovación del aire. El éxito de las operaciones sería mayor si «des cou----nistère de l'Intérieur. Agradezco a Pierre-Louis Laget el envío de una copia de este informe. 63 Donde ya se habían empezado a aplicar en la práctica las ideas surgidas en el debate sobre los hospitales y en los cuales «il a suffi de s 'attacher à diminuer la population de chaque rans d' air sagement ménagés renouvellent dans la masse de l 'atmosphère générale» 64. Los autores de la memoria proponían distintos planos de lazareto de 100, 150, 200 y 300 metros de lado que, en esencia, eran casi idénticos al de Mahón o a los de Bruyère. Los dos últimos, por su extensión, podrían emplazarse en cualquiera de los puertos más importantes de Francia; los otros servirían para los de menor importancia. La forma de la planta de los lazaretos tenía que adaptarse, en la medida de lo posible, al cuadrado. Esta geometría era la que permitía, después de la planta circular, un mayor aprovechamiento del espacio con menos gasto y desarrollo de muros. Otra razón para adoptar esta forma era la posibilidad de vigilar mejor con un menor número de guardianes colocados en garitas dispuestas en cada una de las esquinas, algo que no permitía una planta redonda 65. Está claro que este control se ejercía desde fuera hacia dentro. Para el aislamiento del exterior consideraban necesario que el recinto contara con un cinturón de ronda de una amplitud de veinte metros 66, con muros hacia fuera y hacia dentro del lazareto. El proyecto presentado por la Comisión Sanitaria Central, dibujado por los arquitectos Alavoine y Godde, significó el último eslabón en la configuración del modelo de lazareto pabellonario. Modelo que se aplicaría a partir de entonces en Francia y del cual se harían eco otras instalaciones extranjeras. Diseñado para evitar la fiebre amarilla, se prestaba en él una especial atención al mantenimiento de una atmósfera saludable, cosa que daba más amplitud a las instalaciones y marcaba los recorridos por el interior del recinto y la disposición de los distintos encierros y servicios comunes, multiplicados según la importancia del lazareto. La voluntad de crear un modelo aplicable a todos los puertos de Francia hizo que se dibujasen hasta siete planos distintos, de diferentes medidas y ordenación interior. Conviene añadir que existe un punto de unión muy importante entre estos lazaretos con el propuesto por Howard, la importancia prestada al aspecto jovial del conjunto, que se debía conseguir con jardines, arboledas y césped y la atención que se prestaba al asueto de los cuarentenistas. 66 Éste, además de camino entre las diferentes unidades aisladas, podía servir, según la comisión, como huerto en el que se cultivarían legumbres y hortalizas siempre que no dificultasen la visión de los vigilantes. El modelo pabellonario de lazareto adquirió un papel relevante entre las tipologías cuarentenarias en el marco de la reforma hospitalaria acaecida a finales del setecientos. El pensamiento nosológico, tomando el patrón de la botánica, agrupaba las enfermedades por especies. Este paradigma fue la referencia que se siguió a la hora de diseñar nuevas instalaciones asistenciales, lo cual explica el proceso de descentralización y de segregación funcional que apreciamos en ellas. Así, el hospital, desprendiéndose del hospicio, agrupaba a los enfermos según su género y su dolencia. Todo ello se realizaba en el seno de una infraestructura en la cual el trabajo de clasificación exigía una máxima división de los espacios. De este modo se proporcionaba a los enfermos una atención ordenada y efectiva, se evitaba la propagación del contagio y se ayudaba a la conservación de un aire sano en el interior del recinto. El hospital, que debía estar totalmente subordinado a las leyes médicas, fue sometido a un análisis minucioso. Una vez justificada la refutación del antiguo modelo, se cuantificaron sus necesidades, se segregaron funcionalmente sus espacios, se regularon sus flujos interiores, se previó su abastecimiento y limpieza, etc. Todas estas operaciones se encaminaban a hacer de él una máquina para curar, tal como lo denominaron quienes participaron en su modelado. De algún modo, estas ideas se encontraban ya implícitas en el diseño de los primeros lazaretos pabellonarios, en los cuales el ejercicio de separación era un principio insoslayable. El nuevo marco teórico aportaba al espacio cuarentenario una mayor eficacia. Las instalaciones fueron sometidas a una estricta reordenación en cuya base se encontraba la compartimentación de los recintos de manera que pudieran albergar a cuantos cuarentenistas y mercancías fuese necesario. Esta separación serviría para impedir que el aire contaminado exhalado por los enfermos o las mercancías pudiera afectar al resto de secuestrados. Cada tripulación debía tener sus apartamentos y cada cargamento su espacio para las serenas; todo ello debía estar bien separado y ordenado en el interior del departamento que les correspondía. Los movimientos dentro del lazareto se realizarían por los pasillos situados entre los muros de los distintos encierros y también estarían regulados, cosa que permitiría evitar los encuentros no deseados y la consiguiente propagación del contagio. Todas estas operaciones se sucederían bajo la estricta vigilancia del capitán del lazareto y de los numerosos guardias que impedirían el quebrantamiento de las normas de aislamiento. Queda por determinar si el origen de la idea procede los propios lazaretos o de los hospitales. Está claro que las Nouvelles Infirmeries de Marsella fue-ron, en general, la fuente de inspiración para la adopción de soluciones morfológicas para los lazaretos 67. En este sentido entendemos que aquello que los hospitales prestaron a los lazaretos fue el criterio ideológico fijado por el patrón de la Comisión Sanitaria Central francesa y no tanto el diseño de la planta de un edificio. En el sentido inverso, es importante recordar que, a pesar de que los miembros de la comisión de los hospitales citan como principal fuente de inspiración para el modelado de su hospital al Royal Naval Hospital de Plymouth 68, también se manejaron los informes de la Académie de Marine sobre barcos, lazaretos y hospitales militares, de lo que se puede presumir que existió una cierta transferencia hacia los hospitales de las ideas subyacentes en el diseño y organización de los lazaretos. En otro orden de cosas, hay que destacar que la difusión del modelo pabellonario de lazareto fue bastante amplia. Se ha visto, no obstante, que el proyecto presentado por Howard en su memoria sobre los lazaretos, aunque es pabellonario, se apartaba de este tipo de configuración, pero que el lazareto de Mahón y los proyectos franceses que se han analizado, seguían estrictamente este modelo. Los lazaretos que se construyeron en Francia durante el ochocientos, a causa de la irrupción de la fiebre amarilla, siguieron el modelo explicado. Muestra de ello son: el Hôpital Caroline, de Marsella; el lazareto Marie-Thérèse, de Burdeos o el de Mindin, en la desembocadura del Loira 69. La difusión del modelo en otros países merece un estudio aparte 70. ----67 Aunque es también probable que otros establecimientos de encierro influyeran en su configuración. Véase, por ejemplo, el plano de la prisión de Moscú que muestra Howard en el apéndice de su tratado sobre los hospitales y las prisiones -HOWARD (1784), plancha IX-que es claramente pabellonario y muy parecido a la configuración final adoptada en los lazaretos. 68 Existe, además, un proyecto de principios del setecientos para el Royal Naval Hospital de Greenwich firmado por Sir Christopher Wren que coincide en casi todo con el modelo propuesto finalmente por la comisión francesa. Se puede ver en PEVSNER, N. (1979), Historia de las tipologías arquitectónicas. 70 Para un estudio sobre la adopción de estas ideas en Canadá se puede consultar BONAS-
Berengario da Carpi en su Comentario a la Anatomia de Mondino (1521) recurre a la expresión morbus eius cuius est como forma de referirse al 'morbo gálico'. Nuestra intención es tratar de comprender esta expresión tanto en el plano formal como en el marco de la reflexión contemporánea sobre la enfermedad. PALABRAS CLAVE: Berengario da Carpi, Morbus Gallicus, ideas médicas del siglo XVI. Así se expresa Jacopo Berengario da Carpi [ca. 1460Carpi [ca. -1530] ] en el Comentario a la Anatomía de Mondino 2, a propósito de la afección que tanto ocupó y preocupó a médicos y sanadores de la Europa moderna. ----A finales del siglo XV y comienzos del XVI Europa sufre el azote de una enfermedad que se ha solido identificar con la sífilis venérea y que, quizá, sea más oportuno llamar 'mal francés' 3; denominación que no es sino la versión de una de las formas latinas más extendidas en ese momento para llamar a la afección: morbus gallicus. Que esta enfermedad planteó notables dificultades a los profesionales de la medicina que tuvieron que enfrentarse a ella, se hace claro con sólo revisar la abundante literatura que se generó al respecto 4. Se intuye que no todo era claro y fácil cuando son tantos y tan variados los nombres que se le dieron, ya en las diferentes lenguas vernáculas, ya en la lengua de la ciencia, el latín, y cuando el nombre con el que hoy es conocida no es más que el producto de un 'divertimento poético' 5 de un médico, pues Syphilis sive morbus Gallicus de Girolamo Fracastoro [ca. 1478Fracastoro [ca. -1553] ] es un poema hexamétrico en tres libros 6 en el que se recurre a la recreación de dos relatos míticos 7 con voluntad de explicación etiológica, tanto del origen como del tratamiento de la enfermedad; en esos mitos recoge las dos teorías dominantes y contrapuestas sobre el origen de la afección que nos ocupa: oriunda del Viejo Mundo (sea nueva o antigua) o producto del contacto con el Nuevo Mundo 8. ----3 Designación que postulan, entre otros, ARRIZABALAGA, J.-HENDERSON, J. -FRENCH, R. (1997) The Great Pox. 4 En poco más de setenta años se dan a conocer un mínimo de cincuenta y nueve tratados, estudios o interpretaciones. Así se desprende de los dos amplios volúmenes que a mediados del siglo XVI edita Aloysius Luisinus [Luigi Luigini, *1526], recogiendo las obras o capítulos de médicos que abordan el problema: De morbo gallico omnia quae extant apud omnes medicos cuiuscumque nationis, qui vel integris libris vel quoquo alio modo huius affectus curationem methodice aut empirice tradiderunt, diligenter hinc conquisita, sparsim inventa, erroribus expurgata et in unum tandem hoc corpus redacta.... Una traducción parcial -el libro III, siguiendo la edición de G. Eatough-al francés, acompañada de algunos comentarios, puede verse en GAUVIN, B. (2003), Syphilis ou le Mal français de Jérôme Fracastor libri III, Latomus 62.2, 397-418. PÉREZ IBÁÑEZ, M. J. (1995), Mito y textos médicos renacentistas. En NIETO, J. Ma (coord.) Estudios de Mito y religión en Grecia y Roma, León, Universidad, 201-219. Sex and Gender in the historical perspective, Baltimore, 26-45] hace un análisis de Dar nombre a la enfermedad no es cuestión accesoria, puede tener distintas implicaciones con las teorías médicas y por tanto se imbrican en el ámbito de la 'ciencia', el tratamiento y el análisis del origen de la afección. En este sentido, es llamativa la expresión que emplea Berengario da Carpi en el pasaje con que abríamos el trabajo,'morbus eius cuius est', expresión que, en nuestra opinión habría de sumarse al elenco de denominaciones del mal francés que distintos estudiosos contabilizaron. Tratamos de ver si esta forma de llamar a la enfermedad es una rendición ante las dificultades o quizá pudiéramos considerarla reflejo de una actitud e interpretación personales de un autor original y controvertido. 1460-1530] Jacopo Berengario da Carpi es una importante y bien conocida personalidad en la historia de la medicina 9, que desarrolla una notable carrera profesional en Bolonia, Ferrara y Roma y una carrera docente en la Universidad de Bolonia entre 1502-1527. Su triunfo incial como médico se asocia al 'mal francés'; en Roma (ca.1494), con notable éxito financiero, además de profesional, comienza a tratar a sus pacientes con mercurio. A modo de contraste, al final de su carrera, la sospecha de que practicó la vivisección en dos pacientes terminales de esta enfermedad le apartará -según una extendida interpretación-de la carrera docente 10. ---factores asociados a este mal en el momento de su aparición y cómo de ellos depende la atribución del origen de la afección. 9 También es conocido como Jacopo Berengario, Jacopo da Carpi, da Carpi, Carpus, Jacopo Barigazzi o Jacopo Carpensis. Sobre él pueden verse los trabajos de PUTTI, V. ( 1937 10 El rumor sobre estas prácticas de vivisección en enfermos terminales lo difunde Gabrielle FALLOPIO [ca. 76 «de inunctione ex hydrargyro», Despliega su saber en diversas obras muy relacionadas con la anatomía 11 y en particular con la obra de Mondino dei Lucci [ † 1326] (en 1514 publica la edición, en 1521 los comentarios, ya citados, y en 1522 la versión abreviada de estos mismos 12 ). En varias ocasiones promete una obra de cirugía que no llega a escribir 13 y también puede que escribiera, como hacían otros médicos de su tiempo, Consilia para resolver cuestiones puntuales planteadas por pacientes específicos 14. Pues bien, para nuestra sorpresa Berengario apenas habla del 'mal francés' en sus obras y no parece que llegara a publicar la anunciada obra de cirugía en la que abordaría este asunto con más detalle, ni parecen conocerse consilia suyos referidos a ella. Sólo la menciona brevemente en el comentario a la Anatomia de Mondino. Aunque esta obra se inscribe en la tradición escolástica, es novedosa por dedicarse a comentar un texto relativamente reciente de Anatomía basada en la disección y, además, ofrece algunos elementos que lo acercan al humanismo que se está empezando a imponer 15. El propio Carpi, por ejemplo en el Comentarium in Mondinum (4v-5r) asegura que ciertas observaciones patológicas serían más precisas con la anatomia in vivis. Sobre esta práctica en este momento de renovación de los saberes de la Anatomía Cf. CONDE PARRADO, P. (1999), Entre la ambigüedad y la audacia: la vivisección en Alejandría y los anatomistas del Renacimiento. 11 Además de las obras que señalaremos, aparece como editor de los libros anatómicos de Galeno publicados en Bolonia en 1529: Galeni Pergameni libri anatomici. Con la anatomía hemos de relacionar su trabajo sobre las fracturas craneales: Tractatus perutilis et completus de fractura calvae sive cranei (Bolonia, 1518). 13 Por ejemplo en el comentario al capítulo de anatomia virge et ani (308v 32-34): de eo dicam in particulari in alio libro de chirurgia a me ut promissi et ut spero impressioni dando [«lo explicaré pormenorizadamente en un libro sobre cirugía que he de dar, como he prometido y espero, a la imprenta»]). 14 Puede inferirse de declaraciones como la que presenta en el capítulo de anatomia virge et ani (307r 25) de sus Commentarios in Anatoniam Mundini: et aliquos de istis (sc. hominibus continentibus vel religiosis qui de erectione, quae fit in somniis tristantur) ego consului consilio medicinali. 15 Uno de estos elementos sería la preocupación por la recuperación de la forma primigenia del texto; así declara en varias ocasiones que, en su opinión, hay pasajes corruptos en el texto de Mondino (sirva de ejemplo f. 457r «tamen littera erat corrupta iudicio meo») y deja constancia de su preocupación por la forma original en el título del comentario: Commentarium cum amplissimis additionibus super Anatomia Mundini una cum textu eiusdem in pristi-rio se manifieste contra aquellos, los 'helenistas', que por preferir la elegancia de las letras antiguas abandonan otras lecturas y que opine que es un error reducir la Anatomía a los autores griegos, pues el buen anatomista debe conocer toda la producción literaria 16. El cuidado en el análisis textual y su propia experiencia en la disección le hacen consciente de su superioridad 17 y le permiten mostrar los errores de Mondino 18 o rebatir a Galeno y afirmar que en el ser humano no existe el rete mirabile, y que no pueden encontrarse las siete cavidades uterinas o el hueco del nervio óptico 19; con todo no persigue la destrucción del sistema galénico. Sus disecciones también le permiten ver los cambios internos que provoca la enfermedad. Se encuentra Berengario en una posición entre la escolar y la práctica, lo médico y lo quirúrgico (en tanto que defiende realizar personalmente las disecciones), el humanismo y la tradición medieval y quizá todo esto puede explicar la designación que ofrece del 'mal francés'. Si quizá era poco más ---num et verum nitorem redacto. Otro elemento es el interés por el estudio del vocabulario de la Anatomía y sus reflexiones sobre la variación terminológica que encuentra en los textos (como ejemplo usamos el capítulo señalado de anatomia virge; en 305v 28ss. antes de hacer la descripción anatómica recuerda la necesidad de conocer los distintos nombres del miembro estudiado, algo más adelante (306r 10ss.) vuelve a recordar esa variedad terminológica. 16 Entre las más de cien autoridades que Berengario cita se encuentra Galeno en una posición destacada, pero no faltan los autores árabes, con Avicena a la cabeza, cuya contribución valora en el contexto de la evolución de la disciplina. [«Vistas tantas y tan graves disputas entre los autores de Anatomía, tomé la decisión de por vía del comentario resumir en un único libro a modo de breve sumario lo que en mi larga experiencia he visto al diseccionar cuerpos vivos y muertos y lo que en mis extensas lecturas he investigado. Mi guía será el excelente Mondino de Bolonia (...) cuyo libro me propongo explicar (...) En esta exposición incorporaré para los más jóvenes algunas cuestiones dignas de ser notadas, siempre bajo la guía del sentido y los razonamientos y la autoridad del divino Galeno»] 18 Por ejemplo en el comentario al capítulo de anatomia vasorum spermaticorum et de eorum differentia et convenientia et de anatomia matricis (184v-185r). 19 Además de estos 'descubrimientos', pueden atribuírsele a Carpi la descripción de las válvulas cardiacas y su función, el apéndice vermicular, el recorrido de la médula espinal, la existencia de músculos en la cavidad nasal, el timo, los cartílagos aritenoides. que un práctico cuando inicia sus tratamientos con mercurio en la ciudad de Roma, después ya tiene cátedra en Bolonia y sigue con ese tratamiento que durante mucho tiempo pareció propio de imperiti. ALGUNOS PLANTEAMIENTOS CONTEMPORÁNEOS SOBRE EL 'MAL FRANCÉS' Los médicos con formación universitaria, verdadera elite, cuya lengua científica es el latín, vienen a coincidir en que esta afección comunmente se llama 'mal francés' (vulgo morbus gallicus vocatur) o expresiones similares 20. Se tiende a aceptar, a falta de un nombre científico, unívoco y neutro, una designación extendida entre la población de varias naciones y de diversas lenguas,'mal francés', en la creencia, también habitual, de que al menos la difusión del mal está favorecida por el desplazamiento de las tropas del rey Carlos VIII de Francia (1494-95), independientemente de las razones que se esgriman sobre su origen 21. Común en los análisis sobre el origen de la enfermedad es la atribución de la responsabilidad al 'otro', vecino o remoto; por ello los napolitanos culpan a los franceses, otras veces son los napolitanos los 'titulares' de la enfermedad, o lo son los hispani; entre otros 'otros'. En el caso de los hispani la responsabilidad de la enfermedad se asocia a la idea de que la enfermedad surge en la Península y se difunde después por Italia y también a la idea de que la enfermadad surge fuera de Europa y que los viajes de españoles y portugueses (en este caso en mucha menor medida) la traen al Viejo Mundo desde cualquiera de 'Las Indias' 22. Tales circunstancias explican la existencia de distintos ---- 21 Se alegan conjunciones astrales que más o menos directamente condicionan catástrofes naturales en las que es fácil que surjan afecciones epidémicas y contagiosas; también se alega advertencia o castigo divinos para que la pecadora humanidad reforme su comportamiento. 22 Por ejemplo, para Giovani MANARDO [1462-1536] la enfermedad comienza en Valencia y se difunde porque algunos infectados se incorporaron al ejército de Carlos VIII («Epistula Manardi II liber VII», Epistulae Medicinales diversorum authorum, Lugduni, apud Iuntas, nombres para la enfermedad: Iste enim morbus multa nomina sortitur, nam sicut gentes multorum climatum invasit, sic diversa nomina imposita sunt... 23 [«esta enfermedad ha merecido muchos nombres, pues tal como ha afectado a gentes de climas distintos, así también se le han puesto distintos nombres»]. El problema del nombre de la enfermedad no sería tan importante si no subyaciera la idea de que la denominación se vincula a la verdadera sustancia y cualidad del mal (substantia et qualitas); y de que los nombres dependen del factor de análisis que prime: causa, efecto, similitud... El nombre ha de ser latino, pues el nombre en vernáculo supone cierta devaluación de la realidad. Los médicos del siglo XV y XVI, desde sus diferentes planteamientos teóricos y prácticos, abordan en distintas ocasiones la identificación de la enfermedad a la que se enfrentan; tanto en la llamada 'disputa de Ferrara' 25 como en la 'de Leipzig' (1496) y en la temprana obra de médicos pontificios como Gaspar Torrella y Pedro Pintor 26, por solo citar algunos que Carpi estuvo en situación de conocer. En cambio, Gabrielle FALLOPIO [ca. 1523FALLOPIO [ca. -1562] ] explica que el ejército francés en Nápoles es infectado por obra de los españoles que conocen la gravedad del mal, porque los marinos de Colón son los que lo contraen y lo traen a Europa. La estrategia de los españoles -dice Fallopio-es infiltrar prostitutas en el ejército frances durante el asedio de Nápoles (LUIGINI, ed. I 663a). 23 Por decirlo en palabras de Wendelino Hock de Brackenau [fl. 1502-14], médico de formación boloñesa, que dirige en la Universidad de Estrasburgo la primera disección pública del cadáver de un condenado (Cf. Surgical and Radiological anatomy 24.1, 1-5), y publica en esa ciudad en 1514 Mentagra sive tractatus de causis et cura morbi gallici. Recogido en los volúmenes de LUIGINI, ed. (I 268 -295) como De morbo gallico Wendelini Hock de Brackenau artium et mediciane doctoris in gymnasio Bononiense opus. 24 Esta es una forma de entender los nombres de la enfermedad que deriva de Galeno y que recoge también Avicena (siguiendo la herencia de Galeno y la tradición aristotélica). En Galeno pude verse en el capítulo segundo del libro II de De morbis medendis (Qua ratione veteres medici nomina morbis imposuerint, et quibus in libris morborum ac symptomatum numerus declarentur); el tema reaparece en el De differentiis morborum o en el De methodo medendi. 25 En ella interviene Leoniceno, quien en la introducción a su escrito sobre el 'mal francés' (cf. supra) apunta que, aunque la enfermedad tenga un nombre específico, va a seguir llamándola morbus gallicus: 112r4-5 Huic tamen morbo nondum nostri temporis medici verum nomen imposuere, sed vulgato nomine malum Gallicum vocant. Parece que hubo intensa rivalidad entre ambos. El primero escribe dos obras sobre el 'mal francés': Tractatus cum consiliis contra pudendagram seu morbum gallicum, Roma 1497 (con algunas reformas en la edición de 1498) y Dialogus de dolore cum tractatu de ulceribus in pudendagra evenire solitis, Roma En opinión de Hock de Brackenau [fl. 23) la investigación sobre la definición de la enfermedad, algo no resuelto 27, ha provocado el error de dejar en manos de simples empíricos la cura de la enfermedad 28. Desde la perspectiva contemporánea esta declaración de Brackenau tiene su importancia, pues el médico universitario, que practica la medicina científica y tiene un amplio bagaje de literatura médica, es visto como el único científicamente capaz de ajustar signos y síntomas particulares a las causas y tratamiento de la enfermedad 29, pues, como herencia de la medicina griega, más que el concepto de enfermedad prima la idea del enfermo y sus desequilibrios 30; el empírico suele preocuparse más de los remedios que combaten la enfermedad y no de las variantes personales. De los estudios sobre estos autores, así como de las implicaciones, contenidos y consecuencias de las disputas de Ferrara y Leipzig, puede verse el análisis de conjunto y la abundante bibliografía que se incluye en ARRIZABALAGA, J., HENDERSON, J., FRENCH, R. (1997). 27 Se procura integrar el 'morbus gallicus' en el conjunto -sistematizado-de las enfermedades existentes y ello implica o bien descubrir la identidad contemporánea de una enfermedad sólo aparentemente nueva (redefinir, por tanto, su nombre y su esencia, pues ya está descrita por los antiguos y se trata de establecer la equivalencia) o bien la verdadera naturaleza de una enfermedad realmente nueva. En los primeros años pocos médicos parecen dispuestos a aceptar la novedad del mal; sí lo están humanistas y literatos como Ulrich von Hutten, quien también lo padeció. Aceptar la novedad es equivalente de no conocer su identidad ni su tratamiento, lo que arroja sombras sobre las capacidades profesionales. De este modo, podemos ver como Leoniceno y los otros médicos que participan en las distintas disputas o los médicos pontificios mencionados identifican la aparentemente nueva enfermedad con otras perfectamente descritas por Hipócrates, Galeno, Celso o Avicena. La similitud de estas declaraciones con las del médico que interviene en el Dialogus de dolore in pudendagra de G. Torrella (= LUIGINI ed. I 429b -453a) es más que notable, lo cual no anula su validez como argumento. 29 Por ejemplo, Leoniceno explica a sus lectores que, aunque la enfermedad sea única, al poder adoptar distintas formas requiere un variado tratamiento (Cf. 30 «La idea de que no hay enfermedad, sino enfermos es dominante, como consecuencia del impacto de la medicina clásica griega; además la relación entre enfermedad, causas, síntomas, efectos es variable según el sistema médico» Cf. ARRIZABALAGA, J. (1997), Causalidad, especificidad y prevención del 'mal francés' en la medicina universitaria del tránsito entre los siglos XV y XVI. En MONTIEL, L., PORRAS, I. (coord.), De la responsabilidad individual a la culpabilización de la víctima. El papel del paciente en la prevención de la enfermedad Aranjuez, Doce Calles,. Lo cierto es que, para desesperación de muchos médicos, los principales remedios que se aplican, y con éxito, en el 'mal francés', el mercurio y el guayaco, son de origen empírico, lo que no impide que sean aceptados como tratamiento por los médicos 31. LA DENOMINACIÓN PROPUESTA POR BERENGARIO DA CARPI. Berengario de Carpi aborda brevemente esta enfermedad dentro del Comentario a la Anatomia de Mondino en el final del capítulo en que estudia las passiones que afectan a la virga 32. Allí nos dice que este miembro sufre por sí mismo ciertas afecciones pero que, sobre todo, es el factor de difusión de una enfermedad relativamente nueva (apenas cinco lustros) y con cierta variedad de nombres, y que de ella hablará en otra obra que no consta que concluyera: [El pene puede padecer enfermedades de todo tipo, y además en nuestros días no solo las padece 'per se', sino que es causa de la deformación de la especie humana, precisamente porque es la causa de la introducción de una cierta nueva enfermedad que reciententemente asola a la especie humana, a la que nuestros compatriotas llamán 'mal francés', pero los franceses llaman 'enfermedad de quien la tiene' y dicen bien. De qué clase es la enfermedad que provoca o ha provocado el pene ya desde hace casi cinco lustros lo expli-----31 Tal es el caso de los médicos pontificios Torrella y Pintor. 32 Asimismo breve es la mención a esta enfermedad en el comentario al capítulo de anatomia oris et partium eius (375v): Passiones omnium modorum patitur palatum et inter alia patitur alcolam, ut predictum est; patitur etiam tempore nostro ulcera putrida et corrosiva, dependentia a morbo gallico cum corruptione ossis et sine et cum corrosione uveae [«Enfermedades de todos estos tipos sufre el paladar y entre otras la 'alcola', como ya se ha dicho antes; asimismo padece en este nuestro tiempo una úlcera pútrida y corrosiva, vinculada al 'mal francés', acompañada de corrupción del hueso y corrosión o no de la úvula»]. caré pormenorizadamente, una vez acabada esta obra, en un libro sobre cirugía que he de dar, como he prometido y espero, a la imprenta. Baste esto sobre la anatomía del pene»] En este breve y significativo fragmento se concentran algunas de las cuestiones que se plantean y de las respuestas que se buscan a propósito de esta enfermedad. Nos sitúa la enfermedad a finales del siglo XV, unos cinco lustros antes del año 1521, fecha de la publicación del comentario, que viene a coincidir con la datación de la presencia de las tropas del rey Carlos VIII de Francia en Italia. Hay una notable conciencia de que se trata de una enfermedad de transmisión preferentemente sexual pues se señala al pene (virga) como 'causa' de la expansión de esta relativamente reciente enfermedad. Antes de definirla y describirla como enfermedad (morbus), Berengario se refiere a la afección como una defoedatio de la especie humana, concepto que además de la deformidad física, que viene provocada por las lesiones visibles en fase avanzada, implica una cierta de idea de turpitudo, de vergüenza, oprobio, mancha, lo que enlaza con la idea apuntada por algunos médicos y teólogos de que esta enfermedad es la forma que tiene la divinidad de avisar a la humanidad para que reconduzca sus pasos y tampoco se encuentra demasiado lejos de las nociones con las que se califica a la lepra cuya asociación con el 'mal francés' es bastante habitual en una primera etapa 33. Además Berengario aborda el problema del nombre de esa afección de reciente aparición (noviter invadentem) y la propuesta que ofrece nos la da desde su condición de médico universitario, pues, a nuestro entender, en la denominación más que en el plano de la enfermedad se sitúa, como en la tradición galénica y universitaria, en el ámbito de los pacientes y sus particularidades, con lo que esto implica en la visión de la época sobre capacidades y competencias profesionales, como antes señalamos. En efecto, Berengario de Carpi nos dice que estamos ante la 'enfermedad de aquel de quien es','enfermedad de aquel que la tiene' (morbus eius cuius est), centrando así la afección en el paciente. Con esta propuesta de denominación se situa frente a los italianos en su lengua vernácula (vulgares nostros 34 ) y, quizá, también frente al común de los sanadores que la llaman'mal ----33 Cf. 34 En la documentación de la época en lengua italiana (por ejemplo en crónicas y documentación de hospitales) aparecen denominaciones como'mal francese, malafranzosa, mala de franzos, mal franciosatio' tal como recogen ARRIZABALAGA, J., HENDERSON, J., FRENCH, R. (1997), passim. francés' (morbus gallicus), como también él mismo la denomina en Commentarium in Anatomiam Mundini (375v). Desde el punto de vista formal la propuesta de Berengario se une a las otras muchas denominaciones técnicas en lengua latina que se ensayan, no siempre con fortuna, en esta época. Estamos ante una formulación sintagmática con el sustantivo morbus acompañado de un determinante, tipología mayoritaria en ese momento, en consonancia con las posibilidades que la lengua latina ofrece para la creación de neologismos. El sintagma de Berengario es formalmente algo distinto, aunque funcionalmente equivalente, pues nos seguimos encontrando ante un sustantivo acompañado de un determinante, si bien en este caso el determinante no es un simple adjetivo (caso de morbus Gallicus, Hispanus, Neapolitanus, Italus, passio turpis saturnina), ni un solo genitivo (morbus Sancti Sementi, por ejemplo), la función adjetiva del determinante en la forma propuesta por Carpi está desarrollada por un elemento nominal en genitivo (el pronombre eius) a su vez determinado por una estructura funcionalmente adjetiva, la oración de relativo cuius est. Nos encontramos ante un sintagma complejo de nombre y determinante, con la peculiaridad de que el determinante está, a su vez, formado por otro elemento nominal acompañado de una forma específica de determinante, que podríamos formular: nombre +[(determinante) = (nombre + determinante)]. Y por lo tanto es una fórmula integrable en los mecanismos desarrollados por la lengua latina, si bien hasta ahora no contabilizada 35. Una dificultad que plantea esta expresión usada por Berengario de Carpi es que atribuye a los franceses la paternidad de esta formulación que, dice, emplean con toda razón (et ita bene dicunt). En esta expresión Berengario elude la frecuente asociación del sustantivo morbus con el adjetivo que designa la nación o región considerada responsable o más afectada por la enfermedad y plantea una denominación muy neutra, descargada de peyoración, con implicaciones en las teorías médicas contemporáneas y que se aleja de la atribución al 'otro' de la responsabilidad en la difusión del mal y del elemento injurioso a ello asociado. Tiene alguno de los elementos que hacen de esta formulación un tecnicismo viable. Del éxito de la formulación propuesta por Berengario, que cuenta a su favor con la ausencia de elementos connotativos, apenas nada podemos decir. No hemos encontrado algo parecido en lengua latina y tampoco en la lengua francesa que podía ser la inspiradora de esta forma de designación, si acepta-----mos el origen francés del que la expresión de Berengario parece una latinización, una formulación similar a 'ce qui l' à' 36. Sí hemos visto un paralelo, algo posterior en el tiempo, en lengua castellana que permite sugerir que esta forma neutra de designación 'el que la tiene' o, como en este caso,'el que las tiene', haciendo alusión a las bubas características de los enfermos del mal francés, parece tener cierto uso. Gaspar Lucas Hidalgo 37 en el «Diálogo tercero. Capítulo II Que trata de las excelencias de las bubas» de sus Diálogos de apacible entretenimiento que contiene unas carnestolendas de Castilla: dividido en las tres noches del domingo, lunes y martes de antruejo, compuesto por Gaspar Lucas Hidalgo vecino de la villa de Madrid, publicados en Barcelona en 1606 38 utiliza la expresión 'el que las tiene': Los que tratan de las grandezas de aquel excelente poeta Homero, le honran mucho con decir que traía / origen de muchas y diversas islas y ciudades. Pues ¿cuánta mayor honra se le debe a esta noble dolencia, pues no solo tiene su origen y descendencia de islas y ciudades, sino de muchas y diversas provincias y reinos, por cuanto unos la llaman el mal napolitano, otros mal francés, otros sarna de España, y otros morbo índico o sarampión de las Indias? que de las Indias había de ser tan gran tesoro. Otros que tienen mejor conocido el respeto y acatamiento con que se deben tratar estas señoras, las nombran y tratan como a cosa inefable y que no es lícito tomallas en la boca por su nombre propio; y ansí, no dicen el buboso, sino el que las tiene. Este texto de Lucas de Hidalgo nos apunta a un uso en la lengua hablada y de carácter básicamente eufemístico, frente al, en cierto modo disfemísticopues lleva asociadas ciertas connotaciones de pueblo culpable o responsable de la afección-morbus gallicus. ----36 Un repaso por algunos de los repertorios de la lengua francesa a los que se tiene acceso en la rica página http://www.atilf.fr/atilf/res_ling_info.htm nos ha resultado infructuoso. 37 Apenas se sabe de su vida y su floruit se establece en la primera década del siglo XVII. Sobre él da algunas noticias Nicolás ANTONIO, Bibiotheca Hispanica Nova I 529 b. Bulletin of the Comediantes 26.1, 5-11] apunta a la posibilidad de que estemos ante el suegro de Tirso de Molina. 38 Estos Diálogos de apacible entretenimiento, que contiene unas carnestolendas de Castilla: dividido en las tres noches del domingo, lunes y martes de antruejo, compuesto por Gaspar Lucas Hidalgo vecino de la villa de Madrid están editados en el volumen Curiosidades Bibliográficas que Adolfo de CASTRO preparó para la Biblioteca de autores españoles desde la formación del lenguaje hasta nuestros días (volumen 36) Madrid, Rivadeneyra 1855(rpr. Los diálogos fueron prohibidos por la Inquisición, vg. aparecen en el Indice de 1790 (p. Como ensayo de una formulación técnica, no connotativa y que al tiempo responde a algunos planteamientos de la teoría médica del momento podemos entender el poco difundido y conocido morbus eius cuius est de Berengario de Carpi.
-JOHN BRIAN HARLEY (2001), La nueva naturaleza de los mapas: ensayos sobre la historia de la cartografía, Madrid, FCE, 2006, 398 pp. En el ámbito de la Historia y la Filosofía de las Ciencias pocos son los autores que han trabajado las formas y modelos de la representación cartográfica con fines epistemológicos, y menos aún aquellos que se han detenido en el mundo de la cartografía moderna desde el punto de vista de las prácticas científicas. Normalmente se ha estudiado la cartografía en el mundo moderno como una práctica inexorablemente unida a la cosmografía y a la navegación. Sin duda, no les falta razón a quienes han considerado este planteamien----- * La realización de este texto ha sido posible gracias a una beca de postgrado FPU mediante el Programa Nacional de Formación de Profesorado Universitario y al Proyecto de Investigación «Epistemología histórica; estilos de razonamiento científico y modelos culturales en el mundo moderno: el dolor y la guerra» (HUM2007-63267) financiado por el Ministerio de Ciencia y Tecnología. Quería expresar mi agradecimiento a Javier Moscoso Sarabia sin el cual este ensayo no hubiese sido posible. La navegación sin la cartografía es inútil y la cartografía (náutica) sin la navegación es ciega. La cartografía moderna estaba ineludiblemente unida al espíritu emprendedor del viaje. Ninguna de estas representaciones del mundo y de la naturaleza, así como ninguno de los instrumentos que se inventaron y modificaron para su fabricación, hubieran sido posible sin el empeño de aquellos que salieron fuera no sólo para obtener conocimiento -la nueva ciencia moderna-y beneficio -la nueva economía global-, sino para observar, experimentar, cercar y controlar aquel mundo desconocido que les hacía poner en duda las fronteras de su propia identidad. Las formas de hacerlo fueron muchas y muy variadas. Entre ellas destaca la historia natural y la medicina. Pero aquí hemos añadido también la cartografía como una disciplina que se formó junto con la creación de grandes imperios de ultramar, del descubrimiento de un Nuevo Mundo, de la expansión y colonización de nuevos territorios, de la emergencia de una inédita economía global y, por supuesto, de una naciente ciencia moderna que se ha dado en llamar Revolución Científica. Muchas fueron las formas desde las que la cartografía representó el mundo, pero todas bajo un denominador común: haciendo visible lo invisible, acercando a las manos y a los ojos la inmensidad de la naturaleza. En definitiva, experimentando con el cuerpo, midiendo con las manos y cercando con la vista. Ya a mediados del siglo veinte no se le reconoció a George Sarton 1, uno de los promotores de la historia de la ciencia, el hecho de que dedicara su tiempo a disciplinas 'menores' del Renacimiento y de la ciencia moderna como la geografía o la cartografía. Aunque la narrativa de Sarton fomente la separación entre los siglos XVI y XVII y promueva la historia 'genial', conviene resaltar su empeño por destacar los esfuerzos modernos por el desarrollo de las últimas técnicas trigonométricas y del apoyo interdisciplinar entre el magnetismo, la meteorología y la astrología en favor de la resolución de problemas cartográficos concretos. Años antes de la publicación de los textos de Sarton muy pocos estudiosos hicieron hincapié en la actividad cartográfica, más allá de meras referencias eruditas 2. Aún así, los textos de Sarton no provocaron una fuerte reacción por parte de los historiadores hacia este tipo de ciencias, al contrario de lo que cabría esperar. Hubo que esperar fundamentalmente a los años noventa para que algunos de los libros de referencia en la historia de la ciencia brindara unas páginas a la compleja actividad de la realización de mapas 3. Aunque pudiera sorprender, en España las corrientes historiográficas miraron para otro ---- lado. No son uno ni dos los especialistas que desde la historia de la ciencia o la historia de la cartografía han colocado el mundo de los mapas donde le corresponde 4. Hace ya unas décadas que se viene defendiendo, especialmente en las ciencias sociales y humanas, la primacía de la interdisciplinariedad, o mejor, de la multidisciplinariedad para afrontar determinados fenómenos, algo que ya anunció Goethe para la teoría de los colores. A raíz de estos nuevos movimientos transdisciplinares se transgredieron las barreras, ya no sólo geográficas, sino también disciplinares, de analizar por ejemplo la actividad y producción científica. El filósofo de la ciencia Ronald Giere 5, entre otros, estudió nuevas prácticas desde el ámbito de la construcción de modelos representacionales. También David Turnbull 6, apoyándose en la ya tradicional sociología del conocimiento científico 7, estableció algunas conexiones entre el conocimiento científico, la ----4 LÓPEZ PIÑERO, J. M. Ciencia y técnica en la sociedad española de los siglos XVI y XVII, Barcelona, Labor, 1979; CAPEL, Horacio. Geografía y matemáticas en la España del siglo XVIII, Barcelona, Oikos-Tau, 1982; VARELA MARCOS, Jesús (coord.) Science in action, Milton Keynes, Open University Press, cartografía y su localidad. Turnbull ha intentado subrayar una de las tesis más fuertes de la historia de la cartografía, a saber, la progresiva cientificidad de los mapas en tanto que se aproximan a la exactitud como fieles espejos de la naturaleza. La cartografía nunca fue una moda para la Historia de la Ciencia, pero sin embargo hoy ya se ha convertido en el tema de trabajo de algunos prestigiosos historiadores de la ciencia. En concreto, de aquellos que están más próximos a la instrumentación científica. No faltan las alusiones a la cartografía histórica en la revista Annals of Science editada por G. L'E Turner, un buen conocedor de instrumentos cartográficos. Incluso se le ha hecho un hueco en autorizadas obras colectivas como el tercer volumen de la célebre The Cambridge History of Science: Early Modern Science editada por Lorraine Daston y Katherine Park 8 o, incluso, en la obra Merchants and Marvels editada por Pamela H. Smith y Paula Findlen 9. Pero, sin embargo, fue Graham Burnett 10 quien en una reseña ensayo para Isis dedicó unas páginas a la problemática que aquí nos ocupa: la Historia de la Cartografía y la Historia de la Ciencia. Ahora bien, desde el punto de vista ilustrativo los mapas han llamado la atención de decenas de curiosos que han acudido con gran interés a recopilaciones como las que recientemente han publicado, entre otros, Peter Barber 11 y Ralph Ehrenberg 12. Efectivamente, son muchos los campos desde los que cabe enfrentarse al ejercicio cartográfico. Hasta nuestros días, el problema de la realización de mapas ha sido objeto de estudio de muchas disciplinas ya consolidadas y de varias perspectivas intelectuales aún en vías de formación. La representación cartográfica ha sido analizada por la historia social desde mediados del siglo XX gracias a los trabajos realizados por Lloyd A. Brown 13, G. R. Crone 14 y por el mítico historiador de la cartografía Leo Bagrow 15 y su ya clásica History of Carto----- ----ford 27 ) han sido evaluados como producción industrial referida al desarrollo de la imprenta. En este caso la labor realizada por Elizabeth Eisenstein 28 supone un gran avance. Del mismo modo se ha probado la influencia que, mapas y cartas, ejercieron sobre la revolución militar a través de estudiosos como Geoffrey Parker 29, o incluso como tecnología en tiempos de guerra como lo prueban las investigaciones de Van Crefeld 30. Como acicate a todas estas contribuciones no cabe de ninguna manera desdeñar los estudios del célebre historiador de la cartografía J. B. Harley 31 entre los que se encuentra la todavía inacabada obra magna de la cartografía histórica, The History of Cartographic Project, comenzada en 1987 en colaboración con David Woodward y muchos otros especialistas. El análisis de la cartografía histórica ha dado lugar a una gran cantidad de literatura especializada en libros como los ya citados y en revistas de ámbito internacional como Imago Mundi, Cartographica, Geographical Review o The Map Collector entre algunas otras. Además, desde 1964 en Londres, y cada dos años, se viene celebrando en diversas ciudades del mundo el prestigioso International Conference on the History of Cartography (ICHC) que marcha ya por su vigésimo segunda edición 32. Este tipo de encuentros transfronterizos junto con infinidad de publicaciones ha dado a la historia de la cartografía una posición privilegiada a partir de la segunda mitad del siglo XX, una posición que ha hecho posible la aparición de trabajos especializados de notable factura como por ejemplo la aproximación teórica que ha llevado a cabo Christian Jacob 33, la historia de la geografía renacentista de Numa Broc 34, la evaluación de los conocimientos geográficos de los humanistas franceses por parte de François Dainville 35, las relaciones que la carto----- grafía náutica mantuvo con el arte de navegar y de los premios que otorgaba, como ha documentado Ursula Lamb 36, para la resolución de problemas científicos, o incluso aquellos que, como David Turnbull 37, se han preguntado por la funcionalidad de los mapas en tanto que teorías. Más recientes son los innovadores trabajos de investigación de Tom Conley 38 sobre el Renacimiento francés y las repercusiones que, según él, la subjetividad, la escritura y la cartografía tuvieron sobre la forma gráfica e imaginaria de la literatura; de Ricardo Padrón 39, quien ha evaluado la conexión entre la ciencia, la literatura y el poder para dar cuenta de que en diferentes lugares y tiempos el espacio cambia junto con la capacidad espacial del lenguaje; y de Anne Marie Claire Godlewska 40, quien ha contribuido de forma sobresaliente a esclarecer la historia de la cartografía francesa fundamentalmente del siglo XVIII y principios del XIX desde una perspectiva foucaultiana que, sólo incidentalmente, trata problemas relacionados con la implementación de niveles de precisión, estandarización, simplicidad o alcance. Ninguna de las obras que aquí reseñamos es ajena a toda esta tradición. Tanto Ricardo Padrón, desde un determinado estudio de caso, como David Buisseret, a la manera de un gran fresco, se han detenido en las décadas posteriores a los grandes viajes de los descubrimientos 41, a los tiempos de la 'revolución cartográfica'. Ricardo Padrón mira hacia el 40 GODLEWSKA, Anne Marie Claire. 41 Para un estudio de la cartografía náutica portuguesa la recopilación de artículos relativamente reciente de RANDLES, W. G. L. (2000). Randles, como ya manifestó en los años cincuenta desde la historia de la ciencia R. Hooykaas (HOOYKAAS. British Journal for History of Science, 1987, 20, 453-473), mostró una simpatía especial hacia la consideración de los oficios, los artesanos y los estratos más bajos de la sociedad. Su tesis mantiene que los navegantes y cosmógrafos portugueses de los siglos XV y XVI contribuyeron sin pretenderlo a la emergencia de la ciencia moderna, socavando, por un lado, la autoridad científica de físicos y matemáticos y fortaleciendo, por otro lado, la confianza en un método empírico cada vez más robusto. Los viajes de los descubrimientos no sólo significaron transformaciones en disciplinas como la geografía o la cartografía, sino con todas aquellas ciencias que de una u otra forma estuviesen relacionadas con la historia natural. El proceso que se produjo entre los primeros viajes transoceánicos y los trabajos científicos de principios del siglo XVII representan un periodo de incubación de la nueva filosofía natural. La tendencia empirista que intentaba resolver los problemas científicos a través de la contrastación de los resultados obtenidos mediante la experiencia se impuso a las discusiones escolásticas. Autores como Bernard Palis-Nuevo Mundo del siglo dieciséis para establecer una estrecha relación entre la ciencia, la literatura y el poder. Padrón da vida a un antiguo debate en torno a los puntos de unión existentes entre los océanos, los imperios conquistadores y sus representaciones textuales y espaciales. Pero, ¿acaso se nos antoja una tarea fácil explorar la historia de la expansión ibérica de las Américas desde los mapas y la literatura cartográfica disponible? Nada de esto sería posible si la investigación de Padrón no hubiese girado alrededor del concepto de espacio y su aparición en la literatura iconográfica y discursiva de principios del periodo moderno. En diferentes lugares y tiempos el espacio cambia junto con la capacidad espacial del lenguaje. Esta investigación se presenta, a mi juicio, menos como un trabajo sobre mapas que sobre una historia de las ideas de la exploración y conquista española. El autor le da mayor importancia a textos literarios que considera de crucial dimensión cartográfica que a los mapas en sí mismos. La tesis del profesor Padrón está apoyada fundamentalmente en textos literarios del siglo XVI -algo que ya aconsejaba Numa Broc en 1986 en La Géographie de la Renaissance-a través de los cuales comprueba cómo lo viejo persiste mucho después de la emergencia inicial de lo nuevo. Esta es la forma en que The Spacious Word pone en evidencia a la modernidad. Conforme avanza el ensayo nos dejamos llevar por una prosa cuidada y elegante que va rastreando los recursos literarios que tenían los europeos a su disposición para dejar al margen la identidad americana en los procesos de figuración de las Indias españolas. Este es el relato de una domesticación figurativa que ejerció una importante influencia en el largo proceso de reducir América a un estatus de periferia colonial. En conformidad con Padrón, los escritores españoles -y en menor medida los cartógrafos-facilitaron la tarea de construir, en las mentes de los descubridores, el entendimiento de una concepción heredada del mundo basada en la vieja idea de espacio medieval. El viaje del cuerpo desde un lugar al próximo. Una visión guiada por los itinerarios de viajes narrativos junto con sus obsoletas técnicas de navegación. Los poemas que dramatizaban las distintas conquistas, otros escritos geográficos y, en menor grado, los mapas del Nuevo Mundo y las cartas de los exploradores, orientaron el desarrollo de la imaginación del imperio español. Estas podrían ser las herramientas con las que España se redefinió ella misma como un imperio global y atlántico 42, en un contexto cultural europeo donde el descubrimiento y la exploración de nuevos territorios daba cuenta de las fronteras de la propia identidad. Una em----sy o Waldseemüller ya se habían adelantado a lo largo y ancho del siglo XVI a los trabajos de Gilbert o Kepler. Les quatre parties du monde: Histoire d'une mondialisation, Turín, Éditions de la Martinière, 2004. presa creativa que colonizó la imaginación de los europeos. También la conciencia europea fue inventada. Europa transformó el mundo cuando ella misma empezó a sufrir una dura metamorfosis. El papel desempeñado por la cartografía en dicho proceso de transformación debe evaluarse en su justa medida en tanto que herramienta práctica del imperio y símbolo victorioso de sus logros. Un saber técnico cuyos procesos de institucionalización oficial comenzaron con Felipe II coincidiendo con la popularización de la palabra "espacio" en su sentido moderno. Me refiero al nombre de un área tanto como una distancia o un intervalo de tiempo. Esto coincidió con el establecimiento final del mapa moderno como la forma hegemónica de representación geográfica en Occidente. Aún así creo que Padrón descuida levemente el peso tan relevante que tiene en este duro trayecto de colonización la materialización y construcción de imágenes. La literatura cartográfica trabajada en The Spacious Word funciona como un grupo homogéneo donde el hilo conductor descansa sobre una especie de 'historia cartográfica' que utiliza como elemento fundamental de su propósito el espacio cartográfico. Propósito que no es otro que inventar una nueva geografía en la imaginación de los lectores. Según el planteamiento de Ricardo Padrón, las 'metageografías' 43 son de una importancia capital para demostrar cómo se forjó la temprana historiografía de las Américas. Además, están inexorablemente unidas a una cartografía fundacional que los define como un espacio coherente pese a que cada uno de ellos describe un territorio determinado en función de sus propios objetivos historiográficos e ideológicos. Con Spacious Word Padrón nos advierte de que el hecho de cartografiar nuevos territorios -a través de la literatura-permitió en ocasiones considerar el espacio como una apropiación de usos privados. Por extensión, este racionalizado trabajo sucumbió ante la idea de un mundo semejante sobre el que el dominio sistemático fue posible. Un mundo inventado y construido posteriormente por los viajes de una cultura antigua que pensó primariamente el espacio en términos de distancia. ----43 Esas metageografías son las siguientes. En el caso de Hernán Cortés, su Segunda carta de relación (1520) consiguió inventar una Nueva España. Francisco López de Gómara -que junto con Gonzalo Fernández de Oviedo eran los más abiertamente colonialistas-con su Conquista de México y la Historia general de las Indias llevó sus pretensiones de dominio hasta las ilusionadas mentes conquistadoras gracias a la claridad inherente de su obra. Bartolomé de las Casas, mucho más geométrico y abstracto, rivalizó con Oviedo y Gómara representando una dura crítica para el imperio español. En su Brevíssima relación de la destrucción de las Indias y su Apologética historia sumaria encontramos un perfecto contraejemplo a las historias cartográficas imperialistas. La Suma de geografía de Martín Fernández de Enciso se presenta como un texto híbrido donde desde lo moderno se intenta asimilar lo nuevo mientras continua arraigado en lo viejo. Por último, Alonso de Ercilla y Zúñiga y su famosa épica histórica representan el intento más exitoso por asimilar el nuevo continente dentro de un discurso posesivo. La Araucana representó, según Padrón, uno de los más importantes hitos en la constitución de la identidad de España como un poder imperial, además del gran calado literario que supuso su aparición. Le dio alas al imperio y a la violencia sobre las Américas y los amerindios. Poesía y cartografía unen sus manos al servicio de las pretensiones universalizadoras de la monarquía de los Habsburgo. En cambio, David Buisseret prefiere abrir al gran panóptico para dar cuenta del fresco que ofreció la revolución espacial a la Europa moderna. El libro de Buisseret plantea de entrada un recorrido espacio-temporal a partir de dos problemas interrelacionados: el concepto de 'revolución' y la categoría de 'revolución cartográfica'. De un lado, debemos preguntarnos por los inconvenientes derivados del concepto de 'revolución', ya que delimitamos así nuestro juicio crítico en detrimento de una perspectiva encaminada -a mi entender-hacia un cambio drástico de problemática: un cambio en los patrones de evaluación, un cambio semántico y un cambio en el forma misma de ver el mundo. Por otro lado, una vez reseñadas las bases de dicha transformación, deberíamos ubicarla en un contexto más amplio y complejo donde casi de forma simultánea se producen revoluciones en el ámbito científico, militar, económico y político como producto occidental consecuencia del proyecto moderno de autonomía. Convendría situar la revolución cartográfica en un escenario donde se confunden y entrelazan la cultura autorreferencial de las cortes barrocas, el absolutismo político, el virtuosismo humanista, la magia disfrazada de neoplatonismo, hermetismo y paracelsismo, el desarrollo de las tempranas instituciones científicas, el choque entre la filosofía natural aristotélica, la teología tomista y la cosmología moderna, una sociedad donde el artesano virtuoso ha sido reemplazado por el experto científico y la posesión de conocimiento más especializado, o donde la vocación se convierte a la sazón en trabajo mercantil. A través de este texto podemos ver lo importante que resulta en cartografía la relación saber-poder. El motor que genera y protege el conocimiento descansa bajo un artefacto de orden político y a la inversa. El autor examina los orígenes de la relación entre conocimiento y política escribiendo sobre una época en que la naturaleza del conocimiento, la naturaleza de la política y la naturaleza de las relaciones entre ambas eran y siguen siendo relevantes para el amplio debate. Entretanto, se asiste a la emergencia de un nuevo orden social junto con el rechazo y declive de un obsoleto orden intelectual, pero con el florecimiento selectivo de ciertas tradiciones medievales 44. Aún así, me parece de un reduccionismo simplista considerar lo que aquí llama Buisseret revolución cartográfica como una mera relación entre ciencia y poder o conocimiento y política. El poder siempre se ha beneficiado de la ciencia y viceversa, pero 'no sólo'. He aquí donde interviene la magia del autor para dar cuenta del poder no como un elemento independiente de la ciencia y cultura del Renacimiento y del Barroco, sino más bien para darnos a conocer su ensamblaje bañado en un océano de matices. Con todo, huelga ensalzar la relevancia de un intento de indagar el estado de la cartografía en un momento histórico dado, analizando simultáneamente sus manifestaciones específicas y su relación con la comunidad que le sirve de soporte 45. En principio, Buisseret se propone la tarea de investigar por qué surge la revolución cartográfica europea entre los años 1400 y 1800, y cómo tales prácticas fueron consideradas, cada vez más, como un campo fiable de conocimiento gracias, en parte, a la realiza-----44 RUPERT HALL, A. (1954). 45 VICENTE MAROTO, M. I. y ESTEBAN PIÑEIRO, M. Aspectos de la ciencia aplicada en la España del Siglo de Oro, Salamanca, Junta de Castilla y León, 1991. ción de mapas progresivamente más precisos. ¿Cuáles fueron los factores que han intervenido en el hecho asombroso de que Europa pasara de no tener a penas mapas en 1400 a poseer gran cantidad de ellos en 1650, incluso sobre asuntos propios de la vida cotidiana? ¿Por qué el viejo continente deja de ir a la cola a marchar en cabeza del desarrollo cartográfico? ¿Ha tenido esto que ver con la aparición de Occidente como poder hegemónico y, por extensión, con la imposición de sus valores culturales al resto del mundo? Si atendemos al precoz impulso cartográfico que sufre Europa a partir del siglo XV como consecuencia de la acuciante necesidad de comprender y controlar el mundo; si entretanto vemos dicha disciplina como movida por una voluntad universal por calmar nuestra sed vital a través de la representación gráfica del espacio, parece casi inevitable hablar de una revolución cartográfica en la época del resurgir europeo. Y si además estudiamos la historia de la cartografía como la historia de un objeto científico llamado mapa, pronto advertiremos que dicha historia ha sido causa de diversas tensiones instigadoras del desarrollo y la modificación de la proyección cartográfica entre los siglos XV y XVIII. Hablamos de un cambio estructural en un momento particular de la historia cultural europea. Más concretamente, de una disciplina cuyos productos, tanto políticos como sociales -los mapas-nos informan de la realidad como todo, memorizando la historia y archivando los conocimientos del grupo humano al tiempo que someten lo indefinido superponiéndole e imponiéndole una trama de lectura 46. Con gran lujo de detalles, oportunas ilustraciones y un sobresaliente trabajo documental, el autor lleva a cabo un recorrido en ocasiones extremadamente fugaz por los territorios y monarquías occidentales de la Europa moderna, apoyándose por un lado, en la complejidad y precisión que rodea en los últimos tiempos la definición de mapa. Si bien, él mismo aporta la suya bajo la creencia de que este aparato intelectual del poder y arma del imperialismo que legitima la realidad de la conquista y el imperio 47, posee la cualidad de representar una situación local o, según su propia denominación, una 'imagen de situación'. Todo ello, en la medida en que se encarga de transmitir información situacional. En sus propios términos, «el mapa tiene que basarse en la percepción que el cerebro tiene del espacio, más que en la sucesión» 48, lo cual puede llegar a advertirnos de los importantes problemas epistemológicos que plantea la representación cartográfica. Por otro lado, sus propias investigaciones no intentan hacer frente a la problemática desde la óptica del presente, sino desde el marco económico y social en el que tiene lugar la revolución cartográfica y, por ende, bajo qué ambiente de cambio social nace un determinado mapa. Sin olvidar, que después del ajetreado y confuso siglo XVI, cada nueva etapa de desarrollo social va acompañada de un tipo particular de representación. Finalmente, se sirve de la paradójica idea que nos conduce hacia la inevitable pretensión universalizadora del ejercicio cartográfico 49 tanto como discurso científico y tecnológico como discurso artístico y ----46 ZUMTHOR, Paul (1993). Mapas y civilización, Barcelona, Serbal, 2002. retórico -el mapa como ejercicio teórico-50, ya que el levantamiento de mapas resulta común a todas las sociedades humanas pese a la no concurrencia de los fines. Para facilitarnos la comprensión de hasta qué punto ese nuevo tipo de representación ha jalonado la modernidad europea llegando incluso hasta nuestros días, el profesor Buisseret intenta trazar una serie de hilos conductores, muy aclaratorios al respecto, que distan mucho de presentarse ante el lector como un libro de texto al uso. ¿En qué medida han afectado las sugerencias cartográficas de la Antigüedad griega y romana en la cartografía renacentista, de raigambre descriptiva y matemática, que el Medioevo no supo o no quiso aprovechar? Quizá en la medida en que los virtuosos caballeros renacentistas supieron beber de la fuente tolemaica a través de los textos que aludían, de alguna forma, a la actividad cartográfica. Y de igual modo, por el empeño emergente en el arte de hacer mapas, generado por la inquietud constante ante la idea de descubrir los restos materiales de la Antigüedad, lo cual no apareció hasta las postrimerías de la Baja Edad Media dentro de la trasnochada cartografía bíblica. Entendida la cartografía en su vertiente pictórica, ¿ha existido alguna relación considerable entre el arte y la cartografía, entre el artista-pintor y el artista-cartógrafo, o quizá hablamos de un mismo rol socioprofesional? Así planteado, entre 1400 y 1500 -apunta Buisseret-se produjo una relevante transformación en la manera de ver el mundo, lo cual afectaba de lleno en la elaboración de mapas hasta el punto de que la labor artística de la pintura y la cartografía se dirigían por lo general hacia el mismo ethos. No resultaba extraño ver como los artistas más célebres contemplaban el mundo en términos cartográficos. Ya en el ocaso de la Edad Media el uso imaginativo de la vista tomó una nueva perspectiva, donde los pintores levantaban mapas y los cartógrafos pintaban cuadros. No en balde, a los cartógrafos se les llamó durante mucho tiempo "pintores de mapas". Situados en una época dominada por las relaciones de poder, mecenazgo y credibilidad en el desarrollo de la ciencia 51; en una etapa histórica donde la cultura aristocrática y principesca jugaría un rol casi imprescindible a la hora de contribuir a la legitimación cognitiva de las nuevas prácticas científicas; un escenario donde comenzaba a prepararse el terreno a sus practicantes -publicitando y legitimando sus debates-y a otorgarse un estatus epistemológico a las diversas disciplinas emergentes: ¿cómo y de qué manera reaccionaron las elites gobernantes europeas ante la inminente revolución cartográfica que, en cierto modo, ellos mismos parecían hilvanar gracias a la pericia de sus cartógrafos? Pronto, los poderosos reyes y príncipes del viejo continente despertaron de su lóbrego sueño medieval como consecuencia de la eficacia de los mapas para disciplinar el mundo en tanto que imágenes autoritarias y para manufacturar el poder. Lo cual, no dejaba de ser una 'ficción controlada' para los más atentos. También los pueblos y las gentes tomaron rápidamente conciencia de ello en apoyo a la tesis de autores que ponen especial cuidado en defender la socialización de la ciencia. Ahora bien, siguiendo la misma estela, ¿hasta qué punto hicieron suya la nueva ----conciencia cartográfica las diversas cortes europeas? Hasta el punto de adquirir conocimiento -caso de España-sobre los aspectos principales de las nuevas posesiones, gracias a la obstinada labor empírica llevada a cabo por españoles y portuguesesgrandes e incansables viajeros-y a la labor teórica de alemanes e italianos -notables impresores de mapas. Tanto es así que la cartografía europea se presentaba ante lo político como herramienta perfecta de apropiación y ocupación del mundo, lo que supondría a la postre la complementación entre la 'cartografía colonial' desde el punto de vista ideológico y la 'cartografía práctica' desde el punto de vista de la navegación. Dentro de un escenario sujeto a incesantes metamorfosis científico-técnicas, Buisseret se pregunta, ¿a través de qué elementos concretos podemos atisbar la conexión entre la revolución militar52 y la revolución cartográfica europea, a sabiendas de que los mapas fueron utilizados estratégicamente en las campañas militares significando la anticipación del imperio? No muy alejado de la relación entre ciencia y guerra, nuestro autor anticipa que los cambios en el arte de la barbarie supusieron inevitablemente transformaciones en el arte de los mapas, de tal modo que la cartografía se hizo, con el transcurrir de los acontecimientos, subsidiaria de los intereses militares del momento. Como consecuencia de todo ello, ¿influyó de alguna manera la cartografía en los inicios del desarrollo económico europeo? Desde luego, contribuyó a afrontar con denuedo los nuevos problemas económicos que produjo el crecimiento de las estructuras rurales y urbanas. En tanto que los rasgos iconográficos y geográficos de un mapa dan lugar a una imagen total de una realidad particular, Buisseret con La revolución cartográfica en Europa 1400-1800 nos regala una panorámica igualmente completa de lo que supuso la representación de los nuevos mundos en la Europa del Renacimiento. A poco que se conozca la filosofía de la cartografía de John Brian Harley se puede reconocer hasta donde ha llegado su herencia en muchos de los autores que venimos reseñando, especialmente en David Buisseret. Es en La nueva naturaleza de los mapas donde se desarrollan las líneas básicas de la epistemología cartográfica de Harley, que consiste en líneas generales en dos grandes pilares. Por un lado, siguiendo a Erwin Panofsky, Harley 53 estudió las representaciones cartográficas como emblemas iconográficos donde el especialista es capaz de encontrar motivos artísticos individuales, la identidad del lugar representado y la dimensión hermenéutica o connotación simbólico-ideológica. Desde esta perspectiva, los mapas, además de meras imágenes físicas, son considerados metáforas visuales. Por otro lado, siguiendo a Michel Foucault en primer lugar, reflexionó sobre la presencia del poder en aquellos lugares donde casi pasa desapercibido -mapas y atlas-, y a Jacques Derrida después, para resaltar el carácter retórico de los mismos. Donde el resto de historiadores de la cartografía veía paralelos y meridianos Harley vio representaciones metafóricas entre los límites de la historia de la ciencia y la historia del ----arte. Según él, como apuntaba Wise, el mapa como texto cultural resulta más fructífero que el mapa como espejo de la naturaleza 54. La obra de Harley apoya las tesis de Foucault en dos sentidos. Por un lado, la relación entre el poder y el conocimiento que hace que la instrumentalidad de los mapas se constituya como un rasgo específico para el control y vigilancia de la sociedad. En términos políticos, el mundo de Harley es un mundo donde no cabe prescindir de los mapas. Por otro lado, apoyándose en la noción de episteme del filósofo francés, Harley defiende su tesis de la intencionalidad del silencio y el secreto en los mapas, en tanto que símbolo de impacto social y político para la conciencia de los individuos y que constituye el aire de los tiempos. Para la interacción entre mapas y política, por ejemplo en cuestiones de falsificación o silencio estratégico, conviene atender a la historia militar, aunque tales alteraciones en el levantamiento de un mapa también son debidos a otras consideraciones -comerciales, epistemológicas o, incluso, no intencionadas-, no sólo de carácter militar. La forma en que Harley abordó la historia de la cartografía estaba estrechamente unida a la filosofía foucaultiana de las relaciones entre savoir y pouvoir. Para Harley los mapas son documentos poderosos que contribuyen a las formas de control político de un sitio sobre otro y favorecen, en el mayor de los casos, a las élites sociales. Pero, al contrario de lo que cabría esperar, no sólo han gozado de la legitimidad que les han otorgado estas élites, sino que a lo largo de la historia también han disfrutado del apoyo de conocidos escritores e intelectuales como Castiglione, Elyot o Maquiavelo. En definitiva, podríamos afirmar que es el estudio de los límites entre la historia de la ciencia y la historia del arte que ya apuntó Harley donde se pueden seguir estableciendo algunos vínculos entre la ciencia y la cartografía. Dichas conexiones se presumen desde el ámbito de la cultura visual, o mejor, desde el carácter metafórico de las imágenes de la ciencia. A tenor de esta perspectiva son muchos los autores que han intentado indagar los paralelismos entre el conocimiento científico y su carácter visual.
CAMPOS, R., VILLASANTE, O., HUERTAS, R. (Eds.), De la «edad de plata» al exilio. Construcción y «reconstrucción» de la psiquiatría española, Madrid, Frenia, 2007, 412 pp. [ISBN: 987-84-612-0643-8] Prosiguiendo con la tarea de investigación, desarrollo y divulgación de la historia de la psiquiatría que inspiró al sello editorial Frenia desde su nacimiento, recoge ahora, en el volumen que reseñamos el conjunto de estudios que se presentaron en las VI Jornadas Nacionales de Historia de la Psiquiatría, celebradas en el Instituto de Historia del CSIC en octubre de 2006. Para su presentación los trabajos han sido organizados en tres bloques según su relación cronológica con la contienda bélica como eje temático. En el primero se recogen los que centran su interés en la 'psiquiatría republicana' en el marco de la llamada «edad de plata» de la cultura y la ciencia en España.'La psiquiatría en la guerra civil' es el epígrafe que engloba los materiales recogidos en el segundo bloque, y en un tercer apartado dedicado a la psiquiatría del exilio se agrupan algunas investigaciones sobre los derroteros profesionales y peripecias biográficas de ilustres «perdedores». Particularmente a propósito de este último ámbito historiográfico, los editores nos recuerdan que no se ha hecho más que iniciar un camino que se adivina largo y estimulante. Habituados a aplicar enfoques críticos -no por obvios innecesarios-al estudio de la psiquiatría de ese tenebroso «tiempo de silencio», pareciera que el período de preguerra no admite miradas que junto a las luces no adivinen también algunas sombras. No se trata de contraponer un período de tinieblas a una etapa «feliz». Por lo mismo, en su trabajo ¿Psiquiatría para los ciudadanos o psiquiatría para la represión?, Ricardo Campos parte de la evidencia que la República abrió la puerta a profundas reformas asistenciales que flexibilizaban la idea de que el enfermo mental debiera ser encerrado en un manicomio. Pero subraya que es la peligrosidad del enfermo mental la que sustenta el movimiento de higiene mental y la reforma psiquiátrica republicana hasta el punto de que ésta se focalizó en buena medida hacia la lucha contra la criminalidad. En el volumen aparece también un nuevo trabajo de Mercedes del Cura sobre los comienzos de la intersección psiquiatría-pedagogía en España, uno de los aspectos que han ocupado sus estudios en los últimos años. Revisa las publicaciones de algunos psiquiatras en determinadas revistas del ámbito pedagógico aparecidas durante los años veinte y treinta, prestando atención a los discursos y procesos en un ejercicio que nos hace recordar algo que aún hoy parece olvidarse en algunos enfoques historiográficos: que la historia de la psiquiatría no es la historia de los psiquiatras. Es cierto que por lo mismo no resulta obvio decir que «también» es la historia de los psiquiatras o la historia del desarrollo de la actividad que aquellos profesionales desplegaron en todo lo concerniente a esa disciplina. En algunos trabajos de este volumen descubriremos nombres que sin resultar inéditos para el historiador permanecían casi intactos en las fuentes. El estudio de Freddy Seidel sobre el psiquiatra tarraconense exilado José Solanes Vilapreño constituye un buen ejemplo al respecto. Otros en cambio son revisitados por enésima vez y abordados desde un nuevo ángulo o profundizando en una vertiente menos conocida. Es el caso del estudio de Ma Consuelo Nistal sobre la faceta de Lafora como sexólogo. También el interesante ejercicio de contraposición de una figura más o menos ya familiar como es José María Villaverde a la de un nombre tan escasamente frecuentado como el de Isaac Puente. A propósito de una abierta discrepancia entre estos dos autores sobre el psicoanálisis, Antonio Rey y J. Vicente Martí Boscá enfrentan dos planteamientos personales que trascienden ampliamente lo profesional y manifiestan interesantes derivaciones doctrinales y político-ideológicas. Entusiasta de la historia de la psiquiatría española y autor prolífico, Antonio Rey aporta además del artículo citado otros, como el que firma junto a Enrique Jordá y Tiburcio Angosto en el que revisan las intervenciones y el papel jugado por los psiquiatras españoles, tanto los representantes del régimen franquista como los del exilio, en el I Congreso Mundial de Psiquiatría celebrado en París en 1950. Junto a Raquel Tierno y Paloma Vázquez de la Torre por un lado y en compañía de Ana Conseglieri en otro artículo, Olga Villasante continúa con sendos estudios desentrañando laboriosamente la historia del Manicomio Nacional de Leganés, tarea iniciada por ella hace algunos años con el rigor y la entrega que la caracterizan. Además, en este volumen, Villasante firma un estudio en el que analiza la producción científica -escasa, nos advierte-publicada en torno a la neurosis de guerra en la contienda civil española. La aportación se centra principalmente en la bibliografía que por razones obvias no logró difundirse en el franquismo, por lo que revisa textos de Mira, Sacristán y otros autores que ahora reconocemos de primera fila junto con la obra de alguno menos conocido como es el caso del brigadista de origen argentino Gregorio Bermann. Aceptando y en lo posible salvando las dificultades para recopilar materiales referidos a esta época que permitan ilustrarnos sobre la atención psiquiátrica a la población no combatiente durante el período del enfrentamiento bélico, Rafael Huertas recoge algunos ejemplos que muestran la diversidad de registros que pueden encontrarse en una investigación que pretenda este objetivo. Nos recuerda por ejemplo que gracias a la información procedente de la Asociación para la recuperación de la memoria histórica han podido conocerse o al menos tener noticia de episodios como el del fusilamiento de la mayoría de los empleados del Hospital psiquiátrico de La Cadellada de Oviedo, fundado en 1934. Enfermos y personal habían sido previamente trasladados al monasterio de Valdediós ante el avance del ejercito «nacional», encontrandose al menos los segundos con ese macabro destino ligado a su afiliación a sindicatos de izquierda o al Socorro Rojo. Una suerte bien diferente corrieron los enfermos ingresados en el manicomio modelo de Santa Isabel de Leganés, localidad que siempre estuvo bajo el control del ejército franquista. En el tema de la psicosis pelagrosa, ya estudiado en profundidad por Huertas junto a M. Isabel del Cura, encuentra el autor otro claro argumento para recorrer las vicisitudes clínico-asistenciales del enfermo mental durante el periodo referido. Finalmente recoge la experiencia de Wenceslao López Albo que pretendió poner en marcha en la provincia de Santander los principios fundamentales de la reforma psiquiátrica aprobada por el gobierno de la segunda República española. Tenemos cada vez más clara la sospecha que en la psiquiatría del exilio existe un valioso filón de estudio al que resulta necesario conceder toda la importancia para potenciar su desarrollo. En esta tarea viene resultando encomiable la dedicación de la investigadora mejicana Cristina Sacristán. En el volumen que reseñamos aparece una versión ampliada del trabajo que presentó en las jornadas dedicado por un lado a Diosisio Nieto, sometido a un doble exilio según la autora, puesto que ya instalado en México fue una figura incómoda para la comunidad psiquiátrica mexicana en la que destacó como un organicista a ultranza y por lo tanto representó un papel claramente menoscabado en relación con Ramón de la Fuente. Este último no se consagró a la investigación como lo hizo Nieto pero profesó una decidida orientación psicoanalítica, completamente en boga, y desple-gó una inmensa capacidad como forjador y dirigente de instituciones, estableciendo vínculos con medios académicos, societarios, editoriales y de gobierno. Sobre los psiquiatras exiliados en la Argentina, Juan Carlos Stagnaro aporta un trabajo en el que reúne materiales diversos aunque conocidos en su mayoría con los que pretende ofrecer una visión de conjunto. El resultado es una aportación interesante pero centrada principalmente en determinados aspectos biográficos de tres figuras eximias de la medicina española que tuvieron una relación muy diferente con la psiquiatría del momento: protagonismo en el caso de Mira y López, ocasional en el polifacético Cuatrecasas y tal vez como tangencial podríamos calificar la de Pio del Rio-Hortega. Respecto del conocido papel del bilbaíno Angel Garma en la génesis y desarrollo de la Asociación Psicoanalítica Argentina, se ocupa Norberto Aldo Conti, que revisa ese momento fundacional e insiste en la importancia de recuperar la historia personal de Garma para comprender bien dicho proceso de institucionalización. La brevedad de la reseña no excusa al menos una alusión a otros trabajos que sin duda enriquecen y dan brillo a esta obra colectiva. Del máximo interés resulta la lectura del realizado por J.Javier Plumed y Fernando Dualde sobre Los tratamientos de la locura en la segunda república española, o el extenso y apasionado estudio en el que Cándido Polo reconstruye La psiquiatría en las brigadas internacionales. Nos aproximamos al 2009, año en que se celebrará el bicentenario del nacimiento de Charles Darwin y el 150 aniversario de la publicación de On the Origin of Species. En los ambientes culturales del mundo occidental, especialmente en los históricocientíficos y los relacionados con la Biología, desde hace años se lleva planificando y diseñando todo tipo de eventos, reuniones y exposiciones para conmemorar y difundir la obra y la figura del naturalista británico. Y en la actualidad esto adquiere aún más sentido ante la ofensiva de los poderosos grupos de presión formado por fundamentalistas religiosos y políticos, incluido sectores de la jerarquía de la iglesia católica, que cuestionan el conocimiento científico laico y rechazan la teoría de la evolución. Por esto hay que felicitarse porque en nuestro país, en donde también está previsto realizar el año que viene exposiciones y publicaciones para recordar y reivindicar a Darwin, en el año 2003 se creara la SESBE (Sociedad Española de Biología Evolutiva). Su finalidad es la difusión de la teoría de la evolución, principalmente a través de la revista electrónica eVOLUCIÓN, cuyo primer número apareció en 2006 y en estos momentos, febrero de 2008, ya van por el cuarto. Por lo que respecta a nuestra comunidad de historiadores de la ciencia, en los últimos cuarenta años han sido numerosos los trabajos en donde hemos abordado la recepción, crítica y extensión de la teoría de la evolución de Darwin en España, tanto a nivel estatal como en el de las comunidades que constituyen el entramado político. En el inicio de esta línea de trabajo se encuentra el trabajo de Thomas Glick publicado en esta misma revista en 1969 «La recepción del darwinismo en España en dimensión comparativa». Pero además hay que hacer referencia, por un lado, a la edición de obras colectivas en la que una serie de especialistas contribuimos al estudio del darwinismo en España. En este apartado hay que incluir las comunicaciones presentadas en la sesión del II congreso de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias celebrado en Jaca en 1982, publicadas bajo el epígrafe «Influencia del pensamiento de Darwin en España, Portugal y Latinoamérica», y las aportaciones recogidas en las obras El darwinismo en España e Iberoamérica (1999) y Evolucionismo y Cultura. Por otro lado, hay que añadir las publicaciones que han estudiado la recepción de las ideas darwinistas en comunidades como Cataluña, Galicia, Extremadura, Murcia, Andalucía y Valencia, así como las que han tratado la recepción del evolucionismo en el movimiento obrero socialista y anarquista. El conjunto de todos estos trabajos, y algunos más que me haya olvidado citar, permite disponer de una importante y sólida bibliografía sobre la expansión y crítica de la teoría darwinista en el estado español. Pues bien, en el marco de la recepción de Darwin en España se ha publicado este libro que se reseña y que recoge una bibliografía crítica de las obras del naturalista británico publicadas en nuestro país. Los autores, Alberto Gomis y Jaume Josa, justifican su redacción ante la falta de una obra de estas características en el panorama editorial español y que sí existe en otros países de nuestro ámbito geográfico cercano, como Portugal e Italia. En la, a mi juicio, breve pero intensa y emotiva introducción, Gomis y Josa detallan los repertorios bibliográficos y bibliotecas consultadas, aportando el relevante dato negativo como es el de que en España sólo se han editado diez de los diecisiete libros, en veintiún volúmenes, publicados por Darwin. Es muy llamativo que un porcentaje importante de los libros de Darwin no se hayan editado nunca en nuestro país. De todas formas, parece que esta falta está empezando a subsanarse. Así, y como señalan en una nota los autores, el consorcio formado por Publicaciones del CSIC, la Academia de Ciencia de México y la editorial «Los Libros de la Catarata», han iniciado en 2006 la colección Biblioteca Darviniana, con la publicación por primera vez en España de La estructura y distribución de los arrecifes de coral, que será continuada con la edición de nuevos libros inéditos de Darwin. Pero además, la editorial Laetoli dentro de su «Biblioteca Darwin», ha publicado La fecundación de las orquídeas, edición hasta ahora también inédita en España y también esta editorial tiene el proyecto de publicar todos los libros del autor de la teoría de la evolución. El criterio de los autores a la hora de recopilar esta bibliografía, ha sido la de recoger todas las ediciones de las obras de Darwin, tanto libros como escritos del naturalista inglés aparecidos en obras colectivas, que se han publicado en España, independientemente del idioma que se haya utilizado. Como cabría esperar, casi la mitad de las ediciones, el 46'3%, corresponden a su obra Origen de las especies, seguida por el Origen del hombre, el 25'2%. Otro dato que indican es que 1909 y 1982, fechas que coinciden respectivamente con el primer centenario del nacimiento y muerte de Darwin, son los años en los que se detectan un aumento del número de ediciones. Por tanto, parece que las fechas conmemorativas siempre han sido una buena excusa para incrementar la famosa «industria Darwin». En total el repertorio está formado por 201 completísimas fichas. En efecto, aunque la numeración de la última es la 199, la relación comienza por la ficha 0, que corresponde al capítulo de libro «Geología», redactado por Darwin para el Manual de investigaciones científicas, cuyo editor responsable fue J. Herschel y, por otro lado, se ha añadido una ficha 51 bis. Es una lástima que los autores no hayan realizado un análisis y una interpretación históricocientífica del importante volumen de información que presentan y comunican a los lectores en su repertorio. También lo es que no hayan recogido en su bibliografía los ya numerosos trabajos, algunos de los cuales he citado más arriba, que han sido publicados por historiadores de la ciencia sobre la obra de Darwin en España. En cambio, en la bibliografía aparecen reflejadas varias obras sobre la masonería y el catalanismo político. Su presencia se explica porque los autores quieren dejar constancia de la incautación de bibliotecas privadas en las que figuraban las obras de Darwin pertenecientes a diferentes colectivos anarquistas, socialistas, masones, etc. El repertorio posee herramientas de búsqueda útiles, como son el índice de editoriales y el completísimo de prologuistas, traductores, editores e ilustradores, que incluye una pequeña nota biográfica de cada uno. Por último, quisiera destacar la reivindicación y el cariño, que yo también comparto, hacia la figura de Odón de Buen y del Cos, republicano, masón y laico, al que los autores han dedicado un homenaje en la última página como pionero defensor de las ideas darwinistas en España. La edición del libro ha sido exquisitamente cuidada por Publicaciones del CSIC, que ha realizado un importante esfuerzo editorial como se desprende del número y calidad de ilustraciones que acompañan al catálogo. Vaya por último mi felicitación por este excelente libro a los autores, Alberto Gomis y Jaume Josa, que han dedicado su obra a los libreros de viejo y a todos los que han faenado por las obras de Darwin. Francisco PELAYO HERRÁN, Néstor, SIMON, Josep, GUILLEM-LLOBAT, Ximo, Tayra Lanuza Navarro, Pedro Ruiz Castel y Jaume Navarro (Coords.), Synergia: Primer Encuentro de Jóvenes Investigadores en Historia de la Ciencia, Madrid: CSIC, 2007, 447 pp. El libro recoge algunas de las aportaciones que los organizadores han considerado más destacadas de entre las presentadas al Primer Encuentro de Jóvenes Investigadores en Historia de la Ciencia, celebrado en Valencia en noviembre de 2005. Fue ésta una iniciativa patrocinada por distintas instituciones que buscaba, según dice el Prefacio, el triple objetivo de establecer canales de comunicación entre estudiantes de historia de la ciencia y de la técnica en el ámbito hispano-portugués, tratar el problema de la «desigual y heterogénea» situación de la disciplina en los niveles de formación e iniciación a la investigación y abordar los «difíciles» problemas de profesionalización. Todos sabemos que la situación de la historia de la ciencia no es precisamente la mejor de las posibles, y que esto repercute en el número de estudiantes y aún más en el de jóvenes investigadores en la disciplina. Por ello hay que felicitar a los organizadores por haber hecho posible el encuentro y a los participantes por haber puesto su ilusión en una disciplina que, cuanto menos en sí misma, de seguro no les defraudará. Los resultados se reflejan en esta recopilación, en otra que está a punto de aparecer -o ha aparecido ya-en inglés y que contiene aportaciones a los debates historiográficos actuales, y en la continuidad -bianual-de los mismos Encuentros. La recopilación, que como es habitual en obras de este tipo recoge una gama muy variada de aportaciones, se divide en seis apartados. El primero, titulado «Circulación y divulgación del conocimiento científico», recoge tres aportaciones: la de P. Ruiz Castell sobre el turismo y el comercio establecidos en torno a los eclipses de Sol en España a principios del s. XX, la de J. Simon Castel sobre la difusión de dos manuales de física publicados en París a mediados del s. XIX y la de M. Blanco Abellán, quien realiza una comparación de las diversas obras sobre cálculo infinitesimal publicadas en el s. XVIII desde la perspectiva de los contextos nacionales. El segundo apartado lleva por título «Ciencias de la vida política» y consta de tres contribuciones. La primera, de M. González-Silva, estudia a través de las páginas de El País cómo la resolución del genoma humano influyó en las discusiones sobre genómica en España; D.Nofre se ocupa de la difusión de la frenología en Cataluña a mediados del s. XIX; y V. Guillin indaga en los conocimientos de J. Stuart Mill dentro del área de la biología. El tercer apartado se dedica a «La institucionalización de la ciencia» y recoge cuatro contribuciones. La primera, de N. Herrán, aborda las primeras investigaciones sobre radiactividad en España; la segunda, de J. Lossio, los estudios patológicos sobre la exposición a gran altitud en la primera mitad del s. XX; la tercera, de R. García, estudia la institucionalización de la biología en Guadalajara (México) dentro del contexto centroperiferia; finalmente, X. Mañes estudia desde una perspectiva sociológica el desarrollo de la determinación de estructuras cristalinas en España entre 1940 y 1955. La cuarta sección se rotula «Tecnociencia y sociedad» y asimismo consta de cuatro aportaciones. La primera, de X. Guillem-Llobat, aborda la cuestión del control de la calidad de los alimentos en Valencia entre 1850 y 1939; la segunda, de W. Zaidi, presenta las propuestas para la formación de una fuerza internacional aérea en el período de entreguerras como muestra de la existencia de un internacionalismo tecnológico junto al ya conocido internacionalismo científico; la tercera estudia las causas del atraso de la importación de la tecnología de la computación en Bélgica entre 1940 y 1960 y J. M. Suay Belenguer, cierra la sección abordando los estudios científicos sobre la popular cometa desde mediados del s. XVIII. Sigue otra sección titulada «Entre la astronomía y la filosofía natural», de nuevo con cuatro estudios. T. M. C. Lanuza Navarro estudia los pronósticos astrológicos españoles de mediados del s. XVII y su influencia sobre la explicación de la historia; P. J. Boner indaga en el pensamiento de Kepler acerca del alma; B. Almeida aborda al conocido cosmógrafo P. Nunes desde la perspectiva de la transmisión del conocimiento cientifico y S. Doble Gutiérrez estudia las ideas presentadas por W. Gilbert en su De magnete acerca del fenómeno de la declinación magnética. La última sección se titula «Los problemas de las ciencias exactas» y contiene otros cuatro estudios. D. Cozzoli se ocupa de la cuestión de la naturaleza de la luz en los comentarios de lo jesuitas a Aristóteles; L. Bujalance Fernández-Quero aborda la analogía del flujo en el contexto de la teoría electromagnética de Maxwell; B. Mota aborda las discusiones sobre la certidumbre de las demostraciones matemáticas en el contexto de las relaciones entre Roma y Lisboa en el s. XVII y P. Graziani se ocupa de la lógica del antiguo método de análisis y síntesis. La variedad de los temas abordados en estas seis secciones manifiesta la diversidad de las líneas de investigación que se están siguiendo dentro de este joven sector de la historia de la ciencia, y tal diversidad habla en favor de un saludable estado de la disciplina en lo que a estos aspectos se refiere. La recopilación muestra que lo que se necesita no es formación, sino una mayor presencia de la disciplina en los planes de estudio y los adecuados fondos para sustentar tanto ésta como las investigaciones en el área. Siempre se marca la diferencia entre el mundo griego y el romano, juvenil y lúdico el uno, adulto y guerrero el segundo. Se discute al mundo romano su capacidad para la nueva invención científica y para la gran creación artística. Pero lo que sin duda tuvo el mundo romano es la habilidad de asimilar todas las herencias anteriores, poniendo en pie grandes construcciones científicas que pudieron ser aplicadas y heredadas. El período que sigue al final del mundo clásico griego, es muy rico para la historia de la ciencia. Tras brillantes épocas de filosofía, la época nueva se caracteriza por un gran interés por los estudios de la naturaleza. Surgen así las grandes obras científicas de Ptolomeo y Galeno, que renovarán el saber y tendrán un largo recorrido de futuro, como principales textos para la enseñanza de la ciencia hasta el mundo moderno. La tecnología romana fue de gran calidad y, entre ella, la medicina. Dioscórides escribe su tratado sobre plantas medicinales en la primera centuria tras Cristo, recopilando una amplia información tanto griega como oriental sobre la farmacia clásica. Médico militar del imperio, recorre Europa -llegando tal vez a España-estudiando las plantas, animales y minerales que pudieran tener una aplicación medicinal, o un peligro tóxico. Sus novedades se añaden al viejo repertorio oriental, egipcio y griego, formando un texto de gran valor farmacológico. Su obra es muy admirada, así es copiada con veneración en Bizancio. A partir de siglo IV en Siria y Persia surge una notable confluencia de culturas, que se muestra en las traducciones al siríaco hablado por la población aramea. Algunas sectas cristianas se marchan al exilio por las luchas cristológicas en el imperio romano de oriente; así los nestorianos salen de Edessa hacia 450 a Gundisapur, en el imperio persa de los Sasánidas, ciudad con una excelente escuela médica, tanto en teoría como en práctica, dotada ésta con buenos hospitales. La invasión árabe supone duras peleas con el imperio, pero en su seno se practica una amplia tolerancia con pueblos y culturas. Así pronto, con la dinastía Omeya (661-750) muchos sabios van de Gundisapur a Damasco y a Bagdad. 900) triunfa y se mantiene con apoyo en los persas, que tienen gran influjo en administración y cultura. Se alcanza una época dorada de traducciones del griego al siríaco y de éste al árabe. Es un gran protector del saber el califa al-Mansur, fundador de Bagdad, así como personajes de su corte, en especial su ministro y astrónomo, los hijos de éste conocidos como los Banu Musa ampararon la cultura y la ciencia. Este amplio saber encuentra su apogeo con el séptimo califa llamado al-Mamún, quien para enriquecer su biblioteca real, la Casa de la Sabiduría, emprende relaciones culturales con el emperador bizantino. El más notable traductor de la época es Hunain ibn Ishaq al-Abadi, nacido a principios del siglo IX. Es hijo de un farmacéutico nestoriano, aprende tarde el árabe, sigue clases en Gundisapur con Mesué Maior, entrando luego en Bagdad al servicio de los Banu Musa. Más tarde sigue en el servicio de al-Mamún, siendo director de la Casa de la Sabiduría. Sus amplios conocimientos médicos le permiten la traducción de Galeno, al siríaco y al árabe. Se preocupó mucho por la difícil versión que los términos científicos suponían. Es personaje esencial en la traducción de Dioscórides, pues es quien lo introduce en el mundo árabe. Así revisa la versión en árabe del año 861 de Istifan b. Basil, un griego que colabora con él. Pudo también hacer alguna traducción al siríaco, pero es quien revisa la del discípulo y es esencial en la traducción de los vocablos científicos, si bien muchos no fueron ni traducidos ni identificados, tan solo transcritos. Según Juan Vernet, si bien hay dos traducciones parciales al latín en Toledo, Dioscórides se conoce a través de al-Andalus. En traducción por este eminente historiador de la ciencia árabe del médico e historiador Ibn-Chulchul: «Las palabras griegas que Esteban conocía en árabe las tradujo, pero aquéllas que no sabía las transcribió en su forma griega, dejando en manos de Dios el que más tarde hiciera que encontraran a alguien que las supiera y pudiera traducirlas al árabe, ya que los nombres de los medicamentos se deben a una convención de las gentes de un mismo país que son quienes los conocen y les dan nombre, bien por derivación bien por un acuerdo tácito. Esteban dejó la sinonimia para quienes conocieran las drogas que él desconocía pues así recibirían los nombres que les convinieran desde el instante en que fueran reconocidas». Según la misma fuente se conoce en al-Andalus esta traducción de Dioscórides y se hacen nuevas, pues la obra tiene también mucha influencia en medicina árabe, así en el Canon de Avicena. Se transmite de diversas formas, más o menos completo, en resúmenes, comentarios o influencias. También en 946 el emperador Constantino VII ofrece un códice ilustrado que envía con el monje Nicolás a Abderramán III -protector del saber, seguido por al-Hakam II-, quien añade la ayuda de médicos judíos y árabes, incluso el mismo autor que estamos siguiendo. El emperador afirma que se necesitan conocedores del griego y de las drogas. Se emplearán nombres en todas las lenguas al uso, griego, latín, árabe, dialecto andalusí, beréber, romance... Ibn-Chulchul escribirá un tratado sobre los nombres de los medicamentos tomados de Dioscórides... incluye persa, siríaco, hindú. En fin, hay que recordar lo que esta tradición y sus manuscritos debe al trabajo de C. E. Dubler y E. Terés. En la edad media se latiniza, corrompiéndose la transmisión, se amplía o recorta, añadiendo de otros autores, presentando múltiples vulgarismos, arabismos y helenismos. Pero es un texto muy utilizado, habiendo una tradición monástica, como el de Monte Casino con el Dioscórides Longobardo que es la primera traducción completa. También la salernitana o universitaria alfabética, así el Dioscórides vulgaris. Ésta se imprime por vez primera en Italia en 1478 con glosas de Pedro de Abano. Para entonces ha caído Constantinopla y muchos manuscritos nuevos llegan a occidente, que se unen a los existentes en conventos, monasterios, catedrales, palacios o universidades. Al mismo tiempo la crítica filológica de los humanistas exige lecturas adecuadas y comprobadas de los diversos manuscritos, entrando nuestro libro por tanto en una época de resurrección. Se quiere encontrar códices y manuscritos, someterlos al estudio filológico, médico y botánico. Asimismo se anhela recuperar la belleza de las lenguas clásicas. A veces el dictado de la lengua o de la realidad hacía que se reescribiesen líneas en las nuevas ediciones, tal como señaló Carmen Codoñer para las ediciones de Plinio en un reciente coloquio en la Universidad Carlos III de Madrid, organizado por los Institutos Lucio Anneo Séneca y Antonio de Nebrija. En el renacimiento se conocerán nuevas copias griegas y se quiere la pureza del texto, haciendo ediciones cuidadas en la lengua clásica, así como en las modernas, pues el interés de la obra hace que también se traslade a las nuevas. Se señalan aquí las principales, insistiendo en la de Pietro Andrea Mattioli y su influjo en Laguna. Era un texto muy útil para médicos, boticarios y cirujanos, pero también era atractivo para el público en general, así está citado en grandes escritores. Entre nosotros es Andrés Laguna quien hace la traducción al castellano, llegando a una calidad extraordinaria como humanista. Su recorrido por universidades europeas lo mueve a interesarse por las lenguas clásicas y nuevas, pero también se apasiona por las novedades científicas. Herboriza, consigue herbarios, entra en contacto con personas sabias, colecciona manuscritos y ediciones. También la experiencia lo mueve, pues añade información y comentarios desde sus conocimientos botánicos y clínicos. Además de su labor a la cabecera de los enfermos, llega a experimentar en sí mismo cuando un amigo lo convence para probar el veneno de las víboras, que encuentra de sabor agradable, y, por fortuna, no le afectó, sin duda, por no tener heridas abiertas. Hace una cuidada edición, inspirándose en Mattioli, cuidando el castellano, poniendo nombres en varias lenguas, preocupado por las medidas, esenciales en la historia de la farmacia. También por las lecturas adecuadas de los textos clásicos, que en caso de duda coloca en griego en el margen. Por la misma época, en Amberes en 1557, se publica un interesante libro medicinal por Juan de Jarava, titulado Historia de las yerbas, y plantas, con los nombres Griegos, Latinos, y Españoles. Se trataría de una traducción del francés de la obra de Leonhart Fuchs, profesor universitario, cercano al movimiento reformador y a la medicina moderna. Se interesa por tanto por la anatomía y la botánica, se estudian plantas al natural, que se hacen grabar y se incluyen las figuras. Estos grabados fueron muy utilizados en estas distintas ediciones farmacológicas de la época. José María López Piñero y María Luz López Terrada han aportado magníficas páginas al estudio de esta difusión de Leonhart Fuchs -sus plantas e imágenes-entre las ediciones españolas. Muestra bien esta obra el interés que para los especialistas, pero también para el público en general tienen este tipo de libros. Permiten reconocer las propiedades de muchas plantas y eran muy útiles en medicina y farmacia. Antonio González Bueno ha hecho aquí el estudio para su edición. En su trabajo, primero discute la autoría entre Francisco de Enzinas y Juan de Jarava, luego nos presenta a Fuchs. En fin, nos introduce en el léxico botánico de la traducción y en la influencia del inevitable Dioscórides. Una necesaria guía de lectura nos facilita la lectura de textos e imágenes, así como una comprensión del contexto clásico y popular en que se consideran esas plantas. Una interesante tabla de correlaciones entre Jarava y la edición de Laguna, y una rica bibliografía completan esta notable aportación. Muestra bien la rica tradición en historia botánica y farmacológica de la Universidad Complutense de Madrid. Las bibliotecas españolas contenían magníficos manuscritos, así la de la Universidad de Salamanca los textos procedentes de San Bartolomé, que han interesado a T. Martínez Manzano. Se traduce ahora el texto salmantino Salm. 2659 de Dioscórides, con una cuidada edición y estudios. La traducción ha corrido a cargo de Antonio López Eire y Francisco Cortés Gabaudan, los estudios de Bertha M. Gutiérrez Rodilla, Gregorio Hinojo Andrés y Ma. Concepción Vázquez de Benito. El prólogo de Alejandro Esteller. El texto pertenece a la familia no alfabetizada. El primer libro contiene aromas, aceites, perfumes, árboles, licores, lágrimas y frutos que de ellos proceden; el segundo los animales, cereales, hortalizas y hierbas; el tercero raíces y sus jugos, hierbas y semillas; el cuarto completa hierbas y raíces; el quinto y último la vid y el vino y los minerales. El sexto se ocupa de venenos, el séptimo de animales venenosos y el perro rabioso. Al fin un pequeño tratado de plantas medicinales al parecer tardío y de difícil atribución. La edición incluye listado de remedios y venenos en orden alfabético castellano, lista del nombre científico de plantas y animales, índices de lugares y personas. Para estos ricos complementos y para la difícil edición no han trabajado tan solo filólogos y médicos, como sucedía en los tiempos del humanismo renacentista. Han colaborado científicos especialistas en geología (Ángel Corrochano e Ildefonso Armenteros Armenteros), botánica (Florentino Navarro Andrés, Enrique Rico Hernández, José Sánchez Sánchez y Cipriano Valle Gutiérrez) y farmacognosia (Luis San Román del Barrio, Ma. Luisa Martín Calvo y Concepción Morán Benito). Es una muestra más de la alta calidad de la Universidad salmantina en el estudio de las lenguas clásicas, como ha mostrado a lo largo de toda su tradición. Cuenta Carmen Simón Palmer en su excelente y exhaustivo estudio bio-bibliográfico sobre las escritoras españolas del siglo XIX (ed. Castalia, 1991), que cuando, por influencia de su padre, el maestro de bibliógrafos José Simón Díaz autor de la monumental Bibliografía de la Literatura Hispánica, inicia sus pesquisas bibliográficas, la ausencia de datos sobre mujeres escritoras (no solo literatas), era dramática. No parecían haber dejado el menor rastro o las noticias eran escasísimas en los tratados históricos y en los repertorios bibliográficos y los prologuistas de las obras lo que menos hacían era hablar de los contenidos de la obra en sí mismos, limitándose a realizar un amable retrato físico de la escritora a la que alababan su distinción inglesa o su mirada inteligente. Esta situación contrastaba con la de otros países como Francia, donde ya en 1880 había aparecido un censo de escritoras contemporáneas. La introducción del libro de Carmen Simón, termina haciendo una llamada a la necesidad de seguir trabajando y aumentar la visibilidad de la actividad de las mujeres en la historia. Salvando las distancias, Teresa Ortiz, muta mutandis, no solo parece recoger este reto, sino que amplia sus perspectivas. A la autora de la monografía que reseñamos, hay que atribuirle el mérito de haber contribuido de forma temprana y en un momento en el que las líneas de investigación sobre historia, género y medicina en España prácticamente no existían, a abrir un campo cuyo interés y potencialidad nadie discute ahora mismo. Los trabajos de las historiadoras de la medicina y la salud Montserrat Cabré, Consuelo Miqueo, María José Ruiz Somavilla, Isabel Jiménez Lucena, entre otras y otros, añaden evidencia a esta afirmación. Antes, Carmen Alvarez Ricart había realizado con JM.López Piñero una interesantísima tesis doctoral de tema absolutamente novedoso en la historiografía médica española de aquellos momentos. Dos artículos publicados en Asclepio (Asclepio 21, 1969;49-54;43-48), ofrecieron los primeros resultados de su investigación pero su trabajo más completo, edita-do casi veinte años más tarde como monografía (Akal, 1988), no tuvo continuidad (aunque no faltaron incursiones como las de Elvira Arquiola en Huarte de San Juan o Rosa Moreno en los escritos galénicos) hasta ser, de algún modo «redescubierto» en los últimos años, entre otras investigadoras, por la propia autora del libro que estamos comentando. La tarea heurística, laboriosa y a menudo tediosa, de localización de fuentes y bibliografía secundaria sobre el amplísimo paraguas que engloba esta parcela del conocimiento histórico, ha sido, desde los inicios de la actividad profesional de la autora, una constante. Y no nos referimos únicamente a las publicaciones de Teresa Ortiz sobre fondos bibliográficos sobre mujeres y ciencia en las distintas bibliotecas de la universidad de Granada o su papel como directora de la base de datos BALBEM 92-95 (que recogía, como es bien sabido, información sistemática de actividades académicas de estudios sobre mujeres, género y feminismo), sino al hecho de que sus publicaciones muestran un sólido armazón bibliográfico que sitúa perfectamente el tema objeto de estudio en el marco teórico del que se trate, de una forma actualizada y rigurosa. La ya dilatada trayectoria de la autora en este campo ha dado lugar, no solo a un actividad muy dinámica en grupos de trabajo que ha liderado, sino también a que salieran a la luz publicaciones que son puntos de referencia obligado, por ejemplo, en lo tocante a mujeres e historia de las profesiones sanitarias. Era necesaria esta introducción para entender el significado y la importancia de Medicina, historia y género. 130 años de investigación feminista. El libro, de cuidada edición, se divide en tres partes que muestran otras tantas facetas de este tema tan poliédrico. Se inicia la primera parte con un abordaje sobre el contexto español de los estudios de las mujeres y de género y una puesta al día, muy útil sobre una serie de conceptos que, lamentablemente, se usan a menudo de forma muy superficial y plana como género, relaciones de género, sexismo y androcentrismo. Todavía de mayor calado es la puesta al día que Ortiz realiza del concepto de «cuerpo» en este tipo de estudios y de la polisemia que contienen los usos de dicha corporeidad. El artículo de M. Cabré y F. Salmón (Dynamis, 19, 1999;55-78) sobre la aplicación a un caso práctico, del concepto de poder, frente al concepto de autoridad, junto a otros textos procedentes de la literatura anglosajona (Keller) o italiana (L. Muraro), que realizan una relectura, desde el feminismo, de los escritos de Hanna Arendt, le sirven a Ortiz como ejes de referencia para plantear este asunto con el que se cierra la primera parte del libro. Una de las aportaciones más singulares del volumen es haber conseguido, con éxito, reconstruir el rompecabezas con piezas distintas-y a veces distantes-procedentes de la historiografía de la medicina, las mujeres y la salud. De hecho, la segunda parte de la monografía es una reflexión original de las relaciones e interacciones (la autora las rotula como «conexiones transdisciplinares») entre medicina, historia de la medicina e historia de las mujeres a partir de las últimas décadas del siglo XIX, momento que coincide tanto con la cristalización de los procesos de institucionalización de las dos últimas disciplinas, como por el interés social creciente sobre la producción científica de las mujeres. Las tres etapas en las se desarrollaría el proceso irían desde este periodo inicial al actual proceso de integración de la historia de las mujeres en la historia que se iniciaría en la década de 1990. El ámbito de estudio es internacional, aunque la producción española tiene un relieve especial. Interdisciplinaridad, pluralismo y diversidad son otros términos utilizados por la autora en el proceso de identificación del perfil característico de las tendencias actuales en investigación sobre historia de la medicina y género, que constituye el cuerpo de la tercera parte del libro, junto a una serie de propuestas didácticas para la tarea de «enseñar y divulgar una historia no androcéntrica de la medicina». También en este campo, puede aplicarse lo que de forma tan aguda comenta Elena Hernández Sandoica en su importante obra sobre tendencias actuales de la historiografía (Akal, 2004): que hay muchos modos posibles de hacer historia y que en los acercamientos historiográficos, vistos en perspectiva, hay encuentros y desencuentros, así como préstamos teóricos y metodológicos de raíz epistémica muy diversa. En definitiva, esta aportación de Teresa Ortiz es una valiosa guía, una obra de referencia para introducirse en los estudios sobre historia de la medicina y género por su cuidada y muy bien selec-cionada bibliografía y, sobre todo, por la puesta al día, con una claridad expositiva digna de encomio, de un campo tan fértil, interesante y lleno de futuro. [ISBN: 84-7727-009-0] Se trata de la edición crítica realizada por Antònia Carré, a partir de un manuscrito único de la obra, que se conserva en la Biblioteca Vaticana de Roma; de una de las obras más emblemática de la literatura catalana del siglo XV. Aunque teniendo en cuenta las ediciones anteriores de Roc Chabàs (1905) y de Ramón Miquel i Planas, la edición actual presenta cambios importantes como la eliminación de fragmentos que proceden de la primera edición impresa hecha en València en 1531, pero que no aparecen en el manuscrito; así como la adopción de las normas ortográficas fabrianas en la trascripción del texto y el sistema de acentuación siguiendo la fonética occidental, que fue la propia de Jaume Roig y su público inmediato. Podría parecer poco pertinente el reseñar la edición de una obra de estas característica en una revista de Historia de la Medicina y de la Ciencia, pero desde los clásicos estudios de Agustín Albarracín (las ideas médicas en la obra de Lope de Vega), la literatura de creación se ha revelado como una fuente insospechada de lo que hoy llamamos proceso de «medicalización». Nosotros lo hemos podido comprobar en una de las obras cumbre de la literatura árabe, Las mil y una noche, en donde los elementos médicos son fundamentales para la interpretación correcta de muchos pasajes ya que la medicina forma parte, junto la geometría, la astronomía y la música de la buena educación. Es más, el concepto de «al-hakim» ( el sabio, el maestro, el filósofo) se acuñó totalmente en el médico ( Sharq Al-Andalus, núms. No puede extrañarnos que este mismo proceso adquiera una importancia singular durante el reinado de Jaume II con el gran prestigio de la medicina escolástica y que conocimientos básicos de la medicina salieran del coto de los especialistas, gracias a su divulgación en lenguas vulgares 1, y formaran parte de la cultura de una minoría que había obtenido también un importante bagaje teológico y se había familiarizado con un saber jurídico elemental. La medicina se convirtió en un agente cultural de primer orden que dejará su huella en terrenos tan diversos como la predicación o la literatura: ejemplos brillantes del primero fueron los sermones de san Vicent Ferrer; y del segundo no ----1 «Atès que me' n sento empatxat, hauré d'ordir aquest retall curt, flac i fallit del meu parlament a fil per pua. Pero en este caso concreto, el interés se fundamenta en que es un médico el autor de la obra y por tanto el proceso es el inverso: desde la medicina como se interpretan ciertos valores sociales y como esta visión refluye en la sociedad 2. En los momentos actuales, sobre todo desde la década de los setenta del pasado siglo, en que los aspectos de bioética han tomado un cuerpo insospechado, estamos viendo como se manipulan hechos y valores del mundo médico para justificar ideologías y creencias que han dado lugar a distintas éticas heterónomas. En el caso de L'Espill, es evidente la utilización del saber médico para avalar actitudes misóginas procedentes de una larga tradición. Solo por esto, sin entrar en el maravilloso placer de la lectura de un texto de unos valores literarios e históricos notables, vale la pena el dejar constancia de su publicación. Sabemos que la familia de Jaume Roig, procedía de Mataró y que, cuando se instaló en la ciudad de València, se relacionó inmediatamente con el poder municipal. Su bisabuelo Salvador Roig, fue «jurat» de la ciudad en torno a 1320. Su abuelo, Pere Roig, además de notario ejerció varios cargos públicos; al igual que su padre Jaume Roig «el vell», que fue médico, doctor en leyes, «conseller» de la ciudad y examinador de médicos durante varios años. Jaume Roig «lo Jove», nació en València a principios del siglo XV y murió de un ataque de apoplejía el 5 de abril de 1478. Estudió en alguna universidad que no sabemos. No pudo ser la de Lleida porque hasta 1428, estuvo prohibido el acceso a estudiantes valencianos. Estuvo casado con Isabel Pellicer y tuvieron tres varones y tres mujeres, de los cuales el mayor y las dos hembras más jóvenes profesaron en religión. Su patrimonio económico fue importante, al igual que su prestigio profesional. El tema de la inferioridad de las mujeres, cuando no su maldad «natural» era un gran debate en aquellos momentos. El alegato de san Jerónimo contra las mujeres y la inferioridad del matrimonio, en el Adversus Jovinianum, tuvo una gran influencia. La literatura de carácter moral, como el Liber lamentationum Matheoludi, escrita en torno a 1295 por Mateo de Bologna, una de las fuentes de l'Espill, acaba justificando el matrimonio porque el propio Dios reconoce que es el purgatorio para el hombre que le prepara para su entrada en el cielo. Ese debate culmina en el siglo XV, pero Roig, ----2 La inferioridad de las mujeres con respecto al hombre, vendrá avalada por la civilización griega, la tradición judeocristiana y musulmana. Estas culturas tiene una visión similar de la mujer como ser supeditado al hombre porque su creación ha sido secundaria y además es responsable del pecado. En la mitología griega, la culpa recae sobre Pandora, Eva es la culpable de la expulsión del Paraíso en la cultura judeocristiana y árabe. La una y la otra, en fin, son responsables de todos los males. A partir de aquí se elabora una doctrina del «orden natural" totalmente coincidente con el teológico desde el siglo XIII, que fácilmente puede fundamentarse con los supuestos de la medicina clásica. Por ejemplo, el galenismo árabe al hablar de los cuatro temperamentos considera que la mujer es menos perfecta que el hombre porque es de naturaleza fría y seca y pertenece al temperamento melancólico que es el peor de todos. El sanguíneo, en cambio, donde predomina el calor y la humedad, es el mejor de los cuatro y se considera el propio de la naturaleza del hombre. La contribución de Aristóteles a esta visión, fue decisiva, considerando su influencia en el galenismo: para el filósofo griego la hembra es un hombre incompleto, y así podemos leer en el Canon de Avicena, que las mujeres poseen dos testículos como el hombre pero de menor tamaño y ocultos. El cuerpo de las mujeres solo adquiere su sentido en la maternidad y en función de esta las mujeres pueden mantener su propia complexión humoral equilibrada. En los textos médicos no se describen sus órganos reproductivos, solo el útero. En la primera mitad del siglo XIV, por ejemplo, en la Chirurgiae de Henri de Mondeville, se habla del clítoris para indicar que es un órgano que sirve para alterar el aire que penetra dentro de la matriz, como la úvula la hace con el aire que entra por la boca. que quiere participar en él, sabe que no puede aportar nada nuevo 3. La única forma de intervenir en el debate no puede estar en la argumentación, sino en el estilo, en la virulencia de la comicidad de la obra, de la ambigüedad y del doble sentido: ir del brazo con la herejía para provocar la carcajada abierta o una sonrisa de complicidad. L'Espill se vincula directamente a la predicación. La técnica de las artes predicandi, que presenta una estructura lógica y compleja desde el siglo XIII, articula, en este caso, todo el relato: la Consulta (C) acaba en un tema que sintetiza el discurso ideológico que Jaume Roig desarrolla inmediatamente y que ya se apuntó en el poema introductorio. Como cualquier sermón pronunciado desde el púlpito, el tema sirve de introducción al discurso del predicador, es el fundamento y está ligado a la materia principal que en este caso es la crítica a la mujer genérica y la alabanza de la Virgen 4, utilizando en la dilatatio los dos grandes procedimientos de desarrollo: los exempla (libros primero, I; segundo, II y cuarto, IV) y la auctoritas (libro tercero, III). Especial interés tendran los primeros, ya que Roig escribe convencido de que el público, solo entenderá el mensaje si se le presenta la materia tratada de forma comprensible por todos, vadeando sutilezas conceptuales. En la obra, Jaume Roig, no esconde en ningún momento su condición de médico en la línea del escolasticismo. Por otra parte es evidente por la abundancia de enfermedades y medicamentos que desfilan a lo largo de l'Espill, por la referencia a regímenes alimentarios basados en la doctrina de las cualidades (II-IV, 2) y por la referencia a casos que el autor debió experimentar personalmente (II-II,3); así como por el rechazo de medicinas alternativas (II-II,4; II-III,2: II-II,3). En resumen esta edición de l'Espill, es una verdadera delicia que nos permite entender adecuadamente todo un mundo intelectual verdaderamente complejo y de qué manera la medicina y los médicos tomaron parte en su constitución. El trabajo de Antònia Carré no sólo es excelente sino decisivo. La responsable de la edición ha puesto a prueba no solo su preparación técnica, sino ----3 «En la actualitat, fill meu plaent Balasar Bou, no hi ha res de nou, sino que tot es vell" (IV-IV, 2). 4 Roig solo salva de la tendencia «natural" a la perversidad a tres mujeres: la Virgen, su madre y su esposa. Lo ilógico de la excepción es que aplicando todos los hombres el mismo rasero habría motivos suficientes para dudar de la tesis que defiende: «Per no deixar-les irades, avalotades contra mi del tot, vull dir un mot per al seu confort. No hi ha res al mon". (IV-III, 1) también su especial sensibilidad en la lectura del papel que desarrollan los elementos procedentes de la medicina en la construcción de unos determinados valores sociales5 Durante el Sexenio democrático (1868-1874) el joyero José Gómez Pardo donó a la Escuela de Minas de Madrid no sólo los papeles, biblioteca, colecciones minerales e instrumentos utilizados en su labor profesional por su hermano Lorenzo Gómez Pardo y Ensenyat, sino también la considerable cantidad de veinticinco mil duros de la época para premiar a los alumnos más sobresalientes de esa institución docente y estimular a quienes contribuyesen a los adelantos en el conocimiento de la minería española. Se sentaron entonces las bases de la fundación Gómez Pardo, que aún sigue viva y apreciada por los ingenieros de minas de este país. Reconstruir la trayectoria vital del naturalista, farmacéutico e impulsor de la Escuela de Ingenieros de Minas en su etapa fundacional es el objetivo del libro, pulcro y bien escrito, que nos ofrece la historiadora Beatriz Vitar. Basándose en los materiales documentales de ese legado se ha enfrentado al desafío de abordar la vida de un ingeniero, prototipo del rol desempeñado por esos nuevos grupos profesionales de elite que emergieron en el segundo tercio del siglo XIX para poner sus conocimientos especializados, adquiridos a través de una educación estandarizada, al servicio de la construcción del Estado liberal. La vida de Lorenzo Gómez Pardo fue corta, pero «brillante» y «agitadísima», según uno de sus primeros biógrafos, el médico pediatra y divulgador científico Manuel Tolosa Latour, autor del texto «Madrileños ilustres. Los Gómez Pardo», publicado en La Ilustración Española y Americana, 30 de octubre de 1898, no XL, pp. 246-247, y fascinante también para entender las relaciones entre ciencia, política y negocios en la España del tránsito del Antiguo Régimen al nuevo Estado liberal, que se intentó construir a partir del fallecimiento de Fernando VII en 1833. Así se deduce de la lectura de esta nueva biografía, atenta a todas las facetas de una personalidad tan compleja y romántica como Lorenzo Gómez Pardo, que podemos seguir a través de cinco amplios capítulos, con los que organiza su obra Beatriz Vitar tras recomponer el puzzle de papeles que se custodian en la Biblioteca Histórica de la Escuela de Minas de Madrid. En el primer capítulo, uno de los más interesantes desde mi punto de vista, se traza la formación científica de Lorenzo Gómez Pardo, que se desarrolla entre la España napoleónica y la caída ----del absolutismo. Debido al negocio familiar -una fábrica de fundición y tirado de oro y plata y una tienda de compraventa de alhajas de esos metales preciosos-sintió ese personaje desde su infancia una atracción por la metalurgia y un interés por la numismática, familiarizándose con un ambiente alquímico, entre retortas, fórmulas y ensayos. Sus primeros estudios los efectuó en los Reales Estudios de San Isidro -el antiguo Colegio Imperial de los Jesuitas-donde ingresó en 1815. Poco después comenzó su carrera farmacéutica, en un momento en el que como es sabido se produjo una reivindicación de las aportaciones de la farmacia a la química, y en el que no era extraño compaginar las profesiones de farmacéutico e ingeniero de minas. En esos estudios tuvo como profesor de Mineralogía y Geognosia Aplicada a Donato García en el Real Gabinete de Historia Natural, y en Fisica experimental y Química a Juan Mieg y Pedro Gutiérrez Bueno, respectivamente, entre otros. Pero su carrera de farmacéutico se vio interrumpida por su participación activa en la lucha por afianzar los principios liberales en el trienio constitucional, iniciado con el levantamiento del general Riego. Alistado con 19 años en la Milicia Nacional, fuerza de choque de la burguesía revolucionaria, acompañó en la primavera de 1823 al gobierno constitucional en su marcha al Sur cuando franquearon los Pirineos los Cien Mil Hijos de San Luis, y luchó en la batalla de Trocadero, donde fue herido y tomado prisionero por las fuerzas francesas de ocupación. Se inició entonces una etapa represiva de las ideas y los hombres liberales y un restablecimiento del modelo absolutista de control administativo farmacéutico. Lorenzo Gómez Pardo se encontraba en unas circunstancias difíciles cuando se produjo un acontecimiento que resultaría decisivo en su formación y en su trayectoria vital: la llegada a España procedente de México de Fausto de Elhuyar, quien al tomar posesión del cargo de Director General de Minas, maniobró para que Gómez Pardo y otros jóvenes científicos liberales obtuviesen pensiones gubernamentales para perfeccionarse en las ciencias mineras en Alemania y otros países de Europa. Y así Lorenzo Gómez Pardo entre 1825 y 1827 profundizó sus estudios de mineralogía en Francia, particularmente en París, donde recibió enseñanzas de los más importantes naturalistas franceses. Tras una estancia fugaz en España en 1827 para obtener la licenciatura en Farmacia fue enviado por Elhuyar a Alemania para perfeccionar su «carrera mineralógica en Sajonia y recorrer los principales establecimientos de Austria, Hannover y demás países». Su larga experiencia en tierras germánicas (setiembre 1828-finales de 1833) le convirtieron en un experto metalurgista gracias a su formación práctica en la Academia de Minas de Freiberg, basada en la observación de las operaciones metalúrgicas en las fundiciones, de las que Pardo dejó una importante colección de apuntes y dibujos. Si el segundo capítulo -«El regreso a España. Milicia y política»-está dedicado a analizar la trayectoria política de Lorenzo Gómez Pardo en las filas del liberalismo progresista en la década que transcurrió desde su retorno a Madrid hasta la caída del líder de los progresistas, el general Espartero, en 1843, el tercer capítulo -«La administración del ramo de minas»-constituye una presentación del importante papel desempeñado por Lorenzo Gómez Pardo en la Dirección General de Minas en una coyuntura de resurgimiento de la producción minera tras producirse el boom del plomo argentífero en las tierras almerienses de Sierra Almagrera en los inicios de la década de 1840. En una década tuvo un ascenso meteórico en la administración minera pasando de inspector de distrito de 2a clase dentro del cuerpo facultativo de Minas, y profesor de la cátedra de Mineralurgia de la Dirección de Minas, a ser miembro de la dirección colegiada que se estableció durante la regencia de Espartero. A su influencia se debe la reorganización del Cuerpo de Minas que se produjo por Real Orden de 24 de enero de 1841, en un momento en el que era una figura política de cierto relieve en el partido progresista. Fueron esos años tiempos de febril actividad. Intervino en la actualización de la legislación minera, organizó el Cuerpo de Ingenieros de Minas, participó en la toma de decisiones por la que se trasladó la Escuela de Minas de Almadén a Madrid, se encargó de las inspecciones de los distritos mineros de Linares, Aguilas, (que comprendía los yacimientos de Sierra Almagrera) y Almadén, donde tuvo que hacer frente a los continuos conflictos entre faculta-tivos y administrativos. De estos trabajos se conservan una amplia colección de apuntes, completados en algunos casos con reseñas históricas, sobre los minerales de los diferentes distritos mineros que estuvieron a su cargo, observaciones y comentarios de Gómez Pardo sobre la explotación de los principales recursos mineros españoles de la época como el azogue, el plomo y el cobre, y una correspondencia con los ingenieros destinados en ellos que, según Beatriz Vitar, «constituye una fuente de información inapreciable para el estudio del ejercicio profesional en el campo de la ingeniería de minas y el conocimiento en particular de una parcela de la administración del Estado, mostrando en toda su crudeza las luchas de poder en un mundo de ambiciones e intrigas». (p. Asimismo en el libro se ofrecen numerosos dibujos de las minas visitadas por Gómez Pardo: en la página 161 se ofrece, por ejemplo, un plano de la minas y otras instalaciones de Almadén. Otro de los capítulos de cierto interés para los historiadores del sistema científico-técnico español es el cuarto -«La vida docente y académica»-en el que se ofrece información significativa sobre la enseñanza de la Ingeniería de Minas, y la evolución de la Escuela Especial de Ingenieros de Minas en Madrid, de la que Gómez Pardo fue uno de sus impulsores. Beatriz Vitar da cuenta en él de los preparativos para el traslado de la vieja Academia de Minas de Almadén a la capital del Reino, de los primeros años de andadura del nuevo establecimiento docente y de sus dificultades para consolidarse, dado el escaso número de alumnos en su fase inicial. También hay alusiones, si bien breves, a la participación de ese ingeniero de minas en otras instituciones e iniciativas científicas, como la Academia de Ciencias Naturales, -embrión de la Academia de Ciencias Físicas, Exactas y Naturales, de la que Gómez Pardo fue nombrado académico numerario poco antes de fallecer-, la Sociedad Numismática, y la Academia Alemana Española. En el quinto y último capítulo la autora nos ofrece una aproximación al «entorno familiar y social» de Lorenzo Gómez Pardo, dándonos cuenta a través del análisis de su correspondencia de los diferentes círculos, -el familiar, el íntimo, el político, el del mundo minero, en el que destacó su relación con Casiano del Prado y Guillermo Schulz, entre otros ingenieros de minas-en los que se desenvolvió el quehacer de ese ingeniero romántico y liberal, aficionado a la música, escritor de poesías en sus ratos de ocio, y gran excursionista para incrementar sus colecciones mineralógicas. Debido a esta actividad su amigo el también ingeniero de minas Pedro Sainz de Baranda, con el que había compartido experiencias en sus años de formación germana, le denominaba cariñosamente «Pedruscos». Y se nos revelan datos sobre su achacosa salud, que se quebrantó aún más cuando a la caída de Espartero fue apartado de sus altas responsabilidades en la administración minera por sus enemigos políticos. En fin, la obra que comentamos ofrece a través de la historia de la vida de un representante de las clases medias emergentes en los inicios de la construcción del Estado liberal información relevante sobre la formación y actividad profesional de los representantes de un cuerpo profesional que contribuyó significativamente al conocimiento de la gea española y al aprovechamiento de los recursos mineros, importantes en la economía española del segundo cuarto del siglo XIX, cuando el Estado español sentó las bases para convertirse en una potencia minera. Así lo ha destacado en «L' Espagne, puissance minière dans l 'Europe du XIX siécle» (Madrid, 2000) Gérard Chastagnaret, autor con el que la autora sorprendentemente no ha dialogado. Los documentos que han desfilado ante Beatriz Vitar para elaborar esta obra son de una gran riqueza. Ha podido ver, por ejemplo, el material reunido por Lorenzo Gómez Pardo en sus clases de zoología de 1820 y 1821 en los que hay apuntes sobre Cuvier y unas notas en latín de la Monachologia del mineralogista austríaco Edler von Born, quien en esa obra satírica anti-católica describió numerosas observaciones sobre las costumbres sexuales de diversos tipos de monos. Como la misma autora reconoce su mirada ha dado lugar a una particular «apropiación», bien organizada, ciertamente. Es posible que otros investigadores, con otras lentes, obtengan otro tipo de aprovechamiento de una veta tan rica, y polimorfa, como la que ofrece el legado Gómez Pardo, en el que hay materiales documentales muy valiosos sobre cuestiones importantes de la ciencia española de la primera mitad del siglo XIX, como la transferencia de conocimientos científicos mineralógicos entre los centros de saber europeos, principalmente alemanes y franceses, y sus homólogos españoles. Asimismo otro tipo de material que puede ser reinterpretado y reutilizado de otra manera es la excelente biblioteca de Lorenzo Gómez Pardo, que se conserva, al parecer, en su integridad en el Fondo Antiguo de la Biblioteca Histórica de la Escuela de Minas de Madrid, y de la que la autora de esta interesante y consistente biografía da solo someras noticias (en págs. 219, 248 y 270).
Durante la primera mitad del siglo XX la presencia de la lepra en sociedades modernas suscitó variadas reacciones. Aun sin que desaparecieran ancestrales prejuicios, el discurso médico-legal abordó un problema que excedía el marco estrictamente sanitario. El trabajo analiza el modo en que, desde una perspectiva científica, fueron gestadas en Argentina respuestas que creyeron hallar en el aislamiento físico y simbólico del leproso una forma proteger la población y el futuro de la raza. En ese contexto, la eugenesia legitimó fuertes restricciones de derechos a enfermos sobre los que siguió pesando aquel estigma ancestral. vado significado que la Revolución Francesa le dio a la noción de ciudadanía, el aislamiento por una explícita o implícita decisión del poder público expresó sus límites, fijó la frontera que a menudo por una «razón de Estado» pasó a distinguir la inclusión y la exclusión dentro de un sistema de derechos. El aislamiento en el mundo moderno particulariza un problema que en materia de salud tiene una larga data y ha sido objeto de diversas interpretaciones. En efecto, la restringida forma en que sociedades finiseculares, incluidas las latinoamericanas, abrazaron la idea de ciudadanía, sirvió también para exaltar un sistema de luces y sombras, donde lo «normal y lo patológico» interactuaron permanentemente y favorecieron la prolongación de formas seculares de aislamiento: por un lado el aislamiento físico, que procura separar al enfermo del resto de la sociedad sana con dos finalidades básicas, la de proteger al universo de la «normalidad», esto es a los sanos, y la de asistir y/o curar a lo «patológico»; y por otro, el aislamiento simbólico, más próximo a la interdictio romana, planteado como un distanciamiento del sistema de derechos, puesto de manifiesto como una restricción de la capacidad para adquirirlos o ejercerlos, que no implica necesariamente una separación física del otro. Esa tensión entre derechos y formas de restricción a su ejercicio, signó la emergencia de la eugenesia, ciencia con la que Galton y sus epígonos llegaron a imaginar un modo racional de acoplar ambos tipos de aislamiento, el físico y el simbólico, a través de la invocación al futuro de la raza como estrategia biopolítica basada en la partición binaria entre lo «normal» y lo «patológico». La temprana recepción de la eugenesia en Argentina, permitió movilizar un discurso médico-legal tendente a combatir diversas enfermedades y aislar -en ambos sentidos-a quienes las padecían; en parte, por asistencialismo y caridad, pero también, por constituir «focos disgénicos» que amenazaban con alterar las pretendidas cualidades «raciales» de la población. Dentro de este marco, cabe situar las representaciones y las respuestas legales y materiales generadas durante la primera mitad del siglo XX para afirmar el aislamiento de los leprosos, teniendo en cuenta la importancia de estas acciones para afirmar un paradigma eugénico. Sabido es que la lepra ha sido históricamente la enfermedad más tematizada por metáforas que instaban a enfrentarla a través de la segregación de sus portadores con el objetivo primordial de impedir el contagio 1. No obstante, la ----1 La segregación también tenía un carácter punitivo: en la Edad Media se creía que por la corrupción del cuerpo emergía la enfermedad del alma, producto de herejías, lujurias y el peor de los pecados, el sexual. LE GOFF, J. y TRUONG, N. (2005), Una historia del cuerpo en la Edad Media, Buenos Aires, Paidós, pp. 91-92. ubicación de los problemas que acarreaba dentro del Estado moderno, la dotó de nuevas significaciones que quedaron inmersas en el concepto finisecular de «defensa social». En efecto, y a diferencia de la larga duración que la historia de esa enfermedad presenta en Europa, la lepra en Argentina tiene una escasa entidad antes de la segunda mitad del siglo XVIII2, y el tema se pone verdaderamente en discurso desde fines del siglo XIX3, cuando irrumpe la prolífica labor de médicos y legistas en torno al manejo biopolítico de la enfermedad y del enfermo. De esta labor, realizada a veces en sintonía con los Congresos Internacionales de la materia -el Primer Congreso Internacional de la Lepra se reunió en Berlín en 1897-y, a veces, generando propia doctrina, dan cuenta los numerosos proyectos legislativos que se suceden sin descanso desde el año 1908 hasta la sanción, en 1926, de la Ley 11.359. El primero de esos proyectos surgió de las conclusiones a las que arribó la Conferencia Nacional sobre la Lepra, celebrada a instancias del gobierno nacional en 19064. Finalmente, en 1926, tuvo encarnación normativa la primer Ley nacional de Profilaxis de la Lepra que, basada en un proyecto del doctor Maximiliano Aberastury, reguló la actitud estatal para con el hanseniano5, sin mayores modificaciones, hasta su derogación definitiva en 1983, evento que constituyó uno de los últimos actos del gobierno dictatorial que asumiera en 1976. En el aspecto que nos ocupa, esta Ley condensó sendos aislamientos: el distanciamiento físico del enfermo de sus congéneres -ya sea en su domicilio o en asilos o colonias-y el aislamiento simbólico o formal a través de la prohibición de contraer nupcias, restricción que constituye el primer impedimento matrimonial de orden eugenésico legislado en Argentina. La acción asistencial de la medicina se articuló entonces con el derecho, y el tratamiento efectivo para la cura del enfermo fue sólo parte de un problema mayor que se desplazó hacia una directa reducción de derechos civiles. Dentro de esta consideración de la lepra como un problema que llegó a vincular la asistencia con la eugenesia, se iluminan a su vez los dos tiempos ----en los que la enfermedad es pensada. El presente del tratamiento del enfermo a través del aislamiento físico, y el futuro de la mejora de la raza por medio de la restricción de derechos civiles a hansenianos. Integrando esos dos tiempos aparecen espacios para la reclusión como lo fue, hasta 1968, la Colonia de la Isla del Cerrito, en Chaco. EL ESPACIO DE LA LEPRA: RECLUIR LO «ANORMAL» El aislamiento del leproso en Argentina adoptó, en términos físicos, una forma precisa que prevaleció hasta entrada la década de 1960. En ella primó la figura de la colonia extraurbana, enclavada en un sitio que debía emblematizar su inaccesibilidad por la sola invocación del accidente geográfico que lo contendría: una isla. Desde 1906 aquel espacio de aislamiento fue afirmándose dentro de representaciones que terminaron convirtiéndose casi en un lugar común. Ellas volvían sobre las características básicas que adquirió el sistema Open-Door para atender la locura, el cual tras ser aplicado por primera vez en la reestructuración que Alejandro Korn llevó a cabo en 1897 en el Hospital neuropsiquiátrico de Melchor Romero (La Plata)6, se extendió por impulso de Domingo Cabred al Hospicio de Mercedes y los Asilos-Colonia de Luján y Lomas de Zamora y luego a todo el país a través de un plan de vastos alcances. Sus preceptos básicos podían sintetizarse en amplitud de los espacios para favorecer la vida higiénica, tierras para desarrollar la «laborterapia» que, además de hacer sentir al colono apto para el trabajo, aseguraran el medio de subsistencia de la propia colonia, una adecuada distancia de los centros urbanos para que la libertad para moverse en las tierras que trabajaban no supusiera un riesgo por posibles contactos con el universo de la «normalidad», y un hábitat con forma de chalets para asimilar su imagen a un tipo de vivienda individual anhelada. El sistema de casas separadas, también permitía mantener, aun dentro del aislamiento, las diferencias de clases de los enfermos que llegaban a la colonia, para evitar que, en el interior del complejo, existiesen formas organizativas diferenciadas de las de la sociedad burguesa extendida extramuros7. ----Las características físicas de los espacios para el aislamiento de leprosos fueron precisadas ya en la Conferencia Nacional de la Lepra de 1906. Allí Antonio Pont -delegado por la Provincia de Corrientes-consideró la idea de asilo-colonia particularmente adecuada a «la forma crónica de la enfermedad, la tendencia a la vida nómada y a respirar en libertad, del leproso», para quien era necesario «el aislamiento en un establecimiento grande, con campo, mucho campo, vegetación, aire que respirar, entretenimiento [y] trabajos compatibles con su estado» 8. Pont agregaba que la colonia que reuniría todos aquellos atributos debía ser «mixta, un pequeño pueblo de casas separadas, agrupadas de veinte en veinte o de treinta en treinta, con calles anchas, bien ventiladas, unas; con el confort y comodidades necesarias para los pensionistas ricos a quienes se les deberá permitir la construcción de chalets, donde vivir solos o acompañados de algún miembro de su familia si así lo desea, con servicio que podría reclutar de la misma colonia, retribuyéndolo; con construcciones higiénicas para el pobre; con balneario, pabellón de curaciones; pabellón de aislamiento para los hijos de los leprosos que naciesen en la misma; otro para afecciones intercurrentes y complicaciones, y un pequeño asilo para los mutilados y en estado caquéctico. En una palabra: una gran colonia, en que aparte de la reclusión obligada, los enfermos viviesen la vida común, con todas las condiciones higiénicas y de curación de un sanatorio moderno, resolviendo el problema leproso nacional de un modo científico y económico» 9. Y estas características que claramente situaban al tratamiento de la lepra en directa correspondencia con la locura, para la cual había sido prescripto el sistema Open-Door, eran contrapuestas a otras prefiguraciones. Las colonias representaban la forma más avanzada de ocuparse de la lepra, al ofrecer una opción ampliamente superadora de las tradicionales leproserías, entre otras cosas porque en la colonia el enfermo «trabaja, se siente útil, y además aporta ---cés. Se trataba de «un conjunto de disposiciones de orden material y de régimen interno que tienden, todas, a dar al establecimiento el aspecto de un pueblo, a proporcionar a sus moradores la mayor suma de libertad, compatible con su estado de locura, y a hacer del trabajo uno de los elementos más importantes del tratamiento moral». Era un sistema sin «muros de circunvalación que oculten el horizonte, ni nada que despierte la idea del encierro, y así la ilusión de libertad será completa». CABRED; D., Discurso sobre asilos y hospitales regionales en la República Argentina (Ley 4953); cfr. dinero» 10. Asimismo, dentro de la colonia, el sistema de casas separadas permitía expresar las diferencias de estatus de cada enfermo, algo que también sobrevaloró la Conferencia Nacional de la Lepra al promover una forma de tratamiento desigual para ricos y pobres afectados por ese mal. «Dado el ambiente social saturado de ideas de altruismo, humanidad y libertad de la Argentina, contrario a las violencias [...] tendremos que decidirnos por aceptar una ley diferencial de aislamiento obligatorio para el pobre, facultativa para el rico, ley cruel tal vez para el desheredado de la fortuna, cuya libertad se atropella, y que recuerda las de castas abolidas por la revolución y las conquistas modernas, únicamente disculpable, dado el fin humanitario que se persigue y la menor resistencia que su ejecución ha de ocasionar» 11. Era en definitiva un aislamiento obligatorio diferencial semejante al previsto en la Ley provincial dictada en Corrientes en 1901 12. Pont también previó la localización de la colonia en una isla que podía situarse en el Atlántico. Baldomero Sommer coincidió en ello y precisó que esa isla debía ser «lo suficientemente amplia para poder destinar una parte a la agricultura y otra parte a la ganadería». Y más que buscarla en el Atlántico, convenía recurrir a la emblemática isla Martín García, en el Río de La Plata. La misma isla que Domingo Sarmiento en 1850 había imaginado como lugar de una gran utopía: la de la Confederación de Estados Sudamericanos que tendrían allí su capital, denominada Argirópolis 13. La isla Martín García era así objeto de representaciones que se desplazaban de la utopía a la distopía, del centro de confluencia de los intereses regionales al sitio de aislamiento para enfermos incurables, donde lo producido no podría salir de la isla e incluso los propios empleados del establecimiento debían ser leprosos para favorecer la comunión de todos aquellos que formaban parte de ese universo de ----10 SOMMER, B. (1908), Formas clínicas, Profilaxis y tratamiento de la Lepra, Conferencia sobre la Lepra, pp. 307-313, p. La cursiva es nuestra. 12 En dicha Ley se decía que: «las personas pudientes serán aisladas en su domicilio, siempre que den su palabra de honor de no salir jamás de casa; no dormir con otra persona; que ningún miembro de la familia, ni extraño, usará nunca cosa alguna del servicio o uso del paciente; las personas indigentes serán secuestradas en la leprosería». A su vez, los niños nacidos de padres leprosos indigentes eran aislados en observación en establecimientos especiales «antes de darles otro destino», mientras que los niños autorizados a vivir en sus domicilios, no podían concurrir a la escuela. la otredad que quedaba aislado14. Pero es que la propia ubicación de la isla frente a las costas argentinas y uruguayas, que derivó en largas disputas entre ambos países por su posesión, también inducía a pensar en un destino que, en el caso de la utopía sarmientina, debía trascender los intereses nacionales y en el de Sommer implicaba llegar a los límites geográficos llevando a esos confines la esfera de «anormalidad» patológica. La colonia se conformaría «por un edificio principal destinado a la administración. Salas de enfermos de tamaños variados, con sus departamentos», y además debían existir «casitas, en las cuales puedan vivir familias o varios leprosos juntos. Debe el gobierno establecer carpinterías, panaderías, herrerías, hornos de ladrillos y demás industrias necesarias para la marcha de la colonia»15. Desde el temor al contagio se fundamentaba el aislamiento, se establecía una situación de la que igualmente podía sacarse provecho, en tanto los internos lograran conformar una comunidad autosuficiente que relevara al Estado de gastos excesivos en su mantenimiento. Asimismo, y aun sin conocerse a ciencia cierta la etiología de la enfermedad, se tenía la certeza de que el aire puro, el sol y la limpieza corporal eran factores importantes en el tratamiento. Por eso la Colonia, a la que su condición insular proveería de un balneario natural, debía contemplar, además, la existencia de «una casa de baños, bien amplia, para que los colonos puedan bañarse si es posible, diariamente». La aplicación del modelo de sanatorios-colonia extraurbanos para un universo que trascendía el de alienados hasta alcanzar a otras enfermedades como la lepra, tuvo un particular impulso desde el momento en el que Cabred asumió la presidencia de la Comisión Asesora de Asilos y Hospitales Regionales en cumplimiento de la Ley 4953 de 1906 16. Dentro de una lógica que aunaba el pensamiento de Pont y Sommer con el de Cabred, surgió -por encargo de un decreto presidencial de Marcelo T. de Alvear-el Proyecto de Maximiliano Aberastury, que prescribió la creación ----de dos colonias para leprosos. Una de ellas en el Litoral, una región que los precursores estudios del Dr. Fariní sobre lepra en Argentina ya habían destacado en 1899 dentro del contexto nacional 17. La otra colonia vendría a establecer un equilibrio geográfico en un punto del sur equidistante de la metrópolis argentina. Complementaba estas prescripciones la prohibición de situarlas a una distancia no menor de cincuenta kilómetros de pueblo o ciudad más próxima y la obligación de conectarlas con una vía férrea o fluvial que serviría de único vínculo entre la comunidad de enfermos y la esfera de «normalidad». La nueva colonia de leprosos se incorporaría entonces a la larga lista de instituciones comprendidas en la mencionada Comisión Asesora de Asilos y Hospitales Regionales que seguía comandando Cabred. En el Proyecto de Aberastury, convertido en 1926 en Ley 11.359 18, se precisaban las características que tendrían las colonias para leprosos. dra de Enfermedades Infecciosas de la Universidad de Buenos Aires, prefería la creación de espacios para la atención de leprosos en sanatorios generales de las grandes ciudades21. Y por otro lado, durante el propio debate parlamentario del Proyecto de Aberastury, representantes de la provincia de Corrientes cuestionaron que se ubicara la colonia donde existían los mayores focos de lepra. El senador nacional por esa provincia, Ricardo Caballero proponía en cambio parajes lejanos a esos focos, «si se busca la curación o el mejoramiento de los enfermos, porque el clima de las regiones con lepra parece que no es propicio a la mejoría de los enfermos»22. La perduración de un sustrato neohipocrático parecía avalar la idea de que ciertos ambientes determinaban la presencia del mal. Si la humedad y los pantanos del Litoral eran entendidos como causales directos de la lepra, la colonia fracasaría al situarse en el mismo sitio que producía la enfermedad. El socialista Juan B. Justo, en cambio, acompañaba la postura gubernamental invocando situaciones no exentas de los ancestrales prejuicios que suscitaba la lepra, al señalar que «llevar a los leprosos muy lejos de donde han caído enfermos, va a ser siempre resistido por los habitantes de las zonas limpias de lepra, por toda clase de razones, ¿qué objeto tendría invadirlos oficialmente, sanitariamente con la lepra, cuando ellos no la tienen? Hay que formar colonias donde está la lepra»23. El temor al contagio signó entonces la principal tensión entablada en torno a la decisión de las autoridades de crear una gran colonia de alcance nacional y la respuesta de los representantes de la Provincia de Corrientes que poseía núcleos urbanos relativamente próximos al sitio elegido. Esa Provincia, con antecedentes importantes en el tratamiento de la Lepra, que iban desde la tradicional Casa de Aislamiento que poseía hasta la primera Ley sobre el tema -sancionada en 1901 dentro de su órbita-, había aportado a través de Antonio Pont, la más precisa propuesta de creación de una gran colonia en una isla. Y aún dos décadas más tarde sus argumentos seguían siendo invocados; sin embargo, el hecho de escogerse para ese fin una isla situada frente a las costas de Corrientes suscitó, en sus representantes parlamentarios, interminables replanteos. La inhóspita Isla del Cerrito fue convertida en Territorio Nacional y la Ley sobre Lepra fue aprobada en los términos enunciados por Aberastury, es de-----cir, prescribiendo la ubicación de la leprosería en dicha Isla. Aún después de esta resolución el senador correntino, Juan Ramón Vidal siguió cuestionando la localización decidida por atribuirle al sitio problemas que impedirían concretar los propósitos perseguidos. De la Ley se desprendía que, para el tratamiento de los leprosos, debía crearse una suerte de colonia agrícola-ganadera, en forma de aldea, y como dicha Isla estaba conformada por esteros y lagunas insalubres, sería imposible llevar a cabo ese plan. No habría suficientes tierras aptas y el sistema de casas separadas con huertas terminaría derivando en pabellones compactos del tipo de las tradicionales colonias. Vidal además cuestionó la inversión decidida, deslizando también una reflexión acerca del carácter que debían poseer los edificios públicos: «Podrán justificarse los edificios monumentales para escuelas públicas, y asimismo se ha criticado el abuso de ellos. Una escuela monumental puede, por su estética, influir sobre el espíritu de los alumnos, pero un hospital monumental para leprosos, no sé sobre quiénes va a producir efecto; un edificio monumental en una ciudad, puede servir para la estética de la ciudad, pero un edificio en una isla pantanosa e inundable, sólo va a servir para derrochar tres millones y medio de pesos»24. Y si bien Justo avalaba el proyecto, también puso reparos en la inversión propuesta y en la tipología edilicia promovida. En efecto tratándose de espacios para la lepra, «son construcciones que lo mejor que puede desearse es que dentro de diez años se les prendan fuego y desaparezcan; de modo que pueden ser hechas con relativo poco costo. El clima aquel, muy suave, permite también vivir sin muros muy espesos; habría que hacer espacios aireados, con sombra, limpios, bien tenidos, desagües higiénicos, la destrucción que pueda haber en los residuos, etc.; pero nada más que eso: prescindir de todo propósito monumental»25. Las posturas concordantes de Vidal y Justo prolongaban un debate que, desde la organización nacional en torno a 1880, se abocó a determinar el carácter que debía poseer cada expresión de la arquitectura oficial. Y en él, las respuestas para escuelas y hospitales fueron a menudo planteadas en términos antitéticos, especialmente cuando se les llegó a atribuir a las primeras una importante función simbólica y a los segundos un papel utilitario connotado por la provisionalidad aconsejada desde el discurso higiénico. Justo volvía ----entonces sobre las recomendaciones científicas decimonónicas de crear «hospitales-barraca» para poder renovar sus instalaciones periódicamente, evitando así las concentraciones «pútridas». El modelo había sido utilizado en la Guerra de Secesión norteamericana y luego Rudolf Virchow lo difundió para que fuera aplicado durante la guerra franco-prusiana. En Argentina, el citado establecimiento de Melchor Romero en La Plata también fue concebido como un «hospital-barraca», mientras en esa ciudad se llevaba a cabo un vasto plan de creación de «Escuelas monumentales» 26. Por su parte y aun con las escasas certezas científicas que se tenía en relación a las vías de contagio de la lepra, Vidal agregaba otros cuestionamientos físicos al emprendimiento, insistiendo en los riesgos que entrañaría la Isla del Cerrito para quienes, como los habitantes de Paso de la Patria en Corrientes, habrían de beber el agua en que se arrojaran residuos de una colonia de leprosos27. Poco después de este debate, el gobierno nacional instrumentó el primer Censo oficial de enfermos de Lepra en Argentina, conforme a lo establecido por la Ley 11.359. Y, finalmente decidida la realización de la Colonia en la Isla del Cerrito, una nueva Ley, la 11.410, en 1928, introdujo cambios sobre la anterior para facilitar la concreción del establecimiento. Se eliminó la exigencia de situar la colonia a más de cincuenta kilómetros de un centro poblacional, admitiendo su ubicación en «zonas en que la enfermedad se encuentre más extendida y teniendo en cuenta para su ubicación las garantías de preservación para la población indemne». La Isla del Cerrito, como la Isla Martín García -propuesta anteriormente por Sommer para esa función-, contenía fuertes connotaciones geopolíticas y representacionales. En efecto, con unas 12.000 hectáreas, se sitúa en la confluencia de los ríos Paraguay y Paraná y debe su nombre a la sobreelevación general de unos 15 metros que sirvió a fines militares en distintas circunstancias, fundamentalmente durante la Guerra de la Triple Alianza, cuando fue bastión de las fuerzas argentinas, brasileñas y uruguayas que en 1866 enfrentaron a Paraguay. Finalizada la guerra, Brasil mantuvo la ocupación de la Isla hasta que en 1876 fue reconocida la soberanía argentina sobre ella y se instaló allí (aunque brevemente) la sede de gobierno del Chaco. La Isla del Cerrito también fue vinculada a la lepra por Fariní, cuando en su tesis doctoral recordaba que allí llegó a instalarse una leprosería 28. ----La nueva Ley exacerbó los ánimos de los representantes de Corrientes que siguieron protestando. Debido a estos inconvenientes, el acto de colocación de la piedra fundamental de la Colonia sólo pudo realizarse el 27 de septiembre de 1928, pero en una curiosa ceremonia, casi secreta, protagonizada por Domingo Cabred. El presidente de la Nación, Marcelo T. de Alvear, le había ordenado a Cabred, una vez embarcado rumbo a la Isla del Cerrito, que suspendiera dicho acto. El médico se negó cumplir esa orden y finalmente el presidente aceptó que se celebrase la inauguración, aunque «pasada la medianoche, en el mayor sigilo» 29. En ese contexto las obras tuvieron un tortuoso desarrollo, y no fueron concluidas hasta 1938. Pero aun así el senador correntino Juan Ramón Vidal solicitó un nuevo informe con el fin de impugnar su habilitación 30. Otra vez insistió sobre el costo de las instalaciones, articulándose este argumento con la vieja forma de combatir el contagio a través de construcciones provisorias «modestas y económicas para destruirlas por el fuego» 31. La Colonia del Cerrito pudo abrir sus puertas el 30 de marzo de 1939, y adoptó el nombre de Maximiliano Aberastury. Su inauguración fue acompañada por el surgimiento de otras cuatro colonias más: la «Pedro Baliña» de Misiones, la «José Puente» de San Francisco del Chañar, Córdoba, la «Baldomero Sommer» de General Rodríguez, Provincia de Buenos Aires y la «Enrique Fidanza» de Diamante, Provincia de Entre Ríos. La Colonia mantuvo en su organización general el modelo previsto, aunque con ciertas inflexiones. El establecimiento se compuso de 22 pabellones, cuya rigidez fue moderada un tanto por los clichés de la arquitectura inglesa suburbana. Igualmente, la idea originaria de dar lugar a casas separadas para que los leprosos colonizaran la isla virginal, no fue completamente abandonada. Inicialmente esa idea quedaba restringida a aquellos enfermos que por ser ricos podían efectivamente afirmar su estatus a través de una identificación física de distanciamiento respecto de los espacios comunitarios que concentraban a enfermos pobres. La propia Ley 11.359 que -con la ínfima modificación introducida por la Ley 11.410 en 1928-reguló la profilaxis de la lepra en Argentina hasta 1983 32, ya había previsto esa situación, prescribiendo un tratamiento diferencial del leproso según fuese pobre o rico. Se propendía a que los enfermos con recursos suficientes que decidieran instalarse en las ---- colonias -el pobre no tenía esa opción-33, pudieran construir sus propias viviendas «en parajes inmediatos al núcleo principal de la población sanitaria», para habitarlas «solos o en pequeños grupos familiares». Ellos podían dedicarse a los mismos trabajos que los demás enfermos de la colonia, conjunta o separadamente, y gozaban de una «vida libre» dentro de las restricciones de orden general. Sin embargo, en la puesta en marcha de la Colonia era manifiesta la homogeneidad de origen de los asilados, leprosos pobres, aunque efectivamente la vida en el establecimiento generaba luego las diferencias que se afirmaban con la posibilidad de que cada uno levantara su propia vivienda, que no sería un chalet sino un rancho. Como el Estado contrataba para tareas administrativas a los propios enfermos -retomando con ello una vieja idea de Pont y Sommer-, enviaba fondos que, por insuficientes, sólo permitían el desempeño de una parte de la población, la más capacitada para las tareas, y la que sufría menores efectos de la enfermedad. El resto quedaba desempleado, agregando un estigma más al drama con el que habían llegado. Veinticinco años después de la inauguración de la Colonia del Cerrito existían cuarenta grandes edificios, noventa y cinco empleados y el total de enfermos ascendía a doscientos cuarenta y uno. Los pabellones inicialmente edificados quedaban dentro de una zona de reclusión de diez hectáreas, más allá de la cual se distribuían los edificios de la administración y vivienda del personal sano. Todo allí estaba «limpio, cuidado, paradisíacamente ordenado» 34. Durante ese lapso, y merced a reglamentos internos que fueron flexibilizando el criterio de la ley, el tratamiento había logrado mejoras sustanciales en las condiciones de los pacientes. Y cuando paralelamente, la «laborterapia» iba exhibiendo notables resultados se produjo el cierre: aquella atemorizadora isla pantanosa que integraba un Territorio Nacional bajo jurisdicción del área de salud, al transformarse en un extendido parque natural por obra de los hansenianos, fue objeto de gestiones de la provincia de Chaco para incorporarla a su jurisdicción y, una vez concretado esto, convertirla en un centro turístico. LEPRA Y EUGENESIA: PROTEGER LA RAZA El aislamiento físico de los leprosos fue entendido como una solución sólo parcial dentro de la estrategia de «defensa social» en la que el tratamiento ----33 En efecto, existía la presunción de la ineficacia del aislamiento domiciliario del pobre. En El violento oficio de escribir. La restricción de derechos complementó los alcances y puso particularmente de manifiesto cómo el problema era abordado desde la eugenesia. La eugenesia, como disciplina con vocación de organizar poblaciones a partir del imperativo de controlar su reproducción -física, pero también ideológica-, focalizó particularmente su atención en la transmisión hereditaria de una u otra característica física o mental concebida como no valiosa y, en consecuencia, tipificada patológica. En esta sintonía, y dada la significativa recepción del paradigma eugénico en Argentina -ya sea asociado al determinismo genético o al ambiental-35, las indagaciones sobre la herencia normal y la herencia mórbida constituyeron, durante las primeras décadas del siglo XX, una preocupación constante de las élites intelectuales y políticas. Ahora bien, con respecto a la lepra queda expuesta en este período una clara tensión entre el conocimiento médico de que se disponía sobre esa enfermedad y las previsiones eugenésicas que también formaban parte del capital científico de las mismas elites. Dicha tensión se resolvió en el plano político a través de la instrumentación de diversos dispositivos de aislamiento de los leprosos, más asociados a estrategias de segregación social -cuya búsqueda de legitimación científica las conducía al paradigma eugenésico-, que a indicaciones terapéuticas. En efecto, ya en la Conferencia sobre la Lepra de 1906, quedaron planteadas sobre este tema dos premisas directrices: por una parte, que la lepra era contagiosa, y, por otra, que la lepra dudosamente era transmisible por herencia. Transmisión por contagio y herencia constituían, pues, los dos platillos de una balanza cuya inclinación hacia el primero requería evaluar cuidadosamente ----35 Una serie de trabajos recientes iluminan el impacto de la tesis de Galton en Argentina. potenciales desviaciones a una estrategia biopolítica mayoritariamente aceptada. En este sentido, cabe destacar que por entonces tenía fuerte consenso la tesis de que la lepra familiar no era fruto de la herencia, sino del contagio 36, y no alcanzaba, por ende, a «los hermanos que se aíslan a tiempo» 37, ni a los hijos de leprosos separados de los padres al nacer, puesto que, «huérfanos hijos de padres sanos, criados por leprosos, adquieren lepra» 38; de donde se afirmaba enfáticamente que «muchos de los casos aparentemente hereditarios por tener padres leprosos, no son más que casos de contagio» 39. Adquiriendo sustento la hipótesis del contagio, cobraba sentido el aislamiento físico del enfermo, no como medida terapéutica para sí mismo sino como estrategia profiláctica para el resto de la sociedad. De ahí que parecía «mucho más humano proteger a los hombres contra la lepra, que proporcionar al leproso el derecho y la ocasión de hacer otros leprosos» 40. Pero la propuesta de aislamiento del leproso, seguramente influida en estos congresistas por «la repugnancia y el asco que inspira» 41, resultaba una ardua tarea, ya que, se aseguraba, «el egoísmo prima en el leproso, y la familia no cree en el contagio» 42. Ante esta reticente actitud del enfermo era menester rescatar aquella vieja tesis de Benjamín Solari sobre la «perversión moral del leproso» 43, y el Estado, como gestor de una pretensa «defensa social», debía aislar compulsivamente al enfermo, separándolo de sus bienes y afectos 44. ---- 43 Según esta tesis, los enfermos de lepra presentan aberraciones e instintos morbosos a propagar el contagio a sus semejantes, razón por la cual resultaba imperioso internarlo y aislarlo. Véase SOLARI, B. (1898), Perversiones morales en los leprosos, La Semana Médica, (5), p. 44 «He presenciado escenas angustiosas entre madres e hijos enfermos, que por persuasión nunca se separarán, prefiriendo el sacrificio a la separación, y tengo la convicción íntima de que por persuasión, tratando de demostrar y convencer a enfermos y parientes, de la conveniencia del aislamiento, nunca -a no cambiar grandemente la cultura general del puebloconseguiremos la reclusión voluntaria (...)». Sugería «apelar a los medios coercitivos y sancionar una ley de aislamiento obligatorio». No obstante, esta condena al ostracismo admitía excepciones ajenas a la transmisión del mal, como lo ponía de manifiesto el representante de Corrientes con la mencionada propuesta de tratamiento desigual de leprosos, según fuesen ricos o pobres. Paralelamente, el delegado del gobierno de Entre Ríos propuso el aislamiento facultativo, ya que no creía muy natural poder «impunemente coartar las libertades personales» 45; mientras que el delegado de Córdoba intentó imponer el aislamiento absoluto de los leprosos en sus domicilios o en leproserías especiales, a elección del paciente 46. Sommer, delegado de la Capital Federal, auguraba la imposibilidad de lograr el aislamiento obligatorio de todos los enfermos, y creía más eficaz el facultativo, a la vez que recomendaba «incitar a los dueños de fábricas o talleres a que no den trabajo a los leprosos»; recayendo otro tipo de obligaciones sobre los enfermos que no se aislaran 47. La idea de aislamiento del enfermo como defensa social y no como medida terapéutica, fue nuevamente reiterada en el Proyecto de Ley elaborado por Tomás de Veyga en 1914 a instancias de Solari. En los fundamentos de este proyecto se insistía en la particular «premeditación» y «astucia» con que los leprosos pretenderían contagiar su mal, hechos ante los cuales no se debía permanecer impasible: «la uniformidad de la alteración moral en los diversos actos cometidos con perfecta conformidad e integridad intelectual, convence de que esos sujetos son peligrosos, sumamente peligrosos, y que sus atentados contra el orden social deben ser definidos como delitos, con toda claridad y rigor, para salvar a los más de estos ataques de los menos» 48. Por su parte, además de preverse por la Ley 11.359 el aislamiento obligatorio a domicilio, bajo vigilancia directa del Estado y el aislamiento en establecimientos oficiales cuando los pacientes no tuviesen recursos suficientes, existía, a su vez, un tratamiento preferencial a los enfermos según tuviesen o no posibilidades de «restitución integral a la vida común». Los cónyuges le----- prosos y sus hijos leprosos eran alojados en forma que pudieran continuar en los sanatorios o colonias su vida familiar. Pero esa continuidad se veía trastocada si existía un hijo «no leproso», puesto que para la Ley éste debía «ser aislado de sus padres leprosos cuando la enfermedad de éstos comporta amenaza de contagio», aislamiento que se cumplía «con la separación de la madre leprosa o del padre leproso o de ambos». Si esos hijos eran recién nacidos, se los destinaba a «cunas o asilos comunes, bajo observación insistente y prolongada», siempre y cuando el examen médico minucioso comprobara que estaban absolutamente libres de toda manifestación de enfermedad y no eran portadores de bacilos leprosos». Del mismo modo, se autorizaba a concurrir a «escuelas o talleres comunes» a «los niños hijos de leprosos que no tuvieran síntomas de enfermedad y que no fueran portadores de gérmenes leprosos» estaban obligados, empero, a someterse a frecuentes inspecciones médicas. Este aspecto de la Ley fue el que se aplicó más estrictamente, aun cuando se tuviera la certeza de que la lepra no era hereditaria, y el director de la Colonia del Cerrito en los años sesenta, el Dr. Iglesia, insistiera en señalar que era «la enfermedad menos contagiosa de todas las infectocontagiosas» 49. Para las separaciones forzosas de los bebés nacidos ilegalmente -esto es fuera del matrimonioen colonias como la del Cerrito, estaba previsto un destino: el establecimiento «Mi Esperanza» en La Matanza, Provincia de Buenos Aires, creado especialmente y en estricto cumplimiento de la Ley, para recibir los hijos de leprosos50. Cabe preguntarse entonces ¿en qué lógica científica se sustentó la prohibición del matrimonio «entre leprosos» o entre «una persona sana con una leprosa» establecida también por la Ley 11.359, que no impedía, empero, la convivencia -y consiguiente cohabitación-de un matrimonio en el cual uno o ambos cónyuges hubiesen contraído la enfermedad luego de una unión legalmente válida?51. ----El temor al contagio seguía siendo clave en esto. Por eso el Patronato de Leprosos se puso al frente de una Colonia para niños sanos, sa»-55, requería como condición indispensable la demostración de la presencia del bacilo en la lesión56. Pero claro está, el llamado de atención que se hace respecto al cuidado que requiere legislar con un «criterio científico aparente», comprometiendo, por ello, libertades fundamentales, fue contestado por el senador Gallo, para quien sólo era digno de la libertad individual el que era capaz de ganársela diariamente por sí mismo 57. Más allá de estos puntos de tensión, la Ley tuvo una larga vigencia, y las discusiones posteriores se centraron no en el aislamiento en sí, ya fuera físico (en leproserías, asilos, colonias o en pabellones anexos a hospitales públicos) o simbólico (interdictando al enfermo), sino en la forma de hacer efectivo dicho aislamiento físico, y su lugar concreto de instalación. Aun así, poco antes de la conflictiva inauguración de la Colonia en la Isla del Cerrito, Nicolás Greco reflexionaba sobre la separación forzosa de los hijos sanos de sus padres leprosos y la exclusión de los leprosos de las profesiones en las que podían transmitir su enfermedad 58, retomando las conclusiones de la Tercera Conferencia Internacional de la Lepra, reunida en Estrasburgo en 1923, donde se recomendaba que el aislamiento fuera humanitario y dejara al leproso en las proximidades de su familia. Recuperando el debate sobre la herencia, afirmaba que la «lepra hereditaria» era una «forma de transmisión poco frecuente y lo comprobarían los recién nacidos que separados de la madre enferma, es raro que tengan lepra más tarde» 59. No obstante, seguía sin plantearse una eventual revisión de la prohibición matrimonial. Entonces, si ya hacia la década de 1930 estaba consolidada la tesis de la no heredabilidad de la lepra y, el aislamiento de los hijos sanos de padres enfermos se fundaba en la posibilidad de contagio, ¿por qué se mantuvo incuestionable la prohibición de contraer matrimonio? 60. Y aquí cobra sentido la vertiente eugénica-ambiental que primó en Argentina fundamentalmente desde el período de entreguerras. En efecto, para sus impulsores, el medio, infectado, poluto, corrupto, inmoral, era el princi-----pal factor disgénico y, para controlarlo, no sólo era menester ampliar el listado de impedimentos matrimoniales vinculados a las enfermedades hereditarias, sino además, incluir las contagiosas 61, sin detenerse demasiado en su eventual transmisión a la descendencia 62. Así, desde esa corriente «ambientalista» -también llamada «eugenesia integral positiva» por el abogado Carlos Bernaldo de Quirós-se consideró que la Ley de Profilaxis de la Lepra formaba parte del plexo normativo eugenésico dictado en el país 63; mientras que se sostuvo que la herencia no debía ser mirada «sólo con vistas al régimen sucesorio, a la transmisión gratuita de bienes civiles y a la familia, sino como factor etiológico de ciertas anomalías fisiológicas funcionales y de incapacidades biojurídicas, que son su lógico desencadenamiento patológico» 64. De este enfoque se derivó, por una parte, la obligación de fichar «la vida y la salud de los habitantes, tal cual hoy se registra la vida y haciendas del pueblo», propiciado por otro eugenista, Germinal Rodríguez, quien ya en 1927 propuso crear un Registro de Sanidad homologable al Registro de la Propiedad 65. Y, por otra, la constatación estatal de la «aptitud nupcial mediata» antes de autorizar la celebración de un matrimonio, sostenida por Díaz de Guijarro. Desde esta perspectiva, a diferencia de la exigibilidad de la aptitud nupcial inmediata -concentrada en circunstancias coyunturales-se debía, además, requerir la capacidad de engendrar y la posibilidad de lograr una descendencia sana. Díaz de Guijarro planteó esto en la Primera Jornada Peruana de Eugenesia (Lima, 1939) junto a la conveniencia de instaurar la obligatoriedad del certificado médico prenupcial como diligencia previa al matrimonio, exigible a ambos contrayentes; y la viabilidad del divorcio cuando se revelara o se adquiriera una enfermedad crónica, contagiosa y/o hereditaria, principios éstos que fueron reiterados en la Segunda Jornada Peruana de ----61 Esta postura fue insistentemente sostenida desde la Sociedad Argentina de Eugenesia, institución altamente representativa del eugenismo argentino de la segunda posguerra y de la cual Díaz de Guijarro era su vicepresidente. 62 Cabe destacar, empero, la mesura con la que Frías se manifestó en el Segundo Congreso de Derecho Civil respecto de la incorporación en el Código de los impedimentos eugénicos de lepra y venéreas, en virtud de sus dudas sobre las conclusiones de la eugénica, que «están sujetas a revisión». Así, la prohibición para contraer nupcias que recaía sobre enfermos venéreos, leprosos, tuberculosos, epilépticos, alienados, oligofrénicos y sordomudos era un obstáculo que desaparecería al haber pasado el período de contagio, pero, eso sí, siempre y cuando no hubiera riesgo para la descendencia 67. A su vez, las preocupaciones vinculadas a la lepra y sus potencialidades de actuar como factor disgénico, no quedaban reservadas al ámbito jurídico y de los impedimentos matrimoniales. La principal institución orientada a difundir en el campo intelectual los contenidos de la ciencia de Galton, la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, invitó en 1943 al Dr. Aller Atucha para que comentara los nuevos aportes al tratamiento de la lepra. 68 Unos años antes, el Patronato de Leprosos también había tenido activa participación en las Jornadas sobre «La Asistencia Social» organizadas por la Asociación de Biotipología, publicitando la labor de incentivo que realizaba, premiando a los pacientes que se atendían en el Hospital Muñiz: «Este sistema, de gran resultado práctico y estadístico, consiste en entregar al enfermo, cada vez que concurre al Dispensario de acuerdo con la indicación médica, un bono canjeable por dinero en efectivo» 69. La herencia, aquí tampoco, surgía como problema. El contagio, sí, pero los intercambios entre la más representativa institución eugénica argentina de la década de 1930-1940 y las organizaciones vinculadas a la asistencia y protección del leproso formaban parte de un continuum que incluía a Eduardo Bunge y su participación como representante del Patronato de Leprosos en el Primer Congreso Argentino de Sociología y Medicina del Trabajo, organizado por la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social; así como la intervención del director de ésta última entidad, Arturo Rossi, en la Primera Conferencia de Asistencia Social de la Lepra celebrada en Buenos Aires en 1939. En aquella oportunidad, Bunge destacó el «profundo sentimiento de justicia» de monseñor de Andrea, demostrado en la afirmación: «un derecho puede renunciarse, pero el deber no se puede renunciar», para trasladar este concepto del individuo a la colectividad humana, que re----- cluye al enfermo de lepra, privándolo de su libertad más en beneficio de ella que del enfermo mismo» 70. Por entonces, el aislamiento del leproso previsto en la Ley Aberastury parecía haber dado los resultados esperados: «al ser recluidos o aislados debidamente los enfermos de lepra, las posibilidades de contagio quedan reducidas en forma tal que casi podrían considerarse nulas» 71. No obstante, fue en la referida Primera Conferencia de Asistencia Social de la Lepra donde quedó bien expuesta la imbricada relación entre el abordaje biopolítico otorgado en Argentina a una enfermedad eminentemente contagiosa, cuya transmisión a la descendencia ya estaba por entonces descartada: la lepra; y una disciplina dedicada al control de la herencia: la eugenesia. En ese ámbito, el médico eugenista Arturo Rossi, aunque aceptaba la contagiosidad de la lepra, rescató la importancia del factor hereditario y constitucional en la adquisición de esa enfermedad, puesto que no se enfermaban «médicos, practicantes, hermanas de caridad ni enfermeras» que asistían a los hansenianos. Así, retomó el anacrónico concepto de «lepra familiar», afirmando que existían «verdaderas familias de leprosos», y que al separar a un hijo recién nacido de madre leprosa, aquél desarrollaría su lepra más tarde, en lugar alejado de sus familiares enfermos. Acude entonces Rossi a los «cultores de la patología constitucional» 72 para sostener su tesis de la «posible existencia de un terreno constitucional en la lepra», en forma muy semejante a como se evaluaba, por entonces, el terreno constitucional en la tuberculosis: es decir, «la existencia de un estado de labilidad de aquellos biotipos humanos, en los cuales se desarrolla la enfermedad originada por el bacilo de Hansen» 73. De ahí que este eugenista sugiriera enfocar el problema de la profilaxis antileprosa dentro de los cánones de la medicina preventiva, para «dilucidar en los familiares o personas que convivan con los leprosos la existencia de predisposiciones automorbosas y paramorbosas» 74. Pero según el director de la Asociación Argentina de Biotipología, Eugenesia y Medicina Social, el tema central convocante en esa Conferencia era ----«la protección al hijo sano, del enfermo de lepra», y concluía: «la prevención médica y social de la lepra debe también ser contemplada estudiando las características físicas y psíquicas del hijo sano de padres leprosos, para dilucidar de tal suerte si es que existen en realidad taras hereditarias que puedan ser modificables con un tratamiento adecuado o aquellas otras ectopias morfológicas dinámico-humorales o neuroendocrinas, que puedan favorecer a título de constitución más apta el desarrollo del mal». En definitiva, destacaba la necesidad de «practicar una higiene mental en estos niños sanos de padres leprosos; que han tenido la desgracia de llegar al mundo más que con una tara orgánica, con una terrible tara social». Para Rossi, esos hijos albergaban «un estado de equilibrio inestable de su propia personalidad psicológica; su complejo de inferioridad ha[bía] abierto una profunda herida en el fondo de su alma» y esa herida obraba en desmedro de su «propio sentimiento de comunidad», todo lo cual se veía favorecido por el estigma ancestral que llevaban y que había generado en ellos un estado de neurosis latente por desequilibrio de la esfera subconsciente. De ahí se imponía «a la par que el conocimiento y por ende el tratamiento adecuado de las taras hereditarias, el tratamiento de los desequilibrios morfológicos y glandulares y el tratamiento psíquico de ese otro no menos grave desequilibrio del espíritu; todo lo cual sintetizamos bajo el rubro de medicina preventiva aplicada a la profilaxis antileprosa» 75. Así, la articulación entre eugenesia y profilaxis de la lepra quedaba planteada mediante la prevención -y nueva estigmatización-de los descendientes sanos de leprosos, a través de la higiene mental y la psicoterapia. AISLAMIENTO Y CONTROL SOCIAL El discurso médico y el legal, a menudo ensamblados en Argentina por la influyente presencia de la eugenesia, llegaron a concebir la exclusión de agentes nocivos al sistema de derecho como mecanismo de defensa de la raza. Enfermedades, rasgos fenotípicos, ideas políticas o credos religiosos, formaron parte de un universo de la «otredad» del que debía quedar protegida la ciudadanía «normal». La lepra fue, dentro de ese contexto, un motivo explícito de invocación para legitimar formas de aislamiento físico y simbólico que, ----si bien operaban sobre un universo reducido -el de los leprosos-, también tenían una función ejemplarizadora sobre la sociedad «normal», señalándole los «desvíos» de los que debía protegerse. La lepra se constituyó así en un estigma cuyas tradicionales connotaciones reaparecían dentro de la eugenesia latina -como también afloraban en este constructo ideológico respuestas tradicionales fundadas en el trasfondo «ambiental» del hipocratismo y la teoría humoral- 76. El tratamiento biopolítico que preponderantemente recibió la lepra, ilumina el problema mayor del ejercicio de un amplio control social sobre la población desde el particular protagonismo asumido por la eugenesia y reflejado en el abordaje de las enfermedades «peligrosas». Desde ese protagonismo, se prolongaron los rasgos de una higiene defensiva preocupada por la normalización de la sociedad, que protegiera a los sanos y a la vez pusiera a prueba que ellos efectivamente lo eran. En ese contexto los rasgos inclusivos de esta estrategia pudieron fluir en prácticas que evidenciaron avances terapéuticos, pero sólo como parte de políticas esencialmente excluyentes. Así la defensa social -expresada con crudeza en la instrumentación tanto del aislamiento físico como del simbólico-asociada a medidas preventivas sobre la descendencia y a la escasa preocupación por la profilaxis del enfermo en sí, nos remiten a aquella «contagiofobia» descripta por Barrán y entendida como una forma de miedo burgués a los otros en ropaje de pobres, «pues en ellos residía tanto la enfermedad como la posibilidad de la violencia social» 77.,
Sr. Desembargador Presidente do Estado»13. Cerca de 25% dos internos era «casado» e 5% «viúvo».
Transformaciones de los discursos acerca de la infancia en la historia de la educación argentina entre 1880-1955, Buenos Aires, Minõ y Dávila.
durante el periodo posrevolucionario la terapéutica del trabajo se impuso frente a otros tratamientos como forma de prevenir y corregir lo que se consideraba una enfermedad social: la delincuencia infantil. Mientras miles de niños ocuparon los campos de cultivo de las escuelas granjas y las decenas de talleres de las correccionales y escuelas industriales. La mano de obra de los niños de los sectores populares fue utilizada en establecimientos de «protección» a la infancia como retribución a lo que recibían en estos lugares. Bajo la lógica del trabajo como regenerador de un cuerpo y una mente enferma, se pretendió convertir a los niños infractores en los futuros trabajadores y de esa forma incorporarlos al proyecto económico del Estado mexicano. Las acciones tomadas en México en torno al fenómeno de la delincuencia infantil urbana al concluir la Revolución Mexicana (1910-1920) conllevaron a la persecución de amplios contingentes de niños de los sectores populares para los cuales se crearon instituciones de corrección y terapéuticas regeneradoras. En el Tribunal para Menores Infractores creado en 1926 en la Ciudad de México confluyeron miradas médicas, psiquiátricas, pedagógicas, económicas y jurídicas para resolver lo que se consideraba una enfermedad física y moral: la delincuencia infantil. Si bien hubo varias terapéuticas para prevenir y corregir este creciente problema urbano que consistieron en la educación, la gimnasia, los programas de higiene y salubridad, el trabajo se configuró como el eje central para la regeneración de los niños y adolescentes de los sectores populares que caían en poder de la justicia. Es por ello que en este artículo nos concentraremos en analizar la terapéutica del trabajo como correctiva de la delincuencia infantil y mostrar cómo esta terapéutica obedeció a la creación del nuevo tipo de ciudadano que requería el país: productivo, industrializado, trabajador y disciplinado. No fue fortuito que la búsqueda de ese ciudadano se diera en un contexto de reconstrucción nacional. Aunque entre el viejo y el nuevo régimen hubo continuidades, la posrevolución mexicana se caracterizó por la creación de instituciones, la modernización política, la creciente urbanización y el desarrollo de las fuerzas productivas. Si los sectores populares se habían desbordado y escapado de las manos del gobierno porfirista (1876-1910) provocando una de las revoluciones sociales más importantes del siglo XX; el nuevo régimen -que en parte surgía gracias a ella-, requería establecer un control más eficaz sobre las familias populares y sus hijos. El proyecto de inculcar a los niños de los sectores populares el amor hacia el trabajo para hacer de ellos sujetos productivos continuaría hasta la llegada de Lázaro Cárdenas a la presidencia en 1934. Sin embargo a esta terapéutica cardenista se le agregaría el desarrollo de una conciencia de clase y de organización corporativista. La primera mitad del decenio de 1920 estuvo marcada por insistentes propuestas para separar a los niños de los adultos en las cárceles y juzgados y constituir cortes juveniles para la infancia delincuente que retomaran el mo-delo del primer Tribunal para Menores fundado en Chicago en 18992. La creación del Tribunal para Menores en el Distrito Federal en 1926 respondió a un movimiento que se extendió por gran parte del mundo occidental para proteger y controlar a la infancia delincuente o en riesgo de llegar a serlo 3. Aunque el Tribunal de Menores estaba separado del campo penitenciario, sus instituciones de corrección y de encierro asumieron el modelo penal general 4. El Tribunal de Menores partió de la necesidad de saber, de producir diagnósticos y de establecer etiologías. La naciente justicia para menores llamó a escena a las jóvenes protagonistas del cuidado del niño: la pediatría, la psicología infantil y la asistencia social. Los ayudantes de trabajos sociales y delegados de investigación procedían a levantar el estudio social de los menores infractores en el que se describían las causas determinantes de su ingreso, su biografía y se comenzaba un acercamiento concéntrico al medio familiar, luego al extrafamiliar, reforzado con el testimonio de los acompañantes, familiares o encargados del menor, para concluir finalmente en un diagnóstico a partir del cual se determinaba el riesgo de perversión y grado de culpabilidad del menor. Este estudio proporcionaba, «la materia prima» y la receptividad de la familia a una intervención 5. Si se consideraba necesario, el estudio se completaba con la reconstrucción de una historia clínica; un cuerpo de médicos y psiquiatras estudiaban el estado actual de salud o de enfermedad del niño, su herencia patológica y discutían su tratamiento 6. Finalmente se aplicaban exámenes de conocimientos al niño para identificar en qué grado escolar debía ser ubicado y para analizar si tenía retraso escolar, lo cual en la mayoría de los casos se confirmaba. En los informes médicos, psicológicos y pedagógicos abundaban los antecedentes heredo-alcóholicos, heredo-sifilíticos, heredo-tuberculosos o «neuropsicopatías» de los niños infractores, así como enfermedades y padecimientos físicos 7. La herencia era «la raíz de todos los males» y una causa potencial ----de la delincuencia infantil. Para el decenio de los años treinta se distinguían dos tipos de factores hereditarios: los que podían y los que no podían superarse. Los primeros eran los factores morales, si un hijo de delincuentes era encauzado hacia el camino de la honradez tenía posibilidades de superar su herencia moral. Sin embargo, la herencia física, enfermedades como la sífilis o vicios como el alcoholismo y la drogadicción, eran determinantes para que el niño se convirtiera en un delincuente en el presente o en el futuro. José Ángel Ceniceros y Luis Garrido, prestigiosos profesores y juristas encargados de redactar el Código Penal de 1931, enfatizaron el papel de la herencia biológica en el futuro de los niños y señalaron que el origen de las alteraciones de un menor delincuente se encontraba desde el momento de la concepción e incluso antes 8. Salvador Lima, profesor jalisciense, combatiente de la revolución y juez fundador del Tribunal de Menores difundía por radio que «la pereza, el vagabundaje y el desprecio al trabajo» tenían por causa «una tara congénita» 9. El Tribunal de menores, continuaba Lima, «ha estudiado la psicología del niño delincuente y ha llegado a concluir que las turbulencias, los casos de pereza, la apatía y un sinnúmero de defectos, tienen su origen principalmente en las aptitudes transmitidas por herencia» 10. Sin embargo, el peso del determinismo hereditario comienza a cuestionarse; para el propio Lima, las tendencias hereditarias se podían corregir, debilitar o aniquilar. En su tesis de licenciatura el abogado Francisco Argüelles consideraba que la herencia predisponía al crimen pero ya no la veía como un hecho fatal 11. Las miradas especializadas sobre la infancia descubrieron en los niños, muy especialmente entre los de los sectores populares, diversos padecimientos, enfermedades, anormalidades, deficiencias en su desarrollo mental, retraso escolar y tendencia a cometer actos delincuenciales. La delincuencia infantil se vinculó estrechamente con la enfermedad. Manuel Velásquez, director y encargado de un grupo escolar en la Casa de Orientación para Varones, sostuvo en 1932 que al anormal debía considerársele como «un delincuente en germen» 12. ---- Los psicólogos del Tribunal habían encontrado que sólo el 17 por ciento de los niños infractores eran «normales», el porcentaje restante presentaba diversos grados de deficiencia mental. Se calculaba que en promedio los niños aprehendidos tenían un retardo mental de seis años13. Quizá nunca como en estos años la cantidad de niños anormales superó, en los discursos oficales, a los considerados normales. Como señala la antropóloga Elena Azaola, «había, entonces, la presunción de que detrás de la más ínfima violación reglamentaria podía hallarse un sujeto que, por ser 'anormal','patológico' en múltiples aspectos, había cometido aquella infracción»14. La anormalidad era una herramienta conceptual amplísima en la que se incluían incapacidades físicas, mentales, lingüísticas u orales; abarcaba la destreza motriz y entraban en esta estigmatización los niños sordos, mudos, ciegos, hipertiroideos, glotones, homosexuales, mancos o tuertos. Las audiencias en el Tribunal de Menores no eran públicas; sólo podían concurrir las personas citadas, familiares, vecinos o patrones 15. Como se consideraba que el Tribunal era una institución educativa y no punitiva los niños no contaban con defensores de oficio. En tanto se insistía en el espíritu paternal del Tribunal 16, se esperaba que los niños efectuaran su propia defensa 17, ----(Ilustración 1) aunque sus testimonios, la mayoría de las veces sólo terminaban constatando su culpabilidad ya que si el acusado negaba su delito se consideraba que era a causa de su carácter simulador y su personalidad voluntariosa. Con todo, las declaraciones de los niños se utilizaban para distinguir indicios de los síntomas, y para establecer diagnósticos y posibles tratamientos. Quienes dictaban no la sentencia ni la pena sino la «forma de corrección» eran tres jueces: un juez médico, un juez maestro y un juez abogado, de los cuales uno debía ser obligatoriamente mujer. (Ilustración 2) Al no fijarse una sentencia sino «medidas preventivas o educadoras» 18, tampoco se establecía el número de años que los niños permanecerían en el encierro lo cual daba ---- como resultado detenciones indeterminadas. Como en el caso español «en la lógica correccional y positivista desaparecía el tratamiento con una duración determinada previamente, porque igual que el médico no sabe lo que tardará en curarse un enfermo, tampoco podía saber el juez el tiempo que duraría la terapia normalizadora» 19. La condena era condicionada a la conducta que mostrara el menor, «el criterio para considerar a un joven curado respondía a cómo se adaptaba a las normas de la correccional» 20. y «su acción futura de ciudadano útil» 21. La mayor parte de los menores eran liberados y enviados a su hogar (Tabla I). Un segundo grupo debía ser sustraído del ambiente de «contagio» en el que vivía, para lo que se internaba a los niños en instituciones de corrección: casas de orientación, escuelas de la beneficencia, escuelas granjas, hospicios, casas del niño o escuelas industriales. En menor grado los niños eran enviados a las escuelas primarias o destinados a servir en casas particulares. Si la delincuencia infantil era vista como una enfermedad y más tarde hasta como una epidemia, resulta lógico que el pensamiento unánime de los protectores de la infancia fuera el de «prevenir antes que curar.» Esta idea no era privativa de la institución correccional; la política preventiva posrevolucionaria distinguió a los individuos a partir no sólo de sus actos delictivos sino de sus «predisposiciones», creando «sospechosos» y criminalizando a los sectores populares 22. Sin embargo, la prevención de la delincuencia infantil, si bien se apoyaba en las políticas de escolarización obligatoria y en algunos casos en ----la colocación de los niños como aprendices en talleres artesanales o como domésticos en las casas particulares se quedaba generalmente como discurso o se intentaba aplicar a los niños que por algún motivo ya habían delinquido. La prevención de la delincuencia infantil provocó la estigmatización de los niños de los sectores populares. Antes de comprobar si efectivamente estos menores habían quebrantado una regla o disposición, ya eran etiquetados con «tendencias» al robo, a la criminalidad, al vicio, a la vagancia, a la homosexualidad o al alcoholismo. Todo niño o adolescente que llegaba al Tribunal era desde el principio un sospechoso, un delincuente en potencia. Con esta idea de la prevención y del «predelincuente» el Tribunal justificaba su intervención, sin importar que «no hubiera un delito, lo habría tarde o temprano» 23. Durante la posrevolución se ejecutó la lógica del trabajo como una terapéutica contra las enfermedades mentales 24 y contra lo que se consideraba una suerte de «enfermedades sociales» infantiles: la delincuencia, la vagancia y la mendicidad. El niño delincuente era un enfermo moral y mental al que había que formar y sanar, para lo cual se requerían diversos tratamientos, profilácticos, psiquiátricos, higiénicos, gimnásticos y laborales. En el discurso oficial las actividades laborales infantiles dentro de las instituciones correccionales posibilitaban que los menores obtuvieran recursos pecuniarios con la venta de sus productos, desarrollaran aptitudes técnicas, adquirieran los valores intrínsecos al trabajo: disciplina, puntualidad, productividad y, «el amor por el trabajo material que tanto dignifica al hombre» 25. El trabajo como tratamiento dentro de los sistemas disciplinarios fue un fenómeno que apareció en el siglo XIX en varios países. En las sociedades del Antiguo Régimen no se hablaba de terapéuticas o tratamientos para curar la delincuencia sino de castigos, mazmorras y torturas para sancionarla. El siglo XIX trajo consigo la idea de que la regeneración y la rehabilitación del delincuente se darían a través del trabajo. Si bien durante el Antiguo Régimen hubo una condena religiosa y moral a la ociosidad, el siglo XIX valoró como ----23 AZAOLA (1990), pp. 62 y 63. nunca el trabajo, consecuencia en parte de la «tentativa de generalización de la moral burguesa mediante el desarrollo del hábito del ahorro y de la adquisición» 26. Jacques Donzelot encuentra que a comienzos del siglo XIX el internamiento de los delincuentes presentaba una estructura específica: «el espacio cerrado; una forma privilegiada de tratamiento: el trabajo; una misma función esencial: la moralización» 27. El trabajo corporal fortificaba y vigorizaba el cuerpo y el espíritu, permitía alcanzar una vida modesta, austera y ordenada 28. Durante el siglo XIX los presos eran considerados enfermos de alma y de cuerpo, criaturas inferiores, defectos en la escala de evolución humana; por ello debían ser tratados a través del trabajo, «mediante él se les mostraría que el cuerpo y el alma enfermos podían ser sometidos al proceso de regeneración, condición ineludible para reincorporarse a la sociedad» 29. El trabajo en las cárceles se concibió como una forma de regeneración pero también como una ayuda para financiar a las instituciones con los productos que se manufacturaban dentro de ellas. No existen estudios que nos permitan conocer la utilización del trabajo como terapéutica para la delincuencia infantil durante el porfiriato pero sabemos que en ocasiones se aplicó como castigo a los menores infractores: en la Escuela Correccional para Mujeres ubicada en el pueblo de Coyoacán se mantenía a las menores en la reclusión «mediante una severa disciplina carcelaria, considerando el trabajo como una parte del castigo y no como una terapéutica del espíritu ni como una capacitación para la vida» 30. Si durante el siglo XIX todavía se encontraban instituciones de encierro donde el trabajo se utilizaba como castigo, en las primeras décadas del siglo XX se insistió en que el trabajo debía emplearse como una forma de regenerar a los delincuentes. Numerosos artículos para regir el trabajo en las instituciones penitenciarias y correccionales se promulgaron en leyes, reglamentos y códigos. El artículo 18 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos de 1917, emanada del proceso revolucionario, señaló que los Gobiernos de la Federación y de los Estados debían organizar el sistema penal ----sobre la base del trabajo como medio de regeneración. El Reglamento para la calificación de los Infractores Menores de Edad en el Distrito Federal de 1926 indicó que una de las funciones de la Casa de Observación (lugar donde permanecían los niños mientras eran estudiados), era «crear hábitos de orden, de trabajo, de veracidad, de servicio, de estudio, de aseo» (Art. El Código Penal de 1929 señaló que la reclusión en un establecimiento de educación correccional se haría «efectiva en una escuela destinada exclusivamente para la corrección de delincuentes menores de dieciséis años, con aislamiento nocturno y aprendizaje industrial o agrícola durante el día, con fines de educación física, intelectual, moral y estética» (Art. El Código de Procedimientos Penales para el Distrito y Territorios Federales de 1931 prescribió que durante el tiempo de su reclusión, los menores estarían obligados a trabajar de acuerdo con sus facultades (Art. 33 En conclusión, durante la posrevolución el trabajo fue obligatorio en las prisiones e instituciones correccionales porque era la «base de la regeneración de los reclusos». Es interesante observar esta insistencia en el uso del término «regeneración» ya que revela el aparato conceptual proveniente de la biología y la medicina que se colaba en el tratamiento de los menores infractores. La regeneración de los menores, al igual que la del cuerpo o la de las plantas, significaba renovación, crecimiento de nuevos tejidos, órganos y valores que reemplazarían aquellos perdidos o dañados por heridas, por la degeneración moral o física. El andamiaje legislativo dejaba muy claro que la política estatal hacia la delincuencia infantil y adulta tendría como uno de sus ejes centrales la regeneración y la rehabilitación a través del trabajo que, junto con la educación, la gimnasia, la higiene y, en algunos casos, el tratamiento psiquiátrico 34 formarían el corpus para alejar a los pequeños delincuentes del ocio y la improductividad. A finales de los años veinte se habían hecho estudios especiales de las condiciones de los establecimientos correccionales para niños y niñas y se había formulado ----31 CENICEROS y GARRIDO (1936), p. 34 «El trabajo y la asistencia a la escuela son procedimientos aplicables a todos los delincuentes [mientras que...] el tratamiento médico, en cambio, requiere previamente el estudio y selección de los reos que necesiten de él». RODRÍGUEZ CABO, M. (1935), El tratamiento médico de los delincuentes, ponencia presentada en el CONGRESO NACIONAL PENITENCIA-RIO, Memoria del primer Congreso Nacional Penitenciario celebrado en la ciudad de México, del 24 de noviembre al 3 de diciembre de 1932, convocado por la Dirección Antialcohólica, México, Talleres Gráficos de la Nación, pp. 110-111. «un programa completo para cambiar completamente la orientación del primero de ellos, con la mira de que los corrigendos realicen las actividades que les permitan reformarse y prepararse para ganar después la vida convenientemente. En particular se ha tenido en cuenta la organización de los talleres y las relaciones estrechas que deben existir entre estos y la escuela propiamente dicha» 35. En la escuela correccional para mujeres se abrieron talleres de hilados y tejidos, pastas alimenticias, juguetes de trapo, costura, paraguas, sombrillas, bolsas de piel, guantes, mantelería, ropaje, sarapes y encurtidos. De tal forma escuelas-granjas, escuelas industriales, casas correccionales y todos aquéllos establecimientos que recibieron a menores infractores para su «readaptación» se organizaron bajo la premisa de que en su interior los niños debían no sólo aprender un oficio sino también a trabajar y a producir. Los talleres y el aprendizaje de oficios parecieron convertirse en el centro del programa de regeneración de los menores. En la Casa de Orientación para mujeres se señalaba que «del aprendizaje de un oficio útil y práctico depende que la menor, una vez puesta en libertad, posea los medios para bastarse a sí misma sin recurrir a actos ilícitos como la prostitución o el robo. El trabajo obra eficazmente en las menores delincuentes, no sólo desde el punto de vista material sino que sus repercusiones en el campo espiritual son definitivas» 36. La laborterapia, laboroterapia o terapia del trabajo fue también un recurso de las instituciones psiquiátricas decimonónicas retomado por las instituciones correccionales posrevolucionarias 37. Además de contribuir al mejoramiento de la salud moral, la laboroterapia funcionó como una terapéutica para recuperar la salud mental. Aunque a veces no quedara muy clara la forma en que operaría a nivel psíquico, los funcionarios del Tribunal recetaban la terapia laboral para todo tipo de casos. Alejandro, de ocho años, quien había herido a uno de sus hermanos y asesinando al otro con una carabina, recibió como tratamiento, para «evitarle ratos amargos» y «borrar la penosa impre----- sión que este inusitado accidente ha causado en el lugar», la internación en un establecimiento «donde aprendiera un oficio y en general se educara» 38. En este caso la terapia del trabajo parecería tener una función de distracción. El miedo de las autoridades a una adolescencia rebelde, poco ajustada a los cánones sociales y a los roles de género, veía al trabajo como una técnica para disciplinar esa rebeldía, para someter la insubordinación de los adolescentes a las normas sociales establecidas, pongo por caso el de una adolescente activa sexualmente a quien su padre acusó de estar «violada» y solicitó su ingreso al Tribunal para «su corrección». Ahí se ratificó que era una muchacha «frívola» a quien le gustaba «hacerse notar por los muchachos cuando va al comedor». En suma, requería una «oportuna intervención» que consistía en «someterla a un reglamento de trabajo regular que ocupe su mente en problemas nuevos y que formen en ella hábitos de vida activa y honrada» 39. El control de la infancia y la adolescencia fue sólo uno de los objetivos de la terapia del trabajo. Miles de menores se encontraban en instituciones de beneficencia, escuelas granjas, escuelas industriales, casas correccionales y en el propio Tribunal con lo cual representaban una erogación presupuestal significativa para el Estado. No deben exagerarse las utilidades económicas logradas por el empleo de mano de obra infantil dentro de las correccionales pero tampoco puede obviarse que estos establecimientos eran también unidades productivas que utilizaban el trabajo infantil bajo el supuesto de que los niños debían retribuir la educación, techo, comida y ropa que las instituciones les proporcionaban. En 1924 en una de las recién creadas Escuelas Granjas del Niño se hizo hincapié en que los niños desamparados podrían aprender a trabajar en labores agrícolas «para que ellos mismos se ganen su subsistencia y crezcan hombres útiles a la sociedad». Además se preveía que la institución podría sostenerse con el trabajo de sus alumnos y con el de seis niñas que serían las encargadas «de las atenciones domésticas propias a su educación para servir a sus compañeros» 40. La terapia del trabajo tuvo entonces otro propósito económico: generar ganancias para las instituciones. ----Los niños enviados desde el Tribunal a diversas instituciones trabajaban tanto que a fines de 1922 los alumnos de la Escuela Correccional para Varones produjeron dos toneladas y media de jabón mensuales suficientes «para satisfacer las necesidades de todas las dependencias de Gobierno» 41. En la Escuela Francisco I. Madero los alumnos elaboraban pan con el que se suplían las necesidades de la cárcel municipal 42. En la Escuela Correccional para Mujeres las niñas se dedicaban largas horas al cultivo del gusano de seda 43. Aunque el artículo 123 de la Constitución Política prohibía la contratación de menores de 12 años, la Beneficencia Pública sufragaba buena parte de sus gastos gracias al trabajo infantil. En la Casa del Niño, que atendía a más de mil menores entre 7 y 12 años, los alumnos debían entregar el 25% de sus ganancias a la Beneficencia «para rembolsar, en parte los gastos de sostenimiento» 44. Los niños fabricaron tanta ropa, calcetines, medias de hilo y lana, suéteres, manteles, colchas y toallas que en 132 días del año 1934 con la venta de esas manufacturas se obtuvieron 72 000 pesos. En la Escuela Industrial, cuyo objetivo era procurar en los alumnos una «educación productora», no cabía duda de que lo lograban ya que junto a algunos ex alumnos contratados como obreros, los adolescentes inscritos producían millares de juguetes y entre 10.000 y 12.000 piezas diarias de pan con el que se surtía a 7 establecimientos y a 4 comedores públicos de la beneficencia 45. En sus estudios sobre la prisión Michel Foucault señaló que el trabajo se concibió como un acompañamiento de la vida en el encierro y como un agente de la transformación penitenciaria, que tendió fundamentalmente a convertir a las prisiones en fábricas, no tanto de manufacturas sino de individuos-máquina: ----El trabajo de la prisión debe ser concebido como si fuera de por sí una maquinaria que transforma al penado violento, agitado, irreflexivo, en una pieza que desempeña su papel con una regularidad perfecta. La prisión no es un taller; es -es preciso que sea en sí misma-una máquina de la que los detenidos-obreros son a la vez los engranajes y los productos. [...] Si, a fin de cuentas, el trabajo de la prisión tiene un efecto económico, es al producir unos individuos mecanizados según las normas generales de una sociedad industrial 46. Foucault insistió que lo relevante del trabajo penal eran los efectos que ejercía sobre los individuos: «es un principio de orden y de regularidad; por las exigencias que le son propias, acarrea de manera insensible las formas de un poder riguroso; pliega los cuerpos a unos movimientos regulares, excluye la agitación y la distracción, impone una jerarquía y una vigilancia», pretende reproducir «un microcosmo de una sociedad perfecta» 47. Después, autores como Darío Melossi y Máximo Pavarini apuntaron que el trabajo penitenciario buscaba también «la creación de 'sujetos virtuales', tal como son necesarios para el mercado de libre competencia, que a la producción, económicamente ventajosa, de mercancías» 48. En el caso mexicano encontramos que el trabajo en el encierro durante la posrevolución, conllevaba una función ideológica, económica y productiva, además de la formación de ciudadanos útiles para el desarrollo del proyecto estatal modernizador. Entre 1921 y 1934 el país transitó entre una muy incipiente industrialización, la consolidación de un sistema político y de un proyecto social de corte capitalista 49. Si bien es cierto que los gobiernos posrevolucionarios mostraron su preocupación por la infancia mexicana, a la que consideraban el embrión de los futuros ciudadanos, concentraron su atención en la infancia de las clases populares ya que en ésta se veía al obrero del porvenir que habría de colaborar en la prosperidad económica de la nación. Si el ciudadano revolucionario debía ser higiénico, ahorrador, disciplinado, consumista y trabajador, el obrero debía sumar a estos valores el ser industrioso, calificado, productivo, capacitado, amante del trabajo, defensor de la organización sindical y colectiva. Y, si los adultos se formaban desde pequeños, las instituciones para la infancia debían encargarse de ---- introducir estos valores a los niños. Así el modelo educativo -en el que se retomaron los principios de la escuela de la acción y la educación para el trabajo-y el correccional se subordinaron al paradigma capitalista en el que la corrección de la delincuencia se ajustó a la política económica. El trabajo creaba «hábitos de laboriosidad y constancia», promovía la disciplina, hacía que los menores lograran identificarse con un grupo social, los acostumbraba a ciertos horarios y a ciertas rutinas. La disciplina del trabajo dentro de las instituciones correccionales se erigía como un agente transformador de las personalidades violentas, irreflexivas y voluntariosas. Frente a estos sujetos reales detenidos se construía una imagen de un sujeto-niño ideal disciplinado, obediente y productivo. En tanto el niño era una sustancia maleable se conservaba una esperanza de poder transformarlo con la terapéutica adecuada. Las correccionales del México posrevolucionario, tal como lo advirtió Foucault respecto de las instituciones penitenciarias francesas, también eran modelos sociales y de organización que pretendían transformar a los niños en sujetos disciplinados y adiestrados para el trabajo en las fábricas, objetivo necesario para cristalizar el proyecto industrializador del país. El discurso de formar individuos útiles a la economía nacional no estuvo oculto. La Escuela Centro Industrial Rafael Dondé de la Beneficencia Privada fundada en 1931 recibió a muchos chicos provenientes del Tribunal de Menores. Ahí se les proporcionaba una educación semi militarizada y se les preparaba para ser «ciudadanos útiles, disciplinados y trabajadores», con «hábitos de trabajo, limpieza, justicia, equidad y amor a la patria» 50. Los 400 alumnos aprendían diversos oficios pues una de las finalidades del establecimiento era funcionar simultáneamente «como escuela y como fábrica», por ello se debían formar «obreros técnicos aptos para luchar ventajosamente en el medio en el cual cada uno actuaría después de salir de la escuela (...) los talleres dieran el rendimiento económico necesario, capaz de cubrir las erogaciones que la enseñanza impone» 51. Esta política de escuela-taller predominó en una gran parte de los establecimientos educativos del período. En las escuelas correccionales los niños debían trabajar desde el momento en que ingresaban; los más pequeños eran dedicados al cultivo de los jardines y de la hortaliza, a la cría de aves de corral y conejos y al cuidado del apiario. La inserción temprana de los niños en el mundo de trabajo urbano, la oferta de un maestro artesano para recibir a un niño infractor en su taller como ----50 MARÍN HERNÁNDEZ (1991), p. 51 Cincuenta años al servicio de México. Escuela Secundaria Técnica no. 5. (Mecanografiado) s.p.i. aprendiz, la promesa de los padres de colocar a sus hijos en talleres o el servicio doméstico en casas de la ciudad eran argumentos válidos para conceder la libertad a los menores aprehendidos en el Tribunal. El trabajo, más que la escuela, sería el factor que alejaría a los niños pobres de la vida ociosa, la vagancia y la holgazanería. Para liberar a un niño, al igual que en el caso español, se tomaba en cuenta «su actitud frente al trabajo; si aprendía con rapidez y entusiasmo un oficio y se adaptaba a las regularidades de la institución. La muestra más evidente de curación-normalización era asumir los valores morales de los educadores y el sometimiento a la disciplina del trabajo, ejemplo de que podría convertirse en un honrado trabajador cuando le pusieran en libertad» 52. La política social de los gobiernos emanados de la revolución mexicana con respecto a la infancia de los sectores populares fue claramente clasista y estuvo permeada por un determinismo social. Para los niños de las clases populares había escasas posibilidades de ascenso social y los funcionarios del gobierno se encargaron de reducir todavía más esas posibilidades. Aquellos niños que pudieron ir a las atiborradas escuelas de la gran urbe, recibieron también una educación para el aprendizaje de oficios y la producción. Estas acciones reflejaban no sólo una política clasista sino también que el trabajo infantil no tenía una valoración negativa, lo cual muestra que este es un concepto cultural que varía en el tiempo y en el espacio histórico. Los archivos del Tribunal de menores registran alrededor de un 26% de reincidencias lo cual podría hacer pensar que la terapéutica del trabajo era exitosa. Sin embargo en muchos casos el trabajo como terapéutica no tuvo el éxito esperado y pareció una suerte de tratamiento placebo. Un caso ilustrativo es el de Pedro, cuando sus padres intentaron sacarlo del Tribunal enumerando sus virtudes, los funcionarios aseguraron que sus opiniones no podían ser tomadas en serio porque sólo reflejaban «el interés que tienen por lo que produce el trabajo de Pedro» y por lo que obtenían por «el fruto de su trabajo». Paradójicamente, luego de esta aseveración, le otorgaron la libertad cuando su madre comprobó haberle conseguido trabajo en un taller mecánico. Este empleo poco modificó su conducta. Un mes después el chico regresó a la correccional por el robo de una bolsa de mano y de artículos en un puesto de ropa. Al cumplir los 14 años en su expediente se apuntó que había alcanzado el grado de oficial zapatero y ayudante de electricista además de haber aho-----rrado 50 pesos en efectivo fruto de su trabajo dentro de la correccional. Otra vez en libertad, robó una franela y lesionó a un hombre con una navaja «gillette.» Los siguientes cinco años fueron de reinternamientos y fugas 53. Los funcionarios del Tribunal indicaban a los padres que sólo dejarían libres a sus hijos con la condición de que concurrieran a la escuela y trabajaran en algún lugar fijo. En general, lo segundo se cumplía más fácilmente que lo primero; las escuelas estaban llenas e implicaban gastos que muchas veces las familias no podían sufragar 54. Pronto los padres aprendieron a utilizar «desde abajo» el discurso del trabajo para responder al Tribunal en los términos que los funcionarios deseaban escuchar. Para ello conseguían cartas que aseguraban el ingreso de sus hijos a talleres artesanales, hacían promesas de colocarlos en algún taller, proponían llevarlos a trabajar a la fábrica con ellos o ubicarlos como sirvientes domésticos. El padre de Modesto, un adolescente que ayudaba a su familia con la venta de chicles en la plaza de la Constitución (zócalo), intentó retirar a su hijo del Tribunal de Menores al que él mismo había llevado con la velada intención de que fuera inscrito en la Escuela Industrial. Logró que dejaran en libertad a su hijo cuando «ofreció que si lo dejaban salir» lo inscribiría en una escuela primaria y en un taller de carpintería 55. Muchas familias presentaban cartas de maestros artesanos que prometían trabajo a los menores cuando salieran del Tribunal. Andrés, de 15 años, vendedor de billetes de lotería y de periódicos, luego de una fuga y un par de reingresos a la correccional consiguió su liberación cuando su madre obtuvo una carta de un maestro mecánico en la que se comprometía a proporcionar trabajo al menor en el taller que estaba a su cargo 56. Cuando el niño Federico fue aprehendido «por pederastia» (sic) en mayo de 1929, sus familiares lograron que el maestro tapicero Luis Carrillo escribiera una carta en la que hacía constar que estaba «en la mejor disposición» de tomar a su cargo «para su aprendizaje a pedimento de su mamá la Sra (...) a un hijo suyo de nombre Federico. Comprometiéndome a velar por su educación y aprendizaje.» Luego de la visita de los delegados de protección y vigilancia el tapicero ----53 AGN, CTMI, (1928) caja, 5, exp. 54 Aunque la educación estatal era gratuita, las familias populares no lograban cubrir los cuantiosos gastos que representaba la asistencia de sus hijos a la escuela: excursiones, ropa, materiales, libros, útiles. 55 ratificó que se haría cargo del menor dándole alojamiento, alimentos, ropa limpia, etc. Respecto al sueldo me dijo que no podía asignarle determinada cuota diaria por de pronto, pero que vería de lo que es capaz el niño, para darle una cantidad fija. El Sr. Carrillo promete además, enviar al menor a la Escuela Nocturna, lo cual no sería posible este año por estar los cursos muy avanzados. El Sr. Carrillo ofreció traer cartas de recomendación en que conste que es persona de fiar por su formalidad y buena conducta. Por la conversación tenida con él pude apreciar su moralidad y buenas intenciones respecto a Federico57. Sin embargo, la terapia del trabajo como rehabilitadora tenía sus problemas. Aunque días después de recibir al menor el artesano manifestó que estaba contento con él y que le compraría ropa y zapatos «pues está muy mal vestido y carece en absoluto de calzado», en la última visita de los funcionarios encontraron cerrado el taller. El artesano había muerto y la familia del menor se había mudado de domicilio. Los niños también se apropiaban del discurso y los valores del trabajo como regenerador o, al menos, lo utilizaban a su favor. Al pedir su libertad el adolescente Amado señalaba en una carta con excelente caligrafía que ya podía ganarse «la vida honradamente, ya que sé trabajar». Aseguraba querer salir «con la frente levantada y poder buscar trabajo». En otra carta revelaba haber asumido todos los valores inculcados en la correccional y que una persona «muy buena» lo ayudaría cuando estuviera fuera de la correccional para ir «por el camino del bien y por él tendré trabajo, casa y ganaré dinero para gastar en lo que necesite y ahorrar para que con los ahorros primero Dios haga yo algún negocio y hacerle bien a la humanidad ya que no es más que en lo que pienso»58. FABRICAR SERVIDUMBRE La salud del cuerpo y de la mente podía lograrse entonces en lugares de aislamiento como correccionales y escuelas pero también en espacios exteriores como los talleres y fábricas. Otro espacio considerado como educador, regenerador y corrector era el servicio doméstico por ser una actividad laboral infantil con «autoridad y disciplina». Sin embargo, por ser un ámbito en de mujeres pobres, generalmente solas y jóvenes, con frecuencia las élites y funcionarios gubernamentales ligaron el trabajo doméstico con la prostitución. ----En ese sentido, resulta tan interesante como contradictorio que los funcionarios del Tribunal para Menores encontraran una salida al problema de las niñas delincuentes colocándolas en casas particulares. Al igual que en el siglo XIX, después de la Revolución Mexicana, una de las grandes revoluciones sociales del siglo XX, la casa privada continuaba considerándose el espacio femenino por antonomasia. A las niñas detenidas en las casas de observación del Tribunal se las adiestraba y entrenaba para trabajar en labores domésticas y se las criticaba duramente si no se las encontraba afectas a ellos. No olvidemos que las categorías de género cruzaban las ideas penitenciarias: las niñas debían realizar trabajos «propios de su sexo» 59, tener «predilección por los quehaceres domésticos» 60, ser diestras en trabajos agrícolas (floricultura, arboricultura, hortaliza) y saber criar animales 61. La Ley de Relaciones Familiares de 1917 producto de la Revolución Mexicana, señaló que los niños adoptados tendrían los mismos derechos que los hijos por nacimiento, lo cual limitó la adopción con fines de servidumbre. El Código Civil de 1928 fortaleció la definición de adopción como la formación familiar 62. Sin embargo, la legislación no logró erradicar definitivamente la tradicional práctica de adoptar niñas para dedicarlas al servicio doméstico. El Código Penal de 1929 permitía que el menor delincuente moralmente abandonado fuera confiado en situación de libertad vigilada, a una familia honrada (Art. El Código Penal de 1931 refrendó esta práctica: si el niño se encontraba moralmente abandonado, pervertido, o en peligro de serlo y fuese menor de doce años el Tribunal de Menores lo entregaría a un establecimiento de educación o a una familia de confianza, donde pudiera ser educado y vigilado, lo mismo se sugería para los menores de 18 años (Art. En consecuencia, durante la posrevolución la entrega de niñas por instituciones públicas a familias de clase media para convertirlas en sirvientas continuó y se legitimó, aunque sin emplear oficialmente el término «adopción». ---- Muchas mujeres de clase media solicitaron la liberación de las niñas aprehendidas en las casas correccionales con el ánimo de ocuparlas como sirvientas. Sólo requerían probar ciertos méritos, capacidad económica, solvencia moral y fijar el sueldo mensual que pagarían. En una ciudad en creciente expansión y una clase media que aumentaba paulatinamente la demanda de sirvientas se incrementó y se asoció cada vez más con un símbolo de estatus social. Así, decenas de niñas fueron entregadas arbitrariamente y sin mediar ningún tipo de trámite de adopción a mujeres de clase media 65. Esta terapia del trabajo tuvo graves consecuencias pues no todas las casas tenían los índices de moralidad y buenas costumbres que promovían los funcionarios del Tribunal: ¿Quién no ha tenido ocasión de descubrir el misterio con que algunas familias aparentan una vida mejor que la que en realidad pueden permitirse? Son las familias que viven con el peso de una simulación constante, agravada por un exiguo presupuesto que las fuerza a realizar mágicos equilibrios para no quebrar la línea trazada. Y es fatalmente a estas familias a las cuales va a dar la huerfanita que los jueces encargados de la tutela de menores entregan de buena fe. Y es allí donde la criaturita tendrá que vérselas con tres o cuatro solteronas histéricas y con el infaltable niño de la casa, la más perfecta expresión de la tiranía doméstica. Así, la criadita entrará de lleno a batallar con aquella tropa de seres inútiles, en los cuales la única y más desarrollada condición humana es la crueldad con la cual traducen el fracaso de no poder ser lo que sus ambiciones le señalaban 66. Muchas de las niñas que fueron entregadas como sirvientas eran explotadas, sufrían abusos por parte de sus patrones, sus hijos o los empleados que convivían en los hogares. El espacio doméstico se convertía en un ámbito de poder y dominio del que una niña difícilmente podía escapar y en el cual, como señala Katherine Bliss, los patrones y sirvientes «eran indiferentes a la virginidad de las mujeres pobres que no eran de su familia» 67. Tanto la señora como el señor de la casa hacían uso de este poder en distintos niveles. Algunos patrones aprovechaban la fragilidad de las niñas, su corta edad, su indefensión y su aislamiento para abusar sexualmente de ellas. Al estar solas ya fuera con el empleador, sus hijos, los demás servidores varones o visitantes, ----las niñas quedaban en un estado vulnerable ante el peligro. Algunas «señoras de la casa» se hacían cómplices de las prácticas de sus maridos y al mismo tiempo castigaban y se vengaban de las víctimas a través de la imposición de una serie de tareas que, no importando lo extenuantes que pudieran llegar a ser, las niñas criadas debían cumplir. En pos de proteger moralmente a las niñas, dentro de un discurso a favor de la infancia que permeó las instituciones sociales durante la posrevolución, hubo contradicción y ambivalencia oficial, por un lado se calificó al servicio doméstico como un ámbito inadecuado y desventajoso para las niñas y con este argumento se le negó la solicitud de la libertad a algunas madres que deseaban colocar a sus hijas como sirvientas 68. Por otro lado se consideró prudente la liberación de las niñas para ubicarlas en casas de «señoritas de buen vivir» o «familias respetables». En ese sentido las niñas sirvientas tuvieron una múltiple marginación, el género, la clase, la edad, lo cual las sometía a la explotación y la violencia de los adultos que las rodeaban. Durante la posrevolución hubo una convicción de que el tratamiento a través del trabajo corregía, regeneraba, reducía la anormalidad, curaba la enfermedad y, junto a otra serie de terapéuticas basadas en la higiene, la gimnasia y la escolarización, podría normar un nuevo tipo de ciudadano, útil, sano y trabajador. Estas terapéuticas, al estar dirigidas predominantemente a los sectores populares urbanos 69, buscaron también normar a un nuevo tipo de «populacho» y un nuevo tipo de niño. El proyecto estatal de convertir a los niños de los sectores populares en pequeños y futuros trabajadores se evidenció no sólo en la capacitación para el trabajo en las instituciones correccionales, sino también dentro de instituciones educativas de la ciudad y en la legislación sobre el trabajo infantil de esos años 70. 69 Hay pocos casos de niños de la élite o de la clase media en el Tribunal, quizá no llegaban, se eliminaban sus expedientes o no se elaboraban. Salvador Lima señalaba que «si se conoce poco en público de faltas cometidas por niños de hogares ricos, es porque están poseídos de un miedo terrible al desprestigio social y como un acto natural de defensa propia, prefieren cualquier sacrificio antes que exponerse a la censura de la sociedad». En tanto los adultos que se requerían para el fortalecimiento económico nacional debían formarse desde la niñez, era necesario delinear los caminos por los que se deseaba que transitaran las clases populares. La terapéutica para la corrección de la delincuencia infantil formó parte de un proyecto económico estatal para crear trabajadores y hacer de los niños de las clases populares los futuros obreros y someterlos a un aparato de producción 71. Formó parte también de un proyecto social para desarrollar en ellos «destrezas de clase baja y valores de clase media» 72, y para reproducir roles de género y la idea de un ciudadano trabajador. En ese sentido, esta fue una política clasista, sexista y claramente determinista en la que el trabajo fue concebido como un agente de rehabilitación y de regeneración de la salud mental y física, pero también como un agente de diferenciación social. Los discursos médico, psiquiátrico, jurídico, pedagógico y económico, confluyeron en la terapéutica del trabajo para combatir la delincuencia infantil. Aunque, la ley prohibía la contratación de menores de doce años, el Estado mexicano obligó a los niños de los sectores populares a desempeñar labores económicas desde muy corta edad. Al salir de la cárcel, los niños fueron encaminados a talleres o fábricas y al servicio doméstico, con el argumento de que en tanto eran niños pobres, el trabajo les capacitaba para su «vida real», para las nuevas actividades que desempeñarían en libertad y los espacios y roles masculinos/femeninos que ocuparían. Un estado que debía velar por la infancia, que debía protegerla de los abusos y de la explotación laboral, decidió no sólo utilizar mano de obra infantil en los establecimientos educativos y correctivos sino también bajo una disimulada terapéutica, formarla para trabajar precozmente en los talleres, fábricas y hogares de la gran ciudad.
generó un sorprendente cuadro de temas sobre higiene y salud pública, entre los que encontramos el caso de los alienados mentales y los dispositivos de control propuestos por las autoridades civiles y los médicos. De 1880 hasta 1950 Medellín vivió el proceso de modernización, que la convirtió en polo de atracción de los desplazamientos de población al interior de la provincia de Antioquia. El Ferrocarril garantizó desde los pueblos vecinos la movilización masiva de población, entre la que llegaron no pocos alienados mentales. A finales del siglo XIX, las autoridades crearon la Casa de Alienados para dar asilo a estas personas, esta institución se convirtió a comienzos del siglo XX en Manicomio Departamental y a mediados del siglo XX en el Hospital Mental de Antioquia. El aislamiento de los locos da cuenta del comienzo del proceso de constitución e institucionalización del saber psicopatológico, de la autoridad médica y la medicalización de la demencia en Antioquia a comienzos del siglo XX. Un estudio de historia urbana realizado sobre la ciudad de Medellín 1, reveló una interesante observación sobre la dinámica de formación espacial urbana moderna, que entre otros actores, involucró a población desplazada desde los municipios vecinos y la presencia en las calles de la ciudad de los llamados alienados mentales. Las autoridades civiles implementaron dispositivos de regulación que comenzaron en la creación de la Casa de Alienados Mentales en 1873, institución que significó el comienzo de lo es hoy la E.S.E. Hospital Mental de Antioquia HOMO. La Villa de la Candelaria de Medellín 2 desde su fundación en 1670, vivió una particular dinámica de su economía que la convirtió desde el siglo XIX en el primer centro económico de la provincia, en competencia con la ciudad de Santafe de Antioquia, primera capital de la provincia y la ciudad de Santiago de Arma de Rionegro, cardinal centro comercial ubicado al oriente, en la ruta comercial del río Magdalena, que conectaba a la provincia de Antioquia con el resto del Virreinato de La Nueva Granada. La primacía comercial que la Villa de Medellín había alcanzado desde finales del siglo XVIII 3, fortaleció a una clase social de comerciantes, mineros y terratenientes que acumularon las riquezas suficientes para lo que sería el despegue industrial de la ----1 Cfr. Historia urbana y juego de intereses, Medellín, Universidad de Antioquia. 2 Antiguo nombre de Medellín, actualmente segunda ciudad en importancia económica y política de Colombia. Con vocación comercial, industrial y financiera, La ciudad alberga actualmente más de dos millones de habitantes: Departamento Administrativo de Planeación de Medellín. Unidad de Clasificación Socioeconómica y Estratificación, 2005. (1985), El comercio en las ciudades de Antioquia, Medellín, Universidad de Antioquia, Tesis, (director Víctor Álvarez M.), p. 98. ciudad a comienzos del siglo XX 4. El espíritu pragmático y emprendedor de los antioqueños 5 de Medellín los condujo a convertir la villa en ciudad y en capital de la provincia de Antioquia en el año 1830. A partir de esa fecha, la actividad comercial se ve acompañada por la actividad política y administradora. La ciudad es desde entonces la sede de uno de los poderes regionales más destacados en la historia colombiana de los siglos XIX y XX 6. En el proceso de modernización de las ciudades en Colombia, entre 1880 y 1940 aproximadamente, las autoridades civiles de la ciudad de Medellín, apremiadas por la necesidad de tener un control sobre la creciente población que en ella se albergaba e incidir sobre las transformaciones urbanas, generaron simultáneamente el despliegue de iniciativas privadas y proyectos municipales que tenían como una de sus bases más destacadas, la intervención en el proceso de desplazamiento de población hacia la capital y los consecuentes problemas de higiene y salubridad que ellos provocaron a nivel urbano. La concentración económica, política y demográfica en la ciudad de Medellín, produjo en la segunda mitad del siglo XIX, la administración de estrategias de control social y urbano. Las autoridades civiles buscaron dar solución a problemas de ordenamiento de la ciudad para que ésta se adaptara al desarrollo económico y crecimiento demográfico que causó estrechez en el uso de los espacios, con la consecuente carencia de viviendas y establecimientos para el comercio y la industria. En el transcurso de la segunda mitad del siglo XIX la población de Medellín se triplicó. La concentración de habitantes en la ciudad de Medellín en ese mismo periodo, se ha calculado con una oscilación entre 38.5% y 56.8%, en relación con la población del Valle de Aburrá 7, entre 1851 y 1905; y una oscilación entre un 18.8% en ----4 Sobre consolidación de la industria en Medellín ver BOTERO, F. (1985), La industrialización en Antioquia: génesis y consolidación 1900-1930, Medellín, Universidad de Antioquia, Centro de Investigaciones Económicas, p. 5 Sobre el origen de la idea del espíritu emprendedor asociado a la mentalidad religiosa de los antioqueños, cf. FAJARDO, L.H. (1966), La moralidad protestante de los antioqueños, Cali. URIBE, M.T. y ÁLVAREZ, G.J. (1987), Poderes y regiones en la Constitución de la nación colombiana, Medellín, Editorial Universidad de Antioquia. 7 El Valle de Aburrá, corresponde a las tierras que se extienden a lado y lado del río Medellín, en forma longitudinal, de sur a norte, en donde estaban asentadas en la segunda mitad del siglo XIX siete poblaciones importantes, que hoy forman el ente administrativo Área Metropolitana del Valle de Aburrá. En MELO, J. (ed.), Historia de Medellín I, Medellín, Suramericana de Seguros, pp. 3-16. La aglomeración y los amontonamientos densamente concentrados en los límites de la ciudad que conservaba en lo fundamental la estructura de los poblados y villas coloniales, asfixiaban a los habitantes en un ambiente malsano, cuya característica principal la constituía la falta de un sistema moderno de abastecimiento de agua potable domiciliaría, una red de evacuaciones subterráneas de las aguas servidas, la recolección de basuras, barrido de calles y separación de los espacios que determinan las diferentes practicas económicas y sociales, y la presencia de vagos, mendigos y alienados mentales en las calles de la ciudad. En este sentido en los registros documentales oficiales de los archivos locales, el historiador puede observar que el tema de la salubridad de la ciudad constituyó uno de las principales motivaciones en el diseño de políticas públicas de salud, de iniciativa pública o privada. En el presente artículo se quiere mostrar una de las consecuencias de ese desplazamiento de población, desde los pueblos hacia la capital del departamento de Antioquia; aquella que afectó a algunas personas en su salud mental, haciéndolas parecer alienadas mentales. También, hacer una breve descripción de las circunstancias en las que se produjo ese desplazamiento de población, los efectos en la población residente en la ciudad, así como las acciones y los dispositivos de control y aislamiento que las autoridades civiles y médicas implementaron para hacer frente a ese fenómeno que a comienzos del siglo XX hizo presencia en Medellín en su proceso de modernización. El movimiento de población desde los pueblos ruralizados hacia la capital, ha constituido una constante en la historia de Antioquia 10, desde la primera mitad del siglo XIX. A finales de ese siglo, el médico francés Charles Safray, ----8 La antigua provincia de Antioquia, constituye hoy el ente administrativo territorial de carácter Departamental, del cual Medellín es capital desde 1830. 9 Sobre crecimiento demográfico y concentración poblacional en la ciudad de Medellín cf. ÁLVAREZ, V. ( 1996 en su viaje por La Nueva Granada advirtió que «el comercio, la industria, la instrucción, en una palabra, toda la prosperidad de este país, depende tan sólo de una cosa: de los caminos» 11. El obstáculo que para el desarrollo económico y social de los pueblos instalados en la región antioqueña representaba el estado de sus caminos, no era un problema nuevo. Éste se había hecho manifiesto desde el siglo XVIII, cuando en 1785 el juez y visitador Juan Antonio Mon y Velarde, en el contexto de la aplicación de las Reformas Borbónicas en Antioquia, intentó una amplia y estratégica política de apertura de caminos 12. Otros estudios sobre el siglo XIX también han constatado que en el periodo republicano, hasta bien avanzada la segunda mitad de esta centuria, las reformas del juez visitador de Antioquia, no aportaron cambios significativos. Según Jorge Robledo, «(...) en 1870, las vías terrestres eran solamente caminos para peatones y bestias» 13. Sólo después de 1870, las soluciones de transporte por vía terrestre en Antioquia presentaron cambios verdaderamente significativos. La construcción del Ferrocarril de Antioquia 14, como moderno medio de transporte, posibilitó mantener la dinámica agro-exportadora, pero al mismo tiempo se convirtió en vehículo de las personas que buscaban en la ciudad de Medellín mejorar sus condiciones de vida. Ese desplazamiento de población hacia la capital del departamento, constituyó una paradoja del mismo crecimiento económico; ya que en la segunda mitad del siglo XIX, éste condujo la economía nacional a su inserción en el comercio mundial, adaptando la estructura de comunicaciones a la dinámica agro-exportadora. El crecimiento económico de Medellín aumentó con la incorporación de nuevas prácticas políticas, sociales y culturales que convirtieron a la ciudad en centro de atracción de pobladores de toda la provincia 15. En general, la apertura de caminos que conducían al Valle de Aburrá coadyuvó a que llegaran a Medellín todo tipo de personas en busca de futuro. Para la ---- 14 BARNHART, D. (1977), Auge y fracaso: La historia de la construcción de los ferrocarriles. En BEJARANO, J. (compilador) (1978), Siglo XIX en Colombia visto por historiadores norteamericanos, Bogota, La Carreta, p. 75. segunda mitad del siglo XIX se concentraban en Medellín las actividades administrativas, económicas, políticas de todo el Departamento, lo mismo que los servicios educativos y de salud, y la beneficencia. El crecimiento económico y social de la ciudad la había transformado en un centro de convergencia de diversas actividades y al mismo tiempo en un punto de destino de diferentes líneas migratorias que llegaban a la capital del departamento de Antioquia. En particular, Medellín fue receptora durante el cambio del siglo XIX al XX de un flujo migratorio que no siempre encontró las posibilidades económicas de supervivencia. En consecuencia, entre estos inmigrantes se fue formando una masa de mendigos y desadaptados que serían el objeto de la caridad pública, de los programas de beneficencia de la municipalidad y de otras entidades de carácter privado como la Sociedad del Sagrado Corazón y la Sociedad San Vicente de Paúl 16. Muchos de estos indigentes manifestaron formas de desequilibrio mental o de alienación, entendida aquí en su significado más amplio como extrañamiento de un individuo frente a otros, a la sociedad o al trabajo. El uso de la expresión «alienados» mentales por parte de las autoridades civiles de Medellín en aquella época, es asociado por el historiador con los originales de los tratados de Pinel y Esquirol. Estos libros habían sido traducidos en España utilizando la palabra enagenación en lugar de la palabra alienation mentale utilizada por Pinel, y remplazando la expresión maladies mentales en el texto de Esquirol 17. Por lo menos hasta 1960, esa expresión fue usada con frecuencia en los registros de historias clínicas del Hospital Mental de Antioquia, para referirse en general a los pacientes que allí ingresaban. En la ciudad de Medellín a finales del siglo XIX, se consideraba alienado a aquel que no lograba insertarse en ninguna práctica social; al descodificado, al desinstitucionalizado, al que no encajaba en la norma y para el cual era necesaria la creación de una normativa especial; aquella que se instrumentalizaba para procurar el orden público, el código de policía. Desde finales del siglo XIX y hasta la primera mitad del siglo XX, el término hacía referencia a los trastornos mentales; se refería al hecho de que quien los padecía no era ----16 Sobre instituciones de caridad y beneficencia en Medellín cfr. RUIZ, A. (1995), El discurso de las entidades de asistencia social en Medellín, 1890-1915, Medellín, Universidad de Antioquia, Tesis de antropología. 17 dueño de sí mismo, estaba fuera de sí, «no regía» su conducta, sino que actuaba tan contra sí mismo como si fuera otro quien tomara las decisiones por él o por ella 18. Los registros de historias clínicas y las cartas de recomendación con que se remitían pacientes al Hospital, muestran que las instancias de delimitación de los estados de «alienación» eran diversas: podía ser el vecino, el esposo, el párroco, el arzobispo, el alcalde, el inspector de policía o un médico. La delimitación de la locura desde la psicopatología en Medellín será posterior a 1960 19. Sobre la manera en que las autoridades determinaban la necesidad del asilamiento de personas, Jorge Betancur enseña una interesante descripción sobre la presencia, en el céntrico barrio Guayaquil 20, de inmigrantes con síntomas de alienación, actitudes mentales poco fiables o desequilibradas: De hecho esta calidad de inmigrantes en la ciudad de Medellín constituyó un sector social integrado por el alienado, el vago o el desadaptado, que fácilmente se asimilaba con el recién llegado. El ferrocarril cargó con el peso de lo que en Europa fueron en el siglo XV los Narrenschiff; barcos que transportaban a los locos que eran expulsados de una ciudad a otra y a los que Michel Foucault se refirió como «cargamentos insensatos», que eran detenidos por las autoridades municipales 22. De hecho, el Ferrocarril de Antioquia contribuyó en gran medida al desplazamiento general de personas, pero evidentemente también a la llegada de alienados que eran remitidos por los alcaldes municipales de los pueblos hacia la capital. Por lo menos tres cuartas partes de las personas asiladas en el Hospital Mental entre 1903 y 1940, procedían de fuera del Valle de Aburrá y llegaban en tren, después de hacer varios transbordos en mula o a pie 23. En consecuencia, la emergencia de esa nueva realidad demográfica y poblacional, desde finales del siglo XIX y primera mitad del siglo XX, condujo a una especial preocupación oficial por los problemas de la salud pública en la ciudad de Medellín, y ésta cobijó las cuestiones del cuerpo y las de la mente. La mayor presencia en las calles de personas alienadas que se confundían con mendigos y vagos, ocurrió en un momento en el que la densidad de población provocaba serias complicaciones de insalubridad e higiene 24. El tema de la salud mental de los habitantes de la ciudad se fue convirtiendo en asunto de vital importancia para las autoridades civiles. Los archivos municipales abundan en registros sobre los inconvenientes causados por la aglomeración que generaba crisis de vivienda y locales para el comercio 25. Las autoridades civiles consideraron necesario prestar atención y dar solución a esta situación. Sin embargo, otro poder ya tradicional, aunque todavía en proceso de formación, tendría la última palabra en un intento de solución del problema de la ---todos los colores. 22 «(...) la Nef des Fous, la nave de los locos, extraño barco ebrio que navega por los ríos tranquilos de Renania y los canales flamencos». Para este trabajo la versión en español de 1986, Historia de la locura en la época clásica, México, Fondo de Cultura Económica, p. 15. presencia de personas consideradas dementes en las calles de la ciudad: la medicina y el cuerpo médico de la ciudad organizado en la Academia de Medicina de Medellín, fundada en 1887. A finales del siglo XIX la medicina en Antioquia extendió su acción de medicalización al terreno de las enfermedades mentales aplicando medidas de exclusión, pero antes es «el código de policía el instrumento que contempla unas disposiciones para el secuestro de los «locos o dementes» que circulan por la ciudad» 26. Claudia Montagut ha encontrado en los códigos de policía de 1878 y de 1914, disposiciones de control que unificaron criterios de acción frente a vagos, mendigos, dementes e indigentes. «Sobre el indigente y el loco -afirma-se procede de la misma manera, en la medida en que sobre ellos se tiene de inmediato poder absoluto de intervención para el cuidado del orden público» 27. Siempre que aparecía en un lugar de la ciudad un individuo como indigente o loco ante la mirada pública, la policía procedía a su reconocimiento para asegurarlo. Si el individuo era forastero, el escrúpulo era más fuerte. Tal vez por esta razón los alrededores de la estación de trenes de Cisneros, en el barrio Guayaquil, era el lugar donde con mayor frecuencia se detenía a los sospechosos. Una escena cotidiana reportada por el historiador en 1925, debió repetirse de ordinario antes y después en aquel sector del centro de la ciudad, desde la llegada del Ferrocarril a la Plaza de Cisneros. de 1878 el espacio de confinamiento era la cárcel municipal, mientras que a partir del segundo momento lo fue la Casa de Alienados Mentales, Hospital de Locos o Manicomio. Algunos estudios sobre la locura han señalado que antes de 1878 la demencia era consideraba enfermedad del alma y no disfunción del cerebro 29. Los indicios que se han reunido en la presente investigación indican que al parecer esta fue la concepción que de esa enfermedad se tuvo en Antioquia hasta la primera mitad del siglo XX, cuando se consideraba la alienación, en tanto que transgresión, objeto del discurso judicial. Sólo así se explica que la policía municipal, respaldada en el código, hubiese actuado como «instancia de delimitación». Con la creación en 1878 de la Casa de Alienados Mentales en Medellín, la delimitación de la locura comenzó su desplazamiento hacia la autoridad médica. Sin embargo, el código de policía no perdió vigencia; por el contrario, la conservó a favor de la determinación médica. Diagnósticos como «delirio alcohólico» y «manía agresiva», a los que se agregaba en su mayoría la observación de «incurable», registrados en las historias clínicas del Hospital Mental de Antioquia por lo menos hasta 1960, asociaron al loco o alienado mental con el vago, el degenerado sexual, el alcohólico y hasta con el delincuente peligroso, al que era necesario separar temporal o definitivamente del cuerpo social, mediante el asilamiento 30. El hallazgo de obras de Freud, Farlet, Dieulafoy y Truosseau, entre los libros de la pequeña biblioteca que se formó en el Manicomio Departamental a partir de la llegada del médico Lázaro Uribe Calad a la dirección, hace pensar al psiquíatra Pedro Sánchez Gaviria en las tendencias que pudieron orientar el saber y la práctica de los médicos de Medellín en la primera mitad del siglo XX 31. Sin embargo, psicólogos actuales del Hospital Mental de Antioquia, no han podido identificar en los diagnósticos de ingreso, antes de 1920, alguna nosología o convenciones médicas en las que éstas puedan encajar. Hasta 1930, la manía en sus diversas formas constituyó el diagnóstico más frecuente, asociado con agitación, delirio místico, melancolía, alcoholomanía, dipsomanía y alucinaciones auditivas. No obstante, la decisión del asilamiento fue policial y no clínica 32. En las primeras historias clínicas que se conservan en el Hospital Mental de Antioquia, según el examen realizado por Sánchez Gaviria, coordinador de ---- la consulta externa de dicho hospital en 1995, «no existe ninguna nota sobre fundamento de tipo clínico para formar el diagnóstico inicial de ingreso, ni para formar el diagnóstico final de baja»; es decir, que en esos registros «hay ausencia total de historia clínica». Hasta 1920, no se consignaban en la historia clínica los tratamientos empleados, fuesen éstos físicos o químicos 33. La única terapéutica que allí se registraba, sobre todo hacia 1930 estaba asociada con enfermedades del cuerpo y no de la mente 34. En los códigos de policía de 1878 y 1914, que regían para la determinación del asilamiento en la Casa de Alienados y en el Manicomio, se observan diferencias en el tratamiento de los enajenados mentales. En 1878, lo que se buscaba con el loco era implementar los «medios para mantenerlo, proveer a su subsistencia y cuidado»; mientras que en 1914, se esperaba «seguridad» y, aunque no se especificaban las enfermedades, «procurar su curación» 35; sin embargo, una vez ingresadas en el Hospital, a la mayoría de las personas se les considera «incurables» 36. La práctica pericial de loco, que hizo de la policía una instancia de delimitación de la locura, aparecía en los dos códigos con el único fin de determinar si se coartaba la libertad, como forma de autorizar el asilamiento y la reclusión. Desde luego, en los casos en que había «duda acerca de la locura o demencia», se hacía reconocer al individuo por peritos. Esta especificidad que limitaba la acción policial a favor de la medicalización fue mucho más clara en el código de 1927 37. El médico hacía su presentación. La autoridad médica en tanto que dispositivo para establecer obligaciones, licencias y prohibiciones, anteriormente a merced de la Iglesia católica 38, tuvo una expresión palpable en esta experiencia de la medicalización de los alienados mentales en Medellín desde principios del siglo XX. En esta época, el médico comenzó a tener cierta autoridad y autonomía dentro del Manicomio; pero por fuera no desplazó a la policía ni a otras autoridades reponsables de remitir personas, y establecer la caracterización de las diferentes manifestaciones de la alienación. Las historias clínicas, que en la mayoría de los casos se limitan a una ficha de ingreso y una nota de salida por muerte o mejoría, ---- conservan como diagnóstico aquel caracterizado por las autoridades remitentes, entre las que hasta 1930 no hubo médicos. Sin embargo, el médico del Manicomio se sirvió de ellos para justificar y garantizar la exclusión de los supuestos enfermos mentales del núcleo social 39. La más antigua historia clínica que se conserva actualmente en el Archivo Histórico del Hospital Mental, es muy significativa respecto de los diagnósticos utilizados para justificar el asilamiento. Leocadia Clavijo, mujer de 57 años de edad, mestiza, soltera, que hasta 1902 se desempeñaba como maestra de escuela en la población de Abejorral 40, fue remitida al Manicomio el 6 de febrero de 1903 con el diagnóstico de «melancolía crónica con delirio alimentario»; como antecedentes se señalaron «penas morales», y se hizo un pronóstico de «incurable». Leocadia estuvo asilada hasta el 15 de octubre de 1920 cuando se le dio de baja por muerte. Nunca se le hizo un registro de «historia clínica» y en consecuencia, le correspondió al médico Lázaro Uribe Calad, que había asumido como médico jefe del Manicomio en 1920 hacer una reconstrucción a posteriori de los diagnósticos y las observaciones de los comportamientos de los internos. Sobre el caso de Leocadia, el día de su muerte, anotó lo siguiente: «En los últimos meses el estado ansioso predominó. Al fin, infecciones de la piel la redujeron a la cama. A consecuencia de esto se presentaron escaras sangrado y trocanterismo y murió por caquexia infecciosa» 41. La observación sugiere el tratamiento. El proceso hacia la caquexia infecciosa podría tener dos causas: aquella que produce el estado depresivo y la falta total de apetito, presente en la mayoría de los pacientes 42; pero también podría ser provocada por la aplicación muy común de los abscesos de retención, con inyecciones de trementina; tratamiento muy doloroso que impedía cualquier movimiento y reducía al interno a la cama 43. Como puede verse, la observación sobre la enfermedad mental tenía sus límites en el cuerpo del paciente. Sólo a partir de 1920, con la llegada a la dirección del Manicomio Departamental del médico Lázaro Uribe Calad, podrá hablarse en Medellín del nacimiento de un discurso psiquiátrico lo que marcó una clara diferencia entre ----39 Cfr. 40 Abejorral, población de la «Colonización Antioqueña», actualmente a cuatro horas al suroccidente de Medellín. 43 Sobre estos tratamientos cfr. ROSSELLI, H. (1968), Historia de la psiquiatría en Colombia, Bogotá, Horizontes. la Casa de Alienados Mentales, el Manicomio y el Hospital Mental. El doctor Uribe comenzó a confrontar los «diagnósticos» de las cartas de remisión y recomendación, con los comportamientos y las observaciones hechas por la mirada médica al interior del Manicomio. En el caso del paciente Luis María Montoya, mulato, de 27 años de edad, soltero de profesión agricultor, remitido desde el municipio de Andes 44 el 4 de noviembre de 1920, con el diagnóstico de «traumatismo en el cráneo»; al ser atendió por Uribe, se puso en evidencia la necesaria observación médica practicada durante el tiempo de asilamiento en el Manicomio. Uribe había traducido «traumatismo en el cráneo» por «psicopatía traumática», pero se reservó la declaración de cualquier pronóstico que comprometiera la ética médica, señalando que «a pesar de lo dicho en el certificado, no presenta durante su permanencia aquí, ninguna de las manifestaciones aludidas» 45. A la salida del paciente, el 7 de diciembre de ese mismo año, Lázaro Uribe anotó en la ficha de registro la siguiente observación: «Desde su llegada se mostró calmado (...), guardó toda clase de conveniencias -buen juicio, buena memoria, buen fondo moral-mejorado somático y psíquicamente, fue dado de baja (...). Con la presencia de este nuevo médico en la dirección del Manicomio, variaron el aseguramiento, el diagnóstico clínico y la curación de los pacientes. Sin embargo, fue sólo a partir de 1930 cuando la fuerza de la policía para el «mantenimiento» de los enajenados comenzó a ser desplazada por el diagnostico científico y el uso de terapéuticas especializadas propias de la práctica médica, como la administración del «sedante intravenoso» y los «electrochoques» 47. EL DISPOSITIVO En el año 1875, cuando Recaredo de Villa era presidente del Estado Soberano de Antioquia, se inició una campaña para recoger de las calles de Medellín a los alienados mentales. Se hizo una colecta, cuyo resultado fue de $7.416 pesos 48, y con el apoyo de la Junta Suprema del Hospital del Estado se ----44 Municipio de producción cafetera, situado actualmente a cuatro horas al suroeste de Medellín. 48 LATORRE, L. (1934), Historia e historias de Medellín, Medellín, Imp. intentó fundar una casa para recluir a los alienados mentales de la ciudad. El funcionamiento de esta casa, fue realmente muy incierto. El historiador local Latorre Mendoza 49 le reconoce vida de tres años hasta 1878 cuando, de manera formal, la corporación municipal dispuso la creación de un Hospital para Locos con un personal de planta permanente 50. Sin embargo, la historiadora profesional Claudia Montagut Mejía se inclina por creer que se trató de un intento fallido, pues los dineros recaudados entre los particulares, dice, se destinaron a la guerra y la atención a problemas de salud pública 51. Cualquiera que sea la fecha de comienzo del funcionamiento de la institución, lo que sí se ha determinado históricamente es que en 1878 se nombró al médico Tomas Quevedo Restrepo como director de la Casa de Alienados, y a la señora doña María Jesús Upeguí como administradora. Además, para esa fecha era muy claro el compromiso de la corporación municipal para entregar un aporte de $0.15 pesos diarios por cada loco allí asilado 52. Con la seguridad de estos recursos, se buscaron los primeros pacientes y se hallaron en la cárcel municipal 53, a donde anteriormente eran llevadas todas aquellas personas que deambulaban «sin sentido» por el espacio urbano y recibían el mismo trato que los delincuentes detenidos; pues hasta la creación del manicomio, el tratamiento a estas personas era simplemente punitivo; sin embargo, por estar detenidos «de cuenta del municipio», resultaron ser los primeros favorecidos con tal determinación. Por eso cuando se resolvió su traslado a la Casa de Alienados, la corporación municipal que en 1878 presidía Alejandro Barrientos, aprobó lo siguiente: «Páguese a la Casa de Enajenados las cuotas que determina el presupuesto vigente, una vez que pasen a ella los dementes que hoy existen en la cárcel que son de cuenta del Distrito y desde el día en que entren en aquel establecimiento» 54. De cualquier manera, la tarea de hacer funcionar una institución para el asilamiento de los locos en Medellín, estuvo sesgada por los recursos económicos, y la municipalidad se dispuso a acoger a los locos de la ciudad de Me----- dellín, pero resistiendo a los llegados de otros distritos o que no estuvieran cobijados por el artículo 411 del Código de Policía de 1878 55. Tampoco a aquellos cuyos parientes pudieran contribuir a su subsistencia. En esta perspectiva se entiende la solicitud hecha por Alejandro Barrientos al jefe municipal, para que trasladaran a los municipios de origen, a todos aquellos locos que no recibían ningún tipo de ayuda de sus respectivos jefes municipales, con el argumento de que aquéllos no contribuían con la casa de enajenados de Medellín, y que el tesoro de esta ciudad estaba en situación crítica 56. La intención de austeridad buscaba ahora diferenciar al loco y demente del vago o el borracho que eran excluidos de ese insipiente sistema de protección social. Sin embargo, la influencia de las demandas de atención, con las permanentes remisiones de pacientes desde los diferentes municipios del Departamento de Antioquia, hizo de esta primera casa para el asilo de los alienados mentales de la ciudad una institución de carácter regional. Para aquella época, Medellín vivía ya una situación delicada, pues su crecimiento urbano atraía a muchos enajenados de otros distritos. En 1885, según el informe de Elías Upeguí -síndico de la Casa-de todos los locos allí asilados, apenas la mitad eran de Medellín y el resto provenía de otros distritos o con familiares que les ayudaban económicamente. De acuerdo con la resolución de la corporación Municipal, el Distrito de Medellín debería hacerse cargo únicamente de 50% de los enajenados, pero en la práctica atendía a todos los asilados, y recibía de los particulares únicamente las ayudas de los familiares pudientes. En algunas oportunidades se hicieron excepciones como en el caso de Epifanio Mejía 57, poeta que fue recluido en el Manicomio de Medellín en 1878, a la edad de cuarenta años, y permaneció ahí hasta el día de su muerte, en 1913; según el doctor Jaime Mejía, quien lo visitara en el ----55 CODIGO DE POLICÍA (1878). El Artículo 411 del título X Beneficencia, cobijaba a los niños desamparados, adultos sin domicilio, mendigos, locos y dementes. El título V Moralidad y Buenas costumbres, señalaba la ociosidad, la embriaguez y la prostitución como objetos punibles en el código. Destacado personaje de las letras en la ciudad de Medellín a finales del siglo XIX. Nacido en la población de Yarumal al norte de Antioquia, su familia se desplazó a la ciudad de Medellín, atraída por el auge de la economía comercial. Fue escritor y poeta, y publicó en importantes revistas de la época como El Oasis. Es el autor del Himno Antioqueño. Por su prolongado asilamiento, su nombre ha permanece ligado al de la historia del Hospital Mental. ROSSELLI, H. (1987), La locura de Epifanio y otros ensayos. De historia, medicina, psiquiatría y psicoanálisis, Bogotá, Ediciones Tercer Mundo. manicomio en 1882, «víctima de una cruel melancolía» 58. A solicitud de familiares del poeta y en atención a sus méritos como compositor y escritor, se le concedió por resolución del jefe municipal, la exoneración de todos los costos de su asilamiento. No se podrá obligar a la familia del loco o demente a tenerlo en su hogar; por otro lado, la policía tiene el poder de compeler a la persona que crea deba correr con los gastos, con multas o mediante el poder judicial (Código de policía 1914, Art. En ambos códigos se dispuso arresto en primera instancia, pero sólo en el código de 1914 aparecía el hospital en el artículo del capítulo locos y dementes. (...) cuando en el municipio donde aparezca un loco o demente no hubiere establecimiento alguno apropiado para tenerlo en seguridad, el jefe de policía ordenará que sea conducido al manicomio del departamento. Los gastos de conducción se harán por cuenta de los deudos del loco o demente, si estos pudieran hacerlo; o en caso contrario del municipio de donde procede 60. Una proporción de la procedencia de los internos en la casa de enajenados mentales en la fecha de su primera fundación se puede apreciar en el siguiente cuadro: Resulta importante señalar que la acción de la municipalidad de Medellín sobre el asunto de los enajenados mentales no es simplemente cuestión de civismo o la mera búsqueda de una estética urbana. Con ello, se estaba expresando la emergencia de un nuevo dominio de medicalización en la ciudad de Medellín. La intervención de la medicina como instrumento de control social se enfocaba a la regulación de los comportamientos, a la delimitación de los mismos, y a la separación de los alienados del cuerpo social. Entre finales del siglo XIX y comienzos del XX la medicina adquirió un matiz social. Ya no se trataba de la relación entre un paciente, la enfermedad y las terapéuticas curativas, sino de la relación con el espacio público. Para ello no solamente se hizo necesaria la transformación de las estructuras urbanas en aras de la salubridad pública, sino que se reconsideraron las prácticas frente a los alienados mentales y otros personajes de la anomia de la ciudad (ancianos, niños huérfanos, vagos, prostitutas, mendigos). Se trataba de la expresión de la medicina social en tanto que medicina urbana. En el ámbito de la ciudad de Medellín, la medicina social y la transformación de las formas de tratamiento en las enfermedades mentales, evolucionó desde la exclusión coercitiva hacia la clasificación de los enajenados, mediante un insipiente registro clínico y su separación de los enfermos no mentales y de los delincuentes, con miras a aplicar una terapia curativa basada en el asilamiento. Se dio entonces un sentido distinto a las formas de control social heredadas desde la Colonia por la ciudad republicana, que atendían simultáneamente y sin distinción al conjunto de «necesidades básicas» que abarcaban el cuidado del cuerpo, de la moral y del alma61. Podría decirse entonces, que la medicina social apareció en Medellín como producto del crecimiento de la ciudad. Para fines del siglo XIX, cuando los procesos de urbanización se vieron acompañados por la presencia notoria de locos; aumentó también la preocupación de la municipalidad por ejercer un control sobre los llamados enajenados mentales. La demencia fue considerada una enfermedad que debía ser tratada de forma especializada, por cuenta de instituciones estatales, con la colaboración de los particulares y las comunidades religiosas, para lograr la máxima eficacia. La acción de esa «medicina urbana» sobre las enfermedades mentales, llevó a una rápida evolución de los conceptos y formas institucionales de tratamiento; aunque en un comienzo se hubieran aplicado típicas formas de la «medicina de exclusión» 62. ----Así, en 1875 nació la Casa de Alienados; la misma que en 1878 y bajo la dirección del médico Tomás Quevedo Restrepo, sería el Hospital de Locos 63; después el Manicomio, por ordenanza de 1888; y en 1892, bajo la dirección de Ricardo Escobar Ramos, pasaría a un edificio especialmente diseñado para el aislamiento de los enajenados mentales o locos, y al que se conocería con el nombre de «Manicomio de Bermejal» 64. Con este nombre funcionó, con ocho directores consecutivos, hasta 1951, cuando fue creado el Hospital Mental de Antioquia, con programas integrales para el tratamiento de los enfermos allí internados. A diferentes nombres, correspondieron momentos conceptuales distintos de la medicina que se ocupaba de las enfermedades mentales en el medio urbano. En un primer momento, los locos estuvieronn incluidos -al lado de los mendigos, los pobres de solemnidad, las mujeres de «vida desordenada», las viudas sin familia, los niños huérfanos, las personas afectadas por enfermedades contagiosas y los viejos-entre las personas a quienes iba dirigida la caridad cristiana y la asistencia social. Pero con el desarrollo de la ciudad moderna, el tratamiento para ellos cambió y se establecieron instituciones especialmente destinadas a darle una solución social a la presencia de los dementes 65. La demencia exhibida o callejera, se convirtió en un problema social urbano y, en consecuencia, dejó de estar regulada por la caridad, es decir, por el azar, y comenzó a ser codificada y luego medicalizada. En 1914, el Manicomio funcionaba como una institución del Departamento de Antioquia y asilaba no sólo a pacientes de Medellín, sino de otros municipios. Estaba regido por la Junta del Manicomio, que a su vez dependía de la Junta de Higiene del Departamento, cuyos programas dependían de la Asamblea Departamental y la Gobernación. Ese año, se produjo la segunda reglamentación del Manicomio, desde que la Gobernación lo asumió como regio-----63 (AHM), Acuerdos (1878), T. 2181, fol. 136. 65 Otras experiencias de medicalización de la locura, muestran este proceso institucional hospitalario, cf. PATLAN, M.E. (1997), El hospital para hombres dementes: San Hipólito en el siglo XIX. En ARBOLEDA, L. y OSORIO, C. (eds.), Nacionalismo e internacionalismo en la historia de las ciencias y la tecnología en América Latina, Calí, Universidad del Valle, 217-222. También, CARBAJAL, A. (2001), Mujeres sin historia. Del Hospital de La Canoa al Manicomio de la Castañeda, Secuencia: Revista de historia y ciencias sociales, 51 (sep.-dic.), pp. 31-56. La primera la habían hecho en el año 1896, los doctores Eduardo Zuleta y Juan B. Londoño, comisionados por la Academia de Medicina, por encargo directo del gobernador del Departamento 66. La presencia de la sociedad científica no era incompatible con la participación de las religiosas en la administración del manicomio, en el reglamento de 1914, ya que éste definía lo concerniente a la administración del establecimiento en manos de laicos y de religiosas de la siguiente manera: «Todos los empleados [del Manicomio] subalternos, exceptuando las hermanas de la caridad y los que de ellas dependen, deben ser nombrados y removidos por el Director de la Junta del Manicomio» 67. En esta materia era evidente la armonía de instituciones médicas civiles con las comunidades religiosas, en la administración del control y tratamiento de los enfermos mentales de la ciudad. En el Reglamento, el Distrito señaló que las bases para la internación de los asilados serían la «Ley Francesa de junio de 1838 y la Ordenanza de la Asamblea Departamental de 1839 en lo que sea adaptable» 68. El sistema de organización impuso también un registro de las actividades administrativas en varios libros que daban información sobre el movimiento de los pacientes en el hospital, las prescripciones sobre cada enfermo, los inventarios y la contabilidad. Desde el punto de vista médico, el reglamento de 1914 expresó una filosofía que proponía la utilización de «métodos de libertad» antes que formas coercitivas o de fuerza. Se recomendaba igualmente la implementación de «tratamiento hidroterápico» y las más estrictas «medidas de higiene», sobre todo en la prevención y control de moscas y parásitos como niguas, chinches y pulgas. Se definieron también las bases para la alimentación de los enfermos mentales, y la separación entre éstos y los afectados por enfermedades no mentales, como las contagiosas, y en general su separación de las personas con las que inicialmente compartían su aislamiento. De esta idea de la separación es que surgió la necesidad de construir un pabellón exclusivo para los enfermos mentales y su tratamiento en Medellín. Por otro lado, el reglamento contempló también la actividad de los internos dentro del proceso de tratamiento y asilo. Acerca de la experiencia francesa, cf. PERROT, M. (1991), Sociedad burguesa: aspectos concretos de la vida privada. En Historia de la vida privada, T. 8, Madrid, Taurus, pp. 131-139. nerlos trabajando en talleres, y ocuparlos en oficios domésticos, el cultivo de jardines y árboles, y la agricultura en general. En materia de recreación, se recomendó en este reglamento la proyección de películas y sesiones con gramófono, pues se aseguraba: «La música tiene una feliz influencia en estas enfermedades» 69. Las bases generales de este reglamento mostraban una clara orientación clínica para el control de los enfermos mentales de todo el Departamento desde el Manicomio, el cual estaba regido por cuatro instancias administrativas: la Junta del Manicomio, la Junta de Higiene, la Asamblea Departamental y la Gobernación de Antioquia. A juzgar por una noticia divulgada en el periódico local La Defensa de 1937, el reglamento de 1914 se había hecho inoperante: al parecer, el manicomio continuaba siendo en muchos aspectos un lugar de aseguramiento de los alienados y no un espacio para el tratamiento clínico, y el aumento considerable de la población de asilados exigía cambios. Según esa noticia la población de asilados había aumentado a alrededor de quinientas personas, las cuales permanecían «encerradas en jaulas» 70. La noticia anunciaba además la implementación de variaciones en los mecanismos de regulación de la institución. La toma de decisiones se dejó en manos del director del Manicomio, que a partir de ese año fue designado médico-jefe. El nuevo reglamento señaló que ningún enfermo podría entrar ni salir sin el permiso del director, que debía ser un médico. Además, el servicio médico, en todo lo concerniente al régimen físico y moral, y a la «policía médica y paramédica», quedó también a cargo del director. La concentración de funciones y responsabilidades fue tal, que la misma reforma al reglamento contemplaba la residencia del médico jefe dentro del Manicomio. Otro aspecto importante de la reglamentación de 1937 es que no incluyó nada sobre la participación de las comunidades religiosas en el proceso de la administración del hospital o de la atención a los enfermos. En 1937 se reafirmaron las funciones de la «Junta de Inspección y Vigilancia del Manicomio», creada por la Ordenanza 25 de 1914 y compuesta por el gobernador del Departamento, los miembros de la Junta Departamental de Higiene y el médico jefe del Manicomio 71. Junta de Inspección y Vigilancia del Manicomio. «Reglamento del Manicomio Departamental». Se tiene así, que la regulación de la salubridad pública, en materia de enfermedades mentales, pasó en Medellín de la municipalidad al Departamento, pues más allá del control social sobre los vecinos de Medellín, el Manicomio se vio obligado a recibir a muchos alienados, locos o dementes que llegaban de otras regiones del Departamento. Podría decirse entonces, que en 1892, apenas a 17 años de la creación de la Casa de Alienados de Medellín como una expresión de la forma de la «medicina urbana», las demandas que acosaban a la capital del Departamento y la presión de las migraciones desde otros distritos, convirtieron esta clínica para la atención en la ciudad en receptora de los enajenados del Departamento y en centro de atención médica en el nivel regional. Se aprecia desde esta perspectiva, un crecimiento de las demandas regionales y urbanas por la salud mental, y el aumento de la capacidad medicalizadora con forma de aislamiento centralizado en la ciudad de Medellín. Uno de los factores que hicieron posible la centralización de la medicalización de las enfermedades mentales, fue la existencia de la Academia de Medicina de Medellín y de la Escuela de Medicina de la Universidad de Antioquia. La primera, como se dijo arriba, formuló el reglamento de 1896, como expresión del peso y la influencia que el cuerpo médico, organizado en sociedad científica, tenía en la municipalidad, en su función de regulador de la salud pública en Medellín y el Departamento. Las políticas públicas en materia de salud estaban mediadas también por la medicalización que se ejercía tanto desde la Universidad, por medio de la Clínica de Enfermedades Mentales, cátedra fundada en la Escuela de Medicina de la Universidad de Antioquia en cumplimiento de la Ordenanza 25 de 1914, y que fue proyectada directamente en el Manicomio, en la medida en que tenía como responsable a su director 72. De esta manera, el director del Manicomio estaba comprometido con una instancia importante de la regulación de la salud mental, que incluía la formación de nuevos médicos especializados, y de la investigación. La dedicación del director del Manicomio a la Clínica de Enfermedades Mentales fue reafirmada en 1915, cuando la Ordenanza 51 de ese año creó nuevos cargos en el Manicomio. Se nombró un médico auxiliar y se creó el cargo de síndico-contador; se conservó a las hermanas de la presentación de Tours para el cuidado del establecimiento y de los pacientes, merced que les había dado desde 1905 el gobernador Teodonio de Villa, cuando quedaron encargadas de la «dirección interior del establecimiento, particularmente en los referente al buen orden, aseo y a la moralidad y vigilancia de los sirvientes» 73. Una prueba de esta participación religiosa en las funciones de regulación en el cuidado de la salud, se ve en la descripción que Juan B. Londoño hace del Manicomio en 1906, en la que destaca muy especialmente «la función cumplida allí por las hermanas de la caridad» 74. Hasta 1913, cuando se alcanzó una mayor identificación de los propósitos clínicos del aislamiento, las funciones del director se limitaban a las de «simple médico»; mientras que las funciones de dirección y administración del establecimiento quedaban en manos de las monjas y otros empleados. Durante esos años no se produjeron registros clínicos. Desde su emergencia en la ciudad de Medellín, el Manicomio se organizó desde la iniciativa de la municipalidad o de la Gobernación, niveles estatales que regulaban la salud y la higiene pública. Sin embargo, las iniciativas religiosas se involucraban siempre con las actividades asistenciales y de salud; concretamente, como ya se mencionó arriba, para el caso del Manicomio, era clara la participación de monjas que cumplían funciones de cuidado, higiene y recreación dentro de los programas reglamentarios. En el nivel administrativo, frente a la regulación oficial, sociedades de un definido corte religioso, como la San Vicente de Paúl, estuvieron atentas, a finales del siglo XIX, para tomar por su cuenta las riendas del Manicomio. Como producto de esta participación, en 1898 se suspendieron los contratos con el síndico y la directora; y se celebró un nuevo contrato, para la administración del Manicomio, con el doctor Escobar Ramos, presidente de la Sociedad San Vicente de Paúl 75. Esta conservación de la intervención religiosa en la administración, hasta mediados del siglo XX, marcó lo religioso como factor delimitador de la locura al lado del médico. Sin embargo, hasta 1952, la marginación que causa el encierro, no produce un verdadero aislamiento de los dementes con respecto a la ciudad. La cercanía administrativa del Manicomio con la cárcel y su ubicación en el mapa de la ciudad, expresaba aún la integración de los cuerpos. Una de las primeras gestiones administrativas de la casa para locos en 1878 fue el préstamo de cadenas para amarrar a los locos, solicitadas a la dirección general del presidio 76. Igualmente los miembros del Consejo de la ciudad dispusieron la construcción de tapias de altura para la «seguridad e independencia de los edificios» ocupados por el hospital de locos 77.
La tuberculosis fue una enfermedad estigmatizante, con una fuerte carga valorativa elaborada desde la misma medicina. Este trabajo pretende realizar un análisis de las concepciones médicas acerca de la enfermedad y su repercusión en los enfermos en un ámbito especial como fueron los sanatorios para tuberculosos. Se parte, para el análisis, de una enumeración de los sanatorios en la provincia de Córdoba, para luego estudiar las miradas médicas acerca de los sanatorios y el contagio como el elemento fundamental para la internación de los tuberculosos. Luego pasamos al análisis de los mitos que se generaron en torno a la enfermedad y, por último, tratamos de entender cómo estos generaron una la conformación de un grupo social particular en esos mismos sanatorios. Entre fines del siglo XIX y principios del XX una enfermedad profundizó las preocupaciones que la medicina argentina tenía acerca de la salud de la población: la tuberculosis. El crecimiento demográfico, fruto del flujo migratorio ultramarino que se instalaba en las grandes ciudades, y el desarrollo de un capitalismo que no brindaba las mismas oportunidades a todos los habitantes de la Argentina generaron condiciones de vida material paupérrimas: hacinamiento, mala alimentación, alcoholismo, etc., condiciones de las que la tuberculosis era tributaria para la medicina criolla. De esta forma pronto, esta enfermedad, se transformó en un serio problema sanitario creando una inquietud creciente en el Estado, la elite médica y la misma sociedad que reaccionaron imponiendo medidas sanitarias, como dispensarios barriales, consultorios externos en los hospitales y sanatorios para tratar de curar a través del clima 1. A principios del siglo XX, se había reconocido que la tuberculosis era una enfermedad transmisible, pero no había un tratamiento efectivo -y no lo habría hasta mediados del siglo XX, en que las quimioterapias comenzaron a generalizarse-. Estas características generaron estrategias de cura y aislamiento, defendidas por la profesión médica e implementadas en instituciones estatales, sociedades de beneficencia y sanatorios privados. En la medicina de fines del siglo XIX y principios del XX, si bien existían tratamientos domiciliarios e internaciones en los hospitales en las grandes ciudades, la medicina consideraba como una opción de cura, tomando el ejemplo de la medicina europea, la internación de los enfermos en sanatorios ubicados en ambientes determinados: de llanura, de montaña o de mar; pero cuya característica principal fuera un clima limpio y el aislamiento. En este sentido cabe acotar que dependiendo del tipo de tuberculosis y del órgano que afectaba la medicina recomendaba diferentes tipos de clima; sin embargo, de acuerdo con los saberes que circulaban en la profesión médica, en todos los casos de tuberculosis era necesario el aislamiento. Una de las regiones donde se ubicaron gran cantidad de establecimientos para la cura y aislamiento de los enfermos de tuberculosis fue la ubicada al oeste de la ciudad de Córdoba, en lo que se denomina el valle de Punilla, zona montañosa caracterizada por la sequedad del clima y el alejamiento de los grandes centros urbanos. En estos establecimientos se desarrollaban estrategias tendentes a higienizar al enfermo, generar pautas morales y conductuales que permitieran la ----convivencia con la comunidad de enfermos. Esa higiene moral y física permitiría también -se pensaba-su reinserción en la sociedad en caso de lograr la tan ansiada cura. Por otra parte, los sanatorios debían estar lo suficientemente alejados de la población en su conjunto, pues la tuberculofobia 2 (el miedo al contagio) era una de las preocupaciones que más molestaban a la elite médica, especialmente a partir de la demostración de la transmisibilidad de la tuberculosis, que en Argentina sostenía José Penna 3 y que fuera ampliamente adoptada por la mayor parte de la elite médica. En este artículo pretendemos analizar los discursos médicos sobre la población de enfermos internados en los diversos sanatorios de la Provincia de Córdoba, y las prácticas de los profesionales de la salud que en muchos casos repercutían en los comportamientos y en la salud de los internados. Para ello se analizaron memorias y revistas en las cuales los médicos pusieron el acento en los tratamientos y opiniones acerca del comportamiento de los enfermos. Esto se contrastó con testimonios de tuberculosos internados y relatos provenientes especialmente de la literatura. LA PROVINCIA DE CÓRDOBA COMO LUGAR DE EMPLAZAMIENTO DE SANATORIOS La provincia de Córdoba, ubicada en el centro de la Argentina y caracterizada por poseer en su región occidental montañas de altura relativa, fue el lugar elegido por la mayoría de los médicos argentinos para enviar a sus pacientes «enfermos de pecho» a realizar curas en sanatorios. En éstos se practicaban dos tipos de cura: la de «reposo» y la «higiénico dietética», para ambas se requería la internación del enfermo. La elección de estos tipos de tratamiento por parte de muchos médicos tuvo como consecuencia lógica la conformación de una serie de instituciones de carácter público, privado y de la beneficencia que recibieron, internaron y trataron de sanar esos «cuerpos enfermos». La región era recomendada por médicos, intelectuales y gobernantes para llevar a cabo la cura de los tuberculosos. Bialet Massé en su informe sobre el estado de la clase obrera en Argentina señaló acerca de su clima que sus «aires purísimos eran capaces de curar cinco mil tísicos por año» y la bautizó «la ----2 ARMUS, D. (2006), Curas de reposo y entierros voluntarios. Narraciones de los tuberculosos en los enclaves serranos de Córdoba. En BONGERS, W. y OLBRICH, T. (comps.), Literatura, cultura, enfermedad, Buenos Aires, Paidós, pp. 115/116. 3 BERMAN, G. (1946), La explotación de los tuberculosos, Buenos Aires, Claridad, p. Meca de los tuberculosos» 4. Gumersindo Sayago, uno de los más destacados tisiólogos argentinos, también hizo referencia a los beneficios del clima de las estaciones climatéricas cordobesas, observando que éstas habían sido visitadas por enfermos de tuberculosis desde fines del siglo XIX 5. Antonio Cetrángolo escribió una obra excepcional acerca de su experiencia en la atención de los tuberculosos en la que señaló: «En todos los hogares de nuestra tierra, de todas las categorías, cada vez que el problema de la tuberculosis se plantea, la idea de Córdoba y su clima se hace presente en los espíritus» 6. En 1927, el gobernador Cárcano en su discurso de apertura de la asamblea legislativa -basado en los informes de la Comisión Provincial de climatología y climatoterapia creada para estudiar el clima de las sierras de Córdoba-, también lo alabó: «algunos elementos del clima de Córdoba, como su humedad, su luminosidad y pureza del aire, se prestan para la curación de todas las formas clínicas de tuberculosis» 7. En ese mismo discurso el gobernador dio cuenta de la inmigración de enfermos de todas partes del país e incluso del extranjero 8. En ese contexto nació el sanatorio que se convertiría en emblema de las sierras de Córdoba: el «Santa María», que comenzó como una empresa de carácter privado emprendida por el doctor Fermín Rodríguez, quien fue ayudado financieramente por el Estado Nacional para la construcción de las instalaciones con la suma de 200 000 pesos, a cambio de la «asistencia permanente de los tuberculosos curables becados por el Poder Ejecutivo» 9. Si bien se logró la construcción del sanatorio y comenzó a funcionar, la empresa fracasó y el médico empresario presentó la quiebra. Como consecuencia del quebranto del doctor Fermín Rodríguez, el sanatorio fue comprado por el Estado Nacional en 1909. Según el artículo 1o de la ley 7517 que autorizaba la compra del sanatorio por la suma de 250 000 pesos, éste sería destinado al tratamiento preventivo y curativo de enfermos de tuberculosis, se debía hospitalizar preferentemente a los maestros de escuela, miembros del ejército y de la armada, y empleados públicos inválidos al servicio del Estado. A partir de la compra de las instalaciones del sanatorio, el Estado comenzó con la readecuación y construcción de otros pabellones para la internación de enfermos. En la década del veinte del siglo pasado llegó a disponer de más de 1.000 camas. Luego de esta experiencia fueron creándose otros sanatorios de carácter privado dedicados a la cura, que ponían el énfasis en el descanso, el clima, la higiene y la dieta: en la localidad de Cosquín se establecieron el sanatorio Mieres, la clínica Berna, el Hogar Japonés; el sanatorio Laennec y Galatoire se instaló en Capilla del Monte también con una pequeña clínica que se ocupaba de la cura higiénico-dietética y de reposo 10. Todos los sanatorios antes mencionados tenían su ubicación en el valle de Punilla, es decir, al oeste de lo que se denomina las Sierras Chicas 11. A éstos se fueron agregando luego dos sanatorios en las afueras de la ciudad de Córdoba, construidos en parte por el Estado cordobés pero que eran dirigidos y administrados por sociedades de beneficencia. Así nacieron el Sanatorio Tránsito Cáceres de Allende y el Sanatorio de Nuestra Señora de la Misericordia; el primero dirigido a internar tanto varones como mujeres y el segundo a mujeres y niños 12. En 1925 una sociedad de médicos de Buenos Aires instaló en la región oriental de las sierras otro sanatorio destinado a enfermos pudientes. Estos establecimientos se fundaron al ritmo de la formación de nuevos recursos humanos especializados: hacia la década de 1920 comenzó a constituirse una especialidad en tisiología que se consolidó en la década de 1930 con la creación del la cátedra y el Instituto de Tisiología en el ámbito de las Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Córdoba 13. LA MIRADA MÉDICA Y EL SANATORIO Los sanatorios para tuberculosos formaron parte de los tópicos que fueron objeto de discusiones y análisis de la medicina argentina a fines del siglo XIX y principios del XX, para combatir la enfermedad. Algunos los percibían como focos de infección de tuberculosis, mientras para otros era el lugar perfecto donde aislar e intentar curar a los enfermos. Esta última no era una idea original de la medicina Argentina, sino que devenía de la experiencia europea. En el año 1889, cuando aún no había comenzado a desarrollarse el sistema hospitalario para la internación de tuberculosos, en una tesis doctoral defendida por el futuro doctor Arguello encontramos referencias a la necesidad de este tipo de establecimientos y las ventajas que acarrearía a la sociedad en su conjunto. Debemos tener en cuenta que a fines del siglo XIX y principios del XX primaba la teoría del contagio directo, por lo tanto el sanatorio se constituía como un factor de alejamiento del enfermo de aquellos a los que podía transmitirles la dolencia. De esta forma, el sanatorium existente en Europa pero no en Argentina tenía una finalidad determinada: «los enfermos alejados de sus deudos están constantemente sometidos a la vigilancia y a prescripciones del médico (...)»14. Para el futuro doctor Arguello la figura del médico tenía una fuerte connotación como garante de la vigilancia del tuberculoso ya que la cura se debería extender a diversos ámbitos de la vida del enfermo: la moral y la física. En el mismo sentido el sanatorio permitiría un alejamiento de aquellos a los cuales el enfermo podría contagiar. Por otra parte, la medicina ponía el acento sobre los enfermos pobres como los destinatarios a poblar estos establecimientos. El mismo doctor Arguello se explayaba sobre las posibilidades del tratamiento por este medio a los enfermos pertenecientes a las clases menos pudientes: «los que en la actualidad se atienden en los hospitales generales, entre nosotros, siendo por tanto una constante amenaza para las demás personas del establecimiento. Debiera fundarse establecimientos apropiados para aislar y tratar a los tuberculosos pobres»15. La clase menesterosa pasaba, con esta dolencia y a partir del discurso médico predominante en la medicina a convertirse en clase peligrosa porque «son ellos los que más expanden la enfermedad» 16. ----El doctor José M. Escallier, reputado médico dedicado al tratamiento de los tuberculosos, en el Primer Congreso Nacional de Medicina de 1916, presentaba un trabajo sobre las ventajas de los sanatorios y no se diferenciaba demasiado de la mirada que hacía el médico tesista veintisiete años antes. El sanatorio tenía más una finalidad de encerramiento para evitar el contagio a la población sana que la misma cura. «La obras que los sanatorios realizan no solo son la mejor forma de hacer el tratamiento de la tuberculosis, sino también el mejor modo de hacer su profilaxis. En ellos se obtiene la educación del enfermo sometiéndolo a rigurosas reglas de higiene bajo una acertada dirección, se evita su dispersión en medio de poblaciones indemnes en las que vive en peligrosa promiscuidad con los sanos sembrando el contagio, sin otra guía que su propia inspiración (...)». «La creación de sanatorios en una región elegida entre muchas adaptables a este objeto impondría la concentración de los enfermos peligrosos cuando se dispersan y no están sometidos a cuidados y prescripciones (...)» 17. El artículo da la pauta del miedo que generaba en la misma medicina la enfermedad, la fobia al contagio y por lo tanto, la necesidad de aislar a los enfermos de tuberculosis. Pero al mismo tiempo se nota que la medicina y el médico se erigirían educadores y moralizadores del tuberculoso y por lo tanto en sus controladores. El construir hospitales en los márgenes permitiría al tuberculoso tener un mayor contacto con sus familiares y su entorno. Este mayor contacto con la realidad y con el exterior jugaría como dique de contención en sus ansias de volver a la ciudad y por lo tanto contagiar a los sanos. Este tipo de escritos llevaron a considerar a los tuberculosos, a partir de que enfermaban, como un grupo social distinto y en muchos casos hasta peligroso. Por lo tanto había un solo camino: el aislamiento. Una mirada similar dejaba entrever también el Presidente del Consejo Provincial de Higiene el 26 de Octubre de 1925, cuando le informaba al gobernador acerca del lugar donde se ubicaría el sanatorio Ascochinga; el informe se extendía sobre el cumplimiento de la legislación vigente y sus características edilicias. El escrito del doctor Portella, además de notificar sobre aquellas condiciones, también abundaba en apreciaciones sobre su propia posición acerca del peligro de contagio por parte de los enfermos hacia los ----17 ESCALLIER, M. (1917), La necesidad de la construcción de hospitales suburbanos. En Primer Congreso Nacional de Medicina de la República Argentina. Actas y trabajos, Buenos Aires, Imprenta y Casa Editora Flabián y Camilloni, p. 253. sanos y las estrategias que deberían seguirse para que ese contacto no se llevara a cabo. En la exposición observaba que el emplazamiento del sanatorio se encontraba alejado de las poblaciones que lo circundaban, «siendo el acceso al mismo completamente independiente y lejano del que corresponde al hotel y vecindades que le rodean» 18. Pero lo que más resaltaba el autor eran las características de gueto que asumía la propiedad donde estaría emplazado el edificio y su predio: «estará limitada por tejido metálico, lo cual evitará el libre contacto de los enfermos con los sanos a menos que el médico lo autorice cuando no haya peligro de contagio» 19. Esta solución se generaba a partir de considerar al tuberculoso como una amenaza al orden social a partir del contagio 20. Podemos decir que la tuberculosis fue una enfermedad estigmatizante y excluyente. Durante toda la historia, pero tal vez cuando la enfermedad dejó de ser una dolencia de los bohemios y pasó a constituirse en la enfermedad del proletariado y en el mismo momento en que se descubre el agente etiológico, comenzaron a aparecer y a reproducirse una serie de estigmas y mitos que convirtieron al tuberculoso en un ser marginal 21. Esa marginalidad se reflejó en el discurso médico y en las reglamentaciones de las instituciones destinadas a aislar y a curar a los enfermos que indudablemente estaban determinadas por este tipo de pensamiento. Si bien estas reglamentaciones no se llegaron a cumplir en su totalidad, estaban imbuidas de un fuerte tono coercitivo donde todos los aspectos de la vida del enfermo eran normados. De esta forma el enfermo de tuberculosis era convertido en un individuo despojado de sus atributos personales, de sus derechos y aún, confundidos con la misma enfermedad. El enfermo de tuberculosis además de ser aislado debía recibir un tratamiento moral y debía ser vigilado por el médico, el cual en el sanatorio se convertía en el garante del orden moral del enfermo. ----El doctor Cetrángolo, en un artículo publicado en la revista Reflexiones, perteneciente a los internados del Sanatorio Santa María pretendía explicar las causas por las cuales habían aparecido los sanatorios y la necesidad de aislamiento de los enfermos. El médico, que trabajaba en ese establecimiento desde hacía cinco años observaba que era la prensa la que había convertido la lucha en contra de la tuberculosis en la lucha en contra del tuberculoso, a partir de la difusión de la idea de contagio como un factor fundamental en el desarrollo de la tuberculosis. «¿Como proceder de otro modo, si diarios, periódicos y revistas -entidades de gran autoridad y que constituyen la llamada opinión pública-habían afirmado que el tuberculoso era algo terrible porque arrojaba bacilos, no ya sólo con la emisión de la voz, sino capaces de ser transmitidos hasta por la mirada?»22. De esta forma, para el autor, el sanatorio devendría en una forma de aislamiento hacia el enfermo de tuberculosis confundido con la enfermedad, pero esa confusión no derivaba de las miradas médicas que se habían venido formando desde la conformación del saber médico a partir de la idea de contagio, sino de los mismos medios de comunicación. Más allá de estas distintas miradas, el sanatorio para tuberculosos tenía una doble misión, en muchos casos contradictoria: sanar y aislar23. El contagio era percibido como un factor fundamental por el cual los sanatorios habían aparecido en el escenario médico en la lucha contra la tuberculosis. En sí, el sanatorio era considerado como un arma para aislar al tuberculoso de la sociedad para que éste no la contagiara con el bacilo. Sin embargo, hacia dentro del sanatorio el contagio determinaba las prácticas y conductas médicas que, a su vez, tenían una fuerte carga sobre los enfermos. A lo largo de su extensa carrera en sanatorios para tuberculosos, el doctor Antonio Cetrángolo tuvo ocasión de verificar ciertas prácticas de muchos médicos que tenían aprensión al contagio. Entre ellos había un temor al contacto físico: «En Santa María un colega me preguntó si podía estrecharle la ----mano a su hermano enfermo sin contagiarse»24. Sin embargo el miedo al contagio no sólo se extendía a este tipo de contactos físicos sino también al miedo a entrar en contacto con ciertos elementos que pudieran haber sido asidos por enfermos de tuberculosis. El mismo Cetrángolo relata que en el Hospital Santa María observaba a colegas que abrían las puertas con el codo 25. Esta aprensión al contagio se extendía a todo elemento que pudiera generar un contacto entre el enfermo y el supuestamente sano, como los insectos. Cetrángolo se percató de los cuidados que tenían otros médicos, cuando un profesor que visitaba el sanatorio de Ascochinga le solicitó con urgencia yodo y alcohol a fin de desinfectarse, ya que lo había tocado una mosca 26. Gregorio Berman, uno de los psiquiatras mas reputados de la provincia de Córdoba y profesor titular de medicina legal en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Córdoba, preocupado también por la problemática de los tuberculosos, relataba que a principios de su carrera era uno de los pocos que visitaba, en el Hospital Muñiz, a los «bacilosos» que iban a morir allí. «Nunca encontré el médico de sala, y el enfermero me decía que iba lo menos posible, tal vez no tanto por holgar, como por el temor a ser contaminado»27. Esas referencias continuaron con prácticas con una fuerte carga discriminatoria hacia los enfermos, que de alguna manera deshumanizaban la relación médico-paciente. Berman decía en 1946: «Todavía quedan médicos que se mantienen a la mayor distancia posible de los enfermos, que se lavan la cara con alcohol y otros desinfectantes al salir de las salas, que sólo abren los picaportes en esos establecimientos con el extremo de su guardapolvo». 28 Estas prácticas generaron extremos en los médicos de sala al punto de proponer «el empleo de máscaras cuando están en sus salas, por temor a las gotas de Fluge»29. El temor al contagio se extendía también a aquellos que habían enfermado y curado (es decir que ya no eliminaban bacilos), tal fue el caso, comentado por Cetrángolo, respecto «de un profesor de cirugía (...) que al colega que regresa de una cura de clima en donde alcanza su curación, le ruega no concurrir al servicio, pues tiene miedo al contagio; a contagiarse él»30. El discurso acerca del contagio como un mecanismo automático de contacto o acercamiento al enfermo, inundó no sólo a gran parte de la medicina ----ocupada de la problemática de la tuberculosis, sino también a la sociedad en su conjunto. Generó un miedo profundo a contraer la enfermedad que derivó en prácticas de evitación del contacto con la tuberculosis y el tuberculoso; una práctica muy común en turistas que pasaban por Cosquín (pueblo cercano al Sanatorio Santa María) era taparse la boca y la nariz con un pañuelo a fin de protegerse del bacilo 31. En ese mismo sentido puede entenderse el miedo al contagio que despertaba en la población de Ascochinga donde se instalaría en 1925 un sanatorio para tuberculosos, al que definían como «triste refugio de enfermos contagiosos atraídos por las empresas comerciales que se interesan en ellos», y opinaban que la profilaxis de la zona no se resolvería con desinfecciones sino con zonas de exclusión de los sanatorios 32. Las miradas médicas eran resignificadas por la sociedad que generaba una visión donde el enfermo era confundido con la enfermedad y por lo tanto propenso a ser aislado; visión que en muchos casos era asida por el mismo enfermo. Cetrángolo observaba que la cura de clima equivalía a un aislamiento discreto y amable. El tuberculoso sentía la presión social devenida de esa visión del contagio, «ya que el enfermo se percata de la aprensión y se crea en él un complejo de inferioridad. Esta situación origina una serie de molestias de las que el enfermo quiere huir (...)» 33. Sin embargo ese miedo al contagio también se encarnaba en aquellos que habiendo estado enfermos habían curado. Cetrángolo continuaba exponiendo: «Fueron los conceptos dominantes en tisiología que adquiriendo la fuerza de un prejuicio. La idea tantas veces sostenida, hasta por colegas muy distinguidos, de que el tuberculoso que curaba en las sierras debía vivir siempre allí, y ellos mismos radicarse definitivamente en las sierras después de curar» 34. También la tuberculosis, a través de los saberes médicos de la época, generó un sinnúmero de mitos que surgieron acerca de la enfermedad y el enfer-----31 CETRÁNGOLO (1944), p. 32 Ampliación de reclamo para la prohibición del establecimiento de un sanatorio en Ascochinga, 23 de noviembre de 1925. Archivo de Gobierno de la Provincia de Córdoba. mo, entre los cuales se encontraba el asignar al enfermo una psicología particular. La tesis más común acerca del carácter y la psicología del tuberculoso se centraba en el efecto de las toxinas provocadas por la misma enfermedad, doctrina que Berman rechazaba por retrógrada hacia mediados de la década de 1940, pero que según el autor regía en la mente de la mayoría de los médicos 35. En el mismo sentido se explayaba Cetrángolo acerca del carácter de los tuberculosos: «Desde épocas remotas le fue atribuida al tuberculoso una psicología particular. Su personalidad psicológica se caracterizaba por una gran sensibilidad y egoísmo (...) A su egoísmo le atribuían el deseo de transmitir su enfermedad a los suyos y al prójimo (...) le era atribuido un exotismo extraordinario»36. Varios fueron los médicos o futuros médicos que desarrollaron sus ideas acerca de la psicología del tuberculoso y que fueron representantes de una mirada particular sobre la enfermedad: asignar una psicología particular, misteriosa, egoísta, exótica. Julio Caraffa escribió en 1890 su tesis doctoral titulada Prevención y tratamiento higiénico de la tuberculosis. Cargada de una serie de preconceptos y escaso asidero científico, la tesis se extendía acerca de los excesos sexuales del tuberculoso y de los perjuicios que esto generaba en su salud. «El acto venéreo que desgasta rápidamente la fuerza vital es uno de los peligros más serios para el enfermo, pues su abuso precipita seguramente la enfermedad hacia un fin funesto». Escribió también: «(...) el médico debe prevenir a su enfermo la gravedad de las consecuencias que reportarían a su salud el abuso de este acto, tanto más que en esta afección parece que hubiera un acrecentamiento mayor de los deseos sexuales»37. Hacia 1935 el doctor Jacinto Parral publicó un artículo en la revista Momento Médico 38, de amplia difusión entre los facultativos. En este artículo, con un sugerentes título, «Contribución al estudio de la psicopatología del tuberculoso», el autor se propuso describir la psiquis de los tuberculosos, y entre las particularidades que destacó se encontraba el «ansia de sexo y amor ----así como (...) su egoísmo», y citó algunos casos, como el de un padre de familia que obligaba a su esposa y a su hijo a convivir con él para contagiarlos 39. Esta visión se había extendido hacia toda la sociedad; son varias las obras literarias que perciben al tuberculoso con una particular psicología, un apetito sexual desmesurado y una maldad también particular, que determinan la vida del enfermo en el sanatorio 40. Tal vez por ello el reglamento del Sanatorio Santa María en su artículo 21 disponía: «Está terminantemente prohibido a todo enfermo el tránsito, por ningún motivo de pretexto, en los pabellones, pasillos y paseos destinados a otro sexo» 41. La disposición, si bien estaba imbuida de un moralismo victoriano, tenía también que ver con el pensamiento médico dominante; esto es, que el enfermo no debía tener relaciones sexuales, y que la misma enfermedad generaba en él un exacerbado apetito sexual. Por otra parte, muchas de las rebeliones y actos de insubordinación que los enfermos generaban en los sanatorios eran considerados como consecuencias de esa particular psicología. Otro de los estigmas y mitos que se generaron en la tisiología, fue la necesidad de que los tuberculosos se abstuvieran de tener hijos, especialmente las mujeres. Caraffa opinaba que el embarazo de las mujeres tuberculosas no debía llegar a su fin, puesto que trastocaba no sólo su salud, sino también la de sus futuros hijos, que podían ser contagiados 42. Antonio Cetrángolo recordaba que la inmediata reacción de los médicos y de él mismo frente a las mujeres internas del sanatorio Santa María que quedaban embarazadas era la de hacerlas abortar, ya que estaba en riesgo su salud y la del niño. La prohibición de tener hijos iba más allá de su enfermedad; les estaba prohibido tener hijos aun cuando ya estaban curadas 43. El mito acerca del embarazo generaba también ciertas prevenciones acerca del matrimonio de un tuberculoso con una persona sana. «El matrimonio no trae ninguna ventaja positiva para el tuberculoso tanto más si se consideran los resultados funestos y la miserable vida que espera a su prole» 44. Este tipo de pensamiento guiaba otra tesis doctoral de 1920, escrita por Ángel Gracila----- zo, cuyo título es explícito acerca de las concepciones del autor, el cual no dejaba lugar a dudas: Incompatibilidad del matrimonio con la tuberculosis y la sífilis45. De estos escritos se pueden extraer varias ideas acerca del pensamiento médico sobre la tuberculosis. En primer lugar, existía una idea eugenésica: el enfermo no podía tener hijos por su salud o la predisposición que podía heredar a sus hijos; lo que conduciría a la degeneración de la especie. En segunda instancia, se asignaban al tuberculoso ciertos atributos supuestamente derivados de la enfermedad, como la exacerbación del apetito sexual, que era perjudicial para su salud. Ambos se reflejaron en las prácticas médicas dentro del sanatorio. LA VIDA COTIDIANA EN EL SANATORIO El aislamiento obligaba a los enfermos a constituirse como un grupo social marginado con códigos propios y hábitos distintos que los diferenciaban de la sociedad. Antonio Cetrángolo trataba de dar una explicación a dicho fenómeno: «(... ) un sanatorio o un hospital para tuberculosos es una cosa muy distinta de un hospital general; en éste predomina la enfermedad que domina las conversaciones, y el estudioso presta poca atención al enfermo»46. El tisiólogo también hacía diferencia con un hospital para alienados: «En éste el enfermo está ausente». En cambio, en los sanatorios para tuberculosos el enfermo estaba, según el autor, «atento en la gran mayoría de los casos. La agudeza del proceso no siempre le impide fijar la atención en su enfermedad. Él sigue conservando su personalidad y fiscaliza la evolución de su mal; por eso está siempre alerta en el hospital; el enfermo domina, podría decirse, sobre la enfermedad». 47 Lo que Cetrángolo quería decir, y para ello realizaba la comparación con otros establecimientos, es que, a pesar de las reglamentaciones, en el sanatorio para tuberculosos el médico era puesto constantemente a prueba por el enfermo. Su enfermedad era larga y, a diferencia de los alienados, el enfermo de tuberculosis se encontraba inserto en la realidad del hospital, y además ----poseía conciencia de su enfermedad. Esta conciencia llevaba al tuberculoso, en muchos casos, a cuestionar al mismo médico y a la institución. Con respecto a la segunda no fueron pocas las rebeliones que se dieron en el Sanatorio Santa María, de las cuales da cuenta Armus: los enfermos «fueron capaces de negociar y enfrentar a los médicos y administradores sanitarios, organizaban sus demandas y fueron muchas las veces en que esa organización galvanizaba en una comisión organizadora de enfermos» 48. De acuerdo con las memorias de Centrángolo, en el hospital: esta enfermedad, pues mi familia se ha interesado por la asistencia de estos enfermos y se la ha considerado siempre como inevitablemente mortal. Los médicos han dicho siempre eso y usted comprenderá el mal que le haríamos» 52. De esta forma el ingreso y la permanencia en los sanatorios para tuberculosos implicaba para el enfermo una serie de condicionamientos: la aparición explícita de la enfermedad, la idea de muerte, el pasar a formar parte de otro grupo social caracterizado por sus propios códigos, estigmatizado a partir del contagio y por los propios mitos que la medicina y la sociedad generaba en el enfermo. Estos factores estarán también explícitos en la autobiografía que Ulises Pettit de Murat escribiera en 1934. La novela, de carácter autobiográfico permite acceder a la visión que poseía el enfermo de tuberculosis con respecto a su enfermedad y las consecuencias de la misma; en muchos casos, la reclusión en el sanatorio. La trama comienza su desarrollo en un hotel de las sierras de Córdoba, donde se encuentra el autor en búsqueda de la cura para su enfermedad. Mientras la escena se desarrolla en este hotel, los personajes que interactúan no mencionan la palabra tuberculosis. Se puede conocer la dolencia que poseen la mayoría de los personajes a través de la mención de los síntomas, pero no a través de la palabra «tuberculosis»: «Un temor inconfesado los acercó a la zona prohibida. Primero dieron satisfacción a esa oscura delectación del enfermo, que consiste en hablar de su enfermedad por caminos indirectos (...)» 53. El término tuberculosis es suplantado por otro menos cruel y, en todo caso, menos corrosivo y más incierto: «la enfermedad». Esta palabra surca constantemente el escenario, expresando el horror que siente cada uno de los personajes frente a la tuberculosis. Ese horror queda patentizado por el personaje central que, cuando debe irse del hotel donde se alojaba para internarse en un Sanatorio de Ascochinga, piensa: «¡Me echan porque me muero! Si estaba así con la gente, agrio y enconado era porque buscaba un enemigo concreto, menos fantasmal que el que le andaba crujiendo y silbando adentro del tórax (...). Y sentía la humillación de la enfermedad en su escala más baja» 54. El enfermo veía la tuberculosis como una enfermedad contra la cual era imposible luchar. Esta visión de la tuberculosis, que era muy común en la ---- sociedad argentina de principios y mediados del siglo XX, surca además toda la novela y se acentúa cuando el personaje es internado en el sanatorio. Consideramos esta parte de fundamental importancia, ya que las vivencias del autor eran, creemos, similares a las de aquellos que se internaban en el Sanatorio Santa María. En ese sentido el autor expresa los sentimientos que pudo haber poseído un tuberculoso cuando se internaba en un sanatorio. «Federico, dando la espalda a la vida, penetró al pabellón. Allí viviría, a partir de ese instante, una existencia secreta, desechado por el mundo, en conexión abierta, confesada con el contagio, con el delirio, con la ausencia, con la soledad, con la muerte» 55. A partir de su ingreso al sanatorio la enfermedad se volvía explícita, comenzaba a ser nombrada; el enfermo pasaba a interactuar con otros enfermos que estaban más conectados con la enfermedad y con la muerte de lo que habían estado los que se encontraban afuera del sanatorio. Cuando el personaje central de la novela se encuentra instalado en su pabellón aparece por primera vez la palabra «tuberculosis», es en momentos que otro enfermo lo visita y se produce el siguiente diálogo: «¿Qué tiene?-le preguntó el otro mientras se acomodaba al pie de la cama. Y sin esperar su respuesta: ¡Ya sé -dijo sonriente-Tuberculosis, no es cierto? En su casa, en el hotel, en toda su vida anterior, jamás se había pronunciado la mala palabra. Le impresionó la soltura con que el hombrecillo la había dicho» 56. El autor refleja el cambio que sufría el tuberculoso al ingresar al sanatorio, al oír mencionar por primera vez la palabra tuberculosis que era considerada una mala palabra. Pero estos escritos no sólo reflejan los cambios que experimentaban los enfermos de tuberculosis en el sanatorio, sino también cómo actuaban e interactuaban éstos. La enfermedad y el sanatorio generaban en los enfermos un sentimiento de pertenencia caracterizado por sus propios códigos de comunicación, un lenguaje particular. Pettit de Murat refleja dichos códigos, ya que a lo largo de la novela aparecen términos que deben ser constantemente aclarados por el autor, la freni el corte de un nervio; la pneumo, la aplicación de la técnica del neumotárax, o el accidente, la aparición de la hemoptísis (el vómito de sangre), que lógicamente eran interpretadas únicamente por los mismos internados. ---- Este testimonio coincide, de nuevo, con el que nos da Cetrángolo: «El recién llegado, ya sea médico o enfermo, se sorprende de la naturalidad con que en esos ambientes se habla de la enfermedad y de la muerte. Los enfermos dicen que por lo menos no tienen que disimular. Son todas las angustias y temores echados a volar para aliviar sus espíritus. Así lo dicen y quizás tengan razón. Por ello el visitante no enfermo es un extraño entre ellos. Ambos testimonios coinciden en lo mismo: la enfermedad invadía todos los ámbitos de la vida cotidiana, incluyendo la conversación; esto los distinguía de los otros, los normales, que se sentían extraños frente a un grupo que hablaba con naturalidad de la muerte y de la enfermedad. Dos testimonios más se refieren a este fenómeno. Carlos Alberto Reyna refiere una anécdota en la cual un enfermo apostó un reloj contra las botas del otro; el último en morir ganaría la apuesta 58.Un hecho de las mismas características es mencionado por Cetrángolo: «La idea de la muerte es tomada en esos ambientes hasta en broma. Dos enfermos de larga evolución compartían una habitación en el Pabellón Rawson en el Sanatorio Santa María (...). Se llevaban muy bien en la última etapa de sus vidas encontradas, y haciendo como broma una última apuesta, cada uno afirmaba que el otro moriría primero, y éste debía pagar una pequeña suma de dinero» 59. Puede apreciarse que las vivencias que generaba la enfermedad en el sanatorio despertaban en los enfermos actitudes que serían inusuales para los «normales», según la categoría que define Goffman 60, lo que impondría la generación de una identidad propia. La permanencia en el ámbito sanatorial, muchas veces por años, generaba una adaptación del enfermo al hospital, por lo cual una vez curado, no quería volver a su lugar de origen. Esto a su vez era potenciado por la idea de que quien se curaba debía seguir viviendo en las sierras por temor a las recaídas, y debido a la ausencia de una legislación laboral que le permitiera volver al trabajo que antes poseía. De acuerdo con Centrángolo: «El sanatorio aumentaba cada vez más su capacidad y el personal de enfermeros no se conseguía en las villas vecinas ni en Córdoba. El temor al contagio dominaba entonces en esos ambientes y nadie quería aceptar un cargo en Santa María, si no era enfermo. Hube de acudir a los enfermos curados. Por primera vez, el trabajo del enfermo era utilizado en el mismo establecimiento en el cual había obtenido la curación. (...) Tuve en un momento como enfermeros encargados de sección, personas que habían sido empleados de bancos o de comercio y algunos que tenían años aprobados en el Colegio Nacional. Hubo que enseñarles todo, pero lo aprendieron con gran rapidez. Muchos de ellos hicieron carrera dentro y fuera del sanatorio» 61. Este fue el caso Carlos Alberto Reyna, quien había nacido en San Francisco del Chañar y que enfermó de tuberculosis a los 22 años, cuando trabajaba en Jujuy como empleado de comercio. Él ingresó al sanatorio a través de influencias de un diputado nacional. Como era una persona preparada, en relación con los demás enfermos, mientras se encontraba en terapia comenzó a realizar laborterapia como secretario de uno de los médicos del hospital. Una vez curado, siguió trabajando en el mismo hospital hasta su jubilación 62. Como éste muchos casos más se dieron en el sanatorio Santa María, y es posible que haya pasado en otros sanatorios. La vida en aquella institución y el miedo que generaba en los ex enfermos volver al ceno de la sociedad generaron ésta práctica. La historia social y cultural de la tuberculosis tiene muchas aristas 63 pero tal vez la historia de los pacientes internados en los sanatorios es una de las más ricas, a pesar de la casi inexistencia de fuentes para su análisis. Partimos de que la tuberculosis fue una enfermedad estigmatizante que generó una confusión entre el enfermo y la dolencia. Fueron los saberes médicos, que circularon entre fines del siglo XIX y principios del XX, los que contribuyeron en gran medida a generar esta confusión. La idea de contagio directo, tan fuertemente instalada en la elite médica, asentó la tuberculofobia. El miedo a contraer la enfermedad a través del contacto con un tuberculoso inundó las percepciones y las prácticas médicas y también a la sociedad. ---- Los sanatorios se conformaron entonces en especies de diques de contención, en guetos donde los tuberculosos podrían vivir y morir sin perjudicar a los sanos. El aislamiento de los enfermos en los sanatorios generó también una particular visión médico-social sobre ellos, que se reforzó por una serie de mitos particulares acerca de la personalidad del tuberculoso, provocada por la misma enfermedad. De esta forma se percibió al tuberculoso como un personaje egoísta, en muchos casos malvado, que pretendía contagiar a quienes estaban cerca de él y diseminar la tuberculosis. A ese mito se asociaron otros como la compulsión por el sexo, provocada por la misma enfermedad, cuya práctica a su vez debilitaba el organismo. De esta forma la exacerbación del apetito sexual del enfermo era producida por la propia tuberculosis y al mismo tiempo era un debilitador del organismo. A ello se asoció la idea de la inconveniencia de las mujeres con tuberculosis a tener hijos ya que la gestación debilitaría su organismo y generaría una prole de niños débiles o proclives a adquirir la tuberculosis, una idea que se acercaba mucho a la eugenesia. Las percepciones y prácticas médicas y sociales tuvieron una fuerte influencia sobre los enfermos internados en los sanatorios ya que éstos conformaron una parte de la sociedad caracterizada por conductas y códigos de comunicación particulares, diferentes en muchos casos de la sociedad de los sanos para quienes ese tipo de conductas y comunicación eran difíciles de entender. Los sanatorios se convirtieron en instituciones donde se intentó la ansiada cura, pero también en lugares en los cuales se desarrollaron prácticas y percepciones sobre los tuberculosos que generaron una particular conformación social y una forma de vida distinta a la de aquellos que se encontraban por fuera de estas instituciones. Modo de vida que en muchos casos se extendió a lo largo de la existencia de los enfermos o ex enfermos, lo que llevó a decir a Cetrángolo, parafraseando a un periodista, «la tuberculosis (...) se mantiene durante toda la vida» 64.
Este artículo avanza sobre el significado de las tecnologías y discursos del denominado «control social» en el interior argentino, haciendo hincapié en los Territorios Nacionales de La Pampa, Neuquén y Río Negro, entre 1880-1940. En esos espacios, de jurisdicción federal, se tomará en cuenta la conformación de instituciones represivas como policía y cárceles y sanitarias, como hospitales y asilos, así como la aplicación de metodologías positivistas para el estudio y el establecimiento de grillas clasificatorias de demarcación de la anormalidad. Una dependencia mayor del Estado nacional podría haber significado atención al desarrollo económico y social, a partir de las instituciones centrales para el proyecto modernizador y positivista. Pero un examen más profundo de las formas y los procesos históricos, que incluyen las dificultades para su implementación en su formación, el sostén presupuestario y los problemas permanentes de funcionamiento, implica una revisión de las capacidades de acción y las posibilidades reales de establecimiento de un programa general de control social en Argentina, como han sostenido muchos historiadores concentrados en el caso de Buenos Aires. En 1917 el comisario inspector de policía del cordillerano Territorio Nacional de Neuquén, Lucrecio Gómez, elevó al gobernador un informe después de su inspección de la zona norte del Territorio1. En ese informe, Gómez hacía llegar distintas sugerencias y solicitudes acerca de la paupérrima situación en que se encontraban los edificios policiales. Entre otras cosas, le requería al gobernador el envío de chapas de zinc para refaccionar las comisarías, de manera tal de evitar que se siguieran inundando las sedes policiales cada vez que llovía «al extremo de imposibilitar a veces el trabajo de las oficinas y evitar también las continuas enfermedades del personal». Pero también planteaba algunas necesidades de la región sobre la que acababa de realizar la inspección, entre las cuales destacaba el envío de un médico público dado que «los innumerables enfermos que a veces suelen existir se ven en la tristísima necesidad de recurrir a los curanderos y curanderas que, por lo general, ocasionan la muerte de los enfermos». De la exposición del comisario inspector se desprende una imagen que este artículo pretende dar por cierta: en las áreas pampeano-patagónicas, era muy marcada la precariedad de la infraestructura pública (y la de salud en particular), lo cual permitió la supervivencia de las prácticas populares de sanación frente al avance de las instituciones y agentes de la medicina «científica», mucho más exitosas en regiones centrales de Argentina en el medio siglo posterior a 1880. En efecto, la realidad que muestra el testimonio del comisario Gómez parece desdecir esas miradas más generales de la historiografía argentina sobre el proceso de medicalización y la universalización de las ----prácticas sanitarias lideradas y/o legitimadas por el Estado 2. En lugar de descubrir el «Estado médico-legal» que han señalado algunos autores para la Argentina de principios de siglo 3, una revisión de la historia de la mitad sur del país evidencia que las instituciones de salud mostraban claramente un bajo nivel de desarrollo y de capacidades para intervenir sobre la vida y cuerpos de los habitantes. De acuerdo a ideas que hemos expuesto recientemente 4, estudiar a las instituciones públicas de las regiones pampeano-patagónicas permite complejizar la historia de la salud y del control social en Argentina en varios sentidos: señalar cuáles fueron los límites materiales y humanos de las políticas públicas e indicar la falta de coherencia y sistematicidad de esas políticas, en las cuales lo contingente y las soluciones temporales tenían un peso que no siempre ha sido reconocido por la literatura. Este artículo pretende dar cuenta de la naturaleza de las intervenciones en salud desarrolladas en los Territorios Nacionales del sur argentino entre el momento de su creación en la década de 1880 y los prolegómenos del fenómeno peronista, en la década de 1940. Para ello, primero se ofrece una caracterización de esas tierras «nuevas» y de su ocupación y puesta en producción tras el sometimiento de las sociedades indígenas. A continuación, se exponen las principales características del, por así decir, «sistema de salud» de esa enorme región y luego, se hace hincapié en los servicios de salud existentes dentro de instituciones como cárceles y escuelas. A partir de documentos de variado origen (registros oficiales del Departamento Nacional de Higiene, del Consejo Nacional de Educación y del Ministerio de Justicia e Instrucción, Memorias de los Gobernadores, informes de los directores de cárceles y de la prensa científica y de divulgación, entre otros) 5, las conclusiones de este tra-----2 Un esquema general en PORTER, D. (ed.) (1994), The History of Public Health and the Modern State, Atlanta, Clio Medica; para Argentina, ver ARMUS, D. (2000), El descubrimiento de la enfermedad como problema social. En LOBATO, M.Z. (dir.), Nueva Historia Argentina, T. V: El progreso, la modernización y sus límites, Buenos Aires, Sudamericana, pp. 507-551; un análisis general en DI LISCIA, M.S. ( 2008), Reflexiones sobre la 'nueva historia social' de la salud y la enfermedad en Argentina. En CARBONETTI, A. y GONZÁLEZ LEANDRI, R. (eds.), Historia de la salud y la enfermedad, Córdoba, UNC, pp. 15-47. Para desatar algunos nudos (y atar otros). En DI LISCIA, M.S. y BOHOSLAVSKY, E. (comp.), Instituciones y formas de control social en América Latina, 1840-1940. Una revisión, Buenos Aires, EDULPAM-UNGS-Prometeo Ediciones, pp. 9-19. 5 La documentación se encuentra en: Archivo y Biblioteca de la Facultad de Medicina (UBA, Buenos Aires), Archivo General de la Nación (Ministerio del Interior y Ministerio de bajo desean contribuir a que se perciba con mayor profundidad la diversidad de las prácticas de curación y de intervención en el territorio argentino. LAS TIERRAS «NUEVAS» Y LOS RASGOS DEL ESTADO REALMENTE EXISTENTE La ocupación por parte del Ejército de línea de los territorios al sur de Buenos Aires en 1879 permitió que el Estado argentino incorporara a su soberanía millones de hectáreas, y que extendiera sus límites internacionales hasta la Cordillera de los Andes y el extremo austral. En los años posteriores las «tierras nuevas» fueron en su mayoría rematadas, vendidas a particulares o entregadas como premio a los militares que habían participado de la campaña. El destino económico en las tierras pampeanas y patagónicas tras su ocupación distó de ser homogéneo: hacia 1900 coexistían áreas de pleno desarrollo del capitalismo rural con otras en las que sobrevivían prácticas productivas y comerciales de más profunda raigambre en la vida fronteriza. Pero también variaban las estrategias productivas y los bienes producidos: enormes latifundios dedicados a los ovinos en Santa Cruz y Chubut coexistían con los sistemas de arrendamientos en La Pampa oriental, monoproductores cerealeros. Las zonas cordilleranas de Neuquén y el sur de Río Negro contenían reservas de indígenas y pastores trashumantes, dueños de unas pocas cabras, viviendo en un marco de profunda precariedad material y aislamiento geográfico, condiciones que no se han visto alteradas en demasía en la actualidad. La diversidad de espacios productivos se expresó en muy distintos patrones de relación laboral y de residencia, modificando los niveles de concentración demográfica en el área pampeano-patagónica (Cuadro no 1). Así, las regiones australes tuvieron a lo largo la primera mitad del siglo XX una muy débil densidad demográfica, resultado del predominio de los latifundios ovinos atendidos por una mano de obra escasa, convocada para el período de la esquila. El este de la Pampa y valles de Río Negro, por el contrario, mostraron un notorio crecimiento poblacional por el aluvión de migrantes de otras provincias y de ultramar, deseosos de incorporarse a áreas capitalistas de la agricultura, sea como peones, arrendatarios o en actividades secundarias y terciarias de apoyo (agro-industria, bancos, comercios, ferrocarril, etc.). Hacia 1920, cierta densidad poblacional se evidenciaba en algunas ciudades con miles de habitan-----Relaciones Exteriores), Biblioteca del Maestro (Palacio Pizzurno: Ministerio de Educación), Archivo Histórico Provincial de Neuquén, Archivo Histórico Provincial de La Pampa y Archivo de la Justicia Letrada del Territorio de Neuquén. tes, dotadas de una animada vida social, mutualista, comercial y por momentos, política. El asociacionismo y el voluntarismo local permitían atemperar ausencias o debilidades del sector público, especialmente en áreas como la salud, la educación, la infraestructura urbana y el entretenimiento. En términos políticos, los territorios pampeano-patagónicos inicialmente fueron agrupados bajo una única gobernación. Pero en 1884, el Congreso Nacional cambió de opinión y decidió subdividir el espacio, creando los Territorios Nacionales de La Pampa, Neuquén, Río Negro, Chubut, Santa Cruz y ----6 Fuentes: Segundo Censo de la República Argentina, Mayo 10 de 1895, Buenos Aires, Talleres Gráficos de la Penitenciaría Nacional, 1898, Tomo: Población, BELTRÁN, J. (1917), Geografía de la Argentina, física, política y económica, Buenos Aires, Cabaut y Cía, p. 187; Tercer Censo Nacional, 1 de junio de 1914, Buenos Aires, Talleres Gráficos de L.J. Rosso y Cía, 1916, T. I a X. *HOLMBERG, E. (1900), Viaje por la Gobernación de los Andes (Provincia de Atacama), Buenos Aires, Imprenta de la Nación. ** BUNGE, A. (1984), Una nueva Argentina, Buenos Aires, Hyspamérica. a) y b): No se consideran los totales y subtotales de población para 1936 puesto que Bunge toma la fecha de 1938 y no la de 1936, como en el resto de las jurisdicciones. Tierra del Fuego (similar política se siguió con los espacios del noreste del país, Chaco y Formosa, arrebatados a otros grupos indígenas, y con Misiones y Los Andes). El gobernador de cada uno de esos Territorios Nacionales era nombrado directamente por el Poder Ejecutivo, a diferencia de las viejas provincias, que gozaban de la autonomía y el autogobierno concedidos por una constitución de espíritu federal, dictada en 1853. En consecuencia, para muchos contemporáneos, los Territorios Nacionales funcionaron como una suerte de «colonias internas», gobernadas desde la capital. Quienes allí vivían no podían elegir autoridades (salvo municipales) ni enviar representantes al parlamento: su perfil se asemeja más al del habitante que al del ciudadano. En ese sentido, podemos señalar que el Estado nacional era la única presencia pública en la región, puesto que los agentes dependientes de los erarios fiscales municipales eran mínimos. La caracterización del sector público en ese área es necesariamente paradójica, puesto que presenta dos perfiles difíciles de compatibilizar: a) por un lado hay que recordar que el Estado constituye el actor más importante de la vida pampeano-patagónica prácticamente a lo largo de todo el siglo XX. Protagonismo de múltiples dimensiones: en la configuración de identidades, pero también político, económico y social 7. En ese sentido, en estas tierras no hay una sociedad previa al Estado nacional: éste es el que procura regularla y darle forma después del sometimiento de las fuerzas indígenas. No hay grupos sociales preestatales que sobrevivan con la capacidad como para imponerle condiciones de negociación al Estado y sus proyectos; b) por el otro lado, también es menester señalar que el Estado en los Territorios del Sur es, medido en términos materiales y de capacidad de regulación, muy pobre. La planilla de sueldos de las gobernaciones evidencia que el grueso del presupuesto anual se destinaba a sostener el cuerpo policial. Ese apartado consumía sumas notoriamente superiores a las que tenían otros destinos. La inversión en educación, infraestructura, salud y otros rubros era muy baja y no era un dato menor el que las partidas correspondientes a los gastos generales y salarios llegaran con varios meses de re-----7 ARANCIAGA, I. ( 2004), Representaciones de la nación en Patagonia. En VERNIK, E. (comp.), Qué es una nación. La pregunta de Renan revisitada, Buenos Aires, Prometeo, pp. 97-11; CABRAL MÁRQUES, D. (2003), La intervención del Estado en los procesos de construcción de las identidades socioculturales en la Patagonia Austral, Espacios, 26, 182-212, especialmente p. 198; NAVARRO FLORIA, P. (1999), Historia de la Patagonia, Buenos Aires, Ciudad Argentina, p. 194. traso y obligaran a los empleados públicos y agentes a vincularse con comerciantes y hacendados que les adelantaran su sueldo8. La demanda que se repite una y otra vez por parte de los gobernadores es el incremento del presupuesto público que recibían sus administraciones. El panorama de pobreza material que había denunciado en 1917 el comisario Gómez se repite ad infinitum en los archivos pampeanos y patagónicos. A la solicitud que hacían las autoridades se le sumaban las quejas de la prensa local y los ecos de ésta en Buenos Aires, en las que se daba a conocer el pasmoso estado de pobreza del Estado y la inutilidad de sus intervenciones públicas en educación, seguridad y salud.9 La Memoria de la gobernación de Río Negro sentenciaba en 1932 que era «vergonzoso y miserable el mobiliario de algunas dependencias formado por cajones de nafta como mesas y armarios» 10. Hay un elemento que ilustra claramente la debilidad de la presencia pública en la Patagonia. Sabemos que el Estado en los Territorios Nacionales no se apropió (ni siquiera intentó hacerlo) de potestades de la Iglesia católica o de asociaciones intermedias o étnicas para atender la formación de los niños, lo cual ha sido descubierto para regiones centrales del país, y que forma parte de un proceso continental más amplio. De hecho, la orden salesiana suplantó al Estado nacional en la provisión de servicios de salud y de educación en el sur hasta -por lo menos-el segundo tercio del siglo XX, exactamente en el mismo período en que se le arrebataban a la Iglesia sus potestades exclusivas para asentar nacimientos, matrimonios y defunciones. Junto con las tropas al mando del general Roca, ingresó en 1879 al territorio patagónico la orden de los salesianos: éstos, tuvieron mucha más fortuna que los jesuitas en siglos anteriores, y establecieron desde 1875 una red de iglesias y colegios, que resultó, en el largo plazo, hegemónica11. La estructura edilicia con la que contaban los salesianos, su organización de los recursos humanos y una innegable vocación misionera los convirtieron en gestores de la educación de amplios sectores de la población patagónica12. SALUD Y ENFERMEDAD EN EL SUR ARGENTINO Para el Estado nacional, la salud de los territorios del sur argentino no fue un problema central hasta los inicios del siglo XX, y aún entonces, su ingreso en la agenda pública se hizo a través de organismos con escaso presupuesto y más escaso personal. Esta marcada desatención se pretendía excusar recurriendo a un imaginario salutífero, que destacaba como beneficiosos ciertos rasgos de los amplios espacios pampeano-patagónicos. Éstos, se decía, tenían una doble particularidad que los blindaba contra las epidemias: su población era en su mayoría joven y sana pues no sufría los encierros generados por las urbes y su clima, de vientos fríos y secos, barrería periódicamente las enfermedades pestilentes. Como se verá, esta argumentación poco tenía que ver con la situación concreta de los pobladores, alejados de los centros médicos y de las tendencias nacionales de medicalización de la vida personal, familiar y comunitaria. La intervención del Estado en la salud pública se daba principalmente en la ciudad de Buenos Aires y en la región litoral del país. Allí, tal como ha mostrado la literatura, la construcción de los centros hospitalarios y carcelarios en fechas cercanas al Centenario fue la expresión de la «máquina perfecta» para separar, curar y regenerar a partir del control médico-penitenciario. Los edificios fueron el ejemplo de una nueva estética, la del higienismo: amplios, luminosos, limpios, construidos con nuevos materiales, reduciendo sus componentes a las funciones requeridas. La Penitenciaría Nacional, el Hospital de Clínicas o el Italiano (todos en Buenos Aires), así como la Cárcel de Reincidentes de Ushuaia (Territorio de Tierra del Fuego) y los grandes centros sanitarios promovidos por la Ley 4953, muchos de ellos para los Territorios Nacionales, se planificaron en un amplio espacio y con la lógica del panóptico 13. De los hospitales proyectados por esa legislación -y publicitados en la obra de Domingo Cabred, director de la Comisión de Asilos y Hospitales Regionales 14 -, conviene realizar algunas precisiones: El Hospital Regional de Río Negro, en Allen, se inauguró hacia 1925 y el de la Pampa, en Santa Rosa, recién en 1938, veinte años después del anuncio oficial. En un discurso ----13 LIENUR, J.F., (2000), La construcción del país urbano. En LOBATO, M.Z. (dir.), Nueva Historia Argentina. El progreso, la modernización y sus límites, Buenos Aires, Sudamericana, pp. 450-451. 14 CABRED, D. (1918), Discursos pronunciados con motivo de la colocación de la piedra fundamental de los asilos y hospitales regionales en la República Argentina (Ley 4953), Buenos Aires, Talleres Gráficos J. Weiss y Preusche. inaugural, el funcionario realizó un prolijo recuento de los problemas sanitarios de los Territorios. Se especificaban así las notables diferencias entre los dos países que comprendían la Argentina de entonces: en Buenos Aires había 3,19 camas por cada 1000 habitantes, mientras que las 309 camas instaladas en todos los Territorios Nacionales arrojaban un promedio de 0,93. Hasta ese momento, también fue una utopía el establecimiento de centros de salud. En los Territorios, los pequeños hospitales y clínicas existentes sobrevivían con subsidios municipales y el esfuerzo de las pequeñas comunidades. Fueron miembros de familias notables locales (en la Pampa fueron siempre mujeres, atendiendo a una demanda social de género) o bien policías y las órdenes religiosas (salesianos, en gran parte de la Patagonia) los que organizaron modestas salas de primeros auxilios y hospitales sin complejidad técnica para la atención de los más indigentes. Para las enfermedades contagiosas y frente a casos de inusitada virulencia -epidemias de cólera, viruela y de peste bubónica-se organizaron ocasionalmente «casas de aislamiento», pero esos hospitales resolvían sólo los casos de brotes agudos y los problemas más graves de salud, y dejaban de tener sostén municipal o nacional una vez culminado el peligro. El Estado nacional participaba de manera indirecta en esos casos, otorgando subsidios a las asociaciones benéficas a partir de lo recaudado por la Lotería nacional, pero los funcionarios territorianos observaban que la distribución no se hacía de manera equitativa: las instituciones que dependían de esos recursos para funcionar resultaban en desigualdad de condiciones frente a las de la Capital Federal y las provincias. Tal era el caso de los pequeños hospitales, organizados por las sociedades de beneficencia locales, muchas veces financiados por donaciones de los notables por aportes de la comunidad y por la municipalidad, que ansiaban formar parte de las instituciones más favorecidas por los subsidios a nivel nacional. En los Territorios de la Pampa, Río Negro y Neuquén escaseaban, además de los centros de salud, los médicos y otros técnicos sanitarios. En la primera década del siglo XX, no había más de uno o dos médicos por jurisdicción, ya que muchos profesionales preferían las posibilidades económicas o de perfeccionamiento brindadas en las urbes del litoral argentino. El Estado creó una figura para los Territorios, el «médico de la gobernación»; durante años se trató del único facultativo de toda una región con habilitación para funciones oficiales muy diversas y amplias. Era nombrado por el Departamento Nacional de Higiene y se lo consultaba para que actuase como perito legal. Ejercía también el rol de médico escolar, de la policía, de la cárcel y, si era preciso, del destacamento militar o de la subprefectura marítima, realizaba también la revisión sanitaria en las áreas urbanas y era consultado frente a posibles epidemias en todo el territorio a su cargo. Las variopintas y amplias funciones nos permiten reflexionar sobre su cumplimiento, que los mismos profesionales veían difícilmente realizables 15. En ese marco, se comprende la supervivencia de prácticas curativas tradicionales en contextos urbanos y rurales. En 1913, el Departamento Nacional de Higiene, máximo organismo nacional en la aplicación de políticas sanitarias, resolvió solucionar en parte las carencias de los Territorios Nacionales, fundando Asistencias Públicas. Estas instituciones tenían una serie amplia de funciones y un área enorme a cubrir para tareas de vacunación, vigilancia epidemiológica, medicina legal y otras muchas más. En los tres Territorios analizados, estuvieron a cargo de escaso personal (generalmente un médico y dos técnicos) y podían hacer sentir la influencia en las capitales (Santa Rosa, Neuquén y Viedma), pero más allá de los pequeños poblados, su recepción era escasa. Hasta 1930, salvo la excepción del Hospital Regional de Allen (Río Negro), no se organizaron otros centros de atención. Los reclamos fueron constantes y la transformación de esta política de abandono sanitario se debió a la percepción entre médicos y gobernantes de distinto signo político -tanto de la izquierda como de la derecha-del avance de enfermedades sociales (como la tuberculosis y la sífilis). Ante una visión negativa del potencial generativo del país, aumentó el impacto de las instituciones vinculadas con la atención de tales dolencias y florecieron en Buenos Aires y las principales ciudades del Litoral una red de instituciones dedicadas con exclusividad a la atención materno-infantil. En los Territorios, se organizaron también centros maternales oficiales -dependientes de las Asistencias Públicas-, con hogares para niños y atención externa de visitadoras y otro personal especializado 16. Sobre los relatos médicos, consultar DI LISCIA, M.S. (e.p.), Imaginarios y derroteros de la salud en el interior argentino. Los Territorios Nacionales (fines del XIX y principios del XX), Entrepasados, Revista de Historia (en prensa). 16 El de La Pampa data de 1930, pero a finales de esa década recibió financiamiento estatal, durante años dependió de la Sociedad de Beneficencia y tenía personal ad honorem. Hacia 1940, el primer registro sanitario institucional de todos los Territorios -que hasta ese momento había sido parcial y fragmentado-, concluía revelando que había 409 médicos y 1494 camas para todos los Territorios, cuando el resto del país sumaba 11 398 médicos y 41 877 camas (Cuadro no 2). Si consideramos la población existente en 1936 en los Territorios y en 1938 para todo el país 17, el total de médicos por habitantes era para todo el país de 8,93, mientras que en los Territorios llegaba a 4,39. La relación entre cantidad de camas/habitantes era 0,003 en el país, pero en los Territorios no pasaba de 0,001. En los tres Territorios que nos atañen especialmente las cifras variaban: Neuquén tenía por entonces 2,15 médicos/habitantes y 0,001 camas/habitantes; Río Negro 3, 90 médicos/habitantes e igual proporción de camas. La Pampa estaba por encima de la media de los Territorios en uno y otro rubro: 6,44 médicos/habitantes y 0,002 camas/habitantes. A pesar de estas diferencias, lo que las cifras indican es una debilidad institucional muy marcada en estas áreas del interior argentino respecto a las posibilidades para un proceso exitoso de medicalización, aún a finales del período analizado. Hacia 1945, Aquiles Ygobone marcaba con acento desesperado la multiplicidad de problemas sanitarios y sociales de los territorios del Sur, en clave de discriminación regional: «Frente a los suntuosos nosocomios metropolitanos y al prestigio y nutrido cuerpo médico de los sanatorios e institutos sanitarios de las capitales de provincia», denunciaba «el abandono en que yacen los enfermos y la población de dilatadísimas zonas del sur del país». Este investigador apelaba -nuevamente-a la «acción profiláctica» del clima como única explicación de la limitación de los focos epidémicos, pero clamaba por una intervención estatal, para resolver «las causas predisponentes de las enfermedades: descendencia o herencia alcohólica, debilidad fisiológica de los hijos de los aborígenes y la consanguinidad», en áreas con población inmigrante. El sarampión, el coqueluche y las enfermedades pulmonares graves, entre otras tantas, afectaban cada vez más a la dispersa población de la Patagonia. Y agregaba que la mayoría de estas víctimas desamparadas y analfabetas sufría desnutrición desde la infancia, y en su madurez frecuentaba la ----(1940), Dirección de Maternidad e Infancia, Anales del Departamento Nacional de Higiene, 4 (1), 89-95, pp. 92-95). Por causas cuya explicación excede este trabajo, Argentina no tuvo censos generales entre 1914 y 1947, años en que se realizaron el III y IV censo nacional respectivamente. En los períodos intercensales, se realizaron estimaciones sobre la población. Sobre el particular, ver OTERO, H. (2006), Estadística y nación. Una historia conceptual del pensamiento censal de la Argentina moderna, 1869-1914, Buenos Aires, Prometeo. cárcel por robo, hurto o lesiones18. La conexión entre falta de atención sanitaria en la niñez y problemas de adaptación social posteriores era parte de una argumentación ya tradicional en los años cuarenta, pero su focalización en el interior argentino sí era una novedad. DEFINIR, SEPARAR Y CURAR LA ANORMALIDAD Como ha subrayado con eficacia la historiografía, el sistema educativo y el sistema policial y carcelario utilizaron el discurso positivista de la peligrosidad y la anormalidad para gestar marcas diferenciadoras entre la población, que implicaron una subordinación de etnia, género, nacionalidad y clase 20. En ----los Territorios, la difusión de las prácticas, sin embargo, estaba lejos de las expectativas de los juristas, psiquiatras, médicos, criminalistas y otros especialistas, para quienes moralidad e higiene se unían «naturalmente» en la conformación de ciudadanos y mujeres obedientes y trabajadores 21. Los sujetos peligrosos sobre los cuales era preciso el ejercicio de regeneración en realidad eran un informe y difícil de definir, donde se alojaban tradiciones o resistencias a las pautas capitalistas y a las normas burguesas: prostitutas, anarquistas o simplemente, trabajadores descontentos, desempleados, vagabundos, discapacitados y enfermos. De acuerdo a las enunciaciones positivistas, la separación de la normalidad de la anormalidad se debía producir ya desde las escuelas. El temor por la irrupción de una inmigración descontrolada, que pudiese infectar la pureza con los «vómitos» de otros pueblos y contagiar así la sangre pura de la nacionalidad argentina estuvo en las gargantas de los pedagogos. Los Territorios constituían uno de los eslabones más débiles, puesto que allí, supuestamente, la población nueva no modificaba sus costumbres extranjeras sino que lograba reproducirlas ante la ausencia de una vigilante mirada estatal. Con encendido discurso, un inspector docente decía en 1910: «La nación no ha podido llevar a ellos más que su administración y no el influjo de su civilización. Un cuerpo de leyes y reglamento, una policía fraccionada en unidades, un cierto número de jueces y empleados no son el mejor instrumento (...) la misión que no pudo llevar la administración nacional, por falta de medios, tiene que cumplirla la escuela» 22. Desde finales del siglo XIX, se gestó en las instituciones educativas un servicio médico escolar, cuya primera función fue detectar focos epidémicos y controlar al personal docente, alumnos y establecimientos para impedir el avance de la peste, la fiebre amarilla, el cólera, la viruela, el sarampión o, avanzado el XX, la difteria y la tuberculosis. Su organizador, Emilio Coni, ----Law and Society in Turn-of-the Century Argentine, Stanford, Stanford University Press; CARLI, S. ( 2002), Niñez, pedagogía y política. Transformaciones de los discursos acerca de la infancia de la educación argentina entre 1880-1955, Buenos Aires, Miño y Dávila. 21 A principios del siglo XX, Eusebio Gómez, uno de los mayores especialistas sobre penitenciaría en el país, expresaba que los Territorios carecían, salvo el de Tierra del Fuego, de instituciones adecuadas para el tratamiento científico, donde los internos tuviesen «disciplina, educación y trabajo», GOMEZ, E. (1912), El problema penal argentino, Archivos de Psiquiatría, criminología y ciencias afines, tomo XI, año 1912, 394-432, especialmente p. 22 RAMOS, J. (1910), Historia de la Instrucción primaria de la República Argentina, Buenos Aires, T. I, p. intentó que, desde su ingreso al sistema, los niños estuviesen vacunados contra la viruela, único medio eficaz contra la dolencia y cuya obligatoriedad existía desde 1886. Con la llegada a la dirección del Consejo Nacional de Educación de José María Ramos Mejía, reconocido psiquiatra, el Servicio Médico Escolar recibió mayor impulso, y en la primera década del siglo XX, la influencia positivista se dejó sentir en la formación de escuelas de niños débiles y en el fortalecimiento de una perspectiva médica francamente discriminatoria, para la observación de los escolares. Los listados de niños apáticos, retardados, débiles o coléricos, con patologías mentales o incapacidades físicas (problemas de visión, de oído, desnutrición, etc.) que aparecen en las fuentes de entonces implicaba la realización de las complicadas pruebas indicadas por la antropología física de moda para demarcar los «cuerpos degenerados» de los más sanos y aptos 23. De acuerdo a la documentación oficial, los maestros se entusiasmaron con las técnicas positivistas más modernas y las aplicaron profusamente, sobre todo en la Capital Federal. Nos permitimos dudar sobre el impacto de mediciones de cráneo y de la aplicación de las encuestas sobre los antecedentes hereditarios, entre otras técnicas para la formación de un «biotipo» argentino, fuera de las ciudades más importantes de Argentina 24. En el interior y sobre todo en los Territorios, el impacto médico se produjo a partir de una serie de pautas higiénicas, basada en la sugestión más que en la imposición. El tinte de moralidad que éstas implicaban (el mensaje principal apuntaba a la necesidad de «ser limpio y ser bueno»), no debe oscurecer su eficacia para la resolución de los problemas de salud. Por diversas razones -escasez de médicos, valoración de los docentes como «héroes» de la nacionalidad y la modernidad-los maestros se convirtieron en divulgadores y practicantes del mensaje científico, cuya expansión material estaba desajustada, como vimos en el apartado anterior, con las posibilidades efectivas de realización. La escasez de instituciones y técnicos, así como un bajo presupuesto, conspiraban contra la aplicación de políticas de «normalización» o medicalización compulsiva. La respuesta fue intensificar la tarea docente, extendiendo así parte de la labor médica. 24 DI LISCIA, M.S. ( 2008), Los bordes y límites de la eugenesia, por donde caen las 'razas superiones' (Argentina, primera mitad del siglo XX), en: MIRANDA, M. y VALLEJO, G. (eds.), Políticas del cuerpo. Estrategias modernas de normalización del individuo y la sociedad, Buenos Aires, Siglo XXI, pp. 377-409. Consejo Nacional de Educación preveía que, en los Territorios Nacionales, fuesen maestros los encargados de diagnosticar los primeros problemas de salud e incluso de resolverlos: la profilaxis de epidemias, la vacunación, la detección de problemas de salud (vista, oído, enfermedades de la piel) y otra serie muy amplia de funciones se anexaron al reconocimiento de dificultades pedagógicas y adaptativas de los alumnos25. De esa manera, las instituciones escolares fueron, en los Territorios, una avanzada para la medicalización de la población: a partir de los alumnos, los maestros podían llegar al resto del grupo familiar e intensificar la propaganda higiénica. Esta forma de extensión del brazo regulador y sanitario del Estado puede ser vista como una opción innovadora, pero a la vez mucho más económica que implementar servicios de salud. Se trata también de una posibilidad que limita el alcance y la aplicación de los mismos principios higiénicos que proclama, en la medida en que deja en manos de un personal menos instruido una enorme responsabilidad (y cierto margen para la aplicación de los programas). En el caso de las instituciones para enfermos mentales y criminales, los Territorios también estuvieron a la zaga en la conformación de ámbitos de puesta en práctica de los discursos positivistas sobre la regeneración social y científica. De acuerdo con las propuestas consensuadas entre un amplio conjunto de especialistas, el Estado debía gestar una red de instituciones para los «alienados, retardados, cretinos, alcoholistas, epilépticos, niños vagabundos», entre otros marginados 26. Y a la vez, los asilos para enfermos mentales debían rehacerse como verdaderos hospitales y no prisiones 27. Desde finales del siglo XIX, las insistencias de implementación de un sistema «racional» y científico para la separación y readaptación de los anormales fue problemática en el ----interior del país. Los vecinos de las pequeñas localidades y la policía iniciaban el proceso, incluso, con argumentaciones de base médica y apuntando al control social de vagabundos, enfermos y discapacitados 28. Así, las personas que circulaban por las extensas soledades de la Pampa y la Patagonia sin «oficio ni beneficio» teóricamente podían ser detenidas y si la situación concreta lo permitía, limitar sus derechos por causas médicas luego de un juicio por insanía. Alcohólicos, psicóticos o neuróticos graves, discapacitados físicos y mentales eran incluidos en la «grilla demarcatoria» de los anormales, pero el señalamiento social de la peligrosidad era sólo el inicio del biopoder sobre los cuerpos. La regulación institucional constituía la clave para completar el ciclo y tal situación no se produjo: los centros de salud y las cárceles territorianas carecían de las tecnologías modernas de control social y de los técnicos para aplicarlas con suficiencia y capacidad. De acuerdo con las fuentes consultadas, no hubo lugares específicos de tratamiento para los insanos, quienes en los casos más graves, eran trasladados a los grandes centros de Buenos Aires (Hospicio de Las Mercedes, Hospital de Alienadas o Colonia-Hospital de Luján, también llamado «Open Door»). Los registros alarmantes de los miembros de la Liga de Higiene Mental, muy vinculados al movimiento eugenista argentino, expresaban que los hospicios porteños estaban colapsados, pese a lo cual las personas que debían estar bajo tratamiento eran muchas más de las que estaban allí encerradas 29. Al margen de estos análisis sesgados, cuya raíz estaba en las teorías degenera----- 2003), Locura y crimen en el discurso médico-jurídico. Argentina, Territorio Nacional de la Pampa, ca. 29 El médico Arturo Ameghino señalaba que: «Se puede decir sin exageración que la asistencia social del alienado deja mucho que desear en nuestro país. Las plazas disponibles, que hace diez años eran ya notoriamente escasas, apenas aumentaron luego, y en cambio la población del país, que hace diez años no alcanzaba a 8 millones de habitantes, pasa ya de los 11». En este y otros textos similares, es constante la denuncia de saturación de los espacios de atención, por ejemplo, se señalaba que en lugares donde caben 1 000 alienados de hasta 2 000 pacientes, muchos de ellos extranjeros y de fuera de la Capital Federal o de la Provincia de Buenos Aires. Ver AMEGHINO, A. (1927), Carácter y extensión de la locura en las diversas regiones de la República Argentina, Revista Argentina de Neurología, Psiquiatría y Medicina Legal, Vol. Otros ejemplos en ROSSI, A. (1940), Higiene mental y asistencia social, Anales de Biotipología, eugenesia y medicina social, 5 (89), 49-52, quien mencionaba 50 000 pacientes sin tratamiento, una epidemia de «locos sueltos» en Buenos Aires, verdadera pesadilla para psicólogos y sociólogos. cionistas y la antropología física, la preocupación médica era la incapacidad total de atención de los pacientes del interior, tanto de provincias como de los Territorios. Aún en los años treinta, La Pampa carecía de espacios dedicados a la atención de los insanos y, a mediados de los cuarenta, era un reclamo pendiente para toda la Patagonia 30. Entre 1909 y 1913, ingresaron 69 enfermos de La Pampa y respecto a toda la Patagonia, se mencionan, en un período posterior, treinta dementes derivados por año a los hospicios de Buenos Aires y Capital. La única «atención» a los enfermos, en sus lugares de origen se brindaba, paradójicamente, en los calabozos. A pesar de tratarse de una situación denostada por los psiquiatras, los enfermos podían quedar días, semanas e incluso meses sin atención médica. Esta situación escandalosa, que observamos a principios de siglo, persistió en amplias áreas durante décadas y contradice una imagen de severo control social en todos los órdenes 31. Lo mismo sucedía en el caso de internos aquejados de enfermedades mentales abandonados en las cárceles. Si consideramos que éstas no presentaban, bajo ningún punto de vista, establecimientos modelos en la atención de los presos comunes (carecían de talleres, de escuelas y de elementos de observación psiquiátrico-criminológica) 32, en el caso de los enfermos mentales, se trataba de un agravante. Una mirada a los ámbitos de encierro y supuestos espacios de la ortopedia social, las cárceles, muestra la más completa ausencia de desarrollo de espacios médicos dentro de las unidades de detención. En el caso de la cárcel de Neuquén, que albergó a lo largo de la primera mitad del siglo XX entre 200 y 500 presos, no hay registros de la constitución de salas de enfermería hasta la década de 1940 33. En ese decenio se llevaron adelante una serie de reformas e ----30 El director de la Asistencia Pública de Santa Rosa, Mario Cabella, señalaba estos aspectos en un Informe técnico (Nota dirigida al Gobernador de la Pampa, Exp. 31 «No hay más atención que en los calabozos para estos pobres desamparados; en el mejor de los casos, se los traslada a Buenos Aires», donde ya están superpoblados los centros. No sería mejor, «más práctico, económico y humanitario, crear casas de salud en la Patagonia». 32 Eran frecuentes, como señalamos en el primer apartado, las denuncias sobre hacinamiento de los internos y mal estado de las cárceles territorianas. Incluso, fue necesario en ocasiones cerrar completamente un establecimiento y trasladar a los presos a otro distrito, como sucedió en La Pampa, cuando los graves problemas edilicios de la cárcel de penados de General Acha requirieron el traslado de 23 presos a Neuquén durante un año (Diario La Autonomía, año II, 16-01-1917, AHP, LP). 33 BOHOSLAVSKY, E. y CASULLO, F. ( 2003), Sobre los límites del castigo en la Argentina periférica. La cárcel de Neuquén (1904-1945), Quinto Sol, 7, 37-59. inversiones en infraestructura de magnitud, que permiten alivianar en parte las muy malas condiciones de vida de la población carcelaria y del personal penitenciario. Ya en tiempos peronistas, la pequeña burocracia de la cárcel neuquina podía ofrecer orgullosamente los resultados cuantificados de las actividades médicas sobre la población indicando la cantidad de curaciones, radiografías e intervenciones quirúrgicas realizadas, entre otras prácticas. Las autoridades centrales, que inspeccionaban periódicamente los Territorios, conocían las dificultades pero las soluciones tardaban en llegar. En los exhaustivos informes de 1924 y 1925 del Ministro de Justicia e Instrucción pública, Antonio Sagarna, sobre la tarea anual realizada por ese organismo, aparecen dos niveles diferentes: por un lado, la labor legislativa (cuya vedette era el proyecto de Ley de Estado Peligroso) y las investigaciones llevadas a cabo en el Instituto de Criminología, con los boletines médico-psicológicos que realizaba Eusebio Gómez, en la Penitenciaría Nacional. Por otro lado, los informes relativos a los distintos Territorios nacionales, donde se recogían la cantidad de internos en las cárceles de encausados y/o penados. En estos últimos casos, no se menciona algún tipo de observación médico-psiquiátrica, sino una estadística anual de los presos a la que se agregaban las enfermedades (tuberculosis, gastritis, las más frecuentes) y los delitos por los cuales se encontraban recluidos 35. Esta divergencia es un ejemplo de la situación concreta de las instituciones del interior, huérfanas de la aplicación de las políticas científicas de control social. En 1913 fue inaugurada la Asistencia Pública en Trelew (Gobernación de Chubut), con la presencia de Luis Navarro, representante del Departamento Nacional de Higiene. En esa ocasión, Navarro reconoció la diferencia entre el accionar de la salud pública en Buenos Aires y el escuálido presupuesto que recibían los Territorios Nacionales: en la capital, donde vivía un millón de almas, expuso, la acción pública había eliminado el fantasma de la peste: allí, a pesar de la aglomeración, había más seguridad que en nuestras soledades, ---- que no tienen más profilaxis que el viento 36. En efecto, si alguna tendencia de largo plazo se puede descubrir en lo que se refiere a las políticas públicas de salud implementadas por el Estado nacional en el sur argentino, esa tendencia es el desinterés. Inversiones que no llegan, falta de presupuesto, ausencia de personal especializado, uso de docentes para que cumplan misiones médicas, hacinamiento, son algunas de las postales que es necesario obtener de este análisis. La contracara del desinterés público fue una intensa auto-organización de las poblaciones locales, que contribuyeron a la creación de salas de primeros auxilios, hospitales, escuelas, colonias de vacaciones y boticarios. Estas actividades se constituyeron como un ámbito en el que se fueron formando y consolidando figuras y grupos dirigentes que capitalizarían su experiencia en los tiempos de conversión de territorios nacionales a provincias 37. ¿Resolvemos el estudio de las instituciones sanitarias en particular y de normalización en general, en el área pampeano-patagónica como simplemente un caso de atraso?, ¿alcanza con señalar que se trataba de un área del Estado nacional sub-financiada y desatendida o hay espacio para sugerir otra idea? Es claro que el Estado no enviaba en cantidad ni a tiempo las partidas necesarias para el sostenimiento de las instituciones sanitarias, lo cual obligaba a improvisar soluciones y estrategias alternativas, mucho menos «científicas», coherentes y eficientes de lo que las autoridades sanitarias nacionales deseaban. No hemos querido sostener que por esa razón, las áreas del sur argentino quedaron por fuera de las tendencias que la literatura ha encontrado para espacios centrales de Argentina: más bien postulamos que las diferencias que se podían hallar entre una y otras eran de orden material y presupuestario y no intelectual. Una revisión de los discursos producidos por los médicos que peritaban en la justicia patagónica, por ejemplo, da cuenta de que estos profesionales estaban muy actualizados en lo que se refiere a saberes médicos y tendencias contemporáneas y que seguían muy de cerca las discusiones que se llevaban a cabo. De hecho, resulta muy marcado el defasaje entre la posesión y uso de jerga ideológica-científica del que se servían buena parte de los miembros de aparatos policiales, judiciales y sanitarios asentados en La Pampa y Patagonia 38 y ----36 Anales del Departamento Nacional de Higiene, Buenos Aires, T. XX, 1913: 1180. Sobre el problema de la formación de la dirigencia en la norpatagonia, y su vinculación con instituciones públicas y la prensa, cfr. 38 SALGADO, L. y AZAR, P. (2000), Evolucionismo y delincuencia: Los fundamentos biológicos de la Antropología Criminal, ponencia presentada en las I Jornadas de Historia del
Continuando con lo desarrollado en el trabajo precedente se estudia en éste el conjunto de problemas vinculados al tema de la visión que suscita la mera existencia del cuerpo del autómata. Los ojos del androide y, sobre todo, las reacciones suscitadas por la contemplación de estas máquinas de aspecto humano, son objeto de la reflexión de Hoffmann desde una postura que parece instalarse en la noción goetheana de un «mundo del ojo» -Welt des Auges-. Desde esta perspectiva se despliega así mismo una aguda crítica del abordaje instrumental de la realidad natural tal como, desde el siglo XVII, venía planteándose en la ciencia. Goethe es que los colores «están» en el ojo, porque el ojo tiene naturaleza lumínica; de otro modo no podría percibir la luz y cuanto ella manifiesta. De manera que, por más que pueda existir un mundo fuera de nosotros, el mundo que nosotros percibimos es y será siempre un «mundo del ojo», Welt des Auges. Más adelante habré de volver sobre la teoría goetheana de la visión. De momento regresemos al que debe ser el punto de arranque de este trabajo, el reconocimiento de que el problema de la percepción está íntimamente vinculado al del cuerpo como autómata tal como fue formulado en el estudio precedente. Y ambos son, como también adelanté, el resultado de un movimiento, casi de una inercia de la conciencia occidental moderna que la poesía, antes que la filosofía y la historia del pensamiento, percibió agudamente. CONTEXTO: EL PROGRAMA ILUSTRADO DEL PRÍNCIPE PAHPNUTIUS Y ALGU-NAS DE SUS CONSECUENCIAS Hoffmann fue uno de los primeros, si no el primero, en comprender que ambos temas, el del cuerpo del autómata -o mejor, el del cuerpo como autómata-y el de la realidad de lo que se percibe a través de los ojos, no eran sino dos aspectos de un mismo problema; un problema acuciante, angustioso, unheimlich 5, que se cernía sobre el ser humano moderno amenazando su propia conciencia de sí. Su celebérrimo relato Der Sandmann -El hombre de la arena-, es la mejor prueba de ello, y habrá de ocupar buena parte de este estudio; pero no es el único de sus escritos en los que el de la mirada y el mundo del ojo se convierte en problema filosófico y antropológico de rango superior. También entendió que la amenaza no había surgido de la nada, sino que se trataba de un evento históricamente comprensible que, a su modo, expuso en uno de sus últimos relatos extensos, Klein Zaches gennant Zinnober ----Male». La actitud de Goethe en la naturaleza, Estudi General. 5 Este calificativo, bien conocido por todo lector familiarizado con la obra hoffmaniana y/o con la de Sigmund Freud, será, inevitablemente, el núcleo de uno de los asuntos más polémicos de los que habré de ocuparme en el presente texto. (El pequeño Zaqueo llamado Cinabrio). En esta desaforada sátira 6, cuyo argumento se le ocurrió a su autor en el curso de uno de los intensos accesos febriles de una enfermedad, probablemente relacionada con la que le llevó a la muerte 7, trabamos conocimiento con un cierto príncipe de un cierto estadículo alemán de esos que, como piezas de un rompecabezas, constiuían la Germania anterior a la Revolución Francesa, o de alguno similar superviviente de la aventura napoleónica. Este príncipe, de nombre Paphnutius y un tanto limitado de caletre, escucha embobado los consejos de su primer ministro, un burgués imbuido del espíritu de Las Luces como tantos de sus contemporáneos, que intenta convencer a su amo de la conveniencia de modernizar su Estado. La conversación entre ambos constituye una prodigiosa muestra del arte hoffmaniano de la sátira: ¡La gran hora ha sonado! ¡Un reino luminoso se alza desde el poderoso Caos! ¡Del pecho y de la garganta de vuestro vasallo más fiel brotan suplicantes las mil voces del pobre pueblo desdichado! A estas palabras de su ministro responde el príncipe, sinceramente emocionado, que hará imprimir un edicto que habrá de hacerse público en todas las paredes del reino anunciando que «desde este mismo momento queda implantada la Ilustración». Con devota paciencia, el ministro le explica que una tarea tan importante no puede llevarse a cabo sin un concienzudo trabajo preliminar: de poesía, un veneno sutil que vuelve a las personas absolutamente ineptas para servir a la causa de la Ilustración 8. Si bien la primera parte de este parlamento resulta un tanto simplificadora, tópica incluso, pues no alude más que al bien conocido pragmatismo de la mentalidad ilustrada, al ejercicio de la razón instrumental -término éste que ha devenido de uso común, que tomo en préstamo a J. Habermas-, la segunda es claramente subversiva, pues pone de manifiesto la voluntad de control a la que hice referencia en mi escrito anterior. Según el ministro, la Ilustración no está al servicio de los hombres, sino a la inversa, y la poesía distrae de este servicio hasta el extremo de hacer inútil para él a quien, como una enfermedad, la padece. Por ello hay que tomar medidas urgentes, previas a cualesquiera otras, y desde luego represivas: hay que expulsar del país a las hadas. Y si alguna quiere quedarse, cosa que incluso resultaría conveniente al alto ideal político profesado por el ministro, deberá necesariamente, como diríamos hoy, aceptar un proceso de reconversión hacia una tarea útil para la cosa pública, por ejemplo, «tejer calcetines para el ejército en caso de guerra» 9. La acción épico-satírica arranca de la situación creada por esta maniobra policial, cuando un hada que se decide por la clandestinidad bajo las respetables tocas de madre abadesa de un convento decide adoptar al pequeño aborto cuyo nombre da título a la narración y origen a mil delirantes aventuras, que tienen por objeto mostrar cómo la locura -la locura razonante-puede hacerse dueña de un Estado sin hadas y sin poesía (Fig. 1). Pero no es éste el objetivo del presente trabajo, de modo que debemos abandonar a Klein Zaches hasta mejor ocasión, no sin advertir que con su historia se abre el breve período satírico-grotesco 10 de Hoffmann, clausurado por la muerte cuatro años más tarde. De momento su mención debe servirnos para contextualizar en perspectiva historicocultural los relatos de que vamos a ocuparnos a continuación. Como en el artículo precedente citaré por la edición on-line del Proyecto Gutenberg y, cuando exista, por una edición española de calidad. En este caso, así como en el de Meister Floh, al que me referiré más tarde, carecemos de una edición en nuestro idioma. 10 No pretendo establecer tipología ni cronología alguna de cuño crítico literario. Sencillamente me limito a señalar que con Klein Zaches, y luego con Meister Floh, el escritor se lanza a tumba abierta -en más de un sentido-a la crítica del mundo en el que vive empleando para ello la caricatura que acentúa los rasgos grotescos. Véase más adelante lo que se dirá sobre Meister Floh. LOS OJOS DEL AUTÓMATA Regresemos, pues, al primero de los relatos que nos ocuparon en el trabajo precedente, Los autómatas. Antes incluso de acudir al oráculo del turco, Ludwig declara sin ambages el desagrado que le producen los ingenios mecánicos que copian la figura humana, a los que califica de auténticas imágenes de la muerte viva o de la vida muerta, no tanto porque estén construidas a imagen del hombre, cuanto porque imitan como un mono lo humano 11. Es decir, como ya quedó señalado, porque esa similitud con lo humano es poco más o menos la misma que presentan los cadáveres: les falta el espíritu. Y para Ludwig esto se pone de relieve principalmente en los ojos. HOFFMANN, E.T. A. (1988), Los autómatas, en Los hermanos de San Serapión, II, (Ed. de Celia y Rafael Lupiani y Julio Sierra), Madrid, Anaya, p. bras que siguen a su anterior declaración lo muestran con claridad, suministrando además argumentos para la reflexión sobre lo Unheimliche que anunciaba al principio: Ya de pequeño solía escapar llorando cada vez que me llevaban a un museo de cera, y aún hoy sigo sin poder entrar en un gabinete de esos sin sentir una sensación horriblemente inquietante -unheimlichen grauenhaften-. Cada vez que veo sobre mí las miradas fijas, muertas, cristalinas, de todos esos potentados, famosos héroes, asesinos y bribones, me gustaría gritar, en palabras de Macbeth: «¿Qué hacéis ahí, mirándome con ojos ciegos?» Y estoy convencido de que la mayoría de los hombres comparten conmigo, aunque no en el elevado grado que en mi domina, esta inquietante -unheimliche-sensación, pues se puede comprobar que la mayor parte de la gente que está en un gabinete de figuras de cera habla únicamente en susurros (...) Y ello no ocurre por respeto a los altos personajes, sino únicamente por la presión de lo inquietante, lo horrible, -des Unheimlichen, Grauenhaften-que provoca necesariamente ese pianissimo en los espectadores 12. Ludwig termina su parlamento declarando que lo más angustioso para él son «los movimientos humanos de las figuras muertas, imitados y producidos mecánicamente», entre los que señala los «giros de ojos». A ellos se refiere de inmediato Ferdinand, quien, compartiendo, como sabemos, en lo esencial el juicio de Ludwig, observa una actitud menos hostil hacia estos artefactos, que considera meros dispositivos orientados a la distracción del espectador: sus giros de cabeza y movimientos de ojos están ahí, con toda seguridad, únicamente para dirigir nuestra atención sobre esa parte en la que no se encuentra la clave del secreto 13. Como sabe el lector del relato hoffmaniano -o en su defecto de mi artículo precedente-esta interpretación racionalista de Ferdinand tendrá escasa, si ----12 Ibíd. Lejos de mí proponer como definitivas las traducciones que doy a los términos alemanes del texto. Por eso los incluyo en la cita. El buen sentido de Ludwig da, desde luego, en el clavo, aunque ello tenga escaso interés para el mensaje, mucho más sutil y ambicioso, que Hoffmann pretende transmitir en su relato. Años más tarde, el más célebre constructor de autómatas y empresario de variétés basadas en su exhibición, Robert-Houdin, señaló en sus escritos teóricos y autobiográficos que el éxito de cualquier espectáculo de ilusionismo se basaba precisamente en la habilidad de distraer la atención del espectador de lo esencial. La magia y lo fantástico literario en la Francia del siglo XIX, México, Fondo de Cultura Económica, no nula relevancia en el relato, pues ambos amigos compartirán un mismo interés por lo que pueda ocultarse detrás del artificio mecánico, que, como intenté demostrar, tendría más que ver con el sorprendente mundo recién descubierto del magnetismo animal que con la hipótesis del hombre-máquina. Pero el tema de los ojos del autómata, así como el de los humanos, volverá a aparecer desempeñando un papel central en la obra probablemente más estudiada de las de Hoffmann: El hombre de la arena. Buena parte de la culpa, o del mérito, de que este Nocturno haya alcanzado tal relevancia crítica la tiene el escrito de Freud titulado Das Unheimliche14 (1919), lo que me da ocasión para comenzar a saldar una vieja deuda con mi amigo Hoffmann, consistente en restituir a su relato el sentido que él mismo quiso darle después de que no pocos se hayan empeñado durante casi un siglo en adaptarlo contra viento y marea al lecho de Procusto freudiano 15. Aunque pueda parecer una obviedad, comencemos por el principio. Dado que el relato se presenta a modo de intercambio epistolar con tardías incursiones del autor, cuanto sabemos de la infancia de Nathanael se debe a su propia pluma, y esto ya introduce un factor de incertidumbre nada desdeñable, evidentemente buscado por Hoffmann. Con todo, en esa parte de su biografía no es posible discernir nada sugerente de patología mental alguna, y la descripción de la escena alquimista protagonizada por su padre y Coppelius presenta un aspecto muy realista, incluso -y sobre todo-si se tiene en cuenta que se trata de una escena estremecedora vista con los ojos de un niño de diez años. Es imposible saber si se trata de un relato documental, de una fantasía o de un delirio. Nada en la narración permite pronunciarse al respecto; tal es, sin duda, la intención de Hoffmann. Por otra parte la ausencia de ----información, por más que pudiera ser indirecta, sobre aquel episodio en los textos de Clara y Lothar no nos autoriza a tratarlo como un síntoma. Con el material de que disponemos, lo único que podemos hacer es dar crédito a lo que Nathanael refiere, a saber, que en medio de una operación espagírica realizada por los dos adultos, cuyo objetivo parece ser la fabricación de un homúnculo, que él contempló a escondidas, se echan en falta los ojos como expresión de la verdadera vida, y que Coppelius parecía decidido a arrancar los de Nathanael -sin metáfora alguna-en el empeño de lograr aquello que se le escapaba en su pretensión prometéica. La causa de la muerte del padre -la explosión del laboratorio-, que confirmaría la versión de Nathanael acerca de los secretos trabajos alquímicos de su progenitor y el abogado, tampoco es desmentida ni matizada por quienes deberían saber si se trata o no de un hecho real. Según esto Nathanael ha vivido una situación en la que se ha sentido amenazado por la pérdida de los ojos -insisto: de los ojos-para que el producto de una hybris pudiera disponer de ellos. Creo que éste no es un dato baladí: no se trata sólo de perder un órgano -como ocurriría en el caso de la castración 16 -, sino de que este órgano es robado para dárselo a otra criatura. Hasta donde yo sé, la angustia de castración freudiana opera según un patrón en el que sólo hay pérdida, pero no ganancia ajena, y más concretamente de un tercero. También aquí hay que volver sobre lo prometéico, pues el gigante mitológico no roba el fuego de los dioses para apagarlo, sino para dárselo a los hombres. Por último, la ceguera de Nathanael, de haberse producido, no sería comparable a la de Edipo, pues ni habría tenido carácter autopunitivo ni se habría agotado -al menos según los designios de Coppelius-en la mera ablación. La confidencia de este trágico recuerdo se ha visto motivada por la aparición en la vida actual del estudiante Nathanael del italiano vendedor de barómetros e instrumentos ópticos Giuseppe Coppola, cuyo apellido trae a la memoria del joven el odiado y temido de Coppelius 17. Ya antes de que nada suceda esta similitud en los nombres, y la consiguiente sospecha de que pueda tratarse de la misma persona, han inquietado al portagonista, lo que hace comprensible su sentimiento de pánico cuando el vendedor expone sobre la ----16 Como es sabido, Freud sostiene en su texto que la evisceración de los ojos es en este caso un equivalente de la castración, remitiéndose al complejo de Edipo. 17 Se ha señalado con profusión el hecho de que tales apellidos evocan nociones que tienen un peso extraordinario en el relato; así Coppelius es muy similar a «copela», «vaso de figura de cono truncado, hecho con cenizas de huesos calcinados, y donde se ensayan y purifican los minerales de oro o plata» (DRAE) -lo que, a través de la química, nos remite a la alquimia-, y Coppola hace pensar en «coppo», en italiano, órbita del ojo. mesa de su habitación de estudiante su muestrario de gafas, presentándolas en su deficiente alemán como «sköne Oke», «hermosos ojos» 18. Hago notar que antes de mostrarlas, el espanto suscitado por la declaración del italiano de que, además de barómetros, vende «sköne Oke», se ha adueñado ya de Nathanael, sin duda a causa de la reminiscencia de la vivencia traumática infantil -que no parece haber sido reprimida en modo alguno-a la que ya he hecho referencia. Pero no es menos interesante detenerse sobre lo que viene después: bajo el impacto de esta impresión, lo que el estudiante contempla sobre su mesa son «mil ojos [que] miraban y se estremecían fijándose en [él]». Aquí encontramos de nuevo la mirada fija -starre-que despertaba en Ferdinand el sentimiento de lo Unheimliche en los gabinetes de figuras de cera: la mirada artificial, a la que le falta la vida, que sólo de manera imperfecta intenta encubrir el movimiento mecánico de los ojos de algunos autómatas, como el famoso turco. No son ojos amputados -si se quiere, «castrados»-, sino ojos fabricados los que producen un sentimiento que, en este caso, recibe el nombre de Entsetzen -horror, espanto, pavor-siendo en este caso «gespenstisch» -fantasmal-el calificativo que se aplica a tales «ojos». Es hora ya de dar entrada al autor cuya interpretación puso a Freud, según éste mismo reconoció, sobre la pista del sentimiento de lo Unheimliche en Hoffmann: el psiquiatra Ernst Jentsch. En un texto publicado en 1906 en una revista psiquiátrica 19 Jentsch se aproximaba al tema de lo Unheimliche especialmente desde el punto de la psicología -con algún apoyo en la etnología-y de la psicopatología, aunque mencionando en un punto las creaciones hoffmanianas. Según parece Freud tuvo noticia, inevitablemente parcial, acerca de los relatos de Hoffmann precisamente a través de este artículo 20. El caso es que Jentsch dedica menos de tres líneas al escritor, y por cierto nada explícitas: «E.T.A. Hoffmann ha empleado repetidamente con éxito esta maniobra psicológica en sus relatos fantásticos» 21. En esta misma nota se menciona otra posible fuente para el interés del fundador del psicoanálisis en la obra de Hoffmann: El doble, de Otto Rank (1914). En cualquier caso parece que Freud estaba lejos de conocer de primera mano la rica producción de nuestro autor. cedor de la obra de Hoffmann, a la vista de lo sostenido por Jentsch en las páginas precedentes, relativas a las figuras de cera y a los muñecos animados, habría pensado mucho más en Los autómatas. No es extraño que a Freud le suenen a hueco algunos asertos de Jentsch que él mismo cita en Das Unheimliche; pero es que él está intentando aplicarlos a Der Sandmann, cuando lo que Jentsch tiene in mente es el texto precedente. Es bien conocida la incómoda impresión que con gran facilidad produce en algunas personas la visita a gabinetes de figuras de cera, panópticos y panoramas 22. Apenas hace falta recordar al lector el testimonio de Ferdinand sobre los gabinetes de figuras de cera recientemente transcrito 23. Por otra parte, cuanto Jentsch menciona en su escrito referente a los autómatas -que no es poco, desde luego-puede perfectamente aplicarse a la Olimpia del Sandmann, pero con aún mayor razón a los autómatas del relato homónimo. Lo cual, por otra parte, es extremadamente razonable, pues es evidente que la figura de Olimpia no aparece porque sí en la historia de Nathanael, sino que es descendiente directa de los androides del profesor X que aparecen en el relato que forma parte de Los Hermanos de San Serapión. Me temo que Freud se vio conducido a un mal paso por su desconocimiento de la obra de Hoffmann así como por la decisión de Jentsch de plantearse un trabajo sobre lo Unheimliche, tema que inevitablemente debía interesar a aquél, en el que menciona el nombre del escritor. Posiblemente Freud pensó que el relato de Hoffmann se ocupaba singularmente de este asunto, cuando lo cierto es que el término mismo no tiene un protagonismo extraordinario en él: aparece seis veces, mientras que otros términos sinónimos, a veces asociados a él del modo que hemos visto, lo hacen con notable reiteración: schrecklich, 3; entsetzlich, 15; grausam y derivados, 16. Por otra parte, el sentimiento que designa fácilmente podría encontrarse, y tal vez corregido y aumentado, en otros relatos como Das öde Haus -La casa vacía (1817)-en el que, por más señas, no hay autómatas ni ojos arrancados, aunque sí extrañas visiones. Es importante recordar que los ojos de Nathanael no son los únicos amenazados. En el poema por él escrito, Coppelius arranca los ojos a Clara, los ----22 JENTSCH (1906), p. 23 Como ha señalado un estudioso de la obra de Hoffmann, también en Der Sandmann juega el artista con la misma incertidumbre, convirtiéndola en recurso literario para provocar el sentimiento de lo Unheimliche: Cuando la muñeca Olimpia es destrozada por Spalanzani y Coppola, sus ojos sangran (al menos eso es lo que percibe Nathanael). arroja contra el pecho de Nathanael y le arrastra hacia el fuego en medio de una danza frenética. En ese momento Clara pide a su prometido que la mire, asegurando que aún conserva sus ojos, y que de este modo puede salvarle. Pero cuando lo hace, Nathanael cree ver los ojos de la muerte. Este poema del que sólo conocemos el argumento tiene una gran importancia que Freud no le reconoce 24, por más que su interpretación gire en torno al simbolismo de los ojos, o más exactamente, de su mutilación. Con él como pretexto, o si se prefiere, como revelador -en la acepción fotográfica del término-muestra Hoffmann el verdadero nudo del relato, al permitirnos contemplar las reacciones de ambos personajes, Clara y Nathanael, frente a esta producción del inconsciente -pulida, desde luego, mediante una ulterior elaboración más consciente 25 -del protagonista. En efecto, cuando Nathanael concluye su redacción y lo lee para sí mismo en voz alta «sintió -escribe Hoffmann-horror y exclamó: ¿De quién es esa voz horripilante?» 26. Pero luego se convence a sí mismo de que se trata solamente de un poema logrado. Lo que, sin embargo, queda claro es que la distancia establecida por la lectura en alta voz le provoca una primera reacción de espanto y de enajenación. Aunque consciente mientras trabajaba, sólo ahora se da cuenta de que ha dejado hablar a su inconsciente, así como del peligro que entraña ese mensaje. Cuando por fin se lo lee a Clara, la reacción de ésta es equiparable, aunque configurada en torno a un patrón diferente, propio de la personalidad que, desde el comienzo, Hoffmann le ha atribuido, señalándola con la elección de su nombre: la muchacha le pide que arroje al fuego «ese cuento absurdo... sin sentido... loco». La respuesta de Nathanael, mientras la abandona, «indignado» es: «¡Maldita autómata sin vida!» 27. En este punto se instala, a mi parecer, lo Unheimliche en el mundo del protagonista. Ante la emergencia de sus más íntimos fantasmas, la sensata muchacha le recomienda buscar la salud a través de la negación; Nathanael se siente incomprendido, y a la postre no amado, y la descubre entonces como «autómata sin vida»; pero en su sufrimiento -en su locura-la sustituirá por una auténtica autómata: la criatura de Spalanzani y Coppola. 25 «Mientras escribía este poema, Nathanael estuvo muy tranquilo y concentrado. Corregía, limaba cada uno de los versos y, habiéndose sometido al rigor del metro, no descansó hasta que todo engarzaba con precisión y su sonido fue puro». http://gutenberg.spiegel.de/?id=5&xid=604&kapitel=5&cHash=61f05a2d182 (p. todas luces, que nos muestra que, aunque poseedor de un cierto grado de razón, el joven lleva en sí el germen de una enfermedad aún más peligrosa que la mantenida, de forma larvada, por el fantasma de Coppelius: un narcisismo morboso. En el momento en que este rasgo se manifiesta por completo el Hoffmann inquietante deja lugar, por más que en contados momentos, al satírico; por ejemplo cuando, ante el recuerdo de la muñeca que apenas hace algo más que contemplarle -aparentemente, pues sus ojos no tienen vida-y suspirar de tanto en tanto, Nathanael, emocionado, profiere: «¡Oh, tú, maravilloso y profundo ser! (...) Sólo tú, tú eres la única persona que me entiende por completo!»28. Y poco antes le ha hecho decir, utilizando un símil que pertenece de lleno al Welt des Auges: «¡Oh, tú, espíritu profundo en el que se refleja toda mi existencia!»29. De pasada anotaré que esta frase -y no sólo ella-autorizaría una interpretación del relato con la ayuda de la teoría psicológica de C.G. Jung, pues da toda la impresión de que lo que aquí se dirime es la angustiada búsqueda del anima por el protagonista30. En esta perspectiva lo Unheimliche se nos presenta, además, bajo una nueva luz, pues el propio Nathanael utiliza el término al explicar a su amigo Sigmund sus sentimientos: «Ya puede Olimpia ser unheimlich para vosotros (...) Sólo en su amor me encuentro a mí mismo»31. Pero lo que nos interesa en este contexto es algo bien diferente: el cuerpo del autómata, el Welt des Auges y su mutua relación. Sólo en esta perspectiva hemos de ocuparnos de unos ojos en los que toda la existencia de Nathanael -y cualquier otra cosa-puede reflejarse por el mero hecho de que no son ojos, sino esferas de cristal magistralmente coloreadas por la mano del inquietante Coppola. Esos ojos no tienen mundo, en el sentido goetheano, aunque el mundo entero pueda reflejarse en ellos. Pero sí hay un Welt des Auges en Nathanael, y la mayor prueba de ello es que, en su caso, Olimpia es, también, ocasionalmente unheimlich, pero sólo para el sentido del tacto. Cuando, en el baile, toca su mano, experimenta un sentimiento que, esta vez, el autor califi-----ca precisamente con el problemático término; pero al mirarla, sobre todo a través del anteojo de Coppola, sus ojos se animan y parecen arrojar rayos lunares 32. El mundo del ojo del protagonista, el suyo propio, incomparable, es quien, para su mal, anima a la muñeca de madera. De este modo es él quien entroniza el triunfo de la técnica; pues si Coppelius y el padre de Nathanael no fueron capaces de crear vida mediante la alquimia, y si aquél intuyó que la única posibilidad restante se encontraba en la mecánica 33, Spalanzani y Coppola han conseguido esta copia cibernética que deslumbra a la mayoría, y que alcanza incluso a suplantar a su modelo real para ese nuevo hombre que surge de la revolución tecnológica, o que al menos se desarrolla a partir de ella de manera incomparable: el narcisista. A mi juicio, el atisbo verdaderamente genial de Hoffmann en este punto radica en la superación del punto de vista más común, el que se fija en el creador prometéico, para desplazarse hacia el destinatario ideal del producto: del técnico productor al público consumidor. Pues, en el Sandmann, este tipo de creador ha encontrado por primera vez un cliente. Más aún: el cliente por antonomasia; el ser humano que quiere reconocerse en la máquina, que quiere una máquina que se le parece para que le devuelva de sí mismo la imagen deseada. Ironía excelsa, acierto psicológico mayúsculo de Hoffmann, es en este caso el poeta romántico quien, en lugar de vender tópicamente su alma al diablo, desea para sí un autómata sobre el que proyectarla. En nombre de un ideal torcido de la comprensión, de la comunicación entre dos seres, escoge el desierto y el eco. Asistimos al triunfo del hombre máquina. Pero, ¿quién es el hombre máquina? ¿la criatura cibernética o el ser humano que dice ante ella: «esto soy yo?» 34 ----32 GENDOLLA, P. (1992), Anatomien der Puppe. 34 Evidentemente no se trata del triunfo definitivo. Hoffmann nos está mostrando el nacimiento de un hecho cultural de extraordinaria relevancia, pero, como tal nacimiento, se trata aún de un fenómeno incipiente, incluso lacunar. Aunque también de manera irónica -lo que demuestra la escasa confianza que Hoffmann tenía en la capacidad de respuesta de sus contemporáneos-el escritor describe las reacciones que el ataque de locura de Nathanael al descubrir a Olimpia desarticulada entre las manos de su creador provoca en la sociedad de la ciudad universitaria: «La historia del autómata había arraigado profundamente en sus almas y, de hecho, surgió una profunda desconfianza hacia las figuras de aspecto humano. Y para convencerse por completo de que uno no se había enamorado de una muñeca de madera, varios amantes exigieron a la amada que bailara y cantara sin conservar el compás, que durante las lecturas bordara e hiciera punto, jugase con el perrito, etc., pero sobre todo que no sólo Unheimlich. ¿Cómo no va a ser unheimlich un relato en el que se nos habla no de la castración -real o simbólica-sino de la aniquilación del alma en el espejo mágico del simulacro, y de la entronización definitiva del autómata como rey de la creación, como pareja soñada, buscada y adorada del ser humano de carne y hueso que se siente insatisfecho de su condición? Pero esta pregunta nos conduce a otro lugar, de regreso, podríamos decir: de nuevo al Welt des Auges. Pues Nathanael ha encontrado lo que buscaba, la compañera ideal, con la ayuda de un instrumento óptico: el catalejo que le vendió Coppola, que parece animar mágicamente la figura de Olimpia, de modo que el estudiante Sigmund, amigo del protagonista -quien no observa la realidad a través de instrumento alguno-no puede comprender el delirio de éste y debe limitarse a compadecerle y a ofrecerle su ayuda cuando llegue el momento, que no puede sino temer, en que los devaneos psíquicotecnológicos del joven le lleven a la catástrofe. Pues la locura le acecha, y se presenta de hecho al menos dos veces en el relato 35, de modo que, a riesgo de parecer exagerado, me atrevería a conceder a este personaje hoffmaniano una dignidad ejemplarizante similar a la de Don Quijote; en efecto, tal vez nos encontremos ante el Don Quijote de la era tecnológica. Más, mucho más habría que decir sobre este texto prodigioso. Pero, en la perspectiva elegida, quizá convenga hacer aquí un alto, no para finalizar el viaje sino para emprender otro camino que nos conduzca al objetivo buscado. Nathanael encuentra a Olimpia, y continúa luego buscándola apasionadamente, con la ayuda de un anteojo. Cinco años más tarde, nuestro guía y narrador nos situará de nuevo ante el mundo del ojo y de los instrumentos ópticos, esta vez con la intención de ajustar cuentas. Si en Der Sandmann Nathanael es una especie de Don Quijote, ahora será Hoffman quien asumirá un aspecto del personaje de nuestro hidalgo, contendiendo con sus particulares molinos de viento. Adentrémonos en el mundo mágico de Maese Pulga. ---escuchara, sino que de vez en cuando dijese algo, de forma que esas palabras mostraran un pensamiento previo. De resultas de ello la unión amorosa de muchos se fortaleció y se convirtió en más estimulante, mientras que otros, por el contrario, se separaron en silencio». 35 Cuando arremete, presa de furia, contra Spalanzani al ver que entre él y Coppola han destruido la muñeca, y debe ser reducido y encerrado en un asilo, y evidentemente al final, cuando intenta asesinar a Clara y finalmente se suicida. UNA AVENTURA EN EL MUNDO DEL OJO Escrito si no en su lecho de muerte, sí al menos en el lecho que prácticamente sólo abandonaría para ser enterrado, Meister Floh (Maese Pulga), se publicó, después de ser mutilado por la censura, en el año en que falleció Hoffmann, 1822. En este encantador relato fantástico, especie de Bildungsroman a contrapelo, pues representa casi lo contrario que el protomodelo del género 36, el Wilhelm Meister de Goethe, el protagonista, Peregrinus Tyss, se nos presenta desde las primeras páginas como un individuo extraordinariamente inmaduro 37, o más exactamente, replegado sobre sí mismo para no verse obligado a entrar en la madurez. El lector lo encuentra celebrando la Nochebuena en la solitaria mansión que, junto con un floreciente negocio que prácticamente marcha solo, ha heredado de sus padres, en un actitud descaradamente infantil: a sus treinta y seis años, como todas las navidades, espera en silencio, en la oscuridad del gabinete anexo al comedor, a recibir la señal que le permitirá salir a la sala iluminada para, lleno de ardiente júbilo, recoger del pie del abeto decorado con velitas los regalos que poco antes ha comprado para sí mismo y que luego repartirá entre niños pobres, y cenar luego junto a dos sillas vacías -no así los platos frente a las que se sitúan-destinadas a sus padres, con quienes incluso simula hablar. ----36 El propio Hoffmann lo denominó Märchen. El título completo del relato es Meister Floh. El término alemán Märchen suele traducirse al español como cuento fantástico, o de hadas, o folklórico, y algo de todo ello lleva en sí el vocablo alemán. Como puede verse, el planteamiento de Hoffmann es bastante más modesto que el que cabe suponer a una «novela de formación». Por otra parte, una estudiosa reciente de esta obra ha discutido también el acierto de Hoffmann al adscribir al género literario del cuento fantástico la obra que nos ocupa, afirmando que «Meister Floh no es un Märchen, sino más bien una sátira grotesca con aspecto de Märchen en la tradición menipea». IV-III a.C-fue un filósofo de la escuela cínica que se valía de fábulas para zaherir a los filósofos a los que desdeñaba). 37 Entre los datos suministrados al respecto en las primeras páginas hay uno que, además, nos permite asociarlo -aunque de manera antitética, como demostrará el relato-al tema del autómata. En su primera infancia tardó mucho en comenzar a hablar e incluso a relacionarse con los adultos, de manera que su madre, alarmada y entristecida, le comparaba a una «muñeca inanimada», y el autor, transcribiendo las opiniones de dichos adultos, le llama «niño-autómata». Pero será un muñeco -un Arlequín-el primer objeto -¿el primer personaje?-que le arranque gestos y expresiones de júbilo. De este modo reconquista el escritor, a través del ánimo infantil y del juego, la figura de la copia humana, maltratada en el contexto del que nos estamos ocupando. Verdaderamente se trata de alguien a quien le hace falta una Bildung, y con urgencia. En todo caso su infantilización es sólo parcial, pues ante determinadas circunstancias no se ha comportado, ni se comportará en adelante como un niño. Por ejemplo, no ha vacilado en perderse para los demás durante un par de años en un viaje, iniciativa ésta nada pueril, que parece haberle llevado al menos hasta la India. Si volvemos la vista a ese modelo de género que es el Wilhelm Meister podríamos decir que al menos nuestro Peregrinus -¡nótese, además, el significado del nombre!-ha realizado, si es que no está realizando aún en otro sentido, sus Wanderjahre38 -años de peregrinaje-, aunque saltándose los Lehrjahre -años de aprendizaje-. Pero ya he dicho que la formación de Peregrinus está planteada a contrapelo. Su aprendizaje vendrá después, y de la mano de un extraño profesor. La bibliografía sobre Hoffmann es tan gigantesca que ignoro si alguien se habrá planteado ya esta comparación, y si en tal caso habrá caído en la cuenta de que en el título de ambas obras figura en lugar relevante la parabra «maestro», Meister. En el caso de Goethe, Meister es el protagonista aunque, por así decir, deba ganarse a pulso ese título a lo largo de su vida; pero cabría pensar -y este sería un pensamiento bastante goetheano-que desde el principio está predestinado, o más bien dotado para ser un maestro, un señor, pues ha nacido Meister. Le falta, desde luego, a golpe de carácter, realizar cumplidamente aquello para lo que está dotado y así alcanzar su meta. En cambio, nuestro amigo Tyss parece haber nacido para no estarse quieto; para que su vida sea camino, pues es Peregrinus. En su caso la maestría está en otro lugar, otro es el maestro: Meister Floh, Maese Pulga (Fig. 2). Dado que ni siquiera existe una traducción al español de este divertido relato resulta más que nunca necesario dar cuenta de su argumento. Sabemos ya cómo comienza. Después de la famosa cena, Peregrinus sale a la calle con sus regalos para alegrar la noche de los hijos del encuadernador Lammerhirt y, a través de ellos, la de su padre. Al regreso de casa de éste una atractiva muchacha desconocida que se ha presentado de improviso se desmaya, a lo que el protagonista reacciona tomándola en brazos y llevándola a su casa, inconsciente. Cuando, a la mañana siguiente, la joven se despierta se identifica como Dörtje Elverdink, ahijada de un sabio que responde al nombre, familiar para cualquier historiador de la medicina, de Leeuwenhoek. No tarda en aparecer en escena otro personaje de edad avanzada, realquilado de Peregrinus, cuyo nombre, no menos evocador para el mismo tipo de lector, es ----Swammerdamm. Y curiosamente se muestra muy interesado por la joven que Peregrinus ha recogido. Leeuwenhoek, convertido -al menos a tiempo parcial-en empresario de espectáculos, presenta en esos momentos en la ciudad uno basado en la observación por medio de lentes y microscopios de diversos insectos 39. Y precisamente mientras sucede lo anterior, el segundo de los amigos a los que hace mención el título, Georg Pepusch 40, ve salir en estampida a los espectadores ----39 Esta invención de Hoffmann podría presentarse como una prueba más del carácter «teatral» de la nueva ciencia, puesto de relieve por Mandressi para la Anatomía -véase mi artículo precedente-y por Hartmut Böhme precisamente para los trabajos microscópicos de Leeuwenhoek: BÖHME, H. (2003), pp. 386-389. 40 No puede pasarse por alto que, al final del relato, Pepusch se revelará como el cardo Zeherit, perdiendo su apariencia de ser humano. Así resultará que los compañeros de Peregri-del gabinete de Leeuwenhoek, espantados por el desorden que en él se ha instaurado por motivos de momento desconocidos y que se traduce en la aparición de auténticos monstruos gigantescos creados por las lentes incontroladas. Pronto sabemos a qué atenernos pues, en el lecho al que se ha retirado después de dejar descansando a Dörtje, Peregrinus Tyss recibe la sorprendente visita de Maese Pulga, el señor de estos animalillos, cuya fuga del teatro de Leeuwenhoek ha causado el desorden referido. El rey de las pulgas explica a Peregrinus la esclavitud a la que su pueblo y él mismo se han visto sometidos, transformándose contra su voluntad en personajes de circo, vestidos y calzados como militares para que evolucionen obedientemente bajo las lentes de aumento para mayor gloria y lucro de su explotador. Le suplica que le proteja, que no le entregue a sus verdugos, y a cambio le ofrece un regalo: una pequeña lente -una lentilla, en toda la acepción actual del término, pues se fija directamente sobre la córnea-mediante la cual puede contemplar los pensamientos de quienes a él se dirigen. A estas alturas el lector de este trabajo ya sabe por qué, a pesar de los inescrutables designios del mercado editorial, tiene ante sus ojos al menos un reflejo del relato de Hoffmann. Podría decirse que Meister Floh es, tanto o más que Der Sandmann, una extraordinaria reflexión sobre la mirada y sobre el mundo del ojo, pues prácticamente todo lo que en él se dirima va a girar en torno a dos tipos de lentes: las de los científicos y la que Maese Pulga ha regalado a Peregrinus Tyss 41. La crítica literaria, sin dejar de lado este aspecto, ha hecho siempre énfasis, y con razón, en otro aspecto del relato de gran repercusión en la biografía de Hoffmann y de no menor interés para la historia ---nus en su aventura -en su peregrinar-son una pulga y un cardo, representantes generalmente despreciados de los reinos animal y vegetal. 41 Añádase a esto que, como agudamente ha observado un autor, todo el relato está construido en torno a la imagen de la camera obscura. Estos son, en breve síntesis, los principales argumentos de dicho autor: al comienzo de la narración Peregrinus se encuentra en una habitación a oscuras en la que entra un rayo de luz por debajo de la puerta que comunica con el salón, donde le esperan los productos de su fantasía (p. 104); el protagonista identifica a Dörtje como la princesa Gamaheh solamente cuando la contempla a través del ojo de una cerradura (pp. 116-117); y, a lo largo de todo el relato, Peregrinus es presentado como «el morador de la camera obscura de su propia existencia (p. Y dada su estrecha relación con nuestro tema, conviene no pasar por alto lo que este autor nos recuerda: que la camera obscura fue el modelo explicativo aceptado desde el siglo XVII para explicar científicamente la visión (p. 105), en el marco de esa cosmovisión mecanicista a la que, como estamos viendo, Hoffmann se opone con todas sus fuerzas. de Alemania: la escena nocturna en la que Peregrinus transporta en brazos a una Dörtje inconsciente es interpretada torcidamente por un personaje a la vez ridículo y atrabiliario, el Consejero de policía Knarrpanti, en quien era fácil reconocer a su equivalente en la realidad, von Kamptz, gozoso brazo ejecutor de las Resoluciones de Karlsbad y cabeza visible de la persecución de los demagogos. Knarrpantti acusará a Peregrinus de secuestro, sospechando además inconfesables fines sexuales. La sátira, abrumadora, que Hoffmann realiza de éste personaje, unida a su actitud notablemente inconformista en los procesos contra los acusados de demagogia, dará pie a que él mismo sea formalmente acusado y llevado a juicio, aunque no podrá acudir a él a causa del avanzado estado de su enfermedad terminal, viéndose obligado a defenderse a través de un interesantísimo escrito redactado -dicho sea sin retórica-en el lecho del dolor. De hecho será la muerte quien le libre de una sentencia condenatoria, aunque el libro aparecerá censurado. No entraré, de momento, en más detalles sobre el argumento, pues lo hasta aquí expuesto es lo que conviene a los fines de este trabajo. Tenemos, así, en el planteamiento del asunto a dos personajes cuyos nombres, y no sólo ellos, coinciden con los de dos de los gigantes de la ciencia moderna, especialmente en el campo de la observación de la naturaleza con ayuda de instrumentos ópticos, concretamente el microscopio; y frente a ellos a un animalillo -para muchos un animalejo-que también posee un instrumento capaz de cambiar las circunstancias normales de la visión. Estamos, y pronto veremos hasta qué punto, en el corazón del Welt des Auges. De los dos científicos es Leeuwenhoek quien desempeña un papel más importante, apareciendo Swammerdam sólo como adversario suyo, sin duda para facilitar el decurso de la acción y, con él, la exposición del mensaje que su creador pretende transmitir. Es Leeuwenhoek quien posee -así puede decirse-a la princesa Gamaheh (Dörtje) y a Maese Pulga, y quien se presenta a Peregrinus como el mismo que está enterrado en el cementerio de Delft, planteando así de una vez el doble sistema de coordenadas -real y simbólico-por el que debe regirse el lector. Como acabo de señalar, el científico ha sido capaz de animar, con ayuda de sus lentes de aumento y la alquimia -¡otra vez el motivo del Sandmann!-a la princesa que dormía en el cáliz de un tulipán, aunque para ello haya sido necesaria la colaboración de Maese Pulga, quien, al picarla, la libera de un trombo producido por el principio negativo representado por el Príncipe de las sanguijuelas 42. En ningún mo-----mento queda claro que esta manipulación de la naturaleza tenga fines más o menos espirituales; lo que sí está claro es que el holandés sabe usar sus instrumentos con una «óptica» empresarial: recuérdese el espectáculo público mencionado, para el que emplea lo que Hoffmann denomina Nachtmikroskop -«microscopio nocturno»-, término con el que parece subrayar el aspecto negativo del verdaderamente existente Sonnenmikroskop, o microscopio solar: un instrumento, pues, que recuerda al «fantascopio» de Robertson al que de pasada me referí en el artículo precedente 43. En la misma dirección apunta la información según la cual este Leeuwenhoek literario habría ganado mucho dinero comerciando con microscopios 44, lo que le convierte en una especie de pariente de Coppola. Pues bien: Leeuwenhoek -el Leeuwenhoek históricoes, precisamente, una de las figuras que Hartmuth Böhme elige para poner a prueba, desde una perspectiva original, el Welt des Auges de Goethe 45. Y lo que resulta de este examen es extraordinariamente valioso para hacer justicia al supuesto «cuento» de Hoffmann, así como a los otros relatos que nos han ocupado a lo largo de estos dos trabajos. A juicio del profesor alemán, Leeuwenhoek y Hooke son los más conspicuos representantes de la nueva forma de hacer ciencia propugnada por la institución más prestigiosa de su tiempo: la Royal Society, a la que ambos participaron sus descubrimientos. De ese nuevo estilo es emblema el que la propia sociedad ostenta, que incluye un microscopio, un telescopio y la frase «nullius in verbo» 46. Difícil será proclamar de una manera más explícita e inequívoca la primacía del sentido de la vista: Pero esta primacía representa todo lo contrario del Welt des Auges goetheano; pues, para la teoría de la visión del «Júpiter de Weimar», cuando se abandona el mundo del ojo se entra de lleno en un terreno peligroso: el de la «metafísica de los fenómenos». Se incurre en esta metafísica cuando se sobrepasa «lo que es conforme a nuestros sentidos, así en lo grande como en lo pequeño» 47. Precisamente esto es lo que, con determinación inquebrantable, se plantea la ciencia moderna, construyendo una nueva legalidad científica que, teniendo una base eminentemente sensorial, desconfía de los sentidos tal como los crea la naturaleza. Lo que ellos perciben es a menudo apariencia, y por ello necesi----- tan equiparse de los productos de la técnica para superar sus límites: de aquí la glorificación del microscopio y el telescopio. Esta nueva manera de observar la naturaleza, técnicamente mediatizada, abre, desde luego, cuatro nuevos campos de investigación que el profesor alemán enumera como sigue: «la apertura y desmembramiento del opaco interior del cuerpo», «la exploración del mundo macroscópico mediante el descubrimiento del telescopio», «el mundo subliminal del microscopio» y «la representación experimental del vacío», cuatro territorios hasta entonces inaccesibles a los sentidos 48. Apenas es preciso recordar que el primero de estos dominios, que lo es también en la perspectiva cronológica, es el que ha puesto en marcha la creatividad hoffmanniana en el tema que nos ocupa, así como mi propia capacidad de reflexión. Desde una perspectiva muy diferente, y sin referirse a él -no olvidemos que su referencia es Goethe-Böhme comparte la crítica de Hoffmann acusando a los microscopistas del Barroco, entre los que destaca a Leeuwenhoek y Hooke, de «fundamentalismo microscópico» 49, demostrando que sus observaciones microscópicas se vieron modificadas en la representación gráfica que de ellas hacían, directamente o con la ayuda de dibujantes 50; y precisamente esta modificación de lo observado es lo que, a través del dibujo publicado en una revista científica, alcanza valor de ley; por ejemplo, los homúnculos del esperma «vistos» por Leeuwenhoek 51. Y no es sólo la inanidad de semejantes «descubrimientos», vista en la perspectiva del presente, lo que permite a Böhme hablar de fundamentalismo y de sueños de la razón; pues, como señala, quien tiene ocasión de observar hoy la luna con un telescopio como el de Galileo no observa lo mismo que observó él 52. Su conclusión, demoledora para la episteme barroca -y para una historia de la medicina y de la ciencia menos crítica con ella que con otras igualmente especulativas-queda formulada en una frase: «el microscopio no nos permite ver solamente lo invisible, sino también lo imaginario» 53. En esta perspectiva nos interesa sobre todo lo que refiere acerca de Leeuwenhoek, por ser éste autor el objetivo de los ataques de Hoffmann. Además ---- de lo ya señalado sobre su papel en la teoría animalculista de la reproducción humana 54, que tan importante resultó para la defensa del preformacionismo, retrógrado desde nuestros conocimientos actuales sobre la materia y oportunísimo para la religión de la época -la religión, esa enemiga irreconciliable para los científicos más «duros»-, Böhme se detiene en una polémica que sostuvo con Athanasius Kircher en el tema de la reproducción de... ¡las pulgas! (¿Tendrá esto que ver con su elección por parte de Hoffmann, así como la del personaje que da nombre al relato?). «La pulga -escribe nuestro autor-se muestra a los ojos de Leeuwenhoek como un auténtico maníaco sexual (...) Las orgías sexuales de las pulgas son pruebas bienvenidas contra la autoridad romana de Athanasius Kircher» 55. O sea, nada de observación pura desvinculada de la ideología. Más aún, ésta última limita, hasta provocar el error, la capacidad de juicio del investigador. «En cierto sentido -concluye Böhme-el empirismo de Leeuwenhoek se hace dogmático, propiciando la victoria de subterfugios, fantasmas e imaginaciones» 56. Pues bien: éste es el adversario de Peregrinus Tyss, el explotador de Maese Pulga y su pueblo y el carcelero de la princesa Gamaheh, transmutada en la insustancial Dörtje Elverdink. Y este otro a quien vemos imaginando y escribiendo esta historia es ese Hoffmann ante cuyo nombre el casi deificado consejero áulico de la corte de Weimar arrugaba despectivamente la nariz, paradójicamente convertido en paladín de su Welt des Auges. Por cierto que, a mi parecer, el combate de Hoffmann con Leeuwenhoek alcanzó un resultado bastante mejor que el de Goethe con Newton en la monumental Farbenlehre. Una vez explicitado todo esto que el lector de Meister Floh no suele conocer, volvamos al relato. Hagámoslo a través de ese resucitado del que acabamos de saber tantas cosas. Ya ha quedado señalado que Leeuwenhoek sabe sacar partido -económico-de sus descubrimientos y de sus aparatos. Pero para él la fortuna material no lo es todo: necesita también la fama, como reconoce ante el estudiante Pepusch: «había otras muchas cosas en juego (...) a las que no podía renunciar sin hacerlo al mismo tiempo a su propia razón de ser, a su vida misma» 57. Seguramente es por eso, y no por razones económicas, por las que había terminado disputando con Swammerdamm, «hecho ---- tanto más corriente entre los sabios cuanto mayor es su ciencia»58. Desde este punto de vista se comprende mejor su afán de posesión exclusiva de su homúnculo -Dörtje/Gamaheh-, de quien espera además la resolución definitiva de un enigma -la existencia de un carbunclo del que habla la historia mágica a la que pertenece la propia princesa Gamaheh-que, en su caso, debe desembocar en la posesión de la joya; pues el relato alegórico queda, para él, reducido a la farragosa descripción de una realidad material que la ciencia debe elucidar. Naturalmente, el carbunclo -como el relato de hadas en su conjunto-representa una conquista espiritual que no está reservada al microscopista, sino al ingenuo Peregrinus, ayudado por el conocimiento de los seres humanos que le brinda la lentilla de maese Pulga. A través de este ingenio óptico tan poco científico asistimos a una exposición de la filosofía de Hoffmann, que no es otra, a mi parecer, que la del Naturphilosoph Gotthilf Heinrich von Schubert. Es bien conocida la devoción que el escritor sentía por esta filosofía de la naturaleza 59. En una ocasión en que Peregrinus emplea la lente sobre Dörtje estando ésta desmayada contempla sus pensamientos bajo la forma de una red de «venas» y de «hilos argentados finísimos»; y las imágenes que descubre en estos deslumbrantes circuitos presentan una metamorfosis de formas de la naturaleza que recuerdan extraordinariamente lo que Schubert plantea en su Symbolik des Traumes, tanto más cuanto que maese Pulga dice que esas imágenes son los pensamientos que se tienen en sueños 60. Como, por otra parte, la muchacha está desmayada, creo poder afirmar que esas imágenes oníricas pertenecen a la «parte Gamaheh» de su existencia, y que tal es la intención del escritor al redactar este fragmento. Pero, además de reiterar su admiración por esta filosofía, Hoffmann aprovecha la ocasión que le brinda su relato para manifestarse en contra de los aspectos a su juicio negativos del ascendente espíritu científico. Por más que la cita pueda resultar un poco larga, prefiero transcribirla para ----permitir al lector hacerse cargo directa y plenamente del pensamiento de Hofmann: «En cuanto a vosotros, pobres locos, infortunado Swammerdam, y tu, lamentable Leeuwenhoek, vuestra vida entera no ha sido más que un error interminable. Habéis pretendido investigar los secretos de la naturaleza sin sospechar su significación profunda. Habéis osado penetrar en su laboratorio e intentado sorprenderla en su misterioso trabajo. Esperabais lograr entrever impunemente los terribles secretos de esas profundidades espantosas que ninguna mirada humana podría descifrar (...) Vuestro corazón ha permanecido inerte y sin vida. Nunca un amor verdadero ha inflamado vuestro ser, nunca las flores ni los insectos de alas ligeras y multicolores os han dirigido dulces palabras. Creíais contemplar con recogimiento y con piadosa admiración los grandes misterios sagrados de la naturaleza, pero esforzándoos -empresa criminal-en analizar las causas profundas de esos milagros, habéis aniquilado ese recogimiento. Y el conocimiento al que aspirabais no fue, a partir de ese momento, más que una vana apariencia que os ha engañado como lo habría hecho con niños curiosos e indiscretos»61. V. CONCLUSIÓN: UN PROMETEO DE ESTATURA HUMANA Sería tal vez precipitado despachar estas frases de Peregrinus Tyss, ahora más que nunca portavoz de Hoffmann, con un par de dicterios sobre el carácter retrógrado del pensamiento romántico, como resultaría injustificado -e injusto-suscribir sin más todos los aspectos de este discurso descalificador del empeño científico. Puede, desde luego, situársele en el entorno intelectual -un entorno de larga duración-acotado por Roger Shattuck en su cautivador Conocimiento prohibido62. Pero además creo que se le debe contextualizar en la perspectiva que el propio Hoffmann adopta unas páginas más atrás, cuando, precisamente, se refiere a lo prometéico, que tan presente ha estado en estos dos trabajos «sobre máquinas e instrumentos». Esto es lo que a este respecto piensa Hofmann, cercana ya su muerte: «Habría mucho que decir (...) sobre la chispa celeste que hizo brotar Prometeo, chispa que enciende en el acto del amor esta verdadera comunión espiritual entre ----los dos sexos, en que se manifiesta el dualismo necesario presente en la naturaleza. Pues si ocurriera que esta chispa encendida por Prometeo se propagara hasta abrazar la antorcha del dios del matrimonio para hacer de ella una luminosa y potente candela doméstica cerca de la cual se pueda leer, escribir, tricotar o coser (...) las cosas no harían más que seguir el curso normal que tienen aquí abajo. Un amor de este modo divino está, desde luego, muy en su lugar en un papel sublimemente poético, y la mejor alabanza que puede hacérsele es que no tiene nada de quimera vana, sino que produce, al contrario, efectos muy tangibles, como pueden atestiguar muchas personas que a causa suya han conocido alegrías o sufrimientos»63. Seres humanos, y no homúnculos, es lo que, a juicio de Hoffmann, debe producir este Prometeo que respeta el esencial dualismo de la naturaleza. Con él pretende enterrar, no menos que al Knarrpantti sobre el que, con justicia, tanta tinta ha corrido, a ese otro Prometeo de Coppelius y de los Leeuwenhoek y Swammerdamm de Meister Floh. No corren buenos tiempos para el dualismo, y los empeños de muchos científicos presentan una inquietante similitud -mutatis mutandis, como diría mi querido maestro Pedro Laín-a los del inquietante personaje del Sandmann. Verdad es que también existe alguna postura dualista -la que gobierna la teoría del diseño inteligentesobre la que nuestro autor, si viviera entre nosotros, caería como un ave de presa con especial júbilo. Pero no se trata de plantear un ambicioso -y probablemente estéril-debate sobre monismo y dualismo, sino de quedarse en el nivel mucho más inmediato de los hechos -y sí; también de los valoresentendiendo que el mensaje de Hoffmann sigue vivo y merece ser tenido en cuenta, más allá de las certidumbres del actual pensamiento científico y de la eficacia de muchos de sus logros. Agradecimientos: Al Prof. Jesús González Requena, por el generoso envío de sus publicaciones sobre el tema «lo siniestro»; al Prof. Thomas Müller por su ayuda en la recuperación del texto de Goethe sobre el Welt des Auges, así como en el manejo de algunos términos alemanes; y a la Prof. María Isabel Porras por su atenta revisión del manuscrito.
En junio 1906 el diputado conservador y médico Eliseo Cantón presentó en el Parlamento argentino el proyecto de «un gran hospital policlínico», que ocuparía cuatro manzanas, se ubicaría En junio 1906 el diputado conservador y médico Eliseo Cantón presentó en la Cámara de Diputados de la República Argentina el proyecto de «un gran hospital policlínico». La propuesta derivó en la ley 6026, promulgada en la ciudad de Buenos Aires en julio de 1908, por la cual se autorizaba a dar curso a uno de los proyectos científicos y médicos mas importantes de América Latina en su género, el Policlínico José de San Martín, que ocuparía cuatro manzanas, se ubicaría frente a la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y estaría destinado a reemplazar al antiguo Hospital de Clínicas de la ciudad de Buenos Aires, en funcionamiento desde 1883. El nuevo policlínico estaría integrado por 20 institutos con capacidad para 80 camas cada uno y su costo se estimaba en 15 millones de pesos. Este proyecto fue duramente cuestionado por el médico y diputado socialista Enrique Dickman, dando lugar a un importante cruce de cosmovisiones médicas y científicas que tuvo como epicentro el parlamento argentino. La disputa alrededor de este proyecto faraónico y de la ley que buscó dar el marco legal a su materialización se extendió de manera intermitente hasta 1917 y puso en el centro de la escena a un grupo de «diputados médicos» que utilizaron la tribuna política como espacio para dirimir representaciones médicas divergentes. Desde la perspectiva de la historia social de la medicina, el presente artículo enfoca estos eventos como el estudio de una controversia que, si bien tuvo como escenario el parlamento, se concentró en cuestiones cruciales para la práctica clínica de comienzos del siglo veinte. Este cruce de la retórica política y la esfera médica, por varios motivos, se presenta como un caso especialmente apto para la exploración de dos cosmovisiones médicas en pugna y sus correlaciones con el contexto político y con algunos elementos centrales del imaginario social vigente sobre las prácticas hospitalarias. Mientras que la propia lógica del debate puso en la mira cuestiones centrales del dispositivo hospitalario, los registros propios de la retórica parlamentaria amplificaron aquellos significados no estabilizados dentro la co-munidad médica, al punto de que la polémica desbordó el parlamento y alcanzó la esfera pública. Para contextualizar este debate, primero estableceremos un paralelismo entre dos principios legales: la mencionada ley 6026 de 1908, que desencadenó el conflicto que nos interesa analizar, y el decreto-ley 1284 de 1883, por el cual se posibilita la cesión del Hospital de Clínicas a la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA. Esto nos permitirá presentar algunos materiales históricos -conceptuales y empíricos-e inscribir los sucesos desencadenados alrededor de la ley 6026 en un contexto socio-profesional de mayor amplitud. Seguidamente, presentaremos algunos datos biográficos relevantes de los diputados médicos que intervienen en la contienda político-científica y, en estrecha relación, el itinerario institucional de la ley en la Cámara de Diputados entre su primera presentación como proyecto en 1906 y su derogación en 1917. Finalmente, concentraremos la atención en la confrontación de los saberes clínicos sostenidos por ambos grupos contendientes, en especial en las distintas maneras de concebir la relación entre el sistema hospitalario y la salud de los habitantes de la ciudad. MARCOS LEGALES Y CONFIGURACIÓN POLÍTICA DE LA MEDICINA CLÍNICA PORTEÑA A FINES DE SIGLO DIECINUEVE La ley 6096 de 1908 propuesta por el diputado Eliseo Cantón, representante de los sectores más tradicionales del cuerpo médico docente, no es la primera de importancia en materia de nosocomios que se debatió en la Cámara de Diputados. Ella remite al decreto-ley 1284 de agosto de 1883, que establece la cesión del Hospital de Clínicas a la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA. Tres motivos fundamentan la comparación. Primero, ambas leyes son hitos importantes en la trayectoria de una misma visión del mundo médico. La medicina clínica reconoce en la primera fecha su momento de cristalización en el medio profesional y, en la segunda, un punto de inflexión o rediscusión. Las necesidades hospitalarias y sanitarias esgrimidas por ambos contendientes son similares a las razones que el poder ejecutivo expuso en el decreto por el que ordenó el traspaso del Hospital de Clínicas a la Facultad de Ciencias Médicas. Segundo, ambas leyes surgen en medio de fuertes pujas entre distintos grupos corporativos existentes en el seno de aquella facultad. Tercero, en paralelo a estas coincidencias, ambas leyes remiten a coyunturas históricas distintas -aunque causalmente vinculadas-de la profesión médica. En primer lugar, digamos que la ley 1284 de cesión del Hospital de Buenos Aires a la Facultad de Ciencias Médicas en 1883 da origen a un Hospital Clínico u Hospital Escuela, celebrado como uno de los primeros de América latina. Esta ley es crucial en la historia de la medicina local, pues contribuyó a formar un dispositivo hospitalario complejo y fue espacio, al mismo tiempo, de formación médica y de atención. También es un hecho relevante el que comenzara a funcionar en 1880, durante los combates de Barracas, El Corral y Puente Alsina. Estos combates tuvieron lugar en la ciudad de Buenos Aires, en el marco del conflicto entre la provincia de Buenos Aires y el floreciente estado nacional. El motivo del conflicto fue la sucesión presidencial que debía darse en el año 1880. El resultado de las elecciones que habían designado presidente al general Julio A. Roca fue desconocido por Carlos Tejedor, gobernador de la provincia y segundo gran aspirante a la presidencia en aquellas elecciones. En dichos combates se enfrentaron las milicias provinciales y el ejército nacional solidario a Roca. El Hospital de Buenos Aires, construido por iniciativa de Carlos Tejedor a pedido del cuerpo médico en 1878, había sido terminado pocas semanas antes del conflicto y sirvió como centro de atención durante estos enfrentamientos 1. Así, la ley 1284 representa un momento de cristalización de la medicina clínica. A grandes rasgos, esta ley planteó la condición de posibilidad para la fusión, en el seno del hospital, de prácticas de trabajo y de un conjunto de saberes o estilos de pensamiento atravesados por el principio de «restitución de la normalidad» a los cuerpos de los pacientes 2. Esta ley ayudó a la consolidación -a nivel del pensamiento profesional-de un haz de significados médico-clínicos señalados como clásicos en los estudios históricos de esta cosmovisión médica 3. En efecto, surgen el Hospital y, en su interior, el estudio de las patologías a cargo del apóstol de la ciencia médica -el médico clínico-, realizado sobre el libro palpitante -el paciente hospitalario-----inscrito en la cama del hospital. Este cuadro de situación propio de la profesión médica en los inicios de la década de 1880 se puede apreciar con claridad en los testimonios de quienes se desempeñaron en el Hospital de Clínicas durante sus primeros años, entre ellos, el joven médico Francisco Cobos. El testimonio de Cobos es clave a la hora de apreciar algunos rasgos de una experiencia clínica local, en especial, el cuadro de situación interno dentro del nosocomio durante sus primeros años de enseñanza oficial. El flamante doctor dice a fines de 1885 -a un año y medio de funcionamiento formal del nosocomio-que: [...] la experiencia ha demostrado a la generación presente, que la clínica es el objeto primordial de los estudios en las escuelas de medicina. Dedicado a la Clínica Médica durante mi internado en el Hospital de Clínicas, me he impuesto de sus necesidades e insuficiencias, y me ha parecido que podíamos dar un paso mas en pro de la enseñanza sin esperar en esto, como en los demás casos, el llamado de otros países, por adelantados que sean, si la innovación es útil, el ensayo es fácil y su realización ni costosa ni difícil4. Por su parte, la ley 6026 ilustrará un momento de inflexión de esta cosmovisión médica. En el juego de argumentaciones y contra-argumentaciones que Cantón y Dickman desplegaron en torno al Policlínico José de San Martín, como se verá, aparecieron en un primer plano las debilidades que presentaban los distintos modelos de nosocomios para el sistema hospitalario de la ciudad. Se debatieron las distintas interpretaciones vigentes acerca del papel del hospital central y, también, la cantidad de camas necesarias para una población como la de la ciudad de Buenos Aires. Se discutió sobre el espacio ideal para un hospital, y sobre la cantidad de metros cuadrados por cama necesarios para que el «apóstol de la medicina» y el «libro palpitante» concretaran adecuadamente el ritual de la intervención. Se llegó incluso a litigar sobre la aceptación que poseían los hospitales entre los habitantes de Buenos Aires, pero en ningún momento surgió el tema de su centralidad en la vida del estudiante de medicina: en el sinuoso duelo verbal la utilidad del nosocomio para la formación del profesional médico. A inicios del siglo veinte, tal tópico estaba ampliamente consensuado dentro del cuerpo médico. En segundo lugar, la similitud de las cosmovisiones debatidas en ambas leyes no debe opacar la existencia de contextos profesionales distintos. ¿Qué es lo que diferencia los momentos históricos en que lo que se inscribe cada ----ley? El decreto ley 1284 expresa un momento en que los conflictos entre distintos actores de la escuela médica no trascienden la unidad de dicha escuela. A pesar de las tensiones entre los actores corporativos, la escuela médica en su conjunto coincidió en la necesidad de trazar la geografía médica local, y avaló la necesidad de fundar un hospital escuela como uno de sus espacios primordiales. Como podrá apreciarse a lo largo de estas páginas, la ley 6026 se inscribe en un momento de crisis y de replanteos en la profesión médica local5. Si a inicios de la década de 1880 los conflictos internos no obstaculizaron la aparición del Hospital de Clínicas, tres décadas mas tarde dichos conflictos llegaron al punto de la denuncia política explícita en la Cámara de Diputados de la Nación, dando por resultado el pedido de derogación de la ley 6026, que mandaba a construir un nuevo «hospital central» para la escuela. El conflicto entre Cantón y Dickman es isomorfo a un rasgo de la profesión en su conjunto vigente por estos mismos años, como es su crecimiento conflictivo y no ajeno a fuertes polémicas internas que llegaron a poner en cuestión temas de relevancia en la vida de la profesión6. En tercer lugar, ¿qué grupos de la escuela médica protagonizaron las disputas alrededor de las leyes que son objeto de nuestra comparación? Como señalamos, ambas leyes no son ajenas a conflictos corporativos en el seno profesional. Antes bien, son una expresión de los mismos. González Leandri ha sostenido que el proceso de profesionalización de la medicina porteña durante la segunda mitad del siglo XIX generó tensiones y pujas entre distintos actores corporativos, motivadas por la búsqueda de un espacio en el medio profesional que asegurara su participación, tanto en la definición de las relaciones de poder dentro de los espacios institucionales, como en materia de producción intelectual. En este sentido, este trabajo se ha centrado en las relaciones sostenidas entre dos «corporaciones» de distinto tamaño y peso político. Por un lado, el cuerpo docente que dirige la vida institucional de la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA y, por otro lado, los grupos críticos con el cuerpo docente, tales como estudiantes avanzados, graduados recientes, y médicos experimentados que buscaban hacerse un lugar dentro de la institución7. ----Se ha referido en otro lugar que el proyecto de cesión del Hospital de Clínicas desde su aparición en 1878 hasta su efectiva entrega a la Facultad de Ciencias Médicas en 1883 creció en medio de los conflictos entre ambas corporaciones 8. El surgimiento del Círculo Médico Argentino (CMA) en 1875 como organización gremial y científica que representó a los sectores disidentes marcó un punto de tensión en la disputa de modelos profesionales 9. El CMA criticó con dureza el tipo de medicina practicado hasta entonces, centrado en la atención privada o en la «satisfacción del lucro personal». En su lugar, promovió la decidida adopción de la medicina clínica como eje formativo de la escuela médica, de moda en las principales capitales europeas desde fines del siglo dieciocho y principios del siglo diecinueve. El período 1880-1883 está poblado de conflictos entre el cuerpo docente de la Facultad de Ciencias Médicas y los sectores aglutinados en el CMA, quienes presionaron para que el Hospital de Clínicas tuviera una conducción conjunta entre la Municipalidad de la ciudad y aquella facultad 10. También el conflicto que rodea a la ley 6026 posee como protagonistas a médicos que provienen de los grupos antagónicos mencionados con anterioridad. Eliseo Cantón se asumió a sí mismo como un digno miembro del cuerpo docente de la Facultad de Ciencias Médicas y sostuvo que toda su labor apunto únicamente al engrandecimiento de la escuela médica local. En 1908, Cantón invocó en el parlamento la adhesión del cuerpo docente de esa facultad a su propuesta. En 1915, afirmó que las críticas de Dickman ofendían su autoridad como miembro del cuerpo docente. Por su parte, Enrique Dickman, activo miembro del Centro de Estudiantes de la Facultad de Medicina y del CMA, cuestionó la autoridad de Cantón como representante del «charlatanismo científico». Sin embargo, hay una diferencia clave con la configuración política que presentaba este escenario veinte años atrás: si a inicios de la dé----gobernar. 8 PENNA, J. y MADERO, H. (1910), La Administración Sanitaria y Asistencia Pública de la ciudad de Bs. 10 Esta situación conflictiva queda ilustrada en la fundación de un centro de atención de pequeñas dimensiones que se conoció con el nombre de policlínico del CMA, en el mismo año en que el cuerpo docente de la Facultad de Medicina pide al gobierno de la provincia de Buenos Aires la creación de un nuevo Hospital Escuela, esto es, en 1878. Las autoridades provinciales entregaron el edificio en julio de 1880. En los hechos, en el acto de su inauguración fue presentado como centro de atención de los heridos producidos en los tres combates en que se dirime el conflicto entre las milicias provinciales y las tropas nacionales. 75. cada de 1880 los grupos descontentos con el cuerpo docente de la Facultad de Ciencias Médicas no poseen la influencia política suficiente para opacar sus propuestas en la Cámara de Diputados, a inicios de la década de 1910 tal situación ha variado sensiblemente. Los sectores descontentos con la conducción de la Facultad de Ciencias Médicas hacen uso de esta capacidad para demostrar su posición de disidencia. CLÍNICA EN EL PARLAMENTO: MÉDICOS CONSERVADORES VERSUS MÉDICOS En este punto se hace necesario concentrarnos en los protagonistas de la contienda científica y política por la sanción y posterior pedido de derogación de la ley 6026. Ciertamente, Eliseo Cantón y Enrique Dickman no son los únicos actores relevantes implicados en el ciclo de esta ley. Una cantidad importante de diputados -incluso, varios «diputados médicos»-acompañaron las presentaciones de ambos contendientes. El protagonismo de ambos médicos a lo largo del debate no debe omitir la existencia de una compleja trama de relaciones entre actores individuales y colectivos en la que se inscriben las biografías profesionales y políticas de los mismos. Así, se verá que actúan de forma convergente motivos tanto personales como colectivos, ambos motivados por la adscripción a grupos enfrentados política e ideológicamente dentro de la profesión y por la pertenencia a fuerzas políticas enfrentadas en la escena política nacional. La focalización sobre Cantón y Dickman se ha realizado a partir de criterios empíricos y metodológicos que conviene presentar. En términos empíricos, la importancia de estos personajes se puede apreciar a través de la lectura secuencial de las páginas que abarca el ciclo de la ley 6026 en los Diarios de Sesiones de la Cámara de Diputados entre 1906 y 1917. Ahora bien, no sólo protagonizaron el debate en el parlamento, como diputados nacionales, sino que también expresaron conflictos médicos e ideológicos que trascendieron dicha escena institucional para alcanzar la esfera pública. En términos metodológicos, se ha privilegiado el momento de confrontación explícita entre ambos médicos, que se produce entre 1915 y 1917, dado que este recorte hace posible apreciar con nitidez los puntos de coincidencia y desencuentro entre las distintas miradas o cosmovisiones médicas11. ----¿Quién fue Eliseo Cantón? Luego de la acusación realizada por Enrique Dickman en 1915, fue su obsesivo defensor. Cantón inició sus estudios en la Facultad de Medicina de Córdoba y terminó sus estudios en la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA en 1886. En ella ocupó distintos cargos docentes, entre los que cabe señalar la titularidad de la materia Clínica Obstétrica; fue miembro de la Academia de Medicina y, entre 1906 y 1912, decano de la Facultad de Ciencias Médicas. Es decir, Cantón fue un digno representante de la «corporación docente». En términos políticos, desde fines de la década de 1880 se vinculó al roquismo y ocupó distintos puestos legislativos en representación del Partido Autonomista Nacional, también conocido como «partido conservador»: fue senador nacional por la provincia de Tucumán en dos períodos consecutivos, y luego fue diputado por la Capital Federal desde 1904 hasta 1911 12. Fue en este momento cuando logró sustanciar su proyecto de construcción de un hospital central de clínica, episodio que más tarde Dickman señalará como parte de sus manejos autoritarios y fraudulentos. Escritor prolífico de una importante cantidad de libros, artículos y observaciones clínicas, pueden destacarse su Historia de la Medicina en el Río de la Plata y La historia de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires 13. En ambas obras, compuestas de varios volúmenes, se propone historiar el desarrollo de la medicina desde la llegada de los españoles hasta su presente, describiendo los años en que la escuela médica de Buenos Aires estuvo bajo su conducción como los de mayor esplendor. En 1916 escribió una serie de textos tendientes a defender el proyecto de ley presentado y, al mismo tiempo, a «desenmascarar» la acusación del «triunvirato médico socialista». En ellos, Cantón reconoce con orgullo que, durante los conflictos de 1904, impulsó la moción (triunfante por unanimidad) para que la facultad, por vía del poder ejecutivo, expulsara a los catedráticos socialistas Juan B. Justo y Nicolás Repetto. También reconoce que en ese mismo ---debate y los grupos que ellos representan, tanto en cuestiones conceptuales como en las estrategias argumentativas desplegadas. Tanto desde el punto de vista político como de su cosmovisión médica, la filiación conservadora de Cantón se puso en evidencia en su concepción gradualista de las transformaciones sociales y en su defensa del principio de autoridad sobre el que se configuraba el orden dominante, tanto en la arena política nacional como en la escuela médica en la que ejerce su profesión. período estuvo detrás de la denegación del primer premio al estudiante del año al joven estudiante socialista Enrique Dickman, aduciendo que esta mención era para médicos argentinos. El propio Cantón habilita una lectura del debate en torno a la ley 6026 como parte de los conflictos existentes entre el claustro de alumnos y las autoridades de la Facultad de Ciencias Médicas. En efecto, bajo el esclarecedor epígrafe de «Dickman sin medalla», el autor afirma en un texto de 1918 que: Alguien observará, con razón, que en estos documentos no aparece para nada el nombre del Dr. Dickmann como para explicar la razón de ser de su actitud airada contra el policlínico y su autor. Pero aseguramos que existen dos, más que suficiente para explicarla, y descubrir a sus instigadores: 1) Sus vínculos de solidaridad sectario y gratitud personal para el Dr. Justo, quien cuando era profesor de la Facultad, pidió y obtuvo del entonces decano Dr. Uballes, el nombramiento del alumno Dickmann para ayudante del laboratorio de histología a fin de que pudiera terminar su carrera médica. ¿Habría algo de más natural que el actual señor diputado Dickmann,'que de la nada ha llegado a serlo todo' (parodiando la frase de su exordio), se oponga al policlínico que pide la Escuela en que se instruyó, cuando ya no necesita de ella, si así venga y sirve a su protector? 2) Por no habérsele acordado la medalla de oro con que la Facultad premia al mejor alumno, de cada curso. Luego de presentar una transcripción del acta de sesión del Consejo Directivo del 20 de octubre de 1910, donde se otorga el premio «Medalla de Oro» a Manuel Rosso (con nota promedio 9.37) y el «Diploma de Honor» a Dickman (con nota promedio 9.58), Cantón explica que: La razón que como profesor tuve, y que posiblemente tuvieron la mayoría de los catedráticos que votaron a favor del Dr. Manuel Rosso, fue la de que, la «Medalla de Oro» debe acordarse al alumno argentino que una, a las mejores calificaciones, la consagración y la disciplina moral que augure la corrección de procederes, como hombre y como médico, en el seno de la sociedad en que debe actuar. Los hechos posteriores, incluso los de este debate, han demostrado con cuanto acierto procedió el cuerpo de profesores al acordar la medalla de oro, correspondiente al curso de 1904, a la persona que lo hizo14. Por su parte, ¿quién fue el diputado que cuestionó en forma explícita en la Cámara de Diputados de la Nación a una figura tan poderosa y respetada de-----ntro de la clerecía médica local como lo era Eliseo Cantón? Entre fines de la década de 1890 e inicios de la siguiente, Enrique Dickman fue estudiante de la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA. Durante este período, fue un activo participante en la creación del Centro de Estudiantes de dicha facultad en 1900 y representó al grupo de estudiantes y graduados opositores al cuerpo docente que conducía su vida institucional, al que pertenecía Eliseo Cantón. Como ya se ha expuesto, fue premiado con el diploma de honor, vale decir, con el segundo puesto al estudiante destacado de 1904, luego de haber obtenido las calificaciones más altas de su grupo y, por esto, merecer el primer premio que era la medalla de oro. Fue redactor de la revista médica y gremial del Centro de Estudiantes, editada desde 1900 y fusionada, desde 1913, con los Anales del Círculo Médico Argentino. Fue miembro del centro socialista Ciencia y Trabajo desde mayo de 189715. Con posterioridad al primer lustro del siglo, fue miembro y director del periódico socialista La Vanguardia. El joven médico socialista escribe en este diario las primeras notas sobre la corrupción que rodea la elección del proyecto de hospital central en 1910, en momentos en que una comisión nombrada por el gobierno y dirigida por el propio Eliseo Cantón se proponía elegir uno de los ocho proyectos finalistas para dar forma al «Policlínico José de San Martín». Dickman ingresó al cargo de diputado en las elecciones de fines de 1913 como representante del Partido Socialista, luego de una primera presentación fallida en 1910. En la Cámara de Diputados, junto con Nicolás Repetto y Juan B. Justo, Enrique Dickman fue parte del grupo que los diputados conservadores -y en especial los diputados médicos como Eliseo Cantón-denominaron el «triunvirato médico socialista» 16. Entre estas fechas emerge en reiteradas ocasiones el tratamiento del tema «Policlínico José de San Martín». Estas apariciones dejan entrever distintas sensibilidades respecto del tema del policlínico y, más en general, de la problemática hospitalaria en la ciudad hacia inicios del siglo XX. Entre la primera fecha y el año 1908, el diputado Eliseo Cantón presentó tres proyectos distintos sobre el mismo policlínico, obteniendo la sanción para ----su construcción en el año 1908, cuando ocupaba el cargo de presidente de la Cámara de Diputados 17. Entre junio y julio de ese año, en dos sesiones maratónicas, el último de sus proyectos se transformó en la ley 6026, que mandaba a construir uno de los «hospitales centrales» u «hospitales escuelas» mas grandes de su tiempo 18. En el apartado siguiente nos centraremos en las características tecnológicas y médicas del hospital soñado por Cantón. Entre 1909 y fines de 1910 se aprecia una intensa actividad tendiente a sustanciar la construcción del nosocomio. Para el autor del proyecto, se debía al menos colocar la piedra fundamental de la obra como parte de la fastuosa conmemoración del centenario de la revolución de mayo de 1810 19. Este objetivo no fue posible debido a la inminencia de esta celebración. A cambio, se concretaron algunos pasos fundamentales para la construcción. Se llevaron adelante las primeras expropiaciones de tierras sobre las que se asentaría el hospital y, al mismo tiempo, se comenzó a desviar un porcentaje de las recaudaciones de la lotería pública para financiar los gastos de la construcción 20. Se llamó a concurso de proyectos para la construcción del hospital y, en forma paralela, se designó la comisión que debía evaluar los ocho proyectos finalistas sobre un total de catorce proyectos presentados. Por ejemplo, uno de los proyectos finalistas llamado, «Estrella de oro con Perlas», provenía de la legación de Paris; otro que no arribó a la final provenía de Alemania y se titulaba «Gloria de San Martín» 21. La ingente magnitud de dinero necesaria para financiar la construcción del hospital, estimada en más de 15 000 000 de pesos, justificó la creación de una comisión con representantes del poder ejecutivo y miembros de la Facultad de Ciencias Médicas para realizar la selección 22. La elección del proyecto ganador a inicios de 1910 no fue unánime y se produjeron fuertes disidencias entre los representantes de la Facultad de Ciencias Médicas y el miembro que representaba al poder ejecutivo, el famoso arquitecto Norberto Buschiazzo. Mientras que los primeros siguen la opinión de Eliseo Cantón y eligen el proyecto llamado «Aire y Luz», el segundo presenta un escrito a los miembros ---- del flamante gabinete nacional (entrante hacia fines de 1910) en donde detalla una importante cantidad de errores existentes en el proyecto ganador, entre ellos, el de prestar mayor atención a los aspectos artísticos del policlínico que a su disposición clínica. También afirma haber sido marginado de la decisión y no haber votado por el proyecto de policlínico ganador 23. Es en ese mismo momento que se aprecia un fuerte viraje en la buena predisposición que había hacia el policlínico entre los propios partidarios de Cantón. Roque Saenz Peña -nuevo presidente de la Republica-estudió personalmente el informe de Buschiazzo y ordenó «enterrar el asunto» del policlínico, bajo la sospecha de corrupción y el peligro de que se transformara en un escándalo político 24. También en la prensa porteña se publicaron comentarios críticos. En algunos casos se ironizaba sobre las «propiedades elásticas» del proyecto, dado que era mayor que la superficie asignada para su construcción. El diario El País se hizo eco de las ironías más mordaces contra el proyecto del Dr. Cantón: El asunto del policlínico continúa agitando la opinión. Hasta ha encontrado quien se adhiera al fallo del jurado: mejor así, sin embargo, porque el debate, la polémica, que significa luz, son preferibles a la oscuridad, con cuya complicidad se han hecho y siguen haciéndose tantas cosas vedadas. Los entendidos ya han desahuciado el proyecto premiado 'Aire y Luz': el análisis severo, científico, ha señalado sus defectos enormes -y en esto merece un aplauso de colegas de 'la patria degli italiani'-, y el humorismo porteño, caricaturizando esos defectos, ha sabido graciosamente poner la cosa en solfa olvidando por un instante que el asunto es grave, como que entraña la pérdida de varias decenas de millones para el contribuyente. Ese solo hecho de haber sido proyectado el plan del policlínico sobre un área superior en ocho mil a la asignada para su construcción, es curiosísimo: pero mucho más graciosa es la explicación que el doctor Cantón le ha descubierto al error, al sostener que llevando el policlínico del plano a la realidad de la construcción,'se achicara'. Como 'truvaille' este policlínico elástico es impagable. Se podría enseñarlo en las ferias al lado del hombre cañón o la mujer foca 25. Cinco años después -hacia mediados de 1915-reaparece el tema del policlínico en la Cámara de Diputados, esta vez rubricado por el escándalo. En para que se de cuenta ante la cámara del estado de avance del policlínico26. Dicho pedido es respondido personalmente por el ministro Enrique Castillo, quien afirma que el proyecto quedó en la fase de expropiación de tierras debido al desvío de los fondos necesarios para su construcción a otras necesidades presupuestarias en 1912. Castillo señaló que las modificaciones de la economía por el estallido de la guerra en Europa recomendaban la suspensión momentánea del proyecto o su realización bajo otras condiciones. Aprovechando esta afirmación, el diputado socialista hizo el pedido de derogación de la ley 6026, dando lugar a una acalorada exposición en la que se denunció al ex diputado Cantón -y por ese entonces decano de la Facultad de Ciencias Médicas de la UBA-por malversación de fondos y, en general, a todo el proyecto como fraudulento, producto del orgullo «megalómano» de Cantón, un verdadero «colazo del viejo régimen, que se ha caracterizado no solo por escrutinios falsos, sino por grandes escándalos financieros»27. La contundencia de la acusación y la minuciosidad de la investigación llevada a cabo por Dickman, abrió una sucesión de excusaciones por parte de aquellos diputados que habían participado en las distintas comisiones que evaluaron el proyecto o, también, que habían avalado con su voto la transformación de proyecto a ley en 1908. No faltaron las ofensas e, incluso, las invitaciones a resolver la acusación en el «terreno de la caballerosidad» promovidas por aquellos diputados unidos a Eliseo Cantón por un vínculo de camaradería28. Otros miembros de las filas conservadoras -no tan cercanos al ex diputado y menos apasionados-buscaron atenuar la magnitud del escándalo a través de la formación de una comisión encargada de estudiar la veracidad de la denuncia. Su funcionamiento fue denunciado por par-----cialidad en el manejo de la información, y por elaborar un veredicto sin la participación del representante socialista en la misma. En efecto, el diputado Mario Bravo afirma que se le denegó la documentación para el estudio de la causa a través de excusas poco verosímiles 30. También afirmó que entre 1916 y 1917 esta comisión permitió a Cantón extraer información confidencial de la causa para poder publicar una serie de textos en donde defiende en tono polémico y agresivo el proyecto de ley. El más exacerbado, titulado «¡Abajo la Calumnia! El Policlínico José de San Martín y la Difamación del Socialismo Ruso», fue publicado en 1916 como un texto suelto de unas pocas carillas, y transformado en 1917 en un libro de casi 250 páginas. En estos escritos, Eliseo Cantón afirmó que el motivo de la denuncia es la venganza por la expulsión de los médicos socialistas de la Facultad de Ciencias Médicas en 1904, a quienes apodaba ahora de «socialistas internacionalistas», y acusaba de no respetar las autoridades académicas de la facultad. Al mismo tiempo, volvía a defender la necesidad de llevar adelante el proyecto ley. EN BUSCA DE UN HOSPITAL CLÍNICO CENTRAL PARA BUENOS AIRES Cantón y Dickman confrontaron explícitamente sobre el tipo de hospitales y la cantidad de camas por habitante para la ciudad de Buenos Aires. Era un momento de acelerado crecimiento demográfico. Ninguno de los dos dudó de la importancia del hospital para el aprendizaje del «apostolado de la medicina». Sí se pueden apreciar, en cambio, nociones diferentes sobre el compromiso que debería unir al médico clínico con el contexto social en que se inscribe su práctica. Cantón apeló en reiteradas ocasiones a una noción abstracta de la población porteña, que en su particular mirada recibiría con sumisión los beneficios de la tecnología hospitalaria, puestos fuera de duda por el mero hecho de encarnarse en un modelo de nosocomio exitoso para las escuelas médicas europeas. Dickman dejó entrever una preocupación por comprender la idiosincrasia de la población y de sus representaciones sobre la enfermedad y el hospital y, en tal sentido, se orientó a un sistema hospitalario que no resultara invasivo, que no atemorizase a los sectores populares. Presentada esta tensión que atraviesa el debate, nos dedicaremos en lo que sigue a algunos puntos de confrontación existentes entre ambos proyectos de ---expedientes). Dicha comisión estuvo integrada por varios miembros como consecuencia de la renovación de los cargos en la cámara producida en el año 1916. Para comprender de forma contextualizada el contraste entre las miradas polares del médico socialista y del ex decano de la facultad, veamos qué tipo de referencias a la problemática hospitalaria pueden encontrarse en la prensa de las últimas décadas del siglo diecinueve. Por una parte, en los años previos a la creación del Hospital de Clínicas de Buenos Aires en 1883, son frecuentes las menciones a la necesidad de modificar los hospitales de antigua data e, incluso, de cambiar el antiguo Hospital General de Hombres por un hospital clínico moderno. Luego de 1883 se suman aquellas discusiones que aluden a distintos problemas del orden interno del hospital de clínica, como, por ejemplo, la ausencia de algunas clínicas especializadas o la necesidad de un número mayor de camas para las salas disponibles. También existen varias referencias a la ausencia de instrumental específico, como estetoscopios, sondas, pinzas, piezas para el museo del hospital, microscopios para las salas que comenzaban a funcionar como incipientes laboratorios, etc. Sin embargo, no se debate sobre modelos alternativos de hospitales para la ciudad, ni se formulan críticas explícitas a cuestiones de tecnología hospitalaria. Por otra parte, las preguntas formuladas al material empírico no han recortado en forma caprichosa un tema especial, como podría haber sido, por ejemplo, el hospital y su modelo arquitectónico, sino que han respetado el encadenamiento de significados que los propios diputados dieron en sus argumentos a los temas relevantes de la vida hospitalaria. En otras palabras, en ambas exposiciones se habla de un número importante de temas relacionados con el hospital, como la cantidad de camas por población, la cantidad de camas en una sala clínica, la cantidad de salas dentro de un hospital, la cantidad de metros cuadrados que deben poseer los policlínicos modernos, el funcionamiento de las dependencias subsidiarias del hospital, etc. ¿Qué modelo de nosocomio contempla Eliseo Cantón en sus propuestas? ¿Qué problemas vendría a solucionar la creación de dicho nosocomio? El modelo de hospital anhelado por Cantón es lo que él denomina en reiteradas ocasiones como «hospital central», al que suele referirse familiarmente como «laboratorio de personas» 31. El concepto de hospital central remite a un edificio de dimensiones imponentes para la época, que ocuparía un espacio de cuatro manzanas centrales en la ciudad y por lo tanto, de alto valor económico 32. El hospital tendría un subsuelo y dos pisos de altura; en este espacio, se ----31 Ibíd. 32 La ubicación del policlínico mencionada en el artículo 2 ocupaba cuatro manzanas, que aún en la actualidad son centrales en el trazado urbano de la ciudad de Buenos Aires. Las calles mencionadas en el proyecto de ley presentado por Cantón conservan su mismo nombre, debería distribuir un «sistema» de veinte institutos orientados al estudio y atención de clínicas especificas. Este sistema de institutos se identifica con el programa de estudios médico-clínicos vigente luego de 1883 en la escuela médica local, al que se vendrían a sumar dos institutos dedicados a la clínica obstétrica, ya que dichos estudios carecieron durante un tiempo importante de salas donde desarrollarse hasta la creación de la clínica obstétrica en 1901. Finalmente, el número de camas por instituto sería de 60 y el total para todo el hospital de 1200, dato que significaría un crecimiento importante respecto de las 350 camas existentes en el Hospital de Clínicas de 1883. Según afirmó Cantón en reiteradas ocasiones, las camas tendrían cerca de 81 metros cuadrados de espacio circundante, que era una medida aproximada a los estándares fijados para la construcción de policlínicos. El hospital en su totalidad tendría aproximadamente 97 000 metros cuadrados, cifra que se prestó a polémicas mientras se debatieron los proyectos y, una vez sustanciada la ley, fue criticada con dureza por la prensa porteña. En el texto del proyecto de ley se lee: Articulo 1, El poder ejecutivo hará construir para la Facultad de ciencias médicas un policlínico que se denominará «José de San Martín». Artículo 2, El establecimiento será construido en las cuatro manzanas y calles intermedias que limitan las calles: Córdoba y Charcas, Junín y Azcuenaga, las que al efecto se declaran de utilidad pública. Articulo 3, El poder ejecutivo hará efectiva la expropiación de tres de aquellas manzanas de tierra y licitará la obra de conformidad a las siguientes bases: a) Los proponentes presentarán los planos, presupuestos y especificaciones dentro del plazo de seis meses al Poder Ejecutivo para su aprobación o rechazo, b) Los planos y presupuestos serán pasados a informe de una comisión compuesta de tres consejeros de la facultad de ciencias médicas, y de dos arquitectos de reconocida competencia, la misma que tendrá a su cargo la dirección e inspección de todas las obras, c) El plan general del policlínico responderá al sistema de institutos separados, cuyo número será de veinte: cuatro (4) para clínica médica; tres (3) para clínica quirúrgica; dos (2) para clínica obstétrica; uno (1) para patología externa; uno (1) para patología interna; uno (1) para clínica pediátrica; uno (1) para semiología; uno (1) para clínica dermatológica y sifilográfica; uno (1) para clínica ginecológica; uno (1) para clínica oftalmológica; uno (1) para clínica neurológica; uno (1) para clínica otorino-laringológica; uno (1) para clínica genito-urinaria; uno (1) para hidro electro terapia y laboratorio central, d) El promedio de capacidad de los institutos para clínica será de sesenta camas, e) Las construcciones se levantarán ---a excepción de la segunda que ha pasado a llamarse Marcelo T. de Alvear. Estas calles delimitan las cuatro manzanas en las que se encuentran hoy la Plaza Houssay, la Facultad de Medicina, la Facultad de Farmacia y Bioquímica y la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, y el actual Hospital de Clínica. tres metros adentro de la línea de las calles, y no tendrán más de dos pisos y un subsuelo, [...] Artículo 7, Comuníquese al Poder Ejecutivo. El policlínico «José de San Martín» fue comparado a un número importante de policlínicos centrales europeos. El autor del proyecto dio por sentado, como un «hecho de peso científico», que los policlínicos centrales han sido pensados y construidos como una verdadera superación de los hospitales existentes hasta mediados del siglo XIX. Cantón justificó el importante monto de dinero a invertir en el policlínico señalando que las naciones europeas que marchan a la «vanguardia de la ciencia» en materia médica han logrado sostener esa condición mediante grandes inversiones de dinero en hospitales clínicos centrales. Este modelo de policlínico traía consecuencias de importancia para los valores médicos de la época; la primera de ellas, es que había permitido articular -en los países mencionados por Cantón en su exposición-un sistema de hospitales urbanos, suburbanos, y extra urbanos, con los cuales cubrir las demandas de salud de un espectro importante de territorios, personas y patologías. La segunda consecuencia importante es que aumentaba el número total de camas para internación disponibles por cada país 34. Eliseo Cantón tomó como dato de importancia la correlación entre cantidad de camas por mil de habitantes que disponían en las principales ciudades europeas. Existía, según él, una verdadera relación de fuerzas en materia de camas hospitalarias a escala internacional a la que Buenos Aires debería sumarse. 35 A su juicio, Buenos Aires carecía de un verdadero hospital central y la construcción del policlínico «José de San Martín» vendría a solucionar ambos problemas: ----33 Diario de Sesiones de la Cámara de Diputados de la Nación Argentina (1908), p. Y, como bien decía el miembro informante, ¿será esto porque Buenos Aires es excesivamente sano y no necesita mayor número de camas? Quien conoce los hospitales, sabe perfectamente bien en qué forma se encuentran hacinados los enfermos: además de las dos clásicas hileras de camas, puestas a uno y otro lado de los salones, existe una tercera, desvalida en verdad porque está tirada en el suelo». Yo sostengo que Buenos Aires no tiene, y necesita imperiosamente un hospital urbano, un hospital central. El único que hace las veces de tal es el muy pequeño Hospital de Clínicas con trescientas camas; y sacarlo de allí para llevarlo a la Chacarita, aunque se le agrande, es dejar desvestida a Buenos Aires de su traje más primordial, y es la única ciudad del mundo que nos ofrecería el extraordinario fenómeno de no tener ningún hospital central 36. En cuanto a la legitimidad de los argumentos, Cantón invocó en forma aleatoria la doble autoridad de su experiencia personal -diputado y catedrático-, además de los tratados internacionales especializados en materia de construcción hospitalaria. Entre estos últimos se destaca el libro La construcción de hospitales, de Vandelvelde, Lepage y Chaval, tres médicos de Bruselas. Este libro posee todos los atributos de un clásico de la materia para su época, a juzgar por el número de sus reediciones 37. El sólido eje narrativo de Cantón extraía una notable cantidad de datos empíricos de esta bibliografía. Por su parte, los diputados que escucharon a Cantón en 1908 reconocieron la importancia del policlínico, incluso aquellos que realizaron alguna temprana crítica al proyecto. El círculo más estrecho de diputados al que pertenecía el entonces decano de la Facultad de Medicina señaló la deuda de gratitud que la ciudad poseía con su mentor. Desde este sector, Cantón fue igualado a los grandes médicos constructores de hospitales de Europa -en especial, al médico italiano Beccheli, fundador del policlínico Humberto I en Roma-y, al mismo tiempo, fue comparado con una figura antaño poderosa de la medicina local, como fue el ministro de Instrucción Pública y Culto Eduardo Wilde durante el primer gobierno de Julio A. Roca en los ochenta. Cantón no oculta su aspiración a un reconocimiento simbólico similar y, para ello, nada mejor que un hospital de dimensiones gigantescas como el policlínico San Martín, que eclipsara a Wilde y al ya «vetusto y achacoso» Hospital de Clínicas que aquel había conseguido. En cuanto a su retórica, como profesional que seguía los pasos de estas eminencias científicas, Cantón afirmó estar interesado solamente en el progreso real de la ciencia médica local, en la ardua tarea que la llevaría a equipararse con las potencias médicas internacionales. Así lo confesaba en respuesta a una moción de aplazamiento del proyecto formulada por un miembro de la comisión de hacienda de la Cámara de Diputados en 1908: 37 El diputado Cantón cita este libro al menos dos veces en sus intervenciones del año 1908. Lo trae a colación frente a los miembros de la Comisión de Hacienda y Obras Públicas y, con posterioridad, a la hora de justificar la ubicación central del hospital en el trazado urbano de la ciudad. ¿Qué importa que se aplauda mi proyecto y que se elogie injustamente a su autor, si con la moción de aplazamiento formulada se pretende pegarle un golpe de gracia en el momento en que va a surgir? ¿Qué importa todo esto? ¿Qué importa, aún más, que se me califique de entusiasta y hasta de fanático si todo se olvida, incluso que ha habido en todas las épocas de la historia fanatismos que han sido excusables? Y cuando estos fanatismos se han fundado en razones científicas y en nobles ideales, no sólo han sido excusables, si no justificables y hasta dignos de aplauso. En tiempos de las cruzadas, cuando dominaba el mundo del fanatismo religioso, los caballeros esforzados se lanzaban a la lid bajo la evocación de «por mi Dios, por mi rey, y por mi dama». En tiempos actuales, en que domina las naciones civilizadas el fanatismo por el saber, los hombres se incorporan a los debates parlamentarios reclamando para su fuero interno «por las ciencia, por la humanidad y por mis ideales»; por la ciencia, que persigue la verdad; por la humanidad, que aprovecha de sus conquistas; y por los ideales que dignifican la existencia y la especie humana 38. Como se podrá apreciar a continuación, tales intenciones no eran unánimemente aceptadas entre la comunidad de médicos locales, en especial, entre los médicos más jóvenes pertenecientes a instituciones médicas distintas a la academia y al cuerpo docente de la Facultad de Medicina. Dickman criticó el concepto de hospital central. Este modelo de «hospital monstruo» era poco eficaz por aquel motivo que Eliseo Cantón precisamente destacaba, esto es, el importante grado de centralización de sus actividades. Pero además era poco eficaz por los altos costos de mantenimiento y por su semejanza a otras instituciones de encierro, como las cárceles. Poco eficaz en sí mismo, también era poco eficaz en una ciudad como Buenos Aires hacia 1915, en la que sus sectores populares no asistían masivamente a los nosocomios, a pesar del sensible aumento de consultas e internaciones hospitalarias registradas desde fines de la década de 1880. Según Dickman, todo el proyecto era un «colazo del antiguo régimen que se acaba», situación que no titubeó en homologar a la vida cotidiana de la Facultad de Medicina. Tal comparación no era forzada, si se piensa que Cantón era al mismo tiempo diputado por el Partido Autonomista Nacional y decano de la Facultad de Medicina. Dickman afirmó que se habían malversado fondos públicos a través del manejo de precios fraudulentos en las tierras a expropiar y, en general, trató al decano de la facultad ----de charlatán, autoritario y habló de «rastacuerismo científico» al afirmar que las dimensiones del futuro policlínico no tendrían igual en el mundo. En cuanto a las críticas referidas al modelo de nosocomio, Dickman complejizó la relación entre el hospital y el tejido urbano, dando lugar a una lectura algo distinta de las necesidades hospitalarias de la ciudad de Buenos Aires. En principio, cuestionó la idea de «hospital monstruo» como cumbre del saber médico. Se trataba de un concepto antiguo, afirmaba, que había fracasado en los países «centrales», donde tienen «tendencia a lo descomunal»: Por otra parte, debo decir a los señores diputados que los hospitales grandes han fracasado aún en el país mismo donde han sido concebidos, en Alemania, donde han tenido la tendencia a lo colosal. Allí se han hecho hospitales colosales, como el Virchow, de dos mil camas, como el Eppendorf, de Hamburgo, de 2150 camas; pero hoy los autores alemanes están contestes, y así se puede leer en este libro (muestra uno) especie de enciclopedia de muy reciente publicación sobre materia hospitalaria, escrita por distinguidos profesores en la materia, que el hospital grande ha fracasado en la práctica. El hospital grande es más caro en su construcción; es más costoso de sostener, se administra peor, el enfermo está mal atendido. Al hospital grande el público le tiene mucha aversión, porque lo considera como una especie de cárcel o de cuartel en donde se entra para no salir más. En el hospital grande el público se pierde en sus visitas. En una palabra, el hospital grande es impopular, antihigiénico, antieconómico y anticientífico 39. El diputado socialista esta cercano a un servicio de salud diversificado en hospitales pequeños y focalizados. Y en base a esta idea propone una relectura del dispositivo clínico porteño cristalizado en la década de 1880 con la ley 1284. Se deberían descongestionar los hospitales de los pacientes convalecientes y alojarlos en un hospital especial construido en las afueras de la ciudad, en tierras fiscales más baratas que las tierras elegidas por Cantón. Como complemento de este hospital ubicado en las afueras de la ciudad, se podrían construir hospitales pequeños dentro del tejido urbano con un mayor espacio para cada cama: «Lo que hace falta ahora son hospitales pequeños, cuyas ventajas convienen en reconocer todos los hombres de ciencia: hospitales urbanos de 200 a 400 camas, y hospitales suburbanos de 500 a 700, como maximum, con una superficie mínima de 100 metros cuadrados por cama» 40. Esta disposición permitiría afrontar un viejo problema de la medicina local, como es la mala fama que tiene la hospitalización: Puedo afirmar que la población de la capital federal no tiene tendencia a hospitalizarse; le tiene horror a los hospitales. Ese horror proviene de una mala tradición, porque antes en los hospitales se consideraba al enfermo como un caso lindo: cuanto mas grave, cuanto mas insalvable, cuanto mas inoperable era el caso, mas lindo parecía a la ciencia: considerábase a los enfermos como cosas, como carne de hospital. Hoy, felizmente, la juventud universitaria, siguiendo la evolución y el ritmo del progreso general, tiene otras ideas y otros conceptos sobre su misión científica y sobre el fin a que se destinan los hospitales; pero en general la población tiene aún aversión y horror a los hospitales, con cierta razón, con ciertos fundamentos, sobre todo teniendo en cuenta que en la capital federal, donde se han invertido millones en expropiaciones de avenidas, en los hospitales no hay remedios ni elementos de curación suficiente para los enfermos 41. Si bien el miedo de los sectores populares a los hospitales excede nuestro foco de atención, conviene aclarar que se trata de un tópico de permanente preocupación para la profesión médica finisecular. El reconocimiento de las malas condiciones edilicias reinantes en los hospitales de Buenos Aires y del escaso apego que poseían los sectores populares a «hospitalizarse» aparece de forma recurrente en los periódicos médicos locales desde la década de 1870. 42 Dickman no ignoraba que las transformaciones acaecidas en materia hospitalaria en la ciudad durante las tres décadas precedentes no gozaban de un reconocimiento generalizado en los distintos grupos de la sociedad civil porteña. Así, una vez criticado el concepto mismo de hospital central, Dickman pasó a discutir la correlación entre camas y habitantes para una ciudad como Buenos Aires y, por otra parte, la cantidad de espacio necesaria para cada cama dentro de un hospital de las dimensiones pretendidas para el policlínico San Martín. La discusión de este punto era clave, pues se trataba de uno de ----41 Ibíd. 42 A modo de muestra, transcribimos unas líneas de un artículo publicado en la revista del CMA en el año 1879. Refiriéndose al pobre que arriba enfermo a un hospital, el joven médico Aníbal Torino expresa: "[...] estos enfermos cuyo organismo debilitado por los sufrimientos, por la mala alimentación y abatida su moral por tanta miseria, se hallan muy frecuentemente privados de esa suma de energía necesaria para reaccionar contra las nuevas causas deletéreas con que tropiezan en el hospital, lo que hacen en último extremo ¿Por qué esta aversión para entrar al Hospital? Es porque los hospitales actuales se parecen mucho mas a tumbas que a asilos de beneficencia; es porque en estos vastos monumentos adonde están reunidos los enfermos de toda especie, piso sobre piso, se respira aire tibio y pestilencial. Es porque el pueblo sabe que son malsanos, que muchos entran allí indispuestos y ya no salen vivos. He ahí por qué el pobre tiene horror al hospital, he ahí por qué no entra sino cuando la necesidad y la falta absoluta de recursos lo obligan". TORINO, A. (1879), Anales del Círculo Médico Argentino, tomo II, p. 218. los motivos centrales pretextados por el autor del proyecto y, en tal sentido, el diputado socialista hizo una presentación contundente de los «errores de juicio» y de interpretación de Cantón. Según Dickman, Buenos Aires no era una ciudad que careciera de camas y, por ende, no estaba necesitando de un «hospital monstruo». El dato sobre el número de camas expuesto por Eliseo Cantón era fraudulento, ya que no contemplaba la totalidad de camas existentes en la ciudad. En otras palabras, para Dickman no había un consenso tan unánime -como el que reclamaba Cantón-respecto del número de camas por mil habitantes. El cálculo de las mismas sin duda era un dato de gran importancia, que dependía de un número de circunstancias y no de un simple juego aritmético. Entre otras variables a considerar, influían «los hábitos de la población para hospitalizarse», el «bienestar de la población», si la «la época era de bonanza o de crisis», si la «ciudad era industrial o no». Bajo estos parámetros, la correlación entre camas y habitantes variaba en forma sensible, había ciudades que necesitan 12 camas por cada mil habitantes, y había otras ciudades que les bastaba con 4 o 5 cama por mil habitantes. Frente a este panorama, no había que construir «hospitales monstruos», sino reordenar las capacidades hospitalarias disponibles en la ciudad de Buenos Aires: Se ha dicho también en el seno de la honorable cámara que se necesitaba un gran hospital, y se lo necesitaba porque en Buenos Aires faltaban camas, porque las camas de los hospitales apenas alcanzaban a 2000, y no habiendo camas en los hospitales, era indispensable y urgente construir un gran nosocomio con propósitos de enseñanza y también con propósitos de hospitalización. Yo me he ocupado señores diputados, de conocer con exactitud el número de camas que hay en la capital federal, y veo con dolor que este dato dado en el seno de la honorable cámara también ha sido falso43. De acuerdo con Dickman, es falso que en la Capital sólo haya 2000 camas. Si bien cree que estas cifras reflejan que faltan camas para los enfermos, las necesidades perentorias son otras: Yo he visto que en los hospitales falta alcohol, tintura de yodo, gasa y algodón para las curaciones; yo he visto médicos jóvenes y laboriosos, como el hijo del señor diputado del Valle, sacar dinero de su bolsillo para comprar alcohol y tintura de yodo para curar en la sala. Y si no hay elementos para sostener los actuales hos-----pitales, ¿cuál es el problema urgente? ¿Construir nuevos hospitales o dar dinero para sostener los existentes? Pero hay más: yo creo que el número de camas es casi suficiente para la población de la capital federal; lo que hay que hacer es una cosa muy distinta a construir hospitales monstruos, que han fracasado en todas partes del mundo, como van a ver los señores diputados; lo que se necesita es retirar de los hospitales comunes la cantidad de tuberculosos que en ellos se asisten, porque constituye un peligro permanente para los enfermos que no lo son y para ellos mismos al estar hospitalizados en hospitales comunes 44. Para Dickman, la inversión en construcciones hospitalarias debía concentrarse en el hospital Tornú, por aquellos años el hospital municipal destinado especialmente a los enfermos de tuberculosis: Hay un hospital municipal, el hospital Tornú, edificado en un terreno de 72.000 metros cuadrados, que tiene 360 por cama, destinado a tuberculosos; y lo que habría que hacer es construir allí otros pabellones para alojar a todos los tuberculosos, que se asisten en todos los hospitales, construir cerca de la Capital, algún gran establecimiento para convalecientes 45. Finalmente, en cuanto al tipo de atención y al lugar en que deberían edificarse nuevos edificios: En los hospitales, los enfermos se asisten rápidamente por que se necesita la cama y los enfermos salen apenas repuestos de sus dolencias en un estado en que muchos de ellos no pueden ir a sus casas ni dedicarse al trabajo; lo necesario es hacer un gran edificio sobre un terreno vecino a la capital para descongestionar los hospitales comunes de los convalecientes y al cual puedan ir durante veinte días, un mes o un mes y medio a restablecerse en pleno sol y aires, a fin de que puedan volver a sus hogares aptos para el trabajo 46. Dickman afirmó que no solo era erróneo el número de camas señalado en la presentación de Cantón, sino también el cálculo realizado sobre la cantidad de metros cuadrados por cama. La cantidad de metros cuadrados que el proyecto de 1908 contemplaba para cada cama del policlínico era de 81 metros cuadrados, pero según Dickman era este un dato que contrariaba a las autoridades internacionales en materia de construcción hospitalaria. de metros cuadrados por cama era sensiblemente mayor a la presentada por Cantón. Se necesitaban al menos 100 metros cuadrados por cama si se trataba de un «hospital chico», y más de cien si se trataba de un «hospital grande»: Para la construcción de hospitales, señores diputados, hay leyes y reglas perfectamente establecidas, conocidas y estudiadas por autoridades científicas del mundo entero. Se sabe que no se puede construir un hospital moderno sin infringir las reglas más elementales de higiene sanitaria, sin tener una superficie de cien metros para cada cama de hospitalización, cien metros para hospitales chicos y más de 100 metros -cada vez en progresión geométrica-para hospitales grandes, leyes y reglas establecidas por las mejores autoridades científicas en la materia 47. Dickman explicaba que, si el hospital en cuestión poseía 500 camas, la cantidad de metros cuadrados necesaria era de 50 000. Si el hospital, en cambio, contaba con 1000 camas, el espacio mínimo disponible debería de ser de 230 000 metros cuadrados. Para avalar su argumento, sostuvo que su cálculo se basaba en «leyes establecidas por todos los autores científicos y consignadas en los mejores libros de la materia». En especial, Dickman también se refirió al libro La construcción de Hospitales, de Vandelvelde y otros, en su segunda edición de 1912, «citado en la discusión del policlínico, pero mal citado», pues allí se consignaba que «la superficie que necesita cada hospital, con cuadros y tablas que establecen que para un nosocomio de 1500 camas, como es el proyectado del policlínico, se necesita una superficie de 230 000 metros cuadrados» 48. Estas cifras chocaban con las ofrecidas por Cantón, dado que si el policlínico José de San Martín debía tener un mínimo de 1200 camas, ello era incompatible con los escasos 97.000 metros cuadrados estipulados como su espacio ideal. Es un indicio clave la cita realizada por Dickman de la misma obra mencionada por Eliseo Cantón en 1908, pues pone en evidencia semejanzas y diferencias en los estilos de argumentación de ambos autores. La lectura del diputado socialista destacaba el fracaso de los hospitales monstruo y, por ende, la necesidad de reinterpretar aquellas experiencias fracasadas en función de las decisiones a tomar para el sistema clínico porteño. Así, presentaba de manera distinta algunos de los datos que su rival había utilizado, y mencionaba en forma explícita la reedición del libro, acto que le permitía fundamentar en el terreno del saber médico clínico una lectura de mayor actualidad que la vertida por Cantón. Desde esta óptica, se debería dar forma a un siste-----47 Ibíd., pp. 114. 48 Ibíd., pp. 114-115. ma clínico que respetara las condiciones específicas de la ciudad y, por ende, rechazar el transplante de una tecnología hospitalaria por el mero hecho de ser la última moda en Europa. Para otorgar mayor legitimidad a esta interpretación, Dickman mencionaba la figura de Julio Méndez, quien había dictado -en la sociedad de higiene publica e ingeniería sanitaria-un ciclo de conferencias sobre los modelos hospitalarios vigentes por aquellos años y sus problemáticas, ciclo que criticaba el modelo de hospital central 49. En términos generales, el proyecto impulsado por Cantón encarnaba para Dickman un conjunto de males éticos, políticos, económicos y científicos que había que dejar atrás y que, por lo tanto, hacían inconcebible su materialización: Finalmente, se necesita en esta época de democracia real y efectiva demostrar al país que la nación se encamina por la vía de la modestia, de la sobriedad, de la economía positiva y útil; que la honestidad política debe traer la honestidad mental, porque es nuestra desgracia que las altas esferas docentes y científicas, que deben dar el ejemplo a la juventud, le han mostrado siempre con sus hechos los malos caminos, los rumbos desviados que conducen al éxito fácil y ruidoso, sin inculcarles la labor metódica, modesta y disciplinada que exige la honestidad mental como una condición indiscutible de éxito y de progreso. Charlatanismo científico, charlatanismo político, escándalo financiero, todo se liga y se combina, y todo nos viene como una mala herencia de una época detestable, que hay que borrar de la historia del país. En vísperas de una gran campaña nacional, el parlamento de la nación debe dar un alto ejemplo de honestidad administrativa, derogando esta ley, que es un colazo, como he dicho antes, de una mala época, de una época de escándalo y vergüenza; y todos nosotros debemos formular el propósito firme y consciente en este momento de encrucijada de la historia universal, de cambiar costumbres, de modificar prácticas, de encaminarnos hacia el progreso real y positivo, en que la economía, la técnica, el arte, la ciencia sean expresión honesta de un estado de conciencia colectivo, de un estado de labor fecunda y consciente 50. En el debate por la ley 6026 del policlínico José de San Martín se enfrentaron dos destacados miembros de la «clerecía médica local» con convicciones políticas y médicas polares. Desde una perspectiva política que pone de manifiesto una crisis de crecimiento de la conciencia clínica, ambos médicos re-----49 Ibíd., p. afirmaron -al discutirlo-el concepto de medicalización de la población de la ciudad de Buenos Aires a partir de la problematización del eje hospitalescama-salud de la población cristalizado durante la década de 1880. En este sentido, se puede pensar que estamos en un punto de bifurcación de trayectorias posibles y divergentes para la práctica de la clínica médica, momento en que se vuelven a poner en cuestión algunos tópicos, cuyos significados pocos años atrás parecían estabilizados. La controversia alrededor de la materialización de «un gran hospital policlínico» preanuncia el clima de crisis en el seno de la profesión médica porteña, que adquirirá rasgos más explícitos durante las décadas de 1920 y 1930 51. En este sentido, el estudio del debate por el policlínico pone en evidencia las divergencias en el proceso de construcción de un ethos médico vinculado a los dispositivos materiales, que a su vez presuponen y remiten a formas antitéticas de entender los modos de organización y las jerarquías que estructuran la práctica clínica. Es así que los socialistas percibieron en la intención centralizadora de Cantón la potencial cristalización de una correlación de fuerzas que los perjudicaría. De esta forma, mientras que Cantón, a partir de un acceso privilegiado a las estructuras de poder político y académico, apeló para la fundamentación de su proyecto a algunas autoridades científicas europeas, Dickman puso en práctica un estilo de argumentación característico de los sectores médicos críticos con el cuerpo docente desde fines de los años 1870, especialmente cultivado por el Círculo Médico Argentino. Esta sociedad se caracterizó por destacar el valor de la producción y reinterpretación local en cualquier campo del pensamiento médico y sus miembros solían criticar la obsecuencia inherente al acto de aceptación de autoridades científicas extranjeras en forma acrítica y la tendencia del cuerpo docente a encandilarse con el «éxito fácil y ruidoso» 52. En la medida en que para los médicos -en tanto grupo social que ocupaba bancas legislativas y que, por comparación con otros sectores del campo científico, tuvo acceso privilegiado a las arcas del estado-el lugar político de su profesión jugó un papel primario en la definición de su ethos, el debate estudiado también pone de manifiesto la colisión de dos concepciones divergentes acerca del sentido y el uso de los bienes públicos. La posición de Cantón fue afín a una representación cosmopolita de la medicina clínica local y no ocultó su tendencia a la magnificencia -expresión simultánea de una estructura de poder y rasgo de civilización-. En Dickman, si bien no está ausente la refe----- rencia a modelos europeos, la cautela y su postura de austeridad en cuanto al uso de los fondos públicos se vinculó a la aceptación de un panorama hospitalario más bien precario. Así, la discusión alrededor del costo del policlínico muestra que detrás del enfrentamiento de dos cosmovisiones médicas subyacen también percepciones excluyentes del papel del estado y sus necesidades respecto de la clínica local y, por lo tanto, representaciones muy diferentes en cuanto a los vínculos de la clínica local con el contexto médico internacional. Desde la perspectiva de la legitimación política de las iniciativas científicas, también resulta iluminador de los procesos de construcción de significados en el plano cognitivo el uso de la retórica y la práctica parlamentaria, tales como la organización de comisiones especiales, el manejo de los tiempos institucionales, la movilización de la opinión de la corporación médica. Recíprocamente, el debate estudiado también muestra cómo algunos aspectos cognitivos puestos en cuestión se integran como una dimensión ideológica a los factores políticos y sociales para terminar de cerrar cosmovisiones políticas polares para socialistas y conservadores. En definitiva y de modo general, puede decirse que toda esta movilización de recursos políticos, éticos y cognitivos por parte de dos grupos antagónicos, a la vez que amplificó creencias, intereses y expectativas en pugna sobre el destino de la práctica clínica local, fue vehículo de una voluntad compartida que, desde la perspectiva histórica, permite definir el espacio común del campo de batalla: la voluntad de legitimar un lugar socio-político e institucional del médico como guardián de la objetividad y del orden experimental
En el marco de la renovada actualidad alcanzada por la pandemia de gripe de 1918-1919 en los últimos años y del protagonismo logrado por los estudios que analizan el proceso de innovación en Medicina, el presente trabajo analiza el papel representado por sueros y vacunas -los nuevos recursos de la ciencia médica del momento-en la lucha contra la gripe de 1918-1919. El estudio pone de relieve su dependencia de los factores científicos, sociales, económicos y profesionales que concurrieron, y muestra también las principales consecuencias derivadas de la puesta a punto y uso de los citados recursos terapéuticos y profilácticos. gésimo aniversario y la presencia epidémica de la gripe aviar en los países asiáticos y, más tarde, su extensión puntual a algunos lugares de Europa y Canadá hicieron volver la mirada hacia la crisis epidémica más grave del siglo XX y la pandemia de gripe más importante de los últimos cien años por el número de muertes que ocasionó 1. Se temió y se sigue temiendo que se pueda llegar a producir otra pandemia similar a la también denominada «gripe española» 2. En este sentido, se han efectuado diversas manifestaciones en los medios de comunicación social, tanto por parte de periodistas científicos como por algunos de los principales expertos en el tema. Gobiernos y organismos sanitarios internacionales han sometido a examen la situación y han diseñado algunos planes para tratar de evitar un desastre de magnitud semejante al que ocurrió hace ahora noventa años 3. Se trata de tener a punto un dispositivo preventivo eficaz y, sobre todo, de contar con una vacuna válida contra la gripe aviar y contra la gripe humana que pudiera provocarse. De hecho, se ha estado probando una vacuna experimental contra el virus causante de la gripe aviar, que parece estar mostrándose efectiva 4. ----1 Esta situación propició la aparición de una literatura sobre la pandemia de 1918, elaborada mayoritariamente por periodistas científicos. De entre los títulos que pertenecen a este género, cabe mencionar los siguientes: IEZZONI, L. (1999), Influenza 1918. 1918's forgotten tragedy and the scientific hunt for the virus that caused it, 1a ed., London, Michael Joseph [En el año 2000 apareció una segunda edición con el título The devil's flu. De rasgos similares, pero con un mayor apoyo documental es el libro de BARRY, J.M. (2004), The Great Influenza. The epic story of the deadliest plague in history, New York, Viking Penguin (existe una edición revisada de 2005). 2 Expresión de este estado de ánimo puede advertirse en: STEVENS, N. ( 2005), La gripe aviar, Málaga, Editorial Sirio (sobre todo en las pp. 69-71); PERENNE, J.-Ph.; BRICAIRE, F. (2005), Pandémie. Inclusive, el equipo de investigación dirigido por el profesor Christopher Murray en la Universidad de Harvard ha llegado a estimar que una pandemia derivada de la actual gripe aviar podría ser responsable de la muerte de unos sesenta y dos millones de personas en el mundo [URL], consulta efectuada el 31-1-2007). 3 A modo de ejemplo, es interesante la consulta de PERENNE; BRICAIRE (2005), pp. 203-319, sobre la repuesta dada en Francia a esta eventual situación y el plan diseñado para evitarla. 4 «Dos nuevos estudios avalan la efectividad de una vacuna contra una futura pandemia de gripe aviar», El Médico Interactivo. Diario electrónico de la Sanidad, 1805, 7 de marzo de 2007 Esta renovada actualidad alcanzada por la pandemia de gripe de 1918-1919 ha tenido su correlato en la historiografía sobre dicha crisis sanitaria, tratándose de compensar la tradicional falta de estudios históricos dedicados a dicha epidemia 5. De hecho, a los trabajos que surgieron en los años ochenta e inicios de los noventa del pasado siglo en relación con el impulso que cobró el análisis de las epidemias tras la aparición del Sida 6, se han añadido los realizados bajo el paraguas de la conmemoración del octogésimo aniversario de la pandemia. Algunos de ellos forman parte de la monografía de Howard y Killingray (2003), que recoge parte del contenido de la reunión que, con tal motivo, se celebró en Cape Town (Sudáfrica) en septiembre de 1998 7. La reflexión llevada a cabo en dicha reunión sobre la pandemia de 1918 y las nuevas perspectivas de estudio proporcionó interesantes interpretaciones so-----(Disponible en la siguiente dirección electrónica http://www.elmedicointeractivo.com/noticias_ext. php? idreg=14158, consulta efectuada el 7-3-2007). 5 Una sintética y ajustada visión sobre este tema, figura en: HOWARD, Ph.; KILLINGRAY, D. (2003), Introduction. 6 Entre los trabajos dedicados a dicha pandemia en nuestro país en esos años, cabe mencionar los siguientes: CARRILLO, J.L.; CASTELLANOS, J.; RAMOS, M.D. (1985), Enfermedad y crisis social: la gripe en Málaga (1918), Málaga, Universidad de Málaga, Secretariado de Publicaciones; BERNABEU MESTRE, J. (coord.) (1991), La ciutat davant el contagi. La pandemia de 1918-19, Madrid, Centro de Investigaciones Sociológicas-Siglo XXI; PORRAS GALLO, Ma.I. (1994a), Una ciudad en crisis: la epidemia de gripe de 1918-19 en Madrid, Tesis doctoral. Para un conocimiento más completo de las aportaciones realizadas en este tema dentro y fuera de España durante los años ochenta y noventa del siglo XX, se remite al lector a la bibliografía contenida en los trabajos citados y en HOWARD, Ph.; KILLINGRAY, D. (eds.) (2003), pp. 301-351; JOHNSON, N. (2006), Britain and the 1918-19 Influenza Pandemic. 7 El texto de Howard y Killingray (2003) recoge también una interesante y abundante bibliografía, que no es totalmente exhaustiva, pero que permite apreciar la marcha historiográfica sobre la denominada «gripe española» seguida en buena parte del mundo hasta finales del siglo XX. bre las características del virus de la gripe de 1918, las reacciones de los médicos y enfermeras durante la pandemia (introduciendo la perspectiva de género en el análisis), la respuesta oficial de las autoridades políticas, el impacto demográfico (con numerosas contribuciones dedicadas al estudio de ámbitos aún no explorados), las consecuencias a largo plazo y en la memoria, y las lecciones epidemiológicas de la pandemia. En esta misma y fructífera senda se ha venido transitando en los últimos años, bajo el renovado impulso de las recientes epidemias de gripe aviar y la reconstitución del virus responsable de la pandemia de 1918 en el otoño de 2005 8. No obstante, con ser importantes las nuevas aportaciones 9, es preciso señalar que aún restan algunos campos no suficientemente explorados. Uno de ellos es el referente al análisis del papel representado por los nuevos recursos profilácticos y terapéuticos que la ciencia médica usó para tratar de hacer frente a la pandemia de gripe de 1918-1919 10. Hasta ahora las aportaciones ----8 Sobre la reconstrucción del virus de la gripe de 1918-1919 10 De hecho, este tema no ha sido desarrollado en ninguno de los capítulos que componen el volumen de Howard y Killingray (2003), y es mencionado brevemente en el texto de BYER-sobre este tema se han limitado a unas pocas páginas o a pequeños comentarios incluidos en algunos artículos o libros sobre la epidemia, pero falta un estudio monográfico sobre ello 11. Precisamente, tratando de contribuir a cubrir esta laguna historiográfica y haciéndonos eco del protagonismo que este tipo de estudios está cobrando en los últimos años en el marco del análisis del proceso de innovación en Medicina y en la práctica médica 12, nos planteamos como objetivo principal del presente trabajo el examen del papel desempeñado por los sueros y las vacunas en la lucha contra la gripe de 1918-1919 durante su desarrollo en España. Además de indagar sobre los distintos tipos de sueros y vacunas propuestos y/o utilizados para hacer frente a la pandemia, se tratará de establecer cuáles fueron los principales factores que condicionaron su recomendación y/o su uso. Se prestará también atención al rol representado en todo el proceso por los médicos, los farmacéuticos y la prensa de informa- 2005), Fever of War. 11 Recientemente, hemos hecho un primer acercamiento monográfico a este tema (pero limitado al caso de las vacunas) en la ponencia que, bajo el título «Las vacunas como medio de establecer una profilaxis pública 'científica' contra la gripe de 1918-1919», presentamos en el IX Encuentro sobre Medicina y sociedad. Las vacunas: su historia y actualidad (Maó, 21-22 de septiembre de 2006), y en la que, bajo el título «Una vacuna 'específica' para luchar contra la gripe de 1918-1919 en España», presentamos en el Coloquio Internacional 'Olhares sobre a Pneumónica' (Lisboa, 15-16 de noviembre de 2007). Se encuentran en prensa sendas versiones reelaboradas de dichos trabajos, que constituirán uno de los capítulos de los libros que recogerán el resultado de dichas reuniones. Igualmente, es preciso señalar que las vacunas usadas contra la gripe de 1918-1919 están comenzando a recibir la atención de otros investigadores. Uno de ellos es J. M. Eyler, que está preparando un artículo relativo a las controversias generadas sobre las vacunas contra la gripe que fueron probadas durante la pandemia de 1918-1919. 12 Sobre la importancia otorgada a los sueros y las vacunas en los trabajos dedicados a analizar el proceso de innovación en Medicina, cabe mencionar las siguientes aportaciones: HAL- A pesar de que, como hemos indicado anteriormente, la pandemia de 1918-1919 sea conocida como la «gripe española», su origen no estuvo en España. Este injusto calificativo, dado por la prensa europea de la época, derivó de nuestra condición de país neutral en la Primera Guerra Mundial y de la ausencia de censura militar. De forma que, aunque la epidemia había hecho su aparición en los países beligerantes de nuestro entorno, ésta se silenció hasta su inicio en Madrid a mediados de mayo. Como posibles orígenes de la pandemia la historiografía ha postulado Rusia, China y América, decantándose últimamente algunos investigadores por el origen americano y por su comienzo en un campamento del ejército estadounidense de Funston (Kansas) el 4 de marzo de 1918. Para otros autores fue China el punto de partida de la epidemia, y algunos han llegado a plantear la posibilidad de considerar ambos a la vez14. Desde los primeros focos, siguiendo las principales rutas de transporte habituales más las utilizadas en virtud de la situación de guerra que vivía el mundo, la gripe se extendió velozmente y alcanzó mayor extensión global que la Peste Negra. Responsables de este desarrollo tan virulento fueron no sólo los enormes desplazamientos humanos registrados durante el conflicto bélico y los propios efectos de éste, sino también el corto período de incubación de la gripe, su transmisión por vía aérea y la virulencia del virus responsable de la gripe de 1918-1919. La pandemia cursó en tres brotes: el primero, en la primavera de 1918; el segundo, en el otoño de ese mismo año, y el tercero, en los primeros meses de ----1919. Aunque hubo variaciones en su desarrollo de unos lugares a otros, la «gripe española» registró elevadas tasas de morbilidad y mortalidad, habiéndose estimado inicialmente que provocó 20 millones de muertos15. Sin embargo, los estudios realizados en los últimos años consideran que esa cifra es muy inferior a la realidad, hablándose de 30, 50 e incluso de 100 millones de víctimas por la gripe16. A esa cifra habría contribuido nuestro país con unas 270.000 muertes, siendo el segundo brote el que produjo mayor número de víctimas en la mayor parte de España17, salvo en la ciudad de Madrid18. En esta ocasión, a diferencia de lo que suele ocurrir en las epidemias de gripe, las víctimas preferidas de la pandemia de 1918-1919 fueron los jóvenes, registrándose la mayor morbimortalidad entre las personas de 20 a 40 años. Precisamente, la gran repercusión que tuvo en la población activa entrañó un negativo efecto en la economía y una enorme conmoción social no sólo en nuestro país, sino también en el resto del mundo. LA LUCHA CONTRA LA «GRIPE ESPAÑOLA» EN EL MARCO DEL PARADIGMA BACTERIOLÓGICO A la vista de la gravedad que alcanzó la pandemia y de sus principales características es lícito pensar que los recursos utilizados para enfrentarse a la «gripe española» tuvieron escaso o nulo efecto, e incluso cabe preguntarse hasta qué punto se contó con medios efectivos para luchar contra ella. Sin embargo, en el momento en el que la epidemia estalló la Medicina creía estar viviendo una etapa triunfalista frente a la patología infecciosa. En efecto, desde que el desarrollo de la doctrina bacteriológica se acompañó de un mejor conocimiento etiológico de las enfermedades infecciosas y de la posibilidad de disponer de recursos efectivos frente a ellas, la Medicina se creyó capaz de controlar los procesos infecciosos y los médicos empezaron a referirse a ellos ----como «enfermedades evitables» 19. Éste era el estado de opinión dominante dentro de nuestras fronteras cuando comenzó la gripe de 1918-1919. Conforme a él, parecía viable enfrentarse a la situación epidémica, pero era preciso hacerlo de una determinada forma al tratarse de una enfermedad de carácter infeccioso. De ahí que, cuando en mayo de 1918 se inició la epidemia en Madrid, los médicos debían diagnosticar cuál era la enfermedad responsable de la misma, no sólo mediante la observación del cuadro clínico, sino también recurriendo a la investigación bacteriológica. Así, el diagnóstico clínico de gripe, que los médicos realizaron desde los primeros momentos de la epidemia, tenía que ser corroborado por el laboratorio 20. Era necesario, por tanto, efectuar el aislamiento del bacilo de Pfeiffer, considerado entonces oficialmente como el germen específico de la gripe 21. Una vez conseguido esto, el siguiente paso era proceder a la preparación de un suero y una vacuna específicos contra dicho bacilo, que se convirtieran respectivamente en las medidas terapéutica y profiláctica contra la «gripe española». LAS DIFICULTADES DEL LABORATORIO Ahora bien, aunque médicos, farmacéuticos y veterinarios se entregaron a dicha tarea desde el comienzo, los resultados que brindó el laboratorio no permitieron corroborar el papel del bacilo de Pfeiffer como agente etiológico de la gripe. Las investigaciones bacteriológicas tampoco aportaron ningún otro agente que cumpliera los postulados de Koch, y, a lo largo de los tres brotes epidémicos, se consideraron numerosas hipótesis etiológicas, que en la ----19 De esta cuestión, nos hemos ocupado en PORRAS GALLO, Ma.I. (1994b), La lucha contra las enfermedades 'evitables' en España y la pandemia de gripe de 1918-19, Dynamis, 14, 159-183. 20 En este sentido se expresó el médico José Codina Castelví. 21 La aceptación de la etiología bacteriana de la gripe en la pandemia de 1889-90 entrañó la búsqueda de su agente específico, pero no fue hasta 1892 cuando Richard Pfeiffer aisló el bacilo que lleva su nombre y lo consideró el bacilo de la influenza. Con posterioridad se hicieron algunas objeciones e incluso se cuestionó la especificidad de dicha bacilo en la epidemia gripal de 1904-05. PIGA, A., LAMAS, L., (1919), Infecciones de tipo gripal, Madrid, Talleres tipográficos de «Los Progresos de la clínica» y «Plus Ultra», 2 vols., t. En LAÍN ENTRALGO, P. (dir.), Historia Universal de la Medicina, Barcelona, Salvat Editorial,1a ed.,t. 188. mayoría de los casos no eran novedosas, sino que habían sido formuladas a lo largo de la historia bacteriológica de la gripe 22. Mientras algunos se mantuvieron fieles al dogma oficial y siguieron defendiendo el papel del bacilo de Pfeiffer, otros trataron de adaptarse a los resultados del laboratorio y propusieron una asociación bacteriana (estreptococos, neumococos, meningoco-cos...), que se reveló más relacionada con las complicaciones, o bien se decantaron por una única bacteria distinta del bacilo de Pfeiffer. A su vez, los partidarios de una etiología microbiana de la gripe, que actuaron con mayor rigor frente a los resultados del laboratorio, optaron por considerar que el agente etiológico de la gripe era un germen desconocido. Algunos de ellos dieron incluso un paso más a medida que se desarrollaba la epidemia y se convirtieron en defensores de la hipótesis más atrevida, que proponía que el agente de la gripe era un virus filtrable. Ante la imposibilidad de aclarar la etiología de la enfermedad epidémica, algunos médicos mostraron su convencimiento de que, como señaló Hergueta, no se podía disponer de «un medicamento verdaderamente específico contra la gripe» 23. Esta opinión se fue generalizando conforme el segundo brote de la epidemia alcanzaba su punto álgido en nuestro país. De hecho, la falta de «un procedimiento terapéutico específico, de eficacia decisiva para el tratamiento de la gripe y sus complicaciones» 24 fue también reconocida por la Real Academia de Medicina. Algunos médicos, como B. González Álvarez (1851-1927), fueron aún más claros en sus manifestaciones, afirmando que «tratamiento patogenético-etiológico no lo hay ni lo puede haber, porque se desco----- «Sales de quinina, opio y sus derivados, yodo y yoduros, digital y sus derivados, acetato y carbonato amónicos, antipirina, aspirina, entorina, piramidón, esparteína y sus sales, cafeína y sus sales, estricnina y sus sales, adrenalina, colesterina, benzoato sódico, alcanfor, salicilato sódico, novocaína»28. Junto a los productos mencionados, la respuesta de la Academia incluyó desinfectantes (Cresol, creolina y demás derivados de la hulla, hipocloritos, azufre y formol) y sueros29. LA BÚSQUEDA DE UN TRATAMIENTO «CIENTÍFICO» BAJO LA PRESIÓN SOCIAL: DEL SUERO ANTIDIFTÉRICO A LOS SUEROS ANTINEUMOCÓCICO Y ANTIESTREPTO-CÓCICO Como vemos, el listado de la Academia incorporó igualmente los nuevos recursos terapéuticos. Concretamente, se mencionaban el «suero antidiftérico, equino y demás sueros» 30. Ahora bien, es preciso tener en cuenta que no todos los médicos consideraron desde la misma perspectiva el valor de los sueros para luchar contra la gripe, siendo para algunos meros recursos para activar las defensas generales del organismo. De ahí que no nos deba extrañar que la opinión frente a ellos estuviera dividida y se suscitaran amplios debates no sólo en la Academia de Medicina, sino también en otros muchos foros como el Congreso, el Senado, el Real Consejo de Sanidad, las principales revistas científico-médicas o la prensa de información general, especialmente durante el momento de máxima intensidad del segundo brote. Así, Tomás Maestre (1857Maestre ( -1936) ) se mostró firme partidario y defensor del valor del suero antidiftérico para luchar contra la epidemia reinante, manifestando en la sesión del Senado del 25 de octubre de 1918 que «el suero antidiftérico [era] el remedio más eficaz contra la gripe en todas sus formas» 31, y solicitando su producción en grandes cantidades, empleando para ello caballos del Ejército que debía adquirir el Instituto de Higiene Alfonso XIII. Mientras que en ese mismo foro Espina y Capo (1850-1930) afirmó que el suero antidiftérico era tan sólo uno de tantos tratamientos contra la gripe 32. El revuelo social provocado en torno a este tema impulsó al ministro de la Gobernación a recabar la opinión de la Real Academia de Medicina y trasladar el debate al seno de dicha institución. En la sesión celebrada en la Academia el 26 de octubre se registró una intensa discusión acerca de la eficacia del suero antidiftérico contra la gripe y de su producción a gran escala. Como cabía esperar, Maestre mantuvo su postura favorable al valor del suero antidiftérico, pero la mayoría de los académicos compartió la posición de Espina. Maestre había expuesto esta misma opinión en la prensa general en el momento álgido del primer brote. Los Doctores siguen opinando. Como indicaron Gimeno y Huertas, dicho suero estimulaba las defensas orgánicas, razón por la que para este último «era un buen agente terapéutico, pero no específico de la infección gripal» 34. En una línea similar, para Martín Salazar, desde el punto de vista de la Teoría de la Inmunidad, el suero antidiftérico era únicamente específico contra la difteria y poseía una relativa eficacia frente a otras infecciones 35. De una forma más contundente se mostró Simonena al indicar que, «ni desde el punto de vista teórico, ni desde el punto de vista experimental, ni clínico», se podía hacer otra afirmación que la de que el suero antidiftérico no era «un medicamento específico en los casos de gripe» 36. Este médico relacionaba las posturas como la de Maestre con el hecho de que «la gente, ante los estragos que produce la epidemia, reclama con urgencia la indicación de remedios con que poder oponerse al avance del mal», y en esa situación el médico deseoso de calmar semejante inquietud y ansiedad adopta posiciones como la de Maestre 37. Para comprender la importancia que esa necesidad de responder a las demandas de la sociedad de la que hablaba Simonena poseía en esos momentos, conviene recordar que se trataba de ofrecer soluciones a una población expuesta a un ambiente presidido por la imagen de la muerte, que cuestionaba la labor de los políticos y de las autoridades sanitarias, que se hallaba confusa ante la anarquía científica reinante y que empezaba a dudar de la capacidad de los médicos y de la Medicina para hacer frente a la epidemia 38. Esto último tenía especial relevancia, dada la magnitud de la epidemia y dado el interés de los médicos en esos momentos por dar muestras de su alto nivel científico y preparación para desempeñar en la sociedad española el importante papel, que estaban reclamando desde las décadas finales del siglo XIX, y que adquirió renovada actualidad durante la pandemia 39. 38 Mayor información acerca del estado de ánimo de la población española y sus reacciones, figura en: PORRAS GALLO, Ma.I. ( 2002 Considerando muy probablemente todas estas circunstancias que concurrían, Grinda llamó la atención de los académicos sobre el hecho de que se podía plantear un «conflicto de orden social de una gravedad extraordinaria» si la Academia admitía que el suero antidiftérico era eficaz contra la gripe y se reconocía que no había suficiente para todos 40. De hecho, aunque Grinda no lo mencionó, su falta fue denunciada tanto en las sesiones del Congreso del 24 y 25 de octubre, como en la prensa científico-profesional y en la prensa general 41. Finalmente, tras el intenso debate registrado, la Academia concluyó que «el suero antidiftérico en la gripe es un remedio útil, pero no específico, puede ser sustituido con el suero normal equino», y «éste puede prepararse fácilmente en los laboratorios, precisando para ello caballos sanos» 42. Esta conclusión, sin embargo, no parece que fue bien recibida por Gustavo Pittaluga (1876Pittaluga ( -1956)), uno de los miembros de la Comisión nombrada por el Gobierno para estudiar el desarrollo de la epidemia y las medidas adoptadas en Francia. Recordemos que la Comisión, integrada también por Gregorio Marañón (1887Marañón ( -1960) ) y Ruiz Falcó, informó del nulo o escaso uso del suero antidiftérico en nuestro vecino país y del empleo de los sueros antiestreptocócicos y antineumocócicos por algunos clínicos franceses 43. Estas afirmaciones y otras contenidas en el informe emitido por la citada Comisión avivaron el debate y motivaron la intervención del Inspector General de Sanidad, que envío una carta a la Academia de Medicina recabando urgentemente su opinión sobre «los sueros curativos específicos contra los microbios productores de las complicaciones» de la gripe 44. Maestre también denunció la falta de suero antidiftérico y solicitó que el Estado entregara cien caballos al Instituto de Higiene Alfonso XIII para que tratara de mitigarla. La respuesta de la Academia incluía también la opinión manifestada por Ferrán referente a que la solución para cubrir la demanda podía ser el uso de suero equino normal. 43 MARAÑÓN, G., PITTALUGA, G., RUIZ FALCÓ, A. (1918a), Informe sobre el actual estado sanitario de Francia y su identidad con la epidemia gripal en España, El Siglo Médico, 65, 916-921; MARAÑÓN, G., PITTALUGA, G., RUIZ FALCÓ, A. (1918b), Sobre el actual estado sanitario de Francia y su identidad con la epidemia gripal en España, España Médica, 8 (282), 1-3. 44 Archivo de la Real Academia Nacional de Medicina. «Carta fechada el 8 de noviembre de 1918 y dirigida a la Real Academia sesión de la Academia del 9 de noviembre, en la que Pittaluga se manifestó partidario de no atribuir al suero antidiftérico ninguna acción específica y señaló que en Francia «el empleo de los sueros no específicos» estaba «totalmente descartado» 45. De hecho, como continuó diciendo Pittaluga, los laboratorios franceses no habían registrado el menor aumento de producción, pero, «en cambio algunos clínicos han empleado los sueros antiestreptocócicos y antineumocócicos» 46. Pittaluga se expresó en términos similares en la sesión de la Academia del 23 de noviembre, en la que propuso como conclusión de la citada institución el reconocimiento del valor de los sueros antineumocócicos o antiestreptocócicos respectivamente para el tratamiento de las complicaciones neumocócicas y estreptocócicas de la gripe 47. EL TRATAMIENTO SUEROTERÁPICO CONTRA LA «GRIPE ESPAÑOLA» Y/O SUS Aunque no es posible estudiar y seguir en profundidad el uso que se hizo de los distintos sueros durante la pandemia de gripe, sí pueden apuntarse algunos mínimos datos sobre ello. De lo que no parece haber duda es de que, pese a la mala prensa científica que poseyó el suero antidiftérico entre los profesionales que buscaban actuar conforme al paradigma bacteriológico imperante, dicho suero fue ampliamente utilizado en la medida en que lo permitió su limitada disponibilidad, especialmente durante el segundo brote de la epidemia y, sobre todo, en su momento de máxima intensidad. Se administró preferentemente por vía oral, pero algunos clínicos recurrieron también a las inyecciones hipodérmicas. Las dosis oscilaron desde los 10 centímetros cúbicos cada 8 horas recomendados por Maestre en cuanto se iniciaran los primeros síntomas hasta los 40 centímetros cúbicos empleados por el catedrático de ----Nacional de Medicina por la Inspección General de Sanidad, Ministerio de la Gobernación». Como se indica en ella, el envío de la carta y su contenido estuvo muy influido por el informe emitido por la Comisión enviada a Francia, por las reacciones frente a dicho informe en distintos foros, como el Real Consejo de Sanidad, y por el acuerdo adoptado en él. El uso de los sueros antineumocócico y antiestreptocócico en las complicaciones de la gripe fue señalado, entre otros, por Violle. En cuanto a los resultados obtenidos, cabe decir que el entusiasmo de Maestre o Royo -quien aseguraba que había tenido tan sólo 4 defunciones entre más de 6000 enfermos asistidos-no fue compartido por todos los que recurrieron a este recurso terapéutico 49. De hecho, Martínez Vargas (1861Vargas ( -1948)), catedrático de Medicina de Barcelona, reconoció que el «suero antidiftérico, como estimulante de defensas» lo había empleado poco, «por no responder con gran eficacia» 50. De manera aún más clara se expresó el médico de Cartagena, Manuel Mas Gilabert, quién no otorgó ningún valor a dicho suero y, además, llamó la atención sobre los efectos negativos de su derroche. En su opinión, no sólo «arruina a los enfermos de posición modesta», sino que también provocaba la muerte de niños pequeños por difteria por no disponer de suero 51. Los sueros antineumocócico y antiestreptocócico fueron también usados, separadamente o de modo simultáneo para tratar las complicaciones originadas por neumococos y/o estreptococos. Se administraron por vía subcutánea y/o endovenosa. Generalmente se emplearon los sueros de firmas foráneas (del Instituto Pasteur, del Instituto de Berna, de la Casa Burroughs-Wellcome de Londres, etc.) 52, si bien Pablo Colvée puso a punto un suero antineumocócico que, tras experimentarlo en animales, se utilizó en humanos, escasamente durante la pandemia de 1918-1919 y más ampliamente con motivo de la nueva epidemia de gripe de 1919-1920 53. Parece que en este último caso se logra-----ron mejores resultados que los que, según el higienista Darío Álvarez, brindó el uso de los sueros antineumocócicos durante la pandemia de 1918 54. Durante la pandemia de 1918 se volvió a recurrir a la autoseroterapia 55, siendo el médico socialista Salgado uno de sus principales partidarios 56, y se ensayó el tratamiento con suero de convalecientes, sin resultados definitivos 57. Como hemos adelantado, la gripe de 1919-1920 otorgó renovado protagonismo a los sueros como recurso terapéutico. No sólo se recurrió al suero antineumocócico 58, sino también al suero antidiftérico para combatir las bronconeumonías gripales 59. Ahora bien, al igual que en la pandemia de 1918-1919, los sueros fueron empleados tanto dentro como fuera del paradigma bacteriológico dominante para abordar el tratamiento de las enfermedades infecciosas, y su uso estuvo muy condicionado por razones de índole social, profesional y económica. 55 Consistía en inyectar al enfermo cierta cantidad de serosidad obtenida en él mismo, mediante vexicación con vejigatorio cantariado. Uno de los que la utilizó fue Luis Valero. Para mayor información, véase: VALERO CARRERAS, L. (1918), Fundamentos y técnica del tratamiento de las localizaciones respiratorias de la epidemia reinante, España Médica, 8 (284), 10-12-1918, p. 56 De la aplicación gratuita de este procedimiento por Salgado se hizo amplio eco El Socialista en sus páginas, véase por ejemplo: El apostolado del Dr. Salgado. 57 Esto fue ensayado por los clínicos franceses sin resultados definitivos. MARAÑÓN, G., PITTALUGA, G., RUIZ FALCÓ, A. (1918b), pp. 1-3. ner de dicha vacuna resultaba imprescindible resolver el problema de la etiología de la gripe. Sin embargo, como se ha adelantado, esta situación no se produjo y, como señaló el Inspector General de Sanidad, Manuel Martín Salazar, «no [había] vacuna ni medio preventivo específico contra la gripe» 60. Esta circunstancia unida a la ineficacia de los recursos utilizados habitualmente por la Higiene Pública para luchar contra las epidemias, condujo a los facultativos a que, al final del primer brote, se sintieran «desarmados todavía» 61 en el terreno de la profilaxis pública de las epidemias de gripe, pero a la vez, al igual que con respecto al tratamiento, con la necesidad de tener que responder a las demandas sociales. Desde su condición de expertos y su deseo de lograr un importante papel en la sociedad española por su alta capacitación científica 62, los médicos debieron afrontar el segundo brote de la epidemia y tratar de mitigar el «pánico» y la «alarma social». La necesidad de obrar les condujo no sólo a proponer y recomendar un gran número de recursos profilácticos 63, algunos de eficacia dudosa, sino también a servirse de la ciencia para buscar un medio que fuera capaz de «impedir la propagación del mal» 64. Como el enemigo a batir era la gripe, una enfermedad que confería inmunidad, como indicó Martín Salazar, «[surgió] inmediatamente en el ánimo del higienista la posibilidad de la profilaxis por medio de las vacunas preventivas» 65. Con esta idea en mente, al igual que fuera de nuestras fronteras, médicos, farmacéuticos y veterinarios iniciaron investigaciones, que posibilitaron la puesta a punto de algunas vacunas y su ensayo experimental en algunos de nuestros enfermos 66. 62 Los farmacéuticos mantenían una postura similar, hallándose inmersos en un proceso de renovación profesional y de reivindicación de un mayor papel en la sociedad española en el terreno de la salud y la enfermedad. 63 De hecho, como medios profilácticos se propusieron los cordones sanitarios, el cierre de locales, las desinfecciones externas de individuos, mercancías, locales o vehículos, el uso de mascarillas, el aislamiento, las tradicionales medidas de la Higiene Pública o elementos de carácter social (subsistencias buenas y baratas, viviendas salubres, etc.). También resulta de utilidad la consulta de: MARAÑÓN, desde la necesidad de obrar, bajo la presión de las críticas que la sociedad estaba formulando y con el respaldo del Informe elaborado por Pittaluga, Marañón y Ruiz Falcó y el acuerdo del Real Consejo de Sanidad 72, el Inspector General de Sanidad reclamó con urgencia la opinión de la Real Academia de Medicina sobre «el uso de vacunas preventivas de la gripe y sus complicaciones como medio de establecer una profilaxis pública racional contra ese padecimiento» 73. La respuesta llegó en la sesión de la Academia del 9 de noviembre. En ella, las circunstancias que concurrían marcaron claramente el tono del debate. Se resaltó la «inocuidad» de las vacunas preparadas hasta ese momento, su capacidad para «impedir la infección» gripal y el valor que ello tenía ante la gravedad que alcanzaba la epidemia 74. Desde la Inspección General de Sanidad se apeló a los buenos resultados ofrecidos por los estudios y experiencias llevados a cabo en instituciones científicas de prestigio, como el Instituto Rockefeller de los Estados Unidos o el Instituto Pasteur de París, y se quiso transmitir «la esperanza de encontrar un medio preventivo contra la difusión de la gripe y sus complicaciones» como resultado de las investigaciones y estudios experimentales en curso, tanto dentro como fuera de nuestro país 75. Por todo ello y, sobre todo, porque las vacunas eran para el Inspector General de Sanidad «la única base científica para instituir una profilaxis pública contra la gripe», solicitó el voto favorable de la Academia y la recomendación de que se alentara a los laboratorios nacionales a seguir trabajando en la búsqueda y puesta a punto de una vacuna preventiva contra la gripe 76. Sin embargo, dado que la nueva ciencia no era capaz de resolver el problema de la etiología de la gripe, esta petición debía ser matizada. De ahí que Martín Salazar optara por subrayar que «no [había] duda de que las complica----dicho laboratorio y la opinión favorable de Francos Rodríguez, que «aplaudía la orientación del laboratorio, puesto que la terapéutica moderna está basada en vacunas y sueros». 72 El Real Consejo de Sanidad era favorable a que se favoreciera la realización de estudios sobre las vacunas contra la gripe en los laboratorios españoles para poder disponer de este recurso preventivo. Archivo de la Real Academia Nacional de Medicina. 73 Archivo de la Real Academia Nacional de Medicina. 76 Ibíd., pp. 433-435. ciones mortales [estaban] determinadas por neumococos y estreptococos» 77 y, en consonancia con ello, hiciera hincapié en el valor de las vacunas para evitar las complicaciones de la gripe. Esta opinión fue compartida, entre otros, por el médico Francisco Murillo, el farmacéutico Chicote y el veterinario García Izcara (1859-1927), y en términos similares fue formulada la respuesta de la Academia de Medicina al Ministro de la Gobernación 78. Desde la citada institución se indicó «la conveniencia de estimular con todos los medios la preparación y el empleo de las vacunas procedentes de los gérmenes que en la inmensa mayoría de los casos provocan las complicaciones broncopulmonares graves de la infección gripal» 79. Se trataba, por tanto, de utilizar vacunas mixtas que contuvieran neumococos y estreptococos, aunque la Academia sugirió «una vacuna neumocócica pura», como la que fue puesta a punto en el Instituto Provincial de Higiene de Valencia 80. Ante los resultados y las limitaciones del laboratorio, por tanto, cabía únicamente resaltar el valor de las vacunas contra las complicaciones de la «gripe española». De hecho, dada la situación, algunos médicos se mostraron incluso partidarios de limitar su aplicación a los enfermos y reclamaron su uso desde el inicio mismo del proceso para evitar las complicaciones gripales 81. PRINCIPALES CARACTERÍSTICAS DE LAS VACUNAS ESPAÑOLAS EMPLEADAS CONTRA LA PANDEMIA DE 1918-1919 Como se ha adelantado, médicos, farmacéuticos y veterinarios pusieron a punto y aplicaron las primeras vacunas empleadas contra la gripe de 1918-1919 en nuestro país en el marco que acabamos de describir. La mayoría de las vacunas preparadas y utilizadas fueron vacunas mixtas 82. De hecho, salvo la vacuna neumocócica del Instituto Provincial de Higiene de Valencia, el resto contuvieron neumococos y estreptococos combinados con otros gérmenes, que variaron en cada caso. Así, la vacuna del Laboratorio Municipal de ---- Madrid contenía también micrococcus catharralis, la de Ricardo Moragas llevaba además estafilococos y bacilos pseudodiftéricos, y la de Antonio Salvat meningococos y bacilos de Pfeiffer 83. Una composición similar tuvieron las vacunas empleadas fuera de nuestras fronteras 84. De hecho, en Francia, nuestro referente principal tras la visita de la Comisión gubernamental enviada a dicho país para estudiar la epidemia de gripe, se emplearon tres tipos distintos de vacunas: vacunas neumocócicas, vacunas mixtas de estreptococos y neumococos, o vacunas mixtas de estreptococos, neumococos y bacilos de Pfeiffer 85. Una vacuna mixta con la misma composición que esta última fue la adoptada por la Conferencia de médicos ingleses, que, bajo la presidencia del Coronel-médico William Leishman, se celebró en noviembre de 1918 en Londres en el War Office Si el tipo de vacunas usadas fue similar no ocurrió lo mismo con las dosis empleadas. De hecho, las vacunas francesas fueron inyectadas «en dosis extraordinariamente elevadas», mientras que las dosis de las vacunas españolas fueron mucho menores 88. Se aplicaron normalmente dos inyecciones: la primera de ellas de medio centímetro cúbico y la segunda de un centímetro cúbico. El intervalo de separación entre ambas dosis varió desde los cuatro días en el caso de la vacuna del Laboratorio municipal de Madrid hasta ocho con la vacuna de Ricardo Moragas 89. A tenor de la información proporcionada por los investigadores, una vez preparadas las vacunas con los gérmenes elegidos conforme al resultado de las investigaciones realizadas en la sangre y los esputos de enfermos de gripe y/o en los tejidos procedentes de las autopsias efectuadas a cadáveres de fallecidos por la epidemia 90, se procedió a hacer ensayos y pruebas en los distintos laboratorios para demostrar su inocuidad 91. Establecida la inocuidad, fueron los propios profesionales que las habían puesto a punto los primeros en vacunarse con el fin de desvanecer los recelos y temores frente a ellas 92. Seguidamente, se inició su aplicación práctica a personas sanas y, en algunos casos, también a enfermas sin producirse al parecer más que ligeras reacciones locales y alguna reacción febril 93. Aunque se pretendió en muchos casos hacer vacunaciones masivas en nuestro país, no hay noticias de que, como en Francia, se llevaran a cabo «experimentaciones en grandes agrupaciones humanas», en pueblos enteros que el Gobierno francés puso a disposición de los investigadores para que se aplicaran los distintos tipos de vacunas 94. Con la información con que contamos resulta difícil establecer con certeza el número de vacunaciones practicadas con cada una de las vacunas españolas. De hecho, según Martín Salazar, con la vacuna del Instituto Provincial de Higiene de Valencia se vacunó a una «infinidad de personas» 95. Sin embargo, Carmen Barona ha indicado recientemente que su uso se vio limita-----90 Mientras que la vacuna del Laboratorio municipal de Madrid, la de Salvat y la de Moragas fueron preparadas con los gérmenes aislados en la sangre y en los esputos de los enfermos de gripe, la vacuna del Instituto Provincial de Higiene de Valencia incluyó además y, sobre todo, los gérmenes aislados en los tejidos procedentes de las autopsias efectuadas a 29 cadáveres de fallecidos por la epidemia. 91 Con los datos con que contamos, proporcionados por los distintos investigadores, no es posible hacer una valoración sobre la corrección en el procedimiento empleado. FERRÁN, J., RINCÓN, A., COLVÉE, P., PESET, J. (1918), pp. 256-257; SALVAT NAVARRO, A. (1926) Por otro lado, la vacuna del Laboratorio Municipal de Madrid, uno de los laboratorios que tuvo mayor protagonismo y relevancia durante la pandemia de 1918-1919 100, se aplicó al personal del laboratorio (camilleros, encargados de manejar la ropa de los enfermos en las estufas de desinfección, etc.) que mayor peligro de contagio tenía, pero también al jefe y a los profesores de la Sección de vacunas, a sus familiares y a otros individuos del laboratorio 101. Igualmente se administró a los enfermos de las salas de Marañón del Hospital Provincial de Madrid desde el 2o o 3er día de enfermedad y el Director del Laboratorio Municipal de Madrid ofreció dicha vacuna a todos los médicos que la solicitaran para que efectuaran «todos los ensayos posibles sobre su eficacia» y dieran «con toda tranquilidad su opinión» 102. De la disponibilidad de la vacuna y de su aplicación con carácter experimental se hizo eco alguno de los diarios 103. ---- Como vemos, el farmacéutico Chicote, que comenzó las investigaciones conducentes a la obtención de una «vacuna» de posible utilidad para «prevenir las complicaciones pulmonares de la gripe» 104 por indicación del Inspector General de Sanidad en una de las sesiones del Real Consejo de Sanidad, contó con la colaboración de uno de los médicos más relevantes del momento para aplicar experimentalmente su vacuna. Esta colaboración con Marañón y otros profesionales influyentes de los principales hospitales madrileños se mantuvo también para la puesta a punto de la vacuna. De hecho, el Director del Laboratorio Municipal se sirvió para ello de los enfermos procedentes de la Beneficencia Municipal, del Hospital Militar de Carabanchel y, sobre todo, del Hospital Provincial de Madrid de las salas de los doctores Francisco Huertas, José Codina (1867-1934) y Marañón. Aunque es cierto que tradicionalmente se han empleado las instituciones de custodia para la puesta a punto y el ensayo de las vacunas 105, resulta llamativa esa búsqueda de apoyo en el sector médico influyente y en las autoridades sanitarias en un momento en el que se advertían las grandes posibilidades que se podían abrir para quién dispusiera de una -o de la mejor-vacuna que consiguiera reducir los estragos de la gripe. Para valorar adecuadamente el significado de dicho proceder recordemos que Chicote era farmacéutico y que médicos, farmacéuticos y veterinarios se estaban disputando la primacía en la fabricación y aplicación de los sueros y vacunas desde finales del siglo XIX 106 y esta situación se acentuó durante la pandemia 107. Chicote era consciente de esa situación. De ahí su insistencia ante la Real Academia de Medicina de que no le animaba «ningún (...) interés profesional», sino que su único interés era «el de la Sanidad; el de conseguir algún efecto útil en la ---- 107 Tal y como denunciaron los farmacéuticos en sus principales órganos de expresión, los médicos alcanzaron mayor protagonismo en este terreno durante la pandemia. Críticas a algunos puntos de la Reglamentación de la elaboración y venta de sueros y vacunas, La Farmacia Española, 20-10-1919, p. A tenor de lo que venimos exponiendo, parece apropiado plantear que el director del Laboratorio Municipal de Madrid trataba de abrirse un hueco en el atractivo mercado sobre vacunas y sueros en creciente expansión estableciendo una relación de colaboración con el sector médico. A pesar de la positiva valoración realizada normalmente por los propios autores de las diferentes vacunas, con los datos disponibles resulta difícil evaluar su efectividad real desde el punto de vista profiláctico para luchar contra la gripe. De hecho, la información ofrecida a lo largo de las páginas precedentes pone de relieve que la inmunización artificial contra la gripe se encontraba aún en una fase experimental 109. En efecto, Francisco Murillo indicó que aún no se había publicado un estudio formal con los resultados obtenidos con la aplicación de la vacuna inglesa de Leishman, y que su utilización en los ejércitos francés e inglés parecía haber ofrecido escasos resultados 110. A la vista de ello, en su opinión, las vacunas no podían tener «plena aplicación social». De ahí que las autoridades sanitarias de algunos países, como los Estados Unidos, tuvieran que alertar a la población contra los pretendidos éxitos de estos recursos profilácticos, señalados en los anuncios de los fabricantes de algunas vacunas 111. Como se ha puesto de relieve, las expectativas depositadas por los profesionales sanitarios en la Ciencia de los sueros y las vacunas al inicio de la pandemia de gripe de 1918-1919 no se vieron cumplidas. Es cierto que el laboratorio carecía de microscopio electrónico en esos momentos, pero sobre todo lo que realmente faltó fue el necesario consenso científico para abordar correctamente el tratamiento y la profilaxis de la «gripe española» dentro del paradigma bacteriológico. Ahora bien, la necesidad de atender a una situación crítica -marcada por la gravedad y magnitud de la epidemia, el fallo de los recursos terapéuticos y profilácticos empleados normalmente contra las enfermedades epidémicas, ---- las demandas y críticas de la sociedad en una compleja coyuntura política, económica y social-condujo a médicos y farmacéuticos (que estaban inmersos en un proceso de reorganización profesional) a relativizar la incapacidad de la ciencia y a cifrar en sueros y vacunas la lucha terapéutica y profiláctica contra la gripe de 1918-1919. Las elevadas cifras de mortalidad parecen ir en contra de las positivas valoraciones efectuadas por los propios profesionales que pusieron a punto y/o usaron sueros y vacunas para combatir la pandemia. Sin embargo, no cabe duda de los posibles beneficios logrados en diferentes ámbitos. De modo más inmediato hay que señalar su capacidad para procurar cierta tranquilidad a la población, pero tampoco se debe olvidar su valor para mejorar la credibilidad social de médicos, farmacéuticos y veterinarios, así como para procurar pingües beneficios económicos a dichos profesionales al acceder al prometedor mercado de la fabricación de sueros y vacunas. En este sentido, parece también oportuno mencionar las mejoras legislativas introducidas en este campo, como el Real Decreto de 10-X-1919 y la Real Orden de 27-X-1919 sobre sueros y vacunas 112. Igualmente, se hace necesario valorar el positivo papel que la actividad científica desplegada durante la gripe de 1918-1919 para buscar y poner a punto un suero y una vacuna eficaces contra dicha enfermedad pudo desempeñar en la deseada modernización sanitaria de nuestro país. De hecho, no parece haber duda del desarrollo alcanzado por el Laboratorio Provincial del Instituto Provincial de Higiene de Valencia o por el Laboratorio Municipal de Madrid durante la pandemia 113, ni tampoco de las mejoras introducidas en algunos laboratorios privados, y, sobre todo, tal y como denunciaron las principales revistas farmacéuticas, del importante número de nuevos laboratorios especializados privados creados durante la pandemia o inmediatamente después bajo la dirección de médicos, integrantes algunos de ellos de la plantilla del Instituto Nacional de Higiene Alfonso XIII 114. Quizás ----esta circunstancia permita explicar el nulo protagonismo que dicho Instituto tuvo en el tema que hemos examinado. Por su parte, la prensa general y obrera revisada desempeñó un rol muy discreto. Se hizo eco puntual del debate sobre el valor del controvertido suero antidiftérico o de la iniciativa del médico socialista Salgado, así como de la disponibilidad y uso experimental de la vacuna del Laboratorio Municipal de Madrid.
GÓMEZ CRESPO, Félix, Un astrónomo desconocido. El debate copernicano en El Escorial, Valladolid, Junta de Castilla y León, 2008, 406 pp. Ya Sánchez Pérez en Las matemáticas en la Biblioteca del Escorial, de 1929, daba muchas noticias sobre escritos científicos no impresos allí depositados; en particular, decía sobre el extenso redactado por Juan Vélez que era un magnífico texto, que revelaba una extraordinaria cultura científica. En una de sus visitas a esa Biblioteca en 1991, Félix Gómez (que en Asclepio ha publicado dos artículos sobre la astronomía renovada y su eco en España), corroboró que estaba ante una obra de valor excepcional, por su grado de elaboración y porque reunía un gran número de aspectos cosmológicos y técnicos, de modo tal que un estudio pormenorizado de ella podría ofrecer una visión suficientemente amplia de la astronomía de la época y al tiempo iluminadora de una España científica todavía no bien conocida. Años más tarde, entrega Un astrónomo desconocido, magnífico trabajo de investigación sobre el manuscrito que redactó Juan Vélez a partir del Almagesto o Construcción Matemática de Ptolomeo, para dialogar al tiempo con sus renovadores en la moderna astronomía: su «debate en El Escorial» sobre el copernicanismo en nuestro Siglo de Oro, acaba siendo una actualización de las posiciones europeas. Pues este nuevo libro supone la lectura directa de un texto importante del siglo XVII y asimismo es un adecuado e inusual modo de exponer la situación española: ya que el autor, huyendo de todo fácil aislamiento, la estudia abiertamente con la Europa que está llevando a cabo la revolución científica. De hecho, el núcleo del trabajo sólo indirectamente trata la recepción de las nuevas ideas astronómicas entre los científicos españoles, y apunta a una trama de la ciencia moderna formada y cuajada ya allende nuestras fronteras. Este volumen nuevo tiene como principal objetivo sacar a la luz este Comentario -por elegir uno los títulos posibles de Vélez-del Almagesto ptolemaico, obra por primera vez vertida al castellano (de la que no existe aquí, por cierto, edición reciente). Pero, como se deduce de lo dicho, no es el compendio mismo de Ptolomeo lo que ha realzado Félix Gómez, sino las glosas extensísimas -y propias de un científico moderno-que añade Juan Vélez; y es que suponen hoy un documento revelador al repasar un gran número de nociones de la astronomía del pasado, aún vigentes hacia 1620 ó 1630 pese a todas las novedades, las concepciones fundamentales de Copérnico, Brahe o Kepler y de otros autores como Longomontano, Lansbergio, Holwarda o un sinfín de científicos que la revolución. La estructura del Astrónomo desconocido es clara, sencilla, rigurosa. Para poder acercar el texto de Vélez al lector, Félix Gómez sintetiza con gracia y brillantez, en un primer capítulo, la situación de la astronomía europea desde la aparición de la obra de Copérnico hasta 1630. En el apartado siguiente, describe el manuscrito, valora su construcción, su posible cronología, sus contenidos; lo que le permite esbozar un retrato intelectual de Vélez, a través de sus escasas declaraciones y de las fuentes bibliográficas que utilizó. Añadamos que no hace falta conocer la biografía del astrónomo; y no ha sido ese el objetivo primordial de este trabajo (el problema del autor, por lo demás, es muy del siglo XIX). Hace algo más importante: al inventariar las fuentes bibliográficas de Vélez, nos lo muestra unido a un foco intelectual de la España de la época. Sería un escritor amparado por Felipe IV, que accede bien a la Biblioteca de El Escorial, donde se encuentra una gran parte de los libros que -ahora lo sabemos-él estudió. Por otro lado, Félix Gómez afirma que, pese a disponer sólo de las seis primeras partes del Almagesto, fueron comentadas las trece, como lo indican las abundantes llamadas de sus notas manuscritas. Y supone que el resto, que será imposible encontrarlo, tendría un tamaño similar al existente, lo que podría ser un venero de información (más que la vida de Vélez), pues las últimas siete partes están destinadas al estudio del movimiento de la octava esfera y de los planetas superiores, por lo que Vélez acudiría con asiduidad a valorar las teorías de Copérnico, Kepler o Lansbergio. Ahora bien, los dos restantes capítulos, tercero y cuarto, son los capitales. En ellos se aborda -desde diversos frentes-la relatividad en la percepción del movimiento, la caída de graves, la dignidad de la Tierra y del Sol, la posibilidad de que dos movimientos contrarios convivan o la ausencia de cambio de posiciones estelares. Eran sin duda argumentos muy debatidos por matemáticos y cosmólogos de esos decenios, pues estaba en juego el orden del mundo. En suma, reflejan las opiniones de astrónomos que, como Copérnico, Tycho, Kepler y Galileo, han tramado la convulsión del pensamiento científico y de las ideas por esos años. Si repasamos, con el autor, los argumentos que cabe llamar 'físicos', Vélez acoge la teoría de la gravedad de Benedetti (se basa en la diferencia entre pesos específicos) y, en consecuencia, rechaza la existencia de los 'lugares naturales' de los antiguos. Asimismo, es relevante que acepte la nueva teoría magnética de Gilbert como fundamento de un 'campo gravitatorio' terrestre. Si los acontecimientos astronómicos de 1572 y 1577, los nuevos entes celestes que aparecieron, habían sido bien valorados por los astrónomos a comienzos del siglo XVII, Vélez -siguiendo a Brahe-, niega la solidez de los orbes cristalinos clásicos y la incorruptibilidad de los cielos (en 1630, eso no es demasiado revolucionario). Destaca por añadidura la existencia de manchas y relieves en la superficie lunar, o imperfecciones en la solar, gracias al poder reciente del telescopio; lo que pone en evidencia la corruptibilidad de los cuerpos celestes y la continuidad entre los mundos 'alto' y 'bajo'. De las ideas astronómicas más modernas que absorbe sin ambigüedad está la afirmación de que las estrellas fijas se encuentran a diferentes alturas, lo que contradice un firme supuesto de la astronomía tradicional. El universo de Vélez, en este punto concreto, es tan abierto como el de Gilbert. Sin embargo Juan Vélez sostiene, de forma inveterada, que no pueden darse a la vez dos movimientos contrarios sobre un mismo cuerpo. Y por ello, seguramente, concede que la mejor solución sería admitir el movimiento diario de la Tierra. Con todo, el Comentario de Vélez considera las constantes reprobaciones del heliocentrismo, así en la parte titulada «Discurso sobre la inmovilidad de la Tierra». Y tras haber leído todo el manuscrito cree Félix Gómez que aquél no es hostil a las nuevas tendencias, y lo razona bien: en ningún caso hace del autor español un abierto copernicano, y no iría más allá de defender públicamente la rotación diaria de la Tierra. Pero sus repetidas alusiones a que la doctrina copernicana ha sido censurada parecen ser una argucia, y el mismo Vélez se molesta en defender la obra de Copérnico apelando al viejo recurso de que es una mera suposición «con que se salvan muchas de las apariencias». En definitiva, parece que el astrónomo hispano se mantuvo «escondido», como sucedió con muchos sabios en ese tiempo de hierro. Como sostiene Félix Gómez, el Comentario de Vélez, de haber sido publicado, ocuparía un puesto relevante en la historia de la astronomía española del siglo XVII; y dado que reproduce (y fija textualmente) partes extensas del manuscrito, en un valiosísimo apéndice, todos podemos valorarlo con la lectura de sus palabras y sobre todo con el apoyo de este nuevo libro. No cabe sino elogiar el trabajo de Félix Gómez, producto de un largo y sinuoso camino investigador. De su mano ha salido un volumen inusualmente cristalino y honrado, por la definición nada engañosa de sus fronteras y por lo exhaustivo de sus análisis en el terreno elegido, donde apura muy bien todos sus argumentos. Alejado de toda jerga parasitaria, no fuerza las palabras de ese astrónomo, antes difuminado, y aporta visibilidad a una trayectoria densa si bien casi anónima que concentra dignamente matemática, astronomía y cosmología. HUERTAS GARCÍA-ALEJO, Rafael, Los laboratorios de la norma. Medicina y regulación social en el Estado liberal, Barcelona, Octaedro, 2008, 166 pp. Manifiesta, por una parte, el marco temático y metodológico en que se inserta, y, por otra declara la originalidad de su abordaje mediante el empleo del término, a todas luces clave, de «laboratorio». El lector al que me refiero intuye desde el comienzo que va a encontrarse con viejos conocidos -Michel Foucault, Robert Castel, José Luis Peset, Fernando Alvarez-Uría, Julia Varela...-, sin mencionar, claro está, al propio Rafael Huertas. «Norma» es el mot d'ordre -en pocas ocasiones, como en ésta, es oportuno emplear este término francés-de esa corriente historiográfica; la novedad del planteamiento de Huertas radica en no tomar la normatividad, o mejor aún, la normativización, e incluso la normalización, como un hecho, sino más bien como un conato: de aquí su decisión de presentarnos los tres escenarios de su investigación -el manicomio, la escuela y la sociedad «higiénica»-como meros laboratorios, esto es, como lugares en los que algo que aún es problemático se pone a prueba. Esta estrategia resulta transparente, y particularmente incitante para el profesional, en el análisis del primero de dichos escenarios. Si ya la introducción, presentada como «breve apunte metodológico» sobre «el control social como problema historiográfico», daba bastante más que lo prometido -pues su brevedad no está reñida con la precisión y la riqueza de las referencias puestas en juego-, lo cierto es que el primer capítulo, más que una exposición, tan analítica como se quiera, de hechos históricos, es una reflexión crítica sobre las aportaciones de la obra de Foucault, a la que Huertas reconoce un carácter decididamente revolucionario, innovador y suscitador de nuevas investigaciones, así como sobre las ulteriores de foucaultianos y antifoucaultianos. Como bien señala, se trata de un pensamiento que no deja indiferente y que hace inexcusable la consideración de un «antes» y un «después» en la historia de la locura y su manejo técnico e ideológico. No faltan, desde luego, en esta parte páginas con nutrida información histórica sobre la naciente psiquiatría, páginas que demuestran lúcidamente que no hubo una voluntad plenamente consciente, y mucho menos monolítica, de «normalizar» en el sentido foucaultiano del término, así como que el asilo no significó lo mismo en la Francia de la Revolución, la Restauración y el Segundo Imperio que en otros países. Singularmente estudia Huertas el caso español, poniendo de relieve lo inconveniente de generalizar tesis como las foucaultianas en un arrebato de entusiasmo. Por ello reitero mi impresión de que este capítulo, sin duda interesante para el lector no especializado, es sobre todo apasionante para el especialista. El segundo capítulo, que se ocupa de la escuela y de otras instituciones dedicadas al cuidado y/o al control de la infancia desviada, es más clásico en su confección, pese a lo cual constituye, a mi parecer, una inesperada contribución a lo que podríamos llamar línea dura del pensamiento foucaultiano. Concebido más como exposición de una investigación histórica que como parte de un debate teórico, aporta sin embargo un importante caudal de datos acerca de una parte fundamental de lo que Foucault denominó «el archipiélago disciplinario»; aunque, como en el caso anterior, el autor tiene la suficiente autonomía como para reconocer en el pensamiento de algunos de los autores estudiados intenciones bastante más filantrópicas que las que cabría esperar de esa especie de científico-gendarme que a veces surge del discurso del filósofo francés. Es el caso, por ejemplo, de Binet y su «cociente intelectual», sin duda utilizado de forma perversa por algunos agentes sociales, pero concebido por su autor con la mejor voluntad, según afirma Huertas. Esta mención a Binet me permite resaltar el hecho de que, aunque centrados en el campo de la educación, tampoco en esta parte de la obra hemos perdido de vista la medicina; pues la tesis de Huertas, demostrada a través de las iluminadoras citas que se articulan en el texto, es que la tarea pedagógica, especialmente, pero no sólo, en los territorios fronterizos de la disidencia, vióse medicalizada en forma creciente en el curso de la maduración de la sociedad liberal-burguesa. Una doble intención -voluntad de uniformización en los valores y en los modos de vida, y negación «científica» del efecto deletéreo de las noxas socioeconómicas y sociopolíticas-gobernó, según se desprende del trabajo de Huertas, la voluntad de los legisladores a la hora de convertir la escuela y otras instituciones pedagógicas en otros tantos «laboratorios de la norma». El tercer y último capítulo tiene por objeto «el espacio social». El eje de la investigación en este campo es precisamente el que acabo de señalar: la pretensión de negar, en nombre de la ciencia, la responsabilidad de las condiciones generales de vida en las desviaciones de la normalidad, en este caso especialmente en el dominio biológico. No es que, en esta nueva perspectiva, dejen de medicalizarse ciertas conductas, sino que, de nuevo en la línea de Foucault, incluso problemas preponderantemente médicos se asocian a las pautas de conducta de los individuos, completándose así el proyecto normalizador de la cultura a la que el estudio se refiere. Como cabía esperar este tercer apartado presenta una peculiaridad respecto de los dos precedentes, cual es su deslizamiento hacia el presente. Si en los campos de la psiquiatría y la educación era factible poner a prueba la hipótesis central de la investigación solamente con el recurso a la historia del siglo diecinueve y de la primera mitad del veinte, en este caso era ineludible llegar hasta el presente porque sólo en él, o en el más inmediato pasado, ha comenzado a cumplirse lo que Foucault comenzó a plantear en los años en que componía Surveiller et punir: el triunfo de la voluntad normalizadora mediante su interiorización por cada uno de los individuos que componen una sociedad; y este fantástico objetivo sólo podía ser alcanzado en nombre de la supervivencia amenazada y por la vía de la prevención, uno de los molinos de viento contra los que yo mismo, viejo nietzscheano, combato desde hace tiempo. La medicalización del espacio social a través de la higiene -de una higiene que, en algún momento, vuelve la espalda a los factores ambientales y en otros los reconsidera sin dejar de insistir en la responsabilidad individual en el cuidado de la salud-parece poder conseguir -¿o haber conseguido?-lo que sólo ensayaron la psiquiatría y la pedagogía liberales, por utilizar el mismo término que el autor de esta estimulante reflexión. Si los capítulos anteriores eran interesantes en tanto que históricos, éste lo es en tanto que -¿se me permitirá la humorada seudomedicalizadora? diagnóstico. Aquellos nos preparaban para comprender cómo hemos llegado a ser lo que somos; éste nos muestra en que podemos convertirnos, si es que no lo hemos hecho ya. Pienso, en suma, que nos encontramos ante una reflexión oportunísima, sólidamente fundamentada y capaz de suscitar más reflexiones que certidumbres, algo que hay que exigir a un trabajo histórico y que, por otra parte, nos permite disipar cualquier sospecha de dogmatismo. La amplia bibliografía que el volumen incluye, que dista de ser meramente suntuaria, es a la vez una garantía y una incitación, pues al lector le apetece a menudo saber más acerca de cuanto Huertas le suministra concentrado y orientado a su objetivo. Creo, por tanto, que Los laboratorios de la norma puede ser leído con provecho tanto por profesionales como por personas que simplemente -¿simplemente? deseen comprender cómo es la cultura de la que forman parte y posicionarse de manera crítica y creativa frente a la misma, lo que, a mi parecer, constituye la mejor alabanza que puede hacerse a un estudio histórico. Y aprovecho esta oportunidad para reiterar el mensaje que desde hace algunos años transmito a mis compañeros y amigos investigadores para que, como Rafael Huertas en esta ocasión, reelaboren su exigente trabajo de muchos años en el marco de su especialidad para convertirlo en síntesis de semejante alcance. Luis MONTIEL SUÁREZ DE FIGUEROA, Cristóbal, Plaza universal de todas ciencias y artes, Valladolid, Junta de Castilla y León, 2006, 2 tomos, 1.070 pp., edición de M. Jalón. Este libro de Suárez de Figueroa había sido resaltado desde luego por Maravall, pero asimismo por López Piñero y otros historiadores de la ciencia, desde hace más de un cuarto de siglo. Con todo, sus referencias eran episódicas, y esa obra era en el fondo poco accesible hasta hoy, cuando aparece esta excelente edición. Así que nosotros mismos -para nuestro trabajo en vías de edición sobre el astrónomo Juan Vélez-, hemos podido leer intensamente, y con un acompañamiento erudito de gran calidad, varios capítulos singulares de esta obra primordial de la divulgación europea. Es hoy bien conocido que Tomaso Garzoni publicó en 1585, La piazza universale di tutte le professioni del mondo, y que Suárez de Figueroa, raro escritor de cuya vida poco se ha llegado en el fondo a saber (como muestra bien el editor en su vasta y clara introducción), publicó en el Madrid de 1615 una Plaza universal de todas ciencias y artes que remodelaba la obra italiana, la retocaba y ponía al día, o la españolizaba por decirlo rápidamente (al menos por añadir nombres castellanos), de modo que logró que fuera leída de continuo durante décadas. El propio M. Jalón ha publicado un artículo en esta revista hace poco de título elocuente, «Las profesiones científico-técnicas en la Plaza universal de Suárez de Figueroa» (Asclepio, LVIII, 1, 2006, pp. 197-218), que nos exime de hacer un balance técnico de su contenido, desde la perspectiva que interesa a esta revista. Pero conviene llamar la atención sobre una obra que cualquier lector, y sobre todo el historiador de la ciencia, debe tener a la mano para acercarse cabalmente a la cultura de finales del siglo XVI y principios del siguiente. Figueroa ofrece un teatro de oficios bastante objetivo (pese al tono divulgativo que emplea) pues no tiene en realidad la intención de conmovernos sino que quiere que mantengamos nuestra posición de espectadores y que observemos desde fuera la sociedad, con un entendimiento completo y abierto, dentro de su juego, consistente en resumir las ciencias en un sistema de actividades humanas. Desde su perspectiva educadora, lo sórdido y lo excelso se unen en un moralismo algo triste, pero a veces dotado de gracia y siempre dotado de abundante información, mucho detalle técnico y un amplio léxico especializado, lo que convierte este magnífico libro en una atractiva herramienta de trabajo para especialistas de muy diversos campos. El andamiaje escénico que nos ofrece es dudoso, y por tanto la estructura de esa Plaza no termina de cuajar, pero no se queda en una suma de fragmentos inconexos, sino que responde a una especie de Babel inconclusa, enmarañada y atractiva. Utiliza Figueroa (como al parecer Garzoni) la palabra en su sentido más general, porque su emoción no es particular, sino curiosa e intelectual. Y sobre todo la obra es dubitativa como sucedía en otros trabajos paralelos de su tiempo, cuando la ciencia estaba por dar giros decisivos. Desde luego que la obra está anticuada, como lo está todo compendio de entonces que se dirigiese a un público relativamente culto; pero eso al historiador poco le ha de importar. Para comprender bien el nacimiento de la moderna ciencia, para entender qué era la cultura dominante por entonces, hay que repasar humildemente los centones de la época, y hay que tener en cuenta que la Plaza es una obra que no tiene parangón en nuestra lengua, a este respecto: no hubo nada comparable con ella (sí en cambio y especialmente en Italia, aunque el Garzoni lograra más audiencia). Por algo se hará en el siglo XVIII, como dice el editor, una edición nueva de ella, lo más apropiadamente posible para las Luces incipientes; y por algo un Feijoo la citará críticamente varias veces. Que es una obra maestra de la cultura europea lo saben bien hoy los italianos y los alemanes; los norteamericanos han empezado a apreciarla y, en menor medida acaso, los franceses (pero todo vendrá). Todavía falta que en nuestro país se difunda este trabajo como se debe, y no sólo en los centros de investigación, pues además es un libro atractivo y, a veces, luminoso, producto de unos años capitales de nuestras letras. Con el afianzamiento de los supuestos de la llamada «historia total» los estudios locales (entendiendo este término como unidades de intereses sociopolíticos, económicos y culturales), fueron adquiriendo una progresiva atención por parte de los cultivadores de la historia. En definitiva, se trataba (como ya se venía haciendo en la ciencia moderna desde finales del siglo XVII, sobre todo en biología) de analizar en modelos las interrelaciones de elementos que intervienen en un proceso histórico y que partiendo de un escenario mas amplio, resulta muy difícil establecer con objetividad cual es la verdadera función de los diversos factores en el proceso. Desgraciadamente, en muchas ocasiones, los estudios locales derivaban en una curiosidad anecdótica o en una exaltación chovinista del indigenismo; por otra parte los grandes planteamientos eran el terreno abonado para justificar, juicios «a priori». Un maridaje entre los fundamentos de la «historia de las ideas» y la llamada «historia social», ha propiciado en la investigación histórica un tipo de modelo más allá del clásico «case study», cuyos resultados, en la investigación local, son más que interesantes. El libro que reseñamos es un ejemplo de esa última tendencia. Realmente pocas ciudades disponen de estudios consistente y amplios de un tema crucial como el de la educación. En este caso, guarda relación con la significación histórica de la ciudad de Xàtiva en el Pais Valenciano, así como en la riqueza y buena organización de sus fondos documentales. Su autor, ha hecho importantes y valiosas aportaciones al conocimiento de nuestra historia educativa: como el de las ideas y los proyectos de la Ilustración, en este terreno; o los principios y políticas aplicadas en el proceso de constitución del sistema escolar público. El objetivo en este estudio está muy bien definido: analizar en un modelo, la ciudad de Xàtiva, la controversia política e ideológica entre confesionalidad y laicismo en la enseñanza; detectar los impulsos reales a una secularización modernizadora y las correspondientes resistencias del catolicismo a tal proceso; y confirmar las ideas y la prácticas pedagógicas destinadas a incidir en la vida social mediante proyectos y acciones educativas, que tuvieron como fin asentar el mensaje y los propósitos de las dos corrientes ideológicas. Se trata de un tema de crucial importancia en nuestra historia reciente, incluso actual, ya que desgraciadamente parece no estar resuelto, ya que ante el intento de instaurar una política tolerante, siempre hubo la presencia de grupos sociales radicales que tuvieron una especial significación en la sociedad valenciana. Aquí, el catolicismo social, el republicanismo, el blasquismo, las corrientes racionalistas, el liberalismo reformista; dejan su palabra y su obra. En el contexto de regeneración social y política de finales del siglo XIX y principios del XX, la educación pasó a ser considerada como un importante instrumento de cambio y de evolución positiva a partir de los planteamientos del movimiento de la Escuela Nueva que significó un nuevo ideal pedagógico: la escuela pasaba a ser vida y no preparación para esta; la cooperación se transformaba en un instrumento más importante que la competencia; y la capacidad de aprender, resolviendo problemas, más importante que la transmisión de saberes. En una sociedad que se encontraba en crisis por el impacto del proceso de industrialización y de nuevas mentalidades i formas de vida, la Escuela Nueva plantea soluciones desde un movimiento pedagógico plural, que tuvo una amplia difusión; también en España, donde se produjo una importante renovación pedagógica por medio de un amplio proceso de reflexión y experimentación. Pero si en las zonas más industrializadas como Cataluña, estas iniciativas reciben el decidido soporte de las clases medias y la burguesía, muy especialmente en el periodo de la Generalitat republicana; en el País Valenciano, la ausencia de unas clases medias con peso social comportó que la mayoría de las realizaciones de escuela activa surgieran de iniciativas personales o de la acción organizada del magisterio. Durante este periodo, el pensamiento liberal-democrático, que, de acuerdo con el modelo francés, planteaba la universalidad y el carácter laico de la institución, así como una importante presencia de las disciplinas científicas en el «curriculum», se convirtió en uno de los impulsos fundamentales de la pedagogía activa. Por otra parte, no cabe menospreciar la influencia en la ideología de la burguesía progresista, del movimiento Institucionalista y sus fundamentos krausistas de una educación integral del hombre. Sin embargo, la peculiar estructura social valenciana, explica el hecho de que la Institución Libre de Enseñanza influyera básicamente en el mundo universitario e intelectual que centró su atención en las propuestas de autonomía universitaria, libertad de ciencia; la mejora, en general, de la enseñanza y la necesidad de resolver el «problema de España». Planteamientos que de hecho se alejaban de la política local y de propuestas pedagógicas para realizaciones concretas. Además, los institucionalistas, al defender un españolismo basado en un concepto metafísico de España muy distinto del de los grupos nacionalistas periféricos, se desentendieron por completo de los movimientos de la «Renaixença».Pero la presencia del institucionalismo se deja sentir en la introducción de ideas de renovación pedagógica en el campo del magisterio a través de profesores de la Escuela de Magisterio y de los pensionados por la Junta para la Ampliación de Estudios, como Rodolfo Llopis, o la creación de instituciones como Extensión Universitaria, Universidad Popular, etc.; y su influencia en el pensamiento sobre «instrucción pública» del PSOE entre 1906 a 1915. El proyecto blasquista, una iniciativa republicana fundada por Vicente Blasco Ibañez, se define por algunos como un movimiento que luchó contra el caciquismo y a favor de la transformación social, Para otros, como Alfons Cucó, fue un partido de «notables», donde la oligarquía del grupo tuvo un peso desmesurado y donde los líderes consiguieron una influencia también desmesurada. Alrededor de lemas como: libertad, justicia, progreso, ciencia y educación; el blasquismo supo concitar el soporte de una base social bastante heterogénea formada por sectores obreristas, clases medias y pequeña burguesa valenciana. El anticlericalismo y el rechazo al dogmatismo religioso, la conciliación de las clases sociales, la fe en el progreso de la ciencia, el republicanismo federal y/o federalista, la reivindicación de los derechos fundamentales de las personas y el antidinastismo, fueron sus bases. Aunque la enseñanza pública no fue uno de los aspectos fundamentales de la acción política del blasquismo, más centrado en la educación y la cultura popular, que consideraba había estado manipulada por el monopolio ideológico del clericalismo en la enseñanza, se vió forzado a entrar en el debate sobre el modelo escolar a favor del laicismo y del acceso a la cultura del pueblo que le daba soporte electoral. En un momento en que el republicanismo moderado español defendía la neutralidad del Estado en el ámbito escolar, siendo partidario de una escuela laica que respetara la conciencia individual y formara buenos ciudadanos; el republicanismo blasquista defendía una actitud radicalmente beligerante con el intento de «fundar una sólida escuela antireligiosa, no solo anticatólica» (F. Azzati, «A ellos», El Pueblo, 27-1-1910). A lo largo del periodo que estudia la monografia, la visión de la educación como motor de cambio social y de progreso, unió tácticamente a republicanos de todas las familias y anarquistas, con el soporte del librepensamiento. Los postulados de la escuela laica propugnado por todos ellos y los masones, conducirán a la búsqueda de un modelo de escuela alternativo al surgido de la Restauración y de la pésima valoración de las escuelas confesionales: construir una escuela basada en una búsqueda activa del conocimiento sustentado en la razón y no en la fé. Pero el anarquismo, poco partidario de la institución escolar y opuesto a una escuela pública estatal uniforme y obligatoria; partiendo de la consideración de la cultura y la educación como instrumentos de formación de ciudadanos libres y sin prejuicios, de contestación al orden establecido y de difusión de las ideas destinadas a construir un nuevo orden social; hicieron propuestas acordes a ideologías libertarias que se concretaron en dos principio: la libertad del alumno y la experiencia como método. En esta línea debemos inscribir la Escuela Moderna que Francesc Ferrer y Guardia puso en marcha en Barcelona com el objetivo de «extirpar del cerebro del hombre todo lo que le divide, reemplazándolo por la fraternidad y la solidaridad indispensable para la libertad y el bienestar general para todos» ( Ferrer y Guardia, F. La Escuela Moderna, Madrid, Ed. En sus aspectos básicos, la iniciativa de Ferrer sugería «la enseñanza pedagógica en las ciencias naturales» (Esplugues, J. «Las Ciencias Naturales en las Escuelas». Humanidad Nueva, no.3, 31, III, 1907), suprimir el dogmatismo y someterlo todo a la razón, eliminar los premios y castigos, los exámenes y el control de la asistencia escolar y proponía que «debe dejarse al niño que en donde quiera que esté manifieste sinceramente sus deseos». Se trataba de un proyecto pedagógico-político verdaderamente alternativo al clerical de la Restauración, abierto a los postulados de la Escuela Nueva y que tuvo una rápida difusión territorial, no solo en el Estado español sino en ciudades como Amsterdam, Sao Paulo, Laussanne, etc..En el Pais Valenciano este movimiento tuvo una especial implantación, sobre todo a partir de la fundación de la Escuela Moderna de València (1906). La creación de escuelas racionalistas en Alicante, Alcoi, Xâtiva, Elda, Buñol, la Vall d'Uxó, Alberic, Cullera, Catarroja, Carlet, Villena, Pedralba, Algimia d'Alfara; o las publicaciones de las revistas Humanidad Nueva (1907-1909), Escuela Moderna ((1910-1911), y Humanidad (1912), como vehículos de comunicación del ideario pedagógico y social, son buena prueba de ello. Si en toda España el republicanismo dio soporte a las escuelas racionalistas, en el territorio valenciano, a lo largo de las primera décadas del siglo XX, se convirtieron en el proyecto común de sectores sociales progresistas. Esta singularidad de la escuela racionalista hizo que se desarrollara como superposición a otras experiencias del laicismo escolar promulgado desde finales del XIX por librepensadores, masones y republicanos. Dos redes escolares que funcionaron de forma independiente pero con muchos planteamientos comunes. Por ejemplo, La Escuela Moderna Valencia fue creada sobre las bases de las escuelas mantenidas por la Primitiva Sociedad de Instrucción Laica. El soporte económico del republicanismo blasquista, fue fundamental para garantizar la continuidad de dichas escuelas, no solo en Valencia sino también en muchas comarcas. En abierta contradicción con sus principios programáticos que no consideraba la tarea educativa como una prioridad, el socialismo fue cambiando progresivamente de actitud y acabó postulando un modelo de escuela basada en el laicismo y el racionalismo, especialmente a partir de la ejecución de Francesc Ferrer y Guardia y la posterior campaña de enfrentamiento con el gobierno. Con la aprobación de las Bases para un programa de instrucción pública en el XI Congreso del PSOE (1918), de clara influencia institucionalista, el socialismo define su proyecto educativo y acaba con la orientación de influencia libertaria. En el País Valenciano, con la progresiva implantación del socialismo en ciudades como València, Xàtiva, Alicante, Alcoi. Elche, Gandia, Cullera, etc., surgieron publicaciones que incidían en temas relativo a la formación del obrero. Pero el soporte socialista al proyecto racionalista, aunque muy limitado, se mantuvo en algunos casos como el de Escuela Nueva de la Unión Obrera del Puerto de València y la Escuela Nueva de Carlet. Finalmente estuvieron (¿están?) las posiciones católicas. En los últimos años del siglo XIX y principios del XX, la formación de nuevas corrientes de pensamiento ajenos al católico, el avance del obrerismo, el tímido pero progresivo desarrollo del estado liberal y laico, significaron para la Iglesia católica española un nuevo marco. Ante esta situación de secularización de la sociedad, el catolicismo buscó entre sus alternativas ir más allá de las simples condenas y estructurar un modelo de respuesta en el campo de las relaciones laborales Junto a mecanismos tradicionales como el púlpito y la catequesis, se hicieron presente nuevos instrumentos como el asociacionismo, la prensa, el sindicalismo, etc. Entre ellos, de forma destacada, la educación que pasó a ocupar un papel fundamental en la formación de diversos grupos sociales: obreros, jóvenes, mujeres, niños y niñas. En general, la Iglesia Católica española no fue muy creativa en este terreno y frente a las nuevas tendencias pedagógicas se limitó en mantener la escuela tradicional; si bien se puso en evidencia diversas tendencias: desde un planteamiento tradicionalista, que incluso cuestionaba la extensión de la educación a las clases populares («¿Qué necesidad hay de que todos los honrados labradores y menestrales sepan leer y escribir ó de que esto lo aprendan en la escuela?» 17); hasta un catolicismo social, partidario de la creación de una red de instituciones educativas católicas como respuesta al aumento de la influencia del Estado en la secularización de la enseñanza. Esta última postura será la defendida mayoritariamente por la jerarquía católica española. En ese sentido, desde el arzobispado valenciano se favoreció la integración de la Iglesia en las iniciativas laborales propiciadas por el jesuita Antonio Vicente, a través de los Circulos de Obreros Católicos, de acuerdo con el modelo de naciones europeas como Alemania, Bélgica o Francia. No obstante, en las primera décadas del siglo XX, las actitudes más conservadoras, avaladas por la jerarquía, protagonizaron grandes movilizaciones en contra del laicismo escolar y a favor de la escuela católica. En Valencia, la jerarquía experimento su pérdida de poder social cuando se produjo la contestación de los republicanos al gobierno Maura (1904) por el nombramiento de Fray Bernardino Nozaleda y Villa, que había sido arzobispo de Manila, para ocupar la sede valenciana y que solo finalizó con su renuncia en 1905. Todo ello encrespo al catolicismo más tradicionalista en su reacción que, dada la peculiaridad socio-política, se orientaron en dos direcciones: por una parte contra el republicanismo blasquista por su implicación en la defensa de la escuela valenciana laica; por otra, contra el Estado liberal, por su propuesta de secularización en este campo. Como botón de muestra, La Carta Pastoral sobre el «problema de la enseñanza» (B.O.A.V,. no 1602, 1 de febrero, 1910) del arzobispo de Valencia Victoriano Guisasola: el laicismo en la enseñanza atacaba «las raíces del árbol social, las fuentes de la vida nacional, la inteligencia y la moralidad de los pueblos»; por el contrario a la educación religiosa, que debería tener un papel predominante en la enseñanza, ser el núcleo central, y la escuela «una continuación de la labor de catequesis de la Iglesia (Reflexiones y consejos que el Arzobispo de Valencia dirige a los maestros de Instrucción primaria de su diócesis, B.O. A.V., no.1673, 16 de enero, 1913 ). En resumen: un análisis detallado y riguroso de un problema complejo y de largo alcance, tomando como base un modelo previamente establecido. La metodología es muy precisa: descripción minuciosa del modelo y de los elementos socioeconómicos y culturales que lo componen; analizar la interrelación de los factores y su comportamiento, distinguiendo aquello que le proporciona su peculiaridad. Una vez más la investigación histórica es deudora del trabajo desarrollado por no pocos profesores de enseñanza secundaria, que instituciones más elevadas no deberían desaprovechar.
Uno de los primeros posicionamientos críticos ante la historia heroica de la medicina, nutrida con el relato de importantes hallazgos científicos y las biografías de los grandes hombres de ciencia, e interesada en legitimar las prácticas médicas y a los profesionales de la salud, devino en historia de las instituciones. Atrapada en los estrechos marcos del internalismo, la «vieja historia» se vio rebasada por ésta que buscó en los factores políticos, económicos, sociales y culturales ajenos al saber médico, pero presentes en su devenir, una explicación que acercara la historia de la medicina a la historia social 1. Una de sus ramas más prolíficas y combativas, construida al calor del 68 y del movimiento antipsiquiátrico, se enfocó en el estudio de los grupos subalternos y se constituyó teóricamente en la llamada escuela de control social. Sus seguidores enfatizaron cómo el discurso de la modernidad, que se pretendía incluyente, había creado instituciones destinadas a la exclusión y a la represión de compor----- tamientos socialmente no aceptados, en aras de una normalización y medicalización de la sociedad conforme a ciertos patrones de moralidad burguesa que se habrían instrumentado a partir de modernas técnicas disciplinarias 2. Instituciones como internados, escuelas, lazaretos, hospitales, cárceles y manicomios, que aislaban para «curar», fueron estudiadas desde la perspectiva de la dominación y calificadas como dispositivos de control social, en ocasiones aplicando mecánicamente modelos que no podían haber alcanzado los mismos resultados en diferentes latitudes y bajo condiciones históricas distintas. Este punto de partida, que en su momento trajo aire fresco a la historia de la medicina más tradicional, fue instaurando una historiografía especulativa que se sostenía sobre fuentes normativas, escasamente centradas en las prácticas, pero con frecuencia utilizadas como si las políticas en ellas imaginadas se hubieran plasmado tal cual en los cuerpos y mentes de sus destinatarios 3. Posteriormente, desde diferentes trincheras, críticos de esta postura hicieron ver que el gran anhelo de modernidad que persiguió a los Estados-nación durante el siglo XIX, no siempre encontró los cauces para el despliegue de la fuerza requerida -instituciones, mecanismos, presupuestos, agentes-, menos aún la aceptación pasiva de los depositarios de los programas. Descubrió también que el Estado no se articuló en un todo coherente y sin fisuras -véase si no la lucha de las élites por el control político-y que ninguna forma de gobierno podía ser entendida en términos de su propio discurso, por lo que se volvía un imperativo estudiar las expresiones que adquiría ese Estado a partir de sus relaciones 4. El análisis de las prácticas llevó a calibrar la efectividad de las estrategias de control, la capacidad de los agentes sociales encargados de echarlas a andar, y los procesos de resistencia, negociación, selección o apropiación de las instituciones y de los marcos normativos por parte de los grupos subalternos para fines totalmente diferentes, y hasta opuestos, a los pensados. Para entender conceptualmente este dinamismo, a términos como control, coerción, ---- 3 HUERTAS, R. ( 2001), Historia de la psiquiatría, ¿por qué?, ¿para qué? Tradiciones historiográficas y nuevas tendencias. Para desatar algunos nudos (y atar otros). En Instituciones y formas de control social en América Latina. Una revisión, Buenos Aires, Universidad Nacional de General Sarmiento, Universidad Nacional de la Pampa, Prometeo Ediciones, pp. 9-22. represión, marginación, cooptación y dominación se sumaron negociación, consentimiento, protesta, pacto, consenso hegemónico, interlocución, recepción o experiencia, por citar algunos. Finalmente, esta visión de las relaciones de poder como procesos interactivos entre las dirigencias y los subordinados, llevó a constatar alcances más modestos de los imaginados5. Otra de las vetas más renovadoras se dio en el campo de la historia de la salud pública. Si en los años sesenta primaban las ideas de que la protección y la promoción de la salud habían sido unas de las más importantes funciones del Estado moderno6, y de que la medicina científica parecía haber eliminado prácticamente la amenaza de las epidemias7; los estudios epidemiológicos de los años ochenta señalaban que el problema de la salud mundial estaba lejos de ser resuelto; cuestionaban la efectividad de la salud pública, al plantear que la significativa reducción de la mortalidad observada en los países del mundo occidental, debía ser explicada por el mejoramiento de las condiciones de vida y de la nutrición, y no por las acciones frente a los problemas colectivos de salud8; y mostraban que en los países donde la reducción de la mortalidad por enfermedades infecto-contagiosas había sido significativa, había una correspondencia en el aumento de la morbilidad por enfermedades crónicas. Preocupada, al igual que la tradición del control social, por la dimensión política, esta historiografía sugirió que la medicina estatal había sido altamente represiva, y que había echado mano de un arsenal de recursos normalizadores constitutivos de la modernidad, para la investigación y el control de los individuos y sus cuerpos9. Estudios posteriores trataron de mostrar que la historia de la salud pública se situaba dentro de la historia social y cultural, y demandaba, por ello, conocer las condiciones de vida de la población, la orientación de las decisiones políticas, la lucha de la profesión médica por obtener su reconocimiento o la dimensión sim-----bólica de la enfermedad, entre otros aspectos; y no podía ser vista como una marcha monolítica ni al progreso ni a la represión totalitaria10. Tomando lo mejor de estas dos tradiciones, el presente dossier reúne un conjunto de trabajos realizados con el objetivo de retomar los lugares de aislamiento como espacios «disciplinarios» en la América Latina de los siglos XIX y XX, y reflexionar sobre la salud corporal y mental en los mismos a partir del estudio de discursos y prácticas. Las coordinadoras hicimos una convocatoria abierta por intermedio de la Red de Historia de la Salud Pública en América Latina y el Caribe (HIS-PALC-L). No pretendimos abarcar a todas las instituciones de encierro: los artículos aquí reunidos se ocupan de cárceles, escuelas, manicomios, centros de readaptación para menores infractores, colonias para enfermos con lepra, sanatorios para enfermos con tuberculosis, y preventorios para los hijos sanos de éstos. En algunas de estas instituciones, el aislamiento era temporal y en otras permanente; en ocasiones se hacía en forma voluntaria, pero era más común que fuese coercitivo. En todas ellas, las funciones terapéuticas y las de control estaban enmarañadas. Han quedado incluidos tres trabajos de Brasil, tres de Argentina, uno de México y otro de Colombia. Somos conscientes de que Argentina y Brasil están sobrerepresentados, y que faltan muchos países de la región; pero creemos que esta selección es, de alguna manera, indicativa de la mayor presencia de especialistas, estudios de postgrado y publicaciones en algunos países. Colaboran en este dossier 11 historiadores, en 8 estudios de casos con diferentes acercamientos historiográficos y filiaciones teóricas. En «Formas de aislamiento físico y simbólico: la lepra, sus espacios de reclusión y el discurso médico-legal en Argentina», Marisa Miranda y Gustavo Vallejo analizan cómo, al amparo del paradigma eugénico, que contó con una gran difusión en ese país, el portador de lepra fue objeto de aislamiento físico (en su domicilio, asilos o colonias), pero también de una forma de aislamiento simbólico mediante el distanciamiento del sistema de derechos. Explican que este discurso médico-legal, que escondía el miedo al contagio, buscó proteger a la sociedad para evitar que su composición racial pudiera ser alterada, y descuidó el tratamiento del enfermo con lepra a quien, con esta mutilación de uno de sus derechos civiles se terminó por estigmatizar aún más. Dan cuenta, también de los debates suscitados por estas políticas. ----En «Médicos e loucos no sul do Brasil: um olhar sobre o Hospício São Pedro de Porto Alegre / RS, seus internos e as práticas de tratamento da loucura (1884-1924)», Yonissa Marmitt Wadi analiza el lento proceso de medicalización ocurrido a lo largo de cuarenta años en el primer hospital psiquiátrico de Rio Grande do Soul y uno de los primeros de Brasil, hasta llegar a concentrar en la figura del médico director las funciones administrativas y médicas. Señala que en todo ese tiempo la figura del loco no dejó de ser construida, y que se buscaba la cura de cada enfermo, si bien había una distancia entre ideal y realidad. El eje rector de la terapéutica en la institución era el trabajo que, además de organizar las rutinas de la vida cotidiana de acuerdo con los principios del tratamiento moral (distraer al loco, evitar la ociosidad), en el manicomio en cuestión sirvió para reforzar los roles de género y obtener ingresos para la institución. A partir de la trayectoria de una interna -una mujer que mató a su propia hija-, la autora reflexiona sobre las prácticas médicas de asistencia al interior del hospicio. En «Os aprendizes marinheiros no Paraná oitocentista», Vera Regina Beltrão Marques y Silvia Pandini Lange analizan el reclutamiento de niños pobres y abandonados, para formarlos como marineros, en el Paraná del siglo XIX. Muestran que con frecuencia los niños eran alistados ilegalmente, cuando eran muy pequeños (hasta de seis años), y sin realización previa de exámenes médicos. Señalan que, destinados a los riesgos de mar, los niños los tenían también en tierra, pues las condiciones sanitarias de sus habitaciones eran inadecuadas, y a causa de la mala alimentación que recibían padecían anemia y beriberi, y estaban expuestos a enfermedades epidémicas. Sostienen que el ritmo, la disciplina y la pedagogía militares eran indispensables a la nueva sociedad de trabajo. En «Un remedio contra la delincuencia: el trabajo infantil en las instituciones de encierro de la Ciudad de México durante la posrevolución», Susana Sosenski estudia el Tribunal para Menores Infractores de la Ciudad de México, creado en 1926. Señala que aunque fue el primero dedicado a los menores en el país, sus instituciones de encierro y corrección asumieron el modelo penal general, con el agravante de que, como al Tribunal no se le consideraba institución punitiva sino educativa, los niños no contaban con defensores de oficio; y, como se suponía que los jueces no dictaban «sentencia» sino «formas de corrección», tampoco se establecía el número de años que los niños permanecerían en el encierro, lo que daba como resultado detenciones indeterminadas. Analiza, la contradicción en que cayeron los gobiernos posrevolucionarios que, por un lado aprobaron leyes protectoras que impedían el trabajo infantil, y por otro encontraron en la incorporación al trabajo, y no en la educación, la principal vía para la regeneración de los niños delincuentes. En «Desplazamiento y aislamiento. Alienados mentales en Medellín 1880-1930», Álvaro León Casas Orrego se ocupa del aislamiento de los enfermos mentales en la época de la institucionalización de la psiquiatría en Colombia. Señala la creación de la Casa de Alienados Mentales de Medellín, en 1873, como inicio del desplazamiento de la locura del poder judicial hacia la autoridad médica. Empleando el término alienación en su sentido más amplio, como extrañamiento de un individuo frente a otros, a la sociedad o al trabajo, sostiene que el desplazamiento afectó a las personas en su salud mental, haciéndolas parecer alienadas mentales, y que su presencia en las calles coincidió con un momento en que la densidad de la población en la ciudad generaba serios problemas de insalubridad, razón por la que el aislamiento de dementes, ordenado en el Código de Policía, fue aplicado especialmente a los forasteros. En «Preventório Rainha Dona Amélia: um sanatório para crianças enfraquecidas», Dilene Raimundo do Nascimento estudia la creación de un sanatorio para hijos sanos de enfermos con tuberculosis, como parte de la campaña contra el padecimiento. Describe el periodo de aislamiento que los niños pasaban cuando llegaban al preventorio, y la rígida disciplina de actividades, labores y castigos, a la que eran luego sometidos. Sostiene que en el preventorio recibían asistencia material, médica y moral, aunque el nivel de vida ahí era bajo, y el espacio deteriorado. Explica, finalmente, que el desarrollo de los quimioterapéuticos, en los años cincuenta, provocó un cambio en la política de control de la enfermedad, y que en la siguiente década, la concepción terapéutica sanatorial fue superada por los quimioterapéuticos y el tratamiento ambulatorio, y se acabó también con la separación de padres e hijos. En «Discursos y prácticas en los sanatorios para tuberculosos en la provincia de Córdoba, 1910-1947», Adrián Carbonetti estudia el aislamiento de los enfermos con tuberculosis, particularmente de los enfermos pobres, en sanatorios especiales, en la primera mitad del siglo XX. Señala que el elemento fundamental para justificar la privación de la libertad y otros derechos de los enfermos fue la posibilidad del contagio, y asegura que la tuberculosis fue entonces excluyente y estigmatizante. Muestra que esta política no cambió hasta mediados del siglo XX, cuando las quimioterapias se generalizaron. En «La profilaxis del viento. Instituciones represivas y sanitarias en la Patagonia argentina, 1880-1940», Ernesto Bohoslavsky y Maria Silvia Di Liscia analizan los servicios de salud existentes en cárceles y escuelas en la zona pampeano-patagónica durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del siglo XX para mostrar que la capacidad de intervención del Estado a través de estos servicios se vio limitada por la falta de presupuesto y de personal especializado, lo que devino en un vacío institucional que debió ser llenado por la Igle-sia y los propios pobladores. Aunque en esta región los miembros de los aparatos policiales, judiciales y sanitarios compartían el mismo discurso normalizador y reformador que sus coetáneos de las tierras centrales, esta disponibilidad ideológica no bastó para ejecutar los programas. Ante la carencia de personal de salud, los maestros recibieron el encargo de detectar algunas enfermedades, prevenirlas y atacarlas, ejemplo de que el discurso no se instrumentó. Los trabajos analizan cómo la identificación de ciertos sujetos con diversos tipos de peligro, permitió legitimar intervenciones coercitivas sobre los mismos, tales como el aislamiento, la separación de padres e hijos, la prohibición del matrimonio y la anulación de otros derechos. La reclusión del loco era justificada por su asociación con el degenerado sexual, el alcohólico y el delincuente social, o con el argumento de que si no era atendido de manera oportuna, la enfermedad mental se haría rápidamente incurable, y habría sobrepoblación en los asilos, que dificultaría la clasificación científica y el tratamiento racional de los enfermos. La de los niños marineros, por su pobreza y supuesta disposición biológica a la delincuencia o al vicio, de la que podría salvarlos el aprendizaje del oficio de mar, y las mejores condiciones de vida. La de menores delincuentes, como medio de sustraerlos del ambiente de «contagio» en el que vivían (Casas, Wadi, Marques y Lange, Sosenski). El aislamiento fue parte de la lucha contra las enfermedades transmisibles, como la tuberculosis y la lepra. A partir de los descubrimientos de la microbiología, el enfermo fue (o volvió a ser) visto como un ser peligroso para los demás, principal argumento para decidir el aislamiento. Su peligrosidad no era sólo física, sino moral: debido a su gran egoísmo -se decía-, los leprosos y tuberculosos eran poseedores de una maldad particular e intentaban transmitir la enfermedad a los suyos y al prójimo. La lucha contra la enfermedad devino en lucha contra los enfermos, y en que éstos fueran confundidos con el padecimiento y estigmatizados. La articulación entre eugenesia y profilaxis de las enfermedades -presente en casi todas partes-favoreció políticas represivas de salud pública, como el que les fuera prohibido el matrimonio, aun en caso de haber sido curados, para proteger el futuro de la raza y evitar su degeneración (Miranda y Vallejo, Carbonetti). Sustentadas en el miedo al contagio, las políticas de exclusión se extendieron a los hijos de estos enfermos. Se formaron colonias o preventorios para niños sanos, en donde éstos eran también discriminados, por su posibilidad de desarrollar la enfermedad. Si las condiciones de aislamiento eran en general duras, en los niños resultaban particularmente dramáticas. Estos criterios se aplicaron igualmente a los considerados enfermos sociales, como los criminales; y hubo preocupación, e incluso se llegó a recluir, a aquéllos de quienes se sospechaba que, por condiciones sociales o por herencia, podrían llegar a delinquir (Nascimento, Carbonetti, Miranda y Vallejo, Bohoslavsky y Di Liscia, Sosenski, Marques y Lange). Aunque había una preocupación por los cuidados físicos, higiénicos y morales, más que como centros de curación, los manicomios funcionaron como depósitos de desposeídos, y los sanatorios o colonias de enfermos, como instrumentos para evitar el contagio de los sanos. La escuela para aprendices de marineros utilizó a los niños como carne de cañón en las guerras, sin haberles proporcionado formación naval o práctica de mar ni mejorado su situación económica. Mientras que las cárceles (para adultos o menores) carecían de talleres y elementos de observación psiquiátrico-criminológica, y prestaban poca atención a la educación. Estas instituciones fueron pensadas como facultativas para los ricos y obligatorias para los pobres; y dentro de ellas hubo subordinación de etnia, de nacionalidad, de género, de generación, de estado civil y de clase (Wadi, Miranda y Vallejo, Sosenski, Carbonetti, Nascimento, Marques y Lange, Bohoslavsky y Di Liscia). Un tema que atraviesa casi todos los artículos es el del trabajo, el cual aparecía en el discurso de las instituciones de aislamiento, como el eje rector de la terapéutica para formar ciudadanos productivos, física y mentalmente sanos, y moralmente regenerados. Los autores parecen coincidir en que el trabajo no logró tales objetivos, pero sí proporcionó recursos pecuniarios a los individuos y las instituciones en las que éstos estaban recluidos, además de que produjo placer y dio cierta dignidad a quienes lo realizaban (Miranda y Vallejo, Wadi, Carbonetti). Esto no sucedía con los niños, para quienes el trabajo era sinónimo de explotación, ya fuera bajo la creencia de que una educación integral debía incluir la enseñanza de conocimientos útiles para la vida, como el aprendizaje de un oficio, o bien bajo el discurso de que con la formación adquirida los niños de los grupos más desfavorecidos mejorarían sus condiciones de vida, lo que evidentemente no ocurrió (Sosenski, Marques y Lange). Algunos de los autores señalan la efectividad de las estrategias de control: una entrevistada recuerda el tiempo pasado cuando era niña en el Preventorio como el mejor periodo de su vida. Algunos niños delincuentes y sus familias se apropiaron del discurso del trabajo como regenerador. Y hubo asilados que hicieron suyas las normas que se les imponían, al grado que optaron por no abandonar la institución -que quizá originalmente les había parecido un infierno-, aun cuando estaban autorizados para hacerlo, y solicitaron ser contratados como empleados en ella. La dificultad para reinsertarse nuevamente en la sociedad, a menudo bajo el estigma de la enfermedad o el delito, y el desarraigo sufrido por la pérdida de los lazos sociales y familiares, pudo favorecer que estas instituciones de internamiento se convirtieran en lugares con nuevas posibilidades de vida para algunos sujetos (Nascimento, Sosenski, Carbonetti, Wadi). Otros artículos muestran que si los poderes político y médico dictaron; los locos, enfermos, delincuentes y niños, negociaron o se resistieron. No fue raro que los niños ingresados por la fuerza en los servicios navales, escaparan, con frecuencia alentados por familiares. Los enfermos mentales también se fugaban o cometían asesinatos. Los sanatorios para enfermos con tuberculosis y las colonias para enfermos con lepra eran instaladas lejos de las ciudades, incluso en islas inaccesibles, para evitar tentaciones para el enfermo, que dificultaban el vínculo con sus familiares y el resto de la sociedad. Además, los pobladores tuvieron sus propios medios para definir o conceptuar a la enfermedad (Marques y Lange, Wadi, Carbonetti, Vallejo y Miranda) 11. Los artículos del dossier muestran similitudes de los países de América Latina entre sí, e incluso de estos países con otros; pero prueban también que hubo matices y diferencias. Si en general, la progresiva secularización de la sociedad fue restando competencia a la Iglesia en su función asistencial y de conciencia, y los centros de aislamiento fueron también lugares de enfrentamiento de los profesionales de la medicina con la Iglesia por el control de los mismos, como sucedió en los hospitales para enfermos mentales en Brasil en el momento de la configuración del discurso psiquiátrico; en la Patagonia, el Estado no intentó apropiarse de potestades de la Iglesia católica o de asociaciones intermedias o étnicas para atender la formación de los niños o las tareas de salud hasta el segundo tercio del siglo XX, y en Medellín, hasta 1937 la administración del hospital para enfermos mentales estuvo en manos de laicos y de religiosas, y el director de la Junta del Manicomio no decidía sobre nombramientos o remociones de las hermanas de la Caridad (Wadi, Bohoslavsky y Di Liscia, Casas). Los autores de los trabajos aquí reunidos utilizan las más variadas fuentes: memorias de gobernadores, reglamentos de las instituciones asilares, infor- mes de directores de las mismas, códigos policiales, opiniones de juristas, datos de composición de los internos, diagnósticos, tratamientos, condiciones para las altas, prensa científica y de divulgación. Se trata, en general, de discursos en que las voces de los enfermos, los niños delincuentes, los locos, los otros, fueron silenciadas o tergiversadas: la negación por parte de un niño de haber cometido un delito se consideraba prueba de su carácter simulador, y la resistencia de una madre enferma a separarse de sus hijos, muestra de la perversión moral del leproso. Otras fuentes empleadas son memorias y autobiografías, y dos de los autores recurren a la historia oral para dar la palabra a mujeres que cuando eran niñas fueron separadas de padres con tuberculosis, así como a sobrevivientes de sanatorios. Agradecemos a Rafael Huertas, director de la revista, la invitación para coordinar este dossier, y a todos los colegas que enviaron sus trabajos, la confianza que nos han tenido. Ellos analizan centros de incomunicación, de exclusión, de reclusión, de separación, de destierro, que si bien aislaron y estigmatizaron, también buscaron, bajo los paradigmas entonces vigentes, la salud del cuerpo y de la mente. Se trata de trabajos originales y nuevas miradas sobre un tema que, esperamos, resultará atractivo para los lectores de Asclepio.
Este autor ha seguido el devenir de la enfermedad desde el Antiguo Egipto hasta el advenimiento de las vacunas a mediados del siglo XX. Véase también: WYATT, H.V. (1993), Poliomyelitis. 2 La polio fue conocida bajo diferentes nombres hasta la década de 1870 -«discapacidad de las extremidades inferiores» o «parálisis esencial de los niños», entre otros-, en que empezó a ser designada «poliomielitis aguda anterior». Entre las denominaciones anteriores se encontraba, hasta este último período cuando un cambio en su forma de comportamiento determinó su instalación en las sociedades occidentales como una de las enfermedades más preocupantes. La aparición en esos instantes de epidemias en el norte de Europa y en los Estados Unidos hizo que dejara de ser considerada como un trastorno endémico o esporádico y pasara a ser percibida como un problema sanitario relevante. No obstante, ese cambio en el modo de ser contemplada no se debió sólo al incremento en el número de casos o a la mortalidad que era capaz de provocar. De hecho, la mayor parte de las infecciones de los tres tipos de virus que la causan son, en alrededor del 95% de los casos, asintomáticas o inaparentes para el paciente. Es más, en dos de las formas en que hay expresión clínica claramente manifiesta -la «poliomielitis abortiva» y la «poliomielitis no paralítica»-la enfermedad se resuelve habitualmente sin dejar secuelas. La primera, que se presenta en el 4% al 8% de los casos de infección, se caracteriza por un cuadro clínico bastante inespecífico -fiebre, malestar, dolor de cabeza, pérdida del apetito, vómitos y dolor abdominal-, que suele durar unos tres días. La segunda, que aparece en alrededor del 1% de los pacientes infectados, es más grave y se distingue principalmente por un cuadro clínico de meningitis 3. La tercera, y la menos común (aproximadamente un 0,1% de los casos de infección) de las formas de presentación clínica de la polio -el llamado «síndrome de poliomielitis paralítica»-, muestra unos rasgos mucho más inquietantes. Tras una serie de manifestaciones similares a una poliomielitis abortiva, aparecen signos de irritación meníngea y de afectación neuronal debido a lesiones que se distribuyen especialmente por toda la sustancia gris del asta anterior de la médula espinal y los núcleos motores de la protuberancia y la médula. Estas alteraciones provocan la presencia sucesiva de dolor, paresia y parálisis de diferentes músculos, siendo los de las piernas los más comúnmente afectados. Dependiendo de la zona nerviosa lesionada, la apari----asimismo, la de «enfermedad de Heine-Medin», en honor a dos de sus más tempranos estudiosos, y la de «parálisis infantil», debido a que afectaba especialmente a los niños. Dado que se empezó a poner de manifiesto que la enfermedad también dejaba sentir sus efectos en niños de mayor edad, en jóvenes e incluso en adultos, el nombre de poliomielitis -«inflamación de la médula gris»-fue el elegido y frecuentemente se acorta en el término «polio», WYATT (1993), p. En MANDELL, G.L., BENNETT, J.E., DOLIN, R. (eds.), Enfermedades infecciosas. Principios y práctica, Buenos Aires-Madrid, Editorial Médica Panamericana, pp. 2305-2315, p. 1140. ción de complicaciones, la más importante de las cuales es la parálisis de los músculos respiratorios, puede comprometer el futuro del paciente. La mortalidad total producida por la poliomielitis paralítica en los momentos en que no se disponía de recursos tecnológicos avanzados para la respiración asistida, como fue el caso del pulmón de acero, era del 5% al 10%4. Una cifra que, comparada con el número de los casos totales de infección por el virus de la polio, no puede considerarse demasiado elevada. Por ello, el temor y la ansiedad que provoca siempre la amenaza de las epidemias, y la necesidad de buscar explicación o estrategias de prevención y tratamiento para la enfermedad que las protagoniza, no se debieron tanto, en el caso de la poliomielitis, a las tasas de mortalidad que la enfermedad era capaz de producir. Si causó una honda preocupación en las sociedades que se vieron sacudidas por sus efectos fue muy especialmente a consecuencia del potencial que posee la polio para producir discapacidad permanente en quienes la padecen. En efecto, dos tercios de los afectados por poliomielitis paralítica no podían recuperar, a pesar de someterse a rehabilitación o a intervenciones quirúrgicas, una función adecuada en los músculos afectados. Además, el hecho de que este proceso morboso se hallara lejos de respetar a niños y jóvenes contribuyó poco a reducir la inquietud de las sociedades afectadas, conmovidas como estaban ante la presencia de una cifra relevante de personas caminando con la ayuda de muletas o de aparatos ortopédicos y sintiendo la amenaza y la preocupación ante la posibilidad de que el número de ellas continuara incrementándose. La introducción de vacunas efectivas desde mediados de la década de 1950 -la VPI Salk (1955) y la VPO Sabin (1961-3)-permitió la reducción inmediata y significativa de la poliomielitis en los países desarrollados5. No obstante, la enfermedad continuaba afectando a los países en vías de desarrollo y subdesarrollados. Diversas actuaciones internacionales sirvieron para hacer declinar la incidencia de la polio en estos países, aunque las regiones del sur del Sahara y del sur de Asia siguen siendo azotadas por tasas elevadas de la enfermedad endémica. Las dificultades derivadas del propio manejo de las vacunas, las guerras que asolan estos países, la escasa ayuda política y una dotación inadecuada de fondos se muestran como problemas que dificultan el control y la erradicación de la poliomielitis6. ----Un último aspecto relacionado con la clínica de la poliomielitis se ha sumado a los problemas que esta enfermedad lleva aparejados. La polio se empezó a mostrar con un nuevo rostro en un 20% al 30% de personas que ya la habían padecido y que, después de una lucha personal por adaptarse a las secuelas de la forma paralítica, veían cómo experimentaban un nuevo comienzo de debilidad muscular, dolor, atrofia y fatiga muchos años después. Esto hace que, cuando aparece este cuadro -el llamado «síndrome postpoliomielitis»-los pacientes hayan de enfrentarse al impacto emocional de tener que acometer una nueva discapacidad7. La poliomielitis, como cualquier enfermedad, se muestra así ante nuestra mirada como un objeto poliédrico, como un fenómeno polifacético. Sus distintas superficies, carentes además de regularidad, advierten de que nos hallamos ante un ente complejo. Mucho más, si tenemos en cuenta que sus múltiples caras se unen en aristas que operan como puntos de intersección entre ellas. Este proceso morboso ofrece de este modo un desafío de envergadura considerable para quien se plantea su estudio en perspectiva histórica, pero también convierte esta tarea en una empresa de gran interés y sumamente enriquecedora. La polio, en efecto, se ha comportado como una enfermedad esporádica, endémica y epidémica. Puede ser vista también como un trastorno agudo o como una alteración crónica y productora de discapacidad permanente. Su presencia suscita la necesidad de generar respuestas científicas sobre su etiología, su patogenia, epidemiología, prevención y tratamiento. Genera, asimismo, estímulos para establecer formas de comportamiento frente a quienes la padecen y sobre los tipos de respuesta asistencial que hay que dar a quienes la sufren. Plantea también respuestas emocionales de carácter individual y colectivo que reflejan los valores prevalentes dentro de un grupo humano. Y, por fin, puede ser entendida como un tipo de especie morbosa que, de acuerdo con una denominación y un concepto de reciente incorporación, se comportó en las sociedades occidentales de la primera mitad del siglo XX con los rasgos de una enfermedad «emergente» 8. ----De este modo, la poliomielitis reúne un buen número de elementos que hacen de ella un caso idóneo con vistas a tomarlo como referente a la hora de abordar el estudio de la enfermedad desde una perspectiva histórica. La polio, por esa estructura polifacética que le caracteriza, pero también, por la intensidad con que se nos muestran la mayor parte de sus caras, puede ser tomada, en efecto, como una suerte de modelo de representación a escala de lo que supone la enfermedad. A través de él, podemos analizar y generar hipótesis sobre la naturaleza y comportamiento de la enfermedad más allá de sus aspectos estrictamente biológicos; esto es, sobre su capacidad para convertirse en un poderoso factor en la configuración de la sociedad, y sobre su susceptibilidad para ser moldeada por las características sociales y culturales del grupo humano en cuyo seno actúa. El modelo sobre la enfermedad que proporciona la polio se muestra, en efecto, como un medio relevante para que el historiador pueda investigar en su peculiar laboratorio un buen número de los procesos de reconocimiento y racionalización que acompañan ese complejo ente que es la enfermedad. Tomar a la polio como objeto de estudio nos puede permitir ahondar en la comprensión del modo en que se establece la conexión entre, por un lado, la entidad morbosa en cuanto suceso de carácter biológico, y por otro, su percepción por los médicos, los pacientes y la colectividad en general. Un vínculo que conduce a que la enfermedad adquiera una determinada forma y a que la asistencia médica que se pone en marcha frente a ella se estructure de un modo ---nos o tóxicos, y agruparían, asimismo, a otros procesos morbosos, como el síndrome de fatiga crónica, ampliamente padecidos, aunque escasamente entendidos. Pero la «emergencia» de una enfermedad, desde el sufrimiento de pacientes individuales hasta que llega a ser reconocida como un problema de salud, requiere programas de investigación, control, y prevención. Este tipo de enfermedades son así simultáneamente un fenómeno epidemiológico y un proceso social en el que están involucrados varios actores: los representantes de las comunidades de afectados, que abogan por el reconocimiento del problema de salud; los representantes de las instituciones de salud pública e investigación médica, que están obligados a establecer con las herramientas epidemiológicas y de las ciencias biomédicas la legitimidad de las peticiones acerca del reconocimiento de un nuevo problema de salud; los medios de comunicación; los médicos; los ciudadanos; las autoridades políticas; y los miembros del sistema judicial. Entre estos actores, los más destacados serían los dos primeros. La interacción entre los afectados y las instituciones de salud pública y medicina representaría el punto crucial de una negociación que se ve influida por múltiples variables, entre las que destacan: las características epidemiológicas del problema, la clase social de quienes la padecen, los intereses de los medios de comunicación y la inclinación política de quienes forman la comunidad de afectados. Nos puede ayudar así a aclarar buena parte de los problemas que rodean ese proceso que va desde la toma de conciencia de que se está produciendo una enfermedad, hasta el momento en que se establece el acuerdo colectivo de su importancia y de la necesidad de intervención pública en su control; un proceso que pasa por etapas como pueden ser: la de identificar y nombrar a la entidad morbosa específica, la de explicar cómo se llega a padecer la enfermedad, y la de establecer el grado de influencia que puede tener su presencia para la vida de un individuo afectado por ella y para el conjunto de la sociedad en que está haciendo sentir sus efectos. Todo ello implica la puesta en marcha y el desarrollo de negociaciones en las que, además de la propia enfermedad, con sus propias características biológicas y clínicas, intervienen un buen número de actores. Médicos, colectivos de personas afectadas, políticos, ciudadanos, juristas y medios de comunicación son, desde luego, protagonistas también destacados de los debates que se suceden a lo largo de ese conjunto de etapas. Utilizar el modelo de la polio, un tipo de enfermedad en que buena parte de los ingredientes de ese proceso se nos presentan con enorme vigor, se muestra, y espero que los trabajos contenidos en este dossier sirvan como prueba de ello, como una vía oportuna para ayudarnos a obtener una especie de mapa de ese territorio de complicada topografía que es la enfermedad. Cuando menos, nos debe servir para conseguir un conjunto de ellos, un atlas que contuviera una representación cartográfica de algunas de sus principales facetas y que pudiéramos utilizar para, entre otras cosas: conocer sus relieves; guiarnos a la hora de movernos sobre sus múltiples caminos, veredas y recovecos; explicar mejor lo que nos podemos ir encontrando en esos desplazamientos; conocer sus características y sus límites; y también, por último, para predecir incluso lo que nos encontraremos en determinadas regiones y permitirnos avanzar mejor pertrechados por ellas. Para llevar a cabo esa labor de cartografiado de la enfermedad mediante el modelo de la polio, el historiador dispone de esas diferentes formas de análisis que son características de algunas de las perspectivas historiográficas que se han venido aplicando a la hora de llevar a cabo el estudio, tanto de la forma en que los procesos morbosos han afectado a los seres humanos, como de los problemas que han de resolver éstos para tratar de reducir el impacto que la enfermedad produce sobre ellos. Al considerar, a finales de la década de los 80 y comienzos de los 90, cuáles eran esas perspectivas, Charles E. Rosenberg indicaba que el interés creciente en la historia de la enfermedad se reflejaba en la incorporación de varias tendencias «independientes y no siempre consistentes» 9. Al ----lado de la historia social, cuyos cultivadores se interesarían especialmente por las experiencias de los hombres y mujeres corrientes en relación con situaciones como el embarazo, la infancia y las enfermedades epidémicas, el autor norteamericano señalaba también otros focos de interés que suscitaría la enfermedad y que eran objeto de aproximaciones historiográficas distintas. Uno de ellos era la preocupación sobre la explicación de los cambios demográficos, sobre todo los de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Rosenberg señalaba también, como otra vía de abordaje presente en los estudios sobre la enfermedad, a la determinada por la preocupación sobre los mecanismos subyacentes a los cambios en la mortalidad y la morbilidad, que habría atraído hacia la demografía a un número relevante de historiadores y a un creciente número de demógrafos hacia la historia. Por fin, considerándola como la perspectiva más influyente, llamaba la atención sobre un cuarto foco de interés, consecuencia de la creciente preocupación por conocer el modo en que las definiciones de enfermedad y las hipótesis etiológicas pueden servir como herramientas de control social, como etiquetas de desviación y como fundamento para la legitimación de relaciones basadas en el status. Esta última tendencia estaría asociada a un énfasis sobre la construcción social de la enfermedad, y representaría un aspecto de un interés académico más general en el análisis de las relaciones entre conocimiento, las profesiones y el poder social que, en algunos trabajos, se habría expresado en una visión de los médicos como articuladores y agentes de una empresa hegemónica más amplia y de la «medicalización» de la sociedad como un aspecto de un sistema ideológico de control y legitimación 10. En las dos últimas décadas el abordaje del estudio de la enfermedad en perspectiva histórica se ha enriquecido con nuevas y muy estimulantes tendencias que también son susceptibles de aplicación en el modelo de la polio. Desde luego, el desarrollo de los estudios de «género» ha mostrado el potencial de esta categoría analítica para el desarrollo de la historiografía médica 11. Ese mismo ha sido el caso de la historia del cuerpo, que ha proporcionado valiosa información acerca del modo en que los signos corporales se han utilizado para justificar la exclusión o para expresar y dar credibilidad a las dife----and History. 11 Sobre la utilidad de la categoría «género» para la historiografía médica puede verse, además del trabajo programático de SCOTT, J.W. (1986), Gender: A Useful Category of Historical Analiysis, American Journal Review, 91, pp. 1053-75; la monografía de ORTIZ, T. ( 2006), Medicina, historia y género. 130 años de investigación feminista, Oviedo, KRK. rencias sociales, religiosas o étnicas 12, y que ha servido para estimular, asimismo, la aparición de la «discapacidad» como otra categoría cuya aplicación puede ser muy relevante para el análisis en perspectiva histórica de los problemas que rodean la enfermedad 13. El modelo de la polio también parece susceptible de ser utilizado en el marco de de lo que Stanton ha designado como «nueva escuela» de historia de la tecnología médica, que trata a ésta como otro elemento dentro de la historia de la medicina social, política y económica, para relacionarlo con la profesionalización, los cambios en la noción de la enfermedad y la organización de la asistencia 14. En ese sentido, el pulmón artificial, las vacunas o los artefactos diseñados y/o empleados por los ortopedas, que poseen una enorme relevancia dentro de las prácticas relacionadas con la poliomielitis y que desempeñan un papel importante en la simbología asociada a ella, pueden ser tomados como referentes para analizar, no sólo la forma en que se procedía a ----12 Sobre la influencia en el desarrollo de este ámbito de trabajo de textos como GOFF-MAN, E. ( 1963 13 Acerca de la manera en que el campo de los Disability Studies ha hecho de la «discapacidad» una categoría de análisis historiográfico y ha contribuido a desarrollar lo que se ha dado en llamar la «nueva historia de la discapacidad», véase: LONGMORE, P.K., UMANSKY, L. 14 STANTON, J. (1999), Making sense of Technologies in Medicine, Social History of Medicine, 12, pp. 437-448, p. Esa era la tarea por la que abogaba, en su revisión de este campo de estudio, MARKS, H.M. (1993), Medical Technologies: Social Contexts and Consequences. 1593), llamaba la atención sobre cómo la historia de la tecnología debía explorar las implicaciones sociales de las historias de los aparatos y de las técnicas que permiten desarrollar la actividad diagnóstica, preventiva y terapéutica en Medicina, lo que ayudaría a obtener información necesaria para el análisis de cómo se usan, se distribuyen y se controlan esas tecnologías. su distribución entre las personas afectadas y los factores que incidían en ello, sino también, para estudiar la manera en que contribuían a configurar la identidad social de las personas a quienes se aplicaban15. Otra corriente de aproximación al estudio en perspectiva histórica de la enfermedad que ha adquirido enorme relevancia en las últimas décadas, y que puede ser aplicada, asimismo, al estudio de la polio, es la representada por aquellos autores que se han interesado por explorar las experiencias de los pacientes. Aunque desde finales de la década de los sesenta se había venido planteando la necesidad de abandonar una historia de la Medicina centrada exclusivamente en los escritos médicos y se reclamaba incorporar al paciente a la hora de intentar recomponer el pasado de la Medicina 16, a comienzos de última década del pasado siglo todavía se seguía señalando que necesitábamos «conocer más sobre la experiencia individual de la enfermedad» en un determinado tiempo y lugar 17. El desarrollo de una historiografía médica «centrada en el paciente» recibió un empuje significativo con el trabajo programático de Roy Porter 18. La adopción de esta perspectiva y, más concreta-----mente, la consideración de la experiencia de los enfermos como un valor para abordar el estudio de los problemas de salud y enfermedad, cobró también auge por la obra de Arthur Kleinman. En The Illness Narratives (1988), este autor señalaba la diferencia entre la experiencia del paciente acerca de su dolencia (illness) y la forma en que la enfermedad (disease) es entendida por la Medicina, e indicaba cómo la narración de la enfermedad, la historia que el paciente refiere para dar coherencia a los distintos sucesos y al curso a largo plazo del sufrimiento, de la discapacidad o de la amenaza de muerte, poseen una enorme utilidad para informarnos acerca de cómo los problemas vitales son creados y controlados, y para saber cómo adquieren significado. Esas narrativas de enfermedad nos ayudan también a conocer la manera en que los valores y relaciones sociales contribuyen a dar forma a nuestro modo de percibir y seguir la marcha de nuestro cuerpo, de etiquetar y categorizar nuestros síntomas corporales, o de interpretar los síntomas en el contexto particular de nuestra situación vital19. De este modo, diarios, libros de memorias, entrevis-tas..., todo aquello, en suma, que pudiera contener esas valiosas narrativas de enfermedad recibía un impulso considerable para su incorporación al trabajo de los historiadores de la Medicina. Para facilitar la ejecución de la tarea de abordar el estudio de los problemas que plantea la presencia de la enfermedad desde una óptica en la que, no sólo no se conceda una posición privilegiada a lo que los médicos han señalado al respecto, sino que también establezca como una de sus metas conocer la opinión de los pacientes acerca de sus vivencias ante el proceso morboso, se ha postulado últimamente la utilidad de recurrir a lo que se ha denominado como «el giro retórico en los estudios sobre la ciencia» 20. Según ha puesto de ---perspectiva, sugería superar esta historia de la Medicina centrada en los médicos y desarrollar una historia «desde abajo»; esto es, centrada en el paciente. Para desplegar esa tarea, el historiador contaría con un tipo de fuentes escasamente explotadas hasta entonces. A los diarios, cartas. recetas, autobiografías, poemas..., capaces de ofrecer información individual sobre el dolor, la automedicación, la autoexploración, sus regímenes de vida o su resignación, Porter (p. 183) sumaba distintas fuentes -proverbios, refranes, supersticiones, elementos variados del folklore, presagios, remedios naturales, exvotos...-que permitirían adentrarnos en la experiencia colectiva frente al sufrimiento que provoca la enfermedad. manifiesto David Harley, lo que dicen médicos y pacientes sobre la enfermedad difiere no sólo porque las teorías que manejan acerca de lo que está ocurriendo son distintas, sino porque el punto de partida epistemológico del paciente es inevitablemente distinto al estar experimentando una sensación de malestar. En ese sentido, el compromiso retórico, basado en la confianza en el médico y en el sistema que lo sustenta, se hallaría en el corazón del proceso de curación. Para que éste sea exitoso, el relato del médico acerca de lo que le ocurre al paciente debe ser conectado con lo que éste refiere al respecto mediante un proceso de ajuste y negociación, más que por la subordinación del segundo frente al primero. La eficacia de las intervenciones médicas subyace de este modo sobre los significados, las narraciones y la capacidad de persuadir. El análisis retórico, el examen de los términos, conceptos y modos de expresión que se han utilizado en el encuentro clínico, supondría así la posibilidad de establecer puentes «entre la historia intelectual y la visión desde abajo hacia arriba preferida por los historiadores sociales» 21. Buena parte de estas perspectivas analíticas, utilizadas a veces de forma simultánea, han sido ya aplicadas a los trabajos que, en los últimos años, han enriquecido de forma significativa la historiografía sobre la poliomielitis 22. ---- Algunos de sus autores lo son también de contribuciones que forman parte del dossier al que este texto sirve de presentación. En efecto, respondiendo a una invitación de los responsables de la revista Asclepio, que se interesaron por los resultados que se iban obteniendo en el desarrollo del proyecto de investigación coordinado con el que nos hallamos comprometidos varios grupos de investigadores 23, se planteó la conveniencia de invitar a participar en el dossier a otros historiadores que proporcionaran con sus aportaciones una visión más completa del problema para ofrecer de esta forma la posibilidad de una lectura comparada del modo en que la poliomielitis se comportó en las sociedades occidentales del pasado siglo. Se ha podido agrupar así un conjunto de siete ensayos que, tomando como referente el modelo de la polio, intentan escudriñar a través de él diferentes cuestiones relacionadas con las experiencias colectivas e individuales que suscita la presencia de la enfermedad en la sociedad. En el primero de ellos, Per Axelsson se interesa por la forma en que se establecen las medidas de control de la enfermedad en los momentos en que sus mecanismos etiológicos y patogénicos no están firmemente determinados. Apoyándose en datos epidemiológicos que ponen de relieve la transformación en Suecia de la polio desde una forma de comportamiento endémico a otra de tipo epidémico, estudia cómo las diferentes vías de entrada del virus en el organismo postuladas en Estados Unidos y Suecia sirvieron para articular las respuestas de carácter higiénico generadas en el país nórdico. Axelsson discute también la forma en la que las medidas encaminadas al aislamiento de las personas afectadas o sospechosas de haber estado en contacto con el virus fueron consideradas en ese contexto. El modo en que se plantearon los estudios sobre la etiología de la enfermedad en España son abordados por Ma José Báguena tomando como referencia los trabajos desarrollados en Valencia. Tras una etapa inicial en la que los estudios fueron escasos, la presencia de una figura destacada en el campo de la Microbiología permitió impulsar, a partir de 1959, la investigación encaminada al diagnóstico eficaz de la presencia del germen en los enfermos. Báguena explora asimismo cómo se analizaron en Valencia los resultados del uso de las vacunas de Salk y de Sabin y se valoró la conveniencia de emplear cada una de ellas en las campañas preventivas. El interés por conocer la manera en que los trabajos de investigación se expresan en las decisiones relativas a las políticas de salud destinadas a con----- trolar sus efectos indeseables, está presente igualmente en el trabajo de Rosa Ballester y Ma Isabel Porras. En él, las encuestas de seroprevalencia sobre la polio son tratadas como una forma de tecnología médica que ha de ser estudiada en el marco de un determinado contexto. En el caso que analizan, el de la España franquista, las autoras, tras destacar el papel que la lucha contra la enfermedad tuvo dentro del trabajo propagandístico del Gobierno, ponen de relieve la forma en que las encuestas operaron como un elemento relevante a la hora de tomar decisiones sobre el modo de realizar las campañas de vacunación y estimularon el desarrollo de los laboratorios de virología dentro de nuestras fronteras. El rumbo que fue adoptado en esas campañas constituye el objetivo del trabajo de Juan Antonio Rodríguez Sánchez y Jesús Seco Calvo. En enero de 1963, una orden del Ministerio de Gobernación establecía una serie de pautas para proceder a la vacunación antipoliomielítica. Los contenidos ambiguos de la orden iban a contribuir a que la disputa más o menos larvada que se estaba produciendo entre los dos núcleos más relevantes del poder sanitario de la época -la Dirección General de Sanidad y el Seguro Obligatorio de Enfermedad-se expresara con mayor intensidad. Recurriendo a fuentes orales, archivísticas e impresas, los autores realizan una interesante tarea de contextualización de las campañas, relacionándolas con las políticas sociales y sanitarias de la España del momento y poniendo de manifiesto las retóricas con que se justificaban. A través de su ensayo, se nos desvelan buena parte de los entresijos del proceso por el que la aplicación de las medidas diseñadas para prevenir la enfermedad pueden representar también piezas significativas dentro del juego encaminado a alcanzar, aun a costa de mantener a los receptores de esas actuaciones en el desconocimiento de algunos de sus aspectos más relevantes, una posición dominante en el ámbito de la Medicina Preventiva de un Estado. El análisis del modo en que la presencia de un determinado proceso morboso, capaz de generar elevadas muestras de inquietud entre un grupo humano, es aprovechado por parte de ciertos colectivos profesionales para reafirmar su papel como expertos en determinados ámbitos del manejo de los problemas de salud constituye también uno de los objetivos de mi propia aportación a este dossier. En ella, intento poner de relieve cómo la poliomielitis sirvió para que los incipientes cultivadores en España de la Traumatología y Ortopedia encontraran una buena razón para justificar sus pretensiones de que su quehacer fuera reconocido como una especialidad. En sus manos, los niños afectados por las secuelas de la enfermedad se convirtieron, no sólo en un buen laboratorio en el que llevar a la práctica sus técnicas y comprobar su grado de validez, sino también, en un vistoso escaparate en el que mostrar ante la sociedad sus habilidades para tratar de devolver a la «normalidad» los cuerpos de las personas portadoras de deformidades y alteraciones funcionales. En ese sentido, el trabajo intenta poner de relieve el modo en que todo ello contribuyó a alterar la identidad social de las personas afectadas por la polio y a consolidar en nuestro país un modelo «médico» de discapacidad. Las resistencias por parte de los afectados por la enfermedad a las prácticas que los expertos plantean como solución a sus problemas son exploradas por Naomi Rogers en su interesante ensayo. La autora norteamericana explora en él cómo quienes se vieron aquejados por las secuelas de poliomielitis en Estados Unidos pusieron en marcha, durante las décadas de 1920 y 30, una campaña que les convirtió en individuos activos y disidentes con respecto al discurso hegemónico sobre esa enfermedad y sobre la discapacidad. Conscientes de la necesidad de construir una nueva imagen de las personas «discapacitadas», este colectivo abogó por utilizar el célebre centro de tratamiento de la polio de Warm Spring como un «arma cultural» para reconstruir las imágenes populares de estas personas. Tomando como referencia sus propias experiencias, este grupo de activistas habría criticado la asistencia médica que se les dispensaba y las actitudes del personal -médicos, enfermeras y fisioterapeutas-que les atendía. El estudio del modo en que afectó a las personas que mostraban secuelas tras padecer una poliomielitis la tarea de alcanzar uno de los objetivos principales de las prácticas rehabilitadoras que esos expertos se planteaban a la hora de «recuperarlas» para la sociedad, el de que pudieran volver a andar por sí mismas, constituye el eje fundamental del trabajo de Daniel J. Wilson. En él, y tras poner de relieve cómo la carga simbólica que la consecución de esa meta llevaba aparejada era compartida por los terapeutas y los pacientes, el autor explora, a través del testimonio de estos últimos, los esfuerzos que suponía alcanzarla y lo que representaba para ellos fracasar en ese empeño. De este modo, el autor nos introduce en las vivencias individuales de aquellos que, no sólo tienen que enfrentarse con las consecuencias de la enfermedad, sino con los elementos que componen el estereotipo cultural de la misma y, muy especialmente, aquellos de carácter estigmatizador. Los trabajos reunidos en este dossier constituyen así los resultados obtenidos por una serie de historiadores ocupados en la tarea de escudriñar, a través del modelo que proporciona la polio, algunos de los aspectos de las experiencias humanas, colectivas e individuales, que determina la presencia de ese fenómeno complejo que es la enfermedad. Cabe esperar que su lectura ayude a quien la realiza a situarse en una posición más favorable a la hora de intentar entenderlo mejor, o de cuestionarse determinados planteamientos que pu-diera tener acerca de lo que representa y supone para quienes lo sufren. Sólo resta, para finalizar, agradecer a los responsables de Asclepio que nos hayan concedido la oportunidad de presentar nuestras aportaciones y de someterlas así a la crítica de quienes se aproximen a sus contenidos.
El artículo revisa los usos tradicionales de la biografía, y los inscribe en el contexto de las corrientes historiográficas de actualidad. Explora sus posibilidades y apuesta por una interpretación en la que su reciente éxito gira en torno al rescate fundamental del concepto de «experiencia». Procedente de horizontes e inspiraciones diversos, la biografía halla su origen ya en la antigüedad en el subgénero de la vida ejemplar, con un núcleo de intereses y de motivaciones fuertemente político, incluso partidista, y a la busca de unos rasgos constantes dignos de emulación. Al margen de ello, resulta difícil fijar con precisión cuál sea el arranque del interés extenso por conocer las vidas -aquí en plural, por su enigmática diversidad-de pintores y escritores, los primeros objeto de curiosidad desde el Renacimiento, y cuyas peripecias exasperan el riesgo y la aventura; los segundos, más cerca en cambio de las inquietudes que despierta el Romanticismo y su arriesgada apuesta por traer al primer plano la subjetividad. Más recientemente, en disciplinas o historias sectoriales que desde el positivismo sistematizamos como historia de la filosofía e historia de la ciencia, las biografías hallaron siempre espacio reservado. Las dos materias -ciencia y filosofía-gustan de sostener, desde el principio, una fuerte tradición explicativa que se anudó narrando, una tras otra, las vidas de quienes las irían creando, entre trayectorias intelectuales y experiencias biográficas. De cualquier modo, si bien se mira, ésta resulta ser una estrategia discursiva tampoco desprovista de carga moral y proyección educativa, por más que en cada uno de los ámbitos disciplinares obedezca a circunstancias asimétricas. Disociar la trayectoria biográfica del filósofo de su sistema propio, de sus ideas y su pensamiento, si no prácticamente imposible, sí por lo menos resulta más difícil que disociar el descubrimiento científico de su descubridor, de su visión del mundo y de las vivencias y emociones que los científicos experimentasen. Por eso precisamente es a la historia de la ciencia (y en consecuencia al modo de guiar su conducta los científicos) a la que, tentativamente convertida en una especie de tradición humanista, se inviste en las sociedades contemporáneas de mayor valor formativo, de un uso directamente instrumental y ejemplar 2. VIDAS EJEMPLARES «Parvis componere magna» (Virgilio: Bucólicas) Desde este ángulo sociocultural, la biografía es un género por definición edificante y moralizador, al servicio de una estrategia de socialización desti-----2 CARR, H.W. (1929), Leibniz, Boston, Little Brown, p. Y a la par, desde el punto de vista de la proyección individual, resultaría ser un importante instrumento en la creación cultural del «yo», un hito decisivo en la aparición del sujeto moderno en Occidente, así como una fuente constante de su multiplicación 3. Sea como fuere, tanto filósofos como científicos de todo tipo han merecido páginas abundantes que muestran a la posteridad sus vidas y experiencias, tratándose no sólo de fijarlas en el recuerdo, sino también de convertirlas en fuente unas veces de mímesis y otras de creación e innovación. Sobre todo en el caso de los hombres de ciencia -recientemente también de las mujeres científicas, o especialmente dadas al cultivo del conocimiento y la educación 4 -, sobre la trama de aquellas mismas vidas se construyen modelos, patrones que se ofrecen a los lectores como guías a seguir. De manera evidente en los medios culturales de origen o influencia protestante, tal género de biografías llevaría implícito un sistema completo de valores formativos (no es el menor aquel de la perseverancia), un catálogo de virtudes que define e informa la ambición del carácter, su forja controlada desde la infancia y hacia la juventud. La educación del niño, y más aún del joven, contiene en la panoplia de vidas ejemplares, con rasgos bien definidos, el afán del esfuerzo personal y su casi segura recompensa con merecidos logros y el reconocimiento general. Pero también acaso podrá leerse allí, en esos textos de final feliz, introducida al modo de un juego decisivo, la presencia de cuanto acaece en nuestras vidas inesperadamente, la trascendente irrupción del azar. Una presencia, ésta del azar, que se hará positiva, tan solo si al lector se le brinda como premio al esfuerzo. El hallazgo científico casual, cuando menos se espera o buscando otra cosa («serendipia»), viene a ser ciertamente una inyección de aliento para orientar la acción en lo indeterminado, una especie de taller de experiencias contra el desánimo o un horizonte útil de expectativas contra el corsé opresivo de la fatalidad. En uno y otro caso -hoy lo mismo que ayer-, la historia de esas vidas que adorna un relato e inculca una moral sigue siendo inmensamente popular, sobre todo si -como nos ----recuerda Barraclough-«esta moral es la que la mayoría de la sociedad desea escuchar» 5. Pero lo cierto es que, incluso allí donde las biografías habían prosperado usualmente, donde constituían una grata costumbre editorial, se vieron relegadas y oscurecidas hace unas cuantas décadas (cuarenta o cincuenta años), frente a otros modos de escribir la historia. Eran los tiempos -no demasiado largos, pero sí de un fulminante impacto y rápida expansión-en que predominara la tentación holística, cuando imperó la inspiración estructural y/o cuantitativa, de cuyo ocaso reciente se ha escrito mucho ya 6. Desde el último tercio del siglo XX, prosperando hasta hoy, es perceptible en cambio un nuevo avance del interés por lo biográfico 7, sin que exista excepción a esta tendencia en medios historiográficos antes poco ligados al historicismo, como es el nuestro propio. (Inscrito a su vez en un sucedáneo de tradiciones de escuela que, con frecuencia, han sido reconocidas como muy poco dadas al cultivo del género, aunque este tópico pueda ser -¡y cómo no!-tan discutible como la mayoría). En cualquier caso, parece perfilarse también aquí, en nuestro medio propio, junto a la expansión de la categoría de identidad que portan las biografías llamadas «colectivas» (también llamada prosopografía), el empleo afanoso, más o menos logrado, de la biografía individual. También trufado de inspiraciones nuevas, como los feminismos, en cuyo núcleo se organiza disperso un rosario de biografías de mujeres, diversas entre sí 8. Considerada como un subgénero popular en su conjunto, la biografía resulta un tipo de relato histórico con frecuencia apreciado por los lectores de historia no profesionales, atraídos por sus «relatos» y secuencias, por las peripecias vitales que los arman y nutren. En general, es ciertamente del agrado ----5 BARRACLOUGH, G. (1979), Historia. En corrientes de la investigación en Ciencias sociales, vol. 2, Madrid, Tecnos/Unesco, 1981. 6 Un buen resumen en IGGERS, G.G. (1998), La ciencia histórica en el siglo XX. Las tendencias actuales, Barcelona, Idea Books. Por mi parte, véase HERNÁNDEZ SANDOICA, E. (1995), Los caminos de la historia. Cuestiones de historiografía y método, Madrid, Síntesis y (2004), Tendencias historiográficas actuales. Escribir historia hoy, Madrid, Akal. 7 Por ejemplo MORALES, A. (1987), «En torno al auge de la biografía», Revista de Occidente (julio-agosto); o «Biografía y narración en la historiografía actual», en VV.AA. (1993), Problemas actuales de la historia, Salamanca, Universidad de Salamanca, pp. 229-257. 8 Una muestra reciente, en nuestra historiografía, en CAPEL, R. (coord.) (2004), Mujeres para la Historia. Figuras destacadas del primer feminismo, Madrid, Abada editores. de un variado público culto -«científicos» incluidos-, poseedor de una difusa curiosidad humanística. Pero frente a esta realidad lectora que es casi una constante, pues persiste sin grandes cambios desde bien antiguo (y que permite subsistir a «biógrafos» de muy distinta estirpe y calidad literarias), cabe ahora subrayar, como una indiscutible novedad, el incremento del valor objetivo que alcanzan hoy las biografías como ejercicio profesional para los historiadores de oficio, como si fuera un reto o una tendencia más. Ahí enlaza también, en consecuencia, su reciente consumo como «nuevo» producto historiográfico, relacionado en parte con su elección como objeto legítimo de prospección por un mayor número de historiadores cada día, y algunos de ellos muy relevantes además. EL RETORNO DE LO BIOGRÁFICO «Todos los observadores de la vida de los pueblos conocen esos giros 'de vuelta' de las ruedas siempre en movimiento de la historia» (I.S. Turgéniev: Recuerdos de Belinski). La biografía «clásica» por excelencia, la que va acumulando y sumando, una tras otra, un puñado de trayectorias biográficas que se estiman «notables» y «significativas», es cada vez más apreciada por públicos extensos y variados, independientemente de su interés científico. Una circunstancia que tiene seguramente que ver con el auge del interés por «lo privado» y «lo individual», lo propio y subjetivo, lo particular como un elemento identitario consciente. Y que es un interés que, siendo en modo alguno inesperado en la historiografía, se ha hecho también presente en el contexto general de las ciencias sociales. (Y ahí sí que reside la novedad, sin duda), En efecto, es en sociología y en antropología donde las historias o relatos de vida llevan tiempo jugando un papel fundamental9, inscritos en el marco de estrategias teóricas cualitativas que no son nuevas, pero que se han extendido y renovado mucho-haciéndose cada día más sofisticadas-, y que suelen ser llevados a la práctica con fundamentos metodológicos (el método humanista) que se declaran «micro», como a su vez propondrá la microhistoria10. ----De tal modo y manera que el hablar, en este punto y hora, de las técnicas a que obliga al oficio el cultivo de biografías, o inventariar las consecuencias epistemológicas de su «vuelta» al taller de los historiadores, además de constituir prácticamente un lugar común a la hora de discutir las corrientes y flujos que inspiran las recientes escuelas y subgéneros, es ante todo una ocasión para reflexionar acerca del tipo de conocimiento que implica y nos ofrece la historia. El despliegue reciente de los «estudios de género» ha introducido complejidad en este cometido, no ya tanto porque supone indudablemente un valor añadido de información y análisis, como porque desvelar la vida de algunas mujeres rescatándolas de un segundo plano o de la oscuridad, nos plantea de paso la pregunta teórica (política, por ende) de cuáles son los porqués de esa invisibilidad. La frecuencia y el ritmo de la aparición de biografías han aumentado en los últimos tiempos, aquí y allá. De manera que ya casi no sorprende el hecho de que, donde vean la luz las «nuevas» biografías -prácticamente con independencia de cuáles sean sus protagonistas, si hombre o mujer, antiguos o modernos-, los títulos más favorecidos por la publicidad y la crítica historiográfica pasen a ser best-sellers, aspirantes a «clásicos» que figuran entre los más vendidos. A la floración tradicional de biografías (artistas y científicos, filósofos y novelistas, reyes y personajes en el límite de lo hagiográfico: las tradicionales vidas de santos), hay que añadir el incremento de las biografías de políticos y personajes públicos de diverso interés, un caudal emergido aún no hace tanto y que constituye un tipo de escritura cercano a la novela en más de una ocasión, cuando no está situado al borde mismo de la literatura de ficción. De hecho, como suele advertirse por sus detractores, el público lector de unos y otros textos suele ser casi el mismo, los alterna y combina. Y a pesar del reclamo editorial que en las contraportadas o reseñas busca frecuentemente fijar los límites entre «literatura» y «verdad» (verdad histórica), tal tipo de construcción retórica muestra a las claras labilidad. Pero atención: Se da la paradoja actualmente de que no siempre la vida que se narra resulta ya ejemplar -al menos en el sentido antiguo de la expresión-, y acaso ni siquiera parezca interesante en una forma clara, convencional, del término 11. ¿Qué ocurre entonces, para que encuentre una cierta ----11 El escritor Félix de Azúa, a propósito de esta expandida curiosidad reciente, lo expresa así: «Lo singular es que muchos de estos escritores, si no todos, llevaron vidas vulgares, monótonas, aburridas, a veces miserables. Se entiende la pasión que puede inspirar una biografía de Trotsky, de Garibaldi, del coronel Lawrence (...) Todos ellos vivieron episodios explicación verosímil la aparición de esa curiosidad inesperada por lo biográfico y lo personal...? Sería como si una especie de «edad dorada de la biografía» -con el aplauso de unos pocos profesionales de la historia al principio, pero después con el consentimiento alegre de los más-viniera a desplegarse desde hace un par de décadas, a raíz de los años 80 del siglo XX 12. Con su apertura se cierra en fin, siquiera provisionalmente, aquella ausencia de «los más», aquel olvido de los nombres comunes cuya recuperación reclamaba, desde la década de 1920, la historia social, iniciándose así la reparación a la ignorancia de tantas vidas, de tantas experiencias del pasado. Restaurar la memoria, ofrecer un rescate del olvido generalizado, reinicia de este modo el papel de las ciencias sociales, replanteándose su función y estrategias; pero también, de paso, reestablece la vieja relación entre «historia» y «memoria» como una especie de palimpsesto desenvuelto hacia atrás. A esta situación nueva que ha venido a forjarse en los últimos tiempos, le convendría aquello que escribió el norteamericano Henry James en 1884, refiriéndose al ruso Turguéniev: «El propósito profundo que empapaba todos sus trabajos era mostrar la vida misma. El germen de la historia, en su caso, no era nunca un argumento o un tema -eso era lo último en que pensaba-, sino la representación de ciertas personas. Todo se le aparecía por primera vez en forma de un individuo o combinación de individuos, a los que deseaba ver en movimiento, pues estaba seguro de que esa gente debía hacer algo especial o interesante. Estaban ante él, vivaces, definidos, y él deseaba mostrar todo lo que fuera posible de su naturaleza» 13. De una tensión pareja vive sin duda, a estas alturas, esa ficción biográfica que ha venido a colmar una parte creciente del nuevo gusto extenso por las biografías, aquel que anima a los novelistas a construir el relato real. Y de ese mismo aliento se deriva a su vez, un cierto modo de recuperación del género biográfico en la historiografía. Podría suscribirse -ahora más que quizá en el momento mismo en que fue formulada, hace más de una década-la intuición del inglés Peter Burke cuando afirmó que, en el caso hipotético de que se encuentre en marcha un cierto tipo de consenso nuevo para la discipli----curiosos, aventuras famosas, experiencias perversas o magníficas, dignas de nuestra consideración, pero ¿y Josep Pla, por ejemplo?» («De los famosos hombres antiguos», El País, jueves 9 de diciembre de 2004, p. 13 En The Atlantic Monthly, enero 1884, citado en I.S. Turguéniev (2000): Páginas autobiográficas, Madrid, Alba editorial. Introducción de V. Gallego Ballestero, pp. 17-18. na, éste atravesaría por la psicología colectiva. Porque ésta nos llevaría a «vincular los debates sobre la motivación consciente e inconsciente con los de las explicaciones sobre lo individual y lo colectivo» 14. No obstante, fue la psicología individual la que antes hubiera de atraer a los historiadores, la que antes recabó su atención -continua o discontinua-, y la que antes mereció sus objeciones, también. La explicación psicológica era uno de los recursos tópicos de la historiografía, como es sabido, desde bien al principio. Aunque, si bien se había acomodado con cierta facilidad a los desarrollos más primitivos de la psicología como ciencia, la irrupción del psicoanálisis la perturbó 15, y le supuso un reto. Porque para Freud y sus seguidores -no descubrimos nada al decir esto-, el ser humano está dotado de una complejidad espiritual en la que el consciente es solo una parte pequeña. Desconociendo como desconocemos la multitud de procesos subconscientes que forman nuestro pensamiento, incluso los deseos y los sentimientos que en él se originan, es difícil analizarlos de modo unitario e independiente. Se nos ofrecen como manifestaciones inestables, producidas por prolijos entrecruzamientos de estructuras en las que se contienen no solo los deseos reprimidos, los miedos y las fobias, sino también una serie de factores sociales, ideológicos y políticos, de los que tampoco somos conscientes en realidad. El Yo nace de ahí, del cruce de esas estructuras en perpetuo conflicto, que son contradictorias inevitablemente. La biografía ha sido, según esta rejilla de factura freudiana, un terreno abonado para la interpretación psicoanalítica (o si se prefiere, el derivado psicohistoria), para la aplicación de las teorías o enfoques del psicoanálisis como herramienta principal o, por el contrario, su respaldo como referente vago y general 16. Recientemente ha vuelto a divulgarse un esquema de este tipo por mediación de la historia oral, impuesto de la mano amistosa de la historia de vida. Son las suyas opciones de análisis de una diversidad compleja, que tienen en la sociología y en la antropología sus respectivas tradiciones metodológicas y que, alumbrándolas con la nueva luz que proporcionan las teorías psicológi----- cas y lingüísticas, las recrean a su vez de continuo. Entendiendo la «historia de vida», a la manera del francés Pierre Bourdieu, como el resultado de un doble esfuerzo (esfuerzo del narrador y esfuerzo del biografiado) por otorgar sentido a una existencia y por darle un significado conveniente y plausible a la experiencia individual 17, hay que tener en cuenta -como a su vez subraya Ives Clot-que «el acto humano no se produce en línea recta, sino por encrucijadas, y según círculos cuya mayor parte es descentrada socialmente» 18. El impulso autobiográfico comienza así, en este punto mismo, como un intento de fijar el carácter fugitivo, eternamente inestable, de la experiencia humana, y en esa labilidad consustancial lleva por tanto implícita la contradicción, incluso para algunos su «desfiguramiento» 19. La dificultad evidente de tender puentes entre la psicología individual y la colectiva no es un problema que haya pasado desapercibido a los historiadores, lo mismo que no es ajena su consideración -como núcleo constituyente del ámbito de relaciones entre lo general y lo particular-a los científicos sociales, vistos en su conjunto. A veces resulta sin embargo, como advirtió Ralf Dahrendorf, que «se tiende a convertir el psicoanálisis en una metáfora imprecisa de la sociología» 20. Pero más censurable es, con todo, la tentación de introducir en el relato, usos vulgares de conceptos psicoanalíticos como «complejo de inferioridad», «represión», «subconsciente» o «introversión», por citar los más frecuentes tópicos, ajenos a su marco teórico y tantas veces aplicados sin rigor. Para un psicohistoriador refinado como es Alain Besançon, resulta «un ejercicio intelectual inútil y dudoso el tratar de descubrir conceptos psicoanalíticos dentro del material histórico». Al contrario, lo pertinente es «considerar el material desde el punto de vista psicoanalítico y entonces sacar a la luz relaciones entre hechos que parecían accidentales o a los que previamente no se les había dado la categoría de hechos» 21. Muchos de los biógrafos más recientes de figuras que ya habían sido antes reiteradamente biografiadas, se han decidido ahora -una vez ya garantizado el éxito-a operar así. ----Sin embargo, todo historiador de tipo tradicional -o que simplemente guste de frecuentar a los clásicos, sobre todo Tucídides-cree que los instrumentos que posee su oficio (su modo de entender la realidad y procesar sus huellas) le permiten saber sobre la naturaleza humana cosas que, de otro modo, posiblemente, no llegaría nunca a conocer. Y con frecuencia admira la sabia manera en que, en los albores del teatro moderno, Shakespeare supo fundir psicología e historia para ofrecernos las muestras más profundas y sutiles, las más extraordinarias y sensibles, de una idéntica percepción. En pautas como éstas, articuladas de modo preferente en la elección biográfica, va a residir la base cognitiva, de maneras específicamente occidentales, que encierra nuestra tradición profesional historicista, referida a los seres humanos y sus claves interpretativas. Al fin y al cabo, tal es el horizonte de toda interpretación no cíclica del tiempo que tenga por objetivo añadir lucidez a la conciencia sobre la naturaleza humana. Muchos historiadores se han contemplado a sí mismos, sea cual sea la época, desde este ángulo, y lo han hecho con toda normalidad, como si fuesen psicólogos de pleno derecho. Debe reconocerse que en la intuición se basan ciertamente -es decir, nos basamos-los historiadores, casi con absoluta prioridad, para juzgar (mediante conjeturas bien fundadas, mejor cuanto más verosímiles parezcan) las acciones de unos y de otros, sea cual sea el tiempo y el lugar. En Dilthey, sin embargo, se condensa el modelo más usado en la historiografía para ligar el conocimiento de la historia a la introspección, para unir el saber sobre uno mismo al estudio de la conducta de los otros. Si es cierto que, como escribió hace poco la feminista Elaine Showalter, las biografías aún conservan su fuerza cuando se desvanece la teoría 22, pudiera ser también que el vacío dejado por los enfoques teóricos fuertes, viniera hoy a llenarse con un retorno más denso y mucho más antiguo, el del historicismo en su forma más pura de idealismo psicologizante, al modo en que Dilthey lo sistematizó en su configuración particularista de las ciencias del espíritu: «Hay una sola sociedad -volvía a escribirse a principios de los años 90 del siglo XX-, que cada individuo construye para sí mismo, o sí misma... Cada persona entonces, al menos en parte, vive en una sociedad diferente» 23. Palabras como éstas son un eco de Dilthey, quien vió a la biografía y la autobiografía respectivamente como principio y fin de las ciencias humanas. Más literariamente incluso, Carlyle había creído que la historia estaba constituida por «la esencia de innumerables biografías». En esta misma estela se sitúa -a pesar de su aparente radical novedad-, la sugestiva propuesta del italiano Carlo Ginzburg a finales de la década de 1970, con independencia de que entonces pudieran sorprendernos a la mayoría tanto su aparición, contra todo pronóstico, como su inusual elegancia retórica y, aun más, su esquemática sofisticación. Con todo, no exageran quienes piensan, sopesando los fallidos trabajos de más de un psicohistoriador, que «la mayoría de los esfuerzos para casar a la psicología con la historia han acabado en divorcio o directamente en canibalismo» 24. Pero esto no será -conviene recordarlo-por una falta de interés de los historiadores en abordar la psique del individuo y sus problemas, o por pereza o descuido en ahondar en el peso de las incidencias del carácter personal en la vida política, o incluso por desidia en tratar de fijar fronteras y caminos entre lo propiamente rutinario de la existencia humana y lo ligado, en cambio, a la intervención única, a decisiones o determinaciones que conllevan de hecho ruptura o «excepción». Muy al contrario han sido ésas, tradicionalmente, las empresas más gratas a los historiadores. No obstante, la forma de acercamiento entre aquellas dos disciplinas (psicología e historia) que más huella ha dejado en la historiografía tiene que ver con una idea fuerte, o principio esencial, que a lo largo del siglo XX ha inspirado muchas -y en su mayoría buenas-páginas de la llamada historia de las mentalidades o, en términos más amplios y más actualizados, la que se llama ahora historia sociocultural. Muestran en su conjunto, de forma inconfundible, un intento (ya sea espontáneo o ya sistemático) de conciliar al hombre con el medio, de interpretar el individuo en su contexto, de imbricar en una red de relaciones lo particular y lo general. En la historiografía posterior a la II Guerra mundial fue produciéndose una progresiva sensibilización hacia el cruce entre ambos polos, una tendencia esporádica al principio o accidental, que enseguida se volvería usual. En el fondo, parecía una incipiente reacción contra el exceso de racionalidad en los análisis, contra el olvido de lo irracional y lo inconsciente en unos textos de historia escritos de tal modo que, muchas veces, no parecían tales -puesto que hablaban más de los procesos que de los seres humanos, los cuales quedaban desplazados del argumento como sujetos-. Quienes parten de elemen-----tos de tipo psicológico en un discurso en cambio socio-científico, y sitúan esos elementos en pleno centro de su «interpretación», consideran que la psicología humana no es una constante inalterable y universal, y que por lo tanto no constituye una base «fija» para interpretar, con cierto margen de seguridad, la actividad humana. Por el contrario la conciben como un aspecto básico de toda situación social, como un dato inexcusable a someter a aquella «explicación» que, de manera ajustada, solo nos proporciona cada particular contexto histórico. El inglés Geoffrey Barraclough, a la altura de 1979, lo presentaba con sencillez así: «Ningún historiador que se dedique a temas como el imperialismo, el nacionalismo o el totalitarismo puede ignorar sus raíces psicológicas, y todo historiador, sea cual sea la sociedad y la época que esté tratando, debe tener en cuenta las tensiones psicológicas, las tensiones entre las fuerzas de la estabilidad y las fuerzas del cambio, pero especialmente la ineludible tensión que opera en todo momento entre la superestructura racional del orden social, necesaria para asegurar el funcionamiento continuado de la sociedad y las reacciones instintivas en masa de sus miembros, que son el tejido y la sustancia de la historia»25. EXPERIENCIA VIVIDA Y TEORÍAS SOCIO-CIENTÍFICAS «Cuando las teorías se desvanecen, las biografías aun conservan su fuerza» (Elaine Showalter: Mujeres rebeldes). Han sido muchas, y muy ramificadas, las influencias de la psicología social en la organización del campo denominado «historia de las mentalidades», como hemos venido adelantando. Podría traerse también a colación, para este ejercicio combinado de reflejos recíprocos, el esfuerzo de alguien como el sociólogo alemán Norbert Elias, ya en la fecha de 1936, por codificar un cuerpo de doctrina sociológico en una dirección muy similar, con sugerencias bien aprovechadas, en estas últimas décadas, por los historiadores franceses 26. Pero igualmente conviene no olvidar que, tanto en la demografía histórica como en la historia de la familia de enfoque cualitativo (aunque no sólo ----desde luego en ellas), muchos estudios sobre la infancia, la ilegitimidad, el matrimonio o la sexualidad vienen marcados por un fuerte interés -difuso o diluido, si no ortodoxo-de carácter psicologista, y que antes o después derivarán hacia la biografía individual27. Pero en ámbitos de subespecialización como aquéllos, si bien durante un tiempo nadie osaría negar «que el individuo sea libre para escoger entre ciertas posibilidades de acción», solía insistirse en cambio en que dicha libertad de acción vendría fuertemente condicionada tanto por circunstancias externas concretas como por valores y actitudes profundamente arraigadas, «no colocadas al azar», sino -por el contrario-«interdependientes, adaptadas a un modelo y sujetas a variaciones recíprocas». A los ojos de la mayoría, una vez aprendidas las lecciones teóricas de la sociología y la psicología social, parecería un reblandecimiento, una elección banal, el volver sobre los componentes de la acción individual, y se trataba de evitar el riesgo de caer en la trivialidad sobre la toma de decisiones y sus condicionamientos de orden psicológico. Se admitía, eso sí, que el psicoanálisis podía ayudar a explicar el impacto que un hecho histórico podría causar en un individuo, pero ello no explicaría, por supuesto, el hecho mismo en sí. Ni la patología del carácter, más que segura, de Adolf Hitler, ni la neurosis de Iván el Terrible o la de Dovstoievski, vendrían a explicar los problemas históricos que cada una de esas personalidades arrastra tras de sí28. Las iluminarían, como mucho. Correspondía pues a la metodología científico-social el precisar al máximo los desarrollos prácticos de esta premisa, «demostrar que la libre elección o la libre voluntad no es meramente un factor arbitrario, una especie de Deus ex machina que imposibilita cualquier ordenamiento racional de la historia humana, sino que, por el contrario, aquella es susceptible al análisis racional e incluso a la formulación matemática» 29. Certezas de este tipo, ligadas al triunfo del cuantitativismo y las filosofías de tipo estructural, iban a comenzar a disiparse en el seno de la sacudida intelectual que acompañó a los movimientos sociales de 1968, aunque no se impusieran alternativas todavía. Lo que hemos denominado posteriormente la «vuelta del sujeto» arraiga en ese ambiente, y en él ha de insertarse su inseparable fuerza emocional. Dos décadas después, a finales del siglo XX, aquellas críticas se habían vuelto casi inexistentes, y se apreciaba en cambio como novedad la incursión ----renovada en el campo de la psicología individual, como una fuente reencontrada y legítima para avivar el conocimiento histórico. La reflexión crítica sobre ese tipo nuevo de literatura histórica es también parte de la más reciente exploración biográfica, que muestra un especial interés por los recursos retóricos y el clásico valor ejemplarizante del subgénero. A mediados de la década de 1970, tras haber dedicado toda su anterior vida profesional a la historia serial, había sido ya nada menos que el maestro Georges Duby, indiscutido árbitro en historia de las mentalidades, quien no tendría empacho en declarar que la biografía era «el género sin duda más difícil», pero también el más ilustrativo, el más aclaratorio (le plus éclairant) de cuantos un historiador se permitiría abordar 30. Algunos de sus colegas se sorprendieron -y la mayoría se inquietaron-, por manifestaciones de historiadores de lo social que, como ésta -y de forma tan impensada como inevitable-, suponían un reconocimiento profesional renovado hacia el cultivo, antiguo, de lo concreto y lo particular. La recuperación actual de la biografía no surge, obviamente, sólo a partir de una serie de giros y elecciones personales de los historiadores o de cambios de gusto en los lectores, ni puede en ningún caso opinarse tal cosa. Porque no es posible minimizar la importancia de la reflexión (que tanto pesa en los análisis actuales, potenciadores de la imagen y el símbolo), sobre cuál sea la entidad cognitiva de otro tipo de fuentes, como es la fotografía por ejemplo. Se ha dicho a este respecto, con razón, que el fotógrafo no sólo fotografía, sino que «biografía», de manera que «la verdadera vida está en una imagen ficticia, no en el cuerpo real» 31. Lo mismo cabría decir de la evocación de los recuerdos y su profunda ligazón a los objetos personales, algo que informa la indagación psicoterapéutica por una parte, y que por otra es la trama básica de una denominada historia del presente o historia reciente, en la que una fuente de alimentación importante tiene que ver con el horror del holocausto y el aniquilamiento de los campos nazis. Primo Levi lo expresa con la absoluta y radical sencillez de haber pisado el límite y haberlo rebasado: «Pensad cuánto valor, cuánto significado se encierra aún en las más pequeñas de nuestras costumbres cotidianas, en los cien objetos nuestros que el más humilde mendigo posee: un pañuelo, una carta vieja, la foto de una persona querida. Estas cosas son parte de noso-----tros, casi como miembros de nuestro cuerpo; y es impensable que nos veamos privados de ellas, en nuestro mundo, sin que inmediatamente encontremos otras que las sustituyan, otros objetos que son nuestros porque custodian y suscitan nuestros recuerdos» 32. La biografía se ha reintroducido en las ciencias sociales, en su conjunto y de manera extensa, a raíz de la crisis del objetivismo kantiano y, en consecuencia, como producto del terreno ganado en las ciencias sociales (y también en la historia o historiografía) por todo tipo de subjetivismos filosóficos y sus consiguientes opciones de método que, siendo eminentemente individualistas y fenomenológicas, privilegian lo particular y lo concreto, concediendo lugar principal a la experiencia vivida y los recuerdos. A principios de la década de 1970 era ya perceptible ese rebrote de inspiraciones que no eran nuevas -hay que insistir en ello-, pero sí aparecían, cómo no, renovadas. Se había abierto un espacio para lo particular y contingente, y esta nueva tendencia no pararía de concitar críticas, pero también indisimulados panegíricos 33, en un magma creciente de cruce de opiniones en cuanto al valor último que, para el historiador, pudiera derivarse de reanudar la exploración sobre claves y efectos de la personalidad individual. La subjetividad no es ya, de esta manera, simplemente «un escenario interior» más o menos oculto. Sino «una actividad singular de apropiación», incluso si es que ésta opera sin que el sujeto lo sepa-lo que constituye la situación más frecuente-. El sujeto se halla de ese modo sucesivamente ante nuevos problemas, volcado a nuevos retos que le sirven como constante prueba de resistencia. Cada historia individual es de este modo, como sucede en la microhistoria, una cadena de respuestas complejas a las provocaciones de la vida social, en la cual el individuo se ha ido componiendo «una pluralidad de vías a considerar», y en la cual se debate con «un sistema de valores dividido». División del mundo fuera de él, que será, a su vez, «causa de sus vacilaciones, de sus deliberaciones internas y de las comparaciones que hace con otros». En conclusión, cada vida particular será «el uso que cada uno hace de sí mismo», el resultado acumulado de «aquello que uno hizo consigo anteriormente» 34. Los métodos para conocer y descifrar significados a propósito habían sido elaborados poco a poco en las ciencias sociales, acercando a la historia enfoques cualitativos de otras disciplinas, como son las teorías de la identidad, ---- las de la acción y de la interacción. Su uso generalizado, con todo, debió esperar considerable tiempo 35. Así, las biografías que ahora retornan y andan reincorporándose a la historiografía desde hace unas cuantas décadas, muestran aquella pluralidad de horizontes que viene de la suma de influjos colectivistas -es decir, de los enfoques «fuertes» de las ciencias sociales-y del rescate, por diversas vías, de la importancia de la singularidad, con sus referentes filosóficos propios y sus teorías correlativas 36. Dos influencias pues, claramente antagónicas, que originan productos historiográficos a veces sensiblemente diferentes, desde la biografía política individual 37 hasta la prosopografía 38, pasando por la sociología histórica y sus derivados 39, lo que supone cierto tipo de biografías «plurales» como uno de sus capítulos de actividad. En especial, la biografía política revela hasta qué punto, se quiera o no, la historia política (si no toda ella, sí desde luego en todas sus versiones) es todavía deudora de la historia de las ideas políticas, por más que se hayan incorporado a las costumbres y tareas de la comunidad historiográfica variados esfuerzos, de indudable valor, de orden politológico o sociocultural. Junto a la recomposición de identidades que, en cualquier caso, las biografías colectivas procuran, se dibuja otra vez un uso privilegiado de la biografía individual, más o menos trufada a esta hora de inspiraciones en otro tiempo inapreciables, entre ellas claramente los feminismos 40, cada día más capaces de conseguir aprecio por parte de públicos tan distintos como amplios. Seguramente tiene ello que ver con la expansión del interés por lo identitario en términos individualizadores que refleja tan claramente el uso microhistórico 41, también ---- presente en desarrollos concretos de las ciencias sociales, unas y otras en profundo contacto42. Ello exige al historiador emplear las mismas cautelas metodológicas que se usan en la sociología (o en la antropología) a la hora de construir biografías según estos supuestos 43. Y esas cautelas incluyen previamente el decidir si las preguntas pueden ser respondidas, a través de una «historia de vida» por ejemplo -que tiene un grado alto de reflexividad e impostación subjetiva-, mejor que de otra forma, y no en cambio por cualquier otro procedimiento. Pero una aproximación existencial a la biografía -que no abunda en la biografía política y ni siquiera en la científica-, y que resulta sin embargo ser hoy la más buscada por su carácter innovador, no significa necesariamente la refutación de la importancia del contexto social en que se desarrolla la existencia de los individuos 44, y por más que privilegie la organización de la experiencia en torno a una serie de ideas-fuerza, de focos o ideales. De hecho, las relaciones entre el individuo y la sociedad (el yo y los otros, su mirada y el juicio o la valoración de los demás) constituyen un tema persistente en los escritos de inspiración existencialista del siglo XX. (Sartre a propósito de Flaubert, sobre Baudelaire o Genet, por poner un ejemplo). Paradójicamente, resulta ser que prácticamente nadie, en tan amplia manera como los propios científicos, ha solido hacer tanto por romper el cerco de los otros, por tratar de preservar lo que estimarían su yo auténtico frente a la presión exterior, por defender, en fin, lo que Jaspers llamó el «potencial original» 45. No podríamos terminar estas páginas sin indicar, last but not least, que la conciencia de la interacción y construcción de la experiencia vivida se hace explícita muy especialmente en las biografías de mujeres hechas, a su vez, por mujeres: «La biografía no es una taxonomía en la que la clasificación del ejemplar deba modificarse según lo último que se descubre; es la historia de una vida por otra vida, un proceso durante el cual ambas evolucionan y cambian». 46 El carácter intensamente performativo de la escritura biográfica se manifiesta así: «Si yo no soy la misma persona que hace diez años empezó ----a escribir sobre Kelley -dice una autora que hace biografía-, ¿porqué tenía ella que permanecer inalterable?». Y es que, añade la biógrafa sin el menor escándalo o prejuicio, «como les ocurre a tantas historiadoras de las mujeres, no puedo definir con precisión dónde acaba mi investigación y dónde empieza mi vida privada» 47. Si decidiéramos que la biografía por excelencia es la biografía existencial, la que concede a los lectores la oportunidad de reorientar sus propias vidas, de hacerlas más ricas y mejores, resultaría quizá que el éxito reciente de la biografía, tanto si asume un valor ejemplar según exigen los patrones clásicos, o tanto si los desprecia o reelabora para abrirse a caminos distintos, tendría siempre que ver con esa capacidad de «sacarnos fuera de nosotros mismos mediante la fuerza de la extrañeza» que le sigue otorgando al género biográfico, por poner un caso, el filósofo americano Richard Rorty 48. Cualquier relato biográfico que nos implique afectivamente, claro está, consigue el objetivo emocional y educativo sobre el que Rorty llama la atención, sin que por ello deje de prestar su aporte heurístico, su natural contribución cognitiva. Pero, al menos en lo que respecta a los «relatos de vida» que tienen que ver con la ciencia y el pensamiento, no habría que despreciar -tampoco ahora-aquel antiguo potencial de fomentar la innovación científica y, sobre todo, de aplicación extensa de sus efectos positivos 49. Pero también deberíamos considerar que la «cotidianeidad», todo aquello que antes dejaríamos de considerar relevante en el catálogo de nuestros intereses lectores (también en los estrictamente científicos, posiblemente), ha ido recuperando de una manera u otra, hasta hacerlo bien denso y significativo, aquello que es común, inevitablemente compartido, en nuestras propias vidas: las vidas de todos y a la vez cada uno de nosotros, las vidas de «los más». Y ello se hace presente en una radical renovación de los «modelos» ofrecidos, que reflejan aquello que a nuestra vez queremos, y lo que masivamente nos preocupa: «Yo diría que, inexorablemente -ha escrito no hace mucho Félix de Azúa refiriéndose a vidas de literatos-, algunos ídolos como Thomas Mann o André Gide retroceden hacia la oscuridad, en tanto que Henry ----47 KISH SKLAR, K. (1995), «El relato de una biógrafa rebelde», Historia y Fuente oral 14, pp. 168 y 166. James avanza cada día hacia el centro mismo de la luz». Lo cual solo se explicaría, «por la ejemplar experiencia, el calvario de un hombre que vivió por obligación y en el que muchos han de verse retratados». Pero esto dejaría a su vez al descubierto que «es en verdad significativo que nos interesemos por estos escritores sin vida aparente, estos ciudadanos perfectamente vulgares, porque son ellos los que con lucidez insobornable (y un arte supremo) juzgan y explican la vida, la estúpida vida que todos vivimos. Lo inmenso de sus obras es que en ellas aparece en su más cruda verdad la insignificancia de las vidas normales... y su grandeza» 50. En efecto, de todo ello trata la biografía actual. «De los famosos» cit. supra.
Los estudios epidemiológicos y virológicos sobre la polio fueron muy escasos en Valencia antes de 1950. En un trabajo anterior 2 se daba cuenta de la rápida divulgación de los descubrimientos de Constantin Levaditi, Hydayo Noguchi y Simon Flexner sobre el virus causal de la enfermedad, así como la ausencia de una investigación original valenciana sobre el mismo. En 1913, el pediatra Ramón Gómez Ferrer presentó una comunicación al III Congreso Español de Obstetricia, Ginecología y Pediatría en el que exponía los resultados del estudio que había realizado sobre la distribución geográfica de la polio en la región valenciana 3. Tras el brote epidémico ocurrido en Valencia en 1942, el Jefe Provincial de Sanidad, Juan Durich, publicó un extenso artículo sobre la enfermedad 4. Como epidemiólogo le interesaba conocer las circunstancias determinantes de la aparición, mantenimiento y transmisión de la misma, por lo que, en su opinión, había que tener presente «(...) las circunstancias ambientales de lugar y tiempo, e individuales de edad, ocupación, etc., comprobando si unos mismos individuos han sido afectados por infecciones supuestamente distintas y en qué lapso de tiempo; debiendo recurrir en ciertos casos de síndromes cuyo carácter esencial se desconoce, al estudio biológico detenido (investigación del agente causal, pruebas de neutralización de virus, etc.)» 5. Tras destacar como características predominantes en la epidemia de 1942 los síntomas meníngeos 6 y la parálisis facial 7, se subraya su mayor incidencia en edades tempranas y la importancia del estado endémico preexistente en la provincia de Valencia, con brotes periódicos, como el de 1934 con ochenta y ----2 BÁGUENA CERVELLERA, M.J. (2004), Saberes y prácticas en torno a la polio en la medicina valenciana. En MARTÍNEZ PÉREZ, J. et al. (coords.), La medicina ante el nuevo milenio: una perspectiva histórica, Cuenca, Editorial de la Universidad de Castilla-La Mancha, pp. 949-962. Etiología y patogenia, Actas III Congreso Español de Obstetricia, Ginecología y Pediatría, pp. 210-292. Sin embargo, opina que los datos registrados oficialmente están muy por debajo de la realidad y se apoya en una información aportada por Adolfo López Fernández, director del Sanatorio valenciano de la Malvarrosa, que da cuenta de ochocientos seis enfermos poliomielíticos tratados en este centro entre 1932 y 1945, mientras que los datos oficiales de este periodo registran cuatrocientos cuarenta casos en la provincia de Valencia 9. En 1955, Vicente Sanchis-Bayarri Lahoz, catedrático de Higiene y Microbiología de la Facultad de Medicina de Valencia, publicó un artículo de revisión sobre el valor diagnóstico de los anticuerpos antipoliomielíticos 10. Partía de los trabajos de Arnold J. Netter y Constantin Levaditi, quienes en 1910 comprobaron su existencia en el suero sanguíneo de individuos que habían padecido la polio 11. Tras analizar las diferentes técnicas de investigación de estos anticuerpos y su valor práctico, concluyó que la reacción sobre cultivos celulares propuesta por John F. Enders era la que mejor permitía identificar la enfermedad y el tipo serológico que la ocasionaba y esperaba que el método de cultivos en placa que Pierre Lépine acababa de proponer se introdujera pronto en la práctica médica 12. A lo largo de todo el artículo se muestra convencido de que la existencia de los anticuerpos antipoliomielíticos era un buen indicio de inmunidad adquirida frente a la enfermedad, por lo que su investigación tenía una gran importancia desde el punto de vista epidemiológico y de la medicina preventiva. En el resto de España, los estudios epidemiológicos sobre la polio demostraban también la mayor incidencia de la enfermedad en niños menores de cinco años. Entre ellos destacan: GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, P. (1951), Epidemia de poliomielitis en España en 1950, Madrid, Publicaciones «Al servicio del niño español», Mo de la Gobernación; GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, P. (1953), Aspectos epidemiológico y social de la poliomielitis. La Parálisis infantil en España, Madrid, Dirección General de Sanidad. 10 SANCHIS-BAYARRI LAHOZ, V. (1955), Los anticuerpos anti-poliomielíticos y su valor diagnóstico. 11 Algunos de sus trabajos sobre este tema se publicaron traducidos en la prensa médica valenciana: NETTER, A. (1915), Seroterapia de la poliomielitis, Policlínica, 3, pp. 1057-1073; NETTER, A. (1916), Seroterapia de la poliomielitis, Medicina Valenciana, 16, p. Entre 1926 y 1927, Sanchis-Bayarri había sido alumno pensionado de la Junta para la Ampliación de Estudios en el Instituto Pasteur de París, en donde trabajó con Levaditi. A lo largo de 1928 prolongó su estancia como Assistant adscrito al laboratorio de dicho investigador. LA APORTACIÓN DE VICENTE SANCHIS-BAYARRI VAILLANT La Sociedad Valenciana de Pediatría fue una de las instituciones más activas en la difusión de las novedades que se producían en la investigación sobre la poliomielitis. Sus sesiones eran foros de discusión de los pediatras valencianos, reflejados en su órgano de expresión, el Boletín de la Sociedad Valenciana de Pediatría. En 1959, el pediatra y puericultor del Estado José Boix Barrios exponía en una de estas sesiones los problemas prácticos que planteaba la vacunación contra la polio 13. Daba cuenta de las vacunas existentes en ese momento, tanto las compuestas por virus inactivados (de Salk, de Lépine), como atenuados (de Sabin, de Koprowski) y los estudios que habían llevado hasta ellas. Dado el estado experimental de las segundas, resumía las recomendaciones para la aplicación de la vacuna Salk y proponía llegar entre todos los miembros de la Sociedad a una pauta uniforme acerca de quiénes debían recibir la vacuna y en qué época, así como solicitar a las autoridades su abastecimiento y generalización 14. También en 1959, Vicente Sanchis-Bayarri Vaillant realizaba sus primeras investigaciones sobre la poliomielitis. Era hijo de Sanchis-Bayarri Lahoz y se había licenciado en Medicina en Valencia en 1956. Durante los dos años siguientes fue becario del Departamento de Microbiología de la Facultad de Medicina de la Universidad de Rochester (Estados Unidos), en donde trabajó con Herbert R. Morgan, en el Laboratorio de Investigación Virológica, sobre ----13 BOIX BARRIOS, J. (1959), Vacunación anti-polio. Problemas prácticos, Boletín de la Sociedad Valenciana de Pediatría, 1 (1), pp. 25-31. Ese mismo año, Julián Deluc Talens, Profesor Adjunto de Pediatría de la Facultad de Medicina de Valencia, analizaba en otra de estas sesiones las ideas defendidas en ese momento sobre la clínica del periodo agudo de la poliomielitis (DELUC TALENS, J. (1959), Concepciones actuales sobre la clínica del periodo agudo de la parálisis infantil, Boletín de la Sociedad Valenciana de Pediatría, 1 (1), pp. 33-77), mientras que en 1962, Carlos Caballé Lancry, Jefe del Servicio de Rehabilitación de la misma Facultad, valoraba la rehabilitación de la parálisis en estos enfermos (CABALLE LAN-CRY, C. (1962), Rehabilitación de las parálisis de los músculos abdominales de los poliomielíticos, Boletín de la Sociedad Valenciana de Pediatría, 4 (13), pp. 3-10). Algunos aspectos de la asistencia clínica proporcionada a las víctimas de la polio es esta época han sido analizados en PORRAS, I. y BALLESTER, R. (2008) En 1960, ya como Profesor Adjunto de Higiene y Microbiología, publicó con V. Palop Asensio un artículo sobre el virus poliomielítico tipo II y su aislamiento como método diagnóstico de la enfermedad a partir de un caso visto por el segundo firmante del trabajo en el Hospital de San Juan de Dios de Valencia, del que era director 18. A los dos años de haber padecido la enfermedad, el niño objeto del estudio seguía eliminando el virus, algo excepcional que, para los autores, debía de tenerse en cuenta a efectos epidemiológicos. Al mismo tiempo se comprobó la presencia en sangre de anticuerpos específicos para el virus tipo II 19. En esta investigación se utilizaron virus ----15 Fue el primer becario español que trabajó en este Laboratorio. Los datos biográficos de Vicente Sanchis-Bayarri Vaillant se han obtenido de su expediente personal: Expediente PDI 97/I, Archivo Universitario, Universitat de València y en SANCHIS-BAYARRI VAILLANT, V. (1988), Contribución al diagnóstico de laboratorio de las infecciones por virus, Discurso de recepción en la Real Academia de Medicina de Valencia; Discurso de contestación de Vicente Sanchis-Bayarri Lahoz, Valencia, Real Academia de Medicina de Valencia, pp. 9-10; pp. 55-59. 18 SANCHIS-BAYARRI VAILLANT, V., PALOP ASENSIO, V. (1960), Eliminación prolongada por heces de virus poliomielítico tipo II (Lansing) en un convaleciente, Medicina Española, 43, pp. 97-103. poliomielíticos facilitados por el Servicio de Virus del Instituto Pasteur y se empleó como medio de cultivo el suero tindalizado de caballo desarrollado por Sanchis-Bayarri, muy parecido al suero de feto de buey ultrafiltrado allí utilizado por Lépine20, con quien Sanchis-Bayarri mantuvo su relación profesional, repitiendo la estancia en su laboratorio en 1969. Su interés por las reacciones de seroneutralización en cultivos celulares para detectar la presencia de anticuerpos y traducir de esta forma la respuesta del organismo a una infección poliomielítica le llevó a estudiar la inmunización espontánea contra la enfermedad en Valencia. Su principal objetivo era determinar la edad en la cual el cincuenta por ciento de los niños menores de diez años adquirían los anticuerpos para los tres tipos de virus poliomielíticos, en línea con los estudios que M. Pavlatou en Grecia21 y R. Martin en Francia22 acababan de publicar. En opinión del autor, era éste un dato indispensable para la vigilancia sanitaria de una población, ya que la vacunación en masa es imprescindible cuando la inmunidad global cae por debajo de ese nivel. En Valencia, la edad a la cual el noventa por ciento de los niños estaba protegido contra la polio era los cinco años. Este trabajo fue objeto de una nota previa en las revistas Medicina Española23 y el Boletín de la Sociedad Valenciana de Pediatría24 y de un artículo, publicado al año siguiente, en los Annales de l'Institut Pasteur25. Con motivo de la celebración en Copenhague de la V Conferencia sobre Poliomielitis en julio de 1960, Sanchis-Bayarri fue invitado por el Comité Organizador a asistir a la misma, siendo el único valenciano entre los nueve españoles presentes. A su vuelta publicó una crónica detallada de todas las sesiones, dedicadas a aspectos generales de la virología y a las vacunas tipo Salk y Sabin26. ----La rápida utilización de las nuevas técnicas que se incorporaban al diagnóstico de laboratorio es frecuente en los trabajos de este microbiólogo, como por ejemplo el análisis virológico del líquido cefalorraquídeo. Para la mayoría de los autores de la época, el mencionado análisis era constantemente negativo. Sanchis-Bayarri aportó un caso positivo 27 y concluyó que probablemente el virus se inactivaba con rapidez en el líquido cefalorraquídeo, lo que explicaría el fracaso en conseguir su aislamiento incluso por parte de investigadores muy cualificados, así como la utilización de medios de cultivo inadecuados. Aboga por una siembra inmediata del líquido cefalorraquídeo en el cultivo celular y un medio de cultivo con una elevada proporción de suero, como el tindalizado de caballo ya utilizado por él en trabajos anteriores como se ha comentado. Sanchis-Bayarri abordó también el problema diagnóstico de las parálisis infantiles producidas por virus diferentes a los poliovirus. Presentó un caso propio de un niño diagnosticado de parálisis infantil en el que se aisló un adenovirus tipo I 28. La identificación de este virus fue confirmada, tras la remisión de una muestra, por el Laboratorio de Referencia para Virus del Laboratorio Central de Salud Pública de Londres, en el que el autor había realizado una breve estancia para trabajar con cultivos celulares bajo la dirección de M.T. Parker. La obtención de una beca «Juan March» de ayuda a la investigación en Ciencias Médicas en 1961 le permitió estudiar la frecuencia y tipos de poliovirus en niños de la región valenciana 29. Para ello recogió muestras de heces de doscientos cuarenta y un niños con síndrome clínico de poliomielitis o en posible contacto con enfermos de esta naturaleza, procedentes de las consultas de Pediatría de la Facultad de Medicina y del Hospital Provincial, de los Asilos del Carmen (niñas) y de San Juan de Dios (niños), de algunas residencias del Seguro Obligatorio de Enfermedad y de su laboratorio privado. El poliovirus aislado con mayor frecuencia fue el tipo I (en el setenta por ciento de los casos) y no se aisló ningún poliovirus en niños sin manifestaciones clínicas del proceso. En algo menos de la mitad de los casos con poliomielitis clínica se aislaron enterovirus no poliomielíticos y el autor afirmaba que de-----27 SANCHIS-BAYARRI VAILLANT, V. (1961), El análisis del líquido cefalorraquídeo en el diagnóstico de la poliomielitis, Revista Clínica Española, 82 (1), pp. 21-24. berían identificarse ya que cree que algunos de ellos serían adenovirus 30, tal y como había demostrado en el caso publicado con anterioridad. La importancia que las enfermedades víricas tenían para los pediatras llevó a Sanchis-Bayarri a exponer ante la Sociedad Valenciana de Pediatría los métodos diagnósticos de laboratorio existentes en la época y su experiencia personal con los mismos 31. El artículo que recoge su intervención consta de una primera parte muy técnica en la que describe los métodos de aislamiento del virus, especialmente mediante cultivos en tejidos, al ser «parásitos intracelulares obligados [y] por el efecto que producen en las células que se multiplican» 32. El cultivo en tejidos era un método bien conocido por el autor desde 1959, como se ha visto y de aquellos virus que causan necrosis celular describe los enterovirus, entre los que se encuentran los virus poliomielíticos, los Coxsackie y los ECHO. Refiere a continuación los métodos de diagnóstico serológico, que demuestran una reacción inmunitaria de naturaleza específica relacionada con la enfermedad y destaca nuevamente las empleadas personalmente por él en poliomielíticos 33. La segunda parte de este artículo muestra los resultados obtenidos por el autor, parcialmente publicados en los trabajos anteriores, en un estudio sobre el aislamiento de enterovirus con la técnica de cultivos en tejidos en los años 1959, 1960 y 1961 en Valencia 34. Se realizaron cuatrocientos cuatro exámenes, tanto en niños sanos como enfermos, diagnosticados o no de poliomielitis y la investigación se llevó a cabo en el Laboratorio de Virología puesto en marcha por el autor en la Cátedra de Higiene y Microbiología de Valencia. Los hallazgos más novedosos fueron la relativa frecuencia de enterovirus en ----30 SANCHIS-BAYARRI VAILLANT (1962), p. En la misma línea se encontraba trabajando por aquel entonces Florencio Pérez Gallardo, jefe de la Sección de Virología y Epidemiología de la Escuela Nacional de Sanidad en Madrid y el mayor experto español en epidemiología de la polio: PÉREZ GALLARDO, F. (1962), Epidemiología de la poliomielitis en España. Aislamiento de los virus poliomielíticos y otros enterovirus, Revista de Sanidad e Higiene Pública, 36, pp. 605-635. 31 SANCHIS-BAYARRI VAILLANT, V. (1962), Métodos de laboratorio aplicables al diagnóstico de las viriasis infantiles, Boletín de la Sociedad Valenciana de Pediatría, 4 (13), pp. 79-93. También Pérez Gallardo trabajó en el diagnóstico serológico de la poliomielitis: PÉREZ GALLARDO, F. (1962), Epidemiología de la poliomielitis en España. Encuesta serológica para la determinación de los anticuerpos antipoliomielíticos en la población española, Revista de Sanidad e Higiene Pública, 36, pp. 501-518. 34 Utiliza la muestra ya empleada en la investigación financiada con la beca «Juan March» concedida en 1961. niños aparentemente sanos, la presencia de enterovirus no poliomielíticos en niños con diagnóstico clínico de poliomielitis y la existencia de los tres tipos de virus poliomielíticos, con predominio del tipo I, al igual que en el resto del mundo. En los niños sanos no se aisló ningún poliovirus, por lo que el autor no suscribe la hipótesis de la existencia de portadores sanos de este virus 35. Estos resultados se utilizaron también para la elaboración de otro artículo aparecido en 1963 36 que profundizaba en la técnica de aislamiento de los virus mediante cultivos celulares. En palabras de Sanchis-Bayarri: «Esta técnica confirma u orienta adecuadamente las investigaciones serológicas, puesto que el aislamiento de los virus afirma la posible existencia de determinado proceso» 37. En ese momento, las investigaciones serológicas para la mayoría de los enterovirus (exceptuando los poliovirus) eran complejas debido a la existencia de gran número de tipos antigénicos, por lo que «en estos casos resulta más práctico el recurrir como medio de identificación al aislamiento de virus que nos dará, por los tipos celulares que afecta, orientación hacia qué tipos determinados deben dirigirse las investigaciones serológicas» 38. La importancia epidemiológica de este estudio, subraya nuevamente su autor, radica en que los enterovirus pueden producir acciones similares en el hombre y ciertos virus del grupo Coxsackie y ECHO son capaces de producir parálisis, al igual que los poliovirus 39. A modo de conclusión, Sanchis-Bayarri indica: «El haber encontrado enterovirus con notable frecuencia, plantea el problema de que bastantes síndromes poliomielíticos puedan ser ocasionados por enterovirus no poliomielíticos» 40. J. Alcamí, encargado de uno de los centros de vacunación del Instituto Nacional de Previsión de Valencia, expuso su experiencia durante la campaña con vacuna Salk en una sesión de la Sociedad Valenciana de Pediatría 41. Su principal objetivo era asegurar la inocuidad de la vacuna, tras recoger las reacciones aparecidas en los casi tres mil niños inoculados. Alrededor del cuatro por ciento sufrieron algunos efectos secundarios, todos benignos excepto en dos niños que padecieron alteraciones nerviosas. Estos resultados llevaron al autor a afirmar que la vacuna antipoliomielítica era inofensiva, como siempre se había dicho, incluso aplicada en los primeros meses de vida, pero que debía someterse a observación al niño antes y después de recibir la vacuna. Añadía la conveniencia de realizar un control serológico de su inmunidad unos meses después de ser vacunado y de ampliar la campaña de vacunación en masa al resto de vacunas, como las de la viruela, tuberculosis y la administrada conjuntamente para la difteria, tétanos y tos ferina 42. El mismo número del Boletín de la Sociedad Valenciana de Pediatría que daba cuenta de la intervención anterior recogía la sesión informativa que Justiniano Pérez Pardo, Jefe Provincial de Sanidad de Valencia, llevó a cabo en la sede de la Sociedad para informar del inicio, cuatro días después, de la campaña de vacunación con el método Sabin 43. La justificaba por el aumento alarmante de la poliomielitis desde hacía tres años, a pesar de la reciente campaña con vacuna Salk, a todas luces insuficiente, pues el noventa y nueve por ciento de los casos se dieron en niños no vacunados. El no haber utilizado en su lugar la vacuna de Sabin, ya desarrollada y comprobada en trescientos cincuenta millones de inoculaciones, lo explica el autor por el hecho de estar constituida por virus atenuados y por el miedo de la población al aumento de su virulencia: La organización nacional de los servicios sanitarios para llevar a cabo la campaña de vacunación contra la polio ha sido estudiada por BALLESTER, R., BÁGUENA, M.J., PORRAS, M.I. ( 2007 «Por temor a que los inevitables casos de polio que coincidirían con la campaña de vacunación fueran achacados a una exaltación del virus vacunal, sin poder demostrar lo contrario por carecer de un laboratorio adecuado, desprestigiándose la vacuna, es por lo que el mismo Sabin, así como las autoridades sanitarias, no se atrevieron a implantarla en España. Hoy ya contamos con un servicio de virología en Madrid capaz de discriminar acerca del virus productor de una parálisis» 44. Se refería a la Sección de Virología y Epidemiología de la Escuela Nacional de Sanidad, dirigida por Pérez Gallardo 45. Respaldadas por los comités de expertos de la Organización Mundial de la Salud 46, las autoridades sanitarias ponían en marcha una campaña con una vacuna segura, eficaz y que producía una inmunidad de por vida 47. Anunciaba el autor que la vacunación se haría en dos fases separadas por dos meses y sería centralizada por la Jefatura de Sanidad. Tras la intervención de Pérez Pardo, los pediatras asistentes se interesaron por numerosas cuestiones, relativas sobre todo a las contraindicaciones de la vacuna y a la suspensión de la vacuna Salk. Ante el carácter no obligatorio de la campaña, se hacía alusión a la responsabilidad de las madres y al bien común: «La obligación podemos decir que es moral para todas las madres (...) Ustedes [los médicos] que serán consultados frecuentemente durante esta campaña, la ayu-----44 PÉREZ PARDO (1963), p. 45 Estas nuevas condiciones hicieron que en febrero de 1963 se invitara al propio Albert Sabin a Madrid para que impartiera una conferencia y respaldara la campaña: SABIN, A. (1963), Erradicación de la Poliomielitis: estado actual y perspectivas futuras. Conferencia dada en Madrid en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, CSIC. Con la misma intención fue invitado al mes siguiente Pierre Lépine, quien pronunció un discurso en la Real Academia de Medicina defendiendo la vacunación antipoliomielítica: LEPINE, P. (1963), Vacunaciones y vacunas contra la poliomielitis, Anales de la Real Academia de Medicina, pp. 353-385. 46 Entre 1954 y 1960 la OMS había publicado tres informes monográficos, fruto de las reuniones de trabajo de los Comités de Expertos: OMS (1954), Comité d'experts de la poliomyélite: premier rapport, Rapports techniques, 81, Ginebra, OMS; OMS (1958), Comité de expertos en poliomielitis: segundo informe, Informe técnico, 145, Ginebra, OMS; OMS (1960), Comité de expertos en poliomielitis: tercer informe, Informe técnico, 203, Ginebra, OMS. 47 Las autoridades sanitarias españolas buscaban el respaldo de organismos internacionales como la OMS para legitimar sus actuaciones. Véase, BALLESTER, R., PORRAS, I. (2007), Child protection as a political resource: the influence of international agency recommendations on health campaigns against poliomyelitis in Spain (1940Spain ( -1975)) da que pueden hacer es alentar a las madres para que vacunen a sus hijos en bien de todos, de Valencia y de España» 48. En 1964, la Sociedad Valenciana de Pediatría volvió a ser escenario de una nueva conferencia sobre la polio a cargo de Vicente Miñana 49. Comenzó su intervención con una puesta al día de los conocimientos sobre el virus poliomielítico y el mecanismo de transmisión y producción de la enfermedad. Dedicó la parte central de la conferencia a comentar algunos aspectos epidemiológicos de la polio en Valencia en 1963, antes por tanto de completarse la campaña de vacunación tipo Sabin. Los casos encontrados, ciento once, quintuplicaron los de 1959, con un predominio en el medio rural 50, en el sexo masculino y a los dos años de edad. Tras aludir a las principales características de las dos vacunas disponibles, se muestra partidario de la vacuna Sabin, a pesar de la eficacia comprobada de la vacuna Salk, por su facilidad de administración, por impedir la multiplicación del virus en el intestino, por su inmunidad duradera y por detener la progresión en caso de epidemia. Hace referencia a la vacunación de ciento noventa mil niños en Valencia en la campaña recién concluida y espera que los logros conseguidos sean tan buenos como los obtenidos en otros países: primer trienio sirvieron a los autores para dar a conocer la situación anterior a la campaña de vacunación y compararla con los datos de 1964 y 1965, tras la inoculación masiva con vacuna tipo Sabin. Se recogieron los ciento sesenta y cinco casos de enfermos poliomielíticos vistos en el Servicio de Pediatría del Hospital Clínico de Valencia, que aglutinaba a la mayor parte de los casos de la provincia y se completaron con las noventa y tres fichas epidemiológicas aportadas por el Servicio de Epidemiología de la Jefatura Provincial de Sanidad, lo que hacía un total de doscientos noventa y ocho niños. Se obtuvieron cifras muy semejantes a estudios anteriores, con una morbilidad media de seis casos por cada cien mil habitantes, un notable incremento de la enfermedad en 1963, un ligero predominio en el medio rural y una mortalidad del 0,4 por cada cien mil habitantes. La distribución de la poliomielitis por edades obtuvo resultados similares a los alcanzados por Pérez Gallardo para la media nacional, con casi la mitad de los casos agrupados alrededor del año de edad. Se encontró un ligero predominio en el sexo masculino y una mayor frecuencia en los meses de verano. El virus tipo I produjo el número de casos más elevado, por encima de los tipos II y III. La identificación de la cepa causal la llevó a cabo Vicente Sanchis-Bayarri Vaillant en el Laboratorio de Virología de la cátedra de Microbiología de Valencia 53. La procedencia de los casos estudiados habidos después de la campaña de vacunación fue la misma. De los tres niños vistos en el Servicio de Pediatría, dos de ellos enfermaron con anterioridad a la campaña y en el tercero, que había recibido la vacuna tipo Salk, no se aislaron poliovirus. De la Jefatura Provincial de Sanidad se recibieron datos de cinco niños, cuatro de los cuales presentaron la enfermedad cuando la vacunación aún no se había completado y el último fue diagnosticado por los autores de encefalitis y no de poliomielitis. Ante estas cifras, no dudan en calificar de «magníficos» los resultados alcanzados en Valencia por la campaña nacional de vacunación con virus atenuados 54. En 1969 se publicaron los resultados de un extenso estudio epidemiológico y virológico sobre la poliomielitis en España en los cinco años transcurridos desde el comienzo de la vacunación antipoliomielítica por vía oral y que contó con una participación del noventa y cinco por ciento de la población española comprendida entre los dos meses y los siete años 55. Tras ella, la Direc----- ción General de Sanidad organizó campañas anuales para vacunar a los niños menores de un año. El empleo de la vacuna oral hizo descender la cifra de casos de poliomielitis de dos mil anuales antes de la campaña a setenta en 1965. No obstante, en los tres años siguientes la cifra aumentó ligeramente, siendo la mayoría de los casos niños menores de dos años sin vacunar o vacunados con una sola dosis. El virus poliomielítico tipo I era el que se detectaba con mayor frecuencia, igual que en años anteriores. El estudio epidemiológico se realizó a partir de los casos sospechosos que cada Jefatura Provincial de Sanidad comunicaba a la Sección de Epidemiología de la Dirección General de Sanidad. Se enviaban muestras de heces, líquido cefalorraquídeo y sangre al Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias, en Majadahonda (Madrid), donde se llevaba a cabo el estudio virológico con el aislamiento del virus responsable en cultivos primarios de riñón de mono. La identificación se realizaba mediante sueros antipoliomielíticos preparados por hiperinmunización de conejos y cobayas 56. En el caso concreto de Valencia, los datos muestran una mejor situación respecto a las cifras nacionales en todos los años estudiados: tres casos en 1964 (0.20 por cada cien mil habitantes), dos casos en 1965 (0.13 por cada cien mil habitantes), siete casos en 1966 (0.47 casos por cada cien mil habitantes), tres casos en 1967 (0.20 casos por cada cien mil habitantes) y seis casos en 1968 (0.40 casos por cada cien mil habitantes). Los autores discuten los motivos por los cuales la enfermedad no había sido eliminada por completo de España pese a la eficacia comprobada de la vacuna tipo Sabin. Su conclusión es que «(...) solo la vacunación precoz, completa y exhaustiva de la población infantil española, sobre todo de los niños que nacen cada año, puede conducir a la desaparición de la enfermedad» 57. carácter endémico en la zona, con brotes epidémicos periódicos, situación que se mantuvo hasta la introducción de la vacunación antipoliomielítica. A partir de 1955, la Cátedra de Higiene y Microbiología de la Facultad de Medicina de Valencia fue escenario durante casi una década de una investigación original sobre el virus de la polio, realizada en primer lugar y de una manera incipiente por V. Sanchis-Bayarri Lahoz, formado con Levaditi, uno de los descubridores del virus de la polio, en el Instituto Pasteur y, posteriormente, por V. Sanchis-Bayarri Vaillant. Este último, tras recibir una sólida preparación en virología en diferentes laboratorios de los Estados Unidos y Europa, montó en la mencionada Cátedra un laboratorio de cultivos celulares y desarrolló una técnica diagnóstica propia para el aislamiento del poliovirus. Entre 1959 y 1963 publicó diez trabajos con los resultados de las investigaciones que había llevado a cabo y fue invitado como experto a la V Conferencia sobre Poliomielitis celebrada en Copenhague en 1960. En esos mismos años, F. Pérez Gallardo realizaba investigaciones semejantes en la Sección de Virología y Epidemiología de la Escuela Nacional de Sanidad. La situación periférica de la medicina valenciana de la época y los recursos económicos mucho más escasos de los que disponía en el laboratorio de la Cátedra de Higiene y Microbiología podrían explicar seguramente la menor repercusión de las aportaciones de Sanchis-Bayarri Vaillant. Por otra parte, los estudios epidemiológicos realizados en Valencia antes y después de la campaña de vacunación oral en 1963 demostraron la eficacia y seguridad de la vacuna de Sabin, al igual que en el resto de España.,
el presente trabajo se analizan la introducción, uso y difusión de las encuestas de seroprevalencia -una tecnología en salud pública a caballo entre la epidemiología y el laboratorio-que abrió caminos insospechados para un mejor conocimiento de en los últimos años, se ha ampliado hasta incluir instrumentos, prácticas, procesos, conocimientos y significados ligados a su uso 6. Siendo la poliomielitis una de las patologías «más y mejor estudiadas» 7 en la historia de las enfermedades, no es de extrañar la proliferación de estudios históricos sobre dinámicas de cambio y progreso, muy en especial referidos a los trabajos de laboratorio, experimentales y virológicos, y a la introducción de las diversas modalidades de vacunación antipoliomielítica 8, debido, en gran medida, a la espectacularidad de sus resultados que hicieron descender ----6 MEDINA DOMÉNECH, R., MENÉNDEZ NAVARRO, A. ( 2004), Tecnologías médicas, asistencia e identidades: nuevos escenarios históricos para el estudio de la interacción pacientesmédicos. En MARTÍNEZ PÉREZ, J., PORRAS GALLO, M.I., SAMBLÁS TILVE, P., DEL CURA GON-ZÁLEZ, M. (coords.), La Medicina ante el nuevo milenio: una perspectiva histórica, Cuenca, Ediciones de la Universidad Castilla-La Mancha, pp. 697-711. 7 La poliomielitis es probablemente una de las enfermedades del período contemporáneo más y mejor investigadas. De hecho, existe un abundante número de trabajos centrados en los Estados Unidos como los que figuran seguidamente: WILSON, D. (1988), A crippling fear: experiencing polio in the era of FDR, Bull. Sin embargo, la situación no es la misma en Europa, especialmente en los países mediterráneos. Aunque recientemente ha aparecido un interesante trabajo centrado en Gran Bretaña, los Países Bajos y Alemania del Este: LINDNER U., BLUME, S.S. (2006), Vaccine innovation and adoption: polio vaccines in the UK, the Netherlands and West Germany, 1955-1965, Medical History, 50, pp. 425-446. Para una completa revisión de la historia de la poliomielitis en Suecia, véase: AXELSSON, P. (2004), Hostens spöke. De svenska polioepidermias historia, Stockolm, Carlssons [texto en sueco con un resumen en inglés, pp. 230-238]. Sobre la historia de los intentos británicos de emplear varias estrategias de vacunación contra la polio, puede consultarse: WEBSTER, Ch. drásticamente las cifras de incidencia y prevalencia en aquellos países que realizaron campañas masivas de vacunación. Quizá más interesante todavía, desde el punto de vista historiográfico, sean los análisis referidos a la novedad que representaban, para la moderna epidemiología, los ensayos clínicos, en especial, el puesto en marcha en Estados Unidos por Thomas Francis con la vacuna de virus inactivados de Jonas Salk 9. También los artefactos, muy en primer término los respiradores, entre ellos el «pulmón de acero», han sido objeto de interés 10. No existen, sin embargo, acercamientos a la difusión de una tecnología en salud pública 11 que está a caballo entre la epidemiología y ----9 BLUME, S. ( 2006), The politics of Endpoints. 10 El pulmón de acero ha servido como foco de atención para un interesante debate en la literatura sobre tecnologías médicas, una discusión importante desde el punto de vista de la interpretación histórica. Ha sido una de las tecnologías denominadas «half-way technology» que son aquellas que solo pueden ofrecer una ayuda técnica temporal y no definitiva, para una enfermedad que no podía ser curada y, que por tanto, se quedaban a la mitad del camino. En el caso de la polio, la etapa de las tecnologías definitivas se inició con la implementación de las vacunas de Salk y Sabin. Las experiencias de los pacientes con estos aparatos constituyen un tema muy interesante. Véanse, por ejemplo, en: GOULD, T. (1995), A summer plague. En España, una de las fuentes que ofrecían información sobre la práctica de estos respiradores es la que aparece en un folleto escrito por el Director del Sanatorio Marítimo Nacional de la Malvarrosa, una de las principales instituciones asistenciales nacionales que se ocuparon de este tipo de pacientes, Álvaro López: LÓPEZ FERNÁNDEZ, Á. (1964), Estado actual del tratamiento de la poliomielitis, Cuenca, Colegio Oficial de Médicos. Recientemente, nos hemos ocupado de este tema en: PORRAS, M.I., BALLESTER, R. (2008), The incorporation of medical technology for the treatment of the acute stage of poliomyelitis in Spain, comunicación oral presentada a la Seventh European Social Science History Conference (Lisboa, 26 de febrero-1 de marzo). 11 Un ejemplo de estudio de este tipo especial de tecnologías en el ámbito de la salud pública referido a España, es el de RODRÍGUEZ OCAÑA, E. ( 2004), La generación de consenso científico-técnico y la difusión de tecnología en salud pública. Dos casos en relación con las luchas antiparasitarias en la España de la dictadura de Primo de Rivera. En MARTÍNEZ PÉREZ, J., PORRAS GALLO, M.I., SAMBLÁS TILVE, P., DEL CURA GONZÁLEZ, M. (coords.), La Medicina ante el nuevo milenio: una perspectiva histórica, Cuenca, Ediciones de la Universidad Castilla-La Mancha, 2004, pp. 731-742. el laboratorio -las encuestas de seroprevalencia-, que abrió caminos insospechados desde el doble punto de vista del mejor conocimiento de la distribución socio-demográfica de la enfermedad y de la intervención a través de políticas de salud. Este es precisamente nuestro propósito en este trabajo, reconstruir, para el caso de España, lo que significó esta modalidad de innovación científico-tecnológica, crucial desde el punto de vista de la historia de la salud pública. Con respecto a la evolución de las tecnologías médicas en el tratamiento de la polio en España desde principios del siglo XX hasta el descubrimiento de las vacunas, es necesario considerar no sólo cuándo y cómo tuvo lugar la difusión de las innovaciones diagnósticas y terapéuticas, sino también lo que Grint y Woolgar han definido como «configurer user», un concepto importado de los estudios tecnológicos que insiste en la necesidad de tomar en consideración los contextos de aplicación concreta del instrumento utilizado 12. Antes de abordar este tipo de cuestiones en el ámbito geográfico español, es necesario considerar el contexto internacional de los estudios serológicos en torno a la poliomielitis. 1930-1970) El influyente A.M. Payne, a la sazón secretario de la Comisión de Expertos de la Poliomielitis y miembro de la División de Enfermedades transmisibles de la Organización Mundial de la Salud, presentó, en 1955, un importante informe en el que, desde su autoridad, subrayaba la importancia de poder contar con encuestas de seroprevalencia de poliomielitis a nivel de todos los países, y la necesidad de que la organización sanitaria internacional los incluyera sistemáticamente en sus programas y proyectos 13. El término es usado, de forma analógica, con el modo en el que los componentes de un ordenador son «configurados» o «preparados» para llevar a cabo las funciones que se requieren de ellos. De igual modo que sucede con los componentes tecnológicos, la puesta en práctica efectiva de la técnica se prepara, se adapta y se limita en función del tipo de usuario que la vaya a utilizar. 151. del procedimiento no era gratuita, puesto que, tanto en la polio como en otras infecciones virales, se podía disponer ya en esos momentos, de un indicador mucho más sólido para valorar la extensión real de la enfermedad en una comunidad determinada, que los datos epidemiológicos procedentes de casos clínicos de países en los cuales los sesgos eran muy grandes por falta de medios técnicos, humanos y económicos. De hecho, las encuestas serológicas, junto a los sistemas de enfermedades de declaración obligatoria, han constituido, desde la segunda mitad del siglo XX, lo que se denomina vigilancia epidemiológica de las enfermedades infecciosas 14. En el decurso del desarrollo de esta importantísima herramienta de la salud pública, el papel jugado por las epidemias de polio ha sido fundamental. La historia se había iniciado, al menos, diez años antes, en el momento en el que se utilizó por vez primera un hallazgo experimental -el test de detección de anticuerpos neutralizantes en las muestras de sangre procedentes de la población humana, utilizando ratas-para realizar un ensayo cuyo objetivo era la determinación del estado inmunitario frente a los poliovirus que presentaban los niños de Baltimore y de ese modo poder establecer pautas fundamentadas para la vacunación en masa. En pocos años se pasó de este ensayo inicial al desarrollo espectacular de lo que J. Paul denominó «ciencia de la epidemiología serológica» 15. Este tipo de acercamientos fue crucial no sólo para tener un mayor grado de conocimiento sobre los virus neurotrópicos como los de la polio, sino también para otro tipo de patologías infecciosas. A partir del ejemplo de la polio, se vio cómo los programas de vacunación necesitaban ser adaptados continuamente a los contextos locales de cada país y cada región para conseguir el objetivo deseado. La identificación de bolsas de susceptibles permitía establecer nuevas estrategias de vacunación encaminadas a controlar y eliminar la circulación de los agentes infecciosos en la comunidad. La posibilidad real de poder llevar a cabo cualquier tipo de actividad a nivel poblacional, sólo pudo tomar cuerpo cuando se universalizó el test para detectar la presencia de anticuerpos frente a la familia de poliovirus pertene-----14 PACHÓN, I., ALMELA, C., DE ORY, F., LEÓN, P., ALONSO, M. (1998), Encuesta nacional de seroprevalencia de enfermedades inmunoprevenibles, Bol. El enorme valor de la monografía de Paul reside también en su participación como investigador destacado en todo el proceso que estamos relatando, por lo que su testimonio coetáneo es muy valioso. El capítulo relativo al tema que nos ocupa es crucial para reconstruir esta parte de la historia de la poliomielitis: Serological surveys and antibody patterns. Los experimentos anteriores realizados en primates eran extraordinariamente costosos e imposibles de llevar a cabo en la práctica. El test posibilitaba establecer una cartografía con los patrones inmunitarios específicos de una población concreta frente a la poliomielitis. Para ello se tomaban muestras de sangre procedentes de niños, adolescentes y adultos sanos y se podía, de ese modo, identificar el porcentaje de los que poseían anticuerpos en cada grupo de edad, y, por tanto, conocer así la población de inmunes y de susceptibles frente a la enfermedad. Pero todavía la potencialidad de esta técnica pudo ir mas allá al permitir establecer correlaciones entre el tipo de entorno sociosanitario, con mayores o menores estándares de saneamiento e higiene en general, y la presencia de inmunidad al demostrarse empíricamente que en poblaciones con bajos niveles de higiene, la prevalencia más alta de anticuerpos se daba en las edades más tempranas, aunque las tasas de polio eran muy bajas. La imagen en espejo la proporcionaban las zonas de niveles medios y altos desde el punto de vista sanitario, en donde los niveles de anticuerpos se daban en niños más mayores e incluso, en adolescentes y adultos y la polio se cebaba precisamente en los primeros años de vida. Por ello, llegó a ser un tópico el decir que la polio era una «enfermedad de la civilización». Una técnica complementaria utilizada en el transcurso de las encuestas serológicas, fue la titulación de anticuerpos en los cultivos tisulares en los sueros extraídos a un mismo sujeto con una secuencia temporal determinada 17. Tras la II Guerra Mundial se realizaron varias encuestas serológicas a nivel internacional, una de las más importantes fue la llevada a cabo por A. Sabin ----16 El primer informe técnico del Comité de Expertos de la Poliomielitis, incluyó un detallado procedimiento sobre las técnicas de laboratorio necesarias tanto para la identificación de los poliovirus, como del test de detección de anticuerpos correspondientes al poliovirus tipo 2 (Lansing). En esas fechas, David Bodian fue el primero en reconocer que había tres serotipos diferentes de poliovirus. En 1954, durante una gran epidemia de Toronto, en un estudio sobre más de 800 casos de poliomielitis fue posible separar los tres tipos pertenecientes al grupo de los Picornavirus que tenían inmunidad cruzada parcial. 17 Una de las novedades tecnológicas de mayor relevancia en la historia de la poliomielitis fue la posibilidad del crecimiento in vitro de poliovirus en cultivos de tejidos humanos. Su relación con las encuestas serológicas está descrita brevemente en OMS (1954), p. quien contó con un gran banco de sueros en el Extremo Oriente18, a los que tuvo acceso en los primeros años de la posguerra y, sobre todo, los llevados a cabo dentro del ambicioso proyecto de la Yale Poliomyelitis Study Unit19. De ese modo, se compararon los datos norteamericanos con los de otros países, sobre todo tropicales, y se encontró cómo en estos últimos los niños adquirían la inmunidad frente al poliovirus tipo 2 antes de que alcanzaran los cinco años, mientras que en los Estados Unidos era mucho más frecuente a partir de los cinco o diez años de vida. De hecho, las encuestas serológicas por edad permitían estimar la proporción de la población con anticuerpos detectables y así definir el nivel de susceptibilidad frente a la enfermedad. Todos los trabajos empíricos realizados entre 1948 y 1955, en los albores de la puesta a punto de las vacunaciones masivas, fueron decisivos por varios motivos: por un lado, la demostración de que la inmunidad adquirida por los que habían sufrido la enfermedad, incluso en formas clínicas inaparentes o abortivas, parecía permanecer durante un largo espacio de tiempo, lo que apuntaba a la necesidad de buscar una vacunación efectiva, hecho que se produjo muy pronto. Por otro lado, había que indagar si esta inmunidad se reforzaba y, de hecho, no llegaba nunca a perderse, a través del mecanismo de exposición continuada a los poliovirus a lo largo del tiempo. Es decir, los investigadores tenían que plantearse el tema de las revacunaciones y la secuencia temporal de las dosis de recuerdo. En tercer lugar, se matizó la hipótesis vigente con anterioridad, sobre todo en los años 30, de la polio como una enfermedad nueva, o casi, una epidemia propia del siglo XX. Por el contrario, las encuestas serológicas permitieron conocer mucho mejor la historia natural de la enfermedad, y mostrar que se trataba de una patología endémica, ampliamente extendida en el mundo, que sólo mostró crisis epidémicas en el momento histórico, a partir de las últimas décadas del siglo XIX, cuando el saneamiento y la higiene hicieron cambiar los hábitos de algunas poblaciones (en primer lugar en Estados Unidos y en el caso del continente europeo, en los países nórdicos), en las que se produjeron los primeros brotes, al carecer dichas comunidades de contactos previos y, por tanto, de inmunidad natural, las consecuencias fueron de una gravedad inusitada. La hipótesis permitía ----hacer predicciones sobre el camino que se llevaría a cabo en otros países, conforme su nivel sanitario fuera avanzando. Para subrayar la estrecha relación existente entre desarrollo y poliomielitis que acabamos de comentar, Payne lanzó una nueva hipótesis que daba a los datos epidemiológicos y a las encuestas serológicas el valor de un indicador: cuando las tasas de mortalidad infantil, en una determinada zona geográfica muestran una tendencia a la baja, entonces aumentaría la incidencia y prevalencia de la poliomielitis (fenómeno de Payne) 20. Como ya tendremos ocasión de comentar, esta idea fue utilizada como argumento político en algunos países, y también, de modo especial, en España. ESTUDIOS EPIDEMIOLÓGICOS Y ENCUESTAS SEROLÓGICAS SOBRE POLIOMIELI- TIS EN ESPAÑA La autoridad médica internacional y los intentos de legitimación del régimen. Acciones en la década de 1940-50 frente a la polio Hasta 1958, no existe eco alguno a nivel internacional, de lo que se estaba haciendo en España 21, que, por otro lado, era escaso y, sobre todo, muy poco efectivo, con un énfasis en los aspectos legislativos y magra actividad real. En 1947 se reorganizaron cuatro centros de lucha contra la enfermedad (Madrid, Barcelona, Sevilla y Santander); en 1951, se había creado en una sala del Hospital del Niño Jesús de Madrid un Servicio contra la Poliomielitis dependiente de la Dirección General de Sanidad 22, seguido, en 1954, por la Obra ----para la Lucha contra la Parálisis Infantil encuadrada, asimismo, en dicho organismo23. «En esta fundación, decía Dámaso Rodrigo, vemos una prueba más de los desvelos con que nuestro Caudillo trata de elevar el estado sanitario de los españoles y por los que tan acreedor se ha hecho a nuestra inconmovible adhesión y a nuestra imperecedera gratitud» 24. Sin embargo, hubo que esperar a 1958, cuando la epidemia de polio alcanzaba su máxima intensidad, para que se creara el Servicio Nacional de Poliomielitis, que se ubicó en el pabellón tercero del Hospital del Rey de Madrid 25. La inmunización activa frente a la poliomielitis se inició también en ese mismo año en España. En lo tocante a las experiencias realizadas a partir de 1958 con la vacuna de poliovirus inactivados de Jonas Salk, su significado y su aplicación práctica, el artículo de J.A. Rodríguez Sánchez de este mismo número de Asclepio, da cumplida cuenta de ello. La presencia activa y significativa de España en los foros sanitarios internacionales no podía tener mejor oportunidad que el alineamiento con los paí-----ses europeos en la lucha contra la poliomielitis. Si en otros campos como la salud maternoinfantil 26 o frente al tracoma, el país tenía claras carencias en cualquier análisis comparativo que se hiciese, en el caso de la polio, haciendo del problema virtud, España se situaba al mismo nivel que los demás, en condiciones de casi igualdad. La polio parecía ser una enfermedad de países desarrollados, «como en casi todos los países de alto nivel sanitario, en España la poliomielitis tiende a aumentar, a la vez que tiende a disminuir la mortalidad infantil» 27. La ocasión para la presentación internacional de la lucha contra la enfermedad en España, no fue casual sino que estuvo cuidadosamente preparada y la elección de Madrid, en 1958, como sede del Simposio Europeo sobre Poliomielitis, constituía para el régimen la mejor de las noticias posible. Los resultados expuestos por los participantes españoles en dicha reunión científica, fueron expuestos en una monografía que además de recoger el conjunto de aportaciones (19 en total) de desigual calidad, algunas exponiendo experiencias propias, tenía un claro objetivo propagandístico 28. Para la celebración del Simposio no se escamotearon medios: «Las autoridades sanitarias españolas dispensaron una favorable acogida a la celebración de esta reunión científica y se organizó un comité español integrado por Garcia Orcoyen como Director General de Sanidad, como presidente [...] Se prepararon todos los elementos técnicos de trabajo como traducción simultánea en francés, inglés y alemán, servicios de proyección de films y diapositivas y servicios de turismo para la recepción y el alojamiento de las delegaciones, a la vez que se organizó una campaña continuada de difusión y propaganda en todo el territorio nacional a través de la prensa diaria, radio, TV y revistas científicas y profesionales. Para el cine, se ha preparado un servicio técnico de aparatos de cine en sus di----- Por otro lado, en dicha monografía, se mostraba la situación concreta de las campañas experimentales y voluntarias con la vacunación de Salk en diferentes lugares de España 30, en los que se hizo uso de la vacuna importada de los laboratorios Parke Davis y Lilly, ya que no existía ningún laboratorio en España capaz de preparar dicha vacuna. El capítulo de mayor calado político de toda la publicación fue el de Bosch Marin y E. Bravo (1958) en el que se describían los cuatro frentes los que se basaba la campaña española frente a la enfermedad. Hay que decir, que la mayor parte de estos frentes de la lucha antipoliomielítica eran la expresión de un programa solo existente en los enunciados: investigación, campañas de vacunación paulatinamente con mayor cobertura y con un sistema de propaganda estudiado para que llegara a la mayor parte de la población y recursos para el tratamiento de los afectados (servicios de hospitalización de niños poliomielíticos en Madrid, Barcelona, Santander y Granada y establecimiento de una red de pulmones de acero en todas las capitales de provincia y algunos pueblos), además de la creación de servicios de rehabilitación 31. La primera de las ponencias del Simposio llevaba el título de: «Vacunación e inmunidad en la poliomielitis» y en ella, se planteaban, entre otras cuestiones, la estandardización de las pruebas de neutralización para el estudio e investigación de anticuerpos antipoliomielíticos, pero en la misma no hubo ninguna aportación española. La situación real la exponía muy claramente Laguna en otro de los trabajos presentados al simposio 32. Allí se mencionaba cómo las características especiales en las que el programa de vacunaciones parcial llevado a cabo por la Escuela Nacional de Puericultura en 1957 con vacuna de Salk importada se desarrolló, con una clara falta de medios humanos y materiales, hizo inviable «la determinación de anticuerpos antes y después de la vacunación, como ---- hubiese sido nuestro deseo» 33. Señalaba, no obstante, cómo esto podría solucionarse por dos caminos: la relación más estrecha con el laboratorio de virología de la Escuela Nacional de Sanidad dirigido por Florencio Pérez Gallardo 34, el aumento de medios y el incremento de los esfuerzos de las campañas gratuitas y universales. En este último caso, se proponía crear una serie de centros pilotos a lo largo del país «en los que se efectúen pruebas («samples») en orden a la presencia de anticuerpos antipoliomielíticos, lo cual habría de ser una ayuda muy valiosa para precisar en qué grupos de población debería de efectuarse la vacunación de un modo preferente» 35. Todo ello unido a la necesaria presencia de los estudios estadísticos concernientes a la incidencia de la polio en su forma paralítica en distintos grupos económico-sociales, grupos de edades y por zonas geográficas. Aunque algunos estudios de esas características se habían ejecutado en los años cincuenta 36, generalmente motivados por la ascendente presencia epidémica de la polio en España, sin duda era preciso llevar a cabo otros con mayor amplitud y rigor, como los acometidos posteriormente a los que se aludirá más adelante. Desde el escenario de la investigación básica, una de las figuras más interesantes y poco conocidas es la de Albadalejo García-Berenguer, formado en el Virchow-Krankenhaus de Berlín, que trabajó en la Johns Hopkins University y fue autor de trabajos sobre polio en los años 30. Estudió el estado de la vacunación con las dos variantes de virus, «para ello estudiamos y resumimos los informes técnicos publicados por la OMS en 1956, resultado de la reunión de expertos en Estocolmo» e indicó que «Salk (...) también ha descrito una prueba de neutralización que sirve para determinar la aparición de anticuerpos ----33 LAGUNA (1958), pp. 88-89. Por otro lado, cuando se refería a los criterios para decidir si se realizaba una vacunación en masa, aludía a los cuatro aspectos que eran, por otro lado, los aconsejados por el Comité de Expertos de la OMS: 1) la gravedad del problema en el país (encuestas epidemiológicas, especialmente sobre la incidencia de los casos paralíticos); 2) estudios de costo y posibilidades económicas; 3) necesidad de seguir un programa y fijar previamente los grupos de edad que serán inmunizados y 4) analizando la incidencia de la enfermedad y efectuando estudios serológicos que muestren los grupos ya inmunes en los cuales la vacunación se consideraba innecesaria 38. Usos y utilidades de las encuestas serológicas: el grupo de la Escuela Nacional de Sanidad En los inicios de los años 60, encontramos datos que indican que ya se estaba incorporando la innovación que estudiamos. Por un lado en el artículo publicado en este mismo número de Asclepio, M.J. Báguena, da a conocer el importante trabajo llevado a cabo en la cátedra de Higiene y Microbiología de la Universidad de Valencia por Sanchis Bayarri, su trayectoria y sus fuentes de información. A nivel de todo el país, las noticias provienen de Bosch Marin que recogía el informe presentado por él mismo al VIII Simposio Europeo de Poliomielitis celebrado en Praga en 1962. Tras exponer los datos estadísticos de morbilidad y mortalidad, el citado médico refirió en la Real Academia Nacional de Medicina que «los estudios serológicos efectuados en varios millares de sueros de diversas provincias españolas (por seroneutralización en ----37 ALBALADEJO GARCÍA-BERENGUER, L. (1930), Estudio de la epidemia de poliomielitis infantil presentada en Madrid durante los cuatro últimos meses del año 1929. En SERVICIO EPIDEMIOLÓGICO CENTRAL, Primera memoria anual de los trabajos llevados a cabo por el Servicio Central. Realizó experimentos de adaptación del virus SK New Haven al embrión de pollo. Para poder realizar vacunas con virus vivos atenuados uno de los caminos a seguir era, precisamente, el cultivo en embrión de pollo. Este virus, adaptado al ratón era el único que existía en España para estudios experimentales de este tipo. Según relata el autor, a él le fue cedido por E. Gallardo que lo conservaba en la sección de virus del Instituto Ferrán, quien a su vez, lo había obtenido de J. Sanz Ibáñez, a quien se lo había enviado el prestigioso virólogo suizo Curt Hallauer. Premier rapport, Série de rapports techniques, 81, Ginebra, OMS. cultivo de tejido) permiten comprobar que existe gran porcentaje de inmunes en España» 39. Con estas palabras Bosch Marín estaba aludiendo al estudio de Florencio Pérez Gallardo, que fue el trabajo de mayor envergadura y que, de alguna manera, significó la puesta de largo de las encuestas de Seroprevalencia en nuestro país 40. Este trabajo formaba parte de la investigación sobre «Epidemiología y Profilaxis de la poliomielitis en España» llevada a cabo desde 1957 mediante una subvención de la Dirección General de Sanidad y con el apoyo financiero de una Ayuda de Investigación de Ciencias Médicas de la Fundación Juan March concedida a F. Pérez Gallardo en 1958 41. Dicha ayuda contribuyó a la puesta a punto de un laboratorio para el estudio de virus en la Escuela Nacional de Sanidad, que permitiera llevar a cabo el citado estudio. La encuesta de seroprevalencia se emprendió con la finalidad de «conocer la situación inmunitaria frente a la poliomielitis, de los diversos grupos de edad» de la población española. Los resultados obtenidos iban a permitir «relacionar la inmunidad natural existente en los distintos grupos de población, con los datos estadísticos sobre morbilidad y mortalidad por poliomielitis» 42, proporcionados por los trabajos que estaba ejecutando el grupo de investigación de Pérez Gallardo de la Escuela Nacional de Sanidad en un momento en el que la morbilidad de la poliomielitis en España había alcanzado carácter epidémico 43. El objetivo último de los datos serológicos y estadísticos obtenidos por dicho grupo era lograr una autorización científica «para preparar un programa racional de vacunación contra la enfermedad que nos ocupa» 44. Es por eso por ----lo que se siguieron las recomendaciones del Comité de Expertos de la OMS 45, y se trató de establecer con dichos estudios cuál era la distribución por edades de los casos de poliomielitis paralítica registrados en los diez años últimos, y cuáles eran los grupos de edad más amenazados por la polio. El estudio estadístico-epidemiológico sobre la polio en España realizado por el grupo de Pérez Gallardo puso de relieve que «el 87% de los casos se presentaban en niños menores de cinco años de edad» 46. La encuesta serológica se llevó a cabo siguiendo una de las técnicas más seguras en ese momento, «la del empleo de tubos con cultivos celulares, para el estudio en ellos del efecto citopatogénico» 47. Aunque para dicha técnica eran igualmente sensibles las células HeLa, de amnios o de riñón de mono, se optó por estas últimas, que eran mucho más caras 48. Su ejecución requirió el establecimiento progresivo de una buena organización de laboratorio para desarrollar estas técnicas y establecer un buen sistema de recogida de los sueros 49, tarea laboriosa y que precisó, como se ha adelantado, del concurso de la Dirección General de Sanidad con el apoyo de la Fundación Juan March. Tampoco parece que se escatimaran esfuerzos en cuanto a la amplitud de la encuesta. De hecho, fue muy amplia: de los 5.119 sueros recibidos se estudiaron 4.185, correspondiendo 3.813 a personas no vacunadas y que no habían padecido polio paralítica 50. Este último grupo fue el núcleo principal de la encuesta serológica. Igualmente, en aquellos sueros en los que por la prueba rutinaria se había observado que poseían anticuerpos frente al virus tipo 1, se realizaron titulaciones del contenido en anticuerpos frente a dicho virus, que mostraron que no había diferencias esenciales entre los individuos inmunizados con vacuna Salk y los que habían sufrido poliomielitis paralítica con anterioridad 51. La encuesta serológica efectuada a las 3.813 personas que no habían padecido polio paralítica ni habían sido vacunadas con anterioridad puso de relieve que ----45 OMS (1954). El autor llamó la atención sobre la amplitud de su muestra frente a los estudios de otros laboratorios, limitados a 300 o 500 sueros, e indicó que de las 5119 muestras de sueros recibidas, tuvieron que desechar 934 por diversas razones, tales como contaminación bacteriana, insuficientes datos en la ficha correspondiente, etc. «la media de los porcentajes de positividad de los tres tipos de anticuerpos para España en los individuos no vacunados y que no habían sufrido poliomielitis paralítica ha sido en nuestro estudio, según edades, la siguiente: un año, 48,83%; tres años, 45,68%; cuatro años, 57,09%; seis años, 62,13%; ocho años, 67,39%; diezcatorce años, 79,05%, y veinte-veintinueve años, 86,60%» 52. Teniendo en cuenta estos resultados y los que arrojaron los estudios realizados sobre incidencia de la polio en las distintas edades de la población española, que ya hemos comentado 53, Pérez Gallardo estimó que la vacunación contra la poliomielitis había que «hacerla, urgente e imprescindiblemente, en los niños de hasta cinco años de edad, sin perjuicio de que en el futuro, cuanto más inmediato mejor, se extienda a otros grupos de edad» 54. La Campaña Nacional de Vacunación antipoliomielítica con vacuna oral se planteó en 1963. En enero de ese año, una orden ministerial que regulaba el uso de la vacunación antipoliomielitica por vía oral, las competencias de la Dirección General de Sanidad en este terreno y la contribución del Seguro Obligatorio de Enfermedad, indicaba explícitamente que: «Los servicios competentes de la Dirección General de Sanidad comprobarán el nivel inmunitario alcanzado por toda la campaña de vacunación antipolio, mediante el estudio serológico de grupos de población vacunada, seleccionados por muestreo, así como investigando el grado de virus circulante en dicha población» 55. Esta labor ya había sido consideraba por Pérez Gallardo, quién había justificado precisamente la necesidad de «disponer de un Laboratorio de Virología especialmente dedicado al aislamiento de los virus poliomielíticos y otros enterovirus, así como a la determinación de anticuerpos antipoliomielíticos en los seres humanos», no sólo para cubrir las necesidades diagnósticas, sino también para cooperar «en la calificación de los resultados que se obtengan en una posible campaña de vacunación contra la poliomielitis con el empleo de vacuna viva por vía oral» y ----52 PÉREZ GALLARDO (1962a), p. 55 Orden de 26 de enero de 1963 por la que se dictan normas en cuanto a las obligaciones y facultades de la Dirección General de Sanidad en materia de medicina preventiva (vacunación antipoliomielítica) B.O.E., CCCIII, 26, 30 de enero de 1963, pp. 1649-1650. para servir «además, en todo momento de laboratorio centinela en la vigilancia epidemiológica del desarrollo de dicha campaña de vacunación» 56. Aunque, como vimos, un laboratorio de esas características se había creado en la Sección de Virus de la Escuela Nacional de Sanidad que permitió contar con la tecnología necesaria para realizar la encuesta serológica comentada, se requería una ampliación del mismo 57 para poder desempeñar adecuadamente la tarea de control de una campaña masiva de vacunación antipoliomielítica con vacuna oral. La Orden Ministerial contemplaba dicha necesidad y dispuso que dicha ampliación se hiciera «con cargo a los créditos presupuestarios previstos» 58 y recomendaba no iniciar la campaña hasta que ésta se hubiera llevado a cabo. La aplicación de los estudios serológicos al control y vigilancia epidemiológica de la Campaña Piloto de Vacunación de León y Lugo y de la Campaña Nacional de Vacunación contra la poliomielitis: el Centro Nacional de Virus Con la ampliación de los laboratorios finalizada 59, el grupo de Pérez Gallardo, ya en el Centro Nacional de Virus de la Dirección General de Sanidad 60, se dispuso a aplicar los estudios serológicos al control, seguimiento y vigilancia epidemiológica de la Campaña Nacional de Vacunación antipolio. Esta labor comenzó durante la Campaña Piloto de Vacunación antipoliomielítica por vía oral realizada en León y Lugo entre mayo y junio de 1963, que sirvió de entrenamiento previo al desarrollo de la campaña nacional 61. El control de la Campaña Piloto de Vacunación antipoliomielítica por vía oral tuvo dos aspectos fundamentales: 1) el control de la vacuna que iba a emplearse, y 2) el control virológico de los efectos producidos por la vacuna62. Con respecto al primero de ellos, las pruebas realizadas «con la vacuna Sabin recibida de firmas comerciales inglesas», permitieron comprobar que «los lotes de vacuna utilizada en esta campaña piloto estaban constituidos por virus que reunían las características de las cepas de Sabin, correspondían al tipo serológico solicitado en cada caso (monovalente, tipo 1; bivalente, tipos 2 y 3, o trivalente) y poseían la potencia deseada»63. Por lo que se refiere al segundo aspecto, se juzgó necesario establecer la eficacia de la vacuna mediante «la recogida, en un grupo representativo de vacunados, de muestras de suero antes y después de la vacunación, para comprobar la elevación de tasas de anticuerpos una vez recibida la vacuna», pero también mediante «la recogida de muestras de heces entre los siete y los quince días después de la vacunación» 64. En este último caso se trataba de «comprobar la eliminación del virus de la vacuna por las heces, como prueba de que había hecho efecto la vacuna»65. Ahora bien, como indicaron Pérez Gallardo y su grupo, «dada la rapidez e intensidad con que se realizó esta Campaña Piloto y la escasez de personal de que dispusimos durante ella, el número de muestras recogidas para estudio virológico fue muy reducido»66. A pesar de ello, los autores indicaron que el material estudiado les proporcionó una orientación sobre la eficacia de la vacuna administrada, y les permitió confirmar la eficacia de vacuna empleada67. Con la experiencia proporcionada por la Campaña Piloto de León y Lugo el Centro Nacional de Virus afrontó la Campaña Nacional, cuya primera fase ----se desarrolló en diciembre de 1963 y enero de 1964 y la segunda a lo largo de abril y mayo de 1964. Durante dicha campaña se llevó a cabo el estudio virológico de los casos sospechosos de polio aparecidos en el transcurso de la misma. Dicho estudio comprendió «el aislamiento del virus a partir de las heces, su identificación y la determinación de anticuerpos antipoliomielíticos en la sangre de aquéllos» 68. Como resultado del mismo se pudo apreciar la evolución registrada por los tres tipos de virus polio en su frecuencia relativa como agentes patógenos 69. De hecho, durante la primera fase de la campaña, que se aplicó vacuna que incluía únicamente el virus tipo 1, se puso de relieve el predominio del virus tipo 1, pero también que «el porcentaje de tipos l aislados, [era] menor que el encontrado en los estudios anteriores a la campaña», lo que indicaba que, «aun en momentos tan precoces, la vacuna dejaba ya sentir su eficacia» 70. La investigación serológica de los casos sospechosos permitió confirmar el diagnóstico de polio en la mayoría de los casos, pero también corregir los falsos negativos. De hecho, se pudo demostrar que, en algunos casos, el sujeto padecía una infección poliomielítica -aunque las pruebas de aislamiento de virus resultaran negativas-, dado el aumento de las tasas de anticuerpos frente a los virus poliomielíticos tipos 2 y 3 71. Igualmente, la investigación serológica puso de relieve la concurrencia en ocasiones de «una infección doble por un virus polio y otro enterovirus (Echo-Coxackie)» 72. Los estudios revelaron el descenso del número de casos de poliomielitis tras la administración de la primera dosis de vacuna oral, debido sobre todo a la desaparición de los provocados por el virus tipo 1, pero también pusieron de manifiesto la necesidad de que la segunda dosis de vacuna fuera trivalente para evitar los casos provocados por los virus tipos 2 y 3 73. Ahora bien, a lo largo del estudio se pudo constatar igualmente las dificultades que había para obtener muestras dobles de suero en los casos sospechosos aparecidos durante la primera fase de la campaña, situación que se repitió también durante la segunda fase. Como señalaron los autores del estudio, esta circunstancia im-----pedía hacer un estudio más completo y limitaba las posibilidades que los estudios serológicos ofrecían. Finalizada la segunda fase de la campaña nacional de vacunación antipoliomielítica, los estudios serológicos permitieron efectuar un control y seguimiento de los resultados alcanzados por dicha campaña. Cuando ello fue posible, se realizó un estudio serológico completo de los casos sospechosos de poliomielitis que se comunicaron, por un lado, entre el 1 de junio y el 31 de diciembre de 1964 y, por otro, entre el 1 de enero y el 1 de octubre de 1965 74. Como había ocurrido durante la campaña, el recurso a los estudios serológicos mostró su utilidad para hacer un diagnóstico más preciso de los casos clínicos de poliomielitis, corregir los falsos negativos y detectar las infecciones dobles por un virus polio y otro enterovirus (Echo-Coxackie). Se pudo constatar que «en ningún niño vacunado con dos dosis de vacuna oral» se había producido «un caso confirmado de poliomielitis» 75. A la vista de los resultados, y a pesar de las dificultades para obtener doble muestra de sueros en algunos casos, los autores consideraron que los estudios seroepidemiológicos eran una vía apropiada para hacer una «valoración objetiva de los efectos de la campaña de vacunación antipoliomielítica», que demostraba «la gran eficacia de la vacunación con vacuna Sabin en nuestro país» 76. La madurez de los estudios seroepidemiológicos en España: del Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias de Majadahonda (Madrid) al Centro Nacional de Microbiología, Virología e Inmunología Sanitarias de Majadahonda (Madrid) La madurez que comenzaban a alcanzar en nuestro país los estudios seroepidemiológicos posibilitaron que, primero desde el Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias de Majadahonda (Madrid) y más tarde desde el Centro Nacional de Microbiología, Virología e Inmunología Sanitarias de Majadahonda (Madrid) 77, se aplicaran al análisis de la evolución de la polio ----74 PÉREZ GALLARDO, VALENCIANO CLAVEL, GABRIEL Y GALÁN (1964c), pp. 550-556. En esta ocasión, hubo también dificultad para contar con doble muestra de sueros en la mayoría de los casos sospechosos de poliomielitis que se comunicaron. 77 Contando siempre con la colaboración de la Sección de Epidemiología de la Dirección General de Sanidad. El éxito logrado por Pérez Gallardo y su equipo en los estudios sobre la en los años que siguieron a la Campaña Nacional de Vacunación antipoliomielítica de 1963-1964. Esta actividad, mantenida desde este último año hasta el año de la muerte de Franco 78, arrojó interesantes resultados que sirvieron para establecer las primeras pautas de vacunación contra la poliomielitis y modificarlas posteriormente para tratar de ejercer un mejor control de dicha enfermedad y lograr su erradicación. El estudio realizado durante el quinquenio 1964-1968 reveló el aumento de los casos de polio en el año 1966 y en los primeros meses de 1967 en los menores de dos años sin vacunar, aunque se mantuvieran cifras muy inferiores a las habituales en nuestro país antes de la introducción de la vacuna oral. Estos hechos parecían indicar que no eran efectivas las normas establecidas a partir de 1965, consistentes en que todos los recién nacidos antes de cumplir el primer año de edad debían recibir «dos dosis de vacuna trivalente, en la campaña anual organizada por la Dirección General de Sanidad o privadamente, a través de los pediatras y las farmacias» 79. Con el fin de corregir esta situación, se implantaron dos campañas anuales -en otoño y primavera-de vacunación en la primavera de 1967. Además, tras efectuar el estudio serológico de un grupo de niños vacunados con dos dosis de vacuna oral trivalente, se juzgó necesario recomendar la administración de una tercera dosis de vacuna a todos los niños vacunados, al objeto de completar la inmunidad y evitar los casos que se estaban dando en niños vacunados con dicha pauta. Consecuencia de estas medidas fue una cierta disminución en el número de casos en la segunda mitad de 1967 y a lo largo de 1968, aunque no se alcanzaron cifras tan positivas como las de 1965 80. ---- Por otro lado, el estudio del quinquenio 1964-1968 mostró también un aumento porcentual en la frecuencia de aislamiento del virus polio tipo 1 en los casos de polio registrados durante dicho quinquenio, especialmente en los últimos tres años en los que alcanzó porcentajes superiores al 70%. Esta circunstancia y la importancia del tipo I en las parálisis poliomielíticas aconsejaron «disponer de vacunas monovalentes, para poder vacunar con el tipo especifico en las provincias en las que comiencen a aparecer casos de poliomielitis» 81. Como reveló el importante estudio de Nájera y sus colaboradores publicado en 1975 82, que analizaba lo sucedido en el período 1966-1974, el aumento porcentual del tipo 1 había continuado, constituyendo en 1972 el 94% de los virus poliomielíticos aislados. Este hecho motivó la reintroducción ese mismo año de la primera dosis de vacuna monovalente tipo 1 en la pauta de vacunación. Los estudios seroepidemiológicos condujeron a introducir otro cambio en la pauta de vacunación frente a la poliomielitis en el otoño de 1972. En esa fecha se añadió una cuarta dosis, de recuerdo, al ingreso de la escuela (en torno a los seis u ocho años) 83. El trabajo de Nájera y colaboradores (1975), recordemos realizado en una coyuntura histórica crucial para nuestro país y con una actitud crítica, hacía hincapié en que la morbilidad anual de la poliomielitis había descendido a un ritmo muy lento tras la Primera Campaña de vacunación antipoliomielítica con vacuna oral llevada a cabo en nuestro país 84. Si esta situación se mantenía, decían los autores del trabajo, la incidencia de la polio iba a ser aún importante en el año 2000 cuando la mayoría de los países habrían conseguido ya la virtual erradicación de la enfermedad o su mantenimiento en niveles mínimos. Entre el conjunto de soluciones que ofrecían para modificar nuestra situación 85, proponían las siguientes. Por un lado, el establecimiento de una nueva pauta de vacunación con cuatro dosis (3, 5, 7 y 15 meses, siendo la primera dosis monovalente tipo 1) y tres recuerdos (3, 6 y 14 años), que se debería mantener hasta que la incidencia de la polio se mantuviera por debajo de 0,01 por 100.000 habitantes durante, al menos, seis años consecutivos. Por otro lado, se juzgaba absolutamente imprescindible una coordinación de los Servi----- cios Preventivos y Asistenciales, especialmente con los dependientes de la Seguridad Social. Junto a ello, habría que, según sus propias palabras, «organizar un sistema de vigilancia epidemiológica de la poliomielitis que permita conjuntar los estudios de laboratorio (aislamiento y serología que realiza el Centro Nacional de Microbiología, Virología e Inmunología Sanitarias), con los socioeconómicos referentes al caso o brote» 86. Esto permitiría «establecer un control de población vacunada, mediante los estudios serológicos de población sana que se consideren necesarios» 87 y alcanzar la plena madurez de los estudios seroepidemiológicos. A pesar de las deficiencias presentes en 1975 en la tecnología analizada 88, parece evidente el cambio experimentado a lo largo del período estudiado, que puede reflejarse también en la exportación de la tecnología citada a terceros países, dentro de las incipientes organizaciones no gubernamentales españolas. Un artículo de la revista Laboratorio 89, daba cuenta de la participación del Centro Nacional de Microbiología, Virología e Inmunología Sanitarias de Majadahonda en un proyecto para Camerún, como responsable técnico del estudio seroepidemiológico, de calidad contrastada. La realización de la primera campaña de inmunización masiva frente a la poliomielitis en España en 1963-1964, vino precedida por la incorporación al arsenal de la salud pública, de las encuestas de seroprevalencia, tal y como se llevaba haciendo en otros países. Dichas encuestas formaban parte de un programa más amplio, iniciado en 1957 por la Dirección General de Sanidad y coordinado por Florencio Pérez Gallardo desde la Escuela Nacional de Sanidad sobre epidemiología y profilaxis de la poliomielitis en España. Los resultados de las encuestas posibilitaron el poder relacionar la inmunidad natural ---- existente entre los diferentes grupos poblacionales, con los datos epidemiológicos de frecuencia de la enfermedad y, con ello, la realización de la campaña de vacunación masiva sobre unas bases racionales. En el contexto de la España franquista, el recorrido seguido para la incorporación de dichas técnicas, se inició en la década de los 50. En los años 60, asistimos a la puesta en marcha efectiva de las encuestas serológicas en el control y vigilancia epidémica de la Campaña Piloto de Vacunación de León y Lugo y en la Campaña Nacional de Vacunación contra la Poliomielitis. A partir de esos momentos, en una situación de madurez del grupo de trabajo citado arriba, se aplicaron estas técnicas al análisis de la evolución de la poliomielitis posterior a la campaña masiva de vacunación. Instituciones fundamentales en todo este proceso fueron desde 1963 el Centro Nacional de Virus, que por el desarrollo alcanzado se convirtió en 1967 en el Centro Nacional de Virología y Ecología Sanitarias de la Dirección General de Sanidad, transformado más tarde en el Centro Nacional de Microbiología, Virología e Inmunología Sanitarias de Majadahonda. Sería interesante indagar en un futuro las implicaciones profesionales que entrañó la generalización de la técnica cuyo desarrollo en España hemos analizado a lo largo de nuestro artículo.
En 1963 coexistieron en el tiempo dos campañas de vacunación antipoliomielítica: la llevada a cabo con vacuna Salk por el Seguro Obligatorio de Enfermedad y la experiencia piloto con vacuna oral Sabin que promovió la Dirección General de Sanidad. La simultaneidad obedecía a la pugna El 26 de enero de 1963 el Ministerio de Gobernación español dictaba las pautas para proceder a la vacunación antipoliomielítica a través de una Orden enmascarada bajo el título: «normas en cuanto a las obligaciones y facultades de la Dirección General de Sanidad en materia de Medicina Preventiva (vacunación antipoliomielítica)». El contenido de la Orden se deslizaba por el difícil equilibrio de las ambigüedades y los posicionamientos velados: un pronunciamiento en defensa de la vacunación oral con «virus vivo tipo Sabin» pero una constatación de su inviabilidad en esos momentos, una voluntad de erradicación de la polio pero un mantenimiento de la vacuna Salk (aunque se introdujese su gratuidad), una reivindicación de sus funciones de control sanitario pero una obligada asunción de la creciente autonomía del Seguro Obligatorio de Enfermedad (SOE)1. Se sentaban así, aunque de manera un tanto esquiva, las bases para el inicio de la campaña de vacunación más ambiciosa acometida hasta entonces en España, tanto por tratarse del preámbulo para la instauración de las vacunaciones sistemáticas y los calendarios vacunales, como por las estrategias diseñadas para la difusión de la misma entre la población. La expansión de la poliomielitis a nivel mundial también incidió en España y las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo XX supusieron un aumento de su morbilidad y mortalidad, dudosamente cuantificadas y nunca reconocidas públicamente en sus auténticas dimensiones. Si en otros países occidentales estas fechas coincidían con el resurgir tras guerra y posguerra, esta circunstancia era más determinante en España al encontrarse bajo una dictadura fascista, pues las políticas desarrolladas para la «protección de la infancia» -interpretada por el franquismo como bien social antes que como sujetos-habían derivado más hacia la enseñanza y adoctrinamiento de las madres desde la coartada científica de la puericultura, que hacia una mejora de la sanidad pública 2. En este con-----texto, la enfermedad y sus secuelas eran un desafío al propio discurso del Régimen, pronatalista y regeneracionista; el niño con secuelas poliomielíticas suponía la exhibición paradójica del pueblo numeroso, sano y fuerte concebido para forjar una España Imperial Grande y Libre 3. Las campañas de vacunación contra la poliomielitis fueron acogidas mundialmente, pese a las controversias sobre tipos de vacunas y efectos indeseables, como la única forma de combatir la enfermedad 4. En España, la introducción e implantación de las vacunas se iban a desarrollar en un marco bastante diferente al de los vecinos del norte y centro de Europa. Las frías ponderaciones sobre número de afectados y cuantía económica de una vacuna importada, constituyeron sólo un prólogo de una batalla que no se libraba exclusivamente contra la polio, sino entre los dos núcleos más significativos del poder sanitario de la época: la Dirección General de Sanidad (DGS) y el Seguro Obligatorio de Enfermedad (del Instituto Nacional de Previsión) 5. Ciencia, medicina y educación en la Transición Sanitaria en España, Historia Contemporánea, 18, pp. 19-52. Auxilio Social en la guerra civil y en la posguerra, Barcelona, Crítica, p. 4 Omitimos las obras sobre historia de la poliomielitis (reseñadas en otros artículos de este volumen) para dar cuenta de las aportaciones de mayor interés sobre la vacunación, sus polémicas y sus implicaciones científicas y económicas: AITKEN, S. ( 2004 (1996), L'aventure de la vaccination, Lyon, Fayard, pp. 297-340. Para España contamos con el análisis de los usos de las campañas por BALLESTER, R. ( 2008), La presentación internacional de las campañas de vacunación contra la poliomielitis en España. En PER-DIGUERO GIL, E. (coord.), Las vacunas. Historia y actualidad, Menorca, Institut Menorquí d'Estudis, pp. 123-138. 5 La transformación de competencias sanitarias en médicas, la absorción del SOE de funciones clásicas de la Salud Pública y diferentes tensiones entre estos organismos son estudiadas por: DE MIGUEL, J.M. (1979), La sociedad enferma: Las bases sociales de la política sanitaria española, Madrid, Akal Editor, pp. 25-54; MARSET CAMPOS, P., SÁEZ GÓMEZ, J.M., MARTÍNEZ NAVARRO, F. (1995), La Salud Pública durante el franquismo, Dynamis, 15, pp. 211-250, pp. 236-240; MUÑOZ MACHADO, S. (1995), La formación y la crisis de los servicios desarrollo mediático de las campañas obedeció previsiblemente a criterios de propaganda política mediante la imagen de logros del Régimen 6, pero exhibiendo en esta ocasión una novedosa dualidad al tratarse de un público tanteo de fuerzas de cada sector sanitario en la lucha por la Medicina Preventiva 7. La Orden citada al comienzo de este artículo suponía una declaración de intenciones en la campaña para la erradicación de la polio. Sin embargo, lo que en ningún momento aparecía explícito era que el Seguro Obligatorio de Enfermedad (SOE) había iniciado ya su campaña -pero con vacuna Salk-y que la implantación de la vacunación Sabin de la DGS iba a pasar previamente por un macroensayo en dos provincias españolas. Esa campaña piloto (llamada así entre los círculos de la sanidad médica y «campaña nacional» para el resto de los médicos y de la población a quienes se les ocultó el carácter de ensayo) se llevó a cabo en las provincias de Lugo y León en un clima de enfrentamiento entre los responsables nacionales y locales de la Dirección General de Sanidad y del Seguro Obligatorio de Enfermedad que saturaron la ---- ), La experiencia de enfermar en perspectiva histórica, Granada, Universidad de Granada, pp. 321-324. 6 Para la utilización de las epidemias como oportunidad de legitimación del Régimen véase JIMÉNEZ LUCENA, I. (1994), El tifus exantemático de la posguerra española (1939-1943). El uso de una enfermedad colectiva en la legitimación del Nuevo Estado, Dynamis, 14, pp. 185-198. Sobre el uso de los medios de comunicación para la propaganda política ligada a temas sanitarios véase, aunque para períodos anteriores, el uso de la radio en JIMÉNEZ LUCE-NA, I., RUIZ SOMAVILLA, M.J., CASTELLANOS GUERRERO, J. (2002), Un discurso sanitario para un proyecto político. La educación sanitaria en los medios de comunicación de masas durante el primer franquismo, Asclepio, 54(1), pp. 201-218; el cartelismo, CASTEJÓN, R., PERDIGUE-RO, E., BALLESTER, R. ( 2006), Los medios de comunicación al servicio de la lucha antivenérea y la protección de la salud materno-infantil (1900-50), História, Ciencias, Saúde -Manguinhos, 13(2), pp. 411-437; o el cine, MEDINA DOMÉNECH, R., MENÉNDEZ, A. (2005), Cinematic representations of medical technologies in the Spanish oficial newsreel, 1943-1970, Public Understanding of Science, 14, pp. 393-408. 7 Enfrentamientos anteriores de sectores próximos a la sanidad y la infancia, como los habidos entre Sección Femenina y Auxilio Social, no se libraron en los medios de comunicación de esta forma manifiesta, CENARRO (2006). prensa de réplicas y contrarréplicas, convertidas en confuso mensaje para una población ajena al auténtico tema del debate. El mensaje como propaganda, su difusión, recepción 8 y, especialmente, la ausencia de la misma son estudiados en este trabajo a partir de fuentes orales, archivísticas e impresas. La hemerografía fundamental ha sido la de las referidas provincias «piloto» 9: Lugo (El Progreso y Hoja del Lunes) 10 y, para León, prensa del Movimiento (PROA) y prensa católica (Diario de León) 11. La importancia de las fuentes orales ha sido capital para esta última provincia debido a la ausencia de fuentes archivísticas. Gracias a la labor de José Fernández Arienza, hemos contactado con cinco médicos de Asistencia Pública Domiciliaria (APD) que ejercieron en diversas zonas de la provincia de León, de los cuales hemos recuperado dos relatos a partir de entrevistas semiguiadas: las de Antonio Mallo González, médico en San Emiliano, y Antonio Silván Garrachón, que ejercía en Chozas de Abajo 12. ----8 IGARTUA, J.J., HUMANES, M.L. ( 2004), Teoría e investigación en comunicación social, Madrid, Síntesis, pp. 25-34. 9 RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, J.A. y SECO CALVO, J. ( 2008), Publicaciones periódicas: de la prensa general a las revistas científicas. En PITA, J.R., RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, J.A., PEREIRA, A.L., SECO CALVO, J. (coords.), A poliomielite na Peninsula Ibérica. Reflexoes para a sua compreensao histórica (7o Coloquio Internacional Temas de Cultura Científica), Coimbra, Imprensa da Universidade de Coimbra [Colecçao Ciencias e Culturas] (en prensa). 11 Para el conocimiento de la prensa regional hemos partido de la consulta de los Anuarios de la Prensa Española. Sobre la prensa castellano-leonesa y, en particular, la de 12 El principal obstáculo ha sido el fallecimiento de la mayor parte de los médicos que se encontraban en ejercicio en ese momento. En segundo lugar, los médicos identificados y contactados, reiteraron que no recordaban ninguna campaña de vacunación en especial, ni casos de polio o sus secuelas. Como se verá en el texto, esta ausencia de recuerdos ratifica algunas de las hipótesis expuestas. «[...] desde el año 1958 los Servicios competentes de aquel Centro directivo [la Dirección General de Sanidad] desarrollaran una campaña sistemática de vacunación entre los distintos sectores de la población, habiéndose ya aplicado la vacuna tipo Salk a más de un millón de niños españoles, obteniéndose de tal campaña y de los estudios antes referidos, importantes experiencias que han sido debidamente recogidas en revistas y publicaciones profesionales» 13. Palabras que correspondían, como veremos, más a una estrategia que a una realidad, pues ni la campaña pudo ser sistemática, ni llegó a todos los sectores de la población. Efectivamente, en 1958 la DGS dio comienzo a la vacunación antipoliomielítica con virus muertos tipo Salk. Los dirigentes habían considerado que las características de la vacuna dotaban de complejidad a la labor, tanto por administrarse en tres dosis inyectables -lo que implicaba tiempo y personal-como por la necesidad de conservación, lo que se traducía en un encarecimiento para su traslado y aplicación. Este fue el principal motivo esgrimido por el Gobierno para que la vacunación no fuese gratuita para todos y, consecuentemente, impedía darle carácter obligatorio e incluso hacía desaconsejable insistir demasiado en su publicidad, pese a lo cual algunas declaraciones de Juan Bosch Marín (Jefe de Puericultura de Sanidad Nacional, académico y presentado en los medios de comunicación como el gran experto nacional en poliomielitis, dados sus cargos de Vicepresidente de la Asociación Europea Contra la Poliomielitis y Presidente de la Comisión Española en el V Symposium celebrado ese año en Madrid) 14, fueron reflejadas en prensa con un retorcido titular: «La vacuna es cara, pero es nueve veces más barata ----13 Orden de 26 de enero de 1963 de Ministerio de la Gobernación (B.O.E., 30-1-1963, no 26, pp. 1649-50, p. 14 En el análisis de la prensa diaria, para el período 1954-1967, Bosch Marín es el personaje más citado (sólo superado por Salk), más que García Orcoyen (MUÑOZ SINGI, G. (2007), La poliomielitis en la prensa salmantina (1954-1967), Salamanca, Universidad de Salamanca [Tesis]). El papel de Bosch Marín en la vacunación contra la polio es analizado con detalle por BALLESTER (2008). de lo que parece» 15, basándose en el peregrino razonamiento de que los viales contenían 9 cc, es decir, nueve dosis. Esos «distintos sectores de la población», aludidos en la ley, basaban su distinción en su nivel económico. La DGS había establecido tres grupos (beneficencia, débiles económicos y pudientes) para aplicar diferentes tasas a la vacuna. Si los acogidos a alguna institución benéfica o incluidos en los padrones de beneficencia municipales pudieron acceder a la vacunación gratuita, ese poco definido grupo de «débiles económicos» tuvo que abonar tres pesetas por dosis, es decir, un total de nueve pesetas para completar la vacunación. Para quienes no entraban en esta categoría vacunar a un hijo contra la poliomielitis con vacuna Salk les costaba 27 pesetas (nueve pesetas por dosis) 16. La vacunación a los niños encuadrados como de beneficencia fue llevada a cabo directamente por la DGS a través de sus Jefaturas Provinciales y, si en éstas se consideraba oportuno, de los Médicos Titulares municipales. Era la DGS la que proveía de vacuna, previa petición, no sólo a las Jefaturas Provinciales, sino también a otros organismos de la beneficencia como la Delegación Nacional de Auxilio Social que se encargaba de distribuir la vacuna entre sus diferentes instituciones, dando prioridad a las de internamiento. Justino Rodríguez de Alarcón (Jefe del Servicio Médico Central de la Delegación Nacional de Auxilio Social desde 1958), informó en 1963 de su importante papel, con 60.622 niños vacunados, pese a las dificultades ocasionales para obtener una vacuna escasa y cara 17. Las Jefaturas Provinciales de Sanidad actuaban de intermediarias con la DGS. A través de los planes municipales de vacunación (que habían solicitado a las Alcaldías) y la información recabada por los médicos de APD a través de los padrones y el propio conocimiento del vecindario, se estimaba el número de niños a vacunar, el nivel económico familiar y las dosis precisas, que las Jefaturas Provinciales pedían a la DGS. Habitualmente, las dosis enviadas eran inferiores a las solicitadas y eran frecuentes los escritos de los Jefes Locales de Sanidad reclamando un envío mayor. Esta actividad de Auxilio Social se produce en una fase tardía en la que han quedado restringidas sus ambiciones de unificación y control de las actividades benéfico sanitarias, dando un giro hacia planteamientos caritativos más tradicionales. 16/6164) manda se producía en caso de gratuidad, pues como comunicaban los Jefes Locales de Sanidad, en caso contrario no había vacunación18. No obstante, es necesario precisar que este sistema organizativo que observamos en Lugo no puede ser extrapolable a las restantes provincias: en el caso de León, ninguno de los médicos titulares recuerda haber practicado una vacunación contra la polio de tipo inyectable o que fuese de pago: «No, no la conocí [la vacuna Salk] Yo, cuando empezó allí la campaña esa, que ya le digo que fue..., se desplazó allí el Jefe Provincial de Sanidad con algunas enfermeras era ya el líquido, las gotas... [...] Yo anteriormente no, no conocí. Lo único que se vacunó, que yo vacunaba anteriormente, era la antivariólica [...] Pero de otras vacunas entonces no se hacía»19. Cabría, por tanto, cuestionar también en este aspecto la auténtica extensión de las campañas con Salk de la Dirección General de Sanidad. La ineficacia de estos tímidos intentos de campañas que no cubrían a toda la población se pusieron de manifiesto, año tras año, en número de afectados: las tasas de morbilidad y mortalidad conocieron un enorme ascenso desde 1958, superando las tasas de los brotes de 1950 y 1952. Pero eran datos aproximativos, pues Sánchez Villares y Álvarez Suárez, mediante un cuestionario sobre aspectos epidemiológicos y clínicos de la poliomielitis paralítica (la más evidenciable), hacían patente la disparidad entre los datos estadísticos oficiales y la realidad, calculando «que un 50% de casos no figuran incluidos en las Jefaturas Provinciales de Sanidad» 21. A ello habría que añadir dos problemas habitualmente silenciados: los casos de polio posvacunal y las vacunaciones incompletas 22. Respecto a las limitaciones (o consecuencias) de la vacuna, en ----el área castellano-astur-leonesa la parálisis poliomielítica tuvo una incidencia del 0,5% en niños vacunados, incluso con las tres dosis 23. Las conclusiones, evidenciables desde el inicio de las «campañas» de vacunación Salk, parecían apuntar que era necesario cambiar la coordinación institucional en la organización de dichas campañas, las estrategias de propaganda y difusión entre la población y, como objetivo prioritario, garantizar la gratuidad para todos. Sin embargo, esta decisión no se tomó hasta 1963: cuando se inició la primera campaña nacional de vacunación oral Sabin, el balance de los años de vacunación Salk se saldaba, en las estadísticas oficiales, con 11.429 niños afectados y 1.301 fallecidos El 10 de julio de 1962 se constituyó un nuevo Gobierno, con la continuidad de Camilo Alonso Vega al frente de Gobernación y con Jesús Romeo Gorría en Trabajo. Como «seuísta», éste se colocaba en un sector ahora minoritario procedente de Falange, con intereses afines, aunque sólo en algunos aspectos 25, a los de los ascendentes tecnócratas del Opus Dei y con una visión bastante enfrentada al grupo de poder en que se hallaba Alonso Vega 26. Proseguía, por tanto, la tradicional división de carteras entre militares católicos en Gobernación (a la que pertenecía la Dirección General de Sanidad) y falangistas en Trabajo (del que dependía el Seguro Obligatorio de Enfermedad, obra del Instituto Nacional de Previsión) 27. La búsqueda de la nueva imagen de un Estado del bienestar en la economía desarrollista de los sesenta 28 permi-----23 Ibid., p. 315 24 Los datos de morbilidad proceden de los publicados en la Revista de Sanidad e Higiene Pública, los de mortalidad del Instituto Nacional de Estadística. 25 Véase el enfrentamiento entre tecnócratas y falangistas en asuntos económicos, como los del sector olivarero y la posición de Romeo Gorría, pese a sus simpatías hacia el Opus Dei (SÁN-CHEZ SOLER, M. ( 2001 tió el intento de transformación del SOE mediante la Ley de Bases de la Seguridad Social de diciembre de 1963 29. De este modo, en la maraña de la sanidad española en la que todos los ministerios llegaron a tener algún tipo de competencia sanitaria 30, el Instituto Nacional de Previsión alcanzó una expansión que lo convertiría en eje principal de la política social franquista y centro de poder sanitario. Es importante tener en cuenta este contexto para comprender algunos de los elementos más característicos de la campaña de vacunación antipoliomielítica iniciada por el SOE. La Orden del Ministerio de Trabajo, de 27 de diciembre de 1962, sobre campaña de vacunación antipoliomielítica masiva durante los meses de enero a junio de 1963, planteaba en sus cuatro artículos el desarrollo de un programa de vacunación para niños, hasta siete años, beneficiarios del SOE. La amplia cobertura en prensa permite reconstruir el desarrollo de la campaña: el 22 de enero se iniciaba la vacunación en Madrid, en seis ambulatorios del SOE que funcionaban mañana y tarde. Ese día y el siguiente se reunieron en la sede del Instituto Nacional de Previsión todos los Jefes Provinciales de Servicios Sanitarios, a quienes se les comunicaron los pormenores de la campaña y se les condujo a los ambulatorios que la estaban realizando 31. Desde el 28 de enero se hizo extensiva a toda España con la expectativa de vacunar a dos millones de niños 32. La justificación que de esta campaña se aducía se podía encontrar en el preámbulo de la Orden: «En su deseo de elevar el nivel de vida de los trabajadores españoles y de sus familiares, este Ministerio no puede olvidar la directa relación que aquél tiene con el nivel de salud y tiene que hacerse eco de la aspiración de aquéllos de proteger a sus hijos contra el riesgo de determinadas enfermedades. Una de las más graves es la poliomielitis, por el elevado porcentaje de secuelas incapacitantes que ocasiona. Las estadísticas de morbilidad para dicha enfermedad en España demuestran la in----- Aunque más contenida en su retórica, esta introducción no desdice del espíritu falangista fundacional del SOE, para el que la asistencia prestada era concebida como concesión del vencedor más que como derecho de un trabajador que cotizaba 34, aunque presentada desde el habitual discurso populista de la implantación de la justicia social merced a la revolución acaudillada por Franco, que integraba a las masas en la vida nacional atendiendo sus justas reivindicaciones 35. Así queda plasmado en uno de los avisos publicitarios aparecidos en la prensa: «Igualdad de oportunidad para defender la salud. Esta es la consigna del Ministerio de Trabajo al Seguro de Enfermedad en la campaña de vacunación antipoliomielítica» 36. La propaganda en prensa se sustentó en varios pilares: la garantía de que la vacuna era aplicada por pediatras y la gratuidad (evitando matizar que sólo era tal para los escasos beneficiarios del SOE en aquellos momentos). Ilustran esta utilización la foto distribuida por CIFRA, en la que una enfermera aplica la vacuna a una niña bajo la supervisora mirada de uno de los mil Pediatras Consultores previstos por la Orden 37. Respecto a la gratuidad como propaganda se hace evidente en la siguiente viñeta que focaliza la atención en un artículo rotulado con grandes caracteres «Está conjurado el espectro de la terrible poliomielitis». Debió darse por supuesto que los lectores sólo repararían en la imagen y el titular, pues el contenido del artículo hablaba del éxito en Alemania de la «vacuna de deglutir» 38. Incluso aunque el lector se adentrase en la epidemiología germana de la polio, no era probable que observase la contradicción pues durante toda la campaña se silenció el tipo de vacuna que se estaba usando. 34 El mensaje de las viñetas era inequívoco: el SOE había hecho posible que la vacunación llegase gratuitamente a los trabajadores. Por tanto, campaña contra la polio, pero también campaña de imagen y estrategia de búsqueda de apoyo y captación de los trabajadores ante una Ley de Bases en ciernes con la que consolidar el proyecto de seguro y expandir sus competencias. La prensa transmitió cuáles eran las pretensiones del Instituto Nacional de Previsión en materia sanitaria, siendo la campaña de vacunación antipoliomielítica el inicio de una «política de implantar la medicina preventiva en el SOE» 39. El modelo de la «revolución sanitaria» falangista buscaba la unificación y colectivización de todos los servicios sanitarios, a través de un Seguro Nacional obligatorio y total. El Seguro Obligatorio de Enfermedad nació en 1944 ----con estas pretensiones que han de enfrentarlo a los sectores de la Beneficencia y la DGS. Ya desde esos primeros momentos, ésta última reclamaba al SOE «que las campañas de tipo preventivo se realicen no para sustituirnos, sino para ayudarnos» 40. El SOE actuó como freno para la DGS (absorbiendo muchas de sus funciones), que -con un presupuesto muy inferior al del SOE-fue perdiendo capacidad para desarrollar esas tradicionales competencias preventivas 41. En ese camino hacia unas funciones sanitarias cada vez más amplias, no era una de las menores la autonomía para negociar directamente con los laboratorios la adquisición de vacuna 42, según determinaba la Orden de 27 de diciembre, según la cual «el Instituto Nacional de Previsión hará la adquisición de las dosis de vacunas necesarias para llevar a cabo la campaña mediante gestión directa ante la presentación de propuestas escritas» 43. Poco tiempo debió quedar de plazo para la presentación de estas propuestas, pues la campaña se inició a las tres semanas de publicada la Orden y ya en esas fechas se reflejaba en prensa que «dada la magnitud de la campaña, la vacuna adquirida ha sido seleccionada entre las producidas por los mejores laboratorios del mundo dedicados a esta especialidad contra la poliomielitis» 44. Una celeridad acorde con la rapidez con que la DGS intentó reivindicar su papel y frenar al SOE (ya en plena campaña de vacunación antipoliomielítica con vacuna Salk) mediante la Orden de 26 de enero. ---- La Orden de 27 de diciembre, la campaña en prensa y las declaraciones sobre competencias del Seguro de Enfermedad permiten comprender el título de la Orden de 26 de enero con que replicaba el Ministerio de Gobernación: «normas en cuanto a las obligaciones y facultades de la Dirección General de Sanidad en materia de Medicina Preventiva (vacunación antipoliomielítica)». Se desprende de este título que la vacunación quedaba relegada a un segundo plano (y entre paréntesis) ante el debate crucial sobre a qué institución le correspondía organizar la prevención sanitaria en España. La introducción ya señalaba que la legislación en vigor hacía recaer las responsabilidades y atribuciones de la Medicina Preventiva en el Ministerio de la Gobernación, lo que incluía la vacunación antipoliomielítica. Tras recordar la reciente historia de la vacunación antipolio y el articulado de la Ley Fundacional del Seguro que exigía la autorización de la DGS en materia vacunal, pasaba a establecer, en su artículo tercero, que «el Seguro de Enfermedad en la campaña de vacunación iniciada se somete a las siguientes normas y directrices: a) Facilitará la información necesaria para que la adquisición, recepción, conservación y distribución de las vacunas antipolio empleadas se conozcan por los Servicios técnicos de la Dirección General de Sanidad a los oportunos efectos»45. Todo el razonamiento previo sobre la conveniencia del uso de «la nueva vacuna antipoliomielítica con virus vivo, tipo Sabin, por vía bucal» se eludía al abordar la realidad de la campaña que ya estaba realizando el SOE, evitando especificar de qué tipo de vacuna se trataba. Pero lo mismo sucedía en la práctica con la propia DGS, que enviaba una circular a los Jefes Provinciales de Sanidad para que intensificasen la campaña de vacunación de 1962 entre los meses de febrero a abril de 1963, siendo su gratuidad la única, pero importante, diferencia respecto a la anterior 46. Un argumento relevante para que se produjese esta contradicción con lo expuesto en la Orden pudo ser la situación económica que se hubiese derivado de detener una campaña ya iniciada, con fuertes inversiones en vacunas y ----una publicidad en todos los medios de comunicación por parte del SOE 47. Los acuerdos efectuados con los laboratorios en la adquisición y comercialización de vacuna Salk debieron ser poderosos argumentos para no sólo no detener la campaña con Salk del SOE (sustituyéndola por Sabin), sino para que la DGS se sumase también hasta finales de abril al mismo tipo de vacuna. Si en 1958 la vacuna enviada por la DGS (a una provincia como Lugo) provenía de Lilly, Parke Davis, Vekar e Indiana, ésta última superaba en número de viales a las otras tres juntas y se convirtió en único suministrador hasta 1962-1963, en que la exclusividad pasó a ser de Landerlan (concesionario en España de los laboratorios Connaught canadienses). En cambio, para la misma provincia y en este último año, la vacuna adquirida por el INP fue del laboratorio Lilly 48. Dos instituciones con dos intereses diferentes en negociar la adquisición de la misma vacuna. Puesto que no parecía posible prescindir de la vacunación Salk (al menos hasta mediados de 1963), la aparición de la Orden resultaba prematura y evidenciaba así su intento de frenar al Instituto Nacional de Previsión, pues desde el propio texto, la Dirección General de Sanidad reconocía estar aún en una fase de dotar económicamente el establecimiento de laboratorios con función técnica de control de la vacunación 49. Sin embargo, la falta de preparación para el inicio de la campaña no fue debida a la ausencia de estudios previos sobre la misma. Florencio Pérez Gallardo 50, con sus colaboradores del Servicio de Virus de la Escuela Nacional de Sanidad, había realizado ya importantes estudios epidemiológicos sobre la poliomielitis en España que habían visto la luz en la Revista de Sanidad e Higiene Pública. Los estudios sobre morbilidad y mortalidad les habían permitido determinar que la letalidad era ----47 En 1963 Movierecord produce para el Instituto Nacional de Previsión dos cortometrajes publicitarios de animación en los que no se hace alusión directa a la vacunación, pero sí rotulan sus últimos planos con «Campaña contra la polio I.N.P.». Otras producciones animadas se llevaron a cabo en los siguientes años. Para su análisis y el del uso de la imagen cinematográfica en las campañas antipolio españolas véase BALLESTER AÑÓN, R. ( 2008 del 8,95%, que el 87% de los casos paralíticos se producían antes de los cinco años (porcentaje mayor que en otros países) y que la estacionalidad preferente era de julio a octubre. A través de importantes encuestas serológicas (con 5.119 muestras de suero llegadas de toda España) determinaron la distribución de los tres tipos del virus y constataron que en una campaña habría que vacunar a todos los niños hasta los cinco años. A tal fin, la elección de las cepas Sabin también parecía la más lógica si se pretendía una erradicación gracias a la creación de una resistencia intestinal y venía avalada por la OMS y experiencias de campañas en numerosos países 51. Aunque es innegable que la complejidad de desarrollar una campaña exigía realizar unas labores organizativas previas, los meses transcurrían desde la aparición de la Orden sin que se anunciase la vacunación Sabin. El 19 de marzo el diario Pueblo pedía aclaraciones a las autoridades sanitarias sobre este particular, obteniendo como respuesta un comunicado en prensa que ratificaba las causas de la dilación ya esgrimidas en la Orden 52. Adaptaciones necesarias, pero de más fácil solución que los obstáculos que planteaban las «familias» políticas y los grupos de poder sanitario, especialmente el de los pediatras liderados por Bosch Marín y afines al SOE que ya estaban llevando a cabo la campaña de vacunación con Salk 53. Esta falta de entendimiento y colaboración entre DGS y pediatras, mediada por la posición respecto al SOE, había estado presente en la lucha contra la poliomielitis antes del anuncio de la vacunación oral. Cuando la Sociedad Castellano-Astur-Leonesa de Pediatría dedicó en 1962 unas sesiones monográficas al tema de la poliomielitis, el citado catedrático de pediatría de Salamanca, Ernesto Sánchez-Villares, presentó junto a Álvarez Suárez los resultados de una encuesta sobre aspectos epidemiológicos y clínicos: de las diez provincias, la única Jefatura Provincial de Sanidad que colaboró en ella fue la de Palencia, a cargo de Martín Prado 54. El debate decisivo con los pediatras se entabló en marzo de 1963, en una mesa redonda de la Sociedad de Pediatría de Madrid, que tras varias reuniones ----llegó, en su sesión del día 18 de abril, a unas conclusiones que, con prudencia y ambigüedad, consideraban igualmente válidas ambas vacunas, aunque «por sus características especiales de economía y de empleo fácil, es aconsejable la vacunación de tipo Sabin para efectuar una vacunación masiva de la población más receptiva y de desarraigo de la enfermedad» 55. Pero, hasta ese espaldarazo de la pediatría, Florencio Pérez Gallardo y su equipo tuvieron que desarrollar una estrategia para conseguir el auspicio de las instituciones, claramente expuesta por Tuells a partir de los testimonios de los propios protagonistas: una vez descartada la posibilidad de fabricación nacional de la vacuna, el apoyo del recién nombrado Secretario General de Sanidad, José Manuel Romay Beccaría, a quien Pérez Gallardo garantizó el éxito de la campaña, supuso un paso decisivo 56. La otra baza fue la organización de una visita a España de Albert Sabin, a principios de febrero, y su utilización mediática. Las provocaciones procedieron de ambas partes y los dos bandos emplearon a sus más significativas figuras. Recordemos que la campaña de vacunación Salk del SOE estaba en marcha y que fue el lunes 4 de febrero cuando se inició en los ambulatorios de muchas capitales de provincia 57. Al día siguiente, 5 de febrero, Bosch Marín daba su conferencia sobre «La poliomielitis en Europa en 1962», en la Real Academia Nacional de Medicina y, aunque sea recordada como «panegírico de la vacuna Salk» 58, el texto muestra un examen de las diferentes, cambiantes y discutidas experiencias vacunales en Europa (incluida Rusia) con Salk y con Sabin 59, un reconocimiento de la efectividad de ambas y una preferencia por la Sabin para la erradicación. Bien es cierto que en su presentación subyace el intento de mostrar la homogeneidad en la diversidad, la validez de las estrategias vacunales del SOE y una defensa de no interrumpir una campaña con ---- Salk en la que habían invertido tanto esfuerzo, para lo que citaba una sentencia irlandesa «no cambiemos de bicicleta cuando bajamos una pendiente» 60. Poco convencida de ese descenso, la Dirección General de Sanidad celebró al día siguiente, 6 de febrero, la primera conferencia de Albert Sabin en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas 61. Toda la cúpula de Gobernación respaldó el acto, e incluso el Presidente de la Academia de Medicina, pero la prensa no ofreció información sobre si estuvieron presentes los responsables del Instituto Nacional de Previsión y SOE 62. En sus tres días de estancia en Madrid, Sabin fue llevado a dar conferencias y ruedas de prensa. En éstas estuvieron presentes los medios de comunicación, «los periodistas de todos los diarios, agencias, emisoras y televisión de Madrid» 63, aunque la cobertura fue bastante desigual, según los periódicos, en comparación con la prestada a Bosch 64. Gerardo Clavero, Director de la Escuela Nacional de Sanidad, aprovechó para anunciar que «en cosa de dos meses la Dirección General de Sanidad va a comenzar estas campañas masivas, antes de que llegue el calor» 65. Ni fueron dos meses ni la campaña tuvo carácter nacional, pues hasta el mes de mayo no se inició una campaña piloto de vacunación en las provincias de León y Lugo. Pérez Gallardo en su memoria de la misma la presentaba como parte de un bien estudiado proceso: «[...] ante la posibilidad científica y administrativa de empezar la vacunación, se comenzó por pensar en la realización de una campaña piloto de donde pudieran emanar las enseñanzas prácticas necesarias para posteriormente llevar a cabo una campaña nacional [...] estaba plenamente justificada por cuanto no se habían realizado previamente en España trabajos de este tipo [...] de breve duración, de desarrollo intensivo y de gran magnitud [...] Conviene que señalemos que se trataba de una fase piloto en el sentido meramente administrativo y de organización, y nunca para el ensayo de la vacuna, para conocer sus posibilidades y contraindicaciones [ La misma memoria, el reflejo de la campaña en prensa y el testimonio de algunos médicos muestran algunas divergencias sobre las que reflexionar. Lo más evidente es que se ocultó a la población, e incluso a los médicos, que se trataba de una fase piloto, pues fue presentada ya como campaña nacional. Con diferentes estrategias en las dos provincias elegidas, El Progreso de Lugo fue el único que apuntó cierto carácter diferencial de la provincia: «Al mismo tiempo que en Lugo -una de las primeras provincias que desarrollará este programa-se llevará a cabo en León y otras poblaciones» 66. Si la decisión de eludir la presentación de la vacunación como un ensayo podía ser una estrategia para evitar los temores de la población (en quienes había dejado huella la interesada propagación de los errores con la Salk) 67, la escasa información a los médicos, especialmente en los entornos rurales, no parecía justificada: ninguno de los médicos entrevistados o consultados eran conscientes de haber participado en una campaña piloto 68. Igualmente, parece difícil comprender que si se trataba de un ensayo meramente administrativo no sólo no se respetasen las mismas épocas del año para la aplicación de la vacuna (en León se produjeron las dos fases seguidas, con seis semanas entre ambas, desde mayo a julio; en Lugo, hubo una primera fase de mayo a junio y una segunda de octubre a noviembre), sino que las vacunas fuesen diferentes, no sólo en los laboratorios, sino también en su composición: en tanto que León vacunaba en sus dos fases con vacuna trivalente (tipos I, II y III en la misma) y en dos grupos con diferentes concentraciones 69; en Lugo se vacunó en la primera fase con monovalente tipo I y en la segunda con bivalente II y III 70. 68 No sólo Antonio Mallo y Antonio Silván mostraron este desconocimiento, sino también los otros tres médicos a los que quisimos entrevistar, para quienes las vacunaciones habían supuesto una actividad rutinaria sin particularidad alguna. De hecho, el folleto publicitario que posteriormente se distribuyó a los médicos para la primera campaña nacional lo apuntaba eludiendo el adjetivo «piloto»: «[...] hace unos meses hemos realizado, en las provincias de Lugo y León, una campaña de vacunación totalmente gratuita, a base de la vacuna más eficaz y de mayor facilidad en su administración: la vacuna de Sabin» (S.A. (1963), Estado actual y fundamentos de la vacunación contra la poliomielitis, Madrid, Dirección General de Sanidad, 30 pp., pp. 3-4). Es sorprendente este uso de una vacuna Sabin trivalente cuando sólo tenemos noticias de su uso parcial (como ensayo) en Rusia en 1960 71. Su desarrollo, ensayos y aprobación en Canadá por los laboratorios Connaught (uno de los más importantes en la fabricación de vacuna Salk y sus diferentes combinaciones con DTP) se produjo en marzo de 1962 72, siendo el primer país que la aprobaba 73. Los laboratorios Connaught fueron los grandes exportadores de la vacuna Sabin, dada la reticencia en Estados Unidos, no sólo por motivos políticos ante la «vacuna rusa», sino también por las dificultades para realizar ensayos en una población ampliamente inmunizada por el uso masivo de la Salk. No obstante, en 1962 Estados Unidos autorizaba los tres tipos de vacuna Sabin, pero hasta agosto de 1963 no aprobaba la fabricación de «la nueva vacuna trivalente Orimune» del laboratorio Lederle. Esta información aparecía el día cinco de agosto en el Diario de León, provincia en la que, sin publicidad al respecto ni conocimiento de la población, se había realizado al completo una campaña piloto con esa innovadora vacuna trivalente 74. En un breve artículo, casi apéndice a la memoria de la campaña piloto, Pérez Gallardo reconocía que «se pretendió con ella extraer una serie de experiencias prácticas de todo orden». Sin embargo, pocas líneas después, ponía de manifiesto indirectamente que el interés del ensayo («en estrecha relación con el laboratorio») radicaba en la comparación entre la administración de la monovalente en Lugo y la trivalente en León, pues sólo hacía referencia al período mayo-julio, olvidando la segunda fase con bivalente en Lugo a partir de octubre 75. Las «experiencias prácticas» fueron satisfactorias y la trivalente se empleó en abril de 1964, en la segunda fase de la Primera Campaña Nacional, siendo la primera fase con monovalente tipo I 76. ---- 71 De lo cual informó Bosch Marín en su discurso en la Academia: se usaron vacunas con poliovirus vivos administradas en grageas de tipo monovalentes, bivalentes I y III y trivalentes I, II y III (BOSCH MARÍN (1963) Desde la hipótesis de que la campaña piloto fue concebida como ensayo de la nueva vacuna trivalente, tenemos que reconsiderar las explicaciones dadas a la elección de las provincias de León y Lugo. La memoria de la campaña basaba la designación en la epidemiología, en que sus capitales de provincia no fuesen las más populosas, en que tuviesen un clima frío, variedad geográfica (orográfica y poblacional), fuesen limítrofes para que se pudiese intercambiar la información fácilmente y contasen con autoridades sanitarias provinciales especialmente interesadas en el problema 77. Los elementos geográficos ofrecían indudablemente en las provincias elegidas un buen modelo para testar todas las posibles dificultades administrativas y de organización. Respecto a la epidemiología, tanto Lugo como León se encontraban entre las provincias españolas con menores tasas de morbilidad (pese a la epidemia de 1958, que afectó especialmente a Lugo) 78 y se habían realizado en ellas estudios serológicos previos, aunque con escasa participación 79. Sin embargo, parece un elemento de mayor peso la personalidad de quienes se encontraban en las Jefaturas en esos momentos, especialmente en la de León, que es donde se iba a aplicar la trivalente. José Vega Villalonga era militar (médico de la Armada), ocupaba el puesto de Inspector Provincial de Sanidad desde 1925 y había demostrado su efectividad en la organización de campañas de vacunación en la antituberculosa con BCG de los años treinta 80. Respecto a José Pérez Mel, Jefe Provincial de Sanidad de Lugo, tenía también una larga experiencia y buena relación con Pérez Gallardo, con quien compartía la convicción de la necesidad de introducir la vacunación con Sabin y hacía cinco años había iniciado la búsqueda de «un poblado de Piedrafita del Cebrero que resultase adecuado para la experiencia en el caso de que la Superioridad la autorizara» 81. ---- La campaña comenzó en León el día 30 de abril, con una conferencia de Florencio Pérez Gallardo en el salón de actos de la Jefatura Provincial de Sanidad, presentado ya como Director de la Campaña Nacional de Vacunación Antipoliomielítica. Había viajado con un equipo de expertos entre los que se encontraban Valenciano y López Villalba. PROA destacó que Pérez Gallardo era experto de la OMS en poliomielitis 82. Esta primera conferencia había sido anunciada con una entrevista aparecida el mismo día, en la que se plasmaron los elementos más característicos que tanto el entrevistado como la Dirección General de Sanidad querían difundir en la campaña mediática: los de tipo divulgativo-pedagógico (epidemiología de la polio, previsiones de desarrollo epidémico, tipos de vacunas, ventajas de la vacuna Sabin y, especialmente, la necesidad de vacunar con Sabin a quienes habían sido vacunados con Salk), los de tipo informativo sobre el desarrollo de la campaña (grupo de edad a vacunar, inicio de la campaña, lugares y gratuidad) y los de defensa de la vacunación como competencia de la DGS 83. El dos de mayo Pérez Gallardo se encontraba ya en Lugo, acompañado por López Villalba y Ruiz Falcó, para pronunciar otra conferencia, en esta ocasión en el Instituto Provincial de Sanidad. Contaba con el respaldo de la Jefatura Provincial de Sanidad y del Colegio Oficial de Médicos 84. La prensa dio cuenta de los asistentes más representativos: María Isabel Gayoso (Delegada de la Sección Femenina), Rego Martínez (Presidente de la Diputación) y Santín Díaz (Delegado de Información y Turismo). La ausencia de los representantes del INP y SOE, al igual que en León, puede leerse entre líneas 85. La vacunación comenzó en León capital el 14 de mayo con la supervisión directa de Rafael Nájera: un artículo en Diario de León informaba de ella publicando por primera vez la imagen del cartel que se usó en la campaña nacional 86. En Ponferrada (adonde Pérez Gallardo también llegó para dar su conferencia) 87 se vacunaron 5000 niños en tan sólo dos días, 21 y 22 de mayo, en el Centro Secundario de Higiene 88. El equipo vacunador (que se desplazó por la provincia desde el 3 de junio) utilizó estos centros o, generalmente, las escuelas tanto por la falta de consultorios como por la labor de propaganda realizada por los maestros. ---- En este itinerario por los diferentes pueblos, la presencia de Vega Villalonga ha eclipsado en la memoria de los médicos al resto del equipo y sólo recuerdan la llegada del Jefe Provincial de Sanidad y las enfermeras, en un grupo de cinco o seis personas del que desconocen si alguien venía de Madrid 89: «Porque la primera vacunación que hubo de la polio [...] pues fue el Jefe Provincial de Sanidad, fue don José Vega Villalonga, con, en fin, con todas las enfermeras y con todo aquello... fue un... un espectáculo» 90. Prensa y memorias nos indican que esas enfermeras eran en ocasiones cumplidoras del Servicio Social en Sección Femenina. Octavio Aparicio, uno de los primeros divulgadores en las campañas contra la polio en Ya, en sus frecuentes artículos en Teresa (revista de la Sección Femenina) 91, dio una muy detallada crónica de la campaña piloto, excepcional en las revistas de la época, laudatoria de la labor desarrollada 92. Mientras, en León capital se siguió vacunando hasta el 23 de junio con la primera dosis 93, en el Instituto Provincial de Sanidad, único sitio habilitado a tal fin. Manuel Valdés, periodista del diario del Movimiento, insertó un párrafo sobre este particular: «Sugeríamos a los doctores la posible conveniencia de llevar a cabo la vacunación en algún otro centro, tal como en los nuevos grupos escolares, en el Dispensario de la Cruz Roja, y en algún otro lugar adecuado para ello» 94. Es significativo que no se mencione tampoco en esta ocasión el ambulatorio del SOE, donde en esos momentos se estaba vacunando con Salk. Y también lo es la centralización y control ejercidos por Vega en el proceso, que contrasta con la flexibilidad con que se llevaron a efecto los períodos de vacunación, prolongada en León capital hasta el día 23 de junio, momento en ----89 Testimonios de Antonio Mallo y Antonio Silván. 90 Testimonio de Antonio Silván. 91 PITA, J.R., RODRÍGUEZ SÁNCHEZ, J.A. (2008), Actitudes ante la polio en España y Portugal: estudio comparativo. En ORTIZ GÓMEZ, T. et al. (coord.), La experiencia de enfermar en perspectiva histórica, Granada, Universidad de Granada, pp. 331-334, p. que concluyó en toda la provincia, para volver a reanudarse el 2 de julio como supuesta segunda fase 95. La campaña en Lugo ofreció remarcables diferencias respecto a la de León, no sólo justificables, tal y como figura en la memoria de la campaña piloto, por las condiciones geográficas y la diseminación de la población. Consideramos que los dos factores principales que influyeron fueron la diferente visión sobre la gestión sanitaria de Pérez Mel respecto a Vega Villalonga y, especialmente, el tratarse de una campaña concebida realmente en dos fases, pues iban a usar en la primera una monovalente tipo I y en la segunda una bivalente con los tipos II y III, lo que obligaba a conseguir la misma participación en ambas fases o, al menos, que en ambas fuese superior al 80%. Estas fechas que aparecieron en prensa no coinciden con las de la memoria de la campaña piloto, donde se hace constar que fueron del 14 de mayo al 21 de junio y del 13 de julio al 24 de agosto. 4, da prueba de que no fue así, pues se trata de una reconvención a los padres debido a la poca asistencia en la semana que llevaban de segunda fase de vacunación. Esa diferencia de concepción de la campaña por parte de Pérez Mel se observa en el papel que otorgó a los medios de comunicación, el mayor lugar ocupado por la divulgación y la utilización de los avisos (brevísimos sueltos en los que se realizaba una reflexión sobre la polio y la vacunación con el fin de concienciar y promover la participación). Estos avisos serían durante la posterior campaña nacional uno de los elementos más persistentes en toda la prensa del país 96. Desde la aparición el día 2 de mayo de la entrevista a Pérez Gallardo, no cesaron las noticias sobre poliomielitis y la inminente campaña. Dio comienzo el 16 de mayo en la provincia, llegando a Lugo los días 24 y 25, para continuar en las parroquias los días 27 y 29 y mantenerse en la capital hasta el 12 de junio. Las fechas claves fueron las del comienzo de la vacunación en la capital: desde el 21 al 31 de mayo, El Progreso ofreció una continua información, culminando el domingo 26 de mayo, víspera del inicio de la vacunación en las parroquias y momento de evaluación triunfal de los primeros resultados. Los 4.257 niños vacunados en Lugo capital en dos días fueron considerados un rotundo éxito que sirvió de estímulo a los vecinos de las parroquias para acudir. Un gran anuncio que ocupaba la mitad inferior de la página sexta, ponía de manifiesto, a través de dos columnas de empresas colaboradoras, los apoyos buscados por Pérez Mel en la sociedad lucense. La segunda fase también contó con una intensa difusión en prensa con artículos y numerosos avisos, aunque no tanto como en la primera fase, conscientes de que aquí se trataba de completar la inmunización de la población frente a los tipos II y III del virus. La vacunación comenzó en esta ocasión por los municipios el día 22 de octubre, para continuar por las parroquias 97 e iniciarse en Lugo capital el día 31 y prorrogarse hasta finales de noviembre en el Instituto Provincial de Sanidad 98, si bien Pérez Mel dio por concluida la campaña el día 5 de noviembre 99. Los apoyos sociales y políticos fueron necesarios para Pérez Mel en la pequeña batalla local, microcosmos de la nacional, que mantenía con Gómez Silva, Inspector de Servicios Sanitarios del SOE de Lugo. Recordemos que el SOE estaba realizando de forma paralela una campaña de vacunación gratuita para sus afiliados con vacuna Salk, de enero a junio. Sin embargo, en Lugo la campaña se mantuvo durante todo el año y no colaboraron en la campaña ---- Sabin, ni tan siquiera en el inicio de la campaña nacional, según se desprende de un oficio de Gómez Silva, fechado el dos de diciembre de 1963 100. La falta de colaboración y de asunción de la autoridad de la Jefatura Provincial en materia preventiva 101 llegó a convertirse en decididas actuaciones contra la campaña piloto, según informó Pérez Mel al Gobernador Civil: «[...] el actual Inspector Sr. Gómez Silva que es, además, la misma persona que, no hace mucho tiempo, intentó desacreditar la Campaña Antipolio del Ministerio de Gobernación con informaciones y con propaganda verbal subrepticia y tendenciosa. La Superioridad decidirá sobre esto lo que a su juicio sea mas conveniente» 102. Otra de las diferencias notables con la campaña realizada en León residió en la búsqueda de participación de los médicos titulares y el acercamiento de la vacunación a los habitantes multiplicando los lugares en que se efectuaba, como se ejemplifica en Lugo capital, donde se llevó a cabo en las escuelas, la Casa Consistorial, el Instituto de Higiene, la Casa de Socorro -Hospital Provincial-y el Centro de Alimentación Infantil 103. Recordemos que en la provincia de León, el recurso a las escuelas sólo existió en pueblos sin consultorios médicos y que en León capital se limitó al Instituto Provincial de Sanidad. Los resultados de la campaña piloto fueron de 71.228 niños vacunados en toda la provincia de León durante la primera fase, más del 90% del total de la población susceptible, mientras que la segunda dosis sólo fue administrada a 52.241 niños 104. Esta última cifra se publicó exclusivamente en la literatura ----100 A.H.P. Lugo, Fondos de Sanidad, Caja 27042. 101 Pérez Mel informaba al Gobernador Civil de la imposibilidad de realizar un control de los organismos sanitarios dependientes del Ministerio de Trabajo («Memoria de actividades -Año de 1963. Jefatura Provincial de Sanidad de Lugo», A.H.P. Lugo, Fondos de Sanidad, Caja 27167). Esta autonomía, les llevó a no informar sobre las vacunaciones que llevaban a cabo y a que tuviese que ser reclamada la información desde la Inspección General de Epidemiología y Estadística de la Dirección General de Sanidad (A.H.P. Lugo, Fondos de Sanidad, Caja 27042). Jefatura Provincial de Sanidad de Lugo», A.H.P. Lugo, Fondos de Sanidad, Caja 27167. Existe disparidad entre estas cifras y las que iban siendo anunciadas en prensa: el 18 de junio, el comunicado de la Jefatura Provincial de Sanidad (en que se anunciaba la finalización de la primera fase en toda la provincia el día 23 y el inicio de la segunda el dos de julio) daba las cifras de un total de 49.476 niños vacunados, entre León (8.113) y el resto de la provincia (41.363), lo que suponía un 90% (Diario de León, 18-6-1963, p. 2). médica dado que suponía un exiguo 66%, muy lejos del 80% pedido por Sabin para la erradicación 105. Aunque en partidos como Riaño las vacunaciones bajaron de 3.183 a 1.366, la interpretación que se hizo de los resultados fue de éxito total. Conscientes los promotores de que se había vacunado en ambas ocasiones con trivalente, el porcentaje alcanzado en la primera fase era suficientemente satisfactorio y explica el descenso en la propaganda durante la segunda fase, de la que sólo hemos encontrado cinco breves noticias en los dos periódicos leoneses 106. En Lugo, como hemos expuesto, el desarrollo fue bien distinto y, puesto que la primera fase era con monovalente tipo I y la segunda fase con bivalente de los tipos II y III, había que garantizar en ambas ocasiones una participación superior al 80%. Los medios de comunicación sólo recogieron el porcentaje de la primera fase. La comparación entre los estilos en la campaña no tuvo una valoración pública, pese a la evidencia de cuáles eran las actuaciones que habían asegurado el elevado número de vacunados: si la intensa publicidad en los medios de comunicación pudo ser de gran importancia para estimular la participación en los entornos urbanos, en el medio rural fue la labor directa de los médicos APD la que permitió el éxito. El testimonio de Antonio Silván, médico titular de Chozas de Abajo durante la campaña piloto, ofrece una realidad cotidiana frecuentemente silenciada por el espectacular despliegue publicitario de las Jefaturas: «Los médicos de APD siempre fuimos, hablo en general, yo creo que siempre fuimos muy partidarios de las vacunaciones porque era realmente una de nuestras armas, era una de nuestras armas... Porque la asistencia, la asistencia médica que podíamos prestar..., hombre, pues era importante, era importante médicamente y... 105 Establecemos el cálculo a partir de los porcentajes ofrecidos en el texto, que nos permiten establecer de forma aproximada el total de la población susceptible de recibir la vacuna que consideraron los equipos. En ningún momento se publicó este total, por lo que el porcentaje de vacunados que ofrecían las Jefaturas no podía ser comprobado. De hecho, el número real era desconocido para ellos mismos, pues como expresa Pérez Mel, partía de considerar que los niños entre dos meses y siete años «viene a ser algo más del 10 por 100 de la población total» (PÉREZ GALLARDO, VEGA VILLALONGA, PÉREZ MEL, LÓPEZ VILLALBA, NÁJERA MORRONDO (1964), p. 2. extramédicamente, porque claro era una asistencia... de, de... pudiéramos decir de conocimiento de la gente, de la familia, de cómo vivían, qué se podía, qué no se podía... Hay que tener en cuenta que en aquella época tenías que valorar mucho... tenías que valorar mucho... la cuestión económica de la gente. Porque entonces no había seguridad social, no tenían nada, tenían los famosos igualatorios que solucionaban problemas, pero, la gente... todo lo que representaba, por lo menos en la zona en que yo estaba, lo que representaba económicamente gasto pues restringía al máximo, porque era una zona empobrecida, una zona... lo que no es ahora, era entonces» [...] «Hombre yo creo que... yo creo que la gente era consciente del peligro que... que podía encerrar no vacunarse, yo creo que... y ahí éramos nosotros los que teníamos que influir en la, en la... Ya te digo, yo personalmente... no se me quedaba ni uno sin vacunar, porque si uno no iba, iba yo a buscarlo. Entonces tenías todavía una autoridad sobre ellos. No, no, no quedaba, no quedaba nadie. Llamabas a su padre le explicabas... le explicabas... «¿por qué no vacunas al niño? Hombre, si no lo quieres vacunar, no lo vacunes; te expones a estos problemas, allá tú». Eso, eso, eso en la... en la medicina rural, yo creo que, que vamos, las vacunaciones se llevaban al cien por cien» 107. «LA SALK DE VIRUS INACTIVADOS QUE SE APLICA POR VÍA ORAL»: DIVULGANDO Si la estrategia informativa sobre la poliomielitis había sido silenciar la auténtica morbilidad y la aparición de brotes epidémicos 108 (aunque publicitando el riesgo de su aumento en España por ser enfermedad de países desarrollados) 109, desde que se iniciaron las campañas del SOE en 1963 las autoridades sanitarias empezaron a reconocer públicamente la existencia de la poliomielitis y sus secuelas como forma de incentivar la vacunación. Pérez Gallardo también lo hizo advirtiendo de «que la poliomielitis va en aumento en nuestro país [...] Si hasta ahora no se han dado más que dos mil casos al año, sin embargo los estudios epidemiológicos demuestran que están aumentando y que si no se toman medidas constituirá un grave problema» 110. Las cifras que durante el año 1963 utilizaron en las campañas todos los dirigentes fueron de dos mil casos de parálisis y doscientos fallecimientos anua----- les. Si bien ese número de fallecimientos se había superado en varias ocasiones, las estadísticas nacionales sólo habían reflejado en dos ocasiones una morbilidad poliomielítica superior a los dos mil casos, sin precisar si eran formas paralíticas, aunque, como ya indicamos al hacer referencia a la investigación de Sánchez Villares, era lo más probable por ser lo más visible. El dramatismo podía contemplarse ahora como un nuevo elemento eficaz en la publicidad y la campaña piloto permitió valorar si incrementando el temor a la enfermedad se conseguirían las cifras de participación necesarias para la erradicación. La introducción de la gratuidad en la vacunación posibilitó además una campaña sin las anteriores ambigüedades y en la que la responsabilidad pasaba del Estado a los individuos, pues la vacunación (pese a lo previsto en la Orden de 26 de enero) no era obligatoria 111, lo que eximía al Estado de responsabilidad sobre los casos de polio posvacunal descritos en otros países 112. Para fomentar este miedo no sólo se recurrió a las cada vez más frecuentes referencias a las secuelas, sino incluso a la imagen de la muerte como amenaza/castigo para quien no vacunase a sus hijos. Así se utilizó al «niño de Monforte» que apareció en toda la prensa nacional. El mejor momento para iniciar esta estrategia fue la conferencia de prensa de Camilo Alonso Vega, con la presencia de García Orcoyen y Pérez Mel, para hablar de vacuna antipolio y comunicar los buenos resultados de la campaña piloto: había hecho la campaña piloto, y lo aparecido en prensa, muestra a quién se iba a responsabilizar a partir de ese momento de la polio y sus secuelas. Durante la campaña piloto se dirigieron mensajes a los padres, es decir, a las madres, pues como se citaba en una pequeña columna de «Temas locales» del Diario de León, al día siguiente del inicio de la campaña piloto, eran ellas quienes llevaban a los hijos a vacunar 115. No sólo en el ámbito urbano, sino también en el rural, como recuerda Antonio Mallo, médico de San Emiliano (en la comarca de Babia): «se convocaba a los niños en tal sitio, en la escuela generalmente, y allí aparecían los niños con sus madres... que, por cierto, allí eran muy cumplidores de todo eso, todo el mundo, venían las madres a vacunar a sus hijos... sí, sí allí todos siempre... no solamente la primera vez sino las revacunaciones» 116. Este papel de las madres fue también reconocido por Camilo Alonso Vega en su presentación de la Campaña Nacional, puesto que se basó en ello para esgrimir que no fuese necesaria la obligatoriedad de la vacunación: ción y sarcasmo fueron recursos habituales para recordarles su papel: «Las mamás, sobre todo deben pensar la parte que les alcanza si no hacen por sus niños el 'tremendo sacrificio' de que se tomen un terroncito de azúcar... ¡Hay que ser más diligentes, señoras!...»120. Un rol de género tan asumido por las mujeres que no era necesario elaborar mensajes explícitos, resultando suficiente avisos de este tipo: «Más de 280 millones de personas han sido ya protegidas contra la parálisis infantil mediante la vacuna por vía bucal.'El ser madre, es la dignidad mayor que se puede conocer en una mujer'»121. Sin embargo, la divulgación no sólo trataba de promover la vacunación: también intentaba dar una imagen de la DGS como la responsable de esa cuestionada legitimidad sobre a quién pertenecía la medicina preventiva. Para ello era preciso presentar la caótica situación de dos organismos, que realizaban campañas simultáneas pero independientes con vacunas diferentes, como parte de una única y bien planteada estrategia. Si la Orden de 26 de enero ya intentaba mostrar ese control, el discurso debía elaborarse aún más, pues la campaña piloto mostraba el grado de confusión generado en la población. Las informaciones aparecidas en la prensa de León nos permiten colegir el desconcierto creado por la prensa del Movimiento en los posibles destinatarios de los mensajes. Si en las ruedas de prensa de Sabin en febrero, Gerardo Clavero anunció el comienzo de la campaña masiva en dos meses122, el 20 de abril los lectores leoneses encontraban por primera vez una relación de poblaciones en las que se iba a efectuar la vacunación123. Se trataba, claro está, de la campaña con Salk del SOE. A partir de ese momento se sucederán informaciones alternativas en los periódicos, veladas réplicas y contrarréplicas, en las que al lector debía resultarle difícil distinguir campañas, vacunas y motivaciones. La confusión entre vacunas venía servida desde los propios medios de comunicación, que pusieron en boca de Pérez Gallardo la siguiente afirmación «[existen dos tipos de vacunas:] la Salk de virus inactivados que se aplica por vía oral, en forma de gotas incorporadas a un terrón de azúcar [...]»124. El problema más serio derivado de esta confusión entre vacunas y campañas, era convencer a las familias que acababan de efectuar la vacunación en el SOE de que debían repetirla en Sanidad. Pérez Gallardo insistió en sus conferencias y comunicados a diversos medios, pero fue Pérez Mel, en Lugo, quien más insistió y de forma más clara: había que administrar a los niños la vacuna ----oral aunque hubiesen recibido la inyectable 125. Y, el primer día de la campaña en Lugo, fue aún más rotundo: «Por tanto, incluso los niños vacunados recientemente por el Seguro de Enfermedad mediante inyección -esto nos ha dicho textualmente el Jefe Provincial de Sanidad-deben vacunarse por vía bucal con la 'Sabin', porque así verán acrecentada notablemente su inmunidad contra el terrible mal». Plantear la Sabin como simple mejora inmunitaria parecía la mejor vía para conseguir la participación en la campaña sin crear dudas sobre la Salk, criticar frontalmente al SOE o dar una imagen de total descoordinación. Una labor difícil que se llevó a cabo desde la Dirección General de Sanidad. Finalizada la campaña en León, García Orcoyen presentaba satisfecho la lucha contra la polio en España con los siguientes términos: «La actual campaña de vacunación por vía bucal [...] no es una iniciación, sino una etapa más en una cuidadosa preparación que arranca de la comenzada en 1958» 126. Porque si la polio era presentada como el obligado peaje de la incorporación de España al desarrollismo y las mejoras en la calidad de vida, los bien planificados cambios en la vacunación eran prueba de internacionalismo: «En España se sigue así el camino por el que han marchado otros países de elevado nivel sanitario, que iniciaron sus campañas de vacunación con vacuna de tipo Salk, y que, deseando llegar a la erradicación de la poliomielitis, están actualmente realizando la vacunación con vacuna de virus vivos de tipo Sabin» 127. La campaña piloto de vacunación antipoliomielítica fue un éxito porque debía ser un éxito, independientemente de los resultados. Así se lo había prometido Pérez Gallardo a Romay Beccaría 128. Para garantizarlo no sólo se cuidaron todos los aspectos de la campaña y de su posterior seguimiento inmunológico, sino que el celo llegó a la previsión de cómo evitar que se difundiese el fracaso en caso de producirse. 127 «Nota de la Oficina de Información y Relaciones Públicas del Ministerio de la Gobernación, publicada en la Prensa del día 28 de marzo de 1963». primera enfermedad que abandonaba su nombre para ser sustituida por su código en la Clasificación Internacional de Enfermedades: la enfermedad 080. La pérdida de documentación no ha impedido que hayamos recuperado telegramas y circulares de la carpeta de Pérez Mel rotulada «Casos de polio 1964». Con insistencia se le recordaba desde la Inspección General que «deberá enviar a esta Dirección telegráficamente los lunes, los casos de enfermedad cero ochenta que hubo en semana anterior, así como si no hubo. Continuará enviando a la Escuela Nacional de Sanidad comunicación al presentarse cada caso, según Circular de 14 de enero» 129. De toda la documentación consultada de la Jefatura Provincial de Sanidad de Lugo es la única enfermedad codificada. Los niños afectados por las secuelas de la poliomielitis ofrecieron la emotiva imagen con que se enmascaraba la auténtica campaña librada en 1963, episodio de una contienda más prolongada en el tiempo que enfrentaba a la Dirección General de Sanidad y al Seguro Obligatorio de Enfermedad. Los antecedentes de campañas de vacunación Salk desde 1958 se habían llevado a cabo a través de instituciones diversas, descoordinadas y con un seguimiento dispar según provincias, tanto por parte de las Jefaturas Provinciales de Sanidad como de la población, dispuesta a arriesgarse a contraer una enfermedad, a la que las autoridades restaban importancia, antes que a arruinarse comprando una costosa vacuna para la numerosa prole preceptuada por el Estado. La gratuidad de la vacuna fue el emblema de la campaña de vacunación del SOE desde enero de 1963, así como la seguridad ofrecida al ser aplicada por los especialistas en pediatría. Estos reclamos fueron bien empleados en un despliegue publicitario sin precedentes en los medios de comunicación, por la intensidad y el uso de todos ellos, lo que comprendía desde avisos en prensa a cortometrajes de animación para cine y televisión. Los objetivos perseguidos no eran sólo la inmunización contra la polio, sino, principalmente, una construcción de una imagen del SOE apta para su inminente expansión a través de la Ley de Bases de la Seguridad Social. Desde los clásicos presupuestos de la revolución sanitaria propugnada por Falange, la lucha contra la polio les permitía ganar mayores competencias en materia de Medicina Preventiva, en detrimento de la Dirección General de Sanidad, y también seguir incrementando su autonomía administrativa en la relación con la industria farmacéutica 130. 130 En España no existió una producción propia de vacuna, ni institucional ni de empresas privadas, por lo que la implantación de uno u otro tipo de vacuna se vio mediado por la impor-La campaña contra la poliomielitis de la DGS sólo puede ser comprendida en algunos de sus aspectos como respuesta a las actuaciones del SOE, que los forzaba a una actuación inmediata, gratuita y a nivel nacional. Desde la prematuridad de la Orden de 26 de enero de 1963, uno de los objetivos principales fue contrarrestar la debilidad mostrada, mediante una imagen de control y coordinación de toda la vacunación llevada a cabo en España, apoyada de forma decidida en el valor social creciente de la ciencia: si el SOE usó a los pediatras, la DGS recurrió a los expertos y a la divulgación para marcar la diferencia de la calidad científica. La consolidación de la virología fue evidente y la Sección de Virus de la Escuela Nacional de Sanidad pasó a transformarse en el Centro Nacional de Virus 131. Las estrategias utilizadas para la consecución de estos objetivos fueron de tipo político (mediante el apoyo de Romay Beccaría) y mediático, en este caso fuertemente condicionado por la campaña desarrollada por el SOE. La propaganda en los medios estuvo dirigida en cada provincia por los Jefes de Sanidad y exhibieron la diferencia de estilos de los mismos en su interpretación de la sanidad, testimoniando lo que querían comunicar y lo que debían ocultar. De este modo el ensayo en León de la novedosa vacuna trivalente mediante una campaña piloto no llegó a ser conocido por la población ni por los médicos hasta un año más tarde, cuando se vio publicada la memoria en las páginas de la Revista de Sanidad e Higiene Pública. El «éxito garantizado» tuvo su recompensa epidemiológica y la poliomielitis experimentó un espectacular descenso en España. Un éxito contraproducente, pues el sueño de la erradicación estaba aún lejos: las estadísticas de 1966 empezaron a mostrar un nuevo incremento de la morbilidad, con unos 300 casos anuales, que incluso se presentaron como brotes epidémicos en 1975 en Cádiz 132. Pero, con un número exiguo de afectados, la poliomielitis ya no constituía un problema sanitario prioritario y la Cuarta Campaña Nacional de Vacunación apenas generó publicidad en prensa 133. Su destino estaba anunciado desde el momento en que pretendieron ocultar su incómodo nombre bajo el ---tación de la misma y los acuerdos/contratos con los laboratorios extranjeros. Las circunstancias particulares de España, con un régimen dictatorial, pero sin centralización real de la política sanitaria debido a una manifiesta descoordinación de la misma avalarían las reflexiones de LINDNER Y BLUME (2006) al modular con estudios transnacionales la hipótesis de Hollinngsworth, Hage y Hanneman. 131 NÁJERA MORRONDO, R. (2006), El Instituto de Salud Carlos III y la sanidad española. Origen de la medicina de laboratorio, de los Institutos de Salud Pública y de la investigación sanitaria, Revista Española de Salud Pública, 80(5), pp. 585-604, p. aséptico de «enfermedad 080», aunque la realidad de las personas con poliomielitis desmintiese que unas cuantas campañas le hubiese supuesto al Estado franquista ganar también esta guerra.
A comienzos de la década de 1930, una serie de factores obligaron a transformar una de las instituciones que más se había destacado en España en la labor de conseguir la reinserción social de las personas con discapacidades: el Instituto de Reeducación de Inválidos del Trabajo. La crisis económica de 1929 y las reformas legislativas destinadas a regular los accidentes del trabajo pusieron de relieve, entre otros factores, las limitaciones de esa institución para cumplir sus objetivos. Tras un período de cierta indefinición, el centro reabrió sus puertas como Instituto Nacional de Reeducación de Inválidos. Se trataba así de aprovechar el impulso anterior para destinar sus actividades a la recuperación de todas las personas con discapacidades. El trabajo que presento intenta explorar el papel desempeñado en ese proceso por la presencia de la poliomielitis en esos años en España. Se pretende poner de manifiesto cómo esa enfermedad permitió justificar la necesidad de dar continuidad a la labor de un grupo de profesionales, y sirvió para reorientar el programa de reeducación de «inválidos» que se había implementado con anterioridad. A través de ello, es posible apreciar la manera en que el fuerte proceso de medicalización que tuvo lugar en el centro permitió reforzar la consolidación de un «modelo individual» de discapacidad, con lo que ello llevaba aparejado de cara a la constitución en España, entre 1930 y 1950, de un determinado estereotipo cultural sobre las personas afectadas. Por fin, el trabajo pretende poner de relieve la forma en que todo ello se veía enmarcado en un proceso de desarrollo profesional de los cirujanos que practicaban la traumatología y ortopedia. PALABRAS CLAVE: Historia de la Poliomielitis. Historia de las discapacidades. A pesar de que el estudio en perspectiva histórica del modo en que las enfermedades infecto-contagiosas, especialmente las de comportamiento epidémico, ha sido objeto desde hace tiempo de importante atención dentro de nuestras fronteras 1, el caso concreto de la poliomielitis no ha sido suficientemente atendido. Sólo recientemente, en el marco del proyecto de investigación coordinado en que se encuadra este trabajo, ha empezado a ser objeto de escrutinio sistemático la forma en que la presencia de la polio afectó a la sociedad española y las respuestas que se desarrollaron en su seno a los desafíos y problemas que planteaba esa enfermedad 2. Esto está permitiendo poner de ----1 RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (1999), Social History of Medicine in Spain: Points of Departure and Directions for Research, Social History of Medicine,13, 2 Se trata del proyecto que, coordinado por la Dra. Rosa Ballester y, con la financiación del Ministerio de Educación y Ciencia (No de referencia: HUM2005-07378-C03), lleva por título «La poliomielitis en la España del siglo XX: repercusiones científicas, profesionales y sociales». Para una aproximación a los resultados que se han venido obteniendo pueden consultarse los resúme-manifiesto las enormes posibilidades que ofrece la aplicación simultánea de diferentes perspectivas de abordaje historiográfico al estudio de este proceso morboso 3. Una de ellas es la que pretendemos seguir en este trabajo. Mi atención se ha dirigido en este ensayo hacia uno de los aspectos más relevantes de la enfermedad: su capacidad para producir deficiencias en la estructura y funciones corporales. Este rasgo hizo de la poliomielitis una de las causas de discapacidad más relevantes del pasado siglo, lo que la convierte en un modelo sobresaliente para el estudio de la forma en que la enfermedad, por sí misma y por las reacciones que estimula para combatirla en el seno de los grupos humanos, contribuye a modular y configurar tanto la manera en que las personas afectadas por una alteración corporal son contempladas por la sociedad, como el modo en que ésta responde a los problemas que plantea la presencia en su seno de esas personas. El presente trabajo pretende así aprovechar este rasgo significativo de la polio para indagar sobre cómo se producen las inter----nes extensos de las aportaciones que presentamos algunos de los investigadores integrados en él a la mesa temática Vivencias personales y experiencias colectivas en torno a la poliomielitis en España (1930España ( -1975)), celebrada en el marco del XIV Congreso de la Sociedad Española de la Medicina, véase: ORTIZ GÓMEZ, T. et al. (coords.) (2008), La experiencia del enfermar en perspectiva histórica. XIV Congreso de la Sociedad Española de Historia de la Medicina. 3 Diversos trabajos aparecidos en las dos últimas décadas han contribuido a trazar un estimulante panorama en ese sentido. Entre los que han tomado como objeto de análisis el caso de los Estados Unidos cabe mencionar: WILSON, D.J. (1988), A crippling fear: experiencing polio in the era of FDR, Bulletin of the History of Medicine, 72, pp. 464-495; ROGERS, N. (1992), Dirt and disease. El interés por el estudio del modo en que afectó la enfermedad a diferentes sociedades europeas se ha expresado en trabajos como el de LINDNER U., BLUME, S.S. ( 2006), Vaccine innovation and adoption: polio vaccines in the UK, the Netherlands andWest Germany, 1955-1965, Medical History, 50, pp. 425-446;y el de AXELSSON, P. (2004), Hostens spöke. De svenska polioepidermias historia, Stockolm, Carlssons, centrado en el caso de Suecia. Para una aproximación al devenir de la enfermedad desde la Antigüedad a la aparición de las vacunas véase: PAUL, J.R. (1971), The History of Poliomyelitis, New Haven, Yale University Press. acciones entre enfermedad, Medicina y sociedad en relación con el fenómeno de las discapacidades. Más concretamente, intenta analizar la forma en que la poliomielitis operó como un factor relevante en el desarrollo en España de lo que en las últimas décadas se ha dado en llamar modelo «médico» o «individual» de discapacidad. Impulsada muy especialmente por lo que en el ámbito académico anglosajón se ha denominado como el campo multidisplinar de los disability studies4, esa denominación hace referencia a una forma de entender la discapacidad que estaría focalizada «hacia la 'anormalidad' corporal y al modo en que esto 'causa' algún grado de 'discapacidad' o limitación funcional». Esta «incapacidad» funcional se usaría dentro del modelo como la base para una clasificación más amplia de los individuos como «inválidos». Este modelo médico constituiría así la base para una aproximación al fenómeno de la discapacidad como «tragedia personal», donde el individuo es mirado como una víctima, y como alguien que está necesitado de «cuidado y atención, y que es dependiente de otros». Es decir, la perspectiva que ha estado en el corazón de las políticas sociales de bienestar social que se han venido aplicando para ayudar a las personas a hacer frente a sus «discapacidades» 5. Los activistas en pro de los derechos de las personas con discapacidades han contrastado ese «modelo individual» con el «modelo social» de discapacidad. Este último tipo de aproximación no niega el significado de la deficiencia física en la vida de las personas con discapacidades, pero, a diferencia del «modelo médico», concentra su atención sobre las numerosas barreras -económicas, sociales, culturales...-que se han construido en torno a ellas. Desde esta perspectiva, se estima, por tanto, que la «discapacidad» no sería «un producto de defectos individuales, sino que es socialmente creada», y que las «explicaciones de su carácter cambiante» se encontrarían en «la organización y la estructura de la sociedad». Así, «más que identificar la discapacidad como una limitación individual», el modelo social considera «la sociedad ----como el problema, y contempla a los cambios políticos y culturales» como «la vía fundamental para generar soluciones» 6. De este modo, en el campo de los disability studies el fenómeno de la discapacidad emerge, más que como una patología médica individual, como una categoría de definición social. Su ámbito de estudio no es simplemente el de las variaciones que existen en la conducta, apariencia y funciones del cuerpo humano, sino que, de forma más significativa, se extiende también hacia el análisis del significado que conferimos a esas diferencias. Así, al acercarse a la discapacidad más como una categoría social que como una característica individual, este campo académico ha venido a desafiar percepciones mantenidas desde hace tiempo que han relegado a lugares alejados de interés a las personas catalogadas como «discapacitadas» 7. Esto ha servido para impulsar la discapacidad como un tema que proporciona a los historiadores una nueva herramienta analítica para explorar, como ha destacado Catherine J. Kudlick, el «poder en sí mismo», y que «revelará a la discapacidad como crucial para entender cómo las culturas occidentales determinan jerarquías y mantienen el orden social, además de cómo definen el progreso» 8. La aparición reciente de lo que se ha dado en llamar en el mundo anglosajón como «new disability history» ha venido a proporcionar un medio de dibujar de forma conjunta una serie de aportaciones que se habían venido realizando ya en torno al desarrollo de la discapacidad como una función de la modernidad y que habían esbozado el proceso por el que las personas con discapacidades físicas o sensoriales, o con deficiencias mentales, eran sometidas a cuidado y control institucionales. La «nueva historia de la discapacidad», no sólo contribuye a poner luz sobre las experiencias de una minoría reprimida, sino que explora también la discapacidad como un elemento de gran significado cultural, revelando las relaciones complejas que se establecen entre los mundos biológico y social 9. ----6 BARNES, C., OLIVER, M., BARTON, L. (2002) Para alcanzar, desde esta perspectiva historiográfica, el objetivo arriba indicado, voy a tomar como referencia inicial algunos trabajos anteriores en los que he intentado poner de relieve cómo la preocupación, en la España de la década de 1920, por las consecuencias de los accidentes del trabajo representó un factor relevante tanto para el desarrollo de la Ortopedia y de la Traumatología, como para que se produjera una transformación en el modo de contemplar a las personas con discapacidades 10. La creciente actividad industrial, así como las demandas por parte de los obreros de mejora de sus condiciones vida y el interés de los gobernantes por disminuir la conflictividad social, habían llevado, ya a finales del siglo XIX, a plantear la necesidad de regular adecuadamente el modo de atender a quienes tenían la desgracia de sufrir un accidente como resultado de su actividad laboral. En ese sentido, la promulgación de la Ley de accidentes del trabajo de 31 de enero de 1900 representó un hito dentro de los esfuerzos del Estado por amortiguar los efectos negativos que esa forma de siniestralidad ejercía sobre las víctimas, sobre el sistema productivo y sobre la economía 11. Además de establecer el pago de una compensación para el trabajador accidentado, la ley poseía también un rasgo destacado: el de reservar para la Medicina un papel significativo en la gestión de los accidentes del trabajo. En efecto, no sólo dictaba un protocolo de actuaciones para la asistencia clínica de los obreros, sino que también, asignaba a los médicos el papel de expertos destinados a llevar a cabo dos tareas forenses que resultaban fundamentales para la aplicación del nuevo marco legal: establecer si un accidente era la causa de una determinada deficiencia anatómica y/o funcional, y valorar las consecuencias que el daño ocasionado tenía para la víctima 12. ----10 MARTÍNEZ-PÉREZ, J. (2006a), The recovered worker: occupational medicine, orthopaedics, and the impact of medical technology on the social image of persons with disabilities (Spain, 1922-1936), História, Ciencias, Saúde -Manguinhos, 13, pp. 349-373; MARTÍNEZ-PÉREZ, J. (2006b), Una nueva tecnología contra la siniestralidad laboral: innovación, Medicina y accidentes del trabajo en España (1920España ( -1936)). En PÉREZ-BUSTAMANTE, J.A. et al. (eds.), Actas del IXo Congreso de la Sociedad Española de Historia de la Ciencia y de la Técnica (2vols), Cádiz, Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas, 1, pp. 337-360; MARTÍ-NEZ-PÉREZ, J., PORRAS GALLO, M.I. (2006c), Hacia una nueva percepción de las personas con discapacidades: legislación, medicina y los inválidos del trabajo en España (1900España ( -1936)), Dynamis. 11 SOTO CARMONA, A. (1985), La higiene, la seguridad y los accidentes del trabajo. Revista Española de Derecho del Trabajo,23, 12 ELEIZEGUI, J. (s.a.), Higiene Industrial, Barcelona, Manuel Soler, p. Este autor reproduce -pp. A pesar de ello, tardaron en hacerse realidad algunas de las consecuencias que se pronosticaron sobre la forma en que la Medicina se iba a ver afectada en su estructura profesional como resultado de la aplicación de estos imperativos legales13. De hecho, hubo que esperar hasta la década de 1920 para que la más significativa de ellas, la aparición de una nueva especialidad como la Medicina del Trabajo, recibiera un impulso que había de mostrarse claramente relevante. La Ley de Accidentes del Trabajo de 1922, que trataba de superar algunos de los problemas que se habían planteado con la puesta en práctica de la de 1900, contemplaba en su articulado la creación de un servicio para la reeducación, con vistas a su reincorporación en la vida laboral, de aquellos que resultaran «inválidos» a consecuencia de la siniestralidad laboral14. En cumplimiento de este requisito legal se creó en Madrid el Instituto de Reeducación Profesional de Inválidos del Trabajo, que abrió sus puertas en 192415. Este centro, no sólo iba a representar, al permitir que se agruparan en él un grupo de médicos con el objetivo de resolver algunos de los problemas que planteaba el creciente fenómeno de la siniestralidad laboral, un factor fundamental para impulsar la constitución de la Medicina del Trabajo y la Ortopedia y Traumatología como especialidades, sino que iba también a desempeñar un papel clave en la consolidación de una forma determinada de abordar el problema de las discapacidades físicas dentro de nuestras fronteras. ----Tomando como referente fundamental el modo en que desde comienzos de la década de 1930 se produjo el desarrollo del Instituto de Reeducación Profesional de Inválidos del Trabajo, y al objeto de intentar alcanzar el objetivo arriba indicado de contribuir al análisis de cómo el modelo médico de discapacidad se fue desarrollando y consolidando en España, el presente trabajo se plantea explorar la forma en que la presencia de la poliomielitis supuso un factor significativo para facilitar ese proceso. Muy especialmente se tratará de examinar la manera en que la enfermedad contribuyó a la constitución de la Ortopedia y de la Traumatología como una especialidad médica16. Asimismo, este ensayo intenta poner de relieve de qué forma ese proceso de cambio en la profesión médica influyó a su vez en la transformación de la identidad social de los niños que tuvieron la desgracia de verse afectados por los efectos del síndrome postpolio. Según trataré de mostrar a lo largo de las próximas páginas, ese grupo de pesonas se sumó, a lo largo de las décadas de 1930 y 1940, al formado por las víctimas de la siniestralidad laboral como un tipo de pacientes en el que los incipientes traumatólogos y ortopedas se apoyaron para mostrarse ante la sociedad como expertos capaces de reducir los indeseables efectos de las deficiencias físicas y/o funcionales del cuerpo humano, y conseguir así paliar el problema de la discapacidad. El trabajo intenta también poner de manifiesto el modo en que este proceso influyó sobre los afectados y cómo pudo propiciar una cierta transformación en la imagen social de las personas con discapacidades17. UNA CRISIS BIEN APROVECHADA El Instituto de Reeducación Profesional de Inválidos del Trabajo (IRPIT, en adelante) surgió con el objetivo de procurar devolver a la actividad productiva a quienes quedaban con algún tipo de secuela física o funcional como resultado de la siniestralidad laboral. Tal y como se pretendía transmitir con su logotipo, en el que el nombre de la institución rodeaba una figura del ave fénix (Figura 1), su meta fundamental era la de mostrar cómo las personas con discapacidades podían también «renacer» de sus propias cenizas para ellos mismos y para la sociedad mediante las actuaciones que se implementaban en el Instituto. No obstante, su éxito a la hora de devolver al mercado de trabajo a las personas que resultaban con algún tipo de deficiencia orgánica a consecuencia de un accidente del trabajo fue sólo relativo. De un lado, se reconocía que el centro había sido el impulsor de un cambio en el modo de contemplar a ese tipo de ciudadanos, que habían comenzado a dejar de ser vistos como «parásitos» y empezaban a ser considerados como individuos «útiles». Por otro, mostrando las limitaciones de esa transformación, los propios responsables del IRPIT expresaban las enormes dificultades que encontraban las personas que habían sido reeducadas en la institución para reincorporarse a la actividad laboral. Tanto los prejuicios que seguían vigentes hacia ellas, como la crisis económica de 1929, con el desempleo creciente que llevó aparejada, contribuyeron a crear dificultades para su reincorporación a la actividad productiva. Los empresarios preferían optar por un obrero cuya integridad física estuviera conservada 18. Así las cosas, la Ley de Accidentes del Trabajo de 1932, que reemplazó a la de 1922, incorporó en su articulado medidas que ponían de relieve esta situación dicotómica que se estaba produciendo en relación con los «inválidos» reeducados. Por una parte, reconocía la eficacia de la que estaba haciendo gala la Medicina para devolver la capacidad funcional a los trabajadores que la habían perdido a consecuencia de la siniestralidad laboral. Por otra, iba a garantizar la subsistencia de los obreros que quedaban con secuelas mediante el reconocimiento de su derecho a percibir una pensión vitalicia que les eximía de trabajar para poder mantenerse, lo que suponía, al limitar así el interés de un obrero accidentado por seguir un proceso de reeducación profesional que se mostraba como algo duro y exigente, un importante golpe para la supervivencia del IRPIT 19. Con respecto a lo primero, esa confianza en la Medicina para recuperar a los trabajadores iba a expresarse en la creación de la Clínica del Trabajo 20. Este centro, constituido ahora con el fin exclusivo de garantizar la atención médica a los trabajadores accidentados, suponía de hecho la prueba de que el modelo médico de discapacidad se había fortalecido con la labor del IRPIT. El director médico de éste, Antonio Oller (1887-1937) pasaba a serlo de la nueva institución, en la que ya no encontraban acomodo, a diferencia de lo ----que ocurría en el Instituto, ni una «sección técnica» encargada de reeducar profesionalmente a los pacientes, ni una «sección administrativa», destinada a lograr su reincorporación a la actividad laboral. De este modo, como interpretaron los propios responsables del IRPIT, se estaba poniendo de manifiesto el fracaso del Instituto para servir como un medio capaz de estimular el reingreso en la vida laboral de los obreros que habían sido reeducados en él 21. Hay que consignar, no obstante, que el Instituto no desapareció como resultado de esta Ley. En 1931 una de las primeras decisiones del Gobierno de la República había sido la de cambiar su denominación por la de Instituto de Reeducación Profesional 22. Sin duda, se trataba de designar al centro con un nombre más acorde a las actividades que, en realidad, se llevaban a cabo en él; ya que, a pesar de que los obreros víctimas de los accidentes del trabajo constituían el mayor contingente de pacientes que se atendía en el centro, el IRPIT extendió también sus actuaciones como centro de reeducación a niños y adultos con deficiencias físicas de otro origen. En 1933, el Instituto recibía un nuevo cambio de nombre y pasaba a denominarse Instituto Nacional de Reeducación de Inválidos (INRI, en adelante). La razón de ello aparecía reflejada en la exposición de motivos del Decreto que lo estableció: «La ley de Accidentes del Trabajo de 8 de octubre de 1932 y el Reglamento para su aplicación de 31 de Enero de 1933, al crear la Clínica del Trabajo y demás servicios anejos a la Caja Nacional de Seguros de Accidentes del Trabajo, ha restado al Instituto de Reeducación profesional una parte de las funciones que le estaban atribuidas por el Decreto de 18 de Mayo de 1931: la readaptación de lesionados en accidentes del trabajo (...). Parece obligado, por consiguiente, imprimir al Instituto de Reeducación nuevas posibilidades, modificando su estructura y, aunque sobre una misma base científica, orientarle hacia nuevos objetivos, igualmente amplios y eficaces, haciendo extensivo el principio mismo de la reeducación a los inválidos de todo orden; es decir, a las víctimas de enfermedades o efectos (sic) [defectos] congénitos, o a los de accidentes no comprendidos en la Ley de 8 de Octubre de 1932. El Instituto quedará así convertido en una clínica, residencia habitual y escuela de recuperación de lisiados, baldados, paralíticos, tullidos, deformes; en una palabra, de todos los desgraciados por mutilaciones, anomalías y lesiones de sus miembros o tronco que les priven de la movilidad normal y les inhabiliten para las actividades corrientes de la vida» 23. De este modo, el Gobierno republicano trataba de impulsar una tarea en la que se estimaba que la nación se hallaba atrasada. Según se indicaba en el Decreto, «esta asistencia a los lisiados, baldados y paralíticos está reconocida como una obligación estatal en todos los países civilizados, y el nuestro, en este aspecto, fue una bochornosa excepción»24. Con la transformación del Instituto se aspiraba a corregir ese estado de cosas. Para ello, mantenía las tres secciones del antiguo IRPIT -Médica, Técnica y Administrativa−. No obstante, la primera de ellas iba en este caso a adquirir una posición claramente dominante frente a las otras dos. De hecho, este período de su desarrollo que se abría ahora para él ha sido designado como su «etapa médico-rehabilitadora»25. Y es que los médicos iban a pasar a disfrutar de una posición privilegiada en el INRI. Como constaba en el Reglamento que se elaboró para regular su actividad, el centro pasaba a ser «una entidad benéfico-docente de carácter predominantemente médico»26. Conforme a este nuevo carácter que se le trataba de imprimir, se establecía que «al frente de la Dirección del Instituto» debía estar «un Facultativo Médico» que iba a contar con amplias atribuciones. Como se indicaba en el mismo documento, debía tener «a su cargo, de un modo personal e inmediato, la inspección, impulsión y responsabilidades de todos los servicios» del INRI, «tanto los de índole científica, esto es, médicos pedagógicos y técnicos, como los administrativos». Además, para garantizar que esas tareas estuvieran en manos de una persona con reconocidas competencias en el abordaje del problema de las discapacidades desde la perspectiva médica, el Reglamento señalaba explícitamente que la dirección del Instituto había de recaer «siempre en persona que, además de su título facultativo, se haya señalado por una reconocida competencia en materia de readaptación funcional de inválidos»27. A diferencia, por tanto, del IRPIT, que contaba con tres directores para sus diferentes secciones -médica, técnica y administrativa-, el INRI iba a contar sólo con uno y había de ser médico, más exactamente un médico que hubiera mostrado cualidades en la tarea de devolver a la normalidad funcional a las personas que fueran portadoras de algún tipo de deficiencia corporal que la alterara. A la vista de esto, no puede extrañar que Manuel Bastos Ansart (1877-1973), uno de los más sobresalientes especialistas en Traumatología y Orto-----pedia en ese momento, y que había sido el impulsor de la creación en el Hospital Militar de Carabanchel de Madrid de un servicio para la reeducación de inválidos de Guerra, fuera la persona designada como Director del INRI28. Tampoco puede sorprender que años más tarde afirmara que había sido él quien redactó el Reglamento «después de prolijos debates» con los responsables políticos. Según expresaba, «todos coincidían en pensar que aquella casa debía tener una existencia lo más autónoma posible, libre de ingerencias extrañas y de influencias superiores, pero subordinada por entero a un director con plenos poderes y plena responsabilidad»29. Y es que de lo que se trataba ahora era de poner en marcha un Instituto cuya «acción exclusiva», como se señalaba también explícitamente en el Reglamento, había de ser la «médica, es decir, la curativa, en tanto ésta sea posible mediante tratamiento quirúrgico u ortopédico, ayudado de una labor pedagógica y técnica orientada hacia el mismo fin»30. De este modo, un médico, más exactamente, un especialista en Traumatología y Ortopedia, se iba a encargar de «dirigir, impulsar e inspeccionar todos los servicios del Instituto, ejerciendo las funciones de Superior jerárquico inmediato de los jefes de las distintas Secciones»31. Éstas quedaban divididas ahora en cuatro: «Facultativa», destinada al tratamiento médico; «Pedagógica», para que los ingresados pudieran seguir una formación escolar «de acuerdo con sus aptitudes físicas o mentales»; «Técnica», donde el «inválido» debía aprender «a servirse eficazmente de sus miembros mutilados o de las prótesis que se les provea»; y «Administración». Cada una de ellas había de subdividirse en otras tres: niños, (desde los cuatro a los diez y seis años); adultos (de los diez y seis a los cincuenta) y ancianos (de los cincuenta en adelante) 32. A pesar de que el centro contemplaba así la necesidad de dar acogida a todos los grupos de edad de la población, estaba claro que era el primero ellos el que despertaba el mayor interés. El Reglamento establecía que se debía dar ingreso «preferentemente» a los aspirantes de menor edad 33, algo que cabe ser interpretado como una nueva expresión de la preocupación por la infancia, y, más concretamente, por su salud, que se venía manifestando desde hacía ----tiempo en la población española 34. En ese sentido, el INRI se presentaba como un centro destinado a resolver un problema que la tuberculosis, las malformaciones congénitas, el creciente número de accidentes y las secuelas de la polio, de la que se había producido una epidemia en otoño de 1928 35, estaban contribuyendo a poner de manifiesto. Me refiero al que representaba la presencia en la sociedad española de un grupo significativo de niños que mostraban algún tipo de alteración corporal que les distinguía de los «normales» y que, debido a ello, encontraban dificultades para alcanzar un grado adecuado de integración social y de desarrollo de sus cualidades como seres humanos. Como estoy tratando de poner de relieve, la forma de interpretar el problema de la discapacidad física, y de articular la respuesta al mismo, favoreció que fueran contemplados en primer lugar como portadores de una «enfermedad» que requería un tratamiento médico destinado a corregir sus defectos corporales. De hecho, en el Reglamento del INRI el término utilizado para hacer referencia a las personas que habían de ser «tratadas» en él era el de «enfermos» 36. Se trataba así en primer lugar de que el Instituto encaminara sus actuaciones a corregir las deficiencias funcionales y/o anatómicas de esos pacientes para acercarlos al canon médico de «normalidad». La intervención sobre el componente social quedaba de este modo subordinada a un modo de concebir las discapacidades que hacía depender el éxito de la integración social de las personas afectadas por deficiencias físicas a la posibilidad de hacer que éstas desaparecieran. Como consecuencia de ello, los médicos pasaban a ser contemplados como los principales expertos encargados de conducir la solución del problema. Los especialistas en Ortopedia y Traumatología emergían así como las piezas fundamentales en la tarea de responder a la preocupación por las dis-----34 Sobre el creciente interés por la protección a la infancia en el primer tercio del siglo XX pueden examinarse: BALLESTER, R., BALAGUER, E. (1995), La infancia como valor y como problema en las luchas sanitarias de principios de siglo en España, Dynamis, 15, pp. 177-192; RODRÍGUEZ OCAÑA, E. (1999), La construcción de la salud infantil. Ciencia, medicina y educación en la transición sanitaria en España, Historia contemporánea, 18, pp. 19-52; RODRÍGUEZ OCAÑA, E. ( 2001), La higiene infantil. En ATENZA, J., MARTÍNEZ-PÉREZ, J. (eds.), El Centro Secundario de Higiene Rural de Talavera de la Reina y la Sanidad española de su tiempo, Toledo, Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, pp. 215-233; PERDIGUERO GIL, E. (ed.) ( 2004), Salvad al niño. Estudios sobre la protección a la infancia en la Europa mediterránea a comienzos del siglo XX, Valencia, Seminari d'Estudis sobre la Ciencia. 35 En el Hospital del Rey de Madrid, la institución asistencial destinada en esta ciudad al tratamiento de enfermedades infecciosas, fueron atendidos 112 pacientes. TORRES GOST, J. (1975), Medio siglo en el Hospital del Rey, Madrid, Biblioteca Nueva, p. capacidades físicas en España, y pronto iban a dar muestras de ser conscientes de la posición relevante que ocupaban al respecto. En efecto, Manuel Bastos no tardó mucho en articular la puesta en marcha, en 1935, de la Sociedad Española de Cirugía Ortopédica y Traumatología (S.E.C.O.T.) 37. Aunque en los estatutos de la misma se podía leer que se trataba de «una Asociación médica de carácter exclusivamente científico y dedicada al estudio de las afecciones del aparato locomotor en todos sus aspectos doctrinales, biológicos y clínicos» 38, ya en el primer número de la revista que crearon como órgano de expresión de la Sociedad quedaba claro que en su ideario se hallaban presentes también intereses profesionales. Se expresaba allí que «Entre las gentes de nuestra mentalidad se entiende perfectamente la misión de los que hacen cirugía del aparato locomotor, sin necesidad de distingos, acotaciones ni deslindes. No hay necesidad de distinguir en los países de habla española lo que es el contenido de la cirugía ortopédica, como ha habido que hacerlo en otros pueblos. Para nosotros, la cirugía ortopédica no es una especialidad hermética, separada por barreras infranqueables de la cirugía general. Entre nosotros, el cirujano ortopédico es, ante todo, un cirujano especializado, es verdad, en la cura de las enfermedades del aparato locomotor, pero con todas las responsabilidades y la amplitud de visión de un cirujano general. Asimismo, entre nosotros, no se concibe la cirugía del aparato locomotor si no es íntimamente unida a la traumatología. Hay razones científicas de gran peso que abonan esta fusión de disciplinas; pero basta que la encontremos hecha y fuertemente arraigada en el concepto que de nosotros tienen los que nos rodean para que la aceptemos íntegramente» 39. sión, rango y personalidad a la producción española» de esa nueva especialidad médica «que hasta ahora aparecía atomizada y sin prestigio» 40. No debe extrañar, por tanto, que el primero de los artículos científicos publicados en ella estuviera dedicado a poner de manifiesto la capacidad de los cirujanos ortopedas para devolver sus funciones corporales a los niños que las hubieran perdido. En su trabajo sobre los transplantes de tendones, Bastos Ansart mostraba cómo las técnicas que los incipientes especialistas eran capaces de desarrollar representaban una vía adecuada para lograr que un «enfermo» afectado de parálisis de las extremidades inferiores secundaria a una poliomielitis «camine sin necesidad de (...) las muletas, lo cual no es un parco beneficio desde el punto de vista subjetivo y social» 41. Los nuevos especialistas habían tomado conciencia, por tanto, del interés que tenían sus aportaciones para el desarrollo del tipo de actuaciones que se estaban implementando en España para resolver el problema de las discapacidades físicas. Si se consideraba que la base de éste se hallaba en la existencia de deficiencias corporales y funcionales que impedían a las personas que las padecían desarrollar sus actividades del mismo modo en que las ejecutan las personas «normales», sus contribuciones representaban una forma de revertir esa situación. Se mostraban así como los profesionales más indicados para encabezar la tarea que había de conducir a alcanzar el objetivo de incrementar el grado de inclusión social de estas personas. Como consecuencia de ello, se situaban también en el grupo de cabeza de quienes impulsaban el fortalecimiento en España del «modelo médico» de discapacidad. El INRI había sido concebido como un centro que, por sus características, debía contribuir también al afianzamiento de ese modo de contemplar el fenómeno de las discapacidades. Se esperaba de él que sirviera como «base y modelo de otros organismos filiales para el tratamiento y reeducación de los incapacitados físicamente para caminar, moverse y trabajar» 42, algo que, dado el escaso tiempo que tuvo el Instituto para desplegar su labor, no fue posible alcanzar. La insurrección militar del 17 de julio de 1936 contra el régimen republicano, representó así algo más que el estallido inicial de uno de los episodios más sobrecogedores de la historia de España. 41 BASTOS ANSART, M. (1936), Trasplantaciones tendinosas eficaces e ineficaces, Cirugía Ortopédica y Traumatología, 1(1), pp. 5-28, p. perceptibles en todos los ámbitos de la sociedad, y, desde luego, también en relación con el problema que estamos analizando. No obstante, como veremos a continuación, la huella de los planteamientos y realizaciones previas se dejó sentir con fuerza en el período inmediatamente posterior a la contienda. CONTINUIDAD Y REFUERZO (1940-1950) A su lógico impacto demográfico, económico y social, la Guerra Civil añadió además una honda fractura moral del país, con varias generaciones marcadas por el sufrimiento de la guerra y la represión de la larga posguerra. La influencia de todo ello con respecto al problema que estamos examinando se reflejó de forma muy manifiesta en relación con las instituciones encargadas de implementar la atención a las personas con discapacidades. En el caso concreto del INRI, a la reconstrucción estrictamente arquitectónica del edificio, hubo que añadir la relativa a los equipamientos y a los recursos humanos. Esto último se vio determinado por dos significativos factores como fueron el exilio y la persecución por razones políticas. Bastos Ansart, por poner el ejemplo más relevante debido a su condición de Director del Instituto, hubo de enfrentarse a un juicio en el que fue sentenciado a doce años de prisión e inhabilitación para el ejercicio de cualquier cargo público43. No obstante, los ortopedas que tomaron el relevo iban a mostrar, como indicamos arriba, una posición continuista con respecto al modo de entender lo que desde su especialidad médica podían aportar para paliar el problema de las personas con discapacidades. Uno de los más destacados de entre ellos, y su más relevante dinamizador en esta nueva etapa, fue Vicente Sanchís Olmos. Tras obtener la Licenciatura en Valencia en 1933, se había trasladado a Bolonia para formarse como cirujano ortopeda, obteniendo el grado de doctor con una tesis sobre el pie de los afectados por las secuelas de la polio. Al finalizar la Guerra Civil se desplazó a Madrid para hacerse cargo del Servicio de Ortopedia y Traumatología infantil del Hospital de la Cruz Roja (1940), empezando a desplegar una notable actividad encaminada a reorganizar la especialidad. Muestra de ello fue, en primer lugar, su Manual de Clínica Ortopédica infantil que apareció ya en 1940. La elección del tema no dejaba de ser significativa. En primer lugar, como el propio autor indicaba, «la Ortopedia se [nutría], en su mayor parte, de patología infantil» 44. Los niños representaban una fuente cau-----dalosa de pacientes sobre los que estos especialistas habían de intervenir y, por ello, uno de sus principales manantiales de conocimiento. Sus cuerpos se constituyeron así para los traumatólogos y ortopedas en un verdadero campo de entrenamiento y de experimentación de nuevas técnicas. Pero además, el niño, que continuaba representando un patrimonio que era preciso cuidar y conservar, se mostraba ahora como un bien escaso. La guerra incidió de forma negativa sobre las tasas de natalidad, una tendencia que se mantuvo, con excepción de 1941, en los primeros años de la década de los cuarenta 45. Esto ponía en dificultades el proyecto de recuperación económica del nuevo régimen, que veía en cada niño un futuro «productor», término con el que se hará referencia en el argot franquista a los que hasta entonces se denominaban trabajadores u obreros 46. De este modo, el libro de Sanchís servía para poner de manifiesto hasta qué punto los ortopedas podían contribuir a mejorar las posibilidades de que todos los niños pudieran convertirse en lo que los gobernantes querían que llegaran a ser, a mostrar cómo su quehacer podía resultar de gran utilidad para que el nuevo régimen político alcanzara sus objetivos. Si se tiene en cuenta además que muy pronto el franquismo iba a dar muestras, con la creación en 1944 del Instituto Nacional de Medicina, Higiene y Seguridad en el Trabajo 47, de su preocupación por mantener la integridad física de los «productores» activos, esos especialistas quedaban ubicados en una posición de privilegio para recibir el apoyo de los nuevos dirigentes políticos. El nuevo contexto resultaba, pues, propicio para que los cirujanos ortopedas continuaran manteniendo la relevante posición que habían alcanzado a lo largo de las décadas anteriores en relación con el abordaje del problema de las discapacidades físicas. Por ello, como afirmaba el Presidente de la Real Academia de Medicina en el prólogo del libro de Sanchís, era preciso reclamar «el apoyo de los Poderes Públicos competentes» para su obra, ya que España se hallaría «obligada a no desperdiciar la ocasión que se le presenta de constituir un grupo de cirujanos ortopédicos» que serían muy necesarios, tanto en la guerra, como en tiempos de paz 48. En DOMÍNGUEZ ORTIZ, A. (ed.), Historia de España. El régimen de Franco y la transición a la democracia (de 1939 a hoy), Barcelona, Planeta, pp. 9-248, p. En SANCHÍS OLMOS (1940), Manual de Clínica Ortopédica infantil, Barcelona-Madrid, Editorial Científico Médica, pp. 7-8, p. El libro de Sanchís no iba a representar más que un primer eslabón en esa tarea. Muy pronto ese colectivo de médicos iba a poner en marcha una publicación -Cirugía del aparato locomotor− en cuyo primer número, aparecido en 1944, no ocultaban su deseo de ver superada la falta de reconocimiento «oficial de [su] especialidad» 49. En ese sentido, la polio se iba a mostrar como un aliado destacado. Los trabajos consagrados en sus páginas a poner de manifiesto sus avances en relación con el tratamiento de sus secuelas fueron numerosos. En ellos se apoyaban de forma significativa para poner de manifiesto la conveniencia de obtener el reconocimiento social a su quehacer. En ese sentido, en 1946 se podía leer en las páginas de la revista la siguiente afirmación: «La doctrina ortopédica se siente ahora como verdadera necesidad y crea nuevos prosélitos, a medida que se difunden sus conocimientos. Confírmanlo así los propios cirujanos, que muestran preferencia por las afecciones del aparato locomotor y lo reclama también la gran legión de lisiados, mutilados, deformados, traumáticos y paralíticos» 50. La presencia de este elevado número de personas con deficiencias físicas estaría en gran parte motivada, según sostenían los impulsores de la Ortopedia y Traumatología, porque la ausencia de su reconocimiento oficial como una especialidad estaría impidiendo que los pacientes que presentaban patologías relacionadas con ella se pusieran pronto en manos de quienes la cultivaban. Debido a ello, ese tipo de enfermos serían sometidos previamente a tratamientos por parte de otros médicos que, o bien se mostraban ineficaces, o bien causaban ya daños irreparables. El ejemplo de los afectados por la polio era, en este sentido, muy significativo. Según se ponía de manifiesto: «Casos de esta naturaleza tenemos ocasión de verlos repetidamente en los lisiados por parálisis infantil que se nos presentan con los segmentos de sus extremidades en actitud incorrecta, a causa de contracturas sobrevenidas por insuficiencia o negligencia de la terapia ortopédica postural que es hoy, el elemento más destacado de cuantos componen el tratamiento de la poliomielitis. Nuestra especialidad, en su constante perfeccionamiento, ha ideado unos utilísimos agentes terapéuticos que cumplen a maravilla su finalidad preventiva y correctora; a título de ejemplo reproducimos en la figura adjunta un aparato 'Monotutor', eficacísimo como elemento postural, gracias al cual los niños paralíticos sitúan sus ----49 (1944), Presentación, Cirugía del Aparato locomotor, 1, pp. 1-2, p. 162. extremidades en correcta posición y pueden caminar muy discretamente, vigorizando el sistema ósteoligamentoso de su esqueleto, activando la circulación y combatiendo la atrofia muscular, porque, como ilustra claramente la figura, no existe la menor compresión de partes blandas» 51. De este modo, el niño afectado de polio se convertía en un exponente destacado de las bondades de la nueva especialidad para paliar las deficiencias corporales que daban lugar a la aparición de las discapacidades. El tratamien-----to que proponía Sanchís para la polio resulta muy adecuado para poner de manifiesto la forma en que la intervención de los especialistas en traumatología alteraba la vida de los niños afectados de parálisis infantil. El cirujano valenciano recomendaba, durante el ataque febril, el reposo absoluto en cama, «con inmovilización postural de los miembros inferiores en extensión y con el pie en ángulo recto. El miembro superior deberá mantenerse en abducción de noventa grados, brazo en rotación externa, el codo en ángulo recto y la mano hiperextendida. Es conveniente mantener al enfermo sobre un lecho de escayola que tenga el raquis en lordosis acentuada (...). Este tratamiento postural precoz puede durar algunas semanas después del ataque agudo, por lo menos quince días después de la fecha en la que el niño dejó de tener fiebre y molestias dolorosas» 52. El mantenimiento de esa postura (Figura 4), no debía resultar nada confortable para quien había de permanecer en ella durante al menos dos semanas. El afectado iniciaba así un largo protocolo en el que las sucesivas intervenciones terapéuticas representaban para él un alejamiento de su entorno familiar y social. El quirófano y el hospital se convertían así en lugares que sustituían a la casa o la escuela. Sus relaciones con otros niños se limitaban y su identidad social pasaba a ser la de un individuo deforme cuyo cuerpo era preciso restituir a la «normalidad» mediante una serie de actuaciones médico-quirúrgicas. ----En efecto, al comenzar el período de regresión se iniciaba el tratamiento físico. Balneoterapia, masaje y movilización se combinaban entonces con el tratamiento postural, que representaba durante esta etapa «la parte fundamental del tratamiento del poliomielítico», por lo que no debía «abandonarse nunca». El método que se consideraba mejor para «mantener en condiciones favorables los miembros» era el vendaje enyesado y los aparatos ortopédicos (Figuras 5 y 6)53. Sanchís Olmos, V. (1940), Manual de Clínica Ortopédica infantil, Barcelona-Madrid, Editorial Científico Médica, pp. 128-129. Tras esa etapa, cuando la parálisis estuviera definitivamente establecida, se podía empezar a plantear la posibilidad de practicar «intervenciones para restablecer la función del miembro o para mejorar sus condiciones estáticas y dinámicas» y tratar de corregir las deformidades 54. Se establecían así una ----serie de tipos de intervención de carácter correctivo o funcional que podían realizarse por medios incruentos o quirúrgicos. Sanchís los esquematizaba distinguiendo tres grupos: «Primer grupo: Intervenciones destinadas a restablecer el equilibrio muscular. Pertenecen a este grupo los acortamientos y alargamientos tendinosos, así como las transplantaciones tendinosas. Segundo grupo: Intervenciones limitadas la excursión articular. Tercer grupo: Operaciones destinadas a disminuir el número de articulaciones de un miembro, con el fin de darle mayor solidez, evitar posiciones viciosas y facilitar la función de la musculatura débil» 55. El cuerpo de los niños se convertía así en receptor de un amplio abanico de técnicas quirúrgicas, que debían en muchos casos realizarse de forma combinada, con el ánimo, en línea con el modelo médico de discapacidad, de corregir sus deformidades o devolverle las funciones «normales» desaparecidas. La consecuencia necesaria no sólo era, como indicamos arriba, la de que los jóvenes pacientes de poliomielitis se veían abocados a permanecer muchas horas aislados del exterior y en instituciones asistenciales, lo que les conducía a llevar una vida alternativa a la de las personas «normales», sino que, a través de todas esas intervenciones, se contribuía también a poner aún más de manifiesto el hecho de que eran portadores de una deficiencia anatómica y/o funcional que les llevaba a ser considerados como diferentes, como «inválidos». En ese sentido, no debe extrañar el escaso entusiasmo que los procedimientos de Elizabeth Kenny despertaron entre los Traumatólogos y Ortopedas españoles 56. Esta enfermera australiana había adquirido notoriedad por haber planteado una técnica fisioterapéutica personal destinada a tratar las parálisis de la polio. En ella se incluía la hidroterapia y los ejercicios curativos, y se suprimían los medios inmovilizantes adoptados generalmente por los traumatólogos 57. Sanchís Olmos reconocía la utilidad del método de Kenny «en el ----55 Ibidem. 56 Un interesante trabajo, en el que la labor de Kenny es empleada como referente para poner de manifiesto diversas cuestiones sobre problemas como las fronteras de la autoridad médica, o establecer la autenticidad de la evidencia presentada como científica es: ROGERS, N. (2008),'Silence has its own Stories': Elizabeth Kenny, Polio and th Culture of Medicine, Social History of Medicine, 21, pp. 145-161. 57 SANCHÍS OLMOS, V. (1944), Estudio crítico de Kenny en el tratamiento de la poliomielitis. Fundamentos fisiopatológicos para la elección de la técnica en el tratamiento de la parálisis infantil durante el período agudo, Cirugía del Aparato locomotor, 1, pp. 296-310, p. 296. período agudo y primeros tiempos del período de regresión», pero consideraba que su doctrina poseía «puntos débiles» y que dicho método no era tan novedoso ni tan exclusivo de la enfermera. Consideraba también que el procedimiento no era incompatible con el tratamiento postural «bien dirigido» 58. De este modo, esa «técnica terapéutica ahora en moda», como señalaba Sanchís al referirse a la propuesta de Kenny, recibía en España una acogida más bien fría, y, de hecho, el propio Sanchís planteaba que la técnica que él empleaba, y que no pretendía presentar como original, sería, «por ahora, el método más adecuado para la parálisis infantil» 59. Este tipo de reacción era esperable. Para un colectivo de profesionales que estaban tratando de defender la necesidad de que su campo de trabajo fuera reconocido como una especialidad debía de ser complicado admitir que una enfermera impusiera su criterio sobre la forma más adecuada de tratar a un tipo de pacientes que, como eran los niños afectados de polio, despertaban preocupación y generaban altas dosis de compasión entre los ciudadanos. Ello podía suponer poner en peligro buena parte del terreno que habían ganado hacia su reconocimiento como los grandes expertos para manejar el problema de las secuelas de los traumatismos y de enfermedades que determinaban trastornos en la funciones del aparato locomotor. Sus intervenciones sobre los cuerpos de los niños afectados de poliomielitis representaban una parte importante de las actuaciones clínicas que les estaban sirviendo para ir ganando espacio en ese sentido, y también, para atraer hacia su especialidad a nuevos médicos que contribuían a fortalecer la disciplina. Su número permitía ya impulsar la constitución de la desaparecida S.E.C.O.T., que fue formada de nuevo en 1947 60, y la celebración de su Segundo Congreso Nacional un año más tarde 61. Pero además, la labor de estos especialistas les estaba sirviendo para ubicarse en posiciones de privilegio en relación con las iniciativas políticas que se ponían en marcha para combatir el problema de las discapacidades. En 1949, un Decreto servía para establecer «la lucha Sanitaria Nacional contra la invalidez». Su finalidad era la de combatir la desconexión existente entre las instituciones públicas y privadas que se ocupaban de la recuperación de esos ----58 SANCHÍS OLMOS (1944), p. Entre las consideraciones que se hacían para justificar esa decisión se hallaba la de que ello permitiría que el «elevado número de estos inválidos en la infancia y juventud» fueran sometidos a ese «tratamiento inmediato y vigilancia constante» que haría posible que pudieran «ser recuperados» de forma ventajosa «para los intereses económicos de la nación y personal de los enfermos y familiares» 62. Como órgano rector de esa lucha se creaba el Patronato Nacional de Lucha contra la Invalidez, en el que había de figurar un «representante propuesto por la Sociedad Española de Cirugía, Ortopedia y Traumatología» 63. A largo de las décadas de 1930 y 1940 se desarrolló un cambio en la estructura de la profesión médica en el que la poliomielitis operó como un factor coadyuvante significativo. El impulso hacia la constitución de la Traumatología y la Ortopedia como una especialidad, que se había iniciado en los años anteriores, cobró nuevo auge debido a la posibilidad que tuvieron los incipientes especialistas de contar con un aliado, representado por los niños afectados por esa enfermedad, que se sumó a las víctimas de los accidentes del trabajo para constituir un conjunto de cuerpos sobre los que podían mejorar sus técnicas y mostrar su capacidad para corregir la deformidad o devolver la función a las partes anatómicas afectadas. Esto sirvió, desde luego, para que ese colectivo profesional avanzara en sus deseos de verse reconocido socialmente como uno de los que agrupaba un número más significativo de expertos en el manejo de los problemas que generaba el fenómeno de las discapacidades físicas; pero también, para impulsar el desarrollo del modelo médico de discapacidad dentro de nuestras fronteras. De este modo, la posibilidad de aplicar otras alternativas que podrían haberse planteado como formas de mejorar las posibilidades de inclusión social de las personas que padecían determinados tipos de deficiencias o disfunciones corporales, como, por ejemplo, la intervención sobre las barreras arquitectónicas, quedaban relegadas. Los niños afectados se vieron así expuestos a un tipo de actuaciones sobre sus cuerpos que contribuían a propiciar su aislamiento y a fomentar en ellos la formación de una identidad social como individuos por-----62 Decreto de 6 de junio de 1949 por el que se establece la Lucha Sanitaria Nacional contra la invalidez, Boletín Oficial del Estado (20-julio-1949), pp. 3227-3228, p. tadores de una discapacidad, de unos rasgos corporales que les alejaban de la «normalidad» y que era necesario corregir para mejorar sus posibilidades de ejecutar las mismas actividades que los individuos «normales» eran capaces de llevar a cabo.
válidos así como la formación de los médicos, enfermeras y fisioterapeutas. Criticando la restringida y medicalizada definición de rehabilitación, plantearon de modo provocador la necesidad de «rehabilitar» a los empresarios sanos y con prejuicios así como a los profesionales de la salud. Y sobre todo, diseñaron a conciencia el centro para la polio de Warm Springs, para que funcionara, no como un refugio hermético e impenetrable, sino como un modelo que reflejara el derecho que tenían los supervivientes de la polio y otras personas minusválidas a vivir, trabajar y amar. Esta historia tiene su principio y su fin en los años treinta. Describe un ascenso y una caída: el ascenso de la comunidad activista en el centro de rehabilitación de Warm Springs y su caída, con la creación de la Fundación nacional para la parálisis infantil (conocida popularmente como March of Dimes) en 1937.
Y ANDARÁN: LO IDEAL VERSUS LA REALIDAD EN LA REHABILITACIÓN DE LA POLIO EN LOS ESTADOS UNIDOS En este artículo se analiza la importancia que tiene la recuperación de la capacidad de andar para los especialistas en rehabilitación y los pacientes de polio en los Estados Unidos. La polio iba a menudo acompañada de parálisis o de una grave debilitación de las piernas en aquellas personas que contraían la enfermedad. El recuperar la capacidad de andar era por lo tanto un importante factor indicativo de la recuperación de la enfermedad. Sin embargo, el andar significaba algo más que la simple acción física. El recuperar la movilidad significaba simbólicamente que uno dejaba de ser un minusválido y que volvía a ser una persona normal. Esta postura la compartían tanto los especialistas en rehabilitación como los pacientes. Este artículo analiza esta actitud y los valores culturales derivados de la misma, a través de un estudio sobre los esfuerzos llevados a cabo por un grupo seleccionado de supervivientes de polio para aprender a andar de nuevo así como de un análisis de la literatura sobre la rehabilitación que sostenía que el andar era un ideal. También analiza aquellos casos en que los pacientes de polio no podían volver a andar debido a la gravedad de su parálisis.
TRANSGRESIÓN MORAL Y ENFERMEDAD EN LOS PAÍSES MÓRDICOS EN LA TEMPRANA EDAD MODERNA Este artículo tiene por objetivo comprender la manera como las personas, en la temprana edad moderna, interpretaban la naturaleza de las enfermedades y qué papel desempeñaba la moralidad en estas interpretaciones. Desde este punto de vista, las enfermedades no eran solo estados psicofísicos u objeto de diagnósticos médicos sino que también eran objeto de relatos e historias a través de los cuales las personas intentaban comprender cuál era la causa de su enfermedad y por qué les pasaba a ellos. Se creía que las enfermedades estaban estrictamente relacionadas con el carácter de los pacientes y se consideraban como posibles consecuencias de su personalidad. Por otra parte, las interpretaciones también hacían hincapié en la ambivalencia de los curanderos. En estas historias se entrelazaban las experiencias personales y las circunstancias particulares de la vida de cada uno.